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APOCALÍPTICA

TEOLOGÍA BÍBLICA

SUMARIO

I. Los escritos apocalípticos.

II. Génesis de la apocalíptica. 

III. La forma literaria. 

IV. La teología: 
1. La dialéctica de la historia; 
2. Ángeles y demonios 
3. Escatología; 
4. El mesías y el hijo del hombre; 
5. Lo específico cristiano.

I. LOS ESCRITOS APOCALÍPTICOS. 

El primer paso que se impone para una


comprensión de la apocalíptica es una verificación
de los escritos que la expresan. Aun cuando la
atribución de la mayor parte de los textos al género
literario apocalíptico no presenta ninguna dificultad,
sobre algunos de ellos los autores no están de
acuerdo.

En realidad, no todos los escritos apocalípticos lo


son en el mismo grado. Pero algunas
características literarias típicas permiten trazar un
cuadro bastante completo. El primer apocalíptico
en orden cronológico que se señala como tal es el
libro de Ezequiel, que, especialmente en los
capítulos 38-39, parece expresar, junto con la
conciencia aguda de la misión profética y la
exuberancia de la forma literaria, un primer
síntoma del paso de la profecía a la apocalíptica.
También el libro de Isaías contiene algunas partes
reconocidas como apocalípticas: el gran apocalipsis
de Isaías, que comprende los capítulos 24-27, y
que puede fecharse en el siglo v o más tarde, así
como el pequeño apocalipsis de Isaías, que
comprende los capítulos 34-35, de fecha más
reciente. Encontramos luego, siguiendo siempre un
probable orden cronológico, al Segundo Zacarías
(Zac 9-14), que hay que situar después del
destierro, y el libro de Daniel, que más que
cualquier otro escrito del AT presenta las
características literarias de la apocalíptica. Se
compuso probablemente entre el 167 y el 163 a.C.

En torno a Daniel encontramos todo un


florecimiento de literatura apocalíptica: el
representante más completo es el Libro de Henoc.
Escrito en arameo, sólo nos ha llegado entero en la
versión etiópica (por eso se le llama también el
Libro etiópico de Henoc), que a su vez es
traducción de una versión griega. El material es
muy amplio: los 104 capítulos se dividen en
secciones: libro de los Vigilantes (cc. 1-36), libro
de las Parábolas (cc. 37-71), libro de la Astronomía
(cc. 72-82), libro de los Sueños (cc. 83-90),
epístola de Henoc (cc. 91-104). La fecha varía
según las diversas partes; a excepción de algunos
añadidos más tardíos, se piensa que el libro se
formó entre el 170 y el 64 a. C. El Libro de los
Jubileos (llamado también Apocalipsis de Moisés o
Pequeño Génesis) se interesa especialmente por la
historia: presenta su desarrollo en períodos
"jubilares" de cuarenta y nueve años; cada período
se divide a su vez en siete semanas de años.
Escrito en arameo, fue traducido al griego y del
griego. al etiópico; es ésta la traducción que
tenemos. La fecha es discutida, pero
ordinariamente se piensa que fue escrito en el siglo
n a.C.

De menor importancia, pero también significativo,


es el libro III de los Oráculos sibilinos. Pertenece a
una serie de libros llamados precisamente Oráculos
sibilinos (15 en total, pero de los que se han
perdido el IX, el X y el XV), que, copiando el estilo
hermético de las sibilas, se esforzaban en
presentar el mensaje judío o cristiano en los
ambientes paganos. De naturaleza muy bien
cuidada, el libro III fue escrito en parte a mediados
del siglo n y en parte en el siglo i a. C.; algunos
capítulos pueden fecharse en el siglo i d. C. Se
refiere eminentemente a la ley de Moisés (la Sibila
que habla es la nuera de Moisés), que, una vez
puesta en práctica, acabará trayendo la paz
escatológica.

El Testamento de los doce patriarcas, escrito en


hebreo, nos ha llegado entero sólo en la traducción
griega. El libro se presenta como expresión de las
últimas voluntades de los 12 hijos de Jacob y tiene
un carácter predominantemente parenético. La
parte más propiamente apocalíptica está contenida
en el "Testamento de Leví".

