Está en la página 1de 651

Magnate

Primera edición: julio, 2020

D.R. © 2020, Sam León

Ilustración en cubierta: Jeremy Beadle en Unsplash


La maquetación ha sido diseñada usando imágenes de Freepik.com

Queda prohibida bajo las sanciones establecidas por las leyes escanear,
reproducir total o parcialmente esta obra por cualquier medio o procedimiento, así
como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin previa
autorización.

ISBN: 979-864-352-386-4

Independently published
A mis papas. Los amo. Gracias.
“Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer mientras que
no la ame.”

Oscar Wilde
Gael Avallone cree que un hombre puede ser feliz con cualquier
mujer mientras que no la ame.
Tamara Herrán le demostrará lo contrario.
Reservado, arrogante, manipulador y egocéntrico.
El encanto de Gael Avallone, no es su cuantiosa fortuna o su
facilidad de palabra; mucho menos lo es su sonrisa arrebatadora o
su mirada penetrante. El encanto de Gael Avallone, es el misterio
que emana.
¿Qué esconde? ¿Quién es realmente?...
Tamara Herrán, una ambiciosa estudiante de letras, está
dispuesta a averiguarlo.
Capítulo 1

Mi espalda está erguida, mis manos están acomodadas sobre mi


regazo y mi barbilla está alzada con seguridad, pero todo en mi
interior es una revolución.
Mi corazón late con fuerza contra mis costillas, mi mandíbula
está apretada con intensidad, mis dedos se sienten helados debido a
la adrenalina que invade mi torrente sanguíneo y un nudo se ha
instalado en la boca de mi estómago gracias al nerviosismo y la
ansiedad que han comenzado a invadirme.
«¡Estúpida, estúpida, mil veces estúpida!», grito para mis
adentros, al tiempo que trato de mantener mi expresión serena.
Mi vista está fija en el hombre de aspecto salvaje que camina
de un lado a otro por todo el espacio y, a pesar de que tengo unas
ganas inmensas de salir corriendo, me quedo aquí, quieta, con gesto
impasible y postura relajada.
Viste un traje que bien podría valer lo mismo que la matrícula
de tres semestres en la universidad en la que estudio. Su cabello
castaño —corto de los costados y un poco más largo de la parte
superior— está tan alborotado, que puedo imaginarlo pasando las
manos por él una y otra vez en un gesto nervioso; su ceño —
profundo, fuerte y duro— está fruncido con enojo y coraje, y no
puedo evitar comparar su postura con la de un león enjaulado.
El hombre luce como si estuviese a punto de estallar.
—¿Nunca le han enseñado a tocar la maldita puerta? —
escupe, finalmente, y un escalofrío me recorre entera. El acento que
utiliza al hablar me hace saber, de inmediato, que lidio con un
extranjero. El sonido cadencioso y atrayente de sus palabras me
hace darme cuenta de que proviene de algún lugar de España.
Mis entrañas se retuercen debido a la ansiedad, pero me
obligo a no apartar la mirada. No debo lucir amedrentada. No soy
una cobarde.
Alzo el mentón un poco más.
—En realidad si llamé —me defiendo. Mi tono es neutro.
Tranquilo. Controlado.
Se detiene en seco.
Toda su atención se posa en mí y su mandíbula angulosa —y
perfectamente afeitada— se tensa en respuesta. En el proceso, un
músculo se le marca en el área y hace que sus facciones luzcan más
hoscas de lo que en realidad son. No hay que ser un genio para
notar que mi comentario no ha hecho más que enfurecerlo un poco
más.
Otro escalofrío me recorre la espalda en el momento en el que
sus impresionantes ojos se clavan en los míos. No son azules, grises
o verdes. Son castaños, pero de una tonalidad tan clara, que casi
asemeja al tono que tiene la miel. Muy a mi pesar, debo admitir que,
pese a que no son muy diferentes del color marrón que tenemos el
ochenta por ciento de la población mundial, son impresionantes. No
puedo dejar de pensar en el hecho de que el color claro de su piel los
hace resaltar. Tampoco puedo dejar de pensar en que es mucho más
joven de lo que esperaba. No le calculo más de treinta años.
«Ya veo porqué su secretaria está completamente sobre él»,
comento para mis adentros y, en el proceso, reprimo una sonrisa.
En ese momento, mi mente evoca la primera imagen que tuve
del hombre que se encuentra frente a mí y casi me echo a reír.
Encontrar a Gael Avallone, uno de los hombres más ricos del
mundo —según el Forbes—, con las piernas de su secretaria
enredadas alrededor de las caderas y los pantalones enroscados en
los muslos, fue algo bastante… perturbador.
—Y si nadie responde, la señorita entra, ¿verdad? —escupe
—. De todos modos, ¿quién demonios es usted? ¿Quién le dejó
entrar?
Me aclaro la garganta y me obligo a sostenerle la mirada. La
energía que emana es pesada, intensa y hostil, y eso lo hace lucir un
tanto aterrador; pero, no me permito lucir amedrentada. No voy a
hacerle saber cuán nerviosa me siento ahora mismo.
—Vengo de parte del señor Román Bautista, editor en jefe de
la Editorial Edén —respondo, con toda la naturalidad que puedo
imprimir en el tono de mi voz.
—¿Qué? —La pedantería y la arrogancia que hay en su voz
hacen que me den ganas de golpearlo en la cara.
—Usted accedió a que se realizara un libro biográfico —digo
—, acerca de… bueno… usted —agrego, por si no ha quedado claro.
Trato, con todas mis fuerzas, de no sonar demasiado irónica en el
proceso, pero no estoy muy segura de haberlo logrado.
Es solo hasta ese momento, que el hombre delante de mí se
digna a mirarme a detalle. Su vista recorre la extensión de mi cuerpo
con lentitud y eso me hace sentir más allá de lo incómoda, pero trato
de no hacerlo notar.
—¿Qué hace usted aquí? ¿Qué recado viene a darme?
—No he venido a darle ningún recado.
Alza sus cejas en un gesto incrédulo, impaciente e irritado.
—¿Se da cuenta de que está haciéndome perder el tiempo? —
Sacude la cabeza en una negativa exasperada—. Vaya al grano. ¿A
qué ha venido?
—Yo voy a escribir el libro. —Le regalo una sonrisa nerviosa—.
Yo voy a escribir su biografía.
En el momento en el que el silencio se apodera de la estancia,
me doy cuenta de que debí haber escuchado a mi voz interior. No
debí haber aceptado formar parte este circo.
Hace tres años que empecé a estudiar letras hispánicas y,
gracias a un profesor de filosofía de la universidad, tuve la
oportunidad de empezar a trabajar en la Editorial Edén como auxiliar
en el departamento de corrección.
Tenía la estúpida idea de que, si me relacionaba con gente del
medio, algún día sería capaz de mostrarle mi trabajo a algún agente
y así lograría ser publicada.
La realidad me golpeó con más fuerza de lo que esperé. El
mundo editorial no funciona de esa manera. Necesitas ser un autor
más allá de lo increíble para que un agente te mire y lleve tu carrera
al siguiente nivel. De eso pude darme cuenta muy pronto.
Sin darle mucha importancia a eso, continué en la editorial
porque era un empleo que se relacionaba con lo que me gustaba y
dejaba algo de dinero.
Pasó más de un año antes de que pudiese ascender a un
mejor puesto. Ahora soy correctora en forma y, gracias a eso, tengo
contacto directo con el editor en jefe.
El señor Bautista, mi jefe, es un hombre sabio y amable. Es la
clase de persona con la que quieres charlar por horas y horas, hasta
aprender lo más que puedas y tu perspectiva de la vida haya
cambiado por completo.
Hemos mantenido charlas muy largas acerca de todo lo
relacionado a la literatura moderna y de la influencia de los autores
célebres en las nuevas generaciones. También, hemos hablado de
los planes que tenía él cuando era joven y de los que tengo yo ahora
que, según él, tengo el mundo en la palma de mi mano y un sinfín de
posibilidades.
En una ocasión, durante nuestras largas interacciones, le
confesé mi amor por las letras y mis ganas de ser publicada algún
día. Él me pidió que le enviara algo de mi trabajo para evaluarlo y así
lo hice.
Pasaron casi seis meses antes de que me mandara llamar a
su oficina y dijera que quería ser él quien estuviese al pendiente de
mi carrera. Dijo que no había tenido oportunidad de leer lo que le
envié cuando recién lo hice, pero que, en cuanto puso sus ojos en
mis textos, supo que quería guiar mi camino él mismo.
Ahora mismo no entiendo qué fue lo que ocurrió. Ni siquiera sé
en qué momento llegué a esto. Creí que trabajaría en mis
manuscritos. Creí que, por fin, tendría la oportunidad de dedicarme
de lleno a la escritura; pero, al parecer, el señor Bautista tenía otros
planes para mí.
Así pues, decidió que debía escribir algo más. Decidió que
debía ser yo quien se aventurara en la faena en la que ahora me
encuentro atascada, y fue así como me habló de Gael Avallone.
Al parecer, la editorial firmó un contrato con el
publirrelacionista del magnate de negocios más joven y rico residente
en el país, y habían acordado que un autor de la elección de mi jefe
escribiría un libro biográfico sobre el empresario.
No entendía cuál era el alboroto que había alrededor del
magnate, hasta que el señor Bautista me contó cuán reservado es
Gael Avallone con su vida.
Hasta donde tengo entendido, heredó el emporio de su padre
hace casi seis años y llevó a todas sus empresas a alcanzar niveles
estratosféricos de ventas en sus respectivos mercados.
El tipo es impresionante en lo que hace y está en boca de
todos. Todo el mundo habla de él, pero nadie sabe absolutamente
nada de su vida privada. Si es soltero o casado, si tiene hijos o no...
Los ojos del mundo están puestos sobre Gael Avallone. Todos
quieren saber quién es realmente. Un libro que lo cuente todo acerca
de su vida podría colocar al autor que lo escriba en la mira de todos.
Podría colocarme a mí en el lugar en el que siempre he querido
estar.
Y se supone que ser elegida para un proyecto como ese
debería entusiasmarme… pero no lo hace.
No me interesa en lo absoluto escribir acerca de un hombre
que lo tiene todo. Comprendo el impacto que esto podría a tener en
mi carrera, pero no es lo que quiero hacer. Quiero crear historias, no
transcribir lo que un hombre dice acerca de sí mismo.
Una risa carente de humor inunda mis oídos y me trae de
vuelta a la realidad.
—De ninguna maldita manera. —El hombre frente a mí se
cruza de brazos y me mira con determinación—. Dígale a Bautista
que necesito a alguien más experimentado para esto.
La ira hierve en mi sistema y, por un doloroso instante, creo
que no voy a poder aguantar las inmensas ganas que tengo de
mandarlo a la mierda; pero, pese a todo, me las arreglo para sonreír
ligeramente.
—¿Puedo hacerle una pregunta, señor Avallone? —digo, con
toda la tranquilidad que puedo imprimir en la voz.
Una de sus espesas cejas se alza, al tiempo que una media
sonrisa torcida se dibuja en la comisura de sus labios.
—¿Qué le hace pensar que puede preguntarme algo a mí?
«¡Estúpido de mierda! ¡Fanfarrón, engreído, comemierda, hijo
de…!».
—¿Cuántos años tiene? —Sueno demasiado tranquila y
serena para mi gusto.
Su mirada escanea mi rostro una vez más.
—Treinta y uno —responde.
Asiento, y coloco un dedo debajo de mi barbilla en un gesto
pensativo.
—Treintaiún años —digo, con aire reflexivo—. Y, según el
Forbes, es uno de los empresarios más jóvenes y ricos del mundo,
¿no es cierto?
Un brillo extraño se apodera de su mirada, pero asiente.
—Así es.
—Maneja un emporio bastante impresionante, es un as en los
negocios, llevó a Grupo Avallone a otro nivel en el momento en el
que tomó las riendas del negocio familiar… —digo, mientras finjo
enumerar sus logros con mucha concentración—. Pero supongo que
antes de conseguir esto, todo el mundo le decía que nunca podría
hacerse cargo. Que era joven e inexperto.
—¿A dónde quiere llegar con esto? —urge, con impaciencia.
—A que está juzgándome de la misma forma en la que usted
fue juzgado. —Le regalo mi sonrisa más encantadora y arrogante—.
Soy tan capaz de escribir un libro a mis veintiún años, como lo es
usted de manejar un emporio entrando a sus treintas.
El silencio que le sigue a mis palabras es tenso y tirante.
Por un doloroso instante, creo que va a echarme de su oficina,
pero no lo hace. Un atisbo de sonrisa se le dibuja en la boca, pero el
gesto no llega a concretarse del todo.
—¿Cuál es su nombre? —pregunta.
—Tamara Herrán. —Me pongo de pie y extiendo mi mano en
su dirección, para luego regalarle mi mejor sonrisa.
Él estrecha mi mano y señala el asiento frente a su enorme
escritorio. Después, se acomoda en la cómoda silla de piel del otro
lado y coloca el pulgar de su mano derecha debajo de su barbilla
para acariciar sus labios con su dedo índice.
Su vista está clavada en mí y sé que trata de intimidarme. De
hacerme sentir pequeña e indefensa; así que, a propósito, me siento
de la forma más desgarbada que puedo.
¿Quiere jugar a la intimidación? Bien. Soy bastante
desvergonzada cuando me lo propongo. No voy a permitirle verme
nerviosa.
Cruzo una pierna sobre la otra, asegurándome de darle una
vista de mis desgastados Vans y le regalo una sonrisa descarada.
—Entonces, señor Avallone —digo—, ¿escribiré acerca de la
relación que mantiene con su secretaria? —Mi sonrisa se ensancha
—. No me malentienda, no tengo nada en contra de las novelas
eróticas, pero no puedo escribir acerca de un tipo rico que tiene un
amorío sexual con su secretaria y folla con ella en todos lados. Yo no
soy E. L. James y usted no es Christian Grey.
Puedo percibir cómo su cuerpo se tensa. Un destello asustado
surca sus facciones, pero se marcha tan rápido, que no estoy segura
de haberlo visto realmente.
Debo admitir que jamás esperé encontrarlo de la forma en la
que lo hice. Estuve a punto de salir huyendo del edificio; pero, en el
instante en el que lo vi salir hecho una furia de su oficina, supe que
debía quedarme.
—¿Cree que es graciosa? —Sus cejas se alzan con
superioridad—. Podría hacerla perder su empleo con una sola
llamada.
—Amo escribir, señor Avallone. —Sonrío—. Y así usted
arruinara mi carrera, seguiría haciéndolo. Sería feliz trabajando como
cajera en un McDonald’s porque seguiría haciendo lo que me gusta
en mis tiempos libres. No va a arruinarme la vida si esa es su
intención.
Es mentira. Todo es mentira. Perder mi empleo sería lo peor
que podría pasarme, pero no voy a hacerle saber que tiene el poder
de doblegarme. Gael Avallone no va a enterarse de cuán destrozada
me haría sentir perder mi trabajo.
—Entonces tendré que cortarle los dedos. —La seriedad en su
expresión hace que todo mi cuerpo se estremezca, pero no se lo
hago notar.
—Lo demandaré si me toca —resuelvo.
—¿Siempre es así de irritante?
—¿Siempre es así de déspota?
—Todo el tiempo, señorita Herrán. —Me regala una sonrisa
arrogante. No puedo pasar por alto la manera en la que sus labios se
curvan hacia arriba en una mueca torcida e imperfecta. Por mucho
que me cueste admitirlo, es la sonrisa más atractiva que he visto en
mucho tiempo—. Soy déspota todo el tiempo.
—Es una lástima. —Chasqueo la lengua, con fingido pesar—.
Podría resultarle atractivo a muchas mujeres si no fuese un completo
hijo de…
Sus cejas se alzan con incredulidad y enmudezco de
inmediato. Su mirada se carga de desafío y amenaza. Mi cuerpo
entero reacciona en respuesta y, la parte estúpida e impulsiva que
casi siempre me domina trata de abrirse paso a la superficie. Trata
de empujarme hasta conseguir el valor de concretar la oración, pero
la domino justo a tiempo y me quedo callada.
Gael Avallone espera unos segundos por el fin de mi oración,
pero esta nunca llega, así que se limita a asentir con satisfacción
antes de acomodarse metódicamente los puños del saco que viste.
—¿Qué experiencia tiene, señorita Herrán? —El hombre habla
y, de pronto, adopta una expresión seria y profesional.
—Escribo por gusto, señor Avallone. Estudio letras, pero aún
no me gradúo —me sincero—. Puedo enviarle algo de lo que hago si
así lo desea, pero la realidad es que no soy una autora reconocida ni
mucho menos.
Lo piensa unos segundos, antes de asentir una vez más.
—Sería ideal si pudiese enviarme algo de lo que escribe. No
me malentienda, pero necesito saber que voy a poner la historia de
mi vida en manos de una persona que sabe lo que hace.
—Me parece justo. —Sonrío, pero estoy aterrorizada. Existe
una posibilidad muy grande de que no le guste lo que hago. Siempre
he sido muy dura conmigo misma respecto a lo que escribo, así que
no estoy segura de ser remotamente buena para esto.
—Le diré a Camila, mi secretaria —no se me escapa la mirada
que me dedica en el momento que dice la palabra «secretaria»—,
que le pase mi correo electrónico personal, para que así usted pueda
enviarme alguno de sus escritos.
—¿Puedo pedirle un favor a cambio? —Mi voz suena
ligeramente inestable. Es la primera vez que me permito mostrar un
poco del verdadero mar de sentimientos que llevo dentro ahora
mismo.
—¿Qué clase de favor? —Alza una ceja con superioridad.
—¿Podría leer lo que le mande lo más pronto posible? Así no
me tendrá esperando meses por una respuesta.
«Mis nervios no lo soportarían», quiero agregar, pero me
muerdo la punta de la lengua para no hacerlo.
La expresión curiosa que me dedica hace que el nudo de mi
estómago se apriete con violencia. No es una sensación del todo
desagradable.
—Trataré de hacerme un espacio pronto —dice, al tiempo que
me dedica un gesto afirmativo que se me antoja amable y estudiado
—. Asegúrese de dejar sus datos en la recepción. De cualquier
modo, haré que mi publirrelacionista se comunique con usted o, en
su defecto, con la editorial, cuando tenga una respuesta.
Se pone de pie y yo lo imito. Su mano se estira en mi dirección
y la estrecho con más fuerza de la que debería antes de seguirle a
través de la estancia.
Acto seguido, abre la puerta de su enorme oficina.
—Puede retirarse —dice con aire cordial, pero se siente como
si estuviese echándome a patadas.
—Espero su respuesta. Fue un placer conocerlo. —Sonrío con
aire taimado y socarrón, y él me dedica una mirada extraña.
—Un placer, Tamara Herrán —dice, al tiempo que me regala
un asentimiento cortés y señala en dirección a la salida.
Yo, sin perder más tiempo, me encamino fuera de la oficina.
Capítulo 2

El líquido caliente y amargo del café quema mi boca en el instante


en el que le doy un trago al vaso térmico que sostengo entre los
dedos. Un gemido adolorido me abandona los labios y maldigo para
mis adentros mientras muevo la lengua para comprobar la integridad
de mis papilas gustativas.
Acomodo mi vieja mochila repleta de libros sobre mi hombro,
al tiempo que trato de lidiar con un puñado de carpetas que
contienen ensayos que podrían salvarme de no reprobar el semestre.
Mi teléfono suena en el bolsillo trasero de mis vaqueros, y de
pronto me veo en la imperiosa necesidad de pedirle al universo que
me crezca un tercer brazo para poder responder.
Maldigo una y otra vez en mi cabeza, mientras entro al campus
de la universidad donde estudio. Casi al instante, soy empujada por
una chica que corre en dirección a uno de los edificios y no puedo
evitar regalarle una mirada furibunda que no creo que haya notado.
Mi teléfono suena una segunda vez en menos de tres minutos
y aprieto los dientes.
¿Por qué los malditos teléfonos inteligentes no pueden ser lo
suficientemente inteligentes como para contestarse solos?

—¿Necesitas ayuda? —La voz femenina a mis espaldas hace


que gire sobre mi eje. Fernanda, mi mejor amiga, me mira con
diversión, al tiempo que alcanza las carpetas que tengo en las
manos y me quita el contenedor térmico para darle un sorbo—. ¡Uh!
¡Quema!
Reprimo una sonrisa mientras rebusco en mis bolsillos hasta
alcanzar mi celular. No he alcanzado a contestar, pero el número del
que llamaron ni siquiera está registrado en la agenda de mi teléfono.
Le quito el vaso a mi amiga una vez más y caminamos juntas
en dirección al edificio donde compartimos clases.
Ella parlotea acerca de un ensayo que ni siquiera he
empezado y hace mala cara cuando le cuento que ni siquiera he
leído el texto que debíamos analizar para realizarlo.
—Tamara, debes ponerte a estudiar. Tus redacciones, por muy
buenas que sean, no harán que te gradúes —me reprime y sé que
tiene razón.
—¡Lo sé!, ¡lo sé! Mamá va a matarme si repruebo. —Hago una
mueca de auténtico pesar.
Mi amiga rueda los ojos al cielo.
—Te pasaré el resumen —masculla, con irritación—, pero tú
tienes que hacer el ensayo. —Hace una mueca cargada de fingido
fastidio y añade—: Asegúrate de no sacar mejor nota que yo.
Una sonrisa radiante me asalta y un agradecimiento se me
escapa a manera de chillido entusiasmado. Mis brazos se envuelven
alrededor de su cuello en un abrazo apretujado e incómodo, que solo
hace que se queje de la brutalidad de mi gesto. Yo, en respuesta, la
estrujo con más fuerza.
—¡Déjame ir! —espeta, pero soy capaz de percibir la sonrisa
en el tono de su voz—. ¡Eres una salvaje!
Una sonrisa satisfecha se apodera de mis labios y, luego de
estrujarla un poco más, la dejo en paz.
Si no fuera por ella, sería un desastre académicamente. Las
notas y los resúmenes que me facilita han sido mi salvación durante
casi tres años de carrera.
Yo, a cambio, le retribuyo todo al final de cada semestre,
cuando hay que hacer extensos análisis y narraciones. Somos el
equipo perfecto.
—Si sacas mejor nota que yo, tendrás qué compensarme —
dice, al tiempo que abre una de las carpetas que sostiene entre los
dedos.
—¿Compensarte? —Sueno más indignada de lo que pretendo
—. ¿Cómo se supone que debo compensarte por facilitarme un
resumen que puedo hacer por mi cuenta?
—Bien. Entonces, no te lo paso.
— ¡Oye!
—Acabas de decir que…
—Blofeaba, ¿de acuerdo? —la interrumpo—. Te necesito. Lo
sabes.
Una sonrisa satisfecha se dibuja en sus labios.
—Bien. —Asiente, con aire ufano, antes de continuar—: Como
te decía, vas a tener qué compensarme.
Ruedo los ojos al cielo.
— ¿Cómo quieres que te compense, Fernanda?
—No quiero mucho en realidad. —Se encoge de hombros en
un gesto despreocupado que no le compro en lo absoluto. La
conozco lo suficiente como para saber que va a ponerme en aprietos
con lo que sea que va a pedirme—. Sólo quiero que me cuentes
como te fue en la entrevista que tuviste la semana pasada.
Su comentario no me toma por sorpresa. Ella estaba más
emocionada que yo con la idea de mí, estando en las instalaciones
de Grupo Avallone.
Pongo los ojos en blanco una vez más, pero el alivio que
siento al averiguar que no tiene interés alguno en hacerme pasar un
mal rato son grandes. Fernanda puede llegar a ser un dolor en el
culo si se lo propone, así que no me agrada mucho la idea de estar
sujeta a su voluntad. Esta vez, sin embargo, agradezco que su
interés por ese hombre sea tan grande y que no vaya a intentar
torturarme con alguna de sus extrañas peticiones.
—¿Te hicieron firmar un contrato de confidencialidad o algo?
—dice ella y, en el proceso, hace un puchero que se me antoja
gracioso e infantil—. No puedo creer que ya haya pasado una
semana y no me hayas contado una mierda. Eres una amiga
horrible.
Un suspiro cargado de fingido pesar se me escapa.
—Fue un completo desastre —admito, al cabo de unos
instantes de camino silencioso—. ¿Puedes creer que lo encontré
teniendo sexo con su secretaria?
—¡¿Qué?!
—No estoy segura de que estuvieran teniendo sexo realmente,
pero parecía. —Me encojo de hombros—. Salí demasiado rápido
como para poder asegurarlo.
—¿Entraste a su oficina sin llamar? ¡No puedo creerlo! —
exclama, asombrada.
—¡La puerta estaba medio abierta!
—¡Entraste sin permiso!
—¡No lo hice! ¡Si no quería que nadie interrumpiera debió
cerciorarse de que estuviera cerrada! —Hago un ademán exagerado
mientras hablo, al tiempo que mi tono de voz se eleva ligeramente.
Fernanda me mira con un gesto que se encuentra a medio
camino entre la diversión y el horror.
—Debió ponerse furioso. —La preocupación en su tono de voz
me hace querer sonreír, muy a mi pesar.
—En realidad no fue tan malo como creí que sería. —Me
encojo de hombros—. Ya sabes, tomando en cuenta la estupidez que
cometí. —Me quita el café de entre los dedos y le da un sorbo antes
de devolvérmelo. Yo también le doy un trago pequeño antes de
continuar—: De cualquier modo, es un hombre de lo más arrogante.
—Tiene mucho dinero —dice—. Eso le da derecho a ser
arrogante.
—Eso no le da derecho a nada. —Mi ceño se frunce con
genuina indignación.
Mi amiga está a punto de replicar, cuando mi teléfono suena
una vez más.
Esta vez, me apresuro a tomar el aparato, solo para
comprobar que se trata del mismo número desconocido de hace
unos momentos. Estamos muy cerca ya del edificio donde tenemos
nuestra primera clase; así que detengo mi andar antes de deslizar mi
dedo por la pantalla para responder.
—¿Sí? —hablo, al tiempo que coloco el teléfono entre mi
hombro y mi oreja para acomodar la mochila atestada de libros que
llevo a cuestas.
— ¿Hablo con la señorita Tamara Herrán? —La voz femenina
que me responde es completamente desconocida para mí.
—Sí… —La cautela en el tono de mi voz me hace sonar como
idiota.
—El señor Avallone desea comunicarse con usted, enlazaré la
llamada ahora mismo.
La mujer del otro lado de la línea ni siquiera me da tiempo de
responder. Ni siquiera me da tiempo de abrir la boca, cuando el
sonido de una voz ronca, profunda y familiar llena mis oídos.
—Señorita Herrán, buenos días. ¿Está ocupada? —dice Gael
Avallone y todo mi cuerpo se estremece ante el sonido de su voz.
Mi corazón se detiene una fracción de segundo, antes de
reanudar su marcha a una velocidad antinatural. El nerviosismo, la
ansiedad, la angustia… todo se arremolina en mi pecho y me hace
difícil espabilar y pensar en otra cosa que no sea en él, leyendo uno
de mis manuscritos.
«¿Le habrá gustado lo que leyó? ¿Lo habrá odiado? ¿Va a
mandarme a la mierda?».
—¡Señor Avallone! —Trato de sonar despreocupada, pero no
estoy segura de lograrlo. Fernanda chilla de la emoción al escuchar
el apellido del magnate, así que tengo que hacerle una seña para
que guarde silencio—, por supuesto que no, ¿en qué puedo
ayudarle?
—Leí lo que me mandó —dice, sin rodeos. La inexpresividad
en su tono solo hace que la ansiedad previa incremente—. ¿Para
cuándo desea concretar la primera cita?
—¿Qué? —Mi voz suena más allá de lo asombrada. De lo
confundida…
—¿Para cuándo desea concretar la primera cita, Tamara? —
repite. No me atrevo a apostar, pero podría jurar que he escuchado
una sonrisa en el tono de su voz.
—Yo… Ahh… Ehh… —Estoy completamente en blanco. No sé
qué demonios decir.
—Sí, Tamara —la diversión que tiñe la forma en la que se
expresa—, me gustó su trabajo. Lamento haber demorado en
comunicarme con usted. Ahora, si no le molesta, me encantaría
concretar una cita para hablar sobre los puntos que quiero que sean
tomados en cuenta para el libro.
Quiero gritar de la euforia y la felicidad. Una sonrisa idiota se
dibuja en mis labios, y no puedo evitar quedarme callada mientras
absorbo el delicioso sabor de mi pequeña victoria.
—¿Hay alguien ahí? —Gael Avallone suena impaciente ahora.
—¡Sí!, ¡Dios, si! —Exclamo con rapidez. Sueno inestable y
eufórica—. ¡Mierda!, ¡lo siento!, yo… Bueno, me parecería ideal que
pudiésemos reunirnos tres veces por semana, si esto está bien para
usted.
—Tres días a la semana es demasiado. No dispongo de tanto
tiempo libre. Puedo ofrecerle una sesión de dos horas una vez por
semana.
—Me temo que eso no es suficiente para mí, ¿Qué sean dos
sesiones de dos horas por semana? —Muerdo mi labio inferior, en la
espera de su respuesta.
—Una sesión de tres horas, una vez por semana —resuelve.
—Una sesión de dos horas entre semana, y una de una hora
los sábados.
—¿No es eso lo mismo que acabo de ofrecerle? ¿Qué
necesidad hay de dividir las tres horas que le ofrezco en dos
sesiones? —Suena irritado ahora.
—No, no es lo mismo —refuto—. En tiempo, quizás lo es, pero
en desenvolvimiento es completamente diferente. En una sesión de
tres horas, usted tendrá tiempo de ponerse cómodo y hacer lo que
siempre hace cuando lo entrevistan: caer en respuestas genéricas —
digo—. En cambio, si son dos sesiones, en dos días distintos, puedo
tener distintas reacciones y humores. Dependiendo del día, la carga
de trabajo… Todo influye.
—Es la respuesta más rebuscada que ha podido darme —
dice, con aire arrogante y divertido al mismo tiempo—, pero le doy
puntos por la originalidad y la rapidez para ingeniársela.
—¿Se está burlando de mí?
—¿Cree que tengo el tiempo para perderlo burlándome de
usted?
La irritación me revuelve el estómago y aprieto los ojos con
fuerza antes de tomar una inspiración profunda para calmarme un
poco.
—Yo tampoco tengo mucho tiempo ahora —miento—.
Quedamos, entonces, en dos sesiones semanales: una de dos horas
los jueves y una de una hora los sábados. ¿Trato?
—De ninguna manera. Ya se lo dije, no dispongo de esa
cantidad de tiempo.
—Tengamos dos sesiones de hora y media los jueves y los
sábados.
—¿Está tratando de negociar conmigo, señorita Herrán? —La
incredulidad y la diversión se apoderan del tono de su voz una vez
más.
—Sí. —Mi respuesta suena más como una pregunta que como
una afirmación.
Un suspiro resuena del otro lado de la línea.
—¿Una de las sesiones tiene que ser forzosamente en
sábado?
—No, pero lo preferiría. Los sábados los tengo libres siempre,
así que se me facilitaría demasiado. Le recuerdo, que yo aún soy
estudiante.
Otra exhalación lenta y torturada llena el auricular de mi
teléfono.
—Bien. Usted gana. Dos sesiones de una hora y media por
semana. ¿Le parece bien si empezamos este jueves?
—Este jueves es perfecto. —Sueno más emocionada de lo
que pretendo.
—Bien. Mi secretaria se comunicará con usted más tarde para
confirmar la hora. Necesito revisar mi agenda primero. Que tenga un
buen día, Tamara —dice, y sin añadir nada más, cuelga el teléfono.

Me siento en una de las bonitas sillas que se encuentran frente al


escritorio de Gael Avallone. Lo único que tengo en las manos, es un
bolígrafo y una libreta que tomé de mi mochila hace unos minutos,
pero eso me basta. Eso es lo único que necesito ahora mismo.
El magnate no está por ningún lado y eso me irrita en
demasía. Odio que la gente me haga esperar. Siempre he creído que
el tiempo es algo invaluable e irrecuperable. Son segundos —
minutos, horas, días— de tu vida que nunca más vas a tener de
vuelta. Son momentos que podrías estar pasando en otro lugar.
Instantes que podrías estar viviendo de manera diferente y
experiencias que podrías estar adquiriendo. Que dispongan de algo
tan valioso como mi tiempo, es lo peor que pueden hacerme.
Un suspiro fastidiado brota de mis labios y trato de
concentrarme en lo que tengo alrededor. Mi vista recorre la estancia
en la que me encuentro a detalle y todo lo que veo me irrita un poco
más. El tamaño ridículamente grande de la oficina, los enormes
libreros repletos de libros antiguos, el gran escritorio, el color blanco
inmaculado de las paredes, el mobiliario pretencioso en color negro,
los pocos cuadros decorativos en colores brillantes… Todo me
molesta. Me incomoda.
Mi vista vuelve hasta los libreros y me pregunto si el magnate
ha leído algo de lo que tiene en ellos.
«Quizás es de esa clase de personas que utilizan los libros
solo para decorar sus habitaciones —digo, para mis adentros—.
Podría apostar lo que fuera a que ni siquiera ha leído la cubierta de
los ejemplares que adornan su ostentosa oficina».
El pensamiento me reconforta un poco. Concebir a Gael
Avallone como una persona presuntuosa, me hace sentir satisfecha
de una manera retorcida y extraña.
La puerta detrás de mí se abre.
El sonido de unos pasos firmes y seguros hace que todo mi
cuerpo se tense y, de pronto, Gael Avallone aparece en mi campo de
visión. Viste un traje gris oscuro, una camisa blanca y una corbata
azul marino.
—Lamento haber tardado —dice, sin mirarme. Sus ojos están
clavados en la carpeta abierta que hay entre sus dedos—. La junta
se alargó más de lo esperado. ¿Ya le ofrecieron algo de beber?
—Sí —respondo—. Gracias.
Se sienta en la silla reclinable frente a mí. Su ceño está
fruncido en concentración, mientras pasea los dedos sobre sus
labios. No ha dejado de mirar el contenido de la carpeta ni un solo
segundo.
La irritación previa aumenta considerablemente dentro de mí,
pero me obligo a mantener mi expresión serena. Me aclaro la
garganta y espero por su reacción. No quiero perder el poco tiempo
que tenemos observándolo leer sus documentos.
Su vista se alza para encontrarme al cabo de unos segundos
y, en el instante en el que sus ojos me miran de lleno, sus cejas se
disparan al cielo.
—Bonito atuendo. —Asiente en mi dirección, pero noto la burla
que hay en su mirada.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios. Llevo unos
vaqueros entallados que están rotos de las rodillas, y una playera
que lleva un dibujo impreso de una mano haciendo una seña
obscena con el dedo medio.
—Vengo de la escuela —me disculpo, encogiéndome de
hombros.
Me señala con el dedo índice, una de sus cejas se arquea con
arrogancia.
—¿Así viste normalmente? —dice, con aire despectivo.
—Cuando no uso camisas de hombre, sí. —Sonrío, con
suficiencia.
—Tengo muchos conocidos en el ramo de la moda. Podría
contactarla con una diseñadora de imagen. Es guapa, Tamara, no se
haga eso a usted misma.
Es mi turno de alzar las cejas.
—El día que necesite un consejo de moda, se lo haré saber,
señor Avallone —digo—. Gracias de todos modos.
Una media sonrisa torcida se dibuja en sus labios. Luce más
divertido que nunca, pero se limita a encogerse de hombros.
—Como usted guste.
—¿Puede dejar de hablarme de «usted»? —digo, medio
fastidiada—. No es como si tuviese setenta años.
—No somos amigos, Tamara —me corta—. Nuestra relación
es estrictamente profesional, así que no voy a dejar de dirigirme a
usted de esta manera.
Sus palabras son como una bofetada en el rostro, pero me
obligo a mantener mi expresión en blanco.
«Pues entonces, váyase a la mierda».
—¿Qué es lo que desea de este libro, señor Avallone? —De
pronto, soy toda negocios.
«¿Quiere jugar al importante? Bien. Juguemos».
—No quiero escándalos. Tampoco quiero dramas, cursilerías o
toda esa mierda que acostumbran a añadir ustedes los escritores.
Mis cejas se alzan con incredulidad.
—A la gente le gusta sentir empatía por los personajes de un
libro —apunto.
—Yo no soy el personaje de un libro —dice—. Soy un ser
humano. Uno muy pragmático, debo agregar.
—¿Esa es la palabra con la cual usted se definiría?
¿Pragmático?
—Sí —asiente—. Soy práctico y eficiente. El éxito financiero
viene de pensar con frialdad en todos los puntos positivos y
negativos. El empresario que se deja guiar por su instinto está
destinado a fracasar.
—Entonces es frío y calculador —digo, al tiempo que anoto en
mi libreta.
—No retuerza mis palabras. No soy frío y calculador.
—Acaba de decir que es una persona pragmática y, corríjame
si estoy mal, pero, una persona pragmática es aquella que valora la
utilidad y el valor práctico de las cosas. Está diciéndome que toma
decisiones una vez valorada toda la situación y que nunca se deja
guiar por su instinto o sus sentimientos. Eso, a mi punto de vista, es
ser frío y calculador —resuelvo.
—No está aquí para debatir mi actitud vital o financiera —
espeta y yo reprimo una sonrisa. Él, sin apartar la vista de mí,
acomoda las mangas de su saco y continúa—: Como le decía, no
quiero dramatismos tontos o sentimentalismos innecesarios. Que
conste que ya se lo advertí.
Ruedo los ojos al cielo.
—Veré qué puedo hacer —respondo—. ¿Qué es lo que desea
contar?
—Quiero que se apegue al cien por ciento a mi carrera. No voy
a hablar de mi vida personal, ni de mi vida sentimental. Eso engloba
a mi familia, mis amistades, mi…
—Déjeme ver si entendí —lo interrumpo—. ¿Usted desea que
escriba un libro que hable acerca de lo maravilloso y bueno que es
para los negocios, cuán perfecto es al tomar decisiones, cuánto
dinero tiene y cómo ha conseguido cada centavo? Si es así, será el
libro más aburrido de la historia. —Niego con la cabeza—. Además,
no estoy aquí para idolatrarlo.
—Ya le dije que…
—Sí, sí… —lo corto—, ya lo escuché. —Hago un gesto
desdeñoso con una mano para restarle importancia a lo que sea que
tenga la intención de decir—. Y quiero que le quede bien claro que
no voy a escribir eso acerca de usted. No voy a escribir eso acerca
de nadie. Es un ser humano, no una máquina. Tiene defectos, una
historia y un porqué. Eso es lo que quiero escribir y, si va a darme
una lista de las cosas sobre las que no debo hablar, será mejor que
busque a alguien más para hacer esto. —Me pongo de pie, presa de
mis impulsos—. No me limite. Así no puedo trabajar.
Guardo mi libreta y mi bolígrafo dentro de mi desgastada
mochila, y me la cuelgo en el hombro, lista para marcharme.
—¿A dónde coño cree que va? —espeta, cuando hago
ademán de empezar a avanzar hacia la salida.
—A casa. —Lo miro a los ojos—. Piénselo y me llama cuando
haya decidido algo.
Me giro sobre mis talones y me encamino hacia la puerta a
paso decidido.
—¡Deténgase ahí mismo! —exclama—. ¡Maldita sea!
¿Siempre es así de dramática?
Me giro para encararlo y es ahí cuando noto cuán cerca se
encuentra. Apenas hay unos cuantos pies de distancia entre
nosotros. Mi corazón da un vuelco furioso debido a eso, pero me
obligo a mantenerme serena.
—¿Siempre es así de prepotente?
—He pasado demasiado tiempo construyendo este muro entre
mi vida privada y el resto del mundo —escupe—. No voy a
derrumbarlo para que usted haga dinero a costa mía. —El coraje se
apodera de mi cuerpo y mi mano quema con las irrefrenables ganas
que tengo de estrellarla contra su cara—. Si quiere dinero fácil,
lamento informárselo, pero a mis expensas no va a…
Entonces, lo pierdo.
Mi mano, que en estos momentos parece tener voluntad
propia, se estrella contra su rostro y el impacto es tan fuerte, que
hace que su rostro gire con violencia.
En ese instante, el silencio se apodera de toda la estancia.
Mi palma arde debido a la fuerza de mi acto, mi respiración es
irregular y mi corazón late con fuerza.
«¿Qué demonios acabo de hacer?».
—Quédese con su dinero —siseo, con todo y esa sensación
de pánico me atenaza el pecho—, y váyase a la mierda.
Ni siquiera me doy tiempo de asimilar lo que acabo de hacer.
Ni siquiera me doy el tiempo suficiente de maldecirme a mí misma
por ser así de impulsiva e idiota, ya que salgo de la oficina —
haciendo acopio de toda mi dignidad— lo más rápido que puedo.
La secretaria del magnate me mira con incredulidad y asombro
cuando cierro la puerta detrás de mí y es lo único que necesito para
saber que lo ha escuchado todo.
—Buenas tardes —digo, al tiempo que fuerzo una sonrisa en
su dirección.
Ella abre la boca para decir algo, pero salgo hacia el pasillo
antes de que pueda pronunciar palabra alguna.
El elevador se abre justo en el momento en el que llego a él y
me introduzco dentro para presionar el botón del primer piso.
La recepción principal está atestada de gente, pero nadie me
mira cuando hago mi camino hasta la salida, cosa que agradezco;
pero, no es hasta que pongo ambos pies sobre la acera, que toda la
tensión se fuga de mi cuerpo.
El golpe de aire helado en mi rostro trae alivio a mi sistema en
un abrir y cerrar de ojos, pero el nudo de angustia que ha
comenzado a formarse en la boca de mi estómago es más intenso
que cualquier otra cosa que pudiese llegar a sentir ahora mismo. Sé
que acabo de arruinarlo todo, pero no puedo evitar sentirme aliviada.
Gael Avallone, con todo y su dinero, es un grano en el culo.
Estoy temblando debido a la adrenalina. Mi pulso late como
loco detrás de mis orejas y me quedo parada aquí, como idiota,
frente al enorme edificio de Grupo Avallone, sin saber muy bien qué
hacer.
Al cabo de unos instantes de aturdimiento, hago lo primero que
me viene a la mente: tomo mi teléfono y marco el número de
Fernanda. Solo hasta ese momento, empiezo a caminar.
—Acabo de joderlo —digo, en cuanto responde.
—¿Qué? ¿Por qué?
Una risa carente de humor brota de mi garganta.
—Le di una bofetada y le dije que se fuera a la mierda —digo,
en medio de una carcajada histérica y horrorizada.
—Oh, mierda, Tam-Tam… —Suena realmente preocupada,
pero el absurdo apodo con el que me ha llamado desde la
secundaria me tranquiliza un poco—. ¿Qué ocurrió? ¿Intentó algo
contigo?
—Por supuesto que no —ruedo los ojos al cielo—. Solo…—
Niego con la cabeza—. Es un imbécil. No pude contenerme. Su
rostro lo pedía a gritos.
—Van a despedirte, ¿no es cierto? —dice, con angustia.
—Sí. —Un nudo se instala en mi garganta, pero suelto una risa
nerviosa. Las lágrimas pican en mis ojos, pero no voy a llorar. No por
un idiota con dinero—. Estoy segura de que, mañana a primera hora,
el señor Bautista va a despedirme.
—¿Quieres que vaya a tu casa y hablemos?
—No. —Suspiro—. Estaré bien.
—¿Estás segura?
—Sí —digo, pero no lo estoy—. No te preocupes.
—De acuerdo —dice, aún sin sonar muy convencida—.
Llámame si necesitas algo.
«Un milagro. Eso es lo que necesito».
—Lo haré. Te veo mañana.
Sin decir una palabra más, finalizo la llamada.

Ni siquiera he caminado más de dos calles, cuando mi teléfono


suena en el bolsillo trasero de mis pantalones. No me toma más de
unos cuantos segundos tomarlo entre mis dedos; pero, cuando miro
el número desconocido que brilla en la pantalla, me detengo en seco.
Mi ceño se frunce ligeramente.
«¿Será que Gael Avallone ya se comunicó con el señor
Bautista y esta es solo la llamada en la que van a decirme que estoy
despedida?», pienso, con aire fatalista, pero me obligo a empujar el
pensamiento en lo más profundo de mi cabeza antes de deslizar mi
pulgar por la pantalla para responder.
—¿Sí? —digo, contra la bocina del teléfono.
—Vuelva. —La voz de Gael Avallone inunda mis oídos en ese
instante y casi puedo jurar que mi corazón se ha saltado un latido.
—No.
«¡Bravo, Tamara!, ¡sigue arruinándolo!».
—Por favor... —la vacilación en su voz hace que deje de
caminar.
Nos quedamos en silencio unos instantes.
—¿Va a demandarme? —Sueno ridícula, pero no me interesa
en lo absoluto. De verdad estoy preocupada por lo que acabo de
hacer y por el poder que este hombre tiene.
—Voy a darle lo que quiere. Vuelva.
—Está jugando conmigo, ¿no es así? —Sueno horrorizada—.
Quiere que vuelva porque ya ha llamado a la policía, ¿cierto?
—¿Qué? —dice, en medio de un bufido—. ¿De qué habla?
Deje el dramatismo y vuelva.
—Es que no entiendo por qué hace esto. —Mi voz suena más
aguda de lo normal—. ¿Por qué me quiere de regreso?
El silencio que le sigue a mis palabras hace que la ansiedad se
apodere de mi sistema. Detesto no saber qué piensa.
—Anoche no podía dejar de leer lo que me mandó —dice, al
cabo de unos instantes—. Terminé uno de sus manuscritos en horas.
Es buena, Tamara. Muy buena. Sus líneas… sus palabras… la
combinación de ellas… —Suena como si tratase de encontrar las
palabras correctas para expresarse sin conseguirlo del todo—.
¡Joder! Es que es una maldita artista. —Mi corazón golpea con
fuerza contra mis costillas y un nudo se instala en la boca de mi
estómago—. Y sí, estoy besando su trasero. Ahora regrese y
hablemos. Seré flexible.
—¡Acabo de abofetearlo! —chillo, con incredulidad.
—Vuelva a decirlo en voz alta y me encargaré de que la
despidan —suelta, con dureza, pero no suena como si hablase en
serio—. Ahora, por el amor de Dios, regrese y hablemos sobre esos
dichosos términos. Ya se lo dije: seré flexible.
—¿Me contará sobre su familia y sus relaciones
sentimentales? —digo, en un susurro receloso y escéptico.
El silencio del otro lado de la línea me pone los nervios de
punta.
—Le contaré lo que pueda contarle —dice, al cabo de un largo
momento.
—Usted es un grano en el trasero —mascullo—, y yo soy
bastante irritable. No puede pasar esto cada vez que nos reunamos.
Alguien tiene que ceder.
—Y, obviamente, usted no va a hacerlo —bufa, y una pequeña
sonrisa se dibuja en mis labios.
«¿Qué demonios está mal con este sujeto? ¿Por qué no me
odia todavía?».
—Lo haré —digo, luego de pensarlo otro poco—, pero no
volveré a su oficina ahora mismo. La gente va a mirarme como si
estuviera loca.
—¿Y no lo está?
—¡Muy gracioso, Avallone! —exclamo, con irritación—. ¡Muy
gracioso!
—¿Dónde está? —Hace caso omiso a mi fingida indignación.
—A un par de calles de su oficina.
—¿Sobre qué calle está caminando?
—Sobre Avenida Vallarta.
—¿A qué altura?
—No lo sé.
—¿Qué hay ahí cerca, Tamara? —Se escucha exasperado
ahora.
Miro alrededor y descubro una pequeña plaza con un
establecimiento bastante familiar.
—Hay un McDonald’s justo en la esquina de la calle. Dentro de
una pequeña plaza comercial.
—Bien —dice—. Estaré ahí en tres minutos.
—Entraré a ordenar una hamburguesa. —Me encamino al
lugar—. ¿Quiere algo?
—No. —Noto la incredulidad en su voz—. No quiero comida
hecha en masa. Es asqueroso lo que venden en ese lugar.
—Quiere una Big Mac, ¿cierto? —Lo ignoro—. ¿Con todo?
—No voy a comer nada que venga de ese lugar.
—Bien. ¿Pepinillos también?
—Tamara… —La advertencia en el tono de su voz me hace
sonreír.
—¡De acuerdo!, ¡de acuerdo! —exclamo—. Sin pepinillos.
—¡No se atreva a…!
—Nos vemos en tres minutos. Estaré dentro —digo y, sin darle
tiempo de decir más, cuelgo.
Una sonrisa idiota se dibuja en mis labios en ese momento. La
diversión y la expectación se abren paso a toda marcha en mi cuerpo
y quiero gritar. Quiero reír a carcajadas solo porque no puedo
esperar para tener al hombre más rico del país sentado como la
gente común y corriente en un McDonald’s.
Capítulo 3

Soy plenamente consciente de las miradas furtivas que son dirigidas


en nuestra dirección y, con todo y eso, no aparto la vista del hombre
que se encuentra sentado frente a mí.
Toma todo de mí reprimir la sonrisa idiota que ha amenazado
con apoderarse de mis labios desde hace rato, así que procuro
mantener la boca en movimiento para que no se dé cuenta de cuán
satisfecha me siento. Para que no se dé cuenta de cuántas ganas
tengo que reír a carcajadas.
Parloteo sin cesar acerca de todo lo banal y absurdo de este
mundo y mastico mi hamburguesa en los instantes en los que mi
mente se queda en blanco, para así no mostrarle la complacencia
que me embarga por completo.
La vista de Gael Avallone sentado en uno de los sillones
recubiertos de piel sintética dentro de un McDonald’s, ha hecho que
todo mundo nos mire con curiosidad. Estoy segura de que
pasaríamos desapercibidos si él no llevara puesto un traje caro.
Estoy segura de que la gente ni siquiera nos notaría si no fuese un
hombre tan… imponente.
Deliberadamente, remojo una papa a la francesa en el
pequeño envase de salsa cátsup que se encuentra delante de él y
me la echo a la boca. Tengo toda la intención de sacarlo de quicio
por haber insinuado que lo único que quiero, es hacer dinero a su
costa. Quiero hacerlo salir de esa postura rígida que me ha mostrado
en apenas dos interacciones que hemos tenido.
—¿No va a comer nada? —digo, con la boca medio llena.
Él mira la hamburguesa que tiene enfrente como si fuese la
cosa más asquerosa del planeta.
—De ninguna manera voy a meter eso en mi boca. —Hace
una mueca asqueada.
—¡Qué delicado! —bufo y, acto seguido, doy un sorbo a mi
refresco de cola. Me aseguro de hacer mucho ruido al succionar el
líquido con la pajilla.
—Esto es basura, Tamara. —Genuina preocupación tiñe su
rostro—. No debería comer estas cosas. Sus arterias se taparán a
los veinticinco y sus riñones dejarán de funcionar si sigue bebiendo
tanto refresco de cola —me mira con severidad y no puedo evitar
sentir como si estuviese hablando con mi mamá.
Lo cierto es que esta es la segunda vez que relleno mi vaso y
que, hasta hace unos instantes, la posibilidad de levantarme por una
tercera recarga era muy tentadora.
—Suena justo como mi madre. —Finjo un estremecimiento
cargado de miedo y casi puedo jurar que un atisbo de sonrisa se ha
asomado en las comisuras de sus labios—. Además, una
hamburguesa no lo hará perder status. Tampoco se le van a caer los
dientes, o se va a contagiar de herpes, o…
—¿Está hablando de herpes mientras come? —me interrumpe
y su gesto casi paternal se transforma en uno cargado de horror y
diversión—. Es usted tan peculiar, Tamara.
Esta vez no puedo reprimir la pequeña sonrisa que se dibuja
en mis labios.
—Como quiera. —Me encojo de hombros y señalo la
hamburguesa que se encuentra frente a él y que está intacta. No ha
probado ni un solo bocado—. Si no va a comerse eso, yo podría
hacerlo sin ningún problema.
Sus cejas se disparan al cielo, al tiempo que niega con la
cabeza.
—Comienzo a sospechar que usted no es obesa mórbida por
buena suerte. Come como sí no hubiese un mañana.
—No me limito —digo. Trato de sonar casual, pero soy
plenamente consciente de los kilos de más que llevo encima. Sé que
él también puede ver que no soy una chica delgada, pero su
expresión no cambia en lo absoluto cuando digo—: Si quiero
comerme dos Big Macs, me las como y ya.
Una media sonrisa torcida se dibuja en sus labios debido a mi
comentario.
—Es usted todo un caso, Tamara. ¿Lo sabía?
Mi sonrisa se ensancha.
—Me lo dicen todo el tiempo —bromeo y él, en respuesta,
sacude la cabeza sin dejar de sonreír.
Acto seguido, hago una seña con la cabeza en dirección a su
hamburguesa. Él, luego de dejar escapar el aire en un suspiro que se
me antoja dramático, la toma entre sus dedos y la acerca a su boca.
En ese instante, y sin que pueda evitarlo, el deleite me
embarga. No todos los días tienes la oportunidad de ver a un hombre
como él —tan arrogante e insufrible como es— comiendo en un lugar
como este.
El mordisco que le da es lento y torturado y una sonrisa idiota
me asalta.
—¡Por Dios! ¡Deje el dramatismo! —digo, al tiempo que ruedo
los ojos al cielo. A pesar de mi gesto exasperado, no puedo dejar de
sonreír—. Es una hamburguesa. Seguro comió cientos de ellas
cuando era pequeño.
—Las comía caseras —se defiende—. Mi madre es una
excelente cocinera.
—Quizás se debería invitarme a comer unas hamburguesas en
casa de su madre. —No es mi intención, pero, de pronto, sueno
resuelta y descarada, y la expresión incrédula y horrorizada que se
dibuja en su rostro, casi me hace reír.
Está más que claro que no estoy hablando en serio. No espero
que me abra las puertas de su casa y me invite a pasar la tarde con
su familia. Dudaba mucho que me abriera las puertas de su oficina
después de la forma en la que nos conocimos. Mis esperanzas de
tener una relación amistosa con este hombre son nulas; pero,
ponerlo en esta clase de aprietos me resulta extrañamente
satisfactorio.
—De ninguna manera voy a llevarla a casa de mi madre. —
Suena tajante y escandalizado al mismo tiempo y, esta vez, no soy
capaz de reprimir la carcajada sonora que se ha construido en mi
garganta desde hace un rato.
El desconcierto que se apodera de sus facciones no hace más
que incrementar la intensidad de mi risotada y, de pronto, Gael
Avallone se encuentra mirándome con el ceño fruncido en confusión.
—Tamara, usted está loca —dice, pero, muy a su pesar,
sonríe.
—Solo estaba jugando —digo, en medio de una carcajada—.
Relájese. No estoy interesada en pasar una tarde familiar con los
suyos.
Él deja la hamburguesa sobre el papel encerado en el que
estaba envuelta, y se limpia los dedos con una servilleta al tiempo
que masculla algo que no logro entender del todo. Tampoco estoy
segura de querer hacerlo. No ha sonado como algo amable o cordial,
así que prefiero hacer como que no he escuchado para así no querer
golpearlo de nuevo.
Tomo otra papa a la francesa y me la echo a la boca sin dejar
de sonreír.
—¿Le falta mucho para terminar? —dice. Suena —y luce—
irritado—, no veo la hora de largarme de aquí y conseguir comida de
verdad.
Mis cejas se alzan con incredulidad. Una punzada de coraje y
humillación invade mi cuerpo, pero me obligo a no hacerlo notar.
—¿Está diciendo que esta no es comida de verdad? Quiero
que sepa que existen cientos de personas en el mundo que no
pueden darse el lujo de siquiera pensar en comprarse una
hamburguesa en un local como este. —Sueno más enojada de lo
que pretendo—. Que usted prefiera comer filetes de tres cuartos de
libra, antes que alimentarse de lo que lo hace la gente que no tiene
su status social, no hace esta comida menos valiosa. Es clasista de
su parte que…
—¿Acaba de llamarme clasista? —La incredulidad se apodera
de su tono y, de pronto, la tensión se apodera del ambiente. De
pronto, me encuentro sintiéndome culpable por lo que acabo de
decir, porque luce herido. Porque luce como si mis palabras le
hubiesen calado hondo—. No soy clasista. Soy todo menos clasista,
Tamara.
Mi corazón se salta un latido, aun cuando el coraje repentino
que se ha apoderado de mí y aprieto la mandíbula.
Odio la manera en la que mi nombre suena en sus labios. Odio
que lo pronuncie como si me conociera. Como si realmente supiera
algo sobre mí.
Quiero reírme en su cara. Quiero espetarle que no sabe lo que
es trabajar duro para llevarse el pan a la boca y que no duraría ni
cinco minutos en un trabajo obrero; pero, en su lugar, introduzco otra
papa frita en mi boca para no hablar de más.
Él me mira durante un largo momento, antes de suspirar con
pesadez y tomar la hamburguesa entre sus dedos una vez más.
Sin decir una palabra, empieza a comer. Esta vez, no hace
muecas extrañas o comentarios despectivos y mi corazón da un
vuelco furioso cuando me mira a los ojos mientras limpia su boca con
una servilleta.
—No quiero que piense que soy ese tipo de persona, Tamara
—dice, luego de unos segundos—. No lo soy. Me gusta la comida
casera. Prefiero comer un estofado hecho en casa, a un filete de
corte tres cuartos. Simplemente, la comida rápida no es lo mío.
—Señor Avallone, yo…
—No me diga «señor» —me interrumpe, mientras su ceño se
frunce—. No soy tan viejo.
Abro mi boca para responder, pero no sale nada de ella. Él
tampoco dice nada más. Se limita a limpiar sus dedos en la servilleta
y masticar el último bocado de su Big Mac. Luego, toma el refresco
que se encuentra entre mis dedos y le da un sorbo largo.
No ha apartado su penetrante mirada de la mía y, por primera
vez en mucho —muchísimo— tiempo, me siento vulnerable e
indefensa.
«Hacía mucho que nadie me hacía sentir de esta manera».
Me aclaro la garganta, mientras busco algo que decir, pero es
imposible concentrarse cuando un hombre así de imponente te mira
como si pudiese desvelar tus secretos en cualquier momento. Como
si fueses un acertijo fácil de resolver.
—¿Se define como un hombre hogareño? —digo, tras un
silencio largo. Trato de sonar casual, pero fracaso terriblemente.
Trato, con todas mis fuerzas, de lucir relajada y en control de la
situación, pero no lo consigo.
—¿Está entrevistándome? —Sus cejas se alzan con
incredulidad.
—Hago mi trabajo.
Él suelta un bufido en medio de una pequeña sonrisa y sé que
el momento extraño acaba de terminar. Sé que no se hablará más
acerca de clasismo y status social, y estoy bien con eso.
—Me gusta estar en casa —asiente y su expresión se vuelve
distante; como si recordase algo—, pero no me considero un hombre
hogareño. Pasé toda mi adolescencia fuera de casa.
—¿Dónde creció?
—En Zaragoza. Está en…
—España. Lo sé.
Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios.
—Sabionda —masculla.
—Perdone, ¿qué? —Me inclino hacía adelante para que me
repita lo que dijo. Lo he escuchado con claridad, pero quiero que lo
repita.
—Que viví allí hasta que cumplí los dieciocho —dice,
mirándome a los ojos. Una sonrisa burlona lo asalta y no puedo
evitar sonreírle de vuelta.
—Entonces… —le dedico mi mirada más sugerente—, todo un
magnate español, ¿eh? Debe de ser algo increíble para alardear de
vez en cuando.
Se encoge de hombros.
—A las mujeres les encanta el acento. —Me guiña un ojo y mis
entrañas se aprietan con fuerza.
—Apuesto a que sí —me obligo a sonar indiferente.
—¿Qué me dice de usted? —Sus dedos juguetean con la
pajilla del refresco mientras habla.
—Nacida y criada aquí. —Me cruzo de brazos—. No soy una
mujer de mundo. Soy una mexicana cualquiera.
—Una mexicana cualquiera, que viste como vagabunda y me
hace comer en restaurantes de comida de dudosa procedencia —
dice. Estira un brazo y alcanza la pequeña bolsa de papas a la
francesa que descansa sobre mi bandeja plástica, antes de tomar
una y echársela a la boca.
—Quizás pueda cultivarme un poco con su cultura y me lleve a
un lugar de comida decente —digo, pero no hablo en serio. No
espero que me lleve a ningún lugar caro. No espero absolutamente
nada de él.
—Quizás pueda hacerlo —asiente y mi corazón se detiene una
fracción de segundo—. Algún día la invitaré a un buen restaurante.
Cuando salga el libro y sea todo un éxito.
De pronto, los latidos de mi corazón son irregulares. La
emoción se filtra en mi sistema sin que pueda detenerlo y no puedo
evitar sentirme entusiasmada con la idea.
—Eso sería... —la emoción tiñe mi voz por más que trato de
ocultarlo; así que me aclaro la garganta y lo intento de nuevo—: Eso
sería fabuloso.
Sin decir nada, alcanza mis papas a la francesa y me ofrece
una. Yo tomo su ofrenda entre los dedos y él toma la última pieza de
la bolsa. Después, la alza en mi dirección, como si fuese una copa
de champaña con la que pudiese brindar.
—Por un exitoso libro.
—Por un exitoso libro —digo, alzo mi patata para encontrar la
suya en el camino.
—¡Dios! Esto es deprimente —dice, mientras mastica con
lentitud, pero la sonrisa en su rostro es relajada y auténtica. Un claro
contraste con el gesto severo que llevaba antes.
—A mí me parece de lo más genial que se haya sentado a
comer conmigo —digo y él me regala una mirada cargada de
reprobación.
—No volverá a ocurrir.
Yo ruedo los ojos al cielo.
—Por favor, no vuelva a la misma mierda clasista de hace un
rato —pido, con fingido fastidio, y me aseguro de utilizar la palabra
mágica solo para hacerlo reaccionar.
—Por favor, no vuelva a decirme clasista.
«¡Bingo!».
Mi mirada se entorna en su dirección.
—Pruébeme que no es uno y no volveré a decirle así —
resuelvo y él suelta una pequeña risa irritada.
—Vámonos de aquí antes de que me arrepienta de haber
venido a buscarle —dice, al tiempo que se pone de pie.
—¿Me invitará un helado si me comporto de aquí a que
salgamos del restaurante? —bromeo, en tono infantil y juguetón.
—¿Planeaba dejarme en ridículo una vez más? ¿No le ha
bastado todo lo que me ha hecho pasar el día de hoy? —Fingido
horror tiñe su voz.
—¡Pero si me he comportado! —exclamo—. Si hubiese
querido ponerlo en aprietos, lo habría grabado para subirlo a internet.
La mirada escandalizada que me dedica me hace reprimir una
carcajada.
—Por favor, Tamara, no se atreva nunca a hacerme algo así —
dice, medio horrorizado; medio divertido—. Le compraré un helado,
pero, por favor, deje de torturarme. He tenido suficiente de usted por
hoy.
Quiero protestar. Quiero decirle que es un ingenuo si cree que
he sido un dolor en el culo ahora mismo. Quiero decirle que no sabe
cuán irritante puedo llegar a ser si me lo propongo, pero me limito a
hacer un mohín mientras me pongo de pie y lo sigo a la salida del
establecimiento.
Caminamos por una de las avenidas más grandes de la ciudad.
Aún no logro ubicarme del todo, pero sé que no estamos muy lejos
del enorme edificio de Grupo Avallone. Sé que, en algún punto
cercano a este, pasa un autobús que me deja relativamente cerca de
casa.
Ha pasado ya una hora desde que salimos del McDonald’s y
ahora avanzamos sin rumbo alguno por las calles aledañas al centro
comercial en el que nos encontrábamos.
Gael se ha quitado el saco y ha desabrochado los botones
superiores de su camisa; sus manos están hundidas en los bolsillos
de sus pantalones y la sonrisa fácil pintada en su rostro le da un
aspecto joven y fresco.
La corbata que antes utilizaba con garbo y elegancia ahora
cae de manera descuidada en su pecho, y el saco —antes
perfectamente planchado— ha sido reducido a un bulto sostenido
entre su codo y su cuerpo.
—Entonces… —digo, y jugueteo con la cuchara del helado
que acaba de comprarme—. Nacido en Zaragoza, criado por su
madre, Nicole Astori; no Avallone. Astori. —Hago énfasis como él lo
hizo al contármelo—. No conoció a David Avallone, su padre, hasta
que tuvo dieciséis… ¿Y eso es por qué…?
—Porque se divorció de mi madre cuando estaba embarazada
de mí. Él no planeaba tener más hijos de los que ya había tenido en
su primer matrimonio y, cuando mi madre se embarazó, se marchó.
—Se encoge de hombros—. Debo aclarar que no le guardo rencor
por eso.
—¿Cómo fue su relación con él?
Se encoge de hombros.
—Al principio fue una mierda. Yo era un mocoso resentido.
Creía que me había abandonado, cuando en realidad solo se separó
de mi madre. Él trataba de buscarme, pero yo nunca acepté verlo
hasta que estuve más grande y fui curioso —dice—. Supe que quería
trabajar en el negocio familiar la primera vez que hablé en serio con
él y me di cuenta del impresionante esfuerzo que siempre hizo por
sacar adelante sus empresas. —Algo cambia en su gesto, pero no
logro averiguar qué es con exactitud—. Recuerdo que, al semestre
siguiente, ya estaba listo para entrar a la universidad y estudiar
economía.
Caminamos en silencio un par de calles más.
—¿Y usted? ¿Cuándo supo que quería dedicarse a la
escritura?
Su pregunta me toma con la guardia baja. Yo, pese a eso, me
tomo mi tiempo para saborear el chocolate helado mientras pienso
en mi respuesta.
—Cuando tenía diez años, mi mamá me compró mi primer
libro —digo—: Harry Potter y la piedra filosofal. Cuando lo terminé,
estaba tan obsesionada, que escribí una historia corta acerca de un
romance entre Harry y Hermione. Era horrible. —Hago una mueca—,
pero, a partir de ahí, empecé a escribir cientos de historias cortas.
Tenía mis libretas escolares llenas de cuentos sin terminar, escenas
que me venían a la cabeza, versos, diálogos… —Sacudo la cabeza
en una negativa al recordar cuán malo era todo eso que tanto me
gustaba escribir.
—¿Qué es tan gracioso? —La curiosidad tiñe el tono de Gael y
es hasta ese momento, que me percato de la sonrisa idiota que llevo
en los labios.
Esta vez, mi sonrisa se ensancha tanto, que muestro todos mis
dientes.
—Es que todo lo que escribía en ese entonces era tan malo…
—me quejo, al tiempo que suelto un suspiro.
Un silencio cómodo se instala entre nosotros durante unos
instantes.
—Cuando tenía quince me di cuenta de que esto era a lo que
quería dedicarme —continúo—. Luego de darme cuenta de la
cantidad de fanficciones que tenía sobre Harry Potter y de lo mucho
que disfrutaba hacer todo aquello, supe que esto era lo que quería
hacer el resto de mi vida.
—Harry Potter —dice, al cabo de unos segundos, y siento la
burla en el tono de su voz.
—¡Oh, cállese! —escupo, pero no he dejado de sonreír—.
Harry Potter nunca pasa de moda.
—Tengo todos los libros. —Sonríe un poco, pero luce
avergonzado—. Es mi pequeño secreto.
—Ya no es un secreto si lo sé yo —observo.
—Confío en que sabrá guardarlo.
Hago una mueca de desagrado.
—Eso no es justo —me quejo—. Utiliza la culpa en mi contra
para que así no se lo cuente a nadie. Ahora cada vez que quiera
decirle a alguien: «Oh, Gael Avallone es fan secreto de Harry
Potter», voy a sentirme culpable. ¡Usted es una persona horrible!
Una carcajada ronca y profunda brota de su garganta.
El calor inunda mi pecho, haciéndome sonreír un poco más. El
sonido de su risa es tan honesto, que no puedo creer que un tipo tan
cuadrado sea capaz de reír de esa forma.
—Tamara, es una chica bastante peculiar, ¿se lo han dicho? —
dice, medio riendo.
—Muchas veces —bromeo—, gracias.
—El mundo debería estar lleno de personas como usted. —Su
expresión se ensombrece ligeramente con… ¿nostalgia? —. Sería
un lugar bastante agradable.
—Deje de adularme —digo, mientras ignoro por completo el
cambio en sus facciones—. De cualquier modo, voy a terminar
divulgando acerca de su afición por Harry Potter.
Otra pequeña risa brota de sus labios y niega con la cabeza.
—Tenía mucho tiempo sin caminar por una calle sin rumbo
alguno. ¿Tiene idea de cuántas reuniones he perdido esta tarde por
su culpa? —dice, luego de otro momento de caminata silenciosa.
—¿Le desagrada caminar sin rumbo? —Evado la culpa que
trata de colocar sobre mis hombros con otra pregunta.
Me dedica una mirada cálida y niega con la cabeza.
—No cuando la compañía es agradable.
Mi corazón hace una floritura extraña y reprimo otra sonrisa.
Muerdo la parte interna de mi mejilla para evitar hacer un
comentario idiota que arruine la comodidad y familiaridad que hemos
entablado. Soy muy dada a arruinar esta clase de momentos con
algún comentario sarcástico o fuera de lugar y no quiero arruinarlo
ahora. No cuando he descubierto que Gael Avallone no es tan
desagradable como pensaba. No cuando tenía tanto tiempo sin
sentirme así de bien alrededor de alguien.
Capítulo 4

Mis dedos presionan las teclas de mi vieja com-putadora, al tiempo


que trato de plasmar por escrito todo aquello que Gael Avallone me
contó. Trato, también, de asegurarme de no pasar por alto todos
aquellos gestos y expresiones que suele hacer una y otra vez sin
percatarse.
Trato de describir, de manera fresca y fácil, la for-ma en la que
retira el cabello lejos de su rostro a pesar de que está perfectamente
estilizado; la postura erguida y elegante que suele tener todo el
tiempo, la sonrisa torcida e imperfecta de sus labios, esa mirada
curiosa que suele poner cuando te presta especial atención; la forma
en la que inclina la cabeza cuando captas su interés con algún
comentario, la manera en la que frota su barbilla de manera
descuidada, como si tratase de rascar una fina capa de vello que no
existe… Trato de dibujar con palabras todos esos pequeños gestos
que hace sin darse cuenta y que resultan extrañamente
encantadores. Humanos. Reales.
Cuando termino, leo los párrafos escritos y hago un par de
cambios en el proceso. No estoy empezando a escribir el libro
todavía, pero, de todos modos, trato de ser meticulosa y exigente
con esto. Necesito que la información sea lo más clara posible. Soy
un desastre andando, así que debo ser muy organizada para
facilitarme el trabajo más delante. No creo ser capaz de recordar
todos los detalles cuando necesite traerlos de vuelta a la superficie,
así que debo plasmarlos ahora antes de que se vuelvan borrosos e
imprecisos.
Me encantaría que, quien lea esto, se dé cuenta de la esencia
de Gael desde el inicio. Quiero que este libro sea lo más honesto
posible, en todos los aspectos imaginables. Que el mundo entero sea
capaz de visualizar al magnate desde un punto de vista más tangible
y, para conseguirlo, no puedo pasar nada por alto.
Al terminar mi exhaustiva revisión, abro el buscador de internet
en mi computadora y tecleo: «Gael Avallone» en él. El desplegado
de información que aparece al instante, me abruma un poco, pero no
dejo que eso me intimide.
Abro el primer enlace y leo el artículo. Habla acerca del exitoso
negocio que ha cerrado con una de las compañías petroleras más
importantes de América Latina y de cuán entusiasmado se siente
acerca del nuevo mercado en el que incursiona.
Otro artículo es abierto.
Este habla sobre la corta —pero exitosa— trayectoria del
magnate al mando de Grupo Avallone. No dice mucho en realidad.
Solo hace un resumen de todo lo que ha logrado en sus años a la
cabeza del emporio que maneja.
Más artículos aparecen y todos ellos hablan de lo mismo. No
hay otra cosa más que reportajes que hablan acerca de trivialidades,
negocios, éxitos, dinero y acciones. Me queda claro que el tema de
su vida personal no puede ser tocado por nadie, ya que no hay ni un
solo párrafo dedicado a hablar sobre eso en ningún lado.
Un suspiro agotado brota de mis labios y selecciono el
apartado que cita «imágenes» en el recuadro del buscador.
Cientos de fotos aparecen: él estrechando la mano de otro
hombre enfundado en un traje caro, él con la mirada fija en la
cámara, él con decenas de empresarios... Su rostro luce extraño en
la pantalla. Como si fuese un completo desconocido. Una persona
que luce como alguien que conoces y, al mismo tiempo, como
alguien a quien nunca has visto en tu vida.
Deslizo el cursor poco a poco por encima de las tomas y,
mientras lo hago, me doy cuenta —con una mezcla de irritación y
decepción— de que la cámara no le hace justicia en lo absoluto. No
logra captar la fuerza de sus impresionantes ojos castaños y la
seguridad que emana de cada poro del cuerpo. Incluso, me molesta
el hecho de que la sonrisa que hay dibujada en esas imágenes luce
ensayada y falsa.
La rigidez de su cuerpo dista mucho de ser parecida a la
postura desgarbada y cómoda que mantuvo mientras caminábamos
por la calle y eso no hace más que llenarme el pecho de sensaciones
contradictorias.
Una parte de mí se siente satisfecha por haber logrado sacarlo
de ese aire arrogante que suele tener. No creo que muchas personas
sean capaces de conocer ese lado del magnate; sin embargo, otra
parte, esa que detesta las apariencias, está indignada con él por
fingir ser alguien que no es delante de las cámaras.
«Quizás esa es su verdadera esencia. Quizás sea contigo con
quien fingió, para así ganarse tu confianza y que cedas a sus
peticiones», digo, para mis adentros, pero deshecho el pensamiento
tan pronto como llega. Es absurdo pensar que alguien puede ser así
de cuadrado.
Así pues, sin saber muy bien qué es lo que estoy buscando,
indago un poco más sin encontrar nada que llame demasiado la
atención.
Estoy a punto de darme por vencida a encontrar algo que me
sea de utilidad para la escritura del libro, cuando, de pronto, la veo.
Es una fotografía. Una toma diferente al resto.
La imagen ha sido capturada desde un ángulo extraño, con
una cámara de muy poca resolución; pero, de todos modos, soy
capaz de distinguirlo.
La figura de Gael Avallone se dibuja delante de mis ojos y sé,
por sobre todas las cosas, que se trata de él.
Luce como si caminara. De hecho, me atrevo a apostar que
esa fotografía fue tomada mientras el hombre avanzaba por la acera
en dirección a lo que, parece ser, un restaurante. Viste uno de sus
elegantes trajes y es escoltado por lo que parece ser una docena de
hombres.
A pesar de todas las cosas que parecen ocurrir en una sola
imagen, solo hay una en particular, que hace que no pueda dejar de
mirarla.
—¿Qué tenemos aquí? —musito para mí misma, al tiempo que
una pequeña sonrisa se desliza en mis labios.
En ese momento, enfoco toda mi atención en la mujer —
parcialmente oculta por los hombres que los escoltan— que va con
él.
Es tan rubia como su secretaria, pero sé que no es ella. Esta
mujer luce más elegante. Más… pretenciosa. Todo esto sin contar
que su postura es más estilizada que la de la chica de la recepción
de Gael y que lleva un vestido que podría costar cuatro meses de
renta en el edificio donde vivo.
«A menos que Gael le haya hecho un regalito a su aventura
laboral».
Mi sonrisa se ensancha con el mero pensamiento y sacudo la
cabeza, al tiempo que aumento el tamaño de la imagen para verla un
poco mejor.
—No es su secretaria —murmullo, al tiempo que niego con la
cabeza—. Sé que no es su secretaria.
Mis ojos viajan por la pantalla y se posan en el enlace que
abre la página a donde fue subida. Luego, guío mi cursor hasta él y
presiono hasta que se abre en una ventana adjunta.
Un artículo se despliega ante mis ojos, y leo con rapidez. El
reportero amarillista habla acerca de cómo siguió a Gael Avallone
hasta un prestigioso restaurante y lo fotografió con esa hermosa
mujer; quien, aparentemente, es la hija de un empresario mexicano
muy famoso o algo por el estilo.
Se especula demasiado acerca de un romance entre ellos,
pero la fuente no es capaz de afirmar nada.
En ese momento, y sin terminar de leer lo que el reportero ha
escrito, me apresuro a deslizar el cursor hasta la parte inferior del
desplegado y comienzo a leer los comentarios.
La gran mayoría de ellos son de mujeres. Unas parecen
encantadas con la idea, mientras que otras más parecen repudiarla
por completo.
Una pequeña sonrisa incrédula se dibuja en mis labios y niego
con la cabeza, al tiempo que hago una nota mental para preguntar
acerca de esto mi próxima reunión con él.
Este será un muy buen tema de conversación para mantener
la próxima vez que nos veamos.
Entonces, sin más, cierro la ventana.
Mi teléfono celular suena a los pocos segundos, así que me
estiro en la cama para alcanzar el aparato. Ni siquiera me molesto en
mirar la pantalla cuando respondo.
—¿Diga?
—¡Tamara, cariño! —La voz de mi madre llena el auricular—.
¿Cómo estás?
—Hola, mamá —presiono el aparato entre mi hombro y mi
oreja mientras apago mi computadora—, todo en orden por aquí,
¿qué tal todo por allá?
—Todo excelente —dice—. Tu papá está encantado con la
idea de quedarse otra semana en el pueblo, pero yo muero por
volver a la ciudad. Es una lástima que no hayas podido
acompañarnos.
Una sonrisa se dibuja en mis labios y me recuesto sobre las
almohadas de mi cama.
—¿Cuándo regresan?
—El sábado por la tarde. Estaba pensando en organizar una
comida; ya sabes, para invitar a Natalia y a Fabián y convivir un rato
—parlotea.
Ruedo los ojos al cielo.
—Sí —el sarcasmo tiñe mi voz—, como si fuese sencillo
convivir con Fabián.
—¡Tamara! —La reprimenda en el tono de su voz hace que mi
sonrisa se ensanche—. ¡Es el esposo de tu hermana!
—¡Y es un imbécil! —exclamo, con fingida indignación—. Ser
el esposo de mi hermana, no le quita lo idiota.
La risa de mamá estalla del otro lado de la línea y no puedo
evitar reír con ella.
—Nunca cambiarás, ¿no es cierto?
—Me temo que no —admiro—. Como sea… Tengo algo que
hacer el sábado al mediodía. —Cambio de tema rápidamente, antes
de que trate de convencerme de darle otra oportunidad al asno que
mi hermana tiene por marido—. Cosas del trabajo. La buena noticia
es que me desocuparé temprano. Puedo ir a verlos un rato en cuanto
esté libre.
—De acuerdo —dice y puedo imaginarla sonriendo con
satisfacción—. Te esperaremos.
El silencio se apodera de la línea durante unos instantes
porque no sé qué decir. No sé cómo llenar el espacio extraño que
comienza a crearse entre nosotras.
—Tamara, sé que no te gusta hablar de esto, pero necesito
saber.
—Mamá… —La advertencia en mi voz es palpable y, por unos
instantes, me veo tentada a colgar al teléfono.
—Tamara, por favor —suplica—. Solo necesito saber si has
estado tomando tus medicinas.
—¡Jesús, mamá! —La irritación invade el tono de mi voz. Todo
el buen humor se esfuma en cuestión de segundos y, de pronto, la
idea de finalizar la llamada no suena tan descabellada.
—¡Solo pregunto, cariño! ¡Me preocupo por ti! —La angustia
tiñe su voz—. Solo quiero saber si estás cuidándote como se debe.
Si has estado tomándote el medicamento.
Un nudo se instala en la boca de mi estómago y mis ojos se
cierran con fuerza, mientras inhalo y exhalo con lentitud.
Sé que se preocupa por mí. Sé que yo tuve la culpa de que la
sobreprotección se hiciera presente en nuestras vidas; pero no
puedo evitar sentirme enojada y molesta con sus confrontaciones
constantes.
—Lo he tomado, mamá —digo, finalmente. Trato de sonar
serena, pero un filo tenso se filtra en mi voz.
—Bien. —El alivio con el que habla, no me pasa desapercibido
—. El doctor Madrigal dice que ha visto mucha mejoría en ti. No
sabes lo felices que estamos tu papá y yo.
—Mamá, deben dejar de preocuparse por eso. —Sueno más
desesperada de lo que pretendo—. No voy a volver a hacerlo. Lo
juro. No sé en qué diablos pensaba.
El silencio me hace saber que no me cree y eso solo me hace
querer estrellar la cabeza contra el muro una y otra vez hasta quedar
inconsciente.
—Mamá, lo prometo. —Mi tono de voz se suaviza, de modo
que sueno casi como ella cuando trata de tranquilizarnos—. Confía
en mí. Por favor.
Un suspiro entrecortado brota de sus labios.
—Confío en ti, cariño —dice, al cabo de unos instantes, pero
no le creo en lo absoluto. Sé que no lo hace—. Te amo.
—También te amo, mamá —digo, pero la extraña opresión que
tengo en el pecho no se va—. Te veo el sábado, ¿de acuerdo?
—Hornearé algo para ti. —El tono cariñoso en su voz hace que
el enojo merme un poco.
—Estaré ansiosa por comerme tu despensa.
Una risita aliviada resuena del otro lado de la línea y toda la
tensión se esfuma de mi cuerpo en ese instante.
—Hasta el sábado, cariño.
—Hasta el sábado, mamá.
Sin decir más, finalizo la llamada.
La pesadez dentro de mi pecho es insoportable y tengo que
decirme a mí misma una y otra vez que ella solo se preocupa por mí;
pero no puedo evitar sentirme asfixiada con sus constantes
preguntas.
A pesar de eso, no la culpo. Le di un susto de muerte hace un
tiempo y sé que todo ha sido muy duro para ella desde entonces.
Nadie en casa me mira del mismo modo desde que pasó y fue
por eso, precisamente, que decidí mudarme cuando hubo
oportunidad de hacerlo.
Pasó mucho tiempo antes de que mi familia recuperara la
confianza en mí. Mamá me hablaba a cada hora y se ponía como
loca cuando no respondía el teléfono por alguna u otra razón. Papá
venía casi a diario a verificarme y Natalia, mi hermana, me escribía
textos todo el día.
No fue hasta que el psiquiatra les pidió que se detuvieran,
cuando tuve oportunidad de respirar un poco. Estaban volviéndome
loca.
Mis ojos se aprietan con fuerza y tomo una inspiración
profunda, mientras trato de ahuyentar los recuerdos oscuros lejos de
mi sistema.
«Ya no eres esa chica, Tamara. Eres mejor que eso. Eres
mejor que cualquier cosa que alguna vez fuiste. Eres más fuerte que
nunca. Eres más fuerte que nadie», me repito por centésima vez esta
semana y eso aminora la opresión dentro de mi pecho.
Una vez calmada la sensación de desazón que me invade,
dejo mi computadora sobre la mesa de noche y me levanto de la
cama para apagar la luz de la habitación.
Gael Avallone me mira fijamente desde el otro lado de su
escritorio.
Desde que llegué a su oficina, lo único que ha hecho es
observarme como si estuviese delante de una completa
desconocida.
He tratado de hacerlo enojar con comentarios sarcásticos y
preguntas fuera de lugar, pero no he obtenido el resultado deseado.
La frustración se ha apoderado de mi sistema poco a poco, pero he
mantenido mi expresión en fresca en todo momento.
El hombre me ha hablado acerca de su familia, su infancia y su
adolescencia sin objetar ni una sola vez. Me ha contado más cosas
de las que esperé que me contara y no se ha negado ni un solo
momento a responder a mis preguntas.
Sé que debería de sentirme feliz por tener su cooperación.
Que debería estar encantada con el progreso obtenido el día de
hoy… pero no lo hago.
Hay algo erróneo en la forma en la que me mira. Hay algo
incorrecto debajo de esa capa de serenidad que lo envuelve.
Es como si me mirara con ojos distintos. Como si no pudiese
ver en mí a la chica con la que comió una hamburguesa de
McDonald’s.
Garabateo la respuesta que me dio acerca de la pregunta que
acabo de hacerle y golpeo el bolígrafo en la hoja repleta de
anotaciones que se extiende frente a mí, antes de mirar el reloj en mi
teléfono. Nos quedan poco más de cinco minutos de sesión y me
siento decepcionada por eso. Esta reunión, en definitiva, no ha sido
tan interesante como creí que sería.
—Creo que esto sería todo por hoy —anuncio, sin despegar la
vista de los garabatos en mi libreta. Trato de no sonar decepcionada,
pero lo hago de todos modos.
Me coloco el cabello detrás de las orejas y alzo la vista para
encararlo. De pronto, su expresión serena se tiñe de algo que no soy
capaz de distinguir.
— ¿Puedo preguntarle algo, señorita Herrán? —dice, tras un
silencio largo y tirante.
—Claro —respondo, sin poner mucha atención. Guardo mis
cosas dentro de mi bolso de manera descuidada, mientras espero
por su cuestionamiento.
— ¿Me puede decir porqué estuvo en un hospital psiquiátrico?
Toda la sangre se drena de mi rostro en el momento en el que
las palabras abandonan su boca. Un ligero temblor se apodera de
mis manos y aprieto los dientes con fuerza. Mi corazón se detiene
una fracción de segundo para reanudar su marcha a una velocidad
antinatural y, por un segundo, creo que voy a vomitar.
«No, no, no, no, no… Esto no está pasando. Esto. No. Está.
Pasando».
A pesar de la revolución de mi cuerpo, trato de lucir casual
cuando alzo la vista para encararlo.
Apenas puedo respirar. Apenas puedo mantener el temblor de
mis manos a raya.
—Muy gracioso. —Trato de fingir demencia, y agradezco a mi
voz por no fallarme—. Nunca he estado en un psiquiátrico, aunque
así lo parezca.
—Tamara, estoy hablando en serio. —La severidad en su
expresión hace que mis entrañas se revuelvan—. Sé que estuvo en
un psiquiátrico durante casi dos meses, hace más de un año y
medio.
No sé qué decir. No sé cómo demonios voy a salir de esta sin
parecer una completa imbécil. No se supone que él deba saber algo
así.
«¿Cómo se enteró, de todos modos?».
—¿Me investigó? —Las palabras me abandonan antes de que
pueda detenerlas y sueno más indignada de lo que pretendo.
Ahora es él quien luce fuera de balance.
Su mandíbula angulosa se aprieta, pero su expresión se
mantiene inescrutable.
—Investigo a todo el que trabaja para mí, Tamara —dice, al
tiempo que coloca sus codos encima del escritorio—. Es una
cuestión de seguridad.
—Yo no trabajo para usted —escupo, con más brusquedad de
la que espero.
Sus cejas se alzan con incredulidad.
—¿Está a la defensiva?
—¡Por supuesto que estoy a la defensiva! —espeto y me
pongo de pie—. ¡Dios! ¿Qué está mal con usted? No puede ir por la
vida invadiendo mi privacidad. ¿Con qué derecho lo hizo?
—¿Por qué se altera de esta manera? —Se levanta y
comienza a rodear el escritorio—. Si está aquí ahora es por algo. No
pienso que esté fuera de sus cabales ni nada por el estilo. Solo trato
de entender qué demonios hacía una chica como usted en un
maldito hospital psiquiátrico.
El pánico se arraiga en mi sistema, pero me aferro a toda la
rabia que ha invadido mi cuerpo para mantener todas mis piezas
juntas.
—Exige que respete su vida personal, pero usted va y se
inmiscuye en la mía. —Una risa cruel me brota de la garganta—. No
voy a decirle absolutamente nada sobre los motivos por los cuales
pisé ese sanatorio mental. No es de su incumbencia.
Me giro sobre mis talones y me precipito hacia la puerta.
Necesito salir de aquí. Necesito un poco de aire. Necesito escapar
de la oleada de recuerdos que amenaza con desgarrarme a
pedazos.
«¿Es que acaso siempre tienes que salir huyendo de este
hombre?», me reprimo, y me las arreglo para seguir avanzando.
Mi mano se cierra en el pomo de la puerta, y la abro. De
pronto, un par de manos se estrellan en la madera a mis costados y
la puerta de la oficina se cierra con brusquedad. Un chillido asustado
brota de mi garganta, mis ojos se aprietan con fuerza y mi
respiración se acelera.
Aliento caliente golpea mi oreja y un escalofrío recorre mi
espina dorsal. El aroma a perfume y loción para afeitar invade mis
fosas nasales en ese momento.
Manos grandes y fuertes se aprietan contra la puerta y todo mi
cuerpo se estremece ante la oleada de calor que se apodera de mi
cuerpo con la cercanía de Gael Avallone.
—No vas a salir de aquí hasta que me lo digas, Tamara —
susurra. Su voz ronca, pastosa y profunda llena mis oídos y mis
entrañas se estrujan con violencia. No puedo pasar por alto que ha
dejado de hablarme de «usted».
—No tiene derecho de hacerme esto. —Quiero golpearme por
sonar así de insegura. Quiero golpearme por sonar así de vulnerable.
—Solo quiero saber por qué. —La frustración tiñe su tono—.
No saberlo me está volviendo loco.
Lágrimas reales queman en la parte posterior de mi garganta y
no puedo hacer nada para deshacer el nudo en la boca de mi
estómago.
«Estoy jodida. Completamente, jodida».
Giro sobre mi eje, de modo que quedo justo frente a él.
Su cuerpo se encuentra inclinado hacia adelante, sus manos
me aprisionan contra la puerta y me siento intimidada por la corta
distancia que separa nuestros cuerpos.
Es entonces, cuando me doy cuenta de cuán alto es. Me
siento pequeña cuando me acorrala de este modo y, al mismo
tiempo, no puedo dejar de sentirme fascinada por este hecho. Hacía
mucho tiempo que no me sentía así de… indefensa.
—Es un ser detestable —digo, en un susurro.
—Tú también eres un dolor en el culo, Tamara. —Una media
sonrisa tensa se dibuja en sus labios—. Ahora dime: ¿Por qué?
No quiero decírselo. No quiero contarle porque va a haber más
preguntas. Va a intentar saber más, y yo no quiero que lo haga. Lo
único que quiero, es enterrar esa parte de mi vida en lo más
profundo de mi memoria.
—No puede obligarme a decírselo. —Mi voz sale en un
susurro ronco e inestable.
—Prometo que no voy a juzgarte —dice, en un susurro amable
y la calidez de su tono invade mi pecho—. Solo necesito saber.
Me obligo a mirarlo a los ojos. Su expresión serena luce cada
vez más descompuesta y la fascinación y el miedo aumentan otro
poco.
Una inspiración profunda es inhalada por mis labios, y hago
acopio de toda mi dignidad para no apartar la mirada mientras, por
primera vez desde que salí del sanatorio mental, digo:
—Traté de suicidarme hace casi dos años, señor Avallone.
Capítulo 5

Ojos ambarinos me miran con intensidad. La expresión en el rostro


del hombre frente a mí es ve-hemente, pero indescifrable al mismo
tiempo y, no me atrevo a apostar, pero creo que he visto un destello
de incredulidad filtrándose en su rostro.
Gael Avallone me mantiene acorralada entre su cuerpo y la
puerta de su oficina y la distancia que nos separa es tan pequeña,
que puedo sentir el calor que emana su anatomía. El aroma a
perfume caro y cigarrillos inunda mis fosas nasales, y lo único que
puedo hacer en este momento, es sostenerle la mirada.
Mis rodillas tiemblan, el corazón me late tan fuerte que temo
que sea capaz de escucharlo, mi garganta se siente seca y rasposa
y, ahora mismo, lo único que deseo es poner distancia entre
nosotros. Tanta como sea necesaria. Tanta como sea posible.
Necesito pensar con claridad y su cercanía me lo impide. Me
aturde. Me paraliza.
Gael inclina el rostro ligeramente con curiosidad, como si
estuviese observando al ser más extraño del planeta; y su ceño —
profundo y duro— se frunce en señal de confusión.
—¿Intentó suicidarse? —Su voz suena áspera y ronca, y el
recelo que hay en ella es tan grande, que me siento un poco
ofendida por la manera en la que pronuncia las palabras—. Está
intentando jugar conmigo, ¿verdad?
El nudo en la boca de mi estómago se aprieta otro poco.
No puedo culparlo por creer que estoy jugando con él. No es la
primera persona que reacciona de esta manera, no obstante, no
puedo evitar sentir que está burlándose de mí. Que está tomándolo
todo como un chiste.
—¿Tengo cara de estar bromeando? —Una sonrisa forzada y
carente de humor se apodera de mis labios y tengo que morder la
punta de mi lengua para evitar agregarle la palabra «imbécil» a mi
oración.
La expresión asombrada y horrorizada que se dibuja en su
rostro hace que me sienta enferma. Quiero cavar un agujero en la
tierra y meterme ahí hasta que todo esto pase. Quiero volver el
tiempo al momento en el que accedí a escribir la biografía de este
hombre y rechazarlo todo.
La humillación que siento es insoportable. Lo único que me
mantiene mirándole a los ojos, es el maldito orgullo de mierda que
nunca me ha permitido bajar la guardia con nadie. Que nunca me ha
permitido huir de situaciones como estas.
—¿Por qué?
La pregunta me saca de balance. Es la primera vez que
alguien lo hace y eso me descoloca de sobremanera.
La gente asume que haces ese tipo de cosas por los motivos
más erróneos existentes. Te etiquetan como «demente» o
«inestable» solo porque no pueden comprender qué fue lo que te
orilló a hacer algo así. Nadie es capaz de comprender si no se
encuentra en la misma situación que tú. Si no siente de la misma
forma que tú.
Nos han dicho una y mil veces que todos los seres humanos
somos diferentes, pero que tenemos los mismos derechos. Que
todos valemos lo mismo y que, al mismo tiempo, somos únicos e
irrepetibles… A pesar de eso, el mundo se empeña en despreciar a
aquellos que no piensan o reaccionan de la misma forma que lo
harían la mayoría de las personas. Se empeña en odiar lo que no
comprende y tacharlo de equívoco solo por ser diferente.
Y así, el ser humano se ha hundido en esta espiral de doble
moral de la que es incapaz de salir, porque todo lo critica. Todo lo
cuestiona.
Si no crees en el mismo Dios que el resto, tus creencias son
están equivocadas. Si no crees en ninguna clase de Dios, vas a ir al
infierno. Si tu orientación sexual es distinta a la de los prestablecidos
por los estándares sociales, eres criticado y satanizado. Si tu manera
de ver la vida es diferente a la de la persona que está junto a ti, toda
tu vida está basada en una filosofía equivocada.
La gente no entiende que todos somos diferentes y que los
motivos que pueden llevar a una persona a intentar quitarse la vida
pueden no ser suficientes para otras. La gente no entiende que el
peso de la cruz que cargamos sobre la espalda es distinto para todos
y que, a unos, a veces, esa cruz nos pesa tanto que lo único que
deseamos es rendirnos.
—¿Cree que tiene derecho de venir aquí a acorralarme e
interrogarme? —Las palabras salen de mi boca en un siseo enojado
—. ¿Quién demonios cree que es? —escupo—. Agradezca que no
he estrellado mi rodilla en su entrepierna. Es lo menos que se
merece por entrometido.
—Tamara, solo quiero entender por qué coño…
—No hay absolutamente nada que entender —lo interrumpo—.
Deje de actuar como un psicópata y deje que me marche.
—Puedes confiar en mí, Tamara. No voy a juzgarte. —La
suavidad en el tono de su voz hace que mi corazón se estruje.
«No voy a ablandarme. No con alguien como él».
—No somos amigos —cito sus palabras—. No tengo
necesidad alguna de hablar de mi vida personal con usted, porque
no somos amigos. Tampoco quiero que lo seamos.
—Tamara…
—Déjeme ir. —Trato de sonar exigente, pero sueno más bien
suplicante.
Su mandíbula se aprieta con fuerza y un músculo sobresale en
su quijada. Con todo y eso, termina apartándose de mi camino. El
alivio que invade mi cuerpo con la distancia que impone entre
nosotros es abrumador.
Odio sentirme vulnerable y Gael Avallone saca a la niña
insegura que he luchado por enterrar desde hace mucho tiempo. No
puedo permitir que se dé cuenta de cuánto me afecta tenerlo cerca.
No puedo permitir que mis muros se derrumben. No cuando he
tardado tanto tiempo construyéndolos a mí alrededor. No cuando he
trabajado tanto por ser quien soy ahora.
Me giro sobre mis talones y abro la puerta.
Estoy desesperada por salir de aquí, así que apresuro el paso
hasta llegar a la recepción de la enorme oficina, justo donde Camila,
su secretaria, se encuentra.
La mirada cautelosa y alarmada que dedica hacia un punto
detrás de mi cabeza me hace saber que el magnate ha venido detrás
de mí. Eso solo hace que quiera salir corriendo de este lugar.
—¡Tamara! —El sonido de su voz a mis espaldas me pone la
carne de gallina. Mis ojos se cierran y aunque no quiero hacerlo, me
obligo a tomar una inspiración profunda para encarar al hombre
detrás de mí.
—¿Qué? —escupo, y sueno más dura de lo que pretendo.
—Nos vemos el jueves —dice, pero suena más como una
pregunta que como una afirmación.
Quiero decirle que no, que no va a volver a saber de mí; que
cruzó una línea que ni siquiera debió atreverse a buscar y que es
algo que no voy a pasar por alto… pero no lo hago. No hago más
que mirarlo durante lo que parece ser una eternidad.
—Nos vemos el jueves —digo, al cabo de unos tortuosos
instantes y, sin darle oportunidad de decir nada más, le dedico un
asentimiento de cabeza.
Acto seguido, le regalo una sonrisa forzada a su secretaria y
me precipito fuera del lugar.

