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ASÍ HAN VUELTO A SER CRUCIALES

Camuflaje y señuelos: la guerra en


Ucrania tira de las viejas tácticas
nacidas en la IGM
El conflicto ha conllevado situaciones inesperadas que van más allá el material
que no funcionaba tan bien como se esperaba o la aparición de nuevas
tecnologías. Así es la segunda vida de las técnicas que todos daban por
obsoletas

Por Juanjo Fernández


09/09/2023 - 05:00

Leopard danés con sistema de camuflaje Barracuda. (SAAB)


En el plano militar, la guerra de Ucrania está deparando innumerables sorpresas. No se trata solo de
las grandes decepciones en cuanto a un armamento supuestamente magnífico que luego no lo es tanto.
Ni tampoco del auge de nuevas técnicas y tecnologías, como el empleo masivo de drones. Al mismo
tiempo, el conflicto ha traído de vuelta unas prácticas que parecían olvidadas, donde la guerra de
trincheras es un claro ejemplo, así como dos viejas tácticas que también parecían secundarias: el
empleo del camuflaje y de los señuelos.

Aunque el camuflaje pueda parecer un recurso más actual, lo cierto es que en la guerra se ha
empleado, de distintas maneras, casi desde siempre, para evitar que el enemigo detecte aquello que
no interesa que vea. Simplificando, se podría decir que tiene dos objetivos. Por un lado, fundirse
con el entorno y evitar ser visto; por otro, confundir al enemigo, dificultar la identificación o intentar
parecer lo que no se es.

Como disciplina a nivel generalizado, se inicia con la Primera Guerra Mundial, aunque ya antes se
venía empleando de manera más puntual. En la gran contienda se aplicó sobre todo en aviones y
buques de guerra. Se trataba, aunque no en todos los casos, de crear diseños que dificultaran la
identificación o confundieran al enemigo. A partir de la Segunda Guerra Mundial se aplicó a todo,
desde el uniforme de los soldados hasta vehículos y aviones. Incluso hoy, el esquema de pintura gris
claro u oscuro que se ve en muchos aviones (y que todo el mundo ha normalizado) no es más que una
pintura de baja visibilidad.

Camuflar un vehículo ha sido siempre muy sencillo y, además del esquema de pintura, se puede lograr
un buen resultado con una sencilla red y algo de vegetación, además del polvo que se posa sobre él
en cuanto maniobra por el campo. Para los tiradores de élite se emplean sofisticados atuendos, que
hacen dificilísimo localizarles sobre el terreno, y para los aviones, ahora se utilizan mucho los
patrones de pintura pixelada, que enmascaran las formas del avión, en detrimento de esquemas
tradicionales.

Todo eso hace que camuflarse no sea un añadido, sino una prioridad. En el combate de blindados, el
único invulnerable es aquel que no se puede ver, y ahí no solo entra el espectro visual, sino también
al infrarrojo.

Perseguir el rastro del calor


Los infrarrojos han cobrado una gran importancia en estas últimas décadas, a medida que las cámaras
de visión térmica o infrarroja (IR) iban ganando en calidad, así como la amenaza de los misiles, que
cada vez en mayor medida utilizan señales IR en sus sistemas de guiado. El hecho es que, ocultarse
a la vista es relativamente fácil, pero no tanto ante los infrarrojos.

Por ello, han surgido sofisticados equipos de enmascaramiento que no van solo al ocultamiento visual,
sino también al térmico, minimizando lo que en términos militares se denomina "firma infrarroja".
Esta "firma" es el inevitable producto del calor generado en el motor y sistemas que hacen que,
por mucho que el vehículo se disimule con lonas o ramas, acabe siendo indiscreto, localizado y
atacado.
Carro Leopard 2A6 con camuflaje Barracuda. (SAAB)

Uno de los sistemas más interesantes de este tipo es el sueco Barracuda, que consiste en un kit de
elementos hechos a medida para cada tipo de carro. Es muy eficaz, pero a la vez muy caro. Rusia
tiene una versión propia, denominado Nakidka. En esencia, es un accesorio con una filosofía similar
y que ya se ha visto en modelos T-90. Para desgracia de los rusos, uno de los ejemplares más potentes
de este carro de combate y en su versión más avanzada cayó en manos ucranianas, intacto y con su
camuflaje Nakidka. Por las fotos, se intuye que el kit ruso es mucho menos sofisticado y tal vez se
tratase de un prototipo.

En cualquier caso, seguro que es mucho más barato. Aquí hay que decir que la industria occidental a
veces tiende a soluciones complejas, verdaderos alardes tecnológicos, con resultados soberbios,
pero precios desorbitados. Frente a esto, por ejemplo, en algunas unidades acorazadas españolas se
han hecho pruebas con medios fáciles de encontrar y casi a coste cero, sin más que emplear
determinados modelos de césped artificial. No funcionarán como el Barracuda, por supuesto, pero si
tan solo consiguieran reducir una parte de la firma térmica, supondría una relación coste-eficacia
enorme.

