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El primer error que cometí fue dejar de llamarme Jaruko.

Cuando la gente se enamora es capaz de perder hasta el nom-


bre, ese fue mi caso. Las personas se casan llevándose consigo
dos equipajes: el primero consta de los enseres y pertenencias;
el segundo, contiene el modo de ser y pensar… la tradición, las
costumbres, los hábitos y sus gustos. En total son cuatro equipajes
que deben ajustarse en un sólo espacio que se llama matrimonio.
Para ordenar los dos primeros, basta con un poco de crea-
tividad e ingenio; en cambio para los dos restantes, el proceso es
más complejo y requiere de tiempo y paciencia, puede tomar toda
una vida y sin embargo, no ordenarse nunca.
Sé que me queda poco tiempo y por ello quiero darte lo que
hasta ahora escribí. Aunque no tiene título, me gustaría que le die-
ran uno que tuviera algo qué ver con los haikus. Que ¿qué es esto?
Mi historia y la de tu padre, lo bueno y lo malo que hicimos; cómo
empezamos a juntar nuestros equipajes para terminar en esta tie-
rra que nos adoptó con los brazos abiertos… Tus abuelos; la gue-
rra absurda y sus lamentables muertes. Tú sabrás cómo terminar-
la, la vida me permitió llegar hasta el “epitafio de su historia”. Te
darás cuenta, sé que puedes.

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I

Jaruko Nakayama tenía catorce años cuando recién había


finalizado sus estudios de secundaria. En enero del siguiente año,
por decisión de sus padres, comenzaría la carrera de Biología en
la Universidad de Nagasaki. Era la tarde del 2 de diciembre de
1932 cuando su padre llegó a casa mostrando rostro de inquietud.
Él no acostumbraba a dar detalles a la familia referente a su traba-
jo. Ocupaba un alto rango dentro de la política militar nipona y en
consecuencia, no podía ventilar lo que allí acontecía. Por sus gestos
supuso que algo complejo estaba sucediendo. Tanto ella como su
madre, la señora Doshi, en esas situaciones se mantenían calladas
y apartadas. Después que la servidumbre anunció que la cena es-
taba servida, la familia se sentó a comer sin mediar palabras como
siempre solían hacerlo. Jaruko no soportaba el particular silencio
de aquel día, percibía en el ambiente un estado de tensión. Para
mitigar esa incómoda sensación buscaba refugio en los ojos de su
madre. La señora Doshi sentía la mirada de su hija, pero en ningún
momento levantó los ojos. Esa actitud la desconsoló y una vez más
no contó con su apoyo en circunstancias similares.
Concluida la cena, su padre rompió el silencio:
- Necesito comunicarles algo importante ahora mismo.
Dichas estas palabras, se paró y caminó hacia uno de los sa-
lones. La señora Doshi y Jaruko se limitaron a seguirlo.
- He sido ascendido al grado de General.

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Susy Calcina Nagai

Madre e hija se contentaron ante este importante anuncio,


pero a la vez el desconcierto se incrementó. Ahora menos enten-
dían las razones por las cuales él mantenía su circunspección. Des-
pués de una breve pausa continuó:
- En vista de mi nuevo deber, se me ha asignado un cargo en
el programa de expansión de Japón hacia el Pacífico el cual tomará
tiempo.
Las dos sabían de las ambiciones de su país, e intuyeron que
se trataba de una misión delicada. Sin embargo, deseaban expresar-
le su alegría por el ascenso, pero por su actitud, prefirieron mante-
nerse calladas. Él tomó la palabra nuevamente:
- El primer asunto que debo atender es el traslado de nuestra
residencia a Shangai, así estarán más cerca de mí, porque no sé
cuánto tiempo llevará cumplir el programa en su totalidad. Aban-
donaremos Nagasaki dentro de tres semanas, por lo tanto, tienen
que comenzar a preparar la mudanza mañana mismo.
De pronto sonó el teléfono. Se dirigió a su estudio y cerró la
puerta.
El Coronel Akio Nakayama era un hombre de fuerte perso-
nalidad, de carácter severo, apegado a las tradiciones orientales y
con un marcado nacionalismo. Irrestricto en lo concerniente a la
grandeza de su patria y convencido de que el poder militar era la
única vía para consolidar el Imperio Nipón. Esto lo convertía en
un personaje ideal para alcanzar el objetivo de un dominio total
japonés en Manchuria.
Jaruko, continuando con su entusiasmo, se asomó a la puerta
para cerciorarse de que su padre aún permaneciera en el estudio. Se
acercó muy entusiasta al asiento de la señora Doshi:
-Madre, al fin ya no tendrá que ausentarse de la casa.
La señora Doshi se quedó extrañada ante el comentario. Con
la misma compostura serena que siempre adoptaba para todas las
situaciones, aclaró:
- Jaruko, recuerda que las ausencias de tu padre han sido por
motivos de trabajo.

