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01 - The Silver Swan - Amo Jones

Madison Montgomery, una joven con un pasado oscuro, comienza su vida en la Academia Preparatoria Riverside, donde se enfrenta a los rumores sobre su familia y a un grupo de chicos problemáticos que dominan la escuela. A medida que se adapta a su nuevo entorno, descubre la existencia de un club secreto, el Club de Reyes de la Élite, que parece tener un control inquietante sobre la vida escolar. La historia explora temas de secretos familiares, poder y la búsqueda de identidad en un mundo lleno de expectativas y juicios.

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01 - The Silver Swan - Amo Jones

Madison Montgomery, una joven con un pasado oscuro, comienza su vida en la Academia Preparatoria Riverside, donde se enfrenta a los rumores sobre su familia y a un grupo de chicos problemáticos que dominan la escuela. A medida que se adapta a su nuevo entorno, descubre la existencia de un club secreto, el Club de Reyes de la Élite, que parece tener un control inquietante sobre la vida escolar. La historia explora temas de secretos familiares, poder y la búsqueda de identidad en un mundo lleno de expectativas y juicios.

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Nota

Esta es una traducción sin ánimo de lucro, hecha


únicamente con el objetivo de poder tener en
nuestro idioma las historias que amamos…
Si tienes la oportunidad de comprar estos
libros te animamos a hacerlo…
NO vayas ir a las páginas de los autores a preguntar novedades
de sus libros en español,
si las traducciones que lees son de foros o independientes (NO
OFICIALES) ⚠🍷
Sinopsis

Adivina esto…
—No estoy ni vivo ni muerto, y no soy algo que la pequeña Madison pu-
eda ocultar.
Pero estarás muerto, para cuando esto termine…
el temporizador comienza ahora, y los juegos acaban de empezar…
Madison Montgomery viene del dinero y el poder, pero cuando
alguien cercano a ella comete el último crimen, Madison debe vivir
con su nombre manchado por el resto de su vida. Cuando comienza
la Academia Preparatoria Riverside, la escuela privada en la que su
padre la ha metido en los Hamptons, espera un nuevo comienzo. Lo
que no esperaba era la manada de chicos malos que dirigen la escu-
ela; diez, para ser exactos. Cuando Madison llama la atención de su
líder, Bishop Vincent Hayes, se le presenta un nuevo mundo que no
creía que existiera. Un mundo entero que comienza y termina con el
Club de Reyes de la Élite y estos chicos, están a punto de poner su
mundo patas arriba. Los secretos se desbordan y las mentiras famili-
ares están a punto de ser expuestas. ¿Hay más de Madison Montgo-
mery de lo que ella sabe?
Dedicación

A las historias que te joden tanto que necesitarás un cigarrillo.


Esta es una de esas historias.
CAPÍTULO 1

Los pasillos de la escuela se cierran sobre mí mientras camino por


el que sería mi primer día en la Academia Preparatoria Riverside. El
sonido de los casilleros cerrándose y las voces burlonas me rodean, y
lo único que quiero hacer es ir a visitar la tumba de mi madre. Mi
padre nos trasladó al otro lado del estado porque había encontrado a
—la elegida—. Empiezo a pensar que no sabe contar. Esta sería su
tercera —la elegida— desde el fallecimiento de mi madre.
Llego a mi casillero, lo abro y coloco mis amantes libros de texto
dentro antes de sacar mi horario de clases. Cálculo. Genial. Mis bra-
zaletes de cuero tintinean mientras cierro la puerta de mi casillero y
me dirijo a Cálculo. Es septiembre, así que por lo menos empiezo al
principio del curso.
Al detenerme en el umbral del aula, miro mi papel para compro-
bar los números antes de mirar los que están montados encima de la
puerta. Ignorando la veintena de ojos que me miran boquiabiertos,
consigo soltar: —¿Este es el 1DY de cálculo?
El profesor, supongo, se acerca a mí, con sus gafas de montura
negra protegiendo sus ojos cansados y su pelo gris ilustrando su
edad. —¿Sí, Madison Montgomery?
Tragando, asiento con la cabeza. —Sí, soy yo.
—Bienvenida a Riverside Prep. Soy el Sr. Warner. ¿Por qué no to-
mas asiento?
Le sonrío, agarrando mis libros, y camino hacia la multitud de es-
tudiantes que están todos sentados en sus sillas, y es entonces cuan-
do empiezan los susurros.
—¿Madison Montgomery? ¿No es la chica cuya madre asesinó a la no-
via de su padre antes de suicidarse?
—¿Estás segura? —pregunta su amiga, mirándome con escepticis-
mo. —Parecía mucho más bonita en los periódicos.
—No, de nitivamente es ella. Su padre también está forrado. Son de la
vieja sociedad, y su madre era un ama de casa aburrida que pilló a su mari-
do engañándola. Así que apuñaló a la mujer hasta la muerte antes de dispa-
rarse en la cabeza, con la escopeta de Madison—. El aire comienza a espe-
sarse mientras me dejo caer en mi asiento.
—¿Su escopeta? ¿Tiene una escopeta? Ew. Mejor aléjate de ella. Podría
estar tan loca como su madre.
Se ríen antes de que el señor Warner chasquee los dedos, recla-
mando su atención. Cierro los ojos brevemente, tragándome cualqui-
er esperanza que tuviera de empezar de cero en un nuevo colegio.
Nada ni nadie podría darme un nuevo comienzo. ¿A quién quería
engañar?
En el primer receso, me dirijo a la entrada exterior y tomo asiento
en uno de los escalones. La forma en que está dispuesta la escuela
permite a los estudiantes utilizar los escalones delanteros para comer
su almuerzo o la cafetería. El atrio está lleno de estudiantes, así que
opto por comer aquí, donde brilla el sol y donde hay menos… gente.
—¡Hola! —grita una voz alegre, y al levantar la vista detrás de mí
me encuentro con una chica tan pequeña como un duendecillo. Su
diminuto cuerpo está cubierto de la más na ropa de etiqueta, y su
pelo rubio y blanco rebota en él. Tampoco puedo evitar jarme en
que donde mis muñecas están atadas con brazaletes negros de metal
y cuero, las suyas son de plata y oro. Sé al instante que no podemos
ser amigas.
—Hola—. Me acomodo el pelo castaño detrás de la oreja.
Ella se sienta a mi lado de todos modos, dando un mordisco a su
sándwich. —Soy Tatum. Eres nueva, ¿verdad?
Asiento con la cabeza, chupando el zumo de mi manzana del pul-
gar. —Sí. Lo siento, probablemente no quieras que te vean conmigo.
Ella rechaza mi comentario. —Lo sé todo sobre ti. Madison Mont-
gomery, diecisiete años. Hija de una asesina que luego se pegó un ti-
ro. A papá le sale el dinero por el culo. Vino de Beverly Hills a los
Hamptons. ¿Me he perdido algo?
Parpadeo lentamente antes de entrecerrar los ojos. —Te has olvi-
dado de la parte en la que era mi arma.
Se ríe nerviosamente. —Lo sé. Sólo esperaba que no fuera cierto.
—Lo que quiero decir. Probablemente no quieras que te vean
conmigo—. Vuelvo a centrar mi atención en mi manzana.
Ella sacude la cabeza. —No, tú y yo vamos a ser grandes amigas.
Después del descanso, sigo con mi siguiente clase y, antes de dar-
me cuenta, suena el timbre para el almuerzo. Tatum insiste en most-
rarme la escuela lo mejor que puede, señalando todas las diferentes
aulas y dónde puedo apuntarme a lo que sea. Durante el almuerzo,
los chicos vienen de su lado de la escuela, y todos nos reunimos en la
cafetería, que divide el lado de las chicas y el de los chicos. El lado
de los ricos está a la altura del de Bill Gates, y me pregunto seri-
amente cómo demonios se las ha arreglado mi padre para hacerme
entrar. Somos ricos, sí, pero hay algo más en esta escuela. También se
necesita un alto nivel de pedigrí para entrar.
Entramos en la cafetería y Tatum me señala la falda. —Puedes po-
nerle accesorios a tu uniforme escolar. Podemos hacer un dobladillo
más alto si queremos—. Mi falda escolar a cuadros me llega justo por
encima de las rodillas, y me parece bien el largo. No quiero llamar
más la atención, así que rechazo su sugerencia.
—Gracias —respondo secamente, antes de llevar mis ojos a las
puertas que se abren hacia el lado de los chicos. Un puñado de chi-
cos atraviesa las puertas, hablando y riendo entre ellos. Dominan el
ambiente al instante. Sus sonrisas son arrogantes con seguridad en sí
mismos.
—¿Quiénes son?— Pregunto, señalando con la cabeza al grupo
que camina hacia el muro del jardín en el extremo del ala derecha.
—Ellos son problemáticos —murmura Tatum, tomando asiento
en una de las mesas de picnic. Los observo con atención. Todos están
buenísimos, muy buenísimos. Tatum se gira, siguiendo mi línea de
visión. —Y ese es el problema de putas —murmura, señalando a las
chicas que estaban balbuceando antes en cálculo.
—¿Qué quieres decir con problemas?— Pregunto, ignorando su
referencia a las chicas y apartando la vista del alboroto.
—Quiero decir que no sólo son imbéciles aventajados que son du-
eños de esta escuela, y cuando digo dueños, quiero decir literalmen-
te; al menos para Nate, de todos modos. ¿Pero por aquí? Ellos man-
dan. Los estudiantes de Riverside Prep son sólo peones en sus juegos
enfermos y retorcidos. Son los dueños de esta escuela, Madison.
—Dices eso como si estuvieran en una pandilla—. Abro mi yo-
gurt.
—Bien podrían estarlo —responde ella, abriendo su cartón de
jugo. —Al parecer, son miembros de un club supersecreto—. Se inc-
lina más y sonríe. —El Club de Reyes de la Élite.
CAPÍTULO 2

—¿El club de los reyes de la élite?— Pregunto, dando un mordis-


co a mi sándwich. Jimmy, nuestro cocinero, hizo mi favorito. Ensala-
da de pollo con cubitos de tomate y lechuga picada mezclada con
mayonesa. Es tan bueno en su trabajo que mi padre lo desarraiga y
lo trae a donde sea que terminemos viviendo.
Tatum agita la mano, poniendo los ojos en blanco. —Son como un
club exclusivo encubierto. Nadie sabe realmente lo que ocurre en es-
te club, ni quiénes son realmente todos los miembros, pero tiene que
ver con la sangre y tu linaje familiar, al parecer.
Sigo comiendo mi sándwich. Suena el timbre para indicar que el
receso ha terminado una vez más, así que recojo mis libros de la me-
sa.
—¿Qué tienes ahora?— pregunta Tatum, metiéndose una manza-
na en la boca para poder tener una mano libre para recoger sus lib-
ros. Me río en voz baja cuando se saca la manzana de la boca. —
¿Qué?
Sacudo la cabeza. —Nada, y tengo educación física.
Ella frunce el ceño. —Sabes que eso era opcional, ¿verdad?
Asiento con la cabeza, ayudándola a recoger sus libros cuando
veo que se está demorando demasiado. —Me gustan los deportes.
Nos giramos para volver a entrar en el pasillo de las chicas, y jus-
to cuando llego a la puerta, algo me impulsa a dar la vuelta.
¿Sabes esa sensación que tienes cuando sientes que alguien te ob-
serva? Sí, la he tenido siete veces. Cuando me detengo en mi paso,
Tatum deja de parlotear sobre algún partido que se celebra el viernes
por la noche, sus ojos pasan por encima de mi hombro antes de que
su rostro palidezca y sus cejas se junten. Me doy la vuelta lentamen-
te para mirar en la cafetería y encontrar a los siete chicos que me mi-
ran jamente. Me jo en cada uno de ellos, deteniéndome un poco
en el que tiene el pelo castaño oscuro desordenado y está sentado en-
corvado en una silla. Tiene los hombros anchos y una mandíbula fu-
erte y angulosa. Sus ojos siguen llamando a los míos cuando, de re-
pente, me siento como si estuviera en trance. Sabiendo que debería
apartarme, trago saliva y me doy la vuelta para ir a mi siguiente cla-
se.
—¡Whoa! ¡Espera!— Tatum corre detrás de mí. —¿Qué demonios
ha sido eso?
Me encojo de hombros, sacando mi horario del bolsillo. —Seguro
que se han enterado de lo de mi madre.
Tatum se burla. —Eso no les importaría, estoy segura. Eso fue ot-
ra cosa. Pero oye— -su rme agarre en mi brazo detiene mi impulso
hacia adelante- —no querrás que se jen en ti, Madison. No son bu-
ena gente.
—Bueno, parece que es un poco tarde para eso—. La empujo y
continúo hacia las puertas traseras que conducen al gimnasio. Cami-
no por el largo pasillo y estoy a punto de doblar la esquina hacia el
vestuario de las chicas cuando me topo con un pecho duro como una
roca.
—Mierda —susurro, retirando mi mano de su pecho. —Lo siento
mucho—. Levanto la vista hacia unos ojos marrones como la miel
formados por gruesas pestañas. Un chico bonito.
—Oye, no te preocupes—. Recoge su bolsa de lona del suelo antes
de tenderme la mano. —Carter. Y tú debes ser Madison Montgo-
mery.
—Genial —murmuro. —Ya has oído hablar de mí—. Dejo caer
mis ojos sobre su pecho, recordando lo duro que se siente bajo mi
palma.
Se ríe. —¿Qué historia? —bromea, guiñándome un ojo.
Sonrío ante su intento de animar el ambiente y niego con la cabe-
za. —Creía que este era el lado de las chicas.
—El gimnasio es mixto. ¿Qué te parece tu primer día? —pregun-
ta, apoyándose en la pared.
—Bueno —empiezo, mis ojos recorriendo el largo pasillo, —un
poco intenso.
—¡Carter! Trae tu culo aquí —dice un hombre mayor con un sil-
bato al cuello y una gorra de béisbol desde el otro extremo del pasil-
lo.
Los ojos de Carter se quedan en los míos, una pequeña sonrisa
aparece en su boca. —Nos vemos, Madison—. Se aparta de la pared
con una sonrisa, pasando junto a mí.
—Sí —respondo, cuando ya se ha ido. —Nos vemos—. Me doy la
vuelta para mirar por encima de mi hombro y lo veo mirándome, así
que le hago un ligero saludo con la mano antes de seguir hacia Edu-
cación Física.
Ya son dos personas agradables las que he conocido en mi primer
día, y no lo he visto sentado con los chicos de Élite-loquesea, así que
espero que no sea amigo de ellos.

Estoy esperando a mi chófer en la puerta del colegio cuando Ta-


tum se acerca corriendo. —Así que, Carter Mathers—. Mueve las cej-
as.
Inclino la cabeza. —¿Cómo sabes eso? Literalmente ocurrió hace
menos de una hora.
—Las noticias viajan rápido por aquí—. Se toca las uñas, sin in-
mutarse.
—Empiezo a entenderlo —murmuro.
—De todos modos —continúa, enganchando su brazo en el mío.
—Necesito tu número para poder planear este n de semana—. Veo
que mi limusina negra se acerca a la acera y Harry, el chófer de mi
padre, sale del lado del conductor. Tatum saca su teléfono y yo le di-
go los números mientras me dirijo a mi auto. —¡Está bien! Te enviaré
un mensaje de texto —grita, mientras Harry me abre la puerta y yo
la agarro con la mano.
—¿Tienes chófer?— le pregunto, con un pie dentro del auto.
Ella niega con la cabeza. —Yo conduzco.
Le hago un gesto para que se vaya y me deslizo en la parte trasera
del auto. El día de hoy ha sido realmente interesante. No sé cómo to-
marme los acontecimientos que han sucedido, pero si todos los días
van a ser como hoy, me espera un largo viaje.
CAPÍTULO 3

Después de abrir las puertas dobles de nuestra casa estilo coloni-


al, dejo mi bolso en el vestíbulo y me dirijo a la cocina. Nuestra casa
es exactamente lo que se espera de alguien como mi padre. Todo
blanco lechoso neutro en las paredes, con una escalera blanca como
el cristal que lleva al segundo nivel. Saco una lata de Coca-Cola de la
nevera antes de subir. Mi padre y su nueva novia volverán el lunes,
y sólo la he visto una o dos veces, pero por lo que he visto, parece
agradable. Más agradable que su última mujer hambrienta de dine-
ro, a la que trajo a casa de todos modos. Estoy subiendo las escaleras
cuando mi teléfono vibra en mi bolsillo trasero. Lo saco rápidamente
y lo abro cuando veo que es mi padre.
—Hola.
—Madi, lo siento, cariño. Se nos olvidó decirte que el hijo de Ele-
na también se mudará a la mansión.
Hago una pausa, escudriñando el largo pasillo una vez que llego
a lo alto de la escalera. —De acuerdooo. No sabía que tenía un hijo.
—Lo tiene. Asiste a tu escuela. Necesito que lo mantengas alej-
ado.
—¿Qué signi ca eso?
Suspira. —Sólo espera hasta que lleguemos a casa, Madi.
—Papá, estás siendo críptico. Te veré cuando llegues a casa, y es-
toy segura de que estaré bien.
Cuelgo el teléfono antes de que pueda seguir dándome la lata, o
peor, darme —la charla—. Después de meterme el teléfono en el bol-
sillo trasero de los vaqueros, me dirijo a la puerta de mi habitación y
me detengo al oír ruidos procedentes del dormitorio contiguo al
mío. ¿Ya está aquí? Luchando contra mis tendencias entrometidas,
atravieso la puerta y suspiro con el alivio de estar de nuevo en mi
burbuja de seguridad. Cierro la puerta de una patada y me dirijo a
las puertas de cristal de estilo victoriano que dan al pequeño balcón
que cuelga sobre la piscina. Abro las cortinas de red blanca y abro el
pestillo para que entre algo de aire. La ligera brisa de la tarde me ro-
za, haciendo que mi largo pelo castaño se agite sobre mi hombro.
Mi burbuja de relajación duró poco cuando —What’s Your Fan-
tasy— de Ludacris hace temblar las obras de arte vintage que tengo
colgadas en las paredes con sus graves profundos. Sacudo la cabeza
y vuelvo a entrar en la habitación, que sigue albergando cajas con to-
dos mis objetos que aún no he desempacado. Abro la puerta del ba-
ño que da a mi habitación y la cierro antes de quitarme la ropa que
me puse para ir a la escuela. Me meto en el chorro de agua, que es
abrasador y a la vez relajante, y me lavo dos veces antes de cerrar el
grifo y envolverme el cuerpo con una toalla.
Salgo de la ducha cuando veo a alguien apoyado en el marco de
la puerta de la otra habitación conectada al baño. Suelto un fuerte
grito y me aferro a la toalla. Me había olvidado de esa maldita puer-
ta. Suena —Pony —de Genuine, y mis ojos se estrechan sobre el tipo
alto y delgado que está delante de mí con los brazos cruzados.
—¡Fuera!— Le señalo su habitación.
Se ríe, sus ojos viajan por mi cuerpo y su cabeza se inclina. —Oh,
no seas tímida, hermanita. No muerdo…— Sonríe. —Duro.
Agarro la toalla con más fuerza y observo su pecho desnudo, con
un six-pack que se alza orgulloso y dos brazos musculosos que en-
marcan su torso. Un gran tatuaje de una cruz celta se sitúa sobre su
pectoral izquierdo, y a la derecha de su caja torácica, tiene un tatuaje
escrito que se extiende sobre ella.
Le miro a la cara, donde la comisura de su boca se levanta en una
sonrisa. Un aro en el labio se encuentra a un lado, y sus ojos se cent-
ran en mí, brillando con picardía. —¿Ya has terminado de follarme
los ojos, hermanita?
—No soy tu hermanita —siseo, entrecerrando los ojos. —Vete.
Tengo que cambiarme.
—¿No vas a preguntarme mi nombre? —me pregunta, con su piel
suave y bronceada brillando a la luz del baño, y sus ojos azules lle-
nos de picardía. Se aparta del marco de la puerta en el que estaba
apoyado y camina hacia mí con tanta fanfarronería que podría dar a
50 Cent una carrera por su dinero. Su pelo rubio oscuro está desor-
denado por toda la cabeza, y sus jeans rotos cuelgan muy bien de sus
caderas, mostrando el borde de sus calzoncillos Phillip Plein. Se deti-
ene cuando su pecho está casi al ras del mío.
Coge su cepillo de dientes y sonríe. —Me llamo Nate, hermanita
—. Me guiña un ojo y echa un chorro de pasta de dientes en el cepil-
lo antes de dirigir su sonrisa al espejo. Se mete el cepillo en la boca y
sonríe.
Me doy la vuelta y salgo corriendo por la puerta. ¿Qué diablos ha
sido eso? Y de ninguna manera voy a compartir el baño con él. Cojo
el teléfono de la cama y llamo a mi padre. Cuando salta su buzón de
voz, gruño ligeramente. —Papá, tenemos que hablar de mi situación
vital… ¡Ya!
Me pongo unos jeans ajustados y un top a cuadros, me cepillo el
pelo y me hago una coleta alta desordenada. Me calzo las zapatillas
Converse y me dirijo a la puerta. Justo cuando abro mi habitación,
Nate sale de la suya, todavía sin camiseta y con esos jeans pecamino-
sos colgando. Me molesta al instante. Su sonrisa arrogante se extien-
de por su boca y su gorra de béisbol está echada hacia atrás. —
¿Adónde vas?
—No es de tu incumbencia —respondo, dando un portazo a la
puerta de mi habitación y preguntándome si debería ponerle cerra-
duras. Continúo hacia las escaleras cuando él se acerca corriendo
detrás de mí.
—Claro que sí. Se supone que los hermanos mayores deben cu-
idar de los pequeños.
Me detengo, me doy la vuelta en el cuarto peldaño y le miro j-
amente. —Nosotros— -hago un gesto entre los dos- —no somos pa-
rientes, Nate—. Eso sólo hace que su sonrisa se amplíe. Se apoya en
la barandilla de la escalera y mis ojos pasan por debajo de su bíceps,

É
donde hay una cicatriz grabada en su piel. Él ve dónde van mis ojos
y rápidamente cruza los brazos delante de sí mismo. —Pero ya que
lo preguntas —digo, bajando el resto de los escalones. Me doy la vu-
elta para mirarlo e inclino la cabeza una vez que llego al nal. —Voy
a disparar.
CAPÍTULO 4

Al llegar a casa más tarde esa noche, le doy las gracias a Harry y
me dirijo a la gran entrada empedrada, hasta la puerta principal. Pu-
edo oír la música antes de llegar a la entrada, así que cuando abro la
puerta y veo una esta en la casa en pleno apogeo, no me sorprende
ni un poco. Cierro la puerta de golpe -de forma bastante dramática-
y miro por encima de la multitud ebria. En el lugar donde se encu-
entra nuestra cocina de mármol, hay adolescentes jugando al beer
pong, y bailando y moliendo entre sí en el fondo.
Al girar la vista hacia la sala de estar que conduce a nuestra pisci-
na exterior y a la casa de la piscina, veo a otra multitud bailando con
luces estroboscópicas, con —Ain’t Saying Nothing— de Akon sonan-
do a todo volumen desde la cabina del DJ instalada donde antes es-
taba nuestro sofá. Vuelvo a mirar hacia fuera y veo las luces de la -
esta encendidas dentro de nuestra piscina, y gente semidesnuda lan-
zándose a la piscina, con algunos otros besándose en nuestro jacuzzi.
¡Hijo de puta!
Entrecerrando los ojos, casi puedo distinguir a otra multitud det-
rás de la piscina, en la zona de césped donde nuestro patio trasero
desemboca en la playa. Oh, hombre, voy a patearle el puto culo. Cuando
veo la gorra de béisbol negra con el pelo rubio asomando ligeramen-
te por debajo, y la misma complexión delgada y bronceada -aún sin
camiseta-, sé que he encontrado a Nate. Me dirijo hacia el sofá, don-
de descansa con otros tipos, con la cabeza moviéndose al ritmo de —
Nightmare on My Street— de DJ Jazzy Je , mientras carga la punta
de una pipa de agua con hierba.
Los reconozco a todos de la escuela de hoy: los chicos a los que
Tatum se re rió como —El Club de los Reyes de la Élite—. Nate es,
al parecer, aquel cuyos tatarabuelos fueron los fundadores de River-
side Prep. No estoy segura de si eso lo dijo su madre o su padre. Ele-
na es encantadora y es tan rica como mi padre. Probablemente por
eso me agrada más que cualquier otra persona que me haya presen-
tado. Sé que ella no va sólo detrás de su dinero. Así que supongo
que es su lado. Mi padre es guapo para ser un hombre mayor. Aun-
que no es realmente viejo, tiene cuarenta y siete años. Supongo que
hay padres con hijos de mi edad que son mayores. Se entrena a di-
ario y se alimenta bien, y Elena es igual. Está en forma para su edad
y se cuida. Aunque sólo la he visto dos veces -la primera vez fue cu-
ando nos mudamos aquí hace unos días, y la segunda antes de volar
a Dubái para una reunión de negocios- no ha sido más que amable
conmigo. No sé cómo se las arregló para tener un hijo de mierda co-
mo Nate.
—¡Nate!— Me pongo de pie frente a él, rodeando el sofá. Tiene
los brazos extendidos sobre el sofá, las piernas abiertas delante de él,
los labios formando una O antes de expulsar lentamente una espesa
nube de humo, mientras sus ojos me miran jamente. —Apaga es-
to… ahora—. El movimiento borroso me llama la atención en mi vi-
sión periférica, pero lo ignoro.
Sonríe. —Hermanita, tal vez quieras ir a poner esa escopeta en el
armario antes de que asustes a todo el mundo.
Agarro las correas de mi calibre 12 alrededor de mis hombros. —
Cállate, Nate. Hablo en serio.
Se levanta del sofá con un vaso rojo en una mano. —¡Espera! Ven
aquí—. Me tira por debajo de su hombro, su boca baja hasta mi oreja.
Señala al primer chico que estaba sentado a su lado en el sofá. —
Estos son Saint, Ace, Hunter, Cash, Jase, Eli, Abel, Chase y Bishop—.
Mis ojos pasan por encima de ellos con desprecio. Recuerdo a algu-
nos de ellos de la escuela, pero hay un par de chicos de aspecto ma-
yor que no reconozco.
—Hola —consigo decir -con torpeza, debo añadir-. Me vuelvo ha-
cia Nate. —Lo digo en serio. Nos vas a meter a los dos en un lío. Ter-
mínalo—. Me doy la vuelta, y justo cuando estoy a punto de llegar a
la entrada para salir del salón, vuelvo a girar y los sorprendo a todos
mirándome. Nate está sonriendo desde detrás de su vaso, mientras
que el resto tiene una mezcla de emociones esparcidas por sus rost-
ros. Cuando me jo en… creo que Nate dijo que se llamaba Bishop,
el mismo chico con el que me he quedado mirando hoy en el colegio,
que ahora está sentado en una silla de la cocina con las piernas abier-
tas delante de él, mis mejillas se encienden. Sus ojos se clavan en mi
cráneo, y si los chicos tuvieran una cara de perra en reposo, sería esa.
Me recorren escalofríos; ni siquiera sé por qué. Quizá sea porque
parece muy… inaccesible. Me burlo para mis adentros. Típico de los
putos estudiantes de instituto. Vuelvo a subir las escaleras, dejando que
Nate lo apague por su cuenta, y entro en mi habitación, colocando
mi escopeta en lo alto de mi armario, y saco algo de ropa mientras
estoy allí. Entro en el baño, compruebo dos veces las cerraduras de
las dos puertas y, agarrando el grifo, lo abro a temperatura máxima
antes de meterme en el agua en cascada. Dejo que el duro golpeteo
del agua ahogue los bajos de la música. Permanezco bajo el agua
hasta que el calor me seca ligeramente la piel.
Me seco rápidamente y me pongo los pantalones cortos de seda
de mi pijama y una camiseta de tirantes, y cuelgo la toalla después
de pasármela por el pelo. Abro la cerradura de la habitación de Nate,
me doy la vuelta y entro en el aire fresco de la mía. La música ha ce-
sado, y puedo oír los gritos lejanos que descienden lentamente hacia
el exterior, con los automóviles derrapando y las chicas gritando.
Abro la puerta de mi pequeño patio, abriéndola de par en par. Una
vez que la casa parece lo su cientemente segura como para volver a
salir, atravieso mi habitación y abro la puerta de mi cuarto, bajando
las escaleras lentamente. Estoy a mitad de camino hacia la cocina cu-
ando veo que Nate y sus amigos siguen en la misma posición en el
salón. Hacen una pausa en su conversación, junto con mis pasos.
Los miro. —No se detengan por mí —murmuro antes de continu-
ar mi camino hacia la cocina. Después de disparar, siempre tengo
hambre, y no voy a detener mi rutina porque unos —niños de élite
— hayan estado en mi casa. Esta mañana me he levantado como hija
única. ¿Cómo me las he arreglado para tener no sólo un hermanast-
ro, sino a alguien como Nate como tal?
Abro la nevera y saco huevos, leche y mantequilla, antes de ir a la
despensa por la harina y el azúcar. Coloco todos los ingredientes en
la encimera de la cocina y Nate entra con los brazos cruzados sobre
el pecho mientras se apoya en la entrada. Me agacho y saco un tazón
de debajo de la barra de desayuno junto con una cuchara de madera.
Le señalo. —¿Alguna vez te pones una camisa?
Resopla. —Las chicas pre eren que no—. Me guiña un ojo antes
de acercarse a mí mientras Cash, Jase, Eli, Saint y Hunter entran en
la cocina, todos mirándome con escepticismo.
—¿Qué estás haciendo?— Nate pregunta, observándome atenta-
mente.
—Wa es —. Miro hacia los otros chicos, que están repartidos en
diferentes lugares de la cocina. El aire es un poco incómodo.
Me aclaro la garganta y miro a Nate. —¿Cómo es que nunca he
oído hablar de ti? Mi padre no me dijo que Elena tenía un hijo—. Vi-
erto todos los ingredientes mientras Nate se dirige a uno de los ar-
marios y saca la wa era, enchufándola a la pared.
Se encoge de hombros, apoyándose en la encimera. —No lo sé.
Quizá porque soy muy rebelde—. Sonríe.
—¿Son ciertas las historias sobre ti?— Hunter pregunta, sus ojos
se oscurecen en mí.
—¿Qué historias pueden ser esas? Hay unas cuantas —replico,
acercándome a la máquina de hacer wa es. Nate me quita el tazón y
empieza a verter la masa en la máquina.
—Sobre tu madre—. Un poco brusco, pero estoy acostumbrada.
—¿La parte de que se suicidó, o la de que asesinó a la amante de
mi padre antes?—. Me echo hacia atrás, ladeando la cabeza.
Hunter tiene lo que yo llamaría rasgos duros. No estoy segura de
cómo situar su origen étnico. Tiene los ojos oscuros, la piel aceituna-
da y una desaliñada pero limpia sombra de las cinco sobre la mandí-
bula.
Se apoya más en su silla, mirándome de cerca. —Las dos cosas.
—Sí y sí —respondo rotundamente. —Y sí, era mi arma.
Me doy la vuelta para pillar a Nate mirando a Hunter. —Muévete
—le ordeno, señalando hacia la wa era. Nate se aparta para dejarme
pasar y mi brazo roza el suyo. Me detengo y mis ojos se dirigen a su
cara para ver cómo me sonríe. Antes de que pueda decirle que borre
la sonrisa de su cara, Eli se acerca a mí.
—Soy Eli, y soy los ojos y los oídos de nuestro grupo. También
soy el hermano pequeño de Ace—. Señala por encima de su hombro
una versión más vieja y corpulenta de sí mismo.
Sonrío amablemente a Ace, sin obtener una sonrisa a cambio. Qué
más da.
—¿Te re eres al club?— Respondo sin mirarle. Vierto más masa
en la máquina antes de darme cuenta de que todo el mundo está cal-
lado.
—Tsk, tsk. Veo que los rumores ya te han llegado en tu primer
día. ¿Quién te lo ha dicho?— pregunta Nate.
Me alejo de él, poniendo el wa e en mi plato y decidiendo que
quiero salir de esta cocina porque está demasiado llena de testostero-
na.
—Tatum—. Echo un chorro de jarabe de arce en mi wa e. —Me
voy a ir—. Luego cojo mi plato y me dirijo hacia las escaleras. Al pa-
sar, veo a Bishop y a Brantley hablando en el salón, todavía en sus
mismos asientos.
Me detengo, agarrándome al hueco de la escalera, y giro la cabe-
za hacia ellos, sólo para encontrarme con Bishop mirando directa-
mente a través de mí. No estoy segura de cuál es el trato de estos chi-
cos, pero es un poco intenso. Bishop tiene un rostro anguloso con pó-
mulos altos y una mandíbula que podría ser esculpida para un dios
griego. Tiene un pelo oscuro suelto que hace que mis dedos se estre-
mezcan al pasarlo por él, y unos ojos penetrantes, oscuros, de color
verde militar. Sus gruesas pestañas oscuras se abren en abanico sob-
re su piel perfecta. Sus hombros son delgados, pero con una gran
con anza. El dominio que le rodea es evidente, y cuando me doy cu-
enta de que sigo mirando, mis ojos se abren de par en par con horror
antes de dar media vuelta y subir corriendo las escaleras.
Cierro la puerta de mi habitación, coloco mi plato en la mesa de
estudio que se encuentra junto a la puerta del balcón y suspiro. No
hay manera de que pueda comer nada ahora. Me meto debajo de las
sábanas de lino, enciendo el televisor que cuelga de la pared frente a
mi cama y pulso Play en el siguiente episodio de Banshee1 antes de
hundirme en la almohada, mi cuerpo nalmente se relaja después de
un largo día.
1
Banshee (serie): Un ex convicto y ladrón experimentado asume
la identidad de un sheri en Banshee, Pensilvania.
CAPÍTULO 5

A la mañana siguiente estoy bajando las escaleras con una man-


zana atascada en la boca y mis libros agarrados en el brazo cuando
me encuentro directamente con la espalda de Nate. Me quito la man-
zana de la boca. —Mierda, lo siento, llego muy tarde.
—Lo sé. ¿Cuántos episodios de Banshee viste anoche? —pregun-
ta, recogiendo sus llaves de la mesa de la cocina.
—No lo sé. Perdí la cuen… ¡Espera!— Levanto la mano. —¿Cómo
sabías que estaba viendo Banshee?— Doy un salto, tratando de me-
ter el pie en mis Converse.
—Entré para ver si estabas bien cuando vi que la luz brillaba bajo
tu puerta. Para entonces ya te habías desmayado. Por cierto, buena
elección del programa de televisión. ¿Harry te va a llevar a la escu-
ela?— Me agarra del brazo para que me apoye en él para equilibrar
el paso antes de meter por n el pie en el maldito zapato.
Le doy mis libros para que los sostenga y me agacho para atarme
los cordones. —Sí, lo hace cada mañana.
Me vuelvo a levantar mientras me pasa mis libros y nos dirigimos
a la puerta principal. —Te llevaré. No tiene sentido no hacerlo. Va-
mos al mismo colegio.
Miro hacia la entrada y veo que Harry no está aquí. Mierda. Me
muerdo el labio con nerviosismo y asiento con la cabeza. —De acuer-
do.
Me dedica una sonrisa cursi, sus hoyuelos asoman mientras me
coge de la mano y nos dirigimos hacia su Porsche 918 Spyder. Le da
un pitido y yo me deslizo en el asiento del copiloto, poniéndome el
cinturón de seguridad.
Al encender el auto, sonríe. —Sabes… anoche impresionaste un
poco a los chicos.
—¿Qué?— Pregunto, sorprendida. —Fue uno de los momentos
más incómodos de mi vida, y eso es decir algo, porque mi vida está
hecha de momentos incómodos.
Se ríe y alcanza el equipo de música. Cuando se enciende, —For-
got about Dre— de Dr. Dre hace temblar el interior del auto, y rápi-
damente lo bajo. —¡Jesús!
Se ríe desde su asiento, observándome atentamente. —¿Qué? ¿No
te gusta el hip-hop de la vieja escuela, hermanita?
—No hay nada malo con el hip-hop, pero tenerlo tan alto te re-
ventará los tímpanos. Deberías buscar una revisión, por si acaso ya
te has hecho daño.
—Si tuviera un problema de audición… —sonríe, bajando la
marcha y haciéndonos avanzar tan rápido que mi cabeza se golpea
contra el reposacabezas, —…no sería por la música alta. Sería por el
hecho de que el Pequeño Nate penetra a las mujeres tan bien que las
hace gritar como locas.
Me alejo de él con incredulidad. —¿Pequeño Nate?
Se le cae la cara. —¿Qué hay de malo en llamarlo Pequeño Nate?
—. Casi parece ofendido porque me he reído. Me siento un poco mal
por eso. Nate tiene un aire de chico malo retorcido, con una chulería
añadida. Pero ahora no está jugando limpio, porque cuando hace
pucheros, le queda bonito.
—Uhhh… el hecho de que lo hayas nombrado. Y, de todos mo-
dos, ¿por qué querrías nombrar…?— Señalo su entrepierna, y cuan-
do mis ojos vuelven a subir a su cara, me saluda su sonrisa de chico
engreído. Su mano recorre la parte delantera de sus jeans rotos mi-
entras se aferra a su pene. Oh, Señor. —Tu…— Tartamudeo. —Por el
amor de Dios —susurro, negando con la cabeza.
Él se burla: —¿Verga? ¿Polla? ¿Palo mágico? ¿El eje de poder? ¿El
asaltante de úteros? El cañón de yogurt….
Sacudo la cabeza, cortándolo, —Elena es una mujer dulce. ¿Cómo
carajo saliste de ella?
Entramos en el aparcamiento subterráneo privado bajo la escuela
y salgo del auto, cerrando la puerta tras de mí.
—¿Cuál es tu última clase? —pregunta, rodeando el auto y en-
ganchando su brazo alrededor de mi cintura. Me zafo de él. En las
últimas veinticuatro horas me he dado cuenta de lo suaves que son
las cosas alrededor de Nate, pero todavía no puedo tener su brazo
alrededor de mí. Nunca he tenido muchos amigos en otras escuelas.
Él y Tatum son las primeras personas, desde antes de que mi madre
se quebrara, que no les molesta tanto mi pasado.
—Creo que tengo educación física.
Asiente con la cabeza mientras comenzamos a caminar hacia el
ascensor que te lleva al primer piso de la escuela. —Te recogeré des-
de allí. ¿Qué tienes ahora?
—Cálculo—. Me estremezco, sabiendo que Ally Parker y Lauren
Bentley están en esa misma clase.
—Te llevaré allí ahora—. Me indica con la cabeza que se dirige al
pasillo.
Sonrío. Tal vez lo he echado del barco demasiado pronto. Sólo es-
tá siendo amable conmigo. Más amable de lo que la mayoría de la
gente es, de todos modos. —No hace falta que hagas eso, Nate. Estoy
bien.
Me rodea el cuello con el brazo y me abraza. —Bueno, ya que so-
mos hermanos y todo eso, es mi deber cuidarte.
—Nate —gimo, mientras seguimos caminando por el pasillo que
lleva a mi primera clase. Las paredes están pintadas con los clásicos
blancos y colores neutros, y todas las habitaciones que salen de él ti-
enen tonos similares. El gimnasio se encuentra al nal del pasillo, en
dirección a la salida de incendios, y aunque todavía no he visto la sa-
la de los chicos, tengo la sensación de que es similar a la nuestra. —
De verdad que no. Estaré bien.
—Sólo quiero conocer a mi nueva hermana. Eso es todo—. Me
guiña un ojo justo cuando llegamos a la puerta de mi clase.
—Bien —digo, cruzando los brazos frente a mi pecho. —Pero no
soy buena con la gente, sólo te doy una advertencia. Soy más del tipo
solitaria—. Me observa con atención, ladeando la cabeza mientras
me estudia detenidamente.
—Puedo entender lo de la chica solitaria—. Me guiña el ojo de
nuevo antes de darse la vuelta y dirigirse al salón de los chicos.
¿Por qué? ¿Por qué tengo que tener como hermanastro a alguien
tan molesto como Nate?
CAPÍTULO 6

El sonido de la campana rompe el silencio concentrado en el aula


mientras todos recogemos nuestros libros. Tatum me choca la cadera
con la suya, agitando su larga melena rubia por encima del hombro.
—¡Hora de comer! Esa clase casi me mata.
Sonrío, recogiendo mis bolígrafos y colocándolos encima de mis
libros. —Eso lo dices en todas las clases—. Pongo los ojos en blanco
mientras nos retiramos del aula.
Ella resopla. —Es cierto. Entonces, ¿qué plan tienes para después
de clase? Nate Riverside da una esta este n de semana, y yo no su-
elo ir a ninguna de esas estas, y puede que nos echen, porque no te-
nemos el mismo estatus, pero me apetece colarme. ¿Te apuntas? —
pregunta, mientras nos dirigimos a la cafetería.
Vuelvo a poner los ojos en blanco mientras atravesamos las puer-
tas. —Eso signi ca que lo más probable es que sea en mi casa enton-
ces.
Hace una pausa, y su manita me rodea el brazo. —Explícate,
Montgomery. ¿Qué signi ca eso?
—Nate —digo rotundamente. —Su madre y mi padre están casa-
dos. Vivimos juntos, y antes de que me saltes al cuello, me enteré
ayer—. Ayer parece que fue hace un siglo, por lo relajado que ha si-
do Nate conmigo.
Su boca cae al suelo. —Cálla-te.
—¿Qué?— Respondo, volviéndola hacia el bu et. Mi estómago
está refunfuñando, y debido a que me salté la cena de anoche, todo
lo que tenía en el estómago era la manzana que había comido esta
mañana.
—Mierda —susurra sorprendida. Sus ojos se jan en los míos. —
¡Esto es jodidamente increíble! Nos colamos —chilla emocionada.
—¿Tatum? No es colarse si estamos en mi casa. Lo hace a propó-
sito, porque nuestros padres no vuelven hasta el lunes—. Ambas
apilamos nuestros platos con la diferente variedad de comida que ti-
enen disponible. ¿Sushi y frutas exóticas? ¿Estoy en el colegio o en
un restaurante de cinco estrellas?
—Mierda. No, Madison, no lo entiendes. Estos chicos nunca…
Dedos se deslizan sobre mis ojos, bloqueando mi visión. Tatum
inhala una bocanada de aire. Labios rozan la parte posterior de mis
orejas mientras suena un gruñido profundo. —¿Qué opinas del in-
cesto, hermanita?— Antes de que sus manos caigan de mis ojos, se
ríe, tropezando hacia atrás. La mandíbula de Tatum está a punto de
dislocarse permanentemente si no tiene cuidado, y cuando me doy la
vuelta para mirar mal a Nate, me corta la vista toda la cafetería y có-
mo se había quedado casi en silencio, observando nuestro intercam-
bio.
—Los estudiantes de Riverside Prep son sólo peones en sus juegos enfer-
mos y retorcidos. Son los dueños de esta escuela, Madison.
—Nate —le siseo. Todavía no he conseguido decírselo, pero me
gustaría pasar desapercibida.
Su sonrisa disminuye. —¿Qué? —pregunta inocentemente, como
un niño pequeño que no sabe que no debe comer una galleta antes
de cenar.
Asiento con la cabeza hacia todos los que nos miran, y él se enco-
ge de hombros, rodeando el mío con su brazo. —Ven a sentarte con
nosotros—. Mira hacia Tatum. —Tú también, Masters—. Luego me
arrastra a su lado.
Dejo la bandeja sobre la mesa y me acerco para que Tatum se si-
ente a mi lado. Su brazo roza el mío con rigidez. Percibo su incomo-
didad y sus preguntas sin respuesta, pero puedo responderlas más
tarde. Frente a mí, a la izquierda, se sientan Bishop y luego Brantley
frente a Tatum. Junto a Brantley están Abel, Hunter, Eli y Cash.
Cojo uno de mis rollos de sushi y lo muerdo, intentando con to-
das mis fuerzas no ensuciar nada, pero siendo sushi, el arroz acaba
en mi regazo. Nate está hablando de la esta de este n de semana, y
cuando levanto los ojos para mirar delante de mí, me aprisiona al
instante la mirada de Bishop. Su cara está vacía, llena de… nada. Su
fuerte y cincelada mandíbula está tensa y sus ojos verdes permane-
cen clavados en los míos. Me retuerzo en mi asiento y Tatum me mi-
ra de reojo. Su mano pasa por debajo de la mesa y, un segundo des-
pués, mi teléfono vibra en mi bolsillo. Alargo la mano para sacarlo
cuando Nate mira hacia mí. —¿Qué te parece, hermanita?
—¿Hmm?— Pregunto, molesta de que haya interferido con lo
que sea que Tatum iba a decirme.
—¿Qué tipo de alcohol quieres este n de semana? —incita, sus
ojos se desvían entre los míos.
Maldita sea, está muy bueno.
Frunzo el ceño en mi interior. ¿Qué demonios me pasa? Básicamente
es tu hermano, cabrona.
—¡Oh!— Sonrío, mis mejillas se calientan. —En realidad no bebo
—. Agarro mi teléfono en la mano, ignorando los ojos verdes oscuros
que todavía me miran desde el otro lado de la mesa.
Nate se burla, cogiendo uno de mis rollos de sushi y metiéndose-
lo todo en la boca. —Eso cambia este n de semana. Es el cumple-
años de Brantley. No solemos hacer estas— -la comisura de su labio
se levanta mientras un brillo travieso se oscurece en sus ojos- —pero
sí cumplimos años.
Trago para superar el nudo que se me ha formado en la garganta.
Vuelvo a mirar a Bishop y lo encuentro mirando su teléfono. Dejan-
do caer los ojos a mi regazo, deslizo el teléfono desbloqueado para
ver el mensaje de Tatum.
Tatum - De ninguna manera
Yo - ¿Qué?
Miro a Tatum, que tiene una sonrisa de comemierda en la cara.
Sus ojos bajan a su regazo y espero impaciente su mensaje. Al estirar
los pies, chocan con los de otra persona bajo la mesa, así que los reti-
ro rápidamente. Mierda. Mi teléfono vibra y vuelvo a mirar hacia
abajo.
Tatum - Tienes un par de ojos particulares en ti que todas las chi-
cas de esta escuela desearían tener.
Eso es.
Yo - ¿De qué demonios estás hablando, Tatum?
—¡Oye!— Nate me golpea el brazo juguetonamente. —¿A quién
le estás enviando mensajes?
Brantley y Bishop empiezan a hablar de algo en voz baja. Si mis
observaciones son correctas, Brantley y Bishop parecen ser los más
callados. Creo que a Nate le gusto, pero sobre los otros chicos aún
estoy indecisa. Aparte de la pequeña charla de anoche en la cocina,
no tengo mucho que contar, pero todos me resultan extremadamente
incómodos.
Miro a Nate suplicante. —¿Puedo hablar contigo?
Su rostro se ensombrece. —Sí, vamos—. Toma mi mano entre las
suyas mientras sonrío a Tatum. —No tardaré mucho—. Mis ojos se
desvían hacia Bishop, que observa cómo los dedos de Nate se cierran
alrededor de mi mano. No sé por qué, pero me desprendo del agarre
de Nate. Vacila un segundo, pero cuando vuelvo a mirar a Bishop,
me mira con el ceño fruncido.
¿Qué carajo?
Empezamos a salir de la cafetería y nos dirigimos a las puertas
delanteras, donde hay unas escaleras de hormigón que se extienden
para dar cabida a más gente. Algunos están comiendo aquí, pero no
muchos. Parecen el tipo de personas con las que debería comer, no
Nate y su maldito club.
—¿Qué pasa? —pregunta, una vez que salimos.
Suspiro. —Nada, es que… de verdad, es un poco demasiado —
respondo con sinceridad. —¿Qué pasa con ustedes?—. Seguimos baj-
ando los escalones mientras Nate se mete las manos en los bolsillos.
—¿Qué has oído?— Sus ojos permanecen al frente.
Lo miro cada dos segundos mientras observo mi paso. —Bueno,
¿sólo de Tatum sobre algún Club de Reyes de la Élite?—. Le interro-
go.
Se ríe, echando la cabeza hacia atrás. —Madi, ese club no es más
que una leyenda. Todo está alimentado por la mierda de la reina del
drama adolescente—. Su risa es forzada y su sonrisa no llega a sus
ojos.
—Vale —digo. —Cuéntame más sobre esa leyenda.
Sonríe, deteniendo su paso. —Quizá algún día, sólo que… hoy
no.
—¿Qué?— Sonrío de forma juguetona. —¿Por qué hoy no?
Sus ojos pasan por encima de mi hombro y su rostro se vuelve se-
rio. Vuelve a mirar hacia mí. —Todavía no, te lo diré cuando crea
que puedes soportarlo.
Me guiña un ojo antes de pasar por delante y volver a las puertas.
Cuando me doy la vuelta para ver hacia dónde se dirigen sus ojos,
veo la espalda de Bishop entrando de nuevo. Suspirando, sacudo la
cabeza, preguntándome en qué momento exacto mi vida se ha vuel-
to tan jodidamente agitada.
CAPÍTULO 7

Me estoy recogiendo el pelo en una coleta alta cuando Nate entra


en mi habitación. Hoy me he subido con él de camino a casa, y no ha
estado tan mal. Después de que ambos nos peleáramos por la selec-
ción de música, nalmente Nate me dijo que, si volvía a tocarla,
tendría que volver a casa andando. La forma en que sonrió cuando
me dijo eso me hizo pensar lo contrario.
—Oye —me pongo la chaqueta de cuero por encima de la camise-
ta blanca y opto por unos jeans ajustados y mis Chucks para acom-
pañarla.
Se apoya en el marco de la puerta, con una bolsa de papas fritas
en una mano, de nuevo sin camisa, con pantalones bajos y la gorra
puesta al revés. Me señala hacia abajo. —¿A dónde vas?
—¿Hmmm?— Pregunto, cogiendo mi teléfono de la cama. —Al
centro comercial con Tatum.
—Tatum, ¿eh? —se burla, chupando el exceso de condimento de
sus dedos. —¿Está soltera?— Su chupada se detiene antes de sacar
lentamente el dedo de su boca. —No es que el estado de la relación
me moleste.
Le detengo y subo la mano a su pecho. —No lo sé. Creo que sí.
¿Te vas a mover?— Pregunto, señalando el pasillo para que me deje
pasar.
Me mira con su ciencia antes de que empiece a sonar —Rockstar
— de Chamillionaire en su bolsillo. Su sonrisa cae mientras se dirige
rápidamente a su dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.
—Todo el mundo es raro en esta escuela —murmuro en voz baja,
cerrando la puerta. Al dar un paso adelante, choco con un cuerpo só-
lido. Tan sólido como el de Nate, pero… un poco más grande.
—Mierda —murmuro, llevándome la mano a la frente. Cuando
arrastro mis ojos hacia el cuerpo, caen sobre Brantley. —Nate está en
su habitación. Lo siento —me disculpo de nuevo por chocar con él.
Sus ojos se oscurecen, un gruñido asoma la comisura de su boca,
que abre, dispuesto a decir algo-.
—¡Brantley! —dice un gruñido bajo detrás de él. El aire se espesa
de repente, y cuando miro detrás de él, veo a Bishop de pie, con los
ojos clavados en la nuca de Brantley. —Ve a la habitación de Nate—.
Brantley vuelve a estrechar sus ojos hacia mí antes de continuar por
el pasillo y entrar en el dormitorio.
Una vez que la puerta se cierra, resoplo y miro a Bishop. —¿Qui-
én ha robado sus juguetes?
Los ojos de Bishop permanecen en la puerta de Nate, negándose
a mirarme.
Maldigo en voz baja. —Lo siento, hola, soy Madison.
Sus ojos nalmente bajan a los míos. Tiene unos ojos realmente
increíbles, no sólo el color jade profundo del ejército, sino la forma
que tienen. ¿Y cuando te miran? Miran a través de ti, como si invoca-
ran tu alma y llamaran a la parca.
—Ojalá pudiera decir que lo siento —murmura su respuesta, sus
ojos vuelven a la puerta de Nate.
Me giro para seguir su línea de visión antes de volver a mirarlo.
—No te preocupes —susurro suavemente. —Estoy acostumbrada—.
Me hago a un lado para caminar alrededor de él, cuando él coincide
con mi paso, bloqueando mi camino.
Busca mis ojos intensamente antes de dejarlos caer en mis labios y
luego de nuevo en mis ojos.
Inclino la cabeza. —¿Puedo irme?
No dice nada, se limita a mirarme jamente durante unos segun-
dos antes de dirigirse nalmente a la habitación de Nate.
Sacudiendo la cabeza, abro la puerta cuando Tatum se acerca en
su Ferrari azul bebé, con llantas negras y tinte negro. Es el Ferrari
más bonito que he visto nunca, y le sienta de maravilla a Tatum. Sus
padres siempre están fuera por motivos de trabajo, y Tatum bromea
diciendo que su —tiempo en familia— consiste en ver las últimas pe-
lículas más taquilleras. Me gustaría poder simpatizar con ella, pero
no creo que se preocupe tanto. Agarro el pomo de la puerta y me gi-
ro para deslizarme dentro del asiento del copiloto del auto antes de
darme la vuelta y mirar hacia la ventana de la habitación de Nate,
encontrando a los tres mirándome jamente, observando con atenci-
ón. Mi sonrisa vacila antes de deslizarme dentro del auto compacto.
—¡Hola, cariño!— Tatum aplaude emocionada. —¡Vamos a der-
rochar algo de dinero!
El trayecto hasta el centro comercial es corto, porque Tatum tiene
un pie muy pesado. Ojeamos las tiendas, mientras, más Tatum que
yo, busca el conjunto perfecto. Al llegar a la cuarta tienda, me rindo
y le doy la tarjeta platino de mi padre para que compre lo que quiera
que me ponga, porque si hay algo que odio es ir de compras. Sale de
una de las tiendas de moda con una sonrisa comemierda en su her-
mosa cara, y yo doy un respingo. Casi puedo sentir cómo se me ar-
rugan las tetas de lo ajustado que es lo que ha elegido para mí. Me
levanta de la mano y me arrastra hacia una pequeña tienda de ador-
nos extravagantes, guardando el vestido.
—Tu nueva habitación. Pensé que podríamos comprar algo. Sé
que aún no he visto tu habitación, pero me imagino que, como te
acabas de mudar, estará un poco vacía.
Comprendiendo la amabilidad de su sugerencia, y aun tratando
de no encontrar que alguien sea amable conmigo como algo incómo-
do, asiento.
—Siempre me vendría bien algo más. Me encanta la decoración.
—¡Bien!— Ella aplaude. —No me apetecía mucho arrastrarte por
mi cuenta—. Entramos en la tienda de color púrpura oscuro que está
rodeada de lámparas de lava caliente y huele a incienso. Me atrae al
instante una pequeña luz que está encendida y que muestra sus colo-
res contra la pared blanca del fondo de la tienda. Me acerco a ella y
sonrío. —¡Quiero eso!
La ceja de Tatum se frunce. —¿Segura? Es decir, es genial, pero
¿dónde lo pondrías?
Doy un paso hacia ella y me pongo de rodillas, inclinando la
bombilla hacia arriba. —Puedes moverla para que esté en el techo—.
Muevo la bombilla para inclinarla más arriba y, al instante, todas las
estrellas se iluminan.
—¡Guau!— susurra Tatum. —Eso se ve mucho mejor.
Asiento con la cabeza. —Me recuerda a cuando mis padres me
llevaban de caza y acampábamos en el bosque.
Sus ojos se entrecierran. —¿Cazar qué exactamente?
Me vuelvo a poner en pie. —Sólo ciervos. O íbamos a cazar patos.
Sus rasgos se relajan. —Eso suena… bien, supongo.
Me río. —¡Lo es! Tendremos que ir alguna vez.
—Sí —dice ella, mirando a un lado. —Tal vez.
—Oye —le doy un manotazo, —yo he venido de compras, así que
tú vendrás de caza.
Ella traga saliva. Me río, justo cuando veo a una de las trabajado-
ras caminar hacia nosotros.
—Ohhh —dice la empleada, mirando al techo. —Así es como se
supone que lo he montado.
Vuelvo a reír, mirando una vez más a las estrellas. —Sí, creo. No
estoy segura.
La trabajadora vuelve a mirar hacia mí. Debe tener más o menos
nuestra edad. Tiene el pelo largo, rosa pastel, trenzado en una cola
de pez sobre el hombro, y ojos verdes brillantes. Su pequeña nariz de
duendecillo se asienta en su rostro aceitunado, arrugándose cuando
se ríe. —Será mejor que lo cambie—. Dando un paso adelante, lo de-
ja como lo tenía. —Gracias. Probablemente me has salvado el culo de
mi jefe.
—Oh —respondo. —No hay problema.
Coge una de las cajas y me la da, y luego la seguimos hasta el
mostrador. Lo pasa y sonríe. —Esto está muy bien, ¿verdad?
—Sí—. Le devuelvo la sonrisa. —Soy nueva aquí, así que Tatum
pensó que necesitaba algo para animar mi habitación.
—Oh, ¿eres nueva?— Su mirada se posa en nosotras. —Probable-
mente no necesito preguntar a qué escuela vas—. Lo dice con bastan-
te educación.
—Riverside.
Ella asiente con una pequeña sonrisa.
—¿A qué escuela vas?— Pregunto, apoyándome en el mostrador.
—Al instituto de Hampton Beach.
—¡Oh!— ¿Público? Ese es un colegio en el que me sentiría más
cómoda.
Señala las lámparas. —Tenemos estas lámparas que tienen como,
sonidos ambientales que se reproducen y te hacen sentir como si es-
tuvieras en el bosque.
Me doy la vuelta para mirar hacia donde está señalando, emoci-
onándome demasiado.
—¿En serio?— Tatum murmura en voz baja.
—Ignórala—. Camino hacia las lámparas y cojo una con avidez.
—¡Gracias! Mi hermanastro va a dar una esta este n de semana,
así que cuando decida abandonar y acostarme, puedo usar esto. Pod-
ría salvarle la vida—. Le sonrío. Ella estalla en carcajadas y yo incli-
no la cabeza. —Oye, ¿te gustan las estas?

