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Noveno y décimo mandamiento de la Ley de Dios

Noveno y décimo mandamiento de la Ley de Dios

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12/08/2013

original

Noveno y Décimo Mandamiento

de la Ley de Dios

"No consentirás pensamientos ni
deseos impuros“

Este mandamiento se refiere a los
pecados internos contra la
castidad: pensamientos y deseos.

Francisco Martínez A.

Mayo 2009
No consentirás pensamientos ni deseos impuros; el noveno mandamiento de la Ley de Dios nos manda que seamos puros y castos en pensamientos y deseos.



¿Cuál es el noveno mandamiento y qué nos manda?

No consentirás pensamientos ni deseos impuros; el
noveno mandamiento de la Ley de Dios nos manda que
seamos puros y castos en pensamientos y deseos.
Para nosotros hoy, el noveno mandamiento dice:

"No desearás la mujer de tu prójimo".
Pero la Biblia, en cambio, dice:
"No codiciarás la casa de tu prójimo: no codiciarás la mujer
de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey ni su
asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca“
(Éx. 20, 17).
¿Qué nos manda el Noveno Mandamiento?

El Noveno Mandamiento nos manda ser puros y castos,
incluso con nuestros pensamientos y deseos es decir, “No
consentirás pensamientos ni deseos impuros”.

Dice Jesucristo: «El que mira a una mujer casada
deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su corazón»
San Mateo, 5:27
¿A qué nos ayuda el cumplimiento del noveno
Mandamiento?

Nos ayuda a vencer las malas inclinaciones contra
la castidad, para realizar los deseos de Dios
indicados en la revelación de Jesucristo.

La moral manda rechazar los pensamientos y
deseos deshonestos.
¿Por qué el señor exige santidad en nuestros
pensamientos?

Porque los malos pensamientos y deseos manchan el
alma y conducen a las malas acciones.

Quien sinceramente desea evitar un acto prohibido,
debe evitar también el camino que lleva a él.
¿Por qué hay que purificar el corazón?

Porque del corazón salen las malas intenciones
que originan acciones perversas.
(Mt. 7, 21-23).

Si tú no aceptas el mal pensamiento, y haces todo
lo posible por rechazarlo, no sólo no pecas, sino
que mereces, y mucho, a los ojos de Dios.
¿Cuáles son los medios para crecer en pureza según los
deseos de Dios?

Aprecio a la castidad, a la pureza de intención, a la
pureza de la mirada, a la frecuencia de los sacramentos y
a la oración.
Quien tiene malos pensamientos, imaginaciones o
deseos contra su voluntad, no peca. Sentir no es
consentir. El sentir no depende muchas veces de
nosotros; el consentir, siempre. El pecado está en el
consentir, no en el sentir.

Siente el cuerpo, consiente el alma. Y quien peca es el
alma, no el cuerpo.
No es lo mismo sentir una atracción que paladear un
gusto. No es lo mismo experimentar una sensación, que
aprovecharla.

Mientras tu voluntad no consienta en disfrutar de esa
sensación, o en deleitarte en ese mal pensamiento, no
hay pecado ninguno.
¿Cómo comenzar a valorar la castidad?

Acogiendo el valor que Jesús le da a los limpios de
Corazón y las ventajas que puede tener para nosotros.

Muchas veces circunstancias exteriores, como las malas
conversaciones, las lecturas peligrosas, las diversiones y
espectáculos deshonestos y la televisión, suscitan
imaginaciones, pensamientos o deseos de cosas
impuras.
¿Cómo puedo aumentar la pureza del corazón?

Vigilando la dirección que le doy a mis intenciones
profundas o superficiales.

Es necesario adquirir la costumbre de reaccionar
rápidamente contra las tentaciones: lo mismo que
te sacudes automáticamente una chispa del cigarro
que te cae en tu chaqueta nueva.
¿Cómo puedo purificar la mirada?

No deteniéndose en imágenes que perturban el interior
contra los deseos de Dios y la dignidad de las personas.

Quien voluntariamente se pone, sin causa justa, en
circunstancias que constituyen grave peligro y ocasión
próxima de consentir en pensamientos o deseos malos,
comete pecado grave.
¿Qué prohíbe este Mandamiento?

El noveno Mandamiento nos prohíbe desear la mujer de
nuestro prójimo.
“No codiciarás la mujer de tu prójimo” (Ex. 20, 17)

Contra este mandamiento son pecados graves los malos
pensamientos y deseos si se han consentido
complaciéndose en ellos voluntariamente.
¿En qué consiste la diferencia entre el sexto
Mandamiento y el Noveno?

El noveno Mandamiento prohíbe la malicia en el pensar
y desear; lo que el sexto Mandamiento prohíbe hacer o
realizar exteriormente.

