Estado actual y perspectivas
de la investigación arqueológica
en territorio costarricense
Mauricio Murillo Herrera
Introducción
El presente ensayo tiene como propósito ofrecer una visión analítica y crítica del
estado actual de la arqueología que se practica en suelo costarricense. Pero una
caracterización de la praxis contemporánea arqueológica en Costa Rica nos parece
que requiere conocer tanto los antecedentes de ésta, al menos los inmediatos, como
la naturaleza de los restos arqueológicos y su relación con los procesos tafonómicos
naturales y culturales, así como las políticas institucionales y las actividades rela-
cionadas con la investigación y conservación de los depósitos arqueológicos, por
parte de los entes que por ley están obligados a velar por ellos en el país.
Así, tras abordar el tema de la naturaleza de los restos arqueológicos en tanto
materia y contextos básicos de la investigación arqueológica, nos concentraremos
en la revisión crítica de las temáticas y las prácticas arqueológicas desarrolladas
principalmente en los últimos treinta años1, para pasar, por último, a discutir lo
que pensamos deberían ser las perspectivas en cuanto al futuro teórico y metodo-
lógico de la arqueología costarricense.
Algunas consideraciones sobre la naturaleza del contexto
arqueológico en Costa Rica
Aunque Costa Rica es un país pequeño (51.100 km²), existen condiciones medio-
ambientales muy disímiles entre las diferentes regiones que lo conforman, variación
1 Si el lector desea profundizar en períodos anteriores, puede remitirse a las reseñas y recuentos
historiográficos de Aguilar et al. (1988: 397-403), Arias y Bolaños (1983), Bolaños (1993),
Corrales (2000a, 2003a, 2005), Fonseca (1984), Snarskis (1983) y Stone (1986).
42 Mauricio Murillo Herrera
que determina, hasta cierta punto, el tipo y el grado de conservación del registro
arqueológico precolombino y el tipo de prácticas investigativas desarrolladas.
En efecto, por ejemplo, el clima en el noroeste de Costa Rica es de sabana
tropical, caracterizado por un período de lluvia bien definido desde mayo hasta
octubre, con un promedio de precipitación anual de 1.963 mm³ en la zona mon-
tañosa y de 1.400 mm³ en las llanuras, una temperatura promedio de 28º C y una
humedad relativa de 70%. Este escenario establece condiciones para una conser-
vación muy limitada de materiales orgánicos. Lo mismo aplica para la meseta
central del país, donde el promedio de precipitación anual es de 1.967 mm³ y cuya
temperatura promedio se mantiene entre 22 y 24º C, con una humedad relativa de
75%, sin grandes fluctuaciones.
En contraste, la costa caribe y el sureste del país presentan condiciones
medioambientales típicas del bosque tropical lluvioso, caracterizadas por abun-
dante precipitación y rica biota, sin temporadas climáticas, únicamente un breve
período seco pobremente definido, seguido de una larga temporada lluviosa. En
efecto, la mayor parte del año la temperatura promedio se mantiene alrededor del
los 26 a 27º C, con un promedio de precipitación anual de 3.600 a 4.000 mm³,
promedios muy superiores a los del resto del país (Mena 2006).
Evidentemente, las condiciones climáticas descritas son extremadamente
destructivas para depósitos de material orgánico en los suelos, dejando poco para
ser recobrado por el arqueólogo. Ante tal panorama, en la arqueología en Costa
Rica, el arqueólogo ha hecho uso de la cerámica y de la piedra como casi la única
evidencia arqueológica disponible para hacer investigación. Ciertamente, estos
dos materiales representan, en muchos de casos, la única evidencia conservada
de ocupaciones antiguas en el país. La evidencia arqueológica compuesta de ma-
teriales perecederos, tales como hueso, madera, textiles, y cualquier otro material
orgánico, es extremadamente limitada y, por lo tanto, difícilmente se puede recu-
perar en excavación.
Tal es el caso, por ejemplo, de los materiales usados en épocas precolombinas
para la construcción de viviendas y campamentos, como fueron la palma y la made-
ra, y en los últimos períodos, el bahareque. Este tipo de estructuras deja poco rastros
en el registro arqueológico, en comparación con otras tradiciones arquitectónicas
basadas en el uso de piedra o adobe. El uso de montículos y plataformas para elevar
las bases de las viviendas, ya sean hechos únicamente con tierra o con el apoyo de
anillos de cantos rodados, es un rasgo presente exclusivamente en las estructuras de
Estado actual y perspectivas 43
los Períodos V y VI2. No tenemos evidencia directa de cercas y empalizadas, pero
datos del período de la Conquista apuntan al uso de maderas para tal fin. El uso de
piedra y concha para la confección de artefactos para la caza y defensa parece haber
sido limitado, y es muy probable que el empleo de maderas haya sido popular para
dichas funciones, aunque no contemos con evidencias directas, debido precisamen-
te a estas condiciones de preservación de materiales de origen orgánico.
Sin embargo, es necesario señalar que aunque las condiciones medioambien-
tales son en general poco convenientes para la conservación, algunos contextos
dentro de esta geografía han resultado ser escenarios excepcionales en este sen-
tido. Ejemplos de esto son los tambores de madera hallados en las tierras altas
en el centro del país (Aguilar 1953), restos óseos en la costa pacífica noroeste y
en la meseta central (Vásquez 1984; Vásquez y Weaver 1980), polen en ambien-
tes lacustres (Kennedy y Horn 1997), tejidos en una zona de inundación marina
(Guerrero, Vásquez y Solano 1992) y restos macrobotánicos en diferentes partes
del país (Mahaney, Matthews y Blanco 1994).
A estas condiciones de conservación del registro arqueológico y del estado
actual de los sitios por causas naturales, claro está, deben sumarse otras exclusiva-
mente antrópicas, como es la devastación de sitios causada por la huaquería, moti-
vada principalmente por la presencia de oro y jade en las tumbas, práctica que se
remonta a tiempos coloniales, teniendo registro escrito de esto por lo menos desde
1540 (Fernández 1886: 37). La legislación nacional, si bien a partir de 1938 esti-
pulaba que las excavaciones debían realizarse con fines científicos, permitía que
se extendieran permisos para excavaciones de particulares, lo cual condujo a que
el país tuviera un huaquerismo “reglamentado” durante varias décadas, situación
que alcanzó su punto más dramático cuando, en la década de 1980-1990, se da la
conformación del llamado “Sindicato Nacional de Trabajadores Arqueológicos”,
una organización de huaqueros para defender “sus derechos” (Chávez 1987). Este
sindicato fue una de las consecuencias negativas de los decretos de 1971 (Decreto
Nº 4809) y 1973 (Decreto Nº 5176), que al facultar a las instituciones autónomas
del Estado para comprar objetos arqueológicos producto de excavaciones ilíci-
tas incentivó la huaquería. Las consecuencias positivas fueron el surgimiento del
Museo de Oro Precolombino del Banco Central y del Museo de Jade del Instituto
Nacional de Seguros, y la puesta a buen recaudo de una parte importante del pa-
trimonio arqueológico del país.
2 Los períodos usados en el presente ensayo corresponden a la periodización introducida en 1980
para la arqueología de Centroamérica (Lange y Stone 1984). La escala temporal es la siguiente:
Período I (?-8000 aC), Período II (8000-4000 aC), Período III (4000-1000 aC), Período IV (1000
aC.-500 dC), Período V (500-1000 dC), Período VI (1000-1550 dC).
44 Mauricio Murillo Herrera
La intensidad y la extensión, tanto temporal como espacial, de la huaquería
han hecho que sea difícil encontrar en suelo costarricense estructuras arqueoló-
gicas remotamente bien preservadas. Tanto montículos como cementerios se en-
cuentran, en su gran mayoría, severamente dañados o destruidos. Estas prácticas
sociales, nocivas para la arqueología –aunque esperables frente al estado actual
de desarrollo sociopolítico del país–, se han incrementado aún más en los últimos
años, debido al crecimiento demográfico sostenido y el subsecuente avance urba-
nístico e industrial sobre zonas rurales y forestales. La historia de la legislación
reciente sobre estos aspectos, no obstante, aunque marcada por fluctuaciones im-
portantes, en balance, apunta a constituirse en un cuerpo orgánico y coherente.
En efecto, la Ley sobre Patrimonio Nacional Arqueológico (N° 6703) de
1982 –que logró, entre otros aspectos positivos, que se diera la prohibición total
de la práctica del huaquerismo y del coleccionismo y la regulación de la praxis
profesional del arqueólogo– fue seguida en 1995 de normas que exigían estudios
de impacto arqueológico en cualquier proyecto de infraestructura que demandara
movimientos de tierra, gracias a la aprobación de la Ley Orgánica del Ambiente
(N° 7554) y la Ley de Patrimonio Histórico Arquitectónico de Costa Rica (Nº
7555). Estos avances se vieron comprometidos poco más tarde, cuando en 1999
se expidió un decreto ejecutivo (N° 28174-mp-minae-MEIC) que iba en contra
de la aplicación preventiva del trabajo arqueológico en movimientos de tierra
para proyectos de construcción (Calvo et al. 2001). Este decreto fue declarado
inconstitucional en su gran mayoría en 2002 (Resolución: 2002-05245 de la Sala
Constitucional de la Corte Suprema de Justicia), gracias a la acción conjunta de
la Universidad de Costa Rica, la Comisión Arqueológica Nacional, el Ministerio
de Cultura, Juventud y Deportes y el Museo Nacional de Costa Rica. Posterior-
mente, en 2006, se logró incluir el componente arqueológico como parte de los
requisitos solicitados por la Secretaría Técnica Nacional (SETENA) (Reglamento
sobre Procedimientos de la SETENA N° 25705-MINAE) para movimientos de
tierras relacionados con obras de infraestructura. Las instituciones arriba men-
cionadas trabajan actualmente en un proyecto de reforma de ley, para presentarlo
a la Asamblea Legislativa próximamente, el cual pretende actualizar y comple-
mentar la ley de 1982.
Aunque, como hemos visto, el registro arqueológico en Costa Rica tiene
limitaciones, unas naturales –como la relativa poca abundancia de materiales pe-
recederos–, otras impuestas por la acción de agentes humanos –como la huaque-
ría–, estas realidades no imposibilitan en lo absoluto la investigación arqueológi-
ca. Por el contrario, sólo basta con echarle una mirada a la bibliografía que se ha
acumulado a través de más de cien años de praxis arqueológica en el país, para
darnos cuenta de todo el potencial que ofrece esta parte del mundo para conocer
Estado actual y perspectivas 45
más sobre variabilidad, adaptabilidad y organización humana. Sin embargo, es
siempre importante tener en cuenta las condiciones del contexto arqueológico
a la hora de seleccionar y explorar ciertos temas y usar ciertos métodos y técni-
cas. Definitivamente, no podemos frenar el crecimiento demográfico actual ni
el avance extensivo urbanístico y de infraestructura moderna, pero sí podemos
prevenir la destrucción masiva de información arqueológica a través de planifica-
ción previa y también de un adecuado proceder en cuanto a nuestros diseños de
investigación.
Desarrollo teórico y metodológico general de la disciplina en los
últimos 30 años
La razón por la cual se ha decidido escoger un período de treinta años –y no
menos o más años– para ambientar una perspectiva sobre la praxis arqueológica
contemporánea en Costa Rica no ha sido en lo absoluto antojadiza. Al hacer un
repaso de la historia de la arqueología en el país, es posible percibir períodos en
los cuales se lograron avances significativos, y éste sería uno de ellos.
En realidad, por ejemplo, la última década del siglo XIX fue muy especial,
ya que tanto los métodos de investigación de Anastasio Alfaro (1894) y Carl V.
Hartman (1901) como la visión respecto a la importancia de la investigación e
interpretación de Juan Fernández Ferraz (1899) y Agustín Navarrete (1899) eran
altamente avanzados para su tiempo, al punto que muchas de sus ideas tuvieron
que esperar más de 50 años para ser implementadas.
El retorno al país de Carlos H. Aguilar a mediados del siglo XX represen-
tó otro período de marcado avance teórico y metodológico. La sólida formación
profesional de Aguilar le permitió romper con el statu quo de aproximaciones al
pasado precolombino en el país, privilegiando el uso de los datos provenientes de
sus propias excavaciones (Aguilar 1953, 1972, 1975, 1977) como fuente primaria
de investigación, y no meramente de colecciones públicas o privadas o informa-
ción proveniente de huaqueros, como era la norma en aquellos años. Así mismo,
en esta época, Aguilar en el Valle Central, junto con Claude Baudez y Michael
Coe en el Pacífico Norte, incorporaron por primera vez una dimensión temporal
al estudio del registro arqueológico a través del uso del método estratigráfico.
Dicho método les ayudó a romper con la concepción estática del tiempo en la des-
cripción y explicación arqueológica practicada en Costa Rica hasta finales de la
década de 1960, preocupándose por la construcción de secuencias y cronologías
culturales (Aguilar 1972, 1974, 1975, 1976, 1977, 1978; Baudez y Coe 1962; Coe
y Baudez 1961).
46 Mauricio Murillo Herrera
El primer trabajo estratigráfico por un arqueólogo local, y el primero en el
Valle Central, se llevó a cabo en Guayabo de Turrialba en 1969 (Aguilar 1972),
año en que Aguilar pudo convencer a las autoridades académicas nacionales de
que era útil y necesario emprender una investigación arqueológica que tuviera
profundidad temporal (Fonseca y Fonseca 1989). Es así como su aporte profesio-
nal le dio diacronía a la historia precolombina costarricense, en contraposición
con el modelo descriptivo y sincrónico que imperó durante la mayor parte del
siglo XX (Fonseca 1984: 20). También contribuyó con un registro sistemático de
la localización, temporalidad y contenido de los sitios arqueológicos investigados
y la publicación sostenida de los resultados. En 1975, Aguilar abrió la carrera
universitaria en Arqueología en la Universidad de Costa Rica, formando así a
la primera generación de arqueólogos nacionales. Éstos y otros logros de Agui-
lar vinieron a hacer de la arqueología nacional, de una vez por todas, un oficio
académico y profesional, y ya nunca más una labor amateur o un pasatiempo
extravagante.
