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NO LEAS A LOS HERMANOS GRIMM

(Como convertir a un niño en asesino)

Una novela de Rafael Pezoa

Estimada Señora Julieta:

Usted no me conoce y tampoco tendría por qué hacerlo. Nunca nos hemos visto ni hemos hablado y hasta hace unos cinco años usted era para mí una completa desconocida. Sin embargo hoy se mucho de usted y sobre todo se muchas cosas que a usted le interesan y que podrían menguar las angustias que aquejan su espíritu. Hace ya casi una década, su esposo falleció en extrañas circunstancias, dejándola en la más completa incertidumbre y para aliviar esa incertidumbre es que le escribo. Yo no sé si usted cree o no en la vida más allá de la muerte y no debe importarme tan poco, sólo me remito a cumplir la misión que se me ha encomendado. Aquella misión ha consistido en reunir la mayor cantidad de antecedentes, ordenarlos y redactar la historia que le envío a continuación. Yo formó parte de esta historia, pero cuando hablo de asuntos que me atañen, enfrento el relato en tercera persona, como narrador omnisciente, que es la condición que otorga tener como fuente de información los testimonios de los muertos. Además mi historia no es lo más importante. Lo fundamental es que usted conozca la generalidad del asunto y entienda como se fueron sucediendo los hechos, para que pueda completar el puzle que se ha apoderado de su pensamiento. Las piezas que le faltan se las entrego a continuación. Por favor lea con atención y evite hacer juicios hasta conocer todos los antecedentes.

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La Familia

I

En el invierno de 1978 nació Gabriel Gracia de Triana Espanolick. Ese mismo día falleció su madre, la señora Kurova Espanolick, dejándolo al cuidado de su padre Fernando Gracia de Triana, que se dedicaba a ilustrar libros de cuentos. El feliz nacimiento de Gabriel y el sentido fallecimiento de Kurova sucedieron en el hospital Carlos Van Buren de Valparaíso. Era viernes en la tarde y llovía.

Los padres de Gabriel se conocieron, una noche de 1954 en Valparaíso. Kurova acababa de llegar en el “Stevenson” un barco encargado de rescatar inmigrantes europeos que huían de la guerra. Había nacido en Yugoslavia y no se movió de su país hasta que la inminencia de la muerte la obligó a viajar, embarcarse y cruzar medio mundo, para llegar finalmente al principal puerto al sur del Océano Pacífico.

Una semana después del arribo, se extravió en las calles de Valparaíso. Subió y bajó escaleras, recorrió angostos pasajes, cruzó cerros y cerros, hasta que cansada de vagar decidió sentarse a descansar. Aunque ella no lo sabía, se encontraba en los alrededores de la plaza Echaurren cuando se sentó en un escaño y se puso a llorar.

Cansada de la insistencia con que la vida solía enrostrarle la crudeza de la realidad, deseó con fervor que sucediera algo maravilloso, algo inesperado que la rescatara de aquella desolación.

A esa misma hora, Fernando Gracia de Triana paseaba distraídamente por la ciudad.

De pronto, entre la muchedumbre de marinos, borrachos, y desocupados, distinguió a una joven pálida, que secaba sus lágrimas con un pañuelo.

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La observó largo rato oculto tras un árbol, intentando descifrar el origen de la enorme inquietud que su avistamiento le provocaba, hasta comprender que la soledad de ella había conmovido su propia soledad.

Aunque no era un tipo de carácter muy enérgico, Fernando sintió en ese instante que todos los acontecimientos de su vida habían tenido como propósito llevarlo a ese único momento crucial. Entonces caminó a su encuentro, la miró a los ojos, la tomó de la mano y la llevó hasta su casa en la calle Vista Naves del cerro Placeres.

hasta su casa en la calle Vista Naves del cerro Placeres. Fotografía I: Casa de Gabriel

Fotografía I: Casa de Gabriel

Como tardaron bastante tiempo en vencer las barreras del idioma, acostumbraron a quererse sin palabras y aunque al final de sus días, salvo por un leve acento, Kurova hablaba perfectamente el español, en su relación siguió reinando el silencio. Sus conversaciones eran breves y precisas, así que no había

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lugar para malos entendidos, creciendo entre ellos un amor tranquilo, armonioso y para todos los demás, extraño.

En la hermética relación que habían generado no cabía nadie más, quizás por esa razón su embarazo había tardado tanto. Kurova tenía cincuenta años cuando supo que esperaba un hijo.

Apenas estuvo segura exclamó:

¡Dios Mío! ¡Qué va a decir Fernando!

Y cuando Fernando supo la noticia dijo:

-Esto es muy raro-

Y se tomaron de la mano y sintieron que debían quererse más que nunca,

porque como les señaló una vecina con fama de saber de todo:

-Los niños que nacen de mujeres viejas, anuncian calamidades-

Nueve meses después, Fernando se encontraba parado bajo la lluvia con un recién nacido en los brazos, sintiendo que él también debería morir.

en los brazos, sintiendo que él también debería morir. Fotografía II: Gabriel Gracia de Triana recién

Fotografía II: Gabriel Gracia de Triana recién nacido.

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II

Hasta que cumplió siete años, el mundo de Gabriel estuvo reducido al interior de la casa en que siempre había vivido y a las conversaciones que sostenía con Anastasia Pérez, la niñera que había contratado Fernando, para que se ocupara de cuidarlo mientras él leía, escribía y recordaba a Kurova en la azotea

de la casa, donde permanecía encerrado desde su viudez.

Era Anastasia quien le hablaba a Gabriel del mundo exterior y describía la ciudad como un lugar oscuro y misterioso. En parte porque quería impresionar a Gabriel y en parte porque Anastasia Pérez, tenía una perspectiva de vida bastante singular.

Para Anastasia, no había nada más intrigante, excitante y atrayente en todo el mundo, que la figura legendaria de Emile Dubois 1 , el primer asesino en serie de la costa del pacífico.

Anastasia había conocido su leyenda cuando tenía quince años mientras vivía en el internado de un hogar de menores y sentía que cualquiera podía pasar sobre ella y quedó profundamente sorprendida al darse cuenta que Emile Dubois

1 Dubois, era un emigrante Francés que llegó a Valparaíso a principios del siglo XX, Tenía el pelo castaño, porte aristocrático y unos bigotes terminados en puntas enroscadas, que acentuaban su aire europeo. Se presentaba ante la alta sociedad porteña como “Ingeniero en Minas” argumentando que buscaba un socio capitalista para iniciar la explotación de un yacimiento que volvería inmensamente ricos a quienes se involucraran en el negocio. Esta era su faceta pública: sin embargo en la intimidad se trataba de un asesino, que venía huyendo de una vida cada día más turbulenta. El último país en que estuvo antes de llegar a Chile fue Colombia, ahí conoció el negocio de la minería, se inmiscuyó en una revuelta social, dejó un muerto y se llevó una mujer: Úrsula Morales, quien por amor lo siguió hasta las costas de Chile, le dio un hijo y se casó con él un día antes que lo llevaran ante el pelotón de fusilamiento. Durante el día Emile Dubois se paseaba por clubes, cafés y bares, ahí entraba en contacto con la alta sociedad e intentaba engatusar a algún incauto con el negocio de la minería, buscando que alguien le adelantara dinero. En esos afanes transcurrieron los meses, hasta que la historia del negocio de las minas comenzó a perder credibilidad y muchos quisieron desenmascararlo como un pobre timador arribista. Fue entonces cuando Dubois decidió que ningún ricachón se reiría de él y comenzó una carrera criminal que atemorizó a todos los hombres ricos de la ciudad. Pocas cosas pueden dar más satisfacción a un hombre vanidoso, que producir temor en quienes atemorizan a todos.

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había vivido su vida de tal manera que no obstante ser un asesino, fue capaz de generar en torno a su leyenda, amor, gratitud y veneración.

generar en torno a su leyenda, amor, gratitud y veneración. Fotografía III: Emile Dubois III De

Fotografía III: Emile Dubois

III

De este modo, el mundo del Pequeño Gabriel tuvo dos grandes influencias:

la candidez e ingenuidad de los cuentos de hadas, representado por su padre, donde reinaban la fe, las buenas acciones y los niños, y por otra parte, la oscuridad de los cuentos de misterio, donde reinaban la noche, la muerte, la astucia y los adultos, representado por Anastasia.

Cada uno de estos mundos tenía sus mártires venerados y ambos estaban en el cementerio: el del mundo de las hadas estaba en el cementerio católico y era su madre, a quien visitaba constantemente llevando flores, tomado de la mano de su padre. El del mundo de la oscuridad era el cenotafio de Dubois, en el

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cementerio de Playa Ancha, a quien visitaba constantemente llevando velas, tomado de la mano de la señorita Pérez.

A Gabriel, tanto Kurova, su madre, como Dubois, el platónico amor de

Anastasia, le causaban miedo: primero, porque ambos estaban muertos y segundo, porque ambos eran el centro vital de las dos únicas personas vivas que

conformaban su singular familia.

En ese ambiente fantástico y contradictorio se crió el pequeño Gabriel y con una idea completamente narrativa de la vida, a los siete años tuvo que enfrentar al mundo de los otros, porque a los siete años fue matriculado en el colegio.

IV

El mismo día que Gabriel cumplía siete años, Anastasia Pérez se acercó a

Fernando para recordarle que su hijo debía asistir a la escuela. A él le pareció que

todavía estaba muy pequeño para salir de casa; pero Anastasia le explicó que, aun cuando Gabriel ya sabía leer hace tiempo, porque ella misma le había enseñado, necesitaba ejercitarse en matemáticas y ciencias.

Para Fernando, salvo por el caso de su esposa muerta, los demás no tenían mucha importancia, así que no comprendió muy bien la urgencia de enviar al niño a la escuela, pero como el asunto estaba tomando el matiz de discusión y él odiaba discutir, autorizó a Anastasia para que inscribiera al niño en algún colegio que le pareciera adecuado. Luego, le envió a su hijo una caja con lápices de colores y se olvidó del asunto.

Mientras Anastasia y Fernando conversaban, Gabriel escuchaba con horror escondido tras la puerta. La escuela se mostraba como un sitio espeluznante: en cada cuento que leía, los niños querían huir de la escuela, pero también sabía que por evitarla casi todos caían en graves problemas. Recordó a Pinocho, que incluso terminó en el vientre de una ballena por desviarse del camino y decidió no

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cometer los mismos errores siendo bueno y obediente desde el principio, aunque la idea no lo entusiasmaba en absoluto.

La mañana del primer día de clases, llegó antes que todos los demás niños. Por no saber qué hacer, se sentó en el asiento justo al frente del escritorio de la profesora. Observó con disimulada curiosidad al resto de sus compañeros que no se atrevían a entrar y miraban con temor desde la puerta, tomados de la mano de sus madres. Gabriel pensó también en su madre, pero no tenía ningún recuerdo de ella y sólo pudo visualizarla como en el rígido retrato que ocupaba un lugar de honor en el salón de su casa.

que ocupaba un lugar de honor en el salón de su casa. Fotografía IV: retrato de

Fotografía IV: retrato de la madre de Kurova Spanolick

Los niños fueron ingresando lentamente y cuando cada uno estuvo sentado en su asiento, la profesora seriamente comenzó a pasar la lista del curso.

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V

Hasta muchos años después Gabriel pudo recordar la lista del primer año de enseñanza básica. Regularmente se sorprendía a si mismo repitiendo mentalmente y en orden alfabético aquella sucesión monótona de apellidos, para distraerse en algo durante las horas muertas y cuando no podía dormir, repetía la lista de memoria, una y otra vez, como quien cuenta ovejas, pero siempre, aunque fuera casi imperceptible, se demoraba un poco más al pronunciar: “Riquelme Soto Josefina” el nombre de la persona cuyo trágico destino le había ennegrecido el corazón:

-¡¿Qué será de Josefina?!-

Se preguntaba con tristeza y la imaginaba profundamente desdichada por las calles de alguna ciudad desconocida, muerta de vergüenza.

VI

Cuando la profesora hubo terminado de pronunciar los nombres de cada uno de sus compañeros y registrar la asistencia en el libro de clases, se levantó de su asiento, se acomodó los gruesos lentes y se paró muy erguida frente a sus alumnos.

En la sala reinaba un silencio absoluto y los niños más tímidos respiraban despacito, para que nada hiciera fijar en ellos la atención.

Gabriel, muy acongojado, arrepintiéndose de haber ocupado el primer puesto de la fila, tragaba saliva esperando una reprimenda monumental. Pero en vez de los rugidos que aguardaba oír, la profesora desfiguró su rostro severo en una tosca y acogedora sonrisa dándoles la bienvenida. Entonces les reveló su nombre: en adelante sería la señorita San Martín y con una liviandad de movimiento que contrastaba con su grueso cuerpo, comenzó a dibujar una enorme “A” en el pizarrón, para que los niños la copiaran en sus cuadernos de caligrafía.

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Al final de la clase, la escuela no le pareció tan terrible y fue tal su alivio, que el resto de la tarde estuvo de un ánimo excelente. Caminó de regreso a casa en compañía de Anastasia, quien había ido a buscarlo a la salida de la escuela, disfrutando de todo el paisaje que le ofrecía la ciudad.

Miraba los cerros repletos de colores, olía el aire del mar y escuchaba a las gaviotas que confundían sus graznidos con el ruido vital del puerto. Era tan notorio su buen ánimo, que incluso fue capaz de contagiar a Anastasia, quien en un arrebato de entusiasmo lo invitó a comer helados en una confitería que encontraron al pasar.

Este comienzo auspicioso, hizo que Gabriel descansara aliviado en los buenos augurios y demuestra que, como casi todo el resto de las personas, comenzó a andar su vida de buena Fe.

VII

Durante aquellos primeros días de clases, Gabriel no se atrevía a observar a su compañera de asiento más que con el rabillo del ojo. Era una niña morena y pequeña, de largos cabellos negros, mirada inteligente y movimientos inquietos, tenía un estuche repleto de lápices de todos tipos y colores, una regla con calcomanías tornasoles y una pequeña colección de gomas de borrar con aroma a chicle de frutas.

Sentía constantemente sobre él la mirada directa e inquisitiva de su compañera, que evitaba a toda costa y como los días pasaban sin que se atreviera ni siquiera a saludar, la niña decidió tomar la iniciativa y una mañana, mientras aprendían el uso de la minúscula y la mayúscula, le envió un papelito arrugado. Gabriel lo desdobló con curiosidad y sobre el papel había dibujado algo así como un cocodrilo.

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Aquel cocodrilo le pareció poco más que un garabato y aunque no dijo nada, su gesto reprobatorio ante semejante mamarracho fue tan notorio, que la niña indignada le reprochó:

-¡Si eres capaz de dibujar un perro mejor que el mío entonces hazlo!-

Más que con la reprimenda, Gabriel se sorprendió al enterarse que aquel cocodrilo había querido ser un perro y como respuesta arrancó un trozo de papel de su cuaderno, cogió un lápiz y comenzó a dibujar para enseñarle a su compañera lo que era un perro de verdad.

Gabriel se sorprendió al ver la cara que ponía la niña cuando hubo visto el perro que el había dibujado e incluso llegó a sonreír cuando ella dijo:

-¡Este es el mejor dibujo de un perro que visto en mi vida!-

Y le acercó el estuche, con todos sus lápices, para que lo pintara.

Desde entonces sucedieron dos cosas: los niños se hicieron grandes amigos y Gabriel comenzó a sentir que el mundo era un lugar mejor de lo que había pensado.

La niña se llamaba Josefina y desapareció justo el día en que cumplía diez

años.

VIII

Desde entonces, Gabriel y Josefina se transformaron en una pareja inseparable. Durante las horas de clases, se ayudaban mutuamente en las tareas y cuando estaban aburridos Gabriel dibujaba las ideas que se le ocurrían a su amiga, que siempre parecía ponerlo a prueba y luego ella los pintaba con sus lápices de colores.

En los recreos solían dirigirse a los sectores más recónditos del patio de la escuela a capturar insectos, los que después lanzaban sobre alguna telaraña para

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observar cómo eran devorados, o bien los descuartizaban lentamente para ir estudiando sus partes con una lupa, la que ocasionalmente utilizaban quemando filas de hormigas los días soleados.

Juntos aprendieron a sumar y restar, pasaron horas balanceándose en el mismo balancín, treparon los árboles del patio de la escuela y soñaron con construir una casita en alguno de ellos. Jugaron a la escondida, compartieron golosinas, quebraron ventanales, saltaron en los charcos, trataron sin éxito de salvar una abeja moribunda y otra interminable cantidad de cosas buenas, que hacen a los niños sentir que la vida tiene un sentido claro, cercano y sencillo, hasta que alguien o algo se encarga de mostrarles las múltiples caras de la fatalidad.

En el caso de Gabriel, la historia fue marcada por un trágico suceso que lo llevó tempranamente a desconfiar de los finales felices y que nos remite a la persona de un hombre atormentado por sus circunstancias. El profesor Ovidio Márraga.

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Ovidio

I

Un día de marzo de 1989 en la mañana, el profesor Ovidio Márraga escribía un problema matemático en el pizarrón de la escuela, con los dedos manchados de tiza:

"Un pastelero desea cocinar galletas y debe llenar un horno con 18 bandejas donde caben 37 galletas en cada bandeja. ¿Cuántas galletas debe preparar para lograrlo?"

El frío hacía que recordara la proximidad de otro invierno como tantos entumiéndose en la sala de clases. El recuerdo le hizo fruncir el ceño. Los inviernos le producían amargura como casi todas las cosas, porque si algo hay que saber sobre Ovidio Márraga es que fue ultrajado por una anciana que desvariaba cuando tenía siete años de edad y desde entonces se había transformado de golpe en un infeliz.

Ovidio sabía perfectamente después de veinte años de trabajo, que sólo uno o dos de cada diez niños poseían talento para las matemáticas, el resto únicamente repetía asustado lo que esos dos compañeros afirmaban. Pero no se había dedicado a la pedagogía para encaminar prospectos de genios; todo lo contrario, le molestaban los ademanes de superioridad que van adoptando los niños cuando se reafirman en sus conocimientos.

Esos gestos soberbios de satisfacción al ver resueltos con éxito los problemas que él les planteaba, esa arrogancia les desfiguraba la cara hasta hacerlos parecer adultos a medio crecer.

Ovidio se había dedicado a la pedagogía para tener contacto con los niños en su estado más puro, cuando todavía estaban inmaculados y eran felices. Le gustaba observar como a los más tímidos se les erizaba hasta la piel cuando se paseaba junto a sus asientos y le gustaba porque sentía que en ese temor

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desaforado radicaba la verdadera inocencia: mientras más miedo siente un niño, más ingenua es su concepción del mundo y mientras más ingenua es su concepción del mundo, más desamparado resulta su aspecto y mientras más desamparados se vieran los niños, más lo conmovían, porque aun no habían sido endurecidos por la tragedias crueles, inherentes al transcurso de la vida.

II

Cada vez que Ovidio reflexionaba más de un minuto sobre algún asunto, terminaba recordando el desgraciado ultraje acontecido en su niñez, ese recuerdo le fruncía el ceño y todos sus sentimientos cordiales se transformaban en amargura. Entonces debía concentrarse un instante, cerrar los ojos y retomar.

Aquellos constantes cambios de ánimo y las manifestaciones que producían en su exterior, hicieron que fuera considerado por los demás como un tipo excéntrico y huraño, difícil de tratar; sin embargo nunca fue catalogado de peligroso y algunas personas cobraban por él una especie de lastimosa simpatía muy parecida al afecto.

III

El profesor Ovidio supo desde el día en que fue manoseado por una anciana, que algo se había confundido en su interior, pero tardó varios años de soterrada búsqueda en comprender qué había sido.

Al principio, en la época de su adolescencia, sufría con la idea de que alguien lo viera desnudo. Aquella reticencia se mantuvo por más tiempo del debido y cuando alguna jovencita quiso cobijar entre las sábanas su mirada de hombre desvalido y ofrecerle algunos instantes de felicidad, salió huyendo con una tristeza de pene disminuido que lo hizo desistir de la idea hasta varios años después.

A veces, en las noche afiebradas de la insatisfacción, se sorprendía a si mismo excitado con la imagen odiada de la anciana, frotando sobre su pubis de

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niño, los pellejos flácidos de su sexo senil. Entonces lloraba después de eyacular, sintiendo que traicionaba su propia dignidad.

Para soportar aquellas fiebres, se entregó al deporte. Gastaba sus energías diariamente en la piscina pública, nadando con furia, para terminar el día agotado y no permitirle a su cuerpo el desvarío incontrolable de la calentura.

IV

Una tarde, después de varias horas de braceo, mientras se desvestía para secarse en la piscina desierta, una tropa de niños entre seis y diez años entró corriendo sorpresivamente.

Quedó paralizado y ni siquiera pudo atinar a cubrirse, pero a los niños no les importó ni un instante su desnudez y también se desvistieron felices, sin pudor, dando saltos y corriendo por ahí, hasta que saltaron al agua.

Terminó de vestirse, extrañándose de no sentir vergüenza. Los niños ni se habían inmutado con su desnudez y aquello lo hizo sentir inusualmente cómodo consigo mismo.

Al día siguiente, aguardó que llegaran dándose excusas para permanecer en la piscina más tiempo de lo normal, pero los niños no aparecieron y él se fue a casa con un extraño sentimiento de frustración que no lograba entender. Esperó durante varios días inútilmente y ya estaba convencido que no volverían, cuando los vio ingresar nuevamente corriendo alborotados.

Se sintió invadido por una nerviosa alegría y decidió permanecer en el agua. Nadie parecía supervisarlos y nadie traía traje de baño, así que se desvistieron y se bañaron desnudos. El espectáculo le pareció fascinante. Todos se tocaban y jugueteaban entre sí con completa ausencia de morbo, aun cuando sus inquietos movimientos desenfadados parecían impulsarlos a caer irremediablemente en la orgía. Sus sentidos estaban sin contaminar y bastaría con que uno de ellos se ensuciara, para que todo ese desenfado se transmutara en

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una manifiesta sensualidad, una inmundicia de sátiros y ninfas precoces que sólo esperaban la madurez de sus genitales para follarse como animales unos a otros.

La profecía lo entristeció por un instante y esa ira se manifestó en una erección terrible, que supo ocultar bajo el agua.

