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La Compañia de Jesús - Alejandro Málaga - ESTUDIOS HISTÓRICOS

1. Los jesuitas llegaron al Perú en 1568 y fundaron el Colegio Máximo de San Pablo en Lima. Luego se extendieron por todo el continente estableciendo doctrinas, colegios y misiones. 2. En 1578, Diego Hernández Hidalgo donó sus bienes para fundar una casa de los jesuitas en Arequipa. Los jesuitas aceptaron la donación y establecieron el Colegio de Santiago de Arequipa. 3. Los jesuitas desempeñaron un importante papel educativo, mision

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La Compañia de Jesús - Alejandro Málaga - ESTUDIOS HISTÓRICOS

1. Los jesuitas llegaron al Perú en 1568 y fundaron el Colegio Máximo de San Pablo en Lima. Luego se extendieron por todo el continente estableciendo doctrinas, colegios y misiones. 2. En 1578, Diego Hernández Hidalgo donó sus bienes para fundar una casa de los jesuitas en Arequipa. Los jesuitas aceptaron la donación y establecieron el Colegio de Santiago de Arequipa. 3. Los jesuitas desempeñaron un importante papel educativo, mision

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1 .

L A C OM P A ÑÍ A DE JE SÚ S

I. GENERALIDADES

La Orden Jesuita está íntimamente ligada a la historia del Perú. Aunque los hijos de
San Ignacio llegaron después de la conquista guerrera y del turbulento período de las Guerras
Civiles que regaron de sangre el territorio del Imperio de los Incas; sin embargo, supieron
asumir con clarividencia el pasado autóctono; se identificaron con él y desentrañaron muchos de
sus misterios. A esta Orden se deben valores no sólo religiosos y culturales, sino también sociales
y geográficos, políticos y económicos. Llegaron al Perú con el espíritu fundacional del siglo XVI,
con la fuerza misionera del siglo XVII, con el cuidado pedagógico del siglo XVIII y con la constancia
reconstructora del Siglo XIX, después del desastre de la guerra del Pacífico.

Don Andrés Hurtado de Mendoza, Márquez de Cañete, al ser nombrado Virrey del Perú,
en reemplazo del Pacificador La Gasea, solicitó al Padre Francisco de Borja, Comisario de la
Orden Jesuita en España, el envío de algunos padres al Perú. Consultado el fundador, San
Ignacio de Loyola, aprobó el proyecto en 1555, pero los padres que debían viajar con el Virrey no
pudieron hacerlo esta vez porque el número de religiosos que podía trasladar con licencia ya esta-
ba completo.

Cuatro años más tarde, en 1569, el nuevo Virrey D. Diego López de Zúñiga y Velasco,
Conde de Nieva, manifiesta también su deseo de traer jesuitas al Perú. Para este Francisco de
Borja había seleccionado o seis padres, entre los que se encontraba Jerónimo Ruiz de Portillo,
más tarde fundador de la Orden en Lima. Este segundo intento también fracasó. Finalmente,
en octubre de 1567 partieron de Sevilla a Sanlúcar los primeros jesuitas del Perú: Jerónimo Ruiz
de Portillo como superior, los padres Luis López, Diego Bracamonte, Miguel de Fuentes, Antonio
Álvarez y los hermanos Juan García, Pedro Lobety Francisco Medina. Después de una larga
travesía en la que hicieron escalas en Tenerife, Cartagena de Indias y Panamá, arribaron al puerto
del Callao el 28 de marzo de 1568; este mismo año, sin pérdida de tiempo, fundan el Colegio
Máximo de San Pablo en Lima. En 1569 y 1571 llegaron refuerzos a solicitud del Virrey Toledo,
que gozaba de la amistad del P. General Borja y desde Lima se extendieron por todo el
continente.

A insinuación de Toledo fundan la Doctrina de Huarochirí en 1569, demostrando de esta


manera su voluntad de atender lo antes posible a los indios, aunque esta labor no estaba
considerada del todo en las prescripciones del Instituto. De dicha doctrina se hicieron cargo los
padres Diego de Bracamonte Rector del Colegio de Lima, Alonso Barzana, más tarde experto
conocedor de las lenguas aborígenes, y el estudiante chachapoyano Blas Valera. La labor fue
ardua, pues la población que se encontraba diseminada en más de 70 pequeños poblados o ayllus
fue reducida a sólo ocho pueblos; es así cómo se da inicio a las notables "Reducciones" y con ellas
los indios comienzan una vida urbana y cristiana.

En 1570 fundan la Doctrina del Cercado, pueblo de indios que había sido trazado dos años
antes por el Licenciado Castro en los arrabales de Lima y al que no podían ingresar españoles ni
negros. En 1573 el P. José de Acota, célebre por su famosa obra "Historia Natural y Moral de las
Indias", llega a la ciudad de Arequipa y al año siguiente viaja a Potosí juntamente con el P. Alonso
de Barzana. En 1577 llegan a Juli, que sería una de las más importantes doctrinas y el antecedente
de las Misiones Paraguayas. En 1578 fundan el Colegio de Santiago en Arequipa, como veremos
después extensamente. En 1581 fundan el Colegio de la Paz. En 1584 se establecen en Panamá
y 1586 fundan el de Quito y el de Tucumán. En 1582 se logra la fundación en la ciudad de la
Plata o Chuquisaca y al año siguiente se traslada el Noviciado del Colegio de San Pablo de Lima al
Cercado. Es así como, al concluir el siglo XVI, los hijos de San Ignacio de Loyola desde Lima se
extienden por toda la América Meridional y los 30 padres que llegaron en 1569 se multiplicaron
a 279.

Después de haber permanecido dos siglos en el Perú los jesuitas fueron expulsados por
Carlos III y el Virrey Amat fue el encargado de cumplir en Lima, el 9 de septiembre de 1767, el
Real Decreto y las instrucciones secretas de la expulsión. Las razones fueron muchas, pero una
de las determinantes fue el inmenso poder espiritual, político y económico que adquieran los
jesuitas dentro del Imperio Español. Su labor y obra evangelizadora con los indígenas americanos
desde fines del siglo XVI. Así como su influencia en el desarrollo cultural de las colonias españolas,
son ampliamente conocidas, pero nadie podrá negar que lo más importante de los jesuitas era su
organización económica.

Transcurrió aproximadamente un siglo de su expatriación y en 1852 un grupo de


jesuitas arribaba a las costas del Perú, procedentes del Ecuador de donde fueron expulsados por
orden del presidente Urbina; se establecieron en Paita y Piura hasta 1853 en que se trasladan a
Guatemala por disposición de sus superiores. El 23 de noviembre de 1855 se aprueba un
dispositivo legal prohibiendo el regreso de los jesuitas al Pera, sin embargo, el 16 de septiembre
de 1871 llega a Lima una delegación de padres de la Compañía de Jesús y se hospeda en el
Convento de la Merced. La presencia de los hijos de Loyola ocasiona una serie de discrepancias que
se polarizan antagónicamente- entre los que defienden el restablecimiento de los jesuitas y los
que consideran que su presencia es ilegal. A pesar de estas discrepancias no se puede negar su
participación en beneficio de la sociedad, particularmente su labor durante la guerra del Pacífico,
ya sea como capellanes o como enfermeros.

El 25 de octubre de 1886 las Cámaras aprobaron una Ley en la que "Prohibían el


restablecimiento de la Compañía de Jesús como comunidad, como congregación, como cuerpo
docente y bajo cualquier otra forma". Es así como en el siglo XIX se produce la segunda expulsión
de los jesuitas del territorio peruano. De inmediato se nota una fuerte reacción en todo el Perú. En
Arequipa se produjeron varias manifestaciones de apoyo y el Obispo Juan A. Huerta hizo pública
su valiente Pastoral. En 1898 el padre Ildefonso del Olmo funda el Colegio de San José en
Arequipa, pero tiene que cerrarse en 1935 por ausencia de personal y en 1947 reabre sus puertas
a la juventud arequipeña.

II.- LA FUNDACIÓN

En la ciudad de Arequipa, desde su fundación en 1540 por Garcí Manuel


de Carbajal. Se establecieron sucesivamente los padres dominicos, mercedarios,
franciscanos, agustinos y, finalmente, los jesuitas. Procedentes de la Ciudad Imperial del Cusco
llegaron a la de Arequipa, en 1573, los religiosos de la Compañía de Jesús padres: José de Acota,
Luis López y Gonzalo Ruiz. Los dos primeros se dedicaron a impartir la religión cristiana entre
españoles, criollos y mestizos, y el tercero a doctrinar a los indígenas, pues era un buen
conocedor de las lenguas aborígenes. Los vecinos y moradores de Arequipa conocían am-
pliamente la labor desplegada por los jesuitas en las ciudades del Perú donde se habían
establecido, por lo que les propusieron su fundación en esta ciudad, para lo que aportaban,
como primera entrega, la suma de 17,508 pesos, producto de las erogaciones recogidas en el
Cabildo Abierto que para tal efecto se había realizado. Sin embargo, los jesuitas consideraron que
este dinero era insuficiente para la fundación y regresaron a la ciudad de Lima.

Al año siguiente, 1574, se hace presente la segunda comisión Jesuita integrada por los
padres Alonso Barzana, Luis López y el Hermano Juan García. En esta oportunidad también
hubo un cabildo abierto en el que se señalo la necesidad de fundar la casa de la Compañía de
Jesús en esta ciudad, para lo que aumentaron sus donaciones en 10,000 pesos. Sin embargo, los
religiosos jesuitas regresaren a Lima en espera de una mejor oportunidad.

