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Índice
Staff
Sinopsis
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Epílogo
Adelanto King
Acerca del Autor
Staff
Moderadora de Traducción
Ale Westfall
Traducción
Nanami27 L.yanin931
Fedee Black Yuviandrade
Zoe Angelikal Soldadita Pelirroja
InCarstairsHerondale Katiliz94
Moderadora de Corrección
Pily
Corrección
Pily Mariabluesky
Cande34 Elodi
Key
Recopilación y Revisión
Pily
Diseño
L.yanin931
Sinopsis
“Un asesinato por venganza es el mejor tipo de asesinato.
¿Pero un asesinato por venganza por tu familia, con el permiso de tu
mujer? Ese es el límite de lo erótico." —Jake, The Dark Light of Day.
Jake ha vuelto a casa para ver a Abby después de violentamente
deshacerse del hombre que casi destruyó a su familia. Con sangre,
literalmente, todavía en sus manos, de la única cosa que la mente de Jake
está al tanto es de la mujer que ama.
Dark Needs es la secuela corta de The Dark Light of Day y no tendrá
mucho sentido a menos que estés familiarizado con la historia de Abby y
de Jake en The Dark Light of Day.
The Dark Light of Day #1.5
Capítulo 1
Jake
Owen no sabía de quién estaba corriendo cuando salió de Coral
Pines. En su mente, probablemente estaba escapando de la policía y su
encarcelamiento inminente por el tiroteo de mi hija.
De lo que realmente estaba huyendo era de su muerte inminente.
Había estado despierto durante tres días seguidos, pero sentía como
si pudiera haber levantado un camión y llegado al otro lado del Río de
Coral Pines y vuelto, y todavía podría no haberme sentido completamente
ejercitado.
Estaba jodidamente eufórico.
También estaba locamente asustado.
A través de los años, fue la falta de miedo lo que me ayudó a ser
capaz de llevar a cabo mi trabajo, y hacerlo bien.
Pero cuando me puse de pie en el porche desvencijado de la casa de
la abuela de Bee con una mano en el pomo de la puerta, no me atreví a
girarlo. Estaba congelado con puto miedo, incapaz de enfrentarme a lo que
podría pasar detrás de esa puerta una vez que se abriera.
¿Qué pensaría de mí Abby cuando se encontrara cara a cara con la
sangre que estaba literalmente todavía en mis manos? Cuando la realidad
de lo que había hecho, de lo que hice, y de lo que haría de nuevo estuviera
justo en frente de ella. ¿Qué sucede cuando el "Jake mata a gente" ya no
sea solo una idea abstracta?
Bee sabía que iba a encontrar y matar a Owen, me animó al
mostrarme las fotos de las secuelas del brutal ataque de Owen con ella.
Sabía que mi sangre herviría, y buscaría inmediata venganza. ¿Cuándo
girara ese pomo y Abby me viera, viera la sangrienta prueba de quién
realmente era yo mirándola a la cara y todo se hiciera real, todavía sentiría
como si pudiera aceptar esa parte de mí? ¿Todavía me querría en su vida?
¿En la de Georgia?
Abby me amaba, por exactamente quién era yo, sabiendo
plenamente que el diablo vivía dentro de mí. Sabía de la brutalidad que era
parte del profundo maquillaje sembrado sobre quién era realmente yo.
Era fácil vivir con una teoría, algo que casi no era real porque no era
algo con lo que tenía que tratar. Era completamente diferente de estar cara
a cara con la verdad de todo.
Mierda.
Podría haberme lavado la sangre y fingir como si no hubiera matado
al hijo de puta que casi había matado a las únicas dos personas por las
que moriría mil veces, que la evidencia de lo que había hecho no hubiera
secado en mi piel. Hubiera sido más fácil de esa manera, pero solo a corto
plazo. Mis planes para Abby y Bee eran a largo plazo. No quería estar
limpio cuando me viera. Quería arrancar la curita y tomar lo que viniera
para que pudiéramos seguir adelante como una familia.
Mi familia.
Una y otra vez, Bee me dijo que me amaba, pero necesitaba que lo
viera.
Necesitaba que me viera.
No importa a quién había matado en el pasado, nunca me había
sentido ni un poco enfermo por eso, ni siquiera le había dado un segundo
pensamiento, pero solo la idea de perder a Bee nuevamente hizo que mi
jodido estómago diera vueltas.
Nunca debí haberla dejado.
Pero fui un cobarde de mierda.
Nunca debí haber regresado por ella.
Pero era un cobarde de mierda.
Había utilizado un débil rumor de mierda como mi excusa para dejar
a Bee porque no era más que un hombre débil, muy débil quien se
convenció a sí mismo de todo corazón que había una posibilidad de que
fuera cierto, que después de nuestra más perfecta noche juntos, ella
podría haber ido y follado a Owen, el chico de al lado, el niño rico
psicópata.
Lo que estaba haciendo en realidad era alejar a Bee antes de que se
acercara demasiado. Antes de que pudiera realmente entender lo que me
hacía pegarme y tomar la decisión de dejarme, la dejé.
Lo he lamentado cada segundo de cada hora de cada día desde
entonces.
Durante cuatro años, viví mi vida con los ojos cerrados y sin Bee,
porque por primera vez alguien tenía la capacidad de realmente hacerme
daño en lugar de al revés. Así que usé el rumor de mierda que el amigo de
Owen me contó de Abby y de Bee como mi manera de salir de Coral Pines
tan rápido como mi moto me llevara antes de que Bee tuviera la
oportunidad de hacerme pedazos.
El problema era que Bee estaba tan jodidamente profundo debajo de
mi piel que cada día que no estaba conmigo era una tortura en esencia.
Pero al final del día, siempre pensé que había hecho lo correcto por ella, al
irme, sin importar el motivo, porque sabía que estaba mejor sin mí.
Estaba seguro de que había hecho lo correcto por una vez en mi
vida.
Después de cuatro años, la necesidad de verla, hablar con ella,
tocarla, no se había desvanecido. Se hizo más fuerte. Tan fuerte que mi
necesidad de ella era más fuerte que mi necesidad de cualquier otra cosa.
Cuando llegó el momento, no volví porque pensé que me necesitara.
Volví porque era un idiota egoísta que no podía permanecer jodidamente
lejos de ella.
La amaba. Siempre lo había hecho. Nunca pensé que sería capaz de
ese tipo de amor, pero desde el momento en que se había quitado la
sudadera con capucha de su cabeza en ese depósito de chatarra y una
hermosa y pálida cabeza roja miró hacia mí desde el lado equivocado del
cañón de la pistola, supe que mi vida nunca sería la misma.
Fue a causa de ella.
No quería correr, no quería vivir sin ella nunca más.
Así que decidí no hacerlo.
He repartido mi parte justa de tortura, pero ninguna podría haber
sido más dolorosa o cruel que el tiempo que había pasado sin Bee. Había
empacado las alforjas de mi moto, días antes de que hubiera oído hablar
de la muerte de mi padre, y salí esa misma noche.
Me dirigí de nuevo a Coral Pines.
Iba a volver a conseguir a mi chica.
Decidí dejar de ser un marica y solo abrir la maldita puerta, cuando
ésta se abrió de par en par y evité una lesión en la cabeza por unos
centímetros.
—Lo siento, oí tu moto —dijo Bee, mirándome con esos grandes ojos
en los que podría perderme todo el día de todos los días. Su bata estaba
abierta, turgentes tetas pequeñas redondeadas asomaban la parte superior
de su blusa favorita de los Guns N’ Roses, shorts ajustados con los que
siempre dormía, los que dejaban poco a mi imaginación.
Había pasado mucho tiempo imaginando cuando se trata de Abby.
Me mantuve firme en el porche, sintiendo como si esta vez para
entrar necesitara permiso de algún tipo para cruzar a su casa.
—Estás sangrando —dijo Bee, frenéticamente, dándome palmaditas
e inspeccionándome por heridas.
—Bee, nena, mírame —dije, tratando de llamar su atención. Siguió
su camino, siguió buscando la fuente de la sangre. Agarrando sus brazos,
los sostuve hacia abajo con fuerza a sus costados, obligándola a
mirarme—. Nena, no es mi sangre —le aseguré. Bee finalmente se detuvo
cuando procesó lo que estaba tratando de decirle. Para mi gran sorpresa,
suspiró con alivio, corriendo lentamente el dorso de la mano por el costado
de mi cara, acunando mi mandíbula en su palma.
Esto fue todo. Ahí fue cuando estuve totalmente convencido de que
se volvería y cerraría de golpe la jodida puerta en mi cara. Si no me quería
más, al menos podía vivir el resto de mi vida miserable sabiendo que no
tendría que tener miedo de Owen.
Al menos le habría dado ese poco a ella.
Bee podría rechazarme.
Me podría llamar un monstruo y decirme que no quería volverme a
ver.
Por mucho que odiara admitirlo, incluso a mí mismo, después de
cuatro años separados no habría ido más allá de un "no".
Para ser perfecta y jodidamente honesto...
No estaba seguro de que podría aceptar un no por respuesta.
Bee no me dio la oportunidad de imaginar en qué tipo de escenario
se vería así porque puso su mano sobre mi pecho.
—¿Está hecho? —susurró.
Tomé una respiración profunda.
—Está hecho, nena —le aseguré.
Y luego lo hizo.
Algo que puso a descansar todo mi diálogo interno acerca de lo que
iba a hacer o cómo se sentiría.
Sonrió.
Esa sonrisa llegó de una oreja a la otra y fue la más volcadora de
estómago, la más fantástica que jamás había presenciado.
—Dime todo —dijo, la emoción brilló en sus ojos.
Parecía poseída.
Estaba hambrienta.
Instantáneamente estuve duro.
Levanté a Bee en mis brazos y aplasté mis labios a los de ella. Había
esperado jodidamente demasiado por ese beso. Suave pero exigente.
Enojado y apasionado. Un pedacito de cielo y un poco de infierno. Puse
todo lo que siempre quise decirle en ese beso. Cada Te amo, todos los Lo
siento, y cada te agradezco por amarme de vuelta fue dicho sin palabras. Le
di una patada a la puerta cerrada y la llevé a su habitación. Haciendo una
pausa en el pasillo, hice un gesto hacia la puerta cerrada frente a la de
Bee.
—¿Georgia? —murmuré.
—Se durmió con sus auriculares escuchando canciones de Disney
—susurró, mordiéndose el labio.
Jodidamente AMABA a mi chica.
—Viva puto Disney —murmuré.
Lo que pasó después de eso solo podría describirse como frenético.
En su habitación, desgarramos la ropa del otro como si nuestras
vidas dependieran de estar desnudos. Había pasado tanto tiempo desde
que había visto todo de ella. Cuando desabroché su sujetador y lo tiré al
suelo, di un paso atrás para admirar a mi chica.
Sé que soy un jodido enfermo, pero sus cicatrices me encendían más
ahora de lo que hicieron durante nuestra primera vez juntos. Eran un
poco menos visibles bajo la manga de tatuajes, pero estaban allí, y no
pude evitar dar un paso adelante y remontar mi lengua alrededor de las
profundas líneas rojas alrededor de su clavícula.
—Mi chica es tan fuerte, tan inteligente y tan jodidamente sexy. —
Hablé en su piel como si estuviera hablando directamente a sus cicatrices,
besando y lamiendo todas y cada una de ellas mientras hacía mi camino
hasta su hombro y por su brazo.
Estaba a punto de venirme en mis pantalones como un niño de doce
años.
Necesitaba a Bee, e iba a mostrarle cuán jodidamente mucho. Me
abalancé sobre ella, presionando mis labios a los suyos, nuestras bocas se
abrieron y nuestras lenguas se mezclaron entre sí como si estuvieran
follando. La cogí y la llevé a la cama, lanzándola sobre el colchón y
cayendo encima de ella, nuestros labios se fundieron juntos, nuestros
cuerpos hablaron el uno al otro en un idioma que solo dos personas
jodidas como nosotros podían entender.
Siempre había pertenecido a Bee, desde aquella primera noche. Pero
en ese momento, en su pequeña habitación en la casa de su abuela, años
después de que nos conocimos por primera vez, por fin iba a ser toda mía,
e iba a asegurarme de que cada parte de su cuerpo supiera a quién
pertenecía.
MÍA.
Nunca más estaríamos alguna vez separados.
Para el resto de mi vida, todos los días que respirara, me aseguraría
jodidamente de ello.
Nos desenganchamos de nuestro beso el tiempo suficiente para que
Bee empujara mis jeans abajo sobre mis caderas, poniéndose de rodillas
para ayudarse a tirar de ellos de mis piernas.
La sangre de Owen en su mejilla.
—¿Qué? —preguntó cuando se dio cuenta de que estaba mirando.
Mi mujer estaba de rodillas frente a mí, la sangre de una vida que tomé
manchaba su rostro. Tuve una imagen apareciendo a través de mi cerebro
de los labios color rosa de Bee envueltos alrededor de mi pene, y casi solté
mi carga en ese momento.
Al menos, Owen había sido bueno para algo.
Hice un trabajo rápido en eliminar el resto de nuestra ropa.
Finalmente, no había nada entre nosotros. Piel con piel. Duro y suave. Mi
pene palpitaba contra su vientre, golpeteando con necesidad sobre su piel
a medida que nos arañábamos el uno al otro, necesitando estar más cerca
todavía.
Cerré los ojos, envolviendo mi mano alrededor de la parte posterior
de su cuello, hundiendo los dedos en su cabello, sosteniéndola contra mí
como si en cualquier momento fuera a darme cuenta de que todo era parte
del sueño que había tenido todas las noches desde el día que me fui.
Cuando abrí los ojos y bajé la mirada, mi corazón se agitó en mi
pecho como un niño con un flechazo, porque era lo único real. Ella estaba
allí en la habitación conmigo. Quería estar conmigo.
Creo que aun jodidamente me amaba.
La puse de nuevo contra las almohadas y empujé sus rodillas
separadas, abriendo sus piernas para que pudiera ver lo que era mío. Su
coño brillaba, esperando a que lo estirara y llenara con mí pene.
Necesitaba saborearla.
Me zambullí rápido, lamiendo su clítoris para levantarme y regresar,
aplanando la lengua para obtener la mayor cantidad de su humedad en mi
boca como fuera posible. Bee chilló de sorpresa, pero rápidamente se
recostó contra las almohadas, agarrando las sábanas en los puños. Su
gemido vibró contra mi lengua.
Ya que era seguro como la mierda que me iba al infierno y esta era la
única probada del cielo que alguna vez iba a experimentar, iba a
jodidamente tomarlo.
Una y otra vez. Durante el tiempo que ella me dejara.
Lo que esperaba fuera para siempre.
