La educación: un arte al servicio de la persona humana en su crecimiento
La educación es una obra: la obra de un hombre al servicio de otro hombre capaz de ser
transformado, imperfecto, y deseoso de volverse un hombre perfecto – tanto, por lo menos, que
es capaz de llegarlo a ser. La educación es entonces el fruto de una cooperación de un ser humano
más perfecto con un ser humano menos perfecto.
La complejidad de una tal cooperación aparece inmediatamente, así que su extrema
variedad. Sin embargo esta cooperación, para ser una verdaderamente una educación, reclama
que el desarrollo, la transformación del ser humano menos perfecto vaya en el sentido de un
perfeccionamiento, haciéndolo más perfectamente humano. Si tal cooperación conduce a aquel
que es educado a un estado menos perfecto, menos perfectamente humano, no hay educación,
sino perversión del más pequeño; y la perversión es la destrucción misma de la educación. La
verdadera educación, alcanzando lo que hay de más profundo en el corazón y la inteligencia de un
hombre, es bien, entre las obras humanas, una de las más grandes, una de las más importantes; su
perversión es la más terrible.
Los Antiguos, y muchos modernos, han tenido razón en afirmar la importancia única de la
educación en la actividad política. ¿No es la educación la actividad política más fundamental? Ella
prepara el avenir de un país, o al contrario coopera a su destrucción. ¿No es por eso que toda
política insiste en la educación y ordena todos sus esfuerzos a una educación nacional única,
común a todos los ciudadanos? Sabemos en efecto que si realizamos una educación nacional
única, tenemos por ahí el medio más eficaz para transformar la mentalidad de un país. Tocamos
aquí a un problema muy importante de las relaciones entre la educación y la familia, entre la
educación y el Estado: señalarlo nos ayuda a comprender la importancia de la educación en la vida
humana y en la comunidad humana. El problema de la educación está en el corazón de la
comunidad humana, es ella de alguna manera el fruto fundamental y más eficaz, pues por la
educación podemos progresivamente transformar el espíritu de la comunidad. ¡Entendemos
entonces que, la corrupción de la educación sea algo terrible! Hay que analizar lo que es la
educación con un gran rigor posible y precisar bien cuáles son los puntos más vulnerables, ahí
donde ella pueda desviarse fácilmente y perder su dignidad volviéndose un instrumento de
perversión.
La educación y la familia
La educación es una cooperación entre dos seres humanos, en vista de hacer más
humanos a aquellos que son confiados a otros a causa de su debilidad, de su fragilidad, de su
imperfección; comprendemos entonces que la primera educación viene de la familia, en razón de
la fragilidad, de la pequeñez del ser humano que viene de nacer. Es la madre quien puede educar
mejor a su hijito, en razón de su proximidad, de su co-naturalidad. Hay entre el pequeñito y su
madre una clase de confianza natural. En ciertas circunstancias, esta puede ser destruida, pero
normalmente elle existe. Es necesario sin embargo que la madre pueda educar a su hijo, es decir
que ella sea capaz y que tenga el suficientemente tiempo para hacerlo. Si una u otra de estas
condiciones faltan, la primera educación será confiada al cuidado de otras personas; pero hay que
mantener que esta solución no es ideal y que solo debe existir en el peor de los casos. Pues según
el orden natural es la madre quien debe educar a su hijo. Sabemos bien que cuando algunos
estados han querido suprimir este primer momento de la educación materna y erigir guarderías y
la escuela maternal absolutamente, los resultados no han sido buenos para los niños.
Esta primera educación es ante todo un despertar a la vida humana. Se trata de despertar
la afectividad y de poner un cierto orden en la vida vegetativa. Algunos han dicho que no hay
ninguna diferencia entre el adiestramiento de un gato a la limpieza y la primera educación del
niño. Decir eso, es olvidar que la primera educación es en vista de formar progresivamente un ser
humano, una persona humana; todo toma un valor diferente. La vida vegetativa del niño debe ser
mirada de otra manera que la del gatito, incluso si, materialmente, hay elementos semejantes.