El P. Plaza en carta dirigida al P. Mercurian le manifestaba que, en 1578 D. Diego Hernández


Hidalgo, vecino de la ciudad de Arequipa, influido por el Capitán Jerónimo Pacheco y su esposa
Dña. Lucía de Padilla, habían decidido aplicar todos sus bienes a la fundación de una casa de la
Compañía en dicha ciudad, a cambio de la cual solicitaba que los jesuitas lo reconocieran como
fundador. Posteriormente añadió a su testamento un codicilo en el que daba plazo de un año
para que aceptaran su donación; en caso de no ser posible la fundación de la casa jesuita sus
bienes pasarían a ser destinados a la fundación de unas obras pías que tenía señaladas.

Los jesuitas aceptaron la donación y acordaron reconocer como fundador de la Casa de


la Compañía en Arequipa a Diego Hernández Hidalgo y, sin mayor dilación, iniciaron su fábrica,
para lo que, en la cuaresma de 1578, se hicieron presentes el padre Agustín Sánchez y el hermano
Juan de Cásasela; permanecieron dos meses, aproximadamente, y luego se dirigieron a los valles de
Vítor y Majes y, posteriormente, a las provincias de Collaguas y Condesuyos.

El P. José de Acosta al informarse del fallecimiento de D. Diego Hernández Hidalgo -


ocurrido el 27 de julio de 1578-, fue del parecer, lo mismo que el P. Plaza, de tomar posesión de
las propiedades donadas por el benefactor antes del vencimiento del plazo señalado, para lo
cual dispusieron el viaje a Arequipa del P. Antonio López y el hermano Marco Antonio. Arribaron
a la ciudad del Misti el 16 de agosto de 1578 y de inmediato tomaron posesión de los bienes
donados por tan ilustre benefactor; además, compraron, en 3,000 pesos, a Lucas Martínez
Begazo y a Manuel Herrera el terreno sobre el cual construyeron la iglesia.

Sin contar aún con la licencia correspondiente edificaron una habitación, en el lugar que
hoy ocupa la iglesia, hecho que originó la intervención del Vicario General P. Miguel Velásquez,
quien notificó a los religiosos jesuitas para que se abstuvieran; de iniciar la fábrica de la iglesia y
celebrar misa en esa modesta habitación mientras no contaran con la autorización necesaria.
Parece que el Vicario no veía con simpatía el establecimiento de los jesuitas en Arequipa, lle-
gando al extremo de ordenar la destrucción de la habitación y del altar donde celebraban misa.

Por su parte el Virrey Toledo. En una provisión expedida en Lima el 9 de septiembre de


1578, ordenada a García Gutiérrez de Escobar, Corregidor de la ciudad de Arequipa, así como a
Juan de Saavedra, Juez Comisionado y a Martín Abad de Usúnsola, Vicario General, cerraran la
casa de los jesuitas, tapiando la puerta de ingreso y embargando todos sus bienes. El P. Pedro
Mejía, Procurador de la Orden, aterrorizado por tremenda medida, solicitó a la Real Audiencia
de Lima el reconocimiento del derecho que tenían sobre los bienes de Diego Hernández Hidalgo
y, posteriormente, consiguieron que Felipe II les autorizara la fundación del Colegio y fábrica de
Iglesia, en Cédula Real expedida en Madrid el 27 de febrero de 1582.
Una vez que a los jesuitas se les devuelven sus propiedades en Arequipa, el Vicario
General Dr. Manuel Abad de Usúnsola, que gobernaba esta iglesia en 50 nombre del Obispo del
Cuzco, observó su regreso alegando que carecían de licencia para fundar casa y que el lugar
donde habían iniciado la fábrica de la iglesia perjudicaría enormemente a la Iglesia Mayor. Esta
observación fue elevada al Virrey Enríquez quien, por el contrario, ratificó la Cédula de Felipe II.
Fundadores:

El Capitán Diego Hernández Hidalgo, para la fundación de la Compañía de Jesús en


Arequipa, donó la cantidad de 11,580 pesos y 11 tiendas en la calle de la Alcantarilla o de los
Mercaderes a condición de que su cuerpo fuera sepultado en la iglesia y celebraran la fiesta de
Santiago Apóstol, patrón de dicho colegio, el 25 de julio de cada año. De no efectuarse la
fundación antes de la Navidad de 1579 la donación quedaría sin efecto. Del dinero se tomarían
7,366 pesos y se impondrían a censo sobre la viña de Juan Zegarra y los 4,214 restantes se
destinarían a la fábrica de la iglesia. El censo se redimió en 1676, ignorándose el destino del
capital.

Los sucesivos terremotos que sacudieron la ciudad de Arequipa arruinaron las 11


tiendas que había donado Hidalgo y en su reedificación se gastaron 2,000 pesos que fueron
tomados de los 4,000 que pertenecían a la fiesta de San Francisco Javier, que había sido
establecida por el Obispo Juan Cavero.

El terremoto de 1582 arruinó la iglesia y claustros que los jesuitas estaban


construyendo, lo que conmovió al Capitán Antonio de Llanos y a su esposa María Cermeño, que
donaron 44,386 pesos para su reedificación; entregaron 21, 828 en efectivo, 20,258 repartidos a
rédito, 1,300 en una estancia con 300 vacas en el valle de Poso y 1,000 en 12 topos de tierras
que compraron en el pago de Porongoche. Se hacía esta donación a cambio de ser admitidos
como insignes benefactores y fundadores del colegio; por otra parte, para tener derecho a ser
sepultados a la derecha del altar mayor; para que los jesuitas doctrinaran a los indios Chilpacas,
Salamanticas y Chichas de la provincia de Condesuyos, así como a los Canchos del valle de
Characato que tenían encomendados los donantes. Con los réditos de los censos se pagaría la
cera que se necesitaría para la celebración de la fiesta de la Virgen de la Purificación. Los
jesuitas aceptaron estas condiciones dejando de doctrinar a los indios desde 1713 ya que se ha-
bían extinguido.

Al producirse la expulsión de los jesuitas en 1767 la donación de los esposos Llanos


estaba reducida a sólo 27,720 pesos distribuidos en la siguiente forma : 13,600 se pagaron en la
compra de la hacienda San Jerónimo; 4 700 en la compra de la casa, aperos y herramientas de la
estancia de Yanarico en Puno; un principal de 1,680 impuestos en la viña de San Javier en el
Valle de Vítor; 1,600 para la chacra que compraron a María de Robles en Guasacache; y 600
pesos para la adquisición de 6 tiendas en la calle de los Mercaderes. Asimismo, se impusieron
los siguientes censos: 4,400 pesos en la viña de doña Violante de la Cerda, 600 en la viña y casa
de Hernando de Almonte y 440 en la viña del Lic. Francisco de Rivera y Castillo.

Benefactores:
Los benefactores del Colegio Jesuita fueron muchos, pero los podemos agrupar en
insignes y particulares. Entre los primeros tenemos a Dña. Lucía de Padilla, vecina y rica
encomendera de Arequipa, que donó una viña con 25,000 cepas en el valle de Churunga y unas
tierras en Cayanga; en recompensa solicitó a los jesuitas que doctrinaran a los indios Arones y
Yungas del valle de Ocoña que habían sido encomendados a su esposo Jerónimo Pacheco. En la
escritura de donación no aparece ni el precio de las cepas ni la extensión de las tierras, pero en
el libro de Censos de 1611-1615 se anota que la viña fue vendida en 9,000 pesos y las tierras en
2,000.

Juan Chacón y su esposa Juana Ramírez, vecinos de Arequipa, donaron la mitad de la


viña de San Juan de la Vega, más conocida como Tacar, situada en el valle de Vítor, así como los
olivares de Lluta y Matarani que poseían en las lomas de Hilay (hoy Islay); a cambio de esta
donación pedían que se les reconociera como insignes benefactores y que doctrinaran
perpetuamente a los indios que tenían encomendados en ambas propiedades. A la muerte de
Juan Chacón su esposa varió el testamento con un codicilo, por el cual modificaba la donación
original de la mitad por las tres cuartas partes a favor de los jesuitas y la cuarta parte restante
para la fundación de seis obras pías. Ambas propiedades se tasaron en 60,000 pesos incluidos
los esclavos. La viña de Tacar se perdió con la aparición de ciénegas y salitrales y las cepas se
quemaron en 1680; en cambio, los 30 esclavos y herramientas agrícolas se trasladaron a la
hacienda San Javier.

Pedro Soliorigo, vecino también de Arequipa, donó 17,999 pesos en un comienzo y,


posteriormente, designó heredero universal de todos sus bienes al Colegio. Asimismo, donó
36,000 pesos en efectivo, 24,000 para la fábrica de la iglesia y 12,000 para la adquisición de 20
negros.

Inés Chirinos de Loayza legó todas sus propiedades al colegio Jesuita, las mismas que
superaban los 50,000 pesos, pero sólo aparecieron 18,347, valor de la hacienda Sacay la Grande,
el saldo se ignora en que' fue invertido.