Esto significa que no solo hemos de evitar las malas
acciones, sino que también los malos pensamientos y
deseos que pueden inducirnos al pecado de acción.
¿Qué otro significado encierra este Mandamiento?

Que hemos de aprender a mirar a las otras
personas con amor y respeto a su dignidad y no
convertirlas en objetos de fantasías pecaminosas.
Reflexiones

"Mantengan sus pensamientos y sus deseos puros y
santos, y estarán listos para recibir a su invitado. Una
buena ama de casa mantiene su casa lista para sus
invitados. ¿Están listos para recibirme, para darme la
bienvenida? Yo vendré a una hora que no sepan.
Mantengan sus casas limpias y listas para mantener sus
corazones en Mí".
Dios nos dio el "sexo" para trasmitir la vida e hizo que sea
con placer; pero buscar este placer, por puro placer, fuera
del matrimonio o en el pero impidiendo artificialmente la
transmisión de la vida es pecado grave.
En esta materia no solo se peca con las malas acciones sino
también consintiendo a los malos pensamientos o deseos,
miradas, tocamientos, lecturas, etc.
Jesús es la Palabra Eterna de Dios en nuestra
carne, la Segunda Persona de la Santísima
Trinidad Encarnada. Por lo tanto, Jesús, como
Dios, no tiene principio ni final. Jesús, como
hombre, tuvo un principio: concebido en la Virgen
María por el Poder del Espíritu Santo.
¡Ni que la mujer hubiera sido
creada para la satisfacción o
deleite del hombre!
Oración

Oh Dios todopoderoso y eterno, mira el corazón de tu bien
amado Hijo, y la alabanza y satisfacción que Él Te ofrece
en el nombre de los pecadores, y por aquéllos que buscan
Tu misericordia. Apacíguate y concédenos perdón en el
nombre del mismo Jesucristo, Tu Hijo, que vive y reina
contigo en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los
siglos, Amén.
Décimo mandamiento de la Ley de Dios
No codiciarás los bienes ajenos

«No codiciarás la casa de tu prójimo, ni desearás su mujer, ni
su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni ninguna cosa
de las que sean de él» (Éx. 20, 17).

El décimo prohíbe hasta los deseos codiciosos de poseer los
bienes ajenos por medios injustos e ilegales.
El décimo mandamiento
prohíbe la avaricia y el deseo
inmoderado de apropiación de
los bienes terrenos y del poder.
Dios prohíbe los deseos desordenados de los bienes ajenos
porque quiere que aun interiormente seamos justos y que
nos mantengamos siempre muy lejos de las acciones
injustas.

El décimo mandamiento nos manda que estemos contentos
con el estado en que Dios nos ha puesto, y que suframos
con paciencia la pobreza cuando el Señor nos quiera en
ese estado.
Dice Jesús:
“La codicia o el ser posesivo significa que deseas tener y
poseer a cualquier precio. Es mal en tu corazón. Los
deseos malos no Me agradan”.

"Si tomas lo de otros, ¿no estás acaso tomando algo Mío?
Yo soy quien da los regalos. ¿Cuándo entenderás que Yo
soy Dios?”
Al respeto de los otros y de lo que les pertenece
Dice Jesús:
"Quiero que sepas que todos los regalos vienen de Mí.
Si tomas algo (o a alguien) de otro, estás tomando de
Mí. Nadie golpea a otro sin estar golpeándome a Mí
primero. Nadie le saca algo a otro, sin sacármelo
primero a Mí.”

"Si deseas el mal, deseas lo que no es Mío. Desea Mi
corazón, y recibe la plenitud de Mi Amor eternamente”.
El Evangelio nos enseña cuál debe de ser la actitud del
hombre ante las riquezas y los bienes de este mundo.
Recordemos que dónde tenemos puesto el corazón, ahí
encontraremos nuestro tesoro. Si el precepto más importante
es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti
mismo, entonces el tesoro del hombre debe ser llegar a
poseer a Dios, por tanto, nuestro corazón debe estar puesto
en Dios y en el servicio a los demás.
No olvidemos que las riquezas, los bienes de este mundo
son únicamente una ayuda para que cada quien pueda
llevar a cabo su misión.

Cuando el corazón se desvía y en lugar de tender a Dios y
buscar el bien de los demás comienza a desear sólo
poseer riquezas, se rompe la recta jerarquía de valores y
los criterios ya no son los del Evangelio.
Se desean los bienes del otro, aparece la envidia, la
sospecha. Se sufre cuando el otro goza de sus bienes,
cuando, en realidad, se debería sentir alegría.

La envidia no es otra cosa que la tristeza que se siente
ante el bien del otro que conlleva un deseo desordenado
por apropiárselo, es un pecado capital. Este mandamiento
exige desterrar de nuestro corazón cualquier rastro de
envidia.
A medida que este sentimiento va creciendo, va tomando
posesión de la persona, lo que trae como consecuencia,
comportamientos más graves, llegando a cometer grandes
injusticias sólo para tener más.

