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Compilacion de estudios arqueologicos

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Revista de la Coordinacién Nacional de Arqueologia del INAH ARQUXORGE GE 25 SEGUNDA EPOCA ¢ ENERO - JUNIO 2001 é "De piedra ha de ser la cama..."2 Las tumbas en el Formative de Puebla—Tlaxcala y la Cuenca de México, a partir de la evidencia de Tetimpa, Puebla Una comparacién entre la fase Perales en el noreste de Michoacan y la fase Lerma en Acambaro, Guanajuato El maguey y el pulque en Teotihuacan: representacién ysimbolismo Escultura teotinuacana de la diosa Toci en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropologia Actividades rituales en Xochitécatl-Cacaxtla, Tlaxcala Rancho Uaymitiin: un sitio histérico en la costa norte de Yucatan: La relaci6n hombre-ave en el siglo XVI. Crénicas. y arqueozoologfa en el centro de México Acerca de la gran ceramoteca que la Arqueologia mexicana se merece Arqueobotanica de El Tetzcotzinco Noticias Resefias SEGUNDA EPOCA Director General: Sergo Ravi /vroy0, Seeretario Técnico: Note Rosas Siva Coordinador Nacional de Difusién: Gerardo Joramilc, Ceordinader Nacional de Arqueologia: Aicjandro Martinez, Directora de Publicaciones: Berenice Vacilo ‘Aba Guadaype Mastacte aqui Gas cena ‘our EDTORU: gon Boggemann dupa Cabal oben H. Cobean ‘ogg Ga Cok. Dan Heatn Lecror Mert Domiique Miche Cato Naverete Ono Serenabe ‘Baar Sta Proouccon Enron: Aguiar engro Casas Ingres ens Tales Gens nee aro eto, Tata 3428, col Los Reyes utuscn, eco, F Csrosoa pot aCosrasen Nacional de ens y Saves dein, Frertom $8. San Argel CP01000, oly Promocion Nieto do ceticago do esena ‘ergo po Drees auto (04. 2001-c21910574600-102 entre Issn 0187-6074 a7 n n d Gabriela Urufiuelay Ladrén de Guevara y Patricia Plunket Nagoda "De piedra hade serlacama.."? ‘Las tumbas en el Formativo de Puebla-Tlaxcala y la Cuenca ‘de México, apartir de la evidencia de Tetimpa, Puebla. Christine Hernandez Una comparacién entre lafase Perales en el noreste de Michoacan y a fase Lerma en Acémbaro, Guanajuato, Francisco Rivas Castro ELmaguey y el pulque en Teotiuacan: representacion ysimbolismo. Carmen Aguilera Escultura teotihuacana diosa Toci en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropotgia. Mari Carmen Serra Puche, Jestis Carlos Lazcano Arce y Uliana Torres Sanders ‘Actividades rituales en Xochitécatl-Cacaxtl, Tlaxc José Manuel Arias Lopez y Rafael Burgos Vilanueva Rancho Uaymitn: un sitio histérico en la costa norte de Yucatan. C € 109 Eduardo Corona M. Larelacion hombre-ave enel siglo xx. Crénicas y arqueazoologiaen el centro de México. 121 Carlos Navarrete Caceres ‘Acerca de la gran ceramoteca ‘que la Arqueologia mexicana se merece. 129 Aurora Montifar Lopez yy Maria Teresa Garcia Garcla ‘Arqueobotanica de ElTetzcotzinco. Noticias * Christine Niederberger Betton Inmemoriam. * Gonzalo Lopez Cervantes y a arqueoogia historica ‘en México (1946 1999) Resefas = Dominique Michelet, Pierre Becqueliny Marie Chartoue Arnaud ‘Mayas del Puc. Arqueologia de a region de Xculoc, Campeche ‘por Antenio Benavides C La Revista de la Coordinacién Nacional de Ar ‘queologia del wes hace una cotcalinvitacién a los investigadores de la comunidad académica racionale intemacional para colaborar con ar ‘culos originales resultado de investigaciones ciortes; noticias: reserias bibliogréticas; temas te6ricos, metodalégicos y tenicas, asi como aquellos que se relleran a la conservacién del Patrimonio arqueoibgico. Las colaboraciones se diigirén alos edtores, la revista acusaré recibo al autor y onviaré ot trabajo al Comité Dictam- rnador. En caso de que los dictaminadores con- sideren necesarias modificaciones 0 corteccio- 1s, Se proporcionaré copia a los autores para ue reaicen los cambios pertinentes. Al acep- tarse la contibucién, se informaré al autor y se tenviara un formato de cesion de derechos, cue doberd rogresar dabidamente frmado a la Direc. cin de Publicaciones en un plazo no mayor de 20 cas, anexando copia de identiicacin rece te con fotografia. EI autor reciiré cinco ejem plares del nimero en que su trabajo sea publica 0 y tes cuando sea de mas de tres autores. Los trabajos no aceptados serén erviados al ‘autor a solictud expresa, en el entendido de ‘que los dictémenes son inapelabies ‘Requisitos para la presentacion de originales: 1. Los artculos tendrén una extensi6n méxima de 40 cuarilas con notas, bibiograta elusta- ciones; las resefas no excedern las 10 cuart- lias. Los textos deberén entregarse en cuarti- llas de 1700 caracteres aproximadamente, doble espacio y escitas por una sola cara 2 Los originales deberdn prosentarse en altas y bas (mayisculas y mindsculas), sin usar abre- viaturas en vocablos tales como etcétera, ver- bigracia, icenciado, doctor. 3. En caso de Incluir citas de mas de cinco ‘eas, éstas se sopararén del cuerpo del texto con sangria en todo el partafo. No deberanlle- var comilas ial principio nial fal (con excep. cién de comilas internas), 4. Los guiones largos para dialogos 0 abstrac- clones se havén con dole guién, 5. Los nimeros del 0 al 15 deberdn escribise con letra, 6. Las citas deberdn intercalarse (en ol texto), contended el apelido del primer autor seguido eet al, en el caso de que hubiera més autores, ‘afi de pubbicacién, dos puntos y pagina incial y final de a ita, separadas por guién 7. Las lamadas se usarén tnicamente para in- dicar la dependencia o insttucién de adscrip- cin de los autores. 8. Para elaborar la bibogafia deberd seguise siguiente madeto: MacNeish, Richard f a. 1970 The Prehistory of Tehvacan Valley, vol. |, Austin, Unversity of Texas Press, Lorenzo, J. Ly L. Mirambell (coords) 1890 Tlapacoya: 35 000 aos de Historia del Lago de Chalco, México, man (Cientit- ca, 20) Civeros, J. Arturo y Magdalena de os Rios 11999 “La cronolagia de El Opec, Michoacan nuevos fechamientos por radio-carbo: no", en Arqueotogia, 9-10, México, nar, pp. 45-48 Lechuga Sols, Martha Graciela 1977 “Andlsis de un Elemento de la Estructu- ra Econémica Azteca: la Chinampa', tesis profesional, México, Escuela Na- ional de Antropologta e Historia, Gonzalez, Carlos Javier 1988 “Proyecto Arqueotégioo “El Japén'* (meca- ‘oescrto), México, Archivo dela Subdirec cn de Estudios Arquedkigicos del na, 9, La folacion deberd ser continua y comple: 1a, Incyendo indices, Biblograia y apéndices, 10. Las grficas e iustraciones deberdn nume- rarse consecutivamente y con referencia en el testo, descritas todas como figuras. Los mapas y cibujos se entregarén en papel bbond, con lineas en negro. En el caso de foto- gtafias, dlaposiivas u otro material grafico, se sugiere entregar los originales o bien usar un ‘escaner para ampliar las imagenes a tamano carta cigitazaras a 200 dpi, Sélo se acepta- rn archivos con formato