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El Filibusterismo, by José Rizal

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El Filibusterismo, by José Rizal

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Title: El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere)

Author: José Rizal

Release Date: January 9, 2010 [EBook #30903]

Language: Spanish

El Filibusterismo, by José Rizal

Character set encoding: ISO-8859-1

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J. Rizal

EL FILIBUSTERISMO

(Continuacion del Noli me tángere)

Novela Filipina.

Facilmente se puede suponer que un filibustero ha hechizado en secreto á la liga de los fraileros y retrógrados para que, siguiendo inconscientes sus inspiraciones, favorezcan y fomenten aquella política que solo ambiciona un fin: estender las ideas del filibusterismo por todo el país y convencer al último filipino de que no existe otra salvacion fuera de la separacion de la Madre-Patria.

Ferdinand Blumentritt.

GENT,

Boekdrukkerij F. MEYER-VAN LOO, Vlaanderenstraat, 66.

1891.

A LA MEMORIA

de los Presbíteros, don Mariano GOMEZ (85 años), don José BURGOS (30 años) y don Jacinto ZAMORA (35 años).

EJECUTADOS EN EL PATÍBULO DE BAGUMBAYAN,

el 28 de Febrero de 1872.

La Religion, al negarse á degradaros, ha puesto en duda el crímen que se os ha imputado; el Gobierno, al rodear vuestra causa de misterio y sombras, hace creer en algun error, cometido en momentos fatales, y Filipinas entera, al venerar vuestra memoria y llamaros mártires, no reconoce de ninguna manera vuestra

culpabilidad.

En tanto, pues, no se demuestre claramente vuestra participacion en la algarada caviteña, hayais sido ó no patriotas, hayais ó no abrigado sentimientos por la justicia, sentimientos por la libertad, tengo derecho á dedicaros mi trabajo como á víctimas del mal que trato de combatir. Y mientras esperamos que España os rehabilite un día y no se haga solidaria de vuestra muerte, sirvan estas páginas como tardía corona de hojas secas sobre vuestras ignoradas tumbas, y todo aquel que sin pruebas evidentes ataque vuestra memoria, ¡que en vuestra sangre se manche las manos!

J. RIZAL.

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SOBRE-CUBIERTA

Sic itur ad astra.

En una mañana de Diciembre, el vapor Tabo subía trabajosamente el tortuoso curso del Pasig conduciendo numerosos pasageros hácia la provincia de la Laguna. Era el vapor de forma pesada, casi redonda como el tabù de donde deriva su nombre, bastante sucio apesar de sus pretensiones de blanco, magestuoso y grave á fuerza de andar con calma. Con todo, le tenían cierto cariño en la comarca, quizás por su nombre tagalo ó por

llevar el caracter peculiar de las cosas del pais, algo así como un triunfo sobre el progreso, un vapor que no era vapor del todo, un organismo inmutable, imperfecto pero indiscutible, que, cuando más quería echárselas

de

progresista, se contentaba soberbiamente con darse una capa de pintura.

Y

¡si el dichoso vapor era genuinamente filipino! ¡Con un poquito de buena voluntad hasta se le podía tomar

por la nave del Estado, construida bajo la inspeccion de Reverendas é Ilustrísimas personas!

Bañada por el sol de la mañana que hacía vibrar las ondas del río y cantar el aire en las flexibles cañas que se levantan en ambas orillas, allá va su blanca silueta agitando negro penacho de humo ¡la nave del Estado,

dicen, humea mucho tambien!

quiere gobernar á gritos, de tal modo que dentro nadie se entiende. Amenaza á cuanto encuentra; ora parece que va á triturar los salambaw, escuálidos aparatos de pesca que en sus movimientos semejan esqueletos de gigantes saludando á una antidiluviana tortuga; ora corre derecho ya contra los cañaverales, ya contra los anfibios comederos ó kárihan, que, entre gumamelas y otras flores, parecen indecisas bañistas que ya con los piés en el agua no se resuelven aun á zambullirse; á veces, siguiendo cierto camino señalado en el río por troncos de caña, anda el vapor muy satisfecho, mas, de repente un choque sacude á los viajeros y les hace perder el equilibrio: ha dado contra un bajo de cieno que nadie sospechaba

El silbato chilla á cada momento, ronco é imponente como un tirano que

Y, si el parecido con la nave del Estado no es completo aun, véase la disposicion de los pasajeros. Bajo-cubierta asoman rostros morenos y cabezas negras, tipos de indios, chinos y mestizos, apiñados entre mercancías y baúles, mientras que allá arriba, sobre-cubierta y bajo un toldo que les protege del sol, estan sentados en cómodos sillones algunos pasajeros vestidos á la europea, frailes y empleados, fumándose sendos puros, contemplando el paisaje, sin apercibirse al parecer de los esfuerzos del capitan y marineros para salvar las dificultades del río.

El

capitan era un señor de aspecto bondadoso, bastante entrado en años, antiguo marino que en su juventud y

en

naves más veleras se había engolfado en más vastos mares y ahora en su vejez tenía que desplegar mayor

atencion, cuidado y vigilancia para orillar pequeños peligros

días, los mismos bajos de cieno, la misma mole del vapor atascada en las mismas curvas, como una gorda señora entre apiñada muchedumbre, y por eso á cada momento tenía el buen señor que parar, retroceder, ir á media máquina enviando, ora á babor ora á estribor, á los cinco marineros armados de largos tikines para acentuar la vuelta que el timon ha indicado. ¡Era como un veterano que, despues de guiar hombres en azarosas campañas, fuese en su vejez ayo de muchacho caprichoso, desobediente y tumbon!

Y eran las mismas dificultades de todos los

Y doña Victorina, la única señora que se sienta en el grupo europeo, podrá decir si el Tabo era tumbon

desobediente y caprichoso, doña Victorina que como siempre está nerviosa, lanza invectivas contra los cascos, bankas, balsas de coco, indios que navegan, ¡y aun contra las lavanderas y bañistas que la molestan con su alegría y algazara! Sí, el Tabo iría muy bien si no hubiese indios en el río, ¡indios en el país, sí! si no hubiese ningun indio en el mundo, sin fijarse en que los timoneles eran indios, indios los marineros, indios los maquinistas, indios las noventa y nueve partes de los pasajeros é india ella misma tambien, si le raspan el blanquete y la desnudan de su presumida bata. Aquella mañana, doña Victorina estaba más inaguantable que

nunca porque los pasageros del grupo hacían poco caso de ella, y no le faltaba razon porque consideren ustedes: encontrarse allí tres frailes convencidos de que todo el mundo andaría al reves el día en que ellos anduviesen al derecho; un infatigable D. Custodio que duerme tranquilo, satisfecho de sus proyectos; un

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fecundo escritor como Ben Zayb (anagrama de Ibañez) que cree que en Manila se piensa porque él, Ben Zayb, piensa; un canónigo como el P. Irene que da lustre al clero con su faz rubicunda bien afeitada donde se levanta una hermosa nariz judía, y su sotana de seda de garboso corte y menudos botones; y un riquísimo joyero tal como Simoun que pasa por ser el consultor y el inspirador de todos las actos de S. E. el Capitan General, consideren ustedes que encontrarse estas columnas sine quibus non del país, allí agrupaditas en agradable charla y no simpatizar con una filipina renegada, que se tiñe los cabellos de rubio, ¡vamos! que hay para hacer perder la paciencia á una Joba, nombre que doña Victorina se aplica siempre que las há con alguno.

Y el mal humor de la señora se aumentaba cada vez que gritando el Capitan ¡baborp! ¡estriborp! sacaban

rápidamente los marineros sus largos tikines, los hincaban ya en una ya en otra orilla, impidiendo, con el esfuerzo de sus piernas y sus hombros, á que el vapor diese en aquella parte con su casco. Vista así la nave del Estado, diríase que de tortuga se convertía en cangrejo cada vez que un peligro se acercaba.

--Pero, capitan, ¿por qué sus estúpidos timoneles se van por ese lado? preguntaba muy indignada la señora.

--Porque allí es muy bajo, señora, contestaba el capitan con mucha pausa y guiñando lentamente el ojo.

El capitan había contraido esta pequeña costumbre como para decir á sus palabras que salgan: ¡despacio, muy

despacio!

--¡Media máquina, vaya, media máquina! protesta desdeñosamente doña Victorina; ¿por qué no entera?

--Porque navegaríamos sobre esos arrozales, señora, contesta imperturbable el capitan sacando los labios para señalar las sementeras y haciendo dos guiños acompasados.

Esta doña Victorina era muy conocida en el pais por sus estravagancias y caprichos. Frecuentaba mucho la sociedad y se la toleraba siempre que se presentaba con su sobrina, la Paulita Gomez, bellísima y riquísima muchacha, huérfana de padre y madre, y de quien doña Victorina era una especie de tutora. En edad bastante avanzada se había casado con un infeliz llamado don Tiburcio de Espadaña, y en los momentos en que la vemos, lleva ya quince años de matrimonio, de cabellos postizos y traje semi-europeo. Porque toda su aspiracion fué europeizarse, y desde el infausto día de su casamiento, gracias á tentativas criminales; ha conseguido poco á poco trasformarse de tal suerte que á la hora presente Quatrefages y Virchow juntos no

sabrían clasificarla entre las razas conocidas. Al cabo de tantos años de matrimonio, su esposo que la había sufrido con resignacion de fakir sometiéndose á todas sus imposiciones, tuvo un aciago día el fatal cuarto de hora, y le administró una soberbia paliza con su muleta de cojo. La sorpresa de la señora Joba ante semejante inconsecuencia de caracter hizo que por de pronto no se apercibiese de los efectos inmediatos y sólo, cuando

se repuso del susto y su marido se hubo escapado, se apercibió del dolor guardando cama por algunos días con

gran alegría de la Paulita que era muy amiga de reir y burlarse de su tía. En cuanto al marido, espantado de su impiedad que le sonaba á horrendo parricidio, perseguido por las furias matrimoniales (los dos perritos y el loro de la casa) diose á huir con toda la velocidad que su cojera le permitía, subió en el primer coche que encontró, pasó á la primera banka que vió en un río, y, Ulises filipino, vaga de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, de isla en isla seguido y perseguido por su Calipso con quevedos, que aburre á cuantos tienen la desgracia de viajar con ella. Ha tenido noticia de que él se encontraba en la provincia de la Laguna, escondido en un pueblo, y allá va ella á seducirle con sus cabellos teñidos.

Los combarcanos habían tomado el partido de defenderse, sosteniendo entre sí animada conversacion, discutiendo sobre cualquier asunto. En aquel momento por las vueltas y revueltas del río, hablábase de su rectificacion y naturalmente de los trabajos de las Obras del Puerto.

Ben Zayb, el escritor que tenía cara de fraile, disputaba con un joven religioso que á su vez tenía cara de artillero. Ambos gritaban, gesticulaban, levantaban los brazos, abría las manos, pateaban, hablaban de niveles, de corrales de pesca, del río de S. Mateo, de cascos, de indios, etc., etc. con gran contento de los otros que les

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escuchaban y manifiesto disgusto de un franciscano de edad, extraordinariamente flaco y macilento, y de un

guapo dominico que dejaba

dejaba vagar por sus labios una sonrisa burlona.

El franciscano flaco que comprendía la sonrisa del dominico quiso cortar la disputa interviniendo. Debían respetarle sin duda porque con una señal de la mano cortó la palabra á ambos en el momento en que el fraile-artillero hablaba de experiencia y el escritor-fraile de hombres de ciencia.

--Los hombres de ciencia, Ben Zayb, ¿sabe usted lo que que son? dijo el franciscano con voz cavernosa sin

moverse casi en su asiento y gesticulando apenas con las descarnadas manos. Allí tiene usted en la provincia

el puente del Capricho, construido por un hermano nuestro, y que no se terminó porque los hombres de

ciencia, fundándose en sus teorías, lo tacharon de poco sólido y seguro, y ¡mire usted! ¡está el puente que resiste á todas las inundaciones y terremotos!

--¡Eso, puñales, eso precisamente, eso iba yo á decir,! exclamó el fraile-artillero pegando puñetazos en los brazos de su silla de caña; ¡eso, el puente del Capricho y los hombres de ciencia; eso iba yo á decir, P. Salví, puñales!

Ben Zayb se quedó callado, medio sonriendo, bien sea por respeto ó porque realmente no supiese qué replicar,

y sin embargo, ¡él era la única cabeza pensante en Filipinas!--El P. Irene aprobaba con la cabeza frotando su larga nariz.

El P. Salví, aquel religioso flaco y descarnado, como satisfecho de tanta sumision continuó en medio del silencio.

--Pero esto no quiere decir que usted no tenga tanta razon como el P. Camorra (que así se llamaba el fraile-artillero); el mal está en la laguna

--¡Es que no hay ninguna laguna decente en este país! intercaló doña Victorina, verdaderamente indignada y disponiéndose á dar otro asalto para entrar en la plaza.

Los sitiados se miraron con terror y, con la prontitud de un general, el joyero Simoun acudió:

--El remedio es muy sencillo, dijo con un acento raro, mezcla de inglés y americano del Sur; y yo verdaderamente no sé cómo no se le ha ocurrido á nadie.

Todos se volvieron prestándole la mayor atencion, incluso el dominico. El joyero era un hombre seco, alto, nervudo, muy moreno que vestía á la inglesa y usaba un casco de tinsin. Llamaban en él la atencion los cabellos largos, enteramente blancos que contrastaban con la barba negra, rala, denotando un orígen mestizo. Para evitar la luz del sol usaba constantemente enormes anteojos azules de rejilla, que ocultaban por completo sus ojos y parte de sus mejillas, dándole un aspecto de ciego ó enfermo de la vista. Se mantenía de pié con las piernas separadas como para guardar el equilibrio, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

--El remedio es muy sencillo, repitió, ¡y no costaría un cuarto!

La atencion se redobló. Se decía en los círculos de Manila que aquel hombre dirigía al General y todos veían ya el remedio en vías de ejecucion. El mismo don Custodio se volvió.

--Trazar un canal recto desde la entrada del río á su salida, pasando por Manila, esto es, hacer un nuevo río canalizado y cerrar el antiguo Pasig. ¡Se economiza terreno, se acortan las comunicaciones, se impide la formacion de bancos!

El proyecto dejó atontados á casi todos, acostumbrados á tratamientos paliativos.

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--¡Es un plan yankee! observó Ben Zayb que quería agradar á Simoun.--El joyero había estado mucho tiempo en la América del Norte.

Todos encontraban grandioso el proyecto y así lo manifestaban en sus movimientos de cabeza. Solo don Custodio, el liberal don Custodio, por su posicion independiente y sus altos cargos, creyó deber atacar un proyecto que no venía de él--¡aquello era una usurpacion!--y tosió, se pasó las manos por los bigotes y con su voz importante y como si se encontrase en plena sesion del Ayuntamiento, dijo:

--Dispénseme el señor Simoun, mi respetable amigo, si le digo que no soy de su opinion; costaría muchísimo dinero y quizás tuviésemos que destruir poblaciones.

--¡Pues se destruyen! contestó fríamente Simoun.

--¿Y el dinero para pagar á los trabajadores

?

--No se pagan. Con los presos y los presidiarios

--¡Ca! ¡no hay bastante, señor Simoun!

--Pues si no hay bastante, que todos los pueblos, que los viejos, los jóvenes, los niños trabajen, en vez de los quince días obligatorios, tres, cuatro, cinco meses para el Estado, ¡con la obligacion ademas de llevar cada uno su comida y sus instrumentos!

Don Custodio, espantado, volvió la cara para ver si cerca había algun indio que les pudiese oir. Afortunadamente los que allí se encontraban eran campesinos, y los dos timoneles parecían muy ocupados con las curvas del río.

--Pero, señor Simoun

--Desengáñese usted, don Custodio, continuó Simoun secamente; sólo de esa manera se ejecutan grandes obras con pocos medios. Así se llevaron á cabo las Pirámides, el lago Moeris y el Coliseo en Roma. Provincias enteras venían del desierto cargando con sus cebollas para alimentarse; viejos, jóvenes y niños trabajaban acarreando piedras, labrándolas y cargándolas sobre sus hombros, bajo la direccion del látigo

oficial; y despues, volvían á sus pueblos los que sobrevivían, ó perecían en las arenas del desierto. Luego venían otras provincias, y luego otras, sucediéndose en la tarea durante años; el trabajo se concluía y ahora nosotros los admiramos, viajamos, vamos al Egipto y á Roma, enzalzamos á los Faraones, á la familia

Antonina

Desengáñese V.; los muertos muertos se quedan y sólo al fuerte le da la razon la posteridad.

--Pero, señor Simoun, semejantes medidas pueden provocar disturbios, observó don Custodio, inquieto por el giro que tomaba el asunto.

--¡Disturbios, ja ja! ¿Se rebeló acaso el pueblo egipcio alguna vez, se rebelaron los prisioneros judíos contra el piadoso Tito? ¡Hombre, le creía á V. más enterado en historia!

¡Está visto que aquel Simoun ó era muy presumido ó no tenía formas! Decir al mismo don Custodio en su cara que no sabía historia, ¡es para sacarle á cualquiera de sus casillas! Y así fué, don Custodio se olvidó y replicó:

--¡Es que no está usted entre egipcios ni judíos!

--Y este país se ha sublevado más de una vez, añadió el dominico con cierta timidez; en los tiempos en que se les obligaba á acarrear grandes árboles para la construccion de navíos, si no fuera por los religiosos

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--Aquellos tiempos están lejos, contestó Simoun riéndose más secamente aun de lo que acostumbraba; estas

islas no volverán á sublevarse por más trabajos é impuestos que tengan

Salví,--añadió dirigiéndose al franciscano delgado,--la casa y el hospital de Los Baños donde ahora se encuentra su Excelencia?

¿No me ponderaba usted P.

El P. Salví hizo un movimiento con la cabeza y miró extrañando la pregunta.

--¿Pues no me había dicho usted que ambos edificios se levantaron obligando á los pueblos á trabajar en ellos bajo el látigo de un lego? ¡Probablemente el Puente del Capricho se construyó de la misma manera! Y digan ustedes, ¿se sublevaron estos pueblos?

--Es que

se sublevaron antes, observó el dominico; y ¡ab actu ad posse valet illatio!.

--¡Nada, nada, nada! continuó Simoun disponiéndose á bajar á la cámara por la escotilla; lo dicho, dicho. Y

usted P. Sibyla, no diga ni latines ni tonterías. ¿Para que estarán ustedes los frailes, si el pueblo se puede

sublevar?

Y sin hacer caso de las protestas ni de las réplicas, Simoun bajó por la pequeña escalera que conduce al

interior repitiendo con desprecio: ¡Vaya, vaya!

El P. Sibyla estaba pálido; era la primera vez que á él, Vice Rector de la Universidad, se le atribuían tonterías;

don Custodio estaba verde: en ninguna junta en que se había encontrado había visto adversario semejante. Aquello era demasiado.

--¡Un mulato americano! exclamó refunfuñando.

--¡Indio inglés! observó en voz baja Ben Zayb.

--Americano, se lo digo á usted ¿si lo sabré yo? contestó de mal humor don Custodio; S. E. me lo ha contado;

es un joyero que él conoció en la Habana y que segun sospecho le ha proporcionado el destino prestándole dinero. Por eso, para pagarle le ha hecho venir á que haga de las suyas, aumente su fortuna vendiendo

brillantes

que

falsos, ¡quien sabe! Y es tan ingrato que despues de sacar los cuartos á los indios todavía quiere

¡Pf!

Y terminó la frase con un gesto muy significativo de la mano.

Ninguno se atrevía á hacer coro á aquellas diatribas; don Custodio podía indisponerse con S. E. si quería, pero

ni Ben Zayb, ni el P. Irene, ni el P. Salví, ni el ofendido P. Sibyla tenían confianza en la discrecion de los

demás.

--Es que ese señor, como es americano, se cree sinduda que estamos tratando con los Pieles Rojas

de esos asuntos en un vapor! ¡Obligar, forzar á la gente!

la campaña de Mindanaw que nos va á arruinar infamemente

construccion del crucero, y digo yo ¿qué entiende un joyero, por rico é ilustrado que fuese, de construcciones

navales?

Y es ése el que aconsejó la espedicion á Carolinas,

¡Hablar

Y es él quien se ha ofrecido á intervenir en la

Todo esto se lo decía en voz gutural don Custodio á su vecino Ben Zayb gesticulando, encogiéndose de hombros, consultando de tiempo en tiempo con la mirada á los demás que hacían movimientos ambiguos de cabeza. El canónigo Irene se permitía una sonrisa bastante equívoca que medio ocultaba con la mano al acariciar su nariz.

--Le digo á usted, Ben Zayb, continuaba don Custodio sacudiéndole al escritor del brazo; todo el mal aquí está

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en que no se consulta á las personas que tienen larga residencia. Un proyecto con grandes palabras y sobre todo con un gran presupuesto, con un presupuesto en cantidades redondas, alucina y se acepta en seguida ¡por esto!

Don Custodio frotaba la yema del dedo pulgar contra las del índice y del medio.

--Algo de eso hay, algo de eso, creyó deber contestar Ben Zayb que, en su calidad de periodista, tenía que estar enterado de todo.

--Mire usted, antes que las obras del Puerto, he presentado yo un proyecto, original, sencillo, útil, económico y factible para limpiar la barra de la Laguna ¡y no se ha aceptado porque no daba de esto!

Y repitió el mismo gesto de los dedos, se encojió de hombros, miró á todos como diciéndoles: ¿Ustedes han

visto semejante desgracia?

--Y ¿se puede saber en qué consistía?--Y

escuchar. Los proyectos de don Custodio eran famosos como los específicos de los curanderos.

--¡Hola!

exclamaron unos y otros acercándose y aprestándose á

Don Custodio estuvo á punto de no decirles en que consistía, resentido por no haber encontrado partidarios cuando sus diatribas contra Simoun. «Cuando no hay peligro quereis que hable, ¿eh? ¿y cuando lo hay os callais?» iba á decir, pero era perder una buena ocasion, y el proyecto, ya que no se podía realizar, al menos que se conozca y se admire.

Despues de dos ó tres bocanadas de humo, de toser y de escupir por una comisura, preguntó á Ben Zayb dándole una palmada sobre el muslo:

--¿Usted ha visto patos?

--Me parece

los hemos cazado en el lago, respondió Ben Zayb estrañado.

--No, no hablo de patos silvestres, hablo de los domésticos, de los que se crían en Pateros y en Pasig. Y ¿sabe usted de qué se alimentan?

Ben Zayb, la única cabeza pensante, no lo sabía: él no se dedicaba á aquella industria.

--¡De caracolitos, hombre, de caracolitos! contestó el P. Camorra; no se necesita ser indio para saberlo, ¡basta tener ojos!

--¡Justamente, de caracolitos! repetía don Custodio gesticulando con el dedo índice; y ¿usted sabe de dónde se

sacan?

La cabeza pensante tampoco lo sabía.

--Pues si tuviera usted mis años de pais, sabría que los pescan en la barra misma donde abundan mezclados con la arena.

--¿Y su proyecto?

--Pues á eso voy. Obligaba yo á todos los pueblos del contorno, cercanos á la barra, á criar patos y verá V.

como ellos, por sí solos, la profundizan pescando caracoles

Ni más ni menos, ni menos ni más.

Y don Custodio abría ambos brazos y contemplaba gozoso el estupor de sus oyentes: á ninguno se le había

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occurido tan peregrina idea.

--¿Me permite usted que escriba un artículo acerca de eso? preguntó Ben Zayb; en este país se piensa tan poco

--Pero, don Custodio, dijo doña Victorina haciendo dengues y monadas; si todos se dedican á criar patos van á abundar los huevos balot. ¡Uy, qué asco! ¡Que se ciegue antes la barra!

II

BAJO-CUBIERTA

Allá abajo pasaban otras escenas.

Sentados en bancos y en pequeños taburetes de madera, entre maletas, cajones, cestos y tampipis, á dos pasos de la máquina, al calor de las calderas, entre vaho humano y olor pestilente de aceite, se veía la inmensa mayoría de los pasageros.

Unos contemplan silenciosos los variados paisajes de la orilla, otros juegan á las cartas ó conversan en medio del estruendo de las palas, ruido de la máquina, silbidos de vapor que se escapa, mugidos de agua removida, pitadas de la bocina. En un rincon, hacinados como cadáveres, dormían ó trataban de dormir algunos chinos traficantes, mareados, pálidos, babeando por los entreabiertos labios, y bañados en el espeso sudor que se escapa de todos sus poros. Solamente algunos jóvenes, estudiantes en su mayor parte, fáciles de reconocer por

su traje blanquísimo y su porte aliñado, se atrevían á circular de popa á proa, saltando por encima de cestos y cajas, alegres con la perspectiva de las próximas vacaciones. Tan pronto discutían los movimientos de la máquina tratando de recordar nociones olvidadas de Física, como rondaban al rededor de la joven colegiala, de la buyera de labios rojos y collar de sampagas, susurrándoles al oido palabras que las hacían sonreir ó cubrirse la cara con el pintado abanico.

Dos, sin embargo, en vez de ocuparse en aquellas galanterías pasageras, discutían en la proa con un señor de edad, pero aun arrogante y bien derecho. Ambos debían ser muy conocidos y considerados á juzgar por ciertas deferencias que les mostraban los demás. En efecto, el de más edad, el que va vestido todo de negro era el estudiante de Medicina Basilio, conocido por sus buenas curas y maravillosos tratamientos. El otro, el más grande y más robusto con ser mucho más joven, era Isagani, uno de los poetas ó cuando menos versistas que salieron aquel año del Ateneo, caracter original, de ordinario poco comunicativo, y bastante taciturno. El señor que hablaba con ellos era el rico Capitan Basilio que venía de hacer compras en Manila.

--Capitan Tiago va muy regular, sí señor, decía el estudiante moviendo la cabeza; no se somete á ningun

tratamiento

deje fumar el opio con entera libertad.

Aconsejado por alguno me envía á S. Diego so pretesto de visitar la casa, pero es para que le

El estudiante cuando decía alguno, daba á entender el P. Irene, gran amigo y gran consejero de Capitan Tiago

en sus últimos días.

--El opio es una de las plagas de los tiempos modernos, repuso el Capitan con un desprecio é indignacion de senador romano; los antiguos lo conocieron, mas nunca abusaron de él. Mientras duró la aficion á los estudios clásicos (obsérvenlo bien, jóvenes) el opio solo fué medicina, y si no, díganme quiénes lo fuman más. ¡Los chinos, los chinos que no saben una palabra de latin! ¡Ah si Capitan Tiago se hubiese dedicado á Ciceron!

Y el disgusto más clásico se pintó en su cara de epicúreo bien afeitado. Isagani le contemplaba con atencion:

aquel señor padecía la nostalgia de la antigüedad.

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--Pero, volviendo á esa Academia de Castellano, continuó Capitan Basilio; les aseguro á ustedes que no la han de realizar

--Sí señor, de un día á otro esperamos el permiso, contesta Isagani; el P. Irene, que usted habrá visto arriba, y á quien regalamos una pareja de castaños, nos lo ha prometido. Va á verse con el General.

--¡No importa! ¡el P. Sibyla se opone!

--¡Que se oponga! Por eso viene para

en Los Baños, ante el General.

Y el estudiante Basilio hacía una mímica con sus dos puños haciéndolos chocar uno contra el otro.

--¡Entendido! observó riendo Capitan Basilio. Pero aunque ustedes consigan el permiso, ¿de dónde sacarán fondos ?

--Los tenemos, señor; cada estudiante contribuye con un real.

--Pero ¿y los profesores?

--Los tenemos; la mitad filipinos y la mitad peninsulares.

--Y ¿la casa?

--Makaraig, el rico Makaraig cede una de las suyas.

Capitan Basilio tuvo que darse por vencido: aquellos jóvenes tenían todo dispuesto.

--Por lo demás, dijo encogiéndose de hombros, no es mala del todo, no es mala la idea, y ya que no se puede poseer el latin, que al menos se posea el castellano. Ahí tiene usted, tocayo, una prueba de cómo vamos para atrás. En nuestro tiempo aprendíamos latin porque nuestros libros estaban en latin; ahora ustedes lo aprenden un poco pero no tienen libros en latin, en cambio sus libros estan en castellano y no se enseña este idioma:

¡ætas parentum pejor avis tulit nos nequiores! como decía Horacio.

Y dicho esto se alejó magestuosamente como un emperador romano. Los dos jóvenes se sonrieron.

--Esos hombres del pasado, observó Isagani, para todo encuentran dificultades; se les propone una cosa y en vez de ver las ventajas solo se fijan en los inconvenientes. Quieren que todo venga liso y redondo como una bola de billar.

--Con tu tío está á su gusto, observó Basilio; hablan de sus antiguos tiempos tío de Paulita?

Oye, á propósito ¿qué dice tu

Isagani se ruborizó.

--Me echó un sermon sobre la eleccion de esposa hermosa, bien educada, huérfana

Le contesté que en Manila no había otra como ella,

--Riquísima, elegante, graciosa, sin más defectos que una tía ridícula, añadió Basilio riendo.

Isagani se rió á su vez.

--A propósito de la tía, ¿sabes que me ha encargado busque á su marido?

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--¿Doña Victorina? ¿Y tú se lo habrás prometido para que te conserve la novia?

--¡Naturalmente! pero es el caso que el marido se esconde precisamente

Ambos se echaron á reir.

¡en casa de mi tío!

--Y hé aquí, continuó Isagani, el por qué mi tío que es un hombre muy concienzudo, no ha querido entrar en la cámara, temeroso de que doña Victorina le pregunte por don Tiburcio. ¡Figúrate! Doña Victorina, cuando supo que yo era pasagero de proa, me miró con cierto desprecio

En aquel instante bajaba Simoun y al ver á los dos jóvenes,

--¡Adios, don Basilio!, dijo saludando en tono protector, ¿se va de vacaciones? ¿El señor es paisano de usted?

Basilio presentó á Isagani y dijo que no eran compoblanos, pero que sus pueblos no distaban mucho. Isagani vivía á orillas del mar en la contra costa.

Simoun examinaba á Isagani con tanta atencion, que molestado éste se volvió y le miró cara á cara con un cierto aire provocador.

--Y ¿qué tal es la provincia? preguntó Simoun volviéndose á Basilio.

--¿Cómo, no la conoce usted?

--¿Cómo diablos la he de conocer si no he puesto jamás los piés en ella? Me han dicho que es muy pobre y no compra alhajas.

--No compramos alhajas porque no las nececitamos, contestó secamente Isagani, picado en su orgullo de provinciano.

Una sonrisa se dibujó en los pálidos labios de Simoun.

--No se ofenda usted joven, repuso, yo no tenía ninguna mala intencion pero como me habían asegurado que casi todos los curatos estaban en manos de clérigos indios, yo me dije: los frailes se mueren por un curato y los franciscanos se contentan con los más pobres, de modo que cuando unos y otros los ceden á los clérigos, es que allí no se conocerá jamás el perfil del rey. ¡Vaya señores, vénganse ustedes á tomar conmigo cerveza y brindaremos por la prosperidad de su provincia!

Los jóvenes dieron las gracias y se escusaron diciendo que no tomaban cerveza.

--Hacen ustedes mal, repuso Simoun visiblemente contrariado; la cerveza, es una cosa buena, y he oido decir esta mañana al P. Camorra que la falta de energía que se nota en este país se debe á la mucha agua que beben sus habitantes.

Isagani que casi era tan alto como el joyero, ¡se irguió!