V

Con el tiempo se enteró que aquellos niños pertenecían a un hogar de menores cercano a la piscina pública, que de vez en vez se escapaban de sus tutores para ir a bañarse un par de horas, las que ellos aprovechaban descansando de la impuesta labor de darles algo de protección en el desamparo de su huerfanía.

Ovidio siempre fue

un gran cobarde

y aquella información le dio

la

tranquilidad necesaria para decidirse a interactuar con los menores.

Comenzó organizándoles competencias de nado y enseñándoles algunos trucos para aumentar la velocidad. Los niños, fascinados con recibir la atención de un adulto, le obedecían en todo y él llegó a creer sinceramente que aquellos entrenamientos voluntarios estaban libres de mala intención, hasta que una vez un niño desesperado que intentaba inútilmente de flotar, se aferró con tanta fuerza de sus pantalones de baño, que se los bajó hasta las rodillas y luego trepó por sus piernas quedando aferrado a él, abrazándolo por la cintura.

El cuerpo tembloroso y escuálido del niño en contacto con sus partes pudibundas, le provocó ciertos estertores en el alma y una sudadera incontrolable que terminó con su falo endurecido en eufórica libertad.

El niño al sentir esa extraña y sólida protuberancia que le punzaba el cuerpo, se alejó para ver de qué se trataba y el descubrimiento, lejos de intimidarlo, le provocó una espontánea carcajada que llamó la atención de los demás. Los niños al notar que Ovidio estaba con el traje de baño en las rodillas, también rieron y se acercaron hasta rodearlo en un círculo.

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Quedó estupefacto, pero al notar que ninguno reparaba en su cuestionable reflejo que aún permanecía horizontal, terminó por sacarse completamente los pantalones de baño y nadar libre, desnudo como los niños, haciendo divertidas piruetas en el agua. Todos reían a más no poder y lo perseguían gritando y salpicando hasta darle alcance, intentando treparse en él y tratar de hundirlo, sin reparar, para la felicidad de Ovidio, en los lugares donde posaban sus manos.

VI

En esos afanes morbosos transcurrieron los meses. En cada sesión sacaba algunas depravadas fotografías, amparado en la ingenuidad de los pequeños, pero una tarde de horror, mientras organizaba las posiciones de dos niñas a quienes pretendía retratar, una de ellas lo descubrió frente a sus compañeros:

- ¡Miren, el profesor lo tiene parado! –

Y todos respondieron con una sonora carcajada, observando como en cuestión de segundos, el esplendor de su placer se convertía en una ciruela arrugada.

Ovidio no pudo evitar que un par de lágrimas se asomaran de sus ojos y enceguecido por la ira le dio una fuerte bofetada a la delatora, salió de la piscina, se vistió malamente y se fue para no volver nunca más a aquel lugar.

VII

La vergüenza que sintió al verse descubierto en sus perversiones, hizo que durante meses ni se acercara a un niño. Evitaba el contacto con ellos a toda costa y prometió nunca más caer en semejantes aberraciones. Incluso comenzó a cortejar a una joven vendedora que veía pasar los años tras el mostrador de una menestra de su barrio, la joven se llamaba Julieta, tenía la sospechosa edad de veintiocho años sin que se le conociera novio y algunas vecinas ya pretendían su cualidad de solterona.

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Julieta vivía con su abuela en la calle General Rivera del Cerro Miraflores, en una casita de madera que se sostenía malamente en pie. Su abuela se llamaba Cirila y sufría de un asma severa que la mantenía la mayor parte del día postrada, matando el tiempo, contando de oído las múltiples goteras de la casa o descifrando las melodías que la mala señal de su radio transistor a pilas, de vez en cuando le permitía oír.

Por causa de la invalidez de su abuela y una carencia total de expectativas de vida, desde que egresó del liceo con excelentes calificaciones, se hizo cargo del pequeño almacén que durante años les había permitido subsistir. Julieta siempre fue considerada como una alumna ejemplar y siempre había soñado para ella la dignidad de ser profesora, pero las urgencias domésticas aplazaron este deseo hasta transformarlo en un sueño donde se refugiaba por las tardes cuando esperaba, mientras llovía, que alguien entrara a su negocio a comprar el pan.

llovía, que alguien entrara a su negocio a comprar el pan. Fotografía V: Julieta alimentando a

Fotografía V: Julieta alimentando a las palomas fuera de su almacén

VIII

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La primera vez que Julieta vio a Ovidio, le pareció que aquel joven taciturno era el vivo reflejo de la desolación. En ese primer encuentro él ni siquiera la miró a los ojos y se limitó cortésmente a pedirle una caja de fósforos, le entregó las monedas a cambio y se marchó, pero ella se quedó mucho tiempo con su imagen en las pupilas.

Ovidio regresó varias veces al almacén y cada una de esas veces lo atendió Julieta, quien ya podía anticiparse a los deseos de su cliente preferido, pero siempre permanecía tan abstraído en la vergüenza y en la culpa, que nunca reparó seriamente en ella, hasta unas semanas después de jurar nunca más dejarse llevar por sus malas inclinaciones.

Una tarde en que la lluvia parecía durar para siempre, Julieta, cansada de esperar alguna iniciativa de su enamorado, decidió que la próxima vez que él se presentara, se las arreglaría para llamar su atención. Apenas hubo terminado de hacer la promesa, como invocado por un conjuro, Ovidio entró al almacén.

Julieta se puso pálida, las piernas le temblaban y aun confundida, pero envalentonada con lo que le pareció una intervención divina que le daba una oportunidad para torcer su destino de solterona cuida viejos, en uno de los actos más osados hasta ese momento de su vida le dijo de sopetón:

-Estoy enamorada de usted-

Encerrado en las angustias que le provocaban sus perversiones, Ovidio creía que algo en él delataba sus infamias y que nadie, menos una mujer, iba a mirarlo con otros ojos que no fueran de desprecio, entonces, completamente aturdido por semejante declaración y sin decir una palabra, saludó con una inclinación de cabeza para retirarse lo más rápido que le permitieron sus piernas.

Julieta quedó en silencio, casi sin aliento, durante varios minutos después de sus intempestivas palabras y habría permanecido así durante todo el resto de la tarde si no hubiera sido por su abuela que tosía lejos, allá en el segundo piso

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de la casa y pedía ayuda a duras penas entre los espacios que le permitía el ahogo.

Cerró la puerta del almacén y subió las escaleras rápidamente. Al llegar al segundo piso, cogió un puñado de hojas de eucaliptos, las esparció dentro de un lavatorio y mientras dejaba caer el agua caliente sobre ellas, se arrepentía de su temeridad que sólo había logrado espantar a Ovidio y mientras intentaba que su abuela inhalara los vapores emanados, comenzó a resignarse a las perspectivas de una vida triste, lenta y solitaria.

IX

Entre tanto, Ovidio había llegado hasta su casa en la avenida Alemania y permanecía encerrado en su habitación. En la casa sólo habitaban él y su tía abuela, la única sobreviviente de un trío de hermanas que lo criaron desde antes que tuviera recuerdos.

La primera amaneció muerta una mañana, hace muchos años, de un ataque cardiaco, pero Ovidio era tan pequeño para ese tiempo que sólo la recordaba con su cara maquillada como una muñeca dentro de un ataúd. Todos la llamaban tía Rina.

Fotografía VI: Funeral de Tía Rina
Fotografía VI: Funeral de Tía Rina

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X

La segunda se llamaba Eudivigis y cada vez que la nombraban se le amargaba la sangre.

La tía Eudivigis, de las tres hermanas, fue la con más autoridad. Siempre había sido respetada en la familia por su carácter enérgico y decidido y por su capacidad para sobreponerse a las miserias de la vida. Se había casado cuatro veces y las cuatro veces vio morir a sus respectivos esposos, además nunca pudo concebir hijos.

Cansada de enterrar a sus maridos, decidió a la edad de sesenta años renunciar a la compañía nupcial y vivir junto a sus dos hermanas, ambas solteronas, y criar al hijo de unos primos que habían fallecido trágicamente en un incendio, dejando a un vástago huérfano de apenas un año de edad.

La tía Eudivigis fue la figura paterna de Ovidio. Era ella quien imponía la disciplina y quien tomaba las decisiones. Se trataba de una mujer severa, pero justa y dueña de un gran vigor, que lamentablemente para el niño Ovidio, no menguó ni con los años ni con el alzheimer.

Cuando los desvaríos de la tía Eudivigis fueron muy notorios y la inhabilitaron hasta para los mínimos quehaceres de la vida cotidiana, porque ya no reconocía ni el día ni la noche y se había perdido definitivamente en los vericuetos de otras épocas, su hermana, la tía Clara, intentó mantenerla recluida en la habitación, creyendo que los cuidados que le propinaba serían suficientes para evitar que se desbandaran sus delirios.

Pese a sus esfuerzos, la tía Eudivigis comenzó a pasearse desnuda por la casa, dialogando incesantemente con sus esposos difuntos.

XI

Una noche, la tía Eudivigis, entró sin bacilar a la habitación que ocupaba Ovidio y que seis décadas antes, ella compartiera con su primer esposo. El niño

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semidormido apenas se percató de su presencia, hasta que la sintió deslizarse bajo la ropa de cama.

Ovidio se quedó inmóvil, completamente confundido. La tía Eudivigis era y había sido el símbolo de la autoridad y él aun no entendía muy bien la naturaleza de su enfermedad. No entendía que aquella mujer senil, revivía en un mundo propio una realidad sin tiempo, donde ella misma se veía y se sentía como una veinteañera.

Aquella noche la tía Eudivigis confundió el cuerpo delgado y pequeño del niño, con el juvenil cuerpo de su primer esposo y se le afiebró la sangre. Entonces decidió revivir con él el fuego de la pasión tanto tiempo dormida.

Ovidio no intentó escapar hasta que las manos intrusas de la anciana juguetearon bajo los pantalones de su pijama y le hicieron intuir que aquello no estaba bien. Quiso zafarse, pero la fuerza de la abuela lo retuvo hasta que logró montarse sobre él.

Comenzó a llamarlo Alberto y a recriminarle tiernamente su falta de entusiasmo, mientras se movía y lo tocaba, buscando inútilmente la virilidad de un hombre que sólo existía en las calenturas de su memoria desatinada.

El niño comenzó a gemir de miedo, sintiendo la brusquedad de las manos de su tía abuela cada vez más molesta por la falta de reacción, hasta despertar a la tía Clara que dormía plácidamente en el primer piso.

Cuando la tía Clara vio lo que estaba sucediendo, lanzó un grito espantoso y con todas sus fuerzas logró retirar a Eudivigis, que en su confusión no comprendía por qué la arrancaban de los brazos de su esposo y lanzaba escupitajos a diestra y siniestra.

Luego de unos minutos de forcejeo, la tía Clara pudo llevar a su hermana hasta la habitación que le correspondía para encerrarla bajo llave. En seguida

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volvió donde el niño que permanecía acurrucado en un rincón, completamente rasguñado y sangrando levemente, pero sin llorar.

XII

De esta forma tan peculiar, Ovidio dejó de ser un niño y la tía Eudivigis permaneció encerrada hasta el día de su muerte que acontecería en silencio dos años después.

La tía Clara nunca se refirió al desgraciado incidente, pero desarrolló una culpa que le fue consumiendo el cuerpo hasta transformarla en un montón de pellejos tristes que rondaba en silencio por la casona enorme.

Buscando compensar los efectos de su descuido, consagró todas las fuerzas que le quedaban al cuidado del sobrino y prometió no morirse hasta verlo convertido en un hombre hecho, derecho y feliz. Promesa que no cumplió.

hasta verlo convertido en un hombre hecho, derecho y feliz. Promesa que no cumplió. Fotografía VII:

Fotografía VII: Tía Clara

23

XIII

En la soledad de su habitación, Ovidio recordaba una y otra vez la inesperada declaración de amor de Julieta y consideraba injusto que el destino, además, viniera a complicarlo con pretendientes indeseadas.

Decidió que la solución ante aquel inconveniente era sencilla: bastaba con nunca más ingresar en aquel almacén y asunto acabado, pero cuando hubo pasado la impresión y la sensación de sorpresa fue menguando, comenzó a dar a su imaginación ciertas concesiones que lo harían cambiar de opinión.

Trató de recordarla, le pareció delgada e inofensiva, casi sumisa, rasgos que no concordaban con su comportamiento tan impulsivo como inesperado, nada en ella reflejaba determinación y la figura de Julieta se le volvía cada vez más enigmática. Tendido en su cama, pasó largas horas tratando de dilucidar aquel asunto, hasta que sin darse cuenta, se quedó dormido.

Aquella noche fue la mejor que había tenido desde los siete años, durmió con un sueño pesado, profundo, lento, sin escuchar la respiración aflautada de su tía, sin pensamientos obsesivos que se filtran a las pesadillas, sin miedo.

Cuando despertó, se levantó de un ánimo excelente, muy parecido a la alegría. Al verlo, la tía Clara se puso tan contenta que se le apretó el pecho de entusiasmo y tuvo que permanecer todo el resto de la mañana sentada para no agitarse.

Cuando salió a la calle respiró profundamente, sintiendo el aire frío de la mañana penetrando en sus pulmones. Caminó por la avenida Alemania, observando el ajetreo de Valparaíso, hasta comprender que todo ese alivio rejuvenecedor tenía un origen claro: en más de dieciséis horas no se había acordado ni un instante de su tragedia infantil, ni de la vergüenza en la piscina, ni de nada más que no se relacionara con la joven del almacén, como si ella hubiera venido a salvarlo de sus tormentos eternos, de la culpa que prometía roerlo todos los días de su vida.

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Entonces, un renovado y esperanzado Ovidio Márraga, de veintiún años de edad deshizo su camino por avenida Alemania, llegó a la esquina con general Rivera y descendió por esa calle sin detenerse hasta llegar a las puertas de la menestra, donde Julieta al verlo, casi soltó el canasto con el pan batido que recibía para la venta de la mañana.

XIV

Desde entonces habían transcurrido treinta y nueve años en que mantuvo más o menos bajo control sus desviaciones, limitándose a observar de vez en cuando fotografías de niños desnudos, para masturbarse en la intimidad del baño de su casa, a escondidas de su esposa quien jamás habría osado sospechar de él.

Pero esa mañana de marzo, luego de haber escrito el problema en la pizarra para evaluar a sus nuevos alumnos de cuarto año básico, mientras pasaba la lista, una vocecilla encantadora lo hizo detenerse un instante, porque al escucharla se le habían conmovido hasta los huesos. Para estar seguro, volvió a repetir el nombre:

-Riquelme Soto Josefina-

Y de nuevo escuchó aquella voz celestial que respondía:

– ¡Presente!-

La quedó mirando fijo a través de los gruesos cristales de sus lentes y la imagen de la niña lo hizo permanecer sentado todo el resto de la clase, para que el alumnado no se fuera a dar cuenta del vigor de su excitación, que apenas era capaz de ser contenida por sus pantalones.

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XV

Volvió a casa, pálido y silencioso, manteniendo la mirada perdida durante el almuerzo que aconteció en absoluto silencio.

Junto a él en la mesa de la cocina, Julieta lo observaba con curiosidad, sin poder siquiera acercarse a imaginar la naturaleza del problema que preocupaba a su marido.

Esperó eternamente que terminara de sorber la sopa, observando con inquietud el lento recorrido de la cuchara desde el plato a la boca. Luego le ofreció carne y arroz, pero él rechazó la comida argumentando que no se sentía bien, que prefería descansar antes de regresar al colegio y se levantó de la silla dejando tras de sí una profunda sensación de soledad.

Algunos minutos después, mientras lavaba la loza, Julieta recorrió de memoria las últimas cuatro décadas y se dio cuenta que había llevado una vida rutinaria, pero respetable y bastante agradable considerando que la felicidad no existe.

Ovidio la rescató de la soledad a los veintiocho años y desde aquel día no la había abandonado ni un instante, lo que provocaba en ella un sentimiento enorme de gratitud.

En respuesta a esa gratitud fue que decidió no subir a interrogarlo para exigirle que le contara aquello que le preocupaba y que por primera vez, en toda una vida, lo había arrebatado de su lado y esperar a que se le pasara, como si se tratara de un dolor de cabezas.

Al mismo tiempo, justo sobre ella en el piso de arriba, Ovidio miraba por la ventana las luces lejanas de los cerros, obsesionado con una mujer cincuenta años menor, sintiendo que se acercaba el desastre que había pendido sobre su cabeza desde hacía ya muchas décadas y cuyo desenlace había retrasado siguiendo los conductos regulares de una vida respetable.

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XVI

En las tardes sucesivas de tristeza, Ovidio fantaseó muchas veces con el suicidio, pero le pareció demasiado patético quitarse la vida por reprimir un impulso que emanaba de su propia naturaleza. Decidió aguantar, como ya estaba acostumbrado a hacerlo y no morir; sin embargo le hubiera valido más haber muerto, porque su mente comenzó a engañarlo para acomodar moralmente las imágenes atroces que lo asaltaban repentinamente y que lo involucraban a él y a la niña que despertaba sus pasiones, en situaciones que poco a poco se fue demorando en censurar.

Dos semanas y cuatro días después de ver por primera vez a Josefina Riquelme, el profesor Ovidio se asustó al comprender que inconscientemente buscaba la forma de relacionar todas las actividades de su vida con la niña y tres días más tarde, se asustó aun más cuando comprendió que todo lo que no tuviera alguna relación con ella le importaba un carajo.

Comenzó a descuidar las formas más elementales de cortesía, acentuándose más que nunca su carácter huraño. Transitaba por los pasillos del colegio completamente absorto, con el cuello hundido en las solapas levantadas de su abrigo de lana gris, molesto incluso de su propio aliento, que se condensaba en vapor, empañándole los anteojos en las mañanas heladas de abril.

Cuando caminaba de regreso a casa, le parecía que retornaba inevitablemente a su suerte de esposo resignado, condenado a saborear una sopa semejante a la que había bebido las últimas cuatro décadas, mirando a una mujer insignificante que jamás se había alejado demasiado del cerro donde había nacido y crecido y donde probablemente llegaría a morir y a la cual había propuesto matrimonio solamente buscando escapar a los demonios de su concupiscencia, que después de tanto tiempo volvían a tentarlo con la idea de hacer su voluntad con el cuerpecillo tierno de la muchachita aquella que lo miraba con enormes y hermosos ojos del primer asiento de la sala y que le hacían palpitar el corazón en una ridícula calentura senil.

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En la soledad de la hora de la siesta, Ovidio lloraba despacio con ese llantito de los viejos, avergonzado por nunca haber tenido los cojones de ser lo que la vida había hecho de él: un cabrón mal parido al que le gustaría más que cualquier otra cosa, acostarse con niñitos indefensos hasta quedar completamente satisfecho, como nunca había podido sentirse en toda su infame existencia.

XVII

Un día, mientras observaba

a su esposa que sacudía las migas de pan

interrumpió el silencio para

esparcidas por el mantel luego de la hora de once,

decir:

-En

estricto

rigor,

si

simplemente por cobardía-

he

vivido

decentemente

toda

mi

vida,

ha

sido

Julieta suspendió sus labores domésticas, inquieta por lo inesperado de la declaración y recordó de pronto las palabras que la tía Clara le había dicho en secreto antes de morir hace treinta años atrás, una tarde en que la llamó junto a su lecho de enferma. Como ya le costaba mucho hablar, le hizo un gesto con sus manos arrugadas para que se acercara y sin mediar explicaciones le suplicó:

-Prométeme que si alguna vez Ovidio llega a estar muy triste, tan triste que pareciera que la tristeza le fuera a arrebatar la vida, le vas a decir de mi parte que nada de lo que ha pasado es su culpa.-

Julieta no supo a que se refería la anciana con esas palabras, pero consideró que el momento de cumplir la promesa había llegado y cuando vio que su esposo subía las escaleras suspirando como un condenado a muerte, le dijo en un tono dulce, como el de las madres cuando consuelan a sus hijos:

-Nada de lo que ha pasado es tu culpa. Tu tía Clara me encargó que te dijera eso antes de morir-

Ovidio se detuvo en el sexto peldaño de la escalera, dejó caer sus brazos y se puso a llorar con un llanto que había tardado cincuenta y cuatro años en llegar.

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Julieta corrió junto a él y sin decir palabra lo dejó llorar por horas y horas hasta que se quedó dormido, refugiado en sus faldas mientras le acariciaba la cabeza.

Silenciosamente conmovida, recién comprendió que había estado casada con un extraño y por primera vez deseó con ansias haber engendrado un hijo, quizás porque adivinó que muy pronto se quedaría sola, abandonada en un mar de preguntas cuyas únicas respuestas serían las especulaciones en las cuales invertiría los últimos largos días de su vejez.

XVIII

La mañana siguiente, Ovidio despertó avergonzado, se sentía delatado ante los ojos de Julieta, pero de todos modos, al recordarla lo inundó una enorme sensación de gratitud.

Decidió que las cosas tendrían que cambiar, que estaba demasiado viejo para dejarse vencer y sin despertar a su esposa, salió en dirección al colegio con la firme intención de renunciar a su trabajo y así verse libre de tentación.

Sintiendo poco a poco como volvía a la calma, suspirando con los involuntarios suspiros que deja la resaca del llanto, retornaba a sus cabales. Mientras caminaba por la calle Condell recordó el mensaje de ultratumba que le enviaba su tía:

¡No era su culpa!

Esa frase lo reconfortaba y le quitaba de encima el peso de la soledad. De tanto ensimismarse olvidaba que su tragedia secreta tenía un testigo ocular, alguien que desde siempre intuyó la proporción de su desdicha, pero que guardó silencio intentando que olvidara aquella carta marcada en su destino.

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La tía Clara, la mujer silenciosa que hizo las veces de madre, le mandaba a decir desde la muerte que recordara los hechos en su verdadera dimensión, que no perdiera la noción de la realidad y la realidad era que él no había elegido nada de lo que le estaba sucediendo y que aun cuando bastaría que sus deseos ocultos salieran al juicio abierto de la sociedad, para terminar apedreado en la plaza pública, salvo por esas pequeñas libertades que durante su juventud se permitió con los huérfanos de la piscina, en realidad no había hecho mal a nadie, y nadie, salvo él mismo, tendría algo que objetarle.