TIF 0 BMP. 11. Proporcionar nimere teleférico para local zr al esponsable del articulo 412, Deberdn enviarge tres copias del texto y disquete del programa Word 6 en adelante, Correspondencia: Uc. Verdad 3, col. Centro, México, DF. 06060 Tels, § 522 41 08 y § 822 74 04, Fax. § 522 73.08 DAR. INAH Gabriela Urufuela y Laarén de Guevara y Patricia Plunket Nagoda é“De piedra ha de ser la cama... Las tumbas en el Formativo de Puebla-Tlaxcala y la Cuenca de México, de Tetimpa, Puebla” Es cierto que no podemos excavar funerales, sino tinicamente los materiales resultantes de las actividades con que terminan (Parker, 1999: 49), pero aun con esta obvia restriccién, los depésitos mortuorios conforman un rico acervo de informacién sobre la cultura que los genet6. En términos amplios, las care~ gorias de observacién sobre la variabilidad que las practicas funerarias pueden djar impresa en la evidencia arqueol6gica incluyen diferentes aspectos: 1) bio- légicos (demogrificos, genéticos, dietéticos y patologicos); 2) de preparacién yy tratamiento (tipo y programa de depésito); 3) la facilidad mortuoria (variedad del receptculo, forma y dimensiones, uso de materiales raros, orientacién); 4) las oftendas u objetos asociados (cantidad, calidad, variedad, origen); 5) la ubi- cacién del depésito (la localizacién tanto del érea general como dentro de ella ¢ incluso dentro del depésito mismo), y 6) variables ambientales (entomol6gi- cas, botanicas y fauntsticas) (O'Shea, 1984: 39). Lo ideal seria poder hacer una evaluacién de todas esas categorfas en conjun- to, particularmente considerando que los enterramientos suelen constituir conjuntos politéticos cuyos atributos no necesariamente se ajustan a un pa- trén regido por presencias 0 ausencias abligatorias, pero no siempre es posi- ble conseguir la informacién completa sobre cada una de ellas. Bl buen esta- do de los materiales dseos es esencial para obtener datos tan basicos como sexo y edad —por no mencionar cuestiones més complejas como la identi cacién patolégica—, y para poder apreciar aspectos pertinentes al tratamiento del cadaver. La falta de buenas condiciones de preservacién puede incidir también en la carencia de registros de clementos perecederos que original- mente formaron parte del ajuar mortuorio, o impedir la recuperaci6n de po- len o de restos de insectos o larvas que pudieran dar indicaciones de las con- diciones ambientales contempordneas a la inhumacién. + Departarento de Aniropoioga, Universidad de las Américas Puebla ~ La malzadn del Proyecto Tetmpa ha sido posble con la autrzacon y el apcyo det Consejo de Arqueciga de hstt-zo Nacional de Anvapelogla e Hera, ai camra por él thancamierto propor ‘ado por la Universidad de las Amica Puebla, la Furvcion para invesigaciones Mesoarnercaras, fl Sstema Regional ignacio Zaragoza, y €! Conacy. AR QUEO Logia categorfas de observacién mencionadas que no se han visto afectadas por estos problemas: la ubicacién de las sepultu- ras, y la naturaleza de las mismas. En otras oportunidades hemos expuesto rnuestras ideas en cuanto a la variacién en localizacién (Urufuela y Plunket, pero en esta ocasién nos enfocare- mos principalmente a la heterogenei- dad del continente funerario. é*Portumba quiero un sarape..."? Sen Martin TTexmelucsn . Huxjotingo 4 Te Fig. 1 Ucacion de Tetimpa, Pusba. < Tiateale En Tetimpa, Puebla, una aldea del Formativo en las faldas nororientales del Popocatépet! (fig, 1), hemos excavado 61 entierros (con al ‘menos 66 individuos), con los siguientes resul- tados: condiciones muy desmineralizadas de Jos esqueletos —ausencia de hueso esponjoso y reblandecimiento del hueso compacto—, y nula preservacin de otros restos orginicos. Todo esto ha sido una fuerte limitante para documentar con deralle. La matriz noes dema- siado dcida, con un pH de 6.5, pero aparente- mente los estratos que la cubren, compuestos algunos por lapilli sin fracciones de particulas finas, produjeron, al igual que en otros casos parecidos, condiciones de drenaje poco propi- cias para la conservaci6n (¢.g., Mays, 1998: 21). Sin embargo, se ba intentado recuperar toda la informacién posible —obteniendo direc tamente en campo los datos de edad y sexo ya que los huesas pricticamente se deshacen al levancarlos— y ademés aprovechar dos de las Cuestiones de definicion En contraste con la zona maya, el érea oaxaquefia, o el occidente de México, es curioso que en el Formativo del Altiplano, y en especifico en el Valle de Puebla-Tlaxcala y la Cuenca de México, las tumbas propiamente di- cchas sean tan escasas. A juzgar por la li- teratura existente, la idea de invertir trabajo y materiales en construir, pre- parar 0 decorar el recepticulo mortuo- rioa manera de tumba, y que esto fun- giera como un reference para diferenciar Jas sepulturas de los individuos més im- portantes, no parece ser caracterfstica de las cos- tumbres funerarias de esta zona. Puesto que esa afirmacién podria sonar un poco dristica a la luz de cémo se ha utilizado el con- cepto de tumba en la informacién mesoameri- cana, conviene puntualizar el sentido que le daremos en este texto. Cuando nos referimos aqui a “tumbas” estamos hablando de la cons~ truccién de cdmaras, estructuras con techo y paredes —logrados ya sea mediante la adicién de materiales de construccién 0 aprovechando la firmeza natural del terreno—, disefiadas con el propésito de ofrecer un espacio para recil los restos mortales de uno o mas individuos. pettinente hacer este sefalamiento en vista de las distintas Formas en que se ha usado el tér- mino. Una revisién cuidadosa permite apreciar que en repetidas ocasiones, Ins “tumbas” re~ portadas corresponden a simples fosas, aguje- ros sin pretensiones arquiteeténicas, en los 25 + ENERO-JUNIO 2001 que se deposita al difunto. El uso seméntico es sin duda correcto si nos atenemos a definicio- nes de diccionario en las que a una tumba se le da Ia acepci6n de “sepultura, sitio donde esta enterrado un cadaver” (Larousse: Diccionario Bésico de la Lengua Espaiola, 1990: 598); sin embargo, en el lenguaje tradicional de Ia ar- queologia hay también numerosas instancias en las que el concepto de “tuba” se ha util zado especificamente en el sentido que propo- ‘nemos arriba, ya sea de forma explicita para ¢s- tablecer diferencias con los enterramientos en fosas (e.g,, Barba, 1956: 97-113; Cabrera, 1999: 509-513; Lépez et a/., 1976: 30, 83), 0 impli citamente aun en aquellas fuentes que em- plean de manera indistinta tumba y fosa, pero ala vez aludiendo a “verdaderas tumbas” (e.g., Romano, 1974: 92) cuando se pretende indi- car que no se trata s6lo de sencillas horada- ciones en el subsuelo. El sarape de la cancién en realidad equivaldria a la mortaja, mas todavia el bulto tendria que ser depositado quizds en una fosa, o en