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Jaruko agregó:
- Pero esta vez vamos a vivir en la misma ciudad donde él va
a trabajar… ya no vamos a estar tanto tiempo solas.
La señora Doshi no podía admitir ese tipo de comentarios en
labios de su hija, en seguida se defendió:
- Nunca me ha afectado que tu padre haya tenido largas ausen-
cias de casa, al contrario, me siento orgullosa de ser la esposa de un
honorable militar que sirve al emperador. Quizás tú no, porque aún te
falta la capacidad de entenderlo... tal vez debido a tu juventud.
Jaruko se quedó callada con la certeza de que su madre ja-
más se sinceraría con ella acerca de su inconformidad como espo-
sa, así como ella, tampoco le podría expresar su carencia de padre.
Jaruko, afligida, le dio las buenas noches a su madre y se retiró a
su recámara. La señora Doshi estaba sorprendida de que Jaruko, a
pesar de su corta edad, pudiera darse cuenta de los conflictos de su
vida matrimonial. No obstante, consideró que era un comentario
impropio para una niña. No admitía el reproche de abandono pater-
no, lo consideraba injusto porque en reiteradas oportunidades ella
había cedido a su hija parte del tiempo que le pudiera dispensar su
esposo a ella.
La señora Doshi percibió que su estrategia para proteger el
entorno familiar no estaba surtiendo el efecto que ella esperaba; se
sintió cuestionada por su hija; pensaba que Jaruko se había rela-
cionado demasiado tiempo al sector occidental de Nagasaki, vién-
dose influenciada por ideas alocadas de las relaciones de familia.
Para ella, en cierta medida, su esposo también había influido en
esa actitud, puesto que Jaruko era muy sensible a las historias que
él relataba luego de sus visitas a París. Notaba el interés y admi-
ración que sentía su hija sobre los relatos que hacía su esposo de
los placeres y confort de esa gran metrópolis, mientras que a ella,
le desagradaban sobremanera esas narraciones. Estaba convencida
de que su esposo incurría en actos de infidelidad porque nunca la
había llevado. Después de esa reflexión, concluyó que en Shangai
debería prestar más atención a la educación severa y pulcra que

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siempre le había dado, temía que lejos de Japón se haría más difícil.
Era su única hija, y tanto su esposo como ella, siempre le habían
profesado su amor procurándole una excelente formación.
Jaruko recordaba que desde que tuvo uso de razón notaba a
su madre callada. Nunca escuchó ni presenció un acto de reproche
hacia su padre. Las pocas ocasiones en que notaba cierto aire de
alegría en el rostro de su madre era durante la fiesta de fin año,
oportunidad en que la familia estaba unida y juntos elaboraban el
adorno tradicional que colocaban en la entrada de la casa. También
los tres se ataviaban con sus mejores Kimonos y visitaban el san-
tuario local, así como a los familiares y amigos más apreciados.
Cuando dejó de ser una niña pudo comprender mejor a su
madre, concluyendo que era una persona hermética y nada la po-
dría cambiar. Idolatraba a su esposo, lo consideraba una persona
valiente, inteligente y dotada de una gran prestancia; pero sabía que
su vida giraba solamente en acercar su estrella personal al Gran Sol
que era el Emperador.
Ante la inesperada noticia ninguno de los tres pudo conci-
liar el sueño. El General Nakayama, tenía su mente enfocada en la
responsabilidad que involucraba su nuevo cargo. La señora Doshi
quien se encontraba inmóvil a su lado, estaba cargada de ilusión; la
noticia de la mudanza era significativa para ella, al fin veía florecer
botones de esperanza en su marchito jardín matrimonial.
Jaruko estaba entusiasmada con la idea de ir a China, tenía
varios motivos para estarlo: ver a su padre todas las noches era
un anhelo que desde niña tenía; practicar el idioma Mandarín y la
posibilidad de reencontrarse con su primo Michi, hijo de una her-
mana de su madre con quien estableció una relación de hermandad
que llenaba el vacío emocional que sentía en su hogar, vínculo que
se vio afectado cuando Michi y su familia tuvieron que mudarse a
Kyoto. Ella tenía doce y su primo quince años.
En la quietud de la noche le vino a la mente una vieja y ol-
vidada leyenda que él le había narrado acerca de la fundación de
Japón: “Un Emperador chino deseoso de inmortalidad, envió a sus