A partir de la segunda mitad de la década de 1970 aparecen en la investi-
gación arqueológica en Costa Rica elementos particulares que se mantendrán
relativamente estables y constantes hasta el presente. El impulso que tuvo la
arqueología durante la segunda mitad de la década de los años setenta repre-
senta el período más reciente de un cambio significativo, particularmente en
cuanto a propuestas teóricas y temáticas. Durante este período llegaron al país
arqueólogos tales como Michael Snarskis, Frederick Lange, Óscar Fonseca y
Luis Hurtado de Mendoza, quienes traían consigo una formación teórica con un
fuerte contenido en la Ecología Cultural de Julian Steward y el Evolucionismo
Cultural de Elman Service y Morton Fried. Su formación en los albores de la
llamada “Nueva Arqueología” norteamericana, inevitablemente, hizo que éstos
investigadores introdujeran en la arqueología costarricense múltiples cambios.
Por ejemplo, se diversificaron las temáticas de investigación y así surgió el in-
terés en temas tales como paleoecología (Sánchez 1986, 1987), especialización
socioeconómica (Abel-Vidor 1980), configuraciones de sociedades tempranas
(Acuña 1983; Snarskis 1979; Valerio 2004), relaciones entre asentamientos
(Acuña 1987), contactos interregionales (Corrales 1994; Creamer 1992; Lange
1984a; Snarskis 1984a; Snarskis y Blanco 1978), y otros. Las escalas de análi-
sis se ampliaron y los primeros acercamientos a estudios de patrones de asen-
tamiento regionales (Hurtado de Mendoza 1984, 1988), locales (Drolet 1986,
1992; Fonseca 1981; Snarskis y Herra 1980) y áreas de actividad (Solís 1991,
1992) aparecieron en la literatura arqueológica local. Los tipos de materiales re-
cuperados y analizados (tales como líticos, restos óseos, semillas) y las técnicas
de recuperación de materiales también se diversificaron.
Estado actual y perspectivas 47
La incursión arqueológica de Snarskis (1975, 1976a, 1976b, 1978) en la Ver-
tiente Caribe del país a finales de 1970 –uno de los varios proyectos de investi-
gación que se iniciaron en esa época– es un ejemplo clásico del tipo de investiga-
ción realizado en dicho período. Dicho proyecto aportó datos específicos sobre
ubicación, temporalidad y composición interna de varios sitios habitacionales y
funerarios precolombinos, además de establecer una secuencia cultural para la
zona de estudio apoyada en múltiples fechamientos absolutos (Snarskis 1978).
Todo esto vino a ampliar el conocimiento de las sociedades pasadas y de la pre-
sencia de ocupación humana en el país, incluso varios milenios atrás (Snarskis
1977, 1979). Gracias a estos datos, Snarskis (1981, 1984b) tuvo la posibilidad de
plantear las primeras caracterizaciones locales de organización y cambio social
prehispánico.
Otro de los aportes significativos realizados por estos investigadores fue la
introducción en el país de una concepción de trabajo con un carácter interdisci-
plinario. De esta forma, la colaboración con investigadores de otras disciplinas
se convirtió en una práctica posible, deseable y sumamente provechosa (Hurta-
do de Mendoza, Salazar y Moya 1984; Dubón, Solís y Fonseca 1984). Todos es-
tos cambios fueron altamente revolucionarios en todos los niveles de investiga-
ción arqueológica. El progreso en cuanto a la cantidad y calidad de información
precolombina que se recopiló y se difundió entre 1975 y 1984 fue realmente
extraordinario y sin precedentes en la arqueología costarricense. Además, los
arqueólogos de la generación de esa década no solamente han ejercido como
investigadores sino que también formaron a la gran mayoría de arqueólogos
nacionales actualmente activos, dejando así una sólida huella en la praxis actual
de la disciplina.
No obstante, a diferencia de como otras historiografías de la arqueología
costarricense lo interpretan (e.g. Aguilar et al. 1988; Arias y Bolaños 1983; Co-
rrales 2003b, 2005; Fonseca 1984), creemos que este período –si bien de cambios
innovadores y sumamente positivo para la arqueología costarricense– realmente
no trajo consigo una ruptura con el modelo anterior Histórico-Cultural sino, más
bien, que lo que se dio fue una simbiosis con éste. Gracias a la labor de los inves-
tigadores arriba señalados y a la generación de arqueólogos nacionales por ellos
formados, es claro que desde 1975 ha habido un avance significativo respecto al
conocimiento de la historia antigua en esta parte del mundo, pero esto no signifi-
ca que el eje central de investigación fuera reemplazado o abandonado –los estu-
dios históricos-culturales siguen predominando–, sino más bien que las temáticas
y métodos simplemente se diversificaron.
En 1983, Snarskis (1983: 6), refiriéndose a la arqueología que se practicaba
en la Vertiente Caribe del país –quizás la región más exhaustivamente investiga-
48 Mauricio Murillo Herrera
da–, indicó que “estamos todavía en el Período Clasificatorio Histórico”. Desde
entonces, los intereses de investigación han continuado gravitando principalmen-
te alrededor de temas puramente cronológicos, estilísticos y difusionistas, y el
enfoque de trabajo de campo volvió a centrarse a una escala de sitio, de rasgo o de
estructura (Corrales 2003b, cuadro 2).
Ciertamente, la creación de secuencias culturales regionales es una prác-
tica necesaria e imprescindible para la investigación; sin embargo, uno de los
avances más importantes que trajo la Nueva Arqueología o Arqueología Proce-
sual en un contexto mundial fue conceptualizar la creación de secuencias cul-
turales, tradiciones y horizontes, ya no como el fin de la investigación arqueo-
lógica, sino como un medio necesario para llegar a comprender la organización
social, la adaptación y el cambio social en las sociedades pasadas en sus múl-
tiples variantes, siendo esto último la finalidad del arqueólogo (Binford 1962;
Taylor 1948). Incluso, como veremos más adelante, los arqueólogos han seguido
echando mano de mecanismos difusionistas o de “influencias”3 para explicar,
describir o ilustrar el cambio social, en lugar de evaluar dichos mecanismos o
modelos. Es por ello que podemos afirmar que la posición privilegiada de los
estudios histórico-culturales en la investigación en Costa Rica continúa inalte-
rable; posiblemente, la muestra más contundente de ello es que las causas del
cambio social precolombino en Costa Rica siguieron entendiéndose como pro-
ducto de préstamo cultural e influencias directas del norte y del sur, en última
instancia (Snarskis 1984b, 1986, 2004).
Aquí es importante mencionar que poco tiempo después de que Snarskis
hiciera la aseveración arriba citada, en su mayoría los proyectos iniciados a lo
largo del país en la década anterior se cerraron por uno u otro motivo, de manera
que el impulso transitorio de una arqueología enfocada en los objetos hacia una
arqueología centrada en sociedades humanas se vio al menos parcialmente trun-
cado prematuramente, debido a la carencia de trabajo de campo.
3 Por modelos difusionistas o de “influencias”, me refiero a las explicaciones de cambio social y
cultural (innovación cultural) que enfatizan factores externos a través de la difusión o influencia
de objetos, personas e ideas. Los mecanismos preferidos para explicar este fenómeno son:
migración, comercio, y conquista y dominación. La única diferencia entre “difusionismo” clásico
y las propuestas de “influencias” es que en el difusionismo los objetos o ideas fueron producidos
por un centro y fueron difundidos a las periferias, mientras que en el caso de las “influencias”
no hay centro-periferia (Renfrew y Bahn 2000; Sharer y Ashmore 2002; Trigger 1989; Willey y
Sabloff 1993).
Estado actual y perspectivas 49
Búsqueda de identidad local: el indeleble problema nominal acerca
del “¿cómo le digo? ¿Intermedia, ‘baja’, chibcha, chibchoide,
chibchense o qué?”
En la década de 1980, la corriente teórica de corte materialista-histórico deno-
minada “Arqueología Social Latinoamericana” (Bate 1977; Fonseca [Ed.] 1988;
Lumbreras 1974; Sanoja y Vargas 1974) tuvo un impacto profundo en el discurso
usado por los arqueólogos costarricenses y en su enfoque deontológico, mas no
así en los métodos y técnicas (Acosta y Fonseca 1983; Arias et al. 1998; Chávez
[Ed.] 1993; Fonseca 1988a, 1989a, 1989b, 1990, 1991, 1992, 1999; Fonseca e Ibarra
1987). Las bases epistemológicas marxistas y “marxianas”, ligadas en América
Latina con movimientos políticos nacionalistas y de izquierda, vinieron a reper-
cutir en el vocabulario usado por los arqueólogos en el “¿para qué hacemos ar-
queología?” y en el enfoque de sus resultados. Es así como se introducen en el dis-
curso arqueológico conceptos tales como “formación económico social”, “modo
de producción”, “superestructura” y otros, en contraposición a la terminología de
la arqueología procesual, cuyos términos en gran medida provenían de teorías
ecológicas y de sistemas. Quizás el concepto que más caló en el pensamiento
arqueológico costarricense fue el de “Historia Antigua”, opuesto a “época Pre-
colombina” o “Prehistoria” (Fonseca 1988a, 1992; Fonseca y Cooke 1993). Esta
valoración más directa y explícita del pasado hizo que el enfoque tanto hacia el
material arqueológico como del pasado precolombino cambiara, de tal forma que
aquellos elementos una vez considerados como ajenos y lejanos para el arqueólo-
go –y para el costarricense– empezaron a valorarse como “Patrimonio Histórico y
Cultural”. Todo esto trajo consigo la formulación de una praxis de “acción social”
o de difusión de conocimiento y trabajo directo con las comunidades aledañas
a los lugares donde se realizara investigación arqueológica, como sucedió, por
ejemplo, en el caso del proyecto arqueológico en Guayabo de Turrialba (Arias,
Chávez y Gómez 1987).
Otra crítica sumamente importante introducida por la Arqueología Social
vino como una reacción directa frente a las escuelas teóricas norteamericanas
(Behavioral Archaeology, Selectionist Archaeology, Darwinian Archaeology,
etc.), orientadas hacia el estudio del “objeto” y no del “sujeto” detrás del obje-
to. Poner el estudio de los hechos sociales pasados y no de los restos materiales
de esas sociedades como el objetivo primordial del arqueólogo (Fonseca 1988b,
1989a) fue uno de los aciertos teóricos más significativos logrado por los arqueó-
logos sociales en Costa Rica.
Sin embargo, al menos en el caso costarricense, la Arqueología Social nunca
varió el foco de análisis epistemológico. Tanto la Arqueología Social como la
50 Mauricio Murillo Herrera
“Nueva Arqueología”, en su interpretación y aplicación en Costa Rica sufrieron
exactamente de los mismos determinismos analíticos: ecológico y económico;
además, el énfasis de estudio continuó siendo el material arqueológico y no las
sociedades humanas. Lo anterior no es de extrañar, ante la dificultad que enfren-
taron los arqueólogos sociales de vincular su teoría general (materialismo dialéc-
tico) con el registro arqueológico. Debido a la ausencia de una teoría de rango me-
dio propia, éstos tuvieron que echar mano de las mismas herramientas analíticas
usadas en las “otras” arqueologías para explicar o ilustrar (y una vez más, no para
evaluar modelos sobre) el cambio social; así, los recuentos del cambio social no
dejaron de estar cargados de descripciones –sobre todo, cualitativas–, de estilos y
tipos de material arqueológico. Paradójicamente, aun cuando el peso del cambio
social teóricamente debía caer sobre las condiciones económicas y ecológicas
particulares de las sociedades en cuestión, para los seguidores de ambos esque-
mas en Costa Rica fue imposible dejar de referirse a explicaciones difusionistas
o de “influencias” y de esquemas evolutivos generales y unilineales, para ilustrar
en último caso el cambio social.
Otros investigadores extranjeros también han aportado a la comprensión del
pasado precolombino en Costa Rica en los últimos años. Ejemplo de ello es el tra-
bajo en el nivel de asentamiento y rasgos funerarios realizado por Jeffrey Quilter
(2004) en el sureste del país; el trabajo de secuencias culturales hecho por Claude
F. Baudez en la región de Diquís (Baudez et al. 1993, 1996), y el proyecto regional
dirigido por Payson D. Sheets (Sheets y Mueller [Eds.] 1984; Sheets y McKee
[Eds.] 1994; Sheets [Ed.] 2006), quien ha venido intermitentemente trabajando
en la región de Arenal, Guanacaste, desde la década de 1980. El aporte teórico
del trabajo de Sheets resulta muy peculiar y sorpresivo ante los modelos de desa-
rrollo sociopolítico tradicionales para Centroamérica. Su proyecto arqueológico
ha estado orientado al estudio de la adaptación humana en poblaciones asentadas
en zonas aledañas a un macizo volcánico activo. A diferencia de otras regiones
del país en donde se ha planteado el surgimiento de sociedades complejas, ta-
les como el Intermontano Central, la Vertiente Caribe, Diquís y otras (Snarskis
1981; Fonseca 1992), en la región de Arenal en ningún punto de su trayectoria de
cambio social hay indicios de complejidad social. La región carece de cualquier
indicador de jerarquía social, intensificación económica, conflicto bélico o do-
minio ideológico. Al contrario, Arenal es una región donde la personas parecen
haber vivido en aldeas autosuficientes y autónomas esparcidas en el paisaje, las
cuales cambiaron muy poco en 2.000 años (Sheets 1984, 1992, 1994). A partir de
esta información, Sheets (1992) abogó por la necesidad de estudiar y comprender
las particularidades de las sociedades y de las múltiples configuraciones sociales
que coexistieron en Costa Rica y en Centroamérica en la época precolombina,
Estado actual y perspectivas 51
llamado hecho también por otros investigadores en el área (e.g., Drennan 1995,
1996). Curiosamente, la evidencia aportada ha tenido poco impacto en los mo-
delos de cambio social propuestos para Costa Rica, los cuales han tendido a ho-
mogeneizar el cambio social a lo largo del país, independientemente de la región
y de las variables culturales y medioambientales específicas. Parece ser que los
investigadores han tendido a buscar y privilegiar semejanzas en la arqueología de
diferentes regiones, y en esa búsqueda han marginado las diferencias, como las
que se evidencian en el caso de Arenal.
