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HÉROES MODERNOS modificadoII

El documento narra la historia de Pablo, un niño de primaria que tiene problemas con su compañero Fabricio, quien constantemente lo molesta. Un día, Fabricio le roba una carta importante a Pablo. Mientras Pablo busca desesperadamente la carta, aparece la estatua de la "gorda fundadora" de la escuela, quien resulta estar viva. La estatua consuela a Pablo y le dice que Fabricio es buen actor.

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HÉROES MODERNOS modificadoII

El documento narra la historia de Pablo, un niño de primaria que tiene problemas con su compañero Fabricio, quien constantemente lo molesta. Un día, Fabricio le roba una carta importante a Pablo. Mientras Pablo busca desesperadamente la carta, aparece la estatua de la "gorda fundadora" de la escuela, quien resulta estar viva. La estatua consuela a Pablo y le dice que Fabricio es buen actor.

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HÉ ROES MODERNOS, Sol Silvestre

“Mi sita Asunción dijo que nada de supermanes


ni de hombres arañas ni de bellas ni de bestias;
que teníamos que mostrar al planeta Tierra que
éramos unos niños buenas personas que luchá-
bamos por la paz del mundo mundial y que ella
había pensado que nos íbamos a vestir los treinta
niños bestias que somos de palomas de la paz”
(ELVIRA LINDO)

A mamá , que es mi motor. Mi heroína.

¡Qué fábula!

Y eso que al principio hubiera jurado que lo peor que podría pasarme era

que Fabricio se enterara de la gorda fundadora, que es la estatua que está en medio

del patio. ¡Qué no habría dado yo por ocultá rselo, si las cosas se hubiesen dado de

otra forma! Porque Fabricio, no importa lo que diga todo el mundo, es un farsante:

un buen actor, nada má s.

Cuando la señ orita Mabel está presente es el chico má s aplicado de la clase y

pone esa cara de angelito que le sale tan bien. Pero si se da vuelta, ¡zas!, ahí aparece

el verdadero Fabricio, que es de lo má s desagradable. É l me puso “Pavilongo

Gó mez”, que es como me llaman todos, aunque nadie sepa qué quiere decir. Yo

busqué “pavilongo” en el diccionario porque es lo que mi abuela me manda a hacer

cuando no sé qué significa una palabra, pero ni pistas. Así que ahí ando por la vida,

dá ndome vuelta cuando me dicen pavilongo, como si tuviera idea de lo que

significa y, peor, como si así me hubiera puesto mi mamá . Todo por culpa de

Fabricio. Y me acuerdo clarito de cuando me lo dijo por primera vez:


─Tenés los cordones desatados, Gó mez ─ahí mismo, cuando bajé la vista me

pegó con sus nudillos en el medio de los anteojos ─. Pavilongo Gó mez, ¿no

aprendés? ─Y hasta las chicas se mataron de risa.

Pero esto Fabricio lo hizo porque la señ orita Mabel había ido hasta la

Direcció n, nunca lo habría hecho delante de ella. Ya lo dije: es buen actor. Por eso

se saca diez en todo. Cualquiera se saca diez si se pasa la tarde estudiando como él,

que estudia pero no porque le guste estudiar, que eso no puede gustarle a ningú n

chico, sino porque sabe que ningú n grande se resiste a eso: la señ orita Mabel le

perdona cualquier cosa (o bueno, por lo menos se lo perdonaba hasta que pasó lo

que pasó ). Y hasta mi mamá me volvía loco con Fabricio cuando estaban por

tomarme una prueba trimestral: «¿Por qué no te contagiá s de Fabricio, Pablo, y

estudiá s un poco?» ¡Como si yo no estudiara! Claro, no lo haría de ninguna manera

si no fuera porque me apagan la televisió n y me confiscan las cartas de Dragon Ball

Zeta, que es lo ú nico que realmente importa en este mundo. Pero, vamos, por lo

menos me la paso sentado toda la tarde haciendo las mismas cuentas una y otra

vez porque mi mamá tiene la manía de hacérmelas repetir cuando me salen mal,

que es bastante seguido.

La cuestió n es que aquel día, cuando Fabricio me preguntó lo que me

preguntó delante de todos, mentí. Es que si hubiera dicho la verdad, Fabricio me

habría humillado como siempre. Y al ratito ya habría convencido a todo el mundo

de que la culpa era mía. Primero me llevarían a la Direcció n y después vendría mi

mamá para arrastrarme de una oreja a casa: «¿De dó nde sacá s esas ideas, Pablo?

¿Querés que te echen, vos?». Es que siempre es así.


¡Y pensar que cuando era má s chico a los grandes les gustaba mi

imaginació n! Yo hacía unas oraciones geniales: “La mascota de mi tío Ale se comió

al jardinero.”, “Me metí en un tapiz y me volví de lana.”, “Una nave espacial aterrizó

en mi cabeza.” y todo fue bien hasta que a mamá la llamaron de la escuela porque

es peligroso inventar cuando uno está má s grande, parece. Desde entonces, me

cuido y escribo oraciones má s respetables: “Vi un mono.”, “Vi una linterna.”, “Vi

una nariz.” Mi mamá a veces se enoja porque dice que no puedo poner “vi” en todas

las oraciones y entonces pongo “hay” o “tengo”, que funcionan también.

─Es que este chico no tiene término medio ─le dice entonces a mi papá ─: o

escribe unos bolazos bá rbaros o repite lo mismo cada vez.

Yo a los grandes no los entiendo. Como a la señ orita Mabel, que nos mandó a

buscar fábula en el diccionario y nos dijo que pensá ramos en la fá bula de la cigarra

y la hormiga, que habíamos leído en clase, para darnos cuenta de cuá l era la

definició n correcta. Porque, claro, había como cuarenta. Y Fabricio copió la que

correspondía, por supuesto, “relato con intenció n didá ctica”. Lo que es yo, cuando

leí eso de que la cigarra y la hormiga hablaban españ ol igual que nosotros y vi el

dibujo de la casa donde vivían, que tenía hasta televisor, me di cuenta enseguida de

que la mejor definició n era “relació n falsa, mentirosa y de pura invenció n”; algo

parecido le habían dicho a mi mamá sobre mis oraciones geniales, esas que ya no

puedo escribir má s. Pero qué va, la maestra lo felicita a él y a mí me dice que debo

poner má s atenció n al leer. Lo dicho: yo a los grandes no los entiendo.

Pero vamos a lo importante: aquel día le dije a la señ orita Mabel que tenía

que ir al bañ o, aunque recién volvíamos del recreo. Nos habíamos quedado

jugando debajo de la gorda fundadora. Un día la señ orita Mabel nos hizo quedarnos
después de clase para que dejá ramos de llamarla así, porque Sor Paulina era una

monjita de lo má s buena y ademá s a los muertos hay que respetarlos, que es lo

mismo que dice siempre mi abuela. Pero lo de la gorda es como el pavilongo, por

má s que uno quiera despegarse del apodo no se puede.