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mejores guerreros al océano a buscar un elixir que le asegurara


la eternidad... tendrían la mejor embarcación, las mejores armas
y las más bellas acompañantes, pero había una condición: no po-
dían regresar sin cumplir con su cometido. Los viajeros recorrieron
muchas leguas antes de desistir en su intento. Ya al final, encontra-
ron un lugar paradisíaco en el cual pensaron podrían encontrar el
elixir buscado. Sin embargo, la fortuna no los acompañó. Ante la
disyuntiva de volver y morir, prefrieron quedarse en este paraíso y
ser los primeros pobladores de Japón”.
Apenas amaneció, el General Nakayama se levantó para
alistarse. Tenía compromisos que atender. La señora Doshi al
sentirlo despierto, se levantó para atenderlo personalmente como
siempre solía hacerlo cuando estaba en casa. Él se limitó a tomar
una infusión y procedió a girar algunas instrucciones respecto a la
organización de los preparativos para la pronta mudanza y luego
se marchó. La señora Doshi se despidió de su esposo con reve-
rencias como era la costumbre. Estando sola, fijó su vista hacia el
jardín a través de uno de los grandes ventanales. La residencia de
los Nakayama estaba construida sobre una loma aprovechando la
topografía de Nagasaki; la misma estaba apartada de otras casas,
y para llegar a ella, había que transitar por un sendero bordado de
árboles de cerezo. La casa estaba bordeada por un tapiz de grama
y se apreciaban paisajes en miniatura valiéndose de árboles, arbus-
tos, piedras y estanques. Al contemplarlo le vino a la memoria la
dedicación que ella le había puesto a ese jardín y a su casa, la cual
se había convertido en el refugio de su descontento e inconformi-
dad conyugal. Su hija, advirtiendo su nostalgia y lo contradictorio
de sus sentimientos, la interrumpió:
- ¿Madre siente tristeza por tener que dejar la casa?
Ella enseguida reaccionó:
- De ninguna manera, sólo me distraje observando caer la
lluvia en uno de los estanques.
Jaruko se contuvo de expresarle lo que para ella representaba su
casa: un lugar lúgubre, aún cuando su madre se ocupaba diariamente

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de colocar arreglos ornamentales y flores exóticas en cada uno de los


ambientes. La señora Doshi cambió de tema:
- Tu padre me comunicó que seleccionáramos lo que vamos a
llevar. Y hagamos una lista para que la servidumbre pueda empacar.
Jaruko miró a su madre y contestó:
- Lo único que voy a llevarme son mis enseres personales y
algunos libros.
Su hija no tenía ningún apego a la casa a pesar de que vivió
allí desde que nació. No le quedó otra alternativa y alegó:
- Te entiendo, en cuanto a los demás objetos... es de mi
incumbencia.
Jaruko no soportaba aquel diálogo hueco, sentía una opre-
sión en su pecho. Deseaba en esos momentos estar nuevamente en
su escuela, donde se sentía cómoda.
El 24 de diciembre, bajo una fuerte neblina, la familia Naka-
yama dejaba su hogar. El personal que tenía tiempo prestando ser-
vicio a la familia se colocó en fila para despedirse de los dueños.
Una de ellas, la señora Azuka quien había sido la nana de Jaruko y
única encargada de arreglar sus ropas, tenía en sus manos una di-
minuta perrita raza Pug, de pelaje beige, carita oscura, ojos saltones
y una mirada vivaz a pesar de que era una pequeña cachorrita. La
señora Azuka se dirigió a Jaruko:
- Señorita, me gustaría que se llevara esta pequeña criatura.
Es hembra.
Jaruko al verla se emocionó mucho, ambas estaban conmo-
vidas. Tomó la criatura en sus brazos:
- La cuidaré como usted lo hizo conmigo… se llamará Quiri1.
La señora Azuka se sonrió de la misma manera que solía
hacerlo cuando Jaruko era apenas una bebé y hacía una gracia.
Los Nakayama partieron por vía marítima desde el puerto
de Nagasaki. La señora Doshi buscaba la silueta del Fujiyama, de-
nominada “Montaña Sagrada”, donde año tras año la familia rea-

