La Compañia de Jesús - Alejandro Málaga - ESTUDIOS HISTÓRICOS
La Compañia de Jesús - Alejandro Málaga - ESTUDIOS HISTÓRICOS
L A C OM P A ÑÍ A DE JE SÚ S
I. GENERALIDADES
La Orden Jesuita está íntimamente ligada a la historia del Perú. Aunque los hijos de
San Ignacio llegaron después de la conquista guerrera y del turbulento período de las Guerras
Civiles que regaron de sangre el territorio del Imperio de los Incas; sin embargo, supieron
asumir con clarividencia el pasado autóctono; se identificaron con él y desentrañaron muchos de
sus misterios. A esta Orden se deben valores no sólo religiosos y culturales, sino también sociales
y geográficos, políticos y económicos. Llegaron al Perú con el espíritu fundacional del siglo XVI,
con la fuerza misionera del siglo XVII, con el cuidado pedagógico del siglo XVIII y con la constancia
reconstructora del Siglo XIX, después del desastre de la guerra del Pacífico.
Don Andrés Hurtado de Mendoza, Márquez de Cañete, al ser nombrado Virrey del Perú,
en reemplazo del Pacificador La Gasea, solicitó al Padre Francisco de Borja, Comisario de la
Orden Jesuita en España, el envío de algunos padres al Perú. Consultado el fundador, San
Ignacio de Loyola, aprobó el proyecto en 1555, pero los padres que debían viajar con el Virrey no
pudieron hacerlo esta vez porque el número de religiosos que podía trasladar con licencia ya esta-
ba completo.
Cuatro años más tarde, en 1569, el nuevo Virrey D. Diego López de Zúñiga y Velasco,
Conde de Nieva, manifiesta también su deseo de traer jesuitas al Perú. Para este Francisco de
Borja había seleccionado o seis padres, entre los que se encontraba Jerónimo Ruiz de Portillo,
más tarde fundador de la Orden en Lima. Este segundo intento también fracasó. Finalmente,
en octubre de 1567 partieron de Sevilla a Sanlúcar los primeros jesuitas del Perú: Jerónimo Ruiz
de Portillo como superior, los padres Luis López, Diego Bracamonte, Miguel de Fuentes, Antonio
Álvarez y los hermanos Juan García, Pedro Lobety Francisco Medina. Después de una larga
travesía en la que hicieron escalas en Tenerife, Cartagena de Indias y Panamá, arribaron al puerto
del Callao el 28 de marzo de 1568; este mismo año, sin pérdida de tiempo, fundan el Colegio
Máximo de San Pablo en Lima. En 1569 y 1571 llegaron refuerzos a solicitud del Virrey Toledo,
que gozaba de la amistad del P. General Borja y desde Lima se extendieron por todo el
continente.
En 1570 fundan la Doctrina del Cercado, pueblo de indios que había sido trazado dos años
antes por el Licenciado Castro en los arrabales de Lima y al que no podían ingresar españoles ni
negros. En 1573 el P. José de Acota, célebre por su famosa obra "Historia Natural y Moral de las
Indias", llega a la ciudad de Arequipa y al año siguiente viaja a Potosí juntamente con el P. Alonso
de Barzana. En 1577 llegan a Juli, que sería una de las más importantes doctrinas y el antecedente
de las Misiones Paraguayas. En 1578 fundan el Colegio de Santiago en Arequipa, como veremos
después extensamente. En 1581 fundan el Colegio de la Paz. En 1584 se establecen en Panamá
y 1586 fundan el de Quito y el de Tucumán. En 1582 se logra la fundación en la ciudad de la
Plata o Chuquisaca y al año siguiente se traslada el Noviciado del Colegio de San Pablo de Lima al
Cercado. Es así como, al concluir el siglo XVI, los hijos de San Ignacio de Loyola desde Lima se
extienden por toda la América Meridional y los 30 padres que llegaron en 1569 se multiplicaron
a 279.
Después de haber permanecido dos siglos en el Perú los jesuitas fueron expulsados por
Carlos III y el Virrey Amat fue el encargado de cumplir en Lima, el 9 de septiembre de 1767, el
Real Decreto y las instrucciones secretas de la expulsión. Las razones fueron muchas, pero una
de las determinantes fue el inmenso poder espiritual, político y económico que adquieran los
jesuitas dentro del Imperio Español. Su labor y obra evangelizadora con los indígenas americanos
desde fines del siglo XVI. Así como su influencia en el desarrollo cultural de las colonias españolas,
son ampliamente conocidas, pero nadie podrá negar que lo más importante de los jesuitas era su
organización económica.
