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Sedevacantismo: Definición y Contexto

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Tradicionalismo sedevacantista

jafg
Mucho se ha escrito sobre el llamado sedevacantismo y se le ha analizado desde distintos puntos de
vista. Con todo, al parecer no ha sido suficientemente aclarado, según se puede observar en las notas
publicadas en algunos sitios e incluso en las explicaciones dadas por algunos sacerdotes
tradicionalistas.
Luego de la clausura del Segundo Concilio Vaticano y una vez que los documentos emanados de él
comenzaron a ser publicados, se desataron muy diversas reacciones entre los católicos: la inmensa
mayoría, o era indiferente o se conformaba con conocer el contenido de tales documentos a través de
comentarios o de lo que se publicaba en los medios de comunicación. Entre los religiosos y los laicos
estudiosos, muchos intentaban dar a aquellos documentos una interpretación que fuese compatible
con las enseñanzas magisteriales de la Iglesia previas al concilio; otros denunciaban un lenguaje
ambiguo y hasta errores doctrinales en los documentos conciliares; decenas de miles se sintieron
defraudados y decidieron abandonar el estado religioso de su vocación y no pocos llegaron a perder la
fe y apostataron.
Conforme las ideas conciliares se fueron aplicando por instrucciones de Roma y algunas reformas se
llevaron a la práctica haciéndolas más visibles, fue más evidente que las enseñanzas del concilio se
apartaban de las enseñanzas preconciliares y de la tradición católica y resultó inútil intentar darles una
interpretación ortodoxa acorde a la doctrina. Surgió entonces el gran dilema: ¿cómo explicar que el
Sumo Pontífice estuviese dando órdenes que contradecían la doctrina y que le estuvieran causando
tanto daño a la Iglesia, ocasionando el abandono masivo de vocaciones religiosas, las numerosas
apostasías y el indiferentismo religioso? ¿Qué creer: las enseñanzas y reformas del concilio o la
doctrina católica que hasta entonces se venía enseñando y practicando?
Fue ese un período de gran angustia. Incluso para algunos de aquellos que habían promovido y
apoyado las ideas modernistas.
En 1966, señalaba el teólogo Joseph Ratzinger en Bamberg que «reina un cierto malestar, una
atmósfera de frialdad y también de desilusión, como la que normalmente sigue a los momentos de
alegría y de fiesta».
Poco después, Jacques Maritain escribía al Card. Journet haciendo votos para que Roma («que acabará
por ver la gravedad inmensa de la crisis») no reaccionara pensando sólo en medidas disciplinarias que
no serían comprendidas y solamente aumentarían la rebelión.
El mismo Card. Journet respondió con una sólo palabra cuando Pablo VI le pidió su opinión sobre la
situación de la Iglesia: «Trágica.»
Eran tal el número de deserciones y el indiferentismo religioso después del concilio, que Journet le
preguntó a Pablo VI que, si cuando terminase el Año de la fe, tenía pensado publicar algún gran
documento para orientar a los que querían seguir en la Iglesia.
Ratzinger, en su conferencia en Münster, decía: «Y entre las piedras del molino están los que han
luchado y sufrido por la renovación, y comienzan ahora a preguntarse si bajo el régimen de los
llamados conservadores las cosas no estaban mejor, después de todo, que bajo el progresismo.»
Quizás para apaciguar un poco las agitadas aguas postconciliares y evitar una ruptura, Pablo VI
proclamó su Credo del pueblo de Dios en junio de 1968. Casi un mes después, saldría a la luz su carta
encíclica Humanae vitae, con lo que se frenaba un poco aquel gran avance hacia el modernismo. Esa
fue su última encíclica a pesar de que todavía ocuparía la Santa Sede durante diez años más.
Entre los llamados conservadores, la angustia era todavía mayor y poco faltaba para caer en la
desesperanza. El dilema estaba ahí sin resolver y la solución no era nada sencilla. Por un lado se tenía
la figura del Papa como autoridad suprema y que no puede ser juzgada, el Papa por quien Nuestro
Señor Jesucristo ha rogado para que su fe no desfallezca; por otro, el Magisterio infalible de la Iglesia,
la doctrina seguida y enseñada por tantos santos contándose entre ellos muchos Papas.
