Mi San Valentín Sangriento PDF
Mi San Valentín Sangriento PDF
Mi San Valentín
Sangriento
Ediciones El Lado Oscuro, 2015
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Editado por El Lado Oscuro
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Índice
Prólogo ............................................................................................................................................. 6
A nadie le amarga un amor .............................................................................................................. 8
Crónica de un lobo negro en San Valentín ..................................................................................... 15
Clémence ........................................................................................................................................ 23
Luces fuera ..................................................................................................................................... 31
Una excursión accidentada ............................................................................................................. 37
La presa equivocada ....................................................................................................................... 44
No hay amor ................................................................................................................................... 50
Tulipanes rojos ............................................................................................................................... 58
Unidos ............................................................................................................................................ 64
Cruel Galatea .................................................................................................................................. 70
El flechazo ...................................................................................................................................... 77
San Valentín con cuernos ............................................................................................................... 82
San Valentín Sangriento ................................................................................................................. 90
Mi extraño fetiche .......................................................................................................................... 96
Bajo el mismo sol ......................................................................................................................... 104
La otra mitad ................................................................................................................................ 113
Si alguna vez una niña .................................................................................................................. 119
Con amor ...................................................................................................................................... 124
Belleza .......................................................................................................................................... 129
Receta para que mueran de amor ................................................................................................. 135
A veces el amor no es suficiente .................................................................................................. 140
¡Feliz San Valentín! ..................................................................................................................... 146
Diario............................................................................................................................................ 152
Prólogo
Preparaos para descubrir los días de los enamorados más espeluznantes, desconcertantes,
románticos y, sobretodo, sangrientos que han brotado de la mente de nuestros ingeniosos escritores.
El cómo se les han ocurrido estas tétricas historias breves solo ellos pueden contestar; desde El Lado
Oscuro estamos profundamente agradecidos y complacidos de que las pesadillas y horrores plaguen
parte de sus brillantes mentes. Novios que desaparecen, chicas misteriosas, fiestas de solteros,
paseos románticos por un parque natural, incesto, románticos atormentados, caníbales, locura
colectiva y una amplia gama de aterradoras criaturas malévolas y otros seres fantasmales que harán
que las pesadillas de los protagonistas fueran un prado celestial a su lado.
Esperamos que os guste y aterre lo que vais a leer a continuación y por último os deseamos un
feliz y sangriento día de los enamorados.
Era una tarde soleada y soplaba una suave brisa, sin duda era el día perfecto para comer dulces en el
jardín. Pero no todo era tan maravilloso en aquel jardín florido y esmeradamente cuidado, porque su
dueña estaba intentando contener los hipos y las lágrimas a la vez que comía otra de las magdalenas
que acababa de sacar del horno. Mientras Álex y Ana intentaban que olvidase al último chico que la
había dejado, porque aunque Sonia era una chica rubia, esbelta, guapa y cariñosa (además de una
experta en repostería), había sido abandonada por todos los hombres que se habían acostado con
ella.
El proceso siempre era el mismo: Sonia se enamoraba perdidamente de alguien, ese alguien
parecía corresponderle y tras semanas de cine, compras y flores, ella decidía que era el momento de
―entregarse‖. A la mañana siguiente, el chico la dejaba y Sonia llamaba desconsolada a sus amigos
mientras preparaba sus ―bollos de la ruptura‖.
La función de estas reuniones era que Sonia escuchara de sus amigos que no era una imbécil, solo
tenía un gusto pésimo para los hombres. Ana, la más optimista, siempre le hablaba de que había un
príncipe azul esperándola para no abandonarla nunca jamás (quizás Sonia sí fuese un poco ingenua
porque siempre la creía incluso esta vez, la quinta en tres años); por otra parte, Álex dedicaba estos
encuentros a despotricar contra los hombres que formaban el historial de su amiga con la esperanza
de que por fin se diese cuenta de que él era el adecuado.
―No puedes permitir que sigan haciéndote esto, Sonia.
―¿Qué es lo que quieres que haga, Álex? ¿Siendo tú un hombre me vas a decir que el sexo no es
fundamental para que quieras a una mujer? No quiero ser un facilona pero tampoco quiero que mi
fama de estrecha me haga terminar siendo una amargada rodeada de gatos.
―Sabes perfectamente que no me refiero a eso, además esos hombres que necesitan follar para
quererte son los cerdos con los que te sueles relacionar, pero has de saber que no todos somos así.
Unas semanas después, Sonia ya se había recuperado otra vez y estaba con Juan y Ana en el bar de
siempre, bebiendo cerveza y jugando a las cartas. El bar era un sitio pequeño y los clientes solían ser
siempre los mismos, por eso los amigos se sorprendieron al ver como dos chicos desconocidos
entraban y se sentaban en la mesa de al lado. Después de unas cuantas cervezas los cinco jóvenes
iniciaron una animada conversación y cuando Juan tuvo que marcharse no se sorprendió al ver que
su amigo, Bruno, prefería quedarse con la preciosa Sonia que no le había quitado ojo en toda la
tarde. Pero Bruno no contaba con que Álex, con unas cervezas de más, lo estaba vigilando y en
cuanto Sonia y Ana se fueron al baño para comentar la nueva conquista empezó a contarle con un
tono amenazante todo lo que le pasaría si se acercaba a su amiga.
Cuando las chicas salieron del baño se encontraron con una situación ligeramente tensa en la
mesa, pero no duró mucho porque Sonia decidió hacer esa señal que hacía entender a sus amigos
que era hora de que la dejasen a solas con su acompañante.
Sin duda alguna Bruno era un chico muy guapo: moreno, alto, fuerte y de ojos dulces. Como
siempre hacemos todos cuando conocemos a alguien, Bruno jugó sus mejores cartas y Sonia quedó
completamente encandilada, pero cuando el bar se estaba quedando vacío y el joven sugirió que
fuesen a su casa, la joven palideció y se quedó muda.
―Entiendo que quieras ir despacio, yo esperaré todo el tiempo que quieras ―dijo Bruno con una
dulce sonrisa en sus labios―. Me gustaría que olvidaras esto y me dieses tu teléfono para quedar
otro día, porque me has llegado al corazón.
Sonia por supuesto dijo que sí y de nuevo comenzaron las compras, las flores, el cine, las
galletas... Parecía que Sonia había encontrado definitivamente al amor de su vida. Ella era su
―corazón‖ y él su ―bizcochito‖ y como cualquier pareja reciente derrochaban amor y cariño por
todos los lados.
Pero Álex no pudo evitar percibir cómo Sonia comenzaba a sentirse presionada al ver que ya
llevaba tres meses con Bruno y tarde o temprano tendría que tener relaciones con su él,
arriesgándose a un nuevo abandono. Ella siempre lo negaba, decía que Bruno la había respetado
desde el primer día y sabía que no había nada que temer, pero todos sabemos que es muy difícil
engañar a los verdaderos amigos.
El sábado en el que se hacían cuatro meses desde que Sonia y Bruno se habían conocido,
organizaron una cita en el local de siempre para charlar sobre sus sentimientos. Pero la velada
terminó de una manera desagradable porque la pareja no había contado con la presencia de Álex y
Ana, que como cada fin de semana iban al mismo bar aunque Sonia no hubiese quedado en
acompañarlos, y en el momento en que los vio, el siempre agradable Bruno rompió en cólera
reprochándole a su novia que nunca podía tenerla para él solo en ninguno de los sentidos y antes de
que ella pudiese defenderse, él se marchó del bar con una expresión de odio en su cara. Álex y Ana
se prepararon para una nueva charla para consolar a su amiga, pero sorprendentemente no hizo falta.
Sonia salió sin mostrar ningún gesto de tristeza. Los amigos se quedaron enormemente preocupados
por la manera en la que Sonia se había ido, pero se consolaron al darse cuenta de que esta vez el
cerdo había mostrado su verdadera personalidad antes de que su amiga se hubiese entregado
completamente a él. Bebieron cerveza y jugaron a las cartas pendientes siempre del teléfono por si
Sonia decidía llamar, la verdad es que ambos terminaron bastante borrachos y no volvieron hasta
pasadas las tres de la madrugada a sus respectivos pisos.
Una vez en casa, Álex (ya desconectado de la fiesta) empezó a pensar seriamente sobre la
reacción de Bruno en el bar, puede que se tratase de un tipo realmente peligroso, quizás no fuese un
cerdo más y su querida amiga estuviese en peligro. En ese momento lo primero que pensó fue que
debía ir a casa de Sonia para asegurarse de que todo estaba en orden, pero se dio cuenta de que podía
estar exagerando y por eso decidió llamar a Ana para pedirle consejo. En cuanto sonó el primer tono
pensó que ya era tarde y que su amiga necesitaba un descanso pero ya estaba hecho, así que esperó
hasta que la joven, más dormida que despierta, cogió el teléfono:
―Mmm… ¿Diga?
―Hola Ana, soy Álex perdona por despertarte pero es que he estado pensando sobre lo que ha
pasado con Bruno y creo que lo mejor sería ir a casa de Sonia para asegurarnos de que ese loco
psicópata no le ha hecho nada. ¿Tú qué crees?
―Pues yo he pensado que estás borracho y no sabes que excusa utilizar para plantarte en su
puerta y decirle que te mueres por sus huesos…
―Yo solo me preocupo por la seguridad de una amiga.
―Ya, haz lo que quieras. Buenas noches.
Álex escucho los tonos que sonaron tras el brusco corte de su amiga, dejó el teléfono y se dio
cuenta de que la llamada solo había servido para recordarle lo cobarde que era. Se tumbó en el sofá
y se durmió junto al teléfono fijo esperando una llamada de auxilio que le diese la oportunidad de
sacar al príncipe azul que llevaba dentro.
Al día siguiente, Ana se despertó a las ocho de la mañana con una enorme resaca que impidió que se
volviese a dormir y mientras bebía litros y litros de agua vio la lucecita de su teléfono que indicaba
que alguien le había dejado un mensaje en el contestador. No le dio importancia porque la
normalmente lo único que había grabado en ese tipo de mensajes era el sonido del teléfono
colgándose. Pero cuando ya se había tomado una aspirina y el café había empezado a salir, Ana
pensó que aunque no hubiese mensaje era importante saber quién había llamado así que pulsó el
botón y reconoció la voz de Sonia: «Tía, voy a coger el toro por los cuernos, he organizado una
velada romántica en mi casa para Bruno y vamos a llegar hasta el final, no le digas nada a Álex, que
ya sabes que es muy protector». La fecha era del día anterior a las 23:13, más o menos cuando
habían empezado con el tequila.
Al recordar la llamada de Álex, Ana se preocupó y decidió llamarlo ¿Habría ido a su casa,
topándose con una incómoda situación? O algo peor: ¿Tendría razón y Bruno era peligroso?
―¡Álex!
―¿Sí?, ¿qué pasa?
―¿Fuiste ayer a casa de Sonia?
―No. Tenías razón, estaba borracho y exageré.
―Mira, acabo de escuchar un mensaje que me dejó ayer a las once y decía que iba a quedar con
el tipo este en casa y, aunque me cueste admitirlo, me has contagiado un poco la paranoia.
―Yo tengo una llave, si quieres pasamos a echar un vistazo, aunque la verdad es que necesito
unas horas más de descanso, tengo la cabeza como un bombo.
―¡Ay el tequila que mala vida nos da! Y por cierto ¿Cómo que tienes una llave?
―¿Recuerdas cuando Sonia se fue de viaje con aquel capullo que era arquitecto?
―Luis.
―Eso, Luis. Pues ella me dejó una copia para que fuese a regar las plantas de vez en cuando y al
final como no me las pidió se me olvidó devolvérselas.
―Ya...
―Bueno, si al final vas a verla, avísame. Yo voy a dormir un rato más. Adiós.
Pero en realidad la única idea que había rondado la cabeza de Álex antes de caer rendido en el
sofá era el ir a ver a Sonia por la mañana temprano, tuviese noticias suyas o no. Así que después de
colgar el teléfono se duchó rápidamente y salió a la calle. La mañana era algo fría pero el cielo
estaba azul y no había ni una nube. Mientras andaba por las solitarias calles típicas de un domingo a
las nueve de la mañana, Álex empezó a pensar en cómo se iba a encontrar a una Sonia desconsolada
por otro abandono, en cómo vería que el hombre que nunca la dejaría había estado delante de sus
narices todo este tiempo y en cómo prepararían juntos las tradicionales magdalenas, que a partir de
ahora serían un símbolo de su eterna unión. Además, aquella era una oportunidad única ya que Ana
no había podido ir, es decir, Sonia era toda para él.
Cuando llegó por fin a la puerta de la casa, Álex se quedó pensando con las llaves en la mano. A lo
mejor aquel cerdo psicópata la había secuestrado o algo peor… Pegó la oreja a la puerta y entonces
escuchó la risa de Sonia y eso sí que fue demasiado ¿Quién se creía ese Bruno para arrebatarle a su
chica? En un ataque de rabia, metió las llaves, abrió la puerta y entró con paso seguro; antes de
poder cerrar la puerta sintió un calambrazo y cayó al suelo.
Al abrir los ojos, Álex reconoció la cocina de su amiga; sin embargo, a medida que fue
acostumbrándose a la luz apreció que no estaba pulcramente ordenada como siempre, sino que
había sido reorganizada para dejar que el cadáver que colgaba del techo boca abajo ocupase la
posición central. La sorpresa hizo que Álex abriese aún más los ojos y reconociese el cuerpo que,
situado sobre un bol de porcelana, se desangraba en aquel cuarto de azulejos rosados: era Bruno,
estaba desnudo y un tajo de bordes morados le cruzaba la garganta soltando algunas gotas de sangre
que repiqueteaban en el recipiente lleno hasta los topes. La cinta que rodeaba la mandíbula del
confundido joven convirtió su grito de terror en un sonido sordo que alertó a su anfitriona de que ya
había despertado. Sonia llevaba el delantal de volantes que tanta dulzura le había transmitido otras
veces pero la cara de frenesí de su portadora lo habían convertido en complemento siniestro que hizo
que Álex sintiese un escalofrío a lo largo de su dolorido y amordazado cuerpo.
―Bienvenido, amigo ―dijo Sonia con un tono de voz grave y seguro que le hizo dudar de que
fuese su amiga la que estaba hablando―. ¿Has visto lo qué he hecho con el cerdo? Seguro que estás
muy contento.
En ese momento, la joven, con una mueca de felicidad en su rostro, retiró el bol rebosante de
sangre con mucho cuidado y, tras dejarlo en la encimera junto a un enorme paquete de harina,
comenzó a manejar un sistema de poleas (que el resto del tiempo quedaba oculto por una lámpara
demasiado grande para una cocina tan pequeña) que hicieron que el cuerpo inerte de Bruno
comenzara a descender. Una vez el cadáver se hubo posado en el suelo, Sonia enganchó el cable de
la polea a la mordaza que sujetaba los pies de Álex y comenzó a tirar hasta que su cuerpo alcanzó la
posición que antes había ocupado el de Bruno.
Álex estaba completamente confundido, era imposible que aquella mujer de aspecto frío fuese la
dulce y apocada Sonia que él había amado de una manera casi obsesiva. Tenía que ser una
alucinación, un sueño; seguramente pronto se despertaría empapado por el sudor de la resaca y reíria
ante la barbaridad que su subconsciente había creado. Pero Álex no estaba dormido, ni alucinado, y
fue incapaz de aceptar esta realidad hasta que Sonia colocó un recipiente limpio bajo su cabeza,
sujetó su cuello con firmeza e hizo un corte limpio en la zona de la yugular. Lo último que sintió fue
el calor de su propia sangre cruzándole la mejilla mientras Sonia lo miraba con la cabeza girada en
un ángulo de noventa grados y sin parpadear.
Aunque el día había empezado soleado, el cielo se puso gris poco después de mediodía. Por eso
Sonia y Ana se instalaron en el salón. Sonia llevó la gigantesca fuente de magdalenas a la mesa que
estaba situada frente al sofá y se sentó junto a su amiga que miraba con preocupación los hinchados
ojos de su compañera que ya había empezado el segundo paquete de pañuelos. A pesar de estar
extrañamente acostumbrada a aquello, Ana no pudo evitar suponer que esta vez la ruptura había sido
más grave, pues la bollería se había duplicado y para colmo Álex, noqueado por la resaca, pensó, no
daba señales de vida.
―Tú tranquila, tía. Ese Bruno no merecía la pena, ya verás como cuando encuentres al definitivo
agradecerás no haber perdido más tiempo con un tipo como él.
―Ya pero... ―Sonia hipó y cogió otro pañuelo―, parecía tan bueno...
―Además, ya sabes que pase lo que pase siempre nos tendrás a nosotros.
―Bueno, yo aquí solo te veo a ti. ¿Qué problema se supone que tengo para los hombres que hasta
mi mejor amigo me abandona?
―Creo que esta vez deberías dispensar a Álex: ayer se bebió casi media botella de tequila y, por
lo que me ha contado esta mañana, la resaca le habrá dejado KO para el resto del día.
―Ya...
―No sé tú, pero yo voy a empezar con esas magdalenas; apenas he comido en todo el día.
―Come lo que quieras ―dijo Sonia con la voz quebrada mientras se sorbía los mocos.
Ana escogió el bollo más grande y tostado y le dio un enorme bocado, pero su energía disminuyó
cuando reconoció un sabor extraño, como amargo. Al principio pensó que su estómago aún
rezumaba alcohol y eso había provocado aquel gusto extraño; sin embargo, tras saborearlo supo que
había algo diferente en esos bollos, conocía demasiado bien su gusto como para que los restos de
una noche de fiesta la confundieran.
―¿Has cambiado la receta? ―dijo Ana con temor a que su amiga tomara su pregunta como una
crítica y se hundiese más-.
―Sí... en la segunda hornada he utilizado una harina y una esencia diferentes ¿No te gustan?
―¡Claro que me gustan, cariño! Solo me ha extrañado porque otras veces saben distinto.
Cuando Ana se hubo marchado, Sonia recogió cuidadosamente los restos de la merienda y los
llevó a la cocina, que estaba tan limpia y ordenada como siempre. Después de lavar las tazas se
dirigió hacia su habitación y buscó bajo la cama. Sacó un cuaderno amarillo claro en cuya portada
podía leerse «Mis recetas». Al abrirlo por la primera página reconoció la letra de su madre y no
pudo evitar recordarla: amantes, moratones, gatos y mucha bollería. Desde que Sonia era una niña
vio a aquella mujer como un ser débil que no tenía nada que ofrecer al mundo y ese libro era la
prueba: notas sobre pasteles y pelos de gato eran la firma que su madre había dejado sobre la tierra.
Pero aún así, ella recordaba con cariño aquellos momentos en los que cocinaban juntas, por eso
releyó todo el cuaderno hasta llegar a la parte donde ella misma había empezado a escribir sus
propios consejos, cogió un bolígrafo y cuidadosamente anotó: La resaca amarga la masa, añadir
50gr. más de azúcar.
Begoña Ríos
La experiencia de Begoña Ríos como escritora se reduce a varios relatos inacabados en cuadernos
llenos de fantasía y tormento. Nacida y criada en Valladolid, vive una infancia normal dentro de la
clase media y empieza a tener inquietudes artísticas desde pequeña experimentando con la música,
el cine y el diseño; sin embargo, nada la satisface más que la lectura, que cubre sus ansias de escapar
de la tediosa realidad que la rodea.
Al alcanzar la preadolescencia, deja atrás las novelas de aventuras para sumergirse (literalmente)
en los mundos de Vian, Bukowsky y Maupassant. A pesar de sus ansias de crear, su carácter
inconstante y autodestructivo hace que la mayoría de sus ideas queden plasmadas en las servilletas
de antros cochambrosos, junto a preservativos usados y papeles de plata.
Actualmente sigue en Valladolid, viviendo con algo más de mesura y optimismo e intentando
abrirse camino para alcanzar algo parecido a la autorrealización.
Crónica de un lobo negro en San Valentín
Edson Adelmo Valoyes Rojas
El Nuevo
Aarón descendió las escalerillas del Instituto para Jóvenes Talentosos Walford divagando entre
asistir a la clase de la Señorita Morgan con sus fonemas y epítetos, o responder a la invitación que
Manhattan le había hecho llegar durante la hora de Música Sudamericana. Manhattan era, por así
decirlo, el tiburón blanco de aquel inmenso océano de pececillos; una verdadera maquina
depredadora de la naturaleza tan solo rivalizado en popularidad y jerarquía social con Bob Paterson,
Presidente Escolar y seguramente futuro oro olímpico en lucha.
Manhattan estaba lejos de agradarle, pero Aarón era consciente de que aquella nota garabateada
en la cara posterior de la tarjeta de amonestación más allá de ser una sugerencia era una orden que
debía obedecer respondiendo a su estatus escolar de ―nuevo‖.
Avanzó cauteloso dejando atrás la sala de Gramática y repitió cada una de las palabras que
Manhattan había tomado el tiempo de plasmar en letras doradas: “Facilius est autem caelum et
sidera et infinitum manent post Susanam haedos comederunt. Sit. Lupercorum”.
El latín no era extraño para Aarón y menos los enigmas. Una sola lectura bastó para
desmenuzarlo.
―El Cielo, los astros y el infinito te esperan luego de que los hijos de Hebe hayan comido. No
faltes. Los Lupercos ―El chico de ébano sonrió ante su escasa dificultad mientras el desolado
pasillo se abría como una fría gruta hacía ningún lugar―. La sala de astronomía. Hebe era la Diosa
de la Juventud por lo que sus hijos somos nosotros los estudiantes. En conclusión, me espera en la
sala de astronomía tras el descanso.
Debía abonar a Manhattan el hecho de haber concebido tan ingenioso mensaje encriptado, pero
hasta un párvulo de jardín habría logrado descifrarlo sin mucha dificultad. Se sentía decepcionado,
esperaba mayor exigencia intelectual en alguien con tamaño mote y popularidad en el Instituto. Sin
embargo, una sola palabra jugueteaba misteriosa: Lupercos. La única relación existente entre la
firma y el cuerpo del mensaje radicaba en que los Lupercos constituían un grupo de jóvenes
adoradores de la leyenda de Rómulo y Remo en la antigua Roma, y el latín era la lengua de la época.
Nada más. Aarón maldijo y apretó la mochila contra su espalda al tiempo que cruzaba los baños y el
sol le quemaba el rostro a través de gigantescos ventanales que daban a las canchas de bola suave.
Finalmente una equivocada imagen de Saturno sobre el borde superior de la puerta le indicó que
había llegado a la Sala de Astronomía. Se detuvo en seco y suspiró un tanto preocupado por no
haber logrado descifrarlo en su totalidad. Era un chico enclenque de contextura pequeña y frondoso
cabello rizado.
―Oye, creí que no llegarías nunca. Dogman se fumó el último cigarrillo y Dólar no hizo más que
decir que eras una gallina ―Dijo Manhattan una vez Aarón ingresó. El anfitrión y autor de la nota le
esperaba sentado en la silla del maestro con las piernas sobre el escritorio pateando con suavidad un
péndulo de Newton, mientras que una veintena de chicos charlaban y reían ubicados en los pupitres.
Aarón no reconocía a ninguno―. ¿Acaso se te dificultó descifrar el misterio de la nota, ―Nuevo‖?
Aarón no contestó y permaneció allí comprendiendo que se hallaba en franca desventaja.
Manhattan era un joven atractivo de ojos negros profundos. Usaba vaselina para el cabello,
normalmente vestía desaliñado con vaqueros desgastados, y era físicamente mayor al promedio de
los estudiantes.
―El nuevo se cree valiente, Manhattan ―Sonrió un obeso pelirrojo que rumiaba de forma
grotesca una goma de mascar―. Quizás te equivocaste esta vez, jefe.
―Nunca me equivoco, Dogman ―Regañó bajando las piernas y sentando un golpe con la palma
de su mano a la mesa. Una escala en miniatura de la Vía Láctea tambaleó y se quebró contra la
baldosa entre risotadas―. Nuevo, te he observado en clases. Bajo tu actitud de silencioso hay un
hijo de perra queriendo salir. Te explico, me gustó mucho como corregiste al Profesor Carton en
Bilogía. No todos tienen tus agallas para enfrentar la espantosa mediocridad de los docentes, ya que
lo único que le interesa a esos malditos es que sus cuentas bancarias tengan cinco ceros cada mes
mientras nos enseñan estupideces básicas como las Leyes de Mendel y esas cosas, ¿me entiendes?
Lo único que exigimos es que respeten nuestra inteligencia, ¿acaso es mucho pedir eso?
― ¿Me citaste para exponer tu grito de protesta contra el profesorado? ―Preguntó un tanto
desinteresado Aarón, procurando vestir su temor con valentía―. Supongo que hay un buzón de
sugerencias o un asesor estudiantil que quiera escucharte, Manhattan.
Otro joven afectado por el acné rompió en una carcajada que fue silenciada por un tablazo de
Manhattan.
―Iré al grano, Nuevo. Queremos que te nos unas ―Extrajo de debajo de la mesa una peluda y
pintoresca máscara con la que cubrió su rostro. Era un grotesco lobo gris de gigantescos
colmillos―. Los Lupercales restauraremos el orden en esta Roma decadente y te necesitamos.
Auuuuuuuuuuuu.
El aullido fue secundado por los demás chicos expandiéndose como un tétrico y verdadero
lenguaje homínido que hizo a Aarón dudar de la cordura de aquel grupo.
―Si sabes algo de historia antigua, sabrás que inicialmente en Roma se celebraba la Fiesta de los
Lupercales en honor a Fauno Luperco. Durante dicha ceremonia los jóvenes iniciados sobrevivían a
la caza y al merodeo en el bosque comportándose entonces como lobos humanos ―Su voz, pérdida
tras la llamativa máscara apenas llegaba a oídos de Aarón quien ahora comprendía el significado del
mensaje oculto. Manhattan al parecer padecía de una extraña obsesión por la Roma antigua, y
usando sus abusivos métodos de persuasión había logrado vincular a un considerable número de
estudiantes―. Nosotros hemos dado vida a esta importante festividad y esperamos te nos unas.
Entre todos alcanzaremos la perfección de aquella época y le demostraremos a nuestros ocupados
padres que se equivocaron al abandonarnos en este maldito lugar. ¿Están conmigo?
El aullido estremeció los vidrios de los ventanales y Aarón supuso que el conserje o algún
desprevenido estudiante habrían percibido tal escándalo.
―Que dices, Nuevo. ¿Te atreves a formar parte de los Lupercales?
― ¿Tengo otra opción? ―Respondió levantando los hombros y aceptando la escasa probabilidad
de oponerse a sus nuevos colegas―. De suponer que no aceptaría tu propuesta habrías evitado toda
esa retahíla villanesca, Manhattan.
―Bien hecho, Nuevo ―Respondió Manhattan. Aarón imaginó la sonrisa de satisfacción que con
seguridad esbozaba bajo el animalesco antifaz―. Revisa en tu camerino que pronto recibirás otra
invitación. Sobra recordar que no mencionarás nada acerca de nuestra sociedad. ¿Verdad?
―Tú me has observado, soy un hijo de perra dentro de un negro silencioso.
El resto de la jornada escolar, Aarón intentó hallar cierta pizca de raciocinio en el encuentro que
sostuvo con Manhattan. La imagen del abusador con aquella máscara de lobo gris merodeaba como
un recuerdo lejano y confuso en su mente, al igual que muchos eventos de su traumática vida. Había
perfeccionado la habilidad de metamorfosear su memoria según las necesidades de manera que
encasillaba su pasado en gabinetes y evitaba así evocar sucesos dolorosos e incomodos. Pero este
recuerdo le parecía incompleto y no podría archivarlo hasta que lo diese por cerrado.
―No seas tonto, no le prestes atención a Manhattan ―Había dicho Waldo, lo más cercano a un
amigo que Aarón había logrado cosechar durante el poco tiempo que llevaba en el Instituto, a quien
a pesar de lo prometido a Manhattan, había revelado lo acontecido―. Ya he oído sobre ese grupo de
desadaptados y te juro que pocos le han dado importancia. Creo que se reúnen en los antiguos
salones a aullar como animales. Tú los viste, creo que no puede salir nada bueno de eso. Ya los
padres de Manhattan han sido citados en varias ocasiones. Quizás son accionistas del Instituto ya
que a pesar que continúa en sus andanzas, el Director Hamilton hace el de la vista gorda. No son
como tú y yo que peleamos nuestras becas y si lo desean en cualquier momento nos mandan de
patitas a la calle.
Waldo parloteaba sin control para el gusto de Aarón, pero lo consideraba un buen chico. De
cabello frondoso y ojos verdes aguacate, era un chico atractivo pero inadaptado a causa de su
verborrea. Desde inicio de clases habían ocupado asientos seguidos y en el comedor se buscaban
para compartir en silencio; el poco silencio que Waldo se permitía aceptar.
―Soy consciente de ello, Waldo ―Respondió escarbando entre los garbanzos―. Creo que una
parte de mí es consciente que no había otra salida. Aceptaba o me preparaba para ser su saco de
boxeo durante el periodo, y no debo recordarte que estamos empezando. Aunque ahora que
hablamos, creo que puede ser una oportunidad para ver hasta dónde puede llegar Manhattan con su
jueguito de romanos rebeldes.
―Allá tú ―Respondió Waldo. Era la primera frase que no llevaba más de cinco palabras. Aarón
aplaudió eso.
Canis Lupus
Esa misma tarde su camerino le recibió con una nueva nota: “Nix autem regni plebs manet, in quo et
accipit panes propositionis, et venatio munera”.
Caía la noche y el chico esquivó al equipo de lucha que abandonaba el gimnasio entre chanzas y
bullicio. Los deportistas no eran su santo de devoción y menos Bob Paterson, quien no se quedaba
atrás cuando de demostrar su superioridad se trataba, aún si fuese necesario pasar por encima de
otros. El instituto era un lugar lúgubre y frío tanto en el día como en la noche, y aunque Aarón poco
o nada creía en fantasmas, entre las sombras las trampas y acechadores se ocultaban listos para
arruinar su vida. Lo sabía muy bien.
Llevaba un saco a rayas y sus zapatillas más cómodas por si era víctima de persecución, pero
nomás pisar el maderamen del gimnasio fue apresado por brazos tan gruesos y duros como los de un
luchador. Forcejeó por un momento y luego de comprobar la resistencia de su adversario se dejó a
su suerte. La oscuridad era plena y los ventanales superiores apenas permitían el paso de luz opaca.
―Eres poco puntual, Nuevo ―Dijo Manhattan en medio de las sombras. Aarón escuchaba y
sentía las pisadas ir de un lugar a otro como una manada de lobos acechando en medio de la
penumbra―. Los Lupercales nos caracterizamos por alcanzar lo que deseamos, y tu impuntualidad
nos perjudica.
De pronto un rostro homínido resplandeció enfocado por la luz principal del Gimnasio. Era el
lobo gris correspondiente a Manhattan.
―Dice la leyenda que durante el siglo III en Roma un sacerdote celebraba matrimonios a
espaldas del Emperador Claudio, su nombre era Valentín ―El foco se apagó y nuevamente el suelo
rechinó con el ir y venir de los Lupercales. Su opresor, tal vez aceptando que Aarón no huiría bajó la
guardia. El lobo gris reapareció a escasos centímetros―. Este sacerdote finalmente fue martirizado y
ejecutado por el Emperador para luego ser homenajeado cristianizando la fiesta de los Lupercales y
convirtiéndola en San Valentín. Malditos puritanos con sus religiones estúpidas.
Las luces se encendieron al unísono y Aarón sintió que sus pupilas se encandilaban como si viera
al mismo fuego infernal. Al menos treinta seres, mitad lobos mitad humanos, saltaban y aullaban
girando alrededor suyo. Era lo más irreal que había vivido. Algunos tenían el pelaje grisáceo oscuro,
otros eran tan blancos como la nieve mientras que unos pocos poseían melenas amarillentas y
marrones. Todos con afilados colmillos y ojos inquietos que amenazaban con lanzarse encima de él
en cualquier momento. Por encima de todos, el gigantesco lobo gris; su líder, sobresalía magnifico y
orgulloso entre la manada.
―Nuevo, desde este momento te cuidaremos y cuidarás a la manada. Seguirás nuestros pasos,
cazarás y comerás con nosotros. Y si decides traicionarnos… ―Aarón sostuvo el aliento esperando
la condición que le obligaría a ser sumiso ante Manhattan. Sabía que aquello no era gratis―. Te
arrancaremos la cabeza, Lobo Negro.
La expresión Lobo Negro además de ingeniosa era despectiva, pero Aarón asintió con la cabeza.
A partir de este momento por primera vez en su vida pertenecía a un grupo en el estatus
sociométrico. No a los ignorados ni a los abusados, era un Luperco.
Todos se detuvieron en seco, respirando agitadamente por lo que sus cabezas de lobo subían y
bajaban como si cobraran vida. Finalmente, cuando se decidía entre intervenir o permanecer callado,
un dingo caminó hacía él llevando consigo una bolsa plástica, la lanzó a sus pies y el Lobo Gris
indicó con un movimiento que le recogiese. Obedeció de inmediato y Aarón se agachó con
precaución, extrajo una cabeza de lobo casi tan horrenda como la de Manhattan pero de color
carbón.
―Que sorpresa, es negra ―Dijo sosteniéndola entre sus manos. Era el único lobo de ese color en
el grupo y comprendió que a pesar de todo continuaba siendo minoría. Levantó el rostro y los ojos
del grupo se clavaban en él expectantes. Sabía que hacer y no debía hacerlos esperar así que pronto
su campo visual se redujo a los diminutos orificios de la máscara. Todos aullaron felices corriendo
alrededor suyo con movimientos casi sincrónicos. Todos menos el lobo gris quien con el teléfono
celular le tomó una fotografía a mansalva y luego extendió su puño en saludo. Era la primera vez
que el chico actuaba sin pensarlo, tan solo sus emociones le guiaban y se sentía extraño. Era
satisfacción.
Aarón caminó hasta la entrada del gimnasio con temor. Sentía que su corazón explotaría en
cualquier momento por lo que se detuvo taquipneico y apoyó su menudo cuerpo contra la máquina
de gaseosas. Observó el pasillo: rojo y rosa. Globos, guirnaldas, flores y mensajes románticos
engalanaban las paredes sin que estas dejaran de parecer tétricas. Desde un principio a Aarón el
Instituto le asemejaba el paisaje de un cuento de terror y a pesar de estar recubierto de papel celofán,
continuaba con la misma percepción. Sintió el paquete en su espalda y resbaló hasta quedar con el
trasero sobre el frío suelo.
―No te preocupes, Nuevo ―Había dicho Manhattan tras haberles expuesto su descabellado plan
para el baile de San Valentín―. Tan solo les daremos un susto y nada más. Convertiremos su fiesta
en nuestra fiesta, ¿me entienden?
Recordó que a pesar de su oposición a participar de aquella escaramuza, Dólar con un empujón le
recordó las condiciones que había aceptado al unirse a los Lupercales. Aarón se desconocía a sí
mismo, un par de semanas bastaban para haberle convertido de ignorado en delincuente, de chico
común a Lobo Negro. Pensó en sus padres y en el esfuerzo que habían realizado para que él gozara
de los placeres de un instituto acorde a sus capacidades de Estudiante Talentoso. Los defraudaba.
Sintió algunos pasos acercarse y rápidamente se puso en pie susurrando una idea que durante las
noches en su dormitorio se repetía constantemente «Tus padres no estuvieron allí cuando fuiste
lanzado por las escaleras o cuando el rechazo por ser diferente era el pan de cada día. No. Ellos no
estuvieron allí. Debiste afrontarlo solo y aceptar que eras menos que esos malditos solo por tu color
de piel. Esta es tu oportunidad de ser alguien ».
De pronto, la oscuridad total lo cubrió todo como un manto pesado y sofocador. Había empezado
el Festival de los Lupercales. Se acercó con lentitud a la puerta del gimnasio y apoyó su cabeza para
intentar escuchar algo mientras extraía la linterna y la máscara de lobo de la bolsa.
El estremecimiento recorrió su cuerpo. Eran gritos, gritos desgarradores suplicando clemencia,
gritos que se perdían entre aullidos y gruñidos. No podía imaginarse que estaba ocurriendo allí
adentro más no se atrevía a entrar ya que su función era clara: esperaría en la puerta del gimnasio a
que él saliera. Así de simple y sin embargo casi imposible de cumplir. ¿A quién se refería Manhattan
con «él»?
Repentinamente, la puerta se abrió de par en par y una figura peluda emergió de un salto. Al
enfocarlo reconoció al lobo gris que algo exclamaba mientras se alejaba por el pasillo en dirección
de los baños, y antes de siquiera intentar dar vuelta, Aarón sintió como era arrastrado por una
locomotora varios metros hasta rodar por el pasillo como un muñeco de tela.
― ¡Maldito hijo de puta! ― Alguien, encaballado sobre su cuerpo le aprisionaba y le impedía
siquiera moverse―. ¡Te voy a matar! ¡Juro que lo haré! ¡Nunca debiste matarla! ¡Nunca debiste
matarla! ¡Asesino!
Su cuello, presa de las gigantescas manos del atacante se doblaría en dos en cualquier momento
mientras que los gritos y el terror de cientos de estudiantes ahora eran más claros con la puerta del
gimnasio abierta de par en par. Aarón aún conmocionado por el choque, se contorsionaba intentando
zafarse sin siquiera estar cerca de ello. Sentía que la vida se le escapaba ante la furia de su verdugo
que continuaba injuriándole. Con el rabillo del ojo divisó la linterna muy cerca que alumbraba hacia
la máscara, había olvidado ocultar su rostro bajo el antifaz. Era un estúpido poco precavido.
Con el último aliento de quien reconoce que pronto morirá, alargó su mano hacia la linterna;
aunque sus brazos eran cortos y su cerebro no recibía aporte alguno de oxígeno, aquel destello sería
su salvación. Finalmente sus fríos dedos tantearon el asa de la linterna y en un acto de supervivencia
golpeó con ella en la sien a su agresor que cayó a un lado dándole una oportunidad dorada para
escapar.
Puesto en cuatro patas y totalmente desorientado, se arrastró en dirección opuesta a los alaridos del
gimnasio pero fue tomado por las piernas como una serpiente que se enrosca constrictora a su
alimento. El terror se apoderó de Aarón como un golpe de viento, y sin pensarlo se regresó dando
golpes con la linterna dispuesto a escapar a como fuese lugar, el fulgor de la bombilla danzaba
macabramente de un lugar a otro ante cada lance que el chico daba de manera torpe y desordenada.
Nunca en su vida había peleado y no obstante continuaba preso de miedo asestando linternazos con
locura hasta que la sangre le salpicó el rostro. Era una bestia sin razón.
Luego de analizar las pruebas aportadas por la policía del Estado y revisar el expediente de Aarón
Seagal estoy casi convencido de que la trágica muerte del joven Bob Paterson y la inhumana
carnicería de los otros quince chicos del Instituto no responden a un aislado acto de vandalismo.
En primer lugar, a pesar que Aarón manifiesta haber actuado bajo órdenes del estudiante Clidford
Trump (conocido con el apodo de Manhattan), no hay prueba alguna de ello, y a pesar que existe
testimonio que apunta a que chicos con máscaras de lobos fueron los autores materiales de los
hechos, ni la policía ni nosotros podemos confirmar quienes estaban debajo de esas máscaras,
abandonadas en el lugar una vez la policía allanó el gimnasio y se restablecieron las luces. La única
prueba son dos fotos que ―misteriosamente‖ aparecieron en la comisaria en las que se ve a Aarón
Seagal con y sin la máscara de lobo negra hallada junto al lugar donde este dio muerte a Paterson.
Fotografía con fecha de un par de semanas anteriores al Baile de San Valentín.
Estas pruebas, bastante concluyentes, son las que condujeron a que Aarón fuese declarado culpable
de por lo menos la muerte de Bob Paterson ya que los victimarios de los demás estudiantes son casi
un misterio. Ni el testimonio de Waldo Stevenson, que apunta a Trump y otros veinte jóvenes
pertenecientes a su pandilla Lupercales son suficientes.
Tal vez mi concepto es acelerado y falto de pruebas pero tras estudiar incansablemente la rivalidad
estudiantil entre Clidford Trump y Bob Paterson; la evidente capacidad manipuladora de
Manhattan; el perfil de abusado y deseoso de aceptación de Aarón Seagal, y la aparición de aquella
fotografía, me atrevo a concluir que la Masacre de San Valentín del Instituto para Jóvenes
Talentosos Walford fue un plan perfectamente elaborado de Manhattan para sacar del camino a su
mayor contrincante al poder estudiantil sin siquiera manchar sus manos de sangre. Más aún cuando
Aarón manifiesta que la función que Manhattan le dio fue esperar en la puerta del gimnasio a que
―él‖ saliera sin que se le explicara a quien se refería.
Dios me perdone si estoy equivocado, pero nos encontramos ante una mente perversa y brillante
capaz de convertir una fecha especial como San Valentín en su Fiesta de Terror. El sólo recuerdo de
aquellas fotografías con esos jóvenes desmembrados por todo el gimnasio me provoca pesadillas
todavía.
Mi último aviso a las autoridades es que durante cada año, en la celebración de San Valentín,
tendremos noticias de Manhattan y sus Lupercales. Se los puedo asegurar.
Edson Adelmo Valoyes Rojas
Edson Adelmo Valoyes Rojas cuyo seudónimo es Piper Valca, escritor nuevo amante de los relatos
y cuentos, es hijo de un prominente escritor local y entre su biografía literaria se encuentra la novela
La Tríada, La Casa de los Psíquicos, publicada por Bubbok. Enero 2014
Relatos galardonados:
Cada Demonio con su Coco, cuento que ganó el segundo puesto en el I Concurso de Relatos de
Sttorybox. [Link]. Enero 2015
La Ruptura, Proyecto Afrikans, El Circo de los Deseos, Hijo de la Oscuridad, El Banco junto al
anciano del hacha, La tristeza de Ramón, Confesión Herética, Bitácora de un marciano en la tierra,
El huevo, La Decrépita Vida de Bobby Star, Culpable Senectud, Los Últimos Residentes Ocultos,
La Espera, Ella.
Cuentos Cristianos: Juancho el Tímido, Juana, Memo y Mao, relato publicado en la página web
[Link]
Clémence
Edurne Acuña
Parecía sangre, pero no lo era. Vio su reflejo en la superficie oscura del vino, donde unos ojos
negros le devolvieron la mirada. Se llevó la copa a los labios y sorbió un poco. El sabor dulce y
especiado inundó su paladar casi al instante.
Su padre se había encargado de organizar la boda. Le había buscado un marido que le triplicaba
la edad, un hombre que portaba una máscara de hieratismo frente al mundo. Le observó de reojo, sin
soltar su copa.
Lord Tulyn Hawtrey cortaba su ración de codorniz bañada en mantequilla con meticulosidad,
haciendo que una columna de vapor trepase hasta el techo. Clémence miró su propio plato, todavía
intacto. Apenas había probado la sopa dulce de calabaza que las criadas habían servido al inicio de
la cena, pues notaba el estómago cerrado y aunque la codorniz tenía mejor pinta, tampoco le llamaba
la atención.
