Municipalidad Distrital de Pocollay Prof.
Reymundo Hualpa Condori
MUNICIPALIDAD DISTRITAL DE POCOLLAY
Prof. Reymundo Hualpa Condori
Municipalidad Distrital de Pocollay Prof. Reymundo Hualpa Condori
INTRODUCCIÓN
A excepción de la antología publicada por el maestro Luis
Alberto Calderón Albarracín, nuestra región casi no cuenta con
relatos vinculados a Tacna.
Por primera vez, hemos sistematizado la literatura popular
y la literatura occidental. Ambas, contradictorias, pero
convergentes en algunos casos, nos muestran un tesoro inmaterial
que no conocemos todavía.
Por ello, ha sido un deber ineludible hacer la presente
antología del cuento de Tacna. Los relatos recogidos han sido
tomados de fuentes confiables; así como las versiones orales. Es
un primer esfuerzo, no concluido, que seguramente será
completado con otros trabajos.
Nuestra comunidad educativa no cuenta con fuentes
veraces, que nos permitan conocer y valorar las manifestaciones
literarias. Al publicar los cuentos de Tacna, buscamos que los
estudiantes, los docentes, los padres de familia, en suma cualquier
persona pueden acceder a los cuentos de Tacna.
La antología contiene relatos de terror, cuentos patrióticos,
prosa de ficción, cuentos religiosos…
religiosos… Se ha insertado un mito, para
tener una vista panorámica nacional, sobre la literatura popular.
Se ha actualizado la ortografía de los textos, mas no se ha
modificado su construcción sintáctica.
Tacna, setiembre del 2013
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SUMARIO
El tesoro del Cacique (Anónimo)
El diablo de Ite (Modesto Basadre Chocano)
Siska (Pedro Quina Castañón)
La doncella y el niño (Ernesto A. Rivas)
Grandes almas (Víctor G. Mantilla Osorio)
Albarracín (Víctor G. Mantilla Osorio)
La música prohibida (Modesto Molina Paniagua)
La procesión de la bandera (Federico Barreto Bustíos)
Una lección de francés (Modesto Molina Paniagua)
Los tres hermanos perdidos (Anónimo)
El arriero, el sastre y el camarón (Anónimo)
Nepis (Guido Fernández de Córdova)
Entre el mar y el acantilado (José Portugal Tellería)
Castigo divino (Anónimo)
El origen de la tuna (Anónimo)
La fajita de Mullincagua (Anónimo)
El gato celoso (Anónimo)
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MITO
MITO DE CUNIRAYA WIRACOCHA
El mito de Cuniraya Wiracocha forma parte de los
escritos de Francisco de Ávila, quien en la primera década
del siglo XVII los recolecta en la provincia de Huarochirí.
Ávila fue encargado como “extirpador de idolatrías”. Tenía la
misión de destruir las antiguas creencias andinas y
reemplazarlas por la religión católica. Para ello recorrió la
sierra de Lima (Huarochirí) con ayudantes andinos, los que
escribieron en quechua los mitos y leyendas de esa región.
La primera traducción al español lo hizo José María
Arguedas, publicando el libro “Dioses y hombres de
Huarochirí” en 1966. Posteriormente, Gerald Taylor hizo una
nueva traducción en 1987, que aparece en el libro “Ritos y
tradiciones de Huarochirí en el siglo XVII”, de donde hemos
adaptado el presente relato.
Cuentan que en tiempos muy antiguos, Cuniraya
Wiracocha se convirtió en un hombre muy pobre, y andaba
paseando con su ropa hecha harapos, y sin reconocerlo
algunos hombres lo trataban de mendigo piojoso. Pero
Cuniraya Wiracocha era el dios del campo. Con solo decirlo
preparaba las chacras para el cultivo y reparaba los
andenes. Con el solo hecho de arrojar una flor de cañaveral
(llamada pupuna) hacía acequias desde sus fuentes. Así por
su gran poder, humillaba a los demás dioses (huacas) de la
región.
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(…) Una mujer llamada Cahuillaca, quien también era
una huaca, que por ser tan hermosa, todos los demás
huacas la pretendían. Pero ella siempre los rechazaba.
Sucedió que esta mujer, que nunca se había dejado tocar
por un hombre, se encontraba tejiendo debajo de un árbol
de lúcumo.
Cuniraya que la observaba de lejos, pensaba en una
manera astuta de acercarse a la bella Cahuillaca. Entonces
se convirtió en un pájaro y voló hasta la copa del lúcumo,
donde encontró una lúcuma madura a la que le introdujo su
simiente, luego la hizo caer del árbol –justo al costado de
donde Cahuillaca se encontraba tejiendo. Al verla,
[Cahuillaca] se la comió muy gustosa, y de esta manera la
bella diosa quedó embarazada, sin haber tenido relaciones
[íntimas] con ningún hombre.