No me siento a salvo hasta que salgo del enorme edificio, pero la


revolución en mi cabeza apenas empieza.
Los recuerdos amenazan con volver a la superficie y, en ese
momento, mi mente comienza a buscar a toda velocidad algo en qué
concentrarse. No lo consigue. No logra mantener las imágenes
aterradoras y tortuosas que se proyectan como flashes en mi
subconsciente.
Trato de reemplazarlos con otra clase de memorias y, poco a
poco, empiezo a seleccionar todo eso que alguna vez me hizo
inmensamente feliz: los abrazos de mi madre, los consejos de mi
padre, las charlas nocturnas con Natalia, las salidas clandestinas con
Fernanda… Poco a poco, me encargo de llenarme el pensamiento
de puros recuerdos amables y dulces y, en el proceso, respiro
profundo una y otra vez para aminorar el golpeteo del latir desbocado
de mi corazón.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que sea consciente de mí
misma una vez más. Antes de que vuelva a sentirme cómoda en mi
propia piel, pero, cuando lo hago, comienza otra clase de tortura. Esa
que es más fácil de sobrellevar, pero que igual es molesta. Esa que
implica llenarme la cabeza de las palabras que Gael Avallone
pronunció hace unos momentos dentro de su oficina, y que no hace
otra cosa más que llenarme de vergüenza, arrepentimiento y enojo.
Si bien me he empeñado en suprimir los recuerdos extraños,
no puedo dejar de pensar en el hecho de que Gael se ha enterado
de algo que me hubiese gustado mantener en secreto. De algo que
me hace sentir incómoda conmigo misma en muchos niveles.
«Por eso se comportó como lo hizo».
De pronto, me siento invadida. Como si hubiesen irrumpido en
mi apartamento solo para hurgar entre mis pertenencias. Como si
hubiesen abierto sin permiso aquella puerta en mi cerebro donde
guardo todo eso que deseo enterrar en lo más profundo de mi
memoria y, no conforme con ello, como si la hubiesen vaciado en el
suelo para ver el contenido.
Todo comienza a tomar otro sentido en el momento en el que
la realización cae sobre mis hombros. Ahora está más que claro que
las miradas extrañas, el ensimismamiento y la atención excesiva
eran debido a eso. Eran gracias a lo que traté de hacer hace casi dos
años.
Mi mandíbula se aprieta con fuerza, y me obligo a avanzar por
la calle atestada de gente. No sé cómo sentirme respecto a Gael
Avallone. Quiero estar molesta e indignada, pero en realidad estoy
preocupada y angustiada.
Me aterra lo que pueda llegar a pensar de mí ahora que lo
sabe. Me aterra que saque conclusiones precipitadas y tenga un
concepto equivocado de mi persona.
«¿Por qué mierda te importa lo que ese tipo piense?», me
reprimo y sacudo la cabeza en una negativa furiosa.
—Eres una idiota, Tamara —digo, para mí misma y aprieto el
paso.
Una inspiración profunda y temblorosa es inhalada por mi nariz
y trato de tranquilizarme mientras me pregunto qué es lo que voy a
hacer. No puedo seguir con esto. No puedo seguir reuniéndome con
él después de lo que ha pasado.
Sé que no va a pasar por alto lo que ocurrió. Que va a querer
saber más y que yo no estoy dispuesta a darle lo que quiere.
No voy a permitir que se entrometa en mi vida. No puedo
permitir que traiga a flote todos esos recuerdos. Ese hombre no va a
regresarme al pozo del que apenas he logrado salir. Tengo que cortar
de tajo con esto. Así tenga que renunciar al libro. Así tenga que
arruinar mi carrera.
Tengo que decirle al señor Bautista que no voy a seguir con
este proyecto.
—¿Entonces escribirás un libro? —pregunta mi mamá, por
centésima vez en lo que va de la tarde y tengo que reprimir las ganas
que tengo de ponerme a gritar de la frustración.
—Básicamente. —Me las arreglo para decir—. No es lo que
deseo escribir, pero podría ser algo muy bueno para mi carrera.
—¿Quiere decir que empezarás a recibir dinero por lo que
escribes? —Fabián, el esposo de mi hermana, me mira con
escepticismo desde el otro lado de la mesa. Una de sus rubias cejas
está alzada con arrogancia y una sonrisa burlona se ha dibujado en
sus labios.
Muerdo la punta de mi lengua para evitar hacer un comentario
despectivo. Muerdo la punta de mi lengua para no seguir mintiendo
como lo hice hace un rato, cuando cometí la estupidez de alardear
acerca de la escritura de una biografía a la que voy a renunciar.
No tuve el valor de decirle a mi mamá que no tengo intención
alguna de continuar con ese circo. No después de que el imbécil de
Fabián dijo que podía ofrecerme un empleo «real» en uno de los
restaurantes de su padre cuando descubriera que las letras no van a
dejarme nada de provecho.
—Quiere decir que, si el libro se vende, recibiré un porcentaje
del dinero de las ventas —digo, después de beber un sorbo de jugo
de uva.
«¿Por qué sigues mintiendo, estúpida?», digo para mis
adentros, pero me las arreglo para lucir despreocupada cuando meto
otro bocado de carne a mi boca.
Fabián suelta un bufido.
—¡Eso es maravilloso, Tami! —Mi hermana, Natalia, interviene
con una sonrisa radiante en el rostro. Ella parece ser la única que no
se da cuenta de lo tensa que está la situación, y eso me hace querer
golpearla y abrazarla al mismo tiempo.
Una media sonrisa avergonzada se apodera de mis labios a
regañadientes y agradezco la calidez de su gesto, aunque que sé
que muy pronto tendré que decirles que la biografía no va a ocurrir.
Al menos, no conmigo como la escritora.
—¡Eso es ridículo! —Fabián habla, de pronto—. ¿Quiere decir
que si el libro no se vende no vas a recibir ni un centavo? ¡Qué
desperdicio de tiempo! Te matarás escribiendo sin saber si realmente
vas a recibir dinero. Elegiste una carrera horrible, Tamara. Vas a
morir de hambre.
Mi mandíbula se aprieta con fuerza y reprimo las ganas que
tengo de gritarle que al menos yo no viviré a costa del dinero de mi
papá. Me limito a concentrarme en masticar la comida que tengo en
la boca y en no decir nada que pueda arruinar la comida para las
personas que sí me importan de esta casa.
Fabián y mi hermana se conocieron hace unos años, cuando
ambos estaban en la preparatoria. La familia del susodicho es dueña
de un restaurante de comida china —lo cual es bastante irónico,
tomando en cuenta que ninguno de ellos tiene descendencia oriental
— muy famoso aquí en la ciudad. El tipo se pasa el día entero
alardeando acerca de cuánto dinero hace en el negocio familiar y
cómo de feliz está por el éxito financiero que posee ahora que está al
mando de todo.
En mi opinión, es un pobre bastardo que tuvo la fortuna de
nacer en una familia holgada económicamente hablando.
Si soy sincera, no sé qué vio Natalia en él. El tipo es un
completo imbécil. Me atrevo a decir que Gael Avallone, con todo y su
arrogancia, es más agradable que el idiota con el que nos
emparentó.
—Es una suerte que tu padre tenga una buena pensión —el
idiota insiste, al cabo de unos largos instantes de silencio—. Podrá
ayudarte si tus libros no se venden.
El coraje se apodera de mi cuerpo en un abrir y cerrar de ojos;
pero, me las arreglo para no hacérselo notar mientras alzo la vista
para encararlo y dedicarle mi mirada más altiva.
—Dame un poco de crédito, Fabián. —Le regalo una sonrisa
hostil y añado, con aire arrogante—: Mis libros van a venderse. Soy
buena en lo que hago.
—Buena o no, la gente hoy en día no lee —afirma—. Yo
apenas si he leído tres libros en toda mi vida.
—Eso explica por qué eres tan idiota. —Las palabras salen de
mi boca sin que pueda detenerlas.
Se hace el silencio.
—¿Qué dijiste? —sisea él, al cabo de unos segundos.
—Leer no es aburrido, ni tedioso. Quien no gusta de una
buena lectura es porque no ha encontrado el libro adecuado para
perderse entre sus líneas. Deberías intentarlo. Quizás puedas
cultivarte un poco. Con suerte, podrías dejar de ser una mierda
ignorante.
«¿Por qué demonios no puedo quedarme callada?».
—¡Tamara! —Mi mamá me reprime.
Papá se lleva el vaso de jugo a los labios para esconder la
sonrisa que lo asalta. Natalia, por su parte, luce más asombrada que
nunca. Su rostro se ha enrojecido varios tonos y, de pronto, luce
como si quisiera echarse a reír. Quizás lo que quiere es echarse a
llorar. A estas alturas, no sabría decir cuál de las dos opciones es la
adecuada.
Mi cuñado se levanta de la mesa y estrella los cubiertos sobre
su plato. Su rostro pálido se ha enrojecido debido a la ira y la
indignación que lo invaden. Yo, sin embargo, me encuentro a la mitad
del camino entre la satisfacción y la vergüenza.
Odio poner en situaciones así a mi familia. Odio hacer sentir
mal a mi hermana. Pero lo que más odio de toda esta situación, es
no sentir remordimiento alguno por lo que acabo de decir.
—¡Esto es increíble! —exclama Fabián—. ¿Es que acaso no
puedes darme un jodido descanso? ¡Lo único que quiero es tener
una comida decente con mis suegros! ¿Es que no puedes dejar de
tratar de humillarme a cada oportunidad? —escupe—. ¡Nadie se
mete contigo por lo que pasó y por la estupidez que cometiste, pero
estás colmándome la paciencia! ¡No eres más que una chiquilla
idiota y mimada, y no voy a tolerar más tu actitud!
Una risa carente de humor brota de mi garganta.
—Yo tampoco tengo por qué soportar que me hables así —
digo. Trato de sonar tranquila y serena, pero no lo consigo—. Eres el
esposo de mi hermana, pero no has hecho nada para ganarte mi
respeto. Si tú no tienes ni siquiera un poco de consideración hacia mi
persona, no esperes que yo la tenga contigo.
—Tamara, basta —Natalia interviene, con tacto, pero lo único
que consigue es hacerme enojar un poco más.
—¡Mi hermano era demasiado bueno para ti! —escupe un
colérico Fabián—. ¡No mereces lo que hizo por ti!
La ira invade mi torrente sanguíneo a una velocidad alarmante
y una punzada de dolor me atraviesa el pecho con sus palabras.
—No metas a Isaac en esto —siseo, con la voz temblorosa por
las emociones—. No sabes que fue lo que pasó. Tú no estuviste ahí.
—¡Te protegió hasta el último minuto! —El esposo de mi
hermana estalla—. ¡Puso tu vida antes que la de él y tú trataste de
suicidarte! ¡¿Así es como lo agradeces?!
Sus palabras calan tanto en mi interior, que apenas puedo
respirar. Las lágrimas arden en mis ojos con tanta fuerza que tengo
que parpadear muchas veces para alejarlas; el dolor dentro de mi
pecho es tan intenso, que apenas puedo soportarlo. Estoy a punto de
quebrarme. Estoy a punto de perder la compostura por completo y,
esta vez, no voy a ser capaz de evitarlo.
«No llores, no llores, no llores, no llores…».
—Vete a la mierda… —digo, en un susurro entrecortado.
—Isaac merecía algo mejor que tú. —La amargura en la voz
de Fabián hace que un escalofrío me recorra entera.
No puedo soportarlo más. No puedo estar aquí ni un minuto
más; así que, sin siquiera pensarlo, me pongo de pie lo más rápido
que puedo y me precipito hacia la salida de la casa. Necesito salir de
aquí. Necesito poner distancia entre ese idiota de mierda y yo.
—¡Tamara! —la voz de mi papá suena a mis espaldas, pero no
me detengo. Ni siquiera lo miro—, ¡Tam, cariño, espera!
Me entretengo unos instantes, mientras recojo mis cosas a
toda velocidad y, en el proceso, mi papá no deja de hablar. No deja
de decirme que no me marche así de alterada. No deja de pedirme
que hablemos.
Ni siquiera lo miro. No hago otra cosa más que encaminarme
hasta la entrada principal a toda marcha.
—Tamara, cariño, sabes que…
—Nos vemos después, papá —digo, sin siquiera girarme para
encararlo y, sin darle tiempo de responder, me echo a andar en
dirección a la calle.
Capítulo 6

Los músculos de mis piernas arden, las plantas de mis pies duelen y
mi garganta se siente seca. Es-toy agotada. Mi cuerpo entero pide
descanso, pero no me detengo. No dejo de caminar. No dejo de
moverme.
Al salir de casa de mis papás, lo primero que hice fue tomar un
autobús. No estaba muy segura de a dónde quería ir, pero todo
parece indicar que mi subconsciente me ha traicionado, ya que me
encuentro caminando rumbo a ese lugar que tanto detesto, pero que
tanta paz trae a mi sistema.
Los enormes arcos de la entrada del cementerio se alzan por
encima de mi cabeza y todo mi valor se va al caño en ese momento.
De pronto, quiero regresar sobre mis pasos y huir. Quiero ir a casa y
meterme en cama para dormir hasta no ser capaz de recordar el día
de hoy.
Con todo y eso, me obligo a seguir. Me obligo a continuar,
porque lo único que he hecho últimamente es huir de todo el mundo.
No puedo seguir haciéndolo más. No puedo seguir haciendo como
que nada pasa. Como que nada pasó.
Avanzo por el camino principal y me abrazo a mí misma
cuando una ráfaga de aire helado me golpea de frente. Las lápidas a
mí alrededor me ponen la carne de gallina, pero me obligo a caminar
sin poner mucha atención a los nombres que hay en las inscripciones
de estas.
Siempre que estoy en este lugar y los leo, comienzo a ponerle
un rostro a todas y cada una de ellas. Después, de manera
inconsciente, empiezo a imaginar qué clase de muerte tuvieron esas
personas en mi cabeza. Es enfermo, triste y deprimente, y odio
hacerlo; así que, para evitarme un mal rato, ya no las miro más. Ya
no leo lo que dicen las inscripciones talladas y las paso de largo para
dejar de torturarme a mí misma con historias que ni siquiera son
reales.
El sonido de mis pasos sobre el camino de grava es relajante.
Me desconectan un poco del mundo exterior y no me dejan hacer
otra cosa más que escuchar el golpeteo rítmico que hacen mis pies,
mientras mi vista se clava en la capilla que se encuentra casi al
fondo de la primera sección.
No me detengo. Por el contrario, mi ritmo aumenta cuando la
cuesta cambia hasta ser una caminata descendiente y ralentiza de
nuevo cuando giro en una familiar glorieta.
El nerviosismo y la pesadez aumentan conforme avanzo, y se
siente como si, poco a poco, el peso del mundo cayera sobre mis
hombros.
Mi mandíbula se aprieta con fuerza cuando me percato de lo
cerca que me encuentro de mi destino y me obligo a respirar
profundo para mantener el latir de mi corazón a un ritmo
acompasado. Mis manos se aprietan en puños, pero trato de
contener la ansiedad y el nerviosismo lo mejor que puedo.
Mis pasos vacilan cuando me encuentro a pocos metros de
distancia, pero no es hasta que avanzo un poco más, que me
detengo en seco.
Siempre hago esto. Siempre me detengo justo en este punto
del camino.
«¿Por qué diablos lo hago?».
Un nudo se instala en mi garganta con una lentitud que se me
antoja tortuosa y, aunque lucho contra él con todas mis fuerzas, no
puedo deshacerlo. Ni siquiera puedo aminorarlo.
Parpadeo un par de veces solo para comprobar que no hay
lágrimas en mi mirada y, de pronto, lo único que puedo hacer es
pensar en él. En su sonrisa, sus manos grandes sobre las mías, sus
brazos alrededor de mi cintura, el sabor de sus besos…
Cierro los ojos.
Una extraña opresión se apodera de mi pecho y una oleada de
tristeza me forma un nudo en el estómago. Luego, abro los ojos una
vez más y clavo la vista en la piedra que representa todo aquello que
perdí y que nunca podré recuperar. En todo eso que alguna vez di
por sentado que me duraría el resto de la vida y que ahora ha sido
reducido a un montón de… nada.
Un suspiro tembloroso escapa de mis labios al tiempo que,
uno a uno, los recuerdos se arremolinan en mi cabeza y comienzan a
paralizarme. Poco a poco, mi cuerpo empieza a ser doblegado por la
marea de imágenes que no dejan de dar vueltas una y otra vez en mi
cabeza, y me siento cada vez más lejos del presente. Cada vez más
víctima del destino y de todo lo que pasó.
«Basta —me digo a mí misma—. Es suficiente, Tamara. Basta
ya».
Tomo una inspiración profunda y dejo ir el aire con lentitud.
Repito el proceso una vez y luego otra hasta que, lenta y
tortuosamente, la máscara de serenidad vuelve a posicionarse sobre
mi rostro.
El nudo en mi garganta desaparece a medida que los
recuerdos van siendo guardados uno a uno en una pequeña caja
sellada en mi memoria. El temblor de mis manos también lo hace al
cabo de unos instantes y, con él, se va el nudo que tengo en el
estómago.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que pueda tomar el control
de mí misma, pero, cuando lo hago, me siento mucho mejor. Me
siento más como yo y menos como esa chiquilla dependiente que
alguna vez permití que existiera.
Mis ojos siguen fijos en el mismo punto, pero la lápida que
hace unos instantes amenazaba con desmoronarme, ahora solo es
una piedra anclada al suelo. Un espacio dedicado a alguien que ya
no está aquí.
Ahí no está Isaac.
Él se fue de aquí hace mucho tiempo. Lo único que hay en ese
lugar, a varios metros bajo tierra, es el cascarón de alguien que
alguna vez existió. Alguien cuya esencia dejó el mundo en el instante
en el que falleció.
Mi teléfono suena en el bolsillo trasero de mis vaqueros y me
saca de golpe de mis cavilaciones.
Me toma unos instantes decidir si vale la pena mirar el aparato,
pero, al final, luego de pensarlo un poco más, lo saco del bolsillo
trasero de mis vaqueros y le echo un vistazo la pantalla. Es mi papá
quien llama así que no respondo.
Me limito a desviar la llamada al buzón, antes de girar sobre
mis talones y echarme a andar hacia la salida del lugar.
Mientras camino, me digo a mí misma que, la próxima vez que
venga a este lugar, voy a llegar más lejos. Que, la próxima vez, será
aquella en la que tendré las bolas suficientes para plantarme delante
de esa tumba y pedir disculpas.
Sé, de antemano, que estoy mintiendo, pero la sola idea de
creer en mis propias palabras me reconforta. Me da la fuerza
suficiente para alejarme de aquí sin sentir que soy la persona más
mierda del planeta. Para no sentirme como una completa
malagradecida con Isaac y con todos aquellos a los que herí en el
pasado.
—El señor Bautista está esperándote en su oficina. —La voz de
Isabel, una de mis compañeras de trabajo, hace que toda la sangre
se me agolpe en los pies.
—Esas cosas no se dicen de esta manera, Isabel —la reprimo,
en lo que pretendo que sea una broma para quitarle la tensión al
ambiente, pero no lo consigo—. Ni siquiera me has dejado encender
la computadora.
La chica de cabello corto y rizado que tengo delante de mí se
encoge de hombros en señal de disculpa.
—Dijo que era urgente y que te dijera que pasaras a verlo en
cuanto llegaras.
Mis párpados se cierran y echo la cabeza hacia atrás mientras
trato de calmar el latir desbocado de mi corazón. Sé por qué está
llamándome. Que todo esto es gracias a Gael Avallone y al hecho de
que tengo más de dos semanas que no visito su oficina. Tampoco he
respondido ni una sola llamada del teléfono de su recepción. Mucho
menos he tenido la decencia de responder los insistentes mensajes
de voz que deja su secretaria en mi buzón.
No he tenido el valor suficiente para plantarme frente a ese
loco controlador para decirle que no voy a escribir más su biografía y
ese, estoy segura, es el motivo por el cual mi jefe quiere verme en su
oficina.
Aprieto la mandíbula y, luego de maldecirme internamente una
y otra vez, me dejo caer sobre la silla giratoria que se encuentra
frente a mi diminuto escritorio.
Entonces, coloco el vaso térmico de mi café sobre la madera y
una exhalación temblorosa me abandona.
—¿Lucía molesto? —pregunto, pero no estoy segura de
querer escuchar la respuesta.
—No parecía muy feliz. —El gesto preocupado que se dibuja
en sus facciones solo consigue ponerme un poco más nerviosa.
—Se acabó —digo, en el instante en el que noto su mueca
ansiosa—. Estoy frita. —Sacudo la cabeza en una negativa frustrada
—. ¿Irás a verme cuando trabaje como cajera en una tienda de
autoservicio? ¿Me llevarás café y me presumirás que has
conseguido un agente para que muera de la envidia? —digo, al
tiempo que me deshago de la mochila que cuelga de uno de mis
hombros.
—Deja el dramatismo. No creo que sea nada grave. El señor
Bautista siempre ha sido increíble contigo. —Mi compañera me
alienta—. Además, ¿qué podrías haber hecho para molestarlo al
grado de querer despedirte?, seguro solo trata de presionarte con
eso de la biografía que vas a escribir.
Una carcajada medio histérica se me escapa y niego con la
cabeza solo porque sé que estoy acabada. Me pongo de pie y tomo
una inspiración profunda, en un intento desesperado por calmar la
ansiedad que ha comenzado a correrme por las venas.
—Fue un placer haber trabajado contigo —digo, porque de
verdad creo que van a echarme—. Despídeme de Laura y dile que
espero que su bebé nazca sano y salvo.
Isabel rueda los ojos al cielo, pero su expresión no ha dejado
de ser un tanto preocupada.
—Anda. Ve. Verás que no es nada importante —dice y le
regalo un asentimiento vacilante, antes de echarme a andar en
dirección a la oficina de Román Bautista.
No puedo dejar de sentir como si estuviese a punto de
ahogarme. Tampoco puedo dejar de pensar en cuán fatal estuve en
el examen que tuve esta mañana y en la enorme montaña de tarea
que tengo que terminar para esta semana. Los finales están
acabando conmigo. No puedo concentrarme en nada, mi cabeza
está tan atiborrada de cosas en este momento, que solo puedo
pensar en ensayos, redacciones, exámenes y proyectos.
Gael Avallone no pudo haber elegido un peor momento para
hacer que me despidan. ¿Es que acaso no podía esperar un poco?
¿Tenía que acusarme con el señor Bautista de haberle dejado
botado en estas fechas? ¡Ese hombre es un desconsiderado!
Estar preocupada por el trabajo es lo último que necesito. Se
supone que este lugar es mi maldito lugar feliz. No puedo creer que
ahora esté al borde de un colapso nervioso solo porque un tipo con
aires de grandeza decidió que podía investigarme para luego
hacerse la víctima delante de jefe.
«Ese hijo de puta…», digo, para mis adentros y una punzada
de enojo comienza a invadirme.
Así, pues, mientras avanzo por el corredor, comienzo a
elaborar un discurso para defenderme de cualquier cosa que el
magnate pudiese haberle dicho al señor Bautista. Repito una y otra
vez los puntos que creo importantes mencionar, y me preparo para
utilizar el gesto más tranquilo y maduro posible para enfrentarme a
él.
Sé, de antemano, que estoy acabada. Que voy a ir a pelear
una batalla que ya tiene un ganador; sin embargo, no voy a dejar que
se me vea derrotada. Ante todo, voy a mostrarme completamente fiel
a mí misma.
La secretaria de Román Bautista me dedica una sonrisa
amable en el instante en el que me detengo delante de su escritorio,
y un retortijón de puro nerviosismo me estruja los intestinos.
—El señor Bautista te espera adentro —dice, sin esperar
siquiera a que la salude. El gesto cálido que me dedica me
tranquiliza un poco.
—Gracias, Gloria. —Me las arreglo para sonar fresca y
tranquila mientras hablo y, sin añadir nada más, me encamino hasta
la puerta.
Mi corazón late a toda velocidad, pero trato de que mis pasos
sean lentos y seguros cuando entro en la espaciosa estancia con
aire seguro y suficiente.
Estoy a punto de saludar con un enérgico y animado «Buenos
días», cuando lo veo.
Gael Avallone se encuentra ahí, sentado en uno de los sillones
de cuero de la estancia, con la vista clavada en mí y expresión
severa.
Mis ojos viajan a toda velocidad por la habitación y la tensión
se fuga de mi cuerpo cuando la visión de mi jefe, justo detrás de su
escritorio, me da de lleno.
—Toma asiento, Tamara —dice, en el tono neutral y tranquilo
que siempre utiliza, y así lo hago.
Acorto la distancia que me separa de las sillas que están
acomodadas frente al escritorio, y me siento en una de ellas con aire
seguro y arrogante. Mi barbilla no baja ni un milímetro en el proceso
y mi mirada jamás viaja hacia donde Gael Avallone se encuentra.
Con todo y eso, tengo la certeza de que está observándome.
Puedo sentir el peso de su mirada puesta en mi perfil, pero no
permito que eso me amedrente. No permito que eso me haga sentir
diminuta o vulnerable.
Se pone de pie.
El hombre que se atrevió a investigarme avanza por la
estancia como si fuese el dueño del lugar y lo inunda todo con su
abrumadora presencia, antes de sentarse en la silla a mi lado. El aire
despreocupado y aburrido con el que se mueve hace que quiera
estrellar mi puño en su rostro.
El señor Bautista se aclara la garganta y no me pasa
desapercibida la mueca incómoda que esboza al notar la postura de
Gael Avallone. No lo culpo ni un poco. El tipo emana una energía
densa y pesada.
Se siente como si su ego se encargase de llenar cada rincón
de la estancia y no hubiese poder humano que pudiera contenerlo.
Como si el tamaño de su arrogancia no cupiera en la habitación y se
desbordase por cada ranura que da al exterior.
—Iré al grano, Tamara. —El señor Bautista habla, al cabo de
unos instantes. Suena tranquilo, pero su postura es tensa. No estoy
muy segura si es debido a la presencia del magnate en su oficina, o
porque realmente está molesto conmigo—. El señor Avallone ha
venido porque dice que has faltado a cuatro de sus citas.
—Cinco —Gael corrige y reprimo el impulso que tengo de
dedicarle una mirada cargada de veneno.
—Cinco de sus citas —mi jefe repite a manera de corrección
hacia sus propias palabras. Después, sacude la cabeza, como si
tratase de espabilarse y recordar lo que iba a decir. Le toma unos
segundos recuperar el hilo de sus palabras—: Dice que, además, no
respondes al teléfono cuando trata de comunicarse contigo.
Silencio.
—¿Es eso cierto? —Mi jefe insiste, cuando nota mi renuencia
a hablar.
—Sí.
Mi voz suena serena y apacible.
Otro silencio lo inunda todo.
—¿Eres consciente de que la Editorial firmó un contrato con él
y que, de no cumplir con lo acordado, podrían demandarnos?
«Sí —digo, para mis adentros—. Definitivamente, mi jefe está
enojado».
Mi pulso se acelera, pero me las arreglo para lucir ligeramente
perdida. Confundida. Inocente.
—En ese contrato no se habla acerca de los términos y
condiciones de nuestras reuniones, ¿no es así? —Sueno afable,
cordial y un tanto cínica mientras hablo, pero no me importa en lo
absoluto—. No se supone que el señor Avallone pueda demandarnos
por faltar a un par de sesiones. Acordamos escribir un libro sobre él y
eso es todo. Los detalles del proceso de escritura no están
estipulados en ese contrato, así que no hay violación alguna del
mismo.
—Tamara…
—Corríjame si estoy mal, señor Bautista —lo interrumpo—,
pero, incluso, yo podría prescindir del privilegio de escribir ese libro y
nada malo ocurriría; siempre y cuando usted consiguiese a otra
persona dispuesta a escribirlo en el tiempo acordado, claro está.
—Sí, pero…
—Entonces, está más que claro, ¿no es así? —Esbozo una
sonrisa cargada de suficiencia—. El señor Avallone no va a
demandarnos. Yo aprovecho, por cierto, para declinar formalmente
este proyecto. No estoy interesada en escribir acerca de lo que un
hombre rico tiene qué decir sobre sí mismo. Creo que lo justo es que
se le dé la oportunidad a otra persona, señor Bautista. A alguien que
de verdad quiera poner todo su empeño en esta biografía.
El silencio que le sigue a mis palabras es tan denso, que bien
podría materializarse en cualquier momento.
—Tamara, usted se comprometió con este proyecto —Román
Bautista me mira con incredulidad—. ¿Qué le ha pasado a su sentido
de la responsabilidad?
—Se fue por el caño cuando este hombre se atrevió a meter
las narices donde nadie le llamaba. —Señalo al magnate, sin
siquiera mirarlo, y esbozo una sonrisa descarada mientras hablo—.
No estoy interesada en trabajar con una persona que, no solo invadió
mi vida personal; sino que, además, me llamó joven e inexperta. Con
una persona que amenazó con dejarme sin empleo con una sola
llamada y que, además, se atrevió a decir que lo único que yo quería
era hacer dinero a sus expensas.
Me siento como una completa hija de puta al moldear la
realidad para mi beneficio, pero no me retracto. Ni siquiera me
inmuto cuando termino de hablar.
Ahora sí que puedo sentir los ojos de Gael Avallone clavados
en mí. Ahora sí puedo sentir toda su atención puesta en mí.
La mueca incrédula de mi jefe es cada vez más grande. La
impresión gravada en sus facciones es tanta, que nos mira de hito en
hito sin pronunciar palabra alguna.
—Entiendo a la perfección si desea que redacte mi carta de
renuncia en este preciso momento, señor Bautista. —Me las arreglo
para mantener firme mi sonrisa mientras hablo, pero un nudo ha
comenzado a formarse en mi garganta—. Lo último que quiero es
tener que ponerlo a elegir entre el proyecto o yo. Está claro que esto
está más allá de su poder, así que no dude ni un segundo en
pedirme que me marche si así lo requiere.
El hombre del otro lado del escritorio abre la boca para decir
algo, pero la cierra de golpe al no tener palabras suficientes. Vuelve
a intentarlo sin obtener el éxito deseado, así que se limita a aclararse
la garganta. Me da la impresión de que no sabe qué diablos hacer.
No lo culpo. Yo tampoco lo haría.
—¿Podría dejarnos un momento a solas, por favor, señor
Bautista? —La voz ronca del magnate lo inunda todo y un escalofrío
me recorre el cuerpo.
—Yo… —mi jefe comienza y, luego de eso, balbucea algo
ininteligible y niega con la cabeza.
—Serán solo unos minutos —Gael insiste y aprieto los puños
sobre mi regazo.
Mi jefe me mira con gesto interrogativo casi al instante. Sé que
trata de saber si estoy bien con la posibilidad de quedarme a solas
con el hombre que se encuentra a mi lado.
—No estoy interesada en responder cualquier pregunta que
pueda llegar a tener sobre nuestra última conversación, señor
Avallone.
Por primera vez, me obligo a encararlo.
Los ojos ambarinos del magnate me sostienen la mirada y mi
pulso se acelera otro poco.
—Tampoco estoy interesado en hablar acerca de sus
problemas personales, Tamara. Lo que tengo que hablar con usted
no tiene absolutamente nada que ver con eso.
—Diga lo que diga, he tomado mi decisión.
—Aun así, quiero hablar con usted.
Aprieto la mandíbula.
—De acuerdo —mascullo, al cabo de un largo momento y me
dirijo al señor Bautista antes de asentir, en un gesto que él toma
como su señal de salida.
El silencio se apodera de la estancia cuando mi jefe abandona
el lugar, pero Gael Avallone no hace nada por romperlo. Ni siquiera
se mueve de su sitio para encararme.
Yo tampoco me muevo de donde me encuentro. Lo único que
me atrevo a hacer, es clavar la mirada en un punto en la pared de
enfrente.
—¿Va a renunciar, Tamara? —La voz profunda del magnate
inunda mis oídos, al cabo de unos instantes.
—Sí.
—¿Habla en serio?
Una carcajada corta y amarga se me escapa.
—Por supuesto que sí. —Clavo mis ojos en él.
La decepción tiñe sus facciones.
—No me lo puedo creer —dice. No me pasa desapercibido el
atisbo de molestia que se filtra en su tono—. Creí que era otra clase
de persona, Tamara. Tenía expectativas altas sobre usted. Pensé
que era más valiente.
Sus palabras queman y escuecen mi pecho, y el monstruo
orgulloso que llevo dentro ruge debido a la provocación, pero me
obligo a encogerme de hombros en un gesto apático e indiferente.
—Lamento decepcionarlo —digo, aunque ha sabido darme en
un lugar doloroso—. No suelo ser lo que la gente espera. Vaya
acostumbrándose.
Gael niega con la cabeza.
—No me cabe en la cabeza que vaya a dejar ir un proyecto
como este solo porque cometí un error.
—No, señor Avallone, usted no cometió un error. —Mi voz
suena más severa que nunca—. Lo que usted hizo no es otra cosa
más que un abuso completo y total del poder que tiene.
Deliberadamente, me investigó, revisó mi historial médico e indagó
en documentos que, se supone, son privados. Debería estar
agradecido conmigo por no haber tomado cartas en el asunto y no
haberlo demandado ni a usted, ni al hospital donde me interné. ¡Dios!
¡Debería estar agradecido conmigo por no haber hecho un maldito
escándalo para desprestigiarlo!
—¿Qué coño tengo que hacer para que dejes de comportarte
como una niñata y tengas un poco de sensatez, Tamara? —Noto, de
inmediato, el momento en el que deja de hablarme de «usted» y, con
todo y el coraje que me invade, mi corazón da un vuelco.
—Sensatez le faltó a usted para darse cuenta de que
investigar a alguien está mal —escupo, ignorando la manera en la
que este hombre me descoloca—. Y para su información, señor,
tengo todo el maldito derecho de comportarme como se me dé mi
regalada gana.
Un suspiro lento y tortuoso se escapa de sus labios.
—Por un momento llegué a pensar que eras más madura que
las chicas de tu edad. No eres más que una chiquilla mimada que no
puede tomar un trabajo con la seriedad necesaria.
Sus palabras me golpean con tanta fuerza, que apenas puedo
mantener mi expresión en blanco.
De pronto, estoy de vuelta en casa de mis padres, sentada en
la mesa frente al esposo de mi hermana. De pronto, lo único que
puedo hacer, es pensar en que Gael Avallone me ha llamado
«chiquilla mimada» justo como Fabián hizo hace unas semanas.
—¿Qué le hace pensar que me conoce? —suelto, con
brusquedad, al tiempo que me pongo de pie—. ¿Qué le hace pensar
que sabe qué clase de persona soy? ¿Cree que mis motivos para
mandarlo a usted y a su biografía a la mierda son poca cosa? ¿Qué
sentiría si yo, teniendo los medios para hacerlo y sin su
consentimiento, claro está, porque esto no involucra para nada el
hecho de que usted tiene que hablarme de su vida para escribir su
condenada biografía —acoto—, lo investigara? ¿Qué pasaría si yo,
en contra de su voluntad, averiguase todo aquello que desea
mantener enterrado por el resto de sus días y lo trajera de vuelta a la
luz? —Hago una pequeña pausa—. ¿Cómo lo tomaría? —Niego con
la cabeza, con fiereza y determinación—. ¿Acaso cree que haber
compartido una hamburguesa conmigo o haber caminado un rato en
una calle vacía lo hace conocerme? —Una risotada amarga e
iracunda se me escapa—. Usted no sabe una mierda acerca de
quién soy en realidad. No se equivoque. —La mirada de Gael está
fija en mí, y luce asombrado y horrorizado en partes iguales—. No
venga aquí a decir que soy una chiquilla mimada que no puede
tomarse un trabajo con seriedad porque no me conoce. Ahora, si me
disculpa, me marcho. Tengo mejores cosas qué hacer que perder el
tiempo con usted.
No espero su respuesta. Sin perder un solo segundo, me
encamino hasta la salida lo más rápido que puedo sin lucir
desesperada o aterrorizada.
—¡Tamara! —La voz de Gael hace que me detenga en seco
justo a unos cuantos pasos de la puerta—. Tamara, discúlpame. De
verdad, jamás imaginé que me toparía con lo que encontré al
investigarte. Lo único que yo quería era… —se detiene en seco—.
Lo único que yo quería era saber quién diablos eras.
Me giro sobre mis talones para encararlo.
—¿Por qué? —suelto, pero no sé si quiero escuchar su
respuesta.
La vacilación se apodera de sus facciones.
—Porque jamás había conocido a una chica con tantos
cojones como tú, ¿vale? —dice, tras un breve silencio, y la
sinceridad que hay en el tono de su voz me saca de balance—. Lo
único que esperaba encontrar, era un historial de detenciones por
faltas a la moral o malas notas en el colegio debido a alguna especie
de mal comportamiento. Jamás creí que iba a toparme con que
estuviste en un sanatorio mental. Lo siento mucho. Siento haber
invadido tu vida privada de esta manera. No era mi intención.
Desvío la mirada.
Muy a mi pesar, sus palabras me ablandan un poco. El tono
preocupado de su voz hace mella en mí y el enojo disminuye debido
a eso, pero no bajo la guardia.
—Sus disculpas no van a hacer que vuelva a acceder a
escribir su biografía —digo, al cabo de unos segundos, y me cruzo
de brazos—. Las acepto, pero ya no estoy dispuesta a seguir
trabajando en su biografía, señor Avallone.
— ¿Por qué no?
Mis ojos se posan en él una vez más.
—Porque no quiero que usted me vea del mismo modo en el
que lo hace todo el que conoce esa parte de mi vida —me sincero
por primera vez en mucho tiempo—. No necesito esa expresión
lastimera que tiene pintada en la cara ahora mismo y tampoco
necesito un discurso motivacional acerca de lo bella que es la vida.
Créame cuando le digo que estoy ahorrándonos un mal rato a los
dos.
—Tamara, a mí me importa una mierda si intentaste matarte o
no —Gael suelta, con una tranquilidad que me saque de balance—.
Sí, me descolocó averiguarlo. Sí, estoy bastante intrigado por ello.
Sí, muero por saber qué fue lo que llevó a alguien como tú a intentar
hacer algo como eso… pero no me interesa darte un maldito
discurso. Tampoco estoy interesado en tenerte lástima. La lástima
que te tienes a ti misma te basta y te sobra.
—¿Qué? —La indignación y el coraje queman en mi torrente
sanguíneo.
—Lo que has oído, Tamara. —Me mira directo a los ojos—.
Quizás nadie te lo ha dicho en la cara, pero la única que siente
lástima por ti, eres tú. Lo que tú interpretas en los demás es solo un
reflejo de la autocompasión que te tienes.
—¿Quién demonios cree que es para venir a decirme estas
cosas? —escupo—. No necesito que venga aquí a psicoanalizarme.
—¿Te molesta que te diga la verdad?, pues acostúmbrate, que
es la única forma en la que sé expresarme, Tamara.
Otra risotada amarga se me escapa.
—Me molesta que espere que me eche a llorar en cualquier
momento. Me molesta que pretenda que caiga en su juego y acepte
escribir su dichoso libro. No va a suceder, Gael. —Es la primera vez
que le llamo por su nombre de pila en voz alta y, no me atrevo a
aposarlo, pero casi puedo jurar que ha habido un cambio en su
mirada. Luce salvaje. Descontrolado. Fuera del papel pretencioso
que siempre interpreta—. Nada de lo que diga va a cambiar mi
postura. Ya se lo dije. Deje de perder el tiempo y vaya a hacer eso
que hace la gente que es importante como usted.
La postura de ensayada tranquilidad que mantiene el hombre
frente a mí vacila en ese momento y el silencio lo inunda todo.
—¿Esta es su última palabra? —La rendición se filtra en su
voz cuando vuelve a hablar.
Asiento.
—Lo es.
Un suspiro pesaroso se escapa de los labios del magnate.
—De acuerdo. Lamento mucho los inconvenientes que le he
causado —dice. De nuevo, es todo negocios y formalidad—. Le pido
una disculpa nuevamente. Nunca fue mi intención que las cosas
entre nosotros terminaran de esta forma. Sigo pensando que es una
chica bastante agradable. Habría sido muy entretenido trabajar con
usted. Es una lástima que no pueda ser.
—Lo mismo digo —pronuncio, pero no lo digo en serio. Solo
trato de ser cortés.
—Ha sido un placer conocerla, Tamara Herrán.
—El placer ha sido mío, Gael Avallone.
Capítulo 7

Estoy furiosa. Todo mi cuerpo tiembla gracias a la ira que se cuece


en mi interior a toda velocidad. Mis puños están cerrados con fuerza,
mi mandíbula está tan apretada, que mis dientes duelen; mi pulso
late con violencia detrás de mis orejas y punza en mis sienes,
haciéndome imposible concentrarme en otra cosa que no sea la ira
que hierve en mi interior.
Una retahíla de pensamientos oscuros se entreteje en mi
cabeza mientras camino a toda velocidad a través del corredor
principal del edificio de Grupo Avallone.
No dejo de avanzar cuando el tipo de la recepción me llama en
voz de mando y me pide que me detenga. Tampoco lo hago cuando
un par de mujeres enfundadas en faldas de tubo y sacos de vestir
tratan de interponerse en mi camino. Todo el mundo está mirándome
para ese momento, pero a mí no podría importarme menos. Estoy
tan furiosa, que todo me da igual ahora mismo.
Un oficial de seguridad ha tratado de detenerme, pero me he
deshecho de su agarre de un tirón brusco antes de seguir andando a
paso decidido hacia los ascensores del lugar. Una vez dentro del
cubículo diminuto, comienzo a ordenar mis ideas.
Inhalo profundo y exhalo al cabo de unos segundos
conteniendo la respiración, en un débil intento por calmarme. Trato,
con desesperación, de controlar la ira irrefrenable que amenaza con
hacerme estallar y me concentro en el número de pisos que recorre
la caja de carga en la que me encuentro.
Una vez en el piso indicado, bajo y giro a la derecha para
toparme de frente con el escritorio de la secretaria de Gael Avallone.
La mujer detrás de la mesa se pone de pie en el instante en el
que aparezco en la estancia y luce tan sorprendida como aturdida.
—Señorita Herrán, qué sorpresa tenerla… —comienza, pero ni
siquiera me molesto en detenerme a escuchar lo que tiene qué decir.
Me dirijo hacia las enormes puertas dobles que dan a la oficina del
imbécil que se empeña en hacerme la vida imposible.
—¡Señorita Herrán, espere! ¡El señor Avallone…! —La
secretaria habla a mis espaldas, pero yo ya tengo las manos puestas
en la madera fina de la entrada. Entonces, de un empujón, me
introduzco en la espaciosa oficina. Hay dos hombres en la estancia.
Uno de ellos, es un tipo que bien podría ser mi abuelo. El otro de
ellos, es el idiota de Gael.
Ambos me miran. Ambos sostienen una copa entre los dedos y
lucen fuera de balance durante unos segundos.
El magnate es el primero en salir de su estupor.
—¿Sí? —dice, con aire ausente y despreocupado. Como si
realmente no supiera cuál es el motivo por el cuál he venido.
«Hijo de puta, imbécil, malnacido, poco hombre…».
Mis ojos viajan una vez más hasta el hombre de cabellos
blancos como la nieve y aspecto severo que lo acompaña, y me
obligo a erguir mi espalda como acto reflejo al bonito traje que lleva
puesto.
¿A él no le importa preguntarme qué ocurre delante de este
sujeto? Bien. A mí tampoco me importa decírselo y que todo el
mundo se entere.
—Haz que se detenga —digo, con una determinación que
suena tan férrea, que me sorprendo a mí misma.
Las cejas de Gael se disparan al cielo.
—Estoy ocupado —dice, con gesto severo. La advertencia que
veo en su expresión me hace querer gritar.
—Haz que se detenga —repito, sin importarme en lo más
mínimo que esté con alguien.
—¿Qué se supone que debo hacer que se detenga? —Su
cabeza se inclina un poco, en un gesto que me hace querer estrellar
mi puño en su rostro.
—¡Los rumores! —escupo con brusquedad—. ¡Las fotografías!
¡El maldito acoso de la prensa! —Sacudo la cabeza en una negativa
furiosa—. ¡Haz que se detenga!
Acto seguido, rebusco en mi mochila la revista que le quité a
Fernanda esta mañana. Esa en la que se habla acerca de cómo Gael
Avallone, el importante hombre de negocios, fue visto y fotografiado
en un McDonald’s comiendo con una chica mucho más joven que él.
Esa en la que se especula que este tipo y yo tenemos algo.
—No sé de qué estás hablando, Tamara —una sonrisa
socarrona se desliza en sus labios y una punzada de ira me recorre
de pies a cabeza—, y, francamente, no tengo tiempo para esto. Ya te
lo dije: estoy ocupado —como si no fuese obvio, señala al hombre
que tiene enfrente y el coraje incrementa otro poco.
Avanzo hacia él lo más rápido. No puedo contenerme. No
puedo aminorar el temblor enfurecido de mi cuerpo, ni la ansiedad y
la impotencia que corren por mis venas.
—¡No trates de verme la cara de idiota! ¡Sabes perfectamente
de qué estoy hablando!
La mirada de Gael se posa en el hombre de cabello blanco
durante unos segundos antes de que se encoja de hombros, en un
gesto que denota disculpa y confusión.
—Si tienes algo qué discutir conmigo, haz una cita con mi
secretaria. Trataré de atenderte antes de que termine el mes. Ahora
si me disculpas tengo que…
Estrello la revista abierta en su pecho y la fuerza del impacto le
hace dar un pequeño paso hacia atrás. Ni siquiera me di cuenta de
en qué momento llegué a estar tan cerca de él.
—¡Arregla esto ahora mismo! —exijo. Soy consciente de que
sueno como una chiquilla malcriada, pero no me importa. No cuando
he sido abordada y señalada por decenas de personas. No cuando
todo el mundo en la universidad piensa que soy una interesada que
lo único que quiere, es sacar provecho de la fortuna de este hombre.
Las manos de Gael toman la revista que aún aprieto contra su
costosa camisa y revisa la página con un interés casi nulo. Bien
podría estar observando una roca en lugar de un reportaje acerca de
él, teniendo un romance con una chica que podría ser su hermana
menor.
—¿Qué se supone que esperas que haga, Tamara? —El
humor se filtra en su tono y mi coraje aumenta otro poco—. De
verdad, no tengo tiempo de atenderte ahora. Deja de comportarte
como si tuvieses doce años. Estoy ocupado. Si tanto te interesa
desmentir esto, da una entrevista. Deslíndate de mí por completo.
Una carcajada amarga se me escapa.
—¡Eres un hijo de puta! —espeto, al tiempo que lo golpeo en
el pecho con un puño—. ¡Sabes perfectamente que esto no va a
detenerse así! ¡Tú hiciste esto! ¡¿Qué demonios quieres de mí?!
—Gael… —El acompañante del magnate interviene. Suena
impaciente y molesto. Como si estuviese advirtiéndole que, si no
detiene esto pronto, va a haber problemas. Graves problemas.
En ese momento, las manos del magnate se apoderan de mis
muñecas de un movimiento rápido y firme, y las aprieta con tanta
fuerza, que duele; no obstante, antes de que pueda protestar, me
mira con una dureza que me eriza los vellos de la nuca.
Algo denso y oscuro se apodera de sus ojos y un destello de
pánico me atraviesa de lado a lado.
—Ya basta, Tamara. Si no te relajas y sales de aquí, llamaré a
seguridad —sisea en una voz que apenas puedo reconocer como
suya. Es hasta este momento, que una parte de sus verdaderas
emociones queda expuesta ante mí. Es hasta este momento, que la
máscara de serenidad y socarronería desaparece para dejar
expuesto lo iracundo que se encuentra—. ¿Qué clase de chiste
crees que soy? —dice, en voz más baja, y sacude la cabeza en una
negativa—. No puedes venir a armar escenas a mi oficina. ¿Quién
cojones crees que eres?
Me deshago de su agarre con tanta brusquedad, que doy un
par de pasos para estabilizarme.
La mirada del hombre de cabellos castaños está fija mí, y la
repulsa que veo en su expresión hace que un destello de vergüenza
se filtre en el mar de coraje y furia en el que estoy ahogándome.
—¡Camila! —Gael llama a su secretaria en voz de mando y
esta aparece en el umbral de la puerta a los pocos segundos.
—¿Sí? —La mujer de cabellos rubios luce horrorizada ante la
imagen que se despliega frente a ella.
—Acompaña a la señorita a la salida, por favor. —El sonido
frío de su voz solo hace que mi frustración se incremente—. Pídele
un taxi y asegúrate de que se marche a casa.
Un nudo de pura desesperación se instala en mi garganta.
—No voy a irme hasta que arregles esto —refuto, aun cuando
estoy a punto de darme por vencida. De cualquier modo, sé que
estoy haciendo el ridículo.
Los impresionantes ojos ambarinos de Gael se clavan en mí y
noto cómo un destello furioso surca su expresión.
—Entonces ve afuera y espera a que termine con todos mis
pendientes. —Su tono de voz es plano en su totalidad. La máscara
ha regresado.
Mis puños se aprietan con fuerza y la vergüenza quema en mi
torrente sanguíneo, así que, decido que lo mejor que puedo hacer
ahora mismo es hacer lo que me pide.
Así pues, haciendo acopio de la poca dignidad que me queda, me
las arreglo para asentir y salir de la estancia.
Una vez afuera, las puertas de la gran oficina son cerradas y
yo soy instalada por la secretaria en uno de los grandes sillones de la
recepción. La mujer no dice nada respecto a mi abrupta aparición.
Tampoco habla acerca del escándalo que acabo de hacer. No hace
nada más que sentarse detrás de su escritorio a responder llamadas,
atender las peticiones del hombre de negocios para el que trabaja y
teclear con rapidez en su computadora.
Yo me limito a quedarme aquí, quieta, con la mirada clavada
en el suelo y el peso de mis actos asentándose en mis huesos.
Conforme más tiempo pasa, más convencida estoy de que
acabo de cometer la estupidez más grande de mi vida. Conforme la
ira y el enojo se reducen, más convencida estoy de que he hecho el
ridículo delante del hombre más rico del país. De que me he dejado
ver como una loca maníaca que no puede controlarse cuando está
furiosa.
Me he comportado como una niña mimada que no es capaz de
controlarse en una rabieta y, además, he arruinado la reunión de
negocios de Gael Avallone.
«Eres una estúpida, Tamara. Has cruzado la línea. Has ido
demasiado lejos», me reprimo a mí misma y cierro los ojos con
fuerza.
Quiero gritar de la frustración. Quiero cavar un agujero en la
tierra y meterme en él hasta que los gusanos me coman viva.
Pasa mucho tiempo antes de que el hombre que acompañaba al
magnate salga de la oficina, y yo he estado tanto tiempo aquí
sentada, que mis muslos han comenzado a entumecerse.
Cuando el hombre de edad avanzada sale de la estancia, lo
hace solo, sin Gael a su lado, y ni siquiera mira en dirección a la
secretaria o mía cuando nos pasa de largo. Se limita a avanzar hasta
el ascensor con aire arrogante y soberbio.
Para ese momento, yo estoy deseando marcharme también.
De pronto, haber venido aquí se siente como la peor de todas las
ideas que he tenido jamás. De pronto, haber reaccionado como lo
hice, se siente como una exageración total.
Cierro los ojos y bajo la cabeza, con aire derrotado.
—Tamara —la voz ronca, profunda y aterciopelada de Gael me
saca de mi estupor y me hace alzar la mirada para encontrarme con
la visión de su elegante anatomía de pie en la entrada a su oficina.
Su gesto es severo y molesto.
No dice nada. Se limita a hacer un gesto de cabeza en
dirección al interior de la estancia privada en la que él trabaja. Sin
esperar por una respuesta, se adentra y me deja ahí, en medio de la
recepción, con la vista clavada en el lugar por el que desapareció y el
corazón latiéndome a toda velocidad.
Me pongo de pie.
Durante unos instantes, considero la posibilidad de
encaminarme hasta el ascensor para marcharme, pero la sola idea
de mostrarme así de cobarde me es inconcebible. Así que, pese a
las inmensas ganas que tengo de irme, avanzo hacia la oficina del
magnate.
—Cierra la puerta, Tamara —Gael habla, en el instante en el
que pongo un pie dentro de la habitación.
Yo no puedo hacer otra cosa más que mirarle como una idiota.
No puedo hacer nada más que contemplar su figura delgada y alta,
recargada de manera descuidada y elegante sobre su enorme
escritorio.
Lleva puesto un traje color negro que ha combinado a la
perfección con una camisa blanca y una corbata color vino. Su
cabello —normalmente estilizado a la perfección— luce un poco
desordenado, como si hubiese estado pasando sus manos entre las
hebras castañas en repetidas ocasiones; y su mandíbula está
cubierta por una fina capa de vello facial.
El aspecto descuidado, aunado a su elegante postura y su
gesto enojado, le dan un aire salvaje. Fresco. Joven.
Luce un poco menos como un hombre de negocios y más
como el tipo de hombre que podría volverme loca si no tengo el
cuidado suficiente.
La mirada pesada y densa de Gael envía un escalofrío por mi
espina dorsal. No se necesita tener más de media neurona para
darse cuenta de que está furioso y que ese gesto impasible que tiene
pintado, no es más que una pantalla para ocultar lo que realmente
siente.
—¿Tamara? —El sonido de su voz es calculado, frío y carente
de emociones—. Cierra la puerta.
La petición suena más como una orden que como otra cosa y,
muy en contra de las ganas que tengo de no obedecerla, me
encamino hacia la madera de la entrada y cierro con todo el cuidado
que puedo imprimir. Se siente como si la poca paciencia que le
queda pudiese esfumarse con el sonido brusco de la puerta siendo
cerrada con más fuerza de la debida.
En el proceso, considero la posibilidad de salir corriendo y no
volver a poner un pie aquí jamás; sin embargo, la parte de mí que es
orgullosa y testaruda me exige que me quede a enfrentar las
consecuencias de la metida de pata tan grande que acabo de
cometer.
Trago duro.
Mi cuerpo gira sobre su eje con lentitud y, aunque el corazón
me late a toda velocidad, me las arreglo para lucir serena y tranquila
mientras que lo encaro.
—¿Tienes una idea de quién era el hombre que estaba aquí
dentro hace unos minutos, Tamara? —Gael rompe el silencio tenso y
tirante en el que se ha sumido la estancia.
No respondo.
—Era mi padre —continúa—. Era el hombre que construyó
este emporio y se encargó de posicionarlo en el lugar en el que está
—se aparta del lugar en el que se había recargado y da un paso
lento y deliberado en mi dirección—. Tienes suerte de que fue él y no
algún accionista. No tienes una idea de cuán afortunada eres,
Tamara Herrán, porque si me hubieses arruinado algún negocio
importante, ten por seguro que te habría hecho la vida un maldito
infierno.
Mi mirada viaja a mis pies y la vergüenza quema como el peor
de los ácidos. No sé qué decir. En realidad, sé que no hay nada que
decir en estos momentos. No hay justificación alguna que valga.
—¿Qué te hace pensar que puedes venir a mi oficina a armar
un zafarrancho? ¿Qué te hace pensar que voy a tolerar un
comportamiento tan infantil y ridículo como este? —espeta y aprieto
la mandíbula. El tono de su voz se eleva con cada palabra que
pronuncia—. No sabes cuán decepcionado estoy de ti en estos
momentos. Jamás creí que una mente tan brillante como la tuya
maquinaría algo como lo que hiciste. ¿En qué coño pensabas?
Mis ojos se posan en los suyos, pero no dice nada más. Nos
quedamos en silencio durante unos instantes.
—¿Terminaste? —digo, al cabo de unos tensos segundos, con
la voz enronquecida por las emociones.
Gael niega con la cabeza, en un gesto incrédulo.
—¿Qué haces aquí, Tamara?
—Sabes bien a qué vine —digo. Mi voz suena monótona y
plana. Un claro contraste con la revolución que tengo dentro.
—Por supuesto que no lo sé. No tengo una puta idea de qué
cojones es lo que está pasando.
—¿Es que crees que soy idiota? —Mi ceño se frunce
ligeramente—. Has mantenido tu vida personal fuera del radar de los
programas y revistas de espectáculos durante años. Tienes tan
manipulada a la prensa, que nadie se atreve a tocar el tema de tu
vida privada. —Sacudo la cabeza en una negativa furiosa—. Qué
casualidad que ahora, misteriosamente y de la noche a la mañana,
alguien ha intentado desafiarte. Qué jodida casualidad que, a pesar
de que ha pasado tanto tiempo desde el incidente del McDonald’s,
apenas se ha vuelto noticia.
—¿Estás insinuando que yo permití que esa información se
filtrara? —Las cejas del hombre delante de mí se alzan con
condescendencia.
—Estoy insinuando que tú pediste que esa nota se publicara.
—¿Con qué puto objeto querría yo que se inventara algo así?
—No lo sé. Dímelo tú.
Una risa corta y carente de humor se le escapa, al tiempo que
se cruza de brazos.
—Esas historias que escribes se te han empezado a subir a la
cabeza. Yo no ordené absolutamente nada.
—¿Entonces por qué diablos no lo has desmentido, como todo
lo que se publica respecto a tu vida privada? ¿Por qué demonios
está en todos lados?
—Porque no me interesa desmentirlo. —Se encoge de
hombros—. Tengo mejores cosas que hacer que preocuparme por lo
que un montón de revistas amarillistas tengan qué decir acerca de mi
vida personal.
—¡Por supuesto que te importa! —El tono de mi voz se eleva,
de pronto—. ¡Me prohibiste tajantemente escribir acerca de tu vida
personal en tu jodido libro biográfico! ¿Ahora resulta que no te
importa lo que la prensa diga acerca de eso? ¿De verdad crees que
soy así de estúpida?
Un brillo extraño se apodera de la mirada del magnate, pero no
dice nada. Se limita a estudiarme a detalle mientras frota sus labios
con el dedo índice de su mano derecha.
—Yo no lo hice —dice, al cabo de un largo momento—. Yo no
ordené que publicasen nada.
—Pero tampoco has cortado de tajo con el rumor —reprocho
—. ¿Tienes una idea de la cantidad de mierda con la que tengo que
lidiar por tu culpa, Gael? —No me pasa desapercibida la forma en la
que me mira cuando digo su nombre en voz alta—. ¡Dios! ¿Sabes
con cuántas personas he estado a punto de llegar a los golpes por
esto? —Niego con la cabeza—. Siempre me ha importado una
mierda lo que la gente piensa de mí, pero tampoco puedo bajar la
cabeza cada que alguien me llama «zorra interesada». Así que, por
favor, si no provocaste esto… si de verdad no has tenido nada que
ver con todo este circo, te pido que lo termines.
—¿Y qué cojones gano yo si lo detengo, Tamara? —Gael
suena aburrido y desinteresado.
Aprieto la mandíbula con fuerza.
—Por favor… —El tono suplicante que hay en mi voz, me hace
querer golpearme contra la pared con toda la fuerza que poseo.
Un suspiro largo y pesado se escapa de los labios del magnate
y la vergüenza incrementa.
—De acuerdo —asiente—. Voy a detenerlo todo —dice, y el
alivio me invade en oleadas grandes—, pero vas a tener que darme
algo a cambio.
Y así, tan pronto como llega, la tranquilidad se marcha, mi
corazón da un vuelco violento y toda la sangre del cuerpo se me
agolpa en los pies.
— ¿Qué cosa? —Sueno cautelosa. A la defensiva.
Gael Avallone entorna los ojos en mi dirección y, durante una
fracción de segundo, me parece haber visto el asomo de una sonrisa
en las comisuras de sus labios.
—Vas a tener que escribir la biografía.
—De ninguna manera.
—Entonces, olvídate de mi ayuda —resuelve.
Una punzada de coraje me recorre de pies a cabeza.
—No pienso caer en tu juego.
Una sonrisa lenta, perezosa y torcida se dibuja en sus labios.
—Estás jugando desde hace mucho, Tamara. —Su sonrisa se
ensancha un poco—. ¿Lo tomas o lo dejas?
Aprieto los puños.
El coraje pronto se transforma en frustración e indignación y
las ganas que tengo de marcharme aumentan de manera
considerable.
Todo esto estaba planeado. Fue calculado por este hombre
para hacerme caer dentro de su trampa y obligarme a escribir su
dichoso libro.
Me siento traicionada, frustrada y timada por completo, y sé
que, si no acepto, la pesadilla solo va a convertirse en algo peor. En
algo inconcebible.
—Eres un hijo de puta.
La sonrisa de Gael es tan grande ahora, que muestra sus
perfectos dientes.
—No, Tamara. —Me guiña un ojo—. Soy un hombre de
negocios. ¿Aceptas?
Desvío la mirada.
Una parte de mí grita que debo imponer mi orgullo y decirle
que se vaya a la mierda, pero otra, esa que está harta de la atención
que el magnate ha puesto en mí, no deja de decirme que acabe con
todo y acceda a lo que me pide. No deja de decirme que tanta
atención va a hacer que todo lo ocurrido antes salga a la superficie
de nuevo. Que alguien, en el afán de conseguir algo de información
respecto a mí, va a comenzar a indagar en mi pasado si no hago
algo pronto, y que podrían llegar a revivir eso que tanto quiero
enterrar.
Cierro los ojos y tomo una inspiración profunda.
Pánico crudo y puro se apodera de mí en cuestión de
segundos, pero me las arreglo para mantenerlo a raya mientras
encaro a Gael Avallone una vez más.
—No vas a volver a meterte en mi vida personal —suelto, con
brusquedad.
Él asiente.
—Nunca más.
—Tampoco vas a decirme qué puedo y qué no puedo escribir.
La vacilación en su rostro envía una punzada de satisfacción
por todo mi cuerpo.
—Lo discutiremos después.
—Vas a dedicarme el tiempo que te pida.
—Soy un hombre ocupado, Tamara. No puedo recibirte a todas
horas.
—Por teléfono bastará.
—Hecho —asiente.
—Mañana mismo estará todo el asunto de la prensa resuelto,
o si no, no hay trato alguno —sentencio y el gesto de Gael se torna
más divertido que nunca.
—Cuenta con ello.
—Bien —suelto, con brusquedad.
—Bien —asiente, pero no deja de sonreír.
—Me marcho, entonces.
—Nos vemos pronto, Tamara —Gael asevera, sin dejar de
mirarme como si fuese la criatura más extraña y fascinante del
mundo.
—No te emociones demasiado al respecto —mascullo—.
Primero tienes qué desmentirlo todo.
Gael rueda los ojos al cielo.
—Vete a casa y descansa —dice—. Mañana mismo estará
arreglado.
Y así, sin decir nada más, giro sobre mi eje y me encamino
hasta la salida.
Capítulo 8

El señor Bautista me ha llamado a su oficina.


Sé, de antemano, qué es lo que quiere tratar conmigo. Sé
perfectamente de qué quiere hablarme. Ha visto el pequeño
desplegado que ha aparcido en los periódicos y, con todo eso, no
puedo armarme de valor para llamar a su puerta y poner mi me-jor
cara. No puedo adentrarme en su oficina porque sé qué es lo que va
a decirme si lo hago.
Esta mañana desperté con un correo electrónico de Gael
Avallone. En él, solo venía escrita una palabra:
«Hecho».
Luego de leer eso, lo primero que hice fue teclear el nombre
del magnate en mi buscador de internet.
No me sorprendió en lo absoluto darme cuenta de que todos
los blogs, entradas en revistas virtuales y periódicos amarillistas
donde aparecían las fotografías en las que me encuentro con el
magnate, han desaparecido. Todos ellos —absolutamente todos—,
han sido reemplazados por un recuadro de apenas unos centímetros
de ancho y unos cuantos más de largo, en el cual se hace el anuncio
oficial del acuerdo editorial entre Gael Avallone y Editorial Edén.
Así mismo, se habla un poco acerca de la «joven y
prometedora» chica de veintiún años que ha sido elegida para
escribir el proyecto y, como si eso no fuese suficiente, aparece mi
nombre, la fotografía que me tomaron en la universidad para la
credencial, y un breve y conciso texto donde se desmiente cualquier
clase de relación sentimental entre el magnate y yo.
Y así, sin necesidad de explicar nada más, mi vida volvió a la
normalidad. La mañana transcurrió como si el escándalo previo no
hubiese ocurrido. Como si la semana más tortuosa de mi vida, no
hubiese existido nunca, y las llamadas a horas tempranas, las alertas
de mensajes de mi correo electrónico y los periodistas afuera de la
escuela hubiesen sido producto de mi imaginación.
De hecho, de no ser por la cantidad de felicitaciones que he
recibido por todos lados, habría jurado que todo fue un mal sueño.
Es abrumadora la cantidad de personas desconocidas que se
han acercado a mí en la escuela solo para felicitarme por el logro
conseguido. Es aún más abrumadora la cantidad de comentarios
desagradables que he escuchado hechos a mis espaldas; esos de
personas que dicen que no tengo la capacidad de escribir un libro y
que mi narrativa deja mucho que desear.
Es increíble el modo en el que cambia la manera en la que la
gente te mira de la noche a la mañana. Todo aquel que me llamaba
«zorra» o «interesada», no ha dejado de felicitarme por la
oportunidad que me dieron, y aquellos que me defendían de la gente
que me insultaba, no han dejado de decir a mis espaldas que no
tengo la capacidad necesaria para llegar a donde quiero.
Así, pues, mi día se ha convertido en un constante ir y venir
emocional. En un constante agradecer y sonreír incómodamente.
—¿Tamara? —Gloria, la secretaria de Román Bautista, habla
detrás de mí—. ¿Estás bien?
Mi cuerpo gira sobre su eje para encararla y esbozo una
sonrisa tranquilizadora en su dirección. Estoy nerviosa hasta la
mierda, pero siempre se me ha dado bien lucir fresca y
despreocupada en mis peores momentos.
—Sí —digo, pero ni siquiera yo misma puedo comprarme la
débil afirmación.
—¿Estás segura? —Suena entretenida, y mi sonrisa se
ensancha.
—No —admito y suelto una pequeña risa nerviosa—. El señor
Bautista va a matarme.
Gloria alza una ceja, al tiempo que sonríe.
—¿En qué lío te has metido ahora?
—En ninguno. —Dudo unos instantes—. Técnicamente.
—¿Técnicamente?
Una risa nerviosa escapa de mis labios, pero no digo nada
más. Me limito a encogerme de hombros en un gesto que se me
antoja inocente.
Sé que Gloria no se ha tragado en lo absoluto mi vago intento
por aparentar normalidad, pero no dice nada. Solo sacude la cabeza
en una negativa.
—Pasa ya, que tiene rato esperando por ti.
Asiento.
Mis manos empujan la puerta de la espaciosa oficina.
La imagen del amplio escritorio y de las acojinadas sillas es lo
primero que me recibe al entrar, pero el señor Bautista no se
encuentra acomodado en el espacio. Está de pie, justo junto a la
ventana que da hacia la calle, con aspecto meditabundo y gesto
concentrado.
Tengo que aclarar mi garganta para que se percate de mi
presencia, pero, cuando posa su vista en mí, apenas lo hace unos
instantes. No me pasa desapercibido el tinte indiferente que noto en
sus facciones en el proceso y es debido a esto que no hago nada por
entablar una conversación casual con él.
Sé que está molesto conmigo. Sé que está decepcionado de
mí por la manera en la que boté todo el proyecto de la biografía y lo
entiendo a la perfección. Si yo fuese él, estaría furiosa. Si yo fuese
él, hace mucho que me habría despedido.
De hecho, no puedo creer que no lo haya hecho aún. No me
sorprendería en lo absoluto descubrir que está a punto de hacerlo.
El hombre de cabellos entrecanos y nariz aguileña que se
encuentra frente a la ventana deja escapar un suspiro largo y
cansado antes de girarse para encararme. Su expresión seria y
molesta no hace más que incrementar las ganas que tengo de salir
de la habitación para esconderme debajo de mi escritorio.
No dice nada. De hecho, no se mueve en lo absoluto. Se
queda ahí, de pie, mirándome con gesto inescrutable y mirada
desilusionada.
«Se acabó —digo, para mis adentros—. Estoy despedida.
Estoy segura.»
El señor Bautista señala en dirección al escritorio que se
encuentra al centro de la estancia y luego se encamina hasta él. Yo
no me muevo de donde estoy hasta que lo veo sentarse en la silla
principal.
Una vez más, su mirada se posa en mí.
El nudo de ansiedad que ha empezado a formarse en mi
estómago se aprieta otro poco, pero me las arreglo para caminar y
sentarme delante de él, en una de las sillas que se encuentran
dispuestas frente al escritorio.
—Quiero que sepas que estoy muy decepcionado de ti,
Tamara. —Mi jefe habla, sin siquiera molestarse en formalidades o
en saludos innecesarios—. Quiero que sepas, también, que no estoy
nada conforme con la forma en la que has manejado la situación en
la que te metiste. Si puedo ser sincero, de ser por mí, ahora mismo
estarías despedida.
Mis manos se cierran en puños en mi regazo y la quemazón
dolorosa en mi pecho —esa que es provocada por el dolor y el
arrepentimiento— me escuece con violencia.
Aprieto los dientes.
Acto seguido, el señor Bautista empuja una carpeta en mi
dirección. Enseguida, el estómago se me cae hasta los pies.
Cientos de escenarios fatalistas se instalan en mi cerebro
cuando comienzo a imaginar el contenido de ese cartapacio y un
nudo se instala en mi garganta.
«Ya está. Estás despedida. Esa es tu carta de despido».
—El señor Avallone se comunicó conmigo ayer por la tarde —
Román Bautista continúa. Su tono de voz es neutral, pero severo al
mismo tiempo—. Dijo que había hablado contigo y que habían
llegado a un acuerdo de trabajo. Yo le dije que no estaba contento
con la idea de que siguieras dentro del proyecto, dada tu falta de
profesionalismo, claro está. —Me dedica una mirada dura y molesta,
y un nudo comienza a formarse en mi garganta—. Él, pese a eso,
insistió y dijo que no quería que nadie más escribiera su libro. Dijo
que, si no lo hacías tú, que ni siquiera nos molestáramos en buscar a
alguien más. Que estaba en toda la disposición de enviar a sus
abogados para realizar una rescisión del contrato que firmó con
nosotros. —Hace una pausa, permitiéndome absorber el peso de sus
palabras—. Así que, Tamara, el proyecto sigue siendo tuyo.
Culpa, alivio, arrepentimiento… todo se arremolina dentro de
mí y colisiona con violencia, pero mantengo mi expresión en blanco.
—He estado pensando mucho en la situación —Román
Bautista continúa y se cruza de brazos sin dejar de mirarme—. He
pasado la noche entera y lo que va del día pensando en las medidas
que deben ser tomadas contigo respecto a todo lo que ha ocurrido.
Trago duro una vez más, pero sigo sin refutar nada. No hay
nada qué decir a mi favor en este momento, así que quedarme
callada es lo mejor que puedo hacer.
—Me queda claro que esto no puede quedarse así. —El
hombre frente a mí sigue con su diatriba—. Hay un precio qué pagar
por la falta de profesionalismo y responsabilidad. Es por eso que he
seguido la sugerencia del señor Avallone y he tomado la decisión de
recurrir a medidas un poco más… drásticas. —Señala la carpeta que
descansa delante de mí y dice—: He decidido contactar a nuestros
abogados para redactar un contrato para ti. Este contrato estipula
que no podrás prescindir de la escritura de la biografía de Gael
Avallone. No sin recibir una penalización monetaria. Estipula,
también, que deberás realizar informes bimestrales sobre el avance
de la obra y que, en seis meses a partir de la firma del contrato,
deberás enviar una parte del primer borrador para revisión editorial.
—Hace una pequeña pausa—. Dice que tienes un lapso máximo de
un año para concluir con la escritura en su totalidad y que, por
ningún motivo, habrá prórrogas de entrega. Un año es demasiado
tiempo, así que no vamos a permitirte retrasos de ninguna clase.
Mi vista se clava en la carpeta delante de mis ojos y un peso
gigantesco se asienta sobre mis hombros.
—Ese de ahí es un borrador del contrato. Léelo en casa con
calma y, si tienes alguna duda, no dudes en consultármelo. Tienes
hasta el viernes para venir a realizar la firma. De no presentarte a
hacerlo, Editorial Edén prescindirá de tus servicios como correctora.
—Sus palabras caen sobre mí como balde de agua helada—. E,
independientemente de lo estipulado en ese contrato, aprovecho
para informarte que estás en periodo de prueba. De este proyecto
depende tu puesto dentro de la editorial. Todas las obras bajo tu
revisión pasarán a manos de otros correctores para que te enfoques
en la biografía al cien por ciento, así que no hay pretextos, Tamara.
Demuéstrame y demuéstrate a ti misma que eres una persona
responsable.
El nudo en mi garganta es intenso ahora, pero no hay lágrimas
en mis ojos. Solo una inmensa y abrumadora sensación de
ahogamiento.
— ¿Tienes alguna pregunta?
Niego con la cabeza, porque no puedo hablar. Porque, si trato
de hacerlo, el señor Bautista notará las ganas tan inmensas que
tengo de echarme a llorar.
—Bien —asiente—. Puedes retirarte.
Yo, sin perder un solo segundo, me pongo de pie, tomo la
carpeta con el contrato y salgo de la oficina con el corazón hecho un
nudo.
El sonido del teléfono que descansa sobre la cómoda de mi
habitación hace que pegue un salto en mi lugar. Una palabrota
escapa de mis labios al instante, al tiempo que tomo la computadora
portátil que se encuentra sobre mis muslos y la coloco sobre la cama
para levantarme a contestar.
En mi camino a la cómoda, piso el cargador del teléfono y el
dolor hace que reprima unas cuantas maldiciones mientras que, a
brincos, llego hasta el mueble.
Acto seguido, tomo el teléfono, deslizo mi dedo sobre la
pantalla sin mirarla en realidad y coloco el aparato en mi oreja.
—¿Sí? —Sueno irritada mientras hablo, pero no puedo
evitarlo. La planta de mi pie aún palpita debido al daño provocado
con el maldito cargador.
—Buenas noches, Tamara. —La voz ronca y profunda del otro
lado del teléfono hace que mi estómago se revuelva con violencia.
Mi corazón hace una pirueta extraña en cuanto le escucho y,
de pronto, lo único que puedo hacer, es imaginarme al magnate
sentado en la enorme silla frente a su escritorio, con el teléfono
pegado a la oreja, aspecto desgarbado y una sonrisa juguetona
pintada en los labios.
«¡Maldita seas! ¡Maldita seas tú y tu odiosa imaginación,
Tamara Herrán!».
—Buenas noches, Gael —digo, porque es lo único que se me
ocurre en estos momentos. Porque es lo único que mis jodidas
neuronas —las cuales están muy ocupadas dibujando las facciones
del hijo de puta al otro lado del teléfono— pueden formular.
—¿Leíste ya las notas periodísticas? —A pesar de que no soy
capaz de verlo, sé que está sonriendo como idiota. El sonido
divertido en su voz lo delata—. Me encargué de que lo publicasen en
todos los periódicos y revistas.
—La verdad es que no he tenido tiempo —miento—. He
estado muy ocupada.
—¿Haciendo qué? —La diversión incrementa en su tono—.
¿Leyendo el contrato que le sugerí al señor Bautista que redactara
para ti? ¿Recabando información sobre mí para empezar de lleno
con el proyecto de la biografía?
Un destello de puro coraje se detona en mi interior y las ganas
que tengo de colgarle incrementan otro poco.
—¿Solo me llamaste para regodearte en mi miseria? —Sueno
más enojada de lo que me gustaría—, porque si es así, debo irme
ya. Tengo mejores cosas qué hacer que estar perdiendo mi tiempo
contigo.
Una suave risa resuena en el auricular y, muy a mí pesar, mi
pecho se calienta con una emoción extraña y salvaje.
—Es una lástima enterarme que pasar el tiempo conmigo te
parece un desperdicio —suspira, con fingido pesar—, porque no vas
a librarte de mí tan fácilmente, ¿lo sabías, Tamara?
—Sabes que podría mandarlo todo a la mierda ahora mismo,
¿verdad? —digo, al tiempo que vuelvo sobre mis pasos y me siento
sobre la cama. Para ese momento, el dolor de mi pie ha sido
olvidado por completo—. Podría dejar tu proyecto de lado ahora que
lo has desmentido todo sin darte absolutamente nada a cambio.
—Pero no lo harás.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque eres demasiado orgullosa —concluye—. Sabes que
rehusarte a escribir la biografía sería como dejarme ganar. Como
rendirte ante mí.
—No soy orgullosa —me defiendo, pero una pequeña sonrisa
ha comenzado a tirar de las comisuras de mis labios—. Lo que pasa
es que me has declarado la guerra. No puedo quedarme de brazos
cruzados ante tal amenaza, ¿estás de acuerdo?
Una risa ronca retumba en el auricular.
—¿Qué clase de criatura eres, Tamara Herrán? —dice, pero
me da la impresión de que habla más para sí mismo que para mí.
—¿Qué es lo que quieres, Gael? —inquiero, ignorando por
completo su pregunta—. ¿A qué has llamado?
—Te llamaba para dos cosas —dice, en un tono un poco
menos juguetón que antes—, pero ahora que te tengo en la línea, se
me ocurre que podría decirte unas cuantas más.
Me tiro de espaldas sobre la cama, teniendo el cuidado
suficiente de no recostarme sobre mi computadora.
—Adelante —lo insto, con aire aburrido, aunque en realidad
estoy muy entretenida—. Suéltalo todo.
—La primera, es para informarte que estoy llamándote de mi
teléfono personal. —Aparto el teléfono de mi oreja solo para mirar el
número en la pantalla y corroborar que es uno visible y no uno
privado—. La segunda, es para hacer de tu conocimiento que este
jueves tendré un viaje de negocios a Estados Unidos y no volveré
hasta el próximo lunes.
—De acuerdo —digo—. Sin ningún problema puedo esperar
hasta el próximo jueves para verte.
—En realidad tenía en mente otra opción.
Mis cejas se disparan al cielo.
— ¿Qué opción?
—Adelantar nuestra reunión —resuelve—. Tengo tiempo
mañana mismo si así lo prefieres.
—Creí que eras un hombre ocupado, Gael Avallone.
—Lo soy —asegura—. Pero también soy un hombre de
intereses claros.
—¿Intereses claros? —me burlo, en medio de un bufido—.
¿Qué interés puede tener un hombre como tú en alguien como yo?
—No eres tú quien me interesa, Tamara —puntualiza y ruedo
los ojos al cielo—. Es tu trabajo.
—Mi trabajo no va a ir a ningún lado, Gael —digo—. No le veo
objeto a adelantar nuestra sesión si de todos modos podemos vernos
la próxima semana. No llevo prisas. Además, agradecería muchísimo
no tener que verte esta semana, ¿sabes?, tengo tanta tarea que
podría hacer montañas con ella. Tener esta semana libre para
terminar con mis pendientes me haría mucho bien.
El silencio del otro lado de la línea me hace saber que está
sopesando mis palabras.
—De acuerdo —dice, finalmente, al cabo de un largo rato—.
Lo haremos a tu modo esta vez. Nos vemos hasta el próximo jueves.
—Bien —digo y, de pronto, como caída del cielo, me viene una
idea a la cabeza. De pronto, como venido desde un lugar maravilloso
y alegre, me viene la mente un pensamiento que se me antoja
brillante así que, antes de que lo olvide añado—: Para ese día tendré
listo el contrato que quiero que firmes para mí.
Una risotada incrédula escapa de la garganta del magnate.
—No te rías —me quejo, pero soy yo quien está a punto de
romper a carcajadas—. Estoy hablando en serio.
—No voy a firmarte una mierda, Tamara.
—Entonces, yo tampoco voy a firmarte una mierda a ti.
—No es a mí a quien vas a firmarle ese contrato, Tamara.
—Es a ti a quien voy a firmárselo, porque tú se lo sugeriste a
mi jefe, Gael.
—Bautista va a despedirte.
—Qué lo haga. —Sueno resuelta, pero solo pensar en la
posibilidad de quedarme sin trabajo, me revuelve el estómago—. No
es el único empleo del mundo, ¿sabes?
Otro silencio.
—¿Qué clase de contrato es el que quieres que te firme? —
Trata de sonar resuelto, pero el tono nervioso en su voz lo delata.
—No es nada del otro mundo —digo, con descaro, al tiempo
que una sonrisa cargada de suficiencia se dibuja en mis labios—.
Solo tendrás que comprometerte a contarme todo lo que yo quiera
saber sobre ti. Cada detalle. —Hago una pequeña pausa—. Yo
también tengo condiciones para trabajar, señor Avallone. —Me
aseguro de que las palabras «señor» y «Avallone» suenen
socarronas. Burlescas por sobre todas las cosas.
—Pides demasiado, Tamara.
—Nada que no puedas darme, Gael —imito el tono descarado
con el que inició la llamada. Mi sonrisa se extiende con cada palabra
que digo—. En fin. Tengo que irme. Nos vemos luego.
—Tamara… —La advertencia en su tono hace que la euforia y
la victoria se alcen en mi pecho.
—Ha sido un placer hablar contigo, Gael.
—Tamara… —repite, pero lo ignoro por completo.
—Buenas noches —digo y, sin darle tiempo de hablar, finalizo
la llamada.
Una sonrisa radiante, ansiosa y eufórica se apodera de mi
rostro y, sin más, me incorporo, tomo mi computadora, abro un nuevo
documento y tecleo «contrato» en la parte superior. Entonces,
empiezo a trabajar.
Capítulo 9

El silencio está volviéndome loca.


La ansiedad, el nerviosismo y el extraño palpitar de mi
corazón no hacen más que acrecentar la sensación de
ahogamiento que se me ha apoderado de mí.
El temblor incontrolable de mis manos me desespera e
incrementa las ganas que tengo de golpear algo y de ponerme a
gritar para aliviar la opresión que me asfixia.
Sé, por sobre todas las cosas, que debí tomarme el
medicamento esta mañana. Que debí haberlo tomado ayer, y
antes de ayer, y el día anterior a ese.
Una palabrota escapa de mis labios cuando, por fin,
decido salir de mi habitación para encaminarme a la cocina.
No tengo hambre.
De hecho, estoy bastante segura de que vomitaré en
cualquier momento, pero necesito ponerme a hacer algo.
Necesito concentrar mi atención en otra cosa, para que así mi
cerebro sea capaz de lidiar con la ansiedad. Para que así, mi
cuerpo no caiga bajo las garras de un ataque de pánico.
Abro la nevera en busca de algo que pueda ponerme a
cocinar, pero no hay nada ahí.
Abro las alacenas.
Nada tampoco.
Otra palabrota se me escapa y la desesperación se vuelve
tan insoportable, que tengo que encaminarme hasta la sala para
abrir todas las ventanas que dan a la calle.
El aire fresco tiene un efecto sedante en mis nervios
alterados, pero no consiguen deshacerse de la angustia y el
pánico desmedido e irracional que corre por mis venas.
Llegados a este punto, no sé si habrá algo que sea capaz de
detener el torrente de emociones que amenaza con
desmoronarme.
Cierro los ojos e inhalo profundo.
Mis pulmones apenas pueden llenarse con aire. Mis
manos apenas pueden aferrarse al marco de la ventana.
«Relájate, Tamara. Relájate ya. Contrólalo. No es más
fuerte que tú. No es más fuerte que tú. No lo es», me digo a mí
misma, pero sigo sintiendo como si pudiese arrancarme el
cabello a puños en cualquier momento. Sigo sintiendo como si
las paredes se estrecharan hasta llevarse todo el oxígeno en la
habitación.
Otra inspiración profunda es inhalada por mis labios y, esta
vez, siento como el cuerpo entero me hormiguea en respuesta.
Exhalo con lentitud.
Repito la operación una vez más.
«No pasa nada. Estás bien. No pasa nada».
Inhalo una vez más.
Soy vagamente consciente de que, en la lejanía, un
teléfono suena. La parte activa de mi cerebro grita que es el mío
y que debo ir a contestar, pero la otra, esa que se encuentra
entumecida y aturdida por el ataque de ansiedad que ha
comenzado a hacer mella en mí, me exige que me quede donde
estoy y no mueva ni un solo músculo del cuerpo.
Tomo otra inspiración profunda.
Esta vez, el aire logra entrar con más facilidad a mis
pulmones y el alivio que me invade al conseguirlo, es
abrumador. Tanto, que no puedo hacer otra cosa más que
arrodillarme en el suelo y pegar la frente a la pared que se
encuentra debajo de la ventana.
Pasa una eternidad entera antes de que, poco a poco, la
ansiedad comience a disiparse y no cuánto tiempo pasa antes
de que me atreva a abandonar la posición en la que me
encuentro, para sentarme sobre el azulejo frío de la sala del
apartamento en el que vivo.
En estos momentos, con un poco de más lucidez,
agradezco estar sola. Agradezco que no esté nadie aquí
conmigo, porque no podría soportar que alguien me viese en
este estado.
«Se acabó —digo, para mis adentros, luego de un largo
rato—. A partir de mañana retomo el medicamento».
Me obligo a respirar profundo una vez más y paseo la vista
por toda la estancia.
Vivo en un apartamento diminuto con dos personas:
Victoria y Alejandro.
Alejandro es estudiante de medicina, así que rara vez se
encuentra en casa. Por lo regular, podemos verlo en la cocina a
la hora de la cena, pero nada más. No es un chico sociable. De
hecho, me atrevo a decir que apenas si hemos tenido un par de
conversaciones pese a que vivimos bajo el mismo techo desde
hace casi un año.
Lo único que sé acerca de él, es que ha venido a estudiar
desde Baja California y que tiene una beca en una de las
universidades de paga más prestigiosas de la ciudad, cosa que
no me sorprende en lo absoluto. El tipo es dedicado a morir y no
hace otra cosa más que ir a la escuela, comer y estudiar para
sus exámenes. Entiendo porqué es uno de los estudiantes más
destacados de su generación.
Victoria, por otro lado, estudia la licenciatura en artes
escénicas. Ella tampoco está mucho en casa, ya que forma
parte de uno de los grupos de teatro más importantes de
Guadalajara y, seguido, tiene presentaciones con ellos.
Pasa sus días haciendo audiciones para papeles en obras
teatrales y yendo a los ensayos de las puestas en escena en las
que ya ha conseguido alguna participación.
Es una chica bastante ambiciosa. No me sorprendería
para nada si llegase a decirme que ha conseguido un papel en
alguna película independiente; o que, de buenas a primeras,
decidiera empacar sus cosas y lanzarse a la aventura de buscar
oportunidades en la capital del país.
En cuanto a mi relación con ella se refiere, no solemos
charlar demasiado, pero tampoco nos llevamos mal. No dudo ni
un segundo que, si ambas tuviésemos un poco más de tiempo,
quizás podríamos ser lo suficientemente cercanas como para
llamarnos amigas.
En general, mi vida en este lugar no es mala. El sueldo
que tengo en la editorial paga la renta y los servicios —que en
realidad no son muy costosos, ya que el departamento está
vacío casi todo el tiempo—, y mi transporte y alimentos son
patrocinados por la beca que tengo por parte de la universidad.
No es mucho lo que recibo de eso, ya que viene de fondos
gubernamentales, pero es suficiente para no pasar hambre. Es
suficiente para no ir a mendigar comida a casa de mis padres.
El familiar sonido del timbre de mi teléfono me hace pegar
un salto en mi lugar y, sin que pueda evitarlo, una maldición se
me escapa. Pese a que los músculos de las piernas apenas me
responden y a que aún no estoy lista para hacer como que nada
ocurre, me pongo de pie y me encamino hasta mi habitación
para tomarlo.
No alcanzo a atender la llamada. El aparato infernal deja
de sonar en el instante en el que pongo un pie en mi recámara y
otra maldición se me escapa solo por el mero placer de mandar
al demonio a quien sea que haya colgado antes de que lograse
llegar a contestar.
Me siento sobre la cama, aun sintiéndome inestable y
temblorosa.
El teléfono descansa sobre la mesa de noche que se
encuentra junto al colchón, así que no me toma mucho esfuerzo
estirar la mano para tomarlo y revisar la pantalla.
En ella brilla el ícono que indica las llamadas perdidas y
hay un número dos justo debajo de él. Debajo del número, el
nombre «Gael Avallone» es visible en letras blancas iluminadas.
Mi estómago hace una pirueta con solo leer su nombre.
Me quedo quieta, mirando hacia la pantalla sin saber qué
hacer. Sin saber si debo regresar la llamada o esperar a que sea
él quien intente comunicarse de nuevo.
No lo pienso demasiado. De hecho, ni siquiera lo hago.
Decido que lo mejor que puedo hacer es dejarlo estar. Es ignorar
lo que ocurre en el mundo real para intentar recuperar la
compostura que he perdido esta mañana.
Estoy a punto de presionar el botón para bloquear y
oscurecer la pantalla una vez más, cuando el aparato comienza
a vibrar en mi mano.
La sangre se me agolpa en los pies.
Ansiedad, nerviosismo y anticipación se apelmazan en mi
pecho y me hacen imposible hacer otra cosa que no sea mirar
como estúpida la pantalla, la cual cita en letras grandes el
nombre del magnate.
«¡Haz algo! ¡No te quedes ahí, como idiota! ¡Responde!»,
grito, para mis adentros y así lo hago: deslizo el dedo sobre la
opción de respuesta y coloco el aparato contra mi oreja. Para
ese momento, mi corazón ya late a una velocidad inhumana.
—¿Sí? —Sueno inestable cuando hablo y quiero
golpearme por eso.
—¿Cómo estás, Tamara? —La voz de Gael inunda mis
oídos y un escalofrío me recorre de pies a cabeza.
—¿Estás de regreso ya? —evado su pregunta con otra,
para así no tener que mentirle respecto a mi estado de ánimo.
Aún así, el nerviosismo es palpable en mi voz.
Hoy, definitivamente, no es un buen día. Hoy es uno de
esos días en los que todo pesa demasiado. En los que los
recuerdos me sobrepasan y no me dejan andar con normalidad.
—Así es —dice, con aire cargado de suficiencia—. Llegué
esta mañana. ¿Qué tal la universidad? ¿Sigues ahogándote en
trabajos escolares?
Muy a pesar de la sombra de zozobra que se cierne sobre
mí ahora mismo, sonrío.
—Ya no —digo, porque es cierto—. Este viernes por fin
salgo de vacaciones. Solo tengo que ir a la universidad a recibir
las calificaciones de dos materias y soy libre.
—Excelente. Entonces, no tienes inconveniente con la
posibilidad de reunirnos hoy, ¿no es así?
Un nudo se forma en la boca de mi estómago.
—¿Hoy?
—Sé que aún no es jueves, pero igual pensaba que sería
provechoso que nos reuniéramos. Ya sabes, por aquello de que
no nos hemos reunido desde hace tanto.
«¡No! —susurra mi subconsciente—. ¡No puedes dejar que
te vea en este estado!».
Aprieto la mandíbula y reprimo una maldición.
—No creo que sea buena idea —digo, al cabo de unos
segundos de absoluto silencio.
—¿Por qué no?
—Porque aún tengo tarea que terminar —me excuso,
aunque sé que es el pretexto más tonto que pude haberle dado.
—Acabas de decir que ya no tenías.
—Yo nunca dije que no tenía —improviso—. Dije que ya
no me ahogaba en ella.
El silencio del otro lado de la línea no hace más que
incrementar el nerviosismo y la angustia que me invaden.
—¿Estás evitándome, Tamara? —La pregunta de Gael me
saca de balance por completo.
—¿Qué? ¡Por supuesto que no! —exclamo, pero sueno a
la defensiva—. ¡Dios! Es que no entiendo cuál es la urgencia de
que nos veamos antes del jueves.
—El jueves tengo una junta importante —dice. También
suena a la defensiva—. Por eso quería agendar una cita hoy.
Ruedo los ojos al cielo.
—Sí, claro —digo, con exasperación—, y yo me chupo el
dedo.
—Tamara…
—Gael, no estoy de humor ahora mismo para atenderte,
¿de acuerdo? —lo interrumpo, sintiéndome cada vez más
alterada—. Tampoco tengo la energía para hacerlo. La semana
pasada fue más allá de lo estresante para mí y hoy,
simplemente, no me siento bien. De ninguna forma. Así que: no,
Gael. No puedo reunirme contigo el día de hoy. ¿Feliz?
El silencio en el otro lado de la línea hace que una
punzada de arrepentimiento me embargue.
—Lo lamento… —añado, al cabo de unos segundos de
absoluto silencio, para suavizar el dejo defensivo y hostil que he
tenido al hablar.
De pronto, no soy capaz de escuchar nada y, confundida,
aparto el aparato de mi oreja solo para descubrir que me ha
colgado.
Una mezcla de coraje, pánico y frustración se arremolina
en mi sistema, pero me las arreglo para mantenerla a raya
mientras dejo el teléfono sobre el mueble junto mi cama una vez
más.
El arrepentimiento se abre paso en mi pecho cuando
comienzo a decirme a mí misma que debí tener más tacto para
hablarle al magnate, pero, al mismo tiempo, el enojo que me
provoca la actitud infantil que tuvo al colgarme, me dice que se
lo tiene bien merecido.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que me atreva a
ponerme de pie, pero, cuando lo hago, decido que lo mejor que
puedo hacer es tomar una ducha con agua caliente.
Estoy a punto de tomar mi toalla y algo de ropa, cuando mi
teléfono suena una vez más.
Esta vez, el nombre de mi jefe, Román Bautista, brilla en la
pantalla.
Una palabrota escapa de mis labios solo porque sé que
acaban de volver a jugarme sucio y, aunque quiero desviar la
llamada y mandar a todo el mundo a la mierda, respondo.
—¿Diga?
—Tamara, ¿cómo estás? —La fría cordialidad con la que
el señor Bautista me habla no hace más que confirmar mis
sospechas.
—¡Señor Bautista! —finjo demencia. Me las arreglo para
sonar resuelta y relajada, pero que quiero colgarle el teléfono y
gritar de la frustración—. Estoy excelente. ¿Qué tal está usted?
—Muy bien, gracias —dice, en un tono tan frío, que me
hiela la sangre—. Te llamaba para informarte que tienes una cita
dentro de una hora en las oficinas de Grupo Avallone. Gael me
ha llamado personalmente para solicitar una reunión para hoy,
ya que el jueves le será imposible recibirte.
La ira que se detona en mi sistema es tanta que, de
pronto, la posibilidad de estrellar mi mano contra el rostro de
Gael, se siente tentadora y atrayente por sobre todas las cosas.
—Señor Bautista —trato de sonar serena y fresca cuando
hablo, pero no lo consigo en lo absoluto—, esta tarde me será
imposible asistir a la cita. Ya he dispuesto de mi tiempo por la
tarde y me temo que no podré acudir a las oficinas del señor
Avallone. Podemos agendar para otro día si él está de acuerdo.
Se hace el silencio.
—Tamara, te recuerdo que estás en periodo de prueba en
la editorial. —La dureza en el tono del señor Bautista no hace
más que destrozar el valor que trataba de hacer notar en mi voz
—. La semana pasada no te reuniste con Gael por cuestiones
escolares y lo entiendo, pero no puedes seguir dándole largas a
tus reuniones. Te recuerdo que tienes un informe bimestral que
entregar, así que te aconsejo que tomes las medidas pertinentes
para que seas capaz de presentar un avance significativo de la
biografía al finalizar el primer periodo. Recuerda que estamos
trabajando bajo reloj.
La ira que antes comenzaba a invadir en mi sistema ahora
hierve por mi torrente sanguíneo y me hace difícil pensar en otra
cosa que no sea en arrancarle la piel de la cara a Gael Avallone.
Otro silencio largo y tirante se extiende en la línea.
Al final, y luego de un largo debate interno, me aclaro la
garganta.
—Dentro de una hora me es imposible atender a esa cita
—digo, muy a mi pesar, y con la voz temblorosa debido a las
emociones—, pero puedo a las siete de la tarde.
—Perfecto. —El señor Bautista suena más ligero y amable
ahora—. Le informaré al señor Avallone y te regreso la llamada
para hacer la confirmación de la cita. Que tengas bonita tarde,
Tamara.
Y así, sin darme tiempo de decir nada, me cuelga el
teléfono.
Han pasado ya casi tres horas desde que tuve la crisis
nerviosa en mi apartamento y aún no logro reponerme de todo.
Aún no logro recuperar el control sobre mí misma, y de todos
modos estoy aquí, andando a paso apresurado por la acera en
dirección al edificio corporativo de Grupo Avallone.
No he tenido cabeza alguna para intentar verme decente.
Antes de salir, lo único que pude hacer por mi lamentable
aspecto, fue amarrar mi cabello en un moño despeinado y poner
algo de máscara para pestañas en mis ojos. Luego de eso, tomé
mi bolso y salí de la casa sin siquiera revisar si llevaba todo lo
necesario.
No fue hasta que me subí al autobús que me di cuenta de
que ni siquiera traigo el teléfono celular. Lo único que llevo
conmigo, es un billete de cincuenta pesos, el libro que estoy
leyendo, una pluma y una libreta diminuta donde suelo escribir
las escenas que se me ocurren para mis historias cuando estoy
fuera de casa.
No pierdo el tiempo cuando llego al enorme edificio de
Grupo Avallone y me encamino hasta la recepción una vez
adentro. Estando allí, le anuncio mi llegada a la mujer detrás del
escritorio y ella me indica que debo subir a la oficina donde Gael
se encuentra.
El camino al ascensor es casi tan corto como el viaje que
me separa del piso al que me dirijo; sin embargo, en el estado
de letargo nervioso en el que me encuentro, se me antoja
eterno.
No debería estar aquí. Debería estar recuperándome de la
sombra ansiosa que no me ha dejado tranquila en todo el día.
Detesto esta sensación. Odio no ser dueña de mí misma y
sentir como si fuese otra persona. Una que enterré hace mucho
y que no quiero que vuelva a la superficie nunca más.
El sonido de las puertas abriéndose delante de mí me
saca de mis cavilaciones, pero el mi cuerpo me exige que vuelva
sobre mis pasos y vaya a casa.
Avanzo hacia el recibidor que se encuentra afuera de la
oficina del magnate. La secretaria no se encuentra en su lugar.
«Quizás se encuentra ahí dentro. Con él».
El pensamiento que en otro momento me habría parecido
divertido, en estos momentos me parece enfermo.
No quiero volver a encontrarlo como lo hice la primera vez.
No quiero tener que lidiar con un Gael iracundo, cuando debería
ser yo la furiosa por la manera tan infantil e inmadura en la que
me hizo venir a su oficina.
Tomo una inspiración profunda y cierro los ojos.
Cuando los abro de nuevo, avanzo con lentitud hasta las
puertas dobles de la entrada a la oficina y, agudizando el oído,
llamo una vez.
Me cercioro de que el golpeteo de mi puño sea fuerte y
firme.
No hay respuesta del otro lado.
—Maldita sea… —mascullo, en un susurro apenas
audible.
Llamo una vez más.
Nadie responde.
Mis ojos se cierran una vez más y muerdo la parte interna
de mi mejilla mientras trato de deliberar qué demonios hacer.
Un tercer intento viene y, de nuevo, no obtengo el
resultado deseado. Nadie allí dentro atiende a mi llamado.
—Sabes llamar a las puertas después de todo. —La voz a
mis espaldas me hace dar un salto en mi lugar y, con violencia,
giro sobre mis talones para encarar la figura imponente del
hombre que se encuentra de pie a pocos pasos de distancia de
mí.
Gael Avallone me mira como si fuese un completo chiste y
la irritación se dispara en mi sistema por eso.
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué necesidad hay de asustar a
la gente? —espeto, con más brusquedad de la que me gustaría,
al tiempo que acomodo el tirante de mi bolso sobre mi hombro.
Una de las cejas de Gael se alza con condescendencia y
el coraje aumenta otro poco.
—Hoy luces particularmente encantadora, Tamara. —El
sarcasmo en la voz del magnate me hace querer golpearle la
cara una y otra vez, pero me las arreglo para alzar el mentón y
erguir la espalda.
—Gracias —digo, con toda la naturalidad que puedo
imprimir en la voz.
Un brillo de algo extraño se apodera de su mirada al
instante, pero desaparece tan pronto como llega.
—¿Estás bien? —pregunta, de pronto, y todo dentro de mí
se tambalea.
La inquietud, que se había mantenido a raya, se detona y
una nueva oleada de pánico me azota.
—¿Por qué no habría de estarlo? —sueno más a la
defensiva de lo que me gustaría.
Los ojos de Gael, clavados en mí, me recorren con lentitud
de pies a cabeza. Después, niega con un movimiento suave.
—Luces… extraña.
—Gracias.
El magnate frunce el ceño ligeramente. Luce confundido.
Fuera de balance.
—Me alegra mucho que te hayas hecho el tiempo de
atenderme esta tarde —dice, dejando pasar la tensión del
momento. No me pasa desapercibido el aire burlón con el que
habla. Sé que trata de aligerar el ambiente, pero ahora mismo
no puedo seguirle la corriente. Por más que quiera, no puedo
hacerlo—. Como habías dicho que estabas ocupada…
—Quiero que sepas que pienso que ese movimiento ha
sido bajo. Incluso para ti —digo, porque sé que eso es lo que
quiere escuchar—. Pero tampoco voy a darte el poder de volver
a hacerlo. Si juegas esa carta una vez más, olvídate de mí. No
escribiré tu biografía y no me importa cuánto tenga que pagarle
a la editorial por la rescisión del contrato que firmé.
Una media sonrisa torcida se desliza en los labios de
magnate.
—¿Entramos? —dice, ignorando por completo mi
amenaza, al tiempo que señala la oficina que se encuentra a mis
espaldas.
Yo no digo nada. Me limito a asentir con dureza antes de
seguirlo dentro de la habitación.
—Creí que estabas aquí con tu secretaria —digo una vez
que estamos dentro de la estancia—. Como no la vi allá
afuera…
La mirada que me dedica por encima del hombro es tan
severa, que tengo que reprimir la pequeña sonrisa que amenaza
con apoderarse de mí.
—Camila termina su jornada a las seis de la tarde. Ya se
fue a casa —informa—. Yo tuve una reunión con unos
accionistas extranjeros. Por eso no me encontraba aquí cuando
llegaste.
Asiento.
—Eso lo explica todo. —Agradezco a mi voz por sonar
ligera mientras hablo—. Estaba muy preocupada de tener que
entrar y encontrarte follando con ella otra vez.
Gael detiene su andar para encararme.
Su expresión es severa ahora.
—¿Es necesaria la indiscreción, Tamara?
Esta vez, no reprimo la sonrisa que se asoma en mis
labios.
—¿Tienen algo serio?
La advertencia en la mirada del magnate no hace más que
incrementar la satisfacción dentro de mí. No hace más que diluir
un poco la nube de melancolía que llevo encima el día de hoy.
—No —dice, aunque sé que no quiere darme razón de
nada—. Yo no tengo nada serio con nadie.
—¿Ni siquiera con la mujer con la que fue fotografiado y
subido a un blog de chismes?
Las cejas del magnate se disparan al cielo.
—Alguien ha hecho la tarea —apunta, al tiempo que se
deja caer sobre la enorme silla giratoria frente a su escritorio.
Me encojo de hombros.
—No he indagado demasiado. Solo lo suficiente.
Señala una de las sillas que se encuentran delante de su
escritorio y yo, obediente, me siento.
—¿De que deseas hablar ahora, Tamara? —Soy
plenamente consciente de que ha evadido mi cuestionamiento
inicial.
—De tus relaciones sentimentales está bien para mí —
resuelvo.
—De ninguna manera —dice tajante.
—¿Para qué me preguntas acerca de qué quiero hablar, si
no vas a concederme el placer de elegir? —me quejo. Llegados
a este punto, me siento un poco más… ligera.
—Hablemos de otra cosa. No tengo humor de hablar de mi
vida sentimental.
Un bufido escapa de mis labios.
—De acuerdo —digo, solo porque hoy no estoy de humor
para pelear con él—. Hábleme sobre la vida que llevó en España
con su madre.
El hombre delante de mí comienza a hablar. El relato
sobre la mujer independiente que dio crianza a un hijo mientras
trabajaba de tiempo completo, no logra mantenerme atenta. Al
contrario, lo único que consigue es hacerme divagar y fundirme
en el mar de recuerdos que me ha dado caza desde que
empezó el día.
Por más que trato de poner atención a lo que Gael dice, no
puedo pensar en nadie más que en Isaac. No puedo hacer más
que recordar esa noche y hundirme poco a poco en las arenas
movedizas que son mis memorias.
La pelea previa, mi salida sin permiso a mitad de la noche
solo para hablar con él, la reconciliación en la parte trasera de
su coche, mi insistencia en ir a esa estúpida fiesta, el alcohol, la
música, los disparos… todo comienza a apilarse en mi cabeza,
haciéndome imposible concentrarme en otra cosa y volver a la
realidad.
—¿Tamara? —La voz ronca y profunda me trae de vuelta
al aquí y al ahora y, de pronto, me encuentro parpadeando con
fuerza para fijar la atención en Gael y alejar las lágrimas que han
comenzado a acumularse en mis ojos.
El magnate me mira con el entrecejo fruncido y expresión
confundida.
—¿Te encuentras bien? —pregunta y, esta vez, no soy
capaz de ocultar la vergüenza y el bochorno.
Mis párpados se cierran y tomo una inspiración profunda.
El temblor de mis manos es incontrolable y el latir de mi
corazón es desbocado.
No puedo hablar.
No puedo decir nada.
No puedo hacer otra cosa más que quedarme aquí, quieta,
mientras intento contener el monstruo de recuerdos que
amenaza con consumirme.
—¿Tamara? —La voz de Gael invade a mis oídos en la
lejanía, como si llegase a mí luego de haber pasado por un túnel
largo y oscuro.
No puedo respirar. El aire no llena mis pulmones y la
habitación se reduce tanto, que me siento atrapada.
—¡Tamara!
Mis oídos zumban, el pulso me golpea con violencia detrás
de las orejas, el sonido de mi respiración es agitada y
temblorosa.
—¡¿Pero qué cojones…?! ¡Tamara! ¡Respira!
Un sonido estrangulado se me escapa de los labios en el
instante en el que un par de manos grandes me sostienen por
los brazos. Trato de deshacerme del agarre firme, pero no lo
consigo, así que forcejeo con más intensidad.
—¡Tamara! ¡Tamara, mírame!
Las manos abandonan mis brazos y se ahuecan en mi
rostro. Mi cabeza es sostenida con firmeza y, de pronto, me
encuentro mirando fijamente el rostro excesivamente cercano de
Gael Avallone; contemplando las tonalidades ambarinas de sus
ojos y la fuerza de su ceño fruncido.
—Respira, Tamara —dice, con la voz enronquecida y
siento como sus pulgares acarician mis mejillas.
Aliento cálido me golpea la comisura de los labios y otra
clase de emoción, una densa y dulce, se mezcla con el pánico
que me envuelve.
—Respira conmigo, Tamara.
Capítulo 10

El sonido de mi respiración agitada y entrecortada es lo único que


soy capaz de escuchar.

