ANTECEDENTES
Experimentar sentimientos de tristeza, ansiedad o frustración es algo
completamente normal para todos los individuos, pues son emociones que nos
acompañan desde el momento en que nacemos hasta el día en que morimos; sin
embargo, cuando estas sensaciones se acrecientan, se pueden convertir en un
problema más grave: depresión, un trastorno mental cuyas manifestaciones pueden
interferir en el desarrollo cotidiano de una persona, teniendo repercusiones en el
área cognitiva, social, interpersonal, entre otras.
Actualmente, la depresión aqueja a, aproximadamente, 280 millones de
personas a nivel global, esto se refiere al 3.8% de la población y de éste, el 1.1%
son adolescentes de 10 a 14 años y 2.8% de 15 a 19 años (Global Health Data
Exchange, 2023), parámetros que aumentan con el pasar de los años.
La etapa de la adolescencia es un periodo crítico en el que se producen
cambios físicos, psicológicos y sociales, los jóvenes no se sienten cómodos con su
cuerpo y están en búsqueda de su identidad; además, presentan comportamientos
que se podrían confundir con una patología, tales como rebeldía, retraimiento,
enojo, entre otros, por lo que la tarea de diagnosticarlos con depresión o algún otro
trastorno mental se complica en demasía, dificultando el correcto seguimiento y
tratamiento, y en ocasiones alcanzando la consecuencia más extrema, el suicidio.
INTRODUCCIÓN
Se estima que 1 de cada 5 adolescentes habrá experimentado un cuadro
depresivo antes de cumplir los 18 años (Borghero et al, 2018), de ahí la importancia
de tocar este tema aún tabú en varias culturas. Como mencionamos arriba, la
adolescencia ha sido catalogada por varios autores como una etapa de crisis y
turbulencia, llena de confusión, experimentación y actitudes constantemente
cuestionadas por sus mayores, quienes, en lugar de comprenderlos y atender las
necesidades de este estadio, les recriminan y minimizan sus sentimientos.
En el presente trabajo se pretende desarrollar tres temas fundamentales para
el entendimiento de este trastorno; en primer lugar, definir la diferencia entre la
depresión, la tristeza y aquellas conductas que son normales en la adolescencia,
con el objetivo de facilitar la identificación de esta problemática. Como segundo
punto de interés, los factores que juegan un papel clave para que este trastorno se
haga presente, comprendiendo que la presencia de uno de ellos no significa que el
individuo sufra de depresión. Y, por último, abordar propuestas para que este tema
sea tratado de la manera correcta tanto en el ambiente educativo como familiar.
Para muchos padres, la depresión es inherente a sus hijos adolescentes,
para ellos forma parte de las fluctuaciones psicológicas y psicopatológicas que
acompañan inevitablemente a la ‘crisis de la adolescencia’ (Jeammet, 1995), esto
podría ser una de las razones por las que esta enfermedad mental es poco tratada
en la actualidad, pues si aquellas personas que están destinadas a cuidar de ellos
minimizan el impacto de sus emociones, ¿qué pueden esperar del resto de la
sociedad?
La adolescencia es una etapa crucial para adentrarse con éxito en la adultez,
un momento lleno de aprendizaje y desarrollo de actitudes necesarias para el futuro.
Sin embargo, a pesar de que la depresión en adolescentes es un problema que se
agrava con el pasar de las generaciones, sigue sin abordarse en las instituciones,
ellos aún no tienen la confianza de acercarse a sus profesores o padres para hablar
de sus sentimientos, ¿por qué sucede esto?, ¿qué se debe mejorar en los procesos
educativos, tanto dentro como fuera de casa, para aplacar esta problemática?, estas
y otras preguntas son las que se proponen responder al final del presente trabajo.
¿QUÉ ES LA DEPRESIÓN?
Desde el enfoque cognitivo, la depresión se da debido a una alteración en el
procesamiento de la información, al existir una serie de esquemas que la favorecen;
dichos esquemas están latentes desde la infancia pero se activan cuando existe un
detonante, funcionando como una especie de filtro que deforma la percepción de la
persona, convenciéndola de que las cosas son tan negativas como ella las ve,
constituida por la llamada ‘triada cognitiva’: visión negativa de sí mismo, del mundo
y del futuro (Beck, 1979).