Los Salmos de Salomón constituyen una colección


de 18 salmos, escritos en hebreo, pero que se han
conservado en griego y en una traducción siríaca
dependiente del griego, completada hacia la
segunda mitad del siglo i a.C. Los salmos de
carácter apocalíptico son sobre todo el 17 y el 18.
La Asunción de Moisés, escrita probablemente en
arameo, nos ha llegado en una versión latina. Más
que de una asunción propia y verdadera (descrita
en una parte que se ha perdido), se trata de una
predicción interpretativa de la historia desde la
entrada en Canaán hasta los días del autor (6 a.C.-
30 d.C.); la perspectiva final se abre a la
conclusión escatológica.

También en la literatura de Qumrán encontramos


varios escritos reconocidos como apocalípticos, por
ejemplo, el libro de las Doctrinas misteriosas (1Q
Myst), la descripción de la Nueva Jerusalén (5Q
JN), la Oración de Nabónides (4Q Pr N), el Pseudo-
Daniel (4Q Ps Dan) y el Rollo de Melquisedec (11Q
Melch).

También en el ámbito del NT encontramos algunos


escritos apocalípticos. Antes del Apocalipsis de Juan
se encuentran ya elementos claramente
apocalípticos, pero que no pueden separarse del
cuadro de conjunto en que están insertos. El más
conocido es el Apocalipsis sinóptico, el discurso
escatológico de Jesús (Mc 13,131; Mt 24,1-44; Lc
21,5-36): la narración de Marcos es reelaborada
por Mateo y Lucas, pero siempre dentro de un
estilo típicamente apocalíptico, que se aparta
claramente del que es usual en los evangelios.
También algunos trozos de Pablo presentan las
caractérísticas del estilo literario apocalíptico, como
1Tes 4,16-17; 2Tes 2,1-12; 1Cor 15,20-28. Esta
misma observación vale para 2Pe 3,1-13 y, aunque
en proporción menor, para la carta de Judas.

La apocalíptica, presente sin duda en el NT, no se


detiene en él, sino que continúa desarrollándose
posteriormente durante algunos siglos en dos
filones distintos, aunque con influencias mutuas: el
judío y el cristiano.

En el filón judío encontramos la Ascensión de


Isaías (su primera parte se llama también Martirio
de Isaías). El libro nos ha llegado en etiópico y,
parcialmente, en latín. Con algunos elementos de
clara tradición judía (como el martirio de Isaías
partido en dos) se mezclan otros de origen
cristiano, hasta tal punto que es imposible
establecer una distinción clara.

Todavía en la línea judía encontramos la Vida de


Adán y Eva, escrita en arameo, reconstruida según
las varias versiones, especialmente latinas y
griegas (estas últimas llevan impropiamente el
título de Apocalipsis de Moisés). Escrito
probablemente en la primera mitad del siglo r d.C.
(antes del año 70), el libro es un comentario
midrásico a los datos bíblicos relativos a Adán y
Eva. Mayor importancia tiene el Apocalipsis de
Abrahán: poseemos el texto eslavo, traducido del
griego. El grifo parece haber sido escrito a finales
del siglo t d.C. La parte propiamente apocalíptica
(cc. 9-32) nos presenta una visión de Abrahán que,
en contacto directo con Dios, ve el devenir de la
historia en su sentido religioso: el hombrees
responsable de ello y será castigado o premiado en
el jucio que se avecina: las fuerzas paganas serán
destruidas por el fuego, y Dios, al sonido de la
trompeta, reunirá a sus elegidos. El Testamento de
Abrahán constituye igualmente un apocalipsis judío
cuyo texto griego actual es la traducción de un
original semita escrito en el siglo t d.C.Presenta
una acentuación marcadamente escatológica e
individual; se aparecen en visión a Abrahánlos tres
tipos de juicio que se llevarán a cabo y en los que
se decidirá el destino de cada alma.

El libro de los secretos de Henoc (llamado también


II Henoc o Menoc eslavo) fue escrito en griego en
los siglos i y it d.C.;pero sólo nos queda una
versión eslava. Las interpolaciones cristianas,
particularmente numerosas y evidentes, le dan al
libro un aspecto arreglado y sincretista, haciendo
dudar incluso de su origen judío. Henoc describe
los siete cielos que va atravesando; después su
atención se centra en la tierra: se le revela la
historia hasta el diluvio, y luego una panorámica de
la era presente, que después de siete períodos de
mil años llegará a su conclusión final.