Mi mamá cree que el escultor la hizo grande para que nadie se la confunda

con la virgen María, que es má s bien flaquita, porque la gorda fundadora también

tiene un vestido hasta los pies y esa tela sobre la cabeza. Yo al principio creía que

era San Martín, que es la estatua que está en la plaza de la calesita, porque tiene el

mismo color, así, como metá lico. Recién cuando empezamos a jugar ahí con las

cartas me di cuenta de que andaba vestida como la monja Lucrecia, que es la

directora, y que ademá s tenía dos tetas redondas como pelotas (y eso só lo lo tienen

las mujeres) y un cartel: “Sor Paulina de los Remedios, madre fundadora (1898-

1976)”. No sé a quién se le ocurrió decirle gorda fundadora. Pero fue gracioso. Y el

nombre le quedó .

La cosa es que tuve que volver allí porque cuando entré al curso me di

cuenta de que me faltaba Gokú, que es la carta má s poderosa de todas. Si esperaba

a que terminara la hora seguro que los del secundario, que tienen el recreo

después que nosotros, me la iban a sacar. No me gusta mentirle a la señ orita Mabel

pero mis cartas de Dragon Ball Zeta la ponen nerviosa y yo sabía que le iba a

importar bien poco que a mí me sacaran a Gokú.

Corrí entonces hasta el patio y me fijé en la base de la estatua, que es donde

apoyamos las cartas cuando jugamos. Estaba seguro de que iba a encontrarla allí,

porque ni siquiera había llegado a sentarme en mi banco cuando me di cuenta.

¡Qué fastidio me dio cuando vi que no estaba!


─¿Qué pasó , Gó mez, perdiste algo? ─Fabricio se me apareció de la nada.

Aunque la señ orita Mabel es fenomenal en esto de dejarnos ir al bañ o cuando

queremos, a veces me gustaría que haga como la de 5° A, que los hace salir de a

uno.

Al principio no levanté la vista porque estaba muy ocupado buscando mi

carta por todos los rincones del patio, pero Fabricio seguía ahí parado, con su

sonrisa de emoticó n, y no tuve má s remedio que mirarlo para que me dejara en

paz. Porque funciona así, se queda parado hasta que yo lo miro y entonces levanta

las cejas y larga una carcajada diciendo: “No aprendés má s, pavilongo Gó mez” y

entonces recién se va. Y fue tal cual, salvo por el hecho de que tenía mi carta en la

mano. A mí me agarraron ganas de zamarrearlo como zamarreo a Olivia, que es mi

hermana menor, pero me contuve porque la señ orita Mabel siempre se pone del

lado de Fabricio, que se saca diez en todas las pruebas trimestrales.

Ademá s Fabricio se metió en el aula y yo me quedé afuera puchereando

solo, porque ya bastante tenía con que el desgraciado me hubiera robado. Cuando

estaba en tercero o cuarto no me importaba llorar frente a los demá s, pero ahora

me molesta porque todos se ríen y me llaman nena, que es todavía peor que

pavilongo.

Y entonces la cosa má s increíble ocurrió . La gorda comenzó a hacer un ruido

de metal como ese que hacen los robots de los dibujitos animados cuando caminan

y, ¡pum!, saltó a mi lado. Me puso un brazo sobre la espalda pero lo sacó enseguida

en cuanto notó que yo me encorvaba ¡Y también! ¡Con ese brazo de hierro atrá s! Ni

yo mismo habría podido inventar una cosa así en mis oraciones geniales de primer
grado: ¡La gorda fundadora estaba viva, consolá ndome a mí! Todavía no terminaba

de salir de mi asombro cuando, encima, la estatua me habló :

─Fabricio es un buen actor, no hay nada que hacer.

¡No lo podía creer! Ninguna de las dos cosas, ni que la gorda tuviera vida,

aunque había visto cosas así en las películas mil veces, ni que un adulto (fuera de

metal o carne y hueso) se diera cuenta como yo de que Fabricio era un farsante.

¡Eso era todavía má s inconcebible! ¡Era supremo! ¡Maravilloso! Yo miré para todos

lados, para ver si alguien má s estaba ahí, viviendo la experiencia conmigo. Pero

está bamos solos, la gorda y yo está bamos solos.

─ Siempre existís? ─le pregunté.

─ Y… sí. Pero nunca dejo que me vean.

─ ¿Por?

Ella subió los hombros, como hago yo cuando mamá me pregunta cuá l es el

objeto indirecto en la oració n. Entonces le pregunté medio asustado, porque las

estatuas no me asustan pero los fantasmas sí:

─¿Está s muerta, vos?

─No. Sor Paulina se murió , no yo. Soy su estatua nomá s.

─¡Aaaah! ─dije maravillado, porque nunca antes había hablado con una

estatua─ . ¿Y te molesta que te digamos…?

─ ¿Gorda fundadora? ¡No! Un poco gorda estoy, es verdad ─y se rió .

─Podés hacer dieta ─le dije, acordá ndome de que mamá había hecho eso

después de que nació Olivia porque la cola le había quedado grande como el globo

terrá queo que tiene la señ orita Mabel en el escritorio.


─ ¿Có mo voy a hacer dieta yo, si no como? Ademá s no me importa que me

llamen así, ¿o no te parezco linda igual?

Iba a decir que no, pero me acordé de la vez que le dije a la monja Lucrecia

que el trasero de mamá , después de tener a Olivia, había quedado tan gordo como

el suyo: me dejaron sin ver televisió n por una semana, porque para algunas cosas,

parece, es mejor mentir. Así que, aunque yo no entienda a los grandes, me di

cuenta de que lo mejor era quedarme callado.

─ ¿No tenés que volver, pavilongo? ─me preguntó . Y eso me dio bronca,

porque lo ú nico que me faltaba a mí era que las estatuas me dijeran también

pavilongo, como si no tuviera bastante con que todo el curso me llamara así.

─Me llamo Pablo ─le dije. Y me fui.

Entré al aula agitado, transpirado y nervioso porque me había ido mucho

tiempo y la señ orita seguro me retaba. Pero cuando vi que estaba escribiendo en el

pizarró n me tranquilicé. Caminé en puntitas de pie para que no me sintiera.

─¡Gó mez! ¡Volviste! ─gritó Fabricio, dá ndose vuelta desde el primer banco.

Como la señ orita no podía ver lo que hacía, el muy maldito sacó la carta de Gokú de

debajo de la remera y dijo sin voz, lentamente, para que yo pudiera leerle los

labios: “Pavilongo Gomez, ¿no aprendés?”

─¿Te sentís bien, Pablo? ─me dijo la señ orita mientras me tocaba la frente

con la parte huesuda de la mano, como hace mamá cuando tengo fiebre.

─Má s o menos ─le mentí. Entonces tocó el timbre, por suerte.

A mí me sentaron en el banquito que está cerca de la puerta de salida, justo

al lado del escenario, donde está la bandera. Los demá s formaron como todos los

días mirando a Fabricio, que es el que generalmente elige la señ orita Mabel para
bajar la bandera del má stil. A espaldas de todos, como siempre, quedó la gorda

fundadora. Bueno, menos para mí y para Fabricio. É l porque estaba con la bandera;

y yo porque estaba en el banquito haciéndome el enfermo. “Bandera de mi patria,

celeste y blanca, símbolo de la unió n y la fuerza…”, empezaron todos. Fabricio me

miró de reojo y se señ aló el bolsillo: Gokú asomaba tristemente por allí. Entonces la

gorda fundadora me saludó con la mano y eso me animó . Después de todo, nos

habíamos hecho amigos y se ve que no se había ofendido por mi huida. Ademá s, no

podía negarlo, si yo la llamaba gorda ella bien podía llamarme pavilongo a mí.

