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El secuestro el Latinoamérica

El secuestro el Latinoamérica

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“Esa energía no se apaga con la muerte”

El episodio a tres bandas más popular del siglo XX entre Estados Unidos,
Bolivia y Argentina tuvo lugar en 1967, en el departamento de Santa Cruz
de la Sierra. Un grupo de boinas verdes norteamericanos entrenó durante
cuatro meses al Segundo Batallón de Rangers bolivianos, que el 9 de
octubre de ese año capturó y ejecutó en el poblado de La Higuera al
guerrillero argentino Ernesto Che Guevara, aunque no a su recuerdo.
Bolivia es a Sudamérica lo que Albania o Rumanía son para Europa: un
torrente de inmigración no cualificada y blanco frecuente de ataques

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xenófobos, aún más menospreciada por la fama de emporio mundial de la
cocaína que arrastra el país andino. O por lo menos así era vista hasta que
el populista Evo Morales quiso revestir de dignidad prehispánica su
mandato al llegar a la presidencia.
Los cruceños, enfrentados encarnizadamente con Morales por la mayor
autonomía de su región, tienen su propia versión del asunto. Santa Cruz
de la Sierra es la segunda mayor ciudad de Bolivia, y la llanura amazónica
convierte a este departamento en el más rico del país. Si el siglo pasado
Ernesto Guevara de la Serna se adentró en sus selvas buscando repetir el
éxito que obtuvo durante la revolución cubana, hoy no pocos extranjeros
se han instalado en Santa Cruz atraídos por la explotación agropecuaria o
los yacimientos de petróleo y gas.
Precisamente el control de los hidrocarburos originó una crisis
institucional en mayo de 2005, que culminó con la salida del presidente
Carlos Mesa y allanó el camino para el amplio triunfo electoral de Evo
Morales, el primer presidente aborigen de la historia del país. Uno de los
candidatos rivales de Morales durante su carrera a la presidencia, Samuel
Doria Medina, pasó 45 días secuestrado por el peruano Movimiento
Revolucionario Túpac Amaru en 1995, y sólo obtuvo la libertad tras
desembolsar casi un millón de dólares.
Y uno de esos extranjeros afincados en Santa Cruz de la Sierra es la
norteamericana Rhea Borda (su apellido de soltera es Berlin), llegada a
Bolivia hace más de veinte años. Conoció el país a los 16 años, durante un
programa de intercambio estudiantil. Regresó en 1981 casado con un
boliviano y con una hija de dos años: Jessika. Rhea pasó 14 años trabajó
en distintas áreas del sector petrolero hasta que consiguió un puesto de
cónsul para la embajada norteamericana en Santa Cruz, donde también
estudió Relaciones Corporativas en una universidad privada, y vivió junto
a su esposo Rolando y sus dos hijas. Las fotos familiares muestran a una
de ellas, Jessika, como una niña rubia con un disfraz tropical primero, y
como una risueña joven que alimenta a una tortuga o sienta a un perro en
su regazo después.
Jessika seguía estudios universitarios en Estados Unidos, aunque había
regresado a Bolivia tras el atentado de las Torres Gemelas. La noche del
viernes 21 de noviembre de 2003, Jessika viajaba en su jeep junto a su
prima Johanny Cronembold y la amiga Mariela Méndez. No se dieron
cuenta que cuatro hombres las venían siguiendo en un taxi. Cuando las
chicas se disponían a bajar del vehículo, los hombres intentaron ingresar
en él. Mientras trataban de cerrar la puerta del jeep Rudy Chávez
Barrientos, Vinchita, de 27 años, disparó, según él de forma accidental. La
bala atravesó la caja torácica de Jessika, le perforó un pulmón y terminó
impactando en el brazo izquierdo de Mariela. Demasiado para Jessika,
que dejó este mundo a los 24 años.

