Cuentos de Terror Oriental
Cuentos de Terror Oriental
terror oriental
Historia de
Salomón y Azrael
Cierta vez, un hombre acudió a hora temprana al palacio del gran profeta
Salomón, con el rostro lívido y los labios casi blancos, de tan descoloridos
que los tenía.
Al verlo en aquel estado, Salomón lo interrogó:
–¿Por qué te presentas ante mí con ese aspecto?
El pobre hombre contestó la pregunta del famoso profeta en estos
términos:
–Es que Azrael, el ángel de la muerte, me fulminó con una mirada
terrible, llena de furia. ¡Oh gran profeta, ordénale al viento, te lo ruego, que
me transporte a la India! ¡Solamente así estaré a salvo de la furia de Azrael,
el ángel de la muerte!
Apiadado de aquel aterrado sujeto, el profeta Salomón le ordenó al viento
que transportara a ese hombre hasta la India. A la jornada siguiente,
Salomón le preguntó a Azrael, el ángel de la muerte:
–¿Por qué aterrorizaste a ese pobre hombre, que tuvo que huir de ti, tras
recibir tan aterradora mirada como la que le echaste? Es un creyente
respetuoso y no merecía que lo asustaras de tal modo.
Azrael, extrañado de las palabras del profeta, le contestó:
–Salomón, ese hombre interpretó erróneamente la expresión de mis ojos.
No había furia en ellos, sino asombro y estupor. Dios Todopoderoso me
había mandado tomar la vida de ese hombre en la India. Cuando me lo
ordenó Dios, pensé: “¿De qué modo, a menos que le hayan nacido alas,
podría este hombre haber llegado hasta la India?”.
Yalal ad-Din Muhammad Rumí nació el 30 de septiembre de 1207 en
Balj, Afganistán, y murió en Konya, Anatolia, el 17 de diciembre de
1273. Es un célebre poeta místico y narrador persa. Obras: Los quatrains;
Los ghazals, Los Discursos, Las Cartas, el Masnavi-ye Manavi, y el
Diwan-e Shams-e Tabriz-i, cuyas fechas de redacción son desconocidas.
Arabia
Anónimo (De Las mil y una noches)
Historia de zorros
Wang observó que dos zorros estaban parados sobre sus patas traseras y
apoyados contra un árbol. Uno de ellos tenía una hoja de papel en una de
sus zarpas y ambos reían, como si estuvieran compartiendo una travesura.
Intentó Wang espantarlos, pero los zorros se quedaron allí donde estaban.
Entonces Wang disparó su arma contra el que sostenía el papel y alcanzó a
herirlo en el ojo. Luego Wang se llevó el papel. Al llegar a una hostería, les
narró a los otros pasajeros que se hospedaban allí lo que le había sucedido
con aquellos dos extraños animales. No había acabado de contar su
aventura, cuando ingresó un hombre a la hostería, con un ojo lastimado. El
desconocido escuchó con el mayor interés el relato de Wang y cuando él
terminó de contarlo, le pidió que le mostrara el papel. Wang iba a hacerlo,
cuando el hostelero descubrió que el recién llegado tenía cola.
–¡Es un zorro! –exclamó el hostelero, y en ese instante el viajero se
transformó en ese animal. Luego huyó inmediatamente de allí.
Los zorros intentaron una y otra vez recuperar aquel papel, que estaba
cubierto de caracteres incomprensibles, mas siempre sin éxito.
Wang decidió dejar la hostería y tornar a su casa. Por el camino se
encontró con toda su familia, que recorría la distancia hasta la capital. Sus
parientes le dijeron que él, Wang, les había mandado hacer ese viaje. Su
madre le mostró la carta en que le pedía que vendiera de inmediato todas
sus posesiones y se encontrara con él en la capital. Wang examinó la carta y
observó que era una hoja absolutamente en blanco. Pese a que ya no
poseían techo alguno que les brindara cobijo, Wang mandó a los suyos que
regresaran.
Cierto día, apareció ante ellos uno de los hermanos menores de Wang, al
que hacía mucho tiempo que suponían muerto. Preguntó por las desventuras
que había sufrido la familia y Wang le contó toda la extraña historia.
Cuando Wang narró su aventura con los zorros, su hermano reaparecido
exclamó: “¡He allí el origen de todos estos males!”.
Wang le mostró entonces el papel, que todavía conservaba. Con apuro, su
hermano se lo quitó bruscamente y lo guardó consigo.
“¡Finalmente di con lo que tanto buscaba!”, exclamó el hermano
reaparecido y, transformándose en zorro, se alejó de allí.
Niu Chiao nació y murió en China en el siglo IX. Fue un erudito, poeta
y narrador de la corte y se le atribuye la redacción de más de treinta obras,
de las que han llegado a nuestro tiempo apenas algunos fragmentos.
China
Kan Pao
El ciervo escondido
El diario de un loco
2 de abril de 1918
I
Esta noche exhibe una luna muy bella.
Han pasado más de tres décadas desde la última vez que la vi, de manera
que me siento muy dichoso. Ahora entiendo que he pasado los últimos
treinta años en medio de la neblina. Empero, debo tener mucho tiento: de
otro modo, ¿por qué razón el perro de la familia Chao me va a mirar en más
de una ocasión?
Mis temores tienen su fundamento.
II
Esta noche no se ve la luna. Yo sé que esto tiene un curso funesto.
Esta mañana, cuando me animé a salir –aunque tomando todo tipo de
recaudos– Chao Güi-Weng me observó con un extraño brillo en su mirada:
se habría dicho que sentía miedo de mí o que abrigaba deseos de
asesinarme. Había asimismo siete u ocho personas hablando sobre mí con
voz muy tenue, acercando mucho sus cabezas: tenían miedo de que me
diera cuenta de lo que hacían. La más feroz de todas ellas me mostró los
dientes mientras reía y me miraba, lo que me hizo temblar de cabo a rabo,
porque ahora comprendo que sus maquinaciones están listas para ser
ejecutadas.
Sin embargo, seguí mi sendero sin sentir temor. Frente a mí había unos
niños que disputaban también sobre mi persona; sus ojos tenían el mismo
brillo que los de Chao Güi-Weng y en sus rostros, la misma palidez
metálica. Me pregunté qué clase de odio podían albergar esos niños contra
mí, para conducirse de esa manera. No logré contener mi inquietud un
segundo más y aullé: “¡Díganmelo!”, mas ellos, al hacerlo yo, se
escaparon.
Estuve meditando respecto de todo esto. ¿Qué fundamentos tienen Chao
Güi-Weng y los demás para odiarme? Hace veinte años di
involuntariamente un puntapié a uno de los viejos libros contables del señor
Gu Chiu, lo que le produjo un gran enojo. Pese a que Chao Güi-Weng no
conoce al señor Gu, ha debido oír hablar seguramente de este sucedido y
quiere sacar la cara por él; para ello, se ha entendido contra mí con los
sujetos esos de la calle. Mas, ¿por qué los niños? Cuando ocurrió aquel
incidente ellos no habían nacido todavía; en consecuencia, pensé, ¿por qué
me han mirado de esa tan extraña manera, que señala que tienen miedo de
mí o desean ellos también asesinarme? El conjunto de estas cosas me
horroriza, me deja sin consuelo y, a la vez, me resulta algo enigmático.
Pero... caramba... ¡Sí, eso es! ¡Ahora entiendo! Han conocido el asunto a
través de sus padres.
III
En la noche no logro conciliar el sueño. Para entender las cosas, es
necesario meditar sobre ellas.
El funcionario ha mandado encadenar a estos hombres; el señor del lugar
los ha abofeteado. Los reos han visto cómo sus esposas fueron capturadas
por los oficiales de la corte judicial y cómo sus padres y sus madres han
preferido cometer suicidio, antes que enfrentarse cara a cara con sus
acreedores, mas jamás exhibieron expresiones tan horrendas, tan llenas de
ferocidad, como las que vi ayer en sus caras.
Pero lo más extraño de todo fue ver a esa mujer, la que golpeaba a su hijo
en medio de la calle, gritándole: “¡Eres un cerdo! ¡Debería comer algunos
pedazos de ti para aliviar mi furia!”. Y mientras aquella mujer vociferaba
estas barbaridades, me miraba directamente a mí. Ello me alteró de tal
modo que no pude dominar mis sentimientos, en tanto que todo ese gentío
de rostros congestionados y fieros colmillos explotaba de la risa.
Apresurado, el viejo Chen llegó al lugar y me llevó a empellones hasta la
casa.
En el interior de la vivienda los de la familia simularon no conocerme; sus
miradas eran muy parecidas a las del grupo de la calle. Ingresé en una
pequeña habitación privada y ellos trabaron la cerradura: quedé encerrado,
sintiéndome como una gallina o un pato que alguien aprisiona en un
gallinero.
Este incidente es todavía más inexplicable; ciertamente, ignoro qué es lo
que ellos quieren.
Hace días uno de nuestros inquilinos de la Aldea de los Lobos, al venir a
informar sobre la sequía que agobia el campo, le narró a mi hermano mayor
que los campesinos habían logrado atrapar y matar a un famoso bandido
que asolaba el lugar. Luego le arrancaron el corazón y el hígado, los frieron
en una sartén y se los comieron, creyendo que obrando así se iba a
acrecentar su coraje. Los interrumpí, hablándoles, y mi hermano y el
arrendatario me dirigieron unas enigmáticas y repetidas miradas. Ahora
entiendo que sus miradas eran por completo semejantes a las de los sujetos
de la calle.
De sólo pensarlo, tiemblo de pies a cabeza... Si ellos devoran carne
humana... ¿Por qué razón no harían lo mismo conmigo?
Con toda evidencia, aquella mujer que “quería comerse algunos pedazos”,
las risotadas de esos hombres de rostro congestionado y feroces colmillos y
lo narrado por el campesino eran indicios secretos. Sus palabras están llenas
de veneno, sus risas tajean como espadas y sus dentaduras son hileras de
brillante blancura; los suyos son dientes de caníbales.
No creo que yo sea un mal tipo, pero desde aquel incidente con el libro
contable de la familia Gu, no me siento seguro de nada. Parece que
esconden algún secreto que yo no alcanzo a adivinar. Asimismo, cuando se
ponen contra alguien, no existe ningún obstáculo para que lo estimen como
malo. Recuerdo que cuando mi hermano me enseñaba oratoria, por más
perfecto que fuera el hombre al cual tenía yo que referirme, alcanzaba con
que expusiera algún argumento en su contra para ganarme su aprobación, y
cuando era capaz de excusar la conducta de un hombre malo, mi hermano
observaba: “Además de ser original, posees talento como litigante”.
Entonces, ¿de qué modo puedo conocer aquello que piensan,
particularmente cuando se deciden a comerse a un hombre?
Para comprender las cosas es necesario meditar sobre ellas. Creo que en
los tiempos antiguos era habitual que los hombres se devoraran entre sí,
pero no estoy muy seguro respecto de ese asunto. Recurrí a un tratado
histórico para estudiar este asunto, pero no brindaba ninguna fecha; en
todas sus páginas aparecían palabras tales como “humanitarismo”,
“justicia” y “virtud”. Como igualmente no podía yo dormirme, me dediqué
a leer con toda atención y en medio de la noche comprendí que había algo
presente entrelíneas: dos palabras llenaban todo el libro: “¡devorar
hombres!”.
La tipografía del libro, las palabras de los campesinos, todo sonreía con
frialdad, observándome de una manera muy extraña. ¡Yo también soy un
hombre y ellos quieren comerme!
IV
Esta mañana estuve largamente sentado y tranquilo. El anciano Chen vino
con mi comida: una porción de legumbres y otra de pescado cocinado al
vapor. Los ojos del pescado eran blancos y duros; tenía la boca semiabierta,
igual que aquel grupo de caníbales. Después de comer unos pocos bocados
de esa carne viscosa, no sabía si estaba ingiriendo pescado o carne humana,
de modo que vomité asqueado.
Dije: –Mi viejo Chen, dile a mi hermano que me asfixio en este sitio y que
deseo pasear por el jardín.
El anciano, sin agregar nada, fue a cumplir con mi pedido, mas a poco
volvió a abrir la puerta.
Me quedé inmóvil, sin saber qué iban a hacer, aunque estaba seguro de
que no iban a dejarme ir. En efecto: mi hermano venía hacia mí, en
compañía de un viejo que caminaba lentamente. Aquel hombre tenía una
mirada tremenda, mas como le asustaba la sola idea de que yo me percatara
de ello, inclinaba la cabeza hacia el suelo y me miraba disimuladamente,
espiándome por encima de sus anteojos.
–Tu aspecto es espléndido –exclamó mi hermano.
–Sí –asentí.
–Le rogué al señor Jo que viniera a revisarte –continuó diciéndome.
Le contesté: –¡Que lo haga, si quiere!
Sin embargo, yo entendía muy bien que aquel anciano era un verdugo
disfrazado...
Con la excusa de controlar mi pulso, el viejo iba a calcular mi peso y sin
lugar a dudas, el premio por sus servicios iba a ser un buen pedazo de mi
carne. Yo no sentía miedo: aunque no acostumbro devorar carne humana,
me sé más valiente que aquellos antropófagos. Extendí mis puños y aguardé
lo que fuera a suceder. El anciano tomó asiento, cerró sus ojos y me tomó el
pulso durante mucho rato. Cuando lo hubo hecho, siguió unos segundos en
silencio y a continuación me dijo, abriendo cuanto pudo esos ojos malignos:
–No se entregue a sus fantasías. Observe varios días de reposo y se pondrá
bien.
¡No entregarme a fantasías, reposar! Con toda evidencia, cuando yo me
encontrara convenientemente cebado, tendrían todavía más que comer. Pero
¿yo qué obtendría? ¿Era eso lo que iba a hacerme bien? A esos
antropófagos les agrada comer hombres mas actúan secretamente,
intentando cuidar las apariencias, y no se animan a proceder de modo
directo. ¡Si era aquello para morirse de risa! Sin poder soportarlo un
segundo más, comencé a reír a grandes carcajadas, porque aquello me
divertía enormemente. Yo sabía que en mi repentina hilaridad vibraban el
coraje y el sentido de la justicia. El anciano y mi hermano empalidecieron,
fulminados por el coraje y el sentido de justicia de los que yo me ufanaba
abiertamente.
Pero precisamente porque soy un hombre de coraje, sentirán más ganas de
devorarme, para acrecentar con la ingesta su hombría. El anciano abandonó
mi cuarto y cuando se habían alejado apenas de mi puerta, le confió en voz
baja a mi hermano: “Hay que comérselo en seguida”. Mi hermano inclinó
la cabeza, asintiendo a sus palabras. ¡Tú, mi hermano, también formas parte
de esto!
Este extraño hallazgo, aunque imprevisible, sin embargo no me produjo
un estupor excesivo: ¡mi hermano era uno de los caníbales que querían
devorarme!
¡Mi hermano, un comedor de hombres!
¡Soy el hermano de un antropófago!
¡Podré ser devorado por los caníbales, pero no por ello dejo de ser el
hermano de uno de ellos!
V
En estos días retorné a mis meditaciones. Aunque aquel anciano no fuera
un verdugo disfrazado, aunque fuera genuinamente un médico, no por eso
es menos un caníbal. El libro sobre los secretos de las hierbas, escrito por
uno de sus antecesores, Li Shi-Cheng, ¿no dice acaso que la carne humana
puede comerse frita? Entonces, ¿cómo podría evitar el nombre de caníbal?
En lo que hace a mi hermano, asimismo poseo mis razones para sentar
una acusación de este tipo contra él. Cuando me enseñaba los textos
clásicos, le oí decir: “Trocaban sus hijos para devorarlos”. En otra ocasión,
refiriéndose a un hombre muy malvado, dijo que no solamente se merecía
morir, sino también que “comieran su carne y se abrigaran con su pellejo”.
Yo era un niño en aquellos tiempos y al oírle decir esas cosas mi pulso se
aceleró durante largo rato. Antes de ayer, cuando el inquilino de la Aldea de
los Lobos contó que el corazón y el hígado de un hombre habían sido
devorados, mi hermano no expresó asombro alguno, simplemente aprobó
todo aquello con movimientos de la cabeza. Es evidente que sus
sentimientos no han cambiado. Si resulta admisible “trocar a sus hijos para
devorarlos”, ¿qué no se podría cambiar entonces? ¿Y qué lo que no se
podría comer? Con anterioridad me había limitado a escuchar todo aquello
sin tratar de ahondar en su sentido, pero ahora entiendo que cuando mi
hermano me impartía sus lecciones, en sus labios brillaba la grasa humana y
que su corazón estaba repleto de ensueños de antropofagia.
VI
Todo está oscuro e ignoro si es de día o de noche. Nuevamente el perro de
la familia Chao ha comenzado a ladrar.
Posee la ferocidad de un león, la cobardía de una liebre, la malicia de un
zorro...
VII
No se me escapa el porqué de sus maniobras: no desean ni se animan a
matarme por miedo a las consecuencias que se derivarían de tal acción; por
ello se dedican a tenderme trampas que me conduzcan al suicidio.
Observando la actitud de los hombres y las mujeres de la calle hace unos
días, y la de mi hermano en estos últimos, un asunto es más o menos
seguro: desean que me quite el cinturón, lo ate a un poste y me ahorque yo
mismo. Nadie los acusará por haberme asesinado y, de todas formas,
satisfarán así sus deseos íntimos... esto los colmará de alegría y les
producirá una risa quejosa. También puede que intenten hacerme morir de
terror y depresión... Pese a que este método me hará perder peso, de igual
manera mi fallecimiento los satisfará.
¡Ellos exclusivamente devoran carne muerta! He leído en alguna parte que
existe una bestia, de mirada horrenda y apariencia horripilante, a la que
denominan “hiena”. Este monstruo devora carne muerta y puede triturar los
huesos más fuertes, a los que traga después de triturarlos con todo cuidado.
¡Sólo pensar en ello resulta espeluznante! La hiena es un pariente del lobo,
y el lobo pertenece a la familia de los perros. Que el perro de la familia
Chao me haya observado antes de ayer, en innumerables oportunidades,
confirma que está de acuerdo con ellos y que es otro integrante del complot.
Inútilmente ese anciano baja sus ojos hasta el piso: no me engaña con ello.
Lo más lamentable es lo de mi hermano. Él es un hombre, también;
¿acaso no tiene miedo? ¿Por qué razón se ha integrado a los que intentan
comer mi carne? ¿Quizá porque esto siempre se ha concretado, supone que
no hay mal alguno en hacerlo? ¿O no escucha a su conciencia y hace adrede
algo que sabe que es malvado?
Va ser mi hermano el primer caníbal a quien voy a maldecir; será también
el primero a quien intentaré curar de su atroz antropofagia.
VIII
Ciertamente, deberían tener conocimiento de esto desde hace mucho...
Repentinamente, entró un joven de unos veinte años y rostro sonriente; yo
no distinguí muy bien sus facciones. Me saludó con un movimiento de la
cabeza y vi que su sonrisa resultaba absolutamente falsa. Le dije:
–¿Es correcto comer carne humana?
Continuó sonriendo, cuando me contestó:
–¿Para qué comer hombres, si no se siente hambre?
Entendí enseguida que estaba ante un miembro del grupo de los caníbales.
Comprenderlo estimuló mi ánimo e insistí con mi pregunta:
–¿Es correcto hacerlo?
–¡Para qué esas preguntas! Parece que a usted le agradan las bromas...
¡Pero, mire: es muy bella esta noche!
Sí, lo era: la luna brillaba, espléndida... más yo insistí:
–¿Cree usted que es correcto?
Desaprobó mi conducta pero, así y todo, respondió, con tono empañado:
–No.
–¿No, no, dice? Entonces, ¿por qué la comen?
–Eso no puede ser verdad...
–¿No, no puede ser cierto, dice usted? ¿Acaso no la engullen en la Aldea
de los Lobos? Incluso ello está escrito en los libros, por doquier; lea,
¡resulta tan claro como el día!
Su rostro mudó de color y se volvió pálido, como el de un muerto. Con
los ojos casi desorbitados, repuso:
–Quizás usted esté en lo cierto... sí, se ha hecho siempre así...
–¿Y cree que es correcto, por esa razón?
–No quiero discutir sobre ese tema... ¡No debería hablar de ello, no existe
motivo alguno para eso!
Di un gran salto, con los ojos muy abiertos, mas el hombre se había
desvanecido en el aire, parecía, y yo estaba completamente empapado de
sudor. Mi interlocutor era mucho más joven que mi hermano mayor y ya era
parte de su grupo. Seguramente deriva su condición de la educación que le
dieron sus padres. Tal vez él mismo se lo haya enseñado ya a su hijo. Por
ello es que inclusive los niños pequeños me espían con odio.
IX
Quieren comerse a los demás y sienten miedo, por otra parte, de ser ellos
mismos devorados. Es por esa razón que se escrutan los unos a los otros,
llenos de dudas y sospechas...
Si dejaran de pensar una y otra vez en estos asuntos, sentirían paz y
tranquilidad durante sus tareas, mientras hacen una caminata, mientras se
alimentan, mientras duermen y sueñan. Para superar este obstáculo
solamente hay que adelantar un paso: mas el padre y el hijo, los hermanos,
el esposo y su esposa, los amigos, el profesor y su pupilo, los enemigos, e
inclusive aquellos que no se conocen previamente, se integran en un grupo,
se imparten consejos y se contienen los unos a los otros, para que nadie se
anime a dar el siguiente paso...
