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Análisis de "A mi hermano Miguel" de César Vallejo

Análisis de "A mi hermano Miguel" de César Vallejo

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Publicado porCarlos Yushimito
Experiencia y aprendizaje de la
muerte en un poema de César Vallejo
Análisis de “A mi hermano Miguel”.

(Texto pensado para alumnos de nivel de pregrado universitario)
Experiencia y aprendizaje de la
muerte en un poema de César Vallejo
Análisis de “A mi hermano Miguel”.

(Texto pensado para alumnos de nivel de pregrado universitario)

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Published by: Carlos Yushimito on Jan 29, 2009
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08/19/2015

Experiencia y aprendizaje de la muerte en un poema de César Vallejo

Análisis de “A mi hermano Miguel”

© Carlos Yushimito del Valle Villanova University

Otoño, 2008

A MI HERMANO MIGUEL
In memoriam

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa, donde nos haces una falta sin fondo! Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá nos acariciaba: "Pero, hijos..." Ahora yo me escondo, como antes, todas estas oraciones vespertinas, y espero que tú no des conmigo. Por la sala, el zaguán, los corredores. Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo. Me acuerdo que nos hacíamos llorar, hermano, en aquel juego. Miguel, tú te escondiste una noche de agosto, al alborear; pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste. Y tu gemelo corazón de esas tardes extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya cae sombra en el alma. Oye, hermano, no tardes en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.

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«A mi hermano Miguel» es uno de los cinco poemas incluidos en «Canciones de hogar», última de las seis secciones que estructuran el poemario de César Vallejo, Los heraldos negros (1919). Está formado por cuatro estrofas de 4, 7, 6 y 2 versos respectivamente, siendo predominantes en ellas los versos alejandrinos, los dodecasílabos y los heptasílabos. La elección de la métrica revela aún el apego del joven Vallejo a la estética modernista, aunque una revisión más atenta de la construcción de sus imágenes, anuncia ya una abierta transición hacia lo que Alberto Escobar llamara “una perspectiva personal”1: es decir, la búsqueda de un lenguaje íntimo y original, con el que iniciará Vallejo, sólo tres años más tarde, sus más radicales exploraciones y hallazgos verbales. Jorge Basadre2 notó hace ya mucho que Vallejo es un autor de enorme “inspiración autóctona”, y que “sus cuadros aldeanos o rurales”, muchos de ellos incluidos en Los heraldos negros, son una proyección espontánea del itinerario que emprendió la universalidad de su propia obra. Esto último hace afirmar a Basadre que Vallejo no es sólo “un gran poeta localista sino también un gran poeta del hogar”. Es con esta afirmación con la que deseo empezar a esbozar las primeras ideas del presente ensayo. El sentimiento de nostalgia con el que inicia el yo poético su diálogo con el hermano ausente, está íntimamente relacionado con el espacio familiar, el hogar y el alejamiento del ser querido:

1

Alberto Escobar. “La perspectiva personal en Los heraldos negros”, en César Vallejo. Edición de Julio Ortega. Jorge Basadre. “Un poeta peruano” en Ajos y Zafiros, Nº5, noviembre de 2003. Trascripción fiel del artículo

Madrid: Taurus, 1974, pp. 235-243
2

íntegro publicado en La Sierra. Revista Mensual de Letras, Ciencias, Artes, Historia, Ciencias Sociales y Polémica, Órgano de la Juventud Renovadora Andina. Año II, 13-14, Lima, enero-febrero de 1928; pp. 30-34.

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa, donde nos haces una falta sin fondo!