El adolescente está pasando por cambios físicos y mentales, dejan de ser
dependientes de sus padres y comienzan a tomar decisiones propias, estos
cambios afectan la forma en que conectan con los demás, sienten emociones más
intensas y rechazan los modos establecidos de hacer las cosas (Siegel, 2013), es
por esto por lo que emociones como la tristeza, frustración, melancolía y sentimiento
de traición afectan aún más durante esta etapa de desarrollo.
Freud también tocó el tema de la depresión en su obra Duelo y melancolía
(1917), en la que sugiere que esta patología es el resultado de una pérdida
simbólica. Él explicó que las personas deprimidas son críticos de sí mismos y
presentan una ambivalencia, pues sienten amor por el ‘objeto’ perdido, pero al
mismo tiempo vinculan un sentimiento hostil por dicho ‘objeto’.
La depresión es concebida por el psicoanálisis como ‘los afectos que retoman
de lo real’ y se vuelven humor; el humor es un ‘disfraz del ser’, considerando al
sujeto preso entre lo simbólico y lo que no puede ser nombrado (Lacan, 1988). Así,
el individuo se encuentra dividido entre dos partes: lo que es y lo que no consigue
ser, es en ese momento cuando se deprime, pues le es imposible lograr esa
perfección tan anhelada e impuesta por la sociedad.
Según la American Psychiatric Association (APA), la depresión es
una enfermedad común y grave que afecta negativamente la manera de sentir,
pensar y actuar, que se caracteriza por la disminución del estado de ánimo y, a nivel
cerebral, existe un desbalance bioquímico de varias sustancias como la serotonina
(Fernández, 2019).
Algo importante a esclarecer es que la depresión no es sinónimo de tristeza,
pues ésta se refiere a un sentimiento natural que se hace presente por varias
razones, como conflictos o pérdidas, pero se supera después de un tiempo; a
diferencia de la depresión, en la que la desesperanza y desmotivación no
desaparecen a pesar de cambiar la situación.
Con el fin de entender mejor esta diferencia, indagaremos un poco más en
ambos conceptos. La tristeza proviene del vocablo latín tristitîa, que significa estar
afligido o apesadumbrado, y es un sentimiento básico que causa malestar en un
individuo, ocasionado por alguna situación previa; su función es fungir como
catalizador de una reestructura. La depresión proviene del latín depressio que, en
términos psicológicos, es un síndrome caracterizado por una tristeza profunda, que
refleja miedo y ansiedad ante adversidades cotidianas que no se saben enfrentar
(Pérez, 2012). Dicho esto, podríamos concluir en que la tristeza es parte inherente a
la depresión, la primera es un síntoma y la segunda es la enfermedad.
Cabe recalcar que cada individuo vivirá la depresión de una manera
diferente, pues el bagaje personal con el que lleguen a esta etapa de desarrollo será
de gran importancia para la sintomatología e incluso para el tipo de depresión que
presente.
La depresión varía en su intensidad y existen diversos trastornos depresivos,
para explicarlos tomaremos los detallados en el DSM-V (2022), y estos son: el
trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo, en este caso se
experimentan arrebatos frecuentes e intensos de irritabilidad, ira y mal
temperamento; el trastorno de depresión es la afectación de sentimientos,
pensamientos y comportamiento que causa problemas físicos y emocionales; el
trastorno depresivo persistente (distimia), es una afección a largo plazo en la que el
sentimiento de vacío es insuperable o al menos eso se piensa; el trastorno disfórico
premenstrual, solo afecta a las personas que menstrúan y se presenta depresión
grave, irritabilidad y tensión días antes de la llegada del periodo; el trastorno
depresivo inducido por una sustancia/medicamento y el trastorno depresivo debido a
otra afección médica. El rasgo común de todos estos trastornos es la presencia de
un ánimo triste, vacío o irritable, acompañado de cambios somáticos y cognitivos
que afectan significativamente a la capacidad funcional del individuo.
CONSECUENCIAS DE LA DEPRESIÓN EN ADOLESCENTES
La depresión no tratada puede derivar en problemas emocionales, de
conducta y salud que afectan las áreas del individuo que la padece y en el caso de
los jóvenes no es la excepción. Recordemos que durante la etapa adolescente se
está en busca de una identidad, que se construye en torno al contexto en el que se
vive y por medio de vivenciar ‘conflictos’ que permiten el desarrollo psicosocial y
personal (Erikson, 1950). La manera en que el joven perciba al mundo va a
depender en gran medida de lo experimentado en casa durante sus primeros años
de vida, es este bagaje y los valores otorgados por los padres lo que determinará su
correcta inserción en la sociedad; pero la ausencia de estos también puede
significar en la creación de vacíos y su necesidad de llenarlos, llevándolos a adoptar
conductas de riesgo (López, 2007).