Hubo quienes, no queriendo o no pudiendo encontrar solución al dilema, decidieron ignorarlo y seguir
a Pablo VI depositando ciegamente su confianza en él. Estos y aquellos que ni siquiera se habían
percatado del dilema, constituyeron la inmensa mayoría. Otros, empero, hicieron diversos
planteamientos intentando encontrar una explicación satisfactoria. Así, algunos propusieron la
posibilidad de que Pablo VI estuviera siendo manipulado a través de hipnotismo o por medio de
drogas que se le administraban para volverlo dócil y obediente a cualesquier órdenes que recibiera. De
esa manera se le haría decir y hacer cosas inconcientemente, por lo que los errores y las contradicciones
de las reformas no debían atribuírsele al Papa. De manera similar, otros propusieron la posibilidad de
que Pablo VI hubiera sido secuestrado; así podría haber sido suplantado por alguien físicamente
parecido a él. El impostori, y no el Papa, sería entonces el autor y responsable de las reformas nocivas a
la Iglesia. Otra posibilidad propuesta fue que el Papa no fuera en verdad el Papa, sino que hubiese
caído en herejía y que en consecuencia hubiera dejado de ser el Sumo Pontífice. Por supuesto, estaban
también aquellos que simplemente creían que Pablo VI estaba errando y que se negaban a obedecerle
en aquello que contradecía al Magisterio, pero que le reconocían como auténtico sucesor de San Pedro.
El paso del tiempo, la muerte de Pablo VI y la elección de Juan Pablo II -quien confirmó sin hesitación
alguna la dirección emprendida por Pablo VI-, descartaron algunas de las soluciones propuestas al
dilema y prácticamente las únicas que perduraron fueron las de un Papa que, por haber caído en herejía,
había dejado de serlo y la de resistir al Pontífice en lo que se apartaba de la doctrina católica, aduciendo
aquello de que se ha de obedecer a Dios, antes que a los hombres.
Así pues, tenemos que hay católicos que defienden la doctrina y la tradición católicas y que rechazan
las reformas conciliares, y que explican la situación tan confusa por la que atravieza la Iglesia
sosteniendo que quien ocupa la Santa Sede no lo hace legítimamente y que como consecuencia es un
usurpador. A ellos se les suele dar el epíteto de sedevacantistas, por sostener que en la actualidad la
Iglesia pasa por una situación de sede vacante.
Entre los llamados sedevacantistas hay muy diversas opiniones. Por ejemplos, algunos piensan que
quienes han ocupado la Santa Sede después de Pío XII, no han sido legítimos Papas; otros sólo niegan
la legitimidad de Francisco y entre estas dos posiciones hay otras más; cada cual fundada en distintos
argumentos.
Sin embargo, no se debe olvidar que un sedevacantista es ante todo un católico que desea defender
la fe y la tradición católicas. A pesar de esto y contra toda lógica, con frecuencia los sedevacantistas
son atacados por correligionarios también defensores de la fe y de la tradición católicas, pero que
rechazan la tesis de la sede vacante. Es verdad que algunos sedevacantistas también suelen criticar a
aquellos que reconocen como Papa a quien ellos consideran un usurpador. Estos ataques y diatribas no
pueden ser otra cosa que obra del diablo, quien por todos los medios busca la división y el
debilitamiento de la Iglesia.
Así mismo, los sedevacantistas a menudo son catalogados como soberbios, impositivos e intolerantes;
que creen saberlo todo y que son casi igual a los fariseos. Es posible y hasta probable que algunos
sedevacantistas tengan ese perfil, pero sin duda otro tanto podrá decirse de no pocos sedeplenistas. De
hecho no es extraño que se acuse de lo mismo a los tradicionalistas en general. Pero hay que tener en
cuenta que las generalizaciones y las extrapolaciones suelen conducir al error.
También hay quienes que, sin tener claro el significado de la palabra “cismático”, la aplican a los
sedevacantistas. Por supuesto, el ser sedevacantista no implica ser cismático, como lo explican el padre
Juan Carlos Ceriani en su artículo «SOBRE CISMA Y “SEDEVACANTISTAS”» (Cfr.
[Link] .) y
el padre Basilio Méramo en su «BREVE REFUTACIÓN AL PEQUEÑO CATECISMO SOBRE EL
SEDEVACANTISMO DE LOS DOMINICOS DE AVRILLÉ» (Cfr.