La cuestió n es que no sé en qué momento Fabricio también la vio. Y me

perdí su cara desencajada al principio porque yo tenía la vista puesta en su bolsillo.

La gorda desde atrá s me hizo señ as, divertida, para que lo mirara. ¡Pobre Fabricio!

De verdad, hasta me dio pena. “Que a su sombra la Nació n Argentina acreciente su

grandeza…”, seguían rezando los demá s, mientras a Fabricio le cambiaba el color

de la cara. En serio, no es que no sea pá lido ya por naturaleza pero se puso má s

blanco todavía y levantó un brazo, temblando, señ alando hacia la gorda. Cuando

dejó caer la bandera todos se callaron de golpe y empezó a haber un barullo

bá rbaro; yo me mataba de risa, se imaginará n. Tanto, que había dejado de prestarle

atenció n a su bolsillo. Por lo que pasó después, evidentemente la carta de Gokú

había caído sobre la bandera, cosa que yo me perdí.

─Alumno, ¿qué cree usted que está haciendo? ─le gritó la directora, pero

Fabricio no podía hacer otra cosa que tartamudear. Quiso bajarse enseguida del

escenario y en el apuro pateó la bandera, que me cayó justo encima de la cabeza,

con carta y todo.


─Es… Es la gorda… ─dijo señ alando a la estatua, sin darse cuenta de que la

monja Lucrecia estaba en la misma direcció n. ¡El lío que se le armó ! El ú nico chico

en la historia de la escuela que había tratado de gorda a la directora había sido yo,

pero de mí podía esperarse cualquier cosa. De Fabricio, no. Me dolía la panza de

tanto que me reía; y má s, cuando me saqué la bandera de la cabeza y vi caer mi

querida carta de Gokú.

Para cuando pudo armar una oració n completa, al pobre Fabricio no se le

ocurrió mejor idea que buscar mi apoyo.

─¡Seguro que Pablo también la vio! La estatua, de verdad… La estatua de la

madre fundadora se mueve, se estira, camina; como si tuviera vida. ¡Fíjense! ─ Y

todos miramos para donde estaba la estatua, quietita como siempre, con su vestido

hasta los pies y la tela en la cabeza como la monja Lucrecia y la virgen María.

Fabricio seguía insistiendo con que yo también tenía que haberla visto y la señ orita

Mabel me miró .

─Fabricio es un fabulicio ─dije. Y hasta la directora se mató de risa.

“Fabulicio. Fabulicio”, repitieron todos. Y de verdad fue increíble, porque todos lo

llaman así desde ese día. Es que no hay caso: por má s que uno quiera despegarse

del apodo (lo dice un pavilongo que sabe de lo que habla) no se puede.

La luna de Milena

─¡Ay!, có mo nos costó entender la luna de Milena ¿no? ─me dijo la abuela

hoy. Y yo me maté de risa. Salimos por la puerta de la calle Libertad, solas, porque

papá se quedó con Mile para ayudarla a cambiarse. Qué lá stima que mamá se lo

perdió . Seguro que llama hoy para ver có mo salió todo. Porque mamá es así, no
quiere perderse nada. Ni su congreso de Retó rica en Chile ni esto que pasó hoy.

Mamá es lingü ista. Una intelectual, dice papá . Como una profesora de Lengua pero

má s. Una profesora que publica libros. Libros aburridísimos, eso sí, que no lee ni

mi papá . Y eso que papá lee todo el tiempo porque es profesor de Historia.

La cosa es que mamá , pobre, no pudo venir hoy. Y seguro está triste, allá

sola en Chile. Papá dice que no entiende tanto esfuerzo para nada, que aunque se la

pasa en la universidad no gana má s que él. A mamá no le gusta que le diga eso, dice

que es un envidioso. Que si él hubiera podido… Siempre se pelean por lo mismo,

antes y ahora. Papá dice que a él le aburre la investigació n y que en cambio dar

clases en el secundario lo divierte muchísimo. Que los chicos lo hacen reír todo el

tiempo. Que está justo donde quiere estar. Y mamá se ríe: “¡Pero por favor!”.

Se separaron hace dos añ os, antes de que empezara todo el problema con

Mile. Ahora, por lo menos no se gritan tanto. Antes era peor. La abuela decía que

eran como perro y gato. Pero de los que pelean, porque en casa Genoveva y Camilo

se llevan muy bien, si hasta duermen juntos. Y eso que son perro y gato en serio.

Con la abuela caminamos hasta el bar donde nos dijo papá que los

esperá ramos. Ella se pidió un té y yo un café con leche. Tres medialunas para las

dos y una gaseosa para Mile, que seguro vendría con sed.

─ ¡Qué bien estuvo!, ¿no? ─le dije.

─¡Divina! ─me contestó ─¡Mirá si nos hubiéramos quedado con una sola

historia de las cosas!

Papá siempre dice eso, que no hay una sola historia de las cosas. Y él de

historia sabe un montó n. Dice, por ejemplo, que cuando era chico le contaron que
Coló n vino a esta tierra para salvarnos. Para salvarnos del salvajismo. Porque antes

se creía que los indios eran eso: un montó n de salvajes que había que aniquilar.

Ahora, por suerte, ya sabemos que eso es mentira. Que los españ oles vinieron a

usurpar los territorios de nuestros aborígenes, los verdaderos dueñ os de este

lugar. Que los maltrataron y los despojaron de todo. Que la colonizació n no fue un

cuento de hadas sino una historia de horror. Igual, papá dice que esa tampoco es la

ú nica historia. Que deberíamos tomar las dos historias juntas para entender có mo

fue. Que hubo españ oles malos y buenos, algunos má s civilizados y otros má s

salvajes. Que con los indios pasó lo mismo. Que no hay ni blanco ni negro sino

siempre grises. Eso papá lo dice todo el tiempo, porque le gusta el gris. Só lo tenés

que abrir su placard para darte cuenta. ¡Todo es gris! Algú n azul, por ahí un

celestito, pero lo demá s es gris. Pantalones, camisas, puló veres.

─¡Qué monocromá tico sos! ─le decía mamá cuando vivía en casa, porque a

los lingü istas les encantan las palabras difíciles ─. ¡Siempre el mismo color!

Al principio a papá lo divertía que le dijera eso, si hasta se reía, pero un día

le empezó a molestar. Y después de una pelea que tuvieron por el color de ropa que

usaba cada uno, mamá nunca má s le dijo nada. Siguieron peleando por otras cosas,

obvio, pero por el color de la ropa no.