A los nueve meses, como era de esperarse,
Cahuillaca tuvo su parto. Durante más de un año crió a su
hijo, sola, pero siempre interrogaba sobre quién sería el
padre. Llamó a todas las huacas y huillcas, a una reunión
para dar respuesta a su pregunta. Cuando supieron de la
reunión, todas las huacas se alegraron mucho, asistieron
muy finamente vestidos y arreglados, convencidos de ser a
los que la bella Cahuillaca elegiría.
Esta reunión tuvo lugar en un pueblo llamado
Anchicocha. Al llegar, se fueron sentados, y la bella huaca
les enseñaba a su hijo y les preguntaba si eran los padres.
Pero nadie reconoció al niño. Cuniraya Wiracocha también
había asistido, pero como estaba vestido como mendigo
Cahuillaca no le preguntó a él, pues le parecía imposible que
su hijo hubiese sido engendrado por aquel hombre pobre.
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Ante la negativa de todos los interrogados, en
reconocer al niño, Cahuillaca ideó poner en el suelo al niño,
dejando que ande a gatas solo hasta donde se encuentre su
padre. Hizo así, y el niño se dirigió muy contento donde se
encontraba Cuniraya Wiracocha. Cuando su madre lo vio,
muy encolerizada gritó:
-Ay de mí. ¿Cómo habría podido tener un hijo de un
hombre tan miserable? Y con estas palabras cogió a su hijo
y corrió hacia el mar. Entonces Cuniraya dijo:
-Ahora sí me va a amar. Y se vistió con un traje de
oro, y la siguió, llamándola para que lo viera. Pero
Cahuillaca no volvió para mirarlo, siguió corriendo con la
intención de arrojarse al mar por tener un hijo de un
hombre “horrible y sarnoso”. Al llegar a la orilla, frente a
Pachacamac, se arrojó y quedaron convertidos, ella y su
hijo, en dos islotes que están muy cerca a la playa.
Como Cuniraya pensaba que Cahuillaca voltearía a
verlo, la seguía a prudente distancia, gritándole
constantemente. De pronto, se encontró con un cóndor y le
preguntó:
-Hermano, ¿dónde te encontraste con esa mujer?
-Aquí, cerca está, ya casi la vas alcanzando- le
respondió el cóndor. Por darle esa respuesta, Cuniraya le
dijo al cóndor:
-Siempre vivirás alimentándote con todos los
animales de la puna, y cuando mueran tú sólo te los
comerás, y si alguien te mata, él también morirá. El huaca
siguió en su carrera en pos de Cahuillaca, encontrándose
con un zorrino.
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-Hermano –le preguntó- ¿en dónde te has
encontrado con esa mujer?
El zorrino le contestó:
-Ya no la alcanzarás, está muy lejos. Por darle esa
mala noticia, el huaca le dijo:
-Por lo que me has contado, te condeno a que
camines sólo de noche, serás odiado por los hombres y
apestarás horriblemente. Siguió caminando
apresuradamente, más abajo del camino se encontró con un
puma.
-Ella todavía anda por aquí, ya te estás acercando –le
dijo el puma. Por darle tan buenas noticias, Cuniraya le
respondió:
-Comerás las llamas del hombre culpable, y si alguien
te mata te hará bailar primero en una gran fiesta, y todos
los años te sacará, sacrificándote una llama. (De este modo,
Cuniraya le confiere al puma categoría para ser adorado, y
manda además que todos los años se celebre una fiesta en
su honor, en la que se bailará y se sacrificará una llama en
su honor).
Luego, Cuniraya se encontró con un zorro. Al
preguntarle por Cahuillaca, el zorro le dijo que se
encontraba muy lejos y que no la alcanzaría. Cuniraya le
dijo al zorro:
-Aunque andes a distancia, los hombres llenos de
odio te tratarán de zorro malvado y desgraciado. Y cuando
te maten, te botarán a ti y a tu piel como algo sin valor.
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Después Cuniraya se entrevistó con el halcón, quien
le auguró que pronto la alcanzaría. Por ello contestó el
huaca:
-Tendrás mucha suerte, y cuando comas, primero
almorzarás picaflores. El hombre que te mate, llorará tu
muerte, y sacrificará una llama en tu honor, y bailará
poniéndote sobre su cabeza, para que resplandezcas allí.