El camuflaje naval
Aplicar estas técnicas a buques siempre ha tenido los dos objetivos básicos, dificultar su localización
y disimular su silueta. A mayores, y sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, se aplicaron
técnicas especiales que mezclaban esquemas de pintura con falsas superestructuras, buscando
parecer un navío diferente. Se trataba de disimular la silueta con falsas proas o popas pintadas,
enmascarando así las verdaderas dimensiones del buque, pero también de aplicar esquemas
disruptivos, tipo Zebra, y bastante elaborados, que dificultaban que se pudiera obtener un cálculo
correcto para las soluciones de tiro, que se hacían de forma generalizada con medios ópticos.
Estos patrones disruptivos eran especialmente útiles contra los submarinos pues, en aquellos años,
la visión desde el periscopio, a menudo de noche o con malas condiciones meteorológicas, dejaba
bastante que desear. Es por ello que se aplicaron mucho a buques mercantes. También se utilizaron
técnicas muy imaginativas, como simular el agua levantada por la proa del buque, dando la apariencia
de que navegaba a gran velocidad. Los japoneses, por ejemplo, utilizaron este ardid en varios de sus
buques.

Camuflaje tipo Zebra en el crucero ligero francés Gloire durante la II Guerra Mundial.

Con la mayoría de edad de los radares y los modernos sistemas de guiado de los misiles, todas estas
innovaciones carecían de sentido y la inmensa mayoría de marinas de guerra optaron por la clásica
pintura gris, que disimula el buque sobre el mar y en la distancia. Tan solo algunos patrulleros y
buques de acción litoral, como los de la marina noruega, conservaron vistosos patrones de camuflaje.

Todo ha cambiado con la guerra de Ucrania. La proliferación de los UAV pilotados en remoto,
así como los drones navales, pequeñas embarcaciones cargadas de explosivo y también pilotadas en
remoto, han devuelto el enmascaramiento a las unidades navales y, así, se ha podido comprobar que
los rusos están pintando sus buques con falsas proas y popas, en un claro intento de disimular sus
dimensiones y confundir a los operadores ucranianos.

No es ninguna tontería. Los drones controlados a distancia son manejados mediante cámaras ópticas
y la visión que el operador tiene no es perfecta. Además de las dificultades impuestas por la
meteorología, muchas veces la decisión de atacar mientras se busca un objetivo es cuestión de
segundos. Con el camuflaje de estos buques, se hace muy difícil identificar qué unidad se está
atacando, ya que lo normal es tratar de priorizar sobre determinadas unidades.

Los señuelos vuelven a la palestra


La razón por la que se utilizan señuelos es obvia, pues siempre se ha tratado de engañar al enemigo
para que ataque falsos objetivos. Se han utilizado con diversa intensidad en muchos conflictos,
como en la Segunda Guerra Mundial, y no hay más que recordar el engaño tramado por los aliados,
haciendo creer a los alemanes en un desembarco en Calais —en lugar de en Normandía— con aquel
inexistente ejército de Patton.

La guerra de Ucrania ha devuelto los señuelos —que nunca se han dejado de utilizar— a un nivel
prioritario y la causa es también la proliferación de drones. Los señuelos están siendo muy
empleados por los ucranianos, que estaban sufriendo en sus carnes el azote de los eficaces drones
suicidas Lancet, un ingenio pequeño, con unos 40 km de autonomía, pero que se ha convertido en
una pesadilla de la artillería y tropas de Kiev.

Con una gran escasez de medios sofisticados para detener estos ataques, como equipos de localización
e interferencias, no ha quedado más remedio que recurrir a soluciones imaginativas, como las
jaulas antidrón —conocidas como "pajareras"— que tratan de crear una pantalla protectora sobre el
objetivo. El problema es que solo sirven para un uso estático.

Mucho mejor es el empleo de señuelo, que los ucranianos han elevado casi a la categoría de arte. Se
trata de utilizar bien modelos hinchables que simulan lanzadores de misiles, carros o piezas de
artillería, o construir verdaderas réplicas de estas con madera y otros materiales. El nivel de realismo
es tremendo, hasta el punto de que cuesta diferenciar uno de estos señuelos del modelo real.

Esto confunde a los operadores de los Lancet —que se guían mediante cámaras de visión— y atacan
a los señuelos. Tan sofisticados son que, en ocasiones, la propia propaganda rusa ha llegado a
difundir vídeos dando por destruidos lanzamisiles u otro tipo de objetivos que, en realidad, eran
réplicas de madera.

El resultado final es que, por costoso que sea un señuelo, siempre será mucho más asequible que los
35.000 o 40.000 dólares de un Lancet. Además de que, coste aparte, se evita la destrucción de un
objetivo real, y aquí es donde está su verdadera eficacia. En cualquier caso, no se trata de
patrimonio exclusivo de Kiev: los rusos también utilizan sistemas similares.

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