Por un instante, todo le pareció muy sencillo ¡Podía escapar! Y pasar sus años de vejez encerrado como un monje, consolándose de vez en cuando con su esposa, recordando a los niños de las gastadas fotografías que escondía tras el espejo del baño, hasta que la edad consumiera las últimas chispas de libido y al fin pudiera morir en paz, redimido, victorioso.

En la entrevista con el director de la escuela, argumentó que estaba cansado y en edad de jubilar, que la salud comenzaba a fallarle y otra serie de excusas normales para un hombre de su edad y fue inquebrantable ante la rogativa de aguardar que terminara el año.

El director lamentó la pérdida de tan valioso profesional y según afirmó, aceptaba la renuncia con mucha tristeza, pero con la condición de que al menos continuara en funciones hasta encontrar un reemplazante. No pudo negarse y el destino le puso unos últimos días de prueba, los peores, los definitivos

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Josefina

I

Después de cuatro años de intensa amistad, interrumpida solamente por los meses de vacaciones de verano que servían para aguardar con ansias el encuentro durante el primer día de clases del año siguiente, Gabriel y Josefina habían desarrollado un metalenguaje tan íntimo y perfecto, que lograban ponerse de acuerdo por medio de disimulados gestos sin que nadie alcanzara a percatarse de ello.

Como resultado de estos juegos, la pareja de niños se caracterizaba por deambular en silencio, pasando casi inadvertidos ante el resto de los seres humanos.

Aquella mañana de temporal, donde el viento amenazaba con arrancar de cuajo las latas de zinc que cubrían los tejados y la lluvia con su golpeteo opacaba cualquier otro sonido, era un día esperado por Gabriel.

Su compañera de asiento desde primer año básico y la persona más querida por él en toda la faz de la tierra, estaba de cumpleaños y no se trataba de cualquier cumpleaños, era nada menos que el número diez.

Sin embargo un temporal arreciaba de tal forma, que fueron suspendidas las clases.

Gabriel había ocupado tres meses dibujando un cuaderno para regalárselo ese día a Josefina, por lo cual ni siquiera consideró la idea de faltar al colegio, aun cuando la señorita Anastasia le advirtió, durante el desayuno, que las autoridades recomendaban permanecer en casa.

Mientras tanto, Josefina se las arreglaba para salir, desobedeciendo a su madre quien le exigía volver a la cama. La idea de pasar un día de lluvia en el enorme edificio vacío, sin adultos, junto a su mejor amigo, le parecía el mejor regalo de cumpleaños.

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Podrían ir al patio y quedarse ahí, hasta que les saliera agua de los zapatos o jugar a esconderse del auxiliar, dibujar con tiza de colores en el pizarrón y atemorizarse con los ruidos desconocidos en los pasillos desiertos.

II

Se encontraron en el portón del colegio, empapados de pies a cabeza, hicieron un saludo secreto y aprovecharon que no se veía a nadie por ningún lado para entrar. Influenciados por la fuerza del hábito, llegaron a hurtadillas hasta la sala de clases.

Gabriel caminaba un par de metros más adelante que su compañera, esperando encontrarse ante varias filas de sillas vacías y ordenadas, pero cuando cruzó la puerta, vio con horror las espaldas del temido profesor de matemáticas, que miraba absorto la lluvia por la ventana y en un movimiento casi reflejo, con todo sigilo se ocultó bajo una mesa.

Tres segundos después, Josefina cruzó el umbral de la puerta, pero al encontrarse inesperadamente con el profesor, en vez de saltar como Gabriel a ocultarse, tardó demasiado en reaccionar, dándole tiempo a Ovidio para percatarse de su presencia.

Desde su escondite, Gabriel vio como las piernas del profesor caminaron en dirección a Josefina cuyo cuerpecito temblaba de miedo.

Pero

el

profesor

no

se

detuvo

en

la

distancia

acostumbrada

entre

profesores y alumnos, entonces comprendió que algo no andaba bien.

Luego, en su ángulo de visión, aparecieron unas manos que se perdieron bajo el jumper de la niña.

Sintió algo parecido a un golpe en el estómago y dos lágrimas de terror se asomaron de sus ojos.

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En seguida, los brazos del profesor levantaron en vilo el cuerpo paralizado de Josefina hasta depositarla sobre la mesa que ocupaba de escritorio.

Cuando sintió el primer gemido, un gemido completamente diferente al que hubiera oído jamás de la boca de su amiga, cerró los ojos y suspendido de terror, guardó silencio encogiéndose como un insecto amenazado.

III

De pronto, el golpeteo de la lluvia que arreciaba, volvió a ocupar todos los espacios del silencio. Abrió los ojos, miró de un lado a otro y el profesor ya no estaba ahí.

Aguardó largos minutos sin atreverse a salir, oyendo con atención, hasta que un llantito apenas audible lo hizo reaccionar.

Sobre la mesa del profesor, con la ropa rasgada y las manos atadas con una bufanda, se encontraba el despojo de Josefina.

Ella lo miró como si no lo reconociera mientras la desataba y apenas comprendió que se encontraba libre, hizo el intento de cubrirse con los jirones de ropa, usando las últimas fuerzas que le quedaban. Luego se desmayó.

Gabriel

tenía once años de edad y estaba de pie junto al cuerpecito

ultrajado de la única amiga que llegó a tener en la vida, sin saber qué hacer.

IV

Después todo aconteció muy rápido.

Corrió en busca de ayuda con los ojos inundados en lágrimas por los pasillos del colegio vacío, mientras sus gritos de auxilio se apagaban rápidamente

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en medio del temporal, hasta que la fatiga lo obligó a sentarse en la escalera, para descargar toda la angustia en un vómito inducido por el desamparo absoluto.

Al cabo de unos minutos, logró ponerse en marcha nuevamente y decidió volver junto a Josefina, pero en la sala de clases ya no había nadie.

Sólo quedaba un zapato negro desabrochado que se llevó a casa y que guardó en una caja junto al cuaderno con los dibujos que no le alcanzó a obsequiar.

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La Fatalidad

I

El tercer día después de su renuncia era viernes y durante toda la noche había llovido con furia. El miércoles y el jueves su ánimo fue inmejorable, tanto que Julieta creyó se había librado un milagro, llegando a idealizar una vejez como nunca había sido su juventud.

En la radio, las autoridades recomendaban a la ciudadanía quedarse en casa hasta que pasara el temporal y salir solamente si resultaba estrictamente necesario, pero Ovidio hizo caso omiso a las recomendaciones de las autoridades y también a las súplicas de su esposa y se fue camino al colegio.

En toda su carrera no había faltado una sola vez a clases y no iba hacerlo justo antes de retirarse, para que un chaparrón cualquiera viniera a ensuciarle los antecedentes.

Completamente empapado entró al establecimiento. Saludó al auxiliar quien lo acompañó hasta la sala para encender la estufa y también le ofreció un café, que no aceptó.

Colgó su abrigo en el respaldo de la silla, lo acercó a la estufa, se envolvió en la bufanda y se dejó llevar por la lluvia que caía incesantemente, disfrutando la satisfacción que le provocaba el pequeño acto heroico de haber sido el único en cumplir con su deber.

De pronto un ruidito tras de sí lo devolvió a la realidad.

Entonces sucedieron dos cosas simultáneamente: en la enormidad del colegio casi vació, el profesor de matemáticas y la alumna Josefina Riquelme se observaron mutuamente y Ovidio comprendió con el corazón encogido que había estado reservado desde siempre para diversión de la fatalidad.

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Ovidio Márraga se desquitó ese día de todos los tormentosos años de represión y conoció por un instante breve como era la plenitud que tanto había soñado.

No pensó en nada, ni en el bien, ni en el mal, ni en el pecado, simplemente se dejó llevar por lo que le pareció el pago de cada una de las miserias que había soportado, hasta que comprendió que acababa de cometer uno de los actos más bajos, dentro de la inmensa cantidad de actos perversos que se pueden realizar en esta tierra oscura.

Luego todo fue confuso. Salió rápidamente de la sala de clases con la camisa medio desabrochada. Su abrigo había quedado en la silla frente a la estufa y su bufanda amarraba los brazos de la niña que yacía con todo el uniforme rasgado y los ojos perdidos en una tristeza infinita sobre el escritorio del profesor.

Caminó rápidamente hasta la puerta, nadie lo vio salir. Siguió por la calle vacía donde la lluvia se reventaba contra el suelo empapándole la camisa y lavándole las lágrimas. Pensó en Julieta, pensó en su tía abuela montada sobre él, caminó y caminó contra el viento implacable sin darse cuenta, hasta que se encontró frente al mar en Playa Ancha y se lanzó a las aguas desbocadas por el temporal, desde la piedra que todos llaman feliz.

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Anastasia

I

Anastasia era huérfana, había crecido en un orfanato siempre sola. Cuando niña, solía imaginar hermosas historias que explicaran las razones de su huerfanía, pero apenas fue entendiendo como eran las cosas del mundo, se dio cuenta que simplemente había nacido tan desamparada que la vida no había querido proveerla ni siquiera de una madre. Creció con un encabronamiento profundo ante el destino y decidió cuando muy niña, que de una u otra forma debía vengarse.

En el hogar de menores, ocupaba la parte de abajo de un camarote que quedaba justo atrás de la puerta, pegado a la pared. Durante los dieciocho años que permaneció interna, nunca permitió que la cambiaran de lugar. Se había aferrado a ese espacio, como una araña a su rincón.

De espaldas hacia el resto de la habitación, mirando a la pared, lograba un poco de intimidad, la que llenaba de un rencor que cultivaba a diario mientras caía en cuenta de lo miserablemente injusta que es la vida.

Mientras ella habitaba ahí en ese escondrijo sórdido, triste y húmedo, otras niñas de largas cabelleras rubias, bien amadas por sus padres, decoraban la casa para celebrar su fiesta de cumpleaños.

Una vez, mientras se columpiaba en un parque, oyó a una madre que

reprendía a su hijo por botar al suelo un helado que no le había gustado, diciéndole:

“Hay niños que no tienen que comer, desperdiciando la comida.”

que viven solos

en un orfanato

y

Entonces se dio cuenta que ella era un parámetro de la desdicha.

Nunca entendió ese afán de la naturaleza por la disparidad: belleza, salud y fortuna para algunos, soledad, tristeza y enfermedad para otros.

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Anastasia sabía que nadie esperaba nada de ella, que nadie pensaba que llegaría a hacer algo más que perderse en algún prostíbulo pobre, o que se embarazara en la adolescencia y envejeciera prematuramente luchando contra la miseria.

Sospechó desde muy pequeña que la exaltación del sacrificio, la humildad, la resignación y la honradez, predicada en la escuela y en la iglesia, formaban parte de una fórmula, para apaciguar la ira y someter a los que como ella, sólo podían ganar algo o morir en el intento. Nada más que una manera de convencerlos que la vida estaba bien así como está.

Por la misma razón, nunca creyó en cristos lastimeros ni en vírgenes lloronas, la idea del paraíso le parecía tan aburrida como una tarde de domingo y le causaba gracia lo morboso de los crucifijos. Nunca se tragó las habladurías ni del cielo ni del infierno, sabía que su existencia no le importaba a nadie en el mundo y que cuidarse era un trabajo de ella sola.

Pero no siempre había sido así. Cuando niña, muy niña, creía que su mala fortuna era transitoria y que en cualquier momento alguien vendría por ella y se la llevaría a formar un hogar como cualquier otro, en una pequeña casita blanca con un florido antejardín.

Aquel anhelo provenía de un libro de cuentos que en cierta navidad llegó a sus manos gracias a la caridad. El libro se llamaba “Cuentos para niños huérfanos” y alentaba a los niños a no perder las esperanzas en el infortunio de su soledad.

En las páginas e ilustraciones de aquel libro, anastasia refugiaba su mundo infantil. Sabía de memoria cada uno de los dibujos y hasta cierto punto llegó a creer que la vida mantenía una estructura de cuento: el desafortunado protagonista requería sobrepasar los obstáculos, ser fuerte, bondadoso, honesto y paciente hasta que la buena fortuna giraba a su favor, los sueños y anhelos se cumplían y la felicidad se instalaba como un gato gordo en el regazo.

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Pero cuando tenía siete años de edad, ocurrió un hecho que se transformaría en una marca en el destino de Anastasia y la llevaría a abjurar de todo aquello.

Sucedió en verano, durante los largos días de las vacaciones. Los niños del hogar se organizaron y decidieron escaparse a la piscina pública, donde conocían una abertura en la reja para escabullirse. En rigor, tanto los cuidadores del hogar, como los cuidadores de la piscina sabían de esta supuesta fuga e intromisión, pero todos hacían caso omiso, en parte por pereza en parte por compasión.

Durante una de esas escapadas para bañarse, un hombre en la piscina, comenzó a prestarles atención. Se quedaba jugando con ellos en el agua, les organizaba competencias de nado a los que sabían nadar y le enseñaba a nadar a los que no sabían, los trataba con cariño y algunas veces les tomaba fotografías.

Anastasia pertenecía al grupo de los que no sabían nadar y tuvo sus lecciones particulares de natación. Nunca antes nadie le había prestado tanta atención, ni tratado con tanta delicadeza.

Les dijo que se llamaba Miguel, el tío Miguel, mientras desperdigaba su gentileza sin distinción entre todos los niños, pero Anastasia comenzó a fantasear con que el tío Miguel podría ser el padre que venía a tomarla en adopción y que la escogería entre todos los niños para llevársela lejos, muy lejos de la desdicha.

Anastasia se esforzaba por ser la mejor entre todos los niños y no sólo cuando estaba frente al tío Miguel; había decidido ser buena auténticamente, para que él fijara en ella su atención y en parte lo logró: Anastasia era una de las favoritas a la hora de las fotografías y siempre la desafiaba para que realizara extrañas piruetas, sola o acompañada de otros niños, casi siempre sin ropa, mientras el clic de la cámara no paraba de sonar.

Pero una tarde mientras se entregaban a las acostumbradas sesiones de fotos y ella se esmeraba en obedecer al pie de la letra las instrucciones, sucedió algo horrendo que la volvió de golpe a la infamia de la realidad.

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Todo sucedió muy rápido, de pronto, Raquel, una de las niñas mayores y más temidas en el orfanato, comenzó a apuntar con su dedo el pene del tío Miguel, a burlarse de él y a reír a carcajadas, mientras gritaba:

¡Miren el tío lo tiene parado!

Fue como si con esas palabras lo hiciera aparecer. Después todos los niños más grandes comenzaron a reír, hasta que el tío Miguel se enfureció, le dio una fuerte cachetada a Raquel que le hizo saltar la sangre de la nariz y salió corriendo de la piscina a medio vestir.

Por un instante, el desconcierto de los niños provocó un silencio total, luego, los niños más pequeños se pusieron a llorar y los más grandes permanecían en silencio observando cómo corría la sangre por la nariz de la niña que había sido golpeada y que se tapaba la cara ahogándose en sus sollozos.

De pronto, recordó los dibujos de los baños y pudo hacer una relación exacta del pene del tío Miguel al los dibujos en la pared del baño y pensó que si estaba dibujado en la pared del baño debía tratarse de algo fuera de lo permitido, porque según su experiencia, en el baño se escriben y dibujan las cosas que afuera se callan o avergüenzan.

II

El regreso al hogar de menores fue más triste y silencioso de lo acostumbrado y fue primero la intuición que el entendimiento, la que le hizo saber que su esperanza de felicidad había sido tan vana, como profunda su desilusión.

No quería escuchar las inmundicias que desde aquel incidente las niñas mayores decían respecto al tío y sus verdaderas intenciones y todos los días durante el resto del verano, se escabullía sola a la piscina esperando que volviera a llegar.

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Creía que su perseverancia y lealtad serían premiadas y que finalmente el tío Miguel vendría por ella, pero terminó el verano y el tío no volvió a aparecer.

Ya acontecían los primeros días del otoño y Anastasia continuaba pasando las tardes sentada en soledad en la piscina, día tras día, asistiendo sin falta, hasta que las hojas de los árboles cubrieron el agua.

Entonces lanzó su libro de cuentos para que se disolviera en aquel pantano que meses antes había significado su más cercano acercamiento a la felicidad.

III

Decidió que los cuentos infantiles eran una falacia. Un aparato creado para engañar a los niños y así como los niños a quien la vida les ha otorgado familia y felicidad, se identifican con las rubias princesas, ella en su entorno de abandono y oscuridad, comenzó a identificarse con todos aquellos personajes a quienes les tocaba perder.

Los libros de cuentos que antes significaban un refugio en la soledad, ahora se transformaron en una forma de mantener vivo el rencor.

En un impulso autodestructivo, comenzó a asistir por las tardes a la biblioteca del liceo. Leía incansablemente y muchas veces, cada uno de los libros de cuentos que ahí existían. Los leía con morbosidad, con enojo, odiando las palabras cursis y las mariposas, odiando la exacerbación de la ingenuidad y los conejos, hasta que llegó a sus manos el libro:

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Figura I: “Cuentos para la infancia y el hogar” de los Hermanos Grimm. 42

Figura I: “Cuentos para la infancia y el hogar” de los Hermanos Grimm.

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Entonces todo cambió, y cayó de golpe en un mundo rudo y feroz. Leyó los mismos cuentos que había leído muchas veces, pero esta vez había en ellos algo muy diferente, porqué esta vez Anastasia había encontrado la verdad, la fuente original de la mayoría de los cuentos que nos cuentan en la vida.

Sintió que renacía, que de pronto algo había florecido en su interior, en plena oscuridad. Sintió que todos habían tratado de engañarla, pero ella había descubierto el secreto y eso la hizo sentir especial.

IV

Y descubrió muchas cosas por entonces: que el hambre es capaz de hacer que los padres vendan a sus hijos o los envíen a perderse en el bosque. Que es válido matar a otros niños para salvar la propia vida. Que siempre se ha engañado a los demás para triunfar. Y que todo eso estaba escrito desde el siglo XIX, pero que pertenecían a la tradición oral desde mucho antes que los hermanos Grimm decidieran rescatarlas.

¿Qué había pasado? Pues lo de siempre, que la realidad había sido tergiversada, para imponer un discurso.

No obstante su crudeza, los relatos de los hermanos Grimm le hicieron bien; saber que era tanta la ambición de las hermanastras de la cenicienta, que fueron capaces de cercenarse los talones y los dedos, para que les cupiera la zapatilla de cristal y que el príncipe las descubrió al notar el hilo de sangre que emanaban sus heridas y que en castigo los cuervos les arrancaron los ojos, le parecía mucho más justo y razonable considerando su crueldad, que el montaje posterior donde la Cenicienta perdona a sus hermanas y además las casa con hombres principales de la corte.

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Se sintió mucho menos desdichada al enterarse que era la madre y no la madrastra quien mandó a matar y luego envenenó a Blancanieves por envidia a su belleza. Maldad que fue castigada con la pena de calzar unas zapatillas de hierro ardiente y obligada a bailar sobre ellas hasta caer muerta.

Entendió la bajeza de lo humano cuando supo que Pulgarcito y sus hermanos fueron abandonados en el bosque por sus padres, para ahorrarse la angustia de verlos morir de hambre y que los adultos solían disponer de los niños a su antojo. Los ejemplos eran claros: Hansel y Gretel, abandonados por sus padres en el bosque, cuando ya no quedaba nada que comer. O el caso de Rapunzel, a quien sus padres intercambiaron por comida, dejándola en manos de una bruja.

Los

hermanos

Grimm

delataban

en

esas

historias,

las

perversiones,

pasiones y destrezas necesarias para desenvolverse en un mundo sórdido y

voluble.

Repletas de autoritarismo, de poderes caprichosos, de potestades incuestionables, de dolor y flagelaciones, Anastasia pudo al fin comulgar su propio contexto con el mundo narrado y ya no se sintió tan infeliz:

-En la vida, pasa como en los cuentos de los hermanos Grimm, todos tratan de suavizarla, para que no resulte tan atroz, pero sigue siendo atroz-

Pensó.

V

Cuando terminó de leer las doscientos veintidós narraciones de “Cuentos para la infancia y el hogar” Anastasia salió al patio y asumió en voz alta:

-A mí nadie me va a venir a adoptar, creceré y viviré como una huérfana, pero no siempre voy a estar sola´-

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Y aunque su autoprofecía no era para nada alentadora, se sintió aliviada de no tener que cargar con el peso del optimismo vano, en la que la mayoría del mundo se enceguece y pudo descansar de los anhelos que le habían impuesto y asumió su vida estoicamente, como la niña de las zapatillas rojas, ante el verdugo que debía cortarle los pies.

Todo cambió por entonces, de golpe concibió como acontecerían los próximos años de su vida y pudo hacer un cálculo exacto. La ley le proporcionaría techo, ropa y comida hasta que cumpliera los dieciocho años. Tenía diez años y tres meses para planificar la estrategia que le permitiría solventar la soledad y esquivar el desamparo el resto de sus días.

VI

El pesimismo práctico que había adquirido gracias a los hermanos Grimm, le permitió ver con claridad

Hasta antes de leer el libro, Anastasia sentía que se enfrentaba al mundo en absoluta desventaja y el sentimiento que prevalecía en su interior era el miedo. Sin embargo descubrió que había estado profundamente equivocada: la vida la había entrenado para soportar la frustración y tener paciencia.

Los hermanos Grimm le habían abierto los ojos, a la edad en que algunos niños aun se orinan por las noches en la cama. Entendió que si se asume con crudeza la realidad, podemos tener claridad sobre lo que es y lo que no es posible, sin caer en la amargura de anhelar cosas que nunca llegarán o lo que es peor, trabajar toda una vida, pero de forma equivocada, por algo que es perfectamente posible.

VII

Lo primero que comprendió, es que la escuela pública, sería probablemente la única oportunidad de educación que tendría en su vida y que debía

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aprovecharla. Entonces se esmeró en aprender ortografía y gramática, historia, matemáticas y ciencias naturales y leía por adelantado todos los libros de clases, que repartía el estado.

Esta característica la llevó rápidamente a convertirse en una de las mejores del curso, pero a diferencia de otras compañeras, nunca fanfarroneaba con las notas, jamás preguntaba en clases y ni quería salir al pizarrón.

Muchos profesores, intentaron sacarla de aquel ensimismamiento, pero resultó inútil y cómo su rendimiento escolar siguió siendo excelente y no molestaba a nadie, terminaron por dejarla tranquila, tal como era su propósito.

Fuera del horario de clases, se le veía siempre apartada del resto de sus compañeras y pasaba las tardes en la biblioteca del liceo.

