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Lecturas Aula 20 - Prof. Baltazeus

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LECTURAS OBLIGATORIAS

ATTE. PROFESOR BALTAZEUS


Los gallinazos sin plumas
Julio Ramón Ribeyro

A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve
el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece
que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran
penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos, macerados por la noche, regresan a
sus casas envueltos en sus bufandas y en su melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro,
armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia el tranvía, policías bostezando
contra los árboles, canillitas morados de frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a
una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos1 sin plumas.

A esta hora el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a berrear:

-¡A levantarse! ¡Efraín, Enrique! ¡Ya es hora!

Los dos muchachos corren a la acequia del corralón frotándose los ojos legañosos. Con la tranquilidad de la noche el
agua se ha remansado y en su fondo transparente se ven crecer yerbas y deslizarse ágiles infusorios. Luego de
enjuagarse la cara, coge cada cual su lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se aproxima al chiquero y
con su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre los desperdicios.

-¡Todavía te falta un poco, marrano! Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.

Efraín y Enrique se demoran en el camino, trepándose a los árboles para arrancar moras o recogiendo piedras, de
aquellas filudas que cortan el aire y hieren por la espalda.
Siendo aún la hora celeste llegan a su dominio, una larga calle ornada de casas elegantes que desemboca en el
malecón.

Ellos no son los únicos. En otros corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz de alarma y muchos se han
levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartón, a veces sólo basta un periódico viejo. Sin conocerse forman una
especie de organización clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean por los edificios
públicos, otros han elegido los parques o los muladares. Hasta los perros han adquirido sus hábitos, sus itinerarios,
sabiamente aleccionados por la miseria.

Efraín y Enrique, después de un breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge una acera de la calle. Los cubos
de basura están alineados delante de las puertas. Hay que vaciarlos íntegramente y luego comenzar la exploración.
Un cubo de basura es siempre una caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos, pedazos de pan,
pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les interesan los restos de comida. En el fondo del chiquero,
Pascual recibe cualquier cosa y tiene predilección por las verduras ligeramente descompuestas. La pequeña lata de
cada uno se va llenando de tomates podridos, pedazos de sebo, extrañas salsas que no figuran en ningún manual de
cocina. No es raro, sin embargo, hacer un hallazgo valioso. Un día Efraín encontró unos tirantes con los que fabricó
una honda. Otra vez una pera casi buena que devoró en el acto. Enrique, en cambio, tiene suerte para las cajitas de
remedios, los pomos brillantes, las escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que colecciona con avidez.

Después de una rigurosa selección regresan la basura al cubo y se lanzan sobre el próximo. No conviene demorarse
mucho porque el enemigo siempre está al acecho. A veces son sorprendidos por las sirvientas y tienen que huir
dejando regado su botín.
Pero, con más frecuencia, es el carro de la Baja Policía el que aparece y entonces la jornada está perdida.

Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las beatas están sumidas
en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas han repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz
desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.
Don Santos los esperaba con el café preparado.

-A ver, ¿qué cosa me han traído?

Husmeaba entre las latas y si la provisión estaba buena hacía siempre el mismo comentario:

-Pascual tendrá banquete hoy día. Pero la mayoría de las veces estallaba:
-¡Idiotas! ¿Qué han hecho hoy día? ¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se morirá de hambre!

Ellos huían hacia el emparrado, con las orejas ardientes de los pescozones, mientras el viejo se arrastraba hasta el
chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a gruñir. Don Santos le aventaba la comida.

-¡Mi pobre Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos no te engríen como yo. ¡Habrá
que zurrarlos para que aprendan!

Al comenzar el invierno el cerdo estaba convertido en una especie de monstruo insaciable. Todo le parecía poco y don
Santos se vengaba en sus nietos del hambre del animal. Los obligaba a levantarse más temprano, a invadir los terrenos
ajenos en busca de más desperdicios. Por último los forzó a que se dirigieran hasta el muladar que estaba al borde del
mar.

-Allí encontrarán más cosas. Será más fácil además porque todo está junto.

Un domingo, Efraín y Enrique llegaron al barranco. Los carros de la Baja Policía, siguiendo una huella de tierra,
descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto desde el malecón, el muladar formaba una especie de
acantilado oscuro y humeante, donde los gallinazos y los perros se desplazaban como hormigas. Desde lejos los
muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se retiró aullando. Cuando estuvieron cerca
sintieron un olor nauseabundo que penetró hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de plumas, de
excrementos, de materias descompuestas o quemadas. Enterrando las manos comenzaron la exploración. A veces,
bajo un periódico amarillento, descubrían una carroña devorada a medios. En los acantilados próximos los gallinazos
espiaban impacientes y algunos se acercaban saltando de piedra en piedra, como si quisieran acorralarlos. Efraín
gritaba para intimidarlos y sus gritos resonaban en el desfiladero y hacían desprenderse guijarros que rodaban hacía
el mar. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón con los cubos llenos.

-¡Bravo! -exclamó don Santos-. Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.

Desde entonces, los miércoles y los domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el muladar. Pronto formaron parte
de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos, acostumbrados a su presencia, laboraban a su lado, graznando,
aleteando, escarbando con sus picos amarillos, como ayudándoles a descubrir la pista de la preciosa suciedad.

Fue al regresar de una de esas excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del pie. Un vidrio le había causado
una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado, no obstante lo cual prosiguió su trabajo. Cuando regresaron
no podía casi caminar, pero don Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado de un hombre gordo que
tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.

-Dentro de veinte o treinta días vendré por acá -decía el hombre-. Para esa fecha creo que podrá estar a punto.

Cuando partió, don Santos echaba fuego por los ojos.

-¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡De ahora en adelante habrá que aumentar la ración de Pascual! El negocio anda sobre rieles.

A la mañana siguiente, sin embargo, cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín no se pudo levantar.
-Tiene una herida en el pie -explicó Enrique-. Ayer se cortó con un vidrio. Don Santos examinó el pie de su nieto. La
infección había comenzado.
-¡Esas son patrañas! Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.
-¡Pero si le duele! -intervino Enrique-. No puede caminar bien.

Don Santos meditó un momento. Desde el chiquero llegaban los gruñidos de Pascual.

-Y ¿a mí? -preguntó dándose un palmazo en la pierna de palo-. ¿Acaso no me duele la pierna? Y yo tengo setenta años
y yo trabajo... ¡Hay que dejarse de mañas!

Efraín salió a la calle con su lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora después regresaron con los cubos
casi vacíos.

-¡No podía más! -dijo Enrique al abuelo-. Efraín está medio cojo. Don Santos observó a sus dos nietos como si meditara
una sentencia.
-Bien, bien -dijo rascándose la barba rala y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó hacia el cuarto-. ¡Los enfermos a la
cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás la tarea de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al muladar!

Cerca de mediodía Enrique regresó con los cubos repletos. Lo seguía un extraño visitante: un perro escuálido y medio
sarnoso.

-Lo encontré en el muladar -explicó Enrique -y me ha venido siguiendo. Don Santos cogió la vara.
-¡Una boca más en el corralón!

Enrique levantó al perro contra su pecho y huyó hacia la puerta.

-¡No le hagas nada, abuelito! Le daré yo de mi comida.

Don Santos se acercó, hundiendo su pierna de palo en el lodo.

-¡Nada de perros aquí! ¡Ya tengo bastante con ustedes! Enrique abrió la puerta de la calle.
-Si se va él, me voy yo también.

El abuelo se detuvo. Enrique aprovechó para insistir:

-No come casi nada..., mira lo flaco que está. Además, desde que Efraín está enfermo, me ayudará. Conoce bien el
muladar y tiene buena nariz para la basura.

Don Santos reflexionó, mirando el cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada, soltó la vara, cogió los cubos y
se fue rengueando hasta el chiquero.

