La mala educación
Por Carlos Ulanovsky
Comenzaron las clases y se hace sencillo imaginar una preocupante recidiva.
Sabemos que, más temprano que tarde, volverán a circular temas rodados hasta su
agotamiento (crisis educativa, desigualdades salariales, problemas de infraestructura,
tensión entre educación pública y educación privada, desprestigio de una actividad –la
docencia– que supo ostentar máximo prestigio social) y condenados a la falta de
resolución. Observo, como para instalar en este pizarrón de la memoria, ciertas cosas
un poco más nuevas.
Veo a los chicos, en especial a los de primaria, cargar con mochilas o valijas cada vez
más voluminosas. Pero el equipaje intelectual y de conocimiento es cada vez más
insignificante. El peso que transportan los hace trastabillar en la calle y les arquea la
columna, pero la auténtica y pesada carga es esa mezcla fatídica que cada año origina
seria deserción escolar y variadas dificultades de aprendizaje y acrecienta el
porcentaje de chicos que abandonan o repiten o fracasan en la escuela.
A pesar de todo, algunos se superan y se sobreponen a las falencias del sistema. Pero
en este marco de cientos, o miles, de estudiantes bochados, ¿quién se acuerda de los
bochos? Sólo trascienden cuando alcanzan la categoría de genios o cuando salen al
tope de una olimpíada de matemáticas.
Curioso, porque, por otro lado, es una época en la que los estudiantes están alentados
y estimulados como pocas veces antes. Tienen múltiples formas de prueba y
valorización: concursos de cortos de cine o video y de programas de radio,
certámenes de letras de canciones y de grupos musicales, competencia de notas
periodísticas y mucho más. Pero, como ignorando tan interesantes incentivos, nunca
estuvieron tan resistentes con su rol de aprender y tan hostiles con sus maestros y
otras autoridades, como también con sus compañeros, con quienes gustan de armar el
club de la pelea.
Algunos chicos y jóvenes (suerte, todavía son pocos) llevan armas a su escuela. Y
ciertos padres (sin duda en proporción minoritaria) disconformes frente a cualquier
evaluación negativa que reciban sus hijos, mortifican a maestras y profesores con una
entereza y agresividad que no aplicaron jamás en la formación de sus hijos.
Por otro lado, los chicos, locos por la compu, hábiles navegantes de Internet,
consagrados usuarios de jueguitos, se confabulan para exigir que sus mentores sean
una prolongación humana de las pantallas. Imaginando que un cibercafé es una nueva
aula, les demandan una equívoca animación, colorido y ritmo similares a las que
encuentran en las máquinas. La exuberancia de contenciones a los alumnos aparece
como inversamente proporcional al descrédito de los maestros, producto de sucesivas
precarizaciones. Sin embargo, hoy en día, en el lenguaje cotidiano, se escucha con
frecuencia, a la manera de un saludo distintivo, la palabra "maestro". Por todo eso, no
es casual que a medida que se fue esmerilando el orgullo de ser docente y que
nuestros chicos se iban convirtiendo en estudiantes "adivinadores- zafadores", todos
nos transformamos en un pueblo literalmente mal educado. Eso de lo que tanto nos
cuesta hacernos cargo.
El autor es escritor y periodista