X
Esa mañana, temprano, fui a buscar a mi hermano, que miraba
atentamente el cielo de pie, junto a la puerta del salón. Me acerqué a él por
detrás, me coloqué en el alféizar y le dije con calma y cortésmente:
–Tengo que decirte algo.
Se volvió hacia mí con rapidez y asintió con un leve movimiento de
cabeza.
–Dime lo que tengas que decir.
–No sé muy bien cómo expresarlo. Es factible que, en los tiempos
antiguos, los hombres hayan sido caníbales. Al evolucionar la humanidad,
algunos dejaron de comer la carne de sus semejantes; deseaban mejorar y
finalmente, así, se transformaron en hombres genuinos. Pero los caníbales
no han desaparecido del todo. Igualmente sucedió entre los insectos:
algunas variedades evolucionaron, se convirtieron en peces primero, luego
en pájaros, después en monos y, finalmente, se convirtieron en hombres.
Mientras tanto, otros tipos de insectos no progresaron y continúan siendo
eso, insectos. ¡Qué vergüenza para un antropófago, si se lo compara con el
hombre que no devora a sus semejantes! Su vergüenza debe ser muchísimo
mayor que la del insecto ante el mono. Cuenta la tradición que Yi Ya asó a
su propio hijo para alimentar a los tiranos Chie y Chou; este es un hecho de
la historia antigua. ¿Quién habría dicho que, después de que Pan Gu
separara el cielo de la tierra, los hombres se iban a comer entre ellos, hasta
llegar al hijo de Yi Ya, y que desde el hijo de Yi Ya hasta Sü Si-Ling y
desde Sü Si-Ling hasta el forajido detenido en la Aldea de los Lobos, los
hombres comerían hombres? El año pasado, cuando se ejecutaba a los
maleantes en la ciudad, había un tuberculoso que iba a mojar el pan en su
sangre, para lamerla. Quieren devorarme y, desde luego, solo no puedes
hacer nada contra ellos. Mas ¿por qué te uniste a ellos? Los antropófagos
son capaces de todo. Si son capaces de devorarme, también serán capaces
de hacer lo mismo contigo. Hasta los miembros de una misma tribu se
comen entre ellos. Pero alcanza con dar un paso, alcanza con desear
abandonar ese hábito, y en todo el mundo reinará la paz. Pese a que esta
situación perdura desde antaño, tú y yo podríamos comenzar, a partir de
hoy, a comportarnos buenamente y afirmar: “Esto ya no es posible”. Creo
que vas a decirme que no es posible, mi querido hermano, dado que antes
de ayer, cuando nuestro inquilino te rogó que le rebajaras el costo de la
renta, le dijiste sin dudarlo que ello no era posible.
Cuando comencé a hablarle, mi hermano sonreía fríamente, más luego vi
en sus ojos un brillo feroz y cuando expuse aquello que él íntimamente
pensaba, su cara enrojeció.
En la calle se había reunido un grupo de personas: Chao Güi-Weng estaba
allí, con su perro, y todos estiraban sus cuellos en nuestra dirección,
intentando ver mejor. Yo no lograba distinguir los rostros de algunos de
ellos, pues parecían estar velados. Los otros tenían sus caras
congestionadas, mientras que de sus labios, que sonreían con falsedad,
asomaban aquellos agudos colmillos. Enseguida entendí que eran todos
ellos miembros de una misma tribu, una tribu de antropófagos. Empero, no
ignoraba yo que cada uno de ellos abrigaba diferentes sentimientos: unos
creían que el hombre debía comer carne de sus semejantes, porque así lo
había hecho siempre. Otros conocían que los hombres no deben comer
carne humana, mas de igual manera lo hacían, asustados de que sus
horribles actos fueran denunciados y expuestos. Estos últimos, al oírme,
enfurecieron, pero solamente reaccionaron frunciendo sus labios con un
rictus cínico.
En ese momento mi hermano tenía una apariencia temible y gritó
fuertemente:
–¡Salgan todos de allí! ¡Para qué quieren ustedes mirar a un demente!
Enseguida entendí su nueva estratagema. No sólo no querían convertirse,
sino que estaban conjurados previamente para llamarme demente. Así,
cuando me devoraran, no solamente no sufrirían ningún contratiempo, sino
que incluso no faltaría quien les quedara agradecidos. El inquilino nos dijo
que el hombre devorado por los campesinos era un forajido; exactamente el
mismo truco. ¡Siempre lo mismo!
El anciano Chen, furioso, ingresó también; mas ¿quién podría callarme?
Tenía yo una absoluta necesidad de hablarle a aquellos sujetos.
–¡Conviértanse, cambien ustedes de hábitos, desde el fondo de sus
corazones! ¡Sepan que, mañana, no se permitirá vivir sobre la tierra a los
antropófagos! Si no cambian, todos ustedes serán asimismo devorados. ¡Por
más hijos que tengan, con sus mismas costumbres, serán aniquilados por los
hombres genuinos, como hacen los cazadores con los lobos... de igual
manera se liquida a los insectos!
Chen, el anciano, hizo salir a todos y luego me suplicó que tornara a mi
cuarto. Mi hermano había desaparecido. El interior de la habitación estaba
completamente en tinieblas. Las vigas de la estancia comenzaron a temblar
sobre mi cabeza y, después de un rato, aumentaron de volumen y se
precipitaron sobre mí.
Pesaban tanto, que no podía realizar ningún movimiento. Deseaban darme
muerte, mas yo sabía que su peso era algo falso. Me retorcí, entonces, y de
esa manera logré liberarme, con el cuerpo bañado de sudores. De todas
formas, con toda intención grité:
–¡Cambien en seguida! ¡Háganlo de todo corazón! ¡Sepan que en el futuro
no se permitirá vivir a los antropófagos!...
XI
El sol no se ve más, la puerta sólo se abre dos veces cada día, cuando
vienen a traer mis comidas.
Mientras tomaba los palillos, volví a pensar en mi hermano; ahora
comprendo que fue él quien originó la muerte de mi hermana más pequeña.
Tenía ella cinco años y era tan bonita que sólo mirarla enternecía. Veo
nuevamente a mi madre llorando sin cesar y a mi hermano intentando
inútilmente confortarla. Tal vez sentía remordimientos, dado que él era
quien había devorado a la niña. Ello, si todavía era capaz de sentir algo así.
Mi hermano mayor se comió a mi hermana menor y no sé si nuestra
madre llegó a comprenderlo alguna vez. Sin embargo, creo que mi madre
sabía de aquello. Si, mientras lloraba, no dijo cosa alguna, fue posiblemente
porque le parecía del todo normal que aconteciera algo así.
Recuerdo que cierta vez, cuando yo tenía unos cuatro o cinco años, me
encontraba gozando de la brisa fresca frente a la puerta del salón y entonces
mi hermano mayor me refirió que un hijo debe estar listo siempre para
cortar un pedazo de carne de su cuerpo, cocinarlo y dárselo a sus padres si
es que ellos están enfermos, porque es así como se comporta un hombre
correcto. Entonces, mi madre no protestó ante las palabras terribles de mi
hermano. Y si se puede comer un pedazo de carne humana, entonces, con
toda evidencia, es factible devorar a un hombre completo. Sin embargo,
cuando memoro el llanto materno de ese momento, no puedo evitar que se
me dé vuelta el corazón. ¡Qué cosa tan extraña es ésta!
XII
No puedo pensar más en eso.
Hoy comprendí que he vivido siempre en el seno de un pueblo que, desde
hace miles de años, se devora a sí mismo. Nuestra hermana menor murió
exactamente cuando mi hermano se hizo cargo de la familia. ¿No habrá,
quizá, mezclado su carne con nuestros alimentos, para que, sin saberlo
nosotros, la comiéramos?
¿Sin querer hacerlo, habré comido la carne de mi hermana? ¡Y ahora es
mi turno!
Si la historia de mi pueblo abarca cuatro milenios de antropofagia...
¡cómo hallar en él a un hombre verdadero! Al comienzo no lo comprendía,
pero ahora bien lo sé.
XIII
Tal vez todavía haya niños que no han comido carne humana. ¡Hay que
salvarlos!...
El sueño de
la mosca horrorosa
Daram Singh soñó que una mosca horrorosa volaba por su cuarto,
interrumpiendo del modo más molesto sus hondas meditaciones. Enojado,
Daram Singh principió a perseguir al insecto, buscando matarlo para
terminar así con sus desagradables zumbidos, con su posarse aquí y allá,
inclusive, rozando su cuerpo con su presencia inmunda. Daram Singh –pese
a lo reducido del espacio de su habitación– corrió en una y en otra
dirección, sacudiendo los brazos como un poseso, como si él mismo fuera
una mosca. Todo aquello fue inútil: burlonamente, posada sobre el marco de
marfil del retrato de su amada, la mosca lo miraba venir con sus saltones y
monstruosos ojos y esquivaba diestramente sus golpes, para volver a
posarse luego a corta distancia y esperar otra furiosa arremetida, que daba el
mismo resultado.
Agotado por su infructuosa persecución, Daram Singh se despertó
respirando fragorosamente. Sobre la mesa de noche se encontraba posada la
horrenda mosca, al parecer, sin atender a su presencia. De un fuerte golpe,
Daram Singh aplastó al insecto, acabando con él. Una masa grisácea era
todo lo que quedaba de la mosca, apenas una mancha muy pequeña contra
la madera del mueble. Daram Singh se preguntó qué había hecho,
realmente... si había matado a una simple mosca o a uno de sus sueños.
India
Anónimo
La furia de
un hombre común
–A cambio de tus tierras, voy a darte otra posesión que es diez veces más
grande que todas las tuyas juntas. Te suplico que consientas este trato, tan
ventajoso para ti –el soberano de Angor mandó que le dijeran al príncipe de
Dar.
El piadoso príncipe ordenó que le respondieran al rey de Angor:
–Su Majestad me hace un alto honor y me ofrece un trato que no puede
ser más ventajoso, otra prueba de su notoria generosidad. Mas las tierras
que solicita Su Majestad me fueron dadas en herencia por mis virtuosos
antepasados y deshonraría sus memorias si me desprendiera de ellas,
aunque perdiera así la posibilidad de engrandecer tanto mis propiedades. Es
por esta razón que no puedo acceder al convenio que tan generosamente me
ofrece Su Majestad.
Al oír la respuesta del príncipe de Dar a su solicitud, el señor de Angor
montó en una cólera terrible. Temblando, el embajador Kamrala, enviado
por el príncipe, aguardaba la réplica del soberano despechado.
Conteniéndose apenas, el rey le dijo al embajador del príncipe de Dar:
–Tu señor se niega a permutar sus propiedades por otra que es una decena
de veces más grande que todas las suyas. Debería saber tu príncipe que
todavía conserva su minúsculo principado porque, hasta este momento, lo
he estimado como un hombre virtuoso y digno de todo respeto. Yo, señor de
Angor, que conquisté y destruí reinos y principados mucho más grandes que
el pequeño país de tu amo, embajador. Mas no escapa a mi entendimiento
que, al rechazar mi espléndida propuesta, el príncipe se está mofando de mí.
El embajador, con humildad, respondió a las irritadas palabras del furioso
soberano:
–No se trata de burla alguna, oh poderoso monarca del mundo.
Simplemente, mi señor es de índole piadosa y desea conservar la herencia
de sus antepasados intacta, como ha sido una tradición en el principado de
Dar desde hace generaciones y generaciones. Si le ofrecieras un reino
veinte veces más grande que su principado, lo rechazaría. Rechazaría un
imperio treinta veces más grande que su propiedad, si se lo ofrecieras, y
todo por la misma razón, oh señor del mundo: por piedad hacia sus
antepasados.
Al escuchar estas palabras de boca del embajador Kamrala, el rey de
Angor se puso todavía más furioso y le espetó en la cara:
–¿Sabes tú, embajador, qué cosa es la cólera de un monarca como yo?
–No, Majestad, no lo sé –dijo Kamrala, pálido ya de miedo.
–La furia de un soberano de mi talla equivale a millones de hombres
muertos, equivale a un río de sangre de miles de leguas de extensión –
bramó el monarca, golpeando con violencia sobre el pomo de su espada de
oro.
Reponiéndose, Kamrala le preguntó:
–¿Conoce su majestad cómo es la furia de un hombre común?
Dijo el rey:
–¿La furia de un hombre común? Consiste en perder su dignidad y
caminar por las calles repletas de desperdicios, sin calzado, cubierto de
cenizas de la cabeza a los pies y vociferando como un demente –se mofó el
rey.
–No –respondió Kamrala, reponiéndose más y más– ésa es la furia de un
hombre común y mediocre, no la de un hombre común y de coraje. Cuando
un hombre de coraje se enoja, como frente a él no hay más que otro
hombre, la sangre salta a menos de cuatro pasos. Majestad, todo el Indostán
guarda luto después de que la furia de un hombre común pero de coraje se
ha manifestado. Hoy es uno de esos días tan particulares, precisamente hoy.
Entonces Kamrala, el humilde embajador del príncipe de un pequeño país,
se adelantó hacia el rey con la espada desenvainada en su diestra.
El rey se encogió en su trono, viendo venir al transformado Kamrala, que
ya estaba a cuatro pasos de él. Entonces el poderoso señor se levantó de su
trono y con humildad, se arrodilló frente al embajador y con sus manos
unidas frente a su cara lo saludó con extrema humildad, rogándole:
–Gran Maestro, acabo de comprender la diferencia. Por favor, vuelve a
sentarte.
India
Anónimo
La anciana falsa
Cuando la India fue invadida y conquistada por los reyes mongoles, vivía
en Kerala, al sur del país, un muchacho llamado Maha Pratap Mewar, hijo
de una familia muy rica de la casta de los mercaderes. Maha Pratap Mewar
era muy joven todavía, pero ya un hombre; además, era muy buen mozo.
Cierta vez, su padre le ordenó que fuera a ver a su tío, quien vivía en una
aldea a unas leguas de su hogar. Principiaba la estación de las lluvias, que
en la India son muy copiosas y así, cuando había recorrido buena parte del
camino, Maha Pratap Mewar fue sorprendido por una descarga de agua
celeste que lo obligó a buscar refugio bajo el primer techo cercano. Este
resultó ser el de un antiguo templo, que abandonado y aparentemente
solitario, se erguía todavía en aquellos campos que, rápidamente, se estaban
inundando.
Maha Pratap Mewar corrió hacia aquel improvisado refugio y encontró
sentada a las puertas del templo a una mujer muy anciana.
El muchacho se sentó junto a la vieja y decidió aguardar a que la copiosa
lluvia cesara de caer, antes de proseguir su camino.
La anciana, viendo que parecía un buen sujeto y que además era bien
parecido, comenzó a hablarle amistosamente. Maha Pratap Mewar notó
que, mientras le hablaba, la anciana se acercaba más y más a él, hasta que
sus cuerpos estuvieron en contacto... Luego, la vieja comenzó a acariciar el
cuerpo del joven, que la dejó hacer. Mas, al cabo de un rato de conversación
y caricias, el muchacho le preguntó por qué, si era una mujer, la anciana
tenía voz masculina.
La vieja repuso:
–Jovencito, ya que eres tan amable como para no evitar a una mujer ya
mayor, voy a decirte toda la verdad, con la condición de que no le cuentes
nada de lo que voy a decirte a persona alguna.
Maha Pratap Mewar así se lo prometió, y satisfecha con ello, la mujer
prosiguió:
–Ciertamente, no soy una mujer, sino un hombre. Cuando era niño,
gustaba de vestirme con las ropas de mi madre y mis hermanas e imitar el
tono de voz de las mujeres; inclusive aprendí a hacer las labores femeninas,
como coser y bordar, con igual habilidad que ellas. Visitaba el mercado
haciéndome pasar por una muchacha y ofreciéndome para trabajos de
costura. Fui aceptada por los vecinos y mi destreza con las agujas y las telas
resultó ser muy requerida. Así, en las casas donde solocitaban mis servicios
como costurera me tendía con las mujeres, en los dormitorios, y cuando
encontraba alguna que aceptara el placer que podía brindarle, no dudaba en
regocijarme con ella. Prontamente, las mujeres hallaron que no debían salir
de la casa para acceder a los placeres de la carne y aun las más castas y
reservadas se avinieron a regocijarse conmigo. Estas no decían nada, por
miedo al escándalo... Asimismo, me agencié una pócima que vertía en la
bebida de las más remisas, dejándolas tan adormecidas, que ya no podían
oponerse a que hiciera con ellas cuanto me diera en gana. Cuando volvían
en sí era demasiado tarde para reparar lo sucedido y se guardaban muy bien,
entonces, de delatarme. En vez de denunciarme me sobornaban y adulaban,
regalándome joyas y ricas prendas para que callara todo comentario sobre
lo sucedido. Tengo ya cincuenta años y nunca he vuelto a usar ropas de
hombre. Conozco casi toda la enorme extensión de la India y en cada
provincia, al ver a una mujer bella, consigo entrar en su morada. De más
está decirte que, además de gozar de cuantas he querido, reuní una riqueza
muy crecida. ¡Nunca me descubrieron!
–¡Qué historia tan extraña y tan maravillosa! Ignoro si yo alcanzaría a
hacer algo semejante –se asombró el muchacho.
–Eres muy atractivo –le contestó la falsa vieja– todos creerán que eres una
mujer. Si aspiras a que yo sea tu maestro, sólo debes seguirme. Voy a
vendarte los pies, para que parezcan más pequeños, y también te enseñaré a
bordar, tejer y coser. Recorreremos así las casas, diciéndole a sus moradores
que tú eres mi sobrina. Si vemos propicia la ocasión, te daré un poco de mi
pócima adormecedora y sin problemas conseguirás todos los placeres que
desees.
Maha Pratap Mewar no veía el momento de llevar adelante su primera
engañifa. Sin dudar un segundo más, adoptó a aquel tunante como su
maestro, olvidando por completo cuanto le habían enseñado en casa de sus
padres.
Finalmente, tras varias horas de espera, la lluvia se detuvo y ambos se
marcharon, dirigiéndose a la ciudadela más cercana. Una vez allí, fueron
directamente al mercado y adquirieron ropa de mujer para que Maha Pratap
Mewar pudiera disfrazarse convenientemente. Tan perfecto fue su disfraz,
que nadie que lo viera podría haber siquiera sospechado que, en realidad,
fuera un muchacho en la flor de la edad. Inclusive, por indicación de la
falsa vieja, Maha Pratap Mewar cambió su nombre por uno femenino,
Andhra, aunque se sintió demasiado cohibido, durante varios días, para
decir una sola palabra.
Sin embargo, la falsa vieja no parecía ansiosa por encontrar mujeres a
quienes engañar con tales artilugios. Antes bien, cada noche, insistía en que
su “sobrina Andhra” se acostara con “ella”, para darle nuevas enseñanzas.
Finalmente, Maha Pratap Mewar se cansó de aquello y decidió que
separaran sus caminos. Contra su voluntad, la falsa vieja tuvo que aceptar la
decisión del joven, mas antes de separarse insistió en darle unos últimos
consejos:
–No olvides jamás lo que voy a decirte –insistió la falsa anciana–. Es muy
importante: nunca permanezcas durante excesivo tiempo en una misma
casa. Si te quedas demasiado, tarde o temprano serás descubierto. Tampoco
permitas que algún hombre se te acerque y trabe relación contigo. Eres
bello, joven y así, muchos te buscarán. Permanece siempre rodeado de
mujeres y solamente de mujeres. Y además, recuerda una tercera cosa, tan
importante como estas dos que ya te dije: aléjate de las niñas, que gritan y
lloran.
Dicho todo esto, los dos hombres se separaron y se fueron cada uno por su
lado.
Maha Pratap Mewar se dirigió a una pequeña ciudadela, donde, a poco de
llegar, vio bajo un portal a una hermosísima muchacha, que entraba a la
casa. Fascinado, el joven tocó el llamador de aquella casa varias veces y la
mismísima joven que lo había encandilado con sus encantos acudió a su
llamado. El muchacho se presentó como una costurera y la joven, que no
dejaba de mirarlo, le dijo que justamente estaba buscando una. Fue así que
Maha Pratap Mewar quedó al servicio de su encantadora ama, abrigando
todo tipo de fantasías... mas aquella noche fue mayúscula su decepción, al
enterarse de que la bella era casada y ver llegar a su fornido marido...
A su pesar, comprendió que debería aguardar a que la hermosa señora de
la casa volviera a quedarse sola, durante el día; de un momento al otro, ella
vendría a la habitación que le había asignado a Maha Pratap Mewar y sus
costuras.
La hermosa así lo hizo y entonces Maha Pratap Mewar la felicitó por sus
propiedades y por el marido que había elegido para formar su hogar. La
joven ama se ruborizó al oírle, y luego, con el curso de sus conversaciones,
su relación se fue haciendo más y más íntima. Prudentemente, Maha Pratap
Mewar decidió esperar aún más.
Al día siguiente, se insinuó a la joven de modo mucho más abierto,
alcanzando el éxito que buscaba... Mas, para su estupor y asombro, no
habían pasado dos días cuando tuvo que marcharse, por un factor
inesperado: el marido de su adorada se había fijado en él y hasta intentó
acariciarlo, cuando la joven señora marchó a buscar aceite al mercado de la
ciudadela.
