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¡Hacia el Misterio Pascual!

Convivencia – Domingo de Ramos 2021

“Seguir a Cristo exige un cambio interior”

“La procesión de las Palmas es una


procesión de Cristo Rey: profesamos la realeza de
Jesucristo, reconocemos a Jesús como el Hijo de
David, el verdadero Salomón, el Rey de la paz y de
la justicia. Reconocerle como Rey significa aceptarle
como quien nos indica el camino, Aquél de quien
nos fiamos y a quien seguimos. Significa aceptar día
tras día su palabra como criterio válido para nuestra
vida. Significa ver en Él la autoridad a la que nos
sometemos. Nos sometemos a Él porque su autoridad
es la autoridad de la verdad.
Ante todo, la procesión de las Palmas es,
como lo fue en aquella ocasión para los discípulos,
una manifestación de alegría, porque podemos
conocer a Jesús, porque Él nos permite ser sus
amigos y porque nos ha dado la clave de la vida. Esta
alegría, que se encuentra en el origen, es también
expresión de nuestro «sí» a Jesús y de nuestra disponibilidad a caminar con Él allí donde
nos lleve… la procesión con las palmas es una representación simbólica de lo que
llamamos «seguimiento de Cristo»: «Pidamos la gracia de seguirle». La expresión
«seguimiento de Cristo» es una descripción de toda la existencia cristiana en general. ¿En
qué consiste? ¿Qué quiere decir en concreto «seguir a Cristo»? […].
Se trata de un cambio interior de la existencia. Exige que ya no me cierre en mi
yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Exige
entregarme libremente al Otro por la verdad, por el amor, por Dios, que, en Jesucristo, me
precede y me muestra el camino. Se trata de la decisión fundamental de dejar de
considerar la utilidad, la ganancia, la carrera y el éxito como el objetivo último de mi
vida, para reconocer sin embargo como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata
de optar entre vivir sólo para mí o entregarme a lo más grande. Hay que tener en cuenta
que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en una
Persona. Al seguirle a Él, me pongo al servicio de la verdad y del amor. Al perderme,
vuelvo a encontrarme […].
Queridos jóvenes amigos, qué importante es precisamente esto hoy: no hay que
dejarse llevar de un lado para otro en la vida; no hay que contentarse con lo que todos
piensan, dicen y hacen. Hay que escrutar y buscar a Dios. No hay que dejar que la
pregunta por Dios se disuelva en nuestras almas, el deseo de lo más grande, el deseo
de conocerle a Él, su Rostro… Esta es la otra condición sumamente concreta para la
subida a Jerusalén: puede llegar al lugar santo quien tiene «manos limpias y puro
corazón». Manos limpias son aquellas que no cometen actos de violencia. Son manos que
no se han ensuciado con la corrupción, con los sobornos. Corazón puro, ¿cuándo es puro
el corazón? Es puro un corazón que no finge y no se mancha con la mentira y la
hipocresía. Un corazón que es transparente como el agua de un manantial, porque en él
no hay doblez. Es puro un corazón que no se extravía con la ebriedad del placer; un
corazón cuyo amor es auténtico y no una simple pasión del momento. Manos limpias y
corazón puro: si caminamos con Jesús, subimos y experimentamos las purificaciones que
nos llevan verdaderamente a esa altura a la que el hombre está destinado: la amistad con
el mismo Dios”.
(Papa Benedicto XVI.
Homilía del domingo de Ramos, 2007)

“Convertirse es volver al Padre”


“[…] Hay una invitación que nace del corazón de Dios, que con los brazos abiertos
y los ojos llenos de nostalgia nos suplica: «Vuélvanse a mí de todo corazón»
(Jl 2,12). Vuélvanse a mí. La cuaresma es un viaje de regreso a Dios. Cuántas veces,
ocupados o indiferentes, le hemos dicho: “Señor, volveré a Ti después, espera… Hoy no
puedo, pero mañana empezaré a rezar y a
hacer algo por los demás”. Y así un día
después de otro. Ahora Dios llama a
nuestro corazón. En la vida tendremos
siempre cosas que hacer y tendremos
excusas para dar, pero hoy es el tiempo de
regresar a Dios.

