SÓCRATES (470/ 69- 399 a.C.
)
Este filósofo ateniense vive en el último tercio del siglo V
a.C., período denominado Siglo de Pericles. La gran importancia
que para él tiene el diálogo, la relación cara a cara con un
interlocutor, se evidencia en el hecho de que no puso su
pensamiento por escrito.
Esta situación ha dado lugar a lo que se conoce con el
nombre de “cuestión socrática”, que consiste en el problema de
llegar a establecer con la mayor precisión posible qué pensó, en efecto, Sócrates.
Su filosofía se conoce a través de la obra de Platón (quien fue su discípulo), Jenofonte
(quien perteneció al círculo de sus allegados) y Aristóteles (quien fue discípulo de Platón). También
Aristófanes, en su comedia las Nubes, pone como personaje a Sócrates, pero lo presenta con
características ridículas, muy alejadas de la imagen que nos dan Platón o Jenofonte, y más
parecido a un sofista.
La fuente más autorizada para rastrear lo que pudo haber sido la filosofía de Sócrates es
Platón, dada la proximidad histórica entre ambos y el talento filosófico del discípulo. Sin embargo,
mucho de lo que Platón, en sus diálogos, pone en boca del personaje Sócrates no pertenece al
Sócrates histórico sino al propio Platón. La tarea es, entonces, diferenciar, en la obra de Platón, lo
que pertenece a él mismo y lo que puede corresponder efectivamente a Sócrates. Al respecto, los
estudiosos de la filosofía antigua sostienen opiniones diversas.
El historiador griego Diógenes Laercio (siglo III d. C.) transmite el texto de la acusación que
se le hizo a Sócrates, tal como esta se habría conservado en los archivos del Estado ateniense
hasta por lo menos el siglo II d.C. Esto contribuye a confirmar la existencia histórica del filósofo,
punto que también fue discutido en algún momento.
Esto es lo que Meleto, hijo de Meleto de Pico, imputó –poniendo bajo juramento- a Sócrates,
hijo de Sofronisco de Alopeco: Sócrates es culpable de no creer en los dioses en que la ciudad
cree y de introducir otras cosas demoníacas nuevas; y también es culpable de corromper a los
jóvenes. Propuesta de pena: muerte.
Tanto Jenofonte, en su obra Memorabilia, como Platón, en la Apología de Sócrates, citan
este texto, donde se explicitan los cargos contra Sócrates y la pena que se le asigna. Sabemos que
fue condenado a morir bebiendo un veneno llamado cicuta. Los últimos momentos de la vida de su
maestro son descriptos por Platón dramáticamente en uno de sus diálogos, el Fedón. También
Platón se refiere a los últimos días de la vida de Sócrates en la Apología (donde expone la defensa
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que Sócrates hace de sí mismo ante el tribunal) y el Critón (donde relata la circunstancia en que
Sócrates se niega a huir de la cárcel para no desobedecer las leyes de su ciudad).
Para entender las acusaciones que se le formularon a Sócrates y su posición ante la
condena y la muerte, es necesario saber algo más sobre su vida, su tarea (que él consideraba una
misión divina) y su pensamiento.
Sócrates nace en un barrio suburbano de Atenas llamado Alopeco. Es hijo de Sofronisco, un
escultor –Sócrates también lo fue durante un tiempo-, y de Fenareta, una partera. Sócrates
compara el método que él aplica en la búsqueda de la verdad con el arte que ejerce su madre. En
consecuencia, el método socrático se conoce con el nombre de mayéutica (del griego maieutiké,
que significa, precisamente, arte de ayudar a dar a luz).
En la Apología de Sócrates de Platón (hay que tener en cuenta que Jenofonte también
escribió una Apología de Sócrates y hasta un Banquete), Sócrates cuenta por qué llega a asumir
como una misión sagrada (encomendada por el dios de Delfos, Apolo) la tarea de indagar a sus
conciudadanos. Su amigo Querefonte pregunta al oráculo de Delfos si hay alguien más sabio que
Sócrates. El oráculo, a través de la Pitia, responde que no. Sócrates, que no cree ser sabio en
absoluto, reflexiona sobre esa respuesta. Concluye que, en efecto, él es más sabio que el resto de
sus conciudadanos, pero no porque sepa algo en especial, sino porque no cree saber lo que en
realidad ignora. La mayor ignorancia, entonces, consiste en creer saber lo que no se sabe: la falta
de conciencia de la propia ignorancia.