Lo de la luna de Milena lo inventamos con la abuela. Fue antes de que en el

colegio le pidieran el “siconosequé”, porque nunca se quedaba quieta. En realidad,

al principio, la abuela decía que Mile estaba siempre en la luna de Valencia. Yo

sabía que esto no era exacto, porque la luna es el ú nico satélite en la Tierra. Da

igual que la miremos desde Buenos Aires o Valencia: la luna es una. Una nomá s.

Igual es una forma de decir. La abuela no lo decía porque Milena estuviera en serio
en la luna. Milena estaba todo el tiempo con nosotros. O en la escuela. Pero se

distraía. Má s que nada, cuando hacía los deberes.

Antes, a Mile le costaba hacer los deberes. Sobre todo porque casi nunca los

traía copiados y había que estar llamando a alguien para que se los pasara. Un día

mamá se enojó un montó n. Está bamos en su casa, y le dijo a Milena que no llamara

siempre a la misma chica para pedir la tarea:

─Te va a tomar por tonta. Si ayer llamaste a Abril, hoy preguntale a Bautista.

Pero Mile nunca escuchaba. Y obvio que la llamó a Abril, que era la primera

en la lista. Y entonces mamá se enojó y le preguntó si era tonta o qué. Si no había

escuchado lo que dijo. Y empezó a decir un montó n de cosas sobre papá , que có mo

nos estaba criando, qué ella sabía que era mala idea eso de quedarnos a vivir con él

y con la abuela Haydée. Que si ella tuviera tiempo, que sus congresos, que sus

cursos, que sus seminarios, que sus becarios. Que, que, que… Porque cuando mamá

empieza a hablar de todas las cosas que hace no para má s, y yo me aburro porque

no entiendo nada de lo que dice. Por suerte la tengo a Mile, que si se aburre se pone

a saltar como pelota de goma. Del piso a la silla. De la silla a la mesa. De la mesa al

piso. A la mesada. Al puf. Al silló n.

─¿Es que no podés quedarte quieta? ─le gritó mamá ese día. Y la verdad que

no, Mile no podía. Creo que ni siquiera puede ahora, pero es distinto. Ya nadie se

enoja por eso. Porque Mile es así, y hay que quererla igual. Con su luna y su sú per

actividad.

Lo de Mile empezó después de las primeras pruebas trimestrales. Me

acuerdo que a mí me había costado la de naturales; se me hacía lío entre

“sublimació n” y “condensació n”. Por eso me saqué ocho. En Lengua y en Sociales


había tenido un diez y en Matemá tica creo que un nueve. La que había andado floja,

pobre, fue Mile. Papá tuvo que ir a hablar (mamá estaba preparando una clase para

un seminario, me parece) y esa vez le dijeron que había que ayudarla en casa.

Me acuerdo que mamá vino esa noche, después de cenar. Y que discutió

(¡cuá ndo no!) con papá .

─Yo no sé si es tonta o qué ─dijo mamá a los gritos. Y yo me sentí mal por

Mile. Le dije que no le hiciera caso, que seguro mamá estaba nerviosa por su

seminario. Que lo que pasaba con ella es que era distraída, nada má s. Pero Mile

estaba en otra cosa. Acostada en la cama, movía los brazos como si volara.

─Que sos distraída ─repetí─. Ese es tu problema. Tenés que prestar má s

atenció n, Mile.

─ ¡Mirá ! ─me dijo entonces─ ¡Parezco un murciélago! ─y yo adiviné en la

oscuridad las mangas del camisó n, que le colgaban como enormes alas aterradoras.

Es que con Mile no hay caso. No es fá cil hacerla bajar a la Tierra y, al final,

siempre resulta mejor seguirle un poco la corriente. Así que también me puse a

volar. Saltá bamos de una cama a la otra. ¡Fiuuuu, fiuuuu!, y dá bamos aletazos al

aire. Lo hicimos hasta que terminaron los gritos. O sea, hasta que se fue mamá .

Las siguientes semanas papá estuvo muy serio. Para colmo, la abuela se la

pasaba haciendo ayes :

─¡Ay, Dios…! ─decía. Y al rato un suspiro má s─ ¡Ay, qué cosa!

Pero un día Mile le preguntó a papá :

─¿Me explicá s lo de matemá tica?

Papá tardó en reaccionar. Porque Mile jamá s de los jamases pedía que le

explicaran nada.
Se quedaron los dos en la cocina, con el cuaderno abierto y el manual a

mano. La abuela me acompañ ó a la cama.

Después, por un tiempo Mile estuvo mejor, hasta que empezaron los

segundos trimestrales. Entonces lo volvieron a llamar a papá . Fue cuando me

contó lo del “siconosequé”. Me dijo que Mile iba a tener que jugar con una

psicó loga para ver por qué se distraía tanto. Yo no entendí eso de tener que jugar,

como si jugar fuera una obligació n o algo terriblemente aburrido.

─Va a estar todo bien ─dijo papá , como hablando con él mismo. Yo sabía

que sí, que má s vale iba a estar todo bien porque a Mile le encanta jugar, y si eso es

lo que tenía que hacer con la psicó loga…

Me acuerdo que papá me dijo que tendría que haberla visto aquella noche

haciendo las cuentas de matemá tica. ¡Lo má s bien! Porque cuando Mile quiere y se

concentra un poco, las cosas le salen genial. Ahora siempre es así, pero antes

también pasaba de vez en cuando.

─Mirala vos, tan tranquila viendo tele con la abuela ─me dijo después. Y era

cierto, porque a Mile era raro verla sentada. No le gusta la compu. Ni leer. Ni jugar

a la play ni dibujar. Por eso la maestra del añ o pasado se enojaba tanto con ella,

decía que no se quedaba ni diez minutos sentada.

Yo creo que antes, cuando todavía no había pasado nada, tendrían que

haberle puesto una peli de Gene Kelly. Gene Kelly es un actor norteamericano.

Bueno, era norteamericano porque ya se murió . A mi abuela eso no le importa,

sigue diciendo que ¡es tan buen mozo! y que ¡baila tan bien! A mí me da gracia

cuando dice eso, porque me imagino un esqueleto buen mozo y bailando bien…

Pero ella lo dice porque lo ve en la tele, en películas que se ven siempre borrosas. A
Mile también le gustan estas películas, yo no entendía por qué. Justo Mile que no

soporta ni un capítulo entero de Kid Vs. Cat. Es que mi hermana siempre fue medio

rara. No te podía decir la tabla del ocho pero te enumeraba todas las películas de

Debbie Reynolds, que también es una actriz norteamericana, de esas que le gustan

a mi abuela. Y que, seguro, también debe estar muerta. Es una lá stima que en la

escuela no le preguntaran estas cosas: nos habríamos ahorrado todo el

sufrimiento. Si existiera una materia sobre películas viejas, mi hermana seguro se

sacaría puros dieces sin ningú n esfuerzo.

El veinte de noviembre fue el primer “día D”. Quiero decir, cuando estalló

todo. Me acuerdo porque faltaba poquito para terminar las clases y ademá s era el

cumpleañ os de Genoveva. Siempre le festejamos el cumpleañ os, le compramos

algú n hueso o una golosina de esas que venden en la veterinaria. Bueno, siempre

no, salvo el añ o pasado. Todos estaban como locos en casa. Mamá (para colmo

después se fue) le gritó a Milena y ella se encerró a llorar en nuestra habitació n. Así

que só lo yo me acordé del cumpleañ os de Genoveva. Fue el veinte de noviembre

má s triste de mi vida. No me hago la dramá tica, es verdad.