Esta primera educación del niño es humana, es en vista de la verdadera finalidad; no se trata pues
de un adiestramiento.
Educación y enseñanza
La educación envuelve enseguida una enseñanza. Es entonces, el despertar de la
imaginación, de la inteligencia, de la razón. Pero la finalidad última permanece la misma: se trata
de formar en el niño que crece un ser humano capaz de ser una persona humana. Es necesario
para eso que el sepa leer y escribir, pero también que sepa amar y respetar a sus pequeños
camaradas. Hay una educación progresiva de la voluntad en el despertar de la inteligencia. A ese
grado, el aspecto afectivo y voluntario aún domina.
Progresivamente el despertar de la inteligencia se vuelve primordial y capta toda la
atención del maestro-educador. Puede incluso llegar a un momento donde este aspecto se vuelve
exclusivo. La educación se reduce entonces a una disciplina: exigimos únicamente un cierto orden
a fin de poder seguir los cursos y trabajar en un silencio mínimo. Prácticamente, no hay más
educación y domina la enseñanza. Además, en esta enseñanza, la búsqueda de la verdad es
reemplazada muy a menudo por las exigencias de exámenes que hay que pasar y lograr. Es en
función del éxito de los exámenes que los cursos son dados y el trabajo personal exigido. No hay
más educación propiamente dicha, ni incluso enseñanza: todo se reduce a una clase de <a una
preparación acelerada e intensiva de un examen> donde los más virtuosos son los primeros. No se
ocupan más de la formación personal.
Hay que volver a descubrir y sobretodo revivir, una verdadera formación de los jóvenes. Es
cada vez más indispensable en el día de hoy; muchos lo entienden y lo quieren realizar.
La educación, arte y cooperación
Para que una verdadera educación pueda realizarse entre educador y educado, es
necesario que el educador comprenda que el debe buscar ante todo el bien de aquel que quiere
educar y no querer comunicarle su propio ideal de vida, lo que él considera como mejor.
Conocemos el viejo adagio: agens agit simile sibi, aquel que actúa, actúa semejante a lo que él es,
a lo que él piensa. El artista puede hacer eso, es lo que se espera de él. Pero si el educador es un
artista, el no es solamente eso; es un artista al servicio de aquel que educa. Es un servidor en el
sentido más fuerte pues debe conocer a aquel que educa; discernir en él la tendencia buena que
hay que desarrollar y la tendencia mala que hay que corregir, <<podar>>, así que las tendencias
originales, características, con el fin de ponerlas en valor si ellas pueden desarrollar su
personalidad. Es bien eso que el educador debe buscar a despertar, a desarrollar, en aquel que es
para él como una <<materia viva>>, espiritual, capaz de crecer de diversas maneras. Y para realizar
eso, el debe conocer en profundidad y de una manera muy íntima lo que es la persona humana,
los diversos elementos que ella implica, y que ella es capaz de integrar y armonizar. Sin este
conocimiento concreto y profundo, el educador no sabe cómo orientar su cooperación, como él
cooperar dirigiendo, orientando, sin abdicar su autoridad, sin ejercerla de una manera tiránica. Es
necesario a la vez conocer la estructura propia de la persona humana y jamás olvidar las
capacidades concretas que el descubrirá en el <<paciente>>. Para eso, es a la vez necesario, la
inteligencia práctica, una mirada de sabiduría prudencial sobre la persona humana, y un amor
profundo sobre aquel que queremos educar. Hay que amarlo para descubrir <<proféticamente>>
sus cualidades virtuales, más o menos escondidas y guardadas. Es necesario también un cierto
<<olfato>>: hay que amar mucho, interrogar mucho y ser como un perro de caza en parada, capaz
de discernir lo que permaneces aún invisible a aquellos que solo tienen una mirada muy exterior.