una tumba, pero éstas no debieran ser sinénimos al utilizarles como una de las variables a conside- rar en un enterramiento. Si asumimos que el tratamiento mortuorio de alguna manera expre- sa las obligaciones que los vivos perciben tener ARQUEOLOGIA hacia el difunco de acuerdo con el conjunto de identidades que conformaban su “persona so- cial” (Binford, 1971; 17), la separacién entre ellas es muy importante, pues cada tipo de con- tinente implica, cuando menos, niveles distin- tos de gasto energético (O'Shea, 1984: 40); incluso probablemente manifiestan diferen- cias en el grado de formalidad de la ceremonia funeraria. Por ejemplo, la construcei6n de una “tumba” en la forma que aqui la entendemos, requeriré disponer de tiempo y personal para construirla, la concepcién de su disefio y di- mensiones, y conseguir los materiales para edificarla, a diferencia del agujero abierto en el iltimo momento al que denominariamos sim- plemente fosa. Por ello, si aglutinamos ambos conceptos bajo un solo apartado, estarfamos haciendo caso omiso del significado que po- drian tener como indicadores de variabilidad mortuoria. Curiosamente se ha hecho més hincapié en di- ferenciar enticrros indirectos y directos —la descomposicién del cuerpo en un espacio vacto enel primer caso, 0 en un espacio relleno en el segundo— (e.g., Duday, 1997: 106, 108; Ro- mano, 1974: 86). Esto sin duda tiene una impor- tancia primordial para la correcta interpretacién, por ejemplo, de provesos tafonémicos, pero en @Fig. 2Visiadela Unidad 2 ce la Operacién 13. ARQUEOLOGIA DEOL *® Fig 3Ubicacisn delas turnbas 1, 2 y3enla Unidad 2 dela Operacién 13 contraste, la distincién precisa entre la propia naturaleza del continente, y por ende las impli- caciones socioculturales que ella tendrfa, han recibido poca atencién. La propuesta concreta entonces es que, diccionario aparte, resultarfa muy dtil convenir en el uso diferenciado de Jos términos de tumba y fosa para contar con parimetros comparativos claros, ya que si con- sideramos a las “tumbas” en el sentido que aqui hemos expuesto, podremos evaluar su presencia o ausencia como uno de los posibles marcadores de variabilidad social expresada en Jos ritos funerarios. Con esto en mente, este tra- bajo aborda una revisién sobre el registro de tum- bas tempranas en Puebla-Tlaxcala y la Cuenca de México a partir de la evidencia procedente de Tetimpa, Lastumbas tempranas del Altiplano Al igual que las ofrendas y los otros atributos de un entierro, el tipo de continente en el que se colocan los restos involucra una inversién que muchas veces no ser apreciable una vez sellada la sepultura. Con excepcién de aquellos casos en los que se erigen monumentos con- ‘memorativos 0 en los que una tumba esti dise- ada para ser reabierta, el contexto finebre desaparece para la sociedad viviente al concluir el sepelio. Pero la importancia de los compo- nentes mortuorios no puede medirse con base en lo efimero de su coexistencia con los vivos. Aunque la ceremonia funeraria no necesaria- mente representa la Gltima interaccién de la 25 + ENERO-JUNO 2001 ARQUEOLOGIA Ee BROCE ges oe comunidad con el fallecido (los muertos pue- den atin ser considerados como miembros ac- tivos de la sociedad a manera de espiritus 0 an- cestros), el ritual de deshacerse del cadéver combinando la conducta de una serie de perso- nas articuladas a través del difunto consticuye un acto social y politico mediante el cual los grupos humanos expresan sus relaciones con los ancestros, el territorio y los vivos (Parker, 1999: 141). La propia heterogeneidad que suele haber en los patrones de enterramiento 5 en si misma un indicador del vasto conteni- do simbélico que los componentes representa- ron en esa accién para el agregado social que efectué la inhumacién, de ahi la importancia de registrar ¢ intentar interpretar las diferen- cias cuando éstas existen. @ Fig. 4 Las tumbas 1,2ySenk Unidad 2 de la Operacién 13, una vezabenas > En el caso de la categoria de informacién que aqui nos ocupa, la naturaleza del depésito mortuorio durante el Formativo en Puebla- Tlaxcala y la Cuenca de México, la bibliograffa disponible darfa la impresién de que las tum- bas no formaban parte de las tradiciones loca- les, aunque destacan por excepcionales las tres excavadas por Barba (1956: 106-112) en el Monticulo I de Tlapacoya para finales del For- mativo medio y parte del Tardio. La Tumba 2 es la que aparecié a mayor profundidad, y con- sistfa en una caja cuadrangular, de 1.42 x 1.10 men planta y 0.85 m de altura, con paredes y techo de lajas; contenia a un adulto de sexo masculino acompajiado de doce objetos de ce- mica, Iitica, concha y un guaje, ademés de un cesto y una mandibula de perro (Barba, 195¢ ARQUEOLOGIA & Corte SN 0.80 1.00 Y 1.20 1.40 1.60 Pated \ Pared este @ Fg. § Planta y cone de la Tumba 1 de la Operacién 13 108-110 y fotos 2, 3 y 4). Las tumbas 1y 3 ran més superficiales, compartiendo ambas el mismo nivel y la misma técnica constructiva; ‘eran también cajas cuadrangulares con techos de laja, pero con paredes de piedra unidas con lodo. La Tumba 1 media 0.90 x 1.20 men planta, por 0.90 m de altura, y guardaba los restos desarticulados de un ndmero no especi- ficado de sujetos asociados a 68 vasijas y figu- DI] W l y 0 Adobe 050 1.00m wt rillas de cerdmica, adems de una placa de pi- zarra grabada (Barba, 1956: 107 - 108 y foto 1). Por su parte, la Tumba 3 media 0.98 x 1.25 m. en planta y 0.95 m de alto; el mal estado de los huesos depositados en ella no permitié definir ntimero de individuos, edad 0 sexo; la ofrenda consistié en 76 artefactos, principalmente ce- rmicos, pero incluyendo algunos de litica (Bar- ba, 1956: 110-112, fotos 6 y 7, y limina 14). 25 + ENERO-JUNIO 2001 Parecerfa que si consideramos sélo las tumbas de Tlapacoya, en efecto, las tumbas durante el Formativo en estas regiones del Altiplano fuc~ ron muy escasas. Y es que, en general, Ia evi- dencia arqueolégica todavia puede considerar- se como poco explorada. Con base en el trabajo que hemos desasrollado desde 1993 en el sitio de Tetimpa, Puebla, y con los datos que a con- tinuacién exponemos, proponemos que quizé la carencia de tumbas para el Formativo en esta zona del Centro de México pudiera ser inver- samente proporcional a la investigacién que falta por realizar para este periodo. Laaldea de Tetimpa Desde mediados del Formative Medio y hasta el Terminal, Tetimpa fue una gran aldea dis- persa ubicada en el pie de monte del Popocaté- petl, unos 15 km al noreste del crater del volean. Con base en 20 fechamientos de radiocarbono hemos podido distinguir dos fases de ocupa- ci6n del Formativo: Tetimpa Temprano (700- 200 a.C.), que inicia con la colonizacién original y finaliza con un abandono temporal (y tal vez parcial), quiz causado por actividad volesnica, aunque no tenemos todavia la evidencia direc- tade ello; y Tetimpa Tardio (50a.C.