Se le atribuye a Sócrates la frase: “Sólo sé que no sé nada”. Sean suyas o no estas
palabras, ayudan a comprender el papel que para él tiene el conocimiento como fundamento del
comportamiento ético del hombre. Otra afirmación que se atribuye a Sócrates es: “Conócete a ti
mismo”. Esta máxima, si bien está en consonancia con su pensamiento, en rigor, forma parte de la
sabiduría tradicional griega, plasmada en una serie de sentencias, y estaba escrita en un templo de
Delfos ya algunos siglos antes de Sócrates.
Así, Sócrates lleva a cabo su tarea de indagar a sus conciudadanos y exhortarlos a la
búsqueda del conocimiento en las calles, en el ágora, en los gimnasios, en los banquetes. Unos
eran sus discípulos; otros, interlocutores ocasionales. Sócrates dice que su daimon le revela
quiénes de aquellos que se acercan están dispuestos a aprovechar sus palabras. Este daimon, que
siempre se describe como una voz interior, según el relato de Platón, sólo actúa en un sentido
negativo: le advierte a Sócrates cuándo debe abstenerse de hacer algo (por ejemplo, tratar de
acceder a cargos públicos). En el relato de Jenofonte, en cambio, también puede decirle lo que en
efecto tiene que hacer.
Quizás esta referencia constante de Sócrates a un daimon que inspira su conducta haya
sido la excusa perfecta para su condena, ya que, si volvemos al texto de la acusación, vemos que
los cargos en su contra son: no creer en los dioses en que la ciudad cree, introducir otras cosas
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demoníacas nuevas y corromper a los jóvenes (está sugerido que esto último lo hace,
precisamente, a través de la prédica de falsos dioses).
En la misma época, en Atenas, hubo varios juicios y condenas por cargos de “impiedad”.
Ese rótulo pudo haberse utilizado para encubrir el real motivo. En ese momento, se daba en la
ciudad un conflicto político entre oligarcas y demócratas, en tanto que Atenas perdía su hegemonía
con relación a las demás ciudades griegas. A Sócrates se lo vio como un posible enemigo de la
democracia, ya que se lo vinculaba con algunos partidarios de la oligarquía y con algunos
simpatizantes de Esparta que eran o habían sido sus discípulos.
Sin embargo, es sabido que Sócrates no cuestiona nunca las creencias religiosas
tradicionales y cumple formalmente con el culto a los dioses. También lo hace con sus deberes de
ciudadano, hasta el punto de haber defendido a Atenas en famosas batallas, en las cuales se
destacó por su valentía. Además, su crítica al sistema democrático que gobernaba Atenas en ese
momento no obedecía a una perspectiva partidaria. Sócrates no estaba de acuerdo, por ejemplo,
con el sorteo de las magistraturas o con la atribución de facultades políticas a todos los
ciudadanos, pero su crítica no apuntaba a destruir la democracia, sino a perfeccionarla. Sócrates
pide a los políticos que sean tan conocedores e idóneos en su tarea como cualquier otro
especialista (por ejemplo, un médico o un piloto) y exhorta a todos sus conciudadanos a ocuparse,
en primer lugar, de sus almas y, sólo entonces, de los asuntos de la ciudad♦
SÓCRATES: su método y su pensamiento
El método que utiliza Sócrates en la búsqueda de la sabiduría se denomina mayéutica (del
griego maieutiké, que es el arte de ayudar a dar a luz). La tarea de Sócrates es un llamado a
volverse hacia la propia interioridad, para conocerse a sí mismo, tomar conciencia de la propia
ignorancia y, así, emprender la tarea ardua de llegar al conocimiento de la verdad.
El rasgo general del método y también de la personalidad socrática es la ironía, que
consiste en decir lo contrario de lo que se piensa, aunque sugiriendo qué es lo que se está
pensando en realidad. La eironéia griega significa “disimulo” o “interrogar fingiendo ignorancia”, que
es lo que hace Sócrates permanentemente en sus conversaciones.
La aplicación del método se realiza también en un contexto de exhortación. Sócrates toma
la máxima “Conócete a ti mismo”, pero ya no en el sentido de la tradición griega, que era
reconocerse mortal y no pensar en cosas divinas: el sentido, para Sócrates, es que el hombre debe
saber que tiene un alma y que su principal virtud es la sabiduría, que lleva al hombre a actuar
correctamente. Es célebre la frase socrática: “Una vida sin examen no merece ser vivida”. Quiere
decir con esto que no es digno del hombre transcurrir su vida sin examinarse a sí mismo,
advirtiendo la propia ignorancia y buscando la verdad.
