HÉROES MODERNOS modificadoII
HÉROES MODERNOS modificadoII
¡Qué fábula!
Y eso que al principio hubiera jurado que lo peor que podría pasarme era
que Fabricio se enterara de la gorda fundadora, que es la estatua que está en medio
del patio. ¡Qué no habría dado yo por ocultá rselo, si las cosas se hubiesen dado de
otra forma! Porque Fabricio, no importa lo que diga todo el mundo, es un farsante:
pone esa cara de angelito que le sale tan bien. Pero si se da vuelta, ¡zas!, ahí aparece
Gó mez”, que es como me llaman todos, aunque nadie sepa qué quiere decir. Yo
cuando no sé qué significa una palabra, pero ni pistas. Así que ahí ando por la vida,
significa y, peor, como si así me hubiera puesto mi mamá . Todo por culpa de
pegó con sus nudillos en el medio de los anteojos ─. Pavilongo Gó mez, ¿no
Pero esto Fabricio lo hizo porque la señ orita Mabel había ido hasta la
Direcció n, nunca lo habría hecho delante de ella. Ya lo dije: es buen actor. Por eso
se saca diez en todo. Cualquiera se saca diez si se pasa la tarde estudiando como él,
que estudia pero no porque le guste estudiar, que eso no puede gustarle a ningú n
chico, sino porque sabe que ningú n grande se resiste a eso: la señ orita Mabel le
perdona cualquier cosa (o bueno, por lo menos se lo perdonaba hasta que pasó lo
que pasó ). Y hasta mi mamá me volvía loco con Fabricio cuando estaban por
Zeta, que es lo ú nico que realmente importa en este mundo. Pero, vamos, por lo
menos me la paso sentado toda la tarde haciendo las mismas cuentas una y otra
vez porque mi mamá tiene la manía de hacérmelas repetir cuando me salen mal,
mamá para arrastrarme de una oreja a casa: «¿De dó nde sacá s esas ideas, Pablo?
imaginació n! Yo hacía unas oraciones geniales: “La mascota de mi tío Ale se comió
al jardinero.”, “Me metí en un tapiz y me volví de lana.”, “Una nave espacial aterrizó
en mi cabeza.” y todo fue bien hasta que a mamá la llamaron de la escuela porque
cuido y escribo oraciones má s respetables: “Vi un mono.”, “Vi una linterna.”, “Vi
una nariz.” Mi mamá a veces se enoja porque dice que no puedo poner “vi” en todas
─Es que este chico no tiene término medio ─le dice entonces a mi papá ─: o
Yo a los grandes no los entiendo. Como a la señ orita Mabel, que nos mandó a
buscar fábula en el diccionario y nos dijo que pensá ramos en la fá bula de la cigarra
y la hormiga, que habíamos leído en clase, para darnos cuenta de cuá l era la
definició n correcta. Porque, claro, había como cuarenta. Y Fabricio copió la que
correspondía, por supuesto, “relato con intenció n didá ctica”. Lo que es yo, cuando
leí eso de que la cigarra y la hormiga hablaban españ ol igual que nosotros y vi el
dibujo de la casa donde vivían, que tenía hasta televisor, me di cuenta enseguida de
que la mejor definició n era “relació n falsa, mentirosa y de pura invenció n”; algo
parecido le habían dicho a mi mamá sobre mis oraciones geniales, esas que ya no
puedo escribir má s. Pero qué va, la maestra lo felicita a él y a mí me dice que debo
Pero vamos a lo importante: aquel día le dije a la señ orita Mabel que tenía
que ir al bañ o, aunque recién volvíamos del recreo. Nos habíamos quedado
jugando debajo de la gorda fundadora. Un día la señ orita Mabel nos hizo quedarnos
después de clase para que dejá ramos de llamarla así, porque Sor Paulina era una
mismo que dice siempre mi abuela. Pero lo de la gorda es como el pavilongo, por
Mi mamá cree que el escultor la hizo grande para que nadie se la confunda
con la virgen María, que es má s bien flaquita, porque la gorda fundadora también
tiene un vestido hasta los pies y esa tela sobre la cabeza. Yo al principio creía que
era San Martín, que es la estatua que está en la plaza de la calesita, porque tiene el
mismo color, así, como metá lico. Recién cuando empezamos a jugar ahí con las
directora, y que ademá s tenía dos tetas redondas como pelotas (y eso só lo lo tienen
las mujeres) y un cartel: “Sor Paulina de los Remedios, madre fundadora (1898-
nombre le quedó .