Enrique sonrió de alegría y con su amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.

-¡Pascual, Pascual... Pascualito! -cantaba el abuelo.


-Tú te llamarás Pedro -dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó donde Efraín.

Su alegría se esfumó: Efraín inundado de sudor se revolcaba de dolor sobre el colchón. Tenía el pie hinchado, como si
fuera de jebe y estuviera lleno de aire. Los dedos habían perdido casi su forma.

-Te he traído este regalo, mira -dijo mostrando al perro-. Se llama Pedro, es para ti, para que te acompañe... Cuando
yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo el día. Le enseñarás a que te traiga piedras en la boca.
¿Y el abuelo? -preguntó Efraín extendiendo su mano hacia el animal.

-El abuelo no dice nada -suspiró Enrique.

Ambos miraron hacia la puerta. La garúa había empezado a caer. La voz del abuelo llegaba:
-¡Pascual, Pascual... Pascualito!

Esa misma noche salió luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el abuelo se ponía intratable.
Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón, hablando solo, dando de varillazos al emparrado. Por momentos
se aproximaba al cuarto, echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos silenciosos, lanzaba un salivazo cargado
de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo veía se acurrucaba y quedaba inmóvil como una piedra.

-¡Mugre, nada más que mugre! -repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.

A la mañana siguiente Enrique amaneció resfriado. El viejo, que lo sintió estornudar en la madrugada, no dijo nada. En
el fondo, sin embargo, presentía una catástrofe. Si Enrique enfermaba, ¿quién se ocuparía de Pascual? La voracidad
del cerdo crecía con su gordura. Gruñía por las tardes con el hocico enterrado en el fango. Del corralón de Nemesio,
que vivía a una cuadra, se habían venido a quejar.

Al segundo día sucedió lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la noche y la mañana lo sorprendió
temblando, quemado por la fiebre.

-¿Tú también? -preguntó el abuelo.

Enrique señaló su pecho, que roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco minutos después regresó.

-¡Está muy mal engañarme de esta manera! -plañía-. Abusan de mí porque no puedo caminar. Saben bien que soy
viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al diablo y me ocuparía yo solo de Pascual!

Efraín se despertó quejándose y Enrique comenzó a toser.

-¡Pero no importa! Yo me encargaré de él. ¡Ustedes son basura, nada más que basura!
¡Unos pobres gallinazos sin plumas! Ya verán cómo les saco ventaja. El abuelo está fuerte todavía. ¡Pero eso sí, hoy
día no habrá comida para ustedes! ¡No habrá comida hasta que no puedan levantarse y trabajar!

A través del umbral lo vieron levantar las latas en vilo y volcarse en la calle. Media hora después regresó aplastado.
Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo había ganado. Los perros, además, habían querido morderlo.

-¡Pedazos de mugre! ¡Ya saben, se quedarán sin comida hasta que no trabajen!

Al día siguiente trató de repetir la operación pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo había perdido la costumbre
de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso que daba era como un lanzazo en la ingle. A la hora celeste del
tercer día quedó desplomado en su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.

-¡Si se muere de hambre -gritaba -será por culpa de ustedes!


Desde entonces empezaron unos días angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día encerrados en el cuarto, sin
hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraín se revolcaba sin tregua, Enrique tosía. Pedro se levantaba y
después de hacer un recorrido por el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las manos de
sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas feroces. A mediodía se
arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecían verduras y preparaba su almuerzo, que devoraba en secreto. A
veces aventaba a la cama de sus nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propósito de excitar su apetito
creyendo así hacer más refinado su castigo.
Efraín ya no tenía fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo extraño y al mirar a
los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando
la luna se levantaba, cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa hora el
cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran ahorcando. A veces se ceñía la pierna de palo
y salía al corralón. A la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la huerta, levantando los puños,
atropellando lo que encontraba en su camino. Por último reingresaba en su cuarto y se quedaba mirándolos fijamente,
como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.

La última noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique había oído decir que
los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como los hombres. El abuelo permaneció en vela, sin apagar
siquiera el farol. Esta vez no salió al corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la
puerta. Parecía amasar dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a dispararla. Cuando el cielo
comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un
rugido:

¡Arriba, arriba, arriba! -los golpes comenzaron a llover-. ¡A levantarse haraganes!


¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¡Esto se acabó! ¡De pie!...

Efraín se echó a llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del abuelo parecían fascinarlo hasta
volverlo insensible a los golpes. Veía la vara alzarse y abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin
pudo reaccionar.

-¡A Efraín no! ¡Él no tiene la culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar! El abuelo se contuvo jadeante.
Tardó mucho en recuperar el aliento.
-Ahora mismo... al muladar... lleva los dos cubos, cuatro cubos...

Enrique se apartó, cogió los cubos y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la convalecencia lo hacían
trastabillar. Cuando abrió la puerta del corralón, Pedro quiso seguirlo.

-Tú no. Quédate aquí cuidando a Efraín.

Y se lanzó a la calle respirando a pleno pulmón el aire de la mañana. En el camino comió yerbas, estuvo a punto de
mascar la tierra. Todo lo veía a través de una niebla mágica. La debilidad lo hacía ligero, etéreo: volaba casi como un
pájaro. En el muladar se sintió un gallinazo más entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron rebosantes
emprendió el regreso. Las beatas, los noctámbulos, los canillitas descalzos, todas las secreciones del alba comenzaban
a dispersarse por la ciudad. Enrique, devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su mundo de perros y
fantasmas, tocado por la hora celeste.

Al entrar al corralón sintió un aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era como si allí, en el dintel, terminara
un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin
embargo, que esta vez reinaba en el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda la violencia estuviera
en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo, parado al borde del chiquero, miraba hacia el fondo. Parecía un árbol
creciendo desde su pierna de palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no se movió.

-¡Aquí están los cubos!

Don Santos le volvió la espalda y quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió intrigado hasta el cuarto. Efraín apenas
lo vio, comenzó a gemir:

-Pedro... Pedro...
-¿Qué pasa?
-Pedro ha mordido al abuelo... el abuelo cogió la vara... después lo sentí aullar. Enrique salió del cuarto.
-¡Pedro, ven aquí! ¿Dónde estás, Pedro?

Nadie le respondió. El abuelo seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo un mal presentimiento. De un
salto se acercó al viejo.

-¿Dónde está Pedro?

Su mirada descendió al chiquero. Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún quedaban las piernas y el rabo del
perro.

-¡No! -gritó Enrique tapándose los ojos-. ¡No, no! -y a través de las lágrimas buscó la mirada del abuelo. Este la rehuyó,
girando torpemente sobre su pierna de palo. Enrique comenzó a danzar en torno suyo, prendiéndose de su camisa,
gritando, pataleando, tratando de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.

-¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué?

El abuelo no respondía. Por último, impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo rodar por tierra. Desde allí
Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante, miraba obstinadamente el festín de Pascual. Estirando la mano
encontró la vara que tenía el extremo manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se acercó al viejo.

-¡Voltea! -gritó-. ¡Voltea!

Cuando don Santos se volvió, divisó la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra su pómulo.

-¡Toma! -chilló Enrique y levantó nuevamente la mano. Pero súbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba
haciendo y, lanzando la vara a su alrededor, miró al abuelo casi arrepentido. El viejo, cogiéndose el rostro, retrocedió
un paso, su pierna de palo tocó tierra húmeda, resbaló, y dando un alarido se precipitó de espaldas al chiquero.

Enrique retrocedió unos pasos. Primero aguzó el oído pero no se escuchaba ningún ruido. Poco a poco se fue
aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en el fango. Tenía la boca abierta y sus ojos
buscaban a Pascual, que se había refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo. Enrique se fue
retirando, con el mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el abuelo alcanzó a divisarlo pues mientras
corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado.

¡A mí, Enrique, a mí!...