Bebió más vino, acariciando el mango plateado del cuchillo con las yemas de los dedos. Había
sido un matrimonio a traición, por conveniencia. Su padre estaba arruinado y Clémence había
pasado a ser una carga para la familia, por lo que la mejor opción para todos era entregársela a
alguien que pudiera hacerse cargo de ella.
—¿No piensas probar la cena?
Salió de sus ensoñaciones cuando su voz grave le acarició los oídos con suavidad. Al volverse
hacia él descubrió que la observaba atentamente con sus ojos grises. Clémence no respondió. Volvió
a concentrarse en su ración intacta, sintiéndose cada vez más nerviosa.
Apenas conocía a su esposo. Su padre se ocupó de hablar con las personas indicadas,
ofreciéndola en matrimonio. No obstante, su apellido dejó de tener influencia muchos años atrás y el
valor de sus tierras se devaluó tanto que hasta los criados fueron abandonándoles poco a poco.
Ningún hombre se interesó en la joven y los pocos que lo hicieron perdieron el interés en cuanto
descubrieron ciertas manías peculiares que poseía.
Sus dedos se cerraron en torno al mango del cubierto. Las voces de los comensales le llegaban
distorsionadas desde diferentes puntos del comedor, pues Clémence no prestaba atención a ninguno
de ellos.
Había anochecido hacía rato. Sin embargo, a pesar de que la sala estaba repleta de cirios, la
iluminación seguía pareciéndole escasa. Apretó el cuchillo con más fuerza, sin ser consciente de
ello. No obstante, unos dedos hábiles deshicieron la presa que había formado en torno al mango.
Contuvo la respiración y movió los pies bajo la mesa, nerviosa. No estaba acostumbrada a ese
tipo de contacto. Sus ojos perlados se detuvieron en los suyos durante un instante más breve que un
parpadeo, para después asir sus cubiertos y comenzar a partirle la codorniz. Lord Tulyn retiró la piel,
dejándola en el borde del plato. Después empezó a trocearle la ración en pedacitos pequeños y
regulares, apartando también los huesos. La joven observó cada detalle en tensión, con la vista
clavada en los estudiados movimientos que hacían el cuchillo y el tenedor.
—Tu padre te ha consentido demasiado —Clémence giró el rostro hacia él, que seguía troceando
la carne sin mirarla—. Ya tienes edad para hacer esto tú sola.
La joven continuó en silencio, aprovechando que la atención de su esposo estaba centrada en otra
cosa para analizar sus facciones. Tenía los pómulos altos y la mandíbula fuerte, con una barba
espesa de una tonalidad trigueña. Sus rasgos poseían armonía a pesar de ser duros. Lo que más
resaltaba de él era la nariz ganchuda, grande y curva como el pico de un buitre.
—Te creía más disimulada, Clémence.
Desvió la mirada rápidamente hacia el frente, consciente de que había sido descubierta. Sus
mejillas se tiñeron de grana, avergonzada. No le prestaba atención y, sin embargo, la había visto.
—Noche —dijo de pronto, con el nerviosismo propio de un cervatillo indefenso.
Su marido la contempló por fin, arqueando una ceja. No parecía saber a qué se refería, por lo que
esperó paciente una explicación.
—Todos me llaman así, mi señor: Noche.
Lord Tulyn ladeó la cabeza, mostrando cierta curiosidad.
—¿Por qué? —sus labios se movieron despacio, dejando escapar su voz grave en otra delicada
caricia.
Clémence se centró en el plato. Su esposo había soltado los cubiertos, por lo que la joven los
recuperó y limpió los mangos con la servilleta, de forma escrupulosa. Hawtrey la miraba fijamente,
analizando cada una de las peculiaridades que poseía su joven mujer.
Cuando recibió el halcón proveniente de Escia con la oferta de un matrimonio apalabrado, lord
Tulyn Hawtrey tardó varias semanas en responder. Lord Walter Weston le ofrecía a su única hija
como esposa, garantizándole su fertilizad para asegurarle el legado que un hombre como él merecía.
Al principio se había mostrado desconfiado. Su primera mujer no le dio ningún heredero y murió
accidentalmente cuando su caballo se encabritó y la tiró contra un poyo de piedra. La segunda cogió
unas fiebres poco después de su enlace, por lo que no hubo posibilidad alguna de concebir.
La mala suerte parecía perseguirle, por eso mismo se mostró reacio a un tercer matrimonio. No
obstante, la idea de perder sus tierras y posesiones era algo que le atormentaba por las noches. No
quería que ninguno de sus vasallos asaltase su fortaleza cuando él estuviera en el lecho de muerte.
Por ese motivo, a la quinta semana fue cuando lord Tulyn se dignó a responder a la carta,
informando a su posible suegro de una visita futura para conocer a la muchacha.
Clémence Weston le sorprendió, aunque nunca supo si para bien o para mal. Su primer encuentro
fue a las puertas del castillo Weston, donde sus anfitriones habían salido a recibirle. Apenas
intercambiaron palabras, pero Tulyn Hawtrey se fijó incluso en los detalles más nimios. Su futura
cónyuge gozaba de una belleza extraña, poco frecuente. Su cuerpo menudo apenas poseía curvas y
sus extremidades eran largas y muy finas. La piel que cubría sus músculos tenía una tonalidad
cerúlea que se le antojó enfermiza. Tal vez durase menos que sus anteriores esposas, pero tampoco
perdía nada por comprobarlo.
—Es por mis ojos —explicó por fin, sacando a Tulyn de sus recuerdos.
El hombre lo sospechaba. Su frágil mujer tenía los ojos tan oscuros como verdaderos abismos,
donde la pupila y el iris apenas se diferenciaban. Además, el cabello azabache enmarcaba su rostro
con numerosos bucles que caían por su espalda de forma desordenada.
Esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Yo no soy «todo el mundo» —aclaró, escrutándola—. Soy tu marido, Clémence.
Hawtrey endureció su expresión. Sus ojos grises se volvieron de ónice.
—Termínate la cena.
El tono fue tan autoritario que la muchacha no tuvo más remedio que obedecer. Aferró los
cubiertos con más fuerza y comenzó a separar los trocitos de codorniz de las verduras hervidas.
—¿Por qué haces eso?
Noche no le miró, pues estaba concentrada en alejar las judías lo máximo posible de la carne.
Dentro de las verduras y hortalizas, separó las alubias de los trozos de zanahoria.
—No se pueden tocar, mi señor —sentenció.
Tulyn arqueó una ceja dorada, aunque su mujer no lo vio. Era la primera vez en su vida que veía
a alguien separar los alimentos dentro de un mismo plato.
—¿Por qué no se pueden tocar? —preguntó con voz severa.
Inspiró hondo, haciendo un esfuerzo por no perder la paciencia. Su conducta no era normal.
¿Acaso importaba cómo estuvieran dispuestos los trozos de carne y de verdura? Eran comida,
maldita sea.
—No lo sé —confesó en un murmullo. Frunció el ceño y sus cejas negras como la tinta
estuvieron a punto de rozarse. Incluso ella misma parecía confusa—, pero no me gusta. Tienen que
estar ordenados.
Hawtrey dejó escapar un suspiro, mas su mirada conservaba una dureza pétrea. Clémence era
rara, aunque su padre la había descrito como «especial». Lord Tulyn había visto algo sospechoso en
esa familia desde el momento en que desmontó del caballo para ir a presentarse. El castillo era
demasiado viejo y el viento silbaba cuando se colaba por entre las rendijas de los sillares que
formaban sus muros. Además, el ala oeste se había quemado durante un incendio, por lo que las
paredes estaban tiznadas de hollín. Era una fortaleza deprimente y sucia, mal conservada. Lord
Weston se había empobrecido tanto que los pocos criados a los que no había despedido se habían
ido marchando con el tiempo, por lo que apenas quedaba servicio para mantener el castillo en buen
estado.
—A mí también me gusta el orden —confesó, sin apartar la vista de la muchacha.
Su delicada esposa se volvió hacia él, desconcertada. Pocos hombres habían mostrado interés en
ella y aquél que lo había hecho renunció a la conquista cuando su padre les comentaba las
singularidades que mostraba. Con el tiempo, lord Walter fue suprimiendo información para evitar la
huida de los posibles prometidos. No obstante, la familia Weston pareció estar marcada por la
desdicha hasta la llegada de Hawtrey.
Al principio le habían parecido meros detalles, curiosidades que presentaba Clémence. El día de
su encuentro, durante el almuerzo, la joven tardó en sentarse a la mesa porque se había estado
lavando las manos de forma repetitiva en una vasija con agua.
—¿Habláis en serio?
Tulyn asintió. Sus ojos perlados se clavaron en los de ella, tan oscuros que resultaban atrayentes.
—Y la pulcritud —sentenció.
Una cucaracha pasó correteando por el mantel. Hawtrey hizo una mueca de disgusto antes de
alzar su copa y aplastar al insecto sin escrúpulos, dejándolo sepultado bajo la base metálica.
Clémence observó la escena, extrañamente cautivada. Su esposo la había visto colocar las tazas
de té en el ángulo apropiado, limpiar la cubertería con un paño impoluto antes de tocarla con sus
propias manos o alisarse el vestido una y otra vez a pesar de no tener pliegues. Y, sin embargo, allí
estaba. Su padre le había presentado a tantos falsos pretendientes que cuando Tulyn aceptó su oferta
de matrimonio, la joven no se lo creyó.
Aun así, Noche nunca estuvo dispuesta a casarse. Hawtrey era demasiado mayor y, aunque tenía
suficiente dinero como para sacar de la miseria a varias ciudades empobrecidas, la joven se negó en
rotundo ante tal matrimonio. «Te estoy haciendo un favor», le había dicho su padre. «Ya no te puedo
mantener». Por eso, la fecha del enlace se estableció para el catorce de febrero, varios días más
tarde.
—Termínate la cena, Clémence —insistió su marido—. No lo volveré a repetir.
Le vio tamborilear los dedos contra la mesa. La tela del mantel anulaba los ruidos sordos.
Además, los pocos invitados que habían acudido a su enlace formaban demasiado barullo como para
percibirlos. Sin embargo, a la muchacha le hubiera gustado escuchar su sonido.
Inspiró hondo antes de pinchar un trozo de codorniz y llevárselo a los labios. Cuando lo masticó
descubrió que ya estaba frío, aunque seguía muy tierno. La textura le gustó. La carne conservaba su
sabor, lejos de la contaminación de las verduras.
Lord Tulyn se apoyó contra el respaldo de la silla cuando terminó su ración, observándola comer.
Parecía ligeramente más relajado, satisfecho con su obediencia.
—Dejad de mirarme —Noche se volvió hacia él, a punto de llevarse otro trozo de carne a la
boca—. No me gusta.
Sus ojos grises centellearon, impasibles. No había muchas personas capaces de mostrar esos
matices de rebeldía contra él.
—Acostúmbrate —repuso, sin apartar la vista de ella—. Eres mi esposa.
La joven frunció aún más el ceño, molesta. Tenía ganas de responderle, pero sabía que tenía
razón. Cualquier cosa que pudiera decir no serviría de nada. Por eso mismo decidió centrar su
atención en el plato de codorniz y comerse sólo la carne, con extremada lentitud.
Hawtrey alzó la copa para beber un poco de vino, dejando la cucaracha al descubierto. Un líquido
espeso manchaba el mantel alrededor de su cadáver, aunque éste todavía movía las antenas en
pequeños espasmos involuntarios. Cuando terminó de matar la sed, lord Tulyn volvió a cubrir el
insecto con la base de la copa.
—En cuanto amanezca te sacaré de aquí —informó, mirándola de reojo.
Clémence también tomó un gran trago de vino. No era ninguna sorpresa, pero le costaba
asumirlo. Cuando las luces del alba rozasen el horizonte la muchacha abandonaría su paupérrimo
hogar en un carromato con las escasas pertenencias que le quedaban, directa a la exuberante
fortaleza de su señor esposo. «En cuanto amanezca». La voz sonó como un eco dentro de su mente.
«En cuanto amanezca». Sin embargo, primero pasarían la noche juntos. La idea le encogió el
estómago. El corazón se le aceleró y Noche no pudo hacer otra cosa que inspirar hondo para intentar
calmar los nervios.
No estaba preparada para eso. No podría estarlo ni aunque su esposo fuese el hombre más
atractivo del planeta. Tragó saliva y se giró hacia él. Los invitados fueron bajando el volumen de las
conversaciones hasta que un silencio espeso se apoderó del salón. Lord Tulyn se puso en pie
lentamente. Era la hora.
~~~
La puerta se cerró tras él con un ruido sordo. Noche contuvo el aliento, apoyada en el respaldo de la
silla que había frente al tocador, de espaldas a él. Le vio a través del espejo moviéndose por el
dormitorio como un felino curioso, inspeccionándolo todo con atención, sin prisas. Acarició un
aparador con las yemas de los dedos, trazando un recorrido sinuoso hasta alcanzar una vasija de
porcelana. Estaba llena de agua limpia y junto a ella descansaba un paño bien doblado.
Su corazón palpitó con más fuerza. La calma que mostraba no hacía otra cosa que inquietarla
sobremanera. Lord Tulyn comenzó a abrir los cajones del mueble. Clémence se volvió hacia él,
dispuesta a replicar. Sin embargo, se le adelantó:
—Estos no son tus aposentos —alzó un par de dedos para mostrarle la capa de polvo que se había
adherido a sus yemas—. ¿Por qué me has traído aquí?
Cerró el cajón de golpe, pues estaba vacío. La joven se miró los pies, nerviosa. Caminó hasta una
pequeña mesa circular donde descansaba una jarra de vino y dos copas.
—No quería ensuciar mi habitación —explicó, en un hilo de voz.
Hawtrey permaneció en silencio. La joven notaba sus pulsaciones dentro de los oídos, pues sus
nervios incrementaban a cada momento. Dio un respingo cuando una mano varonil descansó sobre
la mesa, junto a la suya. Clémence contuvo la respiración y aprovechó el momento para servir vino
para ambos.
—Este dormitorio ya está sucio —su voz cálida le rozó el oído.
Sin embargo, lord Tulyn comprendía a qué se estaba refiriendo. Le resultaba curioso que —con
lo escrupulosa y maniática que era su joven esposa— pudiera yacer con él en una alcoba llena de
polvo antes que en su propia habitación. No quería mancillarla, eso era lo que le sucedía.
La joven permanecía rígida como una estatua. Desvió la mirada hacia su mano, que seguía
descansando sobre la superficie de madera muy cerca de su cintura. Era elegante, con dedos largos y
finos. Tenía las uñas bien recortadas, muy limpias. Un delicado vello trigueño decoraba el lado más
externo de su dorso, trepando por su muñeca hasta perderse bajo la manga del jubón.
—Tienes que cumplir con tu deber.
Noche le miró de reojo, aferró una copa de vino y se la entregó con un ligero temblor. Tulyn
observó el contenido.
—¿Y si no puedo, mi señor? —preguntó, angustiada.
Lord Hawtrey clavó la vista en ella. Cuando Clémence se volvió hacia él, descubrió que sus ojos
grises se habían endurecido. Tenía los músculos de la mandíbula tensos y sus labios formaban una
fina línea recta.
—Podrás —se inclinó hacia ella, buscando atrapar su mirada esquiva. Estaba tan próximo a la
joven que sus narices habrían podido rozarse. Si hubiera querido—. Tendré que obligarte si no
accedes.
Era lo que se temía. El diálogo no funcionaba, por lo que Clémence no tuvo más remedio que
aceptar su destino.
—Es-Está bien… —accedió. Los nervios hacían que le temblaran las piernas.
Tulyn pareció conforme. Se llevó la copa a los labios, pero se detuvo antes de que éstos tocasen
el recipiente. Contempló a la joven, que le observaba con unos abismos vidriosos. Sus ojos grises se
entornaron y fue entonces cuando tendió la copa hacia ella.
—Bebe tú primero —ordenó, desconfiado.
La confusión se apoderó de su delicado rostro. Clémence estuvo a punto de vomitar el corazón.
Al parecer había subestimado a su esposo. Pensaba que iba a envenenarle para romper ese
matrimonio que ella no había aceptado.
Inspiró hondo. Y aceptó la copa. Acarició el borde con sus labios rosados, pero Tulyn se la
arrebató de las manos antes de que diera el primer sorbo. Dejó escapar un gruñido de frustración y
se alejó de ella con una agilidad asombrosa, caminando hacia la puerta. Noche estaba a punto de
desfallecer. Tuvo que apoyarse en la mesa para evitar caer al suelo cuando vio que su marido hacía
llamar a una de las dos criadas que aún conservaban.
El hombre permaneció en el vano de la puerta sin volverse hacia ella. La sirvienta llegó al poco
tiempo y cuando entró en el dormitorio, Tulyn cerró de nuevo. Era una mujer robusta, curvilínea y
abundante en carnes. Se asemejaba un poco a su segunda esposa. Parecía desconcertada.
Hawtrey la rodeó para situarse a su lado.
—Bebe —estiró la copa de vino hacia ella.
La criada miró primero a Clémence antes de atreverse a alzar la vista hacia sus ojos grises, tan
duros y fríos como un témpano de hielo. Sin embargo, ante el silencio incómodo del dormitorio la
mujer no tuvo más remedio que obedecer. Noche separó ligeramente los labios, pero su sirvienta dio
el primer sorbo antes de que pudiera murmurar palabra alguna.
Contuvo la respiración. La tensión podía cortarse con un cuchillo. Los tres esperaron unos
instantes; lord Tulyn con gesto impasible, Clémence visiblemente angustiada y la mujer con el
desconcierto poblando su rostro ovalado.
Nada pareció ocurrir y nada ocurrió hasta que un hilillo de sangre le descendió por la nariz. La
criada se palpó las fosas nasales con cuidado, manchándose los dedos de carmesí. Su confusión
aumentó. Noche la observaba con los ojos muy abiertos, completamente hipnotizada. No obstante,
Hawtrey tensó aún más los músculos de la mandíbula, haciendo rechinar los dientes.
La criada tosió. Fue un ruido ronco, rasgado. Escupió esputos sanguinolentos, inclinándose hacia
delante con las manos en la garganta. Se moría. Clémence la vio intentando respirar entre jadeos,
consciente de que ese hubiera sido su final si su marido le hubiera permitido ingerir el vino.
Lo había preparado todo con tanta meticulosidad que se sentía decepcionada consigo misma. Esa
mañana se había desplazado a los almacenes del antiguo maestre para conseguir el veneno. Estaba
destinado a lord Hawtrey, pero había sido demasiado inteligente como para ingerirlo. Y no sólo eso,
sino que también lo suficientemente perspicaz como para impedir su propio suicidio. Clémence
esbozó una tímida sonrisa.
Sin embargo, pronto volvió a la realidad cuando las toses se hicieron más sonoras. Descubrió a su
marido caminando hacia ella con paso firme, lleno de ira. Noche retrocedió, pero topó con la mesa.
Antes de que pudiera evitarlo, Tulyn la sujetó por el codo, zarandeándola bruscamente.
—¿Me tomas por necio? —masculló. Se escucharon unas arcadas detrás de él, mas la joven no se
atrevió a mirar. Clavó la vista en su jubón granate, asustada. Todavía no conocía los límites de su
esposo—. ¿Crees que puedes burlarte de mí?
Soltó un quejido cuando le clavó los dedos en la piel. No quería casarse con él. No quería ser la
esposa de nadie. Eso era todo. Intentó verbalizarlo, pero no fue capaz. Lord Hawtrey la arrastró
hacia la cama, ignorando a la mujer que yacía en el suelo atragantándose con su propio vómito.
—N-No… —la voz se le quebró. A pesar de que sus manos eran cálidas, Clémence no quería su
contacto. No así—. P-Por favor, no. P-Por favor…
Pero Tulyn la ignoró. Estaba tan ofendido que cualquier excusa que pudiera darle no le importaba
lo más mínimo. Le había humillado. No sólo había intentado envenenarle, sino que esa mocosa
había estado dispuesta a quitarse la vida con tal de no yacer con él. Era el peor rechazo que había
sufrido. Jamás se había sentido tan insultado.
La empujó contra el colchón, pero no la dejó caer. Noche hipaba entre lágrimas, incapaz de
mirarle a los ojos. Tulyn la sujetaba por los codos, inclinado sobre ella como un león al acecho.
—Has escogido la peor opción, Clémence.
Sus manos la liberaron y la muchacha se desplomó contra las mantas. Se quedó contemplando la
tela que formaba el dosel, con la vista emborronada. La criada había dejado de hacer ruidos, por lo
que sólo se escuchaban sus sollozos. Inspiró hondo, pero estaba tan angustiada que no logró
relajarse.
Clémence no le miró. Sin embargo, fue capaz de oír el sonido que hacían los broches de su jubón
al abrirse.
Edurne Acuña
Lectora asidua que siente predilección por la fantasía (en general) y su subgénero; la fantasía
épica. Entre sus escritores favoritos se encuentran Laura Gallego y George R. R. Martin.
A pesar de lo mucho que le gusta leer, lo que de verdad le llena y apasiona es la escritura. Publica
sus relatos en Internet desde 2009, en un blog literario bajo el seudónimo «Sun Burdock». Los
géneros que más trata son la fantasía, el horror y lo paranormal. Sin embargo, en sus textos también
tiene cabida el amor y el drama.
Ha participado en varios concursos literarios, con sus consiguientes publicaciones y/o premios:
VII Concurs Literari Escolar de L’Eliana, “SO i PARAULES”. 2009. (VII Concurso
Literario Escolar de L’Eliana, “SONIDO y PALABRAS”. 2009), donde quedó segunda
con su relato Aire gélido.
I Concurso de Microrrelatos de 50-100 palabras, organizado por sEdita en 2011. Dos
de los tres textos que envió fueron seleccionados para la antología. Estos fueron Dulces
sueños y Buen viaje.
I Concurso de Microrrelatos Nocturnos “Inspiraciones Nocturnas”, organizado por
Diversidad Literaria. 2015. Su relato La lista está incluido en la antología.
Concurso Erótica, organizado por Talento Comunicativo. 2015. La luciérnaga fue su
relato seleccionado.
Cambiaba el canal de forma casi compulsiva. Me había pasado toda la tarde trabajando y al no poder
echarme una siesta me sentía cansada. Entre eso y las escasas previsiones de pasar un San Valentín
emocionante, decidí que a no mucho tardar tendría una cita con mi cama. El pensar en esa fecha me
hizo acordarme de Harry, mi ex novio. Hacía tres meses que le había dejado y, tras un primer mes de
amigable ―acoso‖ y la mediación de un par de policías muy gentiles, no volví a saber de él. En
ocasiones me planteaba si hice bien en dejarle. No era un gran hombre, no tenía aspiraciones ni
decisión pero me amaba, de eso no había duda.
Dejé caer mi mano en el sofá, con el mando de la televisión aún entre mis dedos. Pensar en él me
ponía triste. Yo no le quería, era cierto, pero no podía sentirme indiferente estando sola ante una
fecha tan especial. Miré el teléfono. Podría llamarle para ver qué tal estaba, charlaríamos un rato y
después me iría a dormir sin más aspiración que el descansar bien. Abandoné el mando y alargué mi
brazo hacia el auricular, pero a medio camino me detuve. No, no podía volver a llamarle. Era
inestable, se volvería a obsesionar conmigo y tendría que volver a avisar a la policía. Me abracé la
rodilla que tenía doblada y apoyé sobre mi rótula la barbilla. San Valentín era un asco.
Mis cavilaciones se vieron interrumpidas por los cánticos del piso de arriba. Un grupo de
colgados que quedaban de vez en cuando y se tiraban horas con sus extraños rituales y sus alaridos
sin armonía. Cierto día de verano, cuando el sol ya había caído, me vi obligada a subir y a llamarles
la atención para que bajaran un poco el volumen de sus voces. Un greñudo con los ojos pintados y la
barba encrespada me abrió la puerta. Mientras le explicaba las molestias que me causaban y les
pedía que moderaran sus gritos, pude ver en el pedazo de comedor que me permitía el cerco de la
puerta del pasillo, cómo una mujer en bragas y con el torso pintado con símbolos rojos perseguía a
una gallina que iba soltando plumas por todas partes. El hombre se disculpó conmigo y prometió
hacer menos ruido. Si algo saqué en claro es que eran una especie de secta, pero cutre. Al parecer la
noche de San Valentín tocaba otra de sus reuniones para cantar a voces y perseguir gallinas con los
pechos grafiteados. Suspiré, sabiendo que aunque me quejara no podría hacer gran cosa hasta que
llegaran las once de la noche, momento en el que debían cesar para que los vecinos no llamásemos a
la policía.
Me deshice del sofá y encaminé mis pasos hacia la nevera. No tenía hambre pero, no podía
acostarme con el estómago vacío. En la cocina, agarré un brick de leche de la nevera y bebí de él a
morro. Los ruidos del piso de arriba cesaron. Sonreí para mis adentros, por fin habían terminado con
aquella tontería, podría irme a dormir tranquila. Apuré el cartón dando largos tragos para no dejar
una birria de cantidad que no me daría para el café del desayuno. Por la comisura de mi boca se
escapó un hilillo blanco que resbaló por mi cuello hasta la clavícula. Tragué, engullendo con
cuidado de que no se fuera por otro sitio; cuando unos gritos desgarradores me sobresaltaron. El
brick resbaló de mi mano y cayó al suelo, desparramando su contenido.
―Joder ―murmuré asustada y molesta por el estropicio.
Suspiré cansada, quería acostarme y dejar que ese horrible día terminase; pero antes debía limpiar
el suelo.
Mientras los gritos iban perdiendo intensidad, atravesé el comedor, el pasillo y llegué al baño
dónde, dentro de la ducha, descansaba la fregona. Volví hasta la cocina notando la pesadez de mis
extremidades y la acuciante necesidad de dejarme caer sobre el colchón, cerrar los ojos y dormir.
Fregué el suelo, asegurándome de no dejar restos y volví al aseo para devolver el utensilio a su
lugar. Justo cuando atravesaba el pasillo a oscuras me di cuenta de que la ventana de mi dormitorio
estaba abierta. La cortina danzaba como un espectro en movimiento y el frío empezaba a hacerse
notar demasiado. «He olvidado cerrar la ventana», me recriminé. Esa tarde había hecho algo de calor
y aprovechando esa circunstancia, abrí la ventana para que el ambiente recargado de mi hogar se
diluyera con la cálida y apacible temperatura exterior. Me disponía a cerrarla cuando, antes de entrar
en la habitación, percibí una espesa silueta negra encaramada a la pared, sobre el cabecero de mi
cama. Escruté la oscuridad pero no lograba distinguir de qué se trataba. Pulsé el interruptor y la
lámpara del techo iluminó toda la sala. Allí no había nada, sólo las dichosas cortinas meneándose
por la fuerza del gélido aire nocturno. Entré, cerré la ventana y volví al baño para dejar la fregona.
El cansancio me estaba pudiendo y cada vez me costaba más mantener los ojos abiertos.
Desanduve el camino hacia la cocina para apagar las luces que quedaban encendidas e irme a la
cama. Ojeé una última vez el suelo ahora limpio, no me había dejado nada; pulsé la clavija y todo lo
que me rodeaba se tornó en sombras. Al salir de allí el espejo de la entrada me devolvió mi reflejo
en la penumbra y no sólo eso. A mi espalda, en la cocina, había una silueta de alguien de pie,
encorvado, viejo o herido. Mi respiración se cortó durante unos segundos, en los cuales dudé si
girarme o salir al rellano a pedir ayuda a mis vecinos. La parte racional de mi cerebro me impulsó a
encender la luz a toda velocidad y, al hacerlo, vi que allí no había nadie.
Desconcertada apagué de nuevo, no sólo la cocina, sino el televisor y el comedor. Me refugié en
el dormitorio donde tras ponerme el pijama de dos piezas, nada sexy, y meterme en la cama caí en
un sopor pesado que me arrastraba fuera de la realidad, al mundo onírico. Mi visión se iba
estrechando y oscureciendo. Veía el pasillo en sombras y al fondo el comedor. Parpadeo. Pasillo y
comedor más oscuro aún. Parpadeo. Apenas veía un oval tumbado del pasillo y el comedor.
Parpadeo. El pasillo de nuevo y una silueta cruzando el comedor. Parpadeo. El insistente sueño me
venció y ya nada de lo que me rodeaba tenía importancia. Sólo deseaba descansar, dormir y terminar
con ese espantoso día de los enamorados.
Desperté sobresaltada al escuchar un gruñido gutural junto a mi oído. Mi cuerpo temblaba de miedo.
Alargué la mano y encendí la lámpara de la mesilla para poder examinar el entorno, mi dormitorio.
Cuando me di cuenta de que estaba sola, respiré más tranquila. La luz me reconfortaba pero no
podía parar de sentir que alguien me observaba.
Fue ahí cuando desvié la vista hacia el oscuro pasillo y lo vi. Entre las sombras del comedor una
silueta se alzaba erguida. Un escalofrío recorrió toda mi espalda, de forma involuntaria mi cuerpo se
sacudió. Allí había alguien, sin duda. Cuando percibió que había reparado en su presencia, la silueta
caminó por el comedor hasta perderlo de vista. «Esto no puede estar pasando» me dije molesta y
asustada.
Abandoné la calidez de mi cama y avancé por el pasillo a oscuras, movida por una imperiosa
necesidad de salir de dudas. Antes de llegar al comedor me percaté de la mancha oscura y abultada
que había en el techo. El miedo se empezó a desencadenar en mi interior. Retrocedí hasta la llave de
la luz y la encendí. Allí no había nada. No entendía qué estaba ocurriendo, no lograba entenderlo.
«¿Me estaré volviendo loca?» pregunté para mis adentros, pero nadie allí me contestó. Seguí hasta el
comedor e iluminé la estancia. Vacía. «¿Lo he imaginado todo?». Avancé hasta la cocina pero justo
antes de entrar en ella entreví por el rabillo del ojo algo fuera de lo normal en el espejo. Lo miré y
mi respiración cesó de súbito. En la cocina se encontraba aquella silueta que llevaba volviéndome
loca toda la noche. No supe cómo reaccionar. Mis piernas estaban paralizadas por la sorpresa. La
silueta avanzaba hasta mí. Decidí girarme y encararlo, pero al hacerlo algo me golpeó y todo se
volvió negro.
Una fuerte punzada en la cabeza me obligó a abrir los ojos. Alcé la mano para tocarme la zona
pero algo me lo impidió. Asustada miré tras mis hombros y descubrí que estaba maniatada. Intenté
gritar pero una mordaza de tela me cubría la boca, sellándola.
―Por fin has despertado, Bella Durmiente.
Su voz me sacó del desconcierto. Ante mí se encontraba Harry, sonriente y con un vaso de
refresco en la mano. Intenté hablar con él pero el trapo me lo impidió.
―Tenía ganas de verte ―dijo emocionado―. Te he traído flores y… ―se giró hacia la mesa
para después alzar una cajita roja con forma de corazón―. ¡Bombones! Sé que te encantan.
Balbucí unas palabras amortiguadas que no llegaron a entenderse.
―Espera. Antes de nada da un trago a la bebida ―me quitó a mordaza y posó entre mis labios
una pajita. Sorbí un par de veces mientras retorcía mis muñecas intentando aflojar las ataduras―.
Me tenías preocupado.
―Harry ―dije intentando mantener la calma y razonar―. ¿Qué haces en mi casa?, ¿cómo has
entrado?
Él rió ante mis preguntas.
―Soy tu novio ―contestó―. Tengo la llave de tu casa, ¿recuerdas?
―La policía te obligó a dármelas.
―Había hecho copias ―respondió manteniendo la sonrisa.
―No puedes estar aquí. Tienes que marcharte.
―¿Por qué?
Estaba empezando a perder los papeles. La cabeza me dolía horrores, tenía sueno y unas ganas
enormes de sacarle a patadas de mi casa.
―Son las dos de la madrugada.
―He llegado un poco tarde, lo sé. Siento mucho el retraso, sólo quería que tuvieras todo lo que te
hace feliz.
―Estar atada no me hace feliz.
―Sé que tú no llegas a verlo aún, pero con el tiempo lo entenderás.
―¿Entender?
―Sí. Yo cuidaré de ti. Estaremos juntos a todas horas ―se acercó y me besó la frente―. Vamos
a ser tan felices.
Movida por un impulso y por la repulsión hacia sus palabras, lancé la cabeza de atrás a delante
propinándole un golpe que le hizo tambalearse. La presa sobre mis muñecas cedía. Casi podía
liberar una mano.
―¡Quiero que te largues de mi casa maldito psicópata! ―grité histérica.
En ese preciso momento las bombillas de la lámpara comenzaron a parpadear hasta que todo se
quedó a oscuras.
―¡Debi, no juegues conmigo! ―amenazó entre sombras.
Rodé hacia un lateral y conseguí soltar la mano izquierda, una vez la tuve fuera mis ataduras
cayeron, liberando la otra también. Todo ocurrió tan rápido que no supe qué pasaba. Algo empapó
mi cara haciéndome gritar y desplazarme hacia el pasillo. Encendí la luz de este y con horror vi a
Harry de pie, mirándome con sus ojos muy abiertos y una mueca de profundo dolor. La sangre salía
a borbotones de su garganta despedazada. Un ser de piel grisácea, con los ojos negros y redondos
como si tuviera dos alfileres clavados en las cuencas. Su boca sin labios y llena de dientes escupía la
sangre que no era capaz de tragar mientras masticaba la carne que le había arrancado a Harry.
―Debi… ―murmuró mi ex mientras caía al suelo.
Aquel ser se irguió frente a mí. Parecía estar encorvado, llevaba sus brazos recogidos cerca del
pecho y su grotesca cabeza, calva y cenicienta, se movía a base de espasmos mientras engullía la
carne. Grité, grité con todas mis fuerzas y al hacerlo el monstruo reaccionó. Avanzó hacia mí como
un animal, con movimientos rápidos y directos. Corrí hacia el dormitorio. La sangre de mi cara me
revolvía el estómago, las extremidades estaban en tensión. Miré a mi espalda y no le vi. Allí no
había más que el cadáver de Harry. La luz del pasillo parpadeó. Arrastrada por un instinto primario
encendí la del dormitorio y al alzar la vista me encontré reptando por las paredes y el techo a aquella
cosa humanoide. Emitía un gruñido gutural que helaba la sangre. A medida que avanzaba las luces
se apagaban. La bombilla de mi habitación estalló, sumiéndome en sombras. Cerré la puerta, el ser
estaba a escasos pasos de mí. Golpeó la puerta. Todo mi cuerpo temblaba. Las lágrimas hacían
surcos en la sangre que me cubría. Volvió a golpearla. Las bisagras chirriaron y sujeté con todas mis
fuerzas la madera para evitar que aquel ser entrara a por mí. Otro golpe. Junto a mis manos dos
grandes grietas se abrieron. La puerta se había roto. Estaba perdida. Golpe. Cerré los ojos, muerta de
miedo. Oscuridad.
Esther Galán Recuero
Artista desde la infancia. Comenzó dedicándose a la ilustración dónde ganó dos certámenes
infantiles. Descubrió de la mano de Poe la afición por la lectura y con diez años ya conocía las bases
del buen terror. Escribía relatos cortos que compartía con su familia y amigos, no sería hasta muchos
años después cuándo decidiera dedicarse a la escritura de forma profesional.
En el 2012 su relato Esta noche fue seleccionado finalista para publicación en el III Certamen de
relatos de terror de la editorial Círculo Rojo. En el 2013 el relato Espectros quedó finalista en el
concurso de relatos Yo sobreviví al fin del mundo, organizado por la editorial Otros Mundos. Ese
mismo año, su relato El estudio de arte quedó en sexta posición y fue publicado en la Antología I
Certamen de relatos Trilce Isla Literaria. A principios del 2014 el relato La caja quedó segundo
finalista en la Categoría especial de la revista Pandora Magazine, siendo publicado en la antología II
Aniversario Pandora Magazine. Su relato Belleza interior fue publicado en la antología Calabacines
en el ático. Grand Guignol, organizado por Saco de Huesos Ediciones. El relato Los duelistas ha
sido ganador de la Convocatoria de relato Steampunk y Retrofuturista Ácronos III: Steampunk
Multicultural, organizado por la editorial Tyrannosaurus Books ; formando parte de la antología
―Ácronos Vol.3‖. En el 2015 su relato Corazón de hielo ganó el I Certamen de la Fábrica de Sueños
Moon, el cual se publicará próximamente en una antología.
Entre los microrrelatos publicados se encuentran Punto sin retorno (2013) publicado en la
antología Porciones del alma, mi poesía Árbol del amor (2014) publicada en la antología Versos en
el aire II, los microrrelatos Veré el invierno (2014) e Intensa Emoción (2014) publicados en las
antologías Otoño e Invierno y La primavera… La sangre altera respectivamente; su microcuento
Dos mundos (2014) publicado en la antología Érase una vez… Un microcuento II, los microrrelatos
En la oscuridad (2014), La caída de Equidna (2015) y Pensamientos de una noche de verano
(2015) publicados en las antologías Microterrores, Breves heroicidades e Inspiraciones nocturnas,
todos ellos publicados por Diversidad Literaria. El microrrelato Vías cruzadas (2015) publicado en
la antología Vidas por Letras con Arte y los microrrelatos Ella y yo (2015) y Cuestión de
romanticismo (2015) ambos publicados en la antología Erótica de Ediciones con Talento son sus
últimas micro-publicaciones.
Actualmente colabora con editoriales desde su blog El Lado Oscuro, donde habla de las
novedades literarias, de las firmas, presentaciones, y demás eventos que tengan algo que ver con el
mundo literario, así como a guiar a otros aspirantes a escritores a encontrar en camino.
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Una excursión accidentada
Selin
Paula estaba nerviosa, intranquila respecto de la excursión del fin de semana. Y eso que también
estaba ilusionada con la idea de pasar dos días románticos lejos de todo y de todos. Bueno,
románticos y algo más también. Ni ella ni Alex desperdiciarían tan buena oportunidad.
Se justificó recordando que había pasado mala noche. Una pesadilla, de la que recordaba poco
más que fragmentos dispersos, la había alterado y luego apenas pudo conciliar el sueño.
La mañana en la oficina estaba entretenida con las interrupciones provocadas por los comentarios
de las compañeras de trabajo sobre la festividad de San Valentín. No era su día y su participación se
limitó a poco más que escuchar sus propósitos y expectativas, intentando que su desgana pasase
desapercibida con los mínimos comentarios para no parecer descortés.
Se escabulló cuando llegó la hora de comer. Si salía con ellas, estaría demasiado expuesta a sus
miradas inquisitivas y no se veía con ánimo para explicaciones. Luego volvió rápido y siguió con la
rutina diaria del trabajo.
Estaba recogiendo cuando entró en el móvil una llamada de Alex. La aceptó y antes de que
pudiese decir nada escuchó su voz impaciente:
—¿Piensas quedarte ahí toda la tarde?
—Hola a ti también, ¿qué te pasa?
—¿Sabes qué hora es?
—Estaba recogiendo, chato, y si me entretienes, tú mismo, más que esperarás.
—Vale, Paula, perdona, lo siento…
—Déjalo, Alex, no pasa nada. En cinco minutos bajo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, te espero en la puerta. Chao.
Paula se quedó mirando el móvil, que marcaba la interrupción de la llamada. «Mierda, tendré que
darme prisa para no cruzarme con todas en la salida». Sin esconder nada, prefería ser discreta y
mantenía reserva sobre su vida privada. Lo cierto era que no le apetecía empezar a recibir los
insidiosos comentarios que seguro surgirían si la veían con Alex. Sobre todo al acercarse esa fecha
tan empalagosa de la que habían estado hablando todo el día.
Aún no habían pasado ni tres minutos que Paula salía por la puerta principal. Arrastraba tras ella
un roller mediano, que ya traía preparado de casa por la mañana. Vio que Alex estaba en la acera
observando el tráfico, tan absorto como ausente a su llegada. Se acercó por detrás y le apeteció darle
un pequeño empujón al verle tan tranquilo después de haberla acuciado unos minutos antes y
ponerla más nerviosa de lo que estaba.
—¿A esto tanta prisa?
Alex se giró con un sobresalto.
—No, yo no… Es que no te he visto llegar…
—Eso ya lo veo —dijo Paula y continuó mientras le examinaba el rostro—. ¿Con qué estabas así
de embelesado?
—Nada, estaba esperando y nada más —Cada vez estaba más incómodo con sus vanos intentos
de justificación y pensó que lo mejor sería que empezasen la excursión cuanto antes—. ¿Vamos? —
Señaló hacia donde estaba el coche aparcado y se puso en marcha.
Paula le alcanzó enseguida y siguieron juntos hasta el hueco de la zona azul donde estaba
aparcado el vehículo.
Alex abrió el portón trasero. Era un coche pequeño y el maletero tenía las dimensiones en
consonancia. Paula acomodó el roller en el mínimo hueco que dejaban en un rincón los bultos de la
mochila y la tienda de campaña. Subieron al coche y se pusieron en marcha hacia su destino.
El tráfico resultó más fluido de lo que se podía esperar de un viernes por la tarde y todavía llegaron
con luz de día al interior del parque natural. El lugar que había escogido Alex quedaba resguardado
en una arboleda, muy cerca de una presa, que se veía al fondo y que estaba llena, casi a rebosar.
—¿Estaremos bien aquí? —preguntó Paula mirando alrededor—. ¿No habrá mosquitos, verdad,
ni arañas? —Al mencionar los bichos, miró alrededor, mientras se encogía como si así pudiese
evitarlos.
—No creo que haya mucho bicho todavía, ha hecho bastante frío hasta ahora —respondió en un
intento de tranquilizarla.
—Bueno, ya veremos, no me fío mucho.
—Antes de plantar la tienda, podríamos dar un paseo. ¿Te parece?
Era un intento de desviar la atención y atenuar la preocupación que asomaba en ella, una forma
de continuar con buen ánimo la salida y evitar que se estropease desde un principio.
—Vale, veamos cómo es el sitio —Paula comprendió su intención y pensó que vendría bien un
poco de relajación antes de acometer la preparación de la acampada.
Aún no habían sacado nada del coche. Se aseguraron de que no había nada a la vista y Alex lo
cerró.
Dejaron atrás la arboleda y contemplaron el paisaje que se ofrecía ante sus ojos. Habían llegado
pronto y todavía estaban solos. La presa parecía un lago de montaña rodeado de vegetación por casi
todas partes; solamente si se miraba hacia la derecha, donde destacaba la línea recta del muro que
coronaba la presa, se veía que era una construcción.
Llegaron cerca de la orilla, que casi lamía la linde del bosque. Un sendero permitía recorrer el
perímetro, al menos en esta banda de la presa. El muro quedaba cerca, a unos cien metros de donde
estaban, y llamó la atención de Alex.