Después de intercambiar números con la chica trabajadora, que


se llama Tillie, nos sentamos en un café y comemos nuestro peso en
comida frita y brownies de chocolate.
—No puedo creer que la hayas invitado de buenas a primeras—.
Tatum se mete en la boca un tierno pollo. —Mmm, pero parece sim-
pática, ¿no?
—Sí —estoy de acuerdo. —Así que sé amable.
—¡Oye! —me regaña. —Siempre soy amable.
No fue justo que lo dijera. No ha sido más que amable conmigo.
Sonrío y me meto otro trozo de brownie en la boca, donde se derrite
en mi lengua, mezclándose con una cucharada de helado. Resulta
que Tatum es tan golosa como yo, y hacemos planes para tener una
noche de cine de chicas mañana por la noche con montones de cara-
melos. Tatum dice que quiere ver una película de chicas, pero yo la
interrumpo declarando que no me gustan las comedias románticas
cursis. Así que acordamos que yo elegiría las películas y ella traería
los dulces. Todas ganamos.
—¿Cómo es ser la hermana pequeña de Nate Riverside?— Tatum
pregunta, llevándonos a mi casa.
—En realidad no soy su hermana pequeña —digo con voz inexp-
resiva. —No sé por qué, pero se ha encargado de atormentarme en
todo momento.
Suelta una risita, bajando la marcha, y mi cabeza se golpea contra
el reposacabezas por la fuerza. —Cariño, si Nate se encargara de
atormentarme, lo agradecería. Sin embargo, es el mayor puto de Ri-
verside Prep. Incluso se ha acostado con Sasha Van Halen.
—Ni siquiera me sorprende —murmuro en voz baja mientras
entramos en nuestra entrada privada.
Sasha Van Halen es la hija del mayor magnate de los Estados Uni-
dos. Aparece en todos los periódicos sensacionalistas.
—Una última cosa —dice, tirando del freno de emergencia. —Qu-
iero hablar contigo sobre ellos—. Hace un gesto hacia la ventana de
Nate y mis ojos la siguen. —Te ganaste la atención de Bishop hoy en
el almuerzo.
—Difícilmente —me burlo, sacudiendo la cabeza.
—Tengo que instruirte sobre Bishop Vincent Hayes —comienza, y
yo inclino la cabeza hacia ella. —Sólo se le ha visto con otra chica
más de una vez, que yo sepa. Una, y ella signi caba mucho para él.
Estuvieron juntos durante años. Todos decían que era el destino, Bis-
hop y Khales; eran una pareja hecha en el cielo. Ella se mudó, él se
mudó. Se conocían desde pequeños, porque la madre de Khales era
una drogadicta y dejaba a Khales sola en casa durante horas. Khales
fue a la escuela secundaria de Hampton Beach, que está en el lado
duro de la ciudad. De todos modos, Bishop trató de salvarla. Lo in-
tentó con todas sus fuerzas, pero al nal, Khales siguió los pasos de
su madre y cogió la aguja—. Tomó aire.
—¿Murió?— Pregunto, mi corazón se hunde. Sé lo que es perder
a un ser querido.
—No, no sabemos dónde está. Hace unos dos años, desapareció.
Nadie susurra su nombre. La semana que desapareció, todos los chi-
cos no estaban en la escuela, y de repente todos vuelven a la cafetería
como si fueran los dueños del lugar, como si ella no existiera. Algui-
en intentó preguntarle a Bishop por ella, pero casi le rompe el cuello,
así que todos lo tomaron como un tema delicado y no volvieron a
hacer preguntas.
Vuelve a hacer una pausa, sus brillantes ojos azules centellean en
los míos. —Sólo te lo digo porque muchas chicas han intentado ocu-
par el lugar que dejó Khales. Que yo sepa, Bishop no ha tenido otra
novia desde entonces. Ya van dos años. En n, eso me lleva al sigui-
ente tema—. Mi mente sigue nadando con la masa de información
que acaba de descargar sobre mí. ¿Hace dos años? La gente no desa-
parece simplemente en el aire. Siempre hay una razón para que la
gente desaparezca. Se aclara la garganta. —El Club de Reyes de la
Élite…
—Le pregunté a Nate al respecto y me dijo que todo se basa en le-
yendas y falsas suposiciones.
Ella sacude la cabeza, sus ondas rubias cayendo sobre sus delga-
dos hombros. —No te lo van a contar. Puede parecer un cotilleo, pe-
ro es muy cierto. He visto la marca.
—¿Marca?— Mi cerebro está a punto de estallar por la informaci-
ón que le están metiendo.
—Sí, los marcan cuando son bebés. Es un ritual que realizan to-
dos los padres.
—Eso es una locura—. Mis hombros se a ojan. —Ya he oído su -
ciente. ¿Algo más?
—¡Sí! Ten cuidado. Sólo sé tanto sobre ellos porque los he estudi-
ado durante todo el tiempo que los he conocido. Nunca he comparti-
do mis pensamientos con nadie más, porque nadie más se ha acerca-
do a ellos, pero veo que eso va a cambiar contigo. Tienes que tener
cuidado, Madi.
Me agarro al pomo de la puerta y la empujo para abrirla, sacando
mis bolsas del asiento trasero. —Vale, tendré cuidado, pero creo que
estás siendo paranoica.
Me ofrece una pequeña sonrisa antes de que cierre la puerta del
pasajero, y luego sale derrapando de mi entrada.
Este tipo de cosas no ocurren, no en este mundo.
CAPÍTULO 8

Cierro la puerta de entrada de golpe y entro en la cocina con toda


la información que Tatum acaba de darme en el cerebro. Saco una
Coca-Cola de la nevera y cierro la puerta cuando mi corazón da un
salto al ver a Hunter apoyado en la entrada.
—¡Mierda!— Mi mano vuela hacia mi pecho.
—Lo siento—. Sonríe. —Nate tiene entrenamiento, así que me ti-
ene en tareas de niñera.
—¿Tareas de niñera?— Pregunto, ofendida. —No necesito una ni-
ñera.
Se encoge de hombros. —Brantley está aquí. Necesitas a alguien
cerca de ti cuando él está cerca.
Ladeo la cabeza, recorriendo mis ojos sobre él. Mide alrededor de
metro ochenta y dos, y se eleva por encima de mi metro sesenta y
uno.
—¿Por qué?— Pregunto, mis ojos se desvían hacia la pared. —
¿Qué le he hecho?
Hunter hace una pausa y se pasa el dedo por el labio superior. —
Eso no es algo de lo que tengas que preocuparte todavía.
—Estoy segura de que podría obtener toda la información si le
pregunto a Tatum —murmuro desde el borde de mi Coca-Cola.
—¿Tatum?— Ladra una carcajada. —Tatum vive para el drama y
las tonterías. Nada de lo que dice tiene fundamento—. Sus ojos se
estrechan brevemente sobre mí.
—¿Y tus palabras sí?— Ladeo la cabeza. —No necesito una niñera
—murmuro amargamente, mientras me dirijo a las escaleras, para
que una pared de músculos me golpee en la cara una vez más. —
¡Jesús!— Maldigo, molesta por la forma en que mi casa ha sido toma-
da por chicos misteriosos que nunca pueden darme respuestas. Mis
ojos recorren un amplio pecho y se posan en los ojos oscuros y bril-
lantes de Brantley. Tiene un poco de vello alrededor de la mandíbula
-no mucho, sólo lo su ciente como para arañar ligeramente- y sus oj-
os son tan oscuros como un pozo sin fondo que conduce a las puer-
tas del in erno. Y cuando abre la boca, descubro que sus palabras
son muy parecidas a sus ojos.
—Harías bien en apartarte de mi camino.
Ya harta de toda esta mierda, cruzo los brazos delante de mí. Por-
que soy una dura. —¿Qué carajo te he hecho?
Puedo sentir la presencia de Hunter detrás de mí, observando en
silencio.
Los ojos de Brantley se dirigen a los míos, quemándome como un
cuchillo caliente a través de la mantequilla fría. —¿Qué tal si sólo
existieras? Todo iba bien hasta que volviste —murmura, antes de
apartarme de un empujón y caminar hacia la puerta. Se detiene con
la mano en el pomo y me mira brevemente por encima del hombro.
Sus jeans oscuros cuelgan de sus estrechas caderas y la camiseta
blanca que lleva se le pega sin esfuerzo. Murmura algo antes de salir
furioso por la puerta.
—¿Volver?— Le pregunto a Hunter. —No he estado aquí en mi
vida.
Me observa, apartándose del lado de la pared. —No quiso decir
de vuelta. Se refería a cuando llegaste—. Camina hacia la puerta
principal, despidiéndose de mí. —Estoy fuera. Mis funciones ya no
son necesarias.
Me quedo allí, mirando distraídamente la puerta durante un par
de respiraciones. —¿Qué demonios?— Inmensamente confundida
por todo lo que ha cambiado en mi mundo en tan poco tiempo, subo
las escaleras y entro en mi habitación, sacando mi cuaderno de dibu-
jo y sentándome en mi escritorio. Tomo el mando a distancia de la
mesa y pulso el botón de reproducción de la base de sonido. Cojo el
lápiz, lo aprieto en la esquina de la página en blanco y empiezo a ga-
rabatear.
Los golpes en la puerta se abren paso a través de la neblina del
dibujo y la música.
Thud thud thud. —¡Madi!
Deslizo la silla hacia atrás y miro el despertador que está encima
de la mesita de noche. —Joder—. Son las cinco y media de la tarde.
Llevo tres horas seguidas dibujando sin ni siquiera descansar para
tomar aire fresco. Antes de que falleciera mi madre, dibujaba así al
menos tres veces por semana, si no más, pero desde que murió, me
resulta más difícil desprenderme por completo de mi entorno y enf-
rascarme en mi lápiz y mi bloc. La música siempre ha sido un desa-
hogo para mí, pero dibujar era algo personal que mi madre y yo solí-
amos hacer juntas.
Tiro de la puerta de mi habitación y le abro a Tatum. —Lo siento
—murmuro. —Me he dejado llevar un poco por el dibujo.
Tatum pasa junto a mí, con un libro de bolsillo agarrado en una
mano y una bolsa de lona rosa en la otra. —Ya lo veo—. Me agita las
manos alrededor de la cabeza, re riéndose a mi moño rebelde que
está desordenado y se asienta de forma desordenada en un lado de
mi cráneo.
—¡Oye! —la regaño, riendo mientras señalo la cama. —Esto no es
nada. Deberías verlo por la mañana—. Esto es cierto, porque mi pe-
inado es atroz por la mañana. No sólo es grueso y largo, sino que
también tiene unas ondas naturales, que provienen del origen espa-
ñol de mi madre. —Relájate—. La miro con descon anza. —¿Dónde
está tu pijama?
Me mira con una sonrisa y saca un paquete de Twizzlers. —En mi
bolso.
Me agacho, cogiendo los caramelos del paquete, y me dirijo a mi
armario, sacando mis pantalones cortos de pijama de algodón y una
camiseta ligera. —Voy a ducharme. He venido directamente a casa y
no he podido asearme.
—Oh —Tatum se aprieta el pecho en señal de asombro, —¿te po-
nes guapa para mí?
Me burlo, caminando hacia el baño en suite. —De nitivamente
no.
Después de fregarme en la ducha, me cepillo los dientes rápida-
mente, por si acaso me quedo dormida durante la película, y le quito
el seguro a la puerta de Nate antes de deslizarme a mi habitación.
Miro la montaña de dulces que rodea sus piernas. —Santa madre
de m…
—¿Qué? —pregunta inocentemente. —¿Subestimaste mi gusto
por los dulces?— Miro la tarta de queso, las papas fritas, los M&M,
los donuts empaquetados, los ositos de goma y los refrescos. —Creo
que estoy a punto de tener diabetes.
Se mete un puñado de M&M’s en la boca. —Posiblemente.
—Bajaré a buscar unas cucharas para eso—. Muevo mis dedos
hacia la tarta de queso. Dejándola desatendida con la mercancía, bajo
las escaleras y corro hacia la cocina, con la cabeza balanceándose mi-
entras tarareo la melodía de —Simple Man— de Lynyrd Skynyrd,
que aún tengo metida en la cabeza por haber dibujado. Con las dos
cucharas en la mano, salgo volando de la cocina, pero me detengo al
pie de la escalera y retrocedo hasta que veo claramente el salón, don-
de todos los chicos están sentados en el gran sofá en forma de L.
Nate está inclinado hacia atrás, con la mano ocultando su boca,
pero las líneas de la sonrisa alrededor de sus ojos muestran lo mucho
que está tratando de contener una risa.
—¿Qué?— Le digo bruscamente, ignorando al resto de los chicos.
Dios, me molesta.
Se destapa la boca y sacude la cabeza. —Nada.
Mis ojos se entrecierran. —Sí, claro—. Miro a su izquierda y veo a
Bishop sentado, con los brazos extendidos sobre el sofá. Su camiseta
oscura le abraza en todos los lugares adecuados, y sus jeans oscuros
le sientan despreocupadamente. Lleva unas Air Force blancas en los
pies, y cuando mi mirada vuelve a recorrer su cuerpo y se posa de
nuevo en sus ojos, sus rasgos han cambiado. Limpiado de todo lo de-
más que no sea la cara de perra descansada que pone como un profe-
sional.
—¿No tienen un lugar donde puedan reunirse todos? ¿Por qué
aquí?— Ladeo la cabeza, mirándolos a todos.
—Cálmate, gatita. Estoy de niñera, así que tenemos que venir
aquí—. Nate hace una pausa, con una sonrisa de oreja a oreja. —A
menos que, por supuesto, quieras venir con nosotros—. Vuelvo a mi-
rar a Bishop para ver que sus ojos, que aún no se han apartado de
mí, se oscurecen. Ace dirige su atención a Nate, regañándolo.
—En primer lugar —digo con calma, —no vuelvas a llamarme
gatita nunca más. O te dispararé—. Hago una pausa, riéndome inte-
riormente de su cambio de expresión facial. Probablemente no haya
sido muy amable, teniendo en cuenta que todo el mundo ya piensa
que estoy loca por culpa de mi madre. —En segundo lugar —añado,
—no soy una niña. Puedo cuidar de mí misma—. El nal es más bien
un murmullo, mientras me pongo en pie y subo las escaleras. Acabo
de aterrizar en la parte superior, cuando miro por encima de mi
hombro, sintiendo los ojos en mí. Bishop está abajo, mirándome j-
amente.
Me giro para mirarle. —¿Qué?— No me ha hablado mucho, ex-
cepto ese día con Brantley. Tatum me advirtió sobre su reputación, y
si eso no fuera un indicio de lo completamente distante y tenso que
es, por no hablar de lo inaccesible - ¿ya lo he dicho? Merece que lo
diga una segunda vez: su personalidad en general hace que uno qui-
era salir corriendo. Me recuerda a una cobra real. Silenciosa, letal y
que te deja adivinar lo que hay debajo de su mordedura.
Su rostro inexpresivo permanece estoico, su fuerte mandíbula se
tensa, hasta que nalmente, me doy la vuelta y entro en mi habitaci-
ón. El corazón me golpea contra el pecho hasta que siento la gargan-
ta magullada y la saliva se me ha secado. Golpeando mi cabeza cont-
ra el respaldo de mi puerta, veo a Tatum salir de la cama, ahora en
pijama.
—¿Estás bien?
—Sí —respondo, entregándole una cuchara y caminando hacia la
cama. —Vamos a comer todo el azúcar.
Me meto en la boca un enorme trozo de tarta de queso con choco-
late, gimiendo de aprobación ante el suave y dulce crumble que toca
mis papilas gustativas.
—Cuéntame —dice Tatum, recogiendo su largo pelo en un moño
en la parte superior de la cabeza y quitándose las gafas de montura
na. —¿Cómo te las arreglaste para llamar la atención del único Bis-
hop Vincent Haynes?
—Dios, otra vez esto no —digo en voz baja, y voy por otra cucha-
rada para llenar mi boca. La película hace tiempo que ha empezado,
y los disparos de fondo se escuchan en voz baja.
—Ha mirado jamente. Eso no signi ca exactamente que esté in-
teresado… o que yo esté interesada. Porque no lo estoy.
—Mmmm.— Ella chupa el pastel de queso de su cuchara. —Aho-
ra, dilo otra vez. Esta vez con más convicción.
Cojo mi almohada y se la tiro a la cabeza, pero ella la atrapa, ca-
yendo de espaldas y riendo.
—Vale, vale, lo siento, pero que conste que esa miradita— -hace
un gesto entre nuestras miradas- —la follada que se traían ustedes
dos era más de lo que yo había visto de él… nunca—. Nadie en la
RSPA es lo su cientemente bueno para su alteza real—. Pone los ojos
en blanco y abre una bolsa de gominolas.
—¿Cómo lo sabes? Tal vez sea discreto al respecto.
Sacude la cabeza. —Oh no, ha estado con otras chicas, pero no
asisten a la RSPA. Son como…— Hace una pausa, re exionando sob-
re la palabra que quería usar. —-Famosas y demás.
Decepcionada por la falta de una palabra mejor, le pido una acla-
ración: —¿Famosas y demás?
Ella asiente con la cabeza, sin darse cuenta de mi intento de for-
mular la palabra. —Sí. Pero todo eso son rumores. Nadie le ha visto
con ninguna de las chicas que aparentemente han estado con él.
Hablo de hijas de magnates, de herederas, de ese tipo de cosas abur-
ridas. La única chica que conozco con un 100% de certeza era Khales,
y eso es porque, sí, siempre estaban juntos cuando no estaban en la
escuela. Era como una Cenicienta moderna, donde la pobre princesa
encontró a su príncipe.
—¡Oh! Eso es ser mezquino.
Sacudiendo la cabeza, se mete otro osito de goma en la boca, y yo
alcanzo uno antes de que se los coma todos. —La verdad. Una pena,
en realidad. Por aquel entonces seguía siendo inaccesible, pero al
menos sonreía cuando ella estaba cerca y no mandaba a la gente a la
mierda si se le acercaba demasiado.
Dejo escapar un suspiro. —Bueno… chica afortunada entonces,
supongo. Tal vez. Porque parece un imbécil.
Tatum se ríe, lanzándome un oso. —Ves… sabía que seríamos
grandes amigas.
Tenía razón.
CAPÍTULO 9

El molesto tono de mi teléfono móvil suena en mi mesilla de noc-


he, despertándome de mi profundo sueño. Gruñendo, me levanto de
la cama y lo cojo a ciegas, golpeando accidentalmente a Tatum, que
está durmiendo.
—No quiero ir a Candy Land —murmura somnolienta, ponién-
dose de lado. Reprimo una risa, deslizando mi teléfono desbloque-
ado y presionándolo contra mi oído.
—¿Hola?— Susurro, con cuidado de no despertar a Tatum.
—Herm…
Miro la pantalla de mi teléfono, entrecerrando los ojos por la luz
brillante que asalta mi visión. Volviendo a acercarlo a mi oído, su-
surro en voz alta: —¡Nate! ¿Qué quieres?
—¿Por qué susurras? —murmura, casi susurrando él mismo. —
¡Ay!— Le oigo gruñir y, de fondo, otra persona dice: —No llamas
por eso, cabrón.
Entrando en el baño, enciendo la luz y cierro la puerta, con cuida-
do de hacerlo en silencio. —¿Qué, por qué? ¿Qué? ¿Por qué demoni-
os me llamas a…?— Vuelvo a mirar mi teléfono. —¿Las malditas tres
de la mañana?— Mi voz se vuelve un poco fuerte hacia el nal.
—Necesito tu ayuda.
—¿Por qué iba a ayudarte? Ni siquiera estoy segura de que me
agrades.
—¿Qué? ¿Por qué? He sido amable contigo. ¡Pensé que teníamos
un-ouch! ¡Joder! Vale—. Toma aire. —De verdad, Madi. Necesito tu
ayuda—. Su cambio de tono me sobresalta, mis cejas se levantan en
lugar de unirse.
Cerrando los ojos, me inclino sobre el lavabo, masajeando mi sien
con la mano libre. —¿Qué pasa?
—No puedo creer que esté haciendo esto, joder —murmuro para
mí, sin importarme ya si despierto a Tatum. Entro en el armario, me
dejo los pantalones cortos del pijama y la camiseta, pero saco una su-
dadera con cremallera de un gancho y me la pongo antes de hacerme
una coleta alta y apretada y de ponerme las Chucks. Salgo del arma-
rio, apago la luz y me doy cuenta de que Tatum no se ha movido, lu-
ego salgo de mi habitación y bajo las escaleras dobles. El chirrido de
mis suelas de goma sobre las baldosas del vestíbulo es la única pru-
eba de que me dirijo a nuestro garaje subterráneo. Después de pasar
por el cine, abro la puerta que da al espacio blanco y limpio del gara-
je para diez autos, que parece más bien una sala de exposiciones, con
todos los autos estratégicamente estacionados en exhibición.
Al ver el Escalade negro medianoche, desengancho las llaves que
cuelgan en el gancho y lo abro con un pitido. Sumando los números
en mi cabeza, gruño de frustración. El estúpido de Nate obviamente
no estaba pensando. ¿Cómo diablos se supone que voy a meterlos a
todos en el todoterreno que sólo tiene siete asientos para pasajeros?
Abro el maletero, pongo los asientos de atrás en posición horizontal
y lo cierro de golpe, volviendo al asiento del conductor. Arranco el
auto, coloco mi teléfono en el soporte y marco con el altavoz a Nate.
—¿Estás bien? —responde.
—No, Nate, no estoy jodidamente bien. Son las tres de la mañana
y me llamas para que los recoja de Dios sabe dónde en un puto auto
de siete plazas. Por cierto, normalmente necesito cafeína por las ma-
ñanas antes de poder funcionar, y no soy una puta persona matuti-
na. ¡Y mucho menos una persona de las 3:00 a.m.!
—¿Has terminado? —pregunta despreocupadamente.
—Voy a matarte.
—Hermana, estás en el altavoz.
—Me da igual.
Se ríe.
—Dime a dónde voy —le digo.

É
Él chilla las direcciones mientras yo conduzco. A medida que pa-
sa el tiempo y se pronuncian más direcciones, me envía más y más a
las afueras de la ciudad. —Así llegarás a una carretera privada de
grava oscura a la izquierda. ¿Lo ves?
Un escalofrío recorre mi columna vertebral. —¿Qué? Sí—. Miro
de izquierda a derecha, y estoy bastante segura de que veo sombras
que pasan como un látigo por delante de mis ventanas y se entrela-
zan con los árboles del lado de la carretera.
—Buena chica—. Hace una pausa. —Toma esa curva.
Algo no encaja con lo que dice y con su tono, pero más vale que
valga la pena, y más vale que estén en problemas, o lo delataré.
Si es que sigo viva, claro. Si no, volveré en forma de fantasma y
les destrozaré la vida.
Bajando por la oscura, espeluznante y llena de baches carretera
de grava, con nada más que los brillantes faros del todoterreno gui-
ando mi camino, me trago los nervios. ¿Qué coño está haciendo, y
por qué demonios me ha dicho que baje aquí?
—¿Nate?— Susurro. —Quizá me he equivocado de camino.
Silencio.
—¡Nate!— Le grito al teléfono. —Esto no es gracioso.
—No me estoy riendo, hermana. Sigue adelante. Podemos ver tus
faros—. ¿Qué estoy haciendo? Básicamente estoy con ando en el
hecho de que Nate y yo nos hemos unido un poco y nuestros padres
están juntos. No estoy segura de que esos hechos valgan mi vida.
No, no lo haría. Sólo estoy siendo paranoica. La única vez, excepto
en el colegio, en la que tampoco he traído mi puta pistola. Me desp-
lomo en la derrota. A mi padre no le impresionará que no lleve, y mi
madre, sin duda, me gritará desde el otro lado que esas son las razo-
nes por las que ella y mi padre me educaron tanto en materia de ar-
mas de fuego. He fracasado como maldita hija. Me remuevo en mi
asiento.
—Nate, no veo nada aquí arriba, pero ya… ¡Dios mío!— Piso los
frenos y las cuatro ruedas se bloquean en un derrape. Aprieto el vo-
lante con fuerza, golpeando los cierres de las puertas. —¡Nate!— Le
grito al teléfono.
Silencio.
Lentamente, miro hacia arriba por el parabrisas delantero, el gru-
eso polvo de mis neumáticos interrumpiendo el polvo que aún ota
en el aire, y es entonces cuando lo veo de nuevo.
Diez hombres.
Diez sudaderas oscuras que cubren sus rostros.
Diez…
—¿Nate?— La comprensión se impone. Diez.
Pongo la marcha atrás de golpe y estoy a punto de pisar el acele-
rador hacia atrás, para que no haya nada ni nadie detrás de mí, cuan-
do la ventanilla del conductor se rompe en mil pedazos y los pequ-
eños fragmentos de cristal caen sobre mi regazo. Grito y subo las
manos para protegerme la cara en el momento en que un brazo se
cuela dentro y abre la cerradura.
Una risa profunda me llega a la nuca mientras una mano enguan-
tada en cuero me rodea la boca. —Hola, Madison. Puede que no nos
conozcas, pero nosotros sí te conocemos. Queremos jugar a un juego.
Esto es lo que pasará si pierdes…
CAPÍTULO 10

Le muerdo la palma de la mano, sabiendo que no hará nada con


el guante que la protege, pero me niego a caer sin luchar. Se ríe, ti-
rando de mí hasta sacarme el aire de los pulmones, y entonces me
suelta. Mi espalda se golpea contra el camino de grava. El pelo vuela
por mi cara cuando las manos oscuras vuelven a bajar hacia mí. El
miedo hace que mi cuerpo entre en modo de piloto automático, así
que lanzo mi pie, pateando, abalanzándome y lanzándome. No voy
a caer sin luchar, eso está claro.
—¿Qué mierda están haciendo?— Les grito.
Recogiendo mis piernas bajo sus brazos, me balancea sobre su
hombro sin esfuerzo.
—¡Nate!— Le grito. —Te voy a matar. Lo juro por Dios, ¡estás
muerto!
—No si te matamos primero. Cierra la boca—. Los grandes
hombros continúan llevándome por la carretera muerta hasta que se
detiene.
Levanto la cabeza y me encuentro con cuatro sombras oscuras
que nos siguen, todas con capuchas para cubrir sus rostros. Escane-
ando mis ojos sobre cada uno, se posan en quien estoy bastante se-
guro de que es Nate. —¿Por qué?
Se detiene, caminando hacia mí justo cuando quien me sujeta me
deja caer al suelo. —¿Por qué, Nate?— Grito, con el trasero dolorido
por haber sido golpeado contra la grava.
Nate -creo- camina hacia mí, dejándose caer al suelo hasta arro-
dillarse frente a mí. Se inclina hacia delante y, si el pasamontaña no
le cubriera la cara, podría ver lo que supongo que es una sonrisa en
su rostro. —Actúas como si no lo supieras.
—¿Qué?— Me giro y veo cómo se pone en pie y abre la puerta
trasera de una larga limusina.
—Véndale los ojos —dice otra voz.
—¿Qué?— Muevo la cabeza de un lado a otro, observando a cada
uno de ellos. —¡No!— Sacudo la cabeza y retrocedo hasta que mi tra-
sero toca el auto. Un brazo fuerte me rodea por la cintura desde el
interior de la limusina y tira de mí. Grito -un grito de niña- justo cu-
ando me ponen una venda alrededor de los ojos, impidiéndome ver.
Silencio.
Sin visión.
Todo lo que tengo es mi capacidad de escuchar, que, si soy since-
ra, no tiene un buen historial. Respirar, respirar profundamente, in-
halar y exhalar. Es todo lo que oigo mientras el auto se sumerge con
la gente que se amontona en la parte trasera. Mi pecho sube y baja,
mi rabia empieza a salir a la super cie. Oigo cómo se cierra una pu-
erta justo antes de que empecemos a salir de dondequiera que este-
mos.
—¿Por qué mierda está pasando esto?— Decido ser la primera
persona en romper el silencio.
—Deja de actuar, hermanita—. Nate. Y se sienta a mi lado. El que
me metió en el auto está sentado al otro lado.
Mi cabeza gira hacia donde está Nate. —¿Qué maldito acto? Estás
empezando a cabrearme de verdad. No sé de qué carajo estás hab-
lando. ¡Vine aquí porque pensé que el resto de los pedazos de mier-
da estaban en problemas! Así que quieres decir que…
—Joder, que alguien la calle—. Eso vino de la voz a mi lado. Nate
se ríe, pero lo ignoro. Mi cabeza se vuelve hacia la otra voz. —Oh, lo
siento. Lo siento de verdad. Lo siento muchísimo por haber dejado
mi cálida cama y venir a asegurarme de que el resto de ustedes estu-
vieran jodidamente a salvo y a sacarlos de lo que sea que estuvieran
haciendo.
—Nate, hombre, ¿tu vieja habla en serio sobre su padre? Porque
lo siento por ti—. Eso vino de alguien frente a mí.
Le doy la vuelta a quienquiera que fuera, sin saber si puede ver-
me o no.
—Hermanita, juega bien. Haz lo que te dicen y esto acabará bien.
—Sí, excepto por el hecho de que no creo que sea muy buena ha-
ciendo lo que se le jodidamente dice—. Esa fue la voz a mi lado de
nuevo. Profunda, dominante y…
—¡Bueno, joder!— Nate se queja a mi lado. —¡Dime qué carajo
hacer porque no tengo nada! Es una niña.
—¿Estás seguro? —pregunta una voz frente a mí. —Quiero decir,
le gustan las armas y tiene una puta boca inteligente. Quizá no lo
sea. ¿Quizás debería comprobarlo?
—Vete a la mierda, Hunter—. Ese era Nate.
Me pongo rígida. —Nadie va a comprobar nada.
Nate se arrastra a mi lado. —Voy a preguntarte algo, hermanita.
Contéstame con la verdad, porque a donde te vamos a llevar no sald-
rás viva si no puedes ser sincera.
—¿A dónde me llevan?— Pregunto, imitando su tono. —¿Y quién
carajo es ese?— Muerdo.
—Allá vamos —murmura la otra voz a mi lado.
—Perdona, ¿quieres ponerte la puta venda?—. Le pregunto, mo-
lesto.
—¡Me ofrezco voluntario! —dice otra voz.
—¡Cállate de una puta vez, Cash!—. Los nervios de Nate se le-
vantan de nuevo.
—¿Cash?— Me burlo.
—¡Tú también!— Nate grita hacia mí. —Cállate.
—¿Puede alguien quitarme esta venda de los ojos, por favor?
—Me gusta cómo te queda —murmura esa misma voz frente a
mí.
Nate gruñe. —¡Vuelve a mi pregunta! —grita, aunque tengo la
sensación de que esta vez no me está gritando a mí. —Escucha, nece-
sitamos saber si has estado aquí antes.
—¿Dónde?— Pregunto.
—En los Hamptons.
Al instante. —No.
—Esto no tiene ningún puto sentido —vuelve a murmurar la voz
a mi lado.
—¿Eres virgen?— Pregunta Nate.
Eso se gana un ceño fruncido. —¿Qué?— Espeté. —¿Qué clase de
pregunta es esa?
—Responde a la puta pregunta.
—Lo es —dice el que está a mi lado.
—¡Oh, lo siento!— Me burlo. —¿Quieres responder a todas mis
preguntas por mí? Y pre ero no hablar de eso.
—¿Vas a seguir retrasando tus respuestas? —replica.
—Yo no…— Una mano roza mi muslo derecho, del lado de Nate.
—¿Qué estás haciendo?— Le quito la mano de la pierna, pero me la
devuelve. —Sigue con ello, hermanita.
—De acuerdo, en primer lugar, si vas a manosearme, ¿podrías de-
jar de decir ‘hermanita’?
Se ríe, luego su mano roza más alto. —Pero pre ero no hacerlo—.
Nate se aparta. —No, tienes razón. Esto es demasiado raro. Bishop
—. Él debe inclinarse porque su aliento cae sobre mi cara.
—¡Sí, no, no es eso lo que quería decir!
Bishop gruñe. Gruñe directamente. —Muévete, Nate.
La pierna de Nate que me rozaba ya no está, y vuelvo la cabeza
hacia donde está Bishop, para preguntar qué carajo está pasando, cu-
ando de repente estoy de espaldas y un cuerpo duro se cierne sobre
mí.
—¿Qué estás haciendo?— susurro, sintiéndome un poco claustro-
fóbica con mi falta de visión y con él tumbado encima de mí. Aun-
que no está apoyando todo su cuerpo sobre mí, su cintura me aprisi-
ona.
—Bishop —, advierte alguien frente a mí.
Su cuerpo me roza y cierro la boca de golpe. Un aliento cálido y
húmedo cae sobre mi boca en forma de jadeos super ciales. —Con-
téstame cuando te haga una pregunta. Si mientes, haré algo que te
parecerá inapropiado. ¿Lo entiendes?
—Um, ¿en serio? No, yo no…
Su boca se aprieta contra la mía, unos labios cálidos y suaves que
pesan sobre los míos. Mi sangre se calienta y mis oídos comienzan a
palpitar. Se levanta ligeramente. —¿Tú…?— Lleva su boca a mi ore-
ja. —¿Entiendes? —gruñe en la na carne de mi cuello.
—Sí…— Me aclaro la garganta. —Sí.
—¿Todo lo que teníamos que hacer era besarla para que se calla-
ra? —dice una voz, luego oigo un golpe y entonces él gruñe: —¡Ay!.
—¿Has mentido alguna vez?
¿Qué clase de pregunta es esa?
—Sí.
—¿Eres virgen?
—Esa es una pregunta complicada.
—¿Cómo es eso? —pregunta. Casi puedo imaginar la inclinación
de la cabeza.
—Bueno…— Me aclaro la garganta. No lo recordará. —Simple-
mente es así.
Pausa. Silencio.
—No está mintiendo —susurra Bishop.
—Sí, ya hablaremos de eso —dice Nate desde el otro lado del
auto.
—Lo dudo, hermano. De lo único que se hablará es de cómo se te
escapó una bala voladora.
Silencio, y luego risas de todos menos de Nate y Bishop.
—¿Confías en mí?— Pregunta Bishop.
—No.
—Eres inteligente.
—Discutible, teniendo en cuenta mis circunstancias actuales—. Se
levanta de mí y yo me levanto de mi posición.
—Quítate la venda—. Me agarro a ella y me la subo por la frente.
Hay luces de neón doradas en el interior del… ¿Hummer alargado?
No es de extrañar que cupiera tanta gente en él.
—Mierda —susurro, mirando alrededor y por las ventanas. —
¿Dónde carajo estoy?
Miro a Bishop, encontrándolo tan delicioso como lo encontré en
la escuela. Aunque él y yo sólo habíamos hablado una vez antes de
esto, sigue siendo difícil darse cuenta de que es el mismo tipo. Antes
de esta noche, sólo tenía miradas jas con las que comparar algo,
además de la noche en que hizo que Brantley me dejara en paz.
—Llévala a casa—. Bishop no me mira; mira directamente a Nate.
—No podemos hacer eso —gruñe Brantley desde un rincón oscu-
ro, con la sudadera con capucha todavía sobre la cara. Bishop sigue
con la suya puesta también, junto con sus jeans sueltos de aspecto ca-
ro y destruidos.
Esta vez Bishop mira directamente a Brantley. —Vamos a llevarla
a casa.
—Um, no es que quiera ser un grano en el culo ni nada, pero me
deben una explicación. Me sacaron de la cama a las tres de la maña-
na, me secuestraron y luego…— Esta vez miro directamente a Bis-
hop, sus ojos miran directamente por debajo de su capucha. Maldita
sea. Enfócate. —…me besó. ¿Qué demonios está pasando?
—Nada que te concierna —dice Bishop, sin apartar los ojos de mí.
—Al menos no ahora.
—Hmm, ves, tengo un problema con eso…
Su mano se acerca a la mía, y entonces tira de mí bruscamente
hasta que estoy en su regazo, a horcajadas sobre él.
—¿Qué estás haciendo?— Le presiono el pecho. Un fuerte golpe
en el pecho. Una de sus manos serpentea por mi columna vertebral y
luego hacia la nuca, mientras la otra permanece agarrada a mi cade-
ra. Me acerca la cara hasta que sus labios rozan los míos. —Lo que
sea que quiera hacer. Ahora, haznos un favor a todos y cierra la puta
boca.
Cierro la boca de golpe, con los dientes tirando del labio inferior.
Sus ojos bajan a mi boca antes de volver a mis ojos.
—Acabo de darme cuenta de que todavía estoy en pijama. Sí, qui-
ero ir a casa. Devuélveme a casa—. Me bajo de su regazo y su agarre
se a oja después de unos segundos. Me tumbo a su lado y miro a
Nate. —Vete a la mierda.
—Oh, me amas.
—No, estoy bastante segura de que no.
—Seguro que sí—. Me sonríe. —Lo siento, gatita.
—No.— Sacudo la cabeza, sacándome el pelo de la coleta antes
de pasar los dedos y llevarlo a la parte superior de la cabeza. —A mí
tampoco me gusta lo de gatita.
—Pero es lindo—. Nate sonríe.
—Exacto, y yo no lo soy.
—Verdad —murmura Brantley. —Es jodidamente molesta. Llá-
mala… rata.
Le hago un gesto, y sus ojos se oscurecen, pero no de la forma en
que lo hacen los de Bishop. De una forma que probablemente me ha-
ría sentir escalofríos, porque estoy cien por cien segura de que me
odia.
Volvemos a subir por nuestro camino privado y, cuando el auto
se detiene, voy a lanzarme por la puerta.
—¡Espera!— Nate me detiene. —Hablo en serio, hermana. No pu-
edes contarle a nadie lo que ha pasado esta noche.
—¿Qué mierda ha pasado esta noche?— Pregunto, mirando a to-
dos ellos.
—No podemos hablar de ello contigo.
—Bueno, ¿por qué mierda me secuestran entonces?— Ahora miro
directamente a Nate. —¿Por qué no me dices simplemente: ‘Oh, oye,
¿quieres jugar a Verdad o Reto? Como, ¡joder, Nate!
—Joder —gruñe y luego mira a Bishop. —Deberíamos haber hec-
ho eso.
Bishop se encoge de hombros. —Nunca he jugado a ese puto ju-
ego, y no voy a empezar—. Bishop entonces me mira a mí. —Y no se
trata de eso, Gatita.
—¡Oh! No, tú…
Nate me empuja y luego cierra la puerta. Me quedo con la boca
abierta ante la puerta cerrada justo cuando el Hummer alargado em-
pieza a retirarse. Levanto la mano y les doy un manotazo, sin dudar
de que sean capaces de ver, antes de subir a pisotones las escaleras
de mármol y luego las pesadas puertas dobles. Se me escapa un bos-
tezo, y cuando veo el gran reloj que cuelga de la pared del salón, sé
por qué. El sol está a punto de salir y no quiero arriesgarme a des-
pertar a Tatum ni a que pregunte dónde he estado, así que entro en
la sala de estar. Después de quitarme los zapatos, tiro de la manta
del respaldo del sofá y me acurruco en la cálida y suave manta.
CAPÍTULO 11

Mi pierna se siente pesada, y lo primero que huelo es…


—¡Tocino!— Abro los ojos.
Tatum entra en el salón con una sartén en la mano y el pelo ya ali-
sado. —Levántate, tenemos que desayunar y luego tenemos que ir-
nos.
Gimoteo, recostándome en el sofá. —El colegio.
—¡Sí! —sisea ella. —¡El colegio! Y, por cierto, si mis ronquidos te
molestaban tanto, deberías haberme echado. No tenías que dormir
aquí fuera.
—¡No!— Sacudo la cabeza. —No fue eso. Es que me cuesta dor-
mir con otras personas—. No es del todo mentira. De hecho, no soy
la que mejor para dormir cuando se trata de dormir con otras perso-
nas. Me da ansiedad. ¿Estoy respirando demasiado? ¿Y si los toco ac-
cidentalmente mientras duermo? No de forma sexual, pero sí, ¿y si
de forma sexual? No lo llevo bien. Me siento mucho más cómoda
durmiendo sola. Además, no comparto mantas. Nunca.
Tatum pone los ojos en blanco, intuyendo mi mentira, pero sin sa-
ber en qué parte ni por qué. —Vamos. Es hora de desayunar.
Me levanto del sofá. —Salgo en un segundo. Voy a meterme en la
ducha—. Subiendo las escaleras, entro en mi habitación y me planteo
comprobar si Nate está en su cuarto, pero lo pienso mejor. Imbécil.
No sé qué demonios ha pasado esta madrugada. ¿Quiero saber más?
Sí, probablemente. ¿Pero estoy más enfadada que nada? Sí. También
he llegado a la conclusión -entre mi viaje del sofá a mi habitación- de
que son un grupo de amigos muy jodido. No sólo son nerviosos,
misteriosos y mandones, sino que son… seductores. Exactamente
por eso debo alejarme de ellos a toda costa. Especialmente el maldito
Bishop Vincent Hayes. ¡El hijo de puta me besó! Y… y me encantó.
Maldiciendo en voz baja, hago una nota mental para ir a disparar
después de la escuela. Como es viernes y sin duda Tatum querrá ha-
cer algo este n de semana, será mejor que me lo quite de encima an-
tes. Saco unos pantalones pitillo de color verde militar y una camise-
ta blanca antes de meterme en la ducha y enjuagar toda la mierda de
anoche.
Me doy un masaje con el acondicionador en el pelo y percibo el
silencio de la habitación de Nate, que diría que no llegó a casa anoc-
he. Demasiado para el —tengo que cuidar de ti—. Mentira. Salgo de
la ducha, me pongo la toalla y me seco rápidamente antes de vestir-
me. Me seco el pelo, me maquillo ligeramente, dejo que mis ondas
oscuras cuelguen por la espalda y me pongo mis brazaletes de cuero
y el que me regaló mi madre antes de morir. Es una pulsera de cuero
de Pandora. Me regalaba nuevos colgantes para cada momento deci-
sivo de mi vida. Según mamá, incluso teñirme el pelo era un mo-
mento decisivo, así que sí, también tuvimos un colgante para eso.
Limpio la condensación del espejo y me examino la cara, deslizando
la barra de mi bálsamo labial sobre mis labios. Tengo una mandíbula
angulosa y a lada, labios carnosos y ojos color avellana. Mis pesta-
ñas son largas, gruesas y naturales, y mi piel tiene un brillo natural
de oro debido a la herencia española de mi madre. No creo que sea
fea, pero tampoco soy nada especial. Sobre todo, si me pones al lado
de alguien como Tatum o Tillie.
Cuando vuelvo a la cocina, veo que Tatum ya está sentada en el
taburete de la barra, comiendo su desayuno.
—Es bueno saber que te sientes como en casa—. Me río, yendo
hacia donde ella ha colocado mi plato.
—Bueno, ya sabes. ¿Toda esta comida y nadie se la come? Es cri-
minal.
Resoplo, cogiendo la mitad de un panecillo. —Mi padre estará en
casa este lunes.
—Mmm —dice Tatum, lamiendo mayonesa de su dedo. —Tu ca-
sa se siente tan vacía como la mía. Sin ánimo de ofender.
—No me ofendo, y nunca solía ser así—. Muerdo el grasiento de-
sayuno. —De todos modos —murmuro, tragando mi comida y to-
mando un trago de zumo. —No te habría catalogado como alguien
que come este tipo de comida.
—No solía hacerlo —dice tímidamente. No quiero averiguar qué
quiere decir con eso, así que me concentro en comer el resto de la co-
mida. Después de comer, vaciamos nuestros platos y salimos de la
casa, con el sol directo de la mañana dándonos a las dos. Me bajo las
gafas mientras ella hace sonar su auto. —¡Supongo que es hora de ir
al colegio! Oh, oye, sobre la esta de esta noche, ¿vas a mandar un
mensaje a Tillie para darle los detalles?
—¡Mierda!— Jadeo, recordando que había dejado mi teléfono en
el Cadillac de mi padre, que aún no ha llegado a casa. Tendría que
hablar con Nate sobre eso cuando, o si, lo vea. —Erm —respondo,
notando que Tatum me mira mientras desliza su puerta tipo tijera. —
Sí, le enviaré un mensaje más tarde hoy sobre eso—. También quiero
hacerle más preguntas sobre el Club de Reyes de la Élite, pero temo
que mi nuevo interés por el grupo haga sospechar a Tatum.
No tardamos en llegar al colegio. Tatum nos indica que entremos
en el estacionamiento privado para estudiantes y salimos hacia los
ascensores que nos llevan al vestíbulo principal de la escuela. Llega-
mos tarde, no es ninguna sorpresa. Corriendo por el pasillo, abro la
puerta de Inglés y el profesor me mira, sobresaltado por sus garaba-
tos en la pizarra. —Qué bien que te hayas unido a nosotros, Montgo-
mery. Toma asiento y no hagas un patrón de esto—. Asiento con la
cabeza, pronunciando una disculpa, y luego miro hacia el único es-
pacio libre que queda al lado de Ally. Me mira jamente con un gru-
ñido, y yo dejo caer mis libros sobre mi escritorio, hundiéndome en
mi silla en un intento de concentrarme en mis tareas escolares.

—¡Madison! —grita una voz detrás de mí, mientras me dirijo al


bufet, tomando una bandeja.
Carter sonríe, tomando la bandeja y poniéndose a mi lado. —Así
que, ah, no sabía que eras la nueva hermanastra de Nate.
—Oh, no—. Pongo los ojos en blanco y cojo una manzana. —¿No
me digas que te juntas con ellos?
Me muestra una sonrisa infantil, y aprovecho este breve minuto
para escudriñar su cuerpo. Fuerte, atlético, se ve que pasa su tiempo
extra jugando fútbol. Su pelo rubio suelto le cuelga sobre la frente y
sus ojos azules brillan con intensidad. —Bueno, no… rodamos en
círculos diferentes.
Le doy un mordisco a mi manzana y señalo su chaqueta universi-
taria. —Ya lo veo—. No lo dije de forma ofensiva, simplemente…
Nate y esos chicos se visten con fanfarronería. Sus cuerpos están
construidos como atletas, pero apostaría mi último dólar a que nin-
guno de ellos lanza balones.
—¿Entonces estarás en su esta esta noche? —me pregunta, cuan-
do llegamos al nal de la la.
Me doy la vuelta y lo miro. —Sí. ¿Vas a estar allí?— le pregunto
mientras nos dirigimos a nuestras mesas.
Me muestra otra sonrisa infantil. —Creo que he encontrado mi
razón para estar allí—. Luego me guiña un ojo y vuelve a su mesa.
Todavía estoy sonriendo de oreja a oreja y riendo en voz baja cu-
ando mis ojos se posan en un Bishop con el ceño fruncido. Mi sonri-
sa desaparece al instante, y entonces Nate se abre paso entre la gen-
te, dirigiéndose directamente hacia mí. —¿Qué ha sido eso?
—¿Qué?— Le empujo y mi humor cambia al instante. —Nada.
—Mentira, Madi—. Lo ignoro y voy hacia mi mesa, cuando su
mano me agarra el brazo, deteniendo cualquier movimiento. —Aléj-
ate de él.
Me zafé de su agarre. —Debería alejarme de ti —siseo. —Y, por
cierto, ¿dónde están mi teléfono y mi todoterreno?
—El Cadillac está en casa, y aquí está tu teléfono—. Me lanza el
móvil y lo cojo rápidamente antes de sentarme en la silla.
—¿Qué demonios es eso?— Tatum murmura en voz baja.
Nate se acerca a mí en un instante. —Ven a sentarte con nosotros.
—No—. Recojo mi sándwich, sin que me moleste su presencia,
pero sí toda la atención que está trayendo hacia mí.
—Bien—. Me mira con el ceño fruncido y luego mira al resto de
sus sabuesos, dejando escapar un fuerte silbido y luego dando un
respingo.
De ninguna-puta-manera.
Los siete se dejan caer en la mesa, Nate descansando cómoda-
mente a mi lado y Bishop sentado justo enfrente de mí.
—No puedo hacer esto —murmuro para mí, sacudiendo la cabe-
za.
—¿Hacer qué?— pregunta Bishop, enarcando una ceja. Se inclina
hacia delante y susurra: —¿Quieres jugar a un juego?
Tatum se tensa y luego me mira. Ignoro todo lo que sucede detrás
de mí, mis ojos permanecen jos en los oscuros y turbios ojos verdes
de Bishop. Mi mandíbula se aprieta. Él se inclina hacia atrás en la sil-
la y yo estiro la pierna por debajo de la mesa, sólo para que conecte
con la suya. Sus ojos se mueven ligeramente antes de que aparezca
una sonrisa.
Tatum se aclara la garganta. —Um.— La miro, dejando que Bis-
hop continúe su mirada por su cuenta. —¿Vas a enviar un mensaje
de texto a Tillie?
Saco mi teléfono del bolsillo, deslizándolo para desbloquearlo. —
Sí, le enviaré un mensaje ahora.
—Dos preguntas —empieza Nate, cogiendo mi sándwich y mor-
diéndolo. Le golpeo el brazo con el dorso de la mano. —¿Qué?— Me
mira molesto.
—¿Puedes dejar de joder? Tengo hambre. Come esto—. Le lanzo
una barrita energética.
—¡No he comido esta mañana!
—Bueno, eso es culpa tuya por no haber venido a casa anoche.
Come. Dame esto…— Le quito el sándwich de sus manos. —-de vu-
elta—. Mira con anhelo mi sándwich y yo me río.
—Mmm.— Lo envuelvo lentamente con la boca y lo muerdo. —
Así que…— Mastico lentamente hasta tragar. Me quito una gota de
mayonesa de la comisura de la boca con el pulgar y la chupo. —Bien
—. Vuelvo a reír, dando otro bocado normal, y luego miro alrededor
de la mesa ante el silencio de todos. Todos me observan con expresi-
ones encontradas. Vuelvo a mirar a Nate, a punto de preguntar qué
demonios está pasando, solo que su boca está abierta.
—Sí—. Me quita el sándwich. —No más sándwiches de mayone-
sa para ti. ¿Mmvale?— Luego se mete el resto de lo que quedaba en
su enorme boca. Le doy la espalda y vuelvo a mirar mi teléfono. Re-
corro los contactos hasta encontrar a Tillie y le envió un mensaje rá-
pido.
Yo - Hola, soy Madison. ¿Sigue en pie lo de esta noche?
Tillie - ¡Hola! Me preguntaba cuándo enviarías un mensaje. Claro, ¿a
qué hora?
Yo - Tatum y yo iremos a recogerte después del colegio si quieres.
Tillie - Um, me pueden dejar.
Yo - ¿Estás segura?
Tillie - Sí. Sólo tienes que enviarme tu dirección y allí estaré.
Después de enviar a Tillie mi dirección, vuelvo a mirar a Tatum.
—La dejarán después de la escuela.
—Volviendo a mis preguntas. ¿Quién es Tillie y está soltera?
Le lanzo un palito de zanahoria a Nate y luego vuelvo a comer lo
que queda en mi plato. Mis ojos se posan en Brantley, que ha pasado
de fruncir el ceño a ignorarme de plano, y luego se desvían hacia el
resto de los chicos, que parecen estar comiendo y manteniendo una
pequeña charla entre ellos. Mis ojos se posan nalmente en Bishop…
y… vuelve a mirarme jamente.
—Sabes —susurro, acercándome a él con una sonrisa burlona, —
es de mala educación mirar jamente.
Aprieta la mandíbula, sus ojos y su cara son duros e imperturbab-
les. Luego inclina la boca y se inclina hacia delante hasta que sus la-
bios están a un suspiro de los míos. —Sabes —me susurra, ladeando
la cabeza, —creo que sabes lo pobres que son mis modales.
Lo miro a los ojos, a la boca y de nuevo a los ojos. Estrechando mi
mirada, me deslizo fuera de mi asiento.
—Oh, vamos, gatita —se burla Bishop mientras me dirijo al con-
tenedor de basura, tirando el resto de mi comida. —Sé cómo te gus-
tan los juegos.
Le doy un volantazo por encima del hombro y me dirijo hacia el
lado de chicas de la escuela, Tatum me alcanza rápidamente sin ali-
ento.
—¿Qué carajo pasa entre tú y Bishop? —pregunta en voz alta, lla-
mando la atención de Ally y Lauren, que están guardando sus libros
en sus casilleros.
—¡Shh!— La regaño, caminando hacia mi próxima clase. —Te lo
contaré más tarde.
Se detiene y me deja seguir caminando sola hacia mi siguiente
asignatura. —¡Más te vale! —me grita a mi espalda.
Miro mi reloj y veo que aún me queda tiempo, así que decido
desviarme a la biblioteca. Todavía no la he visitado, pero está en mi
lista de cosas por hacer.
Cuando abro las puertas dobles, me encuentro con el olor a papel
gastado, conocimientos sólidos e historia, que me calienta el corazón
al instante. Inspirando profundamente, cierro los ojos y exhalo su-
avemente, liberando cualquier mal yuyu que tuviera al dejarlo en la
puerta de la biblioteca. Hay algo mágico en una biblioteca. Es como
un portal a muchos mundos diferentes. En casa tenemos una lista
para ser instalada. Mi padre al menos se aseguró de conseguir una
casa con una biblioteca, así que lo único que tengo que hacer es lle-
narla y amueblar el lugar. Estoy segura de que podría hacerlo cuan-
do quiera, con la amiguita de plástico de mi padre, pero quiero ase-
gurarme de que realmente nos vamos a quedar aquí antes de echar
raíces así, y también sin encariñarme demasiado. Nunca me he per-
mitido encariñarme demasiado o sentirme demasiado cómoda con el
lugar donde hemos estado, porque he tenido miedo. Miedo, porque
en cualquier momento que empezara a sentirme cómoda, papá de-
sarraigaría nuestra vida y nos mudaríamos a otro lugar. ¿Sé lo que
papá hace para trabajar? Es decir, todos sabíamos que es rico y que
proviene del antiguo dinero del petróleo, pero también tiene acci-
ones en diferentes establecimientos, no sólo en Estados Unidos sino
también en Europa. El dinero nunca ha sido un problema para mí,
pero tener un hogar real sí.
Después de saludar cortésmente a la bibliotecaria, me dirijo a un
rincón oscuro y acogedor escondido detrás de Historia. Después de
dejar mi mochila en la mesa que se encuentra frente a la silla de felpa
LazyBoy, empiezo a buscar algo para divertirme durante el resto del
almuerzo. Después de dar grandes vueltas, me encuentro en el pasil-
lo de Folklore Histórico.
Inclinando la cabeza, mis ojos recorren todos los lomos marrones
desgastados hasta que me atrae uno con el símbolo de un círculo. No
sé por qué, pero me resulta familiar. Pero no puedo identi car nada
que haya visto antes. Deslizando el dedo por la tapa, saco el pesado
y largo libro y lo llevo hasta mi asiento. Cruzando las piernas por
debajo de mí, paso las yemas de los dedos por la cubierta del libro.
El emblema del círculo bordado con un doble in nito en su interior.
Tan simple, pero tan familiar.
Al abrir la carátula, la página del título dice: —Los secretos son ar-
mas, y el silencio es el gatillo—. - V. S. H.
Leí esa frase un par de veces más. Es muy vaga. Poniendo los ojos
en blanco, paso la página, saltándome el índice.

1
La Llamada
Mi lado sombrío sabía lo que iba a ocurrir. Cuando sentí la primera pa-
tada de mi bebé, lo supe. El conocimiento no era algo a lo que nos gustara
aferrarnos muy bien en nuestro mundo, no cuando Los Elegidos se guían
sólo por los hechos, no por el conocimiento. Acciones impulsivas, no conoci-
miento. Al diablo con las consecuencias. Mi hijo iba a ser uno de los Elegi-
dos. Él sería uno de los originales. Este pacto corrupto que Joseph había co-
menzado era sólo el principio para las generaciones venideras. Los primogé-
nitos de cada familia elegida. La sangre sucia y derramada pasaría a sus ma-
nos.
El llamado. Este era el llamado.
—Madison, ¿verdad?— La bibliotecaria me mira, y yo cierro el
libro como si hubiera hecho algo malo.
—Sí, lo siento.
Señala su reloj. —El almuerzo ha terminado. Es hora de ir a clase.
—¡Oh!— Recojo mi bolsa. —¿Me prestas esto?
Me mira, con los ojos entornados. —Lo siento, cariño, es una par-
te de la sección que no permitimos sacar. Pero puedes entrar y leerlo
cuando quieras—. Se lo entrego, y ella se acerca y lo vuelve a meter
en su ranura.
Maldita sea. Tenía muchas ganas de leer el resto de ese libro y ni
siquiera sé por qué. No es un género que suela leer, lejos de los ro-
mances distópicos o de vampiros, pero realmente quiero leer lo que
sea que haya en ese libro. Colocando mi mochila sobre el hombro,
asiento con la cabeza. —Gracias—. Y salgo de la biblioteca. En cuan-
to se cierran las puertas, inhalo los problemas que he dejado en la
puerta.
Genial.
CAPÍTULO 12

—¿Así que dijo que estaría aquí?— pregunta Tatum, rebuscando


en mi armario con una botella de Moet en la otra mano. Son las cinco
de la tarde y ya ha empezado a beber. Temo que esta noche se acues-
te temprano.
—¡Sí!— Golpeo mi teléfono, marcando a Tillie de nuevo. Esta vez,
ella contesta.
—¡Lo siento! Me he puesto al día y he tenido que hacer…— Ella
hace una pausa, dejándome de lado. —Mierda. Ya casi he llegado.
Cuelgo el teléfono, lo tiro sobre la cama y llamo a Sam para que la
deje entrar en cuanto llegue, por si acaso no la oímos llamar. Nate no
ha llegado a casa, de nuevo, pero ha enviado un mensaje para decir
que llegarán pronto para preparar lo que sea que tengan que prepa-
rar. Mi padre nos va a matar. Esta vez me he propuesto recorrer la
casa y guardar los objetos caros. Nuestra casa sigue bastante vacía, a
pesar de que papá contrató a unas cuantas personas para que vini-
eran a descargar cajas y hacerla más hogareña para mí, a lo que estoy
acostumbrada. Nunca ha sido un padre casero; Sam prácticamente
me crio. Incluso cuando mi madre estaba viva, los dos estaban casi
siempre fuera por negocios, y ahora que lo recuerdo, mi madre pro-
bablemente lo seguía a todas partes como un cachorro perdido con
la esperanza de mantenerlo atado.
Es cierto que mi padre nunca ha sido partidario del compromiso,
y me sorprende que no haya encontrado ya otra amante, pero esa fa-
ceta suya nunca me ha afectado a mí ni a la forma en que me ha cri-
ado. Sí, es un padre ausente, pero no soy lo su cientemente malcri-
ada como para hacerle pasar un mal rato por ello. Soy muy conscien-
te de su duro trabajo y de que yo no tendría la vida que tengo si él
no lo hiciera. Pero si soy sincera, siempre me he preguntado cómo
sería para mi padre ser un trabajador de clase media. Uno que pesca
los nes de semana, que siempre está en casa a las cinco de la tarde y
que ve el partido en la televisión mientras se toma una cerveza fría.
Me pongo en pie, me quito los pantalones y me dirijo al armario
para ayudar a Tatum a encontrar algo que ponerse antes de que le dé
un ataque de nervios.
—¿Por qué no te pones el vestido que compraste en el centro co-
mercial?
—Porque —se queja, —estoy casi segura de que he engordado un
kilo desde entonces.
—¿Tatum?
—¿Sí?— Se queja entre las manos, con cara de angustia. Casi me
río. Casi.
—Eso fue hace dos días. No es posible.
—Quizá no para ti—. Me mira de arriba abajo.
—¡Oye!— La golpeo con el dorso de la mano. —Que sepas que, si
no vigilara lo que como, tendría el tamaño de una casa. Colega…—
Me agarro a las caderas. —-Se menean un poco.
Ella hace un mohín y luego las dos nos echamos a reír. —Bueno…
—dice, entregándome la botella de champán, —vamos a hacer la di-
eta del alcohol.
Le cojo la botella y me quito los jeans ajustados y la sudadera. —
¿Y cuál es esa dieta?— Pregunto, quedándome en sujetador y pantis
de encaje, acercando el borde a mi boca y lanzando hacia atrás hasta
que las burbujas seducen a mis papilas gustativas.
Ella agita las manos, alucinando con un vestido negro de lenteju-
elas. —Bueno, nos emborrachamos tanto que ya no nos importa nu-
estro peso.
Me río, tomando otro trago y señalando el vestido que ella sosti-
ene y contempla. —Trato hecho. Por cierto, ponte ese vestido.
Ella asiente y luego se gira para mirarme de arriba abajo. —Por
cierto —imita mi tono, sus ojos devorando mi piel, —tienes un cuer-
po de puta madre, Madi. ¿Qué mierda?
Me pongo roja y cambio de tema. —Ponte el vestido—. Vuelvo a
llevarme la botella de vino a los labios.
La puerta de mi habitación se abre y me doy la vuelta con la bo-
tella de vino pegada a la boca, esperando que entre Tillie.
Es Tillie. Pero no está sola. Carajo.
—¡Mierda!— Hunter jadea. Nate impide que la puerta se siga ab-
riendo, y entonces Bishop entra, con sus ojos lamiendo toda mi piel,
haciéndome sentir aún más desnuda de lo que ya estoy.
Chillo, me tiro al suelo y me agacho detrás de la cama. —¡Oh, Di-
os mío! Todo el mundo menos Tillie, ¡fuera de aquí!
Bishop me observa, ladeando la cabeza hasta que sus ojos centel-
lean con picardía.
—¡Oye! —señalo la puerta. —¡Fuera! ¡Fuera!
Se van, pero no antes de que Hunter se detenga, con sus dedos
agarrando el borde de la puerta. —Sólo para, ya sabes, futuras refe-
rencias, ¿qué estabas…?
Bishop lo arrastra fuera de mi habitación por la parte trasera de
su cuello, y Tillie les cierra la puerta en las narices.
—Jesús —murmuro, poniéndome de nuevo en pie. —Maldita
manada de lobos revoltosos—. Tillie sigue vigilando la puerta cuan-
do estallo en carcajadas.
—Perdona por eso. Debería haberte advertido sobre mi herma-
nastro y su manada de…— Hago una pausa, intentando encontrar la
palabra adecuada para ellos. —Exactamente eso: lobos.
Tillie se vuelve hacia mí y sonríe. —No hay ningún problema—.
Mira hacia abajo en mi cuerpo. —Pero en serio, ¿puedo tener tus te-
tas, porque las mías son como pequeños limones comparados con
esas cosas tan deliciosas?
Todas nos reímos mientras ella se acerca con su bolso colgado del
hombro. —Me prepararé aquí.
Asiento con la cabeza, entregándole la botella de vino. —Como
puedes ver… estamos lejos de estar vestidas.
Tatum me da un empujón en la cadera con la suya. —Ignora a
Madi. Está un poco…— Hace un círculo con su dedo índice cerca de
su sien para enfatizar mi nerviosismo. —…loca, porque no pudo ir a
disparar después de la escuela.
—¿Disparar?— pregunta Tillie, sacando algo de ropa de su moc-
hila.
—Es una especie de a ción mía—. Le sonrío, y ella me sonríe.
—Eso es genial. Me encantaría aprender algún día.
Mi espalda se endereza ante la oportunidad de encontrar a algui-
en, una amiga, que quizá esté interesada en algo que yo hago. Sé que
Tatum y yo nos hemos acercado mucho en el poco tiempo que nos
conocemos, a pesar de que pensaba que no podíamos ser amigas, pe-
ro Tillie parece el centro de Tatum y mío. Algo así como… un poco
de cada una de nosotras.
Obviamente estoy un poco zumbada, porque mi tren de pensami-
ento se dirige al túnel emocional, y necesito desbaratarlo ahora mis-
mo. Tragando, asiento con la cabeza. —¡Me encantaría llevarte! Cám-
biate y bebe.
Se ríe y saca un vestido corto de manga larga que parece ajusta-
do. Se pasa el pulgar por encima del hombro. —Me deslizaré en el
baño.
Modesta… mucho más modesta de lo que estoy siendo yo ahora
mismo, lo cual, ahora que lo pienso, es mucho peor. Tras mi revelaci-
ón, dejo la botella de Moet en la mesilla de noche y me giro para mi-
rarla. —Por supuesto—. Ponte sobria ahora mismo, Madi, o te unirás
a Tatum boca abajo antes de las nueve de la noche.
Vuelvo a girar para enfrentarme a mi clóset cuando sorprendo a
Tatum mirando la puerta cerrada. —¿Por qué iba a ser tímida con
nosotras? —susurra.
—¡Shh!— Me llevo el dedo a la boca. —Quizá —digo, regañándo-
la y sacando mi vestido nuevo -o el de Tatum- del perchero, —por-
que lleva cinco minutos con nosotras.
Tatum estrecha los ojos. —Hmmm, tal vez.
—¡Para!— Le señalo con el dedo la punta de la nariz. —No escar-
bes ni nada. Sólo déjalo—. Mierda. Estoy un poco borracha. —¿Qué
diablos tiene ese vino, de todos modos?
—Uhh, ¿vino? Vino es lo que hay en ese vino, y no del tipo bara-
to. Vive y aprende, mi amor—. Se mete en el vestido, cada centímet-
ro del material de lentejuelas empujando contra su pequeño cuerpo.
—¡Súbeme!— Le subo la cremallera y se gira. —¿Cómo me veo?
—¡Mierda, estás increíble!— dice Tillie, saliendo del baño.
Me detengo, escudriñando su curvilíneo cuerpo llenando su di-
minuto vestido. —¡Tú también!— Señalo. —Las dos van a hacer que
parezca la hermanastra fea—. Tatum me mira como si hubiera perdi-
do la cabeza, y Tillie arruga la cara. —Será mejor que siga bebiendo
—bromeo en voz baja.
No tengo una autoestima tan alta, pero eso viene de años y años
de no encajar. Todas las chicas bonitas se juntan; todas gravitan ha-
cia las demás y se alimentan de su belleza y demás, pero yo nunca
he sido así. Siempre he sido la marimacho solitaria a la que le gusta
disparar y llevar Keds o Chucks. ¿Tatum? Es el tipo de chica de taco-
nes y diamantes -siempre está impresionante- y tiene el tipo de con-
anza que sólo puede venir de que te digan —eres increíble— du-
rante la mayor parte de tu vida. A Tillie, en cambio, todavía estoy
tratando de entenderla. Tiene un aire retro hippie, con su pelo rosa
pastel y su belleza natural y terrenal, en línea con el universo, si es
que eso tiene sentido, que, seguro que no lo tiene, porque el puto vi-
no.
Jesús, tengo que poner en orden mis cosas. Respiro profunda-
mente, inhalando y exhalando. Pero cada vez que inhalo, me golpea
un rico sabor en la parte posterior de mi garganta por el sabor poste-
rior del alcohol caro.
—¿Hola?— Tatum agita sus manos frente a mi cara. —¡Tierra a
Madi, cámbiate!
—Mierda—. Salgo de mis pensamientos persistentes de autocom-
pasión y divagaciones achispadas. —Me cambiaré. Enciende el riza-
dor—. Me meto en el clóset, me quito el sujetador que tengo y me
pongo uno sin tirantes. Cuando vuelvo a salir, digo: —Tatum, ¿te he
dicho lo mucho que te odio por elegir este vestido? No me gustan los
vestidos.
—Menos mal que te di vino de antemano—. Me guiña un ojo, ri-
zándose el pelo, mientras Tillie se inclina sobre el lavabo del baño,
maquillándose.
—¿Este era tu plan?— La miro con ojos nuevos. Es más astuta de
lo que nunca imaginé.
Tatum se da un golpecito en la cabeza. —Nunca lo sabrás.
Hmm, claro que no lo sabré.
—Así que —dice Tillie desde el baño, —nunca he estado en una
esta de élite.
Me detengo, con el vestido agarrado en la mano. —¿Qué?— Pre-
gunto con ligereza.
—Ya sabes —Tillie delinea sus ojos con negro, —una esta de éli-
te.
—¿Quieres decir en sentido gurado?
Tatum pone los ojos en blanco, dejando caer sus largos y recientes
rizos rubios sobre sus esbeltos hombros. —No. Se re ere a la Élite,
Madi. Ya hemos tenido esta discusión.
—Espera, ¿cómo sabes eso?— Vuelvo a mirar hacia Tillie.
Ella deja de hacer lo que está haciendo. —Todos hemos oído hab-
lar de ellos, Madi. Pero no sabía que tu hermanastro era Nate River-
side.
—¿Me estás juzgando?
Se detiene y se gira para mirarme, con el horror re ejado en su
cara recién maquillada. —Dios, no, Madi. No. Sólo me sorprendí cu-
ando llegué aquí. Eso es todo.
Asiento con la cabeza, volviéndome a sujetar el vestido. Si Nate y
sus chicos me cuestan una amistad, tendré que matarlo de verdad.
Ya me cuesta bastante hacer amigos -no es que me importe-, pero re-
sulta que me agrada Tillie, así que no quiero perder su amistad. —
Por cierto, lo que hayas oído sobre ellos, no es cierto.
—Es cierto. —
—Tatum, cállate—. Vuelvo a mirar a Tillie con una sonrisa. —Re-
almente no lo es. No son tan interesantes—. No sé por qué siento la
necesidad de proteger lo que sea que esté protegiendo, pero vuelvo a
culpar al vino.
Tillie se encoge de hombros. —No sé mucho, sólo rumores, y por
supuesto, Bishop Hayes solía salir con una chica de mi escuela—.
Los latidos de mi corazón se ralentizan, espesando mi sangre. —Y
todo el mundo sabe quiénes son los Reyes de la Élite. Además —aña-
de despreocupadamente, —Nate y Cash siempre están en Backyard
Bucks, y como siempre —dice despreocupadamente, delineando sus
labios, —Bishop siempre está arrasando por las calles.
—¿Qué, qué y qué?— pregunto, acercándome a ella y metiéndo-
me en el ajustado vestido rojo de tirantes. Es no, ceñido, y tiene una
hendidura profunda sobre mi esternón, mostrando mi escote.
—Ya sabes, Backyard Bucks Octagon, y Bishop, ¿carreras?— Me
mira, esperando que lo entienda.
Tatum me mira de reojo. —Ella es nueva. Ya se dará cuenta.
—Lo siento.— Me aclaro la garganta, haciendo una señal para
que Tatum me suba la cremallera de la espalda. —¿Lo he entendido
bien? Nate en un octágono, y Bishop corre ¿qué? ¿Autos?
Tatum empieza a maquillarse y a actuar como si no estuviera in-
halando todo el drama y la nueva información. Sé que esto es nuevo
para ella también, porque su boca está cerrada y tiene sus oídos sin-
tonizados con nuestra conversación.
—Las carreras —dice Tillie avergonzada, casi como si pensara
que no puede meter la pata. Tatum empieza a maquillarme la cara y
a esponjar mis ondas naturales. —Supuse que lo sabías, porque, bu-
eno…— Hace un gesto alrededor del lugar. —Sólo lo sé porque mi
hermana se acuesta de vez en cuando con Jase, el hermano mayor de
Hunter. Los oí hablar de ello, así que un día me escabullí y los seguí.
Mi respiración se ralentiza, la información se hunde en mí. Apar-
to las manos de Tatum de mi cara. ¿Qué carajo pasa con estos chicos?
—Porque si no, eso es información súper con dencial. Ni siquiera
sé por qué Jase se lo habría contado a mi estúpida hermana, y por fa-
vor, olvida que te lo he contado.
Tatum sostiene un par de pendientes de aro frente a mi cara. —
¿Pendientes?
Mi cara cae en una mirada de muerte. —Sujétalos—. Me pongo
en pie y salgo disparada por la puerta de mi habitación. No me im-
porta que mi maquillaje esté a medias y que mi pelo forme una espe-
sa melena de suaves ondas en la espalda, ni que no lleve zapatos. De
todos modos, esta es mi puta casa. Bajo las escaleras volando, el bajo
profundo, lento y oscuro de —Devil’s Night— de D12 ya hace temb-
lar la lámpara de araña que cuelga en el vestíbulo. Doblo la esquina
hacia el salón, tan jodidamente enfadada que quiero golpear algo,
preferiblemente a todos ellos, hasta que me digan qué carajo está pa-
sando.
Me detengo en la entrada. Ya están todos tumbados, con Ally y
Lauren estiradas sobre sus regazos… o debería decir, Ally estirada
sobre el regazo de Bishop. Impresionante. Necesitaba golpear a Ta-
tum por decir que no es un puto y que es quisquilloso. Mentiras.
Ningún hombre quisquilloso tendría a esa sucia zorra estirada sobre
su regazo.
Vale, Madi enfadada está a punto de sacar su fea cabeza. ¿Tal vez
otra copa? O una botella… porque tú eres así de elegante. Nate está
estirado, con una pipa en una mano y un cigarrillo en la otra, sonri-
éndome. Mirando a su lado, Hunter está picando polvo blanco en la
mesa de café y enrollando un billete de cien dólares. Me estremezco,
sin querer tocar ese tema ahora mismo.
Llevando mis ojos de nuevo a Bishop, veo a Ally ronronear contra
su pecho. —¿Por qué viene ella?
Bishop aprieta la mandíbula, sus ojos permanecen en los míos mi-
entras acaricia el pelo de Ally. Enrolla su larga melena alrededor de
su puño, levantando la cabeza de Ally para que se enfrente a él, mi-
entras sus ojos permanecen en los míos. Fijados, en trance, y jodida-
mente hipnóticos.
Saca lentamente la lengua y le lame el labio inferior. —No lo sé,
nena. Tal vez deberías preguntarle a Nate por qué su molesta herma-
nita viene esta noche con sus molestas amiguitas—. Le chupa el labio
inferior en la boca, atrapándolo entre los dientes, antes de retirarlo
bruscamente. Ella grita descaradamente… al diablo con todos los de-
más en la habitación.
El calor mezclado con la ira me recorre. Calma la respiración, Ma-
di. Que se joda.
Miro a Ally y una sonrisa se desliza por mi boca. —Oh, ya, ya —
digo, con mi cara de póquer. —No actúes como si sus besos fueran
tan buenos—. Pongo los ojos en blanco con una sonrisa, estrechándo-
los hacia Bishop y ladeando la cabeza. —Sabe a enjuague de putas
drogadas con crack—. Luego miro a Ally. —Pero supongo que, aho-
ra que sé a quién ha estado besando— -mi sonrisa se intensi ca- —ti-
ene sentido.
—Tú perr…
Va a lanzarse del sofá cuando una carcajada brota de mí. Nate le
coge del brazo y la empuja de nuevo al regazo de Bishop. Bishop,
que tiene hambre y odio mezclados en sus ojos, me observa con aten-
ción. Le sonrío, riendo diabólicamente. Si cree que me voy a quedar
quieta y dejar que me tome el pelo con su juguetito, se equivoca. Me
he pasado la mayor parte de mi vida haciendo el ridículo, y me he
dado cuenta, desde hace poco, de que no me gusta mucho sentirme
así. Por supuesto, esto es por el vino.
—¡Tú!— Nate me señala. —Tienes que cambiarte. No puedes ves-
tirte así aquí esta noche.
—Tiene razón—. Cash asiente. Cash nunca dice gran cosa, así que
el hecho de que añada sus dos centavos es extraño.
—En primer lugar, cabrones, no me voy a cambiar. ¿Saben cuánto
tiempo me costó ponerme este vestido?— Pregunto dulcemente, con
una sonrisa todavía en mi cara. —Quiero decir que sólo cabe esperar
que, sea quien sea el afortunado con el que me encuentre esta noche,
le resulte más fácil quitármelo que a mí ponérmelo.
—Cállate. Cámbiate—. Nate señala hacia las escaleras.
—No —siseo, ofendida y mirándolo de arriba abajo.
—Jesús —se burla Brantley. —Ya está borracha.
Ally se ríe, rodeando la cintura con las manos de Bishop mientras
se contonea en su regazo. —Oh, esto es cómico.
Los fulmino a los dos. —No tan cómico como tu aliento, que sabe
a culo, por cierto.
—¿Oh? —pregunta ella, riéndose y preparándose para avergon-
zarme delante de todos. Alguien como Ally Parker no se rinde sin
luchar. —¿Y sabes a qué sabe el culo?— Ella y Lauren se sonríen la
una a la otra en señal de triunfo.
—Por supuesto que lo sé —digo con rigidez. —He tenido mis la-
bios alrededor de la lengua de Bishop.
Sus risas cesan al instante, y ella va a lanzarse de nuevo del sofá,
pero esta vez es Bishop quien detiene sus movimientos.
—Esa fue la última vez que me amenazaste, en mi puta casa tam-
bién, por cierto —digo con sorna, cuadrando los hombros. Que se
joda, y que se jodan estos chicos.
Me doy la vuelta, olvidando por qué he bajado a verlos.
—Oh, hermana, vamos —gime Nate detrás de mí. Le doy la es-
palda y subo corriendo las escaleras para seguir preparándome.
Nuevos objetivos: estar muy sexy esta noche, emborracharme y,
con suerte, encontrar a alguien con quien frotar el culo.
CAPÍTULO 13