Vuélvanse a mí, dice, con todo el


corazón. La cuaresma es un viaje que
implica toda nuestra vida, todo lo que
somos. Es el tiempo para verificar las
sendas que estamos recorriendo, para
volver a encontrar el camino de regreso a
casa, para redescubrir el vínculo
fundamental con Dios, del que depende
todo. La cuaresma no es hacer un ramillete espiritual, es discernir hacia dónde está
orientado el corazón. Este es el centro de la cuaresma: ¿Hacia dónde está orientado mi
corazón? Preguntémonos: ¿Hacia dónde me lleva el navegador de mi vida, hacia Dios o
hacia mi yo? ¿Vivo para agradar al Señor, o para ser visto, alabado, preferido, puesto
en el primer lugar y así sucesivamente? ¿Tengo un corazón “bailarín”, que da un paso
hacia adelante y uno hacia atrás, ama un poco al Señor y un poco al mundo, o un
corazón firme en Dios? ¿Me siento a gusto con mis hipocresías, o lucho por liberar el
corazón de la doblez y la falsedad que lo encadenan?

El viaje de la cuaresma es un éxodo, es un éxodo de la esclavitud a la libertad. Son


cuarenta días que recuerdan los cuarenta años en los que el pueblo de Dios viajó en el
desierto para regresar a su tierra de origen. Pero ¡qué difícil es dejar Egipto! Fue más
difícil dejar el Egipto que estaba en el corazón del pueblo de Dios, ese Egipto que se
llevaron siempre dentro, que dejar la tierra de Egipto… Es muy difícil dejar el Egipto.
Siempre, durante el camino, estaba la tentación de añorar las cebollas, de volver atrás, de
atarse a los recuerdos del pasado, a algún ídolo. También para nosotros es así: el viaje de
regreso a Dios se dificulta por nuestros apegos malsanos, se frena por los lazos
seductores de los vicios, de las falsas seguridades del dinero y del aparentar, del lamento
victimista que paraliza. Para caminar es necesario desenmascarar estas ilusiones”.
(Papa Francisco. Homilía del miércoles
de Ceniza, 2021)

“Contemplar a Cristo y vivir de Cristo”


A. Centralidad y amplitud del misterio pascual

Estamos en el umbral de la Semana Santa.


Para los cristianos es una semana santa porque en
ella tienen lugar los acontecimientos centrales de
la redención, o lo que es lo mismo, la
manifestación suprema del amor de Dios Trinidad
a los hombres. Lo esencial se concentra en el
misterio pascual, es decir, la pasión, muerte y
resurrección de Cristo, que se prolonga con su
ascensión al cielo y el envío del Espíritu Santo a la
Iglesia y al corazón de sus seguidores.
En este drama interviene el cielo y la tierra,
Dios y el hombre, el bien y el mal. Es el drama
decisivo que domina sobre todas las realidades y
sobre la historia. Se ha desarrollado en un lugar
concreto del espacio y del tiempo, pero trasciende todos los lugares y toda la historia,
porque todo: cosmos, historia, personas, giran en torno a él y encuentran en él su sentido
último. Nada queda fuera de este drama que lo abarca todo y no es abarcado por nada. 
En el momento histórico en el que tuvo lugar intervinieron muchos personajes, pero
en realidad, dada su naturaleza, resulta que personajes de ese drama somos todos. ¿Quién
es el personaje central del drama humano-divino que vamos a celebrar estos días?
El protagonista es Cristo. Él es Hombre verdadero y es a la vez Dios verdadero, el
Hijo de Dios. Plenamente hombre y plenamente Dios. En él se da la unión de lo humano
y de lo divino. Es el Pontífice, el Sacerdote, el puente que une al hombre con Dios y a
Dios con el hombre en sí mismo. En cuanto hombre nos representa a todos. Es cercano a
nosotros, es nuestro hermano; como decían los Padres, es uno de los nuestros que
experimenta todo lo que nosotros experimentamos. Y al mismo tiempo es Dios, es para
nosotros la manifestación de Dios, el que nos revela a Dios, la manera de ser de Dios, el
pensamiento de Dios, los sentimientos de Dios, el amor, la fidelidad, la justicia de Dios.
En cuanto Dios es el que viene a ofrecernos la salvación.
Por esta razón es en Cristo Jesús, en su persona, donde se desarrolla todo el drama.
En él confluye toda la historia humana, la de cada persona, con toda su nobleza y
grandeza y con todas sus miserias, pecados, limitaciones, errores, esclavitudes y su
necesidad de liberación y redención, y en él es donde se concentra toda la justicia y la
misericordia de Dios. Y de ese encuentro surge la salvación, la recreación de todas las
cosas, especialmente la recreación del hombre.
Desde el momento en el que se resuelve ese drama, los que por la fe son recreados en
Cristo, se puede decir que son humanos y divinos. Son imágenes de Cristo y, así como él
era Hombre-Dios, el cristiano es, de manera análoga, hombre-dios, porque participa
realmente de la divinidad de Cristo.
En la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, en el nº 10, hay un
párrafo que dice: “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al
hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su
máxima vocación, y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el
que haya de encontrar la salvación. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de
toda la historia humana se hallan en su Señor y
Maestro”.