Durante varios años, el uso de términos como “Intermedio” o “Baja”, para
describir a la región, ha sido considerado por arqueólogos que trabajan en la zona
como inapropiado e incluso despectivo, dado que dichos términos no evidencian
los elementos particulares y autóctonos de la zona (Fonseca 1992; Sheets 1992).
Dicha crítica tomó dos líneas distintas. En el caso de Sheets (1992), como diji-
mos, su propuesta consistía en estudiar las particularidades de las adaptaciones
sociales y culturales con relación al medio ambiente que existieron en esta parte
del mundo. Sheets sugirió que dichas adaptaciones son interesantes en sí mismas
y que el estudio de ellas nos brindaría información sumamente relevante para la
comprensión de la adaptabilidad y el cambio social humano. Dicho llamado fue
también compartido por arqueólogos tales como John Hoopes (1992: 73), quien
también abogó por el estudio de los orígenes de posibles divergencias sociales
tempranas en Costa Rica y el resto de Centroamérica. Incluso, Hoopes (1994)
contribuyó en esta línea de investigación con un estudio comparativo respecto a
las adaptaciones sociales precolombinas en medios ambientes costeros de Costa
Rica y Panamá, en el cual hizo uso de su propio trabajo de campo en Golfito,
Puntarenas. No obstante, su posición cambiaría radicalmente, y en un artículo
recientemente publicado (Hoopes 2005: 5), éste se retracta explícitamente de lo
escrito en 1992 y ahora aboga por una uniformidad en el fenómeno sociocultural
en la región en tiempos precolombinos, esto con base en el estudio de horizontes
estilísticos e iconográficos en materiales precolombinos. Lo anterior nos intro-
duce directamente en la segunda línea de crítica en contra del concepto de “Área
Intermedia”.
La búsqueda de una nueva delimitación espacial y nominal para la llama-
da “Área Intermedia” (Norweb 1961) o “Baja América Central” (Lange y Stone
1984), esta vez apoyada en datos lingüísticos y genéticos que han apuntado a la
predominancia de una estirpe Chibcha o Chibchoide, ha venido a acaparar el
debate arqueológico costarricense en los últimos quince años. La labor en este
sentido iniciada por Óscar M. Fonseca (1992, 1994, 1997, 1998; Fonseca y Cooke
1994) y Richard Cooke (1992), y con la reciente adhesión de Hoopes (2005; Ho-
opes y Fonseca 2003), ha dado un impulso, aun mayor, al interés por la búsqueda
52 Mauricio Murillo Herrera
de horizontes y tradiciones de estilos, íconos y diseños de artefactos, rasgos, ar-
quitectura y estructuras funerarias (Cooke 2005; Corrales 2000b, 2001; Hoopes
2005; Hoopes y Fonseca 2003). Ahora bien, el interés en esos atributos formales
no es ahora para demostrar un origen del cambio social centrado en las sociedades
precolombinas Mesoaméricanas o en el Área Andina –descritas como núcleos o
centros de alta cultura– sino, por el contrario, como señalamos, por la necesidad
de encontrar cierta homogeneidad en la región, la cual permita delimitar un área
arqueológica con patrones culturales autóctonos, producto de un proceso de trans-
formación social autónomo respecto a Mesoamérica y el área andina.
Esta búsqueda de una identidad al interior de la región ha llevado a que
la arqueología del área se focalice fuertemente en delinear elementos materiales
locales (y no entidades sociales tales como comunidades, unidades domésticas,
regiones políticas, etc.) y en comparar esos elementos artísticos entre sí para ubi-
car sus orígenes (y no comparar procesos de desarrollo y cambio social). Es decir,
el foco de análisis de la investigación arqueológica se ha vuelto a centrar una vez
más sobre los objetos y no sobre el estudio de actividades y procesos sociales.
Paradójicamente, el difusionismo sigue allí como el elemento privilegiado para
explicar el cambio social, ya que lo único que cambió fue la escala de análisis,
siendo “demostrado” el cambio sociocultural dentro de distintas regiones por la
presencia de objetos con diseños o formas foráneas. No obstante, el contacto pre-
colombino entre diferentes regiones –tanto lejanas como cercanas– y el intercam-
bio de artefactos, diseños y otros elementos materiales ha sido demostrado en
la arqueología de Costa Rica, al menos desde los trabajos de Stone (1958, 1972,
1977; Stone y Balser, 1965, 1973), es decir, hace más de cuarenta años. Lo que
falta por evaluar en la arqueología de Costa Rica, en este caso, es el impacto que
esos contactos o relaciones interregionales tuvieron sobre los procesos de cambio
social local. Recientemente, la Universidad de Costa Rica y el Museo Nacional
de Costa Rica auspiciaron un simposio internacional, cuyo propósito fue preci-
samente discutir la validez de una “macro-región Chibcha” a partir de datos lin-
güísticos, genéticos, arqueológicos y etnográficos. Se espera que los resultados de
dicho encuentro sean publicados próximamente.
Claramente, la diferencia entre las dos líneas de respuesta en contra del con-
cepto de “Área Intermedia” se encuentra en que una de ellas señala el estudio
de procesos sociales como el medio más productivo para comprender la región,
mientras que la otra hace uso del mismo medio o método que siguieron los que
propusieron el concepto que se desea negar: el estudio de los artefactos. En gran
medida, la segunda propuesta es la que se ha impuesto en la arqueología costarri-
cense durante los últimos años, razón por la cual son prácticamente inexistentes
los estudios que evalúen y contrasten modelos o hipótesis sobre relaciones so-
Estado actual y perspectivas 53
ciales o cambio social, o que contemplen enfoques sistemáticos, trabajos inter-
disciplinarios y con múltiples escalas de análisis. Como hemos visto, a partir de
1975 se puede percibir cierta homogeneidad epistemológica en la investigación
arqueológica costarricense.
La relación actual entre investigación arqueológica, manejo de los
recursos culturales y estructura institucional
Varias instituciones están encargadas por ley de la investigación, resguardo y
difusión del conocimiento proveniente de los bienes arqueológicos del país. Com-
prender cuál es la función de éstas con relación a la praxis arqueológica es un paso
fundamental para brindar una panorámica de la situación actual de la arqueología
costarricense y de las perspectivas futuras.
Comisión Arqueológica Nacional
La Comisión Arqueológica Nacional (CAN) es la instancia que regula y otorga
los permisos de investigación arqueológica, además de supervisar que la investi-
gación se ejecute siguiendo parámetros profesionales actuales. Esta entidad fue
creada por ley y está conformada por representantes del Departamento de Patri-
monio Histórico del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, el Ministerio de
Educación Pública, el Museo Nacional de Costa Rica, la Universidad de Costa
Rica y la Comisión Nacional de Asuntos Indígenas. La Comisión es un órgano
técnico y es la encargada de velar por el cumplimiento de la Ley 6703, la cual
protege el patrimonio arqueológico en territorio costarricense.
Ministerio del Ambiente y Energía
El papel de este organismo es cuando menos ambiguo, ya que si por una parte
es el responsable del Monumento Nacional Guayabo de Turrialba4, único Parque
Nacional en el país creado fundamentalmente para resguardo de recursos cultura-
les, dentro de las políticas institucionales del Ministerio del Ambiente y Energía
(MINAE) nunca se ha contemplado la investigación y protección de recursos cul-
4 Este parque contiene uno de los sitios arqueológicos monumentales mejor conservados en Costa
Rica y con mayor tradición en investigación (desde 1969 hasta 1984). El parque cuenta en la
actualidad con una extensión de 218 hectáreas.
54 Mauricio Murillo Herrera
turales de manera coherente. En efecto, dicha institución ha brindado sólo con-
diciones básicas para el acceso del público al monumento, así como un limitado
servicio de información al visitante, que se traduce en la precaria información
disponible por parte de los guardaparques y la publicación ocasional de folletos
financiados por algún organismo no gubernamental.
El mantenimiento del parque y la conservación de las estructuras se han
visto restringidos por limitaciones de personal, así como de presupuesto, tareas
que se reducen a las que el personal del parque puede realizar en sus horarios
habituales. La única excepción se dio cuando la Fundación del Área de Conserva-
ción Cordillera Volcánica Central financió parte de la restauración de la calzada
Caragra. La presencia de algún arqueólogo ligado directamente con el MINAE
y con el sitio arqueológico ha sido intermitente. En términos de investigación
arqueológica propiamente dicha, el MINAE nunca ha actuado.
Como Hurtado de Mendoza (1986: 1) ha indicado, el problema radica en
que el MINAE se ha concentrado exclusivamente en el manejo y conservación
de recursos ambientales y energéticos, sin haber nunca reconocido que es prác-
ticamente un hecho que todos los Parques Nacionales, además de tener recursos
naturales, contienen recursos culturales (sitios arqueológicos), recalcando así que
el Monumento Nacional Guayabo no es la única área protegida que cuenta con
esta clase de recursos.
Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes
A diferencia del Ministerio del Ambiente y Energía, el Ministerio de Cultura, Ju-
ventud y Deportes (MCJD) desde sus inicios ha tenido muy claramente estable-
cido en sus políticas institucionales el componente de investigación, protección y
difusión del patrimonio cultural del país, incluido el arqueológico. Para cumplir
con los objetivos relacionados con el ámbito de la cultura, el MCJD cuenta con
varios programas ministeriales, entre los que se encuentra la Dirección de Inves-
tigación y Conservación del Patrimonio Cultural. El principal objetivo de esta
dirección es “Fortalecer, salvaguardar y divulgar el patrimonio cultural median-
te la investigación, educación, promoción y conservación del mismo...” (MCJD,
s. f. a).
No obstante, la presencia del MCJD en cuanto al componente arqueológico
del país se ha centrado en el Monumento Nacional Guayabo y a labores concer-
nientes a restauración. Los otros dos sitios arqueológicos aparte de Guayabo que
se encuentran protegidos por ley son Aguacaliente, en Cartago, y El Farallón, en
Guanacaste, de los cuales el último ha recibido atención por parte del MCJD sólo
Estado actual y perspectivas 55
en materia de conservación. Es importante destacar el esfuerzo que en la década
de 1980 hizo la Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Cul-
tural para la restauración parcial del sitio Guayabo, gracias a un plan sostenido
durante varios años, que sirvió de base para la restauración de una gran parte del
sector central del Monumento. Sin embargo, al hacer un balance, parece razona-
ble cuestionarnos, primero, ¿por qué en el caso del componente arqueológico el
MCJD ha intervenido únicamente en un par de sitios y, segundo, únicamente en
el componente de restauración (y de forma inconstante), dejando así totalmente
desatendidos aspectos tales como conservación, educación, difusión e investiga-
ción arqueológica?
La Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural re-
conoció abiertamente que su limitado accionar se ha debido a la falta de recursos
con que cuenta para su funcionamiento (MCJD, s. f. b). Pero quizás sea igualmen-
te importante pensar que una razón de este accionar tenga que ver con que desde
los orígenes mismos del MCJD se ha manejado un concepto de cultura que, por
ser asumido como sinónimo de “Bellas Artes”, no ha sido instrumental en las po-
líticas trazadas por la institución para preservar todo vestigio del quehacer diario
de la humanidad. Como Marco A. Herrera (1993: 79) indicó:
Podría concluirse que desde la creación del Ministerio de Cultura, Juventud y De-
portes no quedó claro qué era lo que se iba a entender por cultura. Eso llevó a que se
mantuviera un concepto estereotipado del concepto y muchas veces se enfatizó en el
acceso al hecho cultural, es decir, preocuparse por la recreación artística y cultural de
sectores urbanos y divulgar algunas de sus manifestaciones al interior del país.
Es decir, el MCJD ha privilegiado la promoción y difusión de aquellos com-
ponentes culturales que se han introducido y reproducido en épocas históricas con
la llegada de los europeos a América y que no tienen relación con lo anterior, con
lo nativo. Esta posición institucional ha ido cambiando con el paso de los años,
pero su transformación es muy lenta, sin que se haya materializado aún en hechos
directos respecto al quehacer arqueológico.
Museo Nacional de Costa Rica
A partir de su fundación en 1887, el Museo Nacional ha sido la institución oficial
responsable del patrimonio arqueológico del país, así como del resguardo en sus
instalaciones de los artefactos arqueológicos. Por ley, ésta es la institución llama-
da a intervenir en el rescate de sitios arqueológicos amenazados de destrucción
frente al avance de obras de infraestructura, saqueo u otra alteración, siendo, a su
vez, la sede de la Comisión Arqueológica Nacional.
56 Mauricio Murillo Herrera
En sus orígenes, el Museo Nacional tuvo una visión de avanzada respecto
al tratamiento de los restos arqueológicos, no obstante que figuras tales como
Anastasio Alfaro González y Juan Fernández Ferraz no fueran arqueólogos; el
reconocimiento que éstos hicieron de las potencialidades de la investigación ar-
queológica en cuanto a conocimiento del pasado les hizo promover dentro de la
institución políticas en torno al resguardo y registro cuidadoso de la procedencia
de las piezas y de las colecciones (Museo Nacional de Costa Rica 1887; Alfaro
1894; Fernández 1899). Lamentablemente, con la partida de Alfaro y Fernández y
los recortes presupuestales que tuvo el Museo durante la primera mitad del siglo
XX (Kandler 1987: 21), las intenciones que había en torno de la profesionalización
de la arqueología y de la estimulación de la investigación en el país tuvieron que
esperar varias décadas. Una de las directoras del Museo a mediados del siglo XX
fue Doris Z. Stone (1958, 1963, 1977), quien publicó reseñas de la arqueología
del país y algunos hallazgos realizados. No obstante, su interés siempre estuvo
centrado en objetos extraordinarios, ya sea por su valor “artístico” o por su vincu-
lación con las “grandes culturas” del norte y del sur.