-100d.C,), una reocupacién afiliada culturalmente con los @ Fg 6 Tumba | de is Operacién 13,41 retia la cuberia delalas, antiguos pobladores que vio su fin cuando una erupci6n pliniana sellé ef asentamiento. Los excepcionales contextos conservados por este. iltimo evento en 21 conjuntos arquitecténicos que hemos documentado, han sido hasta hoy el objeto focal de la difusién que se ha dado ala in- formacién obtenida (e.g., Plunket y Urufuela, 1998a, 1998b, 1999, 2000a, y 2000b; Urufiue- lay Plunket, 1998) Los depésitos piroclisticos que cubrieron al sitio formaron un estrato con una profundidad que en algunos lugares alcanza mas de un me- tro, constituyendo asf una efectiva barrera que impidi6 que ocupaciones posteriores alteraran los restos fv stu de la fase tardia, pero esto a su vez redund6 en que la nica perturbacién que suftieron los materiales correspondientes a Te- timpa Temprano haya sido aquella causada por los habitantes de Tetimpa Tardio. Las unidades habitacionales consistfan de dos 0 tres —excepcionalmente cuatro— plataformas bajas rodeando un patio; cada estructura, edifi- cada de piedra y bloques de adobe, sostenia un cuarto con paredes de bajareque y techos de material perecedero; las esquinas posteriores del conjunco regularmente se destinaban al al- macenaje de objetos en desuso, El perfil de ARQUEOL oGia Fg. 7 Los estos Tumba 1 dela Operacién 13, “talud-tablero” que adornaba las fachadas se cor- taba al centro por una pequefia escalinata con alfardas lisas que conducia al patio en el cual se encontraba el altar doméstico, Ese patron de distribucin es muy claro en las casas de Tetim- pa Tardio (Plunket y Urufuela, 1998b; Uru- ‘iuela y Plunket, 1998), pero las evidencias de ‘Tetimpa Temprano permiten apreciar que era bisicamente el mismo que se utilizaba desde sos tiempos, aunque hay tres diferencias pa- tentes entre las dos fases: la primera es que no hay altares en Tetimpa Temprano; no sabemos si no los tenfan o si sencillamente no aparecen por no ser los contextos dc la misma calidad que los de la fase siguiente; la segunda es que las instalaciones para almacenamiento de granos en ‘Tetimpa Tardio estan constituidas por cuexco- mates colocados al frente de los conjuntos, mientras que en Tetimpa Temprano son pozos troncocénicos excavados en los patios o en una de las esquinas traseras; la tercera es que los cetimpefios de la fase temprana enterraban se- lectivamente a algunos de los miembros de la familia en la casa, mientras que ignoramos toda- via los patrones mortuorios de Tetimpa Tardio. En algunas ocasiones, las casas de Tetimpa “Temprano fueron totalmente abandonadas al final de esa ocupacién, y parcialmente destrui- das y cubiertas con campos de cultivo en la si- guiente fase; otras veces, las mismas antiguas unidades fueron aprovechadas como nticleos para nuevas construcciones, volviéndose sub- estructuras de los edificios tardfos. En ambos casos, aunque hubo destruecién parcial de las estructuras tempranas, aquellos entierros de ‘Tetimpa Temprano que fueron colocados en Jas plataformas de las habitaciones 0 en los pa- tios no se vieron dafiados por las actividades de los habitantes de Tetimpa Tardio, princi- palmente porque aparentemente estos iilti- ‘mos cambiaron sus tradiciones funerarias y de- jaron de enterrar a sus muertos en las casas como lo hacfan sus antepasados, pues hasta ahora no hemos localizado en ellas ningéin en- tierso tardio, Ese cambio de costumbres, aunado al cese de la practica de excavar pozos tronco- Cénicos y su sustitucién por graneros aércos, implicé la casi nula perturbacién del subsuclo, colaborando asi a que las sepulturas tempranas no fuesen alteradas. Asf, a diferencia de muchos otros sitios del Al- tiplano Mesoamericano donde la larga historia continua de ocupacién humana provocé una fuerte destruccién de las evidencias més anti- {guas, los contextos mortuorios de Tetimpa Tem- prano s6lo fueron afectados por los habitantes contemporineos a ellos y no por actividades posteriores, ni siquiera durante ‘Tetimpa Tar- dio. De 21 conjuntos arquitecténicos registra- dos, ocho presentan ocupacién de Tetimpa ‘Temprano, y en cinco de ellos hubo enterra- mientos. Los patrones identificados (Urufue- la eral, 1998) indican que no todo miembro de la familia era enterrado en las casas, sino slo algunos de los hombres y ocasionalmente mu- jeres —ambos bajo los pisos de los cuartos—, asi como algunos nifios que eran inhumados en los patios; a los demas quiza se les depositaba fuera de las unidades habitacionales 0 se les otor- gaba otro tipo de tratamiento. Esta situacién, vinculada a otros datos, nos ha permitido propo- ner (Urufiuela y Plunket, sf.) que los individuos sepultados en las casas eran primordialmente los hombres que fungfan como jefes de familia los nifios que habrian adquirido esa categorfa pero murieron antes de tiempo, y algunas mujeres que por razones excepcionales fueron incluidas dentro de esta muestra selectiva La composicién no totalmente homogénea de las poblaciones mortuorias colocadas en los es- pacios domésticos no ¢s de extrafiar. Si bien es cierto que todas las sociedades emplean algé procedimiento regular o una serie de ellos para disponer de sus muertos, cada enterramiento Fig BVsta desde eloesie dela Tuma 3, donde seaprectan las laas colapsadas representa ala vez laaplicacién de una serie de directrices prescriptivas y proscriptivas rele- vantes al difunto en particular, de manera que no puede esperarse una regularidad absoluta en los patrones empleados, pues pudieron haber- se considerado otros eriterios sin restringirse al trato que le hubiese correspondido a un indi- Viduo de acuerdo exclusivamente con su edad y sexo (Binford, 1971: 25-26; Mays, 1998: 23; O'Shea, 1984: 33-35). Para tiempos més tardifos en Mesoamérica, el tratamiento diferencial esté bien documenta- do por los cronistas, dependiendo a veces del oficio que se desempefaba, pero primordial- mente del tipo de circunstancias en que ocu- 116 el deceso de Ia persona. Variaba no sélo el rea de inhumacién, sino también el procesa- miento que podria darse al cadaver (Durin, 1971; 121-122 y 267), ¢ incluso el lugar de re- oso final que el alma del finado tendria. Los que fallecfan por enfermedad eran objeto de cremacién y se suponia que irian al Mictlan; a los muertos por rayos, ahogados, leprosos, bu- bosos, sarnosos, gotosos € hidrépicos les espe~ raba el Talocan, enterréndoles sin quemar; fi- nalmente, los guerreros caidos en batalla o en cautiverio irfan a la casa del sol, mismo destino que aguardaba a las mujeres muertas de parto 200 Corte 0-E, con poyeccin de las Inj adobos mas importantes 0 0.50 -1.00m Adobe ‘8 Fg, 9 