El libro IV de los Oráculos sibilinos, por su alusión a


la erupción del Vesubio del 79 d.C., parece ser que
se escribió a finales del siglo i. Presenta las
características propias del grupo de libros sibilinos
anteriormente recordados.

Tiene un relieve especial el IV libro de Esdras


(llamado también Apocalipsis de Esdras). La
versión latina (Vulgata) añadió a lo que era
presumiblemente el original arameo algunos
capítulos (1-2; 15-16) que no se encuentran en las
otras traducciones que conocemos (siríaca,
etiópica, árabe, aramea) y que representan otras
tantas interpolaciones cristianas. Parece haber sido
escrito a finales del siglo t d.C. El libro,
sustancialmente unitario a pesar de su carácter un
tanto farragoso, se divide en siete visiones
sucesivas que, con diversas imágenes, expresan
una renovación radical de la situación presente de
pecaminosidad: intervendrá Dios y, después de un
reinado mesiánico de cuatrocientos años, juzgará a
los individuos, destruirá con el fuego a sus
enemigos y sustituirá la Jerusalén actual por una
Jerusalén nueva y definitiva.

El II Libro de Baruc, llamado también Apocalipsis


de Baruc, fue compuesto a finales del siglo I o
comienzos del II d.C. Se escribió en arameo, pero
sólo tenemos su versión griega. Baruc se preocupa
de la historia presente y futura: los justos serán
oprimidos, pero resucitarán y tendrán cuerpos
celestiales; las fuerzas hostiles, como las del
imperio romano, serán derrotadas. A1 final vendrá
el mesías y establecerá su reino.

El III Libro de Baruc, llamado también Apocalipsis


griego de Baruc, fue escrito en griego, en el siglo n
d.C.; queda de él un resumen en griego y una
traducción sintética en eslavo. El libro tiene la
forma literaria de un viaje a través de cinco de los
siete cielos; el autor constata, entre otras cosas, la
mediación de los ángeles y la función decisiva de
las oraciones.

Con el libro IV de los Oráculos sibilinos cesa


prácticamente la gran apocalíptica judía, al menos
de las obras que han llegado hasta nosotros.

También en un filón específicamente cristiano se


desarrolla la apocalíptica, a partir del Apocalipsis de
Juan. Contemporáneo o algo posterior al
Apocalipsis de Juan es el capítulo 16 de la Didajé
(100-150), que recoge las ideas y las imágenes del
apocalipsis sinóptico y de 2Tes 2.

La Asunción de Isaías, unida a la Ascensión de


Isaías judía, se escribió en griego entre los años
100 a 150 d.C. El libro se divide en dos partes: el
martirio de Isaías y su asunción al cielo, en donde
se revelan las luchas que la Iglesia y los individuos
tendrán que sostener antes de la conclusión
positiva final

Del Apocalipsis de Pedro, escrito en griego por el


135, nos quedan un largo fragmento (llamado
"fragmento de Akmin", publicado en el 1887) y una
traducción etiópica (publicada en el 1910). En el
gran marco de la conclusión positiva de la lucha
entre el bien y el mal, presentada con mentalidad
sincretista, se dedica una atención especial al
premio escatológico de los buenos y al castigo de
los malvados.

El Pastor fue escrito por Hermas por el 150. Su


plena pertenencia a la literatura apocalíptica es
discutida por los autores. Su punto de contacto con
la apocalíptica es la forma literaria de visiones.

El IV Libro de Esdras (cf supra) recoge, en las


antiguas Biblias en latín, dos capítulos iniciales (1-
2) y dos finales (15-16) que faltan en las versiones
orientales y que constituyen una obra apocalíptica
cristiana. Los dos primeros capítulos se suelen
llamar V Esdras y los dos últimos VI Esdras. El
texto original estaba en griego.

El V Esdras se compone de dos partes: 1,4-2,9:


mensaje de maldición contra Israel por su
infidelidad; 2,1048: mensaje de exhortación y
promesas (la nueva Jerusalén) al pueblo cristiano.
Se escribió por el año 200.

El VI Esdras contiene varios "¡ay!" contra las


potencias enemigas de Dios, expresadas en
símbolos (Babilonia, Asia, Egipto). A los cristianos,
perseguidos y oprimidos, se les hace vislumbrar la
victoria final. La fecha de composición oscila entre
el 250 y el 300.

