Médico Médium - El Rescate Del Hígado
Médico Médium - El Rescate Del Hígado
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Reconocimientos recibidos por ANTHONY WILLIAM:
«Nunca deja de admirarme cómo entiende Anthony los alimentos, sus
vibraciones y sus interacciones con el cuerpo. Explica sin esfuerzo la
posible armonía o falta de armonía que provocan nuestras decisiones, de un
modo comprensible para todos. Tiene un don. Haz un favor a tu cuerpo y
trátate».
P W , artista y productor, ganador de 11 premios Grammy
«Si bien en el trabajo de Anthony William hay un claro elemento de
misterio “del más allá”, una buena parte de lo que nos revela (sobre todo en
relación con las enfermedades autoinmunes) nos parece eminentemente
acertado y verdadero. Lo mejor de todo es que los protocolos que
recomienda son naturales, accesibles y fáciles de llevar a cabo».
G P , actriz galardonada con un Oscar, escritora de éxito,
fundadora y directora de GOOP.com
«Anthony es una fuente fiable de información para mi familia. Su trabajo en
el mundo es una luz que ha conducido a muchos a la seguridad. Significa
mucho para nosotros».
R N yG H N
«Anthony es un gran hombre. Sus conocimientos son apasionantes, y me ha
ayudado mucho. ¡El zumo de apio lo cambia todo!».
C H , productor, DJ y artista galardonado con un Grammy
«¡Los conocimientos de Anthony acerca de los alimentos que consumimos,
sus repercusiones en nuestro cuerpo y nuestro bienestar general me han
supuesto un cambio radical!».
J D , estrella de World of Dance y de Step Up
«Anthony es un mago para todos los artistas que graban en este sello y, si su
obra fuera un disco, superaría con mucho a Thriller. Su habilidad es
profunda, notable, extraordinaria y alucinante. Es una luminaria cuyos
libros están repletos de profecías. Este es el futuro de la medicina».
C K , presidente y director ejecutivo de Atlantic Records
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«Los libros de Anthony son revolucionarios, pero prácticos. Cualquier
persona que se sienta frustrada por los límites actuales de la medicina
occidental descubrirá que merece la pena dedicarle tiempo
y consideración».
J B , creador, productor ejecutivo y protagonista de What
Would Diplo Do? y protagonista de Dawson’s Creek, y K
B , conferenciante y activista
«Mi familia y mis amigos hemos sido los receptores del inspirado don de
sanación de Anthony, y nos hemos beneficiado de él más de lo que soy
capaz de expresar; ahora disfrutamos de una salud física
y mental rejuvenecida».
S B , productor y protagonista de NCIS Nueva Orleans;
protagonista de Basmati Blues,
Star Trek: Enterprise y A través del tiempo
«Anthony es una persona maravillosa. Identificó algunos problemas de
salud que yo tenía desde hacía mucho tiempo, supo qué suplementos
necesitaba y consiguió que me sintiera mejor inmediatamente».
R J , productora y protagonista de Angie Tribeca; creadora y
productora ejecutiva de la serie documental Hot Girls Wanted;
coprotagonista de Parks and Recreation, The Office y La red social
«¿Te imaginas que una persona es capaz de decirte la enfermedad que tienes
con solo tocarte? Les presento las manos curadoras de Anthony William,
alquimista de los tiempos modernos que muy bien puede tener la clave de la
longevidad. Sus consejos salvadores irrumpieron en mi mundo como un
huracán sanador, y ha dejado tras de sí un rastro de amor y de luz. Es la
novena maravilla del mundo, con diferencia».
L G -D , productora ejecutiva jefe de Extra
«Anthony William está cambiando y salvando la vida de personas de todo
el mundo con su don singular. Su dedicación constante y su amplio
volumen de información muy avanzada han roto las barreras que impiden a
tanta gente acceder a verdades indispensables que todavía no ha descubierto
la ciencia ni los investigadores. A nivel personal, ha ayudado a mis dos
hijas y a mí, ofreciéndonos herramientas para el bien de nuestra salud que
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verdaderamente funcionan. ¡El zumo de apio ya forma parte de nuestra
rutina diaria!».
L R , estrella de Mujeres ricas de Beverly Hills y Days of Our Lives,
autora de éxito, diseñadora
de la colección Lisa Rinna
«Anthony no es solo un sanador cálido y compasivo, sino también un ser
auténtico y exacto, poseedor de unas habilidades que le ha concedido Dios.
En mi vida ha supuesto una bendición absoluta».
N C , modelo, actriz, activista
«Tuve el gusto de trabajar con Anthony William cuando llegó a Los
Ángeles y contó su historia en Extra. Fue una entrevista fascinante, y el
público quedó con ganas de saber más (…). ¡La gente se volvía loca por él!
Su personalidad calurosa y su gran corazón saltan a la vista. Anthony ha
dedicado su vida a ayudar a la gente a partir del conocimiento que recibe
del Espíritu, y comparte toda esa información en sus libros del Médico
médium, que nos cambian la vida a todos. ¡Anthony William no tiene
igual!».
S L , productora jefe de Extra
«Hace tiempo que sigo a Anthony y siempre me asombran (aunque no me
sorprenden) los casos de éxito que cuentan las personas que siguen sus
protocolos (…). Yo he estado siguiendo mi propio camino de curación
desde hace muchos años, de médico en médico y de especialista en
especialista. Él es auténtico, y confío en él y en sus amplios conocimientos
sobre cómo funciona el tiroides y sobre los verdaderos efectos que los
alimentos provocan en nuestro cuerpo. He remitido a Anthony a incontables
amigos, familiares y seguidores míos, porque creo que tiene
verdaderamente un conocimiento que no posee ningún médico. Ahora creo
en él y sigo un camino verdadero a la curación. Me siento honrada por
conocer a Anthony y bendecida por haber accedido a su obra. ¡Todos los
endocrinólogos deberían leer su libro sobre el tiroides!».
M V , chef, escritora, presentadora de televisión
«Soy hija de un médico y he confiado siempre en la medicina occidental
para que me alivie hasta la menor de las molestias. Las enseñanzas de
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Anthony me han abierto los ojos a los beneficios curativos de los alimentos
y a cómo te puede cambiar la vida un planteamiento más holístico de la
salud».
J M , actriz y autora del libro de éxito I Like You Just the Way I
Am
«El don de sanación que Dios ha concedido a Anthony William es
absolutamente milagroso».
D J E , Camera Store, Scorpion, Trumbo, Mad Men, CSI:
NY; protagonista durante diez años del programa JAB de la CBS
«Anthony William es un don para la humanidad. Su increíble labor ha
ayudado a curarse a millones de personas para las que la medicina
convencional no tenía respuestas. Su verdadera pasión y compromiso de
ayuda a las personas es incomparable, y agradezco haber podido compartir
en Heal una pequeña parte de su mensaje poderoso».
K N G , guionista, directora y productora del documental
Heal
«Anthony William es uno de esos pocos individuos que emplean sus dones
para ayudar a las personas a que se desarrollen y saquen provecho de todas
sus posibilidades erigiéndose en los mejores paladines de su propia salud
(...). He sido testigo de primera mano de la grandeza de Anthony en acción
cuando asistí a uno de sus emocionantes actos en directo. En mi opinión, la
exactitud de sus lecturas es equivalente a la precisión con la que un cantante
da todas las notas agudas. Sin embargo, más allá de las notas agudas, lo que
cautivó a la audiencia fue el alma auténticamente compasiva de Anthony.
Anthony William es un hombre al que me enorgullece tener por amigo, y
puedo decirte que el Anthony al que escuchas en los podcasts y aquel cuyas
palabras llenan las páginas de libros de éxito es el mismo que se acerca a
los seres queridos solo para darles su apoyo. ¡No está fingiendo! Es
auténtico, y la importancia de la información que transmite a través del
Espíritu tiene un valor incalculable, resulta muy empoderadora y se vuelve
sumamente necesaria en estos días».
D G , estrella de Broadway, cantante y compositora emblemática
«¡Anthony William tiene un don sorprendente! Le estaré siempre
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agradecida por haber descubierto la causa oculta de varios problemas de
salud que llevaban años aquejándome. Gracias a su apoyo bondadoso voy
mejorando día a día. ¡Creo que es una fuente de salud fabulosa!».
M F , actriz, escritora, conferenciante
«¡En los tres primeros minutos de conversación, Anthony identificó con
precisión cuál era mi problema médico! Este sanador sabe de verdad de lo
que habla. Sus habilidades como Médico Médium son únicas y
fascinantes».
Doctor A J , autor de El método Clean y de El método
Clean para el intestino, y fundador
del célebre programa Clean
«El don de Anthony lo ha convertido en el canal de una información que
está a años luz de la ciencia actual».
Doctora C N , autora de Hazte la vida fácil, Las diosas
nunca envejecen y Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer
«Desde que leí Médico médium: la sanación del tiroides, he ampliado mi
manera de enfocar este tema
y los tratamientos que utilizo para combatir estas enfermedades y estoy
comprobando su eficacia en mis pacientes. Los resultados son de lo más
gratificantes».
Doctora P H , fundadora y directora médica de The Hall Center
«¡Cuánto nos ha conmovido y beneficiado haber descubierto a Anthony y al
Espíritu de la Compasión, que nos llega con sabiduría curativa a través del
genio sensible de Anthony y de su trabajo como médium compasivo! Su
libro es verdaderamente “sabiduría del futuro” y gracias a él podemos
disponer milagrosamente de la explicación clara y exacta de muchas
enfermedades misteriosas que los textos médicos budistas ya habían
predicho que nos iban a afligir en esta era, en la que personas que se pasan
de listas han manipulado los elementos de la vida en busca de beneficios
económicos».
R T , titular de la cátedra Jey Tsong Khapa de Estudios
Budistas Indotibetanos, Universidad
de Columbia; presidente de la Casa del Tíbet de Estados Unidos; autor de
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Amad a vuestros enemigos,
La revolución interior y La vida infinita; presentador del podcast de Bob
Thurman
«Anthony William es el Médico Médium superdotado que dispone de
soluciones muy reales y no excesivamente radicales para las enfermedades
misteriosas que nos afectan a todos en nuestro mundo moderno. Estoy
emocionadísima por haberlo conocido personalmente, y lo considero mi
fuente de información más valiosa en lo que respecta a mis protocolos de
salud y los de toda mi familia».
A G , Expediente X, Halt and Catch Fire, Scandal, Pequeñas
mentirosas, El ala oeste
de la Casa Blanca, Mystic Pizza
«Anthony William ha dedicado su vida a ayudar a los demás con una
información que ha transformado significativamente la vida de muchas
personas».
A C , fundadora y directora ejecutiva de The Conversation
y del Proyecto Girlgaze, autora de It’s Messy y #girlgaze
«¡Me encanta Anthony William! Mis hijas, Sophia y Laura, me regalaron su
libro por mi cumpleaños y no pude dejar de leerlo hasta que lo terminé. El
Médico Médium me ha ayudado a unir todos los cabos en mi empeño por
conseguir una salud óptima. Gracias al trabajo de Anthony me di cuenta de
que mi organismo albergaba un Epstein-Barr residual, consecuencia de una
enfermedad de la infancia, que estaba minándome la salud muchos años
después. El Médico Médium me ha transformado la vida».
C B , The Young and the Restless, The Dukes of Hazzard
«Hace varios años sufrí una traumática crisis espinal, y si bien la
recuperación había sido constante, seguía padeciendo debilidad muscular,
agotamiento del sistema nervioso y exceso de peso. Un buen amigo me
llamó una noche y me recomendó con insistencia que leyera el libro Médico
médium de Anthony William. Me identifiqué con gran parte de la
información que contenía y empecé a poner en práctica algunas de sus
ideas; luego intenté conseguir una consulta personal y tuve la suerte de
lograrla. El texto era tan certero que me ha llevado a un nivel de salud
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inimaginado, más profundo y más rico. He perdido peso de forma
saludable, puedo disfrutar montando en bicicleta y practicando yoga, he
vuelto al gimnasio, tengo energía constante y duermo profundamente. Cada
mañana, mientras hago mis protocolos, sonrío y digo: “¡Caramba, Anthony
William! Muchas gracias por un regalo tan curativo… ¡te lo agradezco de
verdad!”».
R W , Flaked, Rosewood, Chicago P. D., Nashville, Bajo
escucha, Ray
«En este mundo de confusión, plagado de ruido constante en el campo de la
salud y de la curación, yo confío en la autenticidad profunda de Anthony.
Su don, verdadero y milagroso, se eleva por encima de todo lo demás hasta
llegar a un lugar de claridad».
P S , presentadora de Million Dollar Matchmaker
«Confío en Anthony William para todo lo referente a la salud de mi familia
y la mía propia. Incluso cuando los médicos se quedan perplejos, Anthony
sabe siempre cuál es el problema y cómo curarlo».
C F , NCIS: New Orleans, Secretos y mentiras, Sin rastro, El
último boy scout
«Anthony William aporta a la medicina una dimensión que aumenta
ampliamente nuestro entendimiento del mundo y de nosotros mismos. Su
trabajo forma parte de una nueva frontera de la sanación, administrada con
compasión y con amor».
M W , autora de los libros de éxito La ley de la divina
compensación, La dieta del alma,
La edad de los milagros y La plenitud del amor
«Anthony William es un guía generoso y compasivo. Ha dedicado su vida a
ayudar a la gente en el camino hacia la sanación».
G B , autora de los libros de éxito El universo te cubre las
espaldas, Judgment Detox
y Milagros ya
«Una información que FUNCIONA. Eso es lo que me viene a la mente
cuando pienso en Anthony William
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y en su profunda aportación al mundo. Nada me lo ha dejado tan claro
como verlo trabajar con una vieja amiga que llevaba años luchando contra
la enfermedad, la niebla mental y la fatiga. Había acudido a muchísimos
médicos y sanadores y realizado múltiples tratamientos. Pero nada le había
funcionado… hasta que Anthony habló con ella. A partir de ese momento,
los resultados fueron asombrosos. Recomiendo encarecidamente sus libros,
sus conferencias y sus consultas. ¡No te pierdas esta oportunidad de
curarte!».
N O , autor de The Tapping Solution for Manifesting Your Greatest
Self y La solución tapping
«El talento esotérico es solo un don completo cuando se comparte con
integridad moral y amor. Anthony William es una combinación divina de
curación, don y ética. Es un sanador auténtico que hace su trabajo
y lo comparte rindiendo un auténtico servicio al mundo».
D L P , autora de Autoimagen, autoestima y socialización y El
mapa del deseo
«Anthony es un vidente y un sabio del bienestar. Su don es notable. Con su
orientación he conseguido identificar y tratar un problema de salud que
llevaba años amargándome la vida».
K C , autora de los grandes éxitos Crazy Sexy Juice, Crazy Sexy
Kitchen y Crazy Sexy Diet
«Doce horas después de recibir una dosis colmada de confianza en mí
mismo, administrada magistralmente por Anthony, el zumbido de oídos
constante que sufría desde el año pasado (…) comenzó a claudicar. Estoy
asombrado, agradecido y muy contento por la información que me
proporcionó para seguir avanzando».
M D , autor de 10 lecciones de vida desde la muerte e Infinite
Possibilities
«Siempre que Anthony William recomienda una forma natural de mejorar
la salud, esta funciona. Lo he visto en mi hija, y la mejoría fue
impresionante. Su enfoque, a base de ingredientes naturales, es un modo de
sanación eficaz».
M D. S , asesor financiero, bróker número 1 en las
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clasificaciones de WealthManagement.com
y Wealth Advisor de Barron’s
«Los valiosísimos consejos que nos ofrece Anthony William para prevenir
y combatir las enfermedades están muchos años por delante de lo que puede
conseguirse en otros lados».
R S , médico oncólogo, hematólogo, nutricionista y experto
en combatir el envejecimiento, autor de Balance Your Health
«Anthony William es el Edgar Cayce de nuestro tiempo. Es capaz de leer el
cuerpo con una precisión y un conocimiento increíbles. Identifica las causas
ocultas de enfermedades que a menudo dejan perplejos a los profesionales
sanitarios convencionales y a los alternativos más astutos. Sus consejos
prácticos
y profundos lo convierten en uno de los sanadores más eficaces del siglo
».
A L G , autora de más de treinta libros sobre salud y
sanación y creadora del popularísimo plan depurativo y dietético Fat Flush
«Como mujer de negocios de Hollywood, sé qué cosas tienen valor.
Algunos de los clientes de Anthony llevaban gastados más de un millón de
dólares buscando ayuda para su “enfermedad misteriosa” antes de
descubrirlo a él».
N C , copresentadora de JAG, productora y empresaria de
Hollywood
«Anthony me hizo una lectura de salud y me contó con gran exactitud cosas
acerca de mi cuerpo que solo yo conocía. Este hombre tan amable, dulce,
divertido, humilde y generoso (y también tan “de otro mundo”, con un don
extraordinario y una capacidad que pone en entredicho nuestra forma de ver
el mundo) me ha dejado muy sorprendida… ¡y eso que yo soy médium! Es
en verdad nuestro Edgar Cayce moderno
y tenemos la enorme bendición de que esté con nosotros. Demuestra que
somos más de lo que creemos».
C B -R , autora de Oráculo de la sabiduría y presentadora del
programa de televisión
Messages from Spirit
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«Cualquier físico cuántico te dirá que en el universo hay en juego cosas que
todavía no somos capaces de comprender. Estoy absolutamente convencida
de que Anthony es capaz de manejarlas. Posee un don asombroso para
aprovechar intuitivamente los métodos de sanación más eficaces».
C L , autora de los libros de éxito The Kids’ Family Tree
Book, Cruel Beautiful World,
Is This Tomorrow y Pictures of You
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OTRAS OBRAS DE ANTHONY WILLIAM
Médico médium: Las claves de curación de las enfermedades
crónicas,
autoinmunes o de difícil diagnóstico
Médico médium. Alimentos que cambian tu vida: Cúrate a ti
mismo
y a tus seres queridos con los poderes curativos ocultos de las
frutas y verduras
Médico médium. La sanación del tiroides: La verdad sobre las
enfermedades
de Hashimoto y Graves, el insomnio, el hipotiroidismo, los nódulos
tiroideos
y el virus de Epstein-Barr
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MÉDICO MÉDIUM.
EL RESCATE
DEL HÍGADO
ANTHONY WILLIAM
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Título original: Medical Medium, Liver Rescue
Traducción: Alejandro Pareja Rodríguez
© 2018, Anthony William
Publicado originalmente por Hay House Inc. USA
Publicado por acuerdo con Hay House UK Ltd., Watson House
The Sixth Floor, 54 Baker Street, Londres W1U 7BU, Reino Unido
www.hayhouseradio.com
De la presente edición en castellano:
© Arkano Books, 2018
Alquimia, 6 - 28933 Móstoles (Madrid) - España
Tels.: 91 614 53 46 - 91 614 58 49
www.alfaomega.es - E-mail: alfaomega@alfaomega.es
Primera edición: marzo de 2020
Depósito legal: M. 34.260-2019
I.S.B.N.: 978-84-17851-04-0
Impreso en India
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o
transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de
sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos,
www.cedro.org) si necesita fotocopiar
o escanear algún fragmento de esta obra.
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u otras personas, hagan uso de la información o de cualquier contenido de
este libro. El lector debe consultar a un profesional de la medicina, de la
sanidad o de otro ámbito antes de adoptar cualquiera de las sugerencias de
este libro o de extraer conclusiones del mismo.
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A las comunidades de Médico Médium que se
despiertan
cada mañana para difundir el mensaje del
Espíritu con compasión
en los corazones y luz vivificadora en las
manos.
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PREFACIO
Cada vez que leo alguno de los libros de Anthony William o que escucho
alguno de sus programas de radio aprendo algo nuevo. Algo que tiene un
aire de veracidad, pero que no se enseña todavía en las facultades de
Medicina. Y no solo eso: lo cierto es que yo aplico en mi vida una buena
parte de lo que he aprendido así. Ejemplo de ello es un smoothie tomado de
su primer libro, Médico médium. En dicho libro, Anthony nos da recetas de
smoothies para el desayuno con los que puedes empezar cada día
practicando su Depuración Curativa de 28 Días, que yo seguí hace algunos
años. Mi propia variante de una de estas recetas se ha convertido en una
bebida básica y de referencia para mí, para mi nieta y para muchos amigos
míos. Nunca deja de suscitar comentarios de admiración. Y ahora (después
de haber leído El rescate del hígado) me alegro más que nunca de disfrutar
con regularidad de este elixir. No solo me hidrata los tejidos de manera
óptima sino que me ayuda a limpiar el hígado cada vez que lo tomo.
No te voy a dejar con la duda. Es así: de 2 a
3 plátanos de cultivo ecológico; de 1 a 2 tazas de arándanos silvestres de
Maine congelados (yo los compro al por mayor y siempre los tengo a
mano), un cazo de cerezas de cultivo ecológico congeladas. Añado agua
hasta obtener la consistencia deseada (suelen ser de 2 a 3 tazas) y lo paso
por la batidora para reducirlo todo a líquido. Así me preparo dos raciones
grandes o cuatro pequeñas. Si no tengo invitados, echo lo sobrante en un
tarro de vidrio y lo guardo para más adelante.
El libro de Anthony Médico médium: alimentos que cambian tu vida, me
la cambió a mí, como prometía su título, tanto como me la había cambiado
el primero. Esta hermosa obra me enseñó todo lo concerniente a la energía
increíble, a la información sanadora y a las lecciones espirituales que se
encuentran en todas las frutas y verduras. Gracias a este conocimiento,
hasta el comer una sencilla patata (que representa la puesta en contacto con
la tierra y la humildad) se ha convertido para mí en una experiencia mucho
más agradable. Ya no consumo los alimentos sin pensarlo. Ahora establezco
con ellos una relación de agradecimiento. (No siempre, claro está, pero
mucho más que antes).
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Y ahora, después de haber leído Médico médium: El rescate del hígado,
siento más respeto que nunca por mi hígado y los de todos los demás. Como
médica, lo que me enseñaron de la función hepática se limitaba casi
exclusivamente a la ictericia neonatal y a las cirrosis de los muchos
alcohólicos a los que traté en mis tiempos de joven interna. También fui
testigo de los efectos mortales que tuvieron sobre el hígado las primeras
intervenciones experimentales de bypass en la década de 1970. Muchos
pacientes murieron a causa de complicaciones entre las que figuraba el fallo
hepático. Es evidente que las intervenciones de bypass han avanzado mucho
desde entonces.
Pero he aquí la cuestión. La ciencia médica sigue sin apreciar lo que hace
el hígado día a día, mucho antes de que aparezcan cuadros como las
enzimas hepáticas elevadas, el hígado graso o la cirrosis. Cuando escribí, en
2001, la primera edición de La sabiduría de la menopausia, sabía muy bien
que la menopausia en sí no era la culpable de los múltiples síntomas que
empezaban a sentir las mujeres en su edad madura, como el insomnio, los
sofocos y la irritabilidad. De hecho, en Médico médium: El rescate del
hígado se señala que estos síntomas surgen, en gran medida, de un hígado
atribulado; no porque la mujer haya alcanzado una edad determinada y ya
esté destinada a deteriorarse, sino, más bien, porque nuestro estilo de vida
ha comprometido el funcionamiento de nuestro hígado.
Tal como señala Anthony, el hígado nos brinda dos niveles de protección
contra las toxinas ambientales de todo tipo: el desarme y la detención. Pero
si seguimos desatendiendo el funcionamiento de este hígado, estas
funciones no se mantendrán para siempre. Anthony se extiende sobre un
fenómeno que yo también he observado a lo largo de los años. Estas
capacidades del hígado empiezan a fallar cuando la mujer tiene 38 años, por
término medio, y cuando el hombre tiene 48, también por término medio, y
entonces comienzan síntomas tales como el aumento de peso y los sofocos,
así como eso que llamamos «envejecimiento». En la mayoría de las
personas, cuando llegan a estas edades, la capacidad desintoxicadora del
hígado ha quedado reducida a un 60 por ciento de la original. En esencia, el
hígado nos está diciendo: «Te he estado cuidando durante décadas, y ya no
puedo seguir así a menos que tú cambies algo».
Es para tomárselo en serio, ¿verdad? No es como para brindar por ello,
sobre todo teniendo en cuenta los efectos del alcohol sobre la salud del
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hígado.
He aquí lo que debes saber. La tarea del hígado consiste en seleccionar y
en filtrar. Separa lo beneficioso de lo tóxico. Limpia la sangre que va
directamente del hígado al corazón. Es el purificador definitivo de la
sangre. También te protege guardándose muy dentro de sí los disolventes,
los pesticidas y los virus, que así no llegan a tu torrente sanguíneo.
Cuando el hígado suelta las toxinas, estas pueden ir a tres sitios. Uno: al
colon, por medio de la bilis y de la vesícula biliar, y se eliminan con las
heces. Dos: a los riñones, de donde se eliminan a través de la orina. Y, por
último, tres: se eliminan en el torrente sanguíneo en forma de radicales
libres; pero este es un último recurso. Ahora, ¡atención! Esto lo debe saber
todo el mundo. Vivimos en una época en la que cada vez se están
diagnosticando más fibrilaciones auriculares, palpitaciones cardíacas y
otros problemas de corazón. De hecho, las enfermedades cardíacas de todas
clases son la primera causa de muerte, tanto de mujeres como de hombres.
He aquí lo que sucede, tal como lo expresa Anthony y como lo leerás en
este libro:
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el hígado será mucho más capaz de cuidar de ti. Nuestros organismos tienen
una capacidad casi milagrosa para regenerarse y recuperar la salud cuando
empezamos a proporcionarles los materiales y la atención que necesitan.
Al leer Médico médium: El rescate del hígado te documentarás sobre
muchas de las funciones y de los misterios del hígado que la ciencia médica
no conoce o no entiende todavía. Pero lo más importante es que conocerás
exactamente lo que necesita tu hígado para curarse a sí mismo y para llevar
a cabo las funciones salvadoras para las que ha sido diseñado. Conocerás la
existencia de un grupo especial de células llamadas «perime» que produce
el hígado cuando tiene demasiado llenos los depósitos de almacenamiento,
así como la de un sistema llamado «hepato-seguimiento» que el hígado es
capaz de ejecutar y que produce una capacidad y una fuerza sobrenaturales
para impedir que los alborotadores sean expulsados a tu torrente sanguíneo.
Te doy mi palabra de que, cuando hayas terminado de leer este libro,
estarás tan agradecido a tu hígado que te sentirás impulsado a hacer esas
cosas que le ayudarán a él a ayudarte a ti. Además, Anthony ha incluido
unas instrucciones muy concretas, acompañadas de listas de suplementos,
sobre el modo de favorecer a tu hígado en una gran variedad de situaciones,
desde el mantenimiento cotidiano hasta trastornos de salud concretos como
el acné, el síndrome del intestino irritable, trastornos de las glándulas
suprarrenales, hinchazón abdominal, trastornos autoinmunes, estreñimiento,
diabetes, ojeras, eccema y psoriasis, fatiga, infecciones de vesícula, piedras
en la vesícula, gota, palpitaciones cardíacas, hipertensión arterial, colesterol
alto, sofocos, ictericia, envejecimiento del hígado, síndrome de Raynaud,
trastorno afectivo estacional, aumento de peso, e incluso las varices y las
arañas vasculares. Por último, el libro contiene un capítulo entero dedicado
al rescate del hígado, que podrá aplicar cualquier lector para rescatar y
recuperar la funcionalidad óptima de su hígado.
En suma, Médico médium: El rescate del hígado merece figurar entre los
libros de salud de todos. Léelo. Aplícalo, aunque solo sean algunos de sus
consejos, y disfrutarás para toda la vida de las ventajas de tener el hígado
sano y feliz. No te arrepentirás.
Doctora CHRISTIANE NORTHRUP, autora de los libros de éxito Las diosas
nunca envejecen,
La sabiduría de la menopausia y Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer
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Anthony William, con 4 años, curando a un pajarito herido
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UNA NOTA PARA TI
Los seres humanos han buscado tesoros desde hace mucho tiempo.
Cuando se busca un tesoro, ya se trate de los restos de un antiguo barco
naufragado cargado de riquezas o de un cofre lleno de oro marcado en un
mapa del tesoro, suele suceder que los buscadores se acercan mucho
después de haber pasado años buscando el tesoro muy lejos. Han
investigado, a veces durante décadas enteras; han invertido en la empresa
todo el dinero que podían conseguir, así como su tiempo y su energía; y
entonces, cuando están excavando, se produce un terremoto que hace caer
el tesoro por una fisura, dejándolo inalcanzable para ellos. Lo mismo puede
suceder en la busca de los restos de un naufragio. Para poder bucear deben
darse unas condiciones ideales en el mar. Es posible que el tesoro haya
quedado cubierto por un arrecife de coral derribado, o que las aguas sean
demasiado peligrosas porque están infestadas de tiburones.
Hemos pasado muchas décadas lejos de la verdad acerca de las
enfermedades crónicas, mientras personas de valía las investigaban y se
iban acercando cada vez más a las respuestas. Hay neurólogos famosos que
se aproximan pero que no pueden seguir adelante por falta de fondos. En
estos tiempos de la medicina moderna, cuando ya nos estamos acercando,
después de que tantas personas hayan sufrido e incluso de que se hayan
perdido vidas sin obtener respuestas, todos los avances se quedan
bloqueados. Las respuestas casi se alcanzan, pero nada más. Una teoría
como la de culpar a los genes nos aleja de la verdad, porque hace que la
ciencia médica dedique todos sus recursos a la investigación genética en
vez de ponerse a buscar las respuestas que llegarían a poner fin a la locura
de las enfermedades crónicas que ya nos ha asediado durante demasiado
tiempo.
¿Cuántas veces has visto suceder algo sabiendo que podría haber sido de
otra manera si los demás conocieran lo que tú habías aprendido en la vida?
Yo he pasado toda mi vida viendo transcurrir décadas mientras las
comunidades médicas avanzaban entre pasos adelante y tropiezos,
intentando entender por qué sufre la gente. He sido testigo de cómo estaban
a punto de darse de bruces con las respuestas a los interrogantes sobre las
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causas de las enfermedades crónicas, pero sin que llegaran a dar el último
paso y encontrarlas. Mi tarea consiste en darte a conocer a ti estas
respuestas. ¿Estás preparado para recibirlas?
En estas páginas encontrarás las verdades que los investigadores y la
ciencia médica han estado a punto de tener en la mano, pero que se les ha
impedido alcanzar. Yo he recibido las respuestas sobre los síntomas y los
trastornos crónicos, para que tú ya no tengas que quedarte detenido por los
errores y por los obstáculos que se oponen a los avances médicos en el
campo de las enfermedades crónicas. Aquí, las respuestas no están
encerradas en un castillo custodiado por un dragón con aliento de fuego, ni
en un cofre del tesoro custodiado por un monstruo marino. No hay falta de
subvenciones, ni planes políticos, ni errores consentidos que te impidan
descubrir el modo de seguir adelante, porque yo no estoy atado a ningún
sistema. Aquí, en estas palabras, reside la libertad, que es alcanzable.
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La mayoría de los médicos tienen una sabiduría y una intuición innatas
que les dicen que la medicina oficial no les da lo que ellos necesitan para
poder ofrecer los mejores diagnósticos y tratamientos en lo que se refiere a
las enfermedades crónicas. ¿Cuántas veces has oído decir: «El … no tiene
cura»? (Llena el espacio en blanco con el nombre de la enfermedad). Hay
médicos, hasta algunos que terminaron sus estudios con el número uno de
su promoción en las facultades de Medicina mejores y más selectas, que
reconocen con sinceridad que salieron de la facultad sin estar preparados
para trabajar con pacientes de enfermedades crónicas. Tuvieron que hacerse
expertos por su cuenta. Y, por otra parte, también hay médicos que creen
que en la facultad de Medicina les dieron todas las respuestas y que
piensan, por algún motivo, que su formación está por encima de los
misterios de las enfermedades crónicas; creen que todo lo demás son
tonterías y fantasías, y es una lástima, pues están negando la existencia de
los millones de personas que padecen sin tener verdaderas respuestas. De
una manera o de otra, ni los médicos ni los investigadores tienen la culpa de
que el sector de la medicina no haya sido capaz de resolver los misterios de
las enfermedades crónicas. Hay mentes científicas maravillosas y brillantes
que realizan a diario descubrimientos que precisan que unos inversores y
tomadores de decisiones que están en lo alto les den luz verde para poder
seguir adelante. Hay millares de descubrimientos que podrían mejorar de
verdad la vida de las personas pero a los que se impide seguir adelante, y
hay individuos del ámbito de la ciencia a los que se frena en sus avances.
A veces consideramos que la ciencia médica es como las matemáticas
puras, que se rigen únicamente por la lógica y por la razón. Aunque las
matemáticas y la medicina están asociadas a veces, no son una misma cosa.
Las matemáticas son definitivas; la medicina no lo es. La ciencia médica
verdadera es un resultado, es la consecuencia de aplicar una teoría. Es
posible aplicar las matemáticas a la ciencia médica; pueden emplearse para
elaborar un medicamento, por ejemplo, aunque este no se puede considerar
científico mientras no exista un resultado probado y unas cifras aceptables
al final. Los laboratorios científicos son unos terrenos de juego donde unas
personas juntan metódicamente diversos materiales para poner a prueba
diversas hipótesis y teorías, mientras unos inversores presionan para que se
obtenga un resultado favorable lo antes posible. Es muy frecuente que las
teorías se traten como realidades antes de que haya habido la posibilidad de
26
demostrarlas o de refutarlas. Esto se da especialmente con las enfermedades
crónicas. En el campo de la medicina de las enfermedades crónicas es
rarísimo que te den una respuesta concreta que sea correcta.
¿Verdad que sería bonito que la ciencia fuera ese ideal que a veces
suponemos que es? ¿Que fuera una actividad en la que no tuviera
importancia el dinero y solo la tuviera la verdad? La ciencia médica, como
cualquier otra actividad humana, sigue siendo un trabajo en marcha. Piensa
que hace poco que el mesenterio ha sido reconocido como un órgano. Ese
tejido conjuntivo activo, semejante a una malla, ha estado a la vista desde
siempre, y hasta se ha reconocido su existencia en algún momento, pero
solo ahora empieza a recibir el crédito que merece. Tienen que llegar más
cosas; se producen nuevos avances a diario. La ciencia evoluciona
constantemente; y así, las teorías que en un momento dado parecen
definitivas y completas pueden quedar obsoletas al poco tiempo. Todo esto
se puede resumir en lo siguiente: la ciencia no tiene aún todas las
respuestas.
Llevamos esperando más de cien años a que la comunidad médica nos
ofrezca nociones tangibles sobre los problemas del hígado (así como sobre
los problemas de salud que nadie sabe que se deben al hígado), y estas
nociones no han llegado. No tienes por qué seguir esperando otros diez,
veinte, treinta años o más a que las investigaciones científicas nos aporten
las verdaderas respuestas. Si no te puedes levantar de la cama, si tus días
son penosos o te sientes perdido acerca de tu salud, no tienes por qué
soportarlo ni un minuto más, ni mucho menos diez años más. Y tampoco
tienes por qué ser testigo de cómo tus hijos pasan por lo mismo... Sin
embargo, millones de personas viven así.
27
constantemente, con claridad y con precisión, como si yo tuviera
continuamente a mi lado a un amigo que me informa sobre los síntomas de
todos los que me rodean. Además, el Espíritu me enseñó, desde una edad
temprana, a ver imágenes físicas de las personas, como si fueran unas
imágenes por resonancia magnética sobrealimentadas, que ponen de
manifiesto todos los bloqueos, enfermedades, infecciones, zonas
problemáticas y trastornos pasados.
Te vemos. Sabemos a lo que tienes que enfrentarte. Y no queremos que lo
sigas padeciendo ni un momento más. La tarea de mi vida es transmitirte
esta información para que te puedas remontar por encima del mar de la
confusión (del ruido y de la retórica de las modas y las tendencias de hoy en
el campo de la salud), con el fin de que recuperes tu salud y orientes tu vida
valiéndote por ti mismo.
Los datos de este libro son auténticos, son de verdad, y son todos para tu
bien. Este libro es distinto de otros libros sobre salud. Contiene tanta
información que puede interesarte volver a leerlo para asegurarte de que la
has captado toda. En algunos casos te parecerá que esta información se
opone a lo que habías oído hasta ahora, y en otras ocasiones será cercana a
la de otras fuentes, pero con diferencias sutiles y trascendentales. El hilo
común es que se trata de la verdad. No es teoría reelaborada ni reciclada,
presentada de modo que parezca una manera nueva de entender los
síntomas y las enfermedades crónicas. La información que contiene este
libro no procede de ciencia fallida, ni de grupos de interés, ni de inversores
médicos con condiciones propias, ni de investigaciones fracasadas, ni de
lobbies, ni de sobornos internos, ni de sistemas de creencias inflexibles, ni
de grupos privados de gente influyente, ni de agentes pagados en el campo
de la salud, ni de trampas de moda.
Los obstáculos que he citado impiden que la ciencia y las investigaciones
médicas realicen los avances que deben hacer para entender las
enfermedades crónicas. Cuando las fuentes externas tienen intereses
creados que las mueven a ocultar determinadas verdades, entonces el
tiempo y el dinero preciosos que se destinan a las investigaciones se
derrochan en campos no productivos. Determinados descubrimientos que
harían avanzar de verdad el tratamiento de las enfermedades crónicas se
dejan de lado y se quedan sin subvenciones a la investigación. En vez de
ello, es posible alterar (por contaminación y por manipulación) los datos
28
científicos que nosotros consideramos absolutos, después de lo cual otros
expertos en sanidad los tratan como si fueran leyes, a pesar de sus defectos
inherentes.
Los datos y las cifras sobre la salud del hígado que encontrarás en las
próximas páginas no estarán acompañadas de citas ni de referencias a
estudios científicos que hayan dimanado de fuentes no productivas. No
tendrás que temer que esta información quede superada, ni que se
demuestre su falsedad, como te sucedería con otros libros sobre salud,
porque todo el conocimiento sobre salud que presento aquí procede de una
fuente pura, no manipulada, avanzada y limpia, de una fuente superior: el
Espíritu de la Compasión. Nada hay más curativo que la compasión.
Si tú eres una persona que solo cree en lo que nos puede decir la ciencia,
has de saber que a mí también me gusta la ciencia. Has de saber, también,
que a menos que estemos hablando de los trasplantes de hígado (terreno en
el que la ciencia ha avanzado de manera espectacular), la ciencia médica
todavía tiene mucho que aprender acerca de las funciones cotidianas del
hígado, de sus desafíos y de sus necesidades. Si bien es cierto que vivimos
una época maravillosa, también lo es que estamos más enfermos y más
cansados que nunca hasta ahora en la historia. Si los profesionales de la
medicina tuvieran idea de qué gran proporción de los padecimientos de las
personas se puede atribuir a un hígado sobrecargado o desatendido, se
produciría una revolución en nuestra manera de pensar acerca de casi todos
los aspectos de nuestra salud.
A diferencia de muchos otros campos de la ciencia, que se basan
firmemente en los pesos, en las medidas y en las matemáticas, el
pensamiento científico acerca de las enfermedades crónicas sigue siendo
teórico, y las teorías de hoy contienen muy poca verdad; a esto se debe que
siga habiendo tanta gente expuesta a síntomas y trastornos crónicos. Si las
cosas siguen así, llegaremos a un punto en que no se realizará ningún
estudio en absoluto que no esté dirigido por intereses y planes particulares
hacia resultados que van en tu contra. A esta tendencia se debe el hecho de
que la ciencia oficial haya dejado en la estacada a los enfermos crónicos
desde un principio, dejando también en la estacada a los médicos y
haciendo sufrir a centenares de millones de personas.
29
Hubo un tiempo en que vivíamos sometidos al imperio de la autoridad.
Nos decían que la Tierra era plana y que el Sol giraba alrededor de la Tierra,
y nosotros nos lo creíamos. Esas teorías no eran hechos reales, pero la gente
las trataba como si lo fueran. A la gente que vivía en aquellos tiempos no le
parecía que su manera de vivir estuviera atrasada; la vida era así, sin más.
El que alzaba la voz contra el statu quo quedaba por tonto. Después, en la
ciencia se produjo un cambio de modelo. Los indagadores, es decir, los
investigadores y los pensadores comprometidos, los que no se habían
conformado nunca con aceptar los «hechos» sin más, terminaron por
demostrar que el análisis científico podía abrirnos la puerta a un
conocimiento del mundo más auténtico y más verdadero.
Ahora, la ciencia se ha convertido en la nueva autoridad. Gracias a ello se
salvan vidas en algunos casos. Por ejemplo, en nuestros tiempos los
cirujanos esterilizan sus instrumentos, pues disponen de un conocimiento de
los peligros de la contaminación que no tenían los cirujanos antiguos. Pero
por el mero hecho de que se hayan producido determinados avances no
debemos dejar de indagar activamente. Ha llegado el momento de un nuevo
cambio de modelo. «Lo dice la ciencia» no basta como respuesta en lo que
se refiere a las enfermedades crónicas. ¿Es buena ciencia? ¿Quién ha
financiado las investigaciones? ¿Se realizaron con muestras lo bastante
diversas? ¿Lo bastante amplias? ¿Los controles se llevaron con ética? ¿Se
tuvo en cuenta un número suficiente de factores? ¿Los instrumentos de
medida estaban lo bastante avanzados? ¿El análisis que se aplicó a los
resultados nos está contando una historia distinta de la que dicen los propios
números? ¿Hubo sesgos? ¿Forzó los resultados algún agente de los poderes
establecidos? Hay estudios científicos cuyo valor brilla por sí mismo. En
otros se aprecian lagunas: intereses económicos, sobornos, muestras
reducidas, malos controles. Nos sueltan la palabra ciencia como si
debiésemos inclinarnos ante ella sin poner nada en duda. Esto recuerda
mucho a las ideologías autoritarias, ¿no es cierto? No hemos dejado atrás
aquellos sistemas de creencias tanto como pensamos. No puede producirse
el progreso sin que se ponga en tela de juicio el marco mismo de las
creencias; pero en nuestra sociedad moderna no se nos permite cuestionar el
marco científico.
Las modas no siempre parecen modas. Es frecuente que se disfracen de
recomendaciones médicas sólidas. Una buena parte de la información
30
disponible sobre temas de salud son ideas de segunda mano o, lo que es
peor, son ideas que se repiten de boca en boca y se desvirtúan por el
camino. Debemos ser conscientes de que alguien puede transmitir un
mensaje con segundas intenciones, de modo que, cuando nos llega, está
distorsionado. Antes había buenas fuentes primarias que servían de modelo.
Ahora hay una necesidad tan enorme de publicar contenido que algunas
documentaciones de la literatura médica se precipitan, y son publicadas a
partir de una única fuente que parece que suena bien. Debemos estudiar los
intereses especiales de los que interpretan y publican. E incluso los
resultados mismos de la investigación: ¿son de fiar?
La ciencia se emplea con frecuencia como mecanismo de ataque. Es una
etiqueta que puede servir para dar un nuevo giro a cualquier cosa. Por
ejemplo, en el caso de los enfrentamientos sobre la alimentación. Los
veganos hacen la guerra a los paleo con la ciencia. Los paleos hacen la
guerra a los veganos con la ciencia. Ambos bandos recurren a estudios
científicos para justificarse... porque se puede encontrar un estudio que
justifique casi cualquier cosa. (¿Que quieres un estudio que demuestre que
comer hígado es bueno para el hígado? Lo hay. ¿Que el queso alarga la
vida? También lo hay. ¿Esos estudios son correctos, o están viciados? Eso
tendrás que decidirlo tú cuando leas este libro). Cuando no basta con la
ciencia, los bandos enfrentados sobre la alimentación recurren al aspecto
emocional del sistema de creencias de los otros. Los veganos dicen a los
paleo que están matando animales. Los paleo dicen a los veganos que se
están matando de hambre a sí mismos y a sus hijos. Ponerse mejor no
consiste en elegir bando ni en el sistema de creencias que hayas adoptado
en ese momento dado, aunque ese sistema de creencias esté basado en
informes que hayas leído sobre estudios científicos. Consiste en que
entendamos las responsabilidades de nuestro hígado y en que le ayudemos a
llevarlas a cabo.
Esto no lo conseguiremos a base de tratar a la ciencia como si fuera un
dios y de tratar a los que indagan la validez de las teorías y de los resultados
como si fueran tontos. La ciencia médica se protege a sí misma. Aunque los
profesionales de la sanidad pueden tener las mejores intenciones cada uno
por separado, el sector en su conjunto no se dedica a velar por una persona;
se dedica a velar por sí mismo, pues debe defender su posición de
autoridad. Es un egocentrismo absolutamente crónico.
31
Seamos sinceros. Hasta la ciencia moderna da muestras de tener fisuras a
veces en los terrenos que nosotros creemos más sólidos. Ya sabrás de qué te
estoy hablando si has oído casos de partidas defectuosas en prótesis de
caderas o de mallas para hernias. Son unos artículos tangibles que se
diseñaron siguiendo pautas científicas exigentes, se sometieron a pruebas
científicas rigurosas antes de usarse, y aun con todo eso, ese proceso tan
científico no tenía todas las garantías. En determinados productos surgieron
problemas imprevistos, y un campo de la ciencia que parecía incuestionable
resultó ser falible. Si esto es así, piensa cuánta incertidumbre quedará en el
entendimiento científico de las enfermedades crónicas, del hígado y de las
múltiples funciones de este órgano. El hígado no es un aparato que puedas
tomar en las manos para medirlo y analizarlo con independencia del resto
de tu ser. Es una parte activa del cuerpo humano, y todos sabemos que el
cuerpo humano es uno de los mayores milagros y misterios de la vida.
Además, la ciencia es una actividad humana y es un trabajo en marcha,
sobre todo cuando dicho trabajo consiste en descifrar el cuerpo humano.
Para que ese trabajo siga verdaderamente en activo se requiere atención,
apertura de miras y capacidad de adaptación constantes.
Si no has tenido nunca grandes dificultades de salud ni sabes lo que es
sufrir durante años sin que den respuesta a tu trastorno, o si te sientes
anclado firmemente a un determinado sistema de creencias médico,
científico o nutricional, espero que abordes los próximos capítulos con
curiosidad y con la mente abierta. Detrás de los síntomas y de los
padecimientos crónicos que están tan extendidos en nuestros días se
encierra un significado que es mucho mayor de lo que nadie haya
descubierto todavía. Lo que vas a leer en estas páginas es distinto de
cualquier información que hayas visto hasta ahora sobre el hígado, sobre las
enfermedades crónicas o sobre la curación. Esta información ha ayudado a
decenas de miles de personas a lo largo de las últimas décadas.
ESTAMOS JUNTOS
Desde que empecé a comunicar la información del Espíritu he tenido la
dicha de ver que esta marca una diferencia para esas personas. Con la
publicación de la serie de libros Médico médium me he conmovido, y más
32
que conmovido, al ver cómo salía al mundo ese conocimiento y ayudaba a
miles de personas más.
También he observado que algunos de estos mensajes se han manipulado,
pues determinados individuos que piensan sobre todo en su carrera
profesional han intentado subir la escalera de la fama y de la notoriedad.
Este planteamiento llega hasta el núcleo más sensible del sufrimiento de las
personas y se aprovecha de él.
El don que se me otorgó no debía ser empleado de ese modo. El Espíritu
es una voz para los que necesitan respuestas; es una fuente independiente de
un sistema lleno de trampas, en las que se han perdido tantas vidas por el
camino. Nos encanta que las personas se vuelvan expertas en la
información sobre salud que yo comunico, y que difundan a los cuatro
vientos el mensaje de compasión, en nombre de una verdadera ayuda a los
demás. Esto lo agradezco mucho. Pero el peligro comienza cuando esa
información se manipula; cuando se entrelaza y se combina con
información falsa y tendenciosa; cuando se modifica lo justo para que
parezca original, o cuando se hurta descaradamente y se atribuye a unas
fuentes aparentemente creíbles que carecen de verdad. Si te digo esto es
porque quiero que lo sepas, para que te protejas y protejas a tus seres
queridos de la desinformación que hay por ahí.
Este libro no es una repetición de las cosas que ya has leído. No trata de
un sistema de creencias que culpe a tus genes o que diga que tu cuerpo es
defectuoso; ni tampoco consiste en dar un nuevo giro a una dieta de moda,
alta en proteínas, para tener a raya a los síntomas. Esta información es
fresca; es una perspectiva completamente nueva sobre los síntomas que
lastran a tantas personas en sus vidas, y es una perspectiva completamente
nueva sobre el modo de curar.
Si desconfías, lo entenderé. Reaccionamos, juzgamos; es lo que hacemos.
Es un instinto que nos puede proteger en determinadas circunstancias; a
veces, nos ayuda a vivir. En este caso, espero que te lo replantees. Tus
juicios previos pueden impedir que conozcas la verdad. Podrías perder la
oportunidad de ayudarte a ti mismo o de ayudar a los demás.
De modo que abróchate el cinturón de seguridad. Estamos juntos en esta
tarea de hacer que la gente esté mejor, y quiero que tú te conviertas en el
nuevo experto en salud del hígado. Te agradezco que me acompañes en este
viaje de curación y que te tomes el tiempo necesario para leer este libro.
33
Aprender la verdad lo cambiará todo, tanto para ti como para los que te
rodean... Llegarás por fin a apoderarte del tesoro.
34
«Te vemos. Sabemos a lo que tienes que
enfrentarte.
Y no queremos que lo sufras ni un momento
más».
35
36
PRIMERA PARTE:
LA VERDADERA VOCACIÓN DE
TU HIGADO.
PACIFICADOR MILAGROSO
37
Capítulo 1.
Lo que hace tu hígado por ti
38
más, y prosiguen los oohs y los aahs. Por fin, la ballena se despide
exhibiendo en lo alto su aleta caudal.
Todos los pasajeros aplauden, sin excepción. Todos ellos, sin excepción,
han tenido una experiencia religiosa profunda. Si se les hacen fotos cuando
bajan del barco y se comparan con las fotos que se les tomaron «antes», se
ve que son personas que han sufrido un cambio radical, como si estuvieran
flotando en el aire y como si en sus almas se hubiera infundido la luz de
Dios.
Todos sabemos que las ballenas existen. Podemos haber visto
documentales en televisión, o haber leído algún artículo, o haber visto
pósteres con motivos inspiradores. Pero no solemos oír gran cosa de ellas
en nuestra vida cotidiana. Si a las ballenas les va bien o si decae su número,
si están amenazadas por la contaminación o si se están dando grandes
migraciones en este año, no son cosas que salgan en los titulares de las
noticias. Las ballenas viven fuera del alcance de nuestra vista, y la nuestra
es una cultura del «hay que verlo para creerlo» o del «hay que verlo para
apreciarlo». Para que esos gigantes amables nos cambien la vida tenemos
que ir a buscarlos. Para que lleguemos a entender su valor tenemos que
verlos de cerca.
Así pasa con otras muchas cosas de la vida. Piensa en el futuro padre que
está con su pareja en el laboratorio de resonancias, viendo por primera vez
una imagen del feto que se desarrolla dentro de ese vientre embarazado. Su
nivel de descubrimiento es profundo; no se puede comparar con el efecto de
la ropa de premamá que se acumula en el armario ni con las vitaminas
prenatales en la encimera de la cocina. Hasta el momento de ver al bebé en
la pantalla, el miembro de la pareja que no sentía crecer aquello dentro de él
solo podía imaginarse lo que estaba pasando por debajo de la superficie; no
era tan real. Pues, lo creas o no, el funcionamiento de tu hígado se puede
comparar con estos milagros, que son de los más profundos y ocultos del
universo. Así es: las criaturas marinas grandes como dinosaurios, el
fenómeno del nacimiento... y tu hígado.
39
colegio no nos enseñan gran cosa acerca del hígado, y tampoco se publican
tantas noticias sobre él como sobre el cerebro, por ejemplo. En el caso del
cerebro, podemos conectarle unos diodos y ver sus ondas. Conocemos la
diferencia entre estar dormidos y estar despiertos. Podemos sentir en
primera persona cuándo estamos viviendo bloqueos de pensamiento,
problemas emocionales, ansiedad o depresión. También nos resultan
familiares los efectos del deterioro mental y estamos atentos a la aparición
de los síntomas de la demencia. Recordamos a diario la existencia de
nuestro cerebro de muchos modos, incluso cuando decimos expresiones
tales como «estar bien de la cabeza», o que alguien es «un cerebrito», o
cuando nos señalamos la cabeza y decimos: «Lo tengo todo aquí».
También el corazón sale mucho en las noticias, porque su existencia se
hace notar a diario. Sentimos sus latidos; sentimos cuándo se acelera;
cuando está mal sincronizado, lo notamos. Con un monitor cardíaco
podemos seguir sus movimientos, y observamos si nuestro ritmo cardíaco
mejora con un programa de ejercicios. En el supermercado vemos etiquetas
de «bueno para el corazón», y hemos oído hablar desde niños de corazones
partidos, de sentirse descorazonados y de ataques al corazón; hemos visto
figuras de corazón pegadas por todas partes el día de San Valentín; hemos
marcado con el dedo siluetas de corazones y hemos querido a alguien de
todo corazón. Decimos que «esto me alegra el corazón», cantamos
canciones que hablan de «dar cuerda al corazón» y podemos decir a una
amiga que tiene un novio nuevo: «No le des tu corazón todavía». El padre o
la madre que ve que su hijo o hija emprende por primera vez una relación
sentimental espera que tenga bien protegido el corazón.
También hay otras partes del cuerpo que se hacen notar. Nuestros
músculos se vuelven más firmes y más marcados cuando hacemos ejercicio,
o más pequeños y blandos cuando nos pasamos los días metidos en la cama.
Nuestra piel es un claro reflejo de lo que pasa en nuestra vida, ya esté
pálida, despellejada, con erupciones o resquebrajada... o reluciente. En
cuanto a los pulmones, podemos apreciar cómo se nos dilata el tórax
cuando inspiramos hondo y cómo se contrae cuando soltamos el aire.
Aunque el tabaco era antiguamente una amenaza desconocida, ahora vemos
por todas partes anuncios de las autoridades sanitarias sobre los peligros del
hábito de fumar y del cáncer de pulmón. Notamos claramente la vejiga
cuando está llena; analizamos el color, la cantidad y el contenido de nuestra
40
orina, y sentimos dolores y sensaciones de escozor que nos hacen saber que
tenemos infecciones del tracto urinario. El sistema gastrointestinal también
nos recuerda constantemente su presencia. Sentimos el estómago cuando
está lleno; notamos que gruñe cuando está vacío, y hasta podemos examinar
el contenido de lo que excreta. Sabemos dar mucha importancia a estas y a
otras partes trascendentales de nuestro organismo porque nos resulta fácil
ser testigos de su dura labor.
Y, por otra parte, tenemos el hígado, pero ni lo vemos ni pensamos en él.
Ni siquiera somos conscientes de su existencia; la palabra «hígado» nos
suena de haberla oído en la cocina de nuestra abuela cuando ella preparaba
alguna de sus recetas. Si no percibimos el trabajo del hígado del mismo
modo que percibimos los latidos del corazón, es que no estará trabajando
tan duro para nosotros. Si no vemos cuánto se esfuerza, es que no debe de
haber ningún problema. Y, así, este órgano queda relegado a la categoría de
los misterios. ¿Qué es lo que hace allí dentro en realidad? ¿Hace algo? Nos
resulta fácil olvidarnos de la existencia misma del hígado.
Los profesionales de la medicina sí saben que algo marcha mal por
debajo de la superficie. Saben que algo falla, aunque no se vea ni se sienta.
Son testigos del incremento de los trastornos de salud. Ven que un paciente
tras otro les describe misteriosas enfermedades crónicas, y ellos buscan
respuestas por todas partes. El problema es que las modas sobre la salud
suelen entorpecer la búsqueda de la verdad.
Ha habido una moda reciente por la que se han dedicado cantidades
enormes de tiempo, energía y recursos a la glándula tiroides. Ya hablamos
de esta teoría popular en mi libro anterior, Médico médium: la sanación del
tiroides. Según esta moda, el tiroides enfermo lo explica todo, desde la
pérdida del cabello hasta los abortos involuntarios; y vimos en el libro por
qué estaba equivocada esa moda. Si bien es cierto que el tiroides es una
parte increíble del cuerpo humano, esta glándula no es, por sí misma, el
eslabón perdido en la explicación de las enfermedades crónicas. De modo
que en muchos casos en que se echa la culpa al tiroides (o al corazón, o al
sistema gastrointestinal, o a los genes), la realidad es que es el hígado el que
tiene problemas.
Lo cierto es que tu hígado es el mejor amigo que has tenido jamás. Lleva
a cabo más de 2000 funciones trascendentales que los investigadores y la
ciencia médica no han descubierto todavía. Trabaja duro para ti, noche y
41
día. Se prepara por adelantado cuando sabe que vas a necesitar más apoyo,
y está listo para limpiar el desaguisado cuando tú has cometido excesos. Es
un almacén, un filtro, un centro de procesado, un servicio de recogida de
basuras, y más cosas. Te protege, te escuda y te defiende desde todos los
ángulos. Ha estado velando por ti desde siempre, apagando incendios,
desactivando bombas, recibiendo las balas que iban dirigidas a ti,
deteniendo a los malos que tenías dentro y evitando los desastres internos.
Después de todo lo que has pasado en la vida, si sigues vivo es gracias a tu
hígado.
Pregunta a un cirujano qué sintió cuando vio por primera vez un hígado
vivo. Después de tantas horas de clase y de estudiar tantos libros de texto,
después de ver tantas ilustraciones y fotos, después de haberse pasado
meses en el laboratorio diseccionando cadáveres, ¿qué sintió cuando se
encontró en el quirófano ante el hígado visible de un paciente vivo? Lo más
probable es que el cirujano te cuente que le resultó increíble. Puede que
aquella noche ni siquiera fuera capaz de dormir, por la impresión de haber
visto aquel órgano majestuoso y misterioso en su elemento... como quien
contempla una ballena, majestuosa y misteriosa. Y eso que solo sabía una
parte pequeña de las cosas que hace el hígado.
Ahora empezarás a ver a tu hígado bajo una luz completamente nueva, a
apreciarlo como lo apreció este cirujano... y más. Para eso he escrito este
libro: para que puedas asomarte al interior de tu cuerpo y conocer al mayor
de tus aliados, al que te ha acompañado todo este tiempo, al que ha
trabajado más de lo que sabe nadie. No nos hace falta viajar hasta los
últimos confines del planeta para asombrarnos ante las maravillas del
mundo natural; nos basta con mirar dentro de nosotros mismos.
EL HÍGADO, EN PELIGRO
¿Y si estás demasiado sobrecargado como para ponerte a examinar lo
milagroso solo por mera curiosidad? Entre tantos desafíos de esta vida
cotidiana en la que tenemos un millón de tareas pendientes y urgentes, ¿qué
nos importa que el hígado sea una manifestación deslumbrante de la
inteligencia del cuerpo humano? ¿Por qué nos tenemos que interesar por el
hígado?
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Ya tenemos muchas cosas de las que preocuparnos. Velar por la seguridad
y la salud de nuestra familia; rendir bien en el trabajo; mantenernos sanos;
evitar la epidemia de obesidad, la epidemia de depresión, las enfermedades
cardíacas, el envejecimiento temprano; vivir con las enfermedades crónicas;
heredar una Tierra contaminada; la extinción de la vida salvaje; un futuro
incierto... La lista es interminable. Gastamos bastante energía para salir
adelante día a día teniendo que hacer frente a todo esto. Entonces, ¿por qué
añadir un punto más a la lista? ¿Por qué cargar con una inquietud más, con
el hígado, nada menos, cuando estamos oyendo constantemente que
debemos desestresarnos, simplificar nuestra vida y aprender a decir que no
a lo que no necesitamos?
Porque nuestros hígados tienen problemas, y sí que necesitamos cuidarlos
mejor. Porque descubrir el poder de tu hígado (y el poder de cuidar de tu
hígado) lo cambia todo. Porque ¿y si hay un solo aspecto de tu bienestar en
el que te puedes centrar y que te ayudaría con todos los otros, además de
ayudarte con los problemas de salud crecientes que tienes sin saberlo
siquiera? Si nos diésemos cuenta de cuántos síntomas, trastornos y
enfermedades arrancan del hígado (y no solo el cáncer de hígado, la cirrosis
y la hepatitis), el hígado estaría en primera línea y ocuparía una posición
central en el mundo de la medicina.
El rescate del hígado atañe a tu corazón, a tu cerebro, a tu sistema
inmunitario, a tu piel y a tu sistema gastrointestinal. Se relaciona con que
duermas bien, equilibres el azúcar en tu sangre, bajes tu presión arterial,
pierdas peso y parezcas y te sientas más joven. Se relaciona con que tengas
la cabeza más despejada, con que estés más en paz y más feliz. Afecta a que
seamos capaces de adaptarnos a nuestros tiempos de cambios rápidos. Decir
sí a cuidar del hígado es la medida más eficaz que puedes incluir en tu lista
de tareas pendientes. El hígado sano es el antiestresante definitivo, el aliado
antienvejecimiento definitivo, la salvaguardia definitiva contra un mundo
lleno de amenazas. Es clave para el bienestar mental, emocional, físico y
espiritual. Que prestes atención a tu hígado no es la gota que colma el vaso;
es la mano que salva el vaso que se va a romper.
Cuando las personas aspiran a iluminarse, se centran en el cerebro y en el
tercer ojo, intentando alcanzar una conciencia superior a base de acallar la
mente, o hacer que el futuro se manifieste por medio de sus pensamientos.
43
En este proceso se hace caso omiso del hígado. Pero tú no te creerías
siquiera cuánta iluminación podemos obtener de nuestros hígados.
Con todo lo enfocados que estamos en la salud del planeta, no podemos
perder de vista nuestros propios climas. Cada uno tenemos un planeta
personal del que debemos preocuparnos: nuestro cuerpo. Has llevado
contigo un mundo entero durante toda tu vida. Y así como sabemos que, por
el delicado equilibrio de la Tierra, un eslabón debilitado puede amenazar a
la integridad global, también tiene importancia cómo nos cuidamos a
nosotros mismos. ¿Tienen importancia las criaturas como aquellas ballenas
majestuosas? ¿Nos importa que se extingan? Por supuesto: las especies
amenazadas tienen importancia y merecen protección. Pero también la
merecen nuestros hígados saturados de trabajo, sobrecargados, estresados,
amenazados. Nadie quiere vivir en un mundo con océanos tóxicos y donde
las especies luchan por sobrevivir entre la contaminación. Y nadie quiere
vivir en un cuerpo con sangre tóxica y cuyo hígado lucha por llevar a cabo
las múltiples tareas que te mantienen sano.
Pero, a pesar de todo, nos encontramos en un momento histórico en el
que nuestros hígados corren peligro. Nuestro entorno mismo está sucio, con
las toxinas a las que estamos expuestos en la vida cotidiana (de hecho,
nuestros cuerpos están peor todavía que nuestro planeta), y son nuestros
hígados los que llevan la peor parte del trabajo de limpieza. Imagínate que
tu cuerpo es como una ballena y que tu sangre es el océano. Si ese océano
está cargado de residuos (que pueden ser antibióticos, otros medicamentos,
pesticidas, fungicidas, productos de limpieza, disolventes, plásticos,
deshidratación crónica, residuos víricos y bacterianos, excesos de grasa de
alimentos no productivos, y más cosas), a esa ballena le resultará difícil
extraer del agua su alimento. Si no se da un descanso a la ballena, puede
enfermar con el tiempo. Hasta le puede resultar difícil subir a la superficie a
tomar aire.
El mundo tiene problemas de hígado. A estas alturas, ya es más corriente
tener el hígado comprometido que no tenerlo. Si me encuentro entre una
multitud de 1000 personas, 900 de ellas tendrán el hígado dañado... sin que
casi ninguna lo sepa. Esto se debe a que, como ya he dicho, el hígado es
más importante de lo que nadie es consciente. La ciencia médica ha
dedicado relativamente pocas investigaciones al hígado, salvo en el terreno
de los trasplantes; por eso no se enseñan las relaciones del hígado con el
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estado de mala salud en el mundo. Todavía no se ha hecho saber a las
comunidades médicas todo lo que hace el hígado, ni cuántos problemas de
salud, enfermedades, síntomas y trastornos de nuestros tiempos se deben, en
realidad, a problemas en dicho órgano; ni lo que más necesita el hígado para
salir adelante. Por tanto, los profesionales de la medicina, a su vez, tampoco
son capaces de transmitir estos conocimientos trascendentales. Siguen
siendo un hecho desconocido y lejano, como lo era la gran «isla de basura»
del océano Pacífico antes de que se descubriera. (Hasta este mismo
descubrimiento sigue siendo misterioso, pues no sabemos lo que se encierra
de verdad en su núcleo turbio e inhabitable). Nos vemos obligados a forzar
a nuestros hígados hasta sus límites últimos, sin que seamos conscientes de
ello.
Si queremos servir para algo en este mundo, debemos ser capaces de
funcionar. Los síntomas nos limitan. La niebla mental, la fatiga, el aumento
de peso, el trastorno afectivo estacional (TAE), la irritabilidad, la
hipertensión arterial, el colesterol alto, la ansiedad, el acné, la hinchazón
abdominal y el estreñimiento son experiencias tan corrientes que puede que
ni siquiera consideres que son síntomas de ninguna otra cosa subyacente;
pero suelen ser en muchos casos indicios de que hay un hígado que pide
ayuda. Estos síntomas limitan a las personas; deterioran su forma de vida y,
si no sabemos detenerlos, se convierten en trastornos más graves. Un
problema hepático puede ser como un diente cariado al que no prestamos
atención hasta que termina por producirnos una infección profunda en la
mandíbula.
También existen todos los trastornos que sabemos que son graves y que
nos parecen casi imposibles de detener, como son la diabetes, la depresión,
las palpitaciones cardíacas, la gota, el eccema, la psoriasis y los defectos de
metilación; tampoco es sabido que estos trastornos estén causados por el
hígado. Y en cuanto al hígado graso, la ictericia, la hepatitis, la cirrosis y el
cáncer hepático, los médicos saben que están relacionados con el hígado,
pero no por eso estas dolencias están menos rodeadas de misterio. Aparte de
que el hígado, como filtro y almacén nutricional principal de nuestro
organismo, es esencial para afrontar cualquier problema de salud, y punto.
Por todo esto, el hecho de que los problemas hepáticos estén rampantes a
escala global nos pone en una situación precaria.
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No es exagerado afirmar que el mundo sería distinto si todos los
habitantes de este planeta tuvieran sano el hígado. Las enfermedades no se
habrían apoderado tanto de la población. Las noticias no estarían llenas de
casos de ira, rabia, codicia y violencia. Nuestra edad moderna no estaría
definida por el miedo. Así de asociada a nuestro ser está la salud de nuestro
hígado.
Y por eso tiene importancia el hígado. No podemos seguir haciendo caso
omiso de él porque no nos parezca real, como hacemos caso omiso de un
remolino de desechos de plástico en el océano o de una especie amenazada.
No podemos dejarlo de lado en nombre de objetivos más elevados, como el
de salvar el mundo. Esos objetivos elevados tienen que empezar por salvar
nuestras propias vidas, y esto, a su vez, empieza por salvar a nuestros
hígados.
INTRODUCCIÓN AL HÍGADO
Si la ciencia y las investigaciones médicas captaran el valor del hígado en
todo su alcance, los escolares aprenderían los conceptos básicos sobre el
hígado a la vez que a leer y que las tablas de multiplicar. En las
universidades, la asignatura Introducción al Hígado sería obligatoria para
todos, y no solo para los estudiantes de Medicina.
Pero, en vez de ello, forzamos a nuestros hígados desde una edad
temprana, sin saberlo.
Y ¿qué pasa cuando nos hacemos mayores y vamos a la universidad?
Muchos estudiantes intentan combatir el estrés al que están sometidos a
base de alcohol, o incluso a base de medicamentos o drogas, al tiempo que
comen mal, se saturan de cafeína y pasan noches en vela. Todo esto les está
destrozando el hígado sin que ellos lo sepan, paradójicamente, pues el
objetivo mismo de los estudios es saber más. Es como si los estudios
universitarios fueran una larga campaña en contra del hígado. Nos
centramos mucho en la promesa de la mente de un joven y en el desarrollo
de su cerebro: todo vale para sacar las notas «buenas» y los créditos
«buenos», con el fin de llegar a tener algún día la carrera profesional
«buena»; pero puede ser a costa del hígado. ¿De qué te servirá esa carrera
tan brillante si tienes el hígado tan sobrecargado que te impide dar lo mejor
de ti, o si se pone tan mal que pierdes ese trabajo que tanto has luchado por
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conseguir? Todas esas recomendaciones y certificados tuyos no te servirán
cuando la fatiga y otros síntomas te tengan postrado en la cama.
Sabemos, muy en el fondo, que beber demasiado puede dañarnos el
hígado; hemos oído términos como cirrosis, hepatitis, fallo hepático,
ictericia, cáncer de hígado y enzimas hepáticas elevadas; puede que
hayamos oído hablar del calor hepático o que un practicante de la medicina
alternativa nos haya ofrecido suplementos para el hígado. Y, naturalmente,
todos sabemos que el hígado de los animales se come (y da la casualidad de
que esta es una de las cosas peores que puedes hacer para tu hígado;
hablaremos de ello más adelante). Esto es todo lo que asociamos al hígado
muchos de nosotros. La mitología antigua prestaba más atención al hígado
que la medicina moderna.
Todavía quedan por descubrir muchos datos esenciales. En las facultades
de Medicina no se dedica mucho tiempo a enseñar a los futuros médicos la
anatomía del hígado ni sus partes constituyentes, a menos que se trate de
aspirantes a cirujanos o a especialistas en trasplantes de hígado. Ni siquiera
estos aprenden lo esencial. No se aprende a cuidar el hígado de verdad. Los
recursos disponibles son como unos pocos granos de arena entre toda una
playa.
Si nos educaran sobre el hígado como es debido, ¿qué aprenderíamos?
Para empezar, nos enteraríamos de que el hígado es un trabajador
incansable que lleva a cabo miles de funciones; en los capítulos restantes de
esta primera parte, «La verdadera vocación de tu hígado: pacificador
milagroso», estudiaremos las más trascendentales, a saber:
• Procesar las grasas y proteger el páncreas.
• Almacenar glucosa y glucógeno.
• Almacenar vitaminas y minerales.
• Desarmar y detener los materiales dañinos.
• Controlar y filtrar la sangre.
• Protegerte con su propio sistema inmunitario personalizado.
La misión de tu hígado en todo esto es mantenerte equilibrado, una tarea
bastante ardua en un mundo tan desequilibrado como este. ¿Trabajas mucho
en la vida, hasta el punto de sentirte sobrecargado? ¿Sientes a veces que
estás sometido a mucha presión? ¿Te da la impresión de que todo lo que
haces queda en la sombra y de que nunca se reconoce tu mérito? Pues
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multiplica todo esto por veinte y sabrás lo que podría sentir tu hígado.
Aunque trabajases hasta batir todos los récords, con cinco empleos y cien
responsabilidades, tu hígado estaría trabajando todavía más. El hecho de
valorar esta inmensa labor del hígado constituye un paso muy importante
para empezar a vivir en armonía con él; es como cuando tu pareja reconoce
por fin el valor de las tareas domésticas que tú realizas sin descanso y sin
que te lo agradezcan.
Si recibiésemos una educación ideal sobre el hígado, nos enteraríamos
también de que el hígado es un caballo de batalla. Como estudiaremos en la
segunda parte, «La tormenta invisible: lo que pasa dentro de nuestro
hígado», y en la tercera parte, «¡A las armas!: luz sobre más síntomas y
trastornos», tu hígado está siempre dispuesto a entrar en combate por ti en
cualquier momento, y trabaja constantemente para proteger el resto de tus
órganos. De hecho, es probable que ahora mismo esté librando una batalla
por ti, enfrentándose a venenos y a patógenos tales como los Cuatro
Inclementes (las radiaciones, los metales pesados tóxicos, el DDT y la
explosión vírica), a los que solemos estar expuestos en la vida cotidiana,
además de los alimentos e ingredientes improductivos que se cuelan en
nuestra alimentación. Estas batallas del hígado suelen hacerse notar en
forma de síntomas y de trastornos; por eso, todo es cuestión de descifrar el
verdadero significado de la hiperglucemia, de la hipertensión arterial, del
colesterol elevado o de la niebla mental. Entender, por ejemplo, que un
aumento de peso inesperado no es señal de desidia ni de tener un
metabolismo permanentemente lento, sino de tener el hígado obstruido, te
puede cambiar de manera radical tu visión de la vida. Si padeces dolencias
tales como el eccema, la gota o la diabetes, has de saber que no es por culpa
tuya. Cuando se desvela el misterio, quedas libre del dominio que ejerce esa
dolencia sobre ti.
Por último, y dentro de nuestra formación definitiva sobre el hígado,
descubriremos que el cuidado y la alimentación del hígado son
trascendentales. ¿Ha habido alguna época en tu vida en la que te has sentido
extenuado? ¿En la que has necesitado un descanso? ¿En la que has
necesitado calmarte y mimarte mientras te recuperabas de las batallas de la
vida? Pues eso es precisamente lo que te está pidiendo a gritos el hígado.
Por ello, en la cuarta parte, «La salvación del hígado: cómo cuidar de tu
hígado y transformar tu vida», veremos el modo de devolver la paz a tu
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hígado cuando está abrumado, así como modos sencillos, pero potentes, de
cuidarlo en la vida cotidiana para que puedas prevenir los problemas de
salud antes de que se manifiesten. El hígado tiene una capacidad increíble
para curarse y regenerarse, y tú puedes llegar a poner en juego esa
capacidad.
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Capítulo 2.
Tu hígado adaptogénico
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de trabajo distinto. Al hígado no le pasa nada de esto. Nadie tendrá que
gritarte: «¡A ver si te entra esto en ese hígado tan duro!».
Cuando tu hígado recibe ayuda, dispone de toda su capacidad para soltar
y retener a voluntad. Si te enfrías, tu hígado generará calor para calentarte;
si te calientas, absorberá calor para refrescarte. Si corres un maratón, tu
hígado soltará hasta el último resto de la glucosa que tiene almacenada para
ayudarte a llegar a la meta. Si bebes demasiada agua y diluyes la
composición de tu sangre, tu hígado absorberá el agua sobrante como una
esponja. Si inspiras el humo del tabaco, tu hígado absorberá las sustancias
químicas del humo retirándolas de tu sangre. Si te comes un bistec de 300
gramos con patatas fritas y una tarta de chocolate, tu hígado procesará y
disgregará esos ácidos grasos trans y omega-6 desnaturalizados para
protegerte. Si estás nadando en el mar y llega una ola traicionera que
empieza a llevarte mar adentro, o la resaca te arrastra hacia el fondo y no te
suelta, entonces tu hígado liberará sus depósitos de adrenalina para
otorgarte una fuerza sobrehumana y la posibilidad de salvarte.
Y no solo eso: tu hígado es, además, un banco de memoria. Tu hígado es
como tu tercer cerebro, después del segundo cerebro de tu cuerpo, que es el
tiroides. Es un órgano con memoria por derecho propio, de potencia igual a
la del cerebro. Si tienes la costumbre de salir con tus amigos los primeros
viernes de cada mes a tomar copas y a comer alitas de pollo y tiramisú, tu
hígado recordará cuándo toca el día de los excesos y se irá preparando por
adelantado. Si comes pizza todos los fines de semana, tu hígado lo sabrá. Si
tus hábitos de comida parecen imprevisibles, tu hígado tomará nota del
carácter esporádico de tu conducta.
Tu hígado tiene más memoria que tú mismo. Por eso, cuando eliges una
comida en un momento dado, aparentemente al azar (por ejemplo, cuando
te zampas una hamburguesa doble con queso y beicon el primer día frío del
año, sin pensártelo, o cuando, también sin pensártelo, llevas a toda tu
familia a un bufé de barbacoa el día que recibes la devolución de
Hacienda), es muy probable que estés siguiendo una pauta que tu hígado ha
ido registrando a lo largo de los años en sus membranas de memoria, que
todavía están por descubrir por los investigadores y la ciencia médica. No
puedes engañar a tu hígado; no puedes ser más listo que él, y no puedes
tener más memoria que él. La memoria de tu hígado no es como la del
cerebro, que te puede engañar con frecuencia (¿Estás seguro de que
51
aparcaste el coche allí, Tom? ¿No fue en ese aparcamiento de allá?). La
memoria del hígado no falla ni te engaña nunca. Lo que a ti te puede
parecer que es un camino nuevo puede ser, en realidad, la repetición de un
plan de comidas que probaste hace cinco años y que olvidaste después...
pero tu hígado conserva los datos. Si tomas una decisión completamente
aleatoria (si, por ejemplo, te comes una hamburguesa con queso y beicon
para desayunar, por primera vez en tu vida), entonces entra en juego esa
naturaleza verdaderamente adaptogénica del hígado que le permite
responder a tus necesidades al momento. Al mismo tiempo, el hígado toma
nota de ese nuevo desayuno aleatorio y se guarda la información todo el
tiempo que sea necesario para aprovecharla cuando llegue un nuevo
desayuno sorpresa.
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Esto es más complicado de lo que parece. Para los distintos alimentos y
los diferentes niveles de grasas hacen falta cantidades distintas y
composiciones complejas de bilis; por ello, tu hígado tiene que recurrir a
sus dotes de memoria y de adaptación para prepararse y responder a tu
consumo de grasas en cada comida. Ten en cuenta que, cuando aumenta la
bilis, te viene bien en ese momento, pero tampoco te interesa que eso esté
pasando repetidamente a la larga. Es el comienzo de la debilitación de un
hígado, que ya puede estar comprometido por otros alborotadores como las
toxinas, los venenos y los patógenos. Los niveles de alerta de tu hígado se
pueden clasificar dentro de las categorías siguientes:
• Código Verde. Esta es la composición de la bilis necesaria para una
dieta que contiene hasta un 15 por ciento de grasas, todas ellas de
fuentes sanas como los aguacates, frutos secos, semillas, aceitunas,
determinados aceites (como los de oliva, coco y semillas de cáñamo),
pulpa de coco, leche de coco, algunas variedades de pescado, caza y
productos lácteos crudos. (Aunque quizá hayas leído en otros libros
míos que los productos lácteos alimentan a los virus, no es menos cierto
que el hígado está capacitado para disgregar como es debido algunos
tipos de lácteos). El Código Verde también significa que en el resto de la
alimentación de la persona figuran grandes cantidades de fruta, verduras
verdes, hortalizas, patatas, calabazas y, si se desea, mijo y algunas
legumbres. En esta modalidad de alimentación, el hígado es capaz de
producir la composición de bilis necesaria sin salir de su funcionamiento
normal, y no trabajando en un estado de pánico, de lucha y de estrés.
• Código Amarillo. Este se da cuando la dieta alimenticia de la persona
está compuesta de hasta un 15 por ciento de grasas, pero algunas de
estas grasas proceden de las fuentes no productivas que estudiaremos en
el capítulo 36, «Los alborotadores del hígado». Con esta modalidad de
alimentación el hígado entra en un nivel de alerta bajo y eleva la
producción de bilis hasta en un 5 por ciento, ajustando al mismo tiempo
la composición de la bilis para producir una combinación más ácida, con
niveles todavía más elevados de sodio, aminoácidos y compuestos
químicos enzimáticos. Esta función química, que los investigadores y la
ciencia médica no conocen, produce un agente desengrasante.
53
• Código Naranja. Cuando la dieta de la persona está compuesta por entre
un 15 y un 30 por ciento de grasas, y todas estas proceden de las fuentes
sanas que citamos al hablar del Código Verde, el estado de alerta del
hígado sube a un nivel superior, pues es consciente de que el consumo
sostenido de esta cantidad de grasas no es compatible con una salud
óptima. Los niveles de bilis ascienden hasta un 10 por ciento para
protegerte el páncreas de la carga a la que puede estar sometido
finalmente y para salvaguardar tu longevidad.
• Código Naranja Plus. Cuando la dieta contiene entre un 15 y un 30 por
ciento de grasas, algunas de las cuales proceden de fuentes no
productivas, el hígado se esfuerza más para compensar la situación,
aumentando la producción de bilis entre un 15 y un 20 por ciento.
• Código Rojo. Una dieta con entre un 30 y un 40 por ciento de grasas,
procedentes todas ellas de fuentes sanas, obliga al hígado a trabajar casi
al máximo de sus posibilidades para adaptarse, produciendo más fluido
y más sales biliares para permitir la disgregación y la digestión de las
grasas, con el fin de intentar preservar tu longevidad. Llegados a este
punto, la producción de bilis aumenta hasta en un 20 o un 25 por ciento,
y el hígado emite un compuesto químico que sirve de advertencia y de
solicitud al torrente sanguíneo para que este le facilite más sodio, que le
permitirá ajustar la composición de la bilis con mayor proporción del
agente desengrasante. Además, el hígado libera en la bilis más calcio
para proteger de este desengrasante más fuerte el revestimiento del
duodeno y del resto del intestino delgado.
• Código Rojo Plus. ¿Qué sucede cuando una dieta alimenticia contiene
un 30 por ciento de grasas o más, y cuando una parte de estas grasas
proceden de alimentos fritos, de aceites de cocina rancios cotidianos
(como el aceite de colza, el aceite de palma y el aceite de maíz), de
manteca, grasa de tocino, grasas saturadas y cosas así? Entonces, el
hígado tiene que ponerse en modo adaptogénico absoluto, recurriendo a
todas sus reservas para producir unos niveles espectaculares (un
aumento de un 50 por ciento o más) del fluido biliar más dinámico
posible, para que ese consumo de grasas no te espese demasiado la
sangre. Tu hígado toma medidas de guerra para producir un suministro
inagotable de bilis si es preciso. Es como el dicho de «tirar la casa por la
ventana», y eso es lo que hace el hígado con tal de producir bilis. Por
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eso se llama Código Rojo Plus: va un paso más allá del propio Código
Rojo. Suele darse cuando la persona hace una dieta cetogénica. La dieta
cetogénica puede estar basada en proteínas vegetales o en proteínas
animales; no pretendo tomar partido en los debates actuales sobre
alimentación. Con independencia del tipo de dieta que sigas, tu situación
respecto de la bilis depende de las necesidades del hígado y de la
respuesta de este ante una dieta que está pensada para privar al
organismo de glucosa empleando como fuente principal de calorías las
grasas. En esta situación, tu hígado se está sacrificando por ti, está
haciendo todo lo que puede para aclararte la sangre disgregando y
eliminando todas esas grasas para impedir que tu corazón y tu páncreas
sufran daños. Las reservas de bilis se te acaban agotando, y también se
agota la capacidad de tu hígado para producirla, así como su capacidad
para llevar a cabo determinadas funciones químicas, tales como elaborar
desengrasantes extremadamente ácidos y, a continuación, emitir grandes
cantidades de calcio para proteger de daños a los revestimientos
intestinales. Con el tiempo, tu hígado pierde las reservas de calcio, así
como otras muchas reservas preciosas de minerales.
Como habrás visto por esta lista, no todo es una cuestión de «grasas
buenas» o «grasas malas». Si bien optar por tomar grasas de fuentes sanas
constituye un primer paso magnífico, no es la única salvaguardia; también
tienen importancia los niveles de grasa. Y tampoco es todo una cuestión del
volumen de tu cuerpo. Aunque estés delgado y hagas ejercicio con
regularidad, puedes estar en el Código Rojo Plus si tu dieta alimenticia está
dominada por las grasas. Tu hígado todavía estaría obligado a agotarse para
evitar que te hicieras daño a ti mismo, y podrías terminar por pagar el coste
aumentando de peso cuando tengas una edad más avanzada, con otras
complicaciones de salud relacionadas con el hígado que te pueden surgir
por el camino.
¿Cómo te sentirías si, después de despertarte por la mañana y de dedicar
un rato a lavarte y a vestirte como es debido para la jornada, pasaras a la
cocina y te cayera encima un cubo de aceite? El pelo, la cara, la ropa... todo
empapado. Tendrías que dejarlo todo, volver al baño, darte otra ducha y
cambiarte de ropa, y solo entonces estarías listo de nuevo para emprender la
jornada. Imagínate que te vas a trabajar entonces y que, al mediodía, te
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vuelven a arrojar otro cubo de aceite. Tendrías que volverte a tu casa a
limpiarte para empezar desde el principio por tercera vez en un solo día. Y
¿cómo te sentirías si, después de todo esto, al caer el día, cuando te
dispones a cenar tranquilamente, te vuelven a echar encima otro cubo de
aceite? Empapado de grasa, tendrías que dejar lo que estabas haciendo y
deslizarte de nuevo hasta la ducha para despojarte de la ropa manchada y
frotarte hasta limpiarte toda la suciedad. No sería un día divertido. Sería
espantoso. Habrías pasado más de la mitad del tiempo limpiándote, y por la
noche estarías agotado, estresado e irritable.
Pues así es como se siente tu hígado cuando todas tus comidas están
llenas de un exceso de grasas. Un desayuno a base de fritos grasientos,
seguido al mediodía por una ensalada con aderezo cargado de aceite y, para
rematar, una cena a base de pollo asado, pizza, queso fundido o un
sándwich a base de queso, lechuga y tomate y otros ingredientes da mucho
trabajo a tu hígado. No tiene mayor importancia si ese desayuno consiste en
dos lonchas de beicon corriente con dos huevos de gallinas tratadas con
antibióticos, fritos con mantequilla de vacas tratadas con hormonas, o en
dos lonchas de beicon de cerdos de granja y de cría ecológica, con dos
huevos de gallinas de granja fritos con aceite de coco ecológico, con ghee o
con mantequilla de ganado criado con pastos. A la hora de procesar las
grasas, al hígado no le importan esas cosas. Los pesticidas, las hormonas y
los metales pesados le importan por otros motivos, pero no afectan a las
proporciones de grasas. Si el contenido en grasas de una comida está por las
nubes, el hígado estará sobrecargado, con independencia de que esas grasas
procedan de fuentes convencionales, ecológicas o silvestres.
Diré, por cierto, que uno de los grandes fallos de la industria de la
alimentación es la medida de cuánta grasa contienen los alimentos. El
contenido en grasas de tu alimento favorito no es el que tú crees; si
dispusieras de un aparato para medir en tu cocina los gramos de grasa que
contiene cada ración, te llevarías grandes sorpresas. Por ejemplo, no hay
dos pollos iguales. Pero en todos los envases de pollo de una misma
empresa figurarán los mismos datos de información nutricional; no se
indicará con precisión la cantidad de grasa que contiene ese pollo concreto.
Los cortes de carne de cerdo, las latas de atún, los botes de mantequilla de
cacahuete, los tarros de hummus, son todos distintos entre sí; lo que lees en
la etiqueta es una media general de la proporción de grasas que suelen
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contener. Quizá creas que estás comiendo 6 gramos de grasas cuando en
realidad estás comiendo 12 o más. La medida de las grasas es como un
partido de fútbol sin reglas, con lo que acabamos consumiendo más grasas
de las que pensamos. Se trata de un error sistematizado y arraigado desde
hace mucho tiempo.
Para el hígado, procesar algunas grasas saludables es una tarea normal
que entra en sus atribuciones. Si se pasa de allí, ya se le está forzando, y la
tarea ya no es para él como coser y cantar. Tu hígado no se despierta por la
mañana diciéndose: «Parece que hoy hace buen día para procesar niveles
elevados de grasas», como tú tampoco te despiertas diciéndote: «Parece que
hoy hace buen día para darme cuatro duchas y estropearme tres trajes». El
bombardeo que representa una dieta alta en grasas priva al hígado del
tiempo y de la energía que podría dedicar al resto de sus tareas, porque está
constantemente en modo «servicio de limpieza, acuda al pasillo tres». Y así
una y otra vez, y otra, y otra, año tras año tras año. A esto se debe que tu
hígado deba aplicar una mentalidad propia de un cerebro para adelantarse a
tus pensamientos. Cuando sabe que te dispones a transgredir alguna de tus
leyes alimentarias, puede acopiar más reservas de bilis potente para arreglar
el desaguisado. No es que sea lo ideal estar limpiando desaguisados
constantemente; pero la preparación es uno de los pocos recursos con los
que cuenta tu hígado para seguir adelante y para evitar el hundimiento del
resto de tu organismo. Como verás en capítulos posteriores, al hígado solo
se le puede forzar hasta un punto determinado.
PROTEGER EL PÁNCREAS
Y llegamos con esto al «porqué» de tanto procesado de las grasas. ¿Por
qué tiene que pasar tu hígado por todo esto? ¿Por qué no se toma un
descanso de vez en cuando? ¿Por qué no delega una parte de su trabajo en
algún otro órgano? Tu hígado lleva a cabo esta función aun cuando le cuesta
casi todas sus reservas, su energía y su vitalidad, porque tiene una meta más
elevada: salvarte la vida.
Todo comienza con la oxigenación. Tu hígado sabe si estás en Código
Verde, en Código Rojo Plus, o en algún nivel intermedio, a base de atender
con mucha precisión a los niveles de oxígeno de tu torrente sanguíneo.
Cuantas más grasas radicales consumimos (es decir, cuando la mayoría de
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las calorías de un alimento proceden de las grasas, ya sea de grasas sanas o
malsanas), habrá más grasas radicales en nuestro torrente sanguíneo, y
habrá menos oxígeno en nuestra sangre. Cuando el hígado percibe esos
niveles bajos de oxígeno, entra en modo de producción de bilis para
disgregar y dispersar esas grasas y aclarar la sangre, en gran medida porque
el oxígeno te alimenta el cerebro y el corazón. A estos órganos les cuesta
funcionar sin oxígeno, y sufren. De modo que, cuando nos afiliamos a un
sistema de creencias alimentarias y probamos una dieta de esas que son
altas en proteínas, que también son altas en grasas (casi todas las dietas
altas en proteínas son altas en grasas, aunque te digan lo contrario, y con
independencia de que la dieta sea vegetariana o vegana, de que esté basada
en las proteínas animales, o en cualquier combinación de estas cosas),
entonces, sin darnos cuenta, estamos privando de oxígeno al cerebro y al
corazón, por mucho ejercicio que hagamos, y estamos forzando al hígado
de una manera increíble.
Hay más. Otro motivo importante por el que tu hígado está comprometido
a llevar a cabo este trabajo es para protegerte el páncreas. Mientras que tu
hígado es un trabajador incansable y un caballo de batalla, tu páncreas es
una flor delicada. Una de las funciones de esta flor es producir su néctar
vital, la hormona insulina, para regular el azúcar en sangre. Tu hígado
procura proteger al organismo de un exceso de grasas porque, de lo
contrario, sería el páncreas el que se vería apurado, obligado a producir
cada vez más insulina a lo largo del tiempo, hasta terminar por producir la
hormona de manera irregular, e incluso por perder por completo la
capacidad de producir insulina. Si nos falta la insulina, acabamos
padeciendo diabetes.
Tu hígado trabaja duro para disgregar las grasas y distribuirlas tan deprisa
como puede, para extraer la grasa que queda del torrente sanguíneo, con el
fin de que no estorbe el funcionamiento de los órganos ni el sistema
nervioso, ni dañe ni obstaculice al páncreas, lo que conduciciría a la
diabetes. Ahora que en la dieta alimenticia de casi todo el mundo existe una
sobreabundancia de grasa radical, el hígado no nos puede proteger por
completo del exceso de grasa. El hígado, abrumado, envía una parte de la
grasa sobrante al sistema linfático. Este mecanismo de protección del
cerebro y del corazón deja las grasas en suspensión en el fluido linfático;
aunque no todo son ventajas. Cuando hay grasas corriendo por el sistema
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linfático, el sistema inmunitario se debilita, y los linfocitos matadores no
pueden combatir a los virus, a las bacterias ni a las toxinas con toda la
eficiencia necesaria dentro del sistema linfático. La culpa no es del hígado,
ni del sistema inmunitario; es de las grasas radicales que se nos ha enseñado
a comer a lo largo de nuestra vida.
Cuantas más grasas hay en la sangre, en los órganos, en el tracto digestivo
y en el fluido linfático, más insulina se necesita para intentar que el azúcar
pueda superar la saturación de grasas y sea capaz de entrar en las células
para que pueda funcionar el organismo. Con la sangre llena de grasas, el
sistema nervioso, por ejemplo, empieza a pasar hambre, pues funciona a
base de azúcar (además de sales minerales), y a la glucosa le resulta difícil
sortear las grasas para llegar hasta los nervios. El sentido verdadero, aunque
no conocido, del término resistencia a la insulina es el esfuerzo por llevar la
glucosa sustentadora de la vida a los órganos, a los músculos y al sistema
nervioso mientras se afronta la resistencia que presenta el exceso de grasas.
El páncreas no solo produce un exceso de insulina en los momentos en
que se consumen azúcar y carbohidratos. Si tienes un contenido muy
elevado de grasas en la sangre porque haces una dieta rica en grasas, y te
alimentas a base de grasas, verduras y zumos verdes, tu páncreas seguirá
produciendo la misma cantidad de insulina, y tú seguirás teniendo
resistencia a la insulina, aun sin consumir carbohidratos. Lo que pasará será
que el síntoma no se manifestará hasta que no te dé un antojo alimentario y
comas pasta, o pan, o algo dulce; entonces te llegarán los carbohidratos a la
sangre, y un análisis de glucosa en sangre descubrirá la existencia de un
problema. Entonces todos dirán que los causantes son los carbohidratos,
cuando lo cierto es que el problema no son los carbohidratos sanos; estos
son como la luz ultravioleta de los equipos de investigación forense, que
deja ver el problema verdadero. ¿Sabes a qué luz me refiero? A esas
lámparas azules con las que se pueden ver las huellas de sangre y de los
fluidos corporales en el suelo y en las paredes. La enciendes en una
habitación de hotel aparentemente inmaculada y te puedes encontrar de
pronto en el escenario de un crimen. Y nadie echa la culpa a la lámpara.
Sabemos que es la luz de la verdad, que trabaja para nosotros y nos permite
resolver un misterio, desvelar un secreto. No trabaja en nuestra contra. Así
es como debemos entender los carbohidratos sanos: no son los malos de la
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película, son los buenos. Nos desvelan que los niveles altos de grasa han
producido el escenario de un crimen.
Si se reduce la proporción de grasas en una dieta y se consumen más
alimentos tales como calabazas, boniatos, patatas, calabacitas, calabacines,
bayas y otras frutas, se reducirá la resistencia a la insulina y se equilibrará
más el azúcar en sangre. Además, el páncreas se ahorraría el trabajo de
bombear más insulina. Recuerda: los azúcares y los carbohidratos sanos y
naturales no son el enemigo; son amigos. El matón del barrio es el exceso
de grasas.
LIBERAR AL HÍGADO
¿Has luchado alguna vez por una persona o por una causa que tenían
importancia para tu vida? Pues ya dispones de los datos necesarios para
apreciar que tu hígado tiene la misma importancia para ti. Cuando sabes que
tu hígado está luchando por ti todos los días, tú mismo puedes ponerte a
luchar a su lado. Ya no es una batalla invisible. Hasta es posible que puedas
luchar por tu hígado, en cuyo caso tampoco se trata de una batalla perdida.
Puedes suprimir algunas de las circunstancias por las que tu hígado se tuvo
que poner a la defensiva, y le puedes otorgar un descanso de vez en cuando
aplicando algunas de las sugerencias que veremos en la cuarta parte de este
libro, «La salvación del hígado». No es necesario que cambies todo tu estilo
de vida. No es necesario que te obsesiones por la cuestión de las grasas. Ser
consciente lo es todo. Cuando sabes que una opción alimentaria concreta
tiene un efecto determinado, puedes seguir adelante a tu propio ritmo, pero
bien informado. Puedes tomar tus propias decisiones, una a una, en vez de
depender de las opiniones contrapuestas que corren por ahí y que no están
basadas en la verdad sino en modas.
La verdad es que cuidar de nuestro hígado no es una carga pesada; es un
honor y un privilegio. Cuando tu hígado ya no tiene que dedicar tanto
tiempo y energía a proteger a tu páncreas de la entrada de grasas, dispone
de más vitalidad para llevar a cabo el resto de sus funciones trascendentales
y maravillosas. Tú empiezas a tener mejor aspecto, a sentirte mejor, porque
el más leal de tus compañeros puede cuidarte mejor que nunca. Para
empezar, se guarda reservas esenciales de glucosa para tus momentos de
necesidad, unas reservas que pueden marcar la diferencia entre sufrir un
60
colapso nervioso al encontrarte ante un factor de estrés difícil, o mantener la
calma pensando simplemente que estás teniendo un día malo. Es una
diferencia como del día a la noche.
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Capítulo 3.
Tu hígado vivificador
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devolviendo para que no te quedes hipoglucémico ni tengas una crisis de
páncreas ni adrenal.
Tu hígado almacena la glucosa principalmente en forma de glucógeno, en
unas bolsas pequeñas, a veces microscópicas, de un tejido almacenador
especial que rodea el exterior del hígado y que los investigadores y la
ciencia médica no han descubierto todavía en la totalidad de su alcance.
(Los investigadores y la ciencia médica no conocen todavía todas las
funciones de los tejidos hepáticos). El hígado puede crear y afinar
concentraciones de compuestos químicos mucho más avanzadas
técnicamente que lo que se puede conseguir con los métodos científicos
humanos actuales. Hasta la ciencia respetable de un técnico de laboratorio
que maneja disoluciones de una parte por millón o de cuatro partes por mil
millones sería un juego de niños de preescolar si se compara con la ciencia
de grado superior que pone en juego el hígado para mantenerte vivo.
El hígado recurre también a este sistema de almacenamiento para guardar
concentraciones de otros nutrientes (que veremos en el capítulo siguiente),
así como de hormonas, agentes bioquímicos y otros compuestos químicos.
Los componentes útiles que el organismo puede necesitar sin previo aviso
los conserva el hígado en depósitos próximos a su exterior, donde existen
abundantes vasos sanguíneos para reabsorberlos con facilidad cuando
recibe señales de descarga procedentes de fuentes como el cerebro o el
tiroides. Cuando es necesario, el hígado disgrega habilísimamente el
glucógeno para convertirlo de nuevo en glucosa, empleando para ello
moléculas de agua almacenadas que combina con un compuesto químico
que produce para reconstituir la glucosa y liberarla en el torrente sanguíneo
a los niveles justos, equilibrados y medidos. El hígado también tiene
siempre a mano algo de glucosa ya preparada, no conservada en forma de
glucógeno, para poder liberarla más deprisa todavía.
Funcionamos a base del azúcar en sangre; el cuerpo humano lo necesita.
Todos conocemos esa sensación de inquietud, de irritación y de leve mareo
que tenemos cuando nos baja el azúcar, y cómo nos parece imposible
concentrarnos, estar activos o hacer cualquier cosa. Sufriríamos bajadas de
azúcar en sangre constantemente si no fuera por ese papel clave del hígado;
o, en el caso en que no tengamos el hígado en perfecto estado (y casi nadie
lo tiene perfecto), si no fuera por las glándulas suprarrenales, que segregan
adrenalina y cortisol para suplir la glucosa cuando esta no está disponible.
63
Pero no te interesa depender de que tus suprarrenales realicen esta función,
porque en nuestros tiempos llenos de estrés estas glándulas ya están
saturadas de trabajo; además, el exceso de hormonas del estrés tiene un
efecto cáustico sobre tu organismo. La verdadera manera de ayudar al nivel
de azúcar en sangre es tener un hígado que funciona correctamente y que
está bien provisto de glucosa y de glucógeno. Cuando nos vemos privados
de azúcar en la sangre a largo plazo perdemos la capacidad de andar, de
correr, de hacer ejercicio, de pensar... de funcionar.
En el atletismo, el hígado desempeña un papel inigualable. Si los
maratonianos y los demás atletas supieran cuánto trabaja el hígado y la
importancia que tiene para llevarlos hasta la meta; si supieran que se
pueden tener los músculos más ágiles del mundo pero darse con la pared
cuando al hígado se le agotan los nutrientes almacenados, como el azúcar,
entonces el entrenamiento físico alcanzaría un nivel superior. El hígado
libera toda la glucosa que tiene almacenada para que puedas llegar a la
meta. Si sabes esto, ya dispones de una nueva visión del modo de cuidar de
tu cuerpo para conseguir un rendimiento óptimo.
64
afrontar ninguna presión ni estrés. La necesitamos para mantener unos
músculos sanos, un cerebro sano y un corazón sano. Y es imprescindible
para el funcionamiento del hígado y para su capacidad de sustentar todo tu
organismo.
Pero no todos los azúcares son beneficiosos. Los edulcorantes como el
azúcar blanco refinado y el jarabe de maíz alto en fructosa, que no están
acompañados de nutrientes, no hacen ningún favor a nadie y son una carga
para la salud. Pero existen determinados azúcares, los azúcares naturales de
los alimentos integrales, que son altamente beneficiosos, como los que se
encuentran en las frutas, en el agua de coco, en la miel cruda y en los
boniatos, y como los que se obtienen de la digestión de carbohidratos
buenos como la calabaza y las patatas.
Esto puede parecer desconcertante o pura y simplemente equivocado, en
vista de los consejos habituales que se suelen dar en contra del azúcar.
Puede que tengas miedo a la fruta. Se deberá, probablemente, a que te han
dicho en algún momento que los azúcares de la fruta alimentan desde a la
Candida hasta el cáncer. También te pueden haber dicho que el trastorno
llamado hígado graso puede estar provocado por el azúcar y que, por lo
tanto, debes evitar la fruta. Pues bien, ya no tendrás que seguir viviendo con
esta carga. La verdad es que para funcionar de manera óptima necesitas
esos azúcares naturales, así como todos los demás nutrientes que obtienes
de la fruta. (En mis libros Médico médium y Médico médium: alimentos
que cambian tu vida encontrarás muchos más datos sobre por qué puedes
confiar en la fruta; y en el capítulo 11 de este libro examinaremos las
verdaderas causas del hígado graso). Cuando oigas decir que debes
abstenerte del azúcar de cualquier tipo que sea, has de saber que te dañarás
el hígado si así lo haces. Cuando oigas decir que el azúcar se convierte en
grasa en el cuerpo, ten presente que en realidad es grasa que se convierte en
grasa. De lo que nadie se da cuenta es de que nadie consume una dieta que
solo contenga azúcar; siempre lo acompañan de muchas grasas, y este es el
problema. A mí no me importa la fuerza que tenga esta moda; se trata de ti
y de lo que necesitas para salir adelante y prosperar. Es esencial que
conozcas la verdad, y la verdad es que obtener glucosa biodisponible de alta
calidad, de fuentes sanas como la fruta, es una de las cosas mejores que
puedes hacer por tu hígado.
65
Entonces, ¿a qué se debe tanta confusión? ¿Por qué se dice que «el azúcar
es azúcar», como si tu cuerpo no fuera capaz de distinguir entre el azúcar de
una uva y el de un chicle de bola? Porque los investigadores y la ciencia
médica no han desarrollado todavía herramientas lo bastante avanzadas
como para analizar plenamente el verdadero valor de los azúcares naturales
que se encuentran en fuentes alimenticias integrales. Recuerda: la
investigación y la ciencia, como instituciones, velan por la investigación y
por la ciencia. Si no disponen de las herramientas necesarias para analizar
los diversos tipos de azúcar y distinguirlos, se protegen diciendo que todos
los azúcares son iguales y que todos los azúcares son malos. Como dije al
principio de este libro, en «Una nota para ti», no me refiero aquí a los
nobles individuos que dedican sus mentes brillantes e incansables a la
ciencia y que hacen descubrimientos maravillosos en el laboratorio; estoy
hablando de las instituciones, de los inversores, de los que toman las
decisiones desde arriba y deciden cuáles son los posibles avances a los que
hay que dar luz verde y cuáles hay que frenar o que ocultar bajo la
alfombra.
La consecuencia de todo esto es que los efectos negativos sobre la salud
del azúcar blanco refinado y del jarabe de maíz alto en fructosa, que todos
presenciamos, se siguen poniendo en el mismo montón que los efectos de
los azúcares de los plátanos, por ejemplo; y con esto salimos perdiendo
mucho todos, porque ese azúcar natural (1) está asociado a unos nutrientes
fundamentales que no puedes obtener de ninguna otra manera, y (2) es una
pieza que falta para la salud del hígado. En muchas ocasiones en que se
echan las culpas al azúcar, lo que están detectando las observaciones
científicas, sin saberlo, son los efectos dañinos de la combinación de los
azúcares procesados con las grasas. Ya vimos un poco de esto en el capítulo
anterior, y lo estudiaremos con mucho más detalle más adelante.
No se trata solo de que los nutrientes están asociados al azúcar. El hígado
necesita nutrientes que están rodeados de azúcar, porque los azúcares le
ayudan a realizar su labor. El azúcar es el medio por el que otros nutrientes
se impulsan por el torrente sanguíneo y entran en los órganos. Sin azúcar, el
nutriente no es capaz de propulsarse por sí mismo hasta llegar donde hace
falta. Las grasas no funcionan de este modo. Las grasas que comemos no
portan ningún antioxidante, vitamina u otro nutriente para entregarlo en el
cuerpo; no impulsan nutrientes al interior de los órganos y de los tejidos.
66
Esto no quiere decir que las grasas sanas no contengan nutrientes; solo que
no los entregan como los entregan los azúcares. Una grasa sana contendrá,
en efecto, vitaminas, minerales y otros nutrientes, y esta es la base del
sistema de creencias científicas sobre lo beneficiosas que son las grasas. Lo
que no llegan a entender los investigadores y la ciencia médica es que, con
todo lo sana que puede ser una fuente de grasas dada, con todo lo que puede
ofrecer, no será más que una fracción microscópica de lo que puede ofrecer
el azúcar con su labor de llevar los nutrientes a sus destinos. Es difícil
acceder a los nutrientes de las grasas radicales, porque están suspendidos y
encapsulados en unos glóbulos de grasa que no son fáciles de disgregar.
Además de lo cual, el exceso de grasa en el torrente sanguíneo es como
un autobús escolar que va por delante de un furgón de correos que hace una
ruta de reparto. El autobús escolar no es necesariamente malo; está lleno de
niños maravillosos, y su conductor tiene el deber de viajar a velocidad
moderada. Pero no es menos cierto que el autobús retrasa al furgón de
correos (que representa en nuestro ejemplo al azúcar que entrega los
nutrientes). Retrasa las entregas, y algunas de estas pueden ser
trascendentales, como ese cheque de la devolución de impuestos que te
permitirá llevar a tu hija a comprarse la equipación de fútbol que necesita.
Aunque las grasas no pretenden más que hacer su trabajo, cuando están
presentes en exceso impiden que el azúcar cumpla, a su vez, con su deber
vital.
El hígado tiene que trabajar para procesar las vitaminas, los minerales, los
antioxidantes, etcétera; y todo ese trabajo genera calor. Ya de entrada, el
hígado es el órgano del cuerpo que funciona a temperatura más elevada;
como calefactor del cuerpo, te ayuda a mantenerte caliente cuando
desciende la temperatura. En el transcurso de sus múltiples tareas genera
calor adicional; sobre todo, cuantas más grasas y toxinas tiene que procesar,
más trabajo le cuesta y más se calienta. El único medio del que dispone el
hígado para no calentarse demasiado es el azúcar. La glucosa, junto con una
combinación adecuada de agua y sales minerales, es lo que ayuda al hígado
a mantenerse fresco. La glucosa le permite seguir funcionando, como hace
el líquido refrigerador en el motor de un coche.
La glucosa también alimenta al hígado. Es un combustible, como ya he
dicho. Aunque el hígado está compuesto de dos lóbulos principales, e
incluye también los lóbulos menores llamados lóbulo caudado y lóbulo
67
cuadrado, también tiene unos lóbulos internos minúsculos, llamados
lobulillos, que podríamos comparar con los elfos que trabajan en una
fábrica de juguetes. Estos elfos están muy atareados. Se pasan todo el día
clasificando las entregas de material (todo aquello a lo que estás expuesto,
desde lo que comes y lo que bebes hasta lo que respiras y lo que te llega a la
piel), decidiendo qué es un material de construcción útil y qué hay que tirar
al montón de la basura. Los elfos separan lo bueno de lo malo y envían cada
uno por su lado; y este trabajo les abre el apetito. Hay que darles de comer
con regularidad, y lo que ansían es glucosa. He aquí un motivo más por el
que es tan valiosa la provisión de reserva de glucógeno que tiene tu hígado.
Sin ella, el hígado no puede funcionar. No es capaz de procesar los
nutrientes esenciales; no te puede proteger de las grasas, y no puede llevar a
cabo ninguna más de las funciones que estamos estudiando en la primera
parte de este libro.
Cuando privas al hígado de su combustible durante demasiado tiempo, no
solo se le acaba la energía, sino que empieza a luchar por mantener su
vida... y la tuya. Hasta puede enviar a elfos soldados, es decir, compuestos
químicos que ejercen de agentes que van recogiendo fuentes minúsculas de
glucosa en todo el organismo y las llevan al hígado. Viene a ser como
desnudar a un santo para vestir a otro. Es una de esas ocasiones en las que
el hígado da muestras de ser como otro cerebro, pues lleva un registro de la
glucosa que recoge de otras partes del cuerpo (un registro que no se puede
pesar ni medir; un registro de inteligencia). Por medio de la información
celular, documenta la glucosa que ha quitado al primer santo para que el
segundo pueda pagársela más adelante. Cuando el hígado se reaprovisiona
por fin de una cantidad adecuada de glucosa, no solo libera la cantidad de
glucosa normal y regulada que necesita el primer santo, sino que libera un
poco más. El hígado marca la glucosa adicional con una hormona que
permite su uso rápido y fácil, saldando la deuda con el primer santo de una
manera tan eficiente que no solo lo deja satisfecho, sino que le hace
olvidarse de que le habían quitado nada.
Habrás notado que en las dietas altas en grasas que están de moda hoy día
se añade un poco de azúcar aquí y allá. Si no fuera así, y si una dieta fuera
solo a base de grasas y proteínas a largo plazo, se produciría una situación
trágica en la que el hígado se vería muy apurado para sobrevivir. Además,
la situación de desnudar a un santo para vestir a otro se prolongaría
68
demasiado tiempo. Y por tanto, como los expertos han observado que una
dieta solo a base de grasas y de proteínas tiene efectos negativos para la
salud, están permitiendo incluir en las dietas bayas, o manzanas, calabaza o
aguacates, o añadir azúcares ocultos en las barras de proteínas.
Digamos, de paso, que se ha creído hasta hace muy poco que los
aguacates eran venenosos, y que los expertos de ayer decían que
engordaban de manera peligrosa y que eran malísimos para la salud. Ahora
están de moda, aunque nadie llega a darse cuenta de lo maravillosos que
son para la salud. Además de grasas, los aguacates contienen azúcar muy
valioso y viable. Antes de que empieces a preocuparte porque esta
combinación de grasas y azúcares sea problemática, has de saber que el
aguacate es una excepción curiosa y poco común en el problema de las
grasas con azúcares: el contenido de grasas del aguacate está tan infundido
en su azúcar, que está hecho para no impedir que el azúcar siga su camino y
para mantener equilibrado el hígado, a menos que comas aguacates en
grandes cantidades, un día sí y otro también. Por tanto, si bien no debes
comer muchísimos aguacates, el hígado no se quejará tanto cuando le
lleguen grasas de aguacate; la viscosidad de estas es más suave para el
órgano, por lo que constituye una fuente más sana que muchas otras. Los
aguacates te sientan bien.
Volvamos ahora a los expertos en dietética. Advierte que si han estado
introduciendo en las dietas aguacates y otras fuentes bajas en azúcar no es
porque ellos entiendan que el cuerpo necesita glucosa desesperadamente. Es
porque han visto que con el modelo antiguo la gente no llegaba a ninguna
parte; no mejoraban. Si los expertos en dietética hubieran sabido que el
hígado se estaba muriendo de hambre, literalmente, con la dieta alta en
grasas, habrían tomado medidas y las dietas de hoy en día serían distintas.
Se habrían dado cuenta de que una dieta alta en grasas es una crueldad
accidental para el hígado. Sabemos que hay que alimentarlo, como a
cualquier otro ser vivo, y que proporcionarle alimentos indebidos sería
inhumano. Sabemos, por ejemplo, que a un caballo, a un hámster o a un
conejito de compañía hay que darle de comer tal y cual cosa, y no tal otra.
En el caso del hígado, los investigadores y la ciencia médica no han llegado
a saber tanto todavía; por eso debemos ser nosotros mismos los que
sepamos cuidar de nuestro propio hígado.
69
LA VERDADERA RESTAURACIÓN
A lo largo de los años se han sucedido muchas modas que nos han hecho
creer que debemos tener miedo a los carbohidratos y a los azúcares. Pero si
haces una dieta sin azúcares (sin carbohidratos como la fruta, las calabazas,
las patatas, los boniatos, el mijo y la miel cruda), entonces tu hígado
empezará a pasar hambre poco a poco, y tú envejecerás rápidamente. Si
comes carbohidratos y estos están acompañados siempre de grasas (por
ejemplo, si te tomas unas patatas al horno con crema agria y trozos de
beicon, o un banana split, o incluso comidas que nos enseñaron a considerar
sanas como el yogur de leche entera con frutas y granola, o una ensalada
con pollo a la plancha, huevos duros y un bollo de pan integral, o un
emparedado de pavo con lechuga, tomate y mayonesa), entonces tu hígado
también puede pasar hambre de glucosa. Cuando en una comida se protege
al páncreas de las grasas, el hígado no puede extraer de los alimentos toda
la valiosa glucosa que necesita, y el resultado puede ser una sensación
constante y pertinaz de hambre que no se te quita por mucho que comas.
(Hablaremos más de esto en el capítulo 13, «El hambre misteriosa»). Ya
sigas una dieta alta en grasas y con pocos carbohidratos o ninguno, o una
dieta en la que todos los carbohidratos están acompañados de grasas, el
hígado no llega a restaurarse nunca. Los breves períodos de inactividad que
puede permitirse el hígado no se sienten como verdaderos descansos; es
como cuando te tomas unas vacaciones de tres días pensando que serán la
oportunidad ideal para recuperarte, pero al final no te sientes descansado
del todo. ¿No te ha pasado nunca? Pues así es como se siente el hígado
cuando la grasa bloquea siempre la glucosa.
Por el contrario, si das a tu hígado lo que necesita, él te apoyará como
nadie más te puede apoyar. Teniendo en la dieta glucosa biodisponible de
fuentes sanas, y teniendo unas reservas de glucógeno para los momentos de
necesidad, tu hígado te puede dar energía, desacelerarte el proceso de
envejecimiento y contribuir a protegerte de las enfermedades. Podrá
adaptarse fácilmente a tus necesidades en cada momento sin tener que
luchar, y, como veremos en el capítulo siguiente, podrá servir de
herramienta de conversión y de botiquín de medicinas definitivo.
70
Capítulo 4.
Tu hígado medicinal
71
altera para darle un uso concreto en el organismo, y le añade algo, le aporta
vida, para que, cuando llegue el momento adecuado para que tu hígado
reciba los nutrientes por el torrente sanguíneo, pueda asimilar esos
nutrientes. Y después deberán alterarse una vez más, esta vez por el hígado,
por medio de un proceso químico que es como un bautizo de los nutrientes.
Este proceso inspira a los nutrientes una misión sustentadora de la vida y
los prepara para su cruzada, dotándolos de un escudo y de una coraza
protectora que produce el hígado a partir de ciertos antioxidantes concretos
extraídos de determinadas frutas curativas. Dentro de este proceso
bautismal milagroso, el hígado rodea a los nutrientes de una burbuja del
compuesto químico, para que en su viaje hasta su destino no los destruyan
las toxinas ni se retrasen demasiado por un exceso de grasa en la sangre.
Por último, los nutrientes están listos para que el hígado los libere en la
sangre y se puedan entregar, como recursos vitales y preciosos, a los
órganos y a los tejidos de todo el cuerpo en formas que estos puedan aceptar
con facilidad. La forma de entrega es clave. Es algo así como la entrega de
regalos en Navidad. Si mandas por correo un regalo sin envoltorio, sin un
lacito, e incluso sin caja, no resistirá el viaje ni llegará a su destino. Por otra
parte, si lo envuelves, le pones un lacito y lo metes cuidadosamente con
plástico de burbujas en una caja especial para envíos, cierras bien esta con
cinta de envolver, y escribes cuidadosamente la dirección, entonces el
regalo sí estará preparado para el viaje. Si, además, escribes en la caja
«MUY FRÁGIL», los funcionarios de Correos pondrán todavía más
cuidado a la hora de mover el paquete y de llevarlo a salvo hasta su destino.
EL PLAN DE RESERVA
Lo normal es que el hígado se guarde los nutrientes mejorados a medida
que se los va proporcionando el sistema gastrointestinal, para irlos
dispensando a su vez cuando se necesitan. A veces tienes afectado el
sistema gastrointestinal, con los revestimientos intestinales dañados y
lesionados por estreptococos crónicos a largo plazo; o tienes una falta de
ácido clorhídrico por la que te suben ácidos malos y te provocan reflujo
ácido; o padeces inflamación intestinal por virus, por otros patógenos y por
los alimentos que los nutren. Cuando sucede esto, el sistema gastrointestinal
no es capaz de absorber, ni de alterar, ni de entregar los nutrientes que son
72
esenciales para la vida. Para eso está entonces tu hígado, en reserva, como
herramienta de conversión. Para mantenerte vivo, tu hígado hace un uso
excesivo de su método de conversión, la metilación.
Por ejemplo, tu íleon, que es una de las secciones de tu intestino delgado,
debe contener bióticos elevados (microorganismos procedentes de
alimentos frescos que los investigadores y la ciencia médica no han
descubierto todavía) que crean vitamina B12 y también la convierten, a partir
de otras fuentes, en formas más metiladas y biodisponibles. Cuando el íleon
está cansado, tu hígado es la herramienta de conversión que está en reserva.
Se hace cargo de la tarea que ya no puede realizar el tracto intestinal, y
permite que te sigas sintiendo sano y vital.
Aunque tu tracto intestinal lo esté pasando verdaderamente mal, tu hígado
sobrecompensará tanto que no descubrirás que tienes síndrome del intestino
irritable (SII), sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SBID),
sobrecrecimiento de Candida, gases o hinchazón abdominal, y ni siquiera tu
médico los detectará, porque tu hígado está contribuyendo a disimular la
situación. Cuando se fuerza demasiado al hígado y se queda estancado,
lento o graso, demasiado debilitado como para servir de herramienta de
reserva, entonces empieza a manifestarse el problema digestivo o la
carencia nutricional.
Como no nos enseñan a cuidar de nuestro hígado, solemos sobrecargarlo
más deprisa aún que sobrecargamos el estómago y el intestino. Esto
significa que si tu sistema gastrointestinal llega al punto de tener
dificultades para convertir los nutrientes, es muy probable que ya tengas el
hígado lento y debilitado, de modo que, aunque todavía puede hacer un
gran trabajo como suplente de conversión, le cuesta hacerlo. No puede
absorber, ni alterar, ni entregar en su plena capacidad, y cuando esta se
reduce todavía más, la consecuencia será que tu médico te dirá que te faltan
determinados nutrientes. Además de lo cual, el hígado estancado se puede
obstruir tanto con toxinas que empieza a dejarlas salir de nuevo al resto del
cuerpo, lo que debilita el tracto digestivo, de modo que este dependerá
todavía más de la capacidad de conversión del hígado: es un círculo vicioso.
¿Con cuántos círculos viciosos te has encontrado en tu vida? Puede que en
una relación de pareja o de amistad un conflicto emocional se haya
convertido en un círculo vicioso. Cuando un niño juega a construir una
73
presa entre el barro durante un chaparrón, descubre que el hecho mismo que
produce la necesidad de la presa (la lluvia) también debilita la obra, pues se
acumula cada vez más agua tras la presa, la supera y lo convierte todo en un
montón de barro. Es el mismo principio de la conversión de los nutrientes:
cuando una persona tiene un trastorno digestivo, que se puede deber a que
tiene comprometido el hígado, tarda más tiempo en curarse por el hecho
mismo de que el mal funcionamiento del hígado debilita el sistema
gastrointestinal, y viceversa.
74
Capítulo 5.
Tu hígado protector
75
No respetamos a nuestro hígado. De hecho, el hígado es uno de los
órganos del cuerpo que menos se respeta. Cuando la gran Aretha Franklin
grabó su canción Respect (Respeto), bien podría estar expresando con ella
el punto de vista del hígado. Una celebración auténtica consistiría en beber
zumos verdes, o quizá comernos unas patatas al vapor, para dar al hígado un
descanso y ayudarle a restaurar sus capacidades de desarme.
76
cuerpo no solo está lleno de electricidad; él mismo es electricidad. Por eso,
cuando una persona tiene un ataque al corazón, los equipos de emergencia
intentan despertarle el corazón con electricidad. A esto se debe también que
necesitemos que este compuesto químico procedente del hígado flote por el
cuerpo y realice su tarea de recubrir las toxinas, ahogándolas, anulándoles
las cargas y manteniendo a estos alborotadores en estado latente para que la
electricidad del cuerpo no los active. Es una tarea extraordinaria que puede
realizar el hígado, y bien, si está sano.
Pero como los investigadores y la ciencia médica apenas han empezado a
profundizar en todo lo que hace el hígado, no sabemos gran cosa de esta
tarea, y no podemos ser los animadores que necesita el hígado. Si tu hígado
está en apuros, solo será capaz de liberar cantidades reducidas de este
compuesto químico desarmante que todavía no se ha descubierto, lo que
significa que las toxinas podrán evadirse a su alcance y provocar desastres
poco a poco.
77
mientras que los residuos peligrosos como las baterías usadas, las neveras y
los hornos microondas se reúnen en una zona delimitada. El hígado envía
las toxinas hacia su interior, tanto más hondo cuanto más dañinas pueden
ser; prefiere mandar a las cercanías de su centro mismo materiales como los
derivados del petróleo, dioxinas, DDT y otros pesticidas, aspartamo,
glutamato monosódico, virus y residuos víricos, limpiadores
convencionales, determinados fármacos como los opiáceos y los metales
pesados tóxicos.
Todo esto es para protegerte. Teniendo las sustancias más destructivas lo
más hondo posible, tú podrás hacer tu vida durante el máximo tiempo
posible. ¿Por qué acumular materiales dañinos en su núcleo interior
profundo, si allí pueden llegar a causarte una enfermedad hepática? Porque
el hígado tiene la responsabilidad de asegurarse de que esos venenos no
floten libremente ni puedan dirigirse al cerebro ni al corazón, donde pueden
hacerte mucho daño y acortarte la vida. El hígado opta por cargar con el
golpe, esperando con paciencia hora tras hora, día tras día, año tras año, la
ocasión de limpiarse o de depurar las sustancias como debe. (Hablaremos
más de esto en la cuarta parte, «La salvación del hígado»).
El hígado no es una única masa estática. Crece, mengua y prácticamente
cambia de forma gracias a unas células que no se han descubierto todavía y
que yo llamo células perime, para las ocasiones en que los depósitos de
almacenamiento del hígado se llenan demasiado. Son los lobulillos del
hígado los que producen y liberan estas células perime. Si bien los
investigadores y la ciencia médica han documentado correctamente que los
lobulillos tienen seis lados, no son conscientes de la existencia de estas
células perime ni del hecho de que las células perime se reúnen en grupos
de seises y de nueves (por ejemplo, un grupo mayor, de 33 células perime,
se consideraría un seis) para formar tejido capaz de adherirse y liberarse en
función de las necesidades, bloquear determinadas zonas, rellenar otras
zonas, y desmontarse y reconstruirse para hacer sitio a la expansión de los
depósitos de almacenamiento del hígado. Con estos cambios de forma, las
células perime contribuyen a prevenir la liberación a la sangre de toxinas
que serían dañinas para el hígado y para otros órganos.
Las células perime que flotan libremente, y que forman parte de la
estructura celular de la familia del hígado, no son capaces de vivir fuera de
este, y los investigadores y la ciencia médica no son conscientes de su
78
existencia porque los investigadores no pueden pasarse un día entero
viviendo dentro de un hígado para presenciar lo que pasa en realidad. En el
hígado de un cadáver no se aprecia todo lo que puede enseñarnos un hígado
vivo, y todo hígado vivo, como por ejemplo uno que se está preparando
para un trasplante, debe tratarse con el máximo cuidado y no se puede
manosear, ni pinchar, ni deteriorar. Y, así, el hígado sigue siendo en gran
parte un misterio para las comunidades médicas, y a la ciencia médica le
sigue faltando mucho para entender todo su funcionamiento interior.
79
departamento de deportes. En esta situación se habrían pasado por alto las
necesidades reales de tu hija, como se pasan por alto las del hígado.
En este momento de la historia humana, debido a las toxinas que
heredamos desde la concepción y desde el seno materno, no llegamos al
mundo con hígados que funcionan al cien por cien. Por tanto, empezamos
con desventaja, y después nos viene todo a lo que estamos expuestos
después de nacer. Puedes cuidarte la salud, controlar lo que comes, hacer
ejercicio, mantener fuerte el sistema inmunitario y seguir las instrucciones
de tu médico tomándote las medicaciones que te manda, pero si no conoces
los principios básicos de rescate del hígado que estudiaremos en la cuarta
parte, será normal que cuando cumplas los cuarenta el hígado te funcione a
solo un 60 por ciento de su capacidad protectora. Hasta el uso normal de
antibióticos durante la infancia puede bastar para que la persona tenga
debilitado el hígado antes de cumplir los treinta años, si no toma medidas
en ese intervalo para desintoxicar el hígado y restaurarlo.
80
desarrollar rápidamente tejido cicatrizado, con lo que empiezas a tener
cirrosis. O empiezas a tener problemas con síntomas y trastornos que tú no
sabías que tenían relación con el hígado, como la gota, la diabetes, el
eccema, la psoriasis u otros. O proliferan virus no detectados, que conducen
a problemas víricos del organismo a los que se pone la etiqueta de
autoinmunitarios, en los que los patógenos devoran los tejidos y disgregan
las células, provocando dolores y enfermedades misteriosas crónicas.
Pero cuando ayudamos al hígado, cuando lo hacemos volver de su
situación límite, o cuando lo protegemos de manera preventiva antes de que
se vea obligado a enviarnos esas señales de emergencia, entonces se nos
abre todo un mundo de posibilidades. Somos nosotros los que marcamos las
pautas, y, con ello, cambiamos nuestro destino.
81
Capítulo 6.
Tu hígado purificador
82
la presencia de toxinas o de patógenos que hayan burlado la vigilancia de
los guardias.
EL EVANGELIO DE LA PURIFICACIÓN
Resultará útil que nos volvamos a imaginar que estos lobulillos son como
elfos en una fábrica de juguetes, apostados ante una cinta transportadora por
la que discurren los materiales brutos que llegan del exterior. ¿Es eso una
pieza de pino sano de la que puede salir un sólido caballito de juguete, o es
madera ligera de balsa, ideal para construir un modelo de avión? ¿Ese
tronco está infestado de insectos que pueden provocar un desastre si llegan
al taller? ¿Está contaminada de pesticidas esa tabla? Todo esto lo tienen que
decidir los elfos, para clasificar y distribuir los materiales en consecuencia.
Las células de Kupffer, que están configuradas como máquinas barredoras,
son las escobas de las que se sirven los elfos para limpiar su taller. Cuando
los elfos (los lobulillos) tienen hambre y encuentran su alimento (la
glucosa), las escobas (las células de Kupffer) cobran vida para poder llevar
a cabo su trabajo.
Tú y yo sabemos que esos «elfos» y esas «escobas» no son mágicos en
realidad. Pero lo curioso es que bien podrían serlo, teniendo en cuenta lo
poco que han descubierto los investigadores y la ciencia médica acerca de
las verdaderas relaciones entre los lobulillos hepáticos y las células de
Kupffer, y de los papeles que desempeñan unos y otras a la hora de decidir
lo que hay que hacer con los diversos materiales que llegan en tu torrente
sanguíneo. Si bien la ciencia es consciente de que determinadas células
forman parte de un proceso de limpieza (como el de desechar los hematíes
viejos), el modo en que se comunican las células del hígado y en que
funciona el hígado para cubrir sus propias necesidades a la vez que se ocupa
del resto de tu organismo ya es una historia muy distinta. Los
investigadores y la ciencia médica no han llegado a descifrar las funciones
químicas precisas y complejas que permiten la intercomunicación entre las
células hepáticas, ni cómo determinan los lobulillos lo que es bueno y lo
que es malo. En lo que respecta a la medicina oficial, bien podría tratarse de
unas criaturas mágicas que deciden qué materiales inútiles se desarman, se
desechan o se guardan donde no puedan hacer daño; qué materiales útiles se
organizan y se conservan clasificados por categorías, y cuáles van
83
directamente a los elfos que construyen los juguetes, los empaquetan y los
envían a su destino.
Resulta especialmente importante que tu hígado haga bien su labor de
separar lo beneficioso de lo tóxico porque la sangre, después de salir del
hígado, pasa al corazón. La sangre que llega al corazón debe estar limpia, y
lo estará si tienes el hígado en buen estado. Tu hígado pone en juego todas
sus reservas y toda su capacidad para frenar las amenazas tóxicas y
eliminarlas, pues sabe que te harán daño si pasan del hígado. Como ya has
leído, entierra dentro de sí las amenazas más tóxicas, como los solventes y
los pesticidas, y tiene una conciencia especial de que debe controlar a los
virus y guardárselos muy dentro de sí, pues eso es más seguro que dejar que
salgan camino del cerebro o del corazón.
Pero antes de llegar siquiera al punto de encerrar a los alborotadores, el
hígado intenta desecharlos dentro de su proceso de control y filtrado. Si es
capaz de hacer salir de tu cuerpo a los alborotadores sin peligro, lo hará.
Esto consiste, principalmente, en dejar salir los residuos menos tóxicos
dentro de un proceso de «sacar la basura», para que le quede más fuerza
para contener a las toxinas más peligrosas. Cuando el hígado deja salir a las
toxinas, estas se liberan a tres lugares posibles: al colon (a veces a través de
la bilis y de la vesícula), de donde se eliminan por las heces; a los riñones,
de donde se eliminan por la orina, y, como último recurso, se liberan al
torrente sanguíneo, donde se convierten en radicales libres. Un hígado
verdaderamente sano, que está limpio y no se encuentra en apuros, solo
enviará a los alborotadores al colon y a la orina para eliminarlos. Hasta un
hígado que se encuentra en mal estado hará todo lo que pueda para evitar
que las amenazas graves queden libres en la sangre.
En cuanto a los alborotadores que el hígado ha considerado que se pueden
expulsar con seguridad, los elfos de los lobulillos hepáticos los empaquetan
con compuestos químicos que identifican los destinos de los alborotadores
neutralizados, como cuando se ponen los datos del destinatario en un
paquete, y los llevan hacia el colon o hacia los riñones. La naturaleza
esponjosa del hígado desempeña un cierto papel en el modo en que este
suelta los residuos, pues cuando el hígado tiene problemas (cuando está
muy tóxico, lento y estancado) y es incapaz de liberar las toxinas por el
conducto biliar, excreta la mayor parte de las mismas por los poros de su
parte inferior. Esto se convierte en una táctica excretora de emergencia que
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no siempre funciona a la perfección. Muchos de estos residuos, que han
sido controlados, filtrados, neutralizados y empaquetados con un compuesto
químico que los identifica, después de expulsarse por la parte inferior del
hígado (te la puedes imaginar parecida a la parte inferior del sombrero de
una seta), pueden ser absorbidos por los minúsculos microvasos sanguíneos
del exterior de la pared del colon, que recogen los residuos y los dirigen
hacia venas mayores para que puedan llegar al colon y eliminarse.
Si el hígado está lento, débil y en apuros, los elfos estarán cansados y
saturados de trabajo, y no siempre empaquetarán bien los «regalos» que
contienen a los alborotadores antes de darles salida. Una toxina liberada del
hígado, cuando no está empaquetada como es debido con el compuesto
químico correspondiente, se convierte en un paquete radical libre sin sello,
sin número de seguimiento ni dirección del destinatario. Sale por una vena
hepática y se dirige al corazón bajo esta forma descontrolada y no
identificada; recorre el resto del sistema circulatorio, y en muchos casos
vuelve de nuevo al remitente, es decir, vuelve al hígado cuando el recorrido
del torrente sanguíneo la lleva hasta allí.
El hígado dispone de un segundo modo de enviar a los alborotadores al
colon para que se eliminen, que es por medio de la bilis. Este es el proceso
preferido para eliminar los residuos más importantes. Aunque siguen siendo
microscópicos (y más que microscópicos: la mitad de estas partículas
alborotadoras no se detectarían al microscopio), esos son los venenos de los
que tu cuerpo tiene más interés en protegerte mientras los elimina al
exterior. Este es otro de los motivos por los que son tan problemáticos los
hígados disfuncionales, con producción reducida de bilis: porque la bilis
constituye una parte importante de nuestro proceso de desintoxicación. El
hígado en buen estado y con bilis abundante puede enviar directamente las
toxinas por el conducto biliar al tracto intestinal, o por el conducto hepático
a la vesícula biliar, para que se liberen la próxima vez que esta deba
intervenir para ayudar a la digestión. Por otra parte, si el hígado está
estancado, cargado, obstruido y superado, no solo pierde la capacidad de los
elfos para empaquetar y el volumen de bilis necesario para expulsar
cantidad de toxinas, sino que también dispone de menos oxígeno para
facilitar el proceso de entrega. En vez de ello, debe guardarse a estos
alborotadores más graves.
85
Cuando tu hígado llega a este punto en que es incapaz de procesar todos
los materiales no productivos que transcurren a través de él, habrá en el
torrente sanguíneo más residuos de radicales libres y de materias tóxicas
(las materias menos tóxicas que el hígado no enterró dentro de sí), lo que
obligará al corazón a bombear con más fuerza para extraer esa sangre del
hígado (como si estuviésemos absorbiendo una crema espesa por una
pajita), y la consecuencia será el aumento de la tensión arterial. Si tienes el
hígado obstruido hasta el punto de que empiezan a disgregarse y pasar a la
sangre fragmentos de biopelícula, entonces es probable que contraigas
soplos de corazón, pues esta sustancia gelatinosa apelmaza las válvulas
cardíacas, impidiendo que la sangre fluya con regularidad. (Hablaremos
más de esto en el capítulo 18, «Las palpitaciones cardíacas misteriosas»).
Estos no son más que dos de los efectos secundarios de tener obstruido el
hígado. Leerás otros, como el aumento de peso, en la segunda parte, «La
tormenta invisible: lo que pasa dentro de nuestro hígado», y en la tercera
parte, «¡A las armas!: luz sobre más síntomas y trastornos».
Si supiésemos todas estas cosas desde nuestra primera infancia, nos
criaríamos en el respeto a la capacidad de filtrado de nuestro hígado, y
trataríamos a este con la deferencia que merece en consecuencia. Pero, en
vez de ello, oímos hablar más del papel del hígado en la desintoxicación, es
decir, en la disgregación de las sustancias químicas y de los agentes
dañinos, entre ellos las drogas y fármacos y el alcohol, para que el
organismo sea capaz de procesarlos y de darles salida. Oímos decir que, con
el transcurso del tiempo, el procesamiento de estos tipos de sustancias
puede provocar el cicatrizado y el endurecimiento de los tejidos hepáticos.
Y hasta aquí llega lo que entienden de la desintoxicación las comunidades
médicas.
En realidad, esto no es más que una parte pequeña de una de las funciones
más potentes que lleva a cabo tu hígado, la de protegerte de las sustancias
peligrosas. Lo que no llegan a captar las investigaciones y la ciencia médica
es el pleno alcance de la capacidad milagrosa del hígado para controlar y
filtrar, incluso cuando ese hígado está lento, estancado, sobrecargado o
enfermo. Cuando los investigadores descubran de verdad lo que está
haciendo en este sentido el hígado y lo cuenten en las publicaciones
especializadas, los médicos y las universidades de Medicina lo proclamarán
como un nuevo evangelio.
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UN ÚNICO HÍGADO PRECIOSO
Este proceso de control y filtrado también se puede entender como un
proceso de escrutinio e inspección en busca de venenos y toxinas en la
sangre. Como hemos visto, el sistema de filtrado del hígado capta tantas de
estas toxinas como puede para que no sean capaces de hacer daño en el
cuerpo. El hígado, dentro de su sistema de almacenamiento, arroja a los
alborotadores concretos que sería demasiado peligroso liberar en ese
momento a células hepáticas tales como los hepatocitos, esperando el
momento en que cambie el estilo de vida de la persona y se puedan limpiar
con seguridad. Con el tiempo, si estas células se quedan abarrotadas, se
estiran para hacer sitio, y a la larga se endurecen para que las paredes
celulares no revienten dando salida a los venenos. Para las toxinas menos
agresivas, el hígado recurre a las células perime, que cambian de forma,
para tenerlas atrapadas temporalmente hasta que pueda neutralizarlas,
primero, y excretarlas después, tras lo cual permite a las células perime que
sigan adelante y que se reúnan y reagrupen en función de la próxima
necesidad.
Se trata de una función química que produce el endurecimiento de los
hepatocitos para los alborotadores más peligrosos, una sustancia química
creada por el hígado de manera natural y que satura la célula y la membrana
celular, entrando en la cárcel de la célula y adhiriendo entre sí los venenos y
la toxina, produciendo unas microadherencias que se convierten con el
tiempo en tejido cicatrizado. En este punto, el médico puede decirte que
tienes tejido cicatrizado en el hígado, como si fuera una cosa mala. Lo
cierto es que ese tejido cicatrizado, si bien no es ideal para el
funcionamiento del hígado, es preferible a la alternativa de que los
alborotadores corran libremente y deterioren lo que se les antoje,
empezando por el corazón; por ejemplo, haciendo que se acumule en él
placa, o produciendo una infección vírica dentro del corazón. El tejido
cicatrizado es señal de que tu cuerpo intenta protegerte. Este proceso de
endurecimiento celular es para los alborotadores más peligrosos, que el
hígado no puede permitirse dejar sueltos en tu cuerpo; el tejido cicatrizado
es un sacrificio que está dispuesto a realizar para protegerte del resultado
peor, que sería que esos alborotadores se dirigieran a tu cerebro o a tu
corazón.
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Otra función química que lleva a cabo el hígado es la de producir un
compuesto químico que reúne a los leucocitos guardianes para que trabajen
juntos como agente suavizante de las paredes de las células «cárcel» que
son los hepatocitos endurecidos. Así, los leucocitos pueden entrar en los
hepatocitos y destruir a los virus que se oculten dentro de su tejido
cicatrizado. Es una técnica que el hígado también utiliza cuando le damos la
oportunidad de desintoxicarse: el agente suavizante puede liberar los
venenos de las células endurecidas de las profundidades del hígado. A
continuación, los elfos de los lobulillos hepáticos reempaquetan a los
alborotadores y los preparan para ser excretados por la bilis, absorbidos por
el colon o eliminados por los riñones.
O bien, puedes concebir tu hígado como el filtro de un cigarrillo, que
atrapa una parte del alquitrán, de la nicotina y de otras sustancias químicas
del humo del tabaco antes de que este te llegue a los pulmones. Sabemos
bien a estas alturas que el filtro del cigarrillo no basta para frenar todo el
daño que causa el humo: siguen llegando toxinas a los pulmones. Del
mismo modo, el hígado no puede cerrar el paso a todos los elementos
dañinos cuando estos llegan a raudales; y por eso tiene tanta importancia el
proceso de desactivación y de detención del que hablamos en el capítulo
anterior. Pero lo que sí hace el hígado para controlar y filtrar es milagroso.