II.- LA FUNDACIÓN
Al año siguiente, 1574, se hace presente la segunda comisión Jesuita integrada por los
padres Alonso Barzana, Luis López y el Hermano Juan García. En esta oportunidad también
hubo un cabildo abierto en el que se señalo la necesidad de fundar la casa de la Compañía de
Jesús en esta ciudad, para lo que aumentaron sus donaciones en 10,000 pesos. Sin embargo, los
religiosos jesuitas regresaren a Lima en espera de una mejor oportunidad.
Sin contar aún con la licencia correspondiente edificaron una habitación, en el lugar que
hoy ocupa la iglesia, hecho que originó la intervención del Vicario General P. Miguel Velásquez,
quien notificó a los religiosos jesuitas para que se abstuvieran; de iniciar la fábrica de la iglesia y
celebrar misa en esa modesta habitación mientras no contaran con la autorización necesaria.
Parece que el Vicario no veía con simpatía el establecimiento de los jesuitas en Arequipa, lle-
gando al extremo de ordenar la destrucción de la habitación y del altar donde celebraban misa.
Benefactores:
Los benefactores del Colegio Jesuita fueron muchos, pero los podemos agrupar en
insignes y particulares. Entre los primeros tenemos a Dña. Lucía de Padilla, vecina y rica
encomendera de Arequipa, que donó una viña con 25,000 cepas en el valle de Churunga y unas
tierras en Cayanga; en recompensa solicitó a los jesuitas que doctrinaran a los indios Arones y
Yungas del valle de Ocoña que habían sido encomendados a su esposo Jerónimo Pacheco. En la
escritura de donación no aparece ni el precio de las cepas ni la extensión de las tierras, pero en
el libro de Censos de 1611-1615 se anota que la viña fue vendida en 9,000 pesos y las tierras en
2,000.
Inés Chirinos de Loayza legó todas sus propiedades al colegio Jesuita, las mismas que
superaban los 50,000 pesos, pero sólo aparecieron 18,347, valor de la hacienda Sacay la Grande,
el saldo se ignora en que' fue invertido.
Entre los benefactores particulares se conoce a Antonio Gómez Buitrón que donó cuatro
tiendas tasadas en 1,000 pesos, las mismas que fueron derruidas para levantar allí los claustros
de la comunidad. Juan Pacheco donó 2 800 pesos. Alonso Estrada dejó por heredero universal
de sus propiedades al colegio jesuita, siendo la propiedad más representativa la viña que poseía
en el valle de Moquegua tasada en 12,40-0 pesos. Alonso Picado donó la estancia Chilligua.
Francisco Romero varias dependencias y 3,000 pesos en dinero. Diego López Miranda 1,000
pesos.
Asimismo, figuran entre los benefactores particulares el Lic. Juan Alonso del Pozo que
donó 4,200 pesos; Jerónimo de Robles 2,300 para la fábrica de la Iglesia; Juana Rabanal 4,500;
Mencia Hernández 1,000; Diego Peralta 1,500; el Lic. Francisco López una imagen de San
Sebastián; Manuel de León 413 pesos, Juan Fernández de Luna dos esclavos evaluados en 1,000
pesos; Alonso Mejía de Mirabal 2,000; Juan Pizarro 1,500; Francisco de Herrera unas casas;
Antonio Romero 1.000 pesos; Juan de Salazar 800.
Las limosnas y donaciones que recibieron los jesuitas de parte de sus fundadores y
benefactores las incrementaron considerablemente, como veremos en su oportunidad gracias a
su organización económica; no establecieron una empresa de corte tradicional, como se ha
sostenido, sino una institución que no descuidó sus propósitos religiosos y espirituales y que
organizó su economía con criterios más modernos.
Las múltiples propiedades que poseían los jesuitas fueron adquiridas por diversas vías,
siendo una de las principales la donación de tierras. De esta manera adquirieron, por ejemplo, la
hacienda Tacar en el valle de Vítor. Al poco tiempo de haberse establecido en el Perú, la
Compañía adquiere alto prestigio y se convierte en la depositaría de quienes deseaban
descargar sus conciencias entregando la administración de sus bienes una vez muertos, a una
institución que les asegurase la religiosa utilización de éstos.
El prestigio de la Compañía alcanzó a todos los grupos sociales pues los donantes unas
veces eran ricos encomenderos como Alonso Picado que donó una estancia en Chilligua; o
viudas devotas como Inés Chirinos que dejó como heredero universal de todos sus bienes al
Colegio de Arequipa; o indios pobres como Pablo Fausto que les donó 3 topos de tierras; en
otros casos fueron ricos sacerdotes seculares o poderosos curacas y caciques.
Las donaciones en tierras no fueron las únicas, las hubo muchas en dinero que fue
empleado de inmediato en fincas y tierras, a veces por expresa licencia del donante, tal es el
caso del Capitán Antonio de Llanos que les donó 44,386 pesos o Pedro Soliorigo que donó 12 mil
pesos para la compra de negros.
