Comentario a Mt 5, 1-12
El makarismo honra públicamente a un hombre, una mujer o un grupo que, por su estado o
actividad, tienen un valor que merece ser reconocido socialmente. Y por el hecho de
proclamarlo en público realiza un efectivo aumento de su honor. 1 Mateo enumera ocho
bienaventuranzas al inicio del Sermón de la Montaña, el primero y más importante discurso
de Jesús en este evangelio.
“Quien lee atentamente el texto descubre que las Bienaventuranzas son como una velada
biografía interior de Jesús, como un retrato de su figura. Él, que no tiene donde reclinar la
cabeza (cf. Mt 8, 20), es el auténtico pobre; El, que puede decir de sí mismo: Venid a mí,
porque soy sencillo y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29), es el realmente humilde; Él es
verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz,
es aquel que sufre por amor de Dios: en las Bienaventuranzas se manifiesta el misterio de
Cristo mismo, y nos llaman a entrar en comunión con El. Pero precisamente por su oculto
carácter cristológico las Bienaventuranzas son señales que indican el camino también a la
Iglesia, que debe reconocer en ellas su modelo; orientaciones para el seguimiento que afectan
a cada fiel, si bien de modo diferente, según las diversas vocaciones.” Benedicto VI
Las bienaventuranzas de Mateo enuncian siete virtudes que dibujan el perfil de la persona
feliz (santo) al estilo de Jesús. Apuntan un camino; enumeran aprendizajes que se deben
realizar para llegar a la plenitud (santidad). La primera de ellas abre la puerta a todas las
demás: la pobreza de espíritu (1). Reconocer la fragilidad y abrirse desde esa conciencia a
Dios, abre –aquí y ahora– el acceso al Reino.
Las tres bienaventuranzas que siguen a la primera son reflejos de ella. La segunda defiende
el atreverse a llorar (2), invita a reconocer la propia pena y exhorta a aprender a expresarla
ante los demás. Esta bienaventuranza llama a construir espacios sociales en los que sea
aceptable decir: «No estoy bien», y a crear comunidades donde se pueda compartir la pena,
para así encontrar verdadero consuelo.
La tercera bienaventuranza recuerda la virtud de la no-violencia (3). No basta con tener
hogares cálidos en los que se pueda compartir los sentimientos. Al que desea vivir la
felicidad de las bienaventuranzas se le promete «heredar la tierra». Se aspira a transformar
este mundo, dominado por la violencia, sin reproducir en el proceso las mismas relaciones
de sumisión que hoy humillan a los pobres y anulan la creatividad.
Permanecer hambrientos es el cuarto makarismo (4). Se concreta en conservar siempre el
inconformismo ante un mundo donde el sufrimiento es en gran medida el resultado de la
dureza de corazón y de la estupidez humana.
La bienaventuranza de la misericordia (5) abre una segunda terna de virtudes sobre
prácticas loables. El aprendizaje de la misericordia tiene una de sus dos caras en esta
conmoción interior por el dolor ajeno y otra en la acción concreta para remediar el mal. El
aprendizaje de la misericordia es una educación de los sentimientos que afina la capacidad
1
«Las bienaventuranzas evangélicas aparecen rimadas al modo hebreo de hemistiquios. En el primero se
señala una virtud, y en el segundo el premio correspondiente.»
de percibir el sufrimiento de los demás. Es, además, un aprendizaje eminentemente
práctico, pues solo obrando la misericordia se hace misericordioso, y de este modo se puede
ir asemejando a ese Dios misterioso que ha elegido entrar en el caos humano.
La pureza de corazón (6) trastorna las diversas formas de limpieza que dividen a la
humanidad en grupos separados. La sociedad secularizada ha abandonado formas de pureza
tradicionales, pero mantiene sistemas de segregación. Así, en torno a los países ricos se
levantan vallas nada metafóricas que separan de los apestados del Sur. Dentro de este muro,
las reglas son más sutiles: quien no lleva las marcas del triunfo, porta el estigma de los
impuros. La pureza de corazón es precisamente saltar esos muros, desatar al buen
samaritano que todos llevamos dentro y liberar la bondad del corazón que no entiende de
razas, clases y marcas.
La séptima bienaventuranza hace que la lista culmine en la palabra paz-shalom (7). En la
tradición bíblica, esta paz no está hecha de ausencia de conflictos, de ausencia de guerra
como lo entendían los romanos, sino de abundancia de vida. El cristiano maduro es un
«artesano de paz», porque para él la paz es una verdadera virtud. Construir la paz con los
medios de la paz es trabajo de cada uno, pero también y sobre todo tarea de una comunidad
fundada para ser «ciudad levantada sobre un monte». El propósito por el que existe la
Iglesia es ser signo e instrumento de una paz basada en la justicia, hecha posible por la
irrupción del Reino.
El texto de las bienaventuranzas, como magistralmente afirma J. L. Martín Descalzo, no
constituye el prólogo del Sermón de la montaña. Es el punto central, su meollo. Es el
primer discurso de los cinco programáticos de Jesús, y además, el inicio de toda su
enseñanza. Es la gran obertura de su predicación. Esta perícopa de las bienaventuranzas, en
relación con el conjunto del libro, evoca el sentido del evangelio y el mensaje central de la
predicación de Jesús: «el reino de los cielos» y los medios para conseguir su praxis en la
realidad. «Ocho formulas restallantes que resumen todo lo nuevo que se anuncia. Todo lo
demás son aplicaciones». Las ocho bienaventuranzas como las ocho locuras que resumen el
mensaje de Cristo.
Las bienaventuranzas son, ante todo, un autorretrato de Jesús. En ellas se encuentra la
síntesis de todo cuanto Jesús hizo y enseñó; por tanto, son una propuesta programática para
todos los tiempos. El presbítero diocesano ha de ser el hombre de las bienaventuranzas. Su
espiritualidad propia es la caridad pastoral y en ella tienen gran cabida las virtudes
propuestas en cada makarismo. En su labor pastoral el sacerdote ha de reflejar su vivencia
de cada una de las bienaventuranzas. Esto demuestra, a la vez, que el reino de Dios ya ha
venido y que él lo ha acogido.