El empresario

El funcionario de nivel medio y sin esperanzas de ascenso se aflojó el nudo de la corbata, se secó el sudor de las manos en el pantalón y respiró profundo, antes de teclear el número reservado para ocasiones de extrema urgencia. Hubiese querido hacer la llamada temprano en la mañana, tan pronto se había enterado del contratiempo, pero sus instrucciones eran claras: toda comunicación debía hacerse a través de un teléfono móvil, cuando el resto de los empleados de la Administración de Reglamentos y Permisos se encontrara almorzando y las oficinas estuvieran desiertas de burócratas. Aunque Joaquín Sabater Gandarillas no era su jefe, las sumas de dinero que le había entregado durante los últimos cinco años, a cambio de información, influencia, desaparición de expedientes y otras gestiones turbias, le conferían una autoridad que no ostentaba sobre él ni el director de la agencia. Temía al carácter de Sabater y anticipaba uno de sus exabruptos. En momentos como este lamentaba los compromisos a que lo sometían sus acuerdos con el magnate, pero tenía un hijo en la universidad y una afición al juego que lo esclavizaba. Se encontraba inmerso en estas reflexiones cuando Sabater contestó el teléfono.

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–¿Qué pasa, Morales? –vociferó Sabater de mala gana, a modo de saludo. La llamada lo había sorprendido almorzando con el presidente de su agencia publicitaria y dos ejecutivas de cuentas que con cada trago se desligaban más de sus escasas inhibiciones. –Es sobre El Convento –balbuceó Morales, incómodo ante la inminencia de los gritos de Sabater y la proximidad de nuevas y riesgosas encomiendas. Las risas de las damas de la mesa contigua, unidas al murmullo general del restaurante de moda, impedían a Sabater escuchar lo que su interlocutor trataba de explicarle. Miró molesto a sus vecinas. Las seis mujeres debían tener más de cuarenta años, pero sus prótesis de silicón estaban muy bien puestas y el maquillaje había sido aplicado con pericia. Hablaban y reían con el desparpajo de quien se intuye a salvo de necesidades. Consideró pedirles que bajaran la voz, pero desistió de la idea. Optó por excusarse y salir al vestíbulo del restaurante. –Morales, repite lo que dijiste. No te escuché bien. ¿Qué coño pasa con El Convento? –El permiso de construcción… no puede emitirse de manera inmediata. Han radicado una oposición. –¿Quién? –gritó Joaquín Sabater, dando señas claras de impaciencia. –La Iglesia Católica. –¿Cómo que la Iglesia Católica, Morales? Tenemos todos los endosos necesarios. –El fundamento de la oposición no es muy claro, pero ya le han asignado número de querella y esto va a retrasar lo del permiso. Otra cosa, la Iglesia ha contratado a Adams, Travieso y Evans para representarla.

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–¡Carajo!, Morales, espera mis instrucciones el lunes. Necesito pensar esto. –Buen fin de semana, señor Sabater. El empresario cerró la comunicación sin despedirse y reflexionó unos minutos antes de regresar a la mesa. La contratación de la firma de Alfonso Travieso significaba que la Iglesia no escatimaría en costos y que se avecinaba una batalla legal férrea. Sintió un leve ardor en el estómago y prefirió postergar la consideración del asunto para después de resolver el proyecto más inmediato, el que lo esperaba en la mesa con las piernas cruzadas. Cuando entró de nuevo al restaurante, una sonrisa había borrado de su semblante todo vestigio del inconveniente. En el trayecto de regreso a la mesa, se detuvo a saludar con gestos afables y ademanes elegantes a banqueros, abogados, políticos e incluso a un juez. A la mayoría los conocía desde niño; algunos eran padres de sus compañeros de estudio; con otros coincidió en el Colegio San Ignacio o frecuentaban los mismos clubes. A pesar de no estar entre los mejores estudiantes de su promoción, el viejo Sabater logró matricularlo en la Facultad de Ciencias Empresariales de una buena universidad en Boston, donde Joaquín armonizó su inclinación natural hacia la fiesta con las exigencias académicas de los profesores. Una vez graduado, trabajó dos años en una casa de corretaje en Nueva York. De regreso a Puerto Rico, su astucia, las influencias de su familia y un poco de suerte lo encumbraron en el mundo de los negocios en muy poco tiempo. En fin, Joaquín Sabater Gandarillas se sentía cómodo en los círculos más exclusivos y en su mirada brillaba la certeza de tener un lugar en ese mundo. La lengua de una de las ejecutivas jugueteaba con la cereza de su trago cuando Joaquín regresó a la mesa.