Y todo había empezado en la escuela. La Directora gritaba tanto que mi

maestra salió a mirar y, atrá s de ella, todos nosotros. Yo me quería morir. No por

Mile, porque la conozco. A ella no le importa que la miren. Ni que la gente se ría. Es

má s, me parece que ni siquiera se da cuenta cuando pasa eso. Pero a mí entonces

me fastidiaba que dijeran “tu hermana esto, tu hermana aquello” cada vez que se

mandaba una “milenada”. Así le decíamos con la abuela a las metidas de pata de mi

hermana: ¡Uf!, podría enumerar un montó n. En un cuadrito de esos de triple

entrada que tanto le gusta hacer a mi maestra. Por ejemplo, así:


Lugar Situació n Milenada

Consultorio del doctor Bidó n de agua sobre el Mile se sube al escritorio, se


García escritorio de la secretaria. cuelga del bidó n: ¡ 5 litros de agua
al piso!

Colectivo 129, el que va Fue hace un montó n, Mile Mile se para sobre la abuela y
por la rotonda iba al jardín. Un asiento alcanza un pasamanos. Trepa de
Alpargatas. doble para las tres. Yo en uno a otro hasta que le pega una
la ventanilla, Mile a upa patada a un hombre. Desde ese
de la abuela Haydée. día, empezamos a viajar en remís.

Parroquia Nuestra Señ ora El padre Martín nos pide Mile comienza a hacer piruetas
de los Dolores. que pasemos a buscar las por el medio de la nave. Las
ofrendas con la canastita. ofrendas terminan en el piso,
obvio, y la canastita sobre la
cabeza del monaguillo.

Cumpleañ os de mi prima Para pasarnos Kung Fu Mile, que ni a palos se iba a


Azul, en Liniers. Panda por una pantalla quedar viendo Kung Fu Panda, se
gigante, en el pelotero colgó de una cortina y trató se
cerraron todas las subir como una acró bata. Se vino
cortinas. Unas cortinas todo abajo, y el palo de la cortina
enormes y azules, con dos cayó sobre la torta. Mi prima Azul
pisos de largo. debe estar llorando todavía.

Hay un montó n de otras milenadas, pero si pongo todas no termino má s.

Igual, la que se mandó el primer “día D” fue la de su vida. Cuando lo vi a papá en la

escuela pensé que Mile iba a tener problemas. Supe que los tendría

definitivamente, en cuanto vi a mamá . Para que mamá abandone la universidad a

media mañ ana, tiene que pasar algo supremo. Una catá strofe, como la de ese día.

Bueno, la cosa fue así: durante la hora de Lengua afuera se había puesto

negro, como si la noche hubiera decidido adelantarse un poco. Me acuerdo que mi

maestra dejó de dictar. Miró por la ventana y dijo:

─¡Se viene una!


Y ahora que lo pienso, no sé si lo decía por la lluvia que vendría después o

por la milenada que se mandó mi hermana. Bueno, la cosa es que enseguida

empezó a llover. Y en el colegio se nota má s por los techos de chapa. Siempre

parece que está n cayendo piedras. Hubo truenos tan fuertes que un par de veces

me sobresalté. La señ o se dio cuenta y me acarició el pelo. Después, escuchamos

gritar a la directora. No se entendía muy bien qué decía pero gritaba como loca.

Entonces salió mi maestra. Y nosotros la seguimos, todos. Desde el balcó n la vi a

Mile. Estaba saltando como una rana. O como un canguro, no sé. Quiero decir que

saltaba alto. Mucho. Con las piernas abiertas y una mano apoyada sobre un mapa

enrollado, de esos que se ponen en el pizarró n, usá ndolo de bastó n.

─¡Milena Almagro! ─gritaba la directora. Pero mi hermana no le daba

bolilla. Como si no escuchara. Es má s, como si no se diera cuenta de que estaba

saltando bajo la lluvia. Salpicando para todos lados. Mojando el mapa.

La directora desapareció por un rato pero enseguida volvió con un

paraguas. Mi hermana, que la vio venir, saltó al má stil. Con una mano se sostenía y

con la otra revoleaba el mapa. Trató de hacer una voltereta, de esas acrobacias que

siempre terminan mal. Y obvio, terminó mal. La directora la agarró de un brazo

justo en medio del giro. Terminaron las dos en el piso, completamente mojadas. El

mapa voló para un lado y el paraguas para otro. Un desastre total.

Al rato fue cuando lo vi a papá . Y después a mamá . Mientras ellos hablaban

con la directora, nosotras volvimos a casa con la abuela.

En casa la ayudé a hacer milanesas. Me encanta hacer milanesas. Sobre todo

cuando hay que pegarles con el martillo. Primero son chiquititas pero les vas

pegando y se agrandan. Es como magia.


Está bamos calladas pero ruidosas. Yo daba golpes y ella largaba ayes. A

Genoveva ademá s le dio por ladrar. Y Camilo ronroneaba entre mis piernas. Mile,

mientras tanto, daba vueltas en el comedor, levantando y bajando los brazos como

si volara. No tenía puesto el camisó n, pero Mile no necesita disfrazarse para

imaginarse lo que sea. No sé cuá ndo me di cuenta de que estaba atenta a nuestros

ruidos. Yo golpeaba la milanesa, ¡paf!, y ella levantaba un pie. La abuela largaba un

¡ay! y ella movía la cabeza para un lado. ¡Guau! de Genoveva, giro. Vuelta a girar

con el run run de Camilo. Me pareció que lo hacía muy bien.

─Y ella como siempre en la luna de Valencia ─dijo la abuela,

interrumpiendo nuestra sinfonía pero no su baile.

─La luna es el ú nico satélite de la Tierra ─la corregí─. No hay una luna de

Valencia, abuela. La luna es una.

─Será una, corazó n, pero hay distintos modos de mirarla. ¿Sabés por qué se

dice “la luna de Valencia”, vos?

Entonces me explicó que en Españ a todavía existen ciudades amuralladas.

Que ahora no quedan tantas pero antes había un montó n. Valencia era una. Toda

una ciudad encerrada. Era para protegerse de las invasiones. Así la gente dormía

tranquila: cerraban la puerta de la muralla y listo. Nadie entraba. Como cuando

nosotros le ponemos llave a la reja. El problema lo tenían los distraídos. Los que se

olvidaban de volver a horario, antes de que se cerrara la muralla. Esos no podían

entrar a su ciudad ni volver a su casa. Esos se quedaban viendo la luna de Valencia

toda la noche. Era lo ú nico que podían hacer afuera de las murallas. Ese día entendí

por qué la abuela decía lo de la luna de Valencia. Porque Mile siempre se quedaba

afuera de todo.
Igual yo no estaba de acuerdo. La historia que me contó mi abuela no tenía

nada que ver con Mile. Porque si hay algo que Mile no hace es quedarse quieta. Ni

mirando la luna ni mirando nada. Salvo que la luna de Milena sea una luna

saltarina y ella se pase el rato intentando cazarla.