—¿Paula, te parece que vayamos? —dijo señalándolo.
—¿No será peligroso, Alex?
—¡Qué va! ¡Venga, vamos, no seas cobardica!
Paula cedió, pero mientras se acercaban le volvieron algunas imágenes entremezcladas de la
pesadilla que había tenido por la noche. Sintió de nuevo el desasosiego al rememorarlas: un lugar
oscuro, cerrado, la perseguían en una carrera sin fin. Intentó animarse pensando que no era probable
que fuese a ocurrir algo parecido en aquel lugar, ya que no se parecía en nada.
Llegaron enseguida al límite del muro, lo bastante ancho para tener un paso transitable hasta el
otro lado. Aunque la represa era reducida, la vista hacia la parte inferior del valle impresionaba
igualmente por la altura.
Después de recorrer un trecho y mirar las vistas alrededor, Alex se fijó en unas escaleras que
serpenteaban hacia abajo donde se unía el paramento de la presa con el talud del terreno y enlazaban
con una pasarela de la estructura a media altura.
—¿Has visto eso? ¡Se puede bajar por ahí!
Paula se asomó también para ver aquello, sintió un sobresalto de premonición e intentó hacerle
razonar:
—Deberíamos volver, Alex, que se nos hará de noche.
—Será un momento, enseguida volveremos —Para acabar de convencerla, añadió—. Un vistazo
y nada más, ¿de acuerdo?
—Bueno, vale, pero solo un vistazo, que te conozco —No quiso reconocer que estaba un poco
asustada, por dentro sentía repelús.
Fueron hasta el principio de la escalera y bajaron hasta la pasarela. Se veía segura. Era de obra y
la barandilla metálica, aunque vieja, estaba en buen estado.
Llegaron hasta cerca de la mitad del recorrido. Al principio habían visto una puerta metálica
cerrada y ahora se habían encontrado con otra que, por el contrario, estaba entreabierta y permitía
acceder al interior de la mampostería.
—No, Alex, no —dijo Paula enseguida para quitarle la idea—. Ya toca volvernos.
—Bueno, ya que estamos...
Paula iba a recordarle el pacto cuando notó movimiento hacia el extremo lejano de la presa. La
luz ambiental había disminuido un poco y el frente de la estructura ya quedaba en sombras.
Algo, como una sombra bajaba por aquellas otras escaleras, en el otro lado del que habían
utilizado ellos. En la oscuridad costaba ver qué o quiénes eran. Se veían varios bultos, no llevaban
ninguna luz que les alumbrase, pero le pareció ver unos fulgores rojizos. Lo achacó a su
imaginación, que le hacía ver cosas extrañas. Ahora el temor atenazó su cuerpo.
—Vámonos, por favor, Alex, tengo miedo —Tiró de él para que se volviesen por donde habían
venido.
Se detuvieron al comprobar que por el otro lado, aquel del que venían, también bajaba algo
parecido. Pronto llegarían hasta ellos, tanto unos como los otros. Alex miró hacia ambos lados y
pensó que tendrían que hacer algo enseguida, porque aquella situación no pintaba bien. Entonces vio
la puerta entreabierta que tenían detrás y podía ser un refugio.
—Ven, Paula, entremos aquí.
—¿Y qué haremos después?
—Lo primero cerrarla desde dentro y si hace falta nos pondremos a buscar otra salida. ¡Venga,
vamos!
Cruzaron el umbral. Alex agarró la puerta y la cerró contra el marco con decisión. No había
dentro ninguna luz y en un momento se quedaron en una oscuridad absoluta. Tanteó el límite de la
puerta y encontró un cerrojo. Movió el pasador hasta engancharlo en la muesca en la pared que era
su anclaje.
Unos pocos instantes después la puerta fue aporreada con fuerza. Se echaron hacia atrás del susto.
Tenían que buscar otra salida. Cuanto antes mejor. No sabían si cedería o se vendría abajo.
Recularon por el pasadizo donde estaban sin dejar de contemplar la puerta. En su retroceso
tropezaron con algo metálico que les llegaba a la cintura, parecía una valla suelta que debía estar ahí
como barrera.
Antes de poder hacer nada más, perdieron pie y cayeron por un pozo junto con la valla,
magullándose además con los escalones, unos hierros doblados e incrustados en la pared, que
ralentizaron su caída a costa de unos cuantos golpes más y que les dejaron maltrechos en el fondo.
Primero se recuperó Paula. Caída en el suelo hizo amago de levantarse. Tuvo que retirarse la valla
de encima. Aún así apenas podía moverse. Le dolía todo el cuerpo. Se pasó la mano por la cara.
Algo pegajoso le tapaba un ojo. Se asustó, no sabía si se había abierto la cabeza. Subió un poco y el
dolor se avivó en cuanto tocó una herida. Sintió como manaba sangre. Un momento de pánico le
sobresaltó el corazón.
A falta de otra cosa, sacó el móvil del bolsillo y lo utilizó como linterna de emergencia. Se miró
la mano, toda manchada de sangre. Intentó incorporarse. Primero apoyó la mano justo delante de
ella. Resbaló en el suelo mojado y tuvo que cambiar la posición. Se sintió desfallecer, estaba muy
débil.
Miró al lado. Alex estaba aún inconsciente. Su cuerpo estaba desmadejado en el suelo, boca
abajo. No se movía. Tampoco se veía un charco de sangre. Un brazo quedaba debajo del pecho, el
otro junto a la cabeza. Movió la luz hacia las piernas. Parecía que estaban bien.
Hizo un esfuerzo y se levantó para comprobar el lugar. Apoyándose en las paredes recorrió el
perímetro del recinto. La luz del móvil apenas rompía las sombras. Solo había una puerta, cerrada.
Por allí no podrían salir. Tendrían que volver arriba. El brocal, de lo que semejaba un pozo de
comunicación, se mantenía en sombras. Solo se veían los primeros escalones de hierro.
No podrían salir de allí mientras Alex no recuperase la conciencia. Se agachó sobre su cuerpo y
lo zarandeó. No reaccionaba. Más fuerte. Tampoco. Sintió crecer la tensión. Si no conseguía
despertarle, se pondría histérica, seguro. Le dio un fuerte empellón.
Alex gimió dolorido. Empezó a moverse. Intentó incorporarse. Le fallaron las fuerzas y cayó de
nuevo. Giró un poco la cabeza y parpadeó ante la luz del móvil.
—¿Qué ha pasado?
—¿No te acuerdas?
—No... sé... —balbuceó desorientado.
—Hemos caído por un pozo y la única manera de salir de esto es subir de nuevo. Hay unos
escalones; falta que podamos agarrarnos y subir.
—¿Qué? ¿Cómo? Si no podemos ni movernos.
—Pues algo habrá que hacer, ¿no te parece?
Alex se había recuperado un poco más. Miró alrededor. Luego se movió en busca de cualquier
cosa que les pudiese valer. En un rincón había unas tablas apiladas contra la pared. Podrían ser
útiles.
Las agarró y las llevó hasta la pared donde arriba se abría el pozo. Apoyó verticales unas cuantas
y otras encima de esas. A falta de algo mejor, servirían para enfilarse. Antes de intentar nada tuvo
que descansar un poco, aún no estaba en condiciones.
Paula intervino con la preocupación marcada en su rostro:
—¿Qué haremos luego? ¿Todavía estará aquello fuera, esperándonos?
—¿Tienes una idea mejor? Aquí no tenemos nada, ni comida ni agua. Todo está en el coche. No
podemos quedarnos mucho tiempo. Si ahora estamos mal, no tardaremos en estar peor.
—No sé lo que será mejor. Es igual, más vale acabar con esto cuanto antes.
—Sube tú primero. Si es necesario, podré ayudarte.
En otro momento Paula hubiese hecho broma, ahora se limitó a hacerle caso. Aceptó su ayuda y
apoyándose en él se subió al primer grupo de tablas. El extremos superior de las otras fue más
difícil. Alex tuvo que subirse para que Paula pudiese afianzarse arriba.
Desde allí pudo agarrarse y con la colaboración de Alex empezar a subir los escalones. Se detuvo
cuando estuvo segura y le preguntó:
—¿Cómo subirás tú ahora?
—No te preocupes de eso, sigue hasta arriba. Luego iré yo.
Paula se perdió en las sombras del pozo. Alex hizo equilibrios para subirse arriba de las tablas.
Era una posición insegura. Se estiró con cuidado hasta llegar a los escalones. Respiró hondo y se
agarró con fuerza al que podía llegar con una mano. A la vez se impulsó hacia el siguiente. Tuvo
suerte y consiguió alcanzarlo. Con los apoyos repartidos ya pudo afianzar los pies y empezar a subir
hacia la plataforma superior.
Paula le había esperado con la aprensión de no saber lo que habría fuera. Alex descorrió el
cerrojo y abrió la puerta.
No había nadie. Ya era noche cerrada. Recorrieron la pasarela de vuelta y subieron las escaleras
hasta el llano superior. Entretanto había llegado más gente. Había varias tiendas plantadas. Un grupo
destacaba por haber iluminado su zona con profusión de farolillos y linternas, además de los faros de
los coches. Iban vestidos con ropas de camuflaje, manchados algunos más que otros con pintura de
diferentes colores.
Paula se giró hacia Alex:
—¿Hemos huido de una pandilla de descerebrados que jugaban a la guerra?
—Esto... pues...
—Es igual, ¿qué hacemos ahora? Porque no me apetece nada ponerme ahora a plantar una tienda.
Y menos cerca de esos brutos.
—Si no recuerdo mal, siguiendo por la carretera hay un hotelito.
—Ya estamos tardando. ¡Vamos ya!
Llegaron hasta el coche, que seguía aparcado donde lo dejaron y bien cerrado. Entraron y
recorrieron un par de kilómetros hasta encontrar el hotel.
Había una habitación libre, aunque solo para esa noche, y se la quedaron. Subieron enseguida a
recomponerse y curarse las heridas y magulladuras. La sangre seca ya había impresionado a la
recepcionista, que estuvo a punto de llamar a la policía.
Media hora más tarde estaban descansando, cuando a Alex se le ocurrió decir:
—Por esta noche ya tenemos alojamiento.
—Sí, ya es algo.
—Pues sí. Mañana podríamos dar un paseo y ver donde podríamos acampar mañana, ¿no te pa...?
No llegó a acabar la frase. El impacto de la almohada, que Paula le tiró a la cabeza, le hizo caer al
suelo.
Francisco Javier Camúñez Diez.
AKA: Selin
Desde hace un tiempo cultivo mi afición literaria con relatos cortos y microrrelatos que ofrezco
para la lectura en mi blog personal, donde también abundan las reseñas de libros que he leído.
También participo en algún certamen con el resultado de alguna alegría en ocasiones, contra una
aplastante mayoría de estímulo para escribir mejor la próxima vez.
Jasón se envolvió en su albornoz al tiempo que salía de la ducha, había sido reconfortante tras un
estresante día de trabajo. A pesar de todo unas alegres mariposillas revoloteaban en su estomago
ante la perspectiva, era San Valentín y había quedado con una hermosa muchacha con la que había
iniciado una relación hacía tan solo un par de semanas. Se llamaba Rose y era la mujer más
encantadora que había conocido nunca. Fue de manera casual, cruzaron una mirada en un
restaurante al que él acudía a diario, pues le quedaba a un tiro de piedra de la oficina, y ella se le
acercó e inició una conversación que terminó con ellos dos juntos al día siguiente y que les llevó a la
actual situación.
Él completó el ritual de manera metódica; se afeitó, se untó crema facial para estar radiante, se
peinó y tras vestirse con su mejor traje se aplicó su perfume más caro, esa noche era su noche.
Habían quedado en la casa de ella, a las ocho. Ultimó todos los detalles comprobando su maleta que
llevaba siempre consigo en esas ocasiones. Todos los utensilios necesarios para la velada. En las
noticias le habían puesto nombre, el carnicero de San Valentín, nombre que no agradaba en absoluto
a Jasón ya que le parecía muy vulgar, típico y falto de originalidad. Desde hacía años había llevado
una doble vida, durante la mayor parte del tiempo era solo Jasón, un ejecutivo de una empresa
anodina de seguros que dedicaba su vida al trabajo y a gastar su dinero en trajes, coches y cualquier
objeto que se le antojase. Pero cuando llegaba la noche del catorce de febrero y todo el mundo se
obsesionaba con la maldita fiesta de San Valentín buscando pareja con desesperación, él buscaba
algo muy distinto. Siempre encontraba a alguna mujer soltera a la que encandilaba con pasmosa
habilidad y a la que cortejaba en las semanas previas a dicha fiesta. Luego en esa misma noche solía
cenar, divertirse y luego cometer asesinatos dignos de pasar a la historia como los más atroces de
todo el país.
Ese año eligió a la encantadora Rose, a la que él había dado la ilusión de ser quien llevaba la
iniciativa, dejando que fuera ella la que se acercase primero. Pero en realidad todo era un truco que
ya había utilizado muchas veces. En realidad Jasón se comportaba en esas ocasiones como un
pescador; tiraba el cebo y ellas mordían solas el anzuelo, pero lo percibían al revés. Todo desde que
la mirara por primera vez había sido con un propósito. La mirada diciendo más de lo que parecía, el
lenguaje corporal, él siempre había controlado la situación.
Tras salir a toda prisa de su casa decidió pasar a comprarle una caja de bombones a modo de
obsequio. Tras hacerse con ellos llegó al lugar convenido, un edificio de apartamentos de los
muchos que conformaban la ciudad. Afuera, en la calle, divisó la enorme furgoneta de Rose; a Jasón
siempre le había sorprendido mucho que una chica joven tuviera semejante furgón, no le pegaba
nada. Era la primera vez que ella le invitaba a su casa, lo cual Jasón interpretó como una forma de
demostrarle confianza y de que la relación iba viento en popa.
El lugar era un poco extraño; parecía que aquel edificio estaba habitado, en el mejor de los casos,
por gente con muy pocos recursos o por criminales. La basura se arremolinaba por los pasillos y
todo indicaba que hacía mucho tiempo que no recibía su correcto mantenimiento. Aquello extrañó al
hombre sobremanera, ella le había dado la impresión de tener una vida acomodada, vestía de manera
elegante. Temió por un momento haberse equivocado de dirección pero tras comprobarlo corroboró
que estaba en la dirección que le había proporcionado. Cuando llamó a la puerta ella tardó un rato en
abrir, durante el cual un extraño presentimiento se apoderó de él. Pero toda duda se despejó cuando
ella abrió y una despampanante mujer apareció sonriente. Estaba preciosa, su larga melena rubia se
le descolgaba con delicadeza por el pecho rodeándole el cuello y los hombros desnudos.
―Jasón, te estaba esperando ―dijo ella a modo de saludo.
―Hola Rose ―dijo él respirando aliviado―, por un momento pensé que me había equivocado.
―¿Por qué? ―preguntó ella extrañada.
―Bueno, este edificio… ―comenzó Jasón buscando las palabras.
―¿Qué le pasa al edificio? ―preguntó Rose como si todo fuera normal―. ¿Hay algún
problema?
―No, no pasa nada ―se disculpó él esperando no haberla ofendido.
―¡Me has traído bombones! ―cambió de tema mirando el paquete que sostenía.
―Si ―respondió Jasón entregándoselos―. Espero que te gusten ¡Feliz San Valentín!
―¡Muchas gracias! ―contestó la mujer a su vez cogiéndolos―. Qué mono…
Aquella última coletilla extrañó a Jasón, daba a entender muchas cosas, de hecho desde hacía un
rato tenía la sensación de que aquella no era la persona que había conocido. Todo en ella había sido
hasta ahora timidez, casi sumisión. Jason había observado en su lenguaje corporal que se sentía
intimidada por él, aunque se esforzara en no mostrarlo. Pero en el día actual los roles parecían haber
cambiado, de hecho sin saber porque se sentía amenazado, como si fuera él en realidad la presa.
Pero eso no podía ser, Jason era en ese momento el depredador y pronto lo demostraría. Su plan era
simple: cenar con ella y aprovechar cualquier descuido de esta para verterle en la bebida el cóctel de
barbitúricos que portaba en un frasquito en el bolsillo, luego comenzaría la fiesta.
―¿Y vives desde hace mucho por aquí? ―preguntó Jasón iniciando una conversación vana.
―Unos quinientos años ―contestó está riendo como si fuera una broma.
―¿Tanto? ―respondió este siguiendo la broma―. Pues te conservas bien para tener esa edad.
―Me viene de familia ―añadió Rose sonriendo de manera indescifrable―. Voy un momento a
la cocina a por el segundo plato.
Jasón aprovechó la ocasión poniendo sumo cuidado en que no le viera y vertió con habilidad el
contenido del frasquito en la copa de vino de ella. Al poco Rose apareció portando dos platos con un
guiso que tenía un olor delicioso. Se sentó a la mesa y la mujer observándole con la mirada fija tomó
la copa de vino y la sopesó, aspiró su aroma y dio un trago.
―Me encanta el sabor del vino mezclado con barbitúricos ―dijo sonriendo a Jasón ―. ¿Qué le
has echado?
―Co… ¿cómo? ―pregunto él tartamudeando por la sorpresa.
―El vino, le has echado algo de ese frasquito que llevas en el bolsillo, lo olí en cuanto
desenroscaste el tapón ―respondió Rose con una serenidad pasmosa.
―¿Qué estás diciendo? ―inquirió él con una sensación muy extraña de miedo aprisionándole el
estomago―. Yo no te he echado nada.
―Deja de fingir, sé muy bien a lo que has venido ―contestó ella inclinándose sobre la mesa―.
Tranquilo, yo he venido a lo mismo.
―Entonces es una tontería seguir con este juego ―dijo este con el pulso acelerándose por la
situación.
La agarró por el cuello con todas sus fuerzas y tiró de ella atrayéndola hacia sí mismo, trato de
estrangularla pero entonces algo ocurrió. Rose profirió un gruñido gutural, profundo y para nada
humano. Jasón la miró al rostro sin creer lo que veía y oía. Su cara comenzó a variar, sus ojos se
tornaron negros, profundos, terribles. Su boca se contorsionó y rasgó, unos afiladísimos dientes
surgieron amenazantes. Jasón soltó al ser que hasta ese momento había sido Rose y se apartó de ella
tropezándose. Sus manos y pies se transformaron en garras y con estas se arrancó la ropa de un tirón.
Su cuerpo era esbelto y para sorpresa de él terriblemente sensual. El ser le observó agazapado,
mientras las luces del piso parpadeaban y se apagaban, con una mueca que parecía una sonrisa.
―Has elegido a la única mujer de la ciudad a la que no puedes matar ―dijo riendo con una voz
que era mitad humana mitad sobrenatural.
―¿Qué coño eres tú? ―preguntó Jasón.
―Tengo muchos nombres, demonio, súcubo, y otros en lenguas tan antiguas que seguramente
desconoces, pero puedes llamarme Rose.
―¿Vas a matarme? ―pregunto Jasón intentando retomar el control de sí mismo.
―¿Matarte? Sí ―sentenció con determinación―. Pero antes me divertiré durante un tiempo
contigo.
―¿Cómo que te vas a divertir? ―preguntó temiendo la respuesta.
―¿Nunca has leído en historias lo que hacemos los seres como yo? ―quiso saber acercándose a
su cara con rostro amenazador.
―No ―respondió con un suspiro de pánico.
― Te voy a violar, durante días, de todas las maneras que imagines. Será placentero al principio
pero pronto te darás cuenta de que estas experimentando una de las peores torturas existentes. Te
dolerá, sufrirás y lo haré hasta que estés a punto de morir de agotamiento. Después de eso seguiré
hasta que te extraiga la última gota de tu esencia y tú mueras con el corazón destrozado por el
esfuerzo. ¿Te parece bien?
―No puedes hablar en serio ¿Por qué me vas a hacer eso? ―preguntó él con el sudor perlándole
la frente.
―Porque así es como soy. Yo me alimento de ese modo, sorbiendo cada gota de vuestra esencia
vital a través del sexo, es una buena muerte ―respondió Rose.
Rose le tocó con la punta del dedo la rodilla y Jasón gimió cuando una oleada terrible de placer le
recorrió el cuerpo, se sorprendió cuando notó una erección tan intensa que le producía dolor, tal era
el poder de ella. Se precipitó sobre él y comenzó el acto sexual montada encima suya,
contorsionándose en sucesivas ráfagas de placer pulsante como jamás había sentido hombre alguno.
Le llenaba cada fibra de su conciencia y entonces lo notó. El placer comenzó a fundirse con el terror
a partes iguales, parecía una pesadilla en la que el dolor comenzaba a inundarlo todo mezclándose
con el goce. Abrió los ojos y la observó; un ser terrible y a la vez hermoso, un demonio hecho de las
más perversas delicias. Supo que no tendría escapatoria, hasta que recordó algo que llevaba también
encima; fue un destello en su recuerdo, un filo, una navaja que llevaba en el bolsillo de su chaqueta.
Introdujo la mano y con toda la celeridad que pudo apretó el botón para que la cuchilla se extendiese
y apuñaló la cara y el cuello con todas las fuerzas de que disponía. El ser chilló haciéndole daño en
los oídos y tapándose el rostro del que caía un líquido negro y viscoso. Jasón se levantó todo lo
rápido que pudo subiéndose los pantalones, con su miembro aún erecto, y salió corriendo del piso.
Bajó las escaleras y fue hacia donde antes había dejado escondido en el pasillo, entre la basura, su
maletín. Lo abrió y cogió una pistola que llevaba para casos extremos y un largo cuchillo que se
colgó del cinturón del pantalón. Se dispuso a salir corriendo cuando la luz de la escalera comenzó a
parpadear de nuevo. Sabía lo que venía a continuación y el pánico volvió de nuevo, Rose le estaba
acechando desde algún lugar. La luz al fin se apagó dejándole solo en medio de la oscuridad y con la
única compañía del sonido de su respiración. Intentó calmarse, recordó que también tenía una
linterna en la maleta y la sacó con un rápido movimiento. Cuando consiguió encenderla, con la
mano temblando, escudriñó el pasillo con el haz de esta hasta que la encontró, estaba fundida con
una sombra en el techo y chilló mirándole con furia. Él disparó su pistola varias veces pero no acertó
ninguna, había desaparecido en un parpadeo.
Jasón tuvo suficiente y bajo el resto de las escaleras corriendo pero cuando llegó a la planta baja
se dio cuenta de que no podía salir; alguien había cerrado la verja de hierro que daba al exterior
dejándole dentro. Maldijo zarandeando los barrotes y contempló con pavor que la luz de su linterna
estaba parpadeando. Apuntó a su espalda con el brazo de la pistola extendido y notó que unas fauces
se cerraban entorno a su mano destrozándosela. Rose le arrancó lo que le quedaba de la extremidad
de un tirón y le agarró con una fuerza sobrehumana arrastrándole escaleras arriba. Jasón intento no
desmayarse por el dolor del muñón sangrante que tenía en su brazo derecho. Balbuceaba intentando
soltarse de la presa de la garra de Rose pero sin éxito. Trató de sacar el cuchillo para clavárselo pero
las fuerzas le fallaron y se le resbaló de las manos. Jasón contempló por última vez el pasillo
sabiendo que todo estaba perdido.
―¡Ahora vamos a seguir con la fiesta! ―sentenció ella sonriendo mientras cerraba la puerta del
piso.
Un mes después la policía encontró su cadáver tirado en un contenedor. La autopsia reveló que la
causa de la muerte no había sido la mutilación del brazo, sino el agotamiento físico, su corazón no
había podido más. Esta también mostró que la víctima había sufrido severos abusos sexuales de
diversa índole. Tiempo después la policía archivó el caso como no resuelto ante la falta de pruebas y
pistas pasando a ser otro misterio más de la ciudad.
Josué Zamora Cifuentes
Fue desde muy joven apasionado lector de todo tipo de libros, pero los que más llamaron su
atención fueron los géneros de terror, fantasía y ciencia ficción. Aprendió de los grandes autores
tales como Edgar A. Poe, H.P. Lovecraft, Isaac Asimov, J.R.R Tolkien y otros. Esto le llevó a
comenzar a escribir a modo de hobbie pequeños relatos de los cuales aún no hay ninguno publicado.
Más tarde abrió su propio blog, Z-Mania, en el que colgaba capítulos que narraban en primera
persona las dificultades de un joven que busca a su novia en medio de una epidemia zombie.
Además su microrrelato La emperatriz fue publicado en la antología Breves heroicidades organizado
por Diversidad Literaria.
[Link]
No hay amor
Juan García Vargas
Hoy es el gran día, el día en que por fin saldré de dudas. Lo tengo marcado en el calendario desde
hace meses, 14 de febrero de 2017. Trato de imaginarme la cara que pondrá Samanta, mi mejor
amiga desde hace cinco años. Imagino sus ojos verdes llenos de sorpresa primero, la cual irá
lentamente transformándose en ternura. Fantaseo con su boca, y casi puedo ver cómo se humedece
los labios con la lengua mientras se aproxima a mi cara, trato de concentrarme en la imagen
ensoñada de sus mejillas ruborizándose y en su largo cabello castaño cayendo en cascada al soltarse
la coleta. Mi imaginación se quiebra de súbito al notar mi rabo rígido como una estaca, en pugna por
salir de mi pantalón. — Joder, no respetas nada ¿eh hija de puta? — le digo a mi entrepierna con una
media sonrisa. Antes de salir por la puerta recapitulo. Decimoprimera temporada de Anatomía de
Grey en DVD, hecho. Ramo de flores, hecho. Carta de amor escrita de mi puño y letra explicándole
a Samanta porqué es la mujer más maravillosa del mundo, hecho. Condones (por si la cosa se da
bien), hecho.
Atravieso el rellano embriagado por la promesa de amor que me espera a una parada de metro.
Me meto en el ascensor y mientras presiono el botón ―B‖ me miro en el espejo y empiezo a ensayar
el discurso que he preparado para la chica de mis sueños. Un par de sacudidas extrañas hacen
temblar el elevador a mitad del trayecto, y un molesto pitido atraviesa mis tímpanos de lado a lado.
Por un instante pienso en lo jodido que sería palmar de forma tan absurda justo antes de un momento
así de importante para mí, sin embargo la caja metálica desciende sin más sobresaltos. Salgo, bajo
brincando los tres escalones del portal y abro la puerta. Una bocanada de aire fresco atraviesa mi
garganta hasta llegar a mis pulmones. Huele a victoria.
Hecho a andar abstraído en mis pensamientos, perdiendo la referencia de mi propio cuerpo
durante unos cuantos pasos. Una mirada de desprecio me saca del letargo. Una mujer de unos
cincuenta y pico años me observa de arriba abajo con una mueca de asco. Jodida amargada de
mierda. Choca contra mí y unos pétalos de rosa caen al suelo. ¿Será zorra?, ¡me ha jodido el ramo!
Me giro para pedirle explicaciones por su comportamiento antisocial, pero rápidamente destierro
tales intenciones cuando me increpa con vehemencia.
―Puto retrasado mental, ni abras la boca o te arranco la jodida cabeza.
No tengo intención de entablar una confrontación cuerpo a cuerpo con una señora madurita en
plena calle, así que prosigo mi camino. Al girar el cuello puedo ver que la mujer se ha quedado
parada mirando cómo me alejo. Vuelvo a mirar hacia delante tratando de olvidar el desagradable
incidente, no pienso permitir que una majara aleatoria me agríe el ánimo. No pasan ni cinco
segundos cuando algo perturba de nuevo el camino hacia la boca del metro, que se encuentra al final
de la calle. Un hombre trajeado está sentado en el suelo mirando a la pared con las piernas cruzadas
en una versión bastarda de la posición flor de loto. Sus manos ensangrentadas le cubren la cara
mientras el tipo llora desconsoladamente. Solo interrumpe su llanto para golpear el cemento de la
acera, resquebrajándose la piel de los nudillos más a cada hostia que da. Conjeturo con que lo más
probable es que se trate de un borrachuzo al que la noche se le ha dado tremebundamente mal, pero
mi espíritu altruista me empuja a convertirme en un buen samaritano e interesarme por su estado.
Así conseguiré algo de buen karma antes de la decisiva cita con Samanta. Me acerco y le toco el
hombro. El hombre se da la vuelta y me deja ver su jeta. Tiene unas ojeras que parecen no tener fin,
los ojos inyectados en sangre y los dientes apretados, empiezo a arrepentirme de este acto
desinteresado. Trago saliva.
―Caballero, ¿se encuentra usted bien?
―Ella era toda mi vida, ¿sabes? —dice sollozando—, pero la muy puta…
―Ya, entiendo. ¿Necesita que llame una ambulancia o algo?
El hombre se incorpora de un respingo y se abalanza sobre mí, retrocedo. Señala airadamente el
ramo de flores que llevo en mi mano derecha.
―¿Para quién son esas flores?
―Pues verá —sonrío nervioso—, son para una amiga mía que…
―¡Y una mierda! Te la estás tirando, ¿verdad cabronazo? ¡Confiesa!
―¿Qué? ¿Cómo?
El individuo trajeado me empuja con saña y mi rabadilla colisiona contra el asfalto. Trato de
recomponerme al mismo tiempo que agarro la bolsa decorada con corazoncitos donde están los
regalos para Samanta. Por un momento olvido la gravedad de la situación y me pregunto si se
habrán jodido los DVDs. En un impulso atávico ruedo por el suelo para evitar un patadón que lleva
como destino mi boca. Me levanto y echo a correr. El demente que acaba de atacarme hace lo
propio, con la clara intención de darme caza. Mientras profiere gritos amenazadores de su boca salen
espumarajos. Si no fuera porque estoy absolutamente muerto de miedo la situación resultaría
bastante ridícula.
Un alarido femenino que proviene de arriba me previene de lo que está a punto de suceder. La
silueta de una mujer se precipita a toda velocidad desde una ventana del edificio que se ubica a mi
derecha. Espantado y sin dejar de mover frenéticamente las piernas adivino por el rabillo del ojo el
bulto humano acelerando hacia el adoquinado. Noto a mis espaldas una ráfaga de aire que me hace
tropezar y caer de nuevo. La persecución cesa abruptamente cuando la suicida defenestrada va a dar
con sus huesos sobre la coronilla de mi particular acosador, rompiéndole el cuello en el acto. Al
comprobar que ambos cuerpos han quedado reducidos a compota humana a consecuencia del
violento choque tengo que contener una arcada. El corazón se me acelera y mi sistema nervioso
comienza a consumir ingentes cantidades de adrenalina. El cuerpo es sabio, y creo que me transmite
un mensaje bien claro llegado este punto: huye como una rata.
Me arrastro cual alimaña por el suelo, abrazando el ramo de flores que a estas alturas está hecho
un guiñapo. Y contemplo con absoluto horror la lluvia de seres de carne y hueso que a cientos se
arrojan desde las ventanas generando un estruendo de huesos rotos y carne machacada. Los cuerpos
caen como fardos de arroz, rebotando en muchos casos contra las paredes antes de reventar en su
aterrizaje. Los relatos del crack del 29 y la canción de ―it´s raining man‖ se entremezclan con la
visión de la brutal estampa en mi psique. Tengo que salir de aquí antes de que un cuerpo me estalle
encima.
A duras penas alcanzo la entrada del metro. Estiro el brazo y agarro la barandilla logrando
incorporarme. Justo a tiempo para advertir la presencia de una adolescente con indumentaria rapera
que galopa a toda hostia en dirección al punto en donde me encuentro.
―¡Todos los hombres sois unos cerdos! —brama la muchacha con furia visigoda mientras salta
sobre servidor.
Pierdo la verticalidad y comenzamos a dar vueltas por las escaleras abrazados, colisionando con
los picos de los escalones, coleccionando derrames internos y contusiones antes de besar el suelo
liso del vestíbulo de la estación. La chica se coloca a horcajadas encima de mi pecho, y hace llover
sobre mi cabeza una ensalada de puñetazos y arañazos. Un crack me indica que mi nariz ha
abandonado su posición original, momento en el cual logro agarrarla del cuello y zafarme del ataque
arqueando la espalda. Zambullido como estaba en la vorágine de una pelea hasta hace escasos
momentos no he tenido tiempo de echar un vistazo a la dantesca escena que tiene lugar a mi
alrededor. Tengo la suerte de que la rapera decide no seguir agrediéndome y se lanza sobre un
grupo de cuatro mujeres de mediana edad que se tiran del pelo como vulgares verduleras. Un
anciano golpea con su bastón a una venerable viejecilla que se defiende como puede con un tacatá
desde el suelo.
—¡Mala mujer, me has arruinado la vida! —dice el hombre mientras balancea su cayado
alcanzando la mandíbula de la vetusta fémina, de cuya boca sale volando una dentadura postiza.
Se libra una auténtica batalla campal bajo tierra. Varias docenas de personas se dan a un festín de
leñazos. Trato de avanzar hacia los torniquetes, y me doy cuenta de que no tengo billete. Miro hacia
la taquilla donde una mujer vestida con el uniforme correspondiente al cargo que desempeña
permanece inexpresiva y musita algo. Empuña un objeto que por su tamaño supongo que será un
bolígrafo. Cierra los ojos y comienza a apuñalarse la garganta repetidas veces. La sangre se proyecta
a borbotones contra el cristal de la ventanilla, lo cual no impide a la taquillera seguir
autolesionándose. Tendré que colarme, tampoco será lo más chungo que pase hoy en esta estación.
Los obsequios que tenía preparados han quedado atrás, pisoteados por la turba encolerizada. Sin
embargo una de las rosas rojas ha logrado sobrevivir al sindiós de funestos eventos. Cuando veo a
una señora entrada en carnes asfixiar a un hombrecillo con un oso de peluche en cuya tripa luce en
letras arcoíris un ―I love you‖ decido guardarme la flor en el bolsillo. Llego hasta los torniquetes
abriéndome paso a empellones. La sangre me salpica embadurnándome ropa y cara de color
burdeos. Salto los tornos y llego hasta el acceso del andén, sabiendo que para alcanzar mi destino
me tendré que llevar por delante a quien haga falta. Un chaval canijo de aspecto hippie me corta el
paso.
—¡No hay amor! ¡Es la guerra! —vocifera haciendo girar unas cariocas en llamas que iluminan
de forma irregular su poncho de vivos colores. No me amilano y voy con todo a por él. Veo pasar
una bola de fuego por mi lado izquierdo justo antes de soltar un codazo en su sien que lo deja fuera
de combate.
Al asomarme al andén quedo petrificado de forma transitoria. La pelea es aún más encarnizada
aquí. La heterogeneidad de las trifulcas es pasmosa. Transversal a género, edad, etnia y clase social.
Unos brazos me agarran y me introducen de lleno en este inesperado apocalipsis. Al tiempo que
recibo puntapiés, sopapos y mordiscos escucho frases que se agolpan histéricas en mi pabellón
auditivo — Lo di todo por ti hijo de puta/ ¿Quién es ese amiguito tuyo eh guarra?/ Maricón, que eres
un maricón/ ¿Pues sabes qué? Que tienes la polla pequeña/ Tu madre está tan loca como tú/ ¡Nunca
me ha gustado Juego de tronos!—. Entre el remolino de piernas y brazos diviso una cachiporra, que
supongo pertenece a algún segurata que ha huido de este Armagedón de corazones rotos. La agarro
con firmeza y empiezo a golpear a todo lo que se mueve, logrando así ganar espacio. Aparezco cerca
de uno de los vagones del metro. A la izquierda de este se ubica la cabina del conductor que está
separada por unos metros del túnel que lleva a la siguiente parada. En el control de mandos hay una
chica de semblante maniaco que presiona una palanca (me figuro que sirve para que el mamotreto de
metal se mueva) de forma repetitiva. El tren parece que va a trompicones y no acaba de tirar para
adelante.
Con el piloto automático activado prosigo mi avance golpeando siluetas como quien le atiza a
una piñata. Mujer de veintialgo años, le salto los dientes. Hombre calvo, le hundo la tráquea. Señora
que ataca con bolso, piquete a los ojos. Treintañero hípster, le engancho de la barba con la mano
izquierda y le arreo a su melón hasta notar como se reblandece. ¡Llegaré hasta ti Samanta, nada me
lo impedirá! Alcanzo un diminuto hueco vaciado de gente, y desde ahí averiguo al fin porqué el
metro no puede progresar. Las vías están atestadas de cuerpos sin vida. El subterráneo avanza unos
pocos centímetros cada vez, haciendo picadillo algunos cadáveres. Sin embargo la pila de difuntos
ejerce una defensa numantina difícilmente superable para el metro. Salto a las vías. Bajo mis pies
puedo sentir una sustancia viscosa y amorfa, molificada. En la luna reflectante situada en la parte
superior izquierda del túnel me veo, totalmente bañado en plasma escarlata. Parezco un personaje
recién salido de un slasher americano. Encaro la oscuridad del túnel, solo es una parada, la recorreré
a pie. Piso algunas cabezas y torsos antes de posar mis pezuñas sobre las traviesas que se hallan
entre los rieles. Y arranco a correr como si me hubieran insertado un misil tierra-aire en el culo.
Mis músculos arden más a cada zancada que acometo. Debo avanzar rápido, antes de que a nadie se
le ocurra seguirme. En mi mente cruza una idea que por primera vez en un buen rato me saca del
modo de supervivencia que me ha mantenido con vida hasta ahora. ¿Estará bien Samanta? Espero
que ningún cabrón enajenado la haya atacado dejándola seca. No sería justo. Casi al final del túnel
veo unas escaleras que llevan hacia arriba. Sigo mi instinto y me encaramo a ellas, ascendiendo con
diligencia hasta una luz que pasa a través de una rejilla metálica. La empujo de abajo hacia arriba y
esta cede sin mucho problema, por lo que logro, ¡al fin!, salir a la superficie. El panorama que me
encuentro es desolador. Coches ardiendo, comercios vandalizados, y un reguero de muertos
difícilmente mesurable. Mire a donde mire solo veo vísceras y sangre, amén de varios motivos de
decoración propios de San Valentín que le dan un toque de grotesca grosería al paisaje. La ausencia
de sonido solo se ve interrumpida por algún que otro estertor de muerte. Pero dura poco. Un rumor
va ganando decibelios lentamente. Me es difícil localizar la procedencia. Solo sé que parece estar
cada vez más cerca y que probablemente se trate de una masa de psicóticos desquiciados dispuestos
a despedazarse entre sí. Y me niego a verme nuevamente en mitad de una situación similar. No
pierdo el tiempo y reemprendo la marcha. Progreso con cuidado de no trompicarme con los
múltiples occisos que alfombran el bulevar teñido de carmesí. Finalmente llego al portal de
Samanta. Toco con insistencia el telefonillo correspondiente al bajo derecha. Oteo el horizonte y
compruebo que en uno de los fondos de la calle se esbozan algunas figuras humanas. Pico
nuevamente al telefonillo. La dulce voz de Samanta resuena al otro lado.
―¿Quién?
―Soy Santi, ¡ábreme! ¡rápido!
Al otro extremo de la calle también empiezan a atisbarse algunas personas. Cada vez pueden
apreciarse más a un lado y otro de la vía. Gritan a derecha y gritan a izquierda. Los dos grupos de
gentuza rabiosa avanzan con presteza y tiene toda la pinta de que sus intenciones son las de un
enfrentamiento frontal.
―¿Qué quieres?
―¡Ábreme hostia! Ya vienen
―¿Vienen quiénes?
―¡Los despechados! Todo dios está despechado y cabreado del copón.
―Que dices colega
Respiro hondo, quizás no se haya enterado de nada. Pero más vale que me abra rápido, esta peña
se acerca a la velocidad de la luz.
―A ver, Samanta. Tú y yo habíamos quedado, ¿no?
―Sí, sí.
―¡Pues abre, coño!
―Vale, vale. Menudos bríos me traes
Esto dista mucho de lo que yo tenía planeado, pero dadas las circunstancias me tendré que
conformar con aparecer empapado en sangre coagulada y diciendo tacos. Al fin suena el timbre y
una voz pregrabada me informa: ―Puerta abierta, por favor cierre después de entrar‖. Como una
exhalación me cuelo dentro y haciendo caso a la locución cierro. La puerta del final del pasillo a la
derecha se abre, y hacia allí voy yo. Cierro nuevamente y hago girar la llave que está en la cerradura.
Ya estoy dentro, lo he logrado. Ahora tranquilo, no te olvides de a qué has venido. Escucho algo de
cerámica caer al suelo. Estaba tan preocupado chapando la puerta que no me he percatado de
absolutamente nada más. Tomo aire y me doy la vuelta. Delante de mí está mi deseada Samanta,
debe estar recién levantada. Una taza llena de café con leche se le ha caído al suelo, deduzco que
fruto de la impresión que le ha supuesto verme en este lamentable estado, así de sopetón. Parece
asustada, pero está verdaderamente preciosa. Lleva una camiseta larga que cubre su voluptuoso
torso y deja al descubierto uno de sus hombros, una pantaloneta corta que apenas tapa sus muslos
desnudos y unas zapatillas de pingüinos muy simpáticas. Está verdaderamente preciosa. Samanta
retrocede sin decir nada y se adentra en la cocina. Sigo sus pasos. Cuando entro está en un rincón,
con un enorme cuchillo de cocina asido con las dos manos apuntando hacia delante. Decido tomar la
iniciativa, lo primero es tranquilizarla.
―Sam, ¡tranqui tía! —sonrío—. Sé que debo de tener una pinta horrorosa, ha sido un día de
locos. No sabes la que hay liada ahí fuera.
―¿Por qué llevas esa porra? ¿De qué va todo esto Santi?
Joder, se me había olvidado ya que llevaba mi machaca cráneos encima.
―Es para defenderme. Las cosas se han puesto realmente jodidas Samanta, lo más sensato es
esperar a que pase todo y…
―¡Fuera! Largo de aquí
―Espera, espera. Mira, he traído algo para ti.
Saco la flor de mi bolsillo, o lo que queda de ella. Es un gurruño infumable compuesto por unos
pocos pétalos y un tallo espachurrado.
―También te había comprado la última temporada de…
―Tío, fuera de aquí joder —hiperventila—. ¡Date el piro!
―Espera, no me puedes echar así. No sabes lo que me ha costado llegar hasta aquí.
―Me la suda, lárgate de una puta vez o te juro que te hundo el cuchillo en el pecho.
La cosa está escalando rápidamente. Mierda, necesito decirle algo que le haga ver que no tiene
nada que temer. Es hora de abrirle mi corazón.
―Mira, esto no está saliendo como yo había planificado. Pero tienes que saber que yo nunca te
haría daño, jamás.
Samanta suelta un cuchillazo al aire, marcando territorio. Ahora mismo no es muy distinta de un
animalillo acorralado. Prosigo mi discurso.
―Siempre he estado enamorado de ti, siempre. Desde aquel día en que te pedí fuego a la salida
de El Gato Verde, desde la primera mirada, desde las primeras palabras. Soy yo, tu Santi. Y he
atravesado un puto infierno para llegar hasta ti y decirte esto. Sé que estamos hechos el uno para el
otro.