--Pues dígale usted al P. Camorra, se apresuró á decir Basilio tocando con el codo disimuladamiente á Isagani, dígale usted que si él bebiese agua en vez de vino ó de cerveza, acaso ganásemos todos y no diese mucho que hablar

--Y dígale, añadió Isagani, sin hacer caso de los codazos de su amigo, que el agua es muy dulce y se deja beber, pero ahoga al vino y á la cerveza y mata al fuego; que calentada es vapor, que irritada es océano ¡y que

El Filibusterismo, by José Rizal

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una vez destruyó á la humanidad é hizo temblar al mundo en sus cimientos!

Simoun levantó la cabeza y aunque su mirada no se podía leer oculta por sus gafas azules, en el resto de su semblante se podía ver que estaba sorprendido.

--¡Bonita réplica! dijo; pero témome que se guasee y me pregunte cuándo se convertirá el agua en vapor y cuándo en océano. ¡El P. Camorra es algo incrédulo y muy zumbon!

--Cuando el fuego lo caliente, cuando los pequeños ríos que ahora se encuentran diseminados en sus abruptas cuencas, empujados por la fatalidad se reunan en el abismo que los hombres van cavando, contestó Isagani.

--No, señor Simoun, añadió Basilio tomando un tono de broma. Repítale usted más bien estos versos del mismo amigo Isagani:

Agua somos, decís, vosotros fuego; Como lo querais, ¡sea! ¡Vivamos en sosiego Y el incendio jamás luchar nos vea! Sino que unidos por la ciencia sabia De las calderas en el seno ardiente, Sin cóleras, sin rabia, ¡Formemos el vapor, quinto elemento, Progreso, vida, luz y movimiento!

--¡Utopía, utopía! contestó secamente Simoun; la máquina está por encontrarse cerveza.

Y sin despedirse dejó á los dos amigos.

en el entretanto tomo mi

--Pero ¿qué tienes tú hoy que estás batallador? preguntó Basilio.

--Nada, no lo sé, pero ese hombre me da horror, miedo casi.

--Te estaba tocando con el codo; ¿no sabes que á ese le llaman el cardenal Moreno?

--¿Cardenal Moreno?

--O Eminencia Negra, como quieras.

--¡No te entiendo!

--Richelieu tenía un consultor capuchino á quien llamaban Eminencia Gris; pues éste lo es del General

--¿De veras?

--Como que lo he oido de alguno

que siempre habla de él mal detrás, y le adula cuando le tiene delante.

--¿Visita tambien á Capitan Tiago?

--Desde el primer día de su llegada, y por cierto que un cierto le considera como rival creo que va á verse con el General para la cuestion de la enseñanza del castellano.

en la herencia

Y

En aquel momento un criado vino para decir á Isagani que su tío le llamaba.

En uno de los bancos de popa y confundido con los demás pasageros se sentaba un clérigo contemplando el paisaje que se desplegaba sucesivamente á su vista. Sus vecinos le hacían sitio, les hombres, cuando pasaban cerca, se descubrían y los jugadores no osaban poner su mesa cerca de donde él estaba. Aquel sacerdote hablaba poco, no fumaba ni adoptaba maneras arrogantes, no desdeñaba mezclarse con los demás hombres y

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devolvía el saludo con finura y gracia como si se sintiese muy honrado y muy reconocido. Era ya de bastante edad, los cabellos casi todos canos, pero su salud parecía aun robusta y, aunque sentado, tenía el tronco erguido y la cabeza recta, pero sin orgullo ni arrogancia. Diferenciábase del vulgo de clérigos indios, pocos por demás, que por aquella época servían como coadjutores ó administraban algunos curatos provisionalmente, en cierto aplomo y gravedad como quien tiene conciencia de la dignidad de su persona y de lo sagrado de su cargo. Un ligero examen de su exterior, si no ya sus cabellos blancos, manifestaba al instante que pertenecía á otra época, á otra generacion, cuando los mejores jóvenes no temían exponer su dignidad haciéndose sacerdotes, cuando los clérigos miraban de igual á igual á los frailes cualesquiera, y cuando la clase, aun no denigrada y envilecida, pedía hombres libres y no esclavos, inteligencias superiores y no voluntades sometidas. En su rostro triste y serio se leía la tranquilidad del alma fortalecida por el estudio y la meditacion y acaso puesta á prueba por íntimos sufrimientos morales. Aquel clérigo era el P. Florentino, el tío de Isagani y su historia se reduce á muy poco.

Hijo de una riquísima y bien relacionada familia de Manila, de gallardo continente y felices disposiciones para brillar en el mundo, jamás había sentido vocacion sacerdotal; pero, su madre, por ciertas promesas ó votos, le obligó á entrar en el seminario despues de no pocas luchas y violentas discusiones. Ella tenía grandes amistades con el arzobispo, era de una voluntad de hierro, é inexorable como toda mujer devota que cree interpretar la voluntad de Dios. En vano se opuso el joven Florentino, en vano suplicó, en vano se escusó con sus amores y provocó escándalos; sacerdote tenía que ser y á los veinticinco años sacerdote fué: el arzobispo le confirió las órdenes, la primera misa se celebró con mucha pompa, hubo tres días de festin y la madre murió contenta y satisfecha dejándole toda su fortuna.

Pero en aquella lucha recibió Florentino una herida de la que jamás se curó: semanas antes de su primera misa, la mujer que más había amado se casó con un cualquiera, de desesperacion; aquel golpe fué el más rudo que sintiera jamás; perdió su energía moral, la vida le fué pesada é insoportable. Si no la virtud y el respeto á su estado, aquel amor desgraciado le salvó de los abismos en que caen los curas regulares y seglares en Filipinas. Dedicóse á sus feligreses por deber, y por aficion, á las ciencias naturales.

Cuando acontecieron los sucesos del setenta y dos, temió el P. Florentino que su curato por los grandes beneficios que rendía llamase la atencion sobre él, y pacífico antes que todo solicitó su retiro, viviendo desde entonces como particular en los terrenos de su familia, situados á orillas del Pacífico. Allí adoptó á un sobrino, á Isagani, segun los maliciosos hijo suyo con su antigua novia cuando enviudó, hijo natural de una prima suya en Manila segun los más serios y enterados.

El Capitan del vapor había visto al clérigo é instádole á que entrára en la cámara y subiese sobre-cubierta. Para decidirle había añadido:

--Si usted no va, los frailes creerán que no quiere reunirse con ellos.

El P. Florentino no tuvo más remedio que aceptar y mandó llamar á su sobrino para enterarle de lo que sucedía y recomendarle no se acercase á la cámara mientras estuviese allí.

--Si te ve el Capitan, te va á invitar y abusaríamos de su bondad.

--¡Cosas de mi tío! pensaba Isagani; todo es para que no tenga motivos de hablar con doña Victorina.

III

LEYENDAS

Ich weiss nicht was soll es bedeuten Dass ich so traurig bin!

El Filibusterismo, by José Rizal

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Cuando el P. Florentino saludó á la pequeña sociedad ya no reinaba el mal humor de las pasadas discusiones. Quizás influyeran en los ánimos las alegres casas del pueblo de Pasig, las copitas de Jerez que habían tomado para prepararse ó acaso la perspectiva de un buen almuerzo; sea una cosa ú otra el caso es que reían y bromeaban incluso el franciscano flaco, aunque sin hacer mucho ruido: sus risas parecían muecas de moribundo.

--¡Malos tiempos, malos tiempos! decía riendo el P. Sibyla.

--¡Vamos, no diga usted eso, Vice-Rector! contestaba el canónigo Irene empujando la silla en que aquel se

sentaba; en Hong Kong hacen ustedes negocio redondo y construyen cada finca que

¡vaya!

--¡Tate, tate! contestaba; ustedes no ven nuestros gastos, y los inquilinos de nuestras haciendas empiezan á discutir

--¡Ea, basta de quejas, puñales, porque si no me pondré á llorar! gritó alegremente el P. Camorra. Nosotros no nos quejamos y no tenemos ni haciendas, ni bancos. ¡Y sepan que mis indios empiezan á regatear los derechos y me andan con tarifas! Miren que citarme á mí tarifas ahora, y nada menos que del arzobispo don Basilio Sancho, ¡puñales! como si de entonces acá no hubiesen subido los precios de los artículos. ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué un bautizo ha de ser menos que una gallina? Pero yo me hago el sueco, cobro lo que puedo y no me quejo nunca. Nosotros no somos codiciosos, ¿verdá usted, P. Salví?

En aquel momento apareció por la escotilla la cabeza de Simoun.

--Pero ¿dónde se ha metido usted? le gritó don Custodio que se había olvidado ya por completo del disgusto; ¡se perdió usted lo más bonito del viaje!

--¡Psh! contestó Simoun acabando de subir; he visto ya tantos ríos y tantos paisajes que solo me interesan los que recuerdan leyendas

--Pues leyendas, algunas tiene el Pasig, contestó el Capitan que no le gustaba que le despreciasen el río por donde navegaba y ganaba su vida; tiene usted la de Malapad-na-bató, roca sagrada antes de la llegada de los españoles como habitacion de los espíritus; despues, destruida la supersticion y profanada la roca, convirtiose en nido de tulisanes desde cuya cima apresaban facilmente á las pobres bankas que tenían á la vez que luchar contra la corriente y contra los hombres. Más tarde, en nuestros tiempos, apesar del hombre que ha puesto en ella la mano, menciona tal ó cual historia de banka volcada y si yo al doblarla no anduviese con mis seis sentidos, me estrellaría contra sus costados. Tiene usted otra leyenda, la de la cueva de doña Jerónima que el P. Florentino se lo podrá á usted contar

--¡Todo el mundo la sabe! observó el P. Sibyla desdeñoso.

Pero ni Simoun, ni Ben Zayb, ni el P. Irene, ni el P. Camorra la sabían y pidieron el cuento unos por guasa y otros por verdadera curiosidad. El clérigo, adoptando el mismo tono guason con que algunos se lo pedían, como un aya cuenta un cuento á los niños dijo:

--Pues érase un estudiante que había dado palabra de casamiento á una joven de su país, y de la que al parecer no se volvió á acordar. Ella, fiel, le estuvo esperando años y años; pasó su juventud, se hizo jamona y un día tuvo noticia de que su antiguo novio era arzobispo de Manila. Difrazóse de hombre, se vino por el Cabo y se presentó á su Ilustrísima reclamándole la promesa. Lo que pedía era imposible y el arzobispo mandó entonces construir la cueva que ustedes habrán visto tapiada y adornada á su entrada por encajes de enredaderas. Allí vivió y murió y allí fué enterrada y cuenta la tradicion que doña Jerónima era tan gruesa que para entrar tenía que perfilarse. Su fama de encantada le vino de su costumbre de arrojar al río la vajilla de plata de que se servía en los opíparos banquetes á que acudían muchos señores. Una red estaba tendida debajo del agua y

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recibía las piezas que así se lavaban. No hace aun veinte años el río pasaba casi besando la entrada misma de

la cueva, pero poco á poco se va retirando de ella como se va olvidando su memoria entre los indios.

--¡Bonita leyenda! dijo Ben Zayb, voy á escribir un artículo. ¡Es sentimental!

Doña Victorina pensaba habitar otra cueva é iba á decirlo cuando Simoun le quitó la palabra:

--Pero ¿qué opina usted de ello, P. Salví? preguntó al franciscano que estaba absorto en alguna meditacion; ¿no le parece á usted que su Ilustrísima, en vez de darle una cueva, debía haberla puesto en un beaterio, en santa Clara por ejemplo?

Movimiento de asombro en P. Sibyla quien vió al P. Salví estremecerse y mirar de reojo hácia Simoun.

--Porque no es nada galante, continuó Simoun con la mayor naturalidad, dar una peña por morada á la que burlamos en sus esperanzas; no es nada religioso esponerla así á las tentaciones, en una cueva, á orillas de un río; huele algo á ninfas y á driadas. Habría sido más galante, más piadoso, más romántico más en conformidad con los usos de este país encerrarla en santa Clara como una nueva Heloisa, para visitarla y confortarla de cuando en cuando. ¿Qué dice usted?

--Yo no puedo ni debo juzgar la conducta de los arzobispos, contestó el franciscano de mala gana.

--Pero usted que es el gobernador eclesiástico, el que está en lugar de nuestro arzobispo, ¿qué haría usted si tal caso le aconteciese?

El P. Salví se encogió de hombros, y añadió con calma:

--No vale la pena pensar en lo que no puede suceder

ustedes de la más bella por ser la más verdadera, la del milagro de S. Nicolas, las ruinas de cuyo templo habrán ustedes visto. Se la voy á contar al señor Simoun que no debe saberla. Parece que antes, el río como el lago, estaban infestados de caimanes, tan enormes y voraces que atacaban á las bankas y las hacían zozobrar de un coletazo. Cuentan nuestras crónicas que un día, un chino infiel que hasta entonces no había querido

convertirse, pasaba por delante de la iglesia, cuando de repente el demonio se le presentó en forma de caiman,

le volcó la banka para devorarle y llevarle al infierno. Inspirado por Dios, el chino invocó en el momento á S.

Nicolás y al instante el caiman se convirtió en piedra. Los antiguos refieren que en su tiempo se podía reconocer muy bien al monstruo en los trozos de roca que de él quedaron; por mí puedo asegurar que todavía distinguí claramente la cabeza y á juzgar por ella el monstruo debió haber sido enorme.

Pero puesto que se habla de leyendas, no se olviden

--¡Maravillosa, maravillosa leyenda! exclamó Ben Zayb, y se presta para un artículo. La descripcion del

monstruo, el terror del chino, las aguas del río, los cañaverales

comparadas. Porque mire usted, un chino infiel invocar en medio del mayor peligro precisamente á un santo

que solo debía conocer de oidas y en quien no creía

lo bueno por conocer. Yo si me encontrase en la China y me viese en semejante apuro, primero invocaba al

santo más desconocido del calendario que á Confucio ó á Budha. Si esto es superioridad manifiesta del

catoliscismo ó inconsistencia ilógica é inconsecuente de los cerebros de raza amarilla, el estudio profundo de

Y se presta para un estudio de religiones

Aquí no reza el refran de más vale lo malo conocido que

la

antropología lo podrá solamente dilucidar.

Y

Ben Zayb había adoptado el tono de un catedrático y con el índice trazaba círculos en el aire admirándose

de su imaginacion que sabía sacar de las cosas más insignificantes tantas alusiones y consecuencias. Y como

viera á Simoun preocupado y creyese que meditaba sobre lo que acababa de decir, le preguntó en qué estaba pensando.

--En dos cosas muy importantes, respondió Simoun, dos preguntas que puede usted añadir á su artículo.

El Filibusterismo, by José Rizal

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Primera ¿qué habrá sido del diablo al verse de repente encerrado dentro de una piedra? ¿se escapó? ¿se quedó allí? ¿quedóse aplastado? y segunda, ¿si los animales petrificados que he visto yo en varios museos de Europa no habrán sido víctimas de algun santo antidiluviano?

El tono con que hablaba el joyero era tan serio, y apoyaba su frente contra la punta del dedo índice como en señal de gran cavilacion, que el P. Camorra contestó muy serio:

--¡Quién sabe, quién sabe!

--Y pues que de leyendas se trata, y entramos ahora en el lago, repuso el P. Sibyla, el Capitan debe conocer muchas

En aquel momento el vapor entraba en la barra y el panorama que se estendía ante sus ojos era verdaderamente magnífico. Todos se sintieron impresionados. Delante se estendía el hermoso lago rodeado de verdes orillas y montañas azules como un espejo colosal con marco de esmeraldas y zafiros para mirarse en su luna el cielo. A la derecha se estendía la orilla baja, formando senos con graciosas curvas, y allá á lo lejos, medio borrado, el gancho del Sugay: delante y en el fondo se levanta el Makiling magestuoso, imponente, coronado de ligeras nubes: y á la izquierda la isla de Talim, el Susong-dalaga, con las mórbidas ondulaciones que le han valido su nombre.

Una brisa fresca rizaba dulcemente la estensa superficie.

--A propósito, Capitan, dijo Ben Zayb volviéndose; ¿sabe usted en qué parte del lago fué muerto un tal Guevara, Navarra, ó Ibarra?

Todos miraron al Capitan menos Simoun que volvió la cabeza á otra parte como para buscar algo en la orilla.

--¡Ay sí! dijo doña Victorina, ¿dónde, Capitan? ¿habrá dejado huellas en el agua?

El buen señor guiñó varias veces, prueba de que estaba muy contrariado, pero, viendo la súplica en los ojos de todos, se adelantó algunos pasos á proa y escudriñó la orilla.

--Miren ustedes allá, dijo en voz apenas perceptible despues de asegurarse de que no había personas estrañas;

segun el cabo que organizó la persecucion, Ibarra, al verse cercado, se arrojó de la banka allí cerca del Kinabutásan y, nadando y nadando entre dos aguas, atravesó toda esa distancia de más de dos millas, saludado por las balas cada vez que sacaba la cabeza para respirar. Más allá fué donde perdieron su traza y un poco más

lejos, cerca de la orilla, descubrieron algo como color de sangre por día, que esto ha sucedido.

Y ¡precisamente! hoy hace trece años, día

--¿De manera que su cadáver?

preguntó Ben Zayb.

--Se vino á reunir con el de su padre, contestó el P. Sibyla; ¿no era tambien otro filibustero, P. Salví?

--Esos sí que son entierros baratos, P. Camorra, ¿éh? dijo Ben Zayb.

--Siempre he dicho yo que son filibusteros los que no pagan entierros pomposos, contestó el aludido riendo con la mayor alegría.

--Pero ¿qué le pasa á usted, señor Simoun? preguntó Ben Zayb viendo al joyero, inmóvil y meditabundo. ¿Está usted mareado, ¡usted, viajero! y en una gota de agua como esta?

--Es que le diré á usted, contestó el Capitan que había concluido por profesar cariño á todos aquellos sitios; no

El Filibusterismo, by José Rizal

llame usted á esto gota de agua: es más grande que cualquier lago de Suiza y que todos los de España juntos; marinos viejos he visto yo que se marearon aquí.

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IV

CABESANG TALES

Los que han leido la primera parte de esta historia, se acordarán tal vez de un viejo leñador que vivía allá en el fondo de un bosque.

Tandang Selo vive todavía y aunque sus cabellos se han vuelto todos canos, conserva no obstante su buena salud. Ya no va á cazar ni á cortar árboles; como ha mejorado de fortuna solo se dedica á hacer escobas.

Su hijo Tales (abreviacion de Telesforo) primero había trabajado como aparcero en los terrenos de un capitalista, pero, más tarde, dueño ya de dos karabaos y de algunos centenares de pesos, quiso trabajar por su cuenta ayudado de su padre, su mujer y sus tres hijos.

Talaron pues y limpiaron unos espesos bosques que se encontraban en los confines del pueblo y que creían no pertenecían á nadie. Durante los trabajos de roturacion y saneamiento, toda la familia, uno tras otro, enfermó de calenturas, sucumbiendo de marasmo la madre y la hija mayor, la Lucía, en la flor de la edad. Aquello que era consecuencia natural del suelo removido, fecundo en organismos varios, lo atribuyeron á la venganza del espíritu del bosque, y se resignaron y prosiguieron sus trabajos creyéndole ya aplacado. Cuando iban á recoger los frutos de la primera cosecha, una corporacion religiosa que tenía terrenos en el pueblo vecino, reclamó la propiedad de aquellos campos, alegando que se encontraban dentro de sus linderos, y para probarlo trató de plantar en el mismo momento sus jalones. El administrador de los religiosos, sin embargo, le dejaba por humanidad el usufructo de los campos siempre que le pagase anualmente una pequeña cantidad, una bicoca veinte ó treinta pesos.

Tales, pacífico como el que más, enemigo de pleitos como muchos, y sumiso á los frailes como pocos, por no romper un palyok contra un kawalì como él decía, (para él los frailes eran vasijas de hierro, y él, de barro) tuvo la debilidad de ceder á semejante pretension, pensando en que no sabía el castellano y no tenía con que para pagar abogados. Por lo demás Tandang Selo le decía:

--¡Paciencia! más has de gastar en un año pleiteando que si pagas en diez lo que exigen los Padres blancos. ¡Hmh! Acaso te lo paguen ellos en misas. Haz como si esos treinta pesos los hubieses perdido en el juego, ó se hubiesen caido en el agua tragándolos el caiman.

La cosecha fué buena, se vendió bien, y Tales pensó en construirse una casa de tabla en el barrio de Sagpang del pueblo de Tianì, vecino de San Diego.

Pasó otro año, vino otra cosecha buena y por éste y aquel motivo, los frailes le subieron el cánon á cincuenta pesos que Tales pagó para no reñir y porque contaba vender bien su azúcar.

--¡Paciencia! Haz cuenta como si el caiman hubiese crecido, decía consolándole el viejo Selo.

Aquel año pudieron al fin realizar su ensueño: vivir en poblado, en su casa de tabla, en el barrio de Sagpang y el padre y el abuelo pensaron en dar alguna educacion á los dos hermanos, sobre todo á la niña, á Juliana ó Julî como la llamaban, que prometía ser agraciada y bonita. Un muchacho amigo de la casa, Basilio, estudiaba ya entonces en Manila y aquel joven era de tan humilde cuna como ellos.

Pero este sueño parecía destinado á no realizarse.

El Filibusterismo, by José Rizal

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El primer cuidado que tuvo la sociedad al ver á la familia prosperar poco á poco, fué nombrar cabeza de

barangay al miembro que en ella más trabajaba; Tanò, el hijo mayor solo contaba catorce años. Se llamó pues Cabesang Tales, tuvo que mandarse hacer chaqueta, comprarse un sombrero de fieltro y prepararse á hacer gastos. Para no reñir con el cura ni con el gobierno abonaba de su bolsillo las bajas del padron, pagaba por los idos y los muertos, perdía muchas horas en las cobranzas y en los viajes á la cabecera.

--¡Paciencia! Haz cuenta como si los parientes del caiman hubiesen acudido, decía Tandang Selo sonriendo plácidamente.

--¡El año que viene te vestirás de cola é irás á Manila para estudiar como las señoritas del pueblo! decía Cabesang Tales á su hija siempre que la oía hablar de los progresos de Basilio.

Pero el año que viene no venía y en su lugar había otro aumento de cánon; Cabesang Tales se ponía serio y se rascaba la cabeza. El puchero de barro cedía su arroz al caldero.

Cuando el cánon ascendió á doscientos pesos, Cabesang Tales no se contentó con rascarse la cabeza ni suspirar: protestó y murmuró. El fraile administrador díjole entonces que si no los podía pagar, otro se encargaría de beneficiar aquellos terrenos. Muchos que la codiciaban se ofrecían.

Cabesang Tales creyó que el fraile se chanceaba pero el fraile hablaba en serio y señalaba á uno de sus criados para tomar posesion del terreno. El pobre hombre palideció, sus oidos le zumbaron, una nube roja se interpuso delante de sus ojos ¡y en ella vió á su mujer y á su hija, pálidas, demacradas, agonizando, víctimas de fiebres intermitentes! Y luego veía el bosque espeso, convertido en campo, veía arroyos de sudor regando los surcos,

se veía allí, á sí mismo, pobre Tales, arando en medio del sol, destrozándose los piés contra las piedras y

raices, mientras aquel lego se paseaba en su coche y aquel que lo iba á heredar, seguía como un esclavo detrás de su señor. ¡Ah no! ¡mil veces no! que se hundan antes aquellos campos en las profundidades de la tierra y que se sepulten ellos todos. ¿Quién era aquel estrangero para tener derecho sobre sus tierras? ¿Había traido al venir de su país un puñado solo de aquel polvo? ¿se había doblado uno solo de sus dedos para arrancar una sola de las raices que los surcaban?

Exasperado ante las amenazas del fraile que pretendía hacer prevalecer su autoridad á toda costa delante de los otros inquilinos, Cabesang Tales se rebeló, se negó á pagar un solo cuarto y teniendo siempre delante la nube roja, dijo que solo cedería sus campos al que primero los regase con la sangre de sus venas.

El viejo Selo, al ver el rostro de su hijo, no se atrevió á mencionar su caiman pero intentó calmarle hablándole

de vasijas de barro y recordándole que en los pleitos el que gana se queda sin camisa.

--¡En polvo nos hemos de convertir, padre, y sin camisa hemos nacido! contestó.

Y se negó resueltamente á pagar ni á ceder un palmo siquiera de sus tierras, si antes no probaban los frailes la

legitimidad de sus pretensiones con la exhibicion de un documento cualquiera. Y como los frailes no lo tenían, hubo pleito, y Cabesang Tales lo aceptó creyendo que, si no todos, algunos al menos amaban la justicia y respetaban las leyes.

--Sirvo y he estado sirviendo muchos años al rey con mi dinero y mis fatigas, decía á los que le desalentaban; yo le pido ahora que me haga justicia y tiene que hacérmela.

Y arrastrado por una fatalidad y cual si jugase en el pleito todo su porvenir y el de sus hijos, fué gastando sus

economias en pagar abogados, escribanos y procuradores, sin contar con los oficiales y escribientes que explotaban su ignorancia y su situacion. Iba y venía á la cabecera, pasaba días sin comer y y noches sin dormir, y su conversacion era toda escritos, presentaciones, apelaciones, etc. Vióse entonces una lucha como jamás se ha visto bajo el cielo de Filipinas: la de un pobre indio, ignorante y sin amigos, fiado en su derecho y

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en la bondad de su causa, combatiendo contra una poderosísima corporacion ante la cual la justicia doblaba el cuello, los jueces dejaban caer la balanza y rendían la espada. Combatía tenazmente como la hormiga que

muerde sabiendo que va á ser aplastada, como la mosca que ve el espacio al través de un cristal. ¡Ah! la vasija de barro desafiando á los calderos y rompiéndose en mil pedazos tenía algo de imponente: tenía lo sublime de

la desesperacion. Los días que le dejaban libres los viajes, los empleaba en recorrer sus campos armado de una

escopeta, diciendo que los tulisanes merodeaban y necesitaba defenderse para no caer en sus manos y perder

el pleito. Y como si tratase de afinar su puntería, tiraba sobre las aves y las frutas, tiraba sobre las mariposas

con tanto tino que el lego administrador ya no se atrevió á ir á Sapgang sin acompañamiento de guardias civiles, y el paniaguado que divisó de lejos la imponente estatura de Cabesang Tales recorriendo sus campos como un centinela sobre las murallas, renunció lleno de miedo á arrebatarle su propiedad.

Pero los jueces de paz y los de la cabecera no se atrevían á darle la razon, temiendo la cesantía, escarmetados en la cabeza de uno que fué inmediatamente depuesto. Y no eran malos por cierto aquellos jueces, eran

hombres concienzudos, morales, buenos ciudadanos, excelentes padres de familia, buenos hijos

considerar la situacion del pobre Tales mejor de lo que el mismo Tales podía. Muchos de ellos conocían los fundamentos científicos é históricos de la propiedad, sabían que los frailes por sus estatutos no podían tener propiedades, pero tambien sabían que venir de muy lejos, atravesar los mares con un destino ganado á duras

penas, correr á desempeñarlo con la mejor intencion y perderlo porque á un indio se le antoje que la justicia se ha de hacer en la tierra como en el cielo, ¡vamos, que tambien es ocurrencia! Ellos tenían sus familias y con más necesidades seguramente que la familia de aquel indio: el uno tenía una madre que pensionar y ¿qué cosa hay más sagrada que alimentar á una madre? el otro tenía hermanas todas casaderas, el de más allá numerosos hijos pequeñitos que esperan el pan como pajaritos en el nido y se morirían de seguro el día en que su destino

le faltase; y el que menos, el que menos tenía allá lejos, muy lejos, una mujer que si no recibe la pension

mensual puede verse en apuros

moralidad creían hacer todo lo que podían aconsejando la transaccion, que Cabesang Tales pagase el cánon exigido. Pero Tales como todas las conciencias sencillas, una vez que veía lo justo, á ello iba derecho. Pedía pruebas, documentos, papeles, títulos, y los frailes no tenían ninguno y solo se fundaban en las complacencias pasadas.

y sabían

Y todos aquellos jueces, hombres de conciencia los más y de la más sana

Pero Cabesang Tales replicaba:

--Si yo todos los días doy limosna á un pobre por evitar que me moleste ¿quién me obligará á mí despues que

le

siga dando si abusa de mi bondad?

Y

de allí nadie le podía sacar y no había amenazas capaces de intimidarle. En vano el Gobernador M---- hizo

un viaje expresamente para hablarle y meterle miedo; él á todo respondía:

--Podeis hacer lo que querais, señor Gobernador, yo soy un ignorante y no tengo fuerzas. Pero he cultivado esos campos, mi mujer y mi hija han muerto ayudándome á limpiarlos y no los he de ceder sino á aquel que pueda hacer por ellos más de lo que he hecho yo. ¡Que los riegue primero con su sangre y que entierre en ellos á su esposa y á su hija!

Resultas de esta terquedad los honrados jueces daban la razon á los frailes y todos se le reían diciendo que con

la razon no se ganan los pleitos. Pero apelaba, cargaba su escopeta y recorría pausadamente los linderos. En

este intervalo su vida parecía un delirio. Su hijo Tanò, un mozo alto como su padre y bueno como su hermana, cayó quinto; él le dejó partir en vez de comprarle un sustituto.

--Tengo que pagar abogados, decía á su hija que lloraba; si gano el pleito ya sabré hacerle volver y si lo pierdo no tengo necesidad de hijos.

El hijo partió y nada más se supo sino que le raparon el pelo y que dormía debajo de una carreta. Seis meses

despues se dijo que le habían visto embarcado para las Carolinas; otros creyeron haberle visto con el uniforme

El Filibusterismo, by José Rizal

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de la Guardia civil.

--¡Guardia civil Tanò! ¡Susmariosep! exclamaban unos y otros juntando las manos; ¡Tanò tan bueno y tan honrado! ¡Requimiternam!

El abuelo estuvo muchos días sin dirigir la palabra al padre, Julî cayó enferma, pero Cabesang Tales no derramó una sola lágrima; durante dos días no salió de casa como si temiese las miradas de reproche de todo el barrio; temía que le llamasen verdugo de su hijo. Al tercer día, sin embargo, volvió á salir con su escopeta.

Atribuyéronle propósitos asesinos y hubo bienintencionado que susurró haberle oido amenazar con enterrar al lego en los surcos de sus campos; el fraile entonces le cobró verdadero miedo. A consecuencia de esto, bajó un decreto del Capitan General prohibiendo á todos el uso de las armas de fuego y mandándolas recoger. Cabesang Tales tuvo que entregar su escopeta, pero armado de un largo bolo prosiguió sus rondas.

--¿Qué vas á hacer con ese bolo si los tulisanes tienen armas de fuego? le decía el viejo Selo.

--Necesito vigilar mis sembrados, respondía; cada caña de azucar que allí crece es un hueso de mi esposa.

Le recogieron el bolo por encontrarlo demasiado largo. El entonces cogió la vieja hacha de su padre y con ella al hombro proseguía sus tétricos paseos.

Cada vez que salía de casa, Tandang Selo y Julî temblaban por su vida. Esta se levantaba de su telar, se iba á la ventana, oraba, hacía promesas á los santos, rezaba novenas. El abuelo no sabía á veces cómo terminar el aro de una escoba y hablaba de volver al bosque. La vida en aquella casa se hacía imposible.