En la colección de los Oráculos sibilinos (cf supra)


figuran también partes cristianas, que se
encuentran insertas en los oráculos sibilinos judíos
o bien tienen un desarrollo autónomo. La fecha
más probable de las partes cristianas es la mitad
del siglo 11. Las partes que se pueden identificar
con mayor probabilidad como cristianas son las
siguientes: libro 1, versículos 323-400; libro II,
versículos 34-56 y 150-347; libro VI, versículos 1-
25; libro VII, entero; libro VIII entero (excepto
algún que otro-verso).

El Apocalipsis de-Pablo se compuso en griego en la


primera mitad del siglo III. De naturaleza ecléctica,
la obra presenta dos visiones de Pablo, que ha
subido hasta el tercer cielo. Pablo ve toda una serie
de cuadros, que le va explicando un ángel: los
justos son premiados, los malvados son castigados
según diversas categorías, con interrupciones
momentáneas (los domingos) de sus penas.

El juicio de san Agustín (" ... personas frívolas, con


una presunción loca han inventado el Apocalipsis
de Pablo..., lleno de no sé cuántas fábulas",
recogido por M. Erbetta es quizá demasiado severo.
Pero estamos ya en el ocaso de la verdadera
apocalíptica -que apreciaba san Agustín- y se va
cayendo en una pura y simple descripción
imaginativa del más allá, del juicio, de las penas,
de los premios. El estilo se va haciendo cada vez
más artificioso.
Volvemos a encontrar estas características
decadentes en la serie de "Apocalipsis" tardíos, que
a veces se conservan tan sólo en fragmentos, como
el Apocalipsis de Tomás (¿antes del siglo v?), el
Apocalipsis de Sofonías (el texto copto fue escrito
por el 400), el Apocalipsis de Elías (¿finales del
siglo iv?), el Apocalipsis de Zacarías, tres
Apocalipsis de Juan (ss. v, vi-vii, xi), dos
Apocalipsis de María (ss. vii, ix), el Apocalipsis de
Esteban (s. v, del que sólo hay noticias indirectas).

II. GÉNESIS DE LA APOCALÍPTICA.

En el origen de la apocalíptica se impone un hecho:


sucede cronológicamente a la gran profecía, aun
cuando la presencia mutua de elementos
característicos de una corriente en la otra impide
pensar en una separación histórica violenta.

Partiendo de este dato de hecho, algunos autores


consideran que la apocalíptica es, bajo otras
formas, una continuación de la profecía:
representaría la antítesis de tipo profético a la
tendencia legalista, que encuentra en el
movimiento farisaico su expresión más patente
(Charles, Rowley, Frost, Russel, Eissfeldt).

Pero esta solución no convence del todo. La gran


apocaliptica, especialmente en el libro de Daniel,
presenta rasgos indudablemente sapienciales. El
primero y más destacado es la existencia de una
interpretación, de un desciframiento de enigmas,
expresados en sueños, visiones o imágenes de otro
tipo. Y a Daniel se le designa expresamente como
un sabio (cf Dan 2,48). ¿Por qué, entonces, no ver
la apocalíptica como un desarrollo de la literatura
sapiencia¡? (G. von Rad). Sobre todo si se tiene en
cuenta que el estilo profético en su sentido más
pleno parece haber sido empleado, a partir del
siglo v, sólo por Juan Bautista y por Jesús (J.
Wellhausen, G. Duhm), mientras que la
apocalíptica se ocupa del plan general de Dios
sobre la historia (O. Plóger, D. Rössler).

¿Origen profético u origen sapiencial? Una mirada a


la situación histórica judía sugiere una tercera
solución. Las causas que llevan a un agotamiento
de la gran profecía son múltiples. Una de las más
evidentes hay que buscarla en el hecho de que,
tras la vuelta del destierro, había desaparecido el
elemento político oficial. Cesaba así aquella
antítesis dialéctica entre el rey y el profeta que
encontramos en tantas grandes figuras proféticas,
desde Elías hasta Jeremías. Esta antítesis acaba
con la destrucción de Jerusalén y con Ezequiel, que
es un profeta típico del drama religioso de la
destrucción y, a la vez, es también el primer
apocalíptico. Una vez reconstruido el templo y
reorganizado el culto, nace una religiosidad nueva,
que se desarrolla casi durante dos siglos.