Bee gimió de nuevo y empuñó mi cabello, tirando de él mientras yo
lamía su clítoris una y otra vez. Sus muslos se agitaban a ambos lados de
mi rostro. Cuanto más duro jalaba, más encendido me ponía. Froté mi
pene contra el colchón, en un esfuerzo para encontrar algún tipo de alivio
del dolor de mi excitación. Señalé mi lengua y la guié a su coño. Arqueó la
espalda y se mordió el labio, ahogando un grito.
Decidí en ese mismo momento que si alguna vez era condenado a
muerte por cualquiera de los muchos asesinatos que había cometido, la
última comida que pediría sería el coño de Bee.
Extendí la mano y la puse sobre sus labios para ayudar a calmarla,
pero en lugar de luchar contra mí chupó dos de mis dedos dentro de su
boca, rodando su lengua alrededor de ellos mientras yo gemía en su
clítoris, las vibraciones causándole que tirara la cabeza atrás y cerrara los
ojos. Bombeé en ella con dos dedos de la otra mano, gimiendo por la
estrechez de su coño y estuve perdido en el pensamiento de ella ordeñando
mi pene como estaba ordeñando mis dedos hasta que su pequeño coño se
apretara alrededor de ellos. Bee, de repente levantó su culo fuera del
colchón y arqueó la espalda mientras gritaba a través del mayor y más
hermoso orgasmo que jamás había sido testigo, su coño lentamente
palpitando su camino de regreso a la tierra.
—MI jodido coño —gruñí—. MÍO.
Bee y yo no hicimos esto la primera vez. No tuve la oportunidad de
probarla en ese entonces, pero pasé gran cantidad del tiempo mientras
estábamos separados pensando en ello. Nada en mi imaginación podía ni
siquiera entender cómo sabría su orgasmo en mi lengua en la realidad.
El coño de Bee sabía a sexo envuelto en luz del sol, enrollado en
billetes de mil dólares, y cubierto de azúcar en polvo.
Hace cuatro años, cuando tomé la virginidad de Bee, fue egoísta por
mi parte. Estaba mal. Solo tenía diecisiete años y estaba tan vulnerable.
Lo haría todo de nuevo, todos los días por el resto de mi puta vida.
En ese entonces, pensé que tendríamos todo el tiempo del mundo.
Pensé que tendríamos la oportunidad de explorarnos el uno al otro,
experimentar qué se sentía bien, y en general follar la mierda del otro
hasta que estuviéramos demasiado cansados para movernos, o hasta que
jodidamente muriéramos.
Porque, francamente, me encantaría ir al infierno con mi pene
enterrado profundo dentro de Bee.
Bee apenas tuvo la oportunidad de encontrar su camino de regreso a
la conciencia antes de que estuviera entre sus piernas, mis manos sobre
sus rodillas, abriéndola delante de mí, mi pene listo para empujar en el
más hermoso centro rosado que jamás había tenido el privilegio de entrar.
Agarré mi eje para guiarlo a casa cuando Bee dijo algo que me hizo
pensar.
—¿Dolerá esta vez? —preguntó, jadeando. Sus pequeños pezones se
pusieron firmes con el rápido ascenso y la caída de su pecho.
—¿Qué? —pregunté. Demasiada sangre estaba en mi pene, y era
incapaz de concentrarme en la conversación.
—La última vez, no me dolió, pero pellizcó. Me preguntaba si dolería
de nuevo.
—¿Bee? —pregunté, momentáneamente aturdido, mi mano todavía
en mi pene.
—¿Sí?
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste esto? —La pregunta me dio
ganas de vomitar. Sabía lo que Owen le hizo, y pagó el último jodido
precio. Pero no había pensado realmente en lo que ella había hecho en mi
ausencia. Imaginar a alguien tocándola era suficiente para hacer que mi
pene se convierta en un centro cóncavo, pero no podía culparla. Fue mi
culpa. La había dejado sola. Por supuesto que habría salido, apoyado en
otra persona por consuelo.
Iba a jodidamente vomitar.
—Hace cuatro años, en el apartamento de tu tienda.
No sabía exactamente qué decir, pero cuando abrí mi boca lo único
que salió fue:
—¿Por qué, nena?
—Ya te había encontrado. No estaba buscando ninguna otra
persona. Tu toque puede quemarme como el de nadie más. —Parecía como
si lo que estaba diciendo le doliera—. Pero solo el pensamiento de alguien
más tocándome todavía es suficiente para poner mi piel a quemar. —Los
ojos de Bee se hicieron acuosos y mi corazón se constriñó en mi pecho.
Esta chica.
Esta chica me iba a matar con putas emociones.
—¿Solo yo? —Mi orgullo masculino se hinchó junto con mi pene.
—Solo tú. Siempre has sido tú —dijo Bee, ahuecando mi rostro entre
sus manos.
Lo perdí. Abriendo mi boca a la suya, nuestras lenguas danzaron y
se fusionaron. Sus labios eran suaves y perfectos. No dejaba de imaginar
cómo se verían mientras lamían mi pene, pero habría tiempo para eso. En
ese momento, tenía que hacerla mía de nuevo. Con muy poco o ningún
control sobrando, me las arreglé para regenerarlo y asegurarle a Bee que
estaría bien. Retirándome de nuestro beso, le susurré:
—Voy a ir lento. Seré amable —le aseguré mientras estaba
completamente inseguro de si podía cumplir con esa promesa.
Amable no era lo mío.
Mi pene dolía, y todo lo que podía pensar era en hundirme en su
apretado calor.
—No —dijo Bee.
—¿No? —pregunté.
—No, no seas amable. Solo se mío.
No esperé por más de una confirmación después de eso, sin querer
darle tiempo para cambiar de opinión. Alineé mi pene con su entrada,
frotando la cabeza a través de su húmedo pliegue un par de veces antes de
mirar a los ojos vidriosos de la mujer que amaba y hundir mi pene dentro
de ella con un largo empuje demorado.
Cálido.
Húmedo.
Suave.
Apretado.
Hogar.
Casi me vine en ese mismo momento. Por los sonidos que Bee estaba
haciendo, sabía que ella estaba allí conmigo. Me senté en la cama y agarré
la nuca de Bee, arrastrándola arriba conmigo. Cuando empujé en su coño,
la miré a los ojos fuertemente cerrados, lamí su garganta, y tomé puñados
de su culo. Acariciando su clítoris con mi dedo pulgar, la llevé al orgasmo,
por segunda vez, agarrando su barbilla para evitar que su cabeza cayera
hacia atrás. Necesitaba mirar a los ojos de la mujer que amaba cuando se
viniera por mí, su humedad goteando en mis bolas mientras su coño se
apretaba alrededor de mi eje.
Jodidamente hermoso.
Esta mujer, con cicatrices por dentro y por fuera, me había elegido a
mí para estar. Mierda, aun no mereciendo algo como yo.
Lo enfermo era que sabía exactamente quién era yo.
Todavía me quería.
Me AMABA.
¿Qué carajo le pasaba?
No podía esperar más para venirme. Apreté con fuerza a Bee hacia
abajo en el colchón, golpeando su coño con mi pene. Sus labios rosados se
separaron, con la cabeza echada hacia atrás en éxtasis. Estaba totalmente
fascinado por la mirada en su rostro cuando mi orgasmo me golpeó con
una fuerza demoledora que podría acabar con un maldito edificio. Mis
bolas se apretaron hasta un punto doloroso, mi pene arrojando esperma
caliente en el coño que fue hecho para entrar.
Santa. Mierda.
Caí de nuevo en las almohadas y maniobré a Bee para que yaciera
en la parte superior de mi pecho. Cuando pude enfocar de nuevo, poco a
poco pasé la mano por su hermoso cabello rojo. Fue lo primero que me
llamó la atención de ella. Seguí el intrincado tatuaje en su hombro con los
dedos, lentamente haciendo mi camino alrededor de las cicatrices que
decoraban su espalda y brazo derecho.
Esas cicatrices le impidieron conectar con la gente durante tanto
tiempo, pero cuando llegó a mí, había derribado todas las barreras que
había construido para dejarme entrar.
En su vida.
En su corazón.
En su cuerpo.
Mi jodida chica. El orgullo en mi corazón era casi demasiado. Apreté
a Bee y besé la parte superior de su cabeza.
—Te amo jodidamente, Bee.
—También te amo jodidamente, Jake.
Capítulo 2
—¿Ahora es un mal momento para decirte que deberíamos haber
usado un condón?
—¿Por qué? ¿Tienes gonorrea? —bromeé. La risita de Bee iluminó mi
alma oscura.
—No, pero no estoy en nada —dijo. Por extraño que parezca, esta vez
la idea, nunca se me ocurrió usar protección. Esta era mi mujer. No tenía
planes de alguna vez envolverme de nuevo. Teníamos que estar lo más
cerca posible, piel con piel, y pase lo que pase. Georgia fue de lejos el
mejor regalo del mundo. Una niña increíble que un hijo de puta como yo
no se merecía. No me importaría otra igual a ella, sobre todo porque esta
vez me gustaría ser capaz de ver a Bee con un gran vientre de bebé, sus
tetas suaves e hinchadas.
Me estaba poniendo duro otra vez.
—Me imagino que me gustaría tenerte descalza y embarazada tan
pronto como sea posible de todos modos. No lo entenderías. Es una cosa
de hombres —bromeé.
—¿Ah, sí? ¿Así que ese es tu nuevo objetivo? ¿Embarazarme, otra
vez? —preguntó.
—No, si eso sucede, sucede. Eso sería genial, pero mi nueva meta es
en realidad otra cosa. —Mi estómago tenía putas mariposas en el mientras
me preparaba para decir lo que había querido decir hace jodidamente
tanto tiempo.
Soy un puto marica.
—¿Oh, sí? —Bostezó, estirando su brazo sobre mi pecho—. ¿Qué es
eso?
Nunca esperé sentir lo que sentía por Bee. Nunca esperé a amar a
nadie tan completamente. Ella me hizo sentir que al menos una parte de
mí era capaz de ser normal, y ya que era capaz de experimentar un amor
tan grande, tal vez no era un monstruo, después de todo.
Tal vez.
Probablemente no.
—Cásate conmigo —le susurré.
Bee se congeló. No sabía si se había desvanecido en un profundo
sueño repentino o estaba conteniendo la respiración.
Tenía aproximadamente un segundo más para responder antes de
que la despertara y pidiera una respuesta. Parecía una eternidad antes de
que levantara la cabeza de mi pecho. El más asombroso par de ojos azules,
los ojos de los que me enamoré hace cuatro años, me miraron como si me
hubiera colgado de la puta luna.
—Bien —dijo simplemente. Una lágrima rodó por su mejilla. Sus
perfectos labios rosados formaron una enorme sonrisa destinada solo a mí.
Me encantaba la mierda de esta chica.
Me agaché y la levanté sobre mí hasta que estuvimos cara a cara.
—Bien —le dije, empujando su pelo detrás de la oreja y luego
cubriendo su boca con la mía en un beso profundo abarcando todo.
La necesidad de estar dentro de ella de nuevo se apoderó de mí, mi
pene más duro que la primera vez. Rodando encima de ella, abrió las
piernas para mí. Entré en ella fácilmente y completamente, revistiéndome
hasta la empuñadura. Tomó todo de mí, pero me dio aún más.
Siempre lo había hecho.
Tengo planeado recuperar el tiempo perdido toda la noche.
Y luego siempre.
Capítulo 3
Un año después...
Reggie y yo estábamos en la tienda trabajando en nuestro nuevo
proyecto favorito, la restauración de un antiguo Shelby Mustang que un
chico había blasfemado y lo había convertido en un puto asno. Un sistema
hidráulico se enganchaba a la suspensión para que el coche saltara arriba
y abajo en los neumáticos, el cuerpo estaba pintado de un color negro
mate de una maldita lata de aerosol, y cuando Reggie tiró de él en el lote
de mi tienda y lo puso en el parque, las llantas de oro de veinte pulgadas
seguían girando. Cuesta arriba tenía seis pulgadas, casi tan alto como mi
camioneta.
Me imagino que cuando muriera algún día, el infierno que me
esperaba se parecería mucho a la ridiculez de terciopelo púrpura que
cubría todo el interior.
Mi estómago se revolvía cuando pensaba en volverlo al estado en que
había estado la primera vez que lo vi. Reggie sentía lo mismo, porque
cuando el chico que lo conducía se detuvo en el estacionamiento del bar de
Bert una noche, le había marchado y le ofreció mucho más de lo que valía.
Gracias dios de mierda que el estúpido niño aceptó su oferta, entregando
sus llaves en cuanto le entregué en el dinero en efectivo.
Ni siquiera enloquecí porque Reggie hizo el trato sin preguntarme
primero. Con mucho gusto hubiera pagado dos veces esa cantidad por la
oportunidad de volverlo a lo que se habían propuesto tanto Dios como
Ford.
Tal vez no necesariamente en ese orden.
Me alegré de que Abby y Georgia no estuvieran allí cuando el sheriff
se presentó ese día, su coche patrulla cola-de-pez estacionado en mi
estacionamiento de grava como si fuera un conductor especialista de
mierda de los Duques de Hazard, saliendo polvo y suciedad de debajo de
sus ondulantes neumáticos mientras patinaba hasta detenerse, las luces y
sirenas a todo volumen en el puto medio día. El único ayudante del Sheriff
siguiéndolo de cerca detrás con el único otro coche patrulla en Coral Pines.
El sheriff Fletcher y el ayudante Harbord bajaron de sus coches y
sacaron sus armas, escudándose detrás de las puertas abiertas de sus
vehículos.
—¡Pon tus putas manos arriba! —ordenó el sheriff a través de un
pequeño altavoz portátil que amortiguó su voz como si estuviera repitiendo
nuestro pedido de nuevo a través de la antigua unidad en Dairy Queen.
Las manos de Reggie se dispararon en el aire.
—¡Arroja las llaves! —gritó el ayudante Harbord.
Reggie levantó la vista a sus manos y dejó caer las llaves tan pronto
como se dio cuenta de que todavía las estaba sosteniendo. Rebotaron en el
hormigón y cayeron abajo en la bahía de aceite.
Levanté la cabeza de debajo del capó del Shelby y me limpié las
manos con el trapo y lo puse encima de mi hombro. Observé la escena
delante de mí mientras encendía un cigarrillo y me pregunté cuál de mis
delitos de arresto podría haber justificado tal teatralidad.
—¿A qué debo el placer? —pregunté sarcásticamente. Apoyado en
una de las altas cajas de herramientas que se alineaban en la parte
exterior del compartimiento de trabajo, cruzando las piernas en los
tobillos. Tomé una larga calada del cigarrillo y soplé el humo por la nariz.