Entre los benefactores particulares se conoce a Antonio Gómez Buitrón que donó cuatro
tiendas tasadas en 1,000 pesos, las mismas que fueron derruidas para levantar allí los claustros
de la comunidad. Juan Pacheco donó 2 800 pesos. Alonso Estrada dejó por heredero universal
de sus propiedades al colegio jesuita, siendo la propiedad más representativa la viña que poseía
en el valle de Moquegua tasada en 12,40-0 pesos. Alonso Picado donó la estancia Chilligua.
Francisco Romero varias dependencias y 3,000 pesos en dinero. Diego López Miranda 1,000
pesos.

Asimismo, figuran entre los benefactores particulares el Lic. Juan Alonso del Pozo que
donó 4,200 pesos; Jerónimo de Robles 2,300 para la fábrica de la Iglesia; Juana Rabanal 4,500;
Mencia Hernández 1,000; Diego Peralta 1,500; el Lic. Francisco López una imagen de San
Sebastián; Manuel de León 413 pesos, Juan Fernández de Luna dos esclavos evaluados en 1,000
pesos; Alonso Mejía de Mirabal 2,000; Juan Pizarro 1,500; Francisco de Herrera unas casas;
Antonio Romero 1.000 pesos; Juan de Salazar 800.

También fueron benefactores, aunque se desconoce lo que donaron, Pedro de Alcázar,


Ana Morena, Alonso Rodríguez, Juana de Herrera, Juan Suárez, Lorenzo Quintana. Francisco de
Ocaña, Jerónimo Sigala, Diego Gutiérrez, Francisco Julio, Diego Ordoñez, Pedro de Ochoa, Lucía
de Villa y Melchora de Luna.
Mención especial merece la donación que hicieron los indios: Pablo Fauto de tres topos
de tierras, Isabel Yaurisaco de unas casas y otra india, cuyo nombre desconocemos, dos esclavos
valorados en 1,800 pesos.

Las limosnas y donaciones que recibieron los jesuitas de parte de sus fundadores y
benefactores las incrementaron considerablemente, como veremos en su oportunidad gracias a
su organización económica; no establecieron una empresa de corte tradicional, como se ha
sostenido, sino una institución que no descuidó sus propósitos religiosos y espirituales y que
organizó su economía con criterios más modernos.

III.- LAS PROPIEDADES

Las propiedades de la Compañía de Jesús de Arequipa fueron abundantes y variadas; se


originan con las donaciones de los primeros pobladores para la construcción de la Iglesia y
Colegio y se incrementan sucesivamente gracias a la buena organización económica practicada
por los jesuitas.

Se ha especulado mucho con el denominado "Tesoro de los Jesuitas" pero es necesario


dejar en claro que la acumulación y atesoramiento improductivo en dinero y joyas no fue uno
de los objetivos de los Hijos de Loyola. Su política económica era muy diferente: era
completamente moderna. No se puede negar que invirtieron mucho dinero en la edificación de
iglesias y casas de comunidad, en enriquecer sus bibliotecas, en objetos religiosos y litúrgicos,
en amoblar sus viviendas, etc, que en ningún caso deben confundirse con el atesoramiento
propiamente dicho; aunque hubo muchos tesoros y joyas. La plata labrada que se confiscó a los
jesuitas sólo llegó a 51,268 marcos y el oro a 6,793 castellanos, cantidades muy inferiores a las
que, seguramente, esperaban encontrar sus secuestradores.

Las múltiples propiedades que poseían los jesuitas fueron adquiridas por diversas vías,
siendo una de las principales la donación de tierras. De esta manera adquirieron, por ejemplo, la
hacienda Tacar en el valle de Vítor. Al poco tiempo de haberse establecido en el Perú, la
Compañía adquiere alto prestigio y se convierte en la depositaría de quienes deseaban
descargar sus conciencias entregando la administración de sus bienes una vez muertos, a una
institución que les asegurase la religiosa utilización de éstos.

El prestigio de la Compañía alcanzó a todos los grupos sociales pues los donantes unas
veces eran ricos encomenderos como Alonso Picado que donó una estancia en Chilligua; o
viudas devotas como Inés Chirinos que dejó como heredero universal de todos sus bienes al
Colegio de Arequipa; o indios pobres como Pablo Fausto que les donó 3 topos de tierras; en
otros casos fueron ricos sacerdotes seculares o poderosos curacas y caciques.

Las donaciones en tierras no fueron las únicas, las hubo muchas en dinero que fue
empleado de inmediato en fincas y tierras, a veces por expresa licencia del donante, tal es el
caso del Capitán Antonio de Llanos que les donó 44,386 pesos o Pedro Soliorigo que donó 12 mil
pesos para la compra de negros.

Las ganancias que obtenían de sus tierras no las atesoraban, sino que las reinvertían en
los diversos sectores de su compleja economía. Para los jesuitas, más importancia que el tesoro
tenían las inversiones que abarcaban desde las operaciones de crédito hasta el arriendo de
diezmos, el comercio directo o la compra de casas, estancias y haciendas. Pero es conveniente
destacar que los Jesuitas no sólo se dedicaban a estas inversiones, sino que, además, poseían un
número considerable de obrajes y chorillos, haciendas, estancias, huertas y tambos que fueron
acumulados desde fines del siglo XVI.

Los jesuitas para aumentar su patrimonio rural, no sólo recurrieron a las donaciones,
sino que, muchas veces, compraban dominios, para lo cual tenían tres recursos principales para
conseguir el capital de la compra, según P. Macera : 1) la reinversión de las ganancias obtenidas;
2) La financiación interna, mediante los préstamos de un colegio a otro 3) El crédito externo,
tomando a censo, casi siempre redimible, de particulares o instituciones, el dinero que necesi-
taban para adquirir las nuevas tierras.

Urbanas:

Las propiedades urbanas de los jesuitas en la ciudad de Arequipa fueron varias, entre
ellas, 27 tiendas en la calle de la Alcantarilla o de los Mercaderes. 13 donadas por el Capitán
Diego Hernández Hidalgo, fundador del Colegio que fueron arruinadas por el terremoto que
sacudiera la ciudad y se reconstruyeron gracias al dinero perteneciente a la fiesta de San Javier
que el Obispo Cavero había fundado. 6 tiendas más, que edificaron en el terreno que adquieren
por remate a Juan Chacón en 750 pesos, 700 tomaron de la donación de Antonio de Llanos y los
50 restantes de su propio peculio. Otras 6 casas construyeron en el solar que compraron a
Bartolomé Pérez Herrera en la suma de 2,000 pesos, los mismos que fueron proporcionados por
Antonio Romero. Y las 2 tiendas restantes, las construyeron en el terreno que compraron a Ana
Pinelo de Vera en la cantidad de 1,570 pesos.

El callejón de la parte posterior de las 27 tiendas, así como un pedazo de solar de


propiedad de José Pitay fueron rematados, el 28 de marzo de 1764. En 4.106 pesos en beneficio
de la Compañía.

Al ser expulsados los jesuitas las 27 tiendas se tasaron en 36,704 pesos; sin embargo, se
remataron, en noviembre de 1771, en 38,000. Al contado se pagaron 24,000 y el saldo de
14,000 a censo redimible de 4,000 cada año. En el tiempo transcurrido desde la expatriación de
los jesuitas hasta producirse el remate, las tiendas rentaron 8,927 pesos por alquileres.

En la calle de la Ronda edificaron un Molino harinero con licencia del Superior Gobierno
según Provisión del 16 de abril de 1642. El terreno lo compraron a los herederos de Valeriano
Guzmán en 180 pesos. A Manuel López Duarte le pagaron 70 pesos para usar el callejón que
conducía al Molino, y, al indio Francisco Flores le pagaron 70 pesos por un pedazo de terreno
que servía de plazoleta al Molino; sobre este terreno siguió pleito el Lic. Francisco Javier de
Segarra y otros vecinos de Arequipa alegando que les pertenecía; terminó el pleito con el pago
de 150 pesos que hicieron los jesuitas. Por otra parte, los propietarios de las chacras y terrenos
por donde pasaba la acequia que conducía el agua del Chili al Molino exigieron que se les pagara
1,086 pesos: correspondieron 530 a Francisco Escobar, 350 a Juan de Rivera y 186 a María de
Anaya.

La construcción del molino fue aprobada por la Real Audiencia de Lima el 10 de


diciembre de 1639; sin embargo, el Procurador General de la ciudad de Arequipa hizo algunas
observaciones y se negó a autorizar su edificación, pero las autoridades tuvieron en cuenta la
utilidad y beneficios que prestaría a la población por lo que el 19 de abril de 1641, dieron
posesión a los jesuitas. Fue tasado y rematado en 14 238 pesos en favor de Antonio de la Llosa;
8,000 se pagaron al contado a las Reales Cajas y el saldo a censo redimible. Por concepto de
alquileres se obtuvo la cantidad de 2,581 pesos, que sumados al remate ascendían a 16,820
pesos, de los que se descontaba al gravamen de 240 pesos a favor de los indios de
Cabanaconde.

Finalmente, la Casa-Tambo que el P. Bernardino Pineyro compró, en representación de


la Compañía, a las hermanas Manuela y Basilia de Sepúlveda en 3,340 pesos. Lindaba por el
frente con la calle Real, por la espalda con casa de la familia Sarabia, por un costado con las
casas de la familia Tapia y por el otro costado con la casa de la familia Cárdenas. Su extensión
era de 1583 varias cuadras, y fue tasada en 12,646 pesos y 2 reales. Rurales:

Las propiedades rurales de la Compañía fueron mayores. Así tenemos la chacra


Huasacache, situada ambos lados del río Paucarpata. Las tierras de la derecha del río las
compraron a María de Robles, esposa de Diego Peralta Cabeza de Vaca, en 2,000 pesos pagados
al contado; y las de la izquierda, propiedad de los indios Pampacolca, las adquieran con la
intervención del Protector de Naturales en 3,400 pesos a censo redimible. Las tierras de la
derecha mediante 279 topos, y las de la izquierda 249; a estas se agregaron 34 topos y 4,800
varas, pertenecientes a los indios originarios de Characato, que fueron vendidas por el visitador
Eugenio Palacios, en representación de S. M., en 4,600 pesos a censo redimible.