La cosa es que tuve que volver allí porque cuando entré al curso me di
a que terminara la hora seguro que los del secundario, que tienen el recreo
después que nosotros, me la iban a sacar. No me gusta mentirle a la señ orita Mabel
pero mis cartas de Dragon Ball Zeta la ponen nerviosa y yo sabía que le iba a
apoyamos las cartas cuando jugamos. Estaba seguro de que iba a encontrarla allí,
queremos, a veces me gustaría que haga como la de 5° A, que los hace salir de a
uno.
carta por todos los rincones del patio, pero Fabricio seguía ahí parado, con su
paz. Porque funciona así, se queda parado hasta que yo lo miro y entonces levanta
las cejas y larga una carcajada diciendo: “No aprendés má s, pavilongo Gó mez” y
entonces recién se va. Y fue tal cual, salvo por el hecho de que tenía mi carta en la
hermana menor, pero me contuve porque la señ orita Mabel siempre se pone del
solo, porque ya bastante tenía con que el desgraciado me hubiera robado. Cuando
estaba en tercero o cuarto no me importaba llorar frente a los demá s, pero ahora
me molesta porque todos se ríen y me llaman nena, que es todavía peor que
pavilongo.
de metal como ese que hacen los robots de los dibujitos animados cuando caminan
y, ¡pum!, saltó a mi lado. Me puso un brazo sobre la espalda pero lo sacó enseguida
en cuanto notó que yo me encorvaba ¡Y también! ¡Con ese brazo de hierro atrá s! Ni
yo mismo habría podido inventar una cosa así en mis oraciones geniales de primer
grado: ¡La gorda fundadora estaba viva, consolá ndome a mí! Todavía no terminaba
¡No lo podía creer! Ninguna de las dos cosas, ni que la gorda tuviera vida,
aunque había visto cosas así en las películas mil veces, ni que un adulto (fuera de
metal o carne y hueso) se diera cuenta como yo de que Fabricio era un farsante.
¡Eso era todavía má s inconcebible! ¡Era supremo! ¡Maravilloso! Yo miré para todos
lados, para ver si alguien má s estaba ahí, viviendo la experiencia conmigo. Pero
─ ¿Por?
Ella subió los hombros, como hago yo cuando mamá me pregunta cuá l es el
─¡Aaaah! ─dije maravillado, porque nunca antes había hablado con una
─Podés hacer dieta ─le dije, acordá ndome de que mamá había hecho eso
después de que nació Olivia porque la cola le había quedado grande como el globo
Iba a decir que no, pero me acordé de la vez que le dije a la monja Lucrecia
que el trasero de mamá , después de tener a Olivia, había quedado tan gordo como
el suyo: me dejaron sin ver televisió n por una semana, porque para algunas cosas,
─ ¿No tenés que volver, pavilongo? ─me preguntó . Y eso me dio bronca,
porque lo ú nico que me faltaba a mí era que las estatuas me dijeran también
pavilongo, como si no tuviera bastante con que todo el curso me llamara así.
tiempo y la señ orita seguro me retaba. Pero cuando vi que estaba escribiendo en el
─¡Gó mez! ¡Volviste! ─gritó Fabricio, dá ndose vuelta desde el primer banco.
Como la señ orita no podía ver lo que hacía, el muy maldito sacó la carta de Gokú de
debajo de la remera y dijo sin voz, lentamente, para que yo pudiera leerle los
─¿Te sentís bien, Pablo? ─me dijo la señ orita mientras me tocaba la frente
con la parte huesuda de la mano, como hace mamá cuando tengo fiebre.
al lado del escenario, donde está la bandera. Los demá s formaron como todos los
días mirando a Fabricio, que es el que generalmente elige la señ orita Mabel para
bajar la bandera del má stil. A espaldas de todos, como siempre, quedó la gorda
fundadora. Bueno, menos para mí y para Fabricio. É l porque estaba con la bandera;
miró de reojo y se señ aló el bolsillo: Gokú asomaba tristemente por allí. Entonces la
gorda fundadora me saludó con la mano y eso me animó . Después de todo, nos
podía negarlo, si yo la llamaba gorda ella bien podía llamarme pavilongo a mí.