El sheriff Fletcher era tan torcido como por donde habían venido.
Después de que me enteré de que había ayudado a Owen cuando había
violado y casi matado a Abby, el hijo de puta era afortunado de que todavía
podía respirar.
No podía matar a todos.
Al menos, eso es lo que Abby me decía.
—¿Jacob Francis Dunn? —preguntó el ayudante, acercándose
lentamente a la mesa de trabajo. El sheriff Fletcher se mantuvo firme junto
a su coche, arma en ristre.
Cobarde de mierda.
—Griff, baja esa cosa —le dije, haciendo un gesto con mi cigarrillo a
la pistola que había dirigido a mí pecho—. Me conoces. No pretendas que
no lo haces —apagué el cigarrillo en el talón de la bota—. Me conoces
desde el noveno grado cuando toqueteé a tu novia en la parte posterior de
la sala durante Literatura Inglesa mientras que dabas esa presentación de
Jane Austen. —Griff dejó caer su rostro—. Pero no te preocupes. Solo la
hice venirse una vez.
—No es exactamente lo que hay que decir a alguien con una pistola
a la cabeza —escupió Griffin, su cara se puso roja de irritación—. Y era
Shakespeare, imbécil.
—Así que recuerdas. Fue hace tanto tiempo, hombre. ¿Recuerdas el
nombre de esa puta que usaste hasta la fecha? —Lo estimulaba. Ya sabía
la respuesta.
—Kristy, su nombre fue y es Kristy. Y si dices una palabra más
sobre mi puta esposa voy a apretar el gatillo desde aquí —advirtió—. Ahora
pon tus putas manos en alto. —Redirigió su arma de mi pecho a mi
cabeza.
—¿Todo bien por ahí? —llamó el Sheriff Fletcher, todavía
escondiéndose detrás de la puerta del coche.
—Lo tengo jefe —volvió a llamar Griff sin quitarme los ojos de
encima.
—¿Qué es exactamente lo que quieren hijos de puta? —pregunté,
irritado porque me habían interrumpido mientras estaba resucitando el
Shelby. Acababa de empezar un Mustang RCP cuando me habían sacado
de eso.
—Jacob Dunn, tenemos una orden para su arresto. Vinimos a
llevarte —dijo Griff, con orgullo.
—¿Tú vas a arrestarme? —pregunté—. ¿Por qué coño?
Griff alcanzó su espalda con la mano que no tenía un dedo en el
gatillo y sacó un par de esposas de su bolsillo trasero. Casi entonces me di
cuenta de que el buen sheriff ya no estaba escondido junto a su coche
patrulla. Entonces, me estrellé de costado, y mi pecho se estrelló contra el
capó del Shelby. Esposas de metal frío se golpeaban con fuerza alrededor
de mis muñecas.
—¿De qué se me acusa? —pregunté de nuevo, ya que ambos me
levantaron, empujándome hacia los coches. El sheriff Fletcher plantó su
mano firmemente en la cadena de conexión de los puños.
—Usted está bajo arresto por el asesinato de Owen Fletcher —
respondió finalmente, antes de inclinarse en mi oído y susurrar por lo que
solo yo podía oír—: Te metiste con la maldita familia equivocada,
muchacho. —Su aliento era caliente en mi cuello, y luchaba por contener
mi reflejo nauseabundo. No había manera de que dejara que ese hijo de
puta supiera que me había conseguido, y me encogería debido a la
respiración de la basura caliente.
En ese momento, Bee tiró de su camión en el aparcamiento. Cuando
vio lo que estaba pasando, saltó del asiento del conductor, dejando la
puerta abierta, el motor todavía en marcha.
—¡Jake! —gritó, sus pequeñas piernas desenfocadas juntas mientras
corría a través del aparcamiento.
Planté los pies en la tierra y bloqueé mis rodillas en un intento de
mantenerme en tierra para poder hablar con mi esposa, pero el sheriff
empujó en los puños y tuve que volver a moverme hacia adelante, para no
terminar de cara a la tierra.
—Cariño, llama a un abogado —le dije a Bee cuando llegó corriendo,
los idiotas representantes de la ley me empujaron pasándola.
—¡Jake! ¡No! —gritó Abby. Me metí en el asiento trasero pegajoso del
coche patrulla.
—Vas a necesitar más de un abogado, muchacho —dijo el Sheriff
Fletcher, cerrando la puerta detrás de mí. Luego se dejó caer en el asiento
del conductor—. Jesucristo mismo no va a sacarte de esto.
—El abogado —le murmuré a Abby, que estaba con su boca abierta
al lado del coche patrulla.
Asintió con la cabeza, cruzando los brazos protectoramente sobre su
pecho. En lo que fue solo el lapso de tiempo de unos pocos segundos, la
expresión del rostro de Bee cambió de una expresión de preocupación que
uno esperaría ver en la esposa de un hombre que está siendo arrastrado
lejos en puños, a una completamente ilegible.
Sus ojos vidriosos.
Su boca formó una línea recta.
Bee se fue aislando.
Joder no.
No. No. No.
Me quedo con mi chica enojada. De hecho, me ha gustado conseguir
su quicio de vez en cuando. La forma en que sus cejas se arrugan cuando
está tratando de gritarme para lanzar mis camisas de pesca malolientes
con la ropa regular es jodidamente adorable, y ha dado lugar a que la
inclinara sobre la lavadora en más de una ocasión.
Me quedo con mi chica triste. Soy un tipo jodido, y por razones que
nunca entenderé, el sabor de sus lágrimas me hizo impulsarme duro.
Además, cuando Bee estaba triste, no lo estaba a menudo, siempre podía
romper unas cuantas bromas inapropiadas y hacerla reír y ponerla de
nuevo feliz.
Voy a tomar todo lo que mi esposa estaba dispuesta a darme mierda,
porque la última cosa que quería era que Bee rastreara de nuevo en esa
maldita cabeza de ella otra vez y se perdiera entre toda la mierda que
mantuvo enterrada allí.
En ese mismo momento se estaba desvaneciendo ante mis ojos, pero
necesitaba que estuviera presente, para ser fuerte.
Para Georgia.
Para nuestra familia.
Me mató no poder ir a verla, tenerla en mis brazos y arrastrar a mi
Abby de nuevo a la superficie, y, si es necesario, no estaba totalmente en
contra de agitar la mierda fuera de ella hasta que se reorientara y saliera
de la niebla que había retirado cuando no podía hacerle frente.
Dos tontos muy tontos de mierda salían de la misma manera que
habían llegado. Uno a la vez, los neumáticos giraron dramáticamente en la
tierra, lanzándola a la calle, sus sirenas invadiendo todos los rincones del
vecindario usualmente tranquilo. La pared de los manglares que bordean
el camino brillaba azul y roja a nuestro paso.
Abby se quedó en el camino y vio como nosotros conducimos fuera,
con el rostro inexpresivo volviéndose más y más pequeña en el espejo
retrovisor hasta que desapareció por completo de la vista.
Podía sentir mi corazón retorciéndose en mi pecho, y me hice una
promesa en ese mismo momento que no importa lo que ocurra como
resultado de estos cargos, iba a encontrar mi camino de regreso a Bee y
Georgia tan pronto como pudiera.
Salir de la cárcel no podía ser tan difícil.
Giramos hacia Matlacha Pass, el único puente que conectaba el
resto del mundo a Coral Pines. Una vez que estuvimos en el puente, el
sheriff habló a mi reflejo en el espejo retrovisor.
—¿Por qué, Jake, no pareces sorprendido por estar siendo acusado
del asesinato de mi sobrino?
Me encogí de hombros.
—Bueno, ha sido un tiempo desde que crucé en rojo.
El sheriff sacudió la cabeza.
—Touché, Sr. Dunn. Demasiada mierda para uno solo —dijo,
haciendo rodar la ventana abajo con un chasquido. Encendió un conjunto
que había recuperado de la consola central—. Todo lo que digo, hijo, es
que estoy esperando freír bien tu culo real, con la esperanza de un poco
más de piel con la rubia que hace de tu nueva novia. —Sostuvo el humo
en sus pulmones, sin siquiera molestarse en apagarlo sobre la ventana
abierta mientras terminaba su pequeño discurso villano.
¿O era el bueno, y era yo el que era el villano?
Las líneas entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, eran siempre
borrosas cuando se trataba de las idas y venidas de los residentes de Coral
Pines.
Nunca se sabía quién iba a salvarte.
O quién iba a matarte.
Capítulo 4
En el fondo de mi mente siempre supe que no importa qué tan
cuidadoso fuera, algún día existía la posibilidad de que la mierda que
había hecho se pondría al día conmigo en una manera muy grande.
Supe que había llegado el día cuando me encontré siendo guiado por
un pasillo de concreto mal iluminado, usando un mono naranja estridente,
cargando una manta incluso más rasgada y una almohada, hacia una
celda mucho más pequeña que el nuevo baño de visitas que acababa de
terminar de remodelar para Bee.
Los presos gritaban uno sobre otro, sus voces rebotando en las
paredes de bloques de cemento de mi celda, ninguna persona discernible
de las ecos mezclados de las masas. Mis ojos se humedecieron por el hedor
ineludible y el abrumador hedor de los aseos y el olor corporal.
Aunque mi padre había muerto hacía más de un año casi podía oír
su “Te lo dije” desde la tumba.
Vete a la mierda, Frank.
Mi madre, la eterna optimista cuando se trataba de mí, solía decirme
que el mundo esperaba grandes cosas de mí, que mi futuro contenía algo
estupendo en él, y que algún día me daría cuenta de mi verdadero
potencial. Usualmente me daba ese discurso mientras me estaba llevando
a casa desde la oficina del sheriff o de una temporada en el reformatorio.
Ella como que tuvo razón todo el tiempo. Me había dado cuenta de
mi verdadero potencial hace mucho. Simplemente no había nada
estupendo en ello.
Horrible tal vez. No estupendo.
No estoy contento de que esté muerta, pero me alegro de que nunca
me viera enjaulado como el monstruo que era.
Mi padre, Frank, nunca viajó en la misma longitud de onda de
pensamiento en que lo hizo mi madre. Siempre me dijo que mi futuro no
guardaba nada más que una vida detrás de las barras frías de una celda
de prisión. Era ridículo, porque ese borracho de mierda podría haber
tenido realmente razón por una vez.
La puerta de la celda se cerró detrás de mí. Puse la manta en la
litera de arriba sin hacer. El guardia bloqueó mi jaula con una de las
muchas claves sobre su llavero retráctil adjunto a su cinturón.
—Bienvenido a casa, preso —dijo con aire de suficiencia, inclinando
la visera de su gorra de béisbol en saludo burlón, la visera leía
ENMIENDAS en grandes letras de oro en negrita en la parte delantera. El
guardia, cuya tarjeta de identificación de latón leía ABBOT, chupó los
dientes superiores con la lengua como si acabara de terminar una gran
buena comida.
Quería jodidamente ACABAR con él.
Salté de nuevo a la puerta de la celda y tomé agarre de las barras.
Abbot se quedó sin aliento por la sorpresa y cayó sobre su culo huesudo.
—Se enerva fácil, ¿no, oficial? —Gruñí, de cuclillas para que
estuviéramos cara a cara. Sus pequeños ojos se volvieron negros, el miedo
había causado que sus pupilas se dilataran.
Estaba muy familiarizado con esa mirada.
Era una mirada que yo disfrutaba bastante.
Quería hacer un infierno mucho más que asustar al pequeño hijo de
puta.
—Es tan fácil ser un pequeño mierda petulante desde el otro lado de
las rejas —dije con frialdad—. ¿Por qué no vienes aquí conmigo, y me dices
esa mierda sarcástica de nuevo?
Aunque el Oficial Abbot estaba obviamente asustado hasta la
mierda, la verdad del asunto era que tenía la sartén por el mango. Estaba
encerrado de forma segura en una jaula sin ventanas, y aunque él pudiera
haber estado sobre su culo, estaba sobre su culo en el lado libre de las
barras.
—Quizá lo haga, preso. —Abbot se puso de pie y se sacudió el polvo.
La arrogancia de su tono vaciló. Señalándome con su porra, miró a su
alrededor para asegurarse de que nadie hubiera sido testigo de él casi
meándose a sí mismo en el suelo—. Te estoy vigilando, preso. —Advirtió—.
Aquí dentro no eres nada más que un puto número. Ni siquiera eres digno
del nombre que tu mamá te dio, por lo que si decides actuar como un puto
animal, vas a ser tratado como un puto animal.
Con una burla final a diente saliente, se alejó, arrastrando su porra
de noche a través de los barrotes de mi celda, y luego a través de todas las
otras celdas en el pasillo, mientras se abría camino hacia la única puerta
al final del bloque de celdas. Los presos gritaron obscenidades mientras
pasó, sin ningún tipo de reacción por parte del guardia. Hizo una señal a
otro guardia que estaba sentado en el otro lado de una mampara de
cristal. La luz roja parpadeante encima de la puerta se volvió
temporalmente verde mientras zumbó a través, desapareciendo de sitio, la
puerta siendo cerrada con un fuerte chasquido, la luz por encima de la
puerta una vez más parpadeó en rojo.
—Hijo de puta —murmuré, tomando una larga y dura mirada de mis
nuevos alojamientos. Sabía que al hacer lo que había hecho durante el
tiempo que lo había hecho, estaba posiblemente pavimentando un camino
para dirigirme directo a una celda justo como en la que me encontraba.
En honor a la verdad, es un camino por el que nunca realmente
pensé que viajaría alguna vez.
Si tuviera que apostar dinero en cómo mi vida terminaría, ya sea con
mi muerte temprana, mucho antes de que la vejez se afianzara, o una vida
detrás de las rejas, habría puesto mi dinero en la muerte cada puta vez.
El fiscal, algún imbécil llamado Sparrow, estaba buscando la pena
de muerte, así que supongo que todavía había tiempo para ganar la
apuesta después de todo.
Podría morir mañana, y no significaría una mierda para mí. La
muerte era una de las únicas certezas en esta vida. Siempre ha sido un
consuelo para mí, saber que desde el momento en que todos venimos por
primera vez a este mundo pateando y gritando, todos no estábamos
dirigiendo hacia el mismo fin.
Aunque una vez muerto, algunas personas irían en una dirección,
mientras que otros, como yo, irán en otra.
Algunos de nosotros todavía estábamos pateando y gritando.
La única cosa que me molestaba de la posibilidad de morir, era que
no iba a estar para proteger a las que prometí proveer y mantener a salvo.
Que el tiempo que había pasado con las dos únicas personas de las que no
me sentía indiferente fue totalmente demasiado corto.
Abby. Georgia. Mi mujer. Mi hija.