Al fin, su expresión de terror se va diluyendo. En su boca se va dibujando pausadamente una
sonrisa.
―Espera… ¿Que estás enamorado de mí?
―Sí, estoy loco por ti.
Samanta empieza a descojonarse de la risa. Cada carcajada que sale de su boca es una aguja
hundiéndose en una uña encarnada.
―Pero tronco, ¿¡cómo puedes ser tan gilipollas!? ¿Yo contigo? Pero tú te has visto tío, antes me
lo monto con un chimpancé del zoo —empieza a avanzar hacia mí con firmeza—. Qué ridículo. Que
te crees, ¿qué porque soy simpática contigo tienes derecho a meterte debajo de mis bragas? ¡A la
mierda! ¡Lárgate! ¡A la de ya!
Ahora lo comprendo todo. Repaso los últimos cinco años y lo veo en tecnicolor. Recuerdo las
veces que he tenido que aguantar sus estúpidos lloriqueos cuando el idiota ciclado de turno pasaba
de ella, cada vez que me ha dicho lo ―mono‖ que era con altiva condescendencia, cada vez que he
tenido que tragarme con patatas como se liaba con un hijo de puta en mi jodida cara, cada noche de
arrumacos viendo una intragable serie de personajes edulcorados e infantiloides, cada noche que me
he masturbado en la triste soledad de mi cama pensando en ella, cada amiga estúpida que me ha
presentado y a la que me he esforzado por caerle bien, cada cigarro o copa invitada, cada ocasión en
que la acompañé a casa porque le daba miedo ir sola. Y esa sensación, ese odio se concentra en un
punto diminuto. Se condensa y en tan pequeña superficie la masa aumenta de forma exponencial
hasta que revienta. Y así se expande a través de todo mi cuerpo. Noto como mis músculos se
contraen, como mis dientes rechinan y como mis pupilas se dilatan. Aprieto con fuerza la maza que
sostiene mi mano derecha. Mi mano izquierda aplasta los restos de la rosa. Mi contendiente me
sonríe desafiante. Puedo oler su aversión hacia mí, puedo masticar su desprecio. Nos miramos y
nuestros corazones laten al mismo son, el son al que galopan todos nuestros miedos. Ella lo sabe y
yo lo sé. Sólo puede quedar uno.
Juan García Vargas
Juan García Vargas, nacido en Córdoba hace 31 años y criado en Madrid. Estudió psicología en
Salamanca donde se licenció, aunque mucho antes de eso empezó a interesarle la escritura. A los
quince años comenzó a escribir y rodar cortometrajes.
Tras esto, decidió dedicarse de lleno a la escritura de guiones, habiendo elaborado un proyecto
para una serie titulada ―El tuto‖, incluida la historia del capítulo piloto; y el proyecto más ambicioso
de todos ―Cazadores de cabezas‖ un libreto de película que ya ha sido traducido al inglés con la
intención (quizás timorata) de hacerlo llegar a las productoras hollywoodienses…de ilusión también
se vive.
En 2014 escribe y dirige ―Universo cruel y despiadado‖, incluido en la sección oficial del
Certamen nacional de creación audiovisual de Cabra. En ese mismo año decide apuntarse a un taller
de creación literaria en Córdoba, ya que siempre le gusto escribir relatitos en sus ratos muertos.
Crea un blog a donde poder subir contenidos de manera periódica y comienza a enviar sus escritos a
diversos certámenes. Explorando así nuevas maneras de expresión artística.
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Tulipanes rojos
Nymeria
Náftis caminaba a lo largo de una avenida engullida por las sombras, mientras sus pasos
resonaban con intensidad. El resto del mundo parecía estar dormido desde hacía décadas. Incluso
horas después de estar caminando, no se encontró con alma alguna.
Pensándolo bien, puede que fuera mejor así. Su aspecto era realmente desastroso. Su pelo estaba
enmarañado y le llegaba hasta los hombros. Su ropa estaba plagada de manchas marrones y rojizas.
Sólo tenía una bota puesta. Su pie izquierdo se encontraba expuesto mientas que el derecho estaba
enfundado en una bota de cuero negro, recubierta por múltiples costras de barro seco.
A pesar de semejante apariencia a tan altas horas de la madrugada, decidió desviarse a un parque
que había no muy lejos de donde se encontraba. Allí crecían tulipanes rojos, los favoritos de Ethel.
Se movía con lentitud, pero sabía que iba a merecer la pena. Cojeó hacia su destino, mientras la
amarillenta luz de las farolas se deslizaba por su silueta.
Pensó en lo extraña que era esa situación y en las ganas que tenía de pasar lo que quedaba de
catorce de febrero con ella. En realidad no le importaba que día fuera. Repasó con detenimiento los
últimos acontecimientos, pues todo le seguía pareciendo demasiado irreal, artificial.
Náftis se encontraba rodeado por hordas de periodistas que vociferaban preguntas incomprensibles.
Detrás de ellos, decenas de aristócratas y celebridades locales hacían acto de presencia ante
semejante evento. Todo el que fuera alguien se encontraba en el puerto.
Se sentía empujado a subir al barco, ni siquiera iba a poder despedirse de su mujer como es
debido. La iba a echar en falta. Apretó la mano de Ethel con suavidad mientras miraba hacia una de
las cámaras, dispuestas alrededor de ellos. Se acercó a uno de los periodistas que se encontraban en
primera fila. Tenía los ojos hambrientos de respuestas, de información.
Mientras respondía al joven, su mirada paseaba por la superficie de la multitud, medianamente
visible, pues se encontraba en un punto elevado. Era de lo más variopinta. No muy lejos de él, había
mujeres abanicándose con cara de aburrimiento, cogidas del brazo de hombres que lo miraban con
aprobación, apoyándose en sus enjoyados bastones. A lo lejos, alcanzaba a vislumbrar una bandada
de niños sucios, con brillo de curiosidad en los ojos. Seguro que por el precio del bastón, los chicos
podrían haber comido durante meses.
—¿Señor? —el reportero preguntó, en un tono que oscilaba entre el miedo y la impaciencia.
—¿Qué? —Náftis estaba demasiado aturdido y le costaba un esfuerzo sobrehumano no distraerse
con semejante bullicio.
—¿Podría explicarnos un poco más acerca de esta misteriosa expedición? No ha hablado mucho
sobre ella en los medios. Es decir, alguien tan rico como usted, dirigiéndose en busca de más
riqueza... la gente tiene curiosidad.
—De acuerdo —se acarició la barba, tratando de reunir las palabras correctas —. En primer
lugar, no busco dinero, sino conocimiento. Como bien sabéis o deberíais saber, mi mayor pasión es
la historia y las antigüedades. Me he dedicado estos últimos años a tratar de hallar las coordenadas
exactas en las que se perdió el Trirreme, hace más de doscientos años. Considero haber llegado a dar
con unas coordenadas lo suficientemente aproximadas como para dar comienzo a este proyecto
―pronunció cada palabra de forma lenta y monótona, mientras el joven apuntaba ansiosamente.
—Buena suerte. Ya sabe lo que dicen de usted, todo lo que toca se convierte en oro —le dio un
ligero apretón de manos y se disolvió entre la multitud.
«Todo lo que toca se convierte en oro».
La última foto. Más preguntas sin responder. Despedidas rápidas e impersonales delante de
cientos de extraños. Eso fue todo.
Antes de que se pudiera dar cuenta, ya se encontraba saliendo con su pequeña tripulación. No le
había parecido razonable reunir a demasiadas personas, eso supondría un barco más grande y un
barco más grande supondría menor maniobrabilidad. No quería arriesgarse.
Inspiró profundamente, dejando que la sal se le pegara a los pulmones. El ajetreo de la mañana
casi le había hecho olvidar lo bonito que estaba el cielo aquella mañana y lo mucho que había
echado de menos zarpar y ver como la ciudad se iba reduciendo hasta dimensiones inapreciables,
para terminar diluyéndose en el agua.
Había anochecido y estaba cenando en uno de los camarotes más grandes que cumplía la función de
comedor. Se encontró sentado detrás de una gran mesa rectangular con casi completos
desconocidos. No se había llegado a dar cuenta hasta entonces, la mayoría eran personas que le
habían recomendado o incluso hijos de personas que trabajaban para él. Filis era uno de ellos. Tenía
unos profundos ojos verdes y era demasiado menudo para su edad ¿cuántos años tenía?, ¿catorce?,
¿quince? Se encontraba sentado entre dos gigantes de pocas palabras. No estaba seguro de si eran
gemelos idénticos. Tenían fama de ser leales y eso era lo único que le importaba. Náftis alzó su
copa.
—Por un viaje inolvidable —su voz resonó ligeramente por la habitación.
—Por un viaje inolvidable —masculló uno de los marineros, aunque Náftis no alcanzó a ver
quién. Las copas entrechocaron.
Esas fueron las únicas palabras que intercambió con sus hombres. En la atmósfera flotaban aires
extraños. Apartó ese pensamiento tan rápido como pudo. Seguramente fueran los nervios. Estaba a
punto de hacer realidad uno de los sueños de su vida. ¿Qué le habrá sucedido a aquel barco?
Decenas de preguntas revoloteaban por su cabeza, como buitres alrededor de un suculento cadáver.
Aquella noche soñó con pueblos extraños, llenos de habitantes con brazos y piernas en carne
viva, bailando al son de músicas desconocidas. Llevaban a cabo celebraciones demasiado horribles
como para acordarse de ellas al día siguiente. El primer rayo de sol lo cegó demasiado pronto.
Cuando subió a cubierta, sus hombres ya estaban desempeñando sus respectivas tareas, acordadas
días antes de partir. No hacían preguntas. Resultaba tan agradable como preocupante. Como no
sabía qué hacer, decidió ir a su despacho. Se trataba de una sala poco iluminada. Un gran escritorio
de roble con papeles apilados en caótico orden dominaba la habitación. También tenía una pequeña
librería personal que contenía algunos de sus volúmenes favoritos. Cogió un ejemplar de La Odisea
para terminar perdiéndose entre miles de palabras.
Las siguientes semanas pasaron sumergidas en sopor. Se levantaba, leía y se iba a dormir. No estaba
seguro de cuántos días habían pasado. Se suponía que tenía que anotarlo, pero algunos días se le
olvidaba por completo. ¿No tenían que haber llegado ya? Se estaba impacientando. Quería saber,
quería conocer. Deseaba estudiar ese lugar más que nada en el mundo y su sed no llegaría a ser
saciada hasta entonces.
Uno de los gigantes, que al parecer tenía pocas luces, se cortó en la cocina. A Náftis le pareció un
corte muy feo, aunque Deus, el médico de a bordo (o lo más parecido que había podido encontrar),
no dejaba de asegurarle que no era nada serio. Náftis dejó de peguntar a los pocos días, a pesar de no
fiarse de sus conocimientos. Era difícil encontrar un buen doctor que accediese a semejante locura
de proyecto, sobre todo con la creciente demanda que tenían en tierra firme.
A los dos días, el grandullón empezó a padecer fiebre. De la herida de su mano no dejaba de
brotar un pus espeso y amarillento. Cada vez que flexionaba o extendía los dedos, su mano emitía un
sonido burbujeante, precedido de un olor nauseabundo. Los vendajes que le confeccionó Deus no
hacían sino empeorar el hedor a podredumbre, mientras que sus gritos de dolor inundaban el barco
todas las noches.
Náftis estaba furioso. Estaba seguro de que tramaban algo contra él. ¿Qué iban a hacer? ¿Iban a
matarlo mientras dormía? Y después llegarían al punto exacto de sus coordenadas, sí, sí. Se harían
asquerosamente ricos y quemarían los preciados documentos que entonces se encontraban
descansando en algún punto de la vasta superficie del fondo del mar. Unos días después del
incidente del cuchillo, reunió a su tripulación en cubierta. Todos y cada uno de ellos lo miraban con
gesto inexpresivo, a excepción del herido, cuya expresión consistía en una permanente mueca de
dolor.
—Supongo que os preguntaréis por qué os he reunido aquí —hablaba con el tono más autoritario
que podía, mientas caminaba de lado a lado, dentro de su pequeño círculo —. La cuestión es que
teníamos que haber llegado hace días, según mis cáculos. Permaneceremos aquí hasta que hayamos
dado con algo de valor.
—¡Sólo tenemos comida para cinco días más! —la tripulación estaba indignada y un murmullo
de desaprobación generalizado inundó la cubierta.
A Náftis le daba igual. Quería saber, quería conocer y no le importaba permanecer unos días sin
comida. Observó cómo su tripulación volvía a sus puestos, todos ellos con semblantes sombríos.
Los días siguientes se sucedieron rápidamente, esta vez sin la somnolencia imperante en días
anteriores y con el hambre como nuevo pasajero. Discutían a menudo y peleaban casi a diario. El
grandullón murió a causa de la infección de su mano, que se había extendido a un ritmo
insospechado. Tuvieron que tirarlo por la borda para evitar que la peste del cadáver se extendiera
por todos los rincones del barco.
La noche de después del ―funeral‖, llevaban casi treinta días sin llevarse nada sustancioso a la
boca. Náftis se encontraba en su camarote sin poder dormir, imaginando historias de barcos
hundidos. La luz de la luna formaba charcos en diferentes puntos de su habitación. Su embarcación
estaba sumida en el pálido abrazo de la niebla.
Cerca de quince hombres echaron su puerta abajo, esgrimiendo cuchillos y profiriendo amenazas.
Vaya, era un motín.
El capitán estuvo a punto de reírse delante de sus narices, de decirles que no era tan estúpido. En
lugar de eso, prefirió extraer el revólver Colt que tenía guardado en un compartimento, detrás de su
cama. Apuntó alternativamente a todos los que se encontraban en la sala. Sujetaba el arma con una
mano lacia, casi con desgana.
—¿Queríais algo? —preguntó Náftis como si tal cosa. Sus ojos estaban ligeramente
entrecerrados.
—¡Queremos irnos a casa y ver a nuestras famil...! — no tuvo tiempo de terminar la frase, una
bala le atravesó la cabeza, haciéndola estallar como una sandía madura. Innumerables trocitos de
seso y cráneo salpicaron las paredes de la sala.
—¿Alguien más?
Disparó a dos opositores más. Los demás empezaron a huir. Eso le resultó gracioso. Trataban de
huir de él en su propio barco. Realmente gracioso.
Al parecer, el motín no se había decidido por unanimidad. Pudo ver cómo tiraban por la borda a
los que se habían negado a participar. Tiraron a Filis, aquel joven de no más de catorce o quine años,
no sin antes quemarle la cara con una improvisada antorcha. Sus gritos de dolor cortaron el aire y lo
rasgaron con violencia.
Náftis se sintió como en un campo de tiro. Todos fueron cayendo uno a uno. Por desgracia, le
faltó una bala. Se acercó al superviviente y lo empujó al agua. Cayó como una piedra. Qué desastre,
ahora le tocaría volver a empezar de nuevo. Buscar gente de fiar, un barco nuevo y sobre todo, un
médico que supiera diferenciar una herida leve de una estúpida infección. Qué aburrimiento.
Estaba muy débil y cansado. Necesitaba comida para poder emprender la vuelta a casa. Casi
inintencionadamente, su mirada se posó sobre los cadáveres que habían quedado esparcidos por la
cubierta del barco. La mayoría de ellos estaban muy delgados, pero seguramente todavía seguirían
calientes.
Dio el primer mordisco. Era lo más delicioso que había probado en su vida. Allí, acuclillado ante
las serpientes rojas que brotaban del interior de uno de sus hombres, había degustado el mayor
manjar de su vida. Ninguno de los restaurantes caros a los que había ido con Ethel tenían punto de
comparación con aquello. Arrancó otro pedazo. Esbozó una amplia sonrisa, tintada de escarlata al
escuchar el inconfundible sonido de la carne desgarrándose. Partió uno de los huesos con un leve
chasquido y comenzó a succionar el tuétano. La sonrisa se transformó en mueca y la mueca se
transformó en risa. Una risa teñida de histeria.
Sí, era un auténtico superviviente, regresando de una peligrosísima expedición prácticamente ileso.
Estaba volviendo a casa e iba a entregar este precioso ramo de tulipanes rojos a su amada la noche
de San Valentín. Todo era absolutamente perfecto. Subió las escaleras de la entrada de su casa y
llamó a la puerta. Tres golpes secos sobre la superficie de madera.
Era tarde. Ethel abrió la puerta principal de su casa, casi tan asustada como curiosa. Hacía casi un
mes que su marido tenía que haber vuelto. Detrás de ella se encontró con un hombre pálido,
famélico y de pelo desordenado. Su ropa parecía estar cubierta de una mezcla uniforme de barro y
sangre. Sus ojos eran dos ónices brillantes que la miraban con emoción. Una sonrisa de un amarillo
y negro repugnante afloró en sus labios.
En la mano izquierda, llevaba un hermoso ramo de tulipanes rojos, sus favoritos. En la derecha,
un cuchillo de carnicero gastado, que al parecer, había sido utilizado hace muy poco tiempo.
Nymeria
Empezó a manifestar interés por la literatura desde temprana edad. Como podréis imaginar, el
español no es su lengua materna. Se mudó a España a los siete años y siempre ha tenido cierta
habilidad con los idiomas.
Su género favorito es el fantástico, aunque el género de terror se va abriendo paso poco a poco en
su estantería. Los autores que más la han marcado son J. K. Rowling, quien hizo que empezara a
interesarse de verdad por la lectura, G.R.R. Martin, quien hizo que empezara a escribir sus primeros
"relatillos" y ganar algún que otro concurso literario. Por último, pero no menos importante, Stephen
King, quien la está introduciendo al apasionante género del terror.
Lamentablemente, no dispone de más información que poner en esta autobiografía puesto que ha
empezado a dedicarse a la escritura desde hace muy poco y espera poder llegar a llenar páginas y
páginas de publicaciones algún día.
Unidos
María Acosta
Son casi las ocho cuando los ve salir por la puerta. Son un grupo grande, de unas diez personas; la
última clase de la tarde. Todos son adultos jóvenes entre los veinte y los treinta, ataviados con
equipación de danza, que pasan junto al hombre alto vestido con vaqueros y camiseta sin verle
siquiera y se alejan calle abajo, mientras comentan entre risas algún asunto que carece de
importancia.
En cuanto le dan la espalda, el hombre se pone en marcha y logra llegar a tiempo para sostener la
puerta antes de que se cierre tras ellos. Accede sin ser visto al edificio de estilo victoriano de tres
plantas, sobre cuya fachada de ladrillo rojo ha aguardado pacientemente con la espalda apoyada
durante más de una hora.
En el interior, el vestíbulo es amplio y casi opresivo en su silencio. Está decorado con suelos de
falsa madera y un suave tono de verde en las paredes que le otorga cierta distinción. Las luces
acopladas al techo aún no han sido encendidas y a través del gran ventanal del fondo se puede ver
como se cuelan los últimos rayos de sol del día.
Sabe que a esas horas el inmueble suele estar casi vacío. Más aún en tan romántica fecha, cuando
la mayoría de los inquilinos han salido a celebrar San Valentín con sus parejas. Ese es su
momento… sólo para ellos dos.
La idea lo impulsa a cruzar el vestíbulo y lo hace con el paso confiado de quien ha vivido allí
toda su vida... podría decirse que es así, después de haberse pasado días enteros estudiando los
planos del edificio a conciencia: conoce al dedillo la distribución y va directo hacia la puerta de la
pequeña escuela de danza, que permanece abierta como cada día hasta que ella decida cerrarla para
irse a casa.
Conforme se va acercando, modula el ruido de sus pasos para hacerlos inaudibles y cuando al fin
alcanza el umbral se detiene, buscando su escondite tras el marco de la puerta para poder observarla
sin ser visto.
La encuentra, como cada noche, de pie en el centro de la habitación. Su esbelto cuerpo de
bailarina ha sido enfundado en unas mallas de color negro y un maillot rosa palo, que hace juego
con las zapatillas de ballet que se anudan con gruesas cintas a sus tobillos. Su largo cabello, de un
rubio purísimo, casi blanco, lo ha recogido en un moño alto para evitar que le estorbe al danzar.
Llega justo a tiempo para verla cerrar los ojos, mientras en el Ipod que hay sobre la cercana mesita
comienzan a sonar las primeras notas de El Lago de los Cisnes de Chaikovsky.
La joven se alza sobre las puntas de sus pies y comienza a desplazarse grácilmente, moviendo
arriba y abajo los brazos para simular el aleteo de un cisne. Los almendrados ojos castaños del
hombre la siguen por toda la habitación, sin perder un sólo detalle de sus movimientos. Ella es
completamente ajena al hecho de no estar sola. Ignora que está siendo observada y que lo ha sido
casi cada día, durante semanas. No tiene ni idea del efecto que causa en el hombre que la
contempla.
Su belleza le roba el aliento y le aplasta el corazón al mismo tiempo. Es algo que necesita y sin lo
que no puede vivir. Le obsesiona, aunque en lo más profundo también le hiere. Y le atrae
irremisiblemente, pues le muestra cuánto hay de puro y bello en esta vida y, a la vez, le recuerda
todo lo que es horrendo, frío y oscuro en su mundo: ella eleva los brazos y él piensa en su hermano,
que a la edad de diez años se cortó el dedo accidentalmente mientras jugaban a escondidas con un
cuchillo de cocina. Recuerda el pulgar inerte, tirado sobre la mesa, los gritos de dolor de Andy y los
de miedo y rabia de su madre, y la sangre... roja y abundante... fascinante. La joven da vueltas sobre
sí misma, apoyada en una sola pierna y el siguiente recuerdo es su brazo adolescente, con cortes ya
cicatrizados y uno más que la hoja de afeitar acaba de imprimir en rojo cerca del codo; recuerda el
sabor ocre de su sangre al inclinarse para beberla con deleite. El cisne se acerca aleteando hasta él,
tan hermoso y cálido… recuerda la explosión en Afganistán, tres años atrás: una mina colocada bajo
tierra explotó al paso del jeep donde viajaban y lo expulsó de la carretera, dando varias vueltas de
campana. Despertó varios días después en un hospital de campaña, para descubrir que era el único
superviviente de su batallón y que debido a las heridas sufridas ya no era apto para ejercer como
soldado, por lo que en cuanto pudieran iban a enviarle a casa… con una pierna menos. Ahora el
cisne se aleja de él con paso raudo, como si huyera. Lo ve marchar con una sensación de angustia en
el pecho y una sucesión de imágenes que inundan su cabeza: se ve a sí mismo durante aquellas
largas semanas, postrado en su cama del hospital. Recuerda el dolor, los fármacos y la terapia, el
regreso a Nueva Zelanda y tener que adaptarse de nuevo a la vida civil y acostumbrarse a utilizar la
prótesis. Al principio, la terapia de grupo y las medicinas le habían ayudado, pero llegó un momento
en el que la terapia se acabó y los medicamentos dejaron de hacerle efecto. Entonces volvieron la
ansiedad y los malos sueños. Debería haber pedido ayuda y no lo hizo. Se sentía más solo y aislado
que nunca, como si viviera desconectado del mundo, el cual había dejado de tener sentido para él.
Tenía poco control sobre sí mismo y empezaron a hacerse frecuentes los episodios de estrés y los
estallidos de violencia...
Fue una fría madrugada de agosto, en pleno invierno, a la entrada de un callejón. No era más que un
ladrón de poca monta. Intentó atracarle y cuando él trató de defenderse, terminó cortándole en la
mejilla con la navaja que usaba para amenazarle. Seis meses después, seguía sin saber cómo ocurrió
todo, pero lo cierto es que al verse atacado la rabia le nubló la mente. Literalmente, lo vio todo rojo.
Y cuando por fin recobró la conciencia, el ladrón estaba tirado en el suelo, a sus pies. Suplicaba
clemencia mientras la sangre le corría por todo el lado derecho del cuerpo, proveniente de una
herida que nadie más que él podía haberle infligido; debió de hacérsela con los dientes, a juzgar por
la sangre que teñía sus labios y mejillas y le resbalaba por la barbilla. Sangre que era caliente y
deliciosa.
Lo tuvo claro en ese mismo instante e ignorando cualquier súplica de su víctima, se lanzó sobre él
para acabar el trabajo. Bebió tanto como pudo y descubrió que el sabor de la sangre, el mero hecho
de ingerirla, le hacía sentir mejor. Por primera vez en meses desapareció la tensión y se borraron de
su cabeza todos los malos pensamientos, hasta el punto de volver a sentirse bien consigo mismo. Era
sumamente agradable recuperar aquel viejo hábito aunque fuese de una forma agresiva y brutal. ¿Al
fin y al cabo importaba? Mientras contemplaba como el ladrón iba desangrándose, perdiendo poco a
poco la vida, empezó a pensar que la ciudad no echaría de menos a unos cuantos indeseables y
delincuentes entre sus habitantes. ¿Quién iba a preocuparse por eso? Deshacerse de ellos era en
realidad un beneficio, prácticamente un servicio público: unas cuantas vidas sin valor a cambio de
un poco de paz, física y mental.
Así fue como pasó de soldado a cazador. Empezó a vivir de noche y a salir por la ciudad en busca
de presas a las que seleccionaba, asesinaba y desangraba en zonas apartadas de la ciudad. Y fue
precisamente en una de esas zonas – el parque St. Richards, para ser exactos, en una noche de
primavera – donde conoció a Olivia, la bailarina: había encontrado una nueva víctima y estaba
alimentándose de ella oculto tras un profuso arbusto, cuando el inconfundible sonido de alguien que
se detiene de repente, justo frente a él, lo hizo parar de inmediato. Alzó la cabeza, sorprendido y
alerta, con la boca y la barbilla empapadas en sangre. Su mirada se cruzó con la de ella y aunque era
obvio que la joven no había reparado en su presencia, él en cambio sí que la vio.
Era fascinante. Diferente a todo lo que había conocido hasta ahora. Su rostro tenía una delicadeza
especial. Su piel y su cabello eran tan claros que destacaban fácilmente en la oscuridad y sus ojos, de
un suave gris violáceo, lo habían dejado ensimismado durante los pocos segundos que su mirada se
cruzó con la de él.
Fueron sólo unos instantes, pero a partir de ese momento su obsesión se repartió a partes iguales.
Siguió matando, pero sobre todo siguió queriendo volver a verla. A la noche siguiente la esperó en
el mismo sitio y cuando la joven se alejaba haciendo jogging por el sendero la siguió, para tratar de
averiguar quién era y donde vivía. El siguiente paso fue descubrir que era profesora de danza y que
regentaba una escuela en la ciudad. Acudía a verla todos los días, sin falta, ingeniándoselas para
colarse en el edificio y observarla sin que ni ella ni nadie se diesen cuenta.
Su obsesión por Olivia había ido creciendo día a día. Cada encuentro entre los dos le dejaba con
ganas de más y especialmente cuando la veía bailar, despertaba algo en él que era dulce y doloroso a
la vez, algo que lo enardecía y que no comprendía. Por ello se había decidido a cruzar la línea... y
ninguna fecha mejor que aquella. San Valentín. Ese día estarían frente a frente por primera vez,
siendo conscientes ambos de la presencia del otro y la sangre les uniría para siempre.
Incapaz de aguardar más, el hombre abandona su escondite aprovechando que ella acaba de pasar
muy cerca. Cierra la puerta a su paso y es el ruido que hace ésta el que saca a la bailarina de su
ensimismamiento, haciendo que deje de bailar de inmediato y abra los ojos, sorprendida, justo en el
momento en que él la alcanza tomando su rostro entre sus manos, con la suficiente fuerza como para
inmovilizarla.
Primero llega la confusión: se quedan mirándose por un instante y ella no comprende quien es ese
hombre ni porqué está ahí. Luego vienen el estupor y el miedo, al entender de repente que se trata de
un intruso y que ella se encuentra sola e indefensa frente a él. Sus ojos se agrandan al comprender el
peligro de la situación y grita, asustada. Intenta librarse con todas sus fuerzas del agarre, golpeando
al hombre con manos y pies, pero él resiste. Y la acerca, buscando su cuello para morderla.
Forcejean y finalmente ella logra librarse de él, pateándole en la entrepierna. Consigue con ello
que el hombre la suelte de inmediato y tiene la oportunidad de correr hacia la puerta. Él va tras ella,
renqueando por el dolor. Logra darle alcance en el último momento, cuando la joven está a punto de
alcanzar la salida. La agarra por el hombro y la obliga a darse la vuelta, usando su peso contra ella
para empujarla contra la puerta y retenerla allí, al tiempo que saca de entre sus ropas un cuchillo que
siempre lleva consigo. Lo coloca en el cuello de la mujer y la amenaza surte el efecto deseado: ella
se paraliza, pensando que de un momento a otro él va a degollarla; pero cortarle el cuello no es lo
que tiene en mente.
―No quiero hacerte daño ―declara, mientras fija su mirada en la esbelta línea del cuello de la
joven, anhelando el rojo líquido que se esconde bajo la piel―. Lo único que quiero es... sangre.
Oírle hace que a la mujer le tiembla todo el cuerpo. Cierra los ojos, pensando que el segundo
siguiente será el último para ella y lágrimas de miedo comienzan a correr por sus mejillas. Decide
hacer un último y desesperado intento:
─Por favor, váyase ―le suplica—. Déjeme en paz...
Él le acaricia su rostro para calmarla, borrando sus lágrimas casi con reverencia y la contempla
fascinado.
—Eres tan hermosa... —susurra, y el cuchillo baja lentamente hasta desaparecer de nuevo entre
sus ropas, disipando la amenaza.
La joven no puede ocultar su alivio. Intenta contener los sollozos, mientras todos los músculos de
su cuerpo se aflojan de golpe, dejándola debilitada. Él busca su mirada y finalmente ella deja de
evitarla y mira por primera vez al hombre a la cara. Él la observa con calidez.
Se abalanza sobre ella antes de que pueda evitarlo. Con una fiereza salida de la nada, la muerde
hasta perforar la piel y desgarrar finalmente la yugular. Un sólo grito sale de la garganta de la joven
y es inmediatamente silenciado por la mano de él. Con la otra mano que le queda libre, la rodea por
la cintura y la arrima tanto como puede a su cuerpo, buscando su cercanía.
A los pocos segundos – cuando sabe que ella ya no puede gritar – la mano que sirve de mordaza
se retira y asciende para acariciar el suave cabello rubio. Él la abraza, sintiendo la sangre cálida y
deliciosa en su boca. Le produce una sensación de bienestar superior a cualquier otra. Comprende
que eso era lo que quería desde el principio, lo que venía buscando en ella desde que la encontró:
simplemente quería tenerla entre sus brazos y permanecer así…unidos.
María Acosta
María Acosta nació hace treinta años en Cádiz. Comenzó a escribir a los once años, publicando sus
relatos en distintas Webs de Internet.
Su adolescencia transcurrió entre fanfics de Xena y Harry Potter hasta que finalmente, hace
menos de un año, publicó su primera novela en Amazon.
Hace poco creó su propio blog, donde cuelga toda la información sobre sus escritos y habla sobre
aquellos temas que le gustan: cine, tv, personajes modernos e históricos... así mismo, ha publicado
algunos capítulos de su novela Los Cazadores en Wattpad y ha dado inicio a una blog-novela
titulada La Rueca del Hilandero en su blog.
Su más reciente obra es el relato corto Unidos, con el que colabora en la presente convocatoria,
llevada a cabo por el blog El Lado Oscuro.
Si queréis saber algo más sobre María y/o su obra, podéis encontrarla en Internet en los siguientes
enlaces:
[Link]
[Link]
[Link]
[Link]
Cruel Galatea
Miriam Álvarez
El Padre Michael sabía que bajo los cimientos de su catedral, había restos de un edificio anterior.
Sólo sabía de ellos que eran muy antiguos, tanto, que posiblemente debieron pertenecer a una iglesia
muy temprana, de aquellos tiempos en los que los cristianos aún eran perseguidos. O puede que esos
restos fuesen de un templo pagano, no estaba seguro. Aquello no le preocupaba lo más mínimo, pues
estaba orgulloso del edificio actual. Ningún templo pagano hubiese podido hacerle sombra.
La catedral estaba construida con una piedra blanca la cual reflejaba la luz coloreada que se
filtraba por las vidrieras. Los pilares eran altos y esbeltos, pero a la vez robustos. El techo estaba tan
alto, que si no fuese por la gran cantidad de vidrieras que iluminaban el lugar, permanecería siempre
oscuro. A ambos lados de la nave principal había numerosas capillas dedicadas a distintos santos. En
el punto donde la nave y el transepto se cruzaban, se alzaba una cúpula en la que estaba pintada una
representación del cielo en el Juicio Final: Cristo entronizado sobre unas nubes doradas, rodeado por
la Virgen María, más santos y ángeles de aspecto aniñado, portando instrumentos musicales. Todo
estaba pintado en contrapicado a gran altura y las nubes doradas formaban un curioso efecto óptico
al reflejar la luz. Parecía que se movían lenta e hipnóticamente, al ritmo de los seres celestiales.
Tras la cúpula, estaba situada la cabecera de la catedral, con un gran retablo, cuya escena
principal se encontraba también en lo más alto: un Crucificado con la Virgen y San Juan, cada uno a
un lado. El Padre Michael se arrodilló ante la imagen y se santiguó, antes de seguir su recorrido por
el templo.
Se paró junto a la pequeña capilla dedicada a San Valentín de Terni, más cuidada que de
costumbre. Los fieles habían encendido cirios torno a su imagen y habían colocado ofrendas florales
a sus pies. No eran pocos los jóvenes que decidían casarse el 14 de febrero. San Valentín se había
convertido en el patrón de los enamorados cuando fue martirizado por los paganos por casar parejas
a escondidas mediante el rito cristiano. Esas ofrendas al santo seguramente fueron colocadas por
parejas de enamorados que se casarían a la mañana siguiente.
La catedral estaba totalmente en silencio. Aparte del padre Michael había unos pocos fieles
repartidos por las capillas y otros en los bancos de la nave principal, orando en silencio. Por ello, el
chirrido que provocaron las bisagras de la pesada puerta que conducía a la cripta, llamó su atención
y la de varios fieles más. Todos volvieron a sus labores al comprobar que de allí sólo surgieron dos
monjas. Cuchicheaban entre ellas, nerviosas, sin apartarse demasiado de la puerta que conducía a la
cripta.
—¡Padre! —exclamó una de ellas. Miró a su alrededor cuando comprobó que había hablado
demasiado alto, bajo la mirada de reproche de su compañera, algo más mayor que ella.
—¿Ocurre algo, hermanas? —dijo Michael acercándose a ellas.
—Nada, padre —dijo la más mayor—. Ya nos marchábamos. Aunque no nos importaría
quedarnos un rato más… ¿No quiere que le enseñemos las ruinas?
El padre Michael suspiró. Tanto los demás sacerdotes de la congregación como las monjas de un
convento cercano estaban obsesionados por los restos que se habían encontrado bajo la catedral.
Fueron las propias monjas las que un día, trasteando en la cripta encontraron un pasillo escondido
que conducía a las ruinas.
—Ya le vale no conocer los secretos de su propia catedral, padre —dijo la monja joven. Al final,
el padre aceptó, aunque fuera tan sólo para que las monjas y demás sacerdotes dejaran de insistirle.
Las monjas se internaron de nuevo en la cripta, más oscura y húmeda que la superficie, iluminada
por antorchas. La monja joven tomó una para iluminar el camino. Poco a poco, dejaron atrás los
fuegos que iluminaban la cripta, adentrándose más y más en la oscuridad, tan sólo iluminados por la
tenue luz del fuego.
Michael no se esperaba aquello. Al principio eran restos de paredes, conformados por ladrillos y
sillares de piedra. Después la monja señaló con la antorcha al suelo para que el padre pudiese
observar unos bellos mosaicos, prácticamente enteros que representaban un pez y un crismón, entre
otros símbolos que no reconoció. Era cierto pues, que las ruinas pertenecían a los primeros
cristianos.
Había nichos en la pared, que, como le explicaron las monjas, seguramente servían para colocar
las urnas con las cenizas de los difuntos. Pero según avanzaban todo se volvía más extraño. Los
dibujos de los mosaicos se volvían más raros, representando animales fantásticos como serpientes
grifos o dragones. El alfabeto que rodeaba las representaciones ya no era el latino, sino uno extraño
que no había visto nunca, con numerosas formas curvas y espirales.
Los restos de paredes que se encontraban también cambiaban. De ladrillos aislados habían pasado
a placas finas y lisas de piedra (parecía mármol, pero no podía distinguirse bien en la oscuridad)
quebradas en formas afiladas con las esquinas sobresaliendo del camino, tanto del techo y del suelo
como de las paredes. Gracias a las indicaciones de las monjas, la sotana de Michael no quedó
enganchada ni rasgada por ninguna de las esquirlas.
Al fin el pasillo se ensanchó y entraron en un recibidor que a su vez daba a varias habitaciones.
Las monjas entraron en cada una de ellas mostrándole a Michael lo que había. La mayoría eran
restos de cerámica y fragmentos de esculturas antiguas paganas, como pudo observar Michael al
encontrar un fragmento de un torso masculino desnudo, que las pudorosas monjas ya se habían
encargado de esconder bajo una tela. Pese a que el descubrimiento agradó al sacerdote, tampoco lo
consideró de la importancia que los demás sacerdotes otorgaban a aquellas ruinas.
—Espérese padre —dijo la monja mayor—. Hemos dejado lo mejor para el final.
La última de las salas estaba ocupada únicamente por un bulto tapado con una tela. La monja
joven la retiró y mostró lo que había bajo ella, colocando la antorcha al lado.
Era una escultura de un bello ángel femenino a tamaño natural. Aunque no se distinguía bien por
la escasa luz, debía de estar esculpida en mármol blanco. Se encontraba en postura semi agachada,
alzando la mirada al cielo con las cejas caídas y la boca entreabierta, con una expresión que Michael
no supo si clasificar en preocupación o miedo. Vestía únicamente una fina tela que tapaba su torso
desde el cuello a los muslos, aunque de poco servía, pues podían distinguirse sus pechos. Su pelo
caía en rizos por la espalda, y sus alas formaban dos curvas perfectas a ambos lados, enmarcando su
cuerpo.
—Es claramente pagana —dijo la monja mayor. Sí, una representación cristiana no representaría
a un ángel con tan poca ropa y menos aún femenino. Cualquiera sabía que los ángeles del Señor eran
asexuados—. Pero no por ello deja de ser bella, ¿no cree?
Michael tocó la escultura, sintiendo el contacto con la piedra fría. Acarició el brazo del ángel. La
piedra era lisa y suave, pero a la vez rugosa, como un pergamino de extraordinaria calidad. Se fijó
en los pequeños detalles. La boca, entreabierta, dejaba asomarse unos pequeños dientes entre los
labios carnosos, incluso la boca había sido vaciada por dentro. Los ojos estaban tallados de tal forma
que se distinguía la curvatura del globo ocular, y las pestañas parecían tan frágiles que parecía que
iban a quebrarse con rozarlas. Le indicó a la monja que acercase aún más la antorcha, para observar
que la piel era un tanto rugosa porque estaban representados hasta los poros de la piel. Las plumas
de sus alas estaban realizadas con tal detallismo que al acariciarlas daba la sensación de estar
tocando plumas de verdad.
Las monjas decidieron que ya era hora de irse, pues estaría anocheciendo en el exterior. Michael
no quería separarse de la estatua, pero debía hacerlo, pues si ellas se marchaban, se llevarían la
antorcha y Michael no podría admirar la belleza de la escultura, y mucho menos regresar a la
superficie por ese pasillo laberíntico de afiladas agujas de mármol.
Al llegar a la catedral, las monjas se despidieron de él con algo de prisa, pues debían llegar a su
convento antes de que anocheciese. Michael tuvo tentaciones de bajar de nuevo a observar la
estatua, pero se contuvo y se encerró en su celda.
Ni siquiera salió a cenar. Cuando intentó dormir, la visión de la escultura aparecía en su mente.
Sus labios, su mirada perdida y su expresión desesperada.
A la mañana siguiente, día de San Valentín, anunció a los demás sacerdotes de la congregación que
se encontraba mal y que no podría oficiar ninguna de las bodas que tenía previstas. Sus compañeros
le creyeron y no hicieron más preguntas. Bien entrada la mañana, cuando se aseguró que todos sus
compañeros estaban ocupados, bajó a la cripta.
Esta vez tomó dos antorchas. Recorrió el camino escabroso que le mostraron las monjas el día
anterior, hasta llegar a la sala donde se encontraba la estatua.
Clavó las dos antorchas entre los escombros, cada una a un lado y retiró la tela que la cubría. Con
más luz, la escultura era aún más bella si cabía. El sacerdote se sentó en el suelo frente a ella,
contemplándola absorto.
No había obra igual en el mundo. Ni todos los grandes artistas juntos podrían haber realizado
obra más perfecta que la que se encontraba frente a él. Poseía tantos detalles que el ojo humano no
podía observar, que la mano no podía imitar… Aquella escultura sólo podía haber sido obra de un
loco que vendió su alma al Diablo. O ni siquiera eso. La estatua estaba dotada de tal realismo, tal
expresión, que sería más fácil creer que fue un ser vivo convertido en piedra, y no una obra humana.
Se preguntó si al ver la estatua por primera vez, aquel dios pagano llamado Cupido había
acertado una de sus flechas en su corazón. Había renunciado a las mujeres cuando tomó el voto de
castidad, y ahora un simple pestañeo, perder de vista a la escultura durante una ínfima cantidad de
tiempo, provocaba un terrible dolor en su corazón.
No dejaba de pensar en los paganos mientras recorría la escultura con la vista. Recordó la historia
en la que un rey llamado Pigmalión dejó de prestar atención a las mujeres porque ninguna le
resultaba lo suficientemente bella y se dedicó a esculpir. Hasta que esculpió la figura de una bella
mujer y se enamoró de su propia obra, llamándola Galatea. La principal diferencia era que,
Pigmalión, al implorar a la diosa Venus, consiguió que Galatea cobrara vida. Pero por más que
Michael imploraba a Dios nada sucedía.
¿De qué había servido toda su vida alabando a Dios si ahora no podía cumplir un simple deseo?
¿Merecía la pena perder toda su vida para acceder al cielo tras la muerte? ¿Y si después el cielo no
existía o acababa en el infierno de todos modos? Le pidió a Dios que diese vida a la estatua como
una pequeña recompensa a todos sus años de servicio. Sus oraciones fueron cambiando de
peticiones a órdenes, y hasta llegó a amenazar a Dios con abandonar los hábitos. Claro que a Dios
nada de esto le afectó.
Pronto para Michael incluso Dios dejó de existir. El mundo entero giraba alrededor de la estatua.
O al menos su mundo. Entonces pensó que observándola no ganaría nada. Deseaba tocarla otra vez.
Se levantó y se colocó frente a ella.