La gorda desde atrá s me hizo señ as, divertida, para que lo mirara. ¡Pobre Fabricio!
blanco todavía y levantó un brazo, temblando, señ alando hacia la gorda. Cuando
─Alumno, ¿qué cree usted que está haciendo? ─le gritó la directora, pero
Fabricio no podía hacer otra cosa que tartamudear. Quiso bajarse enseguida del
monja Lucrecia estaba en la misma direcció n. ¡El lío que se le armó ! El ú nico chico
en la historia de la escuela que había tratado de gorda a la directora había sido yo,
todos miramos para donde estaba la estatua, quietita como siempre, con su vestido
hasta los pies y la tela en la cabeza como la monja Lucrecia y la virgen María.
Fabricio seguía insistiendo con que yo también tenía que haberla visto y la señ orita
Mabel me miró .
llaman así desde ese día. Es que no hay caso: por má s que uno quiera despegarse
del apodo (lo dice un pavilongo que sabe de lo que habla) no se puede.
La luna de Milena
─¡Ay!, có mo nos costó entender la luna de Milena ¿no? ─me dijo la abuela
hoy. Y yo me maté de risa. Salimos por la puerta de la calle Libertad, solas, porque
papá se quedó con Mile para ayudarla a cambiarse. Qué lá stima que mamá se lo
perdió . Seguro que llama hoy para ver có mo salió todo. Porque mamá es así, no
quiere perderse nada. Ni su congreso de Retó rica en Chile ni esto que pasó hoy.
Mamá es lingü ista. Una intelectual, dice papá . Como una profesora de Lengua pero
má s. Una profesora que publica libros. Libros aburridísimos, eso sí, que no lee ni
mi papá . Y eso que papá lee todo el tiempo porque es profesor de Historia.
La cosa es que mamá , pobre, no pudo venir hoy. Y seguro está triste, allá
sola en Chile. Papá dice que no entiende tanto esfuerzo para nada, que aunque se la
pasa en la universidad no gana má s que él. A mamá no le gusta que le diga eso, dice
antes y ahora. Papá dice que a él le aburre la investigació n y que en cambio dar
clases en el secundario lo divierte muchísimo. Que los chicos lo hacen reír todo el
tiempo. Que está justo donde quiere estar. Y mamá se ríe: “¡Pero por favor!”.
Se separaron hace dos añ os, antes de que empezara todo el problema con
Mile. Ahora, por lo menos no se gritan tanto. Antes era peor. La abuela decía que
eran como perro y gato. Pero de los que pelean, porque en casa Genoveva y Camilo
se llevan muy bien, si hasta duermen juntos. Y eso que son perro y gato en serio.
Con la abuela caminamos hasta el bar donde nos dijo papá que los
esperá ramos. Ella se pidió un té y yo un café con leche. Tres medialunas para las
dos y una gaseosa para Mile, que seguro vendría con sed.
─¡Divina! ─me contestó ─¡Mirá si nos hubiéramos quedado con una sola
Papá siempre dice eso, que no hay una sola historia de las cosas. Y él de
historia sabe un montó n. Dice, por ejemplo, que cuando era chico le contaron que
Coló n vino a esta tierra para salvarnos. Para salvarnos del salvajismo. Porque antes
se creía que los indios eran eso: un montó n de salvajes que había que aniquilar.
Ahora, por suerte, ya sabemos que eso es mentira. Que los españ oles vinieron a
lugar. Que los maltrataron y los despojaron de todo. Que la colonizació n no fue un
cuento de hadas sino una historia de horror. Igual, papá dice que esa tampoco es la
ú nica historia. Que deberíamos tomar las dos historias juntas para entender có mo
fue. Que hubo españ oles malos y buenos, algunos má s civilizados y otros má s
salvajes. Que con los indios pasó lo mismo. Que no hay ni blanco ni negro sino
siempre grises. Eso papá lo dice todo el tiempo, porque le gusta el gris. Só lo tenés
que abrir su placard para darte cuenta. ¡Todo es gris! Algú n azul, por ahí un
─¡Qué monocromá tico sos! ─le decía mamá cuando vivía en casa, porque a
los lingü istas les encantan las palabras difíciles ─. ¡Siempre el mismo color!