—Jesús—. Miro a la extraña en el espejo. —¿Esa soy yo?— Sonrío,


sacudiéndome.
Tatum y Tillie estallan en carcajadas, las dos están bien y achispa-
das, y yo un poco pasada de copas, pero todavía lo su cientemente
sobria como para caminar, hablar y actuar correctamente. Estoy en
esa zona en la que todo es cálido, cuando tu sangre bombea y sabes
que esta noche va a ser una buena noche. Lo siento en mis huesos y
en mi sangre.
Me toco los labios desnudos. —Maldita sea. Me veo decente.
—¿Decente?— Tatum se burla, ofendida. —Oh, cariño, yo no creo
decente. Creo ‘Maaalvada’ —se burla de las voces de Smokey e Ice
Cube en la película Friday.
Me echo a reír. Tatum lo hizo jodidamente bien. Llevo el pelo cas-
taño muy suelto, colgando hasta el coxis, los ojos ahumados en neg-
ro y la piel espolvoreada con bronceador dorado. Mis mejillas se han
pintado con rubor melocotón y mi vestido ha sido sustituido por
uno más revelador. Sí, me he deshecho del modesto y ajustado vesti-
do rojo, del que Nate ya ha intentado decirme que me cambie, y lo
he sustituido por un no vestido de tirantes en color nude que pare-
ce cuero. Se adhiere a mi cuerpo como una segunda piel, acentuando
mi estrecha cintura y la forma en que mis caderas se ensanchan lige-
ramente. También muestra mi trasero de burbuja y mis pechos de ta-
maño D, que siempre intento ocultar.
Pero esta noche no. Oh, no.
Siempre he estado acomplejada por mi cuerpo. Porque no tengo
ese bonito y pequeño trasero ni las alegres y pequeñas tetas que se
quedan ahí y parecen perfectas. No soy grande. De hecho, soy me-
nuda, pero mis curvas no lo son. El vestido muestra la mayor parte
de mis tetas y gran parte de mi gura. He hecho un buen trabajo
ocultándolo, hasta ahora. Ally me ha afectado. Bishop me ha afecta-
do. Todos ellos me han afectado. Ahora he salido a joderlos a todos,
en un pequeño paquete de vestido.
—Ponte los tacones—. Tatum me lanza los zapatos negros.
—Realmente no quiero.
—No me importa—. Se ríe, tomando otro trago.
La esta de abajo está obviamente en pleno apogeo, con la música
a todo volumen, el tintineo de los vasos y el estruendo de las risas.
Los chillidos de las jodidas chicas borrachas -tú eres una chica bor-
racha ahora mismo- y el ir y venir de los faros que iluminan mi tenue
dormitorio demuestran aún más que esta noche va a ser un lío. He-
mos pasado la mayor parte de la noche aquí arriba emborrachándo-
nos y preparándonos, y ha sido agradable. Me siento como si conoci-
era a Tillie y a Tatum de toda la vida, casi como si fuéramos almas
gemelas, pero del tipo de las amigas. O tal vez se supone que las chi-
cas encuentran sus almas gemelas en sus amigas, y los chicos sólo es-
tán ahí por la D.
Después de que les contara a las chicas todo lo que había pasado
en el salón, decidimos cambiar mi atuendo y pasarnos un poco de la
raya, y por eso tengo el aspecto que tengo ahora.
—¿Estamos listas, chicas?— Tillie mueve las cejas desde la puerta.
—¡Espera, espera!— Tatum se detiene. —¿Vamos a conseguir un
culo esta noche?
Me río. —Eso espero.
Las dos me miran. —¿Eres virgen?
—¿Qué?— Estoy a punto de soltarles una pequeña mentirijilla cu-
ando decido que no necesito mentir a estas chicas. Son mis amigas,
de verdad. —No—. Mi risa se vuelve seria. —No estoy bromeando.
No soy virgen. Pero pre ero no ir allí ahora mismo—. Hago una pa-
usa, volviendo a mirar hacia ellas. —¿Lo son alguna de ustedes?
Tatum asiente.
—¡De ninguna manera!— Respiro, pero luego me siento instantá-
neamente mal por haber asumido que no lo era. —Lo siento.
Ella sacude la cabeza. —No pasa nada. La mayoría de la gente pi-
ensa que soy una zorra.
—Podemos hablar de esto más tarde —le digo. No era una pre-
gunta, era una promesa. Miro a Tillie. —¿Y tú?
Ella niega con la cabeza. —No—. Luego añade: —Ni mucho me-
nos.
—¿Oh?— Le sonrío. —Así, ¿eh?
—Oh, estoy a favor de la sexualidad de las mujeres. Tenemos to-
do el derecho a disfrutarla igual que los chicos.
Le tiendo el puño. —¡Palabra!
Nos chocamos los puños, y entonces Tatum nos mira. —Me sien-
to excluida. Nuevo plan: Conseguir que Tatum eche un polvo.
Todas nos reímos, y Tillie abre la puerta por completo, dejando
que el bajo uya con fuerza. No hay nadie arriba, lo cual es un alivio,
pero deduzco que nadie se adelantaría a Nate y a los chicos intentan-
do cruzarse con ellos e invadiendo nuestro espacio personal. Nadie
más que yo, porque que se jodan, básicamente.
Bajamos las escaleras, riendo y agarrando una botella de cham-
pán cada una. Todavía no estoy muy entusiasmada con estos taco-
nes, pero oye, puedo culpar al vino si me caigo de bruces. El tema —
Shake— de los Yin Yang Twins empieza a sonar en los potentes alta-
voces, y Tatum empieza a bailar y a saltar por las escaleras, con nu-
estros cabellos volando por todo el lugar. Sí, estamos todas muy bor-
rachas. Arrastrándonos al salón, donde los cuerpos se aplastan unos
contra otros al ritmo de la música, ignoramos todas las miradas cla-
vadas en nosotras mientras seguimos bailando, bloqueando a todo el
mundo.
Me río, retorciéndome en el abrazo de Tillie. Cuando mis ojos se
posan en los chicos, que están de pie al otro lado de la sala, bajo al
suelo y les sonrío antes de volver a subir, apretando mi trasero cont-
ra Tillie. No están todos, pero sí Nate, Bishop, Brantley, Ace y Saint.
Ally y Lauren están muy pasadas de copas, cayendo por todos lados
y restregándose entre ellas. Se me escapa una risita mientras mi ca-
beza gira hacia atrás. Seguramente creen que se ven sensuales. Sí, si
sensuales fueran dos mapaches ahogados con aspecto de haberse
emborrachado siete veces desde el domingo con Charlie Sheen.
Los ojos de Bishop recorren lentamente todo mi cuerpo, su labio
se mueve en la comisura de la boca. Psh, sí, claro. Miro a Nate, que
ya se está acercando a mí, con la cara roja y enfadada, seguido de
cerca por el resto.
—Cám-bia-te, Madi. Esta noche no es la noche para estar vestida
y actuando así.
—Oh, lo siento—. Sonrío, dándome la vuelta y bailando contra su
pecho, mi culo presionando contra él. Asco. —Me confundes con al-
guien a quien le importa un carajo.
—¡Tillie!— Saint se dirige a mi amiga con un chasquido.
—¡Oye!— Le chasqueo los dedos en la cara, interponiéndome ent-
re los dos y entrecerrando los ojos. —Déjala en paz, colega.
Él sonríe, encontrándome divertida. —Aléjate, gatita. Ya sabes
que no jugamos limpio.
—Oh —digo, igualando su pelea, —yo tampoco. Ustedes sólo me
pillaron desprevenida esa noche.
Miro a todos ellos. —Ahora, si no les importa, son una especie de
bloqueo de pollas para nosotras—. Entonces cojo las manos de las
chicas y las acompaño al exterior, donde la música se desborda y la
luna brilla sobre las brillantes luces de hadas, los neones de colores
del interior de la piscina y todos los adolescentes borrachos semides-
nudos que se pasean por allí.
Inclino la cabeza hacia atrás, tragando más vino. —Ha sido jodi-
damente increíble.
Un chico joven está inclinado sobre una de las sillas de jardín, con
su botella de tequila colgando entre los dedos. Tillie se acerca a él,
cogiendo la botella rápidamente, y luego vuelve a nosotras. —Es ho-
ra de empezar de verdad.
Bebemos, bailamos y nos frotamos la una contra la otra hasta que
el sudor se acumula en nuestra piel y las líneas de la sonrisa se imp-
rimen permanentemente en nuestros rostros.
Estamos bailando —Dangerous— de Akon cuando mis ojos se
posan en Carter. Está atravesando las puertas que se abren y que
conducen a donde estamos junto a la piscina. Está con tres o cuatro
amigos, todos con sus chaquetas universitarias. Maldita sea. Me rela-
mo los labios. Tiene un aspecto más delicioso del que suele tener. Vi-
no. Oh no, Tequila. Está buscando a alguien entre la multitud, y cu-
ando sus ojos se posan en mí, una sonrisa ilumina su cara, y probab-
lemente el resto del exterior, porque ahora mismo es así de jodida-
mente hermoso. Después de estar rodeada de tipos malhumorados e
imbéciles durante las dos últimas noches, necesito esto. Necesito ver
una cara amable. Alguien que me haga sentir bien. Saludo con la ma-
no. Oh Dios, acabo de saludar.
—¿Acabas de saludar?— Tatum sisea a mi lado.
—Cállate—. Mantengo la sonrisa en mi cara mientras él camina
hacia nosotras, bebiendo en lo que llevo puesto.
—Bueno, maldita sea—. Me atrae hacia su pecho, donde me der-
rito instantáneamente contra él.
Lo miro y sonrío. —Me alegro de verte. Estoy un poco borracha.
No lo su ciente como para parecerlo—. Saludo con la mano a Ally y
Lauren. Ja, ja. —Aunque, todavía borracha.
—¿Acabas de decir, aunque?— Tatum me regaña a través de un
susurro. Jesús, cualquiera pensaría que yo soy la virgen y ella la ex-
perta en vergas. La alejo discretamente.
La peor-mujer del ala-de la historia.
Mirando hacia Tillie, la veo bailando en brazos de uno de los ami-
gos de Carter, con los ojos en blanco, perdida en el ritmo de la canci-
ón.
La mejor-mujer de ala-de la historia.
Tatum está despedida.
Sonríe, enganchando su dedo bajo mi barbilla. —Eres adorable
como la mierda. ¿Lo sabías?
—Hmm.— Mis ojos se entrecierran mientras re exiono sobre sus
palabras. —No es exactamente la mejor frase que he oído…
Me besa. Sus cálidos labios presionan contra los míos mientras su
resbaladiza lengua se desliza entre mis labios. Me paralizo un poco,
pero entonces las imágenes de Bishop y Ally pasan por mi cerebro
como en una mala película romántica, y mis manos se enroscan en
su nuca instintivamente mientras me aprieto contra él.
Se retira y me mira a los ojos. —¿Quieres salir de aquí?— Espera
a que responda y debe sentir mi vacilación. —Tus amigas pueden ve-
nir—. Señala a Tillie, que está besándose con su amigo.
—De acuerdo—. No habría sido tan fácil si hubiera estado sobria,
y aunque me estoy arrepintiendo de esto de echar un polvo, no es
que pueda pasar nada si Tillie está conmigo. Y además de todo eso,
Carter es genial. Me siento lo su cientemente cómoda con él como
para ir con él. O tal vez esto es otra cosa que puedo culpar al vino y a
las malas experiencias. Sólo que tengo su cientes de esas para dos
vidas.
—¿A dónde?— Pregunto.
—¿A pasar un buen rato? —responde con una sonrisa.
Miro a Tillie, que me devuelve la mirada suplicante; es obvio que
no se lo está pensando dos veces a la hora de ponerse de culo esta
noche.
—De acuerdo—. Me coge de la mano y me detengo, mirando de
nuevo al interior de la casa.
—¿Nate y Bishop se han ido si te preocupa pasar por encima de
ellos?— Carter busca en mis ojos.
—Pero Hunter y Saint son…— Miro hacia el lado de la casa, ti-
rando de su brazo y volviéndome hacia Tatum. —¡Vamos!
Tatum nos mira de mala gana. —Bien, a la mierda. Solo se vive
una vez y toda esa mierda.
Me río, tirando de Carter conmigo, su fuerte cuerpo rozando mi
espalda. —Me echas mierda sobre el uso de ‘aunque’, ¿y luego vas y
sueltas algo como Solo se vive una vez?— Desbloqueo la cerradura
de la puerta lateral y los arrastro a través de los jardines namente
recortados hasta que nalmente estamos frente a la casa.
—¡Tada!— Me río, estirando los brazos.
Carter señala un Porsche. —Vas de copiloto—. Me da una palma-
da en el culo al pasar junto a mí, deslizándose en el asiento del con-
ductor. El chico con el que está Tillie se mete en la parte de atrás, y
entonces empujo a Tatum tras Tillie.
—Oh, deja de quejarte—. Sonrío a Tatum, que está en la parte de
atrás apretada contra el auto, tratando de escapar de que Tillie le
chupe la cara… —¿Cómo te llamas?—. Le pregunto al bombón de at-
rás.
—Pauly.
Entonces miro de nuevo a Tatum, sólo para encontrarla fruncien-
do el ceño. —¿Qué tipo de auto tiene Bishop?— Pregunto, re exi-
onando sobre lo que Tillie nos ha contado esta noche.
Carter se ríe. —Un Maserati GranTurismo negro mate, ¿por qué?
—. Me mira por encima del brazo.
Me encojo de hombros. Por supuesto que tiene un Maserati. —Só-
lo me lo preguntaba—. Vuelvo a mirar a Carter. —¿Y cómo sabes lo
que conduce?.
Me sonríe de lado. —Estás a punto de descubrirlo—. Entonces
pone la segunda marcha y entramos en la autopista, con los neumá-
ticos devorando el asfalto.
CAPÍTULO 14

—Closer— de The Chainsmokers late en el pequeño recinto del


automóvil, y yo doy vueltas, bailando en mi asiento mientras veo a
Tatum, que se ha soltado mucho más desde que salió de casa, bailan-
do en su asiento. Gracias, tequila.
—¿A dónde vamos?— Llevamos media hora conduciendo, las lu-
ces lejanas de la ciudad han desaparecido.
Carter sonríe, poniendo las luces altas y tirando del freno de
emergencia hasta que las ruedas traseras se enganchan a la carretera.
De repente, nos deslizamos por un largo camino privado, dejando
una espesa polvareda de humo tras nosotros.
Tatum le regaña: —No es genial, Dominic Tore o.
Estoy demasiado ocupada sonriendo de oreja a oreja. —Quiero
volver a hacerlo.
Tatum me da una patada en el respaldo del asiento. Miro a Car-
ter, ignorando a mi compinche de rabietas en la parte de atrás. —
Hablo en serio—. Sonríe y vuelve a poner los ojos en la carretera.
Una valla de lujo rodea el interminable camino de entrada. —¿Qué?
— Refunfuño en voz baja. Por n llegamos al nal del camino de
entrada y miro el semicírculo de autos alineados con la gente que se
agolpa alrededor. Y cuando digo autos, me re ero a autos. Entrecier-
ro los ojos. —¿Es este el patio de recreo de los niños ricos?
Carter se ríe y se detiene. No ignoro que todo el mundo ha dejado
de hacer lo que estaba haciendo, observándonos en el auto. —Se
podría decir que sí —dice, guiñándome un ojo y agarrando el pomo
de la puerta. —Vamos.
Tillie refunfuña, sentándose hacia delante: —Supongo que vamos
a ver de primera mano lo que hace Bishop cuando corre.
Espera, ¿qué?
Mierda.
Empujo la puerta para abrirla y Carter ya está a mi lado. Me tien-
de la mano y la cojo, poniéndome en pie. Todos los ojos están pues-
tos en nosotros. Genial. Creo que necesito más tequila. Le quito la
botella a una Tatum muy borracha, me llevo el borde a los labios y la
bebo de nuevo.
—Oye —él me atrae hacia su cuerpo, —puedes montar conmigo.
Me trago el potente líquido. —¿De verdad?
Me mira, sus ojos buscan los míos. —De verdad, de verdad.
Engancho mis manos alrededor de su cuello y atraigo sus labios
hacia los míos. Su cálido aliento cae sobre mis labios y el corazón me
late en el pecho. Me inclino hacia delante, a punto de besarlo…
Un fuerte brazo me rodea la cintura y me saca de su agarre. —Sí,
eso no va a pasar.
Me empujan detrás del cuerpo de Bishop, con él y Nate de pie
frente a mí.
—Eh, sí, estoy bastante seguro de que se enrolló conmigo, así que
viene conmigo—. Carter estira el brazo, y apenas me toca, cuando
Bishop se acerca a él, pecho con pecho, nariz con nariz.
—Sí —murmura Bishop, sus ojos buscan los de Carter y su man-
díbula cuadrada se aprieta. —Y he dicho que no va a pasar—. Toda
la gente aquí está mirando este épico concurso de meadas, Tatum y
Tillie ambas incómodamente silenciosas detrás de mí.
—Bishop —susurro, pero no se mueve. Miro a Nate en busca de
ayuda, y sólo lo encuentro mirando a Bishop con una mirada inter-
rogativa, y luego volviendo a mirar a Carter, que parece que no va a
retroceder pronto. Joder. Estoy sola.
Bishop no se mueve, así que levanto la mano y me agarro a sus
gruesos brazos. Juraría que se le pone la piel de gallina al contacto
con nuestra piel. —¿Bishop?— Repito, mirando con nerviosismo a
todos los que nos observan.
—No, está bien —dice Carter, apartándome mientras sus ojos
buscan los de Bishop con veneno. —Puedes llevarla a pasear. Pero
no te equivoques, ella estará conmigo después, y…— Hace una pa-
usa, ngiendo pensar en sus próximas palabras. —…después tambi-
én.
Oh, Jesucristo.
Se aleja de Bishop, todos siguen observando cómo Carter vuelve
a entrar en su automóvil. Tatum se aclara la garganta. —Um, bueno
eso fue incómodo.
Bishop se da la vuelta para mirarme, tanto él como Nate están ob-
viamente enfadados conmigo. —¿Qué mierda haces metiéndote en el
auto con él? Se suponía que tenías que quedarte en casa.
—La última vez que lo comprobé —digo, mirando directamente a
Bishop, —¡tú no me dices qué carajo hacer!—. Espero de verdad no
haber arrastrado las palabras en esa frase.
Bishop señala hacia su hermoso, jodidamente hermoso, Maserati.
—Entra en el puto auto, gatita, y no te muevas a menos que yo te di-
ga lo contrario—. Me quedo con la boca abierta mientras miro a Na-
te, esperando que me ayude.
Pero mi hermanastro intenta aguantar la risa, su cara se pone mo-
rada. —¡Nate!— Siseo.
—Vale, vale, lo siento, hermana, pero tiene razón. Iba a perder la
cabeza contigo, pero lo ha hecho por los dos. Entra en el auto—. Mi-
ra detrás de mí, directamente a Tatum. —Sube tú también al puto
auto—. Luego mira a Tillie, que ahora está apartando al amigo de
Carter. —Y tú también.
—Joder—. Bishop sacude la cabeza. —No puedo llevar demasi-
ado peso. Yo llevaré a Madison.
—¡Como una mierda!— suelto. Los ojos de Bishop se estrechan
sobre mí. Le señalo. —¡Lleva a Nate!
—¡No!— ordena Bishop, acercándose. —Alguien tiene que vigi-
larte—. Me quita la botella de tequila de las manos y la tira al suelo.
—Y ya que el marica no va de copiloto en mi auto…— Mira a Tatum
y a Tillie con el labio curvado. ¡Grosero! —Tendrás que hacerlo jodi-
damente. En-tra.
—¡Acabas de decir que los maricas no van de copiloto en tu auto!
— Soy muy consciente de que la gente nos sigue mirando, pero gra-
cias al tequila, ya no me importa. Aunque creo que me importará
mucho el lunes. —La última vez que lo comprobé, tenía un coño.
Bishop sonríe, acercándose a mí. Inclina la cabeza. —Hmm, ¿qui-
eres que lo compruebe? Porque no estoy tan seguro.
Le hago un gesto de rechazo. —Jódete—. Luego me dirijo hacia
su auto, abriendo la puerta de un tirón… y luego fallando, porque
son unas malditas puertas de tijera, antes de deslizarme dentro. Bis-
hop sigue frunciendo el ceño desde el mismo lugar antes de girarse
nalmente para hablar con Nate, que ha metido a Tillie y a Tatum
bajo cada brazo con una sonrisa socarrona en la cara. Las dos chicas
lo miran como si fuera un regalo de Dios para las mujeres. Oh, ew.
¿Por qué demonios están corriendo, de todos modos? No es que
necesiten dinero o autos, ¿por qué? Bishop se da la vuelta y vuelve a
caminar hacia mí, deslizando su puerta y entrando.
—No sé por qué carajo estás haciendo esto. ¿Por qué no podías tú
y Nate simplemente dar una vuelta por tu pequeño circuito? Toda-
vía estaría aquí cuando volvieras.
—En primer lugar, no es un pequeño circuito. Es una carrera de
cuarenta minutos a través de la ciudad. En segundo lugar, estás bor-
racha, y no hay manera de que Nate te deje desatendida.
¿Nate? Es más bien que tiene mucho que decir sobre dónde o con
quién estoy esta noche, pero admitir que me he dado cuenta sería
tan útil como decirle que creo que está bueno. Me avergonzaría, por-
que él sabría que me he dado cuenta, y entonces la pelota estaría en
su tejado, cosa que no me parece bien.
—¿Un circuito de cuarenta minutos?— Me pone el cinturón y yo
ignoro cómo su fuerte brazo roza el mío.
Enciende su auto, enciende los faros y pone la primera marcha.
—Sí—. Pulsa los botones del GPS que tiene en el tablero hasta que
aparece un mapa con un rastro de color verde.
—¿Por qué?— Pregunto, volviendo a mirar su per l cincelado.
Realmente es así de guapo. Tengo que dejar de mirar o estar sobria, o
ambas cosas.
—¿Por qué qué? —pregunta él, acelerando el auto hasta que el
estruendo del motor de lo que sea de cilindros se sacude bajo nuest-
ro peso.
—¿Por qué lo haces?
—Ahh—. Me sonríe de lado y se toca la sien. —Esa es la pregunta
del millón, ¿no?— Entonces mete la primera marcha, y los neumáti-
cos levantan la grava antes de derrapar por el camino de entrada.
—¡Mierda!— Giro en mi silla para ver que los faros detrás de no-
sotros desaparecen cuando Bishop pone la tercera marcha y luego
vuelve a la segunda justo cuando llega al nal del camino de entra-
da, accionando el freno de emergencia. El trasero del auto se desliza
lateralmente y nos desviamos hacia atrás, hacia la tranquila carretera
que lleva a la autopista. Un grito muy femenino sale de mi boca y rá-
pidamente me tapo los labios con la mano, incapaz de contener la ri-
sa.
Las luces de la calle que pasan iluminan la cara de Bishop, most-
rando sombras sobre sus rasgos namente cortados. —Gire a la de-
recha en el siguiente cruce —dice la voz electrónica del GPS desde el
tablero. Bishop se desvía al carril de la derecha y lo acelera hasta que
alcanzamos unos 160 km/h. Pensé que me asustaría. Quiero decir, no
tengo experiencia en lo que respecta a Bishop y su conducción, pero
no, y esta puede ser la única razón por la que tantos jóvenes mueren
durante las carreras ilegales: pura estupidez. No siento nada más
que la pura adrenalina que me recorre.
—¿Carter y tú? —pregunta, con los ojos jos en la carretera.
—Somos tan amigos como tú y Ally—. Mi respuesta es cortante,
pero independientemente de si estoy disfrutando de este viaje o no,
yo no lo pedí. Bishop es un imbécil y un engreído. Todo lo que me
desagrada en un hombre, o en una persona en general.
Se ríe, pero es más bien con sorna. —Ally signi ca menos que
una mierda para mí.
—Encantador —respondo, inexpresiva.
Me mira, con una sonrisa sombría en la boca. —Nunca—. Enton-
ces mete la tercera marcha y salimos disparados hacia la autopista.
Pisa el freno y nos metemos en una curva a la derecha sin esfuerzo.
En su mayor parte, el viaje es tranquilo y sin incidentes. Bishop,
siendo Bishop, todo melancólico y silencioso. Es inquietante, y no sé
con qué llenar el incómodo silencio, así que me quedo callada. Bis-
hop acaba entrando en un estacionamiento industrial subterráneo, y
las profundas vibraciones del auto resuenan en el vasto espacio va-
cío.
—Quédate en el auto.
Doblamos una esquina, donde nos espera una larga limusina esti-
rada. Un hombre vestido con un traje bien planchado, con el pelo
gris peinado hacia atrás y un puro colgando de la boca, está apoyado
en ella. A su izquierda se encuentran sus dos guardaespaldas, ambos
con trajes negros a juego y con los ojos cubiertos por gafas de sol os-
curas. Bishop se detiene y sale del auto. Me planteo bajarme sólo pa-
ra fastidiarlo, pero vuelvo a mirar al hombre del puro y me lo pienso
mejor. Le sonríe a Bishop de una manera que me eriza la piel. Le da
un puro, Bishop lo coge y se lo mete en el bolsillo.
¿Qué demonios?
Mirando por encima de mi hombro, veo como no hay nadie det-
rás de nosotros. Seguramente, los chicos no estarían tan lejos. Bishop
se gira sobre sus pies y vuelve al auto, sus ojos se jan en los míos.
Me retuerzo, deslizándome hacia abajo en mi asiento. En el momen-
to en que su mano cae sobre el pomo de la puerta, vuelvo a mirar al
hombre vestido de traje para encontrarlo mirándome. Necesito apar-
tar la vista de su mirada, pero no puedo. Sus ojos se clavan hábil-
mente en los míos con una expresión ilegible. Ladea la cabeza y lu-
ego mira a Bishop, que se ha detenido con la mano en el pomo de la
puerta. Aparto la mirada del hombre de traje y vuelvo a mirar a Bis-
hop, antes de que la puerta se abra y él se deslice a mi lado. Al en-
cender el auto, Bishop le gruñe al hombre y luego lo hace retroceder,
saliendo del compacto estacionamiento subterráneo.
—¡Joder!— Bishop golpea el volante con la mano.
—¿Qué?— Miro a nuestro alrededor, preguntándome qué puede
estar molestando. Quiero decir, ha ganado, ¿no? Para eso era esto.
Vuelvo a mirar hacia él, y se lleva la mano al bolsillo, sacando su te-
léfono.
—¿Bishop?
Me ignora, acercando el teléfono a su oído. —Sí, tenemos un
problema. Ella se quedó en el auto. No importa. Lo he visto. Sí, voy a
ir allí ahora.
Cuelga el teléfono y lo deja en la cuarta, disminuyendo su veloci-
dad.
—¿Qué pasa?— Pregunto, apoyándome en la puerta. —¡Bishop,
por el amor de Dios!
—Nada de lo que tengas que preocuparte.
—¿Oh?— Digo, enarcando las cejas. —Si ese es el caso, ¿entonces
de qué se trató eso?.
Giramos por una calle que no está lejos de mi casa. Si mi memoria
no me falla, está a una calle de mi casa, lo que me relaja un poco. Es-
pero que Nate tenga razón y podamos con ar en que Hunter y Saint
vigilen la esta, aunque estoy segura de que no miente. Me he jado
en cómo se mueve todo el mundo a su alrededor. Con cuidado, con
miedo, pero con respeto. Esas son todas las cosas que me vienen a la
mente. Ya sé que Bishop es el cabecilla. Si Tatum me dijera que no es
su ciente, cualquiera podría señalarlo con su aire de mando.
Entramos en un camino de entrada elevado, y él baja la ventanil-
la, introduciendo un código. Al cabo de unos segundos, la alta valla
de alambre se separa y conducimos por el camino privado empedra-
do. Los árboles se alinean en nuestro camino y las lámparas de té cu-
elgan entre las hojas. Llegamos a una entrada grande y redonda, y…
¡mierda! Al bajar por el camino, supuse que nos encontraríamos con
una vieja mansión de estilo victoriano, pero no es así. Me recibe una
enorme casa de cristal, y me re ero a cristal por todas partes. La casa
de estilo ejecutivo es hermosa, pero fría. Miro hacia la parte de atrás
y veo un enorme patio trasero, en el que uye un río al borde de la
propiedad. Bishop pisa el freno y sale del auto. Lo tomo como una
señal para salir, así que me escabullo, con la cabeza dando ligeras
vueltas. Creo que ya he superado la fase de la borrachera y me dirijo
directamente a la fase de la resaca, salvo que debería estar durmien-
do, no despierta. Maldita sea.
—¿Dónde estamos?— Pregunto, mirando hacia la casa. El cristal
cuadrado que está encima de un cristal un poco más pequeño donde
están las puertas metálicas delanteras.
Bishop camina hacia mi lado del auto, tomando mi mano y tiran-
do de mí hacia adelante. —Vamos.
—¿Dónde estamos?
—¿Alguna vez te callas?
—¿Sinceramente? No.
Me ignora tirando de mí hacia delante. A cambio, ignoro la forma
en que su mano se entrelaza con la mía, pero de todos modos me
brotan gotas de sudor en la sien. La retiro rápidamente con la otra
mano. Nos lleva hacia el lado de la casa, a través del jardín, y luego
hacia el patio trasero. Casi me detengo en seco. La piscina es el doble
de grande que la nuestra y tiene un bar de cristal en el centro. Jesús.
¿Quiénes son estas personas? Hay luces de neón que iluminan los ta-
buretes otantes que rodean la barra, y más que se iluminan dentro
de la piscina. Hacia el fondo de la piscina, hay una mini casa que es
exactamente igual que la principal, pero más pequeña.
—¿De quién es esta casa? ¿Y por qué estoy aquí?
Bishop me ignora una vez más, porque es bueno en eso, y luego
me tira hacia la casa de huéspedes más pequeña. Sube los pocos es-
calones, abre la puerta del suelo al techo y aparta el mosquitero neg-
ro.
Santo in erno. Estoy en el dormitorio de Bishop Vincent Hayes.
CAPÍTULO 15

Desliza la puerta para cerrarla y me detengo a mirar la oscura ha-


bitación. Las paredes están pintadas de negro, excepto la del cabece-
ro de la cama. Esa es de mármol rojo con remolinos negros entrelaza-
dos. No hay carteles de mala calidad ni mujeres desnudas, a diferen-
cia de lo que ocurre con Nate. Es limpio, pero inquietantemente os-
curo. Las sábanas de su cama son de seda roja y negra, su tocador es
de mármol negro, y hay una gran sala de estar de cuero negro en for-
ma de L frente a su cama en el otro lado de la enorme habitación.
Pensé que era una casa de huéspedes, pero parece que es una sola
habitación enorme con quizás… ¿un baño? No hay cocina. Hay una
alfombra roja y negra extendida sobre la moqueta oscura, y el televi-
sor más grande que he visto nunca cuelga de la pared.
Sin embargo, no hay toques personales en ella. Es como si no pa-
sara mucho tiempo aquí. No hay fotos, ni nada. Está… vacío. Doy un
paso adelante, hacia la pared del fondo, que es toda de cristal y da al
río que uye por su patio trasero. Es impresionante. Esta habitación
es impresionante. Alargo la mano para tocar el cristal y me doy la
vuelta para encontrarme con él mirándome atentamente. Es la pri-
mera vez que estamos juntos a solas en una habitación. Pensaba que
el viaje en auto habría sido incómodo, pero de alguna manera ca-
ímos en un silencio fácil. Sin embargo, estar en su habitación es ext-
raño.
Sus ojos recorren mi cuerpo. —Estamos esperando a Nate y a los
chicos. Están terminando la esta—. Se dirige hacia la mini nevera
negra que tiene en la esquina de la habitación y saca una botella de
agua, luego se acerca a mí, quitándole la tapa. —Bebe.
—No tengo sed.
—Bebe el agua, Madison. Parece que estás a punto de caer en co-
ma.
Se la quito. —Gracias—. Bebo un sorbo de agua fría, dejando que
me alivie la sequedad de la boca y la garganta. Jesús, necesito ir a la
cama. Mis ojos se quedan en los de Bishop mientras bebo otro trago.
Su boca se abre para decir algo, pero se interrumpe cuando la puerta
se abre, mostrando a Nate, Hunter, Brantley y Saint.
Nate se detiene en el umbral, mirándonos a Bishop y a mí antes
de que una sonrisa socarrona aparezca en su boca. —¿Interrumpien-
do?
Pongo los ojos en blanco, pero Bishop lo ignora. Todos entran,
cerrando la puerta tras de sí. Nate se acerca a mí y me coge en bra-
zos. Miro su camiseta blanca y frunzo el ceño. —Dios, Nate —mur-
muro en su camiseta. Huele a su colonia y al perfume de Tatum. —
Deja a mis amigas en paz.
—¡Oye!— Finge inocencia, arrastrándome hacia el gran sofá y ti-
rando de mí a su lado. Me mete bajo su brazo y sonríe. —Ella estaba
encima de mi polla, y está caliente.
Le pellizco el brazo. —Deja a mis amigas en paz. Lo último que
necesito es que no quieran salir conmigo porque el puto de mi her-
manastro no puede mantener su polla en un solo agujero durante
más de veinticuatro horas.
Hace una pausa, con la boca abierta, pero se recompone rápida-
mente con una de sus astutas sonrisas. —Bueno, eso no es justo. He
sido conocido por hacerlo más de una vez.
—No, no lo has hecho —se burla Hunter.
—¡Ah-ha!— Señalo a Nate, su boca abierta de nuevo y sus ojos
entrecerrados en Hunter.
—¿Por qué estamos aquí?— Cambia de tema volviendo a mirar a
Bishop.
—Tenemos que hablar sobre la recogida—. Bishop se inclina ha-
cia delante.
—Has llegado hasta allí. ¿Cuál es el problema?— pregunta Nate.
Creía que Bishop lo había llamado en el auto, pero supongo que no
fue él. Me empiezan a pesar los ojos, así que me aprieto más contra
Nate, metiéndome bajo su brazo. Su charla se pierde en el fondo de
mi cerebro mientras el sueño se apodera lentamente de mí.
Me despierto cuando alguien me carga y el aire frío del exterior
me roza la mejilla. —¿Nate?
—Bishop —. Hace una pausa, y mi brazo se engancha con más fu-
erza alrededor de su cuello. —Nate tuvo que irse. Yo te llevaré a ca-
sa.
¿Qué? ¿Nate tuvo que irse? ¿Me dejó aquí? Pedazo de mierda.
—No hace falta—. Me aclaro los ojos mientras nos acercamos al
auto de Bishop.
—¿Qué? ¿Pre eres dormir aquí?— No se me escapa la risa en su
tono.
Hago una pausa. —Tienes razón. Sólo bájame—. Me pone de nu-
evo en pie y me abre la puerta. Me deslizo dentro, mirando mi telé-
fono, y me doy cuenta de que son las cuatro de la mañana. Bishop se
desliza en su asiento y enciende el auto.
—He estado fuera un par de horas.
—Lo estuviste —con rma, mientras nos conduce por el largo ca-
mino de entrada.
—¿Qué me he perdido?
Se ríe. —Sólo a Nate perdiendo la cabeza.
—¿Quiero saberlo?
Sacude la cabeza. —Probablemente no, no—. Gira a la izquierda
en mi calle, y yo estaba en lo cierto; está literalmente a dos minutos
en auto de la de Bishop. Después de entrar en nuestro camino, se de-
tiene frente a mi casa.
Me dirijo a él. —¿Por qué hay tantos secretos?
Me mira de reojo, pasándose la mano por el labio superior. —En
este mundo, los secretos son armas, gatita. Es lo que se interpone
entre nosotros y dos metros bajo tierra.
Me río ligeramente, carraspeando mientras me retiro el pelo de la
cara. —Lo dices como si vivieras una vida diferente.
Su cabeza se inclina. —No todo es lo que parece.
—Hmm, un cliché.
Sonríe. —Vamos, te acompaño. ¿Nate dijo que tu padre volverá el
lunes?
—Sí.— Me aclaro la garganta y salgo del auto. —Casi lo olvido.
Sólo llevo una semana en esta escuela y me parece un mes.
Se ríe, me toma de la mano y me acompaña hasta la puerta princi-
pal. —Lo dices como si fuera algo malo.
—Es algo confuso.
Asiente con la cabeza, empujando la puerta principal y mostran-
do el suelo lleno de basura. Hay vasos rojos esparcidos por todas
partes. —Bueno, por suerte tengo una limpiadora en marcación rápi-
da.
Bishop cierra la puerta y yo subo las escaleras. —No tienes que
acompañarme.
—Sí, seguro que sí—. Otra vez críptico. Agradable.
—¿Por qué estás siendo amable conmigo de repente?— Pregunto,
llegando a la cima de las escaleras. Me dirijo hacia mi habitación, con
él cerca. Entro y me dejo caer en la cama, y él me sigue, cerrando la
puerta de una patada.
—No es por ti.
—Oh, y justo cuando pensaba que nos llevábamos bien.
Se encoge de hombros. —No lo hago por ti.
No sé por qué, pero eso duele. Porque soy estúpida, por eso. Tra-
go, con la garganta hinchada y ronca. —Puedes irte entonces.
—Si dijera que es por ti…— Se dirige hacia la puerta de mi balcón
y mira por la cortina. —- ¿Dirías que me quedara?
Me vuelvo hacia él, con el pelo alborotado por debajo de mí. —
No lo sé. Creo que no. ¿Por qué miras por mi puerta?
—¿Por qué haces tantas putas preguntas? —me responde, aleján-
dose de la puerta.
—Puedes irte —repito.
—Me iré cuando llegue Nate.
—Eso podrían ser dos minutos, o podrían ser días. Dependiendo
de cuántas mujeres haya encontrado.
Bishop se deja caer en la silla que está al lado de mi cama, con las
piernas abiertas y el dedo recorriendo su labio superior. Sus ojos re-
corren mi cuerpo de una manera que hace que mis latidos se acele-
ren y que las mariposas estallen.
—¿Podemos hacer esto más divertido?— Sonríe.
Mi boca se cierra de golpe. —Me confundes. Creía que me odi-
abas—. Pongo los ojos en blanco, me quito los zapatos y me pongo
en pie. Me muero por quitarme este maldito vestido, entro en mi ar-
mario, cerrando ligeramente la puerta, y busco la cremallera. Enton-
ces me río en voz baja. —Por supuesto—. Asomándome por la puer-
ta, sonrío a Bishop. —¿Puedes ayudarme?
No dice nada, solo se pone en pie y camina hacia mí. Dando la
vuelta, me quito el pelo de encima y cierro los ojos. Coge la cremalle-
ra y la baja lentamente, con sus ásperos nudillos rozando mi colum-
na vertebral en el proceso. Me meto el labio inferior en la boca y lo
muerdo con fuerza para intentar distraerme de la increíble sensación
de su piel sobre la mía.
—Gracias —susurro sin aliento una vez que ha tocado la parte in-
ferior de mi vestido. Dejo que los tirantes me caigan de los hombros
y luego los deslizo hacia abajo para que queden a mis pies. Riendo,
me doy la vuelta, dispuesta a decirle que se vaya, pero en cuanto sus
ojos se jan en los míos, su brazo me rodea la cintura y me atrae ha-
cia él. Sus labios chocan con los míos, y todo el oxígeno y el sentido
común desaparecen ante su invasión. Al principio me resisto, la con-
fusión me envuelve, hasta que me hace retroceder y mi espalda se
estrella contra la pared, sin que nuestro beso se rompa.
Abro la boca y dejo que entre su lengua. Me lame el interior de la
boca con destreza, de forma experta, lo su ciente como para dejarme
boquiabierta, y es entonces cuando me rindo y mis hormonas toman
el mando. Enrollo mis manos alrededor de su cuello bronceado y
musculoso, y mi lengua acaricia la suya suavemente. Gime en mi bo-
ca mientras sus manos rodean la parte superior de mis muslos y me
levantan del suelo. Aprieto las piernas alrededor de su cintura mi-
entras sus manos suben a cada lado de mi cara, mientras su ingle me
empuja con más fuerza contra la pared. Mierda. Siento que el estó-
mago se me aprieta de inquietud e incertidumbre, alimentado por el
fuego. Un fuego puro, caliente, intacto y encendido.
Su lengua se desliza por mi labio inferior antes de metérselo en la
boca y morderlo bruscamente, tirando de él hasta que sale de su bo-
ca. Me mira, sus ojos verdes oscuro buscan en los míos. —Joder—. Se
detiene, bajando la mirada a mi boca y luego volviendo a mis ojos.
—No lo hagas—. Sacudo la cabeza. —No pienses en ello—. ¿Qué
demonios estoy diciendo? Lo rodeo por la nuca como un puto gato ne-
cesitado acariciaría a su dueño para llamar la atención. Jesús, necesito
ayuda.
Vuelve a gemir, cerrando los ojos. —Teníamos una regla.
—¿Una regla?— Señalo, ladeando la cabeza.
—Sí. En realidad, más bien un pacto.
—Este pacto—. Hago un gesto con los dedos. —¿Me implica a
mí?
Me mira. —No intentes hacerte la graciosa, Madison. Sabes muy
bien que te involucra.
—¿Qué es?
—Joder —susurra. —Hay muchas cosas que no sabes, y que no
sabrás. Esto ya es hielo delgado sobre el que estamos caminando.
Le miro a los ojos, estudiándolos. La forma en que sus ojos verdes
oscuro tienen un anillo aún más oscuro alrededor del color más cla-
ro, y cómo su piel bronceada brilla bajo la tenue luz de mi armario.
Cómo sus labios son ligeramente carnosos, deliciosos, y lo su ciente
como para hacer que luches contra un fuerte impulso interior de
morderlos. O su maldito pelo de recién follado. Bishop es intenso y
tremendamente guapo, pero tiene un aire de peligro que se cierne
sobre él, y sobre su maldito Maserati. Si eso no es su ciente para
joderte la moral, el hecho de que sea un imbécil inalcanzable sí lo se-
ría.
Me inclino ligeramente sobre él, me acerco a su oreja y le susurro:
—Entonces, huiremos—. Me inclino hacia atrás, viendo el cambio en
sus ojos. Mierda, puede que aún esté borracha, pero hay…
Sus labios vuelven a chocar con los míos mientras me levanta de
la pared y me lleva a la habitación. Su palma recorre mi columna
vertebral hasta llegar al cierre del sujetador, y entonces me lo quita
con un simple giro de muñeca. Girándome, me arroja sobre la cama,
sin nada que me cubra excepto mis pantis de encaje.
Inclina la cabeza mientras se quita la camiseta. —¿Eres virgen? Y
sé sincera.
—¿Importa?
Se encoge de hombros. —La verdad es que no. Pero responde a la
pregunta, porque no me apetece ser amable—. Tira su camisa al su-
elo mientras se acerca a mí, con una sonrisa de satisfacción en la bo-
ca. Una boca que quiero morder, y un pecho que quiero arañar. Re-
corro con la mirada su hermoso cuerpo, cada músculo entrenado, ca-
da centímetro de Bishop Vincent Hayes es perfecto. Si no estuviera
tan caliente, querría darle un puñetazo por ser tan impecable.
Mis ojos se jan en los suyos mientras sonrío dulcemente. Sacudi-
endo la cabeza lentamente, digo con la boca: —No lo soy.
—Joder—. Se a oja el cinturón y se arrastra por la cama con él
colgando de sus jeans rotos y sueltos. Cada vez que se arrastra hacia
mí, me recuesto más sobre mi espalda, hasta que nalmente se cier-
ne sobre mí. Me agarra de las muñecas y me las pone por encima de
la cabeza, y sus piernas se interponen entre las mías para ensanchar-
las. Cierro los ojos brevemente, inhalando su aroma mientras su car-
ne se frota suavemente sobre la mía. Deja caer sus labios sobre los
míos y, en cuanto su lengua se sumerge en mi boca, la chupo y la ha-
go girar. Vuelve a gemir, se retira y me pasa la lengua por la mandí-
bula.
—Mierda —susurro, la forma en que su suave lengua y sus besos
recorren mi sensible carne resulta abrumadora. Arrastrando la len-
gua hacia abajo, me mete el pezón en la boca hasta que el aire frío es
sustituido por una saliva caliente y necesitada. Mi espalda se arquea
hacia él, y su agarre alrededor de mis muñecas por encima de mi ca-
beza se hace más fuerte.
—No te muevas.
Dios, ¿qué? Me a ojo, intentando contener mi respiración, pero
sin conseguirlo por el truco que su lengua está haciendo con mi pe-
zón. La arrastra por la carne de mi pecho, hundiéndola en mi ester-
nón. Lamiendo más abajo, me mira desde abajo mientras chupa todo
mi vientre plano, hasta llegar al elástico de mis pantis. Su otra mano
baja y me los arranca, lanzándolos por la habitación. Se echa hacia
atrás y me mira intensamente.
Me retuerzo en silencio. No soy tan tímida cuando se trata de se-
xo, y sólo lo he hecho un par de veces. Mi primera vez no cuenta, pe-
ro el único otro chico con el que he tenido sexo fue un chico de mi
última escuela. Estuvimos juntos durante tres meses. Yo no tenía
amigos, como siempre, pero él me tomó bajo su ala de todos modos,
me presentó al equipo de fútbol. No le agradaba a ninguna de las
chicas. No era una animadora y no estaba al mismo nivel social que
Jacob, así que, a sus ojos, no era lo su cientemente buena para él. Es-
tuvimos juntos durante esos increíbles tres meses y fuimos bastante
activos sexualmente. Hasta que lo encontré en la cama con Stacey
Chance, la mayor zorra de la escuela. Terminó al instante.
Pero la forma en que Bishop me mira, ahí abajo, me hace luchar
para retorcerme.
—Maldita sea—. Se lame el labio inferior, y mis ojos se abren de
par en par, jándose en los suyos al instante. —Ese de ahí es el coñi-
to más sexy que he visto nunca—. Oh, Jesús. Sus palabras sucias no
deberían excitarme, pero lo hacen. Deja caer su cabeza hacia adelan-
te mientras sus ojos permanecen en los míos. —Mantén los ojos abi-
ertos, gatita —gruñe entre mis muslos, la vibración agita mi clítoris.
Entonces presiona su lengua contra mis pliegues, rodeando mi entra-
da lentamente, y luego mira hacia abajo para ver lo que está hacien-
do antes de pasar su lengua por mi raja, encontrando mi clítoris.
Mi pecho sube y baja mientras mi respiración se agita, y mis ojos
luchan por mantenerse abiertos. Los mantengo jos en él y veo cómo
sus labios envuelven mi clítoris, envolviéndome con su cálida y ne-
cesitada boca. —Oh, mierda —susurro, con el coño apretado, hormi-
gueando, doliendo y suplicando que vaya más fuerte y más rápido,
pero no lo hace. Me besa ahí abajo, y luego arrastra su lengua hasta
mi abertura, deslizándola dentro antes de llegar a mi punto más ne-
cesitado. Mi cabeza se echa hacia atrás, mis manos se enroscan en su
pelo y mis caderas se elevan, chocando contra su cara. Gimiendo, me
lamo los labios mientras mi agarre se hace más fuerte, pero entonces
desaparece y lo único que me queda es el aire frío que roza el lugar
donde estaba su boca.
Vuelvo a mirarlo, preguntándome qué carajo hizo que se detuvi-
era. Me hace girar la pierna para que me ponga a cuatro patas, me da
una palmada en el culo y saca su verga. —Te dije que no me quitaras
los ojos de encima—. Lo miro por encima del hombro, ocultando mi
sonrisa. Me sonríe, bombeando su sexy y gruesa longitud, sus ojos
girando hacia la parte posterior de su cabeza sensualmente antes de
volver a los míos, esta vez con un oscuro calor sin diluir. —Gatita
mala.
Creo que mordí más de lo que podía masticar con Bishop. Vuelve
a darme una bofetada en el culo, esta vez más fuerte, y el aguijón me
golpea la sensible nalga. —¡Ay!— Chillo, arqueando la espalda y
empujando el culo contra su verga. Rodea con sus manos mis a la-
dos huesos de la cadera, alineando su punta con mi canal. Pasa su
mano por mi coxis antes de subir por mi columna vertebral, y nal-
mente apoya su mano en mi nuca. La aprieta con fuerza y luego se
hunde en mí. Me retuerzo ante la invasión de su longitud, permitién-
dome abrirme lentamente para él, apretándome a su alrededor. —
Joder, qué apretada estás.
Una vez que está dentro de mí, empujo contra él. —Más fuerte.
Se retira y me penetra con fuerza. Un fuerte gemido se me escapa
al sentir su punta golpeando mi cuello uterino. Arqueando mi espal-
da, me rodea el pelo con su muñeca, tirando de él hasta que mi cabe-
za se inclina hacia atrás. Me rodea con la otra mano la parte delante-
ra de la garganta, mientras su verga continúa su brutal asalto a mi
coño. Me pasa la lengua por la sien, y su agarre alrededor de mi gar-
ganta se intensi ca. Su otra mano baja entre mis piernas, y vuelvo a
gemir cuando su pulgar presiona en círculos mi clítoris. Mis muslos
se aprietan, mi vientre se llena de un calor tan intenso que podría en-
cenderse en azul, y entonces exploto a su alrededor, mi cuerpo se
estremece, mi visión tiembla tanto que los puntos de colores bailan
por mi habitación. Se retira, da la vuelta a mi cuerpo sudoroso y se
tumba encima de mí, con su pesado cuerpo presionando el mío cont-
ra la cama.
—Joder —susurro con voz ronca.
—Sí, nena, te acaban de follar—. Pasa su nariz por mi frente, por
encima de mi nariz, y luego su boca cae sobre la mía, dejando el sa-
bor de mí misma en la parte posterior de mi garganta. Me aprieta el
pecho, sus piernas me abren de par en par, su gruesa verga se frota
sobre mi clítoris mientras me muele en círculos lentos, haciendo que
mi cuerpo se eleve lentamente. Su mano se acerca a la parte interior
de mi muslo y me estira antes de deslizarse dentro de mí. Su boca
vuelve a acercarse a la mía, con su lengua chocando, frotando y la-
miendo por todas partes. Se adueña de cada centímetro de mí sin pa-
sarse.
Gime, se retira y vuelve a penetrarme, mis tetas rebotan y mi ca-
beza se estrella contra el cabecero mientras él cabalga por mi cuerpo
como una ola. Su mano se acerca a mi garganta y la otra a mi pelo,
enrollándolo en su puño y tirando de él. Eso me excita aún más y
empujo hacia arriba, respondiendo a cada una de sus embestidas.
Vuelve a penetrar en mí, mientras su boca no se separa de la mía y
su lengua no deja de acariciarme intensamente. Su hueso pélvico
golpea mi clítoris cada vez que desciende dentro de mí. Acelera el
ritmo y me penetra con más fuerza hasta que grito su nombre a tra-
vés de mi garganta dolorida y exploto de nuevo sobre él, mientras su
verga palpita su liberación. Me aprieto contra él, exprimiendo cada
gota de él. Una parte de mí, una parte que nunca había abierto antes,
quiere sacarle el alma.
Se deja caer encima de mí, con sus labios rozando el lado de mi
resbaladizo cuello. Mis ojos se cierran lentamente mientras me doy
la vuelta, llevándome la sábana conmigo, y me tumbo en sus brazos,
donde me quedo dormida.
CAPÍTULO 16