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A su entierro asistió el embajador norteamericano David Greenlee, y el
presidente Carlos Mesa lamentó el suceso ese mismo día. En 72 horas se
realizó una marcha contra la inseguridad. A los diez días del crimen, el
operativo Nicole detuvo a Vinchita, a Carlos Banegas (26 años) y a Franz
Reynaldo González (18) en la localidad de El Espino. Las llamadas que
éstos realizaron con el teléfono móvil de Jessika resultaron claves para el
hallazgo. El crimen de Jessika también inspiró un documental.
Jessika era una joven típica, pero también muy especial. Era altruista,
amante de la vida, defensora de causas perdidas y repudiaba la
discriminación al extremo”
, recuerda Rhea Borda. También lo hace en el
texto que aparece en la página web de la fundación que lleva el nombre de
su hija:

“(...) una bella joven de 24 años llena de ideales y sueños
que le vislumbraban un hermoso y feliz futuro. Su sonrisa
era tan radiante como los días asoleados de esta tierra que
la invitaban a disfrutar del ser humano como centro de la
creación, de los animales y la naturaleza, una naturaleza
como ella misma, llena de vida y color. Compartía su
tiempo con los árboles como con los amigos, buscando
siempre que su balanza no se desequilibre en honor a la
justicia y la verdad. Su alegría la llevaba a ser optimista
con la vida y a emprender cada vez buenas iniciativas que
se tornaban sólidas por la firmeza de su carácter
respaldado por sus principios y valores de honestidad,
libertad, respeto por la vida y solidaridad con los demás”.

La Fundación Jessika Borda de Ayuda a Víctimas de la Delincuencia
(FUJEBO) nace inmediatamente después del asesinato. “La verdad es que
no hubo mucho tiempo para un período de duelo justo”
, reconoce Rhea.
Bastarán dos meses para que la fundación se inscriba legalmente y entre
en funcionamiento. Junto a personas de su confianza como Ingrid Vaca
Díez, Jana Drakic, Leonardo Roca, Carlos Suárez, Midori Takeda, Patricia
Hurtado, Nino Gandarilla y Markus Ruegg, Rhea Borda se compromete a
realizar a través de la fundación “todas las misiones posibles conducentes
a buscar soluciones para evitar y disminuir la delincuencia y para ayudar
a las víctimas”
, trabajando “por una comunidad pacífica, justa y
solidaria”.
A ella ha estado abocada desde entonces de manera casi
exclusiva: “Lo único que lamento, y que creo que desacelera mi sanación,
es no haber tenido el tiempo hasta la fecha de llorar debidamente la
muerte de Jessika. Es un derecho que me reservo y que necesito realizar
algún día para desahogar tanta frustración, tanta impotencia y tanto

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dolor. He descubierto que las lágrimas no mitigan el dolor, pero sí alivian
un corazón pesado”.

Al igual que vimos en el capítulo dedicado a Brasil, este repaso a los
secuestros en Bolivia arranca con un caso que no es un secuestro. Como
mucho, podría haberse convertido en uno. Pero al igual que sucedió con el
brasileño Rodrigo Damús, los asesinatos del argentino Axel Blumberg y
de la norteamericana Jessika Borda se vinculan entre sí por las
asociaciones creadas por sus respectivos padre y madre, que llegarán a
conocerse para intercambiar su dolor y sus experiencias.
Claro que tampoco faltan secuestros recientes para utilizar como arranque.
Los que siguen solamente corresponden a la primera mitad de 2008: ni
siquiera incluyen a la banda de secuestradores exprés detenida en
diciembre de 2007 en el centro de La Paz, y que utilizaba radiotaxis para
atrapar a sus víctimas.
La captura no bastó: en febrero, nuevos casos en La Paz alertan a la
policía, mientras se habla de secuestros exprés con víctimas menores
también en Santa Cruz. Doce horas pasó cautivo el empresario de 60 años
Ricardo Adolfo Paz Birbuet, capturado por un ex empleado y un amigo
que le pidieron que los llevara en su coche. Una vez en el vehículo lo
amenazan con un cuchillo y le hacen sacar mil dólares de un cajero. Los
dos captores (ambos colombianos y jugadores del equipo de fútbol
Mariscal Braun) le exigen 50.000, y se lo llevan a una casa de la calle
Muñoz Cornejo, en la zona de Sopocachi. Allí le golpean, le aplican
descargas eléctricas y se emborrachan, mientras Paz Birbuet aprovecha
para llamar la atención de los vecinos rompiendo unos vidrios. Hubo ocho
detenidos por el caso, entre ellos tres colombianos: uno de los acusados
declaró que el ex empleado y Paz Birbuet habían sido amantes.
Entre febrero y marzo, Los Tiempos señala que hubo tres secuestros de
menores. Una niña de nueve años sale de la escuela cuando un taxista le
ofrece llevarla a casa: otro taxista dará el alerta cuando vea al hombre con
la menor semidesnuda en el taxi cerca de la laguna Alalay. Otro niño de
sólo tres años jugaba solo en el exterior de su casa cuando se lo llevaron
hasta el hogar de una familia campesina en Anzaldo. Allí lo raparon y lo
vistieron con abarca y poncho para camuflarlo. El móvil del rapto
posiblemente fue llevar al chico a España para darlo en adopción.
Finalmente, otro niño de siete años pasó tres días secuestrado en Sacaba:
se lo llevaron cuando salió de la escuela, a sólo cinco manzanas de su
casa, y pidieron 4.000 bolivianos por su libertad. Hubo un sospechoso
detenido.
Abril, en cambio, fue mes de secuestros para varios grupos aborígenes y
campesinos. En Monteagudo (Chuquisaca), luego de un cabildo contra las

