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Historia de la liturgia (vol. 1) - RIGHETTI, Mario

Historia de la liturgia (vol. 1) - RIGHETTI, Mario

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El culto de los santos comenzó en la Iglesia con el culto de los mártires. El
sentimiento de profunda simpatía que tenían los antiguos cristianos hacia aquellos héroes de la
fe
que habían sellado con su sangre la fidelidad a Cristo, fue el móvil que empujó a las
comunidades cristianas a rendir a sus restos mortales y a su memoria una veneración particular,
la cual insensiblemente debía tomar formas litúrgicas verdaderas y propias. Esto no sucedió
en todas partes al mismo tiempo. El Oriente se adelantó al Occidente.
Mientras en Esmirna a mitad del siglo II, junto a la tumba de San Policarpo (+ 155), ya
se celebraba regularmente el aniversario de su martirio con una reunión eucarística (y fue en esta
ocasión cuando en el 250 fue arrestado San Pionio), en Cartago, como consta por Tertuliano el
culto litúrgico de los mártires no debió de comenzar hasta final del siglo II.
En cuanto a Roma, las fuentes monumentales nos aseguran que antes del 250 no existía
un culto de los mártires unido a su tumba. Estos reposaban en sus nichos ordinarios sin ninguna
decoración, ni inscripción honorífica, ni lugar distinguido; o en modestos sepulcros,
mezclados con todos los demás y
escalonados a lo largo de las grandes vías romanas; ni
encontramos memoria de que la comunidad se preocupase de tributarles honores especiales o que
usara criptas especiales para recibirlos. Los mismos apóstoles Pedro y Pablo, si bien su
sepulcro fue en seguida particularmente señalado y se convirtió en centro de un ilustre
cementerio cristiano, muy probablemente no tuvieron en la ciudad durante los dos primeros
siglos una conmemoración litúrgica. Con esto se explica el hecho muy extraño de que en el
primitivo catálogo festivo no se encuentren registrados los nombres de algunos ilustres mártires
romanos, como Flavio Clemente, las dos Domitilas, el papa Telesforo, el filósofo Justino y el
senador Apolonio. Evidentemente, cuando se comenzó a organizar el culto de los mártires, el
recuerdo de aquellos héroes de la fe se había perdido casi totalmente, o quizá se quiso reservar a
sólo los obispos romanos mártires, entre los cuales fue incluido San Hipólito, doctor y mártir.
A pesar de esto, se puede afirmar con certeza que, generalmente, las grandes
comunidades cristianas desde su fundación, así como guardaban las memorias de los propios
obispos y conservaban sus fastos para demostrar la propia apostolicidad, igualmente
componían los propios fastos hagiográficos, que constituían la gloria de las Iglesias, teniendo
cuidado de dar noticia de los confesores de la fe y del día de su martirio, el dies natalis, para
poder celebrar a su tiempo el aniversario. Dies eorum quibus excedunt, adnotate — recomendaba
San Cipriano (+ 258) — ut commemorationes eorum ínter memorias martyrum celebrare
possimus
Y el mismo santo obispo recuerda ya varios celebrados en Cartago desde hacía tiempo:
Sacrificia pro eis, semper, ut meministis, offerimus, quoties Martyrum passiones et dies
anniversaria commemoratione celebramus
.

Cuando un fiel había confesado a Cristo con el martirio cruento de la propia vida, era
adornado con la calificación de martyr
escrita sobre su sepulcro, el glorioso título, tan
ambicionado, que hacía inscribir su nombre en los fastos religiosos y en los dípticos litúrgicos de
su iglesia, e instituía en ella la conmemoración de su aniversario, no temporal y privada, como la
de un difunto cualquiera, sino pública y perpetua. Todo esto era en aquel tiempo, en cierta
manera, un equivalente del actual proceso de canonización de los santos. Hay quien ha
preguntado si la asignación del título oficial de martyr era precedida de un proceso informativo.
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Es posible que, en algún caso excepcional y en alguna provincia, esto tuviera lugar. En África,
por ejemplo, parece que existía, con el nombre de Martyrum vindicatio. San Optato (+ 370) narra
de una tal Lucila, matrona cartaginesa, que durante la persecución de Diocleciano fue
severamente reprendida por haber besado las reliquias de un mártir cuyo título no había sido
todavía jurídicamente reconocido, nescio cafas hominis mortui, ei si martyris, sed nondum
vindicafi
. Sin embargo, en otras partes no tenemos pruebas de un procedimiento de este género,
porque en la mayor parte de los casos no había necesidad. La confesión del mártir, su constancia
en los tormentos hasta la muerte, eran hechos públicos, desarrollados casi siempre ante los ojos
de los fieles, sobre lo cual no podía existir motivo de duda o materia de una encuesta.