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–Adams, Travieso y Evans, buen día –contestó la voz nasal de una recepcionista en tono afectado. –Buen día. Con el licenciado Travieso, por favor –más que solicitar, la voz parecía exigir una audiencia inmediata con el letrado. –Lo comunico con su secretaria –indicó la recepcionista como una autómata y transfirió la llamada. Alfonso Travieso llegaba a su oficina todos los días a las seis y media de la mañana. Cuando su secretaria tocaba la puerta para entregarle un café negro, ya había leído el periódico y redactado varios documentos. La mañana del veintiséis de septiembre de mil novecientos noventa y cinco, Travieso aún no había terminado el café cuando le comunicaron que tenía una llamada en la línea número cuatro. –¿Quién es? –preguntó, extrañado del tono solícito empleado por su secretaria. –El arzobispo Junquera. Había conocido al nuevo arzobispo de San Juan en dos ocasiones. La primera, durante la gala anual de un museo de arte; la segunda, en una cena a beneficio de un orfanato. En ambas, sus conversaciones con monseñor Juan Luis Junquera fueron breves, pero Travieso recordaba con claridad la sensación incómoda que le produjeron los encuentros. Contrario al Arzobispo anterior, con quien desarrolló una estrecha amistad, Junquera no le inspiraba confianza. Sin embargo, la Iglesia Católica era uno de los clientes más prestigiosos de la firma y pagaba de manera puntual sus altos honorarios, por lo que Alfonso Travieso no tuvo reparos en cancelar varios compromisos para recibir al Arzobispo esa misma tarde. A las dos en punto, una secretaria escoltó a Junquera hasta la oficina de Travieso y cerró la puerta

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con delicadeza cuando éstos comenzaban a intercambiar saludos y falsas cortesías. Igual que en las demás ocasiones en que se habían visto, el Arzobispo estrechó la mano del abogado de manera casi imperceptible (un contacto fugaz con la punta de los dedos que, lejos de acercarlos, creaba la ilusión de una muralla infranqueable entre los dos hombres). Mientras escuchaba al Prelado exponer el propósito de su visita, Travieso tomó notas minuciosas e hizo un inventario mental de los códigos, ordenanzas y reglamentos que podrían ser aplicables a las controversias presentadas en el relato. La exposición del asunto se extendió cuarenta minutos, durante los cuales el abogado sólo interrumpió a Junquera para hacer tres preguntas que le parecieron pertinentes. La encomienda estaba clara: impedir la construcción y posterior operación de un lujoso hotel en el edificio que albergó por dos siglos y medio al Convento de las Reverendas Madres Carmelitas, desde su fundación en mil seiscientos cincuenta y uno. Alfonso Travieso cuidaba con celo su reputación de excelente abogado y jurista cauteloso, por lo que le advirtió al Arzobispo que, aunque se podían esgrimir varios argumentos legales para oponerse al desarrollo hotelero, los mismos distaban de ser contundentes. –Acaba de aprobarse un nuevo estatuto que confiere a todo ciudadano la potestad de impugnar el uso al que se destinan los edificios clasificados como históricos, con el propósito de preservar la esencia de las zonas coloniales. El Convento tiene esta catalogación en el Instituto de Cultura, pero la constitucionalidad de esta nueva ley es dudosa. La teoría legal de es débil, Excelencia –advirtió Travieso.