Desde ese momento, Maha Pratap Mewar se consagró a su extraña y
nueva existencia. Al cumplir los treinta años, había recorrido la mitad de la
India y logrado el cuerpo y el deseo de miles de mujeres. El apetito carnal
del joven, que se había hecho hombre vestido de mujer, era insaciable, no
dejando pasar oportunidad de acceder al placer que pudieran proporcionarle
las muchachas de la casa, las madres y las tías de éstas, las amigas de la
casa y hasta las esclavas de la morada.
Sin embargo, Maha Pratap Mewar no había olvidado los últimos consejos
que le había dejado su antiguo maestro, la falsa vieja, antes de separarse de
él y jamás, por razón alguna, prolongaba su estadía en una casa por más de
unas pocas jornadas.
Un día arribó a una ciudadela de Bengala, donde fue recibido como
costurera en una casa de elevada jerarquía: allí, para su agradable sorpresa,
había más de una decena de mujeres y todas eran tan bellas como jóvenes.
Tantos placeres disfrutó Maha Pratap Mewar en esa morada, que sin darse
cuenta prolongó su estadía casi un mes.
Para su desgracia, el marido de una de las bellezas que había seducido y
poseído se había prendado de él y estaba decidido a satisfacer sus deseos
cuanto antes. El hombre arregló que su esposa tuviera que llevar a Maha
Pratap Mewar hasta sus estancias, pretextando que quería hacerse
confeccionar unas camisas. Maha Pratap Mewar fue a cumplir ese
cometido, sin abrigar la menor sospecha de las intenciones reales de aquel
amo. Mas al encontrarse a solas con él, en un mismo cuarto, no había
terminado de disponer sus útiles de costura cuando ya el marido lo había
tomado en sus brazos, requiriéndolo de amores de modo urgente.
Desde luego, ante esa situación Maha Pratap Mewar se negó y comenzó a
gritar, pidiendo ayuda, pero aquella desesperada demanda de auxilio fue
completamente en vano: la esposa del ardiente amo había salido tras
conducir a Maha Pratap Mewar hasta las habitaciones de su esposo y la
servidumbre no estaba o prefería no intervenir en absoluto en aquel asunto.
Cegado por el deseo, el amo –cuyas fuerzas no eran pocas– arrojó al
desesperado Maha Pratap Mewar sobre la cama deshecha y comenzó a
desnudarlo. Sus impacientes manos encontraron algo que no esperaban
hallar y apartándose prestamente de la falsa costurera, el amo dio la voz de
alarma. Entonces los servidores sí acudieron y el amo ordenó que
maniataran a la falsa joven; luego tomó de una pared una grueso látigo, de
esos que se usan para apurar a los bueyes, y lo descargó sobre el
aterrorizado Maha Pratap Mewar, que por poco no escapa vivo de aquel
inesperado suceso. Azotado, avergonzado y ensangrentado, fue conducido
ante el tribunal de la ciudadela, aunque el amo hubiese preferido hacer
justicia él mismo, con su propio sable...
El juez interrogó a Maha Pratap Mewar y éste declaró que había adoptado
aquellas estratagemas como medio para ganarse el pan, pues en la región de
donde él venía no había trabajo para los hombres y que luego se había
acostumbrado tanto a él, que no había podido abandonarlo, pese a que lo
había intentado en innumerables ocasiones.
Incrédulo, el juez ordenó que lo tendieran sobre unos sólidos maderos, en
las mazmorras del tribunal, y que el verdugo ciñera sus brazos y sus piernas
con ajustadas tiras de cuero, unidas a grandes ruedas de carro. Luego, los
ayudantes del verdugo comenzaron a hacer girar las ruedas, que fueron
tensando más y más las tiras de cuero y los brazos y las piernas de Maha
Pratap Mewar crujieron y el desventurado sintió que iban a
descoyuntársele... Finalmente confesó cuál era su auténtico nombre y cuáles
las razones verdaderas de sus extraños hábitos.
Entonces, sin darse por satisfecho, el juez ordenó que el verdugo
introdujera una larga tira de tela en la garganta de Maha Pratap Mewar, que
seguía atado a los maderos, hasta que el pedazo de género se enrollara
varias veces en su estómago. Luego tres de los asistentes del verdugo
sujetaron el otro extremo de tela y comenzaron a tirar violenta y
rápidamente de él, hasta extraer toda la tira de tela, ensangrentada, junto
con partes del estómago del infeliz Maha Pratap Mewar... El joven se
desmayó, pero el juez hizo que lo volvieran en sí arrojándole baldazos de
agua salada y así, como pudo, Maha Pratap Mewar hizo el relato completo
de las hazañas perpetradas bajo su disfraz de costurera, durante todos esos
años.
Tras meditar durante un día entero, el juez concluyó que la falta de Maha
Pratap Mewar caía bajo la ley contra el adulterio y, en consecuencia, su
castigo debía ser el reservado a los que engañan al amor. El verdugo colocó
un gran tazón de cobre, boca abajo, sobre el vientre desnudo de Maha
Pratap Mewar. Sobre la base de aquel tazón invertido, colocaron sus
ayudantes carbones encendidos, mas primero habían encerrado una enorme
rata –de las que deambulan por los cementerios– bajo el tazón de cobre, una
rata que caminaba nerviosamente sobre el vientre del reo. Al comenzar a
calentarse el tazón, el asqueroso roedor tomó el único camino posible para
escapar: horadar con sus dientes y sus garras la carne del desventurado
Maha Pratap Mewar, que así murió como hombre después de recorrer como
mujer la mitad de la India, en el tiempo en que fue invadida y conquistada
por los reyes mongoles.
Indonesia
Anónimo
El simio blanco
El pintor en el paisaje
La nariz
El huevo
Diario de un loco
3 de octubre
Hoy sucedió algo absolutamente fuera de lo común. Dejé mi cama tarde, y
cuando Marva me alcanzó las botas bien lustradas, le pregunté qué hora era.
Al saber que eran pasadas las diez, me vestí enseguida. Reconozco que con
todo gusto hubiera faltado a la oficina, pensando en la cara que me iba a
poner el jefe de la sección. Desde hace tiempo me dice: “¿Qué lío tienes en
la cabeza? No es la primera vez que actúas como un demente y complicas
las cosas de tal modo que ni el mismo diablo podría ordenarlo. Ni siquiera
inicias con mayúsculas los documentos, olvidas la fecha y respecto del
número... ¡Hay que ver eso!...”.
¡Maldito jefe! Seguramente me envidia, porque estoy en la oficina del
director, sacando punta a las plumas de Su Excelencia. En una palabra, no
hubiera ido a la oficina si no hubiese esperado sacarle al judío del cajero un
anticipo de mi sueldo. ¡Ese también es un caso serio! ¡Antes de que me
adelante una moneda llegará el Juicio Final! ¡Jesucristo, qué sujeto! Puedes
jurarle que estás en la peor miseria, suplicarle, amenazarlo, todo es igual: no
le sacarás un centavo. Y pensar que, en su casa, hasta la cocinera le pega.
Eso es algo que todos conocen bien.
No entiendo qué ventajas trae aparejadas el trabajar en un ministerio. Uno
ni siquiera cuenta con algún recurso. Lo que no sucede de igual manera en
la Administración Provincial, en el Ministerio de Hacienda, o en el Tribunal
Civil. Allí ves a un empleado cualquiera sentado escribiendo con toda
humildad en un rincón, vistiendo un frac gastado; su apariencia hace
comprender que ni siquiera sirve para escupirlo. Y, empero, préstale
atención a la villa que alquila para pasar el verano. Ni se te ocurra
obsequiarle una taza de porcelana dorada, va a decirte que eso es adecuado
para un médico. Ese empleado se conforma solamente con un coche lujoso
o un abrigo de visón que valga sus buenos 300 rublos. Sin embargo, parece
tan humilde y habla de un modo tan distinguido... Si, por ejemplo, te pide
prestada la navaja de afeitar para sacarle punta a su pluma y se la das y te
descuidas, puede llegar a desplumarte de tal modo que ni se apiadará de tu
camisa.
Soy consciente de que mi oficina es algo distinta, pues en ella reinan una
buena conducta y tal honradez, que ni soñando pueden ser imaginadas
como propias de la Administración Provincial. Asimismo, hete aquí que
todos los jefes se tratan de usted. Debo confesar que, de no ser por la
honradez y la decencia imperantes en mi oficina, hace tiempo que hubiese
abandonado el departamento ministerial.
Vestí mi vieja capa y tomé el paraguas, porque llovía terriblemente. En las
calles casi no encontré a nadie, sólo mujeres del pueblo que se abrigaban
con los faldones, comerciantes que se resguardaban bajo sus paraguas y
cocheros. No se veían en ninguna parte personas distinguidas, salvo por mi
persona. Entonces la vi en una esquina y pensé: “¡Eh, amigo! Tú no vas a
la oficina. Vas a seguir a ésa que va delante, la dueña de esas piernas que
estás mirando. ¡Qué locura es ésta! Eres peor que un oficial. Alcanza con
que pase cualquier chiquilla para que te dejes engañar”.
Cuando estaba pensando en esto, vi cómo un carruaje se estacionaba
frente a un almacén junto al que yo pasaba. Inmediatamente reconocí aquel
carruaje: era el de mi director. Concluí que iba en él su hija, dado que el
director no tenía razones para ir hasta un almacén a esa hora. El lacayo
abrió la portezuela y la joven salió del carruaje, como un pajarillo. Echó
unas miradas alrededor, y al alzar su mirada hirió mi corazón...
“¡Jesucristo, estoy perdido! ¡Estoy perdido sin remedio!”, pensé.
Luego me pregunté: “¿Por qué habría salido la hija del director con
aquel aguacero?”. Después de aquello nadie se atrevería a negar que las
mujeres enloquecen por los trapos.
Ella no me reconoció; yo me oculté intentando pasar inadvertido, porque
vestía una capa muy manchada y pasada de moda. Ahora gastan capas con
cuellos larguísimos y el mío era extremadamente corto; además, el paño
nada tenía de elegante. La perrita de aquella encantadora señorita no
alcanzó a entrar y se quedó en la calle. La conozco: se llama Medji. No
había pasado un minuto, cuando oí repentinamente una vocecita que decía:
–¡Hola, Medji!
“¿Quién será el que así habla?”, me dije. Observé a dos señoras que
caminaban protegidas por un paraguas. Una de ellas era ya una vieja; la
otra, muy joven todavía. Pero ellas ya habían pasado junto a mí, y otra vez
oí la misma vocecita a mi lado.
–¡Deberías sentir vergüenza, Medji!
Vi que Medji estaba oliendo al perro que iba con las señoras. “¿No estaré
borracho? ¡Por suerte, esto no me ocurre a menudo!”, pensé entonces.
–No, Fidele; estás errado. Yo estuve... muy enferma.
¡Diantre con la perrita! Me sorprendí mucho al oírla hablando como una
persona; pero después de reflexionarlo bien, no me pareció algo extraño. En
el mundo se dan otros numerosos ejemplos de estas cosas. Cuentan que en
Inglaterra emergió un pez y dijo algo en un idioma extraño, una lengua tan
rara, que desde hace años los científicos hacen investigaciones acerca de él
y todavía no lograron incluirlo en clasificación alguna. También leí que dos
vacas entraron en una tienda y pidieron medio kilo de té. Pero debo de
admitir que me produjo mayor estupor escuchar a la perrita Medji diciendo:
–¡Ciertamente te escribí, Fidele! Tal vez Polkan no te llevó mi carta.
Aunque apueste y pierda mi sueldo, estoy seguro de que nunca se ha dado
el caso de un perro capaz de escribir. Solamente los nobles pueden hacerlo.
También algunos comerciantes, los oficinistas y, a veces, hasta la gente del
pueblo puede escribir algo; pero lo hace de una forma mecánica, sin saber
emplear las comas ni los puntos... y desde luego, sin estilo alguno.
Esto me asombró muchísimo. Confieso que desde hace rato oigo y veo
cosas que nunca nadie vio ni oyó.
“Voy a seguir a esta perrita, y así sabré quién es y qué es lo que piensa”,
decidí. Abrí el paraguas y me puse a seguir a las señoras. Cruzamos la calle
Gorojovaia, enfilamos hacia la calle Meschanskaia, y desde allí pasamos a
la de Stoliar. Finalmente llegamos al puente Kokuchkin, deteniéndonos ante
una enorme mansión. “Conozco esta casona –pensé–: es la de Zverkov.
¡Todo un hormiguero! Ciertamente, viven allí pocos cocineros y viajantes.
En lo que hace a los empleados, pululan allí como chinches. Allí vive un
amigo mío que toca muy bien la trompeta”.
Las señoras subieron al quinto piso. Pensé: “Ahora me voy, pero antes me
fijaré atentamente en el sitio, para aprovecharlo en la primera ocasión que
tenga”.
4 de octubre
Es miércoles, y por ello estuve en la oficina del director. Vine adrede algo
antes. Me senté y comencé a sacarle punta a las plumas. Nuestro director
debe de ser un hombre inteligentísimo; tiene el despacho lleno de libros. Leí
los títulos de algunos de ellos, y todos son de ciencia; así que ni por
ensueños son accesibles para nosotros, los empleados. Asimismo, todos
están escritos en francés o en alemán. Cuando uno mira a nuestro director,
se sorprende por su aspecto imponente y por la seriedad que expresa su
persona. Nunca ha dicho una palabra fuera de lugar. Cuando se le entregan
documentos, acostumbra preguntar:
–¿Qué tiempo hace?
–Hay mucha humedad, Excelencia.
La verdad es que las personas como nosotros no nos podemos comparar
con él. Es él, como se dice, un auténtico hombre de estado. Sin embargo,
percibí que me tiene un particular cariño. ¡Ah, si sólo su hija...! ¡No, eso es
una villanía!... Me entretuve leyendo “La Abeja”. ¡Qué imbéciles son los
franceses! ¿Qué pretenden? ¡Con todo gusto los hubiera agarrado a todos y
les hubiese dado una buena golpiza!
Allí también leí la descripción de un baile, realizada por un terrateniente
de Kurck. Los terratenientes de Kurck acostumbran escribir muy bien.
Luego comprendí que habían dado las doce y media y que nuestro director
todavía no había abandonado su dormitorio. Alrededor de la una y media
sucedió algo que ninguna pluma podría relatar. Se abrió la puerta y me
levanté de un salto, con los papeles en la mano, creyendo que se trataba del
director; pero qué grande fue entonces mi estupor al ver que se trataba de
ella. ¡Jesucristo, cómo iba vestida! Tenía un traje blanco y vaporoso, como
el plumaje de un cisne. ¡Y qué vaporoso! Al levantar la mirada creí que me
herían los rayos del sol. Ella me saludó y me dijo, con una voz como la de
un canario:
–¿No ha venido mi papá?
Yo quise decirle: “Excelencia ¿desea usted castigarme? Si es así, que lo
haga su Excelencia con su encantadora manita”.¡Qué diablos! Se me trabó
la lengua y apenas pude decirle: “No, no estuvo aquí”.
Ella apenas me echó una mirada; luego miró los libros y dejó caer su
pañuelo. Yo me lancé a recogerlo, pero resbalé sobre el maldito piso y por
poco me caigo; pese a ello, logré conservar el equilibrio y le alcancé su
pañuelo. ¡Qué pañuelo! ¡De la mejor batista!
Ella me agradeció y sus labios dibujaron una sonrisa apenas irónica; luego
partió. Yo permanecí allí una hora más, hasta que el criado se acercó para
decirme: “Váyase a casa, Aksenti Ivanovich. El señor salió”.
No soporto a los criados; siempre están echados en el vestíbulo, y no te
saludan ni por casualidad; no solamente eso sino que, un día, a uno de esos
animales se le ocurrió ofrecerme un poco de tabaco sin ponerse de pie...
¡Como si yo no fuera un funcionario, proveniente de familia noble! Pese a
ello, tomé yo mismo mi sombrero y mi capa y los vestí, porque era inútil
esperar colaboración de aquel canalla. Salí a la calle y al llegar a mi casa
estuve un largo rato tendido en la cama. Después copié unos versos muy
bellos:
“¡Almita mía! Si estás lejos una hora,
un año entero parece pasar sin ti.
¡Odiosa es la vida, ya solitario, mi señora!
¡‘Si tú no vinieras, mejor morir’, pienso yo!”.
Debe de haberlos escrito Pushkin. Esa tarde, abrigándome bien con mi
capa, fui a la casa de Su Excelencia, donde estuve aguardando para ver si la
veía a ella salir y subir al carruaje; pero no salió.
6 de noviembre
El jefe de personal me ha sacado de mis casillas. Hoy, cuando llegué a la
oficina, me mandó llamar y me dijo:
–¿Qué es lo que estás haciendo?
–¡Yo no hago nada! –respondí.
–Reflexiona: ya has pasado los cuarenta; es hora de que te vuelvas algo
más listo. ¿Supones que no sé de tus aventuras? ¡Estás detrás de la hija del
director! Pero... ¡mírate al espejo! ¡Reflexiona sobre quién eres! ¡No eres
otra cosa que un cero, menos que nada! ¡No tienes ni un céntimo! ¡Mírate la
cara en el espejo! ¡Cómo puedes pensar en tales cosas!
¡Diantre! ¿Qué se habrá creído el jefe de personal? Él tiene cara de bola
de billar, apenas le quedan cuatro pelos en la cabeza, pelos que se unta de
pomada y lleva rizados, lo que provoca risa. ¡Y cree que a él todo le está
permitido! Ahora entiendo el porqué de su rabia: me tiene envidia.
Ciertamente, habrá visto que soy el objeto de sus notorias preferencias.
¡Que diga lo que quiera; me tiene sin cuidado! ¡Además, qué importancia
posee un consejero de la corte! ¡Por gastar una cadena de oro y botas de 30
rublos, se cree que ya es alguien! ¡Al demonio con él! ¿Supone que soy hijo
de un plebeyo, de un sastrecillo o un sargento? Soy un noble. Yo puedo
llegar a obtener el mismo puesto que tiene él. Sólo tengo cuarenta y dos
años, la edad en que, precisamente, se comienza a trabajar. ¡Yo llegaré a
coronel y... con la ayuda de Dios, tal vez a mucho más! Yo tendré una
reputación mayor que la tuya. ¿Qué te crees, que no hay hombre más
presentable que tú? Aguarda un poco: cuando yo tenga un frac a la moda y
una corbata como la tuya, no me llegarás a la punta de los zapatos. Lo malo
es que no cuento con medios para ello.
8 de noviembre
Fui al teatro. Representaban Filatka, el bobo ruso. Reí sin parar.
Incluyeron asimismo un vaudeville, con unos cuplés muy graciosos sobre
los jueces, señaladamente uno que aludía a un consejero, un cuplé tan
fuerte, que no sé de qué modo logró eludir la censura. Respecto de los
comerciantes, se expresaba que descaradamente engañaban a sus clientes, y
que sus hijos participan de unas tremendas juergas mientras aspiran a llegar
a la nobleza por cualquier medio. También había un cuplé muy pícaro sobre
los periodistas y el empeño que tienen por criticarlo todo; de manera que los
autores actuales escriben unas piezas muy entretenidas. A mí me encanta ir
al teatro. En cuanto tengo algún dinerillo no puedo contenerme más y acudo
a una función. Entre nosotros, los empleados, hay muchos que no van al
teatro así se les obsequie la entrada. Cantó muy bien una artista, también en
esa función. Recordé aquello, pero... ¡es una villanía!, conque no diré
nada...
9 de noviembre
A las ocho en punto fui a la oficina. El jefe hizo como que no reparaba en
mí y en que había llegado. Yo fingí que entre nosotros nada había sucedido.
Me distraje con los anuncios y después, comparándolos. Salí a las cuatro y
pasé frente al piso del director, pero no había nadie. Después de comer,
permanecí casi todo el tiempo tendido en mi cama.
11 de noviembre
Hoy estuve en la oficina del director y les saqué punta a veinticuatro
plumas de Su Excelencia y a cuatro de su hija. A él le encanta que haya
muchas plumas. ¡Qué mente la suya! Siempre permanece callado, pero su
mente está –seguramente– siempre reflexionando. Me gustaría conocer en
qué piensa, qué es lo que encierra su cabeza. Me gustaría ver de cerca la
vida de estos señores, conocer sus intimidades y las intrigas cortesanas,
saber cómo piensan y qué suelen hacer. Muchas veces pensé en entablar una
conversación con Su Excelencia, pero siempre mi lengua me desobedece.
Sólo consigo decir: “Hace frío” o “hace calor”; de eso no paso. Me
hubiese gustado echar una mirada al salón, cuya puerta en ocasiones se
encuentra abierta, y también fisgonear por las otras habitaciones. ¡Qué
lujos, qué riqueza albergan! ¡Qué espejos, qué bellas porcelanas! ¡Cuánto
me gustaría echar una mirada a esa parte del piso por donde anda la hija de
Su Excelencia! ¡Eso sí que me encantaría!... Estar en el tocador, entre todos
esos tarritos y esas cajitas, esas flores tan frágiles que hasta da miedo el solo
tocarlas; contemplar su vestido, más tenue que el aire, por allí abandonado.
Me encantaría andar por su dormitorio... Debe de ser un ensueño, un
genuino paraíso, uno de ésos que ni en el cielo hay. Si pudiera ver el
pequeño taburete, allí donde pone el pie al levantarse del lecho y cómo se
pone una media, blanca como la nieve, sobre esa pierna... ¡Ay, mi Dios!...
No, no. Mejor es callarme y no decir nada sobre esto.