Los labios del hombre que me sostiene se mueven y pronuncian


palabras, pero estas no llegan a mí. Me di-cen cosas que no logro
entender porque estoy demasiado alterada. Demasiado ansiosa.
Demasiado asustada.
Lágrimas calientes me nublan la vista y mi boca se abre para
jadear en busca de aire cuando mi nariz es incapaz de conseguir
suficiente. El terror que me provoca no poder respirar hace que
comience a revolverme en mi lugar, pero Gael —quien no ha dejado
de hablarme— me sostiene donde me encuentro.
Mis manos se apoderan de las suyas —las cuales no han
abandonado mi cara ni un solo momento— y las estrujo con
violencia. Si no me mordiese las uñas, seguramente ya le habría
dejado marcas de lo fuerte que estoy apretándole.
La ansiedad, la frustración y el pánico me hunden. Me
dominan y me hacen imposible pensar en nada. Me hacen imposible
dejar de respirar como si el aire existente en el mundo fuese
insuficiente para mí.
Cierro los ojos.
Lágrimas pesadas se deslizan por mis mejillas y siento como
la frente de Gael se une a la mía. Como su aliento cálido me golpea
la boca de lleno.
El aroma fresco y varonil del perfume caro que utiliza inunda
mis fosas nasales; algo intenso, desconocido y abrumador aletea en
mi pecho y me aferro a él. Me aferro a él porque es lo único que
puedo sentir. Es lo único, además del pánico, que puedo procesar.
Un pulgar acaricia mi mejilla. Unos nudillos me rozan la
mandíbula en una caricia dulce y un escalofrío me recorre de pies a
cabeza.
Mis manos se deslizan por los brazos del magnate —quien no
deja de desperdigar caricias dulces en mi rostro— hasta llegar a su
pecho. Entonces, cierro los dedos para aferrarme al material del saco
que lleva puesto. En respuesta, lo único que consigo, es que se
acerque un poco más.
Agacho la cara, de modo que mi frente queda presionada
contra su barbilla. Gael desliza su tacto hasta posarlo sobre mis
hombros y envuelve los brazos a mi alrededor.
El abrazo es doloroso. Es incómodo y, por extraño que
parezca, es… liberador. No puedo describirlo de otra manera. Es
como si estuviese expulsando fuera de mí toda la tensión nerviosa
que llevo acumulada. Es como si, por medio de la presión excesiva,
Gael estuviese liberándome del terror que se cuela en mis huesos.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que, poco a poco, sea
capaz de percibir algo más que el sonido entrecortado de mi
respiración. Antes de que el sonido de mi pulso disminuya y me
permita darme cuenta de que el hombre que me sostiene en brazos,
no ha dejado de susurrar palabras tranquilizadoras para mí.
El tono melifluo que utiliza no hace otra cosa más que
introducirme en un estado de extraño sopor. Un peculiar estado de
tranquilidad ansiosa que soy incapaz de sacudir fuera de mi sistema.
—Eso es, Tam… —La voz de Gael llena mis oídos, y me
sobrecoge el tono protector y dulce que utiliza—. Respira profundo.
Así…
Y así lo hago.
Como puedo, y al ritmo que él impone, inhalo y exhalo largas
bocanadas de aire. Inhalo y exhalo largas bocanadas de estrés,
miedo y angustia.
El tiempo pasa lento. Quizás lo hace rápido. No lo sé. Lo único
que sé, es que no puedo —quiero— apartarme. Lo único que sé es
que, sea lo que sea que Gael está haciendo, está funcionando. Está
consiguiendo mantener a raya el pánico insistente que me atenazaba
el cuerpo hace apenas unos instantes.
—Todo está bien, Tam —Gael susurra y, esta vez, soy capaz
de sentir cómo los cabellos sueltos alrededor de mi oreja se mecen
con el ritmo de su aliento—. No pasa nada. Estoy aquí contigo. Estás
bien.
Otro escalofrío me recorre.
—Vamos, Tamara —insiste, en el mismo tono suave y dulce de
hace un rato—. Respira. Respira hondo.
Y así lo hago. Concentro toda mi atención en la tarea que él
mismo ha impuesto y no me detengo hasta que mi respiración se
acompasa. Hasta que lo único que soy capaz de percibir, es el
sonido de los susurros amables de Gael.
Con el paso de los minutos, la bruma a mi alrededor se disipa
y me permite ser un poco más consciente de mi entorno.
Nadie dice nada. Nadie se mueve.
Entonces, con mucha lentitud, el peso de lo que acaba de
suceder comienza a asentarse sobre mis huesos.
Me siento avergonzada hasta la mierda. Humillada en formas
que ni siquiera yo misma soy capaz de comprender, y quiero
disculparme. Quiero pedir perdón una y otra vez por este episodio
tan desagradable por el que acabo de pasar y, al mismo tiempo,
quiero gritarle a Gael Avallone por haberme obligado a venir a verlo.
Por haberme obligado a salir de mi casa cuando no debí hacerlo en
primer lugar; pero, en lugar de hacer todo aquello, me quedo aquí,
quieta, aferrando mis entumecidos dedos al saco caro que lleva
puesto. Aferrándome a la poca dignidad que me queda.
La fuerza del abrazo de Gael ha disminuido considerablemente
—ahora es solo un gesto que se me antoja… dulce—, el temblor de
mis manos ha desaparecido casi por completo y la sensación de
asfixia que me llenaba de pánico hace unos instantes, se ha
convertido en la sombra sorda de un dolor en la garganta.
Trago duro.
Una de las manos que me sostiene abandona el abrazo en el
que he sido envuelta y, sin más, se dedica a apartar mechones
rebeldes que vuelan sueltos fuera del moño despeinado que llevo en
la cabeza.
El gesto envía un choque eléctrico por todo mi cuerpo y me
quedo quieta —muy quieta— mientras absorbo la forma en la que los
dedos largos de Gael colocan mi cabello detrás de mi oreja.
—¿Mejor? —El magnate susurra, al cabo de un largo
momento de absoluto silencio.
No respondo. Me limito a asentir con lentitud, al tiempo que me
aparto un poco, y siento cómo la tensión en los hombros del magnate
disminuye.
—Llamaré al médico del edificio.
—¡No! —El disparo de ansiedad que me recorre es tan
intenso, que no puedo contenerlo. Que temo que pueda ponerme a
hiperventilar de nuevo en cualquier instante.
—¿Por qué no? Tamara, acabas de tener una crisis nerviosa.
Necesitas…
—Por favor, no —suplico con un hilo de voz, sin siquiera
atreverme a mirarlo a la cara—. Solo quiero ir a casa.
Gael no dice nada. De hecho, tampoco se mueve durante lo
que se siente como una eternidad y, cuando por fin lo hace, es para
apartarse de mí por completo.
El vacío que dejan sus brazos en mí es tan grande, que me
siento vulnerable.
No me atrevo a alzar la vista del suelo. Estoy tan avergonzada,
aturdida y humillada, que no me permito el lujo de mirar al magnate.
Mucho menos ahora que me he dado cuenta de que estoy sentada
en el suelo de su espaciosa oficina.
«¿Cómo demonios llegué al suelo?».
Mis ojos se cierran con fuerza una vez más y soy capaz de
sentir cómo la humedad de las pestañas me moja la parte alta de los
pómulos. La vejación y la vergüenza incrementan otro poco.
Como puedo, y haciendo acopio de la poca dignidad que me
queda, me pongo de pie. Mis piernas se sienten temblorosas y
débiles, pero trato de no hacerlo notar al tiempo que, sin siquiera
alzar la vista de la duela que cubre el despacho, ubico mis cosas —
las cuales están regadas por todo el suelo de la habitación.
Rápidamente, me arrodillo para tomarlas, pero una mano
fuerte y firme me sostiene por el codo de un movimiento suave pero
autoritario. Mi vista viaja a la figura que, poco a poco, se acuclilla a
mi lado, y mi corazón se salta un latido cuando, sin siquiera
dedicarme una mirada, Gael comienza a recoger mis pertenencias
del suelo.
Un centenar de emociones intensas, dolorosas y abrumadoras
colisionan en mi interior y de pronto no puedo hacer nada más que
mirarlo. No puedo hacer otra cosa más que admirar la línea dura que
dibuja su mandíbula apretada mientras introduce todas mis cosas en
el bolso que traje conmigo.
Se pone de pie.
Yo, sin saber muy bien qué hacer, lo imito. Esta vez, no me
molesto en fingir que no me siento afectada por sus acciones. Me
permito mostrarme tan sorprendida y aturdida como me siento.
—Gracias —digo, con la voz temblorosa e inestable, al tiempo
que estiro mi mano para alcanzar el bolso que Gael sostiene.
No me permite tomarlo.
—Siéntate. Voy a traerte un vaso con agua antes de que te
vayas —dice, al tiempo que me dedica una mirada dura pero
preocupada.
Mi corazón se estruja una vez más.
—De verdad, me gustaría irme ya —digo, porque es cierto.
La duda surca la expresión del magnate durante unos largos
instantes, pero, finalmente, asiente.
—Bien —dice—. Vamos.
—¿Qué?
—Voy a llevarte hasta la puerta de tu casa, Tamara.
Mi cabeza se sacude en una negativa incrédula.
—No es necesario. En serio.
Esta vez, la dureza en la mirada de Gael es tanta, que tengo
que reprimir el impulso que tengo de encogerme sobre mí misma.
—No estoy preguntándote si quieres o no que te lleve —refuta,
con determinación—. No puedo dejar que te marches en este estado.
Si no quieres esperar a que venga un médico a revisarte y ni siquiera
quieres esperar a que te recuperes del todo, lo menos que puedo
hacer, es llevarte hasta la puerta de tu casa.
Un nudo comienza a instalarse en mi garganta y no sé cómo
sentirme. No sé si quiero pedirle que me deje en paz o agradecer la
preocupación que siente por mí. Ni siquiera sé cómo mirarlo a la cara
sin querer que la tierra se abra y me trague.
—Déjame llevarte hasta tu casa, Tamara. —El tono dulce que
utiliza me saca de balance—. Por favor.
Cierro los ojos con fuerza y desvío la mirada.
Una inspiración profunda es inhalada por mi nariz y la
indecisión se apodera de mis huesos. Una parte de mí dice que
dejarlo adentrarse de esta manera en mi vida no es una decisión
inteligente, pero la otra no deja de susurrarme una y otra vez que lo
único que Gael quiere es ayudar. Es cerciorarse de que me
encuentro bien.
—Gael…
—Tamara, solo quiero asegurarme de que llegues bien. No te
estoy pidiendo que me dejes llevarte a un hospital. Tampoco estoy
pidiéndote explicaciones de nada. Solo déjame llevarte hasta la
puerta de tu casa —pide, en voz baja y ronca—. Por el puñetero bien
de mis nervios, déjame llevarte a tu casa. No voy a dormir tranquilo si
no lo hago.
Guardo silencio.
—Por favor… —insiste, en voz tan baja, que apenas puedo
escucharlo.
—De acuerdo —digo, al cabo de unos instantes.
En ese momento y sin perder un solo segundo, Gael asiente y
se apresura a tomar el maletín que se encuentra colgado en el
perchero de la estancia. Luego de eso, se encamina hasta donde me
encuentro y, sin soltar mis pertenencias, señala en dirección a la
salida de la oficina en un claro gesto de retirada.
Yo, sin esperar a que diga nada, avanzo hasta la salida.
Llegar al estacionamiento del edificio es sencillo. Localizar el
auto costoso en el que se mueve el magnate, lo es más. Es el único
coche en este lugar que pareciera como si pudiese gastarse si lo
miras demasiado. No sé mucho de autos, pero estoy casi segura de
que es un BMW. Si no lo es, se parece demasiado al modelo que mi
padre y Fabián estaban admirando la otra noche por internet.
Gael, sin decir nada, abre la puerta del copiloto para mí. Yo,
sin pensarlo, me introduzco en el vehículo. Acto seguido, la puerta es
cerrada a mi lado y la figura del magnate aparece en mi campo de
visión, mientras rodea el coche para llegar a la puerta del conductor.
Cuando el hombre se sienta a mi lado, lanza su maletín y mi
bolso en el asiento trasero.
—Cinturón —dice, en un tono tan demandante, que me saca
de balance; y, luego, comienza a ponerse él el suyo. Al cabo de unos
instantes de absoluto aturdimiento, lo imito.
El rugido del imponente motor al encender hace que la sombra
de un recuerdo oscuro salga a la superficie, pero me las arreglo para
empujarlo lejos lo mejor que puedo.
—¿Hacia dónde vamos? —Gael pregunta, al tiempo que
ajusta el espejo retrovisor antes de echar el coche en reversa.
—La colonia se llama Jardines del Sur —digo, en un susurro
tímido.
—No la conozco.
Hace una mueca de disculpa.
—No importa —digo—. Yo te guío.
Gael asiente y, sin más, sale del estacionamiento subterráneo
del edificio y se direcciona hacia la avenida más cercana.

El camino hasta mi casa es silencioso. El único momento en el


que la quietud y el silencio son interrumpidos, es cuando habla por
teléfono con —según lo que masculló— su gente de seguridad, a
quienes le informa que ha tenido que abandonar su oficina antes de
lo previsto, y cuando le doy indicaciones sobre el camino que debe
tomar.
De vez en cuando, me tomo el atrevimiento de mirarlo de reojo
conduciendo y no puedo evitar preguntarme el motivo por el cual no
tiene un chofer a su servicio. Me digo a mí misma que, cuando sea el
tiempo y las circunstancias se den, le preguntaré al respecto. Solo
así, soy capaz de enfocar mi atención en el camino que recorremos.

Nos toma alrededor de cuarenta y cinco minutos llegar al edificio


departamental en el que vivo, pero no es hasta que aparca en uno de
los reducidos espacios del estacionamiento, que la realización de lo
que está ocurriendo cae sobre mí como balde de agua helada.
Gael Avallone está aquí, afuera de mi casa. En un lugar al que
no pertenece en lo absoluto. En una zona de la ciudad que jamás
habría pisado de no ser por mí, y eso, por sobre todas las cosas, me
hace sentir incómoda. Avergonzada.
Si bien este lugar no entra en los estándares de lo peligroso, ni
en los de bajos recursos, no puedo evitar notar cuánto desentona su
coche con los del resto de mis vecinos.
Seguramente, en la zona en la que vive, es normal ver este
estilo de coches rondando por todos lados; sin embargo, aquí, en
una colonia de clase media baja, luce ostentoso por sobre todas las
cosas.
Y no se trata solo del auto. Se trata de él. Del tipo de persona
que es. Gael Avallone no pertenece a lugares como este. Desentona
en este tipo de mundo —mi mundo—, y eso me incomoda de sobre
manera.
«¿Por qué te molesta tanto?».
—¿Vives sola? —La voz ronca de Gael me saca de golpe de
mis cavilaciones.
Al cabo de unos segundos, niego con la cabeza. Sigo sin
atreverme a mirarlo.
—Vivo con una chica y un chico. Estudiantes también —digo,
aunque sé que no le debo explicaciones de nada. No se siente como
si se las estuviese dando de todos modos.
Por el rabillo del ojo, lo veo asentir.
—¿La zona es segura?
La confusión me invade y poso mi atención en él.
—Tan segura como lo puede ser cualquier colonia de la ciudad
—digo. El aturdimiento y el desconcierto son palpables en mi tono.
Gael no despega la vista del edificio que se encuentra delante
de nosotros, pero asiente una vez más. Me da la impresión de que
evita mirarme.
«¿Por qué?».
—¿No tienes coche?
—No.
No me atrevo a apostar, pero creo haberlo visto apretar los
dedos alrededor del volante.
—¿Viajas desde aquí hasta mis oficinas cuando tienes
nuestras reuniones?
Mi ceño se frunce en un gesto perplejo.
—A veces lo hago desde el trabajo, otras desde la escuela y
unas cuantas desde aquí —digo, sin saber a dónde quiere llegar con
el interrogatorio.
Su mandíbula se aprieta.
El silencio que le sigue a mis palabras es tenso y tirante, pero
ninguno de los dos hace nada por romperlo.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que, sintiéndome más
incómoda que nunca, me aclare la garganta.
—Gracias por traerme —digo, en voz baja, a manera de
despedida cordial.
No responde.
—Nos vemos luego —insisto, al cabo de unos segundos de
silencio y me deshago del cinturón de seguridad que me mantiene
fija en el asiento. Luego, tomo mi bolso del sillón trasero y abro la
puerta del vehículo.
—Voy a asignarte un chofer. —La voz de Gael llena mis oídos
en el instante en el que pongo un pie fuera del coche y me congelo
por completo.
Mi corazón se salta un latido.
—¿Qué?
La mirada dura y preocupada de Gael se fija en mí y mi
estómago se estruja ante la intensidad con la que me observa.
—Voy a asignarte un chofer que te traiga a casa luego de
nuestras reuniones —dice y una emoción extraña e indescriptible me
calienta el pecho.
—De ninguna manera —digo tajante, pero, de alguna forma,
logro sonar avergonzada y temerosa.
—No está a discusión, Tamara —dice él, pero no suena como
si tratase de imponer su voluntad. Al contrario, se siente como si
estuviese pidiéndome permiso para hacerlo.
—No necesito un chofer —refuto—. No quiero uno.
—Vives muy lejos.
—Tus oficinas son las que se encuentran al otro lado de la
ciudad —sueno más indignada de lo que me gustaría—, pero ese no
es el punto. El punto aquí es que no me debes nada. No hay
necesidad alguna de que me asignes un chofer —sacudo la cabeza
—. ¡Ni siquiera somos amigos, por el amor de Dios!
—Tamara…
—No, Gael —lo interrumpo—. No te equivoques conmigo. No
quiero nada que tenga que ver con tu dinero. No necesito que hagas
nada por mí. No sé con qué clase de mujeres estás acostumbrado a
tratar que permiten que les des todo, pero yo no soy así. El día que
necesite volver a casa temprano, tomaré un Uber, un taxi o cualquier
otra cosa. Agradezco las buenas intenciones, pero no me sentiré
bien conmigo misma si te permito hacer esa clase de cosas por mí.
Algo salvaje se apoderada del rostro del magnate y la emoción
extraña en mi pecho ruge en respuesta.
—Me preocupo por ti, Tamara —dice y un puñado de rocas se
asientan en mi estómago.
—Y lo agradezco —asiento. Trato de sonar resuelta, pero sé
que no lo consigo del todo—, pero eso no quiere decir que voy a
permitirte hacer esa clase de cosas por mí.
Una negativa sacude la cabeza del magnate.
—¿Por qué no puedes ser como todas las demás? —dice,
pero no suena como si estuviese hablando conmigo—. ¿Por qué, en
el jodido infierno, tienes que ser de esta manera?
Me encojo de hombros, en un gesto que pretende ser
despreocupado.
—Tengo que irme —digo, para evitar responder a sus
preguntas.
—¿Te veré pronto? —El tono ansioso que escucho en su voz
hace que mis niveles de nerviosismo se disparen un poco más.
—Sí.
Él asiente.
—Estaré esperándolo con ansias —dice y, sin que pueda
evitarlo, una pequeña sonrisa se desliza en mis labios.
—Yo también, Gael —admito, y mi pecho se llena de una
sensación abrumadora e intensa. Antes de que pueda ponerme a
analizarla, la empujo lejos de mi sistema.
Luego, cierro la puerta del coche y me encamino hasta la
entrada del edificio departamental en el que vivo. Una vez ahí, me
detengo unos instantes solo para mirar hacia atrás y comprobar que
el magnate aún no se ha marchado.
Una sonrisa eufórica amenaza con abandonarme cuando me
doy cuenta de que sigue aquí, pero la contengo como puedo y,
haciendo acopio de mi dignidad y mi serenidad fingida, me echo a
andar escaleras arriba, en dirección al apartamento en el que vivo.
Capítulo 11

Estoy completamente segura de que mi corazón va a hacer un


agujero en mi pecho y va a escapar corriendo en cualquier momento.
Tengo la certeza de que las ganas que tengo de vomitar van a
ganarme la batalla y voy a hacer el ridículo en el instante en el que
ponga un pie dentro de la oficina de Gael Avallone.
Casi puedo verme disculpándome como idiota una y otra vez.
Casi puedo verlo a él, con gesto asqueado, mirándome atónito.
«¡Basta! —Grita mi subconsciente—. ¡Deja de hacerte
historias en la cabeza! ¡No ocurrirá nada! ¡Entrarás ahí y actuarás
como si nada hubiera pasado la última vez que estuviste aquí!».
El sonido de las puertas del elevador abriéndose, hacen que
todo mi cuerpo se tense en respuesta, pero me las arreglo para
echarme a andar rumbo a la recepción que se encuentra afuera de la
oficina del magnate.
Camila, la secretaria del hombre, se encuentra en su lugar de
trabajo y el alivio que eso trae a mi sistema es grande e
indescriptible.
Me digo a mí misma que el gusto absurdo que siento, es solo
porque no deseo verme en la incómoda situación de ver a Gael
enrollándose con ella y, con esto en la cabeza, me acerco al
escritorio para anunciar mi llegada.
La chica, a la cual no le calculo más de veinticinco, me recibe
con una sonrisa amable que no soy capaz de responder con la
sinceridad debida. No sé por qué he desarrollado esta extraña
aversión hacia ella. No es algo que me haga sentir cómoda u
orgullosa de mí misma, pero no puedo evitarlo. No puedo dejar de
sentirme incómoda con su cercanía.
—Llegaste temprano —la chica dice, con amabilidad, pero no
le respondo, me limito a esbozar una sonrisa amable.
Ella no parece notar el repele que le tengo y empieza a
parlotear acerca de lo insistente que se encontraba Gael por
concretar nuestra cita de hoy. Acto seguido, se comunica con él por
medio del teléfono que tiene en el escritorio y le anuncia mi llegada.
Instantes más tarde, me dice que el magnate está esperándome
dentro y yo, sin esperar a que pueda decir nada más, me encamino
hasta las inmensas puertas dobles de la oficina.
El hombre que me espera dentro me mira de pies a cabeza en
el instante en el que pongo un pie en la habitación y un brillo de algo
desconocido se apodera de su mirada casi al instante.
Soy plenamente consciente de que estoy demasiado arreglada
para la ocasión, pero no dejo que eso me avergüence ni un poco. Al
contrario, permito que la seguridad extra que me da el haberme
alisado el cabello y el haberme puesto un bonito labial rojo en los
labios, me lleve a alzar el mentón y avanzar hasta su escritorio con
toda la naturalidad del mundo.
Una vez frente al inmenso mueble, dejo caer la carpeta que
llevo entre los dedos para luego acomodarme en uno de los asientos
que se encuentran frente a él.
—No todos los días el universo me concede el placer de verte
así de guapa —Gael comenta, ignorando por completo lo que he
dejado sobre el escritorio—. ¿A qué se debe?
Me encojo de hombros.
—Saldré con unos amigos de la universidad más tarde —digo,
porque es cierto—. Celebraremos que el martirio al fin ha terminado
yendo a escuchar buena música al bar Mayas que está en
Chapultepec.
—Define buena música.
No me pasa desapercibido el hecho de que está actuando
como si nuestra última interacción no hubiese ocurrido. Como si el
episodio que tuve aquí mismo, en su oficina, jamás hubiese pasado.
—Rock en español.
—¿Soda Stereo? ¿Héroes del Silencio?...
—Más bien Maná, Cuca o Caifanes —digo, al tiempo que
cruzo una pierna sobre la otra y le guiño un ojo.
«¿Por qué carajo acabo de guiñarle un ojo?».
Una sonrisa sesgada se dibuja en los labios del hombre frente
a mí y sacude la cabeza en una negativa.
—¿Esas son bandas mexicanas? No las conozco —admite—.
Quizás son bandas demasiado modernas para este viejo hombre.
—En realidad ya tienen varios años de trayectoria —digo—,
pero sí, son bandas mexicanas. Deberías escucharlas algún día. Son
buenas.
Asiente, sin dejar de sonreír.
—Lo haré —dice, al tiempo que toma la carpeta que he dejado
sobre su escritorio—. ¿Debo preguntar qué es esto o simplemente
debo tirarlo al bote de la basura sin echarle una mirada?
—Es su contrato, señor Avallone —digo, con aire suficiente—.
La última vez que estuve aquí no tuve oportunidad de traerlo, pero
ahora no lo olvidé. Léalo cuando le parezca conveniente y, cuando lo
firme, usted y yo tendremos una relación laboral increíble.
—¿Ya volvimos a hablarnos de «usted»? —dice, mientras
husmea en el contenido del archivador que traje—. Creí que
habíamos superado la etapa en la que me veías como un anciano
decrépito.
Mis cejas se disparan al cielo.
—¿Perdona? —Sueno más indignada de lo que me gustaría
—. Fuiste tú quien me dejó en claro que no te interesaba perder
formalidades conmigo.
—¿Cuándo dije eso?
Ruedo los ojos al cielo.
—No lo dijiste literalmente, pero me dejaste muy en claro que
no ibas a dejar de hablarme de «usted» porque nuestra relación era
«estrictamente profesional» —refuto y me aseguro de hacer una
mala imitación de su acento cuando pronuncio las últimas dos
palabras.
—¿En serio dije eso?
—Sí que lo hiciste.
—Qué capullo soy, entonces.
Es mi turno de sonreír, muy a mi pesar.
—¿Estamos aquí para discutir el modo en el que te hablo o
vamos a hacer una lectura de ese contrato de una vez por todas? —
digo, para cambiar el rumbo de nuestra conversación.
—Prefiero leer esto en casa con calma —dice, mientras cierra
la carpeta y la coloca sobre el escritorio—. Si tengo alguna duda al
respecto, no dudes ni un momento que te llamaré para consultarla
contigo.
—De acuerdo —digo—. Espero tenerlo firmado lo más pronto
posible. Así trabajamos mejor los dos.
La sonrisa de Gael se ensancha otro poco, pero no dice nada
al respecto. Se limita a negar con la cabeza antes de acomodarse las
mangas del saco a la altura de las muñecas.
—¿De qué quieres que hablemos hoy?
Me encojo de hombros.
—Diga lo que diga, terminaremos hablando de lo que tú
quieras —trato de sonar fastidiada, pero no lo consigo—, así que
sorpréndeme.
Gael se recarga contra el respaldo de su silla giratoria.
—Tengo dos hermanos mayores —dice, al cabo de unos
segundos—. Diana y Antonio. Diana acaba de cumplir treinta y seis y
Antonio tiene cuarenta y ocho.
De inmediato, tomo la libreta que traje conmigo y la abro en
una página nueva para escribir lo que acaba de decirme.
—¿Cómo es tu relación con ellos?
Se encoge de hombros.
—No es tan mala como lo era hace unos años, debo admitir —
dice—; pero tampoco es la mejor.
Mi cabeza se ladea ligeramente, en señal de curiosidad.
—Supongo que ser medios hermanos ha creado una brecha
entre ustedes —me aventuro a decir.
—La sangre no tiene nada que ver aquí —dice—. Es el dinero
de mi padre lo que ha hecho que la brecha sea gigantesca. —Me
regala una sonrisa cargada de disculpa—. Antonio creyó que mi
padre le heredaría su emporio. Ya podrás imaginar cómo se pusieron
las cosas cuando se enteró de que sería yo quien manejaría Grupo
Avallone y no él. —Sacude la cabeza en una negativa. No me mira
directamente. De hecho, luce como si estuviese absorto en sus
recuerdos—. En cuanto a Diana se refiere, ella simplemente hace lo
que Antonio le dice. Si él le pide que no me dirija la palabra, Diana lo
hace. —Un suspiro pesaroso se le escapa—. Detesto decirlo, pero
es una mujer con muy poco carácter. Es la sombra del hombre al que
escogió por marido y, cuando era más joven, era la sombra de
Antonio. Es una lástima, porque es una mujer bastante
impresionante. Y no hablo solo del exterior.
Mientras me habla acerca de su hermana, no puedo evitar
pensar en la mía. No puedo evitar sentir como si estuviese
escuchándolo hablar de Natalia y de la forma en la que, poco a poco,
fue apagándose para convertirse en la sombra de Fabián.
—Entiendo lo que dices —asiento, luego de que termina de
hablar—. Mi hermana solía ser una chica bastante efervescente,
fresca, abierta… —Hago una pequeña pausa para alzar la vista y
encarar al hombre que ahora me escucha con atención—. Y,
entonces, se casó. —Niego con la cabeza, al tiempo que ruedo los
ojos al cielo—. Se casó con el hombre más imbécil que he conocido
en mi vida y se transformó en esta criatura extraña que trata,
desesperadamente, de ser la esposa ideal. La esposa perfecta.
—Es bastante lamentable ver como algunas personas se
pierden en la búsqueda de hacer feliz a otras —Gael habla y poso
toda mi atención en él—. La gente cree que el amor se trata de
sacrificio. Que se trata de renunciar a tu propia felicidad con tal de
ver al otro siendo feliz.
—¿De qué trata el amor, Gael? —pregunto, con genuina
curiosidad.
—De aceptación —dice—. De complementarse el uno al otro.
De no depender, sino de crecer en conjunto. Para mí, de eso trata el
amor.
—¿Alguna vez has estado enamorado? —La pregunta sale de
mis labios sin que pueda procesarla. No es hasta que abandona mi
boca, que me doy cuenta de lo que acabo de preguntarle y de las
pocas probabilidades que tengo de que me responda.
—¿Quién no lo ha hecho? —dice, para mi sorpresa, y la
sonrisa que esboza se me antoja nostálgica. Triste—. Pero estar
enamorado no es lo mismo que amar a alguien. El enamoramiento
es pasajero. El amor de verdad prevalece y se fortalece con el
tiempo.
—Permíteme corregir mi pregunta: ¿Alguna vez has amado a
alguien?
Los ojos del magnate se llenan de una emoción desconocida
para mí y quiero preguntar qué es lo que le pasa por la cabeza ahora
mismo.
—Estábamos hablando de mis hermanos —apunta, pero no
suena como si estuviese molesto o incómodo con mi interrogatorio.
—Tú te desviaste a medio camino —lo acuso—. Yo no tengo la
culpa de nada.
—¿Qué me dices de ti, Tamara? —Ignora mi queja, mientras
se inclina hacia adelante en el asiento y apoya los codos sobre el
mueble de madera—. ¿Te has enamorado? ¿Has amado a alguien
alguna vez?
—Sí —digo, porque es cierto—. Me he enamorado y he
amado. Y me han hecho pedazos el corazón, como a cualquier ser
humano.
—¿Lo admites así? ¿Con esa facilidad?
Me encojo de hombros.
—No me avergüenza decirlo. No es algo malo. Al menos, no
para mí. He aprendido un montón de todas esas experiencias y es
por eso que me hace sentir bien conmigo misma el decir que he
amado, y que me he enamorado, y que me han roto el corazón.
La sonrisa que esboza ahora es tan cálida y dulce, que algo
dentro de mí se agita con violencia.
—Eres una chica valiente, Tamara —dice, con la voz
enronquecida.
Me encojo de hombros.
—Soy un espíritu salvaje —bromeo y su sonrisa se ensancha.
—Entonces, deseo de todo corazón que, cuando te cases,
sigas siendo ese espíritu salvaje —dice y mi pulso se acelera al
instante—. No dejes que apaguen ese fuego que llevas dentro.
Manda a la mierda al gilipollas que quiera cambiarte y sé tú siempre.
Trago duro y, sin saber qué decir, coloco mi cabello suelto
detrás de mis orejas.
—¿Crees que adulándome vas a conseguir que no hable
sobre lo mal que te llevas con tus hermanos? —digo, para tratar de
aligerar el ambiente y una pequeña risa se le escapa de la garganta.
—No estoy adulándote. Estoy deseándote algo bueno.
—No me mientas. Sé que solo tratas de hacerme sucumbir
ante tus encantos para manipularme.
—¿Crees que poseo encantos suficientes como para
manipularte? —El brillo juguetón que adquiere su mirada hace que
mi corazón se salte un latido.
«¿Está coqueteando conmigo?».
—No te emociones tanto, Gael —digo, e imito el tono juguetón
que escuché en su voz hace un momento—. Ni siquiera eres mi tipo
de hombre.
—¿Qué clase de hombres son tu tipo, Tamara? —El gesto
curioso y analítico que se apodera de su rostro no hace más que
ponerme ansiosa y nerviosa.
—Me gustan los hombres libres —digo, sin dudarlo—. Me
gustan los chicos desinhibidos, que tienen tema de conversación.
Que saben lo que quieren y que trabajan duro para lograr sus
objetivos.
Esta vez, la mirada que el magnate me dedica es tan intensa,
que tengo el impulso de desviar la mía para que no sea capaz de
notar el efecto que tiene en mí. Para que no sea capaz de notar que
estoy nerviosa hasta la mierda.
—¿Qué hay de ti, Gael? ¿Qué clase de mujeres son tu tipo?
—digo, para desviar el tema de conversación.
—Todas las mujeres son mi tipo —dice, con aire arrogante y
socarrón—. Soy de la idea de que un hombre puede ser feliz con
cualquier mujer mientras que no la ame.
—Adueñarte de una cita de Oscar Wilde no va a hacerte sonar
interesante —apunto, sintiéndome un tanto desencantada e irritada
—. Además, esa es una ideología bastante decepcionante.
—¿Decepcionante? ¿Por qué? ¿Por no querer atarme a
nadie? —dice. Sigue sonriendo como imbécil y eso no hace más que
incrementar la pequeña punzada de coraje que me atraviesa el
pecho.
—Porque habla sobre cobardía. Sobre la poca capacidad que
tienes para comprometerte en serio en algo —digo, porque
realmente lo creo—. Habla sobre el poco respeto que le tienes a las
personas y lo poco que te importa lo que el resto del mundo siente.
Eso, Gael, es decepcionante.
—No entiendo por qué lo ves de esa manera —dice—. No
estoy diciendo que sea deshonesto y juegue con los sentimientos de
las mujeres con las que me involucro. Soy franco y les hablo acerca
de lo poco que me interesa tener algo en serio con alguien.
—¿Y crees que por decirles que no estás interesado en algo
en serio está bien lo que haces? —La irritación es palpable en mi
tono ahora.
—En ningún momento he dicho que está bien —Gael suena
irritado, también—. Solo estoy diciéndote que soy honesto. No les
bajo el sol, la luna y las estrellas con tal de follar a mi antojo. Les
digo cuales son mis límites y, si ellas lo aceptan, tenemos algo; si no,
pues son libres de ir a buscar a alguien que les dé eso que buscan.
—Eres un idiota.
—¿Por qué? ¿Por no querer romperle el corazón a alguien?
—Pareciera que a quien proteges es a ti mismo —escupo—.
Pareciera que a quien no quieres que le rompan el corazón, es a ti.
—Pues a ti pareciera que te gusta que te rompan el corazón —
dice y un destello de irritación me atraviesa el pecho.
—No —espeto, cada vez más molesta—. Me gusta entregar
todo de mí a las personas que me importan y me gusta que las
personas que me rodean sean capaces de ser recíprocas conmigo.
No me gustan las cosas a medias. No me gustan los romances
tibios, ni las amistades a beneficio. Me gusta lo intenso, lo
abrumador, lo duradero… Y, si el precio que tengo que pagar por
ello, es tener el corazón roto, adelante. Que me lo rompan las veces
que sean necesarias.
La sonrisa de Gael —que hace unos minutos era arrogante y
pretenciosa— es diferente ahora. Es un gesto inseguro e incierto, y
no sé cómo tomarlo. En este momento, ni siquiera sé qué pensar
sobre él.
Una parte de mí piensa que es un imbécil mujeriego que no
sabe nada sobre el respeto hacia los demás; pero otra, esa que es
ingenua y que cree el amor puede cambiar a las personas, piensa
que, quizás, algo le ocurrió en el pasado. Piensa que, a lo mejor,
alguien le rompió el corazón de una manera tan espantosa, que
ahora se escuda a sí mismo bajo una careta desagradable.
El silencio se extiende largo y tirante entre nosotros, así que
decido, por el bien de nuestra conversación, darle tregua. Decido,
por el bien a mis nervios alterados, respirar profundo y obligarme a
abandonar los sentimientos encontrados que me embargan ahora
mismo.
—Creo que nos desviamos un poco del tema central —digo, al
cabo de unos instantes, y le dedico una sonrisa tensa, solo para
hacerle saber que estoy dándole la oportunidad de cambiar el rumbo
de la conversación una vez más—. Estabas hablándome de cuán
enojado estuvo Antonio Avallone cuando resultaste ser tú el elegido
para manejar el negocio familiar. ¿Cómo hiciste para que no tratase
de disputar ese puesto?
Aún sueno molesta, así que tengo que respirar profundo un
par de veces más.
Gael luce como si eso lo estuviese ayudando a salir de un
ensimismamiento del que ni siquiera sabía que era preso. Luce como
si estuviese volviendo de un lugar lejano y oscuro en su cerebro.
—Antonio es un desobligado y un mantenido —dice, luego de
aclararse la garganta. No suena desdeñoso. Tampoco como si le
guardase alguna clase de rencor—, así que le ofrecí unas cuantas
propiedades, una pensión vitalicia ridículamente grande y unos
cuantos millones de euros, a cambio de su firma en un documento en
el que se compromete a no pelear nada de las acciones de Grupo
Avallone si mi padre llega a faltar.
Asiento, sintiéndome un poco menos molesta y un poco más
decepcionada.
—¿Qué hay de Diana? ¿Ella también recibió el mismo trato
que él?
Gael niega con la cabeza.
—Diana se casó con uno de los accionistas más grandes que
tenemos en Grupo Avallone, así que solo me bastaron unas
conversaciones con su marido para que él la convenciera de que mi
nombramiento como presidente del emporio, era lo mejor que podía
ocurrirles. Actualmente, son socios mayoritarios en varios negocios
de exportación que manejamos, así que les va muy bien conmigo al
mando y están felices al respecto.
—No hubo propiedades para Diana —bromeo, pero una
sensación oscura se ha asentado en mi pecho.
Gael sonríe en respuesta.
—Sí que las hubo —dice, al tiempo que su sonrisa se
ensancha en un gesto que se me antoja incrédulo. Se siente como si
él mismo no pudiese dar crédito a lo que está a punto de decir—:
Recibió varias fincas y residencias que estaban a nombre de mi
padre. Fueron un regalo de bodas de su parte. Además de que, en el
momento en el que mi padre falte, ella comenzará a recibir una
pensión para asegurarle una vejez cómoda y holgada; bajo los
estándares de mi padre, por supuesto; los cuales rayan en lo ridículo,
si me permites agregar. —Rueda los ojos al cielo—. Todo esto sin
mencionar que, por cada hijo que tenga, mi padre añadirá unos
cuantos ceros a dicha pensión. —Me guiña un ojo y, muy a mi pesar,
sonrío—. Eso, por favor, mantenlo fuera del libro. Ella no lo sabe y
estoy seguro de que, si se entera, comenzará a plantearse la idea de
tener una familia numerosa.
Mi sonrisa se ensancha.
—David Avallone quiere asegurarse de que sus nietos vivan
bien, por lo que veo.
Gael asiente.
—Ha llegado a decirme, borracho, que le heredará todo al
primero de sus hijos que le dé un nieto varón.
—Algo un tanto machista por decir —acoto.
—Bastante, si me lo preguntas —concuerda conmigo.
—¿Qué esperas para casarte y darle nietos? —bromeo, al
tiempo que arqueo una ceja en un gesto socarrón y burlón.
Una risa suave y baja se le escapa y, a pesar de mi enojo, mi
pecho se hincha con una emoción desconocida y poderosa.
—Lo creas o no, el dinero de mi padre no es algo que
realmente me interese —dice y le creo—. Además, no estoy hecho
para el matrimonio. No quiero casarme y mucho menos quiero tener
hijos, así que… —se encoge de hombros.
—¿Sabe tu padre que no estás interesado en sentar cabeza?
Gael asiente.
—No es feliz al respecto —admite—, pero tampoco es como si
fuese un adolescente que se deja manipular. Mucho menos soy
como mis hermanos que, con tal de mantenerse en su gracia, hacen
lo que les pide.
—Háblame acerca de cuándo tus hermanos se enteraron de tu
existencia. De su primer encuentro y esas cosas —lo aliento,
mientras que, olvidándome un poco de mi molestia, me acomodo en
el asiento.
Su rostro rompe en una sonrisa recelosa, pero divertida al
mismo tiempo y se enfrasca en un largo relato.
—La sesión de hoy ha sido provechosa —Gael comenta, al
tiempo que guardo mis cosas dentro de mi bolso.
Una pequeña sonrisa boba se desliza en mis labios, pero me
las arreglo para contenerla mientras lo encaro.
—¿Ves cómo podemos avanzar cuando no te comportas como
un imbécil? —bromeo.
El gesto hostil pero entretenido que esboza, me hace reprimir
una carcajada.
—No eres graciosa, Tamara.
—Por supuesto que lo soy —digo, con aire suficiente—. Soy
hilarante. Deberías estar agradecido de tener la fortuna de convivir
conmigo.
Rueda los ojos al cielo.
—Sí, claro —dice, con sarcasmo—. Mis días son más
interesantes desde que estás en mi vida.
—Lo sabía. —Me encojo de hombros, en un gesto que
pretendo que sea arrogante; pero, llegados a este punto, la sonrisa
que amenazaba con asaltarme ha logrado salir a la superficie—, pero
es bueno que lo admitas.
Acto seguido, me cuelgo el bolso en el hombro y le regalo mi
mejor sonrisa.
—Me voy —anuncio.
—Ve con cuidado —dice—, y diviértete esta noche.
Le guiño un ojo sin que pueda evitarlo.
—Dalo por hecho.
—No bebas demasiado.
—Sé que este es el momento en el que esperas que diga que
no tomo, pero no voy a hacerlo —digo, con aire juguetón, pero estoy
fanfarroneando. En realidad, el alcohol no es mi cosa favorita en el
mundo y no la consumo con frecuencia. De hecho, cuando salgo con
mis amigos, apenas si soy capaz de terminarme una cerveza—. Voy
a beber tanto, que me vomitaré encima.
No estoy segura de haberlo visto en realidad, pero podría jurar
que acabo de notar un destello de preocupación en su mirada.
—Entonces asegúrate de rodearte de gente que vaya a cuidar
bien de ti.
Asiento.
—Siempre.
—Avísame cuando estés con tus amigos —dice y la confusión
y la euforia se mezclan en mi pecho—, así me quedo más tranquilo.
—Suenas como mi papá —bromeo y él suelta una risotada.
—Diviértete, Tamara —dice y, sin esperar más, me giro sobre
mis talones y me encamino hasta la entrada de la oficina.
Me detengo en seco.
La absurda idea que acaba de pasarme por la cabeza es tan
ridícula e idiota que, por un doloroso instante, dudo. Es tan estúpida,
que ni siquiera sé por qué estoy considerando la posibilidad de
decirla en voz alta —tomando en cuenta que, hasta hace un rato,
estaba enojada con él y su manera de tratar a las chicas con las
mujeres con las que se involucra—; sin embargo, una parte de mí no
deja de gritar que lo haga. No deja de insistir e incitarme a hacerlo.
«¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que te rechace? ¿Que
diga que no? —susurra mi subconsciente—. Solo… Hazlo. No
pierdes nada».
Miro por encima del hombro y me encuentro de lleno con la
imagen del hombre de aspecto imponente que me observa a
distancia.
Algo intenso y salvaje se apodera de mi sistema y, de pronto,
no puedo hacer otra cosa más que imaginarlo sentado en una mesa
al fondo del bar que frecuento con mis amigos. No puedo evitar
imaginarme sentada a su lado, hablando de la forma en la que
hablamos hoy, por mucho que me moleste lo que dice a veces.
Me giro sobre mis talones para encararlo de lleno.
La confusión se apodera de su mirada y mi corazón —el cual
se había mantenido tranquilo los últimos veinte minutos— se acelera
considerablemente debido al nerviosismo y la anticipación.
—¿Quieres venir? —digo, de pronto, y su ceño se frunce.
—¿A dónde?
—Al Mayas, conmigo. —El valor que había impreso en mi voz
hace unos instantes, flaquea—. Con mis amigos.
—Estás de coña, ¿no es así?
Guardo silencio y lo miro con expresión seria para que se dé
cuenta de que no bromeo.
—¿Es en serio, Tamara? —Suena incrédulo. Confundido.
Me encojo de hombros.
—La música es buena, las bebidas no están mal… —Para
este punto, me siento patética. Para este punto, haber abierto la
boca se siente como el peor de los errores—. La pasamos bien.
Gael sacude la cabeza en una negativa.
—¿Y de qué voy a hablar yo con tus amigos universitarios?
¿Tienes una idea de lo idiota que voy a verme en un lugar así? —
Noto la burla y el veneno en su tono y, de pronto, me siento como la
más grande de las idiotas. Como la persona más estúpida del mundo
—. Agradezco la invitación, Tamara, pero voy a declinar.
El rechazo quema con tanta violencia dentro de mi pecho, que
duele. Que se siente como si pudiese hacerme daño físico; no
obstante, me las arreglo para no hacerle notar lo humillada que me
siento.
—Tú te lo pierdes —digo, al cabo de unos instantes, y me
aseguro de sonar fresca y despreocupada en el proceso.
—Tamara —comienza, pero yo ni siquiera me molesto en
dedicarle una última mirada antes de girar sobre mi eje—. Tamara,
espera…
—No pasa nada —lo interrumpo, sin mirarlo—. Que tengas
bonita noche, Gael.
Entonces, sin dejar que diga nada más, salgo de la oficina a
toda marcha.
Capítulo 12

Fernanda dice algo, pero no logro escucharla a través del barullo en


el que está envuelto el bar en el que nos encontramos. Ella parece
notar que no he sido capaz de oír lo que ha dicho y, acto seguido, se
inclina hacia mí una vez más y lo intenta de nuevo.
—¡No te oigo una mierda! —grito en su dirección cuando, por
segunda vez, no soy capaz de escuchar nada.
Mi amiga rueda los ojos al cielo y sacude la cabeza en una
negativa, pero no hace nada por intentar volver a hablarme. Se limita
a acomodarse en su asiento para mirar en dirección de Omar, el
bajista de la banda que toca al fondo del establecimiento en el que
nos encontramos.
Hace mucho tiempo que mi mejor amiga está enamorada de
él. Tanto, que ya ni siquiera recuerdo haberla escuchado hablar de
nadie más.
Una pequeña sonrisa se desliza en mis labios cuando
recuerdo aquella ocasión en la que me hizo recorrer todo
Chapultepec solo para averiguar el bar en el que su banda tocaba, y
se ensancha un poco más cuando recuerdo que, una vez que lo
encontramos, no hizo nada por acercase a hablarle. Al contrario, se
escondió dentro del baño y no salió de ahí hasta que le aseguré una
y mil veces que él y sus amigos se habían marchado.
Ha progresado mucho desde entonces. Ahora, él sabe de su
existencia y la invita seguido a verlo tocar. Tengo entendido que
tienen conversaciones largas por redes sociales y, si no fuese porque
ella me ha prohibido hablarle, ya habría averiguado si el tipo está
interesado en ella también. No me cabe la menor duda de que es
así. El chico no deja de enviarle textos a todas horas y hacer más
que obvio su interés por mi amiga. Sin embargo, y aún con todas las
señales que se lanzan el uno al otro, ninguno de los dos ha intentado
dar el siguiente paso.
Fernanda es muy dada a la timidez cuando de chicos se trata y
él, aparentemente, también es un tanto inseguro al respecto. Yo, a
pesar de que me he visto tentada muchas veces a meter mi cuchara
donde no me llaman, he tratado de respetar el ritmo que llevan. Solo
espero que pronto se dignen a llevarlo al siguiente nivel.
La canción de Maná que la banda interpretaba termina, y
aprovecho para llamar la atención de mi amiga, quien no deja de
mirar a Omar con gesto soñador. Ella no parece notarme al principio,
pero, cuando lo hace, se inclina hacia mí para hablarme —gritarme—
al oído.
—¿Estás bien? —Mientras pregunta, se aparta para echarme
una ojeada.
Mi ceño se frunce en confusión.
—¿Por qué lo preguntas? —grito de vuelta.
—Te noto… extraña —dice, con gesto preocupado.
Mi rostro rompe en una sonrisa solo porque no puedo creer lo
bien que me conoce. Lo bien que puede intuir que algo no va como
debería, aun cuando ese algo sea tan insignificante como un rechazo
por parte de un hombre que ni siquiera me agrada.
—No pasa nada —digo, al tiempo que le guiño un ojo.
Fernanda no luce convencida.
—¿Estás segura? —pregunta—. ¿Pasó algo con aquel
hombre que te atormenta cada que lo miras?
—¿Con Gael? —bufo, mientras ruedo los ojos al cielo—. Para
nada. Te digo que estoy bien.
—¿De cuándo a acá le llamas por su nombre de pila? —Una
ceja es alzada, en un gesto inquisidor—. Además, te conozco —me
acusa—. Sabes que no puedes mentirme sin que lo note.
Un gesto cargado de fingido fastidio se apodera de mi rostro.
—Le llamo por su nombre porque… bueno… no es tan viejo —
me excuso. Sé, de antemano, que acabo de dar la justificación más
pobre de todas; así que, para evitar que ella insista en el tema,
añado—: Respecto a lo otro, deja de agobiarte. Ya te dije que todo
está bien.
Mi amiga no luce satisfecha con mi respuesta.
—Gael Avallone no es un hombre viejo y lo sabes —ataja—.
También sabes que algo ocurre y que no quieres decírmelo; pero, de
acuerdo. Por esta noche lo voy a dejar pasar. No dudes ni un poco
que vamos a hablar de eso que te trae de un humor extraño, pero,
por hoy, voy a dejarlo estar.
Ruedo los ojos al cielo.
—¡No hay nada de qué hablar, por el amor de Dios! —
exclamo, con dramatismo.
—Haré como que te creo —dice, con condescendencia—.
Ahora, si me disculpas, tengo otro par de cervezas que tomarme
para armarme del valor que necesito para acercarme a Omar.
En el momento en el que termina de hablar, la música lo
invade todo de nuevo y, esta vez, es una canción de Enanitos Verdes
la que retumba en todo el bar.
Saúl, uno de mis compañeros de curso, se ha instalado en la
silla alta que se encuentra junto a la mía, así que no le cuesta mucho
trabajo envolver un brazo alrededor de mis hombros para tirar de mí
y cantar a todo pulmón.
El olor a perfume y alcohol que emana es abrumador, pero no
es desagradable, así que, sin más, comienzo a cantar con él.
Ruth, otra de mis amigas de la universidad, menea la cabeza
al ritmo de la música, al tiempo que llama al mesero para ordenar
otra bebida. Yo aprovecho, también, para encargar otra piña colada
sin alcohol y en ese instante, todos mis acompañantes —ocho
adultos jóvenes, alcoholizados y eufóricos por la intensidad de la
música— comienzan a gritar y a abuchearme por pedir algo así.
Mi única respuesta a su burla es la seña obscena creada por
los dedos medios de mis manos. Eso solo consigue que rompan a
reír a carcajadas.

Canción tras canción, el tiempo pasa.


La música —exultante, enérgica y vivaz— retumba en cada
rincón del establecimiento, mis amigos alcoholizados y desinhibidos
corean las canciones que Los Hijos de la Victoria —la banda de rock
al fondo del lugar—, tocan; el olor a alcohol, cigarrillos y humanidad
no hace más que acentuar el ambiente relajado en el que todo el bar
se ha envuelto y, aquí, en medio del caos y de la adrenalina, me
siento un poco mejor. Un poco menos humillada por lo ocurrido esta
tarde y un poco más como yo misma.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que me atreva a pedir una
cerveza. Tampoco sé cuánto pasa antes de que pida una más. La
tercera, me la tomo casi como agua, pero sé que he llegado a mi
límite. No voy a tomar una sola gota más. No voy a alcoholizarme
porque, si lo hago, sé que la voy a pasar mal. Siempre que lo hago,
la paso muy —muy— mal.

El segundo set de canciones de la banda ha terminado, así que


Fernanda está aquí, angustiada ante la idea de levantarse a saludar
al chico que la invitó a venir en primer lugar, pero horrorizada ante el
pensamiento de ni siquiera hacer el esfuerzo de tratar de conversar
con él.
Todas las mujeres que venimos en grupo nos hemos
apiñonado a su alrededor y hemos pasado los últimos diez minutos
tratando de convencerla de acercarse, sin tener éxito alguno. Mi
amiga parece estar empeñada en quedarse aquí, mirándolo a la
distancia, mientras que otras tres chicas que no conocemos, lo
abordan y le sonríen como si tratasen de conseguir meterse en su
cama todas al mismo tiempo.
—María Fernanda Martínez —digo, con toda la severidad que
puedo imprimir en la voz—, basta ya. Vas a ponerte de pie y vas a ir
a enseñarle a esas zorras quién carajo manda aquí.
—¿Cómo sabes que son unas zorras? —Mi amiga ataja, con
nerviosismo—. ¿Qué si son chicas lindas, guapas, inteligentes…?
Ruedo los ojos al cielo.
—¡No lo son! ¡Tú eres más linda, guapa e inteligente, así que
levanta tu culo de esa silla y ve a hablarle!
—¡Él debería venir a hablarme a mí! —Fernanda se queja—.
¡Él me invitó! ¿Por qué no ha venido?
—Fernanda tiene un punto ahí —Ruth, una de las compañeras
con las que venimos, dice y le dedico una mirada cargada de
frustración.
—¿Qué si él ni siquiera sabe que estás aquí? —refuto—.
¿Qué si ni siquiera te ha visto? El bar está a reventar. No nos hemos
levantado de la mesa en toda la noche. Es imposible que te haya
visto. Ve, hazle saber que estás aquí y vuelves a sentarte a esperar a
que él haga lo suyo.
Fernanda se muerde el labio inferior.
—¿Y si me trata como si no me conociera? —Suena temerosa.
Asustada…
Ruedo los ojos al cielo.
—Hemos comprobado una y mil veces que el tipo no es un
imbécil —digo—. Es distraído, pero no es un idiota. Si te invitó aquí,
fue por algo; así que ve, salúdalo y no te quedes con las malditas
ganas de hablarle.
Ella asiente.
—De acuerdo —dice, pero no suena convencida—. Iré.
No se mueve ni un milímetro de su lugar.
—Ve —la aliento, al tiempo que hago un gesto en dirección a
Omar.
—Ya voy —dice, pero sigue sin moverse.
—¡Fernanda! —la reprimo.
—¡Ya voy! —Mi amiga chilla, al tiempo que se levanta de la
mesa—, ¡Jesús! ¡Ni mi madre me grita así!
Una carcajada se escapa de mis labios y ella me levanta el
dedo antes de girarse sobre sus talones y encaminarse con torpeza
en dirección a Omar.
La vista de todas las chicas en la mesa está fija en Fernanda y
sé que, internamente, todas estamos rogándole al cielo que el tipo no
vaya a comportarse como un verdadero hijo de puta.
Mi amiga se acerca, se queda de pie a pocos pasos de
distancia del chico en cuestión y esboza una sonrisa que se me
antoja aterrorizada. Luego de eso, él sonríe radiante y se acerca a
ella para envolverla en un abrazo que, desde el punto en el que me
encuentro, luce muy efusivo.
De inmediato, la victoria canta en mi sistema y sonrío yo
también.
Estoy a punto de hacer un comentario respecto a cuánta razón
que tenía al decir que el tipo no es un imbécil, cuando la voz
entusiasmada y eufórica de Susana, otra de las chicas con las que
vine al bar, llega a mis oídos.
—¿Ya vieron al tipo sexi que se encuentra en la barra? —dice
y mi vista se posa en ella casi al instante.
Se ha acomodado en el espacio en el que Fernanda se
encontraba hace unos segundos y mira con entusiasmo a un punto a
mis espaldas. Los ojos de Ruth y su hermana, Cinthia, viajan a toda
velocidad hasta el mismo lugar donde Susana mantiene fijos los ojos
y, acto seguido, la emoción tiñe sus rostros.
—¡Santa madre de los hombres sensuales! —Ruth deja
escapar en un susurro asombrado y la curiosidad se instala en mi
pecho; es por eso que, presa de la curiosidad y con todo el disimulo
que puedo, giro mi cuerpo y miro hacia la barra.
Toda la sangre se me agolpa en los pies.
—Oh, mierda… —Las palabras escapan de mi boca sin que
pueda evitarlo y, sin más, mi corazón se acelera.
Algo dentro de mi pecho se revuelve con violencia y, de pronto,
lo único que puedo hacer es mirar al hombre que se encuentra
sentado a varios metros de distancia, y que desentona por completo
con este lugar.
Gael Avallone está ahí, con el cuerpo inclinado hacia adelante
contra la superficie de madera, y su impresionante y cincelado perfil
mirando hacia un punto al fondo del bar.
Se ha quitado el saco que llevaba puesto para nuestra reunión
y ahora solo viste una camisa de botones blanca y el pantalón azul
marino que venía en conjunto con la americana de su traje. Su
cabello —que por lo regular siempre está estilizado a la perfección—
se ve descuidado. Como si se hubiese pasado los dedos una y otra
vez, hasta hacer que su textura natural volviera a aparecer.
Luce joven, fresco… Atractivo hasta la mierda y, de pronto, me
encuentro aquí, mirándole como una idiota. Mirándole como si nadie
más en el mundo existiera en este momento.
«¿Qué está haciendo aquí?».
—¡Lo pido para mí! —dice alguien a mis espaldas y antes de
que pueda procesarlo, soy capaz de mirar como Ruth, con su
precioso cabello rizado, ese corto vestido negro y esa hermosa piel
morena, se abre paso hasta la barra y se coloca justo junto a Gael.
Algo se enciende en mi sistema y ruge con violencia, pero
trato, desesperadamente, de contenerlo. Trato, con todas mis
fuerzas, de no hacer nada más que apretar los dientes.
Ruth le dice algo, pero a Gael le toma unos instantes espabilar
y dedicarle una mirada. Cuando lo hace, no me pasa desapercibida
la sonrisa amplia y coqueta que mi compañera de clase le dedica.
El hombre sentado en el banquillo alto parpadea un par de
veces antes de responderle algo que no logro escuchar debido a la
distancia que me separa de ellos. La sonrisa de Ruth se ensancha,
pero esto no provoca nada en Gael. Por el contrario, lo único que
consigue es que la expresión del magnate se torne indiferente.
Inescrutable.
«¡Tamara, deja de mirar, por el amor de Dios! ¡¿Qué carajo te
sucede?!», grita mi subconsciente, pero sigo sin poder apartar la
vista de la escena que se desarrolla justo delante de mis ojos.
—Va a rechazarla —dice Susana a mis espaldas.
—Por supuesto que va a rechazarla. —Cinthia habla—. Él está
muy por encima de su liga. Es obvio que el tipo está acostumbrado a
tratar con otro tipo de mujeres.
—¿Qué no supone que tu hermana tenía novio, Cinthia? —
Saúl, uno de nuestros compañeros de curso, interviene.
—Ella le pidió un tiempo. —Cinthia defiende—. Es libre de
coquetear con quien le plazca si está en un tiempo.
—Estoy seguro de que así no es como funcionan los
«tiempos». —Saúl insiste—. Rodrigo va a estar muy enojado cuando
se entere.
—Rodrigo no tiene por qué enterarse de nada. —El filo
venenoso y enojado en la voz de Cinthia hace que mi atención se
vuelque hacia ella.
Inmediatamente, soy capaz de notar el gesto cargado de
advertencia que la chica le dedica a mi amigo, y eso no hace más
que incrementar la punzada de irritación que ha comenzado a
invadirme.
Cinthia y Ruth siempre han sido así. Se defienden y se cuidan
la una a la otra a capa y espada; aun cuando alguna de las dos esté
actuando como una completa idiota. Supongo que ser mellizas las
hace tener un vínculo diferente al que tenemos las hermanas
ordinarias.
Lo cierto es que conozco muy poco a Rodrigo y no sabría decir
qué clase de persona creo que es. El chico va al mismo campus
universitario que nosotros, pero estudia otra carrera. Periodismo, me
parece.
Tengo entendido que él y Ruth empezaron a salir cuando
ambos estaban en la preparatoria y que la relación que llevan desde
entonces es bastante tóxica. Ella no habla mucho al respecto, pero
se nota a leguas que no está del todo conforme con el tipo de
romance que su novio le ofrece.
Tengo entendido, también, que Rodrigo y Saúl se conocen
desde niños y que son muy buenos amigos, así que no me
sorprende en lo absoluto la reacción de mi compañero de clases.

—Sí sabes que Rodrigo es uno de mis mejores amigos, ¿no es


así? —Saúl sonríe, pero el gesto no toca sus ojos.
—Ya te lo dije. —Cinthia trata de sonar despreocupada—: Tu
amigo y mi hermana están en un tiempo. Si ella quiere meterse con
otro, se mete con otro y ya.
—Tú y tu hermana son unas… —Saúl deja la oración al aire,
pero el gesto indignado que esboza termina de hablar por él.
—Unas, ¿qué? —Cinthia arquea una ceja con arrogancia.
Saúl niega con la cabeza y se de pone de pie para
encaminarse a la salida del bar.
Ernesto y Víctor, nuestros otros dos acompañantes
masculinos, se ponen de pie y lo siguen. No se necesita tener más
de dos dedos de frente pasa saber que van a hacer control de daños.
Que van a intervenir en favor de las hermanas para que Saúl desee
regresar y hacer como si nada hubiese ocurrido.
Llegados a este punto, todas las chicas que nos encontramos
en la mesa, nos quedamos muy quietas y calladas. La incomodidad
se cuela entre nosotras casi al instante, pero nadie se atreve a decir
nada. Nadie se atreve a romper la tensión del momento.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que Fernanda regrese a la
mesa y se dé cuenta de inmediato de que algo ha ocurrido. Tampoco
sé cuánto tiempo pasa antes de que Saúl, Víctor y Ernesto vuelvan a
la mesa. Cuando lo hacen, se limitan a sentarse a escuchar a la
banda que ha comenzado a tocar una vez más sin pronunciar una
palabra.
A estas alturas, soy plenamente consciente de que Ruth no ha
regresado de la barra. También soy consciente de que la inquietud y
la incomodidad no me han abandonado debido a eso.
Me digo a mí misma que es por Ruth por quien estoy
preocupada y no por Gael. Me digo, una y otra, y otra vez, que mi
incomodidad con lo que está ocurriendo se debe a las ideas
machistas que el magnate compartió conmigo hace unas horas; y
trato, con todas mis fuerzas de convencerme de que nada de lo que
ocurra entre ellos me importa… aunque en realidad, lo haga.
Aunque, en realidad, la angustia esté comenzando a hacer estragos
en mi sistema.
—¿Dónde está Ruth? —Fernanda pregunta, inclinándose
hacia mí y yo, incapaz de responderle, señalo en dirección a donde
se encuentra.
Los ojos de mi amiga viajan hasta el punto indicado.
—¿Ese de ahí no es Gael Avallone? —La confusión pinta la
voz de mi mejor amiga y una sonrisa irritada se dibuja en mis labios.
—Él mismo —mascullo, sin siquiera dignarme a mirarla.
—¿Qué demonios está haciendo aquí? ¿Qué hace Ruth con
él?
—Eso mismo quisiera yo saber —suelto, en medio de una risa
carente de humor y una palabrota se le escapa a Fernanda.
Estoy a punto de preguntar el motivo de su maldición, cuando,
de pronto, mi amiga se pone de pie de golpe y se cubre la boca con
las manos en un gesto alarmado.
El jadeo colectivo que resuena en toda la estancia me hace
volcar mi atención hasta el punto en el que Gael se encuentra y mi
pulso se salta un latido.
Rodrigo, el novio —o lo que sea que es— de Ruth está ahí, de
pie, sosteniendo a Gael por la camisa, mientras que Ruth trata de
quitárselo de encima.
— ¡¿Le llamaste a Rodrigo hijo de puta?! —Cinthia chilla en
dirección a Saúl, quien responde algo que no soy capaz de escuchar
porque ya he empezado a abrir mi camino en dirección a donde la
discusión se lleva a cabo.
Mi corazón late a toda velocidad, mis manos se sienten
temblorosas y mis oídos zumban debido a la adrenalina, pero me las
arreglo para empujar mi camino hasta ellos sin sentirme demasiado
amedrentada por las circunstancias.
Una vez ahí, cierro la chaqueta de Rodrigo entre mis puños y
tiro de él con todas mis fuerzas. Los pasos tambaleantes del chico
me dan espacio suficiente para interponerme en el camino que hay
entre sus puños y el rostro del magnate, y es hasta ese momento,
que permito que el coraje y la frustración que he venido conteniendo
desde hace un rato, se refleje en mi cara.
—Quítate de mi camino. —Rodrigo espeta.
De inmediato, soy capaz de percibir el hedor a alcohol que
despide su aliento.
—No quieres hacer esto, Rodrigo —digo, con el tono más
calmado que puedo.
—¡He dicho que te quites, maldita sea! —Su voz truena y me
encojo en mí misma debido a la impresión.
Una mano firme se apodera de mi antebrazo con fuerza y,
segundos después, soy empujada hasta quedar detrás del
imponente cuerpo de Gael Avallone; quien ahora encara al
adolescente furibundo que trata de ponerle una paliza.
—Si quieres resolver esto, vamos afuera. —Gael suena
tranquilo. Sereno.
—¡Yo no voy a resolver una puta mierda contigo, imbécil!
¡¿Esta perra te dijo que yo era su novio?! —Rodrigo escupe.
—Ya te dije que no estoy interesado en tu novia. —Gael
responde, en tono neutro—. Le invité un trago por cortesía, pero vine
aquí con la intención de ver a otra persona.
En ese instante, mi corazón se estruja con violencia.
«Oh, maldita sea…».
—Rodrigo, por favor… —Ruth, quien hasta ahora se había
quedado paralizada, interviene.
—¡Por favor, un carajo! —Rodrigo grita—. ¡Eres una zorra!
¡Una…!
—Rodrigo, ya basta, hermano. —Saúl, quien ahora se
encuentra detrás de Rodrigo, interviene—. Detente. Ha sido
suficiente.
—¿Ha sido suficiente? —Rodrigo escupe, en medio de una
risotada amarga—. ¡¿Ha sido suficiente?! ¡Este hijo de puta estaba
coqueteándole a mi novia! ¡Esta zorra estaba coqueteándole a este
imbécil fanfarrón!
—¿Está todo en orden? —La voz masculina que llega a mis
oídos hace que mi atención se pose en el hombre de mediana edad
que se ha acercado a nosotros. Viste completamente de negro y lo
único que me hace darme cuenta de que trabaja aquí, es el delantal
rojo que lleva puesto en la cintura.
—Perfectamente. —Gael es quien toma la iniciativa—. Yo ya
me iba. Lamento el escándalo.
—¡Tú no te vas a ningún maldito lado, hijo de perra! —Rodrigo
brama, al tiempo que se apodera de la camisa de Gael una vez más
y lo empuja con fuerza, de modo que trastabillo con banquillo alto
que se encuentra a mis espaldas.
—¡Rodrigo, no seas idiota! —Saúl espeta y trata de alejarlo de
Gael; quien, contra todo pronóstico, sigue sereno y tranquilo.
El coraje y la frustración que habían empezado a fundirse en
mi sistema, han llegado a un punto crítico para ese momento, así
que, sin más doy un paso fuera de la protección que el cuerpo de
Gael me provee, para encarar al chico furibundo que no deja de
mirar al magnate como si pudiera estrangularlo con el poder de su
mente.
—No quieres hacer esto, Rodrigo —digo, con toda la
tranquilidad que puedo imprimir en el estado nervioso en el que me
encuentro—. No tienes idea de quién es este hombre y de lo que es
capaz de hacerte si no te detienes ya mismo.
La vista de todo el mundo se posa en mí en ese momento. La
de Gael incluida.
Una risa carente de humor escapa de la garganta del chico
agresor.
—Sí, claro —escupe—. ¿Qué demonios puede hacerme un
imbécil bien vestido como él?
Una sonrisa tensa y temblorosa se dibuja en mis labios.
—Es Gael Avallone —digo—. El hombre para el que estoy,
esencialmente, trabajando. No quieres, por ningún motivo, meterte
con él, ¿entiendes? Ya déjalo estar. Ve. Tómate un trago y deja las
cosas así.
—No es cierto. —La voz incrédula de Ruth llega a mí—.
Tamara, dime por favor, que estás mintiendo.
La vista de Rodrigo se posa en Gael, quien no ha dejado de
mirarme fijamente. Yo no le regreso el gesto. Estoy tan preocupada
por el caos potencial que puede desatarse, que ni siquiera me
molesto en averiguar qué expresión tiene en la cara ahora mismo.
—Mientes. —Rodrigo habla, pero no suena convencido de su
afirmación.
Niego con la cabeza.
—Lo invité, ¿de acuerdo? Le dije que estaría aquí con unos
amigos y lo invité para que viniera. —Le dedico una mirada rápida al
magnate solo para toparme con un gesto severo—. No tenía idea de
que realmente iba a venir.
—No te creo. —Rodrigo sacude la cabeza en una negativa.
Me encojo de hombros.
—No lo hagas si no quieres. Solo no digas que no te lo advertí.
—Mierda… —La voz de Ruth vuelve a mí y, esta vez, las
ganas que tengo de pedirle que cierre la boca de una maldita vez —a
pesar de que no ha dicho mucho—, son casi incontenibles.
—Señores, me temo que tendré que pedirles que se retiren del
lugar. —El trabajador del bar habla y suena irritado ahora.
Acto seguido, Gael se apodera de las muñecas de su agresor
y, de un movimiento brusco y firme, le aparta las manos. Después, le
regala un asentimiento que irradia advertencia y, sin decir más,
comienza a avanzar a la salida del lugar.
—¡Todo esto es por tu culpa! —Rodrigo escupe en mi
dirección, y la violencia con la que habla, me saca de balance—, si
tantas ganas tenías de meterte en la cama de un idiota con dinero,
debiste intentar seducirlo en otro lugar.
Ira, coraje, frustración, angustia… Todo se mezcla en mi pecho
con tanta violencia, que no puedo pensar con claridad. Que no puedo
conectar mi cerebro con el resto de mi cuerpo y reaccionar como es
debido para darle una jodida bofetada.
—Oh, mierda. Rodrigo, basta. —Saúl trata de tranquilizarlo,
pero el daño ya está hecho. Las palabras de Rodrigo ya han abierto
una brecha en mí pecho y han dolido más de lo que deberían.
—¿Qué demonios está mal contigo? —siseo en dirección al
chico alcoholizado, sintiéndome más herida de lo que me gustaría.
—¡¿Qué está mal conmigo?! ¡¿Qué está mal contigo, maldita
puta?! —Rodrigo grita—. ¡Eres una zorra tú también! ¡Eres una…!
El mundo se ralentiza.
Gael aparece en mi campo de visión unos segundos antes de
que ateste un puñetazo contra la cara de Rodrigo. El chico delante
de mí cae al suelo con brusquedad y el jadeo colectivo de la gente a
nuestro alrededor no se hace esperar.
La música se ha detenido por completo, un círculo se ha
abierto alrededor de Gael, un montón de trabajadores del bar se han
acercado al lugar para intervenir y, para coronarlo todo, hay sangre
brotando de la nariz y la boca del novio —o exnovio— de Ruth.
El pecho de Gael sube y baja con su respiración dificultosa y
su gesto, usualmente controlado y sereno, luce descompuesto.
Enfurecido y aterrador por sobre todas las cosas.
—¿Es que tu madre no te ha enseñado modales, poco
hombre? —escupe—. Pobre ti, pedazo de mierda, que te atrevas a
hablar así de otra mujer, porque te juro que te las ves conmigo,
gilipollas.
—Señor, necesito que se retire. —El trabajador del bar se
dirige a Gael.
—¡Ya te oí! —espeta él y algo dentro de mí se revuelve con
violencia al mirar el gesto salvaje e iracundo que le dedica.
Acto seguido, posa toda su atención en mí y hace un gesto
brusco en dirección a la salida.
—¿Te quedas aquí, con este remedo de amigos que tienes, o
te vienes conmigo? —espeta, con violencia.
Mis ojos viajan rápidamente en dirección a la mesa en la que
Fernanda, Susana y el resto de los chicos con los que venía, se
encuentran.
Sé, gracias a la expresión angustiada de Fernanda, que lo ha
visto todo y no puedo evitar sentirme un poco molesta con ella por no
haber intervenido. Por haberme dejado sola en esto.
—Señor, me temo que necesito que se retire ya. —La voz de
uno de los trabajadores hace que mi ligero ensimismamiento termine.
Miro a Gael una vez más.
Él no ha apartado su vista de mí. No ha dejado de inquirir con
los ojos si deseo o no marcharme con él, ni de ignorar por completo
al hombre que lo mira con gesto severo.
—Me voy contigo —digo, finalmente, y hago un asentimiento
en dirección a la mesa donde me encontraba—. Espérame afuera.
Iré por mis cosas.
El magnate asiente con dureza y, sin esperar un segundo más,
se encamina hasta la calle. Yo, lo más rápido que puedo, me dirijo
hasta la mesa de mis amigos, tomo mis cosas sin escuchar lo que
todo el mundo trata de decirme y me abro paso entre la gente hasta
llegar a la salida.
Capítulo 13

Decir que Gael Avallone está furioso, es una expresión ambigua si


la comparamos con la realidad de lo que estoy presenciando. Decir
que el aura iracunda que emana es tan poderosa que me hace sentir
pequeña e intimidada hasta la mierda, es una expresión un poco más
acertada por decir, aunque sigue sin comparársele del todo.
Jamás había visto a una persona en este estado nervioso.
Nunca, en toda mi vida, me había topado con alguien que estuviese
así de enojado. Así de... alterado.
No ha dicho nada desde que subimos a su coche. De hecho,
no ha dicho absolutamente nada desde que salimos del bar y
empezamos a caminar hasta el estacionamiento público en el que
dejó su coche; no obstante, no ha sido necesario que lo haga. Su
rostro lo dice todo. La manera en la que sus manos grandes aferran
el volante, la forma en la que su mandíbula se aprieta en un gesto
que se me antoja doloroso, el ceño profundo que se ha dibujado en
su entrecejo, la tensión en sus hombros... El lenguaje de su cuerpo lo
delata y yo, más allá de sentirme asustada por la manera en la que
está comportándose, me siento protegida. Me siento cuidada, por
extraño y enfermo que suene.
Hacía mucho tiempo que no me sentía de esta manera. Hacía
muchísimo tiempo, que no sentía que alguien de verdad se
preocupaba por mí, a pesar de que sé lo mucho que le importo a mi
familia y de que sé que mi mamá y mi papá no hacen más que
procurarme.
No sé a qué se deba. No sé por qué se siente como si hubiese
pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se interesó en
mi bienestar de esta manera, cuando mi familia no hace más que
estar al pendiente de mí.
No me he atrevido a preguntar a donde nos dirigimos. Todo el
camino la he pasado en silencio, temerosa de romper el hielo y
recibir una bofetada emocional con alguna de sus respuestas. Me he
limitado a mirar por la ventana para no tener que enfrentarlo. Para no
tener que lidiar con el centenar de emociones que tengo acumuladas
en el pecho.
Hay tanto que quisiera preguntarle ahora mismo respecto a
esta noche. Hay tanto que me gustaría saber sobre su actitud hacia
conmigo y que, al mismo tiempo, me aterra descubrir.
—¿Desde aquí cómo llego a tu casa? —El magnate pregunta,
al cabo de un rato y me saca de mis cavilaciones.
—No quiero ir a mi casa —digo, y de inmediato me arrepiento.
«¿Qué demonios está mal conmigo?».
El silencio que le sigue a mis palabras no hace más que
incrementar la vergüenza que siento y me provoca unas ganas
inmensas de estrellar la cara contra el vidrio de la ventana hasta
perder el conocimiento.
—¿A dónde quieres ir, entonces? —Gael suena cauteloso
ahora, como si no estuviese seguro de lo que está diciendo. Como si
mi respuesta lo hubiese tomado con la guardia baja.
Me encojo de hombros y trato, desesperadamente, de no lucir
tan ansiosa como me siento.
—No lo sé —digo, porque es verdad.
—Tamara, de verdad, no estoy de humor para esto. —De
pronto, el tono de Gael se torna irritado. Impaciente—. Lo único que
quiero es irme a casa, así que dime cómo llego a la tuya de una vez
para poder irme a dormir de una vez por todas.
—Ya te dije que no quiero ir a casa —digo, y las ganas que
tengo de golpearme, regresan, pero son ligeramente eclipsadas por
el coraje que ha comenzado a correrme por las venas—. Si me
sacaste del bar, para llevarme a mi casa, mejor me hubieras dejado
allá.
«¡¿Qué mierda, Tamara?! ¡Cierra la boca ya! ¡Deja de ponerte
en ridículo a ti misma, tú, idiota de mierda!», me reprimo, para mis
adentros y cierro los ojos con fuerza.
—Si querías quedarte con tus amigos los gilipollas solo debiste
decirlo —Gael escupe y mi atención se posa en él.
—En ningún momento dije que quería quedarme con ellos —
me defiendo con irritación, pero soy plenamente consciente de que
sueno cada vez más patética e idiota—. Además, te recuerdo que
fuiste tú el que llegó soltando puñetazos a diestra y siniestra.
—¿Tenía que dejar que te faltaran al respeto? —Suena cada
vez más alterado.
—Tenías que haber mandado a la mierda a Rodrigo —escupo.
Esta vez, el enojo se filtra en el tono de mi voz sin que pueda
evitarlo. No puedo detenerlo porque de verdad estoy molesta. De
verdad estoy frustrada por el modo en el que salieron las cosas esta
noche—. O en su defecto, debiste haber mandado a Ruth al carajo.
En el instante en el que las palabras abandonan mi boca, me
arrepiento. En el momento en el que la realización de lo que acabo
de decir me golpea, quiero bajarme del coche y echarme a correr en
dirección contraria a la que Gael conduce.
«¡¿Pero qué demonios te sucede, maldita sea?! ¡¿Por qué
carajo no puedes quedarte callada, Tamara Herrán?! ¡¿Por qué?!».
—¿Qué coño crees que traté de hacer? —espeta y me
sobresalto ante el tono furioso que utiliza—. ¡La chica no se largaba!
¡No dejaba de hablar! ¡Lo único que quería era terminar de beberme
el jodido whisky que pedí para marcharme! ¡Yo no tengo la maldita
culpa de que aquel imbécil lo haya malinterpretado todo! ¡Ahora
tendré mucho de qué encargarme mañana por la mañana y todo por
tu...! —No termina de hablar. Corta la oración a medio camino y una
punzada de dolor se apodera de mi pecho porque sé cuál era la
terminación de aquella frase. Sé, por sobre todas las cosas, como
iba a concluir toda esa diatriba.
—¿Por qué? —Mi voz suena ronca, inestable y herida—. ¿Por
mi culpa? ¿Eso ibas a decir?
Gael aprieta las manos en el volante.
—Solo déjame recordarte que fuiste tú quien decidió ir al bar
en primer lugar. —Quiero golpearme por sonar así de herida, pero no
puedo evitarlo. Tampoco puedo detenerme. No puedo dejar de hablar
porque ha tocado fibra sensible en mí y acaba de echarle sal a una
herida que aún no cierra del todo. Esa que tiene que ver con Isaac,
Fabián y con todo lo que pasó hace más de dos años—. Lo único
que yo quería era intentar hacer las paces contigo de una maldita
vez y por todas, así que ve y echa esa culpa en los hombros de
alguien más.
—Tamara...
—¡Tamara, nada! —espeto, al tiempo que sacudo la cabeza en
una negativa furiosa—. Yo no tuve la culpa de nada. ¿Qué le pasa a
todo el mundo? ¿Por qué siempre tengo que ser yo la culpable de
todo lo malo que sucede? ¿Por qué...? —Me detengo a medio
camino porque, en este momento, los recuerdos han empezado a
embargarme. Porque, en este momento, todo a mi alrededor se
siente frágil e incierto.
El silencio que le sigue a mis palabras es largo. Tenso.
—Lo siento. —La voz de Gael llega a mis oídos al cabo de un
largo rato—. Lo siento, Tamara, no quise decir eso.
No me atrevo a mirarlo. Mis ojos están fijos en el paisaje
urbano que corre del otro lado de la ventana.
—Pensándolo bien, sí quiero ir a casa —digo, con la voz
hecha un nudo de emociones, luego de un largo momento.
Gael no dice nada. Se limita a cambiar la velocidad del coche y
conducir en silencio. Cuando se siente como si hubiese pasado una
eternidad, masculla una palabrota y se orilla a la primera
oportunidad.
Acto seguido, baja del coche, da un portazo y avanza un par
de pasos sobre la acera, en dirección a la esquina de la calle. Una
vez detenido su andar apresurado, hurga en sus bolsillos y saca algo
de ellos.
No es hasta pocos segundos después, cuando veo la
bocanada de humo saliendo de su boca, que me percato de que lo
que buscaba eran sus cigarrillos.
Sigue enojado. No se necesita ser un genio para notarlo. Yo,
por el contrario, me siento cada vez más decepcionada. Frustrada,
por sobre todas las cosas con lo que ha pasado.
Esto no es, ni siquiera en un caso remoto, lo que yo quería. No
es, en lo absoluto, lo que yo esperaba al invitarlo. No sé qué carajo
era lo que pretendía al hacerlo, pero, ciertamente, este no era el
resultado que esperaba.

Gael termina su cigarrillo y enciende otro. Esta vez, la lucha


interna que se lleva a cabo en mi cabeza, se hace más fuerte que
antes.
Una parte de mi quiere bajar del coche y tratar de arreglar lo
que sea que ha pasado entre el magnate y yo; pero otra, esa que es
testaruda y orgullosa, no deja decirme que no he hecho nada malo y
que no debo buscar la manera de hablarle si él no quiere hablar
conmigo.
Un suspiro cansado se escapa de mis labios.
Mis ojos se cierran y tomo una inspiración profunda, en un
débil intento de deshacer el nudo de angustia que llevo en el
estómago. No lo consigo del todo. Sigo sintiéndome inquieta,
incómoda y acongojada.
Cinco largos y tortuosos minutos más pasan y, de pronto, la
posibilidad de encargar un Uber, no se siente tan descabellada. Gael
no ha regresado. Tampoco ha desaparecido de mi campo de visión,
pero a leguas se nota que no quiere estar a mi alrededor. Siento
honesta, yo tampoco quiero estar cerca de él, así que pedir un carro
para marcharme, no se siente como una mala idea ahora mismo.
Tomo mi teléfono. La aplicación deseada brilla en el menú de
mi pantalla principal, así que la selecciono y espero a que mis datos
móviles hagan lo suyo. Acto seguido, el mapa arrojado por el GPS
me marca el punto exacto en el que me encuentro y tecleo mi
dirección en la barra que cita «destino».
La tarifa que el coche de renta va a cobrarme aparece en mi
pantalla, y hago una mueca solo porque es bastante elevada.
«Estúpida tarifa nocturna...», maldigo para mis adentros y,
justo cuando estoy por aceptar el viaje para que el auto sea pedido,
la puerta del lado del piloto se abre y el cuerpo de Gael se introduce
en el coche.
Mi cuerpo, debido a la impresión, se sobresalta, pero trato de
recomponerme lo más rápido que puedo.
El silencio incómodo que lo envuelve todo y es tan abrumador,
que no me atrevo a romperlo por ningún motivo. Ni siquiera me
atrevo a moverme.
—¿A dónde quieres ir? —Gael habla. Su voz suena más ronca
de lo habitual.
Parpadeo un par de veces, confundida.
—¿Qué?...
—Acabas de decirme que quieres ir a casa, pero antes de eso
dijiste que no querías que te llevara hasta allá. —Suena exasperado,
pero su expresión no es, ni de cerca, parecida a la de hace un rato.
Ya no luce furibundo, o como si estuviese a punto de perder los
estribos—. ¿Qué va a ser, entonces? ¿Te voy a llevar a tu casa o te
voy a llevar a otro lado? Y más te vale que sea bueno, porque salí de
casa sin seguridad y no tienes una idea de la reprimenda que recibiré
por parte de la compañía que contraté.
Mi boca se abre para responder, pero ninguna palabra viene a
mí, así que la cierro de golpe.
Lo intento de nuevo. Esta vez, un balbuceo incoherente se me
escapa y la humillación se cuela en mis huesos.
—¿Quieres que busquemos un lugar para cenar? ¿Quieres ir
por un trago? ¿Quieres que te lleve a casa? ¿Qué es lo que quieres,
Tamara? —Gael insiste y la expresión seria pero amable de su
rostro, no hace más que ponerme la carne de gallina.
De pronto, no sé por qué me siento avergonzada y como una
completa idiota.
Mojo mis labios con la punta de mi lengua, insegura de qué
decir y, en el proceso, soy capaz de notar como los ojos del hombre
que tengo delante de mí, se posan en mi boca.
Toda la sangre de mi cuerpo se agolpa a mis pies.
La mirada de Gael viaja de nuevo hasta encontrar la mía y la
pesadez en la que se envuelve el ambiente es tanta, que me quedo
sin aliento. Hay algo salvaje en la forma en la que me mira. Hay algo
maravilloso y aterrador en la manera en la que sus ojos se clavan en
los míos.
—Tamara, estoy tratando de ceder un poco aquí, ¿vale? —
dice, con voz ronca y profunda—. Cede un poco tú también y
hagamos las paces. Estoy harto de pelear contigo sin motivo alguno.
—Niega con la cabeza—. No te considero una persona
desagradable. Es todo lo contrario: pienso que eres una chica muy
inteligente y agradable... Un tanto infantil y dramática —hace una
mueca cargada de fingido horror y, muy a mi pesar, una sonrisa tira
de las comisuras de mis labios—, pero agradable y
muy, muy interesante de tratar. —Su expresión se suaviza hasta
convertirse en un gesto amable—. Así que, por una vez en la vida,
actúa como si yo no te pareciera un ser detestable y llevemos la
fiesta en paz.
—No me pareces detestable —protesto, en medio de un
murmullo que se me antoja infantil.
Una sonrisa irónica se desliza en sus labios y rueda los ojos al
cielo.
—¡Sí! ¡Claro! —bufa, con sarcasmo—. Y yo me chupo el dedo.
Es mi turno de sonreír.
—Te estoy diciendo la verdad —me quejo, pero no dejo que el
gesto en mis labios se deshaga—. No creo que seas detestable.
Creo que eres un hijo de puta —puntualizo, señalándolo con mi dedo
índice—, pero eso tampoco quiere decir que te odie o que no me
agrades. Eres... agradable. —Su sonrisa se torna más cálida que
antes, así que, solo para fastidiarlo, me apresuro a añadir—: Cuando
no eres un grano en el culo, claro está.
Gael sacude la cabeza en una negativa, pero el gesto divertido
que lleva pintado en el rostro no desaparece.
—Mira quién lo dice —masculla.
Una pequeña risa se me escapa.
—Idiota... —mascullo de regreso y es su turno de reír un poco.
—¿Te llevo a casa, Tamara? —pregunta, con amabilidad,
ignorando por completo mi insulto.
Niego con la cabeza.
—No —digo—. Voy a demostrarte que puedo ceder.
—¿Cómo?
—Invitándote a cenar.
Otra risa se le escapa de la garganta.
—¿Qué vas a invitarme a cenar? —Suena más allá de lo
divertido—. ¿Te das cuenta de que a esta hora solo encontraremos
bares abiertos? La botana no se considera como cena, ¿sabías?
—Subestimas demasiado la gastronomía mexicana —digo—.
¿Es que no sabes que los puestos de tacos se quitan hasta muy
entrada la madrugada? La noche es joven, Avallone.
Gael esboza una mueca.
—Nunca he comido tacos. No es una comida que me apetezca
probar.
—Se acabó —digo, al tiempo que abro la puerta del coche con
dramatismo—. Traté de hacer las paces contigo, pero esto me
sobrepasa. No puedo estar cerca de una persona como tú. Lo siento,
Gael, pero esto no va a funcionar.
Esta vez, una carcajada sonora brota de la garganta del
magnate.
—¡No te rías! —me quejo, pero yo también he comenzado a
reír—. ¡Hablo muy en serio!
—Cierra esa maldita puerta y vamos a buscar un puñetero
puesto de tacos, Herrán. —Trata de sonar autoritario, pero no ha
dejado de reír. Yo tampoco lo he hecho.
—Bien. —Asiento, al tiempo que cierro la puerta y lo miro
encender el auto—. Más te vale disfrutarlos, porque gastaré lo que
me queda de la quincena invitándote a cenar.
—No necesito que me invites a cenar.
Ruedo los ojos al cielo.
—¿Qué parte de «esto es una tregua» no entiendes? Los
tacos, invitados por mí, serán la manera en la que sellaremos el
pacto que nos hará dejar de ser imbéciles el uno con el otro.
Gael sacude la cabeza en una negativa.
—¿Hacia dónde vamos? Más te vale llevarme a un lugar
donde preparen comida deliciosa, Tamara, o jamás volveré a dejarte
elegir qué hacer.
—Hablas como si fuésemos a hacer esto a menudo.
—Solo estoy previniendo cualquier futuro escenario —dice, al
tiempo que echa a andar el coche por la avenida—. Nada me
garantiza que no volverás a salir huyendo de mi oficina y que no
tendré que perseguirte, justo como la vez del McDonald's. —Hace
una pequeña pausa para mirar hacia el espejo retrovisor—. Si alguna
vez tengo que volver a salir corriendo detrás de ti como perro faldero,
tienes que saber que será mi turno de elegir a dónde iré a hacer el
ridículo.
—¿Estás diciéndome ridícula?
—No pongas palabras en mi boca. No estoy diciéndote
ridícula. Estoy diciendo que contigo siempre hago el ridículo.
Ruedo los ojos al cielo.
—Estás diciéndome ridícula —mascullo.
—¡Te digo que no!
—Mejor deja de hablar, Gael. No lo arruines más.
—¿Cómo coño es que lo he arruinado en primer lugar?
—Si sigues discutiendo conmigo, puedes irte olvidando de la
cena.
—Nunca pierdes, ¿no es así? —dice y le dedico una mirada
cargada de irritación. Una que no logra ver porque mantiene la vista
fija en el camino.
—Lo dice el hombre que es capaz de manipular a los medios
de comunicación, solo para conseguir que una chica escriba un libro
sobre él.
—Touché —dice y una sonrisa cargada de suficiencia se dibuja
en mis labios.
Un silencio cómodo se instala entre nosotros y, luego de unos
instantes de esta manera, me pide instrucciones de cómo llegar al
lugar al que vamos a cenar.
—¿Y bien? —pregunto, al tiempo que giro sobre mis talones para
caminar en reversa y poder encarar a Gael, quien camina con
lentitud en mi dirección.
El magnate me mira con gesto enfurruñado y juguetón al
mismo tiempo.
—Lo admito —dice—. Los tacos molan.
Una sonrisa radiante se apodera de mis labios.
—Sabía que te gustarían. Nadie puede resistirse a los
encantos de un taco.
—Sigo sin entender cómo cojones podéis comer los sesos de
la vaca. —Hace una mueca horrorizada—; pero, si me mantengo
alejado de ellos, los tacos no suenan tan intimidantes. De hecho,
podría repetir la dosis cualquier otro día.
—Cuando menos lo esperes, estarás comiéndote todo eso que
ahora te parece asqueroso —aseguro, sintiéndome ligera y tranquila
ahora que el ambiente se ha relajado.
—Permíteme dudarlo. —Gael niega—. Lo único que te
concedo, es que son deliciosos. Nunca imaginé que serían de esa
manera.
Le guiño un ojo.
—Cuando gustes puedo cultivarte un poco más sobre
gastronomía mexicana —digo.
—Te tomaré la palabra. La próxima vez, quiero ir a comer
pozole, o enchiladas, o algo que se le parezca.
—¿Estás invitándome a repetir la velada, Gael Avallone? —
bromeo.
Él asiente.
—No, señorita —dice y, de pronto, me mira con seriedad—.
Estoy esperando a que seas tú quien me invite a mí a repetir la
velada. En vista de que eres una mujer de palabra y que has pagado
la cena de esta noche, no me queda más que esperar a que vuelvas
a invitarme para volver a cenar gratis.
—Vete al demonio —suelto, pero estoy sonriendo como idiota
—. No volveré a invitarte a cenar. Ya te lo dije: esto solo fue como
habernos fumado la pipa de la paz.
Gael sonríe e introduce las manos en los bolsillos de sus
pantalones.
—¿Te confieso algo? —dice, luego de alcanzar mi paso y
empezar a caminar a mi lado.
—¿Podré ponerlo en el libro? —bromeo y él suelta una
pequeña risa que se me antoja nerviosa.
—Ninguna mujer me había pagado la cena nunca —dice,
ignorando por completo mi broma sin sentido.
—Imagino que siempre eres tú el que paga —comento.
Asiente.
—Y no me molesta en lo absoluto hacerlo, es solo que, ahora
que no he pagado yo, me siento extraño. —Suena avergonzado y,
por extraño que parezca, lo encuentro encantador.
—Pues no deberías sentirte de ninguna forma —digo, con
determinación—. Yo siempre he creído que hay mucha gente que
confunde la caballerosidad con la obligación. Ningún hombre está
obligado a invitarle todo a una mujer; tampoco está obligado a abrirle
la puerta del coche, o a hacer todas estas cosas que van de la mano
de la caballerosidad. Así como ninguna mujer está obligada a
deberle nada a un hombre que es caballeroso con ella. —Me encojo
de hombros—. Para mí, es algo que va más allá de un estigma
social. —Poso mi vista en él—. Es una decisión. —hago una
pequeña pausa—. Yo decidí que quería invitarte la cena y punto. Eso
no te hace a ti menos caballero, ni a mí menos dama.
—A mí me gusta ser un caballero —dice, y le creo—. Me gusta
ser atento, pagar la cuenta, abrir la puerta del coche... Me gusta dar
esa clase de atenciones. —Guarda silencio unos instantes—. Pero,
igualmente, agradezco el gesto, Tamara. Agradezco que me hayas
invitado a cenar. Ha sido diferente. Agradable. —Me mira, al tiempo
que esboza una sonrisa sesgada—. Sentí como si, por una vez en la
vida, alguien realmente estuviese interesado en mí y no en lo que
tengo gracias a mi padre.
Mi corazón se estruja al escucharlo decir eso. Jamás imaginé
que sería capaz de decirme algo así. Que sería capaz de expresarse
conmigo de esa manera.
—Debes estar rodeado de gente que solo está cerca por lo
que pueden obtener de ti —digo, con todo el tacto que puedo.
—¿Y quién no está rodeado de gente así hoy en día? —dice,
con naturalidad—. Los seres humanos somos criaturas ambiciosas.
Sedientas de más, en cualquier ámbito existente. No encuentro para
nada descabellado estar rodeado de gente que aspira a obtener algo
de mí o de mi padre, porque la ambición es tan humana como lo son
los celos o el territorialismo. —Hace una pequeña pausa—. La clave
aquí está en saber en qué punto pintar tu raya. Hasta qué punto vas
a permitir llegar a esa gente que solo desea obtener algo de ti.
Mi vista viaja hasta mis pies, los cuales marcan un ritmo lento
y pausado con cada paso que doy.
—Es por eso que eres así de hermético con tu vida privada —
adivino, en voz baja.
—Es algo un poco más complicado que eso.
—Y supongo que no vas a contármelo, ¿cierto? —sueno
decepcionada, por eso no me atrevo a mirarlo. Me limito a mantener
la vista fija en el suelo—. Porque no somos amigos. Porque soy la
persona que podría destruirte si saco a relucir eso que es tan
complicado para ti... —No pretendo sonar como si estuviese
reprochándole algo, pero lo hago de todos modos.
—¿Y si te pidiera que no lo contaras? ¿Qué me guardaras el
secreto?
—Ambos sabemos que no es así de sencillo. —Esbozo una
sonrisa triste—. Me lo dirías todo, pero aún estarías esperando mi
puñalada por la espalda en cualquier momento... y lo entiendo a la
perfección, Gael. Después de todo, no dejo de ser una extraña
indagando en tu pasado.
Se hace el silencio.
Hemos llegado al lugar donde aparcó el coche y sé lo que eso
significa. Sé que quiere decir que va a llevarme a casa, aunque no
esté lista para despedirme y aún no haya descubierto a qué se debe
este nuevo conflicto que Gael se ha encargado de crear en mí en
cuestión de minutos.
Nadie dice nada cuando nos detenemos junto a su coche.
Tampoco lo hacemos cuando abre la puerta del auto para mí y
espera hasta que suba para cerrarla. Acto seguido, rodea el auto y
se introduce en el asiento del conductor.
Yo no dejo de mirarlo. No dejo de observar su perfil anguloso y
su cabello alborotado.
—¿Qué? —pregunta, con gesto curioso y los ojos entornados,
cuando, luego de unos instantes, se percata de mi escrutinio.
—¿Puedo confesarte algo? —pregunto, aunque no estoy
segura de qué es lo que voy a decir a continuación.
—Claro...
Un millón de palabras se agolpan en la punta de mi lengua. Un
montón de posibilidades se abren en mi cabeza, ansiosas de salir a
la superficie porque, por primera vez en mucho tiempo, estoy
permitiéndome a mí misma la posibilidad de hablar sobre lo que en
realidad siento.
Miedo, ansiedad, angustia... Todo se arremolina en mi pecho y
me hace imposible pensar con claridad. Me hace imposible poder
pronunciar algo de lo que, tan ansiosamente, deseo decir.
Es por eso que decido empezar por algo sencillo. Algo que no
se siente tan comprometedor como el resto de las ideas que
revolotean en mi cabeza.
—Nunca nadie había golpeado a alguien por mí —digo,
finalmente, y me siento tímida cuando lo digo. Me siento vulnerable y
torpe, aunque no he dicho la gran cosa y esta es, probablemente, la
confesión más absurda de todas.
Una sonrisa cálida y arrogante se dibuja en los labios del
magnate y, de pronto, un extraño calor se apodera de mi pecho.
—Lo haría otra vez —dice y mi corazón se salta un latido en el
proceso—. Lo haría mil veces.
—Es usted un caballero, señor Avallone —digo, porque es lo
único que se me ocurre en estos momentos. Porque cualquier otra
cosa se siente peligrosa.
—No se confunda, señorita Herrán. No soy un caballero —dice
y mi corazón hace otra voltereta en el proceso—. Soy el hijo de puta
más grande existente en la faz de la tierra... Y aun así, lo haría mil
veces. Golpearía a mil hijos de puta por usted si se lo merecieran.
«¿Está coqueteando conmigo?».
—Eso suena como una declaración muy comprometedora —
digo, casi sin aliento, y le ruego al cielo que no sea capaz de
escuchar cómo mi voz se quiebra ligeramente debido a la fuerza de
mis emociones.
—No. —Niega con la cabeza, sin dejar de mirarme con
intensidad—. No suena como una declaración muy
comprometedora. Lo es.
«¡Me lleva el carajo! ¡Está coqueteando conmigo!».
—¿Lo es tanto como afirmar a que fuiste a ese bar solo para
verme?
Algo salvaje se apodera del rostro de Gael, pero no lo niega.
Solo me mira durante un largo rato.
Mi corazón late a toda velocidad, mis manos se sienten
temblorosas, el aliento me falta y las ganas de ponerme a gritar son
tan grandes, que temo no poder controlarlas si no dice nada más.
Mojo mis labios con la punta de mi lengua y la vista del
magnate cae en ellos.
—¿Tienes algo que hacer mañana por la tarde, Tamara? —Su
pregunta me saca de balance y, al mismo tiempo, hace que mi pulso
se detenga para reanudar su marcha a una velocidad inhumana.
Trago duro.
—No... —sueno tímida. Cohibida.
Él asiente.
—¿Hacemos algo?
Se hace el silencio.
—¿Estás invitándome a salir?
—¿Paso por ti a las seis? —Soy plenamente consciente del
modo en el que ha evitado mi cuestionamiento.
—No soy como las mujeres con las que acostumbras a estar
—digo, solo porque necesito dejarlo en claro. Solo porque necesito
que lo recuerde. Porque necesito que sepa que de mí no va a
obtener eso que le da su secretaria y no sé cuánta otra mujer.
Una sonrisa radiante se dibuja en los labios del magnate y la
respiración se me atasca en la garganta.
—Lo sé perfectamente —dice y suena... ¿asustado?—. ¿Paso
a tu casa a las seis?
—No me gustan los restaurantes lujosos —digo, con aire
aterrorizado—, ni los lugares extravagantes. Odio las plazas
comerciales en las que...
—Sí, vale, lo pillo —me interrumpe—. Lo que quieres es que
compre una pizza y la coma contigo dentro de mi coche. Mensaje
recibido.
Una sonrisa horrorizada se apodera de mi boca.
—Bien —digo—. Tenía qué asegurarme de que estábamos en
la misma sintonía.
—¿Mañana a las seis?
—Mañana a la seis —asiento.
—Perfecto —asiente—. Ahora, dime como coño le hago para
llegar a tu casa.
Una carcajada nerviosa e histérica se me escapa, pero el
aturdimiento y la ansiedad que ha comenzado a invadirme. Con todo
y eso, comienzo a darle instrucciones.
Capítulo 14

Mi cita con Gael no ha ido, para nada, como creí que iría.
Para empezar, esta mañana me llamó para cambiar la hora a
la que pasaría a recogerme. Dijo que tendría una junta que le sería
imposible cancelar o posponer, pero que pasaría por mí a las ocho
de la noche para hacer algo de todos modos.
Luego de eso, no hice más que retorcerme en el mar de
nerviosismo y ansiedad que creé para mí en el transcurso del día.
Traté de distraerme empezando en forma con la escritura de
su biografía, pero no tuve el éxito esperado. Apenas si pude redactar
unos cuantos párrafos. Apenas si pude sentarme frente a la pantalla
del ordenador durante horas, con el documento en blanco, sin saber
muy bien por dónde empezar a trabajar.
Quiero atribuirle mi falta de inspiración al estado nervioso en el
que me he encontrado todo el día, pero en realidad sé que se trata
de algo más: mi falta de motivación para escribir esta biografía. Por
mucho que mis interacciones con Gael me parezcan interesantes y
emocionantes, sigo siéndole fiel a la idea de que no estoy hecha
para transcribir lo que un hombre tiene que decir sobre sí mismo.
No recuerdo la hora en la que me metí en la ducha. Tampoco
recuerdo cuándo dejé de cambiarme de ropa una y otra vez, solo
para decidirme a utilizar un suéter de punto color blanco y unos
pantalones entallados en color negro; sin embargo, cuando Gael
Avallone apareció por mi puerta —luciendo insoportablemente
atractivo con ese cabello perfectamente estilizado y esa mandíbula
angulosa recién afeitada— enfundado en un traje negro, corbata roja
y camisa blanca supe que iba muy mal vestida para la ocasión…
como siempre.
A pesar de eso, me las arreglé para bromear respecto a su
manera elegante de vestir. Me las arreglé para hacer como si no me
importase en lo absoluto el hecho de que él siempre luce como si
hubiese salido de una revista y yo lo hago como si hubiese salido de
un concierto que terminó en desastre.
No sé qué esperaba que ocurriera cuando me preguntó a
dónde quería que fuéramos y le respondí que, precisa y
exactamente, quería hacer lo que sugirió anoche que hiciéramos —ir
por una pizza y comerla dentro de su coche— pero, en definitiva, no
era esto.
No esperaba que, de buena gana, encaminara su flamante
coche hasta una sucursal de Domino’s Pizza, bajara de él —
enfundado en ese elegante traje negro— conmigo a su lado y se
adentrara en el establecimiento para ordenar una pizza familiar mitad
pepperoni, mitad salchicha italiana.
Mucho menos esperaba que, luego de haber recibido la
comida, se encaminara hasta el auto, me abriera la puerta del
copiloto y se sentara a mi lado a preguntarme si prefería comerla ahí
mismo, en el aparcamiento del restaurante, o si quería que
buscásemos otro lugar.
Debo admitir que me tomó varios minutos espabilar y hacer
como si no notase lo relajado de su comportamiento el día de hoy;
pero, una vez controlado el estupor, le dije que quería comer en el
parque que se encuentra justo a las afueras de la estación Juárez del
tren ligero; en parte porque lo encuentro agradable y en parte
porque, si las cosas se ponen de un ánimo extraño, puedo hacer mi
camino hasta la estación y volver a casa en menos de quince
minutos.
Ahora mismo, luego de veinte minutos de camino, nos
encontramos aquí, sentados dentro en el interior de su coche —
porque, justo cuando íbamos llegando, comenzó a llover—, con una
caja de pizza entre nosotros y un refresco de cola entre las manos.