Por conductas de riesgo nos referimos a aquellas acciones voluntarias e
involuntarias que pueden llevar a consecuencias nocivas para la salud (Fonseca,
2010); cabe aclarar que, para muchos autores, estas conductas son necesarias para
el desarrollo y madurez del individuo, pues le va a permitir realizar una toma de
decisiones asertiva; sin embargo, para alguien que sufre de depresión, estas
actitudes son vistas como autodestructivas.
Entre las conductas de riesgo podemos encontrar la ingesta de bebidas
alcohólicas, la drogadicción, práctica de sexo sin protección, autolesiones, entre
otras; inclusive, en algunos casos, se llegan a intentos de suicidio, pues la pulsión
de muerte está latente. Con esto nos referimos a que existe un impulso constante e
inconsciente por parte del sujeto de buscar el reposo absoluto de la no existencia
(Freud, 1920).
Otras características de esta etapa que entran en juego e influyen
directamente en la realización de estas conductas de riesgo son el egocentrismo y
la inexistencia del mañana; para el adolescente depresivo todo el mundo está en su
contra, por lo que busca terminar con su sufrimiento de una vez por todas, para él
no existe el mañana y un simple “las cosas mejoran” o “échale ganas” son
insuficientes para subirle el ánimo (Elkind, 1967).
Si bien existen varias conductas de riesgo de gran preocupación, en
definitiva, el suicido es el desenlace más trágico, pues conlleva tragedia para las
familia, amigos y sociedad, siendo los jóvenes de 15 a 29 años la población que
registra los números más altos; tan solo en México, durante el 2020, mil cincuenta
adolescentes se quitaron la vida, esto es cuatro veces más que en décadas
anteriores y, desgraciadamente, es una problemática social que ha ido en aumento
(INEGI, 2020).
¿Qué está pasando con los adolescentes que estas cifras aumentan año con
año?, ¿son factores cognitivos, sociales o hay algo más detrás? Son preguntas que
como sociedad debemos hacernos, pues la prevención y el manejo correcto del
tema puede ser el cambio que deseamos ver en el mundo.
FACTORES DESENCADENANTES
Encontramos con cierta frecuencia casos de adolescentes en los que el
estado de tristeza, de apatía o pasividad resulta de la identificación con el ánimo
apagado o triste de las personas de su entorno inmediato o más queridas. Al
adolescente no le resulta fácil discriminar aquello que corresponde a sus propias
vivencias de lo que pertenece a la vida de otros. Desde niño, el desarrollo
cognoscitivo es un proceso colaborativo, como lo explica Vigotsky (1978) en su
teoría sociocultural, y trasladando estos conocimientos a la adolescencia, es más
que claro que esta empatía e identificación se presenta en niveles más altos.
Si bien, a pesar de los grandes avances tecnológicos y variedad de estudios,
aún no existe una razón concreta que especifique la aparición de la depresión en las
personas; sin embargo, y debido a que nuestro tema principal son los adolescentes,
desarrollamos algunos factores que podrían ser desencadenantes en esta etapa:
Neuroquímica cerebral. Se da que los neurotransmisores se
encuentran alterados, los receptores funcionan distinto a como deberían y,
por ende, el sistema nervioso se ve afectado. Estudios han demostrado un
aumento en la densidad de sitios de unión al receptor de serotonina 5HT2 y
una reducción del número de sitios del transportador de serotonina en el
tejido cerebral de pacientes depresivos y víctimas de suicidio (Owen, 1994).
Hormonas. Se ha observado en pacientes depresivos una
alteración en la hormona del crecimiento, secretada por la hipófisis anterior y
que juega un papel vital en el desarrollo físico, esto puede ser debido al
estrés (Charney, 1992).
Rasgos genéticos. Si bien la depresión no es hereditaria, es
decir, no es seguro que se herede de padres a hijos, sí se puede nacer con la
predisposición a padecerla en el futuro.