Empero, hoy parece ser que el cielo se ha fijado en mí, pues de súbito
recordé la conversación entre los dos perros que oí en el Nevski. Pensé:
“Está bien, ahora conoceré todo. Es necesario que intercepte las cartas
que circulan entre estos perros, porque eso me dará mucha información”.
Debo confesar que una vez llamé a Medji y le dije: “Escúchame, Medji:
ahora estamos a solas; si lo deseas, puedo cerrar la puerta para que nadie
nos vea. Vamos, cuéntame cuanto sepas sobre tu encantadora amita:
vamos, dime cómo es ella, y por mi parte, te juro que no se lo diré a nadie”.
Mas la muy pícara guardó la cola entre sus patas y se escurrió
silenciosamente por la puerta, como si nada hubiese oído. Sospecho desde
hace rato que los perros son mucho más inteligentes que las personas, y que
hasta pueden hablar, pero sucede que son empecinados. El perro es un
auténtico político: percibe todo, no se le pasa por alto nada que esté
relacionado con el hombre. Mañana sin falta voy a ir a casa de Zverkov y
allí interrogaré a Fidele, y si puedo, le quitaré todas las cartas que
intercambian con Medji.
12 de noviembre
Al día siguiente salí a las dos en punto, decidido a ver a Fidele e
interrogarla. El olor a repollo que sale de las tiendas de la calle
Meschanskaia me descompone, y además, las alcantarillas exhalan tal
hedor, que no me quedó otro remedio que cubrirme la nariz con el pañuelo
y comenzar a correr. Allí es imposible dar un paseo, pues todo ese
vecindario apesta a humo y hollín.
Al tocar la campanilla de la puerta se acercó a abrirme una jovencita
bastante bonita, con el semblante cubierto de pecas; era la misma que
acompañaba a la anciana dama cuando llovía. Se ruborizó al verme y
comprendí que deseaba tener un novio.
–¿Qué quiere usted? –preguntó.
–Hablar con su perrita –respondí. La joven era algo boba y lo percibí en el
acto. En eso, la perrita apareció ladrando y quise agarrarla, mas la muy
pícara por poco me muerde la nariz. Yo ya había visto su camita, que era
exactamente aquello que buscaba. Me acerqué a su cama y revolví la paja
contenida en aquel cajón; con placer descubrí un paquete que contenía
papelitos. Mas la malvada perra, al ver lo que yo hacía, me mordió la
pierna, y después, cuando yo tomaba esos papeles, comenzó a ladrar como
jugando amistosamente; pero yo le dije: “No, linda; nada queda por
hacer”. Creo que la joven entendió que yo era un loco, porque se llevó un
susto tremendo. Al llegar a casa quise aplicarme a descifrar los papeles,
pero no veo muy bien con la sola luz de las velas. Además, a Marva se le
ocurrió fregar en ese preciso momento. Estas imbéciles finlandesas siempre
son absolutamente inoportunas. No me quedó otro remedio que ponerme a
pasear de aquí para allá, meditando sobre lo sucedido. Iba a enterarme de
todo, de una vez por todas; las cartas me revelarían todo aquel asunto. Los
perros son muy inteligentes y no desconocen las relaciones íntimas; por
ello, concluí, gracias a su correspondencia tendré la descripción del marido
y sus asuntos. Con toda probabilidad encontraré en estos papeles algo que
se refiera a ella... ¡No, mejor callar! Al atardecer llegué a mi casa y
permanecí casi todo el tiempo en mi lecho.
13 de noviembre
Vamos a ver. La carta parece clara; empero, la letra pone en evidencia al
perro.
Leamos:
“Mi querida Fidele: Todavía no puedo acostumbrarme a un nombre tan
miserable como el tuyo. ¡Hubiesen podido darte uno mejor! Fidele, Rosa,
todos esos nombres son horriblemente cursis. Pero vamos a olvidarnos de
esto. Me pone muy contento que estemos en correspondencia...”.
La carta estaba redactada muy adecuadamente, en todo lo que hace a la
puntuación y la ortografía. Nuestro jefe no sería capaz de hacer algo así,
aunque jura haber estudiado en la universidad. Veamos, algo más adelante:
“Creo que uno de los mayores placeres consiste en intercambiar
pensamientos, impresiones y sensaciones con los otros...”.
Esto es una reflexión extraída de una obra traducida del alemán y cuyo
título ahora no recuerdo.
“Lo señalo por mi propia experiencia, pese a que no haya corrido mucho
mundo, pues no he ido más allá de la cerca de mi casa. Mas ¿de todas
formas, mi vida no pasa con toda felicidad? Mi señorita Sofía, así le dice
papá, me ama locamente..”.
¡No está nada mal, nada mal! ¡Pero, silencio!...
“Papá también me acaricia muy seguidamente. Además me sirven café
con crema. ¡Ah, ma chère! Debo decirte que no me interesan en absoluto
los huesos grandes y bien pelados, que roe Polkan en las cocinas. Los
huesos solamente son buenos cuando proceden de una partida de caza y
ello, siempre y cuando no les hayan sorbido ya la médula. Es bueno,
asimismo, mezclar algunas salsas, pero que no contengan verduras ni
condimentos. No existe cosa peor que aquel hábito que tienen algunos, el
de dar a los perros bolitas de miga de pan. Durante las comidas, siempre
alguno empieza a triturar las migas de pan con sus dedos, que sabe Dios
qué inmundicias han tocado antes, y te llama después, para meterte en la
boca las famosas bolitas de miga. Escupirlas sería una falta de
consideración, conque no tienes otra que tragártelas a pesar del asco que
te da hacerlo..”.
¡Voto a bríos, qué estupidez! ¡Como si no hubiese mejor tema sobre qué
escribir! Veamos si en la otra página hay algo de mayor interés.
“Me complace informarte de todo aquello que sucede en nuestra casa. Ya
te hablé del señor más importante de ésta, al cual Sofía llama papá. Es un
hombre muy extraño..”.
¡Por fin! Ya sabía que los perros albergan opiniones políticas sobre el
conjunto las cosas. Veamos lo que dice sobre “papá”...
“...Es un hombre muy extraño. Está la mayor parte del tiempo en silencio.
Muy de cuando en cuando abre la boca, mas la semana pasada hablaba sin
parar consigo mismo. No hacía más que preguntarse: ‘¿Lo recibiré o no lo
recibiré?’. Tomaba un papel con una mano, mientras la otra seguía vacía, y
volvía a repetir: ‘¿Lo recibiré o no lo recibiré?’ En cierta ocasión se
dirigió a mí con la siguiente pregunta: ‘Tú qué crees, Medji, ¿lo recibiré o
no lo recibiré?’ Yo no pude comprender lo que quería decirme con eso; sólo
olí su zapato y me fui. Una semana después, ma chère, papá estaba loco de
alegría. Toda la mañana recibió visitas de unos señores uniformados,
quienes lo felicitaron por alguna causa. Durante la comida se mostró tan
alegre como nunca antes; no cesaba de hacer bromas. Después me levantó
en brazos y me acercó a su cuello, diciéndome: ‘¡Mira, Medji, lo que
llevo!’. Yo vi apenas una cinta, la olí, pero no encontré en ella el menor
aroma; luego la lamí con cuidado, y comprobé que estaba algo salada”.
¡Diablos! Parece que este perro es demasiado atrevido. Le vendría bien
recibir una buena golpiza. ¡Entonces, nuestro amigo es ambicioso! Esto
habrá que tomarlo en cuenta.
“Adiós, ma chère. Me voy a la carrera... Mañana terminaré la carta.
“¡Hola, otra vez por aquí! Hoy, con Sofía, mi amita...”
¡Veamos qué sucede con Sofía! ¡Esto es una alevosía! Bueno, no importa,
no importa, sigamos...
“...Sofía, mi amita, permaneció agitada durante todo el día. Se alistaba
para asistir a un baile, y yo me alegré por ello, pues me aprovecharía de su
ausencia para escribirte. Mi amita Sofía está siempre muy alegre cuando va
a ir a un baile, aunque mientras se arregla siempre está enojada. No puedo
entender, ma chère, el placer que le da a la gente ir a un baile. Sofía vuelve
a la casa a las seis de la mañana. Y siempre observo, por su aspecto
exhausto y su cara mortecina, que a la pobrecita no le dieron de comer. Yo
jamás podría vivir de esa manera. Si no me dieran perdices con salsa o
alas de pollo fritas, no sé qué sería de mí. También son muy buenas las
gachas de avena con un poco de salsa. Pero las zanahorias, los alcauciles y
los nabos siempre serán espantosos...”
Su estilo es francamente irregular. En el acto se comprende que esta carta
no fue escrita por una persona. Comienza bien, pero termina de cualquier
modo. Veamos otra carta; parece ser excesivamente larga y, además, no
tiene fecha.
“¡Ay, mi querida! Cómo percibe una la llegada de la primavera. Mi
corazón palpita como si esperara algo. Me zumban las orejas. Así es que
muy seguidamente debo levantar la pata y me apoyo y me acerco a una
puerta para escuchar. Debo decirte que tengo numerosos admiradores. Los
veo muy a menudo, sentada ante la ventana. ¡Si supieras lo feos que
algunos son! Uno de ellos es lo más vulgar que puedas imaginar: es un
perro callejero de lo más imbécil y presuntuoso; camina por la calle con
aires de suficiencia. Cree que todos están obligados a mirarlo. Mas, ¡yo no
me fijé en él! También hay un dogo, de aspecto temible, que acostumbra
detenerse ante mi ventana. Si se plantara sobre sus patas traseras, lo que
seguramente el bobo no sabrá hacer, se levantaría por encima de la cabeza
al papá de Sofía, pese a ser éste un hombre notoriamente alto y robusto.
Debe de ser un gran insolente. Yo gruñí un poco en su dirección pero él
siguió como si lloviera, impasible. Podría haberme dedicado un guiño,
siquiera, pero es un bruto que no tiene modales. Se está mirando en mi
ventana, con sus largas orejas y su lengua desnuda. ¿Crees que mi corazón
permanece insensible a estas ofertas? No, te lo aseguro, ma chère... ¡Si
vieras a uno de mis admiradores, llamado Trésor, cuando salta la cerca de
la casa vecina!... ¡Ay ma chère, qué carita pone!”.
¡Bah, qué asco, diablos! ¿Cómo es posible ocupar páginas y páginas con
estupideces como éstas? Ya no quiero saber más nada sobre los perros;
deseo a una persona. Sí, eso es, una persona para que pueda agrandar el
torrente de mi espíritu..., y en lugar de eso, ¿qué es lo que me encuentro?
¡Estupideces, solamente estupideces! Demos vuelta a la página, buscando
algo que sea mejor.
“Sofía se encontraba sentada ante una mesita, cosiendo; yo miraba por la
ventana a los que pasaban (me gusta mucho hacer esto), cuando irrumpió
el lacayo e informó:
“–El señor Teplov.
”–Que entre –permitió Sofía, y se abalanzó sobre mí para llenarme de
besos–. ¡Mi Medji! ¡Si supieras quién es él! Un gentilhombre de la cámara,
de cabellos negros, con ojos oscuros que brillan como el fuego.
”Sofía se fue corriendo a su cuarto. Un instante después entraba el
gentilhombre de la cámara, que usaba patillas. Se acercó al espejo y se
acomodó el cabello, luego examinó la estancia. Yo solté un gruñido y me
senté en mi lugar. Sofía vino enseguida y respondió alegremente a su
saludo; yo, como si no estuviese pendiente de cosa alguna, seguía mirando
por la ventana, pero con la cabeza inclinada en dirección a ellos para
escuchar cuanto decían. ¡Ay ma chère! ¡De qué estupideces hablaban! De
una señora que en el baile equivocó una figura e hizo otra; de un fulano
llamado Bobov, que gastaba charreteras y se parecía a una cigüeña, y que
faltó poco para que se cayera, dijeron. También que cierta Lidina
imaginaba que tenía los ojos azules, cuando en realidad los suyos eran
verdes, y otras fruslerías en ese estilo. ‘¡Qué diferencia entre el
gentilhombre y Trésor!’, pensé. Primeramente, el gentilhombre tiene el
rostro ancho y absolutamente plano, con unas patillas en torno, que
parecen atadas con un pañuelo negro. Trésor posee una carita fina y en la
frente una pequeña pelada blanca. ¡En cuanto a su talle, no se lo puede
comparar con el de ese Teplov! ¡Y ni hablar de sus ojos y sus modales!
¡Jesucristo, cuántas diferencias! ¡No sé, ma chère, lo que encontró mi
amita en ese Teplov y por qué se muestra tan alborozada!...”.
A mí también me parece todo esto muy raro. No puede ser que Teplov la
haya seducido de tal manera. Veamos qué es lo que sigue.
“Creo si le gusta este petimetre, le ha de agradar asimismo el funcionario
que está en el despacho de papá. ¡Ay ma chère, si vieras lo feo que es!
Parece una tortuga vestida de chaqueta...
”¿Quién será ese funcionario?... Tiene un apellido muy extraño. Siempre
permanece en su silla, sacando punta a las plumas. Su pelo se parece al
pasto y papá lo envía siempre en lugar del sirviente...”.
Me parece que esta perra infame habla sobre mí. ¡Cómo voy a tener el
pelo semejante al pasto!
“Sofía no hace más que reírse cada vez que lo ve...”.
¡Perra desgraciada, estás mintiendo! ¡Qué lengua de víbora! ¡Todo esto es
simple envidia! Estas son cosas del jefe... Me tiene un odio atroz y hace
cuanto puede para fastidiarme. Mejor leo otra carta. Puede que encuentre en
ella la pista de todo.
“Mi muy querida Fidele, te pido disculpas por llevar tanto tiempo sin
escribirte, pero es que estaba absolutamente fascinada. Ha dicho un
escritor que el amor es como vivir una segunda vida, y ello... ¡es
completamente cierto! Asimismo, hubo grandes cambios en casa. Ahora el
gentilhombre del que antes te hablé viene todos los días, y Sofía está
locamente enamorada de él. Papá está muy feliz. Gregorio, quien nos barre
el suelo y casi siempre habla solo, dijo que pronto habrá una boda, porque
papá quiere casar a Sofía con un general o con un gentilhombre de cámara
o con un coronel...”.
¡Diantre! No puedo continuar leyendo... Lo mejor siempre está destinado
a un gentilhombre de cámara o a un general... Cuando te parece que
encontraste un pequeño tesoro y estás seguro de que podrás alcanzarlo, te lo
quita un general o un gentilhombre de cámara... ¡Maldición! Quisiera ser un
general, no para conseguir su mano y todo lo demás, sino para comprobar
de qué modo me tratan y cuántas atenciones me brindan, así luego puedo
decirles en plena cara que me importa un soberano rábano.
¡Maldición, es tan penoso! Hice pedazos las cartas de la maldita perra.
3 de diciembre
Esto no puede ser. No, no puede ser verdad. ¡La boda no se realizará!
¡Qué importa que sea un gentilhombre de cámara! Eso no es más que una
dignidad, ninguna cosa palpable. Por ser él un gentilhombre de cámara no
le va a salir un tercer ojo ni va a tener una nariz de oro; ésta la tiene igual
que yo y que todos nuestros semejantes. No come ni tose con ella; huele y
estornuda como todo el mundo. En varias ocasiones quise saber de dónde
venían estas diferencias. ¿Por qué debo ser un consejero titular, por qué
razón? Puede que yo sea un conde o un general, y que solamente paso por
un consejero titular. Tal vez ignore quién soy en realidad... ¡Cuántos
ejemplos semejantes alberga la historia! Tal el caso de un sencillo
campesino –no un noble– que de pronto descubre que es un gran personaje
y hasta un rey. ¡Y si un sencillo campesino llega a estas alturas, cuál puede
ser entonces la posibilidad de un noble! Si, por ejemplo, entrase yo vestido
con el uniforme de general, con charreteras sobre mis hombros y una faja
azul cruzando mi pecho, ¿qué sucedería entonces, eh? ¿Qué exclamaría mi
bella ninfa? ¿Se opondría su padre, el director? ¡Ah! Él es extremadamente
fanfarrón. Es un masón, sin duda alguna es masón, aunque finja ser una
cosa o la otra. Yo me di cuenta de que era un masón, y si le estrecha la
mano a uno, sólo le da dos dedos. ¿No puedo ser investido con el
generalato, la gobernación o la intendencia, o ser repentinamente honrado
con cualquier cargo de relevancia? Me gustaría saber por qué soy consejero
titular... ¿Sí, por qué soy, precisamente, un consejero titular?
5 de diciembre
Estuve toda la mañana leyendo los periódicos. ¡Qué cosas tan extrañas
pasan en España! Me resultó imposible comprenderlo acabadamente...
Dicen que el trono está vacante y que los grandes dignatarios se encuentran
en una situación muy difícil en relación con la elección del heredero... que
ello origina una indignación generalizada. Esto me parece algo
extremadamente raro. ¿Cómo puede encontrarse vacío el trono? Dicen
también los periódicos que cierta “doña” va subir al trono. Pero una doña
no puede ascender al trono, tal cosa resulta imposible: el trono tiene que ser
ocupado por un rey. Mas señalan que no hay rey, que es insoportable que no
lo haya. Un estado no puede existir sin un rey. Este debe de existir, pero con
certeza, guarda una condición de incógnito. Quizá se encuentra allí mismo;
pero razones familiares o el temor a las potencias vecinas –tales Francia y
otros países– lo llevan a ocultarse. También puede haber otros motivos...
8 de diciembre
Estaba listo para ir a la oficina, pero me retuvieron distintos motivos y
particularmente, ciertas meditaciones. No puedo dejar de pensar en lo que
leí respecto de España. ¿Cómo puede ser que una “doña” se convierta en
reina? No lo permitirán. Inglaterra, en especial, no lo permitirá, y, además,
lo impedirán los asuntos políticos del conjunto de Europa. También se
pronunciarán en contra el emperador austríaco y nuestro zar... Confieso que
estos eventos me impresionaron tanto, que no pude hacer nada durante todo
el día. Marva me dijo que durante la comida me mostré muy ansioso.
Ciertamente, estrellé dos platos; tanta distracción me embargaba. Luego de
comer salí; pero no pude concluir cosa alguna. Después pasé largo rato
tendido en mi lecho, meditando sobre la cuestión española.
Día 1º
Me asombra que se demoren tanto los diputados. ¿Qué razones los
detuvieron? ¿Quizás... intervino Francia? Es el reino más opuesto a todo.
Fui a la oficina de correos para saber si habían arribado los diputados
españoles, pero el empleado de correos es un redondo imbécil y nada sabe
decirme. Sólo me expresó: “No; aquí no hay ningún diputado español; mas
si desea enviar una carta, puede hacerlo y nosotros le impondremos la
tarifa adecuada”. ¡Por todos los demonios! ¡Quién está hablando de cartas!
Son puras idioteces. Las cartas sólo son escritas por farmacéuticos...
Madrid, 30 de febrero
Estoy aquí, en España. Todo sucedió con tanta velocidad, que apenas
puedo reponerme de mi estupor. Esta mañana se hicieron presentes en mi
casa los diputados españoles y partí luego con ellos, en un carruaje. Me
sorprendió la velocidad extrema del viaje, íbamos tan rápido, que no había
pasado todavía media hora cuando llegamos a la frontera española. Desde
luego, hay que tomar en cuenta que, actualmente, todos los caminos
europeos son de hierro colado, excelentes para el tránsito, y que el servicio
naviero posee una organización ejemplar. ¡Qué país tan raro, tan diferente
es España...! Al entrar en la primera estancia, vi a muchas personas con el
cabello cortado al rape, y de inmediato supuse que debían de ser monjes
dominicos o capuchinos, dado que los miembros de estas órdenes religiosas
tienen por norma el afeitarse la cabeza. La actitud del canciller de estado
para conmigo me resultó de lo más peculiar, pues me tomó de la mano y me
condujo a una habitación, me empujó dentro de ella y me dijo: “Te quedas
en este lugar y si insistes en ser el rey de España, voy a sacarte las ganas
de seguir con ello”.
Desde luego, no escapó a mi conocimiento que todo aquello no constituía
más que una prueba y dejé sentada mi protesta con toda energía, a lo que el
canciller estatal respondió con dos buenos bastonazos sobre mis lomos.
Estuve a punto de aullar de dolor, pero se impuso en mi ánimo el buen tino,
recordando por suerte que aquello era una costumbre caballeresca,
reservada para los más altos acontecimientos: es que en España se
conservan, todavía, las antiguas tradiciones.
Al quedarme a solas, hallé oportuno el momento para pasar a ocuparme
de los importantes asuntos de Estado. Fue entonces que comprendí que
China y España son la misma nación y que solamente la ignorancia hace
que se las suponga diferentes. Al respecto, mi consejo es que cada uno
escriba en un papel “España” y comprobará de inmediato que queda escrito
“China”.