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autonomías, varios fueron retenidos, hasta que once guaraníes lograron
escapar y declarar su situación. Unos 25 indígenas chiquitanos fueron
raptados en San Javier por el falso propietario de un terreno de 10.000
hectáreas y una decena de sicarios armados. Y en Puerto Rico (Pando), los
seguidores de un concejal y ex miembro de la agrupación Poder
Amazónico y Social retuvieron en las oficinas de la alcaldía a la
presidenta del Concejo y a varios dirigentes rurales y sindicales.
Terminamos con un caso en mayo: el de una pareja retenida 48 horas al
salir de una fiesta en la zona sur de La Paz. Las pasaron vendados en una
casa de Villa del Carmen, después de revelar el código para retirar dinero
de la tarjeta de crédito.

Bolivia, el pariente pobre de la muy desigual Sudamérica, ha vivido sus
propias tragedias últimamente en lo que a inseguridad se refiere. Ya en
septiembre de 1993 se produjo el secuestro de Sabino Quispe, de diez
años, que apareció en las afueras de Potosí degollado y con signos de
abuso sexual. Los culpables fueron dos hombres y tres mujeres que pronto
obtuvieron la libertad condicional, poniendo de relieve las deficiencias de
la justicia en el país.
Un informe de la ONG Defensa del Niño Internacional (DNI) denunciaba
que uno de cada siete niños y una de cada cuatro niñas menores de 15
años eran abusados en Bolivia. Fue presentado poco después del
secuestro, tortura, violación y asesinato de la niña Estéfani Malleu
Aguilar, desaparecida el 4 de julio de 2005 cuando salía de una clase en la
Fundación La Paz y que fue hallada tres días después. Las pericias
concluyeron que el criminal fue un amigo de la madre de 25 años, que ya
había violado a otros menores. La reacción no se hizo esperar: las propias
madres de los compañeros de la niña retuvieron a Roxana Aguilar, la
madre de Estéfani, llamándola “asesina”. Se convocó una marcha de
protesta, y se hizo público que durante la primera mitad de 2005 hubo 28
casos de abusos similares, sobre todo en La Paz, El Alto, Santa Cruz y
Cochabamba. El caso conmocionó al país entero.
Uno de quienes han denunciado con más fuerza la situación de los
menores como Estéfani es Waldo Albarracín, presidente de la Asamblea
Permanente de Derechos Humanos en Bolivia. El 25 de enero de 1997 le
tocó padecer un secuestro en carne propia, a manos de ocho agentes de
seguridad gubernamentales que se hicieron pasar por terroristas peruanos.
Albarracín recibió una brutal paliza con torturas incluidas, y a las cuatro
horas fue trasladado inconsciente a la Policía Técnica Judicial. El
secuestro de Albarracín también provocó en su día una ola generalizada de
protestas.