Durante el verano se resguardaba de los calores en aquel edificio alto y sombrío y en el invierno pasaba el tiempo leyendo, junto al calor de la estufa a parafina que la bibliotecaria prendía para combatir el frio institucional de aquel espacio gris y resonante.

Además casi nadie visitaba la biblioteca, lo que lo convertía en un lugar seguro para dejar transcurrir las horas.

La bibliotecaria, era una anciana muy huraña, a quien le molestaba que los estudiantes fueran a perturbarla en su trabajo de jubilada, pero le gustaba Anastasia, porque siempre estaba en silencio. Algunas veces, incluso, la dejaba a cargo mientras ella tenía algún trámite que atender, entonces Anastasia se sentaba en su escritorio y aprovechaba de Ocupar la Máquina de escribir.

Fue en esa máquina, donde Anastasia comenzó oficialmente a escribir su propio cuento que comenzó así:

“Hubo una vez una niña, que no tenía padres y que vivía en un orfanato”…

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Estuvo a punto de escribir: “muy triste” pero decidió que por el momento dejaría el cuento hasta ahí y reflexionaría al respecto

Retiró la hoja de papel roneo de la máquina y la guardó con sumo cuidado entre su cuaderno.

y

Anastasia desdoblaba el papel con el cuento que había comenzado a escribir y

pensaba en las palabras que le gustaría continuaran la oración.

Cada

noche

antes

de

dormir

cada

mañana,

antes

de

levantarse,

Se planteaba varias posibilidades, y durante el día reflexionaba en torno a ellas. Algunas veces caía en la tentación de fantasear con ideas descabelladas, aprovechando la libertad del papel en blanco, pero rápidamente volvía a pensar en concreto y cuando lograba conformidad, esperaba el momento de volver a tener acceso a la máquina de escribir, para cerrar la oración y transformarla en un decreto.

Su sentido práctico le hizo pensar muchas veces que sería menos complicado escribir en un cuaderno con un lápiz cualquiera, pero el hecho de estampar con tinta en el papel las letras de su propio destino, se había transformado en un rito, en el símbolo de la determinación, en un sello para la voluntad.

Fue así cómo la próxima vez que la bibliotecaria le pidió que se hiciera cargo, mientras ella regresaba, Anastasia terminó de escribir:

“Hubo una vez una niña, que no tenía padres y que vivía en un orfanato”…

“Y que vivió triste hasta que se dio cuenta que debía aprender a cuidarse sola. Entonces pensó en lo poco que tenía y prometió hacer lo mejor posible con aquello”.

47

VIII

Con el pasar de los años y manteniendo la mente despierta para maximizar los recursos de su vida, Anastasia se esforzó en realizar un mapa de su infelicidad, reduciendo los conceptos a unas pocas palabras claves.

Entender

las

fuentes

de

sus

desdichas,

le

permitiría

enfrentar

los

acontecimientos del futuro buscando subsanar su infortunio.

Después de mucho pensarlo y luego de equivocarse varias veces, a los catorce años Anastasia había reducido a tres conceptos, la causa de todos sus males:

Mapa de la infelicidad de Anastasia Pérez

1. Huerfanía: culpable (indeterminado) algunos dirían Dios, pero lo más probable es que dios no exista y si existe, es tan inalcanzable y abstracto que no tiene importancia.

2. Soledad: proviene de la huerfanía. La estructura social está basada en la familia, la gente sin familia queda en soledad. Esta imposición de modelo social, implica que la gente que no tiene familia añore tener una. El no poder lograrlo, genera frustración, la frustración genera sufrimiento, el sufrimiento ahonda la soledad.

3. Rencor: Resentimiento por haber nacido en la esfera de los infortunados, enojo arraigado con los demás por pretender que exista una natural resignación al respecto.

48

IX

Durante esos años había leído mucho y aunque incurría periódicamente en los “Cuentos para la Infancia y el Hogar” prácticamente leyó todo lo que estuvo disponible en la biblioteca.

También en aquella época, descubrió otra de las fuentes de los relatos tradicionales para niños; Charles Perrault y sus “Historias y Cuentos del Pasado” más conocido como “Los Cuentos de Mamá Gansa”.

Leer a Perrault, confirmó su teoría: los cuentos infantiles originales, habían sido deslavados hasta hacerles perder toda su humanidad, generando en los niños, un imaginario descafeinado y bobo.

A estas alturas, aquellas degradaciones no le aparecían tan casuales y después de todo lo que hubo investigado, resultaban fáciles de explicar:

Tanto Perrault como los Hermanos Grimm, fueron recopiladores de narraciones tradicionales francesas y alemanas, respectivamente. Escribieron lo que desde tiempos indeterminados fueron historias que se transmitían en forma oral. La mayoría de estas narraciones correspondían a la época medieval, periodo de grandes brutalidades.

Perrault, realizó primero esta labor, casi un siglo antes que los hermanos Grimm, pero como Perrault fue un connotado lameculos del Rey Luis XIV y la familia real, fue modificando de inmediato las historias al gusto de su majestad y los valores de la corte, puliendo los asuntos grotescos y omitiendo la crudeza. Aun así sus versiones eran bastante más fuertes de lo que estamos acostumbrados hoy.

A Perrault le debemos cuentos como: caperucita roja, el gato con botas, la bella durmiente, una primera versión de la cenicienta y pulgarcito, el macabro Barba azul entre otros relatos.

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X

Entre los cuentos de los hermanos Grimm y los cuentos de Charles Perrault, Anastasía ya manejaba un catálogo casi completo de las historias clásicas para niños y su visión de los cuentos de hadas se había ido profundizando.

Cuando conoció a Andersen, se convenció de que algo extraño pasaba con los cuentos de hadas: las historias infantiles que se manejan en el imaginario colectivo de occidente correspondíann básicamente a tres escritores Charles Perrault, los hermanos Grimm y Andersen; cuatro si agregamos a Dickens.

¿Cómo se podía explicar algo así?

¿Qué extraño poder tenían estos cuentos para instalarse en la memoria de todos los niños durante más de tres siglos?

¿A Caso no habían surgido nuevos relatos en trescientos años, que valiera la pena rescatar?

Entonces, haciendo una profunda retrospectiva, anastasia cayó en cuenta que desde el siglo XVII se venía repitiendo un mecanismo más o menos similar:

Un puñado de historias eran rescatadas siglo tras siglo por un recopilador que le daba nuevos ribetes, de acuerdo a los tiempos y sumaba al catálogo un par más.

XI

De este modo, Perrault recogió sus cuentos de la tradición oral en Francia a fines del siglo XVII, los acomodó a la época y triunfó como escritor de cuentos infantiles iniciado el siglo XVIII. Sus cuentos más conocidos son Caperucita Roja, Cenicienta y el Gato con Botas.

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En el siglo XIX los hermanos Grimm realizan una recopilación de cuentos de la tradición oral alemana, entre ellos uno correspondiente a Perrault: “La cenicienta” y además dejan el legado de Blancanieves, pulgarcito y Hansel y Gretel.

En el siglo XX un dibujante llamado Walt Disney recoge el cuento “Blancanieves” de los hermanos Grimm e inaugura un nuevo modelo de dispersión del relato infantil: El cine.

Durante todo el siglo XX Disney y su industria cinematográfica reinterpreta los argumentos de los cuentos más famosos de Perrault, y de los hermanos Grimm y siguiendo la tradición, agrega algunos nuevos nombres a la lista: si no hubiera sido por Disney pocos habrían sabido algo del “Peter Pan” de un desconocido JM Barries y “Alicia en el país de las maravillas” de un más enigmático Lewis Carroll.

Anastasia descubrió que a Walt Disney le debemos el formato deslavado y bobo de los cuentos que nosotros conocemos, él los transformó en dibujitos adorables y los llenó de flores y conejillos y al igual que sus antecesores, modificó los relatos de acuerdo a sus intereses.

Disney no le debía pleitesía a ningún rey, pero era un acérrimo defensor de los valores norteamericanos, un conocido anticomunista y un ambicioso empresario, que llegó a reconocer públicamente que lo que más le importaba era llegar a la mayor cantidad de espectadores posibles. Por esta razón, se preocupa de quitar de sus historias cualquier indicio sospechoso que puede interferir en las ventas y transformar los clásicos de la literatura infantil en una cerveza sin alcohol.

Entonces, Anastasia comprendió que el libro que ella había leído en la infancia, llamado “Cuentos para niños huérfanos” había sido infectado con la ideología Disney y por eso proponía un mundo fácil y falso, en el que ella había creído durante los primeros años de su vida y por culpa del cual había sufrido tremenda desilusión.

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XII

A los 17 años de edad, Anastasia Pérez había descubierto que el origen de casi todos los cuentos de hadas que conocen los niños y bajo los cuales se generan los principales modelos y prototipos de valores y conductas, tenían un origen medieval Francés y Anglosajón.

Qué originalmente se trataba de cuentos crudos y crueles, como la vida, pero que sus principales traductores fueron unos burgueses que los fueron adaptando a la ideología de turno y que a principios del siglo XX un colosal empresario convencido de la importancia del modelo sociocultural de estados unidos, se había encargado de reformularlos para el entrenamiento masivo de varias generaciones de niños que crecieron condicionados para comprar y servir y ayudar a erigir un imperio,

Anastasia, que en menos de un año cumpliría la edad en que el estado deja de hacerse responsable por su vida, sabía que aquella influencia llegó hasta Valparaíso, en el país más lejano del mundo y logró que un escritorcillo de cuentos, escribiera un libro lleno de mentiras, que le habían multiplicado las desdichas en su corazón de niña huérfana.

El mundo es un lugar pervertido, pensó.

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Gabriel

I

Volvió a casa completamente mojado y tiritando de frío.

Al verlo, Anastasia comenzó a llamarle la atención por su irresponsabilidad y otra serie de regaños comunes, pero al notar que permanecía con la mirada ausente y a punto de desvanecerse, corrió a sujetarlo justo cuando perdió la conciencia.

Despertó confundido por el ajetreo de los adultos que entraban y salían de la habitación. Su padre permanecía de pie junto a él y parecía muy preocupado, Anastasia miraba asustada un termómetro que le había sustraído debajo del brazo.

Más

tarde,

un

sujeto

extraño

lo

auscultaba

con

quemándole de frío la piel de la espalda.

un

estetoscopio,

Después se vio cargado por unos hombres de blanco que lo introducían en una ambulancia.

Le pareció oír que alguien hablaba de un hospital.

II

Todo fue ambiguo y difuso por unos días. En su mente se repetía una y otra vez la tragedia que había presenciado, mezclada con algunas palabras que provenían de muy lejos. No sabía diferenciar cuando estaba dormido o despierto, su alrededor adoptaba tintes de pesadilla, tosía incansablemente y le costaba respirar.

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La culpa por no haber sido capaz de hacer nada para impedir la tragedia, hacía que el pecho se le contrajera, castigándolo por la cobardía de permanecer oculto bajo la mesa.

Una tarde fue a visitarlo un compañero de curso llamado Sebastián. Nunca habían hablado mucho, pero su mamá consideraba una norma de buen vivir visitar a los enfermos.

consideraba una norma de buen vivir visitar a los enfermos. Fotografía VIII Fotografía de curso de

Fotografía VIII Fotografía de curso de Gabriel

La madre de Sebastián, interrogaba a Anastasia sobre los pormenores de la enfermedad, compadeciéndose del niño a cada instante, mientras su hijo se acercó al lecho del enfermo, para decirle al oído:

-No sé si te interesa, pero el profesor de Matemáticas ha muerto. Se lanzó al mar el día del temporal, nadie sabe por qué. Los demás dicen que tú también vas a morir-

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La noticia del suicidio del profesor viajó desde la realidad para traerlo de vuelta, como una voz poderosa que lo sacudió de aquellos delirios afiebrados.

En ese momento sonrió y abrió los ojos.

A la mañana siguiente los médicos lo declararon estable.

III

La víspera del retorno a clases, pasado ya casi tres semanas de ausencia, Gabriel sintió el peso del secreto que lo atormentaba. Aquella noche fue incapaz de conciliar el sueño imaginando de qué manera enfrentaría a su compañera la mañana siguiente.

Deseaba que todo volviera a ser como antes, pero intuía que aquello sería imposible. Resignado a la incertidumbre decidió esperar lo que el futuro le deparaba.

Cuando estuvo a una calle del colegio, los recuerdos hicieron que volviera a sentir el terrible dolor del miedo en el estómago, pero el deseo por saber lo que había pasado con Josefina era más poderoso y siguió caminando.

Sentado en el puesto de siempre, miraba el reloj en el muro, contando los minutos para ver llegar a su compañera.

El sonido del timbre señalaba a los alumnos el inicio de las clases y el puesto a su lado continuaba vacío.

Entró la señorita San Martín como siempre los días lunes en la primera hora. Al verlo de vuelta lo saludó con gran alegría y le dio la bienvenida a nombre de toda la clase, pero Gabriel no estaba feliz.

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Cuando hubo terminado la jornada, a pesar de su timidez, esperó a que la señorita San Martín saliera del colegio para preguntarle si sabía algo acerca de Josefina.

La profesora le dio una de las peores noticias que Gabriel habría de oír en su vida:

Josefina se había retirado del colegio y trasladado a otra ciudad con el resto de su familia.

IV

Esa tarde no repitió como tantas otras veces el camino de regreso a casa. En cambio, le dio autonomía a sus pasos para dirigirse donde ellos quisieran, entregando sus pensamientos al descanso de sumergirse en la desgracia.

Sentía como si un bosque inmenso hubiera crecido alrededor suyo, un bosque infinito, que avanzaba con sus pasos. Las ramas filtraban la luz del sol manteniéndolo en un estado de penumbras.

Caminó sin rumbo, porque ya no veía ni edificios ni calles, tan solo ramas y musgo y oscuridad entre los troncos de los árboles.

Algo se agitaba dentro de él, una violencia desconocida, pero extrañamente tímida aún. Sentía como si de pronto hubiera surgido otro dentro de sí mismo, capaz de refutar todo lo que había aprendido.

Sintió que había nacido en su interior, algo que habitaba al fondo de un pozo, donde constantemente se reflejaba Josefina, que lo miraba con tristeza. Algo que se retorcía en silencio.

Gabriel caminaba por las calles de Valparaíso, pero avanzaba por el bosque que desde entonces lo separaría del resto de los seres humanos, descubriendo las recónditas profundidades de sí mismo. Un bosque donde se perdería durante muchos años.

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De pronto, sintió la fuerza de una mano que le apretaba el hombro y comprendió que estaba a punto de oscurecer y se encontraba muy lejos de casa.

V

-¿Por qué estás aquí?-

Le dijo una voz que no esperaba oír.

Gabriel aun sobresaltado se dio vueltas a mirar si se trataba de quien creía y efectivamente, era Anastasia quien lo tenía sujeto del brazo.

-Es tarde, deberías estar en casa-

Continuó diciendo con cara de aguardar una respuesta.

- Tenía ganas de caminar-

Respondió Gabriel y a ella le pareció que había crecido mucho en las últimas semanas, luego advirtió:

-Pero es importante dejar migas en el trayecto, para encontrar el camino de

regreso-

Gabriel, como pensando en voz alta dijo:

-Los pájaros se comen las migas y los niños se pierden en el camino-

A lo que Anastasia respondió:

-Pero hasta los niños perdidos encuentran un nuevo lugar donde regresar-

Y lo besó levemente en los labios, con un beso que a Gabriel le pareció extraño.

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VI

Aquella noche, pensó mucho en las palabras dichas por Anastasia:

“Hasta los niños perdidos encuentran un lugar donde regresar.”

¿En qué parte del mundo estaría el nuevo hogar de Josefina?

Y la imaginaba triste, muerta de miedo abandonada en el bosque.

VII

Una mañana, aconteció un suceso que marcó el inicio del triste camino que Gabriel habría de tomar.

Anastasia acababa de encerar el piso de la casa y todas las ventanas permanecían abiertas de par en par. Una brisa fresca se mezclaba con el olor de la madera encerada, generando una sensación de honesto bienestar.

De pronto, un pájaro entró revoloteando torpemente con un ala rota y mal herido por las garras de un gato. Gabriel trató de alcanzarlo, pero cada vez que se acercaba, el pájaro asustado intentaba volar, lastimándose más y más, hasta que ya no pudo moverse y se quedó acurrucado en un rincón.

Desesperado, buscó auxilio en Anastasia que observaba todo esto en silencio. Ella se acercó cautelosamente, cogió el ave con ambas manos y en cuclillas, frente a sus ojos, en tono cariñoso le preguntó:

¿Qué quieres que haga con este gorrión?

Gabriel, inmediatamente le pidió que lo dejara en libertad, pero Anastasia lo quedó mirando tiernamente y objetó:

-Si lo dejo en libertad sus últimos momentos serán las horas de agonía y temor aguardando que un gato lo devore y sufrirá mucho antes de morir-

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El niño le rogó que lo mantuvieran dentro de casa para curarlo, pero Anastasia, seriamente le explicó que ya estaba muy mal herido, que sólo le quedaba sentir dolor hasta sucumbir.

Terriblemente angustiado, Gabriel permanecía en silencio con los ojos inundados en lágrimas sintiéndose incapaz de encontrar una solución a semejante dilema y al ver que comenzaba a caer en la desesperación, Anastasia trató de calmarlo diciendo:

-Algunas veces las buenas acciones no lo parecen. En este caso al gorrión le conviene morir rápidamente para evitar una lenta agonía. Para eso tendríamos que matarlo-

Al oír estas palabras, Gabriel dio un pequeño salto hacia atrás, pero Anastasia se acercó nuevamente y en tono cariñoso continuó argumentando:

-La acción más bondadosa que podemos realizar, es terminar con el dolor de esta criatura ¿Por qué no deberíamos hacerlo? Ven, dame tu mano-

Completamente rendida su voluntad, Gabriel extendió la mano mientras por sus mejillas corrían unas gruesas lágrimas. Entonces la Señorita Blond le tomó el pulgar, lo puso sobre el cuello del pájaro y haciendo presión con su mano por sobre la del niño, le otorgaron la muerte en un instante.

Al sentir el leve sonido del cuello del gorrión al quebrarse, Gabriel quedó aterrado y sorprendido de lo sencillo que resultaba quitarle la vida a alguien, pero antes que pudiera arrepentirse, su niñera le dio un gran abrazo y lo felicitó por ser tan bueno y valiente y lo besó una y otra vez.

Luego salieron juntos al pequeño jardín, cavaron un foso en la tierra y sepultaron al pájaro sacrificado, dejando sobre su improvisada tumba un pequeño ramo de flores que él mismo pudo recolectar. En la tarde salieron a pasear por la plaza Victoria, después bebieron leche con plátano y regresaron a casa felices y agotados.

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Fotografía iX: Gabriel Gracia de Triana 60

Fotografía iX: Gabriel Gracia de Triana

60

Emile Dubois

I

-Por favor déjalo junto a mí. No he olvidado mi promesa. Si me lo dejas vivir lo convierto en asesino-

Repitió solemne frente a la animita, como masticando cada una de las palabras. Frente a ella, un millar de plaquitas con la frase “Gracias por el favor concedido” atestiguaban el poder del difunto.

Anastasia se encontraba en el cementerio de playa Ancha, pidiéndole un favor a Emile Dubois. Aquel ofrecimiento tan singular no era fruto de un simple arrebato producido por la desesperación; más bien se trataba de una idea que había gestado hace tiempo y fue madurando lentamente con los años.

II

Gracias los incontables días que pasó albergada en la biblioteca del internado, la bibliotecaria se transformó en la persona más cercana que después de Gabriel, llego a tener Anastasia y a fuerza de pasar tiempo compartiendo el mismo espacio, habían terminado cobrándose afecto.

Ninguna de las dos era muy comunicativa, así que lo de ellas no era conversar, su relación se basaba más bien en las historias milagreras que la bibliotecaria le contaba y en el resumen que Anastasia le hacía de los libros que leía.

La bibliotecaria se llamaba Marta y era devota profunda de Emile Dubois, desde que salvó la pierna de su esposo condenada por la diabetes a ser amputada.

Cuando el médico señaló que, de no cicatrizar la herida, que ya llevaba más de dos meses abierta, debería amputar la pierna a la altura de la ingle, la señora Marta con toda la frustración del infortunio, fue hasta el cenotafio de Dubois y con

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la fuerza de su miedo y de su angustia, pidió que por favor la pierna de su esposo sanara.

Desde aquel momento, según sus palabras, la herida tardó seis días en

sanar.

III

Desde entonces fueron muchos los favores que le concedió Dubois a la señora Marta, quien se había transformado en su fiel devota, preocupándose de exaltar su nombre, difundir su leyenda y sus milagros, como muestra de su eterna gratitud; y como Anastasia pasaba casi el día entero sentada en el escritorio de la biblioteca del internado, se había llevado lo principal de su apostolado.

La señora Marta hablaba de Dubois, como una anciana que habla de un hijo difunto. Lo llamaba Emilio y podía repetir hasta la extenuación las versiones sobre su leyenda.

Cuando se cansaba de su biografía continuaba con la enumeración taxativa de los casos que ella conocía en que Dubois había realizado un milagro, llevaba una contabilidad exacta de las placas de agradecimiento que se instalaban y se preocupaba de anotar en una libreta el nombre de cada persona que conocía a quien Dubois le hubiera concedido un favor.

Fue la señora Marta quien la llevó también a conocer la animita de Dubois, visita que se transformó en un hábito para Anastasia. Le gustaba pasearse lentamente por el cementerio de Playa Ancha, observando los nichos, las sepulturas de los niños, repletas de remolinos y juguetes, los mausoleos del primer patio, las esculturas de los jardines y el mar en el horizonte hasta llegar al cenotafio de Dubois.

Aquel lugar era un recordatorio, ya que su cuerpo fue depositado en una fosa común y con el pasar de los años se había extraviado el lugar exacto de su

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ubicación, entonces, para resguardar su memoria, los devotos habían erigido en el último rincón del cementerio un altar donde rendirle homenaje.

IV

Cuando Anastasia comprobó el fervor que generaba Dubois, sintió una especie de encantamiento provocado por la hasta entonces ilógica idea que un asesino fuera venerado.

