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Yeh Shen (Versión Libre)

Yeh Shen era una joven con pies pequeños que vivía con su madrastra y hermanastra quienes la trataban mal. Un día, su amigo el pez dorado la transformó para que pudiera asistir al Baile de Primavera, donde cautivó al emperador con su belleza. Cuando tuvo que huir del baile perdió un zapato. El emperador quedó fascinado con el zapato y envió a buscar a su dueña. Solo Yeh Shen pudo probarse el zapato correctamente y se convirtió en la nueva emperat

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Yeh Shen (Versión Libre)

Yeh Shen era una joven con pies pequeños que vivía con su madrastra y hermanastra quienes la trataban mal. Un día, su amigo el pez dorado la transformó para que pudiera asistir al Baile de Primavera, donde cautivó al emperador con su belleza. Cuando tuvo que huir del baile perdió un zapato. El emperador quedó fascinado con el zapato y envió a buscar a su dueña. Solo Yeh Shen pudo probarse el zapato correctamente y se convirtió en la nueva emperat

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Yeh Shen (La Cenicienta china)

Hubo hace mucho tiempo en el sur de China una jovencita llamada Yeh Shen. Sus pies
eran tan pequeñ os que parecían flores de loto. Y sus pasos tan suaves, que nunca se
escuchaban por la casa.

—¡Siempre te apareces de repente, como un demonio! —le gritaba su madrastra. Y,


como castigo, la mandaba a preparar vino de arroz, a peinar a su hermanastra o a
buscar agua al río. Esta ú ltima tarea era la que a Yeh Shen má s disfrutaba. Porque en el
río vivía su ú nico amigo en el mundo, el pez dorado.

A él le contó del Baile de Primavera. Que, por supuesto, su madrastra y su


hermanastra ya estaban ahí. Que ella, en cambio, había tenido que quedarse para
juntar las cerezas del huerto, (¡y que eran tantas!). Que no quería nada má s que ver
có mo era el baile. Que había escuchado que la plaza estaría llena de crisantemos; que
habría violines de dos cuerdas y flautas de bambú , y que a ella le gustaría tanto (¡pero
tanto!) estar allí.

Hasta entonces, Yeh Shen no sospechaba que su amigo era un espíritu guardiá n del
río. Así que no esperaba de ningú n modo lo que sucedió . Ni la brisa que le alborotó los
cabellos, ni las mil grullas volando sobre el rosado cielo, ni la luz repentina que por
instante la obligó a cerrar los ojos. No esperaba nada de eso.

Mucho menos las canastas repletas de cerezas que de pronto se aparecieron allí. Ni la
imagen que el reflejo del agua le mostró : ella misma, con un vestido de finísima seda
azul, el cabello enhebrado en una corona de peonias y un dragó n tallado en piedra de
jade que brillaba sobre su pecho como cien estrellas.

No vio sus zapatitos hasta que dio el primer paso. ¡Qué bien quedaba el oro en sus
pequeñ os pies! ¡Y qué livianos eran! Ni siquiera sintió cansancio al caminar má s de
una legua para llegar al centro de la aldea, donde todo era alegría y festejo.

Yeh Shen bailó sin preocuparse porque la vieran. Estaba tan feliz que ni siquiera se
acordó de que su madrastra y su hermanastra también estaban en la fiesta. Y cuando
por fin sucedió lo inevitable, cuando las dos horribles mujeres parecieron reconocerla,
no se le ocurrió nada mejor que huir.

No miró atrá s cuando la llamaron, ni cuando volteó el carro de dos ruedas e hizo
rodar por el camino lo que una pobre vieja vendía: los dá tiles rellenos, las setas en
salsa de damasco, las almendras caramelizadas.
Y mucho menos se preocupó por el zapato. Lo perdió a medio camino entre su casa y
la aldea, pero no se permitió mirar atrá s. Cuando la madrastra y la hermanastra
volvieron, encontraron a Yeh Shen durmiendo junto al fuego de la cocina.

—¡Te dije que no era ella, madre! —La otra resopló , como respuesta.

Mientras tanto, a media legua de allí, un viejo comerciante encontraba el zapato


perdido. Pequeñ o como una flor de loto y completamente bañ ado en oro, era un
perfecto regalo para el emperador. Lo cargó en las alforjas de su buey y anduvo
durante muchos días con sus noches. Atravesó campos, ríos, bosques, y arrozales.
Hasta que llegó a la Ciudad Imperial.

—¡Es pequeñ o como una flor de loto! —se maravilló el emperador, al ver el precioso
obsequio— ¡Pero no quiero uno solo, yo necesito el par!

Y como los emperadores siempre encuentran el modo de cumplir sus deseos, los
lujosos carruajes imperiales se encontraban a los pocos días atravesando arrozales,
bosques, ríos y campos para llegar a la aldea donde se había realizado el Baile de
Primavera.

—Si aparece la dueñ a del zapato, daremos con ese par que tanto anhela —le aseguró un
magistrado. Y, apenas llegaron a destino, se hizo cumplir la sentencia: todas las
mujeres de aquel pueblo tuvieron que presentarse frente al soberano y probarse el
zapatito sin par.

A ninguna le iba bien. Si no quedaba el taló n afuera, no cabían los dedos o el empeine
era muy alto. Hasta la madrastra y la hermanastra de Yeh Shen se lo probaron. Pero
tampoco tuvieron suerte.

—¿Qué voy a hacer si no aparece? —se lamentaba el emperador, que (como ya se dijo)
no estaba acostumbrado a renunciar a sus deseos.

Y fue entonces cuando apareció Yeh Shen. Con sus pies pequeñ os como flores de loto,
su vestido de finísima seda azul, la corona de peonias, el colgante de jade sobre el
pecho y lo mejor: el otro zapatito puesto. Sin embargo, el emperador ya no pudo
pensar en los zapatos. Estaba demasiado ocupado, enamorá ndose.

Dicen que Yeh Shen, la emperatriz, no quiso llevarse nada de su aldea natal. Excepto
un pez dorado, que (segú n varios testigos) todavía se deja ver por los arroyos del
jardín imperial.

© Versió n de Sol Silvestre

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