—Debo admitir que esto es… diferente —Gael habla y el


sonido de su voz me saca de golpe de mis cavilaciones.
Mi vista se posa en él y lo miro darle otra mordida a la
rebanada de pizza que tiene entre los dedos.
No me pasa desapercibida la mancha de grasa que hay en su
camisa debido al trozo de salchicha italiana que se le cayó hace
unos minutos y que a él no parece importarle en lo absoluto. Ni la
mancha, ni la salsa en la tapicería de su auto.
—¿Diferente a qué? —pregunto, luego de tragar mi bocado y
segundos antes de limpiarme los labios con una servilleta.
—Diferente a lo que suelo hacer cuando invito a salir a una
chica.
Ruedo los ojos al cielo.
—Eres tan cliché.
—¿Qué demonios tenéis los escritores con el cliché? —El
ceño de Gael se frunce ligeramente—. ¿Por qué están tan
obsesionados con odiarlo? ¡La vida misma es un cliché! Una
repetición continua de situaciones. Lo único que cambia, es la
persona que lo vive.
Una sonrisa se dibuja en mis labios.
—Personalmente, no odio el cliché. De hecho, vivo, mato y
muero por una buena novela romántica. De esas en las que abundan
los clichés.
—Sí, claro —Gael bufa, al tiempo que me dedica una mirada
condescendiente.
—¡Hablo en serio! —exclamo, sin dejar de sonreír—. Debo
admitir que yo tampoco sé qué tienen muchos escritores, y lectores
también, contra el cliché. —Me encojo de hombros—. Siento que,
parte de lo que hace que me sienta dentro de una historia, es la
capacidad que tiene dicha historia de hacerme sentir identificada con
ella. De la capacidad que tiene el escritor de hacerme revivir
memorias propias a través de las vivencias de sus personajes;
porque nadie es primero en nada. Porque todo es, como dices, una
repetición de situaciones, en distintas pieles.
—Y, a pesar de que no odias el cliché, me has llamado uno —
Gael apunta.
—Es que es la verdad. Eres un cliché, Gael. —Mi sonrisa se
ensancha—. ¡Mírate! Bien podrías ser el protagonista de una novela
romántica.
—Me rehúso, completamente, a ser el protagonista de una
novela romántica —dice, con fingida indignación—. Me van más las
novelas policíacas o de misterio. Otra cosa que no sea eso, no va
conmigo.
—No tienes madera para ser el protagonista de una novela de
misterio. Mucho menos una policíaca —bufo—. Los detectives son
sexys. Tú solo eres…
—Cuida muy bien tus palabras, Tamara Herrán. —Gael me
interrumpe y me dedica un gesto irritado, pero divertido—. Te
recuerdo que hemos hecho una tregua ayer por la noche. No puedes
faltar a ella.
Entorno los ojos en su dirección.
—Decir mi opinión no es faltar a nuestra tregua.
—Lo es cuando no se tiene el tacto suficiente al decirla. —
Gael refuta—. Vas a hacerme pedazos con tu comentario y lo sabes.
—Una ya no puede expresarse con libertad porque todo se lo
toman como ofensa —mascullo, entre dientes, y una risita que se me
antoja joven y fresca, brota de la garganta del magnate.
Se hace el silencio y aprovecho esos instantes para
terminarme el trozo de pizza que tengo entre los dedos.
—Cuéntame qué haces en tus citas habituales —digo, luego
de limpiarme los dedos.
—Follar.
Ruedo los ojos al cielo, en un gesto que pretendo que luzca
aburrido; pero en realidad, una punzada de algo irreconocible me ha
atravesado el pecho de lado a lado.
—Cliché.
—Soy un cliché, ¿no lo recuerdas?
—Qué decepción —mascullo, pero lo digo más en serio de lo
que me gustaría—. Creí que eras más interesante que eso. Supongo
que me equivoqué.
—¿Estás tratando de hacerme sentir miserable? Porque lo
estás consiguiendo.
—Dramático.
—Lo he aprendido de ti.
Le dedico una mirada cargada de irritación.
—Yo no soy dramática.
—Tamara, si el dramatismo tuviese una cara, sería una igual a
la tuya. —Sonríe, con socarronería.
—Vete al mismísimo carajo —suelto, con irritación y su sonrisa
toma fuerza.
—¿Qué puedo hacer para que me alejes de esa categoría tuya
llamada cliché? —dice, luego de un pequeño silencio.
—Creí que no odiabas los clichés.
—No los odio, pero me incomodan ahora que me hacen ver
predecible —refuta, haciendo un gesto desdeñoso con una mano—.
Ahora dime… ¿Qué tengo que hacer para que dejes de pensar que
soy un cliché?
—Nada —digo, porque es cierto—. Nada de lo que digas va a
arrancar de mi cabeza esa imagen tuya que tengo en la cabeza. Eres
un tipo adinerado, que tiene lo que quiere, cuando lo quiere y a la
hora que lo desea. —Me encojo de hombros—. Y no está mal. Es,
simplemente, que me parece… aburrido.
La sonrisa que tiene su rostro pierde fuerza y, de pronto, un
destello de algo extraño se apodera de su mirada.
—¿De verdad crees que soy así de sencillo como eso? —El
sonido herido de su voz me saca de balance por completo, pero trato
de no hacérselo notar.
—Por supuesto que lo eres —digo, aunque no estoy muy
segura de querer seguir hablando. El ambiente está empezando a
tornarse denso e incómodo.
—No sabes absolutamente nada de mí, Tamara —suelta, con
condescendencia y una punzada de irritación me recorre el cuerpo.
— ¿Qué es lo peor que pudo haberte pasado en la vida, Gael?
—espeto, incapaz de detener el cúmulo de palabras que tengo en la
punta de la lengua—. ¿Haber crecido sin una figura paterna? ¿Haber
desarrollado una especie de rencor hacia tu padre para luego sanarlo
al reencontrarte con él?
Todo vestigio de humor se ha esfumado del rostro de Gael
ahora y no sé cómo sentirme al respecto. No sé cómo tomar la
dureza que se ha apoderado de sus facciones y la tensión que hay
en su mandíbula.
—Tú no sabes nada, Tamara —habla, con voz ronca y
profunda.
—Sé lo suficiente como para asumir que tuviste una vida fácil.
Buena.
«¿Por qué no te callas de una jodida vez, idiota?», me reprimo
mentalmente, pero ya es demasiado tarde. Ya he dicho lo peor y aún
no estoy lista para quedarme callada.
Una carcajada carente de humor se le escapa de la garganta,
pero ahora está más que claro para mí, que lo que he dicho le ha
calado hondo y ha tocado fibra sensible en él.
—No sabía que eras del tipo de persona que juzga a otras solo
por lo que ve en la superficie. —La molestia en el tono de su voz es
palpable ahora.
—No estoy juzgándote en lo absoluto —digo y sueno a la
defensiva—. Solo hablo de la imagen que reflejas, Gael. Yo no tengo
la culpa de que todo en ti grite «vida fácil».
«¿Por qué está tan enojado? ¿Por qué no lo deja pasar?».
El destello iracundo que se filtra en la expresión del magnate,
le ensombrece la mirada y le endurece las facciones.
—No tienes una idea de lo que hablas —dice, en un tono tan
profundo, que casi no soy capaz de reconocer su voz.
—Tú no tienes idea de lo que es una vida difícil —refuto y, sin
que pueda evitarlo, sueno molesta. Enojada.
«¿Qué demonios le sucede? No es para tanto».
—¿Y qué sabes tú de una vida difícil, Tamara? —La burla en
su voz hace que un destello de dolor me atenace el cuerpo.
—Sé más que tú, eso tenlo por seguro. —Mi voz suena ronca
debido al centenar de emociones que ha comenzado a invadirme.
—¿Y cómo es que estás tan segura de eso? ¿Lo dices solo
porque estuviste en un psiquiátrico? —Sus palabras son como una
bofetada en la cara. Como un golpe brusco y violento atestado sin
previo aviso—. ¿Crees que haber estado en un sanatorio mental te
da el derecho de decir que la vida de los demás es sencilla en
comparación a la tuya? —La dureza y la irritación en el tono de Gael
me golpean con violencia y un agujero se abre en mi pecho.
—Yo no… —trato de intervenir. Aturdida, confundida y herida
en modos que ni siquiera yo mismo logro comprender del todo.
— Pues te equivocas, Tamara —me interrumpe, con violencia,
y el tono despectivo que utiliza hace que otra punzada de dolor me
recorra. Hace que mi cuerpo entero se hiele y se estremezca—. Si tú
hubieses vivido la mitad de las cosas que yo viví, tu intento de
suicidio no habría quedado en eso: un intento. —Una sonrisa cruel y
amarga se desliza en sus labios y la herida que ha comenzado a
abrirse en mi pecho, se vuelve profunda—. Te habrías asegurado de
acabar con todo.
Sacudo la cabeza en una negativa incrédula y abro la boca
para hablar, pero nada viene a mí.
—Gael…
—No puedes venir aquí, a tratar de juzgarme, solo porque
crees que tu cobardía es digna de hacer alarde —espeta, y el coraje
y la irritación se mezclan con la confusión y la sorpresa—. No puedes
venir aquí a decirme que sabes más sobre la vida solo porque no
fuiste capaz de lidiar con tu realidad. Solo porque fuiste lo
suficientemente estúpida como para…
Una bofetada atestada por mi mano derecha acalla la diatriba
furiosa del magnate y, en el proceso, gira su rostro debido al impacto
violento y brusco.
De pronto, la tensión que había comenzado a construirse entre
nosotros estalla. Estalla y se convierte en un monstruo hecho de ira,
indignación y frustración.
Mi pulso late con fuerza detrás de mis orejas, mi palma
hormiguea y mi respiración, inestable y temblorosa, se abre paso en
el silencio en el que se ha sumido el vehículo.
Gael no me mira. No vuelve su rostro hacia mí. No hace nada
más que quedarse quieto, con la mandíbula apretada y postura
rígida.
Yo no puedo moverme tampoco. No puedo hacer nada más
que luchar con todas mis fuerzas contra la revolución de emociones
que llevo dentro. Contra el nudo que se ha formado en mi garganta y
las lágrimas que me escuecen los ojos.
El magnate me mira.
Ira cruda y profunda tiñe sus facciones y un escalofrío de puro
terror me recorre de pies a cabeza cuando noto la oscuridad que se
ha apoderado de su expresión. Cuando noto la forma aterradora en
la que su gesto se descompone.
—Me vuelves a poner un maldito dedo encima —su voz suena
más ronca que nunca. Más furiosa—, y te juro por Dios que no
respondo, Tamara.
Todos los vellos de mi cuerpo se erizan en respuesta.
Coraje, miedo, confusión… Todo se arremolina dentro de mi
pecho y quiero ponerme a gritar, quiero echarme a llorar y, al mismo
tiempo, quiero sostenerle la mirada para así demostrarle que no me
ha amedrentado en lo absoluto. Que no ha sido capaz de
aterrorizarme… aunque en realidad sí lo haya hecho. Aunque en
realidad, quiera poner cuanta distancia sea posible entre esta
criatura iracunda y yo.
No respondo.
Él tampoco dice nada más y nos sumimos en un silencio largo.
Tenso. Doloroso.
El aturdimiento que me invade apenas me permite procesar lo
que acaba de pasar. Apenas me permite ser consciente de lo que
Gael me ha dicho y de lo que yo he hecho; pero, cuando soy capaz
de conectar el cerebro con las extremidades, hago acopio de toda mi
dignidad y me cuelgo el bolso en el hombro. Acto seguido —y sin
saber muy bien qué es lo que estoy haciendo—, abro la puerta del
coche.
Una palabrota resuena a mis espaldas cuando, sin siquiera
dedicarle una última mirada, salgo del vehículo y doy un portazo.
Otra palabrota llega a mis oídos cuando me echo a andar por la
acera en dirección a la estación del tren, pero no me detengo. No
hago nada más que poner cuanta distancia sea posible entre Gael
Avallone y yo.
La lluvia suave que enfría el ambiente me cae en el rostro y
me moja las pestañas, pero ni siquiera me molesto en intentar
cubrirme. La estación está a escasos metros de donde me
encuentro, así que no me mojaré demasiado si me doy prisa.
Alguien dice mi nombre a mis espaldas, pero no me detengo.
Al contrario, acelero el paso.
El andar apresurado que resuena detrás de mí hace que mis
pies se muevan con mayor velocidad que antes, pero no consigo
escapar. No consigo evitar que sus dedos largos se enreden
alrededor de mi brazo para detenerme.
Cuando sucede, tiro para liberarme de su agarre y me giro con
brusquedad para encararlo.
—No me toques —espeto y el asombro que veo en su rostro
no hace más que llenarme de satisfacción.
En el proceso, soy capaz de notar como las miradas de las
pocas personas que espera el autobús en la parada, se posan en
nosotros.
—No hagas una escena y vuelve al coche —dice, en voz baja
y entre dientes, para que solo yo pueda escucharlo.
Su expresión no es, ni de cerca, parecida a la de hace unos
instantes en su coche. Sigue furibundo. Sigue enojado hasta la
mierda… pero ya no tiene ese gesto extraño en el rostro.
—Eres tú el que está haciendo una escena —suelto y mi voz
tiembla debido al coraje reprimido—. Deja de hacerte esto a ti mismo
y márchate.
—Tamara, por el amor de Dios, deja de comportarte como si
tuvieras cinco años —sisea en respuesta y sé, por sobre todas las
cosas, que está furioso.
—Yo me comporto como se me dé la puta gana —escupo y
sueno enojada, aunque en realidad esté asustada y confundida.
Gael niega con la cabeza, incrédulo, iracundo. Decepcionado.
—¿Así va a ser siempre? —dice, aun guardando la
compostura—. ¿Vas a huir de mí cada vez que diga algo que no te
guste escuchar? ¿Algo que te hiera? —No me atrevo a apostar, pero
creo haber visto un destello triste en su mirada—. ¿Qué hay de lo
que tú dijiste? ¿Qué hay de la forma en la que me empujaste hasta
mi límite? Tamara, no puedes hacerme esto. No puedes hacer como
si fueses esta chica ruda, despreocupada e irreverente, para luego
convertirte en esta persona tambaleante cada vez que alguien toca
fibra sensible en ti.
Un nudo comienza a formarse en mi garganta y el aliento me
falta.
—Y no quiero disculparme por lo que dije, aunque tenga
motivos de sobra para hacerlo —suena determinado y frustrado al
mismo tiempo.
—¡Es que yo no quiero una disculpa!
—¡Por supuesto que lo haces! —exclama—, pero no voy a
darte lo que quieres, Tamara. No voy a dejar que vuelvas a jugar de
este modo conmigo porque ya me cansé de este estira y afloja. Ya
me cansé de intentar descifrarte y sentir que estás tratando de verme
la cara de imbécil. —Da un paso más cerca de mí—. He respetado,
en medida de lo posible, tu privacidad. Tu hermetismo respecto a lo
que viviste y entiendo si no quieres hablar de ello. Entiendo si es algo
difícil de externar y entiendo, también, que no debí haber dicho lo
que dije hace un momento, pero estaba enojado. —Sacude la
cabeza en una negativa—. Estaba furioso porque te sentiste con el
derecho de juzgarme. ¿Qué coño sabes de mí y de lo que he vivido?
¿Cómo mierda se te ocurre suponer que lo que yo llevo a cuestas no
se compara con lo que has vivido tú, Tamara?
—No tienes una idea de lo que dices —digo, con la voz rota
por las emociones.
—Y nunca voy a tenerla si no me hablas claro. Si no me dices
qué cojones te pasa. Si no me dices por qué demonios llevas puesta
esa máscara de fortaleza cuando es obvio que solo es una maldita
fachada. —Gael suena cada vez más desesperado. Más frustrado—.
No te estoy pidiendo que me digas qué coño fue lo que te pasó para
que intentases quitarte la vida. Tampoco estoy pidiéndote que me
hables sobre tu pasado, porque me ha quedado más que claro que
no quieres que lo sepa; pero, deja de jugar de esta manera conmigo.
Deja de mostrarme esas dos malditas caras y decide de una vez cual
es la que vas a mostrar.
Cierro los ojos con fuerza, en un débil intento de mantener las
emociones a raya. En un débil intento de mantener las lágrimas en el
lugar en el que se encuentran.
—Y-Yo… Yo no… —Niego con la cabeza en un intento de
ordenar mis ideas, pero sé que luzco tan desesperada como me
siento—. No hay dos caras. Esta soy yo.
—Esa es una mentira y lo sabes, Tamara. —La profundidad en
la voz de Gael hace que me obligue a encararlo.
Sus ojos —penetrantes, duros, salvajes— me miran con
determinación. Me miran con… ¿anhelo?
—¿Qué es lo que quieres de mí? —susurro, en voz baja y
ronca, al cabo de unos largos instantes.
—Que te quites esa maldita máscara de encima, Tamara —
responde y la honestidad de su respuesta me agobia tanto, que no
puedo hacer nada más que encararlo de nuevo. Más que luchar
contra la bola de emociones acumuladas en la base de mi garganta.
Niego con la cabeza.
—No puedo… —Mi voz se quiebra en el proceso y sé que
estoy a punto de perderlo.
—¿Por qué no?
—Porque odio lo que hay debajo de ella. —La honestidad de
mis palabras me toma por sorpresa. Me abruma y estremece la
fortaleza que rodea el mar de emociones contenidas con el que lidio
a diario.
—Tamara…
—No quiero que me mires como lo hace todo el mundo —lo
interrumpo y las lágrimas me nublan la mirada. Estoy a punto de
echarme a llorar. Estoy a punto de desmoronarme frente a Gael
Avallone una vez más.
—No voy a mirarte de ninguna forma, bonita —dice y, de
pronto, soy plenamente consciente de cómo una de sus manos
grandes ahueca una de mis mejillas y me obliga a levantar la cara.
En ese momento, todo mi autocontrol se va al caño y las
lágrimas son incontenibles ahora. Son un torrente de emociones
desbocadas que amenazan con hacerme pedazos si les permito
tomar la fuerza suficiente.
—No llores. —La voz de Gael se ha suavizado tanto, que el
solo escucharla hace que todo dentro de mí duela—. Por favor, Tam,
no llores…
Niego con la cabeza y me limpio las lágrimas, pero los
recuerdos que empiezan a embargarme no se van. Al contrario, se
arraigan en mi sistema. Se aferran a las paredes de mi cabeza y lo
impregnan todo.
De pronto, no soy capaz de hacer otra cosa más que revivir,
segundo a segundo, todo lo que pasó. No puedo hacer nada más
que llorar en silencio por la pesadilla que viví y el remordimiento de
consciencia que llevo dentro porque fue Isaac quien murió y no yo…
Un sollozo brota de mis labios y bajo la mirada al suelo. Acto
seguido, Gael trata de posicionar su otra mano contra mi mejilla libre,
pero doy un paso lejos para apartarme.
—Tamara, por favor, habla conmigo —suplica y algo dentro de
mí se desgarra al escuchar la desesperación en su tono.
Entonces, presa del dolor, la angustia y los recuerdos
tortuosos, comienzo a hablar:
—Cuando tenía diecisiete años, conocí a un chico. —Mi voz
suena ronca y temblorosa debido al llanto—. Era el hermano de mi
cuñado, así que lo veía a menudo, cuando a mi hermana le daba por
invitarme a salir con ella y su ahora marido. —No me atrevo a mirar a
Gael, así que mantengo la mirada fija en el suelo—. Al principio, salir
con él era un juego para mí, pero luego… —Un sollozo se me
escapa, pero lo reprimo como puedo—. Pero luego se convirtió en
algo más. Y me enamoré como una idiota. —Me limpio las lágrimas
con el dorso de la mano—. Teníamos una relación muy tóxica.
Intensa por sobre todas las cosas… y yo era feliz con ella. Para mí,
era normal terminar cada vez que teníamos una discusión y
arreglarnos después. —Hago una pausa, para ordenar el hilo de mis
recuerdos y, cuando me siento lista, continúo—: A Isaac siempre le
gustó relacionarse con gente que se jactaba de estar metida en
cosas turbias. Consumo y distribución de sustancias y esas cosas. —
La vergüenza de hablar de esto es tanta, que sigo sin atreverme a
mirarlo—. Isaac siempre me aseguró que nunca metió las manos al
lodo. Siempre dijo que tenía amigos que vendían drogas en el
campus de la universidad donde estudiaba, pero que eso era todo.
—Una sonrisa amarga se dibuja en mis labios cuando recuerdo la
primera discusión que tuvimos al respecto—. Le encantaba jactarse
de sus amistades con estas personas, aunque no consumiera nada y
no estuviese involucrado en lo absoluto con ese negocio. —Niego
con la cabeza—. Una noche, luego de un pleito muy fuerte que
tuvimos, fue a mi casa, me escabullí fuera para verlo y nos
reconciliamos en la parte trasera de su coche.
Por primera vez, me atrevo a encarar a Gael.
—Esa misma noche, cuando estaba por volver a la seguridad
de mi habitación, uno de sus amigos le llamó para invitarlo a una
fiesta a las afueras de la ciudad. Isaac no quería ir, pero yo ya me
había escapado de casa y me sentía valiente, así que le rogué que
fuéramos para hacer que contara. —El nudo en mi garganta me
impide continuar, así que tengo que tragar varias veces para
deshacerlo y poder seguir hablando—: Llegamos a la fiesta a las dos
de la mañana. Bebí hasta que el mundo empezó a dar vueltas a mi
alrededor, bailé hasta que los pies me dolieron y, cuando Isaac
sugirió que nos fuéramos, le rogué otro poco para quedarnos un rato
más. —Lágrimas nuevas inundan mis oídos—. Fue ahí cuando todo
se fue a la mierda. —Cierro los ojos una vez más y el llanto, que ya
se había tranquilizado un poco, retoma intensidad—. No recuerdo
muy bien qué pasó. Solo recuerdo que todo el mundo empezó a
gritar. Que un montón de estallidos retumbaban por todos lados y
que, de pronto, todo el mundo empezó a caer al suelo, bañado en
sangre. —Me detengo unos segundos para poder continuar. Para
poder respirar—: Recuerdo que Isaac me tomó por la muñeca y
empezó a correr. Recuerdo que me llevó detrás de la barra de la
casa donde se estaba llevando a cabo la fiesta, y me hizo
recostarme junto a los cadáveres de la gente que yacía ahí tirada…
—Las imágenes en mi cabeza son tan vívidas ahora, que tengo que
tomarme unos segundos antes de seguir—: Y, justo cuando lo hice,
su cabeza… S-su cabeza… —La imagen de su cráneo, de su rostro,
deformándose con el impacto de una bala de alto calibre, invade mi
cabeza. Invade todos y cada uno de mis sentidos y, de pronto, no
puedo continuar. No puedo pronunciar una sola palabra más. No
puedo dejar de llorar.
—Tamara…
—Su cuerpo cayó sobre mí —interrumpo a Gael, pero el llanto
es tan intenso ahora, que estoy segura de que apenas puede
entenderme—. Y yo no podía moverme. No podía hacer nada
porque, si lo hacía, moría de un balazo… Así que no me moví. Me
quedé ahí, quieta, durante mucho tiempo. Durante tanto tiempo, que
el cuerpo de Isaac ya había comenzado a endurecerse para cuando
me lo quité de encima. —Cierro los ojos con fuerza.
—Tamara, detente. —La voz suplicante de Gael no hace más
que hacerme sentir más miserable de lo que ya me siento, pero no
quiero detenerme. No puedo.
— No recuerdo cómo salí de ahí —digo, al cabo de un largo
rato—. Tampoco recuerdo cuánto tiempo caminé por la carretera
antes de que alguien se apiadara de mí y me llevara a una
delegación. De hecho, no recuerdo casi nada de los días siguientes a
lo que ocurrió… Sé que fue un ajuste de cuentas. Una especie de
guerrilla entre dos de los grupos delictivos más grandes del país, y
que toda la gente que murió esa noche, o al menos, la gran mayoría,
era gente como Isaac y como yo. Gente que no tenía nada que ver
con dichas bandas de narcotraficantes, pero que había quedado
justo en medio del camino al decidir asistir a esa fiesta. —Me limpio
los ojos una vez más—. No sé cuánta gente sobrevivió o cuánta
murió. Solo sé que, luego de eso, mi vida se convirtió en un infierno.
—Hago una pausa—. No podía dormir, no podía comer, no podía
hacer nada más que revivir cada instante de lo que pasó. No podía
dejar de tener pesadillas al respecto y, cuando me resigné a dejar de
dormir, empecé a ver cosas que no estaban ahí. Cosas horribles,
relacionadas con lo que ocurrió. —Miro a Gael y, por primera vez,
veo una emoción desconocida en su mirada—. Estaba volviéndome
loca y no podía más. Los medicamentos no estaban funcionando, las
alucinaciones eran cada vez más vívidas y yo estaba hundiéndome
en mi miseria, y no podía hacer nada para erradicarla. No podía
hacer nada porque la culpa estaba comiéndome viva. Porque no
podía dejar de pensar que había sido yo quien había rogado hasta el
cansancio que fuésemos a esa fiesta. Había sido yo quien había
rogado porque nos quedásemos un rato más. Y no dejo de
torturarme con la idea de que, quizás, Isaac habría vivido si yo no
hubiese insistido tanto. Si yo no hubiese… —Niego con la cabeza,
incapaz de dejar de llorar.
—Tamara. —Gael da un paso hacia mí—. Tamara, detente.
Basta ya. No te hagas esto a ti misma…
—Tú querías saberlo —sueno miserable. Patética…
Una mano cálida y grande se posa en mi mejilla derecha, pero
me aparto en cuanto la siento. La aparto porque no merezco una
caricia alentadora. Porque no merezco que nadie me mire como si yo
fuese una víctima. Yo asesiné a Isaac. Lo llevé a su muerte y no
merezco la compasión ni la comprensión de nadie.
Gael intenta ahuecar mi rostro entre sus manos una vez más,
pero vuelvo a retirarme.
—¡No! —Trato de sonar demandante, pero no lo consigo.
Sueno más bien suplicante; como si estuviese rogándole que no se
detuviera.
Unos dedos cálidos se envuelven alrededor de mi muñeca y
tiran de mí con tanta fuerza que, por más que trato de liberarme, no
logro hacerlo.
Mi cuerpo se estrella contra algo firme y blando y, antes de que
pueda procesar lo que está ocurriendo, un par de brazos fuertes se
envuelven a mi alrededor. Una nueva oleada de lágrimas se agolpa
en mi mirada y me siento más vulnerable que nunca. Me siento
miserable. Hecha pedazos.
En ese momento, y solo porque no puedo soportar la idea de
que Gael trate de consolarme, comienzo a resistirme a su abrazo.
Peleo contra él porque no merezco que haga esto por mí. No
merezco que se preocupe de esta manera.
—Lo siento. —Gael murmura contra mi cabello mojado por la
lluvia suave—. Lo siento mucho, Tamara.
El llanto se vuelve más intenso que antes. Se vuelve liberador.
—Y-Yo lo maté. Yo…
—Shhh… —Una de sus manos se posa en mi cabello y
presiona mi cabeza contra el hueco de su cuello—. No digas eso.
Sabes que no es verdad. Sabes que no es así.
El olor fresco de su perfume, aunado al calor de su cuerpo y a
la firmeza de su abrazo, no hace más que aturdirme.
—Él solo quería protegerme. —Trato de apartarme del hombre
que me abraza con fuerza, pero solo consigo que me dé algo de
espacio.
—Tamara, detente ya. —Un par de manos ahuecan mi rostro y
sus ojos ambarinos aparecen en mi campo de visión.
—Él quería mantenerme a salvo —sollozo y algo cálido golpea
la comisura de mis labios— Él…
Unos labios fríos encuentran los míos con ferocidad. Una boca
tibia encuentra la mía en un beso ansioso, urgente y desesperado, y
toda la sangre de mi cuerpo se agolpa en mis pies. Todo el mundo
detiene su marcha.
Capítulo 15

El tiempo ha ralentizado su marcha. El universo entero ha decidido


aminorar su andar apresurado para permitirme procesar la cantidad
de sensaciones abrumadoras que me embargan. Para permitirme ser
plenamente consciente de lo que está pasando.
El pulso me late con fuerza detrás de las orejas, las manos me
tiemblan de manera incontrolable, el aliento me falta y todo —
absolutamente todo— ha perdido enfoque. Todo se ha reducido a un
montón de «nada» porque Gael Avallone está besándome. Porque
sus labios —mullidos, suaves y cálidos— se mueven contra los míos
en un beso urgente y desesperado.
Un sonido torturado escapa de mi garganta cuando una de las
manos del magnate se desliza hasta apoderarse de mi cuello y me
presiona con más intensidad contra él. Yo, por acto reflejo a su
movimiento ansioso, cierro las manos en el material húmedo del
saco que viste, y su lengua busca la mía sin pedir permiso.
Mis oídos zumban, mi corazón late a toda velocidad y mi
cuerpo —traicionero y necesitado— grita por más. Grita por su
cercanía y su calor. Porque no me había dado cuenta de cuánto
deseaba esto hasta ahora. Y porque, a pesar de que sé que esto
está mal en todos los sentidos, no puedo —quiero— detenerme.
Esto está bien. Esto está mal. Esto es todo aquello a lo que le
temo y todo eso que sé que puede acabar conmigo si no lo detengo;
porque sé que él es fuego y que yo soy la leña que se consume bajo
el poder abrasador de sus llamas. Un bote que navega a la deriva en
medio de una tormenta.
Sé, por sobre todas las cosas, que Gael Avallone es el temblor
que amenaza con derrumbar los muros que he construido a mi
alrededor… Y, de todos modos, no quiero detenerme.
Se aparta de mí un poco y murmura algo que no logro
entender, antes de volver a besarme. Esta vez, son sus brazos los
que me sostienen, envolviéndose en mi cintura y atrayéndome con
más fuerza.
La ansiedad, la urgencia, la ferocidad con la que nuestros
labios se encuentran es tanta, que todo a mi alrededor da vueltas.
Todo se difumina y se desdibuja con la intensidad de nuestro beso.
De mis emociones.
«¡Esto no está bien!», grita mi subconsciente y tiene razón.
Esto está mal en todos los sentidos.
Mis manos se colocan sobre su pecho, con toda la intención
de apartarlo, pero él me atrae otro poco y termino aquí, atrapada en
la prisión de sus brazos, sintiendo la humedad de su ropa contra la
mía, y su abdomen firme y duro, contra el mío blando y suave.
«¡Detente! ¡Maldición, Tamara! ¡Para ya!».
En respuesta, Gael gruñe contra mi boca y me besa con más
urgencia.
«¡Se está aprovechando de tu vulnerabilidad! ¡Te está besando
por lástima! ¡¿Es que no te das cuenta, maldita sea?!».
Trato de apartarme una vez más, pero no consigo tener la
fuerza de voluntad suficiente para empujarlo lejos.
«¡Con un carajo, Tamara Herrán! ¡Fue suficiente! ¡Vas a
meterte en muchos problemas si continúas haciendo esto! ¡¿Es que
acaso no lo entiendes?!», grita la voz en mi cabeza y, como
impulsada por un resorte, me aparto de él.
Gael trata de besarme de nuevo, pero una negativa de mi
cabeza lo detiene; así que, en lugar de intentar hacerlo una vez más,
une su frente a la mía.
Para ese momento, todo dentro de mí es una revolución. Un
manojo de sensaciones abrumadoras.
Soy plenamente consciente de la manera en la que su nariz y
la mía se tocan. Soy aún más consciente del modo en el que
nuestros alientos se mezclan.
Mis ojos siguen cerrados. Mis manos siguen aferradas a él y
las suyas a mí y, de pronto, el peso de lo que acaba de pasar cae
sobre mis hombros y me aplasta contra el suelo.
Doy un paso hacia atrás.
Las manos de Gael siguen presionándose contra mi espalda,
pero ya he puesto un poco de distancia entre nuestros cuerpos. Eso,
más que cualquier otra cosa, hace que lo que acaba de ocurrir entre
nosotros me taladre el cerebro con fuerza.
Mis manos dejan ir el material de su ropa y doy otro paso hacia
atrás, de modo que él tiene que dejarme ir.
Alzo la vista.
La visión del hombre impresionante que tengo frente a mí hace
que un escalofrío me recorra de pies a cabeza, pero me obligo a
sostenerle la mirada.
Su cabello, antes perfectamente estilizado, cae apelmazado y
ondulado contra su frente; su traje, que lucía como recién sacado de
la tintorería, luce desaliñado —húmedo. Arruinado por completo— y
su gesto, usualmente controlado, sereno y seguro de sí mismo, luce
fuera de balance. Inseguro. Tímido, incluso.
Trago duro.
—Me voy a casa —anuncio con un hilo de voz, sintiéndome
aturdida y avergonzada en partes iguales.
—Te llevo —dice él, con la voz enronquecida por las
emociones.
—No. —Sacudo la cabeza en una negativa frenética—. Me voy
en tren.
—Tamara…
—Me voy en tren, Gael. Gracias —lo interrumpo a medio
camino. Trato, desesperadamente, de no sonar tan angustiada y
agobiada como me siento, pero sé que no lo he logrado en lo
absoluto.
—Tamara, yo…
—¡No! —lo corto de tajo una vez más, al tiempo que doy un
paso más para alejarme de él—. No quiero hablar más. Quiero ir a
casa. Ya basta, por favor.
—No puedes irte así de alterada como estás. —La súplica en
su gesto es tanta, que me abruma. Que me hace querer acercarme y
aliviar lo que sea que esté aquejándole.
—Estoy bien —miento—. Solo quiero ir a casa.
—Déjame llevarte, por favor. Yo solo…
—¡Ya te dije que no, maldición! —escupo, presa de la histeria.
De la nueva tortura que ha empezado a llenarme la cabeza. Esa en
la que no dejo de repetirme a mí misma que Gael solo me besó por
lástima y que, si no quiero seguir echando a perder las cosas, lo
mejor que puedo hacer es poner cuanta distancia sea posible entre
nosotros.
El gesto herido del magnate abre una brecha en mi pecho y
me llena de otra sensación igual de abrumadora que el resto:
culpabilidad.
Nadie dice nada.
El silencio que le sigue a mis palabras es tan tenso, que ha
comenzado a tornarse incómodo; pero, de todas formas, me las
arreglo para mantener la mirada fija en él.
—¿Al menos puedes enviarme un mensaje de texto cuando
llegues a tu casa? —Gael dice, al cabo de un largo momento. Dentro
de mí, el calor y el frío se funden en uno solo y hacen mella en mi
corazón abrumado.
El nudo en mi garganta —ese que ni siquiera me había
percatado que tenía— se intensifica casi al instante, pero no puedo
hacer nada más que asentir con torpeza.
—Bien —dice, en voz baja y herida—. Gracias.
Acto seguido, le doy la espalda y me echo a andar en hacia la
estación.
No miro atrás cuando llego a la entrada de la terminal.
Tampoco lo hago cuando llego a las escaleras eléctricas
descendentes, pese a que una parte de mí muere por hacerlo. Me
limito a mantener la mirada fija al frente, para así no tener que
enfrentarlo. Para así no tener que enfrentar el centenar de cosas que
estoy sintiendo.
No ha dejado de llover. Estoy aquí, varada en la estación del tren
que se encuentra a escasas cinco calles de mi casa sin poder
moverme porque está inundado y llueve a cántaros. Porque es
imposible cruzar la avenida sin que el agua te llegue a las rodillas.
Hace cerca de una hora que estoy esperando, sentada en una
de las bancas del apeadero, a que la lluvia y el nivel del agua bajen
para poder caminar a casa.
Le he enviado ya un texto a Gael para así evitar una llamada
de su parte; porque, técnicamente, ya he llegado a mi destino. Es
cuestión de esperar a que la tormenta se calme un poco. Solo espero
que no sea muy tarde cuando eso suceda. Espero, de todo corazón,
no tener que caminar las calles que me separan del departamento a
las once o doce de la noche.
Miro el teléfono una vez más.
El reloj marca las diez y la lluvia no parece tener intenciones
de ceder. Llegados a este punto, estoy empezando a considerar la
posibilidad de quitarme los zapatos —solo para que no se arruinen
—, y caminar así, bajo la tormenta inclemente, hasta el edificio donde
vivo.
Mis ojos se cierran con fuerza y dejo escapar un suspiro lento
y tembloroso.
No puedo creer que las cosas hayan resultado de este modo.
Tenía tantas expectativas acerca del día de hoy. Me había creado
tantos escenarios en la cabeza, que esto… Haber terminado de esta
manera, se siente como un completo chiste. Como una burla del
destino.
La ansiedad, el coraje, la tristeza y el desasosiego que sentí
hace un rato, cuando estaba en el parque con Gael Avallone, se han
transformado en una sensación de pesadez sobre los hombros. En
culpabilidad, vergüenza, incomodidad y frustración.
Sé que el magnate me besó solo para cerrarme la boca. Que
me besó presa de un impulso nacido de sabrá-Dios-qué motivo, y no
estoy enojada con él por eso. De hecho, no estoy enojada con él en
lo absoluto. Es conmigo misma con quien estoy molesta y frustrada.
Es a mí a quien no he dejado de recriminarle la estupidez tan grande
que cometí.
No debí corresponderle. No debí besarle de vuelta. En mí tenía
que haber cabido la prudencia. Debí ponerle un límite a la situación y
no dejarme llevar por lo que ese hombre es capaz de provocarme.
Trago duro y, sin que pueda evitarlo, los recuerdos a los que
he tratado de rehuirles desde que me subí al tren, me llenan la
cabeza y me impiden hacer otra cosa que no sea pensar en Gael.
Me hacen imposible dejar de revivir la sensación de su tacto contra
mi rostro. De sus labios contra los míos.
Un escalofrío me recorre entera y abro los ojos.
El desasosiego, la tristeza y la decepción se abren paso en mi
pecho, pero no sé exactamente por qué me siento así. No sé por qué
no puedo dejar de pensar en las consecuencias que todo esto traerá.
Sé que ahora las cosas serán muy incómodas entre nosotros.
Es más que un hecho que no seré capaz de ir a su oficina sin
sentirme como una completa imbécil. Como una más en la lista de
sus conquistas. Como la chiquilla idiota que se jacta de no tragarse
la labia de un hombre como él, pero que cae rendida a la primera
demostración de afecto. Sin embargo, no es eso lo que me mortifica.
Es la manera en la que me abrí a él, lo que me tiene hecha un
manojo de nerviosismo y ansiedad; la forma en la que le conté todo
eso que he guardado para mí misma durante tanto tiempo lo que lo
hace.
No quiero siquiera imaginar lo que debe estar pensando de mí.
Otro suspiro se me escapa y, esta vez, un nudo de
sentimientos comienza a formarse en mi garganta un segundo antes
de que el sonido de mi teléfono me haga saltar en mi lugar.
Una maldición brota de mis labios y, a regañadientes, tomo el
aparato de uno de mis bolsillos. En el instante en el que leo el
nombre que brilla en mis notificaciones, mi pulso se salta un latido.
Mis manos tiemblan ligeramente y me falta el aliento durante
unos segundos antes de que, ansiosa, nerviosa y aterrorizada, abra
el mensaje de texto que acaba de llegarme.
Solo hay tres palabras escritas en él. Tres palabras que hacen
que mi estado de ánimo pase de ser miserable a deprimente.
«Gracias por avisar», leo una y otra vez, y eso es suficiente
para que mil y una historias caóticas respecto a lo que debe estar
pensando de mí me llenen la cabeza.
Me pongo de pie.
Mi cuerpo, de pronto, se siente ansioso hasta la mierda. Se
siente horrorizado y activo, y sé que necesito ponerme a hacer algo o
voy a volverme loca. O no voy a sacarme a Gael Avallone de la
cabeza nunca; así que, sin más, empiezo a caminar. Sin más,
empiezo a abandonar la seguridad del techo que me cubre.
Acto seguido, al llegar al final de la estación, me quito los
zapatos y me echo a andar descalza hasta que el agua me llega a
las rodillas. Hasta que la lluvia me apelmaza el cabello contra la cara
y tengo que echarme a correr si no quiero que los coches que tratan
de pasar por la avenida me mojen más de lo que ya la lluvia lo ha
hecho. Hasta que el corazón deja de dolerme porque el frío y la
humedad me distraen lo suficiente como para dejar de pensar en el
magnate.
Estoy muriendo de la gripe. He pasado toda la semana tirada en
cama, sintiéndome como la mierda, ardiendo en fiebre y
alimentándome a base de comida rápida que ordeno por teléfono.
He pasado los últimos días ahogándome en el papel higiénico
que utilizo para limpiarme en la nariz, considerando la posibilidad de
escribir un testamento porque, de verdad, me siento terrible; y, a
pesar de eso… A pesar de que debería estar preocupada por
alimentarme como se debe, descansar y dormir suficiente; estoy
aquí, angustiada, con el teléfono cerca y el nerviosismo a todo lo que
da porque Gael Avallone no me ha llamado. Porque se supone que
hoy tengo una reunión con él y ni siquiera ha sido bueno para enviar
a su secretaria para confirmar la cita.
Otras veces, antes del incidente de la última vez, a primera
hora de la mañana recibía su llamada o la de su secretaria para
confirmar nuestras citas. Ahora, esa llamada y esa confirmación han
brillado por su ausencia. Eso está haciéndome pedazos los nervios.
No sé qué demonios significa. No sé si sea la confirmación de
lo que me ha torturado toda la semana y Gael de verdad ya no quiera
saber una mierda de mí por todo lo que dije, y por la manera en la
que me comporté. No sé si esta es su manera de decirme que se
arrepiente de haberme besado. Que, todo lo que pasó la última vez
que nos vimos fue solo un error y que lo mejor que podemos hacer,
tanto él como yo, es dejar estar las cosas.
A estas alturas del partido, no me sorprendería si esta fuera
solo su forma sutil y cortés de decirme que nuestra relación laboral
se ha terminado de una vez y para siempre. No lo culparía de ser
así. Mientras más pasa el tiempo, más me convenzo de que me
comporté como una completa idiota la última vez que nos vimos.

He pasado la última media hora tratando de decidir qué hacer.


Una parte de mí me dice que debo llamarle y preguntarle si
vamos o no a reunirnos hoy. Otra, no deja de decirme que no debo
insistir; que debo interpretar su silencio como la clara señal de que
no me quiere cerca. Y, finalmente, otra parte de mí, la más
demandante de todas, me pide que me levante de la cama y vaya a
las oficinas de Gael Avallone a presentarme a nuestra cita. Me dice
que, si algo ha de terminar, ha de terminar ya. Que, si el magnate
desea que otra persona escriba su biografía, debe decírmelo en la
cara.
Así pues, luego de veinte minutos más de dudas, miedos e
inseguridades sin sentido, salgo de la cama y me encamino hasta el
baño para tomar una ducha.
Cuando llego al pequeño espacio, lo primero que hago es
mirarme al espejo. Mi cabello castaño y enmarañado cae sobre mis
hombros en nudos gigantescos; mis ojos, cafés, también, lucen
agotados y la palidez que me ha dado la gripe acentúa el aspecto
enfermizo de mi piel.
Estoy hecha un desastre, pero, de todos modos, me desnudo y
me meto en la ducha.
Veinticinco minutos después, estoy fuera de la regadera,
enfundada en unos vaqueros, una playera de una de mis bandas
favoritas y una chaqueta gruesa de color negro. Me tomo mi tiempo
secándome el cabello para no empeorar mi estado de salud y me
aseguro de maquillarme un poco, solo para quitar un poco del
cansancio que tengo gravado en el rostro. Acto seguido, me tomo un
antigripal, me calzo mis Vans favoritos, tomo mi bolso y mi paraguas,
y salgo de mi habitación.
Son cerca de las cinco y media de la tarde, así que apenas voy
en tiempo y forma para llegar a la hora a la que —usualmente—
tenemos nuestras reuniones.

Me toma alrededor de cuarenta minutos llegar a las


instalaciones de Grupo Avallone. Voy diez minutos tarde, pero eso es
lo que menos me importa.
La ansiedad, el nerviosismo, las ganas de volver sobre mis
pasos y esconderme de Gael el resto de mis días, es en lo único en
lo que puedo concentrarme.
Me subo al elevador.
Los números ascendentes marcan mi trayecto con una lentitud
tortuosa y, cuando finalmente llego a mi destino y las puertas se
abren, me topo de frente con la figura de Camila, la secretaria del
magnate.
La chica luce sorprendida de verme; casi fuera de balance.
Eso solo hace que mis ganas de volver a casa incrementen.
—¡Señorita Herrán! —Camila habla, una vez recuperada de la
impresión que le ha dado verme—. ¿El señor Avallone la citó?
Yo doy un paso fuera del ascensor y me las arreglo para
mantener mi gesto inexpresivo mientras pienso en mi respuesta.
—Los jueves siempre me reúno con él —digo, al cabo de unos
segundos.
La mujer delante de mí luce cada vez más confundida.
—Asumí que no se reunirían hoy porque el señor Avallone se
encuentra en junta con unos accionistas ahora mismo —dice, con
mucho tacto, y mi corazón se estruja en respuesta.
—Oh… —mascullo, porque no sé qué otra cosa hacer.
Camila niega con la cabeza, al tiempo que esboza una sonrisa
dubitativa.
—Seguro olvidó por completo avisarte —dice y suena
genuinamente pesarosa—. A mí tampoco me dijo nada, de otro
modo te habría llamado para avisarte. —Niega con la cabeza, al
tiempo que juguetea con las llaves que lleva entre los dedos—. Yo ya
voy de salida, pero mañana a primera hora le diré que viniste. Lo
más probable es que vaya a agendarte para otro día.
De pronto, me siento miserable porque sé que Gael no olvidó
nuestra cita. Sé que, simplemente, no la agendó. No se hizo el
espacio para atenderme porque no quería hacerlo.
La humillación me llena los huesos. La vergüenza, el coraje y
la tristeza se mezclan en mi sistema.
—¿Su junta empezó hace mucho tiempo? —pregunto, pese a
que no estoy dispuesta a humillarme a mí misma esperándolo.
Camila niega con la cabeza.
—Hace apenas una hora —dice—. Ese tipo de juntas suelen
alargarse mucho, así que no sabría cuánto tiempo más le queda ahí
adentro.
Asiento, con dureza, al tiempo que me aclaro la garganta con
incomodidad.
—Ni hablar, entonces —digo, avergonzada de mí misma sin
saber del todo porqué—. Otro día vendré.
La secretaria de Gael asiente, también.
—Le diré al señor Avallone que viniste —asegura una vez
más, en tono afable y esbozo una sonrisa forzada en respuesta.
—Gracias —digo, en tono derrotado y pesaroso y, acto
seguido, me giro sobre mis talones y presiono el botón para llamar al
elevador.
El silencio incómodo que le sigue a mi interacción con Camila
es denso, pero no hago nada por tratar de aligerarlo. Por el contrario,
me quedo aquí, parada como idiota frente a las puertas del ascensor,
mientras ella se coloca a mi lado para subir también.
«Vas a marcharte de nuevo, como la cobarde que eres. —La
voz insidiosa en mi cabeza susurra y cierro los ojos con fuerza—.
Gael tiene razón. Siempre huyes de tus problemas. Siempre tomas la
primera oportunidad que se te presenta para escapar de eso que te
aqueja».
Tomo una inspiración profunda y las puertas frente a mí se
abren. Camila, sin pensarlo, se introduce en el pequeño espacio y,
cuando nota que no me he movido ni un milímetro, esboza una
sonrisa confundida.
—¿Ocurre algo? —pregunta, al tiempo que coloca un pie en la
entrada de la caja de carga para evitar que las puertas se cierren.
«Si fueras tan valiente como crees que eres, te quedarías a
enfrentarlo. Te quedarías a disculparte y afrontar las consecuencias
de tus actos», susurra mi subconsciente y mi mandíbula se aprieta.
—¿Señorita Herrán?
«No eres más que una cobarde de mierda. Siempre lo has
sido».
—Pensándolo bien —digo, presa de mis impulsos, al cabo de
unos largos instantes de tenso silencio—, voy a quedarme a
esperarlo.
La incredulidad y el asombro tiñen la expresión de la
secretaria.
—¿Está segura? Puede llegar a desocuparse hasta las diez de
la noche. —Suena genuinamente preocupada.
Asiento.
—Tengo tiempo —digo, porque es cierto—. Lo esperaré. De
verdad necesito consultar algo con él.
La mujer delante de mí no luce muy convencida con mi
respuesta, pero asiente de todos modos.
—De acuerdo —dice—. Me voy. Que tenga bonita tarde,
señorita Herrán.
—Gracias. Igualmente —respondo y, acto seguido, ella retira
su pie de la entrada del ascensor y las puertas se cierran frente a mis
ojos.
Son alrededor de las ocho de la noche cuando Gael Avallone —
acompañado de tres hombres más— sale de su oficina.
Para ese momento, yo ya estoy al borde de la histeria y del
colapso nervioso.
El magnate luce como si lo acabasen de sacar de una película
hollywoodense. Luce atractivo hasta el carajo y quiero golpearlo.
Quiero gritarle por siempre verse así de bien. Por siempre hacerme
imaginarle con los botones superiores de su camisa desabrochados,
las mangas de la camisa enroscadas y el cabello alborotado.

Estoy a punto de ponerme de pie para llamar su atención, cuando


su vista —distraída y distante— se posa en mí y su expresión se
transforma durante un nanosegundo. El gesto dura tan poco, que no
estoy segura de haberlo visto realmente; pero casi podría apostar
que he visto un atisbo de sorpresa en su rostro. Casi.
Un gesto de cabeza cortés e impersonal es lo único que me
hace saber que no va a ignorar mi presencia en este lugar y mi
pecho empieza a doler con una nueva y horrible sensación. Una más
oscura que cualquiera que él haya provocado en mí antes.
—Señorita Herrán —dice, con una frialdad que me hiela la
sangre y los huesos de una sentada y, de pronto, quiero olvidarme
del valor que me obligó a quedarme aquí en primer lugar, y salir
corriendo—. ¿Está esperando por mí?
Yo, incapaz de decir nada, le regalo un asentimiento tenso y
torpe.
Gael —inexpresivo e impasible— me dedica una mirada larga;
como si estuviese deliberando si quiere o no atenderme ahora
mismo.
—Deme unos minutos —dice y escucharlo hablarme de
«usted» una vez más me rompe por completo. Me hiere más de lo
que me gustaría. Más de lo que debería.
Ni siquiera me da tiempo de responder, ya que se encamina
con los hombres que lo acompañan hasta el elevador. Una vez ahí,
se despide de ellos estrechándoles la mano y espera a que
desaparezcan antes de volverse hacia mí.
Me pongo de pie.
Gael se acerca con lentitud y su gesto, antes impasible, frío e
informal, es ahora cauteloso, sorprendido… ¿Preocupado?
—¿Tienes mucho tiempo aquí? —pregunta y quiero mentirle.
Quiero decirle que acabo de llegar, pero sé que no tiene caso. Él
sabe que llegué aquí hace horas.
—Algo —me limito a decir, y me encojo de hombros, en un
gesto que pretendo que sea despreocupado.
Se hace un pequeño silencio.
—¿Puedo ayudarte en algo? —dice, con mucho tacto y no me
pasa desapercibido que ha vuelto a hablarme de «tú». No me pasa
desapercibido el hecho de que parece haberse quitado una máscara.
Una cubierta que mantuvo sobre sí mismo mientras los hombres que
salieron de su oficina estuvieron aquí.
—Vine a hablar contigo —digo, en un susurro inseguro.
Él asiente.
—¿Quieres pasar a la oficina o…?
—En realidad no voy a tardarme demasiado —lo interrumpo—,
así que prefiero que hablemos aquí.
Él no despega sus ojos de los míos, pero luce cada vez más
fuera de balance; como si realmente no esperase verme el día de
hoy. Como si no hubiese esperado verme nunca de nuevo.
—Te escucho… —dice, sin hacer amago de acercarse o de
aligerar el ambiente.
En ese momento, y presa de la vergüenza y la humillación,
bajo la mirada a mis pies. De pronto, armarme de valor para hablar
se siente como una tarea imposible.
Trago duro y lucho para contener la ansiedad y la angustia que
ha comenzado a invadirme.
—Venía a… —comienzo, pero me detengo en seco y me
corrijo a mí misma, al tiempo que alzo la vista para encararlo—.
Vengo a pedirte una disculpa.
Gael no dice nada. Ni siquiera se mueve.
—No debí comportarme como lo hice la última vez que nos
vimos —digo, en voz baja e inestable—. No debí decir las cosas que
dije, porque sé que te hirieron y porque ni siquiera debí haberlas
traído a la luz en primer lugar. Hice contigo eso que tanto odio que
hagan conmigo y me disculpo por eso. —Niego con la cabeza—. No
soy nadie para juzgarte. No te conozco en lo absoluto y unas cuantas
reuniones contigo no me hacen saber quién eres en realidad; así
que, Gael, te pido una disculpa por la manera tan estúpida en la que
me comporté. De verdad, no sabes cuán avergonzada estoy de mí
misma.
—Tamara…
—También quiero disculparme por haberte puesto en la
situación en la que te puse al hablarte sobre cosas que, estoy
segura, ni siquiera te interesan —lo interrumpo, porque no estoy lista
para escuchar lo que tiene que decir—. No debí hablarte de mi
pasado, porque sé que no te concierne en lo absoluto.
—Tam…
—No debí perder los estribos como lo hice —sigo, a pesar de
que él ya ha dado un par de pasos en mi dirección—, ni involucrarte
en algo que no te corresponde. —El nudo que ha comenzado a
formarse en mi garganta es casi tan intenso como las ganas que
tengo de enterrar la cara en un agujero en el suelo—. Lamento
muchísimo el haberte puesto en una situación tan incómoda como
esa. Lamento muchísimo haberte mostrado una parte de mí de la
que no me siento para nada orgullosa. —Tengo que detenerme unos
instantes, porque si no lo hago, las ganas que tengo de echarme a
llorar van a hacerse notar en el sonido de mi voz. Tengo que
detenerme unos segundos para respirar un par de veces o si no voy
a perder los estribos una vez más.
—¿Por qué estás haciendo esto? —La voz enronquecida con
la que Gael habla al cabo de un largo rato me eriza la piel por
completo y evoca un recuerdo dulce. Uno acerca de nosotros dos,
demasiado cerca. Demasiado urgentes. Demasiado necesitados…
—Porque, por una vez en la vida —digo, con un hilo de voz—,
quiero hacer las cosas bien. —Una sonrisa temblorosa es esbozada
por mis labios—. Sé que, seguramente, no quieres volver a verme
jamás, pero de todos modos sentía la imperiosa necesidad de venir a
hablar contigo sobre esto. Entiendo si decides que debe ser otra
persona la que escriba tu biografía. Lo respeto por completo. De
hecho, si yo estuviese en tus zapatos, hace mucho que me habría
mandado a la mierda. —Cierro los ojos, sin dejar de sonreír—. Así
que, Gael, quiero que sepas que lamento mucho lo que ocurrió. —Lo
encaro justo a tiempo para mirarlo empezar a acortar la distancia que
nos separa, pero no dejo de hablar—. Lamento mucho haber dicho lo
que dije. Lamento aún más haberte hecho perder tanto tiempo y…
—Detente ya, Tamara. —La voz ronca y profunda de Gael me
pone la carne de gallina—. Detente ya, o te juro que… —Niega con
la cabeza.
Un par de manos grandes me ahuecan el rostro y, de pronto,
soy plenamente consciente de nuestra cercanía, de la forma en la
que su aliento cálido golpea mi mejilla y la comisura de mi boca, y del
modo en el que su aroma a perfume caro me inunda las fosas
nasales.
Confusión, euforia, nerviosismo… miedo. Todo colisiona en mi
interior y me confunde tanto, que no soy capaz de procesar nada.
Que no soy capaz de hilar la maraña de pensamientos que me llenan
la cabeza.
Un balbuceo ininteligible se me escapa de los labios y él niega
con la cabeza.
—No quiero a nadie más que a ti para escribir esa biografía —
dice, con una determinación que me dobla las rodillas—. No me
interesa otra persona. Quiero que seas tú, Tamara, ¿me oyes?
—Pero creí que… —Sacudo la cabeza en una negativa
confundida y aturdida—. ¡Ni siquiera me llamaste para confirmar la
cita de hoy!
—¡Estaba tratando de darte espacio, tú, chiquilla impertinente!
—suelta, con exasperación—. ¡Joder! No quería que te sintieras
presionada de ninguna forma. No quería que creyeras que estaba
tratando de aprovecharme de la situación, así que decidí darte
espacio. Por eso no te llamé. Por eso no le pedí a Camila que te
llamara. —Sus ojos y los míos se encuentran y la determinación que
veo en su mirada, solo me pone la carne de gallina—. Soy yo quien
tiene que disculparse contigo, Tam. Soy yo quien se comportó como
un capullo. Te empujé hasta tu límite. Te llevé a un lugar al que no
debí haberte llevado y me aproveché de ti. Me aproveché de la
situación y tomé ventaja de ella. Soy yo quien está avergonzado
hasta la mierda porque no debí haberte besado. —Niega con la
cabeza—. No de esa manera.
Mi corazón da un vuelco furioso en ese instante y él se acerca
un poco más.
—Gael… —Mi voz es un hilo tembloroso y débil, pero ni
siquiera sé qué es lo que quiero decirle.
La mirada del magnate se posa en mi boca durante una
fracción de segundo antes de volver a mirarme a los ojos.
Un escalofrío me recorre la espina dorsal, mi pulso se acelera
y me hace plenamente consciente de lo que está ocurriendo.
Gael se acerca otro poco.
Entonces, el sonido de un teléfono celular lo llena todo.
Una palabrota escapa de los labios del magnate cuando se
aparta de mí para tomar el teléfono que lleva en el bolsillo trasero de
sus pantalones. Para ese momento, mis rodillas se sienten
temblorosas y mi corazón late como si quisiera hacer un agujero en
mi pecho. Llegados a este punto, la revolución de sentimientos a la
que le había negado el paso los últimos días gana terreno y me
invade de pies a cabeza.
Una mueca es esbozada por el magnate cuando mira el
nombre en la pantalla y, acto seguido, me dedica un gesto cargado
de disculpa.
—Tengo que responder. ¿Me esperas un momento? —dice y
yo, incapaz de confiar en mi voz para hablar, asiento—. No tardaré
demasiado. Por favor, no te vayas.
Niego con la cabeza.
Gael no luce convencido con mi respuesta, ya que me mira
con aprensión durante un largo momento; pero, al cabo de unos
momentos, me regala un asentimiento dubitativo y se encamina en
dirección a su oficina, dejándome aquí, a mitad de la recepción, con
una maraña de pensamientos en la cabeza y un mar de sentimientos
en el pecho.
Capítulo 16

Para el momento en el que Gael sale de su oficina, yo ya me siento


impaciente y ansiosa de nuevo. De hecho, si puedo ser honesta, no
he dejado de sentirme ansiosa desde el momento en el que lo dejé
ahí, de pie en el parque afuera de la estación del tren, hace una
semana. Sin embargo, puedo asegurar que lo que siento ahora, no
se compara en lo absoluto con lo que había estado experimentando
los últimos días.
El estado de mis nervios, pese a ser similar, es más llevadero
ahora. Más… dulce.
Gael avanza a toda velocidad cuando sale de la inmensa
estancia en la que trabaja y eso me saca de balance por completo;
pero no es hasta que noto la mueca exaltada que lleva en el rostro,
que la alarma se enciende en mi sistema.
Lleva un maletín en una mano y las llaves de su auto en la otra
y, por el andar apresurado con el que se mueve, me da la impresión
de que necesita marcharse a la voz de ya.
Yo, que me encontraba sentada en uno de los sillones de la
recepción de su oficina, me pongo de pie al ver su gesto preocupado
y ansioso.
—Tamara, lo siento mucho —dice y suena airado. De hecho,
luce descompuesto. La tensión que irradia su cuerpo delata inquietud
y preocupación—. Tengo que irme. Surgió un imprevisto.
«¿Por qué está así de alterado?».
—¿Qué…? —comienzo, medio aturdida, incapaz de procesar
qué es lo que está ocurriendo, pero ni siquiera sé qué es lo que
quiero preguntar.
—Hablamos luego, ¿vale? —me interrumpe—. Lo siento
mucho.
Y, sin darme tiempo de responder nada, se precipita hasta el
ascensor. Acto seguido, presiona el botón y, cuando el elevador
llega, sube en él sin siquiera dedicarme una última mirada.
La confusión y el aturdimiento me mantienen en mi lugar
durante un largo momento, y la insidiosa sensación de estar
perdiéndome de algo importante me llena el pecho poco a poco. De
pronto, la llamada que el magnate recibió se siente como un
presagio. Como la señal de que algo caótico está a punto de ocurrir
y, por más que trato de sacarme esa sensación del pecho, no puedo
hacerlo.
Cierro los ojos con fuerza y tomo una inspiración profunda.
Para el momento en el que dejo ir el aire con lentitud, me
siento un poco menos inquieta y aprovecho esos instantes de paz
para decirme a mí misma que tengo que dejar de hacerme esto. Para
decirme que debo dejar de torturarme y confiar en que todo está
bien. En que, seguramente, Gael tuvo una urgencia laboral y que por
eso tuvo que dejarme así.
«No. No ha sido eso. No se siente correcto —susurra la voz en
mi cabeza y aprieto los dientes con fuerza—. Algo pasó. Algo le
dijeron en esa llamada telefónica y no tiene nada que ver con el
trabajo».
Una maldición brota de mis labios y sacudo la cabeza en una
negativa furiosa, solo porque no puedo creer que estoy haciéndome
esto. Solo porque no puedo creer lo autodestructiva que puedo ser
cuando me lo propongo.
—Tienes que parar, Tamara Herrán —murmuro para mí
misma, al tiempo que un suspiro pesaroso escapa de mis labios.
Una punzada de decepción me llena el pecho. Una parte de mí
esperaba, de menos, tener la oportunidad de terminar de aclarar las
cosas con él.
Una última mirada es echada alrededor, solo porque aún no
me resigno a irme sintiéndome como lo hago; pero sé que no tiene
caso quedarme.
Así pues, presa de una nueva clase de resolución, me
encamino hasta el elevador.
Llegados a ese punto, mi cabeza ha vuelto a ser una maraña
de situaciones y escenarios diversos. Todos ellos, involucran al
hombre que desapareció de mi vista hace unos momentos y alguna
situación dramática sacada de mi activa imaginación; pero, trato de
no hacerle caso a ninguno y enfoco mi atención en el aquí y el ahora,
mientras me encamino a la salida del edificio de Grupo Avallone.
Hace una semana que no sé absolutamente nada de Gael
Avallone. Una semana entera desde que salió casi corriendo luego
de haber recibido una extraña llamada telefónica.
No me ha escrito por mensajes de texto, ni por correo
electrónico; tampoco ha llamado por teléfono.
No ha hecho nada para comunicarse conmigo…
Y eso está volviéndome loca.
Trato de no pensar mucho en ello y de no dramatizar
demasiado la situación, pero lo cierto es que el magnate ha brillado
por su ausencia y yo, aunque no quiero sentirme miserable, lo hago.
Se siente como si algo terrible hubiese ocurrido. Como si su
silencio fuera el más grande indicativo de que algo va horriblemente
mal.
Los últimos días han sido más llevaderos que los primeros,
pero igual sigo sintiéndome como una completa idiota sin dignidad.
El sábado no me reuní con él porque no me llamó para hacerlo
y no creo reunirme hoy —jueves— tampoco, ya que es casi mediodía
y no he recibido noticias suyas, ni de su secretaria.
Para nada me sorprendería si un día de estos el señor Bautista
me llamara para decirme que no voy a escribir más ese dichoso libro
y que, además, estoy despedida. De hecho, he estado esperando
eso desde el sábado que no tuve cita en las oficinas de Gael. Si
puedo ser sincera, he estado esperándolo desde la semana pasada,
luego de nuestra fatídica cita.
—No has escuchado nada de lo que dije, ¿no es así? —la voz
de Fernanda me saca de mis cavilaciones de golpe y poso toda mi
atención en ella, que se encuentra sentada frente a mí, con
expresión irritada pero divertida.
Nos encontramos en el centro de la ciudad, en nuestro café
favorito, perdiendo el tiempo antes de que Fernanda tenga que
marcharse a la entrevista para el trabajo de verano al que aplicó.
Hace unos días, luego de mucho insistir por teléfono que
debíamos vernos, fue a mi casa y hablamos sobre lo ocurrido en el
bar. Estamos bien ahora y cualquier aspereza que haya nacido de
ese incidente ha sido limada.
Esa es una de las cosas que más me gusta de nuestra
amistad. Podemos discutir; tener diferencias y, al final del día, sé que
todo entre nosotras va a estar bien, porque el lazo que nos une es
más grande. Porque el afecto que nos tenemos pesa más que
cualquier riña que pudiésemos llegar a experimentar.
—Por supuesto que he oído —miento, pero incluso el sonido
distante y distraído de mi voz, me delata.
Mi amiga rueda los ojos.
—¿Por qué no mejor me dices qué ocurre de una vez por
todas, Tamara? —Mi amiga me reprime—. No soy estúpida. Sé que
algo está pasando. Ya tengo tiempo notándolo, así que suéltalo ya.
—Es que no pasa nada —digo, porque es cierto. Porque, en
realidad, ese es el maldito problema: que no ha pasado
absolutamente nada.
—Tamara, te conozco. Sé que algo sucede. —El tono severo y
acusatorio en la voz de mi amiga, hace que la incomodidad empiece
a meterse debajo de mi piel.
Un suspiro largo se me escapa y la duda me invade al
instante.
Una parte de mí quiere contárselo todo y liberarme de la
tensión que se ha ido acumulando dentro de mí a lo largo de los
últimos días; pero otra, esa que se niega rotundamente a aceptar
que algo está ocurriendo entre Gael y yo, no deja de susurrarme que
lo deje estar. Que no es importante de todos modos y que, dentro de
un par de semanas, todo pasará a ser un insignificante desliz. Algo
de lo que voy a hacer alarde delante de mis amigos dentro de un par
de meses.
—Tiene que ver con Gael Avallone, ¿no es así?
—¿Qué? ¡No! —exclamo, a la defensiva. «¡¿Cómo demonios
lo supo?!»—. ¿Qué tiene que ver Gael Avallone en todo esto?
—No lo sé. Dímelo tú. —Mi amiga me mira como si quisiera
golpearme.
—¡Es que no tiene nada que ver! ¡Dios!
—¿Entonces por qué te pones de esa manera?
—¿De qué manera? Yo no estoy de ninguna manera.
—¡Tamara, estás a la defensiva, por el amor de Dios! —
Fernanda suelta, en un chillido—. ¡Además no soy estúpida! Me
bastaron cinco minutos viendo a ese hombre contigo para darme
cuenta de que algo ocurre entre ustedes.
—¿De qué estás hablando? No ocurre absolutamente nada
entre Gael y yo —espeto y sueno ansiosa. Desesperada.
—¿Y ese es el problema? ¿Qué no ocurre nada? —suelta de
regreso y, de pronto, todas las palabras se fugan de mi boca y no soy
capaz de responderle porque sé que va a encontrar la manera de
refutar mi argumento. Porque sé que me conoce tan bien, que es
capaz de deducir qué es lo que me ocurre solo con verme.
Un silencio tenso se instala entre nosotras y una punzada de
dolor se apodera de mi pecho al instante.
—¿Es eso, Tamara? —Fernanda insiste, con suavidad, al
tiempo que me mira como si fuese capaz de comprender lo que me
pasa—. ¿Es que sientes algo por ese hombre y él no te
corresponde?
—¡No! —Niego con la cabeza, al tiempo que dejo escapar un
suspiro frustrado—. Es que ni siquiera yo sé qué demonios es lo que
sucede, ¿de acuerdo? —Me obligo a encararla—. Al principio… —
Me detengo unos segundos para ordenar mis pensamientos—. Al
principio todo era coqueteo inocente. Palabras dichas al aire sin
ningún significado. Era solo…
—¿Atracción?
—¡No!
—¡Tamara!
—¡Es que ni siquiera yo sé qué demonios era!
Fernanda me mira con exasperación.
—¡Por Dios! ¡Puedes decirlo! ¡No tiene nada de malo! ¡El tipo
es guapísimo! Si me dices que te parece atractivo no pasa nada,
porque hasta yo pienso que es guapo y eso no quiere decir que
quiera tener algo con él —suelta, con desesperación.
Cubro mi rostro con mis manos y un gemido frustrado se me
escapa.
—Tamara, tienes que empezar a hablarme claro o no vamos a
llegar a ningún lado. —Fernanda sentencia, al cabo de unos largos
segundos de silencio.
—Es que ni siquiera yo sé qué es lo que está pasando —digo,
sin apartar las manos de mi cara.
—¡Es que no es difícil deducirlo, joder! —Mi amiga suena
molesta ahora—. El hombre te atrae, tú le atraes y se coquetean.
Punto.
—¡Es que ese es el problema! —exclamo—. ¡Que no todo ha
quedado ahí! ¡Habría sido maravilloso que no pasara de un estúpido
coqueteo de mierda, pero no es así!
—¿A qué te refieres con que no es así?
—¡A que me besó! —suelto, finalmente, presa de la ansiedad y
la desesperación.
—Mierda… —Fernanda suelta, con asombro, pero sacude la
cabeza para espabilarse y, rápidamente, retoma el hilo de la
conversación—. ¿Lo besaste de regreso?
No respondo. Me limito a desviar la mirada.
—¿Es eso? ¿Que le correspondiste? —Ella insiste, pero sigo
sin atreverme a decir nada. Un bufido brota de sus labios y continúa
—: ¿Qué tiene eso de malo, Tamara?
—¡Lo tiene todo de malo! —espeto, al tiempo que la miro—.
No se supone que vayas por la vida besándote con el hombre que,
técnicamente, es tu jefe. No cuando él mismo te ha hablado sobre lo
patán que es y lo poco que le importan los sentimientos de las
mujeres con las que se involucra. ¿Tienes idea de lo poco
profesional que debo parecerle ahora?
—Él también fue poco profesional al besarte. —Fernanda
ataja.
—¡Pero él puede salirse con la suya! —suelto, con
exasperación—. Es el hombre que puede follarse a su secretaria sin
que nadie se entere solo porque tiene el poder monetario de llegar al
precio de cualquiera. ¡Es el jodido hombre que ha sido capaz de
mantener su vida privada lejos de los medios de comunicación solo
porque le da su regalada gana!
Mi amiga niega con la cabeza.
—Estás ahogándote en un vaso de agua, Tam —dice—. Te
besó. Lo besaste. Se gustan. ¿Qué hay de malo en eso?
Le dedico una mirada irritada.
—¡Que trabajo para él!
—¡Es que no trabajas para él! ¡Trabajas para el señor Bautista!
Gael Avallone solo es una autoridad provisional. En el instante en el
que termines de escribir su biografía, se acabará la relación laboral
que tienen y serás libre de hacer con él lo que te plazca.
—El problema no es ese —digo—. El problema es que, si
alguien se entera de lo que pasó. Si alguien llega a enterarse de que
nos besamos, estaré acabada para toda la vida. Mi reputación se
reducirá a ser un montón de mierda y yo pasaré de ser «Tamara
Herrán: la chica que intentó seducir a Gael Avallone». —Niego con la
cabeza y dejo que la angustia se cuele en mis venas—. No quiero
ser una más en la lista de sus conquistas, Fer. Me rehúso
completamente a ser una chica más en su vida.
—Entonces, si ya lo tienes todo así de claro, ¿por qué te
alteras de esta manera? —Ella refuta—. Solo habla con él. Sé
profesional y háblale sobre tus inquietudes. Estoy segura de que, si
pudo mantener a la prensa a raya respecto a su vida personal, puede
borrar del mapa cualquier cosa que pueda relacionarlo
sentimentalmente contigo. Dile que no estás interesada en nada con
él y que no quieres que las cosas se pongan raras entre ustedes.
Un sonido —mitad quejido, mitad gemido— escapa de mis
labios y me froto la cara con frustración.
—Es que no lo entiendes… —digo, porque realmente sé que
no lo hace. No entiende cuán aterrorizada me hace sentir la idea de
confrontar a Gael de esa manera.
—No —dice—. Realmente no lo entiendo, Tamara. Si dices
que no sientes nada más que atracción por él, no veo cuál es el
drama aquí. Cuál es el problema.
—Ya te dije que…
El sonido de mi teléfono me interrumpe a media oración y una
palabrota escapa de mis labios cuando, debido al susto, pego un
brinco en mi lugar. Fernanda, en respuesta, suelta una pequeña risa
nerviosa.
Acto seguido, disparo una mirada irritada en su dirección y
vuelco mi atención al bolso que descansa en la silla conjunta a la
mía. Mis manos rebuscan en el contenido de este, antes de
encontrar mi teléfono y responder la llamada sin siquiera dignarme a
mirar el número de la persona que se comunica.
—¿Diga? —hablo, al tiempo que acomodo el teléfono entre mi
oreja y mi hombro para intentar desenredar mis auriculares, que se
han quedado atascados en cierre del bolso.
—Señorita Herrán, buenas tardes. —La voz de Camila, la
secretaria de Gael, llena mis oídos y el corazón me da un tropiezo—.
Me comunico de parte del señor Avallone para confirmar la cita que
tienen agendada para esta tarde. ¿A las seis está bien para usted?
El aturdimiento, el nerviosismo y el latir desbocado de mi pulso
apenas me permiten ordenar mis pensamientos, así que ni siquiera
soy capaz de abrir la boca para responder.
Un balbuceo se me escapa luego de unos cuantos incómodos
segundos y quiero golpearme por eso. Quiero estrellar la cara en la
mesa por sonar así de idiota.
—¿Señorita Herrán?
Cierro los ojos y sacudo la cabeza para espabilarme un poco.
Me aclaro la garganta y lo intento de nuevo.
—A las seis está perfecto —digo, finalmente, y le agradezco a
mi voz por no fallarme.
—De acuerdo. El señor Avallone la esperará a esa hora. Que
tenga buen día —dice y luego de una despedida murmurada por mis
labios, termina la llamada.
Ansiedad, nerviosismo, emoción… Todo se arremolina en mi
pecho y me hace querer gritar. Me hace querer sonreír como imbécil.
—¿Todo bien? —Fernanda dice y, cuando la miro, noto como
una sonrisa tira de las comisuras de sus labios.
Asiento.
—Todo bien.
—¿Era importante?
Niego con la cabeza, pero siento que el pecho me va a estallar
de la emoción.
—De la oficina de Gael —digo, como si eso lo explicase todo.
Mi amiga arquea una ceja, al tiempo que me regala una
sonrisa socarrona.
—Lo verás hoy. —No es una pregunta.
—Eso parece.
Ella asiente y, esta vez, la sonrisa en su rostro es visible.
—¿Te doy un consejo? —dice, pero ni siquiera espera por mi
respuesta cuando pronuncia—: Habla con él. Lo que sea que tengas
que decirle, díselo ya.
Mi corazón se estruja con violencia.
—No tengo nada que decirle —miento.
Ella rueda los ojos.
—Lo que digas.
—Es en serio. No tengo nada que decirle —vuelvo a mentir.
Se encoge de hombros.
—Claro, Tam. Haré como que te creo —me guiña un ojo y
como si nada ocurriese; como si no me conociera lo suficiente como
para notar que estoy al borde del colapso nervioso, cambia el tema
de conversación.
La secretaria de Gael Avallone se encuentra instalada en su
puesto habitual cuando llego a la oficina del magnate y eso, como ha
hecho últimamente, trae alivio a mi sistema.
Trato de ignorar la sensación victoriosa que ha comenzado a
invadirme mientras, a paso decidido y seguro, avanzo hasta su
escritorio y anuncio mi llegada. Ella, sin perder el tiempo, se
comunica con Gael por medio del teléfono que descansa sobre su
mesa de trabajo y le hace saber que estoy aquí. Acto seguido, me
indica que él está listo para recibirme y, sin más, me encamino hasta
las imponentes puertas dobles de la entrada.
Para ese momento, todo dentro de mí es un manojo de
sensaciones. De caos y expectación.
Tengo las manos temblorosas, mi pulso golpea con tanta
fuerza detrás de mis orejas, que casi puedo jurar que soy capaz de
escucharlo, y un montón de piedras parecen haberse instalado en mi
estómago en el trayecto de mi casa hasta acá.
Estoy hecha una masa de nervios. Soy un nudo de pura
ansiedad y tensión, pero trato de lucir casual mientras contemplo la
entrada de la oficina, antes de colocar ambas manos sobre la
madera de las puertas.
Mi cabeza grita que debo detenerme a tomar un respiro. Que
debo detenerme a calmar el torrente de emociones que amenaza
con desbordarse fuera de mí en cualquier momento, pero la ignoro.
La ignoro por completo, porque no me había dado cuenta —hasta
ahora— de las ganas que tenía de ver al hombre que se encuentra
del otro lado. Porque no me había dado cuenta de cuánto ansiaba
estar una vez más a su alrededor.
Entro a la oficina.
Todo luce exactamente igual a la última vez que estuve aquí.
Incluso él, quien se encuentra instalado en la silla detrás de su
escritorio, enfundado en un costoso traje gris oscuro, no luce muy
diferente. De hecho, si no fuera por la barba incipiente que cubre su
mandíbula —hecho que me descoloca por completo, porque nunca le
había visto con tanto vello facial—, podría jurar que estoy viviendo un
déjà vu.
—Hola… —digo, al tiempo que esbozo una sonrisa nerviosa.
No quiero sonar ansiosa, pero lo hago de todos modos.
Él no sonríe de regreso.
—Buenas tardes —dice, en un tono de voz tan impersonal y
lejano, que me saca de balance.
Las alarmas se encienden en mi cabeza.
El magnate, sin esperar que diga nada más, señala una de las
sillas frente a su escritorio. Su gesto es serio. Inescrutable. Severo.
Un centenar de preguntas me cruzan la cabeza casi al
instante. Un millar de escenarios fatídicos me llenan los
pensamientos y, de pronto, en lo único en lo que puedo pensar es en
qué carajos pudo haber ocurrido para que ahora esté comportándose
de esta manera.
«Quizás lo pensó mejor y ha decidido que realmente cree que
eres una completa desequilibrada —pienso—. Quizás lo que te dijo
el otro día solo lo hizo para no hacerte sentir mal. Para no hacerte
notar que en realidad cree que eres patética».

No sé cuánto tiempo pasa antes de que espabile un poco y me


atreva a dar un paso en dirección a su escritorio, pero, cuando lo
hago, trato de lucir fresca y despreocupada.
Una vez instalada en mi lugar habitual, me aseguro de
sentarme de manera desfachatada y de lucir aburrida mientras cruzo
una pierna sobre la otra.
—Creí que te vería el sábado. —Trato de sonar casual
mientras hablo y casi lo consigo. Casi.
—Estuve ocupado. —La respuesta lacónica y dura que me da,
no hace más que incrementar la sensación de angustia que ha
comenzado a arrastrarse entre mi piel.
Me aclaro la garganta.
—Eso supuse… —mascullo, al tiempo que bajo la mirada a mi
bolso y rebusco dentro de él. En realidad, no quiero tomar nada del
interior, lo que ocurre es que no quiero seguir mirando ese gesto
indiferente que me dedica.
—¿Empezamos? —Gael suena fastidiado; casi molesto y, esta
vez, el tono en su voz es capaz de provocar una pequeña punzada
de dolor en mi pecho.
Alzo la vista para encararlo.
—¿Ocurre algo? —pregunto, incapaz de detenerme. Incapaz
de ser prudente por una vez en mi vida.
Un destello de algo desconocido atraviesa la mirada del
magnate, pero desaparece tan pronto como llega.
—¿Tendría que ocurrir algo, señorita Herrán?
—¿He vuelto a ser la «señorita Herrán»? —Mi voz tiembla
ligeramente debido a las emociones contenidas. Debido a la
confusión y al coraje que han empezado a mezclarse en mis venas.
Él asiente.
—Se lo dije una vez hace un tiempo y se lo repito ahora: no
somos amigos. Nuestra relación es estrictamente laboral.
«¿Qué carajo…?».
Gael abre uno de los cajones superiores de su escritorio y
toma algo del interior. Acto seguido, deja caer una carpeta sobre él.
— No voy a firmar esto, por cierto —dice, con expresión
aburrida y fastidiada.
Mi mirada cae en el archivador que acaba de dejar en la mesa
de madera, y al instante, reconozco lo que es. Es el estúpido
contrato que escribí para él. Ese ridículo documento que redacté
como una burla. Como una broma. Como parte de este estira y afloja
amigable que habíamos empezado a desarrollar juntos.
—Eso era solo una broma —digo, encarándolo—. Lo sabes,
¿no es así?
Gael se mantiene inexpresivo.
—Absténgase de hacerme esa clase de bromas —ataja y mi
ceño se frunce un poco más.
—¿Qué diablos te sucede? —suelto, a medio camino entre la
irritación y la confusión—. ¿Es por lo que pasó en el parque? —
Sacudo la cabeza en una negativa enojada—. ¿Por qué no te dejas
de juegos tontos y me hablas claro sobre lo que piensas? Si esta es
tu manera de decirme que crees que estoy loca y que besarme fue
un error, puedes ser un poco más directo. No te preocupes por mí,
que puedo soportarlo.
La mirada de Gael se oscurece.
—No tengo nada qué decir respecto al incidente de la última
vez.
—¿Incidente? —repito, con veneno y suelto una risotada
amarga—. ¿Besarme fue eso? ¿Un incidente?
—Señorita Herrán, usted está aquí para trabajar. Los asuntos
que nada tienen que ver con las entrevistas, francamente no me
interesan; así que, ¿podría, por favor, ser profesional y empezar a
hacer su trabajo? —Sus palabras son como una bofetada en la cara.
Como un golpe atestado de lleno en el estómago. Como un balde de
agua helada en la cabeza.
Algo helado se cuela en mi pecho. Algo doloroso y abrumador
se abre paso en mi cuerpo y me atraviesa de lado a lado. De
inmediato, la decepción se abre camino en mi torrente sanguíneo a
toda velocidad; pero, pese a que quiero mandarlo todo a la mierda e
ir a casa, me quedo quieta. Muy quieta.
—Profesional debiste ser tú y no aprovecharte del estado
nervioso en el que me encontraba —espeto, al cabo de unos
instantes. El coraje empieza a filtrarse en mis huesos y en el tono de
mi voz, y el brillo extraño en su mirada regresa.
—¡Tamara, fue un puto beso! —escupe y, en el proceso,
aprieto los puños y la mandíbula. Yo tengo que reprimir las ganas
que tengo de encogerme sobre mí misma ante la dureza de su tono
—. ¡Un beso y nada más! ¡No es como si quisiera una relación
contigo!
Mi corazón se estruja con una sensación dolorosa y asfixiante,
pero me las arreglo para mantener mi gesto calmado. Me las arreglo
para mantener el nudo que amenaza con llenarme la garganta, a
raya.
—¡Es que eres tú quien está haciendo todo esto extraño! —Mi
voz se eleva para igualar su tono—. De haber sabido que ibas a
tomar esta actitud luego de haberme besado, habría preferido que
me mandaras a la mierda la semana pasada, cuando vine a
disculparme. Me habrías ahorrado el ridículo.
Una carcajada amarga brota de sus labios.
—Yo no estoy tomando ninguna actitud —espeta—. Eres tú
quien está comportándose como si tuvieses algún derecho sobre mí.
—¡Por el amor de Dios! ¡¿Estás escuchándote?! —chillo—.
Estás llevando esto muy por encima de su proporción inicial. Muy por
encima de…
—Tamara… —me interrumpe y la ira se detona en mi sistema.
El coraje, la frustración y las ganas de llorar se transforman y se
acumulan en una sola emoción poderosa.
—¡Tamara, nada! —estallo, interrumpiéndolo de regreso,
porque sé que, si dice algo más, va a herirme. Porque cada palaba
que sale de su boca está doliéndome más de lo que debería—. ¡No
me cabe en la cabeza lo idiota que estás comportándote por un
maldito beso que no significó nada! —Niego con la cabeza, con
desesperación—. Tampoco es como si yo hubiese esperado que
quisieras tener una relación conmigo. Créeme que, con una persona
como tú, lo que menos tengo son expectativas. Después de todo,
¿qué puedes esperar de alguien a quien conociste follando a su
secretaria? —Mis propias palabras duelen y calan hondo, pero no me
detengo. Tengo que sacar todo lo que siento o voy a volverme loca
—. ¿Qué se puede esperar de alguien que no es capaz de ser
transparente y hablar sobre su vida personal con el orgullo que esta
merece?
—¡¿Qué mierda tiene que ver mi vida personal en esto,
Tamara?! —Gael estalla de regreso—. ¡¿Cuál es tu obsesión con
ella?!
—¡¿Cuál es la tuya, Gael?! —Mi voz truena en la estancia—.
¡¿Cuál jodida es tu obsesión con mantenerla oculta?! ¡¿Por qué no te
dejas de estupideces y hablas de una vez por todas sobre ella?!
¡Vamos! ¡Escúpelo todo! ¡Háblame de esa vida privada tuya tan
importante!
—¡¿Quieres hablar de mi vida personal?! —Gael espeta, en
voz de mando—. ¡Bien! ¡Hablemos sobre mi puta vida personal!
Se pone de pie, presa de un impulso iracundo y mi cuerpo se
tensa en respuesta; sin embargo, me las arreglo para no hacerle
notar la reacción defensiva que acabo de tener.
Acto seguido, se frota la cara con ambas manos en un gesto
ansioso. Frustrado.
—Voy a casarme —suelta, sin más, y todo mi mundo se
tambalea. Todo a mi alrededor sale de su balance natural y, de
pronto, me cuesta trabajo respirar. Me cuesta trabajo hacer otra cosa
que no sea mirar al hombre que me observa con intensidad desde el
otro lado del escritorio—. Estoy comprometido. Tengo una novia que
mi familia adora. El hecho de que me hayas encontrado con Camila
me jodió completamente porque no quiero que nadie se entere que le
estaba montando los cuernos a mi prometida. —Sus palabras me
golpean como tractor demoledor y hacen que todo dentro de mí se
estruje y duela como nunca nada ha dolido, pero aún no ha
terminado—: Y, ¿el beso que te di? —Suelta una carcajada amarga y
cruel—. El beso fue otra maldita equivocación de la que quiero
olvidarme por completo, porque fue un jodido impulso. Un acto
desesperado nacido del hecho de que he caído en la cuenta de que
voy a sentar cabeza en cualquier momento. —Hace una pequeña
pausa—. ¡Ahí lo tienes! ¡Ahí tienes lo que querías! ¡¿Contenta
ahora?!
Se hace el silencio.
Todo dentro de mí es una maraña inconexa de pensamientos y
sentimientos dolorosos.
—Eres un hijo de puta. —Mi voz sale en un susurro tembloroso
y herido, y quiero golpearme por sonar así de dolida; porque Gael
Avallone no merece ni uno solo de los sentimientos que estoy
experimentando ahora mismo. Porque no se merece ni una sola de
las emociones abrumadoras que sentí cuando me besó.
Un gesto salvaje y torturado se apodera de su rostro de Gael,
pero desaparece tan pronto como llega.
—Yo te dije que lo era. —Su voz suena más ronca que nunca.
Niego con la cabeza.
—Pobre de la mujer que va a casarse contigo —digo,
incrédula, horrorizada. Asqueada.
—Lo mismo puedo decir del hombre que vaya a casarse
contigo. —Gael suelta, con sorna y quiero estrellar mi palma en su
mejilla. Quiero gritarle que es un imbécil.
El nudo que había empezado a formarse en mi garganta hace
unos instantes es tan intenso ahora, que no me atrevo a decir nada
por miedo a que el magnate sea capaz de notarlo.
Se hace el silencio una vez más y esta vez es tan tenso, que
no me atrevo a moverme. Ni siquiera trato de procesar lo que acaba
de decirme.
—¿Podemos empezar ahora con lo que realmente importa? —
Gael habla, al cabo de un largo rato, mientras se acomoda de nuevo
detrás de su escritorio. Su voz es terciopelo ahora. Es, de nuevo,
controlada, serena e impersonal.
Quiero marcharme y no volver jamás. Quiero regresar el
tiempo para así poder detenerme a mí misma de haberle
correspondido ese maldito beso; para detenerme y no hablarle sobre
lo que le hablé, porque así dolería menos. Porque así no me sentiría
tan patética… Pero, en lugar ponerme de pie y marcharme, me
aclaro la garganta y lo encaro.
Mi espalda se yergue y mi mentón se alza en un gesto
orgulloso y soberbio y, pese al temblor de mi cuerpo —y las lágrimas
que queman en la parte posterior de mi garganta—, le dedico mi
mirada más condescendiente.
—Hábleme acerca de cómo fue que llegó a la presidencia de
la empresa de su padre, señor Avallone —digo, con la voz
enronquecida por las emociones contenidas y con el corazón
triturado por completo.
No me pasa desapercibido el modo en el que su gesto se
ensombrece cuando le hablo de «usted» una vez más, pero trato de
no ponerle mucha atención. Por el contrario, intento concentrarme en
el relato que él, con voz monótona y lejana, comienza a narrar.
Capítulo 17

El resto de la reunión con Gael fue una completa tortura.


Estar ahí, en su oficina, fingiendo que nada importaba y que lo
que dijo no abrió una brecha profunda en mí, fue un martirio total. Un
completo calvario.
Con todo y eso, me las arreglé para no lucir amedrentada o
afectada en lo absoluto.
No fui capaz de ponerle atención a la mitad de las cosas que
dijo, pero traté de mostrarme atenta y fría mientras él, con aire
ausente, relataba cosas de su vida que se me antojaron rebuscadas
y sin relevancia.
Me obligué a tomar nota de lo que consideré medianamente
importante y, luego, cuando por fin se llegó la hora de marcharme,
me obligué a despedirme de la manera más formal y profesional que
pude encontrar.
Salí de su oficina con la frente en alto. Con el corazón hecho
un manojo de sentimientos, pero con el orgullo alzado como una
barrera impenetrable entre Gael y yo.

No recuerdo mucho de mi trayecto a casa. Estuve tan absorta en


mis pensamientos todo el camino, que ni siquiera sé cómo le hice
para llegar hasta la parada del autobús que se encuentra cerca del
edificio de Grupo Avallone. Tampoco recuerdo mucho de cómo fue
que llegué a la estación del tren ligero en la que suelo abordar para ir
a casa. He estado tan ensimismada, que siento que me muevo de
manera mecánica. Casi por inercia o por costumbre; mientras que mi
mente corre a mil por hora en un universo en el que el magnate es el
centro de todo.
Estoy decepcionada. Herida en un modo en el que nunca creí
que alguien como Gael Avallone podría herirme y, aún con todo eso,
me siento… tranquila.
Por extraño que suene, me siento aliviada ahora. Liberada de
toda esa ansiedad que me había acompañado las últimas dos
semanas.
Me siento miserable. Dolida. Abrumada por todo lo que
descubrí sobre él… Y, al mismo tiempo, se siente como si hubiesen
arrancado un bloque de concreto fuera de mis hombros. Como si
toda la tensión acumulada los últimos días, se hubiese fugado al
descubrir la verdad.
Francamente, no sé por qué me sorprendió tanto descubrirlo.
Ya había visto venir —desde hace mucho tiempo— la clase de
hombre que era. Fue culpa mía el haber creído que era un hombre
blando debajo de esa armadura de rectitud que siempre lleva puesta.
Fue mi imaginación inquieta la que me hizo creer que le habían roto
el corazón y que por ese motivo se comportaba como un idiota.
Supongo que la necesidad que tenía de creer en él me cegó
por completo. Supongo que esa actitud suya de preocupación hacia
mí, me hizo idealizarlo de una manera errónea.
Un suspiro se me escapa.
La voz en los intercomunicadores del tren llega a mí y aguzo el
oído justo a tiempo para escucharla anunciar el nombre de la
estación en la que tengo que bajarme. Solo eso es suficiente para
sacarme del estado de aturdimiento en el que me encuentro y, de
inmediato, me levanto del asiento para acercarme a las puertas y
bajar.
Recorro las calles que separan el apeadero del edificio en el
que vivo en cuestión de minutos y, cuando menos lo espero, ya me
encuentro aquí, afuera del departamento, con las llaves en la mano y
el corazón adormecido.
Tomo una inspiración profunda y cierro los ojos unos
segundos. Me repito a mí misma una y otra vez que debo dejar de
actuar como si me hubiese ocurrido algo horrible, porque no fue así.
Porque se supone que él ni siquiera me gusta.
«Pero es que si te gusta».
Aprieto los ojos y me obligo a inhalar profundo una vez más.
Entonces, luego de controlar un poco el torrente de emociones
encontradas que me embarga, abro la puerta.
En el momento en el que me introduzco en la estancia, me
congelo.
La imagen que se desarrolla delante de mis ojos es tan
surreal, como la cantidad de sentimientos que me han aprisionado el
pecho desde que salí de las oficinas de Gael Avallone. Es tan
extraña y atípica, que tengo que observarla a detalle solo para
cerciorarme de que realmente está ocurriendo.
Victoria y Alejandro —los chicos con los que comparto la renta
— están ahí, instalados en la mesa del comedor, cada uno con una
lata de cerveza en la mano.
—¿Están haciendo un complot en mi contra? —bromeo, para
aligerar el ambiente. Para romper con el silencio repentino que se ha
creado con mi llegada—. Tratan de echarme del departamento, ¿no
es así? Por eso se han reunido sin decirme nada.
La sonrisa que se dibuja en los labios de ambos hace que la
pequeña punzada de ansiedad que había empezado a invadirme
desaparezca por completo; no obstante, no me muevo de donde
estoy. Me limito a mirarlos de hito en hito, en la espera de una
respuesta.
—En realidad, estamos brindando. —Victoria es quien rompe
el silencio y hace un gesto en dirección al refrigerador—. ¿Quieres
unírtenos?
Entorno los ojos, pero me introduzco en la estancia y cierro la
puerta detrás de mí. Acto seguido, dejo mi bolso sobre uno de los
sofás y me encamino hasta la nevera para tomar una cerveza.
No me pasan desapercibidos los cuatro six-packs de cerveza
que se encuentran distribuidos de manera uniforme en una de las
parrillas superiores del refrigerador.
—¿Por qué estamos brindando? —digo, sentándome junto a
Victoria.
—Por las novias infieles a distancia. —Alejandro masculla, con
una sonrisa amarga pintada en los labios.
—Y por los profesores que te dicen que son solteros, cuando
en realidad son casados y tienen tres hijos. —Victoria añade, con
sorna.
Una sonrisa se desliza en mis labios y niego con la cabeza.
—¿Podemos brindar, también, por los hombres que te besan
para luego decirte que están comprometidos? —digo, con ironía y
ambos rompen a reír con amargura antes de llevarse las cervezas a
la boca. Yo los imito y le doy un trago largo a la que tengo entre los
dedos.
—Jodida depresión. Eso es lo único que hay en este
departamento —bufa Alejandro, al cabo de unos instantes de
silencio.
—Jodida humanidad es lo que hay hoy en día. Ya nadie tiene
respeto por nada en este mundo. —Victoria suelta, para luego darle
otro trago largo a la bebida entre sus dedos.
—¿Se puede saber desde hace cuánto tienen estas sesiones
de alcoholismo y depresión? —pregunto, luego de darle otro sorbo a
la cerveza.
—Desde hoy —dice Alejandro, al tiempo que acomoda el
armazón de sus lentes, los cuales se habían deslizado por el puente
de su nariz hasta hacerle lucir casi ridículo.
Victoria asiente.
—Llegué a casa con dos six-packs de cervezas justo a tiempo
para escuchar a Alex romper con su novia por teléfono —dice—. Yo,
por cierto, acababa de enterarme del matrimonio del imbécil de mi
maestro de teatro. Decidimos deprimirnos juntos luego de eso.
—Ni siquiera sabía que tenías novia —digo, en dirección a mi
compañero de cuarto.
Un suspiro largo y pesado escapa de sus labios y, luego,
empieza a contarme sobre esta relación que mantuvo con una chica
de su ciudad natal. Me cuenta, también, sobre cómo decidieron
seguir con su relación a distancia cuando se vino a estudiar a
Guadalajara y sobre cómo todo estuvo bien los primeros semestres
que él estuvo aquí.
No le tomó mucho tiempo llegar a la parte en la que ella
empezó a evadirlo. A comportarse diferente.
Al parecer, ayer por la noche, su ahora exnovia subió una
fotografía de ella misma, en brazos de otro chico.
Alejandro, al confrontarla, se enteró de que había estado
viendo a este otro chico desde hace ya casi un mes. Por supuesto,
luego de eso, terminaron.
—Tuvo el descaro de decirme que trató de contármelo, pero
que nunca pudo hacerlo por mi falta de tiempo. Por mi falta de
atención —dice Alejandro, para luego bufar con irritación—. ¡No
hacía nada más que hablarle cuando podía mientras estaba clases,
para luego correr a casa y hacer videollamadas con ella! —Sacude la
cabeza en una negativa furiosa—. Le dediqué más tiempo del que
realmente tenía… y, de todos modos, tuvo el descaro de decir que fui
yo el culpable de su maldita infidelidad. De su maldita falta de
compromiso.
Se hace el silencio.
—Es una perra. —Victoria sentencia, al cabo de un largo rato
de silencio y eso solo hace que Alejandro y yo soltemos una
carcajada.
Acto seguido, el chico sentado frente a mí se levanta por otra
cerveza y me trae una porque me ha visto juguetear con la lata de la
que acabo de terminarme.
—¿Qué me dices de ti? —miro a Victoria, luego de beber en
silencio otros instantes.
Para este punto, ya tiene los ojos nublados por el alcohol.
La chica suelta una carcajada amarga luego de mi comentario
y se enfrasca en este relato acerca de cómo uno de sus profesores
de teatro comenzó a coquetear con ella. De cómo fue que, poco a
poco, fue envolviéndola. Enamorándola. Y de cómo, luego de un par
de meses de promesas, ilusiones y sexo, recibió una llamada de una
mujer histérica que la llamaba zorra. De una mujer destrozada,
madre de tres pequeños, que acababa de enterarse de que su
marido, un profesor de teatro de la universidad, le engañaba con una
de sus estudiantes.
Luego de eso, nos habla acerca de cómo enfrentó al imbécil
ese, solo para descubrir que es un cobarde de mierda incapaz de
decir la verdad, aun cuando lo hayan encontrado con las manos en la
masa.
Para cuando termina de hablar, está llorando; pero, cuando
Alejandro trata de consolarla, ella le retira diciendo que no lo
necesita. Que llora del coraje y la impotencia; no de la tristeza.
Así, pues, luego de escucharla contarnos acerca de cómo le
llamó a la mujer de su profesor para disculparse con ella, nos
quedamos en silencio otro largo rato luego.
—¿Qué hay de ti, Tamara? —dice Alejandro, luego de lo que
se siente como una eternidad, y, mi vista, la cual estaba clavada en
la mesa, se alza de golpe.
—¿A qué te refieres? —digo, fingiendo demencia.
Él rueda los ojos al cielo.
—No puedes venir a escuchar nuestros dramas amorosos sin
contar el tuyo también. Háblanos sobre ese hijo de puta. Vamos.
Una sonrisa amarga se dibuja en los labios y sacudo la cabeza
en una negativa.
—Ni siquiera vale la pena mencionarlo —digo, porque es
cierto. Porque Gael Avallone no merece la pena en lo absoluto.
—¡Oh, vamos! —Victoria interviene—. No puedes venir aquí a
brindar por un tipo y luego decir que no vale la pena. Algo debió
haber pasado con él para que te nos hayas unido en depresión.
Una pequeña risa se me escapa.
—El problema es que nunca hubo algo. —Me encojo de
hombros, sin dejar de sonreír y sin dejar de sentirme patética por la
revolución emocional que llevo dentro—. No hubo nada. Ni siquiera
un inicio. Mucho menos un cierre. —Niego con la cabeza—. Estoy
empezando a creer que todo lo que pasó, fue producto de mi
imaginación.
—Admites que sí hay alguien. —Alejandro afirma, al tiempo
que entorna los ojos en mi dirección.
Victoria se pone de pie.
—Espera un segundo —dice—. Necesitamos otra cerveza si
vamos a empezar a hablar de hijos de puta incapaces de
comprometerse. Esos son los peores.
Acto seguido, la observo avanzar hasta el refrigerador, abrirlo y
volver con tres cervezas más. Luego de eso, nos ofrece una a
Alejandro y a mí y se acomoda de nuevo en su lugar.
—Ahora sí —dice, al tiempo que abre la bebida—.
Cuéntanoslo todo.
Alejandro la imita y le da un trago largo a la lata que tiene entre
los dedos. Yo, por el contrario, me quedo con la lata entre los dedos,
sin siquiera destaparla durante un largo rato antes de decidirme a
abrirla y beber un trago.
Luego de hacer una mueca asqueada por el regusto amargo
que me queda en la boca, empiezo a hablar.