Pania yoorte de la Tumba 3. o.en guerra, a las cuales se enterraba sin expo- sicién al fuego (Sahagéin, 1969, como I: 293- 297, tomo II: 180-181). Obviamente, esas mismas directrices no ten- drian que estar vigentes en épocas anteriores, pero la variacién en edad y sexo registrada en las casas de Tetimpa, con evidente predomi nio de adultos de sexo masculino (que sin em- bargo no serfan suficientes para dar cuenta de todos los que a través del tiempo debieron ha- bitar en ellas), ¢s un claro indicador del uso de criterios selectivos, cualquiera que estos hu- biesen sido. De todas maneras, aun dejando de Jado a mujeres y nifios para tener una muestra més homogénea, y considerando solamente al restringido grupo de los hombres sepultados en las casas, también se detectan distinciones entre ellos. Los sujetos més impor- antes —a juzgar por la calidad y can- tidad de sus ofrendas— se colocaban bajo los pisos hacia el centro de la plataforma principal, mientras que los demas ocupaban las estructuras lace- rales o la misma plataforma principal pero ubicados més hacia los lados de la misma. La mayorfa de los esqueletos estaban dispuestos en posicin flexionada —por lo general sobre un costado, pero oca- sionalmente en decibito dorsal 0 ven- tral—, en fosas ovoides individuales recubiertas con un lecho de peque- fios cantos rodados y una o varias ca- pas duras de barro dispuestas tanto en el fondo, entre las piedras, como en las paredes y boca de la fosa; mas de los mismos cantos se ponfan tam- bién sobre el cuerpo, antes de rellenar la fosa con tierra y barro. La orienta- cién més comdn era con el craneo hs cia el sur, y las oftendas regularmente se acomodaban hacia los pies 0 a la altura de las rodillas. Este patrén ge- neral fue claro desde la primera casa excavada, y hasta antes de la Opera- cién 13 en 1997 daba la impresién de «que la Ginica variable significativa registrada en- tte los entiestos de sexo masculino contenidos en las plataformas era la diferencia en ofrendas; sin embargo, habiamos notado que en algunas sepulturas muy dafiadas por depésitos funera- rios posteriores —de Ia misma fase Tetimpa ‘Temprano— habia algunas lajas y bloques de adobe desordenados, que supusimos podrian haber pertenecido a cistas o ser meramente parte de los materiales de relleno de las estruc- turas. Los datos de Tetimpa parcefan ajustarse en- tonces al patrén esperado para el Formativo en el Altiplano, con la mayoria de los entierros colocados en dep6sitos directos y, a diferencia de otras localidades mesoamericanas contem- porineas, sin presencia de tumbas. La informa- 25 + ENERO-JUNIO 2001 cién documentada en la Operacién 13 nos per- mite ahora modificar este supuesto y plantear otras alternativas. Por ello, presentaremos en detalle las tumbas de esta operacién, para pa- sar después a una revisi6n de clementos de excavaciones previas que, a la luz de estas nuevas evidencias, podrfan corresponder a tum- bas destruidas. La Operacién 13 La Operacién 13 correspondié a un conjunto habitacional constituido por cuatro platafor- mas rodeando un patio, con la estructura prin- cipal localizada hacia el oeste del mismo, y es uno de los casos en que los habitantes de ‘Te- timpa Tardio construyeron sobre edificaciones anteriores, lo que nos proporcioné una de las secuencias mis largas y continuas de ocupa- cin de Tetimpa Temprano. Registramos aqui un total de quince entierros, con un minimo de 19 individuos representa- dos. La mayorfa de ellos eran relativamente sencillos, individuales, directos, de adultos, en fosas excavadas en las plataformas (a excepcién de un entierro infantil en el patio). La placa- forma principal (fig. 2), sin embargo, nos per- mitié documentar dos tumbas intactas y otra mas que se habia colapsado. 8 Fig 10Vista dela Tumba 2 desdeeleste, y suubicaciénen relacion ala Tumba 1 La Tumba 1 de la Operacion 13, La'Tumba 1 se construyé dentro del relleno de Ja plataforma principal del conjunto, levemen- te hacia el este del centro (figs. 3 y 4); se des- planta sobre una capa de tierra amarillentaen- durecida a unos 1.60 m de profundidad del Liltimo piso de la estructura (Piso 1 de un to- tal de ocho sobrepuestos), y termina con las Ailtimas lajas del techo que se encontraban a s6lo 0.58 m del mismo punto. Es una peque- fia cdmara de planta cuadrangular que mide 1.22 men sentido N-S por 0.90 m E-O y 0.82 m de altura, y en su extremo norte tenia una puerta falsa formada por dos lajas empotradas enel piso de tierra de la tumba; esta “puerta”, que nunca se us6 como tal, se apoyaba contra dos jambas formadas por Iajas alargadas. Las paredes estaban hechas con bloques de adobe revocados con una gruesa capa de mezcla de ado- be, y rematadas en su parte superior por una hi- lada de Lajitas, semejantes a ixtapaltetes, antes de colocar tres capas de grandes lajas tras- lapadas, unidas con lodo endurecido, que for- maban una cubierta casi circular con un didme- tro maximo de 1.80 m (figs. 5 y 6) La tumba contenia al Entierro 5, un esquele~ to en muy malas condiciones, removido y rof- do por tuzas y parcialmente aplastado por la ARQUEDLOGIA Planta Conte 0-8 ° 0.50) 1.00 m @ Fig 11 Pantay corte dela Tumba 2 caida de una de las lajas del techo, pero pudo apreciarse que el personaje fue colocado hacia la mitad sur del espacio sobre dos grandes lajas de andesita, que a su vez descansaban sobre tun lecho de pequeftos cantos rodados burda- mente cementados con barto (fig. 7). Se tra- tade un adulto de sexo masculino, flexionado en decébito ventral, con el erinco hacia el sur, cuya ofrenda consistié en 34 vasijas aco- modadas principalmente del lado oriente de la ccémara, una navaja de obsidiana, y un machaca- dor de piedra. LaTumba3 de la Operaci6n 13 La construeci6n de la ‘Tumba 3 fue in- mediatamente anteriora la de la Tum- ba 1, pero no por mucho, ya que ésta precedié a la colocacién del Piso 6 y la 3a la del Piso 7. Esta era una estruc- tura mas modesta que la Tumba 1, colocada hacia el norte de la misma placaforma (figs. 3 y 4), y con una manufactura mucho més descuidada y burda que la otra, de manera que aparentemente con el tiempo y con el peso del relleno que la cubria se co- laps6 (fig. 8). Quedaba un amontona- miento de lajas y adobes cubriendo al Entierro 10, un adulto de sexo mascu- lino, flexionado en decdbito lateral izquierdo, con el eréneo hacia el sur aungue la mandibula estaba removida hasta el lado norte; esta remocién, asi como la de otras partes del esquele- to, probablemente tenga que ver con cf colapso de la estructura funeraria Las diez. vasijas que constitu‘an la ofrenda se ubicaban principalmente al oeste del individuo. A diferencia de la Tumba 1, ya juzgar por el hecho de que los restos 6seos y ofrendas se hayan encontrado delimi- tados por una fosa baja (0.90 