Le conté a la abuela lo que pensaba y ella se rió . Desde entonces, cada vez

que la vemos distraída decimos eso: “Mile está en la luna de Milena”.

Después de lo que pasó en la escuela, Mile tuvo que ver a otro psicó logo.

Otro que, ademá s, era doctor. A papá , me parece, mucho no le gustaba. Pero por

suerte Mile no tuvo que verlo mucho. Y eso fue gracias al segundo “día D”, cuando

las cosas comenzaron a ordenarse. Mamá se había quedado a tomar unos mates.

Empezaron hablando bien pero terminaron, como siempre, a los gritos. No sé por

qué peleaban, pero papá decía: “¡De ninguna manera!” y mamá : “Tampoco me

gusta a mí, ¡pero quiero que tenga una vida normal!”. Yo no quería escucharlos, así

que me puse a ver televisió n con la abuela y Milena. Obvio, Gene Kelly y Debbie

Reynolds, ¿qué otra cosa si no?

De a ratos me divirtió la película. Había una mujer (Reynolds no, otra) que

era actriz de películas mudas. Era muy linda pero tenía una voz horrible. Gene

Kelly no se la bancaba, porque estaba enamorado de Debbie Reynolds, que ella sí

tenía una voz buenísima. Pero lo má s increíble de todo vino después (el segundo

“momento D”): la abuela subió el volumen y papá cerró la puerta de la cocina para

poder seguir hablando (peleando) con mamá .

─Esta canció n es lindísima ─dijo la abuela, y mi hermana saltó de la silla y

agarró un paraguas.
El actor empezó a silbar. Mi hermana empezó a silbar. Y a caminar a los

saltitos. Los dos: Milena y Gene Kelly. Con el paraguas al hombro. A los saltitos y

silbando. Llovía. Bueno, en la película llovía, pero mi hermana se imaginaba que

llovía, seguro. Y cantaba y daba una vuelta. Igual que Gene Kelly. Y cantaba y daba

otra vuelta. Lo hacía bastante bien. Primero con el paraguas abierto y después

cerrado. Y dio un salto. Como de rana. O como de canguro, no sé. Saltó alto y

mucho, apoyá ndose en el paraguas como si fuera un bastó n. Cuando Gene Kelly se

colgó del farol ella se quedó quieta, como buscando. Y entonces yo lo entendí todo:

el má stil, el giro, el chapoteo de mi hermana, el mapa de pizarró n.

─¡Vos estabas bailando! ─le dije─ ¡Vos estabas bailando el otro día en la

escuela!

─ …bajo la lluvia –contestó ella, muy divertida. Mi abuela empezó a llorar. Y

después largó una carcajada.

Se rio tanto que mamá y papá vinieron de la cocina para ver qué pasaba.

Y ahora estamos acá , esperá ndolos en el bar. Milena viene al Coló n, que es

uno de los teatros má s importantes del mundo, todas las mañ anas. A la tarde va a

la escuela. Y le va sú per bien. Porque sabe que si no, no puede bailar. Ese es el

trato que hizo con papá : te va bien en la escuela, podés bailar. Y mi hermana, como

dice la abuela, lo cumple a rajatabla.

Después del día que la vimos bailar como Gene Kelly, papá la llevó a

aprender danza. Y la profesora se maravilló . Dijo que mi hermana tenía á ngel. No

sé si eso del á ngel tiene que ver con esto de que ella siempre juega a que tiene alas,

pero todo el mundo dijo que había que llevarla al Coló n. Como si ese fuera el lugar
de dó nde tenía que despegar. Dio el examen de ingreso y aprobó . Entran pocos. Y

mi hermana quedó entre las primeras: hoy se notó en la clase abierta. Milena

Almagro esto, Milena Almagro aquello, a cada rato la nombraban. Fue la que mejor

bailó . Lejos. Por algo la pusieron en casi todas las piezas. Y cuando la maestra

explicaba algo o cuando actuaban otras, Milena se quedaba callada. Quieta. Atenta.

Concentrada. Porque ahora conocemos la otra historia. Es tan obvia, ademá s. Só lo

tenés que verla bailar para darte cuenta: Mile no es tonta, ni inquieta ni distraída…

¡Mile es bailarina!

El primer caso de Mariano Tifón

No vayan a creerse que me convertí así, de repente, en un gran detective.

Los mejores casos aparecen recién cuando uno empieza a hacerse conocido, lo que

es especialmente difícil para alguien como yo: hay que ver qué prejuiciosa es la

gente adulta, y má s cuando uno es hijo de la mucama.

En eso, lo tengo que reconocer, le debo bastante a Martín Perales. Si no

fuera por él, yo no habría podido resolver tan bien mi primer caso, el de la pintada

del sombrero, que me hizo conocido en todo Las Acacias.

Pero vamos por partes, lo primero es aclarar que Martín Perales es, a pesar

de todo, el chico má s molesto del planeta Tierra; aunque está claro que yo no

conozco a toda la gente del planeta Tierra, pero, vamos, que es imposible que

exista otro igual a él. Lo que má s le gusta en el mundo es molestarme, y eso porque

su mamá , que es patrona de la mía, le dice que está muy mal, que deberíamos ser

amigos ya que vivimos juntos y tenemos la misma edad. Pero a Martín Perales só lo
le gustan dos cosas: molestarme y no hacerle caso a su mamá . Así que ya ven có mo

estamos.

Debo reconocer que en algo me extrañ ó el cambio repentino que Martín

tuvo conmigo la mañ ana del 22 de enero cuando me escuchó hablando con mamá :

─Y entonces, si yo termino la primaria, ¿ahí puedo?

─No, Mariano. Cinco añ os después, cuando termines el secundario. Supongo

que deberías inscribirte en la Policía.

─¡Pero yo no quiero ser policía, ma! ¡Quiero ser detective!

─¿Detective? ─se metió , burló n, como si alguien le hubiera hablado a él─.

Yo te puedo ayudar, vení.

Mamá levantó la ceja izquierda y no me dejó protestar. Tuve que seguir a

Martín hasta su cuarto.

Me dije a mí mismo lo que siempre me dice mamá , para no huir

despavorido: “No hay que quejarse. Nos dan casa y comida”. Aunque no sé si estoy

tan de acuerdo con esto. Porque la casa no es nuestra, yo no puedo andar

libremente por ahí, ni invitar a un amigo, y aunque Martín va a doble escolaridad y

yo llego al mediodía, a mí no me permitirían meterme en su cuarto a jugar con sus

juguetes, ni con su Nintendo Wii. Y Martín en cambio sí se mete cada dos por tres

en mi pieza y me revuelve las cosas: “Es su casa, Mariano, qué le vas a hacer”, me

dice la contradictoria de mamá , aunque me parece que a ella también le molesta un

poco que Martín se nos meta en la pieza.