El mármol helado le provocó un escalofrío, una especie de calambre que encendió algo en su
interior. Al principio con una mano, luego con las dos acarició los brazos, la cara y el cuello del
ángel, tan a menudo, que la piedra comenzó a ganar temperatura. A Michael le gustó esa sensación,
pues al tocarla daba la impresión de la estatua era un ser vivo. Pero pronto sus manos no bastaron
para mantener todo el calor. Michael se desnudó y abrazó la estatua para tratar de transmitirle su
calor.
El contacto frío con la piedra avivó esa pequeña chispa que había sentido al principio hasta
convertirlo en un incendio. La lujuria. No era la primera vez que sentía aquello, pero las veces
anteriores había conseguido reprimirla. Esta vez no lo hizo: se sentía liberado, no le debía nada a
nadie, ni siquiera a Dios. Se abandonó al pecado.
Comenzó a frotarse lascivamente contra la piedra. Se inclinó hacia la cara del ángel y comenzó a
morder sus duros labios. Después introdujo la lengua en el hueco de la boca, dando un apasionado
beso. Intentó abarcar la escultura con todo su cuerpo, rodeando al ángel con sus piernas.
Mientras se encontraba en pleno acto sexual, en uno de sus movimientos violentos se golpeó el
brazo con uno de los mechones rizados de la escultura, más finos y afilados en la punta. Se provocó
una pequeña herida que dejó caer una gota de sangre en la mano que el ángel tenía apoyada en el
pecho. Michael se apartó un momento del ángel para observarse la herida, pero cuando vio que no
era grave, al intentar proseguir con su acto, vio que algo había cambiado.
La zona donde había caído la gota de sangre se tornó de un pálido color rosado. Fue
extendiéndose poco a poco por toda la escultura. Al llegar a la boca, el ángel dio un suspiro, al llegar
a sus ojos, los iris se tornaron verdes. Sus cabellos oscuros volvieron a ser lacios y cayeron contra su
cuerpo. Las plumas de sus alas se agitaron cuando el ángel batió sus alas para desentumecerlas
después de cientos, tal vez miles de años sin moverse. La tela que le cubría, volvió a ser tela, y cayó
al suelo, dejando al ángel completamente desnudo. Al liberarse completamente de su encierro de
piedra, el ángel se incorporó.
Observó a Michael sin ningún pudor. Él también la observaba a ella de la misma forma, muy
excitado, sin terminárselo de creer. Cuando terminó de analizarle, el ángel miró su propia mano,
curioso, donde aún permanecía la gota de sangre. Frunció el ceño, como si no supiera qué era
aquello, lo acercó a sus labios y lamió la sangre con su lengua.
Michael se imaginó besando esos labios carnosos, esa lengua suave y húmeda, que ahora era real.
Los ruidos que hacía el ángel con la saliva al saborear la sangre eran como música a sus oídos.
Aprovechó y besó al ángel rápidamente, cuando él seguía distraído con el sabor de la sangre.
El ángel respondió al beso. Sus lenguas se entrelazaron e intercambiaron cariñosos mordiscos en
los labios. Michael pegó su cuerpo al del ángel, abrazándolo, y el ángel respondió imitándole. Dio
un pequeño impulso con sus alas, provocando que ambos cayesen al suelo, aún con sus cuerpos
entrelazados. Michael cayó debajo. El ángel se separó un poco para sentarse a horcajadas sobre su
cuerpo y extendió las alas. Michael intentaba levantarse para pegar sus labios de nuevo y continuar
con el beso, pero el ángel le aprisionó para que no se moviera. Tan rápido como un águila
descendiendo cuando va a cazar a un conejo, el ángel se inclinó de nuevo, mordiendo sus labios para
continuar con el beso.
Cuando sus lenguas volvieron a entrelazarse, el ángel dio una fuerte dentellada, arrancando la
lengua de Michael. El trató de gritar algo, pero sin nada que modulase su voz, sólo salió un horrible
alarido agónico, amortiguado por la gran cantidad de sangre que inundaba su boca. El ángel masticó
su lengua unos segundos, antes de tragársela y relamerse la sangre que había manchado las
comisuras de su boca. Ella bajó de nuevo para lamer la sangre que de derramaba a ambos lados de la
boca de Michael, pero pareció que la carne le gustaba más que la sangre. Dio otro furioso mordisco,
desgarrándole la zona de la papada.
Se la tragó rápidamente porque los gritos que él daba desagradaban a la criatura. El ángel colocó
una mano en lo que le quedaba de barbilla, mientras daba otro brutal bocado en la yugular de
Michael. Con la mano apoyada en la barbilla, ejerció una fuerza sobrehumana y le rompió el cuello,
con un violento chasquido. El grito de Michael se convirtió en una especie de ronquido, que duró
hasta que se agotó el aire de sus pulmones.
Ya liberado del ruido, el ángel pudo disfrutar de su festín tranquilamente, después de milenios de
hambre y mármol frío. Mientras, metros por encima de su cabeza unos jóvenes novios prometían
amarse y respetarse en la prosperidad y la adversidad, en la riqueza y la pobreza, en la salud y la
enfermedad, hasta que la muerte los separase.
Miriam Álvarez
Persona habitante del Sistema de Sol. Dormir como forma de vida. Galaxias. Dragones. Krishna
me protege. Me paso las horas muertas en Youtube viendo cosas que al resto del mundo no le hacen
gracia. Amo las críticas destructivas de libros que no me gustaron. Me apasionan las civilizaciones
antiguas e intento estudiar Historia del Arte, pero mis personajes ni me dejan. Escribo un libro que
hace sufrir a quien lo lee… porque no está terminado.
[Link]
El flechazo
Roberto Sánchez
La mente de un chico soltero a veces recorre los espacios visibles en busca de una posible pareja. Si
se tiene 21 años se suele buscar varias posibles parejas, pero él se conformaba con una, es lo que
pasa cuando te cuesta tanto conseguir algo, que te conformas con una. Ahora, en la consulta del
dentista una chica guapa con un sutil encanto, le mira y le sonríe. Él piensa qué decir y sólo se
escucha un:
—Hola
Que procede de ella, esto suele pasar en este tipo de historias, pero a él le pilla tan de sorpresa
que una extraña y fría gravedad le cae por ambos laterales de la cabeza, y finaliza su aceleración
fluyendo paralela a los hombros. Las piernas le tiemblan y como punto de inflexión a estas
sensaciones la boca del estómago siente una locura transitoria que corre haciendo círculos parecidos
a un remolino o un mismísimo loco.
Esto parece un ataque de pánico en un avión antes de despegar, pero aquí es antes de desmayarse.
Tras 72 instantes de un segundo abre los ojos en el suelo de la clínica. Una mujer con bata blanca
aliviada y la chica de la sala de espera.
—¿Estás bien? —pregunta la presunta doctora—, creo que sólo ha sido un mareo, quédate un rato
aquí esperando y en cuanto le atienda a ella, estoy contigo. Ante cualquier cosa no te preocupes
porque la recepcionista va a estar pendiente de ti.
—De acuerdo. Ya me encuentro mucho mejor. No sé qué ha pasado.
—De repente te has caído…—dijo la chica guapa—. Supongo que sólo ha sido un susto —acto
seguido se dibujo una sincera sonrisa.
Nuestro protagonista esperó confuso en la sala, mientras la chica guapa era atendida de sus caries
o lo que fuera; «seguro que sólo se trataba de una revisión» pensó él, ya que sus dientes eran tan
perfectos que llamaban la atención. La sensación de satisfacción se venía arriba, la chica guapa le
había saludado seguramente para conocerle o entablar una conversación.
Mientras piensa cae en la cuenta que en cuanto salga la chica, se van a volver a ver. No estaba
acostumbrado a conocer chicas, aquí y ahora, no se le ocurre qué decir cuando se vuelvan a cruzar.
Podría hablarle de cualquier cosa pero la doctora le iba a llamar y no iba a tener mucho tiempo.
Podría pedirle el número de teléfono pero quizás eso sería muy brusco y con un exceso de confianza.
Podría encontrar cualquier excusa para seguir conociéndose pero en el fondo no sabe si le gusta de
verdad. Muy bien, basta de peros porque aquí vienen. La chica guapa le sonríe y va a recepción, a
pagar, mientras la doctora sale a llamarle y pasan juntos a la consulta.
—Vaya susto —exclama la doctora—, cuando te he visto en el suelo ya te iba a hacer la
reanimación.
Él no sabe por qué, pero le entra un sentimiento de vergüenza, vergüenza por haberse desmayado
y por sus atracciones hacia la chica de la sala de espera.
—No ha sido nada, supongo que me he mareado… simplemente me he puesto un poco nervioso.
—No te preocupes, le pasa a mucha gente.
—¿Qué se enamoran?
—No, que le tienen miedo al dentista —la doctora estalla en risas.
—Estoy tan nervioso con esto del dentista que ya no sé lo que digo.
La cara de conformidad de la doctora le hace pensar que su excusa ha colado y no ha quedado
como un chico cursi. Sin embargo, la doctora sólo está pensando en el diagnóstico dental y las
cuatro frases de conversación que han intercambiado sólo son un rompehielos que según las ha
escuchado, se le han olvidado.
Una vez pasado las fases de diagnóstico y tratamiento. Sale otra vez a recepción a abonar la
factura. De repente a sus espaldas.
—¡Hola de nuevo!
Era la chica guapa; ¿pero qué hace aquí todavía? ¿Volverá a venir otro desmayo?
—He visto que hoy no te encuentras muy bien y me he quedado preocupada, por eso he preferido
esperar para acompañarte a casa.
—Vaya, muchas gracias. Creo que puedo ir sólo pero vamos, si no tienes nada que hacer, cre…
creo que estaría encantado —él, mira al suelo porque siente que está hablando como un tonto.
—No te preocupes tengo toda la tarde libre.
—¿Si quieres la pasamos juntos? —no se puede creer que haya dicho esto.
Entre gestos y palabras de complicidad salen juntos de la clínica. Ella está desinhibida, cercana,
con una tranquilidad y una naturalidad casi familiar. Eso le hace sentir cómodo, además encuentra
algo en el carisma de esta chica que le resulta reconfortante. Cuando él ya se había relajado y en
cierto sentido, había bajado la guardia. Ella grita:
—¡Ala delta!¡Ala delta!… —gira en círculos y continúa—…¡pium!¡pium!
—¿Y esto?¿Tu lado infantil? —le pregunta entre extrañado y nervioso.
—Perdona, es que tengo síndrome de Tourette mezclado con doble personalidad.
Él en menos de un segundo se sorprende y piensa que lo encuentra entre cómico y entrañable.
Este defecto no sabe por qué pero le resulta interesante como la guinda de un gran pastel en un
escaparate que le da ese toque que hace que te lo acabes llevando a casa.
—Supongo que lo de la doble personalidad te hace el doble de especial… —antes de acabar se
lamenta de lo cursi que le estaba quedando la frase.
—Bueno, yo supongo que sólo me hace doble a secas. Cada cierto tiempo no controlo mis actos y
hago tonterías o digo cualquier cosa, a veces hasta palabrotas.
—Si te sirve de consuelo todos decimos ―joder‖ de vez en cuando. Este es mi portal. Si quieres
podemos tomar algo. Te has portado muy bien conmigo.
—¡Vale! —exclamó—. Por cierto, tengo que pasar al baño, si no te importa…
—Claro, no te preocupes.
Ya en el ascensor, ella de repente ladea la cabeza cada vez que se toca la nariz de forma
parpadeante. Después adelanta los brazos, comienza a hacer cambios de dirección con la cabeza y
las manos de forma sincronizada. Parece una especie de lenguaje de signos en código morse. Él se
reprime la risa y se pregunta cómo le habrá afectado estos trastornos en su vida. Tendrá que
responder a eso en otro momento, porque ya han llegado al quinto y se abren las puertas del
ascensor. Ella antes de acabar los movimientos involuntarios hace un aspaviento con la cabeza hacia
atrás que acaba golpeando en el espejo del ascensor.
—¡Vaya!¡Cuidado!
—Bueno no puedo evitarlo… —cuando ella le contesta esto, él al instante se siente culpable.
—Tranquila ahora si quieres en el sofá… supongo que estarás más cómoda.
—Un momento —dijo ella—. ¿Vives sólo?
—No, vivo con mi compañero de piso, no sé si ya habrá llegado, depende del día. ¿Qué día es
hoy?
—Hoy es sábado 14 de febrero.
—Pues los sábados no trabaja, aunque tampoco creo que esté en casa porque suele salir con los
amigos.
—Habrá salido con la novia por el día de los enamorados.
—Él no gasta novias, se da más a los videojuegos y a las cervezas.
Entran en la casa y le indica dónde está el baño. Él va a comprobar si está su compañero de piso
en su habitación pero ha salido. Así que va al salón y espera de pie. «Esta chica es un auténtico
encanto» pensó, con estos puntos tan raros le servían para sentirse más cómodo y superar su timidez.
En ese momento decide que sería una buena idea proponerle hacer unas palomitas y ver una
película mientras se conocen. Acto seguido se da cuenta de que viendo la película no se van a
conocer, así que se le ocurre que podrían cocinar algo juntos y cenar mientras se charlan un poco
más. Sí, eso sí que es una buena idea. Ya sale ella del baño.
—¿Qué te parece si cocinamos algo y hablamos mientras cenamos?
—¡Ay, qué bien! Pero… ¿No es un poco pronto? Son las 7.
—En ese caso tenemos dos horas para cocinar, podremos hacer una obra de arte. Venga, vamos a
la nevera y decidimos que no sé ni qué tengo. Si la nevera está vacía vamos a tener que pedir algo.
—Espero que no, no sé por qué, pero me apetece pasar un rato contigo cocinando y esas cosas.
Ante estas palabras, él se siente feliz, a pesar de su cierto atractivo y caballerosidad, le cuesta un
montón conocer chicas. Él sabe que cuando estás en el club de los tímidos, es muy complicado dar
con una chica que lleve la iniciativa y rompa tu rutina solitaria. Esta oportunidad había que
aprovecharla, tenía que esforzarse en mostrar su lado bueno y quién sabe lo que pudiera pasar. A fin
de cuentas nadie conoce cuánto te va a cambiar la vida en un día. Cuando ya están en la cocina, él
abre la nevera.
—¡Din!¡din!¡din!¡din! Premio… Tenemos para hacer una tortilla o si quieres nuggets congelados
y… bueno, para acompañar hay una lechuga, tengo tomates y creo que queda alguna lata de atún en
la despensa.
—Se nota que esto es la nevera de un piso de solteros.
—Más bien de estudiantes…je, je, je —él se sonríe.
—A mí cocinar se me da muy mal, con mis movimientos involuntarios acabo tirando el aceite por
la cocina y un día me quemé.
—Entonces vamos a hacer una cosa, tú vas haciendo la ensalada y yo frío los nuggets. Así no te
quemarás.
Comienza a cocinar mientras ella lava la lechuga y los tomates; parece que le va a añadir también
la lata de atún junto con la de maíz que había al lado. A él no le gusta el maíz, pero no le importa,
prefiere dejarle espacio libre para que pueda prepararlo a su gusto y a su modo. Esté como esté, le
va a decir que es la mejor ensalada del mundo.
Al mismo tiempo que él calienta el aceite, ella se prepara para cortar los tomates. Él la observa
preguntándose si se acaba de enamorar, si esto que siente es lo más parecido a un flechazo en su
vida. A ella comienzan a darle los movimiento involuntarios agita la cabeza, los brazos… y fuera de
su decisión lanza el cuchillo directo al corazón de nuestro protagonista. Él mientras un hilo de
sangre le crece en el pecho, acaba de confirmar que esto es lo más parecido a un flechazo que ha
sentido en su vida.
Roberto Sánchez
Soy Roberto Sánchez, Madrid (1989), siempre he sido una persona bastante creativa. Uno de los
campos a través de los cuáles me expreso es escribiendo. Desde muy pequeño llevaba un diario y
ahora como aficionado me gusta presentarme a concursos literarios para compartir lo que escribo
con los demás.
San Valentín con cuernos
Rubén Calvente Sam
―¡Estoy harta de esta mierda de casa! ―Comenzó a imitar con tono burlesco―. Hoy no hagas
planes que nos vamos tu padre y yo de cenita romántica y tú tienes que cuidar de Tati ―Volviendo a
su tono―. ¡Cómo si yo no tuviese vida social sabes! Y me lo dice ahora tía, que es lo que más me
jode. Que me lo dice la semana pasada y pues vale, pero… ¿Hola? Yo también tengo novio y esas
cosas, que no eres la única persona en el mundo, ¿sabes? ¡Buah, tía!, quiero llorar. En serio.
―A ver tía, relájate. ―Desde el otro lado del teléfono, Vanesa intentaba consolarla―. ¿Y su
niñera zorrilla? ¿Por qué no la habéis llamado, tía?
―Mi madre la ha echado ―Dijo moqueando―. Dice mi hermana que cuando se iba decía
palabras extrañas en mi cuarto y que no sé qué de los ojos blancos y cosas mazo de raras… Joe, tía,
no me cambies de tema.
― Tronca, que yo era para que no te acordases más. ¿Qué le has dicho a Mike?
―Pues nada, que no venga. Y te juro que como lo haga, entra por la ventana, que no sería la
primera vez que lo hace. Porque yo no le pienso abrir ―Comenzó a llorar de nuevo―. Tía, hace una
hora que sabe que estoy sola con la pesada de mi hermana, es que podría haber venido a verme o
algo, ¿sabes?
Tati empezó a gritar a su hermana mayor advirtiendo de que su madre se encontraba al otro lado
del teléfono fijo. Honey se despidió de su amiga, se sonó los mocos con el rollo de papel casi
gastado que tenía sobre la mesa en la que estaba apoyada, se limpió el maquillaje corrido de los ojos
y dejó el caliente teléfono móvil sobre la superficie de cristal que adornaba el comedor, golpeándolo
contra esta con rabia. Siempre había admirado lo resistente que era aquel mueble, sabía que por
muchos enfados con golpes jamás tendría un rasguño.
Honey comenzó a caminar con fuerza por el pasillo, su ceño fruncido y sus brazos tensos
advertían la furia que llevaba consigo.
Este medio año en su nueva casa aún le parecía poco tiempo como para descubrirla en su
totalidad. Seguía quedándose embobada viendo los grandes armarios, o la bañera que le daba la
sensación de estar en una piscina olímpica debido a lo grande y profunda que era.
Entró a su cuarto y vio a su hermana sentada en su cama, con su sonrisa inocente ofreciendo el
teléfono con el brazo estirado. Honey lo cogió con ira, quizá por la rabia de quedarse la noche de
San Valentín cuidando de ella, o porque estaba sentada en su cama sin su permiso. Se posó el
teléfono sobre la oreja mientras su hermana se acercaba al armario y susurraba:
―Ahora vuelvo ―Miró a su hermana con los ojos como platos y salió corriendo bajo el marco
de la puerta.
―¿Qué? ―Preguntó Honey, seca y cortantemente con el teléfono pegado a la cara.
―Hola cariño ―sonaba al otro lado del inalámbrico la voz de su madre con ruido de fondo―,
¿qué tal estáis? Supongo que bien, escucha; ¿cerraste la ventana de tu cuarto? Que ya no vivimos en
un quinto…
―Ay, que sí que pesada ―dijo mientras cerraba la ventana sin hacer ningún ruido―, ¿algo más?
―Nada hija, que este restaurante es precioso, tiene una cascada en la entrada y… ¡Ay la comida!
¡Qué llega! Luego te llamo. Te quiero.
―Adiós ― Honey colgó el teléfono justo antes de lanzarlo sobre la cama.
Se giró y vio a su hermana riendo pegada al armario. Honey se quedó paralizada por un segundo.
Tati al sentirla se giró hacia su hermana.
―Honey, no cotillees ―dijo la niña cruzando los brazos y frunciendo el ceño.
No podía tomarla en serio con ese cuerpo tan pequeño y sus mejillas rosadas que eran del mismo
color que su camiseta.
―Sólo tienes seis años, no puedes mandarme en mi propio cuarto ―Puso los brazos en jarra
tratando de imitarla―. A ver, ¿qué estás haciendo?
Tati tiró de su brazo hacia abajo y la susurró al oído:
―Hay un monstruo dentro de tu armario.
Honey se incorporó de golpe y miró fijamente las dos grandes puertas del armario. Un escalofrío
recorrió su cuerpo.
―Tati, no tienen gracia esas bromas ―Soltó enfadada y asustada―. No descoloques mi cuarto o
te castigaré.
―Lo digo de verdad ―volvió a tirar de la mano de su hermana y la susurró al oído―, dice que le
gusto, que le gustaría tener mi cuerpo.
Honey salió de su cuarto y se dirigió al salón donde hace unos minutos se encontraba llorando, se
sentó en el sofá y dando una ligera patada al rollo de papel apoyó los pies sobre la mesa de cristal.
Cogió su móvil: 0 mensajes, 0 llamadas. «No le importo a nadie», pensó mientras le resbalaba una
lágrima por el moflete. «Este es el peor San Valentín de toda mi vida. No viene a verme. No me
llama. No me escribe… se va a cagar».
Antes de comenzar a marcar el número de Mike, levantó la cabeza para limpiarse una lágrima
que caía por su barbilla, pero vio algo bajo el marco de la puerta que conducía al pasillo. Agudizó la
vista y vio un cuerpo cubierto con una sábana blanca con restos de un líquido rojo similar a la
sangre, de la cual, dos brotaban de agujeros a la altura de los ojos.
Honey sintió que le costaba respirar. Dejó el móvil sobre la mesa, se levantó y fue respirando más
fuerte de lo normal hacia la pequeña silueta que posaba impidiendo el paso.
―Tati, ¡no tiene gracia! ―gritó nerviosa mientras se acercaba lentamente.
La silueta no se inmutó. Era una silueta pequeña, como si una persona se hubiese puesto de
rodillas vestido de un pequeño fantasma. Estaba segura de que se trataba de Tati, pero nunca la
había visto tan quieta.
―Tati, por favor.
La silueta seguía quieta bajo la sábana manchada. Daba la sensación de que no respiraba de lo
inmóvil que estaba.
Honey se acercó más hasta llegar a estar enfrente de la sábana. La figura le llegaba por la cintura,
y agarrando fuerte, pero con lentitud la sábana, fue aportándola poco a poco del cuerpo inmóvil y
empezó a descubrir lo que le esperaba bajo esta.
Sintió como el corazón golpeaba sobre su pecho e intentaba salirse por la boca. Terminó de
retirar la sábana y dio un bote hacia atrás al ver lo se escondía bajo la sábana.
―¡Buuuuu! ―gritó Tati dando un pequeño salto.
―¡Tati!¡A qué coño estás jugando! No tiene nada de gracia ―Dijo Honey fatigada. A penas
podía controlar su rápida y ansiosa respiración.
―Lo siento…―Tati bajó la cabeza, y dijo en un tono más bajo―, yo no quería hacerlo.
―¿Que no querías hacer el qué? ¿Hacerme agujeros en las sábanas? ¿Mancharlas de… qué es
esto? Espera…―Las miró en sus manos―. ¿Cómo lo has cortado, Tati?
―Yo no he sido, lo juro ―Dijo con tono de reproche.
―¡Ah!, es verdad. Ha sido el monstruo de mi armario, ¿no?
―Belcebú ―Dijo corrigiéndola con un tono secante―. Ha cogido esta sábana de tu armario, y le
ha hecho dos agujeros para que pueda ver y me ha obligado a venir ―Susurró Tati.
Honey no daba crédito con lo que estaba escuchando. Se preguntaba cómo una niña tan pequeña
podía tener tanta imaginación, y ya no sólo eso, sino el poder hacer que Honey llegase a tener
miedo. Se tranquilizó intimidando a su hermana con la mirada. Su respiración comenzó a fluir con
normalidad y observó cómo la niña miraba a la sábana manchada que sujetaba Honey entre las
manos. Entonces, dijo:
―Pero la sangre es de Mike.
Honey sintió como un escalofrío recorría su cuerpo desde su nuca, como si se tratase de una
culebra. Entonces, su mente lo relacionó todo. «Se ha colado por la ventana antes de que la cerrase y
se ha aliado con mi hermana para cagarme de miedo. Pues la verdad, no tiene ni puta gracia». Aún
asustada se dirigió a paso ligero a su cuarto, abrió el armario con fuerza y miró en su interior. Buscó
entre sus camisetas colgadas en perchas, sus pantalones, sus vestidos… Pero Mike no estaba dentro,
en su defecto, toda la ropa que tenía delante se encontraba rota, rajada y desmenuzada.
No le extrañaría la opción de que un ocupa viviese dentro de su armario, dado a su gran
capacidad. Podrían meterse al menos dos tigres.
Inspiró con fuerza, y se giró cerrando la puerta tras de sí; su hermana, ahora enfrente de ella le
miraba con preocupación.
Honey no pudo contener su agresividad, se puso de rodillas, estando a la altura de su hermana y
le cogió de la camiseta. Con los ojos teñidos de un color sangre, se acercó a su pequeña cara
asustada y le obligó a contarle la verdad.
― Belcebú estaba antes en tu armario.
―¡Belcebú no existe! ¿Por qué le has hecho eso a mi ropa? ―La empezó a agitar con fuerza―.
¡Contesta!
Tati comenzó a llorar.
―Yo no he sido, lo juro hermanita, de verdad ha sido Belcebú.
― ¿¡Quién es Belcebú!? ―Gritó Honey desesperada.
― Me ha dicho que me quiere ―Seguía llorando, pero poco a poco fue calmándose―. Es un
hombre mayor, tiene cuernos muy grandes y las patas de animal. Y yo no he roto la ropa ni la
sábana, seguro que ha sido él. ¡De verdad, lo juro!
Honey se volvió histérica, jamás en su vida le había pasado algo parecido, tenía los ojos como si
se tratasen de dos platos, apretaba con fuerza el pequeño cuerpo de su hermana, agitándolo hacia
adelante y atrás. A penas era capaz de respirar con facilidad.
Entonces algo le vino a la mente: «Pero la sangre es de Mike»… «Mike»
―Dijiste que la sangre era de Mike. ¿No es así? ― Consiguió apretar con menos fuerza a su
hermana, aunque ella seguía llorando.
―Sí.
―¿Y dónde está?¿Por qué es suya?― No obtuvo respuesta y gritó con fuerza―.¡Dímelo!
―gritaba desesperada.
― Está en el baño ― Dijo llorando―. Pero no le digas que te lo he dicho, no me deja.
«¿En el baño?», pensó para sí. «No me hace ninguna gracia a lo que está jugando Mike. Ni una».
Salió de su cuarto con fuerza dispuesta a ir al baño. Su respiración iba en aceleración a medida que
pasaban los segundos.
―¡Honey! ―apeló su hermana desde el cuarto―. Dame la mano, por favor. Tengo miedo.
Por primera vez en toda su vida, vio el terror reflejado en los ojos de Tati, y comprendió que su
hermana la necesitaba, como ella necesitaba su pequeña compañía. Le agarró la mano con fuerza y
fueron al baño por el oscuro pasillo en busca de Mike.
Honey cogió el picaporte con fuerza, su mano sudorosa hizo que casi se le resbalase. Lo giró y
empujó con suavidad la puerta. Su hermana apretó su mano aún más, y entonces la puerta se abrió y
las dos dieron un brinco hacia atrás al ver reflejadas sus siluetas en el espejo de la mampara de la
bañera.
Miraron desde la puerta… el baño estaba vacío. Encendió la luz dejando el cuarto de baño a una
total luz.
―¿Dónde está Mike? ―Preguntó a Tati preocupada.―. ¿Cómo le has visto? ―Tati ya no
lloraba, pero seguía el miedo en su mirada.
―Yo… yo estaba en tu cuarto ―dijo con una voz temblorosa―, y entonces entró por la ventana
hace mucho tiempo y me hizo sshh ―se llevó el dedo índice a la boca. Honey no daba crédito con
aquello que estaba escuchando―, pero antes de salir Belcebú le cogió y…
―Espera ―Le cortó―. Que Belcebú… ¿qué? Tati, por favor… ―Dijo en tono irónico.
―Sí, y me dijo que iba a jugar con él. ¡Y que no te dijese nada!
Se hizo un silencio en la casa, y se escuchó un leve goteo cada mucho tiempo, cómo si alguien no
hubiese cerrado bien un grifo. El ruido procedía de la bañera.
Honey soltó la mano de su hermana y se acercó hacia la mampara, corriéndola acto seguido para
descubrir su interior. Se imaginaba que vería dentro un grifo mal cerrado o algo fuera de lo normal,
pero no se esperaba que a quién vería sería a Mike. Muerto.
La bañera estaba llena de sangre, de un color rojo ennegrecido, y en el medio de esta se
encontraba Mike. Su cuerpo estaba destrozado, daba la sensación de que se había caído por unas
escaleras de cincuenta kilómetros de recorrido. No se parecía en nada a su cuerpo real. Su cara era
una mezcla entre una expresión de terror absoluto y dolor, aún boquiabierto y tenso, en sus ojos
abiertos de par en par se veía la misma muerte.
Tati comenzó a llorar nada más ver aquella catástrofe, y se abrazó a las piernas de su hermana,
cuya reacción fue dar un paso para atrás mientras se tapaba la boca. A penas le dio tiempo de ver la
imagen al completo, cuando entrevió una silueta detrás de ella y su hermana reflejada en el espejo.
Esta figura se encontraba en el oscuro pasillo, de pie, inmóvil. Mirándolas fijamente. Su cerebro
reaccionó en ese segundo que tuvo antes de chillar con fuerza. Su hermana tenía razón: era una
figura alta, con cuernos enormes sobre la cabeza, unos brazos negros con unos largos y puntiagudos
dedos que se movían de forma fraccionada. Sus largas piernas recubiertas de pelos negros
terminaban en pezuñas, como si se tratase de una cabra. Sus ojos rojos penetraban a través del
espejo sobre su oscura y arrugada cara. En su enorme boca, medio abierta, se podía observar la
cantidad de dientes picudos que habitaban en su interior.
Honey chilló de forma desgarradora, se dio media vuelta y mientras apartaba a su hermana de un
golpe para ir directa a cerrar la puerta, vio cómo la espantosa figura se acercaba a una velocidad
alarmante; producía un sonido similar al de dientes chirriando mientras se movía espasmódica y
rápidamente por el suelo mientras emitía un horroroso grito que invadía toda la casa.
Honey consiguió cerrar antes de que Belcebú pudiese acercarse más a ella, y acto seguido activó
el cerrojo. Unos fuertes golpes aporreaban la puerta y el grito aumentó su intensidad. Las chicas
notaron cómo el suelo retumbaba.
Tati no podía dejar de llorar. Las únicas palabras que podía decir eran «Por favor, quiero que
venga mamá» una y otra vez. Honey hacía fuerza contra la puerta mientras su hermana le apretaba
las piernas con los brazos.
Los golpes cesaron y todo se volvió silencio fuera del baño. Tati seguía llorando abrazada con
fuerza a las piernas de su hermana.
―Tranquila Tati ―Dijo con voz entrecortada―, estamos bien. No va a pasar nada.
Entonces una enorme mancha negra inundó poco a poco, pero rapidez el techo del baño, haciendo
gotear un espeso líquido oscuro. Ambas hermanas miraron hacia arriba y se agarraron la mano con
fuerza. Entonces Honey con la otra mano giró el pestillo de la puerta para salir corriendo en
cualquier momento. Cuando, entre la oscuridad de la mancha se formó una larga y negra mano con
las uñas puntiagudas, bajó haciendo un sonido infernal, igual que suenan los huesos cuando crujen.
Honey abrió la puerta y entonces las luces de la casa se apagaron. Se palpó el bolsillo con la
mano contraria a la que agarraba la mano de su hermana, su móvil estaba sobre la mesa, y no tenía
ninguna luz que le guiase a la salida de su propia casa; tendría que ir a oscuras.
Cogió a su hermana con su brazo izquierdo, como si la estuviese abrazando con fuerza, y corrió
por la oscuridad.
Recorrió casi todo el pasillo, llegó a la entrada de su cuarto, donde escuchó un ligero sonido
parecido al de un grito. Siguió adelante corriendo y llegó al comedor. Jamás había visto su casa tan
oscura. No entraba ni un solo milímetro de luz. Necesitaba su móvil, la pantalla podría alumbrarles.
Anduvo palpando muebles, todos los reconocía. Su hermana la abrazaba con fuerza apoyando la
cabeza sobre su hombro izquierdo. Escuchaba su respiración, era demasiado agitada para una niña
tan pequeña.
Posó la mano sobre la mesa de cristal, y fue en silencio tocándola poco a poco hasta palpar su
móvil. Honey sintió un segundo de libertad. Lo cogió y se dio media vuelta dejando atrás la mesa de
cristal. Pulsó un botón del móvil para encender la pantalla. Cuando el móvil produjo luz justo
enfrente de ella vio en ese haz de luz, a escasos centímetros, la cara del mismo demonio. Con la
boca abierta, mirándolas fijamente a los ojos mientras gritaba. Honey sintió una presión en el
estómago. Una fuerza sobrenatural la empujó hacia atrás, cayendo de lleno sobre la mesa de cristal,
aquella que llevaba toda la vida pensando que era irrompible; ahora era añicos sobre el suelo.
El dolor que sentía Honey en ese momento no era comparable con ninguno de los dolores
existentes. Percibió como su hermana se ponía en pie y desaparecía corriendo en la oscuridad.
La pantalla del móvil oscureció en el suelo. Honey, posando la mano sobre los trozos de cristal
una y otra vez, al fin llegó al celular. En menos de un segundo consiguió encender la aplicación de
la linterna e intentó levantarse sin hacer ruido. Los cristales crujían bajo su cuerpo ensangrentado y
dolorido. Consiguió ponerse en pie, y con la luz de la linterna, se dirigió hacia el pasillo principal,
donde Tati se perdió en la oscuridad.
―¡Tati! ―Gritaba desesperada. No obtuvo respuesta―. ¡Tati!, ¿dónde estás?
Honey aceleró el paso y llegó hasta la puerta principal, donde vio una pequeña silueta dada la
vuelta y cabizbaja moqueando, era su hermana. Honey corrió hacia ella y la cogió como la tenía
hace unos minutos, aunque dolorida consiguió volver a ponerla en la misma posición: la cabeza de
Tati pegada en el hombro de su hermana mayor, y nada más cogerla se dispuso a abrir la puerta de
casa, pero entonces una voz penetrante, de ultratumba, penetró en su oído izquierdo.
―No te vayas, Honey.
No era la voz de su hermana, pero fue ella quién lo dijo.
Honey comenzó a respirar con fuerza y alumbró la cara de la pequeña. Era arrugada y sus ojos
eran rojos. Su boca que se encontraba con forma de una gran media luna y sus dientes eran
puntiagudos, ésta se abrió dejando ver la total oscuridad en el interior de su garganta, emitiendo un
sonido infernal.
Honey chilló golpeando sus cuerdas vocales con fuerza, y sintió cómo la cabeza se le inclinaba
hacia atrás con brusquedad. Pudo escuchar el fuerte sonido que hicieron sus vértebras al estallar
antes de caer con la cabeza desencajada al suelo.
Rubén Calvente Sam, nacido el 8 de Marzo de 1996 en Leganés (Madrid), actualmente estudiando el
primer curso de interpretación gestual en la RESAD (Real Escuela de Arte Dramático de Madrid).
Es un Little Monster (Fan incondicional de Lady Gaga), actor y bailarín, amante de las películas
de cualquier género, en especial de los directores Tim Burton y Quentin Tarantino.
Director y dramaturgo de piezas cómicas, como El Universo Perverso Del Teatro En Verso, o
Una Cena Monumental.
Entre sus gustos literarios se encuentran los libros de aventuras (La saga de Los Juegos Del
Hambre, El Código Da Vinci, Battle Royale), cómicos (Sin noticias de Gurb), Acción/Terror (Sé lo
que estás pensando) o drama (La llave de Sarah, Desde mi cielo)
Sus microrrelatos Violador nocturno y han sido publicados en las antologías ―La primavera la
sangre altera‖ y ―Porciones del alma‖.
Twitter @RubenCalvente
Instagram: @RubenCalvente
Facebook: Ruben Calvente Sam
San Valentín Sangriento
Selene Rivera
Rosa…
Rojo…
«Un paso a la vez» piensa el joven vestido de negro con un cigarro en la mano, pero siempre
tropieza con algún mensajero que lleva flores o con chicos torpes que cargan osos enormes; de vez
en cuando son colegialas que mandan textos de amor anónimos a los muchachos que les gustan.
Olores dulces se perciben en el ambiente: perfumes y chocolates. De repente se pregunta por qué
decidió salir en un día como este, «¡Ah ,sí! tenía hambre», se contesta con desgana. Tira su cigarro y
lo apaga de un pisotón para poder acelerar el paso, pero la calle está muy concurrida, llena de globos
y estantes con mil baratijas, conmemorando un día que no significaba nada para él.
A lo lejos viene otro nutrido grupo de uniformadas, son del colegio religioso; todas ríen y
felicitan a una por haber conseguido novio justo a tiempo.
«Estúpidas»
Sin embargo detrás de ellas, se distingue una chica especialmente hermosa, con rostro angelical,
cabello rubio y unos rizos cayendo de forma elegante sobre sus hombros. La chica lo mira con una
sonrisa dibujada en el rostro. El sólo se turba.
«Claro, como soy el único gótico caminando en esta calle llena de alegría y color», piensa con
odio y sarcasmo. Así que decide seguir su camino sin mirar a nadie más, pero una fuerza lo obliga a
levantar la vista una vez más. Ahora está más cerca de ella, pero la chica sigue de pie mirándolo con
esos ojos de color castaño claro.
―¡Eres tú! ―grita, ante la sorpresa de los que lo rodean. Y sin más echa a correr.
La chica lanza una carcajada, se da la media vuelta y huye; parece etérea, como si atravesara a las
personas al huir del chico. Casi la alcanza más de una vez, sin embargo, ella no lo permite. Tiene
algo que mostrarle.
Exhausto y jadeante, se da cuenta de que está en un parque conocido. En ese punto perdió de vista a
la chica. Titubea, y mira alrededor. Es ese parque. Ha decidido que es mucha aventura para un día,
por lo que comienza a retirarse, pero la sed es bastante y se detiene en un bebedero. Al estar
agachado recorre con la vista el lugar, desde el incidente nadie va ahí. Por eso se le hace raro
observar a la señora de edad avanzada que está justo al pie de los columpios colocando un ramo de
flores.
Se limpia el exceso de agua en la boca y se acerca sigiloso. La mujer murmura palabras que no
entiende, pero sus manos están juntas: está rezando. Lo hacía con tanta vehemencia que cuando el
joven le toca el hombro el sobresalto fue inevitable.
―¡Edgar! ―exclamó al haber reconocido al joven―, ¿qué te trae por aquí?
―Imagino que lo mismo que usted ―contesta sin muchos ánimos, metiendo las manos en el
bolsillo.
―No lo creo. Yo vengo a pedir por un alma que no descansa, que ya no posee esa bondad que
tenía en vida ―dice gravemente―. De seguir aquí ―y diciendo esto, lanza un suspiro y decide no
continuar―. Dime, ¿sigues viéndola?
―Son sólo visiones mías ―responde Edgar encogiéndose de hombros―. Esto de los fantasmas
son cosas que no existen. Debe ser que aún vivo el desamor de lo ocurrido hace un año.
―Si tú lo dices así… ―dice la nana incrédula―. Yo solía traerla aquí. Por eso le gustaba tanto
venir.
―Le debe seguir gustando ―dice sin pensarlo. Luego se da cuenta de la imprudencia y voltea
sorprendido―. Es decir, si aún estuviera con nosotros.
―Sí, lo sé ―contesta la nana con tristeza. Se mete la mano al bolso de su suéter y saca un
rosario, el cual de inmediato coloca en la mano de Edgar―. Ella, ni siquiera es un fantasma, es algo
peor.
―¿Peor? ―contesta con sobresalto―. Pero nana… yo…
―Cuídate, niño ―le dice dándole un par de palmadas en el rostro y se va con su característico
paso.
Edgar, espera a que la nana se pierda de su vista, luego camina unos pasos y una extraña
sensación lo obliga a voltear. Los columpios se mueven debido al viento, el sonido del metal
chirriando y de las ramas de los árboles le muestran otra vez la escena. «La sangre escurre de la
cadena del columpio, las hojas de los arbustos cercanos están pintadas de rojo y ahí junto, yace ella.
Sus calcetas del colegio están grises ahora por la tierra, uno de sus zapatos se ha zafado y permanece
cerca, una de sus piernas está doblada a un lado mientras la otra permanece estirada; la falda está
más arriba que de costumbre, su ropa interior rasgada y en su pecho está la herida mortal».
El joven, con gran terror al revivir la escena, decide que esta vez no huirá. Un año de fantasmas y
terrores nocturnos, deberían terminar así. Se acerca y a cada paso puede ver más de detalles del
cuerpo de Eleonora, y al mismo tiempo, a cada paso, siente en frío y cómo su respiración se
entrecorta. Observa su rostro y trata de contener un grito llevándose las manos a la boca; sin
embargo persiste en su lugar. La mano de ella permanece con la palma arriba justo al lado de su
cabeza, entre sus dedos está atorado un rosario; como el que Edgar sostiene. De repente Eleonora
comienza a hacer ruidos, quiere toser pero no puede, la sangre se acumula en su garganta, mueve sus
ojos y mira a su amado. Con cada esfuerzo, salen burbujas sangrientas de su boca. Alza su mano y lo
señala.
―P-perdón ―dice aterrorizado y sollozando mientras camina hacia atrás―. Me detuve a
comprar flores, había mucha gente… ¡No tenía ni idea de que te estaban matando!
El dedo de Eleonora lo señala sin importar sus palabras y ruegos, sus ojos se tornan blancos y aún
con sangre en la boca comienza a carcajearse escupiendo y manchando aún más el lugar.
El joven escapa dando cortos pasos, tratando de alejarse, pero no puede evitar mirar. Luego, un
sonido tras los arbustos lo saca de su ensoñación; un hombre que al principio parece tener un
cuchillo sale de entre los matorrales con unas tijeras de podar. Los columpios, las hojas ya no tienen
rastro del crimen de hace un año. Antes de que el hombre diga algo, Edgar corre sin detenerse,
directo a su casa, no le importa el cansancio ni la fatiga. Debe llegar a su refugio cuanto antes
.
«Será un buen día para entregarnos el uno al otro», «Te veré en el parque; puede que encontremos
un lugar donde estar a gusto, sin ser molestados por nuestros padres», «Eres y serás mi único amor».
Las palabras de su amante retumban en su cabeza; pero ha llegado a casa y cierra la puerta tras de
sí, recargándose en ella para convencerse de que ahora está seguro. Mira hacia el dintel de su puerta
y observa el busto que firme permanece como guardián de su hogar.
―Odio San Valentín ―refunfuña golpeando la puerta con el puño. Luego se incorpora y corre
escaleras arriba, rumbo a su habitación.
En su encierro, consume un cigarro tras otro. De vez en cuando, mira la foto que su amada le
dedicó hace ya tiempo. Su rostro angelical, su sonrisa inocente y sus cabellos rizados atravesados
por la pluma de Eleonora con un «Te Amo».