La historia de Dubois, rompía todos los esquemas de los cuentos que había leído, incluso los de los hermanos Grimm, porque aun cuando aquellas historias a veces no tenía finales felices y como en el caso de la caperucita original de Perrault, hasta los Lobos podían triunfar, los seres de la oscuridad, siempre resultaban repudiados y sus victorias solían comprender el fracaso de los buenos.

Pero esta vez, al contrario de lo que suele suceder, un asesino había logrado la beatificación popular, una parte importante de la sociedad homenajeaba su nombre.

Entonces Anastasia comprendió que se encontraba ante un ser especial, una habitante de las tinieblas como ella, que se había ganado un sitial en el mundo de la luz.

V

Según lo que le había contado la señora Marta, Emile Dubois llegó a Chile envuelto en un nebuloso pasado.

Decían que antes de llegar a Valparaíso ya había cometido algunos crímenes en Oruro. Que había sido actor y revolucionario en Colombia y que una vez en el puerto, se presentó en sociedad con el falso título de ingeniero en minas.

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De acuerdo a lo que pudo inferir de los recortes de prensa y libros que había leído al respecto, a Dubois le gustaba la buena vida, tenía un espíritu altanero y el suficiente amor por si mismo cómo para aborrecer la pobreza.

Su orgullo y determinación, lo llevaron a comprender rápidamente que la vida era demasiado corta y las injusticias muy grandes para satisfacer sus ambiciones como un ciudadano paciente y sumiso que espera las migajas que de vez en cuando dejan libres los poderosos.

¿Para qué esperar si todo lo que deseaba estaba al alcance de la mano?

Dubois tenía el coraje suficiente para escoger morir antes que vivir aferrado a una existencia miserable; sin embargo nunca sería un vil ladrón que debe merodear como un roedor en la oscuridad, oculto y temeroso de los dueños de la abundancia.

Si iba a ser un criminal, sería el victimario de los que victimizan.

En su carrera criminal, Dubois terminó con la vida de cuatro hombres connotados de la ciudad, todos extranjeros que se habían enriquecido en Chile. Sus nombres fueron; Ernesto Lafontaine, comerciante Francés, Reinaldo Tillmans, comerciante inglés, Gustavo Titius, empresario Alemán e Isidoro Challe, comerciante Francés.

Anastasia nunca llegó a comprobar si efectivamente los hombres asesinados por Dubois fueron usureros, cómo argumentaban la tradición y la señora Marta; sin embargo decidió creer ciegamente en aquello, porque le gustaba la idea de ver en Dubois un vengador de los atropellados y oprimidos.

VI

El día que Anastasia se enteró que Dubois tuvo un gran amor, una mujer llamada Úrsula Morales que lo siguió incondicionalmente en sus correrías hasta

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Valparaíso, con la cual tuvo un hijo y se casó un día antes de su ejecución, comenzó a fantasear con que esa mujer era ella misma y pasaba las horas muertas tratando de imaginar cómo habría sido la vida junto a un hombre a su parecer tan formidable, pero con el tiempo las ensoñaciones ya no bastaron y su ánimo se vio invadido por una enorme tristeza que pensó nunca dejaría de acompañarla.

Entonces lentamente fue sumiéndose en la nostalgia de verse condenada a una vida solitaria para siempre, hasta que una tarde mientras permanecía recostada en su camarote, se le ocurrió una idea que la llenó de alegría: decidió que consagraría su vida a crear una nueva leyenda, un nuevo mártir de la oscuridad: su obra maestra.

Podía crear uno a la imagen y semejanza de sus expectativas, uno que fuera capaz de ver el mundo con sus mismos ojos, alguien que le ayudara a vengarse de la vida, de aquel destino de mierda que le había correspondido.

Aquella obra sería su legado, su manera de trascender en el mundo, no quería descendencia ni riquezas, ni aplausos, ni belleza, quería existir para siempre en la leyenda que habría de crear.

Rápidamente cayó en cuenta que aquel hombre fabricado a la medida no podía surgir de sus entrañas, primero ella no tenía nada y criar a un hijo en la miseria era la peor expectativa que podía imaginar. A causa de todo aquello, Anastasia Pérez optó por dedicarse a criar un niño ajeno.

VII

Anastasia entendía que la búsqueda del candidato perfecto no sería nada fácil y que existían varios obstáculos que superar.

Primero era necesario procurar la confianza plena de los padres, para que jamás sospecharan de las actividades que ella y el niño realizaran juntos.

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Lo más difícil resultaba vencer el celo de las madres. Los padres no presentaban dificultad, era asunto de seducirlos o lograr mantener algún tipo de complicidad con ellos para comprometer sus decisiones. Pero las madres, bastante más astutas, podían llegar a sospechar de sus intenciones y separarla del niño a mitad de camino, haciéndole perder años valiosos.

Si quería alcanzar a gozar de un poco de juventud junto al compañero que habría de fabricar a la medida, debía garantizar el éxito de sus planes, sólo existía una oportunidad.

Estaba convencida que la influencia constante y dirigida que pudiera ejercer sobre un niño a lo largo de los años, lograría moldearle el carácter hasta transformarlo en un sujeto brillante y de sangre fría.

VIII

Desde que cumplió diecisiete años, pasaba todas las tardes en el hospital Carlos Van Buren en la sala de espera de la maternidad, observando como un cuervo a las personas que ahí pululaban, estudiando a las familias de las madres que morían en el parto, aguardando la oportunidad que le permitiría llevar a buen término su plan.

Buscaba la combinación: madre primeriza que fallece, hombre solo, hijo huérfano, para emplearse en la casa y lograr su objetivo, transformar a ese niño en su compañero de vida y en una leyenda.

Diariamente rogaba a Emile Dubois que le ayudara, estaba desesperada porque dentro de muy poco cumpliría los dieciocho años y no tenía donde ir y cuando faltaban tres meses para el plazo fatal, le hizo una promesa:

-Si me das un niño y un hogar, te lo consagraré. Le enseñaré como ser un asesino.

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La conjunción se dio al día siguiente. El 24 de Junio de 1978, nació Gabriel, murió Kurova y enviudó Fernando Gracia de Triana, quien desesperadamente comenzó a buscar a alguien que criara a su hijo.

IX

Cuando se entrevistó con el viudo Fernando Gracia de Triana en una casa de dos pisos, con el esplendor de tiempos mejores, al borde de un acantilado del cerro placeres, frente al mar, agradeció en silencio a Emile Dubois el favor concedido. Aquel niño parecía haber nacido gracias a la omnipotencia del pensamiento, a la medida, como si el universo confabulara con ella para satisfacer sus deseos.

El principal obstáculo había desaparecido: la madre estaba muerta, el padre

era un rico excéntrico, que jamás salía de su escritorio, encargando en ella el

cuidado completo del niño, para que hiciera con él lo que quisiera.

El instante en que se encontró frente a la cuna y vio a Gabriel por primera vez, fue inolvidable. Lo tomó en brazos apretándolo contra el pecho y se quedó sonriendo con una sonrisa levemente fría, sintiendo el calorcillo emanado por el cuerpo diminuto del infante, mientras observaba por la ventana la impresionante vista del puerto.

A su vez, Fernando emitió un hondo suspiro y sintió un profundo alivio al

librarse de tan compleja obligación y retomó su soledad en el segundo piso de la casa.

X

Los primeros años fueron los más aburridos. Para dejar transcurrir las horas, se dedicó a fantasear con el futuro de Gabriel mientras lo veía dormir, preocupándose con una disciplina obsesiva de sus cuidados.

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Algunas noches se quedaba junto a él oyéndolo respirar, como si temiera que se le fuera el aliento en un descuido y sobretodo, se preocupó de no dejar que crecieran en ella sentimientos maternales. Estaba criando a una leyenda, no a un hijo. Entonces lo imaginaba ya hecho hombre, así evitaba la tentación de arrullarlo.

Hasta antes de la enfermedad, Anastasia consideraba que el pequeño Gabriel aún no estaba preparado para asimilar un futuro de homicida. Antes de eso, se había preocupado de inculcar en él, la perseverancia, cierta reticencia al contacto con los demás, familiarizarlo con el concepto de la muerte a través de las novelas y los cuentos que leían en las noches y fomentar su gusto por actividades que requirieran de paciencia; virtudes que le parecieron esenciales, para el oficio que pretendía inculcarle.

Debido a la confianza que generó en el buen destino de su empresa, Anastasia jamás se imaginó que un imprevisto fuera capaz de arrebatarle el fruto de una década de esfuerzo tenaz. Por esta razón, cuando la neumonía fulminante que afectó a Gabriel, amenazó con arrancarle tan prematuramente la vida, creyó que se trataba de una señal: Dubois le indicaba que había llegado el momento de comenzar a concretar.

Entonces decidió acudir al cementerio de Playa Ancha para reforzar la promesa que había hecho a Dubois y asegurar la supervivencia de quien se había transformado en el eje central de todas sus expectativas:

-Si me lo dejas vivir, lo convierto en asesino-.

Anastasia no creía en Dios, pero creía en Emile Dubois.

Tres días después, Gabriel fue declarado convaleciente y en una semana estaba de vuelta en la casa. Al comprobar cómo una vez más Emile le ayudaba, recordó con nostalgia a la Señora Marta y agradeció la devoción que le había heredado.

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Hace once años que nos sabía nada de personas se diluyen en el tiempo.

XI

ella, pero así

es

la

vida, las

Una vez que Gabriel recuperó perfectamente la salud y pudo incluso reincorporarse al colegio, Anastasia decidió visitar el cementerio para agradecerle a Emile el favor concedido y reafirmar su promesa.

Al salir acudió a una marmolería y encargó una placa de agradecimiento.

El resto de la tarde se entretuvo en pasear por entre las tumbas, jugando a imaginar que descubría el lugar exacto donde se encontraban los restos perdidos de Dubois.

y

avanzaba por Av. Argentina cuando vio por la ventana a Gabriel que caminaba completamente sumergido en sus pensamientos.

Era el atardecer, había subido a un microbús para regresar al hogar

A esa hora debía encontrarse hace rato en casa; sin embargo aquella desobediencia le agradó. Las desobediencias marcan el inicio de todas las buenas historias.

Se bajó del microbús, retrocedió disimuladamente y sin que Gabriel se diera cuenta, lo sorprendió agarrándolo del brazo.

-¿Por qué estás aquí?-

Preguntó Anastasia

-Tenía ganas de caminar-

Respondió sorprendido Gabriel, entonces ella le recordó:

-Pero es importante dejar migas en el trayecto, para encontrar el camino de

regreso-

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Gabriel, con la mirada perdida y el tono desencantado, como pensando en voz alta dijo:

-Los pájaros se comen las migas y los niños se pierden en el camino-

Anastasia, que había captado la desesperanza en su voz y respondió:

-Sin embargo, hasta los niños perdidos encuentran un nuevo lugar donde

regresar-

Entonces Anastasia Pérez sonrío y decidió que había llegado la hora de inducirlo a matar, sin saber que la vida ya se había encargado de prepararle el camino.

70

Nacimiento del asesino

I

Transcurrieron tres años y la relación entre Anastasia y Gabriel se había estrechado profundamente.

Después del sacrificio del gorrión, sus lazos se fortalecieron por la complicidad. Pasaban horas y horas juntos, momentos en que Anastasia, con moralejas de cuentos extraños, lo obligaba a cometer pequeños crímenes cotidianos, para que fuera afinando el pulso y enfriando el corazón.

Durante aquel tiempo, bajo la justificación de evitar el sufrimiento innecesario, sacrificó a varias docenas de perros vagabundos, tres gatos obesos que cazaban por simple capricho y seis cachorros de un mes y medio de edad, que ahogó con sus propias manos, luego de haber presenciado la golpiza terrible que les otorgó un carnicero a la madre, para vengar el robo de medio kilo de carne que le había sustraído audazmente del mesón de la carnicería y luego darse a la fuga.

Inducido por Anastasia, decidió ahorrarles la agonía y consideró que aquel descorazonado carnicero era quien merecía realmente la muerte por su falta completa de generosidad y sensatez.

El carnicero jamás se imaginó que aquella acción, para él justificada e insignificante, la pagaría tres años después con su propia vida.

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Fotografía X: Foto de carnicería II Una mañana, algunas semanas después que cumpliera trece años

Fotografía X: Foto de carnicería

II

Una mañana, algunas semanas después que cumpliera trece años de edad, Anastasia ingresó al baño como todas las mañanas, para envolver el cuerpo mojado de Gabriel con una toalla.

Mientras lo ayudaba a secarse, notó de pronto que su miembro viril ya no era aquel apéndice insípido de los niños y se alzaba desafiante, respondiendo al estímulo de su mano frotándolo con la toalla.

Gabriel la miró confundido y sonrojándose, caminó hasta la habitación sin decir nada, luego se fue a clases.

Anastasia no hizo ningún comentario y continuó con la rutina de costumbre, pero en su interior algo se había agitado. A sus treinta y dos años de edad y salvo por el tío Miguel de su infancia, nunca había visto a otro hombre desnudo, ni tenido tan cerca un miembro viril de sus manos.

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Esa tarde, cuando regresó del colegio, Gabriel encontró la casa más silenciosa de lo usual. Le extrañó que Anastasia no saliera a recibirlo como siempre desde que tenía memoria. Buscó en la cocina, la mesa estaba puesta y en las ollas humeaba el almuerzo, pero de Anastasia nada.

Mientras caminaba por el pasillo, sintió el agua correr en el baño. Se acercó hasta la puerta intrigado y la halló entre abierta. Miró por la abertura y vio entre los vapores del agua caliente, la espalda de una mujer desnuda bajo la ducha. Se parecía a las mujeres de los calendarios que de vez en cuando le mostraban sus compañeros y que últimamente se le quedaban en la memoria, sobretodo antes de dormir.

De pronto cayó en cuenta que se trataba de Anastasia y el corazón se le aceleró tanto que debió huir a su habitación para recobrar el control.

III

Anastasia estaba confundida con la madurez sexual de Gabriel.

No había considerado el factor erotismo en su plan inicial, tampoco entendía lo que le pasaba a ella. Hasta ayer estaba acostumbrada a mirarlo como a un niño y de pronto la inquieta su pene.

Logró no pensar demasiado en aquello hasta que se le empezó a aparecer Gabriel en sus sueños eróticos y eso la asustó.

Anastasia había tenido siempre una tendencia a reprimir su sexualidad. Además la vida en el internado no permitía demasiada intimidad, tanto así que en las noches de insomnio se entretenía aguzando el oído para descubrir qué compañera se estaba masturbando y más de una vez fue testigo de las exploraciones eróticas entre compañeras, pero a ella le producía mucha vergüenza llevarlas a cabo.

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Tampoco tenía demasiado contacto con muchachos y los que conocía nunca llegaron a agradarle del todo; sin embargo, en compensación tenía unos sueños eróticos descomunales, verdaderas orgías multiorgásmicas, donde era capaz de delirar de placer.

Eran sueños donde participaban muchas personas, pero todas anónimas, lo que le permitía sentirse libre. En esos sueños era capaz de elegir a su antojo y otras veces simplemente era una esclava de los placeres de otros.

Estos sueños eróticos le habían bastado hasta entonces para mantener a raya la libido, así que a sus treinta y dos años aun permanecía virgen, aunque en su inconsciente tuviera la experiencia de una prostituta. Pero una noche soñó con Gabriel.

En aquel sueño, estaba como siempre: desnuda en un gran salón, rodeada de muchas otras personas diferentes, también desnudas, entregadas a múltiples formas de placer.

De pronto entre la multitud distingue a Gabriel solo y acongojado en un rincón. Acude hasta él y lo saca del salón. Huyen corriendo y riendo por los pasillos, hasta que entran a una habitación y en ella comienzan a besarse desenfrenadamente hasta terminar en un orgasmo sublime que la hizo despertar en la mitad de la noche.

Desde entonces no volvió a tener sueños eróticos y al perder su principal vía de escape, la carne comenzó a exigirle su parte.

IV

Sostuvo el conflicto moral por un año, pero comenzó a divertirse excitando disimuladamente a Gabriel, hasta que se dio cuenta que la excitada era ella.

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Entonces decidió dar el paso, mal que mal, Gabriel no era su hijo y ella nunca había tomado en cuenta los convencionalismos morales. Sin embargo aun era demasiado pronto y se le ocurrió que podría utilizar toda esa energía a su favor.

Aun así, comenzó a costarle mucho trabajo mantener el recato.

Durante un año, Anastasia se esmeró en planificar las “casualidades” donde se insinuaba: botones que se abren más de la cuenta, calores repentinos que obligaban a la ligereza de ropa, posiciones que delataban el olvido de usar ciertas prendas y un sinnúmero de situaciones que terminaron encendiendo en Gabriel todas las urgencias propias de su edad.

Al descubrir el poder que ejercía el erotismo que despertaba en Gabriel, decidió utilizarlo: hace tiempo que estaba buscando la fórmula para empujarlo a cometer su primer crimen, preocupada por cumplir de una buena vez la promesa realizada a Dubois.

V

No obstante, Gabriel seguía pensando en Josefina.

Había pasado todos esos años recordándola en secreto, tres años, desde que la vio por última vez.

Tiempo atrás, cuando de alguna forma pudo acostumbrarse a vivir sin ella y terminó reemplazando su compañía por la de Anastasia, sobrevivió racionalizando aquellos recuerdos tormentosos, hasta que luego de una gran depuración, quedaron reducidos a imágenes distantes, mudas.

Sólo en sus pesadillas recuperaba el contexto infernal que había reprimido.

En aquellas ocasiones invertía la realidad: las imágenes plácidas y felices de ambos, antes del día terrible, eran acompañadas por los gemidos mezclados del hombre y la niña y el golpeteo asfixiante de la lluvia torrencial.

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Sin embargo, las pesadillas se fueron distanciando poco a poco, gracias a las palabras desencantadas que día a día le regalaba Anastasia, encontrando en ella un refugio donde podía descargar toda su desdicha.

Anastasia le enseñaba a evaluar los acontecimientos del mundo, con una perspectiva que siempre lo sorprendía, otorgándole una sensación de poder ante la vida, indispensable para sobrellevar el sentimiento de vulnerabilidad que tanto lo atormentaba.

VI

La sensación de permanecer bajo amenaza en cualquier lugar que no fuera el interior de su hogar o cerca de Anastasia, se mantuvo en Gabriel hasta que cumplió los catorce años.

llevaba tiempo seduciéndolo disimuladamente,

hasta que una vez, entró a su habitación cubierta solamente con una bata de

levantar, para darle las buenas noches.

Por entonces, Anastasia

Se acercó lentamente hasta él, inclinándose para besarlo en la frente. Gabriel no pudo contenerse más, alargó su mano hasta el cinturón que mantenía cerrada la bata y descorrió el nudo, dejando al descubierto el pecho esbelto y voluptuoso.

Posó su mano sobre el vientre de Anastasia y el contacto con su piel cálida lo estremeció. Anastasia respondió al contacto con un suave gemido, que sonó esperanzador para Gabriel, pero cuando sus manos subieron lentamente, ella reaccionó haciéndose a un lado y le propinó una fuerte cachetada.

Gabriel se abalanzó sobre ella, mordiéndose de rabia el labio que el golpe le había roto y forcejearon varias veces hasta que se dio por vencido y volcó toda su frustración en llanto. Anastasia lo acurrucó sobre su pecho descubierto y le acarició la cabeza para que recuperara la calma.

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Mientras lo tranquilizaba, le recordó que para alcanzar a la princesa había que matar dragones. Gabriel le suplicó que le indicara lo que debía hacer y sin dejar de acariciarlo, Anastasia le respondió:

Encontrar a un hombre que merezca la muerte y matarlo.

Cuando Anastasia salió de la habitación, Gabriel se quedó pensando largas

horas.

Decidió que era tiempo de poner a prueba su determinación.

¿Quién de todas las personas que conocía merecía la muerte?

En una fracción de segundo, se le apareció el nombre de Ovidio Márraga, pero el muy desgraciado se había quitado el mismo la vida.

Debió hacer memoria hasta que recordó al carnicero que tiempo atrás había golpeado a los cachorros y pensó en él toda la noche.

Sólo al amanecer se durmió.

VII

Matar era sencillo en pájaros, gatos y perritos, triste casi siempre, pero fácil. Sin embargo ¿Asesinar a un ser humano?

Luego de considerarlo un rato, cayó en cuenta que hasta entonces, todas sus víctimas habían sido criaturas pequeñas en comparación a su propio tamaño y bastaba la fuerza simple de sus manos para acabar con aquellas vidas.

En cambio asesinar a un hombre adulto, un carnicero capaz de cortar una vaca en dos, acostumbrado a la muerte, con técnica y sangre fría, ¡Parecía imposible y un poco estúpido! No obstante, si lo lograba, habría vencido a un rival que llenaría de orgullo a la pervertida mujer que deseaba.

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Definitivamente para el caso de esta víctima, el uso de la fuerza quedó descartada, pero afortunadamente, existen muchas formas de morir.

VIII

Un día que permanecía completamente abstraído, como usualmente solía estarlo durante las clases, escuchó a lo lejos la voz de la profesora de biología que hablaba acerca del letal veneno de un arácnido, que habitaba en casi todos los hogares, capaz de dar muerte a un hombre adulto en pocas horas.

-El nombre científico del arácnido es Loxoseceles laeta comúnmente conocida como

araña de rincón. Igual al resto de los artrópodos de ocho patas, su cuerpo se divide en cefalotórax

y

abdomen. En el cefalotórax se encuentran los ojos, quelíceros o dientes inoculadores de veneno

y

el aparato venenoso. En el abdomen se encuentran el resto de sus órganos. Posee hábitos

nocturnos, es un arácnido extremadamente tímido y le teme a la luz, razón por la cual, es difícil

verlo durante el día, resultando casi desconocido para la mayoría de las personas.-

Su simpatía por aquella criatura fue inmediata, había encontrado la solución que estaba buscando, ahora sólo quedaba esperar el momento indicado para hacer coincidir las circunstancias, pero primero debía informarse con profundidad de todas las características que poseía el arma que habría de utilizar.

. A la salida del colegio, caminó sin parar hasta la biblioteca Santiago Severín, donde pidió un enorme libro de entomología. Ahí se enteró de un par de cosas, que le parecieron muy interesantes y que también apuntó:

“Las arañas del género Loxosceles se ubican en el grupo de arañas capaces de producir la muerte al ser humano. El envenenamiento producido por estas arañas puede ser de diagnóstico difícil ya que el momento de la picadura suele pasar inadvertido. La aparición de

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síntomas no es inmediata y algunos son inespecíficos. Generalmente habitan en el interior o cerca de las viviendas, se les puede encontrar en cualquier refugio oscuro, protegido, relativamente seco y aireado.