La chacra de San Jerónimo, propiedad de Diego de Carbajal y Leonor Méndez su esposa,


sobre la que el Colegio de la Merced tenía impuesto un principal, fue adquirida en remate por
12,000 pesos por Pedro Rodríguez de Santillán y la donó al Colegio de la Compañía. Por otra
parte, el Capitán Antonio de Llanos les donó unas tierras en Porongoche 1625 y al año siguiente
compraron otras a Alonso de Luque en la suma de 4,850 pesos; 3,450 pagados al contado y el
saldo a censo redimible, las tres chacras tenían una extensión de 87 topos; fueron tasados en
50,226 pesos 5 1/2 reales y se remataron en sólo 37,700 en favor de la Condesa de San Isidro.

La hacienda Tacar, situada en el pago del mismo nombre en el valle de Vítor, la


adquirieron por donación de Juan Gómez Chacón y Juana Ramírez su esposa. A esta hacienda
agregaron las tierras que compraron a Bernabé Gómez en la suma de 325 pesos: así como a
Miguel Fernández Manrique y a Ana de Vera su esposa en 850 pesos; a Francisco Correa y María
Chacón su esposa en 300 pesos; y dos chacras pequeñas que se remataron en favor del colegio:
una de propiedad de Ana de Vera en 1,500 pesos y la otra de Fabián Gómez de Tapia en 2,141
pesos y 3 reales.

En el valle de Vítor también poseían la viña de San Javier, antigua propiedad de Diego de
Cabrera y Ulloa. Sobre esta viña el Cáp. Llanos impuso un censo de 1,680 pesos a favor del
Colegio jesuita; por falta de pago de los intereses fue rematada, el 15 de enero de 1652, en
21.500 pesos a favor de la Compañía. 4,000 pesos se pagaron al contado y los 17,500 restantes
a censo redimible. Esta viña lindaba por el norte con tierras del Cáp. Juan Navarro, por el sur
con la viña de los herederos de Andrés Dávila, por un costado con tierras de Melchor Eguiluz y
por el otro con el camino real. Según la visita efectuada por el Obispo Villarroel en 1655, tenía
una extensión de 95 topos.
En las lomas de Islay Juan Gómez Chacón Juan Ramírez su esposa hicieron donación de
1,448 olivos: 582 situados en Lluta y 866 en Matarani. Estos olivares pertenecieron a Juan
Chávez de Carbajal que, en 1604, los vendió a Gómez Chacón que a su vez los donó al Convento
de Santo Domingo en calidad de Capellanía, luego pasaron a favor de la Compañía de Jesús.

En el valle de los Magos, entonces pertenecieron al Partido de Camaná, Inés Chirinos de


Loayza era propietaria de la viña de San Ignacio, más conocida como Sacay la Grande. En 1647
fue vendida a Juan del Castillo en 50,480 pesos-de estos se tomaron a censo redimible 19,480 a
favor del convento de la Merced de Camaná y los restantes 40,000 se pagarían en cuotas de
1,500 pesos anuales. El Colegio de la Compañía quedó como heredero universal de los bienes de
Dña. Inés Chirinos y como castigo debía de los enteros 18,347 fue rematado en 30,500. En la
medición efectuada durante la visita de Gonzalo Ramírez Baquedano, en 1712 Sacay medía 8
fanegadas y 27 almudes.

Los jesuitas impusieron sobre esta viña un principal de 4,000 a favor del maestro de la
escuela que fundó el Obispo León en el Convento de la Compañía. Después de la expulsión de
los Jesuitas la viña se tasó en 179,699 pesos 5 1/2 reales.

A los herederos y coherederos de Juan de Villar y Ana de Hontiberos, compraron en


3,050 pesos de chacra y molino de Pacay chacra, situada en el partido de Condesuyos. Su
extensión era de 300 topos, pero sólo se cultivaban 8Q y el resto se encontraba abandonado por
falta de agua. Fue tasada en 9,606 pesos.

En el Corregimiento de Lampa adquieren la estancia Yanarico, la misma que comprendía


tres chacras : la primera, llamada Yanarico, la compraron a Cristóbal Gamero y a Catalina
Navarro y le agregaron las tierras de Poso que les donó Antonio de Llanos; ambas se tasaron en
1,300 pesos; la segunda, denominada Manazo y Vilque, la adquieren de Catalina Navarro en
1,500 pesos; y la tercera, Cotani, fue rematada a favor del colegio en 300 pesos por disposición
del Visitador de Tierras Francisco Antonio de Lamas Alvarado. Censos:

Las propiedades de la Compañía no sólo fueron urbanas y rurales sino también censos
activos como el que se impuso en la viña de Lujan, en Siguas, de Violante de la Cerda en 4,400
pesos de principal.

Fue instituido por la propietaria el 28 de abril de 1591 y luego pasó a poder de Gabina y
Valcárcel.

En 1644 Ana Valencia impuso un censo de 600 pesos de principal sobre sus casas y viña
de Vítor, que luego pasaron a Ambrosio Corso Negrón. Es conveniente aclarar que la primitiva
imposición del censo fue por 4,600 pesos, de los que 4,000 se traspasaron a favor de una obra
pía fundada por el Br. Juan Bustinza Ordoñez de Villaguirán que encargaba a los rectores del
Colegio San Pablo de Lima su cuidado y los 600 restantes quedaron para el Colegio Santiago de
Arequipa. Asimismo, en el valle de Vítor se impuso un censo de 440 pesos sobre la viña y tierras
de Juan de la Rivera y Roelas que las legó a Diego de las Roelas.

En un comienzo este principal fue de 700 pesos, pero se redimieron 260 Finalmente en
Vítor se impuso un censo de 300 pesos sobre la viña de Rodrigo Pacheco de Paz que la dejó en
herencia a Lucía Cano su esposa e hijos
Por otra parte, Ambrosio Corso Negrón impuso un censo de 2.000 pesos de principal en
su viña de Urraca. Francisca Peñafiel, viuda de Antonio Rivera, otro de 540 sobre una propiedad
rural que poseía en el Palomar. Y, José de Roa un censo de 1773 pesos sobre su casa y viña que
después compró Antonio Bustamante.

En conclusión, los censos impuestos a favor de la Compañía ascendían a 11053 pesos y 4


reales de principal que anualmente producían una renta de 552 pesos y 5 reales.

Los Jesuitas también fueron administradores de ciertos censos que establecieron para
beneficiar algunas obras pías. Así, por ejemplo, Francisco Cáceres Sotillo y Gertrudis Rossel, su
esposa, impusieron una capital de 3000 pesos sobre su chacra en Chullu. 2000 a favor de la
fiesta de San Javier y 1000 para la escuela de Cristo.

Ambas fueron fundadas por el Obispo Cavero. Luego se tiene que, Francisca de Barrera y
Obando impuso 3000 pesos en su hacienda de Cocotoa, Valle de Tambo.

El Obispo Cavero y Francia impuso 10000 pesos en la casa e Domingo Carlos Tristán de
pozo a favor de las limosnas que se concedían a los obres cada año en la festividad de San José.
Por otra parte, Tristán del Pozo y su hijo José Joaquín reconocieron un principal de 400 pesos
sobre su hacienda de Miraflores a beneficio de la casa de ejercicios Espirituales de Mujeres de
Arequipa, según voluntad de Ana María Carazas y Musquis, propietaria de dicha hacienda y su
esposa de Tristán del Pozo. Padre e hijo se comprometieron a pagar la suma de 30000 pesos al
rector del colegio Santiago, pero solo entregaron 26000 a razón de 1000 cada año en 100
perules de aguardiente entregados en Aplao.

En las tiendas que poseía garcía Muñoz, entre la notaria de la Curia Eclesiástica y el
callejón de la catedral se impuso un censo de 600 pesos de principal a favor de la obra pía de
rosarios q se repartían a los indios pobres, como lo habían estipulado el Lic. Miguel López
Garcés, fundador y canónigo de la catedral de Arequipa.

De manera de que los censos pertenecientes a obras pías a cargo de los padres jesuitas
ascendían 54053 pesos y 4 reales de principal que anualmente rentaban 1402 pesos y 5 reales.
Por otra parte, los rectores del Colegio Jesuita de Arequipa Gozaban de patronatos, Capellanías
y buenas memorias. Obispo Cavero fundó una buena memoria de 10,000 pesos a favor de la
festividad de los 5 días de la infraoctava de la Virgen de la Asunción, patrona de la ciudad que se
veneraba en la catedral; los intereses se gastarían en dicha fiesta a 100 pesos diarios. Tanto este
capital como otro igual se impusieron en la Casa del Capitán Domingo Carlos Tristán del Pozo.