Al fin sucedió lo que temían. Como los terrenos estaban muy lejos de poblado, Cabesang Tales apesar de su hacha cayó en manos de los tulisanes, que tenían revolvers y fusiles. Los tulisanes le dijeron que, pues que tenía dinero para dar á los jueces y á los abogados, debe tenerlo tambien para los abandonados y perseguidos. Por lo cual le exigieron quinientos pesos de rescate por medio de un campesino asegurando que si algo le pasaba al mensajero, el prisionero lo pagaría con su vida. Daban dos días de tregua.

La noticia sumió á la pobre familia en el mayor terror y más aun cuando se supo que la Guardia civil iba á salir en persecucion de los bandidos. Si llegaba á haber un encuentro, el primer sacrificado sería el prisionero, eso lo sabían todos. El viejo se quedó sin movimiento y la hija, pálida y aterrada, intentó varias veces hablar y no pudo. Pero un pensamiento más terrible, una idea más cruel les sacó de su estupor. El campesino enviado de los tulisanes dijo que probablemente la banda tendría que alejarse, y si tardan mucho en entregarle el rescate, pasarían los dos días y Cabesang Tales sería degollado.

Esto volvió locos á aquellos dos séres, ambos débiles, ambos impotentes. Tandang Selo se levantaba, se sentaba, bajaba las escaleras, subía, no sabía á dónde ir, á dónde acudir. Julî acudía á sus imágenes, contaba y recontaba el dinero, y los doscientos pesos no se aumentaban, no querían multiplicarse; de pronto se vestía, reunía todas sus alhajas, pedía consejos al abuelo, iría á ver al gobernadorcillo, al juez, al escribiente, al teniente de la Guardia civil. El viejo á todo decía sí, y cuando ella decía no, no decía tambien. Al fin vinieron algunas vecinas entre parientes y amigas, unas más pobres que otras, á cual más sencillas y aspaventeras. La más lista de todas era Hermana Balî, una gran panguinguera que había estado en Manila para hacer ejercicios en el beaterio de la Compañía.

Julî vendería todas sus alhajas menos un relicario de brillantes y esmeraldas que le había regalado Basilio. Aquel relicario tenía su historia: lo había dado una monja, la hija de Capitan Tiago, á un lazarino; Basilio, habiéndole asistido á éste en su enfermedad, lo recibió como un regalo. Ella no podía venderlo sin avisárselo antes.

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Se vendieron corriendo las peinetas, los aretes y el rosario de Julî á la vecina más rica, y se añadieron cincuenta pesos; faltaban aun doscientos cincuenta. Se empeñaría el relicario, pero Julî sacudió la cabeza. Una vecina propuso vender la casa y Tandang Selo aprobó la idea muy contento con volver al bosque á cortar otra vez leña como en los antiguos tiempos, pero Hma. Balî observó que aquello no podía ser por no estar el dueño presente.

--La mujer del juez me vendió una vez su tapis por un peso, y el marido dijo que aquella venta no servía porque no tenía su consentimiento. ¡Abá! me sacó el tapis y ella no me ha devuelto el peso hasta ahora, pero yo no la pago en el panguingui, cuando gana, ¡abá! Así le he podido cobrar doce cuartos, y por ella solamente voy á jugar. Yo no puedo sufrir que no me paguen una deuda, ¡abá!

Una vecina iba á preguntarle á Hma. Balî por qué entonces no le pagaba un piquillo, pero la lista panguinguera lo olió, y añadió inmediatamente:

--¿Sabes, Julî, lo que se puede hacer? pedir prestado doscientos cincuenta pesos sobre la casa, pagaderos cuando el pleito se gane.

Esta fué la mejor opinion y decidieron ponerla en práctica aquel mismo día. Hma. Balî se prestó á acompañarla y ambas recorrieron las casas de los ricos de Tianì, pero nadie aceptaba la condicion; el pleito decían estaba perdido y favorecer á un enemigo de frailes era esponerse á sus venganzas. Al fin una vieja devota se compadeció de su suerte prestó la cantidad á condicion de que Julî se quedase con ella á servir hasta tanto que no se pagase la deuda. Por lo demás Julî no tenía mucho que hacer; coser, rezar, acompañarla á misa, y ayunar de cuando en cuando por ella. La joven aceptó con lágrimas en los ojos, recibió el dinero prometiendo entrar al día siguiente, día de la Pascua, á su servicio.

Cuando el abuelo supo aquella especie de venta púsose á llorar como un chiquillo. ¿Cómo? aquella nieta suya que él no dejaba ir al sol para que su cutis no se quemase, Julî la de los dedos finos y talones de color de rosa, ¿cómo? aquella joven, la más hermosa del barrio y quizás del pueblo, delante de cuyas ventanas muchos vanamente han pasado la noche tocando y cantando, ¿cómo? su única nieta, su única hija, la única alegría de sus cansados ojos, aquella que él soñaba vestida de cola, hablando el español y dándose aire con un abanico pintado como las hijas de los ricos, ¿aquella entrar á servir de criada para que la riñan y la reprendan, para echar á perder sus dedos, para que duerma en cualquiera parte y se levante de cualquiera manera?

Y el abuelo lloraba, hablaba de ahorcarse y dejarse morir de hambre.

--Si tú te vas, decía, vuelvo al bosque y no pongo los piés en el pueblo.

Julî le calmaba diciendo que era menester que su padre volviese, que ganarían el pleito y pronto la podrían rescatar de la servidumbre.

La noche fué triste: ninguno de los dos pudo probar un bocado y el viejo se obstinó en no acostarse pasando

toda la noche sentado en un rincon, silencioso, sin decir una palabra, sin moverse siquiera. Julî por su parte quiso dormir, pero por mucho tiempo no pudo pegar los ojos. Algo más tranquila ya sobre la suerte su padre, ella pensaba en sí misma y lloraba y lloraba ahogando sus sollozos para que el viejo no los oyese. Al día

siguiente sería una criada, y era precisamente cuando Basilio tenía llegar de Manila á traerla regalitos

adelante tenía que renunciar á aquel amor; Basilio que pronto será médico no debe casarse con una pobre ella le veía en su imaginacion dirigirse á la iglesia en compañía de la más hermosa y rica muchacha del pueblo, bien vestidos, felices y sonriendo ambos, y mientras que ella, Julî, seguía detrás de su ama, llevando novenas, buyos y la escupidera. Y aquí la joven sentía un inmenso nudo en la garganta, una presion en el

corazon y pedía á la Virgen la dejase antes morir.

En

Y

--Pero, al menos, decía su conciencia, él sabrá que he preferido empeñarme á empeñar el relicario que él me

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ha regalado.

Este pensamiento la consolaba en algo y se hacía vanas ilusiones. ¿Quién sabe? puede suceder un milagro:

encontrarse ella doscientos cincuenta pesos debajo de la imágen de la Virgen; había leido tantos milagros parecidos. El sol podía no salir y no venir el mañana y ganarse entretanto el pleito. Podía volver su padre,

Basilio presentarse; ella encontraría un talego de oro en la huerta, los tulisanes le enviarían el talego, el cura,

el P. Camorra que siempre la embromaba, podía venir con los tulisanes

confusas y más desordenadas hasta que por fin rendida por la fatiga y el dolor se durmió soñando en su infancia en el fondo del bosque: ella se bañaba en el torrente en compañía de sus dos hermanos, había pececillos de todos colores que se dejaban coger como bobos y ella se impacientaba porque no encontraba gusto en coger unos pececillos tan tontos: Basilio estaba debajo del agua, pero Basilio sin saber ella el porqué, tenía la cara de su hermano Tanò. Su nueva ama les observaba desde la arilla.

sus ideas fueron cada vez más

V

LA NOCHEBUENA DE UN COCHERO

Basilio llegó á San Diego en el momento en que la procesion de la Nochebuena recorría las calles. Se había retrasado en su camino perdiendo muchas horas porque el cochero que había olvidado su cédula, fué detenido por la Guardia Civil, sacudido con algunos culatazos y llevado despues al cuartel delante del comandante.

Ahora la carromata se detenía otra vez para dejar pasar la procesion, y el cochero apaleado se descubría reverentemente y rezaba un padrenuestro ante la primera imágen en andas que venía y que parecía ser un gran santo. Representaba un anciano de larguísima barba, sentado al borde de una fosa, debajo de un arbol lleno de toda clase de pájaros disecados. Un kalán con una olla, un almirez y un kalíkut para triturar el buyo eran sus únicos muebles como para indicar que el viejo vivía al borde mismo del sepulcro y allí cocinaba. Aquel era Matusalem en la iconografía religiosa de Filipinas: su colega y quizás contemporáneo se llama en Europa Noël y era más risueño y más alegre.

--En tiempo de los santos, pensaba el cochero, de seguro que no había Guardias civiles, porque con los culatazos no se puede vivir mucho.

Despues del gran anciano, venían los tres Reyes Magos en caballitos que se encabritaban, particularmente el del rey negro Melchor que parecía iba á atropellar á los de sus compañeros.

--No, no debía haber guardias civiles, concluía el cochero envidiando en su interior tan felices tiempos; porque si no ese negro que se permite tales juegos al lado de esos dos españoles (Gaspar y Baltasar) ya habría ido á la carcel.

Y

como observase que el negro llevaba corona y era rey como los otros dos españoles, pensó naturalmente en

el

rey de los indios y suspiró.

--¿Sabeis, señor, preguntó respetuosamente á Basilio, si el pié derecho está suelto ya?

Basilio se hizo repetir la pregunta:

--¿Pié derecho de quién?

--¡Del rey! contestó el cochero en voz baja, con mucho misterio.

--¿Qué rey?

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--Nuestro rey, el rey de los indios

Basilio se sonrió y se encogió de hombros.

El cochero volvió á suspirar. Los indios de los campos conservan una leyenda de que su rey, aprisionado y

encadenado en la cueva de San Mateo, vendrá un día á libertarles de la opresion. Cada cien años rompe una de sus cadenas, y y ya tiene las manos y el pié izquierdo libres; solo le queda el derecho. Este rey causa los terremotos y temblores cuando forcejea ó se agita, es tan fuerte que, para darle la mano, se le alarga un hueso, que á su contacto se pulveriza. Sin poderse explicar el por qué, los indios le llaman el rey Bernardo, acaso por confundirle con Bernardo del Carpio.

--Cuando se suelte del pié derecho, murmuró el cochero ahogando un suspiro, le daré mis caballos, me pondré

á su servicio y me dejaré matar

El nos librará de los civiles.

Y con mirada melancólica seguía á los tres reyes que se alejaban.

Los muchachos venían despues en dos filas, tristes, serios como obligados por la fuerza. Alumbraban unos

con huepes, otros con cirios y otros con faroles de papel en astas de caña, rezando á voz en grito el rosario como si riñesen con alguien. Despues venía S. José en modestas andas, con su fisonomía resignada y triste y

su baston con flores de azucenas, en medio de dos guardias civiles como si le llevasen preso: ahora

comprendía el cochero la espresion de la fisonomía del santo. Y sea porque la vista de los guardias le turbase ó no tuviera en gran respeto al santo que iba en semejante compañía, no rezó ni siquiera un requiem æternam. Detras de S. José venían las niñas alumbrando, cubiertas la cabeza con el pañuelo anudado debajo del menton, rezando igualmente el rosario aunque con menos ira que los muchachos. En medio se veían algunos arrastrando conejitos de papel de Japon, iluminados con una candelita roja, levantada la colita hecha de papel recortado. Los chicos acudían á la procesion con aquellos juguetes para alegrar el nacimiento del Mesías. Y los animalitos, gordos y redondos como un huevo, parecían tan contentos que á lo mejor daban un brinco, perdían el equilibrio, se caían y se quemaban; el dueño acudía á apagar tanto ardor, soplaba, soplaba, estinguía las llamas á fuerza de golpes y viéndolo destrozado se ponía á lo mejor á llorar. El cochero observaba con cierta tristeza que la raza de los animalitos de papel desaparecía cada año como si tambien les atacase la peste como á los animales vivos. El, Sinong el apaleado, se acordaba de sus dos magníficos caballos que para preservarlos del contagio había hecho bendecir segun los consejos del cura gastándose diez pesos:--ni el gobierno ni los curas habían encontrado mejor remedio contra la epizootia--y con todo se le murieron. Sin embargo se consolaba porque, desde las rociadas de agua bendita, los latines del Padre y las ceremonias, los caballos echaron unos humos, se dieron tal importancia que no se dejaban enganchar y él, como buen cristiano, no se atrevía á castigarlos por haberle dicho un Hermano tercero que estaban benditados.

Cerraba la procesion la Virgen, vestida de Divina Pastora con un sombrero de frondeuse de anchas alas y largas plumas, para indicar el viaje á Jerusalem. Y á fin de que se explicase el nacimiento, el cura había mandado que abultasen algo más el talle y le pusiesen trapos y algodon debajo de las faldas, de modo que nadie pudiera poner en duda el estado en que se encontraba. Era una bellísima imágen, triste igualmente de espresion como todas las imágenes que hacen los filipinos, con un aire algo avergonzado, de como la había puesto el P. Cura tal vez. Delante venían algunos cantores, detrás algunos músicos y los correspondientes guardias civiles. El cura, como era de esperar despues de lo que había hecho, no venía: aquel año estaba muy disgustado por haber tenido que servirse de toda su diplomacia y gramática parda á fin de convencer á los vecinos á que pagasen treinta pesos cada misa de aguinaldo en vez de los veinte que solía costar.

--Os estais volviendo filibusteros, había dicho.

Muy preocupado debía de estar el cochero con las cosas que había visto en la procesion porque cuando ésta acabó de pasar y Basilio le mandó prosiguiera su camino, no se apercibió de que el farol de la carromata se había apagado. Basilio por su parte tampoco lo notó, ocupado en mirar hácia las casas, iluminadas por dentro

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y por fuera con farolillos de papel de formas caprichosas y colores varios, por estrellas rodeadas de un aro con largas colas, que agitadas por el aire producían dulce murmullo, y peces de cola y cabeza movibles con su vaso de aceite por dentro, suspendidos de los aleros de las ventanas con un aire tan deliciosamente de fiesta alegre y familiar. Basilio observaba tambien que las iluminaciones decaían, que las estrellas se eclipsaban y

aquel año tenían menos perendengues y colgajos que el anterior, y éste menos que el otro aun

música en las calles, los alegres ruidos de la cocina no se dejaban oir en todas las casas y el joven lo atribuyó á que hacía tiempo todo iba mal, el azúcar no se vendía bien, la cosecha del arroz se había perdido, se había muerto más de la mitad de los animales y las contribuciones subían y aumentaban sin saberse cómo ni por qué, mientras que menudeaban los atropellos de la Guardia Civil que mataba las alegrías en los pueblos.

Apenas había

En esto precisamente estaba pensando cuando un ¡alto! energico resonó en el aire. Pasaban delante del cuartel

y uno de los guardias había visto el farol apagado de la carromata y aquello no podía seguir así. Empezó á llover una granizada de insultos sobre el pobre cochero que en vano se escusaba con la duracion de las procesiones, y como iba á ser detenido por contravencion á bandos y puesto despues en los periódicos, el pacífico y prudente Basilio bajó de la carromata y continuó su camino cargando con su maleta.

Aquel era San Diego, su pueblo, donde no tenía un solo pariente

La única casa que le pareció alegre era la de Capitan Basilio. Pollos y gallinas piaban cantos de muerte con acompañamiento de golpes secos y menuditos como de quien pica carne sobre un tajo, y del chirrido de la manteca que hierve en la sarten. En casa había festin y llegaba hasta la calle tal cual ráfaga de aire impregnada de vapores suculentos, tufillo de guisados y confituras.

En el entresuelo, Basilio vió á Sinang, tan bajita como cuando la conocieron nuestros lectores aunque algo más gruesa y más redonda desde que se ha casado. Y con gran sorpresa suya divisó allá en el fondo, charlando con Cpn. Basilio, el cura y el alférez de la Guardia civil, nada menos que al joyero Simoun siempre con sus anteojos azules y su aire desembarazado.

--Entendido, señor Simoun, decía Cpn. Basilio; iremos á Tianì á ver sus alhajas.

--Yo tambien iría, decía el alférez, porque necesito una cadena de reloj, pero tengo tantas ocupaciones Capitan Basilio quisiera encargarse

Si

Capitan Basilio se encargaba con mucho gusto y como quería tener propicio al militar para que no le moleste en las personas de sus trabajadores, no quería aceptar la cantidad que el alférez se esforzaba en sacar de su bolsillo.

--¡Es mi regalo de Pascuas!

--¡No lo permito, Capitan, no lo permito!

--¡Bueno, bueno! ¡Ya arreglaremos cuentas despues! decía Capitan Basilio con un gesto elegante.

Tambien el cura quería un par de pendientes de señora y encargaba al Capitan se los comprase.

--Los quiero de mabuti. ¡Ya arreglaremos cuentas!

--No tenga usted cuidado, Padre Cura, decía el buen hombre que tambien quería estar en paz con la iglesia.

Un informe malo del cura podía causarle mucho perjuicio y hacerle gastar el doble: aquellos pendientes eran regalos forzados. Simoun entretanto ponderaba sus alhajas.

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--¡Este hombre es atroz! pensó el estudiante; en todas partes hace negocios

compra de ciertos señores en la mitad de su precio las alhajas que él mismo ha vendido para que sean

regalados

Y si hemos de creer á alguno,

¡Todos hacen negocio en este país menos nosotros!

Y se dirigió á su casa ó sea á la de Cpn. Tiago, habitada por un hombre de confianza. Este que le tenía mucho

respeto desde el día en que le vió hacer operaciones quirúrgicas con la misma tranquilidad como si se tratase

de gallinas, le esperaba para darle noticias. Dos de los trabajadores estaban presos, uno iba á ser deportado

se habían muerto varios karabaws.

--¡Lo de siempre, cosas viejas! replicaba mal humorado Basilio; ¡siempre me recibís con las mismas quejas!

El joven, sin ser tirano, como á menudo era reñido por Cpn. Tiago, le gustaba á su vez reñir á los que estaban

bajo su direccion. El viejo buscó una noticia nueva.

--¡Se nos ha muerto un aparcero, el viejo que cuida del bosque y el cura no le ha querido enterrar como pobre, alegando que el amo es rico!

--¿Y de qué ha muerto?

--¡De vejez!

--¡Vaya, morirse de vejez! ¡Si al menos hubiese sido de alguna enfermedad!

Basilio en su afan de hacer autopsias quería enfermedades.

--¿No teneis nada nuevo que contarme? Me quitais las ganas de comer contándome las mismas cosas. ¿Sabeís algo de Sagpang?

El viejo contó entonces el secuestro de Cabesang Tales. Basilio se quedó pensativo y no dijo nada. Se le había

ido por completo el apetito.

VI

BASILIO

Cuando las campanas empezaban á repicar para la misa de la media noche y los que preferían un buen sueño á todas las fiestas y ceremonias se despertaban refunfuñando contra el ruido y la animacion, Basilio bajó cautelosamente de la casa, dió dos ó tres vueltas por algunas calles y, convencido de que nadie le seguía ni le observaba, tomó por senderos poco frecuentados el camino que conducía al antiguo bosque de los Ibarras, adquirido por Cpn. Tiago cuando, confiscados los bienes de estos, se vendieron.

Como aquel año la Navidad correspondía á luna menguante, reinaba allí oscuridad completa. El repique había cesado y solo los tañidos resonaban en medio del silencio de la noche, al través del murmullo de las ramas agitadas por la brisa y el acompasado clamor de las ondas del vecino lago, como poderosa respiracion de la naturaleza sumida en grandioso sueño.

Impresionado por el lugar y el momento caminaba cabizbajo el joven como si tratase de ver en la oscuridad. De cuando en cuando levantaba la cabeza para buscar las estrellas al través de los claros que dejaban entre sí

las copas de los árboles, y proseguía su camino apartando los arbustos y rasgando las lianas que le entorpecían

la marcha. A veces desandaba lo andado, su pié se enredaba en una mata, tropezaba contra una raiz saliente,

un tronco caido. Al cabo de una media hora llegó á un pequeño arroyo en cuya opuesta orilla se levantaba una especie de colina, masa negra é informe que adquiría en la oscuridad proporciones de montaña. Basilio pasó el

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arroyo saltando sobre piedras que se destacaban negras sobre el fondo brillante del agua, subió la colina y se encaminó á un pequeño recinto encerrado por viejos y medio desmoronados muros. Dirigióse al arbol de balití que se levantaba en el centro, enorme, misterioso, venerable, formado de raices que subían y bajaban como otros tantos troncos entrelazados confusamente.

Detúvose ante un monton de piedras, se descubrió y pareció orar. Allí estaba sepultada su madre, y su primera visita cada vez que iba al pueblo era para aquella tumba ignorada, desconocida. Teniendo que visitar á la familia de Cabesang Tales al día siguiente, aprovechaba la noche para cumplir con aquel deber.

Sentóse sobre una piedra y pareció reflexionar. Se le presentaba su pasado como una larga cinta negra, rosada en su comienzo, sombría despues, con manchas de sangre, despues negra, negra, gris y clara, más clara cada vez. La estremidad no la podía ver, oculta por una nube que dejaba trasparentar luces y auroras

Hacía trece años día por día, hora por hora casi que se había muerto allí su madre en medio de la mayor miseria, en una espléndida noche en que la luna brillaba y los cristianos en todo el mundo se entregaban al regocijo. Herido y cojeando había llegado allí siguiéndola; ella, loca y llena de terror, huía de su hijo como una sombra. Allí murió; vino un desconocido que le mandó formase una pira, él obedeció maquinalmente y cuando volvió, se encontró con otro desconocido junto al cadaver del primero. ¡Qué mañana y qué noche fueron aquellas! El desconocido le ayudó á levantar la pira donde quemaron el cadaver del hombre, cavó la fosa en que enterraron á su madre y despues de darle algunas monedas le mandó abandonase el lugar. Era la primera vez que veía á aquel hombre: alto, los ojos rojos, los labios pálidos, la nariz afilada

Huérfano por completo, sin padres ni hermanos, abandonó el pueblo cuyas autoridades tanto miedo le infundían y se fué á Manila para servir en casa de algun rico y estudiar á la vez como hacen muchos. Su viaje fué una odisea de insomnios y sobresaltos en los que el hambre entraba por poca cosa. Alimentábase de frutas en los bosques donde se solía internar cuando de lejos descubría el uniforme de la Guardia Civil, uniforme que le recordaba el orígen de todas sus desdichas. Una vez en Manila, andrajoso y enfermo, fué de puerta en puerta ofreciendo sus servicios. ¡Un muchachito provinciano que no sabía una palabra de español y por encima enfermizo! ¡Desalentado, hambriento y triste recorría las calles llamando la atencion su miserable traje! ¡Cuántas veces no estuvo tentado de arrojarse á los piés de los caballos que pasaban como relámpagos, arrastrando coches relucientes de plata y barniz, para acabar de una vez con sus miserias! Por fortuna vió á Cpn. Tiago pasar acompañado de la tía Isabel; él los conocía desde San Diego y en su alegría creyó haber visto en ellos casi á unos compoblanos. Siguió al coche, lo perdió de vista, preguntó por su casa y como era precisamente el día en que María Clara acababa de entrar en el convento y Cpn. Tiago estaba muy abatido, fué admitido en calidad de criado, sin sueldo por supuesto, permitiéndole en cambio estudiar, cuando quisiera, en S. Juan de Letran.

Sucio, mal vestido y por todo calzado un par de zuecos, al cabo de algunos meses de estar en Manila, ingresó en el primer año de latin. Sus compañeros, al ver su traje, procuraban alejarse, y su catedrático, un guapo dominico, nunca le dirigió una pregunta y, cada vez que le veía, fruncía las cejas. Las únicas palabras que en

los ocho meses de clase se cruzaron entre ambos, eran el nombre propio leido en la lista y el adsum diario con que el alumno contestaba. ¡Con qué amargura salía cada vez de la clase y, adivinando el móvil de la conducta que con el se seguía, qué lágrimas no se asomaban á sus ojos y cuántas quejas estallaban y morían dentro de

su corazon! ¡Cómo había llorado y sollozado sobre la tumba de su madre contándole sus ocultos dolores,

humillaciones y agravios, cuando al acercarse la Navidad, Cpn. Tiago le había llevado consigo á San Diego!

Y sin embargo se aprendía de memoria la leccion sin dejar una coma, ¡aunque sin comprender mucho de ella!

Mas al fin llegó á resignarse viendo que entre los trescientos ó cuatrocientos de su clase solo unos cuarenta merecían le honra de ser preguntados porque llamaron la atencion del catedrático ya sea por el tipo, por alguna truhanería, por simpatía ú otra causa cualquiera. Muchos por lo demás se felicitaban porque así se

evitaban el trabajo de discurrir y comprender.

--Se va á los colegios, no para saber ni estudiar, sino para ganar el curso y si se puede saber el libro de

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memoria ¿qué más se les podía exigir? se ganaba el año.

Basilio pasó los exámenes respondiendo á la única pregunta que le dirigieron, como una máquina, sin pararse ni respirar, y gano con gran risa de los examinadores la nota de aprobado. Sus nueve compañeros--se examinaban de diez en diez para ser más pronto despachados,--no tuvieron la misma suerte y fueron condenados á repetir el año de embrutecimiento.

Al segundo, habiendo ganado una enorme suma el gallo que cuidaba, recibió buena propina de Cpn. Tiago y la invirtió inmediatamente en la compra de unos zapatos y de un sombrero de fieltro. Con esto y con las ropas que le daba su amo y que él arreglaba á su talla, su aspecto fué haciéndose más decente, más no pasó de allí. En una clase tan numerosa se necesita de mucho para llamar la atencion del profesor, y el alumno que desde el primer año no se haga notar por una cualidad saliente ó no se capte las simpatías de los profesores, dificilmente se hará conocer en el resto de sus días de estudiante. Sin embargo continuó, pues la constancia era su principal caracter.

Su suerte pareció cambiarse un poco cuando pasó al tercer año. Tocóle por profesor un dominico muy campechano, amigo de bromas y de hacer reir á los alumnos, bastante comodon porque casi siempre hacía explicar la leccion á sus favoritos: verdad es tambien que se contentaba con cualquier cosa. Basilio por esta época ya gastaba botinas y camisas casi siempre limpias y bien planchadas. Como su profesor le observase que se reía poco de los chistes y viese en sus ojos, tristes y grandes, algo como una eterna pregunta, teníale por imbécil y un día quiso ponerle en evidencia preguntándole la leccion. Basilio la recitó de cabo á rabo, sin tropezar en una f; motejóle el profesor de papagayo, contó un cuento que hizo reir de buena gana á toda la clase, y para aumentar más la hilaridad y justificar legitimidad del apodo, hizóle algunas preguntas guiñando á sus favoritos como diciéndoles:

--«Vais á ver como nos vamos á divertir.»

Basilio entonces ya sabía el castellano, y supo contestar con el intento manifiesto de no hacer reir á nadie. Aquello disgustó á todos, el disparate que se esperaba no vino, nadie pudo reir y el buen fraile jamás le perdonó el haber defraudado las esperanzas de toda la clase y desmentido sus profecías. Pero ¿quién se iba á esperar que algo discreto pudiese salir de una cabeza tan mal peinada en que terminaba un indio tan mal calzado, clasificado hace poco entre las aves trepadoras? Y así como en otros centros de enseñanza donde hay verdaderos deseos de que los muchachos aprendan, tales descubrimientos suelen alegrar á los profesores, así tambien en un colegio dirigido por hombres convencidos en su mayor parte de que el saber es un mal, al menos para los alumnos, el caso de Basilio tuvo mal efecto y nunca más se le preguntó en todo el resto del año. ¿Para qué si no hacía reir á nadie?

Bastante desanimado y con ganas de dejar los estudios pasó al cuarto año de latin. ¿Para qué aprender, por qué no dormir como los otros y confiarlo todo al azar?

Uno de los dos profesores era muy popular, querido de todos; pasaba por sabio, gran poeta y tener ideas muy avanzadas. Un día que acompañaba á los colegiales á paseo, tuvo un pique con algunos cadetes, del que resultó primero una escaramuza y despues un reto. El profesor que se acordaría tal vez de su brillante juventud, levantó una cruzada y prometió buenas notas á todos los que en el paseo del domingo siguiente tomasen parte en la batalla. Animada fué la semana: hubo encuentros parciales en que se cruzaron el baston y el sable y en uno de ellos se distinguió Basilio.

Llevado en triunfo por los estudiantes y presentado al profesor, fué desde entonces conocido, llegando á ser su favorito. Parte por esto y parte por su aplicacion, aquel año se llevó sobresalientes con medallas inclusive. En vista de esto, Cpn. Tiago que, desde que su hija se hizo monja, manifestaba cierta aversion á los frailes, en un momento de buen humor indújole á que se trasladase al Ateneo Municipal cuya fama estaba entonces en todo su auge.

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Un mundo nuevo se abrió á sus ojos, un sistema de enseñanza que él no se sospechaba en aquel colegio. Aparte de nimiedades y ciertas cosas pueriles, le llenaba de admiracion el método allí seguido y de gratitud el afan de los profesores. Sus ojos se llenaban á veces de lágrimas pensando en los cuatro años anteriores en que por falta de medios no había podido estudiar en aquel centro. Tuvo que hacer esfuerzos inauditos para ponerse al nivel de los que habían principiado bien y pudo decirse que en aquel solo año aprendió los cinco de la segunda enseñanza. Hizo el bachillerato con gran contento de sus profesores que en los exámenes se mostraron orgullosos de él ante los jueces dominicos, allí enviados para inspeccionarles. Uno de estos, como para apagar un poco tanto entusiasmo, preguntó al examinando dónde había cursado los primeros años de latin.

--En San Juan de Letran, Padre, contestó Basilio.

--¡Ya! en latin no está mal, observó entonces medio sonriendo el dominico.

Por aficion y por caracter escogió la Medicina; Cpn. Tiago prefería el Derecho para tener un abogado de balde, pero no basta saber y conocer á fondo las leyes para tener clientela en Filipinas; es menester ganar los pleitos y para esto se necesitan amistades, influencia en ciertas esferas, mucha gramática parda. Cpn. Tiago se plegó al fin acordándose de que los estudiantes de Medicina andaban con los cadáveres á vueltas; hacía tiempo que buscaba un veneno en que templar la navaja de sus gallos y el mejor que sabía era la sangre de un chino, muerto de enfermedad sifilítica.

Con igual aprovechamiento, mayor si cabe, cursó el joven los años de la facultad y ya desde el tercero empezó

á curar con mucha suerte, cosa que no solo le preparaba un brillante porvenir sino que tambien le producía bastante para vestirse hasta con cierta elegancia y hacer algunas economías.

Este año era el último de su carrera y dentro de dos meses será médico, se retirará á su pueblo, se casará con

Juliana para vivir felices. El éxito de su licenciatura no solo era seguro, sino que lo esperaba brillante como la corona de su vida escolar. Estaba designado para el discurso de accion de gracias en el acto de la investidura,

y ya se veía en medio del Paraninfo delante de todo el claustro, objeto de las miradas y atencion del público.