La vieja casa provinciana no sufre el filtro de la abstracción idealizada del yo poético. Por el contrario, le dice al hermano ausente: “hoy estoy en el poyo de la casa”, y es significativo que el diálogo se inicie con la configuración de un espacio realista, “el poyo”3, con toda la aspereza lingüística que carga, no sólo como palabra sino también como lugar de asiento de memoria. Quisiera notar aquí este primer distanciamiento de la estética modernista. A la nostalgia infantil no la acompaña Vallejo con imágenes refinadas o exóticas; ni siquiera por medio de abstracciones musicales como ya lo hacía el simbolismo de Eguren. Su representación llega a través de un cuadro realista, de un vocablo simple y prosaico: poyo. Y esta primera irrupción de lo coloquial dota al poema de cercanía y afectividad y, por consiguiente, establece un fuerte vínculo con el lector que asiste al diálogo fracturado entre los dos hermanos. Qué distante está Vallejo, pues, de las evocaciones de otro poeta de hogar, asimismo localista y coetáneo suyo, Abraham Valdelomar. Veamos por ejemplo el soneto titulado “El hermano ausente en la cena pascual”, publicado apenas un año antes (1918) y de similar temática al poema de Vallejo. Mientras en Valdelomar la influencia modernista se hace evidente:
Hay un sitio vacío en la mesa hacia el cual mi madre tiende a veces su mirada de miel y se musita el nombre del ausente; pero él hoy no vendrá a sentarse en la mesa pascual.

3

Poyo. (Del lat. podĭum). 1. m. Banco de piedra, yeso u otra materia, que ordinariamente se fabrica arrimado a las

paredes, junto a las puertas de las casas de campo, en los zaguanes y otras partes.

en Vallejo la evocación del hermano muerto se presta a una exploración múltiple que intenta superar, trascendiendo precisamente con el empleo del coloquialismo y del ‘prosaísmo’ verbal, las formas clásicas de su tiempo, hecho que se afirmará sobre todo a partir de Trilce4. El poyo de la casa no es sólo así el lugar donde se configura el yo poético para evocar al hermano, sino también la plataforma sobre la que asienta el poeta su apuesta verbal, cargada de una actitud apostrófica, de tipo coloquial, evidente en la voz distante de la madre o en la del mismo yo dialógico que habla con el interlocutor ausente:
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá nos acariciaba: "Pero, hijos..." Oye, hermano, no tardes en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.

El poyo es también el lugar desde el cual el sujeto poético se permite recuperar el pasado. Guiado por la mano protectora de la madre, detenido aún en los juegos de la infancia, la nostalgia por el tiempo ido permanece en la memoria y adquiere movilidad, a la manera de los ecos perdidos en las diferentes estancias de la vieja casona: Por la sala, el zaguán, los corredores. El hogar queda configurado, por lo tanto, como un espacio de permanencia al que se puede incluso volver tras la muerte5: propone una posible comunicación pero al mismo tiempo la niega, lo que enfatiza la fractura fraterna (el desencuentro del juego y de la vida), manifestado incluso en el empleo del presente y del pasado, en un juego que da una fuerte apariencia de atemporalidad:

4

“Y ese áspero, piadoso, fluctuante coloquialismo será precisamente el módulo de estilo que terminará por superar

a una norma literaria heredada del modernismo”. Julio Ortega, “La poética de la persona confesional”, en Aproximaciones a César Vallejo, Tomo 2, Edición de Ángel Flores, NY, 1971.
5

Considérese, por ejemplo, el relato “Más allá de la vida y la muerte”, incluido en el libro Escalas me-lografiadas

que Vallejo publicara en 1923.

Ahora yo me escondo, como antes, todas estas oraciones vespertinas, y espero que tú no des conmigo. Por la sala, el zaguán, los corredores. Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.

Pero, aunque desde ella la memoria infantil se actualiza en la apelación y evoca al ausente, pone en evidencia la imposibilidad de recibir a cambio respuesta, lo que hace más intensa y dramática la separación del ser querido. A lo largo del poema, la desaparición del hermano se enfatiza al mencionar los juegos compartidos en la infancia. La hermandad –de significativo valor simbólico en la obra vallejiana–, se quiebra así mucho más intensamente, lo que visto a través de la complicidad rota en el juego, acentúa el sentimiento de soledad y orfandad del sujeto lírico. El inocente juego de las escondidas, relacionado con la muerte, se carga de una compleja profundidad ontológica, como sucede con el juego de los dados en «Los dados eternos». No obstante, en tanto en este último la reflexión sobre la muerte se hace desde resonancias interpelativas (a la manera de un adolorido Job), la cadencia de «A mi hermano Miguel» es íntima, es incluso confesional. Está asociada en todo momento con la propia casa, afecta espacios comunes y familiares, afecta incluso la ingenuidad de un juego inocente, y es, sobre este recuerdo pacífico, que termina plantando su poderosa sombra. La muerte es próxima, sorpresiva, acecha la intimidad, y por lo tanto se la presiente con un miedo prematuro:
Me acuerdo que nos hacíamos llorar, hermano, en aquel juego.