Seguidamente dialogó con unos loros, quienes le
dijeron que ya no la alcanzaría. Por ello, Cuniraya, les
maldijo, diciéndoles:
-Andarás gritando muy fuerte, y cuando los
escuchen, sabiendo que tienen la intención de destruir los
cultivos, sin tardar los hombres los ahuyentarán y habrán de
vivir sufriendo mucho, serán odiados por ellos.
De este modo, cada vez que se encontraba con
alguien que le daba una buena noticia, le auguraba un buen
porvenir, y si se encontraba con alguien que le daba malas
noticias, lo maldecía. Así llegó a las orillas del mar, donde
se encontraban las dos hijas de Pachacamac, custodiadas
por una serpiente. Pero, poco antes, la madre de éstas,
Urpayhuachac, había entrado al mar para visitar a
Cahuillaca.
Aprovechando esta ausencia, Cuniraya violó a la
menor de las hijas. Cuando quiso hacer lo mismo con la
otra, ésta se transformó en paloma y voló. Es por esto que a
su madre le llaman Urpayhuachac, “la que pare palomas”.
En ese tiempo no había peces en el agua. Solo
Urpayhuachac los criaba en un estanque, que estaba dentro
de su casa. Cuniraya enfadado porque había ido a visitar a
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SISKA
(A Gerardo Vargas)
Las sombras caen sobre la faz de la tierra, la
campana de la iglesia toca; sus sones se desparraman en
las melancolías de la tarde; la gente vuelve de sus tareas, y
Siska, la de los ojos negros como el carbunelo, la de los
labios rojos como las flores del granado, a las orillas del
camino de la vida, con el cerebro sin ideas, con el corazón
vacío, sola, abandonada y triste, viendo tronchado por la
segar del enemigo el árbol a cuya sombra se meció su cuna;
mirando amargado por las lágrimas de sus padres el
arroyuelo que apagó su primera sed, sola, abandonada y
triste, dijo:
- ¡Ah! Yo soy la rosa que a agosta en el verano.
Y el viento responde:
- Yo seré rocío.
La aurora desparrama azucenas sobre los campos;
las nubes esmaltan las flores con blanco rocío; las aves
confían al viento su hermoso raudal de armonías, y Siska, la
de cabellos negros, más negros que las gotas de la tinta; la
de tez pálida, más pálida que las hojas de la rosa mahón
extranjera en tierra propia con la conciencia sin nubes, con
el corazón sin temores, triste, huérfana y sombría,
observando que los jardines de su patria se han convertido
en pesebres de caballerías extrañas; contemplando que los
genios de su tierra apenas son pobres ruiseñores
aprisionados, triste, huérfana y sombría dice:
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- ¡Ah! Yo soy la oscura nube que impide contemplar
la serenidad de los cielos.
Y el viento responde:
- Yo seré tu iris.
Braman las nubes, el huracán se agita, desatan los
ríos sus lenguas rabiosas, encrespan los mares sus olas
gigantes, la tempestad afila, y Siska, la de cutis fino como la
senda blanca; la de seno puro como paloma sin mancha,
naufraga de las tormentas de la existencia, con una fe sin
dudas, con una esperanza sin recelos, sombría, taciturna,
pensativa, viendo que la choza en que corrió sui infancia se
ha transformado en el calabozo en donde lloran y gimen sus
hermanos; contemplando que el sepulcro de sus héroes es
un templo profanado, sombría, taciturna y pensativa, dice:
- ¡Ah! Yo soy un pálido diamante arrancado a las
entrañas de las rocas.
Y el viento lo responde:
- Yo seré tu luz.
Recoge el viento sus alas, retira el agua sus lenguas,
la nube apaga sus rayos, la luz aclara las cosas, el cielo es
azul, y Siska, la que brilla sobre la tierra como un sol en
medio de los abismos; la que derrama la dicha como la
plenitud llena los golfos del vacío, palma en el desierto del
mundo, con una alma sin rencores, con un valor sin miedo,
pensativa, pobre y desdeñada, viendo que los trofeos de su
patria son despojos del invasor; contemplando que el oro de
sus montañas se ha convertido en cadenas para aherrojar
sus manos, pensativa, pobre y desdeñada dice:
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- ¡Ah! Yo soy aquella para quien se han escrito los
infortunios del mundo.
Y el viento le responde:
- Yo seré tu ángel.
¡Pobre Siska!