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La mayéutica consta de dos momentos: uno, negativo, que corresponde a la refutación (del
griego, élenchos), y otro positivo, llamado mayéutica propiamente. Cuando Sócrates entabla un
diálogo, el punto de partida es una pregunta cuya forma general es: “¿Qué es X?” (¿qué es la
valentía?, ¿qué es la virtud?, ¿qué es la amistad?). El interlocutor, generalmente, está convencido
de que conoce con toda precisión aquello que Sócrates le pregunta. Sin embargo, reformulando la
respuesta recibida y volviendo a preguntar, Sócrates lo hace caer en contradicción, poniendo de
manifiesto con ello que aquel no cuenta con ningún saber al respecto.
Este primer momento del método es purificador o catártico (del griego kátharsis:
purificación), porque, al liberar de la ignorancia (y la mayor ignorancia es creer saber lo que no se
sabe o, peor aún, no haberse interrogado siquiera sobre ese punto), prepara el terreno para
acceder al conocimiento. En esta labor, Sócrates se compara a sí mismo con un tábano molesto,
que perturba sin descanso a sus conciudadanos, a los que compara, a su vez, con un caballo
grande y noble, aunque perezoso (Apol. 30e). En el diálogo Menón, de Platón, donde Sócrates
aparece como personaje, se lo compara también con un pez torpedo, que produce un efecto
paralizante en aquellos que se le acercan. Así, dice el personaje Menón:
¡Oh, Sócrates!, antes de que te conociera, me dijeron que todo lo que haces es crearte
dificultades a ti mismo y a los otros, a fuerza de sembrar dudas en tu cabeza y en la de los demás.
Pareces un torpedo marino, que deja aturdidos a cuantos lo tocan. Tú me produjiste un efecto
semejante: me has aturdido el alma y ya no sé qué contestarte.”
“Yo –responde Sócrates- me parezco al torpedo si estando aturdido puedo producir en los
demás el mismo aturdimiento, pues no se trata de que yo esté seguro y siembre dudas en la
cabeza de los demás, sino de que, por estar yo mismo más lleno de dudas que cualquiera, hago
dudar también a los demás.”
Platón, Men., 80.
El segundo momento del método socrático corresponde a la mayéutica o arte del
alumbramiento. Es la etapa en la cual cada uno realiza por sí mismo el proceso que lleva al
descubrimiento de la verdad. Sólo así el conocimiento se hace eficaz y llega a plasmarse en un
obrar justo. La sabiduría es, entonces, una conquista que debe emprender cada cual, aunque
también se trata de una búsqueda conjunta y comunitaria, como lo evidencia el hecho de que la
mayéutica se base en el diálogo. En Menón 84, dice el personaje Sócrates:
Mira cómo este joven contesta buscando conmigo y cómo consigue encontrar (...) mientras
que yo no hago más que interrogarlo, sin enseñarle nada. Observa si alguna vez hallas si le
enseño o le muestro algo en lugar de preguntarle, simplemente, acerca de lo que por sí mismo
piensa. Y por eso sucede que tiene ciencia, si se le pregunta de manera verdadera, y la extrae de
su interior, sin que nadie le enseñe.
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En los diálogos platónicos donde se muestra a Sócrates aplicando el método mayéutico, si
bien lo que se intenta es dar una definición (por ejemplo, de la valentía, de la virtud, de la amistad,
de la justicia), nunca se llega al establecimiento definitivo de una acerca de ninguna cosa. Esta
situación da a entender que la búsqueda de la verdad es una tarea que necesariamente debe
quedar inacabada para el hombre.
El mismo Sócrates compara su arte con el de las parteras (aludiendo al oficio de su madre).
Así, leemos en el diálogo Teeteto, de Platón:
Ahora bien, mi arte de partear se asemeja en todo al de ellas; sólo difiere en que se aplica a
los hombres y no a las mujeres, y concierne a sus almas y no a sus cuerpos. Sobre todo, mi arte se
caracteriza por lo siguiente: se puede probar por todos los medios si el pensamiento del joven ha
de parir algo fantástico y falso o genuino y verdadero. Por otra parte, tengo en común con las
parteras el ser estéril en sabiduría y se me puede reprochar lo que muchos me reprochan, es decir,
que pregunto a los demás, pero no contesto nada acerca de nada, por falta de sabiduría. Y esta es
la causa: el dios me impone el deber de ayudar a parir a los otros, pero a mí me lo impide. No soy
sabio, pues, ni tengo descubrimientos que mi alma haya dado a luz, sino que los que están
conmigo parecen ignorantes, pero después... hacen un progreso admirable. Sin embargo, es claro
que nada aprendieron de mí, sino que son ellos quienes por sí mismos hallaron muchas y bellas
cosas que ya poseían.