¡Eso no es dado a todo el mundo! Esas son cualidades propias de un verdadero educador,
análogas a las cualidades propias de un artista. No basta con conocer perfectamente, de punto de
vista filosófico, todo lo que constituye la persona humana, y las diversas etapas de su crecimiento.
Alguien puede conocer todo eso y ser un educador muy ineficaz, incapaz de cooperar con aquel
que pretende educar, pues le falta esa calidad de contacto con el otro que realiza una confianza
mutua y ese olfato artístico con respecto de la <<materia>> que debe transformar. Una cosa es
conocer teóricamente lo que debemos hacer y otra cosa realizarlo en una cooperación vital,
inteligente y amorosa, con aquel que educamos.
Podemos decir que este arte muy particular de la educación reclama un conocimiento
filosófico del hombre, de la persona humana, una cierta calidad de contacto con aquel que
debemos educar -lo que permite a la confianza desarrollarse- y el conocimiento más perfecto
posible de lo que él es y de lo que es capaz de llegar a ser.
Tres niveles de educación
Para precisar aún más lo que debe ser esta cooperación, es necesario comprender bien los
diversos niveles en los cuales la educación se puede realizar. Estos niveles se distinguen en función
de las diversas finalidades de la persona humana. Nos parece necesario distinguir la manera de
educar a un cristiano, la manera de educar a un ser humano religioso y la manera de educar a un
ser humano que no es ni cristiano, ni religioso y que quiere quedarse en un horizonte puramente
humano, laico, sin ninguna referencia a Dios creador ni, a fortiori, al misterio de Cristo Salvador –
alguien que solo acepta lo estrictamente <<humano>>, eso del cual solamente el hombre puede
ser responsable. Hay aquí tres grandes problemas eminentemente prácticos.
La educación cristiana
Se dirige a un bautizado, esta es dada para permitir a un ser humano de vivir una vida
sobrenatural de fe, de esperanza y de caridad totalmente ordenada a la visión beatifica. Aquel que
toma la responsabilidad de esta educación debe el-mismo vivir una tal vida y tener conciencia
perfectamente de ella; de otra manera, no podría asumir una tal responsabilidad.
La educación cristiana se hace en la luz de Jesús, Hijo bien-amado del Padre y de María.
Jesús es verdaderamente el modelo (la causa ejemplar) de tal educación, y sobre todo él-mismo es
el fin. Pues el educador cristiano busca no solamente a conducir a su discípulo hacia Jesús, sino
que también de permitirle vivir, por y en la caridad cristiana, el misterio de Jesús. Hace todo lo
que puede para que aquel que es educado cristianamente en la fe, la esperanza y la caridad, viva
en lo más intimo de el-mismo con Jesús, que pueda vivir en Jesús su amistad de Hijo bien-amado
del Padre y de María, que pueda vivir la adoración de Jesús con respecto a su Padre y su
obediencia. El educador cristiano sabe bien (el tiene la experiencia) que eso no se hace
inmediatamente, que hay que pasar por muchas luchas para poder vivir de eso, y que esta vida
cristiana se realiza progresivamente; no queda de otra que es bien eso lo que finaliza toda la
educación cristiana. Eso exige del educador una atención particularmente grande, pues es
necesario elevarse muy alto con medios muy pobres.
Es quizás eso lo que caracteriza mejor la educación cristiana: ella se realiza con medios
pobres, y en un espíritu de pobreza, es decir sabiendo que los esfuerzos humanos del educador y
del educado, si son necesarios, no son suficientes; pues es la plenitud de la gracia de Cristo que es
la fuente de esta vida nueva y que realiza el crecimiento y la acaba. ¡Claro que los esfuerzos del
educador y del educado son necesarios!, pero no pueden bastar. La educación cristiana exige pues
un respeto aún mucho más grande de la <<materia humana>> sobre la cual se trabaja; de su lado,
los instrumentos serán siempre inadecuados al fin buscado. Pero la presencia eficaz de Cristo es
de un auxilio único cuando trabajamos <<por él, con él y en él>>.