-¡Pronto! -exclamó Enrique, precipitándose sobre su hermano -¡Pronto, Efraín! ¡El viejo se ha caído al chiquero!
¡Debemos irnos de acá!
-¿Adónde? -preguntó Efraín.
-¡Adónde sea, al muladar, donde podamos comer algo, donde los gallinazos!
-¡No me puedo parar!

Enrique cogió a su hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar una sola persona
cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de la calle se dieron cuenta que la hora celeste había
terminado y que la ciudad, despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.

Desde el chiquero llegaba el rumor de una batalla.

FIN
El Caballero Carmelo
Abraham Valdelomar

[Link]
Biblioteca digital abierta

1
Texto núm. 4636

Título: El Caballero Carmelo


Autor: Abraham Valdelomar
Etiquetas: Cuento

Editor: Edu Robsy


Fecha de creación: 1 de mayo de 2020
Fecha de modificación: 1 de mayo de 2020

Edita [Link]

Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España

Más textos disponibles en [Link]

2
I
Un día, después del desayuno, cuando el sol empezaba a calentar, vimos
aparecer, desde la reja, en el fondo de la plazoleta, un jinete en bellísimo
caballo de paso, pañuelo al cuello que agitaba el viento, sanpedrano pellón
de sedosa cabellera negra, y henchida alforja, que picaba espuelas en
dirección a la casa.

Reconocímosle. Era el hermano mayor, que años corridos, volvía. Salimos


atropelladamente gritando:

–¡Roberto, Roberto!

Entró el viajero al empedrado patio donde el ñorbo y la campanilla


enredábanse en las columnas como venas en un brazo y descendió en los
de todos nosotros. ¡Cómo se regocijaba mi madre! Tocábalo, acariciaba su
tostada piel, encontrábalo viejo, triste, delgado. Con su ropa empolvada
aún, Roberto recorría las habitaciones rodeados de nosotros; fue a su
cuarto, pasó al comedor, vio los objetos que se habían comprado durante
su ausencia, y llegó al jardín.

–¿Y la higuerilla? –dijo.

Buscaba entristecido aquel árbol cuya semilla sembrara él mismo antes de


partir. Reímos todos:

–¡Bajo la higuerilla estás!…

El árbol había crecido y se mecía armoniosamente con la brisa marina.


Tocólo mi hermano, limpió cariñosamente las hojas que le rebozaban la
cara, y luego volvimos al comedor. Sobre la mesa estaba la alforja
rebosante; sacaba él, uno a uno, los objetos que traía y los iba entregando
a cada uno de nosotros. ¡Qué cosas tan ricas! ¡Por donde había viajado!
Quesos frescos y blancos envueltos por la cintura con paja de cebada, de
la Quebrada de Humay; chancacas hechas con cocos, nueces, maní y
almendras; frijoles colados, en sus redondas calabacitas, pintadas encima

3
con un rectángulo de su propio dulce, que indicaba la tapa, de Chincha
Baja; bizcochuelos, en sus cajas de papel, de yema de huevo y harina de
papas, leves, esponjosos, amarillos y dulces; santitos de piedra de
Guamanga tallados en la feria serrana; cajas de manjar blanco, tejas
rellenas y una traba de gallo con los colores blanco y rojo. Todos
recibíamos el obsequio, y él iba diciendo, al entregárnoslo:

–Para mamá… para Rosa… para Jesús… para Héctor…

–¿Y para papá? –le interrogamos cuando terminó.

–Nada…

–¿Cómo? ¿Nada para papá?

Sonrió el amado, llamó al sirviente y le dijo

–¡El Carmelo!

A poco volvió éste con una jaula y sacó de ella un gallo, que, ya libre,
estiró sus cansados miembros, agitó las alas y cantó estentóreamente:

–¡Cocorocóooo!…

–¡Para papá! – dijo mi hermano.

Así entró en nuestra casa el amigo íntimo de nuestra infancia ya pasada, a


quien acaeciera historia digna de relato; cuya memoria perdura aún en
nuestro hogar como una sombra alada y triste: el Caballero Carmelo.

4
II
Amanecía, en Pisco, alegremente. A la agonía de las sombras nocturnas,
en el frescor del alba, en el radiante despertar del día, sentíamos los pasos
de mi madre en el comedor, preparando el café para papá. Marchábase
éste a la oficina. Despertaba ella a la criada, chirriaba la puerta de la calle
con sus mohosos goznes; oíase el canto del gallo que era contestado a
intervalo por todos los de la vecindad; sentíase el ruido del mar, el frescor
de la mañana, la alegría sana de la vida. Después mi madre venía a
nosotros, nos hacía rezar, arrodillados en la cama, con nuestras blancas
camisas de dormir; vestíanos luego, y, al concluir nuestro tocado, se
anunciaba a lo lejos la voz del panadero. Llegaba éste a la puerta y
saludaba. Era un viejo dulce y bueno, y hacía muchos años, al decir de mi
madre, que llegaba todos los días, a la misma hora, con el pan calientito y
apetitoso, montado en su burro, detrás de dos capachos de cuero, repletos
de toda clase de pan: hogazas, pan francés, pan de mantecado,
rosquillas…

Mi madre escogía el que habíamos de tomar y mi hermana Jesús lo


recibía en el cesto. Marchábase el viejo, y nosotros, dejando la provisión
sobre la mesa del comedor, cubierta de hule brillante, íbamos a dar de
comer a los animales. Cogíamos las mazorcas de apretados dientes, las
desgranábamos en un cesto y entrábamos al corral donde los animales
nos rodeaban. Volaban las palomas, picoteábanse las gallinas por el
grano, y entre ellas, escabullíanse los conejos. Después de su frugal
comida, hacían grupo alrededor nuestro. Venía hasta nosotros la cabra,
refregando su cabeza en nuestras piernas; piaban los pollitos; tímidamente
ese acercaban los conejos blancos, con sus largas orejas, sus redondos
ojos brillantes y su boca de niña presumida; los patitos, recién sacados,
amarillos como yema de huevo, trepaban en un panto de agua; cantaba
desde su rincón, entrabado, el “Carmelo”, y el pavo, siempre orgulloso,
alharaquero y antipático, hacía por desdeñarnos, mientras los patos,
balanceándose como dueñas gordas, hacían, por lo bajo, comentarios,
sobre la actitud poco gentil del petulante.

5
Aquel día, mientras contemplábamos a los discretos animales, escapóse
del corral “el Pelado”, un pollo sin plumas, que parecía uno de aquellos
jóvenes de diecisiete años, flacos y golosos. Pero “el Pelado”, a más de
eso, era pendenciero y escandaloso, y aquel día, mientras la paz era en el
corral, y lo otros comían el modesto grano, él, en pos de mejores viandas,
habíase encaramado en la mesa del comedor y rotos varias piezas de
nuestra limitada vajilla.

En el almuerzo tratóse de suprimirlo, y cuando mi padre supo sus


fechorías, dijo, pausadamente:

–Nos lo comeremos el domingo…

Defendiólo mi primer hermano, Anfiloquio, su poseedor, suplicante y


lloroso. Dijo que era un gallo que haría crías espléndidas. Agregó que
desde que había llegado el “Carmelo” todos miraban mal al “Pelado”, que
antes era la esperanza del corral y el único que mantenía la aristocracia de
la afición y de la sangre fina.

–¿Cómo no matan –decía en defensa del gallo– a los patos que no hacen
más que ensuciar el agua, ni al cabrito que el otro día aplasto a un pollo, ni
al puerco que todo lo enloda y sólo sabe comer y gritar, ni a las palomas,
que traen mala suerte?…

Se adujeron razones. El cabrito era un bello animal, de suave piel, alegre,


simpático, inquieto, cuyos cuernos apenas apuntaban; además, no estaba
comprobado que había matado al pollo. El puerco mofletudo había sido
criado en casa desde pequeño. Y las palomas con sus alas de abanico,
eran la nota blanca, subíanse a la cornisa conversar en voz baja, hacían
sus nidos con amoroso cuidado y se sacaban el maíz del buche para darlo
a sus polluelos.