La cuestió n es que lo seguí y, para mi sorpresa, Martín prendió la

computadora y me hizo escribir mi nombre en el teclado. En dos minutos me dio

unas cuantas hojas con rectangulitos para recortar:


Mariano Tifón
Detective privado

Barrio Privado Las Acacias, Km. 52 Panamericana,


Pilar, unidad 418

Estaba tan contento con mis tarjetas que no lo corregí cuando me dijo que él

por estudiar en un colegio con nombre inglés, el Northern College iba a poder

trabajar enseguida en la Scotland Yard cuando fuera grande. El muy tonto creía

que Sherlock Holmes había salido de la Scotland Yard. Y yo le dejé creer esa

pavada.

Esa tarde se fue con Geró nimo, el chico que vive casi en la entrada del

Barrio y que es tan detestable como él, a su clase de esgrima. Yo me quedé mirando

mis tarjetas como embobado, sin moverme de la silla de la cocina y con

retorcijones, como cada vez que me pongo nervioso.

─¿Viste que no es tan malo? ¡Mirá qué tarjetitas má s lindas te dio para

jugar!

─¡No son para jugar, mamá !

─Bueno, no, pero… Te dije que tenías que terminar el secundario para ser

detective.

─Martín dice que só lo si estudio en un colegio como el de él…

Me gustaría decir má s seguido esta clase de cosas que hacen enojar tanto a

mamá y que la ponen por un rato de mi lado:

─¡Já !, eso se cree él. Estoy segura de que Sherlock Holmes salió de un

colegio pú blico, Mariano.


Pero me duró poco la emoció n de escucharla criticar aunque fuera

indirectamente al pesado de Martín Perales. Porque entonces oímos un grito

espeluznante.

─¿Y eso? ¡Mejor llamo al guardia de la entrada! ─dijo mi mamá─ …¿Don

Eduardo? Le habla Alicia, la mucama de los Perales, sí, lo llamo porque alguien

grita. No, no sé quién puede ser pero… ¡Mariano, vení para acá , Mariano!

Escuché có mo pegaba el tubo contra la mesada y los pasos apurados de mi

mamá a mis espaldas.

Afuera, justo enfrente de la casa de los Perales, la señ ora Elizalde temblaba

como mi patineta cuando está desajustada. Tenía, por milagro, la cabeza

descubierta y los pelos enmarañ ados, a pesar de que es faná tica de los sombreros,

y nunca se la ve sin uno.

Yo le extendí mi tarjeta y ella la tomó sin mirarla. En cambio, fijó los ojos en

mi mamá , que estaba unos pasos atrá s y le pidió a los gritos:

─¡Hay que llamar a Eduardo, Alicita!

Y ahí nomá s apareció Eduardo con su bicicleta:

─¿Có mo va a cortarme así, Alicia? ¡Pensé que la habían encañ onado!

Mamá no llegó a contestar porque nos quedamos todos mirando la puerta

de la señ ora Elizalde.

─¡Qué niñ os! ─dijo Don Eduardo y pasó el dedo índice por la M─ Todavía

está fresca la pintura.

“Cuidado con el sombrero” se leía con letras bien grandes y coloradas en la

puerta de la señ ora Elizalde.


A la noche, mamá tuvo que hablar con un policía. Yo también quise

declarar pero no me dejaron. “Fue un chiste de mal gusto, seguro”, dijo uno de los

uniformados y se fue. Aunque le preguntó a mamá cuá ndo era su día libre, por lo

que evidentemente el caso no estaba cerrado.

─Deberías averiguar qué está pasando en la casa de la señ ora Elizalde ─me

dijo Martín Perales al otro día en el desayuno, ya enterado de lo ocurrido.

─Ni siquiera miró mi tarjeta ─le contesté.

─Y qué importa eso, ¿sos detective o no?

Iba a decir que no pero ¿có mo reconocerlo delante de él? Parece que mi

silencio bastó para que Martín siguiera adelante con su plan:

─La loca del sombrero se va el fin de semana, ¿sabías? Le nació un sobrino

nieto en Pehuajó y así de paso cambia de aire, dice. Geró nimo viene el sá bado a

dormir, ¡y trae la llave! Su mamá la tiene porque le prometió a la señ ora Elizalde

regar las plantas en su ausencia. Má s no podés pedir, ¿eh? Si no, íbamos a tener que

robarle la copia a Don Eduardo ─ Y me dio una palmada en la espalda que me dejó

un gusto amargo en la boca. Los siguientes tres días no dormí.

La mañ ana del sá bado, la señ ora Elizalde se subió a un remís. Llevaba un

sombrero tan grande que tuvo que sacá rselo apenas se sentó ; supongo que para no

dañ ar las plumas. La puerta ya estaba lijada, aunque algo quedaba de las letras,

como un mapa de caminos rojos y esfumados.

Cuando volvimos de hacer las compras con mi mamá , Geró nimo salía de

nuestro cuarto.

─¿Buscabas algo? ─preguntó ella con ese tono que pone cuando está n a

punto de volá rsele los pá jaros.


─No…No… ─contestó él─, creí que era el bañ o ─y subió saltando los

escalones de a dos.

─¡Es el colmo! ─dijo mamá con los ojos brillantes de ira.

Lá stima que le duró tan poco esa emoció n y enseguida volvió a tener la

mirada triste de cada día; esa que me pone cuando dice algo que segurísimo no

piensa:

─Es la casa de su amigo, ¿qué le vamos a hacer?

Cuando mamá volvió a la cocina, yo me quedé en el cuarto con la excusa de

que iba a leer un rato. Aunque había llegado hasta la mitad de La liga de los

pelirrojos, mi vista y mi pensamiento no iban por el mismo lado. Entonces

golpearon a la puerta de mi habitació n.

¿Quién iba a ser? Estaban los dos muy serios y se quedaron mirá ndome,

como si fuera yo el que tenía que decir algo:

─Te trajimos la llave ─me dijo Martín después de un rato y me la puso en la

mano.

─¿La llave? No, no ─respondí─… Yo no voy a ir a ningú n lado ¿qué voy a

encontrar en esa casa? ¿Qué tiene que ver lo que pintaron en la puerta con…?

─Una bomba ─dijo Geró nimo con una sonrisa en los labios─. ¡Debe haber

una bomba dentro de algú n sombrero! ¿Qué otra cosa puede ser?

─Sí, sí, sin duda… ─se metió Martín─. Lo ú nico que tenés que hacer es

buscar dentro de todos los sombreros y encontrarla. Después llamá s a la policía

para que la desconecten y quedá s como un héroe, Tifó n.

─No sé ─dudé─. Distinto sería si la señ ora Elizalde lo hubiera pedido. Pero

meterme así… Ademá s, yo no buscaría en los sombreros porque si alguien quisiera


poner una bomba allí ¿para qué avisaría? No me parece que la clave esté en el

sombrero. Seguro que el letrero lo pusieron para despistar.

─Como sea, alguien pintó esa puerta y habría que averiguarlo ¿no?

Me emocionó pensar en eso. Después de todo, era mi primera oportunidad

para resolver un caso de verdad.

─Lo primero que haría es levantar los mensajes del contestador automá tico

─dije pensando en voz alta─: es sabido que en el noventa por ciento de los casos el

criminal está entre los conocidos de la víctima.