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Sin embargo, al igual que sucedió con el asesinato de Jessika Borda, los
casos que más resonancia tendrán son aquellos en que las víctimas son
extranjeras. Una noche de mayo de 2005, el fotógrafo chileno Manuel
Riquelme se encontraba en Santa Cruz con la intención de retratar a 60
bolivianos desnudos en un complejo turístico. Su idea no cayó nada bien a
algunos. Después de recibir amenazas de muerte, Riquelme fue
interceptado por seis hombres en un coche blanco que se lo llevaron a una
casa, donde pasó 32 horas atado y recibiendo golpes antes de ser liberado.
Por supuesto, la sesión de fotos nunca se llevó a cabo.
El caso que sigue es mucho menos anecdótico. El 24 de enero de 2006,
llegan a la localidad de Copacabana (a orillas del lago Titicaca y en la
frontera con Perú) la pareja de turistas austríacos Katharina Koller (de 25
años) y Peter Kirsten Rabitsch (28). Dos días después, ambos viajan en
autobús hasta La Paz. A su llegada toman un falso taxi, al cual se suben al
poco rato otros falsos turistas supuestamente en apuros. Acto seguido un
control policial, también falso, detiene el vehículo en busca de drogas, que
los nuevos pasajeros cargan consigo. Resultado: todos son llevados a una
falsa comisaría, donde obligan a la pareja a entregar sus tarjetas bancarias
con sus códigos secretos. A partir de entonces, todos los días los captores
retiran unos 15.000 dólares en efectivo de las cuentas de Katharina y
Peter, hasta que los familiares de éstos deciden bloquear sus cuentas el 8
de febrero.
Los captores encierran a la pareja en un piso cerca de La Paz. Allí mismo,
en otra habitación, está el turista español Rafael Hernández Herranz (33),
que había sido secuestrado cinco días antes. La tarde del 28 de enero, les
dicen a Katharina y Peter que los van a liberar. EN vez de eso, seis
hombres (en presencia de varios testigos) los atan y los asfixian. Dos días
después, Rafael es trasladado a otra casa en Pura Pura, donde lo asesinan a
tiros. Los cuerpos de la pareja austríaca aparecen el 3 de abril en un
cementerio ilegal situado en un barrio periférico de la ladera norte de La
Paz. Los habían enterrado allí a cambio de algo de dinero y cinco botellas
de licor. Estaban atados de pies y manos, con cintas tapándoles las bocas y
varios impactos de bala. Allí también aparecerá el cadáver del español
doce días después.
Los investigadores contratados por las familias de Katharina y Peter
descubren que fueron víctimas de un grupo organizado compuesto de unos
40 miembros, varios de ellos peruanos. En agosto, la policía detiene al
boliviano Ramiro Milán Fernández (35), alias Freddy Delgadillo,
presunto jefe de la banda. Ya había sido arrestado en julio y septiembre de
2005 por otros secuestros, aunque fue liberado inmediatamente y continuó
raptando turistas. Entre sus víctimas se contaban cinco holandeses y
varios ingleses, alemanes, israelíes, franceses, irlandeses, japoneses y
argentinos, siempre en tránsito por las rutas Copacabana-La Paz y
Tiwanaku-La Paz. Según la fiscal del caso, Milán habría recibido

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formación de Sendero Luminoso sobre el manejo de armas.
El mismo día que la pareja austríaca llegó a Copacabana, la madre de
Peter le había escrito un mail a su hijo previniéndole sobre los secuestros
en Bolivia. Recibió esta respuesta ese mismo 24 de enero, que sería el
último contacto que tendría con su hijo:

“Hoy llegamos a Bolivia, a Copacabana. Aquí todo está
bien: definitivamente la gente no es una amenaza para
nadie —todo lo contrario. Hoy hubo unos festejos y todos
estaban de buen humor… Creo que estos secuestros
suceden en Colombia, y sólo en unas pocas regiones de
allá. La cosa es así: Sudamérica es un gran continente; por
lo tanto escuchamos un montón de cosas. En la mayoría de
lugares la gente sólo quiere vivir en paz”.