Las ganancias que obtenían de sus tierras no las atesoraban, sino que las reinvertían en
los diversos sectores de su compleja economía. Para los jesuitas, más importancia que el tesoro
tenían las inversiones que abarcaban desde las operaciones de crédito hasta el arriendo de
diezmos, el comercio directo o la compra de casas, estancias y haciendas. Pero es conveniente
destacar que los Jesuitas no sólo se dedicaban a estas inversiones, sino que, además, poseían un
número considerable de obrajes y chorillos, haciendas, estancias, huertas y tambos que fueron
acumulados desde fines del siglo XVI.
Los jesuitas para aumentar su patrimonio rural, no sólo recurrieron a las donaciones,
sino que, muchas veces, compraban dominios, para lo cual tenían tres recursos principales para
conseguir el capital de la compra, según P. Macera : 1) la reinversión de las ganancias obtenidas;
2) La financiación interna, mediante los préstamos de un colegio a otro 3) El crédito externo,
tomando a censo, casi siempre redimible, de particulares o instituciones, el dinero que necesi-
taban para adquirir las nuevas tierras.
Urbanas:
Las propiedades urbanas de los jesuitas en la ciudad de Arequipa fueron varias, entre
ellas, 27 tiendas en la calle de la Alcantarilla o de los Mercaderes. 13 donadas por el Capitán
Diego Hernández Hidalgo, fundador del Colegio que fueron arruinadas por el terremoto que
sacudiera la ciudad y se reconstruyeron gracias al dinero perteneciente a la fiesta de San Javier
que el Obispo Cavero había fundado. 6 tiendas más, que edificaron en el terreno que adquieren
por remate a Juan Chacón en 750 pesos, 700 tomaron de la donación de Antonio de Llanos y los
50 restantes de su propio peculio. Otras 6 casas construyeron en el solar que compraron a
Bartolomé Pérez Herrera en la suma de 2,000 pesos, los mismos que fueron proporcionados por
Antonio Romero. Y las 2 tiendas restantes, las construyeron en el terreno que compraron a Ana
Pinelo de Vera en la cantidad de 1,570 pesos.
Al ser expulsados los jesuitas las 27 tiendas se tasaron en 36,704 pesos; sin embargo, se
remataron, en noviembre de 1771, en 38,000. Al contado se pagaron 24,000 y el saldo de
14,000 a censo redimible de 4,000 cada año. En el tiempo transcurrido desde la expatriación de
los jesuitas hasta producirse el remate, las tiendas rentaron 8,927 pesos por alquileres.
En la calle de la Ronda edificaron un Molino harinero con licencia del Superior Gobierno
según Provisión del 16 de abril de 1642. El terreno lo compraron a los herederos de Valeriano
Guzmán en 180 pesos. A Manuel López Duarte le pagaron 70 pesos para usar el callejón que
conducía al Molino, y, al indio Francisco Flores le pagaron 70 pesos por un pedazo de terreno
que servía de plazoleta al Molino; sobre este terreno siguió pleito el Lic. Francisco Javier de
Segarra y otros vecinos de Arequipa alegando que les pertenecía; terminó el pleito con el pago
de 150 pesos que hicieron los jesuitas. Por otra parte, los propietarios de las chacras y terrenos
por donde pasaba la acequia que conducía el agua del Chili al Molino exigieron que se les pagara
1,086 pesos: correspondieron 530 a Francisco Escobar, 350 a Juan de Rivera y 186 a María de
Anaya.
En el valle de Vítor también poseían la viña de San Javier, antigua propiedad de Diego de
Cabrera y Ulloa. Sobre esta viña el Cáp. Llanos impuso un censo de 1,680 pesos a favor del
Colegio jesuita; por falta de pago de los intereses fue rematada, el 15 de enero de 1652, en
21.500 pesos a favor de la Compañía. 4,000 pesos se pagaron al contado y los 17,500 restantes
a censo redimible. Esta viña lindaba por el norte con tierras del Cáp. Juan Navarro, por el sur
con la viña de los herederos de Andrés Dávila, por un costado con tierras de Melchor Eguiluz y
por el otro con el camino real. Según la visita efectuada por el Obispo Villarroel en 1655, tenía
una extensión de 95 topos.
En las lomas de Islay Juan Gómez Chacón Juan Ramírez su esposa hicieron donación de
1,448 olivos: 582 situados en Lluta y 866 en Matarani. Estos olivares pertenecieron a Juan
Chávez de Carbajal que, en 1604, los vendió a Gómez Chacón que a su vez los donó al Convento
de Santo Domingo en calidad de Capellanía, luego pasaron a favor de la Compañía de Jesús.