Marcela Frías, en cláusula de su testamento, dispuso que el repartimiento de sus bienes


fuera aplicado a la fundación de un aniversario de misas. En consideración a este dispositivo se
impusieron 500 pesos sobre los bienes de Vicente del Carpió y 700 sobre los de Luis Cornejo
Rivera. Dr. Manuel Tirado, en representación de Margarita Paravecino y Francisca del Cuadra,
fundó un aniversario de 70 misas y lo dotó de 1,400 pesos. Por otra parte, Teresa Peñasco de
Benavides estableció en su testamento que al morirse ven diesen todos sus bienes y con ellos se
fundase una capellanía. Finalmente, el Obispo Cavero, fundó cuatro capellanías para el Coro de
la Catedral con un principal de 5,000 pesos. El dinero para las tres primeras fue proporcionado
por Domingo C. Tristán del Pozo y José Medrano y Sandoval, para la cuarta Sebastián Velardo y
para la quinta Francisco Zanabria, todos deudores del Obispo.
Cofradías:

En la Iglesia de la Compañía se fundaron las Cofradías de la Virgen de la Purificación, de


la Virgen de Loreto y la de Jesús, María y José. Las tres eran administradas por los jesuitas y
gozaban de bienes urbanos, rurales y algunos censos.

Los ascendientes de Juan Ramírez Zegarra y Casas de España trajeron la imagen de la


Virgen de la Purificación, más conocida como la Chiquita. Como el número de devotos
aumentaba paulatinamente fue donada a la Iglesia de la Compañía donde lo construyeron
capilla y altar con las donaciones y limosnas; además impusieron algunos censos sobre ciertas
propiedades. A esta imagen pasaron los 23 topos y medio de tierras que Manuel Polar poseía en
el Palomar y que su Albacea del Obispo Cavero las vendió a José de Salazar en 4,942 pesos, al
contado se pagaron 1,942 y el saldo a censo reservativo a favor del aniversario de lagos que
gozaba el p. Bernardo Cervantes de la Orden Mercedaria. Se redimieron 2,000 pesos y 1,000
quedaron a favor de dicho aniversario.

Simón Muñoz y Lorenza Murillo su esposa, también poseían en El Palomar una chacra de
12 topos y medio que la compraron en 12,000 pesos; al contado se pagaron 1,370 y los 630
restantes a censo redimible a favor de los Santos Lugares de Jerusalén. Posteriormente el
capital fue redimido y de los bienes de Juan Gonzales de la Fuente se le asignaron 1,000 pesos
para la fiesta de la Virgen de la Purificación.

De las limosnas y donaciones de los devotos de la Purificación se tomaron 3,000 pesos y


se impusieron a censo en la viña que Melchora de Salazar poseía en el valle de Majes; asimismo,
se impusieron otros 3,000 en la viña de Paulina de Cáceres Hidalgo; 500 en la viña de Francisca
de Barrera y Obando; y 400 impuestos por María Margarita Ibañez de la Cuba en favor de la
fiesta de la Encarnación.

Domingo Arnao, Canónigo de la Catedral de Arequipa, impuso un censo de 240 pesos, a


favor de la Fiesta del Misterio de la Concepción, en la viña que Melchora de Salazar poseía en
Majes. Sobre esta viña Nicolás de la Barrera, como representante de Diego Benavides, impuso
un principal de 300 pesos a favor de la fiesta de Desposorios.

Antonieta Peralta y Arancibía, madre de Juan Manuel de Moscoso y Peralta arzobispo de


Granada, en una de sus haciendas impuso un principal de 200 pesos a favor de la fiesta de San
José y otro igual para la fiesta de San Joaquín.

La Cofradía de la Virgen de la Purificación tenía, pues, un principal de 7,840 pesos que


cada año rentaba 392.

Seguía 3i importancia la Cofradía de la Virgen de Loreto, a la que también edificaron


capilla y altar. Contaba con la renta de dos tiendas inmediatas a la Catedral, las mismas que
fueron rematadas en favor de Martina Laime Cornejo, el 29 de marzo de 1773, en 1,574 pesos;
574 pagados al contado y el saldo a censo redimible a razón de 200 pesos anuales.

Esta Cofradía, además, era propietaria de seis ranchos situados en la Chimba en poder
de los indígenas que hacían la limpieza de la Iglesia de la Compañía y cuidaban de la capilla de
Loreto; de dos huertas en la ciudad que rentaban 5 pesos cada año y arrendadas al indio
Bernardino Monjaraz; así como una chacra de 3 topos y medio en Pillo pago de Socabaya, que
rentaba 28 pesos anuales.

Por otra parte, tenía impuesto a su favor un capital de 3,739 pesos que anualmente
rentaba 187, distribuidos en la forma siguiente: 200 en la chacra de Capitaca de José Rodríguez
que, a su vez, la vendió a Pedro Delgado y éste a Cristóbal Zegarra; 400 en la casa de Melchor
Lozano, los hijos de esta la vendieron a Asencio Delgado y luego pasó a poder Delgado; 300
pesos en los olivares de Pacona de propiedad de Femando Peralta que con dicho gravamen los
vendió a Tadeo Sotomayor; 1,500 en las casas del barrio Cantarranas de María Saconeta; 500 en
la chacra que Francisco Retamoso vendió a Juan de Montúfar; 400 en las casas de los herederos
de Rodrigo Pachecho de Paz; y, 439 en las propiedades de Pedro J osé de Salazar.

Finalmente, la Cofradía de Jesús, María y José tenía impuesto a sin favor un capital de
5,740 pesos que contaban cada año 287. En la chacra de Miraflores de Francisca de Peñafiel,
viuda de Antonio de Rivera 3,000 pesos; 1,000 en la chacra de Francisco Abril y Maldonado
poseía en Porongoche; 1,000 en la chacra de José Urbicain en el Palomar; 500 en la hacienda de
Juan Gonzáles de la Fuente en Tambo; y 240 en la chacra de Miraflores de Domingo Carlos
Tristán del Pozo.

IV.-EL TEMPLO

El monumento más representativo de la "Arquitectura Arequipeña" es el templo de la


Compañía de Jesús. Su estilo mestizo fue imitado no sólo en los templos que se edificaron en los
alrededores de la ciudad como San Miguel de Cayma, San Juan Bautista de la Chimba de
Yanahuara y Paucarpata, sino que se extendió por toda la región andina desde Puno a La Paz y
Potosí, dejando verdaderas joyas arquitectónica como la catedral de Puno, y las iglesias de
Pomata, Zepita y Juli.

La edificación del primer templo que levantaron los jesuitas en Arequipa se inicia en
1578, a base de los planos confeccionados cinco años antes por el arquitecto Gaspar Baez y que,
desgraciadamente, se derrumbó con el terremoto que sacudió esta región en 1582. Ocho años
más tarde el Hermano Jesuita Diego Felipe, sobre las ruinas del primer templo y desarrollando
siempre los planes de Gaspar Baez, inició la segunda construcción del templo dedicado al
Apóstol Santiago. Finalmente, existen evidencias que una tercera fábrica fue levantada a
mediados del siglo XVII y concluida en 1667, año en que Esteban Lara clavaba la Cruz en el
chapitel de la torre.

El maestro cantero Simón de Barrientos, el 22 de octubre de 1654, ante el escribano


Alonso Laguna, suscribía con el padre Jerónimo Martel, Rector del Colegio Jesuita de Arequipa,
el contrato para realizar en el templo que estaban edificando una escalera de caracol en cuadro
que conduciría de la antesacristía a la bóveda; un pretil con su cornisa de vara y cuarto de alto a
lo largo de toda la obra y con sus respectivos desagües; dos capitolios al lado de la epístola,
desde sus cimientos y correspondientes de las dos del patio y en proporción de las demás,
cubiertas a la perfección, para lo cual se desarmaría la capilla de la Virgen de Loreto y se ab riría
arco en la capilla del Santo Cristo, de manera que guardara proporción con las demás; dos
bóvedas grandes en el cuerpo principal de la iglesia con sus dos arcos correspondientes y en la
forma en que está construida la parte que sigue al arco toral, con sus ventanas y cunetas, según
las otras bóvedas, de la misma traza y forma con sus respectivos tarjones; la puerta y portada
que da a la calle de los ejercicios de piedra negra dura, quijarreña, pomposa y jarifa y con buen
arte. Barrientos, por su parte se obligaba a presentar los diseños y a trabajar cuatro horas
diarias en la obra; los padres, en cambio, le proporcionarían los peones indios y negros
necesarios, medio cordero cada semana y lo pagarían 2,500 pesos de ocho reales, de los que
400 correspondían a cada una de las capillas, 150 a la portada, 300 a la escalera de caracol, 150
al pretil y cornisa y 550 a cada una de las dos bóvedas de la nave central.

El terremoto que sacudió la ciudad de Arequipa y toda la región Sur del Perú, el 20 de
octubre de 1687 (festividad de Santa Úrsula, por lo que también se le conoce con este nombre)
derrumbó el campanario de la iglesia y éste, a su vez, arruinó la capilla de la Virgen de Loreto
que obligó a los religiosos jesuitas a solicitar ayuda para su reparación.