Dentro de las viviendas prefiere los rincones, por lo cual se les suele llamar arañas de rincón. Las picaduras son defensivas y casi todas se producen cuando no hay alternativa de huida, al ser aplastadas contra el cuerpo entre los pliegues de la ropa o de las sábanas.

La picadura suele producir una sensación punzante, de poca intensidad, esto se debe al pequeño tamaño de los quelíceros de la araña. Es muy frecuente que el accidente se produzca durante el sueño. El veneno suele liberarse entre 6 y 24 horas posteriores a la picadura.

Estaba a punto de oscurecer cuando salió de la biblioteca.

Durante el trayecto se dio cuenta que a diferencia de muchas otras veces, en que la inminencia de la oscuridad lo llenaba de temores, esta vez se sentía despreocupado, como si de pronto la inmensa cantidad de amenazas que solía imaginar hubieran desaparecido.

La determinación que había tomado le otorgaba de pronto una sensación de seguridad que desconocía y que resultaba tremendamente agradable. Ya no pertenecía a la esfera despreciable de las víctimas, de los niños perdidos. De tanto recorrer el bosque que había crecido en su alrededor, ya no se extraviaba. Ahora estaba en su ambiente natural, formaba parte de los seres al acecho ¡Ahora el mundo debía cuidarse de él!

Con ese peculiar optimismo entró a su hogar.

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IX

Desde la mañana siguiente, se dedicó a recolectar arañas. Escudriñaba por los rincones más recónditos de la casa, armado con una linterna, buscando los ejemplares adecuados para llevar a cabo su objetivo.

En menos de tres días había atrapado una decena, teniendo la precaución de encerrar a cada una en un frasco diferente.

Antes de dormir, ubicaba todos los frascos en fila sobre el velador y dejaba que el sueño se lo llevara, observando los abdómenes abultados de los arácnidos.

Algunas veces recordaba las ocasiones en que, junto a Josefina, atrapaban insectos en el patio del colegio.

Durante el día, en vez de asistir a clases, se quedaba merodeando por las calles del barrio, aparentemente desocupado, pero en realidad estudiaba los hábitos de su víctima.

No resultó muy difícil aprenderse el itinerario del carnicero. Así fue como lo anotó en su cuaderno:

Itinerario del Carnicero Despiadado

- 9:00 AM. El Carnicero sale a la calle por una puerta lateral y sube la cortina metálica de su carnicería.

- 9:16 AM. Tres perritos vagabundos mueven sus colas desde la puerta, pidiendo algún desperdicio para comer. El carnicero les lanza agua caliente con la que limpia los mesones, para alejarlos.

- 10:00 AM. Llega un camión repleto de cadáveres de vacas, los cargadores acarrean enormes trozos de carne hasta el refrigerador.

- 10:55 AM. El Carnicero ubica una cabeza de cerdo en la vitrina de su local.

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- 10:58 a 13:00 hrs. Comienzan a llegar los clientes, en su mayoría dueñas de casa que cocinarán para sus familias aquellos trozos de carne muerta. Mayor afluencia de clientes.

- 14.00 Cierra las puertas de la carnicería sin bajar las cortinas metálicas, luego sube las escaleras hasta su casa ubicada en el segundo piso.

- 16:00 Abre nuevamente las puertas de su local y se instala a oír la radio. Moscas vuelan sobre el mesón.

- 16: 23 Un tipo viejo y gordo junto a uno más joven y delgado han llegado hasta la carnicería. Conversan. El carnicero muy enojado agita un cheque frente a ellos y los amenaza. El viejo y el joven se van

- 17:03 Una señora le entrega un fajo de billetes al carnicero y él le devuelve un cheque muy doblado. La señora se marcha rápidamente. El carnicero cuenta el dinero y lo guarda en el bolsillo de su camisa.

- 17:47 Un trío de jóvenes borrachos le compran carne para hacer un asado.

- 18:00 El Carnicero cierra las puertas de su carnicería. Por la vitrina se ve como limpia el local y luego cuenta el dinero recaudado, separa una cantidad y el resto lo pone en el bolsillo de su camisa.

- 18:30 Sale por la puerta lateral hacia la calle, baja la cortina metálica y la asegura con los candados que lleva en su mano. Luego sube al segundo piso.

- 19:55 Sale de su casa bañado y peinado, desciende por la calle Placeres hasta un bar que hay en el plan, entre la avenida Argentina y el ascensor Lecheros. Ahí saluda al dueño, quien le lleva a la mesa un gran vaso de vino. En la mesa tres personas lo esperan para jugar dominó.

- 00:30 Completamente borracho vuelve a casa, tropieza varias veces pero no cae. Empuja la puerta de un manotazo, olvidando cerrarla con llave.

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Luego de espiarlo cinco días consecutivos, Gabriel supo que aquel itinerario, salvo en los detalles, era invariable. Entonces tomó la decisión de ejecutar el plan.

X

Por mientras, Anastasia permanecía desconcertada con los nuevos hábitos de entomólogo que Gabriel estaba adoptando.

¡Ahora le gustaban las arañas!

Era difícil para ella entender la naturaleza de aquella predilección, en vez de esforzarse por conseguir sus favores, preocupación que le parecía mucho más propia de su edad que juntar bichos en frascos de vidrio.

Cuando pasaron tres días consecutivos en que Gabriel apenas se aparecía por la casa, Anastasia cayó en cuenta de su enorme soledad.

De pronto se asustó de haber realizado una apuesta demasiado osada. Quizás Gabriel simplemente no tenía el temple necesario para convertirse en asesino y su propuesta lo había asustado demasiado. Nunca hasta ese momento había considerado la posibilidad del fracaso.

Deseaba

con

ansias

el

regreso

del

antiguo

Gabriel,

aquel

que

la

acompañaba todo el día. Sin él todo parecía completamente vacío e inútil.

XI

El viernes por la mañana después de desayunar en completo silencio, Gabriel se dirigió a su habitación donde permaneció encerrado hasta la hora de almuerzo con sus arañas.

A las dos de la tarde metió uno a uno los frascos en un bolso y salió de casa sin dar ninguna explicación.

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Anastasia intentó retenerlo vanamente, enrostrándole por primera vez sus continuas ausencias. Gabriel ni siquiera la escuchó, había decidido que no se le acercaría hasta regresar con el trofeo de la muerte, para dejar en claro qué tan lejos podía llegar su determinación.

Quería disipar las dudas que su cobardía de infancia le había dejado a cambio y consideraba el desafío de Anastasia como la ocasión precisa. Si triunfaba se habría redimido, castigaría con la muerte a todos los mal nacidos de la ciudad, vengando la memoria de Josefina.

 

XII

El

día

que

Gabriel

asesinó

por

primera

vez

a

un

ser

humano

fue

perfectamente claro y el sol radiante acentuaba el colorido triste del puerto.

Le sorprendió que todo resultara a pedir de boca, como si el destino estuviera de acuerdo con el crimen que iba a cometer.

Cuando salió de casa dispuesto a vigilar toda la tarde a su víctima, deseó por un momento que las horas de espera lo hicieran desistir de la idea; sin embargo, justo en el momento que vio salir al carnicero rumbo al bar, cruzó la calle una colegiala de apenas doce años de edad.

El carnicero la vio pasar con una mirada exageradamente lasciva, capaz de despertar los peores recuerdos que habitaban la memoria de su futuro asesino.

Lo siguió hasta que vio la robusta silueta del carnicero perderse tras las puertas del bar.

Como si fuera su ángel de la guarda, esperó a que se emborrachara.

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XIII

Miraba las polillas revoloteando en torno a la ampolleta que apenas iluminaba la esquina de la calle, cuando su víctima salió trastabillando del bar.

Más ebrio que de costumbre, de vez en cuando lanzaba palabrotas sin sentido a un interlocutor imaginario. Quizás en medio del embotamiento del vino, tuvo un momento de lucidez y percibió la amenaza que lo estaba rondando.

Gabriel lo siguió ocultándose entre las sombras. Tras cada movimiento, sentía el leve tintinear de frascos que le recordaban su objetivo.

Cuando llegaron a la carnicería, esperó oculto tras el poste de una luminaria, que el ebrio carnicero identificara entre un manojo de llaves la indicada para abrir la cerradura de la puerta. Se encontraba ante el obstáculo más difícil de vencer.

Hasta el momento no tenía bien claro como haría para ingresar a la casa, pensaba detener la puerta justo en el instante antes que esta se cerrara, después del manotazo descuidado que le propinara con torpeza su ebria y confiada víctima.

El asunto es que cansado de intentar una y otra vez abrir la puerta y de balbucear maldiciones, el carnicero comenzó a quedarse dormido de pie, con la cabeza afirmada en la pared y la llave instalada en la cerradura.

Un instante antes que perdiera absolutamente la conciencia, Gabriel decidió acercársele, poner el hombro bajo su brazo y ayudarlo él mismo a subir las escaleras. El carnicero tenía su conciencia tan trastocada por el alcohol que no opuso ninguna objeción, sólo se dejó arrastrar hasta su cama donde cayó completamente dormido.

Sorprendido de la facilidad con que se estaban dando las cosas, se envalentonó más aún, encendió la lámpara del velador, le quitó los zapatos, desabrochó su camisa dejando asomar la reluciente y velluda barriga que se inflaba y desinflaba de acuerdo a los ronquidos que brotaban de su nariz.

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Luego abrió su bolso, cogió uno a uno los frascos con las arañas y los puso encima de la cama.

Los observó a contraluz y comprobó que cuatro arañas habían muerto durante el ajetreo de la tarde. Volvió a guardar los frascos con los cadáveres y se concentró en las sobrevivientes.

Escogió la que parecía más temible, descorrió la tapa con lentitud y la dejó en libertad justo sobre el ombligo del carnicero y así, una a una, hasta completar las seis.

Guardó los frascos vacíos y se fue con una inquietante tranquilidad de espíritu, sin tomarse el trabajo de apagar la luz que había encendido.

XIV

Llegó a casa cerca de las tres y media de la mañana, Anastasia lo esperaba sentada en su habitación. Al verlo entrar, unas lágrimas corrieron por sus mejillas y luego desembocaron en llanto. Durante todo el tiempo en que Gabriel estuvo ocupado planificando la muerte del carnicero, Anastasia sintió la profunda soledad que la acechaba. Sin él volvía a habitar en un orfanato.

Gabriel se acercó y le acarició los hombros mientras Anastasia lo abrazaba fuertemente por la cintura.

Ella dejo que la desvistiera y una vez desnuda, con los ojos aun húmedos

sobre la cama y sintió como su cuerpo se encendía de

por el llanto, se tendió ansiedad.

Esperó que él

se tendiera

a

su lado

y luego dejó salir todo

el

deseo

acumulado en aquellos 32 años de virginidad.

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XV

Despertó antes del amanecer con una sensación comparable a la tibieza y se alegró de todo su trabajo. No quiso abrir los ojos, buscando extender al máximo aquella plenitud.

pecho de Gabriel,

intentando captar la frecuencia de su respiración: el ritmo lento, profundo y

acompasado le hicieron pensar que dormía.

Alargó una de sus

manos y palpó con cuidado el

Acarició sus piernas y aun cuando ya había alcanzado una estatura de hombre adulto, el cuerpo frágil denotaba la resaca de una infancia muy cercana. Faltaba mucho para que adquiriera la contextura de un asesino, pensó y sintió una leve incomodidad al caer en cuenta que había faltado a su promesa de entregarse sólo como recompensa por la sangre ajena.

Entonces abrió los ojos.

Gabriel completamente despierto la observaba fijamente, en silencio. Ella intentó sonreír, pero antes que dibujara el gesto en su rostro, lo oyó decir, con solemnidad:

-He matado a un hombre-

Luego se levantó de la cama y caminó hasta el baño.

XVI

Gabriel salió muy temprano y no volvió hasta casi la medianoche de aquel domingo.

Durante el transcurso del día, Anastasia permaneció atenta a cualquier noticia que comprobara la veracidad de aquella inesperada confesión.

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Compró los periódicos y aun cuando se anunciaban varias muertes, ninguna podía atribuírsele.

Escuchó la radio el día entero y en cada suceso criminal imaginaba la intervención de Gabriel. Durante la jornada anterior habían fallecido dos sujetos aun no identificados en una riña callejera, un atropellado en Pedro Montt con avenida Argentina y un gitano electrocutado.

Al atardecer, estaba segura que Gabriel había mentido y tuvo esa certeza durante dos días, pero la mañana del miércoles, el titular del diario decía:

la mañana del miércoles, el titular del diario decía: Figura II: Recorte de prensa Esa mañana

Figura II: Recorte de prensa

Esa mañana la señorita Blond caminaba hasta el almacén a comprar lo necesario para el almuerzo, cuando leyó la noticia repetida muchas veces en los exhibidores del kiosco de la esquina.

Rápidamente compró un ejemplar y con el corazón tan acelerado como sus movimientos, leyó cada frase del artículo con incredulidad. De pronto todo le hizo sentido y comprendió la magnífica verdad.

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Para estar más segura corrió y corrió sin detenerse hasta llegar frente a las puertas de la carnicería donde un letrero de cartón mal pintado decía:

CERRADO POR DUELO

Casi dio un salto de tan feliz que se encontraba, arrepintiéndose de haber subestimado todo ese tiempo a Gabriel, quien finalmente mostraba su enorme talento.

XVII

Esa noche, Anastasia desplegó para Gabriel todos los deleites que había soñado en sus innumerables noches de ardientes soledades.

Gabriel se dejó llevar por las caricias con la serenidad del que disfruta una recompensa bien ganada.

Horas más tarde, mientras se quedaba dormido, comenzó a invadirlo una especie de paz, una plenitud que asomaba lentamente y le recordaba algo así como un hecho de la infancia que pudo ser un sueño o la sensación transmitida por la lectura de una historia bonita, que se ha confundido con la realidad tras el paso de los años.

De pronto supo donde había conocido esa paz y cayó en cuenta que provenía de los tiempos en que jugaba con Josefina.

En otra vida, le pareció.

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Fernando

I

Fernando Gracia de Triana, se había encerrado en su estudio en el segundo piso de la casa que había heredado de sus padres, completamente entregado a leer y escribir cuentos, en los cuales evadía la tristeza de su viudez. Sólo de tarde en tarde bajaba hasta el plan de Valparaíso y volvía rápidamente a su encierro vital.

Anastasia se había encargado todo aquel tiempo de llevarle las comidas hasta su estudio, con el pretexto de no distraerlo en sus labores.

En esas breves visitas, Fernando le preguntaba sin mucho interés sobre algunos asuntos domésticos y sobre el bienestar de Gabriel. En aquellas entrevistas le entregaba además el dinero que la niñera le solicitaba para solventar gastos y luego se ensimismaba nuevamente.

Pero una noche soñó que su esposa Kurova lo llamaba desde la cocina.

II

Despertó asustado y decidió bajar. Abrió la puerta de su habitación en el segundo piso, bajó las escaleras lentamente y llegó hasta la cocina.

Deseaba con fervor que aquel sueño se hiciera realidad y así poder encontrarse de frente, aunque fuera un breve instante, con la mujer que tanto había amado, pero no halló más que un perfecto orden de sillas vacías en su disciplinada soledad.

Se sintió desilusionado y con resignación comenzó a caminar de regreso a la cama, cuando un ruido extraño despertó su curiosidad. El ruido provenía de la habitación de la niñera.

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Como vivía sumido en la candidez de princesas que se desmayaban al recibir un beso, lo primero que pensó Fernando era que Anastasia se encontraba enferma o lloraba.

Para estar seguro se acercó a escuchar y rápidamente comprendió que aquellos jadeos y gemidos provenían de dos gargantas diferentes. Entonces la indignación se apoderó de él:

La señorita Anastasia ¡La mujer en que había depositado la crianza de su hijo tenía a quizás qué tipo de hombre metido en su casa, para retozar lujuriosamente a sus espaldas!

Decidió ir a golpear la puerta y pedir explicaciones. Hacía mucho tiempo que no sentía nada más que nostalgia, y la rabia lo llenó de un vigor que creía perdido.

Cuando se encontraba a unos leves centímetros de la habitación, notó que la puerta no estaba completamente cerrada. En otras circunstancias jamás habría fisgoneado, pero aquella grave falta le parecía imperdonable, así que reafirmó su decisión de intervenir, sin imaginarse jamás lo que habría de encontrar.

III

La terrible crudeza de la realidad, evadida con tanto esmero, le cayó de golpe, dejándolo incapacitado para reaccionar.

Justo antes de disponerse a lanzar un grito, para llamarles la atención y terminar de una buena vez con aquellas depravaciones, reconoció un nombre entre los suspiros y quejidos:

¡Gabriel!

Entonces comprendió toda la verdad.

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Volvió a su habitación con una angustia que apenas lo dejaba respirar, sin que los amantes se hubieran enterado de su intromisión. Subió las escaleras, llegó hasta su habitación y completamente desorientado se quedó oyendo aquellos estertores carnales, hasta que volvió el silencio.

IV

¿Qué había sucedido?

¿Cómo era posible que semejante aberración estuviera aconteciendo bajo sus propias narices?

¡Qué diría Kurova si se hubiera enterado!

Probablemente lo habría abandonado para castigarlo por aquel prolongado descuido, que terminaba con su hijo revolcándose sobre la misma mujer que lo había criado.

Había llegado la hora de intervenir ¡Más vale tarde que nunca! Tal vez de ese modo lograría alcanzar el perdón de su esposa que probablemente ya no descansaba en paz.

V

Anastasia subía diariamente a las nueve en punto llevándole el desayuno.

Aguardó hasta esa hora para informarle que estaba despedida y que si volvía a encontrarse con su hijo, la denunciaría a las autoridades bajo los cargos de pederasta y asunto terminado.

Llegaba el momento de asumir de una buena vez sus desplazadas responsabilidades paternas y poner fin a esa degradante historia que entorpecía el

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perfil de joven bondadoso y noble de su hijo, que todas las moralejas de los cuentos recomendaban.

VI

Cuando Anastasia se presentó con la bandeja del desayuno oportunamente servida como de costumbre, Fernando la esperaba vestido muy formalmente sentado en su escritorio y le informó que desde ese instante en adelante prescindía de sus servicios. Le entregó un sobre con el dinero correspondiente a su último sueldo y le pidió que recogiera sus cosas.

Anastasia lo escuchó en silencio, sonriente, luego se sentó sobre la cama y comenzó a beber el té que llevaba en la bandeja. Hizo un ademán de quemarse la boca y con espontaneidad le respondió:

Sucede que no me muevo de esta casa

Sin perder la calma, le advirtió que desde ese momento le prohibía terminantemente reunirse con Gabriel a solas y que si la delataba o intentaba hacer algo por separarlos, asesinaría sin titubear a su hijo y luego ella misma se quitaría la vida.

Su mirada al pronunciar aquellas palabras fue tan intensa, que Fernando tuvo la inmediata convicción que no se trataba de una simple amenaza y recién cayó en cuenta de la magnitud de sus desdichas.

Lo habían encerrado en su propia torre.

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VII

Fernando quedó completamente desvalido, sentado en el sillón de su escritorio. No podía entender cómo las cosas habían tomado ese camino, ni de qué forma podía remediarlo. Toda su vida se había esmerado en no asumir demasiadas responsabilidades y en evadirlo todo.

Heredero de una fortuna lo suficientemente importante como para no tener que emplearse, se dedicó a escribir cuentos infantiles, gracias a la tremenda admiración que sentía por Walt Disney.

Todo comenzó cuando vio por primera vez Blancanieves y los siete enanos en el cine en 1938, tenía diez años y fue tal el impacto que provocó en él aquella película que decidió comenzar a dibujar, para realizar sus propios personajes; sin embargo su talento para el dibujo no fue suficiente y debió cambiarlo por la escritura.

Sus padres habían muerto en un accidente aéreo en un viaje a Buenos Aires, razón por la cual quedó huérfano a la edad de 21 años y heredero universal de todos los bienes de su familia.

Sin parientes ni verdaderos amigos, se encerró en su casa, se compró un proyector de cine y encargó todas las cintas de Disney, las que proyectaba una y otra vez en la oscuridad de su casa.

VIII

Fue por entonces cuando comenzó a enviar a sus cuentos a los estudios Disney en California.

Su máximo anhelo era que Disney se fijara en uno de sus argumentos y lo llevara a la pantalla gigante; sin embargo su motivación no era satisfacer sueños de gloria, lo que realmente le obsesionaba era ver de qué manera, aquel hombre

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que le había puesto un rostro a todos los personajes de los cuentos, representaba sus narraciones en imágenes, para saber si coincidían con las de su propia imaginación.

Eso era todo, quería comprobar que tan cercana o distante podía ser la imaginación de dos hombres ante un mismo asunto.

Empecinado en aquella empresa, comenzó a traducir sus cuentos al inglés y a esforzarse por escribir argumentos que según su propia interpretación pudieran llamar la atención de Walt.

Nunca recibió respuesta de los estudios Disney, pero sí consiguió publicar una serie de cuentos cuyo relativo éxito atribuyó al seudónimo que utilizó: “Walter Elías”, verdadero nombre de Disney, para enviarlo a un concurso. De los más de quinientos cuentos que escribió en su vida, sólo publicó aquellos que fueron galardonados y que recopiló bajo el título de “Cuentos para niños huérfanos” inspirado secretamente en los niños perdidos de la película “Peter Pan” basado en el cuento de J.M. Barrie que la Walt Disney Productions estrenó en 1953.

IX

Cuando Disney murió en 1966, Fernando se sintió muy desdichado al ver incumplido su sueño y durante mucho tiempo estuvo tentado en intentar establecer contacto con él a través de técnicas espiritistas. Incluso llegó a adquirir una tabla Ouija, pero fue Kurova quien lo persuadió de no utilizarla advirtiéndole que no es bueno perturbar a los muertos. Para entonces ya llevaban doce años juntos y Kurova había adquirido mucha influencia sobre él.