A raíz de la tragedia, los familiares de Katharina y Peter crearon
katharinaandpeter.info, un blog con información preventiva para turistas y
mochileros que viajan por Sudamérica, repleto de testimonios de turistas
que padecieron situaciones similares. Incluso pueden verse dos vídeos
donde los secuestradores retiran dinero de la cuenta corriente de la pareja
en un cajero automático.
Un rasgo común de los familiares de víctimas que impulsan iniciativas a
partir de la pérdida de sus seres más cercanos es la acción como huida y
antídoto ante el dolor, algo que el argentino Juan Carlos Blumberg
ejemplifica al extremo. La misma Rhea confirma que “ayudando al
prójimo he podido concentrarme en algo concreto, positivo y proactivo.
Eso me ayudó a salir adelante después de la tragedia, pero debo confesar
que lo hace momentáneamente, porque al final del día mi cruel realidad
me azota: mi hija Jessika está muerta, y nada ni nadie ni algún acto mío
cambiará ese hecho”.
Lograr un impacto social e impedir que otras
madres lloren la pérdida injusta de su hijo la mantiene motivada (“hasta
con desespero”
) para no cruzar los brazos (“y así honrar la vida de
Jessika: ¡no puede haber muerto en vano!”)
ni ceder al cansancio: “Cada
día pienso que la energía que pongo en la fundación ocupa la misma
energía y tiempo que hubiera gastado en compartir mis días con
Jessika”.

El asesinato de su hija (en pleno centro, no muy tarde y entre semana)
indignó a los cruceños: “Desde ese día, puedo decir que toda Santa Cruz
está mucho más alerta y pendiente, consciente de la problemática
delincuencial y deseosa de tomar un papel más protagónico como
ciudadanos, para salir en defensa de la vida y la integridad corporal. Me

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complace ver cómo crece FUJEBO; los auspicios y aportes llegan a
diario, y ante esa confianza y apoyo incondicional nos mantenemos
firmes en esta lucha. Dios hizo que mucha gente muy hermosa me rodee
(muchas personas que yo no conocía antes de la tragedia) apoyándome,
dándome ánimo, consolándome. Esa misma gente sigue a mi lado y forma
parte indispensable de nuestra fundación”.

La inseguridad será en 2004 la primera preocupación en las principales
ciudades bolivianas; además de Santa Cruz, la mayoría de habitantes de
La Paz, Cochabamba y El Alto consideran que su lugar de residencia no
es seguro, según una encuesta encargada por el diario La Razón. La
respuesta del gobierno en septiembre de 2004, a través del ministro de
Gobierno Saúl Lara, será incorporar a parlamentarios, fiscales, jueces y
alcaldes a nueve Consejos de Seguridad Departamentales para que
reformen el Plan de Seguridad Ciudadana existente. Sin embargo, la
iniciativa no cuajará por la falta de apoyo de varios de los implicados.
Rhea Borda destaca dos grandes obstáculos de entre los muchos que
complican la situación social, política y económica boliviana: la
corrupción generalizada y la falta de voluntad. Sobre la primera opina que
se ha vuelto un estándar de vida”, y combatirla “es una determinación
que cada individuo debe hacerse, desprendiéndose del egoísmo, intereses
mezquinos y la falta de consideración al prójimo”.
La corrupción, uno de
los males más extendidos en América Latina, le parece a la cónsul
norteamericana “una enfermedad que todos vemos y sufrimos, pero pocos
se animan a hacer cambios en su propia vida. El patriotismo comienza
por considerar al vecino. Todo el país se beneficiaría tremendamente si
pudiéramos lograr un cambio de actitud, y los cambios comienzan con
una sola persona: uno mismo. Llamo a todos sus lectores a la reflexión en
este sentido”.
En cuanto al segundo escollo, la falta de voluntad, “siempre
habrá soluciones para aquel que desea un cambio y lucha sinceramente
para lograr resultados tangibles y permanentes. En FUJEBO, todas las
autoridades que tienen bajo su responsabilidad y cargo garantizar la
seguridad ciudadana y administrar la justicia pueden encontrar un
enlace entre el ciudadano común y el poder que le ha sido conferido,
para así viabilizar soluciones concretas. Querer es poder”.
Asistencia médica, jurídica, económica, psicológica y espiritual (“estos
actos violentos dejan secuelas muy profundas que pueden marcar de por
vida a una persona”
) a víctimas del delito; programas de prevención y
educación (“son un servicio que la comunidad aprecia, ya que todos
sabemos que un pueblo informado es menos vulnerable”
);
investigaciones, becas, convenios con organismos internacionales,
publicaciones y eventos diversos son algunos frutos del empeño de Rhea
Borda al frente de FUJEBO. “Si bien por un lado sabía que el pueblo de
Santa Cruz me iba a apoyar y no esperaba otra reacción, me asombré y
hasta me da un poco de miedo ver como tomó cuerpo tan rápidamente”
,