1 “Linda” en japonés.

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lizaba el tradicional peregrinaje. Apenas visualizó algo que se le


asemejaba al pico de la montaña, le dio gracias porque se le estaba
cumpliendo la petición que cada año con devoción le hacía. Jaruko,
feliz por lo que estaba viviendo como familia, miraba a sus padres
mientras acariciaba a Quiri.
Todos estaban muy atentos al tocar el puerto de Shangai, uno
de los cinco primeros puertos que se abrieron al comercio con Gran
Bretaña después de la primera Guerra del Opio en 1842. Shangai
floreció gradualmente hasta convertirse en un importante interme-
diario entre China y el resto del mundo; allí se efectuaba más de la
mitad del comercio total del país. Les impresionó la gran cantidad
de hoteles e imponentes edificios. La ciudad estaba estratégica-
mente situada a orillas del río Huangpu, conectada con las provin-
cias occidentales por barco. En el otro extremo, al este, el Océano
Pacífico se encontraba a menos de cien kilómetros de distancia.
Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos consideraban a Shangai
de vital importancia para el comercio internacional, por esa razón
construyeron centros financieros dentro de la ciudad. La arquitec-
tura reflejaba la influencia de otros países: edificaciones modernas
de estilo Art déco, mansiones con estilos inglés y francés. Shangai
era llamado el “París de Oriente”. En el Bund (apodado el Wall
Street de Shangai) circulaban ejecutivos con traje y corbata, y ele-
gantes mujeres trajeadas con qipaos y calzando zapatos de tacón.
La discriminación en la llamada “Zona Internacional” impedía que
los chinos tuvieran propiedades. Allí el orden público y la adminis-
tración correspondían a representantes de las potencias con intere-
ses comerciales en China.
En contraste con la tranquilidad, orden y seguridad de la
“Zona Internacional”, los espacios de Shangai habitados por los
pobladores chinos eran desordenados y ajetreados; la existencia
de numerosos mercados al aire libre y de enredados callejones, no
favorecía ningún tipo de circulación. En las principales vías pavi-
mentadas se encontraban autos importados al lado de tranvías y
autobuses, mientras que en la mayor parte de China, transitaban

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carretillas y carruajes. Las calles hervían de peatones: peones que


llevaban cargas en varas de bambú, vendedores ambulantes, men-
digos lisiados que golpeaban el piso con platos de hojalata. Alre-
dedor de las plazas, los vendedores de libros colocaban puestos de
madera que se desdoblaban, en donde exhibían novelas de kung fu
usadas, bien para la venta o alquiler. También comerciaban con li-
bros para niños en donde héroes y heroínas, expertos en artes mar-
ciales, peleaban para defender a los débiles y oprimidos. Shangai
contaba con gran cantidad de artistas y la ciudad era escenario de
rodaje de las películas hollywoodenses que tenían temática china.
Debido a los hechos sangrientos sucedidos en los Puertos
de Shangai por el ataque nipón a principios de ese mismo año, la
familia Nakayama se encontró con una ciudad influenciada por el
dominio japonés. Tenían una casa asignada en una parte exclusiva
de la Zona Internacional, dado al alto rango militar de su padre.
La casa tenía un marcado estilo inglés y la señora Doshi no tardó
en arreglarla con gran ilusión, imprimiendo ciertos toques de su
cultura japonesa: el arreglo del jardín, la decoración de algunos
ambientes con biombos, objetos tallados en madera, pinturas y gra-
bados que trajo de su casa en Japón y sus acostumbrados arreglos
florales. Además, tomó un espacio de la casa y lo transformó en el
salón para tomar el té.
Esas tareas la mantenían distraída y muy animada, razón
suficiente para que Jaruko compartiera la alegría de su madre. El
General, a los días de llegar a Shangai, partió para cumplir su mi-
sión en el nuevo Estado de Manchukuo. La señora Doshi no le dio
relevancia a la partida, tomó el viaje como parte de las actividades
inherentes al nuevo cargo y se conformó con que él la llamara una
vez a la semana. Pasaría un mes para que la señora Doshi se atre-
viera a preguntarle:
- ¿Cuándo regresarás a casa?, deseo que veas los cambios
que le he dado.
El General le dijo de manera indiferente:
- Aproximadamente dentro de un mes.