Por otra parte, el educador cristiano sabe que hay en aquel que el educa, como en el-
mismo, las consecuencias del pecado original, lo que llamamos las tres <<concupiscencias>>: la de
la carne y de la vanidad, y sobre todo la del orgullo 1. Sabe que entre el-mismo y aquel que desea
educar puede haber complicidades subterráneas, que pueden trabar su obra común. Sabe que
1
Cf. 1Jn 2,16: <<Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y
la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo.>>
puede haber complicidades escondidas con <<el Adversario>> 2, que hacer el trabajo mucho más
pesado, más árido y que exige el auxilio de la oración, del auxilio de Cristo. Esas dificultades son,
humanamente imprevisibles.
Esta educación cristiana asume la educación religiosa y la educación fundamentalmente
humana dándoles una nueva finalidad, una finalidad sobrenatural que aporta exigencias nuevas
pero que no modifica el carácter especifico de estas dos educaciones. Hay que analizar ahora el
carácter propio de estas.
La educación religiosa
Comprendamos bien que cuando hablamos de “educación religiosa”, no se trata de la
educación particular de esos hombres y mujeres consagrados a Dios que llamamos “religiosos” y
“religiosas”, sino de la educación humana en toda su perfección y toda su riqueza natural. Pues es
natural al hombre de buscar a saber si Dios existe, de buscar a saber lo que dicen las tradiciones
religiosas, cuando ellas afirman la existencia de un Dios creador del cielo y de la tierra, es algo
mítico o al contrario, algo real que el hombre puede descubrir por el mismo, por su propia
búsqueda de verdad, dicho de otra manera a través de la filosofía.
Es evidente que si Dios existe y si es mi Creador, el Creador de mi alma espiritual, y si yo
soy capaz de descubrirlo, eso transforma profundamente la orientación de toda mi vida, porque
yo descubro una finalidad última de mi vida humana. Pues si Dios es el Creador de mi alma
espiritual, me hago la pregunta: ¿Qué debo hacer para responder a ese don? ¿Qué dependencia
debo reconocer respecto a él, si es mi Creador y el Padre de mi espíritu? La manera a la cual yo
responda a esta pregunta tiene evidentemente una profunda influencia sobre todo el desarrollo
de mi vida humana…
Si yo tomo conciencia de este hecho que todo mi ser depende de mí Creador, y si yo tengo
también esta lucidez sobre la vida de mi espíritu, sobre mi búsqueda de la verdad y mi capacidad
de escoger el amor que se despierta en mí, yo entiendo que soy libre de optar: o bien reconozco
esta dependencia con respecto de mi Creador, o bien al contrario la rechazo y oriento mi como si
Dios no existiera, como si mi destino fuera puramente terrestre, mi alma espiritual
desapareciendo, a mi muerte, con mi cadáver. Esta segunda opción, si soy libre de tomarla y de
tomar las consecuencias, es sin embargo condenable desde un punto de vista humano, pues es
rechazar la realidad en lo que tiene de más grande. Ese rechazo de la realidad no es digno del
hombre, se pone entonces en una situación falsa, mentirosa. Toda su vida reposa entonces sobre
una elección falsa. Si al contrario, yo descubro que Dios existe y es mi Creador, si yo lo acepto, yo
debo tener cuenta de esta situación y llevar la responsabilidad de eso. Es aquí del porqué debo
2
1Pe 5,8: <<Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como = león rugiente, = buscando a quién
devorar>>; 2Ts 2,4: << Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el
Adversario que = se eleva sobre todo = lo que lleva el nombre de = Dios = o es objeto de culto, hasta el extremo de =
sentarse = él mismo en el Santuario de = Dios = y proclamar que él mismo es Dios>>.
adorar, reconocer con amor mi total dependencia a su respecto, porque él me ha creado
libremente, por puro amor y según su sabiduría. Por el acto de adoración, yo adquiero
progresivamente la virtud de religión, que ordena hacia mi Creador todas mis actividades
humanas; me vuelvo un hombre religioso, consagrado a su Dios y deseoso de cumplir su voluntad.