Les cuento todo. Absolutamente todo.


Desde el momento en el que lo conocí, hasta la forma en la
que me besó y cómo terminó confesándome que era un hombre
comprometido. Les hablo de detalles. De la manera en la que poco a
poco empezó a abrirse paso en mi vida. De las intensas
conversaciones; de lo que hizo para mantenerme dentro del proyecto
de su biografía; del coqueteo…
Les hablo de la manera en la que me consoló en su oficina
durante una de mis crisis nerviosas y de cómo me trajo a casa luego
de eso. Les cuento acerca de cómo fue a dar al bar en el que estaba
con mis amigos y la forma en la que golpeó a Rodrigo por
defenderme. Hablo, también, sobre nuestra fatídica cita y de cómo
terminó todo aquello. De la manera en la que intenté confrontarlo sin
éxito alguno la semana pasada y de cómo, luego de esa llamada
misteriosa, su actitud hacia conmigo cambió por completo.
Se los digo todo y, cuando termino de hablar, me siento más
ridícula que nunca. Más idiota de lo que jamás me sentí, porque no
es hasta ese momento, que me percato de la importancia que le di a
todos nuestros insignificantes incidentes. Del significado que tuvieron
en mí.

—Hay algo que no entiendo… —Victoria habla, una vez que


he terminado con mi relato. Mi vista se posa en ella. Lleva el
entrecejo fruncido y una mueca inconforme en la boca—. ¿Por qué,
si estaba comprometido, permitió que las fotografías contigo en el
McDonald’s fueran publicadas? ¿Por qué, si estaba comprometido
en ese entonces, dejó que la prensa hiciera de las suyas solo para
retenerte?
En ese momento, la resolución cae sobre mí como balde de
agua helada. Las palabras de Victoria se asientan en mi cerebro y
me cambian la perspectiva por completo.
No lo había pensado de esa manera. Estaba tan abrumada por
los más recientes sucesos, que no me había detenido a analizar un
segundo la situación.
—Ese de ahí es un buen punto —dice Alejandro, en acuerdo
—. Yo, estando en sus zapatos, no arriesgaría mi compromiso solo
por hacer que una chica cualquiera escribiera mi biografía.
—Es estúpido pensar que se jugó tanto solo por un libro que
pudo haber escrito cualquier otra persona sin la necesidad de
arriesgar su compromiso. —Victoria asiente.
—Ese hombre miente, Tamara. —Alejandro insiste.
—Casi puedo apostar a que no estaba comprometido en ese
entonces. —Victoria dice en acuerdo—. También, dudo mucho que lo
haya estado cuando lo encontraste follando con su secretaria o
cuando te besó. Si realmente estaba comprometido y le preocupaba
tanto el hecho de que tú lo encontraste con su secretaria, no te
habría besado en un lugar así de público. Se habría escondido para
hacerlo y…
—No lo hizo —musito, abrumada y aturdida ante las nuevas
revelaciones.
—Exacto. —Alejandro asiente—. Además, ¿qué no se supone
que te dijo que no quería casarse? ¿Qué no te dijo, incluso, que él no
tiene nada serio con ninguna mujer? —Niega con la cabeza—. Aquí
no hay más que dos opciones: o el tipo está mintiéndote y no está
comprometido, o su compromiso es reciente. Muy reciente.
—De la llamada a acá… —murmuro, al tiempo que trato de
procesar toda la información.
—Podría tratarse de un matrimonio arreglado. —Victoria
sugiere.
—Lo dudo mucho. —Sacudo la cabeza en una negativa—.
Gael se jacta de no actuar bajo los mandatos de su padre. No creo
que un matrimonio orquestado sea algo a lo que él accedería.
—¿Un matrimonio por compromiso, quizás? —Alejandro
pregunta.
—¿Por compromiso? —Victoria bufa.
—Podría suceder —dice Alejandro, tratando de defender su
argumento—. No lo conocemos. Hasta donde sabemos, el tipo
podría ser un hombre interesado. Podría querer casarse con alguien
proveniente de alguna familia rica, solo por el dinero que ese
matrimonio pudiera añadir a su fortuna. La gente adinerada es
bastante ambiciosa. Nunca tienen suficiente.
—No me convence tu teoría. —Mi compañera de cuarto refuta
—. Siento que hay algo más allá de un simple matrimonio por
compromiso…
—Sea como sea —es mi turno para hablar—, cualquiera de las
opciones suena horrible. Tanto si su matrimonio es arreglado, como
si es por interés, suena como algo muy bajo y desleal. ¿Quién nos
dice que la mujer con la que va a casarse no está enamorada?
¿Quién nos dice que Gael no está jugando con ella? —Niego una
vez más—. Definitivamente, no quiero involucrarme en algo como
eso. No quiero terminar en medio de una relación, ya sea por
conveniencia o por amor verdadero.
El silencio que le sigue a mis palabras es largo y tirante, pero
no es incómodo en lo absoluto. Se siente, más bien, como si los tres
estuviésemos tratando de digerir lo que acabamos de hablar. Como
si tratásemos de llenar los huecos vacíos en mi historia, para así
entender un poco mejor la situación y el comportamiento del
magnate.
—¿Qué es lo que vas a hacer? —Alejandro es el primero en
hablar.
—¿Respecto a qué? —inquiero.
—A la biografía que tienes que escribir —dice—. ¿Vas a
renunciar a ella?
Un suspiro largo se escapa de mis labios.
—No puedo renunciar —digo, en voz baja e inestable—. Firmé
un contrato que podría joderme por completo si lo hago. El único
modo que tengo de librarme de todo esto, es escribiendo la biografía
o haciendo que Gael ya no quiera que yo la escriba.
—¿Planeas hacerle la vida imposible para que desista de tus
servicios? —Victoria interviene.
Sacudo la cabeza en una negativa.
—Ni siquiera tengo la energía para eso, ¿sabes?...
Francamente, no le veo caso alguno a tratar de imponer las reglas de
un juego que bien podría terminar jugando en mi contra si no logro
manejarlo de manera adecuada.
—¿Vas a escribir la biografía, entonces? —Mi compañera de
cuarto suena preocupada.
Asiento.
—Lo haré lo más pronto que pueda. Mientras más rápido
termine, mejor —digo—. Ya ni siquiera voy a empeñarme en que
quede bien. Si el hombre no quiere hablar sobre su vida personal,
por mí mejor. Escribiré el libro más aburrido de la historia, diré lo que
él quiera que diga y saldré de esta situación lo más pronto posible.
Alejandro no luce convencido con mi declaración.
—Tamara, ¿estás segura de eso? —Alejandro es quien habla
ahora—. Si sigues con este circo, vas a tener que frecuentarlo y lidiar
con los sentimientos.
—Lo sé, pero ¿Qué otra cosa puedo hacer? —digo, con
desesperación—. Definitivamente, no tengo el dinero suficiente como
para pagar la penalización por la recisión del contrato que firmé. Mi
familia mucho menos. No puedo darme el lujo de desertar, así como
así y tampoco voy a huir de él. Si escapo... si salgo corriendo, él
gana. Él es quien queda como el rompecorazones. No puedo darle el
privilegio de saber que me ha herido. No quiero dárselo.
Un suspiro largo escapa de los labios de Victoria.
—Va a ser una tortura para ti —dice—. ¿Estás dispuesta a
soportarla?
Me encojo de hombros, en un gesto que pretendo que sea
despreocupado, pero que en realidad luce aterrado.
—No tengo otra opción —digo, porque es cierto.
—No cabe duda de que tienes unas bolas inmensas. No sé si
yo podría hacer algo así. —Alejandro dice, con incredulidad.
—Ovarios. —Victoria interviene.
—¿Qué? —Mi compañero de cuarto frunce el ceño, en
confusión.
—Las mujeres tenemos ovarios —dice ella y una sonrisa se
desliza en mis labios.
Alejandro rueda los ojos al cielo.
—¡Dios! Entendiste lo que quise decir, ¿no es así? —masculla,
con irritación y eso solo consigue que mi sonrisa se ensanche y que
el gesto suficiente de Victoria se tiña de socarronería.
—Tamara... —Victoria se dirige hacia mí, ignorando por
completo el gesto enfurruñado de Alejandro.
—¿Sí?
—No sé qué tanto daño vaya a hacerte mi comentario, pero
quiero que sepas que estoy muy contenta de tu decisión —dice—.
Estoy muy contenta de que no vayas a dejar que ese hombre te
arruine ni te detenga de hacer nada.
La sonrisa no desaparece de mi rostro, pero una punzada de
dolor me atraviesa el pecho. A pesar, de eso, me encojo de hombros
de manera despreocupada.
—Tampoco es como si estuviese enamorada —digo, pero la
punzada no desaparece—. No es el primer hombre que me atrae y
tampoco será el último.
La sonrisa de Victoria es radiante ahora.
—Entonces, demuéstrale que no tiene poder alguno sobre ti —
me alienta—, y hazle sufrir un infierno si trata de volver a acercarse.
Capítulo 18

El sonido de la puerta siendo golpeada me saca de mis cavilaciones


de manera abrupta, pero me toma unos segundos espabilar y
ponerme de pie de la cama para abrirle a quien sea que está
llamando a mi habitación.
En el instante en el que lo hago, la figura esbelta y alta de
Victoria aparece en mi campo de visión. Lleva un vestido azul marino
que se ciñe a su figura de manera provocativa y una toalla en la
cabeza que me hace saber que apenas ha empezado a arreglarse.
No hace falta que diga que va a salir. Es obvio que lo hará.
—Arréglate que salimos en una hora —dice, sin ceremonia
alguna, y mi ceño se frunce ligeramente.
—¿Qué?
—Alejandro y tú van a ir conmigo y mis amigos a La Santa[1].
Alístate, que salimos en una hora —dice, con aire autoritario y una
sonrisa incrédula se dibuja en mis labios.
—Agradezco la invitación, pero la verdad es que…
—¡No te atrevas a rechazarme, Tamara Herrán! —Victoria me
señala de manera amenazadora—. No estoy preguntándote si
quieres ir o no. Has pasado las últimas semanas encerrada en estas
cuatro paredes escribiendo la biografía del hijo de puta que jugó
contigo. Te mereces una noche de diversión. Vamos. Arréglate, que
iremos a bailar hasta que los pies nos duelan y beberemos hasta que
Alejandro tenga que sostenernos el pelo mientras vomitamos.
Niego con la cabeza, pero mi sonrisa no se desvanece.
Lo cierto es que Victoria tiene razón. Las últimas tres semanas
de mi vida han sido un completo calvario.
Desde mi reunión con Gael —esa en la que me dijo a gritos
que estaba comprometido—, no he podido darle algo de paz a mi
mente. Mucho menos al idiota de mi corazón, que sigue empeñado
en albergar esperanzas.
Nuestras reuniones durante este tiempo han sido tan frías e
impersonales, que he llegado a preguntarme si de verdad ocurrió
algo entre nosotros. Si de verdad existió un poco de aquello que nos
llevó a besarnos de la forma en la que lo hicimos.
Mis interacciones con Gael Avallone han pasado a ser un
monótono ir y venir de preguntas y respuestas que se me antojan
poco interesantes. Se han reducido a un montón de historias sin
relevancia acerca de cómo Grupo Avallone fue creciendo desde que
él tomó las riendas del emporio de su padre y de cómo es que fue
abriéndose paso en los mercados internacionales hasta que llevó a
las empresas al punto en el que se encuentran.
Deliberadamente, he evitado a toda costa tocar el tema de su
vida personal, porque no quiero escuchar nada más sobre su
prometida y porque él mismo me pidió, durante nuestra primera
reunión, que me limitara a escribir acerca de su éxito financiero. Eso
es, precisamente, lo que estoy haciendo. Estoy enfocándome al cien
por ciento en lo que tiene que decir sobre su caminata hasta la cima
del éxito en el que se encuentra.
Así, pues, con todo esto en mente he comenzado ya con la
escritura del primer borrador de la biografía.
Me encantaría decir que estoy conforme con lo que estoy
haciendo y que todo lo que he dicho respecto a este hombre me
satisface, pero la verdad es que lo odio. Odio todo lo que he escrito.
Es tan impersonal, tan carente de emociones, que no puedo
evitar sentir como si estuviese escribiendo la lista del supermercado.
Una línea de tiempo sobre un tema poco interesante.
No hay voz narrativa alguna que haga de la lectura algo
interesante; no hay relatos que se me antojen entrañables o que me
hagan imaginarme a Gael como alguien humano y real; fuera de esa
imagen fría y distante que le muestra al mundo y, si puedo ser
franca, tampoco estoy dispuesta a tratar de hacer algo al respecto.
Si ese hombre quiere proyectarse ante el mundo como este
tipo pragmático que dice ser, adelante. Que lo haga. A mí ya me da
igual.
Ahora mismo mi única prioridad, es terminar este proyecto lo
más pronto posible. No me importa el resultado final. Mucho menos
me importa hacerlo quedar como un hombre calculador y carente de
emociones, porque eso es lo que él siempre quiso decir sobre sí
mismo.
Esta mañana le envié al señor Bautista el avance de este
bimestre. Se supone que todavía me quedaba una semana para que
el primer periodo estipulado termine; pero decidí enviarle el
documento desde ya, porque quiero darle un poco de agilidad a todo
esto.
Sé que es basura. Sé que es una redacción que deja mucho
que desear; no obstante, mi disposición para cambiarla es nula. Me
niego a hacer algo por ella. No voy a invertir tiempo que no se
merece.

—En una hora no voy a estar lista —digo a Victoria, porque es


cierto—. Además, soy perfectamente capaz de conseguir mis propias
salidas. No tienes que invitarme a ningún lado por lástima.
Victoria rueda los ojos al cielo.
—No te invito por lástima, idiota. —Trata de sonar indignada,
pero no lo hace. Más bien, suena divertida—. Te invito porque la
pasé bien con Alejandro y contigo la otra noche.
Es mi turno de rodar los ojos.
—¿Estás haciendo tanto drama por una noche que no significó
nada? —bromeo y ella esboza una mueca cargada de fingida
indignación.
En respuesta, me muestra el dedo medio de su mano derecha.
—¿Vas a ir o no? —suelta, con irritación, al tiempo que se
cruza de brazos.
Niego con la cabeza.
—No tengo ganas —digo.
—¡Tamara!
—¡Quita esa cara! ¡He dicho que no! —exclamo, al ver el
puchero que esboza.
—¡Por favor! ¡Te presentaré a algún chico guapo!
—No necesito que me presentes a nadie —refuto—. Puedo
conseguir una cita con el hombre que me plazca.
Victoria arquea una ceja.
—Pruébalo.
—No tengo nada que probarte. —Imito su postura arrogante,
cruzándome de brazos y alzando una de mis cejas.
—Cobarde. —Ella sentencia y me hiere el orgullo.
—No voy a caer en tu juego —digo, pero una parte de mí
quiere probarle que no necesito de la ayuda de nadie para conseguir
el número de algún chico.
—¡Tamara, por favor! —dice, al tiempo que hace un mohín y
golpea los pies en el suelo un par de veces, cual niña haciendo
berrinche.
Un suspiro largo escapa de mis labios.
La posibilidad de salir a divertirme un rato luego de los días de
mierda que he tenido es tan tentadora como las ganas que tengo de
quedarme encerrada viendo alguna serie en Netflix.
Una parte de mí desea salir de casa y hacer algo diferente a lo
que he hecho las últimas semanas, pero otra, simplemente quiere
quedarse a hacer nada.
«Solo… ve —susurra la voz en mi cabeza, y dudo un poco—.
Has pasado todas las vacaciones encerrada aquí. Solo sales a tus
citas con el idiota de Avallone y a casa de tus padres porque
Fernanda ya está trabajando y no tiene tiempo de nada. ¡Ve,
diviértete, un rato y besa a un chico, por el amor de Dios!».
De pronto, la posibilidad de abandonar el apartamento se
siente cada vez más tentadora y atrayente.
«Se tonta por una noche, Tamara. Lo mereces. Lo necesitas».
Muerdo la parte interna de mi mejilla y observo el gesto
suplicante de Victoria.
Otro suspiro se me escapa.
—En una hora no estaré lista —digo una vez más.
—Te esperamos el tiempo que necesites —dice mi compañera
de cuarto, con una sonrisa radiante dibujada en los labios.
Muerdo mi labio inferior.
—¿Irás? Dime, por favor, que sí irás. —Victoria me mira con
gesto suplicante y un bufido se me escapa.
—Solo porque parece que necesitas de mi presencia para
divertirte —bromeo y ella me muestra el dedo una vez más.
—Vete al infierno.
—Luego de que tú te vayas de mi habitación y me dejes tomar
una ducha —refuto y la veo entornar los ojos en mi dirección.
—Eres irritante, Herrán.
—Gracias —pronuncio—. Me lo dicen todo el tiempo. Ahora
vete, que tengo que tomar una ducha.
Una risa entusiasmada escapa de los labios de la chica frente
a mí, pero termina asintiendo.
—Date prisa —dice y le dedico una mirada irritada que ella
ignora—. No quiero llegar muy tarde.
—Acabas de decirme que me tomara mi tiempo. —Sueno
exasperada, pero una sonrisa ha comenzado a tirar de las comisuras
de mis labios.
Victoria reprime una sonrisa.
—Cambié de opinión —dice, con aire arrogante y juguetón—.
Apresúrate.
Acto seguido, sin darme tiempo de decir nada más, se echa a
andar hacia su habitación.
El club nocturno al que Victoria nos lleva está a reventar.
No cabe ni una sola alma más y la música electrónica retumba
en mi pecho con violencia mientras nos abrimos paso entre la gente
para llegar al espacio que, según dijo, reservó uno de sus
compañeros de la universidad.
No me sorprendió en lo absoluto que mi compañera de cuarto
tuviese influencias y nos dejaran entrar sin siquiera formarnos en la
inmensa fila que hay en la entrada. Tampoco me sorprendió verla
saludando a algunos de los meseros del lugar.
Victoria es una chica que sale mucho a divertirse. Es una chica
que conoce de bares y clubes nocturnos, así que nada de esto me
saca de balance. Alejandro, por el contrario, luce más allá de lo
asombrado. Es obvio que no esperaba que Victoria fuese así de
popular en este tipo de ambientes.
De hecho, ahora que lo pienso, Victoria y Alejandro son polos
completamente opuestos. Ella es una chica extrovertida,
irreverente… Sabe que es guapa y lo utiliza a su favor todo el
tiempo. Alejandro, en cambio, es serio y reservado. Tímido, incluso.
Es el tipo de chico que puede pasar el día entero jugando
videojuegos o estudiando, sin importarle de qué clase de diversión o
entretenimiento pueda estar perdiéndose más allá de las cuatro
paredes de su habitación.
Mis compañeros de cuarto pertenecen a mundos
completamente diferentes y, aquí, mirándolos caminar el uno junto al
otro, no puedo evitar pensar que, si no vivieran bajo el mismo techo,
no se hablarían jamás. No entablarían nunca una amistad porque
son demasiado diferentes. Porque no congeniarían de ninguna
manera.

Los amigos de Victoria ya se encuentran instalados en las mesas


reservadas cuando llegamos a ellas y nos reciben con una sonrisa
cuando nos presenta.
Una vez instalados, no pasan más de cinco minutos antes de
que un mesero se acerque a tomar nuestra orden. Yo pido vodka con
jugo de piña, Victoria pide un mojito y Alejandro una cerveza y, luego
de esperar y recibir nuestras bebidas, Victoria se levanta a bailar.
Alejandro y yo nos quedamos en la mesa, al tiempo que
bebemos y tratamos de conversar por encima del sonido de la
música.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que Victoria vuelva y trate
de sacar a bailar al chico con el que estoy, pero este se niega. Yo no
puedo dejar de reír al ver cómo Victoria se enfurruña debido a eso.
Cuando nota que no va a poder convencer a Alejandro, se dirige
hacia mí y trata de llevarme a la pista; sin embargo, aún no hay
suficiente alcohol en mi sistema como para levantarme a hacer el
ridículo, así que también declino su oferta.
Finalmente, luego de un largo rato de insistencia, se marcha
de nuevo y nos deja aquí, el uno junto al otro, con una sonrisa
avergonzada pintada en la cara.
Al cabo de un rato —y de una cantidad considerable de vodka
—, voy armándome lo suficiente de valor como para acercarme a
uno de los amigos de Victoria e intentar conversar con él.
Cuando me doy cuenta de que es del tipo de hombre que solo
habla de las horas que le dedica a su imagen yendo al gimnasio, me
aparto y pido otra bebida.

—Estás borracha. —Alejandro dice, cuando me termino el


contenido del vaso que tengo entre los dedos. El tono divertido y
acusador que utiliza me hace esbozar una sonrisa satisfecha.
—No lo estoy —miento, porque en realidad si estoy un poco
pasada de copas, al tiempo que rebusco en mi bolso por mi teléfono
solo para ver la hora. Al mirar la pantalla, me encuentro de lleno con
el ícono de las llamadas perdidas brillando en la esquina superior
izquierda y mi ceño se frunce cuando desplazo las notificaciones
hacia abajo solo para leer el nombre del señor Bautista en ellas; no
obstante, me obligo a continuar mi conversación con Alejandro,
medio confundida—: No todavía.
Una sonrisa se dibuja en sus labios, pero el gesto se me antoja
triste y melancólico.
—Tu no luces muy divertido que digamos —observo, al cabo
de unos instantes.
Su sonrisa se ensancha.
—No la paso mal —dice, pero sé que miente—, pero debo
admitir que este tipo de lugares no van conmigo.
Es mi turno de sonreír.
—Te entiendo. —Asiento—. Tampoco van mucho conmigo.
Él hace una mueca irónica.
—No luces como pez fuera del agua, debo decir —masculla y
una risita boba se me escapa.
—Trato de adaptarme.
—Yo también lo hago —se defiende—. No tengo éxito, que es
otra cosa. —Niega con la cabeza—. No estoy hecho para la vida
social. Cuando vivía en Baja California, era con Dulce con quien
salía. Todos los amigos que tenía los conocí gracias a ella y, ahora
que terminamos, se siente erróneo buscarlos y frecuentarlos. —Hace
una pequeña pausa y, al cabo de unos segundos, suelta un bufido—.
Y ahora estoy aquí, como un imbécil, recordándola y hablando de
ella, cuando debería estar divirtiéndome. Soy patético.
De inmediato, mi mano se posa sobre la suya y le doy un
apretón para consolarlo.
—No lo eres. —Le dedico una sonrisa tranquilizadora—. Es
parte del proceso. Recordar es parte del duelo, así que no te
desesperes. Cuando menos lo esperes, estarás sintiéndote en las
nubes por alguien más.
Un suspiro largo escapa de sus labios.
—Eso espero —dice, pero no suena convencido.
—Dale tiempo y date tiempo a ti mismo. Verás cómo las cosas
mejoran.
Él asiente, al tiempo que esboza otra sonrisa triste y, justo
cuando estoy a punto de hacer un comentario burlesco para aligerar
el ambiente, una vibración proveniente del aparato que aún tengo en
la mano me hace saltar en mi lugar.
Una carcajada escapa de los labios de Alejandro luego de eso
y le dedico una mirada irritada antes de observar el nombre que vibra
en la pantalla. Es un mensaje de texto de Fernanda, así que tecleo la
contraseña de mi teléfono para abrirlo.
En él, hay una captura de pantalla de un artículo que muestra
una fotografía de Gael Avallone y, debajo de ella, hay un mensaje
que cita:

¡¿Comprometido?! ¡¿Te besó y está comprometido?! Dime, por


favor, que no sabías nada sobre esto.

Mi corazón da un vuelco furioso y vuelvo a la imagen para


abrirla y echarle un vistazo.
El artículo es de hace apenas unas horas y habla acerca del
compromiso del magnate. Es, en pocas palabras, el anuncio público
de éste y, aunque ya lo sabía desde hace semanas, leerlo me hace
sentir miserable. Me hace sentir como cuando Gael mismo me lo
dijo.
«No vayas ahí…», susurra mi subconsciente y trato de
escucharlo sin éxito alguno. Trato, de todas las maneras habidas y
por haber, de mantener los sentimientos oscuros a raya, sin
conseguirlo en lo absoluto.
El teléfono vibra de nuevo y una nueva imagen aparece en mi
conversación con Fernanda. En ella, hay una fotografía de una mujer
rubia a la que reconozco de inmediato.
«¡Es la mujer de la fotografía del blog que encontraste hace
muchísimo tiempo!».
La realización se cuela en mis huesos y algo pesado se instala
sobre mis hombros. Casi de inmediato, un nudo comienza a formarse
en mi garganta, y una bola de puros sentimientos me impide respirar
correctamente y me atenaza el pecho con violencia.
Me quedo quieta, con la vista clavada en el teléfono y el
corazón acelerado.
No sé qué responderle. No quiero hablar de eso ahora mismo.
No quiero tener que volver a abrir la brecha que la verdad sobre Gael
me hizo en las entrañas.
—¿Estás bien? —La voz de Alejandro me inunda los oídos y
logra espabilarme unos instantes; pero, justo cuando estoy a punto
de responderle, el teléfono empieza a sonar en mi mano y mi vista
cae al aparato una vez más.
El nombre que aparece en la pantalla hace que toda la sangre
se me agolpe en los pies y mi corazón, abrumado y aterrorizado, se
salta un latido antes de reanudar su marcha a una velocidad
inhumana.
«Oh, mierda…».
Por unos instantes, la posibilidad de ignorar la llamada y
apagar el teléfono porque soy una cobarde y porque, por ningún
motivo, quiero hablar con él, me invade el pensamiento.
El aparato deja de sonar y, al cabo de unos segundos, vuelve
a hacerlo.
La ansiedad, que se había mantenido a raya los últimos
minutos, se detona en mi sistema.
—¿Tamara?... —Alejandro insiste, pero yo no puedo dejar de
mirar el nombre del magnate en la pantalla de mi teléfono.
Se siente como una eternidad cuando el aparato deja de
sonar, pero el alivio no dura demasiado, ya que vuelve a timbrar por
tercera vez.
Una palabrota escapa de mis labios y, luego de otros largos
segundos, me armo de valor y presiono la tecla para responder.
Apenas tengo tiempo de poner el aparato en mi oreja, cuando
la voz de Gael llena el auricular. Yo, sin embargo, no soy capaz de
escucharle una mierda.
—¡¿Qué?!... —chillo, al tiempo que me cubro el oído libre para
escucharlo mejor.
Gael vuelve a hablar, pero sigo sin escuchar nada debido al
sonido atronador de la música.
—No escucho una mierda —medio grito—. Llámeme en cinco
minutos.
Acto seguido, finalizo la llamada.
—¿Todo bien? —La voz de Alejandro me hace mirarlo, pero ya
estoy poniéndome de pie—. ¡Hey, Tamara! ¿Qué ocurre?
—Tengo que contestar —digo, sin realmente querer responder
y hago un gesto en dirección a los baños del establecimiento—.
Ahora regreso.
Sin siquiera darle tiempo de responder, me echo a andar a
toda velocidad. No es hasta ese momento que me percato de cuán
alcoholizada me encuentro; pero, pese al mareo que apenas me deja
moverme, me abro paso lo más rápido que puedo hasta el área de
los sanitarios.
No me toma demasiado llegar a mi destino y, justo cuando
entro a la espaciosa estancia, el teléfono comienza a sonar en mi
mano una vez más.
—¿Sí? —respondo.
—¿Dónde estás? —Gael Avallone.
El tono furibundo y arrastrado con el que espeta las palabras
no me pasa de noche. Tampoco lo hace el hecho de que ha dejado
de hablarme de «usted» una vez más.
—¿Perdón?
—¿Dónde coño estás?
Un millar de sentimientos oscuros se arremolinan en mi pecho
cuando lo escucho.
«¿Quién demonios cree que es para hablarte así? ¿Con qué
derecho se siente de pedirte explicaciones cuando acaba de
anunciar públicamente su compromiso?», sisea la voz de mi cabeza
y eso no hace más que alimentar la irritación que ha comenzado a
invadirme.
—¿Qué le importa? —espeto, envalentonada por el alcohol
ingerido e indignada por el tono en el que está hablándome—. ¿Qué
diablos quiere?
—Román Bautista acaba de enviarme el remedo de adelanto
de biografía que has escrito —escupe, con brusquedad, y la dureza
de su tono solo consigue que la ira incremente dentro de mí—. ¿Qué
demonios fue eso? ¿Crees que ese es un buen texto, Tamara? ¿De
verdad crees que voy a aceptar que trabajes de esa manera tan
mediocre?
—¿Mediocre? —Mi voz suena más aguda de lo normal—.
¡Escribí exactamente lo que usted quería que escribiera! —Estoy a
punto de perder la compostura. Estoy a punto de estallar—. Algo
enfocado cien por ciento a su éxito financiero. Sin sentimentalismos,
ni dramatismos, ni ningún detalle acerca de su vida personal. Eso fue
lo que me pidió desde el primer día, así que no me venga ahora con
que no le gusta.
—Ese texto es basura y lo sabes, Tamara. —La manera en la
que arrastra las palabras me saca de balance unos segundos, pero
no lo suficiente como para aminorar la abrumadora furia que ha
comenzado a crecer en mi interior.
«¿Está borracho?», susurra mi subconsciente, igual de
asombrado que yo, pero trato de no escucharlo ahora mismo. Trato
de enfocarme en la ira que siento.
—Pues si no le gusta lo que hago, vaya y consígase a alguien
más. Alguien que le llene completamente y no haga basura como yo.
—Tamara…
—No, señor Avallone —lo interrumpo, cada vez más enojada
—. No estoy de humor para atenderlo. No me venga a arruinar la
noche, que vine a La Santa a divertirme y a pasarla bien. Ya se lo
dije, si no le gusta mi trabajo, es libre de ir a buscar a alguien que si
llene sus expectativas. Ahora, si me disculpa, tengo mejores cosas
que hacer, que estar perdiendo mi tiempo con usted.
—Tamara, no te atrevas a…
—Buenas noches —lo interrumpo y finalizo la llamada.
Estoy temblando incontrolablemente. Mi cuerpo es un
espasmo violento de ira contenida, resentimiento e indignación y, de
pronto, en lo único en lo que puedo pensar, es en cómo puedo hacer
para vengarme de él. En cómo diablos puedo hacer para que, en mi
cabeza, Gael Avallone y yo estemos a mano.
«No hagas una estupidez, Tamara. No te atrevas a…», la
vocecilla en mi cabeza comienza, pero ni siquiera le pongo atención.
Me limito a hacerle caso a mis impulsos y salgo del baño
sintiéndome más determinada y resuelta que nunca.
Me encamino de vuelta a la mesa donde me encontraba
instalada con Alejandro. Acto seguido, y, sin saber muy bien qué
estoy haciendo, me tomo de un trago largo la bebida que acaba de
dejar el mesero para mí. Luego, cuando el alcohol me calienta la
garganta y envía un escalofrío por mi espina dorsal, envuelvo los
dedos alrededor de la muñeca de mi compañero de cuarto y tiro de
él.
—Tamara, ¿qué demonios…?
Ni siquiera le permito terminar la oración. No le permito hacer
nada más que hacerlo levantarse de su silla mientras guío nuestro
camino hasta la pista de baile.
No es hasta ese momento, en medio de las luces danzantes y
los cuerpos sudorosos que nos rodean, que me doy cuenta de que
estoy más borracha de lo que me gustaría; pero me digo a mí misma
que eso no importa ahora. Que lo único que debe de preocuparme,
es aprovechar el resto de mi noche al máximo.
Así, pues, con esto en la cabeza, comienzo a moverme al
ritmo de la música.
Alejandro dice algo que no logro escuchar, pero lo ignoro por
completo mientras que, sin dejar ir su mano, tiro de él y empiezo
bailar cerca de su cuerpo. Muy cerca.
—Tamara, yo no sé bailar —Alejandro dice —grita— en mi
oído y yo me acerco al suyo para responderle.
—Yo tampoco.
Envuelvo los brazos alrededor de su cuello y continúo
moviéndome al ritmo de la música.
—Estás loca —dice él, con incredulidad, pero una sonrisa
eufórica ha comenzado a dibujarse en sus labios.
Yo correspondo su gesto y, sin más, empezamos a movernos
juntos.

No sé cuánto tiempo pasamos aquí, bailando. Tampoco me


importa averiguarlo. De hecho, estoy tan concentrada en el sonido de
la música, que ni siquiera miro quién está a nuestro alrededor.
Estoy tan concentrada en demostrarme a mí misma que no me
ha afectado en lo absoluto lo que Gael me ha hecho, que no pongo
atención a nada más que al hecho de que estoy tratando de
divertirme. Al hecho de que estoy tratando de seducir a mi
compañero de cuarto para tener una especie de venganza, así Gael
nunca vaya a enterarse. Así este mano a mano solo sea para mí.
Estoy mareada. Aletargada por todo el alcohol que he ingerido
y, de todos modos, no quiero detenerme. No puedo hacerlo.
Me arden las plantas de los pies de tanto bailar, el vestido
entallado que llevo puesto se eleva de su posición cada pocos
minutos, y tengo que reacomodarlo constantemente; los cabellos de
la nuca se me pegan de manera incómoda en el cuello y, pese a todo
eso, y de que algo dentro de mí me grita que ha sido suficiente, no
me detengo. Me niego a hacerlo.
Me acerco un poco más a Alejandro, quien ya ha colocado sus
manos en mis caderas y se mueve al ritmo que impone la música y,
presa de un impulso salvaje y vengativo, envuelvo mis dedos en los
cabellos de su nuca para atraerlo aún más en mi dirección.
«¡Basta, Tamara! ¡No lo hagas, maldita sea!», grita la voz en
mi cabeza, pero la ignoro y me acerco un poco más.
«¡Tú no eres así, maldición! ¡Ya basta!».
Dudo y me aparto ligeramente; sin embargo, la parte impulsiva
dentro de mí no deja de exigirme que lo bese de una maldita vez y
tenga mi jodida venganza.
Entonces, justo cuando estoy a punto de acercarme de nuevo,
una mano se envuelve en mi brazo con fuerza y tira de mí, de modo
que un chillido asombrado se me escapa y doy un traspié. Acto
seguido, recupero el equilibrio y encaro a la persona que se ha
atrevido a ponerme un dedo encima.
En ese instante, un puñado de rocas cae en mi estómago y
todo el mundo empieza a perder el enfoque porque Gael Avallone
está aquí, justo frente a mí, con los dedos envueltos en mi brazo y
una expresión salvaje y furibunda surcándole el rostro.
Capítulo 19

No hablo. No me muevo. Me atrevo a decir que ni siquiera respiro.


Estoy tan aturdida y abrumada, que ni siquiera puedo conectar
los puntos y espabilar un poco. Ni siquiera puedo procesar
correctamente el que Gael Avallone haya hecho acto de presencia
en este lugar luciendo salvaje, aterrador e iracundo.
Se siente como si pudiese vomitar en cualquier momento.
Como si pudiese salir corriendo de este lugar solo para escapar de
ese gesto siniestro y furioso que está tallado en sus facciones, y de
la intensidad de su mirada.
Viste un traje negro en su totalidad, pero la corbata ha sido
olvidada en algún lado y el primer botón de su camisa se encuentra
deshecho. Su cabello —normalmente estilizado a la perfección—
luce desordenado; como si hubiese pasado los dedos entre las
hebras una y otra vez hasta dejarlo en ese estado; su mirada —por
lo regular fría, calculadora y analítica— luce llena de emociones.
Llena de enojo. Nublada por el coraje que refleja su gesto.
Luce diez años más viejo. Diez años más joven… Luce tan
diferente al hombre al que estoy acostumbrada, que la sola visión de
esta fase suya tan extraña me hace querer desmenuzarlo de pies a
cabeza. Me hace querer taladrar en su cerebro para saber qué
demonios es lo que está pensando ahora mismo y por qué ha
decidido venir a aquí en primer lugar.
—¡¿Pero qué carajos…?! —La voz de Alejandro llena mis
oídos y algo se acciona en mi cerebro.
Acto seguido, tiro de mi brazo con violencia para deshacerme
del agarre del magnate y doy un paso hacia atrás.
Mi boca se abre para decir algo, pero nada viene a mí. Estoy
tan aturdida —tan alcoholizada—, que no sé qué decir. Que no logro
hacer que mi lengua conecte con mi cerebro para espetar el millar de
cosas que han comenzado a acumularse en mi cabeza.
Alejandro dice algo, pero no soy capaz de escucharlo. Estoy
demasiado ocupada tratando de ordenarme los pensamientos.
Tratando de descifrar al hombre que me mira con una intensidad
abrumadora a pocos pasos de distancia.
Sin decir una palabra, Gael da un paso más cerca y me toma
por la muñeca para tirar de mí.
—¡No! —Me las arreglo para articular, en medio de mi
confusión; mientras lucho para liberarme de su agarre. Él ni siquiera
parece inmutarse, ya que tira de mí con más insistencia, haciéndome
dar un par de pasos más cerca de él y más lejos del chico con el que
me encontraba en la pista de baile.
—¡Oye! —alguien grita a mis espaldas—. ¡Oye, enfermo!
¡Suéltala!
Gael no responde, pero algo violento y aterrador se dibuja en
sus facciones cuando, sin un ápice de delicadeza, deja ir mi muñeca
solo para tomarme por el brazo y empezar a andar a paso
apresurado en dirección a la salida del lugar.
—¡Suéltame! —escupo, al tiempo que trato de liberarme de su
agarre una vez más, pero, esta vez, la manera en la que me sostiene
es tan firme y fuerte, que no logro hacer otra cosa más que
retorcerme lastimosamente mientras me arrastra fuera de la pista de
baile.
La falta de respuesta de mi cuerpo —anestesiado y aletargado
por el alcohol— no ayuda demasiado a mi lucha.
—¡Déjame ir! —chillo—. ¡Gael, suéltame ya!
—¡Oye! —La voz de hace unos instantes resuena una vez más
a mis espaldas—. ¡Déjala ir, psicópata!
Gael nos ignora por completo. No hace otra cosa más que
seguir avanzando conmigo a cuestas.
Mis piernas, traicioneras y débiles, no hacen más que tratar de
seguirle el paso y dar traspiés débiles y torpes, mientras que el
mundo empieza a dar vueltas a mi alrededor, y el alcohol empieza a
hacer de las suyas en mi sistema, hasta convertirme en un manojo
inestable y tembloroso.
No me había dado cuenta de cuán borracha me encontraba
hasta ahora.
—¡¿Qué demonios está mal contigo?! ¡Suéltala! —La voz
suena cada vez más cerca—. ¡Te estoy hablando, hijo de puta!
Esta vez, como accionado por un interruptor, Gael detiene su
andar apresurado y se gira para encarar a la persona que está
confrontándolo.
—¡Hijo de puta y una mierda! —Gael escupe, al tiempo que
trato de apartarme sin tener éxito alguno—. ¡Lárgate de aquí si no
quieres tener un puto problema de verdad!
—¡No voy a dejar que te la lleves en ese estado! —Llegados a
ese punto, soy capaz de reconocer la voz de Alejandro, quien suena
asustado y enojado en partes iguales.
Acto seguido, trato de dar un paso en dirección a mi
compañero de cuarto, pero el mareo repentino que me asalta me
hace aferrarme al saco del hombre que tanto daño me ha hecho las
últimas semanas para no caer de rodillas al suelo.
Una palabrota sale de mis labios.
—¡¿Y se supone que debo dejar que seas tú el que la lleve en
este estado?! —Una carcajada cruel y carente de humor escapa de
los labios del magnate—. Buen intento, imbécil.
—¡¿Crees que quiero aprovecharme de ella?! —Alejandro
espeta, con indignación—. ¡Eres tú el que trata de sacar provecho de
la situación! ¡Y de una vez te lo advierto: si das un paso más con ella
a rastras, voy a llamar a la policía! ¡Estás secuestrándola! ¡Es claro
para todos aquí que Tamara no quiere ir contigo!
—¡Me importa una reverenda mierda si quiere venir conmigo o
no! ¡No se va a quedar aquí con un imbécil como tú! —Gael estalla y
el tono violento e iracundo que utiliza me saca de balance por
completo.
—Señor Avallone —alguien dice a mis espaldas, y trato de
girarme para encarar a quien sea que esté dirigiéndose a Gael—, ha
sido suficiente. La chica está pasada de copas.
—¡¿Pasada de copas?! —Gael espeta—. ¡Yo estoy pasado de
copas! ¡Ella está curtiéndose en alcohol!
—Por eso mismo, señor Avallone, yo le sugiero que…
—No necesito que me sugieras nada, Almaraz —Gael
interrumpe al hombre de aspecto preocupado que se ha acercado a
nosotros—. Voy a asegurarme de que ningún hijo de puta se
aproveche de ella.
—¡Eres tú el que trata de aprovecharse de ella! —Alejandro
grita detrás de mí.
—¡Cierra la puñetera boca de una maldita vez, idiota! —La voz
de Gael truena y yo me encojo sobre mí misma, al tiempo que una
náusea violenta provocada por el mareo me asalta.
«¡Haz algo, Tamara! ¡Por el amor de Dios, haz algo!», grita la
voz insidiosa de mi cabeza, pero apenas puedo concentrarme en
mantener lo que he consumido dentro de mi cuerpo. Apenas puedo
levantar la cabeza para observar cómo Alejandro se encoge ante el
tono violento de Gael.
—¡¿Qué demonios está pasando?! —La voz femenina que
llena mis oídos es tan familiar, que corro la vista por todo el espacio
solo para localizar a la dueña.
Es en ese instante, cuando logro visualizar a Victoria, quien se
ha abierto el paso para llegar hasta nosotros.
—¡Dios mío! ¡Tamara! —dice, al tiempo que hace ademán de
acercarse; sin embargo, Gael me empuja detrás de él y se interpone
entre nosotros.
—Ella se va conmigo —dice, tajante y una punzada de coraje
se abre camino entre la bruma provocada por el alcohol.
—¡¿Y tú quién diablos eres?! —Mi compañera de cuarto
escupe—. ¡Apártate de mi camino o voy a llamar a seguridad!
«¡Tamara, maldición! ¡Muévete! ¡Haz algo!».
—Señor Avallone, vámonos de aquí. Ha sido suficiente —dice
el hombre que, al parecer, viene con Gael.
—¿Estás amenazándome? —El magnate sisea en dirección a
Victoria, ignorando por completo a su acompañante.
«¡Ahora! ¡Muévete, maldita sea! ¡Detén esta locura!».
—¡Por supuesto que estoy amenazándote! ¡Aléjate de mi
amiga! —Victoria chilla y, justo cuando ella da un paso en la dirección
en la que me encuentro, el caos se desata.
Un empujón me hace trastabillar un par de pasos antes de
caer al suelo con brusquedad. El impacto es tan doloroso, que un
gemido se me escapa y el aire se fuga de mis pulmones.
Acto seguido, un montón de manos aparecen en mi campo de
visión y se apoderan de mis brazos para tratar de tirar de mí y
levantarme.
—¡Yo puedo sola! —exclamo, pero nadie parece escucharme
—. ¡Déjenme! ¡He dicho que yo puedo hacerlo sola!
La impotencia, la vergüenza y la ira se arremolinan dentro de
mí y trato de deshacerme de todo aquel que trata de ayudarme, pero
alguien logra ser más fuerte que yo y, de un jalón firme, me pone de
pie a la fuerza.
Cuando mis pies logran plantarse en el suelo y logro empujar a
quien sea que me haya ayudado, doy un par de pasos lejos de todo
el mundo.
—Tamara… —Alguien trata de alcanzarme, pero me deshago
del roce de sus dedos de un movimiento furioso.
—¡No me toques! —escupo, a quien sea que trata de llegar a
mí—. ¡Nadie me toque!
Soy plenamente consciente del tono arrastrado y ronco de mi
voz, pero a estas alturas no me importa. Estoy tan furiosa, que no me
importa que todo el mundo sepa que estoy borracha.
—¡¿Qué demonios está mal con todos ustedes?! —espeto, al
tiempo que trato de enfocar la vista en las personas que me miran
con cautela a pocos pasos de distancia de donde me encuentro;
pero, cuando mis ojos se fijan en Gael, toda la rabia reprimida estalla
—: ¡Especialmente contigo! ¡¿Qué carajos está mal contigo?! ¡No
puedes venir aquí a armar un escándalo! ¡¿Qué clase de chiste
crees que soy?! —cito las palabras que alguna vez él utilizó conmigo,
y la reacción instantánea que veo en su rostro es tan satisfactoria,
que me tomo unos instantes para saborearla.
—Tamara…
—¡Tamara y una puta mierda! —Mi voz suena una octava más
arriba de lo habitual—. ¡Estoy harta de ti, Gael Avallone! ¡De esta
necedad tuya de tratar de controlar todo lo que te rodea! ¡Estoy
cansada de que te tomes atribuciones que no te corresponden y de
que trates de venir aquí a jugar al caballero de blanca armadura,
cuando eres el cabrón más grande que he conocido en la vida!
—Estás muy equivocada si crees que vine aquí en plan
salvador. Tú a mí no me interesas en lo absoluto. Vine a hablar
contigo porque, claramente, no eres lo suficientemente profesional
como para…
Una carcajada histérica se me escapa.
—¡Oh, vete a la mierda! —digo, en medio de las risotadas y
luego, con sarcasmo, añado—: Viniste a buscarme a un antro para
discutir algo del trabajo. —Un bufido irónico se me escapa—. Ve a
decirle ese cuento a alguien que quiera creértelo. —Sacudo la
cabeza en una negativa furiosa—. Hazte un favor a ti mismo y vete
de aquí, Gael. Deja de hacer el maldito ridículo.
Algo denso y salvaje se apodera de la mirada del hombre que
tengo enfrente, pero no dice nada. Se limita a mirarme durante un
largo momento.
La decepción y el coraje que se han ido acumulando en mi
interior durante las últimas semanas, se hacen cada vez más
grandes y, de pronto, me encuentro negando con la cabeza una vez
más.
«No puedo creer que esté haciéndome esto. No puedo creer
que piense que puede venir a hacer esta mierda cuando acaba de
anunciar su compromiso».
La mandíbula de Gael se tensa y la indecisión se filtra en su
mirada. Luce como si estuviese teniendo una batalla interna. Como
si, dentro de su cabeza, estuviese llevándose a cabo una batalla
campal.
—No voy a irme de aquí sin ti —dice, luego de un largo
momento, pero no suena tan determinado como hace unos instantes
—. Sin hablar contigo.
Otra risotada corta y amarga se me escapa.
—¿Sobre qué carajos quieres hablar conmigo, Gael? —bufo
—. Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. Lo que tenía qué decirte
ya lo dije hace mucho tiempo.
—Yo aún no he hablado contigo, Tamara. Hay cosas que
necesito decirte.
—El problema, Gael, es que a mí ya no me interesa
escucharlo. Hace unas semanas estaba deseosa de oírte; de tener
una maldita explicación a toda la mierda por la que me hiciste
pasar… pero ya no. Ya no me importa en lo absoluto.
—Tamara, las cosas no son como tú crees.
—¿Y cómo son, Gael? —espeto, cada vez más exasperada e
irritada.
—Ven conmigo y te lo explicaré todo.
Una carcajada carente de humor se me escapa.
—¿De verdad pretendes que te siga? ¿Qué vaya tras de ti
como si fuera un maldito perro faldero? —espeto.
—Tamara, lo único que te estoy pidiendo, son unos minutos de
tu tiempo.
—¿Para qué? ¿Para que me digas que no te ha gustado lo
que escribí en tu biografía? ¿Para echarme en cara lo mediocre que
es mi trabajo? —Lo miro con aprensión y, sin que pueda evitarlo, un
nudo empieza a formarse en mi garganta—. Eso ya me lo has dicho.
Ya lo escuché y ya te dije mi posición al respecto: Si no te gusta,
busca a alguien más. —Le echo una mirada fugaz a mis compañeros
de cuarto—. Ahora si me disculpas, tengo mejores cosas que hacer
que estar perdiendo mi tiempo contigo.
—Tamara, por favor.
—Felicidades por el anuncio de tu compromiso —lo
interrumpo, para luego empezar a avanzar en dirección a Victoria y
Alejandro.
Le agradezco a mis piernas por no fallarme en el trayecto, y a
mi estómago y al mareo por no dejarme hacer el ridículo cayendo al
suelo.
Un par de manos se anclan a mis caderas y tiran de mí con
fuerza cuando estoy cerca de mis acompañantes.
Mi cuerpo golpea contra algo firme y blando al mismo tiempo y,
antes de que pueda procesar lo que ocurre, soy girada sobre mi eje
con brusquedad. Acto seguido, mis pies dejan de tocar el suelo y un
chillido agudo se me escapa de los labios cuando el mundo entero se
pone de cabeza.
Me toma unos instantes darme cuenta de que Gael Avallone
me ha echado sobre su hombro y se ha echado a andar conmigo a
cuestas; pero, cuando lo hago, empiezo a gritar y a patalear.
Mis manos golpean su espalda con violencia, al tiempo que
siento cómo su antebrazo se engancha en la parte trasera de mis
rodillas para terminar de afianzarme en mi lugar. Su mano libre me
baja el vestido con brusquedad para que mi trasero no quede
expuesto y, así, humillándome un otro modo más aterrador que el
anterior, comienza a avanzar.
Gritos escandalizados se mezclan con la música que retumba
en todo el lugar, pero no logro comprender qué es lo que dicen. No
logro entenderles porque mis propios gritos los amortiguan, y porque
el magnate se mueve a toda velocidad y no deja que lleguen a mí.

El cambio brusco en el clima, aunado a la disminución del


volumen en la música, me hace saber que estamos en la calle.
El frío me eriza la piel cuando una ráfaga de aire helado nos
azota y un escalofrío me estremece, pero no dejo de luchar. No dejo
de pelear contra el hombre que me carga como pesara poco menos
que un costal de patatas.
—Señor Avallone, va a meterse en muchos problemas. —La
voz del hombre que acompaña a Gael suena horrorizada—. ¿Qué va
a decir Solís si se entera que lo he acompañado hasta acá sin
siquiera un guardia? ¿Qué va a decir si se entera que se ha llevado a
una jovencita a la fuerza?
—Me importa una puta mierda lo que Solís o cualquiera piense
de mí —Gael gruñe, ignorando por completo el modo en el que grito
exigiéndole que me baje—. Trae el coche.
—Pero, señor….
—¡Ahora!
Las palabras se terminan y el sonido de unos pasos
alejándose a toda velocidad inundan mis oídos.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que alguien grite mi
nombre en la lejanía, pero se siente como una eternidad. Para este
punto, me siento mareada y nauseabunda, pero no he dejado de
forcejear contra Gael ni un solo minuto.
Una palabrota escapa de los labios del magnate cuando
alguien grita algo que no logro entender del todo y el sonido de un
coche acercándose a toda velocidad me llena los oídos.
Acto seguido, el sonido se detiene y, luego de unos segundos,
soy depositada sobre el cuero de un asiento. Luego, sin previo aviso,
Gael se acomoda justo a mi lado y azota la puerta, encerrándome
dentro del vehículo.
—Vámonos —ordena, en dirección al asiento del conductor,
donde el hombre que lo acompañaba se encuentra ahora.
—¡¿Qué demonios te sucede?! —chillo, al tiempo que el coche
arranca. Es hasta ese momento, que el pánico empieza a colarse en
mi interior—. ¡¿Estás loco, acaso?!
—¡Sí! —Gael estalla y suena furioso—. ¡Estoy loco! ¡Estoy
loco de atar! ¡Ahora, cierra la boca y escúchame! ¡¿De acuerdo?!
El sonido estridente e iracundo de su voz, me hace encogerme
en mi lugar. Un escalofrío de puro terror me recorre de pies a cabeza
ante la dureza de su expresión y todos los vellos de mi nuca se
erizan debido al miedo que empieza a llenarme el cuerpo.
—Si no me bajas del coche ahora mismo, Gael, te juro por
Dios que voy a denunciarte por intento de secuestro —digo, al cabo
de un largo rato. Mi voz suena más ronca que nunca.
—Bien. —Gael dice, con la voz inestable por las emociones
contenidas—. Será lo justo. Por lo pronto, vas a tener que
acompañarme y escucharme, Tamara.
Niego con la cabeza.
—Nada de lo que digas va a hacerme creer que eres una
buena persona —digo, porque es cierto. Porque, a estas alturas del
partido, estoy segura de que este hombre es detestable.
—Mi intención no es que creas eso de mí. —La mirada que me
dedica es tan intensa, que casi me hace apartar la vista—. No estoy
interesado en quedar como un buen hombre ante tus ojos, porque no
lo soy, Tamara. Eso métetelo en la cabeza.
—¿Entonces qué es lo que quieres? ¿Con qué maldito objeto
haces estas cosas? —sueno cada vez más molesta—. Primero me
besas, luego te comportas como un verdadero idiota y, después de
eso, vienes y haces este tipo de escenas. ¿A qué carajo juegas?
¿Qué es lo que quieres obtener de todo este sinsentido?
La mandíbula del magnate se aprieta.
—Es que no estoy jugando. Es solo que… —Se detiene
abruptamente.
—Es solo que, ¿qué?
—Tamara, las cosas no son como tú crees.
—¿Y cómo se supone que son? —Niego con la cabeza, pero
sueno venenosa—. Déjame adivinar: Tu padre te ha obligado a
comprometerte con la pobre chica con la que vas a casarte. Te ha
amenazado con quitarte todo lo que tienes si no lo haces, y tú, para
tenerle contento, has accedido. —Un bufido irritado se me escapa,
pero continúo—: O tal vez, no sea cosa suya. Tal vez seas tú quien
ha decidido casarte con ella porque, seguramente, es hija de algún
accionista de Grupo Avallone y te conviene tener ese tipo de relación
con ella. —La decepción tiñe mi voz—. Sea como sea, Gael, es
retorcido. Es horrible. No vas a quitarme eso de la cabeza.
—¡Deja de tratar de hacer asunciones sobre mi persona,
maldición! —escupe—. Ya te lo dije: las cosas no son como crees.
Una risa amarga se me escapa.
—¿Cómo son, Gael? Explícamelo de una vez, para así poder
continuar con mi vida. —Sueno amarga, pero no me interesa—.
Dímelo todo, para que así me lleves a casa y toda esta mierda
termine.
Los ojos del magnate se tiñen de una emoción desconocida e
intensa, pero no dice nada. Se limita a mirarme durante un largo rato.
—De acuerdo. —Asiente—. Te lo diré todo… pero en mi casa.
Niego con la cabeza.
—De ninguna manera voy a poner un pie en tu casa —suelto,
tajante.
—No estoy preguntándote si quieres ir o no. —Gael responde,
con aire severo—. Tiene que ser allí. No hay otro modo.
—No. —Niego con la cabeza—. Me rehúso completamente.
No lo haré.
—Voy a llevarte de todos modos, Tamara —él suelta, pero no
suena molesto. Suena más bien resignado.
Entonces, antes de darme tiempo alguno para responder, le da
indicaciones al hombre que viene manejando.
Nos toma alrededor de cuarenta y cinco minutos atravesar la
ciudad para llegar al residencial en el que vive, y, de inmediato, me
saca de balance el hecho de que vive en una casa y no en un
departamento, como asumí todo este tiempo.
Al pasar la caseta de vigilancia de la entrada, lo primero que
noto, es la ostentosidad de todo lo que nos rodea. A pesar de que no
hay luz de día, es imposible no notar lo preciosos que están los
jardines en el camellón de la calle principal, o los bonitos acabados
de las casas inmensas, o los preciosos árboles podados en los
jardines de cada una de ellas. Es imposible no notar, tampoco, todos
esos pequeños detalles que te hacen saber que mantener una casa
en este lugar debe ser un completo lujo.
El coche de Gael gira un par de veces hasta llegar a una
inmensa colina donde, al fondo, se encuentra una construcción
particularmente grande rodeada por árboles estilizados y bien
tratados, y repleta de ventanales grandes e imponentes.
Acto seguido, el auto se clava en la entrada de la casa y,
cuando reduce la velocidad, el inmenso portón del garaje a desnivel
se alza para dejarlo pasar.
El vehículo se introduce en la cochera de la casa sin
ceremonia alguna y, una vez ahí, la puerta se cierra con lentitud
detrás de nosotros; dejándonos aquí, dentro del coche, con todo a
nuestro alrededor en penumbra.
Gael abre la puerta y sale del auto, pero el hombre que venía
conduciendo no se mueve de su lugar. Se limita a mirarme por el
espejo retrovisor, a la espera de que yo también baje.
Así pues, a regañadientes, y tomando la mano de Gael para
no tropezar, salgo del vehículo.
Una vez que me encuentro de pie sobre el suelo de su
cochera, se inclina hacia la ventana, en dirección a su acompañante.
—Gracias, Almaraz —dice, en tono amable—. Puedes ir a
casa. Lamento haberte molestado a esta hora.
El hombre niega con la cabeza.
—No se preocupe —dice, y luego de pensarlo, añade—: Señor
Avallone, no creo que sea buena idea lo que está haciendo. Si su
padre o alguno de su equipo de seguridad se entera…
—Lo sé. —Gael asiente—. No te preocupes por mí. No se
enterarán. Llévate el coche y mañana lo traes.
Un largo momento de silencio hace que otro destello de
nerviosismo me asalte.
—De acuerdo —dice Almaraz—. Llámeme si necesita algo
más.
Entonces, la puerta de la cochera comienza a abrirse de nuevo
y el auto se echa en reversa, encandilándome con la luz de sus faros
durante unos segundos, antes de que el portón comience a cerrarse
de nuevo.
El silencio se apodera del ambiente luego de eso.
Los pasos de Gael son lo único que parece perturbar la
tranquilidad de la espaciosa estancia y, cuando estoy a punto de
pedirle que hable de una vez, la luz de la estancia se enciende y me
ciega durante unos segundos.
Cuando finalmente logro acostumbrarme a la nueva
iluminación, lo que veo me deja sin palabras y me saca tanto de
balance, que casi podría jurar que entramos a la casa de la persona
equivocada.
Giro sobre mi eje con lentitud solo para absorber la imagen
que me llena los ojos y sacudo la cabeza en una negativa.
—¿Te gustan? —Gael inquiere. Trata de sonar casual, pero
suena más bien nervioso. Vulnerable.
No respondo. Me limito a mirar con asombro la docena de
motocicletas aparcadas que llenan casi por completo el garaje del
magnate.
De pronto, la imagen que me llena la cabeza es tan atractiva,
como irritante y no puedo evitar imaginármelo montado en una de
estas motocicletas, corriendo a toda velocidad, luciendo tan
insoportable como siempre. Tan atractivo como nunca.
Un escalofrío me recorre, pero me las arreglo para encogerme
de hombros y encararlo.
—¿Me trajiste aquí para presumirme tu colección de
motocicletas o para hablar conmigo? —No quiero sonar como una
completa perra… pero lo hago.
Un destello herido se dibuja en el gesto de Gael, pero, en lugar
de responderme, hace un gesto en dirección a unas escaleras
ascendentes al fondo de la estancia y luego se echa a andar en su
dirección. Yo, al cabo de unos instantes de duda, lo sigo.
Gael abre la puerta de servicio que da a la cochera y, una vez
que nos introducimos en —lo que asumo que es— la casa, enciende
la luz más cercana.
Lo primero que me llena la vista cuando las lámparas se
encienden, es la impresionante cocina en tonalidades oscuras. Son
los muebles de su cocina y la pulcritud que hay en todos y cada uno
de ellos.
Cuando corro los ojos por la estancia, tengo una pequeña
mirada del comedor y, muy al fondo, soy capaz de visualizar un poco
de la sala. Quiero suponer que, de aquel lado, se encuentra la
entrada principal de la casa; donde se encuentran los impresionantes
ventanales que se aprecian desde afuera.
Es hasta ese momento, que la resolución del lugar en el que
me encuentro cae como baldazo de agua helada sobre mí, y la
sensación de estar en un lugar en el que no me corresponde estar
me invade por completo.
Es aquí, justo en este lugar, donde me doy cuenta del abismo
que separa su mundo del mío. De lo diferentes que son y de lo poco
que encajan el uno con el otro.
—Siéntate. —La voz de Gael me invade los oídos, y me trae
de vuelta al aquí y al ahora.
Mis ojos viajan en dirección a donde él se encuentra y lo
observo abrirse paso hasta una de las alacenas de su cocina. Yo me
quedo quieta durante unos instantes antes de decidir que necesito
sentarme para concederle algo de estabilidad a mis piernas
temblorosas.
Dudosa y cautelosa, avanzo hasta la isla al centro de la cocina
y me siento sobre uno de los banquillos altos. Me aseguro de
acomodarme del lado contrario a donde Gael se encuentra, solo
porque el espacio entre nosotros me hace sentir un poco más segura
de mí misma, y porque la isla que se atraviesa entre los dos me hace
sentir un poco más a salvo dentro de su territorio.
—¿Y bien?... —digo, con impaciencia.
No dice nada. Se limita a buscar en las gavetas hasta tomar
algo de ellas. Luego de eso, se gira sobre sus talones y deja el
contenido de sus manos sobre la isla.
Es un vaso para coctel y una botella de whisky.
Acto seguido, y sin ceremonia alguna, Gael abre la botella y
vierte parte del contenido ambarino en el vaso para luego echárselo
en la boca de golpe. La alarma se enciende en mi sistema cuando,
luego de habérselo bebido todo de una sentada, deja el vaso en la
barra y vuelve a llenarlo de licor.
—Gael… —La advertencia tiñe mi voz, pero no digo nada más.
Él, en respuesta, hace un gesto en mi dirección, ofreciéndome un
poco. Yo declino su oferta con una negativa de cabeza horrorizada.
Él se encoge de hombros y, de nuevo, se bebe el alcohol casi
de un trago.
—Gael, de verdad, quiero irme a casa. —Sueno impaciente,
ansiosa y nerviosa ahora—. ¿Puedes terminar con todo esto para
que así pueda irme a dormir, por favor?
Sigue sin hablar conmigo, pero, al escucharme hablar, deja el
vaso sobre el mármol del mueble de cocina y se gira sobre sus
talones, dándome la espalda.
La confusión se apodera de mi sistema, pero no es hasta que
lo veo deshacerse del saco que lleva puesto y llevarse las manos al
pecho, que la alarma me invade de pies a cabeza.
«¡¿Se está desnudando?!».
—¿Gael? —digo, con la voz entrecortada por la impresión,
pero él no dice nada. No hace nada más que continuar con su tarea.
Metódica y lentamente, las manos de Gael bajan por todo su
torso y, aunque está dándome la espalda, sé que está
desabotonándose la camisa. Está desnudándose aquí, en medio de
su cocina, conmigo como espectadora.
—¡¿Qué demonios…?! —Comienzo, pero, en el instante en el
que el material ligero de su camisa desciende hasta dejarle la
espalda completamente desnuda, enmudezco.
El aliento se me atasca en la garganta; la impresión, la
confusión y el asombro total me aturden los sentidos.
De pronto, me quedo quieta. Muy, muy quieta, mientras trato
de absorber el hecho de que la espalda y los brazos de Gael
Avallone están cubiertos en tatuajes, y que apenas hay muy pocos
espacios de su piel que no están cubiertos en tinta.
Trato, desesperadamente, de recordar alguna vez haberle
visto con la camisa arremangada, pero no logro hacerlo. No logro
hacerlo porque la realidad es que nunca lo he visto así de informal.
Nunca lo he visto así de expuesto.
La única vez que lo vi de esa manera, fue en mis
pensamientos. La única vez que lo visualicé mostrando más piel que
la de sus manos, fue en mis fantasías. En mis odiosas —y
maravillosas— fantasías.
—Oh, mierda… —Suelto, sin poder evitarlo y el hombre
delante de mí me mira por encima del hombro con intensidad.
Se gira sobre sus talones solo para darme una vista de su
torso firme y fuerte. En él —en parte de uno de sus pectorales—,
apenas hay unos cuantos tatuajes, así que soy capaz de notar las
ondulaciones suaves provocadas por el ejercicio que, claramente,
hace.
—Hay cosas sobre mi pasado que, si llegasen a ser
descubiertas, terminarían con todo lo que tengo, Tamara —dice Gael
y mi vista encuentra la suya.
—¿Qué clase de cosas? —pregunto, en voz baja y casi sin
aliento.
Él —salvaje, imponente y aterrador— da un paso en mi
dirección y luego otro. Luego, se inclina en la isla, colocando el peso
de su cuerpo sobre sus codos flexionados. El olor a alcohol de su
aliento me da de lleno en la cara, pero, por alguna extraña razón, no
me incomoda.
—Primero tienes que prometerme que no vas a decirle nada
de esto a nadie —dice, con la voz enronquecida y un escalofrío me
recorre entera.
Asiento, incapaz de confiar en mi voz para hablar.
—Promételo, Tamara —dice y, esta vez, sus ojos ambarinos se
clavan en los míos y me miran con aprensión.
—Lo prometo —digo, con la voz inestable.
Él, un poco más satisfecho, asiente y, sin más, se aleja de mí y
toma la camisa del suelo para volver a colocarla sobre sus hombros.
Acto seguido, se sienta delante de mí y me clava su vista en la
mía antes de empezar a hablar.
Capítulo 20

—A lo largo de mi vida, he tomado decisiones de las cuales no me


siento orgulloso —la voz de Gael suena ronca y pastosa, y su gesto
—siempre sereno y controlado—, ahora luce ansioso. Nervioso por
sobre todas las cosas—. Decisiones de las que no me arrepiento,
pero que, igualmente, podrían acabar con todo lo que he tratado de
construir a lo largo de los últimos años.
Desvía la mirada y guarda silencio durante unos tortuosos
instantes, mientras trato de procesarlo todo y de asentarlo en mi
cabeza como se debe.
—Tamara, hay cosas de mí que nadie sabe y que no estoy
dispuesto a compartir; y no porque me avergüence de ellas, sino
porque podrían, potencialmente, arruinarme para siempre. —La
máscara de seguridad que siempre lleva puesta, empieza a
resquebrajarse—. Y sé que contándotelo estoy condenándome a mí
mismo, porque has llegado a mi vida con toda la intención de
desvelar cada trozo de ella, pero espero que… —Se detiene unos
segundos para tragar saliva en un gesto ansioso e impropio de él, y
negar con la cabeza—. Espero que tengas un poco de misericordia
por mí y no seas capaz de divulgarlo…
Quiero protestar. Quiero puntualizar el hecho de que acabo de
hacer una promesa al respecto, pero me muerdo la lengua para
quedarme callada. Se siente erróneo hacer otra cosa, porque el
gesto descompuesto que ha comenzado a apoderarse de su rostro
es tan abrumador, como inquietante, y porque reafirmar mi promesa,
se siente como una condena implícita. Como acceder a ser su
cómplice en un delito al cual no le conozco la gravedad.
No me mira. No hace otra cosa más que observar a detalle el
vaso de vidrio que descansa entre nosotros; como si hacerlo le diera
algo de valor.
Y es aquí, en este lugar y en este momento, cuando me
percato de cuán vulnerable luce. De cuán endeble me parece ahora
y de lo mucho que me descoloca esta cara tan desconocida que
apenas está mostrándome.
Jamás lo había visto así de inseguro. Jamás lo había visto así
de… incierto.
Su vista se alza para encararme al cabo de unos segundos y,
luego de estudiar mi rostro durante unos tortuosos instantes, traga
duro y empieza:
—Todo lo que te he dicho acerca de mí, es verdad… —dice—.
Y, al mismo tiempo, no lo es.
Mi ceño se frunce ligeramente, pero no hago ninguna pregunta
al respecto. Solo lo miro con expresión inquisitiva.
—Nací en Zaragoza, crecí en casa de mi madre, no conviví
con mi padre durante mi infancia y mi adolescencia, fui criado de
manera modesta por una mujer trabajadora y luchadora. Todo eso es
verdad.
—¿Dónde radica la mentira? —inquiero, en voz baja, cuando
noto que Gael no sabe cómo continuar. Cuando noto cómo su boca
se abre varias veces para continuar hablando, pero termina
arrepintiéndose a mitad del camino.
—Es que no hay mentira en realidad —dice—. Solo…
omisiones.
Niego con la cabeza, sintiéndome cada vez más confundida y
abrumada. Debo admitir que el alcohol que todavía me corre por las
venas no está ayudándole demasiado.
—Crecí en un hogar humilde. —Gael dice, al cabo de un largo
rato, con la voz enronquecida—. Mi madre es una mujer orgullosa,
de mucho carácter y sentido de la responsabilidad. Tanto que, aún
sabiendo que podía no trabajar porque mi padre estaba dispuesto a
mantenerla por haberle dado un hijo, decidió no aceptar un solo
centavo suyo. Decidió ser madre soltera con todas las de la ley y
ponerse a trabajar largas jornadas para darme una vida digna. —El
orgullo con el que habla sobre su madre, me calienta el pecho. Me
hace sentir admiración por ella, a pesar de que no la conozco en lo
absoluto—. Mi padre le mandaba una pensión generosa cada mes,
pero ella se negó a tocarla. Todo el dinero lo guardó en el banco para
que yo hiciera uso de él cuando tuviese edad para tomar decisiones
responsables.
Hace una pequeña pausa.
—Vivíamos en un apartamento diminuto, en una zona de
Zaragoza que, si bien no era una particularmente mala, tampoco era
la mejor; pero éramos felices. Ella siempre trabajando y yo siempre
un chiquillo solitario que aprendió a ser autosuficiente una edad muy
temprana —dice y, de pronto, parece absorto en sus recuerdos—.
Nunca me faltó nada. —Alza la vista para encararme—. Nunca sentí
la falta de otra cosa más que de la figura del hombre que,
irónicamente, me salvó la existencia años más tarde. Del hombre
que me dio la vida dos veces.
Una sonrisa triste se dibuja en sus labios, pero la confusión
que me provoca su comentario no hace más que abrumarme y
hacerme sentir perdida en la historia que trata de contarme.
Guarda silencio.
—Este es el momento en el que comienzo a decir verdades
completas… —musita, pero se siente como si lo hiciera para sí
mismo—. Este es el momento en el que comienzo a admitir que
antes mentí y que en realidad sí hubo resentimientos de mi parte.
Que en realidad sí odié a David Avallone por abandonarnos mi
madre y a mí y no quererme en su vida. —Se encoge de hombros,
en un gesto que pretende ser despreocupado, pero que luce rígido y
antinatural—. Porque esa es la verdad: él no me quiso en su vida.
Dejó a mi madre porque estaba embarazada de mí y la abandonó
por mi culpa… Y yo estaba cabreado por eso. Cabreado hasta los
cojones. Aún lo estoy. —Niega con la cabeza—. Y no digo todo esto
con el afán de justificar mis actos, porque es de cobardes escudarse
tras una relación familiar disfuncional. No estoy contándote esto para
que me compadezcas y trates de ser empática conmigo, porque, al
final del día, las malas decisiones que tomé fueron solo mías.
Llegados a este punto, me siento más que confundida.
—¿A dónde quieres llegar con todo…?
Ni siquiera logro formularla por completo, porque él ya ha
comenzado a hablar una vez más:
—Tuve una adolescencia bastante atormentada —dice—. Era
un chaval estúpido e irresponsable, y mi relación con todo el mundo
era asquerosa. Desobedecía a mi madre, le gritaba, llegaba tarde a
casa… Era un chiquillo enojado con el mundo. Sediento de atención
y de venganza contra su padre; porque, fue hasta ese momento que
caí en la cuenta de que David Avallone es un hijo de puta. Un imbécil
que no conoce otra clase de amor que no sea el que se tiene a sí
mismo… —no me pasa desapercibido el tono amargo con el que
habla, ni la manera en la que su ceño se frunce en un gesto
enfadado.
Un suspiro largo se le escapa antes de continuar:
—Poco a poco, empecé a meterme en muchos problemas. En
muchos ambientes que, a la edad de quince años, eran demasiado
peligrosos. Demasiado destructivos. —Niega con la cabeza una vez
más, como si no creyese lo que está a punto de decirme—. Empecé
a beber, a fumar tabaco, a enfiestarme hasta el amanecer… —dice y
mi corazón se estruja con violencia—. Los problemas con mi madre
eran cada vez peores debido a eso. Ella sabía que estaba echando a
perder mi vida y yo no quería aceptar que tenía razón. Que sí estaba
convirtiéndome en un vago sin oficio ni beneficio. Así que la ignoré.
Todo ese tiempo, la ignoré y seguí juntándome con gente que no me
convenía. Seguí siendo un imbécil sin respeto por nada ni por nadie
que solo pensaba en la siguiente fiesta, en la siguiente chica con la
cual se acostaría, en la siguiente excusa que daría para fugarse de
casa y no regresar hasta la madrugada…
Cuando sus ojos se clavan en mí, hay arrepentimiento en
ellos.
—Fueron tres años de eso. De torturar a mi madre con mi
actitud de mierda. De pelear todos los días porque ella estaba
partiéndose el culo por conseguir que fuese al bachillerato, mientras
que yo solo desperdiciaba mi vida, ahogaba mi juventud en alcohol y
me fumaba en marihuana la existencia. —Su voz suena ronca ahora
—. Finalmente, cuando cumplí los dieciocho años, me fui de la casa.
Me fui de ese hogar que con tanto esmero mi madre había procurado
darme… y le rompí el corazón. La hice pedazos.
Aunque no conozco a la mujer de la que habla, no puedo evitar
imaginármela, llorando desconsolada por la partida de su hijo. No
puedo evitar sentir cómo un nudo empieza a formarse en mi
garganta, pero no estoy segura de a qué se debe: si a la impotencia
que me da imaginarme lo que ella sintió, o a la sensación de
completo desasosiego que me provoca imaginarme a un Gael más
joven —mucho más joven— tomando las decisiones más estúpidas
sin poder hacer nada para detenerlo.
—Al principio, fue sencillo vivir del dinero de mi padre. Fue aún
más sencillo ser el alma de todas las malditas fiestas y empezar a
consumir todo tipo de sustancias porque ahora tenía manera de
pagarlas. Porque ahora no había nadie que me impidiera hacerlo. —
Hace una pausa y traga duro varias veces, como si le costara lo que
está a punto de decir—: Fui adicto, Tamara. Adicto hasta el punto en
el que en lo único en lo que podía pensar, era en el momento en el
que podría meterme otra línea, para luego beber hasta la
inconsciencia.
«Oh, mierda».
—Pero el dinero se acaba —continúa—. Y más cuando eres
un vago bueno para nada; así que tuve que empezar a trabajar para
costearme la jodida adicción. Para poder comprar algo de alcohol,
marihuana y cocaína, y así continuar con la vida de mierda que había
elegido para mí.
Llegados a ese punto, ni siquiera me mira. Ni siquiera hace el
esfuerzo por hacerlo.
—No sabía hacer una mierda. —Gael no se detiene. No deja
que todo lo que está diciéndome se asiente en mi cerebro como se
debe—. Era un inútil, y, de todos modos, Jorge, uno de los hombres
con los que convivía en las borracheras, me empleó en su taller de
motocicletas y me enseñó a hacer reparaciones. Primero menores y
luego más complejas. —Hace una pequeña pausa—. Y, para bien o
para mal, me enseñó un oficio. Me enseñó otra manera de ganarme
la vida y le estoy agradecido por ello.
La realización cae sobre mí y, de pronto, hilo la imagen que
tuve hace un rato de su cochera con lo que acaba de decirme.
—¿Eso quiere decir que las motos…?
Él asiente, antes de que siquiera termine de hablar.
—Las compré como chatarra y las reparé —confirma—. A la
fecha es algo que me calma los nervios. Le tomé mucho gusto —dice
y yo niego con la cabeza, incrédula.
Ahora no puedo dejar de imaginármelo ahí abajo, en su garaje,
en vaqueros, remera, tatuajes y grasa en las manos; con un cigarrillo
entre los labios, el cabello alborotado y la camisa húmeda por el
esfuerzo físico.
—Para cuando alcancé los veinte, yo ya tenía la mitad de
todos estos —dice, al cabo de un largo momento, y se alza una de
las mangas de la camisa, para dejar a la vista la tinta que cubre la
piel de sus brazos—. Y la mitad de mis putas neuronas de tanta
mierda que me metía. —Una sonrisa amarga surca sus facciones—.
Fue ahí cuando la conocí a ella…
Mi corazón da un vuelco y los ojos de Gael encuentran los
míos, mientras su sonrisa se transforma en un gesto torturado.
—Porque soy lo suficientemente cliché, como para que exista
un «ella» en mi vida.
Trago duro, pero no me atrevo a decir nada.
—Éramos tóxicos el uno para el otro. Estábamos metidos
hasta el culo en las drogas y ninguno de los dos estaba dispuesto a
intentar salir del puto hoyo de mierda en el que nos habíamos
metido. —Sacude la cabeza, absorto en sus recuerdos—. Y, de todos
modos, tuvimos algo.
Una pequeña risa carente de humor se le escapa.
—¡Joder! La amaba. Como un pobre imbécil. La amaba tanto,
que la llevé a vivir conmigo al cuartucho de mierda en el que vivía,
con tal de estar con ella el mayor tiempo posible. —Una carcajada
tan inestable e histérica como la de hace unos instantes, brota de su
garganta una vez más—. Nos drogábamos todo el tiempo, nos
emborrachábamos cuando no teníamos dinero suficiente para
comprar algo qué inhalar y, dentro de esa retorcida realidad en la que
vivíamos, éramos felices. —Me dedica una mirada torturada—. Yo
era feliz.
La impotencia creada por lo que está diciendo, ha comenzado
a formar una bola en mi pecho.
—Entonces, se embarazó —dice, y noto cómo su voz se
quiebra ligeramente. Noto como algo dentro de mí se quiebra cuando
lo hace—. Y todo se fue a la mierda.
Sus palabras son como un baldazo de agua helada. Como
concreto cayendo sobre mi cabeza, o un millar de astillas clavándose
en mi cerebro hasta convertirlo en una masa incapaz de concebir un
pensamiento coherente.
—¿Qué?
Gael asiente, sin mirarme.
—Para ella, fue lo peor que pudo pasarnos. —Su voz suena
cada vez más inestable. Rota…—. ¿Para mí?... Para mí fue un
llamado de la realidad. Un golpe proveniente de alguna fuerza divina
para hacerme reaccionar y darme cuenta de que estaba echándolo
todo a perder.
«Mierda, mierda, mierda…».
—Le dije que me haría cargo. Que teníamos que dejar la vida
de mierda que llevábamos y hacer las cosas de manera diferente si
queríamos hacer que esto funcionara, pero ella no estaba dispuesta
a sacrificar nada. No quería dejar de consumir la mierda que nos
metíamos. Tampoco quería renunciar a la maternidad, porque, de
algún modo, creo que ella sabía que era algo que nos llevaría a una
separación inevitable, porque yo sí quería ser padre… —Suspira—.
Todo eso, poco a poco fue llevándonos a la ruina. —Agacha la
cabeza. No me atrevo a apostar, pero creo haber visto lágrimas en
sus ojos—. Mientras yo trabajaba dieciocho horas al día para guardar
dinero para el parto y todo lo necesario, ella se lo inhalaba todo. Se
lo bebía todo… —La rabia en su voz es tan grande ahora, que es
imposible ignorarla—. Mientras yo trataba de lidiar con la puta
adicción, ella no pensaba en la vida que llevaba dentro y lo echaba
todo a perder.
No quiero seguir escuchando. No quiero que siga hablando
porque no estoy lista para escuchar todo esto. Porque, verlo así —a
punto de quebrarse y de perder la compostura— es más de lo que
puedo soportar.
—Ella nunca dejó de inhalar cosas a mis espaldas y, cada una
de las veces que me daba cuenta y la confrontaba, me aseguró que
no lo haría más. Que yo le importaba. Que nuestro hijo le importaba.
—Su voz se quiebra aún más que la vez anterior—. Pero todo era
mentira y, de algún modo, yo lo sabía… Así que, un día, dejé de
intentar. Dejé de luchar contra la necesidad imperiosa que tenía de
inhalarme algo. De beber. De hacer todo eso de lo que me había
privado durante meses... Y me dejé llevar hasta que me perdí. Hasta
que, un día, no supe más de mí y volví a vivir en automático. En ese
estado antinatural en el que las drogas te ponen.
Se hace el silencio, pero no me atrevo a decir nada. No me
atrevo, siquiera a moverme de donde me encuentro.
—Recuerdo perfectamente el día en que todo se fue al carajo,
¿sabes? —dice al cabo de un largo rato y sacude la cabeza, como si
tratase de ahuyentar las imágenes tortuosas de su cabeza—. Era
tarde y acababa de pelear con ella. Con Luciana. —Su voz,
enronquecida por las emociones, me pone la piel de gallina—.
Acababa de decirle que esperaba que muriera de una sobredosis
porque estaba asesinando a mi hijo. Que esperaba que pagara con
creces lo que estaba haciéndonos.
La ira, el resentimiento y el coraje con el que habla, alimenta
mi propia furia. Esa que ha crecido conforme habla.
—Luego de haberle gritado toda esa sarta de idioteces, salí de
la casa en la que vivíamos y conduje directo al bar donde la conocí.
Una vez ahí, bebí hasta que no supe de mí. Hasta que fue sencillo
tomar la decisión de volver a… De… D-De… —Un gruñido frustrado
escapa de sus labios y frota las manos contra su cara, en un gesto
ansioso, desesperado y angustiado.
Quiero consolarlo; poner mis manos sobre las suyas para darle
algo de paz a sus nervios alterados… pero no lo hago. Me quedo
aquí, quieta, mientras observo cómo se desmorona delante de mis
ojos.
—Luego de eso —dice, una vez recuperada algo de la
compostura perdida—, los recuerdos son vagos. —No alza la cara,
pero niega con la cabeza, como si eso fuese a ayudarle a despejarse
—. Recuerdo que estuvo llamándome, pero no respondí. Recuerdo
que su madre me llamó, pero tampoco atendí… Recuerdo, también,
como alguien llegó a buscarme al bar para decirme que Luciana
estaba en el hospital y que tenía que ir de inmediato.
El silencio se apodera de la estancia durante otro largo rato.
—¿Qué le pasó?... —pregunto, con la voz entrecortada,
aterrorizada ante el rumbo que está tomando esta historia. Ante la
posibilidad latente de que le haya pasado algo a ella… O a su hijo.
Gael, por primera vez en mucho tiempo, levanta el rostro para
encararme y la tortura que veo en él es tan dolorosa, que no puedo
hacer otra cosa más que sostenerle la mirada.
—Tuvo un parto prematuro —dice, finalmente—. Los médicos
dijeron que el consumo excesivo de la cocaína, le provocó un
desprendimiento prematuro de la placenta y eso, a su vez, le provocó
una hemorragia muy grande. Estuvo a punto de morir.
—¿Qué pasó con el bebé? —La pregunta sale de mis labios
sin que pueda detenerla, pero a Gael no parece molestarle.
—Nació bajo de peso, talla y con la circunferencia de la
cabeza un poco más pequeña de la ordinaria —dice y agacha la
mirada, pero, esta vez, soy capaz de ver cómo un par de lágrimas se
le escapan, antes de que su gesto salga de mi campo de visión—.
Los médicos dijeron que… —Se detiene unos instantes, presa de las
emociones que parecen estar ganándole la batalla—. Dijeron que era
muy probable que desarrollara una parálisis cerebral, por el
embarazo que Luciana había llevado y las repercusiones que su
estilo de vida podía hacerle al bebé. —Se pasa las manos por la cara
y el pelo una vez más, en un gesto ansioso, angustiado. Triste—. Me
volví loco cuando lo supe. Me sentí la peor basura del mundo. La
escoria más grande que pudo pisar la tierra.
Esta vez, cuando noto cómo se encorva en sí mismo y se pone
las manos en la nuca, no lo pienso ni un segundo más. No lo dudo ni
un momento y me pongo de pie para rodear la isla y envolver mis
brazos alrededor de sus hombros.
Es hasta ese momento, que me doy cuenta de los espasmos
temblorosos de su cuerpo. Del modo en el que su cuerpo entero se
estremece con violencia debido a la fuerza de las emociones que
trata de contener.
Es por eso que lo aprieto contra mí con más ímpetu y apoyo la
mejilla contra su espalda firme y fuerte, mientras trato, con todas mis
fuerzas, de mantener a raya el nudo que se forma en mi garganta.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que se aparte de mí. Antes
de que se deshaga de mi abrazo para levantarse y poner unos pasos
de distancia entre nosotros; pero, cuando lo hace, no se gira para
encararme. No se necesita ser un genio para notar que trata de
recuperarse.
Yo, sin embargo, necesito hacer una pregunta más.
— ¿Q-Qué pasó con él? —Mi voz es un susurro tembloroso,
débil e inestable—. ¿Qué pasó con ella?
Se hace otro largo silencio. Este más tenso que el anterior.
Más doloroso.
—Él… —Gael no me mira cuando habla—, no lo logró.
Una opresión dolorosa se instala en mi pecho y no puedo
deshacerme de ella. Ni siquiera puedo sacudirme un poco la
sensación de desasosiego que ha comenzado a hacer mella en mi
interior.
—¿Y ella? —inquiero, luego de unos instantes de silencio—
¿Lo logró?
Las manos del hombre que me da la espalda se colocan sobre
la encimera que tiene enfrente y recarga su peso en ella, en un gesto
inestable e incierto.
—Vive en España, con su madre —dice, al tiempo que asiente.
Una mezcla de coraje, angustia y frustración empieza a
correrme por las venas y se abre paso en mi interior hasta
convertirse en un sentimiento vicioso, denso y oscuro.
Gael se gira para encararme, pero no dice nada más. Se limita
a mirarme, en la espera de una reacción a lo que ha dicho. Pese a
eso, no soy capaz de hablar aún. Estoy tan abrumada, que no sé
cómo demonios me siento ahora mismo. Que no sé qué es lo que
pienso del hombre que tengo de pie frente a mí.

—¿Qué pasó después? —digo, porque necesito saberlo. Porque


necesito saber cómo es que pasó de ser esa persona a la que es
ahora.
Gael toma una inspiración profunda.
—Toqué fondo —dice y su voz suena inestable todavía—.
Toqué fondo y me hice mierda a mí mismo —cierra los ojos, pero no
deja de hablar—: Por obvias razones, mi relación con Luciana se fue
a la mierda después de lo que pasó —dice y no me sorprende en lo
absoluto—, y yo, sintiéndome más perdido que nunca, busqué a mi
madre. Ella, por supuesto, no estaba dispuesta a tomarme de vuelta.
Me dijo que, si quería hacer algo por mí mismo, tenía que
rehabilitarme. Que ella no podía hacer nada y que no quería volver a
verme si yo no tomaba la decisión de poner un pie en un centro de
ayuda.
Me encara. Esta vez, la máscara de serenidad que ya no
existía en él, empieza a aparecer de nuevo.
—Así que lo hice. Ingresé por voluntad propia a un centro de
rehabilitación y, luego de eso, ella y mi padre fueron a visitarme. —
Hace una pequeña pausa, en la cual luce absorto en sus recuerdos
—. Fue la primera vez en mi vida que me topé de frente con David
Avallone. Fue cuando él, luego de encontrarme hecho jirones, me
ofreció la oportunidad de hacer un cambio en mi vida y se ofreció
solventar los gastos de mi rehabilitación en un mejor centro; a
costearme una carrera universitaria en donde yo quisiera y a darme
un trabajo en una de sus empresas —el gesto del magnate es
cansado y triste—. Yo, por supuesto, acepté. Lo había perdido
absolutamente todo y necesitaba aferrarme a algo o iba a volverme
loco del dolor y la culpabilidad si no hacía algo de mi vida; por eso
dije que sí. —Hace una pequeña pausa—. Cuando salí del centro de
rehabilitación, a la edad de veintidós años, empecé a estudiar
economía, para luego, cuatro años después, graduarme y empezar a
trabajar en una de las empresas de mi padre bajo sus términos y
condiciones.
Se aparta el cabello de la cara en un gesto descuidado.
—He pasado los últimos cinco años de mi vida trabajando duro
para Grupo Avallone sin que nada de lo que he construido sea mío
realmente, porque esa era una de las condiciones: trabajar para él
hasta demostrar cuán responsable soy y cuán listo estoy para
hacerme responsable del negocio familiar… Y de mí mismo.
Niego con la cabeza, incapaz de creer del todo lo que me ha
dicho. Incapaz de imaginarme cuánto ha sufrido y cómo es que ha
logrado ponerse de pie luego de lo que le pasó.
Ni siquiera puedo imaginarme a mí misma en sus zapatos. Lo
cierto es que no habría podido levantarme de algo así si estuviera en
su lugar.

—Quiero que sepas que no te he dicho esto para ganarme tu


simpatía o tu lástima. —la voz de Gael rompe el silencio—. Te lo he
dicho porque necesitaba que lo supieras todo para poder explicarte.
Porque necesitaba que supieras sobre la existencia de Luciana, para
que entiendas mis motivos.
—¿Tus motivos? ¿Tus motivos para qué?
—Tamara, Luciana está buscándome. —El magnate responde
—. Se ha enterado de que mi padre es dueño de un emporio y ha ido
a buscar a mi madre en España para pedirle dinero. Para decirle
que, si no consigue que yo me comunique con ella, va a contarle
todo a todo el mundo. Va a arruinarme si no le doy lo que quiere.
Las palabras de Gael me golpean como tractor demoledor.
—Oh, mierda…
—Me enteré de esto la tarde que llegaste a mi oficina y recibí
una llamada telefónica. ¿Lo recuerdas? —continúa y yo asiento,
porque realmente lo hago—. Quien llamó era mi madre y estaba
alterada hasta los cojones porque acababa de reunirse con Luciana.
Porque acababa de ser amenazada por una mujer drogadicta
desesperada por dinero —explica—. Por eso salí como lo hice
aquella vez. Necesitaba ir con mi padre porque, en ese momento,
estaba dispuesto a darle a Luciana lo que pedía con tal de que
cerrara la boca y dejara de utilizar a mi hijo… A la memoria de mi hijo
—se corrige a sí mismo—, como método de extorsión.
Sacudo la cabeza, incrédula y aturdida.
—Cuando le hablé a mi padre sobre lo que pasaba, él me
ordenó que no la contactara —dice—. Dijo que, si cedía, no iba a
dejarme en paz nunca. Y sé que tiene razón. Sé que, si le doy lo que
quiere, jamás voy a quitármela de encima. —Aprieta la mandíbula,
en un gesto frustrado y enojado—. Es por eso por lo que decidí
escuchar las sugerencias de mi padre y le dejé armarme una
coartada.
Su vista se alza para encontrar la mía y sé que busca una
reacción de mi parte. Algún indicio de que estoy siguiéndole los
pasos, pero, ahora mismo estoy tan abrumada y aturdida, que solo
puedo mirarlo fijamente.
—En ese instante, decirle al mundo que tenía una relación y
que iba a casarme, se sentía como la mejor de las opciones —dice,
cuando nota que aún no quiero decir nada—. Mentir y decir que
desde hace mucho tiempo tengo una relación con una mujer como
Eugenia se sentía correcto, porque era la coartada perfecta. ¿Quién
iba a creerle a una drogadicta oportunista? ¿Quién iba a creer una
palabra de lo que ella dice, cuando yo tengo armada una coartada
que todo el mundo a mi alrededor está dispuesto a validar solo por
darle el gusto mi padre?
Sus palabras se asientan en mi cerebro, pero me niego a creer
lo que está diciendo. A ilusionarme con la posibilidad de que, quizás,
su compromiso es una mentira y, después de todo, él no es un hijo
de puta.
—Eso quiere decir que… —mi voz es apenas un susurro
tembloroso.
—No estoy comprometido. —Gael me interrumpe, al tiempo
que termina la oración que estaba a punto de abandonarme los
labios—. No voy a casarme. Toda la farsa del matrimonio es para
despistar a todo el mundo. Para confundirlos y tener algo con qué
refutar el argumento de Luciana, porque no estoy dispuesto a darle
un solo centavo —dice—. No estoy dispuesto a permitirle
chantajearme de esa manera.
—Pero hoy anunciaron tu compromiso.
Él asiente.
—Lo sé —dice—. Esa fue una maldita jugada de mi padre.
Estoy seguro de que ha sido él quien ha ordenado la publicación de
esa nota.
—¿Qué hay de la chica? ¿Qué hay de tu supuesta prometida?
Una sonrisa amarga se desliza en los labios de Gael.
—¿Eugenia? —bufa—. Eugenia es la mujer con la que mi
padre quiere que me case.
—Pero no tienes nada con ella. —Sueno incrédula.
—No —dice, con determinación, para luego añadir—: Ya no,
de todos modos.
Sacudo la cabeza en una negativa.
—Es que no te creo —digo, con escepticismo—. ¿Cómo es
que ella permitió que tu padre publicara algo así? ¿Cómo es que no
ha salido a desmentir todo este circo?
—Tamara, no te voy a mentir y decirte que no tengo una puta
idea del porqué ella no ha intervenido en esto, porque no es así. —
Gael dice—. Eugenia es hija de uno de los accionistas más
importantes de Grupo Avallone y yo tuve algo con ella hace unos
meses, pero todo terminó porque su familia y la mía estaban muy
interesados en hacernos llegar al altar lo más pronto que se posible;
aun cuando le dejé muy claro a ella que no quería casarme —explica
—. Lamentablemente, desde que terminamos, mi padre y mis
hermanos no han dejado de presionarme para que regrese con ella.
Para que la busque y la haga mi esposa. —Una mueca de
desagrado se dibuja en sus labios—. Su familia tampoco ha dejado
de insistir. Al grado de que accedieron, tanto ella como sus padres, a
cooperar con nosotros en la farsa del compromiso. Tengo la
sospecha de que todo el mundo espera que, guiado por la presión
que ahora siento, acceda a casarme con Eugenia. Así sea solo para
librarme de Luciana.
Para ese momento, mi corazón late con tanta fuerza, que temo
que sea capaz de hacer un agujero en mi pecho y escapar.
—¿Por qué estás diciéndome todo esto? —mi voz suena ronca
y temblorosa, pero, a estas alturas, ya no me importa.
—Porque ya me cansé de fingir que soy un hijo de puta —dice
con una intensidad que me deja sin aliento—. De fingir que soy un
cabrón sin sentimientos que solo piensa en sí mismo. —Clava sus
ojos en los míos—. Estoy harto de seguir los mandatos de mi padre y
de fingir que no muero por besarte cada vez que pones un maldito
pie en mi jodida oficina, Tamara.
Mi respiración se atasca en mi garganta.
—Te digo todo esto, Tamara, porque, cada que te veo, en lo
único en lo que puedo pensar, es en todas las formas en todas las
maneras en las que podría acallar esa necia boca tuya. —La
densidad en su mirada es tanta, que un escalofrío me recorre de pies
a cabeza cuando corre la vista por todo mi cuerpo—. Porque, si
vuelvo a verte con alguien de la forma en la que te vi con ese hijo de
puta hoy, voy a perder la maldita cabeza, ¿entiendes?... Voy a
volverme loco.
Capítulo 21

Mi corazón late con tanta violencia, que soy capaz de sentirlo


golpeando contra mis costillas, mis manos tiemblan tanto, que tengo
que cerrarlas en puños para aminorar los espasmos involuntarios
que las asaltan y todo mi cuerpo se estremece cuando la mirada
salvaje de Gael Avallone encuentra la mía. Cuando sus ojos —
ambarinos, fuertes y llenos de una emoción desconocida— se clavan
en los míos.
Tengo una revolución en la cabeza. Todo dentro de mí es un
manojo de sensaciones y sentimientos que colisionan con violencia
y, por más que trato, no puedo ponerles un orden.
La imagen arrogante, fría y calculadora que tenía de él se ha
esfumado por completo. Ha cambiado y se ha transformado en una
que me intriga y me gusta en partes iguales. Una que encuentro tan
humana y real, que no puedo evitar sentir que he creado una clase
de conexión con él. Con su dolor. Con su pérdida y todo eso que lo
hace tangible e imperfecto.
—¿Esa es toda la verdad? —pronuncio, con un hilo de voz,
pero no sé por qué estoy preguntándolo. Supongo que una parte de
mí espera que diga que me ha mentido. Que todo el dolor por el que
ha tenido que pasar no sea cierto; porque, así, mirarlo como si fuese
el hijo de puta más grande, sería más sencillo.
Gael asiente. Hay un toque ansioso en su gesto y un tinte
nervioso tiñe su mirada.
Un suspiro largo y pesado escapa de mi boca y cierro los ojos.
«¿Qué pretende con todo esto? ¿Qué es lo que espera de mí?
¿Cuál es la finalidad de contármelo todo ahora?», cuestiono para mis
adentros y eso es, exactamente, lo que sale de mis labios.
—¿Y qué es lo que pretendes conseguir con todo esto? ¿Qué
esperas conseguir de esta conversación? —Le agradezco a mi voz
por no fallarme y no delatar cuán inestable me siento—. ¿Por qué
has decidido confiar en mí ahora y no hace unas semanas, cuando
aún…? —«Cuando aún estaba esperanzada con la idea de tener una
explicación tuya. Cuando aún no me dolía como lo hizo»—. ¿Cuando
aún me importaba?
Sé que acabo de sonar como una completa bruja sin corazón,
pero ahora mismo no me importa. Lo único que quiero, es
arrancarme del cuerpo esta ilusión que ha comenzado a reptar y a
abrirse paso hasta mi pecho. Es tratar de sellar el agujero que Gael
Avallone le ha hecho a mis defensas y al caparazón que puse sobre
mis hombros el día que decidió mandarme a la mierda.
La decepción invade su gesto de inmediato y una punzada de
dolor me retuerce las entrañas.
—No lo sé… —dice y la tristeza que se cuela en su tono me
estruja por dentro—. Yo solo quería que lo supieras. Yo solo… —
Niega con la cabeza—. Solo esperaba que entendieras.
Es mi turno de soltar una negativa.
—Que entendiera, ¿qué? —suelto, y sueno más dura de lo
que me gustaría—. ¿El motivo por el cual te comportaste como un
completo hijo de puta conmigo durante las últimas semanas? ¿Que
estás tratando de justificarte por la mierda por la que me hiciste
pasar?
El reproche en mi voz es tanto que no podría ocultarlo aun
cuando quisiera hacerlo.
—Tam…
—No, Gael —lo interrumpo—. No puedes hacer esto. No
puedes tratarme de la mierda, decir todo lo que dijiste y esperar que
las cosas estén como si nada hubiese ocurrido. Como si no me
hubieses dado una patada en el culo.
—Tamara, no podía decírtelo. —Suena frustrado ahora—. No
podía arriesgarme de esa manera.
—¿Y qué cambió? ¿Qué fue lo que te orilló a querer
contármelo todo? —Hago una pequeña pausa solo para permitirme a
mí misma asentar la revolución de sentimientos que me embarga.
Solo para permitirme digerir que sigo molesta y herida por todo lo
que pasó entre nosotros—. Todo esto es… ¡Maldición! Es que ni
siquiera sé qué es lo que es. Que es lo que pretendes.
Gael no responde. Se limita a mirarme fijamente, mientras
permito que el enojo repentino gane terreno en mi interior.