Los jesuitas impusieron sobre esta viña un principal de 4,000 a favor del maestro de la
escuela que fundó el Obispo León en el Convento de la Compañía. Después de la expulsión de
los Jesuitas la viña se tasó en 179,699 pesos 5 1/2 reales.
Las propiedades de la Compañía no sólo fueron urbanas y rurales sino también censos
activos como el que se impuso en la viña de Lujan, en Siguas, de Violante de la Cerda en 4,400
pesos de principal.
Fue instituido por la propietaria el 28 de abril de 1591 y luego pasó a poder de Gabina y
Valcárcel.
En 1644 Ana Valencia impuso un censo de 600 pesos de principal sobre sus casas y viña
de Vítor, que luego pasaron a Ambrosio Corso Negrón. Es conveniente aclarar que la primitiva
imposición del censo fue por 4,600 pesos, de los que 4,000 se traspasaron a favor de una obra
pía fundada por el Br. Juan Bustinza Ordoñez de Villaguirán que encargaba a los rectores del
Colegio San Pablo de Lima su cuidado y los 600 restantes quedaron para el Colegio Santiago de
Arequipa. Asimismo, en el valle de Vítor se impuso un censo de 440 pesos sobre la viña y tierras
de Juan de la Rivera y Roelas que las legó a Diego de las Roelas.
En un comienzo este principal fue de 700 pesos, pero se redimieron 260 Finalmente en
Vítor se impuso un censo de 300 pesos sobre la viña de Rodrigo Pacheco de Paz que la dejó en
herencia a Lucía Cano su esposa e hijos
Por otra parte, Ambrosio Corso Negrón impuso un censo de 2.000 pesos de principal en
su viña de Urraca. Francisca Peñafiel, viuda de Antonio Rivera, otro de 540 sobre una propiedad
rural que poseía en el Palomar. Y, José de Roa un censo de 1773 pesos sobre su casa y viña que
después compró Antonio Bustamante.
Los Jesuitas también fueron administradores de ciertos censos que establecieron para
beneficiar algunas obras pías. Así, por ejemplo, Francisco Cáceres Sotillo y Gertrudis Rossel, su
esposa, impusieron una capital de 3000 pesos sobre su chacra en Chullu. 2000 a favor de la
fiesta de San Javier y 1000 para la escuela de Cristo.
Ambas fueron fundadas por el Obispo Cavero. Luego se tiene que, Francisca de Barrera y
Obando impuso 3000 pesos en su hacienda de Cocotoa, Valle de Tambo.
El Obispo Cavero y Francia impuso 10000 pesos en la casa e Domingo Carlos Tristán de
pozo a favor de las limosnas que se concedían a los obres cada año en la festividad de San José.
Por otra parte, Tristán del Pozo y su hijo José Joaquín reconocieron un principal de 400 pesos
sobre su hacienda de Miraflores a beneficio de la casa de ejercicios Espirituales de Mujeres de
Arequipa, según voluntad de Ana María Carazas y Musquis, propietaria de dicha hacienda y su
esposa de Tristán del Pozo. Padre e hijo se comprometieron a pagar la suma de 30000 pesos al
rector del colegio Santiago, pero solo entregaron 26000 a razón de 1000 cada año en 100
perules de aguardiente entregados en Aplao.
En las tiendas que poseía garcía Muñoz, entre la notaria de la Curia Eclesiástica y el
callejón de la catedral se impuso un censo de 600 pesos de principal a favor de la obra pía de
rosarios q se repartían a los indios pobres, como lo habían estipulado el Lic. Miguel López
Garcés, fundador y canónigo de la catedral de Arequipa.
De manera de que los censos pertenecientes a obras pías a cargo de los padres jesuitas
ascendían 54053 pesos y 4 reales de principal que anualmente rentaban 1402 pesos y 5 reales.
Por otra parte, los rectores del Colegio Jesuita de Arequipa Gozaban de patronatos, Capellanías
y buenas memorias. Obispo Cavero fundó una buena memoria de 10,000 pesos a favor de la
festividad de los 5 días de la infraoctava de la Virgen de la Asunción, patrona de la ciudad que se
veneraba en la catedral; los intereses se gastarían en dicha fiesta a 100 pesos diarios. Tanto este
capital como otro igual se impusieron en la Casa del Capitán Domingo Carlos Tristán del Pozo.
Simón Muñoz y Lorenza Murillo su esposa, también poseían en El Palomar una chacra de
12 topos y medio que la compraron en 12,000 pesos; al contado se pagaron 1,370 y los 630
restantes a censo redimible a favor de los Santos Lugares de Jerusalén. Posteriormente el
capital fue redimido y de los bienes de Juan Gonzales de la Fuente se le asignaron 1,000 pesos
para la fiesta de la Virgen de la Purificación.