Portada lateral
Donde mejor se plasma el estilo mestizo arequipeño es en la y, principalmente, en la
fachada. La portada lateral fue diseñada y construida, como anotamos antes, por el maestro
cantero Simón de Barrientos en 1654. Está considerada como una de las más antiguas del arte
mestizo arequipeño, pues señala puntos de partida para el complicado tapiz de la fachada
principal. Un frontón muy abierto y elevado, sobre el arco de medio punto de la puerta, alberga
bajo una gran venera o concha el altorrelieve del Apóstol Santiago matando a los indios. La
escultura del apóstol guerrero en actitud arcaica, levanta el sable sobre los vencidos indios que
se encuentran en el suelo y que son aplastados por su caballo; la repisa saliente está sostenida
por dos sirenas aladas; sobre los frisos, sostenidos por capiteles corintios, bajo relieves
representando al león del Apóstol San Marcos a la derecha y al buey del Evangelista San Lucas a
la izquierda; columnas corintias, con molduras en zig-zag, decoran el tercio medio sosteniendo
trozos de entablamento con un friso adornado con flores, querubines y mascarones.

El terremoto de Santa Úrsula también dañó la fachada principal del Templo de la


Compañía, obligando a la comunidad a solicitar la ayuda necesaria y a poner todo su esfuerzo
para levantarla. La reedificación se realizó en sólo nueve meses del año de 1698 y a un costo de
8,395 pesos y 2 reales. El encargado de dirigir la obra fue el Hermano Jesuita Agustín de Acosta
y la ejecución estuvo bajo el control del cantero Diego de Adrián.

La fachada de la Compañía es la mejor creación del estilo mestizo arequipeño. En ella


los ordenes, cornisamiento y frontones constituyen el marco para desarrollar la profusa
decoración de la técnica aborigen; en cambio su estructura obedece al estilo de las iglesias
renacentistas europeas del siglo XVII.

Consta de dos pisos o cuerpos: el primero con tres calles entre dobles columnas y el
segundo es continuación del primero sólo en su parte Central, también entre columnas
pareadas, y remata en un frontispicio trilobulado.

En la calle central del primer piso se encuentra la puerta principal de entrada,


confeccionada en madera de cedro y adornada con grandes clavos; la archivolta rompe el
arquitrabe y penetra en el friso. En medio de las columnas del segundo piso se encuentra una
hornacina, que cumple funciones de ventana, y una importante repisa sobre la que
seguramente en otros tiempos, descansaba una imagen de algún santo de la orden jesuita o una
cruz. La calle central culmina en un frontispicio de tres lóbulos que alberga una pequeña
hornacina y una hermosa repisa, desde donde una escultura en sillar del Arcángel San Miguel
preside la fachada. Sobre las dobles columnas laterales del primer piso se prolonga una línea
vertical y sobre ésta unos trozos lobulados de frontones, rematados en bellos pináculos, aunque
un tanto desviados. Y, como prolongación de las columnas, sobre los lóbulos laterales del
frontispicio se levantan también otros dos pináculos.

El friso del primer piso lleva un pámpano rampante con rosetas geométricas y a la altura
de los capiteles de las columnas medallones encerrando las letras: S.D., S.F., S.I., M.N., iniciales
de las palabras latinas Sanctus Deus, Sanctus Fortis, Sanctus Inmortalis, Miserere Nobis (Santo
Dios, Santo Fuerte, Santo inmortal, Ten Piedad de Nosotros) y en el friso del segundo piso los
monogramas latinos IHESUS, MARÍA Y IOSEPH (Jesús, María y José).

Digna de tenerse en cuenta, según Cossío del Pomar es la manera de componer, de usar
y disponer el adorno esculpido en sillar; la tendencia a encontrar soluciones geométricas en la
labra de planos rectos, a bisel y a trépano; la habilidad para entrelazar elementos decorativos,
muchas veces peninsulares como las lacerías musulmanas o motivos churriguerescos o
bizantinos como los racimos de uvas y granadas; otras veces incaicos y preincaicos
reproduciendo máscaras nasquenses; otras con sentido floral asiático y manuelino; otras como
ornamentación plateresca. Siempre es el Barroco tan revestido de carácter americano,
"apretándolo", como dice Ángel Guido, "en sorpresivas combinaciones de naturalismo
renacentista y primitivismo americano".

La decoración forma un tupido tapiz que llena los paramentos desbordándose por los
lados. Se observa tallos y hojas de cactos, racimos y cuadrifolias, veneras y mascarones
renacentistas, uvas y trenzados de abolengo clásico, el águila bicéfala del escudo de los
Habsburgo a los costados de la hornacina del segundo piso y en las columnas de las calles
laterales del primero dos medallones que encierran "EL AÑO" y "DE 1968". No se dejó, pues, un
sólo espacio libre de ornamentación. En los laterales de la fachada resalta una curiosa
interpretación del gato-tigre con cuerpo de miriápodo, tan conocido en la cerámica
prehispánica y del que Marco Dorta dice: "La fina lengua del felino que habita en una isla del
Titicaca, se ha convertido en un tallo con anchas hojas y flores, y el cuerpo, que conserva los
segmentos del ciempiés, se curva violentamente y termina formando una espiral". Esta
espléndida fachada servirá de modelo al arte mestizo de la región del Titicaca y otros lugares del
Altiplano.

Finalmente, a la derecha de la fachada principal existe una portada lateral, hoy


clausurada, pero que en otros tiempos servía para comunicarse con los claustros del colegio; a
su lado se observa, aún, una serie de inscripciones con pintura roja, un tanto desteñidas, que
contienen los nombres de quienes se graduaron en la Facultad de Teología que funcionaba en el
Colegio Jesuita de esta ciudad.

El plano de la Compañía corresponde a la planta basilical jesuítica de una nave principal,


dos laterales menores, santuario, cúpula sobre pechinas, sacristía y coro alto. Semi columnas de
capiteles jónicos reciben el sólido entablamento con arquitrabe de tres fajas escalonadas, frisos
y cornisas, mástiles que sostienen el corredor a lo largo del circuito interior del templo; todo de
cantería arequipeña, muros, bóvedas de cañón y la cúpula de media naranja considerada como
una de las más bellas creaciones de la arquitectura arequipeña se alza sobre un tambor de
planta cuadrada y pequeñas ventanas con sus ejes, que reemplazan a las linternas y resuelven el
problema de la iluminación.
En el interior se encuentran altares y retablos del más exagerado barroquismo, en los
que se ha plasmado el alma indígena, criolla y mestiza. La confección del altar fue confiada al
entallador Juan de Salas; estando su armadura en pleno trabajo se produjo el terremoto de
Santa Úrsula, ocasionándole considerables daños que obligaron a desarmarlo y rehacer algunas
partes; es en esta ocasión que, según anota E. Harth-Terré, el entallador desliza un rasgo de
"Modernidad" es las columnas salomónicas que muy crespas aparecen en los nichos del primer
y segundo pisos. Sólo se pudo seguir con la confección del retablo después de comprar 447
piezas de cedro y roble, 21 alisos, algunos palos de sauce y otros de lloque para asegurar el altar
con el muro del presbiterio. A fines de agosto de 1693 Juan de Salas daba término a la
restauración del Altar Mayor, asistido por el maestro cuzqueño Pedro Gutiérrez, que tuvo a su
cargo la ejecución del sagrario.

En el Altar Mayor se colocaron varios adornos y pintaron algunos pasajes bíblicos, pero
sobresalía la pintura de dos sirenas y unos niños cargadores; es decir que se repetía lo que ya
Simón de Barrientos, en 1654, había labrado en la portada lateral; sin embargo, es necesario
hacer notar que este motivo decorativo de arcaica tradición se repite en todos los templos del
Altiplano.

En 1648 está presente en Arequipa el escultor español D. Martín de Torres, vecino del
Cuzco, encargado de confeccionar unos retablos para el Templo de la Compañía. Posiblemente
sean los que hoy se encuentran en los laterales. Otros retablos importantes fueron: el de la
Santísima Trinidad, el de San Ignacio de Loyola, el de la Virgen de la Purificación, el de San
Francisco Javier, de San Francisco de Borja de la Virgen de Loreto, del Santísimo Cristo, de Jesús
Nazareno y el de Jesús María y José.

Las capillas y retablos de la Compañía se embellecieron con verdaderas obras de arte,


traídas de España, muchas de las cuales fueron talladas por famosos artistas. Tal es el caso de la
talla de San Sebastián, obra de mayor valor artístico de dicha iglesia, donada por Francisco
López y atribuida a Diego Rodríguez; o, la talla de un artístico crucifijo obra de Gaspar de la
Cueva. Ambos artistas fueron discípulos del famoso español Juan Martínez Montañez, autor de
tallas policromadas de notable realismo.

Los laterales de capillas y retablos, así como todos los paramentos, se encontraban
cubiertos con lienzos pertenecientes a reconocidos pintores del período colonial, tal es el caso
del Hermano Jesuita Bernardo Bitti -máximo exponente de la pintura en dicho período autor de
un sin número de lienzos que hasta hoy embellecen los templos del Perú. En Arequipa pintó un
cuadro de la Transfiguración, no se sabe si para el templo de la Compañía o la Catedral. Por otra
parte, de ser suya la Virgen que se guardaba en la Sacristía del templo de la Compañía, bastaba
este sólo lienzo para asegurar su fama; además, dejó dos lienzos de la Virgen en dicho Templo.
También debemos señalar que Francisco García pintó, en 1760, dos lienzos de regulares
dimensiones; uno con la imagen de Jesús Nazareno Cautivo y el otro de la Flagelación.
Finalmente, tenemos que indicar que fueron algunos los lienzos pertenecientes a la Escuela
Cuzqueña, así como a la Potosina, Quiteña y Arequipeña que embellecían el templo de la
Compañía.
Se ha especulado mucho sobre las riquezas que en metales preciosos llevaron consigo
los jesuitas al producirse su expulsión y las que dejaron escondidas y enterradas en lugares
secretos; sin embargo, nos atrevemos a sostener que son meras suposiciones, pues, en nuestras
investigaciones históricas realizadas en archivos españoles y en el Archivo Nacional del Perú,
hemos consultado la documentación sobre los inventarios realizados por los jesuitas en 1765 de
todas sus pertenencias y los inventarios levantados posteriormente por la Real Junta Municipal
de Temporalidades Jesuitas, y ambas coinciden plenamente. Lo interesante de estos inventarios
es que nos permiten determinar con precisión y exactitud la enorme cantidad de alhajas, joyas,
reliquias, plata labrada, ornamentos, enseres y objetos religiosos que había en la Iglesia de la
Compañía en 1767, año en que fueron expulsados los hijos de San Ignacio de Loyola de España y
sus dominios de América.