Trauma de la primera infancia. Como lo explica Freud y la
corriente psicoanalítica, el haber vivido un evento traumático puede elevar la
probabilidad de sufrir depresión, pero además pueden presentar cuadros
clínicos más severos que aquellos pacientes sin antecedentes de este tipo
(Johnstone et al, 2009).
Cambios cognitivos. El adolescente está comenzando a vivir
una serie de cambios, entre ellos está la aparición del pensamiento formal,
que consiste en una abstracción que permite el acceso a las ideas más
realistas, los procesos cognoscitivos aceleran su camino a niveles más
elevados (Piaget, 1955), es en este momento cuando se dejan atrás las
fantasías infantiles y se hacen presentes problemas más reales, que llenan
de estrés, incertidumbre y ansiedad al joven, quien se debe enfrentar a la
toma de decisiones sin la guía de sus padres.
A pesar de estas ser los más básicos y conocidos factores, presentes en varios
manuales para el correcto diagnóstico y manejo de la depresión, se aumentaron
otros que se consideran igual de importantes y a tomar en cuenta al momento de
comprender de mejor manera este trastorno.
Familiares. En esta etapa, en la que se deja de ser niño, se
experimenta el alejamiento de los padres, aquí ocurre la pérdida de los
imagos de los progenitores, quienes hasta el momento habían fungido como
figuras de admiración, repentinamente tienen defectos, comenzando con
peleas y desacuerdos (Coleman, 2013), estos problemas familiares pueden
convertirse en factores para la aparición de la depresión.
Sociales. Es justo en esta época cuando se presenta un
pensamiento egocentrista, pero, a diferencia del egocentrismo infantil, ya no
es solo ‘lo que yo pienso y quiero’, sino lo que ‘otros piensan de mí’,
buscando aceptación y afirmación por parte de sus iguales y, al no obtenerla,
se presentan sentimientos de tristeza y soledad (Elkind, 1967). Una persona
joven, sobre todo en la etapa escolar, lo que más desea es encajar en algún
grupo social, ya sea para continuar con la construcción de su identidad u
obtener reconocimiento por parte de los otros, por lo que cuando esto no se
logra y es relevado al anonimato, la depresión se puede hacer presente;
además, los riesgos de sufrir bullying por parte de compañeros aumenta la
probabilidad de que se sienta aislado.
Estrés y autoestima. Desde hace unos años se ha visto un
atemorizante aumento de adolescentes ansiosos por el futuro, esto se debe a
una serie de factores que contribuyen a esta nueva tendencia, aspectos
como las altas expectativas por parte de los padres y la presión por alcanzar
el éxito cuando y como la sociedad se los indica está mermando la salud
mental de la juventud, pues al ver que no cumplen con lo que creen es la
norma social o el ideal colectivo, su autoestima se verá afectada. Además, el
pensar en el mundo que les será dejado, repleto de crisis económicas,
desastres naturales y una sociedad inundada en violencia, crea temor a las
nuevas generaciones.
Tecnología y competencia laboral. Los adolescentes de hoy en
día están conectados constantemente a redes sociales, manejan la naciente
tecnología mejor que las generaciones pasadas y esto, a pesar de que podría
ser considerado como una ventaja, llega a ser todo lo contrario. El ciberbully
es un delito cada vez más comentado y conocido; además, las recientes
creaciones de aplicaciones digitales y dispositivos con Inteligencia Artificial
crean un sentimiento de incertidumbre, al temer que, en un futuro, deban
competir por un trabajo no solo con humanos, sino también con máquinas.
Al realizar un análisis de estos factores, dejando de lado los genéticos y
biológicos, es posible notar denominadores comunes: estrés y ansiedad, por cumplir
con lo pautado por la sociedad como lo ‘correcto’ o adecuado para su edad. El
constante recordatorio de la existencia de un camino por el que todos debemos
transitar y que, si no lo se cumple, la valía como persona disminuye.
Abraham Maslow (1980), psicólogo humanista, toca el tema de la autoestima
y la autorrealización, con su conocida pirámide, en la que menciona necesidades
humanas como seguridad, pertenencia, afecto, respeto, entre otras; sin embargo,
sería bueno cuestionarnos si esto ha sido sacado de contexto por la sociedad, quien
ha establecido un objetivo común para todos, olvidando que el mismo Maslow habla
de la naturaleza interna, por lo que cada individuo es libre de poner hasta arriba su
propia autorrealización
¿CÓMO SE MANIFIESTA EN LA ADOLESCENCIA?
