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Filomena y su lenguaje inventado

Filomena era una niña muy imaginativa cuya forma de hablar extraña confundía a los adultos. Un día, decidió inventar un nuevo lenguaje secreto para los niños usando palabras con significados diferentes. Aunque sus compañeros lo encontraron divertido, los maestros no lo entendían y creían que Filomena estaba loca. Pronto, el nuevo lenguaje secreto se extendió entre todos los niños de la ciudad, de modo que los pequeños y los mayores ya no se entendían.

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Filomena y su lenguaje inventado

Filomena era una niña muy imaginativa cuya forma de hablar extraña confundía a los adultos. Un día, decidió inventar un nuevo lenguaje secreto para los niños usando palabras con significados diferentes. Aunque sus compañeros lo encontraron divertido, los maestros no lo entendían y creían que Filomena estaba loca. Pronto, el nuevo lenguaje secreto se extendió entre todos los niños de la ciudad, de modo que los pequeños y los mayores ya no se entendían.

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MIQUEL OBIOLS MIGUEL CALATAYUD

¡Ay, Filomena, Filomena!


y otros cuentos
l l a
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o
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l i b
¡Ay, Filomena, Filomena!

Filomena era una niña que tenía mucha imaginación, tanta


imaginación que, cuando explicaba alguna cosa, la gente mayor
no la entendía porque hablaba de manera diferente y todos se
hacían un verdadero lío al oírla.
Cuando Filomena se ponía a parlotear, siempre acababan
diciendo lo mismo:
–¡Ay, Filomena, Filomena!
–¡Qué disparates estás diciendo!
–Niña, cuando te pones a hablar, te quedas sola.
Pero ella no les hacía ni caso, puesto que su lenguaje era
secreto y solo se lo había enseñado a los otros niños, y así
toda la pandilla acabó hablando como Filomena.Y entre ellos,
¡ya lo creo que se entendían!
Todo empezó un buen día en que Filomena se puso a pen-
sar mucho y, cavilando, cavilando se le iba poniendo la cara
de sabia y entonces se dijo:
«El lenguaje que se han inventado los mayores me aburre y
me fastidia. Ellos pusieron un nombre a todo y se quedaron
muy tranquilos. Y ahora nos hacen aprender nombres y más
nombres como si fuéramos papagayos: el libro es un libro, la
silla es una silla, y ¡hala!, así todo lo demás. Ya estoy cansada
de repetir siempre lo mismo y quiero inventar un nuevo

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lenguaje para que todo sea más divertido. Seguro que enton-
ces no me aburriré».
Y, sí, sí, un día que estaba en la clase de matemáticas quiso
probar el invento, y cuando el maestro le preguntó:
–Dime, Filomena, ¿cuánto son diez más doce?
Filomena, de forma muy extraña y sin pensarlo dos veces,
le soltó:
–Culo y cola.
(Al número «veintidós» ahora le llamaría «culo y cola».)
Los niños de su clase se retorcían de risa, tanto les había
gustado la salida de Filomena. Pero el maestro se puso hecho
una fiera.
–Filomena –le gritó–, ¿por qué has contestado eso de «culo
y cola»? ¿Por qué?
Filomena, con cara inocente, explicó:
–Pues porque he estirado la cabeza de los camellos.
(Estirar quería decir «cambiar»; cabeza quería decir «nom-
bre», y camello quería decir «número».)
El maestro creyó que Filomena estaba riéndose de él, y no
era así, la verdad sea dicha. Pero él lo pensaba y, dando un
puñetazo sobre la mesa, chilló:
–¡Filomena, a ti te falta un tornillo!
Los niños de la clase reían más todavía y estaban alborotadí-
simos. Filomena estaba muy contenta de su invento porque
veía que toda la clase lo celebraba con risotadas. Aquel mismo
día escribió un texto de tema libre que escandalizó al maestro:
«Ayer al anochecer abrí la ventana de mi mejilla y penetró
una silla de todos los colores a la que le costaba un poco volar.