El equipo pelirrojo como Georgia las llamaba.
Mi familia.
Durante el año pasado, mi vida pareció un sueño. Un sueño que
alguien como yo no era digno de ni siquiera tener. Todos los días de mi
vida fue un regalo que sabía que no merecía, pero egoístamente acepté de
todos modos.
Ser arrojado a una celda fue un duro recordatorio de que la vida
podría ser tanto una pesadilla horrible como un sueño fantástico. Pero
ambos tenían algo en común.
Con el tiempo, no importa el sueño, siempre te despertabas.
Capítulo 5
Había estado en mi celda por menos de un día, mirando la pared de
mierda cuando otro oficial correccional llamó a los barrotes de mi celda
con su bastón de noche.
—¡Vamos, vamos! —gritó con impaciencia.
—¿Qué pasa con ustedes y esa mierda? —pregunté, frotándome las
sienes. La cárcel se había colado en mi cabeza y comenzó a darme una
migraña.
No me hizo caso.
—Vamos, preso. —Abrió mi celda y produjo un par de esposas—.
Date la vuelta. Tienes una visita.
El guardia me esposó, empujándome a una gran sala brillante, llena
de mesas circulares. Me dejó en la puerta, y fui dejado para encontrar a mi
visitante por mi cuenta.
Los presos, vestidos con el mismo atuendo de prisión color naranja
que yo estaba usando, sentados al lado o al otro lado de los visitantes y
personas que eran muy obviamente abogados. En una mesa en la esquina
había una mujer sentada llorando, sosteniendo la mano de un preso con
un tatuaje de tela de araña en la parte posterior de su cuello, mientras que
un niño pequeño emocionado con rizos oscuros corría alrededor de la
mesa gritando como si estuviera en Disney en lugar de una prisión. Una
pareja en otra mesa discutía, la mujer señalando al hombre
acusadoramente con una uña larga y curvada, el preso al que estaba
visitando parecía desinteresado por lo que ella le estaba castigando.
Sabía dónde estaría Bee antes de que la viera. Me moví entre las
mesas y me dirigí a un rincón tranquilo en el fondo de la habitación, el
más sombreado por los árboles fuera de la ventana alta. Estaba sentada
en uno de los taburetes redondos unidos a la mesa, con la espalda contra
la pared, abrazándose las rodillas contra el pecho, mordiéndose la uña del
pulgar, mirando hacia el espacio.
Siempre era un poco torpe cuando se sentía incómoda, en una
adorable manera donde no sabía qué hacer con sus manos.
No era lo que estaba haciendo lo que me sorprendió.
Era lo que llevaba puesto.
Una jodida sudadera con capucha negra.
La cremallera todo el camino hasta su jodida garganta.
Solo mirarla usando esa cosa traía buenos recuerdos de cuando nos
conocimos, y rompió mi maldito corazón al mismo tiempo.
Se retiraba internamente, y yo ya estaba formando una idea sobre
cómo sacarla.
Solo tenía que salir de esta prisión de mierda primero.
El pelo rojo de Bee había pasado sus omóplatos camino a su cintura,
y a diferencia de los adorables rizos todavía revoltosos de Georgia, su
cabello era naturalmente liso. Todavía no llevaba ningún tipo de
maquillaje, sus ojos azules increíblemente grandes y salpicaduras de pecas
eran más que suficientes para vestir a su piel pálida ya perfecta y labios
llenos de color rosa natural.
Un año había pasado tan rápido, solo un pequeño punto en el radar
de la cantidad de tiempo que realmente quería pasar con Bee y Georgia.
Solo estábamos empezando el para siempre que les había prometido.
No podía perderlo todo ahora.
No podía perderla.
Jamás.
Bee merecía algo mejor que yo, pero me sentía atraído a su
inocencia, y ella se sentía atraída por mi oscuridad. Juntos, hacíamos un
montón de sin sentido, y así era como a mí me gustaba.
Un golpe de suerte es demasiado cliché para el momento en que
Abby Ford apareció de la nada y, literalmente, cayó en mi vida. Se sentía
más como si me tuviera de rodillas con un cuchillo en la garganta y me
tuviera rogándome por mi vida, pero un nuevo tipo de vida. Uno con ella
en la misma.
Una vida digna de ser vivida.
Una persona digna por la que vivir.
Cada día que pasaba con Bee era otro día que rompía mi puto
corazón y lo reparaba todo de nuevo. Estar con ella hacía que los vellos
minúsculos en mi brazo se erizaran y mi corazón cayera a mi estómago
cada vez que entraba en la puta habitación.
La AMABA. Estaba OBSESIONADO con ella.
Si alguien hubiera tratado de contarme una historia que involucrara
amor a primera vista, habría sacudido la cabeza y llamado a ello un
montón de mierda. El amor en general, era un concepto dudoso. El amor
instantáneo era jodidamente ridículo.
Hasta ella.
Lo único con un tirón más fuerte que la necesidad monstruosa para
tomar la vida de otra persona era la atracción hacia Abigail Ford.
Ella no me mostró que yo era capaz de amar. Fue la que me hizo
capaz de amar.
De amarla.
De amar a Georgia.
La necesidad de Abby era más fuerte que mi necesidad de cualquier
otra cosa.
La amaba.
Todavía la amo.
Jodidamente siempre la amaré.
—Oye —dijo—. ¿Estás bien?
No pude evitar reír.
—¿Si estoy bien? —Allí estaba yo, preocupado por ella y Georgia, y
cómo iba a protegerlas desde el interior de una celda de la cárcel, y mi
chica, que tenía la libertad de estar en el mundo, me estaba preguntando,
a su marido desquiciado de seis pies una pulgada con una inclinación
para bailar con el diablo, si estaba bien.
—Sí —dijo, respondiendo a mi pregunta, pero no reaccionando ante
mi arrebato. Normalmente, Bee habría cruzado los brazos sobre el pecho y
me habría preguntado qué carajo me parecía tan jodidamente divertido.
—Nena. —Me arrodillé frente a ella, tomé sus manos en las mías,
descansando ambas en su regazo—. Me estoy riendo porque es una
pregunta jodidamente ridícula y porque jamás necesitas preocuparte por
mí. —Empujé un mechón perdido fuera de su frente y lo metí detrás de su
oreja. La barbilla de Bee cayó a su pecho, respiró hondo—. Estoy muy
bien, nena —le aseguré. La atraje hacia mí y apreté mis labios a los de ella.
Me hubiera gustado que de alguna manera ese beso detuviera cualquier
pensamiento que estuviera haciéndola retraerse y sacudirla del lugar al
que iba cuando no todo estaba bien en su mundo.
Era una mentira a toda máquina, no estaba bien, de ninguna
manera, pero no necesitaba que Bee se preocupara por mí. Cuanto más le
preocupara, más se alejaría de mí y más difícil sería hacer las cosas bien
de nuevo. Lo que quería decirle es que sin ella, sin Georgia, aunque solo
sea por unas pocas horas, estaba lo más lejano a bien.
Pero no había jodida manera en que iba a decirle eso, sobre todo
cuando estaba usando esa sudadera con capucha. El equivalente de Bee
de una manta de seguridad. El mensaje que me enviaba era alto y claro.
Estaba volviéndose jodidamente loca. Tenía miedo de perderme.
Yo no tenía miedo de eso. Nunca me iba a perder.
Iba a arreglar esto. Arreglarla. ¿Necesitaba que lo hiciera?
Probablemente no, Abby siempre salía de todo por su cuenta, con un poco
de tiempo, y siempre salía más fuerte de ello. Pero esta vez, esta vez iba a
ser más que su vigilante. Esta vez, siempre y cuando saliera de la cárcel,
iba a ser su héroe.
—¡No contacto prolongado! —advirtió una voz aguda. Un guardia
flaco con un bigote puntiagudo rojo estaba junto a la pared del fondo y
mirando hacia nosotros. Por mucho que me doliera, me alejé de Bee y me
senté al lado de ella, con las manos dobladas juntas encima de la mesa,
rodillas tocándose debajo. Era lo más cerca que podía llegar a estar
físicamente, e iba a saborear cada minuto de contacto de guía paternal que
pudiera.
—Tu abogado debe estar aquí mañana por la mañana —dijo Abby,
recordándome por qué estábamos en esa habitación en primer lugar—. ¿Te
han dicho lo que tienen contra ti? ¿Cuál es la evidencia?
Le dije a Abby lo que sabía. Que no era mucho. El fiscal me había
puesto en una de esas habitaciones sin ventanas destinadas a intimidar, y
había hecho todo lo posible para hacerme confesar, hasta que se dio
cuenta de que la única respuesta que tenía a cualquiera de las preguntas
que había hecho, incluyendo si quería un poco de café, era "No voy a
hablar sin mi puto abogado." Por último, había echado los brazos en alto
con frustración, cogido su chaqueta del respaldo de la silla, golpeándola en
el proceso, y salió de la habitación, cerrando la puerta detrás de él y les
dijo que me procesaran. Lo siguiente que supe, estaba en una camioneta y
me dirigía hacia el norte hasta la cárcel en Logan’s Beach.
Lo que aprendí durante el interrogatorio fue que la evidencia que
tenían contra mí era suficiente para acusarme de asesinato en primer
grado.
Lo suficiente como para pedir la pena de muerte.
No mencioné eso a Abby.
—¿Por qué llevas eso de nuevo? —le pregunté, señalando a la
sudadera con capucha.
—Hacía frío —dijo humildemente, mirando a todas partes menos a
mí.
—Oye —dije, volviendo su barbilla hacia mí, obligándola a mirarme a
los ojos—. Está bien que necesites ser consolada en este momento. Es
normal sentirse mierda acerca de toda esta situación, ya que es una
situación de mierda. —Froté la yema del pulgar por su mejilla—. Pero no
está bien pagar tu cuota e irte, Abigail Ford. No me puedes dejar. Nunca.
—Yo no... —comenzó.
Interrumpí:
—La única cosa que me gusta de esa sudadera con capucha es la
forma en que me recuerda a cómo nos conocimos. ¿Te acuerdas de aquella
noche, Bee?
—Sí —susurró.
—Te amaba entonces.
—No, no lo hacías. —Sus ojos se volvieron vidriosos. Estaba llegando
a ella, así que seguí adelante.
—Sí, lo hacía. Te amé esa misma noche, y te he amado cada noche
desde aquella, nena. —Limpié la lágrima que cayó desde el borde de su
ojo, se inclinó hacia mi toque.
No era mucho, pero recordarle cómo obtuvimos nuestro comienzo
era lo único que podía hacer para ayudarla a permanecer presente
mientras estaba encerrado.
Estaba haciendo una lista de toda la mierda que iba a hacer una vez
que estuviera libre, porque mi prioridad número uno iba a ser asegurarme
de que mi esposa supiera que estaba allí para llevar sus cargas por ella y
asegurarme de que la vida que le di era una que nunca sintiera que no
podía manejar.
Cuando saliera, Abby y yo íbamos a ir a sesión de terapia de parejas.
Al jodido estilo de Jake Dunn.
Capítulo 6
Estar encerrado te da solo una cosa: tiempo para pensar.
Y desde la visita de Abby, la única cosa en mi mente era como
recordar la noche en la que nos conocimos la hizo llorar. Una gran victoria
cuando se trataba del frágil estado emocional de mi esposa.
Era la más vulnerable y fuerte persona que conocía. Mi propia
contradicción que vive y respira.
Sabía que lograría hacerla reaccionar cuando mencionara la noche
en que nos conocimos porque mi propia reacción siempre era fuerte
cuando pensaba acerca de esa noche.
La noche en la que casi pongo una bala en su cabeza.
Más grave que un cuento de hadas.
Pero seguía haciéndome sonreír cada vez que recordaba el primer
momento en que mis ojos aterrizaron en la pequeña bola de actitud quien
eventualmente se convertiría en mi esposa.
Mi mundo.
Mi pene estaba siendo mamado por alguna chica con la que asistí a
la escuela secundaria cuyo nombre apenas recordaba entonces y ahora.
No la quise llevar a mi pequeño apartamento junto a la tienda porque no
quería que tuviera una errónea idea y pensara que lo que estábamos
haciendo involucraba quedarse a dormir.
O una cama.
O más de diez minutos.
Después de recoger a la chica en Bert’s, conduje a la tienda de mi
papá y la guíe hacía la parte de atrás al vertedero de autos. Antes de que
pudiera bajar el cierre completamente, ya había tirado su bolso en el
asfalto para usarlo como un improvisado cojín y se dejó caer sobre sus
rodillas.
Mi espalda estaba contra una vieja y polvorienta camioneta, y la
chica con mi pene en su garganta iba hacía mi como si fuera su última
maldita comida. Escuché un crujido, pero no fue suficiente para
distraerme de la chica trabajándome con su boca como si fuera su jodido
trabajo.
Entonces, hubo un estornudo. Nunca olvidaré ese estornudo
mientras viva. Pareció venir de ningún lado.
La chica a la que estaba cogiéndole la cara pareció no notarlo.
Sonó realmente cerca.
Demasiado malditamente cerca.
La chica empujó mi pene en su garganta llevándome más lejos de lo
que creí posible. Antes de que pudiera formar otro pensamiento coherente,
me estaba viniendo, y ella estaba golpeando mis muslos con los puños
cerrados y escupiendo en el pavimento, gritándome por no avisarle que
estaba a punto de llegar. Me reí porque crecí en Coral Pines y no había un
chico allí que conociera que no hubiera disparado su carga en su garganta
antes del décimo grado. Pisoteó hacía la valla, y la seguí para dejarla salir,
deslizando la puerta cerrando tras ella. Se fue murmurando para sí
misma, pero estaba preocupado con el estornudo para dar una mierda
sobre lo que estaba quejándose.
Me quité la chaqueta y la dejé en una bicicleta sin asiento. Despacio,
me moví lentamente de regreso a la vieja camioneta y saqué mi arma de la
cintura de mis pantalones. Fue cuando rodeé la camioneta que primero vi
una bola de sudadera con capucha negra sobre sus rodillas. Quien quiera
que fuera había vomitado sobre el pavimento.
Apunté mi arma a su cabeza y la ladeé. La sudadera se congeló.
—¿Quién te envió, hijo de puta? —pregunté. Dando un paso al
frente, presioné el cañón de mi pistola tras su cabeza.
No hubo respuesta.
—¿Así que quieres jugar de esa manera, eh? —pregunté enojado.
Agarré la sudadera tirando hacía atrás la cara del intruso. Estaba contento
de que iba a poder dictar mi propia marca de justicia perversa en este tipo.
Ya estaba planeando su eliminación cuando de repente me distraje
por algo suave en mi mano. Era un mechón de largo, brillante cabello rojo.