La incorporación a la planta de funcionarios del Museo Nacional de Snarskis
y Lange en la década de 1970 activó por vez primera la investigación arqueológica
profesional en dicha entidad con proyectos en diferentes zonas del país, como la
Vertiente Caribe (Snarskis 1984), el Pacífico Norte (Lange 1984b), y en la cuenca
del río Térraba (Drolet 1983). Dichos proyectos brindaron datos sumamente valio-
sos respecto a la arqueología de esas regiones, sobre todo en cuanto a secuencias
cronológicas, configuración de asentamientos y tecnología precolombina, siendo
hoy en día trabajos básicos para el entendimiento actual de esas regiones respecto
a su pasado precolombino.
Lamentablemente, varios hechos ocurridos en la década de los 80 conlleva-
ron el cierre prematuro de dichos proyectos. Entre estos hechos se destaca la sali-
da de Snarskis y de Lange de la institución, quienes, además del aporte profesio-
nal que ofrecían, también atraían recursos humanos y económicos externos para
la investigación, así como el interés del público en general por estos temas. Así
mismo, el incremento en la construcción de obras de infraestructura en el país de-
mandó que el Museo intensificara su acción en proyectos de rescate de sitios y que
los recursos institucionales se concentraran en estas actividades, tendencia que
se mantiene hasta hoy. En estas circunstancias, los proyectos regionales de gran
envergadura han sido esporádicos y de corta duración, aunque algunos proyectos
regionales se han implementado en diversas zonas del país, tales como el Pacífico
Central (Corrales 1992), la zona Cañas-Liberia (Guerrero, Solís del Vecchio y
Herrera 1988; Guerrero y Solís del Vecchio 1997), el valle de Turrialba (Vásquez
2002), entre otros. Estos proyectos han aportado datos relevantes sobre dichas
Estado actual y perspectivas 57
zonas, sobre todo respecto al sitio arqueológico y la historia cultural. En el caso
específico del proyecto en el valle de Turrialba, la información arqueológica fue
complementada con datos geológicos, biológicos e históricos, lo cual representa
un avance significativo hacia la investigación arqueológica interdisciplinaria.
Dado que los recursos propios con que cuenta el Museo Nacional son básica-
mente para labores de rescate arqueológico y no para investigación, los objetivos,
escalas y alcances de dichos proyectos han estado subordinados a los requeri-
mientos de las compañías o instituciones involucradas que aportan los recursos
para los proyectos que ejecuta el Museo. Esto incide directamente en tres aspectos
fundamentales de la investigación arqueológica regional: la duración, los objeti-
vos científicos por cumplir y la publicación completa de los datos. La duración
de los proyectos arqueológicos regionales ha sido breve, no más de tres años.
Sabemos que la investigación arqueológica regional requiere de una duración ex-
tensa y sostenida para cubrir con resolución apropiada el área de estudio y gene-
rar datos confiables acerca de la dinámica social que se dio allí (Flannery 1986:
xvii; Kowalewsky y Fish 1990). Así que es difícil, sino imposible, esperar que de
proyectos regionales de corta duración se obtenga información lo suficientemente
completa y sistemática como para poder comparar, generalizar y, por lo tanto,
inferir con algún grado de confianza aspectos socioculturales a escala regional.
Universidad de Costa Rica
La Universidad de Costa Rica es la última de las instituciones a que haremos re-
ferencia, teniendo ésta la responsabilidad de la formación académica-profesional
en Arqueología; de hecho, es la única institución de educación superior que forma
profesionales en este campo. La práctica arqueológica dentro de dicha entidad ha
estado cimentada en tres pilares institucionales: la docencia, la investigación y la
acción social (proyección comunitaria).
A partir de 1975, la Universidad de Costa Rica ofrece la carrera de Antro-
pología con énfasis en Arqueología, al graduar a las primeras generaciones de
arqueólogos nacionales. En 1980 se empezó a ofrecer el grado de Licenciado en
Antropología, con énfasis en Arqueología y, recientemente (2005), se introdujo
una Maestría en Antropología, con énfasis en Arqueología. La investigación por
parte de estudiantes que trabajan en sus proyectos finales de graduación ha veni-
do a aportar datos sumamente valiosos para la arqueología de las zonas de estudio
y hoy en día representan una gran proporción de la investigación arqueológica
que se realiza en el país. Además, debido al hecho de que dichas investigaciones
requieren de trabajo de campo y que el documento final tiene que tener formali-
58 Mauricio Murillo Herrera
dad estructural, coherencia interna y ser explícito respecto a objetivos, métodos y
resultados (Corrales 2003: 27), forman el grueso de los trabajos de investigación
mejor diseñados y ejecutados en el país.
La investigación arqueológica en la Universidad de Costa Rica inició con
los trabajos de Carlos H. Aguilar en la década de 1960, cuando éste se incorpora
como profesor de dicha institución. En 1968, la infraestructura para investigación
y docencia se amplía al fundar Aguilar el Laboratorio de Arqueología, el cual ha
continuado en funcionamiento hasta el día de hoy. Desde entonces, Aguilar rea-
lizó trabajo de campo en la región que él denominó Intermontano Central, lo que
geográficamente sería la Meseta Central del país. Como dijimos anteriormente,
las investigaciones de Aguilar entre 1960 y 1978 dieron un significativo impulso a
la arqueología nacional, gracias a la ejecución por primera vez de investigaciones
acordes con los lineamientos científicos de la época y la profundidad temporal que
le brindaron a la arqueología del país (Aguilar 1974; Aguilar et al. 1988). Por otra
parte, su labor como pedagogo se extendió a lo largo de tres décadas de trayectoria
docente dentro de la UCR, aprendiendo bajo su tutela generaciones de historiadores
y las primeras generaciones de antropólogos y arqueólogos costarricenses.
Durante el Tercer Congreso Universitario, efectuado en 1971 y 1972, la Uni-
versidad de Costa Rica discutió y redefinió el concepto de “universidad”, enfati-
zando en su función docente, dedicada a la investigación y comprometida con la
acción social. El Trabajo Comunal Universitario (TCU) se conceptualizó como
una modalidad de acción social, en donde la Universidad tenía la oportunidad de
proyectarse a las comunidades, a la vez que podía captar sus intereses y proble-
mas. La acción social, dentro del TCU, se entendió como una interrelación entre
el estudiantado y el profesorado con la comunidad donde se ejecutaba la misma,
en donde se debía dar un intercambio de ideas, experiencias e intereses que des-
embocaran en aportes y soluciones para los problemas comunales y nacionales,
esto dentro de un marco multidisciplinario. Es con estos objetivos que se abren
los primeros TCU en 1977, y un año más tarde, el Departamento de Antropología
abrió el suyo en Guayabo de Turrialba (Arias, Chávez y Gómez 1987: 25-26).
La escogencia de la Colonia Agrícola Guayabo para poner en marcha un
TCU respondió a la posibilidad de reactivar la investigación en la zona, dado que
ésta era prioritaria en los intereses de la Sección de Arqueología de la Universidad
de Costa Rica desde la década de 1960, cuando Aguilar exploró y excavó por vez
primera en el sitio. Así, la institución retomó la excavación del sitio a partir de
un proyecto de investigación que se fue construyendo y desarrollando conforme
pasaron las temporadas de campo. La investigación arqueológica en Guayabo se
coordinó conjuntamente con el TCU y fue una excelente oportunidad para con-
tar con recursos, investigadores, espacio docente y un enfoque multidisciplinario
Estado actual y perspectivas 59
para investigar el sitio Guayabo y, posteriormente, también las zonas aledañas.
Esta segunda etapa de investigación arqueológica en Guayabo duró seis años
(1978-1984) y representó la oportunidad para la arqueología nacional de poner en
práctica muchos de los avances que la arqueología procesual había puesto sobre el
tapete. Entre estos avances podemos mencionar el uso de diversas escalas de in-
vestigación: a nivel de asentamiento (Fonseca 1979); a nivel regional (Hurtado de
Mendoza 1984, 1988); trabajos interdisciplinarios (Hurtado de Mendoza, Salazar
y Moya 1984; Dubón, Solís y Fonseca 1984); uso de diferentes líneas de evidencia
(Fonseca y Acuña 1986; Gómez, Acuña y Hurtado de Mendoza 1985; Hurtado de
Mendoza 1983a; Hurtado de Mendoza y Arias 1986); comparación con otras re-
giones (Hurtado de Mendoza y Gómez 1985), y publicación de resultados (Fonse-
ca 1981, 1983; Fonseca y Hurtado de Mendoza 1984; Hurtado de Mendoza 1983b;
2004). De haberse mantenido, este ambicioso proyecto sin duda hubiera venido a
revolucionar los objetivos y la praxis de la arqueología en Costa Rica, objetivo que
quedó inconcluso, dado el cierre prematuro del proyecto en 1984.
No obstante, la difusión del conocimiento arqueológico y la relación entre la
Universidad, la comunidad de Guayabo y el Monumento Arqueológico continua-
ron, a través del TCU, hasta 1988 (Chávez [Ed.] 1993), así como la relación entre
la Universidad con la investigación arqueológica en el Intermontano Central. A
finales de la década de 1980 y principios de la década de 1990, el profesor Ser-
gio A. Chávez, junto con estudiantes avanzados, realizó investigaciónes en San
Ramón de Alajuela (Chávez 1991a, 1991b, 1992, 1994a). Dicho proyecto, que con-
sistió en una prospección regional asistemática, y la excavación de varias calas
estratigráficas y trincheras, permitió la localización de 52 sitios arqueológicos, la
ubicación cronológica relativa de algunos de esos sitios, una ubicación cultural
preliminar de San Ramón respecto a las regiones arqueológicas del país, y el es-
tudio de técnicas constructivas precolombinas en sitios monumentales de la zona
(Chávez 1993, 1994a, 1994b). Así mismo, la ejecución de una práctica dirigida en
el sitio Volio (Rojas 1995) aportó información sustancial sobre este último punto,
así como sobre la dieta de sus habitantes y la composición interna de un sitio con
estructuras monumentales en las tierras altas de la zona. Sin embargo, el proble-
ma de la falta de publicación, señalado en el apartado anterior, se vuelve a hacer
presente aquí, dado que la gran mayoría de los datos de la investigación en San
Ramón se encuentran inéditos.
A partir de 1998, la Universidad de Costa Rica estableció un proyecto de in-
vestigación en la región del Pacífico Sur del país, más específicamente, la región
comprendida entre las tierras altas de San Vito y la costa de Golfito, una región
con un área aproximada de 1.716 km² (Arias et al. 1998). Dicho proyecto contempla
objetivos muy similares a los del proyecto de San Ramón, en cuanto a ubicación
60 Mauricio Murillo Herrera
regional de sitios de forma asistemática, refinamiento cronológico de la arqueología
de la zona y el estudio interno de estructuras, de técnicas constructivas y de ras-
gos asociados (Arroyo et al. 2006; Fonseca y Chávez 2003; Sánchez y Rojas 2002;
Sánchez y Arrea 2006; Gómez y Soto 2006). No obstante, en el proyecto “Potencial
Arqueológico Golfo Dulce/Pacífico Sur” se ha intentado implementar un compo-
nente interdisciplinario, con la inclusión y colaboración de palinólogos, geógrafos y
biólogos (Clement y Horn 2001), quienes también han apoyado al proyecto a través
de la consecución de financiación de entidades internacionales como la Andrew
W. Mellon Foundation y la National Geographic Society (Clement y Horn 2001;
Gómez y Soto 2003; Sánchez y Arrea 2006). Dicha colaboración ha venido a enri-
quecer al proyecto con información geográfica y paleobotánica arqueológicamente
relevante, lo que representa una ampliación de las variables analíticas dentro de la
investigación. Así mismo, la praxis arqueológica ha estado acompañada una vez
más del componente de acción social, a través de talleres comunitarios, charlas en
centros educativos y la inclusión de un proyecto de creación de un museo regional
para la zona sur de Costa Rica (Arias y Sánchez 2003; Sánchez 2004).
La información expuesta nos lleva a concluir que la Universidad de Costa
Rica ha hecho esfuerzos significativos para mantener programas de investiga-
ción en diferentes partes del país, intentado conservar una naturaleza interdisci-
plinaria, incorporar múltiples escalas de investigación y abarcar distintas líneas
de evidencia arqueológica. Los resultados de investigación han aportado datos
respecto a secuencias cronológicas, condiciones formales y estructurales de arte-
factos, sitios y estructuras arquitectónicas, así como sus fechamientos y análisis
de evidencia orgánica. Además, la investigación arqueológica constantemente ha
estado apoyada por un acercamiento con comunidades aledañas, a través de la-
bores pedagógicas y de difusión de la información, complementado con algunos
servicios y asesorías en otras áreas (medicina, derecho, ingeniería, etc.) que la
Universidad puede ofrecer a éstas mediante los TCU.
Si bien el acercamiento de la Universidad de Costa Rica a la investigación
arqueológica ha sido, por tradición, bastante integral y decidido, estás interven-
ciones han padecido de algunos de los mismos problemas que han tenido otras
instituciones para realizar investigaciones enfocadas en sociedades. Como hemos
visto, algunos proyectos han sido cerrados prematuramente, lo que nos indica que
ha hecho falta continuidad y seguimiento por parte de los responsables de dichos
proyectos, y como ya advertimos, difícilmente vamos a poder reconstruir socie-
dades humanas con proyectos de corta duración. Por otro lado, ha faltado claridad
metodológica en cuanto a los objetivos que se persiguen en última instancia, pues
para lograr trascender el material arqueológico y estudiar sociedades pasadas re-
querimos de métodos que sean acordes, sistemáticos y consistentes.