Se interpone entre nosotros y los terribles padecimientos debidos a la
contaminación, a la actividad patógena y a los venenos del mundo, a los que
ni siquiera sabemos que estamos expuestos en la vida cotidiana. Sin el
hígado, todos tendríamos tóxica la sangre.
A pesar de lo cual, el hígado no ocupa un lugar de honor en nuestras
vidas. En vez de ello, la idea general que tenemos de un filtro es que es
intercambiable, incluso desechable. Las bolsas de las aspiradoras, los filtros
de aire, los filtros del aire acondicionado, los filtros de los acuarios, los de
aceite, los de las piscinas: cuando vemos que un filtro se llena, o que está
gastado, o que está negro de residuos y de sólidos acumulados, podemos
sacarlo y limpiarlo, o tirarlo. ¿Qué te parecería tener que hacerte el café
usando el mismo filtro una y otra vez durante cinco años? ¿Y si llevaras el
coche al taller para que te hicieran una puesta a punto y el mecánico te
dijera: «No es posible; no podemos cambiarle el filtro de la transmisión»?
En tal caso, te interesaría aprender todo lo que pudieras sobre el modo de
conservar, de mantener y de limpiar los filtros que usas a diario.
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Al fin y al cabo, el hígado no es como un filtro de cigarrillo de un solo
uso, que no tardaremos en arrojar al suelo y pisar, sabiendo que el próximo
pitillo traerá un filtro nuevo. Solo tenemos un único hígado, un solo filtro
precioso. Es un órgano de tu cuerpo y no puedes sustituirlo, salvo en el caso
extremo de un trasplante. El hígado con el que naces es el único que se te
concede de por vida. Es uno de tus órganos más inteligentes, con muchas
responsabilidades y muchas técnicas intrincadas y complejas, y solo es
capaz de trabajar de manera óptima cuando no se le está obstaculizando
constantemente.
PROBLEMAS A LA VISTA
Lo que menos interesa a tu hígado es dejar en libertad en tu torrente
sanguíneo y en tu organismo un grupo desatado de serpientes venenosas.
Cuando las toxinas burlan el proceso primario de filtrado y de
neutralización del hígado, las células perime de las que hemos hablado en el
capítulo anterior (que son muy parecidas a los hepatocitos normales)
aportan una neutralización secundaria, de apoyo, liberando un compuesto
químico desarmante que conmociona a los venenos intrusos, deteniéndolos
y preparándolos para que sean filtrados gracias al trabajo de los lobulillos y
de las células de Kupffer.
A veces, cuando el hígado está demasiado comprometido, se ve reducido
a su última línea de defensa. Cuando el hígado percibe que sus procesos
normales de control, filtrado, desarme, detención o evacuación no bastan
para hacer frente a una multitud de alborotadores y que, por tanto, esos
alborotadores están a punto de escapar sin control, hace sonar una señal de
alarma, un proceso químico no descubierto todavía al que yo llamo hepato-
seguimiento. En esencia, el hígado toma la adrenalina que ha absorbido,
procedente de los factores de estrés cotidianos, la recicla y la añade a un
compuesto químico tónico que consumen los «elfos» de las células y de los
lobulillos hepáticos, y que les aporta una capacidad y una fuerza
sobrenaturales para evitar que se escapen los alborotadores. Este tónico
contribuye también a encaminar a todas las demás células del hígado hacia
la gestión de los residuos de esos alborotadores que no se han procesado,
empaquetado o desarmado como es debido. Como los venenos solo
empiezan a escaparse cuando el hígado ya está tóxico y sobrecargado de
89
alborotadores, cuando suena esta señal de alarma tiende a sonar mucho.
Puede desencadenarse un caos, como sucedería en la fábrica de juguetes si
sonara la alarma de incendios tres veces al día, deteniendo la cadena de
producción e impidiendo una vez tras otra que los elfos realizaran sus tareas
habituales.
ACTIVAR LA CURACIÓN
Si estás cuidando tu salud; si estás eligiendo productos naturales siempre
que puedes en vez de productos tales como los ambientadores de aire que se
enchufan y los productos de limpieza doméstica que te exponen a sustancias
químicas dañinas; si estás evitando las dietas de moda que te sobrecargan de
grasas el hígado y obstruyen su capacidad de filtrado, y si estás empleando
técnicas seguras para la limpieza del hígado, como las que veremos en la
cuarta parte, «La salvación del hígado», todo ello se reflejará en tu hígado.
Tu hígado podrá gestionar sus controles de calidad; tus células hepáticas, en
vez de llenarse de toxinas hasta reventar, dispondrán de los recursos
necesarios para controlar, desarmar y neutralizar a los alborotadores, y
podrán soltar las toxinas y desecharlas sin que hagan daño, antes de que las
células se lleguen a saturar y se produzca el cicatrizado.
Y si ya se está produciendo el cicatrizado, podrás aprovechar el poder de
la dieta para activar una función del hígado que todavía no han descubierto
los investigadores ni la ciencia médica. Cuando consumes antioxidantes,
como los que se encuentran, sobre todo, en los arándanos silvestres, en la
pitaya roja (fruta del dragón) y en las pieles de las manzanas rojas, así como
en otras frutas, verduras, hierbas aromáticas y especias, entonces el hígado
libera un compuesto químico que se adhiere a los antioxidantes. La
formulación química del hígado y los antioxidantes de los alimentos
sanadores se combinan para formar un compuesto bioquímico híbrido que
sirve de suavizante, semejante al que producen los leucocitos en caso
necesario. La diferencia es que el compuesto que producen los leucocitos
está formulado para entrar en las células-cárcel y destruir a los virus. Este
suavizante lleva a cabo una operación de rescate de los tejidos cicatrizados
endurecidos y cargados y de otros tejidos, membranas y lobulillos; más
concretamente, este suavizante vuelve a dar la vida a los «elfos»
cicatrizados y dañados de los lobulillos. Al ablandar las adherencias y el
90
tejido cicatrizado endurecidos pueden desarrollarse células nuevas, con lo
que se hace posible la restauración y la resurrección del hígado. La
consecuencia de todo ello es que tú estás mejor.
Como ya habrás visto a estas alturas, el hígado es uno de los órganos más
inteligentes y más infravalorados de los que disponemos. Tiene a su
disposición unas técnicas geniales, y te guarda las espaldas como no puede
guardártelas nada ni nadie más. Y más que nunca cuando hace entrar en
juego a su equipo especializado de defensores, a su sistema inmunitario
propio y personal, para protegerte de los invasores.
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Capítulo 7.
Tu hígado heroico
92
especiales. El hígado también da entrada periódicamente y al azar a
leucocitos para que controlen a los virus que residan en sus profundidades.
¿Por qué no envía el hígado a la totalidad de sus efectivos de leucocitos
para que destruyan de raíz a todos los virus y demás patógenos que se
encuentran en su interior? Porque el hígado ya está dedicando una cantidad
tremenda de recursos a la labor de combatir a los patógenos que van
entrando por la vena porta hepática y por la arteria hepática, intentando irlos
matando antes de que entren para que no sea necesario siquiera llegar a
enterrarlos dentro de sí.
Estas son las defensas inmunitarias del hígado, el sistema inmunitario
personalizado del hígado, una red de leucocitos que te protegen de los
patógenos que amenazan con dañar al órgano y con afectar a tu salud. Las
comunidades médicas ignoran todavía una buena parte de la sofisticación
del sistema inmunitario del hígado, y por eso no oímos hablar de él en
nuestro mundo cotidiano. Es como una receta secreta que disfrutamos todos
sin ser conscientes de ello. Nos comemos el pastel y este nos mejora la
vida. Pero no conocemos todavía todos sus ingredientes, ni lo especiales
que son dichos ingredientes.
93
carreteras. La sangre que entra por la vena porta hepática está llena tanto de
nutrientes como de venenos. Esta es la vía de acceso preferente para
cualquier alborotador que pretenda llegar al hígado, ya que es el camino que
sigue la mayor parte de la sangre que va al hígado, y esta llega procedente
del tracto digestivo y sin filtrar. Pueden circular por esta vena los virus, las
bacterias, los pesticidas de los alimentos que comes y todo lo demás que es
improductivo y que va a parar a tu estómago, y de ahí a tu tracto intestinal.
Sus leucocitos especializados lo vigilan todo.
Los leucocitos de la arteria hepática están desplegados en la otra entrada
circulatoria del hígado, la arteria hepática. Como esta sangre llega desde el
corazón, tiene niveles de oxígeno más elevados que la sangre que entra de
la vena porta hepática; además, se desplaza a mayor velocidad. Por ello, los
leucocitos de la arteria hepática están adaptados a unos niveles de oxígeno y
a un flujo sanguíneo completamente distintos. Mientras que los leucocitos
de la vena porta hepática son capaces de sobrevivir estando casi ahogados
por la falta de oxígeno, y tampoco les importa tanto la velocidad, los
leucocitos de la arteria hepática deben nadar de manera agresiva, sin tener
que preocuparse tanto del oxígeno.
Si observásemos estas células inmunitarias al microscopio (suponiendo
que los investigadores y la ciencia médica de hoy conocieran su existencia
o se interesaran por ellas), podrían parecernos iguales. Pero, en realidad, las
diferencias sutiles que existen entre unas y otras son trascendentales. Los
leucocitos de estos tres tipos son todos unos nadadores increíbles y tienen la
rara habilidad de desplazarse en contra de la corriente sanguínea en su caza
de los patógenos. Son unos atletas consumados, y tienen una forma
especial, todavía desconocida por los investigadores y por la ciencia, que
les permite permanecer estables en una zona donde corre velozmente la
sangre, de manera muy parecida a como un oso pardo se mantiene firme
entre las fuertes corrientes de un río para atrapar a los salmones durante su
migración.
Los patógenos que se escapan de estos agentes del servicio secreto
apostados en las entradas del hígado tienen que hacer frente a la línea de
defensa siguiente de este, los leucocitos de los lobulillos. Estos son los
guardias personalizados de los elfos de los lobulillos hepáticos; tienen su
tamaño y su forma especiales, adaptados para proteger la seguridad de los
lobulillos. Los leucocitos de los lobulillos rondan por los capilares y demás
94
vasos sanguíneos del hígado, atentos a la presencia de invasores como el
virus de Epstein-Barr (VEB), que es el creador desconocido de las hepatitis
A, B, C, D y E, así como de trastornos autoinmunes del hígado no
diagnosticados, y de toda una gama de enfermedades crónicas que pueden
ser consecuencia de infecciones víricas crónicas, de baja intensidad, del
hígado, que las comunidades médicas no detectan. Estos leucocitos tienen
licencia para matar, aunque su tarea es más difícil que la de los leucocitos
que custodian las vías de entrada al hígado. Esto es así porque el hígado es
el filtro de tu cuerpo, por lo que puede llenarse de incontables toxinas
acumuladas que obstaculizan la labor de los leucocitos. Se puede comparar
con la situación de los soldados en un campo de batalla que no pueden ver
con claridad por el humo que sube de los edificios incendiados. Los metales
pesados en el agua, los residuos víricos y bacterianos, los pesticidas
antiguos como el DDT y otros alborotadores ensucian el hígado y oscurecen
los verdaderos objetivos de los leucocitos de los lobulillos, que son los
patógenos activos. (Este es uno de los múltiples motivos por los que
mantener el hígado limpio y sano es una parte trascendental de tu labor de
protegerte de las enfermedades... no solo de las enfermedades hepáticas,
sino de todas las enfermedades).
Como la producción de bilis es una de las funciones principales de tu
hígado, existen unos leucocitos del conducto biliar especiales y todavía no
conocidos que tienen asignada la misión de vigilar el sistema del conducto
biliar. Estos leucocitos son la única parte del sistema inmunitario que es
capaz de soportar las duras condiciones del entorno de la bilis. Lo
consiguen gracias a sus cubiertas protectoras, no descubiertas por los
investigadores ni la ciencia médica, que hacen de escudos, como los trajes
NBQ o los equipos de los bomberos. Los leucocitos del conducto biliar
están atentos a la presencia en la bilis de transeúntes que puedan provocar
infecciones al hígado, a la vesícula, al duodeno o al tracto intestinal, o
incluso desplazarse hacia arriba e invadir el estómago, y están preparados
para atraparlos antes de que puedan causar problemas. En algunas ocasiones
puede escaparse un patógeno, y en tal caso salta una señal y un único
leucocito del conducto biliar se lanza al ataque en modo kamikaze,
siguiendo al invasor fuera del hígado, por la vesícula, el duodeno y el resto
del intestino delgado, un recorrido que le impedirá regresar nunca al hígado.
Este viaje termina por destruir y matar al leucocito del conducto biliar,
95
quemándole la cubierta protectora. Pero esta cubierta protectora del
leucocito le permite soportar durante un tiempo breve el ácido clorhídrico
del estómago y las sustancias tóxicas que puede ingerir la persona en su
comida y su bebida. Así, el leucocito puede mantenerse intacto al principio
de su misión suicida de persecución del patógeno.
A veces, cuando la amenaza es grave, salen juntos del hígado varios
leucocitos del conducto biliar. Estos valientes leucocitos saben que les
queda poco tiempo de vida. Para adquirir cualidades de superleucocitos y
que su misión valga la pena, toman la misma adrenalina que producen las
glándulas suprarrenales para ayudar a digerir los alimentos (una variedad
concreta de las 56 variedades de adrenalina distintas y todavía no
descubiertas que producen tus glándulas suprarrenales), y la absorben para
poder retrasar su propia muerte con el fin de llegar a cazar a los patógenos
que persiguen. Si la persona tiene débiles las glándulas suprarrenales y no le
están produciendo esta variedad concreta de adrenalina, el hígado libera
depósitos de dicha variedad que tiene almacenados, con la esperanza de que
los leucocitos la encuentren y le den buen uso. Puede que «varios»
leucocitos del conducto biliar no parezcan muchos; pero ten presente que,
de entrada, existen pocos de estos leucocitos. Los que hay son poderosos, y
el alma del hígado los considera heroicos.
Por último, existen los linfocitos hepáticos, que patrullan por la región
externa del hígado. Estos linfocitos tienden a permanecer en el exterior del
hígado, en posiciones «atalaya» situadas en los vasos linfáticos de la zona y
en sus proximidades, aunque pueden entrar en el hígado si resulta necesario.
Estos leucocitos también tienen licencia para matar, sobre todo cuando se
encuentran con células del VEB que intentan entrar en el hígado por el
fluido linfático y establecerse en forma de mononucleosis. Los linfocitos
hepáticos también están programados para protegernos de otros virus
herpéticos tales como el virus del herpes humano 6 (VHH-6) y el VHH-7;
de los todavía no descubiertos VHH-10, VHH-11, VHH-12, VHH-13,
VHH-14, VHH-15 y VHH-16; del cofactor Streptococcus; de diversas
mutaciones bacterianas y víricas, e incluso de supermicrobios peligrosos
como el C. difficile y el Staphylococcus aureus resistente a la meticilina
(SARM).
Cuando un hígado está demasiado sobrecargado de toxinas (que pueden
ser del entorno, de una carga vírica ya presente, o de los alimentos
96
improductivos que come la persona con regularidad), su sistema de filtrado
no da abasto, y esos venenos suelen verterse en el sistema linfático. Esto
dificulta mucho la labor de los linfocitos hepáticos. Sus atalayas se saturan
de venenos, y ellos se ven obligados a retirarse; además, se retrasan en su
intento de reunirse para sumar sus fuerzas y de llegar hasta los patógenos,
porque el fluido linfático está lleno de lodo y de residuos, con lo que a los
linfocitos hepáticos les resulta más difícil abrirse camino. Esto puede
resultar traicionero, porque cuando se encuentran en el sistema linfático,
algunos patógenos tales como el VEB resultan especialmente agresivos y
están en pie de guerra, intentando desesperadamente asentarse en órganos
como el hígado. Algunas veces, los patógenos caen en grupo sobre los
linfocitos solitarios y los destruyen, ganando la batalla; pero no ganarán la
guerra si tú das a tu hígado y a tu sistema linfático la ayuda que necesitan.
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cambiar lo que creen muchos cuando caen enfermos: que la enfermedad es
nuestro destino. Podemos poner en juego nuestro libre albedrío para tomar
unas decisiones que no habían estado antes a nuestro alcance, cuando no
éramos conscientes de la bendición de nuestros hígados. Podemos cambiar
nuestro camino sin tener que dejar de ser quienes somos.
Necesitamos a nuestros hígados, y nuestros hígados nos necesitan a
nosotros. El hecho de saberlo es la pieza del rompecabezas que nos faltaba.
Cuando nuestros hígados salen al mundo con instrucciones de seguir
adelante sin nuestra ayuda si es preciso, no dejan de pedirnos amor y
aprecio. Nos basta con pensar en el hígado con cariño para que el espíritu
de su sistema inmunitario lo perciba, e incluso para que se recargue con
ello. Pero hace falta algo más que esto para proporcionar a nuestro hígado
el nivel siguiente de ayuda. Cuando damos a nuestro hígado nutrientes tales
como los alimentos ricos en minerales, estamos atendiendo a sus
necesidades físicas, y así puede reforzarse su sistema inmunitario. Cuando
combinamos tanto lo espiritual como lo físico, el sistema inmunitario de
nuestro hígado puede llevar a cabo el trabajo que tiene que hacer. Tu hígado
puede curarse y funcionar como debe si te quitas de encima el misterio y los
malos entendidos sobre la enfermedad y los sustituyes por conocimiento,
por verdades y por las respuestas que guarda el sistema inmunitario
personalizado de tu hígado. Los leucocitos de tu hígado portan inteligencia;
cada una de sus células sabe contra qué debe luchar, contra qué bacteria,
virus o incluso toxina tiene que librar batalla. Cuando tratamos al hígado
con inteligencia, le ayudamos con el verdadero milagro de la curación. Si
bien la negatividad de los médicos puede tenernos a oscuras, nosotros
podemos ser más listos sabiendo que mantenemos siempre a la luz del
conocimiento el sistema inmunitario del hígado.
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99
SEGUNDA PARTE:
LA TORMENTA
INVISIBLE.
LO QUE PASA DENTRO DE
NUESTRO HÍGADO
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Capítulo 8.
El hígado lento
101
en vez de poder funcionar con libertad, se sobrecarga, a medida que se va
acumulando cada vez más todo a lo que estamos expuestos. Esta es la
situación que yo llamo hígado lento.
LA LUCHA OCULTA
Para que entendamos de verdad el hígado lento, debemos concebir el
órgano como si fuera una persona. Sabiendo que el hígado está vivo, que
respira y es muy activo, que es responsable de más de 2000 tareas
relacionadas con el almacenamiento, entrega, procesado, excreción,
limpieza, creación y fabricación, que vimos por encima en la primera parte,
podemos hacernos una cierta idea de lo que es ser el hígado. Todos los días
se afana en trabajar para ti, y todas las noches te eleva, aspirando con total
entrega a mantenerte sano, todo por tu bien y por el bien de las personas
que te rodean. Si tú estás sano, a tus allegados más próximos también les irá
bien.
El hígado debe ser el pacificador de tu organismo. Debe ser la base
sólida, ese miembro de la familia gracias al cual todo está bien aun entre las
dificultades; como ese hermano al que recurren todos porque tiene la calma,
la compostura y la capacidad de razonamiento necesarias para animar a sus
seres queridos a salir del pozo antes de que la situación vaya a peor. Se
sacrifica para protegerte de las intoxicaciones por alcohol, de la sangre
sucia, de la hipertensión arterial y de muchas cosas más. El hígado de
muchas personas cumple esta función durante décadas. Después, como
pasaría a cualquier persona, se le hace sobrepasar sus límites y se confía en
él demasiado tiempo sin consideración, hasta el punto de que ya no es capaz
de mantener la paz. Se pone enfermo, y llega a estar congestionado,
insatisfecho, frustrado, e incluso enfadado, hostigado y con ánimo de
combate.
El primero de estos estados de combate es el de hígado lento. Si no se le
pone remedio en esta etapa, pueden surgir combates mayores y más
encarnizados que se irán haciendo notar con los síntomas y los trastornos
mayores y más agudos que conocerás en los capítulos siguientes.
¿Cuáles son tus funciones y tus responsabilidades? ¿Cuáles son tus
tareas? ¿Y tus desafíos? ¿Cómo te sientes día a día mientras intentas ganar
tus batallas? ¿Estás cansado? ¿Tienes dificultades? ¿Ha habido ocasiones en
102
tu vida en las que te ha agotado un desafío, grande o pequeño, en las que te
ha hundido o te ha devorado para luego escupirte? ¿Has pasado varios días
desfondado después de haber corrido una carrera o de haber tenido que
trabajar duro para cumplir un plazo? Pues eso es lo que se siente con el
hígado lento.
El hígado lento es tan común que nueve de cada diez personas tienen que
afrontarlo. Dentro de 15 años, serán diez de cada diez, entre los que no
hayan aprendido la verdad acerca del hígado lento y del modo de protegerse
de él. El hígado lento es precursor de prácticamente todo lo demás que
puede marchar mal en el hígado; es la explicación de una buena parte de
nuestros males de hoy día... pero no está en el radar de los investigadores y
de la ciencia médica. En lo que se refiere al hígado, toda la atención se la
llevan las grandes enfermedades como la cirrosis, la hepatitis, la ictericia, el
hígado graso o el cáncer de hígado. Son enfermedades graves,
naturalmente, y toda una carga, a veces descorazonadora, para los que las
tienen que afrontar, y las estudiaremos a fondo en este libro. Pero estas
enfermedades no empezaron siendo problemas graves. Una persona no se
despierta de pronto una mañana con cirrosis, ni con ninguna de las otras
enfermedades citadas. Al principio se forma el hígado lento: el hígado se
nos va sobrecargando poco a poco, en silencio y a lo largo del tiempo, si no
somos conscientes de lo que pasa ni del modo de contrarrestarlo. A
consecuencia de ello, el hígado se vuelve hipoactivo; ya no nos puede
proteger tan bien como antes, y la enfermedad puede aprovecharse de la
situación.
Los síntomas y los trastornos que surgen como consecuencia de un
hígado comprometido no son solo los que te puedes figurar ni los que han
documentado los investigadores y la ciencia médica.
A diferencia de las creencias populares, por ejemplo, el eccema y la
psoriasis surgen a partir de un tipo determinado de sobrecarga del hígado.
También el acné, problema que nos dicen que es solo hormonal o cutáneo,
es señal de tener el hígado sometido a una carga de un tipo distinto. La
hipertensión arterial misteriosa, las palpitaciones cardíacas misteriosas, la
diabetes de tipo 2, el trastorno afectivo estacional (TAE), las ojeras, la
deshidratación crónica, las varices, el aumento de peso, la sensibilidad
química múltiple, la hinchazón abdominal, el estreñimiento... todavía no se
sabe que estos trastornos, y otros más, surgen del hígado. Y antes de que
103
ninguno de ellos llegue a convertirse en un problema de salud identificable,
comienzan por un hígado al que se da demasiada tarea con demasiada poca
ayuda. Comienzan por un hígado lento.
Y por eso es trascendental que te documentes sobre este trastorno
desconocido. No podrás salir adelante si no sabes protegerte. Y no te
puedes proteger de una cosa de cuya existencia no te han advertido nunca.
104
regularidad, y lavamos nuestros cubos de la basura cuando están sucios. Y
antes siquiera de todo esto, reciclamos o reducimos a compost todo lo que
podemos, para minimizar los residuos que tienen que procesar otras
personas.
Y también en este caso, a pesar de hacer todo esto, nos olvidamos de
nuestro hígado, que es nuestro servicio de recogida de basuras interno. Yo
he conocido a lo largo de mi vida a personas que tenían la cocina sin una
miga y la alfombra sin una mota de polvo, pero tenían el hígado hecho un
desastre. Para procesar todas las porquerías a las que estamos expuestos en
el mundo de hoy no basta con sudar y con ir al baño. No aprendemos a
ayudar al hígado en su autolimpieza, ni aprendemos las reglas equivalentes
al «reducir, reutilizar, reciclar» para aliviar de entrada la carga del hígado.
El resultado es que abusamos de nuestros hígados, accidentalmente,
suponiendo que todo marcha sobre ruedas cuando, en realidad, su
operatividad se está frenando. Es como si estuviésemos echando basura al
contenedor una y otra vez sin ser conscientes de que el servicio de recogida
de basuras está en huelga y hace semanas que nadie viene a recogerla. El
hígado lento es la manera que tiene el hígado de declararse en huelga.
Ahora que sabes que el hígado te guarda siempre las espaldas, podrás juzgar
que se trata siempre de una huelga razonable y lógica. Nos apunta a un
cuadro más general: el de que debemos estar tan comprometidos con los
procesos de eliminación de nuestro cuerpo como lo estamos con la tarea de
sacar la basura. De lo contrario, estaremos animando a los patógenos (que
tienen un oportunismo imitativo) a que hagan lo que hacemos nosotros
mismos y abusen de nuestros hígados.
Una última manera de representarnos lo que es un hígado sobrecargado es
como si fuera la casa de un acumulador o cachivachero accidental.
Imagínate la casa abarrotada de una persona que ha heredado una colección
de objetos de familia hechos de plomo y de asbesto; es semejante a nuestra
manera de llegar al mundo con el hígado ya cargado de los patógenos y los
contaminantes de nuestros antepasados. El acumulador intenta mantener su
casa organizada y limpia a pesar del desafío, y lo puede conseguir durante
algún tiempo. Pero imagínate ahora que tiene en su casa a una serie de
invitados maleducados. Estos visitantes llenan la casa de rastros de barro, e
incluso de gasolina; traen consigo montones de equipaje lleno de basura;
arrojan a los armarios ropas mohosas; traen consigo ratones, pulgas y
105
chinches que infestan los muebles; y, para rematarlo todo, le devoran las
provisiones especiales que el dueño de la casa tiene guardadas en la
despensa para casos de emergencia. Los invitados, uno a uno, agotan al
anfitrión. A cada día que pasa le resulta más difícil mantenerse al día con
las tareas domésticas, y al final tiene que entrar en modo selectivo,
renunciando a llevar a cabo algunas de las tareas para poder impedir que la
casa se hunda y para proteger a todo el vecindario del caos que tiene lugar
dentro.
Es una experiencia que la mayoría de nosotros no soportaríamos. Pero se
trata de un símil bastante aproximado a la situación de un hígado que se
encuentra invadido por los microorganismos y venenos no deseados
procedentes de nuestros encuentros cotidianos, con lo que tiene que dar
salida a sus reservas preciosas de nutrientes. No nos enseñan que nuestros
hígados combaten contra virus como el VEB y contra las bacterias, los
metales pesados (desde el papel de aluminio que se emplea en la cocina
hasta la exposición al mercurio), los herbicidas y el DDT y sus primos los
pesticidas más modernos, y más cosas. Nuestros hígados, que deben servir
para purificar, filtrar y conservar las cosas buenas que necesitaremos más
tarde, se convierten en almacenistas de las cosas malas para protegernos.
Aparecen síntomas a modo de señales de alarma, y, como no conocemos la
causa verdadera de estos síntomas, empezamos a tomar medicaciones para
mitigarlos, con lo que damos al hígado una tarea más, la de procesar estos
fármacos, cuando ya lo está pasando mal de suyo.
Mientras tanto, nosotros cuidamos mucho el mundo que nos rodea: nos
deshacemos de nuestras posesiones no deseadas; organizamos las cosas que
nos quedamos, ponemos filtros de aire y disponemos nuestros muebles
perfectamente para tener la casa limpia y tranquila. No tenemos idea de
que, al mismo tiempo, estamos maltratando a nuestros hígados sin darles
nunca un descanso. La gente tiene su casa impoluta; friega y frota todas las
superficies, trata las alfombras y las moquetas con productos limpiadores
tóxicos y enchufa ambientadores de aire peligrosos para que todo huela a
fresco y a limpio, sin darse cuenta de que con esos mismos esfuerzos por
purificar su entorno le están haciendo daño a su hígado.
Esto es, entonces, el hígado lento: un pacificador abnegado al que se ha
forzado demasiado; agua estancada; un servicio de recogida de basuras en
huelga; una casa invadida por la suciedad, los parásitos y las sustancias
106
químicas. Es una situación que ninguno de nosotros desearíamos para
nuestro entorno, ni mucho menos dentro de nuestro cuerpo. Hasta ahora no
sabías que estaba pasando esto y, por tanto, no tenías voz ni voto en cuanto
a tu hígado lento. Pero ahora te encuentras en un mundo nuevo. Ya no estás
obligado a dejar que te pase ni a sufrir las consecuencias sin saber por qué...
porque ahora ya conoces el secreto.
107
identificar, absorber, catalogar, alterar y entregar compuestos bioquímicos y
hormonas esenciales.
También empieza a perder la capacidad de neutralizar las sustancias que
no quiere tu cuerpo. Como vimos en la primera parte, muchas de las más de
2000 funciones que realiza el hígado giran alrededor de la
desintoxificación. Cuando el hígado está obstruido o sobrecargado, queda
demasiado superado para convertir esas sustancias como siempre, y en
lugar de ello termina por guardárselas, lo que desacelera todavía más el
proceso de filtrado. Te puedes hacer una idea de lo obstruido que puede
llegar a estar un hígado si te imaginas un filtro de acuario saturado de
residuos de los peces o una bolsa de aspiradora llena a rebosar de polvo y
de suciedad. Como en ese estado el hígado no puede filtrar tan bien como
debe, las sustancias residuales se escapan y empiezan a volver al torrente
sanguíneo, provocando algunos de los problemas que veremos en la
segunda y en la tercera parte. Es un ciclo constante: cuantos más pesticidas
y otras sustancias químicas tóxicas, virus, bacterias, radiación, alcohol,
antibióticos, fármacos y drogas, metales pesados tóxicos, plásticos y niveles
altos de grasa en la sangre tenga que soportar el hígado, más lento se vuelve
y menos capaz es de neutralizar las sustancias dañinas y de controlar con
eficacia la sangre. La sangre tóxica y sucia puede provocar ojeras, sofocos y
más cosas que veremos en el próximo capítulo.
También puede provocar calor hepático. Así como las piezas de un motor
se calientan, y el motor tiene que hacer un esfuerzo mayor para funcionar
cuando está lleno de aceite viejo que ha perdido la viscosidad, del mismo
modo el hígado genera calor cuando tiene que manejar demasiados
residuos. Esto puede provocar síntomas como los sofocos y una sensación
de «funcionar en caliente» de la que hablaremos en los capítulos siguientes.
(O bien, puede que te sientas perfectamente si el hígado no está
sobrecargado del todo aún. Hablaremos de esto a continuación).
¿El calor significa que el hígado está siendo perezoso? En absoluto.
Contener ese calor es una tarea más para el hígado, además de la de arreglar
otros cincuenta desaguisados. ¿No tienes que quemarte nunca en tu vida, es
decir, que cargar con culpas y con responsabilidades que te pueden
corresponder en justicia o no? Y no solo se trata de quemarte. ¿No tienes
que llevarte nunca golpes que iban destinados a otro, castigos, malos tratos,
en aras de proteger a otra persona? Pues esa es la vida cotidiana del hígado,
108
y esa otra persona a la que protege eres tú. El hígado está cargando
constantemente con las culpas de nuestras vidas demasiado contaminadas,
estresadas y estimuladas y demasiado poco nutridas.
El hígado tiene, además, una respuesta de alarma y de emergencia anti-
lentitud. Se trata de una respuesta inducida por señales químicas, que le
inspira una energía nueva y vital para romper el estancamiento. Esta
respuesta es un espasmo de hígado. El espasmo puede producir un
hormigueo, un temblor, un leve dolor, calor leve o fuerte, un tirón,
hinchazón, una punzada, un calambre de costado o, en muchas ocasiones,
no produce ninguna sensación en absoluto. Suele ocurrir en silencio, con
pocas sensaciones apreciables o ninguna, aunque aporta una renovación a la
parte del hígado que tiene el espasmo, y permite al hígado recuperar en
parte el control durante algún tiempo.
Una de las razones clave por las que tu hígado entra en combate es, como
vimos en el capítulo 2, «Tu hígado adaptogénico», para proteger a una
glándula vital, tu páncreas. Si una persona está consumiendo una
proporción de calorías grasas tan elevada que sobrepasa el límite de la bilis
que es capaz de producir el hígado para disgregar esas grasas, entonces el
hígado sufre. Tiene que buscar modos alternativos de absorber y de
procesar las grasas para librar del golpe al páncreas. Este es uno de los
motivos por los que el hígado debe ser adaptogénico. Cuanto más superado
está el hígado, más van cayendo sus reservas de glucosa. Cuando al hígado
ya no le quedan las reservas suficientes de glucosa, no la puede liberar al
páncreas para poner fin al proceso de resistencia a la insulina. A
consecuencia de ello, tu médico puede decir que tienes altos los niveles de
A1C, o incluso que están por las nubes, lo que te lleva a un diagnóstico de
prediabetes o de diabetes de tipo 2. Hablaremos de esto en el capítulo 15,
«Diabetes y desequilibrio del azúcar en sangre». Tu hígado se
responsabiliza tanto del páncreas que también libera un compuesto químico
solo para dicha glándula, una firma química para el páncreas a modo de
tirita para ayudarle a curarse y sanarse las heridas.
Otra parte preciosa de tu organismo que tu hígado intenta proteger es tu
corazón. Tu hígado procesa y filtra las toxinas de la sangre para que tu
corazón no se asfixie porque los venenos le cierren el paso al oxígeno, para
que no se forme placa en las válvulas cardíacas ni en las arterias, y para
aclarar la sangre con el fin de que el corazón no tenga que trabajar tanto.
109
Cuando el hígado está sometido a demasiado estrés, pueden pasar muchas
cosas más: cicatrización, quistes, tumores, debilitamiento del sistema
inmunitario, agrandamiento, inflamación... Todo ello lo veremos en los
capítulos siguientes.
También es frecuente tener el hígado lento sin que se aprecie ningún
síntoma en absoluto durante mucho tiempo. Este es otro más de los
milagros del hígado: aguanta todo lo que puede, protegiéndote a ti de su
carga. Es probable que conozcas esa sensación, que sepas lo que es tener
que afrontar tareas inacabables mientras te asedian por todas partes, pero
sin estar dispuesto a fallar a las personas de tu vida haciendo ver cuánto
sufres. Tú sigues adelante valientemente, trabajando todo lo que puedes sin
protestar; y solo sueltas un quejido cuando te resulta físicamente imposible
continuar.
A esta tendencia del hígado a seguir adelante valientemente se debe que
sea tan corriente que las personas no manifiesten los primeros síntomas de
hígado hasta que están bien entradas en la treintena o después de cumplir
los cuarenta; y, a esas edades, en las mujeres, se suele confundir con la
menopausia. Lo que aparenta ser una aparición repentina de sofocos,
irritabilidad e insomnio, en realidad no tiene nada de repentino. Es
consecuencia de que el hígado se ha ido volviendo más y más lento a lo
largo de toda una vida, y de que solo ahora se hace notar, al cabo de las
décadas. Las investigaciones y la ciencia médica no saben esto todavía,
debido a la existencia del gran mercado del reemplazo hormonal y a la
culpabilización de las hormonas, que sigue teniendo engañadas a las
mujeres sobre las verdaderas causas de sus síntomas.
La forma concreta en que el hígado empieza a sufrir en silencio su carga
depende de las circunstancias de la vida de cada persona; para cada uno hay
una combinación distinta. El hígado lento puede ser consecuencia, por
ejemplo, de una infección crónica, a largo plazo y de baja intensidad, del
VEB, o de una infección de baja intensidad de otro virus cualquiera entre
muchos posibles. El hígado puede estar lento porque se le han ido
acumulando metales pesados tóxicos; por el consumo periódico de
fármacos con receta; por el alcohol festivo que hemos ido tomando en
múltiples reuniones; por varias décadas de alimentos grasientos y poco
sanos; por las toneladas de cafés solos, con leche y capuchinos, y por los
múltiples altibajos emocionales que han disparado a las suprarrenales, las
110
cuales han saturado, a su vez, de adrenalina el hígado con las respuestas de
lucha o huida que has tenido a lo largo de tu vida.
Sean cuales sean los desafíos concretos que ha tenido que afrontar tu
hígado, fue construyendo milagrosamente puentes y apagando incendios a
lo largo de los años, protegiéndote de las amenazas de todo tipo e
impidiendo que sufrieras. Hasta que llegó por fin un día en que ya no era
capaz de valerse por sí mismo. Y te envió unos síntomas: sudores nocturnos
y niebla mental, noches de mal sueño, un pequeño ataque de rosácea o de
eccema, por ejemplo, a modo de grito de ayuda, con la esperanza de que
algún día fueras capaz de entender lo que pasaba y de brindarle alivio. El
mundo todavía no está preparado para ello. No se asocian como es debido
los síntomas y las enfermedades al hígado, y mucho menos al trastorno
desconocido que llamamos hígado lento.
Nosotros pensamos que los síntomas son una lata, que son señal de que
nuestro organismo se ha vuelto en contra nuestra, cuando la verdad es que
son unas indicaciones increíblemente útiles de que muy dentro de nosotros
pasa algo malo. Cuando vemos humo, no nos enfadamos con él diciendo
que es señal de que el aire nos quiere molestar ese día. Sabemos, más bien,
que el humo es indicio de que hay fuego; por ello, agradecemos la señal y
lo seguimos para llegar hasta su origen.
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de la temperatura corporal, baja energía, aumento de peso, niebla
mental, ojeras, hipoglucemia, hiperglucemia, fatiga, erupciones, ira,
frustración, irritabilidad, sensación de soledad, depresión, ansiedad,
angustia, mal tono cutáneo, problemas de pigmentación de la piel (entre
ellos el síndrome de Raynaud) y sed excesiva.
• Parte inferior del hígado. Un hígado lento en su parte inferior puede
hacer que des vueltas en la cama por las noches, con otras alteraciones
del sueño o insomnio, y/o te puede dar estreñimiento, sensación de
intranquilidad, impresiones de frío o de calor que no concuerdan con el
entorno, celos o tendencia a sentirte ofendido por la que llegan a
tacharte de «susceptible».
• Parte superior del hígado. Mala digestión, reflujo ácido, hinchazón
abdominal, gastritis, presión en el abdomen, irritabilidad, frustración,
rigidez o dolor de hombros, pupas en la lengua, úlceras orales, llagas en
la comisura de los labios (boqueras), otras llagas orales, fluctuaciones de
la temperatura corporal e hinchazón, protuberancia o endurecimiento de
la parte superior del vientre son todos posibles síntomas de lentitud en la
parte superior del hígado.
• Lado izquierdo del hígado. Cuando está lento el lado izquierdo (el
lóbulo izquierdo) del hígado, las consecuencias pueden ser sensaciones
de debilidad en la pierna o en el brazo izquierdos, náuseas, angustia,
falta de apetito, hambre insaciable, dolores de estómago irregulares,
alteraciones del estado de ánimo, irritabilidad, sensibilidades
emocionales y dolores de espalda.
• Lado derecho del hígado. Cuando está lento el lado derecho del hígado
(el lóbulo derecho, que es el mayor), las consecuencias pueden ser uñas
quebradizas y/o descoloridas (por la falta de zinc); agujetas en las
costillas de la derecha, leve debilidad del lado derecho del cuerpo,
espasmos o calambres en las piernas, leve decoloración de la lengua,
irritación en la punta de la lengua, sensaciones de frío y de calor
inexplicables y dificultades para entrar en calor.
DESCIFRAR LA CLAVE
Dicho de otro modo, los síntomas son como una lengua extranjera que
ninguno hemos aprendido en la escuela ni en casa. Nuestra tarea consiste en
112
interpretarla para que el cuerpo (en este caso, el hígado) pueda darnos a
entender por fin su mensaje. Muchos de los síntomas y de las enfermedades
que el mundo nos dice que son señales de que el cuerpo está defectuoso
son, en realidad, mensajes de un hígado lento o deteriorado que nos pide
ayuda. Si sientes fatiga, el médico puede decirte que es porque estás
demasiado estresado, cuando en realidad puede tratarse de una infección
por VEB dentro del hígado. Si tienes sofocos, oirás decir que es una cosa
hormonal, señal de la perimenopausia, de la menopausia o de la
postmenopausia, cuando lo cierto es que se producen a consecuencia de que
el hígado ha estado guardándose a largo plazo un virus, metales pesados o
toxinas. Cuando tienes un aumento de peso misterioso, el profesional de la
medicina te puede decir que comes demasiado, o que no comes bien, o que
tienes que hacer más ejercicio; mientras tanto, en realidad es señal de que
tienes el hígado sobrecargado de virus, de un exceso de adrenalina y de
otros alborotadores. Y si te acosa el acné, el diagnóstico será que es cosa de
la pubertad o de algún otro cambio hormonal, cuando la realidad es que se
debe a que las bacterias estreptocócicas medran en un hígado
congestionado, haciendo que el sistema linfático también quede
sobrecargado. Ninguna de estas cuestiones significa que tu cuerpo se esté
viniendo abajo; es que tu hígado te está diciendo: «Ayúdame, por favor».
Esta parte del libro, titulada «La tormenta invisible», trata de la
interpretación de lo que intentan decirnos nuestros hígados. Trata de cómo
guiarnos por el humo para encontrar el fuego. Trata de cómo descodificar
esos mensajes desconcertantes que en la mayoría de las ocasiones ni
siquiera nos damos cuenta de que vienen de nuestro hígado, para que
podamos seguir adelante por fin. En los próximos capítulos estudiaremos
con mayor profundidad los síntomas y los trastornos relacionados con el
hígado. Algunos de ellos ya te los figurarás, como la hepatitis, pero otros
quizá no los hayas asociado al hígado, como la prediabetes, el eccema, la
psoriasis y el SBID.
Ya no tienes que seguir desconfiando de tu cuerpo ni sentirte a disgusto
con él. No está en tu contra. No te está fallando. No es débil. Tu cuerpo está
de tu parte. Vamos a dejar de pensar que los problemas que nos disponemos
a estudiar son unas sentencias genéticas a cadena perpetua, ni que se deben
a que nuestros cuerpos nos han decepcionado, ni que son unas bombas de
relojería autoinmunes que se detonan por sí mismas sin que podamos
113
controlarlo. Empezaremos por apreciar como una bendición oculta el hecho
de que nuestro hígado nos pide ayuda a gritos. Al fin y al cabo, cuando el
hígado pone de manifiesto su lucha nos está brindando la oportunidad de
reaccionar, de devolverle la salud y de recuperar nuestras vidas.
114
Capítulo 9.
Las conjeturas de los análisis
enzimáticos de hígado
115
motivos para hacer a Noah una biopsia del hígado, le dirían: «Coma un
poco mejor, contrólese el estrés y duerma más. Vuelva dentro de tres meses
y le volveremos a hacer pruebas».
Otro posible resultado sería que Noah sí tuviera algo visible en alguna de
sus pruebas de imagen, como una inflamación extrema, tejidos cicatrizados
o actividad quística apreciables. Entonces, el médico vería un motivo por el
que tendría elevadas las enzimas hepáticas.
Hay muchos casos como el primero, en los que las enzimas hepáticas
están altas sin que se aprecie ningún otro indicio de que haya un problema.
Por ello, los investigadores y la ciencia médica creen que los análisis de
enzimas son meras conjeturas falibles e imprecisas. Hay casos en que un
paciente tiene un quiste, o tejidos cicatrizados, y el análisis enzimático sale
normal. También se puede tener hígado graso y que las enzimas estén
elevadas o no. Hasta cuando las pruebas de imagen muestran que al hígado
de una persona le pasa algo visible, el análisis de enzimas no dice lo que es
ni lo que se puede hacer al respecto.
Por eso hemos titulado este capítulo «Las conjeturas de los análisis
enzimáticos de hígado». Vamos a ver en él lo que sucede en realidad
cuando se liberan enzimas hepáticas y en qué sentido siguen teniendo valor
estos análisis, aunque no sean la panacea. No pretendo quitar valor a los
análisis de enzimas, porque creo que sí que tienen su lugar. Los médicos
que terminan los estudios tienen a su disposición muchos recursos, pero no
se les entrega ningún oráculo. Más bien, tienen que trabajar con los medios
de los que disponen. De modo que es un verdadero milagro que contemos
con análisis hepáticos para ayudarles en su labor. Estos análisis son unos
indicadores importantes que permiten a los médicos dejarse guiar por sus
instintos y aplicar hasta cierto punto la intuición a la hora de orientar a sus
pacientes.
Lo que más me gusta de los análisis de enzimas hepáticas es que hacen
saber a los médicos y a los pacientes que puede existir un problema de
hígado en circunstancias en las que no tendrían idea de ello de otra manera.
Cuando las personas oyen decir que tienen altas las enzimas hepáticas,
algunas lo interpretan como señal de que deben cambiar de estilo de vida.
Por este mismo motivo, el médico dijo a Noah que se cuidara mejor. Es
probable que Noah vaya a pensarse mejor lo que come a partir de ahora, e
incluso que reduzca sus probabilidades de sufrir un ataque cardíaco.
116
Aunque su médico, o un artículo de revista que siga las modas, lo orienten
mal acerca de lo que debe comer, es probable que acabe por consumir, de
una manera o de otra, algunos alimentos más productivos, y que se cuide la
salud un poco mejor. Eso ya vale mucho.
EL VERDADERO SIGNIFICADO
DE LAS ENZIMAS
Las dos enzimas cuya presencia se suele analizar con mayor frecuencia
son la alanina transaminasa (ALT) y el aspartato aminotransferasa (AST).
Otras enzimas comunes que se analizan son la fosfatasa alcalina (FA) y la
gamma-glutamil transpeptidasa (GGT).
Los médicos también suelen encargar análisis de sangre para medir los
niveles de albúmina, proteína de la sangre que se cree que transporta por el
torrente sanguíneo componentes nutritivos importantes, y posiblemente
también hormonas. Si un análisis indica que tienes baja la albúmina, lo más
probable es que el médico crea que estás comiendo mal; los investigadores
y la ciencia médica creen que es un indicador de mala nutrición. Si la
albúmina sale alta, las comunidades médicas interpretan que esto justifica
que sigan investigando si hay algo mal en alguna parte del cuerpo, como
puede ser una infección bacteriana o una lesión de algún tipo. Este
resultado, como los de los análisis enzimáticos, no indica nada claramente.
(Lo que indica en realidad la albúmina alta es una exacerbación vírica).
Los médicos también pueden encontrar bilirrubina alta en la sangre. La
bilirrubina se produce cuando el hígado disgrega y desintoxica los hematíes.
Existen dos clases de bilirrubina, una que se produce dentro del hígado
mismo y otra que flota por el torrente sanguíneo, y el hígado debe recogerla
y convertirla para que pueda usarse como bilirrubina hepática viable. Si te
sale la bilirrubina alta en un análisis de sangre, eso puede indicar un
problema de páncreas, el desarrollo de un trastorno de hígado, un problema
del conducto biliar o incluso un tumor en dicho conducto.
Todos estos análisis son precisos en el sentido de que, cuando arrojan
resultados anormales, es muy probable que algo marche mal en el hígado,
en efecto, aunque las comunidades médicas suelen seguir sin saber para
nada qué es ese algo. Si bien los análisis hepáticos de hoy día pueden
detectar los problemas antes de que estos sean más graves, tampoco los
117
detectan en su primer momento. Cuando un análisis de hígado indica que
hay un problema, lo que significa en realidad es que el paciente tenía un
trastorno de hígado desde mucho, muchísimo antes de que el análisis
indicara nada. Si los análisis realizados a un adulto muestran enzimas o
bilirrubina altas, eso suele querer decir que algo se pudo arraigar en su
hígado hace mucho, diez años atrás, o treinta, o incluso más. Pudo empezar
a desarrollarse hace décadas el hígado lento, una infección vírica antigua, la
llamada inflamación autoinmune, las primeras etapas de la hepatitis C, o
algún otro problema. (En el caso de los niños, la historia es distinta. En el
capítulo 28 encontrarás información sobre los problemas hepáticos
juveniles). El único motivo por el que un problema de hígado se apreciaría
al poco tiempo en el análisis de un adulto sería por una infección aguda.
Para diagnosticarla, los médicos se guiarían también por el aumento rápido
de la inflamación en el hígado, así como por otras señales de que el sistema
inmunitario está reaccionando a una infección, tales como un recuento
elevado de plaquetas y síntomas tales como la fiebre, la debilidad, las
náuseas o la decoloración de la piel.
Los análisis siguen siendo elementales. Cuando se inventen otros análisis,
andando el tiempo, detectarán los primeros indicios de los problemas
hepáticos, porque hay más cosas que detectar. Por ejemplo, las enzimas que
aparecen en la sangre como indicadoras son más de cuatro: existen docenas
de enzimas sin descubrir. También existen centenares de sustancias
químicas pendientes de descubrir y que ayudarán a los profesionales de la
medicina a identificar definitivamente qué es lo que está pasando en el
hígado y dónde. ¿Se trata de hepatitis A, B, C, D, E, o de alguna otra de las
múltiples formas de hepatitis que la medicina acabará identificando con el
tiempo? (Hablaremos más de la hepatitis en el capítulo 29). ¿Se están
acumulando los pesticidas y los herbicidas en el hígado, obstaculizándolo?
Los análisis del futuro podrán determinar estas respuestas, porque las
enzimas y los compuestos químicos que libera el hígado son unas señales
especiales y específicas; cada enzima y cada compuesto químico tiene una
clave.
Para que exista progreso verdadero será preciso tender un puente entre la
medicina oficial y el territorio de la sinceridad. Esto supondrá que el mundo
de la medicina reconozca la difusión de los metales pesados tóxicos y su
origen, así como los peligros para el hígado de los herbicidas, los fungicidas
118
y los pesticidas que nos encontramos en nuestras vidas diarias, como las
fumigaciones contra los mosquitos que nos caen del cielo. Cuando se
desarrolle esta sinceridad, puede que se abra por fin la puerta al
descubrimiento de las enzimas y de los compuestos químicos que envía el
hígado a modo de bengalas. Solo entonces descubrirán los investigadores
que algunas bengalas de emergencia en forma de enzimas hepáticas
contienen, en efecto, información que ilumina los motivos por los que se
liberan. Descifrarán por qué ciertas bengalas anuncian la presencia de
determinados insecticidas, mientras que otras corresponden al mercurio y al
aluminio; descubrirán que cada toxina y cada patógeno está asociado a un
revestimiento enzimático distinto del hígado, y que, lejos de ser aleatorias,
trazan una imagen completa de las dificultades concretas del hígado de cada
individuo.
Ni a los investigadores ni a la ciencia se les permite aún llegar hasta allí.
Establecer estas relaciones significaría poner de manifiesto la influencia del
mundo de los pesticidas y del mundo de los metales pesados. Significaría
ser sinceros acerca de las industrias que nos los meten en la vida diaria, y
acerca de cómo la medicina establecida es cómplice de las mismas. Es bien
sabido, por ejemplo, que los fármacos y los medicamentos pueden contener
metales pesados. Por tanto, ¿cómo podemos construir ahora mismo el
puente que nos llevaría hasta sus efectos sobre el hígado? Los pesticidas,
los fungicidas y los herbicidas también tienen sus vínculos con el sector
médico: un motivo más por el que no podemos construir el puente todavía.
Pasará mucho tiempo hasta que se nos permita llegar hasta allí. Tendrán que
cambiar mucho las cosas para que un médico pueda disponer de los datos y
de la formación necesarios para poder decir: «Vaya, esta enzima nos dice
que su hígado está haciendo frente a un virus, y... ¡un momento! Esta otra
enzima la desencadena una sustancia química de los fungicidas que se
emplean en productos de todo tipo. Y hay aquí otra enzima que viene de los
insecticidas que fumigan en su población para tener controlada la población
de mosquitos». A las relaciones públicas del sector médico les interesa más
que sigamos a oscuras: «¿Que tiene altas las enzimas hepáticas? No vamos
a ponernos a estudiar a qué se debe cada una».
Por cierto, acabamos de citar uno de los motivos por los que el hígado
libera enzimas cuando está inflamado o dañado: a modo de bengalas de
emergencia. Cuando navegas, si tu barco tiene problemas, el capitán dispara
119
una bengala con la esperanza de que alguien la vea y acuda al rescate. Las
enzimas de tu hígado y sus revestimientos están más especializados todavía.
Sus señales son como si un barco disparara una bengala roja si se estuviera
hundiendo, una bengala anaranjada si ha quedado encallado lejos de la
costa, y una bengala morada si lo atacan unos piratas. Pero ¿a quién quiere
llamar la atención el hígado? Al médico no. No es lo mismo que cuando
llevas a tu perrito al veterinario y el animal puede ver lo que pasa y saber
que el veterinario quiere ayudarle. El hígado no tiene ojos. Ni siquiera sabe
lo que es un médico. Lo que sí sabe el hígado es cómo funcionas tú por
dentro. Las bengalas, en forma de enzimas y de compuestos químicos, son
para que las reciban otras partes del cuerpo; son avisos dirigidos a otros
órganos y glándulas de que se está produciendo un trastorno del hígado. Si
bien los síntomas y los trastornos son indicaciones para ti de que el hígado
sufre, las enzimas y los compuestos químicos del hígado son indicaciones
para el resto del cuerpo. Lo hermoso de todo esto es que cuando los
investigadores y la ciencia médica terminen por descubrir los diversos
significados de estas emisiones, serán capaces de interpretar las señales del
hígado tan bien como las interpreta el cuerpo.
Pero, de momento, los análisis de sangre de hoy día solo captan una
fracción minúscula de lo que pasa. A modo de comparación, imaginémonos
una muestra de agua estancada de una charca. Sabemos que esta agua
estancada está infestada, probablemente, de centenares de contaminantes
problemáticos, entre ellos parásitos, bacterias, hongos y algas no
productivos, amebas, protozoos y toxinas ambientales. Imagínate, no
obstante, que los análisis del agua muestran que solo contiene cuatro
microbios muy semejantes entre sí y que, por lo demás, se puede beber. Tú
no confiarías en esos resultados, porque las técnicas de análisis del agua
están más avanzadas que todo eso. Sabrías que solo han hecho una prueba,
y mala, y que habría que tomar otra muestra y evaluarla para obtener el
cuadro general. Pero esta imagen incompleta corresponde a la etapa en que
nos encontramos en cuanto a los análisis de sangre para todos los trastornos
crónicos de salud. Podemos considerar que el vaso está medio vacío, es
decir, que estamos muy atrasados, o que el vaso está medio lleno (de agua
contaminada), en el sentido de que todavía nos falta mucho por avanzar.
Volvamos a las enzimas y a los compuestos químicos. Las señales del
hígado no son únicamente peticiones de ayuda a gritos; también son
120
pequeñas bendiciones, son mensajes dirigidos a las demás partes del
cuerpo, para que se preparen. Uno de los órganos a los que se dirigen es al
cerebro; transmiten mensajes trascendentales al sistema nervioso central.
¡Sería estupendo que se tratara de mensajes que tomaran el control y nos
hicieran beber más zumo de apio! En realidad, son mejores todavía; y, de
hecho, son milagrosos. Estas comunicaciones, que nosotros no notamos ni
vemos, son instrucciones al sistema nervioso para que ayude al hígado. A
las glándulas suprarrenales las señales les advierten por anticipado de que
se está fraguando un problema, por lo que las glándulas deben reducir la
máquina un poco. El páncreas también recibe un mensaje en el sentido de
que atienda a su producción enzimática. (No debemos confundir las
enzimas digestivas que produce el páncreas con las enzimas de advertencia
del hígado).
Además de transmitir señales, las enzimas y los compuestos químicos
hepáticos no descubiertos tienen un segundo papel activo, una tarea que se
les asigna cuando se liberan, que es la de ejercer de agentes de limpieza y
devorar las sustancias tóxicas que siguen activas. Es decir, que cuando una
sustancia tóxica hace daño al hígado y después se escapa, se libera a las
enzimas y a los compuestos con licencia para que busquen a las partículas,
sustancias químicas y toxinas escapadas, para que las acosen sin cuartel
como depredadores y para que las devoren. En esencia, las enzimas
neutralizan lo que no pudieron neutralizar el hígado y sus células perime
porque el hígado se había quedo demasiado estancado, lento o
sobrecargado.
Es importante que volvamos a recordar este punto: lo habitual es que el
hígado no libere materiales de desecho a menos que se hayan desarmado y
desactivado. El hígado tiene una capacidad de autocontrol y de
autorrecogida. Puede elegir cuál es la «basura» que quiere empaquetar y
soltar al torrente sanguíneo para que salga por el colon o por los riñones, o
enviar por la bilis a la vesícula. Esto funciona así a menos que el hígado se
esté ralentizando y no sea capaz de llevar a cabo sus funciones normales. Si
el hígado está lento y se le escapan algunos alborotadores sin haberlos
desarmado, entonces es cuando envía a sus enzimas hepáticas para que
salgan a perseguir a las partículas no neutralizadas. Otra circunstancia en la
que el hígado recurrirá a sus enzimas es cuando hay un virus maligno
asentado en el hígado y que produce neurotoxinas y otros residuos
121
venenosos. (Si bien un hígado más fuerte desarmará las neurotoxinas hasta
cierto punto, una toxina sigue siendo tóxica aun cuando esté desarmada. A
un hígado más débil le cuesta más todavía neutralizar las neurotoxinas, y
por eso adquieren todavía mayor importancia las enzimas, aunque no está
garantizado que estas desactiven a las neurotoxinas). En su misión de
perseguir a los materiales de desecho, las enzimas hepáticas también tienen
la capacidad de recogerlos y volverlos a llevar al hígado, donde se pueden
contener en un depósito de almacenamiento.
No olvides que puedes tener un principio de trastorno hepático que no se
presente acompañado de un aumento de las enzimas hepáticas... en los
análisis. En realidad, siguen estando presentes las bengalas de las enzimas
hepáticas; el hígado sigue enviando enzimas hasta con los pretrastornos más
suaves. Lo único que pasa es que los análisis de sangre de nuestros tiempos
no las captan hasta que están muy altas. Y recuerda también que los análisis
solo están diseñados para detectar unas pocas enzimas, cuando en realidad
existen docenas de ellas. Otro factor que puede mantener más bajos los
niveles de enzimas en la sangre se produce cuando el hígado pide que la
actividad enzimática devore las toxinas dentro de él mismo. Cuando el
hígado se ocupa de los problemas en su propio terreno, no tiene mayor
necesidad de enviar enzimas que salgan a buscar materiales escapados; por
tanto, no se registran en los análisis de sangre.
Como las enzimas hepáticas (y los compuestos químicos no descubiertos)
son altamente activas, el hígado no las considera materiales de desecho.
Cuando las deja salir es con un motivo. Mientras tanto, los investigadores y
la ciencia médica creen que las enzimas hepáticas solo se liberan cuando las
células del hígado se rompen, se dañan o estallan, o cuando mueren, sin
entender siquiera por qué se alteran, se lesionan o se dañan en general las
células. Suelen considerar que se trata de un proceso natural del hígado, y
que las enzimas son un subproducto, cuando la verdad es que hay detrás un
sentido mucho más profundo. No son conscientes del proceso complejo de
señales y de limpieza que se está llevando a cabo en realidad.
Por cierto, las enzimas hepáticas no solo se liberan cuando el hígado está
dañado, y así se explica por qué puedes tener altas las enzimas hepáticas sin
que tu hígado sufra lesiones aparentemente. Puede que no tengas síntomas,
ni daños en el hígado, ni trastornos ni pretrastornos que se te estén
formando, pero que obtengas un resultado inesperado de enzimas altas
122
porque una acumulación tóxica de desechos se ha escapado del hígado y
este ha enviado a las enzimas para que hagan su labor de búsqueda y de
limpieza.
Si quisiéramos exponer con todo detalle las cuestiones relacionadas con
las enzimas del hígado y con sus compuestos químicos especializados, este
libro tendría que tener 10 000 páginas.
123
relacionados con el hígado, y hay muchos más, son como los múltiples
síntomas de un virus que está instalado en el hígado. He hablado con
personas que tenían estos síntomas y estos trastornos y les salían altas las
enzimas en los análisis, y con algunas que tenían niveles normales de
enzimas. Hay muchas personas con diabetes de tipo 2 que no manifiestan
enzimas altas, y muchas que sí. En ambos casos, la diabetes procede del
hígado. La gota es un trastorno grave del hígado, y es tan probable que esté
acompañada de enzimas altas en los análisis como que no lo esté. Muchas
personas que tienen que hacer frente a un aumento de peso manifiestan
niveles de enzimas elevados, y otras muchas no, aun cuando tienen el
hígado pregraso o graso.
Las enzimas altas pueden aparecer y desaparecer incluso en el plazo de
una semana o de un mes, y todo depende de con qué se está enfrentando el
hígado en un momento dado. Si una persona se hiciera análisis de enzimas
varios días seguidos, podría pasar que en un análisis apenas se apreciaran,
que tres días más tarde tuviera un aumento drástico, y que al cabo de otros
dos días le hubieran desaparecido. Los resultados de tu análisis de enzimas
hepáticas dependen mucho de qué día te pasas por la consulta: ¿será el día
que están más altas, o más bajas, o algún día intermedio? Como es una
situación que va y viene y no se hacen análisis comparativos en días
sucesivos, no se puede saber.
A pesar de todo esto, no podemos prescindir de los análisis de enzimas
hepáticas. Como ya he dicho, cuando los análisis muestran que las enzimas
están altas, nos indican que busquemos con más detenimiento y que
debemos cuidarnos mejor el hígado, por el camino que prefiramos. Lo que
debemos tener presente es que, como todos los análisis, estos no son
precisos ni infalibles al cien por cien. Ya lo sabemos por los análisis de la
borreliosis de Lyme y el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).
Muchas personas dan positivo en una prueba de VIH, se hacen otra prueba
y resulta negativa. Esto es frecuente. Pasa lo mismo con las pruebas de la
borreliosis de Lyme. (Puedes leer más acerca de esto en Médico médium: la
sanación del tiroides). Y pasa algo parecido con las pruebas del lupus y de
la artritis reumatoide. Son unos análisis dirigidos a buscar inflamación o
elevación del sistema inmunitario, sin identificar por qué está funcionando a
toda máquina el sistema inmunitario ni por qué se está produciendo la
124
inflamación. Pueden conducirte a conclusiones erróneas, porque la
interpretación de los resultados de los test es una conjetura.
125
Capítulo 10.
El síndrome de la sangre sucia
Casi todos los habitantes del planeta estamos deshidratados, entre leve y
crónicamente, durante la infancia y durante nuestra edad adulta. El cuerpo
tiene una capacidad maravillosa de adaptación ante este hecho. O más bien,
el que tiene una capacidad maravillosa de adaptación al mismo es un órgano
muy trabajador que está dentro del cuerpo y del que nos olvidamos durante
gran parte de nuestras vidas. Y al hígado tampoco le resulta fácil sacarnos
adelante durante tantas décadas de deshidratación. Una persona
deshidratada crónicamente está siempre al borde de manifestar síntomas
graves e inmediatos, por lo forzado que está el hígado. Que los síntomas
aparezcan o no dependerá de la constitución de la persona.
Pero ¿de qué depende tener una buena constitución? Oirás decir que es
cuestión de genes; que una persona con constitución más débil tuvo mala
suerte en la lotería genética, y que la que goza de salud más sólida sí tuvo
suerte. Pero la cosa no funciona así. Este razonamiento no hace más que
distraernos de la realidad de la que depende de verdad el tener una buena
constitución: tener menos toxinas en el organismo, lo que contribuye a que
tengamos más fuertes los órganos y nos produce menos vulnerabilidades y
problemas de salud. Una constitución débil es consecuencia de que en el
cuerpo hay más toxinas, con lo que los órganos tienen más dificultades y se
producen más vulnerabilidades y problemas. Si una persona tiene una
acumulación de toxinas en el cuerpo y una o varias infecciones víricas o
bacterianas de baja intensidad, la deshidratación agravará más la carga al
organismo de esa persona. Las infecciones predispondrán a la persona a
atravesar esa línea fina que separa la deshidratación crónica de un peligro
que le altera la vida. Por ejemplo, si tienes una infección bacteriana
estreptocócica de baja intensidad (y la puedes tener sin saberlo), la
deshidratación crónica podría marcarte la diferencia entre sentirte bien y
desarrollar una infección del tracto urinario, una infección de senos
126
paranasales, una gastritis, un orzuelo, un SBID, o incluso un ataque de acné.
Las comunidades médicas siguen sin ser conscientes de que las bacterias
estreptocócicas son crónicas en tantas personas y de que estos trastornos
están asociados a los estreptococos. Si tienes una infección vírica de baja
intensidad (que también puedes tener sin saberlo), la deshidratación crónica
también puede marcarte la diferencia entre hacer tu vida como siempre o
desarrollar de pronto fatiga grave, dolores y molestias, tinitus, vértigos,
hormigueos e insensibilidad, mareos, confusión o palpitaciones cardíacas.
¿Por qué debes preocuparte por la deshidratación crónica si te sientes
bien? ¿Por qué ha de importarte, si no tienes un problema de hígado
conocido, ni infecciones víricas ni bacterianas de baja intensidad, ni
alergias, ni migrañas, ni ninguno de los otros múltiples síntomas y
trastornos que se pueden agravar con la deshidratación? En primer lugar,
porque puede que no sepas que tienes un problema; los análisis médicos
todavía no detectan todos los trastornos que no salen a la superficie. Y en
segundo lugar, porque la deshidratación crónica nos acaba por afectar a
todos cuando no ponemos cuidado. Es la gota que colma el vaso y produce
un ictus a los 65 años cuando la sangre está demasiado espesa y
contaminada después de tantas décadas de falta de hidratación. Es ese
último empujón que te provoca un infarto cardíaco aunque hayas hecho
ejercicio toda la vida. Te sentías bien, ibas de crucero, jugabas al golf, te
divertías, trabajabas mucho, tenías éxito... y, después de todo aquello, el
ictus o el infarto pudieron contigo. La deshidratación crónica ganó la
partida. Pues bien, no podemos consentir que la deshidratación crónica
termine por ganar.
La deshidratación de la que estoy hablando no es de las que se dan de
tarde en tarde, como cuando sales a dar un paseo largo y te olvidas de llevar
una botella de agua. Estoy hablando de una deshidratación cotidiana. La
sufren constantemente los estudiantes que van corriendo de una clase a otra,
los trabajadores que están muy atareados en la oficina y la gente que va de
un lado a otro haciendo recados. A veces asoma la cabeza; pensemos, por
ejemplo, en el caso de unos adolescentes que van de compras todo el día. Se
pasan tres o cuatro horas sin comer; empiezan a sentirse mareados y
confusos, con dolor de cabeza, visión borrosa, leve sensación de desmayo e,
incluso, escalofríos, pues la deshidratación crónica puede provocar una
caída radical del azúcar en sangre. Así de fina puede ser la línea: basta con
127
una mañana entera de compras para que aparezcan los síntomas. El refresco
y la ración de pizza que se toman los adolescentes a mediodía pueden darles
un alivio momentáneo. Pero no basta para resolver los muchos años de
deshidratación crónica; solo sirve para aumentarla.
Sabemos que debemos temer la deshidratación en circunstancias
extremas. Es el espectro que amenaza a las expediciones por el desierto, a
los náufragos a la deriva en un bote salvavidas y en las situaciones de
emergencia en que las personas se quedan aisladas. Al que no nos tomamos
tan en serio como debemos, porque no sabemos lo serio que es, es al
espectro poco menos temible de la deshidratación crónica, que nos observa
apostado detrás de un falso espejo, que vive con nosotros y nos produce
problemas que no vemos. Al principio no es tan terrible, aunque puede
llegar a acabar con nosotros al final. Es como ese amigo que tienes desde
hace mucho tiempo, con el que siempre te has llevado relativamente bien,
hasta que un día hace algo que te chirría tanto que no eres capaz de
superarlo.
Siempre has llevado a cuestas a la deshidratación crónica, y te ha
acompañado durante tanto tiempo que ya ni la notas. Si te hidrataras como
es debido durante varios meses, y después dejaras perder ese avance y
volvieras a tu vida anterior, sentirías la vuelta de esa deshidratación crónica
como si se te hubiera subido un mono a la espalda... y no te gustaría nada
tener que cargar con él.
No aprendemos a hidratarnos. En vez de ello, aprendemos de pequeños
que nos basta con una galleta y un vasito de zumo de manzana para
aguantar toda una tarde en la guardería o en el preescolar. Aunque el zumo
de manzana es bueno si es ecológico y está libre de conservantes, unos
traguitos no bastan para que un niño pequeño aguante varias horas de
juegos. Sin embargo, esta ha sido la costumbre habitual desde hace décadas.
En la infancia, en la adolescencia y hasta la edad adulta vamos aprendiendo
y repasando lecciones parecidas a esta. Cuando nosotros mismos tenemos
hijos, les enseñamos y les inculcamos sin saberlo que no es malo ir por la
vida deshidratados. Cuando estamos bien hidratados notamos una diferencia
asombrosa. Es como cuando juegas en la piscina llevando a otra persona a
hombros de un lado a otro, de un extremo a otro de la piscina, una y otra
vez, hasta que por fin sueltas al jugador después de un mate ganador y
sientes que se te ha quitado su peso de encima: así es hidratarse. Si padeces
128
un síntoma o un trastorno crónico del tipo que sea, ya te lo hayan
diagnosticado como es debido o ya se trate de un misterio, el hecho de
hidratarte podría marcar una diferencia radical en cómo vives ese problema
de salud.
Nuestros hábitos de comida y de bebida que forman parte de nuestro
modo de vida normal aquí en la Tierra no favorecen la estabilización del
azúcar en sangre, ni tampoco favorecen la reparación ni la inversión de la
deshidratación crónica. Las decisiones que suele tomar la gente en cuanto a
consumo de fluidos no suelen ser adecuadas casi nunca para hidratarse de
verdad. (Sí, también hablo por vosotros, los aficionados al ejercicio que os
tomáis una bebida electrolítica de diseño después de una larga carrera. No
os penséis que eso sirve. Hay muchas personas que dan gran importancia al
ejercicio en sus vidas y que están deshidratadas crónicamente). En general,
la dieta de las personas no es lo bastante hidratante. Si a esto le añadimos el
alcohol y los fármacos surtidos, así como la sal de mala calidad y los
conservantes que se cuelan en tantos alimentos, tenemos la receta para una
deshidratación extrema a diario.
¿Te bebes un litro de agua de limón cuando te despiertas por la mañana?
Muy poca gente lo hace. Es un protocolo ideal para protegerte y mantenerte
hidratado, incluso mientras consumes tu comida y tus bebidas normales a lo
largo del día. Esa agua de limón a primera hora podría bastar para sacarte
adelante. También podría bastar con un zumo de apio o con un smoothie...
bueno, eso depende de lo que contenga el smoothie. Si está hecho con una
receta de moda, es probable que sea deshidratante, porque estará lleno de
grasas radicales tales como cucharadas de aceite de coco, de mantequilla de
frutos secos o de polvos proteínicos de suero, y apenas contendrá fruta. Los
smoothies a la moda no son la única rutina matutina que te deshidrata.
También son deshidratantes los platos tradicionales que toma la gente para
desayunar a lo largo de su vida, como el beicon, los huevos y las tostadas
con un vaso de leche, y puede que el zumo de naranja de antaño, procesado,
pasteurizado y cargado de conservantes. Y ¿qué decir del café? Hay
muchísima gente que se toma su taza de café de la mañana y nada más antes
de salir para el trabajo. Puede que no se metan nada más en el cuerpo hasta
la hora de comer.
A muchos se nos adaptan con el tiempo las células del hígado a no tener
nunca la hidratación adecuada. Nuestros hígados son capaces de mantener
129
hidratado a largo plazo el resto de nuestro cuerpo por medio de una función
química milagrosa y desconocida a la que yo llamo el efecto camello. No es
una hidratación perfecta; no es ideal. Pero nos conserva la vida, mientras
dura.
Aun mientras está siendo bombardeado por los alborotadores, tu hígado
absorbe, como buena esponja que es, las pequeñas cantidades de fluidos de
alta calidad que comes y bebes de cuando en cuando. Vive esperando esos
momentos en los que haces algo bueno para ti, aunque sea por casualidad.
Puede que hace seis meses tu tía o tu abuela te ofreciera una manzana, cosa
que tú no comerías nunca en otras circunstancias; y tu hígado lo aprovechó.
Aprovechó la ensalada de lechuga romana que te comiste la semana pasada
en la fiesta de la asociación de vecinos, y la naranja navelina que compartió
contigo un amigo mientras veíais el entrenamiento de fútbol de vuestros
hijos. Tu hígado identifica las moléculas de agua viva de la fruta, las
hortalizas y las verduras verdes, sabe que son únicas y que rara vez pasan
por la sangre, y se apodera de ellas como un niño que juega a la busca de
huevos de Pascua y que acaba de encontrar los huevos que llevan dentro los
premios.
A continuación, tu hígado se guarda esas moléculas de agua para las
sequías venideras; en esto se puede comparar con un niño que guarda bien
los dulces que ha acumulado en Halloween y los administra para que le
duren varias semanas. Tu hígado sabe que los seres humanos no solemos
esforzarnos gran cosa por hidratarnos el hígado. Esto se remonta a milenios
atrás. La hidratación no siempre es una opción fácil, ni disponemos siempre
de los recursos necesarios. Y el hígado, en su sabiduría, comprime las
moléculas preciosas de agua bioactiva y las concentra. Cuando consumes
los líquidos de los refrescos, o del café, o del té negro, o de otras fuentes
deshidratantes, tu hígado libera algunas de las moléculas de agua bioactiva
almacenadas y muy concentradas, para que toquen a las moléculas
contaminadas, sobrefiltradas o muertas en general de agua inactiva,
empleando a las moléculas inactivas para dilatar las activas y concentradas
y transmitir la información, en un proceso que convierte el agua inactiva en
una fuente vibrante, activada y viva. Entonces, esta agua transformada
puede llevar a cabo su buena labor por todo tu cuerpo, hidratándote otros
órganos como el corazón y el cerebro mientras se desplaza por el resto de tu
torrente sanguíneo.
130
Llevas muchísimo tiempo dependiendo del efecto camello sin saberlo.
Así se explica que hayas podido aguantar tantos años deshidratado
crónicamente, como tanta gente. También en este sentido debes agradecer tu
supervivencia a tu hígado. ¿Y si el hígado empieza a fallar? Para mantener
la capacidad de transmitir moléculas concentradas de agua bioactiva para
hidratar la sangre hay que tener un hígado más limpio, que funcione mejor
y que esté más hidratado. Debe ser un hígado que conserve todavía la
capacidad de desintoxicarse de manera natural y de afrontar el ataque de los
alborotadores habituales que vienen constantemente de visita. Por otra
parte, si no nos cuidamos, la función química milagrosa del efecto camello
empieza a desaparecer. Si hemos hecho una mala dieta y hemos seguido
malos métodos de hidratación desde una edad temprana, este efecto puede
desaparecer antes en nuestra vida. Si hemos tenido la suerte de que nos
dieran más frutas y verduras y menos cosas deshidratadoras cuando éramos
niños, el efecto camello puede durarnos más. De una manera o de otra,
llegados a cierto punto, cuando el hígado se vuelve lento, se debilita o se
encuentra comprometido en general y se le ha forzado demasiados años con
falta de hidratación, se reduce su capacidad para adaptarnos y protegernos
por medio de esta función química. El hígado se queda tan estancado que
los venenos vuelven a salir al torrente sanguíneo y al sistema linfático. Y
esta, amigos míos, es la fórmula del que yo llamo el síndrome de la sangre
sucia.
Nuestra sangre es muy complicada. Es tan complicada que, si creemos
que nuestra sociedad conoce todos los misterios que encierra, nos
equivocamos gravemente. Si creemos que los investigadores y la ciencia
médica han descubierto todos los millones de funciones químicas que se
producen en nuestra sangre, estamos delirando. Si creemos que ya se
conoce todo el catálogo de las hormonas que viajan por nuestra sangre,
estamos negando la evidencia. Y si creemos que ya se ha encontrado, se ha
descubierto y se ha entendido el amplio círculo universal de células
inmunitarias y de microorganismos beneficiosos que forman parte del
funcionamiento interior de nuestra sangre, entonces es que estamos
desorientados por completo. La mera verdad de que hay docenas de toxinas
que nos ensucian la sangre marearía a los científicos de los laboratorios, si
supieran qué es lo que nos flota en la sangre. Habría que hacer muchos
análisis de sangre completos para ver solo una pequeña parte de lo que
131
puede ofrecer la sangre sucia a la ciencia y a la investigación como ventana
a las causas de los sufrimientos humanos. Nuestra sangre es un río del que
no te convendría beber, desde luego, a menos que lo limpiaras y lo volvieras
verdaderamente seguro.
Cuando estás deshidratado tienes la sangre más sucia, en suma. Y no te
interesa tener la sangre sucia. La sangre espesa y llena de abundantes
toxinas y de otros alborotadores conduce a los síntomas y a los trastornos
que hemos descrito en este capítulo, así como a síntomas y a trastornos a los
que dedicamos capítulos propios en la segunda y en la tercera parte del
libro. Todo depende del tipo de sangre sucia que tengas.
PROBLEMAS DE ENERGÍA
No debemos confundir los problemas de energía con la fatiga, ya se trate
de fatiga crónica, fatiga adrenal, fatiga neurológica, o incluso una fatiga
leve, cuyas causas puedes leer en mis libros anteriores. Los problemas de
energía de los que hablo aquí son muy corrientes en las personas que se
encuentran en las primeras etapas del hígado lento. Son personas que tenían
toda la energía del mundo y que podían estar en marcha todo el día.
Después, cuando el hígado se les fue sobrecargando y deshidratando,
empezaron a tener el síndrome de la sangre sucia en forma leve, y les
empezó a faltar la energía. Para los que estaban acostumbrados a ir a cien
por hora sin que nada los hiciera detenerse en el cumplimiento de todas sus
tareas, esta reducción de la energía no era tan grave como para que dejaran
de ir al partido de la empresa ni como para hacer una visita al médico. Pero
sí era tan grave como para que se sintieran fatigados en diversos momentos
del día, cuando menos se lo esperaban. Es uno de los primeros síntomas de
un hígado disfuncional que ha hecho que discurra por el cuerpo sangre
sucia. Cuando el corazón tiene que bombear con más fuerza para que la
sangre circule por el cuerpo, esto representa una experiencia nueva que
puede parecer fatigosa.
Pero esta no es la fatiga de un caso muy activo de VEB que produce
EM/SFC, aunque esto tampoco quiere decir que la persona no tenga oculta
en el hígado el VEB, dispuesto a pasar al tiroides y producir Hashimoto o
diversos síntomas neurológicos misteriosos. Tampoco se trata de un
problema de metabolismo. Se habla constantemente de «metabolismo» para
132
disimular todo lo que no se entiende del organismo, como el síndrome de la
sangre sucia, que está pendiente de descubrir. Este problema de energía es
como el que tiene una persona que ha estado marchando bastante bien pero
que ha empezado a notar cambios en su vigor. En este caso, cambiar la dieta
y limpiarse el hígado y la sangre le puede devolver la energía en bastante
poco tiempo. Sea cual sea la dieta que elijas en este caso, aunque no sea la
ideal para una persona con síntomas y trastornos graves, el hígado te dará
una ovación en señal de agradecimiento por la mejora.
LAS OJERAS
Las ojeras, o círculos oscuros bajo los ojos, se pueden empezar a tener
incluso desde la infancia. El padre atento lleva al niño al médico y le
pregunta a qué se deben, y muchos pediatras le dirán que puede tratarse de
una alergia, quizá de una alergia al gluten. Cuando los adultos notan que
ellos mismos tienen ojeras, también suelen preguntarse por qué. Consideran
que las ojeras solo son propias de las mañanas después de haberse pasado
gran parte de la noche trabajando o de fiesta, o de las resacas, o quizá de
cuando se supera la gripe; de modo que, si no interviene ninguno de estos
factores, ¿a qué se deben? La gente intenta resolverlas disimulándolas con
maquillaje, o visitando un spa, o poniéndose rodajas de pepino en los ojos y
envolviéndose en algas marinas; solo que así no se soluciona el problema.
Es una paradoja, porque lo cierto es que los pepinos y las algas marinas sí
que contribuyen a la curación por vía interna. Sí, las rodajas de pepino
aplicadas externamente pueden dar resultados al tratar las ojeras corrientes,
como cuando la persona está deshidratada temporalmente por haber comido
un alimento tóxico, o por haber trasnochado demasiado en una noche de
estrés, o por haberse tomado demasiados combinados. Hasta la actividad
sexual puede provocar ojeras, y, aunque no lo creas, la aplicación de pepino
a los ojos sí que puede producir una cierta mejoría. Pero para tratar las
causas reales y arraigadas profundamente por las que las personas tienen
ojeras crónicas necesitas algo más que una aplicación externa de pepino y
algas. Debes beber zumo de pepino para hidratarte bien la sangre, la linfa y
el hígado, y empezar a añadir a tu dieta algunas algas dulse del Atlántico
para que hagan salir los metales pesados tóxicos y otros venenos, a la vez
que te aportan minerales fundamentales para sustentar la vida.
133
Tener ojeras, o incluso los ojos hundidos, durante semanas y meses,
significa que existe un problema oculto, un problema de hígado. También es
así en el caso de los niños. Cuando las ojeras conducen a un diagnóstico de
alergia al gluten o de problemas gastrointestinales, solo nos hemos acercado
marginalmente a lo que está pasando de verdad. Lo cierto es que este
síntoma está asociado a que el hígado, tóxico y deshidratado, está haciendo
que la sangre esté tóxica y sucia. La zona de piel delgada bajo los ojos se
oscurece porque a la sangre que fluye por allí le falta oxígeno y está llena
de venenos, tanto procedentes de la exposición actual a los mismos como de
los alborotadores que heredamos por nuestra estirpe familiar. Como verás
en el capítulo 28, «El PANDAS, la ictericia y el hígado neonatal», muchos
niños llegan a superar el hígado lento. En ese caso, las ojeras desaparecen.
Pero muchas personas no lo superan, o desarrollan o vuelven a caer en el
hígado lento cuando se hacen mayores. Llegados a este punto, el síntoma
puede afectar a los adultos. No es señal de que te esté fallando el hígado. Es
señal de que tu hígado se ha esforzado por mantenerse equilibrado y por
proteger a la persona en la que vive, guardándose todas las toxinas que ha
podido, pero ha llegado un punto en el que estaba tan cargado que ha tenido
que dejar salir a algunas.
Si estás pensando: «Bueno, yo no tengo ojeras, de modo que no debo de
tener el síndrome de la sangre sucia», no corras tanto. Existen diversos tipos
y niveles de las toxinas y de las demás presencias molestas a las que yo
llamo alborotadores del hígado. Algunos alborotadores pueden hacer
aparecer ojeras; algunos pueden liberarse del hígado al torrente sanguíneo
sin producir ojeras (pero provocan otros problemas). Cuando el hígado está
lento, estancado, atribulado, y no está funcionando en la plenitud de sus
posibilidades, puede liberar todo un cóctel de alborotadores nuevos y viejos
que pueden contribuir a la aparición de esas manchas debajo de los ojos.
Por ejemplo, uno de los alborotadores que pueden provocar ojeras son los
fármacos. Aunque no los estés tomando ahora mismo, pueden estarse
liberando ahora a la sangre los fármacos que tomaste hace años y que tu
hígado se guardó por entonces. También los metales pesados tóxicos
pueden producir ojeras a largo plazo a los niños y a los adultos, como
también las pueden producir la familia de los diversos pesticidas. La
exposición a la gasolina y a otros derivados del petróleo, a los solventes y a
134
los productos de limpieza doméstica convencionales puede provocar esos
círculos negros, o incluso un hundimiento bajo el ojo.
De modo que las ojeras significan, en general, que tenemos la sangre
sucia. Lo que determinará su gravedad será la hidratación. Una buena
hidratación diaria puede ayudarnos a limpiar la sangre sucia y mejorarnos el
hígado lo suficiente para que se disipen las ojeras. Con todo, los problemas
de energía y las ojeras no son las únicas consecuencias que puede tener la
sangre sucia.
EL SÍNDROME DE RAYNAUD
El síndrome de Raynaud es un trastorno que padecen muchas personas
hoy día. Entre sus síntomas se cuenta la decoloración de la piel, a veces con
hormigueos e insensibilidad, sobre todo en las extremidades. Se debe a que
los venenos del hígado vuelven a salir a la sangre; es decir, al síndrome de
la sangre sucia. ¿Por qué no tienen síndrome de Raynaud todas las personas
con deshidratación crónica? Porque los venenos atrasados en este caso son
un tipo concreto de alborotadores: los residuos víricos.
Si bien otros alborotadores como el mercurio y otros metales pesados
tóxicos pueden contribuir, sin duda, a las dificultades del hígado, además de
alimentar a los virus de modo que estos generen más residuos tóxicos, los
que están presentes en el síndrome de Raynaud tienen un residente concreto
en el hígado: el virus de Epstein-Barr. El virus está en el cuerpo del paciente
con síndrome de Raynaud, con independencia de que un médico le haya
encontrado y diagnosticado el VEB por medio de análisis de sangre. Si bien
una buena proporción del VEB se puede haber trasladado al tiroides, o más
allá, una parte se ha quedado en el hígado.
Puedes leer más acerca de los protocolos antivíricos, así como del
subproducto vírico del VEB, de los cadáveres víricos, de las neurotoxinas y
de las dermotoxinas, en mi libro Médico médium: la sanación del tiroides.
Cuando se escapan del hígado estos materiales de desecho, que contienen
restos de metales pesados tóxicos, pueden flotar y rondar cerca de la piel,
cambiando la pigmentación de esas zonas y produciendo esas manchas
negras. Los pacientes con síndrome de Raynaud lo saben muy bien. La
sangre sucia y espesa y el hígado vírico provocan los problemas
circulatorios del Raynaud. Cuando las neurotoxinas, las dermotoxinas y
135
otros alborotadores vuelven a salir del hígado al torrente sanguíneo, tienden
a gravitar en las zonas de menor circulación, es decir, en los dedos de las
manos y de los pies. Y cuantos más venenos hay en la sangre en esas zonas,
hay menos oxígeno; a esto se debe la decoloración que sufren muchos
pacientes. Los hormigueos y la insensibilidad pueden estar producidos por
las neurotoxinas huidas que se congregan en la sangre.
Si una persona con Raynaud hace una dieta que alimenta a los virus, los
síntomas pueden agravarse. A muchos pacientes con Raynaud se les dice
que el fenómeno se debe a una enfermedad autoinmune que está
descabalando el organismo; pero es preciso decirles la verdad: que se trata
de un problema vírico y de hígado que produce un problema de la sangre y
que se puede limpiar; no es que el cuerpo se vuelva en contra de sí mismo,
como propugna la teoría errónea de la autoinmunidad.
LA GOTA
La sangre sucia y la gota están tan asociadas entre sí como el
espantapájaros y el sembrado, como el cuchillo y la cocina, como la calesa
y el caballo. Si retiras el espantapájaros, los pájaros no tardarán en comerse
la simiente. Si quitas el cuchillo de la cocina, tendrás que comerte platos
calentados en microondas en vez de hacerte tu propia comida. Si a la calesa
le quitas el caballo, tu pareja y tú os quedaréis detenidos en plena calle, sin
poderos dar un paseo romántico por las calles empedradas. ¿Qué quiero
decir con esto? Que sin sangre sucia no tendrías gota.
Si describimos la gota en sus términos más sencillos, es un trastorno que
se caracteriza por la hinchazón y el dolor de las articulaciones, con
frecuencia las de los pies y las manos. Como en los análisis de sangre no
aparecen anticuerpos que anuncien la presencia de artritis reumatoide, y no
hay señales evidentes de osteoartritis, las comunidades médicas no saben
cómo interpretar los síntomas que tienen delante. Históricamente, la gota ha
conducido a muchos diagnósticos erróneos. En la gota tal como la
identificamos hoy día, muchos médicos dicen que los cristales formados en
el fluido sinovial de las articulaciones provocan la inflamación. Algunos
médicos consideran que la presencia de cristales conduce inmediatamente a
un diagnóstico de gota. Otros no necesitan ver cristales para decidir, por un
136
proceso de eliminación, que el paciente que tienen delante padece este
trastorno.
¿Qué es la gota, en realidad? Si en el campo de la medicina todo
funcionara bien, lo que te dirían en la consulta del médico sería lo siguiente:
«Parece ser que tiene usted un trastorno de hígado. Al parecer, se le han
formado cristales en las articulaciones por una acumulación importante de
ácido úrico. Los cristales nos indican que el hígado no está filtrando como
es debido, y los riñones lo están pagando. Cuando la sangre se vuelve
espesa y se llena del exceso de venenos que rebosan de un hígado que ha
estado disfuncional demasiado tiempo, esa sangre porta una carga
venenosa; es decir, es una sangre sucia. A consecuencia de ello, los residuos
se pueden asentar en diversas zonas de su cuerpo. Una de estas zonas son
las articulaciones, porque, como sucede también en el síndrome de
Raynaud, las articulaciones más distales del cuerpo son, por naturaleza,
áreas donde la circulación es más baja. Su problema articulatorio es, en
realidad, un problema de hígado».
Por tanto, cuando a alguien le diagnostican gota, debería entenderse como
que le han diagnosticado un trastorno de hígado. Resulta difícil de entender
que se considere que los cristales son la causa de la gota, cuando las
personas manifiestan esos mismos síntomas de gota sin que estén presentes
los cristales. Esto se debe a que los cristales no son la causa de la gota ni
son la causa de los dolores de la gota: hay que profundizar más. Si bien
tener un hígado que no funciona como es debido no se traduce
automáticamente en la presencia de cristales, lo cierto es que la presencia de
cristales sí que significa automáticamente que hay un hígado que funciona
mal. Los cristales no son más que uno de los componentes que se
encuentran entre todo un montón de porquerías, y a veces ni siquiera están,
aunque sí que están muchos alborotadores. Si los investigadores
entendieran todo el basurero que puede llenarnos la sangre y se pusieran a
buscar todos los venenos que lo componen, se quedarían descorazonados.
Dirían de pronto: «Puede que no se trate de los cristales. Mirad toda esta
basura que ni siquiera buscamos en el laboratorio: la oxidación de los
metales pesados, el petróleo de los fármacos, las neurotoxinas y otros
residuos víricos de un patógeno que vive dentro del hígado...». Debes
entender que las toxinas y los venenos tienen peso. Cuando fluyen hacia
nuestras extremidades, tienden a hundirse y a amontonarse allí por su
137
naturaleza pesada. No les resulta tan fácil volver atrás con la sangre, porque
cuando el hígado está lento y disfuncional, el «tirón» de la sangre desde las
extremidades es más débil y más lento que el «empuje» hacia las mismas
desde el corazón.
Si no tienes cristales en las articulaciones, ni los de ácido úrico ni los de
calcio asociados a la pseudogota, o incluso si tienes cristales, he aquí lo que
se supone que debe decirte tu médico: «Esto es una inflamación vírica de
las articulaciones. A los virus les encanta vivir dentro de nuestro hígado.
Además, producen muchos lodos tóxicos, con lo que el hígado tiene que
hacerse cargo de todavía más venenos de los que ya se encuentra en la vida
cotidiana. La consecuencia es que el hígado no puede guardarse tantas
cosas como quisiera, y muchos virus consiguen salir del hígado y se
desplazan hasta las articulaciones y producen dolor e inflamación. Aunque
no aparecen anticuerpos en sus análisis de sangre, lo que tiene usted en
realidad es una forma de artritis reumatoide, en la que el virus de Epstein-
Barr se ha estado alimentando de un hígado lleno de alborotadores hasta
que ha terminado por huir a sus articulaciones».
Muchas personas a las que se ha diagnosticado artritis reumatoide por la
presencia de anticuerpos en su sangre tienen también cristales de ácido
úrico; pero no se les presta atención a causa de los anticuerpos. Cuando no
se encuentra un anticuerpo, entonces se dice que el paciente tiene gota. Es
un ejemplo clásico del principio del «no hacer caso de lo que no se ve» que
se sigue en la medicina.
Otro síntoma común que acompaña a la gota produce confusión, a saber,
la hinchazón de las extremidades. No se trata solo de que se inflamen las
articulaciones mismas; es una retención de fluidos alrededor de las manos,
los pies, las rodillas e, incluso, los codos. Estas zonas pueden estar
doloridas, y esto puede darse con presencia de cristales en las articulaciones
o sin ellas. Cuando un médico ha explorado el corazón y los riñones del
paciente y ha determinado que ambos funcionan bien, se considera que la
hinchazón es un edema misterioso. El diagnóstico que debería darse al
paciente es de mala circulación linfática por tener el hígado estancado,
disfuncional y comprometido, con la consecuencia de que la retención de
fluidos linfáticos somete a presión los nervios de varias zonas del cuerpo.
Pero, por el contrario, si en el análisis hepático no aparecen elevadas las
enzimas, entonces no salta la alarma en la consulta del médico. El trastorno
138
de hígado queda sin detectar en absoluto, tanto por el médico como por la
generalidad de los investigadores y la ciencia médica.
Se puede observar otro dato interesante sobre la gota: que las personas
que tienen gota suelen tener también diabetes. Nadie sabe a qué se debe esta
correlación. Pues bien, esta circunstancia no es una coincidencia. Como
veremos en el capítulo 15, la diabetes es algo más que un problema de
páncreas; el hígado también desempeña un papel apreciable. Si las
comunidades médicas conocieran la verdad acerca de la gota y de la
diabetes, atarían cabos y se darían cuenta de que ambos son problemas de
hígado y que, por tanto, están relacionados entre sí. Tendrían que descubrir
cómo funcionan los virus y las toxinas y cómo se llena la sangre de estos
venenos; para ello, la medicina tendría que ampliarse.
Las personas que tienen gota deben abstenerse de comer proteínas y
grasas pesadas; cuantas más proteínas y más grasas comen, más lento se les
vuelve el hígado y más se les agravan los síntomas. Esto no tiene nada que
ver con ningún sistema de creencias acerca de la alimentación; es
simplemente una cuestión de lo que necesita un individuo con gota para
curarse. Al reducir las proteínas y las grasas en la dieta, los pacientes con
gota (y con pseudogota) se alivian, porque el hígado tiene la oportunidad de
recuperarse y de limpiar la sangre. Si hay presencia de cristales de ácido
úrico y de calcio, se reducirán. Haya o no problema de cristales, los
síntomas de la gota se irán disipando. Debemos cambiar nuestra manera de
pensar y entender que los cristales no son más que una señal indicadora que
los médicos ven entre muchas que no ven. Es como si los médicos fueran en
coche entre la niebla y solo vieran una señal de tráfico de «animales
sueltos». Si se disipara la niebla podrían ver todas las demás señales de
tráfico: peligro, stop, limitación de velocidad, desvío, sentido único,
dirección prohibida, calle sin salida, cruce, obras, curva peligrosa, paso a
nivel, ceda el paso y otras: esto les permitiría orientarse mejor en su
camino.
LAS VARICES
Es frecuente que las personas que tienen varices o arañas vasculares se las
«agradezcan» irónicamente a sus padres, madres o abuelos. Recordamos
que nuestros parientes tenían esos vasos sanguíneos oscuros y visibles en
139
los pies, tobillos, piernas (muchas veces en las pantorrillas), en el tórax o en
los brazos, y por eso pensamos que son de origen genético.
La cosa no funciona así. Este es un síntoma más que debería
diagnosticarse inmediatamente como trastorno de hígado, y no genético, en
la consulta del médico, o incluso en la consulta del cirujano plástico, donde
suele acudir la gente a que le extirpen las varices. Si se observa que las
varices se repiten de una generación a otra, solo es porque los alborotadores
del hígado se pueden transmitir de padres a hijos. Dentro de una familia
puede haber unos mismos venenos asentados en el hígado y produciendo
sangre sucia. Como sucede con el resto de los síntomas y de los trastornos
de los que hablamos en este capítulo, puedes tener el hígado comprometido
y la sangre sucia y no contraer este problema. Y, como leerás en el capítulo
36, «Los alborotadores del hígado», son muchos los factores que pueden
obstruir un hígado. Es la composición concreta de tu cóctel personal de
toxinas lo que determina cómo se hace notar.
Lo que sucede en realidad cuando a una persona le salen varices o arañas
vasculares es que ha tenido la sangre deshidratada y espesa de manera
crónica a lo largo de los años. Habrás oído contar a médicos y a enfermeras
las ocasiones en que han intentado sacar sangre a un paciente y este la tenía
tan espesa que, cuando sacaron la aguja, les quedó colgando un hilo de
sangre que parecía melaza o un cordel. Es el caso extremo de la sangre
espesa crónica. Aunque esto no suceda, no quiere decir que la sangre no
esté espesa.
Voy a dejar clara una cosa: ni aquí ni en todo este capítulo estamos
hablando de una sangre que esté espesa por abundancia de plaquetas. No se
trata de que la sangre esté espesa o clara por las plaquetas, de que las
plaquetas estén provocando demasiados coágulos, ni de si las heridas
sangran demasiado por falta de plaquetas. No estamos hablando de los
trastornos plaquetarios. Si bien estos son graves y también se les debe
prestar atención, son un tema aparte. Los problemas plaquetarios indican
que hay una infección vírica en el hígado y en el bazo.
La sangre espesa de la que estamos hablando aquí es la que es espesa
porque ha estado deshidratada de manera crónica a lo largo de los años, al
mismo tiempo que el hígado se llenaba de venenos que volvían a salir a la
sangre, año tras año. También puede contribuir al espesamiento de la sangre
una dieta alta en grasas, con la que el contenido de grasas en la sangre
140
siempre es elevado, sin ningún descanso porque la persona hace tres
comidas ricas en grasas cada día, sin darse cuenta de ello en muchos casos.
Esta sangre espesa no es nada cómoda para el sistema vascular, y el cuerpo
tiene que ajustarse. Se da cuenta de que la sangre, por su viscosidad, suele
moverse por las arterias y por las venas más despacio de lo que debe, y
acabará por causar problemas. No es que se mueva despacio todo el tiempo.
Habrá momentos en que se nos reduzca el nivel de estrés y nos cuidemos
mejor y nos hidratemos, consciente o inconscientemente. La sangre se
aclarará durante algún tiempo y fluirá bien. Después, cuando volvamos a
deshidratarnos, se escaparán más toxinas del hígado al torrente sanguíneo, y
la sangre volverá a espesarse.
Cuando la sangre se espesa, nuestros vasos sanguíneos tienden a
estrecharse levemente, porque el agua es el dilatador natural de nuestras
venas. (He aquí otro motivo para mantenernos hidratados toda la vida: así
impedimos que se nos estrechen las venas). Cuando en el cuerpo hay menos
agua, el corazón tiene que trabajar más para hacer subir desde las
extremidades inferiores esa sangre densa, tóxica y deshidratada, y este
mayor esfuerzo de succión contrae las paredes de las venas, por lo que el
movimiento de la sangre se vuelve más lento. Al moverse la sangre más
lentamente, el corazón tiene que trabajar todavía más, lo cual pone a su vez
al cerebro en estado de alerta. Para aliviar la carga del corazón, el cerebro
pide un aumento del flujo sanguíneo. Como respuesta, determinadas
proteínas, enzimas y hormonas que las investigaciones y la ciencia médica
no han descubierto todavía se ponen a producir células con el fin de ampliar
los caminos de la sangre. Con esto se fomenta la expansión de las venas ya
existentes y el desarrollo de otras nuevas en lo que es casi una mutación de
tus vasos sanguíneos. Y entonces es cuando ves aparecer esas varices y esas
arañas vasculares.
No son una solución perfecta, y en última instancia no resuelven el
problema. Pero sirven de señal de aviso para que la persona cambie sus
hábitos y se desintoxique el hígado para limpiarse la sangre. Cuando esto
suceda, podrá detenerse el desarrollo de nuevas varices y arañas vasculares,
e incluso se pueden ir reduciendo con el tiempo las ya existentes.
LA INFLAMACIÓN
141
La inflamación se puede producir por dos motivos distintos, y a veces por
los dos al mismo tiempo. El primero es una lesión. Resbalas en el hielo, te
llevas un golpe haciendo deporte o te sucede algún otro accidente, y el
cuerpo reacciona con una inflamación. El segundo motivo por el que se
puede inflamar el cuerpo es una invasión, y en el caso de la inflamación
crónica, el invasor es un patógeno. Por mucho que te digan otra cosa por
ahí, estas son las dos únicas causas de la inflamación.
Oirás decir con frecuencia que la inflamación crónica se debe a que el
sistema inmunitario del cuerpo se ataca a sí mismo; es decir, que es una
respuesta autoinmune. Se dice esto porque las comunidades médicas
modernas no disponen todavía de las herramientas necesarias para detectar
la frecuencia con que están presentes en el organismo virus como el VEB y
el VHH-6, así como bacterias tales como los estreptococos. Estos invasores,
que a veces provocan también lesiones deteriorando los tejidos, son las
verdaderas causas de las respuestas inflamatorias de tu organismo: el cuerpo
no se ataca nunca a sí mismo. Los anticuerpos que están presentes, aunque
se les asigne la etiqueta de autoanticuerpos, están allí, en realidad, para
atacar a un patógeno y para cuidar, reparar y sanar los tejidos lesionados por
ese patógeno.
Como ya sabrás a estas alturas, el hígado es un terreno donde se asientan
diversos patógenos tales como los virus y los materiales venenosos que los
alimentan. Y, claro está, los virus también liberan sus propios venenos,
como las neurotoxinas, que atacan a los nervios y contribuyen a la
inflamación. Las células mismas de los virus, una vez huidas del hígado,
también pueden atacar a diversas partes del cuerpo. Por ejemplo, como
expliqué con detalle en mi libro Médico médium: la sanación del tiroides, el
VEB ataca al tiroides produciendo la inflamación tiroidea llamada tiroiditis
de Hashimoto. Las células víricas también atacan los puntos débiles, y por
eso puedes encontrarte que una lesión antigua no se te cura o que se te
exacerba sin motivo aparente.
Supongamos que te das un golpe muy fuerte en la rodilla y que esta se te
hincha. Te aplicas una bolsa de hielo para tratarte la inflamación. En el caso
de la inflamación crónica, tu cuerpo también está trabajando de diversos
modos para reducirla a lo largo del tiempo. Cuando tú echas una mano en
ese trabajo, adoptando un planteamiento natural, comiendo alimentos más
sanos y emprendiendo un protocolo de suplementos, tu cuerpo te pagará
142
con la misma moneda, y advertirás algunos resultados. En los últimos años,
muchos médicos han tenido una verdadera revelación al ver que la
inflamación bajaba a consecuencia de los alimentos naturales y de los
suplementos. Después de ser testigos de cómo algunos pacientes se sentían
mejor con esos cambios, han escrito libros para difundir este mensaje como
un evangelio. Eso es estupendo. Los felicito por haber tomado la iniciativa
con planteamientos nuevos y de regreso a los principios básicos. Lo que
debes saber tú para tu propia salud es que estos planteamientos célebres no
significan que la inflamación no te vaya a volver algún día, ni tampoco
significan que vayas a alcanzar la mayor mejoría posible. Hasta el
momento, esos profesionales solo han empezado a entender
superficialmente por qué un grupo escogido de sus pacientes se sienten
mejor. Es la punta del iceberg.
El verdadero motivo por el que las personas encuentran alivio en estos
casos es que elegir alimentos más sanos y tomar suplementos de
determinados nutrientes limpia el hígado y la sangre. Así los virus y las
bacterias tienen menos combustible; y cuando los patógenos no están tan
bien alimentados, no pueden causar tanta inflamación. Si eliges al azar
cualquier dieta aunque solo sea medio sana, la inflamación se reducirá,
porque suprimirá una parte de los combustibles favoritos de los patógenos,
permitiendo al mismo tiempo que el hígado se descargue un poco para que
pueda limpiar la sangre. Cuanto más espesa y sucia esté la sangre, mejor
pueden alimentarse los patógenos y más inflamación se produce; cuanto
más limpia esté la sangre, menos inflamación tendrás.
Una parte popular de muchas dietas antiinflamatorias es dejar el gluten,
siguiendo la creencia de que el gluten es inflamatorio por naturaleza. El
verdadero motivo por el que resulta útil dejar el gluten es que, al suprimirlo,
se priva de alimentos a las bacterias o a los virus que estén presentes,
porque el gluten es uno de sus alimentos favoritos. Las comunidades
médicas no son conscientes de esto para nada, porque no creen que los
patógenos «comen»; pero es cierto que comen. (Verás algo más sobre el
combustible patógeno en el capítulo 36, «Los alborotadores del hígado»).
Para obtener un verdadero alivio que profundiza hasta llegar a la raíz de la
inflamación crónica, tienes disponibles el Rescate del Hígado 3:6:9, en el
capítulo 38, y los protocolos antivíricos y antibacterianos en mis libros
Médico médium: la sanación del tiroides y Médico médium.
143
EL INSOMNIO
El insomnio y el sueño agitado tienen muchas causas distintas, y por eso
mismo dediqué cinco capítulos de mi libro Médico médium: la sanación del
tiroides a los secretos del sueño. Lo importante que debes saber ahora es
que la mayoría de las alteraciones del sueño y de los insomnios se deben al
síndrome de la sangre sucia. Aunque tus problemas de sueño tengan otra
causa, tampoco te ayuda a dormir un hígado descontento, cargado, con
dificultades o debilitado.
Hay varios aspectos distintos del síndrome de la sangre sucia que afectan
al sueño. Para empezar, los venenos que están presentes en él. Cuando la
sangre se llena de los metales pesados tóxicos que se oxidan en tu
organismo, de la polución vírica (con lo que me refiero a los residuos tales
como los subproductos y las toxinas), de los pesticidas y de otras sustancias
químicas de la lista de los alborotadores, el cerebro se satura de ellos; y el
cerebro es esencial para descansar bien por las noches.
Y también está el hígado mismo. Como máquina bien reglada que es,
cuando le falla alguna pieza o cuando no funciona a su nivel óptimo tiende
a temblar, a gruñir y a rugir. O bien, imagínate que vas montado en un
caballo que está agitado y furioso, con tendencia a espantarse. De ninguna
de estas dos maneras tendrías un buen viaje, ni siquiera en tus horas de
sueño. Tu cerebro se despierta en plena noche, normalmente de mal humor,
para ponerse a trabajar para ti y que puedas expulsar lo recogido por la
mañana, con la orina o al evacuar el vientre. Cuando tu hígado empieza a
calentar motores para llevar a cabo esta tarea, puede tener un espasmo sutil
a causa de todas las materias tóxicas de las que tiene que ocuparse, tanto las
que tiene en su interior como las que le llegan de nuevo en la sangre sucia.
Ese espasmo puede llegar, incluso, a hacer salir una parte de los venenos
que contiene el hígado a tu sangre, y en forma no empaquetada,
ensuciándola más. Aunque este espasmo no lo notas, ese chirrido del hígado
te altera el cuerpo lo suficiente como para despertarte de madrugada. Si a
esto le añades las alteraciones del cerebro por las materias tóxicas de la
sangre, algo de inflamación hepática, algo de ansiedad y de trastorno de
estrés postraumático (TEPT) oculto por no haber dormido bien en el
pasado, y además, quizá, tu pareja que ronca junto a ti o los ruidos del
exterior, se te estará aderezando una buena ración de insomnio. Atiende a tu
144
hígado, hidrátate y retira de la receta el síndrome de la sangre sucia y
tendrás buenas probabilidades de dormir y una relación completamente
nueva con tu cama.
UN POZO DE SALUD
En varios de los capítulos siguientes conocerás otros modos en los que la
sangre sucia puede afectar a tu vida. Aprenderás algo más sobre cómo
rebosan nuestros hígados con todo lo que se les viene encima, y cómo van
perdiendo con esto sus capacidades de neutralización.
En Irlanda hay un pozo de salud famoso. La gente acude a él desde hace
siglos para beber su agua, un agua viva muy activa, en su forma más
potente. Es un agua extremadamente conectada con la tierra, con una carga
que neutraliza. Si se arrojara basura al pozo, el agua es tan potente que, al
principio, la neutralizaría. Pero cuanta más basura y sustancias químicas
tóxicas se echaran al pozo, más se debilitaría esa capacidad de
neutralización, hasta que terminaría por morir. Seguiría habiendo agua en el
pozo, pero estaría muerta, de modos que ni siquiera sabríamos medir ni
descifrar, porque ya desde un primer momento no sabíamos medir ni
descifrar su misterio curador.
Este amortecimiento es lo que queremos evitar en el río de tu sangre, y
para ello debes colaborar con las maravillas curadoras, conectadas con la
tierra, neutralizadoras, de tu hígado. Descubrir el modo de salvarlo del
envenenamiento equivale a salvarte a ti mismo de la sangre sucia y
contaminada. Es una de tus líneas de defensa principales en la vida.
145
Capítulo 11.
El hígado graso
146
la solución? Pues no lo es tanto como nos gustaría creer, si se trata de
evitarnos el hígado graso. Las dietas de moda de hoy día tampoco son las
opciones que elegiría tu hígado.
Nuestros hígados están concentrados en recibir un torrente inmenso de
sangre que hay que limpiar, procesar, mimar, filtrar, analizar, medir, pesar,
descodificar e, incluso, interrogar, para que puedan seguir teniendo lugar las
2000 funciones químicas que lleva a cabo el hígado. Y aquí es donde
interviene la cuestión más importante para tu hígado: ¿cómo tienes de
espesa la sangre? La densidad de tu sangre determina si desarrollarás o no
un hígado graso (o pregraso). Lo que se encierra en esa densidad
determinará la rapidez con que desarrolles el hígado graso.
VIVIR Y RESPIRAR
¿Por qué es tan determinante la densidad de la sangre? ¿Por qué depende
todo de ella? Porque cuanto más espesa es la sangre, menos oxígeno puede
residir en ella. Cuanto menos oxígeno hay en la sangre que llega al hígado,
más trabajo le cuesta respirar a este. Sí: tu hígado respira; y para asimilar
esta idea podemos representarnos el hígado como unos pulmones: el lóbulo
izquierdo sería el pulmón izquierdo, y el lóbulo derecho, el pulmón
derecho. Otra manera de imaginarnos al hígado es como a un erizo de mar
que vive en las profundidades marinas y extrae oxígeno del agua del mar. Si
la densidad de la sangre contiene multitud de partículas tóxicas, al hígado le
costará todavía más trabajo respirar. A consecuencia de ello, se le debilitará
la fuerza vital. Imagínate que estás intentando respirar en un lugar donde el
aire está muy sucio, lleno de humo o de contaminación. Puede que vayas
andando por la calle detrás de alguien que va fumando, o puede que cerca
de tu casa haya un incendio forestal que esté llenando el aire de cenizas: en
cualquiera de estos casos te resultará difícil respirar. Para las personas con
sensibilidades o asmáticas, la calidad del aire lo es todo. Y un día caluroso
de ambiente húmedo y con aumento de la contaminación del aire, o una
habitación cerrada en el trabajo con olores tóxicos en el aire lo notan tanto
las personas con sensibilidades como las que no las tienen. Ahora,
imagínate que tu hígado son tus pulmones y que tienes la sangre cargada de
contaminantes. Pues la mala calidad del aire es equivalente a la carga que
147
produce la sangre espesa. Cuando la sangre tiene una proporción elevada de
grasas que la espesa, es un problema.
En realidad, las grasas elevadas en la sangre no están en el punto de mira
de la investigación y la ciencia médica. Determinar las proporciones sanas
de grasas en la sangre no es una cuestión que preocupe a nadie, ni a los
investigadores, ni a los médicos, ni a los dietistas, ni a los nutricionistas; y
esta es una desatención grave. En el mundo de hoy no hay manera de medir
esta proporción con precisión; no puedes subirte a una báscula como haces
para pesarte, ni pellizcarte la piel con un calibre como cuando te mides el
porcentaje de grasa corporal. De lo que estoy hablando es distinto de los
análisis actuales de triglicéridos y de colesterol. Puedes ir a que tu médico
te haga una revisión completa y que todo te salga bien, la prueba de
esfuerzo, el peso, el ritmo cardíaco y demás parámetros vitales, el sonido de
tus pulmones, incluso un análisis de sangre, pero tener al mismo tiempo una
proporción elevada de grasas en sangre que no se llega a detectar.
Lo que necesitan los médicos es tener a su disposición un análisis de
sangre sencillo que se pueda administrar sobre la marcha para determinar
los niveles de grasas en sangre, como los que se emplean para medir la
glucosa en sangre de los diabéticos. Debería formar parte de todas las
exploraciones físicas, de tal modo que el médico pudiera decir
inmediatamente:
—Oiga, ¿qué ha comido hoy? Tiene las grasas en sangre por las nubes. A
este paso va a desarrollar hígado graso, gota o una enfermedad cardíaca de
aquí a diez años, o incluso le puede dar un infarto.
Supongamos que Noah ha ido al médico a hacerse la revisión. Lo ideal
sería que el médico dialogara con él de este modo:
—Entonces, Noah, ¿qué cenó usted anoche?
—Fui a cenar a un restaurante y pedí pollo con brócoli.
—¿Y ayer a mediodía?
—Un bocadillo de pavo con pan sin gluten.
—¿Y el desayuno de ayer?
—Me tomé dos huevos con beicon, sin tostada, porque decidí pasar una
mañana sin carbohidratos.
Entonces, el médico le diría en confianza:
—Noah, me parece muy bien que no se haya tomado la tostada. Pero lo
que nos debe preocupar de verdad es la cantidad de grasas que toma en su
148
dieta. Un análisis de sangre sencillo muestra que tiene un nivel elevado de
grasas en la sangre, y lo que me cuenta de sus últimas comidas me indica
que ese nivel es elevado con regularidad. Así se le acabará privando al
hígado de oxígeno, lo que preparará el terreno para los trastornos y las
enfermedades. No tiene que comer trigo, ni debería, en realidad, aunque sí
debe plantearse el introducir en su dieta más fruta, además de otros
carbohidratos sanos, y más hortalizas o verduras verdes.
Así es como debería funcionar el mundo médico en el planeta Tierra. No
deberíamos preocuparnos exclusivamente del azúcar y de los carbohidratos,
hasta el punto de eliminar de la dieta alimentos tan vitales como la fruta.
Por desgracia, la culpabilización del azúcar como causa del hígado graso es
un grave error que se comete hoy día en el sector de la salud. Este error se
debe a que el azúcar nunca se come por sí solo. Siempre se come con
grasas, o muy poco antes o después que estas; y, además, estas son casi
siempre grasas malsanas. Y esto es lo que produce los problemas de salud.
La grasa es el problema. Nadie se come azúcar solo a puñados. Se lo echan
al café con leche. Lo toman en bollos, galletas y pasteles. Está en la salsa
barbacoa con la que acompañan la carne de cerdo a la brasa. Lo comen en
caprichos como un bastón de caramelo después de una comida de fiesta rica
en grasas. No reconocer que el azúcar se consume siempre con grasas es un
ejemplo notable de cómo funcionan con anteojeras tanto el sector de la
medicina convencional como el de la alternativa. Tienen una visión de túnel
que solo les permite ver el azúcar, y cuando una teoría se ve con esa
perspectiva limitada, es fácil que se convierta en ley.
Puedes concebir los papeles respectivos de las grasas y el azúcar con el
ejemplo siguiente. Imagínate que tú (el azúcar) vas en coche con una amiga
(la grasa) cuando, de pronto, esta se detiene delante de un banco, saca una
pistola y entra corriendo en el banco. Tú te quedarías paralizado un instante.
Por último, piensas un poco y saltas al asiento del conductor, en el mismo
momento en que tu amiga sale corriendo con un saco de dinero y lo arroja
por una ventanilla abierta. Cuando llega la policía, te ven al volante del
coche, dispuesto a huir, y cuando te juzgaran recaería sobre ti la culpa de
toda la operación, como si tu amiga no hubiera estado allí siquiera. Y si tú
no quieres que te carguen con un delito que ni planeaste ni cometiste, al
azúcar tampoco se le debe culpar de provocar el hígado graso.
149
MÁS DENSA QUE EL AGUA
La falta de oxígeno cambia mucho las cosas para el hígado, porque el río
de sangre que entra en el hígado procedente del sistema digestivo ya está
bajo de oxígeno para empezar. No es posible citar cuál es un porcentaje
normal de oxígeno de la sangre que entra en el hígado, porque depende de
lo que come la persona, de cuándo come, de cuánto tiempo lleva haciendo
una dieta determinada, de cuántos obstáculos se encuentra en forma de
toxinas, de la hora del día y del día de la semana. Todo valor que se quiera
citar como normal será arbitrario.
Una buena parte del resto de la sangre que entra por la vena porta
hepática debe filtrarse y procesarse porque está llena de toxinas, patógenos,
fármacos, minerales, vitaminas, enzimas, aminoácidos, antioxidantes, otros
fitoquímicos y nutrientes, grasas y más cosas. En el caso de muchas
personas, la cantidad de toxinas que entra es elevada, por lo que la tarea del
hígado resulta más dura. También sucede con frecuencia que la proporción
de nutrientes es baja, cosa que representa otro golpe para nosotros. Pero
estos dos factores resultan manejables siempre que la sangre sea lo bastante
clara. Pero he aquí de nuevo lo que asesta el último golpe al hígado: el nivel
alto de grasas en la sangre.
Las grasas ya espesan bastante la sangre de por sí, con la consecuencia de
que tiene un contenido de agua menor. Llegados a este punto, la persona
puede estar deshidratada crónicamente durante muchos años. Imagínate el
caso de una persona que apenas bebe agua, salvo el agua que se contiene en
una taza de café, en una lata de refresco, en una bebida energética, en el
vino, en la cerveza o en el té con cafeína. Cuando alguien se encuentra en
esta situación de no beber agua ni zumos frescos, la deshidratación es peor
todavía, con lo que la sangre se espesa todavía más. Así se abre la puerta a
los ictus, infartos, lesiones renales, tensión arterial alta, fatiga adrenal y
colesterol elevado, así como al agravamiento de los síntomas y trastornos
propios del sistema nervioso central.
¿Qué significa que el sistema nervioso central se ponga peor? Pues bien,
supongamos que tienes EM/SFC, hormigueos e insensibilidad, dolores y
molestias, problemas de equilibrio como el vértigo, el síndrome de las
piernas inquietas, la ansiedad o la depresión. Todos estos síntomas están
relacionados con el sistema nervioso central, y pueden agravarse cuando en
150
la sangre hay niveles de oxígeno más bajos y más altos de grasas. Lo que es
más importante todavía es entender que absolutamente todos los trastornos
autoinmunes que se pueden diagnosticar a una persona pueden agravarse
con niveles más altos de grasas en la sangre y más bajos de oxígeno. Esto se
debe a que los patógenos, que son la verdadera causa de los trastornos
autoinmunes, además de serlo de otras muchas enfermedades y problemas
de salud, pueden crecer, proliferar y expandirse cuando hay más grasas en
la sangre, con lo que la enfermedad se agrava. Sí, puede que notes mejoría
de tus síntomas cuando haces una dieta alta en grasas y baja en
carbohidratos, porque estás suprimiendo gluten, lácteos y alimentos
procesados que alimentan a los patógenos. Pero sigue sin ser la solución
para ponerte mejor al cien por cien. Mientras tanto, los médicos y otros
profesionales de la sanidad bienintencionados imponen a los pacientes
autoinmunes dietas altas en grasas y bajas en carbohidratos con la esperanza
de que estas pongan fin al proceso que ellos consideran que consiste en que
el cuerpo se ataca a sí mismo, sin darse cuenta de que el mayor contenido
de grasas en la sangre permite que prosperen los virus y las bacterias que
ellos no tienen controlados, con la consecuencia de que el lupus, el
Hashimoto, la artritis reumatoide y otros trastornos se agraven. Lo cierto es
que en la mayoría de los hígados grasos hay un patógeno que vive dentro
del hígado y que contribuye a su lentitud, y la presencia constante de grasas
altas en la sangre tampoco es buena para esto. La presencia cíclica de
niveles más elevados de grasas en la sangre también reduce todavía más los
niveles de oxígeno, envejeciendo poco a poco al hígado e incluso
matándolo, lo que a su vez también te envejece a ti rápidamente.
Toda dieta diaria aparentemente nueva, de moda, que se base en unos
niveles más altos de grasas como fuente de calorías principal sobrecargará
el hígado y podrá tener como resultado un estado de hígado pregraso o
graso, con independencia de que la persona haga o no ejercicio con
regularidad y de que mantenga un peso sano. Ni el ejercicio ni el peso son
determinantes de la presencia o ausencia del hígado pregraso o graso. Se
trata, más bien, de lo que tiene que afrontar el hígado en el río de sangre
que circula a través de él, y de lo mucho o poco que tenga que trabajar tu
hígado para protegerte el páncreas, el corazón, el cerebro y el resto del
cuerpo.
151
SACRIFICIOS PARA SOBREVIVIR
Nuestros hígados perciben lo que comemos. Aunque podrías pensar que
el estómago también, lo cierto es que no lo percibe. Tu estómago no tiene
inteligencia propia. No es más que una bolsa que recibe órdenes del
cerebro, con el que se comunica por medio de diversos nervios tales como
el nervio vago y otros menores. Tu estómago es una herramienta
importante, y tu hígado y tu páncreas lo respetan mucho; tu hígado lo trata
con muchas más atenciones que las que tenemos nosotros mismos con
nuestro estómago. Pero el estómago no es un órgano muy listo, ni tiene por
qué serlo. Si fuera listo, nos castigaría siempre que comiésemos los
alimentos que no debemos. Puede que eso fuera una buena cosa, en cierto
modo. Nos daría avisos al instante cada vez que comemos un alimento no
productivo, y nos premiaría cuando consumiésemos alimentos que nos
vienen bien. Pero entonces no tendríamos libertad; y el papel del estómago
es otorgarnos libertad. Mientras el hígado y el páncreas no dejan de ser
responsables, se supone que el estómago nos deja libertad de acción, porque
vivimos en un mundo difícil. Somos innumerables los que no contamos con
muchas opciones en cuanto a lo que comemos, ya sea por la región o por el
país en que vivimos o por nuestra falta de recursos. Por eso no nos castiga
el estómago. Sirve de amortiguador que nos protege, y el hígado y el
páncreas lo cuidan como el artesano cuida sus mejores herramientas en el
taller.
En cuanto entran grasas por la boca, en el alimento o bebida que sea, el
hígado empieza a expulsar bilis para poder disgregar esas grasas con la
mayor rapidez posible. En primer lugar, quiere dispersar las grasas para que
a nuestro sistema vascular le resulte más fácil la circulación de la sangre.
En segundo lugar, quiere aclarar la sangre antes de que esta llegue al
hígado. Si el hígado percibe que el contenido en grasas de una comida es
elevado, esta producción de bilis se vuelve extrema.
Y si esto sucede con frecuencia a lo largo del tiempo, el hígado empieza a
debilitarse, no es capaz de llevar a cabo el trabajo tan bien y, a consecuencia
de ello, estarán entrando en él continuamente grasas descontroladas y no
dispersadas. Como el hígado está dispuesto a hacer cualquier cosa para
protegerte a ti y proteger a tu páncreas, empieza a absorber esas grasas. Por
eso el hígado es la primera parte del cuerpo que se pone grasa o pesada.
152
Antes de que la persona empiece a desarrollar ningún problema de peso que
se pueda apreciar en su aspecto o por la cifra en la báscula, al hígado de la
persona le salen «cartucheras» o «michelines».
Cuando el hígado tiene estos problemas, el páncreas también se resiente.
Si tu hígado tiene dificultades del tipo que sean, tú estarás mucho más
propenso a la pancreatitis, y también te resultará más difícil recuperarte de
ella. Son muchas las personas que viven con problemas crónicos de
páncreas, y no me refiero solo a los diabéticos. Muchos individuos viven
con trastornos inflamatorios crónicos del páncreas, sean conscientes de ello
o no. Con cualquier problema de páncreas, el que sea, el hígado será
importantísimo para arreglarlo y para que puedas ponerte mejor, curarte y
recuperar la funcionalidad plena del páncreas.
El hígado que absorbe las grasas por haber vivido durante años con un
nivel alto de grasas en la sangre se debilita más, es incapaz de dispersar y
de eliminar las grasas como debe, y con esto se vuelve lento y empieza a
descomponerse. Queda comprometida su capacidad para extraer nutrientes
de la sangre, y muchos de estos nutrientes vitales pueden quedar
inaccesibles, atrapados en las células grasas. También resulta más difícil al
hígado recoger las toxinas y procesarlas para darles salida, de modo que
muchas acaban alojadas en la grasa que se almacena en el hígado y
alrededor del mismo, junto con los nutrientes citados. El hígado queda
aprisionado poco a poco por las grasas y se convierte en un hígado
pregraso, primero, y por fin en un hígado graso. Podemos evitar este
destino, o revertir su curso, si reducimos nuestro consumo de grasas, con
independencia del sistema de creencias dietéticas que sigamos, pues bajar
las grasas ayuda al hígado a fortalecerse y a mejorar la producción de bilis.
Contando con esa bilis mejor, capaz de disolver y de disgregar las grasas
para liberarte, tendrás una segunda oportunidad. También pueden ayudarte
en este sentido determinadas plantas medicinales y alimentos como el
jengibre. (Hablaremos más de ello en el capítulo 37).
Por lo demás, con la sangre espesa por los niveles altos de grasa, con la
producción de bilis debilitada y con las grasas de la sangre incapaces de
dispersarse, la intrusión de grasas que llega a raudales, sobre todo por la
vena porta hepática (así como por la arteria hepática, ya que el hígado no es
capaz de filtrar todo el exceso de grasas que le llega por la vena porta, por
lo que estas grasas vuelven a él más tarde), es equivalente a un alud en los
153
Alpes que atrapa a centenares de esquiadores en las laderas; con esto se
pueden comparar las funciones químicas que lleva a cabo tu hígado y que
quedan atrapadas por el alud del exceso de grasas. Cuando cae el muro de
nieve, algunos esquiadores podrán escabullirse y alejarse del peligro
esquiando, mientras que otros, impotentes, quedarán congelados para
siempre; lo que equivale a decir que el hígado luchará para que algunas de
sus funciones químicas más importantes se conserven intactas, expulsando
las sustancias químicas que pueda para salvarte. Sería parecido al caso en
que estuvieras esquiando con un niño cuando llegara el alud: tú harías todo
lo posible para poner a salvo al niño, impulsándolo hacia un lugar seguro, a
costa de sacrificarte tú mismo y quedar enterrado por la nieve. Uno de los
sacrificios que hace tu hígado puede ser el aumento de peso.
154
Capítulo 12.
El aumento de peso
155
alimentos y los emplea como fuente de energía. Decir a la gente que si
tienen dificultades para perder peso o para mantenerse en su peso es porque
tienen el metabolismo lento no es darles una respuesta verdadera; suele
conducir al desánimo, pues las personas se llevan la sensación de que han
nacido con cuerpos defectuosos y de que están condenadas a seguir así toda
la vida. La realidad es que muchos de los mecanismos por los que el cuerpo
gana o pierde peso siguen siendo un misterio para la medicina, y que el
metabolismo no es más que una etiqueta de conveniencia. Hay muchas más
cosas pendientes de saberse.
El vínculo tiroides-hígado
Ahora mismo está de moda achacar los aumentos de peso al tiroides.
Pero, como expuse detalladamente en mi libro Médico médium: la sanación
del tiroides, los problemas de tiroides no provocan aumento de peso. En los
Estados Unidos hay miles de personas, y en todo el mundo muchas más,
que tienen un trastorno de tiroides pero siguen manteniendo un peso que
llamaríamos medio. Es cierto que hay otras muchas personas con trastornos
de tiroides que ganan peso, ya sea mucho antes de que se les haga un
diagnóstico, o cuando se les hace, o más adelante. Pero esta correlación no
debe interpretarse como causa y efecto. No se debe culpar a la glándula, ya
tenga la persona hipotiroidismo, o tiroiditis de Hashimoto, o incluso si se le
ha matado o extirpado el tiroides.
Los profesionales de la sanidad empezaron a asociar al tiroides con los
problemas de peso porque se cree que el tiroides es el regulador del
metabolismo del organismo. Fíjate en que he dicho «se cree». Y
recordemos de nuevo que el metabolismo no es más que una teoría que se
ha repetido tanto que suena a cosa cierta. Los investigadores y la ciencia
156
médica tampoco entienden del todo cómo funciona de verdad el tiroides. De
modo que, si partimos del mito del metabolismo, y además lo combinamos
con los misterios del tiroides, obtenemos una ecuación que no nos puede
llevar a una respuesta concluyente. De dos misterios no puede salir una
certeza.
He aquí por qué se aprecia una correlación entre los problemas de tiroides
y el aumento de peso: porque los problemas de tiroides son víricos en más
de un 95 por ciento de los casos, y la infección vírica crónica debilita el
hígado y lo sobrecarga; en parte, porque el virus que provoca los problemas
de tiroides se aloja en el hígado en su viaje hasta el tiroides. Cuando el
hígado resulta dañado por la actividad vírica y sobrecargado con los
residuos de la misma, ya no es capaz de filtrar como debe, lo que acaba por
conducir al aumento de peso (examinaremos el modo con mayor
profundidad en las páginas siguientes). Las fluctuaciones de la temperatura
corporal, la niebla mental, el aumento de peso en la parte media del
cuerpo... aunque se nos ha hecho creer que todo ello se debe al tiroides, lo
cierto es que llevan el sello del hígado. Si has sufrido un trastorno de
tiroides y un problema de peso al mismo tiempo, es porque ambos son
síntomas del mismo problema vírico subyacente. No es el tiroides en sí lo
que provoca el aumento de peso. (Puedes leer mucho más sobre este tema
en Médico médium: la sanación del tiroides).
El vínculo suprarrenales-hígado
Se está prestando mucha más atención a las glándulas suprarrenales que
hasta hace pocos años. Eso es estupendo en algunos sentidos. Significa que
se están tomando más en serio las dificultades de los pacientes, y que las
comunidades médicas están más motivadas que nunca para reconocer el
carácter interconectado del organismo humano. Debemos felicitar a los
profesionales de la sanidad comprometidos y que buscan por todas partes
las ideas que les parece que pueden ser beneficiosas para sus pacientes.
Pero debemos tener cuidado a la hora de tomar otra parte de nuestra
anatomía, las glándulas suprarrenales, que todavía no entienden plenamente
los investigadores y la ciencia médica, y de acogernos a su misterio para
meter en su cajón todo lo que podamos. ¿La fatiga? ¿Las dificultades para
centrarse? ¿La depresión? ¿La ansiedad? ¿El insomnio? Según algunas
157
tendencias modernas, se puede achacar todo ello a las suprarrenales. Como
las glándulas suprarrenales todavía se están estudiando, parece que se les
puede atribuir tranquilamente cualquier problema de salud. El aumento de
peso es una cosa más entre tantas que se están metiendo en el cajón de las
suprarrenales. La fatiga adrenal, el cortisol elevado, el colesterol alto, el
desequilibrio hormonal... Se está acusando a todo ello de ralentizar el
metabolismo de la persona, que por eso sigue teniendo un «michelín» con
independencia de que haga ejercicio o no. Esta teoría no es exacta. Estamos
ante otra situación en la que se da una correlación verdadera, pero sin la
relación de causa y efecto que parece existir. Y tampoco se trata de una
desaceleración del metabolismo, porque en realidad el metabolismo no
explica el aumento ni la pérdida de peso.
Lo cierto es que es el nivel excesivo de adrenalina que tenemos lo que
pone en marcha una reacción en cadena que puede conducir al aumento de
peso. Esta reacción se inicia por el estrés y por la sobreestimulación a que
estamos sometidos en nuestras vidas agitadas. Como verás con detalle en el
capítulo 19, «Los problemas de las glándulas suprarrenales», cuando tus
valiosas glándulas suprarrenales segregan niveles altos de adrenalina, tu
hígado pone en marcha un proceso de protección notable. Para protegerte
de los efectos corrosivos excesivos de la adrenalina, el hígado la absorbe
como una esponja; y va un paso más allá, pues se sirve de hormonas viejas,
almacenadas, a modo de cebo y de trampa para desactivar las nuevas. Se
produce así un compuesto hormonal combinado; y, si el hígado no está en
un perfecto estado de forma, no es capaz de expulsarlo todo. En vez de ello,
debe conservarlo; y, como verás en el apartado siguiente, cuando el hígado
tiene demasiadas cosas que guardarse, la consecuencia suele ser el aumento
de peso.
EL ALMACENAMIENTO EN EL HÍGADO:
LA PIEZA QUE FALTA
En realidad, el aumento de peso es, en último extremo, una cuestión de la
rapidez o de la lentitud con que te funciona el hígado. No quiero decir con
esto que debas culpar a tu cuerpo por ser «defectuoso». No es una cuestión
de haber heredado genéticamente un hígado perezoso o más vigoroso. Es
158
una cuestión de lo que ya hemos repetido muchas veces en este libro: de lo
que tiene que afrontar tu hígado.
Cuando una persona puede comerse todas las galletas que quiere sin
ganar un gramo, no es porque tenga el metabolismo rápido. Es porque tiene
un hígado que todavía no ha llegado al límite de su capacidad de almacenar
grasas o veneno y que, por tanto, funciona a un ritmo más rápido. Eso no
quiere decir que no tenga el hígado sobrecargado o sobreestresado. Aunque
estés delgado, se te puede estar desarrollando una enfermedad de hígado o
una complicación hepática que te provoca síntomas como la hipertensión
arterial, el acné o la ictericia. El peso depende del departamento de
almacenamiento de alborotadores del hígado; en el caso de la persona que
come todo lo que quiere sin ganar peso, este departamento no se ha visto
comprometido todavía.
Un almacenamiento de grasas comprometido no significa
automáticamente que el problema sea la dieta. Si bien el comer muchos
alimentos ricos en grasas puede ser, sin duda, un factor determinante para
una persona dada, también hay que tener en cuenta otros. Cualquier cosa
que sobrecargue el hígado puede ser un factor. Entre estas cosas pueden
figurar los metales pesados tóxicos, el DDT y otros pesticidas, los
herbicidas, fungicidas, disolventes, plásticos, sustancias químicas
industriales y otras toxinas; si se han acumulado en el hígado cualquiera de
estas, estarán ocupando un valioso espacio de almacenamiento, lo cual
puede resultar problemático si se amontonan hasta un punto determinado.
(En el capítulo 36 podrás ver una lista de los alborotadores del hígado).
También se producen daños víricos y bacterianos. Un virus que debe ser
tristemente célebre por el modo en que perturba el funcionamiento del
hígado es el de Epstein-Barr, que es el virus que causa los problemas de
tiroides, la fibromialgia, la artritis reumatoide, el lupus, la borreliosis de
Lyme, el EM/SFC, la sarcoidosis, la fibrosis quística, el síndrome de
Ehlers-Danlos, y muchas cosas más. El VEB tiene un período de
anidamiento en el hígado, durante el cual puede perforar el tejido y
cicatrizarlo, volviéndolo lento y deteriorando una parte de su capacidad de
almacenamiento. Además, el VEB emite venenos, excretando residuos en
forma de subproductos, neurotoxinas, dermotoxinas y cadáveres víricos que
dan al hígado más cosas que procesar; y, cuando está demasiado
159
sobrecargado para llevar a cabo ese procesamiento, más desechos debe
guardarse dentro para protegerte a ti.
Otro factor es la situación de exceso de adrenalina y de cortisol que
estudiaremos en el capítulo 19, «Los problemas de las glándulas
suprarrenales». Cuando el hígado ha intervenido y ha solucionado las cosas
con las hormonas viejas que se asocian a las nuevas y las neutraliza (un
proceso que está por descubrir), se puede acumular en el hígado tal cantidad
del compuesto hormonal combinado que el órgano se queda sin espacio en
sus depósitos de almacenamiento habituales.
Por último, debemos considerar también los daños que puede provocar al
hígado la adrenalina descontrolada. A veces, en épocas de estrés alto o
prolongado, o cuando las suprarrenales están sobrecompensando algo que
marcha mal en otra parte, como puede ser un nivel bajo de hormonas
tiroideas, las suprarrenales pueden inundar el cuerpo con tanta adrenalina
que no es posible neutralizarla toda. Este exceso de adrenalina activa es
mala para el hígado; puede tener sobre él un efecto casi como de encurtirlo,
sobre todo si la persona también está comiendo mucha sal y consume
bastante vinagre, en los aderezos de las ensaladas, por ejemplo, y toma un
poco de alcohol, como puede ser un vaso de vino por la noche. Cuando
tenemos problemas con la adrenalina se nos ralentiza el hígado, y se
encuentra con todavía más cosas pendientes de almacenar.
Lo ideal sería que el hígado se encontrara en un estado de forma que le
permitiera procesar con facilidad las grasas, las toxinas y las hormonas,
neutralizando las toxinas y librándose de ellas y conservando solo las grasas
y las hormonas de alta calidad que pueden ser útiles más adelante para tu
organismo. La realidad es que, en el caso de la mayoría de las personas, el
hígado tiene demasiado que hacer. Mientras le llega un río de sangre, su
cadena de trabajadores de los lobulillos hepáticos se apresura para procesar
y empaquetarlo todo, lo bueno, lo feo y lo malo. Si hay demasiado de lo feo
y de lo malo, los trabajadores llegan a estar demasiado cansados y
abrumados para ocuparse de todo lo que les va llegando, y la segunda
opción del hígado para protegerte es almacenar lo sobrante. Pero buscarle
un sitio a todo (mientras el hígado solo se mueve a ritmo lento) se convierte
en un desafío.
Es frecuente que el hígado tenga que amontonar los excesos de células
grasas, hormonas y compuestos hormonales, venenos y sustancias de
160
desecho tóxico en unos mismos compartimentos; donde haya sitio, aunque
sea en los depósitos de almacenamiento que debían servir para los
nutrientes, si es necesario. Almacenar juntas de esta manera las cosas
buenas con la basura no es la política normal del hígado. Es lo que se ve
obligado a hacer en las situaciones más apuradas, para adaptarse y para
protegerte; para impedir que las grasas lo superen y se te acumulen en las
arterias y en el corazón; para impedir que se forme colesterol; para impedir
la resistencia a la insulina que puede conducir a la diabetes, y muchas cosas
más. El hígado, forzado hasta el límite, se vuelve más débil y más lento con
el tiempo. Sus procesos protectores se descomponen.
161
kilos. No es que la dieta y el ejercicio «arreglen» el metabolismo. Insisto:
esto no tiene nada que ver con el metabolismo.
La persona puede presentar un buen aspecto externo pero tener el hígado
al borde de la lentitud, pues se le han empezado a acumular en él depósitos
de grasa que cobran forma. Con el tiempo, las personas suelen llegar al
punto en el que se da un cambio repentino y empiezan a aumentar de peso a
pesar de que no han cambiado su forma de vida para nada; y a partir de
entonces, alguien puede decirles: «Tienes el metabolismo lento». Este es el
punto al que han llegado más del 50 por ciento de las personas que luchan
con su peso: aquel en el que hacer ejercicios vigorosos y cuidar lo que
comen no les basta para impedir que les vaya subiendo la cifra que marca la
balanza.