¿Qué mierda?
Miré de mi mano a la pequeña figura acurrucada en frente de mí. Lo
empujé en la parte de atrás de la cabeza con el cañón de mi pistola.
Finalmente volteó y levantó la mirada.
ELLA miró hacia arriba.
Enormes inocentes ojos azules enmascarados en pálida piel me
miraron fijamente. No era una mujer. Una chica, no más grande de
diecisiete o dieciocho.
Una hermosa chica.
La más hermosa chica.
Mi chica.
Yo tenía veintidós. No era un viejo de cualquier manera, pero si
demasiado viejo para una chica tan joven como ella. Estaba mal para mí
sentirme atraído hacía ella de la forma en que lo estaba. Pero mi cerebro,
mi pene, y mi corazón descongelado parecían no dar una mierda de
decencia.
Suena tan jodidamente cliché, pero fue cuando nuestros ojos se
encontraron por primera vez cuando mi vida cambió irrevocablemente.
No diría que creo en ninguna clase de destino, pero si algo como eso
existiera, estaba trabajando esa noche.
Nunca había mirado atrás.
Aunque no sería un camino fácil de recorrer de ninguna manera, la
chica asustada de rodillas delante de mí, con el tiempo me recibiría en su
vida, en su cuerpo.
Daría a luz a mi hija.
Se convertiría en mi esposa.
Esa chica delgada con la sudadera de gran tamaño había sufrido
bastante en su vida y poco sabíamos cualquiera de los dos entonces que
sufriría mucho más.
Maldito OWEN.
La sola mención de su nombre fue suficiente para enviarme dentro
de una rabia justo ahí en el área de visita.
No fue hasta que Abby finalmente me dijo lo que Owen le hizo,
cuando me mostró las fotografías, la evidencia de un crimen que hace mi
estómago revolver cada jodida vez que lo pienso, cuando me enteré que las
verdaderas profundidades de mi enfermedad y depravación no tenían
limites cuando se trataba de proteger a Abby y a Georgia.
Venganza fue la droga que me inyecté la noche que localicé a ese
bastardo. La venganza fue lo alto que monté cuando lo eliminé de esta
jodida tierra.
El amor es lo que hace que todo tenga sentido. Cuando llego a mis
chicas y mi amor por ellas, cualquier regla que tenía sobre cómo y por qué
hago las cosas que hago fueron tiradas por la ventana.
Nuestro amor no tenía reglas.
Lo que le hice a Owen me hizo darme cuenta que había una razón
por la que fui puesto en este planeta exactamente como era, como soy.
Para proteger a mi familia.
Capítulo 7
La reunión con mi abogado fue tan bien como se podía esperar para
alguien siendo acusado de asesinato en primer grado.
Henry Allbright, uno de los únicos abogados competentes dentro de
diez millas de Coral Pines, me había informado que había un testigo del
crimen.
Algo por el estilo.
Un caimán.
Un maldito caimán.
Todos estos años haciendo dios sabe qué, para dios sabe quién y
estaba cayendo parcialmente porque un maldito lagarto tenía que ir y ser
atrapado antes de que tuviera la oportunidad de digerir apropiadamente
su refrigerio nocturno de las partes de Owen Fletcher.
El tipo que lo había atrapado estaba sorprendido de encontrar una
mano sin algunos dedos en el vientre de la bestia que estaba destripando.
Impresionante hazaña para el caimán.
Incriminatorio para mí.
El video de vigilancia de las cámaras del puerto cruzando la calle de
la caseta para botes donde me había cargado a Owen, lo mostró entrando
al edificio, luego a mí siguiéndolo un poco después.
Pero esta no era la peor parte.
La peor parte fui yo saliendo horas después.
Dos bolsas de basura negras colgando de mi espalda.
La cámara nunca captó la salida de Owen, pero lo que si captó fue la
matrícula de mi moto.
Después de que el FBI identificó a Owen por sus registros dentales y
averiguaron que había disparado a mi hija solo unos días antes de su
“presunta” (palabras suyas, no mías) muerte, tenían un claro motivo con
suficiente evidencia, sin embargo circunstancial, para acusarme.
Tenían a medio Coral Pines alineados como testigos listos para
testificar que Owen y yo tuvimos nuestra participación en altercados
públicos en el pasado.
El caso fue concluido limpio y atado en un maldito lazo, me tenían
por las pelotas.
El juez denegó la fianza.
La cuestión era, si ellos tenían toda esta evidencia durante un año,
¿por qué les tomó tanto arrestarme? ¿Por qué estuvieron en esto tanto
tiempo antes de hacer su movimiento?
Este no era el Departamento del Sheriff de Coral Pines tropezando
su camino por una investigación. Era la maldita FBI. No había ninguna
razón para retrasar mi arresto que tuviera algún tipo de sentido para mí y
este no era el único pensamiento manteniéndome despierto toda la noche.
No podía dormir en la cárcel. No había dormido una sola noche sin
Bee por más de un año y estaba empezando a preguntarme si alguna vez
iba a ser capaz de dormir de nuevo.
Solo unas noches antes, estaba profundamente dormido en la cama
de matrimonio que compartía con mi esposa. Mis brazos envueltos
firmemente alrededor de ella, ni una pulgada entre nosotros mientras la
sostenía fuertemente en mi pecho. Su respiración regular era un
recordatorio constante de que estaba ahí conmigo y no iba a ninguna
parte.
Un movimiento en el colchón me despertó, e instantáneamente me
senté en alerta, solo para encontrar a mi hija gateando lentamente desde
el pie de la cama.
—¿Cuál es el problema, nena? —había preguntado, haciendo
espacio, así Georgia podía acurrucarse entre Abby y yo. Abby se giró sobre
su lado, pero no despertó.
—Tuve pesadillas, papi —dijo Georgia, frotando sus ojos, su conejo
de peluche en el recodo de su brazo. Puse la manta sobre nosotros y
descansó su cabeza en mi pecho.
—Son solo sueños, Gee. Papi nunca dejaría que nada ni nadie te
hiciera daño —dije, quitando los rizos de sus ojos.
—¿Promesa de meñique? —susurró, extendiendo su meñique hacia
mí.
—Promesa de meñique —repetí, enganchando mi meñique con el
suyo. Y lo decía en serio. No había manera en que alguna vez dejara que
algo le pasara a mi pequeña. Mi luchadora. Mi superviviente.
Cuando Bee y yo tuvimos sexo por primera vez, había usado un
condón, pero estaba tan envuelto en Abby que me había quedado dormido
dentro de ella, asustado de salir como si pudiera desaparecer si lo hacía,
dejando ese pequeño pedazo de goma prácticamente inútil.
Es la única vez en mi vida que puedo mirar atrás y estar agradecido
por mi estupidez.
Georgia estaba en sus primeros momentos de su creación cuando
Abby fue maltratada brutalmente por Owen, pero de alguna manera, a
través de toda esa violencia, nuestra hija se había agarrado fuerte y no se
soltó.
Creció grande y fuerte dentro de mi esposa.
Abby dice que Georgia nació con un par de pulmones que podrían
asustar al diablo.
Que apropiado.
A pesar de que no la conocí hasta que tenía tres años, por segunda
vez en mi vida, fue amor a primera vista.
Había pensado que Georgia era la hija de Owen al principio, el
producto de una relación entre él y Bee, pero aún la amaba, quería que
fuera mía.
Quería que me amara también.
Podría caminar hasta el final del mundo por Abby.
Podría quemar el maldito lugar por Georgia.
En prisión, si el colchón se hundía en medio de la noche,
definitivamente no era porque tu dulce hijita estuviera queriendo
acurrucarse contigo. Pero no estaba asustado de otros reclusos tratando
de venir por mí. El único apuñalamiento que tenía miedo de recibir podía
venir de manos de los resortes sueltos del colchón manchado en el que
intentaba dormir.
Cada hora en punto los guardias hacían sus rondas, alumbrando
sus linternas en las caras de los reclusos dormidos, asegurándose que
cada uno estaba contado. El rechinar de las botas de los guardias en el
suelo de cemento por enésima vez durante la noche no era una sorpresa.
La puerta de mi celda siendo desbloqueada y abierta lo fue. Pretendí
estar dormido, preparándome para defender mi honor de cualquier maldito
que tuviera un fetiche por los rubios con tatuajes.
—Sé quién eres —dijo una voz. Un encendedor se encendió, de la
esquina de mi ojo medio cerrado, vi el final rojo de un cigarrillo encendido
a unos pocos pasos de mi cama. Quienquiera que fuera se sentó en el
suelo con su espalda contra la pared de cemento.
—¿Y quién exactamente piensas que soy? —pregunté, calculando
cómo eliminarlo si hacía un movimiento.
—Un amigo en común nuestro te llamó El Moordenaar.
El maldito holandés, el hombre que me dio mi primer trabajo y el
primer y único de mis jefes que conocía mi verdadera identidad. El
Moordenaar, una palabra holandesa para “asesino,” es lo que él me llamó.
Debería cortar el cuello del holandés por no ser capaz de mantener
su maldita boca cerrada. Maldita sea. Agregaría esto a mi lista de mierdas
por hacer cuando saliera.
—Hombre equivocado —dije, girándome para mirar al tipo que
invadía mi espacio personal. Las pequeñas luces amarillas fuera de mi
celda y la luz de la media luna por la ventana alta en el otro extremo del
bloque de celdas eran toda la luz que necesité para notar que el tipo de mi
celda era enorme. Una pared de músculos, sentado en el suelo a unos
pocos pasos de mi cama, un cigarrillo colgaba de sus labios, tatuajes en
blanco y negro cubrían el dorso de sus manos y un lado de su cuello, su
cabello oscuro recortado cerca de su cabeza.
Sus ojos eran negros y en la luz de la media luna lucía como un
hombre poseído.
Yo podría haber sido el diablo, pero con mi cabello rubio y ojos
azules sé que no encajaba en ese papel. Este tipo lucía como si el suelo se
hubiera abierto y él solo hubiera atravesado las puertas del infierno y en
mi celda.
—¿Qué quieres? —pregunté.
—Necesito tu ayuda. —Nunca quitó sus ojos de mí.
—No te conozco. ¿Por qué debería ayudarte? —Balanceé mis piernas
por el lado de la cama y me senté.
—Mataste al tipo que lastimó a tu familia, ¿estoy en lo cierto? —
preguntó.
—Presuntamente —le recordé. No iba a admitir nada a este tipo. Por
todo lo que sabía, podría estar trabajando para el fiscal del distrito y
usando un micrófono.
Se rió y sacudió su cabeza.
—Entiendo por qué dices eso, pero estoy viniendo a ti porque estoy
sin opciones.
—Estoy semi-retirado —admití.
—Bien, Jake, te necesito semi-activo, porque mis chicas están en
problemas y hay personas que necesitan ser asesinadas.
Este tipo no andaba con malditos rodeos.
—Aún si quisiera ayudarte, no puedo hacer ni mierda desde aquí y
no voy a salir pronto —le dije.
—Estarás fuera. —Se levantó, luego golpeó las barras ligeramente.
Unos segundos después, un guardia apareció y abrió mi celda para dejarlo
salir—. Y estaré en contacto.
Cuando estuvo fuera de la vista, me di cuenta que ni siquiera había
conseguido su nombre.
¿Qué demonios acaba de pasar?
Capítulo 8
Cuando el guardia vino a buscarme a mi celda, me di cuenta de que
estaba en camino para reunirme con mi abogado para llegar a algún tipo
de estrategia de defensa. Cuando pasamos por Visitación y entramos en
una habitación donde me entregaron la ropa que llevaba cuando me
procesaron, estaba totalmente confundido. No dije nada por si acaso eso
los hiciera darse cuenta de su error y llevarme de vuelta a mi celda.
Cuando di mi primer paso a la libertad fuera de las puertas de la
cárcel, la brillante luz del día me cegó después de pasar tanto tiempo en
una oscura celda.
La primera persona que vi fue a Bethany, quien tocó el claxon de su
coche y me saludó con la mano.
—Entra —ordenó, inclinándose para abrir el asiento del pasajero de
su camioneta.
Entré y esperé hasta que estuvimos en la carretera principal antes
de que decir algo.
—¿Por qué estoy fuera? —pregunté—. ¿Dónde está Abby? —Debería
haber sido feliz, pero mis frustraciones sacaron lo mejor de mí—. Bethany,
¿qué carajo está pasando?
—El fiscal retiró los cargos, y Abby está en casa con Georgia —dijo
casualmente, encogiéndose de hombros, y luego ajustando las salidas de
aire acondicionado.
—¿Por qué harían eso? ¿Cómo pueden pasar de no fijar la fianza a
liberarme en menos de setenta y dos horas? —Era libre, pero estaba al
borde. Algo no estaba bien.
—Digamos que sus testigos no eran tan fiables, como inicialmente se
pensó. En un caso que es circunstancial, en el mejor de los casos, son los
testigos los que lo hacen o lo rompen. —Miró al frente en el camino delante
de nosotros. No hizo ningún tipo de contacto visual conmigo, pero ajustó el
retrovisor por tercera vez.
—¿Qué hiciste? —le pregunté. No había manera de que no tuviera
una mano en mi liberación.
Una pequeña y astuta esquina de su boca sonrió. Un pequeño
vistazo al sagaz abogado que Bethany solía ser antes de transformarse a sí
misma en la figura de abuela de Georgia. La mujer que movería cielo e
infierno para ganar un caso y haría cualquier cosa que se necesitara para
ganarlo.
CUALQUIER COSA.
No había ninguna duda en mi mente de que hizo algo para causar
que esos testigos se volvieran “poco fiables”.
—Fue la cosa más extraña, la verdad —dijo Bethany—. Todos los
testigos que iban a declarar que tú y Owen eran enemigos mortales, de
pronto recordaron cuán grandes amigos eran ustedes, cuánto tiempo
pasaban juntos, cuánto se querían y respetaban entre sí. Y luego estaba el
pequeño asunto de su boda. —La sonrisa de Bethany era ahora una
sonrisa de dientes completa.
—¿Nuestra boda?
—Sí, su boda. Es extraño que se hubiera deslizado de sus mentes
que asistieron a la recepción de tu boda y que Owen era tu padrino de
bodas.
—¿Mi padrino de bodas?
—Sí, ya ves que puesto que Owen fue el padrino de tu boda, que
tuvo lugar en Bar Bert’s semanas después de su supuesta muerte, no
había manera de que pudiera estar muerto, ¿no? También estaba el hecho
de que firmó tu licencia de matrimonio como un testigo, la cual fue
presentada al tribunal y hecha un asunto de interés público...
—Bethany... —comencé, sin saber exactamente qué preguntarle
después.