La educación religiosa consiste entonces en primer lugar a ayudar a aquel que es educado
a descubrir la existencia del Dios-Creador y adorarlo. Cuando el niño es aún pequeño, hay que orar
y adorar con él; y cuando el crezca hay que recordarle ese deber fundamental de la adoración. En
esta luz, el educador debe hacer comprender a aquel que es educado que toda eclosión de su vida
moral pide desarrollarse en el resplandor de la adoración y que a causa de eso el debe, en la
oración, pedir a su Dios-Padre de ayudarlo a cumplir lo que su consciencia humana reclama de él.
Toda la actividad moral esta entonces como envuelta por esta exigencia religiosa. Es para agradar
a Dios, a nuestro Padre, que todo debe ser hecho y todo debe cumplirse en una paz profunda,
porque en la adoración somos llevados por y en las manos de nuestro Creador. A través de las
diversas autoridades humanas, la de los padres, la del educador y de las instituciones, es a Dios-
Padre a quien obedecemos. Alargamos entonces su mirada sobre el hombre y sobre el universo,
en la luz de la sabiduría del Creador que hace <<salir su sol sobre malos y buenos 3>>. Descubrimos
entonces un nuevo amor para los hombres.
La educación fundamentalmente humana
Este nivel fundamental de educación mira al hombre tal que él es en sí-mismo,
independientemente del punto de vista cristiano y del punto de vista religioso –si por lo menos se
precisa que se trata de una educación <<laica>>. Si nada es precisado, hay que comprender que el
hombre es por naturaleza un <<animal religioso>> y el educador debe entonces actuar según su
conciencia. Si es cristiano o si cree en Dios, el debe progresivamente a través de la educación
moral que el da (educación fundamentalmente humana), indicar los diversos momentos a
sobrepasar. La superación religiosa hace parte de la educación humana en lo que tiene de más
humano. Es por eso que el educador humano debería siempre hablar de ello y situarlo. Si se le
prohíbe, deber hacerse la pregunta: ¿Es legítima tal prohibición? ¿Debo aceptarla? ¿Debe
obedecer a eso? Esta pregunta es muy delicada y solo puede ser resuelta en cada caso particular.
Es seguro en todo caso, que la educación humana, fundamentalmente humana,
permanece presente en toda educación cristiana o religiosa, y ella permanece siempre capital. El
educador debe siempre buscar formar un hombre, un ser capaz de tomar sus responsabilidades,
un ser capaz de amar y escoger sus amigos, capaz de orientar su vida como bien le perece, capaz
de servirse de todo su capital de vida, en una palabra, capaz de ser una persona humana. ¿Eso es
posible sin la dimensión religiosa? En efecto, si la educación reclama que formamos un ser
humano a partir de su finalidad propia, esta implica adorar a Dios, el Creador, y buscar
contemplarlo tanto como podamos. Es seguro que la educación humana no es completa que si
3
Mt 5,45
habiendo descubierto la existencia de Dios-Creador, descubrimos la finalidad natural última de
todo espíritu creado. Pero cómo es posible distinguir a nivel filosófico, una ética
fundamentalmente humana y una ética humana religiosa 4, ¿No podríamos contemplar la misma
distinción de punto de vista de la educación? Eso nos permitiría de concebir una educación pública
fundamentalmente humana, laica, diferente de una educación religiosa o cristiana, para los padres
que escogerían una tal educación para sus hijos. El problema es muy importante, pero también
muy delicado, pues si la filosofía ética puede distinguir, sin separarlas, una ética
fundamentalmente humana y una ética religiosa, la educación, es un arte humano cooperando
con la naturaleza humana que, como todo arte, pide ser concreto en su ejercicio, porque él se
realiza a partir de una finalidad precisa. Ahora bien, de punto de vista ético, el amor de amistad
que me une a mi amigo me permite de alcanzar el primer bien amado por el mismo, capaz de
finalizarme. Eso pues, puede estructurar una educación fundamentalmente humana. Pero hay que
remarcar al instante que esta primera finalidad pide, incluso de un punto de vista puramente
humano, a ser superada por la finalidad propia de la ética religiosa. Ella pide permanecer abierta a
una finalidad más radical, más absoluta. Es por eso que, si la educación fundamentalmente
humana finalizada por el amor de amistad no acepta (y eso explícitamente) de ser superada y
quiere excluir la finalidad religiosa para permanecer laica, esta educación no es más
perfectamente humana porque ella mutila al hombre y lo impide de ser perfectamente humano.