En estos casos de problemas de peso misteriosos, el hígado se ha vuelto
tan lento que necesita una ayuda curadora extraespecial. El hígado se ha
sobresaturado con el exceso de células grasas, los residuos patógenos, el
exceso de adrenalina y/o las toxinas. Cuando el hígado se encuentra en este
estado, ya no es capaz de procesar las grasas tan bien como debe, y las
células grasas se empiezan a acumular en él a una tasa mayor. El hígado se
queda tan congestionado internamente que se acumulan a su alrededor, y se
va desarrollando el hígado pregraso, primero, y después el hígado graso.
Entonces empiezan a acumularse las células grasas en el tracto intestinal y,
por fin, se saturan el corazón y las arterias. Puede darse un aumento del
nivel de A1C, además de un diagnóstico de prediabetes. Empieza a
quedarse la grasa en la cintura.
Este es el aspecto del aumento de peso relacionado con las células grasas.
Si todos fuésemos por ahí con el hígado en la mano, veríamos cuántas
personas tienen el hígado pregraso o graso. Pero juzgamos a la gente por su
aspecto externo, y por ello las personas más delgadas suelen pensar que está
justificado decir que alguien es «gordo», sin sospechar que, si nos
guiásemos por el aspecto interno, también a sus propios hígados podría
aplicárseles la etiqueta de «gordos» o de «grasos»; solo que todavía no se
les están manifestando los efectos externamente.
Cuando a alguien se le llama «gordo» porque está pesado en su figura
externa, o cuando una persona se considera gorda a sí misma, lo más
frecuente es que las grasas no sean más que una parte de lo que está
volviendo a esa persona más pesada de lo que le gustaría ser. El aumento de
162
peso, y más especialmente el aumento de peso inexplicable, tiene otro
aspecto, que es la retención de líquido. Si llevas encima 30 kilos de peso de
más, a pesar de todos tus esfuerzos, es muy probable que solo 20 de esos
kilos sean de grasa corporal, y que los otros 10 kilos sean líquidos que se
está guardando tu cuerpo. Este linfedema no diagnosticado se debe a que a
tu sistema linfático se le está obligando a servir de filtro en lugar de tu
hígado. El hígado debe ser el filtro de los macrorresiduos, mientras que el
sistema linfático debe dedicarse a procesar los microrresiduos. Pero cuando
el hígado está forzado, se le escapan más residuos. El lodo resultante que se
pasa al sistema linfático es más espeso de lo que este está preparado para
afrontar, de modo que los vasos y los conductos linfáticos se obstruyen. El
fluido linfático no puede fluir como debería en circunstancias normales, y la
consecuencia es que el sistema linfático intenta forzar el paso de la linfa
alrededor de los bloqueos. Empiezan a acumularse bolsas de fluido
linfático, lo que conduce a la retención de fluidos. El mero hecho de saber
esto es una de las claves para avanzar.
MISTERIO RESUELTO
Y ¿qué hay de las personas de 80 o 90 años que siguen siendo delgadas,
sin causa aparente? ¿En qué se distinguen de los demás esos pocos? Se
rumorea que esto se debe a que tienen buenos genes, o metabolismos
robustos... y los rumores se equivocan. Cuando una persona ha sido capaz
de tener a raya su peso de manera natural durante toda una vida es porque
nunca ha forzado a su hígado más de la cuenta. El hígado de esa persona no
ha llegado a estar nunca saturado de venenos, virus, metales pesados
tóxicos, patógenos de diversas cepas y mutaciones, plásticos, drogas y
fármacos, pesticidas, herbicidas, fungicidas, disolventes y otras sustancias
químicas tóxicas, dioxinas y volúmenes extraordinarios de grasa. Esa
persona ha mantenido una producción fuerte de bilis, con sales biliares
activas y vitales, llenas de vida enzimática. Las grasas, los patógenos no
autorizados y los venenos que haya tenido que afrontar su hígado a lo largo
del tiempo no han bastado para desnivelar la balanza.
Si comparamos el caso de una familia con varias generaciones que han
tenido que luchar contra el peso, con el de otra familia que se ha mantenido
delgada a lo largo de las generaciones, entonces, sí, puede darnos la
163
impresión de que la explicación se encierra en los genes. ¡Puede parecer
que a la segunda familia le ha tocado el premio en la lotería genética! Pero,
si bien los genes desempeñan muchos papeles importantes en nuestras
vidas, no son la respuesta en este caso. Lo cierto es que aquí interviene una
herencia importante pero distinta: las toxinas del hígado. Las personas que
no tienen nunca dificultades con su peso heredaron de sus antecesores
menores niveles de venenos que el resto de nosotros. Puede que su abuela
no fuera partidaria de usar DDT, como sí lo eran el noventa y nueve por
ciento de sus vecinos. Puede que el padre no trabajara en una fábrica. Los
miembros de la familia tenían menos saturado el hígado, y, como
consecuencia, los hijos llegaron al mundo con una carga menor y con
menores probabilidades de tener que afrontar el aumento de peso. No fue
nunca una cuestión de genes. (Puedes leer mucho más acerca del juego de
la culpabilización de los genes y del mito del metabolismo en mi libro
Médico médium: la sanación del tiroides).
Existen bastantes casos de hermanos, que son los miembros de la familia
que tienen más semejante el ADN, que han tenido vivencias radicalmente
distintas en cuanto al peso, demostrando así que el peso no es solo una
cuestión de genes. Un hermano podía tener un contenido altísimo de
metales pesados tóxicos y llevar una carga familiar mayor, mientras que el
otro tiene la carga vírica en estado latente y no porta tantos metales pesados
tóxicos, lo que se traduce en que uno aumenta de peso y el otro no. No
debemos olvidar que cada persona es diferente.
El aumento de peso no debe recibirse con una sensación de fatalidad ni de
destino cruel, ni tampoco con juicios de valor. Lo de pensar tanto en matarte
de hambre, en hacer ejercicio como loco o en maldecir tu herencia familiar
ya deben ser cosas del pasado para ti. Conectarte con la verdad de que una
buena parte del exceso de peso es, en realidad, un exceso de líquidos puede
resultarte increíblemente liberador. Significa que perder peso no es una
cuestión penosa de quemar calorías. Es una cuestión de abrir la presa para
que pueda fluir ese peso y marcharse. Debemos recordar también que esas
células de grasa adicionales que lleva a cuestas una persona no suelen
deberse a una vida a base de comida rápida y de estar tirado en el sofá.
Puede suceder que la persona haga ejercicio todos los días y que solo coma
raciones moderadas de los alimentos que se consideran más sanos, pero que
la grasa corporal se le acumule porque el VEB u otros de los diversos
164
alborotadores del hígado le hayan representado un obstáculo a él o a su
hígado.
La próxima vez que veas a una persona con exceso de peso, o que te
mires a ti mismo en el espejo con desaprobación, prueba lo que es borrar
ese estigma y dar fe de la verdad. No pienses inmediatamente en la cinta de
correr; practica, más bien, la compasión. Recuérdate a ti mismo que el
exceso de peso no es culpa de nadie y que el peso no es una fatalidad
ineludible. Hay un camino hacia adelante, y se encuentra conociendo la
verdad: que curar el hígado, y que abordar los factores que lo sobrecargan
desde un primer momento, como la carga vírica, la sobrecarga suprarrenal y
la exposición a los tóxicos, son las claves verdaderas de la pérdida de peso.
165
Capítulo 13.
El hambre misteriosa
166
teoría de que la persona puede querer comer constantemente por la
incomodidad que le produce el reflujo ácido.
No nos equivoquemos: estas, de momento, no son más que teorías,
posibilidades no demostradas que se sacan a la luz con la esperanza de dar a
los pacientes la sensación de que tienen una respuesta, aunque no sean
verdaderas respuestas. Entre todas las teorías citadas, la más antigua de
todas es la de que es cosa psicológica y «lo tienes todo en la cabeza». Es,
además, uno de los diagnósticos más dolorosos cuando lo recibes; te puede
hacer pensar que estás reñido con tu propia mente. La comida no es de esas
cosas que podemos suprimir de nuestras vidas por completo; y, por ello, el
desafío de limitarse a comer menos sin atender al tirón constante de nuestro
estómago, que nos pide más, puede parecernos insuperable. Pero tampoco
podemos descartar los trastornos alimentarios. Es cierto que algunos
comemos de más para acallar nuestras emociones difíciles, y que los
alimentos, los traumas y las adicciones pueden complicarse entre sí. Pero
este no es el cuadro completo. Deja de lado una necesidad fisiológica
trascendental que desempeña un papel importante en el desencadenamiento
inicial del impulso de comer en exceso. Es la misma necesidad fisiológica
que provoca el hambre misteriosa cuando no interviene la adicción a la
comida: un hígado hambriento.
167
en gran medida del estado del hígado de su madre, y el hígado de la madre
desempeña un papel fundamental en la labor de administrar nutrientes
preparados cuidadosamente y muy asimilables al hígado de su hijo, que
identificará y asimilará entonces los nutrientes y los empleará para el
desarrollo de las células hepáticas. (Puedes leer más acerca de los hígados
de los bebés y de los niños en el capítulo 28). Es el hígado de la mujer, que
pide glucosa para alimentar a su hijo, lo que la impulsa a estar comiendo a
todas horas.
No son solo las embarazadas las que necesitan azúcar natural para
alimentar al hígado; todos necesitamos CLF. Son muchas las personas que
tenemos que afrontar niveles bajos de reservas de glucosa y de glucógeno,
por lo que nuestros hígados, e incluso nuestros sistemas nerviosos, pasan
hambre y nos transmiten esa hambre a nosotros. Cuando tenemos bajas las
reservas, también se nos entorpece el corazón, los riñones, el sistema
reproductor y el bazo, aunque el hambre se encuentra en el hígado y en el
sistema nervioso, sobre todo en el hígado. (En lo que se refiere al sistema
nervioso, tu cerebro necesita glucosa en los momentos de crisis, y pide al
hígado que libere la glucosa para protegerse y aliviarse).
168
la falta de glucosa del hígado por estar combatiendo al VEB. También
muchas personas con hipotiroidismo tienen que luchar con el hambre
misteriosa, por esa misma causa vírica.
Vale la pena observar, entre paréntesis, que la pérdida de peso que puede
acompañar al hipertiroidismo no se debe a que una producción excesiva de
hormonas tiroideas afecte a la tasa metabólica, que es la explicación actual
que dan los médicos. En realidad, la pérdida de peso se produce porque
determinadas variedades del VEB causante del hipertiroidismo liberan
venenos que son alergénicos para el organismo, provocando un flujo
constante de adrenalina que tiene el efecto de una anfetamina y hace que el
cuerpo de algunas personas pierda kilos. En realidad, la mayoría de las
personas con hipertiroidismo tienen que afrontar, más bien, un aumento de
peso, hecho que desconcierta a las comunidades médicas. Y casi todas las
personas que en un principio tienen falta de peso y se les diagnostica
metabolismo acelerado por sí solo, o hipertiroidismo con el metabolismo
acelerado, terminan por ganar peso en una época posterior de sus vidas.
Una persona puede mantenerse delgada durante diez, veinte, treinta años o
más, y por último, cuando tiene unos cincuenta, la carga que ha llevado su
hígado durante todos estos años se hace notar por fin. Puede que a alguien
le digan: «Su metabolismo se ha ralentizado con la edad», cuando la
realidad es que el hígado se le ha obstruido... y se le puede desobstruir si la
persona aprende a trabajar a su favor.
Cuando alguien siente hambre misteriosa y tiene, además, exceso de peso,
suele ser señal de que tiene el hígado en estado pregraso o graso. En este
caso, las células grasas sobrantes que se han acumulado en el órgano y
alrededor del mismo producen estrés al hígado, obstaculizando su
capacidad para almacenar glucosa. Puedes repasar lo relacionado con el
hígado pregraso y graso en el capítulo 11.
Si una persona está falta de peso o en su peso normal y tiene hambre
constante, es muy probable que esté contribuyendo a ello un exceso de
adrenalina. Las subidas de adrenalina, ya se deban a la sobrecarga de tareas,
a las dificultades emocionales o al pasarse horas sin comer, saturan el
hígado y deterioran su capacidad para acumular reservas de glucosa,
haciendo pasar hambre, en esencia, a los lobulillos hepáticos, que trabajan
duro y que necesitan combustible. Resulta especialmente importante este
último factor, el de saltarse comidas, porque es el que mejor podemos
169
controlar. Pasarte medio día sin comer no es un modo de demostrar lo que
vales ni de sobreponerte al hambre; es un modo de hacerte tener más
hambre, tanto en ese momento como a largo plazo. Cuando no comes con la
frecuencia suficiente, te cae el azúcar en sangre; y, a falta de reservas de
glucosa, tus glándulas suprarrenales bombean un exceso de adrenalina para
compensar. Tu hígado se ve forzado a absorber el exceso de adrenalina, y
cuando comes por fin, tienes el hígado demasiado saturado para poder
guardar la glucosa que necesita. Puede que no te sientas nunca saciado
aunque te llenes el estómago; o bien, aunque lo sientas de momento, el
hambre no tardará en acosarte de nuevo. Así se explica también por qué las
subidas de adrenalina de otro tipo pueden contribuir al hambre misteriosa.
Aunque estés comiendo con regularidad, si estás teniendo reacciones
constantes de lucha o huida, el hígado se te llenará de adrenalina, y este
órgano no tendrá la posibilidad de reabastecerse con la glucosa de tus
comidas.
Suele suceder que las personas que están atravesando una crisis
emocional como la producida por la pérdida de un ser querido o por una
ruptura dejan de comer, y que la comida es lo último en lo que piensan,
mientras la adrenalina los consume en su dolor, su pena y su sufrimiento.
Yo lo he visto suceder muchas veces a lo largo de las décadas, y es probable
que tú lo hayas visto también. Es descorazonador. Con el paso del tiempo y
con el curso de la vida es frecuente que la situación se invierta y que invada
a la persona un hambre insaciable durante cierto tiempo, porque el hígado,
después de toda el hambre que ha pasado, está pidiendo alimento a gritos.
Una persona puede tener al mismo tiempo los tres factores de estrés del
hígado que contribuyen al hambre misteriosa: la actividad patógena, el
hígado pregraso o graso, y exceso de adrenalina. En tal caso, el hígado está
todavía más necesitado de reservas de glucosa. De modo que estos serían
algunos de los primeros pasos para abordar el hambre misteriosa: reducir la
carga vírica o bacteriana; cuidar las suprarrenales (puedes leer más acerca
de ambos temas en los libros anteriores de la serie Médico médium) y
ayudar al hígado a desprenderse del exceso de grasa (véase el capítulo 38,
«El Rescate del Hígado 3:6:9», y el capítulo 39, «Recetas de rescate del
hígado»), con independencia de que consideres que tienes un problema de
peso o no. Y también está la medida fundamental de dar a nuestros hígados
la glucosa que necesitan.
170
OBSTÁCULOS A LA GLUCOSA
Se nos hace creer erróneamente que introducimos en nuestro organismo
más glucosa de la real. Al fin y al cabo, ¿acaso no estamos oyendo decir
constantemente que en la sociedad de hoy comemos demasiado azúcar y
demasiados carbohidratos? Una porción de tarta de manzana, cacahuetes
tostados con miel, un sándwich con tomate maduro y jugoso y pan
integral... ¿No estamos dando constantemente a nuestro hígado fuentes de
su precioso azúcar sencillo, la glucosa? La verdad es que los azúcares que
comemos solo nos sirven si están desinhibidos; para que nuestros hígados
se beneficien de la glucosa que ingerimos, esta debe estar libre de grasas
que dificulten su absorción. Cuando comemos con el azúcar grasas
radicales, el hígado, por mucha hambre que tenga, no es capaz de
reabastecer sus reservas de glucosa, porque la grasa desactiva su capacidad
para separar el azúcar.
Un ejemplo claro de combinación de alimentos que contribuye a explicar
el hígado hambriento son las costillas de cerdo cubiertas de salsa barbacoa a
la mermelada de naranja. Con todo el azúcar que contiene esa salsa, no va a
servir para nada a tu hígado, ni siquiera la glucosa de alta calidad que
procede de las naranjas de la mermelada, porque la grasa del cerdo bloquea
su absorción. Tiene prioridad la responsabilidad de tu hígado de protegerte
el páncreas (así como el cerebro y el corazón), y el hígado dedica su
trabajo, en cambio, a disgregar las grasas radicales, e incluso a guardarse
una parte de las mismas si es necesario para bajarte los niveles de grasas en
sangre. Lo mismo puede decirse de un sándwich de jamón y queso: a causa
de los niveles de grasas en el jamón y en el queso, la lactosa (el azúcar de la
leche, compuesto parcialmente de glucosa) que se concentra en el queso no
es accesible para reabastecer las reservas de glucosa y de glucógeno. Los
elementos de construcción de glucosa de los carbohidratos del pan tampoco
pueden beneficiar al hígado, debido a lo que se encuentra entre las
rebanadas de pan. En el caso de la tarta de manzana, lo que bloquea a los
azúcares preciosos de las manzanas y les impide reabastecer el hígado es,
en función de la receta, la mantequilla, la manteca, la materia grasa o el
huevo de la costra. En los cacahuetes tostados a la miel, lo que impide que
los azúcares vitales de la miel aprovisionen las reservas de glucosa del
hígado es el contenido elevado de grasas de los cacahuetes mismos y el
171
aceite con el que se han tostado. En el sándwich, la grasa de la mayonesa y
del beicon es lo que estorba a los azúcares preciosos del tomate. Son
oportunidades que se pierde el hígado de recibir un buen empujón de las
fuentes de glucosa de tus comidas y aperitivos. Si esto solo sucede de
cuando en cuando o por poco tiempo, no tiene gran importancia. Si es año
tras año y década tras década, sí que se vuelve muy importante. La
combinación repetida de grasas con azúcar frustra la maña y la perspicacia
que necesita tu hígado para ordenar, separar, organizar y catalogar todos los
elementos que necesita para tu supervivencia.
El problema no solo es el comer grasas y azúcar a la vez. Comer grasas
continuamente a lo largo del día también puede obstaculizar la absorción de
la glucosa, porque muchas grasas permanecen en la sangre durante algún
tiempo. Aunque te comas, por ejemplo, una ensalada César con pollo al
mediodía y te esperes hasta las dos para comerte una manzana, las grasas
restantes de la ensalada seguirán en tu torrente sanguíneo, y los azúcares
naturales de la manzana no podrán brindar tanta ayuda a tu hígado como si
te la hubieras comido sin tener grasas radicales en la sangre.
Concretamente, las grasas de los derivados del cerdo se tardan en dispersar
de 12 a 16 horas desde que se comen; las grasas de otros productos de
origen animal tardan de 3 a 6 horas, y las grasas vegetales tardan de 1 a 3
horas. Este es el motivo desconocido (que no conocen ni los expertos que
diseñan las dietas) por el que se empieza a incorporar más grasas vegetales
en las dietas altas en grasas y altas en proteínas. Lo que observan los
médicos es que los pacientes tienen mejores resultados de salud cuando
algunas de sus fuentes de proteínas proceden de los aguacates, los frutos
secos, las semillas y el coco. No se dan cuenta de que se debe a que estas
grasas vegetales se dispersan al cabo de entre una y tres horas, lo que
permite que lleguen hasta el hígado los azúcares más vitales, como los que
nos da una manzana que comemos a media tarde. (Por cierto, las manzanas
son unos miembros vitales de la familia de los CLF, y son uno de tus
mejores aliados. Llevan incorporada dentro información codificada durante
miles de años, y por ello se imponen sobre cualquier otra cosa que comas
con ellas para realizar su trabajo, al menos en parte).
El alcohol es la trampa mayor para la glucosa. En cuanto tu hígado
prueba el alcohol, lucha de-
sesperadamente por emplear los azúcares de este para llenar sus reservas de
172
glucosa y de glucógeno. Al mismo tiempo, tu hígado debe absorber el
alcohol para protegerte, lo que se opone a la capacidad de tu hígado para
extraer el azúcar y para funcionar en general. ¿Te acuerdas de los elfos de
los lobulillos hepáticos de los que hablamos en la primera parte? Estos
elfos, que tienen el tamaño de un grano de arena grueso, no tienen
tolerancia al alcohol. El azúcar adulterado, metilado y homeopático del
alcohol los intoxica al instante. Pero el alcohol es un cebo. Cada trago de
alcohol es como un espejismo que nos ofrece saciarnos desde el horizonte;
ofrece a los elfos un azúcar potente, y ellos siguen pidiendo más a gritos
aunque en realidad no serán capaces de usarlo.
Saber esto puede ayudarnos a entender las ansias de alcohol. La persona
que evita comer carbohidratos pero está acostumbrada a tomar vino por la
noche se siente atraída por ese vino porque es la ocasión que tiene el hígado
de intentar hacerse con algo de glucosa. Como el alcohol impide al hígado
absorber el azúcar, las reservas de glucosa no se reponen nunca, y el hígado
vuelve a transmitir esa ansia al día siguiente. La adicción al alcohol solo es
en parte una adicción al alcohol mismo; puede ser un signo muy claro de
que el hígado tiene hambre de glucosa.
RESPONDER A LA LLAMADA
Aparte de atender a los problemas de hígado subyacentes, el mejor
planteamiento para despedirse del hambre constante es dar de comer a tu
hígado... y a ti mismo. Come con frecuencia (cada hora y media o dos
horas) y come bien, con el objetivo de reabastecer tus reservas de glucosa y
de glucógeno. Ten en cuenta que el alcohol no contará para el
reabastecimiento de glucosa. Consulta las indicaciones que he dado antes
sobre el tiempo de digestión de las grasas para prepararte unas horas al día
en que estas grasas no te vayan a estorbar la absorción de glucosa, y durante
ese período elige algunos alimentos del capítulo 37 o aperitivos del capítulo
39 para dar a tu hígado precisamente lo que ansía. Una técnica que puede
ser de gran ayuda es abstenerse de consumir grasas hasta bien entrado el
día, como en la Mañana de Rescate del Hígado que se describe en el
capítulo 38.
Y recuerda: tu hambre no es una cosa que debas vencer. No es un defecto.
Es una llamada de tu hígado, que te pide ayuda; y ahora sabes exactamente
173
cómo debes dar respuesta a esa llamada y cómo volver a sentirte saciado.
174
Capítulo 14.
El envejecimiento
175
desacelerar nuestro envejecimiento. Es la fuente que contiene los secretos,
los antiguos secretos que nosotros creemos que están en el cosmos o que
están ocultos en algún lugar de la Tierra, pero en realidad se esconden
dentro de nosotros.
¿Se trata de la máquina del tiempo mágica de la humanidad para volver al
ayer? No es ningún invento fantástico del futuro. ¿De la fuente de la
juventud? Tampoco es una fantasía histórica. Llámalo máquina del tiempo,
fuente de la juventud o como quieras, pero todos la tenemos ya; es una parte
antigua de nuestro ser. Es más real de lo que te puedes figurar y lleva
esperando con paciencia dentro de ti desde antes de que nacieras, dispuesta
a entrar en acción. Es un pozo de vida renovada, un lugar sagrado de
rejuvenecimiento. Guarda en sí las respuestas, el poder, la verdad; guarda la
juventud. Es el origen de la longevidad y del proceso de inversión de la
edad. Tu hígado: lo es todo en lo que se refiere a preservarte a ti mismo.
Si lo manejamos mal, puede volverse contraproducente. Si lo manejamos
con ignorancia, con desconocimiento y con temeridad, lo podemos obligar a
funcionar en modo de supervivencia. No te traicionará. No te dará una
puñalada en la espalda. No te abandonará. No te arrancará el corazón. No te
envejecerá ni te hará parecer más viejo intencionadamente. No se apartará
de ti porque es débil y desleal. El hígado solo se apartará de ti para cuidarse
lo poco que le queda después de un largo tiempo de funcionar con lentitud o
incluso de malos tratos, y cuando, desesperado, dedica sus recursos a
proteger otros aspectos de tu ser físico y a mantenerte vivo. Un trastorno
corriente es que la piel se vuelve flácida o descolorida y pierde su
elasticidad, y, como otros síntomas del envejecimiento temprano, es señal
de que el hígado va perdiendo poco a poco sus diversas funciones químicas.
Si envejeces más deprisa y si tienes un aspecto avejentado es por un buen
motivo: para librarte de un destino mucho peor. Tu hígado, si llega al punto
de darse cuenta, con su base de datos inteligentísima de funciones químicas,
de que no se le está dando lo que necesita para mantenerse sano y para
mantenerte joven a ti, dedicará sus últimas reservas a protegerte el cerebro,
el corazón y el páncreas con todas sus fuerzas.
El modo en que cuidamos nuestro hígado determina nuestra salud,
nuestro proceso de envejecimiento y una buena parte de nuestro bienestar
mental, físico e incluso emocional a medida que nos hacemos mayores. Las
personas emplean muchos métodos distintos para cuidarse la salud, aunque
176
no suelen considerar que vayan dirigidos expresamente al hígado. Van al
spa para que les den un masaje y un tratamiento de envoltura de algas;
hacen limpiezas dietéticas y toman vitaminas y otros suplementos; van al
médico para que les haga chequeos; y algunas de estas cosas van sirviendo
para cuidar el hígado en mayor o menor grado. Esos pequeños fragmentos
de atención casual e indirecta a nuestros hígados nos ayudan a conservar
una cierta salud, algunas existencias de salud, cuando nos hacemos
mayores. Pero es aleatorio, es un juego, es como si alguien pusiera una
zanahoria delante de tu hígado pero solo muy de tarde en tarde le dejara
alcanzar la zanahoria y hacerse con un bocadito de betacaroteno para
sobrevivir. Esos pequeños alivios son como si estuvieras diciendo al
órgano: «Ahora lo tienes, ahora no lo tienes». «Toma. Y ahora, te lo quito».
«Esto podría ser tuyo; pero no, solo un poquito». «Ay, lo siento, no lo has
cogido a tiempo». «¿Te serviría esto de verdad? Pues no, hoy no toca. Lo
siento». Y el juego sigue adelante.
177
con las que soñamos. Nos interesa que su liberación sea algo más que un
atisbo seguido al poco tiempo por un golpe; queremos eliminar los golpes
por completo, y que la libertad sea el estado dominante. Porque este (cuidar
el hígado, en vez de jugar con él al azar) es el verdadero secreto para estar
jóvenes y parecerlo.
Nuestros hígados tienen funciones químicas especiales para mantenernos
jóvenes, cuando sabemos acceder a ellas. Naturalmente, algunas de estas
funciones están relacionadas con la capacidad de desintoxicar. Librarte de la
basura es esencial para mantener a tu hígado en forma para que cumpla sus
tareas. La función antienvejecimiento más profunda es la capacidad de tu
hígado de tomar un antioxidante que tiene almacenado o que acaba de
recibir de la fuente más importante que existe, la fruta; combinar ese
antioxidante con aminoácidos que tenía guardados y, acto seguido, enviar
esos compuestos fitoquímicos nuevos y mejorados al mar de tu sangre con
una misión definida: impedir la muerte de las células sanas. Esto no es lo
mismo que cuando los antioxidantes que proceden directamente de los
alimentos nos brindan beneficios tales como prevenir la oxidación
limpiando el cuerpo de radicales libres. Estos antioxidantes son
fundamentales para el antienvejecimiento, sí; desde los alimentos que son
sus fuentes se les ha inspirado una misión general de reparar, apoyar y
corregir los tejidos de todos los órganos y del cuerpo. Los antioxidantes que
han sido mejorados por el hígado llevan esta misión a un nivel superior.
Cuando el hígado modifica determinados antioxidantes, los reviste y los
codifica con información especial, infundiéndoles una receta de
conocimiento que va más allá del apoyo a los tejidos: detiene la muerte
celular. Esta es una verdadera armadura; no es la ilusión de protección y de
fuerza que nos dan las grasas radicales.
Por otra parte, cuando hacemos daño al hígado, este empieza a morir
poco a poco por las batallas y las guerras, por las cosas a las que está
expuesto durante toda la vida y por los elementos de nuestro entorno que no
podemos controlar. El hígado envejece antes que el resto de tu ser por
protegerte, para que no tengas que pasar dificultades tan pronto como él. A
lo largo del camino, lucha para mantenerte joven. Pero llega un punto en
que, si tú no sabes ayudarle, su función química profunda de servir
antioxidantes mejorados y potenciados con aminoácidos se agota o se
debilita, sobre todo porque tú no estás reabasteciendo sus reservas con los
178
alimentos debidos. Su fuerza y su capacidad preciosa para invertir el paso
del tiempo se va reduciendo cuando él funciona con las baterías bajas, y en
vez de ello se ve obligado a dedicar su energía, mientras puede, a las
funciones químicas que sirven para mantenerte con vida.
179
limpiar. No debes de haber estado expuesto a demasiadas toxinas en tu
vida».
180
«Aunque haya momentos en los que te parezca
que no puedes seguir adelante, estas palabras
seguirán adelante por ti. Están aquí para que te
aferres a ellas; son las manos que encuentras
tendidas para salvarte».
181
182
TERCERA PARTE:
¡A LAS ARMAS!
LUZ SOBRE
MÁS SÍNTOMAS
Y TRASTORNOS
183
Capítulo 15.
Diabetes y desequilibrio
del azúcar en sangre
184
casa. Lo mismo puede decirse de la medicina moderna: si no dispusiera de
los conocimientos necesarios para medir el azúcar en sangre y administrar
insulina y medicación, nos encontraríamos con graves problemas. Con todo,
y a pesar de estos métodos excelentes para gestionar la diabetes, los
investigadores y la ciencia médica no han encontrado todavía el origen del
problema. Las medidas actuales para controlar la diabetes son como el
cierre de la llave de paso o el parche que pone el fontanero: no son más que
un arreglo temporal mientras no se descubra el verdadero problema (que, en
el caso del fontanero, puede ser un punto oxidado o un defecto de
fabricación de la cañería). De modo que, si queremos conocer la verdad
acerca de nuestra salud, debemos buscar los «cómos» y los «porqués»
subyacentes. ¿Por qué sube un nivel de A1C? ¿Cómo desarrollamos
resistencia a la insulina? ¿Cómo podemos dar la vuelta a la causa verdadera
de la diabetes?
CONJETURAS
Los chivos expiatorios de nuestros tiempos, a los que yo llamo chivos
escapatorios, porque proporcionan a la profesión médica una salida fácil
(imagínate que en la pared del establo hay un agujero por el que se pueden
escapar los chivos), son la mala dieta y la falta de ejercicio. Las galletas, los
pasteles, la comida rápida, demasiadas horas en el sofá... Los mejores
expertos nos dicen que solo tenemos que hacer más ejercicio y reducir el
consumo de dulces y de alimentos fritos, procesados y cargados de
conservantes, y así arreglaremos el problema. De este modo se está
oscureciendo el carácter aparentemente aleatorio que observaron los
investigadores y la ciencia médica en la diabetes en los primeros tiempos,
que les hizo creer en un principio que no tenía causa identificable. Si
tomamos a dos personas de una misma edad y les dejamos que coman lo
que quieran y no hagan ejercicio nunca, una se puede volver diabética y la
otra no. Con el tiempo, los expertos afinaron más y observaron que el
cambio de dieta y de régimen de ejercicio producía una mejoría en las
personas que ya tenían diabetes.
Pero esto no explicaba las causas; necesitaban un tercer chivo
escapatorio. Para explicar el hecho de que muchas personas que no se
cuidan no llegan a desarrollar diabetes nunca, teorizaron que determinadas
185
personas debían estar predispuestas a la diabetes por una debilidad genética
del páncreas. El único medio que tenían las comunidades médicas de
sentirse cómodas con el misterio de quién desarrollaba diabetes y quién no
era añadir a la teoría de la dieta y el ejercicio la culpabilización de los
genes. Aquello inspiró a los miembros de la industria médica un
sentimiento de privilegio, de poder quedarse satisfechos como estaban sin
tener que buscar más respuestas.
Y bien, es cierto que la dieta y el ejercicio de-
sempeñan un papel en la prevención de la prediabetes y de la diabetes tipo
2. Pero este no es el cuadro completo, y si bien los genes tienen un papel
vital en nuestras vidas, no son responsables de la diabetes (ni tipo 1 ni tipo
2) ni de los desequilibrios del azúcar en sangre. Limitarse a observar a un
grupo de personas y ver cuáles de ellas contraen diabetes no es un método
del todo correcto para llegar a entender sus causas. Por ejemplo, el mero
hecho de que en los análisis de sangre de una persona no se aprecie diabetes
no quiere decir que esa persona no sea prediabética a un nivel que todavía
no pueden detectar ni diagnosticar los investigadores y la ciencia médica.
En el estudio, esa persona figurará como no diabética, cuando la realidad es
que va camino de desarrollar diabetes más adelante.
Esto nos plantea una cuestión importante. Según la visión actual de la
diabetes tipo 2 por parte de los investigadores y la ciencia médica, existen
dos etapas: la prediabetes, y la diabetes propiamente dicha. Si bien las
comunidades médicas son conscientes de que hay diabéticos tipo 2 que
requieren poca insulina o ninguna, se sigue estableciendo la división
principal entre prediabetes y diabetes tipo 2. Lo que el mundo de la
medicina no llega a ver es que antes de que se desarrolle la prediabetes hay
pre-prediabetes, pre-pre-prediabetes, e incluso pre-pre-pre-prediabetes.
Cabe esperar que los investigadores y la ciencia descubran el modo de
detectar estas etapas muy tempranas de la diabetes tipo 2 y les asignen
nombres (que pueden ser prediabetes de etapa 1, prediabetes de etapa 2 y
así sucesivamente), porque para la intervención es trascendental que seamos
conscientes de su existencia. Los análisis para determinar la presencia de
estas etapas tendrán que centrarse en el hígado; como no tardarás en ver, el
hígado es fundamental para el desarrollo de la diabetes tipo 2.
Y ¿qué hay de la diabetes tipo 1? Si bien para las personas con diabetes
tipo 1 también es esencial el cuidado del hígado, esta se produce por
186
lesiones del páncreas. La lesión puede deberse a un envenenamiento
alimentario, a una infección vírica, a una infección bacteriana, a una toxina,
o incluso a que la glándula haya sufrido un golpe físico. No es un trastorno
autoinmune. No se debe a que el organismo ataque al páncreas, solo a que
unas fuerzas externas dañan el páncreas. Por ejemplo, una persona puede
comer en un restaurante, consumir un patógeno o un parásito que le daña el
páncreas, y contraer diabetes tipo 1. La pancreatitis se puede desarrollar a
raíz de un accidente. O bien, un virus estomacal puede desplazarse hasta la
glándula y dañarla, deteriorando su capacidad de producción de insulina.
Un término de uso reciente es el de diabetes tipo 1.5, también llamada
diabetes autoinmune latente en adultos (DALA). Su causa verdadera es la
misma de la diabetes tipo 1, pero en este caso la lesión del páncreas se
produce en una época más avanzada de la vida que en la diabetes juvenil.
Tampoco esta es verdaderamente autoinmune; lo único que pasa es que este
término es un papel de envolver útil que ha empleado la medicina oficial
para tener bien empaquetada en su caja la diabetes tipo 1.5/DALA. No hay
ninguna forma de diabetes que se deba a que el organismo ataque al
páncreas.
El médico puede detectar un quiste o un tumor en el páncreas, pero las
lesiones de páncreas de las que estamos hablando aquí no son visibles con
las resonancias magnéticas, los TAC, las TEP ni las ecografías de hoy día.
Hay tejidos pancreáticos cicatrizados que ni siquiera resultan visibles a
simple vista para el cirujano en el quirófano. ¿Está lesionado el páncreas en
la parte superior, en la parte inferior, en el lado izquierdo, en el derecho, en
el centro? Los médicos no pueden saberlo. Es como si viajaran en coche
bajo una tormenta de nieve, sin visibilidad; y como las altas esferas del
mundo de la medicina no quieren que conozcas sus carencias, te lo
presentan como si fuera un día despejado. Una de las carencias que se te
ocultan es que los investigadores y la ciencia médica no saben
prácticamente nada de las raíces de las diabetes tipo 1 y tipo 1.5. Para
disimular esta falta de conocimientos, de desarrollo, de entendimiento y de
destreza en lo que se refiere al páncreas, apuntan a la vieja teoría de la
autoinmunidad como si fuera una ley.
Los virus que nadie se da cuenta de que pueden lesionar el páncreas de
manera crónica, provocando las diabetes tipo 1 y tipo 1.5, son de la familia
herpética. Esto no quiere decir que te vayan a diagnosticar un virus de la
187
familia herpética, ni que te vaya a aparecer tal virus en un análisis de
sangre; existen muchas cepas virales no descubiertas que pueden pasar
desapercibidas y no diagnosticarse. Poco a poco, uno de estos virus puede
atacar el páncreas, haciendo que se vuelva disfuncional con el paso del
tiempo. Por esto muchos diabéticos tipo 1 y tipo 1.5 tienen más problemas
cuando se hacen mayores. Es porque no se ha puesto freno al virus, que no
ha sido detectado por los análisis clínicos.
Cuando la lesión del páncreas se debe a que este ha sufrido un golpe, la
glándula puede desarrollar con el tiempo tejido cicatrizado. El tejido que
rodea a este y que antes estaba sano puede volverse menos viable y perder
vida; pueden formarse microadherencias, y el estado del páncreas puede
empeorar, desembocando en la diabetes tipo 1 o tipo 1.5. A las
investigaciones y a la ciencia médica todavía les faltan generaciones enteras
para descubrir esta verdad y para determinar el lugar exacto del páncreas
donde radica el problema de cada diabético. Lo empaquetan con el papel de
envolver de la autoinmunidad, le atan un lacito y te lo ponen delante a
modo de regalo.
El hecho de reconocer la existencia de la diabetes tipo 1.5, aunque se le
asigne erróneamente la etiqueta de autoinmune, ya es un avance para las
comunidades médicas. Pero es quedarse a mitad de camino. Si los
investigadores y la ciencia médica estuvieran captando de verdad todos los
niveles sutiles en que se distinguen los diversos casos de diabetes, estarían
identificando de la diabetes 1.1 a la 1.9. Además de lo cual, el mundo de la
medicina sería consciente de que, aparte de la diabetes tipo 2, existen los
tipos 2.1 hasta el 2.9. Y esto sin contar que cada persona es única y que
existen giros sutiles por los que el caso de diabetes de cada persona es
levemente distinto de alguna manera. Al mundo le falta mucho por aprender
acerca de los problemas de páncreas y de hígado que conducen a los
trastornos diabéticos.
El mero hecho de estudiar a un grupo de individuos que están haciendo
todos exactamente lo mismo tampoco nos va a revelar qué es lo que
conduce a determinadas personas a desarrollar diabetes. Existen docenas de
factores que pasan desapercibidos a los investigadores por los que diversas
personas que siguen el mismo plan de dieta y de ejercicio tienen resultados
de salud diferentes. Por ejemplo, una persona puede haber tenido
exposiciones a determinados tóxicos, mientras otra ha heredado metales
188
pesados o tiene una carga patógena mayor. Si no se recurre a la dieta ni al
ejercicio como apoyo, el grado de estrés de la dieta de una persona podría
acelerar su prediabetes. Los lugares donde ha trabajado o vivido una
persona, el agua que ha bebido a lo largo de su vida... todo esto marca una
diferencia; y, sin embargo, estos factores no se tienen en cuenta en los
estudios, por lo que las diferencias entre los que desarrollan diabetes y los
que no se achacan a la genética. La genética no es más que una distracción
que nos impide progresar. Aunque pueda parecer un avance, no conduce
hacia la verdad; cada paso aparente no hace más que levantar una barricada
ante la verdad, impidiéndote a ti, e incluso a la medicina, alcanzar las
respuestas sobre por qué desarrollan diabetes las personas, y sobre cómo
pueden mejorar.
Y, con todo, estos factores adicionales no nos dan la respuesta definitiva.
Es evidente que el tipo de alimento que consumimos determina nuestra
curación en muchos sentidos, y que los alimentos también son
determinantes para la prevención. Pero el hecho de seguir una dieta de
moda no es un tratamiento ni una prevención garantizada, a menos que los
alimentos de esa dieta estén pensados para resolver el problema subyacente;
y ¿cómo puede diseñar un programa así un profesional de la salud si no
tiene un verdadero conocimiento de las causas reales de la diabetes? Dejar
los alimentos como los bollos y los pasteles te vendrá bien para la salud,
desde luego. Pero, más allá de descartar la comida basura y otros elementos
claramente venenosos, las dietas son simples conjeturas; son como sacudir
una alfombra al viento. No tiene nada de malo, de suyo, seguir una dieta
que está de moda; muchas personas pueden obtener buenos resultados a
base de conjeturas. Pero algunas veces el viento puede soplar en sentido
opuesto. La conjetura te puede echar en la cara todo el polvo y la suciedad
que intentas quitarte de encima, y hasta se te puede meter en los ojos y
cegarte, impidiéndote ver la verdad.
Dicho de otro modo, el nivel de A1C de una persona puede mejorar con
una dieta de moda. El plan de comidas puede tener controlada,
aparentemente, la diabetes tipo 2. Puede que termines por necesitar menos
insulina o menos medicación, o puede que te desaparezca milagrosamente
durante algún tiempo la prediabetes o la diabetes tipo 2. Se te reduce el
estrés; el viento sopla como debe; todo parece muy provechoso. Lo malo es
que es imprevisible. Muchas personas ven que su mejoría se estanca al
189
llegar a un punto determinado, y después incluso se les reduce. Esto se debe
a que para la historia de tu salud, de tu cuerpo, de tus órganos y de tu azúcar
en sangre hay muchas más cosas que evitar el azúcar y otros carbohidratos.
Si este capítulo no está fuera de lugar en este libro es porque el origen de
esa historia se remonta a tu hígado, sigue con tu hígado y trata de tu hígado.
Aunque tengas los síntomas a raya; aunque te parezca que tu dieta baja en
calorías y en azúcares lo está mejorando todo; aunque guardes la dieta sin
modificarla, es probable que el hígado te siga empeorando, lo que significa
que la diabetes podría estarte esperando para cuando cambie el viento.
Aquí, ahora, ha llegado por fin el momento de dar al hígado el papel
destacado que merece.
TU HÉROE: EL HÍGADO
En efecto, es importante evitar los carbohidratos no productivos, los
azúcares refinados y los alimentos procesados. Los médicos te recomiendan
que suprimas estas cosas, y con razón. Si no lo haces, tendrás más
resistencia a la insulina y valores inestables de azúcar en sangre. Tu A1C se
saldrá del intervalo normal. No tendrás bien el azúcar en ayunas, ni
tampoco después de comer; tu médico te indicará que reduzcas
drásticamente los carbohidratos y el azúcar en tu dieta, o hasta que
prescindas de ellos por completo. He aquí el primer problema: este consejo
será indiscriminado. Se estarán contando los azúcares naturales y otros
carbohidratos saludables procedentes de alimentos como la fruta, la miel, la
calabaza de invierno y las patatas, entre los que no deben entrar en tu vida,
cuando lo cierto es que son CLF; contienen algunos elementos curadores
que son precisamente los que más necesitas. Y he aquí el segundo
problema: también te dirán que mantengas las grasas en tu dieta. Y no solo
eso: muchos profesionales de la sanidad te aconsejarán, incluso, que
introduzcas más grasas en tu dieta, recurriendo en muchos casos a la
etiqueta de «rico en proteínas», cuando la realidad es que rico en proteínas
equivale a rico en grasas.
Esta combinación de limitar los carbohidratos y subir las grasas es una
trampa para los diabéticos. No poder recurrir a un azúcar sano que el cuerpo
necesita desesperadamente, a la vez que se cae víctima de la ley de las
proteínas y del aumento de grasas en la sangre, aunque procedan de fuentes
190
sanas como los frutos secos o las semillas, acaba por empeorar la salud a
muchas personas. Esto nos debe hacer pensar, sobre todo, si consideramos
que una dieta alta en grasas es, de entrada, el inicio de la prediabetes y de la
diabetes tipo 2.
Así es: la diabetes no es consecuencia del azúcar, de los carbohidratos y
de la falta de ejercicio. Comienza, a una etapa muy temprana, como un
problema de hígado, un hígado lento, estancado o pregraso que no se
detecta con los análisis clínicos. Recuerda: una de las tareas esenciales de tu
hígado es salvarte el páncreas; velar como un centinela por esa flor delicada
para que no contraigas diabetes.
El almacenamiento de glucosa por parte del hígado es un factor inmenso
en la prevención de la diabetes. Como ya has visto en el capítulo 3, nuestros
hígados toman glucosa de los alimentos que consumimos, y guardan una
parte de la misma en estado fresco y dispuesta para su uso. El resto de la
glucosa sobrante la almacena en forma de glucógeno, un carbohidrato
pastoso, denso y espeso que se vuelve a convertir en glucosa cuando el
hígado lo activa con las preciosas moléculas de agua concentrada y un
compuesto químico que produce para volver a dar vida al glucógeno. El
hígado almacena esta glucosa y este glucógeno preciosos por una serie de
motivos esenciales, entre los que figuran algunas de las funciones químicas
del órgano que todavía están por descubrir. Una función muy importante es
la de ocuparse de que no contraigamos diabetes. Las diferencias entre las
personas que desarrollan diabetes y las que no la desarrollan no tienen nada
que ver con los genes. Sí tienen mucho que ver con el hecho de que tu
hígado disponga de unas existencias suficientes de glucosa y de glucógeno.
Tu hígado sabe que en el planeta Tierra no siempre vas a tener acceso a
los alimentos. Tiene integrado en las células un entendimiento de que,
desde los inicios de la humanidad, hemos pasado por épocas en las que
hemos debido saltarnos comidas. Nunca hemos tenido garantizado el acceso
conveniente a los alimentos. Pudo tratarse de una semana en la que no
fuimos capaces de encontrar nada que comer, o bien, en nuestros tiempos
modernos, de una jornada en la que vamos tirando a base de café hasta que
tenemos tiempo de ir a hacer nuestra primera comida a las dos o a las tres
de la tarde. Aun cuando tenemos alimentos perfectos y curativos al alcance
de la mano, a veces optamos por no comer, y el hígado lo sabe. El hígado
tiene en su misma naturaleza, desde mucho antes de que naciésemos, el
191
conocimiento del modo de liberar el glucógeno almacenado y convertirlo en
azúcar accesible para liberarlo a nuestro torrente sanguíneo con el fin de
estabilizarnos el nivel de azúcar en sangre cuando no hemos comido. Esto
es trascendental y tiene importancia para todos, desde los que padecen
diabetes, pasando por los que la están desarrollando, hasta los que no la
tienen ni quieren tenerla.
Si el hígado se debilita a causa de los alimentos altos en grasas, de la
actividad patógena, de los metales pesados tóxicos o de otros venenos, no
puede almacenar glucosa y glucógeno como antes; además, se ve forzado a
gastar las reservas que tiene a modo de combustible, para poder hacer frente
a la sobrecarga de los alborotadores, por una parte, y del resto de sus
responsabilidades por otra, procurando mantener en marcha tantas otras
funciones críticas del organismo. El desequilibrio de azúcar en la sangre
comienza cuando tu hígado pierde su aprovisionamiento de azúcar.
Maltratado y desequilibrado, sus reservas irán descendiendo hasta que ya no
tenga la glucosa y el glucógeno suficientes para protegerte el páncreas.
Habitualmente, el páncreas es muy estable y es capaz de mantener una
liberación de insulina regular, equilibrada y minuto a minuto, porque la
liberación por parte del hígado de la glucosa y el glucógeno que tiene
almacenados mantiene equilibrado el azúcar en la sangre. Si el hígado no
ofrece glucosa entre las comidas para mantener estable la sangre, el
páncreas siente la presión y pierde su estabilidad, y se ve forzado a fluctuar
entre niveles altos y bajos en su producción de insulina. Los niveles altos se
producen cuando el páncreas envía insulina para que vaya a buscar todos
los fragmentos de azúcar que pueda para meterla en las células del cuerpo.
Con un nivel elevado de grasas en la sangre, esta tarea resulta mucho más
difícil, o incluso imposible. A consecuencia de ello, el páncreas se debilita,
la producción de insulina se reduce, y la resistencia a la insulina hace crisis.
El nivel de azúcar en sangre se volverá inestable. Es entonces cuando puede
producirse la hipoglucemia, o cuando tu médico observará que tienes altos
los niveles de A1C y te pondrá la etiqueta de prediabetes, e irás camino de
desarrollar una diabetes tipo 2 plena.
192
El verdadero culpable de la diabetes no es el azúcar. Las culpables son las
grasas. El azúcar es como un mensajero que no hace más que desvelarnos el
problema. Si suprimes el azúcar, si haces seguir a la persona una dieta alta
en grasas y baja en carbohidratos, parecerá que el problema se minimiza, o
incluso que desaparece. Parecerá que el azúcar en sangre se estabiliza. ¿Se
estabilizará de verdad? Sobre el papel, sí. Internamente, no. Al eliminar los
azúcares no hacemos más que ocultar un hígado enfermo. Y si no arreglas
el hígado enfermo, no estarás arreglando la raíz del problema, y no serás
capaz de impedir que se te empeore más adelante un trastorno del azúcar en
sangre. Toda dieta natural o régimen de suplementos que dé resultados
aparentes a los prediabéticos o a los diabéticos tipo 2, lo hace solo
indirectamente, suprimiendo al mensajero, que es el azúcar, y ayudando sin
darse cuenta al hígado con algunas verduras, nutrientes y prácticas tales
como el ejercicio.
No debemos ser castigados por la diabetes. No debemos vivir con el
miedo a desarrollar esta enfermedad aparentemente misteriosa. Si no
podemos hacer una dieta estricta y ejercicio diario, no tenemos por qué
hundirnos. Por el contrario, si desarrollas diabetes, debes conocer su causa
primera y procurar resolverla. Entonces tendrás más posibilidades de
cometer errores y de no ser perfecto, pues sabrás qué es lo que tiene
verdadera importancia en la diabetes y en otros problemas relacionados con
el azúcar en sangre.
Has de saber que si la proporción de grasas de una dieta es elevada, por
muchos premios que haya ganado esa dieta, por muy de moda que esté o
por muy convincente que resulte, toda mejora que veas que produce en
cuanto al azúcar en sangre será una ilusión. Con una dieta alta en grasas, un
hígado lento, estancado, seguirá empeorando con el tiempo. Aunque se
estabilicen los valores del azúcar en sangre, los verdaderos problemas de
azúcar en sangre se irán acumulando en silencio. No saltarán a la vista
porque no habrá un mensajero (el azúcar) que te grite a la cara que hay un
peligro inminente, y eso a pesar de que el peligro no ha pasado. En cuanto
juegues con tu dieta y te permitas comerte una galleta, un bollo, un
sándwich de jamón y queso o tu helado favorito, se descontrolarán las
cosas. Empezarán a cambiarte los valores del azúcar en sangre. Se te
descontrolará el A1C. Tu resistencia a la insulina dejará de estar
enmascarada y empezará a darse a conocer de nuevo. Tu médico te dirá que
193
ha sido porque has sucumbido a la tentación de comer azúcar u otros
carbohidratos; lo que no sabe el médico es que tu diabetes tipo 2, tu
prediabetes, tu resistencia a la insulina o tu hiperglucemia o hipoglucemia
ya estaban presentes, invisibles, esperando y provocando desastres.
Como has visto en el capítulo 13, «El hambre misteriosa», cuando tienes
la sangre dominada por las fuentes de grasas en tu dieta, estas privan a tu
hígado de glucosa y no le permiten recuperar sus reservas. No solo eso, sino
que también impiden que el azúcar realice su tarea en tu cuerpo en general.
Me refiero a la sangre llena de grasas de la dieta; no hay que confundirlo
con el caso de una persona con exceso de peso y que alberga en su cuerpo
depósitos de grasa. Estamos hablando de las grasas en la sangre, y existe
una diferencia: puedes tener un nivel alto de grasas en la sangre y estar
delgado físicamente. Cuando la sangre está llena de grasas, estas bloquean
por defecto el acceso directo del azúcar a los órganos, a las glándulas y al
sistema nervioso, incluido el cerebro. Las grasas de la sangre dificultan
mucho que la hormona insulina se una al azúcar para hablar después a las
células de los tejidos con el fin de que se abran y reciban ese azúcar, para
poder llevar a cabo su papel fundamental y sustentador de combustible que
nos mantiene vivos.
Nosotros percibimos la privación de azúcar de nuestras células;
percibimos que nuestros cuerpos necesitan azúcar para funcionar, y esta
privación sale a relucir en forma de antojo alimentario. Con demasiada
frecuencia recurrimos al azúcar no productivo. Comemos queso, porque nos
han dicho que son proteínas, cuando en realidad es una combinación
concentrada de grasas y azúcar que no nos favorece a la salud, porque su
contenido de grasas no permite al azúcar cumplir su función. Una tarta de
cumpleaños nos apetece mucho porque nuestros cuerpos tienen mucha
hambre de azúcar; y también en este caso se trata de un azúcar
descontrolado que choca al instante con la grasa que hay dentro de la tarta.
Si estás siguiendo esa dieta rica en grasas y baja en carbohidratos y te pones
nervioso y te comes una rosca con crema de queso por la mañana, seguida
de una bebida azucarada helada después de la comida del mediodía, y una
copa de vino después de la cena, tus niveles de glucosa y de resistencia a la
insulina se volverán cada vez más problemáticos. Pensarás que esto se debe
a que las grasas eran tus aliadas, y que el verdadero problema es el haber
introducido el azúcar. En realidad, el problema existía desde antes, por los
194
niveles altos de grasas en tu sangre, a consecuencia de todas las otras cosas
que estabas comiendo; el azúcar no ha hecho más que ponerlo de
manifiesto. Lo que comiste para darte un capricho dejó cada vez más claro
que una dieta alta en grasas no te sustentaba. Las harinas y los azúcares
refinados y procesados no son ideales; los alimentos como la harina blanca,
el jarabe de maíz, el azúcar refinado y el jarabe de ágave no te vendrán bien
para la salud.
195
En último extremo, para que una persona pueda dejar atrás la diabetes
tipo 2 y los problemas de azúcar en sangre relacionados con esta es
necesario de verdad, ineludiblemente, que se le recupere el hígado. Resulta
paradójico que lo que necesita de verdad el hígado, glucosa de alta calidad,
es lo que nos quitan las dietas populares de hoy día, limitándonos o
eliminando los carbohidratos sanos. No es posible revertir por completo la
prediabetes o la diabetes tipo 2 (a largo plazo, definitivamente) si el hígado
no restaura sus depósitos de almacenamiento de azúcar. La única manera de
conseguirlo es consumir menos grasas e introducir azúcares naturales y
otros carbohidratos sanos; es decir, CLF.
Las diabetes tipo 1 y tipo 1.5 también se pueden aliviar, e incluso curarse
en casos excepcionales, aunque costará mucha aplicación, esfuerzo y
entendimiento, y mimar todavía más al hígado y al páncreas. Los alimentos
tienen tanta importancia para las diabetes de tipo 1 y 1.5 como para la de
tipo 2. También en estos trastornos debemos preocuparnos de las grasas más
que del azúcar para proteger el hígado; las grasas en la sangre no deben
estar altas. Cuando hay un patógeno vírico que está lesionando el páncreas
poco a poco a lo largo del tiempo, también es importante evitar los
alimentos que nutren a los virus, que los mantienen vivos y que permiten
que sigan haciendo daño.
A pesar de lo cual, los mayores expertos en el campo y en la literatura
disponible que encontrarás no identifican lo que comen los virus, ni siquiera
el hecho de que los virus comen y de que pueden lesionar el páncreas
provocando las diabetes tipo 1 y tipo 1.5, o lesionar el hígado provocando la
diabetes tipo 2. Estas fuentes todavía niegan la realidad. La verdad
perdurable que los estará esperando cuando ellos estén dispuestos a verla es
que los virus se pueden nutrir de los alimentos que comemos, y que
podemos potenciar a un virus u obstaculizarlo, en función de lo que nos
metemos en el cuerpo. Este es uno de los motivos por los que en la cuarta
parte de este libro ofrecemos orientaciones dietéticas que te permitirán
evitar los alimentos que nutren a los virus, buscando, al mismo tiempo, los
que los repelen. Si ya estás siguiendo una dieta que te parece que está dando
resultado, podrás adquirir mayor control todavía de tu diabetes de tipo 1 o
1.5 evitando los alimentos que nutren a los virus que conocerás en el
capítulo 36, «Los alborotadores del hígado».
196
Con independencia de cuál sea el trastorno de azúcar en sangre que
tienes, cuando reduzcas tu consumo de grasas dietéticas (lo que supone
reducir tu consumo de proteínas; para entender de verdad lo que comes
deberás considerar que las grasas y las proteínas son una misma cosa) te
estarás curando el hígado. No estarás ocultando nada, como lo oculta una
dieta alta en proteínas y baja en azúcar. Estarás arreglando el problema
verdadero. Si te encantan las proteínas animales, come carnes magras y
menos raciones de las mismas. Si comes a base de vegetales, reduce el
consumo de frutos secos, semillas, coco y aceites. Y con independencia de
cuál sea tu dieta, intenta abstenerte por completo de los huevos y de los
productos lácteos. Reduciendo las grasas en la sangre y dando entrada a
más alimentos que pueden ayudarnos con el problema real, salimos del
círculo vicioso en que cae todo diabético o no diabético que reduce los
carbohidratos: antojos hasta un punto insuperable; buscar alimentos
prohibidos cuando nuestras células nos piden un alivio a gritos; padecer las
consecuencias sobre la salud de las grasas altas con azúcar, y tener que
volver a empezar desde el principio. Las modas anti-frutas nos inculcan
miedo e histeria absoluta, de modo que cuando nos llega un antojo de
azúcar nos vemos acorralados. Y en vez de optar por la fruta, solemos
recurrir a las opciones familiares y no productivas que comíamos antes de
ponernos enfermos.
Necesitamos glucosa, inevitablemente, para sobrevivir y salir adelante.
Cuando el nivel de grasas en la sangre es alto, eso significa que el cuerpo
no será capaz de emplear adecuadamente el azúcar de los alimentos no
productivos de los que nos llenamos, con lo que el azúcar no tendrá dónde
ir y empezará a causar problemas. La medida clave de reducir las grasas
radicales contribuye a restaurar el hígado y a protegerlo. No importa que
consumas algunas grasas más sanas, con tal de que no tengas saturada de
grasas la sangre. (Todos hemos oído hablar de las grasas saturadas. Aquí no
estoy hablando de ellas. Cuando digo que la sangre está saturada de grasas,
me refiero a que las grasas en general dominan el torrente sanguíneo, ya
sean saturadas o insaturadas, sanas o malsanas, buenas o malas).
Reducir las grasas supone que podrás volver a introducir en tu dieta
azúcares y carbohidratos sanos sin provocarte inestabilidad del azúcar en
sangre ni resistencia a la insulina. En vez de limitarte a unas rodajas de
manzana y a unos puñados de bayas, si estás reduciendo las grasas puedes
197
llegar a introducir en tu dieta patatas, boniatos, calabazas de invierno,
plátanos y todas las demás frutas. Esto te protege del impulso irresistible de
darte un atracón con un carbohidrato malo cuando tienes bajísimas las
reservas de glucosa. Cuando las grasas en sangre están bajas, y cuando
elegimos azúcares adecuados y naturales, estos benefician de incontables
maneras a cualquiera, con cualquier problema de salud que tenga, incluidos
los diabéticos.
Las verduras y hortalizas siguen siendo fundamentales. Las verduras
verdes como la lechuga, la rúcula y la espinaca; las plantas aromáticas
como el perejil y el apio; los tomates y los pepinos (que técnicamente son
frutas), y otras verduras favoritas nuestras, son necesarios en la dieta, en
parte para proporcionarnos sales minerales, como el tipo adecuado de sodio,
que desempeña un papel al asociarse a los azúcares naturales. Los
investigadores y la ciencia médica no han descubierto todavía este proceso
por el cual las sales minerales contribuyen a llevar la glucosa al interior de
nuestras células con mayor eficiencia y con la menor resistencia posible;
pero es un proceso vital. Así se explica por qué a la gente le gustan tanto los
smoothies verdes, y por qué es ideal comer entre horas apio o verduras
verdes, además de la fruta, para regular el azúcar en sangre.
Con todo lo importantes que son las verduras, seguimos necesitando esas
calabazas de invierno, esos boniatos, esas patatas y esas frutas, por las
calorías. El melón es, de suyo, una opción fantástica. Se suele decir a los
diabéticos que se abstengan de comer melón, cuando la realidad es que los
melones de todo tipo, así como las sandías, son un alimento increíble para
los diabéticos, porque contienen sodio natural combinado con azúcar
natural. (Recuerda que debes comer el melón con el estómago vacío, para
impedir que este alimento predigerido se te quede bloqueado en el sistema
gastrointestinal por alimentos de digestión más lenta y te produzca un dolor
de estómago). Si te gustan los smoothies verdes y te los haces
principalmente a base de verduras, con muy poca fruta, sentirás hambre,
porque tu cuerpo te estará pidiendo calorías, y creerás que necesitas para
sustentarte un yogur, o mantequilla de almendras, o un huevo cocido,
fuentes de grasas todos ellos. Haz que una proporción mayor de tus calorías
procedan de carbohidratos y azúcares naturales y sanos, más que de las
grasas, y empezarás a mejorar: ya van de camino los equipos de rescate.
198
Uno de los motivos por los que el ejercicio resulta tan útil para controlar
la diabetes y la prediabetes es que quema las calorías de las grasas y mejora
la circulación, con lo que entra en la sangre más oxígeno, que llega al
hígado. Como hemos visto, cuanta más grasa hay en la sangre, hay menos
oxígeno. Caminar, correr, ir en bicicleta, hacer gimnasia, practicar deporte...
todo esto contribuye a gastar las calorías de las grasa que sería difícil
emplear con eficiencia de otra manera. Las fuentes animales de proteínas,
por ejemplo, traen consigo calorías de grasas que al cuerpo le resulta más
difícil usar desde un primer momento que las calorías de grasas de fuentes
tales como el coco o el aguacate. (Este es un buen motivo para reducir las
proteínas animales de, digamos, tres raciones al día a una sola, y sustituirlas
a continuación por otras calorías de grasas más fáciles de usar). El ejercicio
facilita al cuerpo un modo de gastar esas calorías de grasas, sea cual sea su
origen. Lo que marca una diferencia todavía mayor es que la persona haga
ejercicio y, además, siga una dieta más baja en grasas. La circulación y la
oxigenación de la sangre mejoran más, con la consecuencia de una mejoría
más rápida y más potente de la salud del hígado, lo que puede ayudar, a su
vez, a enmendar un trastorno prediabético o de diabetes tipo 2, y a aportar
una base esencial para contribuir a mejorar, e incluso a curar a veces, la
diabetes de tipo 1 y 1.5, cosa que se ha afirmado que es imposible, tanto por
parte de la medicina convencional como de la alternativa. Sí es posible, en
algunos casos poco frecuentes, cuando sabes lo que haces.
199
o dilatarse. He aquí la relación, por tanto: el almacenamiento de azúcar por
parte del hígado. Ya hemos visto la influencia de esto sobre la diabetes.
Asimismo, para protegerte el corazón, tu hígado debe tener dispuesta una
reserva amplia de glucosa para enviártela a la sangre y que te llegue
directamente al corazón, nutriéndolo como se nutre a todos los demás
músculos de tu cuerpo. Si seguimos una dieta alta en grasas, el corazón
tiene dificultades para recibir esos azúcares fundamentales. Creemos que
las proteínas construyen los músculos, cuando la realidad es que
construimos los músculos a base de usarlos y de alimentarlos, a
continuación, con carbohidratos y azúcares de alta calidad, y de que nuestro
hígado nos mantenga limpia la sangre para que los carbohidratos y los
azúcares no se mezclen con las toxinas ni con los demás alborotadores de la
sangre sucia, y nuestros músculos los reciban en su forma más pura.
Nuestro corazón depende de los azúcares de manera absoluta; de modo
que, cuando nos faltan durante demasiado tiempo las reservas de glucosa y
de glucógeno en los almacenes del hígado, el corazón no recibe a diario los
azúcares que necesita, y se vuelve más propenso a las enfermedades de
corazón de un tipo u otro. Un hígado enfermo, sin reservas de glucosa ni de
glucógeno, y la sangre llena constantemente de grasas durante años: así es
como pueden desarrollarse tanto la diabetes como las enfermedades de
corazón. Esta es la relación. Cúrate el hígado y restaura sus reservas, y
contribuirás a prevenir las dos cosas.
EL ELEMENTO SUPRARRENAL
Ningún estudio de la diabetes quedaría completo sin tratar de la
adrenalina. Tus glándulas suprarrenales tienen un mecanismo integrado de
protección en virtud del cual liberan adrenalina para que la emplee tu
cuerpo como sustituto no calórico del azúcar cuando a tu hígado se le
agotan las reservas de glucosa y de glucógeno. A ti no te conviene depender
de este recurso. Te conviene tener siempre azúcar suficiente en el hígado, o
en la sangre, para que no tengan que salvarte tus glándulas suprarrenales.
El problema es que no nos damos cuenta de que estamos dependiendo de
nuestras glándulas suprarrenales para que nos salven. En esencia, se nos ha
enseñado a maltratar a nuestro hígado a lo largo de nuestra vida y a
saltarnos comidas o meriendas en aras de cumplir con otras obligaciones
200
nuestras, como las que nos impone la escuela, el trabajo y el cuidar de
nuestra familia. No tenemos idea de que nuestros hígados pierden sus
reservas y de que la adrenalina se convierte en nuestro sustituto de la
glucosa, que termina por hacer daño al páncreas. Si seguimos funcionando
así, a base de adrenalina, durante mucho tiempo, en nuestros años de
instituto, en los de la universidad y muchos más, el hígado pasará todos
esos años absorbiendo adrenalina, mientras el páncreas también se quema
con ella, con lo que se comprometen más aún tanto el hígado como el
páncreas.
Las suprarrenales alcanzan un punto débil hacia los 30 años de edad en el
caso de muchas mujeres (y hacia los 40 en el de muchos hombres), a partir
del cual ya no son tan capaces de sustituir a la glucosa como antes. Si
también están agotados los depósitos de almacenamiento de glucosa y de
glucógeno del hígado, está preparado el terreno para la hipoglucemia, la
hiperglucemia o la diabetes.
Para prevenir esto, o para revertirlo, deberás dar un paso más en tus
medidas curadoras, además de reducir las grasas, de aumentar los
carbohidratos y los azúcares naturales y de hacer más ejercicio oxigenador:
da entrada en tu vida a la práctica de comer con frecuencia.
Haciendo cada hora y media o dos horas una comida o un aperitivo
nutritivo, impides las caídas de azúcar en sangre que obligan a tus
suprarrenales a suplir los niveles bajos de glucosa. Así te proteges las
suprarrenales, el hígado y el páncreas, y tomas el buen camino de la
curación.
201
Capítulo 16.
La hipertensión arterial misteriosa
202
inflamado y comprimido, de modo que no puede procesar bien la sangre, ni
tampoco puede la sangre desplazarse a través del hígado con la facilidad
que debiera. Así la sangre se vuelve más sucia y más llena de residuos, y se
aumenta la fuerza de succión necesaria para bombear la sangre desde el
hígado. Cuando el hígado de un persona está cada vez más congestionado
porque dicha persona elige alimentos inadecuados, al mismo tiempo que
está deshidratada crónicamente, como lo estamos todos, entonces el corazón
se puede ver forzado a emplear diez veces o hasta cincuenta veces su fuerza
normal para mover la sangre por el cuerpo. De sorber agua por una pajita
pasa a sorber una bebida de cola, un batido o gelatina. La consecuencia de
este aumento de la succión es una mayor presión, es decir, una mayor
tensión arterial. Así nace la hipertensión misteriosa.
Para salvar al corazón de la carga de la hipertensión, las comunidades
médicas deberían atender al hígado con el fin de entender estos mecanismos
por los cuales una sobrecarga del hígado conduce a una sobrecarga del
sistema cardiovascular. Si lo hicieran así, descubrirían que el hígado está
desempeñando aquí un papel incluso cuando los análisis tradicionales del
hígado que vimos en el capítulo 9, «Las conjeturas de los análisis
enzimáticos de hígado», no indican ningún problema, y llegarían a la
conclusión de que esta variedad de hipertensión arterial debería llamarse
hipertensión hepática. Descubrirían que, incluso cuando se diagnostica
claramente un bloqueo en una arteria, ese mismo bloqueo comenzó por el
hígado, de una manera o de otra. Esto permitiría a los pacientes dirigirse al
origen y limpiarse el hígado para obtener alivio. Permitiría a los pacientes
que todavía no sufren que se cuidaran el hígado desde el primer momento,
para no tener que correr siquiera el peligro de desarrollar hipertensión
arterial.
Ya sé que no es fácil cuidar de nada ni de nadie, ya se trate de una cobaya
que tenemos de mascota o de nuestras propias necesidades, o de las de otra
persona. La mayoría de nosotros vivimos nuestras vidas colgando de un
hilo, haciendo lo que podemos para sobrevivir y seguir adelante un día más.
Puede que cuidarte el hígado y la hipertensión no esté en los primeros
lugares de tu lista de prioridades. Pero ahora ya sabes lo que tienes que
hacer en esos momentos en los que dispongas de un poco más de control y
de un huequecito de espacio mental libre. Si no dispusieras de ese
203
conocimiento, ni siquiera tendrías la posibilidad de evitar el problema o de
arreglarlo de verdad.
Es cierto que la mala dieta y la falta de ejercicio pueden conducir a la
hipertensión arterial... porque pueden afectar al hígado negativamente. Pero,
como siempre, debemos ser conscientes de que las dietas «buenas» y
«malas» no son necesariamente lo que nos han hecho creer. En el caso de la
hipertensión misteriosa, lo que debes evitar es una dieta con muchas grasas,
con mucha sal y con mucho vinagre. Fíjate en que no he dicho nada del
azúcar. Si bien es popular suprimir el azúcar en las dietas, en realidad no
desempeña ningún papel en la hipertensión hepática. Además del alcohol,
que es, evidentemente, un alborotador del hígado, de lo que debes cuidarte
es del exceso de grasas, de sal y de vinagre. Puede que esto te sorprenda, en
vista de que muchas dietas se basan en ellos. La mayoría de la gente hace
una dieta alta en grasas, y muchos no se dan cuenta siquiera de que la
mayor parte de sus calorías provienen de las grasas, y no tienen idea de que,
a lo largo de los años, el exceso de grasas que han estado consumiendo les
ha ido volviendo la sangre más espesa y más pastosa, a la vez que les
congestionaba y deshidrataba el hígado, y que las células grasas se les
acumulaban dentro de dicho órgano y a su alrededor. En lo que se refiere a
la sal, cuando abusamos de ella, y del tipo equivocado, sobre todo
combinándola con muchas grasas radicales en la dieta, la grasa de la sangre
se ve forzada a encapsularla, con lo que se producen células grasas
desnaturalizadas, deshidratadas, que al hígado le cuesta más trabajo
expulsar para que salgan del cuerpo; las células grasas desnaturalizadas
acaban aferrándose al hígado. (Por el contrario, las sales minerales naturales
procedentes de alimentos integrales, sobre todo las de apio, son muy buenas
para el hígado y para la tensión arterial: la reducen cuando está alta y la
suben cuando está baja). Además, la gente no se da cuenta de que el vinagre
puede contribuir a la lentitud y al estancamiento del hígado casi tanto como
el alcohol. (Véanse más datos sobre las grasas, la sal y el vinagre en el
capítulo 34, «Refutación de los mitos sobre el hígado», el capítulo 35, «La
moda de las grasas altas», y el capítulo 36, «Los alborotadores del hígado»).
Y también hay personas que hacen una dieta verdaderamente sana.
Consumen regularmente pocas grasas, y las grasas que comen son de alta
calidad. No comen mucha sal ni vinagre ni beben mucho alcohol. Hacen
ejercicio. ¿Cómo se explica, entonces, la hipertensión misteriosa en su
204
caso? Como vimos en el capítulo 8, «El hígado lento», un hígado lento,
estancado, puede deberse a otra causa: a las toxinas. Ya se trate de metales
pesados, de patógenos como el VEB, los desechos víricos, los plásticos, el
DDT, el cloro, el flúor, u otros muchos venenos, su acumulación también
puede obstruir el hígado, con el mismo efecto de obligar al corazón a que
bombee con más fuerza y, a su vez, de aumentar la presión de la sangre. Si
crees que no puedes haber estado expuesto a ninguna de estas toxinas,
pregúntate si te han aplicado alguna vez un tratamiento con flúor en la
consulta del dentista. ¿Ni una sola vez en la vida? Y ¿dónde fue a parar el
flúor después de entrarte en la boca? ¿Desapareció? Te fue a parar
directamente al hígado, y este subproducto de la fabricación del aluminio ha
pasado allí todos los años y las décadas que hayan transcurrido desde que te
hicieron el tratamiento con flúor. En el caso del DDT, quizá pienses que si
tu familia no es de una zona rural no puedes haber heredado este pesticida
por tu estirpe familiar; pero lo más probable es que sí.
Tampoco es o lo uno o lo otro, o «estilo de vida» o toxinas. La persona
puede tener un poco de todo: sedentarismo, comer mal, toxinas dentro del
hígado... y un par de factores más. Es importante abordar la deshidratación
para todo el mundo. Sin salir de los Estados Unidos, la mayor parte de la
gente está deshidratada crónicamente, lo que les espesa la sangre y aumenta
el esfuerzo del corazón para hacerla subir desde el hígado.
Por último, debemos considerar el estrés. Puedes haber oído decir que la
hipertensión está causada porque el estrés contrae los vasos sanguíneos de
todo el cuerpo. Lo cierto es que los períodos de estrés no son más que la
guinda del pastel de la hipertensión. Hace falta mucho más para preparar la
masa del pastel mismo. Hay muchas personas sometidas a muy poco estrés
y que conviven diariamente con la hipertensión. Y también hay personas
sometidas a un estrés enorme y que no han desarrollado hipertensión porque
todavía no tienen un problema de hígado. Esto no significa que una persona
que no tiene hipertensión no la vaya a desarrollar con el tiempo; lo más
probable es que termine por tener un problema de hígado que la lleve a
sufrir tensión arterial alta.
La verdadera relación entre el estrés y la hipertensión está asociada a la
adrenalina y al hígado. El hígado es la sede del valor; nuestro coraje
cotidiano brota de él, y esto significa que el hígado lo paga en todas
nuestras batallas cotidianas. Cuando nos vemos forzados más allá de
205
nuestro límite, nuestras glándulas suprarrenales bombean adrenalina,
producida sobre la base del estrés, la cual, como ya hemos dicho varias
veces, el hígado debe absorber para proteger al cuerpo de daños; y a la
sangre le cuesta trabajo atravesar un hígado saturado de adrenalina,
procesarse en él y volver al corazón.
Pues bien, tus glándulas suprarrenales producen diversas variedades de
adrenalina para las diversas situaciones. Hay una gran diferencia entre que
tu hígado absorba variedades de adrenalina cotidianas, las de tus actividades
normales, como darte un paseo a buen paso o soñar, y que absorba las
mezclas preparadas para momentos de confrontación, ataque, miedo, ira y
pérdida de confianza. Por eso tiene que ser valiente el hígado para absorber
esta adrenalina preparada para los momentos intensos. Ya se trate de que
alguien se te cruce con el coche, de una desavenencia en el trabajo o de una
emergencia familiar, tu hígado debe soportar esa subida de adrenalina; es
como una inundación ardiente que puede lesionar a los elfos de los
lobulillos hepáticos si no están en sus mejores condiciones de trabajo para
neutralizarla, y estas lesiones hacen más difícil el paso de la sangre, con lo
que sube la presión arterial. El hígado lo hace, pero con el mismo espíritu
de sacrificio con que un padre se interpone para recibir la bala que iba a
herir a su hija: hace lo que haga falta.
RESOLVIENDO LA ECUACIÓN
Cada persona tiene una ecuación personal y única de estos diversos
factores de la hipertensión. El saldo total de todos ellos es que, para volver
a llevar tu tensión arterial a niveles sanos, es esencial que te cuides el
hígado. Si no te estás cuidando el hígado, no podrás cuidarte bien el
corazón ni el sistema vascular. Puede que estés cumpliendo todos los
principios que has oído decir, como hacer ejercicio, evitar las tartas de
chocolate, tomar suplementos sanos para el corazón y hacer una dieta baja
en carbohidratos y alta en proteínas, con muchas verduras, y al menos
estarás algo mejor que si no hicieras ejercicio e intentaras comer tan sano
como tú sabes. Pero las recomendaciones comunes que suelen darse no
abordan plenamente la causa verdadera de la salud cardíaca, que es el
hígado. Aunque seas todo músculo y no tengas un gramo de grasa corporal
visible, eso no significará automáticamente que te estés protegiendo el
206
corazón. Los infartos de hoy día llegan con independencia de que estés sano
y de que hagas cardio o pesas. En ese sentido no hay discriminación. La
sangre espesa y el hígado debilitado y enfermo son los responsables de la
epidemia de ataques cardíacos. Por otra parte, si te cuidas el hígado, te
estarás protegiendo al mismo tiempo de las enfermedades vasculares y
cardíacas.
207
Capítulo 17.
El colesterol alto misterioso
208
dormidos, y de no poderse recuperar, nuestros hígados acaban por sufrir
deterioros. Una de las víctimas es la regulación del colesterol. La función
química extraordinaria del hígado por la que produce el llamado colesterol
bueno (HDL) empieza a declinar. Al irse sobrecargando el órgano de grasas,
ya sean procedentes de fuentes beneficiosas o de otras malsanas y
agobiantes, ya no puede mantener abiertas las líneas de producción del
colesterol bueno. Ni tampoco puede gestionar el llamado colesterol malo
(LDL).
Imagínate que has pasado todo el día y toda la noche haciendo un largo
viaje por carretera, hasta que ya casi no aguantas más al volante.
Desesperado, empiezas a buscar un sitio abierto donde puedas comer algo.
A las 3 de la madrugada llegas por fin al aparcamiento de uno que has
encontrado en el que ves algunas luces encendidas, aunque se están
apagando. Te quedas sentado en el coche, agotado y hundido, hasta que
decides que merece la pena intentarlo. En la puerta hay una camarera que
está poniendo el letrero de CERRADO con una nota debajo que dice:
«Mañana abriremos tarde. Hora de apertura pendiente de determinar».
Llamas a la puerta, por si acaso, y ella abre y te dice:
—Lo siento; ya hemos cerrado la cocina hasta mañana.
Miras por encima de su hombro y ves que hay empleados que están
haciendo la limpieza y organizando las cosas para el día siguiente, y dices:
—Todavía les queda gente trabajando. ¿No me puede dar cualquier cosa?
Como los trabajadores del turno de noche del restaurante, que barren los
suelos, limpian las ventanas, comprueban si hay mantequilla suficiente para
el día siguiente y limpian en el baño el vómito de un estudiante que llegó
borracho, tu hígado está muy ocupado regulando y conteniendo los
colesteroles malos que, de lo contrario, empezarían a saturar la sangre y el
sistema vascular. Está absorto en la labor de limpiar, de almacenar y de
reorganizar, en su necesidad desesperada de protegerte. Lucha de esta
manera durante años, incluso durante décadas, para controlar el colesterol
malo. No recibe nunca ni una palmadita en la espalda, ni le llegamos a
decir: «Oye, buen trabajo, hígado, amigo mío». No se lleva ningún
homenaje, ni premios, ni medallas. Tiene que conformarse con que nosotros
no entendamos sus límites y lo forcemos más allá de nuestros propios
límites en la vida, y nos presentemos a su puerta y le pidamos que haga
todavía más. Tu hígado es como la camarera que se apiada de ti durante tu
209
largo viaje y va a traerte un bollo de pan con mantequilla cuando el
restaurante ya está cerrado hasta el día siguiente.
Cuando elegimos alimentos que contienen los componentes del colesterol
bueno, el hígado almacena esos componentes, sabiendo que lo más
probable será que tenga que pasar una temporada de días malos en los que
elegiremos alimentos altos en grasas que lo agobiarán, lo debilitarán y
desmontarán sus funciones químicas esenciales para producir colesterol
bueno, permitiendo que suba el colesterol malo por todo el cuerpo. Cuando
consumimos colesterol malo, nuestro hígado empieza por intentar
neutralizarlo, aunque no eliminarlo por completo, porque ese colesterol
malo en la sangre no está haciendo daño mientras esté flotando libremente;
no es causante de enfermedades cardíacas. Al hígado le gusta su presencia
allí fuera, a modo de bengala de advertencia o de mensaje escrito en la
pared de una antigua pirámide, que quizá algún día dejemos de interpretar
mal y lleguemos a entender su verdadero significado: «AYÚDAME». El
hígado tiene, verdaderamente, la responsabilidad de intentar gestionar la
sobreabundancia de colesterol; por ello, aunque deja bastante en el torrente
sanguíneo, también acorrala a una parte y lo almacena, aprisionado en
unidades de contención, con la esperanza de poder expulsarlo algún día del
cuerpo por un proceso de desintoxicación, liberándolo a través de la sangre,
de los riñones o del tracto intestinal.
Todos tenemos nuestros sueños y nuestras aspiraciones, y el hígado
también los tiene. El sueño del hígado es mantenernos a salvo. Sabe que
este sueño quizá no se haga realidad, pero sigue adelante valientemente. Si
el hígado se encuentra muy sobrecargado por los ataques de las toxinas, los
virus y/o las bacterias, no puede liberar los pequeños depósitos grasos de
colesterol que tiene almacenados dentro para hacerlos salir de tu cuerpo con
seguridad. Su sueño se frustra. En vez de ello, estos depósitos de colesterol
se unen a los demás depósitos de células grasas en el hígado y a su
alrededor. Estos son los depósitos procedentes de una dieta alta en grasas; y,
repito, ya sea de grasas buenas o malas. Si te estás diciendo: «¿Una dieta
alta en grasas? Yo no la hago», lee «alta en proteínas» donde dice «alta en
grasas», y quizá abras los ojos a la realidad. Con independencia de lo que te
diga tu entrenador; con independencia de lo sana que aparente ser la dieta,
alta en proteínas equivale a alta en grasas, lo que te conducirá
210
paulatinamente a tener el hígado pregraso, primero, y graso después (que
puede quedar sin diagnosticar fácilmente), y, más tarde, al colesterol alto.
El peso corporal no determina los niveles de colesterol; un hígado lento,
pregraso o graso sí los determina. Esta es otra circunstancia en la que
también puedes estar en buena forma y cuidándote físicamente, y siguiendo
una dieta alimenticia que parece buena, pero seguir teniendo elevado el
colesterol malo o demasiado bajo el colesterol bueno. Una persona delgada
puede tener cifras altas de colesterol. Si tiene el hígado pregraso con una
gran carga de toxinas y de patógenos que se le han ido acumulando con el
tiempo, con independencia del peso de la persona, el hígado llegará a un
punto en que ya no será capaz de almacenar colesterol y otras grasas, ni
buenas ni malas, y tampoco podrá producir colesterol bueno para empezar.
Así, el colesterol malo sobrante estará flotando por la sangre, sin
neutralizarse ni organizarse y sin tener dónde meterse. Acabará por revestir
zonas como el corazón y las arterias, provocando los problemas que
asociamos al colesterol alto.
Esto no significa que las medicaciones tales como la estatina sean la
solución. Si bien una estatina tiene la capacidad de hacer que las cifras de
colesterol malo se reduzcan en los análisis, o incluso que desaparezcan, lo
único que se ha hecho ha sido manipularte el colesterol; tú sigues teniendo
un problema de hígado. Las estatinas llevan a cabo un juego de manos, una
ilusión a base de trucos, solo que tú no te quedas pasmado. Recuerda uno de
los principios del ilusionismo: en realidad, nada desaparece de verdad. De
manera que cuando parece que una estatina hace desaparecer tu colesterol
malo, en realidad este no se esfuma. ¿Dónde va a parar? La medicación
fuerza al colesterol a empezar a adherirse rápidamente a las paredes del
corazón y de los vasos sanguíneos. Estaba mejor flotando suelto, a modo de
señal de advertencia de que se estaba desarrollando un problema de hígado
que podía conducir a problemas cardiovasculares.
Hasta el propio hígado sabe que si no es posible contener el colesterol
malo, es mejor dejarlo flotando libremente que hacer que se adhiera al
corazón y a las arterias. Una cifra elevada de colesterol en la sangre no es,
por sí sola, esa fórmula de ictus y de infartos que creen las comunidades
médicas. En realidad, la fórmula son las grasas en sangre elevadas
procedentes de una dieta alta en grasas radicales; de una dieta alta en
proteínas, con falta de ácidos grasos omega-3 y de antioxidantes, junto con
211
un exceso de ácidos grasos omega-6 y de sus primos distorsionados y
disfuncionales (es decir, de ácidos grasos que se han mezclado con
ingredientes inadecuados y que se han sobrecalentado y mutado por
sistemas de cocinado tales como el freír). Estas grasas y ácidos grasos se
adhieren a las paredes del sistema cardiovascular y se van acumulando más
y más, porque, mientras tanto, el hígado se debilita con el tiempo, y se
reduce la producción de bilis y la fuerza de esta, que debería servir para
disolver las grasas. Como los niveles más altos de grasas en el torrente
sanguíneo dificultan la buena circulación de la sangre, cuando la persona
contrae una infección vírica y bacteriana, pequeña y común, en la sangre, en
los vasos sanguíneos no hay espacio suficiente para que estas infecciones
sigan su curso natural. A consecuencia de ello, pueden formarse coágulos
de sangre por la falta de oxígeno, y esas infecciones pueden seguir
fluyendo, hacia el cerebro en algunos casos. Las estatinas toman los
colesteroles que flotan libremente y que en circunstancias normales no se
adherirían a las paredes del sistema cardiovascular y los obligan a
mezclarse con la grasa radical, combinándose para crear en esos lugares
placa que te aproxima más a una enfermedad cardíaca.
PARA MEJOR
El trastorno de hígado que termina por producir la placa o el
endurecimiento de las arterias comienza mucho antes de que existan signos
apreciables de ello. Esto significa que puedes detener un problema de
colesterol mucho antes de que se inicie; protegerte del colesterol alto
significa aprender a cuidarte y a cuidar a tu hígado. No te conviene ir a
llamar a la puerta de tu hígado después de la hora de cierre para pedirle que
abra su línea de producción. Te interesa tomar medidas activas, aprendiendo
a controlar tu ritmo por el camino para poder seguir en esta vida a largo
plazo. Si tu médico ya ha identificado un problema de colesterol o de placa,
no temas. Es tan reversible que ni siquiera tiene gracia. Incorporando los
alimentos adecuados y cuidándote el hígado con el resto de las técnicas que
veremos en la cuarta parte podrás cambiar esos problemas para mejor.
212
Capítulo 18.
Las palpitaciones cardíacas
misteriosas
213
palpitaciones cardíacas, la tiroiditis pasa a ser inmediatamente el chivo
«escapatorio».
214
Pero la realidad es que podemos heredarlo en la sangre de nuestros padres,
abuelos, etcétera; además, el DDT antiguo perdura en nuestro entorno, y
todavía se emplean otros pesticidas acelerados que son sus primos. Y
también se ha dado un aumento de fármacos y de subproductos del petróleo,
que habían alcanzado nuevas cotas en la década de 1940 y que, desde
entonces, han adquirido una presencia todavía mayor en nuestras vidas... y
en nuestros hígados. Todas estas son piezas del rompecabezas que
contribuyeron a la aparición de las palpitaciones cardíacas misteriosas y de
todos los demás elementos que seguimos afrontando hoy día. Y tampoco
son estos componentes en sí los causantes directos de las palpitaciones
cardíacas; se trata del hecho de que se instalan en el hígado.
Cuando irrumpieron en escena las palpitaciones cardíacas misteriosas,
estalló un caos. No se trataba de que en la consulta de cada médico se
dieran uno o dos casos aislados; la gente iba llegando en cifras récord. Yo
conocí hace muchos años a un médico rural jubilado. Hablábamos del
oficio para matar el rato, y él me contaba historias de su práctica médica de
otros tiempos. Una de ellas era la historia de las palpitaciones cardíacas,
que él decía que eran un fenómeno loco que había comenzado en la década
de 1940, cuando él todavía ejercía. No había visto hasta entonces ninguna
cosa parecida, ni sus colegas tampoco; todos estaban confusos. Me dijo que
era como si alguien estuviera gastando una broma a todos los médicos. Al
principio, todos creían que había algo en el agua. Pero al médico no le
parecía que esta teoría tuviera sentido alguno, ya que él bebía la misma
agua que todos los del pueblo. Con el tiempo, se fueron popularizando los
nuevos adelantos en reemplazo hormonal. Él recordaba la época en que se
empezó a culpar de todo a las hormonas, aunque él tampoco se lo creía.
Sabía que se trataba de una gran campaña de los grandes laboratorios
farmacéuticos para atraer a la gente a un tratamiento nuevo que arrojaría
grandes beneficios. Aquel médico sabía dentro de su corazón y de su alma
que las palpitaciones no eran síntoma de la perimenopausia, ni de la
menopausia, ni de la postmenopausia, porque hasta entonces las mujeres no
habían manifestado síntomas del «cambio de vida». (Puedes leer más acerca
de la menopausia en mi primer libro, Médico médium). En los años
restantes en los que estuvo ejerciendo no llegó a encontrar respuesta a la
pregunta de cuál era la causa de las palpitaciones cardíacas misteriosas.
215
Yo no pude menos de decirle lo que había aprendido del Espíritu: que
estaban relacionadas con el hígado. A él se le iluminó la mirada. El hígado
había sido desde siempre el órgano que más le interesaba. Le hablé de los
pesticidas, tales como el primer DDT.
—Ah, lo recuerdo —me dijo, y se puso a contarme sus recuerdos de
cómo el DDT estaba en todas partes, de que formaba parte del vocabulario
cotidiano. Le dije que el DDT había ido a parar al hígado de la gente, y él
me dijo:
—Lo más probable es que yo lo tenga en el mío.
—¿Por qué lo dice?
—Porque lo usé muchos años en mi jardín.
Cuando hube terminado de hablarle de los pesticidas como alborotadores
hepáticos, de la explosión vírica, de los fármacos, de los metales pesados
tóxicos y de los subproductos del petróleo, y de cómo todo ello se traducía
en las palpitaciones cardíacas, él dictaminó:
—¡Caramba, creo que tiene razón!
Caramba, en efecto. Las palpitaciones cardíacas misteriosas que habían
comenzado en la época en que aquel médico ejercía y que prosiguen hoy
día están provocadas por una sustancia gelatinosa que produce nuestro
hígado cuando está ocupado por determinados alborotadores. Lo habitual es
que el hígado no esté tan sobrecargado como para producir esta pringue
pegajosa hasta que la persona ha cumplido los 30 años, aunque puede
suceder a edades más tempranas. Esta sustancia singular no suele ser
peligrosa. No te hace daño directamente; no suele provocar infartos ni ictus.
Lo que sí hace es atascar las máquinas.
Al principio, el hígado se la guarda para protegerte. Antes aún de este
punto, el subproducto no es pegajoso. No es más que una acumulación
debida a que un virus, el VEB, se está alimentando de sus combustibles
favoritos en el hígado, los sospechosos habituales: los fármacos viejos, los
petroquímicos, los plásticos, los solventes, viejos depósitos de
almacenamiento de DDT que tenemos todos, metales pesados tóxicos y
muchas cosas más. Cuando no damos nunca al hígado la oportunidad de
limpiarse, como podríamos, por ejemplo, con el Rescate del Hígado 3:6:9
que describimos en el capítulo 38, entonces esa acumulación, en vez de irse
disolviendo y dispersando, se sigue amontonando y empieza a ponerse
216
pegajosa. Entonces, el hígado seguirá conteniéndola. Uno de sus impulsos
más poderosos es el de no liberar a la sangre nada que sea tóxico.
Un hígado en buen estado de funcionamiento producirá, normalmente, un
compuesto químico para ayudar a disolver esta acumulación pegajosa. Este
compuesto es muy astringente y muy amargo; hasta es posible que lo hayas
probado, porque puede subir al estómago con la bilis que llega hasta allí.
Este compuesto solo ejerce de agente desengrasante cuando toca el oxígeno
de la sangre; el compuesto es como una cerilla, y el oxígeno es como la caja
de cerillas donde esta debe frotarse para encenderse. Como los niveles altos
de grasas en la sangre hacen bajar los niveles de oxígeno, le cuesta más
trabajo encontrar ese oxígeno cuando la sangre está llena de grasas; sería
como si quisieras encender una cerilla pero hubiera alguien que te sujetara
el brazo de manera que no alcanzaras la caja. Sin esa chispa no podrías
encender tu vela, del mismo modo que, sin oxígeno, el compuesto químico
especial del hígado no puede convertirse en agente desengrasante que
descompone el carácter pegajoso de los subproductos.
Cuando damos problemas al hígado sin saberlo, él no puede hacer
milagros. Normalmente no podemos evitar contraer virus ni estar expuestos
a los pesticidas. No es culpa nuestra que no nos hayan educado sobre el
modo de cuidarnos a largo plazo. ¿Cuántas veces habré oído decir a lo largo
de los años que ni siquiera en las facultades de Medicina te enseñan a
cuidarte? Incontables veces. De modo que encomendamos a nuestros
hígados unas tareas imposibles, sin darnos cuenta de ello, y una de ellas es
contener esta acumulación, entre otras porquerías.
Este subproducto gelatinoso del que estoy hablando aquí es de un tipo
específico. No se trata de la basura normal que tu hígado intenta guardarse
cuando no puede depurarla. Para formar esta sustancia concreta tienen que
intervenir unas toxinas específicas (aquellas de las que acabamos de hablar)
y un virus concreto, el VEB. Y no hace falta que manifiestes un solo indicio
de enfermedad hepática en la consulta del médico para que esta pringue te
dé palpitaciones cardíacas. No hace falta que manifiestes un solo indicio de
enfermedad cardíaca. Si estando en el cine sientes por primera vez que te da
un salto el corazón, y tomas la decisión de no desatenderlo y vas a que te lo
miren, es muy probable que no te encuentren nada, ni siquiera haciéndote
todas las pruebas y análisis.
217
Para entender cómo conduce a las palpitaciones cardíacas la acumulación
de esta sustancia, imagínate unos copos de nieve grandes y húmedos. Un
día en que la temperatura ronda los 0 grados centígrados, los copos de nieve
que descienden del cielo se funden casi en cuanto caen en la hierba y en las
aceras: no cuajan. Pero, por otra parte, si se dan las condiciones adecuadas
y si baja la temperatura, los copos empiezan a acumularse y se forma una
capa de nieve. Si la temperatura vuelve a subir, la nieve desaparecerá con el
tiempo.
Cuando tu hígado no es capaz de contener la acumulación gelatinosa
pasado cierto punto, la sustancia sale del hígado por la sangre; supera al
compuesto químico que debería disolverla si el hígado se encontrara en
mejor estado de forma, y va a parar al corazón, donde se adhiere a las
válvulas de entrada. No se trata de una enfermedad de corazón ni valvular;
antes bien, cuando se dan las condiciones necesarias, estos trocitos de
«gelatina» son como copos de nieve grandes que se acumulan unos sobre
otros (a un nivel microscópico que no podrías observar a simple vista
aunque de repente fueras capaz de ver lo que hay dentro de tu cuerpo). Al
acumularse esta sustancia, puede hacer que las válvulas cardíacas se
adhieran levemente, causando un leve espasmo del corazón, no peligroso,
que te produce esa sensación incómoda en el pecho.
Entre las «condiciones necesarias» que producen esta adherencia, como la
caída de la temperatura que hace que la nieve cuaje, se cuenta una dieta rica
en grasas, una sobrecarga de alborotadores, y la sangre espesa resultante.
Sangre con más grasas equivale a sangre espesa, que equivale a su vez a
sangre sucia. La sangre grasa, espesa y sucia contiene menos oxígeno, y a ti
te interesa que haya más oxígeno en tu sangre, porque el oxígeno actúa
conjuntamente con el compuesto químico especializado de tu hígado como
agente desengrasante y disolvente de esta gelatina. Los pequeños
fragmentos de gelatina acumulada en el hígado que se liberan deberían
dispersarse antes de que tengan la posibilidad de adherirse a las válvulas
cardíacas.
Advierte que es muy posible que los análisis de saturación de oxígeno
disponibles en nuestros tiempos indiquen que tienes un nivel adecuado de
oxígeno en la sangre, aunque en realidad no lo tienes, porque miden a un
nivel macroscópico. ¿Y a un nivel microscópico? Todavía no disponemos
de análisis que midan a esa escala menor, porque los investigadores y la
218
ciencia médica no son conscientes de que exista tal escala. Cuando
descubran este matiz, podrán desarrollar análisis que ayuden a determinar si
una persona tiene el suficiente oxígeno en la sangre para dispersar una cosa
tal como esta gelatina.
No confundas la acumulación de gelatina con la placa. La placa en las
arterias, en los vasos sanguíneos menores y en las válvulas es el comienzo
de la enfermedad cardíaca. Aquí estamos hablando de una sustancia
completamente distinta, que cambia con la más mínima alteración del nivel
de oxígeno en la sangre; aunque puedes llegar a tener al mismo tiempo una
enfermedad cardíaca y este residuo pegajoso que no tiene que ver con ella.
El cambio del nivel de oxígeno es una diferencia mucho menor que la que
hay entre un 98 y un 99 por ciento; no nos basta con redondear al tanto por
ciento más cercano para determinarlo con la precisión requerida. Para ello
tendríamos que usar más de cien decimales. Sería algo así:
98’9999999999999999999999999999999999999999999999999999999999
999999999999999999999999999999999999999999999999999999.
En lo que respecta a la saturación de oxígeno en tu sangre, la cifra que
acabamos de citar es radicalmente distinta de un 99 por ciento. Por tanto, la
oxigenación de la sangre (o, más bien, su falta) es una pieza importante del
rompecabezas de cómo llega esta sustancia a atascarte las válvulas
cardíacas. Al mismo tiempo, para que se den las otras condiciones
necesarias debes tener la suficiente actividad vírica en el hígado, que se esté
alimentando de las toxinas y liberándolas después.
Palpitaciones; el corazón te da un salto; sensación de que el corazón se ha
saltado un latido; impresión de que te ha saltado un pez del pecho; una
sensación de chasquidos que te suben por la garganta, y otras: las
palpitaciones pueden adoptar formas muy distintas. La fibrilación auricular
misteriosa tiene mucho que ver con esta gelatina. Cuando los niveles de
oxígeno en sangre están muy bajos, y la actividad vírica es alta y el hígado
está muy tóxico (aunque no dé muestras de enfermedad), la gelatina puede
volverse muy densa y acumularse hasta el punto de provocar estas
irregularidades del ritmo cardíaco con bastante frecuencia. No todos los
casos de arritmia misteriosa están provocados únicamente por la gelatina.
Se produce una causa menos frecuente cuando una persona tiene en el
cerebro un nivel elevado de metales pesados tóxicos, como el mercurio, con
la consecuencia de que las señales eléctricas cerebrales terminan por dar en
219
esas bolsas de metal y salir rebotadas por el vago y por otros nervios
relacionados con el corazón, provocando espasmos o síntomas misteriosos
que son neurológicos.
FLUIR BIEN
¿Cómo evitar tener el corazón arrítmico? Recuerda cómo suele abordar la
arritmia la medicina convencional: recetando un anticoagulante. Esto te
puede indicar algo acerca de un factor que las comunidades médicas han
observado que cambia las cosas. ¿Y no preferirías acudir a la raíz del
problema y aclararte la sangre de manera natural? He visto a mucha gente
librarse de las palpitaciones cardíacas misteriosas, de los latidos ectópicos y
de otras arritmias limpiándose el hígado y reduciendo la cantidad de grasas
que comen. Si padeces palpitaciones cardíacas y crees que la solución será
una dieta de moda alta en grasas, lo cierto es que tienes que buscarte otra
vía. Reducirte las grasas en la dieta no solo te aclara la sangre; permite al
hígado liberar sin peligro lo que se ha estado guardando.
220
Capítulo 19.
Los problemas de las glándulas
suprarrenales
221
trabajar más aún, y el hígado también. Cada uno de nuestros hígados se
merece una medalla al valor por asumir la labor de gestionar la adrenalina.
222
corporal, arrancó el cardo de raíz de un fuerte tirón... pero no fue lo único
que arrancó. Además del cardo, había tres matas de pimiento tendidas en el
huerto, con las raíces al aire y pellas de tierra por todas partes. Mi amigo
asistió a sus plantas especiales inmediatamente, como un sanitario que
asiste a un soldado herido en el campo de batalla. Las replantó
cuidadosamente e hizo todo lo que pudo por enmendar su error, regándolas
con cuidado, alimentándolas con sus propias mezclas secretas de nutrientes
así como con otras nuevas que no había ensayado nunca. Pero, a pesar de
todas aquellas medidas excepcionales, sabía dentro de sí que había tomado
una mala decisión al obsesionarse así con el cardo. El golpe que se habían
llevado sus plantas había sido excesivo.
Las matas de pimiento tardaron un mes entero en reponerse, y no se
llegaron a recuperar del todo. Aunque los pimientos terminaron por
madurar y ponerse rojos, y mi amigo pudo llevarlos a su cocina y
emplearlos en ensaladas, no alcanzaron nunca el tamaño que él deseaba;
eran demasiado pequeños para llevarlos al concurso de los agricultores.
Cuando la gente le preguntaba qué había pasado, él respondía que había
estado ausente del pueblo por unos negocios. Cuando volví a verle, me dijo:
—Debí cortar el cardo por su base, poner compost rico alrededor de las
matas de pimiento y haber seguido el programa. Así habría tenido los
pimientos que quería, e incluso mejores quizá.
Cuando intentamos limpiar los venenos del hígado y limpiamos
demasiado, con la intención de librarnos de todo de una sola vez, alteramos
y trastornamos demasiadas cosas. Muchas de las limpiezas que se están
llevando a cabo levantan una tormenta dentro del hígado, y acceden
también a nuestro centro de las emociones, generando una locura centrada
en una misión que nos lleva a limpiar el hígado de manera extrema. Con
ello, los que podríamos concebir como nuestros pimientos para el concurso
(que están en la espalda, uno a cada lado, encima de los riñones) sufren un
duro golpe.
Así es: las glándulas suprarrenales se parecen mucho a pimientos, en el
sentido de que generan bastante calor. ¿Has estado alguna vez al aire libre,
un día frío, sin abrigo? Empiezas a agitar los dedos o a moverte, y eso te
sirve porque así haces trabajar a tus suprarrenales. Cuando mueves los
músculos, estas glándulas que producen calor envían adrenalina a tu
organismo para que estés bien caliente. La idea de que lo que te calienta
223
cuando te mueves es únicamente el aumento de la circulación es errónea.
Lo que pasa en realidad es que la adrenalina (1) te aumenta el ritmo
cardíaco para que el corazón bombee más deprisa, y (2) la sangre te lleva a
mayor velocidad esa adrenalina adicional que tiene el efecto calorífico. En
la actualidad hay plantas de pimiento picantes que generan muchas
unidades de calor; debemos procurar no quemarnos usándolas mal. También
tenemos que preocuparnos de los dos pimientos que tenemos en la espalda,
las suprarrenales. Tenemos que tratarlas con delicadeza.
Cuando se lleva a cabo una limpieza inadecuada, no solo sufre más estrés
el hígado; también las suprarrenales se llevan un golpe. Ya suelen estar
estresadas y debilitadas para empezar. Las personas con problemas de salud
suelen tener las suprarrenales levemente comprometidas y no les funcionan
a pleno rendimiento. Muchas tienen que afrontar ataques recurrentes de
fatiga adrenal, o fatiga adrenal crónica y constante. Cuando limpias el
hígado, las suprarrenales tienen que cargar con una responsabilidad que
nadie conoce: acompañar el material tóxico que se libera del hígado con
una cantidad suficiente de adrenalina, para producir una subida que sirve de
mecanismo de desagüe. Es decir, que por cada parte de veneno que depura
tu hígado, tus suprarrenales deben emitir dos partes de adrenalina. Es una
mezcla de adrenalina más respetuosa con el hígado que muchas otras,
aunque no deja de tener sus repercusiones sobre tu hígado. Los
investigadores y la ciencia médica no son capaces de medir todavía la
cantidad de toxinas que libera el hígado en un momento dado, ni menos
durante una limpieza; ni siquiera son conscientes de esta relación entre el
veneno y la adrenalina.
Cuando la limpieza se lleva a cabo como es debido, se emplea la mínima
cantidad de adrenalina necesaria, porque las toxinas se liberan
adecuadamente y de manera regular, sin que se disparen las alarmas del
cuerpo. Por el contrario, cuando se fuerza al hígado a limpiarse de una
manera inadecuada, los venenos inundan la sangre y se disparan los timbres
y las sirenas de alarma de todo el organismo, como si se hubiera hundido
una presa o como si se hubiera declarado un incendio voraz.
También el hígado transmite una advertencia. Imagínate que te han
encargado retirar piedras grandes de lo alto de una colina. El capataz te
obliga a tomar una demasiado pesada, y tu primer instinto es sujetarla con
fuerza, por lo poco manejable que es. Como no la puedes sujetar mucho
224
rato, sientes que se te escapa. La piedra empieza a rodar ladera abajo, fuera
del camino, y se dirige hacia un compañero de trabajo que está abajo. ¿Qué
haces tú? Gritas a tu compañero: «¡Apártate!». Pues eso mismo es lo que
hace el hígado: cuando se ve forzado a liberar venenos demasiado deprisa y
en cantidades excesivas, envía compuestos químicos para alertar al sistema
nervioso central de que se va a producir una desintoxicación descontrolada.
El sistema nervioso alerta al instante a las suprarrenales para que salven
la situación liberando adrenalina para proteger al cuerpo en ese mismo
momento. En este caso, la adrenalina tiene el efecto de un compuesto
esteroide que impide que el cuerpo reaccione a ningún veneno, con la
mayor rapidez posible. Se sigue liberando en la proporción de dos partes de
adrenalina por cada parte de veneno; y así, si el veneno es mucho, la
adrenalina total será mucha más. En muchos casos, esta subida de
adrenalina puede producir a la persona una sensación de euforia. Se
produce una euforia por limpieza, y a las personas que tienen el sistema
nervioso fuerte y el hígado y las suprarrenales más sanos les puede durar la
euforia varios días, e incluso semanas, impidiéndoles que sientan los
bajones.
Cuando una persona hace una dieta extrema, de moda, y empieza a
sentirse enferma, le dirán en muchos casos que es una reacción curativa. Si
bien es cierto que podemos tener reacciones desintoxicadoras naturales en
determinadas circunstancias, si se trata de una limpieza demasiado fuerte, la
reacción no será curativa. Será señal de que el sistema se ha inundado de
demasiados venenos a la vez. Y no solo eso: cuando el hígado está
liberando niveles elevados y no autorizados de venenos, porque la persona
ha seguido unos consejos de moda que no están pensados para apoyar al
cuerpo como es debido, las suprarrenales seguirán vertiendo esas dos partes
de adrenalina para complementar a las toxinas. Cuando la persona tiene
debilitadas las suprarrenales, este trabajo adicional no sienta bien a dichas
glándulas. Puede producirse lo contrario de una euforia, con muchos
bajones, mientras el hígado termina absorbiendo de nuevo la mayor parte de
los venenos. Esto tampoco beneficia a una persona que tenga sensible el
sistema nervioso: aunque la adrenalina está para impedir los daños, ella
misma empezará a hacer daño al sistema nervioso central con el tiempo.
Hasta puedes tener síntomas tales como escalofríos, temblores leves,
dolores y molestias o mareos.
225
(Esta relación entre la adrenalina y el sistema nervioso solo la han
detectado los investigadores y la ciencia médica a un nivel superficial. Por
ejemplo, los médicos no recomiendan a las personas con la enfermedad de
Parkinson que empleen autoinyectores de epinefrina a menos que la
inyección sea verdaderamente imprescindible para salvar una vida, pues
han observado que el Parkinson se agrava con el empleo de la epinefrina.
Pues bien, esto se debe a que el Parkinson es una enfermedad neurológica, y
la epinefrina [que es otro nombre de la adrenalina] es dañina para el sistema
nervioso. La relación entre adrenalina y sistema nervioso es, asimismo, la
causa por la que a las personas con cualquier síntoma o trastorno del
sistema nervioso, o que simplemente tienen los nervios sensibles, no les va
bien cuando están sometidas a presión o a estrés. Tienen los nervios tan
sensibilizados a la adrenalina que no son capaces de mantenerse «firmes
ante la adversidad»).
Cuando te hagas una limpieza, te interesa que esta sea equilibrada.
Sentirás alguna euforia, sentirás algunos bajones, y lo que te interesa es que
todo ello sea moderado y razonable. Cada persona tiene problemas de salud
distintos. Cada persona puede reaccionar a una limpieza de manera un poco
diferente. Lo que nadie quiere es una limpieza radical que te deje
absolutamente enfermo y trastornado y con la que termines peor que
estabas. Hace décadas que estoy viendo pasar estas cosas en el mundo de la
curación. Y cuando tu cuerpo se va recuperando después a lo largo de las
semanas, puedes tener la impresión de que la limpieza extrema te ha
producido una curación. Lo que pasa en realidad es que te estás curando de
haberte hecho una limpieza demasiado profunda. Pierdes de vista el hecho
de que estás intentando volver a quedarte como estabas antes de la
limpieza; y lo mismo sucede a muchos expertos y profesionales de la
sanidad que propugnan estas limpiezas extremas.
Una cosa que te interesa de cualquier limpieza es que la recuperación sea
rápida. Cuando se obliga al hígado a limpiarse en muy poco tiempo, las
glándulas suprarrenales se pueden debilitar más deprisa, con lo que a la
persona le resulta más difícil recuperarse de la limpieza. Cuanto más
debilitadas estaban las suprarrenales en un principio, más larga será la
recuperación. Y cuando tienes el organismo lleno de adrenalina que corre al
encuentro de las toxinas que se han expulsado del hígado, también puedes
tener falta de sueño, lo que puede estresar más a las suprarrenales a su vez.
226
Durante una limpieza extrema, las personas suelen dormir menos de lo
normal, porque están cargadas de adrenalina. Después, suelen dormir más
que nunca, porque sus suprarrenales tienen que recuperarse.
Tenemos que proteger a nuestros pimientos, es decir, a nuestras glándulas
suprarrenales. No hay dos suprarrenales iguales, ni siquiera dentro de una
misma persona. Aunque es fácil dar por supuesto que son idénticas, y
pueden parecer iguales cuando las observamos, lo cierto es que a nivel
microscópico cada una es única en cuanto a forma y tamaño. Del mismo
modo que dos pimientos de la misma mata pueden tener curvas y sombras
distintas y distinguirse en el color y en el número de semillas, dos glándulas
suprarrenales son siempre un poco diferentes entre sí. Yo he visto millares
de suprarrenales a lo largo de las décadas, y no hay dos que sean iguales en
cuanto a fuerza en una misma persona. Una de nuestras glándulas
suprarrenales siempre es más débil que la otra; o, si prefieres ver el vaso
medio lleno, una es siempre más fuerte que la otra. Digo esto porque es
importante saber que al hacer limpiezas (y el hígado intervendrá en toda
limpieza) la suprarrenal más débil tendrá que trabajar más todavía para
producir la cantidad de adrenalina necesaria en función de la cantidad de
veneno que se libera. De hecho, la glándula suprarrenal más débil tendrá
que trabajar un poco más con todo lo que hagamos en la vida. Por eso es
tanto más importante cuidar de las dos. Además de la información curativa
que encontrarás en la cuarta parte de este libro, puedes ver más datos sobre
el modo de cuidar las suprarrenales en el capítulo titulado «Fatiga adrenal»
de mi libro Médico médium.
LA NEUTRALIZACIÓN DE LA ADRENALINA
Vamos a ver un poco más de cerca la relación entre la adrenalina y el
hígado en nuestras vidas cotidianas cuando no nos estamos haciendo
limpiezas. Siempre que hay un exceso de adrenalina en la sangre, el hígado
deberá intentar absorber y neutralizar esta hormona, y este es un proceso
milagroso y, además, una ardua tarea; a veces, demasiado ardua si no
tenemos cuidado.
Aunque se suele considerar que el estrés es mala cosa, en realidad una
cierta cantidad de estrés es buena. Nos tiene motivados y activos, y
comprometidos con lo que yo llamo nuestro plus de propósito. Como ya
227
dije al principio de este capítulo, también es sana y natural una cierta
cantidad de adrenalina. (En mi libro Médico médium: alimentos que
cambian tu vida encontrarás información trascendental sobre el modo de
hacer un uso ventajoso del estrés). El exceso de estrés, además del
sobreestímulo, las limpiezas peligrosas, las actividades que provocan
grandes subidas de adrenalina, y dejar pasar demasiado tiempo entre una
comida y otra, es lo que desencadena que nuestras glándulas suprarrenales
emitan chorros constantes de adrenalina excesiva, que es tóxica y corrosiva
para el sistema nervioso y para el resto del organismo si queda
descontrolada. (Las suprarrenales también liberan cortisol, que es como
cuando un chico bueno acompaña al chico malo, que es la adrenalina.
Cuando la adrenalina se neutraliza y se comporta bien, el cortisol se iguala
y se vuelve más razonable y más útil. Si el cortisol sale con la adrenalina la
noche antes de Halloween, lo más probable es que imite a esta y que tire
huevos y rollos de papel higiénico). No olvidemos nunca que el carácter
tóxico y corrosivo de la adrenalina excesiva y descontrolada no se debe a
que nuestro cuerpo se vuelva en contra de nosotros mismos. Si no fuera por
las funciones salvadoras de la adrenalina, no estaríamos aquí. El
responsable de las inundaciones de adrenalina que sufrimos son las cosas
que tenemos que afrontar en este mundo exigente.
Las células inmunitarias tales como los linfocitos, los monocitos, los
basófilos y los neutrófilos de todo el cuerpo cuentan con el hígado cuando
la adrenalina sale a raudales de las glándulas suprarrenales. Estos
componentes del sistema inmunitario son inquietos y corren a esconderse
porque no quieren chamuscarse. Saben que corren el riesgo de que la
adrenalina los lesione y los obstaculice, de modo que cuentan con que sea el
hígado el que cargue con el golpe. El sistema inmunitario del hígado debe
ser el más fuerte y el más listo del cuerpo, con leucocitos muy inteligentes
protegidos por un escudo a modo de película, producido por una función
química del hígado que todavía no han descubierto los investigadores y la
ciencia médica, y que emplea un aminoácido, una sal mineral singular y una
proteína de las células hepáticas para ayudar a las células inmunitarias a
soportar, hasta cierto punto, que las chamusque la adrenalina.
Un hígado en buen estado de funcionamiento puede proteger, en efecto, al
bazo y a todo el sistema inmunitario. Como respuesta a las subidas de
adrenalina, el hígado, ese salvador del cuerpo, valiente y generoso, hace de
228
esponja. La adrenalina entra en él de casi todas las maneras posibles, por la
vena porta hepática y por la arteria hepática, absorbida por los poros que
rodean el hígado y desde los vasos linfáticos adyacentes. No tiene edu-
cación ni llama a la puerta: la derriba. El hígado absorbe la hormona
sobrante para evitar los daños en otras partes. Es un sacrificio, ya que la
adrenalina no es buena para los elfos de los lobulillos hepáticos. La
adrenalina sobrante que absorbe tu hígado también es dañina para el sistema
inmunitario personalizado de tu hígado. Salta una alarma (distinta de la
alarma que suena cuando el hígado libera demasiados venenos a la vez)
para alertar a tu cuerpo de que el sistema inmunitario de tu hígado está
comprometido, y de que hay que atender inmediatamente a muchas tareas;
por ejemplo, que las células inmunitarias del hígado corran a proteger los
elementos importantes, como correría una madre a salvar a su recién nacido
en una inundación. Los elfos empiezan a ir a paso ligero, y se inicia una
función química milagrosa que produce un agente natural, semejante a un
disolvente, que actúa para protegernos.
Los componentes de este compuesto químico son hormonas viejas que ya
no son útiles y que el hígado ha ido recogiendo, neutralizando y alterando a
lo largo del tiempo. Se trata de hormonas normales que el organismo ha
producido en el pasado, tales como las hormonas sexuales y las hormonas
del estrés, y que cumplieron su propósito original, así como hormonas que
obtenemos de alimentos alborotadores como los huevos y los lácteos.
Siempre que el hígado encuentra en la sangre estas hormonas
descontroladas, sus células productoras de plasma las atrapan, las
desactivan y las disgregan para prepararlas para su nueva tarea
fundamental.
La próxima vez que tengamos una subida de suprarrenales, estas tendrán
la posibilidad de cumplir esa tarea: cuando suena la señal de alarma, las
células plasmáticas del hígado se activan y liberan a las hormonas viejas,
poniendo en marcha la
reacción química que las transforma en ese agente semejante a un
disolvente. Supongamos que estás viviendo mucho miedo o mucho estrés;
que te estás enamorando o desenamorando, o tienes ira, te sientes
traicionado, sufres dolor, pena, preocupaciones o los altibajos de la vida,
buenos o malos. Tus glándulas suprarrenales reaccionarán emitiendo mucho
cortisol y adrenalina para apoyarte con vigor de lucha o huida. El
229
organismo sabe que el precio que tendrás que pagar por ese apoyo será el
daño que te puede hacer un exceso de esas hormonas a nivel físico, mental,
o incluso del alma. Si la adrenalina descontrolada toca a un valioso
leucocito del sistema inmunitario del hígado, le hará daño. Si la adrenalina
descontrolada toca el revestimiento del cerebro o del intestino, les hará
daño. Si entra en los huesos, puede volverlos frágiles y delgados. Puede
agravarse la alopecia (que se debe a que las suprarrenales se debilitan, se
desequilibran en su producción de hormonas y elaboran demasiado poco de
una hormona determinada), pues las subidas de adrenalina debilitan todavía
más a las glándulas. Las subidas de adrenalina pueden exacerbar una
depresión ya existente, o provocarla si no existía. También pueden
alimentar a los patógenos que están en el hígado, entre ellos virus como el
de Epstein-Barr, el del herpes zóster y el VHH-6. Existe un agente que
puede impedir todo esto, que es el mecanismo de equilibrio que posee el
cuerpo para prevenir los daños: el nuevo compuesto químico formado a
partir de hormonas viejas y reconstruidas.
Una vez liberado este agente, su misión consiste en hacer tanto de cebo
como de trampa para el cortisol y la adrenalina frescos sobrantes. Estas
hormonas nuevas descontroladas perciben su familiaridad con las viejas y
gravitan hacia ellas con la idea de que, juntas, serán más fuertes. Si no te
crees que una hormona sea capaz de pensar por sí misma, replantéatelo. En
unos compuestos bioquímicos como son las hormonas se encuentra una
cantidad de datos imposible de medir y que no pueden descifrar ni la
ciencia ni las computadoras de hoy día, ni podrán jamás. Si la raza humana
sobrevive al odio, a la codicia y a la envidia que la impulsan a las guerras y
a otros actos de destrucción, y si seguimos aquí dentro de mil años, todavía
no los habrán descifrado. La cantidad de información que se encierra dentro
de una hormona es tan vasta que es como un universo propio. Una parte de
esa información indica a las hormonas que se dejen guiar por la energía del
cuerpo y que se conecten con la energía del alma humana. Por eso están tan
vinculadas las hormonas a las emociones; y este es uno de los motivos por
los que se libera adrenalina cuando tu alma tiene miedo.
Cuando las hormonas nuevas chocan con las viejas, las hormonas viejas,
con su carácter adherente, se aferran a las hormonas nuevas como un suelo
pegajoso. Las hormonas nuevas, ya menos rápidas y menos ágiles, se
quedan pegadas, y esas hormonas viejas se unen a ellas como no podría
230
unirse ninguna otra cosa. Es uno de esos casos en que lo semejante se
combate con lo semejante, como cuando la gente se limpia la cara con
aceite o cuando se trata un problema de hongos con setas. Cuando estas
hormonas semejantes se unen mutuamente (las hormonas frescas de estrés
sobrantes, procedentes de episodios de emociones intensas o de otras
vivencias extremas, se unen a las hormonas viejas, almacenadas, que se han
reelaborado) se produce una reacción química milagrosa. Se vuelven una.
Estas hormonas, juntas, hacen una gran pareja. La adrenalina y el cortisol
frescos inspiran vida en las hormonas viejas, mientras que las hormonas
viejas inspiran muerte en las frescas, matando la información del miedo, el
caos, la pérdida, la traición, el dolor, la pena y la presión. El resultado final
es que las hormonas viejas desactivan a las nuevas. Son el freno de la
montaña rusa. Son el muro de ladrillo. Cuando están unidas se produce un
equilibrio. Ahora, el hígado detecta que el exceso de adrenalina y de
cortisol se encuentra dentro de una zona neutra aceptable; que ya no es
peligroso y que, por tanto, está preparado para excretarse o enviarse a los
riñones... siempre que el hígado esté funcionando muy bien y en plenitud de
condiciones.
Como ya sabes, no siempre lo está. Cuando el hígado se sobrecarga por
cualquiera de los múltiples motivos que hemos descrito en este libro, se
reduce su capacidad para neutralizar la adrenalina y el cortisol. Mengua su
capacidad de ejercer de padre protector. Cuando se encuentra en un estado
intermedio, todavía es capaz de procesar una parte de la hormona antigua; a
partir de ahí, se ve obligado a almacenar el resto. Si el hígado está más
maltratado, almacenará casi la totalidad del compuesto de hormonas unidas,
en compartimentos especiales que tiene dentro. El hígado lo almacena con
la esperanza de que, algún día, tendrá una oportunidad y le surgirá la
ocasión de liberar el compuesto para eliminarlo del cuerpo. Cuando al
hígado no le surge esa oportunidad, el compuesto de hormonas unidas pasa
a ser uno más de los residuos estancados que ocupan espacio dentro del
órgano. Como ya has leído en el capítulo 12, cuando el hígado tiene
demasiadas cosas que almacenar, la consecuencia suele ser el aumento de
peso. Cuando el hígado está debilitado, también puede perder su capacidad
de llevar a cabo su tarea de neutralización de las hormonas. Todavía
ayudará todo lo que pueda, aunque su labor no será perfecta y dejará libre a
231
una parte de la adrenalina, que podrá hacer daño cáustico al mismo hígado
y más allá.
Por eso, muchas personas que pasan momentos de traición, envidia, daño,
dolor o pena, o de abandono, irresponsabilidad o narcisismo por parte de
otros, tendrán después un ataque de fatiga adrenal. O el sistema digestivo se
les sensibiliza, al debilitárseles en ese momento el hígado, que está ocupado
absorbiendo la adrenalina; aparte de que toda adrenalina no neutralizada
que pase por allí resulta extremadamente corrosiva para el revestimiento
intestinal y para el estómago. Como la adrenalina no controlada alimenta a
los patógenos, no es raro estar lánguidos y fatigados y sentir malestar
general, o tener un pequeño ataque de mononucleosis de baja intensidad
porque se despierta el VEB, o un episodio de herpes de baja intensidad, o
incluso algo de eccema, tras una situación difícil como puede ser la pérdida
de un ser querido, un desengaño amoroso o una ruptura dura con un amigo
o con tu pareja. El sistema inmunitario del hígado, que suele tener
contenidos los virus como el VEB, se debilita en esos momentos de estrés
suprarrenal.
Durante una limpieza extrema, el hígado tiene que tomar una decisión
entre una tormenta de señales de alarma enfrentadas: liberar las hormonas
viejas almacenadas para que vayan a unirse con toda la adrenalina sobrante
y neutralizarla para que no haga sus daños cáusticos, o no liberarla, porque
el cerebro ha enviado a las suprarrenales la señal de liberar esa adrenalina
por un motivo, para proteger al cuerpo de los venenos que se ha obligado a
salir del hígado. La adrenalina está allí como una sacudida intencionada al
sistema, como la inyección de un autoinyector de epinefrina después de
sufrir la picadura de una abeja, que está allí como antiinflamatorio para
detener la reacción del cuerpo al veneno. El hígado, que siempre ejerce de
mamá osa, sabe lo que es más importante en este caso, dejar que la
adrenalina haga su trabajo, y por eso toma la medida trascendental de
contener las hormonas almacenadas que desactivarían la adrenalina. Al
hacer esto, el hígado tendrá que soportar un golpe de los que llegan una vez
en la vida, cuando la adrenalina termine por entrar en el hígado por la
sangre con toda su fuerza. Este es uno de los motivos por el que no siempre
puedes confiar en que una limpieza de hígado sea respetuosa con el hígado.
Si se trata de una limpieza artificial, basada en mitos y en teorías, y hace
que los venenos salgan de tu hígado a cubos, provocando el correspondiente
232
bombeo del doble de cantidad de adrenalina, entonces tu hígado tendrá que
absorber todo el golpe de la adrenalina activa, junto con los venenos que
han salido del hígado, y eso no tiene nada de respetuoso con el hígado.
Sería fácil creer que una dieta alta en grasas nos amortiguaría en la sangre
la adrenalina tóxica. Muy al contrario. Antes bien, las grasas dejan la
adrenalina en suspensión y la mantienen en el cuerpo a largo plazo. Esta
adrenalina suspendida en grasas, que no se puede absorber, ni desactivar, ni
almacenar, ni eliminar por la orina como es lo habitual, conserva la
información que acompañó a su liberación. Esto significa que un hígado
graso o un hígado lento, que equivale a más grasa en la sangre, también
mantiene activas las emociones agudizadas, como ese momento en la
oficina en que te enteraste de que no habían contado contigo en una reunión
trascendental. Es el secreto de por qué a veces somos incapaces de
liberarnos de determinados agravios. Si limpias el hígado y te desprendes
de la grasa, el hígado podrá procesar por fin la adrenalina para protegerte de
que tengas que volver a evocar esa vivencia una y otra vez.
SALIR FORTALECIDOS
Nuestras glándulas suprarrenales y nuestro hígado tienen una resistencia
increíble cuando nosotros hacemos lo que debemos. Si no eres consciente
de cómo coexisten tus suprarrenales y tu hígado, puedes cometer más
errores y activar más minas. Las suprarrenales son especialmente tolerantes.
Si entendemos cómo funcionan durante las limpiezas y en los momentos
difíciles descubriremos modos de cuidarlas un poco mejor. A veces, un
poco de atención, un poco de comprensión, pueden cundir mucho.
Cuando la gente no entiende cómo funcionan las suprarrenales es cuando
empiezan a deslizarse por una ladera de problemas. Lo que retrae a muchos
es que los intentos de información que tenemos disponibles sobre las
suprarrenales no tienen sentido, porque, de entrada, esas glándulas apenas
se entienden. La información que vas a conocer aquí te dejará fortalecido.
El mero hecho de conocer el papel del hígado como apoyo de las
suprarrenales puede fortalecer a estas glándulas.
Cuando des un paso más y veles por tu hígado aplicando las diversas
medidas que se describen en este libro, estarás velando también por tus
suprarrenales y protegiéndolas del estrés. No se trata de que vivas en una
233
burbuja ni de que evites todos los conflictos y todas las emociones difíciles.
Tienes el derecho fundamental de vivir esos desafíos. También tienes el
derecho fundamental de acceder a la sabiduría que te brindan y de salir de
ellos en mejores condiciones y no debilitado. Nuestros cuerpos saben
hacerlo, con solo que nosotros sepamos ser testigos de sus verdaderas
necesidades y trabajar con ellos.
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Capítulo 20.
Las sensibilidades químicas
y alimentarias
235
dispara las sensibilidades, ya sea por los restos de una fragancia del
producto para limpiar la moqueta, por unos materiales de construcción que
desprenden gases, o por alguna otra presencia química en el hogar. Como el
mundo exterior también tiene sus amenazas, que en muchos casos son
imprevisibles, a estas personas les parece que no pueden refugiarse en
ningún lugar seguro.
UN MUNDO DISTINTO
Las sensibilidades químicas tienden a variar de una persona a otra, y
también de un momento a otro en una misma persona. Es casi como si estas
sensibilidades se movieran y se trasladaran, y el trastorno se alterara. De
repente, puedes tener que cambiar de jabón. En un momento dado tienes
sensibilidad al perfume, y en otro momento es al fijador del pelo; y si nunca
has tenido sensibilidad a tu champú cien por cien natural, podrías tenerla en
cualquier momento. Esta imprevisibilidad e incoherencia forman parte de la
dificultad.
Puede que seas una de esas personas que se sienten capaces de
arreglárselas con su sensibilidad. Por ejemplo, puedes haber aprendido a
evitar los ambientadores de enchufe siempre que te resulte posible, y así vas
tirando. Esa es una sensibilidad leve. También hay personas que tienen que
evitar muchas cosas: los fijadores de pelo convencionales, las colonias, los
perfumes, las velas, los detergentes con fragancia, los suavizantes de ropa,
las lociones limpiadoras y, sí, los ambientadores (que muchas personas no
toleran, y con razón, porque son extremadamente tóxicos) se convierten en
sus enemigos: basta con olerlos una vez para quedar debilitados. Hace falta
tal nivel de atención que resulta mucho más difícil funcionar. ¿Dónde vas?
¿A la casa de un amigo que emplea productos de limpieza tóxicos
convencionales y que tiene un ambientador de enchufe y una mezcla de
flores secas aromáticas tratadas químicamente? ¿Cómo podrás funcionar?
Te encuentras un activador en cada esquina. Hasta los árboles de Navidad
se fumigan con una sustancia para que sigan verdes el mayor tiempo
posible. Hasta los árboles de Navidad falsos se tratan con disoluciones de
nanotecnología que pueden provocar sensibilidades a algunas personas.
Las personas con sensibilidades químicas se ven obligadas a convertirse
en expertos y a estar siempre atentas. El mundo que ven con sus ojos es
236
completamente distinto del que puede ver otra persona. Toda persona con
sensibilidades químicas (o alimentarias) tiene que quitarse las gafas de
color de rosa. Debe dedicar una cantidad enorme de energía y de tiempo a
leer los envases, a enterarse del contenido real de todos los productos que se
encuentra y a investigar el origen de los ingredientes. Debe tener cuidado
con las alfombras y moquetas y con los muebles nuevos, así como con las
reformas domésticas en las que intervengan pinturas, asfalto, lubricantes o
selladores. Debe consultar a los hoteles para pedir por adelantado
habitaciones hipoalérgicas, sin que esto les garantice siquiera que al abrir la
puerta de esa habitación no se les vendrá encima un aroma. Algunas
personas con sensibilidades químicas están mejor documentadas que los
ingenieros, e incluso que los químicos. Aunque un químico o química
pueda haber alcanzado el máximo nivel en el campo de su especialización,
también puede llevar ropa saturada de múltiples sustancias químicas del
lavado, emplear ambientadores que emiten aceites de efectos desconocidos
para los seres humanos, y subirse a su coche que acaba de ser lavado y
tratado con sustancias químicas para que brille el cuero, y que lleva colgado
su propio ambientador de aire. Y ese fin de semana puede optar por pintar
la casa con pintura alta en compuestos orgánicos volátiles, y después echar
gasolina a su cortadora de césped, derramándose un poco en las manos, y
cortar el césped y respirar los gases del escape. La persona con sensibilidad
química está más versada en todas esas exposiciones dañinas a las que se ha
sometido el químico. Si alguien comentara esas exposiciones al químico,
este podría decir: «Lo que no te mata, te hace más fuerte». Eso podrá tener
sentido en otros campos de la vida. Pero en este, no.
Las personas que tienen sensibilidad química desde hace poco tiempo lo
pasan muy mal. En primer lugar, tienen que vivir el proceso de volverse
conscientes de que algo marcha mal. Puede producirles una confusión
enorme. Tener dolores de cabeza por primera vez en la vida; un sabor raro
en la boca o un picor en la lengua en determinados entornos; cansarte
fácilmente cuando caminas por unos grandes almacenes e inspiras miles de
sustancias químicas sintéticas, o empezar a sentir tensión en el tórax en tu
lugar de trabajo por las fragancias que están en el aire cada día... No tiene
nada de divertido que te empiecen a aparecer estos síntomas. Los novatos se
encuentran ante un desafío difícil, tanto a la hora de encontrar a un médico
que no les diga «son todo imaginaciones suyas» ni los quiera hacer caer en
237
la trampa de la borreliosis de Lyme, como para recabar apoyo por parte de
su familia y de sus amigos, que pueden estar desconcertados o cansarse en
seguida de aquello porque todo marchaba bien hasta hace poco. Las
reacciones de tu cuerpo no son fáciles, ni tampoco lo son las reacciones de
los demás. «¿Por qué no puedes ser como el resto de la gente que vive la
vida, que se pone maquillaje y perfume (o colonia y loción para después del
afeitado), que va al salón de belleza, que respira los escapes de los coches y
va de compras por el centro comercial sin problemas?». Esta nueva realidad
puede parecer muy limitadora a cualquier persona que esté intentando
sortear una sensibilidad nueva.
Y también están las personas que ya son expertas. Descubrieron sus
sensibilidades hace años; saben lo que pueden y lo que no pueden hacer;
saben los límites a los que pueden llegar... y, a pesar de todo, les resulta
imprevisible. Pueden pasar épocas de sentirse mejor y de aguantar más,
seguidas de rachas en las que soportan menos. Es un juego de azar.
No debemos confundir las sensibilidades químicas con las reacciones a
las sustancias químicas que son claramente dañinas. Aquí no estamos
hablando de las sustancias químicas muy reguladas, como aquellas de las
que se sabe que queman visiblemente la piel. Estamos hablando de
sustancias que no se ven, ni se oyen, ni se sienten; de sustancias que
muchas personas ni siquiera huelen. ¿Cómo se puede desarrollar una
sensibilidad a una cosa invisible? ¿Qué sucede? Todo arranca del hígado... y
esta verdad no la conocen todavía ni siquiera las personas con sensibilidad
química.
Cada persona afectada tiene su teoría sobre por qué le pasó. Es frecuente
que recuerden un hecho clave. Algunos creen que todo empezó el día que
los fumigaron con pesticida cuando caminaban por el jardín de su
comunidad. Otros creen que comenzó un día que comieron un alimento
determinado. Algunos dicen que fue el día que les pintaron la casa. Sí, estas
experiencias pueden ser desencadenantes, y puede descubrirse en esos
momentos que algo marcha mal; pero no son toda la historia. Y ¿qué hay de
esa otra persona que también iba paseando por el jardín de la comunidad y a
la que fumigaron ese día, y a la que no solo no le pasó nada sino que fue a
la droguería, compró pesticidas, los usó para fumigar sus propias plantas y
no desarrolló ninguna sensibilidad química? Puede que le pase más
adelante, pero todavía no. Aquel no fue su hecho clave. En el caso de la
238
persona que sí desarrolló una sensibilidad, lo importante era lo que le
pasaba internamente. Aquel día en el jardín fue un momento cualquiera. La
sensibilidad se le iba a presentar en todo caso... ya le había comenzado.
239
velas aromatizadas, de un ambientador enchufado en la sala de espera de un
dentista, de una furgoneta de reparto que vomita gases, detenida con el
motor en marcha ante tu casa, de la limpieza de la moqueta de tu oficina en
el fin de semana, de las sustancias químicas retardantes del fuego con que
ha sido tratada la ropa nueva que acabas de comprar. El hígado no puede
soltar los venenos tan deprisa como le llegan. Por último, llega un
desencadenante que da al hígado el último empujón. Puede ser una visita al
dentista para que te quite un empaste con amalgama de mercurio, que emite
gases de mercurio a tu organismo (puedes leer más acerca de esto en
Médico médium). Puede ser ese paseo por el jardín de tu comunidad en el
que recibes herbicida tóxico. Cuando el cuerpo ha llegado, con el tiempo, a
ese punto demasiado tóxico y el hígado está demasiado lento para tenerlo
todo controlado (también con el tiempo), comienza la sensibilidad química.
Los últimos desencadenantes no son la causa; son la última gota que
desborda el vaso del hígado.
Detrás de las sensibilidades químicas se encuentra un sistema nervioso
central sensible. Las toxinas que el hígado no es capaz de neutralizar ni de
contener sobrecargan el sistema nervioso hasta el punto de que este acaba
por volverse sensible, o incluso alérgico, a determinados venenos. Esta
sensibilidad se puede percibir en forma de sensaciones raras en la boca, de
la impresión de que no puedes respirar hondo o «bien», de vista borrosa,
dolores de cabeza crónicos o migrañas, fatiga, hormigueos e insensibilidad,
insomnio, mareo, ansiedad, depresión y más cosas. Algunos de estos
síntomas se pueden producir independientemente, por ejemplo como
resultado de que las neurotoxinas del VEB atacan al sistema nervioso.
También puede estar provocado todo ello por la sensibilidad química. Si el
hígado no estuviera ya sobrecargado y si no se hubiera vencido tanto la
balanza (y si la persona no tuviera una infección activa por VEB u otro
problema importante), entonces no se desarrollaría una sensibilidad química
por un solo encuentro malo. No saltaría el interruptor.
Es frecuente que las neurotoxinas y las dermotoxinas del VEB,
combinadas con ciertas toxinas que están almacenadas en el hígado,
produzcan sensibilidades químicas. A una persona que tiene el VEB sin
tener en el hígado los metales pesados tóxicos o los pesticidas del tipo
correspondiente, puede que no se le desarrolle una sensibilidad química. Si
bien la persona puede tener que afrontar un sistema nervioso central
240
sensible por el virus, no tendrá el componente de la sensibilidad química.
Por otra parte, las neurotoxinas y las dermotoxinas que excreta el VEB que
está consumiendo en el hígado los venenos del tipo determinado debilitan
más el sistema nervioso. Dan a la persona mayores sensibilidades oculares
(entre ellas la sensibilidad a la luz), niebla mental, mareos, hormigueo en la
lengua e insensibilidad en las manos. La persona piensa que la causa directa
de esto son las sustancias químicas que acaba de inspirar, el incienso de una
tienda o el ambientador de un cuarto de baño, o una nube de fijador de pelo
en el salón de belleza. Pero, en realidad, los virus ya se han alimentado de
suficientes venenos en el hígado como para ser sensibles, de modo que,
cuando se produce un estímulo externo, como puede ser una fragancia
sintética, el sistema nervioso reacciona al instante.
Esta combinación desconocida de factores que se producen por debajo de
la superficie confunde mucho a los investigadores y a la ciencia médica
cuando intentan determinar las causas de las sensibilidades químicas. Los
médicos y los demás profesionales de la sanidad deben tener amplitud de
miras y aprender que en la mayoría de los pacientes con sensibilidad
química el sistema nervioso central está debilitado, y en este debilitamiento
puede estar desempeñando un papel muy importante una infección vírica.
No todas las personas con sensibilidad química tienen una infección vírica
activa. Muchas han sido fumigadas o lesionadas por determinadas
sustancias químicas y su organismo ha desarrollado una hiperconciencia
que provoca las sensaciones de hipersensibilidad.