─¡Justamente! ─se entusiasmó Martín─ ¡y acá tenés la llave!

─ No, no ─le dije, pensá ndolo mejor─. Yo no puedo ir así, sin instrumentos.

Los detectives no andan con los bolsillos vacíos: tienen lupa, grabador, bolsitas

transparentes para guardar evidencia… No, no ─me decidí─. Definitivamente no

iré a la casa de la señ ora Elizalde en estas condiciones ─y les devolví la llave antes

de cerrarles la puerta en sus narices.

Al rato nomá s estaban llamando de nuevo.

─Te trajimos todo lo necesario ─me dijo Martín al tiempo que me daba una

mochila llena de cosas.

─¡Hasta una birome… ─gritó Geró nimo, poniéndomela en medio de la cara─

… aerobia! ─ agregó , solo por usar una palabra difícil y sobrarme.

─¿Ah, sí? ¿Necesita oxígeno para vivir? ─me burlé yo. Por supuesto que no

entendieron el chiste. Al final, mamá tiene razó n: mucho Northern College y doble

escolaridad, pero son má s burros que yo.

Igual me vencieron. Nunca había visto algo así y me sentí totalmente

hipnotizado. Geró nimo hizo un click y mi voz salió nítida y muy fuerte:
“¿Ah, sí? ¿Necesita oxígeno para vivir?”. Aquella lapicera fue para mí má s

alucinante que si hubiera sido aerobia: era un grabador, portá til, secreto y

perfecto.

─Para vos, Tifó n. Te presto todo ─dijo Martín, y si hubiera sido otra persona

lo abrazaba. Tomé la birome en silencio y la metí en la mochila. No sé en qué

momento se fueron pero, de repente, me di cuenta de que me había quedado solo

en el pasillo. Cerré la puerta y me senté en la cama. Probé la birome dos, tres veces.

Di vuelta la mochila e inspeccioné todos y cada uno de los elementos que me

habían dado los cretinos: ¡eran maravillosos! Había una especie de vincha que se

iluminaba para ver de noche, una lapicera con un aparatito extrañ o en la punta

contraria adonde va la tinta. Garabateé unas letras y nada, “seguro es una fibra que

quedó destapada”, pensé. Pero después se me ocurrió apretar un botó n y vi có mo

salía una luz violeta. La dirigí al papel: ¡todas las letras que había escrito se

revelaron!

─¡Es una lapicera con tinta invisible! ─me dije a mí mismo como para

convencerme de que era cierto. Me puse el sombrero y el sobretodo que también

estaban en la mochila, me guardé la lupa en el bolsillo y me calcé la pipa de juguete

sobre los labios. La llave de la señ ora Elizalde era lo ú nico que había quedado

sobre la cama. Abrí el cajó n para guardarla, no quería que mamá me preguntara

nada. Y entonces entendí todo.

Un aerosol rojo que por supuesto no me pertenecía estaba entre mis

calzoncillos. Recordé a Geró nimo “confundiendo” nuestra habitació n con el bañ o.

Todo tenía sentido. Los muy malditos habían querido incriminarme. Lo má s

prudente hubiera sido contarle todo a mamá , pero tenía tantas ganas de lucir mi
facha de detective que me olvidé de la prudencia. “Me las pagará n”, me dije, y

guardé el aerosol en el bolsillo del sobretodo, con la lupa.

Como los cretinos acababan de empezar a cenar con los señ ores Perales,

pude abrir sin problemas la lunchera que Martín dejaba al pie de la escalera cada

vez que volvía de su clase de esgrima. Metí el aerosol allí y, en cambio, saqué un

florete, que es como se llama esa espadita ridícula que usan los esgrimistas.

Salí por la puerta de servicio. Estaba seguro de que me habían visto, pero no

encontrarían la excusa para levantarse de la mesa sin haber terminado de cenar.

Eso me daba tiempo. Crucé la calle y abrí la puerta de la señ ora Elizalde: si alguien

tenía que terminar incriminado, ese no sería yo. Puse el florete dentro del

paragü ero, como para que no fuera muy evidente y la señ ora Elizalde lo encontrara

con el paso de los días.

Mi plan habría salido perfecto si no hubiera escuchado ruidos en la planta

alta. Mi curiosidad detectivesca no lo resistió . Del descanso de la escalera, tomé un

enorme jarró n para defenderme en caso de que me atacaran. Lá stima que cuando

abrí la puerta y distinguí una silueta en la penumbra, del susto se me cayó el jarró n,

lo que hizo un ruido espantoso.

─¿Quién…? ─gritó una voz conocida, y se prendieron las luces.

Don Eduardo se puso blanco en cuanto me vio. Y yo creo que también, má s

cuando le miré las manos llenas de alhajas y los bolsillos rebalsando de diamantes

y piedras preciosas.

─Se supone que tiene que cuidarnos ─le dije.

─No sos mejor que yo, pibe. Nada de lo que hay en Las Acacias te pertenece

tampoco. Sos hijo de la mucama ¿quién te va a creer?


Entonces escuchamos la sirena. Sin duda, Martín y Geró nimo, seguros de

que yo estaba adentro de la casa, les dijeron a los señ ores Perales que habían

escuchado ruidos o algo así. Y encima don Eduardo había prendido la luz, por lo

cual era má s que ló gico que hubieran llamado a la policía.

Cuando se escuchó la sirena, Eduardo empezó a caminar por el cuarto y a

mascullar entre dientes. Volvió a meter las alhajas en los cajones y se vació los

bolsillos con nerviosismo. Al grito de “Mantengan las manos en alto, policía “,

ambos bajamos. Había que ver la cara que pusieron Geró nimo y Martín cuando me

vieron acompañ ado.

─Todo está en orden ─se apuró a decir don Eduardo, tironéandome del

sobretodo ─ ¡Teníamos un intruso!

Pero entonces mi grabador habló y el pobre Eduardo se hizo en sus

pantalones: “Sos hijo de la mucama, ¿quién te va a creer?... “

Los ú ltimos sucesos fueron especialmente deliciosos: la señ ora Elizalde me

regaló un disfraz completo de mini espía, los mismos chiches que me había

prestado Martín para la ocasió n ¡pero ahora, completamente míos!

José, el mismo policía que había hablado con mi mamá la tarde de la

pintada, enseguida me llamó “campeó n” y me regaló su placa vieja para que jugara;

me contó que don Eduardo ya tenía antecedentes de robo en otro barrio y que

estaría tras las rejas unos cuantos añ os gracias a mí. Desde aquel día José nos visita

cada domingo y la mirada de mamá está menos triste por eso.

Geró nimo, me contaron, se quedó un mes sin televisió n porque no pudo

explicar có mo la llave que la señ ora Elizalde le había confiado a su mamá había

aparecido en la puerta la noche del robo.


En cuanto a Martín, dejó de meterse conmigo por un tiempo cuando su

mamá encontró un aerosol rojo en su lunchera de esgrima. ¡Y eso que todavía

faltaba que la señ ora Elizalde descubriera el florete! Supongo que el cretino

entendió finalmente que Sherlock Holmes no necesita de la Scotland Yard para

resolver sus casos.

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