El pobre “Pelado” estaba condenado. Mis hermanos le pidieron que se le


perdonase, pero las roturas eran valiosas y el infeliz sólo tenía un
abogado, mi hermano y su señor, de poca influencia. Viendo ya pérdida su
defensa y estando la audiencia al final, pues iban a partir la sandía, inclinó
la cabeza. Dos gruesas lágrimas cayeron sobre el plato, como un
sacrificio, y un sollozo se ahogó en su garganta. Callamos todos.
Levantóse mi madre, acercóse al muchacho, lo besó en la frente y le dijo:

6
–No llores; no nos lo comeremos…

7
III
Quien sale de Pisco, de la plazuela sin nombre, salitrosa y tranquila,
vecina a la Estación y torna por la calle del Castillo, que hacia el sur se
alarga, encuentra, al terminar, una plazuela pequeña donde quemaban a
Judas el Domingo de Pascua de Resurrección, desolado lugar en cuya
arena verdeguean a trechos las malvas silvestres. Al lado del poniente, en
vez de casas, extiende el mar su manto verde, cuya espuma teje
complicados encajes al besar la húmeda orilla.

Termina en ella el puerto, y, siguiendo hacia el sur, se va, por estrecho y


arenoso camino, teniendo a diestra el mar y a izquierda mano angostísima
faja, ora fértil, ora infecunda, pero escarpada siempre, detrás de la cual, a
oriente, extiéndese el desierto cuya entrada vigilan de trecho en trecho,
como centinelas, una que otra palmera desmedrada, alguna higuera
nervuda y enana y los toñuces siempre coposos y frágiles. Ondea en el
terreno la “hierba del alacrán”, verde y jugosa al nacer, quebradiza en sus
mejores días, y en la vejez, bermeja como sangre de buey. En el fondo del
desierto, como si temieran su silenciosa aridez, las palmeras únense en
pequeños grupos, tal como lo hacen los peregrinos al cruzarlo y, ante el
peligro, los hombres.

Siguiendo el camino, divísase en la costa, en la borrosa y vibrante


vaguedad marina, San Andrés de los Pescadores, la aldea de sencillas
gentes, que eleva sus casuchas entre la rumorosa orilla y el estéril
desierto. Allí, las palmeras se multiplican y las higueras dan sombra a los
hogares, tan plácida y fresca, que parece que no fueran malditas del buen
Dios, o que su maldición hubiera caducado; que bastante castigo recibió la
que sostuvo en sus ramas al traidor, y todas sus flores dan frutos que al
madurar revientan.

En tan peregrina aldea, de caprichoso plano, levántanse las casuchas de


frágil caña y estera leve, junto a las palmeras que a la puerta vigilan; limpio
y brillante, reposando en la arena blanda sus caderas amplias, duerme, a
la puerta, el bote pescador, con sus velas plegadas, sus remos tendidos
como tranquilos brazos que descansan, entre los cuales yacen con su

8
muda y simbólica majestad, el timón grácil, la calabaza que “achica” el
agua mar afuera y las sogas retorcidas como serpientes que duermen.
Cubre, piadosamente, la pequeña nave, cual blanca mantilla, la pescadora
red circundada de caireles de liviano corcho.

En las horas del medio día, cuando el aire en la sombra invita al sueño,
junto a la nave, teje la red el pescador abuelo; sus toscos dedos añudan el
lino que ha de enredar al sorprendido pez; raspa la abuela el plateado
lomo de los que la víspera trajo la nave; saltan al sol, como chispas, las
escamas y el perro husmea en los despojos. Al lado, en el corral que
cercan enormes huesos de ballenas, trepan los chiquillos desnudos sobre
el asno pensativo, o se tuestan al sol en la orilla; mientras, bajo la ramada,
el más fuerte pule un remo; la moza, fresca y ágil, saca agua del pozuelo y
las gaviotas alborozadas recorren la mansión humilde dando gritos
extraños.

Junto al bote duerme el hombre de mar, el fuerte mancebo, embriagado


por la brisa caliente y por la tibia emanación de la arena, su dulce sueño
de justo, con el pantalón corto, las musculosas pantorrillas cruzadas, y en
cuyos duros pies de redondos dedos, piérdense, como escamas, las
diminutas uñas. La cara tostada por el aire y el sol, la boca entreabierta
que deja pasar la respiración tranquila, y el fuerte pecho desnudo que se
levanta rítmicamente, con el ritmo de la Vida, el más armonioso que Dios
ha puesto sobre el mundo.

Por las calles no transitan al medio día las personas y nada turba la paz de
aquella aldea, cuyos habitantes no son más numerosos que los dátiles de
sus veinte palmeras. Iglesia ni cura habían, en mi tiempo. Las gentes de
San Andrés, los domingos, al clarear el alba, iban al puerto, con los
jumentos cargados de corvinas frescas y luego en la capilla, cumplían con
Dios. Buenas gentes, de dulces rostros, tranquilo mirar, morigeradas y
sencillas, indios de la más pura cepa, descendientes remotos y ciertos de
los hijos del Sol, cruzaban a pie todos los caminos, como en la Edad Feliz
del Inca, atravesaban en caravana inmensa la costa para llegar al templo y
oráculo del buen Pachacámac, con la ofrenda en la alforja, la pregunta en
la memoria y la fe en el sencillo espíritu.

Jamás riña alguna manchó sus claros anales; morales y austeros, labios
de marido besaron siempre labios de esposa; y el amor, fuente inagotable
de odios y maldecires, era, entre ellos, tan normal y apacible como el agua
de sus pozos. De fuertes padres, nacían, sin comadronas, rozagantes

9
muchachos, en cuyos miembros la piel hacía gruesas arrugas; aires
marinos henchían sus pulmones, y crecían sobre la arena caldeada, bajo
el sol ubérrimo, hasta que aprendían a lanzarse al mar y a manejar los
botes de piquete que, zozobrando en las olas, les enseñaban a domeñar la
marina furia.

Maltones, musculosos, inocentes y buenos, pasaban su juventud hasta


que el cura de Pisco unía a las parejas que formaban un nuevo nido,
compraban un asno y se lanzaban a la felicidad, mientras las tortugas
centenarias del hogar paterno, veían desenvolverse, impasibles, las horas;
filosóficas, cansadas y pesimistas, mirando con llorosos ojos desde la
playa, el mar, al cual no intentaban volver nunca; y al crepúsculo de cada
día, lloraban, lloraban, pero hundido el sol, metían la cabeza bajo la
concha poliédrica y dejaban pasar la vida llenas de experiencia, sin fe,
lamentándose siempre del perenne mal, pero inactivas, inmóviles,
infecundas, y solas...

10
IV
Esbelto, magro, musculoso y austero, su afilada cabeza roja era la de un
hidalgo altísimo, caballeroso, justiciero y prudente. Agallas bermejas,
delgada cresta de encendido color, ojos vivos y redondos, mirada fiera y
perdonadora, acerado pico agudo. La cola hacía un arco de plumas
tornasoles, su cuerpo de color carmelo avanzaba en el pecho audaz y
duro. Las piernas fuertes que estacas musulmanas defendían, cubiertas
de escamas, parecían las de un armado caballero medieval.