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admite Rhea. “A cada paso que damos, vemos con claridad que tenemos
que seguir caminando en procura de justicia. Somos la representación de
los que no tienen voz. Somos un icono para el que ha sufrido las
consecuencias de un acto criminal, un lugar de apoyo y refugio”.
Siempre
hay caras nuevas en las reuniones semanales de la fundación, que, según
su presidenta, seguirá creciendo “hasta donde lo desee Santa Cruz", con
sus distintas áreas funcionando por su cuenta: "Pronto me di cuenta que
ya no puedo ser una 'Madre Gallina', atendiendo todos los diferentes
aspectos de cada comisión”.

A los cuatro meses de la muerte de Jessika, cientos de miles de personas
se manifiestan contra la inseguridad en las calles de Buenos Aires tras el
asesinato de Axel Blumberg. Medio año después, en septiembre de 2004,
el impulsor de la Cruzada Axel en Argentina y la creadora de la Fundación
Jessika Borda en Bolivia se encuentran en Santa Cruz de la Sierra. “Fui
invitado por ella y estuve cuatro días, creo. Fuimos a la policía, a dos
universidades, estuve con el equipo de abogados... Hasta visité la cárcel
de Santa Cruz”
, recuerda Juan Carlos Blumberg, que disertó en el campus
de la Nur y la Gabriel René Moreno.
Claro que recuerdo ese día”, dice a su vez Rhea Borda. “Cuando lo vi
por primera vez en el hotel me impactó su serenidad y su sencillez, pero
también pude ver claramente la angustia y el dolor en sus ojos. Es algo
difícil de disimular, y que ambos compartimos y nos une. La tristeza nos
acompañará siempre, y nuestros ojos son ventanas que muestran nuestras
almas en pena. Ambos lloraremos la pérdida irreparable de nuestros hijos
por el resto de nuestras vidas”.

Empezó siguiendo la cruzada de Juan Carlos Blumberg en los
informativos, sorprendida del apoyo popular a, como ella misma la define,
su lucha para mejorar la legislación argentina. “Es un hombre digno de mi
admiración”
, prosigue, “y lo estimo mucho como persona. Al principio,
cuando se mostraba su imagen en la televisión, yo sufría el doble que la
mayoría por mi propia tragedia y subsiguiente lucha contra la
delincuencia, pero lo admiraba tanto como ser humano que realmente me
sirvió y me sigue sirviendo como inspiración a seguir adelante en lo mío.
Estoy consciente que su obra es importante y determinante para la
seguridad que necesita no sólo su país, sino toda América Latina. Hasta
hoy me parece un milagro que hubiera aceptado asistir a Bolivia como
consecuencia de la invitación realizada por nuestra fundación, lo cual
permitió intercambiar valiosas experiencias sobre la temática que nos
aqueja, y a la vez realizar nuestra primera Feria de Seguridad
Ciudadana, cuya lema fue
Quiero Vivir Sin Temor”. Rhea mantiene
contactos tanto con Blumberg en Argentina como con varias fundaciones
e instituciones estadounidenses: “Internet es una fuente muy rica y saco

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información muy útil de ese recurso. Por lo demás, todo lo que hacemos
es en calidad de pioneros en Bolivia”.