A todo esto se debe que una misma exposición pueda producir dos
resultados radicalmente diferentes a dos personas distintas. Todo depende
del momento de la vida en que se encuentre la persona, de cuánta carga
tiene en el hígado, de lo limitado que haya llegado a estar este para eliminar
los venenos, del tipo de actividad vírica que esté presente y de lo sensible
que se haya vuelto la persona sin saberlo. Muchas personas pueden tener
una sensibilidad química durante mucho tiempo sin darse cuenta de lo que
les pasa. Cuando la sensibilidad se da a conocer, interviene un componente
emocional que agrava el padecimiento físico. ¿Qué es lo que lo puede
desencadenar la próxima vez? ¿Está mejorando? ¿Empeorando? ¿Me estoy
muriendo? Muchas personas no son capaces de determinar con exactitud
qué es lo que les ha dado ese último empujón que las ha llevado hasta la
sensibilidad, y el misterio también les dificulta la situación. Se les agudiza
241
el miedo, y con lo que están pasando se les desarrolla un tipo de trastorno
obsesivo-compulsivo (TOC).
La libertad se alcanza al saber que no hay un desencadenante único ni
silencioso que te trastorne la vida de la noche a la mañana. Es una cosa que
se va acumulando poco a poco, lo que significa que también se puede
deshacer. Curarse de las sensibilidades químicas es una cuestión de
paciencia y de comprensión. Hay que centrarse en dos cosas: en cuidar el
hígado y en cuidar el sistema nervioso. No me pasa desapercibido el hecho
de que las personas con sensibilidad química tienen dificultades para
desintoxicarse. Muchas son tan sensibles que no pueden tomar ni un solo
suplemento con el fin de intentar calmarse el sistema nervioso o
desintoxicarse el hígado. Si esta es tu situación, no pienses que estás
bloqueado. En tu caso, la respuesta se encuentra en los alimentos, en cuidar
prudentemente de tu hígado y de tu sistema nervioso por medio de los
alimentos.
SECRETOS DE LA SENSIBILIDAD
ALIMENTARIA
Si eres una persona con muchas reacciones alimentarias, ya sé lo difíciles
que son las cosas para ti. Debe de parecerte que a cada día que pasa hay un
alimento que antes no te daba problemas pero que ahora te está provocando
una sensación nueva y rara. A mucha gente les dicen que esto está
relacionado con los mohos, cuando la realidad es que, una vez más, se trata
de una cuestión vírica que potencia las sensibilidades químicas; es decir,
una abundancia de neurotoxinas del VEB que llevan las sensibilidades
químicas a un nuevo nivel. Esto se debe en algunos casos a que ese
alimento mismo sirve de sustento a los virus. Si es un alimento alborotador,
puede alimentar al VEB, produciendo más neurotoxinas que inflaman el
tracto digestivo.
Las personas que tienen hipersensible el sistema nervioso central también
tienden a tener hipersensible el revestimiento intestinal. Uno de los motivos
es que observan su entorno en busca de desencadenantes con los sentidos
agudizados, y por ello se les suele liberar la adrenalina con mayor
frecuencia. Cuando entras en una tienda que crees que puede afectarte, te
puedes poner nervioso (y con razón, dadas tus exposiciones y tus reacciones
242
del pasado), y esos nervios pueden disparar a las adrenalinas, que saltan a
defenderte con un episodio leve de lucha o huida. Pasa lo mismo si te
preocupan los supergérmenes y vas a entrar en un hospital para visitar a un
amigo. Entrarás allí con un estado de ansiedad potenciada que hará que las
suprarrenales te liberen adrenalina. Con el tiempo, esta cantidad mayor de
adrenalina te sobresatura el hígado, como ya has leído, y también te puede
saturar el revestimiento intestinal, chamuscándolo levemente. Los miles y
miles de nervios del revestimiento intestinal se pueden inflamar y quedar
expuestos, con los receptores nerviosos irritados.
Al comer diversos alimentos puedes sentir molestias cuando estos te
rozan el revestimiento intestinal y tocan todos esos nervios sensibles.
Cuando sucede esto, es fácil tener una reacción de miedo. Alguien puede
decir: «No puedo comer lechuga, me produce reacción; pero con los huevos
no me pasa nada». Lo paradójico del caso es que la lechuga contribuye a
aplicar masaje al revestimiento intestinal, aflojando los residuos y otras
bolsas de materiales de desecho, lo que permite que se eliminen y que no
sirvan de combustible a los virus, mientras que los huevos alimentan a los
patógenos tales como el VEB, con lo que se generan más toxinas que
terminan por producir más sensibilidades químicas y alimentarias. Los
huevos nos producen buenas sensaciones al bajar porque se desplazan por el
centro del tracto intestinal, convirtiéndose en una cola suave y líquida. La
lechuga, por su parte, priva de alimentos al VEB. Una parte de su magia
consiste en su efecto de rozar el revestimiento intestinal; pero, al tener
irritados los receptores nerviosos de esa zona, puede producirte fácilmente
la sensación de que te está causando reacción. En último extremo, la
lechuga calma los nervios; la sustancia lechosa que contiene en sus tallos
tiene un efecto tranquilizante y sedante.
Las manzanas son otro alimento que la gente suele temer que ya no puede
comer. Lo cierto es que las sensibilidades a las manzanas se remontan a que
la persona ha dado un bocado a una manzana que estaba cubierta de ceras y
de pesticidas y que no se había lavado previamente. Cuando pasa eso, la
lengua capta al instante las sustancias químicas, y los sensibles nervios
trigémino y vago, que están conectados con la boca, desencadenan una
reacción que puede venir acompañada de picor, hormigueos, insensibilidad
o sensación de ardor. Las personas con sensibilidad química que han
sentido esto con frecuencia suelen tener que evitar las manzanas durante
243
cierto tiempo; y más adelante descubren que, si se les calman los nervios,
pueden probar una manzana de cultivo ecológico, pelada si es necesario, sin
que les provoque una reacción.
Puede parecer un círculo vicioso en el que a veces reaccionas a los
mismos alimentos que sabes que deberían aliviarte. Si este es tu caso, para
ir progresando deberás introducir poco a poco los alimentos especiales del
capítulo 37, y tendrás que aplicar tu energía a centrarte en evitar todos los
alborotadores hepáticos del capítulo 36 que puedas, sobre todo los
alimentos alborotadores de esa lista. Si necesitas apoyo moral, consulta el
capítulo sobre el TEPT oculto, en mi libro Médico médium. Recuerda, por
encima de todo, que todavía te puedes curar. Nadie que padezca una
sensibilidad química o alimentaria tiene cerrado el camino a sentirse mejor
algún día. Cuando te cuidas el hígado y el sistema nervioso, hay esperanza.
EL PROBLEMA NO ERES TÚ
Si tienes el sistema nervioso muy sensible, todavía puedes seguir
reaccionando ante determinadas exposiciones después de haberte curado.
Tendrás que guardar ciertos límites y reglas que decidirás tú mismo. Por
ejemplo, cuando entres en una tienda de ropa blanca todavía te puede dar un
dolor de cabeza o sentirte agotado por las sustancias químicas que se usan
para tratar la tela. Lo que mejorará será tu tiempo de recuperación; y
recuperar la normalidad más deprisa cambia mucho las cosas.
Ten esto en cuenta: tienes derecho a reaccionar ante un mundo que es
tóxico. El problema no eres tú; el problema son las sustancias químicas
tóxicas y los factores de estrés constantes. La sensibilidad es un valor; eres
como los canarios que se tenían en las minas de carbón para que anunciaran
la presencia de gases. Aunque a base de cuidarte el hígado y el sistema
nervioso te desaparezcan por completo las sensibilidades, te habrán dejado
un don: un mayor grado de conciencia de los peligros de nuestro mundo,
con el que podrás protegerte mejor en el futuro, a ti mismo y a tu familia.
244
Capítulo 21.
Los problemas de metilación
Si te han dicho alguna vez que tienes una mutación genética que te
produce defectos de metilación, debiste de sentir, a modo de condena
instantánea, que en tu cuerpo y en tu mismo ser había un elemento
defectuoso, destructivo y de falta de apoyo. Quizá te hayan recetado
determinadas vitaminas y otros suplementos que deberían servir para
potenciarte la capacidad de metilarte como es debido, aunque lo más
probable sea que con eso no hayas perdido la sensación de derrota. Cuando
hay algo que hace que te sientas mal, ya es difícil sobrellevarlo de suyo.
Pero si a eso se le añade la tristeza de que te digan que has nacido con un
problema genético irreparable, o que se te ha desarrollado misteriosamente
en algún momento un problema de mutación genética, entonces la cosa es
mucho peor... sobre todo, porque esto no es cierto.
La disfunción de la metilación no es un problema de genes. No es una
mutación genética del metilentetrahidrofolato reductasa (MTHFR); una
mutación genética no puede producir un compromiso, ruptura ni trastorno
de la metilación. Un problema de metilación es mucho más amplio y
distinto de lo que se cree popularmente desde hace poco en el mundo de la
medicina, tanto en el alternativo como en el convencional. Vamos a
explorar aquí la verdad de lo que produce un problema de metilación y de
lo que produce una mala lectura en un test genético.
245
lo que más necesitamos. Es un proceso que disgrega los nutrientes, los
altera y los vuelve más bioactivos para que puedan beneficiarnos de una
manera más profunda.
La metilación es, principalmente, un papel milagroso que desempeña tu
hígado, un día tras otro. Tu hígado lo hace con la ayuda de tu íleon, que es
una pequeña parcela del sistema digestivo situada al final del intestino
delgado, justo antes del colon. Para convertir los nutrientes con el fin de que
tu organismo les dé el mejor uso, el hígado y el íleon trabajan
conjuntamente y se apoyan el uno al otro. Cuando uno sufre, el otro
intentará ayudarle.
Los vasos portales hepáticos llevan nutrientes esenciales del íleon al
hígado; hay capilares que brotan del hígado y van a dar al sistema portal
para que puedan terminar en las buenas manos del hígado. Cuando el íleon
no funciona bien, se reducen casi todos los nutrientes que llegan del íleon a
los vasos portales, y el hígado tiene que arreglárselas por su cuenta.
246
aparece bajo el encabezamiento de inflamación. Es bueno descubrir los
problemas de inflamación y de metilación si se están produciendo. Las
personas con sensibilidades químicas también tienen problemas de
metilación, y estos pueden desencadenar un resultado positivo en un
análisis de mutación genética, o bien aparecer en forma de niveles elevados
de homocisteína, o ambas cosas.
Al mismo tiempo, este aspecto positivo de los análisis de mutación
genética no basta para compensar su aspecto negativo, que es el daño que
puede sufrir la mente y el cuerpo de una persona cuando se le dice que tiene
los genes defectuosos. Cabría pensar que la respuesta del gen defectuoso
proporciona alivio a la persona, porque se la presentan como una respuesta.
Pero la verdad es que no aporta ningún alivio, porque no es una respuesta.
Es un engaño y un desvío al mundo de la burocracia médica, para evitar
descubrir la verdad de por qué están aumentando rápidamente las
enfermedades crónicas a escala mundial. Prepárate para oír decir en todas
partes (en los anuncios de información pública y en los comerciales, en los
estudios, informes, artículos y libros) que los genes son responsables de
todo. Es una campaña que no tiene fin.
Si te han diagnosticado una mutación del gen MTHFR, debes olvidarte de
lo de la «mutación genética» y atender a la cuestión del problema de
metilación, centrándote en resolver la verdadera causa de este, para mejorar
tu salud. Has de conocer la verdad de por qué el análisis manifestó una
mutación de un gen: porque captó los marcadores de la inflamación, pero
no una mutación en sí.
247
nivel elevado de adrenalina por un estrés intenso o porque se te está
desarrollando una enfermedad en alguna parte de tu cuerpo, tu hígado
encontrará y mejorará la vitamina B concreta que necesitas, entre las
muchas que te ofrecen generosamente las espinacas. Si bien los
investigadores y la ciencia médica conocen los datos básicos sobre la
existencia de la metilación, nadie sabe que en el proceso de la metilación tu
hígado lleva los «superalimentos» a un nivel completamente nuevo, en un
proceso en el que el íleon desempeña un gran papel durante buena parte del
tiempo, creando supervitaminas y otros supernutrientes a partir de los
nutrientes normales. Este proceso químico increíble que lleva a cabo tu
cuerpo, y no un laboratorio científico, hace que la nutrición sea mucho más
viable y sencilla de usar por parte del resto de tu cuerpo.
Otro aspecto notable de este proceso es que tu hígado documentó la
necesidad de esa vitamina B concreta por adelantado, antes de que te
comieras la ensalada de espinacas siquiera. Cuando llegó la vitamina, el
hígado ya era capaz de darle uso inmediatamente. Al mismo tiempo, tu
hígado busca los nutrientes que sabe que necesitarás en los momentos
difíciles y en las malas rachas con subidas de adrenalina, enfermedades y
otros desafíos, como las exposiciones a los pesticidas, a la pintura fresca o a
otros alborotadores. Cuando te comes la ensalada, tu hígado está
almacenando otras vitaminas del grupo B (así como otros nutrientes de las
espinacas) que sabe que te vendrán bien algún día. Lo que recoge es muy
concreto, específicamente para ti y para tus necesidades; el hígado de otra
persona se guardará un saldo de nutrientes distinto del que se guarda para ti
tu hígado. Tu hígado sigue confiando en que tú le proporciones los
nutrientes de forma continuada. De manera que, si no comes ensaladas de
espinacas y otros alimentos nutritivos, ¿de dónde sacará el hígado los
componentes básicos que necesita para elaborar supercompuestos metilados
para almacenarlos y enviarlos más tarde por la sangre a zonas de tu cuerpo
que tienen necesidades desesperadas?
Una vitamina que es esencial para la capacidad de tu cuerpo para metilar
otros muchos nutrientes es la vitamina B12. Lo cierto es que el cuerpo
depende de la vitamina B12 para decenas de miles de funciones cotidianas.
Es como la harina para un pastelero: sin ella, no podría elaborarse ninguno
de los artículos de la vitrina de la pastelería, y menos todavía la valiosa tarta
248
de bodas. El hígado se basa en esta vitamina B y la almacena en grandes
cantidades, completándola constantemente dentro de la función regular del
órgano. También se basa en la vitamina B12 para una función que puede
llevar a cabo el hígado cuando se le han terminado las existencias de
productos esenciales: la capacidad de producir, por sí solo, cantidades
residuales de determinados nutrientes y compuestos químicos. Tu maestro
cocinero, el hígado, solo puede hacer esto cuando dispone de cantidades
suficientes de su ingrediente clave, la B12, para enviártela al cerebro, al resto
del sistema nervioso, al corazón y a otras partes de tu organismo que la
necesitan desesperadamente.
Recordarás de la primera parte que, en circunstancias ideales, la vitamina
B12 es uno de los nutrientes que se desplazan del íleon al hígado. Aun antes
de ello, se produce en el íleon el proceso de la metilación. El hígado se basa
en esa elaboración y en la metilacion de la B12. Cuando el hígado está bajo
de todos los nutrientes que necesita, incluso de la vitamina B12, que es el
adhesivo precioso que lo mantiene todo unido, entonces el hígado excreta a
la bilis un compuesto químico para que se desplace por el tracto intestinal y
envíe un mensaje al íleon. Si todo marcha como debe, en tu íleon habrá una
verdadera mina de vitamina B12. De hecho, es mejor que una mina: es un
centro de producción de B12. Hay unos microorganismos poco comunes
llamados bióticos elevados (que obtienes al comer frutas, verduras y
hortalizas como los pepinos y las verduras de hoja verde recién salidas del
huerto o de la granja, frescas, crudas, ecológicas, sin lavar o poco lavadas)
que viven solo allí, en tu íleon, y que son responsables de producir la forma
metilada definitiva de la B12 que se absorbe en los canales de tu cuerpo y
que sabe volver a tu hígado cuando se la necesita, a través de los capilares
que conducen al sistema de los vasos portales.
Esta vitamina B12 es el cemento más importante y número uno que
emplea el hígado para mantener unidos todos los ladrillos con los que se
levanta el castillo de tu salud. Cuando hay suficiente B12, el hígado
almacena grandes cantidades para enviarlas a la sangre como asistente de
casi todas las vitaminas, minerales y otros nutrientes que libera para ayudar
a tu cuerpo de la manera que sea. La B12 es lo que hace que todo marche
bien; es el catalizador, es la alfombra mágica, es la realeza que nos otorga
249
vitalidad. Ya es todo un triunfo que la descubrieran los investigadores y la
ciencia médica. Pero el progreso se detuvo allí. Es como si se descubre una
cultura indígena y se decide que no merece la pena dedicar tiempo a
estudiar su lenguaje ni a aprender de sus costumbres. El mundo de la
medicina tiene mucho más que descubrir acerca de la vitamina B12.
Tu hígado es consciente de lo que hace tu íleon, y tu íleon es consciente
de lo que hace tu hígado. Hablan entre sí; se comunican; se pasan
información el uno al otro. Cuando todo marcha bien, trabajan en perfecta
armonía para asegurarse de que no pierdas la capacidad de metilar como es
debido ni de recibir y emplear nutrientes metilados esenciales, todo ello con
el fin de asegurarse de que no terminas por tener una carencia nutricional.
La armonía sigue bien hasta que va a mal. Cuando pierdes la capacidad de
metilar como es debido, no es raro que te diagnostiquen una mutación del
gen MTHFR. Puede que encuentres a un gran profesional de la salud que te
ofrezca recomendaciones tales como qué suplementos puedes tomar y te
pueden sentar bien. Pero no te dirá qué es lo que ha fallado para que
llegases a ese diagnóstico; y esto, desde luego, no te da la impresión de que
tienes el poder de cambiar tu destino, sobre todo cuando parece que está
tallado en piedra por la ciencia que la culpa es de tus genes defectuosos y
que no tienes manera de cambiarlos.
El proceso de metilación se descabala cuando el hígado se te acaba por
llenar demasiado de lodo. Puedes haber heredado un porcentaje de ese lodo
de tus padres; y después, con el paso del tiempo, tu hígado fue recogiendo
más pringue. Los que ponen difíciles las cosas a tu hígado en este caso son
los mismos sospechosos habituales que hemos ido viendo a lo largo de este
libro, entre ellos los herbicidas, los pesticidas como el antiguo DDT, que
sigue en el entorno desde hace muchos años, los metales pesados tóxicos,
los antibióticos, otros medicamentos y los alimentos problemáticos. Pero
estos alborotadores no se bastan por sí solos para que acabes recibiendo un
diagnóstico erróneo de mutación del gen MTHFR. Para ello tienes que tener
otro componente esencial: un virus.
Así es: para provocar un verdadero trastorno de metilación tiene que
intervenir un virus. Y no un virus cualquiera, sino un virus de la familia
herpética. Son miembros de esta familia el virus del herpes zóster, el VHH-
6, e incluso el citomegalovirus; pero el culpable principal es el VEB. Este
250
virus, que algunos heredan de sus padres, puede hacer su vida en silencio
dentro del hígado, aumentando allí de número poco a poco y excretando
residuos víricos venenosos. La acumulación de residuos víricos en el
hígado, junto con la presencia de otros alborotadores hepáticos, puede hacer
que el órgano se vuelva lento, lo que obstaculiza su capacidad para
comunicarse con el íleon de manera adecuada y eficiente, para almacenar la
vitamina B12 suficiente y para distribuir esta por el cuerpo. Cuando el
hígado se va sobrecargando con el tiempo, necesita más ayuda del íleon,
que, a su vez, se sobrecarga de trabajo. Si no hacemos una buena dieta y no
elegimos los alimentos con prudencia, el íleon perderá su capacidad de
crear su propia variedad y coenzima de la B12 metilada, para la
supervivencia del hígado y para la de nosotros mismos.
Esta combinación problemática en la que el hígado no dispone de la
suficiente vitamina B12, ni le llega de la línea de producción del íleon, y el
hígado está demasiado comprometido para producir B12 por su cuenta, es la
que produce un trastorno de metilación en su forma peor. Cuando el hígado
envíe a la sangre los demás nutrientes almacenados para que los empleen
los demás órganos, faltará esa cola, esa harina del maestro pastelero, esa
vitamina B12 biodisponible, perfectamente preparada y metilada, que
debería acompañar a dichos nutrientes para producir la máxima absorción
que contribuye a prevenir las carencias. Aunque te hagas un análisis y te
digan que tienes niveles elevados de B12 en la sangre, eso no significa que
esté presente una cantidad suficiente de B12 en tus órganos, en tu sistema
nervioso central y en otras áreas importantes de tu cuerpo. Los
investigadores y la ciencia médica no son conscientes de que el sistema
nervioso central y el resto del cuerpo pueden tener carencias de B12 incluso
mientras hay un nivel elevado de la misma en la sangre. Este valor alto
tampoco refleja la viabilidad de esa vitamina B12, lo metilada o
aprovechable que es. De hecho, la presencia de una cantidad elevada de B12
en la sangre puede estar indicando que el cuerpo no es capaz de darle uso.
(Por ciento, aunque tomar un suplemento de vitamina B12 metilada
producida por unos laboratorios farmacéuticos es bueno, y la necesitamos
cuando fallan los procesos de nuestro organismo, no hay nada que pueda
compararse con la metilación que lleva a cabo tu organismo cuando se
251
facilita al íleon y al hígado las herramientas adecuadas para que trabajen
como deben).
Aunque te estén pasando todas estas cosas en el íleon y en el hígado, no
por ello se desencadena automáticamente un positivo en un análisis de
mutación del gen MTHFR ni un valor elevado de niveles de homocisteína.
Esto se da cuando la persona ha tenido virus durante tanto tiempo que el
hígado ya no es capaz de guardarse todos los residuos víricos. Llegados a
este punto, la pequeña nube de los subproductos venenosos de los virus, los
envoltorios víricos, las neurotoxinas e incluso las dermotoxinas se vierten al
torrente sanguíneo, aumentando los niveles de homocisteína y ensuciando
la sangre.
En última instancia, la sangre sucia es el verdadero factor desencadenante
de un positivo en los análisis de mutación del gen MTHFR de nuestro
tiempo, que son defectuosos. Lo que detectan estos análisis en realidad es la
elevación de marcadores de la inflamación, porque la sangre está llena de
residuos víricos venenosos, así como de otras toxinas tales como los
metales pesados que se escapan del hígado. Estos análisis no son más que
variantes con pretensiones de los análisis de inflamación, como el de
anticuerpos antinucleares (ANA) y el de proteína C reactiva (PCR, también
llamado PRC) que se emplean para diagnosticar (mal, a veces) trastornos
crónicos como el lupus. (Si no da positivo el análisis de MTHFR y los
niveles de homocisteína aparecen altos, eso indica que en el interior del
hígado hay una carga vírica menor, con una carga de toxinas mayor en el
mismo, así como un trastorno del íleon que va a peor). Recuerda: es el nivel
elevado en la sangre de desechos tóxicos, muchos de ellos víricos, lo que
hace que los análisis de MTHFR den positivo, y esto va difundiendo la
información errónea de que tienes alterados y mutados los genes.
252
otro. Los diagnósticos médicos están saturados de estos errores en los que
se da por sentado que correlación equivale a causa y efecto, en centenares
de trastornos. Un aspecto determinado de tu salud carga con las culpas de
otro cuando, en realidad, no tienen nada que ver el uno con el otro; o bien,
su relación es distinta de lo que nadie se imagina.
La verdadera causa de la preeclampsia es un trastorno vírico. Es el VEB
que está dentro del hígado y de partes del sistema reproductivo, como el
útero. El VEB también es el verdadero responsable de los quistes de
ovarios, los miomas uterinos y otros muchos trastornos y enfermedades
reproductivos. Cuando un análisis indica la presencia de una mutación
genética, es fácil echar a esta la culpa de un problema cuya causa no ha
entendido nadie durante muchos años. Decir que la preeclampsia es
consecuencia de una mutación genética es como si una cookie de chocolate
te produce una reacción y echan la culpa a la forma concreta de las virutas
de chocolate. La forma de las virutas puede indicar que han sido elaboradas
por una marca determinada, y esto puede servirnos para determinar sus
ingredientes. Pero la forma no es el problema; es solo una señal. Los
positivos en los análisis de mutación genética y los niveles de homocisteína
altos son señales, y podemos aprender algo de ellas. Con la información
médica de hoy día seguimos estando lejos de entender la verdad de lo que
significa todo.
La trombosis es otro trastorno que se asocia erróneamente a las
mutaciones genéticas. La causa verdadera de la trombosis es un hígado
estancado, disfuncional, lento o incluso pregraso que está lleno de toxinas,
de virus y de otros patógenos. No está causada por una mutación genética.
Este es otro error enorme que se ha ido desarrollando en la industria
médica, un caso más en que una enfermedad crónica es un «todo vale». En
el caso de la trombosis, debemos seguir recordando que un hígado
debilitado provoca un positivo en un análisis de mutación. Como el hígado
también es el responsable de la trombosis, por eso vemos que las dos cosas
se presentan juntas. Ambas son consecuencias de un mismo problema de
hígado subyacente.
Se van a ir relacionando cada vez más trastornos con los análisis de
mutación genética. No falta mucho para que alguien tenga un resfriado, le
salga positivo un análisis de mutación genética, y le digan que el resfriado
se debe a una mutación genética. Lo que no dirán a nadie será que el
253
análisis de mutación genética no es más que una versión más historiada de
los antiguos análisis de inflamación. Si los laboratorios pusieran los análisis
de la reductasa del MTHFR bajo el encabezamiento de inflamación, como
hacen con los análisis de homocisteína, tanto los pacientes como los
médicos podrían ver que estos análisis no están midiendo directamente la
mutación de un gen. Puede que no se llegue a dar nunca este cambio, ya que
los investigadores y la ciencia médica de nuestra época están centrados en
la genética, y con eso se pasan por alto las causas verdaderas de centenares
de enfermedades crónicas. Los investigadores y la ciencia están muy cerca
de entender las relaciones verdaderas y de encontrar las respuestas... pero se
están alejando de ellas cada vez más.
SIEMPRE DE TU PARTE
Es cierto que cuando el hígado y la sangre se han ensuciado hasta el
punto de que un análisis de mutación del gen MTHFR te da positivo, es
probable que tengas un problema de metilación, ya que tanto los positivos
en estos análisis como la sangre sucia son indicadores de que tienes el
hígado tan apurado que no es capaz de metilar debidamente los nutrientes.
Lo que no es cierto es que haya algo malo en las fibras de tu ser. Lo dije y
lo repito: los problemas de metilación no son problemas de genes. La culpa
ha sido siempre de fuentes alborotadoras externas, como los virus, y no de
tu propio cuerpo. Tu hígado se mantuvo fuerte contra estas fuentes todo el
tiempo que pudo, para protegerte de la disfunción de la metilación, pero
llegó un punto en que tu hígado se encontró abrumado y tuvo que pasar a
sus funciones de vida o muerte. Tu cuerpo siempre estuvo de tu parte.
Cuando tu hígado se limpie y se refuerce, los nutrientes se absorberán y
se procesarán como es debido. Funcionarán tal como deben funcionar unos
nutrientes en tu organismo. El íleon se reforzará. La vitamina B12 estará más
biodisponible. Como los problemas de metilación se reducen, en realidad, a
lo lento, lo obstruido y lo disfuncional que tienes el hígado (a cuántos
patógenos y toxinas tienes almacenados dentro del mismo), cuando abordes
esta cuestión se podrán disipar tus inquietudes sobre las enfermedades
correlacionadas con esto mismo. Ya no tendrás que preocuparte por las
teorías de los investigadores médicos sobre la relación entre una mutación
del gen MTHFR y unas mayores probabilidades de sufrir un ictus, una
254
enfermedad cardíaca o una trombosis, porque sabes la verdad: que estas
cosas dependen del hígado, y que tú te estás cuidando el hígado. Las cargas
víricas que son responsables de la preeclampsia, de las trombosis y de los
resultados positivos en los análisis de mutación del gen MTHFR pueden
reducirse. Los aumentos de la homocisteína, si los has tenido, pueden
desaparecer, como también pueden desaparecer otros marcadores de la
inflamación.
Teniendo sano el hígado podrás dejar atrás los límites de tu diagnóstico.
Quítate de encima el peso de creer que tu propio ADN es defectuoso y
vuelve a conocer la paz cuidándote el hígado, limpiándote la sangre y
recuperando tu bienestar.
255
Capítulo 22.
El eccema y la psoriasis
256
médico será: «¿Qué ha comido usted?». Si le dices que te has comido un
emparedado de pavo, lo más probable será que el médico descarte los
alimentos como causa, ya que el pavo parece muy normal. Por otra parte, si
le dices que has comido fresas, lo más probable será que te diga que eres
alérgico a las fresas. Si te has comido un emparedado de jamón, el médico
te dirá que este no es la causa de tu urticaria; si te comiste una manzana, el
médico culpará a la manzana. Si te comiste una ración de pizza, el médico
te dirá que esta no era el problema; si comiste granola, dirá que la culpa es
de la avena, de los frutos secos o de las semillas. Si comiste helado de
chocolate, te dirá que no es eso; si fue un sorbete de frambuesa, el médico
te dirá que esa es la causa. Así es como enseñan a pensar a los médicos, y
su formación les llevará a hacer afirmaciones con aire de certeza, aunque
estos supuestos acerca de cuáles son los alimentos que pueden provocar una
reacción no siempre son acertados.
Si no existe una explicación normal y evidente y la urticaria se repite sin
una pauta apreciable y sin indicios que permitan atar cabos, los médicos la
echarán, en muchos casos, al cesto de la alergia idiopática y crónica. Lo
que, traducido, significa: «No sabemos por qué tiene usted estos síntomas».
Si el trastorno cutáneo persiste, es muy probable que los médicos de
nuestros tiempos lo califiquen de autoinmune; es decir, que diagnostiquen el
lupus. Si no basta con decir que es alérgico o autoinmunitario, culparán a
los genes. Decir a una persona que tiene un trastorno cutáneo porque su
madre, su padre o un antepasado más remoto lo padecía tiene una lógica
aparente que impide que nadie profundice más en la cuestión. Lo tacharán
de genético aunque ninguno de tus antepasados tuviera trastornos de piel.
Los médicos quieren dar respuestas a los pacientes, cosa honrosa por su
parte... y por ello resulta tanto más triste que no siempre se trate de las
respuestas acertadas.
257
la celulitis se derivan del hígado. (Hablaremos más acerca del acné en el
capítulo siguiente).
Estos trastornos se inician porque entra en el hígado algo que no debería
estar allí. ¿Hay en tu casa algo que no debería estar allí? Suciedad, trastos,
basura, arañas, ácaros, una fuga de gas... Parece que estos intrusos siempre
se las arreglan para entrar aunque no los queramos, y cuando ya han entrado
pueden provocar problemas. Así es como empiezan las afecciones cutáneas:
como huéspedes indeseados en el hígado. El tipo de trastorno de piel que se
desarrolla dependerá del tipo de veneno o de patógeno que esté presente y
de cuánto se haya acumulado. Los investigadores y la ciencia médica no se
dan cuenta de esto, porque las técnicas de imagen actuales no les permiten
ver que un hígado está lleno de células víricas y de diversas toxinas. Y lo
que no ven, no lo entienden. Mientras tanto, la teoría autoinmunitaria que
aplican las comunidades médicas achaca los trastornos cutáneos a que tu
sistema inmunitario está tratando a tu piel como si fuera una enemiga, te
está traicionando sin motivo y está empezando a comerse tu epidermis,
provocándote inflamación. Esta teoría equivocada es imposible. Si bien tu
cuerpo puede llegar a estar sobrecargado y a tener forzadas sus funciones,
nunca te traiciona.
Una de las toxinas más antagónicas en cuanto a los trastornos de la piel es
el cobre. Las tuberías de cobre son una fuente común de este metal pesado.
Los pesticidas como el DDT y los pesticidas modernos que son sus primos
también contienen mucho cobre. Puedes haberlo acumulado por exposición
directa a lo largo de tu vida, y también puedes haberlo heredado en la
sangre (aunque no genéticamente, entiéndelo bien) de tus antepasados que
estaban saturados de cobre. El segundo gran instigador de los trastornos de
piel es el mercurio, junto con los pesticidas, herbicidas, disolventes,
productos del petróleo (hasta el acto de echar gasolina a tu coche puede
exponerte), los antibióticos y otros fármacos.
Cuando estos alborotadores se te acumulan en el hígado con el paso del
tiempo, el órgano se vuelve lento; y, como vimos en el capítulo anterior,
cuando el hígado se sobrecarga, no es capaz de desintoxicarse tan bien
como debe. Sus funciones se desaceleran. En algunos casos, estos venenos
que están en el hígado pueden bastar para desencadenar un trastorno
cutáneo que confunde mucho a los médicos, aunque puede que no sea más
258
que una erupción aleatoria o una piel seca que te pica y te impide dormir
por la noche de cuando en cuando.
EL EFECTO DERMOTOXINA
Cuando reside también en tu hígado un patógeno como el VEB es cuando
aparecen los trastornos de piel más disruptivos. Los diversos patógenos (e
incluso las distintas cepas de un mismo patógeno) tienen apetitos distintos
de las diversas toxinas. Te saldrá una erupción distinta en función de la
combinación de patógenos que tengas presente en el hígado. Una cepa del
VEB puede preferir el sabor del cobre, por ejemplo, y su consecuencia es
un eccema difícil de tratar. Otra cepa del VEB puede preferir el mercurio, y
te produce fatiga y una erupción semejante a la urticaria y de forma de
mariposa con la que te tocará un diagnóstico de lupus. Las reacciones de la
piel se forman porque cuando el VEB se nutre de su alimento deseado,
también lo elimina, emitiendo una forma mucho más tóxica y destructiva
del cobre o del mercurio original; es decir, una dermotoxina.
Esta dermotoxina, que es una metiltoxina vaporizada, puede desplazarse
con facilidad a través del tejido conjuntivo y de los órganos. Si tienes el
hígado en buen estado de funcionamiento, la toxina de metilo te llegará al
tracto del intestino delgado y del colon y se expulsará con relativa facilidad
si, además, estás comiendo bien, haciendo ejercicio y evacuando como es
debido. Pero si te pareces a la mayoría de la gente, tendrás el hígado lento,
de modo que este veneno reelaborado puede retroceder al sistema linfático e
invertir su curso hasta llegar al torrente sanguíneo. Esto no significa
automáticamente que tengas un problema. La mayoría de las personas
tienen el cuerpo resistente al principio. Aunque el hígado esté estancado, las
toxinas retrocedan y el tracto intestinal no funcione bien (quizá haya
estreñimiento), el cuerpo probará sus otras rutas de escape para las toxinas
de metilo; por ejemplo, por la sangre hasta los riñones, para salir con la
orina.
El plan de reserva puede llegar a agotarse y pueden empezar a producirse
sensibilidades. Las alergias alimentarias pueden ser señal de que algo
marcha mal. Hasta las reacciones histamínicas básicas como la urticaria
verdadera pueden ser indicativas de que el hígado no funciona como debe y
de que se están acumulando los venenos. Puede aparecer una pequeña
259
erupción de rosácea. O bien puede cobrar forma una erupción mayor, al
estilo del lupus, acompañada de otros síntomas de lupus o por sí sola, sin
otros síntomas. A algunas personas se les puede desarrollar algo de eccema
en los brazos, en los codos, en el pecho o detrás de una oreja. Esto es el
comienzo.
Si la toxina de metilo reelaborada que procede del cobre o del mercurio
(la dermotoxina) sigue proliferando porque el patógeno se alimenta
constantemente, el cuerpo puede quedar invadido. Entonces las toxinas
empiezan a darse a conocer de verdad; llegan cada vez más a la pierna,
dejan depósitos en el tejido graso subcutáneo y se quedan atrapadas allí. La
medicina no sabe que el tejido graso subcutáneo que tienes bajo la piel es,
en realidad, tu segundo hígado. Allí tienes un mecanismo natural de defensa
que debe hacer subir cualquier toxina por las capas de tu dermis y de tu
epidermis hasta que pueden llegar por fin a la superficie de la piel y salir del
cuerpo. Uno de los verdaderos fines de tu piel es ayudarte a librarte de las
toxinas.
Pues bien, este proceso natural está dirigido a las toxinas corporales
normales y cotidianas, y no a las artificiales, diseñadas y manufacturadas, ni
a las manipuladas como los virus y los mejores pesticidas, fungicidas,
herbicidas, solventes y metales pesados tóxicos de la industria química. No
estamos hechos para enfrentarnos a los peligrosos inventos químicos de hoy
día; el hígado no está hecho para contenerlos. Los virus como el VEB no
debían haber adquirido las formas destructivas que tienen ahora por haberse
alimentado de esos inventos químicos. Por extensión, la piel no está hecha
para enfrentarse a las dermotoxinas que se crean a partir de las células
víricas que se alimentan de mezclas industriales. Ni un solo habitante del
planeta debería tener eccema. Aunque pueda parecerte que tu piel actúa en
tu contra, la verdad es que todavía está de tu parte y actúa a favor tuyo,
haciendo lo que debe hacer. El eccema no se podría desarrollar si no
existieran esos alborotadores producidos por el ser humano.
Lo que te deberían decir los médicos es lo siguiente: «Te hemos tomado
una muestra por raspado de las células de tu piel y hemos determinado que
tienes presente una dermotoxina. Es un veneno reelaborado; en este caso, se
trata concretamente de una mezcla de mercurio y cobre que tiene 80 años de
antigüedad. Esto, combinado con los residuos víricos y con su proteína, que
proceden de un virus llamado VEB y que, de hecho, se está alimentando de
260
los depósitos de cobre que tienes en el hígado, nos indica que una reacción
virus-toxina en tu hígado es la causa de que el mercurio y el cobre adopten
esta forma más tóxica que te está provocando la reacción de la piel. Tu
cuerpo no es responsable del problema. Tu cuerpo no se está atacando a sí
mismo. Tampoco son tus genes la causa. El plan de tratamiento es perseguir
al virus y matarlo, a la vez que lo privamos de sus alimentos favoritos que
forman parte de tu dieta. Así se te recuperará el hígado, para que se te pueda
curar la piel».
Esta es la explicación que los médicos deberían poder decir que
aprendieron en las facultades de Medicina mejores y más elitistas. Pero no
es lo que se está enseñando hoy día. A menos que se produjera un milagro y
la medicina moderna se pusiera al día de esta información en un tiempo
récord, esto no será lo que te dirán en la consulta del médico en los
próximos tiempos. Pueden tener que pasar varias décadas para que los
investigadores y la ciencia médica entreguen a los dermatólogos lo que
necesitan para dar a los pacientes una información correcta y plena sobre
sus erupciones misteriosas crónicas. Recuerda: hasta la medicina más
avanzada está atascada en la teoría autoinmunitaria errónea, según la cual tu
sistema inmunitario está atacando a tu piel. Este es el mejor razonamiento
del que disponen ahora mismo. Imagínate cuánto tienen que avanzar
todavía para llegar a la verdad.
De modo que liberar las dermotoxinas (formadas cuando los virus se
alimentan de metales pesados y de otras toxinas que están en tu hígado)
hacia la superficie de la piel es el modo maestro de protegerte que tiene tu
cuerpo. La piel sabe que tu hígado se está agobiando y, asustada, empuja
precipitadamente los venenos hacia la superficie. Las dermotoxinas, que por
lo menos ya están alejadas de tus órganos internos, te hacen incómoda la
vida; son muy inflamatorias para los tejidos cutáneos y producen manchas,
fisuras, grietas, costras, escamas, cicatrices, sangrado y erupciones de todo
tipo. La irritación asociada ocurre porque en toda la epidermis hay
minúsculos terminales nerviosos. Cuando hay irritación, los nervios se
comprimen y se desgarran, con lo que se provoca el picor, la incomodidad y
el franco dolor de la erupción. El grado en que estos síntomas te complican
la vida puede depender de la cepa del VEB o de otros virus que está
presente, de los niveles de metales pesados o de otras toxinas que tienes en
el hígado, de lo lento que está el hígado, y de tu dieta alimenticia actual,
261
que puede contener alimentos inconvenientes que están dando de comer a la
causa subyacente, la cepa vírica.
262
El escleroderma es una versión de la artritis psoriásica, que es, en esencia,
un eccema o una psoriasis acompañado de dolor en los tejidos más
profundos y en las articulaciones y, en muchos casos, sensibilidad al frío y
al calor. Tampoco en este caso está el cuerpo atacándose a sí mismo, y
tampoco es genético. En el escleroderma interviene una cepa distinta del
VEB de las del eccema común, y se está alimentando de más mercurio que
de cobre. Entre las fuentes comunes de mercurio en estos casos se cuentan
los pesticidas, los insecticidas y los fungicidas. Los síntomas provienen de
las dermotoxinas y de las neurotoxinas combinadas; las dermotoxinas
afectan a la piel y las neurotoxinas afectan al tejido conjuntivo profundo y a
las articulaciones.
El vitíligo es otro trastorno vírico; no es genético ni se debe a que el
cuerpo se ataque a sí mismo. Este es distinto de los que provocan
erupciones; en este caso, las dermotoxinas lesionan a las células que
producen el pigmento cutáneo, que son hipersensibles a estos venenos.
Estas dermotoxinas proceden de que un virus, el VHH-6 u, ocasionalmente,
una variante del VEB, que está dentro del hígado, se alimenta de
formaldehído, así como de aluminio y de algo de cobre. En general, cuando
hay depósitos mayores de aluminio e interactúan con restos de
formaldehído es cuando la solución dermatóxica resulta destructiva para las
células productoras de pigmentos.
La dermatitis seborreica se debe a un hígado tóxico. En este caso no hay
relación con los virus; el causante del problema no es un patógeno. Es un
hígado con contenido elevado de un poco de todo y que, además, está al
borde de volverse pregraso. El hígado lento tiene como consecuencia que la
sangre esté sucia, y cuando las toxinas que contiene salen a la superficie se
producen los síntomas de este trastorno.
La dermatitis clásica es una variedad más de la psoriasis provocada
porque un virus del hígado se alimenta de cobre, de un poco de aluminio y
de pesticidas y de restos de DDT. Este virus es una de las mutaciones más
comunes del VEB.
La queratosis actínica, en la que zonas de la piel se vuelven duras, ásperas
como el papel de lija o con leves bultos, y que puede aparecer y
desaparecer, es una de las muchas formas del eccema. En este caso, una
cepa concreta del VEB, una de las 60 variedades de dicho virus, se está
alimentando de niveles más altos de mercurio con algo de cobre.
263
La celulitis se produce por una combinación de estreptococos con
dermotoxinas. Los estreptococos se han escapado hasta los vasos linfáticos
subcutáneos, y la interacción de las bacterias con las dermotoxinas que
salen del hígado porque hay un virus en el mismo es lo que provoca este
trastorno cutáneo concreto.
CICLOS DE SÍNTOMAS
Las dermotoxinas internas de las que estamos hablando en este capítulo
son distintas de las externas que se suelen asociar al término dermotoxina.
Estas no son detergentes ni otros irritantes que inflaman la piel desde el
exterior. Como ya dije, proceden de los visitantes no deseados que están
dentro del hígado, y el hecho de que las dermotoxinas de este tipo están
producidas internamente explica por qué una persona puede seguir ciclos
con un trastorno cutáneo. Mientras nuestra piel, que es el mayor de nuestros
órganos, purga desesperadamente las toxinas enviándolas a la superficie, se
suele estar produciendo dentro del hígado una nueva ronda de
dermotoxinas. Esto significa que una oleada de dermotoxinas puede llegar a
la superficie, producir un brote y aliviarse después, y mientras tanto se está
preparando otra tanda. Si el hígado no se está limpiando ni cuidando, y si
no se está eliminando el virus u otro patógeno, lo habitual es que cuando
parece que la piel ha mejorado (esto suele seguir un ciclo de seis semanas)
llega otra ronda de dermotoxinas que va subiendo por el tejido subcutáneo y
se dispone a aflorar en la piel y a provocar otra exacerbación.
Muchas personas que tienen trastornos cutáneos graves que deben tratarse
con corticoides se encuentran con una reacción todavía mayor cuando dejan
la medicación porque no llegó a abordarse nunca el verdadero problema
subyacente. En vez de ello, se fueron acumulando cada vez más
dermotoxinas en el hígado y en el tejido graso subcutáneo. Los corticoides
no libraron de estas toxinas al organismo; solo suprimieron la reacción a las
toxinas. Cuando faltan los corticoides (u otros fármacos inmunosupresores),
las dermotoxinas siguen estando, y el organismo responde en consecuencia.
Es perfectamente comprensible que una persona recurra a los corticoides
para la piel. Algunos trastornos cutáneos pueden alcanzar niveles de
tormento cuando están en su fase más aguda, por lo que es completamente
lógico que una persona se ponga corticoides para superar los momentos
264
malos. Lo importante es entender cómo funcionan en realidad. El mundo de
la medicina cree que un corticoide impide que el sistema inmunitario del
cuerpo ataque a la piel. En realidad, el medicamento está impidiendo al
cuerpo reaccionar a las dermotoxinas que produce un virus. El verdadero
motivo por el que los corticoides dan resultado en los trastornos cutáneos es
semejante al motivo por el que se aplican inmediatamente corticoides a una
persona que se acaba de someter a una operación de cirugía estética: para
impedir que el cuerpo se inflame como reacción al arreglo de nariz o a las
incisiones múltiples. Así como las heridas quirúrgicas no se deben a que el
cuerpo se ataque a sí mismo, tampoco se deben a ello los trastornos
cutáneos.
Un trastorno de la piel como el eccema o la psoriasis no suele ser
normalmente una reacción rápida a un alimento que se acaba de comer.
Como las sensibilidades químicas, es más bien una cosa que se va
acumulando poco a poco, lo que significa que puede darse a conocer en
cualquier momento. Nosotros solemos echar la culpa a lo que estábamos
haciendo en ese momento. Puede que se trate de una manzana que comimos
ayer u hoy. Puede que fuera una ensalada determinada que pedimos con la
comida. Puede que fuera una llamada telefónica de un amigo. Puede que
fuera ver demasiada televisión. Encontramos todo tipo de posibles motivos
por los que parece que nos da problemas la piel. Nos remitimos, sobre todo,
a los alimentos, y es cierto que desempeñan un papel. Y, sí, los alimentos
que comemos también tienen su importancia para curarnos los trastornos
cutáneos. Los productos lácteos, los huevos y el trigo pueden alimentar al
VEB y a otros patógenos, haciendo, por ejemplo, que el VEB produzca más
células víricas que pueden alimentarse todavía más del cobre, del mercurio
y de otros metales pesados tóxicos que se encuentran en fuentes tales como
los pesticidas y los herbicidas y en fármacos como los antibióticos.
A consecuencia de ello, el virus produce más dermotoxinas que agravan
el trastorno cutáneo, a veces en combinación con neurotoxinas producidas
por los virus, que pueden provocar otros síntomas adicionales tales como
dolores y molestias, mareos, hormigueos, zumbido de oídos, insensibilidad
o, en el caso de la artritis psoriásica, dolor de articulaciones.
Pero, como el médico de urgencias que nos imaginábamos antes, lo más
probable es que te figures que lo que te ha producido una reacción cutánea
ha sido otro alimento, normalmente una fruta o una verdura. He aquí una
265
situación común. Un día, te comes un sándwich de queso con huevo, y
después te tomas un antibiótico para la tos. Esto alimenta al VEB que tienes
en el hígado, aunque no te da una reacción cutánea en ese momento. Dos
días más tarde, el virus está empleando activamente el antibiótico, el huevo,
el queso y el trigo para producir dermotoxinas dentro de tu hígado. Solo
entonces empieza a agravársete la erupción; solo que, como te has comido
una manzana que te ofreció tu abuela esa tarde, tú te crees que se debe a la
manzana. Lo cierto es que las dermotoxinas que te produjeron la
exacerbación cutánea tardaron un tiempo en producirse y en liberarse a
través de la piel. La manzana estaba haciéndote un favor a la salud, pero
cargó con las culpas. Este es un simple ejemplo de las confusiones que se
pueden producir con los alimentos.
LIMPIEZA DOMÉSTICA
Para librarte de cualquier trastorno de piel es fundamental que vigiles,
cuides, mimes y atiendas a tu hígado. Lo más probable es que debas ir poco
a poco en el proceso de curación, porque, al limpiarse el hígado, sale una
gran oleada de dermotoxinas hacia la superficie de la piel, provocándote
esos mismos síntomas que quieres curarte. Si las expulsas todas a la vez, te
dominarán las molestias. Y no solo es eso. La piel se ha acostumbrado a
reaccionar a las dermotoxinas, y por ello hay que darle tiempo para que se
calme. La persona con un eccema o psoriasis de los peores tiene
almacenados dentro del hígado un poco más de cobre, de mercurio y de
residuos víricos; por eso el trastorno cutáneo tarda más tiempo en curarse.
Si este es tu caso, haz lo posible por tener paciencia.
La dieta lo es todo. En primer lugar, sea cual sea la gravedad de tu
trastorno cutáneo, suprime los alimentos improductivos del capítulo 36,
«Los alborotadores del hígado». Irás viendo resultados con el paso del
tiempo. Estos resultados serán inmediatos para algunas personas. A otras se
les retrasarán. Por fin, cuando el hígado vaya haciendo limpieza doméstica,
se liberarán los metales pesados tóxicos y se reducirán las cargas patógenas
hasta el punto de reducir al mínimo el trastorno de la piel o de liberarte del
mismo por completo.
266
Capítulo 23.
El acné
267
antivíricos naturales como el jarabe de bayas de saúco, la raíz de lomatium,
el zinc, la hidrastis, la vitamina C y el aceite para el oído de gordolobo y
ajo. Con estos es posible adelantarse a la necesidad de usar antibióticos más
tarde, porque eliminan los estreptococos subyacentes).
Esto es lo que pasa: que los antibióticos convencionales, los que te
administran con receta, no matan a los estreptococos como deben, porque
los estreptococos tienen una naturaleza increíblemente adaptable. Se
vuelven resistentes a muchas variedades de antibióticos. De manera que,
según vamos pasando por las diversas infecciones que se nos pueden
producir en la vida, desde aquellas primeras infecciones de oído, pasando
por las infecciones respiratorias y las de los senos nasales y otras, y a
medida que nos recetan continuamente antibióticos para tratarlas, los
estreptococos de nuestro cuerpo se inmunizan, y hasta pueden reforzarse
con el tiempo. Las infecciones del tracto urinario (ITU) y las vaginosis
bacterianas (VB), provocadas ambas por los estreptococos, se suelen
diagnosticar erróneamente como infecciones por levaduras; es decir, como
proliferaciones de Candida, porque eso es lo que los médicos ven con
mayor facilidad. Se suelen recomendar fungicidas. (La Candida no es nunca
el problema en sí, no es más que el mensajero. Para saber la verdad acerca
de la Candida, consulta mi libro Médico médium). Cuando se diagnostican
con precisión las ITU y las VB, se recomienda el empleo de antibióticos.
Este es un gran error de la medicina de hoy, que está reforzando a las
bacterias estreptocócicas y está provocando infecciones continuas y
crónicas, ITU y por levaduras, a muchas personas, sobre todo a mujeres,
además de VB. Cuantos más antibióticos e incluso fungicidas se acumulen
en el hígado y en el tejido subcutáneo graso por debajo de la piel, más
podrán aprovecharlos los estreptococos para ir forjando su inmunidad, y
más podrá padecer la persona a largo plazo.
268
tomaron para el acné. Esto es lo del huevo y la gallina: los antibióticos son
siempre lo primero. Los muy pocos que padecen acné pero nunca se les
recetaron antibióticos en sus primeros años (ni siquiera sin que ellos lo
recuerden, como para una tos a los dos años, por ejemplo), entonces se les
transmitieron los antibióticos por su línea familiar, o les entraron en el
organismo con las proteínas animales.
No se trata solo de que los estreptococos se vuelvan resistentes a los
antibióticos; también aprenden a servirse de ellos como de combustible.
(Cuando una persona que padece acné quístico no se lo trata con
antibióticos, los estreptococos todavía pueden encontrar otras fuentes de
combustible. Diremos en seguida cuáles son estas fuentes). En todos los
antibióticos se encuentra petróleo refinado, que en esencia es un tipo de
aceite para motores; no es porque haga falta, sino porque se hicieron unos
acuerdos económicos y se cerraron unos contratos comerciales,
probablemente mucho antes de que tú nacieras. También hay plásticos en
los antibióticos; y, naturalmente, no debemos olvidarnos del maíz
transgénico que se cultiva para su uso médico. Este tipo de maíz es muy
distinto del maíz transgénico que se cultiva para la alimentación. Los
estreptococos aprenden a consumir estos ingredientes antibióticos y a
alimentarse del tratamiento mismo que estaba pensado para matar a las
bacterias.
Cuando terminas de hacerte un tratamiento con antibióticos, estos no
desaparecen de tu organismo sin más. Se quedan y pasan a formar parte de
la basura espacial que tienes almacenada dentro de tu hígado. No solo es
«basura espacial» en el sentido de que tu hígado se puede comparar con el
espacio, contaminado por residuos hechos por el hombre; también es basura
espacial en el sentido de que es una basura que está ocupando un espacio.
¿Qué sucede en tu vida cuando tu casa está demasiado llena y atestada de
trastos? Que pisas o te tropiezas con alguna cosa que no debería estar allí, y
te haces daño. Los antibióticos sobrantes, y otras muchas toxinas y venenos,
están allí, en el hígado, teniendo a gusto a los estreptococos en su entorno
tan cómodo. Mientras tanto, van robando espacio a lo bueno.
La faringitis estreptocócica es uno de los trastornos que pueden causar los
estreptococos en el organismo. No solo es común en los niños y en los
adolescentes; también se dan casos de adultos que se mueren de infecciones
estreptocócicas de faringe, que en realidad se remontan a cepas nuevas de
269
estreptococos muy resistentes a los antibióticos que esas personas ingirieron
por casualidad en un restaurante o que contrajeron en un cuarto de baño. La
faringitis se produce cuando las personas tienen el VEB (que adopta la
forma de mononucleosis en una de sus primeras etapas) y el cofactor de este
virus, los estreptococos. Las alergias crónicas se producen por la presencia
de depósitos elevados de estreptococos en el cuerpo. Los orzuelos en el ojo
están causados por los estreptococos en su mayoría. En los niños, los
estreptococos pueden adoptar la forma de PANDAS (por las iniciales
inglesas de «trastorno pediátrico neuropsiquiátrico autoinmune asociado a
infecciones por estreptococo»). Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el
acné? Todo. Son unos trastornos que afectan con gran frecuencia a los
jóvenes, motivando que les receten antibióticos y dando a los estreptococos
la oportunidad de asentarse en el sistema para poder manifestarse con el
tiempo en forma de acné.
Tu sistema inmunitario está vigilando e intentando controlar
constantemente el entorno de tu cuerpo; por ello, los niveles bajos de
bacterias estreptocócicas se buscan sitios donde puedan pasar
desapercibidas y ocultarse a la vista. El hígado es su escondrijo ideal. El
sistema inmunitario hepático identifica y destruye a la mayor parte de los
estreptococos cuando estos entran en el hígado. Pero algunas de estas
bacterias se escapan; dan esquinazo a los guardias armados y se refugian en
el departamento de basuras del hígado. Este es el montón de los residuos,
donde se echan toneladas de porquerías con la esperanza de que a la
persona propietaria de ese hígado se le transmita la información necesaria
para que haga lo conveniente y lo limpie.
Tu hígado siempre quiere que hagas lo conveniente, como beberte un
vaso de agua de limón cada día; comer más frutas, verduras verdes y otros
vegetales, y tomar zumo de apio siempre que puedas. Pero esto no es lo que
nos enseñan a hacer. En vez de ello, unos expertos que ni siquiera tienen
idea de las causas de la enfermedad crónica nos dicen que aumentemos el
consumo de grasas. Con esa falta de conocimientos no te dejarían pilotar un
avión, pero sí te dejan tratar las enfermedades crónicas. Se emplean
criterios bien distintos. Y, así, vamos teniendo cada vez más montones de
basura de este tipo, y los montones son cada vez más grandes, y a los
estreptococos les resulta fácil buscarse un pequeño recoveco donde
instalarse y sentirse como en casa: dentro de una sección del tejido
270
conjuntivo del hígado, o dentro de un lobulillo, junto con el cobre tóxico de
las tuberías, el aluminio de las latas, el mercurio del atún y de los fármacos,
los venenos de las baterías de nuestros aparatos, los plásticos, los pesticidas,
los herbicidas, las sustancias químicas retardantes del fuego con que se trata
la ropa, las de las alfombras, los agentes con nanopartículas de los espráis
de nanotecnología, o los antibióticos, que son los favoritos de los
estreptococos.
Si crees que ni tú ni ninguno de tus antecesores en tu estirpe familiar
habéis consumido nunca un antibiótico, replantéatelo. ¿No habéis
consumido nunca ni tú ni tus antecesores una ración de pollo normal? ¿Ni
una hamburguesa en un restaurante de comida rápida? ¿Ni un pavo de cría
convencional en una fiesta en casa de alguien? Todas estas fuentes se suelen
tratar a fondo con antibióticos. Si pretendes rebatir el razonamiento de
cómo entran en tu organismo estos fármacos, lo único que conseguirás será
rebatirte tu propia salud. Porque cuando estos antibióticos de basura
espacial que están en nuestro organismo se encuentran con los
estreptococos (y estamos expuestos a los estreptococos constantemente) es
cuando otorgan a estas bacterias la posibilidad de reproducirse y de
multiplicarse en los basureros del hígado.
271
significa que los linfocitos se encuentran en su momento de mayor
debilidad. Si bien los linfocitos son capaces de destruir algunos
estreptococos, muchos estreptococos se escapan y se dirigen
apresuradamente al tejido subcutáneo. Como si se tratara de una fiebre del
oro que incita a la gente a exponerse a los osos, a los lobos, a los pumas, a
las serpientes venenosas y a las inclemencias brutales del clima con tal de
llegar a su destino, las hormonas de la adolescencia incitan a los
estreptococos a hacer todo lo que sea necesario para afrontar a los
leucocitos del sistema linfático con tal de llegar a su destino final, la piel.
Otra de las causas por las que el mundo de la medicina considera
erróneamente que el acné tiene una causa hormonal son los brotes de acné
que acompañan al ciclo menstrual. Lo cierto es que a las mujeres se les
reduce el sistema inmunitario hacia los días de su período menstrual, y por
eso pueden aparecer quistes de acné antes, durante e incluso después de la
menstruación. Pero no terminan con eso. Llega después la ovulación (la
fase media del ciclo), y el sistema inmunitario se reduce de nuevo, los
estreptococos se precipitan, y se produce el acné. Las mujeres se vuelven
más susceptibles si no están tomando alimentos, hierbas y suplementos
curativos y no están evitando los factores desencadenantes. Muchas mujeres
que están en la menopausia o en la postmenopausia se despiertan un día y
se dan cuenta de que ya no tienen acné. No es por las hormonas; es porque
el sistema inmunitario ya no se les está reduciendo con regularidad dos
veces al mes, permitiendo escapar a los estreptococos al sistema linfático, y
de ahí a la piel.
272
estreptococos; es una sucesión de carreteras que pueden seguir para llegar al
tejido subcutáneo, bajo la superficie de la piel, y allí comer a sus anchas.
Nuestra piel tiene una capa de grasa por debajo de la superficie (es como
lo que ves cuando cortas una pieza de pollo crudo y te encuentras esa capa
amarilla de grasa bajo la piel exterior con sus bultitos) que forma parte del
tejido subcutáneo. No está fuera de lugar; pero resulta que sirve de refugio a
los venenos y a las células grasas sobrantes: además de acumularse en el
hígado, también se acumulan allí. Los productos lácteos tienden a llegar a
nuestro tejido subcutáneo, proporcionando muchos alimentos deliciosos a
los estreptococos. Lo mismo pasa con los huevos de las tortillas del
desayuno, con las grasas del pollo de la cena, con los antibióticos que
contienen estos alimentos y que se administraron a los animales para
combatir las infecciones estreptocócicas en las granjas donde se criaron, y
con los antibióticos que nos llegan en el agua corriente. Este es el tesoro
prometido de la fiebre del oro, el aliciente que hace exclamar a los
estreptococos: «¡En esas colinas hay oro!», y plantar cara al sistema
inmunitario de tu sistema linfático para llegar hasta tu piel. Los
estreptococos tienden a seguir el camino de la mínima resistencia; por eso
siguen las carreteras linfáticas que están debilitadas, que no se han
reabastecido de linfocitos y que, por tanto, están menos vigiladas. La ruta
que elijan determinará dónde acabará por salir a la superficie el acné. Por
eso a Jimmy le sale acné en el pecho y en la espalda, mientras que a Sara le
sale en la frente y en la barbilla y a Jessica en la parte superior de los brazos
y en las axilas.
Antes de que se desarrolle siquiera el acné, los estreptococos pasan algún
tiempo en aquel lugar tan agradable, saboreando ricos manjares, subiendo
poco a poco por la grasa subcutánea y reforzándose para el nuevo combate
que tienen por delante. Por fin, llegan al nivel inferior de la dermis. El
sistema inmunitario personalizado de la piel empieza a acopiar grasa
sebácea, como agente que, a modo de unas arenas movedizas, impide a los
estreptococos subir más. Como los estreptococos se han alimentado bien y
están muy vitales en este punto, la grasa sebácea no basta para detenerlos.
Entonces, el sistema inmunitario de la piel se acelera y provoca la
producción de volúmenes todavía mayores, como último intento de atrapar
a las bacterias y protegerte la piel, porque tu sistema inmunitario no quiere
que se te produzcan cicatrices en la piel. Cuando los estreptococos están
273
fuertes y potentes, superan hasta los volúmenes adicionales de grasa
sebácea y sobreviven a los linfocitos y a las células asesinas que están
inmediatamente por debajo de la epidermis. Ascienden hasta esta capa
exterior de la piel. Y ya está: se manifiesta el acné quístico.
Estos brotes son leves y temporales en muchas ocasiones. En los casos
extremos, son devastadores. Son muchos los factores que determinan si un
caso de acné es leve, grave o extremo, entre ellos la cantidad de cepas de
estreptococos que tienes, la cantidad de toxinas tales como los metales
pesados que están presentes en el hígado y en el tejido subcutáneo para
servir de alimento a los estreptococos, cuántos antibióticos has usado o
ingerido de otra manera a lo largo de tu vida, lo que pasó antes de tu propia
vida y tú heredaste, el tipo de subidas de adrenalina que tienes en la vida
diaria, tu exposición a los pesticidas y, naturalmente, cómo es tu dieta
alimenticia.
Las comunidades médicas alternativas de hoy día creen que los productos
lácteos tales como la leche, el queso y la mantequilla, y los cereales como el
trigo, son problemáticos porque son alergénicos. (Aunque el queso está
volviendo. Con la moda de las dietas altas en grasas, ahora se está
promocionando el queso como alimento sano para la longevidad). Observan
que cuanto más trigo y más lácteos comen los pacientes con acné, más
brotes tienen. Esta correlación no se debe a una alergia, en realidad. Estos
brotes de acné se producen porque a los estreptococos les encantan el trigo
y los lácteos. Cuando la dieta los contiene, los estreptococos se dan un
banquete desenfrenado y lanzan hacia la piel nuevos ataques de bajo grado
que acaban por manifestarse en forma de acné quístico. Aunque es bien
sabido que los productos lácteos hacen que el sistema linfático se vuelva
lento, no por eso a los estreptococos les resulta más difícil desplazarse por
su ruta preferida de dicho sistema. De hecho, se vuelve incluso más fácil;
porque cuando el sistema linfático está lento, tus mecanismos de defensa,
los linfocitos, están atrapados y minimizados. Las carreteras linfáticas que
tienen menor cantidad de leucocitos a causa de una cantidad mayor de
alimentos favorables a los estreptococos, como la leche, el queso y la
mantequilla, pasan a ser las vías de menor resistencia para los
estreptococos.
Cuando se trata el acné con antibióticos, el hígado debe absorberlos
después, lo que puede debilitar el sistema inmunitario personalizado del
274
hígado y permitir que se oculten más bandas de bacterias estreptocócicas en
los montones de basura, entre los antibióticos viejos y almacenados.
Además, los estreptococos se pueden alimentar de los antibióticos. El
proceso se reproducirá. Por fortuna, nuestros organismos tienen resistencia
y espíritu combativo. Hasta los investigadores y la ciencia médica saben ya
que hay más estreptococos que el Grupo A y el Grupo B. Los grupos
reconocidos por la medicina cubren una parte del alfabeto, pero lo cierto es
que existen los suficientes grupos de estreptococos para pasar de la Z. Estos
distintos grupos contribuyen a las diversas variedades de acné que puede
manifestar una persona. Por ejemplo, los tipos de estreptococos muy
agresivos producen cicatrices y grupos grandes de quistes. Es muy fácil ir
captando a lo largo de nuestra vida múltiples variedades de bacterias
estreptocócicas con los contactos íntimos, en la comida de los restaurantes,
en los baños y de otras maneras. Puedes captar por el camino una variedad
que se haya vuelto muy resistente a un antibiótico fuerte que tomó una
persona en su vida. Y algunas mujeres que tienen un compañero sexual
nuevo en una época avanzada de sus vidas tienen su primera infección del
tracto urinario, o una infección del tracto urinario más intratable de lo
normal, porque han captado una variedad de estreptococos difícil de vencer,
que debe controlarse con antibióticos fuertes.
EL ALIVIO A TU ALCANCE
Por esto es fundamental formar sistemas inmunitarios fuertes por todo el
cuerpo como paso para abordar y prevenir el acné y otras dolencias
relacionadas con los estreptococos como el SBID, del que hablaremos en el
capítulo siguiente. El punto de partida más importante es tu hígado. Para
protegerte la piel te resultará mucho más útil tomar medidas preventivas y
hacer de este órgano interno tuyo un entorno hostil para los estreptococos,
que tratarte con las mejores cremas, lociones y tratamientos faciales, con la
mejor pastilla y con la pomada para las espinillas más apreciada, todo ello
al mismo tiempo. También marcará una diferencia enorme que potencies el
sistema inmunitario linfático. Los linfocitos en los que confías para que
detengan a los estreptococos en las carreteras linfáticas se alimentan de las
vitaminas y los minerales de las frutas, las verduras, las hierbas aromáticas
y las especias. Por ello, la alimentación es una parte importante de la
275
curación del acné. En la cuarta parte del libro encontrarás la orientación que
necesitas sobre cómo potenciarte el sistema inmunitario, reforzarte el
hígado y matar a los estreptococos para encontrar alivio por fin.
276
Capítulo 24.
El SBID
277
los que ellos saben, entre ellos cúmulos minerales, es decir, oligoelementos
que se quedan apiñados en una solución pegajosa, a modo de película, que
segrega el hígado con una de sus más de 2000 funciones químicas. Los
cúmulos minerales refuerzan la bilis de modo que esta tiene la capacidad de
mantenerse activa hasta en las partes más profundas del intestino delgado.
Una de las misiones de la bilis es fundamental, la de disgregar y disolver
las grasas: evita que las grasas saturen el revestimiento intestinal y se
pongan rancias. Cuando la grasa llega a ponerse rancia en el tracto digestivo
(cosa que puede suceder con cualquier fuente de grasas radicales, ya sea el
cerdo, la manteca, la mantequilla, las patatas fritas, la mantequilla de frutos
secos, los aguacates o el aceite más puro) puede alimentar a los patógenos.
La consecuencia no solo puede ser el SBID, sino otros trastornos
gastrointestinales como el síndrome del intestino irritable (SII), la
enfermedad de Crohn, la colitis, las úlceras y la proliferación de H. pylori.
Cuando el hígado está debilitado, lento, se está poniendo pregraso o
graso, o está lleno de los venenos que ha recibido desde antes del
nacimiento hasta el presente, no es capaz de producir bilis suficiente ni lo
bastante fuerte. Pide ayuda, recurriendo, para protegerte, a una más de sus
funciones químicas milagrosas. En este caso, envía unos compuestos
químicos por el conducto biliar hasta el duodeno, desde el cual ascienden
hasta el estómago en calidad de mensajeros. Dan la alarma al estómago,
haciéndole saber que hay demasiadas grasas intrusas y que la bilis se está
reduciendo y está perdiendo su funcionalidad. Esto somete a presión a las
glándulas gástricas para que produzcan más ácido clorhídrico y los demás
componentes de los jugos gástricos y, acto seguido, los dispersen más allá
de su alcance normal, hasta la entrada del intestino delgado. Todo ello tiene
el propósito de reducir la proporción de grasas en la sangre, con el fin de
evitar que el hígado se vuelva demasiado tóxico y que la sangre se haga
demasiado espesa, lo que significaría menos oxígeno para el corazón y
todavía menos glucosa para el cerebro, que la necesita sin falta.
Con el tiempo, empieza a menguar la provisión de ácido clorhídrico. No
podemos culpar al hígado de que haya pedido ayuda cuando se encontraba
en un grave apuro. Más bien, debemos estudiar la dieta. Una dieta moderna
normal no basta para sustentar la producción adicional de ácido clorhídrico
y de otros componentes de los jugos gástricos por parte del estómago. Lo
cierto es que la dieta de la persona puede haber tenido mucho que ver con
278
cómo se debilitaron, de entrada, su hígado y su bilis y le surgió la necesidad
de producir más jugos gástricos. Ni siquiera las dietas «sanas» de moda que
aparecen todas las semanas son suficientes, porque los que elaboran estos
planes de alimentación no son conscientes de cómo funcionan realmente la
producción de la bilis y los ácidos gástricos; por ello, no pueden diseñar los
planes de alimentación de modo que apoyen estas tareas fundamentales de
tu cuerpo. Cuando una persona no sabe qué alimentos debe comer para
apoyar la producción de ácido clorhídrico por parte del estómago y para
rejuvenecerse el hígado, su programa será menos eficaz. Las dietas solo
pueden apoyarnos cuando las personas que las diseñan están familiarizadas
de verdad con el hígado, y no solo fingen estarlo.
Ni siquiera las dietas altas en proteínas más célebres son tan eficaces
como quisiéramos; hasta pueden agravar las cosas, porque cuantas más
proteínas contiene una dieta, más grasas aporta. Proteína equivale casi
siempre a grasa, y cuando una persona tiene problemas de falta de ácido
clorhídrico, los aperitivos y las comidas llenas de grasas le causarán
problemas. Los investigadores y la ciencia médica no han descubierto
todavía que el ácido clorhídrico hace algo más que limitarse a disgregar las
proteínas. El hígado también da permiso al estómago, por medio de
compuestos químicos que transfieren información, para que participe en la
descomposición de las grasas. Esto es distinto de disgregar las proteínas;
esta es una licencia que concede el hígado para que el ácido clorhídrico
prepare las grasas en el estómago con el fin de que se puedan disgregar
mejor y con más facilidad por las sales y el fluido biliares, para que haya
menos probabilidades de que se peguen grasas rancias al revestimiento del
tracto intestinal delgado y se pudran, y para que la sangre no se espese con
las grasas. (Como ya hemos visto, cuando la sangre se vuelve espesa,
representa más trabajo para tu corazón. Es esencial recordar esto: si no te
estás cuidando el hígado, no solo no te estás cuidando el intestino, sino que
tampoco te estás cuidando el corazón).
Esta preparación, por parte del ácido clorhídrico, de las grasas para la fase
siguiente de la bilis con las mismas forma parte de un proceso todavía no
descubierto por el que las grasas se separan de las proteínas en el estómago.
Las proteínas y las grasas deben estar separadas cuando llegan al intestino
delgado; pero eso no siempre pasa, y la causa es lo que comemos. Las
combinaciones de alimentos, nuestros hábitos de comida y las verdaderas
279
bombas para el estómago que elegimos, que tenemos que comer o que nos
convencen para que comamos pueden ser demasiado, incluso con una
producción vigorosa de ácido clorhídrico y con un hígado fuerte para
compensarla. Imagínate, por tanto, cuántas grasas y proteínas te bajarán al
intestino delgado sin separarse antes si tienes bajo el ácido clorhídrico.
¿Por qué tiene importancia esta separación? Porque si bien disgregar las
grasas y volverlas tan valiosas y tan seguras para el organismo como sea
posible entra claramente en las atribuciones del hígado, este no es
responsable de disgregar proteínas densas como las que proceden de los
productos animales. La bilis del hígado no puede disgregar, digerir y
dispersar las grasas de manera efectiva mientras estas siguen unidas a las
proteínas. Y cuando un exceso de grasas, sanas o malsanas, mezcladas con
un exceso de proteínas, sanas o malsanas, entran juntas en el intestino
delgado, sobreviene la desgracia. Para empezar, puede iniciarse un banquete
frenético. La Candida y otros microorganismos empezarán a disputarse los
alimentos.
No te creas que no te puede alcanzar a ti la desgracia porque estás fuerte
como un toro, al menos si estás comiendo unos comistrajos abominables.
Un chuletón con guarnición y unos cuantos fritos, acompañado todo ello de
una botella de cerveza, basta para descabalar el proceso de separación de las
grasas y las proteínas por parte del estómago, hasta para las personas más
sanas. Recuerda: tu hígado se emborracha antes de que tú empieces a
sentirte mareado siquiera. Y cuando el órgano está borracho, su producción
de bilis desciende espectacularmente, mientras el ácido clorhídrico se
diluye rápidamente y se desvanece como una vieja foto Polaroid de los años
setenta. Aunque tú te puedas seguir sintiendo despejado, si tu hígado fuera
al volante no pasaría la prueba del alcohol. Es importante que sepamos que
el hígado se embriaga con solo una copa de vino, para que sepamos también
que cuando estamos comiendo grasas y proteínas con alcohol, la separación
de esas grasas y esas proteínas no se va a producir en el estómago. Van a
entrar en el intestino delgado sin digerir en gran medida; y así es como se
inician los problemas tales como el SBID.
280
El hongo Candida ha sido de 30 años a esta parte toda una moda en la
sanidad. Se le han achacado la hinchazón y otros trastornos de estómago,
problemas digestivos, infecciones por levaduras, estreñimientos, diarreas,
heces sueltas, el síndrome del intestino irritable, infecciones del tracto
urinario y otras, fatigas, nieblas mentales, erupciones y más cosas. Todavía
se suele echar la culpa a la Candida hoy día.
Como he dicho siempre, la Candida no es el problema de partida. Sí, la
Candida suele estar presente en el cuerpo, pero es con un buen motivo. Este
hongo beneficioso solo actúa a tu favor; sin Candida no podríamos
prosperar ni estar verdaderamente sanos. Uno de los papeles fundamentales
que ejerce es el de disgregar los nutrientes para hacer posible su buena
absorción en los órganos y en el resto del cuerpo a través de la sangre. Otra
de sus tareas consiste en devorar los alimentos y residuos inútiles que se
encuentran en nuestro organismo, limpiándolo de desechos peligrosos que
de lo contrario nos harían daño. La Candida está impulsada a hacer esto por
una fuerza que nunca podrán explicar los investigadores y la ciencia médica
en toda la historia de la humanidad; por una fuerza innegable que viene de
arriba y la orienta para que trabaje a nuestro favor.
Sí, es cierto que la Candida puede proliferar demasiado si estamos
comiendo alimentos no productivos y no nos cuidamos. Puede volverse
incómoda, y hasta puede parecer que está estorbando. Y por eso, por un
malentendido, se declara que es el malo de la película; los profesionales de
la sanidad la eligen de entre muchos y la designan como culpable de los
síntomas y de las enfermedades. Ojalá supieran que es un hongo crucial,
incluso heroico.
La Candida forma parte del departamento de recogida de basuras de tu
cuerpo. ¿Has oído contar la huelga histórica del personal de basuras en
Nueva York, en la que las calles se llenaron de centenares y de miles de
bolsas de basura? Aparecieron ratas a millones para devorar los residuos,
revolviéndolos y generando enfermedades. Fue una locura, que duró hasta
que el departamento de recogida de basuras llegó a un acuerdo y los
operarios volvieron al trabajo, se llevaron los residuos y limpiaron las calles
de nuevo. La Candida es el camión de la basura que hace su recorrido
habitual, retirando los residuos antes de que las ratas lleguen a invadir la
ciudad. Esto significa que la Candida retira la comida a las ratas. En tu
cuerpo, esto equivale a que la Candida se alimenta de unos desechos que, si
281
se quedaran, alimentarían a las bacterias malas, a los virus y a las
variedades dañinas de mohos y hongos. Cuando estos microorganismos
improductivos y otros quedan fuera del alcance de la Candida, cuando se
reproducen como ratas alimentándose de la basura que tenemos en el
intestino procedente de comida mala, de grasas rancias, de fármacos y de
antibióticos, entonces es cuando debemos preocuparnos. Es entonces
cuando producen el trastorno llamado SBID.
La Candida nunca fue la causa de la hinchazón, de los trastornos
digestivos, del estreñimiento, de las infecciones por levaduras, etcétera.
Pero tampoco basta con hacer borrón y cuenta nueva como han hecho
últimamente las comunidades médicas, diciendo que el problema es un
sobrecrecimiento bacteriano y asignándole la etiqueta de «SBID».
Al SBID habría que ponerle otro nombre, el de «sobrecrecimiento
estreptocócico del intestino delgado»; porque lo cierto es que el
Streptococcus es el tipo principal de bacteria que provoca el SBID, y en
muchos casos es el único tipo de bacteria que interviene. Más aún: los
diagnósticos de SBID deberían sustituirse por diagnósticos generales de
estreptococos; no debería limitarse su enfoque al intestino delgado. El
sobrecrecimiento estreptocócico no es estático. Si hay estreptococos en el
tracto intestinal delgado, lo más probable es que también los haya en la
zona del colon y del recto, y también en el estómago. Quizá hayas oído
decir que, en el sistema gastrointestinal, las bacterias solo pueden sobrevivir
en el tracto intestinal, y no en el estómago. Esto no es cierto. Las bacterias
pueden sobrevivir en el estómago durante años, e incluso durante décadas,
cuando los niveles de ácido clorhídrico están lo bastante bajos; hasta
pueden producir úlceras en el estómago y tejido cicatrizado en la parte
inferior del esófago. Los estreptococos pueden subir todavía más, lo que
significa que una persona con SBID puede llegar a tener una proliferación
de estreptococos desde la boca hasta el recto. Y también pueden llegar al
páncreas. Y no olvidemos que es probable que haya toda una bolsa, o
varias, de estreptococos ocultos en el hígado, sustentándose de los depósitos
de almacenamiento de basuras que hay allí. Más concretamente, los
antibióticos viejos que están en el hígado contienen subproductos del
petróleo que dan mucho alimento a los estreptococos y les permiten
sobrevivir allí.
282
Si tu médico lo supiera, te diría: «El SBID arranca de un hígado al que no
se ayuda». Como acabamos de ver, cuando el hígado está sobrecargado, la
producción de bilis, a su vez, se debilita, lo que supone que el hígado debe
dar aviso al ácido clorhídrico para que le ayude a digerir las grasas. Si no se
da al hígado la oportunidad de mejorar con el tiempo a base de alimentos
que lo refuercen, y, por el contrario, su estado sigue empeorando y tampoco
se consumen los alimentos adecuados para reforzar el ácido clorhídrico, la
producción de ácido clorhídrico por parte de las glándulas del estómago
termina por reducirse también. Las grasas y las proteínas no digeridas
acaban por llegar juntas al intestino delgado; y, allí, las grasas se ponen
rancias, con lo que constituyen un alimento delicioso para los patógenos.
La Candida es la línea de defensa siguiente. Libra batalla por tu cuerpo,
hace de útil recogedor de basuras e incluso de mensajero, y se alimenta de
todos los microbios que viven en el intestino. Uno de estos microbios es el
estreptococo, que es un antiguo rival que puedes haber tenido en el
organismo durante años, cuando no durante toda la vida, aparte de que
estamos expuestos a nuevas cepas de estreptococos en nuestras vidas
cotidianas. La Candida ve a los estreptococos como enemigos. Pero no
siempre ataca a los estreptococos, a menos que estos estén debilitados.
Cuando la Candida se está reforzando y creciendo en número gracias a las
sustancias y alimentos tóxicos que recoge del tracto intestinal, mientras los
estreptococos pierden combustible y pasan hambre, entonces es cuando la
Candida pasará al ataque e intentará atrapar a los estreptococos y ahogarlos
en los rincones del tracto intestinal. Cuando mueran los estreptococos, la
Candida devorará las células bacterianas muertas. Es una guerra natural y
simbiótica que se libra muchas veces a tu favor y que no vemos. Lo único
que vemos es que la Candida aumenta de número, y ni el médico ni el
paciente saben por qué está creciendo ni qué significan los síntomas de esta
guerra.
El ácido clorhídrico debe acabar con cualquier microbio, como los
estreptococos, antes de que llegue al tracto intestinal. Pero cuando este
elemento de los jugos gástricos no se está produciendo al nivel y con la
fuerza adecuados, no puede matar a los estreptococos ni a otros microbios
en el estómago, por lo que las bacterias se cuelan en el intestino delgado y
se apuntan a la fiesta. También es posible que los estreptococos se desvíen
al intestino cuando se dirigen del hígado a la piel para provocar el acné.
283
(Por eso se suelen producir juntos el acné y el SBID; los estreptococos son
la causa de ambos). Por fin, cuando el estado de la producción de bilis y de
ácido clorhídrico desciende por debajo de un nivel determinado, ni siquiera
la Candida puede salvarnos. Los estreptococos se imponen, y el SBID
florece.
Es muy conveniente que conozcas esta realidad de cómo se desarrolla el
SBID. Si no sabemos qué es lo que marcha mal en realidad, nos quedamos
privados de algunas capacidades adicionales de combate de nuestro sistema
inmunitario. Las etiquetas generales y los diagnósticos improvisados al uso,
como «sobrecrecimiento bacteriano», nos aportan un cierto alivio. Pero
tenemos dentro de nosotros una sabiduría superior que es consciente de que
esta no es toda la verdad, y que también es consciente de que descubrir la
verdad es tener ganada la mitad de la batalla para curar un problema. La
etiqueta difusa de «SBID» no basta. Mejoramos cuando tenemos respuestas.
Es fundamental entender que los estreptococos son el tipo de bacteria que
está detrás del SBID, y que no se trata de que estén descontroladas las
bacterias en general en el intestino delgado. Piensa en este ejemplo. Te
llevas a tu hijo pequeño a una feria con la intención de pasar una tarde de
sábado agradable. Hay unos ponis, y tu hijo puede elegir a uno para darse
un corto paseo. Oyes decir que uno de los ponis está sin domar, y que es
bronco y desobediente hasta el punto de ser peligroso e imprevisible. El
animal conserva un estado mental salvaje y necesita más atención, amor,
doma y disciplina para poder montarse de manera fiable. Como padre o
madre que eres, ¿no querrías saber cuál es el poni en cuestión? ¿O correrías
tranquilamente el riesgo de poner a tu hijo a lomos de cualquiera de los
ponis, corriendo el peligro de que se trate del que no está domado? Saber
exactamente cuál es el animal sin domar (para no subir a él a tu hijo) puede
cambiarte la vida y la de tu hijo para siempre. Puede ahorrar a tu hijo una
lesión, y puede libraros a ambos de un trauma emocional y de un miedo
para toda la vida. Esta es la importancia de saber que son los estreptococos
los que están detrás del SBID. Así se te activa el sistema inmunitario para
que vaya a buscar a los estreptococos y domen a las bacterias
descontroladas, y, mientras tanto, tú sabes en qué sentido debes estar atento
para mantenerte a salvo mientras tanto. Los estreptococos tienen una
historia de causarnos problemas que es más larga de lo que nadie sabe.
284
Otro problema de la etiqueta de «SBID» es que se está convirtiendo en
otro de esos diagnósticos-comodín, como el de Candida, y se clasifican
como SBID síntomas tales como la fatiga, los dolores y molestias y la
niebla mental cuando en realidad no lo son... ni tampoco eran Candida.
Estos trastornos suelen ser frecuentemente problemas víricos, de los que ya
he hablado con detalle en mis libros anteriores. Los estreptococos son un
cofactor vírico muy común; es decir, son unos acompañantes de los virus, y
por eso hay tanta gente que suele tener SBID junto con estos síntomas
víricos. Es importante distinguir las bacterias de los virus para poder hacer
frente a ambos, del mismo modo que es importante concretar que los
estreptococos son la causa del SBID, en vez de calificarlo simplemente de
«bacteriano».
285
Los estreptococos ya no son una sola cepa. A lo largo de muchas décadas
de ser víctimas de los antibióticos, encontraron un modo de sobrevivir:
adaptándose. Adaptarse era algo más que ponerse fuertes. Era mutar, y
engendrar diversas cepas y variedades, cada una de las cuales era capaz de
defenderse de los medicamentos cada vez más fuertes que han desarrollado
los investigadores y la ciencia médica. Con el tiempo, se clasificó a los
estreptococos en Grupo A y Grupo B. El mundo de la medicina ya
identifica estreptococos hasta el Grupo H; aunque, como ya dijimos en el
capítulo dedicado al acné, lo cierto es que si quisieran designar a todos los
grupos de estreptococos que porta la población, habría que usar todo el
alfabeto e inventar letras nuevas. También dentro de los grupos conocidos
hay cepas que todavía no se han identificado ni documentado.
Aunque un técnico de laboratorio dotado y capacitado descubriera que
existen más cepas y más grupos de estreptococos de los que conocemos
actualmente, no se reconocería la importancia de este avance. El científico
no sería capaz de conseguir que le subvencionaran las investigaciones en
este terreno de importancia trascendental para la medicina; porque, ahora
mismo, las subvenciones están demasiado vinculadas a terrenos mal
orientados, como el de la relación de los genes con la enfermedad.
Lo que debes saber es que los estreptococos son responsables de muchos
trastornos de los que has oído hablar: el SBID, el acné quístico, las
infecciones de oído, las infecciones por levaduras y las infecciones del
tracto urinario y vaginosis bacterianas que suelen calificarse de infecciones
por levaduras, así como las verdaderas infecciones por levaduras y
proliferaciones de Candida. Estos trastornos se repiten después de que las
personas hayan recibido el tratamiento, porque su verdadera causa son los
estreptococos que no se han eliminado con ninguno de los programas de
tratamiento médico. También están las infecciones de senos paranasales y
otros problemas relacionados con los mismos, como las alergias; aunque
haya algo más, como el polen, que irrita la cavidad nasal y que hace subir
las histaminas, esto no quiere decir que no estén presentes previamente las
bacterias, produciendo la inflamación y la sensibilidad desde el primer
momento. La enfermedad inflamatoria pélvica y los orzuelos del ojo, con
todo lo distintos que pueden parecer, están relacionados ambos con los
estreptococos. Hasta la apendicitis crónica se debe a los estreptococos;
centenares de miles de apendectomías se precipitan porque los
286
estreptococos hacen que el apéndice se deteriore y se inflame. Los
estreptococos también pueden ser responsables del estreñimiento y de la
inflamación del colon o del resto del tracto intestinal. (Veremos más sobre
esto en el capítulo siguiente). La amigdalitis es una combinación de
estreptococos y de VEB.
Como en el caso del acné, casi siempre descubrirás que la persona que
tiene SBID ha recibido tratamiento con antibióticos en algún momento de
su vida. Es probable que le recetaran antibióticos, ya fuera para la
bronquitis, para una infección de oído, o incluso para un simple resfriado o
gripe, en muchos casos a una edad tan temprana que la persona no lo
recuerda. Como no se trató nunca de un verdadero protocolo curativo, lo
más probable es que se produjera una recaída en algún momento y que se
aplicaran todavía más antibióticos. Si a ti te han tratado con antibióticos por
cualquier motivo, aunque sea por un simple resfriado o gripe, los
estreptococos que tienes en el cuerpo han tenido la posibilidad de volverse
todavía más fuertes y más resistentes a los antibióticos, y de perdurar en tu
organismo hasta tu edad adulta.
No me malinterpretes: los antibióticos tienen su lugar en el mundo de la
medicina actual. Existen situaciones de emergencia en las que se requieren,
como el caso de una lesión infectada por haber pisado un clavo en el
bosque, o de una infección del tracto urinario sangrante con infección aguda
de los riñones. A lo que debemos aspirar es a reforzar el sistema
inmunitario y a evitar las situaciones de emergencia de la mejor manera
posible, para que no se lleguen a necesitar los antibióticos siquiera. Ya sé
que esto puede plantearnos un dilema. Cuando tenemos bajo el sistema
inmunitario y no nos estamos cuidando como debemos, ya sea por falta de
recursos o por falta de educación, podemos ser víctimas de la falta de
conocimientos de las comunidades médicas acerca de los estreptococos,
contrayendo infecciones del tracto urinario o de senos paranasales que solo
se pueden tener controladas con el uso continuo de diversas variedades de
antibióticos. Con el tiempo, podemos acabar en urgencias con una
exacerbación grave que requiere más antibióticos todavía. No es culpa tuya
que te pase esto, porque nadie entendió en ningún momento que la causa de
tus problemas subyacentes eran los estreptococos resistentes a los
antibióticos.
287
Si tienes SBID, tampoco es culpa tuya. También este se puede convertir
en un círculo vicioso que debemos evitar si es posible. Si las comunidades
médicas supieran que los estreptococos son el poni bronco e imprevisible
que provoca tantos problemas de salud diferentes, pensarían en otras
opciones para tratar el SBID que no perpetuaran dicho trastorno. La idea de
que los estreptococos pueden volverse resistentes a los antibióticos no es
desconocida para la medicina; los investigadores y los médicos lo saben. Si
supieran que los estreptococos son el problema que está detrás del SBID, no
querrían echar leña al fuego recetando tantos antibióticos.
De modo que los estreptococos no son unos supergérmenes, porque, a
diferencia del SARM y del C. difficile, que tuvieron malos principios, el
estreptococo tiene unos antecedentes de docilidad, y solo con los
antibióticos se convirtió en una cosa más siniestra. Los antibióticos
resuelven muchas situaciones de emergencia; no es de extrañar que los
usemos en los momentos de necesidad. Es fundamental que conozcas las
respuestas para que puedas avanzar, curarte de verdad y adelantarte a
muchas de esas situaciones de emergencia, previniéndolas. Es esencial que
sepamos que podemos perseguir a los estreptococos que tenemos en el
organismo y trabajar por curarnos el SBID, o cualquier otro trastorno
relacionado con los estreptococos. Este conocimiento es la llave que nos
abrirá una puerta, la de la posibilidad de curarnos.
288
lejos del alcance de un simple raspado como para que se pueda realizar un
diagnóstico sencillo; llegado este punto, a los médicos les resulta imposible
hacer un diagnóstico definitivo. Las cosas seguirán así hasta que los
investigadores consigan algún día, de alguna manera, las subvenciones
necesarias para desarrollar nuevos procedimientos de análisis del
sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado.
Como suelo decir, los investigadores y la ciencia médica no entienden el
cuadro completo de lo que sucede a los alimentos cuando entran en el
estómago. Es un misterio. Tienen un conocimiento teórico de las enzimas.
Saben que se produce la digestión y la asimilación de los nutrientes. Saben
que el ácido clorhídrico disgrega las proteínas. Estos descubrimientos
siguen estando en bruto, como el petróleo que se extrae de la tierra y que
hay que refinar para poder darle aplicaciones. Y también hay mucho más
que sigue bajo tierra y que está pendiente de extraer. Uno de los grandes
motivos por los que el mundo de la medicina no sabe más acerca de los
milagros verdaderos de la digestión es que Dios desempeña un papel en el
proceso digestivo. A los investigadores y a la ciencia médica no les gusta la
intervención de la mano de Dios a modo de respuesta. Si siguen con esos
esquemas mentales, quizá no descubran nunca todo lo que sucede con la
digestión.
Para poder decir al SBID «hasta la vista», es importante que sepamos un
poco más acerca de nuestros jugos gástricos. Los investigadores y la ciencia
médica no son conscientes de que el ácido clorhídrico no es una entidad
única; en realidad, se trata de una mezcla compleja de siete ácidos distintos.
Esto significa que aunque te hagas una prueba de ácido clorhídrico y tu
profesional de la salud te diga que lo tienes fuerte, puede que tengas otras
variedades de ácido clorhídrico que están comprometidas y que dificultan la
capacidad del fluido digestivo para hacer su labor. Si tienes debilitadas
partes de tu mezcla de siete ácidos e ingieres un microorganismo extraño de
cualquier tipo, como las bacterias, o un parásito que te entra en el estómago,
tu ácido gástrico puede no tener la fuerza suficiente para matarlo. El análisis
que te hacen de un solo tipo de ácido clorhídrico para determinar si lo tienes
alto no te indica que la composición completa de tu ácido gástrico sea como
debe ser. Podrías tener bajos, débiles o reducidos parcialmente tres de los
siete componentes, y aun así el análisis te indicaría que tienes alto el ácido
clorhídrico. Hay muchas personas con úlceras gástricas provocadas por
289
unas bacterias que lo están pasando en grande en el estómago porque una
buena parte de la mezcla de siete ácidos está menguando, lo que significa,
en la práctica, que tienen bajo el ácido clorhídrico, aunque, mientras tanto,
los análisis les dicen que tienen un nivel adecuado de ácido clorhídrico.
Aunque esto puede parecer complicado, apenas es un atisbo de la cantidad
infinita de información que falta por descubrir acerca de lo que pasa en
realidad cuando entran los alimentos en el estómago. Lo que debes recordar
es que no te puedes fiar de los análisis de ácido clorhídrico como
indicativos precisos del estado de tu sistema gastrointestinal. Como los
investigadores y la ciencia médica no son conscientes de la existencia de la
mezcla de los siete ácidos, no existe ningún análisis que permita pesar o
medir las seis variedades de ácido clorhídrico cuya existencia no conocen,
ni ningún análisis para determinar si los ácidos gástricos de una persona son
verdaderamente adecuados.
VOLVER AL EQUILIBRIO
Uno de los motivos por los que presenté a la atención mundial el zumo de
apio hace años fue por lo beneficioso y reconstituyente que es para el
sistema gastrointestinal. Sus cofactores de sales minerales microrresiduales,
todavía no descubiertos, restauran, en efecto, los ácidos que faltan en la
mezcla de siete ácidos y, al mismo tiempo, son tóxicos para las bacterias no
productivas. De este modo, el zumo de apio tiene un poder doble: (1) como
reabastecedor de los ácidos del estómago, para que los jugos gástricos
puedan volver a matar a los invasores, y (2) como antibiótico (y antivírico)
en la práctica, al que las bacterias dañinas como los estreptococos no
pueden adquirir resistencia ni inmunidad. Después de pasar por el
estómago, las sales minerales del zumo de apio caen al tracto intestinal
delgado, dejando también fuera de combate a los sobrecrecimientos
bacterianos que están allí presentes, como los de los estreptococos; y por
eso el zumo de apio será tu nuevo mejor amigo si tienes SBID. De hecho, el
apio es un arma específica contra los estreptococos. El poder de las sales
minerales del apio va más allá de la lucha contra las bacterias en el intestino
delgado. Estas sales siguen viajando hasta llegar al colon, donde pueden
seguir combatiendo a los sobrecrecimientos. Además, se absorben por las
paredes del tracto intestinal, y desde allí viajan por la sangre y hacen de
290
antiséptico contra los estreptococos por el camino, hasta llegar a la vena
porta hepática y al interior del hígado.
En vez de descubrir y de intentar aprovechar los notables poderes
curativos que se encierran en el apio, los investigadores y la ciencia médica
se centran en teorías como la de que tus genes son los responsables de que
estés enfermo. Recuerda: las investigaciones científicas se centran
exclusivamente allí donde se encuentran los intereses creados, y por eso el
apio sigue siendo un territorio inexplorado. Los profesionales de la sanidad
consideran que el apio no es más que una fuente de sal, y no tienen idea de
las estructuras complicadas del sodio beneficioso que contiene en realidad.
El zumo de apio te mejora el sistema inmunitario de todo el cuerpo. El
sistema inmunitario individual de tu hígado también se basa en las sales
minerales de tipos desconocidos que se encuentran en el apio; las emplea,
concretamente, para reforzarse los linfocitos (que son un tipo de células
blancas de la sangre), permitiendo al hígado que libre más batallas por
nosotros y que tenga más posibilidades de librarnos de los estreptococos y
de otras bacterias del SBID que pueden acompañarlos. Las células blancas
de la sangre, por su estructura celular, absorben las sales minerales como si
fueran néctar, y no solo las emplean como mecanismo de defensa sino como
mecanismo ofensivo. ¿Has oído contar que antiguamente se echaba sal a las
heridas para desinfectarlas? Este tratamiento tópico tenía algunas virtudes.
Pero por vía interna la sal de mesa no es del tipo adecuado para desinfectar;
las sales del apio sí lo son. Los linfocitos de tu hígado emplean las sales
minerales del apio para producir un arma química que ataca a las bacterias
no productivas, como los estreptococos. Ya sabes que suelo decir que hay
verdades que los investigadores y la ciencia médica tardarán décadas en
descubrir. Pero en descubrir esta tardarán cientos de años.
Yo siempre digo que descubrir lo que hay verdaderamente detrás de tus
padecimientos es una parte importantísima de la curación. Esto es así
porque tu sistema inmunitario recibe información de tus pensamientos y de
tu alma. Me doy cuenta de que algunas personas preferirían ponerse una
tirita sobre la herida sin estudiar las cosas con demasiado detenimiento, que
les den un nombre genérico de lo que les pasa y una pastilla para tratarlo y
dejar las cosas así. Pero cuando sabes lo que hay verdaderamente detrás de
tus problemas de salud, tu sistema inmunitario se refuerza. Cuando
descubres que las bacterias que debes perseguir son los estreptococos, se te
291
despierta una confianza interior. Esto equivale a decir que, si padeces
alguno de los trastornos que hemos visto en este capítulo o en el anterior, ya
has avanzado bastante por el camino que te conduce a sentirte mejor, por el
mero hecho de haber puesto a este patógeno en tu punto de mira.
Este conocimiento por tu parte permite al sistema inmunitario armarse
mejor, y tus leucocitos se refuerzan más todavía cuando les proporcionas
los recursos que necesitas, como el zumo de apio. Cuando te vuelves
consciente de tus propias necesidades, esa conciencia tuya puede llegar,
incluso, a potenciar los compuestos químicos que elabora el sistema
inmunitario a partir de las sales minerales preciosas del apio, a la vez que
mejora el resto de las herramientas curativas que encontrarás en la cuarta
parte.
292
Capítulo 25.
La hinchazón abdominal,
el estreñimiento y el síndrome
del intestino irritable
293
hormona del estrés puede saturar el hígado a un nivel que este no es capaz
de neutralizar, forzando su función biliar, pues el órgano tiene que trabajar
para absorber y conservar la adrenalina con el fin de proteger otras partes de
tu cuerpo. Cuando esto sucede repetidamente, el hígado se puede
sobresaturar de adrenalina, como cuando a una persona se le arruga la piel
por haber pasado demasiado tiempo bañándose en el mar.
Como vimos en el capítulo anterior, cuando al hígado le falla la
producción de bilis y pide ayuda preventiva, puede debilitarse el ácido
clorhídrico. El exceso de adrenalina también reduce la producción de ácido
clorhídrico. Las agresiones emocionales, los malos tratos mentales, las
discusiones constantes con el cónyuge o la pareja, la insatisfacción en el
trabajo y los plazos límite exigentes pueden provocar subidas constantes de
adrenalina que alteran los jugos gástricos de tu estómago. La adrenalina es
como arrojar una llave inglesa al interior de la maquinaria delicada y
compleja de un reloj de pared suizo. Es como si un vecino te echa una
botella de cerveza en la olla que tienes puesta a la lumbre y en la que
preparas la receta ideal que te enseñó tu abuela.
Al reducirse la producción de bilis y el contenido de sales biliares de
dicha bilis, y al reducirse también la producción de ácido clorhídrico y los
niveles de las sales minerales preciosas de las siete variedades de ácidos
gástricos, los alimentos que bajan por la ruta de tu tracto digestivo no
reciben el suficiente masaje, ni se alteran lo suficiente, ni se preparan lo
suficiente para que se lleve a cabo una digestión plena. Es como cuando un
suflé se deshincha porque se ha sacado del horno demasiado pronto. El
intestino delgado no es capaz de absorber los nutrientes necesarios; aunque
en el intestino delgado hay enzimas que colaboran con la digestión, no les
corresponde a ellas realizar todo el trabajo; no pueden funcionar del todo
bien cuando los alimentos no están disgregados suficientemente. Se termina
por debilitar la digestión general en el sistema gastrointestinal.
294
está sobrecargado de materiales tóxicos que se están vertiendo a la bilis, por
lo que estos terminan de nuevo en el tracto intestinal, o bien se estarán
excretando por la parte inferior del hígado, flotarán hacia abajo, saturarán
los vasos linfáticos alrededor del colon y se absorberán por el mismo a
través de sus paredes intestinales. Entre los materiales que pueden salir y
llegar al intestino se cuentan los materiales de desecho de las bacterias y de
los virus, como los envoltorios víricos antiguos y el lodo pegajoso y
gelatinoso que producen las toxinas al combinarse con los patógenos.
También se cuenta la lixivación oxidativa de los metales pesados. Todos
estos materiales recubren el revestimiento del intestino delgado y del colon,
provocando mayor hinchazón, poniendo trabas a las bacterias buenas que
están presentes y alimentando a las bacterias malas y a otros
microorganismos no productivos. A la larga, puede llegarse al punto de que
el sobrecrecimiento de estreptococos haga que se desarrolle el SBID,
mientras los estreptococos medran en bolsas en el tracto intestinal,
produciendo gases que empujan hacia el exterior los revestimientos
intestinales y contribuyen a la hinchazón. Una persona puede vivir así
mucho tiempo antes de que se le diagnostique el SBID, si es que se le llega
a diagnosticar algún día; y, en todo caso, no se detectará que la causa del
problema son los estreptococos.
Con la baja producción de bilis y de ácido clorhídrico, entran en escena
los restos de alimentos no digeridos, compuestos especialmente de grasas y
de proteínas, y terminan por alimentar también a los patógenos, revistiendo
el tracto intestinal y provocando el desastre total. Se forma un trastorno que
yo llamo permeabilidad al amoniaco (que las comunidades médicas
confunden con el intestino permeable), en el que los alimentos se
descomponen en tu intestino y producen gas amoniaco que ocasiona una
expansión todavía mayor del tracto intestinal (generando hinchazón,
retortijones, molestias y distensión) y que, además, sube por el intestino
hasta llegar al estómago, donde contribuye a reducir todavía más el ácido
clorhídrico e, incluso, las reservas en las glándulas gástricas y en los tejidos
de los componentes que producen dicho ácido clorhídrico.
En este entorno pueden proliferar bacterias como la H. pylori, haciendo
que se formen úlceras, e incluso lesiones. También pueden proliferar otras
bacterias, como las C. difficile, E. coli y los Staphylococcus. Pueden
aumentar, asimismo, las Candida, aunque, como ya sabes, no pretenden más
295
que ayudarte, alimentándose de proteínas no digeridas, de grasas y de otras
partículas de alimentos con el fin de disgregarlos más deprisa para que no
se pudran ni alimenten a más patógenos. Si empiezan a funcionar a toda
máquina no es porque quieran hacerte daño; es para impedir que se
fortalezcan los invasores como los estreptococos, las E. coli, los
estafilococos y los hongos peligrosos. Mientras sucede todo esto puede
producirse la gastritis crónica, diagnosticada o no, y también puede haber
gases estacionarios en el intestino delgado o en el colon, sin que se sientan
necesariamente como gases, porque apenas se mueven, aunque producen
más hinchazón.
296
metales pesados tóxicos y depósitos viejos de grasas rancias,
principalmente a través de las venas hepáticas y también por la bilis, y
desde allí se abren camino hasta el tracto intestinal y contribuyen a la
lentitud del colon y al estreñimiento.
La parte del sistema linfático que rodea al sistema gastrointestinal
también puede estar sobrecargada, produciéndose una acumulación de
fluido linfático que hace presión contra los intestinos y que es suficiente
para desacelerar los movimientos peristálticos y producir en algunas zonas
estrechamientos que dificultan el paso de los alimentos. Esto, en sí, puede
producir una hinchazón leve y hacer que el abdomen se ponga duro y
prominente.
Los patógenos, junto con sus residuos y sus lodos tóxicos, así como los
metales pesados, pueden llegar hasta el íleon, junto con los alimentos que
no se han digerido ni disgregado como es debido, y hacer que se inflame
esta última sección del intestino delgado, contribuyendo al estreñimiento.
Lo cierto es que es la zona del intestino donde es más común la
inflamación. En ella se pueden formar también tejidos cicatrizados.
En el caso de los hombres, el estreñimiento puede producir un aparente
trastorno de próstata, con micción frecuente y presión sobre la vejiga; o
bien, el hombre puede no tener síntomas adicionales, aparte de la hinchazón
y del estreñimiento. Los trastornos pueden ser mucho más penosos para las
mujeres. Para empezar, el estreñimiento se puede volver más intenso y más
incómodo en las fechas próximas a la ovulación y a la menstruación. Las
mujeres con síndrome de ovario poliquístico, con quistes o con fibroides,
también pueden sufrir grandes dificultades con el estreñimiento que se les
produce cuando el útero o un ovario inflamado o quístico presiona contra el
tracto intestinal, estrechando el paso. También puede darse que un colon
inflamado presione contra el útero y los ovarios, produciendo molestias,
dolor, retortijones y estreñimiento. El colon inflamado también puede
presionar contra la vejiga, produciendo a la mujer la sensación de necesidad
de orinar, debida a la estructura de los nervios por la cual las mujeres tienen
la vejiga más sensible que los hombres. Cuando la mujer tiene
endometriosis, diagnosticada o no, sus síntomas intestinales, de estómago y
de vejiga pueden ser más molestos todavía.
Si a la persona le han extirpado el apéndice, se le puede formar una
cicatriz o adherencia en la parte inferior derecha del colon, con lo que a los
297
alimentos les resulta más difícil pasar por la válvula ileocecal, y se produce
una variedad particular de estreñimiento.
Y cuando el colon está inflamado por cualquier motivo, puede retorcerse
levemente en sus diversos recodos. Las torceduras son muy frecuentes en la
parte superior del colon descendente, en el lado izquierdo del abdomen.
También lo son en la parte inferior del colon descendente, en dicho lado
izquierdo. También se puede producir una torcedura en la parte superior del
colon ascendente cuando hay inflamación. Si bien estos puntos pueden
contribuir al estreñimiento, el dolor y las molestias, no son verdaderas
obstrucciones ni bloqueos.
298
intestinos y alimentan rápidamente a los patógenos y llegan después al
colon, que es el vertedero final donde va a parar el revoltijo. La carga puede
producir inflamación que desencadena dolor, estreñimiento y/o diarrea, e
incluso hemorroides, pólipos y fisuras, y la irritación puede causar, además,
prurito anal.
CURARTE EL SISTEMA
GASTROINTESTINAL
No solo son incómodos los síntomas y los trastornos que describimos en
este capítulo, sino que, cuando el sistema gastrointestinal está afectado, no
puede absorber, alterar ni entregar los nutrientes a su plena capacidad. Esto
significa que el hígado no recibe todo el sustento que necesita, lo que
contribuye al padecimiento general de la persona. Al mismo tiempo, si una
persona tiene un trastorno gastrointestinal de algún tipo, tardará más en
curársele cuando el hígado, a su vez, ha perdido su capacidad para absorber,
alterar y entregar los nutrientes por el cuerpo. El sistema gastrointestinal y
el hígado deben confiar el uno en el otro, pero cada uno acaba pagando el
coste de la vulnerabilidad del otro.
Buscar el modo de curarse no nos hace caer en ningún ciclo vicioso ni es
un acertijo como el del huevo y la gallina. La respuesta es clara: para
ayudar a tu sistema gastrointestinal debes empezar por ayudar a tu hígado.
El hígado es esencial para curar cualquier tipo de problema intestinal, y si le
echas una mano con las herramientas que encontrarás en este libro
alcanzarás por fin el alivio digestivo.
299
Capítulo 26.
La niebla mental
Cuando oyes decir que una persona tiene niebla mental, no te parecerá tan
grave si no has pasado por ello tú mismo. Es muy fácil decir: «¡Céntrate!» o
«¿Estás cansado? Tómate un café y se te pasará».
Los que tienen niebla mental saben que superarla no es tan sencillo ni tan
fácil como parece. La verdadera niebla mental (que no es un simple mareo
por haber trasnochado, de los que te hacen tomar una dosis adicional de
cafeína para superar la jornada) puede ser muy perturbadora en la vida de
una persona. Puede ser perjudicial hasta el punto de reducir la vitalidad de
la persona y de impedirle conseguir lo que quiere. He visto casos en que la
niebla mental ha impedido a los estudiantes terminar los estudios, y no solo
en la enseñanza superior: también la he visto provocar casos de fracaso
escolar en la escuela secundaria. He visto cómo la niebla mental impedía a
madres llevar de paseo al parque a sus niños pequeños. He visto a personas
que han perdido sus puestos de trabajo y sus carreras profesionales, que han
dimitido o que han sido despedidas, a causa de la niebla mental. De modo
que, cuando hablamos de la niebla mental, se trata de una cosa seria. Ha
afectado a la vida de muchas personas.
300
de montones de Candida, mohos y otros hongos... y no tener niebla mental.
Así es: una persona así puede usar un retrete público, descargar de su
intestino las mucosidades de sus subproductos bacterianos y dejar en el
retrete dos tipos de estreptococos para que los contraiga la persona
siguiente, pero no tener niebla mental. Y si tiene niebla mental, podría ser
una versión tan leve de la misma que ni siquiera se le ocurriría darle ese
nombre. Y, por otra parte, puede haber otra persona que sí tiene
antecedentes de levaduras, mohos y otros hongos en el tracto intestinal y
que sí tiene niebla mental. O bien, puede haber una persona que tiene el
tracto intestinal limpio como los chorros del oro, sin trastornos
gastrointestinales graves, pero que tiene un problema de niebla mental. Y
todo esto se explica porque la niebla mental no se debe al sistema
gastrointestinal. Esta no es más que una creencia errónea de moda y una
hipótesis errónea, que ha hecho a miles de personas buscar en vano una
solución.
Nos interesa tener limpio el sistema gastrointestinal, desde luego;
tampoco es que el sobrecrecimiento bacteriano y fúngico en los intestinos
nos venga bien para la salud. Una proliferación de estreptococos en el tracto
intestinal sí que contribuye al estreñimiento, a la gastritis y a otras
inflamaciones, tejidos intestinales cicatrizados, diverticulitis, diverticulosis,
colitis, SII, diarrea, estrechamiento y dilatación intestinal, distensión
intestinal superior, sensación de ardor en el estómago, dolores agudos y
calambres en el abdomen, retortijones e hinchazón. Pero ¿qué hay de las
personas que tienen estas molestias digestivas pero no tienen niebla mental?
No podemos envolver este tema y ponerle un lacito, dejando fuera al
hígado, y decir: «Ah, sí, la niebla mental es una cuestión de problemas
gastrointestinales», y dejarlo así. Los pocos que dicen: «Yo no dejo fuera al
hígado; considero que el hígado forma parte del sistema gastrointestinal»,
tampoco conocen las verdaderas causas de la niebla mental; y, por eso, ya
es hora de que las conozcas tú.
301
ejemplo, el patógeno VEB. Son muchísimas las personas que llevan en el
hígado una carga vírica de VEB sin ser conscientes de ello. Si tú tienes
también el hígado lleno de otros alborotadores, estos proporcionarán
alimento al virus. Uno de estos alimentos es la adrenalina, que ya sabes que
el hígado absorbe como una esponja para protegerte de que esta hormona
del estrés te chamusque el sistema nervioso central cuando te encuentras en
estado de lucha o huida (hasta en sus formas más suaves, como por ejemplo
cuando conduces entre tráfico denso). Esa adrenalina basada en el miedo es
una de las fuentes de alimentos del VEB. Otros alimentos favoritos de los
virus son los metales pesados tóxicos y los pesticidas. Si los virus como el
VEB se instalan en el hígado es, precisamente, porque allí tienen fuentes
abundantes de alimento. Cuando el VEB consume estos alimentos, libera
diversos tipos de materiales de desecho, uno de los cuales es una
neurotoxina. El hígado se va llenando de estas neurotoxinas y termina por
alcanzar el máximo de su capacidad. Llegado este punto, se escapan al
torrente sanguíneo por la sangre que sale del hígado. Las neurotoxinas
tienen una capacidad singular para viajar, unas dotes de infiltración, casi
como un fumigante, que les permite trasladarse con facilidad a diversos
lugares; es esto lo que les permite cruzar la barrera hematoencefálica.
Cuando están en el cerebro, pueden nublar los neurotransmisores,
manipularlos y provocarles cortocircuitos. Las neurotoxinas en la sangre y
en el líquido cefalorraquídeo son un factor importante en la niebla mental.
Las comunidades médicas no son conscientes de que las sustancias
químicas neurotransmisoras deben estar limpias y puras para que funcionen.
Las neurotoxinas las ensucian. Las neurotoxinas, que albergan niveles
diminutos, homeopáticos, de mercurio y de otros metales y toxinas, están
contaminadas. Cuando entran en las sustancias químicas neurotransmisoras,
también las contaminan. Cuando un impulso eléctrico se transmite por una
neurona con una sustancia química neurotransmisora impura, no funciona
bien; el impulso tiene un cortocircuito, o se reduce, o debe funcionar con
menor energía. Por eso las sustancias químicas neurotransmisoras
ensuciadas con neurotoxinas son una receta para la niebla mental. Esto
tardará al menos 50 años en descubrirse.
Pero las neurotoxinas del VEB no son la única causa de la niebla mental.
Una persona puede tener problemas en las glándulas suprarrenales por
haber pasado períodos prolongados de exceso de estrés, y esa disfunción
302
suprarrenal pudo haber producido descargas erráticas de adrenalina que el
hígado tuvo que absorber, volviéndolo más estancado, lo cual, a su vez,
pudo reducir la energía, con lo que se produjo una niebla mental leve. La
adrenalina también puede llegar al cerebro, donde puede ser muy corrosiva
para la actividad de los neurotransmisores, reduciendo rápidamente a su
paso las sustancias químicas y los electrolitos de los neurotransmisores.
Nuestra capacidad para crear nuevas sustancias químicas neurotransmisoras
también puede reducirse con el tiempo por la mala alimentación y por el
estado de nuestro hígado.
Y la lista sigue. También puedes desarrollar niebla mental por los metales
pesados tóxicos que están en el cerebro, como el mercurio y el aluminio,
que se oxidan y producen una lixivación metálica capaz de saturar los
tejidos cerebrales, provocando cortocircuitos de los impulsos eléctricos y
obstaculizando a los neurotransmisores. Este tipo de niebla mental es un
poco distinta de las otras. Aparece y desaparece, con momentos de lucidez
y otros de confusión; aunque no se trata de la confusión cotidiana y leve
que podríamos calificar de calambre del cerebro.
También puede desarrollarse la niebla mental cuando el hígado se ha
vuelto tóxico con otros tipos de alborotadores, como los disolventes, los
medicamentos y las sustancias químicas tóxicas. Las personas que tienen
esta niebla mental no vírica sienten menos fatiga y se cansan menos que
cuando interviene un virus.
El hígado vírico, las neurotoxinas del VEB, las subidas de adrenalina, los
metales pesados tóxicos y otros alborotadores del hígado: he aquí las
diversas causas de la niebla mental. Cada persona tiene una niebla mental
distinta, y todos tienen derecho a que se reconozcan y se identifiquen a
nivel individual sus causas reales. Pero la niebla mental no procede del
sistema gastrointestinal para nadie.
ACLARANDO LA CONFUSIÓN
Cuando una persona con niebla mental visita a un profesional de la salud,
este profesional no debe ser víctima de la creencia de que esta está
relacionada con el sistema gastrointestinal. Es fácil caer en el error.
Supongamos que un profesional dice, en efecto, a un paciente que su niebla
mental es, en realidad, un problema gastrointestinal. ¿Cuál sería el paso
303
siguiente? Limpiarle la dieta. Y, a consecuencia de ello, el paciente puede
apreciar una mejoría; por eso, a todos les parecerá que la hipótesis
gastrointestinal era correcta. Y en esto radica la confusión.
Lo que sucede en realidad es que, cuando limpiamos la dieta,
suprimiendo la comida basura, la comida rápida y los alimentos procesados,
estamos potenciando el hígado sin saberlo; estamos permitiendo que se
desintoxique de manera más eficiente y estamos brindando a las glándulas
suprarrenales un poco más de apoyo de lo normal. Aunque es probable que
la dieta limpiara también el sistema gastrointestinal, esta no fue la causa por
la que se despejó la niebla mental. Un ejemplo claro: existen personas que
tienen cargas víricas muy elevadas y el hígado lento, congestionado con
neurotoxinas, y que mejoran la dieta en virtud de lo que los profesionales de
la sanidad consideran que es bueno para la salud gastrointestinal; pero esas
personas siguen sufriendo niebla mental. Esto se debe a que esas dietas no
están dirigidas expresamente a eliminar los problemas víricos, reforzar el
hígado, extraer las neurotoxinas, reforzar las suprarrenales y reconstruir las
sustancias químicas neurotransmisoras.
Al final, resulta ser cuestión de suerte que las diversas dietas populares
tengan o no algunos de estos efectos, lo que significa que esas dietas
pueden aliviar la niebla mental o no aliviarla. Lo que contribuye de verdad
a eliminar la niebla mental es conocer sus verdaderas causas, lo que te
permite abordar directamente los problemas víricos, la saturación del
hígado, los metales pesados tóxicos y otros alborotadores, y la sobrecarga
suprarrenal.
DESPEJAR LA NIEBLA
La niebla mental es una parte importante de nuestro mundo. Afecta a
muchas vidas, tanto a las de las personas que la sufren directamente como a
las de los que las rodean. Ya es hora de que todos ellos sepan quiénes son
los verdaderos responsables de la niebla mental.
Se cometen muchos errores en este terreno; a muchas personas se las
culpa de su propia niebla mental y se las califica de perezosas,
irresponsables, abúlicas o apáticas. Hay personas a las que se llama tontas,
o incluso estúpidas, por su niebla mental. No se entiende a los niños, y se
les hacen diagnósticos erróneos, por su niebla mental. Cuando los jóvenes
304
no encuentran palabras para expresarse, y las palabras que les salen no
expresan lo que ellos querían, esto también puede deberse a la niebla
mental. Los adultos se suelen sentir inadaptados o inútiles... y también eso
puede ser niebla mental. Cuando una persona tiene dificultades para tomar
decisiones y tiene la sensación de que ese proceso les absorbe la vida... eso
puede ser niebla mental. Nunca debió llegar hasta tal punto.
Cuando entendemos lo que es verdaderamente la niebla mental, podemos
identificar los problemas a los que tiene que enfrentarse la gente, y
podemos dejar de entenderlos mal y de asignarles etiquetas erróneas.
Podemos dejar de entendernos mal y de asignarnos etiquetas erróneas a
nosotros mismos. Tú no tienes la culpa de haberte provocado tu propia
niebla mental. Si la has tenido, hay motivos, y podrás librarte de ella con las
herramientas de la cuarta parte. Ya va siendo hora de que despejemos esta
niebla para que podamos ver todos la verdad.
305
Capítulo 27.
El hígado emocional:
las dificultades del estado
de ánimo y el TAE
306
sentirte más bien triste, melancólico, infravalorado, solo o perdido, hasta
sentirte desesperado, gravemente deprimido, rechazado o incluso
destrozado, sin motivo aparente. Puede llegar hasta el punto del tormento
mental y de las ideas de suicidio. También se puede desarrollar una gama de
síntomas físicos, desde la energía baja que te hace sentirte un poco cansado
y lento hasta una sensación de fatiga con la que sientes los brazos y las
piernas tan pesados que ni siquiera puedes caminar bien, con una sensación
casi de artritis, así como dolores y molestias, problemas de enfoque y de
concentración, y quizá algo de aumento de peso.
Cuando las causas de los padecimientos de una persona no son evidentes,
como sí lo son cuando una resonancia magnética desvela la presencia de un
aneurisma o de un tumor, entonces la industria médica se esfuerza por
determinar qué es lo que les pasa a los pacientes. A falta de respuestas, las
comunidades médicas, de manera muy humana, buscan posibilidades y
excusas externas. El TAE pertenece a este tipo. Cuando mucha gente iba al
médico a quejarse de la aparición o del agravamiento de los síntomas que
acabamos de describir, la etiqueta de TAE se desarrolló en época
relativamente reciente como explicación sencilla que echaba la culpa a los
cambios de tiempo propios del otoño y del invierno.
Así fue como empezó la cosa. Cuando los investigadores presentan una
hipótesis, eso no siempre quiere decir que la medicina oficial la vaya a
reconocer. El TAE no tenía garantizado que se le fuera a reconocer en la
medicina oficial. La industria médica reconoció la etiqueta de TAE y la
adoptó porque le servía para dejar de buscar causas más hondas de las
enfermedades crónicas, y así podría ahorrarse los presupuestos de
investigación para otros fines. Aunque esto es historia reciente, todavía no
era la época en que todo era cuestión de genes; sucedió antes de que
empezara a imponerse la teoría de que todo-es-por-los-genes; y era una
época en que las enfermedades crónicas se respetaban todavía menos que
ahora, y era incluso más común decir que «son todo imaginaciones suyas».
Con el TAE, las comunidades médicas reconocían los síntomas de la gente,
pero la etiqueta se convirtió en una tapadera que negaba lo que estaban
viviendo las personas de verdad.
La idea que se tiene ahora es que, cuando llega el invierno, nos bajan los
niveles de melatonina y de serotonina, con lo que nos aparecen los síntomas
del TAE. Muchos creen también que se trata de una falta de vitamina D en
307
el invierno. Entonces, ¿cómo se explica que afecte a muchas personas en
otras épocas del año? ¿Y que haya mucha gente que toma dosis elevadas de
vitamina D pero sigue teniendo TAE? Los médicos observaron con el
tiempo que estos síntomas no solo afectaban a la gente durante los meses
más fríos y más oscuros: también se producían en primavera y en verano; y
por eso se amplió la definición de TAE, para evitar tener que sufragar la
investigación de cuestiones más profundas. Ahora se puede aplicar la
etiqueta de TAE en cualquier época del año (el mes que quieras, en
cualquier momento de la estación que quieras), lo que debería indicarnos
que hay algún error en el concepto que tienen de este trastorno los
investigadores y la ciencia médica.
Lo cierto es que existen centenares de variantes distintas de este trastorno.
Si las comunidades médicas se pusieran a clasificarlas, se darían cuenta de
que pasa algo más.
¿Qué es el TAE, en realidad? Muchas personas sufren diez años de
síntomas de TAE, ya sea en invierno, en verano o en cualquier otra época
del año, y cada año se les agrava un poco más. Una persona puede ir
pasando de esa sensación de artritis que he descrito a sufrir molestias y
dolores agudos de articulaciones, lo que las conduce a otro diagnóstico
confuso, el de artritis reumatoide. Esa persona nunca tuvo TAE en ningún
momento; lo suyo era una forma muy leve de AR, que sabrás que es una
enfermedad relacionada con el VEB si has leído mis libros Médico médium
o Médico médium: la sanación del tiroides. ¿Desempeñan algún papel las
estaciones del año como incitadoras de la AR? Es posible. El invierno es
duro para el cuerpo. En esa estación tenderás a sentir que se te agrava casi
cualquier trastorno que tengas.
Otro ejemplo de trastorno que se diagnostica erróneamente como TAE es
la sensibilidad de los senos paranasales. Cuando el tiempo refresca, el aire
seco y caliente que hay dentro de los edificios puede dañar a los senos
paranasales y hacer que solo duelan a finales de otoño y durante el invierno.
Lo que puede estar teniendo la persona es una deshidratación crónica que
hace que las membranas de los senos estén secas y sensibles, o un depósito
antiguo de estreptococos en los senos por una lesión infecciosa de los senos
de hace décadas, que pudo dejar cicatrices en los senos. En los senos
paranasales son frecuentes las infecciones estreptocócicas de bajo nivel, que
producen sensibilidades de los senos tales como alergias estacionales,
308
dolores de cabeza y hemorragias nasales que no se diagnostican
debidamente como estreptocócicas. Estas bacterias son muy escurridizas y
pueden pasar la vida entera escondidas en los senos paranasales.
La etiqueta de TAE es uno de los diagnósticos erróneos más
desafortunados que existen. Aprovecha que todos nos sentimos mejor los
días hermosos y soleados con temperaturas moderadas y humedad
ambiental baja, y hace caso omiso de todo lo demás que marcha mal en las
personas. Así se las priva de la oportunidad de mejorar. Sí, es cierto que un
cambio estacional puede afectar a nuestra salud. Cuando llega el invierno,
en una región de clima frío, ya no salimos tanto a pasear por la naturaleza;
tampoco vamos a los mercadillos de agricultores ni nos comemos un
cuenco de fresas aquí y allá. Es decir, no hacemos lo que haríamos
normalmente para favorecer al sistema inmunitario. De manera que, si no
estamos tomando otras medidas mientras el tiempo se vuelve más frío,
cualquier problema que esté oculto bajo la superficie asomará un poco más
y le veremos la cara fea. Casi todas las personas que tienen TAE terminan
poniéndose peor, y se les van asignando nuevas etiquetas y diagnósticos a
lo largo de su vida, porque no se están abordando los problemas
subyacentes. No solo se pasa por alto la artritis reumatoide ni los problemas
de senos paranasales. Una persona que ha tenido la energía baja durante
cinco inviernos seguidos puede desarrollar una fatiga más profunda el sexto
año, hasta que terminan por diagnosticarle una borreliosis de Lyme. Aunque
puede tratarse de un diagnóstico erróneo, no deja de ser un diagnóstico
provocado por el hecho de que sus síntomas se están agravando. El TAE es
una manera de no tomarse en serio los síntomas tempranos de lo que podría
convertirse en un trastorno de salud agresivo y progresivo.
Vamos a hablar un poco más de los síntomas que se atribuyen al TAE.
Cuando te encuentras con depresión, inquietud, ansiedad, tristeza, nervios,
fatiga (leve o aguda) o dolores y molestias, has de saber que todo ello suele
ser neurológico. Lo cierto es que casi todos los síntomas asociados al TAE
pueden ser neurológicos, salvo el aumento de peso. Ya se trate de ideas de
suicidio, o de sentirse tristes y perdidos, o de sentir molestias físicas, el
cerebro, u otra parte del sistema nervioso, está afectado por alguna causa
más profunda y por eso produce esos síntomas; y no se trata de un cambio
de estación. La estación puede ser un factor desencadenante, pero no es la
causa.
309
Los dolores y las molestias en los pies se producen cuando se inflaman
los nervios tibiales y ciáticos. Los dolores de cabeza, las migrañas y los
hormigueos y la insensibilidad que pueden desencadenar y agravar el aire
frío o el calor y la humedad están causados por los nervios trigémino,
frénico y vago. Los problemas de enfoque y de concentración están
relacionados con el debilitamiento de los neurotransmisores. La ansiedad y
la depresión se pueden producir cuando el hígado se vuelve vírico y
empieza a liberar neurotoxinas, o cuando el hígado se sobrecarga de
medicamentos como los antibióticos y empieza a liberar metales pesados
oxidados, que van al cerebro y producen cortocircuitos en la actividad de
los neurotransmisores. Las emociones que acompañan al TAE, ya te hagan
sentir enfadado, frustrado, abandonado, hundido, olvidado, u otras
semejantes, están relacionadas con que la verdadera historia de lo que está
pasando dentro de tu hígado afecta a tu cerebro.
La infelicidad del hígado es la base de nuestra inestabilidad emocional;
todos esos síntomas neurológicos que se achacan a las estaciones surgen, en
realidad, del hígado. En primer lugar, cuando el torrente sanguíneo está
lleno de neurotoxinas, que se producen cuando los patógenos se alimentan
de metales pesados tóxicos tales como el mercurio que están en el hígado,
el enfoque y la concentración se pueden deteriorar, porque estas toxinas se
absorben en el cerebro y siembran el caos, provocando cortocircuitos en los
impulsos eléctricos. En segundo lugar, las emociones tales como la
frustración y la ira pueden proceder de un hígado lento, pregraso o graso, de
un hígado que está cargado de grasas, con dificultades, perdiendo la fuerza
y luchando por su vida.
Así es: el hígado tiene emociones, y nosotros podemos sentirlas. Cuando
el hígado tiene un bajón, eso casi basta de por sí para producirnos una
sensación corporal de tristeza, inquietud, aislamiento o malhumor. Si a esto
se le añaden los venenos que entran en nuestro cerebro en cualquier
momento dado, además de lo que la vida nos echa encima cada día,
podemos tener en seguida un trastorno que un médico puede diagnosticar
como TAE, o asignarle otra etiqueta.
310
Y bien, podrías decir: «¿Cómo es posible que el hígado tenga
emociones?». La respuesta es que la sofisticación de un órgano capaz de
llevar a cabo más de 2000 funciones químicas viene acompañada de la
capacidad de pensar por sí mismo. El hígado decide cuándo debe acceder a
las capacidades de estas funciones químicas; es capaz de tomar decisiones
por sí mismo. Además, conserva la información de nuestras vidas. Dado
este nivel de capacidad y de responsabilidad, ¿cómo sería posible que no
tuviera emociones? No somos robots. Nuestros hígados no están hechos de
metal, de alambres ni de plástico. Son de carne y de sangre, y tienen
inteligencia. Cuando una persona recibe un trasplante de hígado, adopta las
pautas que tenía el donante. El receptor del hígado manifiesta emociones
que no había tenido nunca. Tiene nuevos deseos, nuevos pensamientos,
nuevas creencias, nuevos hábitos, nuevas expresiones, nuevas apetencias de
comida, nuevas aficiones, nuevos sueños por la noche (puede tener los
mismos sueños que tenía el donante cuando vivía), y también nuevos
sueños en el sentido de nuevas metas y aspiraciones. Este es el poder que
posee el hígado, porque es una parte de nuestro cuerpo viva, emocional, que
piensa, que respira y que funciona. De hecho, tu hígado, ya sea el que tienes
desde que naciste o uno que hayas recibido por un trasplante, tiene que
tomar más decisiones que tú a lo largo de un día cualquiera. Y teniendo
tantas cosas que hacer, repito, ¿cómo no va a tener emociones?
El hígado desempeña un papel enorme en nuestro estado emocional.
Ejemplo destacado es cuando el hígado tiene un espasmo; es similar a
cuando una persona tiene una rabieta. Los espasmos del hígado son sus
intentos de liberarse y de encender una energía nueva cuando se siente
constreñido o limitado. A veces, el espasmo del hígado hasta llegará a
desencadenar una reacción emocional por tu parte, haciendo que te sientas
encerrado o atrapado, que sientas la necesidad de salir a correr, o la
sensación de que quieres salir de dentro de tu propia piel.
Cuando el hígado se vuelve tóxico y está guardándose una cantidad
tremenda de venenos, tales como la radiación, pesticidas, herbicidas,
materiales de la nanotecnología, metales pesados tóxicos, bacterias, virus y
residuos patógenos (como las dermotoxinas), una parte de los venenos se
puede verter al torrente sanguíneo y al tracto intestinal, como ya has leído.
Estos pueden provocar algunos de los problemas que ya hemos visto, como
el eccema, la psoriasis y la piel seca y quebradiza, que también se achacan
311
erróneamente al TAE porque empeoran en invierno. Estos venenos pueden
desplazarse por la sangre hasta llegar al cerebro, provocando en este
problemas tales como una sensación de estar animado en un momento dado
y decaído al poco rato, que puede conducir a un diagnóstico de trastorno
bipolar.
Ya hemos hablado de la adrenalina en capítulos anteriores, y este es otro
caso en que tiene importancia el juego mutuo de esta con el hígado. Cuando
sufres una ruptura sentimental, una traición, o te dan figuradamente una
puñalada en la espalda, o pasas otro momento traumático, tu hígado quiere
evitar que te intoxiques con la adrenalina cuando dicho esteroide te corre
por las venas. Tu hígado se pone muy inquieto, y hasta teme por tu vida, y
libera una hormona que todavía no ha descubierto la ciencia, que atrae hacia
el hígado el exceso de adrenalina para que este órgano pueda absorberla con
el fin de protegerte, evitando que pierdas el sentido, que los
neurotransmisores del cerebro se quemen y que sufras hemorragias. Pero
cuando el hígado absorbe un exceso de adrenalina del torrente sanguíneo,
en los momentos de estrés intenso y de otros desencadenantes de la
adrenalina, solo se trata de una solución temporal. Con el tiempo, el hígado
deberá liberar poco a poco la adrenalina que tiene almacenada para que se
elimine por los riñones y por el tracto intestinal, y así poder estar preparado
para recibir una nueva tanda la próxima vez que tú tengas una subida de
adrenalina. Cuando la adrenalina salga, tú percibirás la información que
tiene guardada, de una manera nostálgica o casi irreal. Aunque la adrenalina
fuera de hace un mes, o de hace seis meses, o de hace un año o más, cuando
salga tendrás una cierta sensación de pérdida, de frustración o de ira.
El hígado tiende a liberar sus depósitos de adrenalina con los cambios de
estación. Emitirá un chorrito para prepararse para el otoño, y otro chorrito
adicional a modo de desintoxicación para prepararse para el invierno. Es
frecuente que el hígado dé salida a una cantidad importante de adrenalina
para la primavera, y esa liberación puede durar todo el final de la primavera
y el principio del verano; por ello, puedes encontrarte procesando
emociones de hasta hace nueve años y sintiéndote perdido mientras la
adrenalina que conserva esa información va circulando lentamente para
salir de tu cuerpo. Cuando tu hígado se guardó esta adrenalina, que en
principio fue liberada en tus momentos de dificultades y de penalidades,
también se guardó tus vivencias emocionales. Su liberación puede
312
desencadenar las mismas sensaciones dolorosas que tuviste cuando se liberó
por primera vez la adrenalina en los momentos de lucha, porque esta
conserva esa esencia emocional. Cuando el hígado la suelta, tú también la
sueltas.
(Volviendo al tema de los trasplantes de hígado, el hígado trasplantado
suele estar lleno de adrenalina. Cuando la persona recibe ese hígado, vivirá
la tristeza, la sensación de pérdida o de vacío, u otras emociones que estén
guardadas dentro, cuando el hígado esté dispuesto a liberar la hormona.
Cuando brota la adrenalina del hígado, las vivencias de penalidades
emocionales del donante resonarán en el cuerpo del receptor, y este puede
llegar a vivir las sensaciones asociadas a los altibajos de la vida del
donante. Si el hígado tenía hambre de un alimento determinado que el
donante no le proporcionaba nunca, cuando se trasplante seguirá pidiendo
ese mismo alimento, lo que puede llegar a tener el efecto de cambiar el
gusto y el apetito de la persona que ha recibido el hígado. Seguiremos
hablando en seguida de los antojos alimentarios).
No pretendo quitar importancia al TAE como tal. Sus síntomas son muy
reales. Pero cuando te engañan y te defraudan con una etiqueta que sirve
para tapar la realidad, te están impidiendo que tomes medidas para impedir
que tu trastorno se agrave, sea cual sea el trastorno real en tu caso. Otro
aspecto desafortunado del TAE es la cantidad de antidepresivos que se
ofrecen a las personas que sufren estos síntomas; unos antidepresivos que
saturan más aún el hígado y le imponen una carga más pesada que agrava
los síntomas del TAE. En el caso de muchas personas, un TAE que solo se
producía durante la liberación anual de adrenalina por parte del hígado
puede extenderse a todo el año por culpa de estos medicamentos. Aunque
tampoco debemos tomarnos a la ligera la importancia de los antidepresivos
en algunas situaciones. La medicación es fundamental, desde luego, en los
casos graves en los que la persona tiene ideas de suicidio, hasta que se
pueda aliviar la situación introduciendo cuidadosamente soluciones
naturales. Si queremos proporcionar a la persona un alivio a largo plazo,
debemos saber de dónde arranca todo esto. No podemos poner la etiqueta
de TAE a unos síntomas y trastornos verdaderos que se desarrollan en las
personas por motivos verdaderos, y hacer como que esa es la solución. Las
experiencias de TAE son experiencias de problemas de hígado.
313
UN FACTOR INESPERADO
El motivo más común por el que las personas con TAE tienen síntomas a
finales de otoño y principios de invierno es el siguiente: los cambios de
dieta. Los cambios de luz y de temperatura, ya de suyo, nos ponen en modo
de hibernación y nos hacen comer de manera distinta de la normal.
Entonces llega Halloween, y hay caramelos por todas partes. Poco después
viene el cambio de hora, que nos descentra y nos hace tomar un poco más
de café para mantenernos bien despiertos hasta más tarde. Así se carga el
hígado de cafeína, que es una sustancia más que deberá guardarse para
protegerte. Menos de un mes más tarde llega Acción de Gracias, y en vez
de las fresas, los paseos y las ensaladas del verano estamos comiendo
alimentos más pesados. A partir del Viernes Negro comienza el ajetreo de la
temporada navideña. En la oficina te ofrecen bollos y galletas; vas a fiestas
en las que te animan a tomar unas copas de más de vino, de champán o de
licores, y hay otros caprichos a cada paso. Aunque pueda parecerte que solo
estás cometiendo un pequeño exceso aquí y otro pequeño exceso allá, todo
se va sumando. La gente no se da cuenta de la cantidad de trabajo adicional
que impone a su hígado en esta época del año. Tal como has ido leyendo en
este libro, tampoco se dan cuenta de lo sobrecargados que llegan a estar sus
hígados con los años de exposición a las toxinas y de no comer bien. La
temporada de fiestas puede dar al hígado el último empujón. La llegada de
alborotadores del hígado puede obligar al órgano a quedarse con la grasa
adicional de los caprichos del otoño y del invierno (esa grasa adicional es el
motivo por el que las personas tienden a subir de peso en las fiestas), o a
rebosar y liberar toxinas.
Este segundo factor, la liberación de toxinas, es uno de los motivos por
los que te pones más emotivo de lo habitual cuando se acerca el fin de año.
Así como la adrenalina que se libera según los planes del hígado está
asociada a unas emociones, la adrenalina que está asociada a las toxinas que
el hígado se ve obligado a soltar puede dar salida a unas emociones. Pudo
suceder que hace ocho años asistieras a un funeral y te comieras allí un
emparedado de jamón para ahogar tus penas. Tu cerebro ha conservado el
recuerdo durante todo este tiempo en su base de datos, aunque tú no seas
capaz de recordarlo conscientemente, y tu hígado ha conservado esa
información emocional junto con el amoniaco, los nitratos y otros
314
conservantes y la grasa de ese jamón barato, que neutralizó y guardó para
protegerte. Ahora, sobrecargado por todos los caprichos de las fiestas
presentes, el hígado tiene que soltar una parte de lo que tomó de ese
emparedado hace mucho tiempo, y así te produce de nuevo una leve
sensación de pena mientras te corren por la sangre los antiguos
alborotadores que consumiste en un momento de duelo. Este no es más que
un ejemplo entre centenares.
Con todo lo organizado que intenta mantenerse el hígado, con
compartimentos distintos para los diversos tipos de toxinas que conserva,
también tiene un depósito de almacenamiento de cosas varias. En el
capítulo 5, «Tu hígado protector», dije que el hígado puede terminar como
un vertedero de basuras. ¿Has visto alguna vez la sección de trastos viejos
en un vertedero? Habrá un montón con retretes y otros sanitarios; otro
montón de bicicletas y patinetes; las latas y las botellas estarán en montones
aparte, pero también habrá, inevitablemente, el montón de «varios», donde
la gente habrá arrojado camas, colchones, cajas de cartón, ventanas, tejas,
motocicletas, cochecitos de niño, neumáticos y más cosas, que se piensa
que se clasificarán más adelante. Pero si solo hay una persona a cargo del
vertedero, y siguen llegando más desechos, ese montón de «varios» seguirá
aumentando hasta que llegue a rebosar.