Una tarde, mi padre, después del almuerzo, nos dio la noticia. Había
aceptado una apuesta para la jugada de gallos de San Andrés, el 28 de
Julio. No había podido evitarlo. Le habían dicho que el “Carmelo”, cuyo
prestigio era mayor que el del alcalde, no era un gallo de raza. Molestóse
mi padre. Cambiáronse frases y apuestas; y acepto. Dentro de un mes
toparía al Carmelo, con el Ajiseco, de otro aficionado, famoso gallo
vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares. Nosotros
recibimos la noticia con profundo dolor. El “Carmelo” iría a un combate y a
luchar a muerte, cuerpo a cuerpo, con un gallo más fuerte y más joven.
Hacía ya tres años que estaba en casa, había él envejecido mientras
crecíamos nosotros, ¿por qué aquella crueldad de hacerlo pelear?...

Llegó el día terrible. Todos en casa estábamos tristes. Un hombre había


venido seis días seguidos a preparar al “Carmelo”. A nosotros ya no nos
permitían ni verlo. El día 28 de julio, por la tarde, vino el preparador, y de
una caja llena de algodones, sacó una media luna de acero con unas
pequeñas correas: era la navaja, la espada del soldado. El hombre la
limpiaba, probándola en la uña, delante de mi padre. A los pocos minutos,
en silencio, con una calma trágica, sacaron al gallo, que el hombre cargó
en sus brazos como a un niño. Un criado llevaba la cuchilla y mis dos
hermanos lo acompañaron.

–¡Qué crueldad! – dijo mi madre.

Lloraban mis hermanas, y la más pequeña, Jesús, me dijo en secreto,


antes de salir:

11
–Oye, anda junto con él… Cuídalo… ¡pobrecito!…

Llevóse la mano a los ojos, echóse a llorar, y yo salí precipitadamente y


hube de correr unas cuadras para poder alcanzarlos.

12
V
Llegamos a San Andrés. El pueblo estaba de fiesta. Banderas peruanas
agitaban sobre las casas por el día de la Patria, que allí sabían celebrar
con una gran jugada de gallos a la que solían ir todos los hacendados y
ricos hombres del valle. En ventorrillos, a cuya entrada había arcos de
sauces envueltos en colgaduras, y de los cuales prendían alegres
quitasueños de cristal, vendían chicha de bonito, butifarras, pescado
fresco asado en brasas y anegado en cebollones y vinagre. El pueblo los
invadía, parlanchín y endomingado con sus mejores trajes. Los hombres
de mar lucían camisetas nuevas de horizontales franjas rojas y blancas,
sombrero de junco, alpargatas y pañuelos añudados al cuello.

Nos encaminamos a “la cancha”. Una frondosa higuera daba acceso al


circo, bajo sus ramas enarcadas. Mi padre, rodeado de algunos amigos, se
instaló. Al frente estaba el juez y a la derecha el dueño del paladín Ajiseco.
Sonó una campanilla, acomodáronse las gentes y empezó la fiesta.
Salieron por lugares opuestos dos hombres, llevando cada uno un gallo.
Lanzáronlos al ruedo con singular ademán. Brillaron las cuchillas,
miráronse los adversarios, dos gallos de débil contextura, y uno de ellos
cantó. Colérico respondió el otro echándose al medio del circo; miráronse
fijamente; alargaron los cuellos, erizadas las plumas, y se acometieron.
Hubo ruido de alas, plumas que volaron, gritos de la muchedumbre, y a los
pocos segundos de jadeante lucha cayó uno de ellos. Su cabecita afilada y
roja besó el suelo, y la voz del juez:

–¡Ha enterrado el pico, señores!

Batió las alas el vencedor. Aplaudió la multitud enardecida, y ambos


gallos, sangrando, fueron sacados del ruedo. La primera jornada había
terminado. Ahora entraba el nuestro: el “Caballero Carmelo”. Un rumor de
expectación vibró en el circo:

–¡El Ajiseco y el Carmelo!

–¡Cien soles de apuesta!…

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Sonó la campanilla del juez y yo empecé a temblar.

En medio de la expectación general, salieron los dos hombres, cada uno


con su gallo. Se hizo un profundo silencio y soltaron a los dos rivales.
Nuestro Carmelo, al lado del otro, era un gallo viejo y achacoso; todos
apostaban al enemigo, como augurio de que nuestro gallo iba a morir. No
faltó aficionado que anunció el triunfo del Carmelo, pero la mayoría de las
apuestas favorecía al adversario. Una vez frente al enemigo, el Carmelo
empezó a picotear, agitó las alas y cantó estentóreamente. El otro, que en
verdad parecía ser un gallo fino de distinguida sangre y alcurnia, hacía
cosas tan petulantes cuan humanas: miraba con desprecio a nuestro gallo
y se paseaba como dueño de la cancha. Enardeciéronse los ánimos de los
adversarios, llegaron al centro y alargaron sus erizados cuellos, tocándose
los picos sin perder terreno. El Ajiseco dio la primera embestida; entablóse
la lucha; las gentes presenciaban en silencio la singular batalla y yo
rogaba a la Virgen que sacara con bien a nuestro viejo paladín.

Batíase él con todo los aires de un experto luchador, acostumbrando a las


artes azarosas de la guerra. Cuidaba poner las patas armadas en el
enemigo pecho; jamás picaba a su adversario –que tal cosa es cobardía–,
mientras que éste, bravucón y necio, todo quería hacerlo a aletazos y
golpes de fuerza. Jadeantes, se detuvieron un segundo. Un hilo de sangre
corría por la pierna del Carmelo. Estaba herido, mas parecía no darse
cuenta de su dolor. Cruzáronse nuevas apuestas en favor del Ajiseco, y
las gentes felicitaban ya al poseedor del menguado. En un nuevo
encuentro, el Carmelo cantó, acordóse de sus tiempos y acometió con tal
furia, que desbarató al otro de un solo impulso. Levantóse éste y la lucha
fue cruel e indecisa. Por fin, una herida grave hizo caer al Carmelo,
jadeante…

–¡Bravo! ¡Bravo el Ajiseco! –gritaron sus partidarios, creyendo ganada la


prueba.

Pero el juez, atento a todos los detalles de la lucha y con acuerdo de


cánones, dijo:

–¡Todavía no ha enterrado el pico, señores!

En efecto, incorporóse el Carmelo. Su enemigo, como para humillarlo, se


acercó a él, sin hacerle daño. Nació entonces, en medio del dolor de la

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caída, todo el coraje de los gallos de Caucato. Incorporado el Carmelo,
como un soldado herido, acometió de frente y definitivo sobre su rival, con
una estocada que lo dejó muerto en el sitio. Fue entonces cuando el
Carmelo, que se desangraba, se dejó caer, después que el Ajiseco había
enterrado el pico. La jugada estaba ganada y un clamoreo incesante se
levantó en la cancha. Felicitaron a mi padre por el triunfo, y, como esa era
la jugada más interesante, se retiraron del circo, mientras resonaba un
grito entusiasta:

–¡Viva el Carmelo!

Yo y mis hermanos lo recibimos y lo condujimos a casa, atravesando por


la orilla del mar el pesado camino, y soplando aguardiente bajo las alas del
triunfador, que desfallecía.

15
VI
Dos días estuvo el gallo sometido a toda clase de cuidado. Mi hermana
Jesús y yo, le dábamos maíz, se lo poníamos en el pico; pero el pobrecito
no podía comerlo ni incorporarse. Una gran tristeza reinaba en la casa.
Aquel segundo día, después del colegio, cuando fuimos yo y mi hermana a
verlo, lo encontramos tan decaído que nos hizo llorar. Le dábamos agua
con nuestras manos, le acariciábamos, le poníamos en el pico rojo granos
de granada. De pronto el gallo se incorporó. Caía la tarde, y por la ventana
del cuarto donde estaba entró la luz sangrienta del crepúsculo. Acercóse a
la ventana, miró la luz, agitó débilmente las alas y estuvo largo rato en la
contemplación del cielo. Luego abrió nerviosamente las alas de oro,
enseñoreóse y cantó. Retrocedió unos pasos, inclinó el tornasolado cuello
sobre el pecho, tembló, desplomóse, estiró sus débiles patitas escamosas,
y mirándonos, mirándonos amoroso, expiró apaciblemente.