Al principio a papá lo divertía que le dijera eso, si hasta se reía, pero un día
le empezó a molestar. Y después de una pelea que tuvieron por el color de ropa que
usaba cada uno, mamá nunca má s le dijo nada. Siguieron peleando por otras cosas,
sabía que esto no era exacto, porque la luna es el ú nico satélite en la Tierra. Da
igual que la miremos desde Buenos Aires o Valencia: la luna es una. Una nomá s.
Igual es una forma de decir. La abuela no lo decía porque Milena estuviera en serio
en la luna. Milena estaba todo el tiempo con nosotros. O en la escuela. Pero se
Antes, a Mile le costaba hacer los deberes. Sobre todo porque casi nunca los
traía copiados y había que estar llamando a alguien para que se los pasara. Un día
mamá se enojó un montó n. Está bamos en su casa, y le dijo a Milena que no llamara
─Te va a tomar por tonta. Si ayer llamaste a Abril, hoy preguntale a Bautista.
Pero Mile nunca escuchaba. Y obvio que la llamó a Abril, que era la primera
escuchado lo que dijo. Y empezó a decir un montó n de cosas sobre papá , que có mo
nos estaba criando, qué ella sabía que era mala idea eso de quedarnos a vivir con él
y con la abuela Haydée. Que si ella tuviera tiempo, que sus congresos, que sus
cursos, que sus seminarios, que sus becarios. Que, que, que… Porque cuando mamá
empieza a hablar de todas las cosas que hace no para má s, y yo me aburro porque
no entiendo nada de lo que dice. Por suerte la tengo a Mile, que si se aburre se pone
a saltar como pelota de goma. Del piso a la silla. De la silla a la mesa. De la mesa al
─¿Es que no podés quedarte quieta? ─le gritó mamá ese día. Y la verdad que
no, Mile no podía. Creo que ni siquiera puede ahora, pero es distinto. Ya nadie se
enoja por eso. Porque Mile es así, y hay que quererla igual. Con su luna y su sú per
actividad.
pobre, fue Mile. Papá tuvo que ir a hablar (mamá estaba preparando una clase para
un seminario, me parece) y esa vez le dijeron que había que ayudarla en casa.
Me acuerdo que mamá vino esa noche, después de cenar. Y que discutió
─Yo no sé si es tonta o qué ─dijo mamá a los gritos. Y yo me sentí mal por
Mile. Le dije que no le hiciera caso, que seguro mamá estaba nerviosa por su
seminario. Que lo que pasaba con ella es que era distraída, nada má s. Pero Mile
estaba en otra cosa. Acostada en la cama, movía los brazos como si volara.
atenció n, Mile.
oscuridad las mangas del camisó n, que le colgaban como enormes alas aterradoras.
Es que con Mile no hay caso. No es fá cil hacerla bajar a la Tierra y, al final,
siempre resulta mejor seguirle un poco la corriente. Así que también me puse a
volar. Saltá bamos de una cama a la otra. ¡Fiuuuu, fiuuuu!, y dá bamos aletazos al
aire. Lo hicimos hasta que terminaron los gritos. O sea, hasta que se fue mamá .
Las siguientes semanas papá estuvo muy serio. Para colmo, la abuela se la
Papá tardó en reaccionar. Porque Mile jamá s de los jamases pedía que le
explicaran nada.
Se quedaron los dos en la cocina, con el cuaderno abierto y el manual a
Después, por un tiempo Mile estuvo mejor, hasta que empezaron los
contó lo del “siconosequé”. Me dijo que Mile iba a tener que jugar con una
psicó loga para ver por qué se distraía tanto. Yo no entendí eso de tener que jugar,
─Va a estar todo bien ─dijo papá , como hablando con él mismo. Yo sabía
que sí, que má s vale iba a estar todo bien porque a Mile le encanta jugar, y si eso es
Me acuerdo que papá me dijo que tendría que haberla visto aquella noche
haciendo las cuentas de matemá tica. ¡Lo má s bien! Porque cuando Mile quiere y se
concentra un poco, las cosas le salen genial. Ahora siempre es así, pero antes
─Mirala vos, tan tranquila viendo tele con la abuela ─me dijo después. Y era
cierto, porque a Mile era raro verla sentada. No le gusta la compu. Ni leer. Ni jugar
a la play ni dibujar. Por eso la maestra del añ o pasado se enojaba tanto con ella,
Yo creo que antes, cuando todavía no había pasado nada, tendrían que
haberle puesto una peli de Gene Kelly. Gene Kelly es un actor norteamericano.