—No sé qué es lo que esperas que haga con todo lo que acabas
de decirme —hablo, al cabo de unos segundos de silencio—, pero de
una vez te lo aclaro: si lo que pretendes es que corra a tus brazos y
acepte ser una aventura más en tu vida mientras vas y te pavoneas
con tu supuesta prometida en todos lados, tienes un concepto
bastante equivocado sobre mí. Yo no soy como las mujeres con las
que acostumbras a tratar. —Mi voz se quiebra, pero no quiero llorar.
De hecho, estoy muy lejos de hacerlo—. No soy como esas chicas
que aceptan el remedo de romance mediocre que estás dispuesto a
ofrecer solo porque están locas por ti —sacudo la cabeza en una
negativa frenética—. No soy una de ellas. Me niego a ser una de
ellas.
Su mirada se oscurece varios tonos.
—¿Qué te hace pensar que eres una de ellas? —dice y mi
corazón cae en picada—. Nunca lo has sido, Tamara. ¿Es que no lo
ves?
Esta vez, la negativa que le regalo, es ansiosa y desesperada.
—Tampoco puedes pretender que unas cuantas palabras
dulces me ablanden. —Sueno a la defensiva, pero no me importa. A
estas alturas lo único que quiero dejarle en claro, es que no puede
jugar conmigo de esta manera. Que no puede comportarse como un
imbécil un día, para ser dulce y atento al siguiente.
—No espero que lo que digo te ablande, Tam. —Gael da un
paso en mi dirección y luego otro—. Lo único que quería, era que
supieras la verdad. Lo único que quería era…
—Tampoco puedes esperar que haga como si… —Trato de
interrumpirlo, pero no logro terminar la oración porque él ya ha
acortado la distancia que nos separa y sus manos se han apoderado
de mis mejillas.
—Tamara Herrán, escúchame bien —dice en un tono que
pretende ser duro, pero que en realidad suena dulce. Tan dulce, que
mi corazón se salta un latido—: Sé que me odias. Que me comporté
como un gilipollas. Que la he cagado en grande y que estás en todo
el derecho de mandarme a la mierda por todo lo que te he hecho
pasar. Sé que no tengo cara para pedirte que no me eches de tu vida
todavía; pero, de todos modos, voy a ser un descarado y voy a
hacerlo. Voy a pedirte una oportunidad de demostrarte que no soy el
hijo de puta que crees que soy.
—Déjame ir —pido, pero no hago nada por apartarlo. Por
apartarme.
Los ojos de Gael recorren mi rostro con lentitud.
—Tam —murmura, al tiempo que ignora mi petición—, lo único
que quiero de ti, es la oportunidad de redimirme. Por favor, déjame
redimirme.
—No puedes hacerme esto —digo, en un susurro que se me
antoja suplicante—. No puedes ilusionarme, para luego dejarme caer
en picada. No puedes venir el día de hoy a decirme todo esto… a
hacerme creer que de verdad hay algo entre tú y yo… para luego
darme una patada en el trasero —parpadeo un par de veces para
alejar las lágrimas traicioneras que han empezado a acumularse en
mi mirada—. Gael, yo no estoy para esta clase de juegos.
—¿Qué tengo que hacer para que me creas, Tam? —susurra
de vuelta—. ¿Qué tengo que hacer para que me des el beneficio de
la duda? —Sus pulgares trazan caricias suaves en mis mejillas—. No
voy a mentirte y decirte que sé qué es lo que siento por ti, porque, a
estas alturas, aún no lo descubro. Pero sí puedo decirte, que estoy
en toda la disposición de averiguarlo. Que estoy completamente
dispuesto a explorar cada rincón de esta sensación abrumadora que
me embarga cuando estoy contigo. —Hace una pequeña pausa—. Sí
puedo decirte, Tamara Herrán, que no voy a privarme del placer de
desvelar cada parte de ti. De la oportunidad de llenarme de esa
vitalidad tuya que tanto bien me hace.
Siento que el corazón me va a estallar… Y Quiero besarlo.
Quiero cerrar los ojos y olvidar toda la mierda por la que me
hizo pasar y, al mismo tiempo, quiero hacerle pagar. Hacerle sentir lo
que yo sentí cuando se comportó como un idiota conmigo.
—Gael…
—Tam, sé que no estoy en posición de pedirte nada, pero, por
favor, déjame demostrarte que no soy quien crees que soy. Déjame
demostrarte que soy más que la sombra de un hombre con dinero. —
Siento cómo su nariz roza la mía—. Y, por lo que más quieras,
déjame besarte. Déjame volver a besarte…
Niego con la cabeza, pero no me aparto. Al contrario, inclino la
cabeza, de modo que soy capaz de sentir su respiración sobre mis
labios y la forma en la que su nariz y la mía se tocan.
—Déjame demostrarte que no soy un imbécil. Que lo único
que quiero, es mandar a la mierda a todo el mundo y, por una vez en
la puta vida, hacer lo que me plazca.
Sé que voy a arrepentirme de esto. Sé que voy a lamentarlo
más delante y que voy a sentirme como una completa imbécil; pero,
ahora mismo, yo también quiero besarlo. Que me bese. Quiero
fundirme en él como la última vez y olvidarme de todo:
consecuencias, dudas, miedos y frustraciones. Acabar con la
quemazón que llevo en el pecho desde aquella primera vez que nos
besamos y quiero, por sobre todas las cosas, olvidar que él es Gael
Avallone: el hombre que lo tiene todo. El hombre al que no puedo
ofrecerle nada, porque nada le hace falta.
Sus labios rozan los míos con lentitud y yo, por instinto, me
aparto un poco.
Él espera, paciente y quieto por mi reacción y, cuando nota
que no me alejo del todo, vuelve a intentarlo. Esta vez, la presión de
sus labios contra los míos es consistente. Tanto, que mi boca se
entreabre un poco para recibir su beso como debe de ser.
Entonces, me besa en serio.
Su boca se mueve contra la mía, y el mundo a mi alrededor
empieza a disolverse. A deformarse hasta convertirse en un
escenario extraño y amorfo.
Su lengua encuentra la mía cuando mis manos se apoderan
de su camisa desabotonada y tiran de ella para acercarlo todavía
más a mí. En respuesta, él deja ir un lado de mi rostro para envolver
el brazo alrededor de mi cintura.
Un sonido involuntario escapa de mis labios cuando su
abdomen parcialmente desnudo se pega al mío, y un gruñido
abandona su boca cuando envuelvo mis brazos alrededor de su
cuello.
De pronto, me encuentro aferrándome a él con todas mis
fuerzas. Buscando su cercanía y el calor de su cuerpo.
Un sonido gutural escapa de su garganta cuando me hace
girar sobre mi eje sin dejar de besarme, y me hace avanzar en
reversa hasta que mi espalda golpea contra la isla de su cocina.
Un grito ahogado se me escapa, pero es más debido a la
impresión que a cualquier otra cosa y, sin darme oportunidad de
procesar lo que está pasando, y sin apartarse ni un poco, se apodera
de la parte trasera de mis muslos y eleva mi peso del suelo para
hacerme sentar sobre el material de la isla, pero no lo consigue. Lo
único que logra hacer, es estrellarme la espalda baja y la cadera,
contra el borde de granito de la mesa.
Un gemido adolorido escapa de mis labios casi al instante y
Gael se aparta de mí con brusquedad, solo para dejar escapar una
carcajada avergonzada. Su risa es tan contagiosa, que, con todo y
dolor, comienzo a reír también.
Una disculpa es murmurada por sus labios y hunde la cara en
el hueco que hay entre mi mandíbula y mi cuello.
Yo no puedo dejar de reír, así que, en lugar de responder a su
disculpa, hundo los dedos en las hebras alborotadas de su cabello.
—Juro que nunca soy así de torpe. Lo que pasa es que estoy
demasiado borracho —dice, en voz baja contra la piel de mi cuello, y
su aliento, aunado al movimiento de su boca, me eriza los vellos de
la nuca.
Yo, aunque ya no me siento tan alcoholizada como hace rato,
asiento en acuerdo.
—Yo también lo estoy.
Una negativa sacude la cabeza de Gael, antes de que se
aparte de mí un poco más para volver a intentar subirme a la isla.
Esta vez, consigue treparme al material helado antes de
asentarse entre mis piernas y volver a besarme con urgencia.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que sus manos —grandes y


cálidas— se deslicen con lentitud sobre la parte externa de mis
muslos hasta introducirse ligeramente debajo del material de la falda
del vestido que llevo puesto.
La alarma se enciende en mi sistema, pero no lo detengo
porque una parte de mí ansía su tacto y porque, ahora mismo, esto…
Estar de este modo con él, se siente correcto.
Soy plenamente consciente de la presión de sus dedos sobre
mis muslos y del sabor a alcohol que tiene su aliento. También, soy
consciente del aroma a perfume y cigarrillo que despide; de la
manera en la que su cabello alborotado me hace cosquillas en los
pómulos; de la presión con la que sus labios mullidos rozan los míos
y del modo en el que su cuerpo se inclina sobre el mío en un gesto
ansioso y posesivo.
Mi sangre zumba y corre a toda velocidad, mis manos —
ansiosas y temblorosas— pican por acariciar la piel cálida que ha
quedado descubierta en su pecho, mi cuerpo entero exige su tacto
de una manera que me avergüenza y, de pronto, me encuentro aquí,
entre sus brazos, sintiéndome vulnerable y poderosa al mismo
tiempo. Sintiéndome en control de mí misma e inestable e insegura
al mismo tiempo.
Un gruñido escapa de los labios de Gael cuando mis dientes
se apoderan de su labio inferior para tirar de él con suavidad y, en
respuesta a mi caricia brusca, él desliza los dedos por encima de mi
falda hasta anclarse en mis caderas.
Un suspiro entrecortado escapa de mis labios cuando su boca
desciende por mi barbilla y deja una estela de besos ardientes por
toda la línea de mi mandíbula hasta llegar al punto en el que se une
con mi cuello.
Su tacto se eleva por mis costados y viaja hasta que sus
dedos expertos se envuelven alrededor de mis pechos.
El sonido que brota de mi garganta está a medio camino entre
la sorpresa y el placer, y arqueo la espalda hacia él solo para que
sea capaz de tomarlos en su totalidad.
Los pulgares del magnate acarician las turgentes cimas y mis
labios se abren en un grito silencioso cuando sus labios mullidos
succionan y mordisquean la piel tirante de mi cuello.
Mis manos se deslizan por las ondulaciones de su pecho
mientras sus labios vuelven para encontrarse con los míos y deslizo
mis caricias hasta que soy capaz de sentir la pretina de sus
pantalones sujetada por un cinturón.
El tacto de Gael desciende una vez más y una protesta se
forma en mi garganta cuando lo hace, pero la reprimo como puedo y
me concentro en el modo en el que se aferra a mis muslos y desliza
los dedos hacia el interior de mi vestido para luego engancharlos en
mi ropa interior y tirar de ella con suavidad.
—Espera… —jadeo, sintiéndome embriagada y abrumada por
el sabor de sus besos y, tan pronto como pronuncio esa palabra, sus
manos se apartan de mi cuerpo; dejándome aquí, sobre su mesa,
con el corazón latiéndome a toda velocidad y una maraña de ideas
inconexas en la cabeza.
No esperaba que se apartara de esa manera. No esperaba
que una sola palabra dudosa mía fuese a ponerle punto final a la
intensidad de nuestro contacto. Eso no era lo que quería.
—Lo siento —murmura, pero no suena para nada arrepentido.
Niego con la cabeza.
—Y-Yo…
—Está bien —me interrumpe y suena tan controlado y en
dominio de sí mismo, que me avergüenza la inestabilidad que, estoy
segura, puede percibir en mí—. Fue mi culpa. No debí llevarlo así de
lejos. No tan pronto.
—Es que…
—Shhh… —susurra, al tiempo que acorta la distancia que nos
separa y une su frente a la mía—. No pasa nada.
Es hasta ese momento, que noto cuán inestable se encuentra
su respiración y cuán entrecortado suena su aliento.
—Creo que debo irme —murmuro, porque no sé qué otra cosa
decir. Estoy tan avergonzada por haber cambiado el rumbo de la
situación que quiero desaparecer.
Él niega.
—No puedes —dice—. Almaraz se fue y se llevó el coche.
Además, aunque estuviera aquí, no podría llevarte en el estado en el
que me encuentro.
—Puedo pedir un Uber.
Esta vez, el magnate se aparta de mí para mirarme a los ojos
con una determinación férrea.
—De ninguna manera voy a permitir que te vayas a casa en un
maldito coche de alquiler. —Suena tan determinado y sobreprotector,
que una sonrisa idiota se desliza en mis labios.
—No pasa nada —le aseguro—. Lo he hecho muchas veces.
—No insistas, Tamara. —Esta vez, el gesto de Gael es severo
—. No voy a dejar que te vayas en un taxi a esta hora de la
madrugada. Mañana por la mañana le llamo a Almaraz y te llevo a
casa.
—No voy a pasar la noche aquí —digo, pero lo que realmente
quiero decir es: «Luego de lo que acaba de pasar, me aterra la idea
de pasar la noche bajo el mismo techo que tú».
—¿Por qué no? —Frunce el ceño—. Hay muchas habitaciones
vacías en esta casa. No tengo problema alguno si te adueñas de una
por esta noche.
El peso de sus palabras cae sobre mí y me alivia por completo.
Me llena el pecho de una sensación maravillosa y placentera.
El solo hecho de escucharlo hablar sobre mí, quedándome en
una habitación que no sea la suya, me hace sentir increíblemente
bien. Por extraño que parezca, el solo hecho de saber que no tiene
intención alguna de intentar meterse en mis bragas esta noche, me
hace sentir bien de maneras que ni siquiera yo misma puedo
explicar.
—Victoria y Alejandro van a estar muy preocupados si no llego
a dormir —digo, porque es verdad.
—Dime, por favor, que no acabas de ponerle un nombre al hijo
de puta con el que estabas bailando. —Gael cierra los ojos, como
quien trata de contenerse de cometer una locura o de reprimir una
emoción violenta.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios.
—Solo es un amigo… —digo, aunque sé que no tengo por qué
darle explicaciones de nada—. Y mi compañero de cuarto.
Los ojos de Gael se abren de golpe y se clavan en los míos.
—¿Qué?
Me encojo de hombros, en un gesto despreocupado.
—Comparto la renta del apartamento en el que vivo con él y
con Victoria —digo y su expresión se llena de hastío.
—Dame un jodido motivo para no encerrarte en una de las
habitaciones del piso superior y no dejarte salir hasta que ese imbécil
se haya mudado de tu apartamento —dice, en lo que pretende que
suene como una broma, pero en realidad no hay humor en el tono en
el que lo dice.
—Acabo de decirte que solo somos amigos.
—¡Amigos y una mierda! —Gael exclama—. Estuviste a punto
de besarte con él.
—¡Por supuesto que no! —miento.
—Tamara… —La advertencia en su tono es tan aterradora
como divertida, así que, de pronto, me encuentro riendo con
nerviosismo; sintiéndome dividida entre la preocupación de sus celos
irracionales y la diversión que me da saber que se siente amenazado
por alguien como Alejandro.
—Te digo que solo somos amigos —insisto, en medio de una
risotada ansiosa—. Lo que sea que creíste ver, solo es un producto
de tu imaginación. Alejandro no me gusta para nada.
No luce muy convencido.
—No te creo una mierda —dice y entorna la mirada.
Me encojo de hombros.
—Esa es la verdad. Si no quieres creerla, es tu problema —
trato de sonar aburrida mientras hablo, pero no lo consigo del todo.
La realidad de las cosas es que me siento encantada ahora mismo.
—No lo quiero cerca de ti.
—Es una lástima, porque eso no va a poder ser. Paga una
tercera parte de la renta y de los servicios de mi casa. No puedo
darme el lujo de echarlo. Lo siento —digo—. Además, no tengo diez
años como para permitir que alguien trate de manipularme con
amenazas ridículas. Si no te gusta mi relación con Alejandro, lo
mejor es que…
Los labios de Gael encuentran los míos y acallan cualquier
diatriba o queja que estuviese a punto de formular.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que nos separemos de


nuevo, pero se siente como una eternidad. Como si hubiesen pasado
horas y no apenas unos cuantos minutos.
—Será mejor que te muestre el piso superior para que elijas
dónde quieres dormir —dice y la idea de navegar con él por esta
inmensa casa, me intimida de sobremanera. Aún no sé por qué, pero
lo hace.
—Creí que discutíamos sobre mi relación con Alejandro —
observo, al tiempo que siento cómo el cuerpo del magnate se tensa
en su totalidad.
—Creí que habías decidido ser prudente y no sacarlo a
colación ahora que lo había olvidado. —Gael suena irritado y
divertido al mismo tiempo.
Ruedo los ojos al cielo.
—¿Eres consciente de que actúas como un chico de trece
años? —bromeo.
—¿Eres consciente de que me importa una puta mierda? —
bromea de regreso y una risa boba se me escapa.
—De acuerdo —digo—. Tú ganas. No más Alejandro por hoy.
—Por el amor de Dios, deja de decir su nombre.
—¡Oh, por el jodido…! —me interrumpo a mí misma a media
oración, al tiempo que sacudo la cabeza en una negativa.
—Estás poniéndome muy difícil el ponerme a actuar como
alguien de mi edad y no como un chaval de quince años. —Gael se
queja, pero hay una sonrisa dibujada en sus labios—. Mejor ven
aquí. —Envuelve sus dedos en los míos y tira de mí para ayudarme
a bajar de la isla del comedor—. Vamos a conseguirte algo para que
duermas cómoda.
Un bufido cargado de fingido fastidio hace que Gael suelte una
risotada corta, pero no dice nada más al respecto, se limita a tirar de
mí en dirección a la planta alta de la inmensa casa en la que vive.
El calor intenso que me golpea la espalda es lo primero de lo que
soy consciente a través de la bruma de mi sueño. El ruido de una
podadora en la lejanía es lo siguiente que percibo. Luego de eso, el
ladrido estridente de un perro es lo que llena todo el lugar y,
finalmente, el sonido de un niño riéndose a carcajadas me invade los
oídos y termina por traerme de vuelta al aquí y al ahora.
Me estiro en el mullido colchón debajo de mí y, acto seguido,
abro los ojos con lentitud y parpadeo varias veces para
acostumbrarme a la iluminación.
Es en ese instante que la confusión me invade por completo y
me incorporo de golpe al notar la extrañeza del lugar en el que estoy.
Me toma unos segundos recordar todo lo ocurrido anoche y
me toma unos segundos más recordar que he pasado la noche en
una de las tantas habitaciones que tiene la casa de Gael Avallone.
Los muebles en color negro, en conjunto a las tonalidades
blancas de las paredes y las grisáceas que tienen todos los
edredones y cortinas, me hacen sentir como si me encontrase en
una habitación de hotel, y no en el hogar de alguien.
«Este no es su hogar», susurra la voz en mi cabeza y estoy de
acuerdo con ella.
Luego de todo lo que aprendí de Gael y de haber escuchado
de su boca toda la verdad sobre su pasado, me queda más que claro
que este lugar no es otra cosa más que una fachada más creada por
su padre.
Anoche, luego de nuestra plática en la cocina de su casa, Gael
y yo subimos al piso superior y me asenté en la primera habitación
que encontré —una que, por cierto, no era esta. Estoy en una
completamente diferente ahora.
Él, luego de asegurarse de prestarme algo cómodo para
dormir —un pantalón de chándal y una remera—, se despidió de mí y
se marchó.
Pasé la siguiente media hora dando vueltas en la cama hasta
que me di por vencida y dejé de pelear contra el insomnio.
Luego de otro largo rato más, la sed me hizo ponerme de pie
para bajar a la cocina y buscar algo de agua.
Me sorprendió mucho encontrarme con Gael ahí, de camino a
la cocina, vistiendo apenas un pantalón de chándal y nada más.
Cuando me preguntó si estaba planeando huir a mitad de la
noche, me reí a carcajadas. A pesar de la tensión que fui capaz de
percibir en él, río conmigo.
Después de eso, me acompañó por algo de beber y se sentó a
mi lado en la inmensa sala de su casa a charlar.
Hablamos de muchas cosas. De cosas sin importancia; de
trivialidades, gustos, música y demás. Hablamos hasta que me dolió
la garganta y, cuando dejamos de hacerlo, nos besamos. Mucho.
Hasta que los labios me ardieron y pude saciar momentáneamente
esa extraña necesidad que ni siquiera sabía que he empezado a
desarrollar por él.
Después, cuando los besos dejaron de ser suficiente, me
acurruqué ahí, en el sillón, con la cabeza recostada en su amplio
pecho y sus dedos paseándose por mi cabello. Me acurruqué ahí, a
su lado, hasta que el sueño me venció por completo.
No sé en qué momento llegué a esta habitación. No sé si me
despertó para traerme hasta acá y no puedo recordarlo ahora mismo,
o si me trajo cargando a cuestas por las escaleras. Me horroriza
pensar que la segunda opción es la correcta. No soy una chica
delgada. Nunca lo he sido. Así que, la sola idea de pensar que ha
tenido que pasar por la tortura de traerme hasta aquí en brazos, me
hace sentir avergonzada hasta la mierda.

Cierro los ojos reprimo una maldición, antes de frotarme la cara


con las manos en un gesto frustrado.
«Por favor —imploro a Dios para mis adentros—, que no me
haya cargado hasta aquí».
Acto seguido, salgo de la inmensa cama y me dirijo a la salida
de la habitación.
En el instante en el que abro la puerta, el sonido de las voces
provenientes del piso inferior hacen que me congele en mi lugar.
La única que soy capaz de reconocer, luego de aguzar el oído
durante un largo rato, es la de Gael. La otra, por otro lado, es
completamente desconocida para mí.
No logro entender qué es lo que dicen debido a la distancia en
la que me encuentro; por eso decido acercarme a las escaleras solo
un poco, para tener mejor perspectiva de lo que ocurre.
—Y de todos modos debiste habérmelo consultado primero —
dice la voz de Gael. Suena molesto. Me atrevo a decir que casi
furibundo.
—¿Para qué? ¿Para que te negaras rotundamente? —La voz
de otro hombre llena mis oídos y de inmediato soy capaz de
reconocer el acento extranjero con el que habla.
«Debe ser el padre de Gael».
—Deberías estar agradeciéndome. Esa mujerzuela que tuviste
por mujer no va a poder hacer nada en contra de la coartada que he
creado para ti. —David Avallone refuta y, de inmediato, una horrible
sensación se mete debajo de mi piel. Escucharlo hablar así de otro
ser humano, hace que la aversión que no quería tenerle se haga
cada vez más presente en mi sistema.
—Es que fuiste demasiado lejos. —Gael responde y soy capaz
de notar el enojo contenido que hay en su tono—. ¿Eugenia está al
tanto de lo que has hecho?
—Por supuesto que está al tanto. —David refuta—. ¿Acaso
crees que lo he hecho sin su aprobación primero? Es que yo no
entiendo por qué no te casas con ella y terminas con toda esta locura
de una vez.
—No voy a casarme con Eugenia. Te lo dije antes y te lo repito
una vez más: lo que hubo entre ella y yo, acabó hace mucho tiempo.
—Gael suena cada vez menos controlado—. Y la próxima vez, antes
de hacer una locura como la que hiciste ayer, hazme el favor de venir
a hablar conmigo primero. Soy yo quien debe tomar esa clase de
decisiones sobre mi vida. No tú.
—Si no quieres que tome las riendas sueltas de tu vida,
aprende a pensar con la cabeza fría. Aprende a tomar las
oportunidades correctas cuando se presentan a tu puerta. —El tono
despectivo que utiliza no hace más que enviar una punzada de
coraje por todo mi cuerpo—. La próxima vez, asegúrate de no
meterte con locas de mierda, embarazarlas y complicarte la
existencia por meter la polla en el lugar equivocado.
Esta vez, el coraje que me invade es tanto, que tengo que
apretar los ojos con fuerza y tomar una inspiración profunda para
controlarlo.
—¿Has terminado? ¿O aún te queda más mierda que
soltarme? —Gael espeta. Esta vez, suena molesto.
—Cuida mucho la manera en la que me hablas —David
advierte—. Te recuerdo que de mí depende que tengas eso que tanto
anhelas. Sin mí, no eres nadie y no vas a conseguir nunca eso que
buscas.
Las palabras de David me sacan de balance por completo,
solo porque no entiendo de qué habla. Porque no sé qué es eso con
lo que acaba de amenazar a Gael.
El silencio que lo invade todo luego de eso, no hace más que
intrigarme aún más.
—Bien —David suelta, en aprobación, al cabo de unos
instantes—. Ya nos vamos entendiendo.
—¿A qué has venido? —Gael urge. Esta vez, en un tono más
contenido.
—A recordarte que esta noche tenemos una cena en casa de
los Rivera. —David dice—. No quiero que por ningún motivo vayas a
faltar. Antonio y Diana llegarán a la ciudad dentro de unas horas y se
quedarán aquí, en esta casa, contigo.
—Estás loco si crees que voy a pasar la noche en el mismo
lugar que ellos. —Gael refuta—. Prefiero hospedarme en un hotel, a
tener que convivir con tus hijos.
—Te recuerdo que son tus hermanos.
—Y yo te recuerdo a ti, que yo no tengo hermanos. —Gael
espeta y, esta vez, su tono es tan duro, que David no responde de
inmediato.
—Escúchame bien, Gael. —El hombre sisea en respuesta,
luego de lo que se siente como una eternidad—: No quiero que por
ningún motivo arruines esta cena. Vas a ir, vas a tratar a Eugenia
como una maldita reina y vas a comportarte como si toda esta
mierda por la que estás haciéndonos pasar a todos no existiese.
Como si realmente esa mujer te interesara y de verdad quisieras
hacerla tu mujer, porque si no…
—Porque si no, ¿qué? —El reto que hay en la voz de Gael no
hace más que ponerme la piel de gallina.
—Porque si no, vas a tener que atenerte a las consecuencias
que tu pésima toma de decisiones nos ha traído. —David escupe—.
Porque si no, no voy a volver a meter las manos al fuego por ti.
Suficiente he hecho ya. Así que deja de comportarte como si fueses
un adolescente y empieza a hacer las cosas bien.
«¿Atenerse a las consecuencias? ¿Qué clase de
consecuencias? ¿Qué está pasando? ¿De qué me estoy
perdiendo?».
El silencio lo invade todo, unos segundos antes de que un
portazo retumbe en toda la casa; dejándome aquí, de pie junto a las
escaleras de la inmensa casa de Gael Avallone, con una sensación
pesarosa asentándose en mi pecho y mil preguntas rondándome en
la cabeza.
«¿Qué es eso que no me estás diciendo, Gael?», digo, para
mis adentros, pero, por más que trato de estrujarme el cerebro para
intentar averiguarlo, no lo consigo. No logro hacer otra cosa más que
quedarme aquí, con la mirada clavada en los escalones
descendentes y el corazón hundido por el mal presentimiento que ha
comenzado a embargarme.
Capítulo 22

—Lamento que hayas tenido que presenciar todo eso, Almaraz. —


la voz de Gael llena mis oídos y mi corazón se estruja por completo
al escuchar el tono derrotado con el que habla.
—No se preocupe. —Almaraz responde, en tono afable y
neutral—. Sé perfectamente cómo es su padre.
Gael dice algo, pero, debido al lugar en el que me encuentro, y
a la manera en la que pronuncia las palabras —como si estuviese
diciéndolas entre dientes—, no le entiendo del todo.
—Ya se lo dije —Almaraz habla, en un tono más claro que el
de Gael—: No hay ningún problema. No tiene nada de qué
preocuparse.
Un suspiro largo y cansado llega a mis oídos.
—Respecto a lo de ayer por la noche… —Gael empieza, pero
es interrumpido por Almaraz.
—Tampoco se preocupe por eso. Su padre, por mí, no se va a
enterar acerca de lo que pasó.
—Gracias. —El magnate suena aliviado y eso envía una
punzada dolorosa a mi pecho—. Y, por favor, no vayas a
comentárselo a nadie más. Lo que menos quiero es que los
empleados domésticos escuchen algo y le digan a Solís que salí sin
escolta.
«Va a ocultarte. Así quiera estar contigo, el poder que tiene su
padre sobre él es demasiado grande. Lo suficiente como para
negarte delante de todo el mundo», dice la vocecilla insidiosa de mi
cabeza, y sé que tiene razón. Sé que, aunque no quiera aceptarlo,
Gael ahora mismo no puede —quiere— deslindarse del yugo que su
padre tiene sobre él.
—Señor Avallone… —Almaraz me trae de vuelta a la realidad
y parpadeo un par de veces, al tiempo que doy un paso más cerca al
borde del primer escalón.
—¿Sí?
—No quiero ser entrometido, ni mucho menos, pero… —El
hombre se detiene unos segundos, dudoso —creo yo— de la oración
que está a punto de formular, pero, pasados unos instantes, la
concreta—: ¿Qué ha pasado con la chica? ¿Se marchó a casa?
¿Dejó que se fuera en un auto de alquiler? Debió llamarme para que
la llevara de ser así. La muchachita estaba muy alcoholizada y…
—Tranquilo. —Gael lo interrumpe—. Tamara… —Se detiene
para corregirse—: La chica está dormida allá arriba, en mi habitación.
—Hace una pausa aún más larga que la otra, y añade—: Pero, vale,
quita esa cara que no me he aprovechado de ella. Soy un hijo de
puta, pero no un gilipollas.
Una risotada aliviada escapa de la garganta de Almaraz y, muy
a pesar de los sentimientos encontrados que me invaden, esbozo
una sonrisa. Pese a la angustia que me ha dejado la conversación
que Gael ha tenido con su padre, la idea de haber pasado la noche
en su habitación me dibuja un gesto dulce en el rostro.
—Yo no dije nada. —Almaraz se defiende, pero no ha dejado
de reír.
—No ha sido necesario. Tu cara lo ha dicho todo. —Gael
bromea y mi sonrisa se ensancha, eclipsando un poco la
incertidumbre que me escuece las entrañas.
Esta vez, la única respuesta proveniente de Almaraz, es una
carcajada limpia y sonora.
—¿Está listo para marcharnos, señor Avallone? —dice el
hombre, una vez superado el ataque de risa.
—En realidad, tengo otros planes para ti, Almaraz. —Gael
responde.
—Ya se me hacía raro que le hubiese pedido a su padre que
me liberase de mis obligaciones con él. —Almaraz bufa.
—¿Estás diciendo que prefieres pasar el día a su alrededor a
pasarlo conmigo? —El magnate suelta, con fingida indignación.
—Por supuesto que no —el hombre responde—. No he dicho
eso, es solo que me pareció bastante extraño que requiriera de mis
servicios. Sé que detesta la idea de tener chofer o gente de
seguridad detrás de usted todo el tiempo —hace una pequeña pausa
—. En fin… Dígame, ¿en qué puedo servirle? ¿Qué es lo que
necesita de mí, señor Avallone?
—Necesito que te quedes aquí, esperes a que Tamara
despierte y la lleves a casa cuando le plazca marcharse —Gael
instruye, en tono amable. Casi me atrevo a decir que suena juguetón.
—Pero, ¿y usted cómo va a…?
—Tomaré un coche de servicio —le interrumpe, sin siquiera
permitirle terminar de formular su pregunta—, no te preocupes por
eso. Solo quiero que estés al pendiente de ella, ¿de acuerdo?, si
necesito el auto en el transcurso del día, te llamo. Si mi padre
requiere de tus servicios, avísame, para no contar contigo para más
tarde.
El silencio que le sigue a las palabras del magnate me hace
querer ver la reacción que ha tenido Almaraz, pero me conformo con
imaginarla.
—¿Algo más? —dice el hombre.
—No, por el momento. —Gael responde—. Si algo surge,
recuerda llamarme, ¿vale?
—Cuente con ello, señor Avallone.
—Bien. Yo me retiro. Solo subiré a ver si Tamara sigue
dormida. —Gael anuncia y la alarma se enciende en mi sistema de
inmediato y doy un par de pasos lejos de las escaleras solo para
escucharlo añadir—: No tardo.
Una punzada de ansiedad, nerviosismo y vergüenza se
apoderan de mi sistema en ese instante solo porque acabo de caer
en la cuenta de que sigo escuchando a hurtadillas, pero de todos
modos me obligo a espabilar, girar sobre mis talones y caminar sobre
mis puntas para hacer el menor ruido posible. Entonces, me echo a
andar a toda velocidad de vuelta a la habitación de la que salí.
Apenas tengo oportunidad de dejarme caer sobre la cama y
cubrirme con el pesado edredón. Apenas tengo oportunidad de
acomodarme sobre mi costado, dándole la espalda a la puerta
principal, antes de que el sonido de las pisadas de Gael envíe a mi
corazón a trabajar a marchas forzadas.
Todo mi cuerpo se estremece cuando su andar —seguro y
deliberado— me llena la audición, pero no es hasta que siento cómo
la cama se hunde bajo su peso, que me tenso por completo y me
cierro los ojos.
Dedos largos cepillan mi cabello lejos de mi rostro y reprimo el
impulso que tengo de mover la cara en busca de su toque… o en
reticencia de este. Aún no soy capaz de decidirlo.
—¿Tamara? —dice, en un susurro tan suave, que me cuesta
creer que lo escuché casi furibundo hace unos minutos, mientras
hablaba con su padre—. Tam, bonita, debo irme. Tengo un desayuno
de negocios en media hora.
Yo me las arreglo para estirarme sobre el colchón y empujar el
rostro contra la almohada para que no sea capaz de ver la sonrisa
idiota que amenaza con escaparse de mí, solo porque soy
plenamente consciente de que me ha dicho «bonita».
Un beso es depositado en mi cabeza luego de eso y el aroma
fresco de la loción de Gael invade mis fosas nasales.
«¡Maldito sea! ¡Maldito sea él y su delicioso perfume!».
—¿Tam? —insiste—. Mira que no quiero despertarte, pero si
me das un beso antes de que me marche, podrías hacer que mi día
pase de ser bueno a ser extraordinario en cuestión de segundos.
En respuesta, me remuevo más entre las sábanas, solo para
despistarlo un poco más. Una risa suave y ronca es lo siguiente que
viene de sus labios, y otro beso es depositado en la cima de mi
cabeza.
—Debo irme ya —dice y estiro mi mano a ciegas para
envolverla alrededor de su cuello. En respuesta, él hunde la cara en
mi cabello y yo me giro para quedar recostada sobre mi espalda.
Acto seguido, él se aparta un poco de mí y deposita un beso
en mi mejilla.
—¿Has dormido bien? —pregunta y su aliento mentolado
revuelve los cabellos que tengo en la mejilla, provocándome un
suave cosquilleo.
Un asentimiento es lo único que logro regalarle en
contestación.
—Puedes seguir durmiendo hasta la hora que te plazca —dice,
al tiempo que se aparta de mí lo suficiente como para mirarme a los
ojos—. Cuando quieras irte a casa, pídele a Almaraz que te lleve,
¿de acuerdo? Si no logras encontrarlo, no te preocupes, aquí en
casa están Florencia y Rita, las mujeres que me ayudan con la
limpieza, ellas sabrán decirte donde encontrarlo.
Asiento una vez más.
—Y, si no quieres irte a casa, simplemente, no lo hagas —
continúa y me regala una sonrisa anhelante—. Así me das un motivo
para querer volver temprano.
Asiento una vez más y el ceño de Gael se frunce.
—¿Te ha comido la lengua el gato? —dice y esbozo una
sonrisa que se me antoja incierta. Llena de dudas e incertidumbre.
De todo eso que me dejó la conversación que escuché a hurtadillas.
El ceño del magnate se frunce un poco más.
—¿Está todo bien? —pregunta y, esta vez, suena ansioso.
Suena preocupado…
—¿Hay algo que deba ir mal? —digo y su gesto se suaviza
ligeramente. Con todo y eso, estoy esperando una respuesta
honesta.
—No —dice y la decepción me embarga—, pero luces
inquieta.
—Estoy bien —le aseguro y me las arreglo para sonar
tranquila.
—¿Estás segura?
—Completamente. —sonrío, pero no estoy conforme con lo
que estoy sintiendo en estos momentos. Con la incertidumbre y la
sed de respuestas que me invade el cuerpo. Así que, aunque sé que
es una terrible idea y que sé que puedo toparme de frente con cosas
que no me gusten para nada, decido ponerlo a prueba y digo en tono
casual—: ¿Hacemos algo esta noche?
Su gesto se transforma. Su expresión pasa de ser preocupada
a horrorizada, pero la expresión dura tan poco, que apenas me
atrevo a asegurar que estuvo ahí.
—Esta noche tengo una cena en casa de unos accionistas de
Grupo Avallone —dice y el hecho de saber que me ha dicho la
verdad, aunque no haya sido la verdad completa, me alivia de
sobremanera.
—¿Es cena de negocios? —Trato de sonar casual, pero no lo
consigo en lo absoluto.
—Si lo que tratas de preguntar es si es una cena sin fines
lucrativos, la respuesta es no. Todas las cenas a las que asisto, para
mí, únicamente tienen la finalidad de entablar relaciones públicas
para los negocios de la empresa —explica, pero no me siento del
todo conforme con su respuesta.
—Pero estará tu prometida. —No quiero sonar acusadora,
pero lo hago de todos modos.
—Eugenia no es mi prometida.
—Lo es a los ojos de todo el mundo.
—¿Estás celándome? —pregunta, con un tinte juguetón en la
voz.
Un bufido irritado se me escapa.
—¿Yo? ¿Celándote a ti? —Suelto una risa carente de humor
—. Por supuesto que no.
Una sonrisa tira de las comisuras de sus labios.
—Tamara, Eugenia no significa absolutamente nada para mí
—dice.
—No tienes que darme explicaciones de nada —mascullo—.
No es como si tú y yo tuviésemos algo.
—Y de todos modos quiero que te quede claro que Eugenia no
me interesa en lo absoluto. —Gael responde—. Y sí: tengo que
arreglar el asunto del anuncio del compromiso. De hecho, tengo que
arreglarlo pronto, porque no quiero que ese tipo de información se
divulgue cuando no es real. Solo necesito un poco de tiempo,
¿vale?... Dame un poco de tiempo y lo resolveré.
Asiento, pero sigo sintiéndome a disgusto con la manera en la
que trata de manejar las cosas.
—Bien —dice él y deposita un beso casto en mis labios—. Te
llamo más tarde, ¿vale?
Asiento una vez más y, sin decir nada más, el magnate
desaparece por la puerta de la espaciosa habitación.
En el momento en el que se abre la puerta del apartamento en el
que vivo, un chillido agudo inunda mis oídos.
Acto seguido, soy envuelta en un abrazo intenso y doloroso.
Victoria —la persona me abraza con violencia— chilla palabras
ininteligibles contra mi oreja y yo, medio aturdida y divertida,
comienzo a susurrar palabras tranquilizadoras de regreso.
Una sonrisa tira de las comisuras de mis labios solo porque no
puedo creer que mi compañera de cuarto esté así de alterada por mi
culpa.
—¿Estás bien? ¿Ese hijo de puta te hizo algo? —Ella habla, al
tiempo que se aparta de mí para ahuecar mi rostro entre sus manos
e inspeccionar mi cara—. Si es así, te juro por Dios que voy a
arrancarle las bolas. Si se atrevió a ponerte un jodido dedo encima,
voy a…
—Estoy bien —la interrumpo, mientras trato de reprimir la
sonrisa que amenaza con abandonarme—. No ha pasado nada. Gael
no me hizo nada.
Una negativa sacude la cabeza de mi amiga y no me pasa
desapercibido el gesto enojado y frustrado que esboza.
—No tienes una idea de lo angustiados que estábamos —dice,
mientras me deja ir para agarrarse el pelo en un gesto ansioso—.
¡No sabíamos qué demonios hacer! Ir a la policía se sentía como una
exageración total —dice y luego acota—: Tomando en cuenta quién
es el imbécil que te llevó a la fuerza. —Niega con la cabeza—. Pero
tampoco queríamos quedarnos de brazos cruzados. De hecho,
Alejandro se marchó hace media hora. Va de camino a las oficinas
de Grupo Avallone.
—¡¿Qué?! —chillo, entre aterrada y divertida—. ¡¿Para qué
diablos va camino hacia allá?!
—¡No me mires así! ¡No sabíamos qué hacer! —Victoria chilla
de vuelta—. ¡No queríamos llamar a tus padres y preocuparlos!
¡Tampoco queríamos ir a la policía, así como así! ¡Fue lo mejor que
se nos ocurrió!
—¡¿Pero de qué estás hablando?! ¡¿Qué demonios se supone
que fue a hacer?!
—Fue a exigir entrar a hablar con ese idiota prepotente, ¿de
acuerdo? —Mi compañera de cuarto suelta, avergonzada—. Fue con
toda la intención de armar un escándalo hasta conseguir que el
imbécil ese decidiera atenderlo o dar la cara.
—Oh, por el amor de… —Es mi turno de sacudir la cabeza en
una negativa—. ¿Puedes llamarle y pedirle que vuelva? —No quiero
sonar como si estuviese a punto de reír a carcajadas, pero lo hago
de todos modos.
Victoria asiente, al tiempo que toma su teléfono celular y se
aparta de la puerta para dejarme entrar al apartamento.
Luego, busca el número de Alejandro y, al cabo de unos
cuantos segundos, comienza a hablar con él.
Apenas intercambian un par de palabras antes de que ella le
anuncie que me encuentro en casa y que no es necesario que haga
un escándalo en Grupo Avallone. No sé qué es lo que él dice en
respuesta, pero no parece ser demasiado, ya que finalizan la llamada
a los pocos segundos.
Cuando eso pasa, lo primero que Victoria hace, es encararme,
cruzarse de brazos y mirarme con cara de pocos amigos.
—¿Y bien? —suelta, luego de unos instantes de tenso silencio.
Sé que trata de contener sus emociones, pero se nota a leguas de
distancia que la angustia ha comenzado a abrirle paso al coraje y al
enojo—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué demonios te impidió llamarnos
por teléfono y avisarnos que no ibas a llegar a dormir? —Niega con
la cabeza—. Y de una vez te lo digo: no estoy dispuesta a escuchar
ninguna historia sobre ti, teniendo relaciones con ese hombre, ¿de
acuerdo? No me interesa en lo absoluto saber los detalles sobre lo
que pasó, porque ese idiota no merece ni un minuto de mi tiempo.
Solo quiero saber por qué carajos no te comunicaste para avisar que
te encontrabas bien.
La incredulidad y el aturdimiento se mezclan en mi interior,
pero me las arreglo para soltar una risotada ansiosa antes de
ordenar mis ideas para contestar.
—Victoria, necesito que te tranquilices —digo, y trato de sonar
calmada en el proceso—. Te juro por Dios que no soy una
malagradecida de mierda, ¿de acuerdo? No me comuniqué porque
no llevaba mi teléfono conmigo y no me sé de memoria ningún
número que no sea el de la casa de mis padres —explico—. Por
obvias razones, no iba a llamarle a mi mamá para contarle que iba a
pasar la noche en casa de Gael Avallone.
Es cierto. Todo lo que digo es verdad. En el calor del momento,
dejé el teléfono sobre la mesa del lugar en el que nos
encontrábamos.
Mi compañera de cuarto no luce para nada convencida con mi
declaración.
—¿De verdad crees que me tragaré el cuento del teléfono?
—¡Es que es la verdad! —exclamo y, mientras lo hago, el
entendimiento cae sobre mis hombros y se asienta en mi sistema: he
perdido mi teléfono. He perdido mi cartera, la tarjeta de la nómina del
trabajo y el poco dinero que llevaba dentro del bolso.
«Por favor, que Victoria haya rescatado mi bolso».
—El maldito aparato se quedó sobre la mesa del antro, junto
con mi bolso —finalizo, sintiéndome ansiosa y preocupada.
De pronto, algo ilumina el rostro de Victoria y, en cuestión de
segundos, su expresión pasa de ser molesta a aturdida.
—Oh, mierda… —susurra, al tiempo que algo extraño se
apodera de su gesto y se cubre el rostro con las manos. No hace
falta que diga nada más para saber que, en el calor del momento y la
situación, ella también olvidó tomar mis cosas de la mesa.
—No pasa nada —digo, porque no sé qué otra cosa decir para
hacer que su expresión cambie—. Ya luego me compraré otro
teléfono e iré a reponer la identificación.
—No. —Ella sacude la cabeza—. Es que no lo entiendes… —
Se gira sobre sus talones y se encamina hasta su recámara. Yo la
sigo a pocos pasos de distancia.
Acto seguido, la veo rebuscar algo en el ligero desorden que
es su habitación.
No le toma mucho tiempo volverse hacia mí, con algo entre las
manos y expresión abochornada. Mi vista viaja al bulto que sostiene
entre los dedos y reconozco el bolso negro, las hebillas de metal
dorado y ese pequeño pompón blanco que le puse en el cierre
cuando se le rompió la cuenta de cristal que tenía cuando lo compré.
Ese de ahí es el bolso que llevaba ayer.
En ese momento, el alivio se arraiga en mi sistema y alzo la
vista para posarla de nuevo en Victoria, quien me mira con gesto
avergonzado y tímido.
—Yo recogí tus cosas —masculla, con gesto abochornado—.
Yo guardé tu teléfono aquí y no lo recordé. Estuvimos marcándote
como imbéciles hasta que el maldito aparato dejó de enlazar la
llamada, y nunca recordé que yo lo había tomado y lo había puesto
aquí.
Una risa aliviada se me escapa.
—Seguro se quedó sin pila y por eso dejó de enlazar las
llamadas —digo y ella asiente.
—Y yo, como toda una idiota, creí que habías tenido el
descaro de apagar el maldito teléfono solo para no contestarnos —se
lamenta—. Creí que había sido una completa perra que no había
querido contestarnos el teléfono, cuando en realidad yo lo había
tenido conmigo todo el tiempo. ¡¿Por qué demonios tienes el puto
teléfono en vibrador?!
—¡Porque siempre lo llevo conmigo! —respondo, en medio de
una exclamación exasperada—. No hay necesidad de llevarlo a todo
volumen cuando siempre lo tengo en las manos o en los bolsillos de
los pantalones.
Ella entorna los ojos. No me cree, pero no dice nada al
respecto. Se limita a dejar escapar un largo suspiro antes de dejarse
caer sobre el colchón de su cama. Yo, que aún me encuentro en el
umbral de su puerta, me quedo justo en mi lugar.
—¿Y bien? —dice, al cabo de un largo momento— ¿No vas a
hablar? Sigo esperando a que me cuentes qué demonios ocurrió
entre ustedes. Lo quiero con lujo de detalles.
—Creí que no te interesaba en lo absoluto saber qué había
pasado… —observo y ella me mira con irritación.
—Claramente, estaba mintiendo —dice y una sonrisa se
desliza en mis labios—. Ven aquí y cuéntamelo todo.
Ruedo los ojos al cielo, pero me siento sobre su cama y, luego
de acomodarme, empiezo a contarle todo lo que puedo.
No le hablo acerca del pasado de Gael, pero sí hago alusión al
hecho de que me contó cosas que me hacen entender un poco más
su comportamiento. Trato, sin dar muchos detalles, de hablarle
acerca de la situación en la que se encuentra ahora con su antigua
novia y la manipulación que su padre ejerce sobre él debido a eso.
Trato, también, de explicarle, con mucha omisión de información, el
asunto de su falso compromiso; y, finalmente, le hablo sobre el
pequeño incidente que me tocó presenciar desde las escaleras de la
inmensa casa de Gael. Ese en el que David Avallone dejó más que
claro que tiene un poder inmenso sobre su hijo menor.
No le hablo acerca de los besos, ni de mis sentimientos. No le
hablo de absolutamente nada que me involucre con Gael, porque no
estoy lista para afrontar que entre ese hombre y yo hay algo. Aunque
aún no sepa exactamente que sea.

Para cuando termino de hablar, me siento un poco más ligera. No


tenía idea de cuán inquieta me sentía respecto a lo que pasó entre
Gael y su padre hasta ahora.
—Te juro que no sé qué decirte, Tamara. —Victoria habla al
cabo de unos instantes de absoluto silencio—. Una parte de mí
quiere gritar de felicidad por el avance que tuviste con él; pero otra,
simplemente quiere aconsejarte que te alejes de él. —Niega con la
cabeza—. Está claro que el tipo sigue ocultando cosas y que su
padre quiere que se case con la mujer con la que anunció el
compromiso. También está claro que Gael, ahora mismo, está entre
la espada y la pared. Entre lo que quiere hacer y lo que siente que
debe hacer. Tú eres lo que él quiere. Estar contigo, quiero decir. Y lo
que siente que debe hacer, es casarse con la mujer que su padre
eligió para él. —Hace una pequeña pausa—. El problema aquí es
que tiene que elegir. Tiene que decidir qué es lo que va a hacer,
porque no puede tenerlo todo. No puede tener contento a su padre y
tenerte a ti. Las cosas no funcionan de esa manera.
—Él no va a elegirme a mí —digo, porque realmente así lo
creo. Porque dudo que Gael Avallone esté dispuesto a dejar todo lo
que ha construido hasta ahora solo por mí—. Tendría que renunciar a
muchas cosas al elegirme. Cosas por las que ha luchado hasta el
cansancio y que, para bien o para mal, ha conseguido a base de
mucho esfuerzo… —Me muerdo el labio inferior, antes de continuar
—: Y tampoco estoy dispuesta a pedirle que lo haga. Me niego a
pedirle que lo deje todo por mí, porque, por más que así lo desee,
este no es un cuento de hadas. No es una película romántica donde
el protagonista lo deja todo por ella. Eso no pasa en la vida real. —
Suspiro—. Y, al mismo tiempo, tampoco estoy dispuesta a ser el
secreto que guarda mientras se pavonea por ahí con su supuesta
prometida.
—¿Y se lo dijiste? ¿Le dijiste que no estás dispuesta a ser la
otra?
Asiento.
—Y, de todos modos, esta noche asistirá a una cena en la que
ella estará, solo porque su padre así se lo ordenó. —Sueno frustrada
y aterrorizada en partes iguales—. Y, aunque él ha dicho que va a
arreglar todo ese asunto, sigo sintiéndome inquieta.
—Y es lo más natural, Tamara. —Victoria estira una mano para
colocarla sobre una de las mías y apretarla en un gesto
tranquilizador—. Cualquiera en tu lugar se sentiría como tú lo haces.
El asunto aquí es que tienes que tomar una decisión. Tienes que
aclararte y decidir qué vas a hacer.
—Es que ni siquiera yo sé cuál es el camino que quiero tomar
—suelto, con exasperación—. No quiero mandarlo todo a la mierda
sin darle el beneficio de la duda y, al mismo tiempo, la parte de mí
que trata de protegerse a sí misma de cualquier clase de daño
emocional no deja de gritarme que debo alejarme de él.
Un suspiro largo escapa de los labios de Victoria y un silencio
largo se instala entre nosotras.
—Sea cual sea la decisión que vayas a tomar, Tam —Victoria
habla, al cabo de un rato—, asegúrate de estar completamente
convencida de ella y de estar completamente consciente de las
consecuencias y repercusiones, ¿vale?
Asiento, porque no sé qué otra cosa decir, y ella, en respuesta,
me aprieta los dedos una vez más.
—Quita esa cara. —Victoria me dedica una sonrisa—. Todo va
a estar bien. Sea cual sea la decisión que tomes, tarde o temprano
todo va a estar bien.
—Eso espero —digo, luego de dejar escapar un suspiro largo
y cansado.
—Así será —me guiña un ojo—, ya lo verás.
Capítulo 23

Gael brilló por su ausencia todo el fin de semana.


Luego de verlo el sábado por la mañana en su casa,
desapareció de la faz de la tierra. Únicamente recibí una llamada de
su secretaria informándome que, debido a compromisos familiares,
no podría recibirme en nuestra cita habitual.
No me sorprendió en lo absoluto recibir la noticia. Ya había
empezado a sospecharlo luego de la conversación que le escuché
tener con su padre. Lo que sí me sacó de balance por completo, fue
su falta de comunicación conmigo. Fue la falta de atención que tuvo
al no ser él quien me llamara para cancelar.
El domingo tampoco tuve noticias suyas, así que, para el lunes
por la mañana, cuando recibí un mensaje de texto de su número
personal, decidí no contestarle. Hice caso omiso al teléfono para
dedicarme a la escritura de un proyecto que ha venido rondándome
la cabeza desde hace meses.
Para la tarde del martes, tuve alrededor de cinco mensajes
suyos que tampoco respondí.
El miércoles —ayer— lo pasé en casa de mis padres. Para mi
buena fortuna, Natalia y Fabián no estaban ahí, así que pude
disfrutar de una tarde de mimos paternales sin sentir ganas de
asesinar a nadie; y cuando llegué a casa por la noche, me di cuenta
de que tenía dos llamadas perdidas de su número personal y una de
su oficina. Tampoco me molesté en devolverle esas llamadas.
Esta mañana, cuando desperté y revisé el teléfono, me di
cuenta de que me envió un mensaje muy temprano. En este
mensaje, me preguntaba si todo estaba bien.
Tampoco contesté.
A estas alturas del partido, ni siquiera sé por qué estoy
evitándolo. No es como si las cosas entre nosotros hubieran ido mal
la última vez que nos encontramos; pero, de igual modo, me siento
reticente a su cercanía. Renuente a su presencia a mi alrededor.
Victoria dice que se debe a las omisiones que ha tenido
conmigo. Que, inconscientemente, estoy molesta con él por no ser
capaz de ser honesto. Yo se lo atribuyo a otra cosa.
Creo, más bien, que lo que sucede es que aún no he logrado
decidir qué es lo que quiero hacer. Qué demonios voy a hacer con lo
que siento por él.
Se siente como si estuviese parada justo a la mitad del camino
entre él y sus objetivos. Como si fuese un obstáculo que no
esperaba. Uno al que ha decidido aferrarse, a pesar de que ambos
sabemos que es imposible que lo haga durante mucho tiempo.
En algún momento va a tener que elegir. Va a tener que
escoger entre lo que quiere y lo que tiene qué hacer y, cuando eso
ocurra, sé que seré yo quien lleve todas las de perder.
Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro largo, al tiempo que
me dejo caer de espaldas sobre mi cama.
La vibración del teléfono en mi mano me hace pegar un salto
debido a la impresión e, inmediatamente, miro la pantalla iluminada.
En ella, el ícono que indica que he recibido un mensaje de
texto, brilla; y, justo debajo de él, se encuentra el nombre de Gael
Avallone.
Mi estómago cae en picada.
A pesar de eso, me obligo a incorporarme en una posición
sentada y abro el mensaje para leer:

Me ha quedado más que claro, desde hace días, que estás


evitándome. No se necesita tener más de media neurona para
darse cuenta. Sin embargo, espero que podamos vernos hoy,
en mi oficina, como todos los jueves, para hablar.

Si has cambiado de opinión respecto a mí, si la situación en la


que me encuentro es demasiado para ti, lo entiendo. Lo único
que quiero, es que seas honesta conmigo y me lo digas. No
estoy enfadado. No pretendo ponerte en una situación
incómoda. Sólo quiero hablarlo, ¿vale?
Te espero a las seis, Tam.

Para cuando termino, tengo el corazón hecho una maraña de


sensaciones y me quedo aquí, sentada al borde de la cama, con el
corazón latiéndome a toda velocidad y un nudo de nerviosismo
asentándose en la boca de mi estómago.
Cierro los ojos una vez más.
Otro suspiro largo se me escapa y, cuando me armo de valor,
leo el mensaje una vez más solo para torturarme otro poco.
Un millar de sentimientos se agolpan dentro de mí y colisionan
con violencia. Quiero gritar. Quiero golpear la cabeza contra la pared
para deshacerme de esta horrible confusión. Quiero lanzar el
teléfono lejos y destrozarlo, solo para no tener que hacer frente a la
actitud infantil que he tomado toda la semana.
Sé que no está bien lo que estoy haciendo. Que debo
enfrentarlo y tomar una decisión respecto a lo que estoy dispuesta a
entregar. Sé que tengo que aclararme de una maldita vez por todas y
decidir si quiero o no aceptar las consecuencias que va a traerme
involucrarme con alguien como Gael… Pero aún no estoy lista para
hacerlo. Aún no estoy lista para afrontar las consecuencias de lo que
va a pasar cuando elija.
Me dejo caer sobre la cama y fijo la mirada en el techo.
Una decena de pensamientos se arremolinan dentro de mí y,
de pronto, me encuentro dándole vueltas al asunto una vez más;
diciéndome a mí misma, que lo mejor que puedo hacer, es alejarme
de él.
«Por tu bienestar emocional, poner distancia entre él y tú, es lo
mejor que puedes hacer», digo, para mí misma, pero no logro
convencerme. No logro empujarme a dar ese paso y decírselo a él.
«No puedes cerrar los ojos y pretender que el abismo que los
separa no existe —me reprimo a mí misma, pero una parte de mí
sigue sin querer aceptarlo. Sigue sin querer afrontar que la elección
será inevitable —. Gael y tú pertenecen a dos mundos
completamente diferentes. Dos mundos que no pueden coexistir el
uno con el otro durante mucho tiempo. Tarde o temprano, van a tener
que elegir y sabes que él no va a elegirte a ti».
Trago duro y leo el mensaje una vez más.
Un montón de recuerdos comienzan a flotar en la superficie de
mi memoria y, de pronto, me encuentro aquí, recostada en mi cama,
con la imagen de Gael en la cabeza y un puñado de nuestras
interacciones danzando alrededor de ella. De pronto, me encuentro
aquí, torturándome a mí misma con todas y cada una de sus
palabras. Con la fascinación que me hacía sentir cuando no tenía
idea de la carga que lleva sobre los hombros y con la admiración que
me provoca ahora conocer su fortaleza.
Gael Avallone es un hombre de mundo en todos los sentidos.
Un hombre que conoce la carencia y el trabajo duro. Que conoce el
lado oscuro de la vida y la claridad de la superación. Un hombre con
el carácter suficiente como para anteponer su voluntad y sus ganas
de ser mejor, a cualquier clase de obstáculo; y nunca voy a dejar de
admirarlo por eso; pero, con todo y eso, no puedo pasar por alto el
hecho de que, aunque conoce lo que es venir de un lugar oscuro,
ahora vive en un universo plagado de comodidades. Uno en el que
los intereses pesan más que los sentimientos. Pesan más que lo que
el corazón dicta o lo que el alma pide.
Gael y yo estamos parados en lugares muy diferentes. En
todos los aspectos posibles y eso, tarde o temprano, va a poder más
que cualquier cosa que esté empezando a formarse entre nosotros.
Él tiene mucho que perder y yo no estoy dispuesta a ceder. No
estoy dispuesta a ser un secreto más en su vida, porque no lo
merezco. Y porque tampoco voy a obligarlo a dejarlo todo por mí.
Me niego a ser la perdición de Gael Avallone. Me niego a ser
su verdugo. A ser quien lo haga renunciar a todo por algo que puede
ser tan efímero como nuestro tiempo en la tierra.
Otro suspiro se me escapa.
«Tienes que hablar con él. Tienes que ser clara de una vez por
todas y acabar con esto. Por tu bien y por el suyo, tienes que
hacerlo», susurra la voz en mi cabeza y sé, por sobre todas las
cosas, que tiene razón. Sé que es lo que debo hacer, así que, con
todo y la dolorosa opresión que ha comenzado a invadirme el pecho,
tomo mi teléfono y tecleo:
Nos vemos a las seis.
Después, envío el mensaje.
Gael me ha llamado seis veces la última hora y la insistencia está
poniéndome de nervios.
No he respondido a ninguna de sus llamadas porque no quiero
hablar con él por teléfono. Quiero hacerlo en persona, pero el simple
hecho de ver su nombre brillando en la pantalla cada diez minutos,
ha comenzado a hacer estragos en mi estado nervioso.
Quiero pensar que su insistencia se debe a la ansiedad que
debe provocarle el creer que no voy a presentarme a su oficina y que
voy a seguir evitándolo; pero, a pesar de que lo entiendo, he estado
pensando muy seriamente en la posibilidad de apagar el aparato
para no tener que volver a escuchar el timbre de llamada. Para no
tener que volver a ver su nombre en mi pantalla, porque eso está
enviándome al borde de mis cabales.

Son casi las seis de la tarde ya y estoy muy cerca ya del edificio
de Grupo Avallone. Apenas unas cuantas calles me separan de la
parada del autobús en la que debo bajarme, pero se siente como si
aún me faltase una eternidad para llegar.
Pasan alrededor de cinco minutos antes de que, finalmente,
tenga que levantarme de mi asiento para bajar del transporte público
y emprender mi usual caminata hacia las oficinas de Gael.
Al llegar al edificio, lo primero que hago es acercarme a la
recepción para anunciar mi llegada. Como siempre, la mujer del otro
lado del escritorio me indica que puedo subir al piso donde el
magnate tiene su oficina y, sin perder un solo minuto, me encamino
hasta el elevador.
Cuando bajo de él, lo primero que me recibe, es la enorme
estancia que se encuentra justo afuera de su oficina. Para ese
momento, mi corazón ya está latiendo como loco, y mis nervios se
han alterado al punto de no recordar una mierda del discurso mental
que había venido ensayando todo el camino.
Camila, la secretaria, me mira con gesto confundido, mientras
me encamino hacia su escritorio, pero eso no impide que me dedique
una sonrisa amable. Una que, por supuesto, no soy capaz de
responder.
—Señorita Herrán, qué gusto verla —dice y, de pronto, un
regusto amargo se apodera de mi boca. Una sensación incómoda se
cuela entre mis huesos y se afianza a ellos con fuerza.
Yo, a pesar del repelús que siento, me obligo a esbozar una
sonrisa forzada.
—Buenas tardes. —Mi voz suena distante, pero amable al
mismo tiempo—. Tengo una cita con Gael. —Me detengo en seco al
darme cuenta de que acabo de llamarlo por su nombre de pila, y me
aclaro la garganta antes de corregirme—: Con el señor Avallone,
dentro de unos minutos.
Un brillo extraño se apodera de la mirada de Camila y sé que
no le ha pasado desapercibido el pequeño desliz que acabo de tener.
—Me temo que es probable que el señor Avallone no pueda
recibirla, señorita Herrán. —No puedo pasar por alto el filo hostil que,
de pronto, se ha apoderado de su voz. Tampoco puedo pasar por
alto el hecho de que acaba de negarme la entrada a la oficina de
Gael.
—¿En serio? —Trato de sonar casual mientras hablo, pero yo
también sueno un poco hostil ahora—. Es curioso, porque él mismo
me ha llamado esta mañana para confirmar nuestra reunión.
Ella asiente, pero eso que se apoderó de su mirada y que
ahora no puedo dejar de identificar como enojo, no se marcha de su
rostro.
—Lo sé —dice—. Lo que ocurre, es que le ha surgido un
compromiso al que no puede faltar. Se va dentro de unos minutos.
Me sorprende que el señor Avallone no le haya avisado. Dijo que lo
haría.
En ese momento, la resolución cae sobre mí y se asienta
sobre mis hombros.
Él me llamó.
Un montón de veces.
Seguro iba a cancelar la cita y yo no quise contestarle por
miedo a tener una conversación seria por teléfono. Por miedo a que
tratase de obligarme a darle respuestas de un modo que se siente
incorrecto.
«Ella está mintiendo. Gael pudo haberte enviado un mensaje
de texto —susurra la voz insidiosa de mi cabeza—. Si realmente
quería cancelarte, pudo haberte enviado un mensaje».
—Oh… —digo, porque no sé qué otra cosa hacer. Porque, en
este momento, mi cerebro está maquinando mil y un escenarios en
los cuales, la mujer que tengo enfrente miente y trata de conseguir
que Gael y yo no nos veamos.
—De todos modos, le diré al señor Avallone que has venido.
—Camila habla y noto cómo ha dejado de hablarme de «usted».
Una punzada de coraje me atraviesa el pecho, pero ni siquiera
sé cuál es el motivo del sentimiento oscuro que ha comenzado a
apoderarse de mí.
«No va a decirle una mierda. Dudo mucho que esté diciendo la
verdad respecto al dichoso compromiso del que habla —la vocecilla
insiste y, de pronto, un centenar de emociones colisionan en mi
interior. Un centenar de sensaciones se apoderan de mí y amenazan
con colapsarme de adentro hacia afuera—. No puedes irte así como
así. Tienes que verlo y comprobar que lo que Camila dice es verdad.
Tienes que entrar a esa oficina y escuchar de boca de Gael todo lo
que esta mujer ha dicho».
—¿Te molesta si paso a avisarle que he venido? —digo, al
tiempo que señalo las puertas dobles de la oficina y empiezo a
avanzar en dirección a ellas.
—¡Señorita Herrán! ¡El señor Avallone no se encuentra allí
dentro! ¡Está en una videoconferencia con un accionista! ¡Está…! —
Camila habla, pero yo ya he empujado ambas puertas para abrirlas e
introducirme en la estancia. Yo ya he hecho mi camino dentro de la
espaciosa oficina solo para detenerme en seco en el instante en el
que los veo.
Mi corazón se salta un latido, mi pulso acelera su marcha y
golpea con violencia detrás de mis orejas, y me falta el aliento
durante unos instantes. Me falta la respiración durante unos
dolorosos segundos porque aquí, justo delante de mis ojos, sentados
en los sillones de piel que Gael tiene dentro de la oficina, se
encuentran seis personas que me miran con condescendencia,
arrogancia, fastidio y confusión.
De inmediato, soy capaz de reconocer a David Avallone. No
podría olvidar jamás ese cabello entrecano, ni esa mirada dura y
fuerte que comparte con Gael. Mucho menos podría olvidar ese
gesto de superioridad que parece estar tallado en su rostro.
Junto a él, se encuentran otros tres hombres. Uno que luce
igual de viejo que él y dos que parecen ser un poco más jóvenes; y,
justo frente a ellos, dos mujeres enfundadas en preciosos vestidos
me miran con gesto confundido.
—¡Dios mío! ¡Lo siento mucho, señor Avallone! —Camila urge,
en un tartamudeo, al tiempo que me toma por la muñeca para tirar de
mí en dirección a la salida—. De verdad, no sabe cuánto lamento
esto. Discúlpeme. Y-Yo…
David Avallone hace un gesto de mano e, inmediatamente,
Camila deja de hablar. Acto seguido, clava sus ojos en mí antes de
ponerse de pie.
—¿Se puede saber quién es usted y quién le dijo que podía
entrar a mi oficina sin anunciarse antes? —dice y la vergüenza —la
cual ya había comenzado a filtrarse en mis venas— incrementa de
forma considerable.
No dejo de notar el modo en el que llama «mi oficina» al
espacio en el que nos encontramos. David Avallone sigue
considerando este lugar como suyo, y no como el de Gael.
Mi corazón da un vuelco furioso y, por un doloroso momento,
no me atrevo a moverme. No me atrevo, siquiera, a respirar. Me
quedo quieta durante un largo rato, hasta que el silencio que se
apodera del lugar es denso e incómodo.
Una ceja es alzada con arrogancia en el rostro del hombre
delante de mí y noto, cuando miro de soslayo hacia la gente que lo
acompaña, como todos ellos esbozan gestos confundidos y
reprobatorios.
Algo dentro de mí parece activarse y, por acto reflejo, alzo el
mentón y enderezo un poco la espalda, para después ponerme esa
máscara de seguridad que había empezado a evitar usar en este
lugar.
Acto seguido, me deshago del agarre de Camila y avanzo en
dirección a donde David Avallone se encuentra para extender una
mano y estrechársela, antes de regalarle mi mejor sonrisa.
—Tamara Herrán —me presento, pero él no toma mi mano—.
Vengo de parte de la Editorial Edén. Soy la persona que está
trabajando en la biografía del señor Gael Avallone. Tenía una reunión
con él esta tarde, pero creo que se le ha pasado avisarme que
estaría ocupado.
Siento la mirada de todo el mundo puesta en mí y me siento
como una completa idiota. Como una completa imbécil porque estoy
aquí, de pie, en una habitación repleta de gente pretenciosa, con la
mano extendida y una sonrisa ridícula pintada en la cara.
David Avallone me recorre de pies a cabeza con la mirada,
como si estuviese evaluándome. Como si tratase de decidir si valgo
o no su tiempo y una punzada de irritación se mezcla con el
sentimiento de humillación que ha comenzado a recorrerme.
No me devuelve el gesto. Me deja aquí, con la mano en el aire,
el orgullo hecho trizas y un regusto amargo y denso en la punta de la
lengua.
Cierro el puño y me obligo a alzar el mentón un poco más
mientras aparto la mano.
Un puñado de palabrotas se arremolina en mi boca, pero
muerdo la parte interna de mi mejilla para no soltarlas. Me muerdo la
parte de mi lengua para no cometer una estupidez más grande que
la que cometí hace unos instantes, cuando se me ocurrió la
grandiosa idea de entrar aquí sin consentimiento de nadie.
—No tenía idea de que Gael iba a tener un libro biográfico. —
Una de las mujeres habla y poso mi atención en ella justo a tiempo
para verla esbozar una sonrisa socarrona.
—Parece ser que a nuestro hermanito se le está subiendo la
popularidad a la cabeza. —Uno de los hombres bufa y eso es todo lo
que necesito para saber que la mujer que acaba de hablar y él son
los hermanos de Gael.
Así pues, les echo otra ojeada para no olvidar sus rostros.
Ella luce más joven de lo que esperaba. Gael me había dicho
que le llevan bastantes años, pero, francamente, ella no se ve de
treinta y seis. Luce mucho más joven.
Diana Avallone es, sin dudas, una mujer hermosa: alta y
esbelta; de cabello oscuro que cae lacio hasta sus hombros; de piel
bronceada, como si acabase de volver de la playa, y mirada fuerte y
penetrante.
Todo eso en combinación con el precioso vestido azul marino
que lleva, le hacen lucir como una mujer elegante, guapa e
imponente por sobre todas las cosas.
Él, por otro lado, luce un poco más grande de edad y no se
parece a Gael en lo absoluto. De hecho, tampoco se parece a David.
Su aspecto es más descuidado y desgarbado y, definitivamente,
carece del porte y la elegancia que caracterizan tanto a Gael como a
su padre; sin embargo, a pesar de que no comparte facciones con
ninguno de los dos, Antonio Avallone es, de alguna manera, parecido
a Diana; quien, sin duda alguna, es una versión femenina, añejada y
delicada de Gael.
No obstante, es hasta este momento, en el que los miro a los
tres juntos —a David, Diana y Antonio—, que puedo darme cuenta
de esas características de Gael que son diferentes. Que puedo
darme cuenta de que los ojos ambarinos que el magnate tiene son
herencia de su madre; al igual que las ondas alborotadas en las que
se transforma su cabello cuando pasa las manos una y otra vez
sobre él. Es en ese instante, que puedo darme cuenta de que,
aunque físicamente son muy parecidos, Gael se diferencia de ellos
de una manera extraña. De una que aún no logro comprender.
—¿Vas a permitirle publicar una biografía de su vida, papá? —
La voz de Diana me saca de mis cavilaciones y poso mi atención en
ella, al tiempo que parpadeo un par de veces para espabilar.
—Va a ser muy interesante leer lo que Gael tiene qué decir
sobre su pasado, ¿no es así, papá? —Antonio insiste y siento como
todo mi cuerpo se tensa cuando la mirada de David Avallone se
clava en mí una vez más.
Un escalofrío me recorre la espina dorsal en el instante en el
que lo hace y me encuentro queriendo echarme a correr; pero, en su
lugar, enderezo un poco más la espalda y cuadro los hombros.
No voy a dejar que este hombre me amedrente. No voy a dejar
que nadie en este lugar me haga sentir cohibida.
Acto seguido, hace un gesto para indicarle a sus hijos —
quienes no han dejado de hablar entre cuchicheos sobre la biografía
de Gael— que guarden silencio. Ellos, inmediatamente, le obedecen.
—Como puede ver, señorita…. —David Avallone habla, con
ese acento golpeado suyo, y se queda en el aire, al tiempo que me
mira con el entrecejo fruncido, tratando de recordar mi nombre; como
si no se lo hubiese dicho hace menos de un minuto.
—Herrán —suelto, pero sueno arrogante. Soberbia.
—Herrán. —La manera en la que pronuncia mi apellido me
provoca querer estrellar mi mano en su rostro, porque lo ha dicho
con sorna. Como si se tratase de una palabra sucia. Indigna de sus
labios—. Señorita Herrán —repite y, de nuevo, la manera en la que
habla me hace querer rascarme el cuerpo debido a la incomodidad
que me causa—, Gael no se encuentra aquí y, en el momento que
termine con sus asuntos, nos iremos. —La fingida amabilidad de
David Avallone me escuece las entrañas—. Así que me temo que su
cita no podrá concretarse el día de hoy. Es una pena que haya
venido hasta aquí para nada.
Esbozo una sonrisa que no toca mis ojos.
—No se preocupe, señor Avallone. Lamento mucho el
inconveniente. Me retiro, entonces.
Me giro sobre mis talones y, justo cuando estoy a punto de
echarme a andar, la voz del padre de Gael inunda mis oídos una vez
más.
—¿Señorita Herrán? —dice y me congelo en mi lugar unos
segundos, antes de mirarlo por encima del hombro—. ¿Le puedo dar
un consejo?
Lo encaro y, sin responderle nada, lo miro a los ojos.
—La próxima vez, asegúrese de anunciar su llegada con la
secretaria. —Hace un gesto de cabeza hacia Camila—. En esta
ocasión, como la otra en la que nos vimos —sé que habla de aquella
vez en la que entré furiosa a la oficina de Gael. Sé que habla de
nuestro primer encuentro y mi pulso se salta un latido—, estamos
nosotros: gente de confianza; pero, si tiene la costumbre de entrar
sin anunciarse, podría causar bastantes inconvenientes para
nosotros en el futuro. Así que, si no quiere meterse en problemas, le
sugiero que, a partir de ahora, espere afuera, en la recepción, hasta
que se permita entrar.
Vergüenza, coraje y humillación se mezclan dentro de mí, pero
me las arreglo a mantener mi expresión en blanco cuando asiento y
murmuro una disculpa que no suena sincera en lo absoluto.
Acto seguido, el hombre me observa de pies a cabeza una vez
más, como si tratase de evaluarme y, luego de lucir satisfecho con lo
que ve, hace un gesto en dirección a la puerta de la oficina.
—Puede retirarse. —Habla con amabilidad, pero se siente
como si estuviese echándome a patadas.
Otro asentimiento es dado por mi cabeza y, acto seguido,
haciendo acopio de toda mi dignidad, me encamino hacia la salida de
la estancia.

Me toma apenas unos segundos abandonar la espaciosa


habitación y el esfuerzo que tengo que hacer para no echarme a
correr en dirección al elevador cuando estoy fuera, es monumental.
Mi corazón no ha dejado de latir a toda velocidad, mis manos
no han dejado de temblar incontrolablemente y la quemazón previa a
las lágrimas que me ha invadido la garganta, apenas me deja
respirar.
Quiero echarme a llorar. Quiero gritar. Quiero poner cuanta
distancia sea posible entre estas personas y yo y, al mismo tiempo,
quiero volver ahí y recibir otra bofetada de realidad. Quiero volver ahí
para que, de una vez por todas, me quede claro cuán sentenciado al
fracaso está lo que sea que ha empezado a ocurrir entre Gael y yo.
Acelero el paso. Ni siquiera me molesto en decir nada en
dirección a la secretaria de Gael. Tampoco hago nada por
disculparme o por pretender que la interacción que acabo de tener
con la familia del magnate, no me ha afectado en lo absoluto. Me
limito a echarme a andar a toda marcha en dirección al ascensor.
Una vez ahí, presiono el botón para llamarlo y, luego de unos
tortuosos instantes, las puertas se abren.
Me congelo en mi lugar.
Me quedo muy quieta, mientras absorbo la imagen que se
forma delante de mis ojos.
Ahí, dentro del reducido espacio, está Gael… Pero no está
solo.
A su lado, está una mujer. Una mujer joven a la que reconozco
de inmediato, porque es imposible no hacerlo. Porque es imposible
no asociar su precioso cabello rubio, con el de la chica con la que
Gael fue fotografiado hace un tiempo. Porque es imposible no
comparar el porte con el que se mueve y lo esbelta que es su alta
figura, con la de la mujer en la fotografía que vi en un blog hace un
tiempo. Ese en el que un reportero amarillista hablaba acerca de
cómo había seguido a Gael hasta un restaurante, solo para
fotografiarlo con una mujer.
Viste un precioso vestido rosa pastel que le llega un par de
dedos por debajo de las rodillas, y lleva el cabello recogido en una
media cascada ondulada. El maquillaje perfecto que cubre su rostro
la hace lucir como muñeca de porcelana y, de pronto, soy hiper
consciente de que llevo puestos unos vaqueros rotos en uno de los
muslos y una playera de una de mis bandas favoritas. Soy hiper
consciente de que llevo unos Converse desgastados y un moño
deshecho en la cima de mi cabeza.
Gael, por otro lado, viste un traje azul marino, una camisa
blanca y una corbata color vino. Luce atractivo hasta la mierda… Y
luce perfectamente bien con la mujer que tiene a un lado. Como si
ambos hubiesen sido mandados a hacer el uno para el otro. Como si
hubiesen sido escogidos por una revista para posar juntos y vender
lo que sea que llevan puesto.
Una punzada de dolor me atraviesa el pecho y, sin más, me
encuentro luchando con todas mis fuerzas contra la sensación de
vértigo que me invade.
Los ojos del magnate se posan en mí.
Inmediatamente, algo en su mirada cambia. Algo en sus ojos
se transforma y hace que se llenen de una intensidad que no se
encontraba ahí antes, pero que es abrumadora. Pesada e intensa
por sobre todas las cosas.
Mi corazón se estruja otro poco y, por acto reflejo, los miro de
pies a cabeza. Es hasta ese instante, que me percato de la forma en
la que ella envuelve un brazo alrededor del suyo. Que noto cómo él
mantiene el suyo flexionado, para que ella pueda afianzarse de él
con más comodidad, y es hasta ese momento, que la realidad de lo
que está ocurriendo me golpea…
Esta mujer es la misma con la que Gael ha anunciado su
compromiso. Esta es la mujer con la que fue fotografiado hace unos
meses, y con la que su padre espera que se case.
Algo en mi interior se rasga. Algo se rompe en fragmentos y
me hiere con violencia, pero me las arreglo para mantener mi
expresión en blanco; para pintarme la cara de indiferencia.
—Buenas tardes, señor Avallone. —Mi voz sale fría, distante y
monocorde, y me aparto del camino para que ambos puedan salir.
Gael no se mueve. Se queda ahí, con la mirada clavada en mí
y gesto desencajado, sin decir una sola palabra.
—¿Pasa algo? —La chica a su lado habla. Suena divertida y
confundida al mismo tiempo—. Nos están esperando, ¿sabías?
Noto cómo la nuez de Adán del magnate sube y baja cuando
traga saliva. Entonces, asiente hacia el pasillo.
—¿Puedes adelantarte? —dice, con la voz enronquecida por
las emociones, sin dejar de mirarme—. Antes tengo que hablar con
la señorita Herrán.
—No se preocupe, señor Avallone —digo, al tiempo que
esbozo una sonrisa temblorosa e inestable. A punto de convertirse
en una mueca dolida—. Ya no hace falta.
—Tamara…
—¿Gael? —La voz familiar de David Avallone, resuena a mis
espaldas y aprieto la mandíbula y los puños para reprimir las ganas
que tengo de encogerme sobre mí misma hasta desaparecer—.
¿Nos vamos ya?
Los ojos de Gael se posan en un punto a mis espaldas y, acto
seguido, vuelven a mí con intensidad.
—En un minuto —dice, al tiempo que se pone de pie al filo de
las puertas del elevador para impedir que esas se cierren.
—No tenemos un minuto. —David Avallone suelta con
hostilidad y un destello furibundo se apodera del rostro de Gael.
—¿Qué pasa? —Eugenia, quien suena ahora más confundida
que otra cosa, insiste, pero Gael ni siquiera la mira.
—Gael… —La advertencia en el tono de David Avallone hace
que mis ojos se cierren unos instantes y, por primera vez, me permito
bajar la mirada unos segundos, solo para que el hombre delante de
mí no sea capaz de ver cuán afectada me siento.
—Buenas tardes, señor Avallone —digo, con la voz
enronquecida, sin siquiera levantar la vista, y me obligo a
introducirme al elevador a la fuerza.
Acto seguido, empujo el cuerpo de Gael ligeramente para
apartarlo de la entrada y presiono el botón para cerrar las puertas.
Una vez hecho eso, me obligo a alzar la vista. Me obligo a
mirar en dirección al magnate solo para encontrarme con sus ojos
ambarinos clavados en mí, y con un gesto cargado de frustración,
angustia y preocupación.
Entonces, las puertas del ascensor se cierran.
Capítulo 24

Hacía mucho tiempo que no me sentía así de miserable. Que la


chica asustadiza e insegura a la que decidí encerrar en una caja en
lo más profundo de mi ser no estaba así de cerca de la superficie.
La última vez que supe de ella, intentó quitarse la vida. La
última vez que le permití salir de su prisión, me llenó el alma de
oscuridad, culpabilidad y desprecio hacia mí misma, hasta que ya no
pude más. Hasta que sucumbí ante el dolor y decidí que era una
buena idea intentar tragarme un frasco de pastillas para dormir y
terminar con todo.
Hacía una eternidad desde la última vez que me sentí así de
inestable. Estoy muy cerca del borde y eso me aterra.
Cierro los ojos.
La sensación insidiosa y pesada provocada por lo que pasó
hace apenas media hora me ahoga. Me llena de una ansiedad
angustiante y tira de mí hacia el interior de ese vórtice oscuro que ha
estado amenazando con tragarme viva desde hace más de dos
años.
Sé que soy patética. Que soy una idiota por sentirme de esta
manera y estar al borde de una crisis emocional solo por haber visto
a Gael Avallone con su prometida —o lo que sea que ella sea—. Y
de todos modos no puedo arrancarme las ganas que tengo de
desaparecer. De llegar a casa y dormir hasta que todo haya
terminado. Hasta que los sentimientos —todos ellos. Incluso esos
dulces que ha estado provocándome— se extingan.
Trago duro y presiono las palmas contra los ojos.
«No voy a llorar. No voy a llorar. No voy a llorar…».
No en un autobús. No por lo que acaba de ocurrir. Me niego
rotundamente a quebrarme por esto. Me rehúso a derramar una sola
lágrima por ese hombre, porque no me ha roto el corazón —no
todavía—, y no voy a quedarme a esperar a que lo haga.
Una punzada de dolor me atraviesa el pecho al recordar el
gesto en el rostro del magnate y el nudo en mi garganta se aprieta
otro poco. Una palabrota baila en la punta de mi lengua, pero la
reprimo lo mejor que puedo y dejo escapar un suspiro largo.
No puedo creer que esté sintiéndome de este modo por él. No
puedo creer que esto esté afectándome de esta manera cuando he
pasado por cosas peores. Cuando he vivido cosas que me han
hecho pedazos.
Aparto las manos de mi cara y tomo una inspiración profunda,
antes de dejar ir el aire con lentitud. Cuando noto que la quemazón
en mi garganta no se va, vuelvo a intentarlo. Vuelvo a respirar
profundo para tratar de relajarme y deshacerme de la sensación de
malestar que me invade.
«No deberías sentirte de esta manera. No cuando perdiste a
Isaac como lo hiciste», me reprimo a mí misma y, como si algo dentro
de mí se hubiese accionado, la imagen del único chico al que he
amado se dibuja en mi memoria hasta asentarse en mi cabeza y
aferrarse a ella.
Uno a uno, los recuerdos empiezan a filtrarse en mi sistema.
Un puñado de imágenes se afianzan en mí hasta abrumarme y
hacerme sentir culpable. Hasta hacerme sentir como una traidora por
involucrarme del modo en el que lo estoy haciendo con Gael
Avallone y permitirme a mí misma sentir esto por él.
«¡Para! —La voz en mi cabeza me reprime—. No caigas en
ese lugar. No puedes permitirte volver ahí. Sabes que haces esto
solo para lastimarte. Sabes que solo tratas de castigarte a ti misma,
así que detente ya».
Pero no puedo hacerlo. No puedo parar. La oscuridad que
llevo dentro es más fuerte que yo y la lucha constante que tengo a
diario conmigo misma, está siendo ganada por esa parte de mí que
siempre me lleva a tomar las decisiones más idiotas. Esa que me
lleva al límite y amenaza con acabar conmigo.
La vibración dentro del bolso que descansa sobre mis piernas
me hace pegar un salto en mi lugar debido a la impresión, pero no es
hasta que pasan unos segundos que espabilo lo suficiente como
para darme cuenta de que es mi teléfono el que está sonando.
De manera distraída, rebusco dentro del desastre que es mi
bolso hasta que encuentro el aparato y lo saco para mirar la pantalla.
El nombre de Gael se ilumina sobre los íconos de respuesta y
rechazo, y mi corazón se detiene un nanosegundo para reanudar su
marcha a una velocidad dolorosa.
Una punzada de ansiedad me recorre y la sensación que me
ha torturado desde que salí de su oficina se intensifica y se vuelve
casi insoportable.
Desvío la llamada.
Segundos después, el teléfono vuelve a sonar, pero vuelvo a
rechazar la llamada y, esta vez, presa de un ataque de enojo,
decepción y ansiedad, apago el aparato.
Un suspiro tembloroso e inestable se me escapa luego de eso
y, de pronto, la oscuridad dentro de mí se vuelve más densa.
Asfixiante.
«No puedes ir a casa —susurra la voz en mi cabeza, a
sabiendas de que Victoria y Alejandro no están ahí ahora mismo. A
sabiendas que, si voy, lo único que haré será estar acorralada en la
prisión de mi mente En un lugar donde la privacidad puede dar pie a
situaciones poco saludables para mí—. Sabes que no puedes estar
sola. No en el estado en el que te encuentras».
Cierro los ojos una vez más.
No quiero ir a casa de mis padres. No quiero, incluso, ir a casa
de Fernanda. En este momento, solo quiero tumbarme en la cama y
dormir; pero sé que no puedo hacerlo. Tengo que empujarme hacia
afuera de este vórtice o las consecuencias serán catastróficas. Tengo
que hacer un esfuerzo y tratar de no hundirme en ese lugar aterrador
en el que estoy a punto de adentrarme.
Así pues, con esto en la cabeza, y aun cuando no quiero,
decido hacer algo sensato. Decido ir a casa de mis padres, y
permitirme a mí misma distraerme y refugiarme en ese lugar seguro
que siempre trae paz a mi sistema.
Cuando llego a mi destino, mi papá está afuera, lavando su
coche. No pregunta qué hago aquí. Nunca lo hace. Se limita a
decirme que está mojado y sudoroso cuando me acerco a darle un
abrazo a manera de saludo. Luego de eso, me da un beso en la sien
e, inmediatamente, me siento mejor. A Salvo.
Una sonrisa se dibuja en mis labios cuando dice que mamá
está horneando un pan para la cena y, sin decir nada más, me
encamino dentro de la casa.
No me toma mucho tiempo encontrar a mi mamá. Está en la
cocina, con la batidora en una mano y una bolsa de harina en la otra,
pero se las arregla para besar mi mejilla cuando me acerco.
Acto seguido, empieza a parlotear sobre lo ajetreado que ha
estado su día.
Escucharla hablar me hace sentir aún mejor y, de pronto, me
encuentro preguntándome qué hago viviendo en otra casa. Que hago
compartiendo el techo con dos personas que, si bien no me
desagradan en lo absoluto, no son quienes me confortan de esta
manera.
—¿Te quedas a cenar? —pregunta mi mamá, luego de
contarme acerca de la discusión que tuvo con mi hermana por culpa
de Fabián hace unos días.
Yo, siendo lo suficientemente prudente como para no meterme
en los asuntos turbios que implican hablar de Fabián, asiento.
—De hecho, hoy estás de suerte: me quedaré a dormir aquí —
anuncio. Trato de sonar juguetona en el proceso, pero la manera en
la que mi mamá alza la vista del traste lleno de mezcla para hornear
durante un nanosegundo me hace saber que mi declaración la ha
puesto alerta.
—¿Te has aburrido ya de la independencia y necesitas de la
compañía de tus viejos? —bromea, pero hay un filo preocupado en
su voz.
Me encojo de hombros.
—En realidad, no quiero quedarme sola en casa. Victoria
saldrá y no volverá hasta muy entrada la madrugada y Alejandro, al
parecer, también lo hará —miento. La realidad es que ninguno de los
dos tenía compromisos de esa magnitud.
Cuando salí de casa, Victoria aún no volvía del ensayo de la
obra de teatro en la que participará a finales de mes, y Alejandro no
tenía mucho de haberse ido a estudiar con uno de sus amigos de la
universidad. No obstante, según me dijeron, ambos volverían
relativamente temprano.
Mi mamá esboza una sonrisa tensa y es todo lo que necesito
para darme cuenta de que no me ha creído en lo absoluto.
—No creas que me engañas —suelta y todo mi cuerpo se
tensa en respuesta—. Sé que nos extrañas, aunque no quieras
admitirlo.
Una punzada de alivio me recorre entera casi al instante y,
esta vez, la sonrisa que se dibuja en mis labios es más honesta.
—Está bien. Lo admito. No puedo vivir sin ustedes —digo, con
dramatismo y la tensión había en su sonrisa se diluye un poco.
—Si vas a quedarte, anda y ve a ducharte —dice.
—¿Me mandas a duchar porque huelo mal? —Fingida
indignación me tiñe la voz—. ¿Es que acaso no quieres que ensucie
tus sábanas con mi sudor e inmundicia?
—Te mando a duchar porque trato de proteger la integridad del
pan que está en el horno manteniéndote lejos de él. —Me mira con
aire severo—. Si vas a quedarte, tengo que cuidarlo.
—No es como si fuese a comérmelo crudo —mascullo, al
tiempo que hago un mohín.
—No, pero te conozco. Vas a abrir la puerta del horno y no va
a inflarse como se debe —refuta.
Ruedo los ojos.
—Suenas como la abuela —me quejo, pero ya estoy
poniéndome de pie para subir a la planta alta.
Falsa indignación invade el rostro de mi madre, quien me
señala con el dedo.
—Vuelve a decir eso y voy a hacer que pagues por ello —dice,
con severidad, pero no ha dejado de sonreír.
Bufo.
—¡De acuerdo! ¡De acuerdo! —Alzo las manos, como si
estuviese amenazándome con un arma—. ¡Tú ganas! Me voy a
duchar.
Una sonrisa satisfecha se desliza en los labios de mi madre.
—Hay ropa tuya en el armario de tu antigua habitación —dice,
mientras avanzo hacia la salida.
—Roguémosle al cielo que no haya subido de peso, porque si
no, voy a andar en bata de baño hasta mañana —digo, al tiempo que
deshago el moño que hay en mi cabeza, dejando al aire el desastre
que es mi cabello.
—Con toda la comida chatarra que comes, no guardes muchas
esperanzas. —Mi mamá bromea y le dedico una mirada irritada.
—Gracias, mamá. También te amo.
Ella me guiña un ojo y, reprimiendo una sonrisa, salgo de la
estancia para encaminarme al piso superior.

Entrar en mi antigua habitación luego de la ducha, es como un


puñetazo en la cara.
Es como dar un salto en el tiempo y volver a esa época en la
que todo era sencillo y, al mismo tiempo, complicado hasta la mierda.
Como volver a ser esa chiquilla insegura que era incapaz de ver más
allá del tren de emociones que siempre he llevado dentro.
Poner un pie en este lugar, se siente como volver a ser yo y, al
mismo tiempo, no serlo.
Paseo la vista por toda la estancia.
Todo está tal cual lo dejé cuando me fui. Las fotografías que
descansan sobre la cómoda, los libros apilados sobre el escritorio
que solían encantarme y que ahora encuentro cursis e infantiles, el
edredón amarillo que tanto me gustaba y que ahora me parece feo y
descolorido, los posters de aquellas bandas de rock que solía
escuchar casi de manera religiosa a diario… Todo es tan familiar y
ajeno, que no puedo ponerle un orden a las emociones que me
embargan.
Tomo una inspiración profunda y dejo ir el aire con lentitud, al
tiempo que me encamino hasta sentarme sobre la cama. Gotas de
agua caen sobre mi regazo cubierto por la toalla que me envuelve y,
sin más, me encuentro tratando de no sentirme abrumada por la
cantidad de recuerdos que me embargan. De no evocar esas
memorias dolorosas que no hacen más que tirar de mí dentro de ese
estado nervioso del que he estado tratando de huir todo el día.
No sé cuánto tiempo me toma armarme de valor para ponerme
de pie y buscar algo de ropa en el armario. Tampoco sé cuánto
tiempo me toma encontrar algo que me quede; pero, una vez vestida
con un viejo chándal y una sudadera que está rota de las mangas,
me obligo a empujar todos los recuerdos y me dejo caer sobre la
cama.
Mi vista se clava en el techo de la estancia y se queda ahí
durante una eternidad. No es hasta que mi mamá me llama, que me
digno a cambiar la posición en la que me encuentro y abandonar la
habitación.