Echamos a llorar. Fuimos en busca de mi madre, y ya no lo vimos más.


Sombría fue la comida aquella noche. Mi madre no dijo una sola palabra, y
bajo la luz amarillenta del lamparín, todos nos mirábamos en silencio. Al
día siguiente, en el alba, en la agonía de las sombras nocturnas, no se oyó
su canto alegre.

Así pasó por el mundo aquel héroe ignorado, aquel amigo tan querido de
nuestra niñez: el Caballero Carmelo, flor y nata de paladines, y último
vástago de aquellos gallos de sangre y de raza, cuyo prestigio unánime
fue el orgullo, por muchos años, de todo el verde y fecundo valle de
Caucato.

16
17
RUBÉN DARÍO

EL REY BURGUÉS

2003 - Reservados todos los derechos

Permitido el uso sin fines comerciales


RUBÉN DARÍO

EL REY BURGUÉS

¡Amigo!, el cielo está opaco, el aire frío, el día triste.


Un cuento alegre..., así como para distraer las brumosas y
grises melancolías, helo aquí:

***

Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que

tenía trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras,

caballos de largas crines, armas flamantisimas, galgos rápidos y

monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus fanfarrias.

¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.

***

Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran

largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores,

escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.

Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento,


hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los

criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían

palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su

Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín.

Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza atronando el bosque

con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas,

y el vocerío repercutía en lo más escondido de las

cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza

en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos,

hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras

encendidas y las cabelleras al viento.

***

El rey tenía un palacio soberbio, donde había acumulado riquezas y

objetos de arte maravilloso. Llegaba a él por entre grupos de lilas y

extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos,

antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera

llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados

leones de mármol, como los de los tronos salomónicos. Refinamiento.

A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de

la armonía, del arruyo, del trino; y cerca de ella iba ensanchar su

espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones

gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor


acérrimo de la correción académica en letras, y del modo

lamido en artes; alma sublime amante de la lija y de la ortografía.

¡Japonerías¡ ¡Chinerías¡, por lujo nada más.

Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y

de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y

las colas enroscadas en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto

con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de

una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes;

peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si

fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones

devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla,

como tejidas con hilos de araña, sembrada de garzas rojas y de verdes matas

de arroz, y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay

guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que

llevan arcos estirados y manojos de flechas.

Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles; diosas, musas,

ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes con cuadros del gran

Watteu y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!

Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad,

el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey naipe.


***

Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se

hallaba rodeado de cortesaños, de retóricos y de maestros de equitación y

de baile.

---¿Qué es eso?--preguntó

---Señor, es un poeta.

El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones sinzonte en la

pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.

---Dejadle aquí.

Y el poeta:

---Señor no he comido.

Y el rey:

---Habla, y comerás.

***

Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir.


He tendido mis alas al huracán, he nacido en el tiempo de la

aurora: busco la raza escogida que debe esperar, con el himno en la

boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la

inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes,

la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de

polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles,

contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que

embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía perder

histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido:

mi harapo es de púrpura. He ido a la selva donde he quedado

vigorozo y ahíto de leche fecundo y licor de nueva vida; y en la

ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra

tempestad, como un ángelsoberbio. o como un semidiós olímpico,

he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.

"He acariciado a la gran Naturaleza y he buscado el calor del ideal, el

verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está

en la perla en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante!

Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías

todo luz, toda agitación y potencia, y es preciso recibir su

espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero,

de estrofas de oro, de estrofas de amor.


¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios

de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor

Ohnet! ¡Señor!, el arte no viste pantalones, ni habla en

burgués, ni pone los puntos en todas las íes.Él

es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y amasa la

greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como

águilas o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y

un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro

de marfil.

¡Oh, la poesía!

"¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las

mujeres y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor,

el zapatero critica mis endecasílabos, y el señor profesor

de farmacia pone puntos y comas a mi inspiración. Señor,

¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el ideal...

El rey interrumpió:

-Ya habéis oído. ¿Qué hacer?

Y un filósofo al uso:

---Si lo permitís, señor, puede ganarse la vida con una caja


de música; podemos colocarle en el jardín, cerca de los

cisnes, para cuando os paseéis.

---Sí--dijo el rey; y dirigiéndose al poeta---: Daréis

vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una

caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no

prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo

de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.

Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los

cisnes al poeta hambriento que daba vueltas al manubrio; tiririrín,

tiririrín..., ¡avergonzado a las miradas del gran sol¡

¿Pasaba el rey por las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...!

¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín,

tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que

llegaban a beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las

abejas, que le picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas...,

lágrimas amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a

la tierra negra.

Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el

cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba como petrificado, y los grandes

himnos estaban en el olvido, y el poeta de la montaña coronada de


águilas no era sino un pobre diablo que daba vueltas al manubrio:

¡Tiririrín¡

Y cuando cayó la nieve, se olvidaron de él el rey y sus

vasallos; a los pájaros se les abrigó, y a él se le

dejó al aire glacial que le mordía las carnes y le azotaba el

rostro.

Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas

cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las

arañas reía alegre sobre los mármoles, sobre el oro y

sobre las túnicas de los mandarines de las viejas porcelanas. Y se

aplaudían hasta la locura los brindis del señor profesor de

retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios,

mientras en las copas cristalinas hervía el champaña, con

su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta!

Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al

manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por el cierzo,

bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo

resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las

galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería

el sol en el día venidero, y con él el ideal..., y en que el

arte no vestiría pantalones, sino manto de llamas o de oro... Hasta

que al día siguiente lo hallaron el rey y sus cortesaños, al


pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con una sonrisa

amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.

***

¡Oh, mi amigo¡, el cielo está opaco, el aire frío,

el día triste. Flotan brumosas y grises melancolías...

Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de

maños a tiempo¡ Hasta la vista.

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Discurso en el Politeama
por Manuel González Prada

Este discurso fue leído por un escolar cuando se hacía


campaña pro-fondos para el rescate de las provincias
cautivas de Tacna y Arica, 29 de julio de 1888.
Los que pisan el umbral de la vida se juntan hoi para dar una lección a los que se
acercan a las puertas del sepulcro. La fiesta que presenciamos tiene mucho de
patriotismo i algo de ironía: el niño quiere rescatar con el oro lo que el hombre no
supo defender con el hierro.

Los viejos deben temblar ante los niños, porque la jeneración que se levanta es
siempre acusadora i juez de la jeneración que desciende. De aquí, de estos grupos
alegres i bulliciosos, saldrá el pensador austero i taciturno; de aquí, el poeta que
fulmine las estrofas de acero retemplado; de aquí, el historiador que marque la frente
del culpable con un sello de indeleble ignominia.

Niños, sed hombres, madrugad a la vida, porque ninguna jeneración recibió


herencia más triste, porque ninguna tuvo deberes más sagrados que cumplir, errores
más graves que remediar ni venganzas más justas que satisfacer.

En la orjía de la época independiente, vuestros antepasados bebieron el vino


jeneroso i dejaron las heces. Siendo superiores a vuestros padres, tendréis derecho
para escribir el bochornoso epitafio de una jeneración que se va, manchada con la
guerra civil de medio siglo, con la quiebra fraudulenta i con la mutilación del
territorio nacional.

Si en estos momentos fuera oportuno recordar vergüenzas i renovar dolores, no


acusaríamos a unos ni disculparíamos a otros. ¿Quién puede arrojar la primera
piedra?

La mano brutal de Chile despedazó nuestra carne i machacó nuestros huesos; pero
los verdaderos vencedores, las armas del enemigo, fueron nuestra ignorancia i
nuestro espíritu de servidumbre.