sigue diciendo que ¡es tan buen mozo! y que ¡baila tan bien! A mí me da gracia
cuando dice eso, porque me imagino un esqueleto buen mozo y bailando bien…
Pero ella lo dice porque lo ve en la tele, en películas que se ven siempre borrosas. A
Mile también le gustan estas películas, yo no entendía por qué. Justo Mile que no
soporta ni un capítulo entero de Kid Vs. Cat. Es que mi hermana siempre fue medio
rara. No te podía decir la tabla del ocho pero te enumeraba todas las películas de
Debbie Reynolds, que también es una actriz norteamericana, de esas que le gustan
a mi abuela. Y que, seguro, también debe estar muerta. Es una lá stima que en la
El veinte de noviembre fue el primer “día D”. Quiero decir, cuando estalló
todo. Me acuerdo porque faltaba poquito para terminar las clases y ademá s era el
algú n hueso o una golosina de esas que venden en la veterinaria. Bueno, siempre
no, salvo el añ o pasado. Todos estaban como locos en casa. Mamá (para colmo
después se fue) le gritó a Milena y ella se encerró a llorar en nuestra habitació n. Así
maestra salió a mirar y, atrá s de ella, todos nosotros. Yo me quería morir. No por
Mile, porque la conozco. A ella no le importa que la miren. Ni que la gente se ría. Es
me fastidiaba que dijeran “tu hermana esto, tu hermana aquello” cada vez que se
mandaba una “milenada”. Así le decíamos con la abuela a las metidas de pata de mi
Colectivo 129, el que va Fue hace un montó n, Mile Mile se para sobre la abuela y
por la rotonda iba al jardín. Un asiento alcanza un pasamanos. Trepa de
Alpargatas. doble para las tres. Yo en uno a otro hasta que le pega una
la ventanilla, Mile a upa patada a un hombre. Desde ese
de la abuela Haydée. día, empezamos a viajar en remís.
Parroquia Nuestra Señ ora El padre Martín nos pide Mile comienza a hacer piruetas
de los Dolores. que pasemos a buscar las por el medio de la nave. Las
ofrendas con la canastita. ofrendas terminan en el piso,
obvio, y la canastita sobre la
cabeza del monaguillo.
escuela pensé que Mile iba a tener problemas. Supe que los tendría
media mañ ana, tiene que pasar algo supremo. Una catá strofe, como la de ese día.
Bueno, la cosa fue así: durante la hora de Lengua afuera se había puesto
parece que está n cayendo piedras. Hubo truenos tan fuertes que un par de veces
gritar a la directora. No se entendía muy bien qué decía pero gritaba como loca.
Mile. Estaba saltando como una rana. O como un canguro, no sé. Quiero decir que
saltaba alto. Mucho. Con las piernas abiertas y una mano apoyada sobre un mapa
paraguas. Mi hermana, que la vio venir, saltó al má stil. Con una mano se sostenía y
con la otra revoleaba el mapa. Trató de hacer una voltereta, de esas acrobacias que
justo en medio del giro. Terminaron las dos en el piso, completamente mojadas. El
cuando hay que pegarles con el martillo. Primero son chiquititas pero les vas
Genoveva ademá s le dio por ladrar. Y Camilo ronroneaba entre mis piernas. Mile,
mientras tanto, daba vueltas en el comedor, levantando y bajando los brazos como
imaginarse lo que sea. No sé cuá ndo me di cuenta de que estaba atenta a nuestros
¡ay! y ella movía la cabeza para un lado. ¡Guau! de Genoveva, giro. Vuelta a girar
─La luna es el ú nico satélite de la Tierra ─la corregí─. No hay una luna de
─Será una, corazó n, pero hay distintos modos de mirarla. ¿Sabés por qué se
Que ahora no quedan tantas pero antes había un montó n. Valencia era una. Toda
una ciudad encerrada. Era para protegerse de las invasiones. Así la gente dormía
nosotros le ponemos llave a la reja. El problema lo tenían los distraídos. Los que se
toda la noche. Era lo ú nico que podían hacer afuera de las murallas. Ese día entendí
por qué la abuela decía lo de la luna de Valencia. Porque Mile siempre se quedaba
afuera de todo.