Flor sin rocío, nube sin iris, piedra sin brillo, idea sin
forma, como vagará de tierra en tierra; como de puerta en
puerta buscará el pan de los desterrados; como deseará
desde lejos, ver flamear sobre los edificios de su pueblo la
bandera de su patria; como deseará dormir el sueño de la
muerte en el panteón de sus hermanos; como apetecerá
mezclar sus cenizas con las cenizas de sus abuelos. ¡Oh! Y
cuando muera lejos, muy lejos, acaso también el viento
repita: ¡Yo seré tu cielo!” (Pedro Quina Castañón, 1894).
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LA DONCELLA Y EL NIÑO
I
“Era las tres y media de la tarde del día 26 de mayo
de 1880, cuando el ejército chileno ocupaba las alturas del
“Campo de la Alianza” que, durante diez horas, habían
defendido las huestes aliadas con manifiesto valor. Más
de tres mil hombres, entre muertos y heridos, en el campo
de batalla, atestiguaban el heroísmo con que se resistió al
enemigo…
Lo que siguió al triunfo, no sabría describirlo nuestra
pluma. Son hechos cuyos recuerdos horrorizan… Los
chilenos, sedientos de sangre, se arrojaban sobre sus
indefensas víctimas para ultimarlas sin piedad ni
misericordia. En pocos momentos, el teatro del combate
quedó reducido a un vasto cementerio, donde los cadáveres
eran hollados y escarnecidos.
II
Tacna, la bella ciudad del Tacora, ha caído presa en
las garras del “cóndor” chileno. Allí, donde horas antes sólo
se oían acordes marciales y vivas entusiastas de los aliados,
reina espantosa confusión. Gritos, blasfemias, maldiciones
por un lado. Ayes, clamores y llantos por el otro…
Son los alaridos de la agonía unidos a las carcajadas
cínicas de los verdugos… Al chileno nada lo detiene.
Todo lo pisotea, todo lo profana… Ni el emblema de
la “Cruz Roja” es respetado. Los establecimientos sobre los
que flamea la santa insignia, son teatros de abominación
indescriptible. Los heridos que cobijan, sirven de pasto al
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hambre de horrores del implacable enemigo. Y el incendio,
con su fatídico esplendor, completa el exterminio…
III
En una de las casas de la calle… han entrado un
oficial y dos soldados del ejército vencedor. La espada del
primero y las bayonetas caladas en los rifles de los
segundos, están tintas de sangre. Buscan nuevas víctimas
con el ardor del chacal embravecido.
Todo lo destrozan, pero no hallan ningún ser a quien
inmolar a sus feroces instintos. Se van a retirar, mas antes
de hacerlo, determinan acabar su obra demoledora
incendiando la casa. En este momento fíjanse los ojos del
oficial en una puerta que permanece cerrada. Se adelanta
hacia ella, con violento esfuerzo la abre, y un cuadro
conmovedor aparece a su vista.
IV
La habitación que acaba de ser violada se compone
de dos piezas pequeñas, de un aspecto pobrísimo. En la
primera, en cuyo umbral han aparecido los tres chilenos,
vénse dos seres arrodillados, implorando a una imagen de la
madre de Dios, colocada sobre una mesa de madera.
Uno de ellos, es una joven de quince a dieciséis años.
Rubia, como la virgen a quien implora, sus ojos, azules
como el cielo, brillan bañados por las lágrimas que,
resbalando por sus mejillas, van a sepultarse en su casto
seno. Su rostro dulce y bello, como el de un ángel, está
realzado por los tintes de vivísimo dolor.
Con las manos juntas y elevadas hacia la imagen de
la madre del redentor, solicita su protección. A su lado se
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En cierta revolución, el Prefecto de Tacna sospechó
que Albarracín conspiraba contra el orden público, y en
pleno día destacó de sus cuarteles quince gendarmes
montados, con la orden de encontrarlo y hacerlo prisionero.
Llegaron a su casa y le mostraron la orden de entregarse.
Albarracín no manifestó ni sorpresa ni disgusto, y con
toda calma ensilló delante de los gendarmes, montó, y
desenvainando el sable se arrojó a toda brida sobre el grupo
agresor, que le vio avanzar semejante a una avalancha y
hubo de dispersarse para evitar la acometida. Comenzó
entonces la persecución en los estrechos callejones cercados
de granados, que separan unas de otras las propiedades
rurales de la ciudad del Caplina. Le cerraban esta y aquella
salida, pero en vano: volaba sobre los cercos, aparecía cien
metros más allá. Tres horas de fatigosas carreras fueron
insuficientes para capturar a ese fugitivo que cuando,
cuando hacia frente a sus perseguidores, los ponía a su vez
en fuga. De tal manera imponían su persona y el largo
sable, desnudo en su diestra de titán.