Así es como funcionan las cosas en tu hígado y en su zona de
almacenamiento misceláneo, que emplea para esos momentos en los que
sufre un verdadero bombardeo de toxinas y de grasas e intenta tomarlas y
procesarlas tan deprisa como puede. Arrojará allí artículos como los
alborotadores del emparedado de jamón de la recepción de un funeral, el
fijador de pelo de una fiesta que salió mal, el ambientador de aire de una
sala de espera donde estabas aguardando malas noticias, la leña tratada con
químicos y el exceso de alcohol de una comida en el campo donde se
rompió tu relación de pareja, e incluso pequeñas cantidades de adrenalina.
El hígado no está guardando todo esto junto por dejadez; está siendo todo lo
eficiente que puede en esos momentos, con el objetivo de aplicar funciones
químicas para organizar el montón misceláneo y clasificar su contenido más
adelante. El hígado solo puede emprender esa etapa organizativa cuando lo
tratamos bien. La mayoría de las personas no tenemos la consideración
necesaria para dar al hígado el descanso que necesita para hacer esto; por
ignorancia, lo dejamos solo, como el trabajador del vertedero, en vez de
315
ponernos a trabajar a su lado. Y como organizar el montón misceláneo tiene
una prioridad muy baja en la lista de tareas pendientes del hígado, no suele
ponerse a hacerlo. Cuando llega el momento de hacer una purga para hacer
sitio para más, es este montón el que se vacía. Entonces salen los
ingredientes alborotadores del emparedado de jamón y el resto de las
basuras misceláneas de las que al hígado le parece bien deshacerse; y, con
ellas, salen los antojos alimentarios. Junto con la pena, que probablemente
no sabrás que se remonta a aquel funeral, es probable que te den ganas de
comer jamón.
Siempre que te desintoxicas, ya sea de una manera sana, aprobada por el
hígado, o cuando este se ve obligado a vaciar una parte de su depósito de
almacenamiento misceláneo para hacer sitio a más cosas en un momento
dado, pueden aparecer las emociones al marcharse las toxinas. Esto sucede
tanto durante esa bomba de estrés para el hígado que es la temporada
interminable de caprichos del otoño y el invierno, como en esos cambios de
estación en los que, como hemos visto, el hígado libera los excesos de
adrenalina que tenía guardados. Los antojos son un tema que recordarás si
has leído Médico médium: alimentos que cambian tu vida. Cuando te
apetece mucho comerte un jamón cocido a la miel, una hamburguesa con
queso y beicon doble u otros alimentos pesados, no se debe a que tu cuerpo
te esté diciendo que necesitas hierro o proteínas. La mejor manera de
afrontar estos antojos es no ceder ante ellos, y optar, más bien, por otros
alimentos tranquilizadores y nutritivos, como las recetas que encontrarás en
los libros de la serie Médico médium.
GRAN TOLERANCIA
Tu hígado también tiene el banco de memoria del que hablamos en
capítulos anteriores de este libro, un catálogo de todo lo que has vivido, así
como del flujo y el reflujo de tu estilo de vida. Esto significa que, además
de todo lo que hemos visto en este capítulo para explicar por qué suelen
aparecer unos síntomas con los cambios de estaciones, tu hígado también
conoce por adelantado tu pauta de ponerte triste en las fiestas. Sabe si la
época de fin de año fue dura para ti en tu infancia por determinadas
vivencias familiares, y así, cuando empiezan a acercarse de nuevo esas
fechas, también tu hígado se puede poner emotivo, y esa emotividad se te
316
contagiará a ti sin que lo sepas. Esto significa que la época de fiestas, en vez
de ser una época para maltratar a nuestros hígados, debe ser la época del
año en la que deberíamos cuidarlos más.
Por suerte, el hígado es muy tolerante. Tiene una gran paciencia. Pero, al
mismo tiempo, tiene un desafío: tu mente, si esta todavía no tiene
incorporadas la tolerancia y la paciencia. Tu hígado, que es extremadamente
inteligente y emotivo, tiene el conocimiento y el raciocinio necesarios para
saber que tu mente puede no estar velando por él. Cuando la mente se
comporta de manera irracional, sin lógica, toma unas decisiones que
sobrecargan al hígado, ya sea eligiendo malos alimentos, tomando drogas o
medicamentos o practicando actividades que provocan subidas de
adrenalina. En estos casos, el hígado debe ser todavía más tolerante y más
sensible y tener más corazón; porque, sí, tu hígado tiene corazón, ya que la
tarea número uno del hígado es proteger el corazón. Para protegértelo, debe
entenderlo bien, del mismo modo que una madre o que el cuidador o
cuidadora de un bebé deben estar sintonizados con todas las necesidades de
este. Cuando la mente es insensata, inmadura, irracional, ilógica o ególatra,
el hígado la equilibra con una fortaleza suprema.
El hígado emocional vive dentro de nosotros, en ti y en mí. Tiene
corazón. Tiene inteligencia. Tiene sentimientos. No lo dudes: podemos vivir
con él, y no podemos vivir sin él.
317
Capítulo 28.
El PANDAS, la ictericia
y el hígado neonatal
318
alimentos por vía oral después de nacer, esto representa una conmoción
para su sistema. Si bien empezar a tomar los nutrientes de esta manera para
sobrevivir y crecer es un paso natural en la vida, representa una
perturbación digestiva temprana que puede hacer que el recién nacido
regurgite el líquido. A veces, el recién nacido vomita con tanta frecuencia
que resulta alarmante, y la madre se presenta con el niño en la consulta del
médico. El médico suele hacer un diagnóstico de reflujo ácido, y en muchos
casos recomienda medicación para el mismo.
Pero ¿cuál es la verdadera causa del problema? Casi todos los pediatras
temen estas visitas, porque el reflujo ácido del recién nacido es un misterio
absoluto para los investigadores y la ciencia médica, y el médico no puede
ofrecer gran cosa, salvo palabras tranquilizadoras y antiácidos. Tienen sus
teorías. Teorías de que el tracto intestinal del recién nacido, o su estómago,
no se han desarrollado debidamente; de que no tiene los pliegues adecuados
o de que se está desarrollando todavía. Teorías de que el tracto intestinal del
recién nacido es tan blando y plegable que, cuando este adopta
determinadas posturas, ejerce presión sobre el duodeno (la parte superior
del intestino delgado), produciendo un impedimento muy leve que produce
el reflujo. En casi todos los casos, el pediatra te dirá que a tu recién nacido
se le pasará con el tiempo, y casi siempre se le pasa, en efecto. Al cabo de
una semana, de un mes o de un año parecerá que se disipan los síntomas
semejantes al reflujo gastroesofágico. Lo que no se disipa nunca es el
misterio de por qué sucedieron en un primer momento. En algunos casos (si
el recién nacido estaba tomando el pecho cuando surgió el problema) se
culpa a la leche materna. Esta teoría descorazonadora podría llevar a la
madre a criar al niño con una fórmula para bebés, y después con otra, para
acabar descubriendo que el reflujo ácido no se le pasa y que nunca hubo
nada malo en su leche materna. Después de tantas conjeturas y de tanto
desconcierto y temor, es probable que a la madre le cueste trabajo recuperar
la confianza en su capacidad para criar a su hijo.
Lo que se encuentra detrás del reflujo ácido del recién nacido es, en
realidad, el hígado y la vesícula biliar. Es signo y síntoma de lo que yo
llamo hígado neonatal, cuando el hígado pasa dificultades desde el
comienzo de la vida a causa de todo lo que ha heredado. En particular, el
reflujo ácido de un recién nacido es el hígado de un recién nacido que se
esfuerza por producir sus primeras dosis de bilis. Los hígados de los recién
319
nacidos no producen mucha bilis de manera natural al principio. Solo
necesitan cantidades pequeñas, porque la leche materna contiene más
azúcar que grasas. La pequeña cantidad de grasas que se encuentra en la
leche materna humana es la única grasa que existe que necesita muy poca
bilis; por ello, es fácil de disgregar, de digerir y de dispersar. Además, está
estructurada de tal modo que puede coexistir con el azúcar de la leche
materna sin producir resistencia a la insulina ni chocar como suelen hacer
normalmente las grasas cuando se combinan con los azúcares en nuestras
dietas.
Además, los estómagos de los recién nacidos tampoco producen al
principio más que cantidades reducidas de ácido clorhídrico, porque la
leche materna es muy baja en proteínas, y las proteínas que contiene son
más asimilables que ninguna otra proteína de este planeta. Como la leche
materna es, en esencia, agua con azúcar nutritiva, y como ese azúcar tiene
un factor predigerido, el niño no tiene que digerir mucho para disgregarla, y
por eso no necesita mucho ácido clorhídrico.
A pesar de lo cual, la poca bilis y el poco ácido clorhídrico que sí tiene
que producir el recién nacido no dejan de tener importancia. Cuando el
recién nacido tiene el hígado débil desde un primer momento, puede
producírsele un problema de digestión, porque el hígado del recién nacido
significa baja producción de bilis y de ácido clorhídrico. Cuando el recién
nacido tiene el hígado lento o estancado desde el primer momento, cuando
ha nacido con venenos y con toxinas, y cuando tiene que sufrir desde su
nacimiento los efectos de los tratamientos médicos habituales, que
proseguirán durante su infancia, entonces la bilis y el ácido clorhídrico se
reducirán todavía más. Al niño le costará más digerir, a escala
microscópica, las pocas grasas y proteínas que contiene la leche materna, y
así se producirán esos síntomas semejantes al reflujo gastroesofágico que
son un misterio para los médicos.
320
hígado. Pero seguirán sin atar cabos para determinar que el reflujo ácido
también está relacionado con el hígado, porque no se lo han enseñado.
La teoría de la ictericia de los recién nacidos (en efecto, no es más que
una teoría) es que el hígado del recién nacido es tan nuevo que no se ha
desarrollado lo suficiente para llevar a cabo las tareas normales del hígado
de procesar, dispersar y desintoxicar los hematíes. Pero la ictericia no es
esto. La ictericia consiste, en realidad, en que el hígado del niño está
intentando superar una carga muy tóxica, poner la máquina a pleno
funcionamiento ante unos obstáculos que no entienden los investigadores y
la ciencia médica; porque entre los obstáculos se cuentan los primeros
tratamientos médicos que recibe el recién nacido. El resto de los obstáculos
son los alborotadores heredados de la estirpe familiar.
Mientras tanto, la ictericia es el hígado de un recién nacido que se
encuentra conmocionado, intentando poner en marcha sus más de 2000
funciones químicas y encontrándose con cortocircuitos. Imagínate que una
granjera va a un campo e intenta poner en marcha un tractor viejo que no ha
usado desde hace años. Acciona la puesta en marcha; el motor hace algunos
ruidos, suelta algo de humo quizá, y sin duda tiene fallos mientras intenta
expulsar todos los residuos que se le han acumulado. Pues eso es,
exactamente, lo que está pasando con el hígado neonatal. Los alborotadores
heredados y aquellos a los que ha estado expuesto al principio de su vida
son como el aceite de motores viejo en el hígado del niño; sí, es posible que
el hígado de un recién nacido esté sucio, porque hereda toxinas en la
concepción y en el seno materno. Pueden deberse a la alimentación de los
padres hace veinte años; pueden ser venenos que se han transmitido de
generación en generación, o pueden ser otros muchos factores los que han
hecho que el hígado de un recién nacido contenga alborotadores.
La medicina oficial no tiene ningún motivo para ver más allá de su teoría
de que la ictericia se debe a que el hígado del recién nacido no está
funcionando todavía a pleno rendimiento, porque la ictericia termina por
disiparse, los hematíes se desintoxican, y el nivel alto de bilirrubina se
reduce. Lo que pasa en realidad es que los hígados de la mayoría de los
recién nacidos, después de la primera lucha por ponerse en marcha, son
capaces de superar los obstáculos y de encontrar un equilibrio aceptable con
bastante rapidez. Que la ictericia desaparezca no quiere decir que hayan
desaparecido las complicaciones del hígado neonatal; no quiere decir que el
321
hígado del niño esté funcionando perfectamente ni que no existan otros
signos de problemas hepáticos que ningún médico asociará al hígado. El
vientre del recién nacido, esa hinchazón y distensión de los pequeños, es
signo del hígado neonatal. Los dolores de estómago y los problemas
intestinales que terminan por diagnosticarse como parásitos, Candida,
enfermedad celíaca... En realidad, el hígado es una parte muy importante de
sus causas.
UN AVISPERO DE RESPUESTAS
En la mayoría de las ocasiones, el trastorno gástrico del recién nacido se
produce sin ictericia. Puede darse otro trastorno hepático, como el eccema o
la psoriasis, sin que los médicos sepan tampoco que este está relacionado
también con el hígado. Lo habitual es que el hígado del niño termine por
recuperarse, reforzarse y curarse cuando este se hace mayor; el reflujo ácido
desaparecerá, y nadie se habrá dado cuenta de que hubo un problema de
hígado. Si vuelven a salir a relucir problemas de hígado más adelante, nadie
los relacionará con las dificultades de esa persona en su primera niñez. Así
es como se pierde por el camino la historia de la salud de una persona, y se
entierran, se pierden o quedan sin descubrir las relaciones que deberíamos
poder establecer para entender nuestras vidas.
Si los niños nacen constantemente con el hígado comprometido es por un
motivo que no tienen para nada en su punto de mira los investigadores y la
ciencia médica. Si se identificaran, se catalogaran y se documentaran
debidamente los venenos heredados que recibimos de nuestros antepasados,
hasta el punto de determinar qué fábricas de productos químicos y en qué
momento histórico crearon cada una de las sustancias químicas tóxicas de
cada disolución tóxica que terminó en nuestro entorno cotidiano, entonces
todas las madres del planeta tendrían una nueva causa por la que luchar. Las
madres traerían un verdadero cambio. Sabiendo que su niño ha sufrido
trabas, en parte, por lo que se había acumulado en el hígado de ella misma,
y en los de sus padres, y en los de sus abuelos y bisabuelos, sin el
consentimiento de ellos; sabiendo que estos errores industriales eran la
verdadera causa de los viajes con su recién nacido a urgencias, y de las
noches sin dormir, entonces todas las madres exigirían que se pidieran
responsabilidades a quien correspondiera. Habría que pagar grandes
322
indemnizaciones. Los investigadores y la ciencia médica no quieren
meterse en eso para nada. Sería la mayor de sus pesadillas, pues si la
industria médica no pudiera recurrir a la teoría de los genes, ni a la teoría de
que el cuerpo se ataca a sí mismo, entonces tendría que afrontar sus
responsabilidades ante las madres y ante los recién nacidos por primera vez
en la historia.
323
bacterias, después de haber estado esperando tranquilamente, pueden
descontrolarse y escaparse del hígado, provocando SII, otros problemas
inflamatorios en el tracto digestivo, o problemas en otras partes, como la
mononucleosis temprana, las faringitis estreptocócicas, las infecciones de
oídos, el acné, la bronquitis, las erupciones misteriosas con pústulas, los
forúnculos misteriosos, la urticaria, la hinchazón aleatoria de glándulas,
fiebre y ampollas.
El hígado infantil es un factor que determina la salud y el bienestar del
niño más de lo que sabemos. Además de los citados, y de muchos de los
síntomas y trastornos que encontrarás en la segunda y tercera parte de este
libro, el hígado infantil puede generar mucho calor hepático, sobre todo
cuando el órgano está lleno de metales pesados tóxicos. Esto puede
traducirse en irritabilidad inexplicada, ira, frustración e incluso rabietas por
parte de los pequeños, que producen mucha impotencia a los padres y a los
cuidadores. Cuando el hígado tiene dificultades, le puede faltar glucosa
almacenada a una edad temprana, con lo que se produce un hígado
hambriento que es la causa del hambre misteriosa que vimos en el capítulo
13. Ese hígado con hambre de glucosa también puede volver muy gruñones
a los pequeños, con episodios de nivel bajo de azúcar en sangre, fatiga y
cansancio sin motivo aparente, debidos a la producción suprarrenal que se
requiere cuando la glucosa almacenada en el hígado está baja y cae el
azúcar en sangre. Hacia los tres, cuatro o cinco años de edad es corriente
que el hígado salga de su estancamiento y que desaparezcan los síntomas y
los trastornos, al menos temporalmente.
El PANDAS
El PANDAS es otra confusión de la medicina de hoy, lo cual es una
desgracia, porque nos interesa especialmente que las cosas se hagan bien y
no queremos que haya aspectos misteriosos cuando se trata de nuestros
hijos. En estos momentos, el PANDAS (por las iniciales inglesas de
«trastorno pediátrico neuropsiquiátrico autoinmune asociado a infecciones
por estreptococos») es declaradamente teórico. Entre los síntomas asociados
figuran los tics, espasmos, movimientos convulsivos y ataques agudos de
trastorno obsesivo-compulsivo, con el razonamiento de que los
324
estreptococos desencadenan en el cuerpo respuestas autoinmunes que
producen estos problemas neurológicos.
Los investigadores y la ciencia médica han descubierto que, antes de la
aparición del PANDAS, los niños suelen tener una infección por
estreptococos, a veces en forma de fiebre con erupción; por ello, se supone
automáticamente que los estreptococos son el factor desencadenante. La
única relación real entre los estreptococos y estos síntomas es que en
algunos niños se encuentran ambas cosas. Pero también se encuentran
estreptococos en niños que no tienen estos síntomas. Cuando sí están
presentes ambos, se trata de una coinfección, y detrás de las dificultades de
los niños en este sentido se encuentran otros dos factores muy importantes a
los que no se atiende.
El PANDAS es, en realidad, una infección vírica, pues solo los virus son
capaces de crear un factor que pueda ser responsable del TOC, los tics, los
espasmos y los movimientos espasmódicos, a saber, las neurotoxinas.
Cuando están presentes los estreptococos al mismo tiempo, se trata de una
simple coinfección con el virus. Los que causan los síntomas neurológicos
no son los estreptococos, ni tampoco los estreptococos desencadenan una
respuesta autoinmune que produzca los síntomas. La causa son las
neurotoxinas, y los estreptococos no pueden producir una neurotoxina.
Aunque los estreptococos produjeran una inflamación cerebral de algún
tipo, esta no podría ser la causa de los tics, espasmos, movimientos
espasmódicos y TOC.
Cuando se desarrolla el PANDAS en los pequeños, es porque estos han
estado expuestos a una cantidad elevada de mercurio, aproximadamente al
mismo tiempo que estaban desarrollando una infección vírica. Uno de los
virus que son los principales responsables del PANDAS es el VHH-6 y sus
múltiples mutaciones. El VHH-7 produce un porcentaje menor de casos; el
virus del herpes, un porcentaje todavía menor, y, por último, el VEB,
aunque este no suele ser el causante en general. El causante es,
principalmente, el VHH-6, que se suele estar dando un banquete con la
exposición del niño al mercurio, que pudo venir de varias fuentes. Los
primeros tratamientos médicos que recibió el niño podían contener
mercurio, y también pudo nacer con depósitos de mercurio en el hígado,
heredados de su estirpe familiar.
325
Con la combinación del virus con el mercurio se produce algo parecido a
una explosión. Cuando el virus se alimenta del mercurio, libera un grado
elevadísimo de neurotoxinas. Cuando estas toxinas suben en tropel al
cerebro, saturan inmediatamente las sustancias químicas neurotransmisoras,
provocando cortocircuitos de los impulsos eléctricos, y esto es lo que puede
provocar los síntomas obsesivos-compulsivos, los tics, los espasmos, los
movimientos espasmódicos, e incluso las dificultades de comunicación.
Si hay infecciones de estreptococos en las proximidades es porque los
estreptococos aprovechan la reducción del sistema inmunitario. Los
estreptococos no solo son el cofactor del VEB, como ya hemos dicho en
este libro; también son cofactor del VHH-6, que es la causa misma de la
mayoría de los casos de PANDAS. Pero es clásico que la industria médica
lo achaque todo a los estreptococos y a que el cuerpo se ataca a sí mismo.
Sería un poco más correcto que la industria achacara el PANDAS a los
estreptococos y al mercurio; pero esto se evita. Y sería perfectamente
exacto que la industria achacara el PANDAS a que el VHH-6 se alimenta
del mercurio, produciendo una neurotoxina.
Las erupciones asociadas al PANDAS se deben a que las dermotoxinas
también tienen un crecimiento explosivo cuando el VHH-6 se da un
banquete con el mercurio. Son unas toxinas víricas que afloran en la piel;
por tanto, las erupciones que las comunidades médicas asocian a los
estreptococos no están relacionadas con ellos en realidad.
Diré, de paso, que la escarlatina tampoco es bacteriana; es vírica. La idea
de que la escarlatina está producida por los estreptococos es otro error de la
industria médica. Lo cierto es que se debe a que otra versión del VHH-6, o
incluso el VEB de aparición temprana, se alimenta de los grandes depósitos
de mercurio que tiene el niño en el hígado o en alguna otra parte del cuerpo,
y libera neurotoxinas y dermotoxinas que producen las erupciones de color
escarlata.
La medicina oficial sí sabe que la roséola es vírica. Sus causas verdaderas
son el VHH-6, y a veces el VHH-7. A diferencia de la escarlatina y del
PANDAS, en el caso de la roséola la medicina no se centra en la infección
por estreptococos, aunque en realidad sí que existe tal infección en forma de
coinfección, solo que mucho más suave, y no en grado suficiente como para
apreciarse en los análisis. Los niños también pueden tener tics,
movimientos espasmódicos, espasmos y TOC a la vez que una erupción
326
fuerte de roséola, porque detrás de todo ello hay un virus que produce
neurotoxinas y dermotoxinas.
Y el caso es que, con el PANDAS, los investigadores y la ciencia médica
están centrados en los estreptococos, que no son más que una coinfección y
que no son la causa ni el desencadenante de los síntomas neurológicos. Para
que se desarrolle el PANDAS, el niño debe tener niveles altos de mercurio
en el cuerpo, procedentes de alguna fuente. Si no estuviera presente el
mercurio, lo más probable es que no hubiera saltado la explosión vírica en
una etapa tan temprana de la vida del niño. Se habría reservado para más
adelante, adoptando la forma de otra enfermedad vírica de la que hablamos
en la serie Médico médium.
327
hasta la raíz de los trastornos misteriosos digestivos, cutáneos y de otros
tipos de los recién nacidos. Tampoco es culpa del padre, ni del médico.
Repite conmigo: «¡No es culpa tuya!».
Lo importante es que ya sabes por fin dónde reside la verdad, y que esa
verdad se encuentra en el hígado. Tu hígado, el hígado de tu recién nacido,
son unas joyas preciosas que debes proteger por todos los medios... y ahora
ya dispones de las herramientas necesarias para protegerlas.
328
Capítulo 29.
Hígado autoinmune y hepatitis
LA INFLAMACIÓN DE HÍGADO
Cuando hay una inflamación de hígado, el diagnóstico es una zona gris.
No existe ningún botón mágico que se pueda pulsar para determinar qué
letra del alfabeto de la hepatitis te deben asignar. Los análisis de sangre no
las distinguen, porque lo que miran en realidad los análisis de sangre son
los niveles de enzimas hepáticas y de bilirrubina para determinar si existe
una disfunción hepática, así como la presencia de posibles anticuerpos y un
conteo de leucocitos para ver si existe un trastorno de la sangre y alguna
inflamación en general. Si los conteos elevados de las células asesinas y de
otros linfocitos, así como de los basófilos, neutrófilos y monocitos, o los
análisis de inmunoglobulina (IgG) indican una nueva infección o
postinfección de algún tipo, eso no basta para distinguir entre los diversos
tipos de hepatitis, y por eso pasas a la prueba siguiente: cuando el médico te
presiona el hígado, ¿te duele? ¿Está dolorida la zona del hígado? Si la
respuesta es negativa, el médico que te está palpando esa zona se quedará
329
perplejo, y puede que empiece a descartar la posibilidad de una hepatitis A,
B, C, D o E. La tercera prueba consiste en observar el aspecto del hígado
por medio de su imagen obtenida por una resonancia magnética, TAC, TEP
o ecografía. ¿Muestra tejido cicatrizado? ¿Daños celulares? ¿Hay alguna
masa? ¿Alguna obstrucción? Todas estas respuestas conducen a un
diagnóstico de hepatitis... o a ningún diagnóstico. Aun teniendo en cuenta
todos estos factores, todavía no te darán un diagnóstico que sea transparente
y correcto al cien por cien.
Si la inflamación de hígado que tiene una persona ha sido a largo plazo y
es aguda en ese momento, y una prueba de imagen muestra que no hay
mucho tejido cicatrizado, entonces se puede clasificar como hepatitis A. Si
la inflamación es a corto plazo y aguda, y si está acompañada de leve
fiebre, sensibilidad en la zona del hígado y conteo elevado de leucocitos,
también puede recibir un diagnóstico de hepatitis A. Si el trastorno de la
persona parece más crónico, con inflamación a largo plazo que no es aguda,
se aprecian algunas lesiones más de tejido cicatrizado en la resonancia
magnética, el TAC o la TEP, y hay un conteo de leucocitos elevado, o bien
bajo y debilitado, acompañado todo ello de cuando en cuando de fiebre muy
leve y de algunos dolores recurrentes en el abdomen, se puede clasificar
como hepatitis B.
Si en las pruebas de imagen de la persona se aprecian más daños, lesiones
o tejido cicatrizado en el hígado, como una fibrosis o una cirrosis leve, y las
enzimas elevadas en los análisis de sangre indican la presencia aparente de
inflamación a largo plazo, mientras los anticuerpos muestran indicios de
una posible infección en el pasado o un conteo elevado de leucocitos,
entonces se puede diagnosticar una hepatitis C.
Y si el hígado manifiesta daños amplios y crónicos, con fibrosis y cirrosis
en diversas partes del hígado y lesiones leves no cancerosas, así como
inflamación crónica e hinchazón, junto con problemas de bilirrubina y las
enzimas elevadísimas, entonces el diagnóstico más probable será el de
hepatitis D, con un fondo de hepatitis B. Recordemos de nuevo que estos no
son más que trastornos del hígado que se están apreciando a ojo y
basándose en unas teorías. En las enfermedades crónicas es raro que te den
una respuesta clara y acertada.
Por último, lo más probable será que te den un diagnóstico de hepatitis E
si llegas a la consulta del médico con una fiebre persistente, dolor
330
abdominal agudo en el lado derecho, debilidad y fatiga extrema, así como
resultados elevados en los análisis de enzimas biliares y de bilirrubina, un
TAC, TEP, resonancia magnética o ecografía en los que se detecte
inflamación, y has estado viajando mucho. Si no has estado viajando, estos
factores podrían conducirte en un principio a un diagnóstico de hepatitis A,
aunque si te pones más enfermo y la hepatitis no se controla podrían
cambiarte el diagnóstico al de hepatitis E.
Observarás que esta clasificación no viene determinada por la presencia
de ningún «virus de la hepatitis A», «virus de la hepatitis B», «virus de la
hepatitis C», «virus de la hepatitis D» ni «virus de la hepatitis E». El
diagnóstico se basa en las conjeturas de la interpretación de los síntomas,
las exploraciones externas, las pruebas de imagen y los resultados de
análisis de sangre indirectos. Otros indicadores habituales que busca el
médico son los síntomas semejantes a los de la gripe, la fiebre y la ictericia
(la tonalidad amarilla en los ojos y en la piel). Si no hay nada que cuadre
con las descripciones de los libros de texto, el trastorno del paciente se
suele arrojar al montón de lo idiopático (es decir, desconocido),
calificándolo de enfermedad hepática autoinmune sin hepatitis. En realidad,
también las hepatitis A, B, C, D y E son unos misterios; no se ha hecho más
que ponerles unas etiquetas con las que parece que las entendemos mejor de
lo que las entendemos en realidad.
Lo milagroso es que la medicina oficial haya llegado a darse cuenta de
que la hepatitis es vírica. Este es un avance inmenso y positivo. Si bien no
existe un virus aparte para cada tipo de hepatitis, que es como lo entienden
ahora, sí que interviene un virus. Los investigadores y la ciencia médica de
hoy día no saben que se trata de un único virus, a pesar de que con esas
etiquetas de los «virus de la hepatitis» se hace creer, incluso a los médicos,
que se ha identificado un virus para cada letra. Lo cierto es que se han
identificado variaciones de los síntomas, pero no virus diferentes; la
medicina no tiene pruebas de que existan cinco virus de la hepatitis
distintos, y ni siquiera saben cuál es el virus que interviene.
DIAGNÓSTICOS SESGADOS
El dato que oirás con mayor frecuencia acerca de la hepatitis C es que la
puedes tener durante décadas sin que te surjan problemas hasta más
331
adelante; que si temes tenerla, puedes ir al médico a que te haga un sencillo
análisis de hepatitis C, y que a uno de cada 30 adultos se les acabará
diagnosticando una hepatitis C. Esta es una noción incompleta y engañosa
de lo que está pasando dentro del hígado de la persona.
Vamos a analizarlo un poco por partes. Para empezar, ese «sencillo
análisis» no está tan claro. Es el mismo conjunto de diagnósticos que ya
hemos analizado: ¿qué aspecto tiene el hígado en una ecografía, en un TAC,
en una TEP o en una resonancia magnética? ¿Cómo salen los análisis de
sangre? ¿Están altas las enzimas hepáticas? Y así sucesivamente. Nada de
esto sirve para identificar un supuesto virus de la hepatitis C. Si estuvieran
buscando un virus concreto, se quedarían atascados, porque todavía no
saben qué virus deben buscar. El concepto vírico no es más que una teoría;
en este caso, se trata de una buena teoría, pero todavía no es una respuesta
bien desarrollada ni demostrada. Hasta cuando muestran imágenes de lo que
han detectado al microscopio, todavía no lo entienden. Esto es parte de su
error al entender la hepatitis C y las demás variedades de hepatitis.
Algo más acerca de los diagnósticos. Después de los análisis de sangre y
de la exploración manual en busca de sensibilidad se realizan las pruebas de
imagen. Si existen quistes o tumores visibles, o si el órgano está dilatado, es
frecuente que encarguen una biopsia y que la examinen en busca de células
hepáticas dañadas, cicatrizadas, o de células cancerosas. Si se descarta el
cáncer, si no hay mucha inflamación presente, si los análisis de sangre
parecen relativamente normales y si solo hay presentes quistes benignos, no
se hará un diagnóstico de hepatitis C. Por otra parte, al menos para algunos
médicos, que un solo análisis salga positivo confirma la hepatitis C, porque
es un trastorno de moda. Con la más mínima disfunción del hígado te puede
tocar por menos de nada un diagnóstico de hepatitis C, antes de que tu
médico se haya tomado siquiera el segundo café de la mañana.
Se da una excepción cuando existe tejido hepático degenerado. Si se
detecta cicatrización o fibrosis, lo más probable es que los pacientes tengan
que responder a la pregunta de cuánto alcohol beben. Si responden que
beben en cantidad, con bastante regularidad, y que llevan bebiendo mucho
tiempo, lo más probable es que los expulsen del diagnóstico de hepatitis C y
los arrojen a la categoría de la cirrosis. Aquí hay una zona gris amplia. Si la
persona que manifiesta síntomas hepáticos se bebe unos martinis u otros
combinados solo los fines de semana, le dirán que tiene hepatitis C,
332
mientras que a la persona que se toma algunas cervezas todas las noches le
dirán que tiene cirrosis. Se trata de una medida subjetiva. Si los
investigadores y la ciencia médica hubieran identificado verdaderamente
los virus de la hepatitis, serían capaces de determinar su presencia con
análisis y llegar a una conclusión verdadera, precisa y definitiva en el caso
de cada persona, en vez de tener que hacer conjeturas en una zona gris y
teórica. No habría zona gris. Los diagnósticos no se harían a ojo en función
del estilo de vida. Pero los diagnósticos no funcionan así. En la industria
médica, la hepatitis C no es una identificación, es una categoría. Es una
enfermedad partidista.
Esa misma manera de pensar a base de encasillarte se produce cuando has
tomado drogas. Si te aparecen síntomas tales como fiebre leve, dolor en la
zona del hígado y enzimas altas, y además tienes antecedentes de haber
tomado drogas (a diferencia de medicamentos), es probable que te den un
diagnóstico de hepatitis B o C y que te digan que la culpa la tiene tu estilo
de vida poco limpio; aunque a una persona que no ha tomado drogas, con
los mismos síntomas, no le diagnosticarían hepatitis. Aunque esta segunda
persona tome medicamentos bajo receta con regularidad, puede que no le
diagnostiquen una hepatitis. Es una cuestión subjetiva.
Y he aquí otro paso en falso de la medicina, más antiguo. Si tienes
algunas molestias en la zona del hígado, si te aparece un poco de
inflamación en la resonancia magnética o en la ecografía, y si en tu análisis
de sangre aparecen ligeramente elevadas las enzimas hepáticas o un conteo
desequilibrado de leucocitos y, además, eres gay, lo más probable es que tus
síntomas se diagnostiquen como hepatitis A, B o C, mientras que una
persona que tuviera exactamente los mismos síntomas pero no fuera gay
quizá no recibiera un diagnóstico de hepatitis; porque, repito una vez más,
las comunidades médicas no están identificando un virus que les permita
detectar definitivamente qué es lo que está sucediendo de verdad. En
tiempos pasados, los médicos recibían una formación en la que se les
enseñaba a tener en cuenta en sus diagnósticos las orientaciones sexuales de
los pacientes. Yo he visto muchos de estos diagnósticos sesgados a lo largo
de los años, y es un sesgo del que no se habla en el mundo en general.
Aunque puede que hoy no se dé con tanta frecuencia como hace 15 o 30
años, todavía existe, injustamente.
333
En el caso del consumo de drogas, lo cierto es que entre las personas con
el hígado enfermo hay tantas que siguen el estilo de vida llamado «limpio»
como las que tienen dificultades con la adicción a las drogas. El sistema
inmunitario se debilita tanto con las drogas ilegales como con los
medicamentos. Si eres un paciente a quien han recetado diez medicamentos
para diversos trastornos (analgésicos, somníferos, antidepresivos,
antipsicóticos, pastillas para la tensión arterial, medicación para la diabetes,
etcétera), tu hígado tendrá que afrontar un desafío tan grande como el de
otra persona que se mete drogas que compra en la calle. Ambos tendréis
reducidas las respuestas inmunitarias y ambos seréis igualmente proclives a
las infecciones víricas. La diferencia es que al adicto a la heroína le dirán
que tiene hepatitis B o C, aunque jure que emplea siempre jeringuillas
nuevas porque tiene un trastorno obsesivo-compulsivo que le hace temer los
microbios. El médico quizá no le crea. Ponen un nombre diferente al virus
en función de las cosas que haces tú de manera distinta.
334
El VEB desarrolla una relación con el hígado de una persona a lo largo de
la vida de esta; una relación sostenida, fructífera y no fructífera. En sus
primeros tiempos, el VEB era un virus beneficioso que mantenía el sistema
inmunitario en buen estado de funcionamiento. Pero cuando no se cuida el
hígado, y cuando la persona no se ocupa de su sistema inmunitario ni lo
reabastece, entonces, como has ido viendo a lo largo de este libro, pueden
entrar los alborotadores y causar problemas. Cuando se dan las condiciones
adecuadas, cuando hay adrenalina por las situaciones difíciles, hay
presencia de medicamentos, y no se come bien por falta de recursos o de
formación, entonces el VEB, con el tiempo, puede hacer unos daños al
hígado que acaban por apreciarse con los análisis médicos y por
diagnosticarse, frecuentemente, como hepatitis. Por otra parte, si estás
comiendo bien, si te estás cuidando el cuerpo y el hígado, el VEB puede
volverse impotente y dejar de hacerte daño, de manera que te puedes curar.
Así pues, muchas personas pasan toda la vida con un trastorno vírico del
hígado que acaba por conducirlas a un diagnóstico, o se quedan confusas y
sin diagnóstico. A muchas personas les diagnostican hepatitis porque tienen
el hígado vírico.
A centenares de millones de personas no se les hace ningún diagnóstico, y
van por la vida con una infección vírica del hígado de bajo nivel sin llegar a
conocer la causa de sus síntomas ni del resto de sus problemas de salud.
No todas las personas que tienen el VEB desarrollan automáticamente
hepatitis. Solo son determinadas variedades del virus las que, si se dejan sin
controlar y no se cuidan bien, pueden causar grandes daños al hígado. La
hepatitis E, por ejemplo, es una infección vírica aguda de una mutación
muy agresiva del VEB que, en general, la persona contrae de una fuente
externa, en vez de haber vivido con ella desde la infancia. Pero aun en ese
caso extremo puedes llegar a recuperar el control.
EL FUTURO DE LA HEPATITIS
Mientras los investigadores y la ciencia médica no pongan en el punto de
mira al VEB como causa de la hepatitis ni busquen qué cepa del VEB causa
cada variedad de la hepatitis, ni determinen el modo de detectar el VEB en
el hígado, y no solo en la sangre, no serán capaces de mejorar sus
diagnósticos. Las diferencias entre las diversas cepas y mutaciones del VEB
335
que provocan las hepatitis A, B, C, D y E, así como la hepatitis autoinmune,
pueden ser sutiles. Existen más de 60 variedades del VEB, y algunas
provocan más daños al hígado que otras si se dan las condiciones para ello,
lo que nos sigue dejando una zona gris. Si a ello añadimos el estado de tu
sistema inmunitario, cómo cuidas tu cuerpo, qué otros patógenos y
alborotadores del hígado has heredado y a cuáles has estado expuesto a lo
largo de tu vida, y los factores de tu entorno, tenemos muchos factores
sutiles que influyen sobre el modo en que se presenta el caso de hepatitis de
un individuo comparado con el de otro.
Las investigaciones y la ciencia médica irán sintonizando cada vez más
con las diferencias entre los casos de hepatitis e irán ampliando
continuamente el alfabeto de la hepatitis cuando vean que en este trastorno
de hígado hay más de lo que nadie se esperaba. Verán más y más
mutaciones del VEB (sin darse cuenta de lo que están viendo) e irán
ampliando la lista de letras de la hepatitis, tal como han hecho con los
estreptococos. Mientras añaden más letras al alfabeto de la hepatitis, esto no
hará más que demostrar que la medicina no ha identificado todavía al virus
verdadero que se encuentra detrás de todo. Si lo hubieran identificado lo
designarían por el nombre propio del virus herpético que es: el VEB.
Recuerda que las letras que se asignan a la hepatitis no son más que
etiquetas provisionales que se dan a un trastorno que todavía no se ha
descubierto del todo. Las letras no identifican más que diversas vías víricas
de la enfermedad dentro del hígado, y no al virus mismo, que no se ha
identificado hasta la fecha. Y puede que no lo hagan nunca, porque, si los
diversos tipos de hepatitis se califican de diversas mutaciones del VEB, se
prestaría demasiada atención a este virus que ellos quieren que se entierre y
se olvide. El VEB tiene un rastro forense que puede incriminar a un número
enorme de compañías.
EL HÍGADO AUTOINMUNE
Dejemos aparte la hepatitis por un momento. Un hígado vírico no solo
provoca hepatitis. Puede seguir otro camino: el hígado vírico desempeña un
papel enorme en todos los trastornos autoinmunes que existen. Si tienes
enfermedad celíaca, artritis reumatoide, borreliosis de Lyme, PANDAS,
sarcoidosis, fiebres reumáticas, mononucleosis, esclerodermia, síndrome de
336
Sjögren, diabetes tipo 1, liquen escleroso, vitíligo, colitis ulcerosa,
enfermedad de Graves, síndrome de Guillain-Barré, tiroiditis de Hashimoto,
fibromialgia, hepatitis autoinmune, enfermedad de Addison, neuritis óptica,
síndrome de la persona rígida, síndrome de Ehlers-Danlos, endometriosis,
enfermedad de Crohn, enfermedad de Castleman, síndrome de Raynaud,
síndrome de las piernas inquietas, cistitis intersticial, artritis juvenil,
esclerosis múltiple, enfermedad de Ménière, EM/SFC, síndrome
poliglandular, u otra enfermedad o trastorno autoinmune, el virus que es el
verdadero responsable reside en tu hígado.
Sin embargo, nos dicen que todos estos son casos en que el cuerpo se
ataca a sí mismo. No es así en absoluto. Tu cuerpo está siempre de tu parte,
y jamás se volvería en tu contra. Pero estos síntomas y trastornos son muy
reales, y todos ellos son signos de una actividad vírica. Sea cual sea el
problema autoinmune que tengas, hay detrás un virus, y uno de los lugares
donde reside ese virus en tu cuerpo es tu hígado. Los diversos virus, las
diversas cepas víricas y los diversos combustibles que alimentan a los virus
producen enfermedades y síntomas autoinmunes diferentes; por eso, tener
el hígado vírico no se traduce automáticamente en una hepatitis. Un hígado
vírico podría adoptar una forma completamente distinta, incluso una forma
que no muestre muchos indicios en el hígado. Pero sea cual sea el virus y
los problemas que está provocando, si tú te cuidas el hígado, sabiendo que
alberga a unos patógenos, ya habrás empezado a hacer algo acerca de tu
problema autoinmune, en vez de vivir con el miedo a lo que pueda hacerte a
continuación tu cuerpo. Tu cuerpo te ama sin condiciones.
337
Es frecuente que la persona que tiene un trastorno hepático de algún tipo
también haya sufrido una inflamación del bazo de alguna clase en algún
momento de su vida, lo sepa o no. Esta puede ser desde suave, que no se
diagnostica en absoluto y se reduce por sí misma, hasta extrema, que obliga
a hacer una esplenectomía (extirpación del bazo) de emergencia. Si tu
trastorno de hígado ha alcanzado una etapa detectable, identificada como
hepatitis o como un trastorno autoinmune idiopático, lo más probable es
que tu bazo se haya visto afectado de alguna manera por la misma infección
vírica crónica que produce el problema de hígado.
RECOBRAR EL CONTROL
Ahora tienes el control, pues entiendes las causas de un trastorno de
hígado, o de un diagnóstico de hepatitis, o de un hígado autoinmune, o
incluso de una inflamación del bazo. Puedes optar entre dejarte engañar en
la consulta del médico dentro de 10, de 20 o de 30 años, o limpiarte el
hígado en este momento mismo de tu vida y evitarte por completo un
trastorno de hígado, o incluso curarte y revertir la hepatitis u otro trastorno
de hígado que ya tienes. Esta es la fuerza que te da el conocimiento. Para
seguir adelante, todo consiste en dominar la actividad vírica. Saber qué es
lo que pasa en realidad ahora mismo, en vez de esperar a caer más adelante
víctima del no saber protegerte como debes, puede significarlo todo.
338
Capítulo 30.
Cirrosis y tejido hepático cicatrizado
LA PERICIRROSIS
Vamos a dar al mundo de la medicina el beneficio de la duda en este
sentido y a afirmar que si este secreto no se ha desvelado es porque la
medicina tampoco sabe que millones de personas (más de mil millones a
nivel mundial) tienen lo que yo llamo pericirrosis, un trastorno que la
ciencia médica puede tardar décadas en descubrir todavía. Se trata de un
período de transición anterior a la cirrosis, que se puede producir sutilmente
en diversos puntos minúsculos del hígado y que puede pasar desapercibido
a largo plazo.
El consumo de alcohol y de drogas y medicamentos está en todas partes.
Una proporción enorme de la población bebe alcohol, y una proporción
enorme de la población toma medicamentos con receta. Y esto es aparte del
hecho de que la mayoría de nosotros tenemos virus en el hígado. La
pericirrosis se puede producir en esa persona que se toma una copa de vino
339
una noche sí y otra no y come demasiados bistecs, o que lleva veinte años
tomando medicamentos con receta. Y, en muchos casos, la pericirrosis y la
cirrosis ni siquiera se producen como consecuencia de los daños que
producen al hígado el alcohol, las drogas y los medicamentos. Hay muchas
más personas al borde de la precirrosis de las que nadie es consciente. (La
precirrosis es un trastorno que empieza a reconocer poco a poco la
medicina: se trata de una forma leve y temprana de la cirrosis que es visible
con las pruebas de imagen. La pericirrosis se produce a una etapa mucho
más temprana, y todavía no es visible con las técnicas de imagen médicas).
¿Debemos limitarnos a condenar y a estigmatizar a todos?
Los signos de la pericirrosis no son claramente visibles en la consulta de
tu médico, teniendo en cuenta, sobre todo, que todavía no se ha
documentado como trastorno, por lo que a los médicos no se les facilitan las
herramientas necesarias para detectarla. En cualquier trastorno de hígado,
como a este hígado se le da tan bien perseverar en las situaciones difíciles,
los signos no suelen aparecer temprano, dados los límites de la tecnología
disponible hoy día para analizar y examinar el hígado. Imagínate que vas
conduciendo por la carretera. No te puedes perder, porque el ordenador de a
bordo o tu aparato personal te pueden orientar fácilmente. La aguja del
salpicadero te indicará cuánta gasolina te queda. Si quieres conocer la
previsión del tiempo, puedes consultar tu aparato personal, y el termómetro
de tu coche te dice la temperatura en ese momento. Si un neumático
empieza a perder aire, el sensor te alertará. ¿Y si te faltaran todos esos
instrumentos de advertencia? No dispondrías de la aguja que te informa de
que estás bajo de gasolina; no tendrías idea de qué tiempo iba a hacer; no
tendrías una indicación para orientarte, ni siquiera un mapa de papel en la
guantera como en los viejos tiempos, y no te saltaría una señal si uno de tus
neumáticos empezara a perder aire. ¿Y si te faltara la varilla del aceite y no
pudieras saber cuánto aceite tienes en el motor? Irías ciego, rondando sin
rumbo hasta que surgiría por fin algo que te detendría: un neumático sin
aire, una calle sin salida, el motor sobrecalentado, una ventisca. Pues este es
el estado del hígado para los investigadores y la ciencia médica actual.
Como vimos en el capítulo 9, los análisis del hígado actuales son meras
conjeturas. No existen medios fiables para detectar los problemas hasta que
te despiertas una mañana con un problema. Tienes un ataque agudo de dolor
en el lado derecho del abdomen, y algunas náuseas, y te vas al médico,
340
donde una resonancia magnética, un TAC, una TEP o una ecografía pueden
poner de manifiesto unos daños extensos que se han ido acumulando
durante años. Con las limitaciones de los equipos modernos y de las
nociones actuales sobre el hígado, no podrían haberlo detectado cuando se
encontraba todavía en una etapa temprana, cuando era todavía pericirrosis y
no te había obligado a detenerte. Actualmente, el hígado no constituye una
parte importante de la agenda de trabajo del mundo de la medicina. Está en
el furgón de cola, y no se da importancia a buscar las etapas más tempranas
de enfermedad en el hígado. Por eso tienes que pasar a la acción por ti
mismo en lo que respecta a tu salud. Estás protegiendo tu propio cuerpo y tu
propia vida.
Cuando vives con daños ocultos en el hígado, solo falta el rayo que cae en
una tormenta y hiende por fin el viejo roble, dejando al descubierto la
podredumbre que se le había ido extendiendo por dentro durante décadas.
Cuando se van acumulando los daños en el hígado, un solo exceso más
puede sobrecargar el órgano y llevarlo demasiado lejos. Así es la vida de
una persona con pericirrosis. ¿Será esta la gota que colmará el vaso y que
nos hundirá por fin? Solemos decir: «No trates tan mal a tu amigo» y «No
te trates tan mal a ti mismo». Deberíamos decir: «No trates tan mal a tu
hígado».
A lo largo de nuestras vidas nos recetan medicamentos para aliviar
nuestros problemas. Al mismo tiempo, estos medicamentos pueden
provocar sus propios problemas si no tenemos cuidado. Si estás tomando
medicamentos que te recetó un médico bienintencionado que entiende el
verdadero alcance de tu salud, haces bien. No te mereces vivir con dolores,
con molestias, con ansiedad y con los demás síntomas que hacen que los
médicos saquen el formulario de recetas. Pero cuando estás tomando
medicación debes ser un poco más delicado con tu hígado en otros sentidos
para equilibrarlo. Si al mismo tiempo estás tomando otros fármacos sin
receta, si tienes una sobrecarga de toxinas en el hígado y una infección
vírica de bajo nivel en el hígado, como la tiene casi todo el mundo, y
además te tomas unas pocas copas de más haciendo vida social, esto puede
desequilibrar la balanza. El problema de hígado quizá no resulte tan
evidente en seguida en una persona que no tiene adicción al alcohol ni está
abusando del mismo. Pero esta persona seguirá una progresión más lenta
que acabará por llevarla hasta el mismo lugar.
341
EL TEJIDO CICATRIZADO EN EL HÍGADO
La cirrosis es un proceso en el que las células hepáticas se dañan más
deprisa de lo que se pueden rejuvenecer. Tan sencillo como eso. Sin salir de
los Estados Unidos, son millones las personas que tienen tejido cicatrizado
en el hígado. Las vidas, las situaciones y las circunstancias de las personas
pueden variar en todo este proceso. Uno de los modos en que se forma el
tejido cicatrizado es cuando la persona tiene el hígado estancado porque
almacena demasiadas toxinas.
En muchos casos se produce una reacción inflamatoria elevada por la
presencia de uno o varios virus en el hígado. Si un virus o bacteria agresiva
y difícil de neutralizar esquiva la vigilancia de los leucocitos que están
apostados en la vena porta hepática y en la arteria hepática, el patógeno
puede evitar que lo metan en la cárcel y aprovechar su libertad para causar
problemas. El virus de Epstein-Barr, por ejemplo, puede rondar por los
pasillos de «la escuela» sin autorización, haciendo maldades poco a poco y
produciendo su propia variedad de tejido cicatrizado, que las comunidades
médicas no detectan.
El tejido hepático cicatrizado se acumula de manera crónica cuando las
células del hígado no se están rejuveneciendo a tiempo antes de que
aparezca la ronda siguiente de instigadores, ya procedan estos de los
alimentos tóxicos, de las sustancias tóxicas en la sangre, de la exposición a
los pesticidas o a otras sustancias químicas, de los medicamentos o de otras
fuentes semejantes. A muchas personas no se les podrá diagnosticar el
tejido cicatrizado en la consulta del médico hasta que tengan el hígado
completamente cargado de alborotadores, es decir, de venenos y de
patógenos. En todos los casos que no estén asociados al alcohol ni a las
drogas, no sabrán nunca cuáles son las causas reales del tejido cicatrizado.
Las microadherencias de las que hablé en el capítulo 6, «Tu hígado
purificador», pueden contribuir al cicatrizamiento del hígado del que estoy
hablando, aunque solo cuando se llega a descontrolar el estado de
sobrecarga del hígado. Si bien esas microadherencias naturales se crean
como medida protectora para bloquear un nivel controlable de venenos,
cuando el hígado se ve forzado hasta un cierto punto los virus y los
alborotadores muy tóxicos también pueden crear sus propias
microadherencias, o incluso lesiones. Cuando el hígado tiene que afrontar
342
este tipo de muerte rápida de las células, empieza a funcionar en modo de
supervivencia. Las células hepáticas sanas no pueden existir en zonas de
peligro, de modo que el hígado debe protegerte a ti y protegerse a sí mismo
bloqueando zonas enteras que se han llenado demasiado con un exceso de
toxinas, como cuando se sella toda una zona que ha sufrido radiaciones, o
cuando un submarino tiene una vía de agua y se debe cerrar herméticamente
un compartimento, incluso aunque haya personas atrapadas dentro. La vida
del hígado debe retirarse de esas zonas que han perdido su vitalidad; debe ir
más allá de los procesos naturales que necesita para funcionar, y debe
operar, más bien, a un nivel descontrolado, porque lo que se le está viniendo
encima también está descontrolado. Agrupa juntas zonas enteras de
microadherencias, y se forma más tejido cicatrizado. Por fortuna, el hígado
también tiene un mecanismo de seguridad incorporado.
343
rejuvenecimiento de células en determinadas zonas mientras se están
dañando otras. De lo contrario, todo el hígado se quedaría encurtido en
seguida. Y a esto se debe también que el alcohol en sangre tarde un rato en
subir cuando la persona bebe. Las membranas mantienen el alcohol
separado por compartimentos al principio, para que no se sature todo el
hígado de una vez. Cuando el alcohol da todo el rodeo, y si la persona sigue
bebiendo más y más durante toda la velada, se van saturando más zonas del
hígado.
344
cicatrizados, pues, en esencia, impiden que tu hígado se muera. En las
frutas y en las verduras y hortalizas hay antioxidantes que todavía no han
descubierto los investigadores y la ciencia médica, y que son fundamentales
para reblandecer el tejido cicatrizado y para recuperar el hígado. Si comes
pocas grasas y empiezas a consumir los alimentos más importantes para
curarte el hígado, podrás poner freno a los avances de la pericirrosis, e
incluso de la cirrosis.
La máxima que dice «el conocimiento es poder» no podría ser más cierta,
sobre todo en lo que se refiere a vivir con un trastorno al que no se
manifiesta la compasión suficiente. Vuelve a repasar este capítulo cuando
tengas que recordar qué es lo que pasa de verdad dentro de tu cuerpo, para
que puedas avanzar de verdad.
345
Capítulo 31.
El cáncer de hígado
346
fuerte. El virus más común y dominante que produce el cáncer es el virus de
Epstein-Barr (VEB), sobre el que puedes informarte con detalle en mi libro
Médico médium: la sanación del tiroides. Y solo algunas cepas mutadas (de
entre sus más de 60 variedades) pueden formar células cancerosas, y solo
cuando consumen una combinación especialmente fuerte de toxinas; de
modo que el hecho de tener el VEB no equivale automáticamente a
desarrollar un cáncer. Hay otros virus, como el VHH-6, el VHH-7, los
pendientes de descubrir como el VHH-10, VHH-11, VHH-12, VHH-13,
VHH-14, VHH-15 y VHH-16; variedades del herpes, citomegalovirus, y
todas sus mutaciones y cepas no descubiertas pueden producir dentro del
hígado una agitación que contribuye al cáncer.
347
que los virus sí necesitan alimentos para mantenerse con vida y medrar.
Descubrirán que todos los tumores hepáticos, grandes o pequeños,
cancerosos o benignos, necesitan estos dos elementos para formarse: un
virus (que suele ser en muchos casos el VEB) y alimentos para ese virus.
Para un virus, el hígado es como el jardín del Edén. Encuentra alimentos
deliciosos a montones y por todas partes, y el virus puede florecer a
condición de que no pruebe el único tipo de alimento que lo puede matar.
Entre los alimentos que lo nutren se cuentan compuestos y agentes de los
productos lácteos; la lactosa de estos mismos productos; las proteínas y las
grasas de los huevos; metales pesados tóxicos como el mercurio, el
aluminio, el plomo, el cadmio, el níquel, el acero, el arsénico y diversas
aleaciones, heredados de la estirpe familiar; insecticidas y otros pesticidas;
herbicidas; medicinas antiguas, tales como antibióticos que se han guardado
durante años; plásticos; combustibles procedentes del petróleo; aceites
industriales cargados de sustancias químicas; productos de limpieza
doméstica convencionales, y muchos más. Entre todos le presentan todo un
bufé libre para elegir.
Por otra parte, están los alimentos prohibidos: las frutas, hortalizas y
verduras verdes; determinadas hierbas aromáticas, tubérculos como las
patatas y raíces. Si el virus se alimenta de alguno de ellos, es muy probable
que no adquiera energía. El virus puede llegar a autodestruirse si consume
alguno de ellos, como por ejemplo las frutas de cualquier tipo. Ya sé lo que
estás pensando: si me como una manzana, tampoco es que vaya a parar
entera al hígado. Muy cierto. Se digiere y se disgrega en el tracto digestivo;
sus compuestos fitoquímicos se asimilan de una manera divina, y son estos
los que circulan por el torrente sanguíneo del sistema portal hepático hasta
el hígado.
Los compuestos fitoquímicos de los alimentos prohibidos son tentadores
para los virus. Hay algunos virus, en función de su variedad o de su cepa
(los que son menos listos) que hasta se atreverán a probarlos. Así es: los
diversos tipos y formas mutadas de virus tienen grados de inteligencia
distintos. Existen muchas variedades del VEB que llegan a probar los
compuestos prohibidos de una manzana, que tienen asociados glucosa y los
que yo llamo hiperantioxidantes. Los hiperantioxidantes son una variedad
todavía no descubierta de antioxidantes supercargados, amplificados para
matar microorganismos como los virus dentro del cuerpo. Cuando estas
348
cepas curiosas del VEB y de otros virus como el VHH-6, así como
bacterias, prueban esa manzana absorbiendo el alimento a través de su
estructura celular, se ahogan y se mueren. Los virus más listos, como otros
de la familia del VEB y los de la familia herpética en general, hacen caso
omiso de la manzana y de otros compuestos de la fruta y se dedican a los
alimentos que saben que los nutrirán. Algunas variedades de virus muy
inteligentes ni siquiera rondan por el hígado cuando está claro que la
persona está consumiendo bastante fruta; huyen de esos antioxidantes y
procuran buscarse alimentos en otras partes del cuerpo. Cuando las células
víricas viajan, quedan expuestas a los leucocitos atentos del hígado, que las
identifican y las destruyen. Los hiperantioxidantes también detienen a los
virus indirectamente de esta manera.
Si la persona solo se está comiendo una manzana al mes, el señor Virus
Inteligente Cancerígeno se quedará tranquilamente y se limitará a evitar la
manzana. El señor Virus y su familia están encontrando en este paraíso
recursos abundantes para construirse un hogar. Esos materiales de
construcción son las células de tejido hepático, que el señor Virus trabaja y
manipula envenenando algunas con subproductos tóxicos y volviendo
cancerosas otras, que le sirven para construir su hábitat perfecto. Para
conseguir todo esto (para disponer de la energía suficiente para construirse
su casa soñada y excretar los residuos tóxicos suficientes con el fin de que
siga adelante la producción) el señor Virus necesita alimentos. Por suerte
para él, se encuentra en ese jardín del Edén que es el hígado, con ricos
manjares a su alcance para poder seguir fuerte él y todos los primos víricos
de su familia. Tiene todos los alimentos que le hacen falta.
349
O imagínate un terrario con un hormiguero; ¿no tuviste uno de niño, o lo
viste en una clase de ciencias? Era una ventana abierta a un mundo que
suele estar oculto, y te permitía ver que las hormigas están siempre en
movimiento y que en su mundo había cambios constantes. Ya no podrías
volver a ver un hormiguero del mismo modo, porque ahora era como si
tuvieras rayos X en la vista y pudieras ver lo que había bajo tierra. Es esta
misma perspectiva la que debemos aplicar al hígado, para que seamos
capaces de entender lo que pasa dentro de él. ¿Aparece sin más un tumor de
hígado? No. Tienen que intervenir venenos y un virus para que se ponga en
marcha el proceso de formación del cáncer de hígado. He aquí lo que quiero
decir:
Cuando entra en el hígado una cepa vírica mutada que tiene la capacidad
de producir cáncer, sigue mutando si dispone de las toxinas adecuadas para
alimentarse. Toma las toxinas y las procesa, reelaborándolas para que se
vuelvan más venenosas todavía, y las excreta por fin en forma de
subproducto al tejido hepático que lo rodea. Entonces, estas toxinas más
peligrosas pueden volver a servir de combustible para cualquier célula
vírica que se las encuentre, haciendo que su subproducto sea más tóxico
todavía. Así se produce un círculo vicioso en el que solo sobreviven y se
multiplican las células víricas más fuertes.
Cuando este subproducto cada vez más venenoso satura una zona de
tejido hepático, lo daña, y hasta puede matarlo. En este momento, pueden
empezar a formarse tumores y quistes benignos solo a partir del tejido
muerto. El virus también empezará a alimentarse de tejido hepático muerto,
y como el tejido está saturado de venenos reelaborados de alta potencia,
será mortal para un determinado número de células víricas. En este
momento puede llegar a reducirse la carga vírica del hígado entre un 50 y
un 70 por ciento.
Para las células víricas sobrevivientes, de resistencia a toda prueba,
empezará otra fase de alimentación desenfrenada. Se alimentarán de las
toxinas nuevas y viejas y de los subproductos que están en el hígado, y
saturarán el tejido hepático con los subproductos todavía más potentes que
excretan; y estos matarán a más células hepáticas, que serán consumidas a
continuación por virus. Como las células hepáticas muertas son más tóxicas
que nunca, las células víricas supervivientes serán tanto más fuertes.
350
Todo esto puede suceder en ciclos lentos, intermitentes, durante años, en
función de múltiples factores, entre ellos las liberaciones emocionales de
adrenalina y otros desencadenantes que se producen en la vida de la
persona.
En la tercera ronda de alimentación de células víricas con las células
hepáticas que han envenenado con subproductos víricos más fuertes
todavía, el resultado varía un poco. Esta vez, las células víricas que
consumen los tejidos saturados alcanzan su capacidad de mutación cuando
se encuentran ante su toxicidad. En su lucha por la vida, las células víricas
producen un compuesto químico enzimático que las transforma en células
cancerosas activas, con lo que tienen una nueva vida. Estas células
cancerosas víricas, con una estructura nueva, pueden seguir comiendo el
tejido hepático saturado, y se reproducen y se multiplican en forma de
cáncer. Al hacerlo, liberarán un nuevo compuesto bioquímico enzimático a
los tejidos hepáticos sanos que los rodean, produciendo también la
metamorfosis de las células humanas en células cancerosas.
Las células cancerosas, tanto las que eran víricas como las que eran
humanas, están vivas, y se agrupan para sobrevivir. En su busca de comida,
estos cúmulos cancerosos forman vasos sanguíneos minúsculos para extraer
nutrientes del otro lado de las membranas microscópicas que las mantienen
unidas. (La formación de estos vasos sanguíneos es un proceso llamado
angiogénesis, y los investigadores y la ciencia médica ya lo han descubierto
como concepto general, aunque todavía no comprenden estos detalles
concretos). Al mismo tiempo, siguen existiendo en el hígado células víricas
activas que todavía no han pasado por tantos ciclos ni han alcanzado aún su
capacidad de mutación. Están devorando toxinas y eliminándolas, para
después devorar y eliminar ese subproducto venenoso, y este proceso sigue
matando tejido hepático vivo. Las masas de células cancerosas próximas
están absorbiendo por sus vasos sanguíneos minúsculos tanto los
subproductos como el tejido hepático muerto, que les sirven de alimento. Y
así es como se forma, crece y se expande en el hígado un quiste o un tumor
maligno.
PRIMARIO, NO SECUNDARIO
351
El cáncer de hígado siempre es primario, por mucho que te digan otra
cosa. Aunque los investigadores y la ciencia médica crean que el cáncer de
hígado suele ser secundario, lo que quiere decir que se desarrolla en primer
lugar en otra parte del cuerpo y se metastatiza después al hígado, esta no es
la verdad de cómo funciona. El cáncer de hígado se desarrolla directamente
en el hígado por medio del proceso que acabamos de examinar, y no porque
las células cancerosas se hayan difundido desde la próstata, los pulmones, el
sistema reproductor u otra parte.
A los virus les encanta establecer su primer hogar en el hígado. Antes de
que terminen por aventurarse a salir y por provocar problemas en otras
zonas del cuerpo, tienen su primer campamento base en el hígado. Si se
forma un tumor en los pulmones (exactamente por el mismo proceso por el
que se forma el cáncer de hígado), esto significa que el virus estaba también
y sigue estando en el hígado, que es su ubicación primaria. Lo que sucede
es que al virus le puede haber resultado difícil crear un tumor canceroso
notable en el hígado porque el sistema inmunitario hepático es fuerte, pero,
mientras tanto, el virus también ha viajado por el cuerpo y ha encontrado en
otra parte un punto más débil, como pueden ser los pulmones, donde puede
formar cáncer. Las que han viajado han sido las células víricas, no las
células cancerosas.
Por fin, si el hígado se debilita con el tiempo, el virus también puede
formar tumores cancerosos en él, porque el virus ha estado en el hígado
desde el principio. Hay determinados tratamientos para el cáncer que son
uno de los factores que pueden debilitar el sistema inmunitario del hígado,
permitiendo que los virus que han vivido allí a largo plazo aprovechen para
volverse cancerosos. Como los tumores se están desarrollando después de
que se hubiera formado el cáncer en otro punto del cuerpo, a los médicos
les parecerá que el cáncer mismo se ha extendido al hígado, y dirán que es
cáncer secundario.
Pero recuerda: por mucho tiempo que tarde en desarrollarse el cáncer de
hígado, siempre será primario. El hígado es donde prefieren anidar en
primer lugar en tu cuerpo los virus como el VEB que producen el cáncer.
Saber esto significa saber que el hígado es donde debes centrarte para
protegerte de otros cánceres. Matar a los patógenos del hígado antes de que
tengan la posibilidad de avanzar dentro de tu cuerpo, así como reducir al
352
mínimo el combustible vírico tóxico que se te acumula en el hígado, será tu
primera línea de defensa contra el cáncer, y punto.
353
sano, el virus no tendrá mucho de qué alimentarse. No puede crearse un
tumor ni un quiste porque está rodeado de frutas prohibidas, sin tener a su
alcance verdaderos alimentos que lo sustenten y le permitan crear
subproductos tóxicos. Se han eliminado en su gran mayoría los venenos
viejos procedentes de los fármacos, de los pesticidas, de los metales
pesados tóxicos y de los demás alborotadores. Eso ya no es el jardín del
Edén, aunque el virus siga provocando otros problemas como el EM/SFC,
la fibromialgia, la artritis reumatoide o la esclerosis múltiple.
Por eso no nos basta con decirnos: «Para prevenir el cáncer, haz una vida
sana». Tienes que saber qué es exactamente lo «sano» para tu hígado, y
encontrarás las claves de este secreto en la cuarta parte de este libro, «La
salvación del hígado», en capítulos como el titulado «Los alborotadores del
hígado», que te hará descubrir la planificación temporal para la limpieza de
diversas toxinas, y el titulado «Alimentos, hierbas y suplementos poderosos
para tu hígado», con el que podrás determinar qué otros alimentos te
servirán de magníficos semáforos en rojo para las células víricas.
El hecho de aprender acerca de los virus y del cáncer mismo no debe
llenarte el corazón de temor. Lo cierto es que esta información te otorga el
control definitivo. No debes ser como una persona que dice: «No quiero
saber nada de ese autobús hasta que me pille», y no ve lo que se le viene
encima. No tienes que vivir tu vida bajo la amenaza de que el cáncer te
alcance cuando te vayas haciendo mayor. La verdad sobre el cáncer, que has
leído en este capítulo, te pone en contacto con el poder de tu libre albedrío.
Puedes ser una persona que sabe exactamente el modo de esquivar el
autobús. Puedes ser una persona que sabe protegerse el hígado, para
prevenir tanto el cáncer de hígado como otros cánceres en todo tu cuerpo; y,
gracias a ello, puedes tomar medidas para proteger a tus amigos y a tu
familia con tu sabiduría.
354
Capítulo 32.
Las enfermedades de la vesícula
Tu vesícula biliar, ese pequeño órgano que está metido bajo el lado
derecho del hígado y que le guarda amablemente la bilis, contiene un
enigma que hay que resolver. Tiene una historia que contar. Tiene un pasado
sucio. Puede relatarnos y enseñarnos un largo historial de heridas en
combate y de relatos bélicos. Lleva dentro todo un tesoro de conocimientos
y de información.
Para el mundo de la medicina, es una caja de Pandora. No quieren abrirla,
porque contiene unas verdades que quizá no les interesa que sepa nadie. No
me refiero a los médicos bienintencionados que no aspiran más que a dar
alivio a sus pacientes; es la industria médica, que actúa a un nivel por
encima de los médicos, la que desconfía de los secretos que podría divulgar
la vesícula.
La medicina oficial apunta a los cálculos que se pueden formar dentro de
la vesícula, de los que se sirve para distraernos y tenernos ocupados. Y
bien, los cálculos biliares son absolutamente reales. Lo único que pasa es
que se supone que debemos atender a esos cálculos, única y
exclusivamente, para que no busquemos respuestas en otra parte. Si las
buscásemos, encontraríamos las heridas en combate de la vesícula biliar y
las verdades que encierran estas heridas.
Imagínate el caso de unos científicos que quieren evaluar una charca. Una
manera de medir la salud de la charca es analizar el lodo que está asentado
en el fondo. Tanto los químicos como los biólogos y los naturalistas saben
que ese lodo está cargado a rebosar de información sobre la vida de la
charca. Dentro de nuestras vesículas biliares tenemos un montón secreto de
restos, suciedad y residuos que la medicina suele concebir simplemente
como «arena». Cuando se aprecia en una ecografía, en un TAC o por otra
técnica de imagen, es probable que un cirujano diga que no son más que
montones de cálculos (es decir, piedras) minúsculos, y que preste atención
355
únicamente a los cálculos biliares visibles. Aunque los investigadores y la
ciencia médica reconocen la existencia de esta suciedad, y a veces la llaman
lodo biliar, no la estudian ni la escudriñan lo suficiente. Si la miraran más a
fondo, les contaría una historia oculta y profunda que es semejante a la que
nos puede contar la sangre sucia.
Si pudiéramos ver lo que hay dentro de nuestra vesícula biliar nos
quedaríamos consternados. En este lodo se encuentra un rastro de las cosas
a las que hemos estado expuestos a diario, entre ellas, al nivel más
diminuto, los centenares de conservantes y los miles de sustancias tóxicas
que recibimos del aire, del agua y de los alimentos contaminados. Nos
contaría la historia verdadera de lo que hemos tenido que afrontar a lo largo
de toda nuestra vida, desde la contaminación del aire que respiramos, que
ya conocemos, hasta el conjunto mucho más amplio y hondo de
contaminantes que no nos dejan conocer. Si supiésemos todo lo que hace
falta de verdad para elaborar de principio a fin un trozo de plástico de
envolver, o para refinar el petróleo y obtener gasolina, o el contenido de
determinados fármacos, o los tipos de patógenos que nos encontramos por
el camino; si supiésemos lo que se encuentra dentro de nuestros hígados y
de nuestras vesículas biliares, nos indignaríamos. No volveríamos a mirar
nuestro mundo del mismo modo.
Pero, en vez de ello, la vesícula biliar está arrinconada y olvidada en una
repisa como un libro viejo y polvoriento en una biblioteca. Si se abriese ese
libro como es debido, con la financiación y con las intenciones adecuadas,
nos contaría la guerra tóxica con que nos encontramos en nuestras vidas
cotidianas, y cuyas pruebas están enterradas en el lodo, en el fondo de este
órgano. Nos llevaría hasta empresas químicas que existen desde el
comienzo de la Revolución Industrial. Y nos haría ver que la vesícula biliar,
con todo lo pequeña que es, merece mucha atención.
INFECCIONES DE LA VESÍCULA
La intoxicación alimentaria es un tema global. En cualquier lugar donde
existen patógenos en los alimentos, las personas pueden sufrir
envenenamientos provocados por estas bacterias y por otros
microorganismos altamente tóxicos; y es frecuente que junto con el
envenenamiento alimentario la vesícula biliar sufra un golpe que no
356
conocemos. Ya se tratara de un caso que tuviste hace 20 años, con diarrea,
vómitos, fiebre y dolor abdominal agudo y que te mandó al hospital, o de
un caso leve en el que pasaste un día o dos vomitando y después te
recuperaste poco a poco, lo más probable es que tu vesícula sufriera una
lesión. Esto se debe a que los patógenos que están detrás de la intoxicación
alimentaria no se quedan solo en el estómago y en el tracto intestinal.
También se abren camino hasta la vesícula.
Es frecuente que si la persona sobrevive a una intoxicación alimentaria
que le afecta a la vesícula sea porque el hígado ha intervenido produciendo
bilis más potente. La bilis que produce el hígado tiene un factor de potencia
desconocido que le permite destruir los microorganismos no productivos
que están en el intestino, protegiendo a la vez a las bacterias y a los demás
microorganismos beneficiosos. La bilis es, en realidad, el mejor de los
probióticos. Cuanto más sano esté el hígado, más potente será la bilis, con
el equilibrio de ácidos y con el pH adecuados. Cuando nos hacemos
mayores, se nos puede ir debilitando la bilis. Y si a esto se añade que
también se nos debilita la vesícula por una acumulación de cálculos, de
sedimentos o de lodo (hablaremos más de esto en seguida), entonces
nuestra bilis no podrá entrar en la vesícula a tiempo y con la potencia
adecuada; lo que significa que cuando volvamos a sufrir una intoxicación
alimentaria quizá no tengamos la misma suerte. Podríamos terminar con la
vesícula inflamada o con espasmos biliares crónicos, debidos a que el
patógeno que se encuentra en el alimento llega hasta este órgano. En los
casos de intoxicación alimentaria graves en los que se debe hospitalizar al
paciente, este suele quedarse en el hospital un poco más para someterse a
una operación de vesícula. (Los patógenos buscan los puntos débiles; por
ello, si la persona tiene sensible el apéndice, y las bacterias le rondan
sueltas por el tracto intestinal buscando lugares donde instalarse, también
pueden provocarle una apendicitis, aumentándole el dolor y haciendo que el
cirujano recomiende la extirpación del apéndice).
Así pues, las intoxicaciones alimentarias son una de las fuentes de daños
y de infecciones en la vesícula biliar (y que no se detectan; a los médicos
les parece una simple inflamación y le ponen la etiqueta de colecistitis).
Podemos llevar en la vesícula, a largo plazo, bacterias procedentes de
intoxicaciones alimentarias antiguas, porque es un lugar donde a ellas les
gusta refugiarse. También llevamos las heridas, como son los tejidos
357
cicatrizados, que pueden producirse hasta con casos leves de intoxicación
alimentaria en los que no manifestamos ningún síntoma de tener infectada
ni inflamada la vesícula biliar.
Y podemos tener dentro cepas de estreptococos que se nos han
transmitido desde nuestros padres, o que hemos tenido desde una faringitis
estreptocócica de la infancia y/o que hemos recogido por el camino
(hablamos más de esto en los capítulos 23, «El acné», y 24, «El SBID»).
Estos estreptococos pueden entrar en la vesícula y, con el tiempo, ir
debilitando su revestimiento, produciendo tejidos cicatrizados con los que
se pueden formar grietas y fosas.
Haremos, de paso, la observación importante de que los estreptococos y
la E. coli son los causantes de la diverticulosis y de la diverticulitis, por un
proceso semejante a aquel por el que sufre cicatrices la vesícula biliar. Estas
bacterias son los excavadores del colon, y producen en el revestimiento
intestinal grietas y fosas, llamadas divertículos, que, a continuación, pueden
infectar. Es algo así como los agujeros que perfora un pájaro carpintero en
el árbol, que después sirven de cómodas madrigueras donde pueden residir
las arañas, las hormigas, los nematodos y otros bichos. Las bacterias se
pueden hundir en los divertículos del colon, ocultándose al sistema
inmunitario. Cuando pasan por allí alimentos no productivos, las bacterias
se asoman y toman una parte para alimentarse. Cuando pasan alimentos
sanos, las bacterias hacen todo lo posible por hundirse para no ser
expulsadas. Una fruta, una verdura o una hierba aromática muy medicinal
tiene un poco el efecto del pájaro carpintero, que penetra para extraer a los
bichos.
Volvamos a la vesícula. A los estreptococos les encanta refugiarse en
cualquier hueco que encuentran, antes de que el órgano haya tenido la
posibilidad de curarse. En este caso, el pájaro carpintero que puede
desalojar a los bichos de sus madrigueras es la bilis. Y, cosa notable, la bilis
potente y sana también contiene los elementos de construcción necesarios
para la reparación de los tejidos dentro de la vesícula. Esto no lo saben los
investigadores ni la ciencia médica. La bilis buena, en realidad, contiene
todo un tesoro de vitaminas, de minerales y de compuestos químicos
todavía no descubiertos que trabajan constantemente, a lo largo del tiempo,
para curar el revestimiento interior de la vesícula biliar.
358
Pero esto es lo que pasa: que en nuestro mundo de hoy es frecuente que la
gente no tenga buena bilis. Supongamos que una agricultora está pensando
en comprarse un terreno con el dinero que tanto le ha costado ganar
sembrando y cosechando. Se adentra en el terreno que quiere comprar, mete
la mano en la tierra y toma un puñado. Su experiencia le basta para saber
que no le hace falta llevar esa tierra a analizar al laboratorio. La puede oler
y tocar, y hasta saborearla, y sabe al momento que esa tierra no se ha
respetado: es mala tierra. Tal como tratamos a nuestro hígado, así es como
hemos terminado: con mala bilis. Si nuestra bilis fuera esa muestra de tierra
que inspeccionó la agricultora, rechazaría el trato.
Si bien los microorganismos dañinos de la intoxicación alimentaria
pueden causar problemas inmediatos en la vesícula biliar, los estreptococos
cotidianos que van a parar a la misma no producen desastres
inmediatamente. Se refugian allí durante años, e incluso durante décadas,
aprovechando las penalidades que ha tenido que afrontar la vesícula, así
como nuestras dietas altas en grasas que han quemado la producción de
bilis por parte del hígado. Con el tiempo, los estreptococos encuentran la
oportunidad de provocar una infección de vesícula, haciendo que esta se
inflame misteriosamente e induciendo a un médico a encargar una
resonancia magnética, una ecografía, un TAC, una TEP o una radiografía.
Y, de hecho, la infección de vesícula crónica de baja intensidad se pasará
por alto en muchas ocasiones.
Si se encuentra, suele suceder que no haya indicios suficientes para
recomendar su extirpación, lo cual no es malo. Pero se produce una
situación muy confusa tanto para el médico como para el paciente. Los
médicos, sobre todo, se quedan confundidos cuando el paciente no tiene
cálculos de vesícula o tiene pocos, porque habían esperado que la persona
que manifestaba problemas de vesícula tuviera en esta un montón de
cálculos, como esas bolsas con oro y con plata que se llevaban
antiguamente en los bolsillos interiores de las casacas. Casualmente, era
costumbre llevar esas bolsas colgadas del lado derecho, en la misma zona
donde está la vesícula biliar, para que, si el hombre tenía una pelea, pudiera
defenderse con la mano más fuerte, la derecha (suponiendo que no fuera
zurdo) mientras protegía su tesoro con la izquierda. Del mismo modo que
las bolsas de monedas, cuando la vesícula biliar se llena de cálculos se
vuelve pesada, lo que puede producir presión en el lado derecho; los
359
médicos lo saben. Cuando se descentran es cuando, en lugar de cálculos,
encuentran en la vesícula lodo, suciedad o sedimentos, si es que los
encuentran. Aunque este material se aprecia en las ecografías, no es tan
identificable como los cálculos biliares, por lo que a los médicos les parece
que es un descubrimiento sin valor. Mientras tanto, el lodo se va abriendo
camino hasta llegar a las grietas que pueda haber en el revestimiento
interior de la vesícula; y como la bilis debilitada no tiene la potencia
suficiente, tipo pájaro carpintero, para extraer a los bichos de sus
madrigueras, se produce una infección crónica que ocasiona espasmos
misteriosos acompañados de dolores periódicos.
A veces, como he dicho, nadie detecta en absoluto la infección ni la
inflamación y no se extirpa la vesícula. A veces se deciden operaciones en
vesículas que en realidad no tenían por qué extirparse; lo único que les
hacía falta era una dieta mejor, que no siguiera la moda de las dietas altas en
grasas, y la oportunidad de curarse. Las vesículas inflamadas crónicas
pueden curarse incluso cuando la persona no es consciente exactamente de
lo que le pasa. No quiero decir que las extirpaciones de vesícula (llamadas
técnicamente colecistectomías) sean siempre innecesarias. Si no se atrapa a
tiempo, un hígado disfuncional, con producción débil de bilis, la vesícula
dañada y la cantidad de bacterias con que nos encontramos en nuestras
vidas, entre ellas variedades nuevas de estreptococos, así como los
alimentos cargados de E. coli, pueden sumarse con el resultado de una
vesícula infectada, hasta tal punto que en una prueba de imagen se aprecie
claramente que está gangrenada.
360
y a esto se suma una dieta alta en grasas, el hígado debe estarse
desintoxicando constantemente, lo que puede acelerar la muerte de los
hematíes; y, mientras se desintoxica, pasa dificultades. Los hematíes
muertos que normalmente se arrojarían al exterior empiezan a acumularse,
formando una sustancia blanda y gelatinosa. Las células se adhieren unas a
otras como una bola de arcilla.
Pues bien, si tienes el hígado altamente tóxico, su temperatura interna
será superior a la debida. El calor hepático es un concepto reconocido en la
medicina oriental, aunque todavía no se conoce ni se entiende plenamente.
De hecho, existe un calor hepático bueno, un calentamiento del hígado que
se produce cuando se le está ayudando durante una desintoxicación suave.
Pero cuando el hígado está abrumado con materiales de desintoxicación, y
además se le fuerza constantemente sin darle ningún descanso, entonces
empieza a recalentarse. Imagínate que un amigo te pide prestado el coche.
Antes siquiera de ponerse en marcha, todavía ante tu casa, pasa un rato
pisando el acelerador y revolucionando el motor sin necesidad. Cuando se
pone en marcha por fin, te das cuenta de que vuelve a revolucionar el motor
estando parado ante el semáforo. Llegas a la conclusión de que cuando
vuelva tu amigo le dirás que no volverás a prestarle el coche... pero diez
minutos más tarde te llama por teléfono y te dice que está parado en la
carretera esperando una grúa. Cuando te reúnes con él en el taller, ves que
el motor se ha recalentado hasta tal punto que el metal se ha vuelto
maleable y dos piezas se han fusionado una con otra. El líquido refrigerador
no ha bastado para compensar el mal uso que se ha dado al motor.
Cuando el hígado se recalienta porque se ha intentado desintoxicar mucho
de una vez se puede producir un conflicto de responsabilidades del hígado.
Los compuestos químicos de los venenos que ha estado almacenando para
protegerte pueden chocar con los hematíes muertos, y el calor intenso los
puede fusionar unos con otros. El hígado expulsa este material fusionado
hacia la vesícula, porque la bilirrubina se expulsa con la bilis. Como la
temperatura de la vesícula es más baja que la del hígado, se produce por el
camino un proceso de enfriamiento, todavía no descubierto; esto es lo que
convierte una bola gelatinosa en un cálculo pigmentario. Si los
investigadores y la ciencia médica analizaran a fondo los cálculos
pigmentarios, desvelarían algunos secretos de lo que está pasando dentro
del hígado.
361
Los cálculos de colesterol se forjan de esta misma manera. El colesterol
malo (hay más de un tipo), junto con las materias tóxicas del hígado, se
combinan juntos cuando el hígado se recalienta, y esas masas se enfrían
después en la vesícula y forman los cálculos. De hecho, hasta los
colesteroles buenos y sanos pueden contribuir a formar un cálculo de
colesterol si el hígado tiene dificultades y la producción de bilis está baja.
Una dieta alta en grasas (y no olvides que toda dieta alta en proteínas es alta
en grasas) contribuye a formar los cálculos de colesterol.
Es importante entender esto, porque significa que cuanto más tóxico está
el hígado, más calentamiento se produce, seguido de un enfriamiento
radical: cuanto más caliente está el hígado, más fría tiene que estar la
vesícula biliar. La vesícula está en una zona situada bajo el lado derecho del
hígado, donde, en circunstancias favorables, corre la sangre y el fluido
suficiente entre el hígado y ella para intentar mantenerlo fresco. Este fluido
no ha sido identificado todavía, y las comunidades médicas lo confunden
con sangre normal. En realidad, entre el hígado y la vesícula no solo hay
sangre; también hay una capa muy delgada de refrigerante protector que
tiene una consistencia mucosa, como de gel, de pasta o de gelatina, y que
hace de escudo refrigerador y lubricante entre ambos órganos. De hecho,
una de las funciones químicas del hígado es producir este agente químico
para su parte inferior. No se ve a simple vista; pero si los investigadores y la
ciencia médica fueran conscientes de su existencia, podrían recoger
muestras y estudiarlo al microscopio. De manera que, entre la sangre y este
fluido, la vesícula cuenta con un escudo refrescante ante el hígado; y el
cuerpo se esfuerza por mantener esa vesícula lo más fresca posible, se
hayan formado cálculos o no. Aunque estés en una etapa temprana de la
vida y no tengas cálculos biliares, todavía se te puede estar desarrollando un
calor hepático masivo, mientras tu vesícula quiere enfriarse mucho para
soportarlo.
Es frecuente que el hígado llegue a estar tan quemado que no sea capaz
de producir tanta cantidad del escudo gelatinoso. La vesícula no debe
recalentarse, y por eso el cuerpo debe esforzarse por mantener baja la
temperatura de la vesícula, con lo que se pueden formar más cálculos.
Además, cuanto más tóxico esté el hígado, más enfriamiento radical se
deberá producir en el cuerpo. Así se establece una tensión constante entre el
frío y el calor que puede traer consigo los síntomas clásicos de los sofocos,
362
que se confunden con demasiada frecuencia con un problema hormonal
causado por la menopausia. El verdadero motivo por el que se producen
estos sofocos hacia la época en que a la mujer se le retira la menstruación es
que el hígado tarda bastantes años en volverse tan tóxico. Cuando llega a
estarlo, que por pura coincidencia de plazos suele suceder en la época en
que la mujer está entrando en la menopausia o en la premenopausia, el calor
y el frío constantes del hígado al revolucionarse, y al intentar después
expulsar ese calor, puede provocar a muchas personas, además de los
sofocos, sudoración inexplicada, pérdida de fuerza digestiva, altibajos de
ánimo, irritabilidad, depresión, tristeza, ansiedad y problemas de sueño.
Estos síntomas también pueden presentarse en los hombres, porque en
realidad no son síntomas de la menopausia. (Puedes leer una explicación de
por qué se atribuyen erróneamente tantos síntomas a la menopausia en mi
libro Médico médium). A las mujeres se les suelen recetar hormonas como
solución, lo que pone las cosas más difíciles todavía al hígado. Ya se trate
de terapia de reemplazo hormonal (TRH) o terapia de reemplazo de
hormonas bioidénticas (TRHB), los corticoides bombardean al hígado sin
que nadie se dé cuenta de ello. En vez de ayudar al hígado, las terapias de
reemplazo hormonal lo sobrecargan más.
El hígado puede perder con el tiempo la capacidad de crear ese calor
excesivo de la desintoxicación, y esto tampoco es bueno. Una cosa es que tu
hígado se mantenga fresco porque está tan sano que no le hace falta
revolucionarse. Pero lo que no te interesa es que haya estado recalentándose
durante décadas hasta llegar a estar tan enfermo y tan quemado que ya no es
capaz de seguir calentándose. Esto significaría que ya no puede
desintoxicarse con la misma energía.
Cuando el hígado está funcionando bien, el cuerpo tiene un elemento
incorporado para impedir que se formen cálculos, que es la bilis. Una de las
tareas de la bilis, cuando está fuerte, es dispersar la bilirrubina, que diluye
del mismo modo que el aguarrás diluye la pintura. Cuando el hígado envía
bilis a la vesícula, dispersa los pigmentos de hematíes para que no formen
grumos problemáticos. Hace lo mismo con el colesterol, que diluye en la
vesícula para impedir que se formen cálculos de colesterol. Además,
cuando la bilis es potente, el hígado se calienta menos, por lo que la
vesícula no tiene tanta necesidad de enfriarse, y se producen menos
cálculos. Pero cuando el hígado se sobrecarga, se produce bilis más floja, y
363
nos quedamos privados de las medidas protectoras de este fluido. También
se reduce el compuesto químico, todavía no descubierto, que produce el
hígado para que la bilis contribuya a disolver y a dispersar los hematíes y el
colesterol.
Hay miles de personas que tienen que afrontar este dolor misterioso y
crónico en el abdomen o en el tórax. Si el médico no es capaz de encontrar
cálculos biliares ni inflamación de la vesícula, y solo ve que la vesícula está
llena de sedimentos y de lodo, es frecuente que no haga ningún diagnóstico.
Lo cierto es que cuando la vesícula está llena de cálculos y de lodo, el peso
que contiene puede llegar a desplazarla. Queda en una zona donde están los
nervios hipersensibles que rodean al hígado y al colon; por eso, cuando la
vesícula se mueve, no solo puede someter a presión su cuello, sino que
también somete a presión, irrita o agita los nervios que la rodean, cualquiera
de los cuales puede desencadenar espasmos de la vesícula o dolores
inesperados. Las personas que tienen estas molestias pueden llegar a
aliviarse un espasmo o un dolor de vesícula tendiéndose sobre un costado o
sentándose en la cama en una postura determinada. Estos movimientos del
peso de la vesícula son la explicación desconocida de por qué las personas
que sufren este dolor misterioso tienen momentos de calma y de alivio. Otro
medio para aliviar los espasmos y el dolor son las compresas de aceite de
ricino alrededor del tórax. Como cada persona es un poco distinta, la
colocación de las compresas dependerá de lo que te dé buen resultado; suele
venir bien aplicarlas al lado derecho del abdomen o alrededor del tórax
hasta la espalda.
364
coagulado con los residuos del intestino; el sistema digestivo mezcla el
aceite con mucosidades para formar esas bolitas, que pueden adquirir
diversos colores en función de los alimentos que estaban próximos al aceite
en el tracto intestinal cuando quedó encapsulado. No son cálculos biliares ni
hepáticos expulsados milagrosamente del cuerpo. Son señal de que el
cuerpo está expulsando el aceite. (Seguiremos hablando de los cálculos
hepáticos en el capítulo 34, «Refutación de los mitos sobre el hígado»).
¿Por qué no acoge bien tu cuerpo tanto aceite, cuando tú intentabas
hacerle un favor? Porque cuando dejas caer en el estómago una cantidad
excesiva de grasas radicales, estas obligan al hígado a producir una cantidad
grandísima de bilis. Esto no es buena idea por varios motivos. Uno de ellos
es que, si ya tienes debilitado el hígado, lo sometes a la carga enorme de
tener que emplear todas sus reservas para producir un suministro de
emergencia para enviarlo a la vesícula, para que esta lo entregue al tracto
digestivo. (Y ¿cómo puedes saber si ya tienes debilitado el hígado? Esta
ciencia no se ha desarrollado todavía; no estamos en condiciones de
enterarnos de ello en la consulta del médico. No creas que estás libre de
problemas de hígado porque no has tenido resultados preocupantes en los
análisis de enzimas hepáticas). Con todo, el hígado debe cumplir a toda
costa su responsabilidad de proteger al páncreas, por lo que tendrá que
llegar a ese nivel agotador y peligroso hasta el que no se le debe forzar
nunca.
Como ya sabes a estas alturas, la mayoría de las personas tienen baja la
producción de bilis porque tienen el hígado perezoso, debilitado, algo
incapacitado, o con algún otro tipo de dificultades. Cuando el hígado se
encuentra en este estado, todavía tiene la capacidad de crear bilis en función
de las necesidades y de equilibrar sus reservas, aunque, por otra parte,
tendrá que elaborar menos bilis (y menos potente). El hígado limita la
producción de bilis porque tiene que llevar a cabo otras muchas funciones
químicas; por ello, entrega al cuerpo la bilis suficiente para ocuparse de al
menos un cincuenta por ciento de sus necesidades normales para la
disgregación de las grasas. El hígado sabe que, si baja de esta cifra, el
páncreas empezará a resentirse. El grado al que debe reducir el hígado la
producción de bilis dependerá de la persona. Así, si se trata de un hígado
más sano, podrá producir bilis más potente y en mayor cantidad,
permitiendo que en otras partes del cuerpo se hagan menos sacrificios y
365
asegurándose de que el páncreas no se verá amenazado por las grasas. Si la
persona tiene el hígado perezoso, estancado, en dificultades, pero lo
compensa haciendo una dieta sana, baja en grasas, la producción de bilis al
cincuenta por ciento sería adecuada para mantener en marcha la digestión,
permitiendo, al mismo tiempo, que el hígado lleve a cabo el resto de sus
funciones importantes para sustentarse, con lo que el hígado y la persona
tendrán una vida más larga. Pero, atención: en los Estados Unidos hacemos
dietas altas en grasas. Ya hace tiempo que las hacemos, y en la actualidad
han aumentado todavía más. Y, por ello, muchas personas no producen la
bilis suficiente para sus dietas. Y el precio lo paga el páncreas.
Cuando te bebes una gran cantidad de aceite de oliva, el hígado entra en
un modo de funcionamiento frenético, de pánico. Debe interrumpir
inmediatamente el resto de sus responsabilidades, entre ellas las
conversiones de hormonas, la vigilancia y la eliminación de los patógenos,
el funcionamiento del sistema inmunitario, la desintoxicación de los
hematíes y toda la multitud de sus funciones químicas, entre ellas las que
hemos descrito en la primera parte. Todo esto queda en suspenso, y el
hígado pone en juego hasta sus últimas reservas para producir bilis de
emergencia; todo ello porque a alguien se le ocurrió un día la idea de que
sería bueno purgarse de unos cálculos a base de beber aceite de oliva, y esta
idea se puso de moda. Este es un ejemplo de los protocolos creados por el
hombre y diseñados sin entender muy bien lo que sucede en realidad dentro
del cuerpo. Durante esta producción de bilis que deja en suspenso todo lo
demás, el hígado sabe que si no disponemos de la bilis suficiente para
procesar esos 100, 150, 200, 250, 300 ml o más de aceite de oliva que nos
hemos echado al cuerpo de una vez, nos encontraríamos con un ataque de
pancreatitis. Es una pancreatitis distinta de la que se produce cuando la
glándula se inflama por el ataque de los patógenos, como las bacterias
improductivas que llegan en la comida; la pancreatitis a la que te arriesgas
con un lavado de vesícula se produce cuando el páncreas se encuentra
sometido a una tensión enorme, y este tipo de lesión lo inflama.
Esta es la explicación técnica. Pero si el hígado pudiera hablar, no diría:
«Estoy intentando protegernos de la pancreatitis»; lo que diría sería: «No te
preocupes, aquí estoy yo para rescatarte de los daños». Esto es así porque el
hígado sabe que el páncreas corre un gran riesgo con un lavado de vesícula
a base de grasas. La mayoría de la gente no es consciente de que el páncreas
366
ya está sometido a tensión, de suyo, con la dieta estándar, e incluso con la
habitual dieta más sana, alta en grasas y alta en proteínas, o con una dieta
cetogénica radical, todo lo cual reduce las reservas de bilis. Si a esto se le
añade un lavado de vesícula, el hígado se ve forzado hasta un grado
extremo en su intento de proteger al páncreas para que no enferme. Por eso
tantas personas sufren lo que ellas creen que son los síntomas de una
limpieza o de una purga después de hacerse una limpieza de vesícula. Lo
cierto es que esta limpieza los ha enfermado, y que se recuperan al cabo de
uno o dos días.
He aquí otro problema: una buena parte de la bilis que produce el hígado
se envía a la vesícula; y cuando la vesícula se está llenando de tal cantidad
de bilis, puede desplazar un cálculo que no se debía desplazar y enviarlo
hacia el duodeno. Si se trata de un cálculo grande, puede obstruir el
conducto biliar, provocando inmediatamente una infección y requiriendo
una intervención quirúrgica. Lo he visto pasar muchas veces, muchas, a lo
largo de los años, cuando acuden a mí personas que han intentado hacerse
un lavado de vesícula que yo no les había recomendado.
Puede que te sientas mejor después de un lavado de vesícula, pero eso no
será más que una ilusión, por comparación con lo mal que te sentías durante
el lavado mismo. Después de ese protocolo, cualquier cosa te va a parecer
una mejoría, y te impedirá ver la realidad de que no estás tan bien como
antes del lavado. Este empeoramiento se debe a que, si tienes el hígado
perezoso desde un primer momento, después de un lavado de vesícula el
hígado te producirá menos bilis que antes. Caerá por debajo de ese nivel del
cincuenta por ciento, hasta algo así como un 30 por ciento de tus
necesidades cotidianas de bilis. Así, tu páncreas se encuentra sujeto a un
riesgo constante... a menos que se te pueda rejuvenecer el hígado. Lo más
probable es que la persona que prueba a hacerse un lavado de hígado vuelva
después a seguir una dieta de moda, alta en grasas y alta en proteínas,
poniéndose en peligro el páncreas sin saberlo porque no tiene la bilis
suficiente para disgregar adecuadamente las grasas que consume. Al cabo
de cierto tiempo puedes darte cuenta de que no te sientes tan bien como
quisieras, y decides que necesitas otro lavado. Esto se convierte en un
círculo vicioso, pues el nuevo lavado te debilita más, haciéndote creer que
necesitas otro más, y así sucesivamente; y puedes ir decayendo poco a
poco. (Pasa lo mismo con los lavados de cálculos hepáticos).
367
Por otra parte, si tenías el hígado fuerte y reservas enormes de bilis antes
de que probaras a hacerte un lavado para intentar librarte de los cálculos
biliares, tu hígado todavía tendrá que trabajar duro para producir una gran
cantidad de bilis durante el «lavado». Al menos, en estas condiciones no
correrás el mismo riesgo que una persona con el hígado y con el páncreas
debilitados. Pero la dificultad es que no sabes si tienes fuertes o no el
hígado y el páncreas. De modo que esto se convierte en una ruleta rusa, en
un juego de conjeturas, cuando no deberías estar haciendo conjeturas.
Porque, aunque tengas perfectamente sanos el hígado y el páncreas, si
tienes un cálculo biliar, corres el riesgo de desalojarlo y de sufrir problemas.
Será menos probable que el cálculo se quede atascado en el conducto biliar,
porque tendrás la bilis suficiente para seguir bombeándola en la vesícula y
empujar el cálculo, mientras que una persona con el hígado más débil solo
cuenta con la bilis suficiente para dar un empujón fuerte. Pero no sabes si tú
eres ese afortunado, y no te interesa enterarte porque te hayan tenido que
operar de la vesícula de emergencia.
368
Cargamos con el miedo a la fruta porque creemos que debemos abstenernos
de los carbohidratos del tipo que sean. Pero no te dejes engañar por esa
dieta alta en proteínas (léase «alta en grasas») con zumos verdes. Aunque es
mejor que la dieta estándar a base de alimentos fritos y procesados, no creas
que te va a disolver los cálculos biliares. De hecho, todavía puede crearlos
(así como cálculos hepáticos). Si bien las verduras ricas en sodio tales como
las espinacas, la col kale, los rábanos, las hojas de mostaza, el apio y los
espárragos pueden ser estupendas para librarse de los cálculos, si se toman
dentro de una dieta alta en proteínas solo servirán para combatir ese
contenido elevado en grasas que está dando una carga adicional al hígado.
Para disolver los cálculos debes reducir el consumo de grasas radicales, y
esto significa reducir el consumo de proteínas densas, con independencia de
la dieta que estés haciendo y de si es solo vegetal o si contiene productos
animales. Además de esas verduras, introduce cantidad de frutas como
cerezas, bayas, melones, limones, limas, naranjas, pomelos (si te dan buen
resultado), tomates y un poco de piña. Y no creas, por miedo, que debes
quitar las semillas al tomate, ni pelarlo, ni quitarle el corazón. Lo único que
consigues con eso es despojarlo de unos nutrientes trascendentales que
contribuyen a curar los trastornos autoinmunes y otras enfermedades
crónicas, así como el hígado, el páncreas y la vesícula. Sean cuales sean las
opiniones que te han inculcado sobre la fruta, lo cierto es que los cálculos
no se te disolverán si no la comes en cantidad. Un vaso de agua de limón o
de lima todas las mañanas y todas las noches es útil para potenciar el
proceso de disolución de los cálculos (y para limpiarte el hígado), como
también lo es añadir un puñado de espárragos crudos frescos a todo lo
demás que estés poniendo en la batidora para prepararte el zumo.
Con cada paso que das para cuidarte el hígado y la vesícula, ya hayas
sufrido de una infección de vesícula, de cálculos biliares o de otra dolencia,
o si te han extirpado la vesícula y este capítulo te ha ayudado a entender por
fin y a asimilar lo que te condujo a ello, ya has dado un paso más para
conocer los secretos de tu cuerpo. Ahora eres tú quien dices: «No te
preocupes; aquí estoy yo para rescatarte».
369
370
CUARTA PARTE:
371
Capítulo 33.
Paz dentro de tu cuerpo
372
Aprendió a no rehuir jamás ninguna responsabilidad y a no rechazar jamás
ningún desafío que se le presentara. Tu hígado aprendió a cuidar de ti como
si tú fueras su criatura durante el resto de tu vida.
Sean los que sean los obstáculos que se encuentre tu hígado por el
camino, él intentará salvarlos. Hará lo que sea bueno para su criatura, que
eres tú. Tu hígado luchará para mantenerte joven y a salvo aunque para ello
él tenga que volverse viejo y lento. Hasta se interpondrá para recibir las
balas que iban dirigidas a ti, con la esperanza de que algún día tú llegues a
captar el mensaje en el que te pide que lo rescates, como él te ha rescatado a
ti durante tantos años y como intentará siempre rescatarte, pase lo que pase.
El hígado, saturado de trabajo y lleno de cansancio, con una lista de tareas
pendientes inacabable y falto del apoyo suficiente, es el órgano con el que
más podemos identificarnos. Es el órgano de nuestra época, que realiza
tareas múltiples, se adapta y sigue adelante ante los contratiempos, tal como
hacemos nosotros. Por esto podemos comprenderlo de una manera singular.
Podemos entender que necesita un momento de alivio en su esfuerzo por
seguir adelante cada día, que lo puede hacer sentir como si estuviera entre
arenas movedizas. Podemos reconocer el cansancio que le produce la
presión de hacer de todo a la vez. Podemos sintonizar con la necesidad de
que alguien lo proteja a él, después de haber hecho él de protector durante
toda una vida. ¿Recuerdas que al principio de este libro dije que los
síntomas nos salvan la vida? Pues ya ha llegado el momento de que
llevemos este principio a la práctica. Después de tantos años de que
nuestros hígados acudan a rescatarnos, por fin podemos ser los héroes que
ellos necesitan que seamos.
SALVAR A TU HÍGADO
Aquí, en la cuarta parte, estudiaremos lo que puedes hacer tú para ser ese
héroe. Cuando pensamos en cuidar de nuestros cuerpos, es muy frecuente
que estemos pensando en nuestro aspecto físico. En nuestra busca de un
físico esbelto y suave, de una piel reluciente, no tenemos la menor idea de
qué es lo que necesita de verdad que lo cuidemos: el hígado. Es
comprensible. No podemos olvidarnos de nuestro aspecto porque está muy
a la vista. Mientras tanto, salvo si acabamos de leernos más de 30 capítulos
que tratan del hígado, vamos por la vida sin pensar en él para nada. La vida
373
nos tiene ocupados y nos plantea tantos desafíos que hasta yo mismo me
olvido de mi hígado si no me lo recuerda el Espíritu. El hígado está fuera
del alcance de nuestra vida, y no hemos hecho un cursillo de introducción al
hígado para aprender acerca de su poder invisible. En los programas
escolares no se incluye el enseñar a los niños a cuidarse el hígado. Nadie
nos dice: «Oye, ¡no dejes que el hígado se te vuelva lento, deshidratado ni
congestionado!», ni «Oye, límpiate el hígado un par de veces al año, igual
que lavas tu coche. Y procura hacerlo de una manera verdaderamente
segura y delicada. ¡Tienes que cuidar de ese cachorrillo!».
Como digo siempre, vivimos en una sociedad en la que hay que ver para
creer, y esto nos puede hacer daño. Si ves suciedad en tu coche, irás al
autolavado. Si no puedes ver la suciedad que hay en tu hígado, es que no
está. Si no podemos ver las toxinas que hemos heredado desde el primer
momento; si no podemos ver los patógenos que se nos han instalado; si no
podemos ver la película pegajosa que se va formando... Y, así, nos
ocupamos y nos dedicamos exclusivamente a lo externo. Nos centramos en
ponernos el vestido, la falda, la camisa, los calcetines o los pantalones
vaqueros adecuados, con intención de que nos den un buen aspecto y de que
sean cómodos al mismo tiempo, y nunca atendemos a que el hígado esté
cómodo también. ¿Está ceñido por un vestido de grasas? ¿Lo está ahogando
una bufanda de toxinas y de otros venenos? ¿Lleva encima un sombrero de
metales pesados que le aprieta demasiado?
Podemos centrarnos en lo que tenemos dentro sin tener que renunciar a
nuestro buen aspecto externo. Paradójicamente, al dirigir nuestra atención al
hígado, nos rejuvenecemos la piel, ayudamos a quitarnos peso de encima,
mejoramos el procesamiento de los nutrientes para construirnos unos
músculos mejores, nos sienta mejor la ropa... y, todo ello, a la vez que nos
liberamos de síntomas y de enfermedades. Las personas que solo atienden a
las apariencias externas pueden tomarse un martini, o champán, mientras
visitan el spa, y luego terminan la jornada con una cena a base de bistec
acompañado de una ración generosa de mantequilla, sin darse cuenta de que
se están sobrecargando el hígado y de que con ello se están oponiendo al
objetivo mismo que quieren conseguir.
Sea cual sea el ángulo desde el que estés abordando el cuidado de tu
hígado (ya sea para tener mejor aspecto, para sentirte mejor, para respetar y
premiar al hígado por todo lo que ha hecho por ti o para contribuir a
374
prevenir problemas futuros), será un ángulo ventajoso. Será un ángulo que
te ayudará a limpiar la sangre y el sistema linfático; a aflojar las células
grasas en el hígado y a dar un descanso a las glándulas suprarrenales. Si
estás aumentando de peso, o si no eres capaz de perderlo, a pesar de todos
tus esfuerzos a base de dieta y ejercicio, dedicar a tu hígado los cuidados
amorosos adecuados te servirá para cambiar de rumbo. Si tienes lesionado
el hígado por el alcohol, por los medicamentos o por las drogas, o si tienes
tejidos cicatrizados misteriosos, puedes trabajar por recuperar el órgano. Tú
no tienes la culpa. Pase lo que pase, como el hígado es responsable de
neutralizar los materiales dañinos, así como de expulsar del cuerpo los
venenos y los patógenos, es trascendental para la buena salud que recuperes
el hígado y su buen funcionamiento. Si tienes que hacerlo pasito a pasito,
hazlo así. No estarás solo. Estaremos trabajando todos contigo.
Y contarás con herramientas, con muchas herramientas que encontrarás
en los próximos capítulos. En el capítulo 34 refutaremos algunos mitos que
corren sobre el hígado. Cuando evites todas esas modas, tendencias, errores
e ideas falsas, estarás dando a tu hígado una protección esencial. Una de
ellas, la moda de las dietas altas en grasas, nos bombardea con información;
por eso, en el capítulo 35 presentaremos más verdades sobre por qué esta
dieta no favorece al hígado. Después, pasaremos al capítulo 36, donde
estudiaremos a esos alborotadores del hígado de los que llevo hablando
durante todo el libro; allí encontrarás más detalles sobre lo que debes evitar,
cómo evitarlo, y cuánto tiempo suelen tardar los diversos tipos de
alborotadores en marcharse de tu hígado cuando tú trabajas para limpiarlos.
En el capítulo 37 encontrarás ideas fundamentales sobre el modo de nutrirte
y sanarte el hígado con potentes alimentos, hierbas aromáticas y
suplementos.
Y llegaremos así al capítulo en el que todo alcanza un nuevo nivel de
cambio para la vida, el capítulo 38, «El Rescate del Hígado 3:6:9». Esta
limpieza de nueve días te descargará el hígado como ninguna otra cosa que
hayas probado hasta ahora, y la rutina matutina que lo acompaña te servirá
de minilimpieza sencilla que te ayudará a alcanzar todo este progreso o a
mantenerlo. En el capítulo siguiente, el capítulo 39, «Recetas de rescate del
hígado», encontrarás recetas deliciosas para comidas y para comer entre
horas, con fotos a todo color para animarte a ponerte a trabajar en la cocina.
Y viene después el capítulo 40, «Meditaciones de rescate del hígado», en el
375
que encontrarás nueve meditaciones a la medida de las diversas necesidades
de tu hígado, como liberar las grasas, revertir la marcha de la enfermedad y
reforzar el sistema inmunitario del órgano.
Con todo lo que encontrarás en esta guía práctica, entre limpiarte el
hígado y tomar medidas preventivas para protegerte de las amenazas
futuras, volverás a recuperar a tu hígado por fin. Cuando leas mis palabras
de despedida en «La tormenta pasará» y llegues a la última página, estarás
perfectamente equipado para transformar tu hígado y tu vida.
376
ánimo; sin erupciones descontroladas; sin intestinos agitados ni obstruidos;
sin subidas ni bajadas del azúcar en sangre; sin accidentes
cerebrovasculares; sin infartos; sin cáncer. Ese sería un mundo de hígados
en paz.
Que los hígados estén en paz significa que las mentes y los cuerpos están
en paz. También nuestro espíritu se basa mucho en la fuerza de nuestro
hígado. Figúrate cuánto más bondadosos seríamos los unos con los otros y
con nosotros mismos si no nos sintiésemos constantemente mal, o con
miedo a sentirnos mal. Y figúrate ahora cuánta más paz habría en el mundo
si todos fuésemos más bondadosos. ¿Qué no podríamos conseguir con una
energía como esta?
Al trabajar por la salud de tu hígado estás haciendo mucho más. Estoy
muy orgulloso de ti, porque vas a empezar con los capítulos siguientes.
Junto con los demás lectores de este libro, vas a crear una fuerza profunda
de curación dentro de tu cuerpo y de todo el mundo.
377
Capítulo 34.
Refutación de los mitos
sobre el hígado
LA REGENERACIÓN COMPLETA
DE LAS CÉLULAS CADA SIETE AÑOS
Existen muchas teorías sobre el tiempo que se tarda en renovar, en
reemplazar o en re-crear todas las células del cuerpo. No hay una base
científica exacta que nos diga con precisión cuánto tiempo se tarda. Este es
uno de esos misterios de nuestros cuerpos que están pendientes de
descubrir, semejante al de lo que pasa con los alimentos cuando comemos;
378
son cosas que están tan lejos del alcance del instrumental médico moderno
que no es posible medirlas ni pesarlas.
Son muchos los factores que desempeñan un papel en la regeneración de
las células, y estos factores son distintos para cada persona: los nutrientes,
el estrés, los patógenos, las carencias, las toxinas heredadas y las de llegada
reciente, como los metales pesados; los desafíos del medio ambiente entre
los que vive la persona, e incluso los desafíos del medio ambiente
emocional en el que vive la persona y los recursos que tiene disponibles.
Todo esto puede influir sobre la velocidad con que se rejuvenecen las
células. Significa que los investigadores y la ciencia médica no pueden
determinar con toda precisión el número de años que tardan las células en
reemplazarse en los diversos órganos, glándulas, tejidos y huesos (en los
casos en los que sí pueden reemplazarse), porque no existe una cronología
establecida que se pueda observar... salvo en el caso del hígado. Vamos a
echar una mirada al proceso de rejuvenecimiento del hígado, que está sin
descubrir.
El hígado es la roca del cuerpo, es el peñasco que está en medio de un
prado donde anidan las libélulas. Es casi imposible mover el peñasco,
empujarlo, hacerlo rodar o arrancarlo de su lugar con las dos manos, porque
un peñasco está colocado con intención. El poder de la fuerza de la Madre
Naturaleza y las manos del tiempo lo han dejado donde está, en un estado
de ser completo. Aunque puede ir cambiando a lo largo de las horas, de los
días, de los años e incluso de los siglos por el influjo del viento, la lluvia, el
frío y el sol, en general está en su forma completa. Este estado completo
también se da en tu hígado, en esencia. Aunque tu hígado, a diferencia del
peñasco, posee la capacidad de renovarse, tiene la constancia del peñasco
como no la tiene ninguna otra parte del cuerpo. Un peñasco es un registro
del tiempo: pregúntaselo a un geólogo. El geólogo puede descifrar el
pasado estudiando su interior. Un peñasco nunca puede ser inconstante. Y
lo mismo puede decirse del hígado. Es el reloj del cuerpo. No puede
quedarse atrasado. Debe ser fiable, como el juez que maneja el cronómetro
en una carrera o como el profesor que mide el tiempo de un examen; tiene
que cumplir una responsabilidad. El cuerpo corre en muchas direcciones,
entre la digestión, las funciones del sistema nervioso central, la función
suprarrenal, etcétera, y, con todas las cosas a las que lo sometemos, tiene
379
que haber alguien que se asegure de que todo funcione de acuerdo con el
programa.
Para que el hígado haga de pacificador y de controlador de los tiempos,
debe disponer de un reloj fiable de la renovación de las células que le diga
la hora que es con independencia de todo lo demás que esté sucediendo
dentro o fuera del cuerpo e incluso dentro del mismo hígado. En un reloj
tradicional todo gira alrededor del número doce: «El reloj ha dado la
medianoche»; «Almorzamos a las doce del mediodía»; las doce son el
límite entre la mañana y la tarde y entre el fin de un día y el comienzo de
otro. Las doce integran toda la gama del tiempo. Para el hígado, el número
que lo integra todo es el nueve. Es el número que reside en el tejido más
profundo de las células del hígado. El número nueve contiene en sí las
responsabilidades del hígado: la renovación de las células (que es el número
tres), la capacidad de sustentar la vida (que es el número seis) y el sentido
de terminación propio de un peñasco (que es el nueve mismo). El principio,
el medio y el fin, la esencia de la vida humana, residen dentro del hígado.
Como el doce en la esfera de un reloj, el nueve es el número que unifica al
hígado.
El hígado porta información del pasado de un modo distinto de cualquier
otro órgano, incluso distinto del cerebro. Nuestros hígados guardan en sí
inteligencia de muchas generaciones pasadas y la transmiten a cada nueva
generación, lo cual es un valor positivo, teniendo en cuenta que también
transmiten venenos y patógenos. Los hígados de tus hijos y de tus nietos
tendrán guardada información de tus padres, de tus abuelos, de tus
bisabuelos, e incluso de más arriba en el árbol genealógico. Y esto significa
que nunca podemos ser más listos que el hígado, aunque sí podamos ser
más listos que el cerebro o que el corazón. El hígado es inmune a la locura
humana porque contiene datos sobre los errores de varias generaciones. En
esencia, el hígado vive para siempre.
El hígado tiene una capacidad de renovación que es más profunda que la
de cualquier otra parte del cuerpo, lo cual sirve de equilibrio a la realidad de
que no puede renovarse a sí mismo por entero como sí pueden otras partes
del cuerpo. Esto se debe a que tu hígado, como ardiente protector tuyo que
es, se puede quedar extremadamente cicatrizado y dañado con el tiempo,
con células destruidas por los patógenos y por otros alborotadores. Como ya
has leído, a nadie le funciona el hígado al cien por cien. Los daños que sufre
380
el hígado por descuidarlo y por no entenderlo bien son distintos de los
daños que se producen en cualquier otra parte del cuerpo. Si bien algunos
tejidos hepáticos dañados todavía pueden estar en condiciones de trabajar
con limitaciones y pueden ser capaces de renovarse parcialmente, el hígado
solo puede renovar poco, o nada, de los tejidos gravemente dañados, a
menos que estemos trabajando activamente para conseguirlo. Por esto
resuena el número nueve, y esto es lo que otorga al hígado esa cualidad
pesada de mantenerse firme a lo largo del tiempo, como un peñasco.
Decimos que el hígado tiene una capacidad de renovación profunda
porque tiene la posibilidad singular de renovar sus partes buenas siguiendo
un programa concreto, con el fin de sustentar la vida. Su control
responsable de los tiempos en este aspecto es distinto de ninguna otra cosa
del cuerpo. El estado físico en que te encuentras, los recursos de tu cuerpo,
tu carga tóxica, etcétera, la lista de factores de la que hablamos al principio
de este apartado, determinan el éxito o el fracaso de la renovación en otras
partes del organismo. Pero en el caso de tu hígado, se produce la
renovación, y punto. Es una cosa que puedes esperar con la misma
seguridad con la que sabes que llegará tu cumpleaños el mismo día de cada
año. Tu hígado renueva completamente todas sus células sanas cada vez que
se cumplen nueve años de tu vida.
No se trata de un gran estado continuo y cotidiano de renovación, aunque
sí puede producirse cierta renovación de células de manera constante. A lo
largo de esos nueve años, el hígado se renueva por terceras partes. Lo
habitual es que cuando faltan tres meses para que se cumpla un ciclo de tres
años, la renovación se acelere y el hígado se ponga a trabajar en una
reparación rápida e importante de las células. En el corto plazo de esos
pocos meses, el hígado puede regenerar la tercera parte de sus células que
trabajan. Al cabo de otros tres años sucederá lo mismo de nuevo y se
renovará otra tercera parte del hígado. Y por último, cuando se aproxime la
fecha de los nueve años totales, el hígado renovará su último tercio del
ciclo. Todos tenemos este mismo programa. Nos sucedió cuando nos
aproximábamos a nuestro tercer cumpleaños, a nuestro sexto cumpleaños y
a nuestro noveno cumpleaños, y siguió y seguirá durante el resto de
nuestros días. Esto significa que todas las atenciones especiales que
dediques a tu hígado en las fechas próximas a esos cumpleaños especiales
que son múltiplos de tres le darán un empujón adicional mientras él trabaja
381
para darse nueva vida. (Si naciste prematuro y poco desarrollado dispones
de algunos meses más después de cada cumpleaños múltiplo de tres).
He aquí un punto verdaderamente importante. El hecho de que se trate de
células nuevas no significa necesariamente que estén limpias. Si no estás
extrayendo a los alborotadores entre esos cumpleaños, las células nuevas
pueden quedar contaminadas por las células y por los venenos del pasado.
Así es como pueden quedarse las toxinas en tu hígado durante décadas. Este
también es el motivo por el que es fundamental que te limpies con
regularidad de los alborotadores tales como los virus y los metales pesados
durante toda tu vida. Y, como ya hemos visto, el programa de renovación de
las células no significa que los daños, las enfermedades y los tejidos
cicatrizados del hígado vayan a desaparecer al cabo de nueve años, si tú no
estás trabajando activamente para curarlos. Pero si te trazas un estilo de
vida magnífico para tu hígado y si lo haces todo bien para él, aplicando los
recursos de este libro, podrás esperar que este ciclo de renovación te reviva
los tejidos dañados.
Cuando te vayas aproximando a estos cumpleaños especiales, considera
la posibilidad de que te recuerden que hagas un poco más. En las
temporadas anteriores al día que cumplas los 27, o los 36, o los 48, o los 54,
o los 60, o los 75, o los 81, o los 99, o cualquiera de los múltiplos de tres
intermedios, piensa en beber más zumos verdes, comer un poco menos de
grasas, hidratarte más y consumir más alimentos ricos en antioxidantes,
como la fruta. Y en cualquier ocasión intermedia en que practiques el
Rescate del Hígado 3:6:9 o la Mañana de Rescate del Hígado del capítulo
38, estarás contribuyendo a facilitar la posibilidad de que las células de tu
hígado se reemplacen como es debido para que tú te puedas sentir bien.
LA HIEL DE TORO
Hay una moda bastante moderna, basada en un mito, que consiste en
tomar la hiel (es decir, la bilis) de un toro, meterla en cápsulas y dársela a
modo de suplemento a las personas que tienen problemas digestivos. La
teoría parece acertada, casi infalible. Si tenemos dificultades para disgregar
las grasas, y si es posible que estemos produciendo poca bilis propia, el
remedio mágico sería una buena hiel fuerte de toro, ¿no es así? Pues no es
así. ¿Por qué es esto un mito? Porque al hígado humano no le gusta. Si tu
382
hígado fuera capaz de hablar en nuestro idioma, te diría: «Deja de meter la
bilis de otro ser en nuestro cuerpo. ¡Basta!».
Tomando hiel de toro no se arregla el problema de la digestión débil. No
se arregla el problema de que tengas el hígado estancado, o lento, o de que
este tenga un nivel bajo de producción de bilis propia. Uno de los derechos
innatos de tu hígado es el de producir y controlar los niveles de bilis. Esta
información se guarda dentro del mismo hígado, y así este se programa y se
reprograma a sí mismo para darte la vida durante todo el tiempo que le es
posible. Si privas a tu hígado de esa responsabilidad es como si te privas de
tu derecho de elegir cuántos alimentos comes. ¿Y si estuvieras lleno a
rebosar pero no tuvieras el derecho de impedir que te pusieran más comida
en la boca? ¿Y si te obligaran a masticar y a tragar aunque ya estuvieras
superando el límite de la capacidad de tu estómago y ya casi no fueras
capaz de respirar? Pues esto es muy semejante a lo que pasa cuando el
hígado está debilitado por los muchos motivos que hemos visto en este
libro, cuando no es capaz de producir la bilis suficiente para disgregar de
manera eficiente las grasas radicales de diversas fuentes de alimentos, y
entonces se le administra a la fuerza una bilis ajena.
Con todo lo malas que has leído que pueden ser las consecuencias de que
el hígado tenga un nivel bajo de bilis, no son tan problemáticas ni tan
dañinas como lo es añadir al cuerpo bilis de otra fuente. Para el hígado, la
hiel de toro procede de un ser extraño y no es bioidéntica, aunque unos
laboratorios la hayan declarado compatible y «bioidéntica». Esos
laboratorios no han investigado ni descubierto los centenares de compuestos
químicos que existen también dentro de la hiel de toro y que son extraños
para nuestro estómago, para el resto de nuestro sistema digestivo y para
nuestro cuerpo en general. Siempre tenemos que recordar que en cualquier
investigación científica la financiación solo llega hasta cierto punto. En
cualquier tema científico se descubrirían muchas más cosas si se contara
con más financiación. Los viajes espaciales, por ejemplo, estarían a años
luz de lo que tenemos ahora, por así decirlo, si contaran con una
financiación infinita. Cuantos más recursos se destinan a un proyecto
científico, más avanza el proyecto.
La bilis no es ninguna excepción. La realidad es que nadie va a invertir
cientos de millones de dólares en estudiar la bilis para descubrir qué
compuestos químicos existen en la bilis de otro animal que puedan resultar
383
dañinos para el cuerpo humano. ¿Qué tipo de enzimas extrañas y no
descubiertas existen en la bilis de otros seres que pueden alterar el sistema
endocrino o el sistema nervioso central humano, o que pueden producir
enfermedades, o que pueden hacer daño al hígado humano? Estas
investigaciones destinadas a protegerte no se van a llevar a cabo, porque no
hay dinero para ello. La ciencia sabe, como mínimo, que la hiel de toro es la
sustancia equivalente en dicho animal, y que contiene sales minerales
similares, y es lo único que tienen que saber para ponerse a distribuirla.
Como dice el refrán: «Si sirve para el ganso, servirá para la gansa».
Lo cierto es que la concentración de la bilis del toro es muy distinta de la
concentración de nuestra propia bilis, porque un animal que tiene un peso y
tamaño muy superior al nuestro producirá de manera natural una bilis
mucho más fuerte; pero la concentración de la bilis es un campo que está
sin investigar en absoluto. Costaría millones de dólares descubrir solo esto.
Además, la hiel de toro también contiene unos compuestos químicos
pendientes de descubrir que son distintos de los compuestos químicos que
libera nuestro hígado; aunque tampoco van a descubrir esto ni van a
centrarse en ello, porque los investigadores y la ciencia médica tampoco
entienden todavía del todo la bilis humana.
Con todo lo pequeña que puede ser una cápsula de hiel de toro de una
marca fiable, puede producir una conmoción en el hígado. Si en una piscina
se baña demasiada gente durante una semana, orina en ella demasiada
gente, hay demasiado calor, demasiada lluvia que diluye las sustancias
químicas de la piscina, y tampoco había suficiente cloro en un principio, el
agua tomaría algo de color y olería mal; no se podría beber de ningún modo
y habría que refrescarla. En cuanto echas cloro a la piscina se produce una
explosión. Esto se parece a la conmoción que produce al hígado la hiel de
toro. Cuando el hígado se ha vuelto estancado y lento y tiene mucha carga
de metales pesados tóxicos, fármacos, disolventes, fragancias sintéticas,
fijador de pelo, tintes para el cabello, gases del escape de los camiones
diésel que has tenido por delante cuando circulabas por la carretera, y más
cosas, si entonces arrojas a ese montón una píldora de hiel de toro se
producirá una pequeña conmoción.
No es porque la hiel de toro esté matando nada, como lo mata el cloro.
Esta conmoción se produce porque la bilis extraña altera ese equilibrio que
el hígado procura mantener sin cesar. Es un equilibrio esencial para que no
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impere un desorden crónico dentro de un hígado tóxico. Esa conmoción es
como cuando estás en tu trabajo, intentando conjuntar las cinco partes
distintas de un proyecto, y entonces aparece un recién llegado a la empresa
al que dicen que entre en tu ordenador, se haga cargo de tus ficheros y
empiece a manipularlos para intentar ayudarte. Cuando tú sabes lo que
haces y estás procurando combinarlo todo no necesitas la «ayuda» de nadie;
esta no hace más que desequilibrarte a ti y desequilibrar todo el proyecto.
Pues esto es lo que le pasa a tu hígado cuando entra en escena la hiel de
toro: es un ente invasor que viene a interrumpir un proceso en el que ya está
trabajando el verdadero experto. Trastorna el equilibrio del hígado.
Tomar hiel de toro es volver a una antigua teoría que tiene siglos de
antigüedad, según la cual si tienes un problema de riñones te lo puedes
curar comiendo riñones; te puedes curar el cerebro comiendo sesos de
animales, el corazón comiendo corazón, el hígado comiendo hígado,
etcétera. Tomar hiel de toro se puede encuadrar en esta misma teoría de la
medicina convencional de la Edad Media. Aunque se demostrara que es
válida la teoría de que la hiel de toro es un sustituto aceptable de la bilis
humana, habría otra dificultad, la de determinar cuánta hiel de toro debe
tomar verdaderamente una persona. No habría manera de saberlo. Serían
meras conjeturas, porque los investigadores y la ciencia médica ni siquiera
saben cuánta de nuestra propia bilis humana se necesita para llevar a cabo la
tarea. Volvemos a la cuestión de que todavía no se ha investigado lo
suficiente nuestra bilis ni el papel que desempeña.
La hiel de toro contiene unos compuestos químicos que deben
desempeñar unas funciones químicas que no se dan en el cuerpo humano.
Además, contiene unos aminoácidos todavía no descubiertos que no
desempeñan ningún papel en nuestros cuerpos. Cuando consumes hiel de
toro, llena de todos esos componentes adicionales que no puede emplear tu
organismo, los componentes adicionales pasan de tu estómago al duodeno y
más allá, se absorben a través del tracto intestinal y se dirigen al hígado por
la autopista del torrente sanguíneo, lo que significa que el hígado debe
procesar esta sangre llena de hiel de toro extraña.
¿Por qué es esto malo? Imagínate que es como tu mejor amiga, a la que
aprecias y en la que confías desde hace años. Conocéis las historias y los
secretos de la otra; lo sabéis todo la una de la otra.
Y supongamos que vais juntas en coche y tú decides detenerte ante una
385
cafetería. Tú te quedas esperando en el coche mientras tu amiga pasa al
establecimiento para pedir dos cafés para llevar.
E imagínate que la persona que sale de la cafetería, que abre la puerta del
coche, que se instala en el asiento del pasajero y que te entrega un vaso de
café es una persona completamente distinta, que quiere hacerse pasar por tu
amiga. Tiene un aspecto muy similar y dice lo que tiene que decir, y parece
que puede ser tu amiga y confidente, hasta que te das cuenta de que en
realidad es una extraña que no sabe nada de quien eres, ni de tus sueños, ni
de tus disgustos, ni de tus aspiraciones, ni de la historia de tu vida.
Y, además, la impostora huele mal, muy mal; tiene un olor que no eres
capaz de identificar. No es como el olor corporal que tiene a veces tu amiga
después de ir al gimnasio. Es mucho peor; es misterioso y terrible. Te altera
tanto que pierdes la capacidad de funcionar con normalidad, porque estás
demasiado absorta intentando determinar si ese olor representa una
amenaza. ¿Es tóxico? ¿Es dañino? ¿Debes hacer algo al respecto? Decides
tirar el vaso de café a la basura, pedir a esa persona que salga del coche y
marcharte a toda velocidad. Mientras vas por la carretera, perdura el olor, y
tú empiezas a analizar lo que acaba de pasar.
Cuando has tenido tiempo para aclararte las ideas, te das cuentas de que
debes volver a la cafetería; y allí te encuentras a tu amiga de verdad, que te
está esperando en la acera. Cuando sube al coche te pregunta: «¿Dónde te
habías metido?».
Cuando tu hígado se ve obligado a absorber hiel de toro y sus compuestos
químicos, que son extraños al ser humano, se encuentra en la misma
situación en que estabas tú cuando salió de la cafetería una impostora.
Cuando tu hígado se hace cargo de los componentes adicionales de la hiel
de toro para que no te hagan daño a ti, el órgano se encuentra muy confuso.
Ya tiene que reabsorber su propia bilis más tarde para protegerte. La hiel de
toro puede desequilibrar al hígado. El órgano pierde el control de lo que
tiene que hacer en realidad: recoger a su amiga de verdad, que es tu propia
bilis natural y que lo ha estado esperando en la acera.
Cuando tu hígado tiene problemas para producir su propia bilis, lo que
necesita de verdad, en vez de hiel de toro, es un vaso de zumo de apio que
le ayude a restaurarse y a curarse. El hígado identifica las sales minerales
adecuadas en el zumo de apio y las acumula para poder restablecerse y
producir niveles adecuados de bilis. El hígado también necesita que haya
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menos grasas en la dieta. Cuando el médico determina que un paciente tiene
una producción mínima de bilis, se le suele ofrecer hiel de toro, con el fin
de que el paciente siga comiendo grasas en abundancia en su dieta. Casi
todo el mundo ha seguido toda la vida una dieta alta en grasas, entre los
sándwiches de queso a la plancha y las ensaladas César de pollo y las
raciones de pizza y muchas cosas más. El error popular es creer que
tomando hiel de toro ya no tienes que moderar para nada el consumo de
grasas. La realidad es que los millones de personas que tienen disminuida la
producción de bilis deben adoptar dietas bajas en grasas que sean más
acordes con las ideas de comidas que exponemos en el capítulo 38 y con las
recetas del capítulo 39, de modo que el hígado tenga algún alivio del
bombardeo de grasas, a las que se les suele poner la etiqueta de proteínas.
Con un menor consumo de grasas, el hígado puede tener la oportunidad de
desintoxicarse y de restaurar la producción de su propia bilis. Como ahora
está tan de moda comer con muchas proteínas, y el mundo comete el error
de suponer que una dieta alta en grasas es la opción más sana, la gente se
toma la hiel de toro y come más grasas que nunca, sin darse cuenta de que
así se les está agravando el problema.
COMER HÍGADO
La costumbre de comer hígado sigue en pie y es popular por dos motivos:
(1) a muchas personas les gusta de verdad el sabor del hígado; y (2) existe
desde antiguo la creencia de que comer hígado nos sienta bien y de que
resulta especialmente beneficioso para reforzar el hígado mismo y para
criar sangre. La gente añade a los rellenos hígado de pavo; fríen hígados de
vacuno e higaditos de pollo y consideran que los hígados de ganso y de
pavo son un plato exquisito, que se emplea a veces para elaborar el popular
foie gras.
La idea de que comer hígado es bueno para la salud dista mucho de ser
cierta. Cuando la consideramos a la luz de lo que hace tu hígado por tu
cuerpo, de lo que hace y de para qué sirve, podemos apreciar fácilmente que
se trata de un concepto lastimosamente errado.
Para empezar, es raro o casi imposible encontrar en el planeta Tierra un
hígado que esté verdaderamente limpio y sano, ya sea humano o animal. Y
si encontrásemos un hígado hermoso y sano, de un animal criado en un
387
entorno puro y virgen, todavía estaría lleno de las toxinas recogidas del
organismo mismo del animal. Las funciones corporales normales producen
unas toxinas que el hígado debe procesar y guardarse. Si bien es fácil
suponer que un oso o un ciervo criados en un bosque remoto y alimentados
de caza silvestre, de pastos o de otras plantas, tendrían el hígado más limpio
imaginable, no sucede así. Los animales salvajes se encuentran
constantemente en estado de lucha o huida, lo que significa que liberan
constantemente la adrenalina que les hace segregar el miedo. Sus hígados,
como los nuestros, deben hacer de esponjas que absorben todas esas
hormonas sobrantes producidas por el estrés.
Pero el hígado no solo hace de esponja de lo tóxico. Si puede parecer que
comer hígado nos aporta grandes ventajas sanadoras es por lo increíble que
es el hígado en su conjunto. Este órgano glandular maravilloso y potente
contiene y procesa enzimas importantes, oligoelementos, aminoácidos,
antioxidantes y otros fitoquímicos; por eso tiene muchísima lógica suponer
que consumir hígado te puede venir bien. Ahora que estás leyendo este
libro, que estás aprendiendo todas sus funciones y sus compuestos químicos
milagrosos, puede que estés pensando más que nunca: «¿Me sentaría bien
comer hígado? ¿Entraría en mi propio hígado la fuerza de otro?». La
respuesta es que sí, que sorprendentemente, o no sorprendentemente, es
probable que pudiera beneficiarte de alguna manera. Pero esto no debe
conducirte automáticamente a creer que la gente necesita comer hígado;
porque esto tiene otra faceta. Los nutrientes preciosos que conserva el
hígado son como un tesoro de monedas de oro extraordinarias, de
esmeraldas, de diamantes y de otros tesoros de valor inestimable que está
enterrado en las entrañas de la tierra. Y tú dispones de las herramientas para
extraerlo; solo que por encima del tesoro hay otra cosa: residuos nucleares
radiactivos. Lo más probable es que llegues hasta el tesoro sin problemas...
pero que te dure muy poco la vida para gozar de esas joyas y de ese oro,
porque han venido acompañadas de veneno. Esta es la realidad de lo que
contiene el hígado: tesoros y alborotadores. Es como si te dan un elixir que
puede hacerte vivir eternamente, pero que está mezclado con un veneno que
te lo quita todo.
Nos encontramos con el mismo problema que con los suplementos de hiel
de toro: lo que se contiene en el hígado de un animal no será compatible
con el cuerpo humano. Las cosas buenas que están guardadas en el hígado
388
de un animal no concordarán con el funcionamiento de nuestro hígado. Los
hígados de los animales producen y almacenan enzimas animales y
compuestos químicos animales ajustados a las características de cada
especie. Cada una está hecha a la medida del cuerpo físico milagroso de esa
criatura concreta. Nuestros cuerpos humanos no pueden reidentificarlas,
clasificarlas, adaptarlas ni aprovecharlas. La única excepción son las grasas.
Si dentro de un hígado de animal hay grasas, podemos usarlas. Lo malo es
que esas grasas albergan, probablemente, bastantes venenos, porque en las
células grasas del hígado se guardan toxinas. De entre todo lo demás que
hay en el hígado de ese animal, es posible que nuestro hígado pueda
aprovechar algunos oligoelementos, o, si tenemos suerte, puede que algunos
antioxidantes. Pero estos no bastan para compensar la carga tóxica. En
último extremo, tu hígado deberá procesar esos venenos y guardárselos, así
como los compuestos químicos inaprovechables, específicos para los
animales, y esto contribuirá a la sobrecarga de tu órgano.
Si lo que querías era hacerte con las cosas buenas que puede ofrecer un
hígado, tendrías que comerte un hígado humano. ¡No te lo recomiendo,
naturalmente! Además, todo tesoro que se encontrara en un hígado humano
también estaría enterrado bajo un montón de residuos: toda una gama de
metales pesados tóxicos, disolventes, drogas y medicamentos, plásticos,
sustancias químicas misteriosas, virus, bacterias, radiación, DDT y sus
primos (es decir, todos los pesticidas, herbicidas y fungicidas) y cosas
semejantes. Lo malo pesaría mucho más que lo bueno. El canibalismo no
valdría la pena, te lo aseguro.
Aunque ahora podemos reírnos del canibalismo, lo cierto es que en la
medicina convencional de hace 150 años existía la práctica habitual de
consumir partes del cuerpo humano bajo diversas formas. La medicina
alternativa de la época se oponía a esta teoría convencional, por no decir
nada de la costumbre secreta de vender cadáveres en el mercado negro, que
es uno de los aspectos más oscuros de la ciencia del pasado. Uno de los
métodos para consumirlo era poner en remojo en agua huesos humanos,
preparando así un reconstituyente que se parecía mucho a los caldos de
huesos de animales que tomamos hoy. Otro método consistía en comer
pedazos de piel humana para curarse un trastorno cutáneo, y comer partes
de otros órganos humanos para que se reforzaran los órganos
correspondientes de la persona viva. Esta costumbre secreta era fruto de
389
aquella teoría medieval que comentamos cuando hablamos de la hiel de
toro, y que consistía en curar una parte del cuerpo humano con la parte
correspondiente del cuerpo de un animal. Por eso seguimos teniendo hoy
día la teoría de que podemos beneficiar al hígado comiendo hígado.
También a esto se debe que los suplementos de hoy contengan pedacitos de
órganos y de glándulas de animales, con la idea de que beneficien a tus
propios órganos y glándulas. Este razonamiento tiene muchos siglos de
antigüedad y no ha curado jamás a nadie; a pesar de lo cual, se ha
mantenido hasta hoy.
Para protegerte, aprende de los depredadores salvajes. Cuando devoran a
una de sus presas, evitan comerse el hígado. Es el último órgano que se
comen los animales, y se lo suelen dejar a los carroñeros y a los que están
muriéndose de hambre. Los animales que se ven forzados a comer hígado
comerán más brotes tiernos y más raíces en la primavera para limpiarse sus
propios hígados de lo que los ha intoxicado. Estas conductas animales
tienen unos motivos instintivos e innatos. Y a nosotros también nos vendría
bien hacer caso de esos instintos.
390
cuando tenías que salir a las cinco para recoger a tu hija a la salida del
ensayo de la banda, ¿verdad? Y si estás pasando un domingo normal y
tranquilo y, sin previo aviso, se te exige que dejes el bollo en el plato, que
dejes de preparar tortitas para tu niño, que te vistas y que salgas corriendo
para el trabajo, mientras ves que las demás personas van en sus coches a sus
actividades propias del fin de semana... y después te obligan a quedarte
hasta la hora que sea para terminar la tarea, y no te puedes marchar hasta las
dos de la madrugada... esto tampoco encajaría bien con tu vida, ¿verdad que
no? Y supón que, al mismo tiempo que se te ha obligado a cubrir estas
exigencias de trabajo extraordinarias, también tuvieras que producir
volúmenes de trabajo cada hora, más producción que nunca en toda tu vida
profesional. ¿Te recuerda esto a algo? ¿No se parece un poco a un lavado de
hígado, en el que se le está obligando contra su voluntad a limpiarse
siguiendo un programa antinatural, mientras tú te pasas cada hora por el
retrete para ver si has expulsado cálculos hepáticos teóricos y falsos?
(Seguiremos hablando en seguida de los cálculos hepáticos).
Existen muchas limpiezas de hígado disponibles. Algunas son solo para
el hígado. Otras son para el hígado y para la vesícula. Algunas van dirigidas
únicamente a la vesícula. Todas ellas fuerzan al hígado. Cuando tienes un
hijo pequeño y empieza a hacerse mayor, ¿cuál es uno de tus mayores
temores? Que a tu hijo lo manipule alguien que le enseñe a tomar drogas.