—¡Madi!— Tatum saluda delante de mi cara mientras cierro mi


casillero.
—Oh, ¿qué?— Pregunto, cerrándola y metiendo mis libros bajo el
brazo.
—He dicho que si tu padre se enteró de la esta cuando llegó a
casa esta mañana.
Nos dirigimos al pasillo de camino a Inglés. Es la única clase que
Tatum y yo compartimos.
—Um, no —respondo, tratando de evitar su mirada. —La verdad
es que a papá no le importaría. Mientras nos mantengamos alejados
de su gabinete de licores y de mi gabinete de armas, estamos bien.
—¡Oh!— responde Tatum, pasándose la mano por el pelo. —
Entonces, ¿cómo fue el resto de tu noche, de todos modos? No te he
visto desde que Bishop te llevó en su auto y evitaste mis mensajes to-
do el n de semana. ¿He hecho algo mal?
¿Eh, qué? Me detengo frente a nuestra próxima clase. —¿Por qué
habrías hecho algo malo?
Un rubor culpable aparece en su rostro y me viene el reconocimi-
ento. —Tú y Nate.
—Quiero decir…— corrige, —nosotros como que…
—¿Qué?— susurro, agarrándola del brazo y arrastrándola a un
rincón privado. —No lo hicieron.
Ella asiente, con una sonrisa de cachorro en la cara. —Lo hice.
—Tatum…
Su mano se acerca a mi brazo. —Está bien, Madi. Sé quién es Na-
te. No soy estúpida. Quería deshacerme de ella, y obviamente él era
el tipo perfecto para hacerlo.
Mis ojos se entrecierran. —Sí, yo no estaría tan segura de eso, T.
Ella rechaza mi comentario. —Oh, por favor, sé que sólo soy otra
muesca en su cinturón. No pasa nada. Por eso lo elegí.
Me relajo un poco, pero no lo su ciente como para con ar en lo
que dice. No es que sepa nada de buenas -o medio decentes- prime-
ras veces. Empezamos a caminar de vuelta a la clase.
—En n…— Ella sonríe. —… ¿qué pasó contigo?
¿Qué pasó conmigo? Oh, ya sabes, me follaron de siete maneras a par-
tir del domingo, y luego la persona que me folló se fue en medio de la noche
y no he sabido nada de él desde entonces.
—Nada.
Entramos en clase y nos dejamos caer en dos de los pupitres del
fondo.
Suena el timbre del almuerzo, y recojo mis libros, acomodándo-
me el pelo detrás de la oreja mientras me dirijo a la puerta, cuando
Ally me empuja con el hombro. —Uy—. Se lleva la mano a la boca,
ocultando su sonrisa. —Lo siento, pensé que hoy habían sacado la
basura temprano—. Mira a Lauren y las dos se ríen, pasándose el pe-
lo por detrás de los hombros.
—Vaya —digo con rotundidad. —No creí que pudiera pensar
más bajo de ti, pero resulta que tu falta de creatividad cuando se tra-
ta de respuestas me hizo cambiar de opinión—. Luego me doy la vu-
elta y las dejo con los labios curvados y el ceño fruncido tallado en la
cara.
—¡Oye!— Ally me detiene. Me detengo justo al lado de la puerta,
y la señora Robinson deja de apilar el papeleo en su escritorio. —Bis-
hop es mío.
Me río. —Puedes quedarte con él—. Cuando por n salgo, cami-
no por la puerta hacia mi casillero. Introduzco mi código y deslizo
mis libros, obviamente enfadada. No debería dejar que Ally me diera
cuerda, pero lo hago. Dejo que me afecte, lo que no es una buena se-
ñal. Signi ca que empiezo a sentir por la gente que tengo a mi alre-
dedor. Hola, Bishop.
—Hola—. Una voz procedente de detrás de mí detiene mi pro-
funda respiración, pero no es la voz que quiero oír.
—¡Carter, hola!— Cierro mi casillero y me dirijo hacia la entrada
de la cafetería.
Él me sigue de cerca. —Oye, quería hablar contigo sobre ese beso.
Y me dan ganas de reír. Ese beso hacía tiempo que había sido sus-
tituido y robado y luego destrozado en pequeños fragmentos de na-
da por Bishop.
—En realidad, no hace falta que vayamos por ahí —le aseguro,
quitándole importancia mientras entramos en el comedor. No me en-
gaño. Sé lo exclusivo que es Bishop, y sé que no se acuesta con cual-
quiera -bueno, eso me han dicho-, además, sé que no soy nada espe-
cial. Pero que te dejen fría mientras duermes es un nuevo nivel de
rechazo. Imbécil.
Pensar en ello me enfurece, e instintivamente, me inclino hacia
Carter. No para fastidiar a Bishop, porque sé que no le importará, si-
no para buscar consuelo en alguien que quizá sí me quiera. No, no
podría hacer eso. Aplastando mis pensamientos, tomo una bandeja.
—¿Qué te parece? —pregunta mientras nos ponemos en la cola.
—¿Sobre?— Levanto una ceja, poniendo una manzana y una en-
salada en mi bandeja.
—Sobre la acampada. Estamos pensando en ir a la montaña para
Halloween.
—Oh —digo, repentinamente interesada. Me encanta acampar y
estar al aire libre tanto como disfrutar de los deportes recreativos. —
¿Cuándo?
Se llena el plato y me sonríe mientras se mete un palito de zana-
horia en la boca, con sus dos hoyuelos resaltando en las mejillas. Es
guapo; podría ser mucho peor en lo que respecta a los rebotes, pero
al mismo tiempo, no quiero engañarlo, porque, sinceramente, no es-
toy interesada en lanzarme a algo sexual o medianamente serio con
Carter. Bishop fue una llamada de atención. Nuestra aventura de
una noche hizo saltar la alarma en mi cabeza.
—¿Quién vendrá?— Continúo, acercándome al nal de la mesa y
tomando una botella de agua.
—Vendrán Pauly y Alias, con sus chicas, pero puedes traer a Ta-
tum si quieres.
Le doy un mordisco a mi manzana, mis ojos pasan por encima de
su hombro y se posan en Bishop y el resto de los chicos que están al-
lí, Nate incluido.
—Un problema —interpongo, retorciéndome bajo las dagas que
Bishop me está apuntando. —¿Mi agresivo hermanastro y su mana-
da de sabuesos? No me pierden de vista—. Por favor, deja pasar esto.
Por favor, olvídalo… Rezo mi oración, esperando que me diga que lo
olvide.
No hubo suerte.
Se encoge de hombros. —Será una esta.
Vuelvo a mirar por encima de su hombro, captando a Ally en el
regazo de Bishop y jugando con su pelo. Pero sus ojos siguen clava-
dos en los míos, agujereándome.
—Bien—. Sonrío dulcemente, mirando directamente a Bishop. —
Debería ser divertido—. Dos pueden jugar a este juego. Sé que no
tengo derecho a enfadarme o disgustarme por lo de él y Ally, pero
mentiría si dijera que no me escuece un poco verla tan cómoda en su
regazo y que él no haga nada por moverla. Pero no soy tan ingenua
como para decir que teníamos una conexión y que ahora estábamos
muy metidos el uno en el otro. Esto no es un cuento de hadas, y las
cosas no son así. Al menos no para mí, al menos.
—Entonces, ¿cuándo es?— Pregunto, volviendo a mirar a Carter
y dejando que me lleve a la mesa donde está sentada Tatum.
—El próximo n de semana—. Me sorprende sentándose junto a
nosotros en la mesa, un par de sus amigos que le esperaban en la su-
ya lo siguen, dispersándose alrededor de nuestro grupo.
—¿Qué es el próximo n de semana?— pregunta Tatum, despe-
gando la tapa de su yogur.
—¡Acampada!— Le respondo alegremente, sabiendo muy bien
que me va a regañar.
Me da una patada por debajo de la mesa. —¡Genial! Será diverti-
do.
Me río, dando otro mordisco a mi manzana, y vuelvo a ignorar a
Bishop. Eso es, hasta que Nate se acerca a nuestra mesa, se inclina y
me sonríe, justo antes de guiñarle un ojo a Tatum. —Oye, hermanita,
¿necesitas que te lleven después de clase?
Asiento alegremente, limpiándome la boca. —Sí, gracias—. Él
también asiente, una pequeña sonrisa apareciendo en su boca, y lu-
ego va a empujar la mesa y alejarse. —¡Espera!— Grito, y él se deti-
ene, volviéndose hacia mí. Señalando con el pulgar a Carter, le digo:
—Carter nos ha invitado a una acampada este n de semana. ¿Qui-
eres venir?
—¿Qué, crees que puedes llevar a mi nueva hermanita sin mí,
cabrón?— Nate le sonríe a Carter, pero la sonrisa no es la juguetona
que Nate suele mostrar. Esta es tensa, llena de campanas y sirenas de
advertencia. Nate continúa caminando hacia atrás. —Por supuesto
que estaremos allí—. Luego se da la vuelta y vuelve a donde estaba.
Genial. Podría cortar la tensión en el aire entre estos dos.
Miro a Carter, buscando sus ojos. —Oye —le digo, empujando su
brazo. No puedo enfadarme con Carter. No ha hecho más que hacer-
me sentir deseada cada vez que está cerca de mí. Me devuelve la mi-
rada y su ceño fruncido desaparece lentamente. —¿Estás bien?
Sonríe. —Por supuesto.
—¿Hay algo que deba saber entre ustedes?— Busco sus ojos, su
aliento a escasos centímetros de mí. Si se inclinara hacia delante,
podría besarme. Por favor, no lo hagas. Me gusta Carter, pero creo que
lo he puesto en la zona de amigos sin saberlo.
—Sí —susurra, sus ojos se posan en mis labios.
Oh, no. Oh no, oh no.
Poniéndome en pie rápidamente, le digo: —¡Genial!— y recojo mi
bandeja.
—No has comido mucho—. Señala mi comida, y me detengo, vol-
viendo a mirar a Bishop para ver a Ally sentada a su lado ahora, no
sobre él. Un progreso, supongo, pero sigo odiándolo. Aparto los ojos
de Bishop y sonrío a Carter. —He perdido un poco el apetito—. Lu-
ego tomo mi bandeja y camino hacia las puertas, vaciando mi basura
y colocándola sobre la mesa.
Tatum corre detrás de mí. —¡Hola!— Me coge la mano, pero me
alejo de ella, recuperando mi carrera. No estoy acostumbrada a estar
rodeada de tanta gente, ni a que tanta gente se interese por mí y por
mi vida. Todo empieza a abrumarme, y estoy confundida con Bishop
y sus juegos mentales.
¿Por qué se ha ido sin más? ¿No fui lo su cientemente buena?
¡Claro que no lo fuiste! Eres una niña asquerosa a la que le gusta hacer
cosas malas.
Cierro los ojos mientras intento apartar la fea voz de mi cabeza.
Hacía mucho tiempo que no oía esa voz, y no sé qué ha provocado
que la escuche hoy, pero ahí está. Abriendo los ojos, veo los baños y
corro hacia ellos, ignorando a Tatum que maldice detrás de mí. Mis
lágrimas me ciegan en parte, y el cartel azul que indica que es el ba-
ño de las chicas se ve todo distorsionado y deformado. Atravieso la
puerta y entro volando en uno de los lavabos, cerrándolo de golpe y
deslizando la cerradura. Un segundo después, la puerta se abre de
nuevo.
—¿Madi?— Tatum susurra. —¿Puedes hablar conmigo?
Esta gente ha empezado a agradarme. Nate y Tatum, y tal vez
Hunter, de todos modos. No estoy segura del resto de los Reyes.
Carter, también, no es malo. Pero es abrumador. Nunca he tenido
tanta gente que demuestre que le importe tanto. No puedo evitar
pensar que todo esto es una especie de juego enfermizo. ¿Por qué
Nate y Bishop me llevaron esa noche? ¿Qué querían decir cuando
decían juegos, y por qué se detuvieron? ¿Por qué? Tantas preguntas
que hacen que mi cabeza nade en la confusión.
—Madi, háblame, nena —susurra Tatum, apoyando la cabeza en
el otro lado del cubículo. —¿Qué ha pasado?
No son Bishop y Ally los que han desencadenado esto, o han dis-
parado la voz. Son mis propias inseguridades de mi jodido pasado.
Un pasado con el que he convivido sola con el miedo a estresar a mi
padre tan cerca de la muerte de mi madre. Pero de todos modos su-
elto lo de Bishop, porque es lo más fácil de hablar y es creíble.
—Me acosté con Bishop.
Aspira un poco de aire. —Bueno, no puedo decir que me sorpren-
da. ¿Así que estás molesta por él y Ally?
Tragando y limpiando las lágrimas de mis mejillas, miento: —Un
poco.
Tengo que abrirme a alguien, y si va a ser alguien, será Tatum. El-
la y yo hemos congeniado desde el primer día, a pesar de nuestras
diferencias. Se ha convertido en el yin de mi yang y, sobre todo, con-
fío en ella. Me inclino hacia delante, toco la cerradura y la puerta se
abre con la cara de preocupación de Tatum. Entra en el pequeño cu-
bículo, cierra la puerta y la vuelve a cerrar. Se arrodilla e ignora la
suciedad del suelo, lo que no es propio de Tatum, la fanática de la
limpieza, pero también demuestra lo leal que es su amiga.
—Ella no signi ca nada para Bishop, cariño. Pero debería haberte
advertido sobre él. Nunca ha sido exclusivo con nadie excepto con
Khales—. Hace una pausa y luego me da una palmadita en la rodil-
la. —No me malinterpretes —dice riendo, —ha habido algunas otras
desde ella, pero todas han sido socialités, dosi cadas en la fama. Na-
die se ha acercado a la cama de este colegio, ni siquiera de la univer-
sidad. Y cuando digo que ha habido algunas, me re ero a dos chicas
que yo sepa. Bueno— -ladea la cabeza- —con las que los paparazzi
lo han fotogra ado.
—¿Paparazzi?— Cuestiono, un poco horrorizada de por qué un
paparazzi le haría fotos.
—Bueno, aparte de que las chicas con las que estaba son famosas,
la madre de Bishop también lo es.
—Huh —resoplo, limpiando mis últimas lágrimas. —¿Cómo es
eso?
Ella sonríe, con los labios metidos en la boca. —Bueno, su padre
es muy respetado en Nueva York. Son dueños de la mayor parte del
Upper East Side. El mercado inmobiliario y todo eso. Y su madre es
Scarle Blanc.
—¿Scarle Blanc es su madre?
Tatum asiente. —Sí. Así que como puedes ver…
Sí que lo veo. Scarle Blanc es una actriz muy famosa. —Intere-
sante—. Mis lágrimas hace tiempo que se han secado.
—¿Eso fue todo? ¿No hay nada más que cause esto? —pregunta.
Sacudo la cabeza. —No, nada más —miento, porque la verdad es
que no quiero que sepa que me importa. No quiero que nadie sepa
que me importa cómo Bishop tenía a Ally en su regazo. Eso demu-
estra debilidad, y nunca se me ha dado bien mostrar vulnerabilidad.
Me coge la mano y me levanta del asiento del inodoro. —Bien, es-
to es lo que vamos a hacer—. Me quita las lágrimas de las mejillas. —
No volveremos a llorar por Bishop Vincent Hayes. ¿Trato?
Me río, asintiendo. —Trato.
Salimos del baño y Tatum se vuelve hacia mí. —Entonces Tillie
quiere reunirse con nosotras después de la escuela. ¿Te llevo en
auto?
Me subo los libros. —Sí. Primero tengo que ir a casa y ver a papá,
pero puedes venir.
—¿Es la primera vez que vuelves a casa desde que llegaste? —
pregunta, enarcando una ceja. Para otras personas, la ausencia de
nuestros padres es probablemente algo extraño, pero para mí y Ta-
tum, es todo lo que hemos conocido. Es parte del paquete, nos guste
o no.
—Sí, no es que ese sea el problema.
—¿Cuál es? —pregunta ella, mientras caminamos por el largo pa-
sillo.
—Sólo el hecho de que me dijo que mantuviera a Nate a distancia
por Dios sabe qué razón.
Tatum sonríe. —El club, por eso. Habría escuchado todas las his-
torias, sin duda.
Me burlo. —Lo dudo. Mi padre ni siquiera es de aquí. Es de Nu-
eva Orleans, en todo caso—. Miro hacia la biblioteca con anhelo. —
Nos vemos después de clase—. Entonces me dirijo hacia la bibliote-
ca, dejando a Tatum atrás.
Abriendo las puertas, entro y me dirijo directamente hacia donde
estaba el libro que había cogido.
—¿Madison? —me pregunta la bibliotecaria, de la que aún no he
captado su nombre, levantándose de su silla. Parece que tiene unos
treinta y tantos años y no parece la típica bibliotecaria de cliché. Es
moderna, de aspecto joven y vibrante. No lleva medias ni gafas, no.
Es pelirroja por naturaleza, tiene la piel pálida y una ligera pizca de
pecas bajo sus brillantes ojos verdes. Su piel es digna de envidia, pa-
rece de seda. Intento no sentir demasiada envidia mientras lucho
contra mi tercer grano esta semana.
—Hola—. Le sonrío, agarrando mis libros en la mano. —Lo sien-
to, vuelvo a leer ese libro.
Ella sacude la cabeza. —No hace falta que te disculpes. Pero, ¿pu-
edo preguntarte cuál es tu fascinación por ese libro en particular?—.
Enarca una ceja y se apoya en el escritorio, cruzando las piernas de-
lante de sí.
—¿Sinceramente?— Me burlo. —No podría decírtelo. Ni idea.
Me observa con atención, como si intentara leer entre mis palab-
ras, y luego exhala, relajando los hombros. —Adelante. Pero no lle-
gues tarde a clase.
—Sí, señora —respondo, caminando de nuevo hacia el pequeño
rincón de la biblioteca en el que estuve hace un par de días. Dejando
mis libros sobre la mesa, empiezo a ojear todos los lomos viejos hasta
que encuentro el que quiero. Exhalando un largo suspiro, lo saco de
su ranura y vuelvo a mi silla. El sol golpea la vieja cubierta de cuero
mientras paso la palma de la mano por encima, sobre el emblema del
círculo con el doble in nito en su interior. ¿Qué pasa con este libro?
¿Por qué me siento tan atraída por él, como un campo magnético?
Un escalofrío recorre mi columna vertebral cuando lo abro y conti-
núo donde lo dejé.
2
La Decisión
El sudor resbala por mi cabeza mientras empujo por lo que parece la cen-
tésima vez. Estrecho la mano de mi esposo, la mano que tomé cuando dij-
imos nuestros votos, la mano a la que con é mi vida, la vida de mi hijo. La
mano que en última instancia sería mi muerte. La mano que se enrollaría
alrededor de mi cuello como el tirante perfecto, mientras los ojos, los ojos
que ahora miraba, admirando, el amor y mi futuro, serían lo último que cer-
raría la puerta del diablo en mi muerte.
Con todas mis fuerzas, empujé con más fuerza, hasta que sentí que me
arrancaban el hueso de la pelvis, hasta que vi estrellas que explotaban de do-
lor detrás de mis párpados cerrados, hasta que mis piernas se convulsiona-
ron y el sudor ahogó mi carne, hasta que el pequeño aullido del llanto de mi
bebé reverberó en la fría atmósfera. Tan rápido como llegó a este mundo, se
lo llevaron. Con una manta y un corte del cordón umbilical, mi esposo me
quitó a mi bebé.
Mi cabeza se echó hacia atrás en la cama mientras las llamas de la chi-
menea abierta se deslizaban sobre mi piel caliente. Una humedad cálida y
pegajosa se deslizó entre mis piernas mientras mis ojos empezaban a caer, a
debilitarse. Los abrí lentamente, observando las llamas mientras parpade-
aban bajo la tetera que colgaba sobre ella, calentando el agua. Una sombra
oscura se asomó al lado de mi cama mientras mi esposo, acunando a mi hijo,
me miraba.
—Esta es la decisión, esposa. Sabes lo que esto signi ca para él, cuál es
nuestra causa.
Me costó reunir las palabras, mi boca se cerraba y se abría mient-
ras mi lengua me lamía la parte superior de la boca, buscando hume-
dad. Asentí con la cabeza, sabiendo que era lo que tenía que pasar.
No tenía nada que decir al respecto, y si no estaba de acuerdo, no ha-
bía mucho que pudiera hacer al respecto. Así que asentí con la cabe-
za y vi cómo mi esposo y sus tres amigos tomaban a mi hijo recién
nacido y lo dejaban en la piedra en blanco.
Su grito desgarrador me hizo vibrar y las lágrimas cayeron de
mis ojos. Mi marido tomó el pequeño hierro de marcar, lo puso sobre
la llama caliente y luego volvió a acercarse a mi hijo. Lo presionó
sobre su pequeño brazo. El grito se volvió violento y las lágrimas me
recorrieron mientras mi corazón se rompía. Mi marido lo envolvió
de nuevo en su mantita y luego me lo trajo de vuelta, poniéndolo en
mis brazos.
Le arrullé y me puse de rodillas mientras una de nuestras criadas
entraba corriendo con un balde de agua caliente y trapos. Acuné a
mi bebé, mirando a mi esposo con un odio recién descubierto, y lu-
ego volví a mirar a mi hijo, con el Círculo del In nito ahora grabado
en su inocente y fresca piel.
La decisión estaba tomada y un nuevo orden mundial estaba a
punto de comenzar.
Se me pone la piel de gallina.
—¿Madison? Es la hora de la clase, cariño.
—Oh, vale—. Cierro el libro y lo agarro bajo el brazo.
—Soy la señorita Winters, para que lo sepas la próxima vez que
vengas—. Se apoya en una de las estanterías.
—Seguramente será útil saberlo —digo, caminando hacia donde
recogí el libro.
Ella me observa con atención. Su boca se abre y se cierra, como si
quisiera decir algo. Recojo mis libros de la mesita y le sonrío. —Gra-
cias por dejarme entrar aquí rápidamente.
—De nada—. Ella sonríe débilmente. Me giro para salir por la pu-
erta, cuando una palabra me detiene. —Diez.
Me doy la vuelta para mirarla. —¿Perdón?
Se aclara la garganta. —Cerramos a las 10 de la noche los viernes.
Es decir, sólo la biblioteca y el gimnasio. Tienes que acceder por la
puerta lateral con tu carnet de estudiante, pero estamos abiertos has-
ta entonces.
Se dirige hacia donde está el libro sin título, con el dedo rozando
el lomo. —¿Sabes por qué este libro no tiene título? —me pregunta
en voz baja, volviendo la vista hacia mí.
Niego lentamente con la cabeza. —No. Sólo voy por el capítulo
dos.
Ella sonríe. —Esos no son capítulos, y esto no es un libro.
¿Eh? Sin querer parecer un idiota, no digo nada en absoluto, es-
perando que ella se explaye. Lo hace.
—Todo es un mito y una leyenda, un viejo folclore—. Me sonríe.
—Pero esto no fue escrito para ser un libro. Las mujeres que lo escri-
bieron…— Abre la primera página, pasando sus dedos por la na
escritura cursiva. Cada trazo de la pluma de cuervo está hecho con
perfecta precisión. —No estaba escribiendo un libro.
—¿Qué estaba escribiendo, entonces?— Me aclaro la garganta.
—Su nota de suicidio.
CAPÍTULO 17

El resto del día transcurre con dolorosa lentitud. Después de la


charla con la señorita Winters, me fui. Sin embargo, voy a volver a
entrar el viernes. Quiero leer todo lo posible de ese libro, aunque sea
muy largo. O una nota de suicidio, como dijo la señorita Winters. Ese
pensamiento me pone los pelos de punta.
¿Nota de suicidio? Si era su nota de suicidio, entonces ¿qué pasa
con sus comentarios sobre la mano de su marido alrededor de su
garganta? Tal vez sólo les gustaba el sexo pervertido. Pero incluso
cuando mi seco sentido del humor trata de hacer más ligero un tema
y una situación obviamente muy sombríos, mi corazón se hunde.
Sentí todo lo que la mujer había escrito. Estuve allí con ella durante
el nacimiento de su hijo, como si estuviera viendo un espectáculo en
directo. Pensando en el libro, al que he decidido llamar El Libro, ya
que no tiene título, suena la campana nal y se acaban las clases por
hoy.
Saliendo de mi clase, me dirijo al bullicioso pasillo, cuando Nate
me rodea con su brazo. —Hola, tú.
—Hola—. Le sonrío. Me había olvidado por completo de Bishop
y Ally, y ahora recuerdo por qué me gustan tanto los libros: la evasi-
ón. —¿Qué tal el día?
Se encoge de hombros. —Es la escuela. ¿Qué esperabas?
—¡Verdad!— Digo, dejando que me lleve hasta el estacionamien-
to subterráneo. —¿Preparada para enfrentarte a tu madre y a mi pa-
pi más querido?
Sonríe, deslizando sus aviadores sobre los ojos. —Nop.
Me detengo. —¡Mierda! Me olvidé. Tatum viene con nosotros.
Nate se encoge de hombros. —Mándale un mensaje y dile que se
dé prisa.
—¿Esto va a ser raro?— Le pregunto con ojos escépticos.
—¿Qué, porque me la he follado?
—Bueno, sí.
—No.— Me observa y luego exhala, acercándose y enlazando sus
manos con las mías. —Te prometo que no es raro. Estoy acostumbra-
do a meterme con ellas. Sé cómo manejar a las chicas como Tatum.
Me burlo, metiendo la mano en el bolsillo para sacar mi teléfono.
—Oh,— gruño, marcando un texto rápido para ella. —No estoy pre-
ocupada por Tatum, créeme—. Su sonrisa cae. Pongo los ojos en
blanco. ¿Cómo puede ofenderse por eso? Pero entonces es Nate. Bajo
su exterior de chico malo y duro, tiene un ego muy grande. Es una
sorpresa. Se preocupa por sí mismo, así que insinuar que Tatum no
está interesada hiere sus pequeños sentimientos. Al pulsar —Enviar
— en su texto, aclaro: —Lo que quiero decir es que ella no se aferra.
Te ha utilizado como tú a ella.
Tatum me devuelve el mensaje casi al instante, diciendo que se
reunirá conmigo en mi casa.
Nate se ríe libremente, quitándome de encima. —¿Ves? Perfecto.
Tal vez debería repetir el golpe si ella entiende el trato.
Le doy un codazo en la cabeza. —En primer lugar, no. Déjala en
paz. En segundo lugar, se reunirá con nosotros en casa.
—¿Tengo que tener la charla contigo sobre mis amigos?— Me mi-
ra por debajo del brazo mientras empezamos a caminar hacia el as-
censor que lleva a su vehículo.
Me burlo. —No, de nitivamente no.
Porque es demasiado tarde.
CAPÍTULO 18

¿Sabes esa parte de las películas en la que ves a los dos niños pe-
queños a los que han pillado dibujando en las paredes, o cortando
las sábanas nuevas de algodón egipcio de su madre, sentados en el
sofá, intentando parecer inocentes mientras sus padres se sientan
frente a ellos, decepcionados y decidiendo qué van a hacer como cas-
tigo?
Sí, Nate y yo somos los niños pequeños en este momento.
—¿Madi? —pregunta mi padre, mirando el brazo de Nate que se
enrosca alrededor de mi cintura despreocupadamente mientras nos
sentamos en el sofá en forma de L. Me revuelvo ansiosa, no me gusta
la forma en que mi padre está obviamente incómodo con el brazo de
Nate alrededor de mí.
—¿Hmm? ¿Sí?— Decido apuntar a la inocencia. La inocencia si-
empre funciona con mi padre. En realidad, él cree que soy ingenua y
probablemente piensa que todavía soy virgen. Técnicamente hablan-
do, eso no sería algo difícil de admitir cuando tienes diecisiete años,
pero no todas las chicas tienen mi vida o tuvieron mi vida.
Elena exhala, levantándose del sofá de cuero. —Michael, está bi-
en. Son niños. Es lo que hacen—. Hace una pausa. —Al menos se lle-
van lo su cientemente bien como para hacer una esta.
Sinceramente, no pensé que a mi padre le importara, no es que
haya hecho una esta antes, pero es un padre ausente. Estoy casi se-
gura de que su tarjeta de castigo es nula. Se ganó ese billete cuando
me dejó la semana de mi quinto cumpleaños.
Papá se levanta del sofá, con las cejas fruncidas y las arrugas pro-
fundas alrededor de los ojos. Mira a Nate. —No más—. Luego desa-
parece por el pasillo con Elena pisándole los talones.
—¡Vaya!— Nate se ríe, recostándose en el sofá y bajando la gorra
para ocultar sus ojos.
—¿Whoa?— Suspiro-susurro. —¿Me estás tomando el pelo?— Le
doy un codazo y me levanto del sofá. —Esto es culpa tuya.
Se ríe, el imbécil imperturbable que es Nate. —Lo acepto.
—¡Nate!— Le pellizco el brazo.
—¡Ay!— Se levanta la gorra hasta que sus ojos se centran en mí.
—¿Qué?
—¡Se suponía que tenías que ocuparte de la basura!
—No—. Sacude la cabeza. —Recuerdo especí camente hacerlo.
Tatum y yo fuimos por ahí…— Se detiene, sus ojos miran a la distan-
cia.
—¿Hmm? ¿Tú y Tatum fueron alrededor de dónde?— Golpeo mi
pie con frustración.
Nate se ríe. —Vale, ¡lo siento!— Se levanta del sofá, me rodea con
el brazo y me atrae hacia su cuerpo.
Lucho contra su duro pecho durante un segundo antes de rendir-
me con un resoplido, fundiéndome en sus brazos. —No vuelvas a
hacer eso. Teníamos un plan, y si queremos tener algo de libertad
por aquí, tenemos que ceñirnos al plan.
—Sí.— Su voz vibra contra mi mejilla, su dulce colonia golpea
mis fosas nasales. —Pero de todos modos no necesitamos hacer es-
tas aquí. Tenemos la casa de Brantley.
—A Brantley no le agrado mucho, y no importa. No debería asis-
tir a estas.
—A Brantley no le agradas.
—¿Ah, sí?— Me alejo de su abrazo, lo justo para poder ver su ca-
ra, pero seguir entre sus brazos. —El hombre tiene el labio curvado
hacia mí constantemente. Creo que me odia más que Bishop.
El brazo de Nate se estrecha alrededor de mí. —Bishop no te
odia.
—Estoy bastante segura de que sí lo hace. De hecho, no creo que
ninguno de tu manada esté del todo contento con mi existencia.
—Simplemente no te conocen.
—Todos ustedes me secuestraron. Serían jodidamente afortuna-
dos de conocerme, lo cual, por cierto, ¿por qué te estoy abrazando?
Todavía estoy enojada por eso—. Me separo de su abrazo, sólo para
que él apriete más su agarre. Me pasa un dedo por debajo de la bar-
billa y me levanta la cabeza para que esté de cara a él. Sus ojos bus-
can los míos, sus labios están tan cerca que, si me acercara, nos esta-
ríamos besando.
—No puedes decir nada de lo que pasó esa noche—. Habla en se-
rio, y eso me pone nerviosa. Nunca he visto a Nate así a menudo. —
Hablo en serio, Madi. No tuvimos ni tenemos muchas opciones, ex-
cepto probablemente Bishop.
—¿Por qué te agrado?— Pregunto. Él estrecha los ojos. —Quiero
decir —susurro, mis ojos bajando a su boca, —no tengo por qué ag-
radarte. Somos hermanastros. Deberíamos odiarnos.
Se adelanta, me rodea la cintura con el brazo y me acerca para
que pueda sentir su dura erección presionando mi vientre. Deja caer
sus labios suavemente, de modo que rozan los míos. —O me acerco
a ti…— Sonríe contra mis labios, pero no me muevo. Debería mover-
me; si fuera inteligente, me movería. Pero no he sido muy inteligente
últimamente. —O te follo—. Me chupa el labio inferior en su boca.
Justo cuando está a punto de apartarse, me agarro a su nuca y lo
atraigo hacia mí hasta besarlo. Abro la boca y dejo que su lengua se
deslice dentro. ¿Nate tiene un piercing en la lengua? La bola de su pier-
cing se desliza sobre mi lengua de forma experta y, por supuesto, be-
sa muy bien. Empuja mi cuerpo hacia el sofá con el suyo hasta que
mi espalda choca con los suaves cojines. Abro las piernas hasta que
su rodilla se apoya entre las mías, sin romper el beso. Inclina la cabe-
za, dándome más acceso, y yo le lamo la lengua, introduciéndola en
mi boca mientras la chupo.
—¡Madi, vamos a salir a cenar esta noche!— El grito lejano de mi
padre es como un cubo de agua helada. Nate y yo retrocedemos, mi
mano se acerca a mi boca y sus ojos se clavan en los míos, ambos en
estado de shock. Lo empujo y nos ponemos de pie en el momento en
que mi padre entra en el salón, arreglándose los gemelos. —Ya vend-
rán los dos.
—Lo siento —dice Nate. —Tengo planes esta noche—. Luego me
mira a mí. —¿Y no decías que Tatum iba a venir?
Miro entre Nate y mi padre, nerviosa. —Sí, pero puedo cancelar-
lo.
Nate me mira con los ojos abiertos. Yo le devuelvo la mirada, por-
que está siendo grosero. Sé que mi padre es brusco, pero siempre ha
sido así, y puede que no sea un gran padre, pero siempre lo ha inten-
tado. —Bien. Ya está decidido. Me reuniré con ustedes en el auto en
media hora.
Media hora después, Nate y yo estamos en la parte trasera del
Range Rover de mi padre, ambos con el ceño fruncido, y ninguno ha
hablado desde —el error—. Yo lo llamaría el beso, pero error suena
más apropiado. Nate va vestido con unos jeans oscuros, un polo y
unas botas negras. Yo también estoy vestida de manera informal, co-
mo él, pero no soy capaz de salirme con la mía con unos jeans. Me he
decidido por un mono pantalón. Es negro y liso, pero tiene dos lige-
ras aberturas a cada lado de mi caja torácica, mostrando un suspiro
de piel. Es una de las muchas prendas que tengo en mi armario y
que no me gusta especialmente llevar, pero por estatus, tengo que te-
nerlo por si, no sé… mi padre decide soltarme que nos va a llevar a
The Plaines, el restaurante más elitista que hay en esta parte de la ci-
udad. Sólo lo sé porque cuando le envié un mensaje a Tatum para
decirle que no podía ir esta noche y que ella y Tillie estaban solas,
me lo dijo. Justo después de maldecirme.
—Entonces, Madison, ¿cómo ha sido la escuela?— Elena pregun-
ta desde el asiento del copiloto.
—Ha estado bien.
—Madi se ha adaptado bien—. Nate sonríe desde su asiento. —
¿Verdad, hermana?
El hecho de que los mismos labios que acabo de besar me llamen
hermana me provoca arcadas. ¿En qué demonios estaba pensando?
Mi padre me mira por el retrovisor.
—Sí, he encontrado una o dos grandes amigas.
Mi teléfono vibra en mi bolsillo mientras Elena lanza sus pregun-
tas a Nate. Deslizo mi teléfono para desbloquearlo.
Bishop - tenemos que hablar.
¿Él habla en serio?
Yo - Realmente no lo hacemos.
Bishop - No soy Nate, Madison. No le meto la polla a todas las
chicas que veo. Nosotros. Necesitamos. Hablar.
Yo - Por la forma en que Ally te manosea, me podrías engañar.
Bishop - ¿Celosa?
Yo - No. Y no, no quiero ni necesito hablar. Simplemente olvida lo
que pasó. Ahora estoy más o menos con Carter.
Mentiras. ¿Por qué carajo acabo de decir eso? Es el año 2017. Te-
nemos drones, autos que pueden ir en el agua, y hombres que cami-
nan en la luna. ¿Por qué carajo no han descubierto cómo deshacer el
envío de un mensaje de texto? No sé quiénes son —ellos —pero le
echo la culpa a Apple.
Bishop - Cuidado, gatita…
Pongo los ojos en blanco y vuelvo a meter el teléfono en el bolsil-
lo. La pierna de Nate roza la mía y lo miro, las luces de la calle que
pasan iluminan sus rasgos a lados. —¿Qué? Pregunto.
—¿Quién era?
—Nadie.
Miro por la ventana, ignorando su mirada. ¿Cómo es que, en cu-
estión de semanas, he tejido esta red tan desordenada? De repente,
estoy deseando volver a ser esa chica nueva, la que andaba por los
pasillos por primera vez.
—¿Papá?— Pregunto, presionando mi frente contra la ventana
fría.
—¿Sí?
Exhalo. —¿Puedes hacer sitio para una ronda mañana antes de ir-
te?
Hay una larga pausa y cierro los ojos. Si dice que no, me podría
romper. Después de todo lo que está pasando a mi alrededor, quiero
que mi padre esté conmigo, disparando como solíamos hacerlo. Lo
necesito para volver a bajar de cualquier nube en la que me haya ale-
jado.
—Claro, nena—. Exhalo ante su respuesta, mis hombros se a oj-
an y mi estrés ya se disipa un poco.
Una vez que hemos entrado en el estacionamiento del restauran-
te, salgo de mi lado del todoterreno y Elena me mira. —Si sirve de
algo, me alegro de que tú y Nate se lleven bien.
—Yo no diría exactamente que nos llevamos bien.
—Se preocupa por ti —asegura, cerrando la puerta. —Eso cuenta
para algo, porque a Nate le importan muy pocas cosas. Aparte de
sus amigos.
Cierro la puerta y asiento con la cabeza. —Supongo que nos lle-
vamos un poco bien.
Elena sonríe y engancha su brazo al mío. —Entonces, cuéntame.
¿Te gustan las armas?

Después de una cena sorprendentemente normal, llegamos a casa


y Nate se fue casi al instante. Apenas hablamos durante la cena, co-
mo si el error ya estuviera olvidado. Me parece bien, porque no vol-
verá a ocurrir. Llaman ligeramente a mi puerta justo cuando estoy a
punto de ponerme mi pijama y empezar con mi trabajo de inglés.
—¡Adelante!— grito, rebuscando en mi armario. Sigue siendo un
desastre desde la esta, y en otros casos, yo sería la primera en lim-
piarlo, pero últimamente me encuentro más relajada, casi sedada.
—¡Hola, cariño!— Tatum entra, con Tillie siguiéndola de cerca.
—¡Hola!— Les sonrío a las dos. —¿Qué están haciendo ustedes
dos?
—Pensamos en venir a verte, ya que te pusiste mala y te largaste
—. Tatum toma asiento en mi cama, y Tillie se desliza en la silla jun-
to a mi blanca mesa de estudio.
—Sí —murmuro, buscando mi camiseta de tirantes y poniéndo-
mela. —Lo siento.
Esto es incómodo; aunque el error no signi có nada para mí, no
sé si signi caría algo para Tatum. Ella dice que Nate no signi có na-
da para ella, pero ¿no decimos todas eso?
—He traído a mi amigo favorito—. Tatum saca una caja azul tipo
libro con adornos dorados.
—¡No puede ser!— Me alegro, caminando hacia ella. —¿Le Livre
de Debauve & Gallais?— suelto entusiasmada.
—Caramba —murmura Tatum. —Tu francés es más inmaculado
que el mío, y eso que viví allí un año.
Le digo que no. —He estudiado el idioma, y la cultura, y en este
caso… ¡los chocolates!—. Abro la caja de cuero repujado en oro y as-
piro el dulce y rico olor de los ganaches y los pralinés. —Mmm.—
Saco uno. —Hace años que no los pruebo.
Tatum mira hacia Tillie y pone los ojos en blanco. —No dejes que
esta cerda se los coma todos. Ven a probar.
Tillie traga nerviosamente y se acerca a nosotras. Lucho contra el
impulso de arrebatar la caja y salir corriendo como una cavernícola.
—¿Qué tiene de bueno? Sólo es chocolate, ¿verdad?— pregunta
Tillie, cogiendo uno de los bombones. Hago una pausa en mi masti-
cación, estrechando los ojos. No se debe insultar al chocolate. Especi-
almente el buen trabajo de Sulpice Debauve.
—¿Además del hecho de que hay que estar en una lista de espera
para pedir una caja y de que cuesta quinientos dólares más o menos?
No mucho—. Tatum se encoge de hombros.
Tillie se sonroja. —Ustedes son demasiado ricas. Me siento como
la chica perdida.
—No eres una chica perdida. Estás perfectamente en tu elemento
con nosotras.
Tillie sonríe suavemente, acomodando su cabello detrás de la ore-
ja. —Sí, supongo.
Lamo el chocolate de la parte superior de mi boca, mirando cómo
Tillie se ha quedado callada. —¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Ella me mira. —¡Sí!— Sonríe falsamente. —Todo está bien. ¿Qué
vamos a hacer este n de semana?
Tatum se quita los zapatos y Tillie se quita los suyos, arrastrando
los pies junto a Tatum. —No lo sé. Todas, tú incluida— -Tatum mira
a Tillie- —hemos sido invitadas a una acampada con el nuevo homb-
re de Madi para Halloween.
—No es mi hombre —le digo a Tillie.
—Es totalmente su hombre —replica Tatum con indiferencia.
Sacudo la cabeza y le digo a Tillie —No lo es.
—De todos modos —interviene Tatum en voz alta. —Creo que
deberíamos hacerlo.
—No lo sé —murmuro, levantándome de la cama. Hace tanto ti-
empo que quería ir a acampar, pero ahora que sé que Carter tiene ot-
ros sentimientos hacia mí, me da un poco de miedo que se haga una
idea equivocada sobre mi respuesta a rmativa.
—¿Qué es lo que no hay que saber?— pregunta Tatum, acercán-
dose a mi cabecera y deslizándose bajo mis sábanas. Su pelo rubio
ceniza está recogido en un moño perfecto en la parte superior de la
cabeza, y su cara está recién maquillada. De nitivamente tiene ese
brillo des orado. Maldito Nate.
—¡Mucho!— Digo, agitando las manos en el aire. Tillie se acerca a
Tatum y se desliza con ella, siguiendo los chocolates.
—¡Madi! —grita mi padre desde abajo. Me acerco a las chicas, les
arrebato la costosa caja de bombones y me la meto bajo el brazo. Las
miro con maldad, caminando hacia mi puerta.
—¡Ya voy!— Grito, abriendo la puerta. Me doy la vuelta para mi-
rarlas y les señalo con el dedo. —Esta conversación no ha terminado.
Bajando la larga escalera, veo que papá está de pie junto a la pu-
erta principal abierta. Su cara está inexpresiva, su mandíbula tensa y
sus ojos duros. Oh no, ¿ahora qué he hecho?
—¿Qué pasa, papá?— Me acerco a la puerta. Él mira hacia fuera y
yo sigo su visión hasta que miro directamente a Bishop, que está de
pie con unos jeans rotos y una camiseta blanca, con botas de combate
en los pies. Se me hace la boca agua, y no es por los chocolates.
—Hola —le digo, ignorando que su pelo aún parece húmedo y lo
relajada que es su postura. Las dos piernas abiertas casualmente, su
mandíbula tensa, sus ojos duros, pero su boca se acerca a una sonri-
sa.
—Yo me encargo, papá.
Mi padre se detiene, mirándome a mí y luego a Bishop y de nu-
evo a mí. Me besa la frente y luego me mira a los ojos. —Hablaremos
mañana.
Por supuesto que lo haremos.
Sonrío. —Claro que sí—. No me apetece nada esta charla.
—¿Qué haces aquí?— le pregunto a Bishop, saliendo a la noche
oscura y cerrando la pesada puerta de madera tras de mí. Él retroce-
de y toma asiento en uno de los escalones. Su auto está estacionado
justo frente a las escaleras, y me molesta aún más lo distraída que
debo haber estado para no escuchar su auto llegar.
—Te lo dije —dice despreocupadamente. —Tenemos que hablar
—. Ignorando el hecho de que llevo unos diminutos pantalones cor-
tos y una camiseta ajustada que ensancha mi barriga, tomo asiento a
su lado. Gracias a Dios, mis pies están cubiertos por los calcetines.
Bishop mira mis pies. —¿Es obra de Banksy?
—Estoy sorprendida —me burlo con sarcasmo. —¿Conoces a
Banksy?
—Conozco su obra.
Intentando no mirarlo, abro la caja de bombones y los pongo en
el centro. —Puedo compartir.
Me rindo y le miro a la cara, descubriendo sus ojos clavados en
los míos. Su boca está detrás de su hombro y me estudia como si fu-
era el examen más importante de la historia.
Cuando el silencio es demasiado y siento que mi cara va a estal-
lar, me meto un chocolate en la boca. —¿Qué?
Hace una pausa y luego sacude la cabeza, mirando hacia adelante
rompiendo nuestro contacto visual. Al instante extraño su mirada
exigente. —Estás diferente.
—Me lo han dicho toda la vida —ironizo. Su mandíbula se tensa.
—¿De eso querías hablar?
—¿Tú y Carter? —replica.
—No es de tu incumbencia.
—¿De verdad?— Se burla, volviendo a centrar su atención en mí,
y cuando sus ojos se jan en los míos, se me corta la respiración por
su intensidad. —Estoy seguro de que lo hiciste de mi incumbencia
en el momento en que gritaste mi nombre y me arañaste la espalda.
—Yo no araño —lo corrijo despreocupadamente, chupando el
chocolate de mis dedos.
Su ceja se arquea. —¿Estás segura de eso, gatita? Puedo enseñarte
las marcas si quieres. Seguro que siguen ahí.
—No puedes preguntar sobre mí y Carter cuando tenías a Ally en
tu regazo—. Mantengo los celos, porque eso es exactamente como
estoy. Celosa.
—Ally no es nada. Es lo que siempre ha hecho. Ella se cuelga al-
rededor de nosotros como una mosca lo hace con la mierda. No es
nada, nunca lo ha sido. Pensé que sabrías esto, pero luego olvidé que
eras nueva.
—Entonces, si eso es cierto, ¿qué? ¿De qué querías hablar?
Exhala. —No tengo ni puta idea, Madi. Jesús.
—Llámame cuando lo descubras—. Voy a ponerme de pie, cuan-
do su mano atrapa la mía. Lo miro y se pone de pie, imponiéndose
sobre mí. —Todo lo que sé es que odio, joder, cuando Carter tiene
sus manos sobre ti, y no estoy familiarizado con este sentimiento—.
Supongo que este es un momento de mierda para sacar a relucir a su
ex, así que me trago mis preguntas entrometidas.
—¿Pero?— Pregunto, porque… no sé por qué. Soy una chica con
partes femeninas en pleno funcionamiento, y Bishop está más bueno
que el pecado, y eso es todo lo que tengo.
—Pero esto no puede funcionar nunca, y no sé qué carajo hacer al
respecto. No estoy acostumbrado a no conseguir lo que quiero.
—Ya lo veo.
Se ríe, con su dedo recorriendo un lado de mi cara. —Joder, gati-
ta, no tienes ni idea de la clase de locura que me haces sentir—. Su
sonrisa cae y su mandíbula se tensa. —Pero no podemos.
—¿Por qué?— Susurro, mirando hacia su boca. —¿Por qué no pu-
ede pasar esto?
—Esa es la parte de la mierda —responde. —Ni siquiera puedo
decirte por qué.
—Entonces sabes ya que esta discusión ha terminado—. Me he
dado cuenta de que hay secretos sobre secretos, y nadie me dice na-
da. Lo he reducido a que no es de mi incumbencia, pero se está haci-
endo viejo muy rápido. No soy de las que se meten en los asuntos de
los demás, pero estos secretos que tienen él, Nate y los chicos empi-
ezan a picarme en el fondo del cerebro.
—Sí —responde, mirándome y dando un paso atrás. —Sólo qu-
ería que supieras que me gustaría que hubiera sido diferente entre
nosotros, y que la mierda está a punto de empeorar.
—Sí —susurro, mientras vuelve a su auto y se sube al asiento del
conductor. —Yo también.
Vuelvo a mi habitación, dando un portazo para encontrar a las
chicas acurrucadas en mi cama y viendo Net ix. —Nos vamos a
jodidamente acampar.
CAPÍTULO 19

—Sólo quiero que tengas cuidado, cariño —me asegura papá, car-
gando su tercera bala. Apunta hacia la diana recortada y aprieta el
gatillo, vaciándola.
Yo apunto hacia la mía, cierro un ojo y me concentro en la diana.
Aprieto el gatillo de la pistola y disparo. El retroceso no es tan malo
como debería ser con alguien ligero como yo disparando una Desert
Eagle, pero es de papá, y me ha hecho disparar esto desde que em-
pecé. Puede sonar peligroso para algunas personas, pero nuestra ca-
sa siempre ha sido una fuerte defensora del ejercicio de nuestros de-
rechos de la segunda enmienda, y aparte de eso, nos encanta cazar
ciervos. No tengo una pistola; tengo escopetas, y las uso a menudo.
—Estaré bien, papá.
Me mira preocupado, y ambos nos quitamos las gafas protecto-
ras, esperando que salgan nuestros objetivos. —No me agradan Nate
y sus amigos.
Pongo los ojos en blanco, desenganchando a mi hombre objetivo
y viendo que he disparado dentro del rango. —Papá, no te agradan
los chicos.
—No—. Su tono cambia, volviéndose severo. —Madison, hablo
en serio. No me agradan esos chicos.
Aparto la sonrisa de mis increíbles disparos y miro hacia papá.
Casi nunca usa ese tono conmigo, y eso me tranquiliza un poco. —
Vale, papá, tendré cuidado.
—Bien—. Vuelve a sonreír y luego mira a mi objetivo. —¿Cómo
lo has hecho?
Cuando entro en mi habitación después de despedirme de papá y
Elena, me tumbo en la cama, re exionando sobre mis pensamientos
de hoy. Después de que Bishop se fuera anoche, Tatum y Tillie aca-
baron quedándose en la cama conmigo a mitad de un episodio de
Sons of Anarchy. Tatum se aburrió como una ostra durante el primer
episodio, pero Tillie y yo queríamos verlo. Mi teléfono vibra en el
bolsillo trasero y lo saco, deslizándolo para desbloquearlo y contes-
tar. —¿Hola?
—Ya casi estoy en casa. Sal cuando suene el pitido.
—¿Por qué?— Me levanto lentamente de la cama.
—Porque vuelvo a hacer de niñera, así que tienes que quedarte
cerca de mí.
—Sí…— Sacudo la cabeza. —…sobre eso. No creo que mi padre
te haya puesto de niñera, Nate. El hombre no te quiere mucho.
—Que le den a tu padre —murmura.
—¿Perdón?
—Nada. Sal de la casa y baja cuando pite, o te arrastraré sobre mi
hombro. Y para que sepas, Hunter y Brantley están aquí.
—¡Bien!— suelto, colgando el teléfono y arrojándolo sobre mi ca-
ma. Entro en el cuarto de baño y me dejo el pelo hasta el coxis antes
de ponerme una gorra de béisbol de Nueva York. Todavía llevo pu-
estos los pantalones de yoga y la camiseta ajustada del rodaje, pero
me quito las zapatillas de correr y me pongo unas Air Max 90. Reco-
jo mi teléfono de la cama cuando Nate pita desde fuera. Dando los
pasos de dos en dos, salgo por la puerta principal y me detengo.
—Puedo sentarme atrás —le digo a Brantley, mientras sale del
asiento del copiloto del Ford Raptor de Nate. Brantley no contesta;
simplemente se desliza en la parte trasera. —O no —murmuro, subi-
endo al estribo y deslizándome en el asiento.
—¿Así que ya sabes que este n de semana es Halloween?— Nate
sonríe mientras nos saca de la calzada.
—¿Lo es?— Pregunto con sarcasmo. —No me había dado cuenta.
—Sí—. Brantley sonríe desde atrás. —Lo es.
Miro a Nate. —Entonces, ¿por qué estoy aquí, de todos modos?
—Te lo dije—. Me mira, tirando por una calle de la nuestra. —
Tengo que cuidarte—. Nos lleva a un largo camino de grava, hasta
una vieja casa de estilo sureño. Techos altos, pilares blancos, la ban-
dera americana ondeando con orgullo ante la puerta principal.
—¿Vivimos todos en la misma calle?— le pregunto a Nate.
Brantley gruñe en la parte de atrás, arrancándose el cinturón de
seguridad y saliendo de la camioneta una vez que nos detenemos.
Miro a Nate con nerviosismo. —Nate, realmente no quiero estar aquí
si esta es la casa de Brantley.
Hunter se aclara la garganta desde atrás. —No te preocupes por
él.
Miro a Hunter, sorprendida de que me hable. —Pero sí me pre-
ocupa.
Hunter pone los ojos en blanco, quitándose el cinturón y abrien-
do la puerta. —Es una causa perdida si alguien como Brantley la
asusta—. Luego cierra la puerta y sigue el camino que Brantley le in-
dicó hacia la casa.
Sigo a Nate mientras nos conduce a través de la enorme entrada
de la casa y luego baja a un dormitorio. Hay una puerta de entrada
en el lateral que da a la piscina, y toda la pared trasera tiene venta-
nas del suelo al techo. Me tumbo en uno de los sofás individuales de
la esquina de la habitación. Hunter y Nate abren la puerta y salen
hacia la piscina, riendo. Maldito Nate, dejándome aquí con Brantley.
Brantley es melancólico, exagerado y… silencioso. Mide alrededor
de metro ochenta y dos, tiene el pelo oscuro, ojos oscuros penetran-
tes y una barba incipiente en la mandíbula. Es la de nición de desali-
ñado sexy. Brantley se apoya en la puerta, mirando hacia Nate y
Hunter.
Queriendo romper el silencio, mi no- ltro sale a relucir. —¿Por
qué me odias?
Me mira por encima del hombro. —No eres una persona muy
simpática.
—¿De verdad?— Mi ceja se arquea. —¿Y crees que me conoces lo
su ciente como para hacer esa suposición?
Se burla, empujando la puerta y girándose para mirarme, con los
brazos cruzados delante del pecho. —No tengo que conocerte para
hacer esa suposición. Ya he oído bastante.
—Eres un poco idiota.
Me mira directamente, sus ojos se clavan en los míos. Lucho cont-
ra la necesidad de retorcerme. —Nunca he pretendido ser otra cosa,
gatita.
—¿Qué he hecho? ¿O qué has oído que he hecho?
—No es lo que he oído —dice con indiferencia. —Es lo que sé.
—Eso no tiene sentido.
—No tiene sentido —responde, caminando hacia mí. Lleva una
camisa oscura, jeans sueltos y botas negras. Se detiene justo delante
de mí, bajando ambas manos a los reposabrazos de cada lado de mi
silla, enjaulándome. Inclinándose, sus ojos van de mis labios a mis
ojos y luego vuelven a ellos. —¿Crees que porque Bishop te folló ti-
enes un pase libre?
El corazón se me acelera en el pecho, y la sorpresa debe recorrer
mi rostro, porque se ríe, con un tono amenazante en su risa.
—¿Qué? ¿Pensabas que realmente quería follar contigo?— Inclina
la cabeza y se acerca para que su nariz toque la mía, sus labios a un
suspiro de distancia. Contengo la respiración. —No, gatita. Todo eso
era parte del plan—. Se adelanta y sus labios rozan los míos. —Moj-
arte y ponerte necesitada, follarte hasta el fondo, ngir que signi ca-
bas algo más que un pedazo de culo fácil—. Hace una pausa, bus-
cando en mis ojos. —’Ojalá no tuviera que ser así’ —Brantley imita las
últimas palabras que Bishop me dijo la otra noche.
Mi visión se vuelve sombría. Todo en mi periferia se vuelve neg-
ro. —¿Fue un truco?— susurro, más para mí que para él.
Brantley se ríe. —Todo esto es un juego, gatita. Y tú estás en me-
dio de un tablero muy jodido.
Resoplo sarcásticamente. —¿Crees que me importa?— Me atrevo
a llevar mis ojos directamente a los suyos.
Los suyos se estrechan y caen sobre mi boca. —Demuestra que no
lo hace.
—Me odias.
—Te follaré tan fuerte como te odio.
Mis ojos se encapuchan mientras me paso la lengua por el labio
inferior. —Más o menos tengo un novio.
Se ríe, sus ojos siguen buscando los míos. Todo en el centro de mí
se eleva a niveles abrasadores. —¿Carter?— Su mano vuela hasta mi
cuello mientras empuja mi cabeza hacia atrás en la silla. Ladea la ca-
ra. —Tú y yo sabemos que es demasiado vainilla para la mierda que
pasa por tu cabeza—. Me levanta de la silla por el cuello.
Igualo su mirada. —Grandes palabras. ¿Todo es hablar y no mor-
der?— ¿Qué demonios estoy haciendo?
Se ríe, el agarre que tiene en mi cuello se hace más fuerte, y en-
tonces me atrae hacia su boca, atrapando mi labio inferior entre sus
dientes. Tira de él con fuerza y luego desliza su lengua en mi boca.
La abro, enfadada con todos. Enfadada con Nate, porque no sé si su
preocupación por mí es genuina. Enfadada con Bishop por utilizar-
me como un juguete. Enfadada con mi puto yo por pensar que le
gustaba a Bishop. Haz que se aleje.
Enrollo las manos en la nuca de Brantley, y su agarre desaparece
de mi garganta cuando me aparta las manos de su piel, levantándo-
me por detrás de los muslos y arrojándome sobre la cama. Se arrast-
ra hasta mí lentamente, agarrando mis muñecas y golpeándolas por
encima de mi cabeza.
—Brantley, Nate y Hunter volverán pronto.
Sonríe, sus ojos se oscurecen y su cintura me inmoviliza en la ca-
ma. —Sí, más o menos cuento con ello. Estoy seguro de que pode-
mos organizar una lista.
—No va a suceder.
—¿Lo dices como si fueras la que manda aquí? —pregunta, pa-
sando su dedo por mi esternón antes de volver a subir a mi gargan-
ta.
Vuelve a apretar, y mi núcleo se aprieta en respuesta mientras
mis ojos se dirigen a la parte posterior de mi cabeza. —Sí.
Su boca baja a un lado de mi cuello, sus piernas se meten entre las
mías, abriéndome de par en par. —Te gusta esa mierda, ¿eh?— Me
gusta. Él se aprieta contra mí, su dureza empujando mi sexo.
Haz que se aleje.
—¿Interrumpo?— Una voz rompe nuestro abrazo, pero Brantley
se queda allí, mirándome, y luego sonríe.
—Depende —dice, mirando por encima del hombro a Bishop,
que acaba de entrar en la habitación. —¿Te apetece unirte? No sería
la primera vez que compartimos.
Bishop se queda en silencio, así que me levanto sobre los codos
para mirarle.
Me mira y sonríe. —No, estoy bien. Ya la he tenido. No me apete-
ce meter la polla en la suciedad por segunda vez.
—Ouch —respondo inexpresiva. Me ha dolido más de lo que me
gustaría admitir, pero el hecho de que me hayan dicho que me han
utilizado ha adormecido un poco el dolor posterior. Odio a Bishop
Hayes.
—Yo, Brantley tiene…— Nate entra en la habitación, hablando di-
rectamente con Bishop, cuando nos ve a mí y a Brantley en la cama.
Pone los ojos en blanco. —Suéltala, amigo.
—¿Y si no quiero que se baje?— Le digo bruscamente. Si soy una
basura y signi co menos que nada para estos chicos, entonces ¿qué
sentido tiene salir con mi dignidad? —¿O qué, Nate?— Le sonrío. —
¿Estás enfadado por no tener tu lengua en mi garganta?— Entonces
me quito el pecho de Brantley, arrastrándome por debajo de él hacia
el borde de la cama. —Me voy—. Camino hacia la puerta, endere-
zando mi camiseta.
—Oh, vamos, hermana. Sólo estamos jugando.
—Bien, pero busca un nuevo juguete—. Miro a Bishop. —Uno
que no se sienta como si estuvieras follando basura—. Abro la puer-
ta del dormitorio.
—¿Te la has follado?— Nate le ladra a Bishop.
Uy, ¿se me ha escapado eso? Culpa mía.
Salgo por la puerta principal y empiezo a correr. Sé que mi casa
está a solo cinco minutos a pie, pero no me apetece hablar con nadie
ahora mismo, y tengo la sensación de que Nate intentará perseguir-
me. Bishop, Nate, Hunter y Brantley ya se han metido en la mierda
conmigo. Ni siquiera quiero ver de qué son capaces Saint, Ace y Jase,
siendo ellos los mayores. Todo fue un juego. Bishop ngiendo que le
importaba una mierda, jugaron conmigo como un puto violín.
CAPÍTULO 20