m N-S por 0.78 m E-O y 0.38 m de profun- didad), parece que la cimara de la ‘Tumba 3 estaba formada por una ho- radacién en el relleno de la placafor- ma, con un techo de lajas para cuyo sostén co- laboraban algunos adobes distribuidos en los limices de la fosa (fig. 9), quedando asi las “pa- redes” constituidas tanto por estos adobes ‘como por los propios perfiles de la fosa reves- tidos con Jodo. En la parte exterior del lado este de la entrada de la cémara se ubieé una de~ presién circular, apenas en parte delimitada por lodo endurecido y bloques de adobe, que podria corresponder a una especie de antecmara o ser parte de la excavaci6n que originalmente se hizo para facilitar la construccién de la tumba. O-WUNIO 200 El conjunto de materiales se encuentra a una profundidad de entre 0.50 m (la parte superior de las Iajas colapsadas) y 1.93 m desde el Piso 1. LaTumba2 dela Operacion 13 La Tumba2 corresponde al contexto funerario més antiguo en esta plataforma, yes de un tipo distinto a las ya descritas. Parte de ella se loca- liza précticamente abajo de la entrada de la Tumba 1 (figs. 3 y 4). Es un depésito en for- ma de bota, cuyo tiro inicia a los 1.70 m desde el Piso 1 y desciende hasta los 2.40 m, profun- didad mucho mayor que la que corresponde al propio desplante de la plataforma que se en- cuenta a los 1.70 m, justo a la altura del inicio del tiro dela Tumba 2; de hecho, la construc~ cién de este tiro debié ser anterior a la colo- cacién del piso mas antiguo documentado, el Piso 8, que se ubica entre los 0.67 y 1.58 m. EI tro tiene un didmetro de unos 0.70 m y condu- ce a una pequefia cdmara (1.30 m N-S x 0.68 m E-O y 0.45 m de altura maxima) ubicada entre los 2.15 y los 2.60 m (figs. 10 y 11). La entra- da ala cdmara se encontraba en el lado ponien- te de la base del tiro, y fue clausurada vertical- mente con dos lajas de andesita unidas entre si yal tepetate con un mortero duro de lodo. Esta tumba contenfa al Entierro 12, conforma- do por dos adultos. Del lado norte de la camara se encontré el Individuo I, representado por un conjunto de huesos en mal estado, sin posicién anat6mica detectable. Este esqueleto parece haber sido el primero depositado, y probable- mente su desorden y fragmentacién sean pro- ducto de actividades de reacomodo o reduccién —reagrupamiento parcial o total de un esquele- to dentro del espacio donde se realiz6 el depé- sito primario (Duday, 1997: 119)— que toma- ron lugar al incroducir al Individuo 2. Los restos de este diltimo se ubicaban hacia el sur de la cémara, muy destruides por la aceién de tuzas; no obstante, pudo observarse que fue deposita- do en dectbito lateral izquierdo flexionado, con Ja cabeza hacia el sur, y un pedazo grande de metate sobre sus piernas. Ademés del metate habia en la cdmara dos vasijas de cerémica, dos Planta @ Fig 12Planta del Entiero 4 ena Operacion 1/ Estuctua2 raspadores y una navajlla de obsidiana, pero no queda claro a cual de los dos personajes se aso- cian estos objetos. No fue posible identificar el sexo de estos sujetos debido a la pobre conser~ vacién de sus restos. Otras posibles tumbas. La documentacién de las tumbas de la Opera- ci6n 13, particularmence de la Tumba 1, nos morivé a revisar los datos de temporadas ante~ riores en biisqueda de casos semejantes que pudiesen haber sido mal interpretados como cistas destruidas. Efectivamente, en dos de cinco conjuntos habitacionales registrados en la Operacién 1 entre 1994 y 1995 (estructuras 2y 5), encontramos entierros en posibles tum- bas; sin pretender ofrecer el mismo detalle que para las de Ia Operacién 13, y sdto con Snimo de mostrar este matcrial comparativo, esas sepulturas se deseriben a continuacién, La Estructura 2 de la Operacién 1 estaba su- ‘mamente dafada en su parte superior por el trascavo. S6lo conservaba evidencias corres- @ Fg. 13Vie desde 0! oeste del Entiera 11 en Estructura, antes de retrar 106 ado- es Se aprecaen la parte poster elmuo coepse jo que fomeba sulimte este pondicntes a Tetimpa Temprano, parcialmen- te destnuidas, por lo que no es claro si tuvo una reocupacién durante Tetimpa Tardio que haya sido arrasada totalmente por la maquinaria. El conjunto constaba de una plataforma que soste- nia al menos tres, y quizas cuatro cuartos alre~ dedor de un patio central. Se localizaron quin- ce entierros individuales, distribuidos bajo dos de las habitaciones y el patio; de ellos, dos de los hallados bajo el cuarto del sur (Bnti y 11) son los que nos interesan aqui. En el caso del Entierro 4 la situacién no es to- talmente clara, pues se encontraba muy cerca noa la superficie expuesta por el trascavo, pero a su alrededor se localizaron una serie de ado- bes que podrian corresponder a los restos del arranque de posibles muros de una cémara; dado sin embargo el alto grado de alteracién de este contexto y su poca profundidad desde la super- ficic (unos 10 em), no es posible asegurar que en efecto ese fuera el caso (fig, 12). Se trata de un adulto de sexo masculino, con el crineo ha- cia el sur, flexionado en decdbito lateral dere- cho, aunque es posible que hubiese estado ori- ginalmente en dectbito dorsal y los restos se hubicsen vencido hacia un lado. Las ofrendas consistieron en once vasijas de cerémica, una navaja de obsidiana y un machacador de piedra, colocados al este del esqueleto Por su parte, el Entierro 11, ubicado a mayor profundidad, fue removido parcialmente por inhumaciones posteriores realizadas en sus al- rededores inmediatos, ademés de que en bue- na medida los restos dseos estaban destruidos por roedores, pero pudo apreciarse que se tra- taba de un adulto, posiblemente de sexo mascu- lino, flexionado en decdbito lateral izquierdo, aunque al parecer fue colocado inicialmente en decabito dorsal y se vencié hacia ese lado; el crdneo, ya desaparecido, debié haber estado hacia el norte. Se conservaban cuatro vasijas incompletas al sur del esqueleto, frente a las piernas. Parece que este entierro fue delimira- do en su lado este aprovechando un muro pre~ existente, mientras que los lados oeste y nor- te se cerraron con algunos adobes, colocando también otros adobes sobre el entierro (fig. 13). Probablemente representa una tumba cuya construccién fue bastante més burda y menos formal que la Tumba I de la Operacién 13, aun- que cabe la posibilidad de que esta informalidad se deba a la alteracién de la que fue objeto. “JUNIO 2001 Es de mencionarse que en el patio de la Estructura 2 encontramos un pozo de ms de un metro de profundidad, relleno exclusivamente con grandes lajas semejantes a las usadas en el te- cho de la’ Tumba 1 de la Operacién 13. Dada fa continua actividad de ente- rramientos en reas limitadas, podria, ser que estas lajas procedieran de tum- bas que fueron destruidas con nuevas sepulturas