No queremos que la voluntad y que las posibilidades de un hijo queden
superadas por una fuerza que no va dirigida a su bien. Pues debemos tener
esa misma idea de protección para con nuestro hígado.
Te limpias mucho mejor el hígado y la vesícula cuando trabajas en el
mismo sentido que ellos, en vez de oponerte a ellos. Si intentas oponerte a
ellos con lavados y con limpiezas que no están equilibrados, tu hígado será
más listo que tú en todas las ocasiones. ¿Te crees más listo que tu hígado?
Para nada. Nunca serás más listo que tu hígado. No quiero decir que no seas
una persona inteligente, ni pretendo que pierdas la confianza en ti mismo.
Solo que ninguno de nosotros seremos nunca más listos que nuestro hígado.
Él no nos van a consentir nada. No lo podemos controlar. El hígado es un
programador, un comité de expertos, por sí solo. Si lo fuerzas, él te fuerza a
ti y rinde menos. Si lo fuerzas más, rinde todavía menos. Si lo sigues
forzando mucho, entra en modo de suspensión, funcionando con la batería
de reserva, esperando a que dejes de hacer tonterías con él. Deja de limpiar
391
por completo, intentando normalizarse y aspirando a la homeostasis. Solo
respira y vuelve a su funcionamiento normal y habitual cuando tú lo dejas
en paz por fin. ¿Te recuerda esto a algo en tu vida? Es un concepto que se
aplica en muchas situaciones: si empujas demasiado, encuentras resistencia,
y tienes que ir con delicadeza...
Tu hígado contiene información antigua, de mucho antes de que nacieras.
Y recuerda que también contiene datos sobre tu vida que tú ni siquiera
recuerdas. Se da cuenta de todas tus mañas porque ya ha tenido que salvarte
el trasero en un episodio tras otro, como cuando te tragaste una
hamburguesa con queso grasiento o te metiste un litro de cerveza en una
fiesta de la universidad. Emplea esta memoria para protegerte. Sabe si has
sido bueno o malo, travieso o agradable. Sabe si has intentado lavarte un
montón de toxinas de una sola vez. Con nuestra mente humana pensamos:
«Que salga todo de una vez». Creemos que estos lavados hacen salir a todas
las toxinas por el tracto intestinal y los riñones, de modo que todo va a parar
al retrete y podemos decirle adiós.
Pero el hígado lo sabe mejor. Cuando se trata de un lavado mal hecho, de
un lavado que fuerza mucho al hígado en contra de su voluntad, esas
toxinas irán a parar a la sangre. Aunque nosotros no seamos conscientes de
ello, el hígado sí sabe que si todos esos venenos entran en la sangre de una
vez, representan una amenaza directa para el corazón y para el cerebro. Una
oleada de lodo y de residuos tóxicos que se encaminan a las válvulas y a los
ventrículos de nuestro corazón no es el concepto que tiene el hígado de las
vacaciones ideales. Podría provocar irregularidades del ritmo cardíaco,
sobreesfuerzo del corazón, subida de la adrenalina y confusión de las
señales eléctricas del corazón, todo ello mientras nosotros nos ocupamos de
buscar cálculos en el retrete.
Por cierto, esas piedras no son cálculos en absoluto. Son glóbulos de
grasa procedentes de esos lavados llenos de aceite. El exceso de aceite de
oliva en el colon se coagula y forma bolas gelatinosas, que se expulsan y
que, lamento decirlo, en muchos casos se toman por centenares de cálculos.
Espero que esto no te siente mal, lector. Tienes derecho a conocer la verdad:
que son señales de que tu cuerpo intenta salvarte de todo ese aceite. (Verás
algo más en el mito siguiente).
Hablemos de pasada de los lavados de vesícula. Vimos en el capítulo 34
que los lavados a base de aceite tampoco son el tratamiento ideal para
392
quitarse los cálculos de vesícula. He visto a lo largo de los años demasiados
casos de personas que han hecho que los cálculos les pasaran al conducto
biliar y se han tenido que operar de urgencia. Existe una manera mejor de
librarse de los cálculos biliares, y consiste en disolverlos, como ya hemos
dicho.
Y existe una manera mejor de limpiarse el hígado; una manera que
funciona en el mismo sentido que él en vez de oponerse a él, y que termina
por ser más eficaz que ningún protocolo diseñado por el hombre. La
veremos en el capítulo 38.
393
conductos hepáticos, y la gente que tiene el hígado enfermo y tóxico sufriría
terriblemente. Los hospitales estarían llenos de millones de personas que
necesitarían intervenciones quirúrgicas de emergencia para extraerles los
cálculos hepáticos; y ya existiría un método quirúrgico muy popular para
realizar estas intervenciones, pues la cirugía es un campo en que la
medicina moderna sí brilla. Sería una operación tan común o más que la de
los cálculos renales.
Si una persona se hace un lavado de hígado y ve «piedras» o supuestos
cálculos en el retrete, en realidad se trata de alimentos y residuos del tracto
intestinal mezclados con el aceite de los potingues que se ha tomado para la
limpieza. ¿Y si una persona se está haciendo una limpieza de hígado en la
que no entra el aceite de oliva, e incluso es completamente libre de grasas?
En tal caso, todavía saldrán trozos de residuos de alimentos que se despegan
de las paredes del revestimiento intestinal, mezclados con las grandes
cantidades de combinaciones de hierbas medicinales que se suelen ingerir
para la limpieza, y que se pueden expulsar junto con mucosidad del tracto
digestivo; y así, cuando te parece que estás viendo cálculos con las heces,
no lo son.
La moda de los lavados de hígado ha cobrado vida propia, aunque
muchos profesionales del campo de la sanidad no son conscientes de cómo
funciona verdaderamente el hígado. Nadie es perfecto, ni siquiera los
profesionales ni los sanadores; todos cometemos errores. Ahora, la clave es
volverte a levantar, rehacerte y hacerlo bien. No temas dejar atrás una cosa
que resultó ser errónea aunque tú habías llegado a creer en ella.
LA INTOLERANCIA A LA FRUCTOSA
Si te crees el mito de la intolerancia a la fructosa y de la mala absorción
de la misma, te quedarás sin poderte curar el hígado. La confusión que reina
acerca de la intolerancia a la fructosa está relacionada estrechamente con el
hígado. Cuanto más tóxico está tu hígado, más puede parecer que tienes
intolerancia a la fructosa, cuando en realidad no la tienes en absoluto. La
lactosa (el azúcar de los lácteos) y la fructosa son dos criaturas muy
distintas. Por ejemplo, los virus y las bacterias de todo el cuerpo se
alimentan desenfrenadamente de la lactosa procedente de los lácteos, tal
como hacen con el gluten. Cuando una persona tiene una carga bacteriana o
394
vírica elevada que no se le ha diagnosticado, y esos patógenos se alimentan
del gluten, entonces a esa persona se le puede terminar haciendo un
diagnóstico de un trastorno intestinal, como la enfermedad celíaca. En
realidad, la enfermedad celíaca no consiste en que el cuerpo se ataque a sí
mismo; es que unos patógenos atacan al cuerpo. La lactosa de los lácteos
también alimenta a los patógenos, lo cual puede agravar síntomas y
trastornos de todo tipo.
El mero hecho de que la actividad bacteriana o vírica en tu cuerpo pueda
dejarte intolerante al gluten no significa que puedas tener intolerancia a la
fructosa. No debe echarse la fructosa al mismo montón que la lactosa solo
porque las dos son tipos de azúcar. La fructosa no alimenta a los patógenos.
Es imposible que ningún análisis, en ninguna clínica o laboratorio, aísle a la
fructosa para saber qué es lo que hace esta concretamente dentro del cuerpo,
ya sea positivo o negativo. Los análisis teóricos de la intolerancia a la
fructosa nunca han sido precisos, y lo más probable es que no lleguen a
serlo jamás, porque se basan en un sistema de creencias que está sesgado de
antemano en contra de la fruta. La etiqueta de la «intolerancia a la fructosa»
está integrada en el mismo movimiento anti-carbohidratos sanos y anti-
frutas que priva a la gente de los alimentos mismos que les pueden ayudar a
curarse de sus trastornos crónicos.
El hígado necesita desesperadamente el azúcar de las frutas para
restaurarse y para defenderse de los patógenos. Como la fruta es muy
purificadora, la persona que la consume se limpiará y se desintoxicará más
que con cualquier otro alimento, y esto suele conducir a un error muy
extendido cuando se evalúa la intolerancia a la fructosa. Es frecuente que
las personas que están enfermas crónicamente y que tienen el hígado lento,
estancado o enfermo tengan una reacción, leve o más fuerte, cuando
empiezan a desintoxicarse. Una sola manzana puede limpiarte el hígado de
más maneras de las que nadie se figura, y la salida de todos esos venenos
puede provocar unas reacciones y síntomas propios de la desintoxicación
que confunden tanto al paciente como al profesional de la salud, sobre todo
si la dieta general no va dirigida a la limpieza.
Casi todos los profesionales de la sanidad que caen en el sistema de
creencias de la intolerancia a la fructosa creen también en las dietas altas en
grasas, bajo un nombre bonito u otro. Hasta las dietas de eliminación (en las
que se experimenta con diversos alimentos para determinar si provocan
395
reacción, con lo que algunas personas pueden llevarse la sensación de que
estas dietas están hechas a su medida) siguen siendo dietas altas en grasas.
Con una dieta alta en grasas, la sangre sigue estando tóxica, y el hígado
también; y cuando la persona come fruta, que limpia el hígado y lo
desintoxica, esos venenos no tienen dónde meterse, porque la sangre está
muy llena de grasas y de toxinas. Las reacciones resultantes se califican
inevitablemente de intolerancias a la fructosa o de una mala absorción de la
misma, con lo que se priva a la gente de comer lo que les podría servir de
gran ayuda. Solo llegan a alcanzar un alivio temporal de los síntomas, pero
no una curación a largo plazo.
Otro factor importante de lo que la gente cree que es intolerancia a la
fructosa es, en realidad, resistencia a la insulina, de la que hemos hablado
en el capítulo 2, «Tu hígado adaptogénico», y en el capítulo 15, «Diabetes y
desequilibrio del azúcar en sangre». Cuando no se entiende que la
resistencia a la insulina es tener demasiadas grasas en la sangre y el hígado
tóxico y estancado, es posible que se eche la culpa a la intolerancia a la
fructosa.
Pues bien, se distingue entre la intolerancia a la fructosa, que se suele
llamar intolerancia hereditaria a la fructosa (IHF), y la mala absorción o
malabsorción de la fructosa. Ni el concepto ni los análisis son exactos en
ninguno de los dos casos. La IHF no es verdaderamente genética: el gen
ALDOB y una deficiencia de la isoenzima de la aldolasa B no tienen nada
que ver con los síntomas que puede tener una persona por comerse una
pieza de fruta. En primer lugar, nadie carece por completo de la isoenzima
de la aldolasa B. En segundo lugar, cuando esta isoenzima está reducida, no
es más que una entre docenas de otras enzimas y centenares de otras
funciones químicas que ni siquiera están en el punto de mira de los
investigadores y la ciencia médica y que se reducen cuando el hígado está
disfuncional. Al centrarse en la aldolasa B y al atribuir su carencia a
problemas con la fructosa, los expertos caen en la trampa de no permitirte
comer precisamente el alimento que devolvería la salud a tu hígado
estancado y lento, lo que permitiría que se recuperase la aldolasa B, así
como el resto de las enzimas y de las funciones químicas. La IHF no es más
que una teoría; por eso hablamos de ella en este capítulo dedicado a los
mitos. (Y digamos, de paso, que solo una proporción muy pequeña de
personas tienen una reacción cuando comen fruta; es más común reaccionar
396
a los edulcorantes tales como el azúcar refinado). Los síntomas que parecen
deberse a comer fruta dependen completamente de la intolerancia a las
grasas, que procede, a su vez, de la disfuncionalidad del hígado. La etiqueta
de la IHF no es más que una trampa para hacerte creer que el problema es el
azúcar de las frutas, mientras las industrias protegen el consumo de grasas.
Recuerda: se echa la culpa a los genes de todo lo que no se entiende, y si tú
te dejas llevar por ese camino, te privarán de la solución misma que te
ayudaría a curarte el hígado para quedar libre de síntomas.
En el caso de la mala absorción de la fructosa, los expertos creen que los
análisis captan el exceso de fructosa en tu organismo, lo que significa que
no has sido capaz de absorberla. Lo que no entienden es que, en realidad,
tienes el tracto intestinal lleno de grasas rancias que no se están disgregando
porque tienes el hígado débil, lento, estancado, disfuncional, enfermo y,
probablemente, pregraso, que necesita atención. Cuando te metes en el
sistema gastrointestinal una pieza de fruta, esta hará que el análisis de mala
absorción salga positivo, tanto porque el azúcar de la fruta no tiene dónde
meterse (porque el tracto digestivo está revestido de grasas putrefactas y
endurecidas), como porque la fruta está intentando limpiarte el sistema
gastrointestinal y curarte el hígado. Los profesionales de la sanidad
interpretarán el resultado del análisis como que la fruta no te está dando
buen resultado, y seguirán recomendándote muchas proteínas animales
como fuente principal de calorías... que fueron precisamente el factor que te
redujo las reservas de bilis a lo largo de los años, haciendo que las grasas se
quedaran rancias y se te adhirieran al revestimiento del intestino delgado y
del colon.
Si las personas redujeran el consumo de grasas, minimizando, a su vez, la
proporción de grasas en sangre, ya no tendrían síntomas al comer fruta ni
darían positivo en los análisis de problemas de fructosa; porque, de entrada,
nunca tuvieron ningún problema de intolerancia a la fructosa ni de mala
absorción de la misma. El hígado se les empezaría a curar, a reforzar y a
funcionar mejor; la fruta podría aportarles todavía más beneficios, y
empezarían a estar mejor, con independencia del diagnóstico que les hayan
hecho, de IHF o de mala absorción de la fructosa. Los que diseñan las
dietas altas en grasas empiezan a descubrir la verdad de que al incorporar a
las dietas más alimentos vegetales la gente obtiene mejores resultados, y
esas dietas nuevas con nombres bonitos empiezan a contener menos grasas.
397
No daremos un paso más hacia la curación hasta que la gente supere su
miedo a las frutas y empiece a añadir a su dieta diaria algo más que una
manzana verde y un puñado de bayas.
398
sí mismo. Como no entienden que esta teoría de la autoinmunidad es
inexacta, no les queda más recurso que echar toda la culpa a las lectinas, y
creen que las lectinas son un problema, en parte, porque supuestamente
confunden al cuerpo y hacen que se vuelva en contra de sí mismo. Mientras
tanto, te quitan los alimentos que te pueden curar, como las frutas y
determinadas verduras, raíces y tubérculos, con lo que acabas comiendo
más grasas y dañándote el hígado.
Las lectinas de las frutas y las verduras no nos hacen daño. No te dejes
confundir por ninguna fuente de información que te quiera hacer creer que
las lectinas son como los alcaloides tóxicos que producen, como mecanismo
de defensa, algunas plantas silvestres que no son adecuadas para el
consumo humano. Hay brotes, ramitas y plantas que, si las mordisquea un
ciervo, emiten alcaloides para repeler a ese ciervo y a otros animales e
insectos que pudieran dañarlas más. Nosotros ya no comemos esos
alimentos, porque sabemos que son tóxicos para nosotros, y su toxicidad no
se debe siquiera a las lectinas. Las frutas y las verduras cultivadas, e incluso
las plantas silvestres que sabemos que son comestibles, pertenecen a una
categoría completamente distinta; sin embargo, las están poniendo en el
mismo montón que a las plantas que contienen alcaloides problemáticos. Lo
repito: las lectinas de los alimentos que comemos no nos hacen daño.
Existen determinadas proteínas que no se encuentran en las frutas ni en
las verduras y sí en artículos tales como los productos lácteos, los huevos y
determinados cereales, incluido el trigo, que sí alimentan a los patógenos,
produciendo inflamación. Pero las lectinas no se cuentan entre ellas. Como
verás en el capítulo 36, «Los alborotadores del hígado», conviene ser
prudentes con los lácteos, con los huevos y con algunos cereales. En los
lácteos, en los huevos y en el trigo existen docenas de proteínas y de
compuestos en los que pueden fijarse los expertos en su propósito de aliviar
las enfermedades crónicas; y, sin embargo, intentan fijarse en los que no son
problemáticos, las lectinas. Es paradójico. Sí, ten cuidado con los alimentos
ricos en gluten. No, no tengas miedo de las patatas, ni de los tomates
frescos y maduros: yo he visto cómo curaban hasta a enfermos graves.
Hasta he visto hace poco que las patatas salvaban algunas vidas.
Estate atento a las posturas anti-lectinas, y ten prudencia a la hora de
creértelas. Este error de moda seguirá provocando confusiones en la
práctica de la curación. Es una nueva campaña antifrutas, un nuevo plan
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tendencioso para impedir que comas las frutas que te curarán el hígado y el
cuerpo; es una nueva excusa para disimular la ignorancia de los
investigadores y la ciencia médica sobre las causas de las enfermedades
crónicas. No consientas que te despoje a ti y a tus hijos de lo que necesitas
para seguir el camino de la curación.
EL VINAGRE DE MANZANA
El vinagre de manzana (VM) o vinagre de sidra ha recibido alabanzas
extraordinarias en los últimos tiempos por ser bueno para el estómago y
para el resto del tracto digestivo. Se cree que produce alcalinidad en el
sistema gastrointestinal, que alivia el reflujo ácido y que es bueno para la
hinchazón. Lo están alabando todavía más como limpiador de la vesícula y
del hígado.
Las manzanas son milagrosas de suyo. Son maravillosas para la digestión.
Recogen las bacterias, los parásitos, los virus y el moho de todo el sistema
gastrointestinal y los eliminan. Producen un entorno alcalino estable donde
hace falta. También contribuyen a curar la diverticulitis y a reducir la
inflamación en el estómago y en el tracto intestinal. Las manzanas son
increíblemente limpiadoras y sanadoras para la vesícula y para el hígado.
No solo desintoxican extrayendo cuidadosamente los sedimentos de estos
órganos, sino que también ayudan a disolver los cálculos biliares. Pero
estamos hablando de las manzanas, y no del vinagre de manzana. La sidra
de manzana es muy útil para todo lo que he dicho, pero no lo es el vinagre
de sidra. El zumo de manzana es utilísimo para todo lo que acabo de citar,
pero no lo es el VM. La salsa de manzana también es estupenda para todo
ello, pero no el VM. El VM no produce alcalinidad ni te limpia el
organismo; las manzanas, sí.
¿Conoces el dicho «hay que estar a las duras y a las maduras»? Lo que
solemos querer decir con esto es que sabemos que con las cosas positivas de
la vida también se van a presentar algunas negativas. Y que aunque
acabemos pasando por cosas malas, las buenas bastarán para compensarlas.
Es un compromiso, un toma y daca, un esperar que lo bueno termine por
pesar más que lo malo. Por eso se trata de un punto de vista positivo:
aunque vengan cosas malas con las buenas, se compensarán, como mínimo.
En el caso del vinagre de manzana, hay algunas cosas buenas pero hay
400
muchas malas, y la cosa no llega siquiera a igualarse a un cincuenta por
ciento. Las cosas buenas nos las dan los aminoácidos, los minerales, los
oligoelementos, los fitoquímicos y otros nutrientes procedentes de las
manzanas que se emplean para elaborar el vinagre... suponiendo que el
vinagre se haya fermentado y conservado debidamente y que contenga
«madre», es decir, microorganismos vivientes. Entonces proporciona, al
menos, alguna nutrición, aunque la «madre» no seguirá viva mucho tiempo
después de su llegada al estómago. Hasta el ácido clorhídrico más suave es
capaz de quitar la vida a estos microorganismos.
Entiéndelo: el vinagre de manzana es el más sano que puedes usar si eres
aficionado al vinagre. Si no puedes vivir sin echarte un poco de vinagre a la
ensalada, el VM es el que debes elegir. Entonces, si sé que es el mejor
vinagre, y si me encantan las manzanas por lo buenas que son para
nosotros, ¿por qué no soy un gran defensor del VM? Si no soy partidario
del VM es por el mismo motivo por el que nadie debería ser partidario de
ningún vinagre: porque si hay una cosa que aborrece nuestro hígado, esa
cosa es el vinagre. Si tu hígado tuviera voz, lo gritaría a los cuatro vientos.
El hígado odia el vinagre tanto como odia el alcohol. Con el alcohol, el
hígado se va poniendo borracho y disfuncional poco a poco. Con el vinagre,
el hígado se queda incapacitado de un modo distinto. Las células hepáticas
se esfuerzan por mantenerse equilibradas y por funcionar mientras luchan
por el oxígeno, porque el vinagre roba el oxígeno a la sangre y al hígado,
tan disimuladamente como un ladrón.
A algunas personas les parece que se han curado una irritación de
garganta con vinagre de manzana, y lo cierto es que son muchas más las
personas que se irritan la garganta por tomar VM. Algunas personas se
alivian la hinchazón gastrointestinal con VM, pero son muchas más las que
se hinchan mucho por tomar VM. Algunas personas se alivian el reflujo
gastroesofágico con vinagre de manzana, pero son muchas más las que
sufren el peor ataque de reflujo gastroesofágico por haber tomado VM.
Algunas personas se alivian el dolor de vesícula con VM, pero a muchas
más les da un ataque muy grave de vesícula por tomar VM. Aunque parezca
que el VM nos está aliviando un problema, lo malo siempre pesa más que lo
bueno. Y esto es así porque el hígado paga un precio, sin que nosotros lo
veamos.
401
En esencia, cuando consumimos vinagre, el hígado tiene que luchar para
no quedarse encurtido como un pepinillo en vinagre. Para preparar un
encurtido en vinagre hace falta sal y vinagre. Lo más probable es que el
vinagre de manzana crudo y ecológico y que contiene «madre» no tenga
sodio añadido. Pero se acaba por añadir sal al vinagre cuando el VM te
llega a la sangre y al hígado. Necesitamos un cierto nivel de sodio en la
sangre para sobrevivir, y por eso nuestra sangre es un poco salada, como
también es salado un mar vivo. (Una parte del sodio procede de fuentes no
exploradas, incluidas las sales minerales microrresiduales que obtenemos al
consumir los alimentos adecuados, como el apio). El hígado también
conserva una cierta cantidad de sodio; una de sus funciones químicas
consiste en liberar sodio en momentos de gran necesidad, para que haya el
sodio suficiente en la sangre. Así pues, aunque no tomemos sal con el
vinagre, habrá la sal suficiente en nuestros órganos y glándulas y en nuestra
sangre para mezclarse con el vinagre que consumimos. Y como
consecuencia de esta reacción del vinagre con el sodio se produce un
proceso de encurtido.
Podría alegarse que este proceso de encurtido no es el mismo que se
produce cuando alguien conserva una verdura u hortaliza en un tarro para
que le dure todo el invierno. Pero es una variedad del encurtido que se
produce de manera interna. Comernos una ensalada aderezada con vinagre
de manzana no es lo peor que puede pasar al hígado. Pero se puede ir
sumando. Si estás empleando VM en un lavado o si te lo estás tomando a
cucharadas cada día porque dicen que te sienta bien, el volumen acabará
afectando al hígado a largo plazo, y este terminará por tomar represalias.
Antes de que la manzana se convirtiera en vinagre, era neutra o alcalina.
Cuando te comes una manzana, esta puede llevar al estómago y al tracto
intestinal a un nivel superior de alcalinidad sin alterar la zona de
neutralización del estómago, es decir, la capacidad de este para equilibrar
todo lo que entra en él antes de que pase al duodeno y al resto del tracto
intestinal. (Tu estómago puede estar alcalino sin dejar de tener una variedad
de ácido clorhídrico muy fuerte; tu estómago no es un entorno único). A la
manzana se la espera en el estómago. Fue uno de los primeros alimentos
que se otorgaron a la humanidad para que lo consumiéramos. Para el
hígado, es un premio potente y merecido. ¿Has trabajado alguna vez de
firme en tu vida, ya fuera en un proyecto, en una tarea, ayudando a alguien,
402
con un fin benéfico, o en la tarea vital de mantenerte a flote, y te has
concedido después a ti mismo, como premio, una experiencia que sabías
que te encantaría? Puede que esta fuera un día libre, una visita a la playa, un
paseo por el parque... Una manzana es la gran recompensa que se otorga al
hígado por todo el trabajo que hace.
A diferencia de una manzana, el vinagre de manzana, como cualquier otro
vinagre, llega al estómago siendo extremadamente ácido. El hígado le debe
poner freno inmediatamente, aplicando todas sus reservas para procurar
alcalinizarlo o, al menos, neutralizarlo. El VM se resiste, y su carácter ácido
es tan fuerte que el estómago pierde la batalla en muchos casos. En vez de
alcalinizarte el sistema gastrointestinal, hace lo contrario. Debilita el ácido
clorhídrico, disgrega los jugos gástricos y sigue su camino siendo todavía
ácido. En esencia, se trata de un ataque al estómago y al tracto intestinal. Al
principio, cuando el vinagre se va abriendo camino por las cañerías, el
hígado empieza a ponerse un poco histérico. Poco después, el hígado recibe
una breve porción de acidosis. Aunque es temporal, dura lo suficiente para
dejarlo atontado, como cuando un amigo te da un cachete en el rostro para
hacerte volver en ti cuando cree que tienes un momento de histeria.
¿El vinagre de manzana es malo del todo? No. Hay cosas mucho peores.
Lo importante es lo siguiente: el vinagre de manzana está lejos de ser un
tónico intestinal ni un limpiador del hígado. No es un alimento milagroso.
La salsa de manzana sí que es un alimento milagroso y curador para el
hígado y para la vesícula. Pero el vinagre de manzana... es un insulto para el
hígado, como lo son los demás tónicos a base de vinagre. Ya sé que hay un
movimiento importante a favor de los alimentos fermentados, y que a la
gente le gustan mucho. Pero la verdad no tiene nada que ver con lo que te
guste a ti ni a mí. Es una cuestión de lo que querría tu hígado. Tu hígado
tiene unas necesidades. ¿Te preparas cada día una lista de tus necesidades?
«Tengo que hacer tal cosa»; «Tengo que comprar tal otra»; «Tengo que
conseguir tal otra». Pues bien, el hígado también tiene una lista de
necesidades, y en esa lista no figuran los alimentos fermentados, ni el
vinagre de manzana, ni ningún otro tipo de vinagre. Así como el hígado es
un almacén, nosotros podemos acopiar muchas cosas en nuestras vidas.
Para que no se nos llenen los armarios a rebosar, procuramos rechazar lo
que sea antes de que llegue a entrar en nuestra casa. «Ahora mismo no
necesito unos patines»; «Ya tengo muchas toallas de playa, no necesito una
403
nueva»; «No gracias, ya tengo un cepillo de dientes eléctrico»; «No
necesito esas velas de olor, muchas gracias». Si tu hígado pudiera rechazar
el vinagre de manzana de este modo, lo rechazaría. El hígado no necesita el
VM.
La popularidad del vinagre de manzana está sirviendo, al menos, para que
la gente se acuerde de las manzanas. Si tu hígado pudiera hablar, cada vez
que visitas la tienda de alimentos naturales aquello parecería un juego
infantil. Cuando te fueras acercando al pasillo de los vinagres de manzana,
tu hígado te iría diciendo: «Caliente, caliente... en la botella dice manzana.
Eso está bien...». Cuando tomaras la botella, te gritaría: «¡No! Casi, pero no
es eso. Inténtalo otra vez». Y cuando pasaras ante la sección de vegetales y
te saltaras toda la fruta porque tu dieta de moda alta en grasas te dice que la
evites, tu hígado te diría a voces: «¡Para! ¡Para! ¡Coge las manzanas!». La
manzana es una verdadera fuerza motriz y un milagro para el bienestar en
todas sus formas... salvo fermentada.
A pesar de todo lo dicho, si quieres tomar un poco de vinagre de
manzana, no pasa nada. Es el mejor vinagre de todos. Puede que no importe
que tomes un poco de cuando en cuando, si te apetece mucho en un plato
especial. La mayoría de la gente no lo usa en cantidad, de entrada; y como
condimento es más sano que la mayoría. Contiene los nutrientes que le da la
manzana, gracias a Dios. Pero en lo que respecta a emplear el VM en
cantidades mayores para limpiarse el hígado, debes tener claro que se trata
de un mito. Si lo que quieres es curarte el hígado, no te tomes dosis de
vinagre de manzana y sustitúyelo por unas manzanas sin fermentar.
404
Pero aquí es donde empiezan los problemas. Para empezar, el café es
fuerte, brusco, extremadamente ácido, deshidratante, muy astringente y
demasiado estimulante. Es una droga. No lo olvides: puedes desarrollar
adicción, y a esto se debe, en parte, que mucha gente se haya aficionado
tanto a él como tónico curativo en forma de enema. Todos estos
inconvenientes del café pueden no ser graves para una persona a la que le
apetece beberse una taza de café. Cuando el café entra en el estómago, la
historia es completamente distinta que cuando entra directamente en el
colon en forma de enema. Nuestros estómagos están preparados para
hacerse cargo de una bebida. Puede que el café no sea lo ideal para nuestro
estómago. Es cierto que tiene la capacidad de plantear dificultades al
entorno gástrico, a su pH, a sus niveles de ácido clorhídrico; pero esto
puede no tener mayor importancia en personas con tolerancia gástrica.
También tiene la posibilidad de ser duro para el sistema nervioso en las
personas con sensibilidades, síntomas y trastornos relacionados con lo
neurológico, como ansiedad, temblores, hormigueos, insensibilidad, niebla
mental, dolores y molestias, insomnio y piernas inquietas, por citar solo
unos pocos. Muchas personas que se encuentran en estas situaciones, así
como las que tienen debilidad de estómago, reflujo gastroesofágico,
problemas de páncreas, problemas de vesícula y trastornos y dificultades
digestivas como el Crohn, el SII y la colitis, han llegado a la conclusión de
que se sienten mejor evitando el café. Las personas que no tienen estos
problemas podrán disfrutar del café, porque sus estómagos son capaces de
detener el golpe ejerciendo de primera línea defensiva.
El café no debe seguir más camino que el del estómago. Allí existe un
entorno controlado con medidas de protección incorporadas para
salvaguardarte. Cuando entran sustancias en el estómago, saltan señales de
alarma para que se preparen el páncreas, el hígado y el tracto intestinal. Ya
se trate de un bote de refresco, de un vaso de leche, de un parásito adquirido
comiendo en un restaurante o de una taza de café, su dispersión se delega
debidamente, de modo que, cuando la sustancia llega por fin a la sangre, ya
está desactivada parcialmente. Esto forma parte de la capacidad milagrosa
del estómago de equilibrar y neutralizar todo lo que entra en él. Es como un
submarino sumergido en las profundidades del mar de tu cuerpo, cuyo
objetivo principal es que no se manipulen sus sistemas. Todo debe
mantenerse en calma, tranquilo, contenido y organizado; de lo contrario, se
405
produciría una catástrofe. Pero cuando se produce la llegada al tracto
intestinal de alimentos, líquidos o fluidos de cualquier tipo, medicinas,
parásitos o bacterias, buenas o malas, a través del recto, esta protección del
estómago no se aplica. Cuando lo que llega a este entorno es una cosa suave
y delicada, no plantea ninguna amenaza. Pero si se trata de una sustancia
tan fuerte como el café, ya es otra historia. El carácter ácido del café y su
efecto de ataque al sistema nervioso son demasiado intensos, con mucho,
para que el colon los pueda afrontar por sí mismo.
Y cuando entra por allí alguna cosa brusca o tóxica, sea la que sea,
cuando no pasa por los puestos de control que tiene montados el estómago,
el hígado se vuelve muy vulnerable. Para el hígado, el estómago es como
ese amigo que siempre te cubre las espaldas. El estómago también sabe que
el hígado está trabajando para cubrir sus necesidades; de modo que es como
una relación familiar de apoyo mutuo. El hígado no está hecho para afrontar
una amenaza ni un ataque directo. Cuando llega tal ataque, incitará
inmediatamente a las glándulas suprarrenales a que liberen adrenalina como
mecanismo de defensa, a pesar de que el hígado aborrece el exceso de
adrenalina, porque deberá absorberlo para protegerte. Pero en esta situación
se sirve de la adrenalina como de un ejército de soldados que libran batalla
armados de fusiles y de cuchillos.
Los enemas de café desencadenan estas subidas de adrenalina. La
adrenalina que encarga el general, el hígado, es para avisar al corazón de
que puede haber problemas. Esto puede parecer un recurso extremo. Un
enema de café parece muy inofensivo. Analizado lógicamente no parece
que sea una amenaza; parece que es un protocolo seguro. Si lo comparamos
con muchos otros protocolos convencionales que se emplean en medicina y
que son verdaderamente peligrosos e inseguros, el enema de café sí que
parece poca cosa. Pero así es como lo analizamos con la mente. Sin
embargo, el que manda es el hígado, y el hígado considera que el enema de
café es problemático.
Tiene lugar, además, una segunda subida de adrenalina, que es la que
produce la cafeína misma del café. Cuando el café no sigue la ruta habitual,
por el estómago, el duodeno y el intestino delgado, que habría delegado la
cafeína adecuada y debidamente de la manera más delicada posible, de
modo que ya llegaría desactivada a la sangre y así protegería a tu corazón
del asalto de la cafeína, sino que entra en el tracto intestinal por el recto,
406
entonces las suprarrenales se disparan por otro motivo. Esto se debe a que
la cafeína misma está descontrolada. Llega a la sangre inmediatamente, sin
que haya intervenido el ácido clorhídrico ni otros componentes de los jugos
gástricos, ni la bilis, para desacelerarla.
Esta es una cosa de la que deben ser conscientes las personas que tienen
sensible el sistema nervioso o problemas con las suprarrenales. Estas
personas ya tienen problemas con la cafeína, de entrada. Estoy seguro de
que hay personas con mucha ansiedad que no saben que el café se la agrava
y que por eso se las suele ver pidiendo café en la cafetería, al mismo tiempo
que se están controlando la ansiedad con medicamentos ansiolíticos. Y
también hay muchos que sí saben que el café los pone nerviosos. Cuando se
aplica un enema de café a las personas de ambos grupos, les puede
desencadenar o agravar mucho un síntoma como la ansiedad. A los
profesionales de la sanidad (a pesar de que ellos trabajan con toda su buena
voluntad y con interés) se les enseña a decir que experiencias como estas
son síntomas de la desintoxicación. Lo cierto es que la adrenalina y la
cafeína de un enema de café pueden ser excesivas para el cuerpo, porque el
sistema digestivo es, prácticamente, nuestro segundo sistema nervioso
central.
A los que se están preguntando si, dejando aparte todo esto, es cierto que
el hígado se limpia con un enema de café, les diré que, si bien el enema de
café puede forzar al hígado a purgarse un poco, también se produce un
efecto de bumerán. Los venenos que salen del hígado no se expulsan del
cuerpo, sino que terminan inevitablemente por volver al hígado, porque no
se están limpiando de una manera segura; el hígado envía compuestos
químicos a la sangre para que intenten localizar y acorralar a todas las
toxinas escapadas que sea posible, con el fin de proteger al cerebro y al
hígado. La adrenalina que hace salir el hígado y que desencadena la cafeína
también se pone a circular en seguida, y el hígado la absorbe. Es decir, que
tras un enema de café el hígado puede terminar más tóxico de lo que estaba.
Al hígado no le gusta que lo fuercen a limpiarse; de modo que cuando
entra café directamente en el colon, el hígado puede cerrarse casi por
completo, adoptando de momento el modo de funcionamiento de «batería
baja» con el fin de prepararse para funcionar de manera potenciada al cabo
de unos segundos o de unos minutos, cuando tendrá que trabajar al máximo
para afrontar la invasión de adrenalina y de venenos.
407
Un enema puede ser enormemente depurativo para el hígado cuando, en
vez de café, el enema contiene un poco de limón recién exprimido disuelto
en agua pura destilada o purificada por ósmosis inversa. El agua destilada y
la purificada por ósmosis inversa no nos ofrecen minerales cuando las
bebemos; pero, en un enema, esta agua hace salir las impurezas, y el zumo
de limón fresco la vuelve más eficaz. Un enema de este tipo es más eficaz
que un enema de café porque no obliga al hígado a pedir a gritos que se
libere adrenalina, y tampoco hay presente cafeína que también libera
adrenalina. Si no te gustan los enemas, no es necesario que te lo apliques en
absoluto.
LA REMOLACHA
Corre por ahí desde hace mucho tiempo la idea de que la remolacha es lo
que necesita el hígado. Se considera que es un alimento que cura el hígado
y cría sangre. ¿Es cierto que las remolachas nos sientan bien? Sí, son un
alimento muy potente, y es verdad que ayudan al hígado a limpiarse y a
curarse un poco... si son ecológicas y se garantiza que no son transgénicas,
cosa difícil de encontrar en estos tiempos con toda la polinización cruzada
que se produce. Con la contaminación transgénica, los cultivos como el
maíz se han vuelto problemáticos, y lo mismo pasa con las remolachas que
se cultivan para la elaboración de azúcar, para conservas y para tintes
industriales. La polinización cruzada se está convirtiendo en un problema
de tal magnitud, que hasta muchas remolachas de cultivo ecológico para el
consumo en fresco pueden estar dañadas desde la semilla. Pero el motivo
principal de salud para que te abstengas de comer remolachas no es este. El
motivo principal es que puedes comer cosas mucho mejores. Por ejemplo,
la pitaya roja, también llamada fruta del dragón, que puedes encontrar en
paquetes preparados para elaborar smoothies, en la sección de congelados,
o bien en forma de polvo puro, es mucho más curativa para el hígado y más
criadora de sangre de lo que puede llegar a serlo la remolacha. Al fin y al
cabo, si te vas a tomar la molestia de cultivar o de comer algo por un
motivo concreto, ¿no te conviene saber qué es lo mejor, en realidad? Los
arándanos silvestres son mucho más limpiadores del hígado que la
remolacha, como también lo son los espárragos y las coles de Bruselas.
Hasta la manzana supera a la remolacha con gran diferencia.
408
No tienes por qué dejar de comer remolachas si te gustan. Pero debes
tener presente que no las estarás comiendo para tu hígado. Lo que ofrecen
las remolachas de cultivo ecológico y no transgénicas es una variedad de
oligoelementos, vitaminas, antioxidantes y otros fitoquímicos, así como
valiosa glucosa que puede resultar útil para aportar energía general y
curación a todo el organismo. (Pero ten cuidado con las remolachas
transgénicas: son destructivas).
Al mismo tiempo, debes ser consciente de otra cosa. Todos los coches
normales tienen cuatro ruedas y un motor, y, al menos, andan. Pero ¿te
quedarías con cualquier coche viejo? ¿O preferirías elegir un coche con
menos kilómetros, mejores frenos, airbags que funcionen, y los demás
accesorios modernos a los que ya nos hemos acostumbrado? Tal como son
los coches modernos, ¿te comprarías uno que no tuviera aire acondicionado
ni elevalunas eléctricos? No te lo comprarías, a menos que fuera el único al
que pudieras aspirar, o que fueras un coleccionista de coches clásicos... y la
remolacha no tiene nada de clásico. La culminación de la belleza clásica
sería una manzana. De modo que, si a lo que aspiras es a curarte el hígado,
¿por qué no optas por la manzana milagrosa, cuya pectina vale más que
todas las ventajas que puede ofrecer la remolacha? Y si lo que buscas es un
coche bonito, si comes remolachas por el valor de su rico colorido, ¿por qué
no optas por los pigmentos turbo de la pitaya roja o de los arándanos
silvestres? La idea de que la remolacha es roja, tu sangre es roja y tu hígado
es rojizo no es motivo, por sí solo, para comer remolachas para el hígado.
Los antioxidantes milagrosos, no descubiertos todavía, que se encuentran en
la pitaya y en los arándanos silvestres valen más. También valen más las
propiedades purificadoras de la sangre, de la linfa y del hígado que se
encuentran en los espárragos y en las coles de Bruselas. Para una verdadera
limpieza del hígado, no tienen comparación. Si te gusta comer las
remolachas que cultivas tú mismo en tu huerto, no lo dejes. Cultivar las
remolachas, sacarlas de la tierra, limpiarlas, preparar las raíces y las hojas y
comérselas aporta unos beneficios curativos, e incluso tiene algo de
majestuoso.
Ahora que tienes una noción más clara del lugar que ocupa la remolacha
en el esquema general de los alimentos sanadores, estás bien informado, del
mismo modo que quieres estar bien informado, sin duda, cuando estás
eligiendo un coche en el concesionario. En último extremo, depende de ti.
409
En esta vida te quedan por delante un número determinado de comidas. Tú
serás quien decida sus componentes.
EL AGUA ALCALINA
Ya hace bastantes años que se propugna el agua alcalina como esencial
para mantener la salud. Algunos expertos afirman que el agua más
adecuada para nuestras necesidades es la que tiene un pH de 9,5. ¿Lo es?
Adecuada, ¿para qué necesidades? ¿Para las necesidades de una teoría de la
digestión elaborada por el hombre? ¿Para las necesidades de unas empresas
de agua embotellada que quiere adelantarse a la competencia? ¿Para
satisfacer nuestra necesidad mental de sentir que estamos haciendo algo por
nuestra salud?
Y ¿qué hay de las necesidades del hígado? Estas son las que siempre
pasamos por alto. Entonces, vamos a dar al hígado lo suyo. ¿Qué es lo que
necesita el hígado? ¿Nos limpiará el hígado un agua ionizada con el pH
cada vez más alto? No; lamento decirte que no.
No es que yo me oponga totalmente al agua muy alcalinizada o ionizada,
tomada en pequeñas dosis, porque hay una cosa segura: que el agua,
probablemente, estará pura y limpia. Al menos, no se trata de agua del grifo
barata, embotellada con sabores naturales (glutamato monosódico) y
vitaminas baratas, industrializadas, y electrolitos que son, en esencia, sal
barata de la que se echa a las carreteras, a la que le ponen una bonita
etiqueta para que la gente la compre a modo de reconstituyente para
después del ejercicio. Pero no pretendo hacer un monólogo anti-agua
alcalinizada. Los embotelladores de muchas aguas lo hacen a conciencia, o
al menos lo hacían a conciencia en un momento dado. Existen sistemas de
filtrado de agua de alta calidad e ionizadores magníficos, y agua
embotellada también magnífica y de alta calidad. Todo hace falta.
Pero todo esto es una cuestión de nuestros hígados. He visto y oído
muchas veces a personas que toman su agua muy alcalinizada con la
intención de curarse el hígado. Lo cierto es que, cuando entra en el
estómago un agua de alcalinidad muy elevada, sucede algo de lo que no son
conscientes los investigadores y la ciencia médica, ni las comunidades
médicas, ni la industria del agua alcalina. La base es la siguiente. No debe
salir del estómago nada líquido que no se haya equilibrado, nivelado,
410
neutralizado, desmontado, disgregado y reconstituido. Se desmonta, se
vuelve a montar y se reconstruye antes de que emprenda su viaje por el
tracto intestinal y por el torrente sanguíneo hasta el hígado. Como digo
siempre, habrán transcurrido siglos desde ahora y la sociedad seguirá sin
saber lo que les sucede a los alimentos y a los líquidos cuando entran en
nuestro estómago. Fingiremos saberlo, pero no sabremos ni la mitad.
Lamento decirte que el mejor amigo de tu hígado y su primera línea de
defensa no eres tú. Aunque nuestros hígados son nuestros mejores amigos,
nosotros no somos los mejores amigos de nuestros hígados. Los miembros
de la raza humana hemos demostrado a nuestros hígados que aquí
mandamos nosotros. Comemos lo que queremos y hacemos lo que
queremos, sea bueno o malo para nuestros cuerpos. En nuestra vida llega
siempre un día en el que debemos reconocer las necesidades de nuestro
hígado, confiar en él e intentar convertirnos en sus mejores amigos, aunque
él no confíe en nosotros todavía; porque el hígado humano no confía en la
mente humana, al menos no de manera automática. Llevamos siglos sin
merecernos la confianza de nuestros hígados, y tampoco nos hemos ganado
la confianza de nuestro hígado a lo largo de nuestra vida. Tenemos que
ganarnos el respeto del hígado. En quien confía tu hígado es en el
estómago; ese es su mejor amigo.
Cuando entra en el estómago agua muy alcalina, el estómago debe dejarlo
todo. ¿Recuerdas alguna ocasión en la que hayas tenido que interrumpir lo
que estabas haciendo y correr a atender a otra cosa? Pudo tratarse de una
llamada telefónica o de un plazo límite repentino en el trabajo, o de que te
diste cuenta de que llegabas tarde a una cita, o de que no habías oído el
despertador. Pues esta es la situación en que se encuentra tu estómago
cuando tiene que centrarse en bajar el pH de esa agua muy alcalina hasta el
nivel adecuado para que pueda servir de algo. Nos metemos en el estómago
cosas que creemos que están bien, y él tiene que ajustarlas a nuestras
verdaderas necesidades. El estómago también debe hacer ajustes cuando
bebemos agua ácida. El agua del grifo es bastante ácida, como también lo
son algunas aguas embotelladas que proceden de embalses y han pasado por
un simple filtrado. Sea cual sea el desequilibrio, y aunque solo se trate de
agua, el estómago tiene que poner en juego toda su energía, sus reservas y
su combinación de siete ácidos, y el páncreas su fuerza y sus enzimas, para
cambiar la estructura del agua y llevarla hasta un punto en que el estómago
411
percibe que se puede dispersar de manera segura al resto del cuerpo con los
mejores resultados.
¿Qué tiene que ver esto con el hígado? Para empezar, si una persona se
bebe de una vez un volumen importante de agua alcalinizada, ionizada, de
pH elevado, lo más probable es que el estómago tenga que dejar de cumplir
con su deber. No puede guardarse tanta agua durante mucho tiempo,
durante el tiempo necesario para arreglar el desaguisado y reorganizarlo.
Pasa lo mismo si se consume de una vez una cantidad importante de agua
ácida. El estómago tendrá que dar salida al agua de uno u otro tipo, sobre
todo si la persona tiene también algún tipo de problema gastrointestinal; y
un problema gastrointestinal ya es, de suyo, un problema de ácido
clorhídrico bajo y un problema de hígado. Así pues, cuando rebosa el
exceso, tiene que entrar en acción el hígado. El hígado no culpa al estómago
de no haber cumplido; él sabe quién es el responsable. Para ayudar al
sistema digestivo, el hígado libera una tanda de bilis distinta de la normal,
una bilis que no va dirigida principalmente a disgregar las grasas, sino que
está elaborada para que atrape al agua en los intestinos hasta que esta bilis
especial haya elevado su acidez o haya bajado su alcalinidad hasta un nivel
aceptable. Es una más de las funciones químicas del hígado que están por
descubrir.
Esta variedad especial de bilis está compuesta de minerales, enzimas y
combinaciones complejas de hormonas que el hígado tiene guardadas
dentro de sí a largo plazo, junto con un compuesto químico que forma una
película pegajosa y mucosa. El hígado tiene que contar con sus reservas
para producir esta bilis, y es un proceso que supone un retraso costoso y que
no hace ningún bien al hígado ni al estómago, aunque a ti sí te hace el bien
de reparar el error que acabas de cometer sin saberlo. Este trabajo adicional
al que sometes al hígado también significa que este no podrá dedicar
energía a la limpieza mientras tiene ocupados sus recursos en la
neutralización del agua.
Nada de esto significa que tú no puedas gozar de los beneficios del agua
muy alcalina. Esto no quiere decir que sea tóxica o mala. Si te gusta, y si
crees en ella, estoy contigo, desde luego. Puedes jugar con tu máquina
ionizadora y hacerte tu propia agua alcalina, si te parece que esta tiene
verdaderos poderes curativos. Pero ten presente que no es ni curadora ni
limpiadora del hígado, y no la consumas en grandes cantidades ni la
412
emplees como agua potable de uso habitual. Tómala como medicina, en
cantidades muy reducidas que no fuercen al hígado a soltarla antes de que
esté preparada. Y aprende a equilibrarla con el agua que sí gusta a tu hígado
y que emplea en volúmenes más elevados para limpiarse, es decir, el agua
con un pH de entre 7,5 y 8,0. Este pH más neutro es perfecto para el cuerpo,
y para procesarlo no se requieren reservas adicionales. A tu estómago no le
costará un trabajo adicional neutralizarla, ni tu hígado se verá obligado a
emplear una bilis elaborada expresamente. Tu hígado podrá seguir con sus
tareas dirigidas a mantenerte en buen estado en ese momento. Cuando te
estás metiendo en el estómago constantemente agua muy alcalina es como
si estuvieras dando a tu hígado golpecitos en la espalda y lo estuvieras
distrayendo una y otra vez cuando está ocupado con un trabajo importante.
Tenlo presente y selecciona bien los momentos en los que tienes la
seguridad de que no te importa interrumpir a tu hígado. De lo contrario,
toma agua neutra. Si quieres ser más hábil, mezcla con agua de entre 7,5 y
8,0 de pH algo de jugo fresco de limón o de lima; esto bastará como
proceso de ionización, y el agua se volverá más alcalinizante para el
organismo sin que ni tu estómago ni tu hígado tengan que forzarse para
nada. De hecho, te ayudará a limpiarte el hígado como es debido.
Contando con estos conocimientos, te habrás acercado tanto más a
ganarte la confianza de tu hígado. Ahora que estás libre de la posibilidad de
forzarlo sin saberlo, tu poder para curarte ha aumentado de forma
exponencial. Pero existe un mito más acerca del hígado del que no podemos
dejar de tratar para que tú poseas todos los conocimientos que necesitas, y
se trata de un mito del que ya he hablado no pocas veces a lo largo del libro:
la moda de las grasas altas. Como es un ente por derecho propio, lo
exploraré más a fondo en el capítulo siguiente.
413
Capítulo 35.
La moda de las grasas altas
414
en un sentido convencional, del mismo modo que las proteínas se
mantienen en un sentido médico convencional, y ahora también en el
alternativo.
En la medicina alternativa antigua no imperó nunca la ley de las
proteínas. Los curadores alternativos de tiempos pasados, de la década de
1920, por ejemplo, no tuvieron jamás a las proteínas por la fuente más
elevada. Creían en las verduras, en las frutas, en las patatas, en otros
vegetales feculentos, en los frutos secos y en las semillas. No prestaban
especial atención a las proteínas, porque sabían que estos alimentos
contenían de sobra todas las proteínas necesarias. La medicina
convencional, por su parte, se casó con las proteínas cuando llegamos a la
era de la industria cárnica animal y procesada. La industria de la carne
procesada trabajaba de acuerdo con el gobierno y tomó sus decisiones
comerciales recogidas en forma de contratos, y sumó después sus fuerzas a
las del mundo de las farmacéuticas, hasta que llegó a adoctrinar a toda la
industria médica convencional para que se tomaran decisiones que tenían
un cierto sentido en un momento dado y con las que se ponían los intereses
monetarios por delante de los intereses físicos de las personas. Estos
contratos privilegiados siguen existiendo en alguna parte, en cajas fuertes;
no son de dominio público. Y no eran unas pintorescas recetas secretas de
galletas. Eran unas decisiones que se tomaron en nuestro nombre sin
consultarnos. No se votó nada; no se hicieron asambleas; no se nos informó
ni se nos pidió nuestra opinión para realizar unos tratos comerciales
privados que siguen llenando de confusión nuestras vidas décadas más
tarde.
En la década de 1970 el mundo de la medicina empezó a ser consciente
de que un exceso de grasas no era bueno. Fue un despertar que era
francamente positivo, un atisbo de luz con el que cayeron en la cuenta de
que el exceso de grasas era malo para el corazón. Pero este descubrimiento
no se llevó a cabo como es debido, y sus posibilidades de progreso se
hundieron. Desembocó en una moda de las dietas bajas en grasas que no
tenía sentido. Y no lo tenía porque las dietas «bajas en grasas» de la época
eran, en realidad, altísimas en grasas. En estas dietas se aumentaban las
raciones de proteínas animales de todas clases, incluidas las carnes,
mientras se mantenía la ilusión de que eran bajas en grasas porque evitaban
los aguacates, las aceitunas, el coco, los aceites, los frutos secos y las
415
semillas. Dichos alimentos estaban prácticamente prohibidos. Se
consideraban especialmente venenosos el coco y los aguacates, y si un
profesional de la medicina se los recomendaba a un paciente, lo tenían por
un irresponsable. Los estantes de los supermercados se llenaban de
productos «bajos en grasas» y «sin grasas». Pero, atención: no eran
productos sanos; solo eran, supuestamente, bajos en grasas o sin grasas. La
gente creía que triunfaba al evitar la manteca y el azúcar de la tarta de
chocolate, para sustituirlos por proteínas animales que estaban llenas de
grasas.
Estas dietas con contenido máximo de grasas surgieron sin que nadie se
diera cuenta de ello, por un error que se pasaba por alto entonces y que se
sigue pasando por alto ahora: no se daban cuenta de que proteína animal
equivale automáticamente a grasa animal. No queremos ver la realidad de
que las proteínas animales contienen grasas, y esto era lo que se pretendía a
principios de la década de 1930. Este era el plan maestro: centrarse en las
proteínas y hacer caso omiso del contenido en grasas. Y les dio resultado.
Cuando te has criado con unos padres y unos abuelos centrados en las
proteínas, no puedes huir de esta regla. La palabra proteínas se apodera de
nosotros de alguna manera, como si nos hubiera mordido un zombi y nos
hubiésemos convertido nosotros mismos también en zombis.
De manera que, a principios de la década de 1970, todo el mundo empezó
a comprar productos bajos en grasas y sin grasas y, al mismo tiempo, a
comer el doble o el triple de proteínas animales (cargadas de grasas), con lo
que, en esencia, duplicaban o triplicaban el consumo de grasas, a pesar de
haber cerrado la puerta a las grasas sanas de la antigua medicina alternativa,
como las de los aguacates, cocos, frutos secos, semillas y aceitunas. Al
mismo tiempo, mantenían bajo el nivel de carbohidratos y evitaban el
azúcar a todo trance, aunque lo tomaban por otra vía: en forma de alcohol.
El consumo de alcohol alcanzó su máximo histórico a principios de la
década de 1970. La gente hacía dietas en las que se privaban de
carbohidratos, y esto les provocaba una reacción emocional y la necesidad
de obtener azúcar del modo que fuera. Es un proceso similar al que
pasamos hoy día con las dietas de moda altas en grasas, altas en proteínas y
bajas en carbohidratos. Los que las siguen procuran no privarse de su vino o
de otras bebidas alcohólicas, o caen en atracones de azúcar porque las dietas
les producen una carencia. Las dietas «bajas en grasas» de la década de
416
1970 fueron uno de los primeros errores basados en una idea correcta.
Tenían buenas intenciones; tenían en cuenta que el consumo elevado de
grasas no nos sentaba bien, pero estaban mal diseñadas, porque no tenían en
cuenta una pieza del rompecabezas, a saber, esa conspiración económica de
la década de 1930 dirigida a convencernos de la ley de las proteínas. Así
pues, aunque los observadores de la década de 1970 iban bien encaminados
cuando se dieron cuenta de que la gente estaba enfermando y de que las
dietas con grasas altas estaban causando problemas, la puesta en práctica
fracasó al instante, sin que nadie se diera cuenta de que la causa era la ley
de las proteínas. Las dietas de hoy día siguen cometiendo estos errores
bienintencionados. Ahora las cosas son un poco distintas, y esto es lo que
vamos a ver a continuación.
417
pacientes no notaban ningún beneficio, y a otros les empeoraba la salud con
el tiempo, parecía que se estaban derribando barreras en el mundo de la
medicina, porque la medicina convencional estaba prestando atención por
fin. Hasta entonces, la medicina convencional no se había centrado, en
general, en las dietas ni en la alimentación; no se sabía gran cosa acerca de
ellas. En el mundo de la medicina convencional predominaba la creencia de
que la dieta no tenía nada que ver con las enfermedades ni con la curación,
aparte del hecho de que un exceso de carne roja no era bueno para el
corazón. Ahora estaban apareciendo en la medicina convencional
tendencias en las que los médicos querían saber más, aprender más, trabajar
más con los alimentos; querían sacar más partido a los alimentos, porque
sabían por experiencia propia, o por haber visto las experiencias de otros, o
por haber tenido noticia de las experiencias de los médicos alternativos, que
en las facultades de Medicina no se les estaba enseñando lo suficiente
acerca de los alimentos sanadores. De modo que se atrevieron a saltar las
barreras habituales y a adentrarse por caminos alternativos y holísticos; por
caminos que habían seguido los médicos y los herboristas alternativos a
costa de sufrir oposición, desprecios, humillaciones y descrédito, e incluso
de ir a la cárcel por enseñarlos. Solo en los Estados Unidos, fueron
centenares los médicos alternativos que fueron a la cárcel o que perdieron
sus carreras profesionales a lo largo del siglo , sin más culpa que haber
hecho algo distinto. En la actualidad, la gente da por sabidos sus avances, y
las opiniones personales sobre la salud alternativa se exponen libremente y
sin problemas; no son conscientes de cómo se consiguieron estos derechos
ni de lo que tuvo que suceder en el pasado para que pudiésemos hablar con
libertad en el presente. Cuando llegamos a la década del 2000, los
profesionales médicos que se habían formado en la medicina convencional
y que veían por fin lo que podía ofrecernos la medicina alternativa
empezaron a crear modelos médicos híbridos. La medicina alternativa ya no
era el lobo solitario ni la oveja negra. Los profesionales de la medicina
convencional ya estaban combinando la sabiduría alternativa de, por
ejemplo, las verduras verdes de hoja y los zumos verdes, con sus dietas
convencionales a base de alimentos menos procesados y de proteínas más
magras. Se convirtieron en los profesionales de la medicina funcional y
holística y en los médicos alternativos de nuestros tiempos.
418
En algún momento dado empezaron a darse cuenta de que existían
límites. Resultó que con prohibir el pan y los cereales no se resolvían los
misterios de la vida ni se suprimían las enfermedades crónicas. Y un exceso
de carne, de pollo y de otras proteínas animales en la dieta no estaba dando
los resultados necesarios. De modo que empezaron a crear dietas más
híbridas todavía y a dar entrada a los aguacates y a los cocos (que antes se
consideraban peligrosamente grasos) y a las mantequillas de frutos secos y
de semillas de alta calidad (que antes también habían despreciado y
prohibido). Las dietas populares de hoy día son dietas híbridas altas en
proteínas: altas en proteínas «magras» de calidad, en grasas vegetales, en
verduras de hoja, en zumos verdes y en vegetales, y con solo un poco de
fruta. Todo se ha ido formando a base de pruebas y de errores, de los errores
del pasado y de robar al mundo de la salud alternativa las perlas del éxito
que tanto había costado descubrir. Se había ridiculizado a los sanadores
porque ofrecían dietas más razonables, pero ahora están apareciendo
detalles de estas dietas en la medicina oficial. Esta historia no la conoce
nadie, y conviene que la sepas tú para que tengas algo de perspectiva.
¿Es esto mejor que las dietas del pasado, a base de alimentos procesados?
Sí, lo es. ¿Está aliviando a la gente sus síntomas? Sí, a mucha gente. ¿Está
curando las enfermedades crónicas? No. ¿Tiene nombre propio cada nueva
versión que aparece de esta dieta híbrida? Sí, lo tiene. ¿Son todas lo mismo,
aparte de los nombres? Más bien. Aunque estas dietas pueden tener
pequeñas diferencias aquí y allá, se trata del mismo modelo, del mismo
núcleo. No cabe duda de que son mejores que sus antiguas predecesoras, las
dietas altas en proteínas y altas en grasas, y contribuyen a que la gente evite
la comida basura, los fritos, los bollos, las galletas y la mayoría de los
alimentos procesados, cuando los pacientes están comprometidos. Es muy
probable que el paciente advierta algunos resultados en cuanto a su
inflamación general. Lo que debemos recordar es que el modelo médico ni
siquiera sabe cuál es la causa primera de la inflamación, ni por qué se
reduce con una dieta determinada. La teoría es que la inflamación es
autoinmune y que surge porque el organismo ataca a los tejidos; o bien,
creen que un alimento determinado es la causa directa de la inflamación, o
que el alimento está desencadenando una respuesta autoinmune en el
organismo.
419
Pero sigue sin parecerse a lo que podría ser. Para que los médicos
tuvieran verdadera inspiración sobre los alimentos sanadores, tendrían que
prestar atención a los herboristas, a los naturópatas y a los médicos
holísticos, que estaban obteniendo resultados con sus pacientes mucho antes
de las dietas híbridas altas en grasas de nuestros tiempos. Estos eran
médicos y otros profesionales de los años sesenta, setenta y ochenta, o
incluso de hace cien años o más, que no contaban con una tecnología mejor;
solo contaban con un mejor sentido dietético, y tenían que sufrir el
desprecio y el rechazo del mundo de la medicina y de los gobiernos porque
recomendaban a los pacientes que se centraran en los alimentos vegetales.
Antiguamente, las comunidades alternativas hacían dietas basadas
principalmente en los vegetales; aunque los profesionales de la sanidad
tenían que tener prudencia, porque si corría la voz de que estaban
recomendando otro tanto a los pacientes, podían perder su medio de vida.
En el siglo , las tabernas que servían carne eran los restaurantes de
comida rápida de la época; se podía ir allí a beber cerveza y a clavar el
diente en una ración enorme de carne. Los médicos de ideas alternativas
observaban que estas comidas no eran buenas para el sistema
gastrointestinal ni para el corazón, y por eso fueron recomendando reducir
las fuentes animales de alimento e introducir más alimentos vegetales.
Cuando la alimentación se fue industrializando, los de ideas alternativas
observaron también que la comida envasada y enlatada no era de la mejor.
Sabían que ya conocían la receta para aliviar las dolencias; muchas de las
cuales procedían del hígado, lo supieran ellos o no.
420
Los médicos observan que cuando aumentan los carbohidratos de mala
calidad en una dieta, la salud de los pacientes se deteriora; y no saben por
qué, aunque es fácil culpar a los carbohidratos. Y nadie se da cuenta de que
el problema es la combinación del azúcar con las grasas. Cuando van
juntos, chocan.
La gente se dio cuenta por casualidad de que comerse un mousse de
chocolate podía no ser la mejor opción después de una cena a base de
bistec, de modo que siguieron haciendo las cenas a base de bistec
suprimiendo el mousse, sin tener idea de que, en realidad, esta no es
solución. Terminaron por atacar a los carbohidratos y al azúcar bajo todas
sus formas. Como los médicos creen que el problema es el azúcar, suprimen
el azúcar de la dieta y se quedan con las grasas; y es cierto que así pueden
descender los niveles de A1C, puede desaparecer la prediabetes, y puede
mejorar la diabetes si la persona también hace ejercicio. Pero nadie conoce
la verdadera razón por la que se produce una diferencia al reducir el
consumo de carbohidratos; creen que es porque el azúcar es problemático
de suyo o porque hace malas pasadas al cuerpo. Esto ha llevado a señalar
como culpable al que no lo es. La solución no es suprimir el azúcar sano. La
respuesta para una verdadera curación a largo plazo, sobre todo de una
enfermedad crónica, es suprimir las grasas radicales.
Grasas y azúcar: una combinación que se encuentra en todas partes, tanto
en los Estados Unidos como en el resto del mundo. Salsa barbacoa dulce
con costillas con grasa, acompañadas de mazorcas de maíz con mantequilla.
Patatas a lo pobre con cebolla y kétchup. Pizza con salsa de tomate dulce,
corteza de trigo hecha con trigo y queso grasiento y aceitoso que también
está lleno de lactosa (el azúcar de los lácteos). Cerdo con arroz. Pollo frito
con puré de patatas. Queso con galletas saladas. Queso a la plancha con
mantequilla. Pan con mantequilla. Un sándwich común, es decir, pan con
carne de cualquier tipo, porque en él se combinan los carbohidratos del pan,
que se disgregan y se convierten en azúcar, con la grasa de la carne. Y
después se le añaden todos los complementos, y ya tienes una comida que
puede ser un sándwich de atún (grasas y azúcar) con mayonesa (grasas),
una bolsa de patatas fritas (grasas y azúcar) y un refresco (azúcar). Es lo
que hemos estado haciendo desde siempre, y no da resultado por muchas
razones de salud, algunas de ellas conocidas y otras absolutamente
desconocidas para los investigadores y la ciencia médica. Si te has saltado
421
el capítulo 15, «Diabetes y desequilibrio del azúcar en sangre», puede
interesarte volver atrás y leer la información más detallada que encontrarás
en él.
Y ¿qué hay de las proteínas? ¿Acaso las proteínas de las comidas que
acabamos de citar no están por encima de todo la demás, ya que las
proteínas mandan? Y las personas que siguen dietas de moda suelen
incorporar proteínas «magras». Entonces, ¿cuál es el problema? Pues he
aquí la trampa de las proteínas: que vienen acompañadas de muchas grasas.
Así es como sobreviven las personas que siguen dietas altas en proteínas y
sin carbohidratos: están obteniendo calorías de las grasas, lo sepan o no.
Los médicos sabían antiguamente que la carne contiene grasas. Esto, por
algún motivo, se ha convertido en una verdad olvidada y oculta de la
medicina, y por eso debemos ser nosotros los que lo recordemos y lo
veamos. La gente tenía miedo a los frutos secos y al coco porque sabían que
contenían grasas. Ahora se aceptan más, porque se aceptan más las grasas.
La gente prefiere el pollo, sin saber que el pollo contiene más grasas que las
que podrían llegar a contener jamás los frutos secos o el coco; hacemos
como que la pechuga de pollo no tiene grasas y como si fuera únicamente
una fuente de proteínas. Si a las fuentes de proteínas se les quitaran las
grasas, las personas que hacen dietas altas en proteínas y sin carbohidratos
se morirían de hambre, literalmente; aunque, al menos, morirían creyendo
que estaban obteniendo las proteínas suficientes. Hablaremos más de las
proteínas en el capítulo 38, «El Rescate del Hígado 3:6:9».
Como has leído en el capítulo 2, «Tu hígado adaptogénico», nunca
sabemos, en realidad, cuánta grasa hay en un alimento determinado. Hay
muchas grasas ocultas, hasta en lo que nosotros creemos que es magro. Las
tablas de información nutricional que vemos en los envases son
estimaciones y valores medios; porque, piénsalo: ¿tú tienes la misma
proporción de grasa corporal que tus vecinos, que el resto de tu familia?
No; todos sois distintos. Pues lo mismo puede decirse de los pollos del
gallinero, de las vacas en el prado, de los peces en la piscifactoría y de la
caza en la naturaleza. Son individuos con cuerpos distintos, y cada granja
cría a los animales domésticos de manera diferente. Por ello, los gramos de
grasas por ración serán enormemente variables. Lo mismo sucede con los
frutos secos, con las semillas y con otras proteínas vegetales: cada árbol y
cada planta serán distintos. Pero como las empresas de alimentación tienen
422
que normalizar el etiquetado (no pueden analizar, medir y pesar el
contenido de grasa de cada pollo y de cada nuez antes de envasarlos), nunca
podemos saber con seguridad cuánta grasa estamos consumiendo de verdad.
Suele ser mucha más de la que creemos; por ello, estamos consumiendo
mucha más grasa de la que somos conscientes. Lo que leemos en el envase
no es exacto; no puede serlo. Hay dietas que afirman que son bajas en
grasas para el hígado, pero siguen conteniendo grasas ocultas porque
contienen, por ejemplo, mucha pechuga de pollo. Eso no es lo que quiere el
hígado en realidad.
PERDER LONGEVIDAD
Con una dieta alta en grasas, estrictamente baja en carbohidratos o sin
carbohidratos, hasta las personas más comprometidas acabarán por rendirse
y darse un atracón para cubrir sus necesidades de azúcar. ¿Qué son las
necesidades de azúcar? Pues bien, ya sabes lo que es el azúcar en la sangre.
Es lo que nos sustenta y lo que nos mantiene vivos, la glucosa. Además de
esta, los depósitos de almacenamiento de glucógeno impiden que se te
atrofie el cerebro, te mantienen fuerte el hígado y mantienen funcionando
otras partes vitales de tu cuerpo para que sigas vivo. Cuando se hace una
dieta alta en grasas y baja en carbohidratos, el corazón se va cansando poco
a poco. Ansía que la persona se coma esas bayas que le están permitidas
con la dieta, porque las necesita desesperadamente y quiere el azúcar que
contienen, aunque sea poco. Aunque en realidad no será lo adecuado, será
suficiente a duras penas para mantener en marcha el corazón; porque el
corazón es un músculo que necesita glucosa para sobrevivir. Al mismo
tiempo, el corazón tiene que hacer un esfuerzo para bombear la sangre por
el cuerpo, por el contenido elevado de grasas en la sangre. El cerebro y el
hígado controlan el glucógeno que tienen almacenado, y cuando empieza a
faltar transmiten unos mensajes que incitan a la persona que sigue la dieta
baja en carbohidratos a romper la dieta y comerse dos raciones de pizza en
casa de un amigo, una bolsa de patatas fritas con la comida, una tableta de
chocolate del minibar del hotel o un trozo de chocolate ecológico que las
incita en la tienda de alimentos naturales. Si cambias el planteamiento e
introduces en la dieta la glucosa de alta calidad de las frutas y de los
vegetales feculentos (recuerda los CLF, los carbonatos limpios
423
fundamentales de los que hablamos en el capítulo 13), a la vez que reduces
las grasas para que el azúcar natural pueda llevar a cabo su tarea, entonces
el cerebro y el hígado ya no se ven obligados a hacer sonar las señales de
alarma que te hacen apoderarte del primer producto lácteo o del primer
helado de coco que se pone a tu alcance.
Cuando estás comiendo grasas radicales, algunos de los alimentos
mejores con que puedes acompañarlas son las verduras de hoja, otras
verduras y hortalizas, limones, limas, naranjas, tomates, apio, pepinos y
pimientos rojos. Puede ir bien un poco de fruta dulce con las grasas; por
ejemplo, si quieres añadir algo de mango a una ensalada con aguacate, no es
el fin del mundo. Por otra parte, un smoothie de aguacate y plátano no es
ideal, al menos que sea para dar de comer a un niño pequeño. Una manera
magnífica de separar las grasas de los azúcares a lo largo de tu jornada es
hacer un aperitivo de fruta (acompañada de algunas verduras de hoja,
rodajas de pepino o palitos de apio, si lo deseas), unos 20 minutos antes de
una comida que contenga grasas radicales. De este modo, la glucosa tiene
tiempo para dispersarse, pero te llena, de modo que ya no necesitarás tomar
raciones tan grandes de grasas radicales. Si buscas más orientación: cuando
puedas, plantéate evitar la combinación de las grasas radicales con los
carbohidratos sanos, tales como las patatas, los cereales sin gluten o las
judías, o con los carbohidratos malsanos como el azúcar refinado. También
resulta útil evitar añadir más grasas a las proteínas animales. Al guisar las
proteínas animales con aceite, al freírlas, o al añadirles mantequilla o un
huevo, se multiplican las grasas, con lo que tu hígado tiene más trabajo
todavía.
Si suprimes los carbohidratos durante demasiado tiempo, se te puede
acortar la vida. Lamento tener que dar esta noticia. No es nada divertida, y
enfada mucho a la monarquía de las grasas altas y los carbohidratos bajos.
Es como acercarse a una colmena y sacudir la rama: las abejas se enfadan y
empiezan a picar. Los dirigentes del sistema de creencias de las grasas altas,
que creen que las grasas altas te ayudan a vivir más tiempo, se enfadan
mucho más. Cuando las personas tienen invertidos en un concepto el
trabajo de su vida y sus recursos, lo que menos quieren oír decir es que
están equivocadas. Han dedicado todo lo que tienen a su proyecto, y les
resultaría casi imposible cambiar de rumbo. También se enfadan porque es
424
muy posible que tengan el hígado inundado de toxinas y de grasas; puede
que tengan el hígado emocional, lento, gruñón e irritado.
La dieta baja en carbohidratos no es una dieta para la longevidad; es una
dieta para la «cortavidad». Por eso se han modificado últimamente las
dietas de moda para introducirles un poco más de carbohidratos que
acompañen a sus altos contenidos en grasas y en proteínas. Los aguacates,
por ejemplo, no solo contienen grasas, sino también algunos azúcares
naturales, y esta fructosa viene a ser la suficiente para que el corazón no se
te lesione o se te muera con una dieta baja en carbohidratos. ¿Sabe
concretamente el experto que ha diseñado la dieta que el azúcar que
contiene el aguacate es el motivo por el que a la gente le va mejor cuando lo
incorpora a sus comidas? Lo dudo. En cualquier caso, están introduciendo
los aguacates y también tienen un poco más de tolerancia con las
mantequillas de semillas y de frutos secos, que también contienen algunos
azúcares naturales, así como carbohidratos que sustentan la vida, como las
bayas y las manzanas, aunque sea en cantidades limitadas. Los expertos
saben, muy en el fondo, que una dieta a base de proteínas animales y sin
carbohidratos no es buena a largo plazo. Por eso, en las dietas más de moda
reducen hasta cierto punto las proteínas animales para hacer sitio para otras
grasas, y obtienen, por casualidad, algunos resultados adicionales.
Las dietas altas en grasas del pasado, con carbohidratos bajos y proteínas
altas, que funcionaban a base de prueba y error, dejaron un rastro de
enfermedad, de lamentaciones y de resultados improductivos. A cada
década que pasa se olvidan más errores, y estos no llegan nunca a corregirse
ni a documentarse como es debido para que aprendamos todos de ellos. En
vez de progresar aprendiendo del pasado, estamos realizando progresos
convulsivos, aleatorios y accidentales, avanzando a tientas hasta que
encontramos por fin una puerta que se abre. Así no tenemos una base sólida
que nos explique por qué enferma la gente o por qué alguien obtiene unos
resultados determinados.
EL MIEDO A LA FRUTA
Con las dietas híbridas, llegamos a un momento de la historia en que
nuestros mejores expertos se encuentran más cerca que nunca de diseñar
unos planes de alimentación que tengan sentido para nuestra salud. Estas
425
dietas no tienen todavía una gran solidez. Si bien es estupendo que la gente
esté limpiando su dieta, en general, de cereales procesados y de otros
alimentos procesados, de comida basura y de comida rápida (y que, gracias
a esto, empiecen a apreciar mejorías en algunos aspectos de su salud), el
caso es que hay un límite. Esto no es la solución definitiva. No es la
respuesta completa. En la mayoría de los casos de enfermedades
autoinmunes y de otras enfermedades relacionadas con los virus (es decir,
en centenares de las enfermedades crónicas más comunes que acosan a la
población actual), estas dietas no bastan para que se produzca la verdadera
curación.
Los smoothies de proteínas con mantequilla de frutos secos y aceite de
coco son un desayuno mejor que los huevos con beicon y patatas a lo pobre.
Pero no son lo mejor. Ya sé que se dice a favor de estas dietas de moda que
parece que sientan bien a los niños con autismo o que ayudan a las personas
que quieren perder peso. Es cierto que algunos niños, que algunas personas
aprecian alguna diferencia en un momento dado. Esto no quiere decir que
las dietas estén curando nada a un nivel básico. Puede que mantengan a
raya los síntomas y que produzcan leves mejorías; y, sí, esto es beneficioso
y tiene importancia. Toda mejoría cuenta. Pero debemos ser conscientes de
por qué hemos obtenido una mejoría, y de cómo alcanzar mayores mejorías;
porque lo que menos te interesa es que tus mejorías se te deslicen de entre
los dedos como si fueran arena, desapareciendo sin que tú llegues a saber
por qué. Necesitas saber más. He visto a centenares de personas que hacían
dietas altas en grasas y se quedaban como estaban con sus síntomas y sus
trastornos, o incluso empeoraban. Los que obtienen algunos resultados al
principio terminan por empeorar más adelante. Dicho esto, debemos
reconocer que estas dietas son bastante mejores que otras muchas cosas que
hay por ahí, sobre todo para personas que no están francamente enfermas
sino que solo tienen algún pequeño síntoma aquí y allá. Si alguien necesita
perder algo de peso y que se le mejoren los resfriados, una dieta de moda de
las de hoy día podría servirle, en muchos casos, para perder peso,
despejarse un poco la cabeza, ganar algo de enfoque y concentración, tener
más energía y bajarse la inflamación, y para sentirse mejor en general.
Y aun así, aunque hay expertos convencidos de que no hay nada mejor
que una dieta alta en grasas, yo he venido a decirte que sí que hay cosas
mucho mejores para ti. Uno de los mayores inconvenientes de estas dietas
426
de moda es que suprimen la fruta. Esto se debe a que durante la última
década, aproximadamente, ciertos profesionales del campo de la medicina
han publicado unas informaciones sobre determinados alimentos que son
falsas y engañosas, y esas informaciones se extienden como una mancha de
aceite. Cometieron un grave error al asociar la fruta a los «carbohidratos
malos». (Puedes leer algo más sobre esto en el capítulo dedicado al «Miedo
a la fruta», en Médico médium. Resumiendo: si oyes decir alguna vez que
«todos los azúcares son iguales», no te lo creas. El azúcar de la fruta es de
una clase aparte y no debe confundirse nunca con un alborotador). Con las
dietas populares de hoy día, si eres un chico o una chica con algún tipo de
problema gastrointestinal o cognitivo, te quitarán la fruta, basándose en la
teoría falsa de que el cerebro está hecho de grasas. Lo cierto es que está
hecho de glucógeno (carbohidrato que es un modo de almacenamiento de la
glucosa) solidificado en tejido blanco muy activo y sostenible
eléctricamente, con pequeños rastros de grasas omega-3 en su interior y a su
alrededor. La mayor parte del cerebro son carbohidratos.
Cuando en estas dietas se suprime la fruta, las grasas pasan a ser la fuente
principal de calorías, y esto puede hacerte daño al hígado con el tiempo, e
incluso matarlo. Quizá no te haga tanto daño al hígado como si te estuvieras
alimentando a base de comida rápida, pero te lo puede desacelerar,
volvértelo más disfuncional y posibilitar la aparición de todas las
enfermedades y síntomas de los que hemos hablado en este libro. Esto es
así aunque seas un monitor de ejercicios que te entrenas constantemente, o
aunque te des paseos con toda regularidad y estés delgado, con un
porcentaje de grasa corporal bajo: aun así, una dieta alta en grasas te puede
sobrecargar el hígado. Estas dietas de moda te harán tener el hígado graso
en cualquier circunstancia, aunque tarden 30 años. Cuando comes muchas
grasas, el hígado se pone graso. Si las grasas de la dieta proceden
principalmente del aguacate, del coco y de las mantequillas de frutos secos,
y estás consumiendo algunos azúcares naturales, al menos puede mejorar un
poco la cosa.
No te dejes asustar por la fruta. Hay informaciones engañosas que
afirman que consumir azúcar conduce a tener el hígado graso, y que comer
fruta hace daño al hígado. Así la gente evita tomar fruta, y se la está
engañando, confundiendo y haciendo daño; la gente se está apartando de su
verdadera longevidad en potencia.
427
UNA FALSA CUMBRE
Escucha: si estás haciendo una de esas dietas altas en grasas y bajas en
carbohidratos, no te asustes. Es mejor que comer fritos todas las noches y
tomarte de postre una ración grande de tarta de chocolate. Pero, al mismo
tiempo, tu hígado desea algo más de las cosas que necesita. Y no quiere
ponerse graso. Lo que no saben los expertos que crean las dietas basadas en
teorías populares es que tu hígado funciona a base de la glucosa y del
glucógeno que tiene acumulado para otorgarte una vida larga y sana,
protegiéndote las suprarrenales, el corazón y el cerebro. Ya conozco esa
imagen de los hombres primitivos que cazaban y recolectaban en los
bosques, comiendo solo puñados de bayas y matando lo que necesitaban
para sobrevivir. Pero los tiempos han cambiado. Ahora podemos escoger
nuestros alimentos. Podemos escoger el rumbo de nuestra salud porque
tenemos opciones. Y ten en cuenta, sea cual sea tu sistema de creencias, que
los seres humanos antiguos comían muy poco en cualquier caso, y que
muchas veces se morían de hambre después de haber aguantado semanas
enteras con solo unos pocos hongos y algo de tierra. Solo comían presas de
caza a modo de táctica de supervivencia, en épocas de mucha hambre y si la
tenían a su alcance. Lo que más comían los seres humanos antiguos eran
tubérculos feculentos, rizomas, brotes tiernos y frutos secos, porque era lo
que tenían más accesible. Cuando podían, hacían, en esencia, dietas altas en
carbohidratos.
Como creemos que las grasas son el camino que nos conduce a la salud, y
las tenemos al alcance de la mano, y no somos hombres primitivos que cada
poco tiempo estamos a punto de morirnos de hambre, podemos tomar la
decisión de alimentarnos de grasa sin descanso. Como no se nos enseña lo
importantes que son los carbohidratos sanos para nuestra salud, pasamos
privaciones de glucosa y comemos más grasas todavía porque creemos que
las grasas nos saciarán. Es la moda de nuestro tiempo. Se puede pegar la
etiqueta de «ciencia» a cualquier cosa, dentro de la medicina convencional
y de la alternativa. Sirviéndose de esta palabra, se puede hacer que
cualquier cosa buena parezca mala y que cualquier cosa mala parezca
buena. Tenlo en cuenta. Y si lo que estás leyendo aquí te inquieta, haz el
favor de volver al apartado que aparece al principio de este libro con el
título de «Una nota para ti» y repásalo varias veces.
428
Quiero dejar sentado que este capítulo no es un ataque a las proteínas
animales. Cuando tenemos que tener cuidado y valorar si eso es lo mejor
para una persona es cuando las proteínas animales definen una dieta. Todas
las dietas populares contienen demasiadas grasas, incluso las dietas
vegetarianas y las veganas. Los veganos comen demasiados aguacates,
frutos secos, coco, tofu y aceite. Los vegetarianos comen demasiada
mantequilla, queso, huevos y leche. (Esto tiene validez aunque estos
productos procedan de una vaca que tienes en tu patio y que ordeñas tú
mismo). Tanto los veganos como los vegetarianos abusan de los
carbohidratos malos con grasas malas: de alimentos grasientos como el
falafel barato, frito con aceite de maíz barato, y patatas fritas hechas con
aceite de colza. A los vegetarianos les encantan las baguettes con queso brie
y los sándwiches de queso al grill. Con las dietas altas en grasas, ya
incluyan carbohidratos o no, ya incluyan productos de origen animal o no,
pueden pasarnos cosas malas para la salud. No pretendo tomar partido en
los debates sobre la alimentación. Lo que procuro es sacar a la luz unas
informaciones médicas que proceden de una fuente independiente y que
todavía no han descubierto los investigadores ni la ciencia médica, con el
fin de que te sirvan para protegerte a ti mismo y a tu familia. Mi tarea
consiste en ver entre la niebla y en oír entre el tumulto de la industria
médica. No consiste en elegir uno u otro camino del mundo de la
alimentación; no es una cuestión de veganismo o dieta paleo, o de cualquier
otro sistema nuevo de creencias sobre la alimentación. Consiste en
proporcionarte a ti la información adecuada para que puedas tomar las
decisiones oportunas para curarte.
Las dietas veganas y vegetarianas más sanas de hoy día no parecen tan
distintas de las dietas más sanas centradas en las proteínas animales. En las
dietas basadas en vegetales se tiende a reducir los carbohidratos y a
incorporar cereales sin gluten, con menos opciones fritas; aceite mejor y de
mejor calidad; mantequilla de mejor calidad; más verduras verdes y otros
vegetales, y más coco, semillas de cáñamo, semillas de girasol y aguacate.
Las dietas centradas en las proteínas animales suelen ser muy bajas en
carbohidratos y acostumbran a incorporar mucho pollo, carne de reses
criadas con pastos, huevos y pescado, así como algo de aguacates,
mantequilla de frutos secos, aceite de coco, verduras verdes y otros
vegetales. Ambas versiones siguen siendo altas en grasas y se limitan a las
429
frutas bajas en azúcar. Con la hibridación entre la medicina alternativa y la
convencional que se ha producido de 20 años a esta parte, las distintas
dietas se han ido unificando. Como vimos al principio de este capítulo, las
grasas altas de las dietas tradicionales y convencionales se fusionaron con
las verduras y los zumos de las que fueron sus rivales y enemigas, y
terminamos con las cosas que se ven en los programas sobre salud, en otros
libros y en los últimos artículos. Se considera que esto es lo mejor que hay,
la respuesta a todos nuestros problemas, el súmmum. Pero no cantes
victoria todavía. Es una falsa cumbre.
430
alimentos, este es un modo de retrasar mucho los resultados. Uno de los
motivos por los que se despreció y se desacreditó durante tanto tiempo a la
medicina alternativa fue que esta tenía el efecto opuesto: ofrecía modos de
retrasar las enfermedades y las dolencias que suponían un beneficio
económico para la industria médica convencional.
Durante las décadas anteriores a las dietas de moda de hoy día, la gente
(ya comiera proteínas animales, ya fuera vegana o vegetariana o cualquier
cosa intermedia) se beneficiaba de los alimentos sanadores que comía. Con
independencia de los mitos pasajeros sobre la alimentación, los alimentos
sanadores siempre han sido y siempre serán las frutas, las verduras y
hortalizas, las verduras de hoja verde, los frutos secos, las semillas, las
hierbas aromáticas y las especias. Estos son como los primeros creadores
del rock and roll. Te daré una noticia: la música rock no surgió, en sus
inicios, de los grupos británicos archifamosos; comenzó como fruto del rico
legado musical de los afroamericanos, que fue adoptado después por
personas de todo tipo. La medicina convencional se beneficia ahora del
campo de la salud alternativa, que sufrió tanto tiempo el ostracismo y que lo
sigue sufriendo todavía en algunos aspectos. La medicina convencional
observaba, desde lejos, que la gente notaba cambios al consumir frutas y
zumos frescos y verduras verdes, vasos de zumo de trigo verde, ensaladas
grandes con col kale, semillas y guisantes germinados, e incluso plátanos. Y
después, cuando los expertos de la medicina oficial empezaban a seguir su
camino híbrido, optaron por elegir aquí y allá lo que podía ajustarse a sus
sistemas de creencias basados en las grasas altas.
Lo que incorporaron tenía que encajar con una dieta a base de proteínas
principalmente animales, ya que seguía asentada firmemente esa ley de la
supervivencia de la década de 1930. Los que se resintieron fueron los
carbohidratos, cosa que ha resultado útil cuando se trataba de los
carbohidratos malos, como los de los panes, las rosquillas, las galletas, los
bollos, los pasteles, las harinas y otros cereales procesados. Eliminar estos
fue un logro que el mundo de la medicina podría haber aprovechado... si
hubieran mantenido a la fruta en sus dietas populares. Pero pusieron a la
fruta en el mismo saco de los carbohidratos malos, y la eliminaron de las
dietas.
La decisión que tuvieron que tomar a continuación los expertos para
diseñar sus dietas fue la del tipo de proteínas animales que incluirían en las
431
mismas. Optaron por la carne de animales criados con pastos y en libertad,
mientras reducían al mínimo los productos lácteos. Los huevos se aceptaban
o se suprimían, en función de cada versión de la dieta. Empezaron a
publicar sus nuevas dietas altas en grasas y sin fruta, haciendo sobre la
marcha los ajustes que hemos visto antes y tomando, de nuevo, una pepita
de oro después de haberla condenado. Esta vez introdujeron elementos tales
como los zumos de verduras, que los miembros de las comunidades
alternativas del pasado habían procurado enseñar al mundo con gran
esfuerzo, teniendo que soportar que los llamasen locos.
Si se considera el grado de veneración que reciben las dietas altas en
grasas, con o sin la etiqueta de proteínicas, es fácil olvidar que hay millones
de personas que no se benefician de ellas y que siguen sufriendo; que las
enfermedades van en aumento como nunca en la historia, y que no van a
descender de aquí a poco tiempo porque estas dietas no curan al nivel que
necesitan tantas personas. Lamento decir que ha llegado el momento de
bajar las grasas, sobre todo para las personas que tienen que afrontar
trastornos autoinmunes y otras enfermedades y síntomas que siguen siendo
unos misterios que los investigadores y la ciencia médica no entienden en
absoluto. Mejorar y bajar las grasas significa bajar las proteínas. Recuerda:
por muy magra que sea la fuente de proteínas animales, hay unas calorías, y
estas proceden de las grasas. (Bajar las grasas no significa que no entre en
tu dieta ninguna grasa en absoluto. Las grasas tienen su lugar; las grasas
sanas tienen su valor, en las cantidades adecuadas). Mejorar significa
mantener en el combinado esas verduras y hortalizas vitales. Y uno de los
elementos más críticos para mejorar y protegerte es incluir algo de frutas.
Llevo 30 años pudiendo ayudar a personas con enfermedades crónicas a
vivir sanas, fuertes y robustas ofreciéndoles estas directrices. No han
vacilado ni se han dejado seducir por las modas nuevas porque saben bien
lo que hay. Quiero que también tú sepas lo que hay, para que puedas seguir
adelante con tu viaje viendo con claridad.
Si nos basamos en ideologías y en sistemas de creencias, no veremos con
claridad. Para tener una verdadera claridad, debemos preguntarnos: «¿Qué
necesita mi hígado?». Porque un hígado feliz es la clave de la salud.
Existe actualmente una tendencia a opinar que la clave de la vida y de la
salud es nuestra propia felicidad. He conocido a muchas personas felices y
realizadas que han caído enfermas porque tenían dentro de sí un hígado que
432
no era feliz ni estaba realizado. Nos volvemos muy egocéntricos, pensando
en todo lo que nos puede hacer felices a nosotros, sin decirnos: «Oye, ¿no
tendré dentro de mí un hígado que es absolutamente infeliz? Quizá debiera
empezar a pensar en él». Lo que menos necesitan nuestros hígados es un
exceso de grasas. No te hace falta que yo te diga el efecto que tiene para tu
hígado un exceso de grasas en la dieta. Ya has visto cómo las dietas altas en
grasas agravan todas las enfermedades de las que hemos hablado en este
libro. No te hace falta que te diga cómo, cuando el hígado se debilita por un
exceso de grasa, también se debilita su producción de bilis, con lo que las
grasas del colon se pudren y se vuelven rancias.
Lo que sí te hace falta es poner en juego tus propios sentidos, tu propia
mente, tu propia inteligencia, tu propia lógica, tu propia intuición, tu propio
buen criterio y tu propia memoria de lo que es real para protegerte. Sean
cuales sean las nuevas tendencias, la nueva propaganda, los nuevos miedos,
las nuevas alabanzas serviles a las dietas que aparecen en el mercado, tú
serás capaz de ver lo que es una dieta alta en grasas: una dieta que terminará
no ayudando a tu hígado, lo que significará que no te ayudará a ti. Esto no
es una cuestión de hostilidad hacia ningún sistema de creencias, ni de
oposición entre lo que yo creo y lo que cree el inventor de un nuevo
protocolo alimentario. Es una cuestión de lo que es adecuado para ayudar a
tu hígado y para defenderte de las enfermedades, lo hayan descubierto o no
los investigadores y la ciencia médica. ¿Lo he repetido las veces
suficientes? Se trata de tu hígado.
Cuando no estás comprometido con un sistema de creencias viejo y
oficializado, puedes descubrir sus grietas, colarte por ellas y hacer lo que te
sienta bien a ti. Es la oportunidad para descubrir lo que necesita de verdad
tu hígado para proporcionarte salud en abundancia.
433
Capítulo 36.
Los alborotadores del hígado
Estamos expuestos todos los días a sustancias que son una amenaza para
nuestra salud. Por suerte, también contamos con nuestros hígados
milagrosos, neutralizadores y filtradores. El hígado hace tan bien el trabajo
de protegernos que, durante gran parte del tiempo, ni siquiera somos
conscientes de que haya entrado en nuestro organismo algo que pueda ser
dañino. Pero esas sustancias hacen daño al hígado. Por eso las llamo
alborotadores del hígado. Lo sobrecargan, le agotan los recursos y lo
someten a la presión constante de mantenerlos a raya por miedo a las
consecuencias que podría tener para nuestra salud que quedaran sueltos y se
convirtieran en alborotadores del corazón, o en alborotadores del cerebro, o
en alborotadores de todo el cuerpo. Has leído con detalle los tipos de
síntomas y de trastornos que se pueden producir cuando los alborotadores
del hígado se desbocan. Ahora vamos a repasar la lista completa e
impresionante de lo que suele ocuparnos el hígado, de los invasores hostiles
que viven allí sin pagar alquiler.
Si te has estado diciendo a ti mismo que estás libre y limpio de
exposiciones a los alborotadores, has de saber que con esa creencia estás
sometiendo a tu hígado a un trato injusto. Estás sometiendo a tu salud y a tu
bienestar a un trato injusto. Estás sometiendo a tu posible paz y felicidad a
un trato injusto. La lista que encontrarás más adelante, en este mismo
capítulo, te abrirá los ojos y te hará ver la gran proporción de nuestro
entorno cotidiano que ocupan los alborotadores; los tenemos, literalmente,
al alcance de la mano, y tan cerca de nosotros como el aire que respiramos.
Solo cuando seas consciente de a lo que ha estado expuesto tu hígado a lo
largo de tu vida y antes mismo de que nacieras podrás estar preparado para
ayudar a tu hígado a recuperarse para poder sentirte mejor por fin y
protegerte de enfermedades en el futuro, a ti y a tus seres queridos.
434
LOS TRES NIVELES DE PROFUNDIDAD
DEL HÍGADO
Cada uno de los dos lóbulos principales del hígado tiene tres niveles
generales: su superficie perimetral, su subsuperficie y su núcleo interior
profundo. Aunque dentro de cada uno de estos niveles existen capas más
sutiles, estos tres niveles de profundidad pueden servirnos de base para que
entendamos cómo conserva el hígado a los alborotadores y cómo los libera.
Puedes imaginarte que la superficie perimetral es como la piel de una
manzana que está tan integrada con el todo que, si la retiraras, podrías
llevarte también algo de carne de más abajo. La subsuperficie del hígado
ocupa bastante espacio: es como toda la carne de la manzana. Y el núcleo
interior profundo del hígado es, ya te lo habrás figurado, como el corazón
de la manzana.
Como verás en la lista que encontrarás más adelante, hay alborotadores
que se quedan en solo uno o dos de los niveles del hígado, mientras que
otros se pueden extender por los tres. Lo habitual es que cuando un
alborotador ocupa más de un nivel, se encuentre en concentraciones
distintas en cada uno de los niveles; por ejemplo, las dioxinas se asientan en
concentraciones distintas en cada uno de los tres niveles del hígado. Las
excepciones son los fertilizantes químicos, el DDT y otros pesticidas, los
herbicidas y los fungicidas, que se encuentran en concentraciones
igualmente elevadas en los tres niveles del hígado. Por otra parte, cada nivel
contiene una combinación distinta de alborotadores. La «piel» del hígado se
puede saturar de materiales que ni siquiera entran en el hígado propiamente
dicho. La «carne» del hígado tiene su combinación propia de alborotadores.
Y el hígado envía a los alborotadores peores a su «núcleo».
El hígado podrá protegerte mejor si entierra en lo más hondo el máximo
posible de sustancias peligrosas. Hasta puede que hagas tu vida normal y te
sientas bien, porque, teniendo bien guardados a esos alborotadores, tu
hígado puede seguir funcionando bastante bien. Lo que resulta
problemático es cuando vienen de visita factores externos como las grasas y
la adrenalina mientras el hígado también tiene materiales dañinos
enterrados dentro de sí: esta combinación puede hacer que te sientas mal.
Imagínate que es como un barco que surca el mar. Si bien tu hígado dispone
de la capacidad para llevar una determinada cantidad de carga en su bodega
435
y cuenta con el valor de los marinos que afrontan las aguas agitadas,
también tiene sus limitaciones. Cuando amontonamos más carga sobre la
cubierta, o cuando nos encontramos con una tormenta, puede hundírsenos.
Por eso queremos que esa bodega esté lo más libre de alborotadores que
podamos, como medida de salvaguarda. Además de que tu hígado necesita
espacio para almacenar todas las cosas buenas, como las provisiones
cotidianas y las reservas de emergencia, y por eso no nos interesa llenar de
residuos todo su espacio de almacenamiento.
Cuanto más ahondan en el hígado los alborotadores, más nos protege este
en el momento, y más tiempo tarda en sacarlos más adelante. Este es uno de
los motivos por los que los procesos de curación de las personas pueden
tener una duración tan variable. Quizá estés siguiendo por los medios
sociales el camino de la curación de una persona, o puede que tengas un
amigo que esté siguiendo tus mismos pasos, y llegas a preguntarte por qué
esa persona se está recuperando más deprisa que tú. Cuando tú necesitas
más tiempo para curarte es porque tienes más alborotadores, y quizá más
alborotadores tóxicos, enterrados en una parte más profunda del hígado.
En la lista de este capítulo podrás ver en qué parte del hígado tienden a
asentarse los alborotadores de cada tipo, y esto te puede servir de guía
orientativa para saber cuánto tiempo tardarán en limpiarse. Si un
alborotador se queda en el nivel superficial del hígado, tardará menos
tiempo en salir de tu organismo; y si va a parar al núcleo del hígado, te
costará más tiempo y tendrás que tener más constancia para hacerlo salir.
Los plazos también dependerán del tipo de toxina, de veneno o de patógeno
de que se trate, lo que quiere decir que un alborotador del hígado más
problemático que está, digamos, en el nivel subsuperficial tardará más
tiempo en salir que uno menos problemático que esté en el mismo nivel.
Otro factor que determina enormemente el tiempo que se tarda en librarse
de estos alborotadores es lo que estás haciendo para limpiarte y
lo que estás comiendo. En la lista de alborotadores del hígado encontrarás
unas indicaciones generales del tiempo que tarda cada uno en salir del
hígado, suponiendo que estés trabajando para hacerlos salir, de una manera
segura y eficaz. Los plazos corresponden a una persona que se está
limpiando como es debido, lo que significa que está (1) absteniéndose de
los alimentos alborotadores (de los que hablaremos dentro de unas páginas);
(2) reduciendo la cantidad de grasas radicales que consume; (3)
436
incorporando algunos de los suplementos que recomendamos en el capítulo
siguiente; (4) practicando la Mañana de Rescate del Hígado del capítulo 38
siempre que puede, y (5) aplicando el Rescate del Hígado 3:6:9 de dicho
capítulo. Si a la luz de lo que has leído en este libro sospechas que tienes
que hacer frente a una cantidad bastante respetable de alborotadores, lo
ideal será que practiques el Rescate del Hígado 3:6:9 cada dos o tres meses.
Te ayudará a limpiarte más deprisa y a llegar hasta las toxinas más
profundas, que normalmente no se pueden alcanzar con las medidas
cotidianas. Si esta frecuencia te resulta excesiva, haz la limpieza cuando
puedas, cada seis meses quizá.
437
hacer todo lo que tienes que hacer. Con los artículos más peligrosos, como
el mercurio, haz todo lo que puedas para evitarlos. Con los demás
alborotadores, si puedes esquivar algunos de los artículos de la lista, harás
bien.
Aunque la lista puede resultar sorprendente, impactante o
desmoralizadora hasta cierto punto, también resultará instructiva. ¿Qué
prefieres, pisar un bache o saber dónde está el bache para no torcerte un
tobillo? Dicho esto, el hecho de ser consciente de lo que te rodea y de lo
que tienes dentro no significa que te obsesiones ni que tengas miedo a vivir.
No puedes evitar todos los baches. Lo que sí puedes hacer es servirte de la
lista para que te ilumine el camino, de tal modo que hasta cuando llegues a
un terreno difícil sepas por dónde andas, dónde estás y adónde te diriges.
Que esta lista sea una ventana abierta por la que puedas contemplar cómo
has estado expuesto a diversas sustancias que han dado a tu hígado un
trabajo adicional sin que tú fueras consciente de ello siquiera. Si quieres
vivir bien y proteger a tu familia, no puedes cerrar las ventanas y las
contraventanas, hacer como que esas sustancias no están allí y hacer caso
omiso de tu hígado. Eso sería como pretender que las caries no existen y no
ir nunca al dentista, para, más tarde, quedarte sorprendido cuando te
aparece un problema que no puedes pasar por alto. Aunque no hayas estado
expuesto directamente a algunos de estos alborotadores, puedes haber
sufrido una exposición secundaria: los alborotadores secundarios nos
rodean por todas partes, como el humo secundario que aspiramos los
fumadores pasivos. Al entender lo que puede haber dentro de nuestros
hígados podemos entender el modo mejor de remediarlos.
438
empezarás a ver la punta del iceberg. Después, seguirán limpiándose de
manera natural a su debido tiempo, mientras tú te sigas cuidando el hígado.
• Plásticos. Manejamos muchos plásticos todos los días. Todo objeto de
plástico que toques tiene la posibilidad de dejarte unos residuos en la
piel. Cuando transcurre demasiado tiempo desde que tocamos el
plástico hasta que nos lavamos las manos (o hasta que nos duchamos,
si el plástico nos ha tocado otra parte del cuerpo), los residuos tienen
tiempo para ser absorbidos por la piel y entrar en el organismo.
También entran en nuestro organismo cuando los ingerimos de fuentes
tales como los envoltorios de película de plástico, los recipientes de
plástico para alimentos, los cubiertos y platos de plástico, las botellas
de agua, el agua corriente, los fármacos (que están llenos de plásticos)
y los alimentos envasados que se prepararon con máquinas que tienen
piezas de plástico. Algunos plásticos, como los de los procesadores de
alimentos, las batidoras y las licuadoras mejores son de alta calidad y
es menos probable que suelten residuos, por lo que se pueden emplear
con seguridad. Pero hay plásticos de baja calidad que, al tocarlos,
sueltan inmediatamente residuos que se disuelven en las grasas de tu
piel. Los plásticos tienden a asentarse en el nivel subsuperficial del
hígado.
• Gasolina. Antiguamente, solo los empleados de las gasolineras estaban
expuestos a la exposición a los productos petrolíferos propia de la
labor de llenar el depósito. Ahora que las gasolineras son de
autoservicio en casi todas partes, esta exposición alcanza
prácticamente a todo el mundo, y llega hasta a tu hija adolescente
cuando pone gasolina en su coche nuevo. En tiempos pasados, tu hijo o
tu hija adolescentes no habrían estado expuestos a la gasolina en bruto,
salvo raras ocasiones, como por ejemplo cuando usaban una segadora
de césped. Pero ahora las cosas han cambiado completamente
y son millones los jóvenes que echan gasolina a los coches. Y la gente
no pone mucho cuidado en la gasolinera, de modo que los jóvenes
tampoco han aprendido a tener cuidado. No es raro que te salpique o te
gotee algo de gasolina en la piel cuando llenas el depósito; el tope de
goma del boquerel no lo impide. A casi todo el mundo le gotea encima
algo de gasolina, de una manera u otra, cuando visita la gasolinera;
439
además, si te pones demasiado cerca del boquerel estarás inspirando
los vapores. Y también es fácil llegar a respirar los vapores de los
surtidores próximos. Esta exposición a la gasolina en las estaciones de
servicio es tan corriente que ha sucedido a casi todo el mundo. Aparte
del hecho de que algunas personas manejan gasolina por otros motivos,
como el llenar los depósitos de las cortacésped, los tractores y las
recortadoras de setos. Esas latas de gasolina que tienes en el garaje
emiten vapores, y es fácil derramarte encima algo de gasolina cuando
las manejas. La gasolina tiende a asentarse en el nivel subsuperficial
del hígado y en su núcleo interior profundo.
• Gasóleo. La exposición al gasóleo (el combustible diésel) es la misma
que a la gasolina. La recibes cuando no pones mucho cuidado al echar
gasóleo a tu camión, coche, tractor o similar. Al igual que la gasolina,
el gasóleo tiende a asentarse en el nivel subsuperficial y en el núcleo
interior profundo del hígado.
• Aceite y grasa de motores. Con solo abrir el capó de tu coche y medir
el nivel de aceite ya te sueles manchar las manos de grasa. Y ¿cuánta
gente se ha llenado de aceite los dedos al limpiar la varilla? Aunque
solo hayas medido el nivel de aceite de un coche una vez, hace diez
años, el aceite que te tocara en la piel se habrá desplazado hasta tu
hígado, y lo más probable es que siga allí. Puede que a ti se te haya
olvidado hace mucho tiempo que te manchaste las manos de aceite,
pero tu hígado no lo ha olvidado; es muy consciente de ello. También
es fácil mancharte cuando pones aceite a tu coche o cuando se lo
cambias. Hay aceite y grasa de motores hasta en las tuercas y tornillos
de artículos nuevos
y recién comprados, como las herramientas. Las carreteras también
están cubiertas de una capa delgada de aceite, grasa, gasolina y
gasóleo. Eso significa que cuando vas en bicicleta
o cuando cruzas la calle a pie y está lloviendo, las salpicaduras que te
saltan de la calzada están llenas de las cuatro cosas. El aceite y la grasa
de motores tienden a asentarse en el núcleo interior profundo del
hígado.
• Gases de escape. No hace falta aclarar que estos se encuentran por
todas partes. Estamos expuestos a ellos con solo caminar por la calle;
440
cuando recogemos un paquete de una furgoneta con el motor en
marcha; cuando nos quedamos bloqueados en un atasco camino del
trabajo; cuando pasamos ante un jardín que están segando o cuando
segamos el nuestro; cuando vamos camino de un restaurante para
comer y alguien pone en marcha su coche a pocos pasos de nosotros,
etcétera. Aunque el monóxido de carbono es mortal en los casos en que
una persona se envenena por estar en un local sin ventilación ni salida
para los gases del escape, este no es el veneno que va al hígado. Lo que
acaba en el hígado son las partículas de petroquímicos que emite el
escape. Estas sustancias químicas de los escapes, de centenares de
tipos, se asientan en el núcleo interior profundo del hígado.
• Queroseno. Aunque esta sustancia no es tan de uso cotidiano, y ahora
nos vemos expuestos a ella menos que antes, esto no quiere decir que
no hayas estado expuesto a estufas de queroseno antes de que las
estufas portátiles empezaran a ser principalmente eléctricas. Y, por otra
parte, sigue existiendo bastante exposición al queroseno. Por ejemplo,
este se suele emplear para limpiar herramientas
y pinceles. Va a parar al nivel subsuperficial y al núcleo interior
profundo del hígado.
• Líquido para encendedores. ¿Crees que no has estado expuesto nunca
al líquido para encendedores? Piénsatelo mejor. ¿No te has comido
nunca unas chuletas asadas en una hoguera que se encendió con
líquido para encendedores? ¿No has comido nada hecho al carbón?
Los restos químicos se quedan en la leña, en el carbón y en sus
residuos y perduran mientras está encendido el fuego, lo que significa
que te dan una chuleta o una hamburguesa asadas con un leve toque de
líquido para encendedores. Y no digamos nada si fuiste tú el que
echaste el líquido a la leña o al carbón: inspiraste sus vapores y es
probable que te llegara algo de líquido a las manos, porque no
aprendemos a tener cuidado con la exposición. No pretendo echarte a
perder tu próxima comida campestre,
o el fuego de campamento en el que tenías pensado asar salchichas
y preparar tostadas. Todavía puedes pasarlo bien; lo único que debes
hacer es procurar tomar medidas preventivas, para que, si estás
absorbiendo algunos momentos agradables de la vida que son tóxicos,
441
intentes también sacarte del hígado a algunos alborotadores. El
objetivo es que te cuides el hígado para que puedas vivir tu vida. El
líquido para encendedores suele terminar en el nivel subsuperficial del
hígado y en su núcleo interior profundo.
• Cocinas, parrillas y hornos de gas. Cuando enciendes y cuando usas
una cocina, una parrilla o un horno de gas natural, inhalas algo del gas,
y este te entra en el cuerpo. Mientras cocinas, sigue ardiendo el gas.
Aunque no es gas en estado puro, sigue siendo un alborotador, que tú
estarás inspirando mientras siga encendido el aparato.
No es que tengas que abstenerte de cocinar, pero es buena idea que
evites cocinar demasiado con gas.
El gas natural suele ir a parar al nivel subsuperficial del hígado y a su
núcleo interior profundo.
• Disolventes, disoluciones y agentes químicos. Entre estos figuran los
desengrasantes, los lubricantes para las puertas y los cajones que
chirrían, los limpiadores para joyería, los productos para la limpieza
del coche y los productos para la limpieza de las alfombras y
moquetas; se absorben instantáneamente por la piel, en cuestión de
segundos, entran en el torrente sanguíneo e invaden el hígado
rápidamente. También estamos expuestos a ellos cuando inspiramos
sus vapores. Se asientan en el nivel subsuperficial del hígado y en su
núcleo interior profundo.
• Dioxinas. Imagínate un mundo recubierto de un polvo tan fino que no
se ve, pero que inhalan y comen todas las criaturas del planeta. Pues
este es nuestro mundo, y el «polvo» son las dioxinas. Estos
contaminantes, que son un subproducto de más de cien años de malas
prácticas de la industria química, van a parar al aire, al agua y a los
alimentos. La vida moderna es una exposición generalizada a las
dioxinas. Se asientan en los tres niveles del hígado.
• Lacas. Cuando empleamos barnices, selladores o adhesivos como las
resinas de epoxi, o cuando nos los aplican en nuestro hogar, o nos
compramos objetos recién lacados, nos exponemos a unas sustancias
químicas bruscas que se nos pueden asentar en los tres niveles del
hígado.
442
• Pintura. Puedes haber estado expuesto por pintar un mueble, por pintar
la casa por dentro o por fuera o por haber trabajado en una oficina
recién pintada. A mí siempre me produce escalofríos ver que la gente
juega y tiene peleas en broma con pinceles y rodillos cargados de
pintura, porque conozco las consecuencias que tienen sobre el hígado
estos juegos mortales. Las sustancias químicas de las pinturas tienden a
asentarse en el nivel subsuperficial y en el núcleo interior profundo del
hígado.
• Disolvente de pintura. Esta mezcla fuerte, que se emplea unas veces
como componente de la pintura y otras veces para limpiar la pintura,
suele ir a parar a la capa subsuperficial del hígado y a su núcleo
interior profundo.
• Sustancias químicas de alfombras
y moquetas. Entre estas se cuentan las sustancias químicas que se
emplean para tratar las alfombras y moquetas nuevas durante su
fabricación; las que desprenden las alfombras y moquetas nuevas al
limpiarlas, y las sustancias químicas mismas que se emplean para
limpiarlas (y estas últimas nos afectan tanto que tienen bien merecido
aparecer en esta lista por partida doble). Inhalamos las sustancias
químicas de las alfombras y moquetas, y también nos llegan a la piel y
a la ropa cuando nos sentamos sobre ellas o las pisamos con los pies
descalzos. Van a parar a los tres niveles del hígado.
443
el hígado los sigue liberando gradualmente, en cantidades pequeñas. Si
estás comprometido, puedes empezar a dar salida a algunos de ellos en solo
una semana o dos, y después el hígado los irá liberando en cantidades
prudenciales a lo largo del tiempo para que no inunden el cuerpo.
• Fertilizantes químicos. Su presencia es mayor de la que nos figuramos.
Es fácil quedar expuestos por la proximidad al césped y a los jardines,
parques, flores de cultivo convencional, alimentos de cultivo
convencional, campos de golf, clubs de campo, prados de los campus
universitarios y de las zonas comunes municipales, y en el jardín de
nuestra propia casa.
• Insecticidas, otros pesticidas, larvicidas
y herbicidas. Se incluyen aquí tanto los de uso al aire libre como los de
interiores. Por ejemplo, podemos estar expuestos por los botes de
matacucarachas y de matahormigas
y por los espráis para las termitas y para las avispas que se utilizan
dentro de casa. También podemos sufrir la exposición por los
alimentos y por las flores que se han tratado con pesticidas; en los
pisos, casas, oficinas, hoteles, residencias y otros edificios donde se
han empleado pesticidas en el interior
o en el exterior, y en las praderas, jardines, parques, clubs de campo
y prados de los campus universitarios. Suele suceder que algunas
personas se preocupan mucho de comer alimentos ecológicos, pero
después fumigan su jardín para eliminar los mosquitos, las garrapatas y
las malas hierbas... lo que las expone a los pesticidas y a los herbicidas.
Entérate de si vives en una zona que se fumiga, y cuando lo hagan no
salgas de tu casa. En muchas ciudades se fumiga para eliminar las
orugas cuando sale la polilla lagarta peluda, en junio, y es muy dañino
para el hígado. También es muy común que se fumigue a nivel de todo
un pueblo, ciudad o estado para eliminar los mosquitos cuando hace
calor. Se suele fumigar desde helicópteros, sin previo aviso y a
cualquier hora del día o de la noche. Si te gusta estar en el parque de tu
localidad, entérate del programa de fumigaciones, no vayas por allí
cuando esté recién fumigado, e incluso puedes esperar a que caiga una
buena lluvia antes de visitarlo. Si te vas a sentar sobre un césped
tratado con sustancias químicas, no olvides ponerle encima una manta.
444
Las mujeres embarazadas deben tener un cuidado especial: la
exposición a los herbicidas basta para producir complicaciones del
embarazo.
• DDT. Aunque el DDT entra en la categoría de los pesticidas, tiene
personalidad propia. A pesar de que han pasado décadas desde que se
prohibiera su uso, sigue estando en nuestro entorno, del mismo modo
que las radiaciones y otros recursos nucleares que afectan a varias
generaciones. El DDT tiene una vida activa extraordinariamente larga.
Es un «regalo» que no se agota nunca. Perdura en nuestros mares,
lagos, ríos
y campos de cultivos, y en otras partes. El DDT de los años pasados es
uno de los alborotadores que es más común heredar por la estirpe
familiar. Pasa con facilidad de hígado a hígado, hasta que alguien se lo
limpia del hígado para no transmitirlo a la generación siguiente. Este
es un ejemplo destacado de por qué tenemos que limpiarnos y
cuidarnos el hígado, para dejar de transmitir este «regalo» a nuestros
hijos. Hay países en los que se sigue empleando el DDT en grandes
cantidades, y cuando lo arrastran los vientos (que pueden llevarlo hasta
de un continente a otro) volvemos a estar expuestos a él en el aire.
Sigue estando presente, y no va a desaparecer de nuestro entorno en
mucho tiempo.
• Fungicidas. Los fungicidas se están empleando cada vez más por todas
partes; se aplican a la ropa nueva y a los artículos manufacturados,
desde los vaqueros hasta los colchones, pasando por los vestidos, la
ropa interior y de abrigo, los calcetines, los zapatos, las mantas y los
muebles. Se crearon en un principio para eliminar los hongos en
algunos entornos, como en los cultivos
y en los hospitales; y, como los hospitales son verdaderos criaderos de
hongos, los fungicidas siguen teniendo mucho uso en la actualidad.
Los vendedores de fungicidas y las empresas que los elaboran hacen
todo lo que está en su mano para convencer a otras empresas para que
encuentren nuevos modos de aplicarlos a sus productos. Se suelen
aplicar fungicidas a los coches nuevos, y también a los usados que se
van a vender de segunda mano. Se emplean con regularidad en los
aviones y en los cubos y bolsas para la basura. Últimamente se ha
445
convencido a algunas marcas de agua embotellada para que lo apliquen
al exterior de sus botellas. Hasta se tratan con fungicidas algunos
alimentos. Tienen un aroma más bien perfumado que te produce un
picor en la nariz; puedes notarlo si pones atención. Siempre que te sea
posible, lava o friega los objetos y artículos que acabes de comprar.
• Exposición al humo de todas clases.
El humo del tabaco te lleva a los pulmones, a la sangre y al hígado un
amplio repertorio de centenares y miles de sustancias químicas
distintas. También expones tu hígado a sustancias químicas al inhalar
humo producido con fines recreativos, como el de las hogueras, el de
la leña tratada para la chimenea o el que se produce al quemar madera
tratada; aunque un fumador regular tendrá que cargar con más
sustancias químicas que una persona que se limita a sentarse ante una
hoguera de tarde en tarde. Los agricultores también tienen la
costumbre de amontonar los plásticos que han servido para cubrir los
cultivos convencionales, y que están saturados de pesticidas, y
quemarlos. Todos aspiramos este humo blanco; está ahí, nos guste o no
y podamos olerlo o no.
• Flúor. Subproducto del aluminio que es muy tóxico para el hígado y
produce daños a las células hepáticas.
• Cloro. Es muy tóxico para el hígado
y reduce su función inmunitaria.
446
los vasos sanguíneos pequeños del interior del hígado, haciendo que se
atrofien
o se encojan.
• Otros edulcorantes artificiales. También estos son muy tóxicos para el
hígado y llegan hasta su núcleo interior profundo.
• Glutamato monosódico. Unas veces aparece en nuestros alimentos
abiertamente con su nombre, y otras bajo las iniciales MSG u oculto
bajo
el nombre de «saborizantes
o aromatizantes naturales». Este ingrediente también va a parar al
núcleo interior profundo del hígado.
• Formaldehído. Puedes estar expuesto a este alborotador por muchas
fuentes, desde los cosméticos hasta los alimentos, pasando por los
fármacos
y las alfombras y moquetas. Ejerce sobre el hígado el mismo efecto
que el alcohol, solo que mucho más extremo. También alimenta a los
virus. El formaldehído satura los tres niveles del hígado.
• Conservantes. Aunque ya estés prevenido contra los conservantes
y procures comprar alimentos que no los contengan según la lista de
componentes, eso no quiere decir que no se te estén colando en los
alimentos. Las listas de componentes se elaboran con muy poco
sentido de la responsabilidad. Aparte de lo cual, antes de que
estuvieras prevenido pasaron unos años en los que tu hígado tuvo
mucho tiempo para recoger diversas variedades de conservantes
elaborados químicamente. Tu hígado puede tener guardados unos
conservantes procedentes de perritos calientes que te comiste hace
décadas, del algodón de azúcar de una feria, de un batido con sabor a
fruta sintético,
de un helado de color morado... La lista es interminable. Tienden a
quedarse en el nivel superficial del hígado.
447
el hígado en poco tiempo, con tal de que tú te abstengas de consumirlos
mientras estás procurando limpiarlos del hígado. (Los plazos concretos de
cada uno están indicados individualmente).
• Huevos. Hacen prosperar a los patógenos. A los virus y a las bacterias
les encantan los huevos, que son su fuente de alimentos número uno;
por eso, cuando la dieta contiene huevos, los patógenos pueden
alimentarse y hacer daño al hígado. Comer solo las claras del huevo no
resuelve el problema. Cuando se suprimen de la dieta los huevos, los
patógenos se quedan sin su alimento favorito y tienen que recurrir a
otras fuentes de alimento en el hígado. Las partículas procedentes de
los huevos pueden salir completamente de las células del hígado en un
plazo de noventa
días, a condición que los estés evitando por completo durante ese
tiempo.
• Lácteos. Fuentes de alimento para los patógenos. También son muy
formadores de mucosidad, haciendo que esta se acumule en los vasos
sanguíneos y en las células del hígado, lo cual debilita al sistema
inmunitario propio del hígado. Como en el caso de los huevos, te
puedes librar por completo de las partículas procedentes de los lácteos
en las células del hígado si los evitas radicalmente.
• Queso. Aunque el queso entra dentro de la definición de los productos
lácteos, merece que hagamos mención aparte a él porque, desde hace
poco tiempo, se habla de él como alimento para la longevidad. No lo
es; no te protege. He aquí un ejemplo de cómo se violenta la ciencia a
favor de determinados grupos de interés. El queso es otra fuente de
alimento para los patógenos que obstaculiza
y daña el hígado. Es el alimento que más diabetes produce, aunque se
le suele tomar por un alimento magnífico para los diabéticos. Este es
un error desastroso, que nos hace pensar qué otros consejos de salud
corren por ahí que son absolutamente opuestos a la verdad. El queso
también es responsable de producir hígados atascados, lentos y grasos;
y, como el resto de los productos lácteos, debilita el sistema
inmunitario del hígado produciendo mucosidad en los vasos
sanguíneos y en las células del hígado. Si te encanta el queso, limítate
a disfrutarlo solo en ocasiones especiales, sin dejar nunca de procurar
448
hacer cosas positivas para tu hígado;
o bien, prueba el queso de frutos secos como alternativa.
• Hormonas de los alimentos. Estas son extremadamente perturbadoras
para la capacidad del hígado para gestionar, producir y organizar las
hormonas propias del organismo. El hígado puede sacar algún partido
de la situación neutralizando algunas de estas hormonas más tóxicas de
los alimentos
y conservándolas para servirse de ellas más adelante con el fin de
atrapar la adrenalina y desactivarla, como hemos visto en capítulos
anteriores. Con esto no quiero justificar que las consumas, ya que el
hígado es capaz de hacer eso mismo con las hormonas usadas del
propio organismo. Las hormonas de los alimentos empiezan a
abandonar el hígado rápidamente cuando te lo cuidas, y puedes librarte
en un plazo de 90 días de todas las hormonas venenosas que el hígado
no quiera quedarse como cebo para neutralizar la adrenalina fresca.
• Alimentos altos en grasas. Una dieta alta en grasas radicales (con
independencia de que estas procedan de fuentes vegetales o animales y
de que sean grasas sanas o malsanas) es dura para el hígado. Ya hemos
visto bastantes pruebas de ello en la segunda parte, «La tormenta
invisible», en la tercera parte, «¡A las armas!: luz sobre más síntomas y
trastornos», y en el capítulo 35, «La moda de las grasas altas». En
cuanto empiezas a cuidarte el hígado, las grasas comienzan a
desprenderse de él inmediatamente. El proceso completo puede llevar
algún tiempo y se producirá de manera natural; a medida que todos los
demás alborotadores vayan abandonando el hígado, este estará cada
vez menos graso.
• Alcohol con fines recreativos. Es sabido que cuando se bebe mucho se
producen resacas, y de aquí que haya surgido la moda de que algunos
restaurantes y bares ofrezcan menús para «curar la resaca», a base de
gofres, tortitas, torrijas, beicon, huevos, patatas a lo pobre, croquetas
de queso mozzarella, panecillos con salsa de carne, patatas fritas con y
sin queso fundido, queso al grill, tortillas y otras cosas semejantes. La
idea es que, después de haber bebido en exceso, lo mejor es consumir
mucha comida pesada y grasienta para que «absorba» el alcohol. Esto
no podría estar más lejos de la verdad. El motivo por el que la gente
449
tiene apetito con la resaca es que mientras abusaban del alcohol hacían
pasar hambre al hígado. Cuando el hígado se inunda de alcohol, no
solo no puede funcionar bien, sino que queda privado de nutrientes;
por eso, después de haber estado tomando alcohol con fines
recreativos, nuestro hígado necesita reabastecerse de glucosa. El
problema de las comidas habituales para la resaca es que en ellas se
combinan las grasas con el azúcar, lo que sigue impidiendo al hígado
que restaure sus reservas de glucosa. Esto lleva a las personas a comer
demasiado, creyendo que más comida les absorberá el alcohol y los
dejará saciados, cuando lo que necesitan en realidad para calmar el
hambre y para ayudar a sus hígados a recuperarse son alimentos del
tipo adecuado, libres de la intromisión de las grasas. Puedes leer algo
más sobre el alcohol y el hígado en el apartado correspondiente al
grupo de los fármacos.
• Uso excesivo del vinagre. El vinagre satura el hígado y le produce un
efecto de embriaguez, en el sentido de que desacelera la capacidad del
hígado para funcionar y para operar como es debido. Casi debería
servirse el vinagre con la advertencia de que el hígado no debe manejar
maquinaria pesada cuando está sometido a sus efectos. Aunque sus
efectos sobre el hígado no son tan malos como los del alcohol, existen
semejanzas. El vinagre de manzana es el mejor que se puede emplear;
tiene algunos aspectos positivos que compensan los efectos de la
fermentación, aunque tampoco te conviene abusar de él. El proceso de
limpieza comenzará en cuanto empieces a trabajar a favor de tu
hígado. Puedes librarlo de todo el vinagre en el plazo de un mes.
• Cafeína. Produce en el hígado un efecto de adelgazamiento de las
paredes celulares. Las células se suelen recuperar rápidamente, aunque
el consumo constante de cafeína dificulta la labor de defensa por parte
del hígado. Unas paredes celulares que están adelgazadas
continuamente se vuelven más vulnerables a la invasión de los
patógenos, como son los virus, que pueden provocar daños celulares.
La cafeína tiene una tasa de saturación en el hígado más profunda que
la de otros muchos alborotadores alimentarios; tiende a llegar a los tres
niveles del hígado. Se libera de los tres con mucha rapidez. Te puedes
450
librar de toda la cafeína que tienes guardada en el hígado en una
semana de cuidártelo.
• Uso excesivo de sal. ¿La sal es buena
o es mala? Parece que las ideas cambian en el mundo de la salud a
cada década que pasa. La respuesta verdadera es que un poco de sal
sana puede estar bien; tu hígado puede tolerar algo de sal marina o de
una buena sal de roca de montaña. Si pones en tu vida un pellizco de
sal de estos tipos, no te hará daño. Cuando debemos ser prudentes es
cuando abusamos de la sal, sobre todo con una sal inadecuada, y
cuando abusamos de la sal dentro de una dieta alta en grasas. Las
células grasas tienden a encapsular sales dentro de sí, y estas, a su vez,
deshidratan las células grasas. Cuando a una célula grasa se la
deshidrata a la fuerza, se desnaturaliza, y ya no resulta fácil eliminarla
del cuerpo, de la sangre o del hígado. Las células grasas
desnaturalizadas tienden a quedarse y a reunirse en el hígado; por ello,
cuanta más sal hay en la dieta, más grasa tiende a desnaturalizarse y a
quedarse allí. Un exceso de sal también deshidrata los órganos, los
músculos
y las glándulas. El corazón y el hígado, por ejemplo, deben mantener
un cierto grado de hidratación, y el uso excesivo de sal en su forma
cruda choca con ello. También deshidrata el cerebro. Aunque el
cerebro funciona a base de sodio como sustancia neurotransmisora, ese
sodio debe haberse extraído de un alimento propiamente dicho, y no
de la sal que se añade a los alimentos. Un error muy extendido
actualmente en la salud natural es añadir sal al agua, pensando que es
sana, cuando no lo es. Lo que deberíamos añadir a nuestras comidas es
apio y zumo de apio, agua de coco, espinacas, algas marinas, limones
y limas, porque contienen un sodio natural que no nos deshidratará los
órganos. De hecho, este sodio natural es muy bueno para el hígado, en
parte porque se une a las sales tóxicas y peligrosas de los alimentos de
mala calidad y contribuye a combinarse con ellas y a extraerlas del
cuerpo, al mismo tiempo que las sustituye por un subgrupo especial de
sodio que el hígado necesita de verdad. También estabiliza la tensión
arterial: la hace bajar cuando está demasiado alta y la hace subir
cuando está demasiado baja; y no desnaturaliza las células grasas. Tal
451
como sucede con el resto de los alimentos problemáticos, las sales
tóxicas y sus residuos empiezan a salir del hígado inmediatamente, en
cuanto tú comienzas a cuidártelo. Pueden haber salido por completo
del hígado en 90 días.
• Gluten. Alimenta a los patógenos que están dentro del hígado. Este es
otro alborotador que te puedes retirar del hígado por completo en 90
días.
• Maíz. Otro alimento para los patógenos del hígado que puede salir del
hígado a los 90 días de empezar a cuidártelo.
• Aceite de colza. Contiene compuestos químicos, no descubiertos
todavía, que son duros para el hígado y debilitan las células hepáticas.
Se tardan seis meses en librarse de él.
• Derivados del cerdo. Su contenido en grasas más elevado y la variedad
concreta de estas desaceleran las funciones del hígado, lo que acelera
la recogida de células grasas y debilita el sistema inmunitario del
hígado. El plazo necesario para que salgan del hígado por completo
dependerá de cuánto cerdo se ha consumido a lo largo de la vida y de
cuánta grasa de cerdo se ha reunido en el hígado.
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en liberar al hígado de las infecciones patógenas depende de lo agresivo que
sea el patógeno y de cuánto tiempo lleve en el hígado, del tipo de
suplementos que tomes y de la regularidad con que sigas ese protocolo de
suplementos (puedes ver la lista que propongo en el capítulo siguiente).
Además de los suplementos, céntrate en retirar a esos patógenos su
alimento para que se vayan muriendo de hambre con el tiempo.
• Virus y residuos víricos. Entre los virus alborotadores destaca el virus
de Epstein-Barr (VEB), con sus más de
60 variedades. Los residuos víricos del VEB (neurotoxinas,
dermotoxinas, subproductos y cadáveres víricos) también son tóxicos;
estos son los venenos responsables de centenares de síntomas y de
trastornos, que van desde la fatiga hasta las erupciones, los dolores y
molestias, las moscas volantes en la vista y los hormigueos e
insensibilidades. Entre otros virus que causan problemas al hígado
figuran el VHH-6 y los sucesivos, hasta los que están pendientes de
descubrirse como el VHH-9, VHH-10, VHH-11, VHH-12, VHH-13,
VHH-14, VHH-15 y VHH-16;
el citomegalovirus y las más de
30 variedades del herpes. Para tener dominada cualquier presencia
vírica en tu hígado, evita los desencadenantes víricos de los que
hablamos en mis libros Médico médium y Médico médium: la
sanación del tiroides (muchos de los cuales coinciden con otros
alborotadores de la presente lista), y estate atento a los antivíricos de
los que hablaremos en el capítulo siguiente, que te ayudarán con los
virus y con los residuos víricos que pueden ir a parar a los tres niveles
del hígado.
• Las bacterias. Streptococcus, E. coli,
C. difficile, Staphylococcus y Salmonella son solo algunas entre las
bacterias más comunes que pueden causar problemas al hígado, y en
los capítulos anteriores hemos hablado sobre todo de los estreptococos.
No encontrarás en esta lista a las bacterias que están asociadas a la
borreliosis de Lyme; si te interesa ese tema, consulta Médico médium.
Las bacterias van a parar a los tres niveles del hígado.
• Toxinas en los alimentos. Procuramos evitar con mucho cuidado
contraer triquinosis y envenenamientos alimentarios. Los millares de
453
microorganismos, muchos de ellos no catalogados todavía y muy
tóxicos, que viven en el pescado, en la carne y en las aves en estado
crudo, así como en los huevos (habitualmente en la parte exterior de
las cáscaras) suelen morir cuando estos alimentos se cocinan como es
debido. De lo que no es consciente la gente es que, una vez que se ha
matado a estos patógenos vivos, no desaparecen sin más. Se convierten
en toxinas. Por ejemplo, cuando guisamos una porción de pollo, nos
preocupamos de matar a las Salmonella. No se nos ocurre que las
Salmonella muertas pueden seguir haciendo daño. En la mayoría de las
ocasiones, las personas no notan los efectos de estas toxinas porque se
encarga de ellas el hígado. Pero se van acumulando, y en algunos casos
pueden producir enfermedades agudas y horribles. Estos alborotadores
tienden a asentarse en la zona subsuperficial del hígado.
• El moho. Cuando una persona ha estado expuesta al moho tóxico, ya
lo haya inhalado o comido, este llega hasta el hígado a partir de los
pulmones o del tracto intestinal. Existen diversas variedades de toxinas
de los mohos
y algunas son más agresivas que otras. En conjunto, el moho es un
desencadenante, en el sentido de que reduce el sistema inmunitario del
hígado (y otras partes del sistema inmunitario del organismo),
permitiendo en algunos casos que se produzca una explosión vírica. No
es, en sí, una causa de enfermedad, aunque se suele culpar a los mohos
de las enfermedades. Como expliqué en Médico médium: la sanación
del tiroides, hay muchos y diversos síntomas que en realidad son
víricos pero que se achacan al moho; sin embargo, el moho no es el
problema en sí. Por eso una persona puede estar expuesta al moho y no
manifestar síntomas, mientras que el moho puede ser un
desencadenante poderoso para otra persona; la diferencia estriba en si
la persona tiene o no un problema vírico subyacente que está dispuesto
a causar el caos. El moho se dirige, principalmente, al nivel
subsuperficial del hígado. Aunque una parte del moho se limpia
inmediatamente y el resto puede tardar entre tres y seis meses, es
posible que te hayas quitado de encima todo el moho pero que sigas
teniendo síntomas, porque estos, en realidad, son víricos. Pueden
454
perdurarte durante cosa de un año, mientras tu cuerpo se va quitando
de encima el virus y empieza a recuperarse.
455
• Ambientadores de aire de aerosol.
La exposición a estos procede de las mismas fuentes que acabamos de
citar, y también pueden asentarse en los niveles superficial y
subsuperficial de nuestro hígado.
• Ambientadores de aire en espray
y nebulizadores. Se suelen emplear
para rociar y quitar el olor a los
muebles, y acaban en los niveles superficial y subsuperficial del
hígado.
• Colonias y lociones para después del afeitado. Aunque no los uses para
evitar someterte a la exposición directa sobre tu piel, todavía es posible
que estés expuesto por inhalación cuando estás cerca de una persona
que se los ha puesto. Van a parar a los niveles superficial y
subsuperficial del hígado.
• Perfumes y lociones corporales, cremas, espráis, productos para el
lavado, champús, acondicionadores, geles
y otros productos para el cabello con aromas convencionales. Ten
cuidado con lo que compras en la sección de productos de tocador. Con
tu intención de oler a limpio y a fresco, puedes estar aplicándote unas
sustancias químicas que te sobrecargarán el hígado, instalándose en sus
niveles superficial
y subsuperficial.
• Fijador para el cabello. Si bien los fijadores para el cabello ya no son
tan populares como antaño, si te lo aplicabas en otra época, las
sustancias químicas que inspirabas y que absorbías por la piel pueden
seguir residiendo en tu hígado. Como ya te he dicho, eso de que tus
células se renuevan por completo cada siete años no es más que un
mito. Aunque las células del hígado sí que se van reemplazando con el
tiempo, las células viejas pueden contaminar a las nuevas; y así es
como tu hígado puede seguir conservando aún el fijador antiguo.
Tiende a instalarse en los niveles superficial y subsuperficial del
hígado.
• Tintes para el cabello. Existen tintes para el cabello convencionales y
no convencionales. Elige la versión más natural siempre que puedas; es
456
mucho mejor, aunque también puede tener un efecto tóxico. Si te
parece que no se fija bien del todo, aplícatela dos veces hasta obtener
el color deseado. Los tintes para el cabello son muy duros para el
hígado. Pueden desencadenar, por sí solos, síntomas de
perimenopausia, de menopausia y de postmenopausia. Hacia la época
de este cambio en sus vidas, las mujeres suelen emplear los tintes más
convencionales y más tóxicos para cubrirse los cabellos grises.
Y terminan en el médico, y este les dice que tienen problemas
hormonales, cuando el verdadero problema es que el tinte para el
cabello les ha llegado al hígado: el tinte se absorbe por la piel
y viaja por la sangre hasta llegar directamente al hígado. Cuando una
mujer empieza a teñirse el pelo poco antes de cumplir los cuarenta, el
tinte es el desencadenante definitivo de un diagnóstico de
perimenopausia, sin que nadie se dé cuenta de la verdad, de que las
sustancias químicas de los tintes están alimentando al VEB que tiene
en el hígado. Los tintes para el cabello convencionales van a parar a
los tres niveles del hígado.
• Polvos de talco. Aunque es fácil suponer que estos solo se aplican a la
piel, se trata de un polvo fino que también va a parar a los pulmones y
al tracto intestinal por la boca; cuando te aplicas polvos de talco en el
cuerpo, los estás inhalando y tragando al mismo tiempo. Te llegan al
hígado, donde son tóxicos, y se instalan en los niveles superficial y
subsuperficial.
• Maquillaje convencional. Si no tienes la costumbre de leer la letra
pequeña en los envases de los cosméticos, los ingredientes que
contienen algunos te sorprenderían. La industria del maquillaje
también tiene sus fórmulas
y recetas secretas y propias que no se incluyen en sus listas de
componentes; unos mejunjes que ocultan al consumidor, porque
publicarlos equivaldría a dárselos a conocer a la competencia. Esto ha
sido así desde hace más de un siglo. Las sustancias químicas y hasta
los metales pesados que se encuentran en productos como las bases de
maquillaje pueden absorberse por la piel, y también terminas
ingiriendo una proporción de la barra de labios, del brillo de labios o
de los polvos que te pones. Por suerte, las empresas de cosméticos
457
llegaron a darse cuenta en un momento dado de que el plomo no era
seguro; era un componente habitual de los cosméticos de antaño. Pero
hoy día todavía se emplean mucho el aluminio y el cobre. Los
componentes del maquillaje van a parar a los niveles superficial
y subsuperficial del hígado.
• Bronceador en espray. Cuando este cubre hasta el último centímetro
cuadrado del cuerpo, puede producir una situación especialmente
tóxica para el hígado; llega a ahogar al órgano, porque la piel no es
capaz de limpiarse, y la piel forma parte del sistema de alivio del
hígado cuando este se está librando de los venenos. El bronceador en
espray en sí va a parar a la capa subsuperficial del hígado. Pero, como
impide que la piel libere toxinas, la consecuencia de aplicarse el
bronceador en espray es que el núcleo interior profundo del hígado se
sobresatura de otros alborotadores que no pueden salir por la piel.
• Productos químicos para las uñas. El esmalte de uñas, el quitaesmalte
y los adhesivos para uñas postizas destacan por los vapores que
desprenden, y a esto se debe en parte su carácter de alborotadores. El
esmalte de uñas contiene disolvente de pintura para que no se
endurezca cuando te toca la piel; y es muy común que te vaya a parar
esmalte a la cutícula y a la piel próxima a las uñas. El quitaesmalte
termina cubriendo todo el dedo, con lo que tiene la posibilidad de
impregnar la piel y de entrar en el organismo. Estos productos
químicos van a parar al nivel subsuperficial del hígado y a su núcleo
interior profundo.
• Productos de limpieza doméstica convencionales. Estas disoluciones
limpiadoras tradicionales, que se emplean tanto en las viviendas como
en las oficinas y en las industrias, contienen ingredientes que pueden
sobrecargar el hígado, tanto cuando se inspiran como cuando se
absorben por la piel. Aquí se incluyen los espráis para limpiar
encimeras, los líquidos de limpieza para todo uso, las ceras, los
productos para fregar los suelos y los limpiacristales.
Si tú no eres el que los aplica, eso no quiere decir que estés libre de
ellos. También estás expuesto, aunque de manera menos potente, si
pasas tiempo en una zona donde se han empleado, aunque no los hayas
458
aplicado tú. Estos productos se asientan en el nivel subsuperficial del
hígado y en su núcleo interior profundo.
• Detergentes convencionales
y suavizantes para la ropa y toallitas aromatizantes para la secadora.
Estos productos entran fácilmente en los pulmones y en la piel y van
directamente de allí a la sangre, por la que llegan hasta el hígado.
Muchos productos de lavado de ropa convencionales se elaboran a
partir de petroquímicos. Aunque puedan parecer limpios, tu hígado se
siente sucio después; dejan tras de sí un «regalo» de toxicidad. Estos
alborotadores tienden a quedarse en los niveles superficial y
subsuperficial del hígado. También pueden llegar hasta el núcleo
interior profundo, en función de la marca y de la fórmula del producto
químico en cuestión.