Vivimos en una época donde el tener se ha convertido en
una obsesión, el ser, parecería que no tiene gran
importancia. siendo que debería de ser todo lo contrario.
La obsesión por los bienes materiales nos impide el
acercarnos a Dios, el alma se olvida de lo único
necesario, Dios. Los bienes se convierten en fines y
no medios, perdiendo su justa dimensión.
¿Cómo vivir el Décimo Mandamiento?

El Décimo Mandamiento se cumple viviendo la virtud de la
liberalidad, y se transgrede con los pecados de avaricia y
prodigalidad.
La liberalidad es la virtud que regula el amor a las cosas
materiales y hace que se empleen según el deseo de Dios.
Al moderar el amor a las cosas materiales, se actúa en
contra de la avaricia.
Al emplear las cosas según el deseo de Dios, se actúa
contra la prodigalidad.
La avaricia es el deseo desordenado de las cosas
materiales. Es un pecado “capital”.
La avaricia puede adoptar la forma de tacañería, es decir,
escatimar los gastos razonables.
También puede adoptar la actitud de codicia, que trata de
acumular más y más riquezas.
La prodigalidad es el vicio que lleva a gastar el dinero de
manera inconsiderada y desmesuradamente.
El alcance doctrinal del Séptimo y Décimo Mandamientos se
completa con la dimensión social de los bienes creados.
En cuanto a la codicia, hay varias frases que la describen de
acuerdo con el Antiguo Testamento. No habrás de codiciar la
casa de su vecino, ni su esposa, ni su siervo, ni su sierva, ni
su ganado, ni nada que le pertenezca. Gran parte del mal en
el mundo se debe a la codicia, por querer algo a lo cual no
tienes derecho. Moisés sabía lo que la codicia nos hace en lo
que hoy en día llamamos el inconsciente o el subconsciente.
La codicia afecta al alma del hombre. Aún si tu codicia
nunca te lleva a tomar algo que no te pertenece, de hecho
socava tu alma y termina por pudrirla. Te aparta de Dios.
¿Por qué? Porque codiciar algo significa que no entiendes
la Ley del Ser. No entiendes que todo aquello que tienes o
que te falta es la proyección y expresión de tu conciencia.
Hasta que entiendas eso no podrás ser salvado.
No hay nada en el mundo que alguna vez hayas
concebido que Dios no lo tenga en abundancia. El
suministro de Dios es infinito, y envidiar a otra persona
porque tiene mejor posición, o porque parece tener
más, es negar tu propio contacto con Dios.
Lo que es nuestro en lo externo, en lo terrenal, es al
mismo tiempo nuestra herencia terrenal. Es un regalo de
Dios que tenemos que administrar bien, y al que sin
embargo nunca nos deberíamos atar.
Satisfácete con lo que Dios te ha dado, con lo que tú
puedes administrar. Es tu tarea administrar lo que tienes
como posesión terrenal, incrementarlo y cuidarlo de forma
legítima, pero no estés envidioso de lo que tiene tu
prójimo.
Muchos están envidiosos de las posesiones y bienes de
su prójimo, porque en nuestro mundo existe el
desequilibrio, la desigualdad…
El que aspira a obtener la propiedad de su prójimo, es
decir que la codicia, quiere únicamente algo para sí
mismo.

También el menospreciar a nuestro prójimo con motivo
de una cualidad, talento o cosa que él posea y que
nosotros envidiamos, es infringir este décimo y también
el séptimo Mandamiento «No robarás».
Preguntémonos a nosotros mismos: ¿qué es lo que me
pertenece realmente? Si me veo como lo que yo soy en
verdad, como la casa del Espíritu Santo, como el Templo
de Dios: ¿qué me pertenece entonces? A mí me pertenece
la plenitud de Dios, el Cielo y la Tierra. Todo lo que existe
está en esencia y fuerza en mí, en mi cuerpo espiritual, que
es un microcosmos en el macrocosmos. Es mi herencia
espiritual.
Mi Padre, que es también el Padre de todos los seres puros,
almas y hombres, nos ha dado a cada uno como herencia las
innumerables fuerzas del infinito. Todo esto está en nosotros,
y nosotros las tenemos que volver a desarrollar con una vida
de acuerdo con la Ley Divina.

Lo que es nuestro en lo externo, en lo terrenal, es al mismo
tiempo nuestra herencia terrenal. Es un regalo de Dios que
tenemos que administrar bien, y al que sin embargo nunca
nos deberíamos atar.
En las pocas palabras del noveno y del décimo
Mandamiento, tal como hemos visto, hay muchas
posibilidades de auto reconocerse, por un lado en el
aspecto de lo material, y por otro en lo espiritual, el
templo de Dios, el prójimo, nuestro hermano, nuestra
hermana.

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