Todas aquellas cabezas, eminencias de la ciencia manilense, medio hundidas en sus mucetas de colores, todas las mujeres que allí acudían por curiosidad y que años antes le miraban, si no con desden, con indiferencia, todos aquellos señores cuyos coches, cuando muchacho le iban á atropellar en medio del barro como si se tratase de un perro, entonces le escucharían atentos, y él les iba á decir algo que no era trivial, algo que no ha resonado nunca en aquel recinto, se iba á olvidar de sí para acordarse de los pobres estudiantes del porvenir, y haría la entrada en la sociedad con aquel discurso

VII

SIMOUN

En estas cosas pensaba Basilio al visitar la tumba de su madre. Disponíase á volver al pueblo, cuando creyó

ver una claridad proyectada en medio de los árboles y oir una crepitacion de ramas, ruido de pisadas, roce de

hojas

medio del recinto, marchando directamente hácia donde él estaba.

La luz se extinguió pero el ruido se hizo cada vez más distinto, y pronto vió una sombra aparecer en

Basilio de por sí no era supersticioso y menos despues de haber descuartizado tantos cadáveres y asistido á tantos moribundos; pero las antiguas leyendas sobre aquel fúnebre parage, la hora, la oscuridad, el silbido melancólico del viento y ciertos cuentos oidos en su niñez influyeron algo en su ánimo y sintió que su corazon latía con violencia.

La sombra se detuvo al otro lado del balitì y el joven la podía ver al través de una hendidura que dejaban entre

sí dos raices que habían adquirido con el tiempo las proporciones de dos troncos. Produjo debajo de su traje

El Filibusterismo, by José Rizal

29

una lámpara de poderoso lente refractor, que depositó sobre el suelo alumbrando unas botas de montar: el resto quedaba oculto en la oscuridad. La sombra pareció registrar sus bolsillos, despues se encorvó para adaptar la hoja de una azada al estremo de un grueso baston: Basilio creyó distinguir con gran sorpresa suya algo de los contornos del joyero Simoun. Era el mismo en efecto.

El joyero cavaba la tierra, y de cuando en cuando la lámpara le iluminaba el rostro: no tenía los anteojos azules que tanto le desfiguraban. Basilio se entremeció. Aquel era el mismo desconocido que trece años antes había cavado allí la fosa de su madre, sólo que ahora había envejecido, sus cabellos se habían vuelto blancos y usaba bigote y barba, pero la mirada era la misma, la misma expresion amarga, la misma nube en la frente, los mismos brazos musculosos, algo más secos ahora, la misma energía iracunda. Las impresiones pasadas

renacieron en él: creyó sentir el calor de la hoguera, el hambre, el desaliento de entonces, el olor de la tierra

removida

portugués, americano, mulato, el Cardenal Moreno, la Eminencia Negra, el espíritu malo del Capitan General como le llamaban muchos, no era otro que el misterioso desconocido cuya aparicion y desaparicion coincidían con la muerte del heredero de aquellos terrenos. Pero de los dos desconocidos que se le presentaron, del muerto y del vivo ¿quién era el Ibarra?

Su descubrimiento le tenía aterrado. De modo que el joyero Simoun que pasaba por indio inglés,

Esta pregunta que él se había dirigido varias veces siempre que se hablaba de la muerte de Ibarra, acudía de nuevo á su mente ante aquel hombre enigma que allí veía.

El muerto tenía dos heridas que debieron ser de armas de fuego segun lo que él estudió despues y serían las resultas de la persecucion en el lago. El muerto sería entonces el Ibarra que vendría para morir sobre la tumba de su antepasado, y su deseo de ser quemado se explica muy bien por su estancia en Europa donde se estila la cremacion. ¿Entonces quién era el otro, el vivo, este joyero Simoun, entonces de apariencia miserable y que ahora volvía cubierto de oro y amigo de las autoridades? Allí había un misterio y el estudiante, con su sangre fría característica, se prometió aclararlo, y aguardó una ocasion.

Simoun cavaba y cavaba en tanto, pero Basilio veía que el antiguo vigor se había amenguado: Simoun jadeaba, respiraba con dificultad y tenía que descansar á cada momento.

Basilio temiendo fuese descubierto tomó una resolucion súbita, se levantó de su asiento y con la voz más natural,

--¿Le puedo ayudar, señor

?

preguntó saliendo de su escondite.

Simoun se enderezó y dió un salto como un tigre atacado infraganti, se llevó la mano al bolsillo de su americana y miró al estudiante pálido y sombrío.

--Hace trece años me ha prestado usted un gran servicio, señor, prosiguió Basilio sin inmutarse, en este mismo sitio, enterrando el cadaver de mi madre y me consideraría feliz si yo le pudiese servir.

Simoun, sin apartar los ojos del joven, sacó de su bolsillo un revólver. Oyóse un chasquido como el de un arma que se amartilla.

--¿Por quién me toma usted? dijo retrocediendo dos pasos.

--Por una persona para mí sagrada, contestó Basilio algo emocionado creyendo llegada su última hora: por una persona que todos, menos yo, creen muerta y cuyas desgracias he lamentado siempre.

Imponente silencio siguió á estas palabras, silencio que para el joven le sonaba á eternidad. Simoun no obstante, despues de larga vacilacion, se le acercó y poniéndole una mano sobre el hombro le dijo en voz conmovida:

El Filibusterismo, by José Rizal

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--Basilio, usted posee un secreto que me puede perder y ahora acaba de sorprenderme en otro que me pone enteramente en sus manos y cuya divulgacion puede trastornar todos mis planes. Para mi seguridad y en bien

del objeto que me propongo yo debía sellar para siempre sus labios porque ¿qué es la vida de un hombre ante

el fin que persigo? La ocasion me es propicia, nadie sabe que he venido, estoy armado, usted indefenso; su

muerte se atribuiría á los tulisanes, sino á otra causa más sobrenatural

confío en que no me ha de pesar. Usted ha trabajado, ha luchado con enérgica constancia

usted cuentas que arreglar con la sociedad; su hermanito fué asesinado, á su madre la han vuelto loca, y la sociedad no ha perseguido ni al asesino ni al verdugo. Usted y yo pertenecemos á los sedientos de justicia, y, en vez de destruirnos, debemos ayudarnos.

y sin embargo yo le dejaré vivir y

y como yo, tiene

Simoun se detuvo ahogando un suspiro y despues continuó lentamente con la mirada vaga.

--Sí, yo soy aquel que ha venido hace trece años enfermo y miserable para rendir el último tributo á un alma grande, noble que ha querido morir por mí. Víctima de un sistema viciado he vagado por el mundo, trabajando noche y día para amasar una fortuna y llevar á cabo mi plan. Ahora he vuelto para destruir ese sistema, precipitar su corrupcion, empujarle al abismo á que corre insensato, aun cuando tuviese que emplear oleadas

de lágrimas y sangre precipicio!

Se ha condenado, lo está ¡y no quiero morir sin verle antes hecho trizas en el fondo del

Y Simoun estendía ambos brazos hácia la tierra como si con aquel movimiento quisiese mantener allí los

restos destrozados. Su voz había adquirido un timbre siniestro, lúgubre que hacía estremecerse al estudiante.

--Llamado por los vicios de los que las gobiernan, he vuelto á estas islas y, bajo la capa del comerciante, he recorrido los pueblos. Con mi oro me he abierto camino y donde quiera he visto á la codicia bajo las formas más execrables, ya hipócrita, ya impúdica, ya cruel, cebarse en un organismo muerto como un buitre en un cadáver, y me he preguntado ¿por qué no fermentaba en sus entrañas la ponzoña, la ptomaina, el veneno de las tumbas, para matar á la asquerosa ave? El cadáver se dejaba destrozar, el buitre se hartaba de carne, y como no me era posible darle la vida para que se volviese contra su verdugo, y como la corrupcion venía

lentamente, he atizado la codicia, la he favorecido, las injusticias y los abusos se multiplicaron; he fomentado

el crímen, los actos de crueldad, para que el pueblo se acostumbrase á la idea de la muerte; he mantenido la

zozobra para que huyendo de ella se buscase una solucion cualquiera; he puesto trabas al comercio para que

empobrecido el país y reducido á la miseria ya nada pudiese temer; he instigado ambiciones para empobrecer

el tesoro, y no bastándome esto para despertar un levantamiento popular, he herido al pueblo en su fibra más

Mas,

cuando iba á conseguir que de la suprema podredumbre, de la suprema basura, mezcla de tantos productos asquerosos fermente el veneno, cuando la codicia exacerbada, en su atontamiento se daba prisa por apoderarse

de cuanto le venía á la mano como una vieja sorprendida por el incendio, hé aquí que vosotros surgís con gritos de españolismo, con cantos de confianza en el Gobierno, en lo que no ha de venir; hé aquí que una

carne palpitante de calor y vida, pura, joven, lozana, vibrante en sangre, en entusiasmo, brota de repente para

ofrecerse de nuevo como fresco alimento

trás las mariposas y las flores! ¡Os ligais para con vuestros esfuerzos unir vuestra patria á la España con guirnaldas de rosas cuando en realidad forjais cadenas más duras que el diamante! ¡Pedís igualdad de derechos, españolizacion de vuestras costumbres y no veís que lo que pedís es la muerte, la destruccion de vuestra nacionalidad, la aniquilacion de vuestra patria, la consagracion de la tiranía! ¿Qué sereis en lo futuro? Pueblo sin caracter, nacion sin libertad; todo en vosotros será prestado hasta los mismos defectos. ¡Pedís españolizacion y no palideceis de vergüenza cuando os la niegan! Y aunque os la concedieran ¿qué quereis? ¿qué vais á ganar? ¡Cuando más feliz, país de pronunciamientos, país de guerras civiles, república de rapaces y descontentos como algunas repúblicas de la América de Sur! ¿A qué venís ahora con vuestra enseñanza del castellano, pretension que sería ridícula si no fuese de consecuencias deplorables? ¡Quereis añadir un idioma

¡Ah, la juventud siempre inexperta y soñadora, siempre corriendo

sensible, he hecho que el buitre mismo insultase al mismo cadáver que le daba la vida y lo corrompiese

más á los cuarenta y tantos que se hablan en las islas para entenderos cada vez menos!

--Al contrario, repuso Basilio; si el conocimiento del castellano nos puede unir al gobierno, ¡en cambio puede

El Filibusterismo, by José Rizal

31

unir tambien á todas las islas entre sí!

--¡Error craso! interrumpió Simoun; os dejais engañar por grandes palabras y nunca vais al fondo de las cosas

á examinar los efectos en sus últimas manifestaciones. El español nunca será lenguaje general en el pais, el

pueblo nunca lo hablará porque para las concepciones de su cerebro y los sentimientos de su corazon no tiene frases ese idioma: cada pueblo tiene el suyo, como tiene su manera de sentir. ¿Qué vais á conseguir con el castellano, los pocos que lo habeis de hablar? ¡Matar vuestra originalidad, subordinar vuestros pensamientos á otros cerebros y en vez de haceros libres haceros verdaderamente esclavos! Nueve por diez de los que os presumís de ilustrados, sois renegados de vuestra patria. El que de entre vosotros habla ese idioma, descuida de tal manera el suyo que ni lo escribe ni lo entiende y ¡cuántos he visto yo que afectan no saber de ello una

sola palabra! Por fortuna teneis un gobierno imbécil. Mientras la Rusia para esclavizar á la Polonia le impone

el ruso, mientras la Alemania prohibe el francés en las provincias conquistadas, vuestro gobierno pugna por

conservaros el vuestro y vosotros en cambio, pueblo maravilloso bajo un gobierno increible, ¡vosotros os esforzais en despojaros de vuestra nacionalidad! Uno y otro os olvidais de que mientras un pueblo conserve su idioma, conserva la prenda de su libertad, como el hombre su independencia mientras conserva su manera de pensar. El idioma es el pensamiento de los pueblos. Felizmente vuestra independencia está asegurada: ¡las pasiones humanas velan por ella!

Simoun se detuvo y se pasó la mano por la frente. La luna se levantaba y enviaba su debil claridad de luna menguante al través de las ramas. Con los cabellos blancos y las facciones duras, iluminadas de abajo arriba por la luz de la lámpara, parecía el joyero el espíritu fatídico del bosque meditando algo siniestro. Basilio, silencioso ante tan duros reproches, escuchaba con la cabeza baja. Simoun continuó:

--Yo he visto iniciarse ese movimiento y he pasado noches enteras de angustia porque comprendía que entre esa juventud había inteligencias y corazones escepcionales sacrificándose por una causa que creían buena,

cuando en realidad trabajaban contra su país

desenmascararme y desengañaros, pero en vista de la fama que disfruto, mis palabras se habrían interpretado

mal y acaso habrían tenido efecto contraproducente

Makaraig, á vuestro Isagani; á veces pensé en su muerte, quise destruirlos

Cuantas veces he querido dirigirme á vosotros,

Cuantas veces he querido acercarme á vuestro

Detúvose Simoun.

--Hé aquí la razon por qué le dejo á usted vivir, Basilio, y me expongo á que por una imprudencia cualquiera

me delate un día

que ve en el joyero Simoun al traficante que impulsa á las autoridades á que cometan abusos para que los

agraviados le compren alhajas

crímenes, hacerle la guerra halagándole

Usted sabe quien soy, sabe lo mucho que he debido sufrir, cree en mí; usted no es el vulgo

Yo soy el Juez que quiero castigar á un sistema valiéndome de sus propios

Necesito que usted me ayude, que use de su influencia en la

juventud para combatir esos insensatos deseos de españolismo, de asimilacion, de igualdad de derechos

ese camino se llega á lo más á ser mala copia, y el pueblo debe mirar más alto! Locura es tratar de influir en la manera de pensar de los gobernantes; tienen su plan trazado, tienen la venda puesta, y, sobre perder el tiempo inutilmente, engañais al pueblo con vanas esperanzas y contribuís á doblar su cuello ante el tirano. Lo que debeis hacer es aprovecharos de sus preocupaciones para aplicarlas á vuestra utilidad. ¿No quieren asimilaros

¡Por

al pueblo español? Pues, ¡enhorabuena! distinguíos entonces delineando vuestro propio caracter, tratad de

fundar los cimientos de la patria filipina

esperad en vosotros y trabajad. ¿Os niegan la representacion en sus Cortes? ¡Tanto mejor! Aun cuando

consigais enviar diputados elegidos á vuestro gusto, ¿qué vais á hacer en ellas sino ahogaros entre tantas voces

y sancionar con vuestra presencia los abusos y faltas que despues se cometan? Mientras menos derechos

reconozcan en vosotros, más tendreis despues para sacudir el yugo y devolverles mal por mal. Si no quieren enseñaros su idioma, cultivad el vuestro estendedlo, conservad al pueblo su propio pensamiento, y en vez de

tener aspiraciones de provincia, tenedlas de nacion, en vez de pensamientos subordinados, pensamientos independientes, á fin de que ni por los derechos, ni por las costumbres, ni por el lenguaje el español se considere aquí como en su casa, ni sea considerado por el pueblo como nacional, sino siempre como invasor,

¿No quieren daros esperanzas? ¡Enhorabuena! no espereis en él,

El Filibusterismo, by José Rizal

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como estrangero, y tarde ó temprano tendreis vuestra libertad. ¡Hé aquí por qué quiero que usted viva!

Basilio respiró como si un gran peso se le hubiese quitado de encima y respondió despues de una breve pausa:

--Señor, el honor que usted me hace confiándome sus planes es demasiado grande para que yo no le sea franco y le diga que lo que me exige está por encima de mis fuerzas. Yo no hago política, y si he firmado la peticion para la enseñanza del castellano ha sido porque en ello veía un bien para los estudios y nada más. Mi destino es otro, mi aspiracion se reduce á aliviar las dolencias físicas de mis conciudadanos.

El joyero se sonrió.

--¿Qué son las dolencias físicas comparadas con las dolencias morales? preguntó; ¿qué es la muerte de un hombre ante la muerte de una sociedad? Un día usted será tal vez un gran médico si le dejan curar en paz; ¡pero más grande será todavía aquel que infunda nueva vida en este pueblo anémico! Usted ¿qué hace por el país que le dió el ser, que le da la vida y le procura los conocimientos? ¿No sabe usted que es inútil la vida que no se consagra á una idea grande? Es un pedruzco perdido en el campo sin formar parte de ningun edificio.

--No, no señor, contestó Basilio modestamente; yo no me cruzo de brazos, yo trabajo como todos trabajan para levantar de las ruinas del pasado un pueblo cuyos individuos sean solidarios y cada uno de los cuales sienta en sí mismo la conciencia y la vida de la totalidad. Pero, por entusiasta que nuestra generacion sea comprendemos que en la gran fábrica social debe existir la subdivision del trabajo; he escogido mi tarea y me dedico á la ciencia.

--La ciencia no es el fin del hombre, observó Simoun.

--A ella tienden las naciones más cultas.

--Sí, pero como un medio para buscar su felicidad.

--¡La ciencia es más eterna, es más humana, más universal! replicó el joven en un trasporte de entusiasmo. Dentro de algunos siglos cuando la humanidad esté ilustrada y redimida, cuando ya no haya razas, cuando todos los pueblos sean libres, cuando no haya tiranos ni esclavos, colonias ni metrópolis, cuando rija una justicia y el hombre sea ciudadano del mundo, solo quedará el culto de la ciencia, la palabra patriotismo sonará á fanatismo, y al que alardee entonces de virtudes patrióticas le encerrarán sin duda como á un enfermo peligroso, á un perturbador de la armonía social.

Simoun se sonrió tristemente.

--Sí, sí, dijo sacudiendo la cabeza, mas, para que llegue ese estado es menester que no haya pueblos tiranos ni pueblos esclavos, es menester que el nombre sea á donde vaya libre, sepa respetar en el derecho de cualquiera el de su propia individualidad, y para esto hay que verter primero mucha sangre, se impone la lucha como

Para vencer al antiguo fanatismo que oprimía las conciencias fué menester que muchos pereciesen

en las hogueras para que, horrorizada la conciencia social, declarase libre á la conciencia individual. ¡Es menester tambien que todos respondan á la pregunta que cada día les dirige la patria cuando les tiende las manos encadenadas! El patriotismo solo puede ser crímen en los pueblos opresores porque entonces será la rapiña bautizada con un hermoso nombre, pero por perfecta que pueda ser la humanidad el patriotismo será siempre virtud en los pueblos oprimidos porque significará en todo tiempo amor á la justicia, á la libertad, á la dignidad misma. ¡Nada pues de sueños quiméricos, nada de idilios mujeriles! La grandeza del hombre no está

necesaria

en anticiparse á su siglo, cosa imposible por demás, sino en adivinar sus deseos, responder á sus necesidades y guiarle á marchar adelante. Los genios que el vulgo cree se han adelantado al suyo, solo aparecen así porque el que los juzga los ve desde muy lejos, ¡ó toma por siglo la cola en que marchan los rezagados!

El Filibusterismo, by José Rizal

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Simoun se calló. Viendo que no conseguía despertar el entusiasmo en aquella alma fría, acudió á otro argumento, y preguntó cambiando de tono:

--¿Y por la memoria de su madre y de su hermano, qué hace usted? ¿Basta venir aquí cada año y llorar como una mujer sobre una tumba?

Y

se rió burlonamente.

El

tiro dió en el blanco; Basilio se inmutó y avanzó un paso.

--¿Qué quiere usted que haga? preguntó con ira. Sin medios, sin posicion social ¿he de obtener justicia contra sus verdugos? Sería otra víctima y me estrellaría como un pedazo de vidrio lanzado contra una roca. ¡Ah, hace usted mal en recordármelo porque es tocar inutilmente una llaga!

--¿Y si yo le ofrezco á usted mi apoyo?

Basilio sacudió la cabeza y se quedó pensativo.

--¡Todas las reivindicaciones de la justicia, todas las venganzas de la tierra no harán revivir un solo cabello de

mi madre, refrescar una sonrisa en los labios de mi hermano! Que duerman en paz

cuando me vengase?

¿Qué he de sacar aun

--Evitar que otros sufran lo que usted ha sufrido, que en lo futuro haya hijos asesinados y madres forzadas á la locura. La resignacion no siempre es virtud, es crímen cuando alienta tiranías: no hay déspotas donde no hay esclavos. ¡Ay! el hombre es de suyo tan malo que siempre abusa cuando encuentra complacientes. Como usted pensaba yo tambien y sabe cual fué mi suerte. Los que han causado su desgracia le vigilan día y noche; sospechan que usted acecha un momento oportuno; interpretan su afan de saber, su amor al estudio, su

tranquilidad misma por ardientes deseos de venganza

como lo hicieron conmigo y no le dejarán crecer porque le temen y le odian!

¡El día en que puedan deshacerse de usted lo harán

--¿Odiarme á mí? ¿odiarme todavía despues del mal que me han hecho? preguntó el joven sorprendido.

Simoun soltó una carcajada.

--Es natural en el hombre odiar á aquellos á quienes ha agraviado, decía Tácito confirmando el quos læserunt

et oderunt de Séneca. Cuando usted quiera medir los agravios ó los bienes que un pueblo hace á otro, no tiene

más que ver si le odia ó le ama. Y así se explica el por qué algunos que aquí se han enriquecido desde los altos puestos que desempeñaron, vueltos á la Península se deshacen en injurias y en insultos contra los que fueron sus víctimas. ¡Proprium humani ingenii est odisse quem læseris!

--Pero si el mundo es grande, si uno les deja gozar tranquilamente del poder

me dejen vivir

si no pido más que trabajar, que

--¡Y criar hijos pacíficos para irlos despues á someter al yugo!, continuó Simoun remedando cruelmente la voz de Basilio. ¡Valiente porvenir les prepara usted, y le han de agradecer una vida de humillaciones y sufrimientos! ¡Enhorabuena, joven! Cuando un cuerpo está inerte, inútil es galvanizarlo. Veinte años de esclavitud contínua, de humillacion sistemática, de postracion constante llegan á crear en el alma una joroba que no lo ha de enderezar el trabajo de un día. Los sentimientos buenos ó malos se heredan y se trasmiten de padres á hijos. ¡Vivan pues sus ideas idílicas, vivan los sueños del esclavo que solo pide un poco de estopa con que envolver la cadena para que suene menos y no le ulcere la piel! Usted aspira á un pequeño hogar con alguna comodidad; una mujer y un puñado de arroz: ¡hé ahí el hombre ideal en Filipinas! Bien; si se lo dan, considérese afortunado.

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Basilio, acostumbrado á obedecer y á sufrir los caprichos y el mal humor de Cpn. Tiago y subyugado por Simoun que se le aparecía terrible y siniestro destacándose de un fondo teñido en lágrimas y sangre, trataba de explicarse diciendo que no se consideraba con aptitudes para mezclarse en la política, que no tenía opinion alguna porque no había estudiado la cuestion pero que siempre estaba dispuesto á prestar sus servicios el día en que se los exigiesen, que por el momento solo veía una necesidad, la ilustracion del pueblo, etc., etc. Simoun le cortó la palabra con un gesto y como pronto iba á amanecer, dijo:

--Joven, no le recomiendo á usted que guarde mi secreto porque sé que la discrecion es una de sus buenas cualidades, y aunque usted me quisiere vender, el joyero Simoun, el amigo de las autoridades y de las corporaciones religiosas merecerá siempre más crédito que el estudiante Basilio sospechoso ya de filibusterismo por lo mismo que siendo indígena se señala y se distingue, y porque en la carrera que sigue se encontrará con poderosos rivales. Con todo aunque usted no ha respondido á mis esperanzas, el día en que cambie de opinion, búsqueme en mi casa de la Escolta y le serviré de buena voluntad.

Basilio dió brevemente las gracias y se alejó.

--¿Me habré equivocado de clave? murmuró Simoun al encontrarse solo; ¿es que duda de mí ó medita tan en

secreto el plan de su venganza que teme confiarlo á la misma soledad de la noche? ¿O será que los años de servidumbre han apagado en su corazon todo sentimiento humano y solo quedan las tendencias animales de

vivir y reproducirse? En este caso el molde estaría deforme y hay que volverlo á fundir impone pues; ¡perezcan los ineptos y sobrevivan los más fuertes!

La hecatombe se

Y añadió lúgubremente como si se dirigiese á alguien:

--¡Tened paciencia, vosotros que me habeis legado un nombre y un hogar, tened paciencia! Uno y otro los he

perdido, patria, porvenir, bienestar, vuestras mismas tumbas

alma grandiosa, corazon magnánimo que has vivido para un solo pensamiento y has sacrificado tu vida sin

contar con la gratitud ni la admiracion de nadie, ¡ten paciencia, ten paciencia! Los medios de que me valgo no

serán tal vez los tuyos, pero son los más breves á vosotros. ¡Tened paciencia!

El día se acerca y cuando brille iré yo mismo á anunciároslo

¡pero tened paciencia! Y tú, espíritu noble,

VIII

¡BUENAS PASCUAS!

Cuando Julî abrió los doloridos ojos, vió que la casa estaba todavía oscura. Los gallos cantaban. Lo primero que se le ocurrió fué que quizás la Virgen haya hecho el milagro, y el sol no iba á salir á pesar de los gallos que lo invocaban.

Levantóse, se persignó, rezó con mucha devocion sus oraciones de la mañana y procurando hacer el menor ruido posible, salió al batalan.

No había milagro; el sol iba á salir, la mañana prometía ser magnífica, la brisa era deliciosamente fría, las estrellas en el oriente palidecían y los gallos cantaban á más y mejor. Aquello era mucho pedir; ¡más facil le

era á la Virgen enviar los doscientos cincuenta pesos! ¿Qué le cuesta á ella, la Madre de Dios, dárselos? Pero

debajo de la imágen solo encontró la carta de su padre pidiendo los quinientos pesos de rescate

más remedio que partir. Viendo que su abuelo no se movía, le creyó dormido, é hizo el salabat del desayuno. ¡Cosa rara! ella estaba tranquila, hasta tenía ganas de reir. ¿Qué tenía pues para acongojarse tanto aquella noche? No iba lejos, podía venir cada dos días á visitar la casa; el abuelo podía verla y en cuanto á Basilio, él

sabía hace tiempo el mal giro que tomaban los asuntos de su padre porque solía decirla á menudo:

No había

--Cuando yo sea médico y nos casemos, tu padre no necesitará de sus campos.

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35

--¡Qué tonta he sido en llorar tanto! se decía mientras arreglaba su tampipi.

Y como sus dedos tropezasen con el relicario, lo llevó á sus labios, lo besó, pero se los frotó inmediatamente

temiendo el contagio; aquel relicario de brillantes y esmeraldas había venido de un lazarino sí, si ella contraía semejante enfermedad, no se casaría.

¡Ah! entonces

Como empezaba á clarear y viera á su abuelo sentado en un rincon, siguiendo con los ojos todos sus movimientos cogió su tampipi de ropas, se acercó sonriendo á besarle la mano. El viejo la bendijo sin decir una palabra. Ella quiso bromear.

--Cuando el padre vuelva le direis que al fin me he ido al colegio: mi ama habla español. Es el colegio más barato que se puede encontrar.

Y viendo que los ojos del viejo se llenaban de lágrimas, puso sobre su cabeza el tampipi y bajó

apresuradamente las escaleras. Sus chinelas resonaban alegremente sobre las gradas de madera.

Pero cuando volvió el rostro para mirar una vez más hácia su casa, la casa donde se habían evaporado sus últimos ensueños de niña y se dibujaron sus primeras ilusiones de joven; cuando la vió triste, solitaria, abandonada, con las ventanas á medio cerrar, vacías y oscuras como los ojos de un muerto; cuando oyó el debil ruido de los cañaverales y los vió balancearse al impulso del fresco viento de la mañana como diciéndole «adios», entonces su vivacidad se disipó, detúvose, sus ojos se llenaron de lágrimas y dejándose caer sentada sobre un tronco que había caido junto al camino, lloró desconsoladamente.

Hacía horas que Julî se había ido y el sol estaba ya bastante alto. Tandang Selo desde la ventana miraba á la gente que en traje de fiesta se dirigía al pueblo para oir la misa mayor. Casi todos llevaban de la mano, ó cargaban en brazos un niño, una niña, ataviados como para una fiesta.

El día de la Pascua en Filipinas es, segun las personas mayores, de fiesta para los niños; los niños acaso no

sean de la misma opinion y se puede presumir que le tienen un miedo instintivo. Con efecto: se les despierta temprano, se les lava, se les viste y pone encima todo lo nuevo, caro y precioso que tienen, botines de seda, enormes sombreros, trajes de lana, de seda ó de terciopelo sin dejar cuatro ó cinco escapularios pequeños que llevan el evangelio de S. Juan, y así cargados los llevan á la misa mayor que dura casi una hora, se les obliga á sufrir el calor y el vaho de tanta gente apiñada y sudorosa, y si no les hacen rezar el rosario tienen que estar quietos, aburrirse ó dormir. A cada movimiento ó travesura que pueda ensuciar el traje, un pellizco, una reprimenda; así es que ni rien ni estan alegres y se lee en los redondos ojos la nostalgia por la vieja camisola de todos los días y la protesta contra tanto bordado. Despues se les lleva de casa en casa á visitar á los parientes para el besamanos; allí tienen que bailar, cantar y decir todas las gracias que sepan, tengan ó no humor, esten ó no incómodos en sus atavíos, con los pellizcos y las reprensiones de siempre cuando hacen alguna de las suyas. Los parientes les dan cuartos que recogen los padres y de los que regularmente no vuelven á tener noticia. Lo único positivo que suelen sacar de la fiesta son las señales de los pellizcos ya dichos, las incomodidades y á lo mejor una indigestion por un atracon de dulces ó bizcochos en casa de los buenos parientes. Pero tal es la costumbre y los niños filipinos entran en el mundo por estas pruebas que despues de todo resultan ser las menos tristes, las menos duras en la vida de aquellos individuos

Las personas de edad que viven independientes participan algo en esta fiesta. Visitan á sus padres y tíos, doblan una rodilla y desean las buenas pascuas: su aguinaldo consiste en un dulce, una fruta, un vaso de agua ó un regalito cualquiera insignificante.

Tandang Selo veía pasar á todos sus amigos y pensaba tristemente en que aquel año no tenía aguinaldo para nadie y que su nieta se había ido sin el suyo, sin desearle las felices pascuas. ¿Era delicadeza en Julî ó puramente un olvido?

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Cuando Tandang Selo quiso saludar á los parientes que venían á visitarle trayéndole sus niños, con no poca sorpresa suya encontró que no podía articular una palabra: en vano se esforzó, ningun sonido pudo modular. Llevábase las manos á la garganta, sacudía la cabeza, ¡imposible! trató de reir y sus labios se agitaron convulsivamente: un ruido opaco como el soplo de un fuelle era lo más que pudo producir. Miráronse las mujeres espantadas.

--¡Está mudo, está mudo! gritaron llenas de consternacion, armando inmediatamente un regular alboroto.

IX

PILATOS

La noticia de aquella desgracia se supo en el pueblo; unos lo lamentaron y otros se encogieron de hombros. Ninguno tenía la culpa y nadie lo cargaba sobre su conciencia.

El teniente de la Guardia Civil ni se inmutó siquiera; tenía orden de recoger todas las armas y había cumplido

con su deber; perseguía á los tulisanes siempre que podía, y cuando secuestraron á Cabesang Tales, él organizo inmediatamente una batida y trajo al pueblo maniatados codo con codo á cinco ó seis campesinos que le parecieron sospechosos, y si no apareció Cabesang Tales era porque no estaba en los bolsillos ni debajo de la piel de los presos que fueron activamente sacudidos.