Platón, Teet., 148 y ss.
Si bien se habla de sacar a la luz un conocimiento que ya se posee, la Teoría de la
reminiscencia (que sostiene que el alma es inmortal y preexiste a la encarnación en un cuerpo, de
modo que el conocimiento es el recuerdo de lo contemplado antes de encarnarse) no pertenece a
Sócrates, sino exclusivamente a Platón. Sócrates busca los conceptos de las cosas, llegar a la
noción de lo que las cosas son. Este es el descubrimiento que precisamente le atribuye Aristóteles
en su Metafísica:
Sócrates discutía solamente acerca de las cosas morales y no se interesaba en absoluto en
la naturaleza; y en las cosas morales buscaba lo universal, pues fue el primero que tomó como
objeto de su pensamiento las definiciones.
Aristóteles, Metaf., I, VI, 987
La sabiduría socrática está orientada al obrar correcto, justo. Pero, para Sócrates, es
imposible que el hombre sabio, capaz de distinguir entre el bien y el mal, actúe injustamente. Quien
actúa mal no lo hace voluntariamente, sino por ignorancia. La virtud, identificada por Sócrates con
el conocimiento, se relaciona con el autodominio o el autocontrol. Ser dueño de uno mismo es la
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condición de posibilidad para no ser esclavo de las propias pasiones (el placer, el dolor, la
ambición).
Sócrates propone, entonces, una unidad entre el conocer y el actuar, entre la inteligencia y
la voluntad, por eso la sabiduría que trata de obtener mediante la mayéutica tiene un carácter más
activo que contemplativo♦
LOS SOFISTAS
Los sofistas, al igual que Sócrates, desarrollan su actividad en Atenas, en los dos últimos
tercios del siglo V a.C., momento en el que Atenas, gobernada por el estadista Pericles (495-429
a.C.), encabeza las demás póleis griegas en su lucha contra los persas. La democracia directa
llega a su máximo grado de organización. Es una época de gran prosperidad económica y
esplendor cultural: se construyen en la ciudad los principales edificios (por ejemplo, el Partenón) y
hay una importantísima producción literaria (por ejemplo, las tragedias de Esquilo, Sófocles y
Eurípides y las comedias de Aristófanes).
Suele considerarse que, a partir del siglo V, el interés filosófico se desplaza de cuestiones
cosmológicas (que abordaron los sabios antiguos y también los filósofos presocráticos,
especialmente los jónicos) a cuestiones antropológicas. En efecto, los problemas que abordan
Sócrates, los sofistas y también Platón son, antes que nada, de índole ética y política; para decirlo
ampliamente, problemas humanos.
El surgimiento de los sofistas responde a las necesidades de formación y preparación de la
juventud ateniense del momento para el desempeño de la vida política. Puede caracterizarse a
estos personajes como “maestros ambulantes”, que recorren distintas ciudades de Grecia -aunque
procuran hacer de Atenas el centro de su actividad-, ofreciendo y proporcionando sus servicios. La
gran mayoría de ellos no son atenienses. Constituyen un grupo heterogéneo, que enseña cada uno
una diversidad de materias, aunque, sobre todo, retórica (el arte de componer discursos
persuasivos) y dialéctica (lógica o arte de argumentar). Comparando la labor de los sofistas con la
de algunos profesionales de nuestra época, son semejantes a un profesor, disertante o
conferencista.
El término “sofista” (sophistés), que en la actualidad tiene un matiz peyorativo,
originariamente significó, simplemente, “sabio”. No obstante, ya Platón en sus diálogos opone el
pretendido saber de los sofistas al verdadero saber y, en ese sentido, la palabra “sofista” comienza
a adquirir un tinte negativo.
El nivel de las producciones de los distintos sofistas presenta una gran variedad. Si bien
parte de ellos tenía como único objetivo lucrar con sus enseñanzas –captaban sus alumnos y su
auditorio entre los jóvenes de las clases de mayores recursos económicos-, pueden encontrarse en
los planteos de muchos otros problemas filosóficos de gran interés. Tal es así que Platón, en varios
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de sus diálogos, desarrolla profundas elaboraciones, intentando, justamente, refutar a los sofistas o
dar una mejor solución a los problemas por ellos planteados.
