El escritor de los hebreos hace alusiones a los hechos del salvador con
numerosas e identificables. La carta contienes referencias implícitas a la vida
histórica de Jesús de Nazareth. Jesús es una persona real e histórica, cuya
humanidad es singularmente acentuada:
- Participó de la carne y de la sangre Hb 2,14.
- Fue hecho semejante a nosotros Hb 2,17
- No se avergüenza de llamar a los hombres sus hermanos Hb 2,17
- Es judío por su origen, surgido de la tribu de Judá Hb 7,14
- Su vida se sitúa en un pasado próximo Hb1,2
- Apareció como predicador Hb 1,2; 2,3
- Tuvo oyentes que transmitieron sus palabras Hb 2,3
- Fue sometido a pesadas pruebas Hb 2,8; 4,15
- Soporto la oposición de parte de los pecadores Hb 12,3
- Sobrellevó el oprobio Hb 11,26; 13,13
- El sufrimiento le arrancó una intensa oración con fuertes gritos y lágrimas,
y su dolor fue aún más profundo, por que conocía al que podía salvarlo
de la muerte Hb 5,
- Pero se sometió libremente a la voluntad divina Hb 5,8; 10,5-10
- Se ofreció a sí mismo en sacrificio Hb 5,7; 8,3; 9,14.28; 10,12
- Soporto la cruz Hb 12,2
- El sufrimiento fue el medio querido por Dios para llevar a Jesús a la
perfección Hb 2,10; 5,9
- Cristo resucitó Hb 13,20
- Fue exaltado a la diestra de Dios Hb 1,2
- Vendrá de nuevo Hb 9,28; Hb 10,37
Hb 5,7 alusión al Getsemaní o huerto de los olivos.
La carta a los hebreos hace referencia al huerto de los olivos o al drama del
Getsemaní.
“en los días de su carne”. Esta frase se orienta hacia el tiempo en que Cristo
paso sus días en la tierra en estado de humillación. Encarnación
También designa no solo su naturaleza humana, sino la condición humana,
carnal, igual a los demás hombres. Indica su que fue tentado, sujeto al
sufrimiento, que estuvo rodeado de la debilidad, como nosotros, cuando vivió
en la tierra, cuando llevaba carne semejante a la carne de pecado (Rm 8,3)
pero no pecadora, pero si frágil, corruptible, caduca, mortal, por eso se hizo
inferior a los ángeles Hb 2,7-9, semejante a nosotros en todo menos en el
pecado Hb 2,27; 4,15, en forma de siervo, obediente al Padre hasta la muerte
de cruz (Flp 2,7-8). Con estas palabras el autor de la carta demuestra la
realidad de la encarnación: Cristo se hizo hombre, sujeto a las mismas
debilidades que los demás hombres
“oraciones y suplicas, clamor poderoso y lágrimas”. Esto sitúa a Jesús en un
peligro eminente de muerte, es la prueba difícil que Jesús fue sometido en
los “días de su carne”. Todo apunta a la agonía de Jesús en el huerto de los
olivos. No puede tratarse sino de la verdadera gran tentación de Jesús en el
Getsemaní, donde él tenía todavía la posibilidad de escoger otro camino que
el de la obediencia que lo llevaría a la cruz.
El episodio del Getsemaní está el hecho de que la oración es formulada en
peligro de muerte y Cristo pide la preservación de la muerte. (Jn 12,27-28).
La carta a los hebreos es la que subraya no solamente la divinidad de Jesús,
sino al mismo tiempo su humanidad. Es importante la humanida de Cristo
para la carta, de esta parte integral se deriva el tema principal: carácter y
función sacerdotal de Cristo. Asemejado en todo a sus hermanos (Hb 2,17),
probado en todo a semejanza nuestra (Hb 4,15). Nadie como él está
cualificado para solidarizar con la debilidad humana, porque nadie como él
soportó jamás una prueba tan angustiosa. Getsemaní es considerado como
el momento de la más profunda experiencia humana de Jesús. La agonía
física de la cruz no fue tan estrujante como su agonía en el espíritu en
Getsemaní. Allí su oración fue más desgarradora y su dolor llegó al
paroxismo. El Getsemaní causo una tremenda impresión al autor de los
hebreos, esto se ve descrito con la gran viveza al decir, oraciones y suplicas
es intensificada aún más por la frase con clamor poderoso y lágrimas. Es un
grito de angustia como en Ap 21,4, expresión de espanto de muerte. Esta
descripción de la angustia de Jesús no tiene paralelo en el N.T por su
intensidad. Va más allá de los evangelios. Hb 5,7 dice que Jesús gritó y lloró.