Estado actual y perspectivas 61
Análisis del panorama presente y perspectivas futuras
Como hemos visto a lo largo de este ensayo, Costa Rica es uno de los países de
América Latina con una consolidada posición en la protección, conservación,
investigación y divulgación del patrimonio nacional arqueológico. Muestra de
ello es que desde hace varias décadas, el país cuenta con organismos oficiales
cuya función es precisamente cumplir con esos objetivos. Así, tenemos al Mu-
seo Nacional (119 años de funcionamiento), la Comisión Arqueológica Nacional
(23 años) y la Universidad de Costa Rica (31 años en la formación académico-
profesional de arqueólogos al nivel de bachillerato universitario y licenciatura),
como entidades directamente relacionadas con el estudio de la arqueología del
país. La experiencia acumulada por estas instituciones le ha dado a la arqueología
nacional una base institucional, infraestructural y de formación profesional lo
suficientemente sólida como para poder plantear proyectos y objetivos cada vez
más ambiciosos. Además, la Ley de Protección y Conservación del Patrimonio
Nacional Arqueológico, vigente desde 1981, brinda todo un marco legal y de re-
gulación a la praxis y conservación de los vestigios arqueológicos del país. Otros
elementos logísticos –como el acceso a zonas rurales y a servicios básicos para
el trabajo de campo, por ejemplo, agua potable y electricidad– son inmejorables,
dado que la cobertura vial y de servicios públicos del país es una de las más ex-
tensas del continente americano.
Por lo anterior, y aunque siempre hay cosas que pueden mejorarse, bási-
camente se puede aseverar que actualmente Costa Rica es un país privilegiado
en cuanto a medios y posibilidades para hacer investigación arqueológica. Pero,
¿cómo se ve este panorama desde el punto de vista teórico?
Pasando a este aspecto, hemos visto que a lo largo de los años se han logrado
notables progresos en temáticas relacionadas con secuencias cronológicas regio-
nales, caracterizaciones tecnológicas y artísticas y estudios formales de rasgos
arquitectónicos y funerarios. Dichos avances nos han permitido conocer acerca
de las variaciones en esos elementos a través del tiempo y del espacio, durante la
época precolombina. También ahora sabemos, sin duda alguna, que hubo contac-
to e intercambio entre los grupos humanos de esta región del mundo y que esas
relaciones interregionales existieron durante gran parte del período precolombi-
no. Sin embargo, aún sabemos muy poco sobre aspectos tales como organización
sociopolítica, organización y cambio al nivel de unidad doméstica, desarrollos
socioculturales locales y regionales, especialización económica, impacto del in-
tercambio interregional en la economía, política e ideología local, organización y
cambio en prácticas ideológicas, y otros temas similares.
62 Mauricio Murillo Herrera
Los temas enumerados continúan a la espera de tratamiento por parte de la
arqueología costarricense, debido a que cuando pasamos del aspecto infraestruc-
tural y nos enfocamos en el estado teórico y metodológico de la disciplina, nos
damos cuenta de que es allí realmente donde yace el problema que nos impide
avanzar hacia respuestas sobre esas preguntas. La arqueología costarricense con-
tinúa privilegiando el estudio del registro arqueológico (principalmente, cerámi-
ca, además de rasgos como tumbas y montículos y artefactos exóticos), en lugar
de centrarse en el estudio de las relaciones humanas y del cambio social. Es decir,
ha habido una confusión evidente entre medios de investigación –o como los ar-
queólogos sociales lo han llamado: “el objeto de trabajo”– y el objetivo último de
la disciplina (el estudio de sociedades pasadas). Los arqueólogos, al centrarse en
motivos, diseños y formas de artefactos y rasgos, han enfatizado el estudio de ho-
rizontes y tradiciones de materiales precolombinos, en lugar de entidades sociales
y políticas y trayectorias de cambio social. El cambio social, entonces, ha sido ex-
plicado usando marcos difusionistas que describen dicho cambio como producto
directo de la adopción de objetos y diseños provenientes de regiones remotas a
través de intercambio y contacto. Más exactamente, la explicación difusionista de
cambio social ha sido usada en sus dos variantes: a) el cambio viene de centros
culturales localizados en Mesoamérica y Suramérica, o b) el cambio proviene de
regiones más cercanas, localizadas entre Honduras y Colombia.
Varios problemas emergen como producto de este panorama. Primeramente,
los arqueólogos, al centrarse en el estudio de materiales culturales –por ejemplo,
la cerámica–, no estudian procesos sociales precolombinos sino que, en el mejor
de los casos, lo que investigan es el cambio e intercambio en, por ejemplo, la alfa-
rería de la región. Segundo, no ha habido investigación dirigida hacia la compro-
bación o evaluación de hipótesis relativas a diversos modelos de cambio social,
sino que modelos hipotéticos sobre el cambio social son usados como descripcio-
nes de cómo fueron los hechos en el pasado. En otras palabras, dichos modelos
han sido impuestos sobre el registro arqueológico para darle algún sentido, siendo
imposible de esta forma aprender algo nuevo sobre cómo funcionan y se trans-
forman las sociedades humanas. Tercero, dada la privilegiada posición que los
artefactos exóticos han tenido en la arqueología del área, los arqueólogos se han
enfocado también en la búsqueda y estudio de rasgos y sitios monumentales, los
cuales han sido interpretados usualmente como evidencia directa de la existencia
de determinadas formas de organización sociopolítica (por ejemplo, cacicales) en
época precolombina.
Los problemas arriba señalados han imposibilitado una evaluación de otros
temas específicos relacionados con el cambio social, como el tema de la desigual-
Estado actual y perspectivas 63
dad social, tema central en el estudio de la organización sociopolítica5. La discu-
sión en torno a este tema clásico ha sido comúnmente eclipsada o simplemente
omitida en la arqueología costarricense, debido a la búsqueda incesante de formas
ideales de configuración sociopolítica, por ejemplo, de cacicazgos. En otras pa-
labras, se ha mantenido la tradición de usar conceptos operativos como modelos
explicativos, como es el caso del concepto de “cacicazgo”, el cual ha sido usado
como una receta para describir las sociedades precolombinas tardías. Ello ha mo-
tivado que se busquen cacicazgos en el registro arqueológico (Snarskis 1987) o
se asuma su presencia, debido al hallazgo de ornamentos con materiales como el
oro, el jade o cerámica foránea, por ejemplo, en el caso del volumen “Wealth and
Hierarchy in the Intermediate Area” (Lange [Ed.] 1992).
Creemos que, primeramente, el objetivo de la investigación arqueológica no
debería ser determinar si la sociedad que estudiamos es un cacicazgo o no, esto
debido al hecho de que, por un lado, la función última del arqueólogo no es la de
un “clasificador” de sociedades –esto no contribuye a aprender más de una so-
ciedad– y, por otro lado, porque es imposible que un solo rasgo o elemento (por
ejemplo, monumentalidad, prestigio adscrito, tamaños de asentamientos, etc.) sea
aislado como “el crucial” para identificar el surgimiento de cacicazgos en un cier-
to momento de una trayectoria social precolombina (Drennan 1992). Segundo, el
tema de la desigualdad social necesita ser estudiado de una forma más sofisticada
que la comúnmente utilizada localmente. Actualmente sabemos que la desigual-
dad social y, por lo tanto, la dominancia de un individuo o grupo de individuos
sobre otros son rasgos intrínsecos a la naturaleza social de la humanidad, razón
por la que está presente universalmente a lo largo de la historia de la humanidad
(Fried 1967). De esta forma, sabemos que tanto bandas de cazadores y recolecto-
res como grupos tribales tienen líderes o jefes, por lo que la evidencia de acceso
desigual a recursos, incluidos materiales exóticos, no es por sí misma indicador
de la presencia de un único tipo de sociedad (por ejemplo, de cacicazgos), como
5 El tema de la ideología también podría ser un buen ejemplo para ver los problemas teórico–
metodológicos presentes. Claramente, en este sentido se han hecho avances al sobrepasar la sola
descripción de los objetos, de su contexto arqueológico (cuando esta información existe), de la
identificación de especies o géneros de animales y vegetales y la vinculación de los motivos y
materiales ya sea con Mesoamérica o América del Sur (e.g., Calvo, Bonilla y Sánchez 1992;
Guerrero 1998; Lange (Ed.) 1988; Snarskis 1998), existiendo ahora aproximaciones basadas en
diferentes enfoques analíticos (enfoque histórico directo, la semiótica y el estructuralismo (e.g.,
Bozzoli y Sánchez 1996; Bozzoli y Sánchez 2004; Fonseca 1993; Sánchez y Bozzoli 1998; Sánchez,
Bozzoli y Acuña 1998). No obstante, creemos que mientras se pretenda inferir el significado y
uso de artefactos, motivos y decoraciones, sin preocuparnos en reconstruir sistemáticamente los
otros componentes sociales a una escala comunitaria o regional, seguiremos estando muy lejos
de alcanzar la esfera ideológica de los grupos precolombinos.
64 Mauricio Murillo Herrera
tampoco podría serlo la mera presencia de estructuras monumentales (Creamer y
Hass 1985; Marcus y Flannery 1996: 110). Tercero, no hay constituciones sociales
ideales, no hay un único desarrollo hacia sociedades jerarquizadas; así, si nos
preguntamos acerca del surgimiento de cacicazgos, tenemos que considerar el
hecho de sus múltiples orígenes, trayectorias y configuraciones (Drennan 1991;
Drennan y Peterson 2006; Earle 1987, 1997).
Por esta razón, es importante considerar desde un inicio el hecho de que las
sociedades pueden tomar diferentes formas a lo largo de sus trayectorias de cam-
bio. Ciertamente, necesitamos caracterizar a las sociedades que estudiamos, para
efectos operativos y de orden, por lo que conceptos generales como “cacicazgo” o
“banda” son útiles en cuanto se mantengan dentro de esos fines. Así que, en lugar
de asumir, por ejemplo, la complejidad sociopolítica en cualquier punto de una
trayectoria, parece ser más productivo orientar el centro de atención hacia pre-
guntas más específicas de cambio social que puedan ser exploradas en diferentes
escalas de análisis.
Nos parece urgente que la arqueología costarricense deje, de una vez por
todas, esquemas unilineales de banda-tribu-cacicazgo y finalmente se enfoque en
el estudio de las múltiples configuraciones sociales que pudieron haber existido
en este territorio. Encontrar diferentes manifestaciones de organización social y
de trayectorias –y no un horizonte de una única forma de organización social (por
ejemplo, sólo cacicazgos o sólo sociedades tribales)– debería ser una opción a
considerar seriamente. Del mismo modo, también deberíamos estar abiertos a
la posibilidad de que diferentes estrategias (políticas, económicas e ideológicas)
para el surgimiento y mantenimiento del poder social hayan sido utilizadas en
diferentes regiones y en diferentes momentos.
Es por todo lo anterior que insistimos en que la arqueología en Costa Rica
debe estar en todo momento orientada por preguntas e hipótesis relacionadas con
el estudio de sociedades, y no dejarse llevar por la tentación de describir el regis-
tro arqueológico de acuerdo a esquemas preconcebidos, o del estudio de los ma-
teriales por sí mismos. Así, entonces, en primer lugar, proponemos que el punto
de partida de la agenda futura sea el estudio de la expresión, la naturaleza y el
cambio a lo largo del pasado, partiendo de la evaluación de modelos de cambio
social. Segundo, sugerimos abordar el estudio del pasado precolombino a través
de preguntas más específicas que las que comúnmente se han planteado. El uso
de un enfoque centrado en la contrastación y evaluación de modelos nos permitirá
desagregar problemas teóricos generales (por ejemplo, el surgimiento de socieda-
des cacicales) en problemas sociales particulares (el surgimiento de la desigualdad
social hereditaria), que son más específicos y más orientados hacia la naturaleza
compleja del contexto social. Tercero, dada la naturaleza de la evidencia arqueo-
Estado actual y perspectivas 65
lógica en Costa Rica (i.e., las características de los materiales precolombinos y el
medio ambiente), es necesario explorar esas preguntas sociales a través del uso de
distintas líneas de evidencia (espacial, arquitectónica, medioambiental, artefac-
tual, etc.), en relación con diferentes escalas de análisis (unidades domésticas, co-
munidades, regiones). Acumulativamente, la exploración sistemática de diferen-
tes dimensiones sociales nos llevará hacia conclusiones más fuertes y confiables
sobre la naturaleza de la configuración social en determinadas regiones. Dicho
enfoque metodológico permite el contraste no sólo de la evidencia en múltiples
casos de estudio, sino también el descarte y el sostenimiento de diversos modelos
e hipótesis. Esto nos evitaría caer en una lógica circular al razonar.
Es más que evidente que los diferentes aspectos que aquí se sugieren no son
nada nuevos en un contexto mundial de la arqueología, y que ya han sido aplica-
dos en algún grado u otro en diferentes partes del mundo; no obstante, creemos
que el avance y fortalecimiento de la investigación arqueológica en Costa Rica
dependen directamente de una reconsideración de sus objetivos, a partir no sólo
de la experiencia local sino también del contexto mundial de la praxis arqueológi-
ca. En este sentido, la altísima endogamia en la que se ha visto envuelta la práctica
de la arqueología costarricense ha hecho que el estudio, la discusión y la crítica
necesarios para el avance de cualquier disciplina científica se hayan dado siempre
respecto a lo que hicieron, por ejemplo, Aguilar o Snarskis hace treinta o cuarenta
años atrás, siempre a lo interno, y nunca en complemento con lo que sucede con
la disciplina en otras regiones del mundo.
Otros investigadores (e.g., Vásquez et al. 1995) han manifestado que existen
problemas metodológicos en la investigación arqueológica del país y han acha-
cado este problema a la falta de “rigurosidad” o de “calidad” científica. Sin em-
bargo, creemos que el problema es mucho más complejo que eso. Es imposible
determinar si las decisiones metodológicas tomadas han sido las adecuadas o no,
sin examinar previamente los objetivos de investigación. Creemos que las fallas
metodológicas tienen primeramente su origen en una falta de claridad respecto a
cuál es el objetivo último de la investigación que se emprende y en la relación en-
tre los objetivos propuestos y la estrategia metodológica que se escoge para ello.
Un segundo aspecto, el cual según lo anteriormente dicho vendría a ser se-
cundario, es qué tan lógico y robusto viene a ser el diseño metodológico a imple-
mentar. Como antes se expuso, la investigación arqueológica que se practica en
Costa Rica carece de continuidad a largo plazo, lo cual hace que los proyectos se
cierren prematuramente o sean planificados para que duren algunos pocos años.