• Productos químicos para el lavado en seco. Estos productos se te van a
los pulmones, sobre todo cuando acabas de recoger la ropa en la
tintorería, y también van a la piel. Todo son costes: la ropa que hay que
limpiar en seco suele ser cara; tienes que pagar lo que cuesta la
tintorería, y, al mismo tiempo, tu hígado también lo paga caro. Estos
productos químicos suelen acabar en la subsuperficie del hígado y en
su núcleo interior profundo.
459
receta con los que nos automedicamos) pueden producir un cóctel que a tu
hígado no le gusta; y conscientes de que puedes terminar teniendo
medicamentos en tu organismo aunque no hayas tomado uno en toda tu
vida. (Cuando las personas que sí toman medicamentos los eliminan, esos
fármacos van a parar al agua corriente). Cuando hayas empezado a cuidarte
el hígado, estas sustancias pueden empezar a salirte del hígado
inmediatamente. El tiempo total que tarden en salir dependerá del fármaco
en cuestión y de cuánto hayas consumido a lo largo de los años. La mayoría
pueden tardar hasta dos años, siempre que ya no los estés usando; aunque,
si sigues tomando una medicación, yo lo respeto. Eso no significa que no
puedas trabajar para limpiarte el hígado. El hígado tiene mucho trabajo
pendiente para librarse de venenos de fuentes muy diversas; si trabajas en
ello, además de en alimentar a tu hígado para que haga lo que tiene que
hacer, le ayudarás a hacerse cargo de los fármacos que tienes que tomar.
• Antibióticos. Se recetan habitualmente para los resfriados y la gripe,
para las otitis de los niños, para las irritaciones de garganta, las
infecciones del tracto urinario, el acné y para los que sufren
enfermedades crónicas como la borreliosis de Lyme, entre otras
aplicaciones. Puedes haber estado tomando antibióticos desde una
época tan temprana de tu vida que ni siquiera la recuerdes. Estos
alborotadores, que contienen petróleo, tienden a ir al nivel
subsuperficial del hígado y a su núcleo interior profundo.
• Antidepresivos. Si has tomado uno
o varios de estos, lo sabrás. Se instalan en el nivel subsuperficial del
hígado y en su núcleo interior profundo.
• Antiinflamatorios. Los suelen tomar los pacientes con lesiones y con
dolores crónicos. Se distribuyen por los tres niveles del hígado.
• Somníferos. Los fármacos para el insomnio se instalan en el nivel
subsuperficial del hígado.
• Biofármacos. Estos supresores del sistema inmunitario que se suelen
recetar a los pacientes con enfermedades crónicas, como la esclerosis
múltiple y trastornos intestinales como la enfermedad de Crohn y la
colitis, van a parar a los tres niveles del hígado.
460
• Inmunosupresores tradicionales. Se suelen administrar a los pacientes
con esclerosis múltiple y con otras enfermedades crónicas, y van a los
tres niveles del hígado.
• Anfetaminas con receta. Se recetan para trastornos como el TDAH y
otras dificultades de enfoque y de concentración, así como para la
energía baja. Se asientan en los tres niveles del hígado.
• Opiáceos. Estos fármacos se administran a los pacientes con dolores
crónicos, y bajan hasta el núcleo interior profundo del hígado.
• Estatinas. Se suelen tomar para el colesterol alto, y se da la paradoja de
que los problemas de colesterol proceden del hígado, y las estatinas
agravan el estado de este, elevando todavía más el colesterol, aunque la
medicación lo disimula. Las estatinas llegan fácilmente al núcleo
interior profundo del hígado, y son muy tóxicas para esa zona.
• Fármacos para la tensión alta. Si los has tomado, lo sabes. Se quedan
en el nivel subsuperficial del hígado.
• Fármacos hormonales. Entre estos se cuentan las terapias hormonales
convencionales y las bioidénticas, las hormonas del crecimiento
humano y las dietas de gonadotropina coriónica humana (hCG). Van a
parar a los niveles superficial y subsuperficial del hígado.
• Fármacos para el tiroides. Si has tomado estos medicamentos, lo
sabrás; aunque puede que no sepas que, en realidad, no están diseñados
para que curen el tiroides ni para que aborden el problema de fondo de
esta glándula, sino que son un tipo más de fármaco hormonal. (Hablé
más de esto en mi libro Médico médium: la sanación del tiroides). Se
cuentan entre los medicamentos más recetados, y también van a parar a
los niveles superficial y subsuperficial del hígado.
• Corticoides. Se suelen recetar para los síntomas y enfermedades
misteriosas, así como después de las intervenciones quirúrgicas y
odontológicas, y van a los tres niveles del hígado.
• Píldoras anticonceptivas. Este fármaco, que está causando problemas
de hígado a las mujeres a edades cada vez más tempranas, las conduce
a diagnósticos muy prematuros de perimenopausia o de otros
problemas hormonales, por lo mucho y lo muy pronto que intoxica el
hígado. Uno de los modos en que provoca problemas es estrechando y
461
atrofiando los vasos sanguíneos del hígado. Va a parar al nivel interior
profundo.
• Alcohol. No solo incluimos aquí el alcohol embotellado y que se toma
con fines recreativos. Hay alcohol en casi todos los productos de
tocador, entre ellos los que sirven para el cuidado del cabello y de la
piel y los cosméticos. También se manipula en el mundo de los
farmacéuticos y se añade a muchos fármacos, administrados con y sin
receta, y no solo a los que vienen en forma líquida; suele estar presente
también en los medicamentos secos, bajo una forma alterada y
deshidratada. El alcohol es durísimo para el hígado;
lo hace volverse lento y estancado
y lesiona las células hepáticas. Desacelera la capacidad del hígado para
realizar sus más de 2000 funciones químicas para el cuerpo y
emborracha a los elfos de los lobulillos hepáticos, de modo que los
pequeños ayudantes de Santa Claus no pueden hacer juguetes. (No por
esto vayas a dejar de usar desinfectante de manos con alcohol. Matar a
los virus de la gripe o a los estreptococos de unos servicios públicos o
de algún otro lugar lleno de gérmenes vale más que lo que pueda
recibir tu hígado de esa toallita sanitaria). El alcohol satura los tres
niveles del hígado. Puedes haberte quitado de encima todos los
residuos de alcohol a los 90 días de haberte empezado a cuidar el
hígado.
• Drogas con fines recreativos. Una de las pocas diferencias que existen
entre las drogas tomadas con fines recreativos
y los fármacos duros y más agresivos es que con las drogas no hay
dosis prescritas. El traficante no te dirá nunca: «No tomes más de un
gramo, un día sí
y otro no, durante una semana». Aunque quizá supongas que los
fármacos sintetizados en los laboratorios tienen un control de calidad
muy superior, y que las drogas ilegales que se venden en la calle
contienen sustancias químicas peligrosas y dañinas que las convierten
en una cosa muy distinta, la cosa no es tan sencilla. Nadie sabe cuántos
errores se cometen en la elaboración de los fármacos. Si las drogas
ejercen un impacto mucho más agudo sobre el hígado es por una
cuestión de dosis: no existen reglamentos ni pautas que las controlen.
462
Las drogas van a parar a la subsuperficie del hígado y a su núcleo
interior profundo.
463
de los aparatos; cuando nos ponen empastes con amalgama de metal (o
cuando nos los retiran); cuando entramos en contacto con pesticidas,
herbicidas
y fungicidas; al comer pescado; al tomar suplementos de aceite de
pescado (incluso los de alta calidad que afirman que están libres de
mercurio), y al estar en las cercanías de lagos y de otras extensiones de
agua. Además, el mercurio es el metal pesado tóxico que se transmite
con mayor facilidad de una generación a otra; por ello, el mercurio que
tienes en el hígado puede ser muy antiguo.
• Plomo. Algunas de las causas por las que puedes terminar teniendo
plomo en el organismo son: por haber manejado de niño lápices de
mina de plomo; por haber estado expuesto a la pintura con plomo (ya
fuera en el pasado, cuando estaba fresca, o en la actualidad, intentando
retirarla); por usar agua que ha corrido por cañerías de plomo en
edificios antiguos, y por haber tenido contacto con pesticidas,
herbicidas y fungicidas. Procura también no cultivar un huerto cerca
de una casa en cuyo exterior se haya empleado pintura al plomo. El
terreno circundante puede estar saturado,
y podrías terminar comiéndote unas verduras y hortalizas sazonadas
con plomo.
• Aluminio. Estamos en contacto con él constantemente, desde las latas
hasta el papel de aluminio, pasando por los recipientes de comida
preparada, los utensilios de cocina, el maquillaje, el agua corriente, las
cremas de protección solar y los pesticidas, herbicidas
y fungicidas.
• Cobre. El hígado es muy sensible al cobre. Como este metal se suele
emplear para hacer cañerías, las partículas de cobre pueden terminar en
tu agua potable y de baño; además, está presente con frecuencia en los
pesticidas, herbicidas y fungicidas. Ahora hay una moda de emplear en
la cocina ollas y cazuelas de cobre de todo tipo; procura tener cuidado
con ellas
y usa las de cerámica siempre que puedas; tu hígado te lo agradecerá.
• Cadmio. Este está en el aire y nos cae del cielo, por lo que nos entra en
el organismo cuando lo inhalamos. También está en los pesticidas,
herbicidas y fungicidas.
464
• Bario. Otro alborotador que inhalamos cuando cae del cielo. También
nos cae en la piel, y lo tragamos, porque está en el agua corriente.
Suele emplearse en las exploraciones médicas con técnicas de imagen.
• Níquel. Ingrediente de los pesticidas, herbicidas y fungicidas.
• Arsénico. Otro componente de los pesticidas, herbicidas y fungicidas.
La radiación
Tu hígado absorbe las radiaciones a las que estás expuesto por los viajes
en avión, las radiografías, las resonancias magnéticas, los TAC, los
teléfonos móviles, los alimentos y el agua, y la lluvia radiactiva constante
por los desastres nucleares del pasado. Aunque no te hayan hecho una
radiografía en toda tu vida, eso no quiere decir que a tu padre o a tu madre
no se la hicieran antes de que te concibieran a ti. Esa radiación se hereda, y
no desaparece a menos que trabajes para librarte de ella con conocimiento.
También puedes absorber radiaciones por estar cerca de una persona a la
que acaban de hacer una radiografía. Estas radiaciones van a los tres niveles
del hígado. Las partículas de radiación pueden empezar a liberarse al cabo
de tres o cuatro semanas de cuidarte el hígado. Para las radiaciones más
penetrantes, deberás tomar los suplementos y las algas adecuadas, así como
el smoothie para metales pesados de Médico médium: la sanación del
tiroides, que también es extractor de radiaciones. Cuesta algún tiempo
limpiarse de la radiación, normalmente de uno a tres años en total. Puede
que tú tardes más, en función de la exposición que hayas recibido.
El exceso de adrenalina
• Sobreabundancia prolongada de estrés suprarrenal. La sobresaturación
con hormonas suprarrenales puede sobrecargar la capacidad del hígado
para llevar a cabo sus responsabilidades cotidianas. Además,
proporciona más alimentos a los virus como el VEB, así como a las
bacterias. Cuando el hígado es capaz de neutralizar la adrenalina, la
conserva en su nivel subsuperficial. Cuando el hígado se ve obligado a
conservar adrenalina cáustica, porque está demasiado sobrecargado
como para neutralizarla, la conserva en sus tres niveles, y suele tardar
de una a tres semanas en limpiarse cuando tú trabajas para ello.
465
• Actividades basadas en la adrenalina.
El puenting o salto con bungee, las montañas rusas, el sexo, el
paracaidismo en caída libre, el surfing con olas grandes, el snowboard,
el motocross, el BMX o ciclocross, las carreras de automóviles y la
escalada son algunos ejemplos de las actividades en las que se
producen subidas fuertes de adrenalina. Son mejores que tomar drogas:
los deportes con adrenalina son grandes logros. Si los estás
practicando, debes procurar cuidarte también el hígado, del mismo
modo que compruebas previamente que los cordajes o el paracaídas
están en perfectas condiciones. En vez de ello, mucha gente suele
celebrar un buen salto desde un avión o una victoria en la pista de
carreras con una buena cerveza, dando todavía más trabajo al hígado.
No es posible neutralizar una buena parte de la adrenalina corrosiva de
estas actividades de alta intensidad, porque llega al hígado en oleadas.
Suele saturar los tres niveles del hígado, del mismo modo que se
empapa una esponja cuando recoges un líquido derramado, y tarda de
una a tres semanas en volver a salir cuando te estás cuidando el hígado.
Exposición a la lluvia
La lluvia ya no es tan limpia como lo era antiguamente. El agua de lluvia
está llena de las toxinas del cielo y del aire, desde las partículas radiactivas
hasta el bario, pasando por el combustible de los reactores y las partículas
de polvo que salen desprendidas de los campos de cultivo de nuestro país y
de otros países y que contienen residuos de pesticidas, herbicidas y
fungicidas. También contiene una cantidad tremenda de los materiales
vaporizados que emiten las fábricas de la industria química del todo el
mundo. No hay ningún ente que controle estas sustancias químicas; son
cientos de miles de subproductos incontrolados que llenan la atmósfera.
Todas estas toxinas descienden con la lluvia, y si esta nos cae encima,
nuestra piel la absorbe al instante, y las sustancias químicas nos llegan al
hígado y se asientan en el nivel subsuperficial.
Aquí es donde tenemos que reconocer que nuestros hígados son
prácticamente divinos, por lo que ven, lo que clasifican y lo que entienden
acerca de estos millares de agentes químicos vaporizados distintos en sus
formas más diminutas y homeopáticas. Lo que presencia el hígado está
466
fuera del alcance y de la imaginación de todos los investigadores y de la
ciencia. No estoy hablando de la lluvia ácida; este término apenas se asoma
a la superficie de lo que hay verdaderamente en la lluvia. No existe en todo
el planeta un solo laboratorio que sea capaz de catalogar los contaminantes
que se encuentran en una gota de agua de lluvia. Las personas sensibles, ya
tengan síntomas neurológicos tales como fatiga y dolor de articulaciones o
molestias crónicas como los problemas de los senos paranasales, tenderán a
sentirse peor durante un par de días después de haberse mojado con la
lluvia.
No pretendo asustarte. Por suerte, nuestros hígados son unos maestros en
el arte de limpiar la toxicidad de la lluvia. Al hígado deberían otorgarle el
Premio Nobel de la Paz por el modo en que la identifica y la maneja.
Disfruta de tus paseos bajo la lluvia... pero cuídate el hígado, para que
puedas seguir disfrutándolos. La exposición pasada a los químicos por la
lluvia puede salir del hígado al cien por cien al cabo de dos semanas si estás
tomando todas las medidas adecuadas. Después, la próxima vez que te
mojes con la lluvia, la toxicidad que contenga puede salir de tu hígado en
solo tres días. Esto se debe, en parte, a que la lluvia es agua activa, viva,
con propiedades curativas que el hígado puede extraer y aprovechar
inmediatamente. Esa agua viva codifica y desactiva todas las sustancias
químicas que contiene, para que al hígado le resulte más fácil trabajar con
ellas.
467
Capítulo 37.
Alimentos, hierbas
y suplementos poderosos
para tu hígado
468
mercurio y otros metales pesados tóxicos, y patógenos que provocan
enfermedades, como los virus y las bacterias. El hígado debe dominar el
arte de separar lo bueno de lo malo, los nutrientes de los venenos. Los que
lo hacen son los elfos en la fábrica de juguetes, los lobulillos hepáticos. Su
tarea de descifrar lo que es útil, inútil o incluso dañino es especialmente
vital porque la autopista de la sangre se dirige, a continuación, al corazón;
por eso deben asegurarse de que solo envían a este órgano precioso regalos
(y no carbón).
Y el hígado también almacena materiales útiles y dañinos. Cuando se
requieren los materiales útiles, como nutrientes, hormonas, agentes
bioquímicos y compuestos químicos, el sistema inteligente del hígado los
diluye, los mide y los equilibra con brillantez, y libera a la sangre las
cantidades justas de estos materiales. Y también están los materiales
dañinos, de cuyo almacenamiento improvisado hablamos en el capítulo 5,
«Tu hígado protector», y en el anterior a este. Tu hígado intenta enterrar en
sus bolsillos profundos los artículos más preocupantes, con el fin de
protegerte.
Todo este trabajo da hambre al hígado. Para poder custodiar las puertas
del hígado (los vasos sanguíneos de entrada y de salida), ordenarlo todo,
guardar estratégicamente lo bueno y enterrar hondo lo malo, las células del
hígado, incluidos los elfos de los lobulillos, deben alimentarse. Deben tener
una hora del desayuno, una hora de la comida, una hora de la cena, y pausas
para comer entre horas, como quien se toma un café y un donut; aunque los
elfos no piden café ni donuts. Como dije en el capítulo 3, «Tu hígado
vivificador», los requisitos más importantes de tu hígado son, por este
orden, el oxígeno, el agua, el azúcar y las sales minerales. La glucosa (el
azúcar) es el combustible del hígado, junto con las vitaminas, minerales,
antioxidantes y otros nutrientes preciosos que llegan al hígado con los
azúcares de las frutas y las verduras. El hígado solo empleará los nutrientes
que estén rodeados de glucosa y de fructosa naturales. Si una persona está
haciendo una dieta sin azúcar, sin carbohidratos, sin boniatos, sin calabaza,
sin fruta de ninguna clase, el hígado se le irá quedando desnutrido poco a
poco y la persona envejecerá rápidamente. Esto se debe a que el hígado
requiere azúcar para identificar y para retener los nutrientes que necesita
para reponerse; no los tomará si no están asociados al alimento para los
elfos, el azúcar. Si el hígado ve llegar a un nutriente que no está asociado al
469
azúcar, no lo retendrá; lo dejará seguir adelante por la sangre hasta que
salga del hígado. El azúcar natural también sirve para mantener frío el
motor del hígado, cosa vital, pues es el órgano que funciona a mayor
temperatura.
Con la moda de la grasas altas, la gente cree que el hígado necesita grasas
para que le ayuden a disgregar las grasas. Este es un error enorme, pues
equivale a tomar el dato real de que el hígado es responsable de disgregar
las grasas y tergiversarlo para convertirlo en la idea de que al hígado le
encanta la grasa. Es casi como si los marcadores de tendencias de hoy día se
estuvieran despersonalizando respecto de lo que pasa en el cuerpo.
O es como si conoces desde hace años a un compañero tuyo de trabajo y
durante todo este tiempo le has estado oyendo hablar de su situación en la
vida, de sus pasiones y de sus sueños, pero en realidad no le has escuchado
nunca ni sabes quién es. Si le hubieras escuchado, serías consciente de que,
si le pides un favor determinado, lo estás tocando en un punto donde sufrió
una de sus mayores heridas a lo largo de los años. Pero no hacías más que
oír el sonido de sus palabras, sin dejar de pensar en tus cosas; y eso es lo
que pasa con las dietas de hoy día y con cómo tratan al hígado. Vives con tu
cuerpo, haces como que lo entiendes, te crees que lo entiendes, das por
supuesto que lo entiendes, pero en realidad nunca te han enseñado a
escucharle ni a dedicar el tiempo necesario para determinar qué es lo que
necesita. El razonamiento es este: «Si el hígado disgrega las grasas, vamos
a darle toda las grasas que podamos». Pero lo cierto es que el hígado no
tiene hambre de calorías de las grasas. Tiene hambre de las calorías
adecuadas de los azúcares. Emplea el azúcar como combustible para poder
producir la bilis necesaria para disgregar las grasas.
La sangre de la persona debe tener el equilibrio adecuado para que el
hígado esté alimentado como es debido y pueda llevar a cabo sus funciones
biliares adaptógenas y sus procesos de clasificación y filtrado, así como
todas sus demás funciones, entre ellas las de almacenamiento y
neutralización. Un exceso de grasas en la sangre es uno de los factores que
puede alterar el equilibrio; puede producir resistencia a la insulina (que
impide que las células absorban la glucosa como es debido), reducir los
niveles de oxígeno en la sangre y deshidratar la sangre, lo cual, en conjunto,
priva al hígado de tres de sus requisitos fundamentales: la glucosa, el
oxígeno y el agua. No pretendo asustarte hasta el punto de que evites las
470
grasas por completo. Hay grasas que son sanas y que te sientan muy bien.
Pero, tal como hemos ido viendo en este libro, la mayoría de la gente está
comiendo grasas en exceso.
Solo tienes que intentar reducir tu consumo de grasas en un 25 por ciento.
Si te estás comiendo dos aguacates al día, deja uno y toma en su lugar más
espinacas, tomates, naranjas, mangos o patatas. Si te estás comiendo dos
porciones de pollo al día, deja una y sustitúyela por boniato asado. Si te
estás comiendo dos chorritos de aceite de oliva o de aceite de coco al día,
procura reducirlos a la mitad y sustituir un chorrito de aceite por zumo de
limón. Si estás preparando un aderezo con media taza de anacardos, prueba
a reducir la cantidad a un cuarto de taza y compensarla añadiendo un cuarto
de taza de apio; o, si te gusta comer frutos secos por sí solos, prueba a
sustituir la mitad por calabaza de invierno. Sean cuales sean las grasas
radicales, de origen vegetal o de proteínas animales como la carne, prueba a
sustituir una parte por los alimentos sanadores que te indico en este
capítulo. Haciendo ajustes de este tipo a lo largo del día podrás reducir el
total de grasas radicales que consumes en una cuarta parte,
aproximadamente. No tienes por qué hacerlo a la perfección. Otra
posibilidad es que, si quieres disponer de un día en que disfrutarás de las
cantidades de grasas que te apetecen, lo compenses con algunos días libres
de grasas. El Rescate del Hígado 3:6:9 y el capítulo dedicado a las recetas te
darán ideas de comidas y de aperitivos para pasar todo un día sin consumir
grasas radicales. Con cualquiera de estas dos opciones (reducir el consumo
de grasas diario en un 25 por ciento, o conceder a tu hígado algunos días sin
grasas) irás avanzando.
Otro factor de desequilibrio es el alcohol. El alcohol empieza a
emborrachar a los lobulillos hepáticos, entrando por la vena porta, desde
mucho antes de que tú sientas sus efectos; y los elfos borrachos no pueden
hacer bien su trabajo. Cuando una persona bebe alcohol, obstaculiza la
capacidad de su hígado para reconocer, descifrar, extraer y conservar las
vitaminas, los minerales y otros materiales útiles que también entran por la
sangre. Estos terminan por pasar de largo ante las zonas donde hacen falta.
El alcohol también ralentiza la capacidad del hígado para gestionar sus más
de 2000 funciones químicas. Es como si un avión perdiera potencia en los
motores.
471
Lo que puede venir muy bien para el equilibrio es comer con frecuencia.
Aunque tu hígado es capaz de almacenar glucosa y, además de alimentar
con ella a otros órganos, de alimentarse a sí mismo en caso necesario,
necesita de todo el apoyo que se le pueda dar con la glucosa. Especialmente
cuando todavía te estás reconstruyendo de nuevo el hígado, este no estará
en su mejor estado de forma para proporcionar más reservas de azúcar cada
vez que te baja el azúcar en sangre. En vez de él, intervendrán las glándulas
suprarrenales para cubrir la falta. Como a ti te interesa evitar que las
suprarrenales se te quemen, y proteger del exceso de adrenalina al resto de
tu cuerpo, comer algo cada hora y media o dos horas es un modo
francamente útil de ayudar tanto a tu hígado como a tus glándulas
suprarrenales. Si te gusta hacer tus tres comidas normales al día, está bien;
solo tienes que complementarlas comiendo algo más entre horas.
Y ¿cuáles son los mejores alimentos, hierbas aromáticas y suplementos
para aportar equilibrio a tu sangre y curación a tu hígado? Pues vamos
a dedicar a ellos el resto de este capítulo. Los diversos alimentos, plantas y
suplementos de los que vas a leer contribuyen a limpiar y a oxigenar la
sangre; hidratan la sangre con agua viva para expulsar, disolver y dispersar
las grasas y las toxinas del interior del hígado; proporcionan al hígado
azúcares naturales fundamentales como la glucosa y la fructosa, y aportan a
la sangre sales minerales de la máxima calidad. Y hacen algo más: están
llenos a rebosar de antioxidantes que ayudan a restaurar las células
hepáticas; de vitaminas que te alimentan el sistema inmunitario del hígado
para que pueda matar a los virus y a las bacterias; de minerales para las
funciones químicas esenciales del hígado, y de compuestos fitoquímicos
todavía no descubiertos que transfieren a tu hígado unas informaciones que
le permiten reforzarse y elevarse por encima del entorno contaminado en el
que lo tenemos. Son el modo más poderoso de alimentarte el hígado y de
llevarlo hasta un nivel de salud que tú no sabías que era posible.
ALIMENTOS SANADORES
• Ajo. Como el hígado tiene que hacer frente al asalto de los patógenos,
necesita hierbas aromáticas
y alimentos que le ayuden a luchar para cumplir su misión. El ajo es
uno de estos alimentos aromáticos. Las cualidades medicinales, acres
472
y astringentes del ajo son la peor pesadilla de un patógeno. Los
compuestos fitoquímicos del ajo se filtran a través de las paredes del
tracto intestinal hasta los vasos sanguíneos que se dirigen al hígado
por la vena porta hepática. El sistema inmunitario del hígado recibe
con agrado estos compuestos, porque sabe que son como un ejército
de apoyo que ha llegado para que el sistema inmunitario pueda
tomarse un respiro y retirarse para rehacer sus fuerzas. Estos
compuestos fitoquímicos son como arrojar arena a los ojos de una
persona; literalmente, agreden a diversos patógenos que están dentro
del hígado, los obligan a retirarse e incluso matan a algunos. Si eres
sensible al ajo, prueba con las cebollas, que tienen cualidades
similares. Si no eres sensible al ajo, no temas introducirlo en tu dieta
cuando te apetezca.
• Albaricoques. Aportan una vitamina A fácilmente asimilable que no
sobrecarga el hígado y que lo protege de los daños celulares. También
aportan un cobre beneficioso que puede ayudar a combinarse con los
cobres tóxicos que están dentro del hígado y a extraerlos, una
capacidad del tipo de «lo semejante se opone a lo semejante» que
funciona a tu favor. Los albaricoques son ricos en antioxidantes,
muchos de ellos pendientes de descubrir, y son medicina para tus
células hepáticas. Ayudan a prevenir el envejecimiento.
• Alcachofas. Contienen compuestos fitoquímicos que frenan el
crecimiento de los tumores y de los quistes dentro del hígado. El
hígado se basa en otros compuestos químicos que se encuentran en las
alcachofas para realizar muchas de sus funciones químicas; trabajan
concertadamente para que se mantengan en todo su vigor las
capacidades de neutralización, de control y de filtrado del hígado.
• Algas del Atlántico (sobre todo dulse
y kelp). Contienen sales minerales
que agradan al hígado y que son necesarias para el mismo. Una muy
importante es el yodo, un antiséptico natural para el hígado que inhibe
las bacterias no productivas, los virus
y otros microorganismos no deseados capaces de llegar hasta el
hígado y de producir daños celulares. El yodo en el hígado, a un nivel
adecuado, puede ayudar a prevenir el cáncer y todo tipo de
473
enfermedades que se producen en el hígado y en el cuerpo en general.
Las algas marinas del Atlántico refuerzan también las sales biliares,
con lo que la producción de bilis del hígado es más potente (en vez de
darse una producción abundante de bilis que quizá no sea muy
potente).
• Apio. Sus subgrupos de sodio todavía no descubiertos, que yo llamo
sales de cúmulo, protegen las membranas celulares del hígado e
inhiben el crecimiento de los virus, las bacterias
y los hongos. El apio restaura la capacidad del hígado para producir
bilis, así como la potencia de la bilis
y su estructura compleja, que se encuentra desequilibrada en la
mayoría de las personas. Sus sales de cúmulo se unen a los venenos y
a las toxinas que flotan libres dentro del hígado y los hacen salir al
torrente sanguíneo, manteniéndose unidos a ellos para que los
alborotadores abandonen de manera segura los riñones o el tracto
intestinal. El apio purga el hígado, a la vez que hace descender su
calor hasta un nivel seguro. Es el rehabilitador definitivo de la
vesícula biliar,
y contribuye a disolver los cálculos biliares a lo largo del tiempo,
dejándolos lo bastante pequeños para que no causen daños o para que
puedan pasar por el conducto biliar. Además, el sodio que contiene el
apio dilata el conducto biliar para que no esté estrecho si se desaloja
un cálculo grande. Elimina la mucosidad del tracto intestinal y del
hígado
y aumenta la producción de la combinación de siete ácidos del ácido
clorhídrico en el estómago, que está por descubrir. Dispersa las células
grasas que están en el hígado. Aunque compremos siempre el apio en
una misma tienda, sin darnos cuenta lo estamos consumiendo
procedente de diversas regiones y plantaciones. Esto es beneficioso,
porque las diversas cualidades de la tierra afectan a la composición de
las sales minerales del apio que se cultiva en ella, por lo que
terminamos obteniendo diversas composiciones de sodio que ayudan a
nuestro sistema inmunitario. (Tampoco te preocupes si has comido
apio de un mismo huerto durante toda tu vida. Aun así, el terreno
habrá cambiado con el tiempo, con lo que habrás tenido variedad). El
474
apio es una planta aromática poderosa de la que no debemos
olvidarnos nunca.
• Arándanos rojos. La antocianina que contienen los arándanos rojos es
polifacética, pues realiza más de una tarea para tu hígado. No solo
previene la oxidación de las células, sino que contribuye a impedir
que las células mueran por la sobrecarga tóxica en general. También
retira y libera a diversos agitadores, entre ellos los que se han
heredado desde muy antiguo por la estirpe familiar. Ese ácido frutal
fuerte que contienen los arándanos rojos y que nos hace fruncir la
boca arranca las membranas celulares a los patógenos, sobre todo a las
bacterias. La vitamina C de los arándanos rojos tiene semejanzas con
la rara vitamina C de los tomates, en el sentido de que también
fortalece el sistema inmunitario del hígado.
• Arándanos silvestres. Contienen docenas de antioxidantes no
descubiertos, entre ellos variedades de las antocianinas. Dentro de un
arándano silvestre no hay un único pigmento; hay docenas de
pigmentos que no se han investigado ni estudiado. El arándano
silvestre es para el hígado como la leche materna para un recién
nacido. Los arándanos silvestres no solo tienen la capacidad de atrapar
a muchos alborotadores, sino que se aferran a ellos hasta que salen del
hígado, de un modo que no está al alcance de otros muchos alimentos
sanadores. Los pigmentos de los arándanos silvestres tienen la
capacidad de saturar profundamente las células hepáticas y de
atravesar las paredes y membranas celulares dentro del hígado,
difundiendo su azul por todas partes. Los arándanos silvestres mejoran
el tracto intestinal alimentando a las bacterias beneficiosas que
contiene, lo cual es muy positivo para el hígado.
• Bayas. Son todo un botiquín para el hígado. Están cargadas de
antioxidantes para impedir que diversas células hepáticas, entre ellas
los hepatocitos y las células de Kupffer, así como los lobulillos y los
capilares hepáticos, se infecten y queden afectados por las toxinas y
por los patógenos. Las bayas protegen al hígado de los alborotadores
que pueden producir daños; los muchos antioxidantes pendientes de
descubrir que contienen ayudan a proteger de daños a las células
hepáticas. Todas las bayas, incluidas las frambuesas, las moras y los
475
arándanos, impiden que el hígado se oxide con demasiada facilidad
cuando está saturado de metales pesados tóxicos y de venenos.
• Berenjenas. Aunque se suele despreciar a causa de ideas confundidas
acerca de las solanáceas, la berenjena vale más de lo que nos hacen
creer. Nos puede ayudar más de lo que sabemos; si la evitamos es solo
porque no la entendemos. Lo cierto es que la berenjena contiene
cantidades pequeñas de un fitoquímico astringente pendiente de
descubrir que mejora el flujo sanguíneo hacia el hígado, permite que
se aumente al máximo el oxígeno en el hígado
y ayuda a prevenir enfermedades de todo tipo. La berenjena contiene,
además, compuestos fitoquímicos que se unen a la vitamina C,
volviendo a esta más disponible para el hígado
y para el sistema inmunitario personalizado del hígado. La berenjena
aclara la sangre sucia que está llena de grasas y de venenos, lo que
puede contribuir a evitar que se produzcan trombos en nuestras venas,
y también alivia el trabajo del corazón en su labor de bombeo.
• Boniatos (batatas). Alimento importante para el almacenamiento de
glucosa
y de glucógeno en el hígado. Todos los boniatos y los ñames son
beneficiosos, hasta los boniatos blancos.
A semejanza de las patatas, ayudan a casi todas las funciones de las
que es responsable el hígado en nuestro cuerpo. Los boniatos tienen
propiedades fitoquímicas que calman los hígados recalentados,
irritados, estancados, lentos y tóxicos y ayudan a prevenir los
espasmos. Ofrecen también al hígado una gama de fitoquímicos que
equilibran las hormonas; el hígado aprovecha los boniatos y los ñames
para regular
y controlar algunas de sus funciones hormonales.
• Brócoli. Los «troncos» del brócoli son ricos en compuestos con
azufre, que no se han investigado en la medida necesaria: son más
importantes de lo que pensamos. Estos compuestos fitoquímicos con
azufre hacen de gases dañinos para las bacterias hostiles y para otros
organismos que están dentro del tracto intestinal,
y también se desplazan directamente al hígado, donde saturan los
476
tejidos hepáticos, dando más posibilidades al sistema inmunitario del
hígado en su lucha por controlar a los patógenos.
• Brotes germinados y microverduras.
El hígado aprecia mucho los brotes germinados y las microverduras,
como aprecia cualquier fruta, hortaliza
o verdura verde viva del mercadillo de agricultores o de tu propio
huerto,
o que hayas cultivado en la encimera de tu cocina, porque estos
alimentos albergan a unos bióticos elevados que no se encuentran en
otra parte. Los bióticos elevados no los puedes comprar en tarros en el
supermercado, y ni siquiera los encuentras en los alimentos
fermentados. No existen en ningún campo de la industria alimentaria;
existen en los brotes germinados, en las microverduras, en una
manzana de cultivo ecológico que tomas del árbol o en la col kale que
recoges del huerto que tienes en el jardín. Estos bióticos elevados
producen en el tracto intestinal el entorno bacteriano beneficioso más
potente que es posible, y esto beneficia mucho al hígado de maneras
que todavía no han descubierto los investigadores
y la ciencia médica. Los bióticos elevados marcan la diferencia entre
la verdadera absorción de vitaminas
y minerales para beneficiar al hígado y las dificultades que tienen la
mayoría de las personas con trastornos para absorber los nutrientes,
por su carga de alborotadores en el hígado y en el tracto intestinal.
• Calabacines: Muy parecidos a los pepinos en algunos sentidos, pues
también son una fruta útil para la hidratación del hígado, lo que
permite a este conservar microbolsas de agua que podrá liberar más
tarde a la sangre, en los momentos de deshidratación crónica de tu
vida. Los calabacines tienen un suave efecto purgante del hígado que
permite a este expulsar de manera segura a los alborotadores
venenosos. También son calmantes para las paredes del tracto
intestinal; expulsan a los patógenos tales como las bacterias y los
hongos, permitiendo una mejor absorción de los nutrientes, que se
pueden enviar al hígado. Los calabacines son un alimento beneficioso
para la vesícula biliar, y contienen fitoquímicos que reducen la
inflamación de la misma.
477
• Calabaza de invierno (incluidas las calabazas kabocha, bellota,
delicata
y moscada o butternut). Están cargadas de nutrientes que puede
conservar fácilmente nuestro hígado. Ricas en carotenoides que
protegen de daños a las células hepáticas. La glucosa de la calabaza de
invierno puede estabilizar el hígado, permitiendo que se estabilice el
azúcar en sangre en general.
• Cebollas y cebolletas. Las cebollas son muy semejantes al ajo, y
contienen compuestos antimicrobianos con azufre que expulsan del
hígado a los patógenos hostiles. Las cebollas tienen cualidades
desinfectantes para el hígado, impidiendo que se inflame. También
mejoran el control de la temperatura del hígado, o su «termostato»,
para que pueda calentarse y enfriarse debidamente.
• Cerezas. Tienen un contenido elevado de antocianinas, que se unen a
alborotadores concretos del grupo de los petroquímicos que están
guardados en lo más profundo de nuestro hígado. El pigmento de
color rojo de las cerezas tiene efecto desengrasante, y dispersa las
toxinas adherentes y pegajosas y permite que vayan saliendo del
hígado hacia la vesícula biliar. Las antocianinas impiden que las
toxinas se vuelvan a absorber en el hígado y ayudan a hacer salir los
venenos del intestino delgado y del colon.
• Cilantro. Esta hierba aromática no solo se combina con los metales
pesados tóxicos, sino que sus compuestos fitoquímicos, todavía sin
descubrir, también se aferran a otros alborotadores (como las
neurotoxinas
y las dermotoxinas que suelen terminar dentro de nuestro hígado) y
las expulsan de nuestro cuerpo sin peligro. El cilantro es una hierba
magnífica, tanto para la limpieza del hígado como para la
construcción del mismo. Ayuda a regenerar el tejido nervioso dentro
del hígado y alrededor del mismo; un tejido nervioso precioso que
transmite los mensajes de nuestro cerebro para que este se comunique
con el hígado.
• Coco. Es muy útil para reducir la carga bacteriana dentro de tu hígado
y en tu sistema linfático, aunque solo cuando se emplea en cantidades
reducidas. Un exceso de coco, incluido el aceite de coco, puede
478
ralentizar el hígado, retrasando sus respuestas
e incapacitándolo para llevar a cabo sus deberes. Esto puede decirse
de cualquier grasa vegetal. Aunque tienen sus beneficios, abusar de
ellos nos priva de lo que pueden ofrecernos.
• Coles de Bruselas. Uno de los alimentos limpiadores del hígado más
destacados, que proporciona una amplia gama de compuestos
químicos y de fitonutrientes. Los compuestos con azufre que se
encuentran específicamente en las coles de Bruselas son distintos de
los que se hallan en cualquier otro alimento de la familia de las
crucíferas (es decir, del género Brassica), pues proceden del tallo
principal grande del que brotan las pequeñas coles de Bruselas. Este
es un azufre de los más potentes
y beneficiosos para el hígado; tiene la capacidad de soltar las cárceles
endurecidas donde se encierran venenos y toxinas alborotadoras
heredadas, porque tiene mayor alcance para las toxinas que llevan en
tu familia desde hace generaciones,
o incluso desde hace siglos. Cuando suelta estas cárceles, salen los
venenos viejos, aunque no quedan descontrolados. El azufre de las
coles de Bruselas tiene una capacidad sin igual para aferrarse a cada
veneno
y acompañarlo de manera segura cuando sale del hígado, ya sea por
los riñones, por el conducto biliar o por el tracto intestinal,
manteniéndose unido al alborotador constantemente hasta que este
sale del cuerpo. Es una rareza dentro de los alimentos.
• Colirrábanos, también llamados colinabos. Contienen compuestos
fitoquímicos que tienen la capacidad de frenar las enfermedades que
tienden a extenderse rápidamente. Algunos virus y otros patógenos
y alborotadores dañinos para las células son más agresivos que otros,
y los colirrábanos contienen un compuesto fitoquímico capaz de
detenerlos. Este mismo compuesto interviene en el proceso de
crecimiento de estas plantas sobre el terreno. En su época de
crecimiento, sus raíces se extienden mucho y rápidamente, y el
compuesto que es responsable de ello es el mismo que termina por
proteger al hígado de las enfermedades que se extienden deprisa.
479
• Cúrcuma (fresca). La cúrcuma fresca lleva a cabo dos tareas
importantes para tu hígado: le permite purgarse de muchos
alborotadores distintos, incluso de los del núcleo interior profundo del
hígado, y al mismo tiempo protege a las células hepáticas de lesiones
cuando estas toxinas se están desarraigando y saliendo del cuerpo. La
cúrcuma tiene un efecto renovador: extrae las toxinas oscuras
profundas
y libra de ellas a tu hígado, suprimiendo, en esencia, una parte de tu
pasado que tú no necesitas.
• Dátiles. El tracto intestinal acumula mucosidad por el nivel bajo de
ácido clorhídrico y de producción de bilis,
y esto puede ralentizar la absorción de los nutrientes por la sangre.
Los dátiles expulsan la mucosidad del colon y la eliminan, sobre todo
la producida por patógenos tales como las bacterias
y los hongos. Los azúcares de los dátiles alimentan al hígado; son una
fuente magnífica de glucosa para la recuperación y la restauración,
que permite al hígado potenciar al máximo sus más de 2000 funciones
químicas.
• Diente de león (hojas). El hígado es, prácticamente, una esponja; y si
llega hasta él un compuesto fitoquímico adecuado, como son los
compuestos amargos de las hojas y los tallos del diente de león, se
produce un efecto de purga con el que el hígado tiene la reacción de
contraerse y libera
células-cárcel llenas de residuos tóxicos. Ese amargor también activa
histaminas sanas que encapsulan los venenos liberados y los extraen
de tu cuerpo para que puedas desintoxicarte. Esto puede tener el
efecto final de reducirte los espasmos del hígado y de aumentarte
tanto la producción de bilis como la potencia de esta. No infravalores
nunca al diente de león, que es uno de los alimentos más beneficiosos
para la limpieza del hígado.
• Espárragos. Proporcionan gran riqueza de flavonoides, muchos de los
cuales no se han descubierto o no se han estudiado, y que son muy
antiinflamatorios; tienen un efecto de aspirina natural y calman el
hígado caliente, sobrecargado y en dificultades. Este efecto calmante
aumenta mucho la capacidad del hígado para limpiarse. Los
480
espárragos ponen orden en un hígado enfermo
y caótico. El sistema inmunitario del hígado se refuerza al instante con
los espárragos. Aumentan la producción de bilis, pero sin permitir que
el hígado haga esfuerzos excesivos para producirla. Ayudan a
desalojar las células grasas, expulsándolas del hígado. Ayudan a
rejuvenecer el núcleo interior profundo del hígado. Los espárragos son
uno de los alimentos curadores del hígado más importantes. Plantéate
incluirlos en tu menú varias veces cada semana, por lo menos.
• Espinacas. Las sales minerales de la hoja de espinaca y, sobre todo,
las de su tallo ayudan al hígado a realizar sus más de 2000 funciones
químicas. Las espinacas no solo están llenas de muchas vitaminas y de
otros nutrientes, sino que se trata de unos nutrientes que el hígado
puede absorber rápidamente. Las hojas de espinaca liberan
rápidamente nutrientes en el tracto intestinal, incluso cuando la
persona tiene niveles bajos de ácido clorhídrico o de producción de
bilis. Aplican masaje al íleon, posibilitando una mejor producción de
vitamina B12, y ayudan al hígado a transformar los nutrientes para que
el resto del cuerpo pueda recibirlos cuando los libere el hígado.
• Granadas. Contienen antocianinas que ayudan a rejuvenecer las
células del hígado, al mismo tiempo que su ácido frutal astringente
ayuda a disolver los cálculos biliares. Son excelentes para limpiar los
pasajes de los vasos sanguíneos y para mejorar el flujo por las venas
del hígado.
• Guindillas, ajís o pimientos picantes, como la pimienta de cayena, el
Super Chili, el habanero, el ojo de pájaro, el jalapeño y el poblano.
Las guindillas picantes contienen docenas de compuestos fitoquímicos
que resultan útiles para el hígado. Uno de estos compuestos es la
capsaicina, que otorga al hígado licencia para calentarse sin
consecuencias negativas. El hígado recibe con agrado este calor
iniciado por un alimento, porque es un factor de reinicio. La sangre
llena de oxígeno todos los capilares del hígado, y el calor que produce
la capsaicina atrae al instante hacia el hígado sangre fresca y limpia
por todos los caminos. Es como cuando abres una ventana de tu casa
para dar salida al aire estancado y que entre el aire fresco. Este
reinicio es beneficioso para la reacción del hígado a la inflamación
481
provocada por los patógenos y las toxinas. Procura no comerte verdes
las guindillas picantes; cómelas siempre rojas y maduras. Tenemos
una cierta obsesión de comernos verdes las guindillas, y las reacciones
de ciertas personas a estas y a otras solanáceas no maduras forman
parte del motivo por el que todas las solanáceas han adquirido mala
reputación. Busca guindillas picantes rojas para hacerte un reinicio del
hígado.
• Higos. Amigos y aliados del hígado en todos los sentidos, los higos no
requieren grandes cantidades de ácido clorhídrico ni de fluido biliar
para digerirse; por ello, dan un descanso al hígado. Al mismo tiempo,
los higos se unen a casi todas las variedades de patógenos y de toxinas
que se encuentran en el tracto intestinal y las expulsan, gracias a lo
cual se dirigirán menos venenos al hígado por el sistema portal
hepático. Los higos son todo ventajas para tu hígado.
• Jarabe de arce. Su combinación de azúcares con un contenido elevado
de minerales llega rápidamente al hígado y se convierte en un
combustible instantáneo compuesto de fitoquímicos. Es como si al
hígado lo alimentaran por vía intravenosa con lo mejor de lo mejor:
una amplia variedad de vitaminas, minerales y nutrientes (muchos de
ellos por descubrir), junto con el azúcar de alta calidad con el que
tanto se desarrolla el hígado.
• Kale. Alimento beneficioso para todo el tracto intestinal porque priva
de alimentos a las bacterias y a los microorganismos hostiles, al
mismo tiempo que alimenta a las bacterias
y a los microorganismos beneficiosos. Es muy útil para mejorar el
entorno del íleon, lo cual, a su vez, potencia la producción de vitamina
B12, con lo que el hígado puede recibir este nutriente vital por la vena
porta hepática.
• Kiwis. El ácido frutal de los kiwis tiene un efecto disolvente para los
cálculos biliares que no se puede comparar con otro. Produce dentro
de los cálculos grumos y hoyos que facilitan que se disgreguen. Los
kiwis también aportan diversos nutrientes necesarios para el hígado.
• Limones y limas. Mejoran la producción de ácido clorhídrico, así
como la producción de bilis y la potencia de esta. Contienen sales
482
microminerales que disgregan los patógenos tales como bacterias,
mohos, levaduras
y hongos no productivos, con lo que contribuyen a proteger el sistema
inmunitario de tu hígado. Los ricos niveles de calcio de los limones y
de las limas se asocian a la vitamina C que llevan en su interior, y
ambos entran en el hígado, al que despiertan cuando está estancado,
lento y graso, ayudando a soltar y a dispersar las células grasas. Los
limones y las limas limpian el síndrome de la sangre sucia, mejoran la
absorción de glucosa
e incluso protegen el páncreas.
• Lombarda (col morada). Ayuda a tu hígado de más de una manera. Su
papel más importante está relacionado con el tracto intestinal, donde
reduce los patógenos, expulsa el gas amoniaco del cuerpo, deja fuera
de combate a los hongos y a las bacterias y barre los residuos viejos y
los alimentos putrefactos, estableciendo en el íleon un mejor entorno
para que se pueda producir la vitamina B12.
La lombarda es el arma secreta del hígado, pues todos estos beneficios
para el tracto intestinal también son buenos para el hígado. Y no creas
que termina aquí la labor de la lombarda, pues sus compuestos con
azufre, combinados con su pigmento morado rojizo, se dirigen al
hígado, donde revitalizan y regeneran los tejidos lesionados, incluidos
los tejidos del núcleo interior profundo. Por ello, la lombarda es una
herramienta eficaz para la recuperación del hígado.
• Mangos. Refrescan el hígado tóxico
y sobrecalentado, aliviándolo
y calmándolo para evitar que tenga espasmos. El pigmento anaranjado
amarillento de los mangos alimenta a los lobulillos hepáticos y
refuerza los hepatocitos y las células de Kupffer, permitiendo que
realicen sus labores propias. Los mangos contienen, además, un
compuesto fitoquímico singular que ayuda al sistema inmunitario del
hígado a destruir las bolsas de bacterias que producen abscesos
hepáticos. Los mangos ayudan a protegerte el hígado del
envejecimiento, y de la muerte a las células, a la vez que aumentan la
producción de bilis.
483
• Manzanas. Proporcionan agua viva que favorece la capacidad de
hidratación del hígado, para que este pueda conservar el agua y,
después, volver a liberarla al torrente sanguíneo cuando se produzca
deshidratación o el síndrome de la sangre sucia. Los ácidos frutales de
las manzanas ayudan a limpiar el hígado, dispersando las películas
tóxicas que se forman en sus depósitos de almacenamiento. Las
manzanas matan de hambre a bacterias, levaduras, mohos, otros
hongos y virus del
tracto intestinal y del hígado.
Son magníficas para disolver los cálculos biliares.
• Melocotones y nectarinas. La piel de los melocotones y de las
nectarinas tiene una cualidad adherente para las toxinas y los venenos
que están dentro del tracto intestinal. Estas pieles se aferran a las
bolsas de residuos que están asentadas profundamente, a los alimentos
viejos y putrefactos y a las mucosidades dentro del intestino delgado y
del colon, y los expulsan para hacer lugar para las bacterias
y los microorganismos favorables
y permitir una mejor absorción de los nutrientes. La jugosidad de un
melocotón o de una nectarina es única, en el sentido de que es una
combinación de ácido frutal, con sales minerales y azúcares, junto con
un compuesto fitoquímico astringente, próximo al hueso de la fruta,
que permite el rejuvenecimiento cerca del núcleo interior del hígado.
• Melones. Un alimento que es poderoso limpiador del hígado, por su
capacidad para hidratar la sangre por su cuenta
y para contribuir a aliviar la sobrecarga del hígado. La combinación
del contenido inigualable de agua viva del melón con los nutrientes
que posee permite que el corazón trabaje menos; los melones aclaran
la sangre sucia, tóxica y llena de grasas, permitiendo que el corazón
no haga esfuerzos excesivos para bombear la sangre. Así se alivia en
parte la responsabilidad del hígado de proteger al corazón, con lo que
el hígado queda libre para atender a otras funciones químicas
importantes que se necesitan en el momento. Los melones también
aportan al hígado una hidratación que este puede reservarse para
cuando te encuentras en situación de sequía, haciendo un estilo de
vida de deshidratación crónica. Hacen salir con facilidad a las toxinas
484
del tracto intestinal, y reponen las reservas de ácido clorhídrico en el
estómago.
Y como no hace falta bilis para disgregar el melón y digerirlo, el
hígado puede dedicarse a reponer sus depósitos de bilis.
• Miel cruda. Contiene una combinación del azúcar que necesita
desesperadamente el hígado con vitaminas, minerales y otros
nutrientes, centenares de los cuales no han sido registrados todavía
por los investigadores y la ciencia médica. La miel es antimicrobiana:
es antivírica, antibacteriana y fungicida, todo en uno. Cuando se dirige
al hígado en su estado disgregado y asimilado, tiene mucha potencia,
y da al hígado de una sola vez todo lo que este necesita: su sistema
inmunitario se refuerza al instante. Los lobulillos y las células
hepáticas obtienen al instante el combustible que necesitan. Y el
hígado se embriaga de una manera eufórica
y sana con los centenares de fitoquímicos recogidos de las flores por
las abejas, con lo que tiene el alivio que necesitaba para luchar por
nosotros un día más.
• Naranjas y mandarinas. Proporcionan una combinación de calcio y
vitamina C; cuando se combinan ambos a partir de una misma fuente
alimentaria, el hígado puede aprovecharlos mejor a los dos que si los
extrajera de fuentes separadas. Es otra fruta magnífica que facilita la
absorción y la conversión de los nutrientes en el hígado. Si bien las
naranjas y las mandarinas tienen una leve capacidad de disolución de
los cálculos biliares, poseen una capacidad mayor para desarraigar
y dispersar el lodo y los sedimentos que se pueden asentar en la
vesícula después de haber pasado por los conductos hepáticos
procedentes del hígado.
• Papayas. Cuando una persona tiene delicado el tracto intestinal por
tener inflamados los nervios, a causa de la presencia de alborotadores
a lo largo del revestimiento intestinal, la papaya alivia esos nervios y
posibilita que se reduzca la inflamación. Así se mejora la absorción de
los nutrientes en el torrente sanguíneo para que se dirijan al hígado.
Los fitoquímicos de los pigmentos rojos de la papaya permiten que las
células hepáticas se vuelvan más ágiles y versátiles, para que el
hígado pueda funcionar a su nivel óptimo.
485
• Patatas. Contienen abundantes aminoácidos que inhiben
específicamente el desarrollo de los virus. Las patatas tienen un alto
contenido en glucosa, que aporta sustento al hígado, pues es
precisamente lo que necesita para mantenerse fuerte. También
contribuye a potenciar las provisiones de glucógeno, que es
precisamente el recurso que nos protege de los problemas con el
azúcar en sangre, del aumento de peso, del hígado graso y del
síndrome de la sangre sucia. Las patatas mantienen al hígado asentado
y estable y nos aportan una buena constitución. También las rechazan
porque son solanáceas, cuando, en realidad, tienen la capacidad de
revertir muchas variedades de enfermedades crónicas.
• Pepinos. Son aliados del hígado, por su capacidad para hidratarlo. Tu
hígado siempre está necesitado de agua viva llena de minerales y de
nutrientes, porque es tu hígado el que te mantiene hidratada la sangre.
Obtiene esa agua viva de fuentes como los pepinos. Estos reducen al
mínimo el síndrome de la sangre sucia, contribuyendo a reducir las
grasas
y las toxinas del interior del cuerpo.
Los compuestos fitoquímicos de los pepinos hacen de
antiinflamatorios para el intestino delgado y el colon.
Los pepinos tienen, además, un efecto suave de aclaramiento de la
sangre, que permite que la desintoxicación se produzca de manera
natural, sin obstrucciones.
• Peras. Una fruta que calma y alivia
y que limpia suavemente, increíble para los hígados agitados,
inflamados, estancados, lentos, sobrecargados
o grasos. Las peras tienen también un efecto sedante sobre las partes
atareadas del hígado que necesitan tomarse descansos y refrescarse.
Cuando el hígado se encuentra en un estado constante de crisis, lo
desconectan de su piloto automático, permitiendo que el órgano se
cure y se rejuvenezca.
• Perejil. Sus fitoquímicos tienen efectos antialborotadores que
desalojan a los venenos y los expulsan del hígado.
El pigmento verde intenso del perejil contiene un alcaloide cuyo
efecto específico es el rejuvenecimiento del hígado; los tejidos del
486
hígado mejoran cuando están expuestos a estos compuestos
alcaloides. El perejil tiene un efecto purgante sobre el lodo de la
vesícula biliar, aunque no sobre los cálculos. Sus compuestos
fitoquímicos se asientan en el fondo de la vesícula, donde se encuentra
el lodo, para hacer allí su buena labor.
• Piña. Disuelve los cálculos biliares. Además, su ácido frutal, de
mucha acidez, y sus compuestos químicos entran fácilmente en tu
hígado, haciendo de mecanismos de cepillado y de agentes dispersores
y desengrasantes para limpiar y expulsar los restos, pringues y
subproductos pegajosos
y mucosos que pueden acumularse
en el hígado a partir de multitud de alborotadores. Como la piña puede
ser astringente, yo prefiero comer las dos terceras partes inferiores de
la fruta, que son lo más dulce y equilibrado de la misma. Aunque
dejes madurar la fruta tendida sobre un costado, la parte mejor es la de
abajo. Puedes comértela toda si no te molesta su astringencia.
• Pitaya (también llamada fruta del dragón). El pigmento rojo de la
variedad de pitaya que tiene la pulpa roja es rejuvenecedor para el
hígado
y devuelve la vida a sus células. Ayuda a tu hígado a producir células
más deprisa para que pueda producirse la regeneración del hígado.
Esta fruta es una fuente de juventud para el hígado; desacelera y
detiene el envejecimiento del hígado cuidando su núcleo interior
profundo, que en la mayoría de los casos cae víctima de las
enfermedades si se deja desatendido demasiado tiempo. Busca
envases de pitaya roja congelada en la sección de congelados del
supermercado o por internet; o quizá la encuentres fresca en tu zona.
Si no la encuentras de alguna de estas maneras donde vives, busca
pitaya en polvo pura.
• Plátanos (bananas). La fructosa del plátano es la fuente de alimentos
favorita del hígado. Aporta al hígado un combustible rápido y
despierta las células adormecidas, aumentando su ingenio y su
rendimiento en el trabajo. Calma el revestimiento del tracto intestinal,
y calma también los nervios que están conectados al mismo. Al
contrario de las creencias populares, los plátanos son uno de los
487
alimentos más antibacterianos, antilevaduras
y fungicidas que existen. Son un alimento magnífico para combinarlo
con otros ricos en nutrientes o para tomarlo con suplementos, pues
mejoran la capacidad del hígado para absorber los nutrientes.
• Rábanos. Son una medicina poderosa para nuestro hígado. La
naturaleza acre y penetrante de los rábanos se debe a un conjunto de
compuestos químicos, muchos de ellos pendientes de descubrir, que
sirven de desinfectantes del hígado, detienen las infecciones de
patógenos y potencian el sistema inmunitario personalizado del
hígado aumentando la capacidad de sus leucocitos para combatir a
los invasores y destruirlos.
• Rúcula. Produce un suave efecto purgante dentro del hígado, con unos
compuestos fitoquímicos todavía no descubiertos que permiten al
hígado determinar la intensidad de la limpieza y cuáles toxinas quiere
liberar sin peligro (en vez de una purga que haría daño al hígado).
• Setas. Contienen centenares de compuestos fitoquímicos pendientes
de descubrir, muchos de los cuales desintoxican el hígado sin hacerle
daño. Las setas son medicina para el hígado. Mucha gente tiene miedo
a las setas porque creen que, como hongos que son, alimentarán a los
hongos que haya dentro del cuerpo. Sucede precisamente lo contrario.
Una seta es un hongo que destruye a los hongos,
y el hígado acepta a las setas como aliadas; si el hígado está haciendo
frente a microorganismos no deseados, como los hongos, las setas son
muy útiles para hacerlos salir del hígado. Las setas también reducen
los hongos, las bacterias y los virus del tracto intestinal, permitiendo
que lleguen al hígado nutrientes más limpios y sangre más limpia.
• Tomates. Poseen micronutrientes, fitoquímicos, vitaminas y minerales
esenciales para apoyar muchas funciones del hígado. El licopeno es
un nutriente apreciadísimo y admirado por el hígado, que lo emplea
para protegerse de los daños celulares. El licopeno también ayuda al
hígado a desintoxicar los hematíes de manera segura, regular y
eficiente. Los ácidos frutales que se encuentran en los tomates
contribuyen a mantener sana la vesícula biliar, ayudan a librarse del
lodo de la misma y hasta reducen el tamaño de los cálculos. Incluso
los tomates mal cultivados tienen un contenido elevado de minerales.
488
Estos minerales suelen llegar hasta el núcleo interior profundo del
hígado, con lo que ayudan a prevenir las enfermedades allí donde
estas suelen empezar en las personas. Los tomates crecen de noche, a
la luz de la luna,
y el hígado también responde a la luz de la luna: cuando hay luna
llena, el hígado tiende a trabajar más, limpiando, filtrando y
procesando de madrugada. Cuando la dieta incluye tomates
ecológicos o autóctonos, la energía de la luna llena que han recogido
estos en su ciclo de crecimiento colabora con la capacidad del hígado
para limpiar. Si estás evitando los tomates por la moda del odio a las
solanáceas que tanto circula actualmente, te estás perdiendo una
posibilidad de mantener sano tu hígado y prevenir las enfermedades.
• Uvas. Aunque la gente evita las uvas por su alto contenido en azúcar,
deberíamos pensárnoslo mejor. Ese mismo contenido de azúcar de las
uvas ayuda a revitalizar el hígado.
Son un verdadero alimento para la longevidad, y mejoran el
rendimiento del hígado en cada una de sus más de 2000 funciones
químicas. El ácido frutal exclusivo de las uvas es un gran disolvente
de los cálculos biliares; la próxima vez que las comas, recuérdalo, en
vez de preocuparte por si contienen azúcar o por si te harán subir de
peso. El aumento de peso es la última de las consecuencias que tienen
las uvas.
• Verduras crucíferas. Estos miembros de la familia del género Brassica
siempre son magníficos para tu hígado; aportan abundantes vitaminas,
minerales, antioxidantes y ricos compuestos fitoquímicos con azufre
que ayudan al hígado a reponer sus depósitos de almacenamiento de
nutrientes. Las verduras crucíferas también ayudan al hígado a
convertir los nutrientes, volviéndolos más biodisponibles cuando se
liberan al torrente sanguíneo para que este los lleve a otros órganos de
tu cuerpo. Algunas de las mejores crucíferas que puedes introducir en
tu vida son la col kale, los rábanos, la rúcula, las coles de Bruselas, la
col lombarda, el brócoli, la coliflor, los berros, el colirrábano, las
berzas, los grelos y las hojas de mostaza. En estas páginas puedes leer
algo más acerca de los seis primeros citados.
489
• Verduras verdes de hoja (sobre todo las lechugas y sus tallos). Una
herramienta extremadamente limpiadora para tu hígado que te puedes
aplicar a diario. Las hojas verdes exteriores de la lechuga
proporcionan docenas de micronutrientes con los que el hígado puede
mantenerse sano y equilibrado, mientras que el corazón de la lechuga,
más cerca de la raíz, proporciona unos compuestos químicos lechosos
que sirven de mecanismo purgante para el mismo hígado. Cuando las
verduras verdes de hoja se comen con fruta, sus cualidades
medicinales se duplican.
• Zanahorias. Una fuente de glucosa que reabastece rápidamente al
hígado
y que está unida a minerales y a vitaminas. Cuando las zanahorias se
comen crudas, tienen mayor contenido de compuestos fitoquímicos
antisépticos que inhiben el desarrollo de los microorganismos hostiles.
490
encuentras más adelante, en este mismo capítulo, una lista de 10 a 15
suplementos individuales que puedes tomar para una enfermedad o un
síntoma, sus beneficios curativos superarán con mucho el que tomes de 10 a
15 frascos distintos de suplementos efectistas, aunque sean supuestamente
de alta calidad. En realidad, están llenos de muchas docenas de tanteos de
cosas que quizá te sienten bien, pero que acaban por confundir y
sobrecargar a tu hígado y a otras zonas de tu sistema inmunitario.
Todo esto se puede resumir en el hecho de que los síntomas y los
trastornos crónicos como los que tratamos en este libro siguen siendo
misteriosos para las comunidades médicas. ¿Cómo podría sentarte bien la
recomendación experta de un suplemento combinado, si nadie sabe cuál es
la verdadera causa de tu dolencia o de tu enfermedad? Solo sabiendo las
causas verdaderas de tu problema de salud, que puedes descubrir con la
serie Médico médium, podrás saber qué es lo que debes tomar
concretamente para tratártelo. Con las hierbas aromáticas y los suplementos
que encontrarás aquí, tendrás en tus manos el poder de cuidarte el hígado y
tus síntomas y trastornos concretos.
Probar estos suplementos es un paso opcional, además de todas las demás
recomendaciones de esta cuarta parte. Si prefieres centrarte en los alimentos
para la curación, me parece estupendo. No tienes por qué adentrarte por el
país de los suplementos si no quieres; reducir las grasas y añadir alimentos
sanadores te vendrá bien para todos tus problemas. Esta guía de
suplementos está dirigida a las personas que buscan algo más, que buscan
unas opciones porque están perplejas con su situación. Si es este tu caso,
sigue leyendo y encontrarás todo un tesoro de opciones. Al final del
capítulo verás, incluso, listas de suplementos especializadas para los
síntomas y los trastornos individuales que describimos en este libro.
En el caso de las tinturas herbales, procura buscar las versiones libres de
alcohol (y libres de etanol, que es lo mismo). El alcohol que se emplea en
las tinturas suele ser alcohol de maíz, y por tanto está contaminado con
transgénicos, aunque sea de cultivo ecológico, con la consecuencia de que
(1) se suprimen los beneficios de la planta aromática, y (2) el alcohol
impregna la planta aromática y la altera. Además de que el alcohol te hace
daño al hígado. Si te resulta imposible encontrar una tintura sin alcohol,
elige en primer lugar las preparadas con alcohol de uvas (orujo), y en
segundo lugar las elaboradas con coñac o brandy.
491
Me preguntan constantemente cuál es la forma más efectiva de un
suplemento dado, y si dicha forma tiene verdadera importancia. Pues sí,
tiene mucha importancia. Entre los diversos tipos de suplementos
disponibles existen diferencias sutiles, trascendentales a veces, que pueden
afectar a la rapidez con que muere tu carga vírica o bacteriana, si es que
muere; a si tu sistema nervioso central se repara, y con qué rapidez; a la
rapidez con que se te reduce la inflamación, y al tiempo que se te tardarán
en curar los síntomas y los trastornos. El éxito o fracaso de tus avances
puede depender de la variedad de suplementos que elijas. Para acelerarte la
curación deberás tomar suplementos de los tipos adecuados. Por estos
motivos tan importantes, presento en mi sito web
(www.medicalmedium.com) una guía de las formas mejores en que se
presenta cada uno de los suplementos que indico a continuación. Cuando
leas la información sobre cada uno de estos suplementos, que aparecen en
orden alfabético, ten presente que la medida de lo que pueden hacer por tu
cuerpo, y más concretamente por tu hígado, sigue siendo desconocida por
los investigadores y la ciencia médica. Aunque tienen controlados algunos
de ellos, muchos son completamente desconocidos en su calidad de
rescatadores del hígado, y sus beneficios llegan mucho más allá de lo que
sabe nadie.
Un consejo potente, no descubierto todavía, es que te plantees tomarte los
suplementos con una pieza de fruta, como un plátano, o incluso con algo de
patata, boniato, calabaza de invierno, miel cruda, jarabe de arce o agua de
coco. Como ya has leído en capítulos anteriores, el azúcar es lo que
transporta por la sangre a las vitaminas, los minerales y los nutrientes,
ayudándoles a encontrar su destino; y un órgano no acepta vitaminas,
minerales ni otros nutrientes si no es con la ayuda del azúcar. Al tomarte los
suplementos con azúcares naturales, te aseguras de que el hígado y otras
partes de tu cuerpo los pueden emplear de verdad.
• 5-MTHF (5-metil tetrahidrofolato). Se asocia a la vitamina B12 que
producen en el íleon los bióticos elevados. También entra en el
hígado, donde activa y reanima los depósitos de almacenamiento de
vitamina B12 que mantiene el hígado para emergencias, a la vez que
ayuda al hígado a convertirla a una forma bioactiva que se pueda
entregar a la sangre, codificada con mensajes dirigidos a órganos
492
concretos. Algunos compuestos químicos que produce el hígado se
asocian al 5-MTHF y a la vitamina B12 para que otros órganos sean
capaces de identificar y de absorber con facilidad la B12.
• Acedera brava. Una planta aromática magnífica para limpiar las
toxinas que están descontroladas y que flotan en libertad por el
hígado. Ayuda a despejar las vías biliares y a purgar los sedimentos de
la bolsa de la vesícula. Por su carácter extremadamente astringente y
amargo, obliga al hígado a contraerse como una esponja, con lo que,
en esencia, hace salir la sangre vieja mientras absorbe la nueva
y fresca por la vena porta hepática y la arteria hepática. Ayuda a
mejorar la producción de bilis y a expulsar del cuerpo los ácidos
malos.
• ALA (ácido alfalipoico). Entra con facilidad en todas las células
hepáticas, aportándoles una mayor protección antioxidante contra las
lesiones producidas por los alborotadores altamente tóxicos. Favorece
a los nervios que entran en el hígado, y también mejora la capacidad
de almacenamiento de glucosa, aumentando el volumen de glucógeno
almacenado en los niveles profundos del hígado. El ALA anima al
hígado y le ayuda a desintoxicarse.
• Áloe vera. El gel de una hoja fresca de áloe se asocia a los residuos
tóxicos del tracto intestinal y los extrae del colon con las heces.
Reduce los venenos y las toxinas del tracto intestinal de modo que no
ascienden hacia el hígado. También permite que fluya más limpia la
sangre al hígado por el sistema portal hepático, llevando consigo
compuestos químicos del áloe que inhiben expresamente a las
bacterias y a determinados virus. El áloe expulsa
y reduce el amoniaco del tracto intestinal, que de otra manera se
filtraría hasta el hígado cuando se pudren los alimentos por los niveles
bajos de producción de ácido clorhídrico y de bilis.
• Arándano silvestre en polvo. Acelera de manera potente la producción
de células hepáticas sanas y la limpieza
y regeneración del hígado.
• Ashwagandha. Refuerza las glándulas suprarrenales, impidiendo que
sus reacciones sean excesivas o insuficientes, que es una pauta que
493
suelen adoptar estas glándulas cuando se debilitan por estar sometidas
al estrés suprarrenal. La ashwagandha protege al hígado de la
exposición excesiva a la adrenalina y le ayuda a producir y a
conservar docenas de hormonas.
• Baya de esquisandra. Ayuda a aumentar las capacidades adaptógenas
del hígado. Contiene antioxidantes no descubiertos todavía que
protegen a las células del hígado del exceso de adrenalina y de la
sobrecarga de toxinas. Ayuda a aumentar la llegada de oxígeno al
hígado, y calma los espasmos hepáticos reduciendo el calor tóxico del
hígado. Está tan cargada de minerales y de otros nutrientes que rellena
los depósitos de almacenamiento de nutrientes del hígado.
• Bayas de amla. Contienen una rica variedad de antioxidantes que
protegen al hígado de las toxinas viejas, heredadas, así como de las
nuevas que llegan por la exposición cotidiana. Su contenido elevado
en vitamina C alimenta al sistema inmunitario personalizado del
hígado, protegiendo a este de las infecciones
y ayudando al sistema inmunitario a localizar y a destruir los
patógenos que se instalan y se ocultan en nuestro hígado. Las bayas de
amla también mejoran las funciones químicas del hígado y ayudan a
restaurar la glucosa.
• Cardamomo. Aumenta la producción de bilis y devuelve la vida y el
calor beneficioso y no tóxico a los hígados estancados, lentos, que se
han sobrecalentado durante años y que ahora se están refrescando. El
calor del cardamomo enciende la homeostasis.
• Cardo mariano. Ayuda a expulsar del hígado los hematíes viejos y a
depurar cualquier toxina, pringue o residuos que floten libremente en
las venas hepáticas. Mejora la producción de bilis y ayuda a limpiar
las vías biliares por todo el hígado. Rejuvenece al hígado y le ayuda a
animarse para salir del estancamiento.
• Complejo vitamínico B. El hígado es el maestro del arte de convertir
y almacenar las vitaminas del grupo B en forma de nutrientes más
aprovechables por todos los órganos y tejidos del cuerpo. Si bien el
hígado posee la capacidad de crear una vitamina del grupo B en caso
de necesidad y en momentos críticos en los que hay que recurrir a
494
medidas desesperadas, las cosas le resultan más fáciles cuando hay
vitaminas del grupo B presentes en los alimentos y en los suplementos
de alta calidad, para así poder dedicarse al resto de sus labores más
importantes.
El hígado marca una vitamina del grupo B con un compuesto químico
que la asigna al órgano que la necesita; el alto factor de inteligencia
que posee el hígado funciona de la mano de las vitaminas del grupo B.
Cuando el hígado está más limpio y más libre de toxinas es cuando
pueden ejercer sus verdaderos efectos las maravillas del complejo
vitamínico B.
• CoQ10 (coenzima Q10). Un antioxidante suave que favorece todas las
funciones del hígado y protege del estrés oxidativo a todas las células
hepáticas. Una de las funciones químicas del hígado le permite alterar,
ajustar y adaptar determinados antioxidantes para sus necesidades
concretas en un momento dado. Uno de ellos es la CoQ10; el hígado
la emplea como elemento de construcción de antioxidantes. Ayuda a
prevenir los daños celulares extremos.
• Cúrcuma (en forma de suplemento). Reduce la hinchazón del hígado
cuando este se calienta de manera tóxica. Ayuda a expulsar los
residuos de mucosidad de las vías biliares y de las bolsas interiores del
hígado, a la vez que despierta y estimula las células hepáticas,
reiniciando y redirigiendo la energía por todo el órgano. Colabora con
la producción de hormonas dentro del hígado, a la vez que elimina
y limpia las hormonas tóxicas no deseadas. En general, aumenta el
rendimiento del hígado.
• Curcumina. Este componente de la cúrcuma contiene compuestos
fitoquímicos que calman el hígado, con lo que se producen menos
espasmos. Ayuda a preparar la sangre y a purificarla antes de que
entre en el hígado, con lo cual la sangre llega con menos toxinas. Sus
propiedades curativas encienden el calor en un hígado estancado y
lento, lo que se traduce en menos enfermedades.
• D-manosa. Se asocia a las bacterias del tracto urinario. Es buena para
las inflamaciones del mismo.
495
• EPA y DHA (ácido eicosapentaenoico
y ácido docosahexaenoico). Estos omegas ayudan a mejorar el
sistema inmunitario personalizado del hígado, impidiendo que la
placa y los residuos tóxicos se adhieran a las paredes de las venas
hepáticas, arteria hepática
y vena porta hepática. Al mantener libres de obstrucciones esos vasos,
la sangre puede fluir mejor al entrar y al salir en el hígado, lo que
protege
y alivia al corazón. Procura comprar estos ácidos en una versión de
base vegetal (no extraída del pescado).
• Escaramujo. Otra fuerza de contacto con la tierra para el hígado. Las
raíces del escaramujo (Rosa canina) pueden profundizar y extenderse
mucho en su busca de minerales y otros nutrientes, que llevan a los
escaramujos, los
frutos que se forman cuando caen los pétalos. La vitamina C de los
escaramujos es otra fuente biodisponible que ayuda al hígado a
combatir las enfermedades provocadas por los virus y por las
bacterias. El sistema inmunitario personalizado del hígado aprovecha
la vitamina C de un escaramujo con más facilidad y de manera más
agresiva que la vitamina C que se consume por sí sola dentro de un
suplemento; por ello, plantéate la posibilidad de beber infusión de
escaramujo los días que tomas vitamina C; la vitamina C del
escaramujo activará la del suplemento y la reforzará.
• Espirulina. Proporciona abundantes vitaminas y minerales para
reponer los depósitos donde el hígado almacena nutrientes que puede
convertir fácilmente en lo que necesita liberar
y enviar por todo el cuerpo en cada momento dado. Detiene el
crecimiento vírico y bacteriano dentro del hígado; revitaliza dicho
órgano asociándose a centenares de toxinas y de venenos
y sacándolas de las bolsas profundas del hígado, refuerza el sistema
inmunitario de dicho órgano y colabora en sus más de 2000 funciones
químicas. Contribuye especialmente al almacenamiento de la glucosa
por el hígado y a sus conversiones de proteínas. Habrás leído que en
mis libros anteriores recomendaba la espirulina hawaiana. Ahora he
496
descubierto un producto más beneficioso que tiene mayor calidad.
Puedes encontrarlo en la guía de mi sitio web.
• Eufrasia. Gran antibacteriana
y antivírica, desarraigadora de antagonistas del hígado. Contiene,
además, compuestos químicos procedentes de sus flores y de sus
hojas, que mejoran centenares de las funciones químicas del hígado,
más concretamente muchas de las relacionadas con la producción de
bilis. Refuerza los leucocitos del hígado armándolos de un compuesto
fitoquímico que expulsa a los patógenos para que los destruyan otras
células del sistema inmunitario.
• Glicinato de magnesio. Favorece a los vasos sanguíneos del interior
del hígado, volviéndolos menos estrechos y más flexibles y elásticos,
con lo que la sangre puede fluir por el hígado con más facilidad. El
magnesio evacua
con suavidad las toxinas del hígado, al mismo tiempo que calma los
espasmos y la agitación del órgano. Es responsable de varias docenas
de funciones químicas del hígado, entre ellas de sus dotes de
adaptación. También ayuda a limpiar suavemente el tracto intestinal,
lo que permite al hígado recibir sangre más limpia
y menos tóxica.
• Glutatión. Satura con rapidez
y facilidad el hígado, donde favorece a todas y cada una de las células
hepáticas y a sus funciones. Es pura medicina para el hígado, como
quien llega y arregla todos los problemas.
Y también se marcha rápidamente del hígado, aunque este celebra
mucho su breve presencia que ayuda a sus más de 2000 funciones
químicas.
• Gordolobo. Gran planta aromática antivírica y antibacteriana para el
hígado. Reduce la inflamación, calmando los espasmos hepáticos, así
como el calor tóxico del hígado. Ayuda a aliviar un hígado irritado y a
reducir
y expulsar la formación de mucosidad dentro de los vasos sanguíneos
y de las células del hígado.
497
• Hibisco. El compuesto singular con antocianinas que da su color rojo
al hibisco ayuda a rejuvenecer el hígado, vivificándolo, al limpiar las
mucosidades de las paredes de las membranas celulares y al mejorar
la capacidad del hígado para llevar a cabo sus tareas. Esta planta
aromática también es rejuvenecedora de la vesícula biliar, pues limpia
las paredes de la vesícula, y mejora el sistema inmunitario
personalizado del hígado.
• Hidrastis. Cuando la hidrastis entra en el hígado, ahoga rápidamente
y destruye a los patógenos, tanto a los bacterianos como a los víricos.
También inhibe a los patógenos que están contiguos al hígado en el
sistema linfático. La hidrastis tiene un efecto purgante suave que
expulsa los residuos bacterianos, los subproductos víricos, las
neurotoxinas y otras sustancias de desecho patógenas.
• Hoja de frambuesa. Ayuda a retirar del hígado las hormonas tóxicas
no deseadas, y mejora su capacidad para crear y producir hormonas
importantes que se necesitan por todo el cuerpo. Purga suavemente el
hígado de los alborotadores que se encuentran dentro de él. Hace de
tónico de la vesícula, calmando sus espasmos,
y mejora el ácido clorhídrico del estómago. Refuerza los hematíes del
hígado, ayudando a reducir las enfermedades hepáticas.
• Hoja de olivo. Magnífica planta aromática antivírica y antibacteriana
para el hígado. Lo purga suavemente de las toxinas que flotan en
libertad, aunque no de las que están arraigadas profundamente o
almacenadas en el hígado. Los compuestos fitoquímicos de la hoja de
olivo también aportan diversos nutrientes para varias de las funciones
químicas del hígado.
• Hoja de ortiga. Aumenta el ácido clorhídrico en el estómago, lo que
ayuda a aliviar la carga para el mismo. También mejora la producción
de bilis en el hígado; calma la vesícula irritada e inflamada, inhibe el
crecimiento de los cálculos biliares y favorece a los conductos de la
bilis por el hígado.
La hoja de ortiga mejora todas las funciones de las células hepáticas;
reduce el calor del hígado provocado por las toxinas, e incluso limpia
suavemente diversas toxinas viejas, heredadas, y los alborotadores a
los que has estado sometido recientemente. Equilibra las
498
suprarrenales, evitando que estén hiperactivas o infraactivas, a la vez
que mejora la capacidad de adaptación del hígado.
• Hongo chaga. Refuerza el hígado a la vez que reduce el calor tóxico
cuando el hígado está sometido a estrés y está sobrecargado por los
alborotadores. Apoya y refuerza a las suprarrenales, que, a su vez,
contribuyen a reforzar el hígado, convirtiéndolo en un entorno más
difícil para la supervivencia de los patógenos tales como los virus y
las bacterias. Los compuestos fitoquímicos del hongo chaga
desintoxican el hígado de una manera regular y equilibrada.
• Jengibre. Ayuda a calmar los espasmos del hígado y a regular el calor
del mismo; puede calentar el hígado, animándolo para que salga de su
estancamiento, o refrescar un hígado muy caliente, equilibrándolo en
función de las necesidades. Es útil para un hígado lento y estancado
y para el síndrome de la sangre sucia. Mejora la producción de bilis y
la potencia de esta, a la vez que mejora la producción de ácido
clorhídrico por parte del estómago. Además, alimenta al hígado con
docenas de compuestos fitoquímicos que este puede emplear para
muchas de sus funciones químicas. Algunos de los compuestos
fitoquímicos del jengibre expulsan del intestino delgado y del colon el
amoniaco y los alimentos podridos y en putrefacción, los residuos y
las toxinas, con lo que pueden llegar al hígado nutrientes más limpios
procedentes del tracto intestinal. El jengibre también desaloja las
células grasas dentro del hígado, lo que permite que esa grasa se libere
y salga por la bilis y por el tracto digestivo, a través de la vesícula
biliar a veces.
• L-lisina. Entra en el hígado y hace de cortina de humo para todos los
virus que son responsables de las enfermedades hepáticas y de los
trastornos autoinmunes. Los virus odian la lisina. Es como el polvo
que emiten los extintores de incendios: es un retardante vírico que
impide que proliferen los virus. La L-lisina refuerza el sistema
inmunitario del hígado y colabora con algunas de las funciones más
importantes de este órgano.
• Melatonina. Ayuda a reducir los tumores y los quistes dentro del
hígado y a impedir que se produzcan en un primer momento. Es un
antiinflamatorio natural que no confunde al sistema inmunitario del
499
hígado; se limita a reforzarlo. Si el hígado está lento
y estancado y pierde la capacidad de crear melatonina, al tomar
suplementos de melatonina se nos puede volver a encender la
capacidad del hígado para reiniciarla. Así es: si bien los
investigadores y la ciencia médica asocian la producción de
melatonina al cerebro, su creación y su secreción también son una de
las funciones hormonales del hígado. Empieza siempre por dosis
pequeñas.
• Melisa. Mata los virus, las bacterias
y otros microorganismos patógenos que están dentro del hígado.
Mejora el entorno en el tracto intestinal, lo cual potencia el envío de
nutrientes más limpios del intestino al hígado. La melisa calma los
nervios del hígado, haciendo que tenga menos espasmos y que esté
menos agitado e irritado, a la vez que calma los nervios interiores del
revestimiento intestinal, con lo que se reduce el calor tóxico dentro del
hígado. También favorece a las glándulas suprarrenales, con lo que el
hígado está menos tóxico.
• Menta. Mejora los niveles de ácido clorhídrico en el estómago y
calma los nervios intestinales y los espasmos, todo lo cual posibilita la
reducción de las toxinas dentro del tracto intestinal para que el hígado
pueda absorber mejor los nutrientes. La menta calma un hígado que
tiene espasmos, reduce el calor del hígado debido a la carga tóxica,
limpia el hígado y le ayuda a reconstruir sus reservas y su capacidad
de almacenamiento de glucosa y de glucógeno.
• MSM (metilsulfonilmetano). Suelta las grasas de las células hepáticas
y ayuda a expulsarlas. Contribuye a reforzar todas las células del
hígado, volviendo al órgano menos susceptible a los ataques de las
bacterias y de los virus. El MSM despierta a un hígado lento y
estancado; reduce el calor tóxico del hígado y purga suavemente las
toxinas arraigadas en zonas profundas del mismo. También purga
suavemente a la vesícula de partículas pequeñas de residuos. Mejora
el sistema inmunitario del interior del hígado y de sus alrededores.
• NAC (N-acetilcisteína). Proporciona elementos de construcción para
la regeneración de las células. Colabora con las dotes de adaptación
del hígado y mejora su capacidad de control y filtrado, al tiempo que
500
contribuye a centenares de sus funciones químicas. La NAC también
favorece a las glándulas suprarrenales, lo cual, a su vez, ayuda al
hígado.
• Nogal negro americano. En las raras ocasiones en que existen
determinados parásitos o lombrices, el nogal negro entra en el hígado
y daña a estos huéspedes hostiles. Algunas veces solo tiene que
expulsarlos del hígado. Ten en cuenta que el nogal negro no hace daño
a los virus ni a las bacterias; sí es ideal para esos huéspedes parásitos
hostiles concretos.
• Raíz de achicoria. Reduce la producción de cálculos biliares,
añadiendo a la bilis un compuesto fitoquímico ácido que inhibe el
desarrollo de los cálculos. Desintoxica el cuerpo suavemente, de una
manera aceptable para el mismo y que no sobrecarga las
suprarrenales. Contribuye a muchas de las funciones químicas de las
que es responsable el hígado.
• Raíz de bardana. Está llena de compuestos antiinflamatorios todavía
no descubiertos. El zumo de la raíz fresca de bardana es
extremadamente medicinal para el hígado y se adapta con
versatilidad a las necesidades de este, mejorando sus funciones, desde
el almacenamiento de la glucosa hasta el de las vitaminas y los
minerales, pasando por el control y el filtrado de la sangre. Purga al
hígado de las toxinas heredadas profundas y de las que han llegado
nuevas; ayuda a expulsar los leucocitos viejos que han congestionado
el hígado, y mejora la producción de bilis. Con la bardana seca
también se prepara una infusión muy medicinal. La bardana es,
esencialmente, una planta aromática de raíz. Como profundiza mucho
en la tierra, sus compuestos fitoquímicos poseen una capacidad
poderosa para ponernos en contacto con la tierra.
El hígado se apoya en la raíz de bardana, pues le hace recordar su
responsabilidad singular de servir de roca sobre la que se levanta el
cuerpo.
• Raíz de diente de león. Ayuda a restablecer la capacidad de filtrado del
hígado expulsando las toxinas sueltas
y descontroladas que este tiene dentro
y que todavía no se han recogido en depósitos de almacenamiento.
501
Purga al hígado para que pueda expulsar a esos alborotadores que
flotan en libertad
y, en esencia, para que respire y se centre más en sus tareas de filtrado.
También favorece la fuerza de adaptación del hígado. Al usar raíz de
diente de león, el hígado puede rehacer su capacidad para convertir los
nutrientes, y aumenta la fuerza de
su bilis.
• Raíz de regaliz. Reduce los virus dentro del hígado y baja el calor
hepático excesivo en un hígado que tiene dificultades y que está muy
tóxico. Calma los espasmos del hígado y le ayuda a eliminar las
hormonas tóxicas que tiene guardadas dentro de sí.
El regaliz aumenta también el ácido clorhídrico del estómago, lo que
contribuye a aliviar la carga sobre el hígado, y calma la vesícula biliar
y el revestimiento intestinal irritados
e inflamados.
• Raíz de uva de Oregón. Ayuda a matar los virus y bacterias que están
dentro del hígado, y contribuye a evitar que vayan a parar al corazón.
También mejora la producción de bilis y reduce la actividad patógena
dentro del tracto intestinal, posibilitando una mejor absorción de
nutrientes en el hígado.
• Selenio. Mejora la capacidad del hígado para procesar las vitaminas
y otros nutrientes. Es necesario para el aprovechamiento y la
conversión de los aminoácidos dentro del hígado. Refuerza las células
hepáticas
y potencia el sistema inmunitario personalizado de los leucocitos de
todo el hígado. Ayuda a mantener buenos niveles de albúmina en el
hígado.
• Trébol rojo. Colabora con el hígado en sus funciones de control y
filtrado, ayudando a purificar la sangre llena de toxinas antes de que
entre en el hígado. Contiene compuestos fitoquímicos que se asocian a
centenares de toxinas, ayudando a hacerlas salir del cuerpo a través de
los riñones y del tracto intestinal. Esto permite al hígado limpiarse a
un nivel más profundo, porque no tiene que cargar constantemente
con la sangre tóxica que le llega de todas partes. Al mismo tiempo, el
trébol rojo tiene un contenido elevado de minerales que alimentan al
502
hígado, reforzando las células, incluidos los hematíes, al mismo
tiempo que ayuda a retirar del hígado los hematíes viejos.
• Uña de gato. Más que desintoxicar el hígado, la planta aromática
llamada uña de gato destruye los virus, las bacterias y otros
microorganismos hostiles que pueden instalarse en el hígado o
invadirlo. Ayuda al sistema inmunitario personalizado del hígado,
dándole ocasión de reponer sus fuerzas y de recuperarse para la
próxima batalla. Estabiliza el entorno del hígado.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina).
Contribuye a la comunicación de las células hepáticas, mejorando la
capacidad de las células del hígado para transferirse información entre
ellas con
facilidad y sin resistencia. Protege el tejido nervioso que entra en el
hígado
y que lo recorre. La vitamina B12
es muy importante para las más de 2000 funciones químicas del
hígado,
y también lo es para activar la capacidad de este órgano para
aprovechar, procesar y distribuir todas las demás vitaminas y
minerales que se guardan en su interior. La vitamina B12 fue uno de
los descubrimientos más importantes de la medicina convencional.
Ayuda a que el hígado no se quede estancado; refuerza los hepatocitos
y todas las demás células hepáticas, así como los lobulillos hepáticos,
e impide que se atrofien los vasos sanguíneos del hígado.
• Vitamina C. Refuerza todos los niveles del sistema inmunitario
personalizado del hígado. Acelera la recuperación de los leucocitos y
reduce su tiempo de rehabilitación tras las guerras contra los virus y
las bacterias; además, debilita a los patógenos que quedan expuestos a
ella. El hígado emplea la vitamina C en la totalidad de sus más de
2000 funciones químicas. Desintoxica y limpia el hígado; alivia el
hígado lento; suelta y dispersa las células grasas que están guardadas
dentro del hígado; refuerza las glándulas suprarrenales y ayuda al
hígado a recuperarse después de las rachas de subidas de adrenalina
asociadas al estrés. Ayuda a detener
503
y reparar el tejido cicatrizado en las profundidades del núcleo del
hígado.
• Vitamina D3. La vitamina D que está almacenada dentro del hígado
puede quedarse inactiva con el paso del tiempo. Los investigadores y
la ciencia médica no saben que la suplementación con nueva vitamina
D puede encender la actividad de la vitamina D almacenada cuando el
hígado está lento, estancado o muy tóxico. (Cuando el hígado está en
relativamente buena forma, puede activar sus viejas reservas de
vitamina D sin la ayuda de la vitamina de los suplementos). Cuando
emplees vitamina D, no tomes dosis altas. Todos tenemos vitamina D
almacenada dentro del hígado, aunque sea de hace 15 años, por un
alimento que consumimos o por haber recibido la luz del sol. Si tomas
demasiada vitamina D, puede llegar a ser contraproducente y hacer
que el hígado piense sobre todo en expulsarla, pues esta vitamina, en
exceso, es tóxica para el hígado. En vez de activar sus reservas de
vitamina D, el hígado puede llegar a quitarse de encima,
accidentalmente, la vitamina D que tiene guardada, en su impulso de
expulsar la vitamina nueva que le llega con el suplemento. Por eso no
suelo recomendar la vitamina D como la recomiendan en gran medida
en el mundo de la sanidad: porque conozco la verdad de cómo
funciona en el hígado. La vitamina D3 puede resultar útil en pequeñas
dosis si el hígado no te está funcionando bien. Pero no tomes dosis
excesivas; en esencia, obtendrías un efecto contraproducente.
• Yodo naciente. Antiséptico para el hígado, que evita las enfermedades
provocadas por los virus, bacterias
y otros microorganismos hostiles. Entra en todas las células del hígado
para colaborar en centenares de funciones químicas de las que es
responsable el hígado. Protege la vesícula biliar,
e incluso mejora la producción de bilis. Ayuda al hígado a defenderse
de los tumores cancerosos.
• Zinc. Responsable de la totalidad de las más de 2000 funciones
químicas del hígado, incluida la creación misma del hígado en el seno
materno y el desarrollo del mismo mientras crecemos y llegamos a la
edad adulta. El hígado almacena unas reservas abundantes de zinc
porque sabe que la gente tiene deficiencia de zinc, debida, en parte, a
504
su falta en los alimentos que comemos. Sin zinc, tu hígado no puede
llevar a cabo las funciones que protegen todo tu organismo; por ello, y
a pesar de todo el zinc que tiene guardado tu hígado, siempre necesita
más, porque la cantidad de zinc necesaria para afrontar nuestras tareas
mentales
y físicas es elevada. Los ataques de los virus, de las bacterias y de
otros patógenos son un factor que nos reduce especialmente las
reservas de zinc. Uno de los fines concretos de las reservas de zinc es
eliminar las formas tóxicas de cobre de las que siempre hay un
contenido elevado en el hígado y que pueden hacer daño al órgano.
Si una persona tiene tal deficiencia de zinc que hasta las reservas de
zinc de su hígado han caído hasta un nivel peligroso, puede desarrollar
multitud de trastornos y enfermedades autoinmunes asociadas a los
virus, cuya descripción puedes leer en los libros de la serie Médico
médium.
El zinc ayuda al sistema inmunitario hepático a quitarse de encima a
todos los microorganismos hostiles que entran en el hígado. Si el
sabor del zinc te parece demasiado fuerte, no dudes en reducir las
dosis hasta el nivel que te resulte cómodo, aunque solo sean unas
gotitas.
• Zumo de cebada verde en polvo. Contiene fitonutrientes que
alimentan al hígado desnutrido, al tiempo que le permiten
desintoxicarse de docenas de tóxicos y de venenos heredados del
pasado y a los que ha estado expuesto en el presente. Es un
desintoxicador responsable, con integridad para reponer lo que toma,
pues sustituye por nutrientes vitales a los alborotadores que retira.
505
uno solo de los ingredientes que se encuentran en cantidades minúsculas
con otros 20 más en una cápsula de suplementos antiinflamatorios. Si tienes
sensibilidades, consulta a tu profesional de la salud para que te indique las
dosis que puede soportar tu cuerpo. Por otra parte, si no tienes
sensibilidades y quieres aumentar para tu trastorno alguna dosis por encima
de lo que se indica en el frasco de suplemento, también debes consultar a tu
profesional de la salud para que te indique lo que es adecuado para ti.
Además, las dosis que indico son para adultos, salvo en los casos del
«hígado infantil» y el PANDAS. Si te estás planteando dar suplementos a
un niño, consulta las dosis seguras y adecuadas con tu profesional de la
salud.
Si tienes que afrontar más de un síntoma o trastorno a la vez, elige el que
esté ocupando un papel más importante en tu vida. Por ejemplo, si padeces
eccema o psoriasis, concéntrate en cuidártelo, y no te preocupes por la
hinchazón gastrointestinal. Quizá descubras con el tiempo que al trabajar un
problema se resuelve otro; o quizá puedas descansar al cabo de un tiempo y
centrarte en otra lista de suplementos de las de estas páginas.
Una vez que hayas encontrado tu síntoma o tu trastorno y su lista
correspondiente, no es preciso que te tomes todos los suplementos de la
misma. Si tienes sensibilidad, puedes ir probando uno cada día. En caso
contrario, puedes tomarlos todos juntos como régimen diario. O bien, como
medida intermedia, puedes elegir un par de ellos para empezar así. Más
adelante, si un par de suplementos no te producen el efecto que esperabas,
puedes añadir algunos más. Quizá estés tomando ya por tu cuenta otros
suplementos que crees que te están dando resultado. En tal caso, consulta
con tu profesional de la salud la posibilidad de seguir tomándolos a la vez
que añades los nuevos.
Además, también tienes la opción de emplear cualquier otro suplemento
de la lista completa de suplementos para el hígado, aunque no aparezca en
la lista concreta para tu síntoma o trastorno, si así te lo indica tu sentido
experto de lo que necesita tu cuerpo o te lo recomienda tu profesional de la
salud. Todos estos suplementos son buenos para tu hígado y para las
enfermedades crónicas.
Tu profesional de la salud te puede dar orientación sobre el plazo que
puedes tener que estar tomando los suplementos. Las otras medidas que
estás tomando para cuidarte el hígado (a saber, introducir alimentos
506
sanadores, reducir las grasas, evitar los alborotadores y probar la Mañana de
Rescate del Hígado y el Rescate del Hígado 3:6:9) marcarán grandes
diferencias para el calendario de tu curación. También marcará mucha
diferencia el grado de dificultades que tenía tu hígado y cuánto tiempo
llevabas padeciendo cuando emprendiste el camino de la curación. Cada
persona tiene su propio proceso curativo y su calendario.
Por último, haré algunas observaciones sobre las listas de suplementos
que aparecen a continuación:
• Cuando hablo de tomar un cuentagotas, me refiero a la cantidad total
de suplemento líquido que llena el cuentagotas del frasco cuando
oprimes la perilla superior de goma. Quizá solo se llene hasta la
mitad;
eso también se consideraría
«un cuentagotas».
• También hay algunos suplementos en los que las dosis se indican en
gotas. Procura leer con cuidado si la dosis está en gotas o en
cuentagotas.
• La mayor parte de los suplementos líquidos y en polvo de estas listas
deben tomarse con agua. Lee las instrucciones en el envase del
suplemento.
• Cuando veas en una lista varias tinturas herbales, puedes mezclarlas
todas juntas con 30 ml de agua o más
y tomártelas juntas.
• Lo mismo puede decirse de
las infusiones. Si se indican varias infusiones para tu síntoma o tu
trastorno, puedes combinar con libertad las hierbas aromáticas para
prepararte una mezcla especial,
o preparar la infusión con varias bolsitas distintas.
• Algunas dosis están indicadas en miligramos. Si no encuentras
cápsulas que den la dosis indicada exacta, procura obtener las que más
se aproximen. Si quieres saber cómo ajustar una dosificación, consulta
a tu profesional de la salud.
• Recuerda: todas estas dosis son para adultos. Para saber lo que es
adecuado para un niño, consulta a tu profesional de la salud.
507
• Cuando se indica una al día o a diario, quiere decirse que te tomes la
dosis indicada del suplemento a lo largo del día; tú mismo puedes
decidir el modo de hacerlo. No hay problema con que te tomes toda la
dosis de una vez cada día. Si tienes sensibilidades, quizá te interese
dividirla en varias tomas. Por ejemplo, si se dice que te tomes dos
cucharaditas de zumo de cebada verde en polvo al día, tú mismo
puedes decidir si prefieres añadir las dos cucharaditas de una vez a un
smoothie, o añadir una cucharadita a un smoothie que te tomas por la
mañana y tomarte una cucharadita por la noche con un poco de agua.
• Cuando hayas determinado cuáles son los elementos que vas a añadir
a tu vida, repasa las descripciones de las hierbas aromáticas y los
suplementos que aparecen más arriba, en este capítulo, para conocer
todos los beneficios maravillosos que recibirás.
508
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg
de Ester-C, dos veces al día,
o 1 cucharada sopera de liposomal líquido al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
Abscesos hepáticos
• Hidrastis: 3 cuentagotas, dos veces al día (alternar tres semanas de
tomarlo con dos semanas de descanso).
• Hoja de gordolobo: 3 cuentagotas, dos veces al día.
• Hoja de olivo: 2 cuentagotas
o 2 cápsulas, dos veces al día.
• Melisa: 4 cuentagotas, dos veces al día.
• Raíz de uva de Oregón: 2 cuentagotas, dos veces al día.
• Uña de gato: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 6 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharada sopera de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 2 cuentagotas, dos
veces al día.
Acné
• Curcumina: 2 cápsulas, dos veces al día.
• Espirulina: 1 cucharadita al día.
• Hidrastis: 2 cuentagotas o 3 cápsulas, dos veces al día (alternar dos
semanas de tomarlo con dos semanas de descanso).
• Hoja de gordolobo: 2 cuentagotas, dos veces al día.
509
• Hoja de ortiga: 2 cápsulas
o 2 cuentagotas, dos veces al día.
• Hongo chaga: 1 cucharadita, dos veces al día.
• Melisa: 2 cuentagotas, dos veces al día.
• Trébol rojo: 1 taza de infusión
o 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Uña de gato: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 2000 mg de Ester-C
o 2 cucharaditas de liposomal líquido, dos veces al día.
• Yodo naciente: 3 gotitas, dos veces
al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
1 cucharadita, dos veces al día.
Aumento de peso
• 5-MTHF: 1 cápsula al día.
• Áloe vera: 5 cm o más de gel fresco (retirada la piel) al día.
• Ashwagandha: 1 cuentagotas al día.
• Baya de esquisandra: 1 taza de infusión al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Hoja de frambuesa: 1 taza de infusión preparada con dos bolsitas, al
día.
• Hoja de ortiga: 2 cuentagotas
o 2 cápsulas al día.
• Hongo chaga: 2 cucharaditas al día.
• Melisa: 2 cuentagotas al día.
510
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 6 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharada sopera de
liposomal líquido al día.
• Yodo naciente: 6 gotitas al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
Cálculos biliares
• Cardamomo: 1 cuentagotas al día.
• Escaramujo: 1 taza de infusión al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Hibisco: 1 taza de infusión al día.
• Hoja de ortiga: 1 taza de infusión,
2 cápsulas o 2 cuentagotas al día.
• Jengibre: 1 taza de infusión
o 2 cápsulas, o recién rallado
o exprimido, cantidad al gusto, al día.
• Menta: 1 taza de infusión al día.
• Raíz de achicoria: 1 taza de infusión al día.
• Raíz de diente de león: 1 taza de infusión al día.
• Vitamina C: 2 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharadita de
liposomal líquido, dos veces al día.
Cáncer de hígado
• ALA: 1 cápsula al día.
• Áloe vera: 5 cm o más de gel fresco (retirada la piel) al día.
• Bayas de amla: 2 cucharaditas al día.
• Cardo mariano: 1 cuentagotas, dos veces al día.
511
• CoQ10: 1 cápsula, dos veces al día.
• Cúrcuma: 3 cápsulas, dos veces al día.
• Curcumina: 3 cápsulas, dos veces al día.
• Escaramujo: 1 taza de infusión, dos veces al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas, dos veces al día.
• Glutatión: 1 cápsula al día.
• Hoja de ortiga: 4 cápsulas
o 3 cuentagotas, dos veces al día.
• Hongo chaga: 2 cucharaditas, dos veces al día.
• Melatonina: subir la dosis gradualmente hasta los 20 mg, dos veces al
día.
• Melisa: 4 cuentagotas, dos veces al día.
• Raíz de uva de Oregón: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Selenio: 1 cápsula o 1 cuentagotas al día.
• Uña de gato: 3 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 8 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 ½ cucharadas
soperas de liposomal líquido, dos veces al día.
• Yodo naciente: 6 gotitas, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 2 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas, dos veces al día.
Cirrosis y pericirrosis
La toma de suplementos para la cirrosis depende de la gravedad de tu
caso. Consulta a tu médico antes de aplicar suplementos, sobre todo si
tienes una cirrosis avanzada.
• Bayas de amla: 2 cucharaditas, dos veces al día.
512
• CoQ10: 1 cápsula, dos veces al día.
• Glutatión: 1 cápsula o ½ cucharadita de líquido al día.
• Hibisco: 1 taza de infusión, dos veces al día.
• Hongo chaga: 1 cucharadita, dos veces al día.
• Melisa: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• MSM: 1 cápsula, 2 veces al día.
• NAC: 1 cápsula al día.
• Raíz de achicoria: 1 taza de infusión, dos veces al día.
• Raíz de bardana: 1 taza de infusión
o 1 raíz recién exprimida al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 2500 mg de Ester-C
o 1 cucharada sopera de liposomal líquido, dos veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas, dos veces al día.
Colesterol alto
• Áloe vera: 5 cm o más de gel fresco (retirada la piel) al día.
• Bayas de amla: 2 cucharaditas al día.
• Cardo mariano: 1 cuentagotas al día.
• CoQ10: 2 cápsulas al día.
• Curcumina: 2 cápsulas al día.
• EPA y DHA (no de pescado): 1 cápsula al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Jengibre: 1 taza de infusión con dos bolsitas, o 2 cápsulas, o recién
rallado
o exprimido, cantidad al gusto, al día.
• Menta: 1 taza de infusión al día.
513
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg
o 2 cucharaditas de liposomal líquido
al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
514
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas, dos veces al día.
515
Envejecimiento del hígado
Todos los suplementos de este capítulo contribuyen a prevenir el
envejecimiento del hígado. Si la cuestión te afecta especialmente, plantéate
tomar estos escogidos:
• Curcumina: 1 cápsula, dos veces al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas, dos veces al día.
• Glutatión: 1 cápsula al día.
• Hoja de ortiga: 1 cápsula
o 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Hongo chaga: 1 cucharadita, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 1000 mg de Ester-C
o 1 cucharadita de liposomal líquido, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
1 cucharadita, dos veces al día.
Estreñimiento
• Bayas de amla: 2 cucharaditas, dos veces al día.
• Cardo mariano: 1 cuentagotas, 2 veces al día.
• EPA y DHA (no de pescado): 1 cápsula, dos veces al día.
• Escaramujo: 1 taza de infusión, dos veces al día.
• Glicinato de magnesio: 1 cucharadita de polvo, dos veces al día.
• Hoja de ortiga: 1 cuentagotas o 1 taza de infusión o 2 cápsulas, 2
veces al día.
• Menta: 1 taza de infusión preparada con dos bolsitas, dos veces al día.
• Raíz de diente de león: 1 taza de infusión, dos veces al día.
516
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día
o 1 taza de infusión dos veces al día (alternar dos semanas de tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Uña de gato: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 2 cucharaditas de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
1 cucharadita, dos veces al día.
Gota
• Bayas de amla: 2 cucharaditas al día.
• Cúrcuma: 2 cápsulas, dos veces al día.
517
• Curcumina: 2 cápsulas, dos veces al día.
• EPA y DHA (no de pescado): 1 cápsula al día.
• Escaramujo: 1 taza de infusión al día.
• Hoja de ortiga: 2 cápsulas,
2 cuentagotas o 1 taza de infusión preparada con dos bolsitas, dos
veces al día.
• Hongo chaga: 2 cucharaditas al día.
• L-lisina: 3 cápsulas de 500 mg, dos veces al día.
• Melisa: 2 cuentagotas o 1 taza de infusión hecha con dos bolsitas, dos
veces al día.
• MSM: 2 cápsulas, dos veces al día.
• Uña de gato: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg
o 1 cucharadita de liposomal líquido, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
Hambre misteriosa
• 5-MTHF: 1 cápsula al día.
• Cardamomo: 1 cuentagotas al día.
• Espirulina: 1 cucharada sopera al día.
• Jengibre: 1 taza de infusión
o 2 cápsulas, o recién rallado o exprimido, cantidad al gusto, al día.
• Raíz de achicoria: 1 taza de infusión al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
518
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
Hepatitis
• Eufrasia: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Hidrastis: 2 cuentagotas, dos veces al día (alternar dos semanas de
tomarlo con dos semanas de descanso).
• Hoja de gordolobo: 2 cuentagotas, dos veces al día.
• Hongo chaga: 1 cucharadita, dos veces al día.
• Melisa: 2 cuentagotas o 1 taza de infusión hecha con dos bolsitas, dos
veces al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas, dos veces al día (alternar dos semanas
de tomarlo y dos semanas de descanso).
• Uña de gato: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharadita de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 2 cuentagotas, dos
veces al día.
519
• Hongo chaga: 2 cucharaditas, dos veces al día.
• L-lisina: 4 cápsulas de 500 mg, dos veces al día.
• Melisa: 2 cuentagotas, dos veces al día.
• MSM: 1 cápsula, 2 veces al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día (alternar dos semanas de tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Raíz de uva de Oregón: 1 cuentagotas o 1 cápsula, dos veces al día.
• Selenio: 1 cápsula o 1 cuentagotas al día.
• Uña de gato: 2 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 3000 mg de Ester-C
o 1 cucharada sopera de liposomal líquido, dos veces al día.
• Yodo naciente: 3 gotitas, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 2 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas, dos veces al día.
520
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 2 cápsulas o 1 cucharadita, dos veces al día.
• Vitamina D3: 1000 UI al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas al día.
Hígado infantil
• Bayas de amla: ½ cucharadita al día.
• Cardo mariano: 6 gotitas al día.
• Espirulina: ½ cucharadita al día.
• Glicinato de magnesio: 1 cápsula al día o de ¼ a ½ cucharadita al día.
• Jengibre: 1 taza de infusión, dos veces al día, o recién rallado o
exprimido, cantidad al gusto, cada día.
• Melisa: 1 cuentagotas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
20 gotas al día.
521
• Vitamina C: 500 mg de Ester-C
o 1 cucharadita de liposomal líquido al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 6 gotitas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
½ cucharadita al día.
Hinchazón gastrointestinal
• 5-MTHF: 1 cápsula al día.
• Cardo mariano: 1 cápsula al día.
• Glicinato de magnesio: 1 cápsula al día.
• Hibisco: 1 taza de infusión al día.
• Hoja de frambuesa: 1 taza de infusión al día.
• Hongo chaga: 1 cucharadita al día.
• Jengibre: 1 taza de infusión
o 2 cápsulas, dos veces al día, o recién rallado o exprimido, cantidad al
gusto, cada día.
• Melisa: 1 cuentagotas al día.
• Menta: 1 taza de infusión al día.
• Raíz de bardana: 1 taza de infusión
o 1 raíz recién exprimida al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día (alternar dos semanas de tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Uña de gato: 1 cuentagotas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
1 cucharadita al día.
Hipertensión arterial
• 5-MTHF: 1 cápsula al día.
522
• Ashwagandha: 1 cuentagotas al día.
• Cardo mariano: 1 cuentagotas al día.
• Complejo vitamínico B: 1 cápsula al día.
• CoQ10: 2 cápsulas al día.
• Cúrcuma: 2 cápsulas al día.
• EPA y DHA (no de pescado): 1 cápsula al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Glicinato de magnesio: 4 cápsulas al día.
• Melisa: 2 cuentagotas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 6 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharada sopera de
liposomal líquido al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
Ictericia
Aunque hemos hablado de la ictericia de los recién nacidos en el capítulo
28, adviértase que estas dosis son para adultos.
• Bayas de amla: 1 cucharadita, dos veces al día.
• Hibisco: 1 taza de infusión, dos veces al día.
• Hoja de ortiga: 1 cuentagotas,
1 cápsula o 1 taza de infusión, dos veces al día.
• Melisa: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Menta: 1 taza de infusión, dos veces al día.
• Trébol rojo: 1 taza de infusión
o 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 2 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharadita de
liposomal líquido, dos veces al día.
523
• Zumo de cebada verde en polvo:
1 cucharadita, dos veces al día.
Infecciones de vesícula
• Hidrastis: 3 cuentagotas, dos veces al día (alternar dos semanas de
tomarlo con dos semanas de descanso).
524
• Hoja de gordolobo: 2 cuentagotas, dos veces al día.
• Jengibre: 1 taza de infusión
o 2 cápsulas, dos veces al día, o recién rallado o exprimido, cantidad al
gusto, cada día.
• Melisa: 3 cuentagotas o 1 taza de infusión preparada con dos bolsitas,
dos veces al día.
• Menta: 1 taza de infusión preparada con dos bolsitas, dos veces al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas, dos veces al día (alternar dos semanas
de tomarlo y dos semanas de descanso).
• Raíz de uva de Oregón: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Uña de gato: 2 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 5 cápsulas de 500 mg de Ester-C dos veces al día, o 1
cucharada sopera de liposomal líquido al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
525
• Vitamina C: 6 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharada sopera de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 2 cuentagotas, dos
veces al día.
Inflamación
• 5-MTHF: 1 cápsula al día.
• Áloe vera: 5 cm o más de gel fresco (retirada la piel) al día.
• Cúrcuma: 2 cápsulas al día.
• Curcumina: 3 cápsulas, dos veces al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Glicinato de magnesio: 2 cápsulas al día.
• Hoja de gordolobo: 2 cuentagotas al día.
• Hoja de olivo: 2 cápsulas
o 1 cuentagotas al día.
• Hoja de ortiga: 3 cápsulas
o 2 cuentagotas al día.
• Hongo chaga: 2 cucharaditas al día.
• L-lisina: 4 cápsulas de 500 mg, dos veces al día.
• Melisa: 3 cuentagotas, dos veces al día.
• MSM: 2 cápsulas al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día (alternar dos semanas de tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Uña de gato: 2 cuentagotas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 6 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharada sopera de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Yodo naciente: 4 gotitas al día.
526
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 2 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
Insomnio hepático
• 5-MTHF: 1 cápsula al día.
• Ashwagandha: 1 cuentagotas al día.
• CoQ10: 1 cápsula al día.
• Glicinato de magnesio: 2 cápsulas al día.
• Hibisco: 1 taza de infusión, hecha con dos bolsitas, al día.
• Melatonina: subir la dosis gradualmente hasta los 20 mg al día.
• Melisa: 4 cuentagotas o 2 tazas de infusión preparadas con dos
bolsitas cada una, al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día (alternar dos semanas de tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
527
• Raíz de uva de Oregón: 3 cuentagotas, dos veces al día.
• Uña de gato: 3 cuentagotas, dos veces al día.
Niebla mental
• 5-MTHF: 1 cápsula, dos veces al día.
• Ashwagandha: 1 cuentagotas
o 1 cápsula, dos veces al día.
• Complejo vitamínico B: 1 cápsula
al día.
• Espirulina: 1 cucharadita, dos veces al día.
• Hoja de ortiga: 1 cuentagotas
o 1 cápsula, dos veces al día.
• Hongo chaga: 1 cucharadita, dos veces al día.
• L-lisina: 2 cápsulas de 500 mg, dos veces al día.
• Melisa: 1 cuentagotas, dos veces
al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día (alternar dos semanas de tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Uña de gato: 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 2 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharadita de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
1 cucharadita, dos veces al día.
Ojeras
• ALA: 1 cápsula al día.
• Complejo vitamínico B: 1 cucharadita, dos veces al día.
528
• Cúrcuma: 2 cápsulas, dos veces al día.
• Espirulina: 1 cucharadita, dos veces al día.
• Hibisco: 1 taza de infusión, dos veces al día.
• Raíz de bardana: 1 taza de infusión dos veces al día o 1 raíz recién
exprimida al día.
• Raíz de diente de león: 1 taza de infusión, dos veces al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día
o 1 taza de infusión dos veces al día (alternar dos semanas de tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Trébol rojo: 1 taza de infusión
o 1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 2 cucharaditas de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
1 cucharadita, dos veces al día.
Palpitaciones cardíacas
• 5-MTHF: 1 cápsula al día.
• CoQ10: 2 cápsulas al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Glicinato de magnesio: 3 cápsulas al día.
• Hoja de frambuesa: 1 taza de infusión al día.
• Hoja de ortiga: 2 cuentagotas
o 2 cápsulas al día.
• Hongo chaga: 2 cucharaditas al día.
• Melisa: 3 cuentagotas, dos veces al día.
529
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharadita de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Yodo naciente: 4 gotitas al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
PANDAS
• Espirulina: 1 cucharadita al día.
• Eufrasia: 4 gotas, dos veces al día.
• Hidrastis: 10 gotas, dos veces al día (alternar dos semanas de tomarlo
con dos semanas de descanso).
• Hoja de gordolobo: 10 gotas al día.
• Hoja de olivo: 10 gotas, dos veces al día.
• Melisa: 10 gotas, dos veces al día.
• Raíz de regaliz: 10 gotas, dos veces al día (alternar dos semanas de
tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Uña de gato: 4 gotas, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
10 gotas al día.
• Vitamina C: 2 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharadita de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 6 gotitas al día.
530
• Cúrcuma: 2 cápsulas al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Hoja de gordolobo: 2 cuentagotas al día.
• Hongo chaga: 2 cucharaditas al día.
• Jengibre: 1 taza de infusión
o 2 cápsulas, o recién rallado o exprimido, cantidad al gusto, al día.
• Melisa: 2 cuentagotas al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día (alternar dos semanas de tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Raíz de uva de Oregón: 1 cuentagotas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 2 cucharaditas de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Yodo naciente: 6 gotitas al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
531
• Hoja de ortiga: 1 cuentagotas
o 2 cápsulas, dos veces al día.
• Melisa: 2 cuentagotas, dos veces al día.
• Raíz de achicoria: 1 taza de infusión al día.
• Raíz de regaliz: 10 gotitas, dos veces al día (alternar dos semanas de
tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 2000 mg de Ester-C
o 2 cucharaditas de liposomal líquido, dos veces al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
Problemas de metilación
• 5-MTHF: 1 cápsula, dos veces al día.
• Complejo vitamínico B: 1 cápsula, dos veces al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Glutatión: 1 cápsula o 1 cucharadita de líquido, dos veces al día.
• NAC: 1 cápsula al día.
• Selenio: 1 cápsula o 1 cuentagotas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 2 cucharaditas de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas, dos veces al día.
Problemas hormonales
• Ashwagandha: 1 cuentagotas al día.
• Baya de esquisandra: 1 taza de infusión al día.
532
• Cardo mariano: 1 cuentagotas al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Hibisco: 1 taza de infusión, hecha con dos bolsitas, al día.
• Hoja de frambuesa: 1 taza de infusión preparada con tres bolsitas, dos
veces al día.
• Hoja de ortiga: 4 cuentagotas
o 4 cápsulas al día.
• Melisa: 2 cuentagotas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 2 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharadita de
liposomal líquido al día.
• Yodo naciente: 6 gotitas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
533
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas.
• Vitamina C: 2 cápsulas de 500 mg de Ester-C.
• Vitamina D3: 1000 UI.
• Zumo de cebada verde en polvo:
½ cucharadita.
Síndrome de Raynaud
• 5-MTHF: 1 cápsula al día.
• Ashwagandha: 1 cuentagotas al día.
• Bayas de amla: 2 cucharaditas al día.
534
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Hoja de olivo: 2 cuentagotas
o 2 cápsulas al día.
• Hoja de ortiga: 2 cuentagotas
o 2 cápsulas al día.
• Hongo chaga: 2 cucharaditas al día.
• L-lisina: 6 cápsulas de 500 mg al día.
• Melisa: 2 cuentagotas al día.
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día (alternar dos semanas de tomarlo
y dos semanas de descanso).
• Uña de gato: 1 cuentagotas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas
al día.
• Vitamina C: 6 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharada sopera de
liposomal líquido al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 2 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
535
• Raíz de regaliz: 1 cuentagotas al día
o 1 taza de infusión preparada con dos bolsitas, al día (alternar dos
semanas de tomarlo y dos semanas de descanso).
• Uña de gato: 1 cuentagotas al día.
536
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
Sofocos
• Ashwagandha: 1 cuentagotas al día.
• Baya de esquisandra: 2 cuentagotas al día.
• Bayas de amla: 2 cucharaditas al día.
• CoQ10: 1 cápsula al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Hoja de frambuesa: 1 taza de infusión preparada con dos bolsitas
o 2 cuentagotas al día.
• Hoja de ortiga: 2 cuentagotas,
2 cápsulas o 1 taza de infusión preparada con dos bolsitas, dos veces al
día.
• Hongo chaga: 2 cucharaditas al día.
• Melisa: 2 cuentagotas o 1 taza de infusión hecha con 2 bolsitas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharadita de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Yodo naciente: 4 gotitas al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas al día.
537
• Complejo vitamínico B: 1 cápsula al día.
• Cúrcuma: 2 cápsulas al día.
• Curcumina: 3 cápsulas al día.
• Espirulina: 2 cucharaditas al día.
• Hoja de ortiga: 2 cuentagotas
o 2 cápsulas al día.
• Hongo chaga: 2 cucharaditas al día.
• L-lisina: 4 cápsulas de 500 mg al día.
• MSM: 2 cápsulas al día.
• NAC: 1 cápsula al día.
• Uña de gato: 2 cuentagotas al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas
al día.
• Vitamina C: 6 cápsulas de 500 mg
de Ester-C o 1 cucharada sopera
de liposomal líquido, dos veces
al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 1 cuentagotas, dos
veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
538
• Melatonina: 5 mg al día.
• Melisa: 2 cuentagotas al día.
• Trébol rojo: 1 taza de infusión al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
2 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 6 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 2 cucharaditas de
liposomal líquido al día.
• Vitamina D3: 2000 UI al día.
• Yodo naciente: 6 gotitas al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 2 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
539
• Raíz de bardana: 1 taza de infusión dos veces al día o 1 raíz recién
exprimida al día.
• Uña de gato: 2 cuentagotas, dos veces al día.
• Vitamina B12 (en forma de adenosilcobalamina con metilcobalamina):
1 cuentagotas al día.
• Vitamina C: 6 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 1 cucharada sopera de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Vitamina D3: 2000 UI al día.
• Yodo naciente: 6 gotitas al día.
• Zinc (en forma de sulfato de zinc líquido): hasta 2 cuentagotas al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
3 cucharaditas al día.
540
• Vitamina C: 4 cápsulas de 500 mg de Ester-C o 2 cucharaditas de
liposomal líquido, dos veces al día.
• Zumo de cebada verde en polvo:
2 cucharaditas al día.
541
Capítulo 38.
El Rescate del Hígado 3:6:9
542
Al hígado no le gusta que lo fuercen a nada. No le gusta que lo fuercen a
procesar los alimentos pesados; no le gusta que lo fuercen a hacer frente a
una sobrecarga de toxinas. Aunque él sigue adelante valientemente con
estas tareas en nuestras vidas cotidianas, marca el límite en el hecho de que
lo obliguen a purgarse según las ideas discurridas por el hombre sobre cómo
debe funcionar el hígado. Con todo lo que ha estado esperando tu hígado un
momento de alivio de su dura labor diaria, eso se parece mucho al trabajo
de limpiar tu casa. Si alguien irrumpiera en tu hogar y te obligara a ponerte
a tirar tus cosas sin parar durante una semana, sin haberte dado un tiempo
previo para prepararte, te rebelarías. Esconderías algunos artículos para
ahorrar a los operarios de la basura la tarea de llevarse 250 kilos de
desechos. O quizá tires todos tus trastos al contenedor para recuperarlos
más adelante al darte cuenta de que has provocado una situación insegura
en la calle dejando el contenedor a rebosar. De una manera o de otra,
acabarías agotado, descontento y nada satisfecho del resultado de aquella
semana de trabajo.
Como ya he dicho, muchas limpiezas dejan al hígado en una posición que
no le gusta. Son como los profesores de natación aficionados a empujar o
como los especialistas en limpieza mandones. No se basan en un verdadero
entendimiento de cómo funciona el hígado y de lo que necesita. El hígado
reacciona quedando conmocionado o rebelándose. En algunos casos,
cuando se ve obligado a liberar toxinas a una tasa que no es sana ni para ti
ni para él, el hígado cerrará sus puertas, guardándose intencionadamente las
toxinas para protegerte y, para ello, trabajando más duro que nunca,
precisamente cuando debería estar disfrutando de un merecido descanso. Si
el hígado tiene que liberar contra su voluntad una cantidad excesiva de
toxinas, porque no tiene la fuerza suficiente para cerrar determinadas
compuertas, se te puede llenar la sangre de tantas toxinas que el hígado
tiene que volverlas a absorber todas febrilmente para protegerte, con lo que
las toxinas no llegan a tener la posibilidad de dejar tu cuerpo. Las limpiezas
que se llevan a cabo con una mentalidad de purga radical suelen tener un
efecto opuesto al deseado. Además de lo cual, suelen dejar muy
descontentos y gruñones a los que se hacen la limpieza, ya que sus hígados
no están liberando lo que los retrae. Y eso afecta a su estado de ánimo,
aunque ellos no se den cuenta.
543
El hígado quiere liberarse. Quiere aliviar su sobrecarga diaria de grasas y
de toda una vida de actividad de los patógenos y de exposición a las
toxinas. Tu hígado quiere que tú te alivies de tus síntomas y de tus
trastornos, así como de sus causas subyacentes, para que puedas tener por
fin la piel limpia, o el estado de ánimo equilibrado, o la pérdida de peso o el
alivio de la fatiga que buscabas. Quiere que le des una oportunidad para
limpiarse de su pringue acumulada y para volver a estar nuevo y reluciente,
todo ello para darte a ti una salud mejor. Pero lo que no quiere es buscar
nada de esto por medios inseguros o antinaturales.
Si has llegado hasta aquí en la lectura de este libro y has ido descubriendo
cosas sobre el funcionamiento de tu hígado y sobre todo a lo que tiene que
hacer frente, si has visto hasta qué punto depende tu salud general del
estado de tu hígado, y te has preguntado cómo puedes reparar los daños que
ha sufrido el órgano durante tantos años, has llegado al lugar adecuado. He
aquí, por fin, la solución.
Es todo una cuestión de trabajar con tu hígado. Para que tu hígado se
limpie como es debido y de manera efectiva, hay que actuar con sutileza
y con cuidado. Hay que entender a fondo cómo funciona; no se le debe
tratar como si fuera una máquina. Por eso son tan potentes la Mañana de
Rescate del Hígado (una limpieza rápida y sencilla que puedes probar en
cualquier momento) y el Rescate del Hígado 3:6:9 (un plan de curación del
hígado en nueve días como no hay otro), que describimos en este capítulo:
trabajan con lo que quiere el hígado y con lo que necesita, en vez de basarse
en conjeturas arbitrarias sobre cómo debe funcionar.
Con la Mañana de Rescate del Hígado tienes la posibilidad de dar a tu
hígado la estabilidad que busca en tu vida cotidiana. Prueba este plan por sí
solo durante algunos días, varias semanas antes o varias semanas después
del Rescate del Hígado 3:6:9, o incorpóralo en tu rutina cotidiana, y tu
hígado cantará tus alabanzas. Representa una oportunidad increíble para
que tu hígado se ponga al día con sus funciones habituales en vez de andar
siempre apurado. Así podrá ayudarte a seguir sano.
Con el Rescate del Hígado 3:6:9, tu hígado consigue por fin el
rejuvenecimiento que se merece. Empieza por tener la libertad necesaria
para prepararse; después, empieza a soltar a un ritmo moderado, y entra por
fin en un modo de limpieza profunda que puede proporcionarte alivio en
muchos sentidos. Tu hígado necesita compasión y apoyo, como el niño en
544
el trampolín, y eso es exactamente lo que le puede ofrecer el Rescate del
Hígado 3:6:9.
A diferencia de otras limpiezas, la Mañana de Rescate del Hígado y el
Rescate del Hígado 3:6:9 no dejarán a tu hígado en peor situación. No hay
ningún otro plan que esté tan bien sintonizado con las verdaderas
necesidades de tu hígado: pulsar el botón de pausa a las arremetidas
cotidianas de la vida moderna; quitarse de encima los residuos con los que
ha tenido que cargar tanto tiempo, y liberarse y restablecerse a su propio
ritmo. Combinadas entre sí, estas dos técnicas, a las que podrás volver una
y otra vez cuando tu hígado necesite alivio, son el máximo favor que
puedes hacer a tu hígado; un favor que él te devolverá multiplicado por
cien, en forma de salud y de vitalidad renovadas.
545
sobre los alimentos que nos desalinean. Cuando se diseña un plan de
comidas, del tipo que sea, encuadrándolo en un punto de vista rígido sobre
lo que alimenta y cura al cuerpo, es muy probable que ese plan deje de tener
en cuenta el cuadro más general. Esto se debe a que ese punto de vista es
humano, y todos sabemos lo difícil que puede llegar a ser, a veces, ser
humanos. Hacemos todo lo que podemos por entender el mundo y por
tomar decisiones basadas en los hechos, tal como creemos que son; pero
después nos llega más información... y nosotros, o bien no la aceptamos,
para no sentirnos incómodos, o bien cambiamos nuestra perspectiva, para
irla ajustando de nuevo una y otra vez, a lo largo de nuestras vidas, a
medida que sale a relucir más y más información. En cualquier momento
dado podemos tener garantizado que no entendemos la situación con toda la
plenitud posible. Como seres humanos que somos, nos encontramos en un
estado constante de descubrimiento, lo que significa que nos encontramos
en un estado constante de no saber las cosas con seguridad. Siempre hay
algo más en el horizonte.
Por eso yo me baso en el Espíritu como fuente de toda la información que
comunico sobre la salud. Si fuera yo, Anthony, el que intentara trazar el
mejor plan para mi hígado, me dejaría convencer por todos los argumentos
que corren por ahí. Aceptaría la sabiduría popular establecida como el que
más, para descubrir más adelante que había hecho un flaco favor a mi salud
por haber ceñido mi manera de pensar a esas limitaciones. El propósito de
mi vida es ahorrarte la necesidad de hacer conjeturas sobre lo que es mejor
para tu salud, para que no pierdas años de tu vida con sistemas de creencia
sobre la salud que no hacen más que frenarte. Con la información del
Espíritu, no se trata de un sistema de creencias, ni de un punto de vista, ni
de una opinión, ni de una teoría, ni de una moda, ni de ningún otro sistema
terrenal de evaluar el mundo. El Espíritu solo maneja verdades; verdades
que, en su mayor parte, no han sido medidas ni sopesadas por la ciencia
todavía. El Espíritu no da preponderancia a un sistema de creencias
determinado; no condena ni recomienda ninguna manera de pensar
concreta. El Espíritu va directamente al núcleo de la cuestión: a lo que es
bueno para ti.
Recuérdalo, si has llegado a este capítulo comprometido con una manera
determinada de pensar acerca de los alimentos, de las limpiezas o de lo que
necesita el hígado. Si crees, por ejemplo, que la solución para restablecer el
546
cuerpo es ayunar hasta la hora de la cena y hacer una cena alta en proteínas;
si crees que el azúcar de la fruta alimenta al hígado graso, o si crees que la
desintoxicación es falsa, quizá descubras que debes despojarte de tu sistema
de creencias para avanzar. Por otra parte, si desconfías de las reglas acerca
de los alimentos y si temes que la Mañana de Rescate del Hígado y el
Rescate del Hígado 3:6:9 son un plan más con intenciones ocultas, puedes
olvidarte de tu desconfianza. Esta no es una dieta propagandística. No es un
concepto más que compite con otros muchos a base de reciclar y de volver
a presentar unas ideas que ya has oído un millón de veces.
O puede ser que no hayas leído mucho sobre temas de salud. Que no te
hayas subido al tiovivo de la información reelaborada que deja a la gente en
una busca perpetua de algo más. Si es tu caso, dispones de una oportunidad
singular para recibir lo que es bueno para ti con el ánimo abierto.
Esto es una cosa entre tu hígado y tú, y nada más. Lo que necesita tu
hígado es que tú seas un miembro del equipo con ánimo de colaborar. Tu
hígado debe estar seguro de que no vas a empujarlo del trampolín por el
hecho de que estés adscrito a una escuela de pensamiento determinada.
Cuando te haces una limpieza, no tienes por qué sentirte como si hubieras
descendido a lo más hondo del infierno. Para empezar, eso representa una
carga demasiado grande para tus glándulas suprarrenales y, en
consecuencia, para tu hígado. Cuando te haces una de esas limpiezas
superintensas que hay por ahí, estás funcionando a base de adrenalina: tus
suprarrenales te inundan el organismo con un exceso de adrenalina para
poner equilibrio en el caos, lo que obliga a tu hígado a absorberlo todo para
protegerte... lo cual se opone a tu intención original de desintoxicarte, ya
que el exceso de adrenalina corrosiva era, de entrada, uno de los factores
que ya te estaban provocando algunos de tus problemas de hígado.
Aunque el ayuno tiene su lugar, la Mañana de Rescate del Hígado y el
Rescate del Hígado 3:6:9 no son ayunos. Esto es así porque no te hace falta
un ayuno para reiniciarte el hígado. (Y, sobre todo, no te hace falta un
ayuno seco para el hígado. Si estás intentando aliviarte algún síntoma o
trastorno que tengas, del tipo que sean, con eliminar los alimentos y los
líquidos no acelerarás la curación. Los ayunos con agua y zumos tienen su
lugar en el mundo de la curación. Los ayunos secos no lo tienen). Los
ayunos no solo pueden llevar a una desintoxicación rápida que resulta
abrumadora para muchas personas, sino que en muchas ocasiones no
547
resultan practicables. A la vez que te limpias el hígado y te curas, quizá
debas seguir siendo capaz de seguir adelante con la dura rutina de la vida;
no todo el mundo se puede permitir el lujo de dejarlo todo para tomarse un
descanso. Una limpieza de hígado tiene que funcionar y tiene que dejarte
trabajar a ti.
Y por eso están aquí para ti la Mañana de Rescate del Hígado y el Rescate
del Hígado 3:6:9. Protegiéndote las suprarrenales, llenándote de alimentos
deliciosos y nutritivos y limpiándote el hígado de manera más eficaz que
ningún otro protocolo que hayas probado nunca, te sacarán de las ideas
establecidas de cualquier sistema de creencias sobre la alimentación que te
haya estado limitando hasta ahora. Serás capaz, por fin, de trabajar con tu
hígado, y estarás alineado y en armonía como no lo habías estado nunca.
548
esto puede impedir que avances en tu curación. Si ya conoces mis obras,
sabrás que recomiendo beber a primera hora de la mañana, con el estómago
vacío, agua de limón o de lima, zumo de apio o zumo de pepino. Uno de los
motivos principales para ello es para lavar el torrente sanguíneo. No
infravalores nunca las posibilidades de esto. Es más potente de lo que nadie
se piensa.
Hay algo más. Si te hidratas al despertarte, también das un empujón al
hígado en su labor de desintoxicación en marcha. Cuando tu cuerpo
necesita curarse, tu hígado quiere darle esa posibilidad de seguir
limpiándose por la mañana, en vez de verse obligado a pasar al modo de
funcionamiento de digestión de grasas. ¿No te has dicho nunca a ti mismo:
«Si pudiera levantarme temprano y ponerme a trabajar inmediatamente, sin
interrupciones, entonces sí que tendría bien encarrilada la vida», sea cual
sea tu trabajo, tu lista de tareas domésticas o tu protocolo de curación? Pues
así es como se siente tu hígado. Le encanta disponer de un rato especial
para centrarse en sí mismo por las mañanas. En cuanto empiezas a consumir
grasas radicales (alimentos tales como los frutos secos y las mantequillas de
frutos secos, semillas, aceite, aguacate, coco, huevos, beicon, leche, queso,
mantequilla, yogur, extracto de proteínas de suero, pavo, pollo, salchichas,
jamón y otras), se le interrumpe, y deja de desintoxicarse. Tu hígado se
pone a producir bilis para digerir las grasas, y a partir de entonces tiene que
centrarse en el resto de sus labores del día. Se cierra la ventana de la
desintoxicación y concluye el momento de oportunidad.
Con la Mañana de Rescate del Hígado mantienes abierta la ventana de la
desintoxicación. Apoyas a tu hígado para que pueda mantenerse equilibrado
y seguir el ritmo de la vida cotidiana. Siempre que incorporas a tu jornada
esta limpieza fácil, le ayudas a renovarse las células, para que tanto él como
tú podáis estar más sanos en adelante.
¿Qué es la Mañana de Rescate del Hígado? ¿Cómo se hace? Cuando la
vida se vuelva agitada y abrumadora, lo único que tienes que hacer es
seguir las dos directrices siguientes:
• Hidrátate bien, sobre todo a primera hora de la mañana.
• No consumas grasas radicales antes de la hora de comer.
Eso es todo. Todavía podrás comer; puedes pasarte toda la mañana
549
comiendo, si quieres; solo tienes que saltarte los alimentos que contienen
grasas, procurando, al mismo tiempo, tomar líquido en abundancia. Puedes
hacer muchas cosas para potenciar los buenos efectos de esta mañana para
la salud, y las veremos en seguida. Pero la base de la Mañana de Rescate
del Hígado es muy sencilla, pues son esos dos puntos que acabamos de ver
y a los que podrás volver todas las veces que quieras. Cuando tengas una
mañana de esas en las que te da vueltas la cabeza por las muchas cosas de
las que tienes que ocuparte, no olvides que superar la mañana cumpliendo
esos dos puntos (la hidratación y evitar las grasas) es un triunfo. ¡Un gran
triunfo!
A la gente no se le reconoce lo suficiente el mérito de cuidarse la salud.
Se les enseña a poner muchas cosas por delante de su propio bienestar, lo
que significa que, cuando toman medidas para curarse, casi se deben sentir
culpables, como si eso no fuera un trabajo digno de tal nombre. Pueden
tener la sensación de que tomarse el tiempo necesario para ir a comprar al
mercadillo de agricultores, o para preparar zumos, o para cortar fruta, o para
encargarse los suplementos, no es tan productivo ni tan importante como si
lo estuvieran dedicando a enviar correos electrónicos, o a pagar sus
facturas, o a ocuparse de otros puntos de su lista de tareas diarias. No caigas
tú en la trampa de creer que la labor de cuidarte no tiene importancia. Debes
saber que cada uno de los pasos que das para curarte tiene una gran
relevancia. Cuando trabajas para ponerte en forma el hígado, aunque solo
sea haciendo una cosa tan sencilla como tomar agua de limón a primera
hora del día y evitar las grasas hasta la hora de comer, no solo estás
mejorando tu vida. Este trabajo tiene importancia a una escala mayor: te
cura el hígado. Te ayuda a librarte de los venenos que provocan las
enfermedades y los síntomas de los que hablamos en este libro. Significa
que puedes hacer una vida mejor y más plena, lo cual inicia, a su vez, una
reacción en cadena por parte de otras personas que son testigos de tu
curación. Esto es profundo y puede cambiar el mundo. Por tanto, que
cualquier cosa que hagas por tu hígado, por pequeña que parezca,
represente para ti un gran logro en tu vida.
¿Y si quieres superpotenciar tu Mañana de Rescate del Hígado? Pues
bien, vamos a hablar algo más de la hidratación. En mi libro Médico
médium: alimentos que cambian tu vida hablé de los dos tipos de agua que
contienen las frutas y las verduras: el agua hidrobioactiva y el agua
550
cofactor. El agua del primer tipo contiene unos nutrientes vivificadores que
favorecen tu salud física y te hidratan las células mejor que cualquier agua
corriente. Se puede despertar y activar un vaso de agua añadiéndole un
chorrito de lima o unas rodajas de pepino, volviéndola mucho más
beneficiosa. El agua de coco, el agua de áloe, los smoothies y los zumos de
frutas y verduras frescas también son enormemente hidratadores y, por
tanto, son buenos para lavar el torrente sanguíneo, como también lo son los
alimentos ricos en agua como los melones, manzanas, pepinos, apio, uvas,
naranjas, mandarinas, bayas, peras, cerezas, albaricoques, melocotones,
nectarinas y papayas. Incluir en tu mañana estos tipos de alimentos y de
bebidas es un modo muy especial de ayudar a tu hígado en su labor.
También existe una ventaja emocional. El segundo tipo de agua viva que
se encuentra en las frutas y hortalizas, el agua cofactor, contiene unos
nutrientes que te alimentan específicamente al nivel del alma; por ello, una
mañana de hidratación te ayuda a encontrar apoyo mental y espiritual a la
vez que te aporta un alivio físico. (Puedes leer más acerca del agua viva en
Médico médium: alimentos que cambian tu vida).
Puede que me preguntes: «Pero ¿qué hay de las proteínas?». Si tienes la
mañana ocupada con todas esas frutas y verduras, ¿no te falta un
componente clave? ¿Cómo vas a cargarte de energía para toda la mañana si
no te tomas con el desayuno tu smoothie de mantequilla de almendras, o tu
cuenco de yogur, o tu tostada con aguacate, o tus lonchas de beicon, o tu
tortilla de claras de huevo? Son unas preguntas muy válidas, teniendo en
cuenta la cantidad de consejos sobre alimentación que circulan en los que se
considera que las proteínas son el Santo Grial de la mañana.