La cena transcurre llena de animadas conversaciones. La


ligereza de la plática con mis padres hace que mi estado de ánimo
mejore otro poco y no hay nada que agradezca.
Cuando terminamos con los alimentos, ayudo a mi mamá a
lavar los trastos sucios y, luego de eso, nos encaminamos hasta la
sala con toda la intención de ver una película.
En el proceso, tomo mi bolso —el cual había dejado en la
cocina— y saco el teléfono —que apagué hace unas horas— para
encenderlo y enviarle un mensaje a Victoria.
Lo que menos necesito ahora es a una compañera de cuarto
histérica, así que voy a avisarle que no llegaré a dormir.
En el instante en el que enciendo el aparato, las notificaciones
empiezan a llegar. Tengo un mensaje de texto de Fernanda y otro de
Natalia. Tengo un par más de una compañera de la universidad y,
finalmente, me encuentro de lleno con una docena proveniente del
teléfono de Gael Avallone.
Los único que leo son el de mi hermana y el de Fernanda.
Luego de contestarles, le escribo a Victoria y apago el aparato una
vez más.
Acto seguido, me acurruco en el sillón junto a mi madre, al
tiempo que enciendo el televisor y busco la aplicación de Netflix en
él.
El ruido proveniente de la planta baja de la casa es lo primero que
escucho cuando despierto en la mañana.
El sonido estridente de la licuadora, aunado al del televisor, me
hacen plenamente consciente de que no estoy en el apartamento
que comparto con Victoria y Alejandro; y la familiaridad de la
actividad matutina, no hace más que hacerme recordar esos
domingos en casa que tanto me encantaban. Esos en los que mi
papá cocinaba y mi mamá, Natalia y yo esperábamos pacientemente
para comer lo que sea que se le antojase preparar para nosotras.
Una sonrisa se desliza en mis labios y, sin que pueda evitarlo,
una punzada de nostalgia me atraviesa el pecho. La melancolía me
llena el cuerpo con rapidez y me quedo aquí, recostada en la cama,
mientras absorbo la dulce sensación que me provoca estar aquí, en
casa de mis padres.
Cuando me siento satisfecha de recuerdos amigables, me
levanto de la cama y me encamino a la salida de la habitación.
Cuando recuerdo que he dejado el teléfono sobre la cómoda, regreso
sobre mis pasos para tomarlo y encenderlo y, una vez teniéndolo
entre los dedos, me encamino hasta las escaleras para ir a la planta
baja de la casa.
El teléfono vibra con las notificaciones entrantes, pero no hago
nada por revisarlo. Solo me adentro a la cocina para besar la mejilla
de mi madre.
Sé qué es lo que voy a encontrarme si lo reviso y,
¿honestamente?, ahora mismo no estoy lista para afrontarlo. No
estoy lista para encarar el hecho de que, seguramente, Gael ha
vuelto a bombardear mi teléfono con mensajes.
—¿Dormiste bien? —Mi mamá pregunta, al tiempo que vierte
el contenido de la licuadora sobre los huevos revueltos que se
encuentran en la cazuela delante de ella.
—De maravilla —digo, aunque me costó un poco quedarme
dormida—. ¿Tú?
Ella sonríe.
—Yo siempre duermo como piedra y lo sabes —dice—. Estoy
preparando huevos en salsa porque sé que te encantan y quiero que
te quedes a desayunar con nosotros.
Mi corazón se hincha en respuesta.
—Eres la mejor; pero eso ya lo sabes, ¿no es cierto? —digo, al
tiempo que me instalo en una de las sillas altas de la barra.
Ella me guiña un ojo en respuesta, pero no dice nada más. Se
limita a mover con suavidad el contenido de la cacerola.
Justo cuando estoy a punto de hacer un comentario acerca de
lo bien que huele, mi teléfono empieza a vibrar en mi mano.
Durante un doloroso instante, la posibilidad de ni siquiera mirar
la pantalla se vuelve tentadora, pero la curiosidad es más grande.
La sola idea de que, quizás, se trate de Gael, hace que
corazón dé un vuelco furioso, pero trato de no mantenerme muy
esperanzada ante esa posibilidad. Además, aunque él fuese quien
estuviera llamándome, no importaría en lo absoluto porque no tengo
intención alguna de hablar con él.
Miro la pantalla.
El nombre de Victoria danza frente a mis ojos y mi ceño se
frunce.
—¿Todo bien? —pregunta mi madre, con curiosidad, al ver mi
expresión extrañada.
—Sí —digo, pero la verdad es que no sé cómo sentirme
respecto a esta llamada—. Necesito contestar, es todo.
Sin darle tiempo de decir nada, me levanto de la silla para
encaminarme hacia la sala y deslizo el dedo sobre el aparato para
responder.
—¿Sí? —Mi voz suena ronca debido al sueño y al nerviosismo
repentino.
—¡¿Para qué diablos tienes un maldito teléfono si siempre
está apagado?! —Victoria chilla del otro lado de la línea y mi ceño se
frunce otro poco.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—¡Por supuesto que estoy bien! —Ella exclama, pero suena
furiosa—. ¡Yo estoy más que bien! ¡El que está mal de la cabeza es
ese idiota con el que estás saliendo!
Niego con la cabeza, incapaz de seguir el hilo de lo que dice.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—¡Del sujeto que te sacó como costal de patatas de La Santa!
¡Del hombre ese al que le escribes la biografía! —Victoria espeta—.
¡¿Sabías que pasó la maldita noche aparcado afuera del
apartamento?! Anoche vino a buscarte y se negó a marcharse
porque está convencido de que estás escondiéndote de él.
«Mierda».
—¿Qué? —suelto, en un susurro incrédulo y horrorizado.
—¡Lo que escuchas! —Mi compañera de cuarto chilla—. ¡El
lunático ese está allá afuera todavía! Traté de localizarte, pero tenías
el maldito teléfono apagado y no tengo el número de la casa de tus
padres. ¿Se puede saber qué carajo está pasando? ¿Por qué está él
aquí? ¿Es que acaso no viniste a dormir porque estás huyendo de
él? ¿Por qué sabías que iba a venir a buscarte?
Niego con la cabeza, incapaz de creer lo que Victoria dice y, al
mismo tiempo, creyéndolo todo. Gael es tan necio y tan terco, que no
me sorprende que haya llegado a esos extremos solo por hablar
conmigo.
«¿Qué demonios está mal contigo, Gael Avallone?», digo,
para mis adentros, al tiempo que trato de ordenar el centenar de
pensamientos encontrados que me invaden la cabeza.
—Dile que no estoy en casa —digo, al cabo de unos instantes,
y en voz baja para que mi mamá no sea capaz de escucharme—.
Dile que lo mejor que puede hacer es irse a casa.
—¿Crees que no se lo dije hasta el cansancio? —Victoria bufa
—. Jamás había conocido a un hombre tan testarudo en mi vida.
Ilusión, indignación, terror y enojo se mezclan en mi sistema,
haciéndome imposible pensar con claridad. Y, sin más, me lo imagino
ahí, dentro de su coche, afuera del pequeño edificio en el que vivo.
—Dile que hablaste conmigo y que te dije que hablaré con él
siempre y cuando se marche a casa —improviso, sintiéndome
desesperada y ansiosa, luego de unos instantes sin saber qué decir
—. Dile que digo yo que…
—¡Oh, no, Tamara Herrán! ¡No seré el teléfono descompuesto
de nadie! Si tienes algo que decirle, ven, habla con él y déjale en
claro que ya no quieres nada con él si ese es el motivo por el cual
estás huyendo. A mí no me pongas en medio —Ni siquiera me da
tiempo de responder. No me da tiempo de hacer nada porque finaliza
la llamada.
No hay que ser un genio para notar que está furiosa.
Un millar de sentimientos encontrados se arremolinan dentro
de mi pecho y no sé qué hacer. Quiero salir corriendo de aquí para
volver al apartamento y hacer control de daños. Quiero salir de aquí
a toda velocidad para volver al apartamento y verlo.
Mi corazón no ha dejado de latir con brusquedad, mis manos
no han dejado de temblar y mi mente no ha dejado de ser esta
maraña de ideas intensas y abrumadoras.
«No. Sé. Qué. Hacer».
Una parte de mí, esa que siente que el mundo se le viene
encima cada que está cerca del magnate, me urge a que vaya a su
encuentro. Que corra a buscarle, para escuchar cualquier excusa
que vaya a darme respecto a lo que pasó y creerle.
Pero la otra, esa que es orgullosa y que está enojada con él
por no ser honesto conmigo, me dice que debo quedarme aquí, en
casa de mis papás y mandarlo al carajo.
«No puedes permitir que te arruine tu estancia aquí», dice la
vocecilla insidiosa en mi cabeza, pero sé, por sobre todas las cosas
que, así me quede aquí y trate de mandar a Gael a la mierda, no voy
a estar tranquila. La ansiedad va a comerme viva hasta que vaya al
apartamento solo para comprobar si de verdad se ha quedado ahí o
se ha cansado lo suficiente como para marcharse.
«¡Tamara, no se te ocurra ir corriendo a buscarlo!», me reprime
el subconsciente, pero ya he comenzado a avanzar hacia la cocina.
«¡Eres una idiota! ¡Una completa imbécil por siquiera
considerar la posibilidad de ir a su encuentro!», grita la voz en mi
cabeza, pero la empujo lejos lo mejor que puedo, al tiempo que, con
el corazón desbocado, beso la mejilla de mi madre y me disculpo con
ella por no poder quedarme a almorzar.
Cuando me pregunta si todo está bien, le digo que sí. Que ha
surgido algo en el trabajo y que tengo que ir ya mismo a las oficinas
de la editorial.
Acto seguido, y sin darle tiempo de decir nada, salgo de la
cocina, subo las escaleras a toda velocidad, me visto con la misma
ropa que traía ayer y tomo mi bolso.
Una vez lista, amarro mi cabello en una coleta y bajo las
escaleras para despedirme de mis papás, quienes ya se encuentran
instalados en el comedor.
Mi mamá insiste en que me quede a desayunar con ellos y mi
corazón se rompe otro poco cuando noto la decepción que hay en su
mirada al negarme y disculparme una vez más.
Mi papá, por el contrario, no dice nada. Se limita a besarme en
la mejilla a manera de despedida y a pedirme que regrese pronto a
visitarlos. Luego de asegurarles que vendré y pasaré el fin de
semana aquí, hago mi camino hacia la salida de la casa.
En el momento en el que bajo del tren y me echo a andar a toda
velocidad hacia la salida de la estación, mis niveles de estrés y
ansiedad se disparan a niveles inhumanos.
Mi pulso golpea con violencia detrás de mis orejas, mi
respiración es agitada debido a la rapidez con la que camino y tengo
un nudo en la boca del estómago.
Las puntas de los dedos de mis manos se sienten heladas y sé
que es debido al nerviosismo; así que, en un débil intento por
calentarlas, dejo escapar mi aliento sobre ellas, para luego cerrar los
puños y tratar de mantener el calor.
No puedo dejar de maldecirme a mí misma por la manera
ridícula en la que estoy sintiéndome y, con todo y eso, entiendo a la
perfección a qué se debe. Entiendo que es Gael quien ha sabido
filtrarse en mi vida de un modo tan imperceptible, que ahora es
capaz de provocarme toda clase de emociones abrumadoras.
Las escasas calles que separan el edificio en el que vivo de la
estación se sienten inmensas. Es por eso que no sé cuánto tiempo
pasa antes de que llegue a mi destino.
Cuando lo hago, me detengo en seco.
Un disparo de ansiedad se detona dentro de mí y el nudo en
mi estómago se aprieta porque ahí está él. Ahí está su coche, justo
en uno de los espacios para aparcarse que hay afuera del edificio.
Las náuseas provocadas por la inestabilidad de mis nervios
alterados hacen que una arcada se construya en mi garganta, pero,
de alguna manera, me las arreglo para contenerla.
A continuación, justo cuando creo que nada podría empeorar
mi estado de ánimo, la puerta del auto se abre y la figura de Gael
aparece en mi campo de visión.
De acuerdo. Ahora sí se siente como si pudiese vomitarme
encima. Como si pudiese salir corriendo para huir de él.
Su mirada encuentra la mía.
Lleva la misma ropa de ayer. La única diferencia ahora es que
luce desaliñada y descuidada; arrugada incluso. Su cabello,
usualmente estilizado y bien arreglado, es un desastre compuesto de
ondas rebeldes y desordenadas; la corbata que llevaba ayer ha
desaparecido y, en su lugar, un par de botones deshechos dejan al
descubierto parte de la piel de su pecho. Aun así, ninguno de sus
tatuajes salta a la vista.
Hay bolsas debajo de sus ojos y el aspecto cansado que tiene
le hace lucir más viejo de lo que en realidad es. No obstante, no deja
de lucir intimidante e imponente hasta la mierda. No deja de lucir
como si hubiese salido de alguna especie de revista de modas.
No dice nada. Ni siquiera se mueve. Se limita a mirarme con
ese gesto descompuesto que parece haber sido tallado en su rostro
y me observa como si yo fuese la criatura más cruel existente en la
tierra.
En ese momento, un destello iracundo se apodera de mi
sistema y, de pronto, me encuentro avanzando hacia él a toda
velocidad. Me encuentro siendo presa de mis impulsos idiotas una
vez más.
Él no se mueve cuando, en unos cuantos pasos, acorto la
distancia que nos separa. Tampoco lo hace cuando, llena de una ira
arrolladora que ni siquiera sabía que estaba conteniendo, le espeto
que quiero que se vaya.
—Tamara, tenemos que hablar —dice en tono casi suplicante,
al tiempo que me toma por el antebrazo cuando hago ademán de
marcharme en dirección al edificio. En ese instante, la ira incrementa.
—¡Tenemos que hablar y una mierda! —siseo en su dirección,
al tiempo que me deshago de su agarre con un par de movimientos
bruscos—. ¿Quién demonios crees que eres para venir así aquí
luego de lo que pasó?
—¡Tamara, es que no pasó nada! —suelta, con desesperación
y confusión—. ¡No pasó una puta mierda! ¡Creí que estábamos bien!
—¡¿Bien?! —espeto, en medio de una risotada amarga—
¡¿Creíste que estábamos bien luego de que te desapareciste como
lo hiciste?!
—¡Te llamé decenas de veces! ¡Te escribí docenas de
puñeteros mensajes y no tuviste la decencia de responderme ni uno
solo! —espeta de regreso y la ira se vuelve tan insoportable que me
quema por dentro.
—Si de verdad hubieras querido hablar conmigo, habrías
venido a buscarme —escupo—, pero supongo que estabas muy
ocupado siendo el maldito títere de tu padre, ¿no es así?
—¿Qué tiene qué ver mi padre en toda esta mierda? ¿Es que
acaso de eso se trata? ¿De que me arrastre a buscarte cada que se
me ocurra tener ocupaciones y no pueda procurarte? —Casi ladra
las palabras cuando las dice, pero, a estas alturas, no me interesa la
manera en la que me habla o cuán enfurecido se encuentra—. ¿Es
que no se te ocurrió que estaba tratando de ser prudente y no
abrumarte? Y si estabas tan inquieta por mi desaparición, ¿por qué
no pudiste tragar tu puto orgullo para buscarme y preguntarme qué
coño estaba pasando?
—¿Para qué? —Mi voz se eleva un poco mientras escupo las
palabras con violencia—. ¿Para que volvieras a mentirme? ¿Acaso
crees que soy idiota y no me doy cuenta de lo que está pasando?
—¡Es que no está pasando nada, joder!
—¡Te escuché hablar con tu papá el día que me quedé en tu
casa! —Estoy a punto de gritar. A estas alturas, estoy segura de que
los vecinos han comenzado a enterarse de lo que ocurre acá afuera
—. ¡Ahora atrévete a decir que no está pasando nada! ¡Te reto a
tratar de jugarme el maldito dedo en la boca!
El gesto descompuesto de Gael se ensombrece en el instante
en el que las palabras me abandonan, pero no me arrepiento en lo
absoluto de haberle dicho la verdad. No me arrepiento de haberle
hecho saber que escuché los planes que tenía su padre para él ese
fin de semana.
—Te dije que iba a arreglarlo —dice, pero esta vez, suena
inseguro… Incierto.
—¿Cuándo? ¿Cuándo falte una semana para tu boda?
¿Cuándo te hayas cansado de jugar al hijo perfecto y quieras hacer
tu vida a tus anchas? —El veneno que destila mi voz me hace sonar
más cruel de lo que pretendo ser en realidad, pero no me importa.
Ahora mismo, lo único que quiero es dejarle en claro a Gael que
estoy cansada de él. De sus malditas omisiones y de sus jodidas
mentiras.
—Tamara, es que no es así de sencillo.
—Pues, si no es así de sencillo, no vengas aquí a decir que
sientes algo por mí. No vengas aquí a trata de ilusionarme —refuto
—. Te lo dije antes y te lo repito ahora: no voy a ser el secreto de
nadie. Mucho menos de alguien como tú. —Niego con la cabeza, al
tiempo que trago para deshacer el nudo que ha comenzado a
formarse en mi garganta—. ¿Para qué nos engañamos, Gael? ¿Para
qué tratas de mentirme cuando ambos sabemos que esto… como
sea que se llame… está destinado a irse a la mierda? ¿Por qué no
mejor terminamos con todo de una maldita vez y dejamos de jugar a
que me dices algo bonito y yo te lo creo?
—Tamara...
—No estás enamorado de mí, Gael —lo interrumpo—. No vas
a dejarlo todo por mí y, ¿francamente?, tampoco quiero que lo
hagas. Me lo dije a mí misma y ahora te lo digo a ti: no voy a ser tu
verdugo. No voy a ser tu perdición.
El gesto dolido que se apodera de sus facciones me rompe por
completo. La decepción que soy capaz de ver en sus ojos, la manera
en la que sus hombros —hace unos instantes imponentes y anchos
— se curvan hacia adelante en una postura insegura, la dura línea
de su mandíbula y la manera en la que aprieta los puños a los
costados de su cuerpo… Todo me lastima. Me quiebra de maneras
inexplicables.
—No te estoy pidiendo que seas mi verdugo, ni mi perdición,
Tam —dice, al cabo de unos segundos, con la voz enronquecida por
las emociones—. Te estoy pidiendo que te quedes. Que me des
tiempo para arreglarlo todo.
—Primero toma las riendas de tu vida, Gael —digo, a pesar de
que no quiero hacerlo y de que sus palabras han abierto una brecha
diminuta en mi voluntad y amenazan con resquebrajarla y reducirla a
un montón de escombros—. No puedes pedirme que me quede
cuando ni siquiera tú sabes qué carajo hacer.
Una sonrisa amarga se dibuja en los labios del magnate y, acto
seguido, desvía la mirada.
—¿Es que acaso no te das cuenta, Tam? —Suena torturado—.
¿Es que acaso no eres capaz de ver que, antes de que aparecieras
en mi vida, ya lo tenía todo resuelto? ¿Qué, antes de que vinieras
aquí a llenarme la cabeza de castillos en el aire, ya tenía un plan?
—¿Y se supone que tengo que pedirte una disculpa por eso?
—Sueno más molesta de lo que me gustaría. Más decepcionada de
lo que quisiera—. ¿Se supone que tengo que sentirme mal por
haberte arruinado los planes? —Sacudo la cabeza en una negativa
furiosa—. No puedes venir aquí a decirme todo esto para tratar de
impedir que me vaya. No cuando ayer hiciste tu elección.
—¿De qué elección estás hablando? —Suena exasperado
ahora—. Yo no elegí absolutamente nada, Tamara.
—Por supuesto que lo hiciste. Al quedarte ahí… al no intentar
hablar conmigo… lo hiciste.
—¿Y tenía que correr a detenerte? ¿Tenía que exponer lo que
siento por ti delante de mi padre para que trate de destruirte? —El
enojo se filtra en su voz—. No fui detrás de ti con toda la intención de
hacernos un maldito favor.
—No te creo —refuto—. No creo una sola palabra de lo que
dices.
—¿Qué es lo que sí vas a creerme, Tamara? —escupe, con
coraje y desesperación—. ¿Vas a creerme si te digo que no fui
detrás de ti porque en realidad sí soy el hijo de puta que crees que
soy? ¿Ahí sí vas a creer en lo que digo? —Da un paso en mi
dirección y luego otro—. ¿Por qué no me crees cuando te digo que
todo esto tiene una maldita explicación? ¿Por qué no me crees
cuando te digo que hay algo en ti que me vuelve loco? ¿Qué no me
deja pensar con la puta cabeza fría? —Mi pecho se estremece
cuando me percato del tinte dolido que hay en su mirada—. ¿Por qué
es tan fácil para ti creer que soy un cabrón gilipollas? ¿Por qué no
puedes creerme cuando te digo que estoy tratando de averiguar qué
cojones hacer para estar contigo y mantenerte lejos del imbécil que
tengo por padre?
Una mano grande se ahueca en mi mejilla y, por instinto, me
aparto; pero la palma libre de Gael está lista para acunarse al otro
lado de mi cara y sostenerme ahí, con el rostro entre las manos y el
corazón hecho jirones debido a los sentimientos encontrados que me
embargan.
—¿Por qué es tan difícil para ti aceptar que me gustas del
modo en el que lo haces? ¿Por qué te cuesta tanto creerme cuando
te digo que no trato de hacerte daño?
—Suéltame —suplico, porque no quiero caer de nuevo en su
juego. Porque no quiero volver a ilusionarme en vano.
—¿Estás segura de que eso es lo que quieres? —dice, con la
voz enronquecida por las emociones—. ¿Estás segura de que
quieres que te suelte?
No soy capaz de responder. No soy capaz de hacer otra cosa
más que concentrarme en el modo en el que su aliento cálido golpea
contra mis labios.
—Ayer estuviste con ella —digo, luego de un largo rato.
Sueno patética y suplicante.
—No estuve con ella. Fui a un evento de caridad en el que
estuvieron un montón de accionistas de la empresa —puntualiza, en
voz baja y ronca—. Su padre incluido.
—La llevaste contigo. Como tu acompañante —reprocho, con
frustración y enojo.
—Y la dejé plantada a la mitad del evento solo para venir a
buscarte. Para venir a hablar contigo.
—Cenaste el sábado pasado en su casa. Con su familia. —
Trato de liberarme de su agarre, presa de las oscuras emociones que
me torturan, pero él me lo impide.
—Y pasé la noche encerrado en el coche, esperándote —dice
y un estremecimiento me recorre cuando la intensidad de sus
palabras se me clava en el pecho y hace un agujero en mi interior.
No digo nada. No soy capaz de hacerlo. Si abro la boca para
hablar, es probable que me eche a llorar.
—¿Por qué es tan difícil para ti entender que Eugenia no me
interesa en lo absoluto? ¿Por qué te cuesta tanto creerme cuando te
digo que eres tú quien no ha dejado de robarme el sueño desde el
primer momento? ¿Desde la primera conversación?
Lo miro a los ojos.
—Me gustas, Tamara. Me gustas mucho. Ya me cansé de
negármelo a mí mismo. Ya me cansé de intentar engañarme
diciéndome que lo único que quiero es meterte en mi cama, porque
no es así. Porque esto… —Me acerca hacia él aún más, de modo
que su abdomen se pega al mío y nuestros alientos se mezclan—.
Esto es diferente. Esto es, ahora mismo, lo único que hace que
haber puesto un pie en México haya valido la pena.
Mis manos cierran en puños el material de su saco.
—Deja de hacerme esto —suplico, pero ni siquiera yo misma
sé qué es lo que me está haciendo.
—Tú deja de hacerme esto —susurra, con un hilo de voz y, así
de pronto, sin darme tiempo de decir nada, une sus labios a los míos
con violencia y brusquedad.
Une sus labios a los míos en un beso que me sabe a tortura.
Un beso que me sabe a gloria y perdición.
Capítulo 25

Tiemblo de pies a cabeza.


Mi corazón no ha dejado de latir a toda marcha, la revolución
que llevo dentro es tan intensa, que no puedo dejar de luchar contra
las ganas que tengo de apartarme de Gael Avallone y de fundirme en
él al mismo tiempo.
Un brazo fuerte y firme se envuelve en mi cintura. Un suspiro
es arrancado de mis labios y, justo cuando creo que el beso va a
tomar más fuerza, esta disminuye. Se transforma hasta convertir
nuestro contacto en uno suave, lento, cadencioso… dulce.
Algo cálido me llena el pecho. Algo indescriptible, intenso y
suave al mismo tiempo, me recorre las venas y me llena de una
emoción desconocida. Aterradora por sobre todas las cosas.
Dudo unos instantes y trato de apartarme. Cuando lo hago,
Gael profundiza el beso.
Mis manos —que se aferraban al material del saco que viste—
ahora están sosteniéndole la nuca y me odio por eso. Me odio por
tener voluntad de papel y no apartarlo de una vez y por todas. Por no
poder serle fiel a la entereza de la que tanto profeso.
El sonido de un teléfono celular hace que él rompa el beso de
manera abrupta, para luego soltar una maldición en voz baja. Yo
aprovecho esos instantes para bajar el rostro, de modo que mi frente
descansa sobre su barbilla.
El palpitar violento detrás de mis orejas y el ir y venir de mi
respiración dificultosa, es lo único que puedo percibir ahora mismo; y,
la vergüenza que me invade al darme cuenta de lo que acaba de
pasar, se convierte en lo único en lo que puedo concentrarme.
Me toma unos instantes registrar que es su teléfono el que
suena y a él le toma unos segundos más dignarse a apartarse de mí
para tomar el aparato de uno de los bolsillos de sus pantalones.
Mi vista se posa en él justo a tiempo para ver el gesto incierto
que esboza cuando ve el nombre de la persona que trata de
contactarlo; pero, al cabo de unos segundos, desvía la llamada y
vuelve a guardar el teléfono en su lugar.
Acto seguido, el aparato empieza a sonar de nuevo.
Otra palabrota escapa de los labios del magnate y, aunque
quiero aprovechar ese momento para echarme a correr hacia el
apartamento, me las arreglo para apartarme de él unos pasos más e
intentar recomponerme.
—Contesta —digo, en voz baja, al tiempo que desvío la mirada
y coloco detrás de mis orejas los mechones de cabello que se me
han soltado de la coleta.
—No es importante —Gael refuta, con la voz enronquecida por
las emociones, pero no le creo en lo absoluto. La manera en la que
pronuncia las palabras lo delata.
Me obligo a mirarlo.
—Ambos sabemos que es importante que respondas —insisto,
pero la determinación con la que me encuentro en su gesto me hace
saber que no va a contestar esa llamada.
—Arreglar las cosas contigo es más importante que cualquier
cosa que Camila tenga que decirme al teléfono —dice y mi corazón
se estruja con fuerza.
—Podemos arreglar las cosas luego —sueno ligeramente
inestable, pero, a estas alturas, ni siquiera me interesa pretender que
estoy bien. Que no me siento afectada por él y por todo lo que le
hace a mis nervios cuando está cerca.
—¿Luego? ¿Cuándo? ¿Cuando la inseguridad que sientes
respecto a mí te haga crearte las historias más atroces? ¿Cuando la
falta de comunicación te haga creer que no me importas en lo
absoluto? —dice, al tiempo que su teléfono deja de sonar unos
instantes, para volver a hacerlo al cabo de unos segundos—.
Necesito que de una vez por todas hablemos de esto, Tam. De
nosotros. De lo que va a pasar. —Niega con la cabeza—. Estoy
cansado de estar en guerra contigo. De sentir que, luego de dar un
paso hacia adelante, damos veinte hacia atrás. Así que: sí. Esto es
más importante para mí ahora mismo. Arreglar esto es lo único que
me interesa en estos momentos.
Un estremecimiento me recorre la espina dorsal y sus palabras
calan hondo en mi interior. Calan tan fuerte, que todo dentro de mí se
inquieta de sobremanera.
Mi boca se abre para hablar, pero no estoy segura de qué es lo
que voy a decir. Justo cuando estoy a punto de hacerlo, el aparato
deja de sonar y comienza a hacerlo una vez más.
—¡Me cago en la puta! —Gael escupe con irritación, al tiempo
que toma el teléfono entre los dedos y, sin darme tiempo de siquiera
procesarlo, desliza el pulgar por la pantalla y se lo lleva a la oreja
para espetar un seco—: ¡¿Qué?!
El silencio que le sigue a su exclamación enfurecida me hace
saber que la persona del otro lado está hablando.
—Cancélala —dice, una vez que su interlocutor termina de
hablar—. Cancela todo lo que tenga para hoy. No voy a ir a la oficina.
—La brusquedad con la que escupe las palabras, aunado a lo que
acaba de decir, hace que un nudo se instale en mi estómago, pero
no estoy segura del porqué—. No. Tampoco asistiré —habla, luego
de que otra larga pausa se hace presente y, esta vez, la
exasperación tiñe el gesto de Gael.
Se frota la frente con la palma, en un gesto cargado de
desesperación e intolerancia.
—Señorita Vázquez, escúcheme bien —el tono que el
magnate utiliza es tan amable, como condescendiente, y las ganas
de golpearle la nuca a manera de reprimenda se hacen presentes—:
No voy a ir a la oficina. Quiero que cancele todas mis reuniones. No
estoy para nadie, ¿de acuerdo? —Hace otra pausa—. No. Ni siquiera
para mi padre. —Gael asiente, aunque la persona del otro lado del
teléfono no puede verlo—. Nos vemos mañana, señorita Vázquez —
dice, luego de otro pequeño rato en silencio y luego, finaliza la
llamada.
Posa su atención en mí una vez más.
—¿Podemos hablar ya, por favor? —dice, luego de unos
largos instantes y yo, presa del agotamiento emocional, asiento en
acuerdo.
—Vamos adentro —digo, para darle algo de paz a mis nervios
alterados y a la revolución de sentimientos que me azota, al tiempo
que hago un gesto de cabeza en dirección al apartamento.
El, en respuesta, cierra los ojos en un gesto aliviado y, cuando
empiezo a avanzar, me sigue de cerca.

Nos toma apenas unos instantes encaminarnos a las escaleras


del edificio y subir los tres pisos que llevan a mi departamento.
No hablamos en lo absoluto mientras lo hacemos. Gael
tampoco hace ademán de acercarse demasiado. La distancia con la
que sigue mis pasos es de escalones enteros. No sé cómo me hace
sentir eso. No sé cómo lidiar con ello, porque se siente como si
tratase de no asustarme. De mantener abierta la brecha que hizo en
la armadura que traía puesta cuando llegué aquí.
El nerviosismo se me nota en la torpeza con la que rebusco las
llaves dentro de mi bolso una vez que nos encontramos afuera del
apartamento. Pese a eso, el magnate no dice nada. Se limita a
esperar pacientemente a que conecte el cerebro con los dedos, para
poder encontrarlas.
Una maldición se me escapa cuando, por cuarta vez, revuelvo
todo el contenido de mi bolso sin éxito.
Eventualmente, logro localizarlas en uno de los bolsos
pequeños del interior y, cuando esto ocurre, abro el cerrojo.
Le ruego al cielo que la estancia esté presentable y que, por
una vez en la vida, a Victoria se la haya ocurrido llevarse a su
recámara el montón de zapatos que suele dejar regados por todos
lados.
Abro la puerta.
Lo primero que me encuentro cuando pongo un pie en la sala,
es la visión de Alejandro, con el cabello revuelto, los ojos hinchados
por el sueño y una cuchara repleta de cereal a medio camino de la
boca. Sus ojos están clavados en un punto a mis espaldas y sé, de
inmediato, que Gael está justo detrás de mí y que ambos están
sosteniéndose la mirada.
«Me lleva el diablo».
La mirada de mi compañero de cuarto pasa de Gael a mí un
par de veces, como si tratase de decidir si la situación es hostil o no.
—Buenos días —digo, al tiempo que, haciendo acopio de toda
mi fuerza de voluntad, me obligo a avanzar hacia el interior del
departamento.
Alejandro me regala un gesto de cabeza a manera de saludo,
pero no ha apartado la vista del hombre que, sin esperar por una
invitación, se introduce dentro del pequeño espacio en el que vivo.
—Buenos días —Gael saluda, pero suena tenso y distante al
mismo tiempo.
—¿Y Victoria? —digo, en un desesperado intento de desviar la
atención de ambos.
—Tenía ensayo general en el teatro y se fue hace como media
hora —Alejandro responde. Él también trata de sonar
despreocupado, pero el filo tenso que hay en su voz lo delata por
completo.
—Oh… —digo, porque no sé qué otra cosa hacer y, con
incomodidad, finjo acomodar los cojines que se encuentran sobre
uno de los sillones.
—Yo también voy a de salida —Alejandro anuncia y eso hace
que mi atención se pose en él—. Me reúno con mis compañeros de
estudio una vez más, así que solo termino de desayunar y me
marcho.
Asiento, sin saber muy bien qué decirle. Él parece notar mi
nerviosismo, ya que esboza una sonrisa suave y dice:
— ¿Qué tal la casa de tus padres?
El esfuerzo descomunal que hace por mantener la
conversación en un lugar ligero y manejable me hace querer
abrazarlo; pero, en lugar de hacerlo, me quedo aquí, de pie a la
mitad de la estancia, mientras me encojo de hombros en un gesto
que pretendo que luzca despreocupado.
—La casa de mis papás siempre está increíble —digo, porque
es cierto.
—Deberías decirle a tu madre que nos mande galletas de
nuevo. Estaban deliciosas. —Alejandro me regala una sonrisa
juguetona y, muy a mi pesar, sonrío de regreso.
—Esas galletas eran mías. No tenías por qué habértelas
comido —digo, con fingida indignación, al recordar como hace unos
meses engulló una bolsa de galletas de nuez que mamá había hecho
para mí. Él suelta una pequeña risa en respuesta.
—¡Me disculpé un millón de veces! —Exclama y, esta vez, la
tensión se fuga un poco en la estancia.
—Y te tendrás que disculpar un millón más para que lo olvide
—refuto, antes de posar mi atención en Gael, quien no ha
despegado los ojos de mi compañero de cuarto.
La dureza en su ceño fruncido no hace más que confirmar lo
que ya sospechaba: no está feliz con esto. No está feliz conmigo y
Alejandro hablando de este modo.
—¿Ya conocías a Alejandro, Gael? —digo, mientras trato de
no hacerle notar cuán satisfecha me hace sentir el gesto incómodo
que se ha apoderado de su rostro.
Gael, de soslayo, me dedica una mirada irritada.
Sabe que estoy empujándolo un poco hacia el borde. Que esta
es una especie de revancha por todo lo que me ha hecho pasar las
últimas semanas.
—No formalmente, pero ya nos habíamos encontrado —Gael
responde, estoico. Es todo negocios ahora. Su postura, hace unos
instantes, desgarbada y desinhibida, es ahora imponente. Casi
soberbia.
En estos momentos, me da la impresión de que, si
estuviésemos en otro lugar. En un espacio similar a su oficina, Gael
estaría estirando una mano hacia Alejandro para estrechársela.
Una sonrisa idiota amenaza con escaparse de mis labios con
el mero pensamiento, pero me las arreglo para contenerla lo mejor
que puedo.
Alejandro dispara una mirada irritada en mi dirección segundos
antes de ponerse de pie de la silla en la que se encuentra.
—Yo me retiro —dice, en un tono formal y extraño en partes
iguales—. Vuelvo tarde. No me esperen temprano.
Y así, sin dar oportunidad a nada, desaparece en el interior de
la cocina unos segundos antes de reaparecer, tomar la chaqueta que
descansa en el respaldo de la silla en la que se encontraba y
encaminarse hacia la salida, justo donde Gael se ha instalado.
Se detiene frente a él.
—Un gusto, Gael —dice y mi corazón hace un baile extraño
solo porque le ha llamado por su nombre de pila y no por su apellido.
Solo porque lo ha bajado del pedestal en el que la gente suele
ponerlo todo el tiempo.
En ese instante, poso mi atención en el hombre que se
encuentra a pocos pasos de distancia de mí y soy capaz de notar
cómo su cuerpo se tensa en respuesta a las palabras de Alejandro.
Aun así, se las arregla para aclararse la garganta y regalarle
un asentimiento a mi compañero de cuarto quien, rápidamente, alza
una mano para estrecharla con la suya.
Gael posa la vista en la mano extendida de Alejandro y, de
pronto, no puedo dejar de pensar en su padre y en el incidente que
tuvimos ayer.
Una punzada de algo doloroso me atraviesa el pecho de lado a
lado, pero me las arreglo para ignorarla lo mejor posible.
Al magnate le toma apenas unos instantes más apretar la
mano de Alejandro en un saludo, y le toma unos cuantos más
arrancarse las palabras de la boca para decir que él se siente
también gustoso de conocerlo.
Sé que está mintiendo. Que, en realidad, odia la idea de tener
que estar delante de mi compañero de cuarto, y la satisfacción y el
remordimiento se mezclan dentro de mí.
—Nos vemos más tarde —Alejandro dice en mi dirección luego
de eso, y me guiña un ojo. La tensión en los músculos de Gael es
visible ahora. Mi compañero de departamento ni siquiera parece
inmutarse con esto, ya que me regala una sonrisa sesgada que, muy
a mi pesar, correspondo con una boba y gigantesca.
—Hasta luego —musito y, luego de eso, Alejandro desaparece
por la puerta principal.
Se hace el silencio.

No estoy muy segura de qué hacer o de qué decir una vez que
Alejandro se marcha, así que continúo jugueteando con los cojines
del sillón.
La mirada del magnate está fija en mí. Puedo sentirla
taladrándome la cabeza y, con todo y eso, me tomo mi tiempo
sacudiendo el polvo inexistente del sofá individual.
—No creí que hablabas en serio cuando dijiste que vivías con
él. —No me pasa desapercibido el tono amargo que tiñe la voz de
Gael.
Algo dentro de mí se regodea en respuesta a su comentario,
pero le regalo un encogimiento de hombros, aún sin mirarlo.
—No es la gran cosa —mascullo en respuesta, pero ya he
comenzado a luchar contra la sonrisa que amenaza con
abandonarme—. Compartimos los gastos de un apartamento y ya
está.
—Y estuviste a punto de besarlo en un antro hace casi dos
semanas —puntualiza.
—No estuve a punto de besarlo —digo, a regañadientes y en
voz baja, mientras me obligo a encararlo—. Además, no es como si
tuvieses algo qué reclamarme. Te recuerdo que en ese entonces me
habías dicho que yo era un error. Que ibas a casarte y que haberme
besado había sido una equivocación, ¿lo recuerdas?
De manera abrupta, la distancia que me separa de Gael es
acortada por sus largas zancadas y, antes de que pueda siquiera
reaccionar, se encuentra tan cerca que tengo que alzar la cara para
mirarlo a los ojos.
—¿Te gusta? —pregunta, en voz baja y un escalofrío me
recorre de pies a cabeza.
—Por supuesto que no —me las arreglo para sonar arrogante
cuando lo digo, aunque, en realidad, lo único que quiero es poner
distancia entre él y yo para así poder pensar claramente. Para poder
deshacerme de la sensación abrumadora que siempre me invade
cuando lo tengo así de cerca.
—Ah, ¿no? —Gael habla en un susurro ronco y profundo, al
tiempo que, con una mano retira algunos mechones sueltos de mi
cabello para colocarlos detrás de mi oreja.
Niego con la cabeza, aturdida.
—No… —Mi voz suena inestable ahora y la vergüenza y el
coraje me invaden en partes iguales.
—¿Y yo? —pregunta y, esta vez, la duda se filtra en su tono
despreocupado. El anhelo se cuela en la manera en la que pronuncia
las palabras—. ¿Yo… te gusto?
Mi corazón se salta un latido.
Mi boca se abre para hablar, pero las palabras no vienen a
ella; así que la cierro de golpe una vez más.
Él no dice nada. Se queda quieto, con esos ojos ambarinos
clavados sobre los míos, y esa fuerza que siempre irradia y que me
hace sentir intimidada a la espera de una respuesta.
—No. —El sonido de mi voz es tímido e inseguro, pero es lo
mejor que puedo darle. Es todo lo que puedo pronunciar ahora que la
revolución dentro de mí ha comenzado a avivarse.
La mirada de Gael se oscurece varios tonos.
—Mientes —replica, en voz baja, y mis entrañas se retuercen
con violencia al escuchar la intensidad con la que habla—. Sé que
mientes.
Trago duro.
—Si ya lo sabes —me las arreglo para arrancar las palabras
de mi boca—, ¿para qué lo preguntas?
Algo en su expresión cambia al instante y lo hace verse como
si fuera un niño pequeño. Lo hace lucir vulnerable. Temeroso,
incluso.
—Quiero escucharlo de tu boca, Tamara —dice, con un hilo de
voz—. Quiero escucharte decir que no me eres indiferente. Que no
soy el único aquí que siente algo, para así no sentirme patético por
estas horribles ganas que tengo de besarte.
—¿Y de qué sirve que lo diga? ¿De qué sirve que lo admita
si…? —Niego con la cabeza, incapaz de continuar, al tiempo que
trago varias veces para deshacer el nudo de emociones que se
forma en mi garganta.
—¿Qué, Tamara? —Me insta a continuar—. ¿De qué sirve que
lo admitas si, qué?
Me obligo a mirarlo.
—¿De qué sirve que lo admita si todo esto está destinado a
irse al carajo? ¿Si ambos sabemos que esto no va a funcionar? No
cuando hay tantas omisiones de por medio. No cuando venimos de
lugares tan diferentes —suelto, con toda la determinación que puedo
imprimir—. ¿De qué me sirve admitir que siento algo por ti, cuando
todo me grita en la cara que solo tratas de jugar conmigo?
Gael aprieta la mandíbula y un músculo salta en ella casi al
instante.
—Tam, no voy a mentirte y decirte que nunca he tonteado con
una mujer. —Habla—. No voy a ser un hipócrita de mierda y decirte
que jamás he sido un cabrón mujeriego, porque no es así. Porque lo
he sido. Porque, hasta hace unos meses, estaba dispuesto a hacer
desfilar a una decena de chicas aspirando a ser mis secretarias, solo
por el mero placer de divertirme. —Sus palabras me escuecen por
dentro y evocan el primer recuerdo que tengo sobre él. Ese en el que
se encuentra con los pantalones abajo, en una posición
comprometedora con Camila: su secretaria—. Y voy a ser un puto
cliché al decirte esto, pero: todo eso ha dejado de interesarme. Ha
dejado de parecerme atractivo, porque mi atención entera la ha
acaparado una muchachita talentosa y bocazas que se pavonea en
mi oficina. Y ni siquiera lo hace en lencería, ¡joder! ¡Lo hace en ropa
de vagabundo! ¿Puedes creerlo? Va por ahí, con esos aires de
grandeza que tanto me irritan, y todavía tiene el descaro de hacerme
enfadar hasta el punto en el que quiero echarla nueve de cada diez
veces que nos reunimos.
Muy a mi pesar, una pequeña sonrisa comienza a tirar de las
comisuras de mis labios. Él sacude la cabeza en una negativa, al
tiempo que ahueca mi rostro entre sus manos.
—Tamara Herrán, has puesto mi mundo de cabeza. Para bien.
Para mal. ¡Para sabrá Dios qué! —declara, y mi corazón se salta un
latido—. Y no quiero dejarte ir sin antes haberlo intentado. Sin antes
haber explorado esto que despiertas en mí y que me desestabiliza
hasta la locura.
—¿Y tu familia? ¿Y tu padre? ¿Grupo Avallone? ¿Tu
prometida? —Lo miro con aprensión.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que Eugenia Rivera no es
mi prometida? —Gael suena exasperado ahora—. ¿Qué tengo que
hacer para que me creas? ¿Para que te des cuenta de que digo la
verdad?
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De creerte. De ser una aventura. De ilusionarme y sentir… y
que termines utilizándome.
—Tam, es que…
—Suelo aferrarme emocionalmente a las personas —lo
interrumpo—. Suelo sujetarme de quienes me rodean y termino
haciéndome mucho daño cuando las cosas se ponen difíciles. —
Sacudo la cabeza en una negativa—. Y sé que está mal. Que es
insano y que solo consigo lastimarme a mí misma… pero no puedo
dejar de hacerlo. No sé cómo detenerlo… —Hago una pausa para
recuperar el aliento—. Y no quiero aferrarme a ti. No quiero hacerme
daño sintiendo algo por ti, porque sé, Gael Avallone, que vas a
romperme el corazón tarde o temprano. Vas a darte cuenta de lo
diferentes que somos y de que esto no puede ser, y vas a romperme
el corazón.
Clavo mis ojos en los suyos.
La emoción que veo en su gesto hace que algo desconocido y
abrumador me invada en partes iguales.
—Mira tú… —dice, con la voz enronquecida por las emociones
—. Tanto decías que era yo quien le temía a los corazones rotos y
resultaste ser tú, chiquilla valiente, quien resultó tenerles pavor.
—Soy una hipócrita de mierda —susurro en acuerdo, al tiempo
que esbozo una sonrisa triste y temblorosa.
—¿Quién estará más loco aquí? —Gael musita, al cabo de lo
que se siente como una eternidad—. ¿Tú, que no quieres salir herida
o yo, que voy a más de cien kilómetros por hora directo hacia una
pared de concreto llamada David Avallone? ¿Tú, que tratas de
esconderte tras una fortaleza emocional o yo, que, con tal de
encontrar pertenecer a algún lugar en el mundo, está dispuesto a
derribarla? —Sus pulgares trazan caricias dulces en mis mejillas
mientras habla—. ¿Soy egoísta si digo que no quiero dejarte ir? ¿Si
digo que, a pesar de que sé que tengo que arreglar mi mierda
primero, quiero tener algo contigo?
Cierro los ojos.
—No va a funcionar —digo, pero realmente sueno anhelante.
Como si esperase que él me asegurara lo contrario. Quizás así lo
hago. Quizás, en realidad, eso espero: que me diga una y mil veces
que será lo opuesto y que estamos destinados a ser de alguna u otra
manera.
—¿Y qué si no funciona?... Yo de todos modos quiero
intentarlo —murmura—. Y no porque quiera hacerte daño, sino
porque hacía años que no me sentía así de bien. Así de… vivo.
—¿Y de eso se trata todo esto? ¿De sentirse bien? ¿De
sentirse vivo?
—Se trata, Tamara Herrán, de que dejemos de pensarlo tanto
y nos dejemos llevar. De que dejes tus miedos de lado y de
preocuparte por lo que se vendrá —dice—. De que dejes de hacerte
mil y una historias en la cabeza cada que haya un malentendido y
me preguntes qué ocurre. —Abro los ojos solo para darme cuenta de
la cercanía de su rostro—. Se trata de que vayamos un paso a la
vez. Todo se resuelve un paso a la vez. —Hace una pequeña pausa
—. No corramos cuando apenas hemos empezado a caminar.
—No quiero ser tu secreto. No quiero ser la otra.
—Yo tampoco tengo interés alguno en que lo seas, Tam. —
Gael susurra—. No vas a serlo. Y ya sé que lo dije antes, pero lo
repito por si no ha quedado claro: voy a arreglarlo todo.
—Pero…
—Te doy mi palabra —me interrumpe—. Hace unos meses te
aseguré que arreglaría la mierda que provoqué al dejar que se
publicaran las fotografías que nos tomaron en el McDonald’s,
¿recuerdas? —Esboza una sonrisa dulce que me atenaza el pecho
de manera dolorosa—. Ahora te pido que confíes en mí y me dejes
arreglar esto también.
Alivio, incertidumbre, miedo… ilusión. Todo se arremolina en
mi interior y es solo hasta ese momento, que me atrevo a descansar
la frente en su barbilla.
«No seas así de ingenua, Tamara», me reprime la vocecilla
insidiosa en mi cabeza, pero, de alguna manera, me las arreglo para
empujarla lejos. A ese lugar oscuro en el que guardo todo eso que
me hace daño.
—De acuerdo… —musito, finalmente, al cabo de unos largos
instantes, en un tono de voz apenas perceptible.
En respuesta, Gael envuelve sus brazos a mi alrededor y me
aprieta contra su cuerpo. Yo aprovecho para descansar el rostro en
el hueco entre su hombro y su cuello y, cuando la calidez de su
abrazo me anestesia el alma y los sentidos, susurra en voz baja:
—No voy a echarlo a perder, Tam. Lo prometo.
Capítulo 26

—No tenías por qué ponerte a cocinar. —La voz quejumbrosa de


Gael llega a mis oídos y una sonrisa boba se desliza en mis labios.
No respondo. Me limito a menear los huevos revueltos que
tengo en la cazuela delante de mis ojos, segundos antes de verter
sobre ellos la salsa que he hecho.
—Pero quería hacerlo —digo, en voz baja, luego de otros
instantes más de silencio, sin siquiera molestarme en mirar en su
dirección.
Se encuentra sentado en una de las sillas del comedor. Yo
hace rato que estoy instalada frente a la estufa de la diminuta cocina
del apartamento, dándole la espalda, mientras trabajo en el
desayuno que estoy empeñada en tener.
Nada ni nadie impedirá que mi primer alimento del día sean
huevos en salsa como los que prepara mi madre.
Ni siquiera la ansiedad que me invade. Mucho menos el nudo
en el estómago que no me ha abandonado desde que Gael Avallone
decidió quedarse a tomar los alimentos conmigo.
«¿Por qué demonios tiene qué hacerle esto a mis nervios?
¿Por qué carajo no soy capaz de relajarme en su presencia?».
—Pudimos haber ido a almorzar algo por ahí. —Gael insiste,
medio fastidiado; medio divertido—. Te dije que yo te invitaría.
—Y yo te dije que no necesito que me invites a ningún lado —
refuto. No es mi intención sonar orgullosa, pero lo hago de todas
formas.
—Lo que pasa es que eres necia y testaruda, y se te ha metido
en la cabeza la idea de llevarme la contraria siempre. —El magnate
insiste y ruedo los ojos.
—¿Podrías dejar de quejarte? —digo, con fingida molestia
pintándome la voz, al tiempo que me giro sobre mis talones para
encararlo—. Agradece y disfruta el hecho de que estoy
preparándonos el desayuno. No volverá a suceder.
El magnate entorna la mirada en mi dirección.
—¿Ves lo que te digo? Contigo puras agresiones —suelta,
pero la sonrisa que tira de las comisuras de sus labios me hace
saber que solo está tratando de hacerme enojar—. Primero te
empeñas en cocinar cuando no hay necesidad de que lo hagas, y
luego dices que nunca volverás a hacerlo. ¿Es que acaso tratas de
engatusarme con tu comida para luego privarme de ella?
Una sonrisa irritada se apodera de mi rostro y sacudo la
cabeza en una negativa.
—Y luego dicen que la dramática soy yo —mascullo, sin dejar
de sonreír.
Una risa suave y ronca escapa de la garganta del hombre de
aspecto descuidado que se encuentra sentado en una de las sillas
del comedor, y mi corazón aletea en respuesta.
—Ven aquí —dice, al tiempo que estira una mano hacia mí—.
Déjame besarte.
Todo dentro de mí se revuelve y el aliento se atasca en mi
garganta.
Euforia, ansiedad, emoción... Todo se arremolina en mi interior
y me hace difícil pensar con claridad. Ahora mismo, solo puedo
mirarle la boca. Esos labios mullidos suyos que no hacen más que
sacarme de quicio.
La distancia que nos separa es acortada por mis pasos tímidos
y torpes y, una vez cerca, Gael se recorre hacia atrás en la silla, de
modo que, cuando me detengo frente a él, quedo acomodada en el
hueco creado por sus piernas entreabiertas.
En esta posición, mi cabeza apenas le saca unos cuantos
centímetros a la suya, así que no es le es difícil ahuecar mi rostro
entre sus manos y tirar de mí ligeramente para besarme.
El contacto es suave. Dulce.
No hay nada arrebatado, ansioso o desesperado en él. De
hecho, la forma en la que sus labios se mueven contra los míos es
casi parsimoniosa. Como si tuviese todo el tiempo del mundo para
besarme. Como tuviera la certeza de que no hay poder en el mundo
capaz de hacerme renunciar a un beso suyo.
Cuando nos apartamos, mi frente y la suya se unen.
No abro los ojos. Me quedo aquí, quieta, absorbiendo el hecho
de que Gael está aquí, en mi apartamento, con los brazos envueltos
alrededor de mi cintura y la boca a escasos centímetros de la mía.
—El desayuno va a quemarse —musito, luego de unos
segundos más.
Él asiente.
—Lo sé —murmura y su aliento caliente me roza la piel de los
labios.
—Debo apagar la estufa.
—Lo sé.
—Tienes que dejarme ir para que pueda apagar la estufa.
—No quiero —suelta en un quejido infantil por sobre todas las
cosas, y una sonrisa boba se desliza en mis labios.
En ese momento, y sin poder —querer— detenerme, planto un
beso casto en sus labios. En respuesta, Gael suelta un gruñido
aprobatorio que no dura demasiado, ya que me aparto con rapidez y
me deshago de su abrazo para apagar la hornilla encendida.
Para mi buena suerte, el guisado no se ha estropeado.
—Huele delicioso. —El magnate apunta, justo cuando estoy
buscando un par de platos limpios en una de las alacenas.
—No te ilusiones mucho —digo, concentrada en la tarea
impuesta—. En realidad, la cocina nunca ha sido mi fuerte. Prepárate
para un desastre nuclear.
—¿Siempre eres así de exagerada? —bufa, pero sé que está
bromeando.
—¿Siempre eres así de quejumbroso? —bromeo de vuelta,
mientras sirvo el contenido de la cacerola en los platos elegidos.
Acto seguido, me encamino hasta la mesa y los coloco sobre
ella. Entonces, vuelvo sobre mis pasos solo para tomar el bote de
jugo de naranja del refrigerador, un par de tenedores y dos vasos.
—¿Necesitas ayuda? —Gael pregunta, al verme maniobrar
con todo lo que llevo entre las manos.
—No —digo, pero sí lo hago—. Lo tengo todo bajo control.
—Necia.
—Controlador —refuto y una risotada lo asalta.
—¿Qué es esto? —pregunta, al tiempo que toma uno de los
platos—. Se ve bastante bueno.
—Lo está... —digo, con suficiencia—. O eso espero. —Esbozo
una sonrisa cargada de disculpa—. Es probable que no sepa ni la
mitad de bien que el que prepara mi mamá, pero estoy bastante
confiada en mí misma en esta ocasión. Puedo manejar el huevo con
salsa. Es una de las pocas comidas que no suelo echar a perder.
—Empieza a preocuparme esa insistencia tuya respecto a tu
relación con la comida —dice, con fingido horror, pero el brillo
juguetón que hay en la mirada que me dedica, me calienta el pecho
de una manera extraña—. ¿De verdad eres así de desastrosa?
Asiento, muy a mi pesar.
—Tampoco es como si no supiera calentarme una tortilla o
prepararme algo rápido; pero, sí. Suelo ser bastante mala para
cocinar. —Me las arreglo para hacer una mueca pesarosa, mientras
me siento a su lado y sirvo algo de jugo en los vasos que he traído.
—Si es así, es una suerte que a mí se me dé de maravilla la
cocina —dice, al tiempo que enrosca las mangas de la camisa que
lleva puesta, dejando al descubierto sus brazos cubiertos en tinta.
Entonces, toma un tenedor.
Un bufido incrédulo se me escapa.
—¿Tú? ¿Cocinas? —Sueno incrédula y escéptica—.
Permíteme dudarlo, Avallone.
La mirada ambarina e imponente de Gael se posa en mí y una
ceja poblada se arquea en el proceso.
—¿No me crees? —La arrogancia que tiñe su tono no me
pasa desapercibida—. Sin ningún problema puedo darte una cátedra
sobre comida europea cuando gustes.
Sonrío.
—Dime de lo que presumes... —mascullo, antes de darle un
trago largo al contenido del vaso que tengo entre los dedos.
—Hablo muy enserio. —Gael asevera, con suficiencia—.
Cuando eres hijo de una mujer que trabaja veinticuatro horas al día,
siete días a la semana, tienes que aprender a apañártelas si no
quieres sobrevivir a base de sopas instantáneas. Yo detesto la
comida basura, así que... —Se encoge de hombros—. No trato de
sonar pretencioso, ni mucho menos, pero sé defenderme en la
cocina. A madre le encantaba que le preparara risotto.
—Jamás he comido eso —admito, al tiempo que tomo un
tenedor y picoteo la comida en el plato que tengo delante de mí.
—No se diga más —dice, con aire resuelto—. Te cocinaré
risotto un día de estos.
—¿Es una promesa? —digo, antes de introducirme algo de
comida dentro de la boca.
Él me imita y toma un pequeño bocado del desayuno que
preparé con el tenedor que tiene entre los dedos.
—Es una promesa, Tam —dice y se echa a la boca lo que
acaba de tomar del plato.

El desayuno se me pasa como un suspiro. Entre comentarios


juguetones y anécdotas sin mucha relevancia, terminamos lo que
preparé y Gael insiste en ayudarme a lavar los trastos. Mientras lo
hace, yo limpio la mesa y, a pesar de que no estoy muy de acuerdo
con que haga quehaceres que no le corresponden, lo dejo pasar
porque no quiero tener otra discusión absurda con él. No cuando el
ambiente se ha aligerado tanto entre nosotros y por fin he decidido
darle un poco de paz a mi corazón dolorido.
Una vez terminadas nuestras tareas, Gael me invita a salir al
cine, pero declino su oferta invitándolo a ver una película aquí, en
casa, desde Netflix. No me pasa desapercibida la forma extrañada
en la que me mira cuando le ofrezco quedarse. Se siente como si no
pudiese creer que prefiero quedarme, a salir y ver algo de estreno en
el cine.
Con todo y eso, no dice nada. Solo acepta mi invitación a
quedarse.
Nos toma alrededor de veinte minutos deliberar qué es lo que
vamos a ver. Nunca me habría imaginado que las películas de terror
y suspenso fuesen las predilectas de un hombre como Gael
Avallone.
Sinceramente, imaginaba que le gustaba más el cine de culto
o algo un poco más «intelectual» bajo los estándares sociales; sin
embargo, descubrir que tiene cierta afición por las tramas
sencillas —esas en las que los sustos repentinos y la música
diseñada para ponerte los pelos de punta, abundan— me hace sentir
extrañamente fascinada.
Así pues, luego de un largo debate sobre los pros y contras
sobre la película que él quiere ver y la que yo muero por mostrarle,
conectamos mi computadora a la televisión de la sala, nos
instalamos en uno de los sillones de la sala y nos disponemos a ver
el filme elegido.
Gael, sin siquiera molestarse en ser un poco más discreto o
sutil, tira de mi brazo cuando me acomodo cerca, a su lado, y me
acomoda así, con un costado del cuerpo acurrucado contra su pecho
y uno de sus brazos rodeándome los hombros.
Yo, en respuesta a su gesto cálido, entrelazo los dedos de su
mano libre con los míos y recargo la cabeza contra su pecho.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que, inevitablemente, el
sueño provocado por la pesadez del desayuno me haga dormitar un
poco. Tampoco sé cuánto pasa antes de darme cuenta de que he
perdido el hilo de lo que ocurre en la película porque, estoy segura,
me he quedado dormida unos minutos.
Finalmente, luego de luchar contra las ganas que tengo de
dormir aquí, acurrucada contra el hombre que tantas cosas me
provoca, me dejo ir. Dejo que el sueño me venza y me lleve a un
lugar tranquilo y dulce, porque es lo único que deseo.
Ahora mismo, luego de tanta incertidumbre, es lo único que
quiero.
Una melodía aguda, chirriante y desagradable me inunda los
oídos, pero trato de ignorarla para así poder dormir un poco más.
La canción irritante y taladrante eleva su volumen y un quejido
se escapa de mis labios. El sonido de una voz susurrando mi
nombre, hace que ponga un poco de atención a lo que sucede a mi
alrededor.
Me revuelvo con incomodidad.
—Tam... —Esta vez, soy plenamente consciente de lo cerca
que suena la persona que me llama—. Tam, debo contestar.
Reconozco la voz. Sé a quién le pertenece; pero aquí,
envuelta en este manto pesado que me recubre el pensamiento, no
soy capaz de conectar todos los puntos. No soy capaz de ponerle
una cara al sonido tan familiar.
Otro quejido se me escapa cuando soy obligada a abandonar
la superficie cálida y firme sobre la que me encuentro, solo para
darme de lleno con la aspereza de un material medianamente cálido
y cómodo.
Dedos largos cepillan las hebras mi cabello en un gesto
cariñoso y algo que se siente como un beso es depositado en mi sien
antes de que, tanto la caricia, como la sensación que se asemeja a
unos labios cálidos, me abandonen.

La charla de una sola dirección que comienza a llevarse a cabo


en la lejanía me trae poco a poco a la superficie y me aleja de esa
bruma densa que me envuelve. Es por eso que, al cabo de unos
instantes, me encuentro aquí, recostada en mi costado, parpadeando
para acostumbrarme a la penumbra en la que se ha envuelto toda la
estancia.
La desorientación se aleja conforme me voy deshaciendo de la
pereza y, pronto, me encuentro mirando la pantalla oscurecida del
televisor encendido.
Acto seguido, me incorporo en una posición sentada y recorro
la vista por toda la estancia.
No sé qué hora es. Tampoco tengo idea de cuánto tiempo he
dormido, pero se siente como si hubiera sido una eternidad. La poca
iluminación que se cuela por las ventanas del apartamento delata a
mi cuerpo traicionero y flojo.
Mi atención se detiene en la puerta entreabierta de la entrada.
Allá afuera, la figura de alguien se pasea sin rumbo alguno
mientras que, en voz baja y distante, una conversación unilateral se
lleva a cabo.
«Gael».
Me pongo de pie con torpeza.
Mis músculos agarrotados me piden que les de algo de
descanso, así que, casi por inercia, los estiro y permito que un
bostezo se apodere de mi boca. La soñolencia no se marcha del
todo, pero, conforme pasan los segundos, soy cada vez más
consciente de todo lo que ocurre a mi alrededor.
Es tarde. No sé qué tan tanto, pero puedo deducir que es más
tarde de lo que me gustaría debido a la poca luz que se cuela de la
calle, y a la oscuridad casi total en la que se ha sumido el
apartamento.
Avanzo en dirección al interruptor del foco de la sala y la
estancia se ilumina.
Mis ojos se entrecierran casi al instante, pero no les toma
mucho acostumbrarse al cambio.
La voz —que ahora puedo reconocer como la de Gael— suena
baja al teléfono. Casi murmurada. Y, aunque la curiosidad pica en mi
sistema y me tienta a acercarme un poco más a la puerta para
escuchar, me las arreglo para no hacerlo. Por una vez en la vida,
quiero darle un poco de paz a mis nervios y no husmear más en lo
que no debo.

El magnate tarda unos minutos en volver a entrar al


departamento y, cuando lo hace y me mira aquí, de pie a pocos
pasos de distancia, se congela en su lugar.
El cabello revuelto y los ojos hinchados por el sueño me hacen
saber que él también se ha quedado dormido y, el simple hecho de
saberlo, trae oleadas de calidez a mi sistema. De emociones
encontradas. Todas ellas maravillosas y aterradoras.
—¿Qué hora es? —pregunto, con la voz enronquecida por la
falta de uso, para aligerar la pequeña tensión que ha comenzado a
invadir el ambiente.
—Casi las ocho. —Gael suena incluso más ronco que yo, pero
eso no le impide esbozar una sonrisa torcida y satisfecha que
termina por disipar la inquietud que empezaba a colarse en mi
interior—. ¿Terminaste de ver la película?
Niego.
—Me quedé dormida apenas la pusimos —admito, medio
avergonzada; medio divertida.
Una pequeña risa se le escapa.
—Yo también me quedé dormido —dice—. Tenía la esperanza
de que pudieras contarme el final.
La sonrisa que había comenzado a tirar de las comisuras de
mis labios es ahora amplia y boba.
—¿Tienes hambre? —pregunto, al tiempo que me abrazo a mí
misma, y reprimo el impulso que tengo de acercarme a él y envolver
mis brazos alrededor suyo—. Podemos pedir una pizza.
El gesto divertido del magnate vacila antes de llenarse de
pesar.
—En realidad tengo que irme —dice, y no me pasa
desapercibido el tinte triste que hay en su voz—. Mi padre ha
organizado una cena para despedir a mis hermanos. —Hace una
mueca llena de fastidio—. Antonio se va a Los Ángeles mañana por
la mañana y Diana se va a la Ciudad de México al mediodía. Si no
voy, no va a dejarme tranquilo en todo el mes.
—Oh... —digo, porque no sé qué otra cosa hacer.
—¿Quieres venir?
Sé que no está invitándome en serio. Ir a una cena con su
familia no haría más que empeorar las cosas para él, pero, de igual
manera, escucharlo pronunciar esa invitación hace que mi estómago
caiga en picada. La mera sugerencia de él, llevándome con su
familia, me hace sentir absurdamente feliz… Y absurdamente
aterrorizada y horrorizada.
—No creo que sea la mejor de las ideas —digo, porque ambos
sabemos que es cierto. En el proceso, esbozo una mueca de
genuino pesar—. Mejor ve y diviértete.
—Dudo mucho que pueda divertirme en compañía de esas
personas.
—No hables así. Es tu familia —lo reprimo, con la mayor
calidez que puedo imprimir.
—Ellos no son mi familia. —Gael espeta, con rencor tiñéndole
la voz—. Mi familia consta de un solo integrante: mi madre.
El silencio que le sigue a sus palabras es tan tenso, que no me
atrevo a decir nada. No esperaba una respuesta así de su parte.
Los ojos de Gael se cierran y las ganas que tengo de acortar la
distancia que nos separa, aumentan. De pronto, mis manos pican por
apartar el cabello de su cara, y mis labios arden por besarle hasta
que su ceño fruncido desaparezca.
«Solo... ve», me insta la vocecilla en mi cabeza y yo,
finalmente, presa de los impulsos, los sentimientos y todo eso que
Gael Avallone me provoca, le hago caso.
La distancia que nos separa es de apenas unos pasos, así que
no me toma más de unos segundos llegar hasta él y ahuecar un lado
de su cara con una de mis manos. Entonces, con mi pulgar, trazo
caricias dulces en su mejilla.
La respuesta inmediata es tan sorpresiva como acogedora, ya
que inclina la cabeza para absorber mi contacto.
Una inspiración profunda le llena el pecho y, acto seguido,
coloca una de sus manos grandes sobre la mía, la cual no deja de
sostenerle.
—Ojalá pudiera llevarte conmigo —murmura y mi corazón
hace un baile extraño.
—Eso dices ahora. Espera a que te deje en ridículo con
alguien importante y no pensarás lo mismo —bromeo, y mi
comentario tiene un efecto inmediato en él, ya que esboza una
sonrisa irritada.
Acto seguido, abre los ojos para encararme.
—No te lo vas a creer —dice—, pero eso es, precisamente, lo
que me gusta de ti.
—¿El qué? ¿La facilidad con la que hago el ridículo?
—Lo poco que te importa hacer el ridículo —responde—. Lo
poco que te importa lo que el mundo piense de ti. Me encanta que
seas fresca, irreverente... sin filtros. Te lo dije hace mucho: el mundo
sería un lugar más interesante si abundaran las personas como tú,
Tamara Herrán.
Mi pecho se infla con una emoción poderosa y dulce, pero me
las arreglo para no lucir afectada por lo que ha dicho. Trato, más
bien, de lucir impasible y serena.
—Deja de decir que soy maravillosa, que eso ya lo sé —
bromeo, para alejar el aleteo intenso dentro de mi pecho y las ganas
que tengo de ponerme a chillar de la emoción.
Otra pequeña risa escapa de la garganta del magnate.
—Tu modestia, sobre todo, es lo que te hace ser la criatura
más fascinante del planeta. ¿Lo sabías, Tamara? —Es su turno para
bromear y, muy a mi pesar, mi sonrisa se ensancha.
Asiento, solo para seguirle la corriente.
—Igual es lindo escucharlo de tu boca —suelto, con
suficiencia.
Los brazos de Gael se envuelven en mi cintura y me atraen
más cerca.
—No quiero irme —se queja cuando, sin previo aviso, se
encorva para quedar a mi altura y hunde la cara en el hueco de mi
cuello.
En respuesta, me paro sobre mis puntas para aligerarle la
curvatura de la espalda, y envuelvo mis brazos alrededor de sus
hombros en un abrazo cálido.
—Pero tienes que hacerlo —digo, pero tampoco quiero que se
marche.
—Me da pavor marcharme y que cambies de opinión acerca
de mí —murmura, contra la piel de mi cuello y su aliento caliente me
eriza la piel.
—No pasará —le aseguro y trato de sonar tranquila, pese a lo
que está haciéndole a mi cuerpo—. Puedes ir tranquilo.
—Eso dices ahora, pero, cuando me vaya, empezarás a
pensar cosas absurdas, te montarás tu propia película en la cabeza y
me mandarás a la mierda —bromea, pero el filo ansioso que se cuela
en su tono me hace saber que realmente está asustado.
—No lo haré —digo, de la forma más tranquilizadora que
puedo—. Lo prometo.
Gael se aparta para mirarme a los ojos.
—¿Hacemos algo el fin de semana? —pregunta, con aire
anhelante.
En respuesta, hago una mueca cargada de disculpa.
—Le prometí a mis papás que pasaría el fin de semana en su
casa —digo y la decepción tiñe su gesto.
Un suspiro largo se le escapa.
—Ni hablar —dice, con pesadez—. Supongo que tendré que
hacerme un espacio en la semana para verte fuera de nuestras
reuniones de trabajo.
Asiento, incapaz de decir nada, y sintiéndome más allá de lo
entusiasmada con la idea.
—Si no puedes desocuparte, no te preocupes. Ya
encontraremos el tiempo —digo, pero la verdad es que sí deseo
verlo fuera de nuestros compromisos habituales.
Un beso dulce y corto es depositado en mis labios.
—Me encantas, ¿lo sabías? —murmura y mi corazón aletea en
respuesta.
—Se te hará tarde... —digo, porque soy una idiota torpe, pero,
para remediarlo, planto un beso suave en su boca.
Suelta un suspiro cargado de pesar cuando nos separamos.
—Lo sé —masculla, pero, antes de apartarse de mí, me besa
de nuevo. Esta vez, el contacto dura unos segundos más y, luego de
eso, se encamina hasta la puerta. Una vez ahí, se detiene en seco y
me encara para decir—: La próxima vez, prometo no dormirme todo
el día.
Una risita boba se me escapa.
—Prometo lo mismo —digo y él sonríe.
—Contaré los días para verte, Tam.
—Cursi... —bufo, y ruedo los ojos, aunque por dentro sus
palabras me hayan hecho pedazos.
Me guiña un ojo.
—«Romántico empedernido» me gusta más. Gracias —dice,
sin dejar de sonreír como idiota. Yo, inevitablemente, lo imito.
—Ve con cuidado —digo—. Y, por favor, mándame un mensaje
cuando estés en casa.
Él asiente.
—Te veo pronto.
Acto seguido, me da un último beso y sale por la puerta del
apartamento.
El señor Bautista me ha mandado llamar a su oficina y estoy
aterrorizada.
No se supone que deba estarlo, porque, hasta donde sé, no he
hecho absolutamente nada malo; pero no puedo evitar sentirme
asustada por su llamado. Es por eso que trato de repasar una y otra
vez todo lo que he hecho las últimas semanas, para lograr encontrar
alguna especie de fallo en mi comportamiento que hubiese podido
incumplir el contrato firmado.
De hecho, esta mañana estaba tan asustada, que le envié un
mensaje de texto a Gael preguntándole si él le había pedido a mi jefe
que me contactara. En respuesta, el magnate me llamó para
asegurarme que, esta vez, él no tiene nada que ver con eso. De
hecho, me pidió que le llame una vez que me desocupe para saber
de qué ha ido.
Incluso, ha sugerido la posibilidad de abogar por mí en
determinado caso que el señor Bautista esté molesto conmigo por
algo.
Yo, con todo y el terror que me invade, le dije que no era
necesario. Que no tengo nada que temer porque no he hecho nada
malo... O, al menos, no que yo recuerde.
Así pues, luego de un maravilloso fin de semana en casa de
mis padres, una cena deliciosa el lunes en casa de Gael, y un par de
días más de sonrisas idiotas, llamadas a altas horas de la
madrugada y mensajes de texto a deshoras; finalmente, he sido
traída de vuelta a la realidad.
He sido arrastrada al suelo con la llamada que recibí hace
unas horas de las oficinas de Editorial Edén.

Gloria, la secretaria del señor Bautista, me hace entrar a la oficina


en el instante en el que pongo un pie en la recepción.
No luce preocupada. O triste. O molesta. De hecho, la manera
fresca y relajada en la que me saluda me hace saber que Román
Bautista no se encuentra malhumorado o alterado.
La mujer de edad mayor es muy dada a estresarse y
angustiarse cuando su jefe llega en un estado nervioso o molesto. Es
por eso que esta tranquilidad suya, me apacigua un poco.
Luego de agradecerle las atenciones que se ha tomado al
anunciar mi llegada, me obligo a adentrarme en la oficina, solo para
detenerme en seco en el instante en el que lo veo.
«Oh, mierda...».
—Tamara, buenas tardes. —Román Bautista, mi jefe, me
dedica una sonrisa amplia mientras habla, y eso solo aumenta la
sensación insidiosa que ha comenzado a colarse en mi interior—.
Pasa, por favor. Toma asiento.
No respondo. No me muevo. Ni siquiera respiro.
Lo único que puedo hacer, es mirar al acompañante de mi jefe
y sentirme aterrorizada hasta la mierda.
—Permíteme presentarte al señor David Avallone. —El señor
Bautista habla y un escalofrío de puro terror me recorre la espina
dorsal—. Es el padre Gael Avallone, pero eso, supongo, ya has
podido deducirlo.
Un asentimiento cordial es lo único que el papá de Gael me
dedica, y no me pasa desapercibido el hecho de que no ha
comentado nada respecto a nuestros previos encuentros. Es muy
probable que mi jefe ni siquiera esté enterado de que ya nos hemos
visto antes.
—Él es, en realidad, quien deseaba reunirse esta tarde
contigo. —Mi jefe continúa, y un puñado de piedras se instala en mis
entrañas—. Está muy interesado en conocer tu trabajo y el progreso
que has hecho con la biografía de su hijo, es por eso que me ha
pedido que concrete una cita para conocerte.
Una sonrisa torcida y cruel se desliza en los labios de David
Avallone luego de que el señor Bautista termina de hablar, y eso es
todo lo que necesito para darme cuenta de que él sospecha algo. De
que él sabe que algo está pasando entre su hijo y yo.
—Señorita Herrán —dice, con ese acento suyo tan marcado y
esa arrogancia que siempre le tiñe la voz. Acto seguido, su sonrisa
se ensancha hasta convertirse en una mueca amenazante; como la
de un cazador frente a su presa—, no tiene idea de las ganas que
tenía de conversar con usted.
Capítulo 27

No me atrevo a moverme. Ni siquiera me atrevo a abrir la boca para


responderle a David Avallone porque estoy tan desconcertada y
ansiosa, que no soy capaz de conectar la cabeza con la lengua. De
hecho, ahora mismo solo puedo mirarlo fijamente mientras me siento
acorralada por él y su abrumadora presencia.
Aprieto los puños.
Un centenar de escenarios fatalistas me vienen a la mente y
me inundan los pensamientos en cuestión de segundos y, de pronto,
me quedo aquí, quieta. Cautelosa y recelosa del hombre que me
mira como si supiese algo que yo no.
—¿Tamara? —La voz del señor Román me inunda los oídos y
me saca de mis cavilaciones, pero de todos modos tengo que
parpadear unas cuantas veces para enfocarme de nuevo en el aquí y
el ahora.
Me aclaro la garganta.
—Lo siento —musito, al tiempo que sacudo la cabeza y
esbozo una sonrisa temblorosa y débil—. Es que esto me ha tomado
por sorpresa. Yo… —Niego con la cabeza, incapaz de conectar del
todo el cerebro con la lengua.
La sonrisa de David Avallone se pinta de desprecio y
socarronería, pero me las arreglo para no hacerle notar que he
notado eso en su gesto.
Mi jefe, quien parece no haberse percatado de nada, se limita
a hacer un gesto en dirección a la silla vacía que se encuentra frente
a su escritorio; justo junto al padre de Gael.
—Toma asiento, por favor —repite, con aire afable y
apremiante al mismo tiempo, y eso es todo lo que necesito para
saber que está tan nervioso como yo—. Precisamente, le hablaba al
señor Avallone sobre el avance que me enviaste hace unos días. Le
hablaba, también, de lo bien logradas que son tus redacciones y de
lo satisfechos que estamos contigo formando parte del proyecto. —El
señor Bautista continúa, pero, llegados a ese punto, dejo de
escucharlo.
Ahora solo puedo pensar, es en las pocas ganas que tengo de
acercarme a esa silla y en lo poco que deseo acortar la distancia que
me separa del padre de Gael; pero, pese a todo, me obligo a cerrar
la puerta detrás de mí y a avanzar hacia el escritorio.
Las piernas me hormiguean con cada paso que doy y, sin más,
lo único que puedo escuchar, es el rugido atronador de mi corazón.
El sonido doloroso que mi tráquea hace al pasar saliva con ansiedad.

David Avallone se pone de pie y tengo que reprimir el impulso


que tengo de retroceder. Incluso, tengo que reprimir el impulso que
tengo de detenerme en seco.
Mi mirada —la cual tengo la certeza de que luce aterrorizada y
cautelosa— está fija en la del hombre de cabello entrecano y aspecto
imponente que se regodea con el pánico que, estoy segura, sabe
que le tengo.
Una media sonrisa torcida —aterradoramente similar a la de
Gael, pero más cruel y maliciosa— se le dibuja en los labios, al
tiempo que estira una mano en mi dirección a manera de saludo.
Una punzada de coraje me atraviesa el pecho cuando noto
cómo su gesto se baña de desafío. Eso me da un poco de valor.
Hace que la máscara de seguridad —esa que su hijo ha conseguido
suavizar poco a poco— empiece a tejerse sobre mi rostro.
Aprieto la mandíbula.
La posibilidad de no estrechar su mano, así como él lo hizo
conmigo hace casi una semana, es tan tentadora que la considero
por un momento, pero decido no tentar a mi suerte y me digo a mí
misma que yo sí tengo educación. No voy a rebajarme a su nivel
porque soy mejor que eso.
Así pues, luego de otros instantes de inmovilidad, estiro mi
mano y aprieto la suya con firmeza.
Un escalofrío me recorre entera cuando la sonrisa de David
Avallone se torna satisfecha, pero me las arreglo para esbozar una
cargada de arrogancia a manera de respuesta.
—Es un gusto, señor Avallone —pronuncio, y le agradezco a
mi voz por sonar segura y resuelta. Un claro contraste comparado
con la vacilación que me permití regalarle hace unos instantes.
—El gusto es mío, Tamara —él responde y, al contrario de lo
que ocurre con Gael, mi nombre en sus labios suena sucio. Impuro
—. He oído maravillas sobre usted últimamente; así que, tenerla
aquí, hace que me sienta como si estuviese frente a una celebridad.
El comentario está fuera de lugar por sobre todas las cosas y
me hace sentir incómoda; como si estuviese burlándose de mí.
«Está burlándose de ti».
Una punzada de coraje me atraviesa el cuerpo de lado a lado
con el mero pensamiento, pero me las arreglo para mantener la
expresión serena, el mentón alzado y una sonrisa arrogante en los
labios.
—La única celebridad aquí, es usted, señor Avallone —digo,
aunque mi intención no es adularle.
El hombre hace un ademán para restarle importancia a mi
comentario, antes de dedicarle una mirada a mi jefe, quien observa
nuestra interacción con cautela y nerviosismo.
—Bautista, ¿te importaría dejarnos solos? —dice David en un
tono tan relajado y afable, que casi le compro la facha de hombre
accesible—. No me malentiendas, pero me gustaría conversar con la
señorita a solas. Tu presencia aquí solo va a cohibirla.
Las alarmas se encienden en mi interior.
—Créame, señor Avallone, que soy todo, menos cohibida —
atajo en respuesta, al tiempo que esbozo una sonrisa inocente—.
Que esté o no el señor Bautista, no afectará en lo absoluto mi
interacción con usted. Eso se lo puedo asegurar.
La mirada que David me dedica es tan amenazadora como
aterradora, pero mantengo mi gesto inexpresivo y sereno ante ella.
No voy a permitirle verme amedrentada. No así de fácil.
El hombre entorna los ojos.
—¿Está segura de ello, señorita Herrán? —El tono mordaz en
su voz incrementa la ansiedad que me invade, pero, de todas
maneras, le regalo mi sonrisa más encantadora.
—Por supuesto que sí —respondo, y trato de sonar lo más
cautivadora posible. Lo más fresca, relajada y jovial que puedo—.
Tampoco es como si fuese a interrogarme por estar implicada con
alguna especie de trato delictivo, ¿no es así, señor Avallone?
Un destello iracundo surca sus facciones luego de que
pronuncio aquello, pero desaparece tan pronto como llega.
—En realidad, vengo a acusarla de un crimen grave —dice, en
lo que pretende ser una broma, pero el filo venenoso en su tono me
eriza todos los vellos del cuerpo.
Fuerzo una sonrisa.
—Será mejor que vaya buscando a mi abogado, porque no
diré una sola palabra sin que él esté presente —bromeo de vuelta,
pero la tensión en el ambiente es tanta que ninguno de los dos ríe o
finge querer hacerlo.
En ese instante, justo cuando la boca de David Avallone se
abre para replicar, la voz de mi jefe, el señor Bautista, me llena los
oídos:
—No implica un problema para mí el marcharme un momento,
Tamara —dice y mi estómago cae en mi picada. La sola idea de
quedarme a solas con este hombre es tan aterradora, como
enervante. Me niego, luego de la amenaza implícita que ha lanzado
en mi dirección, a quedarme a solas con él—. Si el señor Avallone
desea hablar contigo en privado, no supone ningún inconveniente
para mí.
Mi atención se vuelca hacia Román Bautista, quien, ansioso y
suplicante, me observa. Parece como si tratara de decirme algo con
solo el poder de su mirada.
No se necesita ser un genio para saber qué es lo que trata de
pedirme: Quiere que acceda a conversar con el padre de Gael,
aunque sea unos minutos; sin embargo, mi parte cobarde, esa a la
que le aterra la idea de siquiera enfrentarse a un hombre como él,
me pide a gritos desesperados que salga corriendo. Que me las
arregle escapar cuanto antes.
Dudo mucho que el señor Bautista tenga una idea de lo que
está pasando; así que no me sorprende en lo absoluto que quiera
dejarme a merced de este hombre. Que trate de complacerlo en
todo, como todo el mundo.
—Pero, vamos, señorita Herrán, que no tardaremos
demasiado. —El acento extranjero de David me saca de mis
cavilaciones y vuelco toda mi atención hacia él. El hombre clava sus
ojos en los míos y añade, con una sonrisa burlona tirando de las
comisuras de sus labios—: Prometo quitarle apenas unos minutos a
su día.
«¿Qué es lo que pretende?».
La sensación de desasosiego y terror que se cuela en mis
venas es tan intensa, que no puedo contenerla.
—No se diga más. Los dejo un rato para que conversen. —
Román Bautista habla y yo tengo que poner todo de mí para no
protestar mientras se pone de pie—. Si necesitan algo, no duden en
pedírselo a mi secretaria.
Quiero gritarle que no se vaya. Que se quede aquí y no me
deje a solas con este sujeto... pero no lo hago. Hago, de hecho, todo
lo contrario: me quedo aquí, congelada en mi lugar, al tiempo que se
encamina a paso rápido y decidido hacia la salida de la estancia.

El silencio que le sigue al sonido hecho por la puerta al ser


cerrada es tenso, pero no me atrevo a romperlo. Solo observo cómo
David Avallone, con esa altura imponente que comparte con su hijo y
esa mirada hostil que parece haber sido tallada en su rostro, se gira
sobre su eje para darme la espalda.
Luego, comienza a rodear el escritorio a pasos lentos y
deliberados. Mis ojos siguen el trayecto de su cuerpo. Siguen la
forma en la que sus zancadas —largas, lentas y acompasadas— se
abren paso hasta quedar del otro lado del escritorio de mi jefe. En
ese espacio que, implícitamente, significa poder y dominio.
Se gira para encararme.
La pesadez en su mirada es abrumadora. La forma en la que
su ceño se frunce y sus facciones se transforman hasta hacer
desaparecer al hombre afable que era hasta hace unos momentos,
es perturbadora y aterradora por sobre todas las cosas; y, de pronto,
me encuentro considerando la posibilidad de abandonar esta reunión
obligada. De poner cuanta distancia sea posible entre este señor y
yo.
—Hay algo que no logro entender respecto a ti y tu relación
con el mundo, Tamara Herrán. —La sorna y la repulsa con la que
pronuncia mi nombre es ahora más palpable que antes, y no me
pasa desapercibido en lo absoluto el hecho de que ha dejado las
formalidades y ha comenzado a hablarme de «tú».
No digo nada. Mantengo mi expresión lo más firme y segura
posible, y el silencio se extiende otro poco.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que, dándose cuenta de
que no voy a responder nada de lo que ha dicho, David Avallone
continúe:
—Tienes la capacidad de deslumbrar a quien se te pone por
delante, ¿lo sabías? —No hay nada adulador en su voz. De hecho,
no hay nada en ella que me haga querer bajar la guardia—. De hacer
que hablen maravillas de tu persona. —Su sonrisa, cargada de
desdén, se convierte en una mueca a medio camino entre la
diversión y el enojo—. Sin embargo, debo informarte, que tus
encantos no son efectivos en todo el mundo. —Me mira de pies a
cabeza con algo que solo puedo describir como desprecio y, cuando
nuestros ojos se encuentran, esboza un gesto despectivo—. En mí
no provocas nada. —El veneno que se le cuela en las palabras no
hace más que conseguir que un estremecimiento me recorra de pies
a cabeza—. Ni siquiera soy capaz de ver un asomo de esa brillantez
de la que todo el mundo habla cuando se trata de ti.
Mi estómago se estruja con violencia.
—De hecho —David Avallone continúa, sin darme tiempo de
decir nada—, me atrevo a decir que me pareces una chica de lo más
simple. De lo más… prescindible. —El hombre se deja caer sobre la
silla detrás del escritorio con aire altivo y, como si fuese el amo y
señor del lugar, se recarga contra el respaldo en una postura
desgarbada y despreocupada—. Así que, te pregunto, Tamara: ¿Qué
ve la gente en ti? ¿Qué tienes de especial? ¿Qué has hecho para
que mi hijo te haya elegido a ti, por encima de muchas y,
ciertamente, más hermosas mujeres, para encapricharse?
—¿Disculpe?
La sonrisa de David Avallone se torna oscura. Amenazadora.
—No me hagas repetirlo, cariño —dice, con escarnio—. No me
hagas pensar que esa inteligencia tuya de la que todo el mundo
habla es inexistente.
—No tengo idea de qué está hablando. Creo que…
El hombre hace un gesto de mano, para indicar que debo
guardar silencio y, a regañadientes, lo hago. Lo hago porque mi
cabeza está lo suficientemente aletargada y aterrorizada como para
tratar de inventarse algo.
—¿Sabes qué? He cambiado de opinión —dice, y la confusión
me invade de pies a cabeza—. Ni siquiera te molestes. Ahorrémonos
todo el jaleo y las negociaciones, y vayamos al grano. Dime, ¿cuánto
quieres?
—¿Qué?
—¿Cuánto quieres? —repite y, esta vez, el tono paciente que
había en su voz desaparece.
Niego con la cabeza, incapaz de entender —o querer entender
de verdad— lo que insinúa.
—No comprendo… —musito, pero es mentira. Por supuesto
que lo comprendo. Sé de qué habla. Lo que pasa es que no puedo
—quiero— creerlo. Ni siquiera me cabe en la cabeza lo que está
ocurriendo.
—¿Cuánto quieres, Tamara? ¿Cuánto dinero quieres para
alejarte de mi hijo? —Las palabras del hombre, a pesar de haberlas
oído antes, caen sobre mí como baldazo de agua helada, y me
llenan de una sensación viciosa, oscura, aterradora y dolorosa.
—¿De qué está hablando? —Trato de fingir que no sé a qué
se refiere, pero sé que no me cree en lo absoluto. Puede ver a través
de mis ojos. A través de mis palabras vacías y desesperadas—. No
entiendo qué es lo que…
—¿En serio creéis que soy estúpido? —David me interrumpe,
en medio de una risotada amarga y carente de humor—. ¿Habéis
creído que no sé de lo que ocurre entre vosotros? ¿Pensáis se nací
ayer?
Las palabras del hombre se asientan sobre mis huesos de una
manera tan violenta que, por unos instantes, no soy capaz de
moverme. Ni siquiera soy capaz de pronunciar nada.
David Avallone sabe —realmente sabe— que algo pasa entre
su hijo y yo.
—Señor Avallone —digo, con toda la serenidad que puedo,
luego de un largo rato de absoluto silencio—, no quiero que piense
que trato de engañarlo, pero, la verdad es que no sé de qué está
hablando. La relación que yo tengo con su hijo es estrictamente
profesional. Yo jamás arriesgaría…
—¿El trabajo? ¿La reputación? —La voz de David se eleva
con cada palabra que dice y termina de estallar cuando escupe con
dureza—: ¡Ahórrate esa historia para tus relatos! Ten el valor de
aceptar que estás detrás del dinero de mi familia. Del dinero que yo
he hecho a base de sudor y esfuerzo.
Un estremecimiento de puro horror me recorre cuando la
mirada iracunda de David se posa en mí, y niego con la cabeza,
horrorizada y aterrorizada por la manera en la que está
confrontándome.
—Señor Avallone… —comienzo, en un intento por
tranquilizarlo, pero él, enfurecido, se pone de pie y rodea el escritorio
a toda velocidad para alcanzar un maletín que ni siquiera había visto.
Uno que descansaba ahí, junto a una de las sillas y que, ahora, se
encuentra sobre el escritorio.
Su gesto furibundo es tan intenso ahora, que tengo la
necesidad de encogerme sobre mí misma solo para sentirme menos
amenazada.
El padre de Gael, sin ceremonia previa, rebusca dentro del
portafolio hasta que, finalmente, saca una carpeta y la deja caer con
brusquedad sobre la mesa de madera. Entonces, encarándome con
un gesto que lo único que me provoca son ganas de echarme a
correr, señala el archivador en un gesto arrebatado.
No quiero tomarlo. No quiero ver el contenido porque, muy
dentro de mí, sé que es lo que contiene.
A pesar de eso, me obligo a sostenerlo entre los dedos y
abrirlo para llenarme de imágenes de mí misma.
De Gael.
De nosotros dos… Juntos.
Él, conmigo en el McDonalds. En su coche en distintos
ángulos y distintos días; saliendo del bar donde golpeó al exnovio de
mi compañera Ruth. Él, conmigo —desde el ángulo de un vehículo
estacionado—, en el parque que se encuentra afuera de la estación
Juárez… besándome. Él llevándome a cuestas fuera de La Santa;
yo, saliendo de casa —en compañía de Almaraz— al día siguiente;
vistiendo la misma ropa de la noche anterior. Él, besándome afuera
de mi casa el día que pasó la noche entera esperándome…
Todo está aquí, al alcance de mis manos; desde ángulos
antinaturales y tomas poco favorecedoras.
Las emociones me atenazan el pecho, me estrujan con
violencia y me impiden respirar.
Todo dentro de mí es una revolución ahora mismo y, de pronto,
lo único que puedo escuchar es el sonido estentóreo de mi corazón
retumbando en mi caja torácica.
—Voy a repetirlo una vez más, Tamara, y más te vale dejarte
de estupideces y quitarte las caretas, que no tengo tiempo para ellas.
—El padre de Gael sisea en mi dirección, una vez que se ha
asegurado de que he visto lo suficiente como para hacerme sentir
horrorizada y acorralada—. ¿Cuánto quieres por alejarte de mi hijo?
Mi vista está clavada en una fotografía de Gael saliendo del
apartamento en el que vivo, con una sonrisa fácil pintada en el rostro,
la camisa arrugada y los botones superiores de la misma deshechos.
El peso que se ha asentado sobre mis hombros es tan
insoportable, que solo puedo asimilar el hecho de que todo se ha ido
al carajo, aún mucho antes de empezar.
«¡No puedes dejar que te amedrente de esta manera! ¡No
puedes permitir que le ponga un precio a lo que sientes!», grita la
vocecilla en mi cabeza, pero solo puedo pensar en Gael. En el daño
que esto va a hacerle a su relación familiar y en lo perjudicado que
va a salir si todo esto se sale de control.
—¡Contéstame de una puta vez! —La voz de David truena con
violencia y yo, por acto reflejo, me encojo ligeramente—. ¡¿Cuánto
quieres?!
En ese instante, pese a que no quiero hacerlo, me obligo a
encararlo.
—No quiero su dinero, señor Avallone. — El sonido de mi voz
es tembloroso, pero determinado.
—¿Entonces qué es lo que quieres? —Espeta—. ¿Un contrato
de publicación con el grupo editorial más grande de habla hispana?
¿Al mejor agente literario del país? ¿Figurar entre los más vendidos
de todas las librerías de Latinoamérica? ¿Ser el autor del año?...
¿Qué es lo que quieres, Tamara? Te daré lo que sea con tal de que
te alejes de mi hijo.
Coraje, impotencia, humillación… Todo se mezcla y me hace
imposible pensar con claridad. Me hace imposible no querer estrellar
mi mano contra su rostro y gritarle que no soy quien cree.
Sacudo la cabeza en una negativa furiosa, presa de un ataque
de indignación y de enojo desmedido.
—No sé qué clase de persona cree que soy, pero puedo
asegurarle que no quiero absolutamente nada que tenga que ver con
usted, con su familia o con su dinero —digo, porque es cierto. El
dinero de Gael… No… El dinero de su padre, es lo que menos me
importa.
El rostro de David se contorsiona en una mueca tan iracunda y
furiosa, que un estremecimiento me recorre entera.
—¿Y pretendes que te crea? ¿Pretendes que no crea que eres
una oportunista que solo trata de aprovecharse de mi hijo? —
Escupe.
Una risotada corta y carente de humor se me escapa, solo
porque no puedo creer lo que acaba de decir. Porque no me cabe en
la cabeza que crea que su hijo es lo suficientemente manipulable
como para caer en el juego de una oportunista.
—Habla de Gael como si fuese alguien lo suficientemente
estúpido como para no notar cuando alguien trata de verle la cara —
atajo, con dureza.
—Hablo de Gael como lo que es: un gilipollas que piensa con
el miembro cuando se trata de mujeres. —David suelta, con
brusquedad—. Y puedo tolerar muchas cosas: que se acueste con la
golfa que tiene por secretaria, que tontee con cuanta mujer guapa y
estúpida que se le pase por delante; pero ¿Que se deje manipular
por una chiquilla con cara de mojigata que lo único que quiere es
exprimirle mi fortuna? Eso sí no lo voy a tolerar; así que, de una vez
te lo digo, Tamara: es tiempo de que te detengas. Es tiempo de que
te alejes de Gael y des por zanjado lo que sea que estás teniendo
con él. Si no lo haces…
El silencio que le sigue a sus palabras solo es interrumpido por
el sonido de su respiración dificultosa y alterada y yo, presa de un
ataque de valentía y de un destello de indignación, escupo:
—Si no lo hago, ¿qué?...
—Si no lo haces, voy a encargarme de que te acuerdes de mí
el resto de tu vida. Voy a acabar no solo contigo, sino con tu familia
entera, ¿me oyes? —Sus palabras me atenazan el pecho con tanta
fuerza, que casi puedo jurar que me han provocado un escozor
insoportable en los huesos. Uno que me deja inmóvil.
Se hace el silencio.
Entonces, David Avallone recompone su gesto y, acto seguido,
asiente en mi dirección, como quien acaba de acordar algo con
alguien.
Luego, extiende su mano hacia mí para tomar la carpeta que
tengo entre los dedos y, de manera mecánica, se la entrego.
Luego de eso, la guarda dentro del maletín y se aclara la
garganta antes de volver a encararme.
—Está de más decir que espero que esta conversación quede
entre nosotros —dice—. Y que espero que, si eres la mujer
inteligente que todo el mundo dice que eres, termines por tomar la
decisión correcta. Aún estoy dispuesto a darte lo que sea que me
pidas a cambio de que nos dejes tranquilos. Piénsalo bien.
—No tengo nada qué pensar —digo, porque es cierto. No
quiero nada que tenga que ver con él y su dinero.
Un brillo furibundo se cuela en su mirada.
—Y de todos modos te aconsejo que lo hagas. Por tu bien y
por el de tu familia —sentencia y me regala un asentimiento duro
para luego encaminarse a la salida de la oficina.
No he dejado de temblar desde que salí de las oficinas de la
editorial.
Me falta el aliento, el corazón me late a toda marcha y, aunque
quiero echarme a llorar, no lo hago. No puedo hacerlo. Estoy tan
aturdida, que solo puedo avanzar en piloto automático en dirección a
la parada del autobús.
La cantidad de emociones encontradas que me embarga es
tan grande, que no puedo ponerle un orden.
Estoy confundida, aterrada y enojada hasta la mierda. No
puedo creer que David Avallone haya logrado amedrentarme de esta
manera y, al mismo tiempo, una parte de mí esperaba que esto
ocurriera tarde o temprano.
Nunca imaginé que sería así de pronto. Pensé que la nube
sobre la que había caminado los últimos días se mantendría a flote
un poco más.
Cierro los ojos.
«No puedes quedarte callada. No puedes ocultarle a Gael lo
que acaba de ocurrir. Tienes que decírselo», la voz de mi cabeza
habla y yo, pese a que sé que tiene razón, me niego a escucharla.
Hablar con Gael solo complicará las cosas.
Tomo una inspiración profunda, dejo escapar el aire con
lentitud y clavo mi atención en la avenida atestada de vehículos que
se encuentra frente a mí y, una vez más, repaso lo ocurrido hace
apenas unos minutos.
«¿Qué hago?».
Me abrazo a mí misma.
«Si te quedas callada, él gana. Él consigue lo que quiere. No
puedes darte por vencida, así como así. Tienes que hacer algo», la
vocecilla en mi cabeza insiste, pero sigo sintiéndome derrotada.
Acorralada por la influencia de ese hombre y por el daño que puede
llegar a hacerle a mi familia si llego a tomar una decisión egoísta.
La ruta que me lleva cerca de casa aparece en mi campo de
visión y extiendo mi brazo para indicar que quiero subir.
Durante todo este proceso, ignoro la retahíla de negatividad
que no deja de cantar en mi cabeza. Esa que no me ha dejado
tranquila desde que puse un pie en las oficinas de la Editorial Edén.
El transporte está a reventar. Todos los asientos están
ocupados y la gente que se encuentra de pie está tan apretujada,
que la puerta detrás de mí apenas puede cerrar.
Con todo y eso, no puedo dejar de pensar enfocarme en
cualquier otra cosa, no puedo dejar de darle vueltas a lo que pasó.
La vibración en el bolsillo trasero de mis vaqueros me hace
pegar un salto en mi lugar, pero me toma unos instantes espabilar y
tomarlo entre mis dedos. Llegados a ese punto, el teléfono ha dejado
de sonar.
Miro la pantalla.
El nombre de Gael brilla en ella y, como por acto reflejo, el
corazón me da un tropiezo. No importa cuánto tiempo pase o
cuántas veces me llame, leer su nombre siempre me provoca las
reacciones más extrañas.
El teléfono empieza a vibrar de nuevo.
El nombre del magnate baila sobre los íconos de respuesta y
rechazo de llamada y, por unos instantes, considero la posibilidad de
no responder. De no hablar con él en lo absoluto y desaparecer de
su vida de una vez por todas; sin embargo, la parte de mí que está
ilusionada hasta los huesos —esa que sonríe como idiota todas las
mañanas cuando despierto con un mensaje de Gael en la bandeja—,
me pide a gritos que le responda. Que escuche su voz una vez más,
porque eso va a hacerle bien a mis nervios alterados.
Cierro los ojos unos instantes.
«Hazlo —me insta el subconsciente—. Responde. No te des
por vencida así de fácil y háblalo con él. Dijiste que hablarías claro,
Tamara. Así lo suyo vaya a irse al carajo, tienes qué decírselo».
Una maldición baila en la punta de mi lengua y, aunque quiero
rechazar la llamada e ignorar a la vocecilla insistente de mi cabeza,
me obligo a responder.
—¿Sí? —Mi voz suena inestable y temblorosa, y le ruego al
cielo que no sea capaz de notarlo.
—Hola, preciosa —la calidez en su tono no hace más que
hincharme el pecho con esa emoción desconocida que últimamente
se ha vuelto familiar. Esa que mi cuerpo ha empezado a reconocer
como parte suya y que solo él es capaz de provocarme—. Me tienes
preocupado. ¿Qué ha ocurrido con tu jefe? ¿Todo está en orden?
Quiero mentir. Quiero decirle que todo marcha perfecto y que
solo ha sido una reunión para aclarar unos puntos respecto a la
escritura de su biografía… pero no me atrevo a hacerlo.
—No realmente —me sincero—. No puedo hablar mucho
ahora. Voy en el autobús. ¿Te parece si te llamo más tarde?
—¿Te parece, mejor, si te recojo en casa, salimos a algún lado
y me cuentas?
—En realidad no tengo ánimos de salir. —No estoy mintiendo.
Ahora mismo, solo quiero estar en casa.
—Nos quedamos en tu apartamento, si así lo quieres —Gael
resuelve—. O vamos a mi casa y encargamos algo para cenar. Lo
que yo quiero es verte, así que lo que decidas está bien para mí.
Muerdo mi labio inferior.
—Preferiría que nos quedáramos en mi casa —digo, porque lo
último que quiero es que esa gente que vigila a Gael las veinticuatro
horas sin su conocimiento, nos vea salir juntos.
—Como tú quieras, Tam. —Gael dice, en tono juguetón—. Ya
te lo dije: a mí me da igual. Lo único que quiero es verte. Te echo de
menos. Como un maldito loco.
Muy a mi pesar, mi corazón hace una floritura violenta y una
sonrisa se dibuja en mis labios.
—Cursi… —musito.
—Romántico empedernido. Gracias.
Mi sonrisa se ensancha y, automáticamente, me siento mejor;
menos agobiada y angustiada.
—¿Paso a las ocho? —inquiere, al cabo de unos instantes.
—Sí —asiento—. A las ocho está bien.
—Vale. Nos vemos dentro de un rato. Y, ¿Tam?...
—¿Sí?
—Más te vale haberme echado de menos, o te las verás
conmigo.
Ruedo los ojos al cielo y mi sonrisa se ensancha.
—Te vi hace apenas unos días, dramático —protesto.
—Y de igual manera, espero que me hayas echado de menos.
Como la loca desquiciada que eres.
—¡Oye!
—Nos vemos al rato, Tam. —Ignora mi queja.
—¡No puedes irte así! ¡No luego de haberme llamado loca
desquiciada!
—También contaré las horas para verte.
—¡Gael!
—Ve con cuidado y envíame un mensaje cuando llegues a
casa, ¿vale? —Sigue ignorándome, pero la sonrisa que lleva en la
cara se le cuela en el tono de la voz—. Ahora te dejo, que tengo una
reunión en cinco minutos.
—¡Pero…! —Ni siquiera me da oportunidad de terminar, ya
que finaliza la llamada y me deja aquí, con el alma llena de una
calidez que sé que no puedo tener y el corazón empañado de
angustia.
Con un extraño dolor en el pecho y la odiosa sensación de
incertidumbre que me provoca la bomba de tiempo que David
Avallone ha atado a nosotros.
Capítulo 28

En el instante en el que el sonido de la puerta siendo llamada me


llena los oídos, algo dentro de mí se enciende y dispara una decena
de emociones por todo mi cuerpo.
Ansiedad, nerviosismo, emoción… Todo se me amontona en el
pecho y me falta el aire.
Sé que la persona que se encuentra del otro lado es Gael. Es
la única persona a esta hora que podría estar llamando a la puerta y,
a pesar de eso, no me muevo de donde me encuentro. No me
levanto del sillón en el que me he instalado a esperarlo, porque la
sola idea de hablar con él respecto a lo ocurrido con su padre es tan
abrumadora, como intimidatoria.
«¡Vamos! ¡Abre la puerta! ¡Acaba con esto de una vez por
todas!», me urge la vocecilla insidiosa en mi cabeza, pero mis
extremidades se niegan a escucharla. Pese a eso, me obligo a
obedecerla y a ponerme de pie para abrir.
El pulso me golpea con fuerza detrás de las orejas, mis manos
se sienten temblorosas y el ardor que tengo en la boca del estómago
—y que es provocado por el nerviosismo— se intensifica cuando
alcanzo el pestillo.
Me quedo inmóvil para tomar un par de inspiraciones
profundas y tratar de calmar la revolución que llevo dentro.
Abro la puerta.
La imagen que me recibe es tan abrumadora como atractiva y
no puedo evitar tomarme mi tiempo absorbiéndola.
Gael Avallone viste uno de sus trajes caros en color azul
marino; lleva una corbata color vino y una camisa blanca. Su cabello
—el cual había comenzado a acostumbrarme a mirar desaliñado y
deshecho— está perfectamente estilizado, y lleva la barba —esa que
ha comenzado a dejarse de unas semanas para acá— recortada y
definida a la perfección.
La postura desgarbada de su cuerpo —manos en los bolsillos
y hombros ligeramente caídos hacia adelante— es un claro contraste
con su vestimenta rígida y elegante y luce tan bien… Tan caliente,
que solo puedo quedarme aquí, como idiota admirándolo.
Parece como sacado de una maldita revista. Parece el tipo de
hombre al que le rodaría los ojos si lo leyese en algún libro y, no
obstante, estoy aquí, hecha un manojo de nervios, mirándole como si
se tratase de una escultura digna de toda mi atención.
Sus ojos barren la extensión de mi cuerpo de pies a cabeza.
Un estremecimiento me recorre entera, pero trato de no hacerlo notar
y mantengo mi expresión en blanco, mientras él, con una sonrisa
perezosa deslizándosele en la boca, vuelve a clavar su vista en la
mía.
—¿Te he dicho ya que tengo amigos en el ramo de la moda,
Tam? —dice, con socarronería, y el comentario me hace plenamente
consciente de lo que llevo puesto: una sudadera que me va grande,
unos vaqueros desgastados y calcetines… que no son par.
—Vete a la mierda —suelto, pero una sonrisa ha empezado a
tirar de las comisuras de mis labios. Entonces, cuando Gael trata de
introducirse en el apartamento, hago ademán de intentar cerrarle la
puerta en la cara.
El magnate suelta una protesta en el proceso y, sin darme
tiempo de registrar sus movimientos, detiene la madera en su lugar
antes de dar un paso dentro de la estancia. Acto seguido, envuelve
un brazo alrededor de mi cintura y me empuja hacia el interior del
apartamento, apartándome de la entrada.
—¡Suéltame! —exijo, pero en realidad no quiero que lo haga.
Él, sin decir una sola palabra, hunde la cara en el hueco entre
mi mandíbula y mi hombro y me besa ahí. Un escalofrío de puro
placer me eriza la piel de la zona y un sonido estrangulado se me
escapa al instante.
Mis dedos se cierran en el material de su saco y, de pronto, me
encuentro sin poder avanzar más porque mis caderas han chocado
con uno de los sillones. Después, justo cuando otro estremecimiento
provocado por su aliento me recorre, se aleja de ahí y planta sus
labios en los míos en un beso largo y profundo.
Su lengua busca la mía sin pedir permiso y yo, incapaz de
negarme a su contacto, lo recibo gustosa.
Sabe a cigarrillos y a menta.
Sabe a alivio y seguridad. Sabe a eso que no sabía que
necesitaba hasta el instante en el que se le ocurrió plantar sus labios
sobre los míos.
—No tienes una idea de cuantas ganas tenía de verte —
murmura contra mi boca y, sin darme tiempo de replicar nada, vuelve
a besarme.
Mis manos están en sus mejillas, sus brazos están envueltos a
mi alrededor y, sin más, me encuentro ansiando cada vez más su
cercanía; pegando mi cuerpo al suyo de maneras vergonzosas.
Se aparta con brusquedad y une su frente a la mía. El sonido
de su respiración dificultosa me llena los oídos y se mezcla con el
que proviene de mi pulso; ese que apenas me permite concentrarme
en la manera en la que me presiona contra su cuerpo.
—No tienes idea de cuánto necesitaba esto —murmura, y su
aliento caliente me golpea de lleno en los labios.
—No tienes idea de cuánto yo necesitaba esto —respondo y
me aprieta un poco más contra él.
—¿Cómo estás? —pregunta, al tiempo que desliza su boca
hasta mi oreja y atrapa el lóbulo entre sus dientes.
—Bien —digo, porque, en este momento, realmente estoy
bien. Tenerlo cerca me hace bien. Y más cuando está así de cerca.
—Mentirosa —reprocha, pero no suena enojado en lo absoluto
—. Hace un rato dijiste que las cosas con tu jefe no iban del todo
bien.
Niego con la cabeza y él planta un beso en el punto en el que
la mandíbula y el cuello se unen.
—No quiero hablar de eso —digo, sin aliento—. No en este
momento.
Se detiene.
El movimiento de sus labios sobre la piel sensible de mi cuello
termina y el cosquilleo que me provocaba su cabello contra mi mejilla
se va de inmediato. De pronto, me encuentro mirándole a los ojos.
Todo vestigio del chico juguetón se ha ido para dejar a un
hombre de gesto preocupado y cálido.
—Pero yo sí, Tam —dice, en voz baja—. Habla conmigo.
Cuéntame qué va mal. Quiero escucharte, saber qué sientes, qué
piensas, cómo lo estás pasando… Quiero que hables conmigo de las
cosas más absurdas de la vida y de las más importantes; así que,
por favor, dime: ¿Qué pasa?
Sus palabras crean un agujero en mi pecho, pero me las
arreglo para mantener mi expresión relajada. Me las arreglo para no
hacerle notar que, cada que abre la boca y dice cosas como estas,
mi voluntad queda hecha trizas.
—Ahora no —digo, en una súplica susurrada, porque
realmente no quiero hablar de David Avallone. No cuando Gael está
de tan buen humor. No cuando sé que esa conversación podría
significar el final definitivo entre él y yo—. Prometo que voy a
decírtelo todo, pero ahora mismo no quiero hablar de eso. Solo
quiero olvidarme de todo antes de enfrentarlo. Solo quiero… —Niego
con la cabeza, incapaz de continuar.
Un beso es depositado en mi frente y cierro los ojos ante el
contacto protector y dulce.
—De acuerdo. —Gael murmura contra mi piel—. Hagámoslo a
tu manera esta vez.
—Gracias —asiento, al tiempo que una sonrisa se desliza en
mis labios.
Otro beso es depositado en mi frente y, acto seguido, se
aparta de mí para mirarme de nuevo a los ojos.
—¿Has decidido qué es lo que quieres hacer? —pregunta.
Me encojo de hombros.
—Se me ocurría que podíamos quedarnos aquí, ver una
película y encargar algo para cenar. Una pizza o algo así.
Gael asiente, pero no luce muy convencido de mi propuesta.
—O podríamos ir a mi casa y pasar el tiempo ahí —dice y el
sonido ansioso de su voz enciende la alarma en mi sistema.
Una sonrisa nerviosa se apodera de mis labios.
—¿Qué tiene de malo mi casa? ¿Por qué no quieres quedarte
aquí? —Sueno a la defensiva y recelosa, pero no puedo evitarlo.
—Nada. —Gael niega con la cabeza, sin dejar de sonreír y sin
dejar de sonar ansioso—. Lo que pasa es que hay algo que quiero
que veas.
—¿Qué cosa?
—Si te lo digo pierde el encanto.
Una mueca escandalizada se apodera de mi rostro en cuanto
termina de hablar.
—No sé si estoy lista para que me muestres más cosas sobre
ti —bromeo, pero no lo hago del todo—. Aún no termino de digerir
todo lo que me dijiste la última vez que estuve en tu casa.
Gael dispara una mirada irritada en mi dirección.
—La última vez que estuviste en mi casa cociné para ti —
apunta.
—¡Sabes perfectamente a qué me refiero! —refuto, sin dejar
de sonreír y una mueca frustrada se apodera de sus facciones.
—No eres graciosa.
—Por supuesto que lo soy —suelto, en un intento de aminorar
el sonido inquieto de mi voz—. Soy hilarante y lo sabes.
—Y modesta —dice, con sarcasmo.
—Humilde, ante todo —asiento, en acuerdo y él suelta un
bufido.
—Como sea… —masculla, antes de negar con la cabeza—.
¿Entonces? ¿Vamos a mi casa?
—No lo sé… —digo, indecisa.
—Prometo que te traeré sana y salva a la hora que tú me
pidas que lo haga —dice, al tiempo que me mira cual niño suplicante.
—Ese «sana y salva» me preocupa, ¿sabes? —digo, con
fingido horror—. ¿Qué es lo que planeas hacerme?
Gael me guiña un ojo y, de inmediato, una sonrisa lasciva se
desliza en sus labios.
—Nada de lo que piensas… —dice, con aire juguetón y
sugerente, y siento cómo el rubor comienza a calentarme el rostro—.
Al menos, no por ahora. Ya habrá tiempo para eso.
—Gael… —suelto, con advertencia filtrándose en mi tono.
—Tamara, confía en mí. —El magnate me interrumpe—. Solo
quiero pasar mi tiempo contigo. Te prometo que, en el instante en el
que decidas que es hora de volver, te traeré a casa. Así que, ¿qué
dices? ¿Vamos?
Muerdo mi labio inferior.
La verdad es que no quiero salir. No, luego de haberme
enterado de que su padre lo tiene vigilado; pero no tengo el corazón
para negarme. No cuando luce tan entusiasmado con la idea de
hacer lo que sea que trae en mente.
Un suspiro largo se me escapa.
—De acuerdo —digo, finalmente, luego de ignorar a la
vocecilla de mi cabeza que no deja de susurrarme que todo esto es
una mala idea—. Solo déjame ponerme algo diferente.
—Así estás bien. —Gael me guiña un ojo—. Solo ponte
zapatos. Algo cómodo.
Alzo las cejas con incredulidad.
—Debes saber que la palabra «comodidad» y mi nombre van
siempre de la mano. Mi guardarropa está diseñado para
proporcionarme la mayor practicidad posible; así que, cualquier cosa
que decida ponerme, será cómoda. —Sueno como toda una
sabelotodo, pero no me interesa en lo absoluto. A él tampoco parece
interesarle, ya que su sonrisa se ensancha.
—Ve y haz lo que te dé la gana —dice, al tiempo que niega
con la cabeza—. Aquí te espero.
—Gracias —digo con suficiencia y, antes de deshacerme de su
abrazo y encaminarme a mi habitación, planto un beso en sus labios.
Luego, desaparezco de su campo de visión.
—No sé por qué presiento que todo esto de: «Vamos a mi casa,
tengo algo que mostrarte», es solo un truco —me quejo a manera de
broma, mientras Gael introduce su coche en la rampa descendiente
que da al garaje a desnivel de su casa.
—Me has pillado —responde, pero puedo notar el sarcasmo
en su voz—. Todo esto ha sido un plan desde el principio. Desde el
instante en el que entraste a mi oficina sin permiso por primera vez,
decidí que iba a enamorarte, para luego traerte a mi casa y
asesinarte de manera brutal.
—Entonces, permíteme informarte que tu plan se ha ido al
caño. En primer lugar, porque te he descubierto y en segundo,
porque has sido lo suficientemente arrogante como para creer que
estoy enamorada de ti —refuto, y sueno tan segura y contundente,
que mi tono me hace querer retractarme de lo que he dicho. Sobre
todo, de la última parte.
—¿No lo estás?
—¿Tú lo estás de mí? —Lo que pretendo que sea una
pregunta socarrona y burlesca, termina sonando como una súplica
ansiosa y quiero golpearme por eso. Quiero estrellar la cara contra el
vidrio de la puerta hasta quedar inconsciente… o hasta que el cristal
reviente en mil fragmentos y sea capaz de arrastrarme fuera del auto
que, por cierto, acaba de quedar aparcado dentro de la inmensa
cochera.
El motor se apaga luego de eso y nos quedamos aquí,
sentados el uno junto al otro dentro de su flamante coche, con la
oscuridad como única protección contra el peso de las palabras que
acabo de pronunciar.
—Tamara, estoy loco por ti —Gael dice, luego de unos
instantes de silencio y el sonido enronquecido de su voz se me cuela
en los huesos y se adhiere a ellos con tanta fuerza, que me siento
estremecer; desde las puntas de los dedos de mis pies, hasta la cima
de mi cabeza.
No sé, a ciencia cierta, qué es lo que eso significa y una parte
de mí intuye que él tampoco lo sabe; así que lo dejo estar. Lo dejo
asentarse entre nosotros, porque aún no estoy lista para ponerle un
nombre a lo que siento, o para admitir que Gael me importa más de
lo que me gustaría, y que decir que me siento atraída por él no es
suficiente. Ya no.
—No sé si eso es dulce o perturbador —bromeo, con un hilo
de voz, con la esperanza de quitarle tensión al ambiente, pero presa
de la abrumadora sensación que me provoca saber que Gael ha
empezado a filtrarse en mi vida de otra forma. De una manera más
profunda.
Cuando escucho la carcajada que se le escapa luego de mi
declaración, me doy cuenta de que mis palabras han tenido el efecto
deseado y me relajo un poco.
—Eres increíble, ¿lo sabías? —dice y el tono cálido que utiliza
me llena de una emoción tan atronadora como la anterior.
—Por supuesto —bromeo una vez más y él suelta otra
pequeña risa.
Entonces, sin decir nada más, abre la puerta del coche y sale
de él. Yo, luego de unos segundos de aturdimiento, lo imito.