El día ha comenzado a oscurecer, pero no porque haya caído la noche. Las nubes negras
presagian una tormenta. Pero ya sin esta, la sombra que mantiene agitado el corazón de Edgar,
permanece.
Entre el llanto y la agitación, el joven se ha quedado dormido. No sabe por cuánto, pero un
sonido hueco lo ha despertado de repente. Se incorpora y justo frente a él, está el espejo. Se mira con
detenimiento. Esos ojos oscuros con largas pestañas, tan hermosos; o al menos es lo que decía
Eleonora. El negro de sus uñas comienza a caerse y su rostro muestra una palidez mayor a la
acostumbrada.
En medio de su propia contemplación, el mismo sonido hueco lo hace mirar a la puerta de la
habitación. Se levanta y antes de ir hacia allá se percata que aquel rosario permanece enredado en
sus dedos, lo cuelga en el espejo y sale. El lugar está en completa calma y oscuro. Edgar no prende
ninguna luz, sería contradictorio por cómo se siente en esos momentos. Pasa frente a los cuadros de
sus ancestros, uno a uno. De vez en cuando voltea, el rabillo del ojo le dice que no son lo que
parecen, que son seres sin piel, con sonrisas de esqueletos y ojos colgantes. Cuando los mira con
detenimiento, sólo se encuentra a algún tío o bisabuela que lo miran directo a los ojos como en una
especie de advertencia.
«Fantasías»
Se acerca a la barandilla de las escaleras y mira hacia abajo. El sonido es más claro. Un toc-toc en
la puerta. Baja con lentitud a sabiendas que nada humano podría estar tras esa llamada, mira al dintel
de su puerta y pareciera que el busto le repite que no, una y otra vez. Lo ignora.
«Una disculpa no fue suficiente»
Se acerca a la puerta y estira su mano, justo antes de tocar el picaporte vislumbra la silueta de
afuera, los cabellos rizados ondean y la sonrisa fantasmagórica confirma la identidad de la visita.
Abre la puerta de golpe, pero no hay nadie. Al cerrar de nuevo un frío recorre su cuerpo.
Decide que es mejor permanecer encerrado, y volver a sujetar aquel amuleto que la nana le ha
dado con tanta fe. Tal vez con la de ella sea más que suficiente. Está a punto de llover, el viento se
torna más violento con los árboles afuera y su melodía invade los rincones de la casa. Esta vez los
cuadros familiares no se ocultan en poses propias de una familia bien acomodada, los espectros le
dicen en silencio a dónde no debe ir.
«Pero mi habitación es el sitio más seguro», se dice, «Tonterías».
Cierra la puerta, esperando encontrar aquella paz que tanto necesita, va a tomar de nuevo aquel
rosario cuando un golpe en su ventana lo mueve directo a ella, al abrir de golpe, la figura de
Eleonora flota frente a esta. Está desnuda, pero se cubre debido a la sorpresa de haber sido
descubierta.
―E-El…
―Nunca me dejas jugar contigo ―reclama el espíritu entrando en la habitación―. Eres malo
―continúa haciendo un puchero.
―Yo…
―Ya sé que lo sientes ―interrumpe―. Pero yo sólo quiero hacer lo que habíamos planeado
aquel día de San Valentín.
―Yo… te he sido fiel todo este tiempo ―clamó el chico inmóvil.
―Lo sé ―contestó mientras lo envolvía con sus fríos brazos.
De este modo, aquel joven se dejó llevar por ese amor, alguna vez prohibido, pero que aún sentía
por su amada. La besó con locura y la sostuvo en sus brazos como antaño.
Consumó su amor con Eleonora, pese a su forma y lo sintió real. Lo repitió una, dos veces; sin
que la pasión hubiera mermado. Algo atrás de él crujía, pero decidió no prestar atención; ese era un
momento muy especial como para distraerse, en cualquier instante esta visión podría marcharse.
Eleonora jugaba con su cuerpo, entre beso y beso, lo mordía, arañaba; algunos más profundos que
otros, pero ese dolor no era nada comparado al dolor que llevaba sintiendo desde hace un año.
Edgar, permanecía acostado, mientras su amada posaba sus labios en su torso.
El crujido persistía.
Comienza a sentir frío, alza la vista y se topa con los ojos de Eleonora, su boca está por completo
roja.
―¡¿Pero qué?! ―clama con espanto al darse cuenta que es su propia sangre
Se agita al ver el enorme corte en su pecho, quiere gritar, pero la voz no sale. Quiere mover su
cuerpo, pero se siente petrificado. Mira con culpa al espejo, el rosario cuelga, moviéndose de un
lado a otro. El demonio que tiene encima ya no es Eleonora, es un ser que comienza a devorarlo, le
abre el pecho por completo demostrando su fuerza sobrehumana, con sus garras corta trozos
completos que devora con gran apetito.
El calor, la pasión, el amor… ya no existen.
Los crujidos persisten, es la casa, son los cuadros; los rostros agobiados de los familiares se
lamentaban por el ser al que se le permitió la entrada.
Un sonido gutural silencia la casa, todo queda en penumbras, la noche ha caído, la tormenta llega.
La policía ha acordonado la zona, los vecinos murmuran. Una mujer mayor avanza con lentitud
sosteniendo su colorido paraguas mientras esto ocurre, se detiene por todo el alboroto y reconoce la
casa.
―¿Qué ha pasado? ―pregunta con turbación a un curioso
―Un homicidio, fue horrible… El cuarto del chico era un completo caos, sangre por todos lados
y del cuerpo mejor ni le digo, madre. Es una escena horrible de describir.
―Entonces puede que no sea alguien de la casa.
―No estoy seguro, pero debe ser el muchacho, era el único que estaba en casa; siempre estaba
encerrado y la muerte lo encontró. Pobre familia…
―Pobre Edgar ―dijo mientras sujetaba con fuerza su rosario y reanudaba su marcha mientras
murmuraba para sí―. Te dije que no era un fantasma. No descansará hasta dar con su asesino y si
no lo encuentra pronto tú sólo serás el primero de muchos.
Pobre Edgar.
Pobre…
Selene Rivera Rivera
Nacida hace 30 años en Xalapa, Veracruz, México. Ávida lectora desde la infancia. Con carreras no
afines a la literatura, en Administración. Con pasión por la escritura, los negocios y el ejercicio.
Fanática de las historias de ficción y aventuras fantásticas. Sin documentos publicados aún.
Finalizando la obra más ambiciosa, pero dándome un tiempo para pensar en algo de miedo. No
domino el terror en sí, aunque tenga una connotación amplia y varíe de persona a persona, pero
espero este sea un relato que se disfrute.
San Valentín Sangriento está basado en el comic El Cuervo del Ilustrador LARH (Pendiente de
publicación), el cual está basado en El Cuervo de Edgar Allan Poe. Todos los derechos reservados.
Mi extraño fetiche
Shizu Chan
Bajé la ventanilla del auto y viré en una esquina. Apenas presté atención a un grupo de bandidos que
intentaba hacerme detener. Cada vez que salía tan tarde de mi trabajo como oficinista esas cosas
pasaban con eventualidad. Detuve mi Porsche de un viejo modelo, el cual compré cuando logré
reunir un poco de dinero, y esperé que se acercaran. Eran jóvenes, tendrían alrededor de veinte años.
El que comandaba la manada de ladrones se acercó con una navaja en la mano, la cual observé con
cuidado. Era delgado pero su carne morena era fibrosa y se le notaban las venas bajo la piel.
Como de costumbre, dijo un par de cosas contra mí, me amenazó de muerte y al ver que no
cooperaba le dio un tajo a mi mano, que se posaba sobre el volante. La sangre comenzó a emanar.
La sensación que me recorría desde el estómago hasta el vientre y bajaba a mi entrepierna se volvía
latente, como una bestia agazapada. Me mordí la zona afectada y arranqué un pedazo de carne, lo
suficientemente grande como para quedarme un trozo entre los dientes y mascarlo. El muchacho
retrocedió, sorprendido por lo que había hecho, y cuando noté que había bajado la guardia le quité la
navaja y corté un trozo de su mano. Por suerte alcanzó a ser su dedo pulgar, era el que tenía más
carne y podía dejármelo en la boca por varios minutos, sintiendo ese sabor salado, esa sensación
gomosa.
No entendía porque seguían queriendo robarme. La mayoría de los bandidos sabían mi condición,
y aún así se arriesgaban. Lo que era una suerte para mí que estaba harto de mutilarme a mí mismo
aquellas noches que el cuerpo me pedía a gritos comida.
Tengo cuarenta años, vivo en un apartamento pequeño en el tercer piso de Connecticut, desde los
treinta se comenzó a caer mi cabello y desde entonces tuve que raparme, así que ahora llevo una
reluciente pelada, nunca me he casado ni tengo interés en hacerlo, me distancié de mis padres desde
los veinte, tengo una inclinación sexual hacia las personas de mí mismo sexo, y sobre todo, tengo
una innegable condición: soy un caníbal.
El hecho de que sea homosexual es simplemente un gusto. A algunos hombres les gustan los
pechos, a otros los miembros. No es algo por lo que me haya puesto a reflexionar demasiado. No
obstante, ser un caníbal es algo que me ha acompañado desde muy pequeño y que vive conmigo
todos los días de mi vida.
La sociedad no nos comprende. Por eso vivimos entre las sombras. Sí, somos un grupo. Llevamos
en la mano izquierda una cinta negra atada con tres nudos para reconocernos. Al menos los que
realmente aceptamos nuestra condición y buscamos compañeros iguales.
El único medio que tengo para contactar con otras personas como yo es mediante una página de
internet. Cada tanto la dirección de la url figura NOT FOUND, porque el FBI anda detrás de nuestra
comunidad como un sabueso hambriento. En vez de hacer algo a favor de su amada sociedad, viene
detrás de personas como nosotros que sólo somos diferentes y buscamos compañeros iguales. Debo
reconocer que hay caníbales que atacan a otras personas sin motivo alguno, pero esos tienen otro
nombre; pasan a ser homicidas. Nosotros somos distintos. Buscamos a quien le agrade ser devorado
y sienta placer por ello.
Llegué a mi departamento, hice algo ligero de cenar y fui directamente a mi computador. Los
fugaces encuentros que tenía con los bandidos apenas podían satisfacer el hambre de un hombre tan
robusto como yo. Cuando los ataques de inanición me atacaban tenía que recurrir a la mutilación.
Me corté el dedo índice y el consiguiente, sólo los últimos falanges, porque necesito mis manos.
Además, llamaría mucho la atención. Me agrada masticar dedos. Son como gomas de mascar.
Ingresé a la web “The Cannibal Cafe Forum” esperando encontrar algo interesante. Las pasadas
semanas andaban un par de muchachos bromistas que querían experimentar cosas nuevas. Como
aquellos críos que tienen un momento gay durante su estadía en la universidad. Un par de
aficionados. Lastimosamente yo había caído en su trampa, y asimismo les di una buena lección. Me
pidió hablar por privado un usuario llamado ―Blood19‖ y como acostumbro a hacer, lo añadí por
MSN y hablamos en el chat. Comenzó a alardear de que había matado a una chica y tenía su cuerpo
en el refrigerador, que le costó cortarle los senos y muchas más cosas. Le pedí fotografías y nunca
me las dio. Entonces le pasé las mías. Cuando me corté los dedos fui grabando la escena y sacando
fotos, para tenerlas de recuerdo y para hacer un tema nuevo en la web, por el cual recibí muchos
halagos y visitas. En ese momento supe que ese chiquillo sólo estaba jugando. Me insultó y
abandonó la sala de chat. No volví a ver su nombre de usuario nunca más. Era una pena. Su imagen
de perfil, fuera o no él, mostraba a un muchacho de piel clara y lechosa. De sólo pensar que podía
comerlo me había excitado.
En la comunidad caníbal hay dos tipos de personas: los que desean ser devorados, y a quienes les
gusta comer carne humana. Podríamos compararlo con los hombres homosexuales, aquellos que son
pasivos y otros activos. Claramente como todo en la vida, las personas no somos tan extremistas, y
nuestras decisiones toman matices grises. Por lo tanto, aquel que desea ser devorado en cierta parte
también le agrada comer carne humana, y viceversa.
A mí siempre me ha gustado la idea de comer al otro, aunque si la persona es buena con las
incisiones y sabe mutilar, me causa excitación pensar que podría comerme. Puede ser porque nunca
encontré a alguien que quisiera hacerme eso. No sé si mi carne no será sabrosa. Puede ser porque
realmente nunca encontré a otro caníbal que aceptó su condición, igual a mí. Es triste. A veces me
siento solo.
Luego de revisar los nuevos temas, donde el usuario ―Heaven46‖ había publicado varias
fotografías de él y su pareja, una asiática de cabello largo, decidí ir al chat global. Los temas de ese
hombre siempre me gustaron, él y su novia subían mutilaciones en grupo que se ganaban millones
de comentarios. Pero eran cortes superficiales. Además, me causaba cierta envidia que él hubiera
encontrado a alguien con quien compartir su vida y yo no.
Observé la pantalla por un largo rato, mientras tomaba una cerveza. Varios usuarios que conocía
de antemano hablaban entre ellos sobre cómo condimentar la carne antes de comerla, o si era mejor
masticarla cruda. Algunos incluso decían que las cocinaban a fuego lento. Ni siquiera intervine en la
conversación. Cada quien podía comer a su gusto, es como si yo le dijera a una pareja cómo es que
debían tener sexo.
Sólo algo inusual me llamó la atención, justo antes de cerrar la pestaña e ir a dormir.
Mi nombre de usuario en los últimos meses era ―Cut40‖, me lo puse desde que había hecho las
mutilaciones de mis dedos. Decidí cambiarlo por mero aburrimiento. Le respondí.
Nadie en ese foro usaba su nombre real. Bueno, tal vez ese era un apodo suyo, pero me sonaba
extraño. No había publicado temas, no había visto nunca ese nombre. Además, no era uno de mis
seguidores en el tema que había publicado meses atrás. Las letras blancas y negras de la página
mostraron nuevamente su mensaje.
Princess1978: Hola, Cut, ¿no eres el que se cortó los dedos? Lindas manos, amigo.
Harry: Mi correo es harry32@[Link], vamos a hablar en privado.
Luego de eso no figuró más online en la página. Ignoré los comentarios de los otros usuarios y fui
directo a MSN. Podía ser otro bromista. Es más, quizás era algún agente encubierto que buscaba
hackear las cuentas de los caníbales. Ya me habían hecho eso con mi anterior correo. No podían
encarcelarme por nada, yo no asesiné a nadie. Pero era un fastidio.
Su foto de perfil mostraba a un hombre joven, cercano a los treinta. Llevaba el cabello castaño
meticulosamente peinado hacia el lado izquierdo, y su sonrisa mostraba unos dientes blancos
perfectos. Me gustaba. Bueno, si es que era él en realidad.
La ventana de chat se abrió rápidamente.
En el ambiente que nos movemos los caníbales debemos ser cuidadosos. Hay muchos locos que
no buscan comerte, sino que quieren matarte. Son distintos, como he dicho.
Me envió varios emoticones que podían usarse y los cuales yo nunca había inspeccionado. Eran
corazones y rosas, o algo por el estilo. Empecé a molestarme. Me había ilusionado para estafarme de
esa forma tan estúpida.
Dejó de escribir. Continuaba conectado, ya que el logo verde junto a su foto seguía parpadeando.
Era medianoche y debía despertarme temprano. Tenía que ir a descansar. Iba a irme cuando una foto
comenzó a cargarse en la pequeña ventana. No podía notar bien qué era hasta que la maximicé.
Debo reconocer que esperaba algún corte o una mutilación. Sin embargo, logró el mismo efecto; mi
estómago soltó un gruñido y esa sensación cosquilleante fue descendiendo hasta mis genitales.
Sentía la garganta seca. Tenía hambre.
El miembro era largo, de un tono bronceado. La carne estaba rígida y se notaban las venas
marcadas que lo circundaban. Los pocos encuentros sexuales que había tenido a lo largo de mi vida
no habían alcanzado para satisfacer mi hambre. Las veces que intenté morder a mi pareja se habían
negado, incluso me golpearon por haber sido tan brusco. Desde entonces mis deseos de masticar el
miembro viril habían muerto… hasta ese momento. Intenté calmarme. Eso no significaba que iba a
despertarme de aquel sueño como si de repente me cayera un baldazo de agua gélida.
Conocía su nombre, y su rostro. Era directo. Era demasiado bueno para ser real. ¿Acaso mi larga
espera había finalizado?
Harry: Sé que te estás conteniendo. Te vi morder a ese chico la vez pasada. Estás hambriento, y
yo con ganas de ser devorado, ¿qué hay de malo, Meow?
Tenía que cerrar esa ventana y eliminar todo el contenido de mi computador. Tenía que sacar
hasta la última fotografía y desechar todo. No podían hacerme nada. Yo me estaba defendiendo de
un ataque. Comencé a tiritar. No era posible que hubiera caído tan fácil.
Harry: No tengas miedo. Te perseguí porque realmente estoy interesado. Mira, te lo haré más
sencillo. Te invito a salir mañana. Si hay conexión vamos a tu departamento y vemos si funciona,
¿estás de acuerdo, Meow?
Meiwes: ¿Una cita?
Harry: Sí, por San Valentín. Desde que no estoy en pareja no me importa esa fecha, pero es una
buena forma de celebrar esta unión.
La verdad es que no debería haber accedido tan fácilmente, pero estaba cansado de mi situación.
¿Qué podía perder con intentarlo?
Ya ni recordaba la última vez que tuve una cita romántica con alguien. Además, en esas
ocasiones eran para matar el rato; esta vez, era alguien igual a mí, ¿sería mi esperado compañero?
Prácticamente no pude dormir de imaginarme ese precioso y lascivo momento en que pudiera probar
su carne.
A la hora acordada, ni un segundo más ni uno menos, sonó el timbre. Yo estaba con los nervios a
flor de piel. Cuando abrí la puerta y me topé con el mismo hombre de la fotografía creí que moriría.
No era una farsa, no por el momento. Su piel era de un tono bronceado, de una textura fibrosa. Él me
sonrió con esos dientes nacarados.
Era como el preciso instante donde dos imanes se juntan por inercia. Me aferré a su cuello y
mordí la carne tierna que le cubría los hombros, primero despacio y luego más fuerte. Temía que me
rechazara, pero en su lugar comenzó a soltar gemidos bajos. Lo jalé de la cintura para que entrara y
cerré la puerta tras él.
— ¿Ni siquiera me vas a saludar?
Tenía que presionarlo para poner a prueba su capacidad. Podía ser un tipo que le agradaban los
juegos masoquistas nada más.
—Quiero comerte ahora.
— ¿Qué hay de la cita?—preguntó un poco sorprendido, pero finalmente esbozó una sonrisa—.
Está bien, puedo olvidarla. ¿Te parece bien en el baño para no manchar la cama?
En silencio, como si fuera un ritual sabido de memoria, fue preparando la tina. Puso las velas a
cada lado del mármol, una pequeña navaja sobre el jabón y apagó las luces. Lo vi despojarse de cada
una de sus prendas de a poco, sintiendo como el deseo me nacía desde el fondo del pecho. Se
recostó en la bañera vacía, invitándome a entrar con una mirada insinuante.
Era ese momento, era mi oportunidad. Me puse en cuclillas sobre él. Me temblaban las manos,
¿qué iba a hacer? La idea me rondaba en la cabeza, pero nunca pensé en concretarla. Su piel estaba
llena de cicatrices. Ya lo había hecho anteriores veces, por eso estaba tan seguro. Esa misma
expresión suya de determinación me animó a continuar.
Comencé con la carne tierna de sus muslos, tratando de arrancar los pedazos con los dientes, y
luego hice cortes superficiales con la navaja. La carne roja y sanguinolenta se veía bajo la piel.
Comencé a salivar. Con un gesto de su mano, me dediqué a mascarle los dedos de los pies. Ya tenía
cortado el meñique y el consiguiente, así que le rebané el pulgar. Fui desmenuzando la carne que le
cubría el hueso. Era deliciosa.
Él no me dejaba de mirar. Estaba extasiado, con sus ojos oscuros acuosos. Extendió su brazo,
pidiendo más de mis mordidas, y yo fiel a su pedido comencé a arrancarle la piel de su antebrazo.
Olvidé los cortes superficiales y hundí la navaja para quitarle un gran pedazo de músculo, incluso
corté uno de los tendones. Él gemía cada vez más fuerte.
Antes de que pudiera terminar de comerme el trozo de fibras, me señaló con un gesto su
entrepierna. El miembro estaba erguido y supuraba semen. Si hasta entonces sentía hambre, en ese
instante una excitación ciega se apoderó de mí. Era difícil de masticar, la carne era elástica pero el
miembro estaba muy grueso. Intenté arrancarlo con los dientes infructuosamente. Tuve que recurrir
a la navaja, y aún así me costó cortarlo de cuajo. Lo mastiqué entre los dientes como un trozo de
nervio difícil de roer.
La sangre salpicaba a borbotones. Él me seguía observando con placer. Ya no emitía sonido
alguno. En un momento de conciencia supe que lo había matado. Antes de que alcanzara a
desfallecer y empezara a hacer efecto el rigor mortis, fui rebanando la carne tierna de su cuerpo, y
guardé los trozos en mi heladera. Su cabeza, cuyas facciones me agradaban mucho, decidí meterla
en el refrigerador. Así podía apreciar su belleza un poco más.
Era la única oportunidad que tuve de tener un compañero, y lo había matado. No, no. En realidad
no fue así. Él se entregó a mí en cuerpo y alma, sabía que llegaría ese final. Le di una sepultura
digna; ser devorado por alguien más.
Shizu Chan
Soy Abigail, tengo 19 años, y estoy formando mi persona en la carrera de Edición. Busco algún
día publicar las novelas que llevo escritas. Desde los 12 años me he interesado por la literatura y
todo libro que encontraba terminaba leyéndolo. A los 14 terminé mi primera novela de terror, a los
17 finalicé mi primera novela homoerótica "Nos une la misma luna", la cual publiqué de manera
gratuita en Amor Yaoi, y actualmente está en emisión "A tres notas de un sueño" en esa misma
página. Tengo un blog "Me lo contó un pajarito" donde subo reseñas de varias obras de Amor Yaoi y
Wattpad. Uso el apodo "Shizu Chan" para cualquier publicación en internet.
Mi blog: [Link]
A principios de febrero, este mensaje comenzó a aparecer en Facebook y Twitter, las dos redes
sociales con más usuarios en la actualidad. Decenas de personas entraron en la plataforma para
apuntarse, pero solo veinte chicos y veinte chicas tuvieron la suerte de poder asistir a la fiesta. Sin
embargo, para poder participar en ella había que cumplir una serie de reglas.
La primera regla era que no se podía participar solo. Es decir, que como mínimo, había que
acudir con una persona conocida; La segunda regla era que, al llegar al local, chicas y chicos
entraban por puertas diferentes: Allí se les asignaría un número del uno al veinte en forma de
pegatina, y los pocos que habían ido en grupo o en pareja de solteros tendrían que separarse; La
tercera regla era ir vestido de calle y arreglarse para la fiesta en los vestuarios de dentro; La cuarta
era dejar los teléfonos móviles dentro de la taquilla asignada. De esta forma, se buscaba que los
participantes que se conocían de antemano no pudieran reconocerse dentro ni pudieran comunicarse
entre sí con los conocidos del sexo opuesto; La quinta y última regla, era ponerse un antifaz negro
para cubrir sus rostros.
La sala donde tendría lugar la primera parte de la fiesta, estaba decorada de acuerdo a la fecha, con
colores rojo y negro. Había velas, cuencos de fresas con chocolate o nata, globos en forma de
corazón y serpentina colgando del techo. La barra rectangular estaba situada en el centro y a su
alrededor se situaban los sets de mesas y sillones. Por último, en una de las paredes había una
enorme pantalla transmitiendo la silueta negra de un hombre.
Bienvenidos a la primera Fiesta Anual de Solteros. Soy el Anfitrión —se oyó una voz masculina
y grave proveniente de la pantalla—. La sociedad en la que vivimos nos da facilidades para hacer el
amor, pero no para enamorarnos. Y el amor es aquello que todo ser humano, tarde o temprano,
ansia encontrar. Es esta fiesta voy a daros la oportunidad de hacerlo, pero va a depender de
vosotros llegar hasta él. Se os ha asignado un número del uno al veinte en función de los resultados
de vuestros test, de manera que cuanto más próximos sean los números, mayor será la
compatibilidad entre ambos. La persona del sexo opuesto que tenga el mismo número que vosotros,
es vuestra pareja perfecta. A partir de la finalización de este comunicado, tendréis una hora para
interactuar con el resto de invitados. Que Cupido clave una flecha en vuestros corazones.
La silueta desapareció de la pantalla y la música comenzó a sonar. La barra estaba llena de
bebidas alcohólicas y refrescos para que los asistentes se sirvieran a su gusto. Algunos de ellos
buscaron directamente a la persona con su mismo número; otros interactuaron con quién estaba más
cerca e iban cambiando; y otros trataron de localizar a sus conocidos. Chica 6 y Chico 10 se movían
en círculos diferentes, pero como la mayoría de sus amigos ya estaban emparejados y tenían planes
especiales para esa noche, habían decidido asistir a la fiesta en calidad de amigos. Se relacionaron
con el resto de invitados durante la mayor parte del tiempo, conociendo a otros grupos de amigos
que habían logrado identificarse, como Chicas 8, 10 y 15 y Chicos 5, 19 y 20. A falta de diez
minutos para finalizar la primera parte de la fiesta, Chica 6 y Chico 10 se cruzaron. Él la cogió de la
mano y, por su tacto, ella supo que era él.
—¿Qué tal las conquistas? —preguntó ella.
—Poco a poco. ¿Y tú con las tuyas?
—Podría ir mejor. La verdad es que no me hace mucha gracia esto —reconoció.
—A mí tampoco. Es un poco raro —respondió él.
—Sí. Bueno, suerte con tu chica 10 —le dijo ella no muy animada, soltando su mano.
—Y tú con tu chico 6.
Las luces de la sala y la música redujeron su intensidad. La pantalla del fondo volvió a mostrar la
silueta del Anfitrión, y todos los asistentes se giraron para escuchar el nuevo mensaje.
Hola de nuevo. Espero que hayáis disfrutado de un rato agradable. La primera hora ya ha
pasado y, con ella, la primera parte de la fiesta. Cuando nos fijamos en alguien, nuestro interés por
esa persona aumenta. Eso hace que queramos saber más: conocerla en profundidad. Sus aficiones,
sus gustos, sus miedos, sus sueños… Ese interés hace que quizá sintamos la necesidad de hablar con
ella todos los días, pero que no hacemos por miedo a que crea que somos molestos, o a que
averigüe que realmente nos interesa… y entonces nos rechace. Y ese es el peor amor que podemos
sentir, el no correspondido. Y muchos, precisamente por ese miedo, dejamos ir a la persona
perfecta. Nos conformamos con ser solo amigos, callando sentimientos que nos aprietan el pecho
cuando deberíamos liberarlos. El amor, en ese aspecto, nos hace débiles. Aquí vais a tener la
oportunidad de deshaceros de esa debilidad. Terminad vuestras bebidas y retroceded vuestros
pasos hasta la puerta marcada con un corazón.
Las puertas opuestas por las que habían entrado ambos sexos se abrieron cuando la silueta del
Anfitrión desapareció, y los dos grupos se separaron de nuevo. En el mismo pasillo del que
partieron, cada puerta marcada con el corazón se situaba al fondo. Al cruzar su marco, los asistentes
a la fiesta se encontraron con un interminable pasillo en forma de «U» con veinte puertas numeradas
a su vez.
Mis queridos invitados, cada uno de vosotros debe entrar por la puerta que le corresponde. A
partir de ahí, os quitaréis los antifaces y seguiréis las instrucciones para ir al encuentro de vuestra
pareja perfecta —les indicó el Anfitrión—. Si de verdad habéis venido a encontrar el amor, lo
hallaréis. Sino… ya es demasiado tarde para echarse atrás.
NIVEL 1
Los asistentes, algunos más dubitativos que al principio sobre el desarrollo de la fiesta, avanzaron
por la puerta que tenía marcada su número. En esta segunda parte, cada uno de los participantes
continuaría su camino por separado en salas idénticas, de suelo y paredes blancos, con una nueva
puerta en el otro extremo.
A continuación vais a ver los rostros de los veinte asistentes del sexo opuesto —dijo el Anfitrión,
cuya voz provino de los altavoces situados en las esquinas—. Si queréis seguir participando en esta
fiesta, tocad la imagen para eliminar a aquellos que no os atraigan . Si os negáis a hacerlo en este o
en cualquiera de los siguientes niveles, tendré que rescindir vuestra invitación.
La imagen en vivo de cada uno de los asistentes del sexo opuesto apareció como holograma a lo
largo de las paredes. Lo único que podían ver era de cuello para arriba, por lo que les era imposible
saber qué número era cada uno a no ser que hubieran podido identificarse en la hora previa. Cuando
todos los asistentes terminaron de descartar candidatos y los marcos de éstos se colorearon de rojo,
el Anfitrión habló de nuevo:
Gracias por vuestra colaboración. En función de vuestras decisiones, las cinco personas de cada
sexo más descartadas deberán abandonar la fiesta. Dicen que cuando conoces a una persona, la
primera impresión es la que cuenta, pero no siempre es la más acertada. Veamos por qué.
La imagen de los participantes se alejó lo suficiente como para verlos de cuerpo entero, pero
imposibilitando la visualización del número identificativo. Según las votaciones, Chicas 1, 8, 14, 17
y 20 y Chicos 2, 5, 9, 12 y 16 habían sido descartados por el resto. Sus habitaciones comenzaron a
emitir un sonido molesto y taladrante que solo ellos pudieron escuchar, haciendo que tuvieran la
sensación de que el cuarto vibraba, y al cabo de unos segundos sus cuerpos estallaron en mil
pedazos. El resto de los participantes, que vieron el número en las pantallas correspondientes
después de ver la ejecución, no dio crédito: Gritaron, maldijeron, se llevaron las manos a la cabeza,
y algunos vomitaron. Los más resolutivos trataron de volver hacia atrás, pero la puerta estaba
bloqueada.
Lo que acaba de ocurrir es solo culpa vuestra —dijo el Anfitrión—. Está claro que nuestra
futura pareja perfecta tiene que atraernos sexualmente, sin embargo, a veces no siempre nos atrae a
primera vista. A veces, nos hace falta conocerla un poco; interactuar con ella… para ver la
verdadera belleza que tiene. Avanzad al siguiente nivel, por favor.
NIVEL 2
Los participantes tardaron poco en comprender que la única manera de salir de allí era llegando
hasta el final, si es que había uno. La siguiente puerta llevaba a una sala idéntica a la anterior, cuyas
paredes se elevaban del suelo para hacerla de un tamaño menor. Un chasquido les indicó que la
puerta se había bloqueado tras su paso, y quince nuevas pantallas aparecieron a lo largo de las
paredes, pero esta vez no se veían imágenes en vivo.
Lo que estáis viendo ahora, son las personalidades de cada uno de los participantes del sexo
opuesto que quedan, en función de los test que realizaron para inscribirse en esta fiesta —les
informó el Anfitrión—. Eliminad a aquellos que creáis que encajan menos con vosotros de acuerdo
a vuestras propias personalidades.
Aunque todos eran reacios a ser partícipes de aquella macabra fiesta que solo divertía a su
anfitrión, habían sido advertidos de que si se negaban, correrían la misma suerte de aquellos que
habían sido eliminados en la fase anterior. Los asistentes a la fiesta del sexo opuesto que se conocían
de antes, trataron de averiguar cuáles correspondían a sus conocidos, pero aún sabiéndolo, puede
que no fuera suficiente para salvarlos. Tras pulsar las pantallas de las personalidades que menos les
atraían, muchos se refugiaron en una esquina de la habitación esperando no ser eliminados.
Gracias por vuestra colaboración. Según la ciencia, los polos opuestos se atraen, pero ésta es
incapaz de confirmar si esa atracción es suficiente garantía para mantener a dos personas unidas.
Comprobémoslo.
Los números correspondientes a cada cuadro de personalidad aparecieron antes de volver a ver la
imagen en vivo de los asistentes. Los cuartos de las Chicas 3, 7, 12 y 19 y de los Chicos 1, 4, 14 y
17 redujeron sus niveles de oxígeno. En poco más de cinco minutos, los ocho eliminados en el nivel
dos murieron por asfixia ante las miradas aterradas e impotentes del resto. Solo quedaban seis
parejas con el mismo número; Los diez participantes restantes eran números sueltos.
Todo tiene su opuesto, pero no es absoluto. La oposición extrema entre dos personas puede
conllevar a una falta de entendimiento. La oposición justa trae consigo una compenetración de la
pareja; lo que no tiene uno lo tiene el otro, como el yin y el yang, opuestos y complementarios a su
vez. Avanzad al siguiente nivel, por favor.
NIVEL 3
Los veintidós participantes que continuaban cruzaron la siguiente puerta. Los más atentos se habían
dado cuenta de que al avanzar, las siguientes salas se reestructuraban cuando las paredes se elevaban
del suelo. Éstos trataron de apresurarse a llegar a la nueva sala con el objetivo de comunicarse con el
resto, pero el mecanismo era más rápido que ellos. De nuevo, unos paneles informativos aparecieron
en las paredes.
Otro de los test que hicisteis trataba sobre vuestros gustos y aficiones, algo que una pareja debe
tener en común. Eliminad de nuevo a los que creáis que encajan menos con vosotros.
Movidos por el miedo, la mayoría de los participantes pulsaba una pantalla en cuanto veía algo
que no le gustaba, sin fijarse en nada más. Otros habían memorizado en qué posición aparecían las
caras conocidas, de manera que evitaban pulsarlas. Y el resto, solo unos pocos, estudiaba cada
pantalla con la importancia que requería, fijándose no sólo en aquello en lo que no coincidían.
Cuando los cuatro paneles iluminados en rojo estuvieron en cada cuarto, la voz del Anfitrión,
impasible ante lo que estaba aconteciendo, volvió a oírse:
Gracias por vuestra colaboración. La personalidad de cada miembro de la pareja puede
compenetrar a la otra, y esto mismo puede suceder con las aficiones. Cuando se comparte todo, se
pierde la oportunidad del desarrollo personal y la independencia de cada uno y, al final, también el
interés hacia la otra persona. Necesitamos a nuestro lado alguien que nos rete a hacer cosas
nuevas, que nos aliente. Veamos cuán dependientes sois.
El suelo de los cuartos de las Chicas 2, 5, 11 y 16 y de los Chicos 3, 8, 18 y 19, comenzó a arder.
La ropa de los eliminados se prendió y enseguida las llamas alcanzaron la piel, que se desgajaba y
caía al suelo en pedazos viscosos, dejando ver hasta los huesos. Una reacción química de
combustión produjo una enorme explosión a los pocos segundos, terminando con la agonía de todos.
Los que aún seguían vivos pudieron escuchar el sonido ambiente; los gritos de los eliminados
mientras se quemaban vivos taladraron sus oídos. Además, cuando los números de cada uno
aparecieron, y tras ellos su imagen en vivo, parte del resto comprendió que las pantallas no siempre
aparecían en el mismo lugar. Es decir, la pantalla de la Chica 2 había aparecido en la esquina
superior derecha en el anterior nivel, pero en este había aparecido abajo. Por lo tanto, esto
significaba que memorizar la posición en la que aparecían sus conocidos o aquel/aquella que le
interesaba para salvarlos, no servía de nada.
Cuánto más dependiente se es del otro, más rápido se empiezan a generar conflictos. Esta
dependencia hace que uno de los dos sea el que mueva siempre a la pareja, por lo que acabará
rompiéndola. El concepto de pareja incluye semejanza. Parecido; no idéntico ni distinto. Avanzad
al siguiente nivel, por favor.
NIVEL 4
Solo el Anfitrión sabía cuántos niveles tenía su particular fiesta. A esas alturas, los participantes ya
se imaginaban que solo quedarían los que llegaran al final con el mismo número, sabiendo a su vez
cuál sería el destino del resto. Para el siguiente nivel, de los catorce participantes, cuatro parejas con
el mismo número seguían adelante.
Puede que alguien nos atraiga sexualmente y su personalidad nos llame la atención, pero ni
siquiera estos dos aspectos juntos son suficientes para que una relación sea duradera. Por ello,
también os pedimos que rellenaseis un formulario acerca de lo que buscabais en la otra persona.
Eliminad de nuevo a los cuatro que no tienen lo que buscáis.
Los paneles aparecieron esta vez en la pared de la izquierda, pues solo había siete. Además de la
opción escogida entre las cuatro posibles de cada pregunta, se mostraba un texto de cuatro o cinco
líneas que cada participante había redactado sobre el tema. En esta ocasión y, a pesar de que el
miedo y la desesperación cada vez eran más intensos, los participantes se tomaron su tiempo para
leer cada palabra.
Gracias por vuestra colaboración —intervino de nuevo el Anfitrión—. Como seres humanos,
todos buscamos lo mismo en la otra persona: que nos cuide, que nos valore, que esté pendiente de
nosotros. Pero si solo dependiera de lo que buscamos, cualquier persona con la misma idea,
valdría. Y todos sabemos que eso no es cierto. Es necesario que la otra persona sea capaz de darnos
aquello que nosotros estamos dispuestos a dar. Veamos por qué.
Las siete pantallas del sexo opuesto que aparecían sobre la pared, se echaron a un lado para
mostrar las otras siete. De esta forma, todos los participantes podían verse entre sí, y a sí mismos.
Los cuartos de las Chicas 4, 9, 15 y 18 y de los Chicos 6, 13, 15 y 20, se llenaron de un gas verde y
tóxico que provocó llagas y heridas en la piel, y que soltaron sangre y pus hasta la muerte. Los
números se mostraron en cada pantalla antes de la ejecución. Los que quedaban, comprobaron que
una pareja supuestamente perfecta habían sido ejecutada, la número 15. Esto les hizo preguntarse
cuál era la verdadera finalidad de aquello, sino era encontrarse al final con la persona que tuviera el
mismo número.
Aunque a rasgos generales todos podemos buscar lo mismo en nuestra pareja, son las pequeñas
cosas, las particulares, las que marcan la diferencia entre unos y otros. Avanzad al siguiente nivel,
por favor.
NIVEL 5
Solo quedaba la pareja 10, los números 6 y 13 femeninos y 7 y 11 masculinos. En la siguiente sala,
los participantes pudieron verse en persona a través de los cristales. La pareja 10 estaba situada en el
centro. Mientras que el resto de participantes trataba de buscar una salida o hablar con los demás,
Chica 6 y Chico 10, que ya se conocían antes de acudir a la fiesta, se agolparon nada más verse en la
única esquina donde sus habitáculos coincidían. Trataron de comunicarse entre sí, pero estaban
insonorizados. Ella apoyó las manos y la cabeza contra el cristal, llorando. Sus miradas se cruzaron
de nuevo cuando la luz de los cuartos cambió, creyendo que esa sería la última vez que se verían.
—Estoy… enamorada… de… ti —dijo ella muy despacio para que Chico 10 pudiera leer sus
labios, y encogió los hombros antes de bajar la cabeza. Ya no tenía nada que perder. La única pareja
perfecta era la número 10.
Ya estamos llegando al final —se oyó al Anfitrión cuando las paredes se volvieron opacas—. Lo
último que os pedimos que rellenaseis, era vuestra visión de futuro en relación a la pareja. Algo
crucial para decidir si esa es la persona con la quieres pasar el resto de tu vida. Elegid aquella que
más se ajuste a la vuestra.
Los tres paneles que debían aparecer en la pared, lo hicieron esta vez en la frontal. Cuando los
participantes seleccionaron uno, aunque ya no entendían qué sentido podría tener hacerlo, el marco
de este se iluminó en verde en lugar de en rojo. Una vez hecha la selección, los paneles
desaparecieron y las paredes volvieron a ser transparentes. Chica 6 y Chico 10 volvieron a buscarse,
aunque ella no se acercó al cristal.
Gracias por vuestra colaboración. Hemos llegado al final de la fiesta, pero no quiere decir que
todos vosotros vayáis a salir de aquí con vida si no habéis encontrado a vuestra pareja perfecta.
—¡Yo la he encontrado! ¡Él es mi pareja perfecta! ¡Tiene el 10 y yo también! ¿Lo ves? —gritó
Chica 10 dando golpes contra el cristal frontal y turnando su mirada entre el techo y Chico 10—.
¡Déjanos salir de aquí puto psicópata!
Mis queridos invitados. Todos vosotros, incluidos los que ya no están, creísteis que aquí
encontraríais a vuestra pareja perfecta; que un test de cien preguntas iba a traeros a la persona que
estabais buscando. Pero lo cierto es que solo es un test. Que la pareja número 10 haya llegado
junta al final solo es casualidad. Distéis por hecho que el número que lleváis pegado en el pecho,
iba a determinar el grado de perfección con otra persona solo porque yo os dije que así se os había
clasificado. Pero nadie, salvo vosotros mismos, puede clasificaros. Nadie, salvo vosotros mismos,
puede haceros sentir quién es esa persona perfecta. Nada ni nadie puede deciros a quién amar,
salvo quizá, el subconsciente. Veamos por qué.
Los seis finalistas se miraron entre sí, esperando a que en cualquier momento sucediera algo que
eliminaría a algunos de ellos. Los seis habitáculos se quedaron completamente a oscuras, lo que hizo
que Chicas 10 y 13 gritaran. Sin embargo, no hubo ni vibraciones, ni fuego, ni ausencia de oxigeno,
ni gas. En su lugar, las pantallas que habían estado viendo a lo largo de todos los niveles, salvo las
de su imagen, aparecieron en el aire, como datos volando por todo el espacio.
Chica número 10 eliminó en distintos niveles a los tres chicos; Chico número 7 eliminó alguna
vez a Chicas 6 y 13, pero no a 10; Chica número 13 eliminó alguna vez a Chicos 7 y 11, pero no a
10; Chico número 10 sí eliminó a Chica 13, y también a Chica 10; Chico número 11 eliminó alguna
vez a Chicas 10 y 13, pero no a 6; Sin embargo, Chica 6 sí lo eliminó a él, y también a Chico
número 7. ¿Cuál es la conclusión?
Con los habitáculos aún a oscuras, aunque los paneles flotantes permitían un poco de visibilidad,
se oyeron cuatro golpes secos. A continuación, las paredes emitieron un leve sonido al descender y,
varios segundos después, alguien cogió la mano de Chica número 6. Era él.
Chica 6 y Chico 10 nunca se eliminaron entre sí. Enhorabuena, habéis encontrado a vuestra
pareja perfecta. Pero eso ya lo sabíais antes de venir aquí. Cada vez que oíais el nombre del otro;
una canción que os hacía pensar en él; cada vez que hablabais y, sobre todo, lo que sentíais cada
vez que os veíais. Sin embargo, no teníais el valor de admitirlo.