Me disgusta mucho, desde ahora mismo, algo que va a suceder mañana. A
las siete tendrá lugar algo tremendo. Nuestro planeta va a asentarse sobre la
Luna. Wellington, el famoso químico británico, escribió largamente sobre
este asunto. Debo admitir que mi corazón comenzó a redoblar de ansiedad
mientras yo pensaba en la fragilidad y falta de resistencia lunares. Como
todos sabemos, la Luna es algo que se fabrica corrientemente en Hamburgo
y allí lo hacen muy mal. Es extraño comprobar cómo se le ha pasado por
alto a Inglaterra este detalle. La Luna es fabricada por un tonelero rengo y
resulta clarísimo que el muy ignorante no tiene la menor idea respecto de lo
que está haciendo. Dispone para ello una soga empapada de brea y todo lo
demás está hecho de madera, algo que hiede tan desastrosamente por toda la
Tierra, que obliga a cubrirse la nariz. Sin embargo la Luna es un globo tan
frágil, que ello imposibilita que las personas la habiten, por lo que está
poblada exclusivamente por narices. Y es a causa de esta particularidad que
no alcanzamos a ver nuestras propias narices, simplemente, porque todas se
encuentran en la Luna. Sólo de pensar que la masa imponente de la Tierra
iba a asentarse sobre nuestro satélite, con la tortura que ello supondría para
nuestras pobres narices, me poseyó tal ansiedad que vestí mis medias y mis
zapatos a toda prisa y corrí hasta la sala de la consejería de Estado, para
ordenar de inmediato que la fuerza policial impidiera a todo trance que la
Tierra se asentara sobre la Luna.
Los incontables monjes capuchinos que encontré en la consejería estatal
eran todos sujetos de agudísima inteligencia, y cuando les previne,
diciéndoles: “Gentiles hombres, es absolutamente preciso que salvemos a
la Luna, dado que la Tierra va a asentarse sobre ella”, todos
instantáneamente corrieron a cumplir mi real ordenanza. Algunos monjes
subieron por las paredes para alcanzar la Luna; fue entonces que ingresó a
la sala el gran canciller. Al verlo, todos escaparon a la carrera, mas yo, por
mi condición de monarca, seguí allí en mi sitio. Para mi mayor sorpresa, el
gran canciller tomó un grueso garrote y me arrojó al interior de mi
habitación regia, no sin antes probar la dureza del palo aquel en mis carnes
y huesos. ¡Tan vigentes están, en suelo español, las venerables y antiguas
tradiciones de la caballería!
Día 25
Hoy el gran inquisidor vino a mi regia estancia. En cuanto oí sus pasos,
aunque él todavía estaba lejos, me escondí debajo de una silla. Él, al no
verme, comenzó a llamarme. Primeramente gritó: “¡Poprischew!”. Seguí en
silencio. Luego él bramó: “¡Aksanti Ivanovich, consejero titular, de la
nobleza!”. Pero seguí obstinadamente en silencio. Entonces gritó:
“¡Fernando VIII, rey de España!”. Iba yo a asomar la cabeza, mas pensé
para mí: “A mí me engañas. Otra vez agua fría sobre mi cabeza”. Mas me
vio y empleó su palo para sacarme de debajo de la silla. ¡Cómo duelen esos
palazos! Empero, tuve mi recompensa: comprendí que a cada gallo le
corresponde una España y que la lleva consigo, bajo las plumas. De todas
formas, el gran inquisidor se fue muy enojado, advirtiéndome sobre los
tremendos castigos que yo podría recibir. Ni siquiera tomé en consideración
sus advertencias y amenazas: él es apenas un mecanismo, una herramienta
de los británicos.
34 de febrero de 343
¡No, ya no aguanto más! ¡Mi Dios!, ¿qué me están haciendo? Me arrojan
agua sobre la cabeza. No me hacen el menor caso, ni siquiera me miran o
me escuchan. ¿Qué les hice, mi Señor? ¿Por qué me torturan así? ¿Qué es
lo que aguardan que yo haga o diga? ¡Pobre de mí! ¿Qué cosa les puedo
dar...? No poseo cosa alguna. Carezco de fuerzas, no puedo soportar más
todos los tormentos por los que me obligan a pasar. Mi cabeza arde, y todo
gira a mi alrededor. ¡Sáquenme de aquí! ¡Que me den un trineo y caballos
veloces! ¡Cochero, llévame lejos de este sitio! ¡Más lejos, todavía más
lejos, donde no se vea nada!... ¡Cómo flamea el firmamento frente a mí! A
lo lejos brilla una estrella, la selva de árboles sombríos cruza rauda ante mis
ojos, y sobre ella surge la luna nueva. Bajo mis pies, extendida, una neblina
oscura y oigo una música de cuerdas que sueña en la neblina. A un costado
el mar y del otro, Italia; a lo lejos, las chozas rusas. ¿Será mi casa la que se
deja ver apenas, allá en la lejanía? ¿Está mi madre sentada a la ventana?
¡Madrecita, salva a tu desgraciado hijo! ¡Deja caer tus lágrimas sobre mi
cabeza enferma! ¡Mira, mira cómo me torturan! ¡Protege con tu pecho a tu
huérfano infeliz! En el mundo no hay lugar para mí. ¡Me buscan, me
persiguen! ¡Madrecita, ten piedad de tu hijito enfermo!...
¡Ah! ¿Sabía usted que el bey argelino posee una verruga debajo de su
nariz?
La Dama de Espadas
I
Cierto día, se jugaba una partida de cartas en la morada del oficial de la
guardia Narúmov. La prolongada noche invernal transcurrió sin que nadie
se diera cuenta de ello; los jugadores cenaron después de las cuatro de la
mañana. Los ganadores comieron con gran apetito; los otros, distraídos,
estaban sentados frente a sus platos vacíos. Pero cuando trajeron el
champaña la conversación revivió y todos tomaron parte en ella.
–¿Qué hiciste tú, Surin? –preguntó el anfitrión.
–Perdí, como es habitual. Debo admitir que la suerte no me acompaña:
juego sin subir mis apuestas, nunca me apasiono, no hay manera de sacarme
de quicio, pero... ¡sigo perdiendo!
–¿Alguna vez no te has dejado tentar? ¿Lo jugaste todo a una sola carta?...
Me asombra tu templanza...
–¡Aquí tienen a Guermann! –dijo uno de los contertulios, señalando a un
joven oficial de ingenieros–. ¡En su vida ha tenido un naipe en las manos,
jamás ha hecho una martingala, y permanece con nosotros hasta las cinco
de la mañana, mirando cómo jugamos!
–Me gusta mucho el juego –manifestó Guermann–, mas no me encuentro
en condiciones para sacrificar lo imprescindible con la esperanza de ganar.
–Guermann es todo un alemán; él cuenta y recuenta sus monedas... ¡En
eso consiste todo! –concluyó Tomski–. Mas si hay alguien a quien no
comprendo, ésa es mi abuela, la condesa Anna Fedótovna.
–¿Cómo? ¿Quién dices? –exclamaron los jugadores.
–¡No alcanzo a concebir –siguió diciendo Tomski–, cómo es que mi
abuela no juega!
–¿Qué te resulta extraño? ¿Que a sus 80 años no juegue? –dijo Narúmov.
–¿No saben ustedes nada sobre ella?
–¡No, ciertamente, nada!
–¿Ah, no? Entonces, ¡escuchen!:
“Deben saber que mi abuela, hace más o menos sesenta años, vivía en
París, donde hacía furor. La gente corría tras ella para ver a la Vénus
moscovite. El cardenal Richelieu estaba enamorado de ella y la abuela jura
que casi se mata de un balazo por el maltrato que ella le obsequió.
”En aquella época, las damas jugaban al faraón. En una oportunidad,
jugando en la corte, ella perdió con el duque de Orleáns una enorme suma
de dinero. Mi abuela, al llegar a su mansión, mientras se quitaba los lunares
postizos de la cara y se despojaba del miriñaque, le dijo a mi abuelo que
había perdido en la partida y le ordenó que saldara la deuda.
”Según recuerdo, mi finado abuelo era algo así como una suerte de
mayordomo de mi abuela. Le tenía más miedo que a un incendio y, sin
embargo, al oír el detalle de esa tremenda cantidad, perdió toda calma.
Trajo el libro contable y después de demostrarle que en sólo seis meses
habían gastado medio millón y que ni su aldea cerca de Moscú ni la de
Sarátov se encontraban en las afueras de París, se negó inflexiblemente a
pagar ese dineral. La abuela le regaló una sonora bofetada y para mejor
expresar su furia, decidió dormir a solas.
”Al día siguiente mandó llamar a su esposo, esperando que el castigo
doméstico hubiese hecho su efecto, pero mi abuelo seguía en sus trece. Por
primera vez en toda su vida, la abuela consintió en entrar en razón y en
brindar explicaciones; pensaba que así lo avergonzaría. Se dignó a
demostrarle que existían diferentes tipos de deudas, así como son muy
diferentes un príncipe y un cochero. ¡Todo fue inútil! ¡Mi abuelo se había
amotinado y seguía inflexible en su posición! La abuela no sabía ya qué
hacer.
”Anna Fedótovna era íntima de un hombre extremadamente notable.
Habrán seguramente oído antes del conde de Saint-Germain, de quien
tantos milagros se recuerdan. Como sabrán, decía ser el judío errante, el
creador del elíxir de la inmortalidad, el descubridor de la piedra filosofal y
de cientos de otras cosas. Estas pretensiones suyas hacían reír a la gente,
que lo estimaba como un estafador y un charlatán... Giacomo Casanova, en
sus famosas Memorias, lo tiene por un espía. En todo caso, pese a todo el
misterio que lo envolvía, Saint-Germain gastaba una apariencia muy
distinguida y su trato social era el de una persona gentilísima. Mi abuela,
que continúa venerándolo hasta el día de hoy y se enfurece cuando hablan
de él sin el correspondiente respeto, estaba bien al tanto de que Saint-
Germain disponía de inmensas sumas de dinero, y decidió acudir a él. Le
escribió una esquela discreta, en la que le solicitaba que viniera a verla
enseguida.
”Aquel anciano extravagante acudió en el acto y encontró a mi abuela
abrumada de pesar. Ella le contó el brutal trato que había recibido por parte
de su esposo y, entre calientes lágrimas, se franqueó con él y le dijo que,
simplemente, ponía su suerte en sus manos.
”Saint-Germain se quedó meditando, y finalmente le dijo a la afligida
abuela:
‘Puedo darle ese dinero, mas como conozco que usted no recuperaría la
calma hasta devolvérmelo, no me hace gusto la idea de apenarla con un
problema nuevo. Sin embargo, existe otro medio por el cual podría usted
saldar su deuda.
“Mi querido conde –le contestó ella–, acabo de informarle que no
poseemos ni un centavo.
“No lo necesitará –replicó Saint-Germain–. Por favor, escuche con toda
atención cuanto voy a decirle...’.
”Entonces le reveló Saint-Germain un secreto que cualquiera de nosotros
desearía vivamente conocer”.
Los jóvenes acrecentaron aun más su atención. Tomski encendió su pipa,
fumó apenas una bocanada y siguió con su relato:
“–Ese mismo día mi abuela se dirigió a Versalles, au jeu de la Reine. El
duque de Orleáns tenía la banca; la abuela le expresó una nebulosa excusa
por no haberle pagado, para justificar la demora inventó una breve historia
y se sentó frente al acreedor, apostando en su contra. Eligió tres naipes, los
colocó uno detrás del otro y ganó las tres vueltas. Fue así como rápidamente
recuperó todo lo que antes había perdido.
–¡Por mera casualidad! –dijo uno de los jóvenes jugadores.
–¡Esto es un invento! –dictaminó Guermann.
–¿No estarían los naipes marcados? –sugirió otro.
–No lo creo así –repuso Tomski, con semblante serio.
–¡Cómo dices tú! –dijo Narúmov–. ¿Tu abuela acierta tres cartas seguidas
y hasta ahora no averiguaste cuál es su método?
–¡Nada me gustaría más! –respondió Tomski–. La abuela alumbró cuatro
hijos, entre ellos estaba mi padre: los cuatro hermanos son unos jugadores
incontenibles y a ninguno le ha revelado su método... ¡que ciertamente,
como a mí, les hubiese aprovechado de perillas!
”Sin embargo, escuchen lo que me contó mi tío, el conde Iván Ilich,
jurándome por su honor que la historia es cierta. El finado Chaplitski, quien
murió en la mayor miseria después de haber despilfarrado su fortuna,
cuando era joven y, en compañía de Zórich, si no me falla la memoria,
perdió casi trescientos mil rublos. Estaba de-sesperado. Mi abuela, que
siempre había sido muy estricta con las bribonadas de los muchachos, esa
vez tuvo piedad de Chaplitski. Le dio tres naipes, para que los apostara uno
seguido del otro y le hizo jurar que no volvería a jugar nunca más.
Chaplitski volvió a la mesa de quien lo había derrotado y reiniciaron la
partida. Chaplitski jugó a su primera carta cincuenta mil rublos y ganó el
lance; hizo una martingala y dobló su apuesta de la siguiente mano... En fin,
que saldó su deuda y todavía le quedó ganancia...
”Pero... ¡Qué horas son éstas! Un cuarto falta para las seis... el momento
de irse a la cama”.
Ya amanecía: los jóvenes terminaron sus tragos y se despidieron.
II
La vieja condesa... se encontraba en su habitación, sentada ante el espejo.
La asistían tres criadas. Una sostenía un tarro de cosmético; otra, un estuche
con horquillas, y la tercera, una cofia adornada con cintas coloridas. La
condesa no aspiraba a verse hermosa, dado que su hermosura hacía rato que
la había abandonado, pero conservaba todas y cada una de sus costumbres
juveniles. Seguía al pie de la letra la moda de sesenta años atrás y se
ataviaba con la misma parsimonia y cuidado que entonces.
Cerca de la ventana, una pupila de la condesa se esmeraba en sus labores.
–Buen día, grand’maman –dijo, al entrar a la estancia, un joven oficial–.
Bonjour, mademoiselle Lise. Grand’ maman, he venido a solicitar un favor.
–¿Cuál es ese favor, Paul? –dijo la anciana condesa.
–Quisiera presentarle a uno de mis compañeros para que lo invite al baile
que dará usted el viernes.
–Que vaya directamente al baile y allí me lo presentarás. ¿Estuviste ayer
en lo de...?
–¡Por supuesto que sí! Fue una fiesta muy alegre; bailamos hasta las cinco
de la mañana. ¡Yelétskaya se veía deliciosa!
–¡Qué dices tú, mi querido! ¿Qué tiene de deliciosa? Ni comparársela
puede con su abuela, la princesa Daria Petrovna... Por otra parte, dime tú...
¿la princesa Daria Petrovna se verá demasiado envejecida?
–¿Envejecida? –respondió Tomski, que pensaba en otra cosa– ¡Si falleció
hace siete años!
La joven levantó su cabeza, dirigiéndole una señal al joven oficial, quien
entonces recordó que a la anciana condesa le ocultaban la desaparición de
las mujeres de su misma edad y éste se mordió los labios. Mas la condesa
había escuchado la noticia, novedosa para ella, con total indiferencia.
–¡Daria Petrovna, muerta! –susurró–. Y yo que no lo sabía. Cuando nos
eligió como damas de honor su majestad...
Y por enésima vez comenzó a contarle aquello a su nieto.
–Paul –agregó luego–, ayúdame a levantarme. Liza, ¿dónde se encuentra
mi tabaquera?
La condesa se ocultó con sus criadas detrás del biombo, para terminar sus
arreglos, y Tomski permaneció con la joven pupila.
–¿A quién le quiere presentar? –inquirió en voz baja Lizaveta Ivánovna.
–A Narúmov. ¿Lo conoce usted?
–No ¿Militar o civil?
–Militar.
–¿Ingeniero?
–No. Del arma de caballería. ¿Por qué creyó que era ingeniero?
La joven rió, pero no dijo nada.
–¡Paul! –gritó la condesa–, mándame alguna novela nueva, pero que no
sea de una de ésas de ahora.
–¿Cómo es eso posible, grand’maman?
–Quiero una novela en la que el héroe no estrangule a sus padres, en la
que no se hable de ahogados. ¡Los ahogados me producen mucho miedo!
–Ya ni existen novelas como ésas. ¿No le gustaría una novela rusa?
–¿Hay novelas rusas?... ¡Hazme llegar alguna, mi querido, por favor!
–Le ruego que me perdone, grand’maman: estoy apurado... Acepte mis
excusas, Lizaveta Ivánovna. ¿Por qué supuso que Narúmov era ingeniero?
Entonces Tomski abandonó la estancia.
Lizaveta Ivánovna se quedó a solas: abandonó sus labores y comenzó a
mirar por la ventana. Desde la casa de la esquina, apareció un joven oficial.
Un rubor cubrió la cara de la señorita, que volvió a sus labores inclinando la
cabeza hasta la tela de su bordado. Entonces entró la condesa,
perfectamente arreglada.
–Liza –le dijo a la señorita–: ordena que enganchen el carruaje, vamos de
paseo.
Liza se incorporó y recogió sus labores.
–¡Dios mío, niña, ¿estás sorda? –gritó la condesa–. ¡Que enganchen ya el
carruaje, dije!
–¡Ya mismo! –replicó la joven, corriendo rumbo al recibidor.
Entró un criado y entregó a la condesa unos libros, enviados por el
príncipe Pável Aleksándrovich.
–Que le expresen mi agradecimiento –dijo la condesa–. ¡Liza, Liza!
¿Adónde vas así, corriendo?
–A vestirme.
–Ya tendrás tiempo, niña. Siéntate aquí, ven. Abre el primer tomo y lee en
voz alta...
La joven tomó el libro y leyó.
–¡Más alta la voz! –dijo la condesa–. ¿Qué te sucede, niña? ¿Perdiste la
voz, o qué te pasa?... Espera; acércame el banco algo más... ¡más cerca!
Lizaveta Ivánovna leyó otras dos páginas. La anciana condesa bostezó.
–Deja ese libro –le dijo–. ¡Qué tonterías dice! Devuélveselo al príncipe
Pável y que se lo agradezcan de mi parte... Pero, ¿qué sucede con mi
carruaje?
–Ya está listo –dijo Lizaveta Ivánovna, dirigiendo una mirada hacia la
ventana.
–¿Por qué no estás ya vestida? –dijo la anciana–. ¡Siempre hay que
aguardar por ti! Niña, esto es insoportable.
Liza corrió a su cuarto. No pasaron dos minutos cuando la condesa hizo
sonar su campanilla con todas sus fuerzas. Las tres criadas entraron a la
carrera por una puerta, y el ayuda de cámara, por la otra.
–¿No hay manera de que vengan cuando los llamo?
–los reprendió la condesa–. Díganle a Lizaveta Ivánovna que la sigo
esperando.
Entonces apareció Lizaveta Ivánovna, con la capa y el sombrero puestos.
–¡Por fin, niña! –dijo la condesa–. ¡Tan emperifollada estás... para qué?...
¿A quién quieres engañar?... ¿Y el tiempo, qué tal? Parece que hay viento.
–¡De ningún modo, excelencia! ¡Reina la mayor calma! –respondió el
ayuda de cámara.
–Siempre hablas sin sentido. Abre ya la ventanita. Lo que yo decía antes:
¡hay mucho viento! ¡Y está helado! ¡Que desenganchen el carruaje! No
vamos a salir, Liza, fue inútil disfrazarte tanto.
“¡Qué vida la mía!”, pensó para sí Lizaveta Ivánovna.
Ciertamente, Lizaveta Ivánovna era desdichada. Amargo sabor tiene
siempre el pan ajeno, dice el Dante, y pesado subir los escalones de una
mansión extraña... ¿Quién mejor que la pobre pupila de una añeja
aristócrata para conocer lo acerbo de la dependencia? La condesa... no era
de mal corazón, desde luego, pero era caprichosa, como toda mujer
malcriada por la alta sociedad, avarienta y repleta del mayor egoísmo, como
toda la gente mayor, que después de haber agotado en su momento el amor,
vive dándole la espalda al tiempo presente. Participaba de todas y cada una
de las vanidades del gran mundo. Concurría a los bailes, y una vez allí se
sentaba en un rincón, con la cara pintada y vestida a la moda antigua,
semejante a una decoración deformada del salón. Los invitados, según iban
llegando, se le acercaban haciéndole grandes reverencias, como si lo
ordenara el protocolo, pero luego ya nadie se fijaba en ella. Recibía en su
casa a todo el mundo, observando la más estricta etiqueta y no reconocía a
nadie por su semblante. Su crecida servidumbre engordaba y envejecía en
su antesala y en las habitaciones de las criadas, hacía cuanto se le antojaba y
despojaban aquellos bribones a su capricho a la agonizante vieja.
Lizaveta Ivánovna era la mártir de aquella mansión. Servía el té y recibía
las reconvenciones por el despilfarro de azúcar; leía en voz alta las novelas
y era la culpable de todas las pifias del autor; acompañaba a la anciana
condesa durante sus paseos y debía de responder por el estado del tiempo y
del pavimento. Le habían establecido una paga que nunca terminaba de
recibir completa; en vez, se le exigía que fuera vestida como todas, o sea,
como muy pocas. En sociedad, su papel era el más lamentable. Todos la
conocían, pero nadie acusaba su presencia; en las fiestas sólo bailaba
cuando alguien estaba ausente para un vis-à-vis. Las damas se la llevaban
del brazo siempre que, para retocar sus atavíos, debían ir hasta el tocador.
Ella tenía un crecido amor propio, comprendía claramente cuál era su
condición y observaba permanentemente en torno, esperando con
impaciencia a que surgiera, de un momento a otro, su posible salvador. Pero
los jóvenes calculaban su beneficio, en su vanidad sin mayores
miramientos, y no le brindaban la más mínima atención, aunque Lizaveta
Ivánovna era cien veces más bella que las descaradas y frías jóvenes
casaderas que aquellos descarados petimetres cortejaban. En cuántas
ocasiones, dejando discretamente el tedioso y lujoso salón, la pobre
muchacha se retiraba a llorar a su modesta habitación, apenas dotada de un
biombo de papel, una cómoda, un pequeño espejo y un lecho pintado... ¡Allí
donde la vela de sebo ardía macilenta, sobre un candelabro de bronce!