El grito y las lágrimas revelan la verdadera humanidad de Jesús. Son signos
conmovedores de su humildad y humillación. Expresan la agudeza de su
dolor, la profundidad de su angustia, el ardor de su oración. Es decir, Cristo
sintió el pesa del dolor con toda su fuerza. Su naturaleza divina no le
proporcionó ningún escape. La muerte para él fue algo terrible no
querido por Dios, el ultimo enemigo 1Cor 15,26. En medio de su
resistencia natural de su humano instinto de conservación, grita fuertemente
y llora, implorando auxilio. Su angustia frente al sufrimiento y a la muerte
revela hasta qué punto compartió los sentimientos más naturales y profundos
del hombre Hb 2,15. Pero sus gritos y lágrimas son causados no sólo por el
temor al dolor y a la muerte, sino por el horror al mal, por el conocimiento del
obstáculo alzado entre de Dios y el hombre. y experimentando en toda su
tragedia la situación humana, se abandona, en su oración, a la voluntad del
Padre.
Si miramos Hb 5,7 con Mc 14,33-36 el fin de la oración en Marcos Jesús está
en su máximo abatimiento de Mesías sufriente, en su máxima debilidad y
necesitado de ayuda. También Lucas habla de la angustia de Jesús, subraya
la intensidad de su oración y señala los efectos exteriores de agonía interior
que llega hasta el sudor de sangre. Los hebreos hablan de gritos y lágrimas.
Juan 12,27 Jesús anuncia que ha llegado la hora de su glorificación por la
muerte (v.23). Y al instante su alma se turba, este estado de turbación en el
que Cristo se ve enteramente sumergido.
La oración en alta voz, lo vemos en los evangelios: “Padre mío, si es posible,
pase de mi este cáliz” Mt 26,39; Mt 26,42.44; Mc 14,35 -36.39; Lc 22,42). La
oración es con fuerte voz, al grado que pudo ser escuchado por sus
discípulos, que estaban a la distancia de un tiro de una piedra Lc 22,42.
Aunque de las lágrimas de Jesús durante su agonía en el huerto nada dicen
los evangelios, pero esta implícitas en ellos, sobre todo en las palabras
“aparta de mí este cáliz” (Mc 14,36; Mc 14,35.39; Mt 26,39.42.44; Lc 22,42)
y la extrema agonía. Es difícil imaginar esta escena sin lágrimas. Es casi
imposible que Cristo, acosado por la tristeza y la angustia.
En Getsemaní, Cristo, efectivamente fue escuchado, fue liberado del miedo
de la muerte, cuando se le apareció un ángel, venido desde el cielo que lo
confortaba (Lc 22,43), San Juan también declara como los hebreos que la
oración de Jesús fue escuchada. El Padre responde al hijo con una
manifestación: Vino entonces una voz del cielo: Lo he glorificado y de nuevo
lo glorificaré Jn 12,28.
Sabemos que la agonía del Getsemaní va saborear Jesús la amargura de la
pasión y por su sumisión a la voluntad del Padre, aprendió la obediencia. Esta
obediencia se manifiesta en la adhesión a la voluntad del Padre, Cristo en la
prueba del Getsemaní, no sucumbe a la tentación, es decir, sufriendo la
prueba no peca. Aquí donde se revela mejor su ser hombre y su ser Dios.
Como hombre sufre y acusa su propia debilidad, como hijo de Dios, da
pruebas de una fuerza sobrehumana y triunfa de toda adversidad. Aquí nos
queda claro las que ha dicho los hebreos 5,7: Cristo “ofreció oraciones y
súplicas, con clamor poderoso y lágrimas, al que podía salvarlo de la muerte,
y fue escuchado a causa de su reverencia”.