La situación socialmente aséptica y tranquila


supone, por una parte, la posibilidad de una
profundización y de un desarrollo sin
perturbaciones; por otra, eliminando los diversos
tipos de antítesis (religión-política, religiosidad-
culto, disparidades sociales-religión, etc.), le quita
a la profecía tradicional su espacio de
supervivencia.

En el pueblo judío no existe ya libertad política. Se


da, sin embargo, una notable libertad para la vida
religiosa, que se desarrolla y se profundiza
unidireccionalmente, casi por su propia cuenta, sin
la confrontación obligada con la situación política y
social. Una nueva prueba de esta profundización
silenciosa que se ha llevado a cabo se tiene cuando
los dominadores políticos intentan entrar en el
terreno religioso (Antíoco IV Epífanes); entonces la
reacción es tan fuerte que se convierte en
sublevación política.

En este punto nace la verdadera y auténtica


apocalíptica. Es fruto, por una parte, de la
profundización religiosa que fue madurando en el
AT; y por otra, de la urgencia imprevista de
interpretar religiosamente unos hechos nuevos y
desconcertantes, como las persecuciones de
Antíoco IV Epífanes. La apocalíptica intenta aplicar
a la historia concreta la visión religiosa del AT. Para
hacer posible el paso de las categorías religiosas
abstractas a una interpretación válida de los
hechos, interviene una forma nueva de
discernimiento sapiencial. El sabio es aquel que,
por un lado, sabe comprender el plan de Dios sobre
la historia en sus dimensiones fundamentales y lo
sabe explicar; por otro lado, sabe identificar y
señalar las implicaciones concretas que atañen al
comportamiento de los personajes
contemporáneos. Los hechos históricos
desconcertantes provocan una exigencia de lectura
profética, que se realiza de una forma en la que
ocupa un papel predominante el intérprete sabio.
Vuelven a nacer la sabiduría y la profecía, pero
constituyen ahora una nueva síntesis original: "La
apocalíptica es una hija legítima de la profecía,
aunque tardía y particular, la cual, aunque no sin
haber sido instruida en sus años juveniles, se fue
abriendo a la sabiduría con el correr de los años"
(P. von der Osten-Sacken, Die Apokalyptik in ihrem
Verhültnis zu Prophetie und Weisheit, München
1969, 63). Un desarrollo análogo se encuentra en
la apocalíptica cristiana. Las expresiones más
antiguas que tenemos -Pablo, apocalipsis sinóptico-
muestran una clara dependencia de la apocalíptica
judía en su contenido teológico y en su forma
literaria. Pero en el I Apocalipsis de Juan la
apocalíptica cristiana encuentra su propia expresión
original y autónoma, que la distingue también de la
judía. El vacío en el tiempo que había habido en el
área judía entre la profecía y la apocalíptica aquí
simplemente no existe. El Apocalipsis de Juan se
presenta expresamente como "profecía" (Ap 1,3);
la función del sabio la ejerce aquí la comunidad que
escucha (cf Ap 1,3), la cual tiene que utilizar "la
mente que tiene sabiduría" (cf Ap 13,18) tanto en
la interpretación del mensaje del Espíritu como en
el desciframiento y en la aplicación del símbolo a la
realidad histórica.

Nacido en tiempo de "tribulación" (Ap 1,9), como eí


libro de Daniel, el Apocalipsis de Juan, lo mismo y
más aún que el de Daniel, presenta ciertas
categorías teológicas que habrá que aplicar en
todos los tiempos. La Iglesia podrá siempre,
descifrando el mensaje y aplicándolo a su
simultaneidad histórica, interpretas su propia hora,
con la misma validez y eficacia incisiva de la gran
profecía del AT.

Efectivamente, el Apocalipsis de Juan, más que de


la apocalíptica judía precedente, depende en gran
parte del AT; la experiencia profunda, quizá
litúrgica, del mensaje del NT le lleva a una
reelaboración original del AT, al que nunca se cita
expresamente. Se tiene así una síntesis nueva del
contenido religioso tanto del AT como del NT, que
habrá de aplicarse en la interpretación histórica.
Los apocalipsis cristianos sucesivos ofrecerán
muchos elementos útiles de clarificación, pero raras
veces añadirán otros nuevos. El nivel, aunque
notablemente rebajado en comparación con el del
Apocalipsis de Juan, se mantendrá durante algún
tiempo, para degenerar luego, con el correr del
tiempo, en simples fantasías.