Igual yo no estaba de acuerdo. La historia que me contó mi abuela no tenía
nada que ver con Mile. Porque si hay algo que Mile no hace es quedarse quieta. Ni
mirando la luna ni mirando nada. Salvo que la luna de Milena sea una luna
Le conté a la abuela lo que pensaba y ella se rió . Desde entonces, cada vez
Después de lo que pasó en la escuela, Mile tuvo que ver a otro psicó logo.
Otro que, ademá s, era doctor. A papá , me parece, mucho no le gustaba. Pero por
suerte Mile no tuvo que verlo mucho. Y eso fue gracias al segundo “día D”, cuando
las cosas comenzaron a ordenarse. Mamá se había quedado a tomar unos mates.
Empezaron hablando bien pero terminaron, como siempre, a los gritos. No sé por
qué peleaban, pero papá decía: “¡De ninguna manera!” y mamá : “Tampoco me
gusta a mí, ¡pero quiero que tenga una vida normal!”. Yo no quería escucharlos, así
que me puse a ver televisió n con la abuela y Milena. Obvio, Gene Kelly y Debbie
De a ratos me divirtió la película. Había una mujer (Reynolds no, otra) que
era actriz de películas mudas. Era muy linda pero tenía una voz horrible. Gene
tenía una voz buenísima. Pero lo má s increíble de todo vino después (el segundo
“momento D”): la abuela subió el volumen y papá cerró la puerta de la cocina para
agarró un paraguas.
El actor empezó a silbar. Mi hermana empezó a silbar. Y a caminar a los
saltitos. Los dos: Milena y Gene Kelly. Con el paraguas al hombro. A los saltitos y
llovía, seguro. Y cantaba y daba una vuelta. Igual que Gene Kelly. Y cantaba y daba
otra vuelta. Lo hacía bastante bien. Primero con el paraguas abierto y después
cerrado. Y dio un salto. Como de rana. O como de canguro, no sé. Saltó alto y
mucho, apoyá ndose en el paraguas como si fuera un bastó n. Cuando Gene Kelly se
colgó del farol ella se quedó quieta, como buscando. Y entonces yo lo entendí todo:
─¡Vos estabas bailando! ─le dije─ ¡Vos estabas bailando el otro día en la
escuela!
Se rio tanto que mamá y papá vinieron de la cocina para ver qué pasaba.
Y ahora estamos acá , esperá ndolos en el bar. Milena viene al Coló n, que es
uno de los teatros má s importantes del mundo, todas las mañ anas. A la tarde va a
la escuela. Y le va sú per bien. Porque sabe que si no, no puede bailar. Ese es el
trato que hizo con papá : te va bien en la escuela, podés bailar. Y mi hermana, como
Después del día que la vimos bailar como Gene Kelly, papá la llevó a
sé si eso del á ngel tiene que ver con esto de que ella siempre juega a que tiene alas,
pero todo el mundo dijo que había que llevarla al Coló n. Como si ese fuera el lugar
de dó nde tenía que despegar. Dio el examen de ingreso y aprobó . Entran pocos. Y
mi hermana quedó entre las primeras: hoy se notó en la clase abierta. Milena
Almagro esto, Milena Almagro aquello, a cada rato la nombraban. Fue la que mejor
bailó . Lejos. Por algo la pusieron en casi todas las piezas. Y cuando la maestra
explicaba algo o cuando actuaban otras, Milena se quedaba callada. Quieta. Atenta.
tenés que verla bailar para darte cuenta: Mile no es tonta, ni inquieta ni distraída…
¡Mile es bailarina!