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Ella se extrañó, pero pensó: «Esperar un mes más para te-


nerlo en casa no es mucho tiempo». En consecuencia mantuvo su
ilusión.
Jaruko no tardó en ambientarse, su padre le había encomen-
dado realizar un curso intensivo de chino mandarín para comple-
mentar sus conocimientos adquiridos en Japón. Sabía que este
conocimiento era indispensable para que pudiera ingresar a la uni-
versidad.
Después de dos meses el General Nakayama anunció su
regreso. La noticia fue bien recibida por ambas, quienes creyeron
que iba a vivir también en Shangai. Consideró prudente aclarar
las cosas:
- Mi trabajo es en Manchukuo y allá tengo que vivir. Ustedes
vivirán aquí puesto que los estudios universitarios de Jaruko así lo
demandarán. Mi intención es tenerlas cerca…las puedo visitar en
medida de mis posibilidades; viajaría en un avión militar desde el
teatro de operaciones.
Escuchada la aclaratoria, madre e hija no hicieron comenta-
rio alguno. La señora Doshi cayó en cuenta de que su esposo había
mudado a Shangai sus prolongadas ausencias del hogar y Jaruko
vio aniquilada la última esperanza que guardaba sobre el cambio
de ambiente familiar. Lo único que le quedaba era compartir con
su madre en el tiempo libre. Tomó la firme decisión de no repetir el
destino de su madre y la actitud sumisa de las mujeres orientales.
Al pasar de los meses, la señora Doshi reincidió en el tedio y
la soledad, nada había cambiado en su vida. Aunque tuvo la opor-
tunidad de conocer a otras esposas de militares compatriotas, su
modo de ser no le permitió entablar amistad con ellas. Gracias a
su capacidad de abstraerse de su dura realidad, pudo continuar con
su particular matrimonio. En ese momento fue cuando recordó el
viejo adagio que había escuchado desde niña: “Vayas donde vayas
cargarás en la espalda tus problemas”.
Producto de su insatisfacción, la señora Doshi volcó nueva-
mente y con más ahínco su energía a la formación de su hija. Lo

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primero que notó fue su forma de vestir occidentalizada, la cual