El

lego hacendero se encogió de hombros. Él nada tenía que ver: ¡cuestion de tulisanes! y él solo cumplía con

su

obligacion. Cierto que si no se hubiese quejado, acaso no hubieran recogido las armas y el pobre Cabesang

no habría sido secuestrado, pero él, Fr. Clemente, tenía que mirar por su seguridad y aquel Tales tenía una manera de mirar que parecía escoger un buen blanco en alguna parte de su cuerpo. La defensa es natural. Si hay tulisanes, la culpa no es de él; su deber no es perseguirlos, eso le toca á la Guardia Civil. Si Cabesang Tales en vez de vagar por sus terrenos se hubiese quedado en casa, no habría caido prisionero. En fin, aquello era un castigo del cielo contra los que se resisten á las exigencias de su corporacion.

Hermana Penchang, la vieja devota en cuya casa servía Julî, lo supo, soltó dos ó tres ¡susmariosep! se santiguó y añadió:

--Muchas veces nos envía Dios esas cosas porque somos pecadores ó porque tenemos parientes pecadores á quienes debiéramos haber enseñado la piedad y no lo hemos hecho.

Estos parientes pecadores querían decir Juliana; para la devota, Julî era una gran pecadora.

--¡Figuraos una joven ya casadera que no sabe todavía rezar! ¡Jesus, que escándalo! Pues no dice la indigna el Dios te salve María sin pararse en es contigo, y el santa María sin hacer pausa en pecadores, ¿como toda buena cristiana que teme á Dios debe hacer? ¡Susmariosep! ¡No sabe el oremus gratiam y dice mentíbus por méntibus! Cualquiera al oirla creería que está hablando de suman de ibus. ¡Susmariosep!

Y se hacía una cruz escandalizada y daba gracias á Dios que había permitido fuese secuestrado el padre para

que la hija salga del pecado y aprenda las virtudes que segun los curas deben adornar á toda mujer cristiana. Y por esto la retenía en su servicio, no la dejaba volver al barrio para cuidar de su abuelo. Julî tenía que aprender á rezar, leer los libritos que distribuyen los frailes y trabajar hasta que pague los doscientos cincuenta pesos.

Cuando supo que Basilio se había ido á Manila para sacar sus economías y rescatar á Julî de la casa en donde servía, creyó la buena mujer que la joven se perdía para siempre y que el diablo se le iba á presentar bajo la forma del estudiante. ¡Fastidioso y todo, cuánta razon tenía aquel librito que le había dado el cura! Los jóvenes que van á Manila para aprender, se pierden y pierden á los demás. Y creyendo salvar á Julî la hacía leer y releer el librito de Tandang Basio Macunat recomendándola fuese siempre á verse con el cura en el

El Filibusterismo, by José Rizal

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convento, como hacía la heroina que tanto ensalzaba el fraile, su autor.

Entretanto los frailes estaban de enhorabuena: habían ganado definitivamente el pleito y aprovecharon el cautiverio de Cabesang Tales para entregar sus terrenos al que los había solicitado, sin el más pequeño pundonor, sin la menor pizca de vergüenza. Cuando volvió el antiguo dueño y se enteró de lo que había pasado, cuando vió en poder de otro sus terrenos, aquellos terrenos que le habían costado las vidas de su mujer é hija; cuando halló á su padre mudo, á su hija sirviendo como criada con más una orden del tribunal, trasmitida por el teniente del barrio, para desalojar la casa y abandonarla dentro de tres días, Cabesang Tales no dijo una sola palabra, sentóse al lado de su padre y apenas habló en todo el día.

X

RIQUEZA Y MISERIA

Al día siguiente, con gran sorpresa del barrio, pedía hospitalidad en casa de Cabesang Tales el joyero Simoun, seguido de dos criados que cargaban sendas maletas con fundas de lona. En medio de su miseria, aquel no se olvidaba de las buenas costumbres filipinas y estaba muy confuso al pensar que no tenía nada para agasajar al estrangero. Pero Simoun traía todo consigo, criados y provisiones, y solo deseaba pasar el día y la noche en aquella casa por ser la más cómoda del barrio y por encontrarse entre San Diego y Tianì, pueblos de donde esperaba muchos compradores.

Simoun se enteraba del estado de los caminos y preguntaba á Cabesang Tales si con su revólver tendría bastante para defenderse de los tulisanes.

--¡Tienen fusiles que alcanzan mucho! observó Cabesang Tales algo distraido.

--Este revólver no alcanza menos, contestó Simoun disparando un tiro contra una palmera de bonga que se encontraba á unos doscientos pasos.

Cabesang Tales vió caer algunas nueces, pero no dijo nada y continuó pensativo.

Poco á poco fueron llegando varias familias atraidas por la fama de las alhajas del joyero: se saludaban deseándose las buenas pascuas, hablaban de misas, santos, malas cosechas, pero con todo iban á gastar sus economías en piedras y baratijas que vienen de Europa. Se sabía que el joyero era amigo del Cpn. General y no estaba de más estar en buenas relaciones con él por lo que pueda suceder.

Cpn. Basilio vino con su señora, su hija Sinang y su yerno, dispuestos á gastar lo menos tres mil pesos.

Hermana Penchang estaba allí para comprar un anillo de brillantes que tenía prometido á la Virgen de Antipolo: á Julî la había dejado en casa aprendiendo de memoria un librito que le había vendido el cura por dos cuartos, con cuarenta días de indulgencia concedidos por el arzobispo para todo el que lo leyere ú oyere leer.

--¡Jesus! decía la buena devota á Capitana Tikâ; ¡esa pobre muchacha creció aquí como un hongo sembrado

por el tikbálang!

memoria: tiene la cabeza como un cesto, lleno mientras está en el agua. ¡Todos, de oirla, hasta los perros y los gatos, habremos ganado cuando menos veinte años de indulgencias!

La he hecho leer el librito en voz alta lo menos cincuenta veces y nada se le queda en la

Simoun dispuso sobre la mesa las dos maletas que traía: la una era algo más grande que la otra.

--Ustedes no querrán alhajas de doublé ni piedras de imitacion brillantes

La señora, dijo dirigiéndose á Sinang, querrá

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--Eso, sí señor, brillantes y brillantes antiguos, piedras antiguas, ¿sabe usted? contestó; paga papá y á él le gustan las cosas antiguas, las piedras antiguas.

Sinang se guaseaba tanto del mucho latin que sabía su padre como del poco y malo que conocía su marido.

--Precisamente tengo alhajas muy antiguas, contestó Simoun, quitando la funda de lona de la maleta más pequeña.

Era un cofre de acero pulimentado con muchos adornos de bronce y cerraduras sólidas y complicadas.

Tengo collares de Cleopatra, legítimos y verdaderos, hallados en las pirámides, anillos de senadores y caballeros romanos encontrados en las ruinas de Cartago

--¡Probablemente les que Anibal envió despues de la batalla de Cannes! añadió Cpn. Basilio muy seriamente y estremeciéndose de júbilo.

El buen señor, aunque había leido mucho sobre los antiguos, por falta de museos en Filipinas jamás había visto nada de aquellos tiempos.

--Traigo además, costosísimos pendientes de damas romanas encontrados en la quinta de Annio Mucio Papilino en Pompeya

Cpn. Basilio sacudía la cabeza dando á entender que estaba al corriente y que tenía prisa por ver tantas preciosas reliquias. Las mujeres decían que tambien querían tener de Roma, como rosarios benditos por el Papa, reliquias que perdonan los pecados sin necesidad de confesion, etc.

Abierta la maleta y levantado el algodon en rama que la protegía, descubrióse un compartimento lleno de sortijas, relicarios, guardapelos, cruces, alfileres, etc. Los brillantes, combinados con piedras de diferentes colores, lanzaban chispas y se agitaban entre flores de oro de matices varios, con vetas de esmalte, con caprichosos dibujos y raros arabescos.

Simoun levantó la bandeja y descubrió otra llena de fantásticas alhajas que hubieran podido hartar la imaginacion de siete jóvenes en siete vísperas de bailes dados en su honor. Formas á cual más caprichosas, combinaciones de piedras y y perlas imitando insectos de azulado lomo y élitros transparentes; el zafiro, la esmeralda, el rubí, la turquesa, el brillante, se asociaban para crear libélulas, mariposas, avispas, abejas, escarabajos, serpientes, lagartos, peces, flores, racimos, etc.: había peinetas en forma de diademas, gargantillas, collares de perlas y brillantes tan hermosos que varias dalagas no pudieron contener un ¡nakú! de admiracion y Sinang castañeteó con la lengua, por lo que su madre, Cpna. Tikâ, la pellizcó temiendo que por ello encareciese más sus alhajas el joyero. Cpna. Tikâ seguía pellizcando á su hija aun despues que se hubo casado.

--Ahí tiene usted brillantes antiguos, repuso el joyero; ese anillo perteneció á la princesa de Lamballe, y esos pendientes á una dama de María Antonieta.

Eran unos hermosos solitarios de brillantes, grandes como granos de maiz, de brillo algo azulado, llenos de una severa elegancia como si conservasen aun el estremecimiento de los días del Terror.

--¡Esos dos pendientes! dijo Sinang mirando hácia su padre y protegiendo instintivamente con la mano el brazo que tenía cerca de la madre.

--Otras más antiguas todavía, las romanas, contestaba Cpn. Basilio guiñando.

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La devota Hermana Penchang pensó que con aquel regalo la Virgen de Antipolo se ablandaría y le concedería

su deseo más vehemente: hácia tiempo que le pedía un milagro ruidoso en que vaya mezclado su nombre para

inmortalizarse en la tierra yendo al cielo despues, como la Cpna. Inés de los curas, y preguntó por el precio. Pero Simoun pedía tres mil pesos. La buena mujer se santiguó. ¡Susmariosep!

Simoun descubrió el tercer compartimento.

Este estaba lleno de relojes, petacas, fosforeras y relicarios guarnecidos de brillantes y de finísimos esmaltes con miniaturas elegantísimas.

El cuarto contenía las piedras sueltas y al descubrirlo un murmullo de admiracion resonó en la sala, Sinang

volvió á castañetear con la lengua, su madre la volvió á pellizcar no sin soltar ella misma un ¡Sus María! de admiracion.

Nadie había visto hasta entonces tanta riqueza. En aquel cajon forrado de terciopelo azul oscuro, dividido en secciones, veíanse realizados los sueños de las Mil y una noches, los sueños de las fantasías orientales. Brillantes, grandes hasta como garbanzos centelleaban arrojando chispas de movilidad fascinadora como si fuesen á liquidarse ó á arder consumidos en las reverberaciones del espectro; esmeraldas del Perú, de diferentes formas y tallado, rubíes de la India, rojos como gotas de sangre, zafiros de Ceylan, azules y blancos, turquesas de Persia, perlas de nacarado oriente, de las cuales algunas, rosadas, plomizas y negras. Los que han visto durante la noche un gran cohete deshacerse sobre el fondo azul oscuro del cielo en millares de lucecitas de todos colores, tan brillantes que hacen palidecer á las eternas estrellas, pueden imaginarse el aspecto que presentaba el compartimento.

Simoun, como para aumentar la admiracion de los presentes, removía las piedras con sus morenos y afilados dedos gozándose en su canto cristalino, en su resbalar luminoso como de gotas de agua que colora el arcoiris.

Los reflejos de tantas facetas, la idea de sus elevadísimos precios fascinaban las miradas. Cabesang Tales que

se había acercado curioso, cerró los ojos y se alejó inmediatamente como para ahuyentar un mal pensamiento.

Tanta riqueza insultaba su desgracia; aquel nombre venía allí á hacer gala de su inmensa fortuna precisamente en la víspera del día en que él, por falta de dinero, por falta de padrinos tenía que abandonar la casa que había levantado con sus manos.

--Aquí tienen ustedes dos brillantes negros, de los más grandes que existen, repuso el joyero: son muy

difíciles de tallar por ser los más duros

que muchos toman por esmeralda. El chino Quiroga me ha ofrecido por él seis mil pesos para regalárselo á

una poderosísima señora

Esta piedra algo rosada es tambien brillante, lo mismo que esta verde

Y no son los verdes los más caros sino estos azules.

Y separó tres piedras no muy grandes, pero gruesas y muy bien talladas, con una ligera coloracion azul.

--Con ser más pequeños que el verde, continuó, cuestan el doble. Miren ustedes este que es el más pequeño de todos--no pesa más de dos quilates,--me ha costado veinte mil pesos y ya no lo doy en menos de treinta. He tenido que hacer un viaje expresamente para comprarlo. Este otro, encontrado en las minas de Golconda, pesa tres quilates y medio y vale más de setenta mil. El Virrey de la India por una carta que recibí antes de ayer me ofrece doce mil libras esterlinas.

Ante tanta riqueza, reunida en poder de aquel hombre que se espresaba con tanta naturalidad, los circunstantes sentían cierto respeto mezclado de terror. Sinang varias veces castañeteó y su madre no la pellizcó, quizás porque estuviese abismada ó porque juzgase que un joyero como Simoun no iba á tratar de ganar cinco pesos más ó menos por una exclamacion más ó menos indiscreta. Todos miraban las piedras, ninguno manifestaba el menor deseo de tocarlas, tenían miedo. La curiosidad estaba embotada por la sorpresa. Cabesang Tales miraba hácia el campo, y pensaba que con un solo brillante, quizás con el más pequeño, podía recobrar á su hija,

conservar la casa y quizás labrarse otro campo

¡Dios! que una de aquellas piedras valiese más que el hogar

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de un hombre, la seguridad de una joven, ¡la paz de un anciano en sus viejos días!

Y como si adivinase su pensamiento, Simoun decía dirigiéndose á las familias que le rodeaban.

--Y vean, vean ustedes; con una de estas piedrecitas azules que parecen tan inocentes é inofensivas, puras como arenillas desprendidas de la bóveda del cielo, con una como ésta, regalada oportunamente, un hombre

ha podido desterrar á su enemigo, á un padre de familias, como perturbador del pueblo

igual á ésta, roja como la sangre del corazon, como el sentimiento de la venganza y brillante como las lágrimas de los huérfanos, se le ha dado la libertad, el hombre ha sido vuelto al hogar, el padre á sus hijos, el esposo á la esposa y se ha salvado quizás á toda una familia de un desgraciado porvenir.

y con otra piedrecita

Y dando golpecitos á la caja,

--Aquí tengo yo, como en las cajas de los médicos, añadía en voz alta en mal tagalo, la vida y la muerte, el veneno y la medicina, y con este puñado puedo sumir en lágrimas ¡á todos los habitantes de Filipinas!

Todos le miraban con terror y comprendían que tenía razon. En la voz de Simoun se notaba cierto timbre estraño y siniestros rayos parecían pasar al través de sus anteojos azules.

Como para hacer cesar la impresion que aquellas piedras hacían sobre tan sencillas gentes, Simoun levantó la bandeja y descubrió el fondo donde encerraba los sancta sanctorum. Estuches de piel de Rusia, separados entre sí por capas de algodon, llenaban el fondo forrado de terciopelo gris. Todos esperaban maravillas. El marido de Sinang confiaba ver carbunclos, piedras arrojando fuego y brillando en medio de las tinieblas. Cpn. Basilio estaba ante las puertas de la immortalidad; iba á ver algo positivo, algo real, la forma de lo que tanto había soñado.

--Este es el collar de Cleopatra, dijo Simoun sacando con mucho cuidado una caja plana en forma de media luna; es una joya que no se puede tasar, un objeto de museo, solo para los gobiernos ricos.

Era una especie de collar formado por diferentes dijes de oro representando idolillos entre escarabajos verdes

y azules, y en medio una cabeza de buitre, hecha de una piedra de un jaspe raro, entre dos alas estendidas, símbolo y adorno de las reinas egipcias.

Sinang al verlo arrugó la nariz é hizo una mueca de infantil desprecio, y Cpn. Basilio con todo su amor á la antigüedad no pudo contener un ¡abá! de desencanto.

--Es una magnífica joya muy bien conservada y cuenta casi dos mil años.

--¡Psh! se apresuró á decir Sinang para que su padre no cayese en la tentacion.

--¡Tonta! díjole éste que había podido vencer su primer desencanto; ¿qué sabes tú si se debe á ese collar la faz

actual de toda la sociedad? Con ése habrá cautivado Cleopatra á Cesar, á Marco Antonio

ardientes declaraciones de amor de los dos más grandes guerreros de su tiempo, ¡ése oyó frases en el más puro

y elegante latin y ya quisieras tu habértelo puesto!

ése ha oido las

--¿Yo? ¡no doy tres pesos!

--Veinte se pueden dar, ¡gonga! dijo Cpna. Tikâ en tono de conocedor; el oro es bueno y fundido servirá para otras alhajas.

--Este es un anillo que debió pertenecer á Sila, continuó Simoun.

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Era un anillo ancho, de oro macizo, con un sello.

--Con él había firmado las sentencias de muerte durante su dictadura, dijo Cpn. Basilio pálido de emocion.

Y trató de examinarlo y decifrar el sello, pero por más que hizo y le dió vueltas, como no entendía de paleografía, nada pudo leer.

--¡Qué dedo tenía Sila! observó al fin; caben dos de los nuestros; como digo, decaemos.

--Tengo aun otras muchas alhajas

--Si son todas por el estilo, ¡gracias! contestó Sinang; prefiero las modernas.

Cada uno escogió una alhaja, quien un anillo, quien un reloj, quien un guardapelo. Capitana Tikâ compró un relicario que contenía un pedazo de la piedra sobre la cual se apoyó N. S. en su tercera caida; Sinang, un par de pendientes y Cpn. Basilio, la cadena de reloj para el alférez, los pendientes de señora para el cura con más otras cosas de regalo; las otras familias del pueblo de Tianì por no quedarse menos que las S. Diego vaciaron igualmente sus bolsillos.

Simoun compraba tambien alhajas viejas, hacía cambios, y las económicas madres habían traido las que no les servían.

--Y ¿usted, no tiene nada que vender? preguntó Simoun á Cabesang Tales, viéndole mirar con ojos codiciosos todas las ventas y cambios que se hacían.

Cabesang Tales dijo que las alhajas de su hija habían sido vendidas y las que quedaban no valían nada.

--¿Y el relicario de María Clara? preguntó Sinang.

--¡Es verdad! exclamó el hombre, y un momento sus ojos brillaron.

--Es un relicario con brillantes y esmeraldas, dijo Sinang al joyero; mi amiga lo usaba antes de entrar de monja.

Simoun no contestó: seguía ansioso con la vista á Cabesang Tales.

Despues de abrir varios cajones dió con la alhaja. Contemplólo Simoun detenidamente, lo abrió y lo cerró repetidas veces: era el mismo relicario que María Clara llevaba en la fiesta de San Diego y que en un movimiento de compasion había dado á un lazarino.

--Me gusta la forma, dijo Simoun, ¿cuánto quiere usted por ella?

Cabesang Tales se rascó la cabeza perplejo, despues la oreja y miró á las mujeres.

--Tengo un capricho por ese relicario, repitió Simoun; quiere usted ciento cambiarlo con otro? ¡Escoja usted lo que quiera!

¿quinientos pesos? ¿Quiere usted

Cabesang Tales estaba silencioso, y miraba embobado á Simoun como si dudase de lo que oía.

--¿Quinientos pesos? murmuró.

--Quinientos, repetió el joyero con voz alterada.

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Cabesang Tales cogió el relicario y le dió varias vueltas: sus sienes le latían violentamente, sus manos

temblaban. ¿Si pidiese él más? aquel relicario les podría salvar; era excelente ocasion aquella, y no se volvería

á presentar otra.

Todas las mujeres le guiñaban para que lo vendiese menos la Penchang que temiendo rescatasen á Julî observó devotamiente:

--Yo lo guardaría como reliquia

que dicen, apenas podía hablar y se cree que morirá como una santa

que es su confesor. Por eso será que Julî no ha querido desprenderse de él prefiriendo empeñarse.

Los que vieron á María Clara en el convento la hallaron tan flaca, tan flaca

El P. Salví habla muy bien de ella como

La observacion surtió efecto.

El recuerdo de su hija detuvo á Cabesang Tales.

--Si me permitís, dijo, iré al pueblo á consultarlo con mi hija: antes de la noche estaré de vuelta.

Quedáronse en ello y Cabesang Tales bajó inmediatamente.

Mas cuando se encontró fuera del barrio, divisó á lo lejos, en un sendero que se internaba en el bosque, al fraile hacendero, y á un hombre que él reconoció por el que le había tomado sus terrenos. Un marido que ve á su mujer entrando con un hombre en una secreta alcoba, no habría sentido más ira, ni más celos que Cabesang Tales viendo á aquellos dos dirigirse á sus campos, á los campos por él trabajados y que creía poder legar á sus hijos. Se le figuró que aquellos dos se reían, se burlaban de su impotencia; le vino á la memoria lo que él había dicho «no los cederé sino al que los regase con su sangre y enterrase en ellos á su mujer y á su hija»

Paróse, se pasó una mano por la frente y cerró los ojos; cuando los abrió, vió que el hombre se retorcía riendo

y el lego se cogía el vientre como para evitar que estalle de alegría y luego vió que señalaban hácia su casa y volvían á reir.

Un ruido vibró en sus orejas, sintió al rededor de las sienes el chasquido de un latigazo, la nube roja reapareció ante sus ojos, volvió á ver los cadáveres de su mujer é hija, y al lado el hombre y el fraile riendo y cogiéndose la cintura.

Olvidóse de todo, dió media vuelta y siguió el sendero por donde marchaban aquellos: era el sendero que conducía á sus terrenos.

Simoun aguardó en vano que volviese aquella noche Cabesang Tales.

Al día siguiente cuando se levantó, observó que la funda de cuero de su revólver estaba vacía: abrióla y dentro encontró una papel que contenía el relicario de oro con las esmeraldas y brillantes y algunas líneas escritas en tagalo que decían:

«Perdonareis, señor, que estando en mi casa os prive de lo que es vuestro, mas, la necesidad me obliga, y en cambio de vuestro revólver os dejo el relicario que tanto deseabais. Necesito armas y parto á reunirme con los tulisanes.

Os recomiendo no sigais vuestro camino, porque si caeis en nuestro poder, como ya no sois mi huesped, os exigiremos un considerable rescate.»

Telesforo Juan de Dios.

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--¡Al fin tengo á mi hombre! murmuró respirando Simoun; es algo escrupuloso cumplir con sus compromisos!

pero tanto mejor: ¡sabrá

Y ordenó á su criado que por el lago se fuese á Los Baños se llevase la maleta grande y le esperase allí,

porque él por tierra iba á seguir su viaje llevándose la que contenía sus famosas piedras.

La llegada de cuatro Guardias Civiles acabó de ponerle de buen humor. Venían á prender á Cabesang Tales y no encontrándole se llevaban á Tandang Selo.

Tres asesinatos se habían cometido durante la noche. El fraile hacendero y el nuevo inquilino de los terrenos de Cabesang Tales se habían encontrado muertos, rota la cabeza y llena de tierra la boca, en los linderos de los terrenos de aquel; en el pueblo, la mujer del inquilino muerto amaneció tambien asesinada, la boca llena igualmente de tierra y el cuello cortado, con un papel al lado donde se leía el nombre «Tales» escrito en sangre como trazado por un dedo

¡Tranquilizaos, pacíficos vecinos de Kalamba! ¡Ninguno de vosotros se llama Tales, ninguno de vosotros ha cometido el crímen! ¡Vosotros os llamais Luis Habaña, Matías Belarmino, Nicasio Eigasani, Cayetano de Jesus, Mateo Elejorde, Leandro Lopez, Antonino Lopez, Silvestre Ubaldo, Manuel Hidalgo, Paciano

Mercado, os llamais todo el pueblo de Kalamba!

ellos el trabajo de toda vuestra vida, economías, insomnios, privaciones, y os han despojado de ellos, lanzado de vuestros hogares y han prohibido á los demás os diesen hospitalidad! No se contentaron con violar la

justicia, hollaron las sagradas tradiciones de vuestro pais

¡Habeis limpiado vuestros campos, habeis empleado en

Vosotros habeis servido á España y al rey, y

cuando en nombre de ellos pedisteis justicia, y se os desterró sin proceso, se os arrancó de los brazos de

vuestras esposas, de los besos de vuestros hijos sin embargo ninguno, ninguno se ha hecho justicia

perseguido hasta más allá de la tumba como á Mariano Herbosa

vagais ociosos, inciertos del porvenir! ¡La España, la generosa España vela sobre vosotros y tarde ó temprano obtendreis justicia!

Cualquiera de vosotros ha sufrido más que Cabesang Tales y

No hubo piedad ni humanidad para vosotros y se os ha

¡Llorad ó reid en las islas solitarias donde

XI

LOS BAÑOS

Su Excelencia el Capitan General y Gobernador de las Islas Filipinas había estado cazando en Bosoboso. Pero como tenía que ir acompañado de una banda de música--porque tan elevado personaje no iba á ser menos que los imágenes de palo que llevan en procesion,--y como la aficion al divino arte de Sta. Cecilia aun no se ha popularizado entre los ciervos y jabalíes de Bosoboso, S. E. con la banda de música y su cortejo de frailes, militares y empleados no pudo pillar ni un solo raton, ni una sola ave.

Las primeras autoridades de la provincia previeron futuras cesantías ó cambios de destino; los pobres

gobernadorcillos y cabezas de barangay se inquietaron y no pudieron dormir, temiendo no vaya á antojársele

al divino cazador sustituir con sus personas la falta de sumision de los cuadrúpedos del bosque, como ya lo

había hecho años antes un alcalde viajando en hombros de polistas porque no había caballos tan mansos para responder de su persona. No faltó un mal intencionado susurro de que S. E. estaba decidido á hacer algo, porque en aquello veía los primeros síntomas de una rebelion que convenía sofocar en su cuna, que una caza sin resultados desprestigia el nombre español, etc., y ya se echaba el ojo á un infeliz para vestirle de venado, cuando S. E. en un acto de clemencia que Ben Zayb no sabía con qué frases encomiar, disipó todas las inquietudes, declarando que le daba pena sacrificar á su placer los animales del bosque.

A decir verdad, S. E. estaba contento y satisfecho inter se, pues ¿qué habría sucedido si hubiese fallado una

pieza, un ciervo de esos que no estan al tanto de las conveniencias políticas? ¿á dónde iba á parar el prestigio soberano? ¿Cómo? ¿Todo un Capitan General de Filipinas errando una pieza, como un cazador novel? ¿Qué

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dirían los indios entre los cuales hay regulares cazadores? Peligraría la integridad de la patria

Así es como S. E., con una risa de conejo y echándoselas de cazador descontento, ordenó la inmediata vuelta á Los Baños, no sin hablar durante el viaje de sus hazañas cinegéticas en tal ó cual soto de la Península como quien no quiere la cosa, adoptando un tono algo despreciativo, muy conveniente al caso, para las cacerías de Filipinas, ¡psé! Los baños en el Dampalit (Daang pa liit), las estufas á orillas del lago, y los tresillos en el palacio con tal ó cual escursion á la vecina cascada ó á la laguna de los caimanes ofrecían más atractivos y menos riesgos para la integridad de la patria.

Allá por los últimos días de Diciembre encontrábase S. E. en la sala jugando al tresillo, en tanto esperaba la hora del almuerzo. Venía de tomar el baño con el consabido vaso de agua y carne tierna de coco y estaba en la mejor disposicion posible para conceder gracias y favores. Aumentaba su buen humor la circunstancia de dar muchos codillos, pues el P. Irene y el P. Sibyla que con él jugaban, desplegaban cada uno toda su inteligencia para hacerse perder disimuladamente, con gran irritacion del P. Camorra que por haber llegado, tan solo aquella mañana no estaba al tanto de lo que se intrigaba. El fraile-artillero como jugaba de buena fé y ponía atencion, se ponía colorado y se mordía los labios cada vez que el P. Sibyla se distraía ó calculaba mal, pero no se atrevía á decir palabra por el respeto que el dominico le inspiraba; en cambio se desquitaba contra el P. Irene á quien tenía por bajo y zalamero y despreciaba en medio de su rudeza. El P. Sibyla ni le miraba siquiera; le dejaba bufar; el P. Irene, más humilde, procuraba escusarse acariciando la punta de su larga nariz. S. E. se divertía y se aprovechaba, á fuer de buen táctico como se lo insinuaba el canónigo, de las equivocaciones de sus contrarios. Ignoraba el P. Camorra que sobre la mesita se jugaba el desenvolvimiento intelectual de los filipinos, la enseñanza del castellano, y á haberlo sabido, acaso con alegría hubiera tomado parte en el juego.

Al traves del balcon abierto en todo su largo, entraba la brisa, fresca y pura, y se descubría el lago cuyas aguas murmuraban dulcemente al pié del edificio como rindiendo homenaje. A la derecha, á lo lejos, se veía la isla de Talim, de de un puro azul; en medio del lago y en frente casi, una islita verde, la isla de Kalamba, desierta, en forma de medialuna, á la izquierda, la hermosa costa bordada de cañaverales, un montecillo que domina el lago, despues vastas sementeras despues techos rojos por entre el verde oscuro de los árboles, el pueblo de Kalamba, despues la costa se pierde á lo lejos, y en el fondo, el cielo cierra el horizonte descendiendo sobre las aguas dando al lago apariencias de mar y justificando la denominacion que los indios le dan de dagat na tabang.

Hácia un estremo de la sala, sentado y delante de una mesita donde se veían algunos papeles estaba el secretario. Su Excelencia era muy trabajador y no le gustaba perder tiempo así es que despachaba con él mientras servía de alcalde en el tresillo y en los momentos en que se daban las cartas.

En el entretanto el pobre secretario bostezaba y se desesperaba. Aquella mañana trabajaba como todos los días en cambios de destino, suspension de empleos, deportaciones, concesion de gracias, etc. y no se tocaba todavía la gran cuestion que tanta curiosidad despertaba, la peticion de los estudiantes solicitando permiso para la creacion de una Academia de castellano.

Paseándose de un estremo á otro y conversando animadamente aunque en voz baja se veía á don Custodio, á un alto empleado, y á un fraile que llevaba la cabeza baja con aire de pensativo ó disgustado; llamábase el P. Fernandez. De una habitacion contigua salían ruidos de bolas chocando unas con otras, risas, carcajadas, entre ellas la voz de Simoun seca é incisiva: el joyero jugaba al billar con Ben Zayb.

De repente el P. Camorra se levantó.

--¡Que juegue Cristo, puñales! exclamó arrojando las dos cartas que le quedaban, á la cabeza del P. Irene; ¡puñales! ¡la puesta estaba segura cuando no el codillo, y lo perdemos por endose! ¡Puñales, que juegue Cristo!

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Y furioso, explicaba á todos los que estaban en la sala el caso dirigiéndose especialmente á los tres paseantes

como tomándoles por jueces. Jugaba el General, él hacía la contra, el P. Irene ya tenía su baza; arrastra él con

el espadas y ¡puñales! el camote del P. Irene no rinde, no rinde la mala. ¡Que juegue Cristo! El hijo de su

madre no se había ido allí á romperse la cabeza inútilmente y á perder su dinero.

--Si creerá el nene, añadía muy colorado, que los gano de bóbilis bóbilis. ¡Tras de que mis indios ya empiezan á regatear!

Y gruñendo y sin hacer caso de las disculpas del P. Irene que trataba de esplicarse frotándose la trompa para

ocultar su fina sonrisa, se fué al cuarto de billar.

--P. Fernandez, ¿quiere usted sentarse? preguntó el P. Sibyla.

--¡Soy muy mal tresillista! contesta el fraile haciendo una mueca.

--Entonces que venga Simoun, dijo el General; ¡eh, Simoun, eh, mister! ¿Quiere usted echar una partida?

--¿Qué se dispone acerca de las armas de salon? preguntó el secretario aprovechando la pausa.