y que estuvieran almace- nadas para fururos usos funerarios, ya que no hemos encontrado este tipo de lajas empleadas en otros elemen- tos constructivos. Lafotra estructura de la Operacion 1 a a que nos referiremos es la Estructu- 1a 5, que s6lo tuvo ocupacién durante ‘Tetimpa Temprano, pues se encon- traba cubierta con surcos de Tetimpa ‘Tardio. Inicialmente el conjunto es- tuvo compuesto por tres estructuras alrededor de un patio, que se unieron después desde las bases formando una sola plataforma que hubiera sostenido alas tres habitaciones originales, mas dos cuartos de esquina y un peque- fio vestibulo. Se localizaron trece en- tierros con un minimo de 16 indivi- duos distribuidos bajo las tres habitaciones y el piso del patio, pero la mayoria de ellos se en- contraban bajo el cuarto del oeste; de estos al timos, al menos uno y quizé dos (Entierros 6 y 7), parecen haber sido depésitos en tumbas. El Entierro 6 corresponde a un adulto tan afec~ tado por la accién de roedores, que no fue po- sible identificar su posicién, orientacién, ni sexo, Estaba acompafiado de cinco vasijas y un raspador de obsidiana; tanto éstos como el es- queleto se habjan depositado en una fosa de poca profundidad, en los limites de la cual se colocaron una serie de adobes para soportar un techo de lajas (fig. 14). La poca formalidad de la estructura funeraria, asf como la fuerte alte~ raci6n en el relleno de Ia plataforma causada por la deposicién de otros enterramientos muy Estuctuas: ARQUEOLOGIA ‘cupieta de lajas dol Ertiero 6 de la Operacion 1/ cercanos, nos condujeron a interpretar este elemento como una cista destruida, donde las Injas habrfan formado parte de paredes caidas; sin embargo, contando ahora con la compara- ci6n de las tumbas 1 y3 de la Operacién 13, es el caso en que puede verse con més claridad que debié tratarse de una tumba similara la 3 de la Operacién 13, es decir, donde las paredes se lograron con los perfiles de Ia fosa reforzados en su parte superior por unos cuantos adobes para sostener la cubierta de Iajas. El Entierro 7 estaba bastante més deshecho por Ia colocacién de otras sepulturas aledafias, ys6lo conservaba dos grandes lajas sobre un es- queleto de adulto (fig. 15), probablemente masculino, quiz flexionado y con el craneo hacia el norte, asociado a cinco vasijas, pero B Fig 1SEIENtero 7 dela Operacion ‘VEsinuctura §, con las iajas de lacubiena que quedabean, hubo tanta remocién a su alrededor que fue dificil diferenciar sus materiales de los depési- tos vecinos. Por ende, la posibilidad de que correspondiera a una tumba colapsada no es tan clara como en el Entierro 6, pero dada la presencia de algunas lajas sobre los restos 6se0s pensamos que hay probabilidades de que ese haya sido el caso. Asi, de un total de 61 entierros excavados, quizés al menos sicte pueden haber correspon dido a depésitos en tumbas: tres en la Opera- cién 13, dos en la Operacién 1/Estructura 5, y dos en la Operacién 1/Estructura 2. Sélo uno de estos casos (Operacién 13, Tumba 2) se trata de una especie de tumba de tiro con la camara excavada en el tepetate; los demas pa- recen versiones muy simplificadas y burdas de la ‘Tumba 1 de la Operacién 13. Discusion No hemos encontrado informes de tumbas con- temporineas en el valle poblano-tlaxcalteca. La mera descripeién de un elemento poco 0 definitivamente no reportado conlleva su pro- pio valor, pero las implicaciones que represen- ta su existencia son, desde luego, atin mas im- portantes. La conservacién de la ‘Tumba 1 de la Operacién 13 nos permitié identificar la presencia de otras probables cinco tumbas destruidas (sin contar la tumba de tiro) para las que antes careciamos de indicios que per- jeran clasificarlas como tales, revelando asi que no es un elemento dinico o idiosinerisico de esa unidad doméstica, sino parte de una tra- dicién local reservada a algunos miembros de las familias. Curiosamente, en términos gene- rales la’ Tumba 1 de'Tetimpa es muy similar a las tres de Tlapacoya, siendo tumbas relativa- mente chicas y simples, con techos de lajas, abundantes offendas, y ubicadas dentro del re- leno de los monticutos, hacia el centro de ellos (Barba, 1956: planos 7 y 8). Esto Giltimo es de particular relevancia en re- lacién con lo expresado al inicio de este artfeu- lo; la carencia de tumbas para el Formativo en estas reas. Hay muy pocos monticulos explo- tados de este periodo. La mayoria de ellos, en el caso de monticulos habitacionales menores, fueron destruidos o al menos fuertemente al- terados por construcciones posteriores. Si en el caso de Tetimpa, cuya historia ocupacional no fue tan larga, 1a identificacién de algunas tumbas se dificulta debido a la destruc 2 + ENERO: JUNO 200 causada por otros enterramientos realizados solo en la misma fase en que dichas tumbas fucron construidas, poco puede esperarse de la mayoria de los sitios en los cuales la secuencia no se vio interrumpida por estratos estériles que protegiesen las evidencias mas antiguas. Por otto lado, son también pocas las estructu- ras no habitacionales de este tiempo que han sido exploradas ademés de ta de Tlapacoya. El ‘Terel de Aljojuca, Puebla (Linné, 1942: 28- 45), contenia quince entierros, ninguno de ellos en tumba, aunque uno cubierto por una ‘gran Iaja; desafortunadamente, la exploracién mediante una trinchera de 3.5 por unos 18 m de largo no abarcé todo el interior del monticu- Jo, de manera que no es posible saber si habria otro tipo de depésitos funerarios. En Toti- mehuacan, Puebla (Spranz, 1970: 63-64), el ‘Tepaleayo 1 contaba con varias cémaras en su intetior; no habia en ellas ningdn esqueleo, pero esto no indica necesariamente que no hayan sido estructuras mortuorias, sino que quizé simplemente no legaron a utilizarse. La propuesta entonces es que las tumbas du rante el Formativo en estas regiones pudieran ser més comunes de lo que tradicionalmente se ha pensado, en particular para finales del Formative Medio y durante el Tardio, mismo tiempo en que la tradicin de construir céma- ras subterrineas estaba iniciando en otros la- dos de Mesoamérica. Si Tetimpa es un buen cjemplo del tipo de asentamiento que habja para esos momentos en el Altiplano, o al menos en Puebla-Tlaxcala y la Cuenca de México, eso indicarfa que ac los cuartos se construfan so- bre plataformas en las que depositaban a sus muertos, ¥ que el hecho de que generalmente no se detecten esas estructuras es porque fue ron destruidas con ocupaciones posteriores, de manera que lo que normaimente se registra como los limites de una habitacién serfa ape- nas el arranque de la plataforma que la habria sostenido; si ya sélo quedan las bases de esos muros, y las tumbas que se excavaron en el re- leno de las plataformas no eran mas profundas que esas bases, no hay manera de