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El caso suponía considerables honorarios, pero no era partidario de dar falsas esperanzas a sus clientes. Desde su escritorio, Travieso observó al Arzobispo cambiar de postura y explicarle que no se desviaría de sus propósitos. Lo escuchó repetir con vehemencia que no permitiría la remodelación del edificio y la apertura de un hotel con casino en un recinto que aún se consideraba sagrado. A pesar de que su complexión era frágil y sus ademanes un tanto afeminados, la mirada del Arzobispo no dejó dudas en la mente de Travieso de que estaba frente a un alma perversa. –Comenzaremos por impugnar el permiso de construcción. En dos semanas estará listo el recurso legal, Excelencia –anunció Travieso, al tiempo que se levantaba y extendía la mano en señal de que la cita había concluido. Las puntas de los dedos volvieron a rozar la mano de Alfonso Travieso.

Una vez solo en su oficina, Travieso reflexionó. Había leído en el periódico una reseña sobre el ambicioso proyecto. Los desarrolladores llamarían El Convento al nuevo hotel y Joaquín Sabater era el promotor principal de la empresa. No estudiaron en el mismo colegio, pero se conocían desde entonces. Travieso no recordaba si habían sido rivales en baloncesto, en voleibol o en ambos deportes. Más tarde coincidieron en Nueva York, mientras Alfonso estudiaba derecho. Creía recordar que Joaquín se encargaba de las inversiones de un conglomerado financiero hebreo. No eran amigos cercanos, pero se saludaban con afecto

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cuando se encontraban en alguna fiesta del círculo de estudiantes latinoamericanos o en algún bar del Village. De adultos sus encuentros habían sido dictados por el arbitrio de la casualidad y su relación seguía siendo cordial, pero distante. Ambos conocían los logros y los aciertos de cada uno en sus respectivos campos. Se respetaban. Travieso era consciente del poder económico de Joaquín Sabater y de sus prácticas mercantiles, por lo que anticipaba una defensa tenaz del proyecto. Pulsó el intercomunicador y pidió a uno de sus asociados más competentes que pasara por su oficina. Mientras esperaba al joven abogado, sopesó las personalidades del arzobispo Junquera y de Joaquín Sabater. Se preguntó qué misteriosa voluntad enfrentaba a dos personajes tan disímiles y tan parecidos al mismo tiempo. Estaba seguro de que el litigio sería interesante. Cuando su empleado tocó la puerta, Alfonso Travieso sonreía.

La ejecutiva de cuentas se despertó cuando Joaquín Sabater se levantó de la cama, pero fingió seguir dormida. Prefirió sumergirse otra vez en el océano de culpas que la asediaban cuando despertaba al lado de un hombre al que apenas conocía y con quien, estaba segura, no entablaría una relación duradera. Una vez más se prometió que esa sería la última vez que se acostaba con un desconocido, giró su cuerpo, dio la espalda al abismo al que acababa de asomarse y trató, sin éxito, de ignorar su temor a la zozobra, al “se me hace tarde, me siento sola, son todos unos cabrones, por qué no ven lo que valgo, que me entrego, no me aprecian, no soy nadie, soy nada, menos que nada”.

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En el baño Sabater abrió la ducha. La oposición presentada por la Iglesia estuvo a punto de arruinarle la sesión amorosa, pero los atributos físicos de Ileana, Liliana o Viridiana salvaron la tarde. Además, no era la primera vez que sus planes enfrentaban un escollo legal. Los había tenido mayores y más complicados y de todos había salido con éxito. Mientras se peinaba caviló sobre el rumbo por donde debía dirigir sus próximos pasos. Cuando terminó había decidido aplazar las instrucciones a Morales hasta después de visitar al Excelentísimo Juan Luis Junquera. Conseguiría una audiencia la semana entrante. Eran las seis y cuarenta y dos de la tarde. Se vistió de prisa. Había invitado a su esposa a cenar. Cruzó la oscuridad del cuarto con sigilo y salió cerrando la puerta tras de sí, sin despedirse de Ileana, Liliana o…Viridiana.

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