23 años más tarde, luego de haber sorprendido a la niñera revolcándose con su hijo y completamente atrapado en una trama completamente incoherente con las formas recomendadas por la decencia, buscó al fondo de un ropero la

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vieja tabla Ouija, la desempolvó, se sentó frente a ella y comenzó a invocar el espíritu de su esposa, para pedirle orientación en aquel asunto tan delicado.

para pedirle orientación en aquel asunto tan delicado. Figura III: Tablero Ouija ¿Hay alguien ahí? X

Figura III: Tablero Ouija

¿Hay alguien ahí?

X

Preguntó con la voz temblorosa y su dedo afirmado en la copa invertida posada en el tablero.

Había encargado la tabla Ouija a los Estados Unidos, a la compañía Parker Brothers, dueños de los derechos desde 1966 y los únicos autorizados en comercializarla, por lo tanto venía escrita en inglés.

95

Sin obtener respuesta, decidió dejar de lado aquel juguete, pero cuando ya estaba a punto de plegarla para introducirla a su caja, una fuerza sobrenatural empujó su dedo y la copa hasta la palabra:

Hello.

El corazón se le aceleró y sintió un profundo malestar, pero no se atrevió a retirar el dedo de la copa.

¿Kurova eres tú?

Preguntó con inseguridad. Sus sentimientos al aguardar la respuesta eran encontrados. Finalmente la copa se movió hasta la palabra:

Yes.

Entonces respiró aliviado.

No sabes lo mucho que te he extrañado

Dijo con la voz casi en un sollozo, y la copa se movió hasta la palabra

Yes.

Fernando no pudo disimular un par de lágrimas, se había reencontrado con su esposa después de tantos años.

XI

Desde ese día, la cotidianidad de Fernando cambió para siempre. Dejó de escribir cuentos y se dedicó a conversar con los muertos.

Las primeras semanas pasaba noches enteras hablando con Kurova y le costaba mucho lograr la fluidez en la comunicación. Si uno conoce los tableros Ouija, sabe que las únicas palabras completas en el son: hola – adiós – si – no.

96

Las demás palabras se obtienen luego que la copa es arrastrada letra por letra en el abecedario del tablero y muchas veces, para no perder el hilo de la conversación, Fernando debía ir anotando con la otra mano, las palabras que descifraba.

No obstante, con la práctica fue obteniendo fluidez y comenzó un proceso de revelaciones que le hicieron abrir los ojos.

Gracias a Kurova se enteró de la profunda desventura infantil de Gabriel y el siniestro plan que Anastasia tenía para su futuro.

Sin embargo, Kurova le recomendó no intervenir, porque la determinación de Anastasia era demasiado grande y era perfectamente capaz de cumplir su amenaza.

En

cambio,

le

recomendó

hacerse

el

senil,

para

que

Anastasia

lo

considerara inofensivo y no terminara por encerrarlo en su escritorio.

El plan funcionó. Anastasia, al notar que Fernando nunca volvió a referirse al asunto y observando su creciente deterioro mental, optó por ignorarlo, sin imaginar jamás que había logrado traspasar el umbral entre la vida y la muerte y ahora tenía aliados poderosos. Kurova le entregaba información anticipada de lo que habría de pasar y sólo le exigía que se adueñara de cualquier prueba que pudiera comprobar la veracidad de aquellos sucesos.

Así, Fernando Gracia de Triana terminó siendo un viejecillo que deambulaba por la casa en silencio, murmurando en voz baja de vez en cuando, hurgueteando la basura, realizando pequeños robos insignificantes para dar cuenta de ellos durante la noche a los espíritus que invocaba con un tablero de juguete, que había adquirido hace más de dos décadas atrás.

97

Creer en Matar

I

La muerte del carnicero transcurrió sin pena ni gloria por el historial criminal de Valparaíso.

Nadie jamás se detuvo a indagar en los detalles y para ser totalmente franco, fue mayor la cantidad de gente que se alegró de su fallecimiento que la que se entristeció.

De aquel suceso, los vecinos rescataron la generalidad de la historia, atribuyendo su horrible muerte a un castigo natural por una vida de matón y usurero, sirviendo como ejemplo de escarmiento para niños desobedientes.

II

Gabriel comprobó entonces que la muerte de una persona provoca en los vivos básicamente cuatro estados: tristeza, alegría, alivio o indiferencia.

Los sentimientos que la muerte de alguien despierta en los vivos, puede servir como referente para establecer el tipo de sujeto del que se trataba el difunto:

Si el fallecimiento causa tristeza en unos pocos, nostalgia en otros e indiferencia en casi todos, nos encontramos ante la muerte de una persona común y corriente. Cualquier hijo de vecino que se comportó decentemente.

Si provoca alivio, el difunto, en vida, representaba para los aliviados cierto grado de fastidio. Que el deceso de una persona alivie a otras, no significa necesariamente que el muerto fuera un mal sujeto, pudo simplemente tratarse de alguien muy dependiente o que ya había vivido demasiado.

Pero si la muerte de alguien induce a la alegría, sin duda nos encontramos ante el deceso de algún tipo de opresor, pequeño si alegra a una o dos personas, tirano si genera una celebración.

98

Comenzó a pensar entonces si podría un asesino otorgar la felicidad con la muerte.

Aquella naciente idea lo llenó de entusiasmo.

III

La semana siguiente, buscando comprobar la conveniencia de su teoría, sin que nadie se diera cuenta, empujó por las escaleras a un anciano y despreciable inspector de colegio que se regocijaba en la humillación pública de sus estudiantes.

Era un día lluvioso y justo después que la campana había llamado a clases, vio a un compañero que casi se resbala al bajar por la escalera mojada.

Aquel incidente le dio una idea.

Se ocultó en el baño del segundo piso, cuya entrada estaba junto a la escalera, conociendo el recorrido invariable que la rigidez personal de su víctima, le permitía realizar a diario. Aguardó el momento en que el inspector pisaba con inseguridad el primer peldaño mojado y resbaloso y sin que ni la propia víctima se percatara de quien había sido, lo empujó, haciendo que perdiera el equilibrio.

Luego, se escondió en el último de los retretes del baño y esperó ahí hasta que unos gritos en el patio dieron la voz de alarma.

En pocos minutos el alumnado completo se encontraba rodeando el cadáver del inspector que yacía con el cuello ridículamente torcido.

Cuando

estuvo

seguro

que

la

muchedumbre

inadvertido, fue a mezclarse con los demás.

El éxito de aquel asesinato fue total.

99

reunida

lo

haría

pasar

Nadie atribuyó más que a la torpeza del anciano la razón de su muerte y salvo una vieja profesora de manualidades que fue su novia en la juventud, los demás simplemente estuvieron felices de sacarse de encima el rigor de un hombre siniestro y abusador.

IV

Cuando la noticia hubo salido en el diario, llegó con él de regalo ante Anastasia, para entregárselo como prueba de cariño, de la misma forma que un enamorado le regala flores a su novia.

Desde entonces le gustaba sorprenderla de vez en cuando con aquellos exóticos presentes.

Ella emocionada lo besaba, recortaba la página con la noticia, la pegaba en un álbum que fabricó especialmente para ello y se quedaban conversando hasta que le comentara los últimos pormenores del crimen.

Tras cada narración terminaban en la cama.

V

No obstante, Gabriel nunca hablaba con anticipación de su próximo trabajo.

Le gustaba ver como ella se pasaba el día entero escuchando los noticiarios de la radio o leyendo los periódicos para adivinar en cada muerte, curiosa o accidentada, sus intervenciones disimuladas.

Empecinado en sorprenderla, utilizaba a veces los medios más artificiosos de matar y otras la descolocaba con muertes tan estúpidas que no podían responder más que a la pervertida fatalidad del destino.

Así, por ejemplo, un ferroviario jubilado murió en uno de sus nostálgicos paseos diarios desde su hogar, cerca de la Plaza de la Conquista, hasta la

100

maestranza abandonada, un día de temporal en que cayó a una alcantarilla abierta.

Lo había perdido todo en el juego, sólo le quedaban una casa, un perro viejo y su mujer y esa noche pensaba suicidarse porque había apostado, con ciertos tipos que se tomaban muy a pecho las palabras, el título de dominio de su única propiedad.

Gabriel se había dado cuenta que las personas tienen una rutina en la cual confían y si alguien viene y altera los componentes de esa rutina, puede desencadenar un desenlace fatal.

Días después, cuando le narraba a Anastasia los preparativos de la muerte del ferroviario, ella sentenció que matar a un suicida equivalía a medio asesinato; así que para enmendarse, tres semanas más tarde nadie en todo Valparaíso hablaba de otra cosa que no fuera del incendio que afectó a una casa abandonada en el cerro Polanco, donde se guarecía una partida de trece ladrones, que fallecieron atrapados entre las llamas.

En menos de un año Gabriel había terminado con la vida de diecisiete personas.

VI

Si alguna vez un asomo de cuestionamiento amenazaba su frialdad, recordaba inmediatamente a Ovidio Márraga y no podía dejar de pensar en lo diferente que habrían sido las cosas, si alguien hubiera hecho el favor de matarlo apenas cuatro horas antes que se lanzara al mar. Entonces un extraño sentido del deber lo llevaba a seguir adelante.

101

VII

Después de sus primeras muertes, regularmente se sorprendía a si mismo pensando en aquello que la mayoría de las religiones señala:

“Todo lo que tú haces se te devuelve”.

Más tarde cayó en cuenta que aquel concepto de la retribución de los actos tenía un nombre: le llamaban Karma.

Se enteró de aquello una noche, en el descanso posterior al sexo, momento en que solían concurrir las conversaciones más interesantes entre Gabriel y Anastasia, cuando le preguntó que pensaba ella sobre aquel axioma de la retribución de los actos.

Al entender el cariz de la inquietud, Anastasia se alegró en secreto. Sabía que a esa edad surgen las problemáticas trascendentales en los adolecentes y ella había estado preparando los puntos de vista necesarios para que Gabriel pudiera acomodar moralmente su condición de asesino.

Decidió desde el principio que las doctrinas del cristianismo tradicional quedaban descartadas por absurdas; un joven inteligente en la segunda mitad del siglo XX no se va a tragar el chorizo del infierno ni del pecado ni de dios. Entonces le habló del Karma.

Anastasia no creía realmente en el karma. Ella creía que las únicas leyes superiores que existían eran físicas, como la ley de la gravedad: amorales y neutras. Por lo tanto, Anastasia creía que cuando alguien muere, se apaga su conciencia y ya.

Esto podría considerarse una contradicción debido a su devoción por Emile Dubois; sin embargo Anastasia no creía en Dubois como lo hacía la Señora Marta. Ella creía que Dubois era un símbolo de la rebeldía y que los milagros atribuidos a su causa se debían a que las personas se atrevían a pedirle cosas que no se atrevían a pedir ante el oficialismo milagrero del cristianismo.

102

Ante la iglesia se impone la voluntad de dios, ante Dubois se impone la voluntad de los hombres y ese acto de rebelión es capaz de destrabar el camino hacía el deseo concedido. Anastasia creía en la efectividad del rito de externalizar los anhelos profundos.

A pesar de todo, consideró que de todas las opiniones metafísicas que recogió, la más convincente correspondía a la del Karma, así que optó por utilizarla a su favor como una herramienta para comenzar a persuadir a Gabriel de ejecutar su obra final.

VIII

Usando algunos conceptos de la teosofía y algunos ejemplos que tenía preparados, le explicó a Gabriel que el Karma responde a una serie de siete principios básicos que funcionan indistintamente a quien afecten y que según algunas religiones regulan la vida sobre la tierra.

Creer en el Karma implica creer en la reencarnación y en la idea que todos los actos que llevamos a cabo tienen una consecuencia.

Luego, le explicó que estas doctrinas provienen de las religiones de oriente y fueron introducidas en occidente a mediados del siglo XIX gracias a la moda por lo esotérico que reinaba en los altos círculos sociales europeos de la época, también por entonces comenzó el auge del espiritismo.

Helena Petrovna Blavatsky fue la principal impulsora de estas doctrinas que posteriormente se subdividieron en incontables pequeñas sectas que pululan por todo el mundo y que viajaron a distintas partes del planeta junto con los inmigrantes.

Cada una de estas sectas difiere en pequeños conceptos o autoridades, pero en el fondo se mantienen fiel al espíritu de la teosofía de Blavatsky que llevó a cabo aquel sincretismo entre budismo, hinduismo, judaísmo y cristianismo.

103

IX

Gabriel quedó sin palabras, Anastasia siempre le hablaba así, de golpe, sin titubeos y con una seguridad que lo pasmaba.

Parecía tener las respuestas a todo y a veces sentía como si su voz habitara dentro de su cabeza.

Hasta entonces, en la ética inculcada por Anastasia a Gabriel, la vida consistía simplemente en un descuento de la muerte.

Después de obtener la experiencia empírica de un asesino, sabía lo sencillo que resultaba morir.

Pensaba que la vida, al exponer a las personas a los accidentes más estúpidos, a la voluntad criminal de cualquier individuo, expresaba de ese modo que le resultan indiferentes sus pequeñas existencias, que no significan nada.

El hombre que va a nacer es en su vitalidad igual al que muere. A la vida le importa su propia permanencia. Para su mecanismo imparable, da lo mismo cuando muere un hombre atropellado por un tren, que cuando un insecto es

pisado por el pié de un hombre, pero ahora, este nuevo concepto del Karma, venía

a hablarle de un mundo lleno de engranajes que se extendían más allá de la muerte y aquello turbó su imaginación.

X

Comenzó a darle vueltas a la idea. Según lo que había entendido, todos

aquellos hechos que parecen accidentales, resultaban ser la consecuencia de acciones anteriores; aceptar aquel precepto, dejaba fuera de concurso al azahar y

la existencia se transformaba en una sucesión de efectos interminable.

104

Rápidamente se preguntó qué tipo de karma significaría el ultraje de Josefina e intentó explicarlo desde este nuevo punto de vista.

De acuerdo a la ley del Karma, la violación de Josefina podía ser entendida desde las siguientes perspectivas:

Josefina tenía una deuda pendiente, porque en otra vida, siendo adulta, había ultrajado a un Ovidio niño, otorgándole el derecho al Ovidio adulto de esta vida, a ultrajarla a ella durante su infancia.

Bajo la lógica anterior, la culpa del ultraje recaía totalmente en Josefina, expurgaba a Ovidio de responsabilidad y el daño quedaba saldado.

Otra posibilidad podría consistir en que él mismo tuviera el karma de presenciar el ultraje de un ser querido, porque en otra vida había obligado a Josefina o a Ovidio siendo niños a que vieran los ultrajes que él había realizado. En ese caso, tanto Josefina como Ovidio serían una herramienta para cobrar karma y el verdadero culpable sería él. Además esta hipótesis lo convertía en un pedófilo reencarnado.

Una tercera alternativa, era que ni él ni Anastasia tuvieran Karma previo pendiente y que simplemente se trataran de auténticas víctimas de la maldad de Ovidio y ahora se habían ganado el derecho de volver a nacer y ultrajar al nuevo Ovidio mientras fuera niño y a su vez Ovidio se habría ganado el deber de ser ultrajado.

XI

Visto así, el karma le pareció poco más que una de ley del talión metafísica, una forma de explicar las miserias para obtener resignación ante la propia culpa, basada en supuestos jamás comprobables. Una verdadera mierda. Sin embargo un discurso muy astuto.

Bajo este precepto las personas debían aceptar el dolor y las injusticias sin chistar, diciendo ante todas las atrocidades de la vida ¡Me lo merezco!

105

Comentó este último pensamiento con Anastasia, quien contenta de ver como había fructificado en Gabriel la lógica que le había inculcado, le explicó que la idea del karma es una muy buena fórmula de control social y de apaciguar a las masas disconformes: nada mejor qué culpar a los miserables de sus miserias, a través del cuento de las vidas pasadas. Además, sirve también para validar a los afortunados en su fortuna.

Anastasia sabía que las doctrinas creadoras de la ley del Karma surgieron en sociedades altamente jerarquizadas, donde las elites impusieron un discurso que permitiera mantener el sistema de castas de servidos y castas de servidores; lo de siempre: la única manera de mantener un gobierno es convencer a los gobernados que las cosas están bien como están.

Luego le explicó que Emile Dubois había comprendido igual que ellos, la falsedad de los preceptos morales de su época y amparado en la seguridad de las

injusticias sociales, decidió no someterse e ir directamente por lo suyo, por esa razón se había transformado en una deidad. Las personas deifican a los héroes y

a los rebeldes.

XII

Gabriel descansaba la responsabilidad de sus acciones en el colchón de la singular ética de Anastasia, quien se había transformado en todo su mundo.

Llegó a creer que sólo ellos dos se daban cuenta que la realidad es un caos

y que no existía ningún orden superior que fiscalizara las minucias de los seres humanos, solo así lograba explicarse tanta miseria.

Entonces jugando y divirtiéndose, Anastasia le propuso a Gabriel que a falta de una justicia verdadera, ellos mismos se hicieran cargo de aquella función y crearan un tribunal para juzgar los actos de los habitantes de la ciudad.

106

Esta idea, completamente premeditada por Anastasia, tenía un claro objetivo: persuadir a Gabriel de la conveniencia de ayudarla a vengarse de su destino. Así que esa misma noche quedó fundado en la calle vista naves del cerro placeres el tribunal Kármico de Valparaíso.

107

El tribunal Kármico de Valparaíso

I

El 29 de marzo de 1992 Gabriel y Anastasia fundaron “El Tribunal Karmico de Valparaíso”. Gabriel quedó muy entusiasmado con aquella idea, y se identificó a tal punto con su extraña y recién fundada institución que le dedicó todo su tiempo y energía.

El tribunal funcionaría de la siguiente manera: en un juicio secreto entre Gabriel y Anastasia, evaluarían los hechos de los casos que se les presentaran y determinarían un castigo al culpable para hacerle pagar sus acciones indebidas.

De este modo Gabriel calmaba sus ansias de dar sentido a sus crímenes y Anastasia preparaba el camino para su objetivo final; sin embargo existía un gran obstáculo: el rango de información que poseían para juzgar era muy limitado; se reducía simplemente a los cuchicheos del barrio y a los murmullos del colegio.

Si seguían así, pronto terminarían inmiscuidos en riñas de almacén y estaban seguros que en el resto de la ciudad sucedían asuntos aterradores.

En cada cerro podían esconderse seres terribles que merecían la muerte. Todo el puerto tenía derecho a los servicios secretos del tribunal Karmico. Tenía que haber una forma de acceder a ellos.

La solución se les ocurrió dos días después, luego de barajar innumerables posibilidades y en menos de una semana por todo el cementerio de playa ancha apareció dispersado el siguiente panfleto:

108

Figura IV: panfleto 109

Figura IV: panfleto

109

II

La idea de utilizar el nombre de Dubois y el cementerio para conseguir información, fue de Anastasia. A ella le pareció indicado considerando que Dubois había sido fusilado por la Justicia reclamando inocencia.

Una vez, cuando estaba a punto de salir del internado, La señora Marta extrajo del cajón de su escritorio, un viejo cuaderno donde había reunido todos los recortes de prensa que en su vida había conseguido sobre el caso de “Emilio”, como ella le llamaba y se lo prestó durante una semana, para que lo leyera. De este modo Anastasia supo como acontecieron los hechos.

El juicio de Dubois que duró desde su captura el 2 de junio de 1906 hasta su ejecución ante el pelotón de fusilamiento el 25 de marso de 1907, fue uno de los más mediáticos del siglo XX.

Siempre le llamó la atención la cobertura que los diarios le daban a las cartas y discursos de defensa del acusado. Claramente se trataba de un hombre con carisma, mucho más llamativo que un delincuente vulgar.

Gracias

beatificación popular.

a

ese

cuaderno,

pudo

profundizar

en

el

fenómeno

de

su

Entendió que el pueblo vio en Dubois la representación del pago por todas las injusticias. Tras cada asesinato de un hombre rico, el pueblo se regocijaba, no por el muerto en particular, si no por la muerte de un hombre rico en un país lleno de pobres.

Además, Anastasia conocía la profundidad del fervor que despertaba Dubois en sus devotos, por lo tanto sabía que utilizar su nombre, le daría credibilidad a aquella oferta tan descabellada.

110

Un domingo en la mañana,

III

José de dieciséis años de edad, encontró el

panfleto del tribunal kármico de Valparaíso Emile Dubois

Había ido al cementerio acompañando a su abuela para agradecerle a Emilio por la recuperación de su hermana, Leticia Hernández, quien hace seis meses atrás, según decía el informe oficial, había sido atropellada por un automóvil cuyo conductor se dió a la fuga.

Pero José y también el resto de la familia, sabían que en realidad Leticia había sido empujada de un vehículo en movimiento por Vicente Santander, primogénito de un acaudalado del puerto.

Una tarde Leticia esperaba el trolebus que la llevaría hasta su casa en un paradero de Av. Colón. De pronto, se le acercó un joven en automóvil y mostrándose educado y amable, le ofreció ir a dejarla hasta su casa y la convenció de subir a su vehículo.

Leticia aceptó tímidamente la invitación, pero cuando se encontraban cerca de la plaza Sotomayor, Vicente detuvo su automóvil y subió a tres amigos que aguardaban en el lugar.

A poco andar Vicente y sus amigos comenzaron a bromear y a tocarla sin su consentimiento, pero antes que dejarse ultrajar, Leticia abrió la puerta del vehículo y prefirió lanzarse a la calle. La caída le provocó graves fracturas y profundas heridas.

Cuando contó lo sucedido, su familia acudió a la policía que prometió intervenir, pero la denuncia se vio entorpecida por un sinnúmero de trámites que se disolvieron en una espera humillante.

111

José leyó aquellas palabras en el panfleto, mientras su abuela acomodaba las flores y prendía unas velas para Emilio y luego de pensarlo un rato,

comprendiendo que no tenía nada que perder, anotó el odiado nombre de Vicente

y por primera vez sintió que la rabia acumulada durante aquellos meses, menguaba el punzante malestar que acongojaba su corazón.

 

IV

El

lunes

al

medio

día,

luego

de

visitar

el

cementerio,

Gabriel

llegó

emocionado a mostrarle a Anastasia el nombre del primer caso para su tribunal:

Vicente Santander.

No fue necesario más que un par de días de investigación, para caer en cuenta que estaban frente a un completo infame.

Como se trataba de su primer caso, Gabriel se esmeró en actuar con rapidez, además tuvo la acertada intuición que la muerte de aquel muchacho, haría que su mensaje en el muro cobrara popular reputación.