Al regresar los gendarmes a su cuartel, dieron parte
de que Albarracín había tomado el camino a Bolivia… Y
Albarracín, en el mismo instante, desensillaba su caballo a la
puerta de su casa.
Declarada la guerra con Chile, en abril de 1879,
Albarracín escogió de entre sus paisanos cincuenta
mocetones de probado valor y formó con ellos el pequeño
escuadrón llamado a hacerse célebre en la campaña. Diez
mil hombres del ejército de Chile sentaron la planta en el
departamento peruano de Tarapacá, único objetivo de la
guerra por la incalculable riqueza que representaba el salitre
encerrado en su suelo. Allí debían realizarse las primeras
escenas del gran drama de la guerra.
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El ejército aliado, acampado en el mismo territorio,
aguardaba el refuerzo de Daza y sus Colorados para caer
sobre el enemigo. La noticia de la aproximación de aquel
general y sus tres mil veteranos, llevó la desazón y la
alarma a las filas de las divisiones chilenas. La fama de valor
que acompañaba a dicho jefe, no era menor que la que
precedía la marcha de sus soldados, famosos desde los
tiempos de Melgarejo. Se narraba de ellos que en una
ocasión recibieron de este último la orden de dar un paso
atrás, cuando se hallaban formados en la ceja de un
barranco y que obedecieron, despeñándose gran número.
Parece, sin embargo, que la inquietud y el temor no
alcanzaban a los jefes chilenos, que al encontrarse se
sonreían como los sacerdotes de Eleusis, conocedores del
secreto de los oráculos… ¡Daza no combatía!
Por desgracia, así fue. Al llegar a Camarones,
contramarchó sobre Tacna, de donde había partido. Su
retirada fue un desastre: nuestra esperanza en la victoria
había perdido un ala. Albarracín vio alejarse, desde
una eminencia, aquel cuerpo de ejército. Tuvo tentaciones
de lanzarse contra el general que huía sin combatir, pero su
deber era otro. Inclinó la cabeza sobre el pecho, sus ojos se
humedecieron con el único llanto que podría asaltarlos, el de
la rabia, y con voz ronca dio la orden:
-¡Adelante!
Salió de un desierto para entrar en otro. Las
divisiones chilenas esperaban de un momento a otro, ver
asomar en la llanura los batallones de Daza, y sabedores
por sus espías de la aproximación de una fuerza, destacaron
numerosas avanzadas de caballería para cerciorarse de la
verdad de las cosas.
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Del campamento de Dolores partieron quinientos
jinetes (los Cazadores) y del Pisagua otros tantos. Ambos
destacamentos hicieron alto, después de una jornada,
siendo la distancia que los separaba no mayor de cinco
kilómetros.
Albarracín, seguido de su pequeño regimiento,
avanzó con el denuedo que le era propio, a la vista de los
escuadrones enemigos. Comprendió que se hallaba entre
dos fuegos y resuelto a vender cara su vida, se adelantaba.
Entonces, al decir del historiador chileno Vicuña
Mackenna, se realizó en la ardorosa mañana del desierto el
más extraño espejismo. La pequeña fuerza de Albarracín
creció a los ojos de los enemigos hasta tomar las
proporciones de un ejército. Tanto del lado de Dolores como
del lado de Jazpampa, se veía un combate formal: la
artillería disparaba, los Cazadores cargaban… ¡Era Albarracín
que pasaba al galope! Entre las dos líneas contrarias,
levantando una inmensa polvareda.
De esa manera se presentó al ejército chileno, el que
más tarde debía llevar a sus filas el terror de su nombre, el
que debía ser, con sus cincuenta dragones, la pesadilla de
veinte mil hombres. Antes del desastre de San Francisco y
después de la victoria de Tarapacá, los flancos del ejército
chileno se veían a la continua amenazados por Albarracín y
su tropa.
La nube de polvo que se levantaba de repente en el
desierto y que avanzaba hacia las filas en marcha, que
llegaba hasta ellas y descargaba metralla, era Albarracín.
¿Estaba la retaguardia amenazada? Era Albarracín. ¿Era
durante la noche asaltada el campamento? Albarracín
pasaba.
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Como los partos que hacían, con su presencia
repentina y desaparición instantánea; la desesperación de
los legionarios de Craso, así Albarracín y los suyos llevaban
al campo enemigo la sorpresa y la muerte, en el instante
menos pensado. Cuando ya nada había que hacer en el
desierto, él fue el último que lo abandonó, seguido de sus
compañeros, cuyo número no aumentaba ni disminuía: eran
siempre los cincuenta bravos.