B. Mirar a Cristo para vivir de él

Todo esto son pensamientos que nos pueden ayudar


a centrar nuestra mirada en Jesús. Él es siempre el
protagonista de la historia y de cada una de nuestras
historias personales, pero lo es principal y
esencialmente en los acontecimientos que celebramos
estos días, que son acontecimientos siempre actuales en
los que estamos implicados. Como decía antes se trata
de un drama permanente, contemporáneo a todas las
épocas de la historia, y que por lo tanto se está
desarrollando ahora mismo entre nosotros.
Por eso, como cristianos, lo mejor que podemos hacer durante esta semana que
comenzamos es mirar a Cristo y desde él todo lo demás. Mirarlo a él. Ojalá y toda esta
semana nuestro espíritu estuviera lleno de esta mirada y no dejáramos que nada nos
desviara de esta contemplación. Mirar a Cristo, contemplar a Cristo, conocer a Cristo,
amar a Cristo, vivir de Cristo. ¿No es esto lo sumo, lo máximo que podemos hacer?
¿Os parece que sería una semana pérdida ocuparse en esto? Contemplar a Cristo y
vivir de Cristo. Lo necesitamos tanto. Ojalá y pudiéramos decir cada uno lo mismo que
decía San Pablo: “todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del
conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura
con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8).
Fijemos los ojos de nuestro cuerpo, pero sobre todo los ojos de nuestro espíritu, en
Cristo para llenarnos de él, porque conocerlo a él y tenerlo a él es la mayor riqueza.

Pensemos…
1. ¿Qué cosas me están impidiendo darle mi corazón a Dios?
2. ¿Cómo aprovechar mejor esta semana santa?
3. Semana santa es un tiempo de oración, lucha y sacrificio:
a. ¿En qué cosas debo cambiar?
b. ¿En qué debo entrenarme?
c. ¿Cuál es la virtud que más me gusta? Pídesela a Jesús.
4. ¿Cómo podemos valorar aún más el sacrificio que hizo Cristo por
nosotros?
5. ¿Qué cosas podría hacer para no olvidar nunca más que Cristo me ama, dio
su vida para salvarme, y ahora está vivo a mi lado cada día, para
iluminarme, fortalecerme y liberarme?

Recuerda…

“Se comienza a ser hombre de verdad cuando se tropieza


uno con Cristo. Entonces, la vida adquiere peso y gravitación. Solo
cuando se vive como Cristo se llega de verdad a ser hombre”.
(Juventud Rebelde, 270)