iba en contra de la crianza que le había dado. Esto la llevó a repro-
charla con insistencia y recordarle los principios del correcto vestir
según la tradición. Jaruko no se enfrentaba a estos comentarios,
astutamente permitía que su madre se agotara para luego tranqui-
lizarla reafirmándole que sólo en apariencia era distinta, pero que
en su fuero interno era la misma Nakayama de siempre, con los
principios y valores con que había sido criada. Incluso le manifestó
que sus cambios de actitud con respecto a la forma de arreglarse,
eran más bien dirigidos a interrelacionarse con la comunidad de
Shangai. Estos cambios resaltaban los agraciados rasgos de Jaruko
y rápidamente hicieron de ella una joven que no pasaba desaperci-
bida en su grupo de compañeras, y los chicos, pronto empezaron a
mostrar un inusual interés en su compañía. Sin embargo, ninguno
fue correspondido, Jaruko no tenía cabeza para romances, estaba
focalizada en sus estudios.
Para el matrimonio Nakayama la crianza de su hija era de vital
importancia, propio de una familia que ocupaba un lugar privilegiado
en los círculos sociales de Nagasaki, así como por la prominente posi-
ción económica con que contaban. El General Nakayama había dele-
gado esta tarea en su esposa. Desde niña una tutora iba a su casa todas
las tardes para dirigirle sus deberes escolares y enseñarle el arte del
bonsái y el ikebana; otra la instruía con esmero en poesía, caligrafía y
pintura. Para Jaruko, las dos últimas siempre fueron sus favoritas, y por
tanto, les ponía mayor empeño. Todas las actividades estaban regidas
por horarios inquebrantables y reglas de hierro. Para sus padres, su hija
no sólo estaba dotada de una gran inteligencia, sino que también era
muy estudiosa. Tenían la certeza de que Jaruko había cumplido con las
expectativas que se habían planteado, formar una esposa tradicional de
alto nivel intelectual.
A Jaruko le faltaban tres meses para concluir sus estudios de
idioma mandarín. Atraída por la atmósfera de grandes cambios que no
sólo se daban en el lejano oriente, sino en el mundo entero, había de-
cidido matricularse en la carrera de Derecho Internacional aún cuando

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estaba consciente de que la misma, no era la elección habitual para una


dama japonesa de la época, yendo en contra de lo que sus padres ha-
bían escogido para ella. Uno de los días en que el General Nakayama
se encontraba en casa, no desaprovechó la oportunidad y le planteó
su deseo de estudiar en la Universidad de FUDAN, una de las más
prestigiosas de China. El General Nakayama quedó complacido del
empuje que había inculcado en su hija. Había iniciado averiguaciones
de la educación superior en esa ciudad, y ciertamente, la Universidad
de FUDAN contaba con un reconocido prestigio. Tenía pensado pro-
ponerle que se entrevistara con los profesores adecuados para ingresar
en la carrera de Biología:
- Jaruko, me agrada que tengas aspiraciones de continuar es-
tudiando. No esperaba menos de ti. La universidad que te interesa
es reconocida a nivel internacional. Pensaba que el próximo año
te entrevistaras con el profesor Huang en la Facultad de Biología,
pero si es tu deseo, puedo telefonearle esta misma semana.
La señora Doshi siempre sentía admiración hacia su esposo,
pero en ocasiones cuando lo escuchaba hablar con esa seguridad
propia del hombre estratégico que no dejaba ninguna variable al
azar, tornaba su admiración en un amor idolátrico. A Jaruko le cos-
taba mucho desaprobar a su padre. Era la primera vez que se veía
en la necesidad de hacerlo, pero sus aspiraciones prevalecían ante
su temor al conflicto:
- Padre, he tomado la decisión de inscribirme en la carrera de
Derecho Internacional. Ya hice los trámites para mi admisión. Te
podrá extrañar mi elección, pero considero que es la carrera cónso-
na para la hija de un exitoso general que sirve al Imperio.
El General Nakayama enseguida se percató de que su hija
trataba de manipularlo mediante el ego. Sin embargo, no cayó en
su juego:
- ¿Quiere decir que has tomado la decisión sin consultar con
tu familia?
Se quedó callada con la mirada baja frente a él. Su padre
guardaba silencio mientras tantas cosas discurrían por su mente,

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pero no consiguió ningún argumento frente a la elección de su hija.