Las cofradías de la Virgen de la Purificación, de la Virgen de Loreto y la de Jesús, María y


José eran poseedoras de abundantes coronas, gargantillas, brazaletes, anillos, aretes y otras
joyas labradas en oro y plata y piedras preciosas como esmeraldas, rubíes, diamantes y perlas;
además cálices, copones, patenas, vinajeras, custodias, inciénsanos, relicarios, cofres,
candeleros, etc. de oro y plata cuya relación sería muy largo de enumerar; sin embargo, merece
la pena mencionar la Custodia del Sagrario de vara y media de alto, de plata sobredorada y
guarnecida con pedrería de diamantes, perlas y otras piedras preciosas. La coronación del sol
rematada en una cruz de oro en forma de sobrepuesto, con 49 diamantes tablas y 6 perlas
grandes en los brazos y cabeza de la Cruz, un broche de oro al pié con 11 diamantes; seguía a la
Cruz una joya de oro con 34 esmeraldas, entre grandes y pequeñas, en el rostro del primer rayo;
en el segundo rayo 4 sobrepuestos de oro con 41 diamantes y 2 sobrepuestos más de oro es-
maltado en el centro de cada uno; en el tercer rayo un sobrepuesto de oro con 5 diamantes y 2
más con 4 esmeraldas, cada uno de los cuales tenía en el centro otro sobrepuesto de oro
esmaltado con una esmeralda; y así seguían los demás rayos hasta completar los 26. En el viril
del medio 8 sobrepuestos de oro, 4 engastados en plata con 36 diamantes grandes y los otros 4
llevaban una esmeralda en el centro cada uno; en el sol del viril 581 perlas y 32 sobrepuestos de
piedras preciosas: en la peana 252 perlas medianas, 10 sartas de perlas pequeñas y 12
sobrepuestos de oro esmaltado; además 16 sobrepuestos de piedras preciosas, etc.

De manera que podemos concluir estas líneas sosteniendo que la Iglesia de la Compañía
no sólo es la joya más preciada de la Arquitectura Arequipeña, sino también la depositaría de
los retablos y lienzos más representativos, así como de las alhajas, reliquias, joyas y objetos
sagrados más artísticos y valiosos.

V.- EL CLAUSTRO

De los claustros conventuales que se levantaron en Arequipa Colonial, el más


representativo es el de la Compañía de Jesús, no sólo por la rica ornamentación de sus
columnas con bases y capiteles estilizados, sino por su complicada y original decoración. La
estilización de la cornisa y hasta las gárgolas, parecen hablarnos de la imaginación inagotable de
su autor, y del deseo de no copiar nada de lo conocido para hacer obra personal y nueva. Pocas
veces es dable contemplar algo más original y bello.

El arquitecto Gaspar Báez, autor de los planos de la Iglesia Jesuita, posiblemente


también lo fue de los del Claustro, pues su primera construcción se remonta al año 1578, la
misma que fue arruinada, al igual que la del templo, por el terremoto de 1582. Catástrofe que
conmovió al Capitán Antonio de Llanos y a su esposa y los llevó a donar una buena suma de
dinero y lograr su pronta reedificación. La falta de documentación nos impide ocuparnos del
período comprendido entre 1590 a 1670.
La construcción del Claustro Jesuita se inició en 1677 bajo la dirección del alarife
Lorenzo de Pantigoso; es decir, después de haberse concluido la fachada principal de la Iglesia.
Pantigoso antes tuvo a su cargo la construcción de las 27 tiendas que los jesuitas le ordenaron
levantar en la calle de la Alcantarilla -Mercaderes- en los terrenos donados por el Capitán Diego
Hernández Hidalgo y en los que compraron a Juan Chacón y a Ana Pinelo de Vera. Pantigoso era
ampliamente conocido como constructor, pues al producirse el terremoto de Santa Úrsula, el 20
de octubre de 1687, el Virrey Duque de la Palata lo designó como "Obrero Mayor para la
reconstrucción de la ciudad", en consideración a que "corno en esta ciudad no se halla persona
de ciencia en el arte de arquitectura, sino es Lorenzo de Pantigoso".

Los trabajos que tomó a su cargo Pantigoso contaron con la valiosa colaboración del
cantero Juan Ordoñez, con el que suscribe un contrato en 1681 para labrar 38 pechinas para
adorno del Claustro Mayor, las mismas que fueron trabajadas por los indios que tenían a su
servicio y que habían adquirido amplia experiencia en esta clase de obras. Al cerrarse las
bovedillas los indios fueron gratificados con dicha; los negros de propiedad de los jesuitas y a
disposición de Pantigoso fueron obsequiados con una ración más de tabaco y los oficiales y
auxiliares españoles fueron premiados con varias botijas de vino. De suerte que, las manos
labrantes que tomaron parte en la construcción del Claustro fueron muchas. Aparte de las
indicadas debemos señalar que del acarreo de las piedras desde la cantera se encargó Antonio
de Tapia y su socio Simón Muñoz.

Por el año de 1685 continuaban los trabajos del claustro, ya que el hermano Francisco
Xavier, Prepósito Provincial, en carta dirigida a sus superiores les manifestaba "haberse
terminado un ángulo del claustro y otro empezado". El terremoto de Santa Úrsula, que tantos
estragos causo en la ciudad de Arequipa, particularmente en la Iglesia de la Compañía derrumbó
el campanario, pero no dañó los claustros, pidiendo de manifiesto, de esta manera, lo bien que
se estaban construyendo.

No podemos determinar con veracidad si el claustro se concluyó bajo la dirección de


Lorenzo de Pantigoso; sin embargo, la unidad de las cuatro danzas en particular y de todo el
claustro en general así lo demuestran. La documentación consultada tampoco alcanza a cubrir la
fecha de 1738 que antes aparecía en la clave situada frente al zaguán de ingreso.

Tampoco conocemos con exactitud los costos del claustro, pero en documentos
consultados en el Archivo General de la Nación hemos encontrado la partida de 4,200 pesos de
4 reales pagada en jornales a los obreros indios que tomaron parte en su construcción; además,
existen otras partidas menores.

El Claustro Mayor de la Compañía es de un sólo piso y con arcos de medio punto sobre
posadas pilastras, al igual que todos los claustros que se edificaron en el período colonial en los
diversos conventos y monasterios de la ciudad. La diferencia radica en que el Claustro Jesuita
tiene un elaborado bajo relieve sobre cada una de las caras de las pilastras, que le da un valor
excepcional. Cada tablero exhibe idénticos relieves de tres gruesos racimos de uvas, papayas,
conchas, simétricas cantutas y hojas de vid desprendidas de macetones y alados querubines,
circunscritos por dos tallos que entrecruzan. En cada clavo se repite la misma roseta simétrica,
coronada de plumas como las "Cabezas-Trofeo" de las pinturas de los huacos nasquenses y en
cada enjuta un medallón con el mismo monograma latino: IHESUS, MARÍA y IOSEPEH (Jesús,
María y José); además, querubines y plantas y dos pequeñas figuras de San Ignacio y San
Francisco Xavier. A la altura de un delgado arquitrabe gárgolas estilizadas imitando al puma.
Friso con rosetas cuadrifolias y simétricas, rematando en una amplia cornisa estilizada. En las
esquinas medallones encerrando las letras S.D., S.F., y M.N. iniciales de las palabras: Sanctus
Deus, Sanctus Fortis, Sanctus Inmortalis, Miserere Nobis (Santo Dios, Santo Fuerte, Santo
Inmortal), Ten Piedad de Nosotros).

El arquitecto Emilio Harth-Terré considera que la técnica empleada para esculpir los
adornos consistía en labrarlos una vez que el sillar se encontraba asentado y seco. Las
esculturas de los adornos que en otro tiempo tuvo fueron labradas por un maestro anónimo al
que se le abonaron sólo 100 pesos por sus jornales.

El piso del patio fue en damero, con cuadrados de canto rodado y sillar. Hoy luce de
piedra granito, guardando armonía con una hermosa pileta de tres cuerpos con motivos fito y
zoomorfos, pero rompiendo la armonía del conjunto que en otros tiempos existió.

El segundo claustro que hoy luce imponente toda su belleza arquitectónica fue más
pequeño y mucho más modesto.

Al ser expulsados los padres jesuitas en 1767, sus propiedades tanto urbanas como
rurales y censos, fundaciones y capellanías, así como iglesias y conventos pasaron bajo la
administración y cuidado de los padres de la Congregación del Oratoria de San Felipe Neri.