Cierta vez y aquello sucedió pasados dos días después de la velada que ya
se relató, una semana antes de la escena en que nos hemos detenido,
Lizaveta Ivánovna se encontraba sentada junto a la ventana con su labor,
cuando miró por casualidad hacia la calle y vio allí a un joven oficial de
ingenieros, quien mantenía la mirada clavada en su ventana. La joven bajó
los ojos y volvió a su bordado, mas pasados cinco minutos volvió a mirar:
el joven oficial seguía allí. Como era algo suyo el coqueteo con cualquier
oficial, dejó de mirar y siguió bordando durante dos horas, sin levantar en
ese período la mirada de la labor. Llamaron entonces a comer. La joven se
incorporó, recogió el bastidor y, al mirar sin intención a la calle, de nuevo
vio al oficial. Aquello le pareció bastante raro. Después de la comida se
acercó a la ventana con algún desasosiego, mas el oficial ya no estaba, y
ella se olvidó de él.
Pasaron dos días y, al salir con la condesa para subir al carruaje, lo vio
otra vez. Estaba delante del portón, con el semblante cubierto por un cuello
de piel de castor: bajo el gorro peludo sus ojos negros brillaban. Lizaveta
Ivánovna, sin saber por qué razón, sintió miedo y subió temblando al
carruaje, sin alcanzar a explicárselo.
Al regresar a la mansión corrió hasta la ventana: el oficial estaba allí en la
calle con la mirada clavada en ella. La joven se apartó de la ventana
sobreponiéndose a su curiosidad, invadida por una sensación absolutamente
desconocida.
Desde entonces no pasaba un día sin que el joven oficial, siempre a la
misma hora, apareciera bajo las ventanas de la mansión. Entre ambos surgió
una relación no expresada por otros medios. Sentada con su labor, ella
advertía su llegada, levantaba la vista y lo contemplaba, cada vez, por más
largo rato. El joven oficial parecía agradecerlo: la muchacha, con la vista
penetrante que permite la juventud, veía cómo el rubor cubría las mejillas
del oficial cuando sus miradas acertaban a encontrarse. Pasada una semana,
ella le sonrió...
Cuando Tomski acudió a la mansión para solicitar el permiso de la
condesa para presentarle a su amigo, el corazón de la pobre joven latió con
todas sus fuerzas. Mas al saber que Narúmov no era un oficial de
ingenieros, sino de caballería, lamentó que con aquella indiscreta pregunta
hubiese podido descubrir ante el veleidoso Tomski su secreto.
Guermann era el hijo de un alemán establecido en Rusia, y su padre le
había heredado una regular suma. Convencido de la necesidad de fortalecer
su independencia, Guermann si siquiera gastaba los intereses que producía
aquel dinero, vivía exclusivamente de su sueldo y no se concedía el más
modesto gusto. Como su carácter era naturalmente reservado y ambición no
le faltaba, sus camaradas apenas tenían la ocasión de burlarse de su
desmesurado afán de ahorro. Era un sujeto de grandes pasiones y poseía una
desmadrada imaginación, pero su templanza lo había mantenido a salvo de
los habituales desvaríos juveniles. Aunque en el fondo Guermann era todo
un jugador, nunca había tocado los naipes, pues sostenía que su mediana
fortuna no le permitía sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir
ganando. Mientras tanto pasaba noches enteras junto a las mesas de juego y
seguía con todo entusiasmo el desarrollo de cada partida.
El relato de lo sucedido con los tres naipes lo impresionó con la mayor
fuerza y durante toda la noche siguió pensando exclusivamente en eso.
“¡Qué sucedería si la anciana condesa me descubriera su secreto, si me
dijera cuáles son las tres cartas de la buena fortuna!; ¿por qué razón no
puedo probar suerte?”, pensaba a la tarde del día siguiente, deambulando
por los calles de Petersburgo. Luego dio en calcular: “Podría presentarme
ante ella, hacerme de su confianza, hasta volverme su amante... Para todo
esto preciso tiempo, y la vieja tiene ochenta y siete años, puede morirse la
semana que viene, ¡o en sólo un par de días!... Y la historia en cuestión...
¿Será de fiar ?... ¡No! ¡Las cuentas claras, la templanza y la entrega al
trabajo: ésos son mis tres naipes de la buena fortuna! ¡Lo que multiplicará
siete veces mi capital y me posibilitará acceder a la tranquilidad y la
independencia!”.
Pensando así se encontró de pronto en una de las calles principales de
Petersburgo, frente a una casa de añejo estilo. El sitio aquel estaba repleto
de carruajes, que se detenían uno tras el otro frente al portón iluminado. A
cada rato asomaba de un carruaje la bella pierna de una hermosa joven,
unas ruidosas botas, unas medias a rayas, los botines lustrosos de algún
diplomático. Suntuosos abrigos y capas lujosas pasaban frente a un atento
portero.
Guermann detuvo su paso.
–¿De quién es esta mansión? –preguntó al guardia de la esquina.
–De la condesa... –contestó el guardia.
Guermann sintió un escalofrío. Nuevamente ocupó su imaginación el
relato que había escuchado, referente a los tres naipes de la buena fortuna.
Rondó las inmediaciones de la mansión, cavilando sobre su propietaria y su
secreto. Volvió tarde a su modesto alojamiento, demoró en llegarle el sueño
y, finalmente, cuando se durmió, soñó con naipes, una mesa de juego y pilas
de billetes y monedas. En su sueño arrojaba un naipe después del otro, no
cesaba de ganar partidas y llenarse los bolsillos de dinero.
Cuando despertó era tarde y suspiró sintiendo que su fabulosa fortuna se
había desvanecido. Volvió a deambular por la ciudad y nuevamente se
detuvo frente a la mansión de la anciana aristócrata, como si un poder
invisible lo guiara invariablemente hacia el mismo lugar. Allí se detuvo y
comenzó a espiar las ventanas, donde vio una cabeza pequeña, de cabellos
oscuros, inclinada tal vez sobre un libro o alguna labor. Aquella cabecita se
alzó de pronto, mostrándole un fresco semblante y unos profundos ojos
negros. En ese momento se decidió su destino.
III
No había tenido tiempo Lizaveta Ivánovna de sacarse la capa y el
sombrero, cuando ya la condesa la llamó para mandar que engancharan otra
vez los caballos. En el exacto instante en que dos criados levantaban a la
anciana y la introducían a través de las portezuelas en el carruaje, Lizaveta
Ivánovna vio junto al vehículo a su joven ingeniero; él la tomó de la mano y
entonces ella no alcanzó a reaccionar –tal era el susto que ella sentía–;
luego el joven oficial desapareció, pero en la mano de la muchacha se
quedó una carta. La escondió en su guante y durante todo el paseo no vio ni
oyó cosa alguna.
En el carruaje la condesa acostumbraba hacer preguntas sin cesar: ¿quién
era ese que se cruzó con nosotras?, ¿cómo se llama este puente?, ¿qué es lo
que dice aquel anuncio? En esa oportunidad Lizaveta Ivánovna contestaba
sin pensar y fuera tiempo a sus interrogantes y aquello alteró a la condesa.
–¿Qué es lo que te sucede, niña? ¿Te ha dado el pasmo? ¿Qué ocurre, no
me escuchas o es que no comprendes cuanto te digo?... ¡Gracias a Dios,
creo que no me he vuelto tartamuda ni demente! –se quejó la aristócrata.
Lizaveta Ivánovna no escuchaba lo que la vieja le decía. De regreso a la
mansión corrió a su habitación y sacó del guante la carta, que no tenía sello.
Lizaveta Ivánovna la leyó. Era una declaración de amor: palabras de
ternura, pero llenas de respeto, copiadas textualmente de una novelita
alemana. Mas Lizaveta Ivánovna no sabía alemán y quedó encantada.
Empero, aquella carta la llenó de preocupación. Era la primera vez que
sostenía una relación de ese tipo, secreta y cercana, con un hombre joven.
Su atrevimiento la atemorizaba. Se reprochó haber sido tan imprudente y no
acertaba con qué camino seguir. ¿Debía sentarse frente a la ventana y
desdeñosamente, enfriar los ardores del joven oficial, para que éste
depusiera su acoso? ¿Tenía que devolverle la carta o su deber era
contestarle fría y decididamente? A nadie podía solicitarle un consejo, no
tenía una sola amiga... Finalmente, Lizaveta Ivánovna decidió contestar
aquella amorosa esquela.
Frente a su escritorio, tomó pluma y papel y comenzó a pensar y escribir y
a romper lo que acababa de redactar. En unas ocasiones, lo puesto sobre el
papel le resultaba excesivamente condescendiente; otras, su tono le parecía
cruel. Tras intentarlo tantas veces, terminó por sentirse satisfecha: “Estoy
persuadida de la honestidad de sus intenciones –escribió– y que con este
paso, aunque carente de reflexión, no ha deseado usted ofenderme; pero
nuestro trato no debería comenzar así. Le devuelvo su carta, esperando en
el futuro no tener razones para lamentar una falta de respeto que
ciertamente no me merezco”.
Al día siguiente, al ver pasar a Guermann, Lizaveta Ivánovna se
incorporó, dejando de lado su bordado. Abrió la ventana y, confiando en la
habilidad del oficial, le arrojó la carta. Guermann tomó el sobre y se dirigió
a una confitería. Quitó allí el sello y halló su carta y la respuesta de
Lizaveta Ivánovna. Era exactamente lo que aguardaba, y muy atento a su
estratagema volvió a su casa.
Tres días después, una mademoiselle jovencita y de ojos vivos trajo de
una casa de modas una esquela destinada a Lizaveta Ivánovna. La joven
abrió aquel sobre con preocupación, asustada por la posibilidad de que le
estuviesen reclamando alguna deuda, mas enseguida reconoció la letra de
Guermann.
–Se ha equivocado usted, señorita –dijo a la mademoiselle –; esta nota no
es para mí.
–¡Es para usted, eso es seguro! –respondió la chica, con una sonrisa
maliciosa–. ¡Por favor, léala!
Lizaveta Ivánovna leyó aquel escrito, a través del cual Guermann le
rogaba una cita.
–¡Imposible! –dijo Lizaveta Ivánovna, aterrada tanto por la inmediatez de
la súplica como por el medio utilizado para que ella la recibiera–. ¡Esto no
es para mí! –expresó y rompió la carta en mil pedacitos.
–Si no era para usted, ¿por qué rompió la carta? –dijo la mademoiselle–.
La habría devuelto.
–Le pido por favor –respondió Lizaveta Ivánovna, enrojeciendo ante el
comentario de la joven–, que de ahora en más no me traiga más cartas. Y a
quien envió ésta, dígale que debería sentir vergüenza...
Mas Guermann no se dio por derrotado. Lizaveta Ivánovna, de una
manera o de otra, recibía sus mensajes día a día. Ya no eran insinuaciones
traducidas del alemán. Guermann las escribía impulsado por la pasión,
empleando sus propias palabras: con ellas manifestaba tanto su deseo, como
el desvarío de su imaginación. Lizaveta Ivánovna dejó de lado la idea de
devolver las cartas: comenzó a contestarlas, y sus notas cada vez se hacían
más extensas y dotadas de mayor ternura. Finalmente, ella le arrojó por la
ventana la carta que sigue: “Hoy se da un baile en casa del embajador de...
La condesa concurrirá. Permaneceremos allí hasta las dos. Es una buena
ocasión para vernos a solas. En cuanto la condesa se haya ido,
seguramente también lo harán los sirvientes; en el zaguán permanecerá el
conserje, pero estará en su cuarto. Venga cerca de las once y media. Vaya
directamente a la escalera. Si encuentra a alguno en el recibidor, pregunte
si la condesa se encuentra en casa. Le dirán que no y entonces, qué
desgracia, deberá marcharse. Pero lo más probable es que no encuentre a
nadie. Las criadas se encierran en sus habitaciones. Desde el recibidor
siga hacia la izquierda, directamente hasta la cámara de la condesa. Allí,
detrás el biombo, verá dos puertitas. La de la derecha conduce al
despacho; la de la izquierda, da a un pasillo, allí encontrará una estrecha
escalera de caracol, que conduce a mi cuarto”.
Guermann se estremecía como una fiera, esperando la hora indicada. A
las diez de la noche ya estaba frente a la casa de la anciana condesa. El
clima era espantoso: bramaba el viento, la nieve caía en grandes copos, los
faroles ardían con una luz empañada, las calles estaban sin un alma. De vez
en cuando se veía un coche de alquiler, en busca de algún cliente retrasado.
Guermann seguía de pie, protegido sólo por su levita, sin prestarle atención
al viento ni a la nieve.
Por fin se dejó ver el carruaje de la condesa. Los lacayos sacaron a la
encorvada dama llevándola del brazo, envuelta en un abrigo de costosas
pieles, y tras ella, abrigada por una capa liviana, apareció su pupila. Se
cerraron las portezuelas. El carruaje se deslizó pesadamente sobre la blanda
nieve. El conserje cerró la puerta y la luz de las ventanas se apagó.
Guermann comenzó a andar en torno a la casa vacía; se acercó a un farol
y miró el reloj: eran las once y veinte. Se quedó junto al farol con los ojos
fijos en el reloj, aguardando a que pasaran los minutos que faltaban.
A las once y media en punto, Guermann subió al zaguán, que estaba
fuertemente iluminado. El conserje no estaba allí. Guermann trepó
corriendo por la escalera, abrió la puerta y vio a un criado durmiendo bajo
la lámpara en un sillón derrengado y sucio. Con paso firme, Guermann pasó
junto al sirviente dormido. El salón y el recibidor se encontraban a oscuras.
La lámpara de la entrada los iluminaba débilmente.
Guermann ingresó al dormitorio. En un rincón, repleto de imágenes
religiosas antiguas, ardía suavemente una lamparita de oro. Unos gastados
sillones, con almohadones de plumas, se amontonaban junto a las paredes
tapizadas de seda china. En una de ellas colgaban dos retratos pintados por
madame Lebrun: uno de ellos representaba a un hombre cuarentón, de cutis
rosado y gruesa figura, vistiendo un uniforme de color verde claro; el otro, a
una muchacha bella, de nariz aguileña, con el cabello peinado hacia arriba y
luciendo en su cabeza una rosa. Por todos lados surgían pastorcitas de
porcelana, un reloj de mesa (factura del famoso Leroy); cofrecitos, yo-yós,
abanicos y muchos juguetes para señoras, creados al final del siglo pasado,
al mismo tiempo que el globo de los Montgolfier y el magnetismo
mesmeriano.
Guermann, tras del biombo, encontró una camita de hierro; a la derecha,
había una puerta que llevaba hasta el despacho. A la izquierda había otra,
que conducía a un pasillo. Guermann la abrió y vio la angosta escalera de
caracol que llevaba hasta el cuarto de la triste pupila... Mas regresó y entró
en el oscuro despacho.
El tiempo pasaba muy despacio. Todo estaba silencioso. En el salón
sonaron las doce campanadas; en todos los cuartos y dependencias, unos
tras otros, los relojes dieron las doce en punto, y de nuevo todo quedó
silencioso. Guermann aguardaba de pie, apoyado en la estufa helada. Estaba
tranquilo, su corazón latía a buen ritmo: era el de un hombre decidido a una
empresa peligrosa, pero absolutamente necesaria.
Los relojes dieron la una, después las dos, y el joven oficial oyó el lejano
ruido del carruaje. Se impuso a su ánimo una emoción incontrolable. El
carruaje se aproximó a la casa y se detuvo a la entrada. Guermann escuchó
el ruido del estribo al descender.
La mansión se puso en movimiento. Los sirvientes comenzaron a correr,
se escucharon voces y la mansión se iluminó. Entraron a toda prisa en la
habitación las tres viejas criadas, y apareció la anciana condesa que,
pareciendo más muerta que viva, se dejó caer sobre un sillón Voltaire.
Guermann espiaba a través de una rendija y Lizaveta Ivánovna pasó a su
lado. Guermann oyó sus rápidos pasos subiendo la escalera. En su corazón
brotó y se apagó enseguida algo semejante a un remordimiento. El joven se
encontraba petrificado.
La vieja condesa comenzó a desnudarse frente al espejo. Le quitaron las
criadas las agujas de la cofia adornada de rosas; la empolvada peluca de su
cabeza canosa, de cabello corto. Los alfileres volaban a su alrededor. El
vestido amarillo, con bordado de plata, cayó ante sus pies hinchados.
Guermann era testigo de los repugnantes secretos de su tocador; por fin la
condesa se quedó sólo en camisón y gorro de dormir; con esas solas galas,
más propias de su edad, parecía menos horrenda, menos deforme.
Como suele suceder con todos los viejos, la condesa sufría de insomnio.
Una vez desvestida, se sentó junto a la ventana en su sillón Voltaire y
despidió a las criadas. Se llevaron consigo las velas y de nuevo la
habitación quedó apenas iluminada. La condesa, toda amarilla, sentada en
su sillón, movía sus labios blanduzcos, meneándose de izquierda a derecha.
En su enturbiada mirada se evidenciaba la falta de todo pensamiento; al
verla así, se podía pensar que su meneo, más que debido a su voluntad, era
el resultado de un oculto galvanismo.
Repentinamente su semblante muerto cambió de expresión de modo
indescriptible. Sus labios dejaron de moverse, los ojos cobraron
súbitamente vida: ante la condesa se hallaba un desconocido.
–¡No se asuste, por Cristo, no lo haga! –dijo éste con voz perfectamente
audible–. No quiero hacerle ningún daño; vine a suplicarle que me haga un
favor...
La anciana lo miraba sin hablar y parecía no oírlo. Guermann pensó que la
vieja era sorda y entonces se inclinó para alcanzar su oído, cerca del cual
repitió nuevamente sus palabras anteriores. Mas la vieja aristócrata siguió
en silencio.
–Usted puede brindarme una felicidad que dure el resto de mi vida –siguió
diciendo Guermann–, y ello, sin costo alguno para usted: condesa, yo sé que
puede adivinar tres cartas consecutivas...
Guermann se quedó callado. La anciana parecía haber comprendido lo
que él deseaba y aparentemente, estaba buscando cómo responderle.
–¡Eso fue sólo una broma! –dijo la anciana, finalmente–. ¡Se lo juro!
¡Solamente fue una broma!
–¡Con cosas de esa clase no se hacen bromas! –respondió furiosamente
Guermann–. ¡Recuerde usted a Chaplitski, al que la ayudó a saldar su
deuda!
La condesa se mostró turbada ante estas palabras. Su semblante mostró
los efectos de una fuerte emoción, mas luego volvió a ser tan inexpresivo
como anteriormente.
–¿Va a decirme cuáles son esas tres cartas? –agregó Guermann.
La vieja aristócrata permaneció en silencio y Guermann siguió diciendo:
–¿Para qué quiere esconder su secreto? ¿Para confiárselo a sus nietos?
¿Para qué? Ellos ya son gente de dinero... Ni siquiera saben cuánto dinero
tienen, ¿para qué necesitan saber cuáles son esas cartas infalibles? Aquel
que no cuida de su herencia, así disponga de los recursos de la magia más
poderosa, de todos modos morirá miserablemente. Yo, en cambio, conozco
muy bien lo que significa el dinero y por ello no lo derrocho: conmigo sus
tres cartas tendrán un mejor destino. Entonces...
Guermann cerró la boca y esperó ansiosamente la respuesta de la condesa,
aunque ella siguió en silencio. Entonces, Guermann se puso de rodillas ante
ella.
–Si en alguna oportunidad –suplicó el joven oficial– su corazón ha
conocido el amor, si recuerda usted cuánta emoción el amor brinda, si ha
sonreído aunque sea una vez ante el primer llanto de un hijo que acaba de
nacer, si algún tipo de sentimiento humano ha palpitado en su corazón... Le
ruego, por su amor de esposa, de amante y de madre, por lo más sagrado
que hay en este mundo, que no rechace mi pedido... ¡Confíeme su secreto!
¿Qué más le da?... Tal vez, para usted, su secreto implique un pecado
horrendo... la pérdida de la felicidad eterna, un acuerdo con el diablo...
Piénselo; usted ya es muy mayor, no le queda mucho en este mundo. Por mi
parte, estoy decidido a cargar con su falta. Razone: la dicha de alguien está
en sus manos; no sólo la mía; toda mi descendencia va a bendecir su
nombre y honrar su memoria, condesa... Revéleme su secreto...
La vieja no decía ni una sola palabra.
Guermann se incorporó y su semblante cambió de expresión.
–¡Vieja infame! –bramó el joven–. ¡Yo te obligaré a hablar!...
Luego extrajo de su bolsillo una pistola cargada.
Al ver el arma, la anciana condesa mostró otra vez en su rostro una fuerte
emoción. Movió de arriba abajo la cabeza y levantó su mano, como si fuera
a protegerla del balazo. Luego cayó hacia atrás y permaneció inmóvil.
–Déjese de tonterías –dijo Guermann, sujetándola de la mano–. Esta es la
última vez que lo pregunto: ¿Va a decirme cuáles son esas tres cartas? ¿Sí o
no?
La condesa no contestó y Guermann comprobó que estaba muerta.