Sentía gran molestia con su actitud inconsulta, mientras la señora
Doshi corroboraba la rebeldía que ya le notaba desde hace meses.
Con desaliento confirmó sus sospechas. En el ambiente no se vol-
vió a escuchar palabra alguna.
Su padre dejó pasar un día sin tocar el tema y al ver que su
hija mantenía su decisión, empezó a considerar qué utilidad podría
sacar de su elección. En sus visitas a Europa como agregado mili-
tar, admiraba a las mujeres que asistían a las Conferencias de Paz
entre Japón y China realizadas en los Estados Unidos y Ginebra. El
General no imaginaba a su esposa como la mujer apropiada para
representarlo en estas ocasiones. Sin embargo, con Jaruko la visión
era distinta. El hecho mismo de haberse inclinado por esta carrera,
le indicaba que podría serle útil en sus futuras relaciones políticas.
Después de estas consideraciones se dirigió a ella:
- Jaruko, no estoy de acuerdo con tu selección de carrera,
pero voy a hacer una concesión y aceptaré lo que quieres estudiar.
Jaruko, al contar con la aprobación de su padre, su pecho se
hinchó de alegría.
En enero de 1934 Jaruko inició sus estudios universitarios en
medio de una China dominada por conflictos internos y externos.
Era una estudiante destacada, muy crítica, y le gustaba discutir con
sus compañeros acerca de la problemática política, económica y
social del mundo. Temas como la ocupación de China por los paí-
ses occidentales, las políticas expansionistas adoptadas por Japón,
así como las constantes luchas del pueblo chino contra sus inva-
sores, eran asuntos álgidos que ocupaban su atención. Jaruko se
sentía afectada por su nacionalidad, y debía frecuentemente razo-
nar ante sus compañeros la posición de su país, los cuales estaban
conformados en su mayoría por jóvenes chinos provenientes de
familias pudientes, y una minoría de extranjeros venidos de Euro-
pa. Allí conoció estudiantes que sentían simpatía por la ideología
de los dos grandes partidos de aquel entonces: el Kuo-Min-Tang
y Gung-Tsan-Dang. También departió con estudiantes de diversas

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posturas ante el acontecer mundial, desde aquellos que apoyaban


al partido comunista ruso, hasta los que tenían posturas típicas del
pragmatismo capitalista.
A medida que iba pasando el tiempo, las actividades uni-
versitarias absorbían cada vez más la atención de Jaruko, mientras
que el General Nakayama continuaba habitando en Manchukuo y
visitaba periódicamente su hogar. La señora Doshi se fue convir-
tiendo en una mujer cada vez más retraída. Solía permanecer en su
casa salvo en aquellos casos excepcionales en que se hacía indis-
pensable acompañar a su esposo en los actos protocolares. Jaruko
estaba al tanto de lo que estaba padeciendo su madre y en muchas
ocasiones se sentía dispuesta a abordar el tema. Empero, no dejaba
flancos para hablar. La reiterada visión de su solitaria madre en el
jardín japonés, la hizo olvidar su convicción de que nunca se since-
raría con ella. Decidió enfrentarla directamente:
- Madre, sería bueno que asistieras a las invitaciones periódi-
cas ofrecidas por las damas japonesas.
La señora Doshi se excusó:
- No deseo salir de casa hoy.
Jaruko continuó:
- No tiene que ser hoy, pero trata de asistir una vez... quizá
te anime.
Su madre evitaba el tema con clara incomodidad:
- Lo haré cuando sienta deseos de salir.
- Para asistir a esas reuniones vespertinas ya tienes la apro-
bación de mi padre. Además, por los acontecimientos no sabemos
hasta cuándo vamos a vivir en Shangai.
La madre empezó a exasperarse por la insistencia de su hija:
- Jaruko, no debes inmiscuirte en mi propio espacio, acuér-
date que tú eres la hija y yo soy la madre.
Guardó silencio por unos segundos:
- Madre eso lo tengo presente siempre, por esa razón me
duele ver cómo pasas una vida encerrada entre cuatro paredes.

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Nunca te veo reír, siento que no eres feliz... y yo tampoco soy