Al día siguiente, estoy sentada junto a Carter en la cafetería, cu-


ando Tatum deja caer su mochila a mi lado. —Me muero de ganas de
que llegue Halloween este n de semana.
—No puedo creer que lo hagamos en el bosque —respondo, dan-
do un mordisco a mi manzana.
Carter me da un codazo en el brazo con el suyo. — ¿Dejamos las
armas en casa?
—Tal vez—. Miro hacia Bishop. —O tal vez no.
Carter sigue mis ojos. —¿Problemas?
—Podría decirse que sí —murmuro, apartando los ojos de ellos.
Ally camina hacia su mesa y yo pongo los ojos en blanco. Ya esta-
mos. Solo que esta vez, cuando va a subirse al regazo de Bishop, él la
empuja y ella cae al suelo hecha un lío. Nate se ríe, Brantley sonríe,
Hunter lanza un aullido de hiena y el resto de los chicos se ríen, ob-
servándola con desagrado. Todos y cada uno de ellos son unos imbé-
ciles. No me agrada Ally, e incluso podría llegar a decir que la odio
un poco, pero eso demuestra que no hay una sola cualidad redentora
en ninguno de esos chicos. Son todos unos imbéciles. Normalmente,
hay al menos uno en un grupo que no lo es. Pero no aquí y no ellos.
He enredado una red con los chicos malos de la escuela, y ahora ten-
go que soltar mis garras para escapar.
—¿Qué pasa con ustedes?— pregunta Tatum, dando un trago a
su agua.
Sacudo la cabeza. —Nada.
—Anoche dejaste a Nate fuera de tu habitación. Eso no es nada.
—No me agrada mucho Nate en este momento.
Carter engancha su brazo alrededor de mi cintura y me atrae ha-
cia él. Sé que debería apartarme. Nada bueno saldrá de que lo atra-
iga. Pero no puedo evitarlo. Tener a alguien que se interesa por mí
me hace sentir deseada. Eso es todo lo que una chica quiere, ¿no?
¿Sentirse deseada?
—Hola—. Me giro para mirarle. —Saldré el viernes. Sólo necesito
hacer un par de cosas antes.
—Puedo ir contigo —añade Tatum.
Sacudo la cabeza. —Está bien. Tengo Google Maps o lo que sea.
Sólo dame los detalles de dónde vamos y nos encontraremos allí.
Carter me mira. —¿Estás segura?
Asiento con la cabeza. —Sí, segura—. Saca un papel, garabatea
las indicaciones y me lo pasa por la mesa. —Está a una hora y media
en auto hacia el interior. Las condiciones son duras. Se llama The
Myriad. Es un pozo de agua y está literalmente en medio de la nada.
Tienes que estacionar tu auto y luego seguir el sendero hecho por el
hombre hacia el bosque. Verás los autos de todo el mundo, así que
debería estar bien, pero no hay servicio de telefonía celular allí, así
que te sugiero que lleves a alguien contigo.
—Carter, estaré bien.
—No lo sé.— Tatum se muerde el labio. —¿Qué pasa con los le-
ones de montaña?
—Este no es mi primer viaje de campamento. También tengo la
brújula de mi padre. Estaré bien. Tengo experiencia en el bosque co-
mo tú en comprar en Barney’s.
—De acuerdo, bien —exhala ella. —Tillie y yo nos encontraremos
allí.
Suena el timbre del almuerzo y recojo toda mi basura, colocándo-
la en mi bandeja.
—¡Madi!— Bishop me grita. Le ignoro, pero es obvio que lo he
oído porque toda la cafetería deja de hacer lo que está haciendo. Ta-
tum me mira, pero también la ignoro. Caminando hacia el otro lado
de la sala, tiro mi bandeja a la basura y atravieso las puertas.
Que se joda. `
Mi teléfono vibra en mi bolsillo justo cuando llego a mi siguiente
clase.
Tillie - ¡Hola, chica! ¿Sigue en pie lo de este n de semana? ¿Có-
mo nos vamos a vestir?
Bien. Halloween. Entre todo lo demás, el drama con Bishop, la
acampada y las ganas de seguir leyendo El Libro, se me ha olvidado
de qué nos vamos a disfrazar en Halloween.
Yo - ¡Sigue en pie! Irás con Tatum. En cuanto a la vestimenta, no
estoy segura. Supongo que Tatum querrá ir de compras. ¿Qué vas a
hacer después del colegio?
Tillie - ¿Hoy?
Yo - Sí.
Tillie - Puedo ir.
Yo - De acuerdo, te recogeremos en el colegio.
No he estado en la escuela de Tillie antes. Nunca tuve una razón
para hacerlo. Pero de repente, quiero verla. Hay tantas cosas de Tillie
que aún no conozco, pero encaja con Tatum y conmigo como el puz-
zle que nos falta. El día va lento y apruebo el examen de ciencias,
aunque no he estudiado para ello. Salgo de la clase al nal del día,
cuando Tatum me alcanza, agarrando sus libros y sin aliento.
—Mierda, zorra, ve más despacio la próxima vez—. Resopla.
Me río. —Quizá deberíamos empezar a hacer ejercicio.
Las dos nos detenemos y nos miramos, y luego empezamos a re-
írnos. —Quizá no.
Le doy un codazo. —Oye, tenemos que recoger a Tillie. Quiere ir
de compras para este n de semana.
—¡Sí!— dice Tatum, rodando los hombros como si se estuviera
preparando para la guerra.
Me detengo. —¿Qué? ¿Ahora quieres ejercitar tus hombros?
—Por supuesto —murmura. —La tarjeta negra de papá está a
punto de tener un entrenamiento.
Saliendo por la puerta del colegio, esperamos a que Sam nos reco-
ja. Sam es la otra conductora de mi padre, pero es más bien mi con-
ductora cuando papá no está y lleva a Harry con él.
Desde ayer, he ignorado a Nate y su deseo de llevarme a la escu-
ela. Realmente no tengo nada que decirles, y no confío en ninguno
de ellos, menos aún desde que me secuestraron. Lo que Tatum aún
no sabe.
Nos deslizamos y Sam me sonríe por el espejo retrovisor. —¿Has
tenido un buen día?
Me encojo de hombros. —Podría haber sido mejor.
—Pero… —incita Sam, sabiendo cómo soy. Sam ha sido nuestra
conductora desde que tengo uso de razón. Es una mujer afroameri-
cana de cincuenta y dos años que prácticamente me ha criado desde
que era una niña. Ella y Jimmy lo hicieron. Jimmy tiene casi sesenta
años, y llevo años intentando que estén juntos. Si me preguntas, diría
que hace años que están un poco enamorados el uno del otro, pero
ninguno de los dos quiere actuar en consecuencia.
Tatum interrumpe: —Pero ella tiene problemas con los chicos.
—Oh —bromea Sam, saliendo a la calle. —¿De qué tipo? ¿Del ti-
po que necesitaré una pala y una coartada, o del tipo que debería ha-
cer pastel y amenazar con cortarle las bolas hasta que te perdone?
Suelto una risita y Tatum se ríe. —No, ninguna de las dos cosas.
No quiero que le hagas pasteles a ninguno de ellos.
—Ten cuidado, cariño. Sé que crees que no te importa y que callas
todos tus sentimientos, pero un día de estos, podría morderte en el
culo.
—¿Qué?— Resoplo, echándome hacia atrás en mi asiento. —¿Co-
mo que podría empezar a preocuparme demasiado?
Sam sacude la cabeza. —No, nena, más bien como si no pudieras
volver a encenderlo nunca. Eres demasiado joven. Vive, siente, ten
sexo -no le digas a tu padre que he dicho eso- pero nunca dejes de
sentir. Eso es lo que te hace ser Madison.
—Siento, Sam —susurro, mirando por la ventana. Puedo ver a Ta-
tum mirándome por el rabillo del ojo, sin duda preparando sus cien
y una preguntas con las que me va a atizar. —Sólo trato de elegir ha-
cia dónde dirijo mi energía y a quién se la merece—. Sam sabe de mi
pasado y de lo que pasó allí. Ella es la única persona que camina por
esta tierra que lo sabe, y así es como me gusta mantenerlo. La única
razón por la que lo sabe es porque una vez llegué a casa borracha de
una esta y se lo conté todo.
—Oye.— Tatum me da un codazo. —¿Por qué pasas tanto tiempo
en la biblioteca?
—No lo sé. Siempre me han gustado los libros.
—No, no —dice Tatum. —Hay algo más.
Sam me mira con una sonrisa. —A Madi siempre le han gustado
los libros. Le leíamos todo cuando era pequeña, y ya leía libros de ca-
pítulos cuando cumplió seis años. Es una niña inteligente, en algu-
nos aspectos.
Llegamos a la casa y me deslizo hacia fuera. —Gracias, Sam. ¿Pu-
edes decirle a Jimmy que Tatum, Tillie y yo estaremos en casa para
cenar esta noche?
—¿Y Nate?— pregunta Sam, justo cuando salgo del auto.
—Que le den a Nate.
—¡Madison Maree Montgomery!
—¡Oh, no me acabas de tripear, Sammy!— Vuelvo a girar para
enfrentarme a ella con una sonrisa en la cara mientras camino de es-
paldas hacia la casa. —¡Retira lo dicho!— Triple-M son mis iniciales.
Desprecio el hecho de que mi nombre empiece con una M las tres ve-
ces. Creo que era la forma que tenía mi madre de castigarme un poco
más. Solía bromear con ello cuando aún vivía, pero ahora que está
muerta, la idea me hace sentir culpable.
—¡No me digas tonterías, señorita!— A Sammy no le gustan las
palabrotas y se le ponen los pelos de punta cada vez que alguien di-
ce palabrotas a su alrededor. Probablemente por eso ella y Jimmy
nunca funcionaron, porque el italiano tiene una boca sucia. Lo cual
es una de las muchas razones por las que siempre le he querido. A
veces dice palabrotas en italiano, y durante mucho tiempo, cuando
yo era más joven, los dos decíamos palabrotas en italiano cerca de
Sam para que ella no se enterara. —¡Scopare questa merda!—
Sammy no sabía de qué demonios estábamos hablando. Era diverti-
do.
Entro con Tatum detrás, y me dirijo a la cocina, abriendo el arma-
rio lateral para sacar las llaves del auto. Cojo las llaves del GMC y sa-
limos los dos al garaje.
—Sabes… —comienza Tatum, mientras ambas nos deslizamos en
nuestros asientos. —¿Qué tal estuvo Bishop en la cama?
Me río, encendiendo el auto. —Yo no beso y cuento, Tate.
—Ohh, claro que sí.
Sacudo la cabeza y me río, saliendo del largo camino de entrada.
—Realmente no lo hago.
Al llegar a la acera del instituto de Hampton Beach, Tatum susur-
ra: —Hace tiempo que no vengo.
—No está tan mal. Esperaba un poco más en el lado áspero.
Tatum sacude la cabeza. —Sin embargo, la gente es mucho en el
lado áspero.
Tillie sale caminando por la puerta principal, agarrada a su moc-
hila, con otro tipo caminando a su lado.
—Calor a las cuatro —anuncia Tatum, mirando a la amiga de Til-
lie.
La empujo. —No seas una embobada—. Pero luego recorro su cu-
erpo con la mirada. —Aunque está totalmente caliente—. Lleva la ca-
beza rapada y tiene tatuajes por todo el cuello y los brazos. Sus ojos
oscuros y su piel aceitunada me hacen pensar que es un poco espa-
ñol. ¿Tal vez? Pero, por otra parte, tiene rasgos justos. Nariz a lada,
una mandíbula que podría coincidir con la de Bishop.
—Me acabas de decir que no me quede embobada, ¿y luego vas y
babeas toda la consola central?— Tatum me empuja.
Tillie abre la puerta trasera y baja la ventanilla. —Chicas, este es
mi amigo Ridge, que es molesto, por cierto —anuncia, mirándolo
mal.
Ridge sonríe y maldice a todos los chicos malos del lado equivo-
cado de las vías. Le muestra a Tatum sus profundos hoyuelos y sus
dientes blancos como perlas. —No, no soy molesto—. Nos mira a Ta-
tum y a mí. —Sólo tiene que tener más cuidado.
Tillie pone los ojos en blanco. —Siempre tengo cuidado. Sólo eres
prepotente.
—Soy Tatum—. Ella saluda desde el frente.
La mira y le da un gesto con la cabeza. —Qué tal.
Sonrío. —Soy Madison.
Me inclina la cabeza. —Vale, ya me tengo que ir.
—¿Quién es ese?— Tatum ronronea, mientras nos alejamos de la
escuela. —Por favor, dime que lo estás golpeando.
—Lo estoy haciendo—. Tillie asiente. —Pero es completamente
mutuo, y no tenemos ningún interés en ir más allá del buen sexo ent-
re nosotros.
La miro por el espejo retrovisor. No es que no le crea. Es que… sí,
no le creo. No te haces amiga de alguien que se parece a Tillie y lu-
ego que se parece a Ridge, y no quieres hacer bebés juntos.
—¿En serio?— Respondo. —¿Cómo funciona eso? Ya sabes… sin
encariñarse de alguna manera—. No es que sea apegada, pero inclu-
so a mí me cuesta separar mis sentimientos con el sexo. Es algo con
lo que siempre he luchado. Nunca he sido capaz de ser una de esas
chicas que pueden tener sexo con un chico y no sentir al menos algo
por él, aunque sea un poco. E incluso sin conocer a Bishop, no creo
que esté en mí hacer eso. Excepto que ahora de nitivamente siento
algo por Bishop. Odio.
—Simplemente lo hace. Ridge y yo nos conocemos desde que éra-
mos niños. Probablemente tenemos un poco más de experiencia que
la mayoría de la gente de nuestra edad, pero eso es porque hemos
estado durmiendo juntos durante mucho tiempo.
Me meto en la autopista y me dirijo al centro comercial. —¿Y qué
pasa cuando uno de ustedes quiere acostarse con otra persona? ¿No
se enfadará el otro?
Ella sacude la cabeza. —No. En serio, es sólo sexo. Sé que es difí-
cil de entender para la mayoría de la gente, y sé que las chicas dicen
que les parece bien este tipo de situaciones y luego se encariñan, pe-
ro a mí realmente me parece bien. Ha tenido muchas novias desde
que empezamos a acostarnos—. Se encoge de hombros y la observo
por el retrovisor, intentando pillar su farsa. —A veces me engaña, o
a veces no. En cualquier caso, me acuesto con él—. Me guiña un ojo.
Sacudo la cabeza y me río, entrando en el aparcamiento. —Bueno,
está bueno, por decir algo.
—¿Quieres su número? Seguro que le interesa —dice Tillie, enco-
giéndose de hombros y abriendo la puerta.
—¿Qué?— Me burlo, saliendo y caminando hacia el frente mient-
ras empezamos a ir hacia el centro comercial. —No me refería a que
quisiera probarlo. Me re ero a que está buenísimo.
—¡Pues yo sí!— dice Tatum, enlazando su brazo con el de Tillie.
Tillie se ríe y luego se detiene cuando se da cuenta de que Tatum
habla en serio. —Oh no, no, no, cariño—. Tillie le da un golpecito en
la mano mientras entramos en el fresco centro comercial con aire
acondicionado. —Te comería viva.
Es curioso. A primera vista, se podría pensar que Tatum es la pu-
ta del grupo, no yo o Tillie. No digo que seamos putas, pero somos
las más activas sexualmente del trío.
Me echo a reír justo cuando mi teléfono vibra en mi bolsillo. Al
ver que se trata de una llamada desconocida, les espeto que vayan a
la tienda de ropa más cercana y deslizo mi teléfono desbloqueado.
—¿Hola?— Todavía me estoy riendo cuando la palabra sale de
mi boca.
—Adivíname esto —responde una voz automatizada al otro lado.
—¿Perdón? pregunto, tomando asiento en una de las sillas de la
cafetería. —¿Quién es?
—No estoy ni vivo ni muerto, y no soy algo que la pequeña Ma-
dison pueda ocultar. Pero estarás muerta para cuando esto termine.
El temporizador comienza ahora. Los juegos acaban de empezar.
—¿Hola? La línea se corta y miro el teléfono con la boca abierta.
¿Qué demonios ha sido eso?
—¡Madi!— grita Tillie desde una de las tiendas de ropa, agitando
un vestido.
Oh, no.
—¡Ya voy!— Grito, bajando la mirada hacia mi teléfono. ¿Quién
usa esa voz tan espeluznante y quién demonios ha sido? Algún estú-
pido niño jugando con el teléfono de sus padres.
Sí, un niño estúpido que casualmente sabe cómo bloquear su
identi cador de llamadas.
Poniéndome en pie, me dirijo hacia la tienda de ropa y vuelvo a
meter el teléfono en el bolsillo, junto con mis sentimientos sobre esa
llamada.
—¿Qué. Es. Eso?—. Pregunto, señalando el traje que Tatum está
cepillando frente al espejo.
—¿Qué?— Se ríe como una hiena. —¡Esto es Harley Quinn!
—Sé que es Harley Quinn, pero ¿por qué lo llevas puesto?—. Me
río, cogiendo el disfraz que Tillie ha elegido para mí.
—Porque quiero encontrar a mi pudin.
—Oh, Dios.
Empieza a revolverse el pelo como la lunática que es y yo niego
con la cabeza, bajando la mirada al… —No me lo voy a poner.
—¿Por qué?— Tillie gime. —¡Es bonito!
—Sí, para una chica que quiere su galleta colgando—. Se lo devu-
elvo y me tumbo en las sillas de los clientes. —No puedo ni pensar
de qué quiero vestirme.
—¡Pues de algo tienes que ir!— Tatum se exaspera, volviendo a
entrar en el vestuario y quitándose el traje.
—Sí, bueno…— Miro a la izquierda y veo una máscara de disfra-
ces estilo esqueleto. —No lo pienses más—. Me dirijo hacia ella, po-
niéndome de puntillas para desengancharla del maniquí. Paso el
pulgar por los esqueletos y el encaje en relieve y sonrío. —Con esto
puedo trabajar.
—Es un poco espeluznante —murmura Tatum por encima de mi
hombro.
—Bueno, duh, es Halloween, y sé que esto puede ser un shock
para ti, pero se supone que debes vestirte espeluznante, no como
una zorra. Eso lo dejamos para los nes de semana en que nuestros
novios rompen con nosotras—. Le sonrío; añadir esa última parte era
para suavizar el golpe. Tatum no es una puta ni una zorra, pero es
un poco golfa. ¿Pero no lo somos todas? Por mucho que me gusten
los jeans, las sudaderas con capucha y la ropa que me cubre el trase-
ro, a veces también me gusta vestirme bien.
Tillie se ríe. —Bueno, yo voy de vaquera, Tatum va de Harley Qu-
inn y Madi va de zombi de salón. Somos una pareja hecha en el in -
erno.
Nos echamos a reír, y me alejo de ellas, rebuscando entre la ropa
para intentar encontrar un vestido o algo con lo que combinarlo.
Tras el quinto intento fallido, vuelvo a colocar uno de los vestidos en
el gancho y me doy la vuelta. —Puedo ponerme un vestido negro
con esto.
—¡Y tirantes!— Tatum grita mientras salimos de la tienda.
—No, sin tirantes.
—No eres divertida.
—Tatum, vamos a estar en el bosque. No voy a vestirme como
una zorra en el bosque. Por cierto, ¿quién va a montar nuestras tien-
das?— pregunto, deteniéndome frente a un pequeño café y dejando
mi bolsa sobre la mesa. Tatum y Tillie toman asiento. —Buena pre-
gunta. Tal vez deberías preguntarle a Carter, ya que llegará tempra-
no—. Uno de mis muchos problemas. Pero él podría montar nuestra
tienda, y no es una invitación ni nada por el estilo. Pero es un homb-
re, y a veces esperan algo a cambio.
—Le enviaré un mensaje—. Tomo asiento y miro el menú.
—Así que… Bishop, ¿eh?— Tillie mueve las cejas. La miro desde
el menú.
—No hablamos de él —le respondo con indiferencia, antes de
volver a buscar entre los bagels BLT y las croquetas de papa con cre-
ma agria.
Tatum le sirve un vaso de agua y se ríe. —Sí, es una zona prohibi-
da en cuanto a iniciar una conversación con Madi.
—¡Pero si ni siquiera he tenido la oportunidad de hablar de ello!
— Tillie regaña como un niño pequeño quemado que quiere la últi-
ma galleta.
—Nada del otro mundo—. Dejo caer el menú mientras el camare-
ro se acerca a nuestra mesa. —¿Puedo pedir las croquetas de papa,
los trozos de pollo y una Coca-Cola?
—¿Por qué?— pregunta Tillie, después de pedir su comida.
—Porque pasó, y luego me enteré de que todo era un puto enfer-
mo…—. Hago una pausa, mirando al camarero, que debía tener más
o menos nuestra edad, luciendo un pelo castaño alborotado y un ma-
quillaje que podría dar al de Tatum.
Se da cuenta de que le estoy mirando y se ríe, dejándome de lado.
—Oh, chica, no tienes que preocuparte por mí.
—Sí, vale—. Le sonrío, y él pone los ojos en blanco, garrapatean-
do nuestros pedidos antes de irse.
—¿Enfermo, qué?— Tatum se burla, tomando un trago de su
agua mientras sonríe alrededor del borde de su vaso.
—No lo sé, pero no era real. Nada de esto es real.
—¿Nada de qué?— pregunta Tatum, recostándose en su silla. Re-
almente desearía que dejara de hacer tantas malditas preguntas.
—No lo sé, Tatum. Estoy perdida y confundida.
—Son peligrosos, Madi —susurra Tatum, inclinándose hacia de-
lante. Tillie hace una pausa y observa nuestro intercambio con aten-
ción. —Piénsalo. Khales desapareció… nadie sabe dónde está ni qué
pasó. Todo lo que sabemos es que salió con Bishop—. Se inclina ha-
cia atrás en su silla.
—¿Y? Eso podría no signi car nada —respondo suavemente.
—Y podría signi car todo —replica Tatum con calma.
Me encojo de hombros. —¿Y qué? Me mantengo al margen. Ni si-
quiera sé qué ha pasado entre nosotros.
—Nada —anuncia Tillie de la nada.
—¿Qué?— Suspiro. Es la primera vez que la oigo decir algo desde
que sacó esta conversación para empezar.
—No pasó nada entre ustedes. No signi có nada para él.
—¿Y cómo sabes eso? Quiero decir, yo lo sé, pero ¿cómo lo sabes
tú?—. Pregunto, inclinándome hacia delante y sirviendo otro vaso de
agua mientras el camarero vuelve y coloca nuestra comida en la me-
sa.
—Sólo una suposición. Quiero decir… ninguno de esos tipos ha-
bía tenido una novia antes —dice Tillie despreocupadamente, cogi-
endo una de mis croquetas de papa. —El único que lo hizo fue Bis-
hop, y mira cómo terminó—. Se ríe, sacudiendo la cabeza. —No lo
digo con mala intención, sólo de forma real.
—Está bien —susurro, cogiendo unas papas fritas y mojando la
crujiente y frita golosina en la crema agria. —Sólo deseo que se olvi-
den de mí.
CAPÍTULO 21

—Así que ahora que tenemos nuestros disfraces ordenados para


este n de semana —dice Tatum por teléfono, mientras abro el grifo
de mi ducha, —¿le has preguntado a Carter si puede montar nuest-
ras tiendas de campaña?
Nate entra en el baño, con el pelo revuelto y los bóxers blancos de
Calvin Klein puestos. No me dedica ni una segunda mirada, sino
que va directamente al lavabo y echa un chorro de pasta de dientes
en su cepillo.
—¿Madi?
—¿Qué?— Pregunto, volviendo a mirar al suelo. ¿Ningún comen-
tario inteligente de Nate? Eso no es propio de él. Vuelvo a mirarlo en
el espejo. Se cepilla los dientes, sus ojos miran hacia atrás, pero esta
vez miran a través de mí, no a mí, y cuando se trata de Nate, hay una
gran diferencia. Me estremezco ante la mirada que me dirige.
—Lo siento, um, sí, Carter dijo que lo haría.
—Vale, bien.
Nate deja de cepillarse, sus ojos permanecen en mí mientras se
inclina y escupe lentamente. Enjuagando su cepillo de dientes, lo po-
ne de nuevo en el fregadero.
—Tengo que irme—. Justo cuando cuelgo el teléfono, Nate sale
dando un portazo. ¿Qué carajo le pasa? Decidiendo que no quiero enf-
rentarme a sus estupideces, me acerco y cierro la cerradura antes de
quitarme el pijama.
Al frotar el jabón de olor dulce en mi piel, mis ojos se cierran mi-
entras me vienen a la mente imágenes vívidas de la noche en que me
detuvieron en la oscura carretera. Mi respiración se acelera lenta-
mente, mi pecho sube y baja. —¿Quieres jugar a un juego, gatita?— El
áspero material de sus pasamontañas me quema la cara. Luchar o
huir. Luchar o huir. Huir. Mi mano roza el aro de mi abdomen, hasta
el vértice de mis muslos. —Sabes que deseas esto, gatita—, la perezosa
voz de Bishop se acerca al oído. Lo deseo.
Deslizando mis dedos entre mis pliegues, deslizo uno de mis de-
dos dentro de mí. Gimiendo e inclinando la cabeza hacia atrás, me
masajeo el interior, la sonrisa de Bishop destellando en mis recuer-
dos. Su tacto, la forma en que montó mi cuerpo hasta que no pude
sentir mis piernas y el sudor brotó de mis poros. La forma en que re-
corrió con su lengua toda mi carne y luego bajó hasta mi clítoris.
Me aferro al jabón y me enjabono el dedo antes de llevarlo de nu-
evo a mi clítoris, imaginando que es la experta lengua de Bishop la
que me recorre el nódulo. Cierro los ojos de golpe, aprieto las pier-
nas y mi núcleo estalla de placer cuando el orgasmo me atraviesa y
me posee. Abro los ojos lentamente y me sonrojo. No puedo creer
que haya hecho eso. Lo odio, así que ¿por qué carajo me sigue exci-
tando? ¿Aunque sé que nada fue real con él? ¿Estoy tan jodida?
Posiblemente.
Salgo de la ducha, me seco rápidamente y me visto. Al bajar las
escaleras, la casa está en un silencio espeluznante, algo a lo que esta-
ba acostumbrada. Pero desde que estoy aquí, ya no es algo a lo que
esté acostumbrada por culpa de Nate, que es lo más alejado del si-
lencio. —Demasiado para hacer de niñera —murmuro para mí, mi-
entras salgo por la puerta principal y veo que su auto ya no está. Al
cerrarla, Sam vuelve a abrir la puerta detrás de mí. —Madi, ¿necesi-
tas que te lleven a la escuela hoy?
Niego con la cabeza. —No pasa nada. Tengo la acampada de esta
noche, ¿recuerdas?—. Mi padre y Elena también llegarán esta noche
de su viaje, así que no volveré a casa después de mi desvío a la bibli-
oteca. Supongo que me cambiaré en los vestidores de las chicas antes
de salir y haré ejercicio antes de que el gimnasio de la escuela cierre
a las diez. Para cuando llegue al sitio, que aparentemente no es un
verdadero camping, será casi medianoche, pero espero que sea uno,
fácil de encontrar, y dos, fácil de jodidamente encontrar.
—Oh, claro. ¿Tienes todo empacado?
—Sí, Sammy, lo tengo todo—. Bajo las escaleras, agarrando mi
bolsa de viaje. —¡Nos vemos el domingo!— Le grito.
—¡Oh! ¡Madi!— Sammy grita, y yo me doy la vuelta.
—¿Qué?
Se apresura a entrar y luego sale de nuevo, lanzándome unas lla-
ves. —El GMC no está aquí. Lo están arreglando, algo relacionado
con una bomba de combustible defectuosa—. Sacude la cabeza y vu-
elve a mirarme. —Tendrás que llevarte el Aston Martin de tu padre.
Atrapo las llaves en el aire. —¿El DB9?— Me estremezco. —No
puedo llevarlo. Me matará.
—No lo hará, y fue él quien me llamó para decirme que necesita-
bas usar ese auto.
Hago una pausa. —¿Es una broma?— Miro alrededor de mi cuer-
po. —Papá me quiere, pero no me quiere tanto.
Sammy se ríe, dando vueltas y agitando mi dramático trasero. —
Diviértete, Madison.
Sonrío. ¿Papá me deja llevar el DB9? Eso es tan pasado de extraño
que ya ni siquiera puedo ver a los malditos alienígenas. Eso no tiene
sentido. Lo desbloqueo con un pitido, me deslizo en el asiento del
conductor antes de meter la primera marcha y conduzco hacia el co-
legio.
Llego tarde. De nuevo.
—Madison, creí que habíamos discutido sobre tu tardanza—. El
Sr. Barron, mi profesor de física, me regaña, mirándome de arriba
abajo. El Sr. Barron es uno de esos profesores que tienen una mano
autoritaria, pero a ti no te importa, porque es joven y guapo, así que
no te importaría que te diera unos azotes en el culo mientras le dices
Papi.
Palmada en la cara, Madison.
La sombra de las cinco, las camisas de cuadros, los jeans bien aj-
ustados que muestran su trasero. El Sr. Barron es ardiente, así que
me sonrojo instintivamente bajo su mirada. —Lo siento, esta vez no
ha sido culpa mía. Había trá co—. Su mirada se queda pegada a la
mía hasta que me retuerzo en mi sitio. —No volverá a ocurrir, señor.
Asiente con la cabeza. —Muy bien, tome asiento.
¿He mencionado el acento irlandés? Que alguien me salpique con
agua fría. Vuelvo a mi escritorio y saco mi cuaderno de notas.
Ally se gira en su asiento hacia mí. —Hola, zorra.
Toda la clase empieza a reírse.
Entrecierro los ojos hacia ella. —Lo dices como si lo supieras,
Ally. Oye, ¿no hablas tú también de zorra? Por supuesto que sí —
respondo por ella, aburrida de sus débiles indirectas.
Se gira hacia mí. —Bishop me contó cómo arañas en la cama—.
Está tratando de tocar un nervio, y además del hecho de que me mo-
lesta que Bishop le haya hablado de nuestra pequeña aventura, no le
daré la satisfacción de verlo. Que se joda.
—¿En serio?— Me burlo con una ceja arqueada y una sonrisa de
satisfacción. —¿Así que te ha dicho lo a ladas que son entonces?—.
Mi sonrisa se intensi ca, y cuando se da cuenta de lo que estoy insi-
nuando, cierra la boca.
—Sigues siendo una zorra.
—Sigue sin importarme.
Suena el timbre de la siguiente hora y me levanto de la silla, abri-
éndome paso entre la gente antes de ir a mi siguiente clase. Por fa-
vor, que este día vaya rápido.
Este día no va rápido. Dejo caer mi bandeja en la mesa del almu-
erzo justo cuando Tatum se acerca bailando con Carter y… ya he ol-
vidado su nombre… en la la.
—¡Hola, cariño! No te ves tan bien.
—Gracias, Tatum —murmuro, dejándome caer en el asiento. Car-
ter se desliza a mi lado, y yo me esfuerzo por ignorar a Nate y a Bis-
hop en la esquina.
—Siempre está muy sexy. ¿De qué estás hablando?— Carter rega-
ña a Tatum.
—Por favor, para—. Me masajeo las sienes lentamente, respiran-
do profundamente. —Literalmente no sé cómo voy a pasar este día,
y mucho menos esta noche. Siento que Ally me chupa la vida, y la he
tenido en mis tres clases de la mañana—. Abro de un tirón la tapa de
mi yogur y lo tiro a la bandeja. —Es una jodida…
—No vale la pena tu energía —termina Carter, tomando el yogur
de mí. Se ríe. —Cálmate o te vas a manchar la ropa con esto.
Ya no puedo evitarlo; mi intento de no mirar hacia Bishop y Nate
me falla en porciones épicas, porque miro, joder. Sólo que ellos no
me miran a mí. Nate tiene una nueva chica en su regazo, y Bishop ha
vuelto a ser el mismo de siempre, sin reconocer la existencia de na-
die más. Huh. Pensaba que estaría contenta, pero debido al hombro
helado de Nate que me ha lanzado esta mañana, no lo sé. De alguna
manera me he acostumbrado a que me observen, ya sea espeluznan-
te, molesto o no.
—Gracias —le digo a Carter, apartando los ojos del grupo de el-
los.
—¿A qué hora saldrás esta noche?— Él balancea su pierna sobre
su silla para estar sentado en ella hacia atrás.
—Tengo un par de cosas que hacer, pero debería estar allí alrede-
dor de la medianoche. Les enviaré un mensaje cuando esté en cami-
no.
Parece que está re exionando sobre mi idea, pero luego asiente.
—Sí, de acuerdo. Vamos a salir después de la escuela, así que prepa-
raré la tienda de tus chicas.
—¡Mmm!— Tatum se contonea en su silla. —¿Puedes colocarnos
en el mejor sitio?.
—¿Qué? Tatum, está literalmente en medio del bosque. Hay algu-
nas zonas planas donde nos instalamos, pero es oscuro. No hay mej-
ores zonas—. Carter se ríe.
Tatum hace una pausa. —Espera, pensé que tendría un lago o al-
go bonito.
Se ríe. —No. Esto es un campamento de la esta de Halloween.
No hay cosas bonitas.
Me río cuando veo que la cara de Tatum se cae.
—Pero me he comprado unos tacones—. Hace un mohín.
Carter vuelve a reírse. —Devuélvelos, nena. No los vas a necesi-
tar.
Le tiembla el labio, antes de dar un mordisco a su manzana. —Su-
pongo que Harley Quinn podría usar Chucks.
Que alguien le busque a esta chica su pudin.
CAPÍTULO 22

Suena la campana nal y saco nerviosamente mi teléfono del bol-


sillo, deslizándolo para abrirlo. Estoy harta de no saber qué demoni-
os pasa con Nate, así que le envío un mensaje.
Yo - ¿Qué te pasa?
Vuelvo a meter el teléfono en el bolsillo y me dirijo a la biblioteca.
Me tumbo en el sofá, con El Libro en una mano, y vuelvo a mirar el
teléfono. No hay mensajes nuevos. Frustrada, abro un nuevo mensa-
je y escribo uno para Bishop.
Yo - ¿Está Nate contigo?
Suspirando, y un poco más agitada que de costumbre, alejo el te-
léfono y abro el siguiente fragmento.

3
El Ritual
Las llamas danzaban alrededor de la noche negra de la nada como bril-
lantes destellos de calor, atormentando el cielo como si me hubiera estado es-
perando. A mi hijo. Lamiendo sobre mi piel con una esperanza desvanecida,
porque me he dado cuenta de que… era una falsa esperanza para mí. Pero
esperaba que alguien, en algún lugar, encontrara mis palabras algún día, no
por consuelo, ni por comprensión.
Caminé por el sendero de tierra que conducía al centro, donde la masa de
llamas estaba encendida por el haz de leña seca. Cinco hombres rodeaban el
pozo de llamas, todos cubiertos con largas capas con capucha. No tuvieron
que mostrar sus rostros para que yo supiera quiénes eran. Eran los soldados
de mi esposo. Creían en esta causa atroz tanto como mi esposo. Cegados por
una falsa perfección de lo que debería ser el mundo.
Mi esposo siempre ha sido un superador a gran escala. A veces me asus-
taba, porque cuando se jaba en algo o en alguien que quería, no se detenía
ante nada para conseguirlo. Era casi como si una sed de sangre comenzara
en sus huesos, y no dormiría hasta tener su alimento. Su última obsesión,
sabía que no pasaría. Nunca lo hacían. Al nal siempre conseguía lo que qu-
ería, por encima de todo. Pero tenía la esperanza de que cambiara los planes,
las reglas.
Aunque, él decía que no había reglas. —, escribía, que signi ca —No hay
reglas— en arameo. No estaba segura de lo que quería decir con eso, al me-
nos no ahora, en este momento, pero no tardaría en saber exactamente lo
que quería decir.
Me dirigí hacia los hombres, con mi hijo en brazos.
—Katsia, dame al niño—. Mi esposo se apresuró a llegar desde el otro la-
do, parándose cerca de una piedra grande, plana y fría.
Miré a mi pequeño, con la garganta contraída y las lágrimas brotando
detrás de los párpados. No quería esto. No quería hacer esto. No me impor-
taba construir un sindicato de hombres que gobernaran durante generaci-
ones. No me importaban las riquezas o el poder. Me importaba mi hijo. Pero
mi esposo juró que no le iba a pasar nada, ni una pizca. Así que, lenta pero
suavemente, me dirigí hacia la piedra, el parpadeo de las llamas iluminando
la oscura noche de luna como grandes luciérnagas.
—Bájalo, Katsia. No le haremos ningún daño. Eso, te lo prometo.
Agarrando a mi hijo en mis brazos, el pequeño envoltorio en el que esta-
ba metido a ras de mi pecho. —Tus promesas no hacen nada para calmar mis
pensamientos erráticos, esposo.
Dio un paso hacia mí, apartando a mi bebé y colocándolo sobre la roca
antes de desenvolver el manto en el que lo tenía acurrucado. —Tus sentimi-
entos no son asunto mío, Katsia. Ahora, vete si no puedes manejar esto.
—No dejaré a mi hijo contigo, Humphrey. Jamás. Hazlo rápido y devuel-
ve a mi hijo.
Su ojo se crispó, justo cuando retiró su mano y luego la golpeó en mi ca-
ra, sonando una fuerte bofetada justo cuando un agudo escozor estalló sobre
mi pómulo. Caí al suelo hecha un lío, agarrando la tierra húmeda y suelta
bajo mis uñas. Levantándome lentamente, le miré desde la tierra.
—Me llamas Esposo. No Humphrey. Levántate y ponte de pie como debe
hacer una mujer de verdad. Me estás avergonzando.
Volví a ponerme de pie, cuadrando los hombros. Miró a mi hijo, justo
cuando otra persona se acercó agarrando un palo de metal.
—Hay que iniciarlo correctamente —dijo mi marido, mirando hacia Da-
vid, uno de sus hombres. —Tráeme a la chica.
Una joven adolescente fue sacada del bosque, metida entre otros dos
hombres embozados. Tenía una venda alrededor de los ojos y las manos ata-
das a la espalda. Tenía cortes en el cuello.
—¿Qué estás haciendo?— le pregunté a Humphrey, viendo a la frenética
muchacha jadear para escapar de la mordaza que tenía en la boca.
Humphrey me sonrió. —Este es el ritual. Es lo que toda iniciación tiene
que pasar después de la marca, y luego una vez más cuando llega a la puber-
tad.
—¿Qué?— susurré, porque posiblemente había perdido la voz.
Se acercó a mí, pasando su áspera mano por el lado de mi mejilla. —Oh,
dulce Katsia. Te lo he dicho. Este es el proceso, y tienes que con ar en él—.
Pero no lo hacía. —Esta mujer se mantendrá para él hasta que llegue a la
pubertad.
—¿Y luego qué?— Murmuré, conteniendo la bilis que me subía a la gar-
ganta.
—Y entonces le quitará la virginidad.
Con el estómago revuelto, el timbre de mi teléfono interrumpe mi
lectura, y lo saco, dando un golpe para contestar sin mirar la pantal-
la.
—¿Hola?
—Cuando se apaguen las luces y no haya nadie, ¿Gritará Madison o ha-
rá pucheros? Porque una cosa que sé, que quizás no, es cómo gritas por mí,
debajo.
—¿Quién es?— Mi respiración se espesa de nuevo, y me levanto
de la silla, el libro cayendo al suelo.
El crujido retorcido de una risa toni cada me hace ampollas en
los tímpanos, y mi pulso se acelera. —¿No te gustaría saberlo, mi putita
favorita? Dime… ¿sabe papá lo bien que la chupas?
—Esto no es divertido—. Bajo la mirada hacia mi teléfono y luego
me lo llevo a la oreja. —En serio…
Cuelgan. El tono de llamada en blanco suena en mis oídos y vuel-
vo a meter el teléfono en el bolsillo, agachándome para coger el libro.
Miro alrededor de la biblioteca. Cuando entré aquí, había luces en-
cendidas en algunos pasillos, pero ahora la oscuridad es total, con
nada más que la débil iluminación que se cierne sobre el mostrador
de recepción donde está sentada la señorita Winters. Me aclaro la
garganta, vuelvo a colocar el libro en la estantería y recojo mi bolso
antes de colgarlo del hombro. Sea quien sea el que llama, está empe-
zando a asustarme. Ni siquiera he resuelto su primera adivinanza,
que, en mi opinión, no tiene sentido.
Caminando hacia la puerta de acceso a los estudiantes, la señorita
Winters me detiene. —¿Madison?
Me giro para mirarla, con la mano en la fría barra de metal de la
puerta. Ella camina hacia donde yo estaba, y luego vuelve hacia mí,
agarrando el libro. Me lo pone en las manos y me dice: —Tómalo.
—Pero pensé…
Sacude la cabeza. —No preguntes, sólo…— Mira a su alrededor
con nerviosismo, como si buscara al hombre del saco. —Sólo tómalo,
¿de acuerdo?— Sus ojos se jan en los míos, suplicantes.
Deslizando mis dedos alrededor de la vieja y desgastada cubierta
de cuero, asiento con la cabeza. —Gracias, pero no tenías que hacer
esto.
Ella mira por encima de mi hombro, un brillo de pánico recorre
su rostro antes de enmascararlo con una sonrisa falsa. —No pasa na-
da. No es nada. Me he dado cuenta de lo mucho que has venido a le-
erlo, así que seguro que puedo inventarme alguna historia sobre que
se ha perdido y que luego lo encontrarás mágicamente cuando lo de-
vuelvas. No es gran cosa—. Se desentiende de mí, pero sigo viendo
el pánico subyacente bajo sus palabras.
—Vale, bueno, gracias—. Me deslizo junto a ella, con el libro en
las manos, y me dirijo a los vestidores de las chicas cerca del gimna-
sio.
Entro en los vestuarios vacíos, meto el libro en el bolso y saco el
vestido, el secador y la plancha. No puedo creer que haya decidido
arreglarme aquí. ¿Debería valerme y volver a casa? No. No, es una idea
terrible. Me quito la ropa, me envuelvo en la toalla y me meto en el
chorro de agua caliente que me riega, restregándome a toda veloci-
dad, porque, admitámoslo, la gente es asesinada en la maldita ducha
de los vestidores. He visto Scream. Sé lo que pasa cuando te giras pa-
ra buscar tu champú. Pero no a mí, nop.
Cierro el grifo, vuelvo a envolverme el cuerpo con la toalla y me
escurro, secándome primero el pelo y pasando rápidamente la planc-
ha. No sé por qué estoy dedicando tanto tiempo innecesario a esto;
no es que mi atuendo sea para morirse. No es un juego de palabras.
Me pongo el vestido negro de tirantes, que me abraza el trasero un
poco más de lo que quería para esta noche, me maquillo un poco,
con mucho énfasis en los ojos para añadir el efecto de mi máscara de
zombi, y luego me la pongo en la cabeza. Ya está. Eso es todo lo que
necesito. Me pongo un pintalabios mate de color burdeos intenso,
vuelvo a mi bolso, saco mis Keds y me las pongo en los pies antes de
volver a meter toda la ropa en el bolso, encima del libro. Ahora que
lo tengo, es lo único en lo que puedo pensar. Con suerte, la esta no
durará demasiado y la gente no se dará cuenta de que me he colado
en mi tienda para leer. Me estoy arrepintiendo de haber aceptado ha-
cer esto. Esto ni siquiera es mi idea de lo que es acampar.
Lo meto todo dentro, me coloco la bolsa al hombro y me dirijo
por el oscuro pasillo hacia el ascensor que me llevará al sótano del
estacionamiento de estudiantes. Un escalofrío me recorre la columna
vertebral, y tengo la sensación prepotente de que alguien me está ob-
servando. Alguien a quien no conozco ni me resulta familiar. Encogi-
éndome de hombros, y queriendo salir de una puta vez de aquí in-
mediatamente, pulso el botón, y luego lo pulso un par de veces más
en un intento de apresurarlo. Se abre, así que entro en el cálido recin-
to y pulso el botón correcto. Es un viaje rápido hacia abajo, y una vez
que se abre, me encuentro de nuevo con el silencio de la nada entre
estas paredes de hormigón. Al sonar el pitido del auto de papá, abro
la puerta del conductor con el corazón palpitando en el pecho, meto
la bolsa dentro y me deslizo rápidamente, cerrando las puertas al
instante.
—Mierda —susurro. Soy completamente consciente de cómo me
estoy alterando. Mi pulso baja lentamente y pulso el botón, arran-
cando el auto.
—Llama a Tatum —ordeno al Bluetooth, justo cuando salgo del
garaje.
—Llamando a Tatum —responde ella, y pongo el equipo de mú-
sica justo cuando —The Exorcist— de Figure empieza a sonar por los
altavoces. Al bajar el volumen para poder oír a Tatum, ella contesta
casi al instante y dejo que ella y la música me calmen.
Excepto que pusiste un remix de la canción —The Exorcist—. ¿A qui-
én tratas de calmar? ¿A tu noveno demonio?
—¡Chiiica!— Tatum chilla por el teléfono, con la voz empañada
por los tonos apagados de la borrachera y la música a todo volumen.
Me río y me meto en la carretera principal que me llevará a don-
de están. Según mi GPS, son treinta minutos de viaje hasta, literal-
mente, el medio de la nada. —¿Qué?
—¡Esta esta está que arde! Y, ¡oh, Dios mío! —dice entre dientes.
Oh, Dios. —Carter nos ha puesto en la parte más plana del terreno,
ya sabes, como al lado de él, ¡lo cual es jodidamente sospechoso! Pe-
ro, aun así, las tiendas de todos los demás están un poco inclinadas
—. Se ríe y luego eructa. —Uy. Perdóname.
—¿Tate?— Me río. —Más despacio o no podrás reunirte conmigo
cuando llegue. Recuerda que no tengo servicio. ¿Dónde está Tillie?
—Está aquí en alguna parte—. Ella me desplaza. —¡Deprisa! Te
necesitamos. ¡Oh! Y los Reyes no están aquí. ¡Estás a salvo!
Sacudiendo la cabeza. —¡Está bien, te veré en treinta minutos!
Consigue que alguien sobrio te acompañe.
Cuelga el teléfono. ¿Los Reyes no están ahí? Es extraño, teniendo
en cuenta que estaban tan empeñados en hacerme la vida imposible.
Deben haber encontrado un nuevo juguete con el que jugar. Debería
estar contenta, pero otra parte de mí, la parte femenina, quiere saber
qué carajo hice mal.
Poniendo el volumen a tope en la radio, dejo que la letra de —
Tyrant— de Disturbed absorba todos mis sentimientos. Justo cuando
llego a la salida, mi teléfono se enciende en el asiento.
Desconocido - Corre
Doy un volantazo en la carretera, los faros parpadean delante de
mí y desvían mi atención del teléfono. Justo cuando corrijo el rumbo
del coche para volver a la carretera, se enciende otro mensaje.
Desconocido - Movimiento amateur. Realmente esperaba que eso
te hubiera matado de una vez por todas.
Tiro el teléfono al suelo y miro por el retrovisor, pero no veo na-
da. No hay faros, nada más que la oscuridad y el brillo pasajero de
las marcas de la calle. Se me forma una gota de sudor en la frente y
me la quito. ¿Me están acosando? ¿Qué carajo está pasando? Miro el
teléfono que está en el suelo del lado del copiloto, ignoro el mensaje
entrante y me concentro en asegurarme de llegar de una vez.
—Ha llegado a su destino —anuncia el GPS, justo cuando me me-
to en una carretera de grava oscura y llena de baches.
—¿Y dónde es exactamente eso?— me pregunto. Dos segundos
más tarde, mi teléfono se ilumina de nuevo en el suelo y pongo los
ojos en blanco, acercándome y cogiéndolo. Desbloqueándolo, lo abro
y veo el mensaje reciente.
Desconocido - In erno
Me entra el pánico y vuelvo a mirar por el espejo retrovisor, pero
me doy cuenta de que estoy sola y sin marcas en la carretera. Ahora
sólo estoy rodeada de una negrura tenebrosa, de lo más espeluznan-
te, en medio del maldito bosque. Mirando hacia delante, me concent-
ro en lo que estoy haciendo. Inclinándome, abro la guantera y veo la
pistola de mi padre que guarda allí. Sonriendo, y sintiéndome muc-
ho más segura de lo que me sentía hace dos segundos, la saco y la
pongo sobre mi regazo. Mi padre siempre me decía: —Madi, nunca
apuntes a un hombre con una pistola a menos que tengas las bolas para ap-
retar el gatillo—. Basta con decir que ahora mismo tengo grandes bo-
las. No quiero hacer daño a nadie, pero he sido entrenada para cu-
idarme, y así es como lo hago. Las armas no matan a la gente. La
gente mata a la gente. Las armas están ahí para proteger a la gente
que necesita ser protegida de la gente que mata a la gente.
Justo cuando me detengo junto a una la de autos, llega otro
mensaje. —¿En serio?— Gruño, cogiendo mi teléfono y deslizándolo
para desbloquearlo.
Desconocido - No, nena. Eso no servirá de nada cuando mis ma-
nos te rodeen el cuello y tu boca me chupe la polla.
Me doy la vuelta, mirando al exterior, pero nadie me ha seguido
en todo este tiempo. ¿Qué carajo? Me doy cuenta de que sigo recibi-
endo servicio, ya que sus mensajes llegan sin problemas, pero cuan-
do miro la barra de servicio, veo que aparece y desaparece. —Mierda
—. Arriesgándome de todos modos, marco a Carter. Es inútil que lo
intente con Tatum; probablemente ya se haya colgado y, por lo que
sé, Tillie no tiene teléfono. Es decir, le enviamos mensajes de texto
cuando no estamos con ella, pero nunca tiene un teléfono cuando es-
tá con nosotras.
Carter coge el teléfono, pero oigo las voces de una chica de fondo.
Pongo los ojos en blanco. —¿Carter?
—¿Hola? ¿Madi? ¿Puedes oírme?
No, no puedo oírte con toda la boca llena de verga.
—Sí, Carter…— la línea se corta, y miro hacia mi teléfono para
ver que el servicio se ha ido. —¡Joder!— Recojo mi bolso del asiento
del copiloto, meto el teléfono en el bolsillo delantero y cojo mi pisto-
la.
Esto ya no me parece una gran idea. En la escuela, cuando dije
que haría esto, fue porque estaba a la luz del día. Ahora, estoy en la
oscuridad y no puedo ver una mierda. Temblando ligeramente, pien-
so en ponerme un jersey, pero mi padre siempre decía que el frío es
lo que te ayuda a estar alerta. Con eso en la cabeza, me deslizo fuera
del auto, ignorando las punzadas de pánico que brotan en toda mi
carne por estar afuera en el frío y la quietud, y luego cierro la puerta
de golpe, escondiendo la pistola detrás de mi bolsa de lona mientras
se desliza sobre mi hombro, pero no lo su cientemente lejos como
para no poder sacarla cuando la necesite. Caminando hacia la ruptu-
ra del bosque -lo que Carter dijo que siguiera- aprieto el agarre de la
pistola. Es demasiado silencioso. ¿Por qué es tan silencioso? Me des-
concierta. No hay pájaros ni grillos cantando.
Me doy una patada a mí misma. Debería haber comprado mis
auriculares. Habría hecho este viaje un poco menos desalentador, y
entonces tal vez podría haber corrido por el bosque hasta llegar al si-
tio. El crujido de las hojas muertas vibra bajo las plantas de mis pies
mientras el aire frío y espeso me azota el pelo en la cara.
—Quiero jugar a un juego —susurra una voz detrás de mí, y salto
medio metro en el aire, dándome la vuelta para enfrentarme a quien-
quiera que esté allí, con la pistola desenfundada.
Pero no hay nadie.
—¿Quién mierda eres tú?
Una ronda de carcajadas resonantes atraviesa la noche, nadando
con las fuertes ráfagas de viento. —Adivíname esto…
—¡No! ¡Jódete!
Todos se ríen de nuevo, como un cacareo tortuoso creado a partir
de mis propias pesadillas. —Oh, lo harás —gruñe otra voz sobre mi
nuca, tan cerca que podía sentir su cálido aliento caer sobre los nos
pelos de mi espalda.
Me doy la vuelta, pero una vez más, me encuentro con el aire va-
cío.
—Débil —se burla otra voz.
—¡Demasiado lenta! —ríe otra.
Aspirando, me doy la vuelta y me encuentro con un bosque oscu-
ro y tintado, lleno de sabor a pino, hojas secas y crujientes, y la luz
de la luna re ejándose entre las ramas rotas de los árboles. El musgo
cubre la gruesa sábana de tierra que rodea mis pies, y levanto la ma-
no, apuntando a la nada con mi arma. —¿Quién mierda son ustedes,
y por qué carajo me están siguiendo?
Siento su presencia antes de que hable, pero cuando abre la boca,
sé quién es al instante. —Adivina esto, gatita —susurra suavemente
con su voz áspera y perezosa. —¿Cuántos secretos guardas en tus
huesos? ¿O tengo que abrirte hasta que tus misterios se desangren
por toda tu morada?—. Da un paso adelante, su duro pecho roza los
músculos de mi espalda. Cierro los ojos, mi agarre alrededor de la
pistola se hace más fuerte. Pasando sus labios por la parte posterior
del lóbulo de mi oreja, gime: —No eres la única que puede dejar
marcas de arañazos—. Entonces me empuja hacia delante hasta que
me estrello contra el tronco de un gran árbol. La bocanada de aire
que estaba reteniendo sale disparada de mis pulmones cuando él se
mete entre mis piernas, abriéndome de par en par.
—Déjame en paz, Bishop.
Se ríe y me agarra las muñecas con fuerza. Me arrebata la pistola
y luego tira de unas bridas alrededor de mi muñeca. ¡Joder! El páni-
co empieza a surgir de nuevo. ¿Por qué demonios me están haciendo
esto? Nada tiene sentido, y nada ha tenido sentido desde que llegué
aquí. —Tú y yo sabemos que eso no es lo que realmente quieres.
Suenan fuertes pasos detrás de mí, y cuando Bishop nalmente
me empuja para que me enfrente a él, su rostro es lo primero que me
llama la atención. Está completamente enmascarado con maquillaje
de efectos especiales de esqueleto, y lleva unos jeans oscuros sueltos,
con una sudadera oscura que le cubre la cabeza. Sus ojos se clavan
en los míos, pero están cubiertos por unas lentillas blancas de lobo.
—Tú— -se adelanta- —sabes de lo que hablo, gatita. ¿Por qué te ha-
ces la tonta?
Trago saliva. —¿Tonta? ¿De qué demonios estás hablando?— Mi-
ro por encima de su hombro y veo más guras, con caras de esquele-
to y sudaderas oscuras y jeans puestos, esparcidas por el lugar, apo-
yadas en los árboles. Busco a Nate, y Bishop debe saber lo que estoy
haciendo, porque vuelve a reírse y su mano vuela hasta mi garganta.
Aprieta suavemente. —No puede ni quiere salvarte, gatita.
Su agarre se hace más fuerte y me cuesta tragar. Lo miro a los oj-
os mientras me empuja de nuevo contra el tronco del árbol, con la
rozadura ardiente cortándome la espalda.
Volviendo a meterse entre mis piernas, acerca su boca a mi oído y
gruñe: —Dime lo que sabes.
—¿Qué?— ¿Qué quiere decir con lo que sé?
—Respuesta equivocada, gatita. Pierdes el primer asalto.
—¿Primer asalto?— Me burlo, tirando de las bridas que se me
clavan en las muñecas. —¿Qué carajo quieres?— Mi ira aumenta.
Claro, puedo ser tímida y una chica tranquila a veces, pero mi mecha
es muy corta. No puedo molestarme en matar a la gente con amabili-
dad; esa mierda lleva demasiado tiempo. Me empuja hacia atrás, su
agarre se hace más fuerte hasta que me roba el suministro de aire.
—¿Qué sabes de los Reyes, gatita?
Mis ojos se cierran, la desesperación por ganar más aire se fortale-
ce con cada minuto que pasa. ¡Piernas! Retiro la pierna y le doy una
patada directa entre las suyas.
—¡Joder! —ruge, agachándose, pero sin soltar mi garganta. El res-
to de los chicos que nos observan por detrás se sobresaltan, pero son
demasiado lentos. Le doy otra patada, en el mismo sitio, y su agarre
alrededor de mi cuello se desengancha.
Me doy la vuelta rápidamente y salgo corriendo. Corriendo entre
las hojas esparcidas, sobre palos rotos y saltando sobre troncos ca-
ídos, corro hasta que me arde el pecho y tengo la vista borrosa. Algo
va mal. El silencio. Un silencio total. Reduzco la velocidad de la carre-
ra y aspiro fuertemente mientras los escalofríos se apoderan de mi
cuerpo y lo que parece ser un centenar de pequeñas serpientes que
se deslizan por mi columna vertebral. No debería haberme detenido. Un
estúpido movimiento de novata. Al levantar un poco la cabeza por
encima del hombro, veo la sombra de alguien que se acerca rápida-
mente por detrás de mí. Justo cuando estoy a punto de correr, algui-
en me empuja por detrás y caigo, de bruces. Como tengo las manos
atadas, no tengo nada para frenar la caída.
—¡Joder!— Bishop grita desde detrás de mí, y entonces un cuerpo
pesado está presionando mi espalda. Me clava la rodilla en el centro
de la columna vertebral, empujando más profundamente mí ya pal-
pitante rostro hundido en el suelo. Su mano me rodea la nuca y vuel-
ve a apretar. Retrocedo un poco y subo los hombros para intentar
detener su ataque. —No. Jodidamente. Corras, gatita. ¿Quieres saber
por qué? —me dice, acercándose a mi oído, y mis ojos escuecen con
lágrimas no derramadas.
—¿Por qué?— Grazno a través de mi garganta reseca.
Se ríe, y juro por Dios que esa risa es su ciente para joder a cual-
quier ser demoníaco. —Porque siempre te atraparé, gatita, y créeme
cuando te digo —me murmura al oído, con su cálido aliento desli-
zándose por mi cuello, —que siempre te encontraré—. Se levanta de
mí y me pone de espaldas.
—Tsk, tsk, hermanita—. Nate camina hacia mí, pero yo concentro
mis ojos en el cielo. Las ramas enmarcan mi visión como un pequeño
círculo, e inclino la cabeza, estudiándolas de cerca. Nate se agacha,
pero no puedo mirarlo. Siempre supe que Bishop me odiaba de algu-
na manera, y cuando nos acostábamos juntos, era más bien un polvo
de odio, pero Nate directamente me traicionó. Sorpresa, sorpresa. La
mayoría de la gente lo hace, he llegado a aprender. —Responde a la
pregunta.
—Vete a la mierda.
Se ríe, su mano baja hasta mi garganta. Mira a Bishop y luego
sonríe por encima del hombro. Rápidamente vuelvo a mirar a las est-
rellas una vez que ha vuelto a centrar su atención en mí. Me agarra
bruscamente, me levanta de un tirón y me empuja contra el tronco
de un árbol. Mi cabeza se golpea contra la dura corteza y gimo, cer-
rando los ojos. Eso duele, joder.
—B, ven a agarrarle las piernas para que no pueda patear…—
Nate estudia mi cara, con sus ojos de lobo recorriendo mi cuerpo.
Sonríe. —O arañarnos—. Cierro la boca de golpe antes de volver a
abrirla.
—Nate, ¿qué carajos estás haciendo?
—Necesito saber la verdad, gatita. Y necesito saberla esta noche
—. Miro por encima de su hombro para ver a los otros cinco chicos
allí, de pie en la débil niebla de la noche brumosa. El aire es espeso, y
sé que la niebla está a punto de empeorar.
—¡No sé qué mierda quieres decir!— grito.
Bishop da un paso adelante, empujando ligeramente a Nate y
agarrándose a mis piernas. Antes de que me dé cuenta, están envuel-
tas alrededor de su estrecha cintura y está presionando su ingle en
mi centro, la corteza del árbol clavándose una vez más en mi espal-
da. Debería haberme puesto la maldita capucha. Me empuja de nu-
evo, usando su cintura para moverme. —Responde a las putas pre-
guntas, gatita.
Tampoco ignoro la forma en que su bulto se ha expandido contra
mí, y por mucho que le odie y odie lo que está pasando, mi cuerpo
tiene mente propia. —¡Estoy respondiendo a las preguntas! Simple-
mente no me están escuchando—. Grito, cabreada con todos ellos.
¿Creo que me van a hacer daño? Sí. Pero mi rabia supera a mi miedo,
y eso es un rasgo peligroso contra Bishop y Nate, porque a ellos les
encanta el miedo. Puedo sentirlo, verlo en sus ojos. Cuando saben
que tengo miedo, se divierten con ello.
Nate mira por encima de su hombro y echa un vistazo a los otros
chicos antes de devolverme la mirada. Se hace a un lado, dando a
Bishop aún más rienda suelta a mi cuerpo. Lentamente, las caderas
de Bishop vuelven a hundirse en mí y mi garganta se contrae. Entor-
no los ojos hacia él.
Él sonríe, antes de gemir, —¿Qué?— inocentemente.
—Sabes qué, y para que conste, eso no va a volver a ocurrir.
Nate se ríe detrás de él. —Todos sabemos que eso es mierda.
Bishop vuelve a sonreírme. —No estoy convencido.
—No sé nada. Ahora déjame ir antes de que mis amigas vengan a
buscarme.
—No me creo que no sepas nada de nosotros, gatita. De hecho,
estaría dispuesto a apostar por ello—. Vuelve a empujar hacia mí y
mi estúpido núcleo se contrae.
¿Me estás tomando el pelo? Me pasa la nariz por la mandíbula, pero
me resisto. Miro directamente a Nate.
—¿Esto es lo que querías?— Le pregunto, con la ceja enarcada. —
¿De ver lo fuerte que Bishop puede follarme? ¿Tal vez aprender una
o dos cosas para la próxima vez que me folles con la boca en el sofá?
Bishop se queda quieto. Cada músculo de su cuerpo se vuelve rí-
gido contra el mío antes de a ojar. No sé si sabe que lo he pillado, o
si le importa que lo sepa.
Nate se acerca a mi lado, pasando su dedo por el lado de mi mej-
illa. Me alejo de él de un empujón. —No, hermanita, no actúes como
si no me hubieras devuelto la follada con la boca. De hecho, si no re-
cuerdo mal, fue tu lengüita caliente la que se deslizó en mi boca pri-
mero.
Bishop sube desde mi cuello, su mano se acerca a mis mejillas,
donde aprieta bruscamente. —Responde a las putas preguntas, gati-
ta, antes de que te folle aquí y ahora. Y créeme, lo que experimentas-
te la primera vez fue suave frente a lo profundo que te follaría ahora
mismo.
—¿Hermano? ¿Y si está diciendo la puta verdad? —pregunta al-
guien detrás de Nate, acercándose a nosotros. Cuando se acerca, veo
que es Cash. —Quiero decir, es posible que ella…
—Cierra la boca, y no, no lo es. Y no, no podemos arriesgarnos. Y
no, no voy a creer en su puta palabra —dice Bishop, mirando por en-
cima del hombro. —Vuelve al puto sitio de donde has venido y no
vuelvas a interrumpir.
La mandíbula de Cash se tensa. Creo que me agrada un poco más
que antes.
—Hora del juego —me dice Bishop. —Cada vez que crea que es-
tás mintiendo…— Saca una navaja suiza de su bolsillo trasero y la
abre de un tirón. —- pierdes una pieza de ropa—. Inclina la cabeza.
—¿Y cuando no te quede ropa?— Desliza la hoja por mi esternón
hasta el ombligo. —Entonces tendremos que empezar a ser creativos.
—¡Esto es una mierda!— Escupo. —¡Te he dicho que no sé jodida-
mente nada!—. Se me pone la piel de gallina y él lo ve. Sonriendo,
agarra el cuchillo en su mano y luego se agarra a mi muslo de nuevo.
—Yo en tu lugar sería muy sincero, gatita, porque los límites… —se
burla. —Esas son cosas que no tengo.
—¡Bien!— Balbuceo. —Responderé con total honestidad, pero en-
tonces, ¡me dejarán ir!.
Bishop busca mis ojos, sus brillantes ojos de lobo de mármol mi-
ran los míos. ¿Por qué carajo me hace todo eso del esqueleto? ¿Y por
qué carajo estoy pensando en lo que me hace y lo que no me hace en
este momento?
—Yo juzgaré eso—. Entonces se inclina hacia delante y me pelliz-
ca el labio inferior, como si le perteneciera. Gruño, con la vibración
presionando su pecho. —Ah, eso es muy bonito. La gatita ronronea.
—Jódete.
—¿Podemos llegar a las preguntas?— Dice Nate, mirando entre
Bishop y yo con incredulidad. —Cielos, el odio de tus chicos solía ser
un juego previo caliente, pero ahora estoy pensando seriamente que
voy a necesitar esconder los cuchillos.
Me río, inclinando la cabeza hacia atrás, y luego vuelvo a mirar a
Nate. —Oh, necesitarás esconderlos de mí, hermano, y yo dormiría
con un ojo abierto a partir de ahora.
—Caliente. ¿Vas a venir a chuparme la polla mientras duermo?
—Más bien a morderla—. Hago una pausa y njo re exionar sob-
re mis pensamientos. —Oh, pero eso requeriría que yo fuera capaz
de localizarla. Houston, tenemos un p…
Bishop me tapa la boca con la mano. —¡Cállate la boca!
Asiento con la cabeza y me suelta, pero aún consigo enviar un
gruñido hacia Nate.
—¿Sabes lo de los Reyes de la Élite?— Bishop dispara.
—Sólo lo que me ha contado Tatum. Que no es mucho.
Hace una pausa, esperando que continúe. —¿Y qué es eso, exacta-
mente?
Mis ojos se entrecierran. —Literalmente no es mucho, ya que ni
siquiera puedo recordar realmente lo que dijo. ¿Sinceramente? Esa
pequeña carrera que tuviste, me dijo más de lo que Tatum podría te-
ner.
—¿Qué se supone que signi ca eso?— Nate chasquea, con el la-
bio curvado.
Me río. Una maldita risita. Podría abofetearme a mí misma, pero
eso aumenta el efecto de mi sarcasmo, así que sigo con ello. —Nate,
¿así que todos van a hacer una pequeña carrera clandestina? Gran
wow, realmente no me importa—. Mis ojos se abren de par en par al
nal de mi frase.
Bishop me estudia, y entonces, lenta pero seguramente, su sonri-
sa se convierte en una sonrisa de payaso, mostrando sus dientes
blancos y nacarados y sus hoyuelos. ¿Pero sus ojos? Sí, sus ojos no
sonríen. Son oscuros, sombreados por el odio y sembrados por la ira.
Es en este mismo momento cuando me doy cuenta de que tal vez es-
toy equivocada. Mi cara cae lentamente, lo que sólo hace que Nate
empiece a sonreír.
—Qué bonita, gatita—. Lleva su mano a mi vestido, por encima
de mis pechos, y abre su cuchillo antes de cortar lentamente la parte
delantera. Ahora mi ajustado vestido sin tirantes tiene un corte irre-
gular en la parte delantera, mi sujetador de encaje amarillo brillante
a la vista, pero afortunadamente, como es ajustado, no se me cae.
—¿Qué mierda?— Le grito. —He respondido a tu pregunta. Eso
no era parte de las reglas.
Bishop sonríe. —Yo hago las reglas.
—¿Alguien más te ha hablado de nosotros? —pregunta.
—¿Qué?— Ahora ya estoy harta, harta de los juegos y de la mier-
da subyacente que parecen hacerme pasar. Es la segunda vez que ha-
cen un jodido juego del gato y el ratón conmigo, y cada minuto que
pasa, mi paciencia se agota. —¡Nadie ha dicho nada! No sé quiénes
son ustedes, ni qué carajo representan, o no, y no me importa. Aho-
ra…— Dirijo mi mirada a Bishop. —¡Deja. Me. Ir!.
Hace una pausa, estudiándome detenidamente. —¿Y si no te jodi-
damente creo?
—Entonces tu detector de mentiras es una mierda—. Me manten-
go rme desde mi precaria posición.
Nate me lanza un guiño y luego se aleja hacia Hunter y Brantley,
que están de pie junto a un grueso árbol. Bishop no se ha movido,
sus manos siguen agarrando mis muslos con fuerza. —¿Te lo has fol-
lado?
Frunzo el ceño. —¿Qué?
—Ya me has oído. Responde a la pregunta —gruñe, apretando de
nuevo contra mí.
—Espera un segundo. Me acosan, me persiguen por un bosque,
me dan un susto de muerte, me atan y me cortan el puto vestido, y
ahora me preguntas si me he follado a Nate, como si te importara
una mierda.
—No he dicho que me importe una mierda—. Bishop sonríe. Deja
caer sus labios sobre mi oreja, su mano recorre el lado de mis costil-
las. Aprieta bruscamente, un poco demasiado bruscamente. Lo su -
cientemente fuerte como para dejar un moretón. —Sólo necesito sa-
ber si he ganado la apuesta o no —susurra con dureza. Inclino la ca-
beza hacia atrás, forzando las lágrimas. Por supuesto. Por supuesto
que esto es un puto juego para estos chicos. Soy una jodida idiota.
—¡Has perdido!— Nate se ríe, caminando hacia nosotros. Se acer-
ca a nosotros, ladeando la cabeza hacia mí, antes de decir con dure-
za: —No me abrió su abertura.
—Vete a la mierda, Nate. Jódanse los dos.
Bishop me suelta al instante y yo caigo al suelo con un zumbido,
la tierra y las hojas se agarran a mis muslos y a mi culo. Bishop se
inclina y corta las ataduras de los cables en el centro, liberando mis
muñecas. Las estiro y lo miro.
—Te odio —gruño.
Él sonríe. —Y sigo queriendo follar contigo, así que ya se nos
ocurrirá algo.
Cierro la boca y me pongo en pie. Él me sigue, poniéndose a un
palmo de mí. —De ninguna manera vas a volver a tocarme—. Lo ful-
mino con la mirada.
Da un paso adelante, apoyándome contra el tronco. —Bien. Aho-
ra inténtalo de nuevo, pero esta vez -sus manos se apoyan en el ár-
bol, aprisionándome- dilo como si fuera en serio—. Entonces se incli-
na y me mete el labio inferior en la boca.
Lucho contra un gemido por la sensación de tener su boca sobre
mí de nuevo, y no puedo evitarlo. Me odio por ser tan fácil para él,
pero no tiene por qué saber lo bien que le responde mi cuerpo.
Sonríe contra mi boca y se retira lentamente hasta que mi labio
salta del suyo. Me lame la barbilla tranquilamente. —¿Quieres vol-
ver a mentirme?
—Te odio —repito.
—Sí, lo sé, pero follamos tan bien juntos.
—¡Bishop!— Cash grita desde detrás de nosotros. —Dale a la chi-
ca tu puta capucha para que podamos volver al campamento.
Bishop sonríe y se baja la cremallera de la capucha, dejando al
descubierto su camisa blanca que brilla a la luz de la luna. Me la lan-
za y la cojo, deslizando mis brazos en el calor y luchando contra el
impulso de oler el cuello, donde su dulce y amaderada colonia es
más fuerte. Justo entre el jabón limpio y la masculinidad pura.
Con el ceño fruncido, Nate se acerca a nosotros y me coge de la
mano, pero me retiro. —Vete a la mierda. No te voy a seguir a ningu-
na parte.
Nate se encoge de hombros. —Por mí está bien.
Imbécil.
Bishop se ríe, pero yo me doy la vuelta, dirigiéndome a Dios sabe
dónde en el bosque. —¡Oh, y necesito mi arma de vuelta!— Grito
por encima de mi hombro.
—¿A dónde vas, gatita?— pregunta Nate mientras todos me sigu-
en.
—Bueno, al campamento, por supuesto.
—¿Y cómo sabes que es por aquí?— pregunta Bishop, con su voz
más cercana detrás de mí.
—Porque simplemente lo sé.
Llegamos al campamento, y en cuanto la hoguera aparece a la
vista, me relajo. Está en el centro, y hay unas siete tiendas repartidas
por la zona, pero lo su cientemente alejadas unas de otras como pa-
ra no saber lo que pasa en la de enfrente.
—¡Madi!— Carter grita desde un tronco junto a la hoguera. Se
acerca corriendo a mí, y veo que sus ojos se dirigen por encima de
mi hombro a los chicos que están detrás de mí, con un centenar de
preguntas que, sin duda, bullen en su cerebro. Cientos de preguntas
para las que no le debo respuestas. —Oye, lo has conseguido.
Sonrío. —Apenas.
Bishop se ríe por detrás de mí, y Nate se va, arrebatando una bo-
tella de whisky a alguien que ya se ha desmayado.
Carter vuelve a mirar hacia mí, con los ojos vidriosos y perezosos.
Obviamente, está borracho, y obviamente, estoy celosa. Todavía no
es medianoche y necesito un trago. —Déjame mostrarte dónde está
tu tienda.
—De acuerdo… —
—Yo me encargo. Gracias, pequeño—. Bishop me pasa el brazo
por la cintura y me dirige hacia una tienda en la parte de atrás, es-
condida un poco más adentro del bosque.
—¡Bishop! Eso fue jodidamente grosero. Ha montado nuestra ti-
enda.
—Así debería jodidamente ser. Es lo que hacen los pequeños.
Ahora…— Entramos en el cruce de la tienda, donde dos de los dor-
mitorios se unen a los otros dos. Abre la cremallera de un lado, em-
pujándome al cuarto oscuro. —Ponte algo más atrevido.
—¿Qué?— Me chasquea la lengua. Él también entra en la habita-
ción, pero no puedo verlo. Sólo puedo distinguir los bordes de su cu-
erpo desde el parpadeo del fuego que baila, donde está la esta. —
Fuera.
Se acerca. —No.
Doy un paso atrás. —Bishop, lo digo en serio. Retrocede.
Él contrarresta mi movimiento de pies, dando un paso adelante
una vez más. —No —susurra en el oscuro, pero sorprendentemente
cálido recinto de la tienda. Mi espalda choca con la débil pared de la
tienda y jadeo, cerrando los ojos. Joder. Estoy totalmente jodida con
él. Lo siento antes de ver nada, su pulgar baila sobre mi labio inferi-
or. —¿Asustada?
—De ne asustada —respiro, con los ojos aún cerrados.
Su pulgar se mueve por el borde de mi mandíbula, bajando lenta-
mente por el lado de mi cuello y sobre mi yugular. Su cálida boca ro-
za la mía suavemente. —De mí —susurra.
Abro los ojos, el blanco de su máscara de esqueleto brilla y el
blanco de sus ojos también. —Sí —respondo con sinceridad, porque
así es. No me fío de él, pero me ha gustado acostarme con él. Tal vez
tenga razón; tal vez podamos tener sexo.
—Bien.
—Esto—. Hago un gesto entre nosotros. —¿Qué es?
Deja escapar una risa gutural. —No signi ca nada. Sólo sexo. Pa-
rece que me pones la polla dura, así que me lo apunto.
Tragándome sus palabras, pienso en lo que esto signi caría para
mí. Siempre me he encariñado con los chicos con los que me acuesto.
Es un defecto mío, y por dentro, probablemente me tachen de loca,
pero tiendo a sentir demasiado.
—Nunca lo he hecho antes —admito. —Lo de los amigos con be-
ne cios.
Se ríe, esta vez echando la cabeza hacia atrás, y en mi cabeza ba-
ilan pensamientos sobre cómo sería darle un golpe en la cabeza en
este mismo momento. —Cariño, no somos amigos, y de nitivamente
no somos amigos con bene cios. Eres mi némesis, a quien siempre le
quito los pantis. Ahora —murmura, agarrando la parte delantera de
mi vestido y arrancándolo. —Tíralas —.
Apartando mis pensamientos de la cabeza, me quito el tanga de
una patada. Él retrocede y veo su cabeza inclinada en las sombras.
—Bien —murmuro. —Pero nadie debe saberlo, y, además, no soy
muy buena en esto, porque tiendo a…
—Deja de jodidamente hablar—. Su boca se estrella contra la mía.
Gimo suavemente, inclinando mi cabeza para darle más acceso a su
lengua. Trabaja con su cinturón entre nosotros, lo arranca y lo deja
caer al suelo con un tintineo. Lleva su mano a mi garganta y la apri-
eta con fuerza antes de deslizarse lentamente por mi frente, apretan-
do uno de mis pezones entre sus dedos.
—Mmm —gimo en su boca.
—Echaba de menos esta boca —murmura contra mis labios antes
de arrodillarse.
Agarrando su pelo con mis puños, le levanto la cabeza para que
me mire desde abajo. —En primer lugar, nadie sabrá lo nuestro, y,
en segundo lugar, no te follarás a nadie más. ¿Comprendes?— Siseo,
con las cejas fruncidas, aunque sé que no puede verme. Le vuelvo a
tirar del pelo. —Si no puedes aceptar no acostarte con nadie más mi-
entras follamos, Bishop, puedes irte ahora mismo y yo me ocuparé
de mí misma por esta noche —advierto.
Su lengua resbaladiza presiona el interior de mi muslo. —Sí, ne-
na, seguro que puedo hacerlo, ya que no voy a hundir mi polla en
ningún puto agujero.
Inclino la cabeza hacia atrás. —Te odio.
Me lame hasta la unión de mis muslos y luego muerde la tierna
carne. —Lo mismo digo, nena—. Me acaricia suavemente el clítoris y
el corazón se me acelera en el pecho, mi cuerpo se tensa y mis rodil-
las casi se doblan. —¡Quédate quieta! —ordena, alejándose de mí
con un tono mordaz. Vuelve a acercarse a mí y rodea mi clítoris con
sus deliciosos labios, inclinándose más mientras su lengua se desliza
en mi interior.
—¡Oh, joder!— Jadeo, agarrando de nuevo su pelo e intentando
luchar contra la necesidad de caer al suelo.
Arrastra su lengua hasta mi clítoris, haciendo círculos de nuevo
antes de que uno de sus dedos se deslice dentro de mí, y luego otro
se une.
—Bishop —gimo, mientras su ritmo se acelera y su dedo se en-
rosca para golpear el punto de mi cuerpo que sólo ha sido golpeado
por él. Normalmente, soy una chica de orgasmos de clítoris, pero
desde Bishop, he descubierto lo placentero que puede ser a través de
la penetración y cuando follas con alguien que sabe lo que está haci-
endo. Arqueo la espalda, apretándome contra su boca. —Mierda —
gimoteo.
—Sí, nena, suéltate—. Gime contra mi clítoris. Su brazo me roza
los tobillos mientras bombea, y con ese pensamiento en mi cabeza,
exploto alrededor y sobre su lengua, mi cuerpo se sacude y mi cereb-
ro nada en una profunda, oscura y nebulosa bruma de euforia. Con
un último y largo lametón en mi raja, se levanta y su dedo vuelve a
sumergirse en mi canal. Se retira y lleva su dedo a mi boca. Abro la
boca, sin quererlo, y me mete el dedo en la boca. Lo rodeo, chupan-
do el dulce sabor de mi placer.
—Eso… es la prueba de que me has mentido, gatita —gruñe, sa-
cando los dedos de mi boca.
—¿Qué vas a hacer al respecto?— Me burlo de él, sonriendo.
Silencio.
Entonces me rodea el pelo con el puño y me tira del cabello con
tanta fuerza que juro que siento que me arranca mechones del cuero
cabelludo. Me mete el labio inferior en la boca y lo muerde con fuer-
za, hasta que el sabor de la sangre se desliza por mi garganta. —
¿Ahora? Ahora voy a jugar contigo.
Le sonrío, y su agarre se intensi ca. Siseo entre el chasquido de
mi pelo. —No soy un juguete, Bishop.
—Respuesta equivocada, Madison, porque eres mi juguete, y el
último que he tenido—. Su otra mano se engancha a mi garganta co-
mo una gargantilla mientras su boca vuelve a rozar la mía, navegan-
do sobre su marca de mordisco. —Roto.
¿Khales?
Demasiado excitada para hacer preguntas, paso la mano por su
duro pecho, cada uno de sus de nidos abdominales se sacude bajo la
suave palma de mi mano. —No me gusta ser un juguete.
—Qué mal—. Me hace girar por el pelo, y yo obedezco, porque ti-
ene mi puto pelo, antes de empujarme hacia el colchón del suelo. Mis
manos salen para estabilizarme y arqueo la espalda, presionando
contra él. Sus dedos se clavan en los huesos de mi cadera mientras
recorre su mano desde mi nuca. —Joder, tienes una columna verteb-
ral jodidamente sexy.
—¿Qué?— susurro, mirando por encima del hombro, pero él me
empuja la cabeza hasta que mi cara queda enterrada en las suaves
mantas y mi culo se eleva en el aire.
—Me pregunto —susurra, presionando un dedo dentro de mí an-
tes de que su boca se acerque a mi coño por detrás. —Cómo sería
destrozarlo.
Hago una pausa, mi respiración se detiene. ¿Qué demonios signi -
ca eso? ¿Y por qué no me importa? Me muelo en su boca, ignorando
el hecho de que mi culo está probablemente justo ahí, en su cara, pe-
ro a él no le importa. Saca su lengua y lame mi raja, la abertura de mi
coño, y luego llega a la raja de mi culo, lamiendo mi ori cio de sali-
da. ¡Santa Jodida mierda!
—Sí —murmura, volviendo a subir. —Te destrozaría, gatita—.
Entonces su mano aterriza en la mejilla de mi culo con una bofetada
punzante. Grito, porque me duele mucho. —Y estoy deseando ver
cómo te rompes en mis propias manos—. Entonces se presiona dent-
ro de mí hasta atravesar mi apretada entrada, el borde de su verga
rozando cada centímetro de mis húmedas paredes. Me bombea una
vez.
Y luego otra vez.
Cada vez, la cabeza de su verga roza deliciosamente la parte más
sensible de mi coño.
—¿Y si te dejo?— Susurro entre la manta, embriagada por su
asalto, aturdida por su necesidad. Vuelve a empujar y luego se retira
de mí, poniéndome de espaldas. Lo miro mientras se arrastra sobre
mi cuerpo, con la cabeza inclinada.
—Entonces te he dado demasiado crédito —murmura. Mierda.
¿Me ha oído? —Eres más estúpida de lo que pensaba.
Arrastrándome del colchón al suelo, me quito el pelo sudado de
la frente pegajosa y miro por encima del hombro. Bishop me mira
desde su posición, tumbado en la cama, con su cuerpo a la vista. Ca-
da músculo bajo su hermosa piel aceitunada está de nido, pero no
es tan voluminoso. —¿Vas a ponerte raro conmigo?— Pregunto, con
nuestros ojos en trance, encerrados en una mirada épica, y lo único
que va a perder son las mariposas atrapadas en mis entrañas. Conti-
núa mirándome con una expresión inexpresiva, mientras su dedo ín-
dice le trabaja el labio superior. Sus ojos son oscuros y melancólicos,
como él. Intimidantes y a la vez cautivadores. Cuando nuestros ojos
se conectan, es como si me empujara a través de las puertas del in -
erno y las cerrara tras de sí. Estoy totalmente atrapada por él. Nunca
he sido capaz de separar el sexo de los sentimientos, así que ¿por
qué creía que podía hacerlo con el único tipo que me evocó sentimi-
entos la primera vez que lo vi?
Sacude la cabeza lentamente. —Yo no voy raro.
Enarco una ceja. —¿Estás seguro de eso? ¿El señor se puso raro
conmigo después de la primera vez?
Su mandíbula hace un tic, sus ojos permanecen fríos como la pi-
edra. Al percibir el tenso silencio, me pongo en pie, completamente
desnuda, y me agacho, cogiendo un vestido nuevo. Me meto en él,
sin necesidad de sujetador ni pantis, o tal vez sólo queriendo salir de
esta habitación, porque es claustrofóbica. Me recojo el pelo y me
pongo los Keds.
—¿Adónde vas? —pregunta con voz ronca.
—A emborracharme—. Y entonces abro la solapa de la tienda y
marcho hacia la hoguera y todos los gritos de los borrachos. Aunque
sé que no he sido capaz de separar el sexo del apego, sigo queriendo
intentarlo. Y teniendo en cuenta que, cuando se trata de Bishop, soy
testaruda, espero que eso gane y no deje que mi orgullo se vea heri-
do por demostrarle que siento algo por él. Que ahora mismo no ten-
go, a menos que cuentes el odio como un sentimiento, pero sé que la
posibilidad está ahí. Siempre está ahí conmigo.
Justo cuando me acerco al barril, Tillie se acerca a mí, o más bien
tropieza. —Estoy demasiado borracha—. Tiene los ojos entornados y
arrastra las palabras.
Me río. —Ya lo veo. ¿Tengo que llevarte a la cama?
Mueve la cabeza. —No—. Eructa. —No. Pero me he equivocado.
Llenando mi vaso, observo cómo la espuma envuelve el borde de
mi vaso rojo.
—Bien, ¿qué has hecho?— Sonrío alrededor de mi vaso, levantan-
do la desagradable cerveza hacia mi boca. Nate se acerca a nosotras
y rodea con su brazo la cintura de Tillie.
—¡Tada! —anuncia ella, estirando el brazo hacia Nate. —Presen-
tando: mi error—. Oh, no.
Mi sonrisa cae al instante. —¡Nate!— Siseo. —¡Está borracha!
Se encoge de hombros. —Necesitaba algo para alejar mi mente de
mi hermanastra punzante, ya sabes, ya que no lo dejas.
—¿Dejar el qué?— Mis ojos se desvían. Empuja a Tillie y camina
hacia mí. —¿Nate? ¿Qué carajos estás haciendo?
Me acorrala contra un árbol y ladea la cabeza, estudiándome. —
Hay muchas cosas que no sabes, hermana —me dice. —Eres una
maldita ilusa si crees que puedes salir de esto con vida—. Se inclina,
pasando sus labios por el pliegue de mi cuello. —Vas a morir.
Siento como si un cuchillo se lanzara a mi garganta, y trago más
allá antes de empujarlo. —Déjame en paz.
—No —murmura perezosamente, volviendo hacia mí y rodeando
con sus manos la parte posterior de mis muslos, levantándome. Me
golpea de nuevo contra el tronco del árbol y me abofeteo mental-
mente por no llevar pantis. —Tú y yo sabemos que no quieres decir
eso—. Sus labios rozan los míos, pero alejo mi cara de él.
—No, lo digo en serio. Déjame bajar, Nate. Es obvio que estás
drogado. Suéltame—. Puedo ver en lo dilatadas que están sus pupi-
las que está drogado.
—¡Nate!— Bishop ladra desde detrás de nosotros.
Nate me sonríe, pero frota lentamente mi cuerpo por sus abdomi-
nales mientras me deja caer al suelo. —Te lo advertí —susurra, antes
de inclinarse hacia mi oído. —Todo esto es un juego, gatita. Bishop,
yo, los Reyes… es un juego, pero es un combate a muerte.
Observo su espalda en retirada antes de mirar a Bishop. —Creo
que es hora de que empiece a hacer preguntas.
Bishop camina hacia mí lentamente. —Estoy seguro de que hacer
preguntas está fuera de tu jurisdicción.
CAPÍTULO 23