Eso es muy importante a notar a nivel filosófico. Hay que distinguir una educación
fundamentalmente humana que permanece abierta a la educación religiosa -es legítimo- y una
educación laica que se quiere totalitaria, sectaria, rechazando todo sobre pasamiento hacia la
trascendencia. Esto, incluso de un punto de vista humano, no es legítimo.
La educación fundamentalmente humana esta pues ordenada a permitir al educado ser
capaz de escoger a su amigo y desarrollar un verdadero amor de amistad. Para eso, es necesario
desarrollar en aquel que queremos educar un verdadero amor espiritual; pues el amor de amistad
reclama de amar la persona del amigo por ella-misma, más allá de todas las cualidades que corren
el riesgo de seducir y de impedir de amar en el amigo lo que él es más el-mismo.
Desarrollar en aquel que educamos su capacidad de amar espiritualmente, reclama que lo
ayudemos a dominar sus pasiones, su <<concupiscible>> y su <<irascible>>: las diversas maneras
de amar los bienes sensibles, de desear pasionalmente los bienes terrestres no-poseídos, de gozar
pasionalmente del bien sensible poseído o aún de odiar pasionalmente los males sensibles, de
permanecer en la tristeza o dejarse llevar por las fugas pasionales, por el temor, por esperanzas o
desesperanzas pasionales o aún por las iras –todo ese dominio de las pasiones alimentada por una
imaginación que llega a ser en el día de hoy muy poderosa y muy fértil, que excita los instintos y
los hace muy seguido terriblemente imperativos. Un educador debe discernir, en esas diversas
pasiones, aquellas que pueden ser asumidas más o menos directamente por un amor espiritual de
amistad y aquellas que, al contrario, deben ser disminuidas, pero sin ser inhibidas violentamente.
Ese trabajo no puede realizarse rápidamente, porque para cada individuo ese tejido pasional varía
y depende de la primerísima educación y del atavismo. Esta dimensión afectiva sensible, pasional,
4
Cf. M.D. Philippe, <<Algunos elementos de reflexión para una filosofía ética>>
es hoy exacerbada y se desarrolla con una gran vehemencia; hay estar muy atentos, ser muy
prudentes y buscar a pacificar del interior sin destruir nada; hay que evitar aumentar el desorden
inhibiendo muy rápidamente las pasiones a través de ordenes muy rigorosas y oposiciones
constantes que traerían la rebelión y no la paz.
Hoy es muy difícil realizar un clima de cooperación para que podamos obtener una
verdadera obediencia, necesaria para despertar las virtudes cardinales. Eso es muy necesario,
pues, no podemos descubrir el amor de amistad y vivirlo, crecer en este amor de amistad sin la
adquisición de estas virtudes cardinales. El amor de amistad solo puede nacer más allá de las
pasiones que muy rápidamente llegan a ser tiránicas.
Comprendamos bien que la educación que corresponde a la ética fundamentalmente
humana del amor de amistad es verdaderamente fundamental y permanece necesaria para las dos
otras; incluso, la educación que corresponde a la ética religiosa es necesaria para la educación
cristiana. Asumiendo las otras dos, la educación cristiana las modifica evidentemente, ella las
transforma; pero estas dos primeras educaciones humanas permanecen con sus caracteres
propios.