Otro aspecto sumamente preocupante es la cantidad de años o décadas que se
requieren para que herramientas y técnicas que contribuyen a sustentar y generar
credibilidad a las inferencias finales logren llegar al país. Por ejemplo, en la prác-
66 Mauricio Murillo Herrera
tica arqueológica local se ha prescindido casi en su totalidad del uso de técnicas
cuantitativas de análisis y del uso de sistemas de información geográfica, salvo
para fines puramente ilustrativos. No podemos seguir obviando la creación de
tecnologías y herramientas cada vez más eficaces y eficientes, necesarias para el
estudio de los problemas que nos conciernen.
Frente al avance desenfrenado de la urbanización e industrialización en te-
rritorio costarricense, los arqueólogos no pueden darse el lujo de seguir recolec-
tando sólo lo completo, lo “bonito” o exótico y lo “diagnóstico” como una receta
de cocina. Los sitios arqueológicos en el país están siendo arrasados rápidamente,
y si la arqueología costarricense quiere recuperar información más allá del pe-
ríodo de mayor ocupación de un sitio, y si éste fue habitacional o funerario, tiene
que elaborar toda una estrategia de investigación que le permita desde el princi-
pio abordar preguntas más ambiciosas. Sabemos que el tratamiento de preguntas
sociales con información recolectada para fines más elementales es simplemente
improcedente (Flannery 1973).
Al menos es necesario que dos cosas se den más frecuentemente en la ar-
queología costarricense para que ésta tenga un horizonte promisorio y amplio.
Primeramente, que el arqueólogo actual sea lo suficientemente ambicioso como
para no conformarse con las preguntas tradicionales y los abordajes tradicionales
a esas preguntas, que vaya más allá en su búsqueda de mejores preguntas y mé-
todos; para ello se requiere formar criterio a través de una lectura crítica no sólo
de lo que se produce internamente sino también afuera de nuestras fronteras. Lo
segundo que urge es que cada vez más arqueólogos dejen de lado e ignoren las
visiones y discursos perpetuados en los diferentes “bandos” gremiales, y en lugar
de ello se enfoquen realmente en estudiar y hacer arqueología. En tanto no se lo-
gre esto no será posible una praxis arqueológica productiva y relevante, dado que
las energías y la atención estarán puestas la mayor parte del tiempo en pensamien-
tos muy alejados de la disciplina, y a la hora que se nos pida un producto, como
no tendremos tiempo para generar nuestros propios datos y análisis, simplemente
repetiremos lo que el maestro dijo o escribió hace treinta o cuarenta años.
Bibliografía
Abel-Vidor, Suzanne
1980 “Dos hornos precolombinos en el Sitio Vidor”. Vínculos 6: 43-50.
Acosta, Ana C. y Óscar M. Fonseca
1983 “La conservación y puesta en valor del patrimonio cultural costarricense”.
Vínculos 9: 87-93.
Estado actual y perspectivas 67
Acuña Coto, Víctor
1983 “Florencia-1, un sitio precerámico en la vertiente atlántica de Costa Rica”.
Vínculos 9: 1- 14.
1987 “Relaciones entre asentamientos precolombinos al norte de Guayabo de
Turrialba en la Fase Cabaña”. Revista de Ciencias Sociales 35: 43-52.
Aguilar, Carlos H.
1953 Retes: un depósito arqueológico en las faldas del Irazú. San José, Costa
Rica: Hermanos Trejos.
1972 Guayabo de Turrialba: arqueología de un sitio indígena prehispánico.
San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica.
1974 “Asentamientos indígenas en el área central de Costa Rica”. América Indí-
gena, Vol. 34: 311-317.
1975 “El Molino: un sitio de la fase Pavas en Cartago”. Vínculos 1: 18-56.
1976 “Relaciones de las culturas precolombinas en el Intermontano Central de
Costa Rica”. Vínculos 2: 75-86.
1977 “Introduction to the Archaeology of the Arenal Volcano Area: Tephras-
tratigraphy and Cultural Sequences”, en: National Geographic Society
Research Reports, 1977 Projects: 95-107. Washington, D.C.: Nacional
Geographic Society.
1978 “Contribution to the Study of Cultural Sequences in the Central Area of
Costa Rica”, en: Cultural Continuity in Mesoamerica, editado por David
L. Browman: 387-411. The Hague: Mouton.
Aguilar, Carlos H., Ana C. Arias, Sergio A. Chávez, Dalia Castillo, Mirna Rojas,
Margot Reynoard y Luis G. Brenes
1988 “El mundo de nuestros aborígenes”, en: Historia general de Costa Rica,
editado por Vladimir de la Cruz de Lemos: Vol. I: 181-456. San José,
Costa Rica: Euroamericana de Ediciones de Costa Rica.
Alfaro, Anastasio
1894 “Arqueología Costarricense”. Boletín de las Escuelas Primarias, Año II:
101-134. San José, Costa Rica: Tipografía Nacional.
Arias, Ana C. y Margarita Bolaños
1983 “La Costa Rica precolombina: un acercamiento histórico”. Desarrollo Ins-
titucional de Costa Rica 3-45. San José, Costa Rica: SECASA.
68 Mauricio Murillo Herrera
Arias, Ana C., M. E. Bozzoli, Sergio Chávez, Óscar Fonseca y Maureen Sán-
chez
1998 “Reflexiones en torno a de la conservación del patrimonio arqueológico.
La investigación necesaria y la arqueología de conservación: hacia una
estrategia sustentable”, en Primer Congreso Científico sobre Pueblos In-
dígenas de Costa Rica y sus fronteras, editado por María E. Bozzoli et al.:
480-490. Editorial de la Universidad Estatal a Distancia: San José.
Arias, Ana C., Sergio Chávez, Óscar Fonseca, Patricia Rojas y Maureen Sán-
chez
1998 El potencial arqueológico del golfo Dulce, Pacífico Sur de Costa Rica:
investigación-acción. Documento inédito. Proyecto de investigación, Es-
cuela de Antropología y Sociología, Departamento de Antropología, Sec-
ción de Arqueología. Universidad de Costa Rica.
Arias, Ana C., Sergio Chávez y José Gómez
1987 “Desarrollo de la acción social en Guayabo: Una colonia agrícola en Tur-
rialba”. Revista de Ciencias Sociales 35: 19-23.
Arias, Ana C. y Maureen Sánchez
2003 “Arqueología con pertinencia social: la experiencia de la Sección de Ar-
queología con la comunidad de Golfito”. Cuadernos de Antropología 13:
63-72.
Arroyo, Gabriela, Carolina Barrientos, Caterina Coronado y Melania Pérez
2006 “Sitio San Miguel: un asentamiento de la fase Chiriquí. Avance de investi-
gación”, en: Memoria V Congreso de Antropología: Construyendo Identi-
dades, editado por Josefina Hidalgo et al.: 537-545. Managua, Nicaragua:
Editorial Universitaria, Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.
Bate, Luis Felipe
1977 Arqueología y materialismo histórico. México: Ediciones de Cultura
Popular.
Baudez, Claude F. y Michael D. Coe
1962 “Archaeological Sequences in Northwestern Costa Rica”. Acta, 34th Inter-
national Congress of Americanists (Vienna 1960): 366-373.
Baudez, Claude F., Nathalie Borgnino, Sophie Laligant y Valerie Lauthelin
1993 Investigaciones arqueológicas en el delta del Diquís. San José, Costa Rica:
Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (México) y la Delega-
ción Regional de Cooperación Científica y Técnica en América Central.
Estado actual y perspectivas 69
1996 “A Ceramic Sequence for the Lower Diquís Area, Costa Rica”, en: Paths
to Central American Prehistory, editado por Frederick W. Lange: 79-92.
Niwot: University Press of Colorado.
Binford, Lewis
1962 “Archaeology as Anthropology”. American Antiquity 28: 217-225.
Bolaños, Margarita
1993 “El estado actual de la antropología en Costa Rica”. Cuadernos de An-
tropología 9: 59-72.
Bozzoli, María E. y Maureen Sánchez
2004. “La iconología en la arqueología: un enfoque metodológico”. En: Memoria
del II Congreso sobre Pueblos Indígenas, editado por Margarita Bolaños
et al.: 71-79. Universidad de Costa Rica.
Calvo, Marlin, Ana C. Arias y Elena Troyo
2001 “La protección, conservación y divulgación del patrimonio arqueológico:
el caso de Costa Rica”. Revista de Arqueología Americana 20: 9-30.
Calvo, Marlin, Leidy Bonilla y Julio Sánchez
1992 Oro, jade, bosques Costa Rica. Barcelona, FISA-Escudo de Oro.
Chávez, Sergio A.
1987 “El saqueo arqueológico en Costa Rica”, en: Manual de legislación para
la protección del Patrimonio Arqueológico Nacional, editado por Mayra
Castro y Elena Troyo: 15-24. San José, Costa Rica: Ministerio de Gober-
nación y Policía.
1991a Informe final. Proyecto: Arqueología de la zona de San Ramón. Documen-
to inédito. Departamento de Antropología, Universidad de Costa Rica.
1991b Arqueología de la zona de San Ramón. Primer informe parcial (segunda
etapa). Documento inédito. Departamento de Antropología, Universidad
de Costa Rica.
1992 Arqueología de la zona de San Ramón. Segundo informe parcial (segunda
etapa). Documento inédito. Departamento de Antropología, Universidad
de Costa Rica.
1993 “El bahareque: una técnica de construcción precolombina”. Herencia 5:
70-78.
70 Mauricio Murillo Herrera
1994a Informe final de la segunda etapa del proyecto: Arqueología de la zona de
San Ramón. Documento inédito. Departamento de Antropología, Univer-
sidad de Costa Rica.
1994b “Hacia una Historia Regional de la Zona de San Ramón”, en: Antología de
Historia de San Ramón: 150 Aniversario (1844-1994), editado por José Á.
Vargas Vargas: 9-43. San José, Costa Rica: Guayacán Centroamericana.
Chávez, Sergio A. (editor)
1993 Guayabo de Turrialba: pasado y presente. San José, Costa Rica: Trabajo
Comunal Universitario, Universidad de Costa Rica.
Clement, Rachel M. y Sally P. Horn
2001 “Pre-Columbian Land-use History in Costa Rica: A 300-Year Record of
Forest Clearance, Agricultura and Fires from Laguna Zoncho”. The Ho-
locene 11: 419-429.
Coe, Michael D. y Claude F. Baudez
1961 “The Zoned Bichrome Period in Northwestern Costa Rica”. American An-
tiquity 26: 505- 515.
Cooke, Richard G.
1992 “Etapas tempranas de la producción de alimentos vegetales en la Baja Cen-
troamérica y partes de Colombia (región histórica chibcha-chocó)”. Re-
vista de Arqueología Americana 6: 35-70.
2005 “Prehistory of Native Americans on the Central American Land Bridge:
Colonization, Dispersal, and Divergence”. Journal of Archaeological Re-
search 13: 129-187.
Corrales, Francisco
1992 “Investigaciones arqueológicas en el Pacífico Central”. Vínculos 16-17:
1-30.
1994 “Gran Nicoya y el Pacífico Central de Costa Rica”. Vínculos 18-19: 55-
67.
2000a. “ ‘... Unos miles de indios semibárbaros...’: el pasado indígena, la creación
del museo nacional y la identidad costarricense”, en: Fin de siglo XIX e
identidad nacional en México y Centroamérica, editado por Iván Molina y
Francisco Enríquez: 335-355. Alajuela, Costa Rica: Museo Histórico Cul-
tural Juan Santamaría.
Estado actual y perspectivas 71
2000b An Evaluation of Long-Term Cultural Change in Southern Central Amer-
ica: The Ceramic Record of the Diquís Archaeological Subregion, Costa
Rica. Tesis doctoral inédita. Department of Anthropology, University of
Kansas, Lawrence.
2001 Los primeros costarricenses. San José, Costa Rica: Museo Nacional de
Costa Rica.
2003a “La delgada línea entre la arqueología y el coleccionismo: el interés por el
pasado precolombino en el siglo XIX”, en: Ciencia y técnica en la Costa
Rica del siglo diecinueve, editado por Giovanni Peraldo Huertas: .Car-
tago, Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica.
2003b “La investigación arqueológica en Costa Rica al finalizar el siglo XX y
empezar el XXI”, en: Entre dos siglos: la investigación histórica costar-
ricense 1892-2002, editado por Iván Molina Jiménez, Francisco Enríquez
Solano y José Manuel Cerdas Albertazzi: . Alajuela, Costa Rica: Museo
Histórico Cultural Juan Santamaría.
2005 “Modelos del desarrollo precolombino en Costa Rica”. Yaxkin 21: 75-88.
Creamer, Winifred
1992 “Regional Exchange along the Pacific Coast of Costa Rica during the Late
Polychrome Period, A.D. 1200-1550”. Journal of Field Archaeology 19:
1-16.
Creamer, Winifred y Jonathan Haas
1985 “Tribe versus Chiefdoms”. American Antiquity 50: 738-754.
Drennan, Robert D.
1991 “Pre-Hispanic Chiefdom Trajectories in Mesoamerica, Central America,
and Northern South America”, en: Chiefdoms: Power, Economy, and Ide-
ology, editado por Timothy Earle: 263-287. Cambridge, U.K.: Cambridge
University Press.
1992 ”What is the Archaeology of Chiefdoms About?”, en Metaarchaeology,
editado por Lester Embree: 53-74. Dordrecht, Netherlands: Kluwer Aca-
demic Publishers.
1995 “Chiefdoms in Northern South America”. Journal of World Prehistory 9:
301-340.
1996 “Betwixt and Between in the Intermediate Area”. Journal of Archaeologi-
cal Research 4: 95-132.
72 Mauricio Murillo Herrera
Drennan, Robert D. y Christian E. Peterson
2006 “Patterned Variation in Prehistoric Chiefdoms”. Proceedings to the Na-
tional Academy of Sciences of the United States of America 103: 3960-
3967.
Drolet, Robert
1983 “Al otro lado de Chiriquí, El Diquís: nuevos datos para la integración cul-
tural de la región Gran Chiriquí”. Vínculos 9: 25-76.