II
Sin especialistas, o más bien dicho, con aficionados que presumían de
omniscientes, vivimos de ensayo en ensayo: ensayos de aficionados en Diplomacia,
ensayos de aficionados en Economía Política, ensayos de aficionados en Lejislación i
hasta ensayos de aficionados en Tácticas i Estratejias. El Perú fué cuerpo vivo,
expuesto sobre el mármol de un anfiteatro, para sufrir las amputaciones de cirujanos
que tenían ojos con cataratas seniles i manos con temblores de paralítico. Vimos al
abogado dirijir la hacienda pública, al médico emprender obras de injeniatura, al
teólogo fantasear sobre política interior, al marino decretar en administración de
justicia, al comerciante mandar cuerpos de ejército...¡Cuánto no vimos en esa
fermentación tumultuosa de todas las mediocridades, en esas vertijinosas
apariciones i desapariciones de figuras sin consistencia de hombre, en ese continuo
cambio de papeles, en esa Babel, en fin, donde la ignorancia vanidosa i vocinglera se
sobrepuso siempre al saber humilde i silencioso!

Con las muchedumbres libres, aunque indisciplinadas de la Revolución, Francia


marchó a la victoria; con los ejércitos de indios disciplinados i sin libertad, el Perú irá
siempre a la derrota. Si del indio hicimos un siervo ¿qué patria defenderá? Como el
siervo de la Edad media, sólo combatirá por el señor feudal.

II
Aunque sea duro i hasta cruel repetirlo aquí, no imajinéis, señores, que el espíritu
de servidumbre sea peculiar a sólo el indio de la puna: también los mestizos de la
Costa recordamos tener en nuestras venas sangre de los súbditos de Felipe II
mezclada con sangre de los súbditos de Huayna-Capac. Nuestra columna vertebral
tiende a inclinarse.

La nobleza española dejó su descendencia dejenerada i despilfarradora: el


vencedor de la Independencia legó su prole de militares i oficinistas. A sembrar el
trigo i extraer el metal, la juventud de la jeneración pasada prefirió atrofiar el cerebro
en las cuadras de los cuarteles i apergaminar la piel en las oficinas del Estado. Los
hombres aptos para las rudas labores del campo i de la mina, buscaron el manjar
caído del festín de los gobiernos, ejercieron una insaciable succión en los jugos del
erario nacional i sobrepusieron el caudillo que daba el pan i los honores a la patria
que exijía el oro i los sacrificios. Por eso, aunque siempre existieron en el Perú
liberales i conservadores, nunca hubo un verdadero partido liberal ni un verdadero
partido conservador, sino tres grandes divisiones: los gobiernistas, los conspiradores
i los indiferentes por egoísmo, imbecilidad o desengaño. Por eso, en el momento
supremo de la lucha, no fuimos contra el enemigo un coloso de bronce, sino una
agrupación de limaduras de plomo; no una patria unida i fuerte, sino una serie de
individuos atraídos por el interés particular y repelidos entre sí por el espíritu de
bandería. Por eso, cuando el más oscuro soldado del ejército invasor no tenía en sus
labios más nombre que Chile, nosotros, desde el primer jeneral hasta el último
recluta, repetíamos el nombre de un caudillo, éramos siervos de la edad media que
invocábamos al señor feudal.
Indios de punas i serranías, mestizos de la costa, todos fuimos ignorantes i siervos;
i no vencimos ni podíamos vencer.

III
Si la ignorancia de los gobernantes i la servidumbre de los gobernados fueron
nuestros vencedores, acudamos a la Ciencia, ese redentor que nos enseña a suavizar
la tiranía de la Naturaleza, adoremos la Libertad, esa madre enjendradora de
hombres fuertes.

No hablo, señores, de la ciencia momificada que va reduciéndose a polvo en


nuestras universidades retrógradas: hablo de la Ciencia robustecida con la sangre del
siglo, de la Ciencia con ideas de radio jigantesco, de la Ciencia que trasciende a
juventud i sabe a miel de panales griegos, de la Ciencia positiva que en sólo un siglo
de aplicaciones industriales produjo más bienes a la Humanidad que milenios
enteros de Teolojía i Metafísica.

Hablo, señores, de la libertad para todos, i principalmente para los más desvalidos.
No forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos i extranjeros que habitan
la faja de tierra situada entre el Pacífico i los Andes; la nación está formada por las
muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la cordillera.
Trescientos años ha que el indio rastrea en las capas inferiores de la civilización,
siendo un híbrido con los vicios del bárbaro i sin las virtudes del europeo: enseñadle
siquiera a leer i escribir, i veréis si en un cuarto de siglo se levanta o no a la dignidad
de hombre. A vosotros, maestros de escuela, toca galvanizar una raza que se
adormece bajo la tiranía del juez de paz, del gobernador i del cura, esa trinidad
embrutecedora del indio.

Cuando tengamos pueblo sin espíritu de servidumbre, i militares i políticos a la


altura del siglo, recuperaremos Arica i Tacna, i entonces i sólo entonces marcharemos
sobre Iquique i Tarapacá, daremos el golpe decisivo, primero i último.

Para ese gran día, que al fin llegará porque el porvenir nos debe una victoria,
fiemos sólo en la luz de nuestro cerebro i en la fuerza de nuestros brazos. Pasaron
los tiempos en que unícamente el valor decidía de los combates: hoi la guerra es un,
problema, la Ciencia resuelve la ecuación. Abandonemos el romanticismo
internacional i la fe en los auxilios sobrehumanos: la Tierra escarnece a los vencidos,
i el Cielo no tiene rayos para el verdugo.

En esta obra de reconstitución i venganza no contemos con los hombres del


pasado: los troncos añosos i carcomidos produjeron ya sus flores de aroma deletéreo
i sus frutas de sabor amargo. ¡Que vengan árboles nuevos a dar flores nuevas i frutas
nuevas! ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!
IV
¿Por qué desesperar? No hemos venido aquí para derramar lágrimas sobre las
ruinas de una segunda Jerusalén, sino a fortalecernos con la esperanza. Dejemos a
Boabdil llorar como mujer, nosotros esperemos como hombres.

Nunca menos que ahora conviene el abatimiento del ánimo cobarde ni las quejas
del pecho sin virilidad: hoi que Tacna rompe su silencio i nos envía el recuerdo del
hermano cautivo al hermano libre, elevémonos unas cuantas pulgadas sobre el fango
de las ambiciones personales, i a las palabras de amor i esperanza respondamos con
palabras de aliento i fraternidad.

¿Por qué desalentarse? Nuestro clima, nuestro suelo ¿son acaso los últimos del
Universo? En la tierra no hai oro para adquirir las riquezas que debe producir una
sola Primavera del Perú. ¿Acaso nuestro cerebro tiene la forma rudimentaria de los
cerebros hotentotes, o nuestra carne fue amasada con el barro de Sodoma? Nuestros
pueblos de la sierra son hombres amodorrados, no estatuas petrificadas.

No carece nuestra raza de electricidad en los nervios ni de fósforo en el cerebro;


nos falta, sí, consistencia en el músculo i hierro en la sangre. Anémicos i nerviosos,
no sabemos amar ni odiar con firmeza. Versátiles en política, amamos hoi a un
caudillo hasta sacrificar nuestros derechos en aras de la dictadura; i le odiamos
mañana hasta derribarle i hundirle bajo un aluvión de lodo y sangre. Sin paciencia de
aguardar el bien, exijimos improvisar lo que es obra de la incubación tardía,
queremos que un hombre repare en un día las faltas de cuatro jeneraciones. La
historia de muchos gobiernos del Perú cabe en tres palabras: imbecilidad en acción;
pero la vida toda del pueblo se resume en otras tres: versatilidad en movimiento.