En Tacna les dio reposo, y volvió a montar por la
época en que Baquedano desembarcaba sus tropas para
guiarlas en busca de los aliados. El primer choque de las
avanzadas chilenas fue con Albarracín. Un escuadrón de
cazadores apeló a la fuga ante el empuje del legendario
guerrero y sus cincuenta dragones. Atacando parecía un
monte que se derrumbaba.
Durante la batalla del (Campo) de la Alianza, se le
veía tan pronto en el ala derecha como en la izquierda, y el
grito de ¡Albarracín! ¡Albarracín! En que se prorrumpía su
tropa infatigable, los corazones vacilantes se animaban y
por las filas enemigas se extendía una corriente de pavor.
Se le vio coger por el brazo a un enemigo, hacer un
molinete con el cuerpo del soldado y arrojarlo como un
trapo lejos de sí.
La misma noche de la batalla, cuando sobre el campo
sólo quedaban los vencedores, apareció entre éstos
Albarracín. Hizo descargas, derribó tiendas, hirió, mató y
pasó, dejando detrás de sí la sorpresa y el pánico. Era el
enemigo real, pero impalpable; la tromba invisible, pero
destructora.
Los dispersos del ejército aliado tomaron el camino
de Bolivia, pero Albarracín permaneció en los alrededores de
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Tacna. Oculto como el torrente en las quebradas, o
guarecido en las altas crestas de los cerros, como el águila,
esperaba el instante propició para desbordarse, como el
primero, para caer de un vuelo, como la segunda, sobre la
presa. Era el peligro en el llano y la amenaza en la cumbre.
Días después de la batalla, una compañía de infantes
chilenos había tomado posesión del pueblo de Locumba.
Durante el día se les encontraba en las bodegas, haciendo
correr de los toneles el vino que ya no lograban beber, y por
la noche transformaban en cuadra la iglesia del lugar.
Una noche, como nube preñada de rayos, cayó sobre
ellos Albarracín, a quien se juzgaba a veinte leguas de
distancia, y acuchilló a todos, menos a uno, a fin de que
llevara a Tacna la desastrosa noticia: noticia: el torrente se
había desbordado.
El batallón que más tarde vino a castigar la ofensa,
no halló al enemigo, pero si a los ochenta cadáveres que el
guerrillero había dejado a su paso por aquella quebrada,
poblada de viñedos. Al alejarse el batallón, el pueblo ardía
por sus cuatro costados: se vengaban de Albarracín con el
incendio de un pueblo.
El día de su salida, el batallón acampó a diez leguas
de Locumba, en plena pampa. A media noche, los centinelas
dieron voces de alarma, pero darlas y caer bajo el sable de
los dragones de Albarracín fue una misma cosa: llegaron y
pasaron, llevándose una bandera: el águila había hecho
presa.
Las tropas chilenas, que no tenían cuarteles
suficientes en Tacna, se posesionaron de los pueblos vecinos
de Pocollay, Calana y Pachía; distantes de la ciudad, una,
dos y tres leguas respectivamente.
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Un día –nada anunciaba la proximidad del enemigo-
los caminos, sombreados de grandes árboles, parecían
solitarios –se escuchó a eso de las dos de la tarde el grito de
¡Albarracín! ¡Albarracín! Repetido por cincuenta voces, en la
plaza de Pachía, donde un batallón chileno hacia ejercicio.
Presentáronse de improviso, entre los soldados
sorprendidos, los dragones de aquél, y sin dar tiempo a los
atacados para reponerse de su sorpresa acuchillaron a buen
número de ellos retirándose, como habían llegado, sin que
el ojo más experto pudiera seguirlos en su galope.
Posteriormente las mismas audaces e incontenibles
apariciones se realizaron en Calana y Pocollay, y alguna de
ellas en las puertas mismas de la ciudad de Tacna, en cuyo
circuito bullían regimientos y escuadrones de infantes y
jinetes enemigos. Era inútil perseguir a los centauros, que
parecían dotados del don de la ubicuidad y del privilegio de
hacerse invisibles, cual si el anillo de Grujes les hubiera sido
común.
Cansado al fin de cercenar cabezas enemigas,
Albarracín se retiró de los alrededores de Tacna, se fijó por
un tiempo en Tarata, pasó enseguida a Arequipa, después a
Lima, donde debían librarse las batallas decisivas de la
guerra.