—Y por supuesto, como la madre de Owen le dije al FBI que a
menudo desaparecía, a veces durante meses y que había oído hablar de él
recientemente.
—¿Dijiste qué?
—Sí, les dije que había oído de él hace poco, y que me dijo acerca de
un accidente que había tenido con su mano mientras cazaba cocodrilos.
Todavía estaba angustiado por herir accidentalmente a Georgia cuando
estuvo jugando con su escopeta vieja, por lo que no tenía ningún plan para
volver a la ciudad por el momento.
Y allí estaba ella, Bethany, la abuela más despiadada en Coral Pines.
—¿Por qué esperaron tanto tiempo para acusarme si tenían todas
estas cosas en su lugar hace un año?
—El padre de Owen. No estaba comprando la historia que Owen solo
despegó, sobre todo porque Owen había dejado de usar sus tarjetas de
crédito la noche en que desapareció, así que cuando descubrieron la mano
y el video de vigilancia, utilizó toda su influencia con la fiscalía para
empujar todo hacia adelante a pesar de que el caso era sombrío en el
mejor de los casos. Le tomó un tiempo, pero ese hijo de puta persistente
no aceptaría un no por respuesta.
—¿Cómo sabes que ya no va a seguir tratando de derribarme de
alguna manera? —No podía relajarme hasta que supiera que estaba fuera
para siempre. Que podía sostener a mi familia y no estar preocupado por
ser arrestado de nuevo.
—Porque, Jake, puede haber sido un marido pésimo, pero es un
hombre muy inteligente. Le dije que si seguía por ese camino, me haría
arrestar por el asesinato de Owen, y puesto que el hijo de puta ni siquiera
firmará los papeles de divorcio porque tiene miedo de cómo se vería, no iba
a dejarme caer por el asesinato de nuestro hijo.
—¿Cómo, cómo conseguiste que los testigos cambiaran sus
historias? —No era lo suficientemente cercano con nadie como para hacer
que mintiera por mí porque yo les agradara.
Bethany pensó por un momento.
—Ya ves, Jake, los secretos de Coral Pines son profundos. Al igual
que las raíces de un árbol viejo, crecen y crecen. Durante años, se
extienden bajo la superficie hasta que las raíces son demasiado grandes, y
la superficie comienza a agrietarse.
—¿Qué tiene eso que ver con los testigos?
—Porque, Jake, he estado en Coral Pines el tiempo suficiente para
saber cuándo es el momento de hacer un poco de investigación bajo la
superficie.
—Así que, básicamente, ¿los chantajeaste usando mierda que tenías
contra ellos?
—El chantaje es una palabra bastante fea. —Bethany dio unas
palmaditas en mi rodilla—. Solo saqué algunas raíces.
Capítulo 9
Abby
La última cosa en este mundo que alguna vez quise fue que mi hija
sufriera como yo lo había hecho. Pasé cada día desde el momento que la
traje a este mundo asegurándome de que su infancia no se pareciera en
nada al vívido infierno mío.
Eso es por lo que en la noche esperaba hasta que la ayudaba a
cambiarse a sus pijamas, después le leía una historia para dormir,
después la metía en la cama y besaba su frente, después lentamente
cerraba su puerta y bajaba al pasillo, y después salía al patio, para
sollozar incontrolablemente en mis manos.
Georgia tenía cicatrices. Muchas cicatrices. Algunas más profundas
que las mías. Cicatrices del roce de la bala, cicatrices de las múltiples
cirugías para remover lo que podían. Cicatrices que parecían machas
blancas y rojas de pintura a través de su caja torácica, desde su axila
hasta el lado izquierdo de su cintura.
Le había fallado, le había fallado a mi niña, y ahora iba a tener que
vivir exactamente con el destino que nunca había querido para ella.
Todo esto, además de que Jake había sido arrestado por el asesinato
de Owen, y yo estaba otra vez buscando consuelo en mi vieja sudadera con
capucha. Traté de recurrir al entumecimiento, pero no podía alcanzar el
lugar donde no podía existir más. Georgia y Jake me habían hecho
imposible retirarme completamente, pero estaba intentándolo, porque
pensar en Jake siendo encerrado de por vida o condenado a muerte por el
asesinato de un bastardo hizo a mi estómago retorcerse. Porque le había
animado a hacerlo.
Tendría que haber sido mi culpa.
—Bebé, otra vez no —dijo Jake, viniendo detrás de mí, su mano en
mi hombro.
Sabía mi reacción cada vez que veía sus cicatrices y cuando
escondía mi reacción de ella. Había notado el cambio en mí. Lo vi en la
manera en que era más cuidadoso a mí alrededor, prácticamente
caminando sobre cáscaras de huevo, eligiendo sus palabras más
cuidadosamente. Lo odiaba. Pero no sabía cómo volver a lo que era, y con
todo que estaba dentro de mí, no sabía si quería hacerlo.
—No puedo evitarlo. —Sequé mis lágrimas bajo mis ojos y sorbí—. Le
fallé, Jake. Se va a mirar al espejo cada día y recordar ese horrible
momento por el resto de su vida. Recordará lo asustada que estaba.
Recordará cómo su mamá no pudo evitar que le pasara eso a ella.
—Bee, es muy joven, y ve al psiquiatra1. Él dice que estará bien.
Apenas recuerda algo en absoluto, y piensa que incluso con un desastre
como yo de padre va a estar bien —me aseguró, tratando de hacerme reír,
como siempre.
—Sí, pero, ¿y luego? ¿Y si un día realmente recuerda todo? ¿Qué
pasará entonces? No quiero que reviva ese dolor cada día de su vida.
—Entonces tendremos que lidiar con eso, Bee. Nos aseguraremos de
que sepa cuán amada es y si se asusta alguna vez, le recordaremos otra
vez cuán amada es, y si empeora, la amaremos jodidamente más fuerte. Lo
único malo que podría sucederle a Georgia de nuevo es que podría
asfixiarse bajo todo nuestro amor. —Jake rodeó mi silla y se acuclilló en
frente de mí—. Es todo lo que podemos hacer —dijo suavemente, sus
manos en mis rodillas. Inclinó mi barbilla hacia arriba así estaríamos
frente a frente—. ¿Sobre qué es esto realmente, Bee?
Suspiré.
—Merece algo mejor que yo como su madre.
—Esa es una evasión de mierda, y lo sabes. Todos los padres están
jodidos. Nosotros solo estamos jodidos de diferente manera. Ahora,
suéltalo, mujer —demandó—. Dime qué está pasando en esa hermosa
cabeza roja tuya.
—Todavía las veo —solté.
—¿Ves qué?
—Todavía veo mis cicatrices. Cada día. Incluso bajo todos los
tatuajes, aún veo más allá de los colores y directo a las marcas. Cada
jodido día de mi vida, recuerdo lo que sucedió, lo que esa perra hizo, e
incluso si es solo por un minuto, recuerdo cómo se sintió. —Mis ojos
comenzaron a inundarse, nublando mi visión—. Recuerdo el dolor. Lo
siento todo de nuevo. No quiero sentirlo más. —Jake suavemente corrió las
yemas de sus dedos a través de la cicatriz más larga, que comenzaba en mi
1
Término en el original: head shinker, que es básicamente un psiquiatra y analista en los
aspectos legales de enfermedades mentales.
hombro, y lentamente la trazó hacia abajo a mi codo, y de vuelta. Su
recorrido a modo de consolarme.
—No puedo imaginar cuánto dolió, Bee.
—No allí —dije.
—¿No? —Tomé su mano y la coloqué sobre mi corazón.
—Aquí. Duele aquí. —Jake me alzó como si no pesara nada y se
sentó en la silla, arrastrándome en su regazo como una niña, acunándome
en sus brazos y sosteniéndome fuerte a su pecho.
—No quiero que tu corazón sufra. Dime qué puedo hacer para
hacerlo mejorar —dijo, su voz tensa.
—Me duele que Georgia pudiera sentirse así algún día.
—Sus cicatrices todavía están sanando, bebé. Haremos lo que sea
para que no sufra. Pero no puedes estar preocupada de lo que va a sentir o
no. Tenemos que tomar esto día a día, o vas a enloquecer.
—Lo sé. —Sorbí mi nariz.
—¿Qué puedo hacer para hacerlo mejor? —Besó la parte superior de
mi cabeza.
—No hay nada que puedas hacer. No puedes borrar mis recuerdos.
No puedes hacerme pensar en algo más cuando veo las marcas. Fue
mucho mejor por un tiempo. Mucho más fácil de lo que solía ser. Entonces
le hicieron daño a Georgia, y ahora es como si estoy de vuelta a donde
comencé.
—Estamos, bebé. Estamos —dijo—. No tienes que pasar por esto
sola. Somos una familia, y lo arreglaremos como una familia.
—Pero no puedes arreglarlo.
—No, pero puedo ayudarte.
—¿Cómo? —susurré.
—¿Confías en mí?
—Sí. —Ni siquiera lo dudé. Jake es la única persona en el mundo en
quien confiaba. Era el padre de Georgia. Me ayudó a sentir otra vez cuando
pensé que iba a vivir mi vida sin saber alguna vez lo que era ser cercano a
alguien. No había razón para no confiar en él.
—He estado pensando acerca de algo. Algo que podría ayudar.
Quédate aquí un minuto —pidió, empujándome ligeramente fuera de él. Se
puso de pie y sacó su celular de su bolsillo presionando uno de los botones
de marcación rápida.
Después de unos segundos, escuché a alguien atender.
—Bethany —dijo Jake estoicamente. ¿Por qué llamaba a Bethany?
Usualmente, era el mediador entre Bethany y Jake. Ellos raramente
hablaban, y no los culpaba.
Bethany engendró a Owen y trató de protegerlo cuando sabía lo que
había hecho, pero eso ya me parecía pasado. Cada vez que siento la rabia
o el resentimiento hacia ella como el que una vez sentí, recuerdo cómo se
sintió prender su casa en fuego, y rápidamente vuelvo al sentimiento de
que todo está bien entre nosotras.
La nueva Bethany apenas se parecía a la vieja, y su amor por
Georgia, la nieta que nunca había tenido, había sido una gran parte de
arreglar las cosas, a mis ojos. Bethany había pasado el último año
demostrándole a nuestra familia que era bastante digna de formar parte de
ella.
—Sí. Sí. Todo está bien. Georgia está genial. Sí —dijo, más bien
groseramente—. ¿Puedes venir y quedarte con Georgia un poco? Está
dormida, pero necesito sacar el barco a dar una vuelta para asegurarme de
que esté navegando por la mañana, y necesito que Bee venga y sea mis
segundos ojos y oídos. —Hubo una corta pausa, y entonces Jake finalizó la
llamada sin decir adiós.
—Sabes, para alguien que puede ser tan encantador, realmente
puedes ser un idiota total a veces —dije.
—¿Me acabas de llamar encantador? —Jake rió. Por supuesto, eso
sería lo que llamaría su atención, no ser llamado idiota. Incluso en la
tenue luz del porche trasero, la sonrisa de Jake era brillante. Ser capaz de
verlo sonreír a diario o reír de vez en cuando valía la pena cada segundo de
tiempo que habíamos pasado separados. Ignoré su pregunta.
—Si necesitas ayuda con el barco, ¿por qué no solo lo hicimos
antes? —pregunté.
Habíamos tenido un gran día familiar. Jake trabajó un poco en el
barco. Georgia corrió a través de los rociadores del patio trasero, y yo me
senté en mi silla favorita, leyendo un libro, echando un vistazo a menudo
sobre las páginas para asegurarme de que mi familia aún estaba allí, y que
todo era real. Y lo era. Se hacía tarde, y ya estaba oscureciendo. Sería
difícil examinar el barco en absoluto bajo estas condiciones.
—Shhhh, bebé. Ya verás. Dijiste que no podría hacerlo mejor para ti.
Creo que hay una manera en que puedo —dijo Jake, presionando un dedo
en mi boca parcialmente abierta. Lo fulminé con la mirada y mordí la
punta de su dedo. Alejó su mano, y su mandíbula cayó abierta.
—Oh, Bee —dijo, su voz llena de advertencia, ¿o era promesa?—.
Vas a pagar por esto. —Chupó brevemente la punta del dedo que yo había
mordido.
Bethany llegó unos minutos después de la llamada de Jake.
Al segundo en que abrió la puerta, ella se escabulló de él pasando
hacia la casa.
—Pasa adelante —dijo Jake sarcásticamente, cerrando la puerta
detrás de ella.
Bethany ya se había acomodado en el sofá y estaba hojeando el
contenido de su bolso de mano.
—Deberían ir a dónde necesitan estar. Estoy bien aquí —dijo,
sacando dos agujas de tejer y algún hilo rosa. Cualquier trabajo unido a
las agujas lucía bastante desigual.
—¿Tejer? —le pregunté, haciendo un gesto hacia sus manos, y
comenzó a tejer distraídamente.
Bethany, una vez aguda como una tachuela, la abogada más
poderosa cuyas garras eran tan agudas como su lengua estaba sentada en
mi sofá, en mi sala de estar, tejiendo. Estaba desconcertantemente fuera
de su naturaleza. Cruzaba las agujas sobre la otra, su lengua fuera a un
lado de su boca cuando se concentró. Su pie moviéndose con su ritmo de
tejido. Apenas hizo una pausa para respirar cuando habló.
—Bueno, sí, desde que no tengo ya un trabajo para mantenerme
ocupada, necesitaba algo que tomara mi tiempo así no moriría de
aburrimiento. Mi psiquiatra sugirió que consiguiera un pasatiempo así que
fui al iPad, y vi algunos de esos vídeos de YouTube, o como sea que sean
llamados, ya sabes, ¿donde un adolescente con una video cámara
básicamente te enseña todo lo que necesitas saber y te hace sentir tan
viejo como la tierra al mismo tiempo? Así que aquí estamos, a medio
camino de un suéter para Georgia.
Bethany había dejado su trabajo como fiscal del distrito poco
después de que Georgia había sido lastimada. En sus palabras, su
‘correcto-y-equivocado’ radar necesitaba un descanso, y no podía hacer eso
y aún ser la sagaz abogada sin consciencia que le pagaban para ser.
Sostuvo el pequeño trozo de algo relacionado con las agujas, y podía ver la
desilusión en su cara a través de los dos grandes agujeros en el medio del
parche.
—Es un trabajo en progreso —dijo, comenzando su tejido otra vez—.
Sobre, debajo y alrededor —murmuró mientras fruncía sus cejas y miraba
hacia abajo a su trabajo.