III. LA FORMA LITERARIA.

Nacida a impulsos del afán de contactar con la


revelación divina anterior, que fue madurando y
que se profundizó en el trato con el campo fluido
de la historia, la apocalíptica tenía que recurrir al
símbolo. Una exposición sin símbolos se habría
resuelto fácilmente o en una repetición del mensaje
teológico anteriormente madurado, pero sin
ninguna vinculación con. las realidades históricas
concretas, o bien en una exposición de los hechos
con una interpretación religiosa inevitablemente
circunscrita.

Para la apocalíptica el simbolismo es una exigencia


endógena [I Símbolo].

El punto de partida del simbolismo apocalíptico es


el sueño; el sueño constituía en la mentalidad
antigua, incluso en la bíblica, un modo de entrar en
contacto con Dios, una forma de revelación de Dios
al hombre (cf Gén 37,5.10; Sab 18,17; Job 4,1221;
Dan 7,1; Jl 3,1; etc.), pero que luego tiene
necesidad en concreto de la interpretación de un
sabio iluminado y ayudado por Dios (cf Gén
41,8.38; Dan 4,Ss.15; 5,11.14).

Al evolucionar, el sueño se convierte en visión: un


cuadro simbólico, a veces límpido y preciso, pero
de, ordinario sobrecargado de imágenes. Tal es la
forma habitual de expresarse de la apocalíptica: la
función del sabio que interpreta la desarrolla en
parte un ángel, llamado precisamente ángel
intérprete, que es una figura constante en la
apocalíptica, y en parte el mismo que lee o que
escucha el mensaje: la comunidad, los discípulos,
los "hijos" del apocalíptico que han sido invitados a
escuchar, a convertirse, pero sobre todo a
comprender.

El contenido de las visiones se expresa a través de


diversas cifras simbólicas que, por repetirse con
una cierta constancia, constituyen una de las
características literarias más típicas de la
apocalíptica. El símbolo más llamativo suelen ser
las convulsiones cósmicas: el sol, la luna, las
estrellas cambian de naturaleza; la tierra tiembla y
sobre ella se ciernen fenómenos particulares,
totalmente fuera del curso ordinario de las cosas.
De este modo se señala una presencia muy
especial de Dios en el desarrollo de la historia que,
presente en la evolución de los hechos, los orienta
hacia una consumación positiva que supere el mal
o potencie infinitamente el bien. Bajo el impulso de
Dios, el mundo actual tendrá que cambiar.

Es típico de la apocalíptica el simbolismo


teriomórfico. Intervienen a menudo seres fuera de
lo normal e incluso monstruosos, que desempeñan
a veces el papel de protagonistas. De este modo se
refieren a una esfera de realidad y de acciones que
está por encima del simple nivel humano, pero por
debajo del nivel propio de Dios.

El simbolismo aritmético, quizá de origen persa,


atribuye generalmente a los números un valor
cualitativo, más allá del valor cuantitativa que tiene
en el lenguaje normal. Este valor a veces sigue
siendo genérico, pero a veces se determina y se
hace específico; así, por ejemplo, el número 7 y
sus múltiplos indican la totalidad; la mitad de 7 y
las fracciones indican la parcialidad; 1000 es el
número de Dios, etc.

En dependencia del AT, la apocalíptica recoge y


reelabora muchos de sus elementos simbólicos: el
cielo es la zona propia de Dios, y señala la
trascendencia; la tierra es la zona propia de los
hombres, en donde se desarrollan los hechos de su
historia; el abismo (el mar) es el depósito del mal,
etc.

Una forma literaria típica de la apocalíptica, que


aparece también en los escritos sapienciales, es la
pseudonimia. El autor se expresa en primera
persona, pero sin decir su verdadero nombre; se
presenta como un personaje conocido del pasado
remoto o reciente, con el que siente cierta afinidad
y al que considera particularmente adecuado para
pronunciar su mensaje. De este modo vamos
escuchando a Henoc, a Moisés, a Elías, a Isaías, a
Baruc, a Esdras, a Juan, a Pedro, a Pablo, etc. Esta
evocación de los personajes del pasado nace de la
exigencia de la apocalíptica de unir el pasado con el
presente. No se trata de una falsedad literaria -eso
sería increíble-,sino de un recurso literario de
eficacia particular.

IV. LA TEOLOGÍA.

La apocalíptica se propone una meta atrevida, que


no siempre logra alcanzar plenamente: la lectura
de la historia concreta a la luz de un mensaje
religioso anterior.