Los mejores casos aparecen recién cuando uno empieza a hacerse conocido, lo que
es especialmente difícil para alguien como yo: hay que ver qué prejuiciosa es la
fuera por él, yo no habría podido resolver tan bien mi primer caso, el de la pintada
Pero vamos por partes, lo primero es aclarar que Martín Perales es, a pesar
de todo, el chico má s molesto del planeta Tierra; aunque está claro que yo no
conozco a toda la gente del planeta Tierra, pero, vamos, que es imposible que
exista otro igual a él. Lo que má s le gusta en el mundo es molestarme, y eso porque
su mamá , que es patrona de la mía, le dice que está muy mal, que deberíamos ser
amigos ya que vivimos juntos y tenemos la misma edad. Pero a Martín Perales só lo
le gustan dos cosas: molestarme y no hacerle caso a su mamá . Así que ya ven có mo
estamos.
tuvo conmigo la mañ ana del 22 de enero cuando me escuchó hablando con mamá :
despavorido: “No hay que quejarse. Nos dan casa y comida”. Aunque no sé si estoy
juguetes, ni con su Nintendo Wii. Y Martín en cambio sí se mete cada dos por tres
en mi pieza y me revuelve las cosas: “Es su casa, Mariano, qué le vas a hacer”, me
Estaba tan contento con mis tarjetas que no lo corregí cuando me dijo que él
por estudiar en un colegio con nombre inglés, el Northern College iba a poder
trabajar enseguida en la Scotland Yard cuando fuera grande. El muy tonto creía
que Sherlock Holmes había salido de la Scotland Yard. Y yo le dejé creer esa
pavada.
Esa tarde se fue con Geró nimo, el chico que vive casi en la entrada del
Barrio y que es tan detestable como él, a su clase de esgrima. Yo me quedé mirando
─¿Viste que no es tan malo? ¡Mirá qué tarjetitas má s lindas te dio para
jugar!
─Bueno, no, pero… Te dije que tenías que terminar el secundario para ser
detective.
Me gustaría decir má s seguido esta clase de cosas que hacen enojar tanto a
─¡Já !, eso se cree él. Estoy segura de que Sherlock Holmes salió de un
espeluznante.
Eduardo? Le habla Alicia, la mucama de los Perales, sí, lo llamo porque alguien
grita. No, no sé quién puede ser pero… ¡Mariano, vení para acá , Mariano!
Afuera, justo enfrente de la casa de los Perales, la señ ora Elizalde temblaba
descubierta y los pelos enmarañ ados, a pesar de que es faná tica de los sombreros,
Yo le extendí mi tarjeta y ella la tomó sin mirarla. En cambio, fijó los ojos en
─¡Qué niñ os! ─dijo Don Eduardo y pasó el dedo índice por la M─ Todavía
declarar pero no me dejaron. “Fue un chiste de mal gusto, seguro”, dijo uno de los
uniformados y se fue. Aunque le preguntó a mamá cuá ndo era su día libre, por lo
─Deberías averiguar qué está pasando en la casa de la señ ora Elizalde ─me
Iba a decir que no pero ¿có mo reconocerlo delante de él? Parece que mi
nieto en Pehuajó y así de paso cambia de aire, dice. Geró nimo viene el sá bado a
dormir, ¡y trae la llave! Su mamá la tiene porque le prometió a la señ ora Elizalde
regar las plantas en su ausencia. Má s no podés pedir, ¿eh? Si no, íbamos a tener que
robarle la copia a Don Eduardo ─ Y me dio una palmada en la espalda que me dejó
La mañ ana del sá bado, la señ ora Elizalde se subió a un remís. Llevaba un
sombrero tan grande que tuvo que sacá rselo apenas se sentó ; supongo que para no
dañ ar las plumas. La puerta ya estaba lijada, aunque algo quedaba de las letras,
Cuando volvimos de hacer las compras con mi mamá , Geró nimo salía de
nuestro cuarto.
─¿Buscabas algo? ─preguntó ella con ese tono que pone cuando está n a
escalones de a dos.
Lá stima que le duró tan poco esa emoció n y enseguida volvió a tener la
mirada triste de cada día; esa que me pone cuando dice algo que segurísimo no
piensa:
que iba a leer un rato. Aunque había llegado hasta la mitad de La liga de los
¿Quién iba a ser? Estaban los dos muy serios y se quedaron mirá ndome,
mano.
encontrar en esa casa? ¿Qué tiene que ver lo que pintaron en la puerta con…?
─Una bomba ─dijo Geró nimo con una sonrisa en los labios─. ¡Debe haber
una bomba dentro de algú n sombrero! ¿Qué otra cosa puede ser?