En este período fueron varias las instituciones públicas y privadas, así como in-
telectuales de reconocida capacidad que solicitaron se destinaran los claustros a un centro de
educación superior.

El 8 de noviembre de 1773, el Obispo y Cabildo Eclesiástico de Arequipa se dirigió al


Virrey D. Manuel Amat y Junniet solicitándole que el Claustro Principal del Convento de los
Padres Jesuitas se dedicara a la Universidad y el Claustro Menor se entregara a los padres del
Oratorio de San Felipe Neri. El Cabildo, Justicia y Regimiento de la ciudad de Arequipa, por su
parte, el 16 del mismo mes y año, informa al Virrey la conveniencia de destinar dicho claustro al
funcionamiento de una Real Universidad y colegio Público.

Los padres de San Felipe Neri, el 11 de diciembre de 1773, también informan al Director
General de Temporalidades haber solicitado al Cabildo lo necesario para fundar una Universidad
y Colegio en el claustro de los jesuitas.

Mientras se tramitaban estas y otras peticiones para la utilización del claustro jesuita, el
01 de enero de 1780 surge la Rebelión en Arequipa como protesta por el establecimiento de
nuevos impuestos tributarios y el funcionamiento de la Aduana. El Virrey Guirior dispuso que se
trasladara el Real Batallón Fijo del Callao, compuesto por 100 soldados, a la Ciudad Blanca al
mando del Mayor Antonio Gonzales. El Batallón ingresó a la ciudad el 5 de mayo de 1780 y fijó
su residencia en el Claustro jesuita, permaneciendo en él algún tiempo.
Las peticiones para que, mientras Su Majestad decidía sobre la perpetua aplicación de
los bienes de 13 Compañía, se encargara a eclesiásticos seculares de probada honorabilidad el
cuidado de la Iglesia y del Claustro, fueron muchas, por lo que, el 9 de noviembre de 1781, el
Padre Antonio de Otazú, Pre-vendado de la Catedral y Comisionado por el Corregidor de la
ciudad, D. Balta-zar Sematnat, entregó bajo pormenorizado inventario la Iglesia y Claustro de la
Compañía a los sacerdotes: Félix Valdivia. Nicolás del Carpió, Pantaleón Vélez y Pedro Bedoya,
capellanes nombrados para tal efecto.

La Junta Superior de Aplicaciones, presidida por el Marqués de Salinas, atendiendo la


petición del Defensor General de Temporalidades, dispuso que la Biblioteca que había sido de
los padres jesuitas se entregaran por inventario formal a los capellanes que tenían a su cargo la
iglesia, los que cuidarían de su conservación y aseo, guardando los libros a ley de depósito y no
permitirían su uso.

Por otra parte, fueron reiteradas las peticiones de los párrocos de Cayma, Yanahuara,
Characato, Sabandía, Tío, Uchumayo, Vítor, Aplao, Yanaquihua, Andaray y de otras parroquias y
doctrinas para que se les donara o entregara temporal o definitivamente algunos ornamentos,
alhajas, enseres y objetos sagrados de los que habían dejado los jesuitas guardados en su
sacristía.

La Junta Superior de Temporalidades, en vista que no había tenido efecto el informe


enviado al Rey para el establecimiento de Universidad y colegio en los claustros jesuitas acordó,
el 30 de julio de 1783, que este local se destinara para Hospicio de Pobres. Por su parte el
Obispo Pedro José Chávez de la Rosa, el 17 de julio de 1793, se dirigió al Ayuntamiento de
Arequipa solicitándole se definiera, de una vez por todas, si el claustro de los jesuitas se había
de dedicar a Hospicio, o a Universidad o, en todo caso, se le diera al Seminario de San Jerónimo
conforme lo pedía la Cédula del Rey. El claustro no fue ocupado por ninguna de estas
instituciones.

Parte del Convento de la Compañía, a solicitud del Obispo Chávez de La Rosa, se aplicó
para los niños expósitos en 1788, y se comenzó a recibir a los primeros alumnos el 1 de
diciembre de dicho año. Las Constituciones de este centro fueron preparados por el mismo
Obispo y se aprobaron por el Rey el 15 de marzo de 1794. Los fondos necesarios para su
funcionamiento fueron proporcionados por el Obispo y por varios benefactores, entre los que
se encuentra Don Manuel Prego y Juana Peralta su esposa que dejaron por heredero universal
de todos sus bienes al indicado colegio de huérfanos. Destacaban dos chacras: una situada en
Yanacoto y la otra en Socabaya, ambas rentaban 1,258 pesos cada año. El Padre J osé Antonio
Pérez, Cura de la Catedral y Primer Rector de dicha casa, les legó también todas sus
propiedades, como consta en su testamento del 30 de octubre de 1792. Además, fueron
benefactores D. José Zuleta y Aguado, D. Juan Montúfar y Fraso y María Taboya de Durana,
Marqueses de Selva Alegre, que donaron una finca, finalmente, el Obispo Chávez de la Rosa
tuvo que donar 4,088 pesos para cubrir el déficit presupuestario. La primera Abadesa fue la
R.M. María Rivera, religiosa arequipeña de reconocidas dotes espirituales.

Al crearse la Sociedad de Beneficencia Pública de Arequipa, por Decreto Supremo del 28


de octubre de 1848, tuvo por principal objetivo hacerse cargo de la administración del antiguo
hospital de San Juan de Dios y de la Casa de niños expósitos, que no estaban debidamente
atendidos por las juntas económicas a las que fueron encomendadas.
La Junta General de los Miembros de la Beneficencia, en sesión realizada el 4 de mayo
de 1921, acordó vender el local en que funcionaba el colegio de huérfanos por considerarlo
inoperante; de la venta se le encargaba a D. José Fermín Portugal, entonces director, quien a su
vez haría construir uno nuevo con el producto de la venta, que reuniera los requisitos
necesarios. El claustro de la Compañía fue divido en ocho lotes y la venta se realizó en pública,
subasta, previa publicación de los avisos correspondientes.

Los lotes fueron adjudicados a D. Arturo Ibáñez, a D. Alberto Rey de Castro, en nombre y
representación de sus familiares, A Don Arturo López de Romaña y a la Sociedad de Socorros
Mutuos. Los cuatro lotes restantes; 1, 2, 5, y 6, los tomó en arrendamiento la Beneficencia por
el tiempo de dos años mientras se construía su nueva sede, comprometiéndose a pagar el canon
anual del 6 por ciento sobre el valor de las subastas.

Siendo director de la Beneficencia el Sr. Manuel T. Arispe, en 1921, ordenó construir


para los niños huérfanos el local que hoy ocupan en la Avenida Goyeneche. En 1924 fue
inaugurado baja la dirección del Sr. Emilio Rivero y los niños fueron trasladados
inmediatamente.

Los claustros en poder de sus nuevos propietarios sufrieron una serie de modificaciones
y transformaciones que alteraron por completo los planes originales. En el Claustro Mayor, por
ejemplo, de las 36 pilastras originales, únicas en Arequipa por su ornamentación, sólo quedaron
17 y en muy mal estado de conservación; en el centro del patio se levantó un edificio de dos
pisos de ladrillo y cemento para oficinas; las habitaciones y ambientes que rodeaban el claustro
fueron también convertidos en oficinas. Del claustro solo quedaba la arcada adjunta a la iglesia
y aún clausurada, las otras tres arcadas habían sido derruidas. El amplio edificio que en otros
tiempos albergara a los religiosos jesuitas se encontraba convertido en ruinas.

En 1971 el banco Central Hipotecario del Perú adquirió los antiguos claustros y encargó
su restauración a la firma IMARA. Al concluirse las obras de restauración los diferentes
ambientes fueron rematados por segunda vez, en pública subasta, y hoy son ocupados por
tiendas comerciales y admirados por los numerosos turistas que acuden a visitarlos.

Tomado del TEXTO ESTUDIOS HISTÓRICOS DE AREQUIPA – VOLUMEN II


Alejandro Málaga Medina

1. LA COMPAÑÍA DE JESÚS 
 
I. GENERALIDADES 
 
La Orden Jesuita está íntimamente ligada a la historia del Perú. Aunque los hi
después extensamente. En 1581 fundan el Colegio de la Paz. En 1584 se establecen en Panamá 
y 1586 fundan el de Quito y el de
como primera entrega, la suma de 17,508 pesos, producto de las erogaciones recogidas en el 
Cabildo Abierto que para tal efec
Una vez que a los jesuitas se les devuelven sus propiedades en Arequipa, el Vicario 
General Dr. Manuel Abad de Usúnsola, que
Yungas del valle de Ocoña que habían sido encomendados a su esposo Jerónimo Pacheco. En la 
escritura de donación no aparece
Mención especial merece la donación que hicieron los indios: Pablo Fauto de tres topos 
de tierras, Isabel Yaurisaco de unas
tenían las inversiones que abarcaban desde las operaciones de crédito hasta el arriendo de 
diezmos, el comercio directo o la
observaciones y se negó a autorizar su edificación, pero las autoridades tuvieron en cuenta la 
utilidad y beneficios que pre
En las lomas de Islay Juan Gómez Chacón Juan Ramírez su esposa hicieron donación de 
1,448 olivos: 582 situados en Lluta y 86
Por otra parte, Ambrosio Corso Negrón impuso un censo de 2.000 pesos de principal en 
su viña de Urraca. Francisca Peñafiel,

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