IV
Lizaveta Ivánovna, sentada en su cuarto y aún vestida para el baile, estaba
hundida en hondos pensamientos. Llegada a la mansión, se apuró a despedir
a la semidormida criada que desganadamente se había ofrecido a atenderla,
agradeciéndole pero diciéndole, a la vez, que ella misma se desnudaría.
Ingresó a su habitación aguardando que Guermann se encontrara allí y, a
la vez, deseando no verlo. Enseguida comprobó la verdad y agradeció a la
providencia que le hubiese ahorrado la visita del joven. Se sentó entonces,
sin desnudarse, recordando todas y cada una de las circunstancias que la
habían conducido hasta aquel punto.
No había trascurrido un mes desde la primera vez que viera desde la
ventana al persistente oficial y ya intercambiaban esquelas y notas... y hasta
habían pactado un encuentro nocturno. Apenas sabía su nombre, por la
firma en las esquelas; no le había hablado, no conocía el timbre de su voz y
jamás había oído hablar de él. ¡Qué extraño le resultaba todo aquello!
Esa noche, durante el baile, Tomski, en un aparte, enojado con la joven
princesa..., que coqueteaba con otro, quiso vengarse de ella mostrándole
indiferencia. Mas su despecho no cesó con ello: invitó a Lizaveta Ivánovna
y bailó con ella una larguísima mazurca. Durante toda la pieza se burló de
su interés por los oficiales de ingenieros. Le confesó que conocía muchas
otras cosas de las que ella alcanzaba a suponer... Algunas de sus bromas
fueron tan acertadas, que Lizaveta Ivánovna sospechó que Tomski estaba al
tanto de su secreto.
–¿Por quién se ha enterado...? –le preguntó ella, fingiendo reír.
–A través de un camarada de “quien usted sabe” –replicó Tomski–,
¡alguien muy notable!
–¿Y quién es... este notable personaje?
–Guermann.
Lizaveta Ivánovna no dijo palabras, pero sus manos y pies se pusieron
repentinamente fríos...
–Este Guermann –siguió diciendo Tomski– es ciertamente muy
romántico: posee el mismo perfil de Napoleón y tiene el alma de
Mefistófeles. Estimo que debe ya no menos de tres muertes. Pero, ¡qué
pálida luce usted!
–Sufro un fuerte dolor de cabeza... ¿Qué le decía ese Guermann..., o como
se llame?...
–Guermann está disgustado con su camarada: manifiesta que, de estar en
su lugar, se comportaría muy diferentemente. Estimo que el propio
Guermann le ha echado el ojo a usted. Señaladamente, escucha con la
mayor atención las expresiones de amor que le dedica a usted su camarada.
–¿Y dónde me ha visto?
–En la iglesia, puede ser... quizá, en algún paseo... ¡Sólo el diablo lo
sabrá! Quizás en su habitación, mientras usted dormía: él es muy capaz...
Tres damas se acercaron a preguntarles: “Oubli ou regret?” (“¿olvido o
arrepentimiento?”), interrumpiendo esa conversación que atormentaba la
curiosidad de Lizaveta Ivánovna. La dama elegida por Tomski fue la propia
princesa... Ésta se tomó el tiempo necesario para aclarar sus malentendidos
en las seguidas vueltas y en el largo paseo que dio con él hasta su silla, de
manera que Tomski, al volver a su sitio, ya no pensaba en Guermann ni en
Lizaveta Ivánovna. Ella quería continuar enseguida la conversación
suspendida, pero la danza había terminado y a poco de ello, la anciana
condesa decidió marcharse.
Lo dicho por Tomski no eran más que pura charlatanería mundana, pero
caló muy hondamente en el espíritu de la joven ilusionada. El retrato
trazado por Tomski se parecía –y mucho– al que había imaginado ella.
Merced a las novelas más recientes, aquel semblante, entonces ya vulgar, la
asustaba y simultáneamente la atraía irresistiblemente.
Estaba sentada, con los brazos cruzados e inclinando sobre su pecho la
cabeza, todavía engalanada con flores, cuando repentinamente la puerta de
la habitación se abrió y entró Guermann. Lizaveta Ivánovna comenzó a
temblar y luego preguntó con voz trémula:
–¿Dónde se encontraba usted?
–Estaba en el dormitorio de la condesa –respondió Guermann–. Ella está
muerta.
–¡Dios mío!... ¿Qué está diciendo?
–Según parece –siguió Guermann–, soy quien ha causado su
fallecimiento.
Lizaveta Ivánovna lo miró y las palabras de Tomski retumbaron en su
alma: “¡Este hombre debe ya tres muertes, cómo mínimo!”. Guermann
tomó asiento en el alféizar de la ventana y narró todo.
Lizaveta Ivánovna lo escuchó horrorizada. De modo que todas esas
ardientes misivas, esas apasionadas súplicas, esa persecución atrevida y
constante... Nada de eso era amor... ¡Dinero era todo lo que buscaba! ¡La
pobre joven no era más que la ignorante cómplice de un forajido, un
criminal que había acabado con la vida de su anciana protectora!...
La muchacha lloró con toda amargura, sufriendo un tardío remordimiento.
Mientras, Guermann la contemplaba sin decir palabra. Aunque
internamente él también sufría, el dolor de la bella joven no alcanzaba a
conmover su severa fibra; no sentía remordimiento alguno por la muerte de
la anciana aristócrata. Solamente un factor lo espantaba y éste era el haber
perdido para siempre toda posibilidad de conocer aquel secreto que lo
desvelaba.
–¡Usted es una bestia! –exclamó Lizaveta Ivánovna.
–Yo no deseaba darle muerte –protestó Guermann–. La pistola... no estaba
cargada.
Ambos guardaron silencio.
Al llegar el alba, Lizaveta Ivánovna cegó la luz de la vela y una luz
debilucha se apoderó de la estancia. La joven se enjugó los ojos enrojecidos
y miró de súbito a Guermann, quien permanecía sentado junto al alféizar,
con las manos cruzadas y ceñudo. Su postura se asemejaba a la de
Napoleón, un parecido que asombró a Lizaveta Ivánovna. Finalmente, ella
dijo:
–¿De qué modo logrará salir de aquí? Yo pensaba conducirlo hasta una
escalera oculta, pero deberemos cruzar obligadamente por el dormitorio de
la finada condesa... algo que me aterra de sólo pensarlo.
Él repuso:
–Dígame cómo encuentro esa salida e iré solo.
Lizaveta Ivánovna se incorporó, tomó una llave de uno de los muebles, se
la dio a Guermann y luego le indicó detalladamente cómo encontrar esa vía
de escape de la mansión. El joven le estrechó la mano, helada y sin
sensibilidad, la besó en la frente y partió.
Descendió por la escalera de caracol e ingresó otra vez en la cámara de la
condesa, cuyo cadáver seguía allí, sentado. La cara de la muerta expresaba
una honda tranquilidad. El joven oficial se detuvo frente al cuerpo de la
finada condesa y permaneció un buen rato contemplándola, como si
estuviera confirmando su horrendo fin. Luego ingresó en el despacho,
tanteó las paredes hasta encontrar debajo del tapizado una puerta oculta y
atravesándola, comenzó a descender por la tenebrosa escalera, alterado por
raros sentimientos y sensaciones.
Pensaba: “Quizá por estos mismos escalones, hace sesenta años, se habrá
colado a la misma hora en el mismo dormitorio el suertudo muchacho que
hace décadas se corrompe en su sepultura, vistiendo entonces un caftán
bordado y peinado à l’oiseau royal. En vez, hoy el corazón de su vieja
amante ha cesado sus latidos...”.
Donde terminaba la escalera Guermann halló una puerta: la abrió con la
llave que llevaba consigo y dio con un largo pasillo que desembocaba en la
calle.
V
Pasados tres días desde la noche fatal, a las nueve de la mañana,
Guermann dirigió sus pasos hacia el monasterio de..., allí donde se
celebrarían los funerales de la finada condesa. Aunque no sentía ni trazas de
arrepentimiento, empero no alcanzaba a acallar los reproches de su
conciencia, que lo acusaban de haber provocado la muerte de aquella
anciana. Pese a que no era creyente, Guermann sí era muy supersticioso.
Creía que la condesa, aunque estuviese muerta, de todas formas podría
ejercer una maligna influencia en su existencia; por esa razón, creyó
imperioso hacerse presente en su velorio y obtener así su perdón.
La iglesia se encontraba repleta. Penosamente, Guermann alcanzó a
avanzar entre todos los allí reunidos. El ataúd reposaba sobre un lujoso
catafalco, bajo un baldaquino de rico terciopelo. La finada condesa yacía en
su féretro con las manos cruzadas sobre su pecho, vestida de blanco raso y
una cofia de encajes le cubría la cabeza. En torno a la difunta, se apiñaban
sus deudos: los sirvientes, de enlutado caftán, portaban cintas blasonadas
sobre sus hombros y sostenían sendos candelabros; los familiares de negro
riguroso. Ninguno derramaba llanto, pues sus lágrimas hubiesen sido
tomadas como afectación. Tan vieja era la muerta, que su fallecimiento no
podía sorprender a nadie. Los suyos, desde hacía mucho tiempo, la
estimaban como perteneciente más al otro mundo que a éste.
Un joven cura pronunció un discurso fúnebre, narrando con sencillez y
emotivas palabras el paso de aquella hija de Dios por este mundo y
refiriendo que sus largos años de existencia habían sido, simplemente, el
prolegómeno para su cristiana muerte.
“El ángel de la muerte la ha tomado entre sus alas en plena vigilia,
entregada a la piedad de la oración y aguardando al novio de la
medianoche”, dijo el sacerdote.
El funeral se desarrolló decorosamente, como lo merecía la difunta. Los
familiares fueron los primeros en darle el postrero adiós y tras ellos, se
desplazó la multitud allí congregada para doblar las rodillas ante la anciana
dama que, desde hacía tantos años, no se había perdido una sola de sus
mundanas distracciones. Luego tocó el turno de los sirvientes y finalmente,
se acercó al féretro el ama de llaves, una vieja de edad igual a la de la
finada. Dos criadas jóvenes la llevaron hasta allí, teniéndola de los brazos.
La anciana carecía de fuerzas suficientes para inclinarse hasta el suelo, mas
fue la única que dejó caer algunas lágrimas al besar la mano de su antigua
señora.
Entonces, cuando se retiró el ama de llaves, Guermann decidió acercarse
al ataúd. Al hacer su reverencia llegó a tocar el suelo y así permaneció un
largo rato. Cuando se irguió, tan pálido como la finada condesa, subió los
peldaños del catafalco y se inclinó... En aquel momento creyó que la muerta
lo observaba burlonamente y hasta que le guiñaba un ojo. Guermann se
echó hacia atrás súbitamente y no pudo evitar caer sobre el suelo. Lo
ayudaron a incorporarse, al tiempo que sacaban de allí a la pobre Lizaveta
Ivánovna, que había perdido el conocimiento.
Lo sucedido rompió por un buen rato el solemne espíritu de los funerales
y un sordo rumor se elevó de entre los presentes. Un enteco chambelán, que
era pariente cercano de la finada condesa, susurró algo al oído de un inglés
allí presente, referido a que aquel joven oficial era hijo natural de la difunta,
y por toda respuesta, el inglés se limitó a soltar un “¡Oh!” muy frío, carente
de toda emoción.
Durante el resto de la jornada, el disgusto de Guermann fue notable. En el
almuerzo, realizado en una aislada posada, contra su costumbre bebió
crecidamente, creyendo que de esa forma podría ahogar en vino su
desasosiego; por el contrario, la bebida azuzó todavía más su imaginación.
Cuando volvió a su morada, se derrumbó sobre el lecho sin siquiera
desvestirse y luego se durmió profundamente.
Despertó ya de noche y la luz lunar reinaba en su cuarto. Observó el reloj
y faltaba un cuarto para las tres. No pudo volver a dormir, conque se sentó
en su cama y se quedó meditando sobre el funeral de la vieja condesa.
Entonces alguien miró dentro del cuarto, a través de la ventana,
retirándose enseguida. Guerman no le prestó atención a aquel suceso, pero
después de un rato escuchó cómo abrían la puerta de la entrada. El joven
oficial creyó que se trataba de su asistente, que volvía embriagado, algo
habitual en él, mas luego escuchó unos pasos que le resultaron enteramente
desconocidos: alguien andaba por allí, arrastrando sigilosamente sus pies.
La puerta de pronto se abrió e ingresó por ella una mujer, enteramente
vestida de blanco. Guermann supuso que era su anciana aya, pero le
asombró que viniera a esas horas. La mujer de blanco, en un tris, estuvo
frente a él... ¡era la difunta condesa!
–Vine contra de mi voluntad –dijo el espectro, con voz firme–, sólo
porque se me ordenó cumplir con tu deseo. El tres, el siete y el as, uno
detrás otro, harán que ganes. Mas existe una condición y es la de que no
apuestes más que una carta al día y que luego no juegues nunca más. Te
perdonaré mi muerte si contraes matrimonio con mi pupila, Lizaveta
Ivánovna.
Dicho esto la condesa dio la vuelta sin decir más palabra, fue hasta la
puerta y desapareció, siempre arrastrando los pies. Guermann escuchó sonar
la puerta del zaguán y vio que alguien lo miraba otra vez desde la ventana.
Tardó mucho en recobrarse. Al salir a la habitación aneja, halló a su
asistente durmiendo sobre el suelo y apenas con mucho trabajo logró
Guermann hacer que despertara. Aquel asistente, como era habitual, estaba
ebrio como una cuba, de manera que nada de lo que dijo le aportó más
detalles sobre lo sucedido. La puerta de entrada estaba con cerrojo y, tras
comprobarlo, Guermann tornó a su habitación, prendió una vela y anotó
cuanto había allí acontecido.
VI
Dos obsesiones no pueden coexistir en el ámbito moral, así como en el
mundo físico dos cuerpos no pueden ocupar simultáneamente el mismo
sitio.
El tres, el siete y el as prontamente desalojaron de la mente de Guermann
la imagen de la anciana difunta. El tres, el siete y el as no se iban de su
imaginación y sus nombres acudían sin cesar a sus labios. Al ver a una
joven, exclamaba:
–Pero, ¡Qué esbelta figura tiene!... Parece un genuino tres de corazones.
Le preguntaban por la hora y contestaba:
–Faltan cinco minutos para... ¡un siete!
Cualquier transeúnte barrigón le hacía recordar inmediatamente al as. El
tres, el siete y el as se presentaban ante él, en sus sueños, cobrando todas las
apariencias posibles: así, el tres surgía ante Guermann dormido como una
lujosa magnolia, el siete parecía ser un herraje de estilo gótico y el as
semejaba una inmensa araña. Todos sus pensamientos desembocaban en
uno solo: de qué modo aprovechar aquel secreto que tan caro había pagado.
Le rondaba el pensamiento de solicitar su baja e irse de viaje, pues
deseaba hacer suya una fortuna en cualquier casa de juegos parisina.
Finalmente, una circunstancia fortuita le sacó de aquellos dilemas.
En Moscú se había establecido una asociación de ricos jugadores,
presidida por el famoso Chekalinski, quien había disipado su vida jugando a
los naipes, amontonando millones ganados con cheques y perdiendo en
efectivo. Largos años de juerga le ganaron la confianza de otros como él,
hasta que llegó a gozar de gran respeto, algo en lo que también influyeron
su casa siempre abierta y su célebre cocinero. Chekalinski se mudó a San
Petersburgo y los jóvenes llenaron sus salones, prefiriendo los naipes a los
bailes y el tapete verde a las aventuras amorosas. Hasta ese sitio Narúmov
condujo a Guermann, y allí cruzaron por salas a cual más espléndida,
repletas de atentos camareros. En esos salones, generales y consejeros
jugaban al whist y los jóvenes presenciaban las partidas desde cómodos
sofás, dando cuenta de helados y fumando sus pipas. En el salón el
propietario, al frente de la banca, presidía una larga mesa asediada por dos
decenas de jugadores. Era un hombre de la más respetable apariencia,
rozaba los 60 años y canas plateadas brillaban en su cráneo. Su semblante,
fresco a pesar de su edad, expresaba un carácter afable, mientras que
brillaban sus ojos y su eterna sonrisa.
Narúmov presentó a Guermann ante el dueño de casa y Chekalinski le
estrechó amistosamente la mano al joven oficial. Luego le suplicó que se
sintiera como en su casa y siguió atendiendo la banca.
La partida se prolongó mucho. Sobre el tapete había más de treinta naipes.
Chekalinski se detenía tras cada tirada para permitirle a los jugadores que
apostaran; anotaba las pérdidas, escuchaba con gentileza los reclamos y con
mayor amabilidad todavía enderezaba las cartas dobladas por los distraídos.
Chekalinski barajó el mazo y se preparó para repartir los naipes otra vez.
–Déjeme jugar una mano –le pidió Guermann, alargando su brazo detrás
de un obeso jugador. Chekalinski le sonrió, inclinó la cabeza en señal de
conformidad, y después Narúmov felicitó risueño a Guermann por haber
dejado de lado su prolongado ayuno; también le deseó un buen principio.
–¡Aquí vamos! –celebró Guermann, luego de detallar con tiza la apuesta
en su naipe.
–¿Cuánto? –preguntó, entornando los ojos, la banca–. Disculpe, no veo
correctamente su apuesta.
–Cuarenta y siete mil –aclaró Guermann.
Al oír aquello, todas las cabezas y miradas se dirigieron hacia Guermann.
“¡Está loco de remate!”, pensó Narúmov para sí.
–Debo señalarle –dijo Chekalinski, siempre sonriendo– que está jugando
muy fuerte; tome en cuenta algo: aquí nadie sube su apuesta a un solo naipe
por encima de 275 rublos...
–¡Qué me importa! –respondió Guermann– ¿Va a aceptar mi puesta, sí o
no?
Con sumisión inveterada, Chekalinski asintió con el gesto y luego agregó:
–Mi intención era simplemente avisarle que la confianza que me brindan
mis camaradas me impide jugar con cualquier otro elemento que no sea
dinero contante y sonante. En lo que a mí respecta, por supuesto, alcanza
con su simple palabra, pero en nombre del juego correcto y el orden de las
cuentas, debo rogarle que coloque usted el dinero sobre el naipe.
Entonces Guermann sacó de su bolsillo un billete de banco y se lo
entregó. Chekalinski sólo le dio un vistazo y lo colocó enseguida sobre el
naipe del joven oficial. Luego soltó sobre el tapete dos cartas: un nueve y
un tres.
–¡He ganado! –exclamó Guermann, exhibiendo su carta.
Entre los juerguistas allí reunidos surgió un claro susurro. Chekalinski
arrugó la ceja, pero en el acto lo cambió por su eterna sonrisa.
–¿Retira lo ganado? –dijo.
–Si lo tiene usted a bien... –respondió el oficial.
Chekalinski contó billetes y saldó la deuda de la banca a la mayor prisa.
Guermann tomó lo suyo y dejó la mesa. Narúmov era incapaz de salir de
su estupor. Guermann, por su lado, festejó aquello con un refresco y se fue a
su casa.
A la noche siguiente volvió a lo de Chekalinski y éste llevaba nuevamente
la banca. Al joven oficial los demás jugadores enseguida le hicieron lugar
junto al tapete y el dueño de casa le obsequió su mejor sonrisa y una
reverencia. Guermann aguardó el inicio de una nueva partida y luego
colocó su naipe, sobre él 47 mil rublos y encima lo que había ganado la
noche anterior.
Chekalinski repartió los naipes: a la derecha, un valet; a la izquierda un
siete... Guermann mostró su carta: era un siete.
Los presentes soltaron sus exclamaciones de asombro y Chekalinski no
disimuló su turbación, mas enseguida contó 94 mil rublos y se los entregó a
Guermann, quien los tomó con indiferencia y en el acto se fue de allí.
A la noche siguiente volvió y ya todos lo esperaban. Hasta los generales y
los consejeros dejaron sus partidas de whist para presenciar la siguiente
partida. Los jóvenes militares brincaron de sus asientos, los camareros se
agolparon en la sala: todos rodeaban a Guermann y los otros jugadores
dejaron de lado sus naipes, ansiosos de ver cómo se las arreglaba.
Guermann, junto a la mesa, ya estaba listo para apuntar él solo contra la
banca; Chekalinski sonreía aún. Cada uno rasgó el sello de naipes nuevos,
Chekalinski barajó, Guermann tomó su naipe y lo colocó sobre el tapete,
debajo de una lluvia de billetes de banco.
Aquello semejaba un duelo, desarrollado en el más absoluto silencio.
Chekalinski soltó los naipes y fue notorio cómo temblaban sus dedos al
ponerlos sobre el tapete: a la derecha, una dama; a la izquierda, un as.
–¡El as gana todo! –bramó Guermann, mostrando su naipe.
Con tono cariñoso, Chekalinski señaló: “Su dama acaba de morir”.
Guermann tembló, comprobando que, efectivamente, en vez de un as
había puesto sobre la mesa una dama de de espadas. ¡No podía comprender
cómo se había confundido de aquel modo!
Entonces creyó ver que la dama de espadas le guiñaba un ojo y le sonreía
burlándose. El parecido con aquello, sucedido antes, lo horrorizó.
–¡La maldita vieja...! –gritó aterrorizado.
Chekalinski se aproximó a la gruesa suma apostada y cuando se retiró con
ella, Guermann seguía sin moverse; se alzó de entre los presentes un fuerte
rumor: “Brillante jugada...”, comentaban.