[Link]
sobre-el-sedevacantismo-de-los-dominicos-de-avrille/ .)
El sedevacantismo tampoco es una herejía, aunque algunos lo afirman aduciendo que implícitamente
niegan el dogma de la visibilidad de la Iglesia. Pero lo cierto es que ningún católico tradicionalista
niega este dogma.
El mismo Mons. Lefebvre , hablando acerca de la visibilidad de la Iglesia, dijo:
«[...] Es increíble que se pueda hablar de Iglesia visible en relación a la iglesia conciliar y en
oposición con la Iglesia Católica que nosotros intentamos representar y seguir.
[...] Somos nosotros quienes tenemos las notas de la Iglesia visible: la unidad, la catolicidad, la
apostolicidad, la santidad. Es eso lo que constituye la Iglesia visible.
[...] Somos nosotros quienes estamos con la infalibilidad, no la iglesia conciliar. Ella está en contra de
la infalibilidad, es absolutamente cierto.
[...] Obviamente estamos en contra de la iglesia conciliar, que es prácticamente cismática, incluso si
no lo aceptan. En la práctica es una iglesia virtualmente excomulgada, porque es una iglesia
modernista.» (Cfr. Fideliter n° 70, julio- agosto de 1989, citado por el padre Basilio Méramo en su
artículo «Sobre la visibilidad de la Iglesia» [Link]
sobre-la-visibilidad-de-la-iglesia/ ).
Ciertamente es inconcebible que un católico pretenda que la visibilidad de la Iglesia esté en la iglesia
conciliar, en la que el modernismo se manifiesta en casi todo. ¿Acaso la Iglesia Católica es visible en la
misa bastarda de Paulo VI? ¿Acaso lo está en esa jerarquía que todo lo permite abierta o
solapadamente, menos la sana doctrina y la Santa Misa de siempre? ¿Puede decirse que en el encuentro
sincretista de Asís en 1986 la Iglesia se hizo visible? ¡No, y mil veces no! Esa iglesia conciliar no es la
Iglesia visible.
Interesante notar que algunas personas, asustadas quizás por la idea de una Iglesia Católica sin Papa
por un tiempo prolongado, se atreven a decir que tan solo se trata de un mal Papa (refiriéndose a
Francisco.) ¿Será que no son conscientes de que Pablo VI fue quien impuso la misa bastarda y cambió
los ritos de los sacramentos? ¿No fue él quien suspendió a divinis a Mons. Lefebvre solamente por
querer este guardar y transmitir la doctrina y la tradición católicas? ¿Podrá ser que se hayan olvidado
que Juan Pablo II dió continuidad al modernismo impulsado por Pablo VI, que apostató públicamente
en diversas ocasiones y que excomulgó a los obispos tradicionalistas involucrados en las
consagraciones episcopales de 1988, en Écône? ¿Se habrán olvidado de las visitas de Benito XVI a las
sinagogas y de su renovación de la apostasía de Asís? ¿No estarán enterados de la humillación que hizo
a la Santa Misa de siempre relegándola a un rito extraordinario, es decir, un rito secundario?
No. No se trata de un mal Papa. Se trata de una nueva iglesia paralela que usurpa el nombre de Católica
para engañar a los católicos haciéndoles creer que es la misma iglesia, aunque paulatinamente se van
cambiando la doctrina, la liturgia, los sacramentos y hasta el sanctoral. Una nueva iglesia que se ha
quedado con los edificios y los templos, pero que ha despreciado la Verdad para propagar una doctrina
deleznable antropocéntrica y mundana, quizás en cumplimiento de aquello que escribió el profeta
Jeremías: «Porque dos males hizo mi pueblo: Me dejaron a Mí, que soy fuente de agua viva, y cavaron
para sí aljibes, aljibes rotos, que no pueden contener las aguas.» (Je 2, 13.)
i En ese tiempo, con esta propuesta circularon fotografías en las que se hacían notar algunas diferencias en la fisonomía
de los fotografíados. Se mostraban imágenes de Pablo VI y en unas se veían los lóbulos de las orejas adheridos a la
cara, en tanto que en otras se advertía la separación de los lóbulos.

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