Simoun asomó la cabeza.

--¿Quiere usted ocupar el puesto del P. Camorra, señor Simbad? preguntó el P. Irene; usted pondrá brillantes en lugar de fichas.

--No tengo ningun inconveniente, contestó Simoun acercándose y sacudiendo la tiza que manchaba sus manos; y ustedes, ¿qué ponen?

--¿Qué vamos á poner? contestó el P. Sibyla. El General pondrá lo que guste, pero nosotros, religiosos, sacerdotes

--¡Bah! interrumpió Simoun con ironía; usted y el P. Irene pagarán con actos de caridad, oraciones, virtudes,

¿eh?

--Sabe usted que las virtudes que uno pueda tener, arguyó gravemente el P. Sibyla, no son como los brillantes

que pueden pasar de mano en mano, venderse y revenderse sujeto

residen en el ser, son accidentes inherentes en el

--Me contento entonces con que ustedes me paguen de boquilla, replicó alegremente Simoun; usted, P. Sibyla,

en vez de darme cinco tantos me dirá, por ejemplo: renuncio por cinco días á la pobreza, á la humildad, á la

obediencia

usted; P. Irene: renuncio á la castidad, á la largueza, etc. ¡Ya ven que es poca cosa y yo doy mis

brillantes!

--¡Qué hombre más singular es este Simoun, qué ocurrencias tiene! dijo el P. Irene riendo.

--Y éste continuo Simoun tocando familiarmente en el hombro á Su Excelencia, éste me pagará cinco tantos, un vale por cinco días de carcel; un solo, cinco meses; un codillo, orden de deportacion en blanco; una bola digamos una ejecucion espedita por la Guardia Civil mientras se le conduce á mi hombre de un pueblo á otro, etc.

El envite era raro. Los tres paseantes se acercaron.

--Pero, señor Simoun, preguntó el alto empleado, ¿qué saca usted con ganar virtudes de boquilla, y vidas y

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destierros y ejecuciones espeditas?

--¡Pues mucho! Estoy cansado de oir hablar de virtudes y quisiera tenerlas todas, todas las que hay en el mundo encerradas en un saco para arrojarlas al mar, aun cuando tuviera que servirme de todos mis brillantes como de lastre

--¡Vaya un capricho! exclamó el P. Irene riendo; ¿y de los destierros y ejecuciones espeditas?

--Pues, para limpiar el pais y destruir toda semilla mala

--¡Vamos! todavía está usted furioso con los tulisanes y cuidado que bien podían haberle exigido un rescate mayor ó quedarse con todas sus alhajas. ¡Hombre, no sea usted ingrato!

Simoun contaba que había sido atajado por una banda de tulisanes quienes, despues de agasajarle por un día le dejaron seguir el viaje sin exigirle más rescate que sus dos magníficos revólvers Smith y las dos cajas de cartuchos que consigo llevaba. Añadía que los tulisanes le habían encargado muchas memorias para su Excelencia, el Capitan General.

Y por esto y como contase Simoun que los tulisanes estaban muy bien provistos de escopetas, fusiles y

revólvers, y que contra semejantes individuos un hombre solo por bien armado que estuviese no se podía defender, S. E. para evitar en lo futuro que los tulisanes adquieran armas, iba á dictar un nuevo decreto concerniente á las pistolas de salon.

--¡Al contrario, al contrario! protestaba Simoun; si para mí los tulisanes son los hombres más honrados del

país; son los únicos que ganan su arroz debidamente

de usted por ejemplo, ¿me habría dejado escapar sin quitarme la mitad de mis alhajas, cuando menos?

Creen ustedes que si hubiera caido en manos

¡vamos!

Don Custodio iba á protestar: aquel Simoun era verdaderamente un grosero mulato americano que abusaba de su amistad con el Capitan General para insultar al P. Irene. Verdad es tambien que el P. Irene tampoco le habría soltado por tan poca cosa.

--Si el mal no está, prosiguió Simoun, en que haya tulisanes en los montes y en el despoblado; el mal está en los tulisanes de los pueblos y de las ciudades

--Como usted, añadió riendo el canónigo.

--Sí, como yo, como nosotros, seamos francos, aquí no nos oye ningun indio, continuó el joyero; el mal está

en que todos no seamos tulisanes declarados; cuando tal suceda y vayamos á habitar en los bosques, ese día se

ha salvado el país, ese día nace una nueva sociedad que se arreglará ella sola tranquilamente al tresillo sin necesidad de que le distraiga el secretario

y S. E. podrá entonces jugar

El secretario bostezaba en aquel momento estendiendo ambos brazos por encima de la cabeza y estirando en

lo posible las piernas cruzadas por debajo de la mesita.

Al verle todos se rieron. Su Excelencia quiso cortar el giro de la conversacion y soltando las cartas que había estado peinando dijo entre serio y risueño:

--¡Vaya, vaya! basta de bromas y juegos; trabajemos, trabajemos de firme que aun tenemos media hora antes del almuerzo. ¿Hay muchos asuntos que despachar?

Todos prestaron atencion. Aquel día se iba á dar la batalla sobre la cuestion de la enseñanza del castellano por

la que estaban allí desde hace días el P. Sibyla y el P. Irene. Se sabía que el primero, como Vice Rector, estaba

El Filibusterismo, by José Rizal

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opuesto al proyecto y que el segundo lo apoyaba y sus gestiones lo estaban á su vez por la señora condesa.

--¿Qué hay, qué hay? preguntaba S. E. impaciente.

--La juehion je lah jamah je jalon, repitió el secretario ahogando un bostezo.

--¡Quedan prohibidas!

--Perdone, mi General, dijo el alto empleado gravemente: V. E. me permitirá que le haga observar que el uso de las armas de salon está permitido en todos los paises del mundo

El General se encogió de hombros.

--Nosotros no imitamos á ninguna nacion del mundo, observó secamente.

Entre S. E. y el alto empleado había siempre divergencia de opinion y basta que el último haga una observacion cualquiera para que el primero se mantenga en sus trece.

El alto empleado tanteó otro camino.

--Las armas de salon solo pueden dañar á los ratones y gallinas, dijo; van á decir que

--¿Que somos gallinas? continuó el General encogiéndose de hombros; y á mí, ¿qué? Pruebas he dado yo de no serlo.

--Pero hay una cosa, observó el secretario; hace cuatro meses, cuando se prohibió el uso de las armas, se les ha asegurado á los importadores estrangeros que las de salon serían permitidas.

Su Excelencia frunció las cejas.

--Pero la cosa tiene arreglo, dijo Simoun.

--¿Cómo?

--Sencillamente. Las armas de salon tienen casi todas seis milimetros de calibre, al menos las que existen en el mercado. ¡Se autoriza la venta solo para todos los que no tengan esos seis milimetros!

Todos celebraron la ocurrencia de Simoun, menos el alto empleado que murmuró al oido del P. Fernandez que aquello no era serio ni se llama gobernar.

--El maestro de Tianì, continuó el secretario hojeando unos papeles, solicita se le dé mejor local para

--¿Qué más local si tiene un camarin para él solo? interrumpió el P. Camorra que había acudido olvidándose ya del tresillo.

--Dice que está destechado, repuso el secretario, y que habiendo comprado de su bolsillo mapas y cuadros, no puede esponerlos á la intemperie

--Pero yo nada tengo que ver con eso, murmuró S. E.; que se dirija al Director de Administracion, al Gobernador de la provincia ó al Nuncio

--Lo que le diré á usted, dijo el P. Camorra, es que ese maestrillo es un filibusterillo descontento: ¡figúrense

El Filibusterismo, by José Rizal

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ustedes que el hereje propala que lo mismo se pudren los que se entierran con pompa que los que sin ella! ¡Algun día le voy á dar de cachetes!

Y el P. Camorra cerraba sus puños.

--Y á decir verdad, observó el P. Sibyla como dirigiéndose nada más que al P. Irene; el que quiere enseñar, enseña en todas partes, al aire libre: Sócrates enseñaba en las plazas públicas, Platon en los jardines de Academo, y Cristo en las montañas y lagos.

--Tengo varias quejas contra ese maestrillo, dijo S. E. cambiando una mirada con Simoun; creo que lo mejor será suspenderle.

--¡Suspendido! repitió el secretario.

Diole pena al alto empleado la suerte de aquel infeliz que pedía ausilio y se encontró con la cesantía y quiso hacer algo por él.

--Lo cierto es, insinuó con cierta timidez, que la enseñanza no está del todo bien atendida

--He decretado ya numerosas sumas para la compra de materiales, dijo con altivez su Excelencia como si quisiese significar: ¡He hecho más de lo que debía!

--Pero como faltan locales á propósito, los materiales que que se compren se echarán á perder

--No todo se puede hacer de una vez, interrumpió secamente S. E.; los maestros de aquí hacen mal en pedir edificios cuando los de la Península se mueren de hambre. ¡Mucha presuncion es querer estar mejor que en la misma Madre Patria!

--Filibusterismo

--¡Ante todo la Patria! ¡ante todo somos españoles! añadió Ben Zayb con los ojos brillantes de patriotismo y poniéndose algo colorado cuando vió que se quedó solo.

--En adelante, terminó el General, todos los que se quejen serán suspendidos.

--Si mi proyecto fuese aceptado, se aventuró á decir don Custodio como hablando consigo mismo.

--¿Relativo á los edificios de las escuelas?

--Es sencillo, práctico y económico como todos mis proyectos, nacidos de una larga esperiencia y del conocimiento del pais. Los pueblos tendrían escuelas sin que le costasen un cuarto al gobierno.

--Enterado, repuso con sorna el secretario; obligando á los pueblos á que los construyan á su costa.

Todos se echaron á reir.

--No señor, no señor, gritó don Custodio picado y poniéndose colorado: los edificios están levantados y solo esperan que se los utilice. Higiénicos, inmejorables, espaciosos

Los frailes se miraron con cierta inquietud. ¿Propondría don Custodio que se convirtiesen en escuelas las iglesias y los conventos ó casas parroquiales?

El Filibusterismo, by José Rizal

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--¡Veámoslo! dijo el General frunciendo el ceño.

--Pues, mi General, es muy sencillo, repuso don Custodio estirándose y sacando la voz hueca de ceremonia;

las escuelas solo estan abiertas en los días de trabajo, y las galleras en los de fiesta

escuelas las galleras, al menos durante la semana.

Pues conviértanse en

--¡Hombre, hombre, hombre!

--¡Ya pareció aquello!

--Pero ¡qué cosas tiene usted, don Custodio!

--¡Vaya un proyecto que tiene gracia!

--¡Este les pone á todos la pata!

--Pero, señores, gritaba don Custodio al oir tantas exclamaciones; seamos prácticos, ¿qué local hay más á propósito que las galleras? Son grandes, estan bien construidas, y maldito para lo que sirven durante la semana. Hasta desde un punto de vista moral, mi proyecto es muy aceptable: serviría como una especie de purificacion y expiacion semanal del templo del juego, digámoslo así.

--Pero es que á veces hay juego de gallos durante la semana, observó el P. Camorra, y no es justo que pagando

los contratistas de las galleras al gobierno

--¡Vaya! ¡por esos días se cierra la escuela!

--¡Hombre, hombre! dijo el Cpn. General escandalizado; ¡tal horror no sucederá mientras yo gobierne! ¡Que

se

cierren las escuelas porque se juega! ¡Hombre, hombre, hombre! ¡primero presento la dimision!

Y

S. E. estaba verdaderamente escandalizado.

--Pero, mi General, vale más que se cierren por algunos días que no por meses.

--¡Eso sería inmoral! añadió el P. Irene más indignado todavía que su Excelencia.

--Más inmoral es que los vicios tengan buenos edificios y las letras ninguno

nos dejemos llevar de sentimentalismos. En política no hay cosa peor como el sentimentalismo. Mientras por respetos humanos prohibimos el cultivo del opio en nuestras colonias, toleramos que en ellas se fume, resulta que no combatimos el vicio pero nos empobrecemos

Seamos prácticos, señores, y no

--Pero observe usted que eso le produce al gobierno sin trabajo ninguno, más de cuatrocientos cincuenta mil pesos, repuso el P. Irene que se hacía más y más gubernamental

--¡Basta, basta, señores! dijo S. E. cortando la discusion: yo tengo mis proyectos sobre el particular y dedico

mi

particular atencion al ramo de instruccion pública. ¿Hay algo más?

El

secretario miró con cierta inquietud al P. Sibyla y al P. Irene. Lo gordo iba á salir. Ambos se prepararon.

--La solicitud de los estudiantes pidiendo autorizacion para abrir una Academia de Castellano, contestó el secretario.

Un movimiento general se notó entre los que estaban en la sala y despues de mirarse unos á otros fijaron sus

El Filibusterismo, by José Rizal

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ojos en el General para leer lo que dispondría. Hacía seis meses que la solicitud estaba allí aguardando un dictamen, y se había convertido en una especie de casus belli en ciertas esferas. Su Excelencia tenía los ojos bajos como para impedir que se leyesen sus pensamientos.

El silencio se hacía embarazoso y comprendiólo el General.

--¿Qué opina usted? preguntó al alto empleado.

--¡Qué he de opinar, mi General! contestó el preguntado encogiéndose de hombros y sonriendo amargamente; qué he de opinar sino que la peticion es justa, ¡justísima y que me parece estraño se hayan empleado seis meses en pensar en ella!

--Es que se atraviesan de por medio consideraciones, repuso el P. Sibyla friamente y medio cerrando los ojos.

Volvió á encogerse de hombros el alto empleado como quien no comprende qué consideraciones podían ser aquellas.

--Aparte de lo intempestivo del propósito, prosiguió el dominico, aparte de lo que tiene de atentatorio á nuestras prerrogativas

El P. Sibyla no se atrevió á continuar y miró á Simoun.

--La solicitud tiene un caracter algo sospechoso, concluyó éste cambiando una mirada con el dominico.

Este pestañeó dos veces. El P. Irene que los vió comprendió que su causa estaba ya casi perdida: Simoun iba contra ella.

--Es una rebelion pacífica, una revolucion en papel sellado, añadió el P. Sibyla.

--¿Revolucion, rebelion? preguntó el alto empleado mirando á unos y á otros como si nada comprendiese.

--La encabezan unos jóvenes tachados de demasiado reformistas y avanzados por no decir otra cosa, añadió el

secretario mirando al dominico. Hay entre ellos un tal Isagani, cabeza poco sentada clérigo

sobrino de un cura

--Es un discípulo mío, repuso el P. Fernandez, y estoy muy contento de él

--Puñales, ¡tambien es contentarse! exclamó el P. Camorra; en el vapor por poco nos pegamos de cachetes:

porque es bastante insolente, ¡le dí un empujon y me contestó con otro!

--Hay ademas un tal Macaragui ó Macarai

--Macarai, repuso el P. Irene terciando á su vez; un chico muy amable y simpático.

Y murmuró al oido del General:

--De ése le he hablado á usted, es muy rico

--¡Ah!

--Un estudiante de Medicina, un tal Basilio

la señora condesa se lo recomienda eficazmiente.

El Filibusterismo, by José Rizal

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--De ese Basilio no digo nada, repuso el P. Irene levantando las manos y abriéndolas como para decir dóminus vobiscum; ese para mí es agua mansa. Nunca he llegado á saber lo que quiere ni lo que piensa. ¡Qué lástima que el P. Salví no esté delante para darnos algunos de sus antecedentes! Creo haber oido decir que cuando

niño tuvo peras que partir con la Guardia Civil

su padre fué muerto en no recuerdo qué motin

Simoun se sonrió lentamente, sin ruido, enseñando sus dientes blancos y bien alineados

--¡Ajá! ¡ajá! decía S. E. moviendo la cabeza: ¿con que esas tenemos? ¡Apunte usted ese nombre!

--Pero, mi General, dijo el alto empleado viendo que la cosa tomaba mal giro; hasta ahora nada de positivo se sabe contra esos jóvenes; su peticion es muy justa, y no tenemos ningun derecho para negársela fundándonos solo en meras conjeturas. Mi opinion es que el gobierno, dando una prueba de su confianza en el pueblo y en

la estabilidad de su base, acuerde lo que se le pide; y libre á él despues de retirar el permiso cuando vea que se

abusa de su bondad. Motivos ni escusas no han de faltar, podemos vigilarles

jóvenes que despues pueden resentirse, ¿cuando lo que piden está mandado por reales decretos?

Para qué disgustar á unos

El P. Irene, don Custodio y el P. Fernandez asentían con la cabeza.

--¿Pero los indios no deben saber castellano, sabe usted? gritó el P. Camorra; no deben saber porque luego se

meten á discutir con nosotros, y los indios no deben discutir sino obedecer y pagar

interpretar lo que dicen las leyes ni los libros, ¡son tan sutiles y picapleitos! Tan pronto como saben el

castellano se hacen enemigos de Dios y de España un libro! ¡Tiene verdades como esto!

no deben meterse á

lea usted si no el tandang Basio Macunat; ¡ese sí que es

Y

enseñaba sus redondos puños.

El

P. Sibyla se pasó la mano por la corona en señal de impaciencia.

--¡Una palabra! dijo adoptando el tono más conciliador en medio de su irritacion; aquí no se trata solamente

de la enseñanza del castellano, aquí hay una lucha sorda entre los estudiantes y la Universidad de Sto Tomás;

si los estudiantes se salen con la suya, nuestro prestigio queda por los suelos, dirán que nos han vencido y

exultarán y ¡adios fuerza moral, adios todo! Roto el primer dique ¿quién contiene á esa juventud? ¡Con nuestra caida no haremos más que anunciar la de ustedes! Despues de nosotros el gobierno.

--¡Puñales, eso no! gritó el P. Camorra; veremos antes ¡quien tiene más puños!

Entonces habló el P. Fernandez que durante la discusion solo se había contentado con sonreir. Todos se pusieron atentos porque sabían que era una buena cabeza.

--No me quiera usted mal, P. Sibyla, si difiero de su manera de ver el asunto, pero es raro destino el mío de estar casi siempre en contradiccion con mis hermanos. Digo pues que no debemos ser tan pesimistas. La enseñanza del castellano se puede conceder, sin peligro ninguno y para que no aparezca como una derrota de

la Universidad, debíamos los dominicos hacer un esfuerzo y ser los primeros en celebrarla: allí está la política.

¿Para qué vamos á estar en contínua tirantez con el pueblo, si despues de todo somos los pocos y ellos los

más, si nosotros necesitamos de ellos y no ellos de nosotros?--Espere usted, P. Camorra, ¡espere usted!--Pase que por ahora el pueblo sea debil y no tenga tantos conocimientos, yo tambien lo creo así, pero no será mañana, ni pasado. Mañana ó pasado serán los más fuertes, sabrán lo que les convendrá y no lo podemos

impedir, como no se puede impedir que los niños, llegados á cierta edad, se enteren de muchas cosas

pues, por qué no aprovechamos este estado de ignorancia para cambiar por completo de política, para fundarla sobre una base sólida, imperecedera, ¿la justicia por ejemplo en vez de la base ignorancia? Porque no hay como ser justos, esto se lo he dicho siempre á mis hermanos y no me quieren creer. El indio, como todo pueblo joven, es idólatra de la justicia; pide el castigo cuando ha faltado, así como le exaspera cuando no lo ha

Digo

El Filibusterismo, by José Rizal

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merecido. ¿Es justo lo que desean? pues á concederlo, démosles todas las escuelas que quieran, ya se cansarán: la juventud es holgazana y lo que la pone en actividad es nuestra oposicion. Nuestro lazo prestigio, P. Sibyla, está ya muy gastado, preparemos otro, el lazo gratitud por ejemplo. No seamos tontos, hagamos lo que los cucos jesuitas

--¡Oh, oh, P. Fernandez!

No, no; todo lo podía tolerar el P. Sibyla menos proponerle á los jesuitas por modelo. Tembloroso y pálido se deshizo en amargas recriminaciones.

--Primero franciscano

--¡Oh, oh!

--¡Eh, eh! ¡¡Padre P--!!

¡cualquier cosa antes que jesuita! dijo fuera de sí.

Vino una discusion en que todos, olvidándose del Capitan General, intervinieron; hablaban á la vez, gritaban, no se entendían, se contradecían; Ben Zayb las tenía con el P. Camorra y se enseñaban los puños, el uno hablaba de gansos y el otro de chupa-tintas, el P. Sibyla hablaba del Capítulo y el P. Fernandez, de la Summa de Sto. Tomás, etc. hasta que entró el cura de Los Baños á anunciar que el almuerzo estaba servido.

Su Excelencia se levantó y así se cortó la discusion.

--¡Ea, señores! dijo; ¡hoy hemos trabajado como negros y eso que estamos de vacaciones! Alguien dijo que los asuntos graves deben tratarse en los postres. Yo soy en absoluto de esa opinion.

--Podemos indigestarnos, observó el secretario aludiendo al calor de la discusion.

--Entonces lo dejaremos para mañana.

Todos se levantaron.

--Mi General, murmuró el alto empleado; la hija de ese Cabesang Tales ha vuelto solicitando la libertad de su abuelo enfermo, preso en lugar del padre

Su Excelencia le miró disgustado y se pasó la mano por la ancha frente.

--¡Carambas! ¡que no le han de dejar á uno almorzar en paz!

--Es el tercer día que viene; es una pobre muchacha

--¡Ah, demonios! exclamó el P. Camorra; yo me decía: algo tengo que decir al General, para eso he venido ¡para apoyar la peticion de esa muchacha!

El General se rascó detrás de la oreja.

--¡Vaya! dijo; que el secretario ponga un volante al teniente de la Guardia Civil, ¡para que le suelten! ¡No dirán que no somos clementes ni misericordiosos!

Y miró á Ben Zayb. El periodista pestañeó.

El Filibusterismo, by José Rizal

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PLACIDO PENITENTE

De mala gana y con los ojos casi llorosos iba Plácido Penitente por la Escolta para dirigirse á la Universidad de Santo Tomás.

Hacía una semana apenas que había llegado de su pueblo y ya había escrito dos veces á su madre reiterando sus deseos de dejar los estudios para retirarse y trabajar. Su madre le había contestado que tuviese paciencia, que cuando menos debía graduarse de bachiller en artes, pues era triste abandonar los libros despues de cuatro años de gastos y sacrificios por parte de uno y otro.

¿De dónde le venía á Penitente el desamor al estudio, cuando era uno de los más aplicados en el famoso colegio que el P. Valerio dirigía en Tanawan? Penitente pasaba allí por ser uno de los mejores latinistas y sutiles argumentadores, que sabían enredar ó desenredar las cuestiones más sencillas ó abstrusas; los de su pueblo le tenían por el más listo, y su cura, influido por aquella fama, ya le daba el grado de filibustero, prueba segura de que no era tonto ni incapaz. Sus amigos no se explicaban aquellas ganas de retirarse y dejar los estudios; no tenía novias, no era jugador, apenas conocía el hunkían y se aventuraba en un revesino, no creía en los consejos de los frailes, se burlaba del tandang Basio, tenía dinero de sobra, trajes elegantes, y sin embargo iba de mala gana á clase y miraba con asco los libros.

En el Puente de España, puente que solo de España tiene el nombre pues hasta sus hierros vinieron del Extrangero, encontróse con la larga procesion de jóvenes que se dirigían á Intramuros para sus respectivos colegios. Unos iban vestidos á la europea, andaban de prisa, cargando libros y cuadernos, preocupados, pensando en su leccion y en sus composiciones; estos eran los alumnos del Ateneo. Los letranistas se distinguían por ir casi todos vestidos á la filipina, más numerosos y menos cargados de libros. Los de la Universidad visten con más esmero y pulcritud, andan despacio y, en vez de libros, suelen llevar un baston. La juventud estudiosa de Filipinas no es muy bulliciosa ni bullanguera; va como preocupada; al verla cualquiera diría que delante de sus ojos no luce ninguna esperanza, ningun risueño porvenir. Aunque de espacio en espacio alegran la procesion las notas simpáticas y ricas en colores de las educandas de la Escuela Municipal con la cinta sobre el hombro y los libros en la mano, seguidas de sus criadas, sin embargo apenas resuena una risa, apenas se oye una broma; nada de canciones, nada de salidas graciosas; á lo más bromas pesadas, peleas entre los pequeños. Los grandes casi siempre van serios y bien compuestos como los estudiantes alemanes.

Plácido seguía el paseo de Magallanes para entrar por la brecha--antes puerta--de Sto. Domingo, cuando de repente recibió una palmada sobre el hombro que le hizo volverse inmediatamente de mal humor.

--¡Olé, Penitente, olé, Penitente!

Era el condiscipulo Juanito Pelaez, el barbero ó favorito de los profesores, pillo y malo como él solo, de mirada picaresca y sonrisa de truhan. Hijo de un mestizo español,--rico comerciante en uno de los arrabales que cifraba todas sus alegrías y esperanzas en el talento del joven,--prometía mucho por sus picardías y, gracias á su costumbre de jugar malas pasadas á todos, escondiéndose despues detrás de sus compañeros, tenía una particular joroba que se aumentaba cada vez que hacía una de las suyas y se reía.

--¿Cómo te has divertido, Penitente? preguntaba dándole palmadas fuertes sobre el hombro.

--Así, así, contestó Plácido, algo cargado, ¿y tú?

--¡Pues, divinamente! Figúrate que el cura de Tianì me invita á pasar las vacaciones en su pueblo, me voy

¡chico! ¿le conoces al P. Camorra? Pues es un cura liberal, muy campechano, franco, muy franco, de esos por

el estilo del P. Paco

peteneras y yo con mi violin subido!

Y como había chicas muy guapas, dábamos cada jarana, él con su guitarra y sus

Te digo, chico, que nos divertimos en grande; ¡no hay casa que no hayamos

El Filibusterismo, by José Rizal

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Y murmuró al oido de Plácido algunas palabras echándose á reir despues. Y como Plácido manifestára cierta

estrañeza, añadió:

--¡Te lo puedo jurar! No tienen más remedio, porque con un espediente gubernativo se deshace del padre, ¡marido ó hermano y santas pascuas! Sin embargo nos hemos encontrado con una tonta, novia creo yo de Basilio, ¿sabes? ¡Mira que tonto es ese Basilio! Tener una novia que no sabe una palabra de español, ¡ni tiene dinero y que ha sido criada! Arisca como ella sola pero bonita: el P. Camorra la emprendió una noche de bastonazos con dos bagontaos que la daban serenata y yo no sé como no los mató. Pero con todo, ¡sigue tan arisca como siempre! Pero tendrá que pasar por ello como todas, ¡como todas!

Juanito Pelaez se reía con la boca llena como si aquello le supiese á gloria. Plácido le miró con disgusto.

--Oye y ¿qué explicó ayer el catedrático? preguntó cambiando de conversacion.

--Ayer no hubo clase.

--¡Ojó! ¿Y antes de ayer?

--¡Hombre, jueves!

--Es verdad ¡qué bruto soy! Sabes, Plácido, ¿que me voy volviendo bruto? Y ¿el miércoles?

--¿El miércoles? Aguarda

el miércoles lloviznó.

--¡Magnífico! ¿y el martes, chico?

--El martes era la fiesta del Catedrático y fuimos á festejarle con una orquesta, un ramillete de flores y algunos regalos

--¡Ah, carambas! exclamó Juanito, que lo he olvidado ¡qué bruto soy! Oye, ¿y preguntó por mí?

Penitente se encogió de hombros.

--No lo sé, pero le entregaron la lista de los festejantes.

--¡Carambas!

oye, y el lunes ¿qué hubo?

--Como era el primer día de clase, leyó la lista y señaló la leccion: sobre los espejos. ¡Mira! desde aquí hasta

allí, de memoria, al pié de la letra

¡se salta todo este trozo y se da esto!

Y le indicaba con el dedo en la Física de Ramos los puntos que se tenían que aprender, cuando de repente

saltó el libro por los aires, merced á una palmada que le aplicó Juanito de abajo arriba.

--Hombre, déjate de lecciones, ¡vamos á hacer día pichido!

Día pichido llaman los estudiantes de Manila al que encontrándose entre dos de fiesta, resulta suprimido, como estrujado por voluntad de los estudiantes.

--¿Sabes tu que verdaderamente eres un bruto? replicó furioso Plácido recogiendo su libro y sus papeles.

--¡Vamos á hacer día pichido! repetía Juanito.

El Filibusterismo, by José Rizal

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Plácido no quería: por dos menos no cierran una clase de más de ciento cincuenta. Se acordaba de las fatigas y economías de su madre que le sustentaba en Manila privándose ella de todo.

En aquel momento entraban por la brecha de Sto. Domingo.

--Ahora me acuerdo, exclama Juanito al ver la plazoleta delante del antiguo edificio de la aduana; ¿sabes que estoy encargado para recoger la contribucion?

--¿Qué contribucion?

--¡La del monumento!

--¿Qué monumento?

--¡Toma! el del P. Baltasar ¿no lo sabías?

--Y ¿quién es ese P. Baltasar?

--¡Sopla! ¡pues un dominico! Por eso acuden los Padres á los estudiantes. Anda, ¡larga tres ó cuatro pesos para que vean que somos espléndidos! Que no se diga jamás que para levantar una estátua han tenido que acudir á sus propios bolsillos. Vamos, Placidete, ¡que no es dinero perdido!

Y acompañó estas palabras con un guiño significativo.

Plácido recordó el caso de un estudiante que ganaba cursos regalando canarios, y dió tres pesos.

--Mira, ¿sabes? escribiré claro tu nombre para que el profesor lo lea, ¿ves? Plácido Penitente, tres pesos. ¡Ah!

¡escucha! Dentro de quince días es la fiesta del profesor de Historia Natural no pone nunca faltas ni pregunta la leccion. Chico, ¡hay que ser agradecidos!

Sabes que es muy barbian, que

--¡Es verdad!

--Pues ¿no te parece que debemos festejarle? La orquesta no ha de ser menos que la que le llevasteis al catedrático de Física.

--¡Es verdad!

--¿Qué te parece si ponemos la contribucion á dos pesos? Anda, Placiding, empieza tu por dar, así te quedas en la cabeza de la lista.

Y como viese que Plácido daba sin vacilar los dos pesos pedidos, añadió.

--Oye, pon cuatro, que ya despues te devolveré los dos; es para que sirvan de gallo.

--Pues si me los has de devolver, ¿para qué dártelos? basta con que pongas cuatro.

--¡Ah! es verdad ¡qué bruto soy! ¿sabes que me voy volviendo bruto? Pero dámelos de todos modos, para enseñarlos.

Plácido, para no desmentir al cura que le bautizó, dió lo que le pedían.

Llegaron á la Universidad.

El Filibusterismo, by José Rizal

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A la entrada y á lo largo de las aceras que á uno y otro lado de la misma se estendían, estacionaban los

estudiantes esperando que bajen los profesores. Alumnos del año preparatorio de Derecho, del quinto de Segunda Enseñanza, del preparatorio de Medicina formaban animados grupos: estos últimos eran fáciles de distinguir por su traje y por cierto aire que no se observa en los otros: vienen en su mayoría del Ateneo Municipal y entre ellos vemos al poeta Isagani esplicando á un compañero la teoría de la refraccion de la luz.

En un grupo se discutía, se disputaba, se citaban frases del profesor, testos del libro, principios escolásticos; en otro gesticulaban con los libros agitándolos en el aire, se demostraba con el baston trazando figuras sobre

el suelo; más allá, entretenidos en observar á las devotas que van á la vecina iglesia, los estudiantes hacen

alegres comentarios. Una vieja, apoyada en una joven, cojea devotamente; la joven camina con los ojos bajos, tímida y avergonzada de pasar delante de tantos observadores; la vieja levanta la falda color de café, de las Hermanas de Sta. Rita, para enseñar unos piés gorditos y unas medias blancas, riñe á su compañera y lanza miradas furiosas á los curiosos.