Entre los sofistas más reconocidos, se encuentran Protágoras de Abdera (Tracia); Pródico
de Ceos (islas Cícladas); Hipias de Elis (en el Peloponeso); Gorgias de Leontium (Sicilia) y
Antifonte, de la misma Atenas.
Ya mencionamos el interés de los sofistas por todas aquellas artes que permiten formular un
discurso convincente. Pero el uso que ellos hacen de estas artes está relacionado con una
particular posición ética: el relativismo. Caracterizar esta posición nos va a permitir entender mejor
las diferencias entre los sofistas y Sócrates. La situación de prosperidad material de Atenas, que
señalamos más arriba, estuvo acompañada por grandes cambios en las costumbres y en los
valores. Durante generaciones se habían mantenido ciertos ideales, que, en lo ético, incluían una
especial valoración de las virtudes fundamentales: justicia, fortaleza, templanza, prudencia.
Estos ideales, que se relacionan también con el autodominio, la austeridad, la sencillez de
las costumbres, la previsión, etc., aparecen plasmados en las obras de los principales poetas
griegos (Homero, Hesíodo), junto con la condena de la violencia, la desmesura y la insensatez. La
crítica a la disolución de las costumbres en el siglo V a. C., se advierte en la comedia (Aristófanes).
La vida social tenía hasta entonces un fundamento simple y fuerte en esas costumbres y
esos valores. Pero esto cambia en el siglo V, cuando la tradición pierde peso y esos valores se
relativizan. Es célebre la frase del sofista Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”.
Esta expresión puede tener una interpretación individualista (cada hombre determina el valor que
las cosas tienen, lo correcto o incorrecto de una acción) o bien puede entenderse como referida al
hombre genéricamente. De todas maneras, lo que plantea es una nueva perspectiva desde donde
analizar, sobre todo, las cuestiones humanas: la del hombre mismo.
Si se acepta que las cosas son como a cada cual le parecen, la postura de los sofistas
deriva en subjetivismo. Por ejemplo, a uno le parecerá que la justicia es una cosa, a otro le
parecerá que es algo diferente, sin que haya manera de llegar a una coincidencia ni de
fundamentar una objetividad.
Si se entiende la frase de Protágoras en un sentido genérico, lo que pierde fuerza,
entonces, son las tradiciones de la propia ciudad o del propio país, y aun sus propias leyes (es
decir, el sistema jurídico). Digamos algo más sobre esta última interpretación. Los griegos, por sus
contactos sobre todo comerciales con otros pueblos, han llegado a conocer una cantidad de
culturas y de costumbres muy distintas de las propias. Este hecho puede haber sido la ocasión
para que reflexionen y lleguen a la conclusión de que no hay modelos absolutos de conducta, sino
que los comportamientos dependen, en definitiva, de cada sociedad. Toda norma de conducta
(costumbres, leyes, creencias religiosas) no es, en el fondo, más que una convención, que puede
variar de un lugar a otro y de una época a otra.
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Precisamente, dos conceptos que se opusieron en las discusiones de ese momento fueron
phýsis (naturaleza o disposición natural) y nómos (costumbre, ley, convención). Los sofistas
sostendrían el carácter convencional de los valores. Si es posible alguna coincidencia u objetividad
entre los seres humanos acerca del valor moral de las acciones, es, en definitiva, convencional.
Las posiciones de los sofistas llegaron, a veces, a extremos, como lo expresa esta frase de
Gorgias: “Nada existe. Si algo existiera, no se podría conocer. Si se pudiera conocer, no se podría
comunicar”.
Otra postura extrema es ilustrada por Platón en sus obras República y Gorgias, donde pone
como personajes a sofistas (cuyos nombres en la ficción son Trasímaco y Calicles
respectivamente) que procuran defender este principio: “La Justicia es lo que le conviene al más
fuerte” ♦
LOS SOFISTAS Y SÓCRATES. Comparación
La contraposición entre los sofistas y Sócrates es proverbial. Una diferencia que suele
señalarse es que los sofistas cobran por sus enseñanzas y, en cambio, Sócrates no. Esta
circunstancia puede verse reflejada en un pasaje de las Memorables de Jenofonte, un autor que
perteneció al círculo socrático.
¡Oh, Sócrates! –dice el sofista-, yo creo que eres justo, pero en modo alguno sabio; y
me parece que tú mismo lo reconoces al no cobrar contribución alguna por tu conversación.