—Estaremos de vuelta pronto —le aseguré. No completamente
segura de cuánto tomaría lo que sea que Jake había planeado—. Gracias
por venir en tan poco tiempo. —Antes de girarme, Bethany alzó la vista de
su proyecto, sus ojos acuosos. Gracias. Murmuró hacia mí, y en un
segundo, estaba tejiendo otra vez—. Tómense su tiempo. Estaré en esta
maldita cosa toda la noche, de cualquier manera. —El cortante tono
impaciente de vuelta en su voz.
Jake no dijo adiós a Bethany. No dijo nada en realidad. Abrió las
puertas corredizas de vidrio y me llevó a través de ellas, seguidamente
cerrándolas detrás de mí. Tomó mi mano y me guió bajando el patio
trasero hacia el muelle, y cuando estuvimos allí, me sentó en un banco de
plástico que hacía las veces de caja de almacenamiento para todas las
cosas rosas de pesca de Georgia. Recogí un pequeño gorro rosa con las
palabras “la pequeña niña de la pesca de papá” bordadas a través del
frente que había caído detrás del banco. Corrí mis dedos sobre la
levantada escritura y suspiré para mí misma.
Habíamos llegado muy lejos en un corto período de tiempo. Georgia y
Jake actuaban como si siempre hubiesen sido parte de la vida del otro. Por
supuesto, yo podría haberla traído al mundo y alimentado y vestido por mí
misma por años, pero entonces apareció Jake y ¡BOOM!
La niña de papá en su esencia misma.
No lo cambiaría de ninguna manera.
En mi vida, nunca había experimentado el tipo de amor que existe
entre padre e hija. La cosa más cerca que alguna vez había tenido a un
padre era el papá de Jake, Frank, y aunque siempre tendría un lugar
especial en mi corazón por todo lo que él hizo por mí y Georgia, raramente
estaba sobrio para mostrar el lado paternal de sí mismo.
No sabía nada del amor entre padre e hijo hasta que Georgia llegó, y
ella se convirtió en mi mundo entero.
Ver a Jake con Georgia era siempre una nueva experiencia para mí.
Llevaban su amor el uno por el otro a todas partes. No había duda que
cuando cualquiera mirara hacia ambos vería que estaban enamorados el
uno del otro.
Sabía que Jake me amaba, y ese amor era ilimitado. Pero sabía que
el amor que sentía por Georgia estaba totalmente en otro nivel.
El bote de pesca de Jake, un fueraborda de veinte pies que solía
pertenecer a su hermano, estaba instalado en un ascensor que había
construido para evitar que percebes crecieran en el casco y el agua salada
se comiera la pintura. Solo puso un nuevo motor en él.
Jake estaba sacando a Georgia temprano la mañana siguiente de su
viaje de pesca inaugural en el recientemente arreglado bote. Mientras tanto
yo me dirigiría mientras aún estaba oscuro a fotografiar la salida del sol
sobre la playa para mi reciente colección de postales.
Es gracioso en realidad, porque Georgia había tenido que ser
literalmente arrastrada fuera de la cama en la mayoría de las mañanas
cuando el sol ya estaba alto en el cielo, pero cuando Jake la estaba
llevando a pescar, sus ojos saltaban abiertos antes de que el sol siquiera
comenzara a asomarse sobre el horizonte y era usualmente la que
rebotaba en nuestra cama para despertar a Jake primero.
Jake recogió algún tipo de red que estaba esparcida fuera en el
césped sobre el rompeolas. La envolvió alrededor de su brazo un par de
veces y la dejó en un balde.
—¿Qué es eso? —le pregunté mientras ponía el balde abajo junto al
banco de almacenamiento.
—Voy a enseñarle a Gee como arrojar la red fija mañana. Ya que le
gusta tanto pescar, ya es tiempo de que aprenda como atrapar su propio
anzuelo —dijo, su acento sureño había crecido más denso desde que vino
a casa a Coral Pines. A veces olvido que con toda la confusión interior de
Jake, y todas las cosas que era capaz de hacer, que en alguna parte era
solo un chico sureño a quién le gustaba pescar y juguetear con
camionetas.
—Esa cosa de red es más grande de lo que ella es. ¿Cuánto pesa? —
pregunté, notando que los músculos muy tonificados del bíceps de Jake se
tensaban cuando levantó la cubeta.
—Oh, es bastante pesada, pero esa no es de ella —dijo—. Esta lo es.
—Jake se estiró detrás del banco en el que estaba sentada y tomó una
cubeta más pequeña. La abrió y la inclinó hacia mi así podría ver la red
notablemente más pequeña dentro.
Por supuesto, era rosa.
Mi corazón se rompió en el mejor de los sentidos.
—Duke en la tienda de anzuelos está comenzando a cuestionar mi
sexualidad con toda esta mierda rosa de pesca —dijo Jake con una
sonrisa—. Tendré que comenzar a ir a la gran cadena de tiendas en Logan
Beach para evitar el molino de chisme.
—Que le den al molino de chisme —dije, y quería decirlo. Cualquiera
que viniera entre Jake y Georgia haciendo algo que ellos amaban juntos
tendría que responder ante mí.
—Sip, que les den, bebé —dijo Jake, añadiendo el balde más
pequeño al barco. Levantó la cubierta del panel para la electricidad hacia
el ascensor y golpeó el interruptor para bajar el bote al agua.
Chirrió y crujió, el sonido de metal sobre metal hizo que los pelos en
mi brazo se levantaran en punta mientras los pesados cables que
sostenían el bote lentamente se desenroscaban de la rueda giratoria en la
cima del ascensor.
—¿Qué estamos haciendo exactamente? —pregunté.
Jake me ignoró y señaló a la parte trasera del barco una vez que este
estuvo completamente flotando en la superficie del agua.
—¿Crees que le gustará?
—Por supuesto, sabes que ama el bote. Pusiste un montón de
trabajo duro en el y… —Me detuve de decir cualquier otra cosa por qué me
di cuenta de que no era del bote de lo que él estaba hablando. Era de lo
que estaba escrito en la parte trasera del bote. En letras negritas y
cursivas a un lado del motor simplemente se leía “Gee”. Mi garganta se
sentía como si algo estuviera atascado en ella—. No Jake, a ella no le
gustará. Lo amará y enloquecerá y no será capaz de dejar de hablar sobre
ello por días.
Jake encendió un cigarrillo. Lucía complacido con mi reacción y con
él mismo.
—Eso es lo que estaba buscando. Sabes que estaba entre nosotros
eso y comprarle un pony. No voy a limpiar mierda de caballo.
Jake sonrió y bajó hacia el bote, estirando su mano para ayudarme
a abordar. Lo encendió, y tomé el asiento junto al suyo. Prendió el faro y
nos echó atrás fuera del muelle. Pasamos el rato por el canal, el faro
brillando sobre los ojos de algunos lagartos y dispersando las iguanas
revistiendo el rompeolas, algunas de ellas zambulléndose en el agua, otras
encontraron refugio en los manglares.
Las aguas abiertas del rio de Coral Pines brilló naranja con el
resplandor de la luna llena. Jake presionó el acelerador, y se sintió como si
estuviéramos patinando en la superficie de las aguas tranquilas, el caliente
aire salado saltando sobre el parabrisas frontal, enredándose en mi
cabello.
Con toda la fealdad que yo había experimentado aquí, era fácil de
pasar por alto cuán hermoso el lugar era realmente.
Estuvimos solo en el agua abierta por unos pocos minutos antes de
que Jake redujera la velocidad del bote en medio del río. Jaló hacia el lado
de un marcador, matando el motor cuando estuvimos ocultos entre los
manglares y una pequeña cala. Lanzó el ancla.
—¿Por qué estamos aquí fuera, Jake? —pregunté, estaba tan
silencioso que mi tono regular de voz sonó como un grito.
—Te dije por qué, bebé. Encontré una manera de ayudarte. —
Encendió otro cigarrillo, apoyó sus codos en sus rodillas y se inclinó hacia
mí—. Y aquí es donde pienso que debería hacerlo —dijo tan bajo que fue
casi un susurro.
—¿Hacer qué? —susurré de vuelta. Mi corazón ahora firmemente en
mi estómago.
—Confías en mí, ¿No?
—¿Por qué sigues preguntándome eso? —Sí, por supuesto que
confiaba en él. Confiaría en él con mi vida y en Georgia, pero era la
segunda vez que me hacía la misma pregunta, y eso estaba poniéndome
nerviosa.
Jake apagó su cigarrillo en una vieja lata de soda y se puso de pie,
estirando sus manos hacia mí.
—Ven aquí —dijo. Suplicando con sus ojos.
Me puse de pie y tomé sus manos. Me jaló hacia él y presionó sus
labios calientes en los míos. Estaba tan atrapada en el beso que no había
notado el pequeño cuchillo en su mano. Se apartó de nuestro beso y
sostuvo el cuchillo entre nosotros.
—¿Para qué es eso? —Tragué. Mi corazón latiendo suficientemente
fuerte para que un pez escuchara.
Jake besó el punto mágico detrás de mi oreja y susurró contra mi
cuello.
—Quiero cortarte.
—¿Qué? —Aspiré. Sus palabras aterradoras, su toque tentador. No
sabía en qué dirección estaba. No creí haberlo escuchado bien, por qué no
podría haber dicho que quería cortarme.
—Dijiste que ves tus cicatrices cada día, y recuerdas lo que pasó.
Sientes el dolor de nuevo, y tanto como yo quisiera, no puedo alejar eso de
ti, pero puedo hacer algo más. —Jake tomó una respiración profunda—.
Puedo darte una nueva marca, una nueva cicatriz asociada con un buen
recuerdo así cuando veas tus cicatrices, habrá una pequeña pizca de bien
mezclada con todo el mal.
Había una razón por la que amaba a Jake, por la cual había sido
atraída a él desde el principio.
Jodidamente me tenía.
Ningún loquero, ni meditación, ningún método estándar ortodoxo de
reparación mental iba a arreglarme, y Jake lo sabía. Así que me ofreció lo
que pudo.
—Hazlo. —Aspiré. Odiaba la idea de ser cortada, pero amaba lo que
estaba ofreciéndome. Las cicatrices me tenían atrapada en mi propia
mente. Estaba ofreciéndome libertad—. Hazlo.
Jake no me respondió. Solo me jaló hacia él y me besó, su lengua
buscando entrada.
Con una mano en la parte de atrás de mi cabeza, enredó sus dedos
en mi cabello y jaló hasta que mi cabeza se inclinó hacia atrás y abrí mi
boca. Olía a sudor y al agua salada. Sabía a menta y cigarrillos. No podía
acercarme lo suficiente. Me empujó atrás hasta que la parte de atrás de
mis rodillas golpeó la pequeña banca de asiento en la parte trasera del
bote, se alejó de mí y desabotonó mis shorts, alcé mis caderas para que así
pudiera deslizarlos por mis muslos. Los lanzó a la silla del capitán y
enganchó sus dedos en la pretina de mis bragas y las deslizó bajándolas.
Pasó su lengua desde mi ombligo hacia abajo hasta mi clítoris suavemente
succionando mi sensible capullo mientras arrojaba mis bragas por la
borda.
—¡Oye! —Traté de discutir con él sobre desechar mi ropa interior,
pero solo rodó su lengua sobre mí, subiendo mis piernas a sus hombros
mientras se arrodillaba delante de mí. Rápidamente olvidé lo que estaba
por decir.
Lamió mi centro como si estuviera besándome. Era tan íntimo,
suave, además de sexy y apasionado. Estaba diciéndome que me quería
con su lengua, y mi vagina estaba respondiendo de vuelta pulsando
alrededor de su lengua mientras lamía y succionaba sobre mis pliegues.
Vagamente lo recordaba diciendo algo sobre cortarme, sobre no
reemplazar los malos recuerdos, si no dominar sobre ellos. No podía
concentrarme. El bote estaba balanceándose de lado a lado mientras
trataba de corcovear mis caderas. Me sostuvo en mi lugar con sus fuertes
manos, jalándome hacia él y devorándome con su lengua como si yo fuera
su última comida.
Abrí mis ojos mientras mi orgasmo golpeaba. Viendo hacia el cielo
nocturno, apreté mis piernas alrededor de la cabeza de Jake mientras era
bombardeada por ola tras ola de puro jodido placer, cortesía del sexy Jake
jodido Dunn.
Mi ESPOSO.
Jake no esperó a que me viniera. Se levantó, quitó su cinturón, jaló
abajo sus pantalones y en un rápido movimiento me giró sobre mi
estómago, sujeté el borde del bote para prepararme. Sentí sus rodillas
contra mi trasero y luego estaba buscando entrada, frotándose a sí mismo
en mi humedad antes de empujar su camino adentro.
Mi cuerpo se estiró a medidas extremas para acomodar su tamaño y
cuando estuvo totalmente instalado dentro de mi cuerpo, me sentí tan
llena que pensé que iba estallar en las uniones.
Empujó dentro de mí una vez. Duro. Chillé sorprendida, y mi interior
se apretó a su alrededor. Se inclinó sobre mí con su pecho sobre mi
espalda y besó la base de mi cuello mientras salía para empujar dentro de
mi otra vez. Duro.
El ritmo fue lento primero, pero mientras Jake continuaba su asalto
en mi sexo, continuó creciendo y creciendo hasta que estaba empujando
mi trasero hacia él y silenciosamente suplicaba por algún tipo de
liberación. Escuché un sonido chasqueante y no me di cuenta de lo que
estaba pasando hasta que mi orgasmo golpeó dentro de mí. Estaba
vagamente al tanto de una filosa sensación de arañazo corriendo por mi
brazo pero estaba atenta en la liberación de la presión más asombrosa.
Todo dentro de mí estaba vivo y contento. Jake sujetó mis caderas y
con cada profundo empuje me atrajo fuerte contra él. Más rápido y más
rápido hasta que empujó dentro tanto como pudo, luego salió. Líquido
caliente chorreó hasta mi trasero.
Un diferente tipo de líquido goteó por mi brazo.
—Ven aquí, bebé —dijo Jake, levantándome por mí brazo,
poniéndome sobre su regazo. Sacó un estuche de primeros auxilios y
comenzó a limpiar la sangre de mi brazo con un hisopo de alcohol—. ¿Te
lastimé?
Preocupación escrita por todo su rostro.
—No —dije honestamente.
—Bien. Por qué pensé que esto haría el truco. —Bajé la mirada a mi
brazo. Junto a la profunda cicatriz Jake había seguido las líneas de mis
tatuajes y talló una línea alrededor de seis pulgadas de longitud en mi piel.
No lo suficiente profunda para causar daño permanente, pero suficiente
profunda para dejar una marca.
Una cicatriz visible.
Ahora, cuando viera mi brazo, vería mis cicatrices y recordaría que
una de ellas sostenía un gran recuerdo.
Jake me había dado eso a mí.