--¡Saragates! gruñe, no les mires, ¡baja los ojos!

Todo llama la atencion, todo ocasiona bromas y comentarios.

Ora es una magnífica victoria que se para junto á la puerta para depositar á una familia devota; van á visitar á

la Virgen del Rosario en su día favorito; los ojos de los curiosos se afilan para espiar la forma y el tamaño de

los piés de las señoritas al saltar del coche; ora es un estudiante que sale de la puerta con la devocion aun en el rostro: ha pasado por el templo para rogar á la Virgen le hiciese comprensible la leccion, para ver si está la novia, cambiar algunas miradas con ella é irse á clase con el recuerdo de sus amantes ojos.

Mas en los grupos se nota cierto movimiento, cierta espectacion, é Isagani se interrumpe y palidece. Un coche

se ha detenido junto á la puerta: la pareja de caballos blancos es bien conocida. Es el coche de la Paulita

Gomez y ella ha saltado ya en tierra, ligera como un ave, sin dar tiempo á que los pícaros le vieran el pié. Con un gracioso movimiento del cuerpo y un pase de la mano se arregla los pliegues de la saya, y con una mirada rápida y como descuidada ha visto á Isagani, ha saludado y ha sonreido. Doña Victorina baja á su vez, mira al través de sus quevedos, vé á Juanito Pelaez, sonrie y le saluda afablemente.

Isagani, rojo de emocion, contesta con un tímido saludo; Juanito se dobla profundamente, se quita el sombrero y hace el mismo gesto que el célebre cómico y caricato Panza cuando recibe un aplauso.

--¡Mecáchis! ¡qué chica! exclama uno disponiéndose á partir; decid al catedrático que estoy gravemente enfermo.

Y Tadeo, que así se llamaba el enfermo, entró en la iglesia para seguir á la joven.

Tadeo va todos los días á la Universidad para preguntar si hay clase y cada vez se extraña más y más de que la haya: tiene cierta idea de una cuacha latente y eterna y la espera venir de un día á otro. Y todas las mañanas, despues de proponer en vano que hagan novillos, se marcha pretestando grandes ocupaciones, compromisos, enfermedades, precisamente en el momento mismo en que sus compañeros entran en la clase. Pero, por no se sabe qué arte de birlibirloque, Tadeo aprueba cursos, es querido de los profesores y tiene delante un hermoso porvenir.

Entretanto un movimiento se inicia y los grupos empiezan á moverse; el catedratico de Física y Quimica ha bajado á clase. Los alumnos, como burlados en sus esperanzas, se dirigieron al interior del edificio dejando escapar exclamaciones de descontento. Plácido Penitente sigue á la multitud.

--¡Penitente, Penitente! ¡le llamó uno con cierto misterio firma esto!

--Y ¿qué es eso?

El Filibusterismo, by José Rizal

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--No importa, ¡fírmalo!

A Plácido le pareció que le tiraban de las orejas; tenía presente en la memoria la historia de un cabeza de

barangay de su pueblo, que por haber firmado un documento que no conocía, estuvo preso meses y meses y por poco fué deportado. Un tío suyo, para grabarle la leccion en la memoria, le había dado un fuerte tiron de orejas. Y siempre que oía hablar de firmas se reproducía en los cartilagos de sus orejas la sensacion recibida.

--Chico, dispensa, pero no firmo nada sin enterarme antes.

--¡Que tonto eres! si lo firman dos carabineros celestiales, ¿qué tienes que temer?

El nombre de carabineros celestiales infundía confianza. Era una sagrada compañía, creada para ayudar á Dios

en la guerra con el espíritu del mal, y para impedir la introduccion del contrabando herético en el mercado de

la Nueva Sion.

Plácido iba ya á firmar para acabar porque tenía prisa: sus compañeros rezaban ya el O Thoma, pero le pareció que su tío le cogía de la oreja, y dijo:

--¡Despues de clase! quiero leerlo antes.

--Es muy largo, ¿entiendes? se trata de dirigir una contrapeticion, mejor dicho, una protesta. ¿Entiendes? Makaraig y algunos han solicitado que se abra una academia de castellano, lo cual es una verdadera tontería

--¡Bien, bien! chico, luego será, que ya estan empezando, dijo Plácido tratando de escaparse.

--¡Pero si vuestro profesor no lee la lista!

--Sí, sí, que la lee á veces. ¡Despues, despues! Ademas

--Pero si no es ir en contra, es solamente

yo no quiero ir en contra de Makaraig.

Plácido ya no oía, ya estaba lejos y andaba de prisa dirigiéndose á su clase. Oyó diferentes ¡adsum! ¡adsum!

¡carambas, se leía la lista!

apretó los pasos y llegó precisamente á la puerta cuando estaban en la letra Q.

--¡Tinamáan ng

!

murmuró mordiéndose los labios.

Vaciló sobre si entrar ó no: la raya ya estaba puesta y no se la iban á borrar. A la clase no se va para aprender sino para no tener la raya; la clase se reducía á hacer decir la leccion de memoria, leer el libro y, cuando más, á una que otra preguntita abstracta, profunda, capciosa, enigmática; es verdad que no falta el sermoncito--¡el de siempre!--sobre la humildad, la sumision, el respeto á los religiosos y él, Plácido, era humilde, sumiso y respetuoso. Iba á marcharse ya pero se acordó de que los exámenes se acercaban y su profesor no le había preguntado todavía ni parecía haberse fijado en él: ¡buena ocasion era aquella para llamar la atencion y ser conocido! Ser conocido es tener el año ganado, pues, si no cuesta nada suspender á uno que no se conoce, se necesita tener duro el corazon para no impresionarse ante la vista de un joven que con su presencia reprocha diariamente la pérdida de un año de su vida.

Plácido entró pues y no sobre la punta de los piés como solía hacer, sino metiendo ruido con sus tacones. Y ¡demasiado consiguió su intento! El catedrático le miró, frunció las cejas y agitó la cabeza como diciendo:

--¡Insolentillo, ya me las pagarás!

El Filibusterismo, by José Rizal

58

LA CLASE DE FISICA

La clase era un gran espacio rectangular con grandes ventanas enrejadas que daban paso abundante al aire y á

la luz. A lo largo de los muros se veían tres anchas gradas de piedra cubiertas de madera, llenas de alumnos

colocados en orden alfabético. Hácia el estremo opuesto á la entrada, debajo de una estampa de Sto. Tomás de Aquino, se levantaba la cátedra del profesor, elevada, con dos escaleritas á ambos costados. Esceptuando un hermoso tablero con marco de narra sin usar casi, pues en él continuaba aun escrito el ¡viva! que apareció desde el primer día, no se veía allí ningun mueble útil ó inútil. La paredes, pintadas de blanco y protegidas en parte por azulejos para evitar roces, estaban enteramente desnudas: ni un trazado, ni un grabado, ¡ni un esquema siquiera de un instrumento de Física! Los alumnos no tenían necesidad de más, nadie echaba de menos la enseñanza práctica de una ciencia eminentemente experimental; por años y años se ha enseñado así y Filipinas no se ha trastornado, al contrario continúa como siempre. Alguna que otra vez bajaba del cielo un instrumentillo que se enseñaba de lejos á la clase, como el Santísimo á los fieles prosternados, mírame y no me toques. De época en época, cuando venía algun profesor complaciente, se señalaba un día del año para visitar el misterioso Gabinete y admirar desde fuera los enigmáticos aparatos, colocados dentro de los armarios; nadie se podía quejar; aquel día se veía mucho laton, mucho cristal, muchos tubos, discos, ruedas, campanas, etc.; y la feria no pasaba de allí, ni Filipinas se trastornaba. Por lo demás, los alumnos estan convencidos de que aquellos instrumentos no se han comprado para ellos; ¡buenos tontos serían los frailes! El Gabinete se ha hecho para enseñárselo á los estrangeros y á los grandes empleados que venían de la Península, para que al verlo muevan la cabeza con satisfaccion mientras que el que les guía sonríe como diciendo:

--¿Eh? ¿ustedes se han creido que se iban á encontrar con unos monjes atrasados? Pues estamos á la altura del siglo; ¡tenemos un gabinete!

Y los estrangeros y los grandes empleados, obsequiados galantemente, escribían despues en sus viajes ó

memorias que La Real y Pontificia Universidad de Sto. Tomás de Manila, á cargo de la ilustrada orden

dominicana, posee un magnífico Gabinete de Física para la instruccion de la juventud

esta asignatura unos doscientos cincuenta alumnos, y sea por apatía, indolencia, poca capacidad del indio ú

otra causa cualquiera etnológica ó suprasensible

Tyndall, siquiera en miniatura, ¡¡¡¡de la raza malayo-filipina!!!!

Cursan anualmente

hasta ahora no ha despuntado un Lavoisier, un Secchi ni un

Sin embargo, para ser exactos, diremos que en este Gabinete tienen sus clases los treinta ó cuarenta alumnos de ampliacion y por cierto bajo la direccion de un catedrático que cumple bastante con su deber, pero, procediendo la mayor parte de estos del Ateneo de los jesuitas donde la ciencia se enseña prácticamente en el gabinete mismo, su utilidad no resulta grande como lo sería si se aprovechasen de él los doscientos cincuenta

que pagan su matrícula, compran su libro, estudian y emplean un año para despues no saber nada. Resulta de ello, que esceptuando algun raro capista ó sirviente que tuvo á su cargo los museos durante años y años, jamás

se supo de ninguno que haya sacado provecho de las lecciones de memoria con tanto trabajo aprendidas.

Pero volvamos á nuestra clase.

El catedrático era un dominico joven, que había desempeñado con mucho rigor y excelente nombre algunas

cátedras en el Colegio de S. Juan de Letran. Tenía fama de ser tan gran dialéctico como profundo filósofo y era uno de los de más porvenir en su partido. Los viejos le consideraban, y le envidiaban los jóvenes, porque entre ellos tambien existen partidos. Era aquel el tercer año de su profesorado y aunque era el primero en que explicaba Física y Química, pasaba ya por ser un sabio no solo entre los complacientes estudiantes sino tambien entre los otros nómadas profesores. El P. Millon, no pertenecía al vulgo de los que cada año cambian de cátedra para tener ciertos conocimientos científicos, alumnos entre otros alumnos sin más diferencia que la de cursar una sola asignatura, preguntar en vez de ser preguntados, entender mejor el castellano y no examinarse al fin del curso. El P. Millon profundizaba la ciencia, conocía la Física de Aristóteles y la del P. Amat; leía atentamente el Ramos y de cuando en cuando echaba un vistazo al Ganot. Con todo, sacudía muchas veces la cabeza con aire de duda, sonreía y murmuraba: transeat. En cuanto á Química, se le atribuían

El Filibusterismo, by José Rizal

59

poco vulgares conocimientos desde que, fundándose en un dicho de Sto. Tomás de que el agua era una mezcla, probó palmariamente que el Angélico Doctor se había con mucho anticipado á los Berzelius, Gay Lussac, Bunsen y otros materialistas más ó menos presumidos. No obstante, apesar de haber sido profesor de Geografía, todavía conservaba ciertas dudas acerca de la redondez de la tierra y se sonreía con malicia al hablar de los movimientos de rotacion y revolucion en torno del sol, recitando:

El mentir de las estrellas Es un cómodo mentir

Se sonreía con malicia ante ciertas teorías físicas y tenía por visionario cuando no por loco al jesuita Secchi imputándole el trazar triangulaciones sobre la hostia como efecto de sus manías astronómicas, por cuya causa, decía, le prohibieron decir misa; muchos notaron tambien en él cierta inquina contra la ciencia que explicaba, pero tales lunares son pequeñeces, preocupaciones de escuela y religion y se explican facilmente no solo porque las ciencias físicas sean eminentemente prácticas, de pura observacion y deduccion mientras su fuerte estaba en las filosóficas, puramente especulativas, de abstraccion é induccion, sino tambien porque á fuer de buen dominico, amante de las glorias de su orden, no podía sentir cariño por una ciencia en que ninguno de sus hermanos había sobresalido--¡era él el primero en no creer en la Química de Sto. Tomás!--y en que tantas glorias habían conquistado órdenes enemigas, digamos sus rivales.

Este era el profesor que aquella mañana, leida la lista, mandaba decir la leccion de memoria, al pié de la letra, á muchos de los alumnos. Los fonógrafos funcionaban, unos bien otros mal, otros tartamudeaban, se apuntaban. El que la decía sin falta se ganaba una raya buena, y una mala el que cometía más de tres equivocaciones.

Un chico gordo, con cara de sueño y cabellos tiesos y duros como barbas de un cepillo, bostezaba hasta dislocarse la mandíbula y se desperezaba estendiendo los brazos, lo mismo como si estuviese en su cama. Vióle el catedrático y quiso asustarle.

--¡Oy! tú, dormilon, ¡abá! ¿cosa? Perezoso tambien, seguro tu no sabe la leccion, ¿ja?

El P. Millon no solo tuteaba á todos los estudiantes como buen fraile, sino les hablaba ademas en lengua de tienda, práctica que aprendió del catedrático de Cánones. Si el Reverendo quería con ello rebajar á los alumnos ó á los sagrados decretos de los concilios es cuestion no resuelta todavía apesar de lo mucho que sobre ello se ha discutido.

La interpelacion, en vez de indignar á la clase, hízole gracia y muchos se rieron: era una cosa de todos los días. Sin embargo el dormilon no se rió; levantóse de un salto, se restregó los ojos, y como si una máquina de vapor hiciese girar el fonógrafo, empezó á recitar:

--«Se da el nombre de espejo á toda superficie pulimentada, destinada á producir por la reflexion de la luz las imágenes de los objetos situados delante de dicha superficie por las sustancias que forman estas superficies se dividen en espejos metálicos y espejos de cristal

--¡Pára, pára, pára! interrumpió el catedrático; ¡Jesus, qué matraca!

metálicos y de cristal, ¿ja? Y si yo te presentase una madera, el kamagon por ejemplo, bien pulimentada y barnizada, ó un pedazo de marmol negro bien bruñido, una capa de azabache que reflejase las imágenes de los objetos colocados delante, ¿como clasificarías tú esos espejos?

Estamos en que los espejos se dividen en

El preguntado, ya porque no supiese qué responder ó no entendiese la pregunta, intentó salir del paso demostrando que sabía la leccion y continuó como un torrente:

--«Los primeros son formados por el laton ó por una aleacion de diferentes metales y los segundos son formados por una lámina de cristal cuyas dos superficies estan muy bien pulimentadas y una de ellas tiene

El Filibusterismo, by José Rizal

60

adherida una amalgama de estaño.»

--¡Tun, tun, tun! no es eso; ¡te digo dominus vobiscum y me contestas requiescat in pace!

Y

el buen catedrático repitió la pregunta en lengua de tienda insertando cosas y abás á cada momento.

El

pobre joven no salía de apuros: dudaba si incluir el kamagon entre los metales, el marmol entre los cristales

y el azabache dejarlo como neutro, hasta que su vecino Juanito Pelaez le apuntó disimuladamente:

--¡El espejo de kamagon entre los espejos de madera!

El incauto lo repite y media clase se desternilla de risa.

--¡Buen kamagon estás tú! le dice el catedrático riendo á su pesar. Vamos á ver á qué llamarías tú espejo: á la superficie per se, in quantum est superficies ó al cuerpo que forma esta superficie ó sea la materia sobre que descansa esta superficie, la materia prima, modificada por el accidente superficie, porque, claro está, siendo la superficie accidente á los cuerpos no puede existir sin substancia. Vamos á ver ¿qué dices?

¿Yo? ¡Nada! iba á contestar el infeliz que ya no sabía de qué se trataba aturdido por tantas superficies y tantos accidentes que le martilleaban cruelmente el oido, pero un instinto de pudor le detuvo y, lleno de augustia y empezando á sudar, púsose á repetir entre dientes:

--Se da el nombre de espejo á toda superficie pulimentada

--Ergo, per te, el espejo es la superficie, pescó el catedrático. Pues bien, resuélveme esta dificultad. Si la superficie es el espejo, indiferente debe ser á la esencia del espejo cuanto detrás de esta superficie se pueda encontrar, puesto que lo que está detrás no afecta á la esencia de lo que está delante, id est, de la superficie, quæ super faciem est, quia vocatur superficies facies ea quæ supra videtur; ¿concedes ó no lo concedes?

Los cabellos del pobre joven aun se pusieron más tiesos como animados de una fuerza ascensional.

--¿Concedes ó no concedes?

--Cualquier cosa, lo que usted quiera, Padre, pensaba él, pero no se atrevía á decirlo de temor se riesen. Aquello se llamaba apuro y jamás las había visto tan gordas. Tenía cierta vaga idea de que á los frailes no se les podía conceder la cosa más inocente sin que de ella sacasen todas las concecuencias y provechos imaginables, díganlo si no sus haciendas y sus curatos. Así que su angel bueno le sugería negase cualquier cosa con toda la energía de su alma y la rebeldía de sus cabellos, y estaba ya para soltar un soberbio ¡nego! y porque quien niega todo no se compromete á nada, le había dicho cierto oficial de un juzgado; mas, la mala costumbre de no escuchar la voz de la propia conciencia, de tener poca fé en la gente de curia y buscar ausilio en los otros cuando se basta uno solo, le perdieron. Los compañeros hacían señas de que lo concediese, sobre todo Juanito Pelaez, y dejándose llevar de su mal sino, soltó un «concedo, Padre» con voz tan desfallecida como si dijese: In manus tuas commendo spiritum meum.

--Concedo antecedentem, repitió el catedrático sonriendo maliciosamente; ergo, puedo raspar el azogue de un espejo de cristal, sustituirlo por un pedazo de bibinka y siempre tendremos el espejo, ¿ja? ¿Qué tendremos?

El joven miró á sus inspiradores y viéndolos atónitos y sin saber qué decir, se dibujó en su cara el más amargo

reproche. Deus meus, Deus meus, quare dereliquiste me, decían los atribulados ojos mientras que sus labios

murmuraban: ¡linintikan! En vano tosía, estiraba la pechera de su camisa, se apoyaba sobre un pié, luego sobre otro, no encontraba solucion.

El Filibusterismo, by José Rizal

61

--Vamos, ¿qué tenemos? repetía el catedrático gozándose en el efecto de su argumento.

--¡La bibinka! soplaba Juanito Pelaez, ¡la bibinka!

--¡Cállate, bobo! gritó al fin desesperado el joven que quería salir del apuro trasformándolo en querella.

--¡A ver, Juanito, si me resuelves la cuestion! preguntó entonces el catedrático á Pelaez.

Pelaez, que era uno de sus favoritos, se levantó lentamente no sin dar antes un codazo á Plácido Penitente, que era el que le seguía por orden de lista. El codazo quería decir:

--¡Atencion y apúntame!

--Nego consecuentiam, ¡Padre! contestó resueltamente.

--¡Hola, pues probo consecuentiam! Per te, la superficie pulimentada constituye la esencia del espejo

--¡Nego suppositum! interrumpió Juanito al sentir que Plácido le tiraba de la americana.

--¿Cómo? Per te

--¡Nego!

--Ergo ¿tu opinas que lo que está detrás influye sobre lo que está delante?

--¡Nego! gritó con más ardor todavía, sintiendo otro tiron de su americana.

Juanito ó mejor Plácido que era el que le apuntaba, empleaba sin sospechar la táctica china: no admitir al más inocente estranjero para no ser invadido.

--¿En qué quedamos pues? preguntó el catedrático algo desconcertado y mirando con inquietud al intransigente alumno; ¿influye ó no influye la sustancia que está detrás, sobre la superficie?

Ante esta pregunta precisa, categórica, especie de ultimatum, Juanito no sabía qué responder y su americana no le sugería nada. En vano hacía señas con la mano á Plácido; Plácido estaba indeciso. Juanito aprovechóse de un momento en que el catedrático miraba á un estudiante que se quitaba disimuladamente las botinas que le venían muy apretadas, y dió un fuerte pisoton á Plácido, diciendo:

--¡Sóplame, anda, sóplame!

--Distingo

la mano á sus botinas de charol.

¡Aray! ¡qué bruto eres! gritó sin querer Plácido mirándole con ojos iracundos, mientras se llevaba

El catedrático oyó el grito, les vió y adivinó de qué se trataba.

--¡Oy, tu! espíritu sastre, le interpeló; yo no te pregunto á tí, pero ya que te precias de salvar á los demás, á ver, sálvate á tí mismo, salva te ipsum, y resuélveme la dificultad.

Juanito se sentó muy contento y en prueba de agradecimiento sacóle la lengua á su apuntador. Este entre tanto, rojo de vergüenza, se levantó y murmuró ininteligibles escusas.

Consideróle por un momento el P. Millon como quien saborea con la vista un plato. ¡Qué bueno debía ser

El Filibusterismo, by José Rizal

62

humillar y poner en ridículo á aquel mozo coqueton, siempre bien vestidito, la cabeza erguida y la mirada serena! Era una obra de caridad, así es que el caritativo catedrático se dedicó á ella con toda conciencia repitiendo lentamente la pregunta:

--El libro dice, que los espejos metálicos están formados por el laton ó por una aleacion de diferentes metales, ¿es cierto ó no es cierto?

--Lo dice el libro, Padre

--Liber dixit ergo ita est; no vas á pretender saber más que el libro

estan formados por una lámina de cristal cuyas dos superficies estan muy pulimentadas, teniendo en una de ellas adherida una amalgama de estaño, ¡nota bene! una amalgama de estaño. ¿Es esto cierto?

Añade despues que los espejos de cristal

--Si lo dice el libro, Padre

--¿El estaño es un metal?

--Parece que sí, Padre; lo dice el libro

--Lo es, lo es, y la palabra amalgama quiere decir que va unida al mercurio que tambien es otro metal. Ergo un

espejo de cristal es un espejo de metal; ergo los términos de la division se confunden, ergo la clasificacion es

viciosa, ergo

Cómo te explicas tú, ¿espíritu-sastre?

Y marcaba los ergos y los tues con una fruicion indecible y guiñaba el ojo como diciendo: ¡estás frito!

--Es que

es decir que

balbuceaba Plácido.

--Es decir que no has comprendido la leccion, espíritu mezquino que ¡no te entiendes y soplas al vecino!

La clase no se indignó, al contrario, muchos encontraron el consonante gracioso y se rieron. Plácido se mordió los labios.

--¿Cómo te llamas tú? preguntóle el catedrático.

Plácido contestó secamente.

--¡Aja! Plácido Penitente, pues más pareces Plácido Soplon ó Soplado. Pero te voy á imponer penitencia por tus sopladurías.

Y feliz con el juego de palabras, le mandó dijese la leccion. El joven, en el estado de ánimo en que se

encontraba, cometió más de tras faltas. El catedrático entonces, moviendo la cabeza de arriba abajo, abrió lentamente la lista y con toda pausa la fué recorriendo mientras repetía el nombre en voz baja.

--Palencia

faltas voluntarias de asistencia

Palomo

Panganiban

Plácido se irguió;

--¿Quince faltas, Padre?

Pedraza

Pelado

Pelaez

Penitente, ¡ajá! Plácido Penitente, quince

--Quince faltas voluntarias de asistencia, continuaba el catedrático; con que no te falta más que una para ser borrado.

El Filibusterismo, by José Rizal

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--¿Quince faltas, quince faltas? repetía Plácido aturdido; no he faltado más que cuatro veces y con hoy, cinco, ¡si acaso!

--¡Júsito, júsito, señolía! contestó el catedrático examinando al joven por encima de sus gafas de oro. Confiesas que has faltado cinco veces y, sabe Dios, ¡si no has faltado más! Atqui como leo la lista muy raramente, y cada vez que le cojo á uno le pongo cinco rayitas, ergo, ¿cuántas son cinco por cinco? ¡A que te has olvidado de la tabla de multiplicar! ¿Cinco por cinco?

--Veinticinco

--¡Júsito, júsito! De manera que todavía te tragas diez, porque no te he pillado más que tres veces

pillo en todas

Y ¿cuántas son tres por cinco?

--Quince

¡Uy! si te

--Quince, ¡parejo camaron con cangrejo! concluyó el catedrático cerrando la lista; si te descuidas una más, ¡sulung! ¡apuera de la fuerta! ¡Ah! y ahora una faltita de leccion diaria.

Y abrió de nuevo la lista, y buscó el nombre y puso la rayita.

--¡Vaya! ¡una rayita! decía; como ¡no tienes aun ninguna!

--Pero, Padre, exclamaba Plácido conteniéndose; si V. R. me pone la falta de leccion, V. R. ¡me debe borrar las de asistencia que me ha puesto por este día!

La Reverencia no respondió; consignó primero lentamente la falta, la contempló ladeando la cabeza--la rayita debía ser artística,--dobló la lista y despues con toda sorna preguntó;

--¡Abá! ¿y por qué, ñol?

--Porque no se concibe, Padre, que uno pueda faltar á clase y al mismo tiempo decir la leccion en ella dice que, estar y no estar

V. R.

--¡Nacú! metapísico pa, ¡prematuro no más! Con que no se concibe, ¿ja? Sed patet experientiâ y contra experentiam negantem, fusilibus est argüendum, ¿entiendes? ¿Y no concibes tú, cabeza de filósofo, que se pueda faltar á clase y no saber la leccion al mismo tiempo? ¿Es que la no-asistencia implica necesariamente la ciencia? ¿Qué me dices, filosofastro?

Este último mote fué la gota de agua que hizo desbordar la vasija. Plácido que entre sus amigos tenía fama de filósofo, perdió la paciencia, arrojó el libro, se levantó y se encaró con el catedrático:

--¡Bastante; Padre, bastante! V. R. me puede poner las faltas que quiera, pero no tiene derecho á insultarme. Quédese V. R. con su clase, que yo no aguanto más.

Y sin más despedida, salió.

La clase estaba aterrada: semejante acto de dignidad no se veía casi nunca: ¿quién se iba á figurar que Plácido

Penitente

amenazador. Con voz temblorosa empezó entonces el sermon sobre el mismo tema de siempre, aunque con más energía y más elocuencia pronunciado. Versaba sobre el naciente orgullo, la innata ingratitud, la

presuncion, el poco respeto á los superiores, la soberbia que el espíritu de las tinieblas infundía en los jóvenes,

la poca educacion, la falta de cortesanía, etc., etc. De allí pasó á echar pullas y sarcasmos sobre la pretension

?

El catedrático, sorprendido, se mordió los labios y le vió alejarse moviendo la cabeza algo

El Filibusterismo, by José Rizal

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que tenían algunos sopladillos de enseñar á sus maestros levantando una academia para la enseñanza del castellano.

--¡Ja, ja! decía; esos que antes de ayer apenas sabían decir sí, Padre, no, Padre, ¿quieren ahora saber más que los que han encanecido enseñando? ¡El que quiere aprender, aprende, con academias ó sin ellas! ¡Seguramente ése, ése que acaba de salir es uno de los del proyecto! ¡Bueno está el castellano con semejantes partidarios! ¿De dónde habeis de sacar el tiempo para frecuentar la academia si apenas teneis lo bastante para cumplir con los deberes de la clase? Nosotros quisiéramos que sepais todos el español y que lo pronuncieis bien para que no nos rompais los tímpanos con vuestros giros y vuestras pés, pero primero la obligacion y despues la devocion; cumplid antes con vuestros estudios y aprended despues el castellano y meteos á escribidores si os da la gana

Y así siguió hablando y hablando hasta que tocó la campana y se terminó la clase, y los doscientos treinta y

cuatro alumnos, despues de rezar, salieron tan ignorantes como cuando entraron, pero respirando como si se hubiesen quitado un inmenso peso de encima. Cada joven había perdido una hora más en su vida, y con ella una parte de su dignidad y de la consideracion á sí mismo y en cambio ganaba terreno el desaliento, el desamor al estudio y el resentimiento en los corazones. ¡Despues de esto pedirles ciencia, dignidad, gratitud!

De nobis, post hoec, tristis sententia fertur!

Y como los doscientos treinta y cuatro, pasaron sus horas de clase los miles y miles de alumnos que les

precedieron, y, si las cosas no se arreglan, pasarán todavía los que han de venir y se embrutecerán, y la dignidad herida y el entusiasmo de la juventud viciado se convertirán en odio y en pereza, como las olas que, volviéndose fangosas en cierta parte de la playa, se suceden unas á otras dejando cada vez mayor sedimento de basura. Empero, Aquel que vé desde la eternidad las consecuencias de un acto desenvolverse como un hilo en el trascurso de los siglos, Aquel que pesa el valor de un segundo y ha impuesto para sus criaturas como primera ley el progreso y la perfeccion, ¡Aquel, si es justo, pedirá estrecha cuenta á quien debiere rendirla, de los millones de inteligencias oscurecidas y cegadas, de la dignidad humana rebajada en millones de criaturas y del incontable número de tiempo perdido y trabajo malogrado! Y si las doctrinas del Evangelio tienen su fondo de verdad, tendrán tambien que responder los millones y millones que no supieron guardar la luz de su inteligencia y la dignidad de su espíritu, ¡como el señor pide cuenta al siervo de los talentos que se dejó cobardemente robar!

XIV

UNA CASA DE ESTUDIANTES

Era digna de visitarse la casa donde vivía Makaraig.

Grande, espaciosa, con dos pisos entresuelos provistos de elegantes rejas, parecía un colegio en las primeras horas de la mañana y un pandemonium de las diez en adelante. Durante las horas de recreacion de los pupilos,

desde que se entra en el espacioso zaguan hasta que se llega al piso principal, bullen la risa, la algazara, y el movimiento. Jóvenes en traje ligero de casa juegan á la sipa, hacen ejercicios gimnásticos valiéndose de trapecios improvisados: en las escaleras se sostiene un asalto entre ocho ó nueve, armados de bastones, picas, ganchos y lazos, pero asaltantes y asaltados no se hacen daño por lo general; los golpes paran de rebote sobre

la espalda del chino tendero que en la escalera vende comistrajos é indigestos pasteles. Multitud de niños le

rodean, le tiran de la coleta ya deshecha y desarreglada, le arrebatan un pastel, le regatean el precio y le hacen mil diabluras. El chino grita, jura y perjura en todos los idiomas que chapurrea, incluso en el suyo, lloriquea, rie, suplica, pone buena cara cuando la mala de nada le sirve y vice-versa.

--¡Ah, malo esi--Vo cosiesia--No quilistiano--Uste limoño--Salamaje!--¡tusu tusu! etc.

El Filibusterismo, by José Rizal

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¡Piff, paff! ¡no importa! Vuelve la cara sonriente; si solo sobre sus espaldas recibe los bastonazos continúa

impertérrito su comercio, contentándose con gritar:--No jugalo, ¿eh? ¡no jugalo!» pero si los recibe sobre el bilaw que contiene sus pastas, entonces, jura no volver, arroja por la boca todas las imprecaciones y maldiciones imaginables; los muchachos redoblan para hacerle rabiar más y cuando ven ya la fraseología agotada, y estan satisfechos de tanta jopia y pepita de sandía salada, entonces le pagan religiosamente y el chino se marcha contento, riendo, guiñando y recibe como caricias los ligeros bastonazos que los estudiantes

le propinan á guisa de despedida.

--¡¡Huaya, homia!!