Siempre sonriendo, Chekalinski volvió a barajar el mazo y la partida
siguió.
Epílogo
Guermann enloqueció y fue internado en la clínica Obújov, ocupando la
habitación 17. No contestaba pregunta alguna y murmuraba sin cesar:
“¡Tres, siete, as! ¡Tres, siete, dama!...”.
Lizaveta Ivánovna se unió en matrimonio con un joven muy afable, que
sirve en alguna parte y le ha dado una fortuna considerable: es el hijo del
antiguo administrador de la finada condesa. Lizaveta Ivánovna tiene de
pupila a una pariente pobre.
Tomski fue ascendido a capitán y se casó finalmente con la princesa
Polina.
Había una vez un padre que tenía dos hijos; el mayor era muy inteligente
y astuto, muy capaz de resolver los asuntos más complicados y salirse con
la suya en cualquier circunstancia. Su hermano menor era todo lo contrario:
un auténtico tonto, que no comprendía nada, no era capaz de aprender cosa
alguna... Cuando los demás tropezaban con él, invariablemente pensaban
que iba a ser un tormento para su pobre padre.
Así, para cualquier cosa que uno quisiera hacer, debía irse por el hermano
mayor. Mas si se trataba de ir en busca de algo, ya caída la noche y eso
implicaba la obligación de pasar por algún cementerio o cualquier otro
lugar oscuro y siniestro, el muchacho, despierto e inteligente como de veras
lo era, se oponía tenazmente a hacerlo.
¡Era muy miedoso!
En alguna reunión en torno al hogar, cuando alguno contaba uno de esos
relatos que hacen entrechocar los dientes, temblar las manos y erizarse los
cabellos, los que estaban allí exclamaban cuánto miedo les producía el
cuento. En cambio, el menor de los dos muchachos, que había escuchado
todo desde el rincón donde estaba sentado, oía esas exclamaciones sin
comprender a qué se referían: él no sentía el menor miedo.
Cierta vez, su padre le dijo que, dado que tenía la edad adecuada y además
era fuerte, era el momento de que aprendiera algo que le permitiera ganarse
la comida. El padre lo reconvino, insistiendo en que su hermano mayor se
esforzaba, mientras que con él todo intento de enseñarle algo fracasaba
miserablemente.
El muchacho le dio la razón a su padre y le dijo que él también quería
aprender alguna habilidad o destreza. Que si no lo tomaba a mal, le
agradaría aprender a tener miedo, pues no tenía la menor idea respecto a
qué era aquello.
Al escucharlo, el hermano mayor soltó la carcajada, pensando cuán
estúpido era su hermano menor.
El padre, por su parte, suspiró y le dijo al menor que, tarde o temprano,
comprendería qué cosa es el miedo, pero que saberlo no le serviría en
absoluto para ganarse el pan.
Así quedaron las cosas entre ellos, cuando días después recibieron la
visita de un sacristán, que servía con unos misioneros cristianos no
demasiado lejos de allí. El padre, abatido y preocupado, le contó al sacristán
lo que sucedía con su hijo menor, que no servía para tarea alguna. El
sacristán se interesó en aquel asunto, y preguntó si nunca el chico había
tenido interés en aprender algo.
El padre le refirió entonces que el muchacho solamente se había sentido
intrigado por saber qué era el miedo.
El religioso meditó un poco sobre ese curioso asunto y finalmente expresó
que si tal era el interés del muchacho, él podía muy bien enseñarle qué era
el miedo, si le permitían ir con él hasta su casa.
El padre confió en el sacristán y mandó a su hijo menor que lo
acompañase e hiciera cuanto el religioso le ordenara.
El sacristán se llevó al muchacho a su casa y le mandó tocar las campanas
de la torre. Cierta vez, lo despertó a la medianoche y le ordenó subir a la
torre a batir las campanas. Pensó el sacristán que de esa forma iba a prender
cabalmente qué cosa era el miedo, mientras lo dejaba solo con su tarea.
El chico, en la torre, se volvió para tomar la cuerda que hacía sonar las
campanas y entonces vio algo de color claro que se encontraba en la
escalera y que siguió allí son moverse.
Gritando, el muchacho preguntó quién andaba por allí, pero la figura
blanca no hizo un solo movimiento ni respondió. El joven le gritó entonces
que o contestaba o se iba, porque nada tenía que estar haciendo allí a la
medianoche.
Desde luego, el falso fantasma era el sacristán, que se había disfrazado.
El muchacho volvió a gritarle, amenazando al falso espectro con arrojarlo
escaleras abajo.
Para sí, el religioso pensó que no se animaría a cumplir su amenaza y
siguió en su sitio.
Nuevamente advirtió el chico a la supuesta aparición lo que le ocurriría,
pero viendo que seguía haciendo caso omiso de sus amenazas, decidió pasar
de las palabras a los hechos, conque corrió hacia el fantasma, lo empujó con
fuerza y así lo arrojó hacia atrás por la escalera. El sacristán fue a parar de
ese modo a la base de la escalera, donde quedó muy magullado. Por su
parte, como si nada hubiese pasado, el joven terminó de tocar sus
campanas, tornó a su habitación y durmió el mejor de los sueños.
La esposa del sacristán siguió por largo rato esperando que volviera su
marido, mas comprobando que demoraba excesivamente, fue a buscar al
muchacho, preguntándole dónde estaba el religioso.
El joven le dijo que no se encontraba en la torre, pero que había
encontrado a alguien allí, suponiendo que era un ladrón o simplemente un
intruso y que él mismo lo había arrojado por las escaleras. Preocupado,
insistió en que la mujer averiguara qué había sucedido, pues lamentaría
mucho que algo malo hubiese tenido lugar.
La mujer corrió hacia la escalera y encontró a su pobre marido tendido en
la base, lastimado, quejándose y con una pierna rota.
Lo bajó como pudo y corrió después a la casa del padre del muchacho,
llorando a raudales. Acusó al joven de haber originado aquel accidente que
le costó una fractura a su marido y exigió que inmediatamente lo retirara de
la sacristía.
Apresuradamente, el padre fue hasta la casa del sacristán y riñó
severamente a su hijo menor. Este pretextó su inocencia, alegando que tres
veces había advertido al supuesto espectro, sin recibir respuesta alguna.
Ante ello, el padre le dijo que no deseaba volver a verlo.
El joven le pidió que esperara hasta la llegada de la luz del día y entonces
él se iría a aprender qué cosa era el miedo.
Furioso, el padre le dijo que aprendiera lo que quisiera y le entregó varias
monedas para el camino, con la condición de que nunca revelara quién era
su padre, para evitarle toda vergüenza.
El muchacho aceptó, pues le parecía muy fácil cumplir con esa condición.
Al despuntar el alba se guardó sus cincuenta monedas y se fue por el
camino. Mientras andaba, iba pensando en qué bueno sería saber qué cosa
era el miedo. Un viajero que pasaba por ahí lo escuchó murmurar y
terminaron caminando juntos; al cabo de un rato dieron con una horca y el
ocasional compañero del chico le dijo que en ese árbol habían colgado a
siete que se habían casado con la hija de un cordelero: como el viajero lo
había oído decir que no sabía qué era el miedo, le recomendó sentarse bajo
el árbol y esperar la llegada de la noche; así iba a aprenderlo sin más ni
más.
El joven le contestó que, si era tan simple aprender de aquel modo, lo
haría así como el viajero lo decía, pero que, además, si así aprendía qué
cosa era el miedo, le daría al viajero sus cincuenta monedas; también le
pidió que viniera por él a la mañana siguiente.
Y dicho esto, se sentó debajo del patíbulo, donde esperó la caída de la
noche. Como se pronunciara el frío, encendió una hoguera, pero hacia la
medianoche empezó a soplar un viento tan fuerte, que aquel fuego no
alcanzaba para calentarlo.
El ventarrón hacía entrechocar los cuerpos de los ajusticiados. En su
simpleza, el chico pensó qué frío sentirían los ahorcados, colgados en las
altas ramas. Como era un simple pero su naturaleza era compasiva, no tuvo
mejor idea que aproximar una escalera y desatar uno a uno a los
condenados, cuyos cuerpos agrupó junto al fuego, que además avivó. Desde
luego, los cadáveres siguieron inmóviles allí donde los depositó. El fuego
finalmente encendió sus ropas, y el joven advirtió a los muertos que, en
caso de que no pusieran mayor cuidado, volvería a colgarlos.
Los ajusticiados no respondieron, y sus harapos prosiguieron
quemándose. Se irritó entonces el muchacho y les advirtió que si no se
cuidaban ellos mismos, él nada podía hacer por ellos y que tampoco quería
quemarse. Después los colgó nuevamente y volvió a sentarse al lado de la
hoguera, donde se quedó dormido.
A la mañana siguiente se presentó el viajero, listo para cobrar aquellas
cincuenta monedas. Riendo, le preguntó al joven si ya había aprendido qué
era el miedo. Este dijo que no, pues los muertos no habían siquiera abierto
la boca, y que además eran tan estúpidos que hasta habían permitido que se
chamuscaran los andrajos que tenían puestos.
El viajero se alejó de allí, jurando que en toda su vida nunca antes se
había topado con alguien como aquel muchacho.
Siguió también el joven su camino, siempre diciendo en voz alta cuánto lo
apenaba no saber qué cosa era el miedo. Lo escuchó un carretero que iba
tras él, y que le preguntó quién era, de dónde venía y quién era su padre. A
todo contestó el chico que no lo sabía. Entonces le preguntó el carretero qué
murmuraba por el camino y el joven le dijo que deseaba fervientemente
saber qué era el miedo, pero que nadie podía enseñarle aquello.
El carretero le respondió con acritud que se dejara de boberías y fuera con
él, que le buscaría dónde quedarse.
El joven fue en su compañía y llegada ya la noche, arribaron a una
posada. Ya en la sala, el muchacho volvió a suspirar, diciendo en voz alta
que le gustaría saber qué cosa era el miedo. El posadero lo escuchó y
comenzó a reírse. Cuando se repuso, le dijo que estando allí se enteraría. Su
mujer, enojada, replicó que cerrara la boca, pues ya varios atrevidos habían
encontrado la sepultura por ese camino... Agregó que los ojos del muchacho
eran demasiado bellos para cerrarse tan temprano.
El joven respondió que había dejado su casa para saber qué era el miedo,
costara lo que costara y fatigó al posadero hasta que éste accedió a contarle
que no lejos de allí había un palacio hechizado y que en dicho lugar
aprendería qué cosa era el miedo con sólo permanecer tres noches bajo su
techo. También le dijo que el señor del lugar había prometido que su hija –
la más bella de la región– se casaría con el valiente que pasara por aquella
prueba y conservase la vida. Asimismo, dijo el posadero que el palacio
contenía extraordinarios tesoros, pero que eran guardados por terribles
espíritus; los tesoros podrían ser tomados una vez que se deshiciera el
hechizo. Muchos lo habían intentado, pero nadie había conseguido otra cosa
que la muerte.
A la mañana siguiente, el joven se presentó ante el noble que poseía el
palacio y le dijo que, si se le autorizaba, él pasaría tres noches en el palacio
encantado.
Lo miró el aristócrata, y como le resultara agradable, le dijo que podía
pedir tres cosas para llevar con él al palacio, mas debía tratarse de cosas
inanimadas.
A ello contestó el muchacho que entonces le dieran fuego, un torno y un
banco de carpintero provisto de cuchilla. El señor mandó que le llevaran
cuanto había pedido hasta el palacio, a donde se dirigió el joven cuando
anocheció. Una vez allí, encendió en una habitación una hoguera y colocó
frente a ella el banco de carpintero y se sentó ante el torno, lamentándose de
no sentir miedo y desconfiando de que en aquel palacio hechizado fuera a
conocerlo. Llegada ya la medianoche, quiso avivar las llamas que lo
abrigaban y mientras soplaba sobre el fuego escuchó unas voces –las que
venían de un rincón del aposento– que gritaban quejándose del frío. El
joven replicó que si sentían frío, debían entonces de acercarse al fuego.
En cuanto hubo dicho esto, dos inmensos gatos negros surgieron como de
la nada, y se sentaron a su lado mirándolo con furia atroz. Cuando los
felinos se calentaron, lo invitaron a jugar a los naipes. El joven consintió en
ello, pero les pidió que antes de la partida le mostraran sus garras. Las
bestias así lo hicieron y el joven, tomándolos del cuello, los levantó y los
sujetó por las patas al banco de carpintero. Les dijo que había comprendido
cuáles eran sus verdaderas intenciones, luego los mató y los arrojó al foso
que rodeaba el palacio.
Despachados ya aquellos dos animales diabólicos y cuando se preparaba
para calentarse de nuevo junto al fuego, de los rincones surgieron gatos y
perros negros, tantos, que ya no sabía él dónde meterse, pues casi no cabían
en aquel aposento. Aullando horriblemente, las bestias aquellas pisotearon
las brasas, intentando esparcirlas y apagar así el fuego. El joven los
contempló serenamente por un rato, hasta que se enojó y empuñando la
cuchilla y gritándoles que abandonaran aquel sitio se lanzó sobre ellos.
Apenas unos pocos de esos bichos lograron escapar de la matanza; el
joven arrojó los cadáveres de los demás al foso. Nuevamente junto a las
brasas de la habitación, las sopló para avivarlas y otra vez se sentó a
disfrutar del calor. Así lo encontró el sueño: el muchacho miró a su
alrededor y encontró cerca una gran cama, donde se acostó enseguida. Sin
embargo, en cuanto cerró los ojos la cama comenzó a desplazarse, como si
deseara pasearlo por todo el palacio. El chico pensó que era mejor así,
mientras la cama recorría aposentos, cruzaba pasillos, subía y bajaba
escaleras. Repentinamente la cama viajera se dio vuelta, quedando patas
arriba y el joven debajo. A duras penas logró salir de allí, volvió a la
habitación donde el fuego seguía encendido y se durmió hasta el alba.
A la mañana siguiente se presentó el señor del palacio, y, al verlo
acostado sobre el piso creyó que los espectros habían acabado con su vida y
se lamentó de que hubiera muerto tan joven. El muchacho lo oyó decir
aquello y se levantó de inmediato, sonriendo. El noble se admiró de aquello
y se sintió contento; luego le preguntó qué tal había sido su primera noche
en aquel sitio. El chico se manifestó satisfecho y le dijo que así como había
pasado la primera, pasaría las dos siguientes.
Cuando el joven volvió a su posada, el dueño creyó que era un aparecido
y le aseguró que no creía que fuera a estar todavía con vida. También le
preguntó si había aprendido qué cosa era el miedo. El joven contestó
negativamente y se lamentó de no saber qué hacer para aprenderlo.
Al llegar nuevamente la noche, se dirigió otra vez al palacio, se sentó
junto a la hoguera y siguió con su eterno lamento de no saber qué era el
miedo. No era todavía medianoche, cuando escuchó un fuerte ruido, que se
fue haciendo más y más intenso, hasta que de la chimenea surgió la mitad
de un hombre, que vino a caer a sus pies. Mucho se sorprendió el chico de
que hubiese caído sólo una mitad, pero luego volvió a oírse el fuerte ruido
aquel y cayó la otra. El joven le dijo entonces a ese hombre en mitades que
esperara, que iba a avivarle el fuego para que se calentara.
Cuando volvió a mirar, las dos mitades se habían unido, y un hombre
horrendo estaba sentado en su sitio. El joven protestó diciendo que aquel
era su banco.
El hombre deseaba echarlo, pero el joven, empecinadamente, finalmente
lo quitó de un empujón y se sentó en su banco.
Bajaron entonces por la chimenea otros hombres, llevando consigo tibias
y calaveras, y, después de colocarlas en cierto orden, comenzaron a jugar a
los bolos. El muchacho quiso participar en el juego y les preguntó si podía
hacerlo. Los monstruos aquellos le replicaron que sí, en tanto que tuviera
dinero que apostar. El joven respondió afirmativamente, mas se quejó de
que los bolos no fueran redondos del todo; entonces tomó los cráneos, los
colocó en el torno y los modeló como quiso, concluyendo que ahora
rodarían adecuadamente.
Jugó y perdió algunas monedas; pero al dar las doce, todo desapareció,
como si fuera un sueño. Se tendió el muchacho y se durmió tranquilamente.
A la mañana siguiente se presentó el noble propietario, ansioso por saber
cuanto hubiese ocurrido. El chico se limitó a decirle que había jugado a los
bolos y perdido algunas pocas monedas. El señor preguntó entonces si
había sentido miedo y el joven le respondió que sólo se había entretenido
bastante. Luego se quejó, como era su hábito, de no saber qué cosa era el
miedo.
Llegó la tercera noche y lo encontró sentado otra vez en aquel banco de
carpintero, de mal humor por no saber todavía qué era sentir miedo.
Era muy tarde cuando entró al aposento media docena de hombres fuertes,
llevando consigo un ataúd. El joven dijo que suponía que aquel fuera el
féretro de su primo pequeño, que había muerto días antes. Luego llamó a su
pariente y los hombres dejaron el féretro sobre el piso. El joven se acercó y
levantó la tapa: había dentro un muerto. Le tocó la cara, fría como el hielo,
y le dijo que esperara, pues iba a ayudarlo a calentarse.
Volvió hasta la hoguera para calentarse la mano y la aplicó después sobre
el semblante del muerto, pero éste seguía helado. Entonces lo sacó del
ataúd, se sentó junto al fuego con el muerto y se puso a frotarle los brazos
para restablecer la circulación de su sangre. Como eso fue inútil, se le
ocurrió que metiéndolo en la cama lograría calentarlo. Lo acostó, lo arropó
y se colocó a su lado. Pasado un rato, el muerto empezó a calentarse y se
movió. Le dijo entonces el joven que le daba contento saber que había
logrado calentarlo, mas el muerto se levantó amenazando con estrangularlo.
Enojado por la falta de consideración del difunto, el muchacho lo capturó,
lo metió nuevamente en el féretro y cerró la tapa. Entraron de nuevo los seis
hombres y se lo llevaron consigo.
El joven concluyó que no existía manera de sentir miedo y que nunca se
enteraría de lo que era, así permaneciera todo el resto de su vida en aquel
palacio reputado como hechizado y habitado por seres monstruosos.
Apareció luego otro hombre, más alto que los otros que habían visitado al
joven esa noche. Era viejo y gastaba una larga barba blanca. El viejo le dijo
al muchacho que esa misma noche iba a saber qué cosa era el miedo,
porque esa misma noche iba a ser la de su muerte. Entonces, el joven
replicó que él también tenía algo que decir sobre aquel asunto: agregó que
era, por lo menos, tan fuerte como el viejo y éste le propuso una prueba. Si
la pasaba, el viejo le permitiría irse. Después lo condujo a través de oscuros
y largos pasillos hasta una fragua, donde tomó un hacha y con ella, clavó al
piso uno de los yunques que allí había.
Esto no amedrentó al muchacho, quien dijo que él podía superar lo
realizado por su oponente. El viejo se colocó a su lado, para ver mejor, y
entonces el joven tomó el hacha y partió el yunque de un solo golpe...
¡aprisionando al mismo tiempo la larga barba del viejo! Luego tomó una
gruesa barra de hierro y golpeó con ella al viejo hasta que éste le suplicó
que no lo hiciera más y que, a cambio, le daría grandes tesoros. El
muchacho desclavó el hacha y soltó a su prisionero, quien lo llevó hasta una
de las bodegas del palacio, repleta de cofres rebosantes de oro. Allí el viejo
le dijo que tomara tres y que una era para los pobres y necesitados, la
segunda para el noble señor de esa propiedad y la tercera se la podía quedar.
En aquel exacto momento dieron las doce de la noche y el monstruoso
duende se desvaneció en el aire, como si nunca hubiese existido. En la
completa oscuridad, el joven se dijo que, de alguna manera, debía salir de
allí. Tanteando los muros, finalmente alcanzó a orientarse y llegar hasta su
habitación, donde se durmió junto al fuego.
A la mañana siguiente despertó, justo cuando se presentó el noble dueño
de aquel palacio, quien le dijo que estaba seguro de que la pasada noche
había alcanzado a conocer qué cosa es el miedo.
El joven replicó que no, que había estado allí su primo muerto y luego un
duende barbudo, quien le mostró los tesoros que guardaba una bodega, pero
que nada había aprendido sobre el miedo. Entonces el noble le recordó que,
habiendo quitado el hechizo de su propiedad, él debía darle la mano de su
hija.
El muchacho asintió, pero volvió a quejarse de que no sabía todavía qué
cosa es el miedo.
Ese mismo día retiraron los tres cofres de oro y se realizó la boda. Aunque
estaba contento y enamorado de su esposa, el joven convertido en noble
seguía quejándose de desconocer qué es el miedo. Su queja permanente
terminó por enojar a su joven esposa, quien pidió consejo a su más vieja
servidora. La criada le dijo que ella se encargaría de hacerle saber al joven
aristócrata qué cosa es el miedo.
La sirvienta fue hasta un riacho que cruzaba el parque de la propiedad e
hizo que llenaran un barril con agua que contenía muchos peces pequeños.
Esa noche, mientras el joven dormía, la esposa le quitó las ropas y le echó
encima el barril de agua helada con los pececitos, que saltaron una y otra
vez sobre el cuerpo del durmiente y las ropas de cama. El muchacho
despertó de golpe y comenzó a gritar: “¡Ahora sí, ahora sí sé qué cosa es el
miedo!”.