10
l o y cola
c u
Tenía un ala medio rota, pobrecita, y la puse dentro de la
bañera llena de algodón».
(Mejilla quería decir «habitación»; silla quería decir «maripo-
sa», y bañera quería decir «caja».)
Cuando el maestro pudo reaccionar, le dijo con voz quebrada:
–Pero, niña, ¿qué barbaridades escribes?
Filomena alzando los hombros, dijo:
–He incendiado esta calle lo mejor que he podido.
El maestro, horrorizado por lo que acababa de oír, ignoran-
do que incendiar quería decir «escribir» y calle quería decir
«texto», salió disparado de la clase. Estaba temblando, el telé-
fono se le escapaba de las manos y las palabras no le salían de
la boca cuando al otro lado del hilo telefónico el padre de
Filomena se impacientaba:
–¡Diga…! ¡Diga…!
–Soy e… el maestro de su hija… Es que Filomena… ha
incendiado una calle… y…
No podía articular bien y tuvo que colgar el teléfono. El
padre de Filomena creyó que era una broma de mal gusto y
no hizo caso. Entre tanto, en la clase, los compañeros de
Filomena le pedían que les explicase su invento. Aquel día,
todos salieron de la escuela como un tropel apretado alrede-
dor de Filomena.
Cuando se despidieron en la plaza de la Vela, la niña alzó los
brazos y dijo:
–¡Hasta luna, narices!
(Luna quería decir «mañana», y narices quería decir «amigos»)

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narices
–¡Hasta luna, Filomena! –le contestaron los otros, con tales
voces que la gente que pasaba por la calle se les quedaba miran-
do, como diciendo: «Estos chicos están totalmente chiflados».
Pero ellos volvieron muy felices a sus casas, contentos de lle-
var una lista de palabras «filoménicas» en el bolsillo para uti-
lizarlas ante sus familias. ¡Se partirían de risa! Cuando
Filomena llegó a casa, dijo a su madre:

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car
peta
lápiz

–¡Hola, carpeta! Tengo mucha hambre. ¿Qué podría cantar?


Su madre la miró de reojo tres o cuatro veces, y no sabía
qué responder.
–Y lápiz, ¿no ha llegado todavía?
–¿Qué lápiz y qué historias son esas, niña? ¿Qué te han
dado en el colegio hoy para que hables así? ¡Qué barbaridad!

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–Ya sé –siguió Filomena como si tal cosa–, cantaré pan y
chocolate y después dormiré un rato…
Pero la madre de Filomena ya se estaba mosqueando:
–¿Qué dices de ir a dormir ahora? ¿Te has vuelto loca? Lo
que tendrías que hacer es lavarte las manos, comer algo y
ponerte a estudiar.
–¡Ahora no tengo ganas de pintarme, carpeta guapa! Ya te
he dicho que si quieres cantaré algo y luego dormiré…
(Lápiz quería decir «padre»; carpeta quería decir «madre»;
cantar quería decir «comer»; pintarse quería decir «lavarse», y
dormir quería decir «estudiar».)
Y como su carpeta veía que la situación se complicaba cada
vez más, mandó a Filomena a la mejilla sin dejarle cantar nada.
Cuando llegó el lápiz, la carpeta le explicó que la niña no se
encontraba bien. El lápiz fue a la mejilla de Filomena y la
encontró incendiando cabezas y camellos en una libreta. Y, co-
mo la vio durmiendo tan bien, pensó que luna sería otro día.
Aquella misma tarde, los compañeros de Filomena hablaron
de forma parecida a sus respectivas familias, y unos se lo
tomaron mejor que otros.
Pero el juego de «¡Filomena, Filomena!» se fue extendiendo
como la pólvora entre los niños y las niñas de la ciudad.
Al final, todos los niños hablaban un lenguaje diferente al de
los adultos.
De ahí viene que en aquella ciudad los pequeños y los mayo-
res no se entiendan.

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Filomena era una niña que
tenía mucha imaginación,
tanta imaginación que, cuando
explicaba alguna cosa, la gente mayor
no la entendía porque hablaba de
manera diferente y todos se hacían
un verdadero lío al oírla.

Todo empezó un buen día en que


Filomena se puso a pensar mucho y,
cavilando, cavilando se le iba poniendo
la cara de sabia y entonces...

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