1986 “Social Grouping and Residential Activities within a Late Phase Polity
Network: Diquís Valley, Southeastern Costa Rica”, en: Prehistoric Settle-
ment Patterns in Costa Rica, editado por Frederick W. Lange y Lynette
Norr: 325-338. Journal of the Steward Anthropological Society, 14.
1992 “The House and the Territory: The Organizational Structure for Chiefdom
Art in the Diquís Subregion of Greater Chiriquí”, en: Wealth and Hier-
archy in the Intermediate Area: A Symposium at Dumbarton Oaks, 10th
and 11th October 1987, editado por Frederick W. Lange: 207-242. Wash-
ington, D.C.: Dumbarton Oaks.
Dubón, Jorge, Humberto Solís y Óscar M. Fonseca
1984 “Arqueología e ingeniería hidráulica en Guayabo de Turrialba”, en: Primer
seminario de ingeniería de los recursos hidráulicos 1984. San José, Costa
Rica: Colegio de Ingenieros Civiles, pp. 338-346.
Earle, Timothy K.
1987 “Chiefdoms in Archaeological and Ethnohistorical Perspective”. Annual
Review of Anthropology 16: 279-308.
1997 How Chiefs Come to Power: The Political Economy in Prehistory. Califor-
nia: Stanford University Press.
Fernández, Juan
1899 Informe del Segundo Semestre y Fin de Año Económico, 1898 a 1899. Mu-
seo Nacional. San José, Costa Rica: Tipografía Nacional.
Fernández, León
1886 Documentos para la historia de Costa Rica. Tomo IV. Paris: Felix Alcan.
Flannery, Kent V.
1973 “Archaeology with a Capital ´S´”, en: Research and Theory in Current
Archaeology, editado por Charles Redman: 47-53. New York: Wiley-Inter-
science.
Estado actual y perspectivas 73
1986 Guilá Naquitz: Archaic Foraging and Early Agricultura in Oaxaca, Mex-
ico. New York: Academic Press.
Flannery, Kent V. y Joyce Marcus
1993 “Cognitive Archeology.” Cambridge Archaeological Journal 3: 260-267.
Fonseca, Óscar M.
1979 “Informe de la Primera Temporada de Reexcavación de Guayabo de Tur-
rialba”. Vínculos 5: 35-52.
1981 “Guayabo de Turrialba and its Significance”, en: Between Continents/Be-
tween Seas: Precolumbian Art of Costa Rica, editado por Elizabeth P.
Benson: 104-111. New York: Harry N. Abrams, Inc.
1983 “Historia de las investigaciones en la Región de Guayabo”, en: Actas del
Noveno Congreso Internacional para el Estudio de las Culturas Pre-
colombinas de las Antillas Menores. Montreal: Université de Montreal,
Centre de Recherches Caraïbes, pp. 201-218.
1984 “Reflexiones sobre la investigación arqueológica en Costa Rica: una per-
spectiva histórica”, en: Interregional Ties in Costa Rican Prehistory, edi-
tado por Esther Skirboll y Winifred Creamer: 15-27. Oxford: BAR Inter-
national Series, No. 226.
1988a “Historia antigua, ¿para que?: la herencia cultural y su relevancia para el
futuro de los pueblos latinoamericanos”, en: Avances de Investigación,
del Centro de Investigaciones Históricas, No. 43. San José, Costa Rica:
Universidad de Costa Rica.
1988b “Reflexiones sobre la arqueología como Ciencia Social”, en: Hacia una
Arqueología Social. Actas del Primer Simposio de la Fundación de Ar-
queología del Caribe, editado por Óscar M. Fonseca: 13-22. San José,
Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica.
1989a “La arqueología como historia”, en: Historia: teoría y métodos, editado
por Elizabeth Fonseca: 65-94. San José, Costa Rica: EDUCA.
1989b “Las sociedades costarricenses autóctonas”, en: Las instituciones costar-
ricenses de las sociedades indígenas a la crisis de la república liberal,
editado por Jaime Murillo: 43-55. San José: Editorial de la Universidad de
Costa Rica.
1990 “La conservación y revitalización del Patrimonio Cultural: aspectos con-
ceptuales y políticos de acción, el caso de Costa Rica”, en: Arqueología
de rescate, editado por Gloria Loyola-Black y Mario Sanoja Obediente:
19-29. Caracas, Venezuela: Editorial Abre Brecha.
74 Mauricio Murillo Herrera
1991 La civilización antigua costarricense 800-1550 d.C. Serie: Nuestra Histo-
ria, Fascículo 3. San José, Costa Rica: EUNED.
1992 Historia antigua de Costa Rica: surgimiento y caracterización de la pri-
mera civilización costarricense. Colección Historia de Costa Rica. San
José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica.
1993 “Art, Ideology, and Totality: Representational Art of Costa Rica’s Central
Region in the Late Period (A.D. 800-1500)”, en: Reconstructing Prehis-
tory of Central America, editado por Mark M. Graham: 103-140. Boulder:
University of Colorado.
1994 “El concepto de área de tradición chibchoide y su pertinencia para en-
tender la Gran Nicoya”. Vínculos 18: 209-228.
1997 “La confirmación de los espacios históricos, el caso de América Central y
el noroccidente colombiano”, en: III Simposio Panamericano de Historia.
México: Instituto Panamericano de Geografía e Historia, pp. 21-357.
1998 “El espacio histórico de los amerindios de filiación chibcha: el área históri-
ca chibchoide”, en: Primer Congreso Científico sobre Pueblos Indígenas
de Costa Rica y sus Fronteras, editado por María E. Bozzoli et al.: 36-60.
San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
1999 “Arqueologia, patrimoni historicocultural i herència pública”. Cota Zero
15: 103-110.
Revisar la otografia deesta referencia ¿????
Fonseca, Óscar M. (editor)
1988 Hacia una Arqueología Social. Actas del Primer Simposio de la Fundaci-
ón de Arqueología del Caribe. San José, Costa Rica: Editorial de la Uni-
versidad de Costa Rica.
Fonseca, Óscar y Víctor Acuña
1986 “Los petroglifos de Guayabo de Turrialba y su contexto”, en: Prehistoric
Settlement Patterns in Costa Rica, editado por Fedrerick W. Lange y Ly-
nette Norr: 237-254. Journal of the Steward Anthropological Society, 14.
Fonseca, Óscar y Sergio A. Chávez
2003 “Contribución al estudio de la historia antigua del Pacífico Sur de Costa
Rica: el sitio Java (Cat-UCR-490)”. Cuadernos de Antropología 13: 21-
62.
Estado actual y perspectivas 75
Fonseca, Óscar y Richard Cooke
1993 “Historia antigua del sur de la América Central: una contribución al estu-
dio de la Región Histórica Chibcha”, en: Historia antigua de la América
Central: del Poblamiento a la Conquista, editado por Robert Carmack:
217-281. Madrid: Editorial Siruela.
Fonseca, Óscar y Elizabeth Fonseca
1989 “Entrevista a Carlos Aguilar Piedra”. Revista de Historia 18: 9-20.
Fonseca, Óscar M. y Eugenia Ibarra
1987 “El señorío del Guarco: vida cotidiana y ambiente natural”, en: Relaciones
entra la sociedad y el ambiente. Actas del Tercer Simposio de la Fun-
dación de Arqueología del Caribe editado por Mario Sanoja Obediente: .
Washington, D.C.
Fonseca, Óscar y Luis Hurtado de Mendoza
1984 “Algunos resultados de las investigaciones en la región de Guayabo de
Turrialba”. En Tendencias actuales de las investigaciones en antropología.
Edición especial No. 1, Antropología. Revista de Ciencias Sociales 1:
37-52.
Fried, Morton H.
1967 The Evolution of Political Society: An Essay in Political Anthropology.
New York: Random House.
Gómez, José, Víctor Acuña y Luis Hurtado de Mendoza
1985 “Petroglifos de Guayabo: clasificación y relaciones deposicionales”. En
Tendencias actuales de las investigaciones en antropología. Edición espe-
cial No. 2, Antropología. Revista de Ciencias Sociales 2: 87-90.
Gómez, Luis y Karen Soto
2001 “Tras las huellas de los antiguos pobladores del sitio El Zoncho: una aprox-
imación al modo de vida de los agricultores especializados, San Vito de
Coto Brus”. Vínculos 26: 103-109.
2003 “Sitio arqueológico El Zoncho: una aproximación al entendimiento de las
sociedades precolombinas en la región de San Vito de Coto Brus”, en:
II Congreso sobre Pueblos Indígenas, editado por Ana C. Arias et al.:
103-109. San José, Costa Rica: SIEDIN, Universidad de Costa Rica.
76 Mauricio Murillo Herrera
Guerrero, Juan V.
1998 “The Archaeological Context of Jade in Costa Rica”, en: Jade in Ancient
Costa Rica, editado por Mark M. Gram: 23-37. New York: The Metropoli-
tan Museum.
Guerrero, Juan V. y Felipe Solís Vecchio
1997 Los pueblos antiguos de la zona Cañas-Liberia del año 300 al 1500
después de Cristo. San José, Costa Rica: Museo Nacional de Costa Rica.
Guerrero, Juan V., Felipe Solís del Vecchio y Anayensy Herrera
1988 “Zona arqueológica Cañas-Liberia: planteamiento de un problema de in-
vestigación”. Vínculos 14: 67-76.
Guerrero, Juan V., Ricardo Vásquez y Francisco Solano
1992 ”Entierro secundario y restos orgánicos de ca. 500 A.C. preservados en
un área de inundación marina, golfo de Nicoya, Costa Rica”. Vínculos 17:
17-51.
Hartman, Carl V.
1901 Archaeological Researches in Costa Rica. Stockholm: Royal Ethnogra-
phical Museum.
Herrera, Marco A.
1993 Panorama general del desarrollo de la Antropología en las instituciones
públicas y privadas de Costa Rica. Cuadernos de Antropología 9: 73-86.
Hoopes, John
1992 “Early Formative Cultures in the Intermediate Area: A Background to the
Emergence of Social Complexity”, en: Wealth and Hierarchy in the Inter-
mediate Area, editado por Frederick W. Lange: 43-83. Washington, D.C.:
Dumbarton Oaks.
1994 “Contributions of Non-Agricultural Subsistence Strategies to the Forma-
tion of Complex Society in Coastal Zones of Southern Costa Rica”. Ponen-
cia presentada en el 59th Annual Meeting of the Society for American Ar-
chaeology, Anaheim, California. [En línea] Dirección URL <http://www.
ku.edu/%7Ehoopes/golfito/Saa-1994.html> [Consulta: 11 de septiembre
de 2006].
2005 “The Emergence of Social Complexity in the Chibchan World of Southern
Central America and Northern Colombia, AD 300-600”. Journal of Ar-
chaeological Research 13: 1-47.
Estado actual y perspectivas 77
Hoopes, John W. y Óscar Fonseca Zamora
2003 “Goldwork and Chibchan Identity: Endogenous Change and Diffuse Uni-
ty in the Isthmo-Colombian Area”, en: Gold and Power in Ancient Cos-
ta Rica, Panama, and Colombia, editado por Jeffrey Quilter y John W.
Hoopes: 49-89. Washington D.C.: Dumbarton Oaks Research Library and
Collection.
Hurtado de Mendoza, Luis
1983a “Algunos ensamblajes líticos de Costa Rica y su ubicación cronológico-
cultural”, en: Actas del Noveno Congreso Internacional para el Estudio
de las Culturas Precolombinas de las Antillas Menores: 39-56. Montreal:
Université de Montréal, Centre de Recherches Caraïbes.
1983b “La historia antigua de Turrialba (proposiciones generales)”. Boletín Aso-
ciación Costarricense de Arqueólogos 2: 10-16.
1984 “Consideraciones generales sobre el estudio de patrones de asentamiento
en Guayabo, Turrialba. Tendencias actuales de las investigaciones en an-
tropología”. Edición especial N° 1, Antropología. Revista de Ciencias So-
ciales 1: 83- 93.
1986 El Servicio de Parques Nacionales de Costa Rica y los recursos culturales.
Documento inédito. Proyecto P.I.L.A., SPN / CATIE.
1988 “Estratificación social en un cacicazgo de Costa Rica. Una aplicación de la
inferencia como método de conocimiento en arqueología”, en: Hacia una
Arqueología Social. Actas del Primer Simposio de la Fundación de Ar-
queología del Caribe, editado por Óscar Fonseca: 46-77. San José, Costa
Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica.
2004 Guayabo: historia antigua de Turrialba. San José, Costa Rica: Litografía
Lil.
Hurtado de Mendoza, Luis y Ana C. Arias
1986 “Cerámica y patrones de asentamiento en la Región de Guayabo de Tur-
rialba”, en: Prehistoric Settlement Patterns in Costa Rica, editado por
Frederick W. Lange y Lynette Norr: 281-310. Journal of the Steward An-
thropological Society 14.
Hurtado de Mendoza, Luis y José Gómez
1985 “Breve descripción comparativa de dos regiones arqueológicas en Costa
Rica: Guayabo de Turrialba y Ta’Lari de Pacuare”. Vínculos 11: 67-99.
78 Mauricio Murillo Herrera
Hurtado de Mendoza, Luis, Adolfo Salazar y Luis M. Moya
1984 “Contactos inter-regionales en Costa Rica: una apreciación desde la Región
de Guayabo de Turrialba”, en: Inter.-Regional Ties in Costa Rican Prehis-
tory. Papers presented at Carnegie Museum of Natural History, April 27,
1983, editado por Esther Skiboll y Winifred Creamer: 83-108. Oxford:
B.A.R. International Series 226.
Kandler, Christian
1987 “A Brief History of the National Museum (1887-1982)”, en: Over One Hun-
dred Years of History. Museo Nacional de Costa Rica, editado por Chris-
tian Kandler: 15-57. Madrid: Editorial Heliconia.
Kennedy, Lisa M. y Sally P. Horn
1997 “Prehistoric Maize Cultivation at the La Selva Biological Station, Costa
Rica”. Biotropica 29: 368-370.