Esta es una de esas ocasiones en las que debemos plantearnos lo que
necesita de verdad tu hígado y romper con todo sistema de creencias que
nos esté impidiendo cuidarlo. Para empezar, las frutas y las verduras
contienen aminoácidos y proteínas que contribuyen mucho a nuestra salud;
de hecho, las proteínas más biodisponibles y más asimilables del mundo se
encuentran en las verduras de hoja verde. Lo que debemos evitar durante la
Mañana de Rescate del Hígado son alimentos altos en proteínas; porque,
como vimos en el capítulo 35, lo cierto es que casi todas las fuentes altas en
proteínas son, también, altas en grasas. Por tanto, si estás empezando el día
con claras de huevo, con un smoothie con mantequilla de frutos secos o con
una salchicha de pavo porque tienes fe en las proteínas por encima de todo
551
lo demás, también estarás deteniendo el proceso de desintoxicación de tu
hígado. Está bien; es una decisión tuya. Lo único que debes saber es que
estás tomando esa decisión, para que si más adelante tienes problemas y
síntomas que te dificultan la vida, puedas saber también cuál es uno de los
cambios que puedes realizar para ayudarte a ti mismo a curarte: el de dejar
tu ración de proteínas para una hora más tardía del día. Los frutos secos, las
semillas, el aguacate, el coco, los extractos de proteína en polvo con suero,
el yogur, el kéfir, la leche, la mantequilla, los huevos, el queso, el salmón
ahumado, el beicon, las salchichas... todos estos ingredientes, habituales en
los desayunos, no son buenos para tu hígado durante la fase de limpieza
matutina de este. Hasta las proteínas magras, procedentes de ganado local y
criado con pastos, te frenarán la curación si te las comes por la mañana.
Recuerda: los alimentos altos en proteínas tienen una fuente de calorías, y
esa fuente son las grasas.
Si creemos que debemos empezar el día con proteínas es porque se
supone que estas nos ayudan a sentirnos saciados y que nos aportan
combustible para muchas horas. Lo cierto es que el hecho de sentirnos
saciados toda la mañana puede ser engañoso. Con independencia de lo lleno
que tengas el estómago; con independencia de si tienes apetito o no, el
hecho es que el azúcar en sangre te descenderá entre una hora y media y dos
horas después de haber comido, o incluso antes. A muchas personas que
tienen el hígado debilitado, u otras sensibilidades tales como los síntomas
neurológicos, les puede caer el azúcar en sangre al cabo de tres cuartos de
hora. Por eso es tan importante para la curación el comer con frecuencia. Si
te baja el azúcar en sangre y las reservas de glucosa de tu hígado son bajas
o nulas, como lo son las de la mayoría de las personas, tus glándulas
suprarrenales se verán obligadas a producir un exceso de adrenalina como
compensación; una adrenalina corrosiva que te desgasta las suprarrenales y
te fuerza el hígado y el sistema nervioso. Por lo tanto, hasta puede ser útil
que sientas apetito cada dos horas, pues es señal de que debes comer un
poco y reponerte el azúcar en sangre.
Además, sentirte saciado no te garantiza que vayas a pasar una mañana
con proteínas abundantes. Yo he hablado con muchas personas que hacían
una dieta alta en proteínas y sentían hambre constantemente. Como vimos
en el capítulo 13, esa hambre pertinaz se produce cuando no estás
obteniendo la glucosa suficiente, ya sea porque no la estás consumiendo
552
siquiera, o porque los niveles elevados de grasa que consumes
continuamente te están bloqueando la absorción y el almacenamiento
debido de la glucosa. Por el contrario, con una mañana de evitar las grasas
radicales y centrarse en las frutas frescas, ricas en glucosa, das a tu hígado
la oportunidad de recoger y de guardarse los azúcares preciosos que
necesita para mantener en marcha tu cuerpo. A algunas personas les puede
costar cierto tiempo llenarse los depósitos vacíos de glucosa del hígado y
del cerebro; por eso es trascendental que tengas paciencia si con la fruta no
te sientes saciado desde un primer momento.
No tengas miedo a la Mañana de Rescate del Hígado si estás
acostumbrado a comer alimentos densos, fuertes o pesados por la mañana.
Recuérdalo: ¡saltarte las grasas no significa que te saltes el desayuno!
Todavía puedes comer, y puedes comer bien a la vez que te pones bien.
Muchas personas me han dicho que al cambiar a una mañana centrada en la
hidratación, en las sales minerales y en la glucosa de alta calidad se sienten
más satisfechas que nunca. Los nutrientes que estás enviando a tu hígado y
a tu sistema nervioso con las frutas y verduras ricas en agua tienen un
efecto poderoso. También lo tiene el permiso de comer más. Cuando te
estás alimentando de zumos verdes, smoothies, manzanas, melones,
naranjas, papayas y otras frutas, no tienes que limitarte las raciones como te
las limitas cuando desayunas a base de beicon; puedes comer cuanto
quieras, y volver a comer un par de horas más tarde, cuando el nivel de
azúcar en sangre te pida otro empujón. A última hora de la mañana puedes
tomar, incluso, patatas, boniatos o calabaza de invierno al vapor, a modo de
aperitivo rico en glucosa, sanador para el hígado y muy satisfactorio. En el
capítulo 39, «Recetas de rescate del hígado», encontrarás más ideas de
buenos platos de desayuno y aperitivos para la Mañana de Rescate del
Hígado.
Por último, es buena idea que evites la cafeína y los alimentos procesados
durante la Mañana de Rescate del Hígado. Si eres capaz de saltarte esos
elementos en las mañanas en que quieres darte un descanso al hígado,
estarás haciendo un gran favor a tu salud.
La Mañana de Rescate del Hígado no solo es el mejor primer paso que
puedes dar para transformar la salud de tu hígado. También es el mejor
segundo paso, y el tercero. Como verás en el apartado siguiente, en cada día
del Rescate del Hígado 3:6:9 se practica la Mañana de Rescate del Hígado:
553
tal es la importancia de esta. Si lo deseas, puedes introducir esta
minilimpieza como elemento constante de tu vida y optar por dar a tu
hígado unas vacaciones todas las mañanas, estés practicando o no el
Rescate del Hígado 3:6:9, después de una vida entera de sobrecargártelo. Si
lo prefieres, puedes tenerlo como una herramienta de mantenimiento que te
guardas en el bolsillo y que sacas a relucir cada vez que sientes que tu
hígado necesita una puesta a punto. Pero sea cual sea el modo en que optes
por emplearla, puedes tener la seguridad de que no es una más de esas ideas
de moda que dejarán de tener utilidad dentro de un año, ni de diez, ni
siquiera de cien. Esto es así porque la Mañana de Rescate del Hígado no es
una mera idea. No es una teoría. No es una moda. Es una certeza, que
accede a la naturaleza misma de cómo funciona tu hígado y de lo que
necesita para prosperar. Recurre a ella cuando necesites una pequeña ayuda,
o en tus momentos de máxima necesidad. Esta Mañana de Rescate del
Hígado estará allí, dispuesta a ayudarte durante el resto de tu vida, para lo
que sea.
MONODIETA
Si estás pasando por francas dificultades digestivas y tienes
hipersensibilidades graves, quizá no te sientas preparado para probar el
Rescate del Hígado 3:6:9 que vamos a describir. Tal vez te interese, más
bien, probar una técnica que yo he recomendado durante décadas, llamada
monodieta, con la cual comes aperitivos y comidas con solo un alimento
cada vez. (El término mono está empleado aquí en el sentido de «uno»). Por
ejemplo, un día o dos de tomar solo plátanos y zumo de apio puede ser
extremadamente beneficioso para las personas que reaccionan con gran
facilidad con síntomas alimentarios. Puedes hacer un día de tomar solo
papaya y zumo de apio. He visto que comer todo el día patatas al vapor
(pero no boniatos) con zumo de apio es una de las mejores opciones para
las personas que tienen muchas bacterias hostiles en el sistema
gastrointestinal o que tienen lesionado el tracto intestinal por intoxicaciones
alimentarias o por la gripe gástrica. Hasta puedes prolongar la monodieta
durante semanas o meses, hasta que se te recupere el hígado y el tracto
intestinal.
554
La monodieta no es para todos. Es para personas a las que determinados
virus del hígado les han creado determinadas toxinas, o que han pasado
otras dificultades digestivas que les han provocado unas sensibilidades
intestinales y del sistema nervioso singulares. Los nervios que están
conectados con las paredes intestinales se pueden volver hipersensibles y
contribuir a síntomas tales como la ansiedad, la hinchazón gastrointestinal y
los retortijones, además de molestias extremas cuando pasan los alimentos
por el tracto digestivo. La monodieta puede resultar enormemente útil para
este tipo de personas.
Hasta me salvó la vida a mí cuando era niño y tuve una intoxicación
alimentaria. Quizá recuerdes que lo conté en Médico médium. El Espíritu
me recomendó que me monoalimentara de peras, y estas me volvieron a la
vida. Desde entonces, desde que fui hace muchas décadas uno de los
primeros creadores de la práctica de la monodieta, he recomendado este
planteamiento y he visto a miles de personas recuperarse de sus
hipersensibilidades con esta técnica.
Otros han ido aprendiendo este concepto a lo largo de los años, aunque
eso no quiere decir que sepan por qué contrae una sensibilidad la persona en
un primer momento. Habrás aprendido con este libro que un problema
vírico del hígado puede llevarnos a tener neurotoxinas dentro del
revestimiento intestinal (cosa que no sabe nadie, en general), y que el
exceso de adrenalina también puede volver hipersensitivos a esos nervios.
Y también habrás leído cómo se pueden desarrollar las sensibilidades
alimentarias. Con estos conocimientos no tendrás por qué quedarte en la
monodieta para siempre. Si bien es una técnica que te puede ayudar mucho
ahora mismo, también tienes una noción clara de tu camino de curación, de
cómo has llegado hasta aquí y de cómo puedes avanzar.
555
cotidiana, el Rescate del Hígado 3:6:9 va dirigido a profundizar más. Es el
plan al que debes recurrir si tienes dificultades de salud, si te encuentras
atascado con alguno de los síntomas o trastornos que vimos en la segunda y
en la tercera parte, si te interesa la prevención o si quieres compensar esas
épocas de tu vida en las que no sabías cómo cuidarte el hígado. Es la llave
que te permite acceder a una salud mejor.
El Rescate del Hígado 3:6:9 comienza con una fase de preparación de tres
días, a la que yo llamo Los 3, y que es indispensable. No te harás ningún
bien saltando directamente a los planes de los días posteriores, porque tu
hígado necesita este tiempo de adaptación para poder beneficiarse de todo
lo que le llegará a continuación.
En los tres días siguientes, cuando estés en Los 6, comenzará la limpieza
interna. Es entonces cuando tu hígado empieza a desembalar una parte de
sus viejos «depósitos de almacenamiento» de toxinas, de grasas y de
residuos víricos que se ha estado guardando durante meses o durante años,
llegando más hondo de lo que es habitual en tu vida normal.
Y en los tres días finales, cuando estés en
Los 9, tu hígado llega a soltarse, enviando a tu torrente sanguíneo a
multitud de alborotadores para que se los lleve fuera del cuerpo. Esta etapa
completa el Rescate del Hígado 3:6:9, y es la etapa que te ayuda a mover
por fin la aguja indicadora de tu salud.
La estructura numérica de esta limpieza no es arbitraria. El hígado
funciona por grupos de tres, anatómica y fisiológicamente, y en su interior
hay muchas bolsas de células que están agrupadas en triángulos de puntas
redondeadas. Los lobulillos hepáticos tienen forma hexagonal, y esto ya lo
saben los investigadores y la ciencia médica. (El lobulillo de seis lados nos
sirve de recordatorio de nuestra existencia mortal, porque el hígado es un
aspecto clave y esencial del cuerpo humano que vive y que respira. Los
lobulillos no tienen siete lados porque el número siete representa todo lo
que es ajeno al cuerpo humano). Además, el hígado funciona por un ciclo
de nueve latidos del corazón, todavía no descubierto: con cada nueve
latidos transcurre por el hígado la sangre suficiente para llevarle una tanda
nueva de nutrientes y para extraer un lote de residuos. Todo esto quiere
decir que tu hígado también se comunica y resuena con el tres, con el seis y
con el nueve a una escala superior, como leíste en el capítulo 34,
«Refutación de los mitos sobre el hígado», referido a la renovación de las
556
células. De un modo similar a como tu hígado se anticipa a las pautas de tus
abusos (por ejemplo, a los cócteles y a los fritos que consumes todos los
viernes por la noche) para poder protegerte y salvarte la vida, también es
capaz de leer las señales que le indican que le estás brindando una
verdadera ayuda. Por ejemplo, cuando das a tu hígado un alivio de tres días,
él lo detecta y lo recuerda como una pauta de tres, y empieza a prepararse
prudentemente para soltarse. Al cabo de otros tres días advierte que se le
está brindando la oportunidad de emprender el proceso de limpieza interna.
Y con los tres últimos días, el hígado llega a adquirir un ritmo y a
sintonizarse con la liberación de las toxinas que se ha estado guardando con
el fin de protegerte. También interpreta las señales correspondientes cuando
le estás brindando ayuda en períodos de tres, de seis y de nueve años.
Cuando te alineas con esos incrementos del cuidado de tu hígado de tres
días, con un total de nueve, el órgano entra en un estado de limpieza
profunda que no se podría conseguir con planes de desintoxicación de siete
días, de doce días, de catorce días, de diecisiete días ni de veintiún días, ni
con ningún otro plan de duración aleatoria basado en ideas creadas
artificialmente por el hombre. Nadie es consciente de que, para llevar a
cabo una limpieza que debe basarse en el respeto a tu hígado, es preciso
estructurarla en grupos de tres, para poder liberar de manera segura los
niveles de toxinas que hemos acumulado en este mundo moderno. Si te
estás preguntando por la Depuración Curativa de 28 Días de Médico
médium, esta está dirigida a un estado de limpieza leve que ayuda al hígado
a desintoxicarse de manera muy, muy suave, al tiempo que ayuda a aliviar
muchos problemas de salud a la vez siguiendo un plan flexible. Ese
protocolo no depende de un número dado de días, mientras que el Rescate
del Hígado 3:6:9 sí, porque consiste en descifrar las claves del hígado, en
alinearse con su esencia misma y en permitir una limpieza profunda del
hígado abriendo las compuertas de este de una manera segura y no
peligrosa. Es un juego completamente distinto.
Si trabajas de lunes a viernes, puedes organizarte esta limpieza de una
manera práctica empezando un sábado para terminar el segundo domingo.
Así podrás dedicar el primer fin de semana a empezar el plan de comidas
con tranquilidad, así como a comprar los ingredientes y a preparar la
comida para la semana que tienes por delante. Después, podrás dedicar el
tiempo y el espacio del segundo fin de semana a los días más potentes de la
557
limpieza. Si tienes la semana estructurada de otra manera, o si prefieres
empezar cualquier otro día por el motivo que sea, no dudes en empezar tu
Rescate del Hígado 3:6:9 cuando quieras. La cuestión es que lo encajes en
tu vida y que te favorezca a ti.
Hablando de favorecerte a ti, una de las ventajas del Rescate del Hígado
3:6:9 es que te protege las glándulas suprarrenales. A diferencia de tantos
programas de limpieza que te hacen pasar hambre, obligando a tus
suprarrenales a expulsar adrenalina en exceso y obligando así a tu hígado a
sufrir la tensión de tener que absorberla, el Rescate del Hígado 3:6:9 no te
destroza esas glándulas preciosas, porque no te hace pasar hambre. Si tienes
miedo de que este plan te vaya a provocar pinchazos de hambre, puedes
tranquilizarte al respecto. No tienes por qué limitarte a unas raciones
determinadas, y comer entre horas no solo se permite sino que forma parte
del plan. Aunque el Rescate del Hígado 3:6:9 reduce las grasas en la dieta
para aliviar un poco la carga a tu hígado, lo hace poco a poco; y, como
compensación, te puedes llenar de otros sabores deliciosos. Come en
abundancia con el Rescate del Hígado 3:6:9. Prepara provisiones para tener
una buena cantidad de alimentos frescos y sanadores a tu disposición.
Aliméntate bien. Es lo que mejor sentará a tus suprarrenales, a tu hígado y a
ti mismo.
Ten presente que no es preciso que tomes los suplementos curativos que
vimos en el capítulo anterior durante el Rescate del Hígado 3:6:9. Si ya
estás tomando algunos de estos suplementos y quieres seguir con ellos,
puedes hacerlo sin problema. En caso contrario, ten en cuenta que la
limpieza ya es, de suyo, casi como un suplemento más para el hígado, al
que proporciona la ayuda que necesita para llevar a cabo toda su labor; por
ello, puedes saltarte los suplementos durante los nueve días. Si sigues
tomando los suplementos, lo más probable es que te venga mejor no usarlos
el Día 9, en el que disfrutarás principalmente de líquidos. (Si estás tomando
medicación, consulta a tu médico sobre su empleo).
Como tu hígado es muy responsable, no va a liberar todas las toxinas y
grasas acumuladas a lo largo de la vida en un solo ciclo del Rescate del
Hígado 3:6:9. Eso resultaría abrumador para tu organismo y, en última
instancia, te forzaría el hígado, con lo que los resultados serían
contraproducentes. En vez de ello, libera todo lo que puede liberar con
seguridad, y se guarda el resto para irlo soltando en un futuro. Si te
558
encuentras muy mal y quieres que ese futuro sea ahora mismo, lo que
puedes hacer es emprender un nuevo ciclo del Rescate del Hígado 3:6:9 en
cuanto hayas terminado el primero, volviendo a empezar por el Día 1 y
repitiendo los nueve días todas las veces que quieras, hasta que te hayan
mejorado los síntomas. Si lo que quieres es un cambio más gradual en tu
vida, quizá te interese, más bien, probar el Rescate del Hígado 3:6:9 una
vez al mes, intercalando algunas Mañanas de Rescate del Hígado de vez en
cuando a modo de mantenimiento. Como dije en el capítulo dedicado a los
alborotadores, lo ideal es que pruebes el Rescate del Hígado 3:6:9 al menos
una vez cada dos o tres meses si sospechas que tienes una cantidad
respetable de alborotadores en el hígado. O bien, puede que te parezca que
un solo ciclo te ha dado lo que buscabas en tu vida. Tú decides.
Si introduces en tu vida el Rescate del Hígado 3:6:9 y la Mañana de
Rescate del Hígado empezarás a ver y a notar los beneficios
inmediatamente. Si vuelves a ellos con regularidad, contribuirás a asegurar
el proceso de renovación positiva de tus células a lo largo del tiempo.
Cuando se cumplan nueve años desde que empezaste a cuidarte el hígado,
estarás reconstruido: serás una versión más sana y más vital de ti mismo.
LOS 3
559
Esta primera fase es como cuando haces una cuenta atrás para animar a
una persona que va a saltar de un trampolín. No tiene que ser una
zambullida drástica. Es, más bien, el comienzo de un ciclo. El ciclo
completo de la limpieza no podría ser tan eficiente ni tener tanto éxito sin
este período de ajuste.
Saltarse Los 3 es como presentarse a un examen sin haber estudiado. Es
un error que cometen muchos de los programas de limpieza que hay por
560
ahí, trazados por el hombre a base de tanteos: ponen al hígado en una
situación difícil y lo fuerzan a rendir bajo presión sin una fase previa de
preparación. El hígado no puede funcionar con confianza en una situación
así. Cuando llegue el momento de presentarse al examen, estará titubeante y
sabrá que el profesor que lo corrija encontrará resultados incompletos. Para
que esa liberación salga bien; para que, en una fase posterior de la limpieza,
se acompañe de manera efectiva a los venenos y a los patógenos hasta la
salida del cuerpo, es especialmente importante que el comienzo sea amable
con el hígado. No podemos cargar demasiado de trabajo al hígado desde el
primer momento, ni podemos ponerlo en una situación en la que se vea
obligado a cargar de trabajo, a su vez, a tu cerebro y a tu corazón.
Empezarás cada uno de los tres días de manera sencilla: con 475
mililitros (16 onzas) de agua de limón o de lima para hacer salir de tu
organismo los residuos de la noche anterior acumulados en tu hígado. (Si
eres un gran aficionado al zumo de apio por la mañana, puedes saborearlo
media hora después de haberte bebido el agua de limón o de lima). Durante
el resto de cada día tienes mucha libertad, con tal de que respetes las
directrices que aparecen al pie de la tabla, de que practiques la Mañana de
Rescate del Hígado cada mañana y de que te tomes tus aperitivos de
manzana, hidratantes, ricos en glucosa y limpiadores del hígado.
Vamos a hablar de esos aperitivos de manzana. El Día 1 te tomarás por la
tarde dos manzanas, con entre uno y cuatro dátiles. El Día 2 añadirás una
manzana por la mañana y seguirás tomándote dos manzanas y de uno a
cuatro dátiles por la tarde. Y el Día 3 subirás a dos manzanas por la
mañana, seguidas de las dos manzanas de la tarde, esta vez entre dos y
cuatro dátiles. No es necesario que te comas enteros los dátiles y las
manzanas. Puedes batirlos en smoothies, o disfrutarlos con las recetas
Manzanas con salsa de «caramelo», de Médico médium: alimentos que
cambian tu vida, Gachas de manzana con canela y uvas pasas, de Médico
médium: la sanación del tiroides, o los Anillos de manzana caramelizados o
la Salsa de manzana de rescate del hígado del capítulo siguiente de este
libro. Si las manzanas crudas te producen reacción o te cuesta masticarlas,
la salsa de manzana cocinada es un sustituto perfecto. Aunque, si no es
casera, procura elegir una salsa de manzana ecológica de alta calidad, sin
aditivos tales como el ácido cítrico traicionero, el azúcar añadido o los
aromatizantes naturales.
561
Infravaloramos el poder de las manzanas porque son una fruta muy
común. Cuando eras niño y te ponían una manzana en la tartera de llevar a
la escuela, ¿te la comías? ¿O intentabas cambiarla por otra cosa, o tirarla?
¿Cuándo ha sido la última vez que te has comido una manzana entera?
Puede parecerte que ha pasado menos tiempo del real. Vemos montones de
manzanas relucientes en el supermercado y vemos por todas partes
imágenes y símbolos en forma de manzana; estamos tan acostumbrados a
verlas que creemos que entran en nuestras vidas más de lo que se lo
permitimos en realidad. Es como cuando nos servimos un vaso de agua, lo
dejamos en nuestra mesa de trabajo y se nos olvida bebérnoslo. Nos
engañamos a nosotros mismos, convenciéndonos de que comemos
manzanas, dado lo cerca que las tenemos siempre. A pesar del dicho «una
manzana al día», es raro que una persona se coma una manzana cada día,
cuanto menos dos, tres o cuatro; por ello, no solemos ser testigos de lo que
puede hacer esta fruta. Esta situación cambiará cuando hayas completado el
Rescate del Hígado 3:6:9 y hayas consumido 21 manzanas, o más, en nueve
días. Introducir las manzanas en tu vida, en cantidad, tiene un efecto
transformador.
Los dátiles desempeñan un papel especial en este plan como
acompañamiento de las manzanas por la tarde, porque revolucionan el
motor del hígado de una manera beneficiosa. Existen dos tipos de calor del
hígado: el calor hepático no productivo, que es consecuencia de un hígado
tóxico, lento y sobrecargado y de los alimentos malsanos, y el calor
hepático productivo, que calienta el órgano suavemente, preparándolo para
desintoxicarse. Los dátiles producen este segundo tipo de calor hepático, el
tipo medicinal, que es el que te interesa, y por eso este alimento forma parte
de Los 3 y de Los 6, de estos períodos en los que estás dando a tu hígado
todo el apoyo posible para que pueda aguantar hasta el final cuando llegue a
Los 9. Si no te resulta práctico comerte los dátiles al mismo tiempo que las
manzanas de la tarde, no te preocupes. Lo único que tienes que hacer es
comértelos en algún momento. Y si no te gustan los dátiles o no dispones de
ellos, o si quieres poner variedad en la rutina, las moras de árbol (secas o
frescas), las pasas, las uvas y los higos secos o frescos, por este orden de
preferencia, pueden sustituir a los dátiles como calentadores beneficiosos
del hígado.
562
Si tienes hambre después de haber cenado, recurre de nuevo a una
manzana o a la salsa de manzana. Y una hora antes de acostarte no dejes de
tomarte otros 475 ml de agua de limón o de lima, así como una taza de
infusión de hibisco o de melisa. Al tomarte esos líquidos a última hora,
quizá tengas que levantarte varias veces por la noche para ir al baño; vale la
pena, a cambio de la mayor hidratación y de la limpieza de tu sistema.
Vamos a repasar ahora las directrices generales de Los 3. Para empezar,
reducirás las grasas de la dieta. Sea cual sea la cantidad de grasas radicales
que consumas en un día normal, redúcelas a la mitad, como mínimo. Esto
ya se consigue en buena parte al practicar la Mañana de Rescate del
Hígado. Al saltarte las grasas radicales habituales de la mañana, tales como
el yogur, la granola con frutos secos, la tostada con aguacate o con
mantequilla, el smoothie con leche de coco o con extracto proteínico de
suero en polvo, el beicon, los huevos, las salchichas, las tortitas, los waffles
o el café con lácteos, ya estarás reduciendo mucho el consumo de grasas. Y
vas a dar un paso más, suprimiendo por completo las grasas radicales hasta
la hora de la cena. Si el hecho de suprimir las grasas radicales por la
mañana y por la tarde no te basta para reducir en un 50 por ciento el
consumo total de grasas del día, plantéate reducir a la mitad algunas más de
tus raciones habituales de grasas radicales y compensarlo aumentando las
raciones de frutas, verduras, patatas, calabaza, verduras verdes de hoja,
lentejas, quinoa o mijo. Si estás acostumbrado a ponerte aceitunas en la
ensalada, por ejemplo, ponte la mitad y compénsalas añadiendo unos
garbanzos y unos tomates picados. Si te gusta el salmón al grill para cenar,
sírvete menos cantidad y complétate el plato con Tacos de lentejas o
Ratatouille. Y ten cuidado también con los aderezos, las salsas y los aceites,
que suelen ser mucho más ricos en grasas de lo que nos damos cuenta, y
redúcelos en consecuencia. Consulta las recetas de rescate del hígado para
encontrar unos platos y aperitivos satisfactorios y que no tienen un
contenido alto en grasas dietéticas.
Uno de los motivos principales por los que reduces las grasas durante Los
3 es para dar a tu hígado un respiro en su producción incansable de bilis,
para que así pueda reponer sus reservas de bilis. Así, liberado de tener que
procesar tantas grasas, podrá dedicar su energía a prepararte para la
desintoxicación. Otro motivo es que puedas obtener la glucosa que
necesitas. Como ya vimos, al comer menos grasas, tu hígado puede
563
absorber mejor la glucosa; y es vital reforzar tus reservas de glucosa y de
glucógeno para el duro trabajo que tendrá que llevar a cabo tu hígado
expulsando de su interior los venenos durante Los 9. Como en la Mañana
de Rescate del Hígado, las patatas, los boniatos y la calabaza de invierno
son unos alimentos magníficos, ricos en glucosa, que puedes comer durante
Los 3 para acumular el combustible en tu hígado.
Si te gustan los productos de origen animal, limítate a una sola ración, y
solo en la cena. Asegúrate de que se trata de una ración de carne, aves o
pescado que sea magra y de animales de cría ecológica o en libertad, para
que tenga las mejores posibilidades de favorecerte la salud durante estos
días de transición.
Si eres crudívoro y haces alimentación vegetal, puedes seguir comiendo
crudo durante los nueve días de esta limpieza.
Por último, hay algunos alimentos que deberás evitar por completo
durante los nueve días del ciclo: el gluten, los lácteos, los huevos, el
cordero, la colza y los derivados del cerdo. Repasa el capítulo 36 para
recordar por qué estos alimentos retrasarían tu curación.
Practicar Los 3 no parecerá muy distinto de la norma habitual a algunas
personas. A otras les costará un poco adaptarse. Si te molesta comer un
poco distinto de lo normal, recuerda que es solo temporal. Busca en internet
a otras personas que estén haciendo lo mismo al mismo tiempo; convence a
tus familiares y amigos para que lo prueben a la vez que tú, y siempre que
empieces a sentir antojos de una pizza grasienta o de unos macarrones con
queso, repasa de nuevo estos párrafos para captar el porqué de lo que estás
haciendo. Ese porqué marca toda la diferencia. Los nueve días habrán
terminado en seguida, y entonces recordarás tu Rescate del Hígado 3:6:9 sin
pensar más que en cómo te ha hecho sentirte de maravilla.
LOS 6
564
Llegamos ahora a la fase media, al mejor momento que tiene tu hígado
para limpiarse. Empezarás cada día igual que durante Los 3, con un gran
vaso de 475 ml (16 onzas) de agua de limón o de lima para limpiarte el
sistema. Media hora más tarde te tomarás otros 475 ml de zumo de apio
fresco y sin más añadidos. (A menos, claro está, que tengas problemas con
el zumo de apio, en cuyo caso lo puedes sustituir por zumo de pepino sin
más añadidos). Prepáralo tú mismo, o encárgalo fresco a tu zumería local.
El zumo de apio: ¿cómo podría cansarme de alabar este tónico
alcalinizante y vivificador? Tomado por sí solo, sin rellenos ni aditivos, con
el estómago vacío, te refuerza la digestión de todo lo que comas el resto del
día. Con el tiempo, restaura los niveles de ácido clorhídrico en el estómago
para hacer mejor la digestión a largo plazo. Ayuda a equilibrar la presión
565
sanguínea y el azúcar en sangre, y aporta a tu cuerpo valiosas vitaminas,
minerales, electrolitos y enzimas digestivas, al mismo tiempo que lo hidrata
a un nivel celular profundo. Además, priva de alimento a los patógenos y
contiene sales minerales con unas propiedades desinfectantes pendientes de
descubrir, que las vuelven activamente antivíricas y antibacterianas para los
microorganismos improductivos que están en el cuerpo. Para el hígado, más
concretamente, el zumo de apio contiene sales de cúmulo, subgrupos de
sodio que se unen a las neurotoxinas, a las dermotoxinas y a otros residuos
víricos, así como a los alborotadores que no están relacionados con los
patógenos, y los hacen salir del hígado. Además, los leucocitos del sistema
inmunitario personalizado del hígado también añaden sus sales de cúmulo a
los revestimientos de sus membranas celulares, volviéndolas más fuertes,
más duraderas y tóxicas para los virus; en esencia, las sales de cúmulo del
apio otorgan a los leucocitos una armadura contra los patógenos. Por eso te
interesa comenzar la jornada con este tónico que nos cambia la vida,
durante el resto del Rescate del Hígado 3:6:9.
El zumo de apio es una bebida medicinal, pero no es calórica; por eso
deberás seguirlo de un desayuno; más concretamente, del Smoothie de
rescate del hígado. Prepárate una ración o más, en función del hambre que
tengas, y tómatelo siempre que quieras a lo largo de la mañana, siempre que
hayas dejado al zumo de apio al menos 20 minutos para que haga su magia.
Esta combinación deliciosa de pitaya roja y de otras frutas sanadoras te
nutrirá el hígado con glucosa biodisponible y con antioxidantes esenciales.
El hígado aprovecha muy bien el rojo vivo de la pitaya (así como el azul
morado-rojizo vivo de los arándanos silvestres, si sigues la opción A). Estos
colores son tan vivos porque contienen abundantes antioxidantes, todavía
no descubiertos, que devuelven la vida al hígado. La pitaya lista para el
consumo, también llamada fruta del dragón, y los arándanos silvestres se
suelen encontrar en la sección de frutas congeladas de muchos
supermercados; o también puedes comprar pitaya congelada, pitaya en
polvo o arándanos silvestres en polvo por internet.
Si no eres aficionado a los plátanos, puedes sustituirlos por papayas, o
dejar una de las frutas adicionales y limitarte a combinar la pitaya con el
otro ingrediente o ingredientes en la opción de smoothie que hayas elegido.
Si no dispones de pitaya, o esta te repele mucho, puedes recurrir en su lugar
a los arándanos silvestres; o, en caso de necesidad, a las moras, a los
566
arándanos cultivados o a las cerezas congeladas. Debes asegurarte de
tomarte esas antocianinas por la mañana, de una manera u otra, para que
puedas obtener los beneficios curativos que necesita tu hígado durante Los
6.
Para la hora de la comida pasarás a una Ensalada de rescate del hígado
con verduras al vapor; más concretamente, con espárragos al vapor los Días
4 y 5 y con espárragos y coles de Bruselas al vapor el Día 6. La cena será
muy parecida: ensalada con espárragos al vapor el Día 4, coles de Bruselas
al vapor el Día 5, y espárragos y coles de Bruselas al vapor el Día 6. Si lo
prefieres, los puedes comer crudos; pero, crudos o al vapor, no los prepares
con aceite durante la limpieza. Como leíste en el capítulo anterior, los
espárragos y las coles de Bruselas son unos alimentos increíbles para
limpiar el hígado. Comerlos en unas cantidades como estas te permite llevar
a cabo una limpieza más profunda: el azufre que contienen las coles de
Bruselas es un compuesto poderoso para purgar el hígado. Cuando te comes
una col de Bruselas, su azufre te sale del tracto intestinal y te sube
directamente al hígado para hacer su buen efecto. Los espárragos contienen
un compuesto químico similar, aunque no idéntico, que se desplaza
directamente al hígado y desencadena un efecto purgante.
Si no dispones de espárragos ni de coles de Bruselas frescos, búscalos en
la sección de congelados y haz provisión para que no te falten. Si solo
puedes encontrar los convencionales, no te preocupes: son tan beneficiosos
para el hígado, que los inconvenientes de comer espárragos y coles de
Bruselas no ecológicos solo son relativos. Puedes hacerte las verduras al
vapor justo antes de comerlas, o preparártelas por adelantado y disfrutarlas
en frío con tu ensalada. Y, como ya he dicho, puedes comértelas frescas y
crudas si lo prefieres, e incluso puedes hacer zumo con una parte de los
espárragos crudos si lo prefieres. No estamos hablando de una tapita de
verduras; estamos hablando de raciones abundantes. Prepárate una buena
Ensalada de rescate del hígado grande, y añádele también los espárragos y/o
las coles de Bruselas, y riégala con abundante zumo de limón, de lima o de
naranja recién exprimido, o con el aderezo de «Vinagreta» a la naranja.
¡Llénate bien!
Es posible que con esta limpieza te sientas más saciado y más satisfecho
que nunca en tu vida. Esto se deberá, en parte, a que los espárragos y las
coles de Bruselas son supresores del apetito. Cuando los consumes, tu
567
hígado es consciente de que estás haciendo algo por él, ya que le transmiten
el mensaje de limpiarse. Cuando el hígado recibe este mensaje, libera a la
sangre un compuesto químico de base hormonal, todavía no descubierto, y
lo envía al cerebro para desconectar el apetito, así como a las suprarrenales
para tranquilizarlas e impedir que se alarmen, con el fin de que el hígado se
pueda limpiar de manera adecuada. Es otra de las más de 2000 funciones
químicas no descubiertas del hígado. En ningún momento de esta limpieza
deberás forzarte a comer si te sientes saciado. Pero no te prives de comer
mientras tengas hambre.
Entre la comida y la cena, dedícate a las manzanas (o a la salsa de
manzana) y a los dátiles (o a sus sustitutos), añadiéndoles ahora apio por su
apoyo adicional al azúcar en sangre y por sus virtudes limpiadoras del
hígado. (Si te preparas tu propio zumo de apio, puedes facilitarte el trabajo
dejando aparte estos palitos de apio cuando estés preparando el apio para el
zumo de la mañana). Si sigues teniendo hambre por la tarde, come más
frutas y verduras; te puedes inspirar consultando las ideas sobre alimentos y
aperitivos sanadores que encontrarás en este libro.
Después de cenar tienes la misma opción que en Los 3: una manzana, o
salsa de manzana, si tienes hambre. Por último, una hora antes de acostarte,
tómate otros 475 ml de agua de limón o de lima y una taza de infusión de
hibisco o de melisa.
Como hiciste durante Los 3, seguirás practicando durante Los 6 el
protocolo de la Mañana de Rescate del Hígado para dar a tu hígado ese
apoyo especial y madrugador. Ahora proseguirás ese apoyo evitando las
grasas radicales durante todo el día y toda la noche. Los frutos secos, las
semillas, el aceite, las aceitunas, el coco, el aguacate, los productos de
origen animal... déjalos para después de la limpieza. Si consumieras esas
grasas en estos momentos, interrumpirías la limpieza. Sería como si
estuvieras lavando platos y alguien te echara grasa en la pila: tendrías que
volver a empezar desde el principio para poder dejar bien limpios los platos.
Para que tu hígado lleve adelante con éxito Los 6 (y Los 9), deberá estar
libre de las interrupciones que sufriría si se viera obligado a dar marcha
atrás para ponerse a procesar grasas radicales. Durante este tiempo, tu
hígado seguirá produciendo bilis para mantener en funcionamiento tu
cuerpo; solo que no tendrá que producir bilis de la potencia necesaria para
disolver las grasas radicales. Al evitar estas grasas, permites a tu hígado que
568
emplee su energía para limpiarse a un nivel que de otra manera le sería
imposible. Recuerda: al hígado le resulta muy difícil limpiarse a nivel
profundo mientras hacemos una dieta alta en grasas.
En vez de basarte en algunos de tus alimentos favoritos habituales, como
hiciste en Los 3, en
Los 6 te dedicarás a las frutas y a las verduras. La densidad de nutrientes de
este combustible sanador es exactamente lo que necesita tu cuerpo en estos
momentos. El trabajo de evitar los alimentos que exigen un poco más de
esfuerzo para digerirlos bien vale la pena durante esta fase de la limpieza.
Para compensarlo, vuelvo a repetir, puedes comer. Recuérdalo: por comer
porciones minúsculas no vas a ser un héroe; de modo que no escatimes la
comida durante Los 6. No te estarás haciendo ningún favor a ti mismo ni a
nadie por aguantar toda la mañana con un vasito de smoothie. No vas a
salvar al mundo por demostrar que puedes funcionar con dos coles de
Bruselas y una hoja de lechuga. ¡No pases hambre! Si pasas hambre,
también la pasará tu hígado; y lo que este necesita desesperadamente en
esta etapa es combustible. Tu hígado necesita las calorías. En Los 3
aumentaste el consumo de glucosa para potenciar el funcionamiento de tu
hígado. Ahora, este necesita los alimentos indicados en la tabla de Los 6
para que hagan de excavadores y de limpiadores y lo dejen preparado para
cuando llegue su momento de brillar: Los 9.
LOS 9
569
Ya hemos llegado. Este es el momento que ha estado esperando tu hígado
durante prácticamente toda su vida. Esto significa que también es el
momento que has estado esperando tú; porque lo que hace feliz a tu hígado
te hace feliz a ti. Cuando tu hígado se quite de encima las cargas en esta
etapa, te quedarás maravillado al descubrir la influencia positiva que puede
tener sobre tu cuerpo y sobre tu estado de ánimo. El efecto en cadena que se
producirá a tu alrededor (sobre la gente que advertirá tu cambio, sobre los
nuevos cambios que te inspirarás a realizar en tu vida) será amplio y
profundo. ¿Quién sabe qué otras vidas vas a cambiar con la mejora de tu
salud? ¿Quién sabe qué podrás hacer ahora?
570
Llevas seis días calentando el motor de tu hígado y acumulando sus
reservas, preparándolo para que ahora, en Los 9, tenga la energía suficiente
para expulsar los trastos, las basuras y los venenos que lleva años
guardándose. Esto llega mucho más allá de la capacidad de la Mañana de
Rescate del Hígado para procesar y eliminar los residuos diarios. Estos tres
días, abundantes en líquidos, son un territorio completamente nuevo.
En los Días 7 y 8 seguirás la misma rutina matutina que en los Días 4, 5 y
6: agua de limón o de lima, seguida del Smoothie de rescate del hígado. Los
Días 7 y 8, a la hora de la comida, tomarás una sopa de espinacas deliciosa
y nutritiva con fideos de pepino. Aunque los fideos de calabacín son un
plato popular y representan una alternativa magnífica al trigo en otros días,
lo que te conviene en esta etapa son los fideos de pepino, porque son más
fáciles de digerir. Los calabacines crudos pueden ser un poco pesados para
el estómago, y durante Los 9 nos interesa tratar al sistema gastrointestinal
con mucha delicadeza para que el cuerpo pueda dedicar su energía a la
eliminación. Durante estos tres días, tu hígado estará excretando paquetes
de residuos para que se expulsen del cuerpo, y todo deberá estar al servicio
de esta labor. La sopa de espinacas con fideos de pepino es ideal, pues
favorece a las glándulas suprarrenales. Encontrarás la receta completa de
esta sopa en mi libro Médico médium: la sanación del tiroides. Si te gusta
hacer las cosas sencillas, lo único que tienes que hacer es batir juntos
espinacas crudas, tomates, ajo, un tallo de apio picado y algo de zumo de
naranja recién exprimido, junto con las hierbas aromáticas que te gusten.
Así se prepara una comida notablemente nutritiva y sabrosa.
Como a estas alturas ya tendrás bien calentado el motor del hígado, en la
merienda te saltarás los dátiles. Ahora te centrarás, más bien, en la
hidratación y en dar salida a las toxinas, tomándote otro vaso de 475 ml de
zumo de apio, seguido a los veinte minutos por dos manzanas como mínimo
(o dos raciones de salsa de manzana), con rodajas de pepino y palitos de
apio. Si no tienes tiempo o no te apetece manejar dos veces la licuadora,
puedes prepararte todo el zumo de apio de una sola vez por la mañana,
dejándote reservada en la nevera esta segunda ración. También puedes
encargar el zumo de apio en una zumería, pidiendo las dos raciones de una
vez y guardándote la segunda para esta hora.
La cena del Día 7 te puede tomar por sorpresa: patatas, boniatos o
calabaza de invierno al vapor, acompañado de espárragos y/o coles de
571
Bruselas al vapor, con una Ensalada de rescate del hígado opcional. (Si te
gusta comer solo cosas crudas, cena una Ensalada de rescate del hígado con
muchas frutas dulces, como papayas, mangos, o incluso plátanos. Si vas a
ponerte plátanos en la ensalada, suprime los tomates; estos dos alimentos
deben comerse dejando algún tiempo entre los dos para poder absorber
mejor los nutrientes). Introducimos estos alimentos especiales,
reconfortantes, como son las patatas, los boniatos o la calabaza de invierno,
para contribuir a moderar la limpieza. Ahora, al principio de Los 9, se están
empezando a liberar las toxinas, y esta comida de alimentos sanadores
cocinados desacelera un poco el proceso para que los síntomas de la
desintoxicación no te lleguen a abrumar. Recuerda: esta no es una limpieza
temeraria. Queremos conceder la debida importancia a la carga que ha
estado llevando tu hígado, sin dar a este demasiado que hacer liberándolo
todo de una vez. La cena del Día 8 volverá a reducirse a espárragos y/o
coles de Bruselas, preferiblemente ambas cosas (al vapor o crudas), con una
Ensalada de rescate del hígado opcional, para animar más la limpieza, ahora
que tu organismo ha tenido la oportunidad de ajustarse.
Las opciones para comer entre horas después de la cena los Días 7 y 8
siguen siendo manzanas o salsa de manzana, si no estás harto de ellas a
estas alturas. Después, debes tomarte de nuevo esa infusión de hibisco o de
melisa, junto con 475 ml más de agua de limón o de lima, o incluso de agua
sola.
Y llegas así al Día 9, un día de líquidos para despedir al resto de los
venenos que ha desenterrado el hígado durante Los 6. Empezarás con 475
ml de agua de limón o de lima, como de costumbre. Media hora más tarde
tomarás de 475 a 600 ml de zumo de apio. Después, durante el resto del día,
deberás tomarte dos raciones de entre 475 y 600 ml de zumo de pepino y
manzana; todo el melón o papaya batidos o zumo de naranja recién
exprimido que quieras siempre que tengas hambre, y una ración de 475 a
600 ml de zumo de apio a primera hora de la noche. Puedes perfectamente
preparar o comprar de una vez todo el zumo fresco por la mañana y
conservar en la nevera las raciones para más tarde. Y si eres una persona
pequeña de cuerpo y no te entra tanto líquido, puedes reducir el volumen de
raciones, a condición de que no te quedes corto. Deberás procurar tomar
una cantidad suficiente de estos nutrientes preciosos para apoyar a tu
organismo mientras este realiza su dura labor de eliminación.
572
Mientras tanto, asegúrate de estar bebiendo agua, preferiblemente con un
chorrito de zumo de limón o de lima, o sola si te viene mejor así. Tampoco
debes pasarte bebiendo agua, ya que estarás consumiendo otros muchos
líquidos; lo que te hará falta será al menos unos buenos 250 ml cada tres
horas. (Una observación sobre el agua: evita el agua que tenga el pH
elevado. Aunque esta agua alcalinizada la venden como si fuera una
panacea, lo cierto es que te desequilibra el organismo. En el capítulo 34
dijimos algo más sobre esto).
En cuanto al zumo de pepino y manzana, hazlo a partes iguales, a menos
que no te gusten los pepinos o las manzanas, en cuyo caso podrás aumentar
la cantidad del que prefieras hasta llegar a una proporción de 25 a 75, o de
75 a 25. Usa las manzanas que más te gusten; no creas que deben ser solo
Granny Smith. Esta es una buena variedad de manzanas, pero existen
muchas otras buenas y que nos brindan los beneficios medicinales de su
piel roja: las Braeburn, Gala, Red Delicious, Fuji, Honeycrisp, Pink Lady y
otras. Explora las que estén disponibles en tu zona y diviértete probando los
diversos tipos. Y no tengas miedo a las pieles: déjalas cuando prepares los
zumos para obtener sus máximos beneficios. Si las manzanas crudas no te
van, puedes tomar solo zumo de pepino: no es el fin del mundo. Le faltarán
calorías, pero las frutas batidas ya te darán glucosa y calorías.
Una diferencia importante por la que este día dedicado a los fluidos es
distinto de los ayunos o limpiezas con zumos que quizá hayas probado
antes es que la combinación del apio, los pepinos y las manzanas que
estarás consumiendo durante el Día 9 contiene el equilibrio adecuado de
sales minerales, potasio y azúcares naturales para estabilizarte los niveles de
glucosa mientras el cuerpo se te limpia de toxinas. Durante este último día,
cuando tu cuerpo está trabajando de firme para ponerte mejor, tiene tanta
importancia como siempre el protegerte las suprarrenales; y eso es
precisamente lo que hacen los tónicos especiales del Día 9.
Si te es posible, tómate las cosas con calma en este día. Plantéate la
posibilidad de dejar algunos compromisos para otra ocasión. Quizá puedas
organizarte el Día 9 como consagrado al descanso, o al menos con algo de
descanso. Como mínimo, sé consciente de todo lo que está haciendo tu
hígado por ti en este período. Párate un rato a pensar en tu hígado, y prueba
la técnica manual de limpieza del hígado que describimos al final del
573
capítulo. Aquí, tu hígado está zambulléndose hasta las profundidades de la
purificación, y lo está haciendo de maravilla. Y tú también.
Terminarás el día como has terminado los otros ocho: con agua de limón
o de lima, además de infusión de hibisco o de melisa para dar a tu
organismo ese lavado nutritivo e hidratante. Cada vez que te tengas que
levantar por la noche para ir al baño recuerda que te estás despidiendo de
más cosas que no te sirven.
Y eso es todo. En nueve días, en poco más de una semana, te encontrarás
en un lugar muy distinto de tu vida. Físicamente, sí; pero también
emocional y espiritualmente. Ahora que estás sintonizado con los secretos
curadores de tu hígado, podrás avanzar por fin.
Período de transición
Como el Rescate del Hígado 3:6:9 te ha protegido las glándulas
suprarrenales, podrás volver después a hacer tu vida normal sin sentir que te
han arrancado toda tu energía. De hecho, quizá te sientas tan bien que te
resulte fácil olvidarte de que tu hígado sigue agradeciendo los cuidados.
Si te es posible, da un par de pasos más en señal de respeto a todo lo que
acaba de hacer tu hígado por ti. En tu primer día después de la limpieza,
empieza con la Mañana de Rescate del Hígado. No quieres provocar a tu
hígado una conmoción interrumpiendo la limpieza a base de tarta de
chocolate, cerdo, pollo o incluso una tortilla de claras; los líquidos y la
glucosa de alta calidad se ciñen más a lo que necesita tu hígado en estos
momentos. Además, procura evitar las grasas radicales como el coco, el
aguacate, los aceites, los frutos secos, las semillas y los productos de origen
animal; durante todo el primer día tras la limpieza céntrate, más bien, en las
frutas y en las verduras que vimos en el capítulo 37 y en las recetas de
rescate del hígado. Es una ocasión magnífica para aprovechar las sobras de
patatas, boniatos, calabaza de invierno, coles de Bruselas, espárragos,
etcétera, que te hayan quedado. Si puedes incluir en la jornada un zumo de
apio y una manzana, al menos, tanto mejor. Estas medidas te ayudarán a
estabilizar el organismo, que se estará adaptando a la salida de la limpieza.
En el segundo día posterior a la limpieza, prueba a ver si eres capaz de
practicar de nuevo la Mañana de Rescate del Hígado. Más tarde, en ese
mismo día, será buen momento para volver a introducir las grasas naturales.
574
Limítate a una sola ración, ya sea de proteínas animales o de grasas
vegetales; si eres un gran aficionado a ambas, toma una ración pequeña de
cada una. También este es un buen día para recurrir a las ideas para comidas
y aperitivos que encontrarás en las recetas de rescate del hígado del capítulo
siguiente.
Como ya dijimos, puedes optar por seguir adelante repitiendo varios
ciclos más del Rescate del Hígado 3:6:9, en vez de hacer la transición de
salida inmediatamente. Si padeces una enfermedad o síntomas graves, por
ejemplo, o si tienes que perder mucho peso, puedes seguir este
planteamiento a más largo plazo. Pero recuerda los consejos anteriores
cuando salgas de los ciclos por fin.
Estas atenciones que tendrás con tu hígado durante la fase posterior lo
aliviarán tanto que estarás haciendo otro gran servicio a tu salud a largo
plazo. Cuando reemprendas tu vida normal, también puedes adoptar
tranquilamente cualquiera de los hábitos del Rescate del Hígado 3:6:9 que
te hayan gustado. El Smoothie de rescate del hígado para desayunar, las
manzanas por la tarde, la infusión de hibisco o de melisa antes de acostarte,
o cualquier idea de los nueve últimos días... si te gustó, puedes practicarla
una y otra vez con toda libertad.
Y, ahora, puedes darte unas palmaditas en la espalda. Felicítate. Ya eres
un Rescatador del Hígado 3:6:9, y no te puedes hacer idea de todo lo que
significa eso.
DESINTOXICACIÓN DE METALES
PESADOS
Si tienes problemas con los metales pesados, céntrate en darles salida
después de haber pasado un ciclo del Rescate del Hígado 3:6:9. Entonces,
tus esfuerzos por desintoxicarte de los metales pesados serán más eficaces
que nunca. El Rescate del Hígado 3:6:9 aborda al conjunto general de los
alborotadores que limitan el hígado. Entre ellos, el hígado eliminará
algunos metales pesados durante la limpieza; y esto no lo consiguen todas
las limpiezas. Lo más importante es que esta limpieza hace salir del hígado
otros venenos y toxinas, con lo que, después, podrás eliminar con más éxito
los metales pesados tóxicos. Tu hígado, y otras partes de tu cuerpo,
liberados de otros alborotadores después de la limpieza, podrán dar salida a
575
bolsas más profundas de metales; a unas bolsas a las que antes no podrías
haber llegado.
Para desintoxicarte de los metales pesados en tu vida posterior a la
limpieza debes tomar unas medias muy concretas: consumir todos los días
arándanos silvestres, cilantro, zumo de cebada verde en polvo, espirulina y
dulse del Atlántico. Esta combinación es un modo eficaz y responsable de
hacer salir del cuerpo los metales pesados, pues estos alimentos funcionan
como un equipo especial a diferencia de otros cualesquiera. La receta del
batido o smoothie para depurar metales pesados de Médico médium: la
sanación del tiroides es un modo eficaz y delicioso de tomarse los cinco
alimentos de una vez. Los metales pesados no solo limitan al hígado;
también están presentes en el cerebro de las personas y les limitan la vida.
Lo que tiene de magnífico este smoothie es que es eficaz para extraer los
metales pesados de ambos sitios. Puedes emplear esta técnica de
desintoxicación de metales pesados a largo plazo, después de haber probado
el Rescate del Hígado 3:6:9, para que te ayude a liberarte de esos
alborotadores perniciosos.
576
Si dispones de algo más que unos momentos, sigue adelante y visualiza
que tu hígado es tu amigo más íntimo y más querido; un amigo al que
habías perdido de vista hacía mucho tiempo y que te conoce mejor que
nadie. Tu mano es una oferta de compasión y de tranquilidad. Conéctate
con tu propia naturaleza pacífica y, después, transmite a tu hígado ese
mensaje de paz. Al reconocer a tu hígado con esta técnica manual de
limpieza establecerás una diferencia profunda en la conexión de todos los
pasos que estás dando para cuidártelo.
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578
Capítulo 39.
RECETAS DE RESCATE DEL
HÍGADO
579
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ZUMOS, INFUSIONES
Y CALDOS
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ZUMO DE RESCATE DEL HÍGADO
Para preparar 2 raciones
2 manzanas
2 tazas (480 ml) de piña, algo picada
1 trozo de jengibre de 1 pulgada (25 mm)
1 manojo de apio
1 taza (240 ml) de perejil (medida sin comprimirlo)
AÑADIDOS OPCIONALES
1 taza (240 ml) de brotes germinados
4 rábanos pequeños
1 taza (240 ml) de hojas de diente de león (medida sin comprimirlas)
Pasa por una licuadora las manzanas, la piña, el jengibre, el apio y el
perejil.
Elige alguno de los añadidos opcionales, o todos ellos, y pásalos también
por la licuadora. Para obtener los mejores resultados, bébete el zumo
inmediatamente, y conserva el sobrante en la nevera, en un recipiente
hermético.
CONSEJOS
• Si lo prefieres, procesa todos los ingredientes juntos con una batidora de
alta velocidad hasta que estén bien líquidos y, después, pásalos por un
filtro para hacer leche de frutos secos o por una gasa de quesero.
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LIMONADA DE HIBISCO
Para preparar 2 raciones
CONSEJOS
• Si no dispones de hibisco seco suelto, puedes usar el que se vende en
bolsitas para infusión. Emplea una bolsita de infusión de hibisco en
lugar de una cucharadita de hibisco seco.
• También se puede emplear jarabe de arce en lugar de la miel. Empieza
empleando
585
3 cucharadas de jarabe de arce, y ajusta la cantidad hasta que alcances el
dulzor deseado.
• Esta receta es para preparar una rica limonada ligera que puede disfrutar
cualquiera. Si quieres obtener todavía más beneficios medicinales,
prueba a emplear hasta dos cucharadas más de hibisco seco, para
preparar una limonada de hibisco más fuerte con un potente sabor
ácido.
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AGUA DE LIMA
Para preparar 1 ración
2 limas
2 tazas (480 ml) de agua
Exprime en el agua el zumo de las dos limas. Bébela y... ¡disfrútala!
CONSEJOS
• Las limas aguantan bien los viajes. ¡Cuando vayas a desplazarte,
siempre puedes echar unas cuantas limas a tu bolsa para poder
prepararte esta bebida hidratante en cualquier momento!
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AGUA DE ARÁNDANOS ROJOS
Para preparar 2 raciones
CONSEJOS
• Puedes emplear arándanos rojos congelados en lugar de los frescos.
Solo tienes que descongelarlos previamente; emplea media taza de los
congelados en vez de una taza de frescos.
590
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INFUSIÓN DE RESCATE DEL
HÍGADO
Para preparar 1 ración
CONSEJOS
• Si no dispones de plantas sueltas para preparar la infusión, puedes
emplear bolsitas compradas en tienda. Emplea una bolsita por cada
planta: bardana, trébol rojo, diente de león y ortigas.
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593
CALDO DE RESCATE DEL HÍGADO
Para preparar de 2 a 4 raciones
Este caldo es un oro líquido que te calienta y que puedes tomar a cualquier
hora del día. A veces puede parecer que preparar caldo representa mucho
esfuerzo, sobre todo cuando ves los hermosos restos de verduras que
sobran. Al final de esta receta incluyo también otra más para preparar un
curry de coco para el que puedes aprovechar esas sobras sin que se
desperdicie nada. Puedes leerla en los Consejos. Como alternativa, puedes
batir el caldo con las verduras para preparar una sopa tipo puré.
CONSEJOS
• Esta receta también se puede tomar como sopa de verduras con
tropezones dejando los trozos de verduras en el caldo.
594
• Prepara una tanda grande de este caldo y congela las sobras para
aprovecharlas a lo largo de la semana. Prueba a congelar el caldo en una
bandeja para cubitos de hielo, para que te resulte más fácil
descongelarlo más adelante.
• Cuando hayas filtrado el caldo, puedes aprovechar las verduras
sobrantes para preparar una rica sopa al curry que podrás compartir con
tus seres queridos. Solo tienes que volver a poner la olla al fuego y
añadirle, revolviendo, 2 tazas (480 ml) de leche de coco, 2 cucharaditas
de curry amarillo en polvo, 1 cucharada de jarabe de arce y 1
cucharadita de sal marina. Tenlo al fuego hasta que todo esté bien
caliente y combinado, y bátelo después con una batidora de mano para
batir parcialmente las verduras y preparar una sopa de curry amarilla y
densa. ¡Que aproveche!
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597
DESAYUNOS
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SMOOTHIE DE RESCATE DEL
HÍGADO
Para preparar de 1 a 2 raciones
OPCIÓN A
2 plátanos, o
½ papaya Maradol, en dados
½ taza (120 ml) de pitaya roja (fruta de dragón) fresca, o 1 paquete de
congelada, o 2 cucharadas en polvo
2 tazas (480 ml) de arándanos silvestres frescos o congelados, o 2
cucharadas en polvo
½ taza (120 ml) de agua (opcional)
OPCIÓN B
1 plátano, o
¼ de papaya Maradol, en dados
1 mango
½ taza (120 ml) de pitaya roja (fruta de dragón) fresca, o 1 paquete de
congelada, o 2 cucharadas en polvo
1 tallo de apio
½ taza (120 ml) de brotes germinados (de cualquier especie)
½ lima
½ taza (120 ml) de agua (opcional)
Combina todos los ingredientes en la batidora.
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Bátelo hasta que esté bien suave. Si lo deseas, añade poco a poco hasta
media taza de agua hasta alcanzar la consistencia deseada.
CONSEJOS
• Si no tienes acceso a la pitaya roja o a los arándanos silvestres, puedes
reemplazarlos por moras, arándanos cultivados o cerezas.
• Prueba a añadir a tu smoothie al menos un componente congelado. ¡Así
conseguirás que esté bien frío!
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GRANIZADO DE SANDÍA
Para preparar 2 raciones
Este granizado te permite empezar bien la mañana con una cosa fría y
deliciosa. También encantará a tus amigos y a tus familiares. Congela algo
de sandía la noche anterior para que puedas prepararlo a primera hora; o
córtala y déjala en el congelador dos horas antes como mínimo.
CONSEJOS
• Puedes ajustar la proporción de hielo del granizado usando más sandía
fresca que congelada si quieres preparar una bebida menos helada.
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ANILLOS DE MANZANA
CARAMELIZADOS
Para preparar 4 raciones
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anillo y añádele los aderezos que prefieras, a voluntad.
CONSEJOS
• Si los dátiles están secos, prueba a dejarlos en remojo unos minutos
antes de batirlos.
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MINIMUFFINS DE ARÁNDANOS
SILVESTRES
Para preparar 16 muffins
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que se enfríen antes de comerlos. Seguirán poniéndose más firmes por
dentro mientras se enfrían.
CONSEJOS
• Procura emplear bicarbonato sódico libre de aluminio, que puedes
encontrar en la sección de productos naturales del supermercado o en
tiendas de alimentos naturales, o encargarla en internet.
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QUICHE DE GARBANZOS
Para preparar de 6 a 8 raciones
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muffins, y preparar miniquiches individuales.
Ponlo al horno de 30 a 35 minutos, abriendo la puerta del horno hacia la
mitad de la cocción para dar salida al vapor. La quiche estará lista cuando
esté dorada por la parte superior y si al introducirle un palillo por el centro
este sale limpio.
Saca la quiche del horno y déjala enfriar antes de servirla.
CONSEJOS
• Como esta quiche se conserva bien congelada, puedes hacer dos para
tener a mano una comida fácil y rápida en cualquier momento. Retírale
el papel pergamino antes de congelarla.
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COMIDAS
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ENSALADA DE RESCATE DEL
HÍGADO
Para preparar de 1 a 2 raciones
OPCIÓN A
3 tazas (720 ml) de tomates picados
1 pepino, cortado en rodajas
1 taza (240 ml) de apio picado
1 taza (240 ml) de cilantro verde picado (opcional)
½ taza (120 ml) de perejil picado (opcional)
½ taza (120 ml) de cebolletas picadas (opcional)
8 tazas (1900 ml) de cualquier variedad de verdura verde de hoja
(espinacas, rúcula, lechuga mantequilla, etcétera)
El zumo de un limón, lima
o naranja
OPCIÓN B
2 tazas (480 ml) de lombarda, en tiras finas
1 taza (240 ml) de zanahoria cortada en dados
1 taza (240 ml) de espárragos cortados en trozos
1 taza (240 ml) de rábanos cortados en dados
2 tazas (480 ml) de manzanas, cortadas en dados
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½ taza (120 ml) de cilantro verde, picado
8 tazas (1900 ml) de cualquier variedad de verdura verde de hoja
(espinacas, rúcula, lechuga mantequilla, etcétera)
El zumo de un limón, lima o naranja
ADEREZO OPCIONAL: «VINAGRETA» A LA NARANJA
1 taza (240 ml) de zumo de naranja
1 diente de ajo
1 cucharada de miel cruda
¼ de taza (60 ml) de agua
1
/8 de cucharadita de sal marina (opcional)
/8 de cucharadita de pimienta de Cayena (opcional)
1
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TALLARINES AL CURRY
AMARILLO
DE DOS MANERAS
Para preparar 2 raciones
En nuestros tiempos, las recetas mejores son las que se pueden adaptar a la
medida de las necesidades de cada uno. Estos tallarines al curry se pueden
comer crudos o guisados, sin grasas o con leche de coco, y son un plato
fácil de preparar y delicioso en cualquiera de sus versiones. Es una opción
ideal cuando tienes que hacerte cargo de cocinar también para otras
personas.
2 calabacines, pelados
1 zanahoria
1 pimiento morrón rojo, cortado en tiras finas
¼ de cebolla, cortada en rodajas finas
3 tazas (720 ml) de tallarines de kelp
1 ½ tazas (360 ml) de leche de coco (opcional)
½ cucharadita de sal marina (opcional)
1 lima
¼ de taza (60 ml) de albahaca
¼ de taza (60 ml) de cilantro verde
SALSA AMARILLA DE CURRY
3 tazas (720 ml) de calabacín cortado en dados
4 dátiles Medjool, sin hueso
1 diente de ajo
½ taza (120 ml) de hojas de cilantro verde
2 cucharadas de zumo de lima
2 cucharadas de aminos de coco (opcional, ver Consejos)
½ cucharadita de jalapeño maduro, picado
½ cucharadita de curry en polvo
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Con un cortador de juliana o con un espiralizador de verduras, corta los
calabacines y la zanahoria en «tallarines». Pon los tallarines en un bol
grande, junto con el pimiento morrón, la cebolla y los tallarines de kelp.
Prepara la Salsa amarilla de curry pasando por la batidora todos sus
ingredientes hasta que estén bien ligados y un poco calientes.
Para preparar tallarines al curry crudos, vierte la Salsa amarilla de curry
sobre las verduras preparadas y los tallarines de kelp, revolviéndolo bien
para combinarlo todo.
Para preparar tallarines al curry cocidos, combina en una cazuela grande la
Salsa amarilla de curry, las verduras preparadas y los tallarines de kelp, la
leche de coco y la sal marina. Ponlas de 10 a 15 minutos a fuego medio,
hasta que los tallarines vegetales estén tiernos y bien combinados.
Sirve los tallarines al curry amarillo adornados con albahaca y cilantro
verde y un chorrito de zumo de lima recién exprimido.
CONSEJOS
• Los aminos de coco se pueden encontrar en muchas tiendas de
alimentos naturales, y por internet. Si los prefieres, puedes suprimirlos y
sustituirlos por ⅓ de taza (160 ml) de dulse picada o por ¼ de
cucharadita de sal marina.
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ENSALADA DE BONIATO
Y JUDÍAS NEGRAS CON
«VINAGRETA» PICANTE DE LIMA
Para preparar de 2 a 4 raciones
Esta ensalada es nutritiva y está llena del sabor vibrante del cilantro verde,
las limas y los jalapeños (opcionales). Como se conserva bien en la nevera,
puedes hacer una tanda doble para poder disfrutarla toda la semana.
También puedes probar esta ensalada sobre hojas de lechuga o envueltas en
tortillas mexicanas sin gluten y sin maíz.
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los ajos de 20 a 30 minutos, hasta que los boniatos estén tiernos al clavarles
un tenedor.
Pela los dientes de ajo asados y pícalos (procurando no quemarte).
Pon en un bol los boniatos asados, la cebolla roja, los pimientos rojos, el ajo
asado picado y las judías negras y revuélvelos para combinarlos.
Para preparar la «Vinagreta» de lima picante, pon en la batidora todos los
ingredientes del aderezo y procésalos hasta tener una salsa ligera y bien
ligada.
Esta ensalada se puede comer tibia o fría. Inmediatamente antes de servirla,
revuelve la mezcla del boniato y las judías negras con la «Vinagreta» de
lima picante. Sírvela adornada con cilantro picado, sobre un lecho de
verduras verdes de hoja. Puedes añadirle algo más de sal marina al gusto si
lo deseas.
CONSEJOS
• Es conveniente probar un pequeño bocado del jalapeño para determinar
lo picante que está. Para preparar un aderezo más picante, añade un
trozo de jalapeño mayor. Si quieres que esté más suave, usa un trozo
menor, e incluso retírale las semillas, donde está la mayor parte de lo
picante. Si no encuentras jalapeños maduros, rojos, emplea otro tipo de
guindilla o chile que esté rojo y maduro.
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FALAFEL AL HORNO CON SALSA
TAHINI A LA HIERBABUENA
Para preparar de 2 a 4 raciones
Esta receta dejará satisfechos hasta a los más aficionados a comer fuerte al
mediodía. Los falafel tiernos, al horno, cargados de un arcoíris de verduras
y envueltos en lechuga, se impregnan de los sabores complejos de la Salsa
tahini a la hierbabuena. Si la hierbabuena no te atrae, no dudes en sustituirla
por cualquier planta aromática de tu gusto, como la albahaca, el cilantro, el
perejil o el estragón.
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2 cucharadas de zumo de limón
2 cucharadas de eneldo fresco
2 cucharadas de hierbabuena fresca
¼ de cucharadita de sal marina
½ taza (120 ml) de agua
Precalienta el horno a 180 0C (350 0F).
Pon la mitad de los garbanzos en el fondo del procesador de alimentos.
Añade la cebolla en dados, los dientes de ajo, el perejil, el cilantro y la sal
marina. Sobre todo esto, añade el resto de los garbanzos. Procesa todos los
ingredientes en el procesador de alimentos a impulsos cortos hasta que
estén bien combinados.
Reviste de papel pergamino dos bandejas de horno. Con un molde
semiesférico del tamaño de una cuchara sopera, extrae la mezcla de los
garbanzos, dale forma de bolas y dispón estas sobre las bandejas de horno, a
5 cm de distancia entre bola y bola. Da unos golpecitos suaves a las bolas
en su parte superior para aplanarlas, dándoles la forma tradicional del
falafel.
Hornea los falafel de 35 a 40 minutos, hasta que se doren por arriba y estén
firmes por fuera pero sigan tiernos por dentro. ¡Manéjalos con suavidad!
Para preparar la Salsa tahini a la hierbabuena, pasa todos los ingredientes
juntos por la batidora hasta que estén bien ligados.
Sirve los falafel sobre una ensalada de lechuga mantequilla, o sobre hojas
individuales de lechuga mantequilla, acompañados de verduras y de Salsa
tahini a la hierbabuena.
CONSEJOS
• Estos falafel también se pueden servir sobre la tortilla mexicana sin
gluten y sin maíz que más te guste.
• Si prefieres que este plato esté completamente libre de grasas, suprime la
Salsa tahini a la hierbabuena
y, en su lugar, prueba a acompañar los falafel con la «Vinagreta» de lima
picante de la página 388.
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SOPA DE CALABAZA KABOCHA
Para preparar de 2 a 4 raciones
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dar salida al vapor.
Sírvelo caliente, adornado con escamas de guindilla roja si lo deseas.
CONSEJOS
• Prepara tú mismo el caldo con la receta de Caldo de rescate del hígado
de la página 368.
O bien, puedes encontrar caldo vegetal bajo en sodio en el
supermercado (asegúrate de que no contiene aceite de colza, ácido
cítrico, aromatizantes naturales ni otros aditivos traicioneros);
o puedes sustituir el caldo por agua en caso necesario.
• Si no encuentras calabazas kabocha, prueba a sustituirlas por calabaza
moscada (butternut), calabaza bellota (acorn), o incluso por boniatos.
Necesitarás unas 6 tazas (1540 ml) de calabaza de la variedad que sea,
cortada en dados grandes.
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CENAS
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TACOS DE LENTEJAS
Para preparar 3 raciones
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½ taza (120 ml) de zanahoria rallada
3 medias limas
1 jalapeño maduro, en tiras finas
Saltea la cebolla con dos cucharadas de caldo vegetal a fuego medio-alto
durante unos cinco minutos, hasta que esté tierna. Sigue añadiendo caldo
vegetal a cucharadas según haga falta, para que no se pegue.
Añade a la cazuela del salteado las setas, el ajo, las lentejas, el aderezo para
aves, el comino, el pimentón, el chipotle, la miel y la sal marina. Si se desea
un sabor picante, añade también la pimienta de Cayena. Sigue guisándolo
todo a fuego medio-alto durante cinco minutos, o hasta que las setas estén
tiernas y bien hechas.
Sirve la mezcla de las lentejas envueltas en hojas individuales de lechuga
romana, a modo de tacos, y compleméntalas con cualquiera de los aderezos
opcionales, o con todos.
CONSEJOS
• Puedes emplear para esta receta el Caldo de rescate del hígado que
aparece en la página 368,
o caldo comprado en tienda. Como dijimos en la receta anterior,
asegúrate de que no contiene aceite de colza, ácido cítrico,
aromatizantes naturales ni otros aditivos traicioneros. Si no se dispone
de caldo vegetal, se puede sustituir por agua.
• Las lentejas que dan mejor resultado para esta receta son las pardas o las
verdinas. Prepara 1 taza (240 ml) de lentejas secas según las
instrucciones del paquete.
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SUSHI DE COLIFLOR CON SALSA
TAILANDESA AL CHILE
Para preparar 2 raciones
Este plato se puede preparar con arroz de coliflor crudo o cocido. Aunque la
idea de prepararte tus propios rollitos de sushi pueda parecerte un poco
complicada, resulta sorprendentemente fácil. ¡No hace falta que tengan un
aspecto perfecto para que estén riquísimos! Dispones de opciones ilimitadas
para llenarte los rollitos de sushi. Puedes darle un toque de frescor
incorporándoles hierbas aromáticas frescas como hierbabuena, albahaca y
cilantro, o pasarte a otras verduras sanadoras del hígado como los rábanos,
los espárragos o los brotes germinados. Hasta puedes usar verduras y
hortalizas cocinadas, como los boniatos o cualquier variedad de calabaza.
½ coliflor
6 hojas de algas nori, tostadas
RELLENOS OPCIONALES
1 pepino, cortado en rodajas finas
1 zanahoria, cortada en rodajas finas
1 pimiento morrón rojo, cortado en tiras finas
1 taza (240 ml) de col lombarda, cortada fina
1 aguacate, cortado en rodajas finas
½ taza (120 ml) de agua
SALSA TAILANDESA AL CHILE
1 taza (240 ml) de tomates cherry
o grape (uva)
1 taza (240 ml) de agua fría o de zumo de naranja recién exprimido
¼ de taza (60 ml) de tomates secados al sol
1 diente de ajo
2 cucharadas de zumo de limón
2 cucharadas de miel
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¼ de cucharadita de escamas de guindilla roja
1 cucharada de guindilla roja tailandesa, o de jalapeño, picados
Corta la coliflor en floretes (deberán salir unas 6 tazas de floretes). Pon los
floretes en un procesador de alimentos y procésalos a impulsos cortos hasta
que adquieran una textura semejante a la del arroz. Pasa el arroz de coliflor
a un bol mediano y resérvalo.
Si prefieres usar arroz de coliflor cocido, cuece la coliflor ya procesada en
una cazuela, a fuego medio, de 5 a 7 minutos, removiéndola con frecuencia
hasta que esté tierna. No es necesario que añadas aceite ni agua a la cazuela,
pues la coliflor conservará la humedad suficiente para no pegarse. Cuando
el arroz de coliflor esté tierno, ponlo a enfriar en un bol mediano.
Pon una hoja de nori sobre una tabla de cortar. Pon a cucharadas unos ¾ de
taza (160 ml) de arroz de coliflor en el extremo de la hoja de nori más
próximo a ti, y extiéndelo en una capa regular que cubra la mitad inferior
del nori.
Dispón las verduras elegidas para el relleno sobre la mitad del arroz de
coliflor. Levanta cuidadosamente el nori por el borde inferior más próximo
a ti y empieza a enrollarlo hacia arriba, bien apretado.
Poco antes de terminar de enrollar el sushi, mójate el dedo en el agua o en
el zumo de naranja y pásalo por el borde superior de la hoja de nori. Así se
facilitará que el nori se adhiera a sí mismo cuando termines de enrollarlo.
Con un cuchillo bien afilado, corta cada rollo de sushi en partes iguales.
Para preparar la Salsa tailandesa al chile, pasa por la batidora los tomates
frescos, el agua, los tomates secos, el ajo, el zumo de limón, la miel y las
escamas de guindilla roja, junto con hasta 1 cucharada de chile rojo
tailandés o jalapeño, según el grado de picante que se desee.
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RATATOUILLE
Para preparar 4 raciones
1 calabacín grande
1 calabaza amarilla grande
1 berenjena
1 pimiento morrón rojo
4 tazas (960 ml) de quinoa cocida (opcional)
SALSA DE TOMATE
4 tomates, troceados
1 cebolla amarilla, cortada en dados grandes
4 dientes de ajo, muy picados
2 cucharadas de pasta de tomate (ver Consejos)
½ cucharadita de sal marina
½ cucharadita de albahaca seca
½ cucharadita de aderezo para aves
1
/8 de cucharadita de curry en polvo
Precalienta el horno a 190 0C (375 0F).
Corta el calabacín, la calabaza amarilla, la berenjena y el pimiento morrón
rojo en rodajas finas. Resérvalos.
Para preparar la salsa de tomate, combina sus ingredientes en una cazuela a
fuego vivo. Revuélvela con frecuencia durante 2 o 3 minutos hasta que los
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tomates hayan soltado el jugo.
Baja el fuego y déjalo de 15 a 20 minutos a fuego lento, revolviendo de vez
en cuando, hasta que los tomates hayan empezado a deshacerse. Con una
batidora de mano (de inmersión), reduce los tomates a puré hasta que se
haya formado una salsa con algunos grumos. O bien, puedes hacer este paso
en una batidora normal batiendo a impulsos cortos y dejando una abertura
en la parte superior de la batidora para dar salida al vapor.
Pon una taza (240 ml) de la salsa de tomate en el fondo de una bandeja de
horno y extiéndela hasta recubrir todo el fondo. Extiende las rodajas de
calabacín, de calabaza amarilla, de berenjena y de pimiento rojo dándoles la
disposición que desees. Cubre la bandeja de horno con papel pergamino y
hornéalo de 45 a 60 minutos, hasta que las hortalizas estén tiernas.
Sirve el ratatouille cubriéndolo con la salsa de tomate restante, sobre un
lecho de quinoa si lo deseas.
CONSEJOS
• Esta salsa de tomate se conserva bien congelada, y puede tenerse a
mano para preparar platos rápidos y sencillos en cualquier momento.
• Si empleas pasta de tomate comprada en tienda, asegúrate de que no
contenga ácido cítrico.
• Para preparar una versión más rápida todavía, corta en dados el
calabacín, la calabaza amarilla, la berenjena y los pimientos rojos,
mézclalos con la salsa de tomate y hornéalo todo de 40 a
60 minutos hasta que estén tiernas todas las hortalizas.
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TORTITAS DE PATATA CON
ENSALADA DE PEPINO Y
RÁBANOS
Para preparar 2 raciones
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vuelta a toda la hoja. En caso necesario, despega cuidadosamente del papel
pergamino las tortitas de patata que se hayan quedado pegadas, y vuelve a
meterlas en el horno sobre las bandejas no revestidas durante 5 minutos
más.
Mientras se están haciendo las tortitas de patata, prepara la Ensalada de
pepino y rábanos combinando en un bol las rodajas de pepino y de rábanos
con la miel, el zumo de limón, el eneldo, los cebollinos, ¼ de cucharadita
de sal marina y la guindilla roja, removiéndolo suavemente para combinarlo
todo.
Sirve las tortitas de patata bien calientes, acompañadas de la Ensalada de
pepino y rábanos.
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PASTA DE HORTALIZAS ASADAS
Para preparar de 2 a 4 raciones
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grumos.
Prepara 12 onzas (360 g) de pasta sin gluten siguiendo las instrucciones del
paquete. Escurre la pasta y pásala a un bol.
Revuelve la pasta con la salsa de tomate. Deberá haber la salsa justa para
cubrir ligeramente los espaguetis o tallarines. Añade el resto de los tomates,
la cebolla roja, los calabacines, los espárragos y los dientes de ajo asados.
Revuélvelo con suavidad para combinarlo.
Sirve la pasta sobre un lecho de rúcula, si lo deseas, y añádele algo más de
sal marina, dulse y/o pimienta negra.
CONSEJOS
• Busca una pasta sin gluten, hecha con arroz, quinoa, judías o lentejas.
Procura evitar las variedades que contienen maíz.
• A esta pasta se le pone una cantidad pequeña de salsa de tomate, para
darle sabor; pero si quieres completarla con una buena ración de salsa
de tomate, prueba a combinarla con salsa de tomate que se emplea en la
receta del Ratatouille, en la página 400.
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APERITIVOS
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CHIPS DE PIÑA Y MANZANA CON
SALSA DE MANGO PICANTE
Para preparar 2 raciones
Los chips con salsa mexicana son un aperitivo clásico, y en esta versión se
emplean chips de frutas y una salsa de mango llena de sabor para crear una
variante singular. En esta receta se incluyen instrucciones para preparar
chips de manzana al horno o de piña deshidratada. Ambos son deliciosos
por igual.
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pimiento rojo, la cebolla roja, el cilantro, la albahaca, el zumo de lima, el
diente de ajo y el chile en polvo y revuélvelo todo para combinarlo. Añade
el jalapeño, revolviendo, en la cantidad adecuada para el grado de picante
que desees.
Sirve la salsa con los chips de manzana o de piña, y ¡que aproveche!
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SALSA DE MANZANA DE RESCATE
DEL HÍGADO
Para preparar 1 ración
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COLES DE BRUSELAS ASADAS AL
ARCE
Para preparar 4 raciones
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minuto antes de sacarlas del horno.
Vuelve a echar inmediatamente las coles de Bruselas asadas en el bol y
revuélvelas con el adobo sobrante. Espolvoréalas con la sal marina restante
y, para obtener el mejor resultado, sírvelas inmediatamente.
CONSEJOS
• No te saltes el paso de reservar el adobo sobrante. ¡Al revolver de nuevo
las coles de Bruselas en el adobo después de sacarlas del horno,
absorben más sabor y quedan superdeliciosas!
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BRUSCHETTAS DE PATATA
Para preparar 4 raciones
Con estas bruschettas de patata para comer con la mano nadie echará de
menos los crostinis. Esta receta saldrá mejor y llamará más la atención
cuanto más sabor tengan los tomates. Estos tomates cortados en dados y
combinados con el ajo, la albahaca y la sal marina cantarán con los sabores
del verano, contrastando con las rodajas tiernas de patata asada.
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POSTRES
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SORBETE DE MELOCOTÓN AL
JENGIBRE
Para preparar 4 raciones
Este sorbete se puede preparar todo el año con melocotones congelados que
compras en la tienda o con los que congelaste tú mismo en pleno verano. El
dulzor de los melocotones va perfectamente con el picor del jengibre y con
la alegría del zumo de limón Meyer. Si no dispones de limones Meyer (que
son una especie híbrida), emplea zumo de limón normal y ajusta la cantidad
de miel hasta obtener el dulzor deseado.
CONSEJOS
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• Si compras los melocotones congelados, asegúrate de que no contengan
ácido cítrico.
• ¡Si te gustan las cosas muy dulces, no dudes en aumentar la cantidad de
miel hasta que el sabor sea exactamente el que deseas!
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PLÁTANOS FOSTER AL HORNO
Para preparar 3 raciones
Quizá te parezca difícil encontrar recetas de postres sanos y sin grasa que
sean verdaderamente ricos y de capricho. Pues no busques más. Esta receta
de plátanos Foster al horno es tan decadente como la original, pero solo
contiene los mejores ingredientes para la totalidad de tu cuerpo y de tu
alma. Tómalos solos o con Crema helada de plátano. Te tirarán de espaldas
de cualquiera de las dos maneras.
3 plátanos
2 ½ cucharadas de jarabe de arce, repartidas
½ cucharadita de canela
2 cucharaditas de azúcar de arce
⅛ de cucharadita de sal marina (opcional)
Precalienta el horno a 200 0C (400 0F).
Corta los plátanos en dos a lo largo y disponlos sobre una bandeja de horno
revestida de papel pergamino.
Pon en un cuenco pequeño ½ cucharada del jarabe de arce con la canela, el
azúcar de arce y la sal marina y revuélvelos hasta que estén bien
combinados.
Reviste los plátanos cortados, por los dos lados, con las dos cucharadas
restantes de jarabe de arce,
Extiende regularmente la mezcla de canela por encima de los plátanos
cortados y ponlos al horno de 15 a 18 minutos, hasta que estén blandos y
dorados.
Saca del horno los plátanos y sírvelos acompañados de Crema helada de
plátano si lo deseas.
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CREMA HELADA DE PLÁTANO
Para preparar 3 raciones
3 plátanos congelados
2 cucharadas de agua caliente
Trocea los plátanos congelados y ponlos en el procesador de alimentos.
Procesa los plátanos, añadiendo agua templada a cucharadas cuando sea
necesario para que no se pegue. Deja de procesar cuando los plátanos hayan
adquirido una consistencia suave y blanda.
Sírvela inmediatamente o déjala en el congelador de 2 a 4 horas para que se
endurezca.
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ROSAS DE MANZANA ASADA
Para preparar 4 raciones
Las rosas de manzana asada son como el relleno de la tarta de manzana sin
la corteza, al que se ha dado una forma hermosa en tacitas y que se toman
calientes, recién salidas del horno. En cualquier caso, el relleno es siempre
lo más rico de todas las cosas, ¿no?
4 manzanas rojas
4 cucharadas de jarabe de arce, repartidas
1 cucharada de zumo de limón recién exprimido
¾ de cucharadita de canela, repartida
Precalienta el horno a 200 0C (400 0F).
En un bol grande, pon 3 cucharadas del jarabe de arce, el zumo de limón y
½ cucharadita de la canela y bátelo todo hasta que esté combinado.
Corta rodajas finas de las manzanas con un cuchillo o con una mandolina y
baña las rodajas en el jarabe de arce hasta que estén bien recubiertas.
Dispón las rodajas de manzana en cuatro tarrinas pequeñas. Distribuye la
cucharada restante de jarabe de arce sobre las tarrinas. Espolvorea cada una
con algo más de canela.
Ponlas al horno de 20 a 25 minutos, hasta que las manzanas se hayan
ablandado y estén algo doradas. Sácalas del horno y ¡sírvelas antes de que
se enfríen!
CONSEJOS
• Este postre sanador puede quedar más sabroso todavía acompañándolo
con la Crema helada de plátano, cuya receta aparece en la página 420.
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Capítulo 40.
Meditaciones de rescate
del hígado
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proceso de la digestión, lo que beneficiará, a su vez, al propio hígado,
creando un círculo virtuoso.
Estas técnicas están pensadas para ayudarte a ponerte al servicio de tu
hígado, en vez de tenerlo a él a tu servicio todos los días y a todas horas. La
meditación para tu hígado puede ser un proceso increíble. Tu hígado
atribuye un valor enorme a estas meditaciones. Al probarlas, aunque solo
sea unos minutos, estás dando a tu hígado la atención, el reconocimiento, el
agradecimiento, el cuidado y el respeto que él ansía; además, lo estabilizas,
lo equilibras y lo refuerzas al mismo tiempo. Cuando haces saber a tu
hígado que entiendes por lo que tiene que pasar, le das la paz que necesita
para curarse y para que tú alcances por fin el alivio que buscas.
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Otro aspecto trascendental del baño es que extrae la negatividad de todo
el cuerpo, incluido el hígado, porque te pone en contacto con la tierra en
alto grado. Mientras estás en remojo en el agua semejante a la del mar,
sujeta la esponja y visualízate en un mar tranquilo. De este modo se
desactiva la ira del hígado y se da salida a su negatividad.
Estas mínimas vacaciones que otorgan por fin algo de paz a tu hígado
contribuyen a su longevidad. Además, lo preparan para todo el trabajo de
curación que quieres que lleve a cabo, y lo dejan en un modo de
funcionamiento en el que puede estar más receptivo ante las meditaciones
siguientes. Aunque solo practiques esta meditación en el baño una vez al
mes, o una vez cada seis meses, las demás meditaciones seguirán teniendo
gran valor, y este baño marino te ayudará a poner en marcha ese valor.
Puedes estar en la bañera entre 5 y 45 minutos, aunque el tiempo ideal es de
20 a 30 minutos. Esta técnica no aporta mayores beneficios por el hecho de
pasar mucho tiempo en la bañera.
Si no dispones de una bañera, puedes practicar una versión reducida de
esta meditación con un baño de pies durante el mismo tiempo. Llena de
agua templada un bol o un recipiente grande; añádele una cucharadita de sal
marina y otra de kelp en polvo; mete los pies en el agua e imagínate que los
has puesto en remojo en el mar. Para darle ese último toque, moja en el
baño de pies una esponja marina y frótate con ella los pies; o, si no
alcanzas, pide a otra persona que te ayude.
Si por el motivo que sea no puedes bañarte en la bañera ni darte el baño
de pies, no te preocupes. Todavía podrás recibir los beneficios de las otras
meditaciones y conseguir un hígado en paz.
MEDITACIÓN DE REJUVENECIMIENTO
DEL HÍGADO CAMINANDO
Sal a caminar al paso que te resulte cómodo. Mientras caminas, cuando
inspires visualiza que estás enviando oxígeno directamente a tu hígado.
Solemos pensar normalmente que la respiración es solo cosa de los
pulmones. Pero, ahora, imagínate que tu hígado son tus pulmones, que
reciben todo ese oxígeno fresco y se saturan de él.
Esta meditación te mejora la circulación en el hígado y potencia el
desarrollo de nuevas células hepáticas para que tu hígado se pueda
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rejuvenecer con células sanas. Resulta especialmente útil en el período de
los tres meses anteriores a cada cumpleaños múltiplo de tres, cuando tus
células hepáticas se encuentran en una fase especial de renovación. Pero
que esto no te impida practicarla en otras ocasiones: también es beneficiosa
en los tiempos intermedios.
Esta meditación caminando no tiene límites de tiempo. Resulta valiosa
hasta para la persona que solo es capaz de caminar medio minuto, un
minuto o cinco minutos. Si no eres capaz de andar en absoluto, cuando
hagas la Meditación para Revertir la Enfermedad, que encontrarás más
adelante, en este mismo capítulo, pide a los ángeles con los que estás
trabajando el rejuvenecimiento de tu hígado al mismo tiempo. Si no te
cuesta andar, sigue todo el tiempo que quieras. No tiene por qué ser una
caminata especial para este fin en un entorno sereno. Por ejemplo, puedes
estar andando de vuelta de una comida con un amigo y, al despedirte de
este, decides practicar la meditación mientras caminas tú solo hacia tu
coche. Si eres fumador y todavía no estás preparado del todo para dejarlo,
procura evitar fumar mientras practicas esta meditación.
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cuando vamos al volante, por ejemplo. Al tener que sortear a los demás
vehículos que van por la carretera estamos constantemente al borde del
enfrentamiento, y con ello el hígado puede aproximarse a un estado
espasmódico. (Este mismo calor es el que conduce a la formación de
cálculos biliares). Con el estrés elevado y la presión de nuestras vidas,
nuestro hígado ansía la tranquilidad, la calma y el frescor que le aporta esta
meditación.
Puedes hablar con tu hígado en cualquier momento, en cualquier lugar. Si
lo deseas, haz de ello una meditación completa, quizá cuando tengas un
poco más de tiempo, en el rato de la comida, o hazlo sobre la marcha
cuando quieras hacer saber a tu hígado que no te has olvidado de él.
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visualizando que vas caminando hacia la otra orilla, donde te esperan los
árboles y la hierba.
Por fin, el nivel del agua empezará a descender hasta llegarte de nuevo a
la cintura. Cuando te vayas acercando a la orilla bajará cada vez más hasta
que te llegue a los pies, y por último saldrás del agua y pisarás la hierba.
Visualízate tendido en la hierba y escucha el rumor del agua. Sal de la
meditación cuando estés preparado. Acabas de dar a tu hígado un apoyo en
su producción de bilis, para que pueda contribuir a la digestión de las grasas
y reponer sus reservas de bilis.
675
ojos sin querer y dañártelos. En esta meditación debes poder dejar paso
hasta a la última gota de luz solar visualizada, y no podrías hacerlo si
estuvieras al sol de verdad. Por otra parte, si te pones a practicar una
meditación tendido al sol, podrías quedarte dormido y quemarte. Y debo
añadir que los que van a trabajar aquí son tus poderes de visualización, de
modo que no es cuestión de que te suba la temperatura a 38 grados ni de
que te metas en una sauna para evocar el calor del sol. Deja que sea tu
mente la que trabaje: será ella la que active el interruptor para liberar la luz
solar del pasado que está dentro de tu hígado.
Tendido o sentado en un lugar cómodo, visualiza que estás tendido en un
lugar apartado, al sol. Puede ser una playa si lo deseas, o quizá prefieras
imaginarte que estás en un campo. Como mejor te sientas. Da salida a tu
faceta naturista e imagínate que estás allí acostado sin ninguna ropa, en ese
lugar apartado y seguro. Con los ojos reales cerrados, imagínate que los
abres mirando al sol, que te mira a su vez desde el cielo y te envía sus rayos
hasta lo más profundo de tu hígado. Ahora, observa que esos rayos que
visualizas irradian, se conectan con los rayos solares verdaderos del pasado
que tiene guardados dentro tu hígado y que les dan vida. Visualiza que se
pulsa un interruptor que activa los rayos almacenados, de modo que se
convierten en una luz poderosa que destruye los patógenos que residen en el
hígado, como los virus. Mientras los rayos de luz te recorren el órgano,
entiende que son un arma contra esos patógenos, asociados a los síntomas y
a las enfermedades, que pueden producirte cualquier cosa, desde acné hasta
SBID, desde enfermedades autoinmunes hasta tumores, quistes y tejidos
cancerosos. Visualiza un pequeño microorganismo e imagínate que la luz
entra, lo rodea y lo mata. Cada vez que inspires hondo y que sueltes el aire,
observa cómo se fortalece la luz por todo tu hígado y cómo lleva su poder
hasta los recovecos más oscuros y ocultos, expulsando a todos los bichos
que se han refugiado allí. Visualiza cómo crece esa luz, tanto al inspirar
como al espirar.
Lo ideal es que esta meditación dure entre 25 y 45 minutos; si dura más te
puedes quemar con el sol. (Es broma: ¡si haces esta meditación bien, no te
puedes quemar!).
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Puedes probar esta meditación en cualquier momento desde que te
despiertas hasta el mediodía. Si puedes, empieza tendido con el vientre
hacia abajo. (Si no puedes, tiéndete sobre un costado). Cuando inspires,
visualiza que estás enviando a tu hígado, desde atrás, luz de color amatista o
violeta. Sigue introduciendo y sacando la luz con la respiración. No fuerces
la respiración. Para estimular de este modo el sistema inmunitario debes
respirar a tu ritmo normal y natural. Al cabo de unos cinco minutos tiéndete
sobre la espalda, si puedes. Sigue introduciendo y sacando la luz amatista o
violeta con la inspiración y la espiración, pero esta vez metiéndola y
sacándola por la parte delantera de tu hígado. Cuando hayas pasado otros
cinco minutos tendido de espaldas, cambia de nuevo de postura para quedar
tendido sobre el vientre y sigue llevando la luz a tu hígado con la
respiración por la espalda durante cinco minutos más. Tiéndete de espaldas
una última vez e introduce y extrae de tu hígado la luz de color por la parte
delantera durante los últimos cinco minutos. Si los intervalos no duran
cinco minutos exactos, no tiene importancia. La duración total debe ser de
unos veinte minutos.
Por último, ponte de pie despacio (o, si no puedes, siéntate) e inspira
hondo la luz amatista o violeta, viendo que entra en tu hígado por el frente y
por detrás a la vez. Cuando espires, haz salir la luz en ambos sentidos.
Sigue de pie (o sentado) durante uno o dos minutos, inspirando y espirando
la luz, más hondo que antes. Cuando hayas terminado, puedes ponerte a
hacer tus cosas: ya te has reforzado el sistema inmunitario del hígado, lo
cual es importantísimo para protegerte de las enfermedades provocadas por
los patógenos y de las exposiciones tóxicas que deterioran el sistema
inmunitario de tu hígado y su capacidad para funcionar de manera óptima.
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De lo contrario, sube la rodilla hasta donde puedas cómodamente; quizá
hasta el punto en que la alcances con las manos. Si no puedes moverla en
absoluto, tampoco tiene importancia. No hagas más que lo que puedas.
Mantén la postura unos 30 segundos. Deja caer la pierna de nuevo y
quédate tendido durante 30 segundos. Ahora, flexiona la pierna izquierda y
sube la rodilla hacia ti durante 30 segundos. Deja caer la pierna y quédate
tendido 30 segundos. Has hecho una secuencia completa de bombeo de
piernas. Repite la secuencia hasta haberla hecho cuatro veces en total. Lo
que harás durante esta primera parte de la meditación será soltar cualquier
retención de fluidos que tengas en las cercanías del hígado, aliviando la
presión sobre los vasos linfáticos al bombear el fluido para darle salida. Si
no eres capaz de realizar los movimientos, visualiza que los haces.
Después de haber hecho los bombeos de piernas, quédate relajado y
tendido de espaldas. Reposa ambas manos sobre la zona de tu hígado, con
los dedos entrelazados si lo deseas. No estés tenso; relaja los codos.
Imagínate que tus manos son unos imanes o unas ventosas que sueltan y
extraen las células grasas del órgano. Visualiza una energía que te sube
hacia las manos, como si estas tuvieran su propia fuerza de gravedad u otra
fuerza que libera la energía estancada que estaba atrapada en el hígado, y
que la arrastra hacia las manos. Represéntate esto de la manera que quieras,
ya sea como partículas de arena que caen hacia arriba o con una imagen
mental propia. Sigue haciéndolo durante 10 minutos.
Después, sigue haciendo los bombeos de piernas, otras cuatro secuencias
(ocho bombeos de pierna en total, cuatro por cada lado, con reposos
intermedios, todo ello a intervalos de unos 30 segundos). Después, pasa
otros 10 minutos tendido con las manos reposando sobre el hígado,
mientras visualizas que las células grasas de este se despiertan y se mueven
a medida que se va desbloqueando la energía del órgano. Concluye con
cuatro secuencias de bombeo de piernas. Esta es una meditación magnífica
para el hígado pregraso, graso, estancado o lento, pues ayuda a fomentar el
drenado linfático y a dispersar las grasas del hígado a la sangre y a darles
salida del cuerpo.
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Esta meditación nocturna requiere un poco de trabajo angélico. Más
concretamente, vas a llamar a los Ángeles del Orden, que ponen orden en
los hígados enfermos, inflamados o debilitados del modo que sea. Este
poder angélico se puede aplicar a todos los trastornos de hígado. Para
llamar a los ángeles aplicarás las mismas reglas que he expuesto en mis
libros anteriores; a saber, que debes solicitar su ayuda en voz alta. Un
susurro es suficiente, y, si no eres capaz de hablar, la lengua de signos da
resultado. Antes de acostarte, quizá mientras te estás cepillando los dientes,
acostando a tus niños o poniéndote el pijama, di: «Ángeles del Orden, os
ruego que vengáis a hacer una secuencia curadora en mi hígado». Si al
acostarte te das cuenta de que se te ha olvidado pedirlo antes, no importa.
Dilo ahora, ya acostado.
Cuando estés preparado, tiéndete, cierra los ojos y visualiza a tres ángeles
alrededor de tu cama. Cada persona se representa a los ángeles de una
manera distinta. Algunas personas ven luz y alas. Otras ven la luz misma.
Algunos ven una figura dentro de la luz. Otros ven una figura femenina
completa con alas, y otros más, una figura femenina completa sin alas. Veas
lo que veas, evoca a tres de ellos. Conviene que sepas que estos ángeles
para revertir la enfermedad no son masculinos sino femeninos. Visualiza a
los tres ángeles dispuestos alrededor de tu cama, a intervalos regulares, en
círculo. Si hay otra persona en la cama contigo, tu pareja o un amigo, no
importa. Sigue pensando en los ángeles. Debes centrarte en los ángeles, que
están andando alrededor de la cama.
Observa cómo los Ángeles del Orden se toman de las manos y crean una
presión de luz en el círculo, y aplican esta presión de luz a tu cuerpo de tal
modo que te entra en el hígado. Esta luz deja atrás otras partes de tu cuerpo
y va dirigida expresamente a tu hígado, donde puede extinguir la
enfermedad, saturar los quistes y tumores y ayudar a reducirlos y reparar las
células dañadas. Es luz angélica para cualquier cosa que esté relacionada
con el hígado. Te resultará beneficiosa si tienes cualquier síntoma o
trastorno que hayamos citado en este libro, desde autoinmunidad hasta
acné. Aunque no tengas más que un hígado lento, la luz estará aquí para
ayudarte a revertirlo.
Sigue representándote a los ángeles que dan vueltas alrededor de tu cama
y te envían luz al hígado durante el tiempo que quieras; pueden ser tres
679
minutos, cinco minutos, media hora, o hasta que te quedes dormido. Pero
deja esta meditación para las horas del anochecer.
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restaurante y rodeado de gente, o de que lo estés haciendo en un lugar
tranquilo y silencioso. Puedes tener los ojos abiertos, y estar tendido,
sentado o incluso de pie.
Cuando estés representándote que el mundo está apartado de tu vida, o al
menos que el bullicio, el fragor y el caos se encuentran a una distancia
segura, di a tu hígado que querrías que se desintoxicara. Tu hígado recibirá
el mensaje, y también percibirá que no te van a correr por las venas oleadas
de adrenalina que lo saturen y lo sometan a un exceso de trabajo. Tu hígado,
a su vez, liberará de manera eficiente cantidades pequeñas de toxinas,
acompañadas de un compuesto químico que las guiará y las hará salir del
cuerpo con seguridad. Esta meditación puede durar de 5 minutos a 20 o más
si lo deseas. Incluso después de que la hayas terminado y de que hayas
vuelto a las ocupaciones de tu vida, los compuestos químicos especiales que
se han liberado seguirán actuando y sacando toxinas de tu cuerpo durante el
resto del día y de la noche, para liberarte y que puedas vivir tu vida.
681
682
«Cuando encuentras la paz dentro de ti
conectándote con las palabras vivas que has
absorbido en estas páginas,
te conviertes en un faro que ilumina el camino a
otros».
683
Capítulo 41.
La tormenta pasará
684
una misión de paz; se está comunicando con otros órganos y células y con
el sistema inmunitario, e incluso con el cerebro, intentando mantener la
solidaridad en el organismo y llevarte a un estado de paz interior. Cuando
aplicas la información que has leído en este libro, estás facilitando a tu
hígado todavía más herramientas para que mantenga la paz. Nuestros
cuerpos trabajan de forma natural por la paz. Lo único que tenemos que
hacer es ayudarlos.
EL ALMA DE LA PAZ
La paz tiene otro aspecto, que es el tener compasión contigo mismo. La
compasión es el alma de la paz, es la fuerza de la paz, es el camino de la
paz, es la vida de la paz, es la fuente de la paz, es la respuesta a la paz, es la
creadora de la paz. Pensamos que la paz es una ausencia: la ausencia de
dolor, de sufrimiento, de enfermedades, de odio, de violencia, de guerra;
cuando en realidad también es esta presencia de la compasión.
¿Por qué hablamos de tener compasión contigo mismo y no de quererte a
ti mismo? Quererte a ti mismo está bien. Es querer lo que eres, valorar lo
que eres, y puede extenderse a aceptar lo que eres y tu aspecto físico.
Parece que esto da muy buen resultado a la gente cuando todo les marcha
bien. Pero ¿y cuando sufren penalidades? Cuando tienes dificultades y
sufres, el juego cambia. Quererte a ti mismo no trae consigo una curación
como la que te aporta la compasión contigo mismo. Quererte a ti mismo no
te puede otorgar la paz. Cuando estás centrado en quererte a ti mismo,
puedes caer sin darte cuenta en quererte más de lo que quieres a nadie de
los que te rodean. Lo que nos hace despertarnos al mundo en general es la
compasión.
Tampoco es el amor lo que mantiene unidas a dos personas. Cuando te
encuentras en pleno romanticismo de una relación nueva, y vuestra
situación económica marcha bien y la vida es de color de rosa, el amor
puede bastar. Pero cuando se presenta un desafío, el amor ya no basta,
porque el amor humano no es el creador de la paz. ¿Cuántas relaciones de
pareja son todo «te quiero, te quiero, te quiero» hasta el día en que algo
marcha mal, y entonces los dos se vuelven enemigos mortales? El amor a
una persona se puede convertir en odio en muy poco tiempo, a menos que
intervenga la compasión. La compasión es el elemento aglutinante de una
685
relación. Mantiene el amor vivo y con aliento e impide que el amor se
amargue y que se convierta en odio. Si consideras que el amor es como una
manzana, la compasión es su corazón.
Lo mismo puede decirse de quererse a uno mismo. El amor por ti mismo
sin tener autocompasión puede convertirse con demasiada facilidad en odio
por ti mismo. Si te encuentras de pronto con una enfermedad crónica o con
un desafío emocional, el amor por ti mismo puede desaparecer, para quedar
reemplazado por el odio hacia ti mismo. El odio hacia uno mismo es uno de
los mayores obstáculos que nos impiden alcanzar la paz. Cuando un atleta
se lesiona, puede caer fácilmente en el odio hacia sí mismo, porque se
siente desconectado consigo mismo y ya no puede rendir como antes. Una
madre que se ocupaba de todo hasta que sus síntomas se lo impidieron
puede empezar a dudar de sí misma y a sentirse fracasada. El empleado que
dominaba perfectamente su trabajo pero que ya no es capaz de llevarlo a
cabo porque tiene un trastorno puede empezar a despreciarse a sí mismo,
pensando que vale menos y que ya no hace falta. Los que nos evocan estos
sentimientos no son solo nuestros monólogos interiores. También podemos
oír de fuentes externas (del tipo que sean, expresado en voz alta o no) que
nuestra enfermedad es culpa nuestra. La errada teoría autoinmune según la
cual el cuerpo se ataca a sí mismo, la errada teoría genética que afirma que
las enfermedades las crean los genes defectuosos, los intentos errados de
explicar las enfermedades diciendo que fuiste tú quien hiciste que se
manifestara... todas estas cosas pueden hacer que odies hasta las fibras
mismas de tu ser. Son los destructores definitivos de la paz del cuerpo, de la
mente, del alma, del corazón y del espíritu, cuando no está presente una
autocompasión que sirva de baluarte de la paz profundamente arraigado.
No tenemos idea de que el hígado nos ve como a su niño pequeño, como
a una criatura que debe cuidar y alimentar, y que pone en juego su
naturaleza compasiva para velar por nosotros. Creemos, por el contrario,
que el cuerpo nos está abandonando. Perdemos el contacto con toda
compasión hacia nosotros mismos, si es que la tuvimos en algún momento.
Parece que esta compasión desaparece cuando hemos sufrido un dolor o una
molestia durante demasiado tiempo. Cuanto más dura el dolor, o el síntoma,
o la enfermedad, más lejana nos parece la autocompasión. En vez de
tenerla, nos preguntamos: «¿Qué es lo que tengo de malo?». Lo cierto es
que la compasión no nos abandona. Puede parecernos que ya no está, pero
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en realidad la tenemos más cerca que nunca; está esperando a que la
busquemos y la encontremos.
El odio hacia uno mismo puede adoptar una vida propia. Es una fiera que
no se deja domar si no es con la compasión. Esta autocompasión debe tener
un sentido; no puede ser una palabra vacía que se usa al azar. La compasión
tiene su sustancia, y debemos acceder a esta sustancia y entenderla. Tener
compasión por ti mismo es una liberación: una liberación de los juicios de
valor, una liberación de las deudas, un vale que te autoriza a ser perdonado
como ser humano.
Existen dos tipos de perdón: el perdón normal y el perdón compasivo. El
perdón normal no trae consigo la paz. El perdón verdadero es el perdón
compasivo; tener compasión hacia ti mismo es el verdadero sentido que
tiene el ser perdonado; perdonado, sobre todo, por las cosas que tú no
creaste pero de las que te culpaste a ti mismo. Solo la compasión puede
liberarnos de los juicios de valor que nos hemos impuesto a nosotros
mismos. Aunque creamos que hemos cometido un error, un error que nos
parece grande, la compasión todavía puede liberarnos de la fiera voraz del
odio a nosotros mismos. Lo más probable es que ese error no sea tan grande
dentro del cuadro general. Todos hemos cometido errores. Si te sientes
atrapado en la cárcel de un error, si sientes que ese error te ha encerrado de
alguna manera con la fiera de la autoculpabilidad, entonces la palabra
autocompasión no te liberará por sí sola. Encontrar la verdadera compasión
hacia ti mismo será lo que te abrirá la jaula, lo que te liberará y expulsará a
la fiera.
La autocompasión es una revelación poderosa. Es un momento en el que
has tenido que caer de rodillas y sientes que la fuente más elevada te
imparte la bendición sublime del «has sido perdonado». Es el sentimiento
de que ser tú mismo tiene importancia, y es algo más también: es una
conexión con el conocimiento de que a Dios y a los cielos les importas. Es
acceder a esa bondad definitiva que está ahí fuera para ti, al mismo tiempo
que está dentro de ti. Esta revelación expulsa el odio hacia ti mismo; te
extrae el veneno de las venas y del alma.
Se dice que «Dios es amor», cuando lo cierto es que Dios no es solo
amor. Es amor incondicional. La mente humana siempre establece
condiciones a nuestro amor a nosotros mismos y a los demás. No podemos
evitarlo. Nos creemos capaces de sentir amor incondicional, pero lo que
687
podemos hacer, en realidad, es acceder a la compasión, junto con nuestro
amor. Compasión más amor: he aquí la versión humana del amor
incondicional. El amor incondicional de Dios es más grande, es más
potente. Para sentir hacia nosotros mismos o hacia los demás algo que se
aproxime a eso, para llegar a conocer una sensación de paz, lo que tenemos
que encontrar es la compasión.
Muchas personas que creen que tienen compasión hacia sí mismas tienen,
en realidad, confianza. En estos tiempos estamos levantando el mundo
sobre la confianza y no sobre la compasión. En cuanto algo marcha mal
desaparece la confianza, como desaparece el amor. Puedes estructurar toda
una vida sobre la confianza, creyendo en ti mismo en vista de tus logros, y
al final, si no eres capaz de conseguir algo mayor o mejor, o si fracasas en
algo, puede apagársete en un instante la confianza y la fe en ti mismo. Con
la luz apagada, ocupa su lugar la oscuridad de las dudas sobre ti mismo. La
confianza es importante y todos debemos mantenerla mientras podamos.
Pero no posee la fuerza de la compasión. La confianza no es la solución al
autoodio. No es donde reside la paz. La confianza va y viene con el viento.
Cuando se te desvanece la confianza, si no tienes compasión, los daños se
vuelven extremos para la salud de tu alma y de tu cuerpo. Por el contrario,
si tienes compasión dentro de ti, puedes perder la confianza sin quedarte
desconcertado. Puedes fracasar en algo, puedes ponerte enfermo, puede
fallarte alguien en quien tenías confianza, sin que pierdas la compasión. Ya
creas en ti mismo o pierdas la fe en ti mismo, la compasión te mantendrá
entero y conservará la paz. La compasión contigo mismo es curativa. Su
poder curador profundo puede hacerte salir de tu enfermedad, de modo que
recuperas la confianza, y tu fe en ti mismo se vuelve cada vez más fuerte.
Con todo, nosotros no controlamos el mundo. Siempre va a haber falta de
paz allí fuera. No podemos controlar el libre albedrío de los miles de
millones de almas que están en este planeta. Pero sí podemos tomar el
control de la paz que está dentro de nosotros mismos. Podemos trabajar
para crear la paz en nuestros cuerpos atendiendo a las necesidades del
hígado, que es el pacificador físico del cuerpo. Si te centras en controlar el
libre albedrío de todos los demás, no tendrás paz, ni traerás paz a los que te
rodean.
Imagínate que un personaje de relieve ha vivido su vida centrado en la
paz mundial, pero al mismo tiempo no ha dado a su hijo compasión ni paz.
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El hijo solo quería ser reconocido y aceptado; pero, en vez de ello, ha
sufrido mucho mientras su padre intentaba cambiar el mundo. Es un caso
clásico de cómo podemos centrarnos en una dirección equivocada. Si un
fontanero no es capaz de renovar la fontanería de su propia casa, no es
culpa suya: tiene que ganarse la vida atendiendo a las cañerías de los
demás. El herrero proverbial en cuya casa el cuchillo es de palo también
tiene su justificación: tiene que aprovechar hasta el último fragmento de
hierro para que su familia pueda comer. Lo que no tiene justificación es que
en la casa del pacificador no haya paz. El pacificador aficionado, la persona
movida por una pasión que cae en el engaño de que va a ser capaz de
controlar el libre albedrío de más de siete mil millones de personas (y de
que esta meta elevada suya lo exime de sus obligaciones para con sus seres
más allegados) está trabajando en contra de su propio sueño.
Esto se debe a que existe una diferencia entre pasión y compasión. Lo que
celebramos, lo que exaltamos, incluso, es la pasión. Y es cierto que tiene su
valor, como lo tiene el amor. Pero nos perdemos al ponerlo todo en nuestras
pasiones, o al creer que con la pasión vale todo. No es así. No es lo mismo
que tengas pasión por alguien o que tengas compasión hacia esa misma
persona. Las dos cosas se confunden con facilidad y constantemente; la
gente cree que son una misma cosa. Si tienes pasión por una causa benéfica,
eso no significa que vayas a tener compasión hacia ella ni hacia las
personas a cuyo servicio está puesta. Quizá sí sientas esa compasión; pero
esta no se produce de forma automática por el hecho de tener pasión. Esta
es la diferencia: aunque es tan frecuente que la pasión se interprete como
compasión, en realidad son dos fuerzas independientes. Si tienes pasión por
un pasatiempo o por una misión determinada, eso no equivale a que le estés
dedicando compasión, ni a que te acuerdes de levantar la vista de tu
enfoque singular para cuidar de ti mismo. Además, puedes estar tan fijado
en la pasión que no llegas a aportar compasión en tu casa para que tus seres
queridos puedan tener paz. No debemos confundir la pasión con la
compasión; es un desastre absoluto. Solo tienes que recordar los casos
históricos de personas que han seguido su pasión por la paz mundial,
olvidándose de acceder a la compasión. El amor, la confianza, el perdón y
la pasión solo pueden llevarnos a un mundo mejor cuando se aúnan con la
compasión.
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LA VOLUNTAD DE SER LIBRES
Volvamos a esa idea, el libre albedrío. Con todo lo importante que es la
fe, la fe no produce la paz a nuestro alrededor por sí misma. El libre
albedrío de cada persona permite a su alma elegir lo que desea, y si lo que
elige no es un estado de paz de algún tipo, entonces no es un estado de paz.
No controlamos a otros individuos. No controlamos si se cuidan el hígado,
ni si tienen paz dentro de sí, ni si siguen una vía pacífica en su vida. Pero el
libre albedrío es necesario. Nos brinda la oportunidad de ser libres de los
propósitos de otras personas sobre nuestras vidas. Nos permite cometer
errores para poder aprender de ellos. El libre albedrío también es esencial
en nuestra búsqueda personal de la paz. Aunque el libre albedrío también es
lo que permite a algunos elegir lo contrario de la paz, si no existiera libre
albedrío no podríamos optar por buscar la paz dentro de nosotros mismos.
Puede que en este mundo no se nos conceda la oportunidad de estar libres
de toda inquietud, preocupación y problema. Pero sí se nos concede nuestro
libre albedrío para que busquemos nuestra paz y nuestra libertad.
No hace falta que seas una persona espiritual, tal como entiendas tú lo
que es eso, para que desees la paz dentro de ti mismo; no hace falta que seas
un ser iluminado para que busques el rumbo básico y responsable por el que
puedas encontrar la paz. Si te parece que quizá no seas una persona
espiritual, esto no significa que no dispongas del poder y de la gloria de ver
lo que está bien y lo que está mal, a tu alrededor y dentro de ti. Puede que
seas una madre que trabaja y que no tiene tiempo para dedicarse a los libros
ni a las lecciones espirituales, ni tengas ocasión de ir a tu santuario, iglesia
o monumento favorito para practicar allí con regularidad la oración devota;
pero no sientas por esto que no estás lo bastante iluminada. Si miras a tu
alrededor y crees que otra persona tiene dentro de sí más paz, como puede
ser un vecino tuyo que sigue una búsqueda espiritual, no te preocupes. Para
encontrar o conservar la paz no es preciso que des la vuelta al mundo ni que
ores en la cumbre de una montaña. Ser espirituales es un estado mental que
eligen muchas personas, y no quiere decir que lo sigan de todo corazón en
realidad. A las personas que se pasan toda una vida buscando la paz en
retiros y en viajes les cuesta trabajo encontrarla. He visto a personas que
bajaban de un retiro de 30 días, o de seis meses, en lo alto de una montaña,
y que seguían sin tener paz. Hay personas que aprovechan su riqueza para
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rodearse de entornos espléndidos; y si bien pueden encontrar momentos de
paz, como los viajeros espirituales, esa paz no es perdurable. Lo que no
saben es que han estado buscando una cosa equivocada.
Para conseguir esa paz, lo que deben buscar es la compasión. Puedes estar
en un jergón de paja en una choza, en la miseria, pasando hambre y con el
cuerpo lleno de llagas, y tener más paz que una persona inmensamente rica
que vive en un entorno hermosísimo e impoluto, o que otra que dispone de
la capacidad y de los recursos necesarios para orar en santuarios de todo el
mundo. Todo depende de si estás accediendo a la compasión contigo mismo
y con los demás. Tienes a tu alcance el mismo camino que conduce a la paz
que cualquier persona que ha hecho retiros de meses o que ha subido a las
montañas más altas: la compasión.
Solemos olvidarnos de nuestros propios cuerpos, de nuestros propios
órganos, para centrarnos, más bien, en lo que está fuera de nosotros. Si
queremos sobrevivir en nuestra época, estamos obligados a prestar atención
estrecha al flujo constante de novedades sobre lo que pasa allí fuera. Sobre
todo cuando pasamos una época difícil, o cuando alguien se nos opone,
debemos prestar una atención estrecha a lo que sucede a nuestro alrededor.
Si pasamos así todo nuestro tiempo, preocupándonos por los demás, ya
estén lejos o cerca, nos perdemos. Cuando intentamos apagar unos
incendios que no podemos controlar estamos renunciando a nuestra propia
paz del corazón, del alma y del cuerpo físico. Esto no significa que
debamos ser narcisistas. No significa que solo debamos preocuparnos por
nosotros mismos ni querernos a nosotros mismos. No significa que no
debamos poner nuestra conciencia en lo que decidimos perseguir. Cuanto
más capaz te crees de controlar lo que está pasando en el mundo, más te
pierdes y más renuncias a tu estado de paz interior. Una gran parte de las
cosas que intentamos evitar son inevitables. Debes aplicar tu libre albedrío
para optar por la autocompasión, y debes aplicar esa autocompasión para
elegir con prudencia cuáles son los incendios que quieres apagar, qué es lo
que sientes que puedes controlar de verdad si quieres mantener seguro y en
paz tu estado físico y emocional.
691
La autocompasión... ¿cómo la encontramos? ¿Cómo accedes a la bondad
contigo mismo cuando tienes que afrontar un juicio de valor, una crisis, una
penalidad, la pérdida de un ser querido, la enfermedad de un familiar o
amigo, o cualquier otra de las tormentas de la vida? Al principio lo ves así:
como una tormenta. Con todo lo perturbadores que pueden ser los
huracanes, las borrascas y las tormentas en general cuando llegan, tienden a
pasar con el tiempo. Cuando tenemos en nuestras vidas personales un «mal
tiempo» que amenaza con despojarnos de nuestra paz, pero nos damos
cuenta de que todas las tormentas pasan de una manera u otra, podemos
conservar algo de paz mientras pasamos la tormenta. Sea lo que sea lo que
pensemos o creamos o temamos, y nos guste o no, todas las tormentas
pasan, todo cambia, nada sigue igual para siempre. Es la ley.
Lo que nos suele parecer más perturbador para nuestra paz de las
tormentas de la vida es que no controlamos sus remolinos de oscuridad que
tenemos en nuestro campo de visión. Nuestro libre albedrío no controla el
tiempo meteorológico ni la marcha de las tormentas de la vida. Pero es
precisamente en esa falta de control donde podemos alcanzar la paz.
Aunque la tormenta sea larga y te haya durado años enteros, aun así pasará,
porque nada sigue igual para siempre. Nuestra paz reside en el hecho de que
esta ley no está en nuestras manos.
Si te encuentras en una tormenta y crees que las cosas van a ir a peor, ten
presente que los vientos pueden cambiar, que también puede ir a mejor. Si
todavía no ha ido a mejor, irá; ¿sabes por qué? Porque todo cambia. Y si la
tormenta de tu vida está yendo a peor en vez de a mejor en estos momentos,
busca la paz en el hecho de que no puede seguir peor porque todo tiene que
cambiar; no puede seguir igual. Aunque tú quisieras que siguiera peor, no
podrías conseguir que así fuera. Aunque odiases a alguien tanto que
quisieras que su situación siga peor, esta cambiaría. Aunque tengas el deseo
subliminal de estar enfermo (cosa que no existe, en realidad), ese deseo no
podría hacer que siguieras sintiéndote mal. Aunque te estuvieses atrayendo
sobre ti tu propia enfermedad (cosa imposible, en realidad), no podrías
atraértela para siempre. ¿Por qué? Porque todas las tormentas pasan, todo
cambia, nada sigue igual para siempre.
Perdemos la paz pensando que nos va a pasar algo malo. Perdemos la paz
cuando nos pasa algo malo. Perdemos la paz cuando pensamos que hemos
sido la causa de que nos pasara algo malo. Pero tenemos que ser videntes.
692
Debemos mirar más allá de la tormenta, aun mientras dura esta, sabiendo
que la tormenta se rige por la ley y que terminará por pasar. Debemos saber
ver entre la oscuridad de la tormenta, y más allá de ella. Debemos mirar
adelante. Si temes que te pase algo malo a ti o cerca de ti, consuélate
pensando que, aunque pase, no podrá definirte a ti, porque se marchará. Tú
no eres lo malo. Pienses lo que pienses y creas lo que creas, lo malo no eres
tú.
Solemos creer con demasiada frecuencia que nos hemos merecido lo
malo de alguna manera, porque nosotros somos malos en algún sentido.
Cuando nos damos cuenta de que lo malo es una tormenta, podemos ver
que nosotros no formamos parte de la tormenta. Aunque te parezca que la
tormenta te llama por tu nombre, condenándote y señalándote con el dedo
(como en el caso de un diagnóstico en que se te culpa a ti de que tu cuerpo
se ataque a sí mismo, o como cuando una teoría de moda dice a la madre de
un niño enfermo que está dando pasos equivocados para que este mejore),
pase lo que pase, la tormenta no eres tú. Encuentra la compasión contigo
mismo en este conocimiento, y aplica la paz que te otorga la autocompasión
para distanciarte de la tormenta. Debes saber que la tormenta no puede
perdurar, ni aunque tú lo quisieras; que no puedes controlar el hecho de que
pasará, porque la tormenta no eres tú, lo malo no eres tú, lo malo no te
define, la lucha que tiene lugar no eres tú. Si nuestra tormenta es la
enfermedad, busca la compasión y la paz en el conocimiento de que tu
cuerpo no se atacaría a sí mismo jamás, y que te quiere sin condiciones.
Aun en el caso de una sobrecarga del hígado, el problema tampoco eres tú.
Tú no sabías lo que necesitaba tu hígado. El mundo no te ha dado apoyo
para tu hígado.
Cuando entiendes todo esto, puedes pilotar tu barco entre la tormenta y la
oscuridad. Cuando empieza a caer la lluvia y las olas comienzan a agitarte
de un lado a otro, tú puedes ser un visionario, testigo de las maravillas que
siguen existiendo bajo la superficie, viendo que volverás a buen puerto.
Mientras tanto, tu navío te tiene protegido y te trae la paz; y ese navío es el
conocimiento de que la tormenta pasará. ¿Que alguien te está acosando?
Todo cambia; nada sigue igual. ¿Que has tenido un desengaño amoroso?
Todo cambia; nada sigue igual. ¿Que has perdido a tu pareja del alma y
crees que te quedarás sin pareja para siempre? Todo cambia; nada sigue
igual. Todas las tormentas pasan. Con esta sabiduría puedes ver que tú no
693
eres el origen de tus sufrimientos. Es el mal tiempo de la vida, y tienes que
dar pasos para protegerte de él.
PALABRAS VIVAS
Las palabras que has leído en este libro están vivas porque proceden del
Espíritu del Altísimo, del Espíritu de la Compasión. Así es: hay palabras
muertas y hay palabras que tienen vida. Todo el que pone el corazón y el
alma en lo que escribe no escribe palabras muertas. Si hablas con el corazón
y con el alma, tus palabras no están muertas. Por otra parte, hay palabras
que se regurgitan o que se toman de otra fuente, o que pretenden manipular.
Estas palabras pueden estar muertas.
Y hay palabras que viven para siempre. Las palabras de este libro son
verdaderas palabras vivas. No solo porque las he escrito con el corazón y
con el alma, sino porque proceden de una fuente espiritual. Estas palabras
perdurarán para las generaciones venideras; siempre brillarán, en cualquier
época. Nunca se volverán viejas ni inútiles, porque lo que me entrega el
Espíritu para que yo lo documente son escrituras para la salud, y el Espíritu
es la esencia viva de la palabra compasión. Aunque haya momentos en los
que te parezca que no puedes seguir adelante, estas palabras seguirán
adelante por ti. Están aquí para que te aferres a ellas; son las manos que
encuentras tendidas para salvarte cuando estás colgado de un precipicio.
Las palabras vivas tienen luz; las palabras muertas pueden tener
oscuridad. Dada su fuente, las palabras vivas de este libro tienen luz y
expulsan la enfermedad de la gente, que es oscuridad. Las palabras muertas
pueden llevar a la gente a la oscuridad. Pueden conducirnos hasta callejones
sin salida, aunque no nos demos cuenta de ello en esos momentos. A veces
nos engañan con humo, con espejos o con espejismos. Si las seguimos,
acabaremos desilusionados. Y no es que las palabras muertas no puedan
tener sentido. Todavía podemos aprender de ellas, como podemos aprender
de flores estudiando flores secas, con cuidado de no tocarlas ni tomarlas en
la mano para que no se reduzcan a polvo. Las palabras vivas son como las
flores que están en el campo.
Aunque se haya quebrado tu confianza, y aunque la esperanza de tu
corazón y de tu alma se haya reducido con tus viajes, las palabras vivas
pueden ser esa esperanza que a ti te parece que has perdido. Cuando estás
694
cegado por la lucha, las palabras vivas pueden ver por ti, hasta que estés
preparado para ver la luz con tus propios ojos. Mientras que las palabras
muertas, vengan de donde vengan, ya sea de libros y textos sobre la salud o
de otras partes, pueden convertirse con el tiempo en una parte de ti que te
lastra, las palabras vivas te elevan. Tienen el poder de liberarte.
SÉ EL FARO
Cuando usamos alegremente la palabra paz sin atender a lo que significa
de verdad, estamos devaluándola hasta el punto de que se entiende como un
trapo viejo, como un pañuelo de papel arrugado, como un vaso de papel
usado. Se convierte en una palabra de uso popular que no tiene verdadero
poder. Cuando se dice en voz alta, no llega al corazón ni al alma del que la
oye; rebota en nosotros porque ya no tiene el significado que poseía hace
mucho tiempo.
Cuando volvemos a comprometernos con el significado de paz,
encontramos un sentimiento que nos invade y que nos corta la respiración
por un momento: una paz que es como estar arrebujado en una manta
caliente, como el sol en nuestra piel, como una comida casera en una noche
fría; todo ello conectado con una fuerza superior benévola que nos está
diciendo, de alguna manera, que pase lo que pase todo va a estar bien al
final. La verdadera paz tiene auténtico poder y nos otorga alivio, una
ventana por la que podemos asomarnos a la libertad desde lo que nos hace
pasar este mundo y desde lo que nos quita a veces; una libertad que puedes
usar para curar.
En cuanto tienes compasión contigo mismo, te conectas con lo que está
detrás de las estrellas. Te conectas con los cielos. Te conectas con Dios. De
aquí viene la paz.
Como persona que ha sufrido penalidades, puedes tener más paz, aunque
sigas luchando, que otra persona que tú consideras que goza de la libertad
absoluta; que una persona que no ha encontrado ningún obstáculo en su
camino, que no ha tenido que detenerse a mirar en su interior. Lo que tú has
soportado en tu corazón, en tu espíritu, en tu alma, en tu cuerpo y en tu ser
te ha llevado hasta el lugar en que te despojas de todo lo demás y puedes
ver que la compasión es la parte más auténtica de lo que somos. Has podido
ser testigo de que todavía eres valioso, aun entre las pruebas y los tropiezos.
695
Aunque tu compasión no significa que puedas arreglar el mundo con solo
hacer chascar los dedos, sí significa que puedes cambiar el mundo de los
demás; no intentando controlarlos, sino, simplemente, siendo. Cuando
encuentras la paz dentro de ti conectándote con las palabras vivas que has
absorbido en estas páginas, te conviertes en un faro que ilumina el camino a
otros. Te diré, en verdad, que la luz que sostienes despeja la oscuridad, pues
donde está presente la luz no puede existir la oscuridad.
Con tu compasión puedes inspirar paz a tus seres queridos, y a otros que
acudan a ti en busca de ayuda. Aunque no hayan superado todavía sus
luchas emocionales, físicas o espirituales, la experiencia de la compasión
que reciben de ti puede otorgarles breves momentos de paz que, incluso,
pueden perdurarles y pasar a formar parte de ellos. Es un poder que te han
otorgado desde lo alto el Espíritu de la Compasión y el Ángel de la Paz para
que lleves a cabo en este planeta tu trabajo divino y sagrado. Te diré, en
verdad, que tienes un poder grande dentro de ti.
La paz sea contigo.
696
Agradecimientos
Doy las gracias a Patty Gift, Anne Barthel, Reid Tracy, Margarete
Nielsen, Diane Hill, a todos los de Hay House Radio y al resto del equipo
de Hay House por vuestra fe y vuestro compromiso para sacar al mundo la
sabiduría del Espíritu con el fin de que pueda seguir cambiando vidas.
Helen Lasichanh y Pharrell Williams, sois unos videntes de corazón
extraordinariamente bondadoso.
Gwineth Paltrow, Elise Loehnen y vuestro equipo entregado de GOOP,
vuestro cariño y generosidad son una inspiración profunda.
Doctora Christiane Northrup, tu devoción inagotable a la salud de la
mujer es una nueva estrella en el universo.
Doctora Prudence Hall, tu labor entregada para iluminar a los pacientes
que necesitan respuestas renueva el significado auténtico y verdadero de la
palabra médico.
Craig Kallman, gracias por tu apoyo, tu defensa y tu amistad en este
viaje.
Chelsea Field y Scott, Wil y Owen Bakula, ¿cómo he podido recibir la
bendición de teneros en mi vida? Sois verdaderos cruzados de la causa de
Médico Médium.
Kimberly y James van der Beek, vuestra familia y vosotros ocupáis un
lugar especial en mi corazón. Me siento verdaderamente agradecido de
haberme cruzado con vosotros en esta vida.
Nanci Chambers y David James, Stephanie y Wyatt Elliott, no puedo
agradeceros lo suficiente vuestra amistad y el ánimo incansable que me
habéis dado.
Lisa Gregorisch-Dempsey, tus actos de bondad han tenido un sentido
hondo.
Grace Hightower de Niro, Robert de Niro y familia, sois unos seres
preciosos y llenos de gracia.
Liv Tyler, es un gran honor formar parte de tu mundo.
Jenna Dewan, es una inspiración contemplar tu espíritu combativo.
Lisa Rinna, gracias por aplicar incansablemente tu influencia para
difundir el mensaje.
697
Marcela Valladolid, conocerte ha sido un don para mi vida.
Kelly Noonan, gracias por velar siempre por mí. Significa mucho.
Mi agradecimiento a las almas siguientes, cuya lealdad es un tesoro para
mí: Jennifer Aniston; Calvin Harris; Michael Bernard Beckwith; LeAnn
Rimes Cibrian; Hana Hollinger; Sharon Levin; Nena, Robert y Uma
Thurman; Jenny Mollen; Jessica Seinfeld; Jennifer Meyer; Kelly Osbourne;
Demi Moore; Kyle Richards; Caroline Fleming; India.Arie; Kristen Bower;
Taylor Schilling; Kerri Walsh Jennings; Rozonda Thomas; Peggy Rometo;
Debbie Gibson; Carol, Scott y Christiana Ritchie; Peggy Lipton, Kidada
Jones y Rashida Jones; Naomi Campbell; Jamie-Lynn Sigler; Amanda de
Cadenet; Marianne Williamson; Gabrielle Bernstein; Sophia Bush; Maha
Dakhil; Bhavani Lev y Bharat Mitra; Woody Fraser, Milena Monrroy,
Midge Hussey, y todos en Home & Family de Hallmark; Morgan Fairchild;
Patti Stanger; Catherine, Sophia y Laura Bach; Annabeth Gish; Robert
Wisdom; Danielle LaPorte; Nick y Brenna Ortner; Jessica Ortner; Mike
Dooley; Dhru Purohit; Kris Carr; Kate Northrup; Kristina Carrillo-
Bucaram; Ann Louise Gittleman; Jan y Panache Desai; Ami Beach y Mark
Shadle; Brian Wilson; Robert y Michelle Colt; John Holland; Martin, Jean,
Elizabeth y Jacqueline Shafiroff; Kim Lindsey; Jill Black Zalben;
Alexandra Cohen; Christine Hill; Carol Donahue; Caroline Leavitt; Michael
Sandler y Jessica Lee; Koya Webb; Jenny Hutt; Adam Cushman; Sonia
Choquette; Colette Baron-Reid; Denise Linn y Carmel Joy Baird. Os valoro
profundamente a todos.
A los médicos y demás curadores del mundo llenos de compasión, que
han cambiado la vida de tantas personas: os tengo un respeto tremendo. Dr.
Alejandro Junger, Dr. Habib Sadeghi, Dra. Carol Lee, Dr. Richard Sollazzo,
Dr. Jeff Feinman, Dra. Deanna Minich, Dr. Ron Steriti, Dra. Nicole
Galante, Dra. Diana Lopusny, doctores Dick y Noel Shepard, Dra.
Aleksandra Phillips, Dr. Chris Maloney, doctores Tosca y Gregory Haag,
Dr. Dave Klein, Dra. Deborah Kern, Dr. Darren y Suzanne Boles, Dra.
Deirdre Williams y el difunto Dr. John McMahon, y Dr. Robin Karlin: es un
honor poderos llamar amigos míos. Gracias por vuestra dedicación
incansable al campo de la curación.
Gracias a David Schmerler, Kimberly S. Grimsley y Susan G. Etheridge
por estar aquí para mí.
698
Gracias efusivas y de todo corazón a Muneeza Ahmed; Lauren Henry;
Tara Tom; Bella; Gretchen Manzer; Kimberly Spair; Stephanie Tisone;
Megan Elizabeth McDonnell; Ellen Fisher; Hannah McNeely; Victoria y
Michael Arnstein; Nina Leatherer; Michelle Sutton; Haily Cataldo; Kerry;
Amy Bacheller; Michael McMenamin; Alexandra Laws; Ester Horn; Linda
y Robert Coykendall; Tanya Akim; Heather Coleman; Glenn Klausner;
Carolyn DeVito; Michael Monteleone; Bobbi and Leslie Hall; Katherine
Belzowski; Matt y Vanessa Houston; David, Holly y Ginnie Whitney;
Olivia Amitrano y Nick Vazquez; Melody Lee Pence; Terra Appelman;
Eileen Crispell; Bianca Carrillo-Bucaram; Jennifer Rose Rossano; Kristin
Cassidy; Catherine Lawton; Taylor Call; Alana DiNardo; Min Lee y Eden
Epstein Hill.
Gracias a las incontables personas, entre ellas las de las comunidades de
Médico Médium, a las que he tenido el privilegio de ver florecer, curarse y
transformarse.
Gracias al Practitioner Support Group. Benditos seáis por compartir el
valor de vuestras experiencias y por llevar vuestras enseñanzas a otros.
Estáis cambiando el mundo.
Sally Arnold, gracias por iluminarnos con una luz tan viva y por prestar
tu voz al movimiento.
Ruby Scattergood, has dado forma heroicamente a la espina dorsal de este
libro con tu paciencia magistral y tus horas incontables de dedicación. La
serie Médico Médium no sería posible sin tu labor de redacción y de
corrección. Gracias por tu asesoramiento literario.
Vibodha y Tila Clark, vuestro genio creativo ha tenido una importancia
asombrosa para la causa de la ayuda a los demás. Gracias por haber estado a
nuestro lado a lo largo de los años.
Friar y Clare: En el centro de su calle y a ambas orillas del río estaba el
árbol de la vida, que daba frutas de nueve clases y daba su fruta cada mes; y
las hojas del árbol servían para la sanación de las naciones.
Sepideh Kashanian y Ben, gracias por vuestro cariño cálido y amoroso.
Ashleigh, Britton y McClain Foster, y Sterling Phillips, gracias por
vuestro duro trabajo y por vuestra devoción. Teneros a nuestro lado es una
bendición.
Jeff Skeirik, gracias por las fotos estupendas.
Jon Morelli y Noah, los dos sois todo corazón.
699
Robby Barbaro y Setareh Khatibi, vuestra positividad inflexible eleva a
todos los que os rodean.
Doy las gracias, como siempre, a mi familia por su amor y su apoyo: a mi
esposa luminosa; a papá y mamá; a mis hermanos, sobrinas, sobrinos, tías y
tíos; a mis campeones Indigo, Ruby y Great Blue; Hope; Marjorie y Robert;
Laura; Rhia y Byron; Alayne Serle y Scott, Perri, Lissy y Ari Cohn; David
Somoroff; Joel, Liz, Kody, Jesse, Lauren, Joseph y Thomas; Brian, Joyce y
Josh; Jarod; Brent; Kelly y Evy; Danielle, Johnny y Declan, y a todos mis
seres queridos que están al otro lado.
Por último, gracias a ti, Espíritu del Altísimo, por proporcionarnos la
sabiduría compasiva de los cielos que nos inspira para seguir con la cabeza
en alto y para llevar los dones sagrados que has tenido la bondad de darnos.
Gracias por aguantarme todos estos años y por recordarme que mantenga el
corazón ligero, con tu paciencia y tu disposición inagotable a responder a
mis preguntas en busca de la verdad.
700
EL AUTOR
Anthony William, autor de los grandes éxitos de ventas Médico médium.
La sanación del tiroides: La verdad sobre las enfermedades de Hashimoto y
Graves, el insomnio, el hipotiroidismo, los nódulos tiroideos y el virus de
Epstein-Barr; Médico médium. Alimentos que cambian tu vida: Cúrate a ti
mismo y a tus seres queridos con los poderes curativos ocultos de las frutas
y verduras, y Médico médium: Las claves de curación de las enfermedades
crónicas, autoinmunes o de difícil diagnóstico, nació con la capacidad
singular de conversar con el Espíritu de la Compasión, que le proporciona
información sobre asuntos relacionados con la salud extraordinariamente
precisa y que está muy por delante de su tiempo. Desde que tenía cuatro
años, cuando sorprendió a su familia anunciando que su abuela, que no
presentaba ningún síntoma, tenía cáncer de pulmón (lo que muy pronto
confirmaron las pruebas médicas), ha utilizado su don para «leer» las
dolencias de las personas y decirles lo que tienen que hacer para recuperar
la salud. Su precisión sin precedentes y su tasa de éxitos como Médico
Médium le han ganado la confianza y el amor de millones de personas en
todo el mundo, entre las que se encuentran artistas de cine, estrellas del
rock, multimillonarios, deportistas profesionales, escritores de éxito e
innumerables personas más de todos los estamentos de la vida que no
conseguían encontrar la forma de curarse hasta que él les proporcionó la
sabiduría del Espíritu. Anthony se ha convertido también en un recurso
inapreciable para médicos que necesitan ayuda para resolver los casos más
complicados.
Puedes leer más cosas sobre él en www.medicalmedium.com.
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Otros libros de Anthony William
MÉDICO MÉDIUM
Las claves de curación de las enfermedades crónicas, autoinmunes o de
difícil diagnóstico
En esta obra revolucionaria, Anthony William desvela todo lo que ha
aprendido durante los más de 25 años que ha dedicado a mejorar la vida de
la gente. Se trata de una importante cantidad de información curativa que en
gran medida no ha aparecido todavía en ningún medio y que la ciencia
tardará décadas en descubrir.
MÉDICO MÉDIUM.
ALIMENTOS QUE CAMBIAN TU VIDA
Cúrate a ti mismo y a tus seres queridos con los poderes curativos
ocultos de las frutas y verduras
Por qué las frutas y las verduras curan más que cualquier fármaco. este
segundo libro de la serie Médico Médium descubre los poderes ocultos de
los alimentos naturales que te ayudarán a transformar tu vida.
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MÉDICO MÉDIUM.
LA SANACIÓN DEL TIROIDES
La verdad sobre las enfermedades de hashimoto, de Graves, el
insomnio, el hipotiroidismo, los nódulos tiroideos y el virus de Epstein-
Barr
Lo que estás a punto de leer sobre las disfunciones tiroideas difiere
completamente de cualquier información que hayas recibido hasta ahora, y
no se limita al funcionamiento de esta pequeña glándula alojada en la
garganta. Según Anthony William, el Médico Médium, los problemas de
tiroides son un síntoma de algo mayor que se ha extendido por todo el
cuerpo y resulta tan invasivo que provoca una extensa lista de trastornos,
entre ellos estreñimiento, sensibilidad al frío, inflamación, problemas de
memoria o pérdida de la libido.
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