Después de las derrotas, agobiado el cuerpo más por
la tristeza que por los años, seguido apenas de tres o cuatro
de sus valientes, entre ellos su hijo Rufino, regresó
Albarracín a lo que había sido el teatro de sus hazañas, al
departamento de Tacna. Allí sólo había quedado una
guarnición respetable para mantener la conquista, y
Albarracín concibió el propósito, temerario, es cierto, pero
digno de su espíritu indomable, de recuperar el
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departamento perdido. Habría sido su deseo llegar a la
cabeza de un regimiento, pero los recursos escaseaban y
hubo de contentarse con atraer a sus banderas, no la
División necesaria para la magna empresa, sino apenas una
escolta, susceptible, eso sí, de crecimiento.
Con el sigilo indispensable entró en Tarata.
Comprometió allí a más de cien hombres y con esa base se
preparaba a caer sobre el enemigo, como en sus mejores
tiempos. Se preparaba… pero fue denunciado y apenas tuvo
tiempo para montar y huir con media docena de sus fieles.
Fue alcanzado por un piquete de veinticinco hombres,
en una quebrada sin salida. Resuelto a morir, hizo frente a
sus perseguidores, que habían desmontado; él hizo lo
mismo. Empeñado el tiroteo, continuó hasta que las
municiones se agotaron de uno y otro lado. A la media hora
de combate, de los atacados sólo quedaban en pie
Albarracín y su hijo.
Es la hora triste de la puesta del sol entre los
montes. A la espalda y a la derecha del héroe se elevaban
grandes cerros que sólo el águila habría podido salvar. En
torno de él yacían sus compañeros, revolcándose en sangre.
Su propio hijo doblaba la rodilla a su lado, no para pedir
misericordia, sino para besar con su postrer suspiro el suelo
bendito de la patria. Albarracín, junto a los cuerpos de sus
bravos, se alzaba erguido como un pino añoso. El sol, al
reflejarse en su persona, no hallaba en sus ropas, ni en su
rostro ni en sus manos un sitio en que no hubiera sangre.
Estaba allí como un espectro rojo, vencido ya, pero
infundiendo miedo a sus vencedores, que no se atrevían a
poner la mano sobre él: todavía conservaba en su diestra el
sable, y aquel sable en esa diestra era el rayo.
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Avanzaron contra él. Entonces se le vio recogerse,
saltar y derribar a los más próximos, era él quien atacaba
ahora y eran ellos quienes retrocedían ante su figura medio
fantástica en aquellos momentos, y ante su sable cuya
punta parecía multiplicarse. Su voz poderosa acompañaba
los golpes de su acero; con la primera aturdía, era como el
rugido del león de la selva; con el segundo, paralizaba los
brazos contrarios. Y no se cuidaba de defenderse, sino de
herir. Su alta estatura dominaba a los enemigos como el
roble a los arbustos. Ya sólo quedaban diez… un esfuerzo
más… diez golpes más y el campo habría quedado para él.
Giró en torno la vista… ya no veía… levantó el sable para el
último molinete… y su brazo cayó a lo largo de su cuerpo;
adelantó su pie… vaciló… cayó, y, muerto, fue muti lado sin
piedad.
Albarracín se hizo un pedestal con sus hechos.
¿Dónde está, oh peruanos, la estatua que debéis al héroe?
Él la espera, como espinar la suya” (Víctor G. Mantilla
Osorio).
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LA FAJITA DE MULLINCAGUA
“Hubo un tiempo en que los padres acostumbraban a
comprometer en matrimonio a sus hijos, sin el
consentimiento de éstos; los mismos tiempos tal vez que,
para realizar alguna diligencia, los pobladores venían de
distintas zonas aledañas al, entonces, distrito de Tarata, que
contaba con algunas autoridades principales. En este
contexto se desarrolló nuestra leyenda.
En el lugar denominado Chipispaya vivían algunas
familias de buena condición económica, hacendados que
extendían sus propiedades a la ribera del río Sama, entre los
más estrechos y los más abiertos recodos de las fértiles
tierras de Chucatamani. Allí, los padres de una hermosa
joven de edad núbil habrían convenido el matrimonio de su
única hija con los padres de un apuesto joven, hijo de otros
señores que vivían más al Norte.
Sin embargo, la joven se veía en secreto con un
joven empleado, un forastero que había llegado buscando
trabajo a la hacienda. Ella no podía confesar a sus padres
aquel sentimiento que le afligía y ahogaba en el corazón,
porque no era costumbre contravenir la voluntad de los
padres y más aún, era una época de arraigada
discriminación racial.
La fecha del casamiento se acercaba con rapidez y la
joven pareja vivía momentos angustiosos, no tenían opción,
escapar por caminos desconocidos, confesar la verdad a sus
padres o aceptar el compromiso. ¡Qué dilema!