Sacó una aguja e hilo, para mi sorpresa, comenzó a coserme.
—¿Cómo sabes cómo hacer eso? —pregunté.
—Tuve que hacerlo en mí mismo un par de veces.
—¿Quiero saber más? —pregunté.
—Nope.
—Bien entonces. —Ahuequé su rostro en mis manos y traje su boca
hacia la mía. Presioné mis labios contra los suyos, tratando de expresarle
mi gratitud con ese beso—. Gracias.
—No necesitas agradecerme. Habrías hecho lo mismo.
—Sí, lo habría hecho. Así que por favor, cuando necesites ser
rebanado, házmelo saber. Soy tu chica. —Me reí ante lo absurdo de todo
ello.
—Sí, eres mi chica —dijo Jake suavemente, ignorando mi sarcasmo.
Cerrando el estuche de primeros auxilios y dejándolo a un lado, devolvió
mi beso. Succionando mi labio inferior en su boca, pasó su lengua por mis
labios lentamente. La pasión de antes satisfecha, su beso no era sexual,
era sensual.
Bajé la mirada al torcido trabajo de costura en la nueva herida de mi
brazo luego de vuelta a Jake.
—Te amo jodidamente —dije
—También te amo jodidamente, Bee.
Epílogo
Abby
Toc-toc-toc-toc-toc-toc-toc.
—¡Espere un minuto! —grité a quienquiera que estaba a la puerta.
Más golpeteos frenéticos.
—¡Espere un maldito minuto! —grité de nuevo, poniendo mi libro
abierto sobre la mesa de café, esperando que no se cerrara así podría
volver a donde lo había dejado. Tenía una cosa con mis libros, y doblar la
página estaba malditamente fuera de cuestión. El reloj sobre el televisor
marcaba pasada las diez. Georgia había estado durmiendo hace mucho y
Jake estaba camino a casa, se había quedado en la tienda hasta tarde
haciendo arreglos a mi camioneta que no funcionaba DE NUEVO.
Me negué a dejar que me compre una nueva no importa lo mucho
que forzara el asunto. La camioneta era todo lo que me quedaba de Nan y
no estaba a punto de dejarlo ir cuando supe que Jake podría poner su
magia en ella. Aunque la pobre tal vez había estado tratando de decirme
que era tiempo de dejarla ir porque era la tercera vez en un mes que tuvo
que repararla o reemplazar algo para conseguir que funcionara de nuevo.
Maldita camioneta suicida.
Abrí la puerta y tenía la mano en la manija de la puerta mosquitera,
apunto de decirle a la señora Flannagen por enésima vez que no importaba
cuantas veces se detuviera las noches del sábado Jake y yo no
asistiríamos a la iglesia este domingo o cualquier otro domingo después,
cuando la puerta se abrió de golpe y me encontré con una enorme pared
de hombre.
Oscuro y aterrador como la mierda.
Jake era fácilmente seis pies de altura pero este chico tenía al menos
unos pies más que él. Su cabello oscuro estaba cortado cerca de su
cabeza, sus ojos eran negro brillante. Donde Jake tenía tatuajes arriba y
abajo de su brazo, este tipo estaba cubierto en ambos brazos y manos e
incluso un lado de su cuello. El cabello claro y ojos brillantes de Jake lo
hacían lucir como el chico de al lado, casi angelical de algún modo.
Este tipo parecía el mismo jodido diablo.
Hice un movimiento para cerrar la puerta pero su bota en la entrada
impidió que lo hiciera, ni siquiera se encogió de dolor cuando rebotó en su
pie.
—Necesito a Jake —exigió. Su voz profunda y rasposa.
Alcancé tras la puerta y tomé la pistola del cajón superior del
escritorio del vestíbulo, ocultándola detrás de mi espalda.
—No está aquí —dije. Hice otro movimiento para cerrar la puerta
pero esta vez usó la palma de su mano para evitar que se cerrara.
—Jodidamente no estás escuchando, necesito a Jake —dijo
enfadado, sus fosas nasales ensanchándose.
—Eres el que jodidamente no está escuchando —dije, sacando la
pistola de detrás de mi espalda y apuntando entre sus ojos—. No está
aquí, mierda.
Sorpresivamente el hombre me sonrió. Y si no me hubiera enojado
conmigo misma me hubiera tomado más tiempo para admirar sus tan
blancos y muy derechos dientes rodeados por unos muy gruesos labios.
Pero fue la forma en la que sonrió con sus ojos, una mirada malvada
radiante desde su iris que incluso hizo su sonrisa aterradora.
—Hazlo cuando quieras y dispara —dijo, agarrando el cañón del
arma presionándola en su frente—. No tienes las bolas, chica —se burló,
sin dejar de sonreír.
Imité su sarcástica sonrisa y estaba a punto de apretar el gatillo
cuando la voz de Jake me detuvo.
—Sus bolas son más grandes que las tuyas, hombre. —Jake esquivó
al extraño y se unió a mí en la entrada.
—Lo veo ahora —respondió el hombre, sonando más molesto que
asustado.
—¿Quién coño es este tipo? —le pregunté a Jake. Él tomó el arma de
mi mano y la regresó al cajón.
—Esta es Abby, mi esposa. Abby, este es…
El hombre interrumpió.
—Me llaman, King.
Jake
Brantley King tenía un problema de policías corruptos.
No es que el notorio traficante de armas tuviera nada moral en
contra de los policías corruptos, simplemente ellos no estaban en su lado
de corrupción. De hecho unos pocos cabrones cometieron el error de ir en
contra de él. O no tenían bolas más grandes que toronjas o eran de verdad
los más estúpidos hijos de puta en el planeta.
No me importaba ninguna.
Tenía un trabajo que hacer.
No es que fuera a volver al trabajo sucio de tiempo completo, pero
solo esta pequeña muestra debería tenerme controlado por un tiempo y
mantenerme en casa en la cama con Bee en la noche.
Y no había lugar en la tierra en donde jodido prefería estar, que en la
cama con esa chica.
Logan Beach solo era un viaje al norte de dos horas así que no me
tomó mucho antes de estar enterrando a uno de los problemas de King en
el bosque.
Bueno, partes de su problema.
Se sintió tan bien darle la bienvenida de nuevo al diablo, aunque
solo sea por un corto tiempo. Me sentí tan malditamente bien que de
hecho me encontré a mí mismo tarareando mientras terminaba de cubrir
el último hoyo, aplanando la tierra con el lado plano de una pala antes de
cubrirlo con maleza y ramas.
Encendí un cigarrillo.
Satisfacción pura corría por mis venas.
Mi celular sonó.
—Sí.
—Hermano, ¿sigues por aquí? — soltó King por el teléfono—. Tengo
una situación en la cual me vendría bien tu ayuda.
—Sí hombre, ¿qué necesitas?
—Tengo que poner el miedo de Dios en algún pedazo de mierda.
—Hecho —dije, girando mi teléfono cerrado. Di una profunda calada
y soplé el humo a la noche.
Coloqué la última maleza que había reunido en la parte superior de
la tierra compacta. Cuando me alejé no pude evitar sonreír.
La vida es buena.
Adelanto King
El día que salí de prisión estuve tatuando un coño tras coño. El
animal en la parte femenina.
Un gato en un coño.
Jodidamente ridículo.
Las paredes de mi improvisada tienda de tatuajes pulsaban con los
pesados golpes de la música tecno viniendo de la fiesta motera pinchando
en el piso de abajo, sacudiendo la puerta como si alguien estuviese
intentando rítmicamente derribarla. Pintura de spray y posters cubrían las
paredes del suelo al techo, lanzando una falsa capa de luz sobre todo en el
interior.
Si esos moteros no fueran tan vitales en mi nuevo plan los habría
echado horas antes. Pero la verdad era que los necesitaba más de lo que
me molestaba en admitir.
La pequeña morena en la que estaba trabajando estaba gimiendo
como si estuviese teniendo un orgasmo. Estoy seguro de que estaba
ondulando porque no había forma de que un tatuaje directamente sobre
su clítoris pudiese ser algo más que jodidamente doloroso.
De verdad necesitaba un pasatiempo diferente porque este estaba
volviéndose aburrido como follar. Regresar al día en el que podía salir
durante horas al tiempo que tatuar, encontrar ese rinconcito en mi vida
que no involucraba toda la mierda con la que tenía que lidiar de maldita
forma diaria. Sin olvidar que los tatuajes que las personas estaban
pidiendo estuviesen siendo jodidas bobadas y estupideces. Logos de
equipos de fútbol, citas de libros que sabías que nunca habían leído, y
cualquier cosa de gánster queriendo la lágrima2 en sus caras. En prisión el
tatuaje de la lágrima representaba tomar una vida. Algunas de esas
pequeñas putas probablemente no podían pisar una cucaracha sin
acojonarse en una esquina y llorar por sus madres.
2
El tatuaje de lágrima es un tatuaje simbólico que está situado bajo el ojo. Puede tener
varios significados, incluyendo el número de años pasado en prisión, el número de veces
que fueron violados mientras estaban encarcelados, la pérdida de un ser querido o un
compañero de pandilla, o el hecho de que el que lo lleva ha matado a alguien.
Pero ya que mi clientela consistía en su mayoría en moteros,
strippers, y los ocasionales estudiantes en vacaciones de primavera en el
lado erróneo de la calzada, debería haber reducido la barra de mis
expectativas.
Cuando terminé con el tatuaje de gato animado morado, apliqué
vaselina, lo cubrí con un papel, y deseché mis guantes. ¿Esta chica creía
que los chicos se encenderían ante esa cosa? Fue un buen trabajo, si no
me decía eso a mí mismo, especialmente al estar fuera de cargos durante
tres años, pero era cubrir mi parte favorita de una mujer. Si la desvestía y
veía eso… le daría la vuelta.
Lo cual sonaba como una buena idea.
En lugar de darle instrucciones para su cuidado y enviarla de
regreso a la fiesta, bruscamente agarré sus caderas y la bajé de la mesa
hacia mí. Me puse de pie y la volteé sobre su estómago, con una mano en
el dorso de su cuello empujé su cabeza hacia abajo sobre la mesa y
desabroché mi cinturón y la bragueta con la otra.
Ella no tenía nada de dinero… yo no trabajaba gratis.
Tomé su coño como pago por su nuevo tatuaje… de un gatito.
Arruiné mi vida.
Tenía un cuerpo increíble, pero después de unos minutos de
irritantes gemidos desmesurados no me estaba haciendo nada, ni siquiera
de cerca, así que agarré su garganta con ambas manos y apreté,
retomando mi ritmo, sacando mis frustraciones con cada ruda embestida
al compás de los pesados redobles de la otra habitación.
Nada.
Casi no me percaté de la puerta abriéndose.
Casi.
Mirando desde la entrada estaba un gran pero vacío par de ojos
azules enmarcados por largo pelo recto rubio glacial, un pequeño hoyuelo
en el medio de su barbilla, un fruncimiento en sus rosados labios llenos.
Una chica, de no más de diecisiete o dieciocho años, un poco delgada, un
poco encantada.
Ni siquiera me di cuenta de que aún estaba bombeando a la morena,
mi orgasmo tomándome completamente por sorpresa. Cerrando los ojos,
solté mi carga en su coño tatuado y colapsé sobre su espalda.
¿Qué diablos?
Cuando volví la mirada a la entrada, la chica de ojos de cervatillo se
había ido.
Estoy jodidamente perdiendo el juicio.
Rodé fuera y a un lado de la morena que por suerte todavía estaba
respirando, aunque inconsciente o por la estrangulación o la droga que
había vuelto sus pupilas tan grandes como sus jodidas cuencas oculares.
Me senté en mi taburete giratorio y me puse la cabeza en las manos.
Tenía un masivo jodido dolor de cabeza.
Se suponía que sería mi fiesta de vuelta a casa, y a principios de la
tarde estaba listo para soplar cocaína de los pechos de las strippers, ¿pero
ahora? Ahora solo quería una buena noche de sueño y a esas jodidas
personas jodiéndose fuera de mi casa.
—¿Estás bien, jefe? —preguntó Preppy, su cabeza asomándose por
la abertura de la puerta.
Gesticulé hacia la chica inconsciente en la silla.
—Ven a sacar a esta puta de aquí. —Deslicé la mano por mi pelo—.
¡Y baja esa mierda!
—Entendido. —Preppy me pasó y no preguntó por la chica medio
desnuda en la mesa. Subió el blando cuerpo sobre su hombro en un
movimiento fácil y volvió por la entrada. Los brazos de la chica
inconsciente se agitaron en su espalda, dando golpes contra personas al
azar con cada paso. Antes de que él pudiese llegar lejos, se giró hacia mí—.
¿Terminaste con esto? —preguntó. Apenas le escuché sobre la mesa, pero
pude leer sus labios. Gesticuló con la barbilla a la rubia en su hombro,
una sonrisa infantil en su rostro.
Asentí y Preppy sonrió como si le acabase de decir que podía tener
un cachorro, desapareciendo por la multitud.
Maldita sea.
Me gustaba ese chico.
Cerré la puerta, agarré el arma y el cuchillo del cajón del fondo de la
caja de herramientas que mantenía en mi equipamiento de tatuajes,
revistiendo el cuchillo en mi bota y el arma en la cinturilla de mis
vaqueros.
Sacudí la cabeza de lado a lado para aclarar la neblina, la prisión te
hará eso. No había tenido una buena noche de sueño en tres años. Tres
jodidos años de dormir con un ojo abierto en una prisión llena de personas
de las que he sido tanto amigo como enemigo durante los años.
Era hora de conservar algunos de esos amigos.
Dormir podía esperar. Era hora de ir de fiesta con los moteros. Había
estado evitando hacer tratos con ellos en cualquier capacidad durante
años. En el pasado habían sido descuidados, lentos y un obstáculo. Si no
los necesitase jodidamente tanto ni siquiera me habría importado. El
dinero solía ser algo desechable para mí, algo que solía fundir en mi estilo
de vida de “no me importa nada”. ¿Pero ahora?
Ahora lo necesitaba.
Bastante.
Y muy pronto.
Sobre la Autora
T.M. Frazier
T. M. (Tracey Marie) Frazier, reside en el soleado sureste de Florida
con su marido y tres enérgicos hijos peludos.
En su tercer grado escribió su primera historia sobre un hámster
perdido. Se ganó críticas tanto de su profesora como de sus padres aunque
su deletreo podría haber (y todavía podría) servido de algo de ayuda.
Con solo veinte años comenzó el siguiente libro.
The Dark Light of Day es su novela debut.
King fue publicado en 2014.
Es una ávida lectora que AMA hablar de libros y charlas con sus
lectores.
Traducido,
Corregido, Diseñado:
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