─Sí, sí, sin duda… ─se metió Martín─. Lo ú nico que tenés que hacer es
─No sé ─dudé─. Distinto sería si la señ ora Elizalde lo hubiera pedido. Pero
─Como sea, alguien pintó esa puerta y habría que averiguarlo ¿no?
─Lo primero que haría es levantar los mensajes del contestador automá tico
─dije pensando en voz alta─: es sabido que en el noventa por ciento de los casos el
─ No, no ─le dije, pensá ndolo mejor─. Yo no puedo ir así, sin instrumentos.
Los detectives no andan con los bolsillos vacíos: tienen lupa, grabador, bolsitas
iré a la casa de la señ ora Elizalde en estas condiciones ─y les devolví la llave antes
─Te trajimos todo lo necesario ─me dijo Martín al tiempo que me daba una
─¿Ah, sí? ¿Necesita oxígeno para vivir? ─me burlé yo. Por supuesto que no
entendieron el chiste. Al final, mamá tiene razó n: mucho Northern College y doble
hipnotizado. Geró nimo hizo un click y mi voz salió nítida y muy fuerte:
“¿Ah, sí? ¿Necesita oxígeno para vivir?”. Aquella lapicera fue para mí má s
alucinante que si hubiera sido aerobia: era un grabador, portá til, secreto y
perfecto.
─Para vos, Tifó n. Te presto todo ─dijo Martín, y si hubiera sido otra persona
en el pasillo. Cerré la puerta y me senté en la cama. Probé la birome dos, tres veces.
habían dado los cretinos: ¡eran maravillosos! Había una especie de vincha que se
iluminaba para ver de noche, una lapicera con un aparatito extrañ o en la punta
contraria adonde va la tinta. Garabateé unas letras y nada, “seguro es una fibra que
salía una luz violeta. La dirigí al papel: ¡todas las letras que había escrito se
revelaron!
─¡Es una lapicera con tinta invisible! ─me dije a mí mismo como para
sobre los labios. La llave de la señ ora Elizalde era lo ú nico que había quedado
sobre la cama. Abrí el cajó n para guardarla, no quería que mamá me preguntara
prudente hubiera sido contarle todo a mamá , pero tenía tantas ganas de lucir mi
facha de detective que me olvidé de la prudencia. “Me las pagará n”, me dije, y
Como los cretinos acababan de empezar a cenar con los señ ores Perales,
pude abrir sin problemas la lunchera que Martín dejaba al pie de la escalera cada
vez que volvía de su clase de esgrima. Metí el aerosol allí y, en cambio, saqué un
florete, que es como se llama esa espadita ridícula que usan los esgrimistas.
Salí por la puerta de servicio. Estaba seguro de que me habían visto, pero no
Eso me daba tiempo. Crucé la calle y abrí la puerta de la señ ora Elizalde: si alguien
tenía que terminar incriminado, ese no sería yo. Puse el florete dentro del
paragü ero, como para que no fuera muy evidente y la señ ora Elizalde lo encontrara
enorme jarró n para defenderme en caso de que me atacaran. Lá stima que cuando
abrí la puerta y distinguí una silueta en la penumbra, del susto se me cayó el jarró n,
cuando le miré las manos llenas de alhajas y los bolsillos rebalsando de diamantes
y piedras preciosas.
─No sos mejor que yo, pibe. Nada de lo que hay en Las Acacias te pertenece
que yo estaba adentro de la casa, les dijeron a los señ ores Perales que habían
escuchado ruidos o algo así. Y encima don Eduardo había prendido la luz, por lo
mascullar entre dientes. Volvió a meter las alhajas en los cajones y se vació los
ambos bajamos. Había que ver la cara que pusieron Geró nimo y Martín cuando me
─Todo está en orden ─se apuró a decir don Eduardo, tironéandome del
regaló un disfraz completo de mini espía, los mismos chiches que me había
pintada, enseguida me llamó “campeó n” y me regaló su placa vieja para que jugara;
me contó que don Eduardo ya tenía antecedentes de robo en otro barrio y que
estaría tras las rejas unos cuantos añ os gracias a mí. Desde aquel día José nos visita
explicar có mo la llave que la señ ora Elizalde le había confiado a su mamá había
faltaba que la señ ora Elizalde descubriera el florete! Supongo que el cretino