—Anoche estaba muy borracha—. Tillie se masajea las sienes mi-


entras me desnudo hasta el bikini.
Tatum se burla, arrancando su ropa para que ella se quede con la
suya también. —No me digas—. Pone los ojos en blanco y se mete en
el frío lago. Esta mañana me he despertado con la necesidad de ba-
ñarme o ducharme, así que he despertado a Tillie y a Tatum y he ar-
rastrado sus culos conmigo para intentar encontrar un lago, cosa que
hemos hecho. Está en medio de la nada, a unos cuarenta minutos a
pie hacia el norte del campamento. Esta noche es nuestra última noc-
he aquí antes de volver a casa mañana, gracias a Dios. No quiero que
nadie se entere de que Bishop y yo hemos dormido juntos -de nu-
evo- para que cuando -no si, cuando- pase algo, nadie pueda decirme
que me lo han dicho.
—No puedo creer que te hayas acostado con Nate, Tillie—. Tatum
sacude la cabeza y luego se sumerge bajo el agua, apartándose el pe-
lo de la cara. —Pero en serio… ¿Es muy bueno de verdad?
—Para. Qué asco—. Sacudo la cabeza, metiéndome en el lago.
Hay rocas que lo rodean, así que doy un paso en la primera, atando
mi pelo en una coleta desordenada. —No quiero saber nada de Nate
y su…— Hago una pausa.
—¿Enorme verga?— Tatum me guiña un ojo.
—¿En serio?— La regaño. —¿Sólo tenías que decir eso?
—Sí, de verdad, y me siento halagada. Realmente lo estoy—. Na-
te sonríe, caminando hacia la boca del lago, con Bishop, Cash, Abel,
Chase, Hunter y Eli siguiéndole.
Los Reyes están todos aquí.
Mi ceño se frunce, pero me vuelvo hacia el agua y me zambullo
hasta estar bajo el agua glacial y amarga. Nado hasta la cima, salgo a
la super cie y me quito el pelo de la cara con una sonrisa de oreja a
oreja. El sonido de los pájaros que pían y el canto de los grillos zum-
ban en el silencio abrasador, y se siente natural, perfecto. Remando
como un perro bajo el agua para mantener mi cuerpo a ote, me su-
merjo y examino a los Reyes. Están todos en pantalones cortos, sin
camiseta, bendiciéndonos a todas con sus, lo que no dudo que lla-
man, obras maestras de los cuerpos. Nate empieza a hablar con Til-
lie, para su disgusto, y Tatum parece burlarse de Hunter y Abel, mi-
entras el resto de los chicos toman asiento en un par de rocas con
vistas a la amplia zona del lago.
Todavía remando a lo perrito para mantenerse por encima del
agua, Bishop comienza a caminar, dirigiéndose hacia mí. A cada pa-
so que da hacia mí, las aguas se separan para él, al igual que la raza
humana siempre que Bishop está cerca. Se acerca y se sumerge, con
cada músculo de su cuerpo ondulando mientras se sumerge. Desa-
parece. Pasan los segundos y aún no ha salido a la super cie. Miro a
mi alrededor, de izquierda a derecha, y nalmente vuelvo a donde
están todos en la orilla, todos hablando como si nada.
Donde está el pu…
Los brazos se enganchan a mis tobillos y grito con fuerza antes de
que las aguas glaciales me absorban de nuevo. Mis manos se agitan
para intentar salir a la super cie, pero el brazo de Bishop me rodea
por la cintura con fuerza y me acerca a él hasta que mi cuerpo está
pegado al suyo y ambos quedamos atrapados por el agua. Me agarra
por la nuca y atrae mis labios hacia los suyos, deslizando su lengua
dentro de mi boca. Me agarra una de las tetas, empujando mi bikini
hacia abajo y apretando mi pezón. Decidiendo aprovechar su falta
de agarre como una oportunidad para liberarme, me empujo de su
pecho y lucho por salir a la super cie, aspirando una gran bocanada
de aire y quitándome el pelo de la cara. Bishop sube un segundo
después de mí, con una sonrisa en la boca y el agua cayendo sobre
su perfecto rostro.
Le salpico. —¡Movimiento de idiota!
Sonríe, nadando hacia mí. —Nunca dije que no fuera idiota, gati-
ta—. Me rodea la cintura con uno de sus brazos y me atrae hacia él.
Busco algo en sus ojos, y ni siquiera sé qué. Me devuelve la mirada,
lo su cientemente ardiente como para hacer arder mi cuerpo a pesar
de que estoy en un lago jodidamente frío.
—¿Qué? —pregunta, y yo mantengo mi mano en su pecho, inten-
tando ignorar cómo su verga me presiona el vientre cada pocos se-
gundos mientras se balancea en el agua.
—Se supone que somos un secreto, ¿recuerdas?— Inclino la cabe-
za. —No estás siendo muy reservado.
Se encoge de hombros y se lame el agua del lago de sus labios
carnosos. —No he llegado a donde estoy porque me importe un ca-
rajo lo que piense la gente.
—¿Y dónde es eso?— pregunto, hundiéndome más en su abrazo.
Soy muy consciente de lo que les parecerá a nuestros amigos de la
costa, pero estoy tan fascinada por Bishop que ya no me importa. La
canción —Knives and Pens— de Black Veil Brides suena golpeando
en la plataforma de sonido de Tillie, justo cuando Bishop sonríe.
—Estatus de dios.
Pongo los ojos en blanco, nadando hasta el borde de una de las
grandes rocas que están colocadas en la orilla del lago, impulsándo-
me y tomando asiento en una que está ligeramente apartada. Bishop
me sigue, acercándose a mí y subiendo. Intento ignorar la forma en
que su piel bronceada brilla bajo el sol de la tarde y cómo sus múscu-
los se contraen con cada movimiento. Me jo en el tatuaje escrito
sobre su caja torácica y me inclino cuando toma asiento a mi lado. —
¿Qué dice el tatuaje?
Se inclina, levantando el brazo para mirarlo, y luego se apoya en
los codos, sacudiendo el agua de su pelo. —Hay humanos, y hay lobos,
y luego estoy yo…— Se acerca a mí y sus labios se deslizan por la na
carne de mi cuello. —Un puto dios—.
Cierro los ojos y lucho internamente contra el impulso de arrast-
rarme sobre su regazo. Abriéndolos, caen sobre la espalda de todos
en la boca del lago. —No has conseguido eso.
Se ríe. —Sí, lo hice.
—Ni siquiera me sorprende—. Me tumbo de espaldas y me tapo
los ojos con el brazo para protegerme del sol. Pequeños puntos de
colores bailan detrás de mis párpados cerrados, y estoy a punto de
preguntarle a Bishop de qué iba todo eso de —adivina esto —cuan-
do siento la punta de su dedo deslizarse por el lado de mi caja toráci-
ca.
—Bishop —advierto en un susurro.
—Shh —me susurra, acercando su dedo a mis labios. —Sólo déj-
ate llevar.
—¿Pero qué pasa con las reglas? Teníamos reglas.
—Ki y, yo no hago reglas, nunca. En nada también, por cierto.
Hago lo que me da la gana, y si a la gente no le gusta, no me importa
—. Sus cálidos labios se apoyan en el pliegue de mi cuello, y yo aspi-
ro y mi pulso se acelera. —Te deseo. Tú me deseas. Deja de ser una
maldita niña y abre las piernas.
Obedeciendo su orden, abro lentamente las piernas y él vuelve a
sumergirse en el agua. Tirando de mis piernas hacia él, se agacha
detrás de la roca y me agarra la parte inferior del bikini.
—¡Bishop!— Me río, levantándome sobre los codos.
—¿Qué?— Se lame los labios. —No pueden ver, ¿y a quién carajo
le importa si pudieran?
—¿Ah, a mí?— respondo sarcásticamente. —Esto puede ser un
shock para ti, pero no voy enseñando mi hoo-ha a cualquiera.
—No vuelvas a decir hoo-ha nunca más.
—¿Oh?— Enarco una ceja. —¿Es tu bloqueador de verga?
—¿A qué te re eres? —pregunta, mojando los labios bajo el agua
y luego escupiéndola.
—Lo contrario del cebo de verga.
Se detiene, sus ojos recorren mi cuerpo de tal manera que me ha-
ce olvidar a todos los que están aquí. —No, nena. Nada puede dete-
nerme de esto—. Presiona la almohadilla de su pulgar contra mi clí-
toris, y yo me dejo caer de espaldas, con los ojos cerrados pero el sol
de la tarde luchando por atravesar mis párpados. —Your Betrayal—
de Bullet For My Valentine empieza a sonar en la distancia, justo cu-
ando Bishop me quita la parte inferior del bikini y el aire fresco del
bosque azota mi tierna carne.
Mi pecho sube y baja, mi respiración pesada y necesitada, desean-
do que él apague el dolor que ha provocado, el dolor que parece es-
tar en óxido nítrico siempre que él está cerca. Su cálida boca cubre
mis pliegues y mi espalda se arquea, y mi mano se cierra sobre mi
propia boca para ahogar mis gemidos. Abriendo bien las piernas, me
lame desde la entrada hasta el clítoris y luego lo chupa suavemente
antes de rodear mi nódulo en su boca con lentas rotaciones a presi-
ón.
—Bishop —, gimo suavemente.
—¿Qué deseas, gatita? —murmura contra mi clítoris necesitado.
—Podría dártelo.
—Yo… yo… —murmuro con voz ronca. Presiona su lengua sobre
mi clítoris, frotándolo vigorosamente hasta que mis muslos se estre-
mecen y mis gemidos están a punto de salir a gritos de mi cuerpo. —
¡Te deseo!— susurro-grito. —Joder, te deseo, Bishop.
—¿Mi qué, gatita? No puedes tenerlo todo.
Al no ver la verdad en sus palabras durante mi borrachera de se-
xo, respondo: —Tu verga. La necesito. Te necesito a ti.
Me tira del cuerpo y caigo en el agua con un fuerte chapoteo, el
lago helado sólo aumenta la sensibilidad de mis pezones. Me rodea
con el brazo por la cintura, me levanta y me pone sobre el agua. Le
rodeo el cuello con las manos, le rodeo con las piernas y me hundo
lentamente sobre su gruesa cabeza. Sus ojos se ponen en blanco, y mi
coño se aprieta solo con esa visión, pero mi dedo se acerca a sus labi-
os, donde los recorro con brusquedad. Me aparta la mano de un gol-
pe y me empuja contra una de las rocas antes de intentar salir de mí.
Me aprieto alrededor de él, atrayéndolo hacia mí durante su carrera
hacia afuera.
—Joder —murmura. —Tan jodidamente apretada—. Su mano se
acerca a mi garganta. —Pero te jodidamente odio—. Me bombea de
nuevo. —Odio lo que eres—. Se retira y luego empuja con brusqu-
edad, tan brusca que mi espalda empieza a escocer por la fricción.
Me besa con urgencia, succionando mi labio inferior en su boca. —
Odio lo que eres—. Me penetra con fuerza y constancia, y me duele
la espalda por las rozaduras, lo que es casi insoportable, pero estoy
tan perdida en nuestra jaula, una jaula que está embelesada por la
magia sexual vudú de Bishop, que no me importa. Sus manos se di-
rigen a mis muslos, donde me separa más. —Te odio, gatita, y por
eso siempre serás sólo un polvo más para mí.
Me froto contra él. —Yo… yo…— Quiero decir una puta estupi-
dez, pero lo que me sale es: —… ¡me voy a venir!—. Me suelto, con
el cuerpo temblando, el cerebro confuso, la vista borrosa y el oído
encrespado. Mi orgasmo se lleva cada gota de mi energía y la succi-
ona en un agujero de la nada con sentimientos vacíos.
Él me sigue de cerca, con su verga palpitando dentro de mí mi-
entras yo sigo ordeñándolo.
Sus hombros se a ojan mientras se inclina hacia atrás, buscando
mis ojos. —Me halaga que me odies tanto—. Pongo los ojos en blan-
co y me alejo de él. Me suelta y trato de ocultar mi decepción. ¿Qui-
ero que me persiga? Es posible. Tengo demasiado orgullo para acep-
tar que me deje marchar sin más, pero también sé que es Bishop. Es
obvio lo inalcanzable que es, y que el hecho de que me honre con su
presencia es lo que debería hacerme feliz. Me burlo para mis adent-
ros. A la mierda.
—Oye. — Su mano coge la mía justo cuando salgo del lago y vu-
elvo a la roca. Lo miro por encima del hombro y se queda quieto. Sus
ojos se posan en mi espalda. —Mierda.
Miro por encima del hombro. —Esos se curarán—. Me encojo de
hombros, bajando de la roca y alejándome de él, optando por la corta
caminata de vuelta a través de la arboleda del lago para volver con
las chicas en lugar de nadar de vuelta. —Mis sentimientos, en cam-
bio… —susurro con rabia en voz baja. Mis sentimientos no deberían
entrar en la ecuación. Yo lo sé, pero él no. Ha dejado muy claro que
no quiere nada más, así que debería alejarme ahora antes de que me
haga daño… o se rompa.
—¡Madison! —grita, corriendo hacia mí. Lo ignoro y sigo cami-
nando. ¿Estoy haciendo el ridículo? Sí. ¿Me importa? No.
—¡Oye!— Me tira de la mano, haciéndome girar para mirarlo. —
¿Qué pasa?— Sus cejas se arquean. Parece realmente confundido.
Sacudo la cabeza. —Nada. No te preocupes—. Entonces me doy
la vuelta de nuevo y empiezo a caminar hacia las chicas.
Vuelve a tirar de mi mano, solo que esta vez caigo contra su pec-
ho. Me mira, haciéndome sentir pequeña con una simple mirada. —
Cuál. es tu. puto. problema, gatita?
Exhalo. —No es nada. Supongo que siempre supe que me odi-
abas, pero no sabía la gravedad de ello.
Ladea la cabeza. —Entonces, ¿por qué estás enfadada?
Le empujo el pecho, pero su mano sube y me coge la muñeca. —
Déjate de tonterías, gatita. Dime qué te pasa.
—¿Por qué me odias tanto?— Le suelto. —¿Por qué? ¿Por qué di-
ces que odias lo que soy y quién soy, como si me conocieras desde si-
empre?
Su mandíbula hace un tic, pero su agarre no se a oja. —Tal vez lo
he hecho, carajo. ¿Lo has pensado alguna vez?
Hago una pausa y cierro la boca de golpe. —¿Qué quieres decir?
— Pregunto después de un momento.
Esta vez me presiona. —Quizá sepa quién eres desde hace tiempo
—. Comienza a caminar de nuevo hacia la boca del lago.
Corro hacia él, poniéndome a su altura. —¿Qué mierda signi ca
eso?
—Signi ca que deberías alejarte.
—No.
—¿Qué?— Se gira para mirarme. —¿Qué quieres decir con no?
—¡No me alejaré de ti sólo porque tú lo digas!— replico. —¡Dime!
Se acerca a mí, con los ojos fríos, la mandíbula de piedra y el labio
ligeramente curvado. —Tú no sabes nada.
—¡Entonces dímelo, joder!— Le grito, buscando en sus ojos e ig-
norando el escalofrío de la piel de gallina que se ha disparado sobre
mi piel. —Dios, Bishop —susurro derrotada. —Sé sincero conmigo.
Silencio. Vuelvo a mirarle a la cara y le sorprendo observándome
atentamente. —No estás preparada. Pero te diré esto…— Hace una
pausa, lamiéndose el labio inferior. —No todo es lo que parece. No-
sotros, los Reyes, no jugamos por gusto. Hay una razón por la que
hacemos lo que hacemos cuando tenemos que hacerlo, y créeme, ga-
tita. Tienes suerte de haber salido con tu vida intacta, por ahora.
—¿Qué?— susurro conmocionada. Le dije que fuera sincero, pero
ahora me ha dado aún más preguntas que hacer.
—Por mucho que parezca que estamos tratando de hacerte da-
ño…— Vuelve a hacer una pausa. —Por mucho que te hayamos hec-
ho daño, todo es por tu bien.
—¿Qué mierda signi ca eso?— Me quito el pelo de la cara, mi
respiración se acelera. —Bishop, eso sólo me da más preguntas.
—¿Confías en mí?
Instantáneo. —No.
Me dedica una de sus sonrisas que derriten las bragas. —Bien.
¿Confías en Nate?
Duda. —N-no.
—Tu juicio no es tan mierda como crees, entonces—. Se acerca a
mí, agarrando mis dedos con los suyos y tirando de mí hacia su cu-
erpo. —Lo creas o no, sin embargo, estamos haciendo esto por tu
propio bien, y es muy posible que también nos ponga en peligro.
Me froto las sienes. —Me estás dando dolor de cabeza —murmu-
ro en su pecho cálido y duro.
—Bueno, entonces estamos en paz, porque tengo algo más que
me duele.
Lo empujo, con una pequeña sonrisa que se dibuja en mis labios.
—Así que me odias tanto, ¿eh?— pregunto juguetonamente, mient-
ras volvemos a caminar hacia todos.
—Sí. No voy a mentir sobre eso, pero eso es sólo porque tengo
preguntas sin respuesta, sospechas y un montón de hechos que están
frente a mí. Pero resulta que… me pones la polla dura.
—Hmm —murmuro, justo cuando salimos a la zona de arena. —
¿Y los hombres dicen que las chicas son complicadas? Eso de ahí,
Bishop Vincent Hayes, fue una advertencia de grado A de aferrami-
ento—. Me burlo de él, con la boca abierta.
Él detiene su marcha, frunciendo el ceño con el labio curvado. —
¿Qué dices?— Entonces carga contra mí, me agarra por la parte tra-
sera de los muslos al estilo bombero y me lanza por encima de su
hombro.
Grito fuertemente, golpeando su trasero con la mano mientras to-
dos se ríen en el fondo. —¡Bishop!— Le grito, justo cuando me lanza
al aire. Nado en el aire justo cuando mi espalda y mi trasero golpean
el agua dura con un fuerte chapoteo, y pequeños picotazos cubren
mi culo.
Treinta minutos. Ese es el tiempo que he pasado con Bishop. Y
me ha magullado en más sitios de los que puedo ver.
CAPÍTULO 24

—Entonces, ¿vamos a ignorar el hecho de que tú y el puto Bishop


Vincent Hayes están, evidentemente, follando?— Tatum a rma, ti-
rando de sus pantalones cortos.
Me pongo mis pequeños pantalones negros, abotonándolos, y lu-
ego me pongo una camiseta blanca suelta, metiéndome un lado. —
Quiero decir, no lo sé. Sólo estamos durmiendo juntos, pero no pu-
edes decir nada. Y cuando todo esto me explote en la cara, ¡todavía
no puedes decir nada!— Miro con atención a Tatum y a Tillie.
—No he dicho nada—. Tatum sacude la cabeza, con una pequeña
sonrisa en los labios. Pero luego su sonrisa cae. —Pero, por favor, ten
cuidado. Son peligrosos, Madi.
—Sé cómo cuidarme —la tranquilizo con una sonrisa. Mirando a
Tillie, le doy un codazo en la cabeza. —¿Qué pasa entre tú y Nate?
Ella se queda quieta, tirando de sus jeans estilo boyfriend. —Na-
da.
Entrecierro los ojos. —Mentira.
Ella exhala. —No lo sé. Anoche dormimos juntos—. Mira a Tatum
nerviosa.
Tatum deja lo que está haciendo, mirándonos a mí y a Tillie. —
¿Qué? Oh, por favor. Como si me importara. Hablaba en serio cuan-
do dije que lo había usado igual que él a mí. Te deseo todos los mo-
mentos sensuales del mundo, lo prometo.
—Vale —dice Tillie aliviada. —Pero él es… no sé. Confuso.
—Duh, es Nate. Es un idiota —se burla Tatum.
—No, no es eso —murmura Tillie. —Quiero decir, obviamente es
un idiota y todo eso, pero para mí, no tanto.
—Hmm.— Miro jamente a la distancia. —Interesante.
Tillie se ríe, atando su pelo rosa pastel en una coleta alta. —No es
nada.
Me agacho, saco la botella de Grey Goose y tiro las copas rojas al
centro. —Así que esto no era exactamente lo que tenía en mente cu-
ando dije que deberíamos ir todas de acampada—. Pongo los ojos en
blanco. —Esta no es la acampada que suelo hacer.
—Ya lo sabemos—. Tatum sonríe. —¡Deberían haber traído sus
armas!
Una expresión de horror se dibuja en mi cara. —¿Qué? De ningu-
na manera. Eso no es… no. Eso va en contra de todo lo que mi padre
me enseñó mientras crecía.
—Bueno, tal vez podríamos ir todas juntas alguna vez. Nunca he
disparado un arma—. Tillie mira a lo lejos.
—¡Esa es una idea mejor!— Señalo, abriendo los ojos a Tatum.
—¿Qué?— Tatum nge inocencia. —Solo digo que… quizá podrí-
as disparar a Bishop y la gente pensaría que fue un accidente—. To-
das comenzamos a reírnos. Agarrándome el estómago, me limpio las
lágrimas de las mejillas.
—Sabes —digo, sirviendo el vodka y luego abriendo el zumo de
naranja. —Cuando empecé en Riverside, no tenía ni idea de qué es-
perar. ¿En todas mis otras escuelas? Fue difícil.
—¿Cómo es eso? Probablemente eres la chica más genial que he
conocido —dice Tillie, y luego mira a Tatum. —No te ofendas.
Tatum se aprieta el corazón en señal de dolor y luego suelta una
risita.
—Porque simplemente no… encajaba. Las chicas simplemente me
odiaban—. Sacudí la cabeza. —De todos modos, la única escuela en
la que más o menos encajé -pero de alguna manera todavía no lo hi-
ce- fue en Minnesota. Y eso sólo porque salía con el quarterback—.
Me río. —Él era popular, y todo el mundo odiaba que yo fuera la
chica que él elegía, pero no lo expresaban—. Doy un trago a mi bebi-
da. —Al menos no hasta que rompimos.
—Bueno, si te sirve de consuelo —murmura Tatum, hundiendo
su bebida, —yo tampoco le he agradado a nadie tanto como ustedes.
Pero… a mí tampoco me han agradado nunca, así que ha funcionado
bien.
Sonrío, levantando mi bebida. —¡Por nosotras!— Brindamos y lu-
ego tragamos nuestras bebidas.
Tatum se acuesta. —¿Estamos siendo poco sociables al no estar
por ahí bebiendo con todo el mundo?
Me apoyo en los codos. —Probablemente, pero nunca nos gusta-
ba ninguno antes de venir aquí, así que ¿a quién le importa?
—¡Toc, toc!
—No entres. Estamos desnudas—. Tatum se ríe dramáticamente.
La cremallera se abre y Carter entra con una sonrisa. —Estoy de-
cepcionado—. Se deja caer a mi lado. —¿Por qué se esconden aquí,
chicas?
Suelto una risita, me inclino y sirvo más vodka y zumo de nara-
nja en mi vaso. —Porque podemos.
—Oh, ya veo—. Carter sonríe. —¿Mi cerveza no es lo su ciente-
mente buena para ti?
Lo miro, notando que donde los ojos de Bishop son verdes oscu-
ros y ardientes, los de Carter son brillantes y vivos. Mientras que el
labio inferior de Bishop tiene un ligero mohín, el de Carter es, como
mucho, normal. Mientras que la piel de Bishop es suave, bronceada
y brilla al sol, la de Carter es blanca y pálida, pero tiene un ligero ru-
bor en las mejillas que es, sin duda, adorable. Además, Carter tiene
una única hendidura en la barbilla que también me parece adorable.
Vuelvo a mirarle a los ojos y me encuentro con que me mira con
una sonrisa de satisfacción. —¿Te gusta lo que ves?
Veo por el rabillo del ojo que Tatum mueve la cabeza hacia nosot-
ros. Tomo un trago. —Meh—. Me encojo de hombros. Me da un co-
dazo juguetón y los dos nos reímos. Sé que Carter estaba con otra
persona anoche, igual que yo, pero no me importa. No tengo ningún
vínculo emocional con Carter. No lo odio. No tengo nada contra él.
Sólo es bonito de ver a veces.
—Entonces—. Tatum se revuelve sobre su estómago mientras
agarro otra copa y la lleno. —¿He oído que te enrollaste con Jenny
Presco anoche?— Ella mueve sus cejas para mayor efecto. —He
oído que ella puede hacer este pequeño truco con su…
—Para —Carter se ríe, casi ahogándose con su bebida. —Pero sí,
ella hace un truco.
—Oh, qué asco —murmuro, mirando a Tillie.
—¿Celosa?— Carter me sonríe. Oh, querido.
—De nitivamente no.
Su sonrisa cae ligeramente.
—Puedo respaldar su respuesta, porque estaba con…
Golpeo a Tatum con mi pierna.
—¿Oh?— Carter hace una mueca. —¿Con quién?
—Con nadie. Conmigo misma—. Le sonrío.
—Oh, ya veo. ¿No hay beso y cuenta?
Cierro los labios y tiro la llave. —Nunca.
Se apoya en el codo, dando un sorbo a su bebida. Bishop y yo
nunca tuvimos la conversación sobre lo abiertos que somos a la hora
de acostarnos con otras personas, aunque yo no soy así en absoluto.
Y aunque le hice decirlo justo antes del sexo, no creo que eso cuente.
Carter me mira. —Sea quien sea, ten cuidado, ¿sí?
Lo miro, muy consciente de lo cerca que está de mí. Asiento con
la cabeza. —Por supuesto.
Sonríe tristemente y luego toma otro trago, justo cuando la entra-
da de la tienda se detiene y entran Bishop, Nate y Hunter.
Bishop mira a Carter, con la mandíbula ligeramente apretada, y
de repente, me siento culpable. ¿Por qué demonios me siento culpab-
le? No hubo ninguna promesa entre nosotros. Pero, aun así, puedo
decir sin lugar a dudas que no me gusta estar cerca de ningún otro
chico que no sea Bishop. Tener a Carter tan cerca de mí no me parece
bien, pero tener a Bishop chupando mi carne sí.
Los ojos de Bishop se estrechan hacia mí, observándonos a Carter
y a mí. Al instante tiene una idea equivocada. Sorpresa, sorpresa. Sin
embargo, en lugar de hacer un berrinche, Bishop toma asiento junto
a Tatum mientras ella les sirve una bebida a todos.
—¿Fiesta en nuestra tienda entonces?— Mira a Bishop, Nate y
Hunter. Los ojos de Bishop no se han movido de mí, así que miro a
Tatum, entregándole mi copa. —¿Otra?— Ella levanta las cejas. —Si
no te conociera, Montgomery, diría que quieres emborracharte.
Me encojo de hombros. —Bueno, ya que no pude tomar nada
anoche…— Miro a Bishop con una sonrisa falsa. —Sí, quiero más.
Nate se arrastra hasta el otro lado de mí, con su brazo rodeando
mi cintura. Cierro los ojos, calmando mi respiración. —Hermana —
me susurra al oído, con su pelo haciéndome cosquillas en el lóbulo
de la oreja. —Lo siento.
Abro los ojos y le miro con los ojos muy abiertos. —¿Por qué?
—Por todo, pero sobre todo por lo que está por venir—. Sus ojos
buscan los míos desesperadamente. Cada ángulo agudo de su man-
díbula y su nariz recta me cabrean.
—Estoy harta de los acertijos —susurro.
Sonríe y se inclina hacia mí, pasando sus labios por mi mejilla. —
Lo sé—. Luego me acerca a él y se aleja notablemente de Carter. Le
quito la copa a Tatum y me la llevo a los labios.
—¡Música!— dice Tillie, mirando entre Nate y yo, incómoda. Vu-
elvo a mirar a Bishop, que está inclinado hacia Tatum, y ella me mira
con una pregunta silenciosa.
Dios mío. ¿Qué clase de grupo jodido somos?
Sacudo la cabeza a Tillie, esperando que sepa que Nate y yo no
somos así. Tillie saca su base de sonido y le da al play a —One For
The Money— de Escape the Fate. Le sonrío. Me encanta su gusto
musical; es tan diferente de la obsesión por el hip-hop de Tatum y
Nate. No es que no me guste el hip-hop, es que tengo un gusto musi-
cal excéntrico y me gusta escuchar diferentes géneros a la vez, no lo
mismo una y otra vez.
Nate saca lo que parece un cigarrillo marrón y luego saca un Zip-
po, encendiéndolo. Le da una gran calada y me lo pasa. Lucho inter-
namente conmigo misma antes de pensar: —A la mierda —y le quito
el cigarrillo. El olor dulce y amaderado del humo de la marihuana
llena la tienda y envuelve mis sentidos.
Nate señala la entrada de la tienda. —¡Chiquillo, cierra la tienda!
— Carter lo mira con los ojos entrecerrados antes de levantarse y cer-
rar la entrada.
Me la llevo a la boca e inhalo como he visto en las películas. Gra-
cias, Redman y Methodman. El humo me golpea justo en la garganta y
luego en el pecho. Toso espasmódicamente, sintiendo que mis pul-
mones se cierran, antes de entregárselo a Carter. Un segundo despu-
és, me pesan los ojos y el espeso humo que empieza a empañar la ti-
enda comienza a nadar alrededor de los rostros de todos, volviéndo-
se lentamente más y más espeso.
Me inclino hacia Nate y me río. —¿Estamos haciendo una caja ca-
liente en la tienda?
Me besa en la cabeza. —Sí, gatita, lo estamos haciendo.
Mis ojos encuentran los de Bishop. Está apoyado en su codo, pero
ligeramente hacia Tatum. Sus piernas están extendidas frente a él,
pero de nuevo, parece que está abierto a ella. Me sonríe y luego se
inclina hacia ella, susurrándole algo al oído. La ira, los celos y el odio
me llenan hasta el borde mientras miro a Tillie, tratando de encont-
rar algo que me haga olvidar lo que sea que Bishop esté haciendo.
—¡Tillie! Ven aquí—. Le hago señas para que se acerque mientras
le da una larga calada al porro. —Vaya —me río, mientras ella toma
asiento entre Nate y yo. —Le estás dando a eso como una profesi-
onal.
Se encoge de hombros. —Quiero decir, no es mi primera vez.
Nate se agarra a ella y la coloca encima de su regazo. —Eres tan
jodidamente sexy ahora mismo. Podría comerte.
—Por favor, no —murmuro, cogiendo el porro de Tatum y lle-
vándomelo a la boca antes de darle otra calada. Esta vez, baja por
mis vías respiratorias un poco más suave. Dejo que el sabor se asien-
te en mi lengua, cerrando los ojos y sintiendo que cada centímetro de
mí se relaja y a oja. Todas las tensiones y preocupaciones que tenía
hace treinta minutos no signi can nada. ¿Bishop, frente a mí, susur-
rando cosas dulces al oído de Tatum? No signi ca nada. Me tumbo
de espaldas con el porro entre los dedos.
Carter se inclina sobre el codo y me quita el porro. —La cosa es
para compartir, Madi. Pu , pu , ¡pasa!— Se ríe, acercándose de nu-
evo a mí.
Yo me río. —Oh, Carter —anuncio en voz alta. —Yo no comparto
nada, y si algo de lo mío piensa que sí lo comparto, puedo demost-
rarle de más de un modo que no lo hago.
La tienda se queda en silencio, todos comprenden el signi cado
de mis palabras. Todos menos Carter. Estúpido Carter. Llevo mi ma-
no a la cara, a un centímetro de distancia, pero el humo es tan espeso
que apenas puedo distinguir el contorno de mis dedos.
—¡Pero!— Agrego. —Menos mal que soy un agente libre, ¿eh?
Una mano se desliza por mi pierna, y sé que no es la mano ligera-
mente áspera de Bishop. Esta mano es demasiado suave. —Sí, menos
mal.
Giro la cabeza hacia donde sé que está Carter.
Nate se ríe, pero suena como si estuviera amortiguado. —Quizá
deberíamos conseguirle a Hunter alguien con quien jugar. Entonces
esto puede ser una gran orgía.
Llena de ira, traición y celos -celos, porque Tatum probablemente
tiene las manos de Bishop sobre ella- mis pensamientos se detienen.
Mi núcleo se aprieta y las gotas de sudor se acumulan en mi cabeza.
La idea me llena de excitación, odio, celos y… ¿lujuria? ¿Por qué?
¿Por qué me excita ese pensamiento? Molesta conmigo misma por
ser un desastre, me pongo boca abajo.
—No—. Suelto una risita, con los ojos perezosos y los movimien-
tos lentos. Apoyo la cabeza en mi brazo. —Hunter puede jugar con-
migo. Puedo aguantar dos… sólo pregúntale a Bishop. Él sabe cuán-
to puedo aguantar en la cama.
Unas manos me rodean los tobillos y, de repente, me tiran con
brusquedad, dándome la vuelta. Sí, esas manos… son las de Bishop.
El peso de un cuerpo cae sobre mí, los labios bajan hasta mi oreja.
Me mete el lóbulo en la boca. —Cuidado, gatita. Yo tampoco com-
parto.
—Ten cuidado tú—. Le doy un empujón en el pecho y se ríe. —
Vuelve a hacer lo que estabas haciendo.
Bishop saca su teléfono y lo ilumina en la esquina, donde dos per-
sonas se están besando. Hunter y Tatum. Deben haber conectado
después de que el humo se volviera demasiado espeso.
—Hmm —murmuro, ladeando la cabeza.
Él vuelve a mirar hacia mí, presionando sus labios contra los mí-
os. —Pero la pregunta es, ¿por qué te ha molestado tanto, gatita?
¿Necesitamos tener la charla?
Carter murmura desde detrás de mí: —Me voy a ir—. Luego se
desliza fuera de la tienda rápidamente, dejando salir parte del humo,
pero no todo. Al menos ahora puedo ver el per l de la cara de Bis-
hop, justo cuando empieza a sonar —The Diary of Jane— de Bre-
aking Benjamin en el muelle.
—No sé. No soy muy buena en esto —respondo.
—¿En qué? —susurra entre mis labios, empujándome con su cu-
erpo hacia abajo sobre mi espalda. Me abre las piernas con las suyas,
apoyándose entre ellas hasta que su bulto se clava en mí, justo ahí.
—¡Aquí!— Hago un gesto entre nosotros. —Yo… no creo que pueda
hacerlo y no sentir, Bishop. No soy tú.
—Siente esto—. Coge mi mano y la baja, presionándola contra su
gruesa verga. —Eso es todo lo que necesitas sentir.
—Te lo advertí.
Me ignora, apretando sus caderas contra mí. —Puede que sepa lo
que estoy haciendo—. Vuelve a acercar sus labios a los míos y me be-
sa, su lengua entra en mi boca y yo la masajeo con la mía.
—No tengo ninguna duda de que lo sabes. Soy yo quien me pre-
ocupa.
—Como deberías estarlo —advierte Nate desde algún lugar entre
el espeso humo. —Sólo para que conste, si provocas una sola lágrima
de sus ojos, B, recibiré un golpe.
Bishop se ríe contra mis labios. —Ella entiende las directrices del
juego. No. Sentimientos—, murmura, plantando un beso en mis labios
después de cada palabra.
—Sí, excepto que ella es una chica -sorprendente, lo sé- y ellas si-
empre sienten. ¿Cómo te sientes ahora, Tillie?— murmura seducto-
ramente.
—¡Oh, para!— Me levanto arrastrando los pies. —No vamos a te-
ner todos sexo en la misma habitación.
Tatum gime desde atrás. —Habla por ti.
—¡No!— Me lanzo del suelo, caminando hacia la entrada de la ti-
enda y abriéndola, el aire fresco de la montaña me despierta un po-
co. Bishop viene detrás de mí, tomando mi mano. —¿Qué pasa?
Me giro para mirarlo, buscando sus ojos. —Nada. Sólo que… mis
amigas son una especie de zorras.
Se ríe, arropándome bajo su brazo. —Sí, en eso puedo estar de
acuerdo.
Más tarde esa noche, estoy sentada en uno de los troncos que ro-
dean la hoguera, con Bishop a mi lado hablando con Cash, con su
brazo alrededor de mi cintura.
Tatum se acerca rebotando a mí, entregándome una bebida. —Si-
ento lo de antes.
Me río, sacudiendo la cabeza y acariciando el lugar a mi lado. —
No te preocupes.
Se apoya en mi hombro. —Una noche más aquí.
—Sí—. Una noche más, y lo único que quiero hacer es leer mi lib-
ro. No quiero sacarlo aquí, porque alguien podría reconocerlo, y en-
tonces la señorita Winters podría meter su culo en problemas. Así
que, en lugar de eso, he tenido que dejar que arda en el fondo de mi
cerebro. Pero Bishop ha mantenido mi cerebro y mi cuerpo ocupa-
dos, así que no ha sido tan difícil. Pero, por desgracia, sigo luchando
con las ganas de leer qué más está pasando. El tren de pensamientos
que estaba sintiendo ha evocado algo muy dentro de mí que no pu-
edo dejar pasar.
—¿Así que tú y Bishop? ¿Todo al descubierto?— Tate me susurra
al oído.
Me muerdo el labio inferior y me encojo de hombros. —No lo sé,
pero creo que sí.
Se ríe, empujándome juguetonamente. —Bueno, pero ten cuida-
do. No le enseñes todas tus cartas.
—¿Eres tú quien me da consejos?— Le susurro en voz alta en la
cara.
—¡Sí! —sisea con una sonrisa. —Soy demasiado bonita para la
cárcel, y lo mataré si te hace daño.
Me río, sacudiendo la cabeza mientras tomo un sorbo de mi bebi-
da. —Gracias, Tate.
Miro hacia Bishop para encontrarlo mirándome jamente. Se tra-
ga el resto de su bebida y luego tira de mi mano. —Vamos.
Cash me mira con una sonrisa de satisfacción en la cara.
La música cambia a —Your Guardian Angel— de Red Jumpsuit
Apparatus, mientras esquivamos lentamente a la gente y nos adent-
ramos en el bosque.
—¿Esta es la parte en la que me matas?— Bromeo, mientras nu-
estros dedos se entrelazan. El corazón me da un vuelco por lo bien
que me siento al tenerlo tan cerca.
Me mira por encima del hombro. —Ahora te ríes… —bromea.
Mi sonrisa decae. —Te juro por Dios, Bishop, que si esto es un…
—¡Cállate!— Se da la vuelta y me pone el dedo en los labios. —
Deja de hablar—. Sus ojos atraviesan cada una de las restricciones
que creía tener. Asiento con la cabeza y él suelta la mano. —Bien—.
Sigue adentrándose en el bosque, esquivando ramas caídas mientras
yo lo sigo.
—¿A dónde vamos?— Le pregunto.
—No está lejos—. Seguimos caminando durante otros veinte mi-
nutos, y entonces se detiene, frente a una espesa zona de arbustos. —
¿Qué es esto?— pregunto, inclinando la cabeza.
Se abre paso entre un espeso arbusto y se adelanta.
—¿Bishop?— El arbusto vuelve a la misma posición en la que es-
taba.
—Pasa, gatita. Deja de quejarte.
Empujo mis manos a través y separo las pequeñas ramas a ladas,
y luego paso un pie hasta que estoy en el otro lado. Al soltarlo, vuel-
ve a su sitio y me limpio las manos en las piernas. —Jesús, ¿qué…?—
Todos los pensamientos salen disparados de mi cabeza. —Dios mío
—susurro, dando un paso adelante y observando el entorno. La bril-
lante luz de la luna se re eja en las sedosas aguas tranquilas del la-
go, y hay miles y miles de luciérnagas que han iluminado el oscuro y
turbio bosque que nos rodea. Es impresionante, algo sacado de un
libro de cuentos. Vuelvo a dar un paso adelante y la mano de Bishop
encuentra la mía. Me quito los zapatos y dejo que los dedos de los
pies se hundan en lo que parece arena de silicio. —¿Cómo supiste de
este lugar?— Pregunto, volviendo a mirar a Bishop.
Se encoge de hombros, se acerca a mí y toma asiento en la arena.
—Tuvimos que revisar el perímetro, ya sabes, para asustar a esta chi-
ca….
Lo empujo. —Idiota.
Se ríe, sus dientes nacarados brillan contra su piel bronceada, ref-
lejándose en la luz de la luna. Me tira de la mano. —Siéntate.
Sigo su orden, arrastrando los pies hacia su calor. —Este n de
semana no ha sido algo que esperaba.
Asiente con la cabeza. —Sí, cuéntame.
—Estoy segura de que conocías tus intenciones—. Pongo los ojos
en blanco.
—Tal vez…— Él sonríe, mirando hacia el agua. —…Pero no eres
como la mayoría de las chicas—. Me devuelve la mirada. —Nunca
me has puesto las cosas fáciles.
—No lo sé —murmuro. —Parece que soy una puta fácil cuando
se trata de ti.
Se ríe, apoyándose en el codo. —No eres una puta, Madison. Sólo
eres una chica a la que le gusta explorar su sexualidad. ¿A los ojos de
quién eres una zorra? —pregunta. Hago una pausa. Continúa: —No
importa. Lo que piensen de ti no es asunto tuyo. Pero tú no eres una
puta. Conozco a las putas, y créeme, si fueras una…— Se detiene,
sonriéndome de nuevo. Bastardo engreído. —No habría forma de
que te pillaran rebotando en mi polla.
—Encantador—. Pongo los ojos en blanco. Me rodea la cintura
con el brazo y me atrae más hacia él. —¿Por qué tendría que ser en-
cantador? —se burla. —Eres una zorra, ¿recuerdas?
Le empujo, intentando contener la risa. —¿Puedo hacerte una
pregunta?
—No.
—Bueno, te lo pregunto de todos modos —murmuro, tumbada
de espaldas y mirando el centelleo de las estrellas. —¿Qué pasó con
tu ex?— Silencio. ¿Quizá me he pasado de la raya? No, sé que me he
pasado de la raya. Sabía que lo había hecho incluso antes de abrir la
boca.
—¿Quién te habló de ella? —pregunta, relajando su agarre alre-
dedor de mi cuerpo.
—Unas cuantas personas.
—Tatum—. Sacude la cabeza y susurra: —Esa chica tiene la boca
más grande de la historia de Riverside.
—¡Oye!— Lo empujo de nuevo. —Esa es mi mejor amiga.
—Bueno, entonces retiro mi a rmación anterior —declara, aun-
que sé que hay un toque de humor en su tono. —De nitivamente ti-
enes un juicio de mierda.
—Bueno, me acosté contigo, así que…
Me mira, su labio se mueve en la esquina, insinuando una sonri-
sa.
—Deja de cambiar de tema—. Le miro, atenta a cualquier cosa.
Sacude la cabeza, sin que la emoción se apodere de su rostro.
—No era lo que piensas, si es lo que quieres saber. No éramos lo
que tú crees.
—Vale, listillo, ¿y qué es lo que pienso?
—No lo sé—. Me mira y me acurruco más en él. —Ella era un me-
dio para un n. Eso es todo lo que necesitas saber por ahora.
—Tantos secretos.
—No tienes ni idea—. Se aprieta más contra mí y me besa la parte
superior de la cabeza.
—Entonces, ¿entiendo que el Club de Reyes de la Élite es muy re-
al?
Esta vez se ríe, mirando al lago. —Es cierto, pero ¿Madison?—
Vuelve a mirar hacia mí y me tira encima de él hasta que me pongo a
horcajadas sobre su cintura. Lucho contra las ganas de besarlo o de
morderlo, porque aparentemente no tengo ningún autocontrol. Incli-
na la cabeza. —Esto no es una broma.
—Lo sé —susurro en voz baja, aunque en realidad no lo sé, por-
que no me dice mucho. Sin embargo, aprecio lo que ya me ha conta-
do, sabiendo que sólo eso fue un movimiento valiente para él.
—Dios, hay tantas cosas que deberías saber —susurra, y sus ma-
nos caen sobre mis caderas.
Me adelanto y paso mis labios por los suyos muy suavemente,
luchando por chupar su labio inferior más grueso. —Sólo dime, Bis-
hop. Dime qué es.
—No puedo, cariño. Aunque quiero, tanto Nate como yo quere-
mos, no podemos. No es seguro que lo sepas, y sólo te dejará con
más preguntas.
Me retuerzo contra él y me acurruco en su cuello. —Bien, ¿pero
una pregunta más?
—Sí, hazla, gatita.
—¿Esto es real, lo que está pasando entre tú y yo? ¿O es todo par-
te de uno de tus juegos?
Hace una pausa por un segundo y luego me mira. Sus ojos se ab-
landan, una suavidad que nunca he visto en todo el tiempo que he
conocido a Bishop. —Sí—. Se aclara la garganta. —Sí, joder, creo que
sí.
CAPÍTULO 25

Vuelvo a entrar en LA casa con Nate a mi lado, dejando caer mis


bolsas al suelo. —¿Papá?— Le llamo, tirando las llaves de su Aston
Martin sobre la mesa de la cocina.
Nate abre la nevera y saca el zumo de naranja, retira el tapón y da
un largo trago. —¡Mamá!
Elena entra en la cocina con su ropa de gimnasia. —Hola a los
dos. ¿Se divierten? —pregunta con una sonrisa, antes de fruncir el
ceño y caminar hacia Nate, apartando su mano del zumo de naranja
y colocándolo de nuevo en la nevera. —¡Tú!— Le señala el pecho. —
Necesitas más entrenamiento de etiqueta.
—Perros viejos y todo eso —murmuro, tomando asiento en el ta-
burete.
Elena sonríe. —Muy cierto, Madison—. Se dirige al fregadero y
llena un vaso de agua. —Tu padre está fuera en este momento, pero
llegará a casa un poco más tarde. ¿Estás bien?— Se gira para mirar-
me y da un sorbo a su agua. Es realmente hermosa. Tiene el pelo cas-
taño oscuro, ojos azules y una piel suave y lechosa. No parece tener
cuarenta y un años, eso es seguro. Tuvo a Nate de joven, y nunca le
he preguntado por el padre de Nate, pero deduzco que es una histo-
ria oscura, ya que nadie se la ha creído. Elena Riverside… su nombre
por sí solo tiene más sustancia que la falta de habilidad de Nate para
rechazar un polvo.
—Está bien—. Sacudo la cabeza. —Lo hemos pasado muy bien,
gracias—. Me levanto del taburete. —Pero me muero por una ducha.
Nate me sonríe, dando un mordisco a un muslo de pollo asado
que le ha sobrado. —Sí, seguro que sí.
Entrecierro los ojos. Elena pone los suyos en blanco. —Nate, déj-
ala en paz. A ti también te vendría bien una ducha.
Me río, sacándole la lengua. Su labio se curva y salgo de la cocina,
recogiendo mi bolsa de viaje y subiendo las escaleras. Me meto en mi
habitación, me meto en el baño -bloqueando la salida lateral de Na-
te- y luego elijo rápidamente unos pantalones de chándal grises suel-
tos que me cuelgan de la cintura y una camisa blanca relajada. Me
encantaba estar en el bosque, pero maldita sea, es agradable estar en
casa.
Nunca había querido encariñarme con ninguna de nuestras casas,
pero no sé. Algo me hace sentir que esto es todo para nosotros. Espe-
ro estar en lo cierto, porque voy a pensar seriamente en dejar que los
padres de Tatum me adopten si mi padre cree que puede volver a
empaquetar y marcharse. Me enjabono las manos y los pies antes de
ponerme unos calcetines. Recogiendo mi bolsa de viaje, rebusco ent-
re toda mi ropa hasta que las puntas de mis dedos rozan el familiar
libro de cuero marrón. Mi teléfono vibra en la mesilla de noche, pero
es demasiado tarde. Ya estoy hojeando la portada y saltando al capí-
tulo que me toca.