Esta Cofradía, además, era propietaria de seis ranchos situados en la Chimba en poder
de los indígenas que hacían la limpieza de la Iglesia de la Compañía y cuidaban de la capilla de
Loreto; de dos huertas en la ciudad que rentaban 5 pesos cada año y arrendadas al indio
Bernardino Monjaraz; así como una chacra de 3 topos y medio en Pillo pago de Socabaya, que
rentaba 28 pesos anuales.
Por otra parte, tenía impuesto a su favor un capital de 3,739 pesos que anualmente
rentaba 187, distribuidos en la forma siguiente: 200 en la chacra de Capitaca de José Rodríguez
que, a su vez, la vendió a Pedro Delgado y éste a Cristóbal Zegarra; 400 en la casa de Melchor
Lozano, los hijos de esta la vendieron a Asencio Delgado y luego pasó a poder Delgado; 300
pesos en los olivares de Pacona de propiedad de Femando Peralta que con dicho gravamen los
vendió a Tadeo Sotomayor; 1,500 en las casas del barrio Cantarranas de María Saconeta; 500 en
la chacra que Francisco Retamoso vendió a Juan de Montúfar; 400 en las casas de los herederos
de Rodrigo Pachecho de Paz; y, 439 en las propiedades de Pedro J osé de Salazar.
Finalmente, la Cofradía de Jesús, María y José tenía impuesto a sin favor un capital de
5,740 pesos que contaban cada año 287. En la chacra de Miraflores de Francisca de Peñafiel,
viuda de Antonio de Rivera 3,000 pesos; 1,000 en la chacra de Francisco Abril y Maldonado
poseía en Porongoche; 1,000 en la chacra de José Urbicain en el Palomar; 500 en la hacienda de
Juan Gonzáles de la Fuente en Tambo; y 240 en la chacra de Miraflores de Domingo Carlos
Tristán del Pozo.
IV.-EL TEMPLO
La edificación del primer templo que levantaron los jesuitas en Arequipa se inicia en
1578, a base de los planos confeccionados cinco años antes por el arquitecto Gaspar Baez y que,
desgraciadamente, se derrumbó con el terremoto que sacudió esta región en 1582. Ocho años
más tarde el Hermano Jesuita Diego Felipe, sobre las ruinas del primer templo y desarrollando
siempre los planes de Gaspar Baez, inició la segunda construcción del templo dedicado al
Apóstol Santiago. Finalmente, existen evidencias que una tercera fábrica fue levantada a
mediados del siglo XVII y concluida en 1667, año en que Esteban Lara clavaba la Cruz en el
chapitel de la torre.
El terremoto que sacudió la ciudad de Arequipa y toda la región Sur del Perú, el 20 de
octubre de 1687 (festividad de Santa Úrsula, por lo que también se le conoce con este nombre)
derrumbó el campanario de la iglesia y éste, a su vez, arruinó la capilla de la Virgen de Loreto
que obligó a los religiosos jesuitas a solicitar ayuda para su reparación.
Portada lateral
Donde mejor se plasma el estilo mestizo arequipeño es en la y, principalmente, en la
fachada. La portada lateral fue diseñada y construida, como anotamos antes, por el maestro
cantero Simón de Barrientos en 1654. Está considerada como una de las más antiguas del arte
mestizo arequipeño, pues señala puntos de partida para el complicado tapiz de la fachada
principal. Un frontón muy abierto y elevado, sobre el arco de medio punto de la puerta, alberga
bajo una gran venera o concha el altorrelieve del Apóstol Santiago matando a los indios. La
escultura del apóstol guerrero en actitud arcaica, levanta el sable sobre los vencidos indios que
se encuentran en el suelo y que son aplastados por su caballo; la repisa saliente está sostenida
por dos sirenas aladas; sobre los frisos, sostenidos por capiteles corintios, bajo relieves
representando al león del Apóstol San Marcos a la derecha y al buey del Evangelista San Lucas a
la izquierda; columnas corintias, con molduras en zig-zag, decoran el tercio medio sosteniendo
trozos de entablamento con un friso adornado con flores, querubines y mascarones.
Consta de dos pisos o cuerpos: el primero con tres calles entre dobles columnas y el
segundo es continuación del primero sólo en su parte Central, también entre columnas
pareadas, y remata en un frontispicio trilobulado.
El friso del primer piso lleva un pámpano rampante con rosetas geométricas y a la altura
de los capiteles de las columnas medallones encerrando las letras: S.D., S.F., S.I., M.N., iniciales
de las palabras latinas Sanctus Deus, Sanctus Fortis, Sanctus Inmortalis, Miserere Nobis (Santo
Dios, Santo Fuerte, Santo inmortal, Ten Piedad de Nosotros) y en el friso del segundo piso los
monogramas latinos IHESUS, MARÍA Y IOSEPH (Jesús, María y José).