Si somos versátiles en amor, no lo somos menos en odio: el puñal está penetrando


en nuestras entrañas i ya perdonamos al asesino. Alguien ha talado nuestros campos
i quemado nuestras ciudades i mutilado nuestro territorio i asaltado nuestras
riquezas convertido el país entero en ruinas de un cementerio; pues bien, señores,
ese alguien a quien jurábamos rencor eterno i venganza implacable, empieza a ser
contado en el número de nuestros amigos, no es aborrecido por nosotros con todo
el fuego de la sangre, con toda la cólera del corazón.

Ya que hipocresía i mentira forman los polos de la Diplomacia, dejemos a los


gobiernos mentir hipócritamente jurándose amistad i olvido. Nosotros, hombres
libres reunidos aquí para escuchar palabras de lealtad i franqueza, nosotros que no
tememos esplicaciones ni respetamos susceptibilidades, nosotros levantemos la voz
para enderezar el esqueleto de estas muchedumbres encorvadas, hagamos por
oxijenar esta atmósfera viciada con la respiración de tantos organismos infectos, i
lancemos una chispa que inflame en el corazón del pueblo el fuego para amar con
firmeza todo lo que se debe amar, i para odiar con firmeza también todo lo que se
debe odiar.

¡Ojalá, señores, la lección dada hoi por los Colejios libres de Lima halle ejemplo
en los más humildes caseríos de la República! ¡Ojalá todas las frases repetidas en
fiestas semejantes no sean melifluas alocuciones destinadas a morir entre las paredes
de un teatro, sino rudos martillazos que retumben por todos los ámbitos del país!
¡Ojalá cada una de mis palabras se convierta en trueno que repercuta en el corazón
de todos los peruanos i despierte los dos sentimientos capaces de rejenerarnos i
salvarnos: el amor a la patria i el odio a Chile! Coloquemos nuestra mano sobre el
pecho, el corazón nos dirá si debemos aborrecerle...

Si el odio injusto pierde a los individuos, el odio justo salva siempre a las naciones.
Por el odio a Prusia, hoi Francia es poderosa como nunca. Cuando París vencido se
ajita, Berlín vencedor se pone de pie. Todos los días, a cada momento, admiramos
las proezas de los hombres que triunfaron en las llanuras de Maratón o se hicieron
matar en los desfiladeros de las Termópilas; i bien, "la grandeza moral de los antiguos
helenos consistía en el amor constante a sus amigos i en el odio inmutable a sus
enemigos. No fomentemos, pues, en nosotros mismos los sentimientos anodinos del
guardador de serrallos, sino las pasiones formidables del hombre nacido para
enjendrar a los futuros vengadores. No diga el mundo que el recuerdo de la injuria
se borró de nuestra memoria antes que desapareciera de nuestras espaldas la roncha
levantada por el látigo chileno.

Verdad, hoi nada podemos, somos impotentes; pero aticemos el rencor,


revolvámonos en nuestro despecho como la fiera se revuelca en las espinas; i si no
tenemos garras para desgarrar ni dientes para morder ¡que siquiera los mal apagados
rujidos de nuestra cólera viril vayan de cuando en cuando a turbar el sueño del
orgulloso vencedor!
Aves sin nido vii

Proemio 1

Si la historia es el espejo donde las generaciones por venir han de contem-


plar la imagen de las generaciones que fueron, la novela tiene que ser la fo-
tografía que estereotipe los vicios y las virtudes de un pueblo, con la consi-
guiente moraleja correctiva 2 para aquéllos y el homenaje de admiración 3
para éstas.
Es tal, por esto, la importancia de la novela de costumbres, que en sus ho-
jas contiene muchas veces el secreto de la reforma de algunos tipos 4, cuando
no su extinción.
En los países en que, como el nuestro, la Literatura se halla en su cuna,
tiene la novela que ejercer mayor influjo en la morigeración de las costum-
bres 5, y, por lo tanto, cuando se presenta una obra con tendencias levantadas
a regiones superiores a aquéllas en que nace y vive la novela cuya trama es pu-
ramente amorosa o recreativa, bien puede implorar la atención de su públi-
co para que extendiéndole la mano la entregue al pueblo.
¿Quién sabe si después de doblar la última página de este libro se cono-
cerá la importancia de observar atentamente el personal de las autoridades,
así eclesiásticas como civiles, que vayan a regir los destinos de los que viven
en las apartadas poblaciones del interior del Perú?
¿Quién sabe si se reconocerá la necesidad del matrimonio de los curas
como una exigencia social?
Para manifestar esta esperanza me inspiro en la exactitud con que he tomado
los cuadros, del natural, presentando al lector la copia para que él juzgue y falle.
1 Proemio: tomado del griego proóimion “preámbulo”, derivado de oimos “camino”,
“marcha”. Se presenta la visión de la autora acerca de la novela: una fotografía que
juegue con las dos caras de una misma realidad en tanto moraleja u homenaje
2 Moraleja correctiva: esta novela de costumbre intenta “corregir”, “atenuar” o “sub-
sanar” los vicios de las generaciones
3 Homenaje de admiración: más allá de todo vicio, cada generación presenta virtudes
que son factibles, según la autora, de ser admiradas
4 Tipo: lat. Typus. Tomado a su vez del griego t_pos como modelo, en este caso, social
5 Morigeración: virtud que consiste en moderar los apetitos y el uso excesivo de los sen-
tidos, ajustándolos a la razón
viii Clorinda Matto de Turner

Amo con amor de ternura a la raza indígena, por lo mismo que he obser-
vado de cerca sus costumbres, encantadoras por su sencillez, y la abyección 6
a que someten esa raza aquellos mandones de villorrio 7, que, si varían de
nombre, no degeneran siquiera del epíteto de tiranos 8. No otra cosa son, en
lo general, los curas, gobernadores, caciques y alcaldes.
Llevada por este cariño, he observado durante quince años multitud de
episodios que, a realizarse en Suiza, la Provenza o la Saboya, tendrían su can-
tor, su novelista o su historiador que los inmortalizase con la lira o la pluma,
pero que, en lo apartado de mi patria, apenas alcanzan el descolorido lápiz de
una hermana.
Repito que al someter mi obra al fallo del lector, hágolo con la esperanza
de que ese fallo sea la idea de mejorar la condición de los pueblos chicos del
Perú; y aun cuando no fuese otra cosa que la simple conmiseración 9, la auto-
ra de estas páginas habrá conseguido su propósito, recordando que en el país
existen hermanos que sufren, explotados en la noche de la ignorancia, marti-
rizados en esas tinieblas que piden luz; señalando puntos de no escasa impor-
tancia para los progresos nacionales y haciendo, a la vez, literatura peruana.

Clorinda Matto de Turner.

6 Abyección: bajeza, envilecimiento En este caso, servilismo e incluso abatimiento que


padecen los indígenas
7 Mandones de villorrio: quienes ostentan demasiado su autoridad y mandan más de lo
que le toca en una población pequeña. El uso despectivo de villorrio por aldea es otra
marca de la subjetividad de la autora
8 Epíteto de tiranos: es el calificativo del tirano el de aquel que tiene contra derecho el
gobierno del Estado, rigiendo sin justicia y a medida de su voluntad, desde el abuso
del poder o la fuerza -en cualquier concepto o materia- Desde su visión, la autora pre-
senta una clara enumeración de representantes caracterizados desde esas cualidades
9 Conmiseración: compasión que uno tiene del mal del otro, en este caso, de los pueblos
chicos del Perú
Los reyes rojos

Desde la aurora
Combaten los reyes rojos,
Con lanza de oro.

Por verde bosque


Y en los purpurinos cerros
Vibra su ceño.

Falcones reyes
Batallan en lejanías
De oro azulinas.

Por la luz cadmio,


Airadas se ven pequeñas
Sus formas negras.

Viene la noche
Y firmes combaten foscos
Los reyes rojos.

10
SONATINA
Rubén Darío

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?


Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro;
y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.


Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,


o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa


quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,


ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!


Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!


(La princesa está triste. La princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

-¡Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-,


en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor!

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