Las oraciones y súplicas, clamor poderoso y lágrimas. Lo que sucede en el
Getsemaní y en la cruz. Su pasión entera es la oración sacerdotal intensa
que constituye una ofrenda (5,7) y que se identifica con el acto supremo de
obediencia (v.8) y de amor, que lo hizo sacerdote perfecto y causa de
salvación eterna para todos los que lo obedecen (v.9)
Referencia a la cruz
Hebreos dice 5,7 “clamor poderoso” y “en los días de su carne” se refiere a
la cruzs. Según los evangelios nos revelan el acto supremo de la vida de
Jesús, sabemos que Cristo desde la cruz, ofreció a Dios “oraciones muy
humildes y ardientes. Oró por los que lo habían crucificado, intercedió por los
rebeldes (Is 53,12), como se lee en Lc 23,34 “Padre, perdónalos, porque nos
saben lo hacen”, pronunció las palabras del salmo 22: “Dios mío, Dios mío,
por qué me has abandonado” (Mt 27,46; Mc 15,34), el salmo 31,6 “En tus
manos encomiendo mi espíritu”. Las palabras de Cristo, colgado en la cruz,
fueron dirigidas al Padre, son suplicas presentadas:
1.- Cuando ora por los enemigos. Lc 23,34. Padre, perdónalos es la petición
con la que manifiesta lo que desea, perdón de los pecados, porque no saben
lo que hace, es la suplica, que humildemente reconoce y confiesa la culpa,
pero la atenúa y la hace excusable, con el fin de alcanzar perdón.
2.- Al decir “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt 27,46ss;
Mc15,34), no reclamó al Padre, ni se quejó, sino pidió se arrancado de los
males, en el momento en que se hallaba abandonado por el Padre. Cuando
dice: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46), ora al Padre, para
que acoja su alma bajo su protección.
Cristo ofreció en el ara de la cruz oraciones en cuanto sacerdote, ejerciendo
esta función, oró por sí (Mt 27,46.50) y por otros (Lc 23,34). Como pontífice,
se ofreció a si mismo en sacrificio cruento por la salvación del género
humano.
Cuando Cristo exclamó: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”,
pidió ser librado de la muerte, al decir “Padre en tus manos encomiendo mi
espíritu, pidió que su alma fuera restituida. Así la oración de Cristo en la cruz
fue efectivamente escuchada. Dios no dejó en la tumba la humanidad de su
hijo encarnado, que salió del sepulcro gloriosa y triunfante.
Que Cristo haya llorado en la cruz no se encuentra escrito en los evangelios,
pero puede entenderse que pudo haber llorado, el llanto esta unido Cristo en
la cruz con fuerte voz. No se puede dudar de que el autor con estas palabras
quiso indicar que Jesús en la cruz también derramó lágrimas, recordemos
que Juan dice que muchas cosas hizo Jesús, que no fueran escritas (Jn
21,25). Cristo asumió todas nuestras debilidades, fuera del pecado. Si vemos
el curso normal de la naturaleza, es razonable que así como Jesús, en la
cruz, tuvo sed por la sequedad de su cuerpo exhausto, así también entonces
haya llorado, a causa de sus sufrimientos. Cristo, lloró algunas veces, ante la
tumba de Lázaro (Jn 11,35) y por la destrucción de la ciudad de Jerusalén (Lc
19,41). Es probable que también haya llorado en la cruz. Que tiene de extraño
que Cristo haya llorado, cuando tan grandes motivos tenía para llorar. En la
cruz, Cristo soportó el máximo dolor y manifestó el supremo amor. Allí lloró
por la culpa del hombre, al ver que su pasión suficiente para salvar a todos,
sería eficaz para muchos. Lloró por la redención de genero humano. Lloró
por la ingratitud y la condenación de todos los que se pierden. Lloró por la
multitud de nuestros pecados.
La pasión entera de Jesús es su oración sacerdotal intensa que constituye
una ofrenda y que se identifica con el acto supremo de obediencia y amor,
que lo hizo sacerdote perfecto y causa de salvación entera para todos los que
los que lo obedecen