El día de la boda había llegado. Los preparativos lo
realizaron con esmero las madres de los jóvenes
contrayentes. Aparentemente, eran momentos de felicidad
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para ambas familias. Se dispuso partir con la comitiva, en la
madrugada, cuando aún la noche descansaba en el apacible
pueblo de Chipispaya. Aprovechar la frescura de la mañana
era una buena idea, con recuas bien ensilladas, herradas
cuidadosamente la noche anterior; la merienda bien
amarrada en aguayos multicolores y acomodados en los
burros. Los padres, los padrinos, los novios y algunos
peones concentrados en un solo afán, todo se desarrollaba
con gran normalidad.
Luego de algunas horas de camino, el día los
encontró en Chucatamani y, a la altura de Pistala, los cerros
aún prolongaban sombras en la quebrada; y es aquí donde
el camino se hace más pesado, pues ascender aquellas
subidas empinadas de profundas quebradas y cerros que
bañan sus pies en el río Pistala resulta agotador y peligroso.
Y fue precisamente en una de esas quebradas, que
lleva por nombre Mullincagua, que la joven se aleja de la
comitiva aduciendo el deseo de beber agua o de orinar como
dicen otros paisanos, lo cierto es que en ese momento
llevaría adelante su plan macabro. Aprovechando la
presencia de un molle que solitario crecía en el lugar, se
ahorcó en él con su propia faja, dejando atrás todo el amor
y aquel matrimonio forzado.
Tal demora despertó más de una sospecha en la
comitiva, pues cuando fueron a ver la joven yacía colgada y
tenía aún tibieza en su cuerpo joven. Los padres conocieron
la razón de hecho y al no poder hacer nada contra la muerte
lloraron el deceso de su única hija.
Desde entonces se observa en el lugar una fajita y
joyas dibujadas sobre una piedra, muy cerca del molle
donde la joven apagó la luz de su vida. Todo aquel que
llegue al lugar verá la prueba de lo que se afirma en el
relato, pero no vaya solo ni en horas peligrosas, porque
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dicen además, que la hermosa dama recupera su figura para
enamorar a los jóvenes incautos y llevárselos con ella.
(Versión de Doris Gonzáles Apaza, estudiante del colegio
Ramón Copaja de Tarata, 200?)
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EL GATO CELOSO
En el pueblo de Chucatamani vivía una pareja de
esposos felices, que tenían una hija única. La pequeña
creció muy feliz, bajo el cuidado de sus padres, y en la
compañía fiel de un pequeño perrito. Un día, su querida
mascota murió por la avanzada edad que tenía.
La jovencita se sentía triste, porque no tenía con
quién jugar. Entonces le pidió a sus padres que le
compraran un gatito como mascota. Después, sin necesidad
que sus padres compraran al animalito, consiguieron el
gatito como un regalo de un vecino suyo. La muchachita se
fue encariñando con su mascota, el gatito había llenado el
vacío dejado por su perrito.
Ella quería demasiado a su gatito, tanto así que lo
trataba como una persona, porque ella no tenía hermanos ni
primos con quienes compartir su tiempo libre.
La joven llevaba al gato a todas partes, le hacía
comer en la mesa, lo bañaba y lo hacía dormir en su cama.
Después de algunos años, la joven se enamoró de un
joven trabajador del lugar. Al poco tiempo, los jóvenes se
casaron y el gato pasó a segundo plano. El cariño, las
atenciones de su ama, habían desaparecido. El gato comía
en el suelo, dormía en el corredor o cerca del fogón, como
todos los gatos del pueblo.
Un día, la esposa se quedó sola en la casa, junto a su
madre, porque su joven marido había salido a trabajar a un
pueblo cercado, lugar donde laboraría varios días. La joven
señora para no sentirse sola, acogió al gato. Después de
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mucho tiempo, lo había bañado, volvió a servirle en la mesa
y lo paseaba por donde ella iba.
Al amanecer, la madre se dio cuenta que su hija no
se había despertado. Como era costumbre, la madre había
madrugado para cortar el pasto para los cuyes. Su hija, en
cambio, no la había esperado con el desayuno servido, como
siempre lo había hecho.
La madre preocupada, acudió al cuarto de su hija,
para levantarla. Abrió la puerta, observó que el gato salió
corriendo como una bala, dando maullidos extraños,
haciendo caer a la madre. Repuesta de su sorpresa, llamó
por su nombre a su hija una y otra vez. Su hija estaba
muerta, con el cuello erguido y rígido.
Había sido estrangulada, el gato era el culpable del
hecho sangriento. Él nunca volvió a la casa y dicen que en el
pueblo nadie lo ha visto (versión oral recogida por la Prof.
Elena Pintado Caypa, en la provincia de Tarata).