Se piensa que la depresión de los adolescentes suele ser ignorada por los
adultos y desconocida por las organizaciones clínicas (Easson, 1977) y quizá esta
grave aseveración no está del todo equivocada, al vivir en una sociedad que le tiene
pavor a esta tapa de crecimiento, que incluso es catalogada por los profesionales
de la salud mental como llena de ‘crisis’, son pocos los estudios relacionados a este
problema multifactorial y su manifestación adolescente, a pesar de que es esta
población la que se está viendo más afectada.
La sintomatología de la depresión en el adolescente es polimorfa, así como lo
son sus comportamientos ‘normales’, inclusive, los criterios de reconocimiento
varían de un autor a otro, por eso no es de sorprenderse que los padres o tutores de
los jóvenes se encuentren en la confusión total de si su hijo presenta una patología
que requiere atención o simplemente está transitando por un episodio más de la ya
conocida ‘pubertad’ (Jeammet,1995).
Entonces, ¿qué es normal en la adolescencia?, ¿cómo diferenciar cuando
existe una depresión clínica o cuando solo se está triste? En la etapa adolescente,
la normalidad no significa ausencia de conflictos, son inherentes al propio proceso
(Fuentetaja, 2007), inclusive, los cambios repentinos de humor son completamente
comunes durante esta etapa; sin embargo, la gran diferencia es que los síntomas de
la depresión duran más de dos semanas y son mucho más extremos.
El síndrome depresivo clásico incluye los rasgos clínicos habituales, como
inhibición psicomotora, humor depresivo, tristeza, desvalorización, melancolía.
También se hacen presentes las quejas somáticas, tales como dolores
abdominales, fatiga intensa y cefaleas, en momentos de gran estrés, e incluso se
puede dar un cuadro de arrebato hipocondríaco agudo (Ebtinger y Sichel, 1971).
El estado depresivo afecta el comportamiento, y se pueden presentar como
episodios violentos, evasión de la realidad o una excesiva alegría, esto con tal de
esconder lo que verdaderamente se siente, esto se llegó a conocer como la
‘depresión sonriente’ (Toolan, 1964).
Los trastornos de conductas alimenticias como la anorexia y bulimia se
presentan, junto con las llamadas ‘tendencias antisociales’ (Winnicott,1979), que
podríamos traducir en conductas de riesgo, como lo manejamos anteriormente, es
decir, alcoholismo, drogadicción, sexo sin protección, etc.
La inhibición es bien conocida como síntoma de depresión, es cuando el
adolescente pierde interés por las cosas que antes llamaban su atención (Soler,
2006); a pesar de ser sabido que alguien en estado depresivo se aleja, en el caso
de los jóvenes puede ser visto como un comportamiento más, dificultando su
reconocimiento a tiempo. El bajo rendimiento escolar también entra dentro de esta
categoría, y, sorprendentemente, también pasa desapercibido, debido a que, tanto
profesores como progenitores, reprochan y dan mayor importancia a las
calificaciones que a descubrir lo que está pasando realmente, sea por miedo,
evasión de la realidad o mera ignorancia.
Es importante recordar que el hecho de que la persona presente uno de los
síntomas antes mencionados, no quiere decir que sufra de depresión, siempre será
necesaria una evaluación profesional para poder asegurar el diagnóstico e iniciar
con el tratamiento.
PROBLEMA QUE SE INTENSIFICA
Como se ha venido mencionando, esta es una problemática que, en lugar de
disminuir, está en aumento, a pesar de que existe una mayor apertura al
recibimiento de ayuda psicológica que años atrás, tal parece que jamás será
suficiente para atender la demanda; sin embargo, estas generaciones de
adolescentes han vivido eventos sociales únicos, que probablemente han permeado
en el ánimo emocional, tanto de manera individual, como colectiva.