Conciertos de piano y violin, de guitarra y acordeon, alternan con el chocar repetido de bastones de las lecciones de esgrima. En torno de una ancha y larga mesa los alumnos del Ateneo escriben, hacen sus composiciones, resuelven sus problemas al lado de otros que escriben á sus novias en rosados papeles calados, llenos de dibujos; uno compone un melodrama al lado del que aprende la flauta y los consonantes nacen silbados desde un principio. Más allá, los mayores, estudiantes de facultad que lucen calcetines de seda y

zapatillas bordadas, se entretienen en hacer rabiar á los pequeñuelos tirándoles de las orejas, ya rojas de tanto recibir papirotazos; dos ó tres sujetan á un pequeñito que grita, llora y defiende á puntapiés los cordones de su

calzoncillo: cuestion de ponerle como cuando nació

mesa velador cuatro juegan al revesino entre risas y bromas con gran impaciencia de uno que hace de estudiar

la leccion pero que en realidad espera que le llegue el el turno para jugar á su vez. Otro viene con grandes

aspavientos, muy escandalizado y se acerca á la mesa.

pataleando y llorando. En un cuarto, al rededor de una

--¡Qué viciosos sois! dice; ¡tan de mañana y ya al juego! ¡A ver, á ver! ¡Tonto! ¡arrastra con el tres de

espadas!

Y cierra su libro y se pone tambien á jugar.

Se oyen gritos, resuenan golpes. Dos se han peleado en el vecino cuarto: un estudiante cojo muy picon y un infeliz recien llegado de provincias. Este que apenas principia á estudiar, da con un tratado de filosofía y lee en voz alta, inocentemente y acentuándolo mal el principio cartesiano:

--¡Cogito, ergo sum!

El cojo se da por insultado, los otros intervienen poniendo paz pero en realidad metiendo cizaña y acaban por

pegarse.

En el comedor un joven con una lata de sardinas, una botella de vino y las provisiones que acaba de traer de

su pueblo, hace heroicos esfuerzos para que sus amigos participen de su tente-en-pié, mientras que los amigos oponen á su vez otra heroica resistencia. Otros se bañan en la azotea y con el agua del pozo se dedican á ejercicios de bomberos, traban combate á calderadas de agua con gran contento de los espectadores.

Pero el ruido y la algazara cesan paulatinamente á medida que llegan caracterizados estudiantes, convocados por Makaraig para darles cuenta de la marcha de la Academia de castellano. Isagani fué saludado cordialmente lo mismo que el peninsular Sandoval, que vino de empleado á Manila y concluía sus estudios, completamente identificado con las aspiraciones de los estudiantes filipinos. Las barreras que la política establece entre las razas, desaparecen en las aulas como derretidas al calor de la ciencia y de la juventud.

A falta de Ateneos y centros científicos, literarios ó políticos, Sandoval aprovecha todas las reuniones para

desarrollar sus grandes dotes oratorias, pronunciando discursos discutiendo sobre cualquier tema y arrancando aplausos de sus amigos y oyentes. En aquellos momentos el tema de la conversacion era la enseñanza del castellano.

El Filibusterismo, by José Rizal

66

Como Makaraig no había llegado aun las conjeturas estaban á la orden del día.

--¿Qué habrá pasado?--¿Qué ha dispuesto el General?--

--¿Ha negado el permiso?--¿Triunfó el P. Irene?--¿Triunfó el P. Sibyla?

Estas eran las preguntas que se dirigían unos á otros, preguntas cuyas respuestas solo podía dar Makaraig.

Entre los jóvenes reunidos los había optimistas como Isagani y Sandoval que veían la cosa hecha y hablaban

de plácemes y alabanzas del gobierno para el patriotismo de los estudiantes, optimismos que le hacían á

Juanito Pelaez reclamar para sí gran parte de la gloria en la creacion de la sociedad. A todo esto respondía el pesimista Pecson,--un gordinflon con risa amplia de calavera,--hablando de estrañas influencias, de si el Obispo A., el Padre B., el Provincial C. fueron ó no consultados y de si aconsejaron ó no que metiese en la carcel á todos los de la asociacion, noticia que ponía inquieto á Juanito Pelaez quien entonces tartamudeaba:

--Carambas, no me metan ustedes

Sandoval, á fuer de peninsular y liberal, se ponía furioso:

--¡Pero, p--! decía; ¡eso es tener mala opinion de S. E.! Ya sé que es muy frailuno, ¡pero en cuestion semejante no se deja influir de los frailes! ¿Me querrá usted decir, Pecson, en qué se funda para creer que el General no tiene propio criterio?

--No digo eso, Sandoval, contestaba Pecson sonriendo hasta enseñar su muela de juicio; el General para mí

tiene propio criterio, esto es, el criterio de todos los que están al alcance de su mano

¡Eso está claro!

--¡Dale bola! Pero ¡cíteme usted un hecho, cíteme un hecho! gritaba Sandoval; seamos enemigos de las discusiones huecas, de las frases vacías y vayamos al terreno de los hechos, añadía gesticulando elegantemente. Hechos, señores, hechos, lo demás es preocupacion que no quiero llamar filibustera.

Pecson se rie como un bendito y le interrumpe.

--¡Ya está el filibusterismo! Pero ¿es que no se puede discutir sin acudir á acusaciones?

Sandoval protesta, y pide hechos componiendo un pequeño discurso.

--Pues hace poco hubo aquí un pleito entre unos particulares y ciertos frailes, y el General interino lo falló, haciendo que lo sentenciase el Provincial de la orden litigante, contestó Pecson.

Y se echó otra vez á reir como si se tratase de una cosa inocente. Citaba nombres, fechas y prometía traer

documentos que prueban la manera como se administró justicia.

--Pero ¿en qué podrá fundarse, dígame usted, en qué podrán fundarse para no permitir lo que salta á los ojos como altamente útil y necesario? preguntó Sandoval.

Pecson se encogió de hombros.

--En que peligra la integridad de la patria

repuso en el tono de un curial que lee un alegato.

--¡Esa sí que es gorda! ¿Qué tiene que ver la integridad de la patria con las leyes de la sintaxis?

--Doctores tiene la Santa Madre Iglesia

¿Qué sé yo? acaso se tema que comprendamos las leyes y las

El Filibusterismo, by José Rizal

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podamos obedecer

¿Qué será de Filipinas el día en que nos comprendamos los unos á los otros?

A Sandoval no le gustaba el giro dialogado y guason de la conversacion. Por aquel camino no podía asomar

ningun discurso que valga la pena.

--No tome usted á guasa las cosas, exclamó; se trata de cosas muy serias.

--¡Líbreme Dios de guasearme cuando hay frailes de por medio!

--Pero, ¿y en qué pueden basarse

?

--En que teniendo que ser nocturnas las horas de clase, continuó Pecson con el mismo tono como si se tratase de fórmulas conocidas y sabidas, se puede invocar como inconveniente la inmoralidad como con la escuela de Malolos

--¡Otra! Pues ¿y no se cobijan acaso bajo el manto oscuro de la noche las clases de la Academia de Dibujo, y los novenarios y procesiones?

--Atenta á la dignidad de la Universidad, continuó el gordo sin hacer caso de la observacion.

--¡Que atente! la Universidad tiene que plegarse á las necesidades de los estudiantes. Y á ser eso cierto ¿qué es Universidad entonces? ¿Es una institucion para que no se aprenda? ¿Se han reunido acaso unos cuantos hombres apellidando ciencia é instruccion para impedir que se instruyan los otros?

--Es que las iniciativas que vienen de abajo se llaman descontento

--Y proyectos las que vienen de arriba, insinuó otro: ¡ahí está la Escuela de Artes y Oficios!

--Poco á poco, señores, dijo Sandoval; yo no soy frailero, conocidas son mis ideas liberales, pero ¡al César lo que es del César! De esa escuela de Artes y Oficios, de la que soy el defensor más entusiasta y cuya realizacion habré de saludar como la primera aurora para estas bienaventuradas islas, de esa Escuela de Artes

y Oficios se han encargado los frailes

--O el perro del hortelano que es lo mismo, añadió Pecson interrumpiendo otra vez el discurso.

--¡Vamos p--! dijo Sandoval furioso por la interrupcion y perdiendo el hilo de su periodo; mientras no sepamos nada malo, no seamos pesimistas, no seamos injustos sospechando de la libertad é independencia del gobierno

É hizo en hermosas frases la apología del gobierno y de sus buenos propósitos, tema que Pecson no se atrevió

á interrumpir.

--El gobierno español, decía entre otras frases, os ha dado todo, ¡no os ha negado nada! Tuvimos en España el absolutismo, y absolutismo tuvísteis, los frailes cubrieron nuestro suelo con sus conventos y conventos ocupan la tercera parte de Manila; en España rige el garrote, y el garrote aquí es la última pena; somos católicos y os hicimos católicos; fuimos escolásticos y el escolasticismo brilla en vuestras aulas, en fin, señores, lloramos cuando llorais, sufrimos cuando sufrís, tenemos los mismos altares, el mismo tribunal, los mismos castigos, y justo será que os demos tambien nuestros mismos derechos y nuestras mismas alegrías.

Y como nadie le interrumpía se fué entusiasmando y entusiasmando hasta que pasó á hablar del porvenir de

Filipinas.

El Filibusterismo, by José Rizal

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--Como digo, señores, la aurora no está lejos; España abre el oriente para su querida Filipinas, y los tiempos van cambiando y me consta se hace más de lo que nos figuramos. A ese gobierno que segun ustedes vacila y no tiene voluntad, bueno es que le alentemos con nuestra confianza, que le hagamos ver que esperamos en él; recordémosle con nuestra conducta (cuando se olvida lo que no creo pueda suceder), que tenemos fé en sus buenos deseos y que no debe guiarse por otra norma que la de la justicia y el bien de todos sus gobernados. No, señores, continuó adoptando un tono más y más declamatorio, no debemos ni siquiera admitir en esta materia la posibilidad de una consulta con otras entidades más ó menos opuestas, pues la sola idea implicaría la tolerancia del hecho; vuestra conducta hasta ahora ha sido franca, leal, sin vacilaciones, sin recelos; os dirigís á él sencilla y directamente, las consideraciones que espusisteis no pueden ser más atendibles; vuestro fin es aligerar la tarea de los profesores en los primeros años y facilitar el estudio á centenares de estudiantes que llenan las aulas y de los que no puede cuidarse un solo profesor. Si hasta ahora el espediente no ha sido resuelto ha sido porque, como me consta á mí, hay mucho material acumulado; pero auguro que la campaña está ganada, que la cita de Makaraig es para anunciarnos la victoria, y mañana veremos premiados nuestros esfuerzos con el aplauso y agradecimiento del pais ¡y quien sabe señores si el gobierno no os propone á vosotros para alguna buena condecoracion como merecedores que sois de la patria!

Resonaron entusiastas aplausos; todos creían ya en el triunfo y muchos en la condecoracion.

--¡Que conste, señores, dijo Juanito, que yo fuí uno de los primeros iniciadores!

El pesimista Pecson no estaba entusiasmado.

--¡Como no tengamos la condecoracion en los tobillos! dijo.

Pero afortunadamente para Pelaez la observacion no se oyó en medio de los aplausos. Cuando se calmaron algun tanto, Pecson repuso:

--Bueno, bueno, muy bueno, pero una suposicion consulta y despues nos niega la autorizacion?

¿y si apesar de todo eso, el General consulta, consulta y

La suposicion cayó como agua fría.

Todos miraron á Sandoval; este se halló entrecortado.

--Entonces, murmuró titubeando.

--¿Entonces?

--Entonces, exclamó Sandoval todavía excitado por los aplausos y en un arranque de entusiasmo, puesto que en escritos é impresos blasona de querer vuestra instruccion, y la impide y la niega cuando al terreno de los hechos se le cita, entonces, señores, vuestros esfuerzos no habrán sido en vano, habreis conseguido lo que nadie ha podido, ¡que se arranque la máscara y os arroje el guante!

--¡Bravo, bravo! gritaron entusiasmados algunos.

--¡Bien por Sandoval! ¡Bravo por el guante! añadieron otros.

--¡Que nos arroje el guante! repitió Pecson desdeñoso, y ¿despues?

Sandoval se quedó parado en medio de su triunfo, pero con la vivacidad propia de su raza y su sangre de orador se repuso al instante.

El Filibusterismo, by José Rizal

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--¿Despues? preguntó; despues, si ninguno de los filipinos se atreve á contestar al reto, entonces yo, Sandoval, en nombre de España recojo el guante porque tal política sería un mentis á las buenas intenciones que ella ha abrigado siempre en favor de sus provincias, ¡y porque quien de tal manera prostituye el cargo que se le confía y abusa de sus omnímodas facultades no merece la proteccion de la patria ni el amparo de ningun ciudadano español!

El entusiasmo de los oyentes rayó en delirio. Isagani abrazó á Sandoval, los otros le imitaron; se hablaba de patria, de union, de fraternidad, de fidelidad; los filipinos decían que si no hubiese más que Sandovales en España, todos serían Sandovales en Filipinas; Sandoval tenía los ojos brillantes y se podía creer que si en aquel momento le hubiesen arrojado un guante cualquiera, habría montado sobre cualquier caballo para hacerse matar por Filipinas. Solo el agua fría repuso:

--Bien, está muy bien, Sandoval; yo tambien podría decir lo mismo si fuese peninsular, pero, no siéndolo, si dijese la mitad de lo que usted, usted mismo me tomaría por filibustero.

Sandoval empezaba un discurso lleno de protestas cuando fué interrumpido.

--¡Albricias! amigos, ¡albricias! ¡Victoria! gritó en aquel momento un joven entrando y abrazando á todos.

--¡Albricias, amigos! ¡Viva la lengua castellana!

Una salva de aplausos recibió la noticia; todos se abrazaban, todos tenían los ojos brillantes de lágrimas. Pecson era el único que conservaba su sonrisa de escéptico.

El que venía á traer tan buena nueva era Makaraig, el joven que encabezaba el movimiento.

Este estudiante ocupaba en aquella casa, para sí solo, dos habitaciones lujosamente amuebladas, tenía criado y cochero para cuidarle su araña y sus caballos. Era de gallardo continente, maneras finas, elegante, y riquísimo. Aunque estudiaba Derecho solo para tener un título académico, gozaba no obstante fama de aplicado y como dialéctico á la manera escolástica no tenía nada que envidiar á los más furibundos ergotistas del claustro Universitario. No estaba sin embargo muy atrasado respecto á ideas y adelantos modernos; su fortuna le proporcionaba todos los libros y revistas que la previa censura no conseguía detener. Con estas cualidades, con su fama de valiente, sus encuentros afortunados en sus años más juveniles y su galantería fina y delicada, no era estraño que ejerciese tanto influjo sobre sus compañeros, y fuera elegido para dar cima á tan difícil empresa como lo era la enseñanza del castellano.

Pasadas las primeras manifestaciones del entusiasmo que en la juventud siempre toma formas algo más exageradas por lo mismo que ella todo lo vé hermoso, quisieron enterarse de cómo habían ido las cosas.

--Esta mañana me ví con el P. Irene, dijo Makaraig con cierto misterio.

--¡Viva el P. Irene! gritó un estudiante entusiasta.

--El P. Irene, prosiguió Makaraig, me ha enterado de todo lo que ha pasado en Los Baños. Parece que estuvieron discutiendo lo menos una semana, él sosteniendo y defendiendo nuestra causa contra todos, contra el P. Sibyla, el P. Hernandez, el P. Salví, el General, el segundo Cabo, el joyero Simoun

--¡El joyero Simoun! interrumpió otro, pero ¿qué tiene que ver ese judío con las cosas de nuestro país? Y nosotros que le enriquecemos comprando

--¡Cállate! le dijo otro, impaciente y ansioso de saber como pudo vencer el P. Irene á tan terribles enemigos.

El Filibusterismo, by José Rizal

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--Hasta había grandes empleados que estaban en contra de nuestro proyecto, el Director de Administracion, el Gobernador Civil, el chino Quiroga

--¡¡El chino Quiroga!! El alcahuete de los

--¡Cállate, hombre!

--Al fin, prosiguió Makaraig, iban á encarpetar el espediente y dejarlo dormir por meses y meses cuando el P. Irene se acordó de la Comision Superior de Instruccion Primaria y propuso, puesto que se trataba de la enseñanza de la lengua castellana, que el espediente pasara por aquel cuerpo para que dictaminasen sobre él

--Pero si esa comision ya no funciona hace tiempo, observó Pecson.

--Eso precisamente le contestaron al P. Irene, continuó Makaraig, y él replicó que era buena ocasion aquella para que reviva, y aprovechándose de la presencia de D. Custodio, uno de los vocales, propuso que en el acto se nombrase una comision, y vista y conocida la actividad de D. Custodio se le nombró ponente y ahora está el espediente en sus manos. D. Custodio prometió despacharlo en todo este mes.

--¡Viva don Custodio!

--¿Y si don Custodio dictamina en contra? preguntó el pesimista Pecson.

Con eso no contaban, embriagados con la idea de que el asunto no se archivaba. Todos miraron á Makaraig para saber qué se resolvía.

--La misma objecion se la he hecho al P. Irene, pero con su risa picaresca me dijo: Hemos ganado mucho, hemos conseguido que el asunto se encamine hácia una solucion, el enemigo se ve obligado á aceptar la

batalla

favorablemente, todo está ganado; el General se muestra en absoluto neutral.

si podemos influir en el ánimo de don Custodio para que, siguiendo sus tendencias liberales, informe

Makaraig se detuvo.

--¿Y cómo influir? preguntó un impaciente.

--El P. Irene me indicó dos medios

--¡El chino Quiroga! dijo uno.

--¡Ca! Valiente caso hace de Quiroga

--¡Un buen regalo!

--Menos, se pica de incorruptible.

--Ah ya, ¡ya lo sé! esclamó Pecson riendo; Pepay la bailarina.

--¡Ah, sí! ¡Pepay la bailarina! dijeron algunos.

Esta Pepay era una rozagante moza que pasaba por ser muy amiga de don Custodio: á ella acudían los contratistas, los empleados y los intrigantes cuando algo querían conseguir del célebre concejal. Juanito Pelaez que tambien era amigo de la bailarina se ofrecía á arreglar el asunto, pero Isagani sacudió la cabeza y dijo que era bastante haberse servido del P. Irene y que sería demasiado valerse de la Pepay en asunto

El Filibusterismo, by José Rizal

71

semejante.

--¡Veamos el otro medio!

--El otro es acudir á su abogado consultor, al señor Pasta, el oráculo ante quien se inclina don Custodio.

--Prefiero eso, dijo Isagani; el señor Pasta es filipino, y fué condiscípulo de mi tío. Pero ¿cómo interesarle?

--Allí está el quid, repuso Makaraig mirando atentamente á Isagani; el señor Pasta tiene una bailarina, digo una bordadora

Isagani volvió á sacudir la cabeza.

--No sea usted tan puritano, díjole Juanito Pelaez; ¡el fin salva los medios! Yo conozco á la bordadora, la Matea, que tiene un taller donde trabajan muchas chicas

--No, señores, interrumpió Isagani; acudamos antes á los medios honestos

señor Pasta y si nada consigo, entonces ustedes hacen lo quieran con las bailarinas y las bordadoras.

Iré yo á presentarme en casa del

Tuvieron que acceder á la proposicion y quedaron en que Isagani hablaría aquel mismo día al señor Pasta y á la tarde daría cuenta en la Universidad á sus compañeros del resultado de la entrevista.

XV

EL SEÑOR PASTA

Isagani se presentó en casa del abogado, una de las inteligencias más privilegiadas de Manila que los frailes consultaban en sus grandes apuros. Algo tuvo que esperar el joven por haber muchos clientes, pero al fin llegó su turno y pasó al estudio ó bufete como se llama generalmente en Filipinas.

Recibióle el abogado con una ligera tosecilla mirándole furtivamente á los piés; no se levantó ni se cuidó de hacerle sentar y siguió escribiendo. Isagani tuvo ocasion de observarle y estudiarle bien. El abogado había envejecido mucho, estaba canoso, y la calvicie se estendía casi por toda la parte superior de la cabeza. Era de fisonomía agria y adusta.

En el estudio todo estaba en silencio; solo se oían los cuchicheos de los escribientes ó pasantes que trabajaban en el aposento contiguo: sus plumas chillaban como si riñesen con el papel.

Al fin concluyó el abogado con lo que estaba escribiendo, soltó la pluma, levantó la cabeza y al reconocer al joven, su fisonomía se iluminó y le dió la mano afectuosamente.

--¡Adios, joven! pero siéntese usted, dispense

no sabía que era usted. ¿Y su tío?

Isagani se animó y creyó que su asunto iría bien. Contóle brevemente lo que pasaba estudiando bien el efecto que hacían sus palabras. El señor Pasta escuchó impasible al principio y, aunque estaba enterado de las gestiones de los estudiantes, se hacía el ignorante como para demostrar que nada tenía que ver con aquellas chiquilladas, pero cuando sospechó lo que de él se quería y oyó que se trataba de Vice Rector, frailes, Capitan General, proyecto, etc. su cara se oscureció poco á poco y acabó por exclamar:

--¡Este es el país de los proyectos! Pero continúe, continúe usted.

El Filibusterismo, by José Rizal

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Isagani no se desaminó; habló de la solucion que se iba á dar y concluyó espresando la confianza de la juventud en que él, el señor Pasta, intercedería en su favor en el caso de que don Custodio le consultase, como era de esperar. Isagani no se atrevió á decir que aconsejaría en vista de la mueca que hacía el abogado.

Pero el señor Pasta ya tenía tomada su resolucion y era no mezclarse para nada en aquel asunto ni consultante

ni consultado. Él estaba al tanto de lo que había pasado en Los Baños, sabía que existían dos partidos y que no

era el P. Irene el único campeon del lado de los estudiantes, ni fué quien propuso el pase del espediente á la Comision de Instruccion primaria sino todo lo contrario. El P. Irene, el P. Fernandez, la condesa, un comerciante que preveía la venta de materiales para la nueva Academia y el alto empleado que estuvo citando reales decretos sobre reales decretos iban á triunfar, cuando el P. Sibyla, queriendo ganar tiempo recordó la Comision Superior. Todas estas cosas las tenía el gran abogado presentes en su memoria así es que cuando acabó de hablar Isagani, se propuso marearle con evasivas, embrollar el asunto, llevar la conversacion á otro terreno.

--¡Sí! dijo sacando los labios y rascándose la calva; no hay otro que me gane en amor al pais y en aspiraciones

progresistas, pero

delicada

compromiso

no puedo comprometerme

no sé si usted está al tanto de mi posicion, una posicion muy

es un

tengo muchos intereses

tengo que obrar dentro de los límites de una estricta prudencia

El abogado quería aturdir al joven bajo un lujo de palabras y empezó á hablar de leyes, de decretos y tanto

habló que en vez de enredar al joven, casi se enredó á sí mismo en un laberinto de citaciones.

--De ninguna manera queremos ponerle en compromiso, repuso Isagani con mucha calma; ¡líbrenos Dios de molestar en lo más mínimo á las personas cuya vida es tan útil al resto de los filipinos! Pero por poco versado que esté yo en las leyes, reales decretos, provisiones y disposiciones que rigen en nuestro pais, no creo que pueda haber mal ninguno en secundar las altas miras del gobierno, en procurar su buena interpretacion; perseguimos el mismo fin y solo divergemos en los medios.

El abogado se sonrió; el joven se dejaba llevar á otro terreno y allí le iba él á embrollar, ya estaba embrollado.

--Precisamente ahí está el quid como se dice vulgarmente; claro está que es laudable ayudar al gobierno cuando se le ayuda con sumision, siguiendo sus disposiciones, el recto espíritu de las leyes en consonancia con las rectas creencias de los gobernantes y no estando en contradicion con el primitivo y general modo de pensar de las personas que tienen á su cargo el bienestar comun de los individuos que constituyen una sociedad. Y por eso es criminal, es punible, porque es ofensivo al alto principio de autoridad, tentar una accion contraria á su iniciativa aun suponiendo que fuese mejor que la gubernamental, porque semejante hecho podría lastimar el prestigio que es la primera base sobre que descansan todos los edificios coloniales.

Y el viejo abogado, seguro de que aquella tirada había por lo menos vuelto loco á Isagani, se arrellanó en su

sillon muy serio aunque riéndose por dentro.

Isagani, sin embargo, repuso:

--Yo creía que los gobiernos buscarían bases más sólidas cuanto más amenazados

los gobiernos coloniales es la más debil, porque no reside en ellos sino en la buena voluntad de los gobernados

mientras quieran reconocerlo

La base del prestigio para

La base justicia ó razon me parecía más duradera.

El abogado levantó la cabeza; ¿cómo? aquel joven se atrevía á replicarle y á discutir con él, él, ¿el señor

Pasta? ¿No estaba todavía aturdido con sus grandes palabras?

--Joven, hay que dejar esas consideraciones á un lado pues son peligrosas, interrumpió el abogado haciendo un gesto. Lo que yo le digo á usted es que hay que dejar obrar al gobierno.

El Filibusterismo, by José Rizal

73

--Los gobiernos se han hecho para el bien de los pueblos, y para cumplir con su fin debidamente tienen que seguir las indicaciones de los cuidadanos que son los que mejor conocen sus necesidades.

--Los que forman el gobierno son tambien ciudadanos y de los más ilustrados.

--Pero, como hombres, son falibles, y no deben desoir otras opiniones.

--Hay que confiar en ellos; ellos todo lo han de dar.

--Hay un refran puramente español que dice, el que no llora no mama. Lo que no se pide, no se da.

--¡Al contrario! contestó el abogado riendo sarcásticamente; con el gobierno sucede precisamente todo lo contrario

Mas se detuvo de repente como si hubiese dicho demasiado, y quiso subsanar la imprudencia:

--El gobierno nos ha dado cosas que no se lo hemos pedido, ni se lo podíamos pedir

insinuarle un medio, tratar de dirigirle,

no ya combatirle, es suponerle capaz de equivocarse y ya se lo he dicho á usted, semejantes suposiciones son

atentatorias á la existencia de gobiernos coloniales

no saben, no comprenden, no quieren comprender lo contraproducente que es pedir esa idea

supone que falta en algo y por consiquiente no cumple con su deber

porque pedir

pedir

El vulgo ignora esto y los jóvenes que obran á la ligera

lo subversivo que hay en

--Usted dispense, interrumpió Isagani ofendido de los argumentos que con él usaba el jurista; cuando por los medios legales un pueblo pide algo á un gobierno, es porque le supone bueno y dispuesto á concederle un

bien, y este acto, en vez de irritarle, le debiera halagar: se pide á la madre, nunca á la madrastra. El gobierno, en mi inexperta opinion, no es un ser omnisciente que puede ver y prever todo y aun cuando lo fuese, no podría ofenderse, porque ahí tiene usted á la misma iglesia que no hace más que pedir y pedir al Dios que todo

lo

ve y conoce, y usted mismo pide y exige muchas cosas en los tribunales de ese mismo gobierno, y ni Dios

ni

los tribunales hasta ahora se dieron por ofendidos. Está en la conciencia de todos que el gobierno, como

institucion humana que es, necesita del concurso de los demás, necesita que le hagan ver y sentir la realidad de las cosas. Usted mismo no está convencido de la verdad de su objecion; usted mismo sabe que es tirano y déspota el gobierno que, para hacer alarde de fuerza é independencia, todo lo niega por miedo ó por desconfianza y que solo los pueblos tiranizados y esclavizados son los que tienen el deber de no pedir nada jamás. Un pueblo que deteste á su gobierno no debe exigirle más sino que abandone el poder.

El viejo abogado hacía muecas sacudiendo á un lado y otro la cabeza en señal de descontento y pasándose la

mano por la calva; despues en tono de protectora compasion dijo:

--¡Hm! malas doctrinas son esas, malas teorías, ¡hm! Como se conoce que es usted joven y no tiene

esperiencia de la vida. Vea usted lo que les está pasando á los chicos inespertos que en Madrid piden tantas reformas: están tachados todos de filibusterismo, muchos no se atreven á volver, y sin embargo ¿que piden?

Cosas santas, viejas é inocentes de puro sabidas

delicadas

negarse sistemáticamente á los deseos de un pueblo

con gefes tan fátuos y ridículos

puede suceder sin embargo que nos encontremos

Pero hay cosas que no se las puedo explicar, son muy

vamos

le confieso que existen otras razones que las dichas que impulsan á un gobierno sensato á

no

pero siempre hay otras razones

aunque lo que se pida sea lo más justo

los gobiernos son de distintas condiciones

Y el viejo vacilaba, miraba fijamente á Isagani, y despues tomando una resolucion, hizo con la mano un gesto

como alejando una idea.

--Adivino lo que usted quiere decir, continuó Isagani sonriendo tristemente; usted quiere decir que un

El Filibusterismo, by José Rizal

74

gobierno colonial, por lo mismo que está constituido de un modo imperfecto y porque se funda en premisas

--¡No, no, no es eso, no! interrumpió vivamente el viejo haciendo de buscar algo entre sus papeles; no, quería

decir

pero ¿dónde están mis anteojos?

--Ahí los tiene usted, dijo Isagani.

El señor Pasta se puso los anteojos, hizo de leer algunos papeles y viendo que el joven esperaba, tartamudeó:

--Yo quería decir una cosa

cosa de poca monta

quería decir, pero ya se me pasó

usted, con su vivacidad me interrumpió

Si supiera usted como tengo la cabeza, ¡tengo tanto que hacer!

es

Isagani comprendió que le despedía.

--De manera, dijo levantándose, que nosotros

--¡Ah!

que el Vice Rector está opuesto á la enseñanza del castellano. Quizás lo estuviera, no en el fondo sino en la

forma. Dicen que el Rector que va á venir trae un proyecto-reforma de la enseñanza

tiempo al tiempo, estudien que los exámenes se acercan y ¡qué carambas! usted que ya habla bien el castellano y se espresa con facilidad, ¿á qué se mete en líos? ¿qué interés tiene usted en que se enseñe especialmente? ¡De seguro que el P. Florentino opinará como yo! Déle usted muchas memorias

ustedes harán bien en dejar el asunto en manos del gobierno; él lo resolverá á su gusto

Usted dice

espérense un poco, den

--Mi tío, contestó Isagani, me ha recomendado siempre que piense en los demás tanto como en mí venido por mí, he venido en nombre de los que están en peores condiciones

no he

--¡Qué diantre! que hagan lo que usted ha hecho, que se quemen las cejas estudiando y se queden calvos como

yo me he quedado poniéndome párrafos enteros en la memoria

porque lo habrá aprendido; ¡usted no es de Manila ni es hijo de padres españoles! Pues que aprendan lo que

usted y hagan lo que yo

la derecha lo removía en el batidor, con la izquierda sostenía la gramática, aprendía y, gracias á Dios, que no

he necesitado de más maestros ni de más academias ni de permisos del gobierno quiera aprender, ¡aprende y llega á saber!

Y yo creo que si usted habla el español es

Yo he sido criado de todos los frailes, les he preparado el chocolate y mientras con

Créame usted; el que

--¿Pero cuántos hay de entre los que quieren saber llegan á ser lo que usted? ¡Uno entre diez mil y aun!

--¡Psch! ¿y para qué más? contestó el viejo encogiéndose de hombros. Abogados los hay de sobra, muchos se

meten á escribientes. ¿Médicos? se insultan, se calumnian y se matan por disputarse un enfermo señor, ¡brazos son los que necesitamos para la agricultura!