Digna de tenerse en cuenta, según Cossío del Pomar es la manera de componer, de usar
y disponer el adorno esculpido en sillar; la tendencia a encontrar soluciones geométricas en la
labra de planos rectos, a bisel y a trépano; la habilidad para entrelazar elementos decorativos,
muchas veces peninsulares como las lacerías musulmanas o motivos churriguerescos o
bizantinos como los racimos de uvas y granadas; otras veces incaicos y preincaicos
reproduciendo máscaras nasquenses; otras con sentido floral asiático y manuelino; otras como
ornamentación plateresca. Siempre es el Barroco tan revestido de carácter americano,
"apretándolo", como dice Ángel Guido, "en sorpresivas combinaciones de naturalismo
renacentista y primitivismo americano".
La decoración forma un tupido tapiz que llena los paramentos desbordándose por los
lados. Se observa tallos y hojas de cactos, racimos y cuadrifolias, veneras y mascarones
renacentistas, uvas y trenzados de abolengo clásico, el águila bicéfala del escudo de los
Habsburgo a los costados de la hornacina del segundo piso y en las columnas de las calles
laterales del primero dos medallones que encierran "EL AÑO" y "DE 1968". No se dejó, pues, un
sólo espacio libre de ornamentación. En los laterales de la fachada resalta una curiosa
interpretación del gato-tigre con cuerpo de miriápodo, tan conocido en la cerámica
prehispánica y del que Marco Dorta dice: "La fina lengua del felino que habita en una isla del
Titicaca, se ha convertido en un tallo con anchas hojas y flores, y el cuerpo, que conserva los
segmentos del ciempiés, se curva violentamente y termina formando una espiral". Esta
espléndida fachada servirá de modelo al arte mestizo de la región del Titicaca y otros lugares del
Altiplano.
En el Altar Mayor se colocaron varios adornos y pintaron algunos pasajes bíblicos, pero
sobresalía la pintura de dos sirenas y unos niños cargadores; es decir que se repetía lo que ya
Simón de Barrientos, en 1654, había labrado en la portada lateral; sin embargo, es necesario
hacer notar que este motivo decorativo de arcaica tradición se repite en todos los templos del
Altiplano.
En 1648 está presente en Arequipa el escultor español D. Martín de Torres, vecino del
Cuzco, encargado de confeccionar unos retablos para el Templo de la Compañía. Posiblemente
sean los que hoy se encuentran en los laterales. Otros retablos importantes fueron: el de la
Santísima Trinidad, el de San Ignacio de Loyola, el de la Virgen de la Purificación, el de San
Francisco Javier, de San Francisco de Borja de la Virgen de Loreto, del Santísimo Cristo, de Jesús
Nazareno y el de Jesús María y José.
Los laterales de capillas y retablos, así como todos los paramentos, se encontraban
cubiertos con lienzos pertenecientes a reconocidos pintores del período colonial, tal es el caso
del Hermano Jesuita Bernardo Bitti -máximo exponente de la pintura en dicho período autor de
un sin número de lienzos que hasta hoy embellecen los templos del Perú. En Arequipa pintó un
cuadro de la Transfiguración, no se sabe si para el templo de la Compañía o la Catedral. Por otra
parte, de ser suya la Virgen que se guardaba en la Sacristía del templo de la Compañía, bastaba
este sólo lienzo para asegurar su fama; además, dejó dos lienzos de la Virgen en dicho Templo.
También debemos señalar que Francisco García pintó, en 1760, dos lienzos de regulares
dimensiones; uno con la imagen de Jesús Nazareno Cautivo y el otro de la Flagelación.
Finalmente, tenemos que indicar que fueron algunos los lienzos pertenecientes a la Escuela
Cuzqueña, así como a la Potosina, Quiteña y Arequipeña que embellecían el templo de la
Compañía.
Se ha especulado mucho sobre las riquezas que en metales preciosos llevaron consigo
los jesuitas al producirse su expulsión y las que dejaron escondidas y enterradas en lugares
secretos; sin embargo, nos atrevemos a sostener que son meras suposiciones, pues, en nuestras
investigaciones históricas realizadas en archivos españoles y en el Archivo Nacional del Perú,
hemos consultado la documentación sobre los inventarios realizados por los jesuitas en 1765 de
todas sus pertenencias y los inventarios levantados posteriormente por la Real Junta Municipal
de Temporalidades Jesuitas, y ambas coinciden plenamente. Lo interesante de estos inventarios
es que nos permiten determinar con precisión y exactitud la enorme cantidad de alhajas, joyas,
reliquias, plata labrada, ornamentos, enseres y objetos religiosos que había en la Iglesia de la
Compañía en 1767, año en que fueron expulsados los hijos de San Ignacio de Loyola de España y
sus dominios de América.