Por ejemplo, la pandemia por COVID-19 que se desencadenó a finales del
año 2019 ocasionó pérdidas laborales, escolares, y a nivel psicológico un deterioro
de las relaciones sociales, incremento de la navegación en el internet,
especialmente en adolescentes y en niños, quienes al ser la población más
vulnerable, se vieron mayormente afectados; inclusive, varios de ellos sufrieron el
paso de la infancia a la adolescencia encerrados en casa, sin poder vivir aquellas
experiencias necesarias para el correcto desarrollo y camino a la adultez. Como Hall
(1924) lo argumentó en su teoría de la adolescencia, las energías de los jóvenes
deben ser controladas y canalizadas adecuadamente por la sociedad, algo que,
para algunas generaciones, no sucedió durante su adolescencia temprana.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
En primera instancia, como sociedad, la tarea primordial para combatir esta
problemática es informarnos con fuentes confiables sobre el tema para poder fungir como
un apoyo para los jóvenes que sufren depresión; ellos no necesitan que alguien les diga que
están enfermos, tristes o actuando de manera incorrecta, eso ya lo saben, requieren
comprensión, empatía y respeto, ser escuchados y que sus sentimientos sean validados,
para hacerlos entender que necesitan ayuda profesional.
Es difícil tratar la salud mental con adolescentes, puesto que ellos viven en su
mundo, en donde son únicos e invencibles y cualquier ayuda por parte de los adultos puede
ser tomada como desafío o control (Elkind, 1967); aceptar acudir con un profesional puede
desprestigiarlo ante sus iguales, por lo que en el mejor de los casos lo hará en secreto y el
peor escenario es que jamás busque ayuda. Como profesionales, también se complica el
momento de realizar el diagnóstico, debido a que la mayoría de los criterios hacen
referencia a un estado depresivo del adulto, pero como ya lo vimos a lo largo del trabajo, la
depresión adolescente difiere en algunos aspectos debido a los cambios cognitivos por los
que se está pasando, por lo que es importante que, si vamos a tratar con jóvenes,
conozcamos y sepamos identificar a la perfección cuando una conducta es normal y cuando
se convierte en algo de gravedad que necesita ser tratado.
Desde la perspectiva familiar, cuando da inicio la pubertad, los padres también
pasan por una etapa de desajuste, en la que se aferran a su identidad, valores y creencias
para no perderlos mientras su hijo crea los suyos propios. La supervisión al adolescente
mientras experimenta el mundo de manera individual es primordial, se le permite tomar
decisiones, pero se le asegura que tiene una red de apoyo a la que puede regresar siempre
de que lo crea necesario; sin embargo, uno de los grandes problemas dentro del sistema
familiar es que las emociones y sentimientos del joven son constantemente minimizados,
frases como “yo a tu edad ya hacía eso y más” o “solo estudias, ¿por qué te cansas?” dan
mensajes confusos y ocasionan un distanciamiento. Si bien no existen escuelas para
padres, el compromiso por criar individuos seguros y con una buena salud mental siempre
está latente.
Ahora bien, las instituciones educativas y gubernamentales también tienen una gran
influencia en cómo la depresión es percibida en la sociedad, realizar campañas de salud
una vez cada un par de meses, otorgarle un día en específico para hablar del tema o crear
líneas de atención parece no ser suficiente; es necesario la creación de nuevos planes
escolares, en los que materias sobre inteligencia emocional sean impartidas desde los
niveles más básicos a nivel nacional e internacional.
Los adolescentes son el futuro y, aún así, pareciera que es una población vulnerable
de la que nadie está dispuesto a hacerse cargo, es indispensable crear un compromiso
tripartita sociedad – institución – profesionales de la salud mental que trabajen en conjunto
para encontrar la solución ante tan grave problemática.
CONCLUSIÓN
La depresión es un trastorno frecuente entre la juventud a nivel mundial y
puede ser un problema grave de salud, además de tener un fuerte impacto social.
Debido a que la etapa de mayor riesgo de inicio de la depresión es la adolescencia,
es fundamental tener la máxima información para que no se convierta en un
problema oculto que persista en la vida adulta, además del sufrimiento y de las
consecuencias negativas a nivel académico, social y familiar que ocasiona en las/los
jóvenes.
En cuanto a la intervención para tratar la depresión, tras la detección del
problema, un rápido acceso a los diversos tratamientos garantiza una reducción de
las probabilidades de que aparezca un problema asociado.
Sin duda, es necesario mejorar el conocimiento sobre cómo es la conducta
de búsqueda de ayuda y también es necesario prestar atención a aspectos poco
estudiados como son los efectos negativos y limitaciones de este tipo de
intervenciones.
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