La tumba del mártir, cuyo nombre era regularmente inscrito en el catálogo festivo, la Depositio
martyrum
de su iglesia, adquirió en seguida categoría de santuario, objeto de la amorosa piedad
de los fieles. Generalmente se colocaba fuera de la ciudad, al margen de las grandes vías. En
Roma la vía Cornelia, la vía Ostiense, la vía Apia y la vía Tiburtina estaban llenas de tumbas de
mártires. En Antioquía, San Ignacio reposaba extra portam Daphniticam, in cemeterio. San
Juan Crisóstomo, en sus homilías en honor de algún mártir
, supone siempre a su auditorio
fuera de la ciudad, en medio de las tumbas comunes. Es junto a estos modestos sepulcros de los
mártires, o, más frecuentemente, en una celda funeraria adyacente (memoria, martyrum), donde
en los días aniversarios se reunían los fieles para celebrar la solemne vigilia en su honor. El
diácono Poncio la recuerda narrando la pasión de San Cipriano (258). Se cantaban salmos; se
evocaba, con la lectura de las actas, la pasión gloriosa del mártir y, finalmente, se celebraba el
santo sacrificio. Por tanto, en un principio el culto de los mártires fue estrictamente local y
cincunscrito a la ciudad que poseía la tumba.
Pero con la paz y libertad dada a la Iglesia, éste recibió un impulso inesperado.”No
solamente sobre aquellas humildes tumbas se alzaban los oratorios y las espléndidas basílicas,
convirtiéndose en meta de peregrinaciones, sino que su fiesta aniversaria, pasando más allá de
los confines de la iglesia local, se extendió poco a poco a las iglesias limítrofes y a las de la
provincia entera. La Depositio martyrum romana del 336 señala ya el 7 de marzo la fiesta
Perpetuae et Felicitatis Africae; el 14 de septiembre, la de Cypriani Africae. San Gregorio
Nacianceno (+ 389) tiene un panegírico pronunciado en Constantinopla el día de la fiesta de San
Cipriano. La iglesia de Nola, según San Paulino, celebraba el natalis de San Prisco de Nócera.
Muchos y diversos factores contribuyeron a este extraordinario desarrollo litúrgico, que
comienza en el siglo IV y se acentúa en los siglos sucesivos. El primer factor es el traslado de
las reliquias de los mártires,
no obstante las rigurosas disposiciones de las leyes antiguas, que
salvaguardaban la inviolabilidad de los sepulcros. Esto sucedió primeramente en Oriente.
Fundada Bizancio, la nueva Roma, se la quiso enriquecer, a semejanza de la antigua, de
reliquias de mártires.
Y así Constancio en el 356 transportó los restos de San Timoteo; en el
357, los de San Andrés y San Lucas, y más tarde, de San Foca y de algunos mártires egipcios.
Bajo Teodoro (379-395) se hizo lo mismo con las reliquias de San Pablo de Cucuso, de los
mártires Terencio y Africano y de la cabeza de San Juan Bautista. A Antioquía se
transportaron también los cuerpos de San Ignacio, de San Melecio, de San Babila; a Cesárea, el
de San Sabas; a Alejandría, los restos del Precursor.
Los despojos de los mártires eran
llevados en triunfo por las ciudades y depositados en templos erigidos a propósito, donde daban
origen a un nuevo centro de culto. Además, en esta misma época no sólo fueron exhumados
fácilmente de los lugares primitivos los despojos de los mártires, sino que, para satisfacer el
deseo de obispos, iglesias y particulares, se dividieron con la misma facilidad las reliquias. En
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Roma, donde sobre este punto eran muy severos, a duras penas se concedían reliquias tocadas;
pero en otras iglesias, y especialmente en Oriente, eran mucho más amplios. De las reliquias
de San Esteban, encontradas en el 415 en Caphargamala, se enriqueció todo el mundo, y las de
los Santos Gervasio y Protasio, dice Gregorio de Tours, per universam Italiam vel Galliam
délatac sunt
. Es cierto que la fecha de la deposición de las reliquias era cuidadosamente anotada,
y muchas veces venía a ser como el equivalente del dies natalis del mártir cuando por ventura se
ignoraba éste. Muchas inscripciones africanas lo recuerdan: Positae sunt reliquiae S. luliani et
Laurentii cum sociis suis, per manus Colombi episcopt sanctae ecclesiae universis... sub pridie
nonas octobris. Memoriae sanctorum martyrum Laurentv, Hippolyti, Eufemiae, Mimnae et de
Cruce Domini, depositae die III nonas Februarias
. De este modo, los mártires más ilustres, rotas
las barreras del reducido culto local, pudieron en poco tiempo difundirse en las principales
iglesias de la cristiandad, entrar en sus martirologios y en sus dípticos y tener casi un culto
universal. San Agustín podía decir ya de San Vicente: Quae hodie regio, quaeve provincia ulla,
quousque vel romanum imperium vel christianum nomen extenditur, natalem non gaudet
celebrare Vincentii?

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