Terminar con aquella vida fue muy sencillo. Enterado de la afición de su

víctima por la velocidad y su habitual concurrencia a carreras clandestinas durante

la noche, sólo fue necesario dar vuelta en el pavimento de la Avenida España, un

bidón de aceite de motor, pocos minutos antes que el muchacho pasara por el lugar a toda velocidad, para verlo estrellarse reiteradas veces en los muros de contención y luego terminar con el cadáver destrozado de su víctima, cuyo accidente dio mucho que hablar a la prensa de la ciudad.

112

V

Cuando José se enteró de la noticia, contó a su abuela lo acontecido aquel domingo en el cementerio y su abuela lo contó a una vecina, quien luego lo conversó con su comadre y a la semana siguiente ya eran cinco los nombres que con diversas caligrafías aparecieron anotados en los panfletos:

Marcelo Andrade, golpea a su mamá cada vez que regresa borracho

Elizabeth Orellana, tiene amarrado a su abuelo a la cama

Jorge Silva, embarazó a su propia hija

Jorge Osorio, asalta ancianos cuando reciben su pensión

Alejandra Pino, abandonó a su hijo recién nacido en un basurero

En menos de un mes y luego de comprobar la veracidad de los cargos, hubo acabado con las vidas de cada uno de los cinco nombres que aparecieron escritos en el muro del cementerio.

Marcelo Andrade calló por las escaleras del cerro Yungay un día que volvía ebrio a su casa.

Jorge Silva murió por culpa de una cornisa que se desprendió y cayó sobre su cabeza.

Jorge Osorio se electrocutó en el baño de su casa

Alejandra Pino confundió una botella de agua con una de cloro.

113

VI

Después de todas esas muertes, era tanta la fama que habían adquirido sus panfletos, que ya podía contar con varias decenas de candidatos, cada cual acompañado de su fechoría y Gabriel sentía que al fin había encontrado la manera de poner su talento al servicio de los demás.

Sin embargo y a medida que fueron avanzando las semanas, comenzó a sorprenderse de la enorme cantidad de aberraciones que iba descubriendo.

Por cada infame que despachaba, aparecían diez más y leyendo las acusaciones, cayó en cuenta que ser un asesino no era para nada la peor condición moral de un humano.

De pronto le pareció que toda la ciudad se encontraba podrida irremediablemente y descubrió con decepción, que cada ciudadano oculta algo monstruoso. Entonces pensó que el tribunal Kármico de Valparaíso debería sancionar a toda la ciudad. Sin imaginar que Anastasia había trabajado muchos años para que él llegara a esa conclusión.

VII

“Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió algo muy

extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos habitantes salieron de sus casas,

encontraron las calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes,

devorando, insaciables, el grano de sus repletos graneros y la comida de sus despensas. Nadie

acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer

para acabar con tan inquietante plaga.

114

Por más que pretendían exterminarlos o al menos ahuyentarlos,

parecía que cada vez

acudían más y más ratones a la ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, día tras día, se

enseñoreaba de las calles y de las casas, y hasta los mismos gatos huían asustados.

Ante la gravedad de la situación, los hombres destacados de la ciudad, que veían

peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron:

"Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones".

Al poco se presentó ante ellos un flautista taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie

había visto antes y les dijo: "La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón

en Hamelín".

Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su flauta

una maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos

seguían embelesados los pasos del flautista que tocaba incansable su flauta. Y así, caminando y

tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas

de la ciudad.

Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al

flautista, todos los ratones perecieron ahogados.

Los hamelineses, al verse libres de las voraces tropas de ratones, respiraron aliviados. Ya

tranquilos y satisfechos, volvieron a sus quehaceres y tan contentos estaban que organizaron una

115

gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy

entrada la noche.

A la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo y reclamó

las cien

monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados

por su avaricia, le contestaron: "¡Vete de nuestra ciudad!, ¿O acaso crees que te pagaremos

tanto oro por tan poca cosa como tocar la flauta?". Y dicho esto, los hombres del Consejo de

Hamelín le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.

Furioso por la avaricia y la ingratitud de los hamelinenses, el flautista, al igual que

hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente. Pero esta vez

no eran los ratones quienes le seguían, sino los niños de la ciudad los que arrebatados por aquel

sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico. Cogidos de la mano y sonrientes,

formaban una gran hilera, sordos a los ruegos y gritos de sus padres que en vano, entre sollozos

de desesperación, intentaban impedir que siguieran al flautista. Nada lograron, y el flautista se

los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adonde y los niños al igual que los ratones,

nunca jamás volvieron.

Esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de

Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ni un niño.”

116

VIII

Cuando Anastasia terminó de leer “El Flautista de Hamelin” tenía un brillo extraño en los ojos, que Gabriel no supo interpretar, pero que le causó escalofríos.

Apenas comenzó con la lectura entendió perfectamente el mensaje que había oculto en todo aquello. Anastasia le estaba proponiendo una fórmula para que el tribunal Kármico realizara un castigo masivo a los habitantes de la ciudad.

Durante toda la tarde, habían permanecido conversando sobre la conveniencia de amedrentar a la ciudadanía en pleno, en base a la enorme cantidad de casos que día a día eran depositados en la animita de Dubois y que ya ni siquiera utilizaban los panfletos, si no que cualquier papel roñoso y mal escrito.

Bastaba con que se ofreciera la libertad de la culpa, para que todos corrieran a castigar a sus semejantes y reclamar con la sangre el pago de las injusticias.

En la interminable lista de casos, muchas veces se repetían los nombres y más de alguna vez quienes proponían un candidato por tal o cual motivo, eran propuestos por otros para el mismo castigo.

Gabriel se dio cuenta que de todos los cientos de nombres involucrados en los casos del tribunal, ninguno correspondía a niños. Todos los ahí nombrados podían considerarse adultos, como si crecer implicara necesariamente corromperse.

Solamente los niños se salvaban del odio ajeno.

Recordó los tiempos en que junto a Josefina jugaban en el patio del colegio y se vio a si mismo completamente libre, lleno de optimismo, en una vida que parecía fabricada a la medida de la felicidad, pero que desde la terrible intromisión del profesor de matemáticas con sus aberraciones de hombre adulto, se había transformado en un mal lugar donde estaba obligado a permanecer.

117

La vida está sobrevalorada, pensó, mal que mal solo se trata de un puñado de tiempo, y matar a alguien es simplemente acortar su estadía en un lugar hostil.

IX

Mientras Gabriel recordaba a Josefina, Anastasia recordaba el día que cumplió 14 años.

Para celebrar en secreto, se fue junto a la estufa a parafina de la biblioteca y se entregó a su diversión favorita: hojear los “Cuentos para la infancia y el hogar”

Instintivamente cayó en cuenta que siempre abría el libro en “El Flautista de Hamelin”. Le gustaba mirar las ilustraciones del flautista y los ratones, felices siguiéndolo por el camino y luego la de los niños bailando alrededor del flautista hasta antes de perderse junto a él.

Siempre comenzaba por ahí la lectura y siempre leía primero aquel cuento. Algo en la historia la cautivaba y le provocaba una agradable nostalgia.

Anastasia generalmente era muy estricta con la fantasía, porque comprendía que los deseos provienen de las ensoñaciones y el sufrimiento proviene de no conseguir lo que se desea y a ella que no tenía nada, le convenía el desapego; sin embargo como aquel día era su cumpleaños se dejó llevar.

Imaginaba que de alguna forma, ella era uno de esos niños que el flautista se llevó de Hamelin.

Siempre se preguntó que habría hecho con ellos luego de sacarlos de la ciudad. Le gustaba pensar que los fue dispersando por el mundo para que crecieran lejos de la corrupción de los Hamelinenses, deseando que encontraran un lugar mejor.

118

Le gustaba también el flautista: su determinación, su crudeza, su falta de compasión.

Ella pensaba que la injusticia significaba un vicio intrínseco de la humanidad, que se filtraba en los genes de la especie, permitiendo que unos nacieran príncipes y otros nacieran pordioseros, pero exigiéndoles la misma conducta moral a ambos.

Es fácil no robar, si no te hace falta nada, es fácil que te roben si tienes de

todo.

Por eso le gustaba ese cuento, porque no había nada de príncipes, nada de princesas, ni hadas, ni batallas, ni dragones, simplemente un trato entre el ser humano desesperado, habitando entre las ratas con la ciudad convertida en un pozo séptico, clamando ayuda y un desconocido extravagante que ofrecía una solución. Una promesa incumplida y un castigo ejemplar:

Si el flautista hubiera poseído una mentalidad más simplona, se habría decidido por devolver las ratas, para que los ciudadanos de Hamelin tuvieran la oportunidad de recapacitar, luego habría aumentado la tarifa y el cuento nos enseñaría como hacer buenos negocios.

Pero como el flautista no era un comerciante si no un artista, decidió castigarlos de la forma más poética: arrebatándoles el futuro, quitándoles lo más preciado, sin reparar en apellidos, ni en clases sociales, ni en amistades, ni en parentescos. Un castigo parejo para todos.

Le gustaba ese cuento, le gustaba sentirse parte de los niños que se llevó el flautista, porque le gustaba sentir que en alguna parte, alguien había lamentado su partida.

Al flautista le habían negado una bolsa con oro, a ella le habían negado todo lo que se supone que necesitamos para ser felices y en vez de resignarse

119

como el resto, quería pegar un grito, el único grito en su vida silenciosa. Un grito aterrador que se escuchara por todos lados y que le permitiera vengarse de todos.

Dieciocho años después, estaba a punto de cumplir su objetivo. Había terminado de leer el flautista de Hamelin en voz alta, porque pensaba revelarle a Gabriel su objetivo final, la obra de arte con la cual pretendía coronar su venganza:

Asesinar a todos los niños de la ciudad, salvo a los huérfanos. Para hacer justicia, para que por una vez tuvieran las mismas oportunidades, para que por una vez fueran valorados y obligar a la ciudadanía a que se ocupara realmente de ellos.

X

Y sucedió que Gabriel estuvo de acuerdo, porque sentía que había nacido para consagrar su vida a una causa sublime.

120

La rueda de la fortuna

I

El tiempo que duraron los preparativos fue para Gabriel una época feliz:

primero porque tenía una meta clara y concreta que no le permitía caer en tormentos existenciales y segundo porque había decidido su propia muerte al terminar la tarea.

Todo aquello producía en él una enorme paz y llegó a convencerse que en su última gran obra, no sólo le daría una enorme lección al mundo, también les haría un gran bien a los niños, que se marcharían de la vida con recuerdos limpios, sin las cicatrices de las tragedias.

La idea de acabar con su propia vida al terminar la ejecución de la sentencia del tribunal, le parecía lo más justo. No había comentado su plan con Anastasia, porque sabía que podía convencerlo de lo contrario, así que lo atesoró como un gran secreto y llegó a transformarse en el motor para llevar a cabo la gran y difícil empresa de envenenar cien mil niños.

II

Decidió ponerse a investigar sobre los venenos.

Aprendió que un veneno no es más que una sustancia que interrumpe los procesos vitales naturales al entrar en contacto con un organismo. Que pueden ser de origen mineral, vegetal o animal y que según sus efectos pueden dividirse en corrosivos, irritantes, y narcóticos.

Los venenos corrosivos producen destrucción interna o externa, tanto en la piel como en las mucosas gástricas, provocando vómitos inmediatos, como el ácido clorhídrico, el acido carbónico, el bicloruro de mercurio y el amoniaco.

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Los venenos irritantes actúan sobre las mucosas, provocando irritación o inflamación gastrointestinal, acompañada de dolor y vómitos. Los venenos irritantes pueden tener efectos acumulativos, absorbiéndose poco a poco, sin provocar lesiones aparentes, hasta que repentinamente producen su efecto, como el arsénico.

Los venenos narcóticos actúan sobre el sistema nervioso central y sobre órganos como el corazón, el hígado, los pulmones o los riñones, hasta llegar a los sistemas respiratorio y circulatorio. Son capaces de producir coma. Algunos de los más comunes de este tipo son la trementina, el cianuro, el cloroformo y la estricnina.

III

Al principio, pensó que se inclinaría por los narcóticos, específicamente por el cianuro.

Se trataba de un veneno clásico, elegante y efectivo, usado durante muchos siglos para matar generales, espías, príncipes, reyes, papas, duques y archiduques.

Una dosis pequeña, bien administrada, produce una muerte inmediata, casi sin dolor.

El problema del cianuro, era que debido a su efectividad, generaría una rápida alerta en la población y una más rápida investigación; por lo tanto debería preocuparse de envenenar algún elemento de administración masiva orientado exclusivamente a los niños, como la leche que reparten en las escuelas o las golosinas, cuidando que estos productos envenenados no llegaran hasta los niños huérfanos.

Pero se corría el riesgo que las autoridades detectaran a tiempo el veneno y no terminara de concretarse la tarea. Así que desechó la idea y el cianuro.

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Después y aprovechando una campaña de vacunación contra la rubeola y el sarampión orientada a todos los niños hasta los 12 años, le pareció que lo más efectivo sería envenenar las vacunas con algún veneno que tardara algunas horas en actuar, pero cayó en cuenta que estas campañas de vacunación se concretan en casi un trimestre, tiempo durante el cual ya habrían fallecido muchos niños y el veneno sería detectado.

En este afán se le pasó por la cabeza envenenar los juguetes, los chupetes, las mamaderas, los pañales, los algodones de azúcar, las manzanas confitadas, los helados, los caramelos, los pasteles, el chocolate y la leche, los almuerzos de las escuelas etc. Sin descansar ni ser descubierto hasta que solo quedaran vivos los niños huérfanos de la ciudad.

Pero rápidamente se dio cuenta que sería una tarea demasiado grande, que podría tardar años y complicarse hasta el fracaso.

IV

Entonces se sintió muy deprimido y llegó a pensar que no poseía el talento suficiente para lograr el objetivo que se había trazado; sin embargo, una tarde que repasaba los apuntes sobre los venenos, se detuvo un instante en las propiedades del arsénico y dio con la estrategia que estaba buscando, que finalmente, como toda buena idea, resultaba muy sencilla: envenenaría el agua potable de la ciudad.

El arsénico es un veneno con efecto acumulativo que se va depositando en el organismo. Envenenar las fuentes de agua potable con cantidades graduales de arsénico, vaciando periódicamente porciones regulares de esta sustancia en el agua, lograría que el proceso acumulativo del veneno afectara primero a los niños, físicamente mucho más débiles y susceptibles que los adultos, en un envenenamiento progresivo que solo sería posible detectar cuando fuera demasiado tarde.

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Si bien el envenenamiento resultaría general, sería detectado cuando comenzaran a morir los más pequeños, permitiendo a los adultos salvarse.

Por otra parte, las fuentes del agua potable están concentradas en un par de puntos estratégicos, haciendo el trabajo mucho más sencillo que envenenar miles de unidades.

Lo único problemático sería evitar que el veneno fuera ingerido por los niños huérfanos.

Buscando perfeccionar su plan, decidió comentarlo con Anastasia, quien al escucharlo se sintió profundamente orgullosa del talento que Gabriel poseía y decidió apoyarlo en todo lo que fuera necesario.

Sin ir más lejos, fue ella quien propuso que antes de comenzar el envenenamiento, robaran y acapararan la mayor cantidad posibles de antídotos y que ella misma se encargaría de idear la forma de hacerlos llegar solo a los orfanatos, para que Gabriel no se concentrara más que en planificar el correcto envenenamiento del agua. El antídoto resultó llamarse dimercaprol.

el correcto envenenamiento del agua. El antídoto resultó llamarse dimercaprol. Figura V: Caja de antídoto 124

Figura V: Caja de antídoto

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V

Y así, en conjunto, Gabriel y Anastasia comenzaron los preparativos de su gran obra final.

Anastasia estaba viviendo los mejores días de su vida y por primera vez sintió que era feliz.

Gabriel se había transformado en un genio criminal y era su creación. Estaban a punto de concretar el plan que lo elevaría a él a la categoría de leyenda y ella consumaría su obra de arte.

Todos sus planes se ejecutaban y estaba cerca el día en que pudiera sentarse en silencio, suspirar y decir: lo he logrado.

Anastasia creía que cuando concretara su venganza alcanzaría la paz. Para reconciliarse con la vida, necesitaba sentirse mano a mano con ella, de otro modo, todo le parecería mediocridad y resignación, el sentimiento que más repudiaba.

VI

Pero sucedió un día en que Gabriel intentaba encontrar la mejor forma de conseguir arsénico y se paseaba de un lado a otro por el primer piso de la casa, que el sonido de unos leves golpes en los cristales de las ventanas que daban hacia el jardín, lo sacaron de su ensimismamiento.

Cuando salió a ver de qué se trataba, se encontró con el jardín de su casa sembrado de cientos de barcos de papeles de colores.

Apenas se percató del fenómeno corrió hasta la entrada y salió a la vereda para descubrir al autor de aquel extraño suceso; pero en la vereda no había nadie.

Recogió uno a uno aquellos barquitos de papel, sin saber que pensar.

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Aquella noche, le costó conciliar el sueño y por primera vez en mucho tiempo, pensó en su madre, en cómo habría sido su vida, si ella no hubiera muerto.

A la mañana siguiente se despertó muy temprano, caía una leve llovizna, y

se preparó un café en silencio, para no despertar a Anastasia.

Recordó los barquitos de papel y algo sonrío en su interior. Decidió salir a mirar el jardín y esta vez, sobre el pasto se repartían cientos de flores de papel de todos los colores.

Completamente desconcertado, dejó caer la taza con café y salió corriendo a la vereda, al notar que la puerta del jardín hacia la calle estaba entreabierta, como si recién alguien hubiera salido por ahí.

Aquellas flores le causaron mayor impresión que cualquier cadáver. En su vida resultaban más familiares las arañas que los papeles de colores.

A pesar de todo lo que corrió, otra vez no encontró a nadie a la vista y

acababa de cerrar nuevamente la puerta del jardín muy consternado cuando

escuchó que una voz del pasado, repetía su nombre:

¡Gabriel!

VII

Se dio media vuelta y mirándolo desde el otro lado de la puerta afirmada de los barrotes lo observaba Josefina.

Estaba muy diferente a como la recordaba, pero indudablemente se trataba de ella.

Gabriel se acercó despacio, hasta que quedaron frente a frente muy juntos, separados solamente por los barrotes de la reja.

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-Vengo por mi zapato-

Le dijo esbozando una sonrisa Josefina.

Entonces un fuerte sollozo salió de la Garganta de Gabriel, cuya entereza fue desmoronándose de a poco, hasta terminar sentado en el pasto, balbuceando entre el llanto palabras inconexas que expresaban mejor su sentir, que el discurso más elocuente.

Josefina abrió la puerta del Jardín se sentó junto a él, apoyó la cabeza de Gabriel en su regazo y lo dejó llorar hasta que fue capaz de ponerse en pié y juntos salieron a la calle.

VIII

Caminaron por el puerto todo el día. A veces reían de buena gana y a veces simplemente compartían el silencio.

Pasearon

por

la

feria

de

av.

Argentina,

Josefina

compró

frutas

y

desayunaron naranjas y plátanos en el cerro Mariposas.

Recorrieron todo el camino cintura a pié hasta llegar al cerro Alegre y en el paseo Atkinsons, Josefina sacó papeles de colores y comenzó a fabricar avioncitos que Gabriel lanzaba con auténtico gozo, cerro abajo, viendo como se perdían entre las azoteas de los edificios o volaban arrastrados por el viento hasta perderse de vista.

Al atardecer, fueron a un parque de diversiones itinerantes que se había instalado en la ciudad. Josefina lo tomó de la mano y juntos se subieron a la rueda de la fortuna. Se divirtieron observando cómo aparecían las luces de los cerros a mediad que subían y como desaparecían a medida que bajaban.

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Josefina apoyó su cabeza en el hombro de Gabriel y antes que la rueda comenzara a dar la vuelta nuevamente, le dijo al oído:

Hay días en que la vida es buena, con eso basta.

Llegada la noche, Gabriel acompaño a Josefina hasta el terminal de buses y esperó que el bus partiera mientras ella le decía adiós por la ventana.

Después, Gabriel caminó por la ciudad que dormía, sintiendo que el mundo se había abierto ante él. Pensó en la inmensa cantidad de lugares y cosas que desconocía, pensó que nunca había estado en la montaña, que las montañas podían ser un buen lugar y sin regresar ni siquiera a buscar equipaje, fue en busca de ellas.

Desde entonces, no lo he vuelto a ver.

IX

Anastasia, esperó en una angustia feroz durante diez días, donde envejeció diez años cada día.

Cuando terminó de convencerse que Gabriel la había abandonado, se veía como una anciana, pero de todas formas tuvo la fuerza para cavar un agujero en el jardín, del tamaño suficiente como para recostarse comodamente y dejarse morir en él.

Nadie la había recibido al llegar a este mundo y nadie la despediría tampoco.

X

De vez en cuando kurova, a través de nuestras conversaciones nocturnas por la ouija, me dice que se ha encontrado algunas veces con Anastasia por los

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valles de la muerte, solitaria y cabizbaja, que ha tratado de hablarle pero Anastasia se escabulle.

Kurova también me ha dicho que pronto la muerte vendrá por mí, pero que nuestro hijo vive y que alcanzará la sabiduría.

Pero es Ovidio quien más se contacta, él me ha pedido muy insistentemente que ordene todos los antecedentes que he reunido durante estos años y narre la historia de cómo un niño fue convertido en asesino, para enviarle a usted estos escritos y así pueda explicarse su misterioso suicidio y lo deje descansar en paz.

Le manda a decir que busque detrás del espejo del baño y encontrará las fotos que les tomó desnudos a los niños en la piscina en su juventud. Una de esas fotografías debe ser el único retrato que existe de Anastasia Pérez, el único vestigio de su paso por la tierra.

A cambio, ofreció buscarme en el más allá a Walter Elías Disney.

Desde entonces, mis días han sido felices. Paso las tardes hablando con los muertos a través de la ouija, quienes me han entregado todos los detalles para hilvanar este relato.

Además, por fin he logrado comunicarme con el viejo Walt y hemos aprendido a llevarnos bien. Siempre me dice que siga escribiendo, que es un derecho de los hombres inventar sus propias historias y creer en ellas, porque si hay algo que ha aprendido con la muerte, es que en la vida, hasta las cosas más sagradas, no son más que puros cuentos.

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