Yersey Owen
Yersey Owen, madrileña y Licenciada en Ciencias Ambientales. La persona que más admiro es
a mi madre, y mi hermano, tres años mayor, es el culpable de que me aventurase a escribir La Saga
de los Guardianes, que trato de publicar. Como intento de escritora, por supuesto, me gusta leer. Los
deportes, el cine y la música (especialmente el rock) son mis otras aficiones.
Siempre he tenido un gran interés por la comunicación, y si es escrita mejor, por lo que ahora
trato de compaginar mis dos ámbitos vocacionales, escribir y el medio ambiente, trabajando como
redactora y administrando dos blogs personales; La Saga de los Guardianes en Bloguer y Todos
Somos Medio Ambiente en Wordpress. Gané varios concursos de poesía, relato corto y radio
durante la adolescencia, y publiqué un relato dentro de una Antología benéfica en 2013. De vez en
cuando también escribo canciones.
[Link]
[Link]
La otra mitad
Candy Von Bitter
La primera vez que León se dio cuenta de que no era igual a su hermano gemelo fue cuando tenían
diez años. La idea se cruzaba en su mente cuando sus decisiones sobre asuntos intrascendentales (un
segundo plato de comer, el sabor de un helado), pero por lo general no duraba demasiado y era
inevitable pensar en su hermano como una extensión de sí mismo. No se decía a sí mismo «Carlos
está saliendo de aquí» o «ese es Carlos enfermo», sino «ese soy yo saliendo» y «ese soy yo
enfermo». Encontraba cierto consuelo en ello, una reafirmación de su existencia.
Era una tarde perezosa, sin muchos niños alrededor. A falta de una mejor idea decidieron jugar a las
escondidas. A León no le tomó ni cinco minutos encontrar a su hermano entre unos arbustos,
agachado en el suelo y dándole la espalda. Se adelantó discretamente con la idea de darle un
empujón sorpresa, pero entonces vio aquello que había capturado la atención del otro.
Un gato muerto. No, moribundo. Estaba herido en el estómago, sangrando sobre el césped, y
movía ligeramente las patas. Pequeño, feo y emitiendo minúsculos maullidos que le revolvieron las
tripas todavía más que la mera visión de las del animal afuera.
―Tuvo que ser un perro ―comentó Carlos.
Estaba claro que ya se había enterado de que estaba ahí. León no sabía qué decir. No sabía hacer
otra cosa que ver.
―El perro estaba nervioso o el gato lo estuvo molestando ―continuó su hermano, abstraído―.
Sólo quería que lo dejara en paz. Por eso no lo mató.
―¿Cómo sabes? ―preguntó León.
―No sé. Se me hace que fue así ―encogió los hombros y recogió una piedra del suelo, lo
bastante grande para ocupar toda su palma―. Si no quieres ver tendrías que darte la media vuelta.
―¿Ver qué?
Carlos lo miró alzando la cabeza. Parecía confundido de que tuviera que preguntar.
―No se lo puede dejar sufriendo así. Si no quieres ver…
León se sintió incomprensiblemente molesto de que lo sugiriera, casi ofendido. Pero en realidad
tampoco quería quedarse.
―Vos hacelo ―dijo.
―¿Seguro?
―Sí, tranquilo.
Había tomado su decisión. León se cruzó de brazos, como si eso de alguna forma le ayudara a
mantenerse firme.
―Como quieras ―mientras Carlos levantaba el brazo con la piedra y lo dejaba caer con fuerza,
León estuvo seguro de que su hermano sonreía.
Esa expresión fue como una revelación, una cachetada y un balde de agua helada, todo en una. La
veía manifestarse usando sus mismos rasgos, debajo del mismo cabello rojo sobre su cabeza y con
los mismos ojos castaños en su cara, brillantes con una fascinación que no podía recordar haber
sentido. No se pudo decir que ese era él levantando y bajando el brazo cinco veces, no más ni menos
de las necesarias. Era un completo extraño que se parecía a su hermano, a sí mismo. Tuvo una
horrible sensación de soledad y abandono reemplazando cualquier asco que podría sentir por la
escena sucedida.
En cuanto el gato dejó de ser un gato y se convirtió en una cosa muerta, Carlos arrojó la piedra
por encima de los arbustos, dejando que se hubiera entre las ramas y se quedara. León vio algunas
gotas y pelos volar en el aire. Su hermano se miraba la mano coloreada en rojo. Tenía también
algunas manchas en el rostro de los cuales todavía no se daba cuenta.
―Quédate quieto ―dijo León y, dándose cuenta de que no podía usar su remera, le limpió las
mejillas dejando una capa de saliva en sus nudillos, como a veces mamá hacía con ellos antes de
dejarlos en el colegio. Carlos frunció el ceño pero le dejó que lo tomara del mentón con tal de
hacerlo bien. Luego se frotó los dedos contra el césped para quitarse la sangre. No podía hacer lo
mismo por la mano―. Voy a traer unas servilletas de casa para el resto.
―¿Te ha molestado lo que hice?
León lo miró. «Ese soy yo preguntando algo porque me importa», pensó y se sintió ligero del
puro alivio.
―No –los restos seguían ahí en el suelo pero ya no significaban nada para él―. No, la verdad no.
―No es la primera vez que lo hago ―confesó de pronto Carlos. León estuvo por hablar, todavía
sin estar seguro de qué iba a salir de su boca, pero su hermano no se lo permitió. Parecía ansioso por
sacárselo de encima, lleno de una tensión expectante―. El perro de la vecina hace unos años. ¿Te
acuerdas de que la dueña vino preguntando por eso y le dije que no lo había visto? Era una mentira.
Lo desechó en una bolsa de basura y lo puse en el canasto frente a su casa. Y antes de eso fue una
rata que encontré en la cocina.
A León le dolió descubrir esos secretos. El descubrir que había secretos entre ellos, más
precisamente. Era algo que nunca se le había ocurrido antes y, tal como lo fue ver esa expresión
nueva, el descubrimiento no resultaba agradable. Sorpresa, desconcierto, traición. Fueron varias
emociones envasadas en la misma pelota y no sabía qué nombre ponerle.
―¿Por qué no me lo dijiste antes? ―preguntó con un tono acusatorio que no pretendía pero del
que no se arrepintió―. ¿Y por qué me lo dices ahora? Nadie te mandaba hacerlo.
Carlos se encogió de hombros de nuevo.
―No sabía si lo ibas a contar ―León esperó la segunda respuesta, que su hermano dio sólo
después de un tiempo―. Y si ahora no lo vas a hacer, ¿por qué no decirte todo de una?
―A mí no me importan esos estúpidos animales ―dijo León, sintiéndose más enojado a cada
momento―. No vuelvas a hacer eso, ¿me escuchaste? No vuelvas a hacer cosas a mis espaldas sin
contarme. Yo no hago eso contigo.
―Perdón.
Pero incluso mientras se disculpaba, Carlos sonreía aliviado, contento.
―Lo digo en serio. No vale que yo te cuente todo y vos te lo guardes.
―Última vez, prometido ―Carlos levantó su mano derecha, la ensangrentada, con el meñique (el
dedo más limpio y aún sucio) extendido en su dirección.
León lo miró incrédulo pero luego se rindió, estrechando su propio meñique con él.
―Entonces quedará entre nosotros ―dijo Carlos y León supo que no se refería sólo a esos
animales o a los gatos. Lo único que veía de su hermano era el deseo de compartir y él no iba a ser
quien despreciara un gesto así de su parte-. Ni una palabra a nadie.
Giró los ojos. Le pareció de una ridícula redundancia el tener que aclarar eso, como si hiciera
falta mencionar que el fuego quemaba, el agua mojada y el aire no se podía ser. Pero pronunció el
infantil juramento que prometía bañarlo en agujas si llegaba a romperlo sólo por acabar de
tranquilizar a su hermano.
Aquella había sido una experiencia desoladora en cierta forma, pero estaba dispuesto a pasar por ella
siempre y cuando pudieran volver a estar así. Le parecía un precio minúsculo a pagar por conservar
la claridad que tenían en su relación, una que no se podía imaginar con nadie más que no hubiera
visto al mundo por primera vez con él.
14 de Febrero
Mientras más grande la ciudad, más ruidoso el club y eso era tan cierto para cualquier club de gente
joven. Dentro de las comunidades de los perseguidos la tolerancia en el interior solía ser superior a
la que podía verse fuera, incluso respecto a asuntos no directamente relacionados con el motivo de
su persecución. El ver a dos hermanos bailando en la pista, cerca el uno del otro, y tocándose como
cualquier pareja, no era motivo de escándalo para nadie. O si lo era, jamás conseguiría la aprobación
necesaria para hacer algo al respecto. Se podía confundirlos por un rato con un par de pelirrojos
hasta que se les veía las caras, perfecta copia una de otra.
Parecía que iba a ser una salida privada, destinada a ellos solos, pero en algún punto después de la
medianoche habían incluido a un tercero que recibía las atenciones de cuatro manos en medio de
ellos. Los juegos de labios sobre piel y botones desprendidos pero todavía decentes se sumaron a los
tragos que requerían echar la cabeza hacia atrás. Era difícil que nadie se diera cuenta de que los
vasos de los gemelos permanecían casi intactos mientras que al tercero continuaban llenándoselo,
una y otra vez, así que nadie lo hizo.
Cuando el muchacho (que lo era, recién cumplidos los 19 años) se tambaleó fuera del club siendo
cargado por uno de los hermanos. ¿Cuál? El lindo, uno de los lindos, el que tenía una camisa abierta
hasta la mitad del pecho y sonreía más, con una belleza más cálida que invitaba a juguetear debajo
de una manta compartida. El otro era también lindo pero, aunque eran gemelos, de una manera
distinta. Más dominante, más dado a llevar la iniciativa. Del tipo al que el mundo no era suficiente
para satisfacerle y por eso siempre parecía en búsqueda de un algo a lo que debería ser difícil darle
nombre. Le encantaban así, le activaban su curiosidad y deseo de aprendizaje, pero también le
gustaban las manos amistosas del hermano y lo sencillo de su trato.
Si tan sólo pudiera fusionarlos en uno solo, entonces serían el sujeto perfecto. Pero tal como se le
estaban dando las cosas, teniendo dos cuerpos a los que responder, tampoco podía quejarse. Al
contrario, un trío siempre había sido una de esas fantasías que lo llevaban a acabar más rápido en sus
momentos de placer en solitario. Entraron en un departamento de un barrio cercano. El hecho de que
sólo tuvieran una habitación con una sola cama de tamaño matrimonial le hizo reír suavemente,
echado como estaba esperándoles.
Los gemelos discutían en susurros en el pasillo. No podía imaginarse de qué ni le importaba
demasiado descubrirlo. Al menos no parecía una discusión seria. ¿Quizá quién debía traer los
condones? Pero si él tenía en su billetera, no hacía falta hacerse problema por eso. Estaba duro desde
antes de salir del club. Comenzó a aflojarse el cinturón con dedos torpes hasta que, por fin, apareció
uno de los gemelos a reemplazarle en la tarea. ¿Cuál? No podía decir porque se había quitado la
camisa.
―¿Contento ahora? ―le preguntó tras haberle bajado la ropa interior.
Cuando se inclinó a besarle la presión de su lengua abriéndole la boca le confirmó que se trataba
de Carlos, el insatisfecho. Sintió que la cama se movía hacia un costado y era el aliento cálido de
León, el simpático, encima de su erección. Tomó al pelo rojo furioso para conducir sus
movimientos. Carlos subía y bajaba su palma sobre la espalda de su hermano. Juntos apretaron las
nalgas redondeadas y firmes de León mientras este alternaba entre atenderlos a los dos. Carlos
estaba sólo en la mitad del estado ideal, pero no permitió que lo tocara para ayudarlo, aunque no
tenía problemas con que León lo hiciera.
No le tomó mucho tiempo a la fantasía para que empezara a perder su lustre. A pesar de que tenía
la atención de ambos y ambos lo tocaban, todavía se sentía la diferencia respecto a la dedicación que
se dedicaban entre sí. Se sentía como la tercera rueda de una bicicleta que andaba perfecta por su
cuenta, un invitado al que nadie le hacía especial falta para continuar la fiesta. Incluso si ellos no
pretendían darle esa impresión, era inevitable con la frecuencia con la cual sus cuerpos parecían
atraerse como los polos opuesto de un imán, con la duración de una mirada cómplice en la que León
era invariablemente era el primero en bajarla.
Imaginaba que algo así debía esperarse cuando se trataba de una pareja ya establecida. No era
culpa de nadie y de todos modos, todavía tenía a Carlos tirando de sus caderas para hacer contacto
con sus entrañas deseosas. Se aferró a los muslos de su compañero como impulsado por un violento
instinto de retenerlo en cada embestida. León le sostenía la cabeza y le peinaba hacia atrás su cabello
desde las sienes empapadas en sudor. Su lengua se frotaba suavemente contra la suya como si
quisiera seducirlo hacia un nuevo baile.
Fue la distracción perfecta. Cuando finalmente tuvo la sensación del acero frío contra su garganta su
cerebro la confundió con otro estímulo sensual. Elevó el cuello en un ofrecimiento inconsciente al
placer de los gemelos.
León sostenía el cuchillo para el primer corte, un movimiento rápido y frío hecho para empezar a
desangrarlo, pero en cuanto vio que se estaba ahogando se lo pasó a Carlos para que aprovechara lo
que pudiera. El muchacho intentó pelear, pero sus esfuerzos sólo se tradujeron en convulsiones y
apretujones de su interior que empujó a Carlos a un devastador orgasmo. León lo sostuvo desde
atrás, sin aliento y sensible, besándole el cuello como un vampiro atraído por la sangre derramada.
―Termina conmigo ―le jadeó Carlos, arqueando la espalda para frotarle el trasero contra la
erección intacta―. Anda, te quiero adentro. Dámelo.
León sólo esperaba el permiso.
Antes la noche había sido para su hermano, igual que varias noches antes de esa. Esa era la parte
en la que él cobraba su recompensa por ser un buen asistente, por dar el primer corte y sostener a la
víctima en tanto Carlos disfrutaba de su parte. No llevaban las cuentas, no les hacía falta. No querían
negarse nada y en su pequeña utopía con sólo dos habitantes, el resto del mundo podía perecer,
estallar en ramas y todo lo que él quisiera.
Candy Von Bitter
Candy Von Bitter es una escritora argentina. Está prendida del horror y del homoerotismo, de
modo que no puede evitar combinarlos cada vez que puede, pobrecita. Hasta ahora tiene una
antología de cuentos y tres novelas, todas ellas de temática homosexual y todas en proceso de
edición para ser enviadas a alguna editorial dispuesta a aceptarlas.
[Link]
Lugar de una de las novelas, esta cyberpunk.
[Link]
De dos novelas, una de terror (por supuesto) y la otra de ciencia ficción.
[Link]
Donde almacena todo lo que escribe.
Si alguna vez una niña
Carmen Beatriz Cerminara
Una pequeña niña agitaba su mano desde la esquina. Giré a ambos lados mi mirada buscando a
quién se dirigía. Volví a mirar y señalaba hacia un lado. Una mujer se acercó a ella y la siguió.
Un largo camino asfaltado conduce hacia la pequeña ciudad. Los montones de tierra fresca a ambos
lados dejan adivinar que se trata de una nueva ruta. Atraviesa la bahía y llega a destino.
Diez cuadras componen la zona céntrica que se diferencia por tener algunos comercios. En el
resto de las calles sólo hay viviendas.
Un relieve color pastel recubre los cerros formando grandes olas sobre su superficie ígnea. Se
puede ver el incesante movimiento de los autos.
Al fondo, la precordillera con algunas pinceladas blancas glaciares. El suave viento fresco huele a
mar, a cemento, a pueblo, a ciudad, a gente...
La mayoría de los pobladores trabajan en las grandes plantas de ensamble y embalaje de
electrodomésticos.
Es un atardecer como cualquiera, pero oscuro.
Ella repite su largo día laboral desde hace un año.
Pero ese día, a la salida, se sintió cargada de energía, de ganas de no hacer las cosas que podía y
hacer aquellas que nunca hizo.
No fue a su casa. No se bañó y peinó. No preparó su cena ni la de su gato. No miró la serie que le
gustaba, ni se quedó dormida en el sillón para luego caminar como sonámbula hasta su cama. No.
La mujer camina sin destino, imaginando figuras en las nubes.
Una pequeña niña la ve venir. La observa sin ningún gesto en su cara.
«Esa nena tan chica y está sola en la calle, pensó Soledad. Si hubiera tenido una hija quizás se
parecería a ella o no», se dijo, «Aunque mejor así sola. Cuando tenía su edad, todo era diferente. La
vida es una aventura para alguien con diez años de experiencia. Quisiera verla dentro de treinta
más».
No pudo deshacerse de esa mirada clavada en sus ojos. Quiso acercarse. Pero a medida que ella
lo hacía la niña parecía deslizarse más lejos. Ahora quería hablarle pero no salían sonidos de sus
labios.
Relámpagos.
Finalmente, la pequeña se detiene y señala una puerta azul oscura con un picaporte brillante y
claro, y le pregunta si conoce ese lugar porque ella ve mucha gente que abre esa puerta y entra, pero
nunca los ve salir. Que a veces tiene ganas de hacerlo ella pero que cree que no es un lugar para
chicos sino para gente grande. Quiere saber si va a entrar porque si así fuera iba a esperarla de este
lado de la puerta para que le cuente lo que encontró, y que si es lindo, cuando crezca podría ir, pero
que si es feo también se lo cuente así puede avisar a otras personas.
La mujer nunca se atrevería a tocar esa manija y menos a abrir esa puerta si no fuera justo ese día
en el que hace las cosas que nunca haría. Y llovía.
Lo hizo y la puerta se cerró casi golpeando su espalda. Varios minutos pasaron en espera de
alguna acción.
La recibió su gato que se acercó a las piernas como todos los días. Lo acarició, buscó el alimento y
se lo dio. Cambió el agua. Se sacó su campera, la acomodó en un perchero detrás de la puerta
dejando su cartera sobre una silla al pasar. Preparó la ropa interior limpia, se desnudó. Se bañó. Ya
con su camisón puesto, peinó su cabello largo y oscuro con algunos brillos plateados. Sacó de la
heladera algo de comida que calentó en el microondas y se sentó a disfrutar de la cena. Al terminar,
sentada en el sillón escribió en su diario y luego miró otro capítulo de su serie favorita. Se perdió el
final porque se quedó dormida. Al abrir los ojos, apagó la tele y casi como una sonámbula caminó
hasta su cama. El ruido del despertador la sobresaltó. Las 6 de la mañana, hora de arreglarse para ir a
trabajar.
Y Soledad cumplió con su jornada laboral casi autómata. Ahora sólo esperaba cumplir su horario
para ir en busca de la niña y de la puerta, para entender qué había pasado y confirmar que fuera real
o asegurar su fantasía.
Esa tarde salió y caminó lentamente hacia aquella calle desconocida. Ni siquiera recordaba el
trayecto pero se dejaba llevar.
«Quizás debería volver a casa», pensó.
Finalmente, Soledad, encontró la puerta, tomó el picaporte con energía y abrió. La recibió su gato
y todo volvió a empezar.
Lo cierto es que ella faltó a su trabajo. No un día, sino varios y consecutivos.
Una semana después y luego de encontrar una suplente para su puesto, el jefe, dio aviso a la
policía.
Un silencioso operativo barrial indagó a vecinos y compañeros laborales para recoger datos sobre
la desaparecida y armar un perfil psicológico. Hacía un año que ella había llegado a la ciudad. No le
conocían amigos o familiares. Nunca hablaba de su vida pasada.
Agotadas todas las actuaciones, se dirigieron a la dirección indicada como domicilio en su ficha
de personal.
Una niña de aproximadamente diez años los vio llegar. Los miró en silencio y señaló la casa de
Soledad. Una puerta azul oscura con un picaporte brillante y claro.
Los agentes lograron entrar luego de romper la cerradura. Los recibió un gato que comenzó a
deslizarse entre las piernas de un uniformado.
Detrás de la puerta se encontraba una campera colgada del perchero y sobre una silla, una cartera.
Había ropa en el suelo antes de entrar al baño. La cortina de la bañera estaba abierta, pero todo
estaba seco. Un toallón, una toalla, el jabón ajado.
Sobre la mesa del comedor, un plato con restos de comida en dudoso estado y algunas migas
alrededor. Sobre el sillón, su diario abierto.
En el dormitorio, ella. Con su cabello largo y oscuro con algunos brillos plateados, peinado. Con
su camisón. Cómodamente muerta en su cama. Su piel pálida y limpia brillaba. Las manchas de
sangre que salen de su pecho salpican todo alrededor. Sobre las paredes se reproducen las formas de
las nubes.
Nadie encontraba algún indicio sobre lo sucedido. No había armas ni rastros de presencia de otra
persona. En su mano derecha cerrada con fuerza lívida sostenía una llave. La misma con la que
había cerrado la puerta para nunca volver a salir.
Un policía habló con la niña que se llamaba Ángeles, y ella le explicó que un día vio a la señora
entrar, pero que nunca la vio salir. Que ya hacía una semana que la estaba esperando. Que ella tuvo
ganas de entrar pero que creía que no es lo que debe hacer una niña, sino la gente grande. Que ya
que él salió le gustaría saber si lo que hay adentro es lindo o feo. Porque si es lindo, a ella también le
gustaría tener su puerta azul. Pero que si es feo, les puede avisar a otras personas para que no
entren. El agente miró a la niña con tristeza y se fue llevando con él, el diario íntimo de la víctima.
14 de febrero de 2014
El cuerpo envuelto en sábanas blancas aún mantenía su posición rígida de paz y descanso eterno, por
eso les costó cerrar la bolsa negra en la que fue trasladada hasta la morgue judicial.
Pasaron varios meses hasta que llegó el informe de la autopsia. Sin ninguna razón física aparente,
su corazón estalló. La fuerza producida por el pericardio produjo que las costillas y el esternón se
despedazaran y su piel se abriera como lonjas.
El cuerpo fue de la morgue al cementerio, sin que nadie reclamara por él.
Un cartel provisorio de madera escrito con pintura negra decía «Soledad», ni un apellido la
acompañaba, sólo la fecha: ―14 de febrero de 2015‖.
Carmen Beatriz Cerminara, nació el 20 de abril de 1965 en Lomas de Zamora, Provincia de Buenos
Aires, Argentina.
Concurrió a talleres de escritura del Centro Cultural San Martín y participa de diferentes
actividades culturales relacionadas con la escritura de cuentos.
Otros cuentos publicados: ―De gotas y de flores‖, 2013; ―Despertar‖, 2013 y ―El regalo‖, 2014.
Con amor
Erick Hernández
La puerta de la casa estaba cerrada con llave y escrito sobre la pared había un mensaje con letras
rojas que decía: ―Feliz San Valentín‖. Se sentía mareada, y muy cansada, como si la hubiesen
drogado. Le costaba pensar con claridad. Aquella era su casa y vivía sola, nadie más tenía la llave.
¿Quién la habría encerrado y quién habría escrito aquel mensaje?
De repente sonó el teléfono y se apresuró a responder, esperando poder pedirle ayuda a la persona
que se encontrase al otro lado de la línea.
—¿Cuánto me quieres? —preguntó una voz masculina y desconocida—. No hace falta que
respondas, ya conozco la respuesta. Yo también te quiero mucho y después de esta noche estaremos
por fin juntos para siempre.
No tuvo tiempo de contestar. El hombre colgó antes de poder replicarle nada. El miedo hizo que
se le cayese el teléfono de las manos y fuese a parar al suelo. Se agachó rápidamente a recoger el
aparato y comprobó que este no hubiese sufrido ningún desperfecto. Suspiró con alivio al ver que el
teléfono parecía estar en buen estado. Accedió al menú del terminal y repasó la lista de contactos.
No conocía a ninguna de aquellas personas. Después revisó las imágenes que había guardadas y la
ultima le llamó especialmente la atención. Mirar aquello hizo que se sintiese más desconcertada
todavía, así que decidió no insistir más por el momento. Dejó el teléfono sobre la mesita del
comedor, sin plantearse si quiera la posibilidad de llamar pidiendo auxilio. En realidad no necesitaba
ayuda y tampoco tenía a nadie a quien llamar.
Entonces se fijó en que sobre la mesa tenía la comida servida. Alguien se la había dejado allí
preparada, con gran dedicación, como si hubiese podido anticipar que ella iba a estar tan famélica
como se encontraba en aquel instante. No se lo pensó y dejó que su estomago rugiente le guiase a
tomar asiento frente al plato.
Solía pedir la carne poco hecha, pero aquella masa sanguinolenta no estaba cocinada en absoluto,
estaba completamente cruda. Se llevó un pedazo a la boca, reprimiendo el asco que sentía, e
inmediatamente comenzó a masticar aquella comida que desprendía un fuerte olor metálico. Estaba
jugosa y tenía una textura extraña, suave y resbaladiza al contacto con su lengua. Despreciaba
aquella carne profundamente y sin embargo no podía dejar de paladearla y relamerse con el extraño
manjar que estaba consumiendo. Cuando se hubo cansado de darle vueltas en el interior de su boca,
viendo que sus dientes eran incapaces de despedazar la masa adecuadamente y habiéndole extraído
todo el jugo, dejó que la carne se deslizase por su garganta, muy despacio, sintiéndola avanzar hacia
sus entrañas. Notó una arcada, la reprimió y continuó tragando.
Cortó otro trozo, todavía más nauseabundo que el anterior, y se quedó contemplándolo fijamente,
recordando cómo era antes de yacer en aquel plato e imaginándoselo todavía con vida, palpitante. Si
se fijaba bien y le ponía algo de imaginación, casi podía distinguir en sus formas una semejanza a un
corazón. Muy apropiado, pensó.
Se acercó el nuevo pedazo a los labios, lo lamió con suavidad y después lo introdujo en su
interior, para finalmente morderlo con fuerza. Se ensañó esta vez. Masticó fieramente y con
brutalidad, haciendo papilla aquella despreciable inmundicia, y entonces lo escupió. Aquello no
quería tragárselo, aquello no quería que formase parte de ella.
Le hubiese gustado poder acabarse todo el plato, pero estaba llena y no quería acabar
devolviendo, no después de todo el esfuerzo que había tenido que realizar. Sin embargo, le pareció
un desperdicio dejar tanta carne allí y tampoco le pareció buena idea tirar las sobras a la basura.
Llamó a su perro, el cual acudió de inmediato, salivando ante la expectativa de que fuesen a darle
algo de carne, para variar de su dieta de pienso habitual. Y el animal no se fue en balde, mucho
menos decepcionado, pues la pieza que recibió fue mayor de lo que podría haber esperado y más
sabrosa que cualquiera que pudiese haber sido adquirida en una carnicería.
Miró su teléfono móvil y buscó entre las imágenes guardadas. Necesitaba contemplar la fotografía
una vez más. Esa sonrisa bobalicona, con la mirada perdida y cara de prepotencia, era
particularmente exasperante. Y el toque final, lo que remataba el asunto, era lo peor de todo. Había
una frase escrita con color rojo en la parte inferior de la imagen que decía: ―Feliz San Valentín‖.
—¿Quién eres? —le preguntó en voz alta a la fotografía, consciente de que la imagen no sería
capaz de contestarle, pero esperando que la pregunta le evocase algún recuerdo.
Era la esclava de un juego perverso y a pesar de ello estaba cediendo a los deseos de su captor.
No sabía lo que le impulsaba a actuar de aquel modo, aunque lo cierto es que le daba igual. No tenía
miedo de aquel encierro, ni tampoco de la voz del teléfono. Lo que de verdad le asustaba era su
mente confusa. Tal vez alguien le había causado un daño irreparable, en cuyo caso no importaría
demasiado que fuese capaz de huir, la vida tal y como la conocía habría acabado.
Escuchó gimotear a su perro. Ni siquiera el animalito había sido capaz de dar cuenta de toda la
carne y al final había abandonado el obsequio y se había alejado a tumbarse en un rincón, dejando a
su paso un rastro pringoso de huellas carmesí.
Se levantó de la silla y decidió fregar el plato y los cubiertos. Después de todo, la situación no era
excusa para caer en la dejadez y rodearse de inmundicia. El agua fría, al caer, le hacía daño sobre las
manos, que parecían resistirse a alterar su temperatura. Podía sentir un hormigueo recorrerle la yema
de los dedos. Era una sensación molesta y quería que acabase pronto, pero no lo hacía, sino que se
volvía cada vez más intensa. Antes de darse cuenta, se había olvidado del friegue y había cambiado
su foco de atención hacia la limpieza de sus manos, frotándose entre las uñas para quitar una extraña
y fina costra de color oscuro que había descubierto. Para cuando hubo terminado de limpiarse, el
tiempo se había vuelto ligero y huidizo, y sus manos habían perdido toda sensibilidad.
Justo en ese momento volvió a sonar el teléfono y, como la vez anterior, se lanzó a contestar,
esperando una nueva pista o una explicación.
—Ya queda poco para que estemos juntos, cariño. Quizás deberías darte un baño, ya sabes cuánto
me gusta sentir tu piel suave y limpia, todavía oliendo a jabón…
Y, con aquella sugerencia, el desconocido volvió a interrumpir la llamada.
Sintió que su cuerpo entero temblaba. Aquellas palabras le habían perturbado profundamente.
¿Eran la persona de la foto y el propietario de la voz la misma persona? ¿Se conocían? Desde luego
aquello no era una broma, era demasiado personal, demasiado siniestro como para serlo. Aunque
había algo que le resultaba gracioso de todo el asunto, tanto que, para no reírse, consciente de la
seriedad que requería la situación, resultó en que tuviese que tomar medidas drásticas.
Se acercó hasta un mueble cercano, abrió un cajón y puso la mano sobre el borde, metiendo la
mitad en el interior. Después cerró de nuevo el cajón con fuerza, aplastándose los dedos y
provocándose un dolor tan intenso que por un momento perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer
al suelo. Los ojos se le empañaron en lágrimas y se le olvidó qué era lo que tanta gracia le había
hecho momentos antes.
Se sintió mareada y pensó que sería buena idea acostarse un rato. No había decidido todavía si iba
a seguir los consejos de su secuestrador, pero en aquel momento el baño no le parecía nada
apetecible. Quizás más tarde.
Fue hasta su dormitorio y al abrir la puerta se encontró con que la cama estaba sin hacer, con las
sabanas revueltas y con el suelo alrededor cubierto por los restos putrefactos y marchitos de una idea
poco original y muy elaborada. Ignoró el escenario por completo y se arrojó sobre el maloliente
colchón, cuyo aroma le provocó una intensa oleada de calor por todo su cuerpo. Despreciándose a sí
misma, se mordió la lengua con fuerza y solo cuando notó un fino hilo de sangre deslizándose por la
comisura de sus labios, pudo relajarse lo suficiente como para quedarse dormida.
Tuvo sueños agitados y perversos, con gemidos, gritos y animales sucios dándose dentelladas el
uno al otro hasta quedar exhaustos y malheridos, pero satisfechos. No dejó de revolverse sobre sí
misma, danzando horizontalmente con su mente en el más allá, disfrutando de una breve aunque
interesante conversación consigo misma, con su antes y su después y el vació que había quedado en
medio.
No obstante, tuvo que disculparse y hacer una pausa en su locura interior para contestar una
llamada telefónica.
—¿No vas a venir a verme? Te estoy esperando —le preguntó una voz familiar.
Y entonces abrió los ojos, los abrió de verdad.
Autor de la novela La línea de la vida, publicada por la editorial Atlantis en Marzo de 2011,
resultando la obra ganadora en la II edición de los premios Atlantis la Isla de las letras en la
categoría de terror.
Autor de la novela Cómo fabricar cocaína con harina y otros productos que puedes encontrar en
tu propia casa, publicada digitalmente a través Amazon Kindle en Diciembre de 2013.
Finalista del II certamen de relatos de terror Círculo Rojo, con el relato Viaje inaugural, siendo el
relato incluido en el libro ―32 motivos para no dormir‖, publicado por la editorial Circulo Rojo en
Diciembre de 2010.
Autor del relato Una alfombra pisoteada, incluido en la antología de relatos de Corrupción,
publicada por la editorial Atlantis en Mayo de 2013.
Autor del relato Una última vez, incluido en la antología I Concurso de Cartas Breves ―Me
Olvide Decir…‖, en Abril de 2014.
Autor del relato En un mundo gris, incluido en la antología I Concurso de microrrelatos ―La
primavera...la sangre altera‖ en Mayo de 2014.
Belleza
Iker Pedrosa Ucero
Mucha gente creía que no se podía hablar conmigo, que yo no valía la pena o que no era del todo
normal. Al menos eso me parecía a mí. Como si fuera un apestado, un criminal o un loco. ¡Cuántas
miradas de odio, asco y miedo he tenido que soportar! El doctor me dice que quizá la gente fuera
muy tímida y asustadiza o que yo, yo mismo, equivocara los gestos y miradas de los demás. ¡Falso!
No soy tonto. Sé perfectamente lo que pasaba. La gente puede ser cruel, mala… En serio, no estoy
loco, estoy perfectamente cuerdo. Lo sé. ¿Por qué entonces los resultados de los tests son
estupendos, según el doctor? ¿Por qué entonces me dejan comer solo y no llevo camisa de fuerza
como los demás? Me encuentro estupendamente, ¡como nunca! El doctor me da algo que hace que
mi cuerpo se relaje y que en mi mente sólo haya pensamientos agradables. Me gusta el doctor. Me
ha dicho que está orgulloso de mi progresión. Dice que voy a mejor y que estoy ya casi restablecido.
Y yo sigo pensando: ¿restablecido de qué? ¡Siempre he estado bien! Pero respeto al doctor y he de
hacer lo que me diga. Parece entenderme y lo que me da me hace muy feliz.
El doctor hoy ha vuelto a hablar largamente conmigo, hemos estado conversando sobre la comida
del centro, sobre las enfermeras, sobre Jaime, el loco que habla sin parar de habitantes de la Luna a
los que hizo el amor, je, je. El doctor habla muy bien, se nota que ha estudiado y, además, es muy
divertido, y se sabe muchos chistes. Después de contar uno ha hecho una pausa y me ha mirado de
forma muy directa. Entonces me ha pedido que le siguiera contando la historia desde donde la dejé.
Yo ya no me acordaba y él me ha recordado que estuve hablando sobre la aversión que causaba a la
gente, lo bien que se llevaba la gente con mi hermana. «La verdad», le he dicho al doctor, «es que no
me apetece seguir con la historia, ¿no podemos ir al jardín?». Él me ha respondido que después
iríamos. Yo he hecho un mohín de disgusto y es cuando él me ha dicho que no habría más pastillas
de esas; era el juego de siempre, yo me hacía el interesante y él me instaba a que contase la historia.
El doctor es muy divertido y, aunque es mucho más joven que yo, le tengo respeto. Además, me
ha hecho una pregunta realmente extraña, me ha preguntado si yo me consideraba feo o guapo. Yo
le he dicho que desde siempre he sabido que era feo, como mi padre. Él me ha dicho que quizá las
malformaciones que yo y mi padre sufríamos fueran la causa de lo mal que caíamos a la gente… y
entonces yo me he quedado muy quieto, recordando, recordando, concentrado no me he dado cuenta
del pañuelo que me acercaba el doctor, mi amigo, mientras me decía suavemente que me secase las
lágrimas y que dejáramos la historia para otro día. Yo le he dicho que no, pues sé lo mucho que le
gusta oírme contarla mientras hace anotaciones en su libreta.
En el pueblo la vida seguía por los cauces de siempre, yo trabajaba mucho en el campo y mi
hermana en la casa, como todas las mujeres del pueblo, como estaba mandado: nadie podía decir que
no fuéramos cumplidores y trabajadores, a pesar de que las dificultades se multiplicaban, en parte
por nuestra exclusión. Sin embargo, cierto día, una señora rica vino con unos policías mientras
estábamos cenando y me acusó de haber robado. Me encarcelaron, ni siquiera me dejaron
explicarme, no me dejaron decirles que sólo había sido unas mazorcas de maíz que tenía intención
de devolver cuando todo nos fuera mejor, muchas veces había pedido dinero o comida prestada,
pero nadie me hacía caso, nadie me escuchaba, me echaban de sus casas a puntapiés sin poder yo
siquiera explicarme. Me encarcelaron y mi hermana se quedó al servicio de la señora, que tenía su
mismo pelo claro. Yo no quería que me separaran de mi hermana, lo pasé muy mal las semanas que
estuve entre rejas. Los policías se reían de mí, llevaban a los niños a que me vieran, y los niños me
tiraban piedrecitas y mendrugos duros de pan que yo recogía aguantando las risas de todos. Yo
sentía mucho dolor en el corazón, no podía respirar, estaba enfermando, mi hermana estaba con otra
gente, los policías me hacían burla y a veces se olvidaban de darme de comer y de cenar durante
días. Una vez me pegaron una paliza cuando les pedí, tras tres días incomunicado, un poco de agua.
Me estaba volviendo loco, me sentía morir. Pero al fin me dejaron en libertad. Cuando salí fui a
la casa de la señora rica, una casa grande con un extenso jardín, en cuyo centro había una fuente
hecha de mármol. A pesar de que eran ricos, me dije, tienen el jardín muy mal cuidado, quizá les
haga falta un jardinero, me ofreceré respetuosamente. Noté que mi corazón latía más deprisa de lo
normal y que empezaba a sudar más que en la era. Me sorprendí a mí mismo tembloroso ante la
perspectiva de volver a ver a mi hermana, tan distinta a mí, tan hermosa, que llegó sin que madre-a
la que nunca conocí-estuviera en casa, mi hermana llegó de la mano de mi padre y con nosotros que
se quedó.
Hice acopio de valor y respiré hondo. Llamé a la puerta para recoger a mi hermana y me di
cuenta tras unos minutos esperando que se habían ido. Ya no estaban. Se habían ido sin decirme
nada. Yo no podía creerlo, algo creció dentro de mí muy rápido y fuerte, un gran odio hacia todo se
apoderó de mí, por un momento deseé no haber nacido, caí de rodillas y empecé a gritar. ¡Quién se
creían que era, para poder disponer de mi hermana como quisieran! ¡Es mi hermana, vivía conmigo
y debía ocuparse de mi casa, no de la suya! ¡Y también debía ocuparse de mí! Los perros empezaron
a aullar y yo me consolaba pensando en que se habrían llevado a mi hermana por la fuerza. Pero no,
no podía ser, mi hermana ya no era una niña, no se dejaría manejar. Incendié la casa y me dispuse a
buscarla. Una anciana en un pueblo cercano me pidió en el parque que leyera para ella un poco del
libro que tenía entre las manos. Yo a duras penas sabía leer, pero accedí porque tengo buen natural.
Antes de empezar con la lectura la anciana se extraño de que un buen mozo como yo estuviera solo,
sobre todo un 14 de febrero. Pregunté, sintiéndome halagado porque nunca nadie me había tratado
así de bien, que qué ocurría por ser 14 de febrero, y la anciana soltó una risita y miró a otro lado.
Pregunté a la anciana, por probar suerte, tras la lectura que me dejó medio tonto, no estaba
acostumbrado a leer, doctor, dónde podía encontrar a la señora y a mi hermana. Mi alma se iluminó
al escucharla decir dónde vivían la mujer y su joven amiga, tan bellas que ya eran famosas por los
alrededores, recién llegadas al pueblo, que se trataban, doctor, de mi hermana y la mujer rica, como
puede usted suponer.
Fui en su busca, durante el camino no hice caso de cómo la gente se apartaba a mi paso como a
hurtadillas, aunque me chocó ver, a pesar de que no me conocían pues nunca había estado allí, como
todos me miraban con asco y temor, encontré la casa, otra vez grande y elegante pero sin un jardín
tan extenso, entré sin hacer ruido y me maravillé de los cuadros, jarrones y esculturas que había por
todos los lados, subí las escaleras tras explorar el primer piso y en una salita del segundo encontré al
fin a las dos mujeres, cosiendo y riendo. Se quedaron sorprendidas de verme, pero la sorpresa en sus
caras duró poco y se convirtió en temor y asco, también en la cara de mi propia hermana, de mi
mujer, qué pasa, soy yo, qué he de hacer para que la gente no huya de mí, acaso no puedo ser como
los demás, no merezco nunca ningún buen trato, por qué me abandonaste, yo te cuidé y te alimenté,
cómo es posible, no, por qué, por qué, no, mientras me miraban con aún más asco y el terror se
dibujaba en sus semblantes se habían levantado y pedían socorro mientras yo les hablaba. Mi
hermana se puso histérica, la mujer me insultaba paralizada de miedo, yo cogí un abrecartas y me
acerqué a ellas, las desfiguré la cara, a cada una le saqué un ojo, verde el de mi hermana, de color
miel el de la señora, les hice cortes profundos en sus caras suaves y bellas, mientras se resistían
gritando como posesas les arranqué el cuero cabelludo con grandes tirones mientras rebanaba
frenético y con las manos ensangrentadas me lo puse sobre la cabeza, sus peinados sobre mi cabeza,
ahora eran míos los mechones y bucles rubios de las dos, y salí a la calle. Por fin iba a ser aceptado,
la gente iba a hablar conmigo y me trataría bien, no asustaría a nadie y los niños no se reirían de mí.
Los ojos me lloraban, creo que por la sangre que se deslizaba de mi pelo para surcar mi rostro. Tenía
el pelo claro, ahora. Cuando salí a la calle la gente me miró con otros ojos.
Iker Pedrosa Ucero
El autor, Iker Pedrosa Ucero, nació en Donostia – San Sebastián y creció en Miranda de Ebro,
provincia de Burgos. Actualmente vive en Donostia. Tiene 32 años. Es licenciado en Filosofía y en
Psicología. Ha publicado en diferentes revistas de divulgación cultural y literaria, como en Pidgin,
Soliloquio, Revolución Neolítica, entre otras, ha sido seleccionado en diversas antologías de poesía y
relato corto auspiciadas por Opera Prima, Búcaro, Cardeñoso, Saldubia y demás, y ha ganado
menos premios literarios de los que le hubiera gustado.
Iker Pedrosa Ucero ha publicado un libro de relatos titulado A un verso de Jim Morrison, Ed:
Alhulia, 2009, y el poemario Muerte del rey soldado de Rohan (Premio del XXVII Certamen
Poético ―Ángel Martínez Baigorri‖ 2010), Ed: Fecit, 2012.
Hace poco vio la luz su obra Sith Vicious, Ed: Libros del Aire, 2014. “Sith Vicious” aborda
temas variopintos aunque recurrentes: vida, muerte, droga, sexo, filosofía. Aborda los temas
capitales del Londres sin futuro de mediados de los 70 y los de hace mucho tiempo en una galaxia
muy, muy lejana.