De manera que podemos concluir estas líneas sosteniendo que la Iglesia de la Compañía
no sólo es la joya más preciada de la Arquitectura Arequipeña, sino también la depositaría de
los retablos y lienzos más representativos, así como de las alhajas, reliquias, joyas y objetos
sagrados más artísticos y valiosos.
V.- EL CLAUSTRO
Los trabajos que tomó a su cargo Pantigoso contaron con la valiosa colaboración del
cantero Juan Ordoñez, con el que suscribe un contrato en 1681 para labrar 38 pechinas para
adorno del Claustro Mayor, las mismas que fueron trabajadas por los indios que tenían a su
servicio y que habían adquirido amplia experiencia en esta clase de obras. Al cerrarse las
bovedillas los indios fueron gratificados con dicha; los negros de propiedad de los jesuitas y a
disposición de Pantigoso fueron obsequiados con una ración más de tabaco y los oficiales y
auxiliares españoles fueron premiados con varias botijas de vino. De suerte que, las manos
labrantes que tomaron parte en la construcción del Claustro fueron muchas. Aparte de las
indicadas debemos señalar que del acarreo de las piedras desde la cantera se encargó Antonio
de Tapia y su socio Simón Muñoz.
Por el año de 1685 continuaban los trabajos del claustro, ya que el hermano Francisco
Xavier, Prepósito Provincial, en carta dirigida a sus superiores les manifestaba "haberse
terminado un ángulo del claustro y otro empezado". El terremoto de Santa Úrsula, que tantos
estragos causo en la ciudad de Arequipa, particularmente en la Iglesia de la Compañía derrumbó
el campanario, pero no dañó los claustros, pidiendo de manifiesto, de esta manera, lo bien que
se estaban construyendo.
Tampoco conocemos con exactitud los costos del claustro, pero en documentos
consultados en el Archivo General de la Nación hemos encontrado la partida de 4,200 pesos de
4 reales pagada en jornales a los obreros indios que tomaron parte en su construcción; además,
existen otras partidas menores.
El Claustro Mayor de la Compañía es de un sólo piso y con arcos de medio punto sobre
posadas pilastras, al igual que todos los claustros que se edificaron en el período colonial en los
diversos conventos y monasterios de la ciudad. La diferencia radica en que el Claustro Jesuita
tiene un elaborado bajo relieve sobre cada una de las caras de las pilastras, que le da un valor
excepcional. Cada tablero exhibe idénticos relieves de tres gruesos racimos de uvas, papayas,
conchas, simétricas cantutas y hojas de vid desprendidas de macetones y alados querubines,
circunscritos por dos tallos que entrecruzan. En cada clavo se repite la misma roseta simétrica,
coronada de plumas como las "Cabezas-Trofeo" de las pinturas de los huacos nasquenses y en
cada enjuta un medallón con el mismo monograma latino: IHESUS, MARÍA y IOSEPEH (Jesús,
María y José); además, querubines y plantas y dos pequeñas figuras de San Ignacio y San
Francisco Xavier. A la altura de un delgado arquitrabe gárgolas estilizadas imitando al puma.
Friso con rosetas cuadrifolias y simétricas, rematando en una amplia cornisa estilizada. En las
esquinas medallones encerrando las letras S.D., S.F., y M.N. iniciales de las palabras: Sanctus
Deus, Sanctus Fortis, Sanctus Inmortalis, Miserere Nobis (Santo Dios, Santo Fuerte, Santo
Inmortal), Ten Piedad de Nosotros).
El arquitecto Emilio Harth-Terré considera que la técnica empleada para esculpir los
adornos consistía en labrarlos una vez que el sillar se encontraba asentado y seco. Las
esculturas de los adornos que en otro tiempo tuvo fueron labradas por un maestro anónimo al
que se le abonaron sólo 100 pesos por sus jornales.
El piso del patio fue en damero, con cuadrados de canto rodado y sillar. Hoy luce de
piedra granito, guardando armonía con una hermosa pileta de tres cuerpos con motivos fito y
zoomorfos, pero rompiendo la armonía del conjunto que en otros tiempos existió.
El segundo claustro que hoy luce imponente toda su belleza arquitectónica fue más
pequeño y mucho más modesto.
Al ser expulsados los padres jesuitas en 1767, sus propiedades tanto urbanas como
rurales y censos, fundaciones y capellanías, así como iglesias y conventos pasaron bajo la
administración y cuidado de los padres de la Congregación del Oratoria de San Felipe Neri.
En este período fueron varias las instituciones públicas y privadas, así como in-
telectuales de reconocida capacidad que solicitaron se destinaran los claustros a un centro de
educación superior.
Los padres de San Felipe Neri, el 11 de diciembre de 1773, también informan al Director
General de Temporalidades haber solicitado al Cabildo lo necesario para fundar una Universidad
y Colegio en el claustro de los jesuitas.