Es posible trazar un cuadro a grandes rasgos de los


elementos que están implicados en esta función.

La apocalíptica tiene como materia específica los


hechos de la historia. Pero los hechos no se ven ni
se prevén en los detalles de su crónica. Tienen una
lógica superior, un hilo que los liga por encima de
cada episodio; existe un plan que los encierra y los
engloba a todos ellos; es el plan de Dios, creador y
artífice trascendente de la historia. Los hechos
"tienen que acaecer"; están unidos entre sí en un
proyecto de Dios, proyecto que no se le revela al
hombre en su totalidad, sino sólo en aquellos
puntos de referencia orientativos que le permiten
captar el sentido religioso de su situación.

1. LA DIALÉCTICA DE LA HISTORIA. Dado que la


apocalíptica se ocupa de la aplicación interpretativa
de un mensaje religioso a los hechos que "han de
acaecer", adquiere un relieve especial en el cuadro
de su teología la concepción dualista de la historia.

La historia se desarrolla linealmente hacia una


conclusión, pero su desarrollo es de tipo dialéctico:
se realiza a través de un choque entre el bien y el
mal, concretamente entre los justos y los
malvados, identificados estos últimos normalmente
con los paganos. Este choque se desplaza del plano
individual al colectivo, y afecta a grupos sociales de
diversa extensión: categorías, centros de poder,
estados, etc. No es un dualismo de tipo maniqueo.
Por encima de las vicisitudes humanas y, en. cierto
modo, envuelto en ellas, está Dios, dueño absoluto
de la historia y de su desarrollo.
2. ÁNGELES Y DEMONIOS. Es típica de toda la
apocalíptica una presencia acentuada de los
/ángeles y de los demonios. Siempre se les ve a los
unos y a los otros por debajo de Dios y por encima
del puro nivel humano. Normalmente no se hace
ninguna lucubración sobre su identidad, pero se
acentúa su función dialéctica: participan en el
choque entre el bien y el mal que se desarrolla en
la historia, hasta llegar a convertirse en sus
protagonistas especiales. Pero el choque no suele
ser directo; tanto los unos como los otros tienden a
insinuarse en el mundo de los hombres y a obrar
con los hombres y por medio de ellos.

3. ESCATOLOGÍA. El contraste se desarrolla en una


serie de episodios dramáticos. Cabe la posibilidad
de una victoria de las fuerzas hostiles a Dios; esto
significará, por otra parte, persecuciones,
sufrimientos, tribulaciones, muerte... Habrá
también períodos de victoria de las fuerzas
positivas; pero esto no tiene que engañarnos, ya
que las potencias del mal siguen estando activas.
A1 final llegará la conclusión: las fuerzas positivas
vencerán definitivamente, y las negativas no sólo
quedarán derrotadas, sino que desaparecerán por
completo, aniquiladas por una intervención de Dios
que se indica con imágenes múltiples y diversas
(juicio, derrota campal, fuego que baja del cielo,
etcétera).

La situación definitiva que se constituye de este


modo traerá consigo la resurrección, una
renovación radical del ambiente en el que se
desarrollará la vida, que ya no se verá acechada
por las dificultades y limitaciones de ahora
(muerte, enfermedad, cansancio).
En este marco se le atribuye una importancia
destacada a la situación de los justos que
desaparecieron de la escena de este mundo.
Aguardan la conclusión final, están seguros; los
malos ya no pueden hacer daño ni librarse del
juicio de Dios; los buenos están ya parcialmente
recompensados y colaboran con sus oraciones al
desarrollo positivo de la historia.