Sin embargo, a nadie entregarías gratuitamente, o por menos de su valor, tu abrigo, tu casa o
cosa alguna que te pertenezca. Es claro, pues, que, si atribuyeras algún valor a tu
conversación, también por esta cobrarías una retribución que no fuese inferior a su justo
precio. Se te podrá, entonces, llamar justo, ya que no engañas por avidez, pero no sabio, ya
que lo que conoces nada vale.
¡Oh, Antifonte! –contesta Sócrates-, nosotros creemos que la hermosura y la sabiduría
pueden emplearse igualmente tanto de manera honesta como deshonesta. Si una mujer
vende por dinero su belleza a quien se la pide, se la llama prostituta; e, igualmente, a quienes
venden su sabiduría por dinero a los que la buscan se los llama sofistas, vale decir,
prostitutos. Al contrario, si alguien enseña todo lo bueno que sabe a quienquiera vea bien
dispuesto por naturaleza y se convierte en su amigo, creemos que ese cumple con el deber
del ciudadano óptimo.
Memorables I, VI, 11-13
Con relación a este punto de la comparación, la diferencia entre Sócrates y los sofistas es
más profunda, porque se trata de una diferencia de objetivos, de valores y de actitudes. Los
sofistas hacen de la enseñanza su medio de vida y buscan, principalmente, la propia utilidad; por
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eso eligen sus alumnos entre las clases más adineradas. Las enseñanzas sofísticas tienen como
meta el éxito político de sus discípulos, al margen de valores como la verdad, la justicia o la
prudencia.
Sócrates, por su parte, tiene como meta la búsqueda de la verdad, que conduce a la
sabiduría y, en consecuencia, a la virtud. Recordemos que, para Sócrates, el mal proceder tiene su
origen en la ignorancia. La ignorancia misma es el peor de los males. Considera que la suya es una
misión sagrada, que él realiza en beneficio de la pólis; por eso atiende solamente a la buena
disposición intelectual y moral de sus discípulos o interlocutores. Pese a ello, en muchos diálogos
platónicos se observa que Sócrates elige muy bien con quién conversar de ciertos temas. Por
ejemplo, cuando le interesa tratar el tema de la valentía, dialoga con un militar, Laques; cuando
quiere indagar sobre el arte poética, conversa con Ion, un rapsoda o recitador, etcétera.
Ante el relativismo y el subjetivismo característicos de los sofistas, Sócrates tiene como
propósito fundar una moral rigurosamente objetiva. Para esto, en primer lugar, intenta mostrar que
la posición sofística no es defendible, porque implica una profunda ignorancia. Esto es evidente en
el hecho de que muchos de ellos caen en contradicción cuando se les pide que fundamenten sus
ideas, simplemente no se preocupan por fundamentarlas o bien sostienen principios que pronto se
muestran perjudiciales para el hombre y para su ciudad. Pero, como ya dijimos, la búsqueda de la
verdad no está entre los objetivos que los sofistas en general se proponen.
La ética socrática se basa en el conocimiento o la sabiduría. El logro de esa sabiduría
requiere un ejercicio continuo de búsqueda de la verdad. Sócrates considera que es posible
acceder a la verdad –que es única y objetiva-, y en esa búsqueda pone todo su empeño. Su
pregunta característica, con la que incomoda a sus conciudadanos: “¿Qué es... X?” (¿qué es la
valentía?, ¿qué es la virtud?, ¿qué es la justicia?), se orienta hacia el hallazgo de un concepto,
hacia una definición del ser verdadero de las cosas. Los sofistas, en cambio, tienen como principal
objetivo convencer al auditorio o vencer en las discusiones; no se interesan en la búsqueda de la
verdad, porque consideran que tal verdad no existe.
Por ejemplo, el sofista Gorgias, en su obra el Encomio de Helena, muestra que es posible
defender una afirmación y también su contraria. Allí, Gorgias dice, primero, que Helena (de Troya)
es culpable de haber provocado la guerra, y lo fundamenta. Luego, dice que es inocente, y lo
fundamenta también. Los sofistas, entonces, creen en el poder de la mera palabra; en cambio,
Sócrates valora el poder de la verdad.
Esta búsqueda socrática de fundamentos objetivos del conocimiento y de la moral es
retomada por Platón, quien elabora la llamada Teoría de las Ideas. Las Ideas platónicas son ese
respaldo objetivo que da sustento a la realidad, al conocimiento, al lenguaje y también a la ética ♦
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