Mientras se tramitaban estas y otras peticiones para la utilización del claustro jesuita, el
01 de enero de 1780 surge la Rebelión en Arequipa como protesta por el establecimiento de
nuevos impuestos tributarios y el funcionamiento de la Aduana. El Virrey Guirior dispuso que se
trasladara el Real Batallón Fijo del Callao, compuesto por 100 soldados, a la Ciudad Blanca al
mando del Mayor Antonio Gonzales. El Batallón ingresó a la ciudad el 5 de mayo de 1780 y fijó
su residencia en el Claustro jesuita, permaneciendo en él algún tiempo.
Las peticiones para que, mientras Su Majestad decidía sobre la perpetua aplicación de
los bienes de 13 Compañía, se encargara a eclesiásticos seculares de probada honorabilidad el
cuidado de la Iglesia y del Claustro, fueron muchas, por lo que, el 9 de noviembre de 1781, el
Padre Antonio de Otazú, Pre-vendado de la Catedral y Comisionado por el Corregidor de la
ciudad, D. Balta-zar Sematnat, entregó bajo pormenorizado inventario la Iglesia y Claustro de la
Compañía a los sacerdotes: Félix Valdivia. Nicolás del Carpió, Pantaleón Vélez y Pedro Bedoya,
capellanes nombrados para tal efecto.
Por otra parte, fueron reiteradas las peticiones de los párrocos de Cayma, Yanahuara,
Characato, Sabandía, Tío, Uchumayo, Vítor, Aplao, Yanaquihua, Andaray y de otras parroquias y
doctrinas para que se les donara o entregara temporal o definitivamente algunos ornamentos,
alhajas, enseres y objetos sagrados de los que habían dejado los jesuitas guardados en su
sacristía.
Parte del Convento de la Compañía, a solicitud del Obispo Chávez de La Rosa, se aplicó
para los niños expósitos en 1788, y se comenzó a recibir a los primeros alumnos el 1 de
diciembre de dicho año. Las Constituciones de este centro fueron preparados por el mismo
Obispo y se aprobaron por el Rey el 15 de marzo de 1794. Los fondos necesarios para su
funcionamiento fueron proporcionados por el Obispo y por varios benefactores, entre los que
se encuentra Don Manuel Prego y Juana Peralta su esposa que dejaron por heredero universal
de todos sus bienes al indicado colegio de huérfanos. Destacaban dos chacras: una situada en
Yanacoto y la otra en Socabaya, ambas rentaban 1,258 pesos cada año. El Padre J osé Antonio
Pérez, Cura de la Catedral y Primer Rector de dicha casa, les legó también todas sus
propiedades, como consta en su testamento del 30 de octubre de 1792. Además, fueron
benefactores D. José Zuleta y Aguado, D. Juan Montúfar y Fraso y María Taboya de Durana,
Marqueses de Selva Alegre, que donaron una finca, finalmente, el Obispo Chávez de la Rosa
tuvo que donar 4,088 pesos para cubrir el déficit presupuestario. La primera Abadesa fue la
R.M. María Rivera, religiosa arequipeña de reconocidas dotes espirituales.
Los lotes fueron adjudicados a D. Arturo Ibáñez, a D. Alberto Rey de Castro, en nombre y
representación de sus familiares, A Don Arturo López de Romaña y a la Sociedad de Socorros
Mutuos. Los cuatro lotes restantes; 1, 2, 5, y 6, los tomó en arrendamiento la Beneficencia por
el tiempo de dos años mientras se construía su nueva sede, comprometiéndose a pagar el canon
anual del 6 por ciento sobre el valor de las subastas.
Los claustros en poder de sus nuevos propietarios sufrieron una serie de modificaciones
y transformaciones que alteraron por completo los planes originales. En el Claustro Mayor, por
ejemplo, de las 36 pilastras originales, únicas en Arequipa por su ornamentación, sólo quedaron
17 y en muy mal estado de conservación; en el centro del patio se levantó un edificio de dos
pisos de ladrillo y cemento para oficinas; las habitaciones y ambientes que rodeaban el claustro
fueron también convertidos en oficinas. Del claustro solo quedaba la arcada adjunta a la iglesia
y aún clausurada, las otras tres arcadas habían sido derruidas. El amplio edificio que en otros
tiempos albergara a los religiosos jesuitas se encontraba convertido en ruinas.
En 1971 el banco Central Hipotecario del Perú adquirió los antiguos claustros y encargó
su restauración a la firma IMARA. Al concluirse las obras de restauración los diferentes
ambientes fueron rematados por segunda vez, en pública subasta, y hoy son ocupados por
tiendas comerciales y admirados por los numerosos turistas que acuden a visitarlos.