encontrar ARQUEOQLOGIA evidencia de ellas, pues hace tiempo que ha- brian desaparecido. Vale la pena hacer notar que, con excepcién de la cumba de tiro, y a diferencia de la Tumba 1 y quizé la 3 de Tlapacoya, las de Tetimpa no fueron utilizadas para eventos miltiples, y ade- mis se encuentran en contextos habitaciona- les, Asi, 1a labor invercida en ellas constituia un gasto —o un reconocimiento— individual destinado s6lo a ciertos miembros de la fami lia y s6lo en algunos grupos, pues hay dos casas, més con entierros pero sin tumbas. Las impli caciones de una variabilidad mortuoria tan mar- cada en cuanto al tipo de sepultura que se es- taba empleando no debe pasar desapercibida en una época en que en el Altiplano se estaban gestando las bases para el desarrollo de los grandes centros urbanos que florecerian duran- te el Clisico, sino por el contrario, debe ser valorada como uno de los indicadores de la ferenciacién social que formé parte de ese complejo proceso, Es cierto que para cl Cli co las tumbas no serin comunes en Puebla- ‘Tlaxcala y la Cuenca de México, a juzgar por el reducido ndmero que ha sida reportado en los asentamientos importantes de ese momento. Algunas, como las tumbas de Tlailotlacan en ‘Teotihuacan (Millon, 1973: 41-42; Paddock, 1983; Spence, 1989 y 1992; Spence y Gamboa, 2000), y las de Manzanilla en Puebla (Hirth y ‘Swezey, 1976), parecen set més bien tradiciones vineuladas a Oaxaca en sitios y tiempos muy puntuales. Dejando esas aparte, las pocos repor- tes que encontramos de otras tumbas clésicas se mencionan enseguida, Para Teotihuacan, en San Francisco Mazapa, Linné (1934: 45, fig. 16; 54) describe una ‘tumba rectangular, hecha de piedra y con te- ccho inelinado de lajas, para el conjunto de Xo- lalpan, y otra mas burda, con muros de adobe y techo de cantos rodados cementados con mor- tero, para el de Tlamimilolpa (Linné, 1942: 110-111, figs. 185 y 186; 125-126); ambas eran de dimensiones reducidas, con plantas de alrededor de 1 m de largo por unos 80 cm de an- AROUEQLOGIA cho (calculado con base en la escala gréfica), y cada una contenia Jos restos de un solo indivi- duo y miltiples oftendas. Séjourné (1959) menciona tumbas para Zacuala, aunque, con cexcepcién de un caso en el que especifica que los entierros estaban dentro de una cémara con paredes blancas muy pulidas (Séjourné, 1959: 60), no es posible saber si en efecto ha- bla de tumbas como aqui las definimos 0 si se trata de un término general que remite a cual- quiet tipo de sepultura. Hay otras tumbas més en el Barrio Oaxaquefio y sus cercanias que to- davia no han sido publicadas en detalle (Cabre~ ra, 1999: 511-512), eso sin contar aquellos en- tierros depositados en estructuras de altares que en ocasiones se han considerado como tum- tas (Cabrera, 1999: 510). En el Valle de Puebla-Tlaxeala, entre 50 y 200 4.C., con dos reaperturas posteriores (Garcia Cook et al, 1976a: 25 y 1976b: 54; Vega, 1981 48), esta la tumba de Los Teteles de Ocotitla, ‘Tlaxcala, una cémara de planta entre oval y rec- ‘angular, con paredes y piso de Iajas, de poco ‘menos de 1.50 m de ancho por casi 2 m de lar- g0 —a juzgar por la escala geifica de los dibu- jos (Garcia Cook ef al, 1976a: plano 4)—, ex: cavada dentro de una plataforma y sellada con un piso de estuco, que contenfa al menos cua- tro individuos asociados a 63 vasijas y 257 b- jetos no cerémicos: obsidiana, cuentas de diver- sas materias primas, una maqueta de piedra, punzones de hueso y bezotes de travertino (Garefa Cook ef al., 1976a: 16). En Cholula, por su parte, Romero (1937: 9) reporta que el Entierto 1, explorado en los afios treints en la meseta noreste del Tlachihualtepetl, fue en- contrado dentro del relleno, a 10 m de profun- didad del Piso 1, protegido por una estrecha héveda de adobes. Se trata de un individuo masculino perteneciente a una época muy ante- rior al resto de las inhumaciones efectuadas en la pirimide (Romero, 1937: 32); Noguera (1954: 238) lo atribuye al Clisico, y a juzgar por las vasijas de ofrenda que ilustra (Noguera, 1954: 179), parecerfa Clésico Temprano. Esta tum- ba es bastante interesante, ya que su cons- truccién, con paredes constituidas en parte por los propios perfiles de la fosa y en parte por unos cuantos adobes, se asemejaria a las tumbas menos elaboradas de Tetimpa. Para tiempos un poco posteriores (400-650 d.C.), MeCafferty (1996: 306) alude a una tumba para el sitio de Transito, también en Cholula, pero la'descripcién es muy somera y no es po- sible saber qué restos éseos contenfa —apa- rentemente dos individuos—, no hay plantas, cortes, ni dimensiones especificas o detalles de su construccién; s6lo menciona que era de piedra y hace referencia a las ofrendas. Lopez y sus colegas (1976: 83) sefialan dos entierros del Clisico Tardio (Cholula IIT, 400-750 d.C. {Lopez ef al., 1976: 29-31]), colocados en la pitimide en un canal de desagiie parcialmente acondicionado para servir como tumba (el 363, corresponde a un adulto de sexo masculino, y el 364 a uno, de sexo femenino), pero éstos constituyen casos cuestionables de acuerdo con Ja definici6n que aqui hemos usado, ya que Se estaria empleando como continente un ele- mento no disenado originalmente para ese pro- pésito. ‘Asi, a diferencia de lo que proponemos aqut, para el Formativo Tardio, fines del Formativo Medio y durante el Clisico, colocar los restos mortales de sujetos importantes en tumbas no parece haber sido parte relevante de las tradi- ciones funerarias locales, pero consideramos que ello obedece a factores de otra indole que resultaron en cambios drésticos en el patrén de enterramiento, y es un tema en el que justa- ‘mente nos encontramos trabajando en Ia actua- Jidad, ya que tenemos razones para pensar que son cambios concomitantes con las grandes transformaciones socioculturales de la €poca. Pero, en el tenor de este articulo, ése es otro cantar. 25 » ENERO JUNIO 200 f d f g 0 ‘Barba, Beatie 1956. “Plapacoya. Un sitio prectisico de ransicién”, en Acta Aniropoligica, Epoca 2, vol. 1, nm, 1, México, Escuela Nacional de Antropologia ¢ Historia. = Binlord, Lewis 1971. "Mortuary practices: their study and their potential”, en J. A. Brown (ed.), Approaches tothe Socal Dimensions ‘of Mortuary Practices, Washington, D.C., Society for American Archacology (Memoirs of the Society for American Archaeology, nim. 25), pp. 6-29. ‘Cabrera, Rubén 1999. “Las pricticas funerarias de los an- tiguos teotihuacanos”, en L, Manzanilla y G Serrano (eds.), Prdetcasfanerarias nla Ciudad de os Diases. Las enterramientos aa- os de laantiqua Teotibuacan, México, UNAS, pp. 503-539. ‘*Duday, Henti 1997. *Ancropologia biol6gica de Campo', ‘afonomia y arqueologga de la muerte", en E, Malvido, G, Pereira V. 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