4
El Mañana
¿Qué ocurre cuando todo lo que creías saber, todo lo que te habían edu-
cado, de repente no es nada?
Elegir un esposo para tener a mis hijos no fue fácil para mí; mis padres
lo eligieron a él y, en ese momento, me pareció una persona adecuada. Era
trabajador, encantador y bien hablado. Pensaba que era todo lo que quería
en un compañero, todo lo que una chica necesita en uno, pero sólo última-
mente he empezado a darme cuenta de lo distante y fuera de lugar que podía
haber sido mi juicio.
Volviendo a tumbar a Damien en su cuna de tela, le tarareé suavemente
mientras seguía meciendo la cunita con la esperanza de no despertarlo.
—Katsia, parece que esta noche hay un terrible jaleo ahí fuera.
Asentí con la cabeza, alejándome de la cuna. —Yo también lo oigo. No
temas, no debería durar mucho más.
Maree me miró como si esperara algún tipo de con rmación. Moví la ca-
beza en señal de comprensión. No iba a dejar pasar esto a menos que hablara
con mi esposo, y con razón. Maree tiene un bebé recién nacido al igual que
yo. Y donde Humphrey celebra sus reuniones, resulta que está justo al lado
de su casa.
—No tardaré mucho—. Con un gesto de asentimiento, pasé junto a ella
y salí por la puerta, con las suelas de mis zapatillas golpeando el suelo pol-
voriento del bosque. La luna se ponía detrás de los árboles del bosque, mi-
entras las cenizas del fuego de Humphrey otaban en la noche como luciér-
nagas iluminando mi camino. Sus palabras me sorprendieron cuando abrí
la boca, impidiendo que cualquier palabra coherente pasara por mis labios.
De repente, supe que no me querían aquí durante esta reunión, y si él se en-
teraba de que lo estaba, mi seguridad quedaría en entredicho.
—¡Lo matamos! —saluda orgulloso el hombre de la derecha de mi mari-
do.
—No, no debemos precipitarnos —respondió mi marido. —Hay que ha-
cerlo con cuidado. Quiero que la gente sepa que fui yo, pero no puedo de-
mostrarlo. Quiero que me teman. Quiero gobernar este puto pueblo, y tú me
vas a ayudar a hacerlo—. Hizo una pausa. —Mañana —continúa mi esposo.
—Mañana le atravesaré el cráneo con mi hacha.
¿Iba a matar a uno de nuestros líderes? ¿Por el poder? ¿Por qué? ¿Qué
debía necesitar tanto para tener todo el poder y el control? Las cosas se esta-
ban saliendo de control. Cada día que pasaba parecía que las cosas iban a pe-
or, y peor.
Lo hacían.
—¿Qué?— Susurro al aire, tratando de entender los últimos acon-
tecimientos de esta historia. ¿Por qué? ¿Por qué quería Humphrey
matar a uno de sus líderes? ¿Para gobernar? Suena a acciones muy
grandes para algo que, siendo realistas, aún no depende de él. Tam-
bién tendría que ganarse al pueblo. Mi teléfono vuelve a sonar en el
fondo, esta vez con un timbre, y lo cojo a ciegas, con los ojos todavía
puestos en el libro.
—¿Hola?
—¿Siguen en casa?
Bishop.
—¿Quiénes? ¿Quiénes están todavía en casa?
—Tu padre y Elena.
Resoplo, me levanto de la cama y me dirijo hacia la puerta corre-
dera que da a mi pequeño balcón, apartando la elegante cortina
blanca. Al asomarme por la rendija, sacudo la cabeza. —No, se han
ido. ¿Por qué?
—Haz una maleta, y dile a Nate que haga una también.
—¿Qué?
—Prepara una puta maleta y prepárate en cinco minutos. Ya casi
llegamos.
La urgencia en su tono no pasa desapercibida. —¿Por qué?— En-
derezo los hombros, mis ojos recorren la habitación.
—Haz las preguntas más tarde. Por ahora, por una vez, haz lo
que te digan, joder—. Luego cuelga el teléfono. Miro la pantalla en
blanco y enarco las cejas.
—¡Nate!— Grito, dejando caer el teléfono sobre la cama y cami-
nando hacia nuestro baño compartido. Al abrir la puerta, me tapo
los ojos con la mano al ver a Nate montando a una chica. —¡Nate!
¡Oh, Dios mío! ¡Por el amor del in erno!
—¡Únete o lárgate!— Se ríe, aunque si capto bien los sonidos, di-
ría que no deja de penetrar.
Me tapo los ojos con la mano. —Bishop acaba de llamar y ha dic-
ho que los dos tenemos que hacer la maleta y estar listos en cinco mi-
nutos.
—¿Qué?— Se detiene. ¿Se detiene?
—Sí. ¿Así que puedes darte prisa?— Pongo los ojos en blanco, de-
jando caer la mano a mi lado cuando me doy cuenta de que no me
importa, hasta que mis ojos se posan en Tillie. Oh, no. ¿Una vez? Bi-
en. ¿Dos veces? No está bien. Mi sonrisa cae. —¿Tillie?— Sus mejillas
se enrojecen mientras se sube las sábanas a la cara. Nate pone los oj-
os en blanco, tira de las sábanas hacia abajo y luego se arrastra fuera
de ella, poniéndose los jeans. —No te escondas de ella.
—Jesús —susurro, llevándome la mano a la frente. —Tú y yo
hablaremos de esto —siseo hacia Nate.
—¿Celos?— Mueve las cejas.
Le doy un puñetazo. Juro por Dios que le doy un puñetazo.
—¡No!— Arrugo la cara. —Prepárate—. Entonces los dejo a los
dos, entrando en mi habitación y dirigiéndome directamente a mi ar-
mario. Saco mi bolsa de lona, saco ropa y zapatos al azar y los meto
dentro antes de ir al baño por el cepillo de dientes, el champú y todo
lo que necesito, incluida la píldora anticonceptiva. Nate entra, su pu-
erta se abre para mostrar a Tillie que vuelve a ponerse los jeans. Se
dirige al lavabo y coge el cepillo de dientes, observándome atenta-
mente en el espejo.
—Hazle daño, Nate, y te mataré.
—¡Las amenazas son baratas, gatita! —grita, mientras vuelvo a mi
cama y meto todos mis artículos de aseo en el bolsillo lateral antes de
arrodillarme y recoger el libro encuadernado en cuero de debajo de
mi cama, metiéndolo en mi bolso. —Eso no era una amenaza—. Mi
voz es tranquila, estoica. La puerta de mi habitación se abre de gol-
pe, chocando contra la pared para mostrar a un humeante Bishop.
—¡Mierda!— Grito. —¿Cuál es tu maldito problema?
—¡Baja las escaleras, ahora! ¿Dónde está Nate?
—En su habitación. Me acerco a Bishop, observando su pelo revu-
elto, el brillo del sudor en su piel bronceada y sus ojos. Sus ojos están
furiosos, dilatados hasta ser casi negros. ¿Puede este hombre parecer
feo?
—No lo hagas—. Sacude la cabeza. —Baja de una puta vez.
Nate elige ahora entrar. —¿Qué está pasando?
Bishop mira a Nate, Nate le devuelve la mirada a Bishop, y en-
tonces la sonrisita de su ciencia que había en la boca de Nate cae al
instante. —Oh, joder.
Bishop me arrebata la mano y me atrae hacia su cuerpo, a punto
de arrastrarme hacia la puerta, cuando pilla a Tillie en el dormitorio
de Nate. —¿En serio?
Nate mira brevemente por encima de su hombro. —No estás en
condiciones de juzgar la elección de pareja de cama de nadie.
La mandíbula de Bishop se tensa. —Excepto que tú y yo sabemos
que no he elegido exactamente.
Ouch.
Nate pone los ojos en blanco y recoge su bolsa del suelo. —Puede
venir.
—¿A las Galeras?— Bishop se burla. —De nitivamente no, joder.
—B, no puedes opinar sobre esto, esta vez. Ella va a venir—. Nate
tira de la mano de Tillie.
Bishop se acerca a Nate. —Siempre tengo la última palabra. Recu-
érdalo.
—Bishop, déjala venir. Deja de ser un imbécil —susurro.
Me mira brevemente por encima de su hombro, pareciendo luc-
har con algo, antes de volver a mirar a Nate. —¿Qué? ¿Crees que
porque ella lo diga lo haré? ¿Te olvidas de quién soy?
—¡Estamos perdiendo el tiempo!— grito. No sé por qué razón,
pero probablemente tenga algo que ver con lo tenso que está Bishop.
Da un paso atrás, con los ojos todavía clavados en Nate. —Intere-
sante, cachorro. En realidad, te importa una mierda su chica —se
burla Bishop, me coge de la mano y me saca por la puerta de mi ha-
bitación. Miro por encima del hombro hacia Tillie y Nate. Cuando
sus ojos encuentran los míos, le digo con la boca —lo siento —y ella
sacude la cabeza con una pequeña sonrisa. Nate la atrae bajo el brazo
y le besa la frente mientras todos salimos por la puerta principal.
Bishop abre la puerta del pasajero de su Maserati antes de cami-
nar hacia el lado del conductor. Nate y Tillie se sientan en el asiento
trasero, y justo cuando estoy a punto de meterme en el asiento del
conductor, me jo en la la de autos aparcados detrás de nosotros. El
conductor del Lamborghini que está detrás de nosotros lo reconozco
como Ace, y supongo que en el resto de los autos caros está el resto
de Los Reyes.
—¡Sube, gatita!— grita Bishop desde el volante.
Me deslizo dentro y me pongo el cinturón de seguridad. —¿Qué
está pasando?— Pregunto y me lo pongo justo cuando Bishop sale
derrapando de la entrada de mi casa. Miro por el espejo retrovisor y
veo que el resto de los autos salen detrás de nosotros. —¡Bishop!—
Le digo, mirando hacia él. —¿Qué está pasando y por qué estoy
aquí?
—¿Me lo vas a explicar tú, o lo hago yo?— Nate murmura con su-
ciencia desde el asiento trasero.
Bishop le lanza una mirada de muerte por el espejo retrovisor. —
Esa noche que estuviste conmigo.
—¿Qué noche?— añado yo.
—La de la carrera.
—Te sigo.
—¿Recuerdas que dije algo vago como ‘no te reconocerá’?
—Sí.
—Pues te ha reconocido—. Pone la marcha en segunda y pisa el
acelerador para entrar en la carretera principal, alejándose de la ci-
udad.
—¿Y quién es él?
Bishop mira a Nate por el espejo retrovisor antes de volver a mi-
rar la carretera principal. —Mi padre.
CAPÍTULO 26

—Espera—. Me giro en mi asiento para mirarle. —¿Era tu padre?


¿Y por qué importa?
Bishop mira a Nate de nuevo, su mandíbula se tensa. —Cree que
eres otra persona.
—Bueno, eso es fácil entonces—. Levanto la mano. —Simplemen-
te le diremos que se equivoca.
—Sí, así no funcionan las cosas con él.
—Bueno, explícate —chillo. Bishop da una vuelta, y miro detrás
de nosotros para ver al resto de los chicos siguiéndonos de cerca. —
¡Y tu madre es famosa! No puede ser tan malo.
—Ves, esa es la cuestión, sin embargo —dice Nate desde detrás
de mí. —Esta gente, cada uno de ellos está en una posición poderosa.
—Nada tiene sentido —susurro, viendo pasar la mancha de árbo-
les mientras nos dirigimos hacia las afueras de la ciudad.
Bishop gruñe y sus dedos se tensan alrededor del volante. —Cre-
en que eres otra persona, y es difícil de explicar sin que se me escape
algo que no puedo, pero simplemente…— Hace una pausa, buscan-
do las palabras adecuadas. —Creen que eres otra persona.
Mi cuerpo se sacude por el camino lleno de baches y abro los oj-
os, un bostezo se me escapa de los labios. Está oscuro, las luces altas
son la única luz que tenemos mientras nos adentramos en un estrec-
ho camino de tierra bordeado de naturaleza. Una naturaleza espesa.
Me giro en mi asiento y veo a Nate y a Tillie dormidos, Tillie acuna-
da en el brazo de Nate, y Nate con la capucha puesta y la gorra ta-
pándole los ojos.
Vuelvo a mirar a Bishop. —¿Cuánto tiempo llevamos conducien-
do?
Se acomoda en su asiento. —Cinco horas.
¿Cinco horas? Vaya por Dios. —¿A dónde vamos?— Pregunto,
observando como el bosque se vuelve cada vez más oscuro y la car-
retera empieza a parecer menos una carretera.
—A una cabaña—. Estira el cuello.
—¿Por qué no puedes decirle que está equivocado?
—Porque no puedo, Madi—. Me mira de reojo. —Si fuera tan
sencillo, ya lo habría hecho.
—Pues necesito algo más. Porque nada tiene mucho sentido para
mí ahora mismo.
Sonríe por primera vez desde que lo vi ayer, con su característica
sonrisa en los labios. —¿Pero no estás ya acostumbrada?
Al llegar a una amplia extensión de terreno, acerca el auto a la ca-
baña de madera que domina el resto del bosque aislado.
—¿De quién es este lugar?— Pregunto, viendo que está un poco
en la escala de los ricos para ser clasi cada como una cabaña en el
bosque -que hay que admitir que es lo que estaba pensando. Ya sa-
bes, de esas a las que te arrastra el asesino en serie. Pero no es eso en
absoluto. Aunque parece de lujo, puedo ver cómo los jardines están
cubiertos de maleza, las enredaderas serpentean por los pilares que
se encuentran a cada lado del porche delantero. Alguien no lo ha cu-
idado.
—Mio—. Bishop empuja la puerta y sale.
—¿Qué?— jadeo, saliendo del asiento del copiloto. Estoy a punto
de preguntarle más, cuando varios faros iluminan la noche oscura y
brumosa, despertando a Nate y Tillie en la parte trasera. Cierro la
puerta y rodeo el auto hacia Bishop. Su brazo se desliza y me rodea
la cintura mientras me atrae más hacia él. Me derrumbo, me derrito,
o como quieras llamarlo. Se siente bien después de estar en un auto
durante horas, eso es seguro.
Su duro pecho está pegado a mi espalda cuando le paso la mano
por su musculoso antebrazo, mientras el resto de los chicos se amon-
tonan fuera de sus autos, llevando una variedad de bolsas.
Bishop le da un gesto con la cabeza. —Desbloqueo —grita, dando
un paso atrás y llevándose el calor de su cuerpo. Me coge la mano.
—Vamos—. Me lleva hasta la escalera y abre la puerta, y al instante
un suave almizcle golpea mis sentidos, mezclado con pino viejo y al-
go dulce y… ¿masculino? Bishop enciende las luces y deja las llaves
sobre la mesa junto a la percha.
Cierro los ojos brevemente y observo la zona ahora iluminada. —
Vaya. ¿Todo esto es tuyo?
Bishop asiente. —Sí.
—¿Pero es esto inteligente?— Pregunto, justo cuando Hunter,
Ace, Abel, Brantley y Cash pasan.
—Sí, Bishop, ¿es inteligente?— Brantley se queja, mirándome con
maldad mientras pasa.
Lo ignoro.
—Es el último lugar donde se les ocurriría buscar —me tranquili-
za Bishop. Entra en la sala de estar, que ocupa la mayor parte de la
planta baja, con vistas al bosque a través de unas ventanas que van
del suelo al techo y que tienen forma de triángulo, entrando por el
centro.
—¿Cómo es eso?— pregunto, siguiéndolo más adentro.
—Porque el primer lugar en el que mirarán es tu casa, y luego la
del resto de los chicos. Para cuando se den cuenta, ya habremos resu-
elto nuestro próximo plan de acción.
Me acerco a donde está apoyado en la encimera de la cocina. —¿Y
cuánto tiempo se supone que va a durar esto exactamente?
Hace una pausa, mirándome directamente a los ojos. —No lo sé.
—Vamos—. Se aparta del fregadero y toma mi mano entre las su-
yas. —Subiremos a la habitación.
Pienso en discutir con él, pero supongo que puedo hacerlo en la
habitación, así que dejo que me guíe por las escaleras de madera
manchada.
Al entrar, pone nuestras maletas sobre la cama y toma asiento
junto a ellas.
—Esto es lo que pasa —empieza Bishop, quitándose la camisa. Se
me hace la boca agua y mis ojos lo recorren lentamente. Él capta mi
mirada perversa, hace una pausa en lo que estaba diciendo y frunce
un poco el labio antes de continuar. —Mi padre forma parte de es-
ta… empresa. Toda esta gente trabaja para mi padre—. Tira su cami-
sa en la esquina y luego toma otro asiento en la cama. —Siguen el ej-
emplo de mi padre. En todo. Puedes pensar en él como una especie
de director general, supongo—. Sus ojos miran los míos. —Madi, mi
padre no es un buen hombre. No es que ninguno de nosotros lo sea,
pero de nitivamente no es un buen hombre.
Tomo asiento junto a Bishop en la cama, con los ojos clavados en
la pared frente a nosotros. —¿Qué quiere de mí?
Bishop maldice, se tira del pelo con frustración y luego apoya los
codos en las rodillas, inclinándose hacia delante. —Él… no puedo.
Ni siquiera podemos hablar de ello.
Va a continuar, pero lo interrumpo. Sé lo que está insinuando, y
no quiero hacerle sentir que tiene que contármelo y que luego se si-
enta culpable o lo que sea por compartir algo tan importante. Pero si
lo adivino, entonces no sería su culpa. —¿CIA?— Susurro, terminan-
do su frase anterior.
—¿Qué?— Su cabeza se inclina confundida.
—Tú sabes…— insinúo.
Sus ojos reconocen la realidad y sonríe, casi aliviado. —Sí —su-
surra. —Sí.
—Vale, pero ¿qué quieren de mí?—. Ahora que sé que su padre
trabaja para la CIA, me siento más tranquila. Los Reyes de la Élite,
son sólo un grupo de niños ricos gastando el dinero de mamá y pa-
pá. Son exactamente el tipo de chicos que sospechaba que eran. Pon-
go mentalmente los ojos en blanco ante Tatum y sus dramáticos ru-
mores sobre todos ellos. Típico de Tatum.
Bishop se apoya en los codos, cada músculo se tensa en su movi-
miento. —Creen que tu padre está blanqueando dinero para una de
las principales empresas comerciales de Las Vegas.
El reconocimiento se desliza. Mi padre siempre está en Las Vegas,
últimamente más a menudo. ¿Tal vez por eso siempre nos muda-
mos? Tal vez no nos mudábamos porque él no podía establecerse.
Tal vez nos mudábamos porque él huía de algo, o de alguien. Tiene
sentido en mi cabeza, las piezas del rompecabezas se deslizan lenta-
mente.
—¿Y ahora qué?— Pregunto, mirándole por encima del hombro.
—¿Esto es lo que no me habían podido contar?.
Bishop asiente de mala gana. —Sí, nena.
—Huh—. Miro hacia delante. —¿Por qué no viniste directamente
y me lo insinuaste antes?
—Porque no con aba en ti. Ellos -aparte de Nate- siguen sin con-
ar en ti.
Antes de que pueda preguntarle qué tienen que ver, se oye un li-
gero golpe en la puerta.
—Vete a la mierda —suelta Bishop.
—Pasa —digo dulcemente, los dos al unísono. Demasiado cursi.
La puerta se abre con un chirrido y Tillie asoma la cabeza. Lleva una
de las sudaderas de Nate y me mira como si tuviera miles de cosas
que decir, así que le doy una palmadita en la mano a Bishop y lo mi-
ro. —Danos un segundo.
Él observa a Tillie de cerca, demasiado de cerca, y ella le devuelve
la mirada, con la boca ligeramente abierta. Algo pasa entre los dos
antes de que Tillie trague nerviosamente. Bishop la empuja. Siempre
el imbécil.
Tillie le sonríe tristemente con una inclinación de cabeza y luego
toma asiento donde estaba en la cama.
La puerta se cierra antes de volverse hacia ella. —¿Qué fue eso?
—¿Qué te ha dicho? —pregunta, sus ojos buscan los míos.
—¿Sobre qué?
—Sobre esto… ¿qué te dijo?.
—No puedo decirlo. Lo siento, Tillie.
Una sonrisa falsa se extiende por su cara. —No pasa nada. De to-
dos modos, quería hablar contigo sobre…
—Tillie, está totalmente bien. Fue un shock al principio, pero está
totalmente bien. Sólo una cosa…— Levanto un dedo. —Por favor,
ten cuidado. No es capaz de hacer las cosas que esperas de él.
Sus hombros se a ojan en señal de derrota. —Gracias, pero estoy
segura de que estaré bien, Madi—. Ella mira alrededor del dormito-
rio principal. —La habitación en la que estábamos me pareció bonita,
pero esto es otra cosa.
Miro distraídamente a mi alrededor. —Sí, es bonita.
Tillie se gira para mirarme. —Entonces, ¿dijo cómo consiguió esta
casa?
Sacudo la cabeza, levantándome de la cama y recogiendo mi bol-
sa de lona del suelo. —No, pero tengo que decir que muchas cosas ti-
enen sentido ahora. Y tengo que tener una charla con Tatum y su lo-
ca imaginación sobre estos rumores—. Estoy sacudiendo la cabeza y
abriendo la cremallera de mi bolsa cuando Tillie me interrumpe.
—¿Cómo es eso?
—Digamos que no son tan malos como parecen—. Le guiño un
ojo con facilidad. Su cara se pone pálida, sus músculos se tensan y su
sonrisa cae al instante. —¿Tillie?— Camino hacia ella. —¿Estás bien?
— Se me pone la piel de gallina por la mirada que me dirige, pero en
un instante recupera la sonrisa.
—Sí, lo siento —intenta tranquilizarme, pero no me lo creo.
—¿Segura?— pregunto, tocando su brazo. —Parece que has visto
un fantasma.
Se ríe de mí con facilidad. —No seas tonta.
Me vuelvo hacia mi bolso y saco mi chaqueta de cuero negra, me
la pongo y me abrocho los botones antes de ponerme las botas Ugg.
—¿Vamos abajo?— Voy a pasar junto a ella, y justo cuando estoy a
punto de llegar a la puerta del dormitorio, su mano se acerca a mi
brazo, deteniéndome.
—Te toca prometerme que tendrás cuidado, Madi.
Busco sus ojos con una sonrisa, pero cuando veo lo seria que está,
con los ojos vidriosos por las lágrimas no derramadas y el miedo on-
deando en sus facciones, le doy una palmadita en la mano y le hago
un sincero movimiento de cabeza. —Por supuesto que sí, Tillie.
CAPÍTULO 27

Las llamas del fuego de leña que Bishop y los chicos han monta-
do fuera, en el gran patio delantero de la casa, parpadean en la noc-
he estrellada, lamiendo mi piel con cada destello. Me vuelvo a ceñir
la chaqueta al cuerpo justo cuando Bishop se sienta en el tronco a mi
lado y me da lo que supongo que es un vaso de whisky. Lo tomo
alegremente, los cubitos de hielo tintinean y rompen nuestro silen-
cio. Algunos de los chicos siguen despiertos, repartidos por los tron-
cos que hay fuera, así como Nate y Tillie, que están acurrucados en
el suelo y sentados contra uno. Nate patea una piedra en el fuego. Ti-
ene la otra rodilla levantada con el codo apoyado en ella, y Tillie está
metida entre sus piernas.
—¿Nate?— Le llamo suavemente. Se detiene, con la mandíbula
tensa.
—¿Qué?
—¿Qué pasa?— Nunca me he andado con rodeos con Nate. Creo
que, desde el primer día, siempre ha sido esa persona en la que sien-
to que puedo con ar, a pesar de sus decisiones de mierda. Así que
juegan. Cuando se tiene tanto dinero como nosotros -excepto Tillie-
se encuentra placer en los trucos super ciales.
Mira a Bishop, con el labio ligeramente curvado. —No, nada. To-
do va de maravilla, hermana —casi sisea, antes de mirarme directa-
mente a mí. Sus ojos se suavizan un poco cuando se jan en los míos,
y se levanta del suelo, haciendo que Tillie se levante rápidamente.
Caminando hacia mí, se detiene justo delante y lleva suavemente el
dorso de sus dedos a mi mejilla, recorriéndola con suavidad. Cierro
los ojos. —Mírame, Madi.
Mis ojos se abren y Nate me mira, ignorando a Bishop. Podría
cortar la tensión.
—Lo siento —dice. Luego se va, arrastrando a Tillie tras él, que
me mira por encima del hombro mientras la llevan de vuelta al inte-
rior. ¿Por qué a pesar de que Bishop acaba de contarme lo que todo
el mundo oculta, sigo sintiendo que soy la única que no está al corri-
ente?
Suspirando, le doy a Bishop mi bebida y me levanto del tronco.
—Me voy a la cama.
Él toma mi vaso, sus dedos rozan los míos. —Voy a hablar un ra-
to con Saint. Me levantaré pronto.
Le sonrío. —De acuerdo—. Volviendo al interior de la tranquila
casa de campo -a pesar de la cantidad de tipos revoltosos bajo este
mismo techo- subo las escaleras, con nada más que mis pensamien-
tos. Abro la puerta de un empujón y saco unos pantis y una camiseta
suelta antes de entrar en el cuarto de baño. Enciendo la luz, coloco la
ropa en los lavabos contiguos y abro el grifo. Mientras el vapor llena
el gran cuarto de baño, me despojo de la ropa y saco una toalla lim-
pia del armario, envolviéndola alrededor de mi cuerpo.
¿Por qué siento que me falta una parte importante? Sin embargo,
confío en Bishop. Creo que es sincero, y puede que eso me convierta
en una estúpida, pero ¿por qué si no iba a sentir que tiene que ocul-
tarme algo? Que su padre forme parte de la CIA tiene mucho senti-
do. Alinea todas las cosas que han sucedido. Sin embargo, esa maldi-
ta pieza que falta. Me está mirando jamente, mostrándose a sí mis-
ma.
Atribuyéndolo a que estoy demasiado cansada, hambrienta y
simplemente agotada, dejo caer la toalla y me meto en la ducha, rest-
regándome rápidamente, pero disfrutando de las gotas de agua cali-
ente que caen sobre mis músculos agotados. Me siento tan bien. Re-
cordando que quiero leer algo rápido esta noche antes de que Bishop
se acueste, cierro los grifos y salgo de la ducha, envolviendo la toalla
para secarme rápidamente antes de ponerme la ropa, o la falta de el-
la.
Cuelgo la toalla, abro la puerta de un tirón y me asomo a las per-
sianas que hay junto a la cama para comprobar si Bishop sigue ahí
fuera. Está allí, charlando con Saint y Hunter. Cierro rápidamente las
persianas, saco El Libro de mi bolso y me meto bajo la manta. Acos-
tada, abro hacia donde estaba y me pierdo de nuevo en la historia.

5
La Inocencia Perdida

Después de aquella noche en la que oí a mi esposo planear la muerte de


nuestros líderes, decidí enterrar este libro hasta que pudiera decidir si era
seguro o no continuar con su escritura. Mi hijo ha cumplido hoy catorce
años, y esta noche es su ritual. A los catorce años, mi hijo perderá su virgi-
nidad con una mujer que le lleva demasiados años de ventaja de los que cu-
alquier madre se preocuparía por reconocer. Los años en los que no tuve na-
da que ver. Solía luchar contra Humphrey en cada momento. Cada decisión
que tomaba que no me gustaba, me enfrentaba a él. Comenzó gritándome y
luego golpeándome, pero pronto se dio cuenta de que yo aceptaba todo lo que
me daba. Una vez que se dio cuenta, me castigaba golpeando a mi hijo. Eso
funcionó e cazmente, porque el único día que amenazó con eso, fue el día en
que empecé a obedecer cada una de sus palabras. Ese fue el día en que mis
hombros cayeron derrotados, y me juré a mí misma, con Dios como testigo,
que espero que muera pronto. Muere una muerte rápida, pero muere de to-
dos modos.
—Mamá, estaré bien. No hace falta que te preocupes.
Apreté las arrugas de su camisa de lino, con una sonrisa en los labios.
Una sonrisa falsa, una sonrisa que conocía muy bien. Mi precioso hijo, la
única persona para la que no quería más que felicidad, pero sabía que no la
conseguiría.
—Lo sé, hijo mío. Lo sé.
Sonrió. —Esto es lo mejor, madre. Padre sabe lo que hace. El pueblo con-
fía en él. Yo confío en él. Tú también deberías con ar en él—. Mi corazón se
rompió un poco, pero agradecí que no supiera la clase de monstruo que era
su padre. Era mejor así. Nada bueno podría venir para él si lo supiera. No
quería arruinar lo mucho que admiraba a su padre, aunque sus intenciones
no fueran nobles.
Froté el pecho de Damien. —Estás listo.
Sonrió. Los dientes blancos de Damián brillaban en su cara, la cicatriz
que se hizo en la parte superior del labio cuando se cayó de uno de nuestros
caballos seguía allí. Tenía cuatro años entonces, y ahora tenía catorce. A
punto de hacer el amor con alguien que no lo merecía, todo porque su padre
lo decía. Porque era su mayoría de edad. Porque cuanto más joven encontra-
ra a alguien, más tiempo tendrían que reproducirse. La idea hizo que se me
revolviera el estómago de asco, pero mantuve la sonrisa en mi rostro por mi
hijo.
—Te quiero, mamá.
—Yo también te quiero, Damien. Ahora, adelante.
Me sonrió de nuevo y salió de nuestra cabaña. Era mucho más grande
que la anterior, y mi marido siempre me lo recordaba. De cómo le debía el
haberme sacado de la pobreza, como él decía.
Damien se escapó por la cortina. —Te quiero mucho—. Ya podía sentir
que se me escapaba de las manos, y por más que intentara aferrarme a lo que
fuera para mantenerlo cerca de mí, no podía. Estaba fuera de mis manos.
Humphrey estaba consiguiendo manipular a los hombres más poderosos
de nuestro tiempo. Tenía otros hombres -líderes, pero que no estaban al
mando como él- que lo respaldaban. Todos tenían dinero, todos se ganaban
el poder y el respeto, ¿y juntos? Eran intocables. Nada pasaba por su inteli-
gencia. Nadie se atrevía a faltarles al respeto ni a enfrentarse a ellos. Eran
temidos entre nuestra gente, entre otras personas. Ahora teníamos dinero.
No conocíamos el sufrimiento, pero prefería no tener dinero y una familia
en paz, que a él con todas sus riquezas.
No estaba preparada para lo que iba a descubrir hoy, entre la iniciación
de Damien. Mi peor temor. Lo peor que podía pasar, pasó.
Me quedé embarazada.
El pitido de mi teléfono con un mensaje me saca de mi historia. —
Joder—. Frustrada por cómo me ha interrumpido justo cuando estoy
llegando a algo jugoso, cierro el libro. Lo vuelvo a meter en el bolso
y decido que probablemente sea una buena idea entregarlo por la
noche. Apago la lámpara de la mesilla, me acurruco en la manta y
desbloqueo el teléfono para recibir un mensaje de Tatum.
Tatum - ¿Estás bien?
Yo - Estoy bien. ¿Cómo estás tú?
Tatum - Aburrida. ¿Por qué no he podido ir?
Yo - Porque no te estabas tirando a Nate mientras pasaba.
Tatum - ¡De ninguna manera!
Yo - Sí, claro.
Tatum - Cuéntame más, ¿y dónde estás?
Yo - ¡No! Ew. Y no puedo decírtelo, lo siento.
Tatum - Pues no eres divertida.
Yo - No voy a discutir eso.
Tatum - ¿Puedo hacerte una pregunta?
Yo - Siempre.
Tatum - ¿Crees que te estás enamorando de Bishop?
¿Qué? Volví a leer su mensaje, con las cejas fruncidas. ¿Por qué
querría saber eso? Bishop y yo ni siquiera tenemos una relación lo
bastante sólida como para empezar a hablar de amor, de eso estoy
segura. Antes de que pueda responder a su espástico mensaje, la pu-
erta de mi habitación se abre y entra Bishop.
—Oh —murmura. —Estás despierta.
—¿Despierta?— Pregunto, bloqueando mi teléfono, apagando así
cualquier luz. La cama se hunde de su lado, y oigo sus zapatos caer
al suelo y una camisa antes de que suene la hebilla de un cinturón, y
luego la cama se hunde de nuevo.
—¿Por qué iba a estar decepcionado? —refunfuña, con su voz
cerca de mi oído y enviando vibraciones a través de mi torrente san-
guíneo. Cierro los ojos y cuento hasta diez. Debo contenerme con es-
te hombre o me arruinará. Su mano rodea mi mejilla izquierda. —
Madison.
—Estoy confundida —suelto con urgencia. Hace una pausa, su
mano se mueve. Debe ser la oscuridad lo que hace que mi con anza
brille con fuerza. No hay duda de que me quemará el culo. —Estoy
confundida, porque un minuto me odias y al siguiente me tocas. Es-
toy confundida con todo este asunto— -movimiento los dedos en el
aire, aunque soy muy consciente de que él no puede verme- — la co-
sa.
—No te odio—. Se abre paso. El corazón se me hincha en el pecho
ante sus palabras.
—¿Qué?
Introduce una pierna entre las mías y se hunde encima de mí, con
los codos apoyados a ambos lados de mi cabeza. Pasando la punta
de su nariz por el puente de la mía, sus labios acarician suavemente
los míos. —Yo. no. te. odio —susurra cada palabra, depositando pe-
queños besos en mis labios, y de repente su lengua se desliza y se ar-
rastra sobre mi labio inferior. —Sólo necesito que abras esas piernas
para mí y me dejes perderme en ti durante unas horas—. La almoha-
dilla de su pulgar acaricia pequeños círculos sobre el lado de mi yu-
gular.
—Vale —susurro a través de mi garganta reseca.
Se ríe, y sus caderas se aprietan contra mí de modo que su erecci-
ón me presiona la pierna. —Eso no era una pregunta, nena. Ahora,
abre—. Entonces su cabeza desaparece bajo la manta, y yo siento el
sabor del paraíso del éxtasis.
CAPÍTULO 28

Cuando abro los ojos, lo primero que noto es lo entumecidos que


tengo los muslos y las piernas, y lo siguiente que noto es el sol bril-
lante que entra en nuestra habitación a través de las… ¡putas persi-
anas abiertas!
—¡No!— Gimo, tapándome los ojos con el brazo. —Ciérralas.
—Levántate, cariño. Ven a desayunar.
—No quiero.
Bishop me agarra suavemente del brazo y tira de él hacia abajo,
lejos de mi cara. —Vamos.
Abro los ojos de golpe cuando me doy cuenta de que está tapan-
do el sol con su enorme cuerpo. Y está agarrando una toalla blanca
suelta alrededor de su cintura con gotas de agua cayendo en cascada
por la onda de su V antes de sumergirse bajo su…
—¡Madi! —dice.
—¿Hmm?— Le miro inocentemente.
—Si me miras así, te follarán. Con fuerza. Y a juzgar por los mo-
retones en tu cuello, muñecas y…— Mira bajo la manta. —…muslos,
voy a decir que no quieres eso ahora.
Sacudo la cabeza. Por mucho que me guste el sexo con Bishop -el
amor-, no estoy ni mucho menos preparada para otra ronda. El
hombre es duro, no, letal en la cama. La primera vez que me dejó
moretones, pensé que le molestaría cuando terminara. Ya sabes, al
ver lo mucho que me hirió cuando estaba tan perdido en su lujuria,
pero no. Se limitó a reírse como si fuera la cosa más normal del mun-
do, así que ahora simplemente me dejo llevar y espero que un día no
salga en las noticias con el titular: Madison Montgomery, muerte por
penetración.
Sería mi suerte.
—Así que levántate—. Entonces se dirige a su bolsa de deporte y
saca unos jeans sueltos y una camiseta blanca lisa. Dejando caer su
toalla, me sonríe cuando mis ojos se dirigen directamente a su gru-
esa verga. Una verga gruesa y dura. Agarrándola, se bombea lenta-
mente, llevándose el labio inferior a la boca. Oh, Dios. —¿Te gusta lo
que ves, nena?— Una pequeña gota de presemen moja su cabeza.
Asiento lentamente con la cabeza, frotándome los muslos en un
intento de detener el repentino dolor que ha comenzado. Él ve el
movimiento bajo la manta y sus cejas se tensan. —Quita la manta.
—¿Qué?— Murmuro a través de un carraspeo.
—No respondas, gatita. Sólo sigue las instrucciones. Quita la
manta a patadas.
Hago lo que me dicen, apartando la manta de mis piernas, pero
manteniéndolas cerradas, consciente de que no me puse la ropa
anoche. Ninguno de los dos lo hizo, porque Bishop se quedó dormi-
do mientras seguía bombeando dentro de mí. Esto fue después de
mi cuarto orgasmo. De hecho, me pregunté si era posible morir por
tener demasiados orgasmos.
El aire fresco de la mañana entra por la ventana abierta y se desli-
za por mi sensible clítoris. Cierro los ojos mientras intento contener
el gemido que amenaza con salir de mis labios.
—Abre los ojos —me pide Bishop, y lo hago. Los abro para él mi-
entras sigue dándose placer. Su áspera mano se desliza hacia arriba
y hacia abajo por su grueso eje, apretando al llegar al borde de su ca-
beza antes de volver a deslizarse hacia abajo.
—Tócate, cariño—. Lentamente, me paso la mano por el muslo
antes de abrir las piernas, consciente de lo directa que es su visión de
mí, pero una cosa que sé es que nadie conoce mi cuerpo como Bis-
hop. Sabe cómo trabajarlo y qué hacer con él. Conoce formas de ha-
cerme venir que ni siquiera sabía que eran posibles. —Ábrete para
mí, déjame ver todo de ti.
Hago lo que me dice, mi respiración se hace más fuerte mientras
mi dedo índice y mi dedo medio abren lentamente mis labios, dán-
dole una visión perfecta. Me retuerzo contra mi dedo mientras se
apoya junto a mi clítoris, observando cómo la mano de Bishop se ab-
re.
—Desliza un dedo dentro. Sólo uno. Haz lo que haces cuando es-
tás sola.
De nuevo, sigo su orden, deslizando mi dedo índice y pensando
en lo que hago cuando estoy sola. Lo que hago cuando estoy sola y
pienso en Bishop. Llevando mis ojos a los suyos, pellizco uno de mis
pezones entre mis dedos y dejo que mis caderas rueden, moliendo
contra mis manos. Luego llevo la mano que me pellizcaba el pezón
hasta el clítoris y lo froto enérgicamente, todo ello mientras me bom-
beo dentro y fuera, con los ojos jos en los de Bishop y los suyos en
los míos. Sus movimientos se vuelven más rápidos hasta que se suel-
ta. —A la mierda con esto—. Entonces camina hacia mí, rodeando
mis tobillos con sus manos y tirando de mí hacia la cama. Tomando
asiento en el borde, me levanta hasta que estoy a horcajadas sobre
sus caderas y luego me da una palmada en el culo antes de tumbarse
de espaldas. —Date la vuelta y siéntate sobre mi cara.
Haciendo lo que me dice, me doy la vuelta, me siento sobre su ca-
ra y chupo su polla en mi boca.

Después de desayunar, Saint entra en el salón donde están Bis-


hop, Nate, Tillie, Ace, Hunter, Abel y Cash. El resto de los chicos han
ido a buscar provisiones para esta noche. Al parecer, beber y jugar al
láser es algo que hacen. ¿Quién iba a decir que podríamos divertir-
nos con la extraña situación en la que estamos?
Saint toma asiento en el sofá de enfrente y yo me revuelvo incó-
moda. Sé que es el hermano mayor de Cash, pero solo me he encont-
rado con él una o dos veces antes de esto, y las dos veces han sido,
como mínimo, incómodas.
—¿Tienes alguna pregunta sobre lo que está pasando, Madison?
Miro a Saint. —Sí, ¿cuándo puedo ir a casa? ¿Dónde está mi pad-
re? Y estoy segura de que tiene que haber un malentendido. Mi pad-
re puede ser muchas cosas, pero no es un ladrón.
Saint se ríe, con la mano frotando su sombra de las cinco, su pelo
castaño peinado desordenadamente en la cabeza. Bishop coge el pa-
quete de cigarrillos que hay sobre la mesa y enciende uno antes de
lanzar el paquete a Saint, que lo sigue. No le veo fumar a menudo,
pero lo hace con gusto, al igual que Saint.
Saint da una larga calada a su cigarrillo antes de soplar la espesa
nube y recostarse en su asiento. —Cuando nosotros lo digamos. Está
en Las Vegas. Y estoy seguro de que eso es lo que dicen todas las chi-
cas—. Se inclina hacia delante, echando la ceniza en el cenicero de la
mesita. Bishop apoya su pierna en ella, aprisionando mi cuerpo. Si
no lo supiera, pensaría que es un gesto casi protector. Los ojos de Sa-
int se jan en los míos, sus ojos oscuros me desafían a cuestionarlo.
—Pero déjame ser muy clara, gatita. Tu padre no es inocente en esto.
—¿Tal vez no lo sabía?
Saint se ríe, mira a Bishop y luego da otra calada a su cigarrillo.
—Es linda.
—Hasta anoche —siseo hacia Saint, —mi padre era mi héroe. Así
que perdóname si no confío en ninguna de tus palabras sobre algui-
en que nunca me ha dado motivos para no con ar en él… nunca—.
Miro a Bishop. —A diferencia de otros—. Entonces me levanto del
sofá y me dirijo hacia las puertas que llevan al lugar donde hicimos
la hoguera anoche. Me tumbo en el columpio del porche y miro el
espeso bosque. Estamos en medio de la nada. En realidad, ni siqui-
era sé dónde estamos. Me sorprende que tengamos cobertura de te-
léfono móvil. Quién sabe, tal vez Bishop sea el dueño de las torres de
telefonía móvil, también.
—Sé que tienes todas las razones para no con ar en mí —a rma
Bishop, mirando hacia el patio de recreo de la naturaleza, con las
manos metidas en los bolsillos. —Pero créeme cuando te digo que to-
do lo que hago -lo que hacemos Nate y yo- es por tu propio bien—.
Me mira ahora, con las cejas juntas, haciendo que sus rasgos se vuel-
van serios y duros. —Prométeme que lo recordarás. Pase lo que pase.
Busco en sus ojos, tratando de encontrar algo. Cualquier cosa. —
Pero ya me lo has contado todo, ¿no?
Se detiene, sonríe y asiente. —Sí. Lo he hecho.
—¿Me lo has contado todo?— Repito.
Vuelve a asentir con la cabeza, mirando hacia otro lado, y luego
se acerca a mí. —Sí. ¿Qué estás mirando?— Toma asiento a mi lado
en el columpio.
—Ahí fuera—. Señalo. —Me encantaría ir a cazar algún ciervo.
—No—. Bishop sacude la cabeza con una pequeña sonrisa. —Qu-
izá lo dejes para otro viaje.
Me encojo de hombros. —No es que tenga mis armas aquí de to-
dos modos, pero me gustaría poder hacerlo.
Bishop se detiene y luego sonríe. —Las tuyas no, pero las mías sí
—. Me levanta del asiento, me pone de pie y me lleva de vuelta a la
casa. Saca las llaves de su bolsillo, abre una puerta y enciende una
luz que muestra las escaleras que llevan al sótano.
—Vamos—. Me tiende la mano y me mira desde un par de escalo-
nes más abajo. —Yo no muerdo.
—Sí, Bishop. Sí, muerdes.
Esta vez se ríe y me atrae hacia él mientras nos adentramos más y
más en el sótano poco iluminado. —Es cierto, pero no puedo evitar-
lo. Eres muy sabrosa.
Bishop abre un armario que cuelga de la pared en el extremo del
sótano. Las partículas de polvo recogidas que se esparcen por la na
carpintería ilustran cuánto tiempo hace que se abrió.
—Si me dices que hay un mosquete aquí, te dispararé.
Bishop se ríe y abre el armario. —No, nena, no hay ningún mos-
quete—. Se abre con un par de AKs, Glocks, semis y escopetas. Paso
la mano por el frío metal negro de la M4, y Bishop me observa con
asombro. —Se me está poniendo la polla dura al ver lo mucho que te
excita esto.
Pongo los ojos en blanco y desengancho la pistola de su sitio. —
Confío en que encuentres algo pervertido en algo tan peligroso.
—Hmm…— Bishop sonríe, desenganchando el M16 y algunos
cartuchos. —Se me ocurren unas cuantas cosas que podríamos hacer
con estos—. Hace un gesto hacia su arma, inclinándola hacia un lado
con una sonrisa arrogante en su rostro.
—¡Claro que no!— Me doy la vuelta y vuelvo por donde hemos
venido, pasando por delante de todas las cajas viejas apiladas, y de
los escritorios, los adornos y las mesas con sábanas blancas cubiertas.
Me agarro a la barandilla de la escalera. —Eso no va a pasar nunca.
¿Sabes siquiera lo peligroso que puede ser?— Pregunto, volviendo a
subir las escaleras. Pero luego considero que no parece molestarse
cuando me lastimo durante el sexo, así que tal vez lo mismo suceda
si me mata accidentalmente.
Salimos por la puerta principal y nos cruzamos con Nate y Tillie
en el camino.
—Vaya, vaya, vaya, ¿es una buena idea?— Nate mira a Bishop,
con los ojos muy abiertos. Tillie se ríe a mi lado, con una tostada en
el aire.
—Está bien, Nate —digo, dándole una palmadita en el brazo. —
Puedes venir.
Mira a Bishop y luego sacude la cabeza. —La próxima vez.
Asiento con la cabeza y engancho mi brazo con el de Bishop. —
Entonces, ¿cuánto tiempo durará esto?— Pregunto, mientras salimos
de la última escalera y caminamos hacia el claro del bosque.
—Espero que no mucho. El colegio y tu padre se han encargado
de ello. Creen que estamos visitando universidades. Se han inventa-
do alguna chorrada sobre que queremos llegar más temprano para
ver nuestras opciones y que sería mejor que fuéramos todos a la vez.
—Claro.— Universidades. Nunca pensé en eso. Todos nos vamos
al nal de este año. ¿A dónde va todo el mundo? Ni siquiera lo he
decidido aún, y está demasiado lejos para averiguarlo.
—Una vez que resolvamos cómo acercarnos a mi padre, todo
podrá volver a la normalidad. Con suerte—. Atravesamos el claro y
Bishop me toma de la mano, acercándome a él.
—¿Has estado cazando antes?— le pregunto con una sonrisa.
Él hace una pausa y parece meditar sobre mi pregunta, y luego
sonríe con picardía. —Probablemente no el mismo tipo de caza.
Poniendo los ojos en blanco ante lo que supongo que es su bro-
ma, saco el arma y miro por la mirilla. Podría acostumbrarme a esto
rápidamente.
Un par de horas después, volvemos a la casa y Bishop me coge de
la mano, sonriendo de oreja a oreja y atrayendo mi cuerpo hacia él.
—Me has puesto la polla dura. Ahora…
Nate le interrumpe. —B, tu padre está llamando a mi teléfono.
—Joder—. Bishop camina hacia él, con mí metido protectoramen-
te detrás de él. Le arrebata el teléfono a Nate y lo mira, pasando algo
entre los dos.
—Contesta, hombre, no quiero que se extienda.
—Ya lo habría hecho. Ya lo sabrían todos.
—¿Saber qué?— Pregunto, tirando de la mano de Bishop.
Tillie sale por la puerta principal, observándome con cara de pre-
ocupación. —Vamos. Podemos guardar eso antes de que alguien re-
ciba un disparo—. Sonríe débilmente, haciéndome un gesto para que
entre. Suelto la mano de Bishop y camino alrededor de Nate, hacia
ella. Las dos entramos en la casa en silencio, pasando por delante de
los chicos que están en el salón.
Al bajar al sótano, ella rompe el silencio. —¿Estás bien? Tú y Bis-
hop parecían estar bien.
Me río, abriendo el armario con las llaves que me dio. —Sí, no sé
qué somos.
—¿Confías en él? —pregunta, mientras vuelvo a colgar las armas,
colocando los cartuchos en su estante.
—Sí, confío—. Hace una pausa, así que la miro por encima del
hombro. —¿Por qué?
Cierro el armario, lo vuelvo a cerrar y me guardo las llaves en el
bolsillo. Ella se da la vuelta, apoyada en una de las viejas estanterías.
—No lo sé. Es que… conocí a su ex.
—¿Khales? Sí, más o menos la ha mencionado.
—¿Qué ha dicho?— Pregunta Tillie, sus ojos mirando los míos.
—Sólo que no era como la gente pensaba que era… lo que sea que
eso signi que.
Tillie sacude la cabeza, ocultando una burla. —Juegos, siempre
juegos con estos chicos.
—¿Tillie? Yo confío en él.
Parece que quiere decir algo más, pero cambia de opinión. —De
acuerdo.

Nate enciende la hoguera y luego se acerca a mí, entregándome


mi bebida. —Sabes…— Sonríe, moviendo el Zippo entre sus dedos.
—…Bishop heredó esta casa.
—¿En serio?— Me animo, queriendo saber más. El sol se está po-
niendo, dejando ver un hermoso tono anaranjado en el cielo, y las
bebidas están bajando sin problemas, y a pesar de las circunstancias
de que esté aquí, me siento muy bien. —Cuéntame más.
Nate toma asiento en el tronco a mi lado, lanzando una pequeña
mirada hacia Tillie, que está charlando con Saint frente a nosotros.
Sus ojos se quedan allí un rato más, observando a ella y a Saint.
Le doy un empujón con el brazo. —Hola.
Vuelve a mirar hacia mí con una sonrisa, justo cuando Cash toma
asiento a mi lado en el otro lado. Le miro y sonrío; él me devuelve la
sonrisa. No he hablado mucho con Cash, si es que lo he hecho, y no
conozco realmente su historia, pero sé que es el hermano pequeño
de Saint. —Hola—. Su pelo rubio le cae hasta el cuello. Tiene una es-
pecie de aspecto de sur sta, con ojos azules brillantes y piel dorada.
Es muy diferente a Saint, que tiene el pelo oscuro, una sombra de
cinco en punto en su fuerte mandíbula y unos ojos oscuros que pod-
rían inmovilizarte con una sola mirada. Deben ser medio hermanos.
Vuelvo a mirar a Nate. —Sigue.
—¿Ya es la hora del cuento, Nate dawg?— Cash se burla con una
sonrisa, pero luego da un largo trago a su cerveza.
Nate se encoge de hombros con facilidad. —¿Por qué no?— Lu-
ego da un sorbo a su propia cerveza. No me extraña la comunicación
silenciosa que pasa entre los dos. Nate lleva su cerveza a su regazo y
se limpia la boca con el dorso de la mano. —Como decía, Bishop he-
redó esta casa de campo.
—¿Sus abuelos o algo así?— Pregunto, volviendo la vista hacia la
hermosa y amplia estructura. Se puede ver que tiene algo de edad,
pero no lo su ciente como para remontarse más atrás.
Nate se ríe sarcásticamente. —Algo así.
—Continúa —le sondeo.
—Bueno…— Se inclina hacia delante, con el borde de la botella
colgando entre los dedos. —Esta casa es una especie de reliquia fa-
miliar.
—Una especie de herencia —murmuro, dando otro trago a mi
whisky sour.
—¡Bien!— Bishop sonríe, dejando caer un montón de bolsas neg-
ras a sus pies.
Le sonrío. —¿Por qué no llevas camiseta?— Su hermoso cuerpo
está en plena exhibición, y se ha puesto una gorra de béisbol hacia
atrás, cubriendo su cabello. Lucho contra el impulso de lamerme los
labios, porque la forma en que los jeans rasgados cuelgan de su est-
recha cintura, mostrando el borde de sus Calvin, me hace querer der-
retirme en un charco en el suelo.
—Así es como jugamos, nena.
—¿Jugar a qué?— Pregunto, avanzando mientras Nate se levanta,
bebiendo el resto de su cerveza de un tirón y tirando su botella al su-
elo. Se agarra la parte trasera del cuello y se arranca la camiseta, to-
dos sus músculos se tensan con la acción, y sus tatuajes -un poco
más de los que tiene Bishop- quedan a la vista.
Nate me sonríe. —Tiro al blanco.
—¿En serio?— Me pongo de pie al instante. —¡Me apunto!
Todos los chicos se quitan las camisetas, y mis ojos encuentran al
instante los de Tillie. Compartimos una mirada que es algo así como
—Bueno, caramba —y luego ambos se ríen. Siento que la tensión se
me quita de los hombros al reírnos, y entonces vuelvo a mirar a Bis-
hop, que me dedica la sonrisa malvada más sexy que he visto en to-
da mi vida.
—Nawww —me burlo de él, pasando por delante de Nate y lle-
gando al frente de Bishop. Le sonrío, pasando el dedo índice por su
pectoral izquierdo. —¿Celoso?
Me coge la mano y se mete el dedo en la boca antes de morderlo
con fuerza. —Eres mía, y yo no comparto.
—¿Desde cuándo existe la regla de no compartir?— Me burlo de
él.
Engancha su brazo alrededor de mi cintura y me atrae hacia él. —
Desde hace un par de días.
—¿Cambio de regla?— Le inclino la cabeza hacia arriba.
Él se señala el pecho. —Reglas.
Sonrío y luego miro hacia las bolsas a sus pies justo cuando Nate
se acerca a nosotros y toma una de ellas, entregándome un chaleco.
—Ponte esto.
—Ustedes no llevan chalecos.
—Nunca lo hemos hecho —responde Nate, y luego me mete el
chaleco en el pecho con más fuerza. —Póntelo.
Se lo cojo y me quito la chaqueta antes de ponerme el chaleco por
encima de la camiseta de tirantes. —¿Cuánto tiempo llevan jugando?
Todos hacen una pausa, y un silencio incómodo se cierne entre
todos nosotros. Miro a Tillie, que mira a Nate y luego a Saint con in-
comodidad.
Bishop sonríe, sus ojos brillan como orbes oscuros. —Es una espe-
cie de tradición, cariño. Ponte el chaleco. Sólo a mí se me permite
marcarte.
—Necesitas ayuda—. Cash sacude la cabeza ante Bishop.
—No, no creas que eso es sólo cosa tuya, gatita —gruñe Brantley
desde el otro lado de la hoguera. —Khales solía venir con todo tipo
de marcas y moratones. En mi opinión, los tuyos son bastante suaves
—. Mira a Bishop, que echa espuma por la boca. —¿Qué? ¿Esta no da
en el clavo como Khales?
Me subo la cremallera del chaleco. —Yo no…— Miro a Bishop,
pero no está allí.
—Si dices algo más sobre ella, te romperé la puta mandíbula—.
Me acerco a Bishop, a punto de calmarlo, cuando Cash me coge de la
mano y tira de mí hacia atrás. Miro hacia abajo, donde está su mano,
y luego miro hacia arriba, hacia su cara. Me sacude la cabeza. Bishop
continúa, pecho con pecho con Brantley. —¿Te olvidas de quién diri-
ge este espectáculo, cachorro? ¿O tengo que recordarte quién coño
soy yo?
Brantley busca los ojos de Bishop antes de dirigirlos por encima
de su hombro hacia mí. —No, estoy bien—. Se agacha, coge su pisto-
la y se la cuelga del hombro. ¿Qué carajo tiene que ver conmigo? No
es un secreto lo mucho que me odia, pero pensé que lo había supera-
do. Tuvimos una buena racha, pero desde que estamos aquí, ha vuel-
to a ser un imbécil de primera. Ya sé que me culpa de por qué está
aquí, pero Bishop dijo que no es gran cosa, que sólo están aquí para
mantener a su padre adivinando. Para que nos siga persiguiendo. Yo
no…
—¡Madi!— Bishop gruñe, sus ojos todavía en Brantley.
—¿Sí?
—¿Tienes el chaleco puesto?
—Sí.
Bishop sonríe. —Bien.— Me apunta con su pistola y, antes de que
pueda preguntar qué carajo está haciendo, aprieta el gatillo y un fu-
erte golpe se estrella contra mi pecho.
—¡Ay! ¡Bishop!— Lo regaño.
—Estás fuera. Siéntate de una puta vez.
—Pero yo…
—He dicho que te sientes de una puta vez—. Señala hacia el tron-
co.
Resoplo y tomo asiento. Nate se acerca a Tillie y me señala, y en-
tonces ella empieza a caminar, con el labio inferior ligeramente frun-
cido.
Se sienta a mi lado y suspira. —Me pregunto cuál es el problema.
Me encojo de hombros. —¿Quién diablos sabe con estos chicos?
Quiero decir, en serio, ¿no?
Bishop se marcha, cargando su arma, con Nate y algunos otros si-
guiéndole. Miro a Tillie y sonrío. —¿Quién dice que no podemos
unirnos?
Sonriendo, se levanta del tronco y extiende su mano hacia la mía.
—Exactamente—. Una vez que todos los chicos han desaparecido en
las profundidades del oscuro y tenebroso bosque, Tillie saca una pis-
tola de la bolsa que llevaba. Camino hacia ella, agachándome y reco-
giendo la mía de la bolsa que Bishop dejó atrás también.
—Mierda, ¿hacemos esto? —pregunta ella, metiéndose en el cha-
leco y mirando de izquierda a derecha, observando su entorno.
—¿Qué?— murmuro, cargando mis bolas de pintura en la pistola.
—¡Por supuesto!
Tillie se ríe, negando con la cabeza, pero siguiéndome. —Madi,
eres tan rebelde. ¿No se enfadará Bishop?
—Por eso lo hago—. Le sonrío.
Ella vuelve a negar con la cabeza mientras yo balanceo mi pistola
sobre el hombro. —Eres muy mala.
Empezamos a adentrarnos de puntillas en el bosque, las gruesas
ramas nos cubren al instante del sol. —Te seguiré —susurra Tillie.
Pongo los ojos en blanco. —Sí. Sígueme, pero estas balas no pu-
eden matar nada que pueda intentar matarnos, así que, si un puma o
algo así nos persigue, no podré ayudarnos.
Tillie se detiene justo cuando nos abrimos paso por el claro. —Pe-
ro tú no cazas leones de montaña y esas cosas, ¿verdad?
Me detengo y me giro para mirarla. —¡Claro que no! Pero dispa-
raría a matar a cualquier humano que lo haga.
Su boca se cierra de golpe y luego se ríe de mí. —Oh, no estás
hablando en serio.
Me río con ella, aunque hablo muy en serio. Mi padre tuvo que
retenerme físicamente después de que una estúpida zorra y su estú-
pida familia subieran una foto suya a Facebook con un león muerto
que habían matado, sosteniendo su cuerpo sin vida con orgullo. Un
día, voy a recrear esa misma foto, sólo que sosteniendo a su primo-
génito.
Vale, eso fue demasiado lejos.
Sí, eso fue un poco lejos, pero por desgracia, independientemente
de lo que la gente piense de los cazadores, amo a los animales. Más
que a las personas. Yo -yo y mi familia- sólo hemos cazado ciervos, a
no ser que se trate de cazar patos.
—¡Madi!— Tillie me susurra en la nuca, su aliento se empaña en
mi cuello.
—¡Qué!— Siseo de vuelta, sacando mi arma. Tillie me sigue de
cerca, con su pecho rozando mi espalda cada dos segundos. Si estu-
viéramos en una película de terror ahora mismo, ella sería nuestra
muerte.
—Está oscureciendo.
—Bueno, eso es lo que pasa cuando son casi las ocho de la tarde.
Relájate—. Voy a pasar por encima de un tronco caído, cuando res-
balo y caigo al suelo, justo cuando una salpicadura de pintura verde
brillante se dispara sobre el tronco que está cerca de nosotros. Tillie
sale de su perplejidad, mira hacia la pintura verde y grita de sorpre-
sa justo cuando otra salpicadura de pintura le da de lleno en la man-
díbula. Me tapo la boca con la mano en señal de asombro. Eso podría
haberme arrancado fácilmente algún diente. Me tumbo boca abajo,
apoyo el arma contra el hombro y miro a través del visor, cuyo di-
ámetro me permite hacer zoom. Un arbusto cruje frente a nosotras,
pero sé que es demasiado fácil y que obviamente ha sido una tram-
pa. Al darme cuenta de que el arbusto se ha movido primero por la
derecha, giro el extremo de mi arma hacia la derecha, donde, efecti-
vamente, aparecen los rostros de Brantley y Ace, que se ríen de la es-
tupidez de Tillie, y posiblemente de la mía.
Sonrío. —Boo-yah hijos de puta—. Y entonces aprieto el gatillo,
con mi pistola apuntando primero a la cara engreída de Brantley.
Cuando veo que el rosa pastel brillante salpica toda su cara de sorp-
resa, apunto rápidamente hacia Ace y vuelvo a apretar, esta vez dán-
dole exactamente donde le dieron a Tillie, en la comisura de la man-
díbula.
Ambos gritan en voz alta. —¡Joder!
Me río y me vuelvo hacia Tillie, que está llorando contra el tronco
del árbol, con las lágrimas cayendo por sus mejillas, manchando el
color verde de su cara.
—Hola—. Me acerco a ella arrastrando los pies. —Te duele, ¿eh?
No te preocupes. Yo me encargo.
Ella sacude la cabeza, las lágrimas no amenazan con salir. —No
es eso, Madi.
—¿Qué pasa?— Pregunto, arrastrando los pies más cerca de ella,
pero mi dedo sigue con el gatillo preparado.
—Mi padre. Bueno, um…
—¿Tus moratones?— Susurro, más para mí que para ella, suman-
do dos y dos, que esté molesta y que lo primero que diga sea su pad-
re.
Asiente con la cabeza. —Es un borracho. Mi madre se fue cuando
yo tenía dos años y él siempre me ha recordado que se lo debo por-
que se quedó cuando ella no lo hizo—. Vuelve a limpiarse las lágri-
mas de las mejillas. —Se pone rudo la mayoría de las noches.
—No hace falta que hables de ello si no quieres, Tillie. No pasa
nada.
Ella sonríe, apartando su largo pelo castaño rojizo de la cara. —
De todos modos, sólo quería explicar por qué exageré con eso.
Los pasos se acercan, el crujido de su cercanía vibra, y rápida-
mente me pongo de pie, protegiendo a Tillie y levantando mi arma
hacia quien sea que venga.
—¡Vaya!— Bishop sonríe, con las manos levantadas. —Sólo yo,
cariño.
Entrecierro los ojos. —¿Ah, sí? La última vez que lo comprobé, di-
jiste que no se me permitía venir a jugar. Así que…— Miro a Tillie y
ella me sonríe con un brillo cómplice en los ojos. Le guiño un ojo y
vuelvo a mirar a Bishop. —Eso hace que seamos nosotras contra ti—.
Su sonrisa cae, y entonces, justo cuando está a punto de apretar el
gatillo, aprieto el mío, y la pintura rosa brillante salpica toda la parte
delantera de su duro pecho antes de girar la punta hacia Nate, dán-
dole dos sólidos disparos en el pecho. Sonriendo, suelto la pistola. —
Ves…
La pintura negra me golpea en todo el pecho justo cuando un fu-
erte aguijón se clava en mí. —¡Dios mío!
Bishop sigue sonriendo y luego baja su arma. —Para ser una chi-
ca de gatillo fácil, seguro que te quejas como una chica.
Voy a golpearle con la parte trasera de mi pistola, cuando él la
aparta y su mano se acerca a mi garganta. Me deja caer al suelo con
un golpe, con su agarre alrededor de mi cuello como un collar. Pasa
la punta de su nariz por el puente de la mía, con su cintura inmovili-
zándome en el suelo y una sonrisa que le hace cosquillas en la comi-
sura de los labios. —¿Ves, cariño? No te pongas jodidamente arro-
gante.
Nate pone los ojos en blanco justo cuando Brantley y Ace rodean
uno de los troncos de los árboles. —Maldita perra —refunfuña
Brantley, limpiando la pintura rosa de su mandíbula.
Bishop sonríe diabólicamente antes de corregirlo. Me da un ligero
beso en los labios, muy suave, antes de levantarse y girarse para mi-
rar a Brantley. —Strike dos, cachorro. No dejes que llegue a tres, por-
que disfrutaré demasiado arruinando tu linda carita.
Me levanto del suelo, limpiando la suciedad de la parte trasera de
mis pantalones. Tomo la mano de Bishop entre las mías y lo acerco a
mí. —No pasa nada—. Cualquiera que sea el problema que Brantley
tiene conmigo, obviamente piensa que es válido.
Colocando el arma sobre mi hombro, Nate se agacha para recoger
a Tillie, acunándola contra su pecho. Los observo atentamente, lige-
ramente confundida, hasta que Bishop me atrapa. —Sí, creo que es
seguro decir que el playboy ha encontrado a su chica.
—¿Tú crees?— Pregunto, con la cabeza inclinada.
Bishop se burla. —Sí, más o menos.