Actualizado en la vida adulta, el yo poético interrumpe su añoranza infantil para enfatizar el símil entre el juego y la muerte. La conciencia de la muerte se hace dramática, se hace triste, ya no

tiene la connotación lúdica e inocente del inicio: a partir de la conciencia adulta, esconderse adquiere un significado trágico que es el morir. Y es el paso de la sugerencia a la comprensión de la desaparición como un hecho definitivo, el que termina acentúando el efecto del poema. El juego encierra una alusión a la fatalidad, en tanto la vida, entendida como un juego similar, es simple, real corroboración de lo simbólico.

Miguel, tú te escondiste una noche de agosto, al alborear; pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste. Y tu gemelo corazón de esas tardes extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya cae sombra en el alma.

Es significativo, en cualquier caso, que Vallejo haya elegido el juego de las escondidas para simbolizar la muerte. A mi entender, esto responde a un hecho interesante. Mientras en el juego la desaparición es un acto voluntario (Ahora yo me escondo… /y espero que tú no des conmigo), en el marco real, en la antinomia del aprendizaje (la segunda estrofa cotejada con la tercera: “Ahora yo me escondo” con “Miguel, tú te escondiste”), ese simple hecho queda desvirtuado por la madurez: la conciencia de que el ocultamiento/muerte es sólo una ineludible vuelta de tuerca decidida por el destino y no por el ser humano. Expresado por el aburrimiento de la espera, el desencuentro final del sujeto lírico estará dado por la imposibilidad de volver a encontrar la inocencia en el juego, lo que le proporciona a este último una lección definitiva sobre la muerte. La muerte es siempre para Vallejo una profundidad sin sonidos y sin luces: es una “falta sin fondo” (verso 2); es una “sombra” que “cae” (verso 17); son “zanjas oscuras” que abre el dolor («Los heraldos negros»); contiene un abismal, enigmático, “no sé qué

fondo de Dios” («La de a mil»). El dolor por la ausencia del ser querido no tiene un final definido: se prolonga, es como una piedra echada en un pozo, son las palabras que dedica el sujeto lírico a dialogar con su hermano cuando, en realidad, sabe que no tiene ya un interlocutor real. Es el silencio, en suma; el vacío. La ternura o la compasión que produce este acto tan humano no dejan de vincularse férreamente con el sentimiento de orfandad ontológica que deja Vallejo, como un sedimento, en la totalidad del poema. Frente a la muerte, incluso la sombra protectora de la figura materna nada puede hacer. Es incapaz de revertir con su ternura evocada los efectos de la muerte, de la fatalidad que arroja al hombre, inválido de Dios, a un desencuentro ineludible frente a su destino, tal y como un niño pequeño, solo y asustado, es echado al mundo. Los últimos versos del poema, cargados de un tono conversacional lleno de ternura e ingenuidad, no hacen más que acentuar el desamparo del ego poético frente al aprendizaje de lo que significa la muerte:

Oye, hermano, no tardes en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.

Se trata de una espera final, aparentemente esperanzadora, pero escéptica, de antemano vencida. Quien tiene el poder de dar la vida, no tiene el poder de devolverla, y en la adquisición de este conocimiento creo yo que radica principalmente el tono triste, melancólico, que impregna el poema. Esto parece reafirmarlo aquel ambiguo "Pero, hijos…” que hallamos interrumpido en la primera estrofa. La amonestación con que la madre acompaña, sensible y compasiva, los primeros juegos de sus niños, refleja en cierto modo su propio saber adulto no compartido aún. ¿Ha querido expresar así la fatalidad que conoce por experiencia propia y de la que, con unas caricias, quiere proteger a sus hijos, distraídos en la inocencia del juego ajeno al de la vida real? Solamente

la atemporalidad que ha acabado por crear el sujeto poético puede preservarlo en el ahora de un inevitable y desgarrador pesimismo, como si en la memoria, en los recuerdos detenidos, en la madre aún poseedora de la cualidad de la protección, los desencuentros (el mayor de todos, la experiencia de la muerte) pudieran resolverse con una decisión voluntaria: la voluntad que, vestida con andrajos del azar, no le está destinada poseer al ser humano.

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