Kowalewski, Stephen A. y Suzanne K. Fish
1990 “Conclusions”, en: The Archaeology of Regions: A Case for Full-Coverage
Survey, editado por Suzanne K. Fish y Stephen A. Kowalewski: 261-277.
Washington, D.C.: Smithsonian Institution Press.
Lange, Frederick W.
1984a “Elite Participation in Precolumbian Ceramic Transfer in Costa Rica”, en:
Inter-Regional Ties in Costa Rican Prehistory, editado por Esther Skirboll
y Winifred Creamer: 143-178. Oxford: BAR International Series 226.
1984b “The Greater Nicoya Archaeological Subarea”, en: The Archaeology of
Lower Central America, editado por Fedrerick W. Lange y Doris Z. Stone:
165-194. Albuquerque: University of New Mexico Press.
Lange, Frederick W. (editor)
1988 Costa Rican Art and Archaeology: Essays in Honor of Frederick R. Mayer.
Boulder: The University of Colorado.
1992 Wealth and Hierarchy in the Intermediate Area: A Symposium at Dumbar-
ton Oaks, 10th and 11th October 1987. Washington, D.C.: Dumbarton
Oaks.
Lange, Frederick W. y Doris Z. Stone (editores)
1984 The Archaeology of Lower Central America. Albuquerque: University of
New Mexico Press.
Estado actual y perspectivas 79
Lumbrera, Luis G.
1974 La Arqueología como Ciencia Social. Lima: Ediciones Histar.
Mahaney, Nancy, Meredith H. Matthews y Aida Blanco
1994 “Macrobotanical Remains of the Proyecto Prehistórico Arenal”, en: Ar-
chaeology, Volcanism, and Remote Sensing in the Arenal Region, Costa
Rica, editado por Payson D. Sheets y Brian R. McKee: 302-311. Austin:
University of Texas Press.
Marcus, Joyce y Kent V. Flannery
1996 Zapotec Civilization. London: Thames and Hudson.
Mena, Max
2006 Clima de Costa Rica, [en línea]. Dirección URL < http://www.imn.ac.cr/
educacion/CLIMA%20DE%20COSTA%20RICA.html/>. [Consulta:14 de
mayo del 2008].
Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes
s. f. a ¿Qué es y cuál es la función de la Dirección de Investigación y Conser-
vación del Patrimonio Cultural? Folleto informativo. San José, Costa
Rica: Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes.
s. f. b Las áreas de trabajo del Centro de Investigación y Conservación del Patri-
monio Cultural. Documento inédito. San José, Costa Rica: Ministerio de
Cultura, Juventud y Deportes.
Museo Nacional de Costa Rica
1887 Anales del Museo Nacional de la República de Costa Rica. Tomo I. San
José, Costa Rica: Tipografía Nacional.
Navarrete, Agustín
1899 “Las necrópolis de San Juan”, en: Informe del Segundo semestre y fin de
año económico 1898 a 1899, editado por Juan Fernández Ferraz: 29-51.
Museo Nacional de Costa Rica. San José, Costa Rica: Tipología Nacio-
nal.
Norweb, Albert H.
1961 The Archaeology of the Greater Nicoya Subarea. Manuscrito inédito, Pea-
body Museum of Archaeology and Ethnology, Harvard University.
80 Mauricio Murillo Herrera
Quilter, Jeffrey
2004 Cobble Circles and Standing Stones: Archaeology at the Rivas Site, Costa
Rica. Iowa City: University of Iowa Press.
Renfrew, Colin y Paul Bahn
2004 Archaeology: Theories, Methods, and Practice. Cuarta edición. London:
Thames & Hudson.
Rojas, A. Patricia
1995 Sitio Volio Cat. UCR Nº 179: una discusión acerca de la conservación de
la evidencia arqueológica en el campo y en el laboratorio. Tesis inédita
de Licenciatura en Antropología con énfasis en Arqueología. Departa-
mento de Antropología, Universidad de Costa Rica.
Sánchez, Maureen
1986 “Algunos comentarios sobre la explotación de recursos en la región del
Valle Central y la Vertiente Atlántica de Costa Rica”. Cuadernos de An-
tropología 5: 33-41.
1987 Un estudio de la arqueología de la cuenca superior y media del Reventazón.
Tesis de Licenciatura sin publicar, Escuela de Antropología y Sociología,
Universidad de Costa Rica, San José.
2004 Museo Histórico Cultural de la Zona Sur. Informe Parcial. Documento
inédito. Laboratorio de Arqueología. Universidad de Costa Rica.
Sánchez, Maureen y Floria Arrea
2006 “El potencial arqueológico en el golfo Dulce, Pacífico Sur: Investigación-
Acción”, en: Memoria V Congreso de Antropología: Construyendo Iden-
tidades, editado por Josefina Hidalgo et al.: 566-576. Managua, Nicara-
gua: Editorial Universitaria, Universidad Nacional Autónoma de Nicara-
gua.
Sánchez, Maureen y María E. Bozzoli
1996 “La percepción de la fauna en las culturas indígenas costarricenses: el
caso de la danta”, en: Memoria del Primer Congreso Centroamericano de
Antropología, editado por Carmen Murillo: . Editorial de la Universidad
de Costa Rica.
Sánchez, Maureen y María E. Bozzoli
1998 “Motivos faunísticos en la cultura indígena costarricense”. Estudios de
Lingüística Chibcha 16: 113-144.
Estado actual y perspectivas 81
Sánchez, Maureen, María E. Bozzoli y Rafael Acuña
1998 “El motivo de los saurios en la cultura indígena: un enfoque arqueológico,
etnográfico y biológico”, en: Memoria del Primer Congreso Científico so-
bre Pueblos Indígenas de Costa Rica y sus Fronteras, editado por María
E. Bozzoli et al.: 73-90. Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
Sánchez, Maureen y Patricia Rojas
2002 “Asentamientos humanos antiguos en las tierras intermedias del cantón
de Coto Brus (Avance de Investigación)”. Cuadernos de Antropología 12:
87-106.
Sanoja, Mario e Iraida Vargas
1974 Antiguas formaciones y modos de producción venezolanos. Caracas,
Venezuela: Ediciones Monte Ávila.
Sharer, Robert J. y Wendy Ashmore
2002 Archaeology: Discovering Our Past. Tercera edición. New York: McGraw-
Hill.
Sheets, Payson D.
1984 “Summary and Conclusions”. Vínculos 10: 207-231.
1992 “The Pervasive Perjorative in Intermediate Area Studies”, en: Wealth and
Hierarchy in the Intermediate Area: A Symposium at Dumbarton Oaks,
10th and 11th October 1987, editado por Frederick W. Lange: 15-42.
Washington, D.C.: Dumbarton Oaks.
1994 “Summary and Conclusions”, en: Archaeology, Volcanism, and Remote
Sensing in the Arenal Region, Costa Rica, editado por Payson D. Sheets y
Brian McKee: 312-326. Austin: University of Texas Press.
Sheets, Payson D. (editor)
2006 “Investigaciones arqueológicas en la Cordillera de Tilarán, Costa Rica,
2003”. Vínculos 26 (número especial).
Sheets, Payson D. y Brian McKee (editores)
1994 Archaeology, Volcanism, and Remote Sensing in the Arenal Region, Costa
Rica. Austin: University of Texas Press.
Sheets, Payson D. y Marilyn Mueller (editores)
1984 “Investigaciones arqueológicas en la Cordillera de Tilarán, Costa Rica,
1984”. Vínculos 10 (número especial).
82 Mauricio Murillo Herrera
Snarskis, Michael J.
1975 “Excavaciones estratigráficas en la Vertiente Atlántica de Costa Rica”.
Vínculos 1: 2-17.
1976a “Stratigraphic Excavations in the Eastern Lowlands of Costa Rica”. Ame-
rican Antiquity 41: 342-353.
1976b “La Vertiente Atlántica de Costa Rica”. Vínculos 3: 101-114.
1977 “Turrialba: 9-FG-T, un sitio paleoindio en el este de Costa Rica”. Vínculos
3: 13-26.
1978 The Archaeology of the Central Atlantic Watershed of Costa Rica, Unpub-
lished PhD dissertation, Department of Anthropology, Columbia Univer-
sity.
1979 “Turrialba: A Paleoindian Quarry and Workshop Site in Eastern Costa
Rica”. American Antiquity 44: 125-138.
1981 “The Archaeology of Costa Rica”, en Between Continents/Between Seas:
Precolumbian Art of Costa Rica, editado por Elizabeth P. Benson: 15-84.
New York: Harry N. Abrams.
1983 “Cien años de arqueología en la vertiente atlántica de Costa Rica”. Boletín
Asociación Costarricense de Arqueólogos 2: 2-8.
1984a “Patterns of Interregional Contacts as Seen from the Central Highlands-
Atlantic Watershed of Costa Rica”, en: Inter-Regional Ties in Costa Ri-
can Prehistory, editado por Esther Skirboll y Winifred Creamer: 29-44.
Oxford: BAR International Series 226.
1984b “Central America: The Lower Caribbean”, en: The Archaeology of Lower
Central America Frederick W. Lange F. y Doris Z. Stone: 195-232. Albu-
querque: University of New Mexico Press.
1986 “Un modelo de la evolución cultural en Costa Rica (500 a.C.-1500 d.C.)”,
en Memorias del Primer Simposio Científico sobre Pueblos Indígenas
de Costa Rica, editado por Ramiro Barrantes, María Eugenia Bozzoli
y Patricia Gudiño: 111-116. San José, Costa Rica: Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Tecnológicas, Universidad de Costa Rica,
Instituto Geográfico de Costa Rica.
1987 “The Archaeological Evidence for Chiefdoms in Eastern and Central Cos-
ta Rica”, en: Chiefdoms in the Americas, editado por Robert D. Dren-
nan y Carlos A. Uribe: 105-116. Lanham, Maryland: University Press of
America.
Estado actual y perspectivas 83
1998 “The Imagery and Symbolism of Precolumbian Jade in Costa Rica”, en
Jade in Ancient Costa Rica, editado por Mark M. Graham: 59-91. New
York: The Metropolitan Museum.
2004 “From Jade to Gold in Costa Rica: How, Why, and When”, en Gold and
Power in Ancient Costa Rica, Panama, and Colombia, editado por
Jeffrey Quilter y John W. Hoopes: 159-204. Washington D.C.: Dumbarton
Oaks Research Library and Collection.
Snarskis Michael J. y Aida Blanco
1978 “Datos sobre cerámica policromada Guanacasteca excavada en la Meseta
Central”. Vínculos 4: 106-113.
Snarskis, Michael J. y Carlos E. Herra
1980 “La Cabaña: arquitectura Mesoamericana en el Bosque Tropical”, en: Me-
moria del Congreso sobre el Mundo Centroamericano de su tiempo: IV
Centenario de Gonzalo Fernández de Oviedo, editado por Gabriel Ureña:
139-147. Memoria. San José, Costa Rica: Editorial Texto.
Solís, Ólman
1991 Análisis de áreas de actividad en dos unidades habitacionales en el sitio
Jesús María. Tesis de Licenciatura, Departamento de Antropología, Uni-
versidad de Costa Rica, San José.
1992 “Jesús María: un sitio con actividad doméstica en el Pacífico Central, Cos-
ta Rica”. Vínculos 16: 31-56.
Stone, Doris Z.
1958 Introduction to the Archaeology of Costa Rica. San José, Costa Rica: Mu-
seo Nacional de Costa Rica.
1963a “Cult Traits in Southeastern Costa Rica and Their Significance”. Ameri-
can Antiquity 28: 339-359.
1972 Pre-Columbian Man Finds Central America: The Archaeological Bridge.
Cambridge, Massachusetts: Peabody Museum Press.
1977 Pre-Columbian Man in Costa Rica. Cambridge, Massachusetts: Peabody
Museum Press.
1986 “Archaeological Work in Costa Rica”, en Pre-Columbian Painted and
Sculpted Ceramics from the Arthur M. Sackler Collection, editado por
Lois Katz: 11-15. The Arthur M. Sackler Foundation and the AMS Foun-
dation for the Arts, Sciences and Humanities, Washington, D.C.
84 Mauricio Murillo Herrera
Stone, Doris y Carlos Balser
1965 “Incised Slate Disks from the Atlantic Watershed of Costa Rica”. Ameri-
can Antiquity 30: 310-329.
1973 Arte precolombino de Costa Rica. San José, Costa Rica: Ministerio de
Cultura, Juventud y Deportes.
Taylor, Walter
1948 A Study of Archaeology. Washington D.C.: American Anthropological As-
sociation Memoir No. 69.
Thelen, Kyran D. y Arne. Dalfelt
1979 Políticas para el manejo de áreas silvestres. San José, Costa Rica: Edito-
rial Universidad Estatal a Distancia.
Trigger, Bruce G.
2006 A History of Archaeological Thought. Segunda edición. Cambridge, U.K.:
Cambridge University Press.
Valerio, Wilson
2004 “Evidencias paleoindio/arcaicas y su distribución espacial en finca Guardi-
ria, Turrialba”. Cuadernos de Antropología 14: 135-157.
Vásquez, Ricardo
1984 “Estructura e integración y composición demográfica en un cementerio
con tumbas de cajón del Intermontano Central de Costa Rica”, en: Inter-
Regional Ties in Costa Rican Prehistory, editado por Esther Skirboll y
Winifred Creamer: 59-81. Oxford: BAR Internacional Series 226.
2002 Arqueología del área de influencia del proyecto hidroeléctrico Angostura,
valle de Turrialba. Informe final. Documento inédito. Museo Nacional de
Costa Rica.
Vásquez, Ricardo, Tatiana Hidalgo, Adán Chacón y Tatiana Hidalgo
1995 “Evaluación estadística sobre el estado de la arqueología en Costa Rica
(1881-1992)”. Vínculos 20: 35-52.
Vázquez, Ricardo y David Weaver
1980 “Un análisis osteológico para el reconocimiento de las condiciones de vida
en el sitio Vidor”. Vínculos 6: 97-105.
Willey, Gordon R. y Jeremy Sabloff
1993 A History of American Archaeology. Tercera edición. New York: W.H.
Freeman & Company.