feliz del todo por eso.
La señora Doshi se quedó callada. Las palabras de Jaruko
revestían gran importancia, su hija la quería más de lo que ella se
imaginaba.
- Hija, ¿acaso necesitamos movernos para que el sol nos ilu-
mine diariamente?
A Jaruko no le quedó otra alternativa que dar por con-
cluida la discusión sobre ese tema. Cada una interpretó de ma-
nera muy distinta el significado de la conversación que tuvie-
ron. Para Jaruko, sería el punto culminante de sus intentos por
establecer un puente afectivo con ella; para su madre, la disi-
pación de todas las dudas sobre la posible rivalidad que entre
ellas pudiera existir. Lo más importante era que no notara sus
problemas conyugales, ni que tampoco la percibiera como una
persona egoísta que anteponía sus intereses personales a los de
su patria. Había decidido llevar una vida de carencias, viendo
sus sacrificios como un aporte para su Emperador.
Una tarde de otoño de 1936, Jaruko se encontraba en casa
cuando su madre recibió una llamada telefónica de su hermana
desde Japón. Ella le comunicó que su hijo Michi, quien estaba en
Manchukuo, había sufrido un accidente cerebro vascular. Así se
enteró Jaruko del estado crítico en que se encontraba su primo.
Ambas mujeres prepararon el viaje rumbo a Manchukuo para en-
contrarse con el General Nakayama y con los padres de Michi que
se trasladarían también desde Japón.
Cuando llegaron, la imagen de éste los impactó: estaba su-
mergido en una tina llena de hielo para detener la hemorragia. A
las pocas horas Michi no pudo resistir más y falleció. La tristeza
embargó a ambas familias. Para Jaruko la pérdida de su primo fue
dolorosa. Nunca olvidaría a la única persona que llenó su vida de
afecto familiar. Estaba enterrando una de sus pocas vivencias pla-
centeras de su infancia.
Después de tres días, fue cuando Jaruko pudo llorar su parti-

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da. Para los padres de Jaruko, la partida de Michi no sólo implicaba


una pérdida de un ser querido, sino también, la desaparición de los
planes que albergaban ambas familias. Con el matrimonio concer-
tado entre Michi y Jaruko, los Nakayama aspiraban que su hija
preservara las costumbres ancestrales.
Su despedida post-mortem fue realizada con honores, como
lo merecían los que morían sirviendo a la patria. El cuerpo fue co-
locado en un ataúd cubierto con la bandera de Japón; arriba co-
locaron una fotografía en la que Michinova Murayama lucía su
uniforme militar de gala. Los restos de Michi fueron llevados al
aeropuerto para ser trasladarlos a Japón.
En enero del año 1937, Jaruko concluyó los estudios univer-
sitarios. El odio del pueblo chino hacia los japoneses era cada vez
más marcado. El descontento social se iba incrementando entre los
chinos, quienes veían que los japoneses y el resto de los ocupantes
extranjeros, disfrutaban del lujo y el placer a costa de su propia
pobreza. El General Nakayama consciente de esa realidad y de los
proyectos de la política nipona de continuar con su expansión en
ese territorio, decidió que por razones de seguridad su hija se man-
tuviera alejada de los nativos de ese país. Conocía del crecimiento
económico y del progreso que se estaba produciendo en Estados
Unidos, e intuyó la conveniencia de que realizara estudios del idio-
ma inglés con una doble finalidad: la primera, la de aislarla del
entorno Chino; la segunda, incorporarla a un círculo de potenciales
diplomáticos que pudieran desposarla para resolver de una vez por
todas el casamiento de su hija.
El General Nakayama sentía una gran inquietud respecto a
la posición de su hija ante el programa adoptado por el gobierno
nipón en China. Desconocía si su personalidad rebelde podría dis-
crepar con la política expansionista, gracias a la información que
había adquirido en la universidad. Para su sorpresa, aceptó estudiar
inglés sin ninguna resistencia. Jaruko ya había comprendido la in-
tención de su país sobre China, y más allá de las vivencias universi-
tarias, privaron sus raíces ancestrales. Sentía orgullo por el poderío

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Susy Calcina Nagai

japonés y por su padre, quien estaba sirviendo a su Emperador.


En noviembre de ese mismo año, los japoneses se apoderaron de
Shangai tres meses después de haber desembarcado sus tropas en
el puerto de esa ciudad.
A pesar de sus logros los japoneses percibían el peligro po-
lítico. La progresiva penetración de la doctrina comunista rusa en
China, se debía en parte a que su pueblo veía en esa ideología un
camino para lograr su liberación de manos extranjeras, situación
que preocupaba sobremanera a los japoneses. El gobierno de To-
kio frente a esta amenaza de la ideología comunista, firmó el 26 de
noviembre de 1936 la propuesta de la creación del Pacto Anti-Ko-
mintern con Alemania, a fin de frenar el avance del comunismo y
mantener la hegemonía sobre China. Un año después, en noviem-
bre de 1937, cuando las tropas japonesas celebraban la ocupación
de Shangai y gran parte de la China septentrional, recibieron con
beneplácito la incorporación de Italia a dicho Pacto.

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