Bishop está hablando por teléfono cuando salgo de la ducha,


agarrada a mi toalla. Me mira al entrar, pero sigue respondiendo
preguntas en su teléfono, observándome atentamente.
—Sí —dice. —No, está bien.
Hago una pausa, sacando mi ropa del bolso. —Sí, estoy jodida-
mente seguro, papá. Cancela la cita.
La esperanza brota en mi pecho, pero me agacho y me pongo la
ropa interior bajo la toalla, tratando de ser lo más silenciosa posible.
—Vale —murmura. —Sí, trato.
¿Trato? ¿Qué trato?
Cuelga el teléfono y se levanta, caminando hacia mí. El sol de la
tarde brilla a través de las ventanas, resplandeciendo sobre su piel
bronceada. —Ya está hecho. Ya lo sabe. Tengo que hablar con él cu-
ando llegue a casa, pero creo que lo he convencido lo su ciente para
que no te persiga.
Dejo caer la toalla. —¿Lo celebramos, entonces?
Sonríe, caminando hacia mí y quitándose la camiseta. —Absolu-
tamente.
CAPÍTULO 29

Estoy borracha, y por mucho que haya intentado darme ánimos,


no se puede negar.
No, Madison, el suelo no debe girar así. Y no, Madison, no hay dos obis-
pos. Pero estoy feliz y en buena compañía. Desde que Bishop colgó el
teléfono con su padre, todo se ha calmado signi cativamente. La ten-
sión que Brantley ha estado lanzando hacia mí se ha calmado enor-
memente, tanto que estoy bastante segura de que lo he pillado sonri-
éndome un par de veces.
Decidimos pasar una noche más aquí y volver a los Hamptons
mañana, y al día siguiente volver a la escuela. Si soy sincera, tengo
que ponerme al día con los trabajos de los libros cuando regrese, así
que decir que no puedo esperar a estar en casa, en mi cama, es un
eufemismo. No es que no haya disfrutado de estar aquí con Bishop
y, hay que reconocerlo, con los otros chicos, pero el hogar es el ho-
gar, y mi cama es demasiado increíble para cambiarla por algo en el
bosque.
—Hola—. Tillie me da un codazo, tomando asiento en el tronco a
mi lado.
—Hola—. Le sonrío, apartándome el pelo de la cara y soltando
un largo suspiro. La llama de la hoguera calienta mi carne y cierro
los ojos, con una sonrisa que se extiende por mi cara. Abro los ojos y
me llevo la bebida a los labios.
—¿Así que tú y Bishop son algo? —pregunta con una ceja arque-
ada, dando un pequeño sorbo a su bebida.
—Bueno, quiero decir… ¿tú y Nate?— replico.
Ella sonríe. —Touché.
—Sólo ten cuidado —le susurro. —Lo sé. Es Nate, y es muy en-
cantador… y tiene ese maldito anillo en la lengua.
Se echa a reír y luego se tapa la boca con la mano para no escupir
su bebida. —¡Perdón, pero palabra! Es el anillo de la lengua —bro-
mea. Aunque ambas sabemos que no es cierto. Mira al otro lado de la
mesa y yo la sigo con la mirada, y mis ojos se posan en Bishop, que
me mira con tanta atención que me hace moverme en mi asiento… o
en mi tronco. —¿En serio?— Tillie sacude la cabeza con increduli-
dad. —Debería ser ilegal para cualquier hombre ser tan atractivo.
—¿Quién, Nate?— Pregunto, porque sí, Nate es muy atractivo.
—No—. Ella sacude la cabeza, tragando su bebida. —Bishop. Veo
el atractivo y por qué todo el mundo -y me re ero a todo el mundo-
lo desea. Quiero decir —pone los ojos en blanco, —míralo. ¿Quién
no lo desearía?
—Yo espero que tú—. Me río sarcásticamente antes de ponerme
seria. —En serio, ya tengo su cientes chicas de las que preocuparme
persiguiéndolo. No quiero tener que preocuparme también por mis
amigas.
Se ríe, inclinando la cabeza hacia atrás. —No, no tienes que pre-
ocuparte por mí—. Vuelvo a mirar a Bishop para descubrir que sigue
mirándome jamente. Las tonalidades anaranjadas de la llama enci-
enden sus mejillas, añadiendo un rubor a su tez bronceada. Tillie se
inclina hacia mí. —Y yo tampoco me preocuparía por él. De todas
formas, nunca ha sido un puto, siempre ha sido selectivo y reserva-
do. Siempre ha tenido la reputación de inalcanzable. Pero, ¿contigo?
—murmura, casi para sí misma. —No lo sé. Es diferente. Tú eres di-
ferente a él.
—¡Bueno, eso espero!— Me río de ella, apartando los ojos de Bis-
hop y su intensa mirada. —En de nitiva, todo es diferente.
Sonríe. —Entonces, ¿has tenido noticias de Tatum?
—Sí—. Me inclino hacia delante. —Me mandó un mensaje la otra
noche. Está bien… la misma Tatum de siempre. Le enviaré un men-
saje y le diré que volveremos mañana—. Se levanta del tronco y mi
mano se extiende hacia ella. —En serio, Tillie, ten cuidado, ¿vale? Lo
quiero; no me malinterpretes. Él y yo… nos acercamos bastante rápi-
do, y aunque me ha hecho algunas cosas cuestionables, sé que no me
haría daño intencionadamente.
—Lo sé, Madi. Estaré bien. Te lo prometo.
Un brazo me rodea la cintura y sonrío, sabiendo a quién pertene-
ce. Tillie también sonríe y luego me guiña un ojo. —Parece que las
dos vamos a estar un poco ocupadas esta noche—. Luego vuelve ha-
cia Nate, que la espera con los brazos abiertos. Son tan lindos, aun-
que diferentes. Nate, sin embargo… no sé. Nunca ha tenido una rela-
ción, según todos los que he hablado, así que eso me preocupa. Me
preocupa que pueda sentir que va a hacer algo malo para joder las
cosas con esta chica algún día, pero sé de hecho que estaré ahí para
los dos.
—Vamos—. Bishop da un empujón con la cabeza, con una botella
de Macallan en la mano. Me pongo de pie, limpiando la suciedad de
la parte trasera de mis pantalones justo cuando —Get You Right—
de Pre y Ricky empieza a sonar en el banco de sonido, otando a
través del oscuro bosque y escondido detrás de las risas y los insul-
tos de borrachos de mis amigos. Sí, amigos. Una extraña amistad que
tenemos todos. —Quiero enseñarte algo.
—¿Oh?— Pregunto, acomodándome en su paso y acurrucándo-
me en el calor bajo su brazo. —¿Otra noche de luciérnagas?
Sonríe. —No del todo—. Nos alejamos cada vez más del grupo y
nos dirigimos hacia la parte trasera de la casa, hasta que la oscuridad
ota a mi alrededor. Saca una minilinterna de su bolsillo y la encien-
de, dirigiéndola hacia una zona de arbustos cubiertos de vegetación.
—Vamos.
—¿Qué?— Pregunto con incredulidad. —¿Ahí dentro?
Alumbrando bajo su barbilla, asiente con la cabeza. —Sí, ahí
dentro —susurra asustado.
Le empujo. —¿Puedes intentar no ser como el hombre del saco?
Eso me hace ganar una risa gutural. —Cariño, soy mucho peor
que el hombre del saco.
—¿Cómo es eso?— Le sigo de todos modos.
—Fácil, el hombre del saco no es real—. Me pasa las ásperas ye-
mas de los dedos por el interior de los muslos, arrastrándolas sobre
la cremallera de mis pantalones cortos y frotando mi clítoris a través
del material vaquero. —¿Sientes eso, nena? —me susurra al oído. —
Eso es real, y así es como soy mucho, mucho peor que el puto homb-
re del saco.
Se me corta la respiración, pero trago saliva. —Eres un puto idi-
ota.
—Sí, pero tengo una jodida y monstruosa—. Me jala, así que ace-
lero mis pasos. —Vamos.
—¿A dónde vamos?— Pregunto, siguiéndolo a través de los ar-
bustos crecidos.
Me tira y me caigo hacia delante, el arbusto que he pisado vuelve
a su sitio. —No está lejos—. Me quito las ramitas rotas que se pegan
a mis pantalones y le sigo. —Heredé esta casa de mis padres. Cuan-
do mi padre tenía quince años, era suya, y luego, cuando cumplí los
quince, pasó a ser mía.
—Hmm—. Sonrío. —Pero es una herencia familiar, ¿no?
Se ríe mientras seguimos caminando. —Sí, eso es algo de lo que te
darás cuenta. Nada se hace a medias.
Se detiene y casi choco contra su espalda. Rodeando su cuerpo,
avanzo y sigo su mirada. —Mierda, ¿qué es?— susurro.
Bishop me mira, se lleva el borde de la botella a los labios y da un
trago. —Hmm, no estoy muy seguro de cómo responder a eso.
Lo rodeo y me dirijo a la cueva que parece hecha de piedra. Hay
una puerta oscura de entrada sin ventanas, y la cueva está rodeada
de enredaderas y arbustos sueltos y crecidos.
—¿Has estado en ella?— Pregunto, volviendo a mirar hacia él.
—Nunca—. Sacude la cabeza. —Es sólo una vieja mierda de la
que mi padre solía hablar cuando yo era un niño.
—¿Algo así como el hombre del saco?— Me burlo de él.
Toma mi mano entre las suyas e ignoro cómo se me contrae el
pecho y me cosquillea el corazón al contacto. —Algo así —murmura
con tanta ligereza que casi lo pierdo.
—Entonces, ¿por qué me has traído aquí?
Sonríe. —Porque vamos a entrar.
Sacudo la cabeza. —No quiero.
—¿Cariño?— Sonríe, al menos creo que está sonriendo. La pequ-
eña luz que sale de su linterna insinúa una sonrisa por las sombras
nítidas y de nidas sobre sus pómulos y su mandíbula. —Ya vienes.
—Joder—. Le arrebato la botella de las manos y me la llevo a los
labios, tragando el áspero líquido ámbar. Dejando escapar un siseo,
hago un gesto hacia la entrada de la piedra. —¡Adelante!
Le sigo mientras camina hacia la oscura y sombría roca. Se me po-
ne la piel de gallina cuando nos acercamos a ella. Parece embrujada,
ya que las sombras oscuras danzan en el silencio.
—¿Has oído eso?— Le susurro con dureza.
—¿Qué?— Sonríe por encima del hombro. —No, nena. Vamos—.
Tirando de mí hacia su calor, me pasa el brazo por encima de los
hombros mientras caminamos hacia la entrada. Contengo la respira-
ción, ignorando cómo el olor húmedo y congestionado del agua del
lago envuelve mis sentidos.
—¿No habrá como murciélagos aquí dentro o algo así?— susurro.
—Probablemente.
—Has estado aquí antes, ¿no?— Le llamo la atención porque está
demasiado tranquilo.
—Meh—. Se encoge de hombros. —Una o dos veces.
Las rocas polvorientas y la grava suelta crujen bajo mis pies a me-
dida que nos adentramos más y más en la cueva. El oxígeno se espe-
sa, haciéndome más difícil respirar cuanto más nos adentramos. —
Bishop, me está jodiendo la respiración.
Me tira bajo su brazo. —Nunca te hubiera considerado un gallina
de mierda, Montgomery.
Lo empujo juguetonamente y luego nos detenemos, mirando ha-
cia una gran abertura. Hay un enorme agujero sobre nosotros donde
la luz de la luna brilla directamente en una plataforma que parece un
escenario. —Es escalofriante —susurro, frotándome las manos en los
brazos. Inclinando la cabeza, miro todas las manchas oscuras que se
derraman sobre la roca. —Realmente espeluznante—. Se sube a ella,
la luz de la luna llena ilumina su cuerpo, ensombreciendo su rostro.
—¿Es esta la parte en la que me dices que te pregunte qué comes?
Se ríe. —No. Esta es la parte en la que te digo que mi padre es un
hombre peligroso. Mi familia es gente peligrosa, independientemen-
te de lo que oigas o veas en los medios de comunicación. Todo eso
sólo se ve ensombrecido por mi madre por ser quien es. Por eso mi
padre se casó con ella, probablemente, para alejar los focos de lo que
hace—. Bishop hace una pausa e inclina la cabeza hacia mí.
—Parece que has pensado mucho en esto.
Bishop se ríe, saltando del escenario y acercándose a mí. —Sé
muchas cosas que te sorprenderían, gatita—. Su mano se acerca y
pasa el dorso de sus nudillos por mi mejilla. —Hago muchas cosas
que sin duda te repelerían—. Respira brevemente. Contengo el mío,
tratando de no pensar demasiado en lo que está diciendo o en lo que
está insinuando, porque la verdad es que una gran parte de mí qui-
ere saber más sobre Bishop. Por qué hace lo que hace, por qué es tan
misterioso, por qué él y Khales han roto. ¿Dónde está, y por qué la
gente cree que simplemente desapareció de la faz de la tierra?
Pero conozco a Bishop lo su ciente como para saber que no da
respuestas directas. Es demasiado inteligente para eso, va demasiado
por delante de todo el mundo como para hacer un movimiento ama-
teur como decir algo que no debería. A veces me pregunto cuántos
años tiene, porque es muy inteligente. No es inteligente de libro, sino
inteligente de calle, y eso no es algo que se vea en gente de nuestra
edad.
Continúa, rompiendo mi hilo de pensamiento. —No puedo dejar
que lo sepas—. Sus dedos rodean mi nuca posesivamente. —No pu-
edo correr el riesgo—. Su pulgar se extiende sobre mi labio inferior.
—No puedo perderte por esto.
—No me perderás, Bishop—. Tomo su mano entre las mías y bus-
co sus ojos. Unos ojos que han calcinado los míos con tanto odio que
podrían iluminar las puertas del in erno. ¿Pero ahora mismo? Ahora
mismo, están mezclados con algo más. ¿Confusión, lujuria, deseo?
Mueve la cabeza, la comisura de la boca insinúa una sonrisa. —Sí,
lo haré, gatita. Cuando todo esté dicho y hecho… Lo haré.
CAPÍTULO 30

Frotando la suciedad suelta de mi piel, dejo que la congestión ca-


liente de la ducha me envuelva, abrazando lo increíble que es estar
de vuelta en mi habitación. En mi ducha, a punto de volver a mi ca-
ma. Sonriendo, cierro el grifo y salgo de la ducha, apartando la puer-
ta de cristal de mi camino.
—¡Oh, mi maldito Dios!— Grito, alcanzando mi toalla y envolvi-
éndola alrededor de mi cuerpo rápidamente. —¡Nate!— Siseo. —¡No
puedes venir aquí y asustarme así, Joder!
Su mano se frota sobre su a lada y bonita mandíbula, sus perfec-
tas cejas se tensan. Está pensando mucho, y no le preocupa en abso-
luto el hecho de que le haya dado una vista frontal completa de mis
putas partes femeninas.
¿Partes femeninas? Que me jodan la vida.
—Pregunta —empieza, trayendo sus ojos a los míos lentamente,
todavía serio, y de nuevo, sin preocuparse un poco por lo que llevo -
o no- puesto.
—Siempre, Nate, pero por el amor de Dios, deja de entrar aquí
cuando me estoy duchando—. Le empujo para que se aparte, apre-
tando más la toalla a mi alrededor y cogiendo el cepillo de dientes.
—¿Me quieres?
—¿Qué?— Mi mano se cierne sobre el extremo del cepillo de di-
entes, sorprendida por su pregunta. —¿Qué quieres decir?— De to-
dos modos, le echo un chorro de pasta y lo deslizo bajo el agua fría
del grifo, acercándolo a mi boca.
—Una pregunta sencilla, gatita—. Sonríe con tristeza y se vuelve
hacia mí.
Detengo mi cepillado cuando veo la sinceridad en sus ojos. ¿Di-
cen que las mujeres son confusas? No. Los hombres se llevan la palma en es-
ta mierda.
Dejo caer mi mano sobre el fregadero. —Es decir, nunca he tenido
un hermano, pero puedo decir honestamente que si alguna vez tuvi-
era uno, querría que fueras tú.
Nate sonríe apenado, los hoyuelos de sus mejillas se hunden lige-
ramente. —Gracias, hermana.
—Pero, ¿por qué preguntas esto? ¿Estás bien?
Exhala lentamente. —Tillie y yo, ¿qué piensas?
Bueno, no esperaba eso. Si le preguntara qué piensa de Bishop y
de mí, no tengo ni idea de lo que diría.
—Um.— Escupo mi pasta de dientes, enjuago mi cepillo y lo vu-
elvo a poner en su ranura. —Quiero decir, no lo sé. Es que no quiero
que le hagas daño, Nate.
—¿Y si no puedo evitarlo?— Me mira suplicante. —¿Y si sólo soy
un fracaso épico de proporciones gigantescas? ¿Y si me asusto tanto
cada vez que pienso que me importa un carajo una chica… que lo ar-
ruino todo?
—¿Qué has hecho?— Pregunto con desparpajo.
—Yo… yo… joder—. Se tira del pelo. —¿Por qué me importa ella,
Madi? —me susurra-grita. —¿Por qué carajo me importa? He tenido
amiguitas para follar antes, pero no pincho más de una vez, y si lo
hago, es con chicas que conocen las reglas. ¿Y aunque se encariñen?
No tengo ningún problema en romper sus pequeños y tiernos cora-
zones. Me río de ellas, Madi—. Hace una pausa, su pecho sube y ba-
ja, sus ojos furiosos y su mandíbula tensa. Vuelve a tirarse del pelo
frenéticamente.
Levanto el brazo y lo agarro, haciendo que baje la mano. —¿Qué
Has-Has. Hecho?— Vuelvo a murmurar, buscando en sus ojos algu-
na pista.
Sus hombros se a ojan. Alarga la mano hacia el pomo de su puer-
ta, la gira y la abre de un empujón. —La he cagado.
Dejo escapar un largo suspiro de fastidio, con los ojos clavados en
el cuerpo desnudo de una zorra que está abierta de par en par sobre
las sábanas rojas y satinadas de Nate. Sin volverme hacia él, lanzo el
codo hacia atrás y le doy un golpe en la mandíbula.
—¡Ay!— Retrocede, se frota la mandíbula y cierra rápidamente la
puerta.
—¡No!— Grito, un poco a lo loco si lo pienso bien. —¿Por qué ca-
rajo te importa que esa zorra escuche?
—¡Madi!— Nate me sacude, sus manos rodeando la parte superi-
or de mis brazos. —¡Shh!
—¡Vete a la mierda!— Siseo, alcanzando de nuevo la puerta, dis-
puesta a arrancarle el pelo a la zorra directamente. Estoy actuando
un poco en el lado de la locura, pero tenía una cosa que hacer -no
romper el corazón de mi mejor amiga- y lo hizo. Esto sin duda la
destrozaría. Puede que no sean exclusivos, pero a veces no hace falta
decir las palabras —estamos juntos—. A veces, sabes en el fondo que
lo que estás haciendo está mal, y por la forma en que Nate está actu-
ando y cómo entró aquí, haciendo malditas preguntas estúpidas…
eso me dice que se sentía como una mierda mientras lo hacía. Por lo
tanto, engaño. La engañó. Sabía que lo que hacía estaba mal, con eti-
queta o sin ella, así que qué se joda.
—¡Madi, no estábamos juntos, pero no puedo hacer esto con ella!
—¿Hacer qué?— Vuelvo a gritar, con las manos en el aire como
una loca.
—¡No puedo hacer el compromiso! ¡Nunca he sido capaz!
—¿Por qué?
—¡Mierda!— Vuelve a tirarse del pelo, sus músculos se tensan
con la acción. —No puedo hacer esto contigo ahora mismo.
—Bueno… —murmuro. —Tienes hasta que me despierte por la
mañana para decírselo a Tillie, o lo haré yo, y no estoy jugando. Na-
te, puede que me preocupe por ti como por un hermano, pero con
sangre o sin ella, seguiría actuando igual. Tillie es mi mejor jodida
amiga, y le gustas -sólo Dios sabe por qué- así que arregla esta mier-
da.
Entonces me giro hacia la puerta y vuelvo a entrar en mi habitaci-
ón, un poco nerviosa y muy enfadada. Me tumbo en la cama, me es-
tiro y cuento los cuadros del techo. No me lo puedo creer. Llevamos
aproximadamente tres horas en casa, y él ha conseguido hundirse en
otra persona. ¿Cuál es su problema? ¿Todos los hombres son así?
¿Debería vigilar a Bishop?
Con ese pensamiento, mi estómago se revuelve con emociones no
expresadas. No, no voy a hacerlo. Me inclino sobre la cama, saco el
libro de cuero y me vuelvo a sentar contra el cabecero de la cama,
abro la página y vuelvo a mirar el doble signo del in nito.
—¿Quién eres, Katsia?— susurro. Necesito apellidos o algo así.
¿Quién es esta persona y su misterioso esposo? Con muchas pregun-
tas en el aire, paso a la siguiente página y empiezo a leer.

6
Agujeros en la trama
El embarazo fue muy lento. Casi como un tren que está a punto de cho-
car, pero a cámara lenta y tú eres la única pasajera a bordo, con tu barriga
de embarazada. Sabías que iba a ocurrir, pero sólo esperabas que el resultado
fuera diferente. Mi esposo siempre decía lo emocionado que estaba de que tu-
viéramos otro hijo. Decía que era otro soldado para su plan y que su mano
derecha, Mathew, también estaba esperando un hijo. Alrededor de la misma
época que yo también, decían. Me sentí muy desconcertada, no porque estu-
viera embarazada a una edad avanzada, sino porque él se empeñó en que fu-
era un niño. Como si ya supiera que estaba gestando a su hijo, el siguiente
varón de la línea.
¿Por qué estaba tan seguro de que iba a tener un niño? ¿Y por qué me
asustaba eso? ¿Por qué sentía que siempre faltaba algo en lo que sabía, como
si siempre se me ocultara algo? Entrando en la pequeña habitación infantil
que había diseñado, doblé la pequeña alfombra y la coloqué en el cajón de
mimbre.
—Señora, no quiero interrumpir, pero la reunión está a punto de comen-
zar y tengo que acompañarla al Desembarco.
Asintiendo con la cabeza, me alisé el vestido y me pasé la mano por el vi-
entre hinchado. —Estoy lista—. No estaba preparada, y no tenía ni idea de
lo que me esperaba, pero sabía que tenía cuatro meses antes de dar a luz a
mi bebé. Tenía que averiguar todo lo que pudiera antes de que se cumplieran
esos cuatro meses, porque sabía, en el fondo, que al igual que la calma que
precede a la tormenta, algo iba a estallar, y me empeñaba en que yo, o mi hi-
jo, estuviéramos cerca cuando sucediera.
Me sobresalto del sueño, intentando mantener los ojos abiertos
pero fracasando estrepitosamente. Cierro el libro, lo meto debajo de
la cama y cierro los ojos, prometiéndome que lo continuaré mañana.
Aunque el libro es grueso, estoy tan absorta en la historia que sé que
no tardaré demasiado en terminarlo.
—¡Madi, vamos! ¡Vamos a llegar tarde!— grita Nate desde su
Porsche.
—¡Bueno, puedes esperar!— Siseo para mí misma en voz baja, co-
giendo una manzana de la nevera y sacudiendo mi largo pelo por
encima del hombro. Últimamente llevo un montón de ropa escanda-
losa -probablemente por in uencia de Tatum-, así que me decido por
unos jeans boyfriend rotos, una camiseta blanca de tirantes ajustada
que deja ver solo un poco de mi vientre plano y toni cado y mucho
de mis tetas -no es difícil teniendo en cuenta el tamaño- y mis
Chucks. Me dejo el pelo en rizos sueltos naturales que caen hasta la
rabadilla, me pellizco las mejillas, intentando que un rubor rosado se
extienda por mi piel, mis brazaletes de cuero rozando mi mandíbula
en el movimiento, y luego salgo por la puerta principal, cerrándola
tras de mí.
—¡Cálmate!— Le regaño, apretando mis libros en la mano.
Se baja las gafas de aviador por la nariz y me mira desde el asien-
to del conductor justo cuando abro la puerta del copiloto. —Vaya,
maldita sea, hermana. ¿Alguna vez tienes mala cara?
—Sí —respondo secamente. —Normalmente, después de matar a
hombres in eles.
Nate pone los ojos en blanco y se sube las gafas a la nariz, pone la
primera marcha y sale derrapando de la calzada. —Deja de ser dra-
mática. A ella ni siquiera le importaba.
—Yo digo que es mentira. A ella le importaría.
—¿Y cómo lo sabes? Tal vez sólo es diferente.
Sonrío, un pensamiento que aparece en mi cabeza. —Bueno— -
me encojo de hombros, revisando mis uñas con una leve sonrisa en
los labios- —Quiero decir, si no le importó, tal vez sea porque tiene
este súper sexy -y cuando digo sexy, me re ero a un maldito sexy
efusivo, Nate. Como, una mirada y estaba lista para arrancar mis
propios pantis y metérmelos en la boca sólo para tener su cuerpo ca-
liente bajo…
Frena de golpe, y mi cabeza se mueve hacia delante.
—¡Nate!— Grito ante su impulsividad.
—¡Oye! ¿Oíste eso, amigo?— Nate grita en su teléfono. El teléfo-
no que está conectado a su equipo de música. Su teléfono que tiene
la luz del Bluetooth parpadeando. Su teléfono que…
—Sí, lo he jodidamente oído —gruñe Bishop. Tan bajo que me da
escalofríos. Doble mierda. Joder, yo y mi incuestionable lealtad a mis
amigas, siempre metiéndome en problemas de una forma u otra.
—¿Y quién es ese amigo?— pregunta Nate, enarcando una ceja.
Me río. —No te voy a decir una mierda.
—¡Madi!— Bishop se desgañita. —¿Quién es él?
—¡No lo sé! Lo conocimos hace unos días cuando fuimos a reco-
gerla al colegio—. Nate vuelve a la carretera y continúa conduciendo
hacia la escuela. —De todas formas, Tatum y un poco yo estábamos
diciendo lo bueno que está, y Tillie dijo que se acostaban juntos. Pero
lo han hecho desde que eran jóvenes y es algo cómodo entre ellos.
Cero incomodidades—. Miro hacia Nate. —No puedes enfadarte,
Nate la serpiente.
—¿Acabas de llamarme Nate la Serpiente?— Él estrecha los ojos
hacia mí.
Me encojo de hombros. —Bueno, ya sabes, ya que les gustan tan-
to las adivinanzas.
—Tu boca… va a hacer que tu culo acabe en agua caliente algún
día —responde Nate, entrando en el aparcamiento de la escuela.
Al entrar en mi primera clase, sé al instante que algo va mal. El
aula se queda en silencio cuando abro la puerta.
—Madison, vuelves a llegar tarde. ¿Por qué no me sorprende?—
dice el Sr. Barron, sin levantar la vista de la pizarra.
—Lo siento, señor.
—Toma asiento, Madison —responde con indiferencia.
Me arrastro hacia el fondo del aula, ignorando los susurros que
empiezan a rebotar en las paredes. Es casi como mi primer día de
nuevo. Dejo mis libros sobre un escritorio vacío y me deslizo en mi
asiento. Ni siquiera tengo a Tatum en esta clase para preguntar a qué
se deben todas esas miradas.
Al sentarme, Felicia -creo que se llama Felicia-, que tiene el pelo y
la ropa negros, y un delineador de ojos negro bajo las pestañas, se
inclina hacia mí, con los ojos jos en el profesor, con cuidado de no
llamar su atención. —Psst.
Me inclino ligeramente hacia ella, justo cuando mi teléfono vibra
en mi bolsillo. —¿Qué?
—Entonces, ¿es verdad? ¿Te estás acostando con todos ellos?
Miro hacia ella, con el corazón palpitando en mi pecho. —¿Qué
quieres decir?
Se mete la mano en el bolsillo y pulsa un par de botones antes de
girar el teléfono hacia mí, pulsando el Play en un vídeo. La primera
parte nos muestra a Nate y a mí y nuestro embarazoso beso en nu-
estro salón, y luego salta de forma amateur a Bishop y a mí besándo-
nos y abrazándonos en el camping, antes de saltar a Brantley y a mí.
Y luego pasa a Bishop y a mí teniendo sexo en la tienda de campaña,
mostrando mi silueta dejando caer mi ropa, y el vídeo no se detiene.
Puedes oírme murmurar y susurrar mis placeres para que todos los
vean y oigan, mi cuerpo meciéndose sobre el suyo a través de la
sombra. Al nal de la cinta, aparece una pequeña caja negra con let-
ras rosas:
—Eres la siguiente, perra. Tus días están contados, igual que los
míos.
—¡Oh, Dios mío!— Susurro, con las lágrimas amenazando con af-
lorar. Empujando mi silla hacia atrás, veo a Ally sonriendo desde el
frente del aula.
—¡Madison!— El Sr. Barron me frunce el ceño. —Siéntate o tend-
ré que remitirte a la o cina del director—. Todos me miran, sus risas
dando vueltas a mi alrededor, resonando en un remolino, golpeando
a través de mí.
—Yo… yo soy…
—¿Una puta?— Ally se burla.
Toda la clase estalla en carcajadas, y yo recojo rápidamente mis
libros, mi pelo cayendo sobre mi cara mientras salgo corriendo por la
puerta y el pasillo.
—¡Oye!— Tatum viene hacia mí, con el teléfono pegado a la oreja
y los ojos llorosos, mirando frenéticamente a su alrededor. —¡Oh,
gracias a Dios!
—¿Tate?— Rompo, mis lágrimas se derraman sobre mis mejillas.
—Venga, vamos a llevarte a casa.
Dejo que me arrastre bajo su brazo mientras me lleva al ascensor.
Golpea el botón enérgicamente hasta que estoy segura de que está a
punto de romperlo, las puertas se abren y ella tira de mí con fuerza.
Una vez cerradas las puertas, me quita las lágrimas de la cara y me
besa los labios. —Está bien, Madi. Todo va a ir bien —intenta tranqu-
ilizarme, mirándome a los ojos. —¡Maldita sea, voy a matar a esa
zorra!
—¿A quién?— Pregunto, quitándome las lágrimas de la cara, mi-
entras la puerta vuelve a sonar en el estacionamiento subterráneo.
—Fue Ally, Madison. Puede que no fuera ella quien lo grabara,
pero lo subió a su cuenta de YouTube. Quería que la gente pensara
que lo había hecho ella.
—¿Por qué?— Grito, siguiéndola hasta su coche. —¿Por qué me
haría esto? ¿Por qué?
—Bishop, nena, todo es por Bishop.
—¿Pero la nota del nal? ¿Sobre qué mis días están contados…?
—¿Quién sabe?— Tatum abre su auto, y yo me deslizo en el asi-
ento del pasajero mientras ella se desliza en el asiento del conductor.
—Pero fue ella, Madi.
—Estoy muy avergonzada, Tate. Nunca me he sentido tan humil-
lada en mi vida.
—Lo sé, nena. Lo sé. Bueno, no lo sé, pero puedo imaginarlo.
—No ayuda.
—Vale, no ayuda en absoluto. Nos llevaré a mi casa si no estás
preparada para enfrentarte a los Reyes.
Asiento con la cabeza, enjugando las lágrimas de nuevo. —Me
parece bien, gracias, pero ¿podemos parar allí rápidamente y recoger
algo? Siento que me vendría bien la distracción.
—Sin preguntas—. Me da una palmadita en la pierna y sale del
garaje. —Ya lo solucionaremos, ¿vale?
Vuelvo a asentir con la cabeza, tratando de entender cómo cree
exactamente que vamos a resolverlo. —Sí, claro.
Entrando en la casa moderna y de clase alta de Tatum, cierro la
puerta tras nosotras, llevando una caja de donuts Krispy Kreme y
su ciente Carl’s Jr. para alimentar a medio estado.
—¿Te sientes un poco mejor? —me pregunta, sonriendo y arroj-
ando las llaves sobre una mesa.
—Un poco, pero aún no he comido. Pregúntame de nuevo cuan-
do haya tomado su cientes carbohidratos para embarazarme.
Tatum suelta una risita. —Vamos. Podemos ir a la sala de cine y
atiborrarnos allí, con una botella de tequila y algunas películas ro-
mánticas de pacotilla.
La sigo por el oscuro pasillo, a través de su sala de estar, y luego
por otra puerta que lleva al cine. —¿Tus padres no están en casa?
—¿Eh? —pregunta ella, abriendo la puerta. —Oh, no, se fueron
anoche. Estoy segura de que estarán en casa mañana o el n de se-
mana—. Entramos en la sala, Tatum golpea las luces hasta que un to-
no tenue se asienta sobre la triple la de grandes sofás. Cada sofá es
su ciente para sentar a dos adultos cómodamente, y hay alrededor
de diez de ellos en el teatro. Hay un pequeño bar escondido en la es-
quina con una máquina de palomitas y un expositor de caramelos, y
al lado hay una gran -no, tacha eso- pantalla de proyección enorme.
Tatum se dirige a la barra y yo dejo nuestra comida en un sofá y mi
bolsa en el suelo.
—¡Está bien! Ahora no se me dan bien los cócteles, pero podemos
beberlo directamente. El resultado nal es el mismo.
—Gracias por esto, Tate. Eres una gran amiga.
Hace una pausa, me entrega un vaso y retira la tapa, vertiendo un
poco de líquido claro en él. —Tú harías lo mismo, Madison. No es
nada.
Y lo haría. Dios sabe que movería cielo e in erno por ella si tuvi-
era que hacerlo. Nos sentamos y mi teléfono vuelve a vibrar. Quitan-
do la funda de mi hamburguesa, miro la pantalla y veo el nombre de
Bishop parpadeando en el teléfono. Exhalando, doy un gran mordis-
co a mi hamburguesa, hasta el punto de que Tatum me mira con las
cejas levantadas.
—¿Tienes hambre o estás estresada?
Sacudo la cabeza. —Él me estresa —murmuro alrededor de mi
hamburguesa.
—No es su culpa, Madi.
—No, sé que no lo es, pero no puedo hablar con ninguno de ellos
ahora mismo.
Ella asiente, metiéndose una papa frita en la boca. —Totalmente
comprensible—. Volviendo al enorme sofá, me quito los zapatos y
termino el resto de mi hamburguesa en silencio.
—He encontrado este libro —digo, empezando a comer una do-
na.
—¿Oh? ¿De tipo pervertido?
Pongo los ojos en blanco. —No, aunque ya me gustaría, porque
este me está deprimiendo un poco—. Me inclino hacia delante para
cogerlo, cuando mi teléfono se enciende de nuevo, esta vez mostran-
do un mensaje de texto.
Bishop - Lo siento.
Ignorándolo, alcanzo el libro y se lo enseño. —¡Mira!— Luego lo
abro. —No tiene título, y se supone que la señorita Winter no permi-
te que la gente lo saque de la biblioteca, porque es un eslabón de la
historia. Pero después de mi tercera visita a la biblioteca, debió sentir
pena por mí y me dejó cogerlo.
—La señorita Winter es muy rara. No entiendo a esa mujer.
—Ella no es rara.
—Dame una mirada—. Tatum me hace un gesto para que le pase
el libro.
—¡Tatum, límpiate las manos!
—¿Hablas en serio?— Hace una pausa y luego pone los ojos en
blanco, limpiándose las manos con una servilleta. —Lo siguiente que
sé es que lo llamarás tu precioso.
Sonrío ante su ingenio y le doy el libro. —Así que se trata de esta
mujer, ¿no? Sólo voy por el capítulo 7, al menos creo que son capítu-
los. Es un libro muy diferente… pero es intrigante. Todavía no estoy
segura de qué se trata. Me metí en él a ciegas, porque no tiene título,
ni propaganda, nada de eso.
Tatum toma un trago de su bebida. —¿No hay sexo?
—No.
Se la devuelve. —Suena aburrido.
Se lo devuelvo. —No es aburrido. Es fascinante.
—¿Y qué es? ¿Cómo unas memorias o algo así?
Sacudo la cabeza. —Aparentemente, es su nota de suicidio.
—¿En forma de libro?— Tatum chilla, sacando una dona de cre-
ma de chocolate de la bolsa. —Qué poético.
Abro la página hasta donde estaba antes de dormirme anoche, y
empiezo a leer en voz alta.

8
¿Por qué?
—No, no, no, no…— Sacudo la cabeza de izquierda a derecha mientras
otra contracción me recorre las entrañas. —No… no estoy preparada. Es de-
masiado pronto.
—No es demasiado pronto, señora. Sólo se ha adelantado dos semanas.
Es tiempo su ciente para que el bebé sobreviva por sí mismo.
Apoyando la cabeza en el frío y duro suelo, observé las estrellas. —No es
tiempo…
—Basta, Katsia. Es el momento. Haz lo que se te dice y hazlo con clase.
Miré hacia mi esposo. —¡No te atrevas a usar ese tono conmigo!
—¡Mujer! Tienes que hacer lo que se te dice o, con la ayuda de Dios, te
haré entrar en razón —rugió, lanzándose contra mí. No me inmuté. Mis
entrañas se desgarraban, mi estómago se ondulaba con un dolor tal que pod-
ría hacer temer la muerte a cualquier hombre. Estaba preparado para la gu-
erra. No lo sabía en ese momento, pero había una razón por la que tanta
gente me rodeaba. La mano derecha de mi esposo estaba sentado en un rin-
cón con su esposa, que acunaba a su hijo recién nacido, al igual que el resto
de los soldados -como él los llamaba- que lo rodeaban.
—Señora, está lista para empujar.
—¿Por qué aquí?— susurré a nadie en particular. —¿Por qué aquí?—
Grité, justo cuando una contracción me golpeó. Empujé con brusquedad,
hasta que mi estómago se revolvió de dolor y mi hueso pélvico se sintió como
si se rompiera bajo la fuerte presión que se ejercía sobre él.
—Un empujón más, señora. Eso es. Puedo ver su cabecita.
Respirando entrecortadamente, di un último grito y empuje. Con un es-
tallido, un brillante y ardiente anillo de fuego alrededor de mi entrepierna, y
un río húmedo uyendo entre mis muslos, empujé hasta que toda la presión
que sentía se acabó. Se oyó un suave llanto y mi criada sonrió, envolviendo
al bebé en un tiro. —Señora, tiene usted una hija.
—¿Qué?— Sonreí, el amor llenaba mi ser. Habría amado a mi hijo a pe-
sar de todo, pero saber que era una hija me llenaba de un amor diferente. La
misma cantidad, pero con sentimientos diferentes.
La habitación se quedó en silencio. —Repite lo que acabas de decir —exi-
gió Humphrey, subiendo el escalón de piedra. —¿Acabas de decir hija? —le
preguntó, con la cabeza ladeada. Vi la mirada pasar por sus ojos, y supe ins-
tantáneamente en ese momento que algo estaba mal. Muy mal. El esposo es-
taba lívido, absolutamente escupido. ¿Una niña? Una chica no tenía cabida
en su mundo.
La sirvienta asintió con la cabeza, con el miedo re ejado en su rostro.
Miró hacia mí frenéticamente. —Sí-sí, um…
Le arrebató el bebé de las manos y me levanté de la cama de piedra. —
¡Humphrey! Dame mi bebé ahora mismo.
La bajó, un paso a la vez. —No. Nada de niñas.
—¿Qué quieres decir?— Le grité, con la sangre goteando por mis mus-
los y mi cuerpo balanceándose de lado a lado.
—Las niñas que nacen de las primeras nueve —arremetió, volviéndose
hacia mí, —son para cuidarlas. Siéntate, esposa, y haz lo que se te dice.
—¡No!— grité, bajando a trompicones el escalón. —¡Humphrey!— Todo
se difuminó y dio vueltas, las frías paredes dando vueltas en mi cerebro.
—Señora —dijo mi criada, su cara apareciendo de tres en tres. —Señora,
siéntese para que pueda arreglarla—. Su voz resonó y se repitió. Mis ojos se
cerraron y mi cabeza se inclinó hacia atrás mientras todo lo que había debajo
de mí se caía. Me dejé caer de espaldas, golpeándome la nuca. Inclinando la
cabeza hacia el cielo oscuro, observé cómo la luna llena se abría paso hacia
mí.
—Qué raro —le susurré a mi criada aturdida. —Qué raro que en esta vi-
eja cueva haya un agujero en el techo.
Jadeo, cerrando de golpe el libro. —¡Oh, Dios mío!— Siseo.
—¿Qué?— Tatum se mete las palomitas en la boca, totalmente ab-
sorta en la historia.
—¡Conozco el lugar del que hablaba, Tatum!— Grito. —¡Tenemos
que irnos ya!
—¿Por qué?— Se levanta del sofá y se pone unas botas Ugg.
—Porque creo que ese lugar, esa cueva de la que hablaba Kat-
sia… creo que está en la cabaña de Bishop, y ¿a qué es genial que po-
damos ir a verla? Tal vez podría estudiarla un poco más.
Tatum se detiene. —Eso es raro. Quizá sea una coincidencia. Sería
muy extraño si lo fuera.
—Tal vez—. Me encojo de hombros. —Pero aun así quiero most-
rarle este libro y leer el resto, para ver si tal vez lo es, ¡y luego pode-
mos ir todos a echar un vistazo!—. Apenas puedo contener mi emo-
ción.
—La historia realmente te pone en marcha, ¿eh?— se burla Ta-
tum, recogiéndose el pelo en una coleta alta.
—Sí, y lo que es más importante, me hace olvidar a Ally.
Ella asiente. —Muy bien entonces, mi diosa de la historia, ¡vamos!
— Sonríe con tristeza.
—Oye, ¿estás bien?
—Sí —murmura. —Mi padre solía leerme viejas historias cuando
era niña. Eso es todo.
—Oh, bueno, eso es muy bonito. ¿Por qué te pone triste?
Ella se detiene, pareciendo pensar en sus recuerdos, y luego exha-
la. —Confío en ti, y sé que te preocupas por mí.
—Lo hago.
—Mis padres no han estado en casa desde hace meses. Pero están
bien, porque he abierto los extractos bancarios y he visto que siguen
gastando dinero. Llamé al ático que seguía apareciendo en esos ext-
ractos y conseguí que me pusieran con ellos. Efectivamente, me ha
contestado mi madre. Mi cuenta duciaria sigue siendo grande y to-
davía tengo acceso a ella. La hipoteca y las facturas se siguen pagan-
do. Pero no les interesa, Madi.
Estoy sorprendida. Me quedo con la boca abierta por la conmoci-
ón, pero lo más importante es que me duele. Dolida por Tatum. —Lo
siento, Tate. ¿Suelen hacer esto?
Ella niega con la cabeza. —Quiero decir, siempre estaban fuera,
pero no se iban por más de una semana.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?— Paso mi mano por su brazo mi-
entras una lágrima se desliza por el rabillo del ojo.
—Doscientos once días.
—¡Dios mío!— susurro, asqueada, y es justo aquí cuando decido
que odio a sus padres.
—De todos modos —me sacude, —¡vamos a ver si la cabaña de
Bishop tiene alguna historia espeluznante en su terreno!.
Subimos al auto de Tatum y me doy vuelta para mirarla. —¿Sabes
dónde está su casa?
—Todo el mundo sabe dónde está la casa de Bishop.
Me río, sacudiendo la cabeza. —Supongo que ha sido una pre-
gunta estúpida.
—Entonces cuéntame más sobre esta persona Katsia.
Empiezo a hablar de lo que he leído hasta ahora en el libro, y en-
tonces me giro para mirar a Tatum. —Probablemente suene estúpi-
do, pero siento un vínculo con Katsia. Como si ella hubiera vivido
todas estas… cosas oscuras, y yo hubiera podido verlo a través de
sus palabras.
—No es una tontería—. Tatum sacude la cabeza, girando por el
camino de Bishop. —No es una tontería. Es por lo que leo.
—¿Lees?— Pregunto, sorprendida.
Tatum suelta una risita. —No te hagas la sorprendida, Madi. Sí,
leo. Religiosamente. Es lo que me saca de mi vida—. Hasta hace
unos minutos, siempre pensé que Tatum tenía una vida perfecta.
Dos padres en casa, ninguna mierda en su entorno. Y ahora me sien-
to fatal por haber hecho esa suposición.
—Ojalá me lo hubieras dicho antes, Tate. Podríamos haber tenido
muchas más estas de pijamas.
Sonríe. —Lo sé —murmura, girando hacia la entrada de Bishop.
—Estará cerrado.
Sube el auto a la acera. —Bueno, entonces, ¡vamos a saltar!
Me río, empujando la puerta con el libro escondido bajo el brazo.
—Parece que sí.
Camino hacia un árbol que está cerca de la pasarela, una rama
que cuelga sobre la parte superior de la valla que rodea la casa de
Bishop. —¡Ahí! Sujeta el libro. Cuando me acerque, lánzalo y lo co-
geré, y luego me sigues.
—De acuerdo—. Tatum asiente. —Jesús, no puedo creer que este-
mos haciendo esto. Su padre da mucho miedo.
—Su padre no está en casa. Está fuera hasta este n de semana.
Les oí hablar de ello mientras estábamos en la cabaña. Vamos—. En-
gancho mi pie en un tronco más pequeño y me agarro a la áspera
corteza del árbol, apoyándome. Balanceando la pierna sobre la últi-
ma rama que cuelga de la valla, miro a Tatum.
—¿Estás segura de esto? —murmura. —Quiero decir, sé que no
eres pesada, pero esa rama no parece muy gruesa.
—Estará bien, y si me caigo, no es que sea una caída muy larga.
—Ja, ja—. Tatum se ríe secamente.
—Estarás bien. Eres una ramita.
—Sí, pero tú…
—¿Tate? Cállate.
—Vale, vale—. Con las extremidades temblorosas, me pongo de
pie lentamente en la rama, ignorando el crujido que el peso de mi
cuerpo está provocando en ella. —Mierda —susurro. —Esto está bi-
en. Puedo hacerlo totalmente—. Miro hacia delante, con los ojos jos
en el grueso tronco, y doy el primer paso. —Mierda, mierda, mierda
—. Apuro mis pasos, y justo cuando llego al nal, salto y aterrizo en
lo alto de la verja. —¿Ves?— Sonrío a Tatum.
—Sí, vale, date prisa, presume.
Salto de la verja. —¡Bien! Lánzalo.
El libro de cuero sale volando por el aire y yo salto a un lado,
aterrizando sobre mi estómago para atraparlo. —¡Mierda!
Tatum salta de la valla, aterrizando de pie. —Eso no fue tan malo.
Maldito Bishop y que no conteste su maldito teléfono. ¿En serio?
¿Desde cuándo deja de contestar el puto teléfono cuando llamas?
Sacudo la cabeza, sacudiéndome el polvo. —No lo sé.
Empezamos a caminar hacia su casa. —Oye, ¿has sabido algo de
Tillie?— pregunta Tatum.
Sacudo la cabeza. —No, aunque intenté llamarla anoche, pero sé
que Nate ha hablado con ella.
—De todas formas, ¿qué pasa con esos dos?
—Nadie lo sabe. Están raros. Nate se acostó con otra persona
anoche y perdí la cabeza, le dije que se lo diría a ella si no lo hacía.
—Ni siquiera me sorprende.
—¿Verdad? Pero eran tan lindos en la cabaña, Tate. Como si fu-
eran una pareja de verdad. Pero aparentemente a Tillie le parece bien
que Nate se acueste con otra persona. Aunque no he sabido nada de
ella, y no responde a mis llamadas.
—¿Así como tú y Bishop son lindos?— Ella sonríe, y el sonido de
su nombre y el mío en la misma frase hace que mi estómago se revu-
elva.
—Más o menos—. Sonrío.
Al llegar a su casa, sigo el camino hacia su dormitorio en la parte
trasera de la casa principal y cerca de la piscina.
—Jesús, es como la casa de la Familia Adams, sólo que más mo-
derna.
Me río. —Sí, lo sé, ¿verdad?— Caminando hacia su dormitorio,
me detengo cuando oigo voces que provienen de lo que parece el su-
elo.
—¿Has oído eso?— Tatum con rma mi teoría.
—Sí, parece la voz de Bishop. Deben estar en la casa principal—.
Camino hacia la parte de atrás, abriendo las puertas de cristal que
dan a la piscina y a la habitación de Bishop que está enfrente.
—¿Estás segura de esto?— susurra Tatum, agarrándome del bra-
zo.
—¡Sí! Son Bishop y Nate. Estaremos bien.
—No me lo creo —murmura ella, mirando alrededor de la casa.
—¡Está abierto!— susurro, señalando la pared deslizante.
—Oh, joder —refunfuña Tatum. —Tengo miedo.
—Sí, supongo que yo también lo tendría de no haber sido por el
n de semana en la cabaña.
—¿Ahora Bishop es un buen tipo? —pregunta ella, tratando de
tranquilizarse.
—De nitivamente no.
—¡Podrías haber mentido! —regaña, mientras entramos en el sa-
lón.
—No soy una mentirosa —susurro con calma.
—No, colega, nah…
—¡Nate!— Le susurro a Tatum. Nos giramos y seguimos una pu-
erta que se abre con una manivela bajo la doble escalera.
—Madi, no sé nada de esto.
—Vale, quédate aquí.
—¡No puedo dejar que bajes sola!
—Bueno, entonces, ven. De cualquier manera, me voy—. Me diri-
jo a la puerta, abriéndola de un tirón para que las voces sean más fu-
ertes.
—No me importa, joder —responde Bishop, con un tono oscuro,
atormentado y casi irreconocible.
—Se ha salido de las normas. Es una mujer común y corriente—.
ruge Brantley.
Me estremezco ante su tono y los sonidos de una refriega por los
cristales que se rompen y los empujones de alguien a otro.
—Tú y yo sabemos que no es una mujer común, Brantley—. Apri-
eto el libro contra mi pecho y doy el último paso hacia abajo. Mis oj-
os encuentran al instante los de Brantley y él sonríe. —Bueno, parece
que tienes que dar explicaciones, B—. Me sonríe con un gruñido. Pu-
edo ver al resto de los Reyes en la habitación en mi visión periférica,
pero todo se desdibuja cuando mis ojos se posan en Ally, que yace
en un charco de su propia sangre, con el cuello abierto, con un tajo
rojo oscuro que le divide la garganta y del que aún sale sangre. Me
llevo la mano a la boca mientras un grito estremecedor sale de mí.
En un instante, Bishop vuela hacia mí.
—¡Madi!
Lo empujo y me doy la vuelta, corriendo hacia las escaleras.
—¡Joder!— Nate ladra, y puedo oír los pasos de Bishop persigui-
éndome por las escaleras. El corazón me late con fuerza en el pecho.
Ha matado a alguien. Ha matado a alguien. Ha matado a Ally. Las
lágrimas me corren por la cara mientras unas punzadas de miedo me
recorren todo el cuerpo. Es un asesino. Bishop es un asesino. Ha ma-
tado a alguien. Abro la puerta de un empujón justo cuando el vómi-
to amenaza con a orar en la parte posterior de mi garganta. Se me
nublan los ojos por el río de lágrimas que brotan de mis ojos, y cuan-
do se posan en Tatum, que está de pie esperándome, mi rostro pali-
dece. Corro hacia ella, pero acabo chocando con otro cuerpo. Caigo
de culo con un golpe, el libro vuela por el aire y aterriza en el suelo.
Puedo sentir a todos los Reyes detrás de mí, observándome, todos
subiendo desde el sótano.
Me froto la mano en la frente y subo lentamente los ojos hacia qu-
ien acabo de chocar, adivinando que el padre de Bishop está en casa.
Tragando por la bilis de todo lo que acabo de presenciar, mi visión
alcanza al dueño del cuerpo, y jadeo, el shock extendiéndose por ca-
da centímetro de mí.
—¿Papá?
—¡Madison! —me dice mi padre con sorpresa. —¿Qué estás haci-
endo aquí?
—No.— Sacudo la cabeza. —¿Qué haces tú aquí?
Papá mira el libro que está abierto mientras Bishop se acerca a mí
y lo mira también. Se oye un jadeo en el aire y me vuelvo hacia Bis-
hop, con los ojos pesados y débiles por las lágrimas. Se tapa la boca
con la mano en señal de asombro, con los ojos muy abiertos mientras
mira el libro. Se tira del pelo y yo miro el libro, con la confusión nub-
lada por todas partes. Arrastrando las manos y las rodillas por el su-
elo, lo alcanzo, con el siguiente capítulo abierto y listo.
9
El Cisne de Plata
La verdad es que no sé qué le hizo mi esposo a mi hija. Dijo que las niñas
están manchadas. No hay lugar para las niñas en su plan maestro, y así se-
rá siempre. Dijo que venderían a las niñas, pero algo oscuro y dudoso si-
empre me hizo cosquillas en el fondo de mi mente. Mi esposo era un menti-
roso, un tramposo y un manipulador. No hay absolutamente ninguna parte
de su cuerpo que sea veraz o redimible.
Más tarde esa noche, después de que mi criada me hubiera limpiado,
Humphrey volvió a entrar en la cueva, se sentó a mi lado y dijo: —Las niñas
no pueden nacer en nuestro pacto, esposa. Son débiles por naturaleza huma-
na. Hay que cuidarlas al nacer.
—Tú no eres Dios, Humphrey. No puedes decidir quién lleva qué cuan-
do está embarazada.
—No —respondió simplemente. —Pero puedo ocuparme de ello.
Sacudí la cabeza, con el corazón hecho jirones y mi vida volviéndose
sombría, oscura, acabada. —No nacerán Cisnes Plateados en esta familia ni
en ninguna de las nueve primeras. Serán destruidos.
—¿Cisnes de Plata?— pregunté, cortante y molesta.
—El Cisne de Plata es, en los viejos tiempos, lo que llamarían un ser
manchado. Todas las niñas que nacen entre las nueve primeras son seres
manchados. No es lugar para ella.
—Humphrey Hay…
Me quito las lágrimas de los ojos, sin querer seguir leyendo. —
¿Papá?— Inclino la cabeza hacia mi padre. —¿Por qué estás aquí?
Traga saliva con di cultad. —Estaba resolviendo un negocio—.
Sus ojos se clavan, preocupados. —Sólo un negocio que tenía con el
señor…
Los ashbacks llegan con toda su fuerza.
—Tu padre tiene negocios turbios.
—¡Ella es una mujer común!
—No es una mujer común y lo sabes.
—¿Sabes algo de nosotros?
—¿Has estado en Los Hamptons antes? ¡Y sé sincero conmigo!
—¡Que se joda tu padre!
—Confía en mí, Madison. ¡Tu padre no es inocente en esto!
—¡La reconoció! ¡Joder!
Y nalmente, las palabras de Bishop desde la cabaña. —Sólo pro-
méteme que siempre sabrás que hemos hecho todo por tu seguridad.
Todos los secretos. Las preguntas, las respuestas y promesas vací-
as. ¡Las mentiras!
Me quedo con la boca abierta y se me congela el pecho cuando
me doy cuenta. —Dios mío —susurro, llevándome la mano a la boca.
Miro a todos los Reyes y luego miro a mi padre, cuyos hombros es-
tán ojos por la derrota. Miro por encima de su hombro y veo a un
hombre fornido con un traje a medida. Su mandíbula es cuadrada y
tensa, sus ojos muertos y sin emoción. Se quita los gemelos de la mu-
ñeca y me mira jamente.
—Soy el Cisne Plateado —murmuro, buscando en el suelo alguna
pista de que estoy exagerando. Todos hacen una pausa, nadie me
corrige. —¡Todos me han mentido!— Me lanzo del suelo y los señalo
a todos. El odio se acumula con fuerza. Las lágrimas corren por mi
cara mientras me giro para mirar a Bishop. —Me has mentido. ¡Oh,
Dios mío!— Doy un paso atrás, Tatum, siendo Tatum, me sigue la es-
palda. —¿Quién carajo eres tú?— Le susurro a Bishop, y luego me vu-
elvo hacia papá. —¿Y quién carajo eres tú también?—. Sacudo la ca-
beza.
—¡Madi, espera! grita Bishop mientras atravieso la puerta, agar-
rando el libro en la mano.
—Déjala, hijo.
—No hables de mi hija…
Todos se cortan cuando acelero el paso, Tatum me persigue por el
camino de entrada. Llegamos a la valla, que se abre instantáneamen-
te al llegar.
—¡Madi!— grita Bishop, bajando las escaleras de su casa.
—¡Deprisa, Tatum!— Corremos a través de las puertas, y ella abre
su auto con un pitido. Las puertas se cierran lentamente detrás de
nosotras, y yo me deslizo rápidamente en el asiento del pasajero, mi-
entras ella se mete en el del conductor.
—Conduce —siseo, mi corazón se rompe cuando capto la mirada
de Bishop, sus manos enroscadas alrededor de las barras de la valla.
—¿Adónde?
—A cualquier sitio menos aquí.
—De acuerdo. ¿Corremos, Madi? Porque estoy contigo hasta el -
nal.
—Sí, Tate, estamos corriendo, y no vamos a volver.
No son los chicos que sospechaba que eran. Son el tipo de monst-
ruos de los que adviertes a la gente. No niños ingenuos, sino adultos.
Del tipo que mienten, engañan, manipulan, seducen y matan, sólo
para conseguir lo que quieren. Son de los que se huye.
Soy Madison Montgomery, y pensé que sabía quién era. Pero es-
taba equivocada. No soy una chica cualquiera cuya madre se suicidó
después de matar a la mujer con la que mi padre tenía una aventura.
Soy el Cisne Plateado.
¿Y ahora? Ahora sólo soy los restos de la marioneta rota que to-
dos usaron de mí. Todo lo humano dentro de mí ha sido sacado y re-
emplazado con nada más que algodón y amor falso. Ya no hay vuel-
ta atrás, nunca.
Fin
(Por ahora)
AGRADECIMIENTOS

Siempre me aterra dejar a alguien fuera cuando escribo mis agra-


decimientos, porque hay tantas personas increíbles que han contri-
buido a mi carrera de escritora de una forma u otra, ya sea con su
amistad, sus consejos o sus ojos. Esto no va en orden. Estoy improvi-
sando (sorpresa, sorpresa). Quiero empezar con un enorme agradeci-
miento a estas chicas: Caro Richard, Andrea Florkowski, Franci Neil,
Michel Prosser y Amy Halter: ¡mi equipo beta! Gracias por preocu-
parse por mis historias lo su ciente como para decirme cuando algo
es una mierda.
Isis Te Tuhi y Anne Malcom: mis chicas. Adoro a cada una de us-
tedes, gracias por estar ahí para mí todos los días -no es broma, las
presiono todos los días-. Nina Levine, por ser tu dulce ser y estar ahí
para cualquier cosa, ¡te adoro! Mi Wolf Pack, no puedo gritar lo
mucho que quiero a estas chicas. Son mi tribu, a veces mi roca, y sob-
re todo, mis chicas. Jay Aheer por la hermosa portada, pequeño hu-
mano con talento. Kayla Robichaux por ser mi mejor amiga, mi her-
mana del alma y mi editora. Barbara Hoover por pulir mis palabras
al nal y hacerlo siempre de forma muy respetuosa. Las chicas de
Give Me Books, ¡por todo el trabajo que hacen para promocionar a
autoras como yo! Ustedes son las verdaderas MVP. A los blogueros,
no puedo expresar lo mucho que los admiro y los quiero a todos.
Gracias por todo lo que hacen. Mis leales, increíbles y descarados
lectores: Los quiero mucho. Nada de esto sería posible sin su apoyo
incondicional, ¡gracias! Por último, pero no menos importante, mi
pequeña familia. Ha habido momentos en los que han tenido que vi-
vir a base de Weetbix (oye, niños kiwis y todo eso…), tostadas y sob-
ras. Ha habido momentos en los que he tenido que encerrarme e ig-
norarlos, porque había encontrado mi ujo o estaba en una fecha lí-
mite (nunca llegan al mismo tiempo. Oh no, eso sería demasiado fá-
cil). ¡Los quiero, munchkins! Por nosotros. ¿Creen que esto es lo su -
cientemente largo? Yo creo que sí.
PRÓXIMO LIBRO

2. THE BROKEN PUPPET


—Creí saber quién era, pero me equivoqué.
El Cisne de Plata
-1. Una chica que está manchada. Contaminada. Una que no encaja en
el encierro de la leyenda.
El Cisne de Plata
-2. Madison Montgomery.
Me mintieron.
Me engañaron.
Resignada a recoger los restos de recuerdos vacíos y pensamien-
tos desordenados, me fui. Después de cortar nalmente las cuerdas
de la manipulación, recurrí a hacer lo que he hecho desde niña, algo
que mi padre me perforó en el cerebro desde que pude manejar mi
primer ri e.
Corre.
Soy una mera sombra de la chica que todos conocían.
La mentira y el engaño te cambian. Alteran toda tu visión de la
vida.
Soy Madison Montgomery, y quiero jugar un juego.
Esto es lo que pasa cuando gano.
Adivina esto, Mads.
Lo que se va a chocar en la noche,
¿pero es algo que no se puede ver con la vista?
Puedes correr y esconderte.
Si por felices para siempre, te re eres a Bonnie & Clyde.
LA AUTORA

Amo Jones es una autora superventas del USA Today y del Wall
Street Journal cuyos libros han sido traducidos en múltiples países.
Reside en el trópico australiano con su familia, aunque es una ne-
ozelandesa de nacimiento que echa de menos Nueva Zelanda la ma-
yoría de las veces.
CRÉDITOS

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