Entre las iniciativas en danza para 2005 se contaban el Proyecto
COMIPRE (Comisarías Móviles de Prevención), que consiste en instalar
unidades policiales en los barrios con mayores índices de criminalidad.
También la entrega de diez sillas de ruedas a víctimas de mala praxis
médica, o la distribución de las donaciones del contenedor Fundación
Príncipe de Gales InKindDirect, que ascienden a 250.000 dólares. Se
continuarán sellando alianzas con autoridades y universidades, campañas
de prevención en los medios y participaciones en congresos y seminarios,
además de conceder la beca Jessika Borda. La fundación también
instituyó el 6 de marzo como el Día Cruceño de la No Violencia, y
organiza una Feria de Seguridad.
Detrás de toda la actividad desplegada por la fundación late un homenaje
constante a Jessika: “No es posible que una persona joven, tan llena de
vida y de color, de dinamismo y vitalidad, con tantas proyecciones,
ideales y deseos de contribuir como buena ciudadana pierda la vida así,
frustrando sus derechos básicos como ser humano. Esa energía no se
apaga con la muerte corporal. En FUJEBO todos sentimos su fuerza, su
luz. Los milagros frecuentes que experimentamos ya no nos asombran. Yo
estoy segura que desde el cielo Jessika mira y apoya, complacida de que
su muerte precipitada no fue en vano y que su deceso ardió la mecha en
la lucha por justicia para todos, una llama que no se apagará”.

Una vez más, en el testimonio del familiar de una víctima despunta la fe
como su asidero más firme: “Dios ha estado conmigo siempre y no me
abandonó en el momento más duro de mi vida. Siento su presencia
siempre, y sé que me abraza con amor y me empuja hacia adelante. Una
gran parte de lo que Rhea Borda fue murió junto con su hija Jessika. El
saldo ha quedado en manos de Dios, y sólo deseo seguir un camino hacia
Él para merecer dignamente ir al cielo cuando así lo decida nuestro
Creador. Para ello, le pido mediante la oración mayor acercamiento
espiritual y que Él sea quien guíe mis pasos”.
Rhea Borda, cuyo amor de
madre va más allá de este mundo, ve el futuro con optimismo: “Con el
entusiasmo de mucha gente voluntariosa y una buena dirección, más la
ayuda de Dios y mi Jessika desde el cielo, no hay límite en lo que
podemos alcanzar. Es que vidas lindas como la de Jessika, ¡no se pueden
perder así!”.

El mayor Papi Shelton, cuatro oficiales y doce soldados veteranos de la
guerra de Vietnam llegaron a Santa Cruz de la Sierra en 1967, con la
misión de entrenar a los 650 Rangers que cercaron, atraparon y ejecutaron
a Ernesto Che Guevara. Casi cuatro décadas después, una compatriota de
aquellos militares trabaja allí mismo —de forma mucho más discreta—

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para prevenir que los bolivianos se maten unos a otros, así como un
cruceño le arrebató la vida a su propia hija. Además tiene como aliado a
otro célebre argentino, si bien quede ideológicamente en las antípodas del
comandante fumador de habanos.
Son otros tiempos, que Rhea Borda afronta con una falta de rencor
ejemplar: “Yo no puedo culpar a Bolivia ni a Santa Cruz por la muerte de
mi hija. Estoy convencida y tengo que creer que lo que pasó tenía que
suceder, así ella hubiera estado en cualquier lugar del mundo. De alguna
manera ella tenía que morir. Sé que Dios no la mató y no cuestiono Su
voluntad. Tengo que confiar ciegamente que es así, y que Nuestro Señor
la tiene en su Santo Reino: de otra manera yo también me moriría. Mi fe
me tiene de pie. En cuanto a mi reacción pacífica y respetuosa, sólo
puedo decir que la violencia causa más violencia y YO DIGO BASTA. El
mundo tiene que buscar soluciones pacíficas hoy más que nunca: en caso
contrario peligra nuestra propia existencia como seres humanos en este
planeta. Y reitero, el cambio comienza con uno mismo”.

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