4. EL MESÍAS Y EL HIJO DEL HOMBRE. El gran


protagonista que impulsa hacia su conclusión
positiva el choque entre las fuerzas positivas y las
negativas es el "mesías". Se recogen y condensan
los datos que se encuentran sobre él en el AT; en
la apocalíptica judía surge ya con claridad la figura
del mesías elegido por Dios: hijo de Dios, resume
en sí toda la fuerza que Dios manifiesta en la
"guerra santa" del AT. Sabrá derrotar a todos los
enemigos del pueblo de Dios, realizando de este
modo el reino definitivo, que coincide con la
situación escatológica final. El reino de Dios
realizado por el mesías no será una situación
soñada, sino que tendrá su concreción. Ésta llega a
veces hasta el punto de que se afirma la existencia
de un reino del mesías, previo al reinado final, de
duración limitada. La concepción de un reino
mesiánico preescatológico ronda por toda la
apocalíptica, asumiendo duraciones, tonos y
contenidos diversos: situación de premio,
participación funcional en el reino definitivo en
devenir, expresión puramente simbólica de la
presencia activa del mesías en la historia.
Relacionada más o menos estrechamente con el
mesías, identificada a veces con ella, está la figura
enigmática del "hijo del hombre". Expresión inicial
probablemente de una personalidad corporativa y
casi identificado con el pueblo, el hijo del hombre
adquiere poco a poco un relieve más
marcadamente personal. En unión con el mesías,
subraya su vinculación con la historia propia de los
hombres [l Jesucristo III; I Mesianismo].

5. LO ESPECÍFICO CRISTIANO. Las persecuciones


de Antíoco IV Epífanes habían hecho tomar
bruscamente conciencia de que en el AT el material
religioso que había madurado estaba dispuesto
para ser aplicado a la historia. Un fenómeno
análogo se verifica para la apocalíptica del NT. El
cristianismo había tenido contactos interesantes,
pero esporádicos, con la sociedad civil no cristiana.
Con las persecuciones llega una sacudida que
obliga a mirar cara a cara una realidad social
compleja y ordinariamente hostil; resulta
irremediable una confrontación teológica global.
Obligada a enfrentarse con los hechos, la
apocalíptica cristiana consigue expresar su mejor
mensaje, que encontramos especialmente en el
Apocalipsis de Juan. Los temas teológicos que
habían aparecido en la apocalíptica judía
encuentran así una profundización característica.
Dios, señor de la historia, es trascendente y nunca
se le describe en sus rasgos, pero está presente y
envuelto en la historia, que es a la vez salvación y
creación. Y sobre todo, incluso teniendo en cuenta
la historia tal como se desarrolla, Dios es Padre de
Jesucristo (cf Ap 1,6; 3,21).

La figura central del mesías y la otra más fluida del


hijo del hombre de la apocalíptica judía confluyen
en Cristo y encuentran en él una expresión nueva,
inconcebible a nivel del AT: en Cristo mesías (cf Ap
12 10) e hijo del hombre (cf Ap 1,13; 14,14),
aparecen los atributos operativos de Dios mismo.
Se da una cierta intercambiabilidad entre ellos: son
Padre e Hijo, y esto lleva su acción en la historia a
un nivel vertiginoso de paridad recíproca: Dios
"vendrá" en Cristo y Cristo será llamado alfa y
omega, no menos que Dios (cf Ap 1,4 y 1,7; 1;8 y
22,13). Se da un desplazamiento de perspectiva
también en lo que se refiere a las fuerzas
intermedias, entre el cielo y la tierra, que colaboran
en el desarrollo de la historia de los hombres. Lo
demoníaco se hace más histórico la conexión entre
las fuerzas del abismo y la historia humana se hace
más estrecha y más completa: afecta al Estado, a
los centros de poder negativos, a "Babilonia", a la
concreción consumista de la ciudad secular (cf Ap
17,1-18).

Las fuerzas positivas reciben mayor claridad e


importancia: los ángeles colaboran con el hijo del
hombre (14,14-20); el hijo del hombre asocia a su
acción activa al pueblo que le sigue (cf Ap 1,5 y
19,14). Y el mesías hijo del hombre es presentado
audazmente como una fuerza positiva inmersa en
la historia al lado y en contraste con las fuerzas
hostiles (cf 6,1-2).

En síntesis: aunque no podamos compartir la


afirmación de E. Kasemann, según el cual la
apocalíptica es la madre de toda la teología
cristiana, no podemos desconocer el papel que ha
representado la apocalíptica en el paso de los
hechos brutos de la historia de la salvación a su
comprensión teológica. Precisamente porque su
especificidad está en la interpretación sapiencial de
la realidad dialéctica y fluida de los hechos, la
apocalíptica estimula la formulación de todos
aquellos elementos del mensaje religioso que
necesita en su interpretación. A1 mismo tiempo, la
constante apelación a la realidad en que se vive
ahora y al futuro que se prepara impide a la
teología propiamente apocalíptica degenerar en
fantasía o girar ociosamente en torno a sí misma.

U. Vanni

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