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Iwasaki Mineko - Vida de Una Geisha

Iwasaki Mineko - Vida de Una Geisha

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Vida d una geisha es la verdadera historia d una d las mejores geishas Iwasaki Mineko entre las décadas de 1960 a 1970 sobre la cual el autor Arthur Golden menconó sin su autorización en los agradecimientos de su libro "memorias d una geisha". Relata su vida antes, durante y después d convertirse en maiko, geiko.
Vida d una geisha es la verdadera historia d una d las mejores geishas Iwasaki Mineko entre las décadas de 1960 a 1970 sobre la cual el autor Arthur Golden menconó sin su autorización en los agradecimientos de su libro "memorias d una geisha". Relata su vida antes, durante y después d convertirse en maiko, geiko.

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Vida de una Geisha

MINEKO IWASAKI

Prólogo

Me trasladé a la casa de geishas Iwasaki cuando aún no tenía cinco años y un año después
comencé mi formación artística. Me encantaba el baile. Se convirtió en mi pasión; me entregué a él
con gran fervor. Estaba decidida a ser la mejor y creo que lo conseguí.

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La danza me ayudaba a seguir adelante cada vez que los demás requerimientos de la
profesión me resultaban en extremo pesados. Literalmente, ya que no sobrepaso los cuarenta y
cinco kilos, y un quimono y los adornos para el cabello suelen alcanzar los veinte. Era una carga
excesiva. Yo me habría contentado con bailar, pero las exigencias del sistema me obligaron a
debutar como maiko cuando todavía era una geisha adolescente a los quince años.
La casa de geishas Iwasaki estaba ubicada en el distrito de Gion Kobu de Kioto, el karyukai
más célebre y tradicional de todos. Es la comunidad en la que viví durante toda mi carrera
profesional.

En Gion Kobu no nos referimos a nosotras mismas como geishas (que significa “artistas”), sino
que usamos un término más específico: geiko o “mujer del arte”. Una clase de geiko, famosa en el
mundo entero como símbolo de Kioto, es la joven bailarina conocida como maiko o “mujer de la
danza”. En consecuencia, en adelante emplearé las palabras geiko y maiko a lo largo del presente
libro.

A los veinte años “me cambié el cuello”, cumpliendo así con el ritual de transición que
simboliza el paso de maiko a geiko. A pesar de todo, a medida que iba consolidándome en la
profesión, me sentía cada vez más decepcionada por la intolerancia de nuestro arcaico sistema.
Por ello traté de impulsar reformas tendientes a promover las oportunidades educativas, la
independencia económica y los derechos laborales de las mujeres de la comunidad, pero mi
incapacidad para cambiar las cosas me desalentó hasta el extremo de que, al final, decidí retirarme
y, para disgusto de los más conservadores, lo hice en pleno apogeo de mi fama, a la edad de
treinta años. Cerré la casa de geishas Iwasaki, que entonces estaba bajo mi dirección, embalé los
preciosos objetos que contenía y los valiosos quimonos, y me marché de Gion Kobu. Me casé y
ahora tengo una familia.

Viví en el karyukai durante los años sesenta y setenta del pasado siglo, época en la que Japón
experimentó una transformación radical y la sociedad posfeudal se convirtió en una sociedad
moderna. Pero yo pertenecía a otro mundo, un reino peculiar cuya identidad y misión dependían de
que se preservasen las tradiciones del pasado. Y yo estaba empeñada en conseguirlo.
Las maiko y las geiko al inicio de su carrera viven y se forman en un establecimiento
denominado okiya, que significa “posada” aunque casi siempre se traduce por “casa de geishas”.
Siguen un rigidísimo programa de clases y ensayos, tan intenso como el de una primera bailarina,
una concertista de piano o una cantante de ópera en Occidente. La propietaria de una okiya apoya
de manera condicional a la geiko en sus esfuerzos para convertirse en profesional y, una vez que
ésta ha debutado, la ayuda a organizar sus actividades. La joven geiko vive en la okiya durante un
período estipulado -entre cinco y siete años, por lo general- y en ese tiempo la resarce de cuanto
ha invertido en ella. A partir de ese momento se independiza y se instala por su cuenta, aunque
continúa manteniendo una relación comercial con la okiya que la apadrinó.
La única excepción a esta regla es la geiko a quien se ha designado atotor¡, es decir, heredera
de la casa y sucesora, que lleva el apellido de la okiya, ya sea por nacimiento o por adopción, y
vive en ella durante toda su carrera profesional. Las maiko y las geiko desarrollan su actividad en
exclusivos salones para banquetes conocidos como ochaya, una palabra que a menudo se traduce
literalmente por “salón de té”. Allí, ejercemos de anfitrionas en fiestas privadas a las que asisten
selectos grupos de invitados. También actuamos en público en una serie de festivales anuales, los
más famosos de los cuales son los Miyako Odori o “Bailes de los Cerezos”.
Las exhibiciones de danza son de una gran vistosidad y congregan a espectadores de todo el
mundo. Los Miyako Odori se representan en nuestro propio teatro, el Kaburenjo, en el mes de abril.
Existe un gran misterio acerca de lo que significa ser una geisha o, en mi caso, una geiko, y no
son pocos los equívocos que suscita nuestra profesión. Espero que mi relato contribuya a
esclarecerla y, a la vez, sirva de testimonio de este singular componente de la historia cultural
japonesa.

Y ahora les ruego que me acompañen en este extraordinario viaje por el mundo de Gion Kobu.

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