Blog: [Link]
Receta para que mueran de amor
Mariana Ducros
Pasar sola el día de San Valentín una vez más ya no era una opción válida para mí. Luego de varios
años de dedicarme a la transformación de mi persona en una verdadera mujer, me sentía lista para
tener una noche mágica con el hombre perfecto bajo la bendición de aquel Santo que había unido a
centenares de parejas siglos atrás. Yo me encontraba en mi mejor momento. Físicamente, me
brotaba la sensualidad. Me había independizado emocionalmente de aquellas relaciones que no
traían más que disgustos, y, gracias al destino, había llegado a mi poder una gran cantidad de dinero
que me permitía disfrutar de todo lo que quisiera. Solo me faltaba el hombre, pero ese era la parte
más fácil de conseguir para el plan de vida perfecta.
Las mujeres de mi familia, desde generaciones inmemorables, hemos sido siempre una raza
aparte del género femenino. Auténticas comehombres. Capaces de hechizar con la mirada,
hipnotizar con la voz y dominar con el tacto, existe algo mágico dentro de nosotras que ni los
estudios científicos ni antropológicos podrán revelar jamás. Por eso, al embarcarme el este proyecto,
no sentí nervios ni inseguridad, sino una energía interna, ese calor que el poder con el que nací me
revelaba a través de mi cuerpo.
Un mes antes de la fecha ansiada, el 14 de enero, decidí que era hora de iniciar mi búsqueda. Me
preparé para enfrentar la ciudad y todo lo que ella tuviera para ofrecerme. Empecé la cacería en
ámbitos de la vida nocturna. Adopté un estilo híper glamoroso, vestidos y faldas cortas, brillantes,
relucientes. A donde fuera, todos notaban mi presencia, ya que me destacaba en cada paso que daba.
Fue allí donde conocí especímenes del género masculino de todo tipo. Empresarios, músicos,
grandes figuras políticas y de la alta sociedad. Algunos ya casados. Pero ninguno lograba satisfacer
mis necesidades ni cumplir con todos los requisitos. En la alcoba lo lograron unos pocos, pero mi
nivel de exigencia es demasiado alto, y los que físicamente alcanzaban grandes logros, me
defraudaban a la hora de mantener una conversación, y quienes resultaban interesantes eran a la vez,
poco caballeros. Hubo un DJ que estuvo bastante cerca de lograrlo. Intenso, pasional, excéntrico.
Pero cargaba con demasiadas adicciones que no le dejaban tiempo para ocuparse de mí, algo que
jamás aceptaría. Terminé con él luego de que me dejara olvidada en el lugar donde habíamos
pactado una cita, y sólo voy a decir que las heridas físicas con las que se quedó cuando fui a su casa
a pedirle explicaciones no fueron nada en comparación con las heridas emocionales que yo me llevé.
Tal vez.
Cambié de ambiente. Incursioné en museos, universidades. Me disfracé de diosa intelectual, sin
perder en absoluto la sensualidad. Adopté camisas bien estrechas con solo la cantidad de botones
desprendidos que fuera necesaria. Polleras de largo a la rodilla, muy ceñidas y tacones anchos. No
duró demasiado, ya que encontré allí hombres atractivos e inteligentes, pero que en seguida se
tornaban serios y aburridos.
Quedaba solo una semana, y poco a poco, me estaba cansando de esto que había empezado como
aventura y se estaba volviendo una rutina. No iba a darme por vencida, pero la cercanía de la fecha
me tenía algo inquieta, por lo que decidí dejar de buscar al hombre ideal, y dejar que el indicado
viniera a mí.
Y así fue. Volviendo a mi hogar luego de un día de masajes y shopping, lo encontré en el
ascensor. Se mantenía enroscado a Ámbar, la zorra del 5toC, en un ataque lujurioso que, fuera de
incomodarme, me encendió de esperanza y ansiedad. Parecía que la devoraba. Ni siquiera me
vieron, inmersos en su pasión descontrolada, así que yo disfruté de la imagen casi cinematográfica
hasta que el elevador se detuvo en mi piso y bajé, pasando totalmente desapercibida ante la pareja en
llamas.
Por otro lado, yo parecía estar despertando cierto interés en él. No habíamos entrado en contacto
todavía, pero me fui dando cuenta de que en los momentos en los que me dedicaba a buscarlo, él me
sostenía la mirada, mientras yo me derretía en parte y esperaba impaciente a que llegara el momento
de nuestro encuentro.
Llegó la noche anterior al Día de San Valentín. Con todos los ingredientes ya conseguidos, me
dispuse a realizar el ritual que definiría mi futuro. Me puse mi lencería más sexy, roja, de encaje y
me cubrí tan solo con una bata blanca transparente, muy reveladora. Serví en la mesa dos platos
perfectamente presentados de mariscada al ajillo y dos copas del mejor vino blanco, sabiendo bien
en mi interior que iba a pasar la velada con el hombre de mis sueños.
Durante casi una hora tuve que soportar el timbre sonando: la loca de Ámbar gritaba desesperada
desde el pasillo, insultándome, llamándome psicópata, egoísta y otros varios calificativos que no me
animo a repetir. Golpeaba mi puerta tan fuerte que tuve miedo de que la derribara, hasta que
finalmente se cansó de mi indiferencia y no se la escuchó más.
Una vez que hubo silencio y pude mantener la concentración, encendí la vela, coloqué los
corazones de manzana uno al lado del otro, tal como se me indicaba, y a su lado apoyé la fotografía.
Por último, para asegurarse de sellar el encantamiento y que nada ni nadie pudiera revertirlo, el libro
pedía una gota de mi propia sangre por encima de su foto, cubierta por un pétalo de rosa. Tomé una
cuchilla grande de la cocina. Le pasé un pañuelo con alcohol, e hice lo mismo con mi mano. Extendí
la palma abierta sobre la colección de objetos que me rodeaba y cerré los ojos. Pensé en mi madre,
en mi abuela, y en las mujeres de mi familia que las precedieron, y me pregunté si todas ellas habían
estado en la misma situación en la que yo me encontraba en ese momento.
En el preciso instante en que la hoja del cuchillo rozaba mi piel, escuché un ruido quebradizo que
provenía de mi ventanal. Cubrí mi herida con el pétalo y me acerqué al balcón: allí estaba ella, con
su pelo crispado, mirada furiosa y lo que parecían colmillos saliendo de sus labios. Me dirigí hacia
donde estaba, sin quitarle los ojos de encima. En lugar de gritar o atacarme, se mantenía erguida
como una estatua, emitiendo sonidos similares a un gruñido. Caminé con tranquilidad, y cuando la
tuve frente a mí, simplemente soplé el pétalo con mi sangre en su dirección. El pétalo aterrizó en su
nariz, y ella, con la ligereza de una flor, cayó desde mi balcón hasta dar de lleno en la calle. Recién
cerró los ojos cuando yacía acostada, y sentí como su última mirada se clavó en mí en un gesto de
rendición.
El timbre sonó una vez más. Sin preguntar quién llamaba, corrí a abrir la puerta. Dejé entrar a mi
hombre, que se encontraba esperándome tal como yo había pronosticado. A lo lejos se escuchó una
sirena, y el alborotado griterío de gente escandalizada.
Mariana Ducros
Mariana Ducros nació en Buenos Aires en diciembre de 1984. Es profesora de Letras graduada en
la UCA y estudió Redacción Publicitaria en la Escuela Superior de Creativos Publicitarios.
Publicó dos novelas (Nos llaman Chicas Bobas y Lunática) y un libro de poesías (Asfixia).
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Facebook: Mariana Ducros Escritora
A veces el amor no es suficiente
Nuria G. Cortés
Nehemorth era una diosa oscura. El anciano Adramelech, señor de los espacios intemporales, la creó
para no sentirse solo, después de que su última compañera muriera en la gran guerra contra los
dioses carmesí, varios milenios atrás. La había creado para amar, pero ella era incapaz de amarle a
él, y cada pocos años se escapaba a la Tierra y se enamoraba de algún mortal desdichado, que
terminaría víctima de la pasión de Nehemorth. El amor de un dios, sobre todo de un dios oscuro, es
incontenible. A Adramelech no le importaba que ella se escapase, pues sabía que, tarde o temprano,
terminaría volviendo a su creador, a su padre, al que debería ser su amante; pero no lo era. Nunca lo
había sido.
Adramelech la amaba, ella lo sabía, pero no podía hacer nada por evitar sentir repugnancia
cuando el anciano acercaba sus pútridos labios a los carnosos y sensuales de ella. Nehemorth
toleraba su presencia, le gustaba debatir con él asuntos importantes, escuchar historias acerca de las
grandes guerras del pasado. Pero no sentía ninguna atracción hacia él.
En los días que siguieron a su última partida, Nehemorth notó cómo el viejo recuperaba su ánimo.
La compañía de la muchacha le hacía bien; y para demostrarle su gratitud, él le preparaba ostentosas
cenas cada noche, incluso algún baile ocasional, invitando a algunos súbditos mortales, que llegaron
al palacio de las afueras del tiempo por error (casi siempre por el deseo infortunado de que el tiempo
se detuviese; Adramelech siempre estaba encantado de cumplirlo). Nehemorth era incapaz de sentir
ira, y por eso, se retiraba a su dormitorio antes de que Adramelech comenzase su banquete. No
soportaba ver cómo torturaba y devoraba a esos pobres infelices.
Adramelech, por su parte, gustaba de proporcionarle a la muchacha los más lujosos trajes, de
estilo victoriano, el favorito de los dos. Ninguno entendía las últimas modas, cada vez con menos
tela tapando la piel.
Meses después de su vuelta al hogar, mientras contemplaba el cuadro de la que consideraba su
madre, aún sabiendo que no era así; Nehemorth notó un pinchazo en el corazón. Se acercaba el
momento.
Intentó ocultarlo un tiempo... pero cada vez era peor. Lloraba sangre cada noche, apenas podía
come; ya no escuchaba las charlas de Adramelech. Así que, sintiendo en lo más profundo tener que
dejar al anciano, cuando él todavía no se había recuperado del dolor que le suponía estar sin ella; la
muchacha se escapó. Volvió a la Tierra.
Adramelech descubrió su habitación vacía una noche de baile... Y disfrutó más que nunca de su
cena habitual.
Nerea se levantó de su incómoda cama. Había salido la noche anterior a tomar unas copas con unas
amigas y la resaca le impedía acordarse de nada. Le dolía la cabeza, justo en el punto de la frente
que arrugaba cuando algo no le gustaba. Con grandes dificultades, chocándose contra las paredes,
consiguió llegar al cuarto de baño. En momentos así, se alegraba de vivir en un piso de 30 metros,
pues no habría podido lograrlo si la distancia hubiera sido mayor. Encendió la luz, y al instante se
arrepintió de haberlo hecho.
Abrió el grifo de la ducha y se metió bajo el agua helada, con ropa y todo. Al cabo de un par de
minutos, el dolor de cabeza había desaparecido.
Ya recuperada, se vistió y se tomó un café. No se atrevió a comer nada sólido, por miedo a que el
estómago, que no se encontraba en su mejor momento, lo rechazara.
Cogió su abrigo y su cartera, y corrió al trabajo. Si se daba prisa, sólo llegaría una hora tarde.
Al salir del metro, tropezó con alguien y su cartera cayó al suelo, con tal mala suerte que se abrió
y todo su contenido se dispersó por la acera. Gruñó enfadada y se dispuso a recoger sus papeles.
―Mis disculpas, señorita ―el joven con el que había chocado la ayudó a guardarlo todo de
nuevo―. ¿Aceptaría una invitación a cenar como pago por mi torpeza?
Nerea sonrió. No se había fijado en él hasta ese momento, pero era guapo y parecía agradable.
―Hmmm... No suelo aceptar invitaciones de desconocidos.
El hombre rió. A Nerea aquella risa le resultaba familiar, la había oído antes en alguna parte.
Recordaba globos, vestidos de gala y champán...
―¡Oh! ―por fin lo recordó―. Nos conocimos en la fiesta de recaudación de fondos para la
rehabilitación del hospital infantil. Iván, ¿verdad?
―Vaya, me alegro de que no me hayas olvidado, Nerea. Recuerdo que no estabas sola en la fiesta
―ella miró hacia el suelo, no le gustaba recordar a Marcos, la ruptura había sido bastante trágica―.
Perdona si he resultado indiscreto, no era mi intención. Pero ya sabes que los periodistas siempre
hacemos preguntas inoportunas.
―No te preocupes, pero... llego tarde a trabajar. Estamos preparando otra gala para una
asociación contra el cáncer de pulmón. ¿Aún tienes mi número? ―Iván asintió―. Entonces
llámame y salimos a cenar.
Nerea echó a correr, dejando al hombre totalmente sorprendido. Esa chica poseía una frescura y
una naturalidad que muchas querrían tener. Estuvo todo el día como atontado, pensando en ella. De
hecho, llevaba pensando en ella desde aquella fiesta, tres años atrás.
Cuando llegó al trabajo, Nerea tuvo que aguantar que su jefe la gritara durante diez minutos. Le
gustaba la gente puntual, decía; somos como un gran reloj, aseguraba. Sin embargo, no la despedía
porque era la mejor en su trabajo. Podía hacer que incluso el más roñoso realizara un donativo
importante. Y eso, en aquel mundillo, era razón suficiente para mantenerla en su puesto. Pese a sus
retrasos y a sus repentinas ausencias sin explicación. Con tan sólo 23 años y sin estudios
universitarios, era la mejor empleada de la organización.
Después de aguantar el mal humor de su jefe, la chica se puso a trabajar aunque no dejaba de
pensar en Iván. Era curioso, porque cuando se conocieron apenas se fijó en él y ahora notaba que su
corazón latía a un ritmo distinto.
Ella siempre se enamoraba con facilidad, pero amaba intensamente, disfrutando de cada
momento.
Por eso se arregló a conciencia para la cena con Iván, tres días más tarde. Fueron a un restaurante
caro, donde no destacaba su caro vestido largo y sus zapatos de tacón.
La noche fue una verdadera delicia. Iván era un curtido periodista que había viajado por todo el
mundo haciendo crónicas... Pero se había cansado de eso. Quería sentar la cabeza. Con 34 años se
planteaba cosas más serias. Quería compartir su vida con alguien. Quería compartir su vida con
Nerea.
Después de la cena, fueron a bailar a un club de jazz. Rieron, hablaron y bebieron más de la
cuenta. Terminaron la noche juntos en casa de la chica. Y desde entonces, no se separaron.
Nerea era todo pasión. Cuando se enamoraba, se entregaba hasta el final... Pero Iván se empezó a
agobiar. La chica siempre quería estar con él... Le llamaba a todas horas. Estaban yendo, a juicio de
él, demasiado deprisa. Estaban juntos desde hacía dos semanas y ella ya hablaba de vivir juntos, de
lo que harían en su casa nueva... Así que él, sin comentarle nada a Nerea, aceptó un trabajo de una
semana en El Cairo: volvería justo para el día de los enamorados.
Ella casi murió desesperada durante la ausencia de Iván. No podía soportar estar sin él. Le llamó
cientos de veces al día, dejó miles de mensajes en su contestador; y cuando él volvió y se vieron.
Ella sintió furia. Se sintió abandonada y así se lo dijo.
―Nerea ―respondió él, intentando razonar―. Apenas llevamos un mes y ya hablas de nuestros
hijos. Dije que quería sentar la cabeza, pero tal vez este no es el momento.
―¿Qué estás insinuando? ―gritó ella, llorando histérica.
―Que quizá es mejor que nos tomemos un tiempo.
―¿Vas a dejarme en San Valentín? ―Nerea gritó, llena de dolor. No podía creer que le estuviera
pasando aquello. Le amaba tantísimo... que no podía encajar la idea de estar sin él. Y él no estaría
sin ella... Cogió del escritorio de Iván su abrecartas y, empuñándolo decidida, lo clavó en el mismo
lugar en el que ella sentía el dolor: el corazón. Él, sorprendido, se quedó un instante de pie... y
después cayó de rodillas.
―Lo siento ―lloró ella, agachándose junto a él y acariciándole el pelo―. No quería hacerte
daño... Pero tú me has obligado.
Extrajo el abrecartas del pecho de su amante muerto y totalmente arrepentida, se desgarró de un
sólo movimiento la muñeca izquierda. Su muerte sería lenta, pero así sería mejor.
Notó que sus párpados se cerraban y cayó dormida para siempre...
Pero volvió a despertar en una cama con dosel. Un anciano observaba desde las sombras cómo ella
se levantaba y miraba confundida a su alrededor. Había contemplado aquella escena miles de veces,
cada año en el día de los enamorados... y ahora que el dolor de la muchacha empezaba a brotar de su
cuerpo, notaba que la fuerza volvía a él. Necesitaba el dolor de su corazón roto para vivir, para
alimentarse... las matanzas de humanos eran únicamente por diversión. ―Sólo lamento que dentro de
poco ya no me servirás, pequeña‖, pensó Adramelech, ―pero siempre podré crear otra Nehemorth.
La rueda del ka seguirá girando‖.
Nuria G. Cortés
Nací en Madrid hace ventimuchos años. Desde bien pequeña me ha atraído el género del terror,
influenciada por mi hermana mayor, y empecé a leer cuentos de miedo a muy temprana. Siempre he
escrito, me encantaba imaginarme historias, generalmente tétricas y fue ya de más mayor cuando
empecé a descubrir otros géneros literarios. Aunque he estado un par de años sin escribir nada,
recientemente he decidido recuperar la pluma y aplicarme la expresión latina: Nulla dies sine linea.
¡Feliz San Valentín!
Roua Smati Zahrouni
Iba caminando deprisa, parecía nerviosa. Esquivaba a la gente y cruzaba las calles aligerando el
paso. Llegaba tarde a su cita.
Era su primera cita en San Valentín en años y mostraba ciertas dudas con respecto a cómo saldría.
De todos modos iba bien preparada: ropa íntima de encaje, labios pintados de rojo y una actitud
receptiva.
Mientras esperaba con inquietud que el semáforo se pusiese en verde empezó a recrear en su
mente la conversación de aquella mañana:
—Hoy es el día de San Valentín —dijo él mientras se encendía un cigarrillo al mismo tiempo que
adoptaba una posición relajada en el banco que había en frente de la facultad.
—Sí…—respondió ella pensativa—. ¿Tú lo celebras?
—Te refieres a si tengo a alguien con quién celebrarlo ¿no? —respondió con una sonrisa entre los
labios.
― ¡No! No me refería a eso… es más… ¡me da igual con quién lo celebres, la verdad! —
exclamó mientras se sonrojaba.
—Creo recordar que te dije que por ahora me importaba más conocerte a ti que conocer a otras
personas. Así que si no lo celebro contigo ¿con quién lo iba a celebrar?
—Pero no somos pareja…
— ¿Y qué? Será divertido. Seremos algo así como los infiltrados e incluso podríamos ir cogidos
de la mano para no levantar sospechas.
—Es un día muy comercial ¿no crees?
—Seguramente tú no lo habrás celebrado nunca —dijo en tono irónico mientras la miraba con
expresión divertida.
—Llevo tiempo sin celebrarlo aunque no sé… seguramente tú lo habrás celebrado también.
—Sí. Pero mi forma de celebrarlo es un tanto peculiar.
— ¿Peculiar?
—No digo nada más. Si quieres averiguarlo debes aceptar una cita para esta noche.
—Oh… pero no… no sé… no podré…
—A las nueve en el lugar de siempre —dijo mientras se levantaba—. ¿O ya has quedado con
otra persona?
— ¡No, no! Pero es que…
—Estaré allí esperándote.
Y se fue mientras ella seguía sentada asimilando lo que acababa de ocurrir. «Me ha pedido una
cita en día de San Valentín», pensó entusiasmada.
El sonido de un trueno le hizo volver a la realidad. Estaba a punto de llegar a la esquina en dónde
habían quedado. Él estaba allí esperándola. Llevaba una chaqueta de cuero, unos vaqueros y lucía un
look despeinado. Advirtió su llegada a lo lejos pero no la miró y esperó a que ella se acercara a
saludarle. Intercambiaron miradas y se dedicaron unas sonrisas. Echaron a andar y ella le pregunto
acerca de lo que iban a hacer. Él sacó de su bolsillo unas entradas de cine. «Dicen que es buena»
añadió mientras las volvía a guardar.
Llegaron justo cuando empezó la película. Se sentaron y empezaron a comer palomitas.
Decidieron comprar el típico menú para dos personas por lo cual las compartían. De vez en cuando
se rozaban sus manos pero hacían como si no pasara nada.
La película que él eligió era una comedia romántica. «Podrías haber elegido una menos ñoña», le
susurró. «Sé que te gustan» le respondió entre susurros también. Pero en el fondo a ella no le
importaba de qué película se tratase pues no podía concentrarse en ella, más bien estuvo todo el
tiempo con esas mariposas en el estómago, mirándole de reojo de vez en cuando para ver sus
expresiones faciales.
Cuando hubo terminado la película salieron de la sala comentando el final.
—Si yo ya sabía que iban a terminar juntos —dijo ella.
—Tenía la esperanza de que alguien muriese. ¿Por qué siempre tienen finales felices? ¿Por qué
aplican tanto el ―vivieron felices y comieron perdices‖? Qué poco originales.
—¿Sabías que el ―comieron perdices‖ equivale a ―tener mucho sexo‖?
—Al menos que mueran de placer.
—A veces eres un poco gore.
—Y porque no has visto Berserk.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó ella.
—Andar por la ciudad —respondió mientras se dirigían a la salida.
—Pues creo que va a llover —dijo a la vez que se asomaba para mirar al cielo.
—¿La lluvia paraliza tus pasos?
—¿El oxígeno paraliza tus neuronas?
—Paralizas mi corazón cada vez que te veo caminar hacia mí —dijo sin mirarla. Esto desató una
sensación de alegría y nerviosismo en ella. Rara vez decía estas cosas. En verdad, ella se encontraba
en un momento de confusión, no sabía si llegaba a gustarle o no, pero no podía contener esas ganas
de descubrirlo, resolver el enigma que tenía delante: ¿sentía él lo mismo que ella?
Empezaron a caminar en silencio mientras pequeñas gotas de lluvia caían sobre ellos. Llegaron a un
parque oscuro y se sentaron en un banco. Había un vagabundo durmiendo en otro banco cercano.
Dejó de llover y la luna se asomaba por los huecos que había en las nubes.
—Me gusta la noche —soltó ella para romper el silencio.
—Baudelaire escribió ―¿Qué dirás esta noche pobre alma solitaria, qué dirás, corazón, marchito
hace tan poco, a la muy bella, a la muy buena, a la amadísima, bajo cuya mirada floreciste de
nuevo?‖
—―En medio de la noche y de la soledad, o a través de las calles, del gentío rodeado, danza como
una antorcha su fantasma en el aire.‖ —recitó mientras observaba los altos árboles que los
rodeaban.—. ¿Sigues pensando en ella? —dijo después de una breve pausa.
—¿En quién? —preguntó él.
—Es que como hiciste referencia a ese poema… pensé que tal vez pensabas en tu expareja.
—Simplemente es un poema que me gusta. No hay ningún vínculo personal porque haya pasado
por una situación parecida.
Se percibía una tensión que se entremezclaba con la aparente tranquilidad que impregnaba el
parque. La noche se mostraba silenciosa, el aire susurraba al acariciar las hojas de los árboles que
firmemente presenciaban el diálogo de la pareja…
Se miraron fijamente. Sus ojos ardían en deseos. Él se acercó a sus labios y ella cerró los ojos. Se
besaron. Por primera vez mantenían ese contacto tan íntimo. Empezaron a acariciarse, a desatar la
pasión que llevaban meses acumulando. De repente escucharon toser al vagabundo.
—Vamos a mi casa —dijo él.
—Vamos —respondió ella casi sin aliento, entre un suspiro.
Se levantaron y se fueron dirección a donde él tenía aparcado el coche. Él vivía a las afueras de la
ciudad aunque ella nunca había estado en su casa. Condujo durante diez minutos hasta llegar a las
puertas de un pequeño chalet.
—¿Vives aquí? —preguntó ella con asombro.
—Así es —respondió él mientras pulsaba un botón y se abrían las puertas de forma automática.
Entraron y volvieron a cerrarse a sus espaldas.
Dejó el coche aparcado cerca del garaje y entraron. Subieron las escaleras hacia el dormitorio
principal. Ella lo seguía guiada por la pasión aunque de vez en cuando un miedo se apoderaba de su
mente.
—¿Estamos solos? —dijo en un susurro.
—Sí, no hay nadie —le respondió mientras abría la puerta y la invitaba a entrar a su habitación.
Era amplia y estaba decorada con un estilo barroco, aunque también había pilas de libros
amontonados por toda la habitación. Después de que ella hubiese entrado él cerró la puerta y se
dirigió a la cama. Ella se sentó y él encendió unas velas. Luego se acercó a ella y empezó a besarla.
Comenzaron a quitarse la ropa hasta quedar desnudos.
Iba a introducirse dentro de ella cuando se dio cuenta de que aún era virgen. Sonrió y con
delicadeza empezó a penetrarla, suavemente, mientras la acariciaba, la besaba, para hacerla sentir
bien. Poco a poco ella dejaba atrás la incomodidad para permitir que el placer se apoderase de su
cuerpo. El ritmo iba aumentando, ya no le importaba la sangre que fluía por las sábanas, «recordaré
fácilmente el día en el cual perdí mi virginidad» se decía antes de cerrar los ojos por completo y
disfrutar.
De repente él le susurró «date la vuelta» y así ella lo hizo. Siguió penetrándola con más fuerza
mientras le besaba el cuello y se deleitaba con sus gemidos. Cuando ella estaba a punto de llegar al
clímax, casi perdiendo la conciencia, él le mordió en el cuello con tanta fuerza que clavó sus
colmillos y empezó a absorber la sangre mientras seguía realizándole el acto sexual… hasta que ella
murió.
Cuando hubo terminado fue al cajón de su mesita de noche y sacó un paquete de tabaco. Cogió
un cigarrillo y se lo fumó mientras observaba a la joven tumbada entre tanta sangre.
Adriana leyó el mensaje que le había llegado al móvil y le temblaron las manos. Dejó el aparato
sobre la mesa de la cocina, cerró los ojos y respiró hondo
¡Aquello no podía estar pasándole a ella!
Se acercó descalza a la habitación, el corazón le latía desbocado, sacó del cajón de la mesita el diario
de cuero y lo abrió con devoción, acariciando las páginas con la yema de los dedos. Llevaba tres
años atesorando recuerdos maravillosos de San Valentín, momentos inolvidables, irrepetibles y
únicos. Sonrió con tristeza, aquel hombre había estropeado su racha, ya no tenía tiempo para
preparar una cita perfecta con otro tío. Su día del amor sería como la del resto, vacío y sin sorpresas.
Trabajar y punto.
Se calzó los botines, se puso la chaqueta negra sobre el vestido blanco, metió el diario en el bolso
abultado y antes de salir por la puerta cogió con furia la caja de bombones en forma de corazón. Se
la colocó bajo el brazo e hizo malabares para cerrar la puerta y echar la llave.
Hacía frío, pero igualmente se sentó en un banco del parque, cruzó las piernas una sobre otra y abrió
la caja de chocolates. Se daría un atracón para olvidar, aunque fuera momentáneamente, el plantón
que le había dado Rubén. Irremediablemente pensó en él, era un buen chico, o eso le pareció a ella,
con el pelo al estilo boy scout, los ojos azules y sonrisa de hoyuelos ¿qué mejor espécimen para
celebrar San Valentín? El plan era simple, comer con él antes de entrar a trabajar y después esperar a
que le recogiera al cerrar. Vendría con un ramo de rosas o en su defecto una sola, paseo romántico
de camino a la casa; caricias por aquí y besos por allá. Palabras bonitas susurradas al oído, quizás
alguna promesa de amor (de las que rara vez se cumplen) y finalmente… cohetes y placer. Un plan
perfecto por su sencillez, no necesitaba de mucho más y además, esos planes nunca le habían
fallado. Hasta hoy.
Aplastó con furia un bombón de chocolate blanco con los dientes y el sabor dulce se escurrió por
su garganta, aunque apenas lo notó. Un niño de unos 5 años se le acercó con la vista fija en la caja y
ella le ofreció uno. Sonrió, porque era lo que debía hacerse y la madre le dio las gracias desde la
distancia ¿Por qué había tanta gente en el parque en un día tan frío?
Porque era San Valentín y todos se sentían eufóricos. Las parejas se achuchaban calentándose
sobre la hierba, otras iban de la mano por el paseo de arena camino a Dios sabe dónde y ella seguía
empachándose de bombones más sola que la una. Sintió retorcijones en el estómago que nada tenían
que ver con los dulces. Eran celos puros y duros.
Escuchó alboroto y unas risas masculinas tras ella. Se volvió con curiosidad para ver a un grupo
de hombres apalancados en una de las estatuas del parque, bebiendo litronas y hablando
animadamente. Algunos parecían moteros, con chupas de cuero y melenas largas atadas en una
coleta, pero no vio ninguna moto.
Se quedó mirándolos de forma descarada, hasta que uno de ellos, con el pelo color cobrizo fijó su
mirada en ella y le guiñó un ojo. Sintió la sangre acudiendo a sus mejillas y sacudió la cabeza, se
puso en pie como un muelle. ¡Ya debería estar acostumbrada a tíos descarados como aquél! Tiró la
caja vacía a la papelera y sin mirar atrás se encaminó al bar donde trabajaba. No le gustaba llegar
tarde.
―Ponme otra Adri, y nada de patatas ―al pinpin‖; un pincho como dios manda, hija.
―Al alioli Ramón, se llaman patatas al alioli ―le puso una jarra nueva y unas higadillas sobre la
mesa y le sonrió con picardía―. ¿Son del gusto del señor?
Asintió y le devolvió embobado la sonrisa.
―¿Ya te has echado novio, niña? Con esa sonrisa no debería haber quién se te resistiera, pero ya
sabes que si te fallan mi corazón sigue esperándote.
Adriana se estremeció recordando a Rubén, pero cogió entre sus manos pequeñas y pálidas una
de las manos del hombre, curtida y morena. Y se esforzó para que su voz sonara chistosa.
―Si no estuvieras casado y no tuvieras tres hijos yo también te entregaría mi corazón, pero el
anillo que llevas en el dedo y la edad nos separan.
―¡Jovencita! La edad no importa si el amor es verdadero ―le dio un par de palmadas en el dorso
de la mano, cogió la jarra y un palillo―, veremos si estas higadillas están o no buenas.
Eran las nueve de la noche cuando el señor Ramón se despedía de ella felicitándole San Valentín
como si del año nuevo se tratara. Su jefa no tardaría en llegar, pero aún era pronto para los clientes
de siempre.
Llevaba trabajando en aquél lugar un año y siempre veía las mismas caras, todos los días se
escuchaban las mismas bromas y le regalaban los mismos piropos. Se miró al espejo del fondo y se
sintió cansada, o quizás sólo era decepción y frustración.
Una hora y media después Adriana andaba de la barra a las mesas sirviendo cenas improvisadas
de jóvenes enamorados y jarras de cervezas para grupos de amigos; no tenía tiempo de
compadecerse. La tela de su vestido volaba tras ella y tenía calor. Se estaba atando los rizos negros
en una coleta cuando la puerta del bar volvió abrirse y vio entrar al grupo de hombres del parque.
¡Demasiada testosterona y ella sin una pizca de buen humor!
―¡Ponme una jarrilla, morena! ―el tipo de pelo cobrizo se apoyó en la barra como si fuera suya
y le sonrió con suficiencia, haciéndole un chequeo de arriba abajo.
Adriana había conseguido esquivarlos el par de horas que llevaban allí, su jefa se había encargado
de servirles el alcohol y la comida, pero aquél hombre no había dejado de perseguirla con la mirada
desde que entró y ya la tenía hasta los ovarios. Sirvió la cerveza y se acercó hasta el rincón que
ocupaba para entregársela. Levantó una ceja ante su mirada fija y antes de que pudiera darle la
espalda, el hombre la agarró de una mano y tiró de ella. Sintió sus manos calientes y como la madera
de la barra le presionaba las costillas. El semental se inclinó hacia ella para tenerla más cerca y
Adriana pudo oler la cerveza de su aliento y el desodorante que usaba. Inspiró con lentitud,
disfrutando la mezcla pero con la cabeza fría, aquél era su territorio y no volvería a sacarle los
colores.
―¿Tienes nombre preciosa? ―le preguntó acariciándole el mentón.
Se separó de él y lo miró por encima del hombro.
―Sí, creo recordar que mi madre me puso uno.
Le dio la espalda y escuchó su carcajada ronca y profunda. Ella sonrió sin que él se diera cuenta y
se puso a fregar los cacharros como si fuera lo más importante que tenía que hacer en ese preciso
momento.
Eran las dos de la madrugada y Adriana ya había barrido y fregado todo el local salvo la parte que el
grupo ocupaba, su jefa se encogió de hombros cuando la miró y ella estaba que trinaba. Al fin se
levantaron entre risas y voces y se acercaron a ella para pagar. Hubo un intercambio de disculpas,
halagos y ―un espero veros pronto‖ de la dueña del local. Adriana fijó sus ojos en el pelirrojo, que se
había quedado rezagado y aplaudió para sus adentros. Tal vez, después de todo, aquél San Valentín
todavía podía salvarse. Se acercó hasta él con el cepillo de barrer en la mano.
―¿Qué me dirías si te espero hasta que cierres? ― le preguntó sin acercarse a ella pero sonriendo
con picardía.
―Si no fuera por ti y tus amigos ya estaría en casa comiendo un kilo de helado ―replicó
secamente y él se acercó.
―Una chica tan guapa como tú no debería estar sola en el día del amor.
―¿Quieres ser mi premio de consolación? Porque es eso lo que serías, mi chico me ha dado
plantón.
El hombre se llevó la mano al pecho, contrayendo la cara como si acabara de darle un golpe.
―Eso ha dolido, morena. Pero si tengo que soportar ser un perdedor para estar contigo un rato, lo
soportaré.
Adriana quería irse con él, hacía rato que había olvidado al boy scout de ojos azules, aunque
debía reconocer que en situaciones normales nunca se hubiera fijado en motero, pero era eso o
volver sola a casa y él se lo estaba poniendo en bandeja ¿por qué rechazarlo y quedarse con las
ganas? La improvisación, al fin y al cabo podía salvarle el día.
―Espérame en media hora en el parque dónde nos hemos visto esta mañana.
―Donde te he sacado los colores, querrás decir.
Adriana entrecerró los ojos y le golpeó el pecho con los dedos.
―Recuerda que eres un premio de consolación, así que no hagas que me arrepienta ―se alejó en
dirección a la mesa que antes habían ocupado los amigos y acabó de recoger mientras su jefa hacía
la caja.
―Eres dura morena y me encanta ―le lanzó un beso y le guiñó un ojo―. Nos vemos.
La calle estaba muy oscura cuando las dos salieron por fin.
―¿Quieres que te lleva a casa? No veo a tu chico por aquí.
―Me ha dado plantón, Gema ―apretó los puños para no dejarse llevar por la rabia e intentó
fingir tristeza bajando la mirada hacia el suelo y haciendo un puchero―. Pero no te preocupes, me
apetece ir andando, vivo cerca.
Nadie tenía que saber que había quedado con el motero. Al fin y al cabo sólo sería una vez.
Su jefa la miró con tristeza, pero no insistió.
―Mañana es tu día libre, disfrútalo y no pienses en él, no merece la pena ―se dio la vuelta
caminando hacia su coche, pero antes de alcanzarlo se volvió y la miró una vez más―. Si necesitas
algo llámame, ¿de acuerdo?
Adriana asintió y esperó a verla desaparecer calle abajo para echar andar con la espalda bien
recta, si no se daba prisa llegaría tarde y detestaba no ser puntual.
La calle estaba demasiado silenciosa, ni siquiera el maullido de algún gato callejero rompía el
hechizo de la noche. Adriana reprimió un escalofrío y miró tras ella, el zumbido de los cables
eléctricos la ponía nerviosa, daban a la luz amarillenta del paseo un aspecto más fantasmagórico. La
tira de cuero del bolso se le escurrió por el hombro y volvió a colocársela con impaciencia. Podía
ver la entrada del parque, la sombra de los árboles y como el viento que enredaba su pelo mecía las
ramas y las hojas llenando el silencio de silbidos y aullidos más típicos de las películas de miedo que
de la realidad.
La puerta de un coche se abrió y se cerró, escuchó pasos tras ella, que se obligó a no mirar atrás.
El corazón le latió desbocado, sus músculos se tensaron y colocó el bolso junto a su pecho, abrió la
cremallera y siguió andando. Los pasos cada vez le parecían más rápidos y una parte de ella quería
echar a correr, mientras que la otra, le instaba a darse la vuelta y enfrentarse a quien quiera que la
estuviera siguiendo.
Su corazón se relajó cuando tomó la decisión. Contaría hasta cinco: uno…dos…tres… Introdujo
la mano en el bolso… Cuatro… Los pasos se detuvieron y escuchó el tintineo de unas llaves. Se giró
sobre sí misma y vio la espalda de un hombre entrando a un portal y desapareciendo. Adriana
suspiró y se rió de sí misma. Volvió a colocarse el bolso y con tranquilidad llegó hasta la entrada del
parque y entró.
Junto a la estatua, iluminado tan sólo por la punta del cigarrillo que se estaba fumando, la
esperaba el motero. Aplastó la hierba mientras caminaba hacia él, cada vez más excitada por como
su día había mejorado de forma sorprendente. Sonrió como una loba que observaba a su presa. No
sabía si aquello sería un error o no, sentía los nervios bullendo en su estómago, la excitación en su
mente.
―Hola preciosa. Empezaba a pensar que te echarías atrás.
Se acercó hasta él dejando entre ambos tan sólo un par de centímetros, la adrenalina que había
vivido escasos minutos antes había estimulado su cuerpo y no le disgustaba acercarse tanto a él.
―Cuando me decido a hacer algo no hay quién me haga cambiar de opinión. Ven conmigo.
Beso su boca con delicadeza, un simple contacto de labios mientras lo cogía de la mano y tiraba
de él.
El hombre tiró el cigarrillo al suelo y la siguió sin preguntar nada.
Diez minutos después llegaron a lo que parecía una nave medio abandonada. Adriana sacó unas
llaves del bolso y abrió la puerta, que chirrió.
―Esto sí que no lo esperaba, eres toda una romántica, ¿eh? ¿Traes a todos los hombres a este
lugar?
La mujer se rió mientras se pegaba a su pecho. Andaban a oscuras, pero Adriana sabía dónde
estaba todo.
―¿No te gusta la aventura, motero? ¿No te gusta jugar?
―Me encanta, morena. Pero pensaba que iríamos a tu casa o a la mía.
Y la besó, obligándola a dejar de caminar, pegándose a ella e introduciéndole la lengua mientras
la agarraba por la nuca. Ella lo agarró por la cintura, pero no lo atrajo hacia ella. Tras unos instantes
consiguió separarse de él.
―Vamos, sígueme.
Adriana tanteó la pared, le dio a un interruptor y abrió una puerta. Entraron a una habitación
iluminada con una bombilla roja que colgaba del techo. No había muebles, tan sólo una cama con un
cabecero de hierro negro. Las sábanas eran de un blanco impoluto y el suelo estaba cubierto de
baldosas grandes que reflejaban la luz roja.
―¡Uau!
Adriana observó la sorpresa del hombre mientras se desprendía del abrigo y lo dejaba sobre un
perchero que había pasado desapercibido. Se acercó hasta la cama y dejó el bolso sobre el colchón.
Su vestido blanco se había teñido por la luz, sus rizos negros alrededor de la cara ensombrecieron su
rostro.
―Vengo aquí cuando quiero ser mala. ¿Quieres que sea mala contigo?
Se sentó sobre la cama, invitándolo a unirse a ella, Adriana sonreía.
El motero pareció momentáneamente desorientado, pero se recompuso y dio unos pasos hacia
ella.
―¿Y sólo puedes ser mala tú?
La mujer no le hizo caso, sacó una tela negra del bolso y palmeó el colchón.
―Ven, túmbate. Prometo que no será rápido ―y sonrió, con una sonrisa que prometía
desenfreno e instintos puros y duros.
Se deshizo de la chupa de cuero, que dejó caer al suelo sin miramientos. Se quitó las deportivas
negras, los calcetines y se subió junto a ella a la cama. Adriana lo tumbó boca arriba, se sentó sobre
él y le ató una mano al cabecero, después la otra, con nudos fuertes, de los que no se pudiera soltar.
―Traigo a muy poquita gente aquí, ¿sabes? Eres un privilegiado, nunca olvidaré una noche como
esta.
―Créeme, yo tampoco ―le dijo intentando alcanzar su boca.
Adriana le desabrochó los botones de la camisa y acarició la piel de su pecho cubierta por un
poco de vello oscuro y rizado.
―Tienes una piel muy suave, me gusta ―se inclinó para lamerlo y después sacó un objeto largo
y brillante del bolso. Lo miró mordiéndose el labio―. Créeme, te dolerá.
El motero abrió los ojos de forma desmesurada cuando la vio alzar los brazos por encima de la
cabeza. En décimas de segundo los hizo descender para que la hoja penetrara en la piel del hombre
de forma limpia y rápida. A él no le dio tiempo ni gritar, pero se escuchó un gemido y la sangre
comenzó a empapar las sábanas. Le arrancó el cuchillo para clavárselo dos veces más en el
estómago, la sangre caliente cubrió las sábanas y su vestido blanco con rapidez. Adriana estaba en
éxtasis, echó la cabeza hacia atrás y sonrió con salpicaduras rojizas cubriendo sus mejillas. El
motero no se había resistido, ni siquiera lo había intuido, todo había ido a pedir de boca y estaba
excitada. Se restregó contra las piernas del hombre muerto hasta alcanzar el orgasmo y después se
derrumbó sobre él, manchándose por completo de los fluidos.
Cuando se recuperó, se puso en pie y sacó el diario del bolso que había terminado en el suelo.
Buscó a tientas la pluma y se puso a escribir mojando la punta en la sangre que había empezado a
coagularse sobre el pecho de él:
Cuando pensé que todo estaba perdido apareció él, un motero cualquiera que ha conseguido que
este nuevo San Valentín no sea una tremenda decepción…
Selena Mª Rodríguez-Palmero García-Miguel
Comencé a escribir hace años, en un periódico de mi colegio, cuando estaba en cuarto o quinto de
primaria. Pero no fue hasta años más tarde cuando me di cuenta de lo que realmente me gustaba la
escritura y el mundo de los libros.
· En marzo de 2006 me concedieron el 2º premio del VIII concurso literario ―Arte y Mujer‖.
Después de haber cursado varios cursos en la web ―escuela de escritores‖, publiqué un cuento en
el libro ―Tic tac tic tac” publicado por la misma escuela, llamado ―Curiosidad”.
Desde hace poco tiempo tengo un blog llamado: Bruja Malvada busca Lobo Hambriento
[Link]
No tengo mucho más que contar, salvo que estoy en pleno proyecto para escribir una novela y
tengo varios relatos a los que sacarles jugo. De todo, iré informando en el blog.