El garaje entero está en penumbras. La oscuridad en la que se ha


sumido la estancia es tanta, que no puedo distinguir nada a mi
alrededor, así que procuro no moverme y quedarme a la espera de
que Gael se digne a encender las luces o a acercarse para guiar mi
camino en dirección a donde sea que planea llevarme.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que la luz cegadora lo
invada todo y tenga que cerrar los ojos para tratar de acostumbrarme
a ella; pero, cuando lo hago paseo la vista en toda la estancia solo
para encontrarme con la figura de Gael, de pie al fondo del inmenso
garaje, con una mano en el interruptor y una sonrisa burlona en la
cara.
—¿Qué es tan gracioso? —mascullo, aun parpadeando para
deshacerme del lagrimeo involuntario de mis ojos.
—Tu cara. —Gael responde, en un tono tan socarrón, que me
hace querer estrellarle la palma en la cara.
Enseguida, hace una imitación de mi gesto: con los ojos
entrecerrados, el ceño fruncido con incomodidad y una mueca
extraña creada por mi boca. En el acto, las ganas que tengo de
golpearlo incrementan considerablemente.
Ahora sí que quiero acortar la distancia que nos separa para
estrellar mi puño contra su cuerpo las veces que sean necesarias
para borrarle esa expresión de la cara.
—Vete al demonio —escupo, con toda la irritación y el coraje
que puedo imprimir y él suelta una carcajada sonora.
—¿Ves por qué es tan difícil nombrar a lo que uno siente por
ti? —dice, al tiempo que hace su camino en dirección a las
motocicletas —esas que ha reparado él mismo— que se encuentran
aparcadas junto al vehículo—. Un día me dan ganas de tomarte por
los hombros y sacudirte hasta que te des cuenta de lo insensata que
eres; otros, cuando eres necia y se te meten ideas raras en la
cabeza, me dan ganas de abrazarte y no soltarte hasta que dejes el
sinsentido; y unos más, simplemente me dan ganas de poner cuanta
distancia sea posible entre nosotros.
—El sentimiento es mutuo, Avallone —digo, porque es verdad
—. Sinceramente, estaba empezando a cansarme de esos cambios
tuyos a los que me sometías cada semana. Ese: «Te beso, pero
luego te trato como el culo; pero luego te beso de nuevo, pero
después soy indiferente una vez más», estaba empezando a
colmarme la paciencia.
—Solo para que lo sepas —apunta, con arrogancia—, tú eres
diez veces más irritante de lo que yo seré jamás.
—Lo que digas, Gael —respondo, con sarcasmo y él entorna
los ojos en mi dirección.
No responde. Se limita a negar con la cabeza y detenerse
junto a las motocicletas; como si fuese un edecán o empleado de
mostrador. Después, señala los vehículos con un ademán
exagerado.
—¿Cuál le gusta, señorita Herrán? —dice, ignorando por
completo mi comentario previo.
Arqueo una ceja.
—¿Qué te hace pensar que voy a aceptar que me regales una
motocicleta? ¿Era esto lo que tenías que mostrarme? ¿Cómo
fanfarroneabas y tratabas de impresionarme con…?
—¿Quién ha dicho nada sobre regalarte alguna de mis
motocicletas? —Gael me interrumpe, esbozando una mueca de
fingido horror—. Yo solo estoy preguntándote cuál te gusta.
Una punzada de vergüenza me atenaza las entrañas, pero me
las arreglo para alzar el mentón con arrogancia.
—En ese caso —digo, mientras rodeo el coche para así tener
una vista completa de los vehículos a dos llantas. Trato de sonar
casual e indiferente en el proceso—, me gusta esa.
—¿Cuál? ¿La negra?
Asiento.
Gael esboza una sonrisa que se me antoja dulce. Cálida por
sobre todas las cosas y, luego, me dedica una mirada extraña.
Diferente al resto.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunto, curiosa, al tiempo que me
abrazo a mí misma, insegura de haber elegido una con alguna
especie de historia.
—Es mi favorita —confiesa, en voz baja y ronca, antes de
volver a adoptar esa postura de vendedor departamental y añadir—:
Le adapté un motor Harley Davidson V-Twin de mil doscientos
centímetros cúbicos que le da un sonido espectacular; el sistema de
escape es de circuito cerrado, así que ruge como ninguna otra y las
llantas de radios de acero le dan ese aspecto clásico que todo
conductor busca en una motocicleta. Buena elección, señorita
Herrán.
Quiero decirle que no he entendido una mierda de lo que ha
dicho; que no sé nada de motocicletas, o motores, o llantas o
sistemas de escape, pero luce tan entusiasmado y satisfecho que me
guardo el comentario para otra ocasión.
Luego de eso, gira sobre sus talones para llegar a una enorme
caja plástica que se encuentra justo junto a la última motocicleta
aparcada, y la abre para rebuscar algo dentro de ella.
Yo lo observo en silencio; expectante. Cuando encuentra lo
que busca, se gira en mi dirección y lo extiende hacia mí. Es un
casco.
La confusión y el horror se mezclan en mi sistema cuando miro
de hito en hito su rostro y lo que me ofrece, y niego con la cabeza.
—¡¿Qué?! ¡No! ¡Yo no sé cómo carajos conducir algo así! ¡Voy
a matarme si me subo! ¡No tienes idea de lo torpe que soy! —chillo,
ansiosa y aterrorizada.
Gael rueda los ojos al cielo y empuja el casco hacia mí,
obligándome a tomarlo. Después, se quita el saco, para luego
deshacerse de la corbata y desabotonarse la camisa de la parte del
cuello y de las muñecas. Una vez hecho esto, dobla el material
delgado hasta que le llega a los codos.
Inmediatamente, mi vista cae en la tinta de sus brazos y algo
dentro de mí se retuerce con violencia. Mis ojos barren la extensión
de su torso y, cuando mis ojos se encuentran a los suyos, mi
estómago cae en picada.
Hay algo en la manera en la que me mira que me cohíbe. Hay
algo en la forma en la que sus labios se deslizan en una sonrisa
perezosa, que me hace sentir como si estuviese quedándome sin
aliento. Como si no existiese aire suficiente en este mundo para
llenarme los pulmones.
No dice nada. No hace ademán de pedirme que me acerque.
Solo se encamina hacia la motocicleta, le quita el descanso que la
mantiene de pie en su lugar y la hace salir del espacio que ocupaba.
Luego, trepa en el asiento y me mira una vez más.
—Ven —instruye, con esa voz ronca y pastosa suya y, presa
de la cantidad de emociones que me provoca, me quedo quieta
durante unos instantes. Los suficientes como para hacer que su
sonrisa, antes fácil y socarrona, se convierta en una arrebatada y
arrogante.
Sabe qué es lo que provoca en mí. Y detesto que lo haga.
Avanzo en su dirección con más cautela de la que me gustaría
y él extiende una mano para que la alcance. Yo, sin pensarlo dos
veces, la tomo y lo dejo guiar mi camino hasta donde se encuentra.
—Sube —ordena, con suavidad y, dubitativa, coloco una mano
sobre su hombro. Cuando ve que no sé dónde apoyar el pie para
subir, señala el espacio especialmente diseñado para eso.
Enseguida, trepo con todo el cuidado que puedo.
La torpeza de mis movimientos delata la poca experiencia que
tengo para esto y eso parece encantarle, ya que se toma su tiempo
para instruirme en la forma en la que debo colocarme el casco.
Para el momento en el que estamos listos, ambos con el casco
puesto, y yo con los brazos envueltos alrededor de su cuerpo, mi
corazón está latiendo a toda marcha.
Pánico, ansiedad y anticipación se arremolinan en mi interior,
pero trato de mantenerlo todo a raya mientras me aferro al torso de
Gael y lo escucho hacer rugir el motor de la pequeña bestia sobre la
que estamos montados. La vibración del vehículo es tan poderosa,
que puedo sentirla reverberar en todo mi cuerpo. Puedo sentirla
colándose hasta lo más recóndito de mi ser.
—Dime, por favor, que sabes conducir bien estas cosas —
hablo, casi sin aliento, solo porque estoy aterrorizada. Jamás me
había subido a una motocicleta.
Esta vez, es la vibración que proviene del pecho del hombre al
que me aferro la que me invade el cuerpo.
—Sujétate bien —pide, ignorando por completo mi pregunta
previa, antes de introducir la mano izquierda en uno de los bolsillos
de sus pantalones. Es entonces cuando saca el pequeño control del
garaje, presiona el botón indicado y el portón se alza para dejarnos
salir.
Nos deslizamos fuera de la cochera con lentitud y, una vez ahí,
junto a la rampa de salida, Gael cierra la puerta gigantesca y se
guarda el pequeño mando de nuevo en el bolsillo.
—¿Lista? —Apenas puedo escucharle decir por encima del
sonido del motor y la única respuesta que puedo darle, es un apretón
de mis brazos a su alrededor.
Otra risa vibra en su pecho y algo dentro de mí se enciende
con la calidez que me provoca escucharle, pero no me da tiempo de
ponerle un nombre, ya que acelera y salimos despedidos a toda
marcha para atravesar la pendiente.
La velocidad a la que Gael conduce es mesurada dentro del
residencial en el que vive, pero, cuando salimos de este y nos
encausamos en la avenida principal, incrementa el paso.
Un chillido aterrorizado se me escapa cuando eso ocurre y
cierro los ojos por instinto.
El viento helado de la noche se me cuela a través de la ropa y
me hace tiritar; pero, estoy tan concentrada en la adrenalina que, por
un momento, me olvido de eso y de todo lo demás.
De David Avallone y sus amenazas, de Román Bautista y su
dichoso libro… Me olvido de todo porque en lo único en lo que puedo
concentrarme, es en la velocidad vertiginosa a la que avanzamos y
en la forma en la que mi cuerpo se funde con el de Gael con cada
segundo que pasa.
Poco a poco, el miedo va transformándose en algo más dulce
y agradable. En algo más llevadero y manejable. Es hasta ese
momento, que me permito abrir los ojos.
Las luces de las calles por las que transitamos dejan una
estela a su paso. Un rastro cálido de vida nocturna. De magia. De
todo eso que no nos detenemos a apreciar cuando corremos de un
lado a otro, apresurados con el ajetreo del día.
Gael acelera otro poco, pero sin sobrepasar los límites de
velocidad y, justo cuando entronca en el tráfico de una de las
avenidas principales de la ciudad, reduce el paso.
Avanzamos al paso impuesto por la fluidez del tránsito
nocturno. Sin prisas. Sin preocupaciones. Sin las angustias previas o
los malentendidos que alguna vez nos impidieron estar así, de esta
manera, juntos… Avanzamos sin nada más que las ganas de estar
cerca del otro y de que este momento nunca termine.
Conozco el lugar en el que estamos. Conozco la zona
comercial por la que avanzamos y sé que estamos cerca del Puente
Matute Remus —ese que todos aquí en la ciudad conocemos por
«puente atirantado»—; ese que fue construido hace no mucho
tiempo y que, por la noche, es iluminado con luces de colores.
Le ruego al cielo que pasemos por ahí. Le ruego a todos los
dioses que Gael quiera llevarme por ese camino, porque no sé
cuánto voy a tener la oportunidad de pasar por aquí y realmente
disfrutarlo.
La motocicleta cambia de velocidad cuando tomamos la
pendiente para subir al paso elevado y una sonrisa se apodera de mi
rostro al instante.
Luces azules tiñen la imponente estructura que se alza sobre
nuestras cabezas y yo, incapaz de detenerme, miro hacia arriba;
hacia el cielo nocturno. Hacia la preciosa luna que se cierne sobre
nuestras cabezas y que es adornada por la infraestructura
contemporánea que nos rodea.
Mi corazón se hincha con la emoción que me invade de pies a
cabeza y quiero pedirle a la vida que este momento nunca termine.
Quiero pedirle al universo que me permita disfrutarlo unos instantes
más. Una eternidad, si es posible.

Gael conduce por la ciudad durante lo que se siente como una


eternidad y, al mismo tiempo, como apenas un suspiro… Y, cuando
volvemos a su casa, no puedo evitar sentirme decepcionada;
desazonada porque nuestro paseo ha llegado a su final. No estaba
lista para que terminara.
Al bajar de la motocicleta, siento cómo todos mis músculos
gritan de alivio. No me había dado cuenta de cuán tensa me
encontraba hasta que puse un pie en el suelo y me di cuenta de que
tiemblo por completo.
Me quito el casco de la cabeza.
El sudor que tengo en la nuca y la frente me hace sentir
avergonzada por el aspecto que, seguramente, tengo; pero estoy tan
satisfecha, que trato de no pensar en ello.
Gael se quita el casco también y coloca el soporte de la moto
para que esta no se caiga, pero no baja de ella. Se queda ahí,
trepado, con el cabello hecho un desastre y una sonrisa radiante
pintada en la cara.
—¿Te ha gustado el paseo? —pregunta, con aire suficiente y,
pese a la sonrisa idiota que tengo en el rostro, me las arreglo para
dedicarle una mirada irritada.
—Apuesto todo lo que tengo a que así impresionas a todas las
mujeres que entran a tu vida —digo, solo para que no se dé cuenta
de cuánto lo disfruté.
—En realidad, jamás había llevado a nadie en moto. —Se
encoge de hombros—. No es algo que comparta con todo el mundo,
¿sabes?... —Baja del vehículo—. Muy pocas personas saben de mi
gusto por ellas, así que siéntete afortunada.
Alzo una ceja, en un gesto arrogante.
—Afortunado deberías sentirte tú, que te di la oportunidad de
llevarme en una —bromeo y su sonrisa se ensancha tanto, que temo
que su cara pueda partirse en dos.
—Ah, ¿sí?
Acorta los pasos que nos separan y se detiene cuando
nuestros cuerpos están tan cercanos, que tengo que alzar la vista
para mirarlo. A pesar de eso, no permito que su cercanía me
amedrente.
Asiento, pero mi corazón ya se ha detenido para reanudar su
marcha a una velocidad vertiginosa.
—Sí… —digo, en voz baja y tímida.
—Eres una chiquilla arrogante, ¿sabías eso? —me recrimina,
pero la calidez en su tono le quita toda fuerza a su declaración. Toda
malicia—. Eres una chiquilla arrogante, soberbia, caprichosa e
insufrible.
Asiento una vez más, en acuerdo y él se acerca otro poco, de
modo que soy capaz de sentir su aliento rozándome el rostro.
—Eres una chiquilla ambiciosa, aterradoramente talentosa y
encantadora. ¿También sabías eso? —Esta vez, cuando habla, su
voz suena más ronca. Más suave. Dulce…
—También soy un dolor en el culo —digo, con un hilo de voz y
él se acerca un poco más.
Es el turno de Gael de asentir en acuerdo.
—Eres todo eso que me prometí evitar. Eso que sabía que era
peligroso para mí y que de todos modos decidí tomar —dice y quiero
besarlo—. Eres eso en lo que pienso todo el tiempo. Eso con lo que
sueño despierto a todas horas —continúa y lo único que puedo
hacer, es mirarle los labios. La forma en la que se mueven con cada
palabra que pronuncia—. Con lo que mi traicionero subconsciente
me tienta y me tortura… —Niega con la cabeza—. Eres, Tamara
Herrán, lo que va a llevarme a la perdición, espero que lo sepas.
Yo, incapaz de decir nada; incapaz de poner en palabras la
cantidad de emociones que me provoca, envuelvo un brazo
alrededor de su cuello y tiro de él en mi dirección para besarlo.
Entonces, cuando el gruñido aprobatorio proveniente de sus
labios llega a mis oídos, busco su lengua sin pedir permiso.
Otro sonido gutural escapa de su garganta en ese instante y
me besa de vuelta; con la misma avidez y urgencia con la que yo lo
recibo. Sus manos se envuelven en mi cintura, y las mías en su
nuca. Sus labios se mueven al compás de los míos y, de pronto, todo
empieza a difuminarse.
Todo empieza a perder enfoque. A disolverse hasta quedar
hecho nada. Hasta dejarme aquí, temblorosa entre sus brazos, a la
espera de más. De sus caricias. De su tacto urgente y sus manos
grandes.
Su tacto se desliza por mi espalda y me presiona con más
fuerza contra su cuerpo; como si no tuviese suficiente de mí. Como si
mi beso solo estuviese abriendo la puerta a lo más profundo de sus
deseos. A su alma entera.
Una estela de besos es dibujada desde mi boca hasta mi
mandíbula y un sonido estrangulado se me escapa. Un sonido
torturado y aliviado me recorre porque no me había dado cuenta de
cuánto anhelaba esto hasta ahora. Porque jamás imaginé que esta
clase de sensaciones —abrumadoras, intensas y atronadoras—
pudiesen volver a mi vida alguna vez.
Sus labios encuentran los míos una vez más y, esta vez, la
fiereza con la que me besa es tanta, que nos obliga a movernos. Nos
obliga a avanzar hasta que mi espalda golpea contra el coche en el
que llegamos, y su abdomen duro y firme queda apoyado contra el
mío, blando y suave.
Un gruñido aprobatorio escapa de su garganta cuando, sin
siquiera pensarlo, deslizo mis manos por debajo del cuello de su
camisa. Es entonces, cuando se aparta de mí con brusquedad y une
su frente a la mía.
—Pídeme que me detenga, Tam —dice, con una voz que
apenas reconozco—. Por favor, pídeme que pare.
Pero no quiero que lo haga. No quiero que se detenga. Así que
lo beso una vez más. Planto mis labios en los suyos en un beso igual
de urgente que el anterior.
Otro gruñido se le escapa en ese instante, y es ahí cuando
desliza sus manos por mis costados hasta afianzarlas a mis muslos.
Acto seguido, eleva mi peso y yo, casi por acto reflejo,
envuelvo las piernas alrededor de sus caderas.
—Pídeme que me detenga, Tam —murmura en un resuello,
contra mi boca, pero no lo hago. No lo detengo. Al contrario, empiezo
a deshacer los botones superiores de su camisa.
Capítulo 29

Tiemblo. De pies a cabeza. Mi cuerpo entero es presa de una


oleada de pequeños espasmos incontrolables y ni siquiera sé por
qué está pasándome esto.
Ansiedad, nerviosismo, pánico absurdo… Todo se arremolina
en mi pecho y comienza a abrirse paso en mi interior, pero trato de
empujarlo lejos. De concentrarme en la forma en la que las manos
del magnate se aferran a mis muslos. En la manera en la que mi
boca arde ante el contacto brusco que tiene con la suya, y en cómo
el sabor de su beso me llena el cuerpo de electricidad.
Me concentro, entera y completamente, en la manera en la
que Gael Avallone me llena de todo eso que creí que nunca sería
capaz de volver a sentir.
Mis dedos —temblorosos, torpes y ansiosos— se deslizan
dentro de la camisa medio abierta del hombre que me mantiene
presa entre su cuerpo y el coche en el que llegamos y, en el instante
en el que hacen contacto con la piel caliente y suave de sus
hombros, un gruñido retumba en su pecho y reverbera en el mío.
Mis manos se deslizan hacia arriba, hacia la piel de su cuello y,
cuando llego a su mandíbula, planto mis palmas y lo sostengo ahí,
para mí y besarlo a mi antojo.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que se aparte de mí; pero,
cuando lo hace, me quedo sin aliento.
Un resuello tembloroso escapa de mi garganta en ese instante,
pero no me da tiempo de procesar nada. No me da tiempo de
preguntar qué es lo que ocurre, porque ya ha apartado mi cuerpo del
coche y avanza conmigo a cuestas, en dirección a las escaleras
ascendentes que dan al interior de su casa.
Un balbuceo incoherente —que pretende ser una protesta.
Una petición para que me baje y pueda caminar por mi cuenta—
escapa de mis labios, pero él lo hace acallar con otro beso urgente,
impidiéndome decir nada.
Gael se abre paso hasta el fondo de la estancia entre besos,
resuellos, suspiros rotos y respiraciones agitadas y, cuando llegamos
al pie de las escaleras, me deposita en el suelo con cuidado antes de
romper nuestro contacto. Entonces, envuelve sus dedos cálidos
alrededor de mi muñeca y tira de mí con suavidad en dirección a la
puerta de servicio que siempre utilizamos cuando venimos a su casa.
Es hasta ese momento, que la resolución de lo que sucede
cae sobre mí y se asienta con violencia sobre mis hombros. Un nudo
de puro nerviosismo se instala en la boca de mi estómago al
instante.
El magnate rebusca las llaves de su casa en los bolsillos de
sus pantalones y, cuando las encuentra y deshace el pestillo, una
oleada de nerviosismo se dispara en mi sistema.
Sus ojos buscan los míos y sé, de inmediato, que puede notar
cuán dubitativa me encuentro. La vergüenza se abre paso en mi
sistema.
—¿Quieres que te lleve a casa? —pregunta, con serenidad,
pero el temblor en su voz es tan intenso, que me sobrecoge por
completo.
«Sí… No… No lo sé».
Niego con la cabeza, pero no me muevo ni un milímetro.
—Tam, no tiene que pasar nada si tú no quieres. —El tono
suave y amable que hay en su voz, no hace más que atenazarme el
pecho y disparar una oleada de emociones abrumadoras y
desconocidas a todo mi cuerpo—. No llevo prisa de nada. No
contigo.
Mi corazón se estruja con violencia una vez más y me quedo
sin aliento durante unos instantes. Paralizada ante la fuerza de mis
emociones.
—Tamara… —Gael empieza a hablar una vez más, pero ya he
tomado una decisión y, en un impulso repentino, intenso y valeroso,
acorto la distancia que nos separa y envuelvo una mano alrededor
de su cuello para tirar de él en mi dirección.
Mi mano libre se cierra sobre el material de su camisa y planto
mis labios sobre los suyos en un beso igual de urgente que el
anterior.
Gael envuelve sus brazos alrededor de mi cintura y mis manos
—ansiosas e inquietas— se aferran a las hebras cortas de su nuca
para tirar de ellas con suavidad.
No tengo una maldita idea de en qué momento entramos a la
casa. Tampoco sé cuándo me acorraló entre su cuerpo y la pared de
la cocina. ¿Honestamente?, tampoco me interesa averiguarlo.
Gael rompe nuestro contacto de manera repentina y une su
frente a la mía.
—No te traje aquí con intenciones de que pasara
absolutamente nada, Tam —susurra, con la voz enronquecida—. No
quiero que pienses que trato de aprovecharme, porque juro que no
es así.
En respuesta, lo beso una vez más. Esta vez, el contacto no es
tan urgente como antes. Es más suave. Más… dulce.
Un escalofrío me recorre de pies a cabeza cuando las caderas
de Gael chocan con las mías en un movimiento suave y cadencioso.
Uno que me hace conocer su deseo por mí, y me hace estremecer
un poco más.
Una estela de besos viaja desde mi boca hasta el punto en el
que mi mandíbula y mi cuello se unen y, cuando sus labios —
húmedos, ardientes y cálidos— hacen contacto con la piel de la
zona, todo mi cuerpo reacciona.
Mis puños están cerrados alrededor del material lánguido —y a
medio deshacer— de su camisa y mis labios están entreabiertos en
un gemido silencioso provocado por la caricia a la que me somete.
Es entonces, cuando sus besos descienden y sus caricias
bajan hasta llegar a una de mis clavículas.
Soy un manojo de terminaciones nerviosas, ansiedad y
nerviosismo. Dinamita a punto de estallar.
Quiero apartarlo. Quiero acercarme. Quiero deshacerme de
esta abrumadora sensación que me provoca estar con él de esta
manera. Quiero deshacerme del pudor, la vergüenza y de todo eso
que me hace plenamente consciente de lo que está pasando entre
nosotros y, al mismo tiempo, quiero que esto termine.
Quiero ponerle un punto final, porque es demasiado. Porque
me aterroriza lo que siento por él. Porque Gael se ha clavado tanto
en mi pecho, y de una manera tan imperceptible y sutil, que no fui
capaz de detenerlo.
Inhabilitó mis defensas. Atravesó la armadura que llevo puesta
desde hace mucho tiempo y se me coló en los pensamientos. En el
alma. En el corazón… Y ahora estoy aquí, ardiendo por él.
Perdiéndome en el mar de sus secretos, para convertirme en parte
de ellos. Parte de él… De esa luz parpadeante que es su presente, y
esa oscuridad densa y turbia que es su pasado.
Sé que tenemos fecha de caducidad. Que lo suyo conmigo no
tiene futuro. Que está condenado. Manchado por la ambición y por
todo eso que es ajeno a nosotros y que, eventualmente, va a
terminar venciéndonos… Pero, de todos modos, no puedo dejar de
aferrarme a él —a lo que siento— con todas mis fuerzas.

Las manos de Gael se deslizan con lentitud y se detienen justo en


la curva de mi trasero. Entonces, con cuidado, elevan el material
pesado de mi sudadera para introducirlas debajo.
El contacto de sus manos cálidas contra la piel de mi espalda
envía un escalofrío placentero por todo mi cuerpo, y un sonido
estrangulado y suave escapa de mis labios.
Sus dedos ásperos trazan un camino suave de caricias dulces
y delicadas y, justo cuando llegan a la altura de mi sujetador,
deshacen el broche con una facilidad aterradora.
No quiero imaginarme cuántos sujetadores ha deshecho para
tener esta clase de habilidad. De hecho, ni siquiera sé por qué
carajos estoy pensando en eso; así que me obligo a empujar el
oscuro pensamiento a un rincón en lo más profundo de mi cabeza.
Es solo hasta ese momento, que me permito concentrarme en
la forma en la que sus palmas se presionan contra mi piel. En la
manera en la que mi carne se eriza, y la forma en la que me empuja
contra su cuerpo en un gesto ansioso y posesivo.
Sus manos se deslizan por mis costados, siguiendo la curva
de mi cintura hasta llegar a la carne blanda de mis caderas y, una
vez ahí, sus dedos se clavan con fuerza sobre mi piel. Entonces, sus
caderas se empujan contra las mías una vez más.
En respuesta, arqueo mi cuerpo hacia el suyo.
Su tacto se desliza hacia arriba, aún dentro del material de la
sudadera, y los músculos se me tensan cuando este se alza y se
acumula alrededor de sus muñecas.
En ese instante, todo cae sobre mí como balde de agua
helada, y empiezo a ser plenamente consciente de las
imperfecciones que me cubren la piel: la flacidez provocada por los
kilos de más que llevo encima, las estrías que me ensucian el
estómago, los pliegues ligeros y antinaturales que me sobresalen en
ciertos lugares…
Gael está a punto de sacarme el material por encima de la
cabeza y, poco a poco, comienzo a ser presa de la angustia
asfixiante que me invade con la retahíla de mis inseguridades.
Empiezo a sucumbir ante el poder que tiene la imagen que veo a
diario en el espejo y, sin que pueda evitarlo, aparto mis labios de los
de Gael con brusquedad.
Él, de inmediato —y como si fuese capaz de leerme el
pensamiento—, desliza su tacto hasta que queda afianzado a un
lugar más seguro: mi cintura.
—Lo siento —suelta, en un resuello tembloroso e inestable y
yo niego con la cabeza—. Lo siento, Tam. Yo…
—N-No… —digo, con la voz entrecortada; pero ni siquiera sé a
qué estoy negándome: si a aceptar sus disculpas innecesarias, o a la
posibilidad de que se detenga por mis absurdos complejos—. No es
eso.
—¿Qué pasa, entonces? —murmura él, y sus labios rozan los
míos cuando lo hace.
Niego una vez más.
No quiero exponerme de ese modo ante él. No quiero que
sepa cuán consciente soy de mí misma; así que, en lugar de decir la
verdad, pronuncio otra cosa. Algo que también es cierto, pero que es
más fácil de lidiar.
—Hacía tanto que no sentía esto por nadie… —susurro, aún
con los ojos cerrados y, en el momento en el que las palabras
abandonan mi boca, me arrepiento.
No quiero que Gael sepa realmente cuál es el efecto que tiene
en mí. No quiero que se entere de la manera en la que se cuela en
mi interior, y la forma en la que ha empezado a aferrarse a las
paredes de mi corazón.
—Mírame, Tam… —El magnate pide en susurro, y me obligo a
encararlo.
Algo ha cambiado en su expresión. Algo en sus facciones se
ha vuelto salvaje, abrumador. Dulce por sobre todas las cosas, y me
deja sin aliento; sumida en este vórtice de sentimientos que solo él
es capaz de provocarme.
Tengo tanto miedo.
—No tienes una idea de cuánto me aterra todo esto —Gael
susurra, con la voz enronquecida y entrecortada y mis defensas
caen.
Todos los muros que había intentado alzar a mi alrededor para
protegerme de él, se desmoronan.
Él se siente del mismo modo que yo. También está
aterrorizado de lo que nos está pasando… Y yo no puedo con eso.
No puedo luchar contra eso, porque me siento de la misma manera.
No soy capaz de decir nada. Tampoco es necesario que lo
haga, ya que ha vuelto a besarme y me acorrala contra la pared
hasta que mi espalda queda completamente contra ella. Mi pecho, mi
abdomen y mis caderas, están presionados contra su cuerpo y no
puedo pensar con claridad. No quiero hacerlo.
En ese instante, se acaban las palabras. Que no hay nada
más entre nosotros más que las sensaciones que me provocan sus
dedos sobre la piel. No hay otra cosa más que su tacto, deslizándose
por debajo de mi sudadera, acariciándome las inseguridades, los
complejos… Llenándome de algo que va más allá de cualquier
sensación física que pudiera estar experimentar.
Manos grandes y fuertes se deslizan por mis costados con
lentitud, como si estuviesen pidiéndome el permiso para tocarme y
tratasen de darme la oportunidad de detenerlas.
No lo hago. Las dejo seguir su camino hasta mis pechos. Las
dejo frotarme por encima del encaje del sujetador, y erizar todos y
cada uno de los vellos del cuerpo con sus ávidas caricias.
Un suspiro entrecortado se me escapa cuando los labios de
Gael abandonan los míos para trazar un camino de besos húmedos
hasta la base de mi cuello.
Otro sonido estrangulado se me escapa cuando un gruñido
gutural retumba en su pecho y guía sus manos hasta la base de mis
caderas para hacerse —una vez más— del material que viste la
parte superior de mi cuerpo.
La inseguridad se apodera de mí en un abrir y cerrar de ojos;
pero me obligo a quedarme quieta. A ignorar los pensamientos
oscuros y a concentrarme en la forma en la que se deshace de mi
sudadera, y el modo en el que uno de sus brazos se envuelve en mi
cintura para atraerme aún más cerca.
Sus labios están en mi boca y trazan un camino que inicia en
mi mandíbula, se desliza por mi cuello, y llega a los huesos de mis
clavículas unos instantes antes de bajar hasta uno de mis hombros.
Tiemblo de anticipación. De miedo. De ansiedad por su
cercanía; y, justo cuando estoy hecha una masa de terminaciones
nerviosas, sus dedos se enroscan alrededor de los tirantes de mi
sujetador y tiran de ellos para deslizarlo fuera de mí.
Ni siquiera me da tiempo de sentirme expuesta. No me da
tiempo de nada, porque sus manos ya están sobre mis pechos,
acariciándolos, ahuecándolos… Porque sus labios —ansiosos y
desesperados— ya están de vuelta en los míos, besándolos,
saqueando y tomando todo de ellos.
Mi espalda se arquea en su dirección casi por inercia cuando
sus pulgares acarician las protuberancias de las cimas, y otro sonido
ronco se le escapa con el mero acto.
Gael se aparta de mí de manera arrebatada y murmura algo
que no logro entender antes de volver a besarme. Luego, sin darme
tiempo de siquiera preguntar qué es lo que ha querido decir, se
agacha, aferra sus manos en la curva de mis rodillas y vuelve a
elevar mi peso para avanzar conmigo a cuestas en dirección a la
sala.
Una vez ahí, me deposita sobre uno de los sillones mullidos y
espaciosos y, una vez asentados, aprovecho para deshacerme de la
camisa que aún cubre parcialmente su torso.
Cuando el material delgado le abandona, me tomo unos
segundos para admirarle.
A pesar de la poca iluminación y de la posición en la que nos
encontramos —él asentado entre mis piernas, apoyando su peso
sobre sus brazos; los cuales se encuentran acomodados uno a cada
lado de mi cara—, soy capaz de notar cuán revuelto lleva el cabello
gracias a mis manos ansiosas; cómo lleva los labios entreabiertos, y
cómo su pecho sube y baja debido a lo agitado de su respiración.
La tinta que tiñe sus brazos y parte de su cuerpo luce más
imponente que antes debido a la penumbra que nos envuelve. Le da
un aspecto peligroso, salvaje e intimidatorio; no obstante, la manera
en la que los mechones ondulados de cabello le caen sobre la frente
le da un aspecto joven. Fresco. Infantil, incluso; en contraste con el
efecto que tienen los tatuajes.
—Eres preciosa —susurra, con ese acento suyo que me
vuelve loca y, sin más, vuelve a besarme.
Sus manos están en todos lados; sus besos dejan estelas de
fuego en mi cuello y clavículas y, de pronto, me encuentro siendo
incapaz de concentrarme en nada más que en sus caricias y sus
besos. En sus manos grandes y fuertes, y el peso de sus caderas
contra las mías.
Su tacto está sobre los montículos de mi torso, sus dedos
largos torturan las cimas y la sensación enloquecedora que me
provocan sus caricias se vuelve insoportable. Mi espalda se arquea
hacia él con cada uno de sus toques dulces y expertos, y un suspiro
roto escapa de mis labios cuando los suyos descienden hasta
cerrarse sobre uno de mis pechos y, antes de que pueda terminar de
procesar lo que está ocurriendo, una de las manos de Gael se
desliza entre nuestros cuerpos para deshacerse del botón de mis
vaqueros.
El corazón me va a estallar, la sangre me zumba en las venas;
mis manos, temblorosas y ansiosas, están aferradas a sus hombros
y soy un nudo de terminaciones nerviosas. Un puñado de
sensaciones inconexas e intensas que no hacen más que llevarse
cualquier vestigio de pudor o vergüenza fuera de mí.
Otro sonido suave se me escapa cuando sus labios
descienden por mi estómago hasta llegar a mi abdomen y, justo
cuando estoy por protestar, se detiene y se aparta hasta quedar
arrodillado entre mis piernas; dándome una vista de su torso firme y
fuerte.
No dice ni una sola palabra. Se limita a mirarme fijamente al
tiempo que, con los pulgares enganchados en las presillas de mis
vaqueros, comienza a tirar de ellos con suavidad.
La anticipación se instala en mi estómago y, por primera vez
en toda la noche, la vocecilla en mi cabeza protesta y me exige que
le pida que se detenga, pero no lo hago. Al contrario, alzo las
caderas para permitirle deslizar el material de mis pantalones.
Después, me los saca por las piernas en medio de un montón de
movimientos torpes.
Cuando termina, los ojos de Gael barren la extensión de mi
anatomía con lentitud e inspeccionan a detalle cada parte de mí.
La inseguridad y la timidez no se hacen esperar y, como acto
reflejo, me encorvo sobre mí misma. Me hago pequeña aquí,
recostada en el sillón de su sala, sintiéndome incómoda, expuesta y
pudorosa.
—No me puedo creer lo preciosa que eres, de verdad —
murmura y mi interior se calienta. Mi corazón se encoge y se estruja
ante lo que acaba de decir y un nudo se instala en mi garganta.
«No puedo creer que esto realmente esté sucediendo», quiero
decir, pero no lo hago. Me quedo callada porque, si abro la boca, voy
a hacerle saber cuánto me afecta lo que estoy sintiendo por él.
Una sonrisa ansiosa se dibuja en sus labios.
—Si hace unos meses, cuando te conocí, me hubiesen dicho
que estaría así, contigo —dice, al tiempo que, con las yemas de sus
dedos, traza caricias suaves en la piel blanda de mis muslos—, me
habría reído a carcajadas.
Es mi turno para sonreír.
—Puedo decir lo mismo —digo, en voz baja y tímida.
—Si hace unos meses, cuando te conocí, me hubiesen dicho
que ibas a tenerme a tu merced, justo como lo haces ahora —
susurra, en un tono de voz tan enronquecido, que apenas puedo
reconocerlo como suyo—; probablemente, habría sido más
cuidadoso. Más inteligente. Menos visceral.
—¿Te arrepientes? —No quiero sonar decepcionada o
afectada por lo que acaba de decir… pero lo hago de todos modos.
Sacude la cabeza en una negativa.
—¿Cómo podría arrepentirme de esto, si me haces sentir más
vivo de lo que jamás me sentí en los últimos diez años?
El nudo en mi garganta se aprieta otro poco.
—Yo tampoco lo hago —murmuro, sin aliento y algo en su
mirada se enciende.
—¿Estás tomando la píldora, Tam? —susurra, luego de unos
instantes de absoluto silencio.
La pregunta me saca tanto de balance, que, por un momento,
no logro comprender lo que trata de decirme. Es hasta que su mirada
encuentra la mía, que la resolución cae sobre mí como un balde de
agua helada.
—No —pronuncio, con timidez.
Una sonrisa sesgada y arrebatadora se apodera de su boca y
una palabrota es susurrada luego de eso.
—¿Qué…? —Apenas puedo pronunciar, pero él ya está
negando con la cabeza.
—No tengo preservativos —me interrumpe—. No aquí.
—Oh… —No quiero sonar decepcionada, pero lo hago.
Un suspiro escapa de sus labios y una pequeña risa brota de
su garganta. Luce frustrado y decepcionado.
—Tenía la esperanza de que estuvieras cuidándote. Ni hablar,
entonces… —dice y, acto seguido, engancha los pulgares en mi ropa
interior para tirar de ella hacia abajo.
La alarma y el miedo me llenan el pecho en ese instante y, por
acto reflejo, coloco mis manos sobre las suyas para detenerlo.
—Gael… —empiezo, pero él ya se encuentra mirándome con
esa expresión sabionda que suele poner cuando sabe que voy a
quejarme antes de que él termine de explicarse.
—¡Tamara, por el amor de Dios! —me interrumpe, irritado, al
tiempo que esboza una mueca de fingida exasperación—. Juro que
no soy tan irresponsable como para querer hacer cualquier cosa
contigo sin protección. No tengo intención alguna de embarazar a
nadie en un momento de calentura —esboza una sonrisa lasciva.
Una que me forma un nudo en el vientre y me eriza los vellos de la
nuca—; pero el hecho de que no tenga conmigo un puñetero
preservativo, no quiere decir que no pueda… ya sabes…
complacerte.
El calor me invade el rostro luego de que termina de hablar y
sé, mucho antes de que su sonrisa se convierta en un gesto
socarrón, que estoy ruborizándome por completo.
—¿Con qué clase de hombres has estado que crees que
hacer el amor es consumar el acto, Tamara Herrán? —Gael dice, aún
con esa sonrisa grande y descarada pintada en el rostro.
—Claramente, con ninguno como usted, señor Avallone —
bromeo, sintiéndome valiente y osada, y su sonrisa se ensancha—;
pero, si no le incomoda, me encantaría que me enseñara a qué se
refiere.
Esta vez, la sonrisa que esboza es tan grande, que soy capaz
de ver todos sus dientes superiores.
—Con mucho gusto, señorita Herrán —susurra, con un gesto
salaz en las facciones, y se acaban las palabras.
Sus manos están en todas partes. Sus besos me endulzan
todo el cuerpo; dedos firmes y cálidos se aferran en el elástico de mi
ropa interior y, cuando la deslizan fuera de mí, dejándome en
completa desnudez, me siento todavía más abrumada. Agobiada por
la cantidad tan inmensa de complejos que llevo a cuestas.
A él no parece importarle, ya que, en lugar de enfocar su vista
en esas partes de mi cuerpo que me hacen sentir ansiosa y nerviosa,
se limita a seguir tocándome. A seguir besándome con ímpetu.
Sus manos están en todos lados: en mis costados, mis
caderas, mis pechos, mis piernas… Pero no es hasta que se ha
encargado de reclamar cada parte de mi cuerpo, que desliza su tacto
hacia el interior de mis muslos, para luego rozar las puntas sobre mis
pliegues húmedos.
El mero contacto me envía al borde de mis cabales. Me
empuja a los límites de mi paciencia.
—Dios mío, es que eres tan hermosa —murmura, con un hilo
de voz y sus dedos se deslizan en mi feminidad y buscan hasta
encontrar mi centro. Mi punto más sensible.
Entonces, empieza a acariciarme.
Todo ha perdido enfoque. El mundo se ha convertido en un
borrón inconexo e irreal, y solo puedo percibir el aroma fresco del
perfume de Gael, el sonido ronco y entrecortado de su respiración,
los suaves sonidos que se escapan de mis labios de manera
involuntaria y las sensaciones abrumadoras e intensas que sus
caricias dejan en mí.
Un gemido particularmente ruidoso escapa de mí cuando un
dedo largo se introduce en mí, pero él lo acalla con un beso
profundo, largo y urgente.
El ritmo de su caricia cambia. La manera en la que frota mi
punto más sensible con su pulgar, mientras que el dedo que ha
introducido en mí entra y sale con lentitud, me hacen imposible hacer
otra cosa más que absorber la cantidad de sensaciones que me
invaden.
Otro quejido tembloroso brota de mi garganta cuando los
dientes del magnate atrapan mi labio inferior y el ritmo impuesto en
sus caricias cambia una vez más.
Apenas puedo respirar. Apenas puedo concentrarme en él y en
la forma en la que me toca. En la manera en la que mis caderas se
alzan para encontrar su toque en el camino.
Estoy a punto de estallar. Estoy al borde del abismo y sé que
no va a haber nada ni nadie que me impida caer en él.
Clavo los dedos en su espalda, mis piernas se aferran a su
cuerpo con violencia y mi cabeza se alza para hundirse en el hueco
de su cuello cuando las caricias que impone trazan un ritmo más
intenso.
El pulso me golpea con violencia detrás de las orejas, la
sangre me zumba a una velocidad vertiginosa, siento las piernas
temblorosas e inestables y un puñado de espasmos involuntarios ha
comenzado a apoderarse de mi anatomía.
Un sonido roto y agudo escapa de mi garganta, y Gael suelta
un gruñido de aprobación. El ritmo de su caricia se vuelve tan
demandante luego de eso, que no puedo contenerlo más y me dejo
ir.
Un centenar de sensaciones intensas y placenteras me golpea
de lleno, y un gemido brota de mis labios sin que pueda detenerlo. Mi
cuerpo entero es envuelto en una espiral de placer arrollador y estoy
cayendo. Estoy desfalleciendo. Estallando en fragmentos diminutos,
y no hay nada que pueda hacer para detenerlo. Tampoco quiero
hacerlo.
Gael no deja de acariciarme. Ni siquiera cuando mis manos —
inestables, temblorosas y acalambradas— tratan de apartarle. Ni
siquiera cuando los espasmos de mi cuerpo son tan violentos, que
me doblo sobre mí misma, en un débil intento por contenerlos.
No es hasta que mis músculos se relajan, que, finalmente,
aparta su mano de mí y la presiona contra mi vientre con suavidad,
antes de besarme de nuevo.
Apenas puedo corresponder a su caricia. Si puedo ser
honesta, apenas puedo respirar.
Una estela de besos suaves y dulces hace su camino hasta
llegar a mi oreja y, cuando los labios de Gael se encuentran en la
zona, susurra:
—¿Te ha gustado?
En respuesta, asiento, entierro los dedos en su cabello
alborotado y envuelvo mis piernas alrededor de sus caderas.
Una risa ronca y ligera escapa de sus labios.
—Ni se te ocurra quedarte dormida —dice, una vez superado
el ataque de risa repentina, con la voz enronquecida—. Tú y yo
todavía no hemos terminado.
Capítulo 30

Hace calor. Una fina capa de sudor me cubre, el cabello se me pega


a la nuca de manera incómoda y el peso de algo me aplasta la
cadera.
Me remuevo un poco.
La piel desnuda de mi espalda, luego de mi movimiento, se
pega a algo suave y cálido, y me detengo por completo cuando un
gruñido —incómodo y ronco— me retumba en la oreja y me
reverbera en el pecho.
Es en ese momento, cuando la bruma del sueño que me
envolvía hace apenas unos segundos, se disipa lo suficiente como
para permitirme ser consciente del peso que hay alrededor de mi
cintura.
La confusión me invade de inmediato y abro los ojos. El
aturdimiento, aunado al letargo provocado por el sueño, hace que,
durante unos instantes, mi cerebro sea incapaz de procesar que la
habitación en la que me encuentro no es la mía; pero, cuando lo
hace, una punzada de pánico se instala en mi interior.
Entonces, miro hacia abajo y el horror me llena la boca de un
sabor amargo.
Hay un brazo envuelto en mi cintura y una pierna alrededor de
mi cadera.
«Oh, mierda…».
Un puñado de piedras se me asienta en el estómago y el
pánico y la preocupación no se hacen esperar; pero, en el instante
en el que los recuerdos empiezan a inundarme, una oleada de alivio
me embarga.
Mis ojos se cierran cuando, una a una, las imágenes de lo
ocurrido anoche me llenan la cabeza y, de pronto, siento el calor de
la vergüenza calentándome el rostro. A pesar de eso, una sonrisa
eufórica se abre paso en mis labios.
Pasé la noche en casa de Gael Avallone. Pasé la noche entre
sus brazos. Entre sus besos y caricias. Pasé la noche en su
habitación, divagando en su piel, en la tinta que tiñe su cuerpo, en
las ondulaciones de sus músculos y en la manera esa que tiene de
hablarte con las manos.
Y, cuando todo lo físico terminó —cuando la exploración de su
cuerpo y el mío acabó con nosotros dos en una habitación donde el
silencio solo era interrumpido por nuestras respiraciones rotas—,
pasé la noche acurrucada entre sus brazos. Con el pecho pegado al
suyo, mi cabello haciéndole cosquillas en el cuello y sus dedos
ásperos trazando patrones delicados en la piel de mi espalda
desnuda.
Gael no me hizo suya. No hizo nada más que tocarme y
besarme. Yo tampoco hice otra cosa más que besarle y tocarle. Y,
pese a eso, se siente como si todo hubiese sido, incluso, más íntimo
que la consumación del acto. Como si esto tuviese más peso y
significado que cualquier cosa que pudimos haber hecho de haber
tenido un preservativo a la mano.
El brazo fuerte y firme que está envuelto en mi cintura se
aprieta un poco cuando trato de acurrucarme más cerca de él y,
cuando mi espalda queda pegada a su abdomen y mis muslos
quedan flexionados justo delante de los suyos, otro gruñido retumba
en su pecho.
Soy plenamente consciente del bulto creciente entre sus
piernas —ese que en este momento está en contacto con mi trasero
— y una nueva oleada de calor me recorre.
A propósito, me empujo contra él un poco más. En respuesta,
las caderas del hombre que trata de dormir detrás de mí se aprietan
contra las mías y la mano que descansaba en mi cintura, se eleva
hasta ahuecar uno de mis pechos.
La respiración se me atasca en la garganta y cierro los ojos.
Estoy completamente desnuda. Él también lo está. La
realización de ese hecho no hace más que crear en mi vientre un
nudo de anticipación. De emociones encontradas provocadas por los
recuerdos de lo ocurrido anoche.
Un escalofrío me recorre y, presa de una sensación vertiginosa
de poder y control, me acurruco todavía más cerca.
—Si sigues haciendo eso —la voz enronquecida de Gael
susurra en mi oído. La carne del cuello se me eriza al instante—, vas
a meterte en problemas.
Una sonrisa desvergonzada y eufórica se apodera de mis
labios y, haciendo acopio de toda mi determinación y valor, giro sobre
mi eje, de modo que quedo de frente a él. Entonces, sin siquiera
darme tiempo de arrepentirme o de pensarlo dos veces, deslizo una
mano entre nuestros cuerpos para tomar su miembro entre mis
dedos.
Los ojos de Gael se abren al instante y me miran fijo.
La hinchazón en su mirada, aunada al desastre ondulado que
es su cabello y el aspecto relajado de su rostro, le da un aspecto
vulnerable. Completamente distinto al que suele proyectar.
—A ti te encanta tentar a tu suerte, ¿no es así? —dice, y sé
que trata de sonar fresco e imperturbable, pero el ligero temblor en
su voz delata lo mucho que está costándole mantener la compostura.
—Y a ti te encanta amenazarme —susurro de vuelta.
Una sonrisa tira de las comisuras de su boca.
Los ojos del magnate se cierran cuando mi mano empieza a
acariciarle con lentitud y el gesto que esboza es tan maravilloso,
como satisfactorio.
—Ayer estaba decidido a no comprometer tu virtud, pero hoy
estoy a nada de darme por vencido; así que, si no quieres que esto
termine de un modo irresponsable, te recomiendo que dejes de
torturarme así —dice, casi sin aliento y mi sonrisa se ensancha un
poco más.
—¿Esto es una tortura para ti? —digo, en el tono más inocente
que puedo imprimir, y una pequeña risa se le escapa.
—Lo es cuando sé que no podré hacerte todo lo que tengo en
mente —dice, al tiempo que cuela una de sus manos entre nuestros
cuerpos para detenerme.
Una vez que se ha apoderado de mi muñeca, me aparta con
suavidad. En el proceso, esbozo un puchero infantil. Él abre los ojos
justo a tiempo para mirarlo y ríe un poco más.
—Qué aburrido eres —mascullo, en medio de un quejido, pero
no hablo en serio.
Gael arquea una ceja con arrogancia.
—¿Aburrido, dices? —bufa—. Soy la persona más interesante
en el jodido universo, Tamara Herrán.
Ruedo los ojos, al tiempo que me deshago de su agarre en mi
muñeca y envuelvo los brazos alrededor de su cuello en un abrazo
meloso. Él, en respuesta, envuelve uno de los suyos en mi cintura y
me atrae, de modo que su abdomen queda pegado al mío.
—Lamento informártelo, Gael, pero eres un hombre bastante
aburrido —bromeo, al tiempo que esbozo una sonrisa
condescendiente solo para molestarlo un poco más—. Tienes suerte
de que me gustes tanto. Si no, ahora mismo no estaría aquí contigo.
Su mirada se oscurece varios tonos y una sonrisa irritada se
apodera de su gesto.
—No lo soy y lo sabes.
—Por supuesto que lo eres —refuto.
Se encoge de hombros, en un gesto despreocupado.
—No lo soy. Pero, aunque lo fuera, de cualquier modo, estás
loca por mí —susurra, en un tono de voz tan bajo y ronco, que me
eriza los vellos de la nuca. La sensación no es desagradable. Al
contrario, es… dulce.
—Alguien aquí piensa muy bien de sí mismo —suelto, al
tiempo que arqueo una ceja en un gesto arrogante.
La mirada del hombre que me sostiene cerca se transforma en
una salvaje. Anhelante.
—Atrévete a negarlo.
Mojo mis labios con la punta de la lengua. Las palabras se
arremolinan en mi boca, pero el valor para pronunciarlas me falta. Se
siente erróneo negar cuán ilusionada estoy. Se siente horrible decir,
aunque sea una broma, que Gael Avallone no me tiene con el
universo patas arriba.
Las cejas del chico se alzan con condescendencia, al tiempo
que una sonrisa socarrona lo asalta. Yo, presa de un valor repentino
y orgulloso, esbozo una mueca arrogante y alzo un poco el mentón.
—Lo niego rotundamente —digo, pero ambos sabemos que
estoy mintiendo.
La sonrisa de Gael se ensancha otro poco.
—Ah, ¿sí?
Asiento, incapaz de volver a decirlo en voz alta.
Un suspiro cargado de fingido pesar se le escapa.
—Ni hablar —dice, y esboza una mueca afligida—. Tendré que
esforzarme un poco más.
Entonces, y sin darme tiempo de nada, hace girar nuestros
cuerpos de modo que quedo recostada sobre el colchón y él queda
asentado entre mis piernas. Enseguida, sus manos se apoderan de
mis muñecas y las elevan hasta que quedan justo arriba de mi
cabeza; inmovilizándome.
—¡¿Qué estás…?! —Ni siquiera soy capaz de terminar la
pregunta, ya que él la acalla con un beso rápido.
—No vas a levantarte de esta cama hasta que estés loca por
mí, Tamara Herrán —anuncia cuando se aparta para mirarme a los
ojos y un espasmo de puro placer y anticipación me recorre de pies a
cabeza. Entonces, sin darme tiempo de responder nada, vuelve a
besarme.
—¡Ya les dije que no! —Mi voz sale en un chillido agudo e
irritado, pero no puedo evitarlo. No, cuando mi hermana y mi mamá
han pasado la última hora tratando de convencerme de traer a Gael
Avallone a comer a casa de mis padres.
No es un secreto para nadie que estoy saliendo con alguien.
Tampoco es como si me hubiese molestado en ocultarlo. La
obviedad de mi relación con Gael se ha hecho presente en mi vida
durante las últimas semanas.
Hace ya un poco más de un mes que, oficialmente, Gael y yo
empezamos a vernos. Un poco más de un mes que, por fin, decidí
darle algo de tregua a mi corazón inseguro y cerrar los ojos para
confiar en él.
Aún no puedo olvidar como, luego de los primeros días de esta
paz maravillosa que se ha apoderado de mis días, David Avallone
recurrió a mí para intentar amenazarme; pero, su silencio y su
ausencia luego de eso, me han hecho sentirme un poco más
tranquila. Más segura de mí misma y de mi relación con Gael.
Ahora, a casi un mes y medio después de mi reunión con él en
las oficinas de Editorial Edén, se siente como si ese mal trago solo
hubiese sido algo producido por mi imaginación inquieta, y ese miedo
latente que tengo a que la felicidad que me ha envuelto últimamente
pueda esfumarse al sonido de sus dedos.
Debo confesar que no le hablé a Gael al respecto. No cuando,
pasadas las semanas, no fui molestada de nuevo. Hacer un
escándalo respecto a algo que no tuvo seguimiento alguno, se siente
equivocado.
En lo que a mi entorno concierne, muy pocas personas saben
que es Gael Avallone con quien he estado pasando el tiempo el
último mes. Solo Victoria y Alejandro saben que es él y solo él quien
pinta de buen humor mis días.
Mi familia sabe que estoy viéndome con alguien. No se los he
ocultado; pero, por respeto a Fabián y a la memoria de Isaac —su
hermano— me he mantenido prudente.
No me atrevo a hablar demasiado sobre él durante las
reuniones familiares. En primer lugar, porque sé que mis papás me
darán un mal rato cuando se enteren de que la persona con la que
estoy saliendo, es el hombre con el que trabajo. En segundo, porque,
por mucho que me desagrade Fabián, no se siente correcto
pavonearme delante de él o hablar de alguien más estando en su
presencia. Isaac era su hermano y, aunque mi relación con él es
horrible, no tengo el corazón de hablar sobre mi relación con el
magnate cuando sé que a Fabián aún le duele demasiado su partida.
Siendo honesta, a mí también me duele todavía. Se siente
incorrecto, por mucho que no esté haciendo nada malo, venir a
invadir los recuerdos de Isaac, con la presencia de otra persona.
Isaac forma parte de mi pasado —una muy importante,
significativa por sobre todas las cosas—. Fue mi primer amor. Me dio
mis primeros besos. Todas mis primeras veces, fueron con él.
Su recuerdo es tan parte de mí, como lo es cualquiera de mis
órganos vitales y nada ni nadie podrá llenar el vacío que dejó al
marcharse. Sin embargo, también soy plenamente consciente de que
no puedo pasar la vida entera aferrada a su memoria. A él. Porque la
vida sigue y tengo que aprender a avanzar. A desprenderme de esos
remordimientos absurdos que me invaden cada vez que me doy
cuenta de cuán afianzado está Gael dentro de mi corazón.
No voy a mentir y decir que he sido capaz de deshacerme del
sentimiento de culpa que me llena cada que una nueva memoria se
construye entre el magnate y yo, pero he aprendido a lidiar con ello y
a perdonarme un poco por lo que estoy sintiendo.
Después de todo, me gusta pensar que, quizás, es algo que
Isaac querría.
—¿Por qué no? —Natalia se queja, al tiempo que toma uno de
los tortilleros que mamá guarda dentro de las gavetas de la cocina.
Sus palabras, de inmediato, me sacan de mis cavilaciones y me
traen de vuelta al aquí y al ahora.
—¡Porque no! —siseo, en voz baja, al tiempo que miro con
preocupación hacia el comedor; donde mi cuñado y mi papá se
encuentran instalados.
El entendimiento parece asentarse en la cabeza de mi
hermana luego de eso.
—Tam, no te preocupes por eso —dice, en ese tono tan
maternal que siempre ha sabido imprimir a su voz—. Fabián debe
entender que no puedes pasar la vida entera aferrada a un recuerdo.
Hago una mueca de desagrado.
—No hables de él de esa manera —pido, porque no me gusta
pensar en Isaac como si se tratase de algo tan simple como un
recuerdo. Porque, para mí, su paso en mi camino no puede reducirse
al número de memorias que dejó en mí.
—No lo digo con la intención de ser hiriente y lo sabes —
Natalia responde—. Solo trato de decir que no deberías detenerte de
traer al chico con el que sales solo por Fabián.
—Es que tampoco quiero traerlo —mascullo, al tiempo que
vierto la cebolla que acabo de terminar de cortar, en el contenedor de
la salsa bandera que preparo.
Mi madre, quien está al fondo de la cocina, terminando de
guisar la carne que comeremos, me observa por el rabillo del ojo con
curiosidad.
—¡¿Pero por qué no?! —Natalia chilla tan fuerte, que tengo
que dispararle una mirada irritada luego de eso.
—¡Por que no! —espeto, medio irritada—. ¡Porque apenas
llevamos saliendo un poco más de un mes! No quiero que piense
que me urge que conozca a mi familia, o que estoy tan necesitada,
que quiero presentarle a todos mis conocidos para que él decida
formalizar algo conmigo.
Natalia rueda los ojos, mientras coloca un kilo de tortillas
dentro del trasto que acaba de sacar.
—Tampoco es como si fuésemos a obligarlo a proponerte
matrimonio —dice ella, con el ceño fruncido en señal de indignación
—. Sabemos comportarnos, ¿sabes?
—Permíteme dudarlo —bromeo y noto como mi madre sonríe
al fondo.
—¿Cómo se llama? —pregunta, en ese tono enigmático y
maternal tan suyo—. ¿Puedes siquiera decirnos eso?
Niego con la cabeza.
—Sabrán quién es si les digo su nombre.
—¿Podemos saber dónde lo conociste? ¿Es algún compañero
de la universidad? —Mi mamá insiste.
Niego una vez más.
—Lo conocí en el trabajo —digo, y no es una mentira.
—¡Oh, por el amor de Dios, Tamara! —Natalia suelta,
escandalizada—. ¡¿Estás saliendo con el señor Bautista?!
—¡¿Qué?! ¡No! ¡¿De dónde carajo sacas eso?!
—¡Acabas de decir que lo conociste en el trabajo!
—¡El señor Bautista no es el único hombre en la editorial! —
espeto, medio irritada y divertida.
—¡Pero es el único del que hablas!
Le dedico una mirada hostil.
—El señor Bautista bien podría ser nuestro abuelo.
Natalia se encoge de hombros.
—Yo qué sé. Puede que te gusten los hombres mayores —
refuta y, esta vez, entorno los ojos en su dirección.
—Natalia… —Mi madre interviene, con advertencia, y eso es
suficiente para hacer que mi hermana haga un mohín y deje de
insistir.
La comida está casi lista. Es por eso que, entre mi hermana y
yo, empezamos a poner la mesa. Mi papá, al vernos trabajar, se
levanta de donde se encuentra para ayudarnos. Fabián, en cambio,
se limita a mirarnos desde su asiento.
No quiero pensar en ese gesto como uno machista, pero lo
hago. La aversión que le tengo a ese hombre es tan grande, que no
puedo evitar encontrarle algo negativo a cualquier cosa que hace.
Pese a todo, no hago ninguna clase de comentario. Me limito a
mantener una conversación ligera con mi hermana y mi papá.
El teléfono de Fabián suena, de pronto y, con el entrecejo
fruncido, se levanta a responder. Natalia, quien hace unos segundos
hablaba con ligereza, ha fijado toda su atención en su marido, quien
se ha levantado para apartarse del comedor.
La pregunta fugaz que se formula en mi cerebro respecto a lo
que está pasando entre ellos, desaparece tan pronto como mi
teléfono vibra en el bolsillo trasero de mis vaqueros.
Cuando lo tomo, el nombre de Gael Avallone brilla justo
encima del ícono de los mensajes de texto y, sintiendo un vuelco en
el corazón, desbloqueo la pantalla para leer:

Esto de que seas hija de familia está matándome. Te echo de


menos.

Una sonrisa boba me embarga y tecleo en respuesta:


También te echo mucho de menos.
Muero por verte.

A los pocos minutos, justo cuando Fabián regresa y mi madre


aparece con una olla de barro entre las manos, recibo:

Podría pasar por ti a casa de tus padres más tarde y verte,


aunque sea un momento.

Luego de leer eso, mi sonrisa se ensancha ligeramente y


envío:
No quieres venir a casa de mis papás.
Créeme.

Unos instantes después, justo cuando estoy instalándome en


mi lugar habitual, mi teléfono suena con un nuevo mensaje:
Tus padres no me intimidan, Tam.

Casi ruedo los ojos al cielo cuando leo eso.

Eso lo dices ahora porque no los conoces.


Te comerán vivo cuando te tengan enfrente.
Ya han comenzado a preguntar por ti, ¿sabes?

El teléfono de Fabián suena una vez más y, disculpándose,


vuelve a retirarse para responder. Mi ceño se frunce ligeramente
debido a eso, pero el mensaje que recibo de Gael me distrae de
nuevo:

Ah, ¿sí? ¿Qué es lo que preguntan?

Luego de leer eso, escribo:

Todo. Quieren conocerte. No han dejado de pedirme que te traiga


a comer.

—Sin teléfonos en la mesa. —Mi mamá me reprende cuando


se instala en el lugar que siempre suele ocupar, y yo hago un mohín.
—Siento como si tuviera quince de nuevo —mascullo, a
manera de rabieta, y me dedica una mirada irritada y divertida.
—Sin teléfonos, dije —sentencia y el aparato entre mis dedos
vuelve a vibrar.
Acto seguido, tomo un trago del agua fresca que Natalia ha
servido para mí en un vaso y abro el mensaje:

No me molestaría conocerlos. Pregúntales si el próximo fin de


semana está bien para ellos.

Casi me atraganto con el líquido que tengo en la boca. El


ataque de tos que me da es tan intenso, que todos a mi alrededor se
levantan de sus lugares, alertas, a la espera de poder hacer algo
para auxiliarme; pero, con un gesto de mano, les hago saber que me
encuentro bien.
Es en ese instante, cuando Fabián vuelve a la estancia. Esta
vez, su semblante luce diferente. Luce casi… ¿preocupado?
—¿Todo en orden? —pregunta Natalia, y no me pasa
desapercibido el tinte áspero en su voz; como si estuviese
reprochándole algo.
Mi cuñado clava su vista en mi hermana, al tiempo que niega
con la cabeza.
—No realmente —dice—. Tengo que ir a casa de mi papá.
—¿Qué? —Mi hermana suelta, con dureza, al tiempo que
frunce el ceño—. ¿Por qué?
Fabián, quien luce ligeramente aturdido, abre la boca para
hablar, pero la cierra de golpe.
—¿Está todo bien, Fabián? —Mi padre interviene antes de que
Natalia pueda hacerlo de nuevo y mi cuñado sacude la cabeza en
una negativa.
—Acabo de colgar con mi papá. Alguien ha subido un video a
redes sociales y se está haciendo viral —balbucea—. Están diciendo
que nuestra carne es de mala calidad y que nuestros empleados no
cumplen con las normas de sanidad necesarias para preparar los
alimentos que vendemos.
—¿Qué?... —Natalia suelta, en un susurro ahogado y
sorprendido.
—Aún no estoy muy enterado de la situación, pero se ve mal.
Esto va a afectarnos muchísimo si no le ponemos un alto —
pronuncia y, esta vez, no se molesta en ocultar su preocupación.
Como si, luego de unos instantes, estuviese digiriendo por fin la
información que él mismo está diciendo—. Necesito ir a casa de mis
papás y ver qué ocurre.
—Voy contigo —Natalia dice, y avanza en dirección a la sala
para tomar su bolso.
—No —Fabián responde—. Quédate aquí, por favor. No tiene
caso que vayas. Mejor paso por ti más tarde, luego de que investigue
bien qué es lo que pasó.
Mi hermana, no muy conforme con lo que su marido le ha
dicho, se congela en su lugar unos instantes.
—No quiero quedarme aquí, de brazos cruzados —ella dice,
en ese tono de voz frustrado que suele poner cuando algo no le
agrada.
—No tiene caso que vayas, Natalia. —Fabián trata de razonar
con ella—. Ni siquiera sabemos cuál es la magnitud del problema.
Déjame encargarme de ello.
—Deja que se marche, Nat. —Mi papá es quien interviene esta
vez—. Yo te llevo a casa más tarde si es necesario. Fabián debe ir a
resolver este problema con su padre. Tu presencia ahí no va a hacer
ninguna diferencia.
Mi hermana, quien luce como si quisiera gritar, mira fijamente a
su marido. Como si estuviese cuestionando la veracidad de sus
palabras. Como si no creyera del todo lo que está diciendo.
Enseguida, aprieta la mandíbula y los puños durante unos
instantes, y dice:
—De acuerdo. Aquí te espero.
Fabián asiente con dureza y, luego, se despide de todos y
desaparece de la estancia.
El silencio que le sigue a su partida es tan incómodo, que
nadie se atreve a romperlo. La ligereza con la que nos
desenvolvíamos hace unos instantes, ha desaparecido por completo,
y ahora nos encontramos sumidos en una espiral grisácea en la que
Natalia es el núcleo.
Mi papá se aclara la garganta, al tiempo que trata de aligerar la
charla. Mi madre trata de seguirle la corriente, pero no consiguen
aminorar la tensión que se ha acumulado en el ambiente.
Es entonces, cuando todos han comenzado a servirse la
comida, que mi teléfono empieza a sonar y me hace pegar un salto
en mi lugar.
Una maldición se me escapa de inmediato.
Mi madre pregunta qué ocurre, pero no respondo. Al contrario,
tomo el teléfono y miro la pantalla.
El número privado que me recibe me forma un nudo agradable
en el estómago. Solo hay una persona que me llama de números
privados de vez en cuando.
Es en ese instante, que la imagen de Gael se dibuja en mi
cabeza y, antes de siquiera pueda detenerme a pensar en lo que
estoy haciendo, y presa de una emoción abrumadora y ridícula,
respondo:
—¿Sí? —Sueno ilusionada hasta la mierda, por eso que me
pongo de pie de la silla del comedor: para que nadie en casa sea
capaz de verme actuar como una completa idiota por él.
—Yo te lo advertí, Tamara. —La voz golpeada y áspera de
David Avallone me eriza todos y cada uno de los vellos del cuerpo, y
un escalofrío de puro horror me recorre de pies a cabeza—. Y si no
quieres que las cosas empeoren para tu cuñado, tu hermana y toda
tu familia, lo mejor que puedes hacer es alejarte de mi hijo.
Capítulo 31

Durante unos instantes, no soy capaz de moverme. No soy capaz


de procesar lo que acabo de escuchar. Ni siquiera puedo respirar
como es debido.
La confusión es lo primero que me invade. A ella, le sigue el
enojo, el coraje y la frustración. La ira incontenible provocada por la
mera realización de lo que está ocurriendo.
Un nudo de impotencia se instala en mi garganta y, de pronto,
me encuentro aquí, de pie a medio camino entre la sala y el pasillo
que da a la habitación de mis padres, muy quieta, tratando de
asimilarlo todo.
David Avallone está detrás de lo que está ocurriéndole a
Fabián —a los restaurantes de su familia—; y yo, presa de la ira que
ha empezado a hervir en mi interior, aprieto la mandíbula para no
gritarle que es un hijo de puta y que espero que se pudra en el
infierno por atreverse a involucrar en mi familia —así se trate de una
persona como Fabián— en todo esto.
Una parte de mí, esa que es impulsiva y descuidada, me pide
que lo haga. Me pide que lo confronte y le haga saber lo que pienso;
pero, en esta ocasión, mi sentido común es más fuerte.
Así pues, me obligo a tragarme la rabia que está
provocándome un dolor intenso en el estómago.
«¡No puedes permitir que se salga con la suya! —grita mi
subconsciente, presa de la ira cegadora—. ¡Tienes que hacerle saber
que no va a amedrentarte! ¡Tienes que hacerle saber que no vas a
caer en sus juegos, y tienes que hablar con Gael a la voz de ya!».
Tiene razón.
Tengo que ponerle un punto final a todo esto, es por eso que,
pese a que quiero colgarle, me obligo a avanzar en dirección al piso
superior de la casa, para que nadie pueda escucharme hablar.
—Deme un segundo —pido, en un siseo ronco, al tiempo que
subo las escaleras.
David dice algo respecto a no tener intención alguna de hablar
conmigo, pero no finaliza la llamada.
Así, pues, con el teléfono en la mano, me abro paso hasta la
planta alta y una vez ahí, me introduzco en mi antigua habitación y
cierro la puerta para luego echar el pestillo.
Llegados a este punto, mi pulso se ha acelerado lo suficiente
como para hacerme sentir inestable; y el enojo se ha afianzado con
tanta fuerza en mis huesos, que ya ni siquiera soy capaz de sentirme
tan asustada como hace unos instantes. Ni siquiera puedo sentirme
perturbada por el hecho de que David Avallone está del otro lado de
la línea. Es por eso que, presa de toda esa furiosa valentía, espeto:
—No sé qué diablos pretende conseguir con todo esto —mi
voz suena inestable y temblorosa, pero no es gracias al miedo. Es
gracias a la ira incontenible que hierve en mi torrente sanguíneo—,
pero de una vez le digo que no va a funcionar. No voy a darle lo que
quiere solo porque trata de jugar a la intimidación.
Una risa retumba en el auricular y otro escalofrío me recorre
de pies a cabeza.
—Creo que no lo has entendido, Tamara. —David suena
genuinamente entretenido. Tanto que podría apostar todo lo que
tengo a que todavía está sonriendo—. Yo no estoy jugando a nada
contigo. Lo mío es muy en serio. Ya te lo he dicho: o te alejas de mi
hijo o atente a las consecuencias. Lo que le ha pasado a tu cuñado
es solo el principio. ¿Sabías que engaña a tu hermana? ¿Cómo
crees que se sentiría si se enterara de eso ahora mismo?
Aprieto la mandíbula y otra clase de enojo me asalta. Este, va
direccionado hacia Fabián.
—Lo que haga mi cuñado me tiene sin cuidado —escupo—, y,
si realmente está engañando a mi hermana, espero que ella sea lo
suficientemente inteligente como para mandarlo a la mierda. Lo que
pase en su relación, no es de mi incumbencia y tampoco es de la
suya.
—Yo no me comportaría así de arrogante si fuera tú, Tamara
—canturrea y otra punzada de ira me recorre entera.
—¿Está amenazándome?
Otra carcajada corta brota de su garganta.
—No, Tamara. Solo estoy dándote un consejo. Solo estoy
informándote que esto apenas es el inicio. Yo te lo advertí. Te dije
que debías alejarte de Gael. Incluso, fui bueno contigo y te di más de
un mes para que lo hicieras. No es mi culpa que no me hayas
escuchado. Ahora es tiempo de que afrontes las consecuencias de
tus actos.
—No le tengo miedo —escupo.
—No necesito que lo hagas. —El tono jovial que utiliza solo
consigue ponerme la carne de gallina—. Ese no es mi propósito.
—Tampoco voy a alejarme de Gael.
—¿Apostamos? —El reto implícito en el tono de su voz no
hace más que incrementar el coraje creciente en mi pecho, y querer
arrancarle la sonrisa que —seguramente— tiene en los labios ahora
mismo.
—Le diré a Gael todo lo que está haciendo —suelto, sin
siquiera ponerme a pensar en el peso de mis palabras—. Le diré
sobre las amenazas. Se lo diré absolutamente todo.
—¿Y crees que diciéndoselo vas a solucionar el problema? —
David se burla—. Gael jamás se atrevería a desafiarme. Tiene
mucho que perder; así que te aconsejo que no te ilusiones
demasiado al respecto.
—¿Apostamos?... —suelto, con la misma arrogancia con la
que él me está hablando.
El silencio que le sigue a mi declaración es tan tenso, que casi
puedo saborear la incertidumbre del otro lado de la línea.
—Si Gael decide desafiarme, que lo haga. —David habla,
luego de unos instantes—. También puedo acabar con él.
—¿Es que acaso no tiene otra cosa mejor qué hacer más que
arruinarle la vida a la gente? ¿No le remuerde siquiera un poco la
conciencia el saber que la única razón por la que su hijo está a su
alrededor es porque lo tiene amenazado? —El tono de mi voz es tan
enojado ahora, que yo misma me sorprendo de la dureza que
imprimo.
—Haré todo lo que esté en mis manos para alejar a las
cazafortunas como tú de mi familia. —Esta vez, genuino enojo se
filtra en el tono de su voz—. Haré todo lo que esté en mis manos
para alejar a las golfas como tú de mi dinero.
—¿Es que no entiende que a mí me importa una mierda su
jodido dinero? —espeto y mi voz se eleva un poco en el proceso—.
Lo único que quiero es...
—¿Enamorarlo? ¿Casarte y no volver a preocuparte jamás por
el futuro? —David bufa, con sorna—. A mí no me engañas. Sé que
eres igual a las otras. Gael nunca va a sentar cabeza con una niñata
como tú, ¿es que no lo entiendes?
Sus palabras me escuecen el pecho, pero me las arreglo para
empujar el dolor momentáneo que me han provocado, para
continuar:
—¿Qué se supone que es lo que tengo que entender? ¿Que
todo el mundo a su alrededor hace lo que a usted le pega la santa
voluntad? ¿Que cree que puede manipular a todo el que le rodea
solo porque tiene dinero? —Mi voz suena cada vez más inestable—.
Pues déjeme decirle que está muy equivocado si piensa que voy a
acceder a sus peticiones solo porque le ha dado por intentar
amenazarme.
El silencio que le sigue a mis palabras es tenso y tirante.
—Sé que no puedo obligarte a actuar con sensatez, Tamara —
David habla, al cabo de un largo rato—; pero, lo que sí puedo hacer,
es advertirte; Yo no me ando nunca con juegos tontos ni amenazas al
aire. Soy un hombre decidido. Uno que es capaz de hacer todo lo
que esté en sus manos para cumplir sus objetivos. —Hace una
pequeña pausa—. Y tú... Tus intenciones, están justo en medio. Así
que, te recomiendo que aproveches la oportunidad ahora que la
tienes. Piensa bien la decisión que estás tomando porque, Tamara, si
decides desafiarme, si decides continuar con este sinsentido, no voy
a detenerme. No voy a parar. Ni siquiera cuando aceptes alejarte de
mi hijo; ni cuando te arrepientas más delante por lo que estás
haciendo.
Esta vez, el nudo que tengo en la garganta está tan apretado,
que no puedo hablar. Solo aferro el teléfono contra mi oreja y aprieto
la mandíbula.
—Sé que tu padre tiene una deuda hipotecaria en el banco —
continúa—. Sé que tu hermana y su marido están pagando la
propiedad en la que viven también y que los restaurantes de la
familia de tu cuñado no están dejando muchas ganancias. Todo eso
sin contar la campaña de desprestigio que se ha iniciado contra ellos.
—Hace una pausa para dejar que sus palabras se asienten en mis
huesos—. Sé estás a punto de graduarte y que te mantienes del
salario que tienes en Editorial Edén y de la beca que te dan mes a
mes en la universidad. Sé que tú y tu familia tienen mucho que
perder con todo esto; así que, por tu bien y el de los tuyos, te
aconsejo que lo pienses dos veces antes de arriesgarte a cometer
una estupidez. —Lágrimas llenas de impotencia me nublan la vista
—. Si quieres contarle todo a Gael respecto, adelante. Solo quiero
que sepas, que, más que hacerle un bien, vas a terminar
lapidándolo. Vas a terminar por conseguir que el barco a la deriva en
el que anda se hunda de una vez por todas. ¿Eso es lo que quieres?
¿Qué le retire todo mi apoyo a consecuencia de tus decisiones?
¿Tan egoísta eres que serías capaz de sacrificarlo con tal de
conseguir cinco minutos en su cama?
El pánico me atenaza el corazón, pero no digo nada. No podría
hacerlo aunque quisiera. El nudo que tengo en la garganta está tan
apretado, que me impide producir cualquier sonido.
—Piénsalo, Tamara —dice David, ahora, en un tono más
relajado y controlado—. Te llamaré de nuevo antes del próximo fin de
semana para que me des tu respuesta final. Que tengas buen día.
Luego, sin darme tiempo de hacer nada, finaliza la llamada.
Mis párpados se cierran con fuerza y un centenar de
emociones se acumulan en mí interior. Una decena de escenarios
caóticos se dibujan en mi cabeza y, de pronto, me encuentro
queriendo enterrar la cara en un agujero. Me encuentro queriendo
desaparecer porque no sé qué es lo que haré ahora.
«Tienes que decírselo a Gael», susurra mi subconsciente, pero
no quiero hacerlo. No cuando David lo tiene así de controlado. No
cuando me aterra la posibilidad de que le haga algo a él también por
mi culpa.
Mi teléfono celular vibra en mi mano una vez más y mi
estómago cae en picada solo de pensar en la posibilidad de que sea
David Avallone de nuevo; pero, cuando miro la pantalla y leo el
nombre de Gael encima del ícono de los mensajes, otra emoción se
apodera de mí. Una más oscura, desoladora y densa.
«¿Qué carajo voy a hacer ahora?».
—¿Qué pasa, Tam? —La voz de Gael, me saca de mis
cavilaciones de manera abrupta, pero tengo que parpadear un par de
veces antes de espabilar por completo y clavar mi vista en él. De
inmediato, me doy cuenta de que está observándome con una
mezcla de diversión y aprensión.
Sacudo la cabeza en una negativa y esbozo una sonrisa
cargada de disculpa.
—Lo siento —digo, en voz baja, al tiempo que cierro los ojos
—. Ha sido una semana muy pesada. Yo solo...
—¿Quieres que te lleve a casa para que descanses? —
pregunta, cuando se da cuenta de que no voy a terminar de formular
la oración.
Ahora mismo, nos encontramos en un café que se encuentra
cerca del apartamento en el que vivo.
Niego una vez más.
—No —digo, porque es cierto. No quiero que me lleve a casa.
Quiero estar aquí, con él, aunque mirarlo sea una tortura. Aunque no
pueda concentrarme en otra cosa que no sea en lo que está
pasándole a Fabián y a mi hermana por culpa de David Avallone—.
Quiero estar aquí, contigo.
—¿Está todo bien? —pregunta, con tacto, y mi estómago se
estruja al darme cuenta de la preocupación que se filtra en su gesto.
Mi boca se abre para hablar, pero se cierra de golpe en el
instante en el que las palabras de su padre empiezan a reproducirse
en mi cabeza. En el momento en el que la amenaza hecha incluso
hacia su propio hijo comienza a llenarme el pensamiento.
Me aclaro la garganta.
—Sí. —Le aseguro, pero sé que no me cree en lo absoluto, así
que decido decirle un poco de la verdad—: Estoy preocupada por
todo el asunto de mi hermana y mi cuñado. Eso es todo.
—¿Quieres que haga algo por ellos? —dice y otro dolor
intenso me atraviesa el pecho de lado a lado. Esta vez, va cargado
de remordimiento. De esa culpa horrible que he sentido últimamente
por no decirle en realidad lo que está sucediendo.
—No —digo, con un hilo de voz—. No puedo pedirte que
hagas algo así.
«No, cuando hacerlo significaría que fueras en contra de tu
padre».
—Tam, ya te lo dije. No me pesa en lo absoluto ayudarles.
—Y, de todas maneras, no quiero que muevas un dedo por
ellos —digo, porque, hasta cierto punto, es verdad—. No me sentiría
bien conmigo misma al permitirte hacer algo así.
Algo cálido se filtra en su mirada y la culpa incrementa otro
poco.
—¿Ya te he dicho que me encantas? —dice y quiero estrellar
la cara contra la mesa una y otra vez hasta deshacerme de este
remordimiento horroroso que me embarga.
En respuesta, estiro una mano y la coloco sobre la suya para
trazar una caricia suave en el dorso. Él gira su mano, de modo que
nuestras palmas se tocan y esboza una pequeña sonrisa.
—¿Estás segura de que no quieres que haga algo por ellos?
—insiste.
—Lo estoy —digo y él deja escapar un suspiro largo y
cansado; cargado de fingida exasperación.
—Eres una necia —bromea y, muy a pesar de mi estado de
ánimo, sonrío.
—Y tú un controlador —bromeo de vuelta y su sonrisa se
ensancha.
Él sacude la cabeza en una negativa y se pasa una mano por
el cabello antes de volver a posar toda su atención en mí.
—¿Tienes algo que hacer el fin de semana? —pregunta, esta
vez, más ligero que hace unos momentos.
Hago una mueca de desagrado.
—Lamentablemente, sí —digo, a regañadientes—. Natalia nos
ha invitado a comer a su casa. Dice que tiene algo importante que
decirnos —bufo—. Me ha pedido que te invite, pero está loca si cree
que voy a exponerte así ante ellos.
Gael se encoge de hombros, en un gesto despreocupado.
—Ya te lo dije: no me intimida en lo absoluto la idea de
conocer a tu familia.
Una mueca escandalizada se apodera de mi gesto sin que
pueda evitarlo.
—No sé cómo sea allá en España, pero acá en México uno no
va a conocer a la familia de la persona con la que sales, a no ser que
se trate de una relación más bien formal —puntualizo, al tiempo que
mi sonrisa se torna nerviosa y horrorizada.
Gael vuelve a encogerse de hombros.
—Y, de todos modos, no me intimida para nada ir a
presentarme con ellos —dice—. Quiero pensar que tarde o temprano
tendré que conocerlos; así que, ¿por qué no hacerlo ahora? ¿Por
qué no ahorrarme las ceremonias y tratarlos de una vez por todas?
—¡Porque te van a comer vivo! —suelto. El horror pinta el tono
de mi voz—. ¿Es que acaso no lo entiendes? Mi familia está loca.
Una sonrisa burlona lo asalta.
—Si puedo lidiar contigo, puedo lidiar con cualquiera, Tam.
Una punzada de indignación, coraje y diversión me atraviesa el
cuerpo, y entorno los ojos en su dirección.
—¿Crees que eres gracioso, Avallone? —mascullo, con fingido
enojo y desprecio.
—No, no lo creo —dice, con ese tono sabiondo que suele
utilizar a veces—. Sé que lo soy.
Ruedo los ojos al cielo, pero una sonrisa amenaza con
abandonarme.
—Lo que digas —mascullo, al tiempo que le doy un sorbo al
café helado que he pedido antes de continuar—: El punto aquí, es
que no voy a llevarte a conocer a mi familia. No todavía.
—Ya te he dicho que no tengo problema alguno con eso,
Tamara —Gael insiste—. Déjame hacerlo. Así te dejarán tranquila y
podremos deshacernos de esa situación incómoda. Al mal paso,
darle prisa.
—¿Estás insinuando que conocer a mi familia supone una
tortura para ti? —digo, con fingida indignación.
Es el turno de Gael para rodar los ojos.
—¿Es que siempre tengo que terminar disculpándome contigo
por algo que no he dicho? —dice, pero no deja de sonreír como un
imbécil—. Que yo conozca a tu familia no supone una tortura para
mí. Lo supone para ti. Me ha quedado más que claro. Por eso lo dije
de esa manera.
Mi mirada se entorna una vez más en su dirección.
—No me has convencido —sentencio y él sacude la cabeza.
—Y sigues evadiendo el tema —se burla, al tiempo que se
cruza de brazos y se recarga en el respaldo de la silla en la que está
instalado—. ¿Es que acaso no quieres que los conozca?
—No es eso, ya te lo dije: siento que, si te llevo, todos se lo
tomarán demasiado a pecho. —Niego con la cabeza—. Los conozco.
Te tratarán como si tratases de casarte conmigo.
—Entonces me encargaré de hacerles saber que soy un hijo
de puta que no planea casarse nunca con nadie —bromea y, esta
vez, no puedo reprimir el impulso que tengo de tomar una servilleta,
hacerla bola y lanzársela.
Él suelta una risotada juguetona en el proceso.
—Eres odioso —mascullo, pero, muy a mi pesar, estoy
sonriendo.
—Y tú encantadora —dice, al tiempo que me guiña un ojo—.
Ahora dime, ¿qué día y a qué hora será el asunto ese con tu
hermana?
Un suspiro largo se me escapa.
—El sábado a las tres.
—Tengo una reunión a las dos. No creo terminar antes de las
tres y media, pero ¿Te parece bien si me mandas la dirección y llego
yo más tarde?
—¿Estás hablando en serio? —No quiero sonar asustada,
pero lo hago.
—Muy en serio —asiente—. ¿Tienes algún problema con ello?
¿Estás tratando de decirme que no quieres que vaya?
—Por supuesto que no —digo—. Es solo que...
—Es solo que, ¿qué?... Tam, déjate de rodeos y dime si
quieres o no que conozca a tu familia. —Esta vez, Gael suena
impaciente... ¿herido?—. Si no quieres, no pasa nada. Sucederá
cuando estés lista para que pase y punto. Solo… dímelo.
—No quiero que pienses que trato de forzarte a conocerlos —
digo, finalmente, luego de un largo momento.
—No lo hago. —Gael responde, en tono suave y dulce—. En lo
absoluto, Tam.
—Tampoco quiero que pienses que debes formalizar algo
conmigo solo por el hecho de que conoces a mi familia.
—Vamos un paso a la vez, Tam. Nadie va a obligarnos a
formalizar nada si no queremos hacerlo. Solo nosotros vamos a
decidirlo, ¿vale?... Ya te lo dije: contigo no llevo prisa de nada.
—Van a hacerte preguntas incómodas. —Sueno como una
niña quejumbrosa, pero a él no parece importarle.
—Parece que te olvidas de que lidio con gente difícil todos los
días, amor —dice, con aire arrogante y soberbio, y no sé si quiero
golpearle o besarle por haberme llamado como lo hizo—. Si puedo
con ellos, puedo con tus padres.
—Mi cuñado es un megalómano de lo peor.
«Y el hermano mayor de tu exnovio fallecido», susurra la
vocecilla insidiosa de mi cabeza, pero me obligo a empujarla lejos.
—Los megalómanos son mi fuerte. —Esta vez, su sonrisa es
tan grande, que muestra todos sus dientes—. Todos los días me
enfrento al más grande de ellos: mi padre.
La sola mención de David Avallone hace que un escalofrío me
recorra entera; sin embargo, me las arreglo para mantener mi gesto
tal cual está.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —digo, mientras
trato de mantenerme lejos del tema incómodo que es David Avallone.
Él asiente.
—Completamente.
Mis ojos se cierran.
«Es una mala idea», susurra mi subconsciente, pero, una vez
más, trato de no escucharle.
—De acuerdo —digo, a regañadientes, al tiempo que encaro a
Gael—. Hagámoslo.
Una sonrisa radiante se desliza en los labios del magnate.
—No te preocupes. Todo saldrá bien —dice y, acto seguido,
tira de mi mano —esa que está entrelazada con la suya— y la besa
en el dorso—. De eso yo me encargo.
Capítulo 32

Decir que estoy nerviosa hasta la mierda, es poco en comparación


al estado de histeria que rozo con la punta de los dedos. Decir que
las náuseas provocadas por la ansiedad me han perturbado las
últimas horas, no se compara a lo cerca que he estado de vomitarme
encima en el transcurso del día.
Esta mañana, luego de recibir una llamada de Gael
confirmándome su asistencia a la comida familiar que está
llevándose acabo aquí, en casa de mi hermana, la tortura comenzó.
He pasado todo el día agobiada. Angustiada ante la idea de
imaginarme a Gael Avallone en convivencia con mi familia —con
Fabián.
No he tenido el valor de recordarle a Gael acerca de la relación
fraternal que existe entre Fabián e Isaac. Ya le había dicho antes
acerca del lazo de sangre que hay entre ellos, pero las cosas han
cambiado mucho desde entonces.
En ese momento, tener algo con Gael, era algo meramente
platónico. Algo que nunca imaginé que sería tan tangible como hoy.
Ni siquiera me pasaba por la cabeza la posibilidad de estar así con
un hombre como él. Ahora, sin embargo, no deja de aterrorizarme la
idea de recordarle sobre este hecho, y hacerlo sentir incómodo con
la idea de mí, en convivencia constante con mi pasado. Con quien
fue mi primer amor.
—¿A qué hora llega tu novio? —La voz de Natalia me llena los
oídos y espabilo un poco.
Tanto ella como mi madre han pasado la última hora cocinando
y, a pesar de que me he acomedido a poner la mesa y a preparar
variadas salsas, no puedo evitar sentirme como una holgazana en
esta cocina. Sobre todo, porque entre las dos han cocinado
alrededor de cinco cazuelas pequeñas de guisados varios.
—Por favor, no vayas a llamarle así cuando esté aquí —digo,
con genuino horror pintándome la voz.
—¿Por qué no? ¿No es tu novio, acaso?
—Solo estamos saliendo.
Mi madre me dedica una mirada reprobatoria desde su lugar
junto a la estufa.
—Espero que ese «solo estamos saliendo» no quiera decir
que es tu amigo con derecho. —La amenaza en su tono es tan
palpable y me hace tanta gracia, que una sonrisa boba —y
aterrorizada— se desliza en mis labios casi de inmediato—. ¡Y no te
rías! Hablo muy en serio, Tamara.
—¡No me estoy riendo! —Me quejo, pero no he dejado de
sonreír como imbécil.
—¡Claro que lo haces! —Mi mamá exclama—. Y quiero que
sepas que no le veo la gracia.
—Lo que trato de decir —digo, con todo el tacto que puedo
imprimir en la voz, al tiempo que reprimo una carcajada ansiosa—,
es que llevamos muy poco tiempo, ya sabes, juntos. Es por eso que
llamarlo mi novio se siente como… demasiado. Al menos por ahora.
—¿Pero es tu novio? —Natalia pregunta, pero suena más
como una afirmación que como un cuestionamiento.
Yo asiento y, de inmediato, la expresión de mi madre se relaja.
Lo cierto es que no sé qué nombre ponerle a lo que tengo con
Gael. Nunca hemos hablado de etiquetas. De nombres o títulos.
Sé que hay algo entre nosotros. Que lo que siento por él
sobrepasa mi entendimiento y que, por cobardía, no he sido capaz
de llamarlo de alguna manera.
Sé que lo echo de menos cuando no está a mi alrededor; que
le pienso todo el tiempo y que me hace feliz estar en su compañía.
Sé que me procura, ve por mí y hace todas esas cosas que hacen
los novios, pero no me atrevo a llamarlo de esa forma. No me atrevo
a ponerle esa etiqueta que lo reclama como mío —por ponerle de
alguna manera—, porque se siente incorrecto hacerlo. Porque, por
mucho que desee que lo sea, jamás voy a atreverme a referirme a él
como «mi novio», si no lo escucho de su boca primero.
—¿A qué hora dices que llega? —Natalia insiste, al cabo de
unos instantes y, en respuesta, me encojo de hombros.
—Iba a desocuparse luego de las tres y media. Supongo que
me llamará cuando venga en camino —digo, en tono
despreocupado; pero, tan pronto como termino de pronunciar
aquello, miro el reloj de mi teléfono por décima vez en los últimos
quince minutos.
Ya son las tres de la tarde y, la resolución de este hecho solo
consigue que mi estómago caiga en picada.
—¿Y Fabián? ¿A qué hora llegará él? —La pregunta de mi
mamá desvía el foco de atención que se había puesto en Gael y lo
agradezco internamente; sin embargo, en el momento en el que
escucho el nombre de mi cuñado, una punzada de coraje me
atraviesa de lado a lado.
Pensar en Fabián me hace recordar lo que David Avallone dijo
respecto a él. Me hace recordar el hecho de que, según el padre del
magnate, engaña a mi hermana.
Natalia se encoge de hombros, pero clava la mirada en la
carne con chile que prepara.
—Está en casa de sus papás —masculla, y noto la renuencia
en su tono—. Dijo que estaría aquí a las tres junto con ellos, así que
ya no deben tardar.
—¿Sigue sin poder resolver el asunto de las redes sociales?
—Mi mamá pregunta, con genuino pesar pintándole la voz.
Natalia niega con la cabeza.
—Las ventas han bajado muchísimo —dice con preocupación,
y una punzada de angustia me embarga—. Si las cosas siguen así,
la situación va a ponerse difícil. Tenemos algo de dinero ahorrado en
el banco, pero no durará para siempre; así que esperamos que todo
se arregle pronto.
Aprieto la mandíbula y mi estómago se revuelve.
—Verás que así será. —Mi mamá suena tranquilizadora y
optimista, y eso hace que mi hermana esboce una pequeña sonrisa.
En mí, por otro lado, solo provoca una oleada de angustia.
—Eso espero… —musita Natalia y, luego, posa su vista en mí
—. Pero no hablemos de cosas desagradables. —Me guiña un ojo—.
Ni creas, por un segundo, que me he olvidado de que tu novio estará
aquí. ¿No estás tan emocionada como yo?
Suelto un bufido.
—No vas a superarlo nunca, ¿no es así? —mascullo, con
fingido pesar.
Su sonrisa se ensancha.
—Nunca —dice—. No luego de que has pasado tantísimo
tiempo sola. Jamás creí que llegaría el día en el que alguien te haría
salir de esa cueva en la que te escondías.
—Ni se te ocurra hacer esa clase de comentarios delante de
Fabián y su familia. —Le advierto, con genuino horror pintándome la
voz.
Natalia, a pesar de mi advertencia, pone los ojos en blanco.
—Por supuesto que no lo haré —dice, medio fastidiada y
divertida por mi comentario—. De cualquier modo, ya hablé con
Fabián. Le dije que estás saliendo con alguien que vendrá hoy y que
tiene que comportarse.
—¡¿Qué?! —chillo, y mi voz suena una octava más arriba de lo
normal—. Me lleva la…
—Tamara… —Mi madre interrumpe mi maldición justo a la
mitad del camino y me dedica una mirada reprobatoria—. Ese
lenguaje.
La frustración se apodera de mí al instante, pero me las
arreglo para mantener las palabrotas a raya y le dedico una mirada
hostil a Natalia.
—No había necesidad alguna de poner a tu marido sobre aviso
—siseo en su dirección.
—Entonces, ¿qué se supone que tenía qué hacer? —Ella se
defiende—. ¿Dejar que le cayera como balde de agua helada y se
comportara como un imbécil con tu invitado? —Niega con
movimiento de cabeza—. Lo siento, pero esta tarde no quiero lidiar
con ese tipo de situaciones. Necesito que sea perfecto.
Presiono el puente de mi nariz con mis dedos índice y pulgar,
en un gesto exasperado.
—Esto va a ser un desastre —mascullo, pero lo hago más
para mí misma, que para mi hermana.
—No lo será. —Natalia asegura—. Ya te lo dije: Fabián se
comportará. Lo prometo.
—Eso espero —digo, en voz baja, al tiempo que le dedico una
mirada incierta—. Realmente, eso espero.
Gael está a punto de llegar. Hace alrededor de veinticinco
minutos que me llamó para avisarme que su reunión acababa de
terminar y que venía en camino a casa de mi hermana. A partir de
ese momento, la ansiedad y el nerviosismo han incrementado de
manera exponencial. Se han encargado de hacer tanta mella en mí,
que no he parado de mirar mi reflejo en el espejo del polvo compacto
que traje conmigo. Tampoco he dejado de acomodar la falda del
sencillo vestido negro que llevo puesto y, por ridículo que suene, no
he dejado de alisarme el cabello con las manos.
Sé que Gael me ha visto en mis peores fachas; en mis peores
momentos y de todos modos, no puedo evitar querer lucir bien para
verlo.
Todo este tiempo, también, lo he pasado tratando de evitar
cualquier clase de confrontación con Fabián. He tratado, en medida
de lo posible, de llevar la fiesta en paz, aunque ahora sea difícil.
El día de hoy se encuentra de un humor particularmente
detestable; pero, por mucho que he deseado gritarle que quite esa
cara de fastidio que pareciera haber sido tallada en su rostro, he
optado por mantenerme prudente y civilizada.
Lo que menos quiero es tener una discusión innecesaria con
él. Si puedo ser sincera, lo que menos quiero es herirle porque, por
muy mala relación que tengamos, no deja de ser alguien que forma
parte de mi entorno diario y, además, es el hermano de alguien que
lo significó todo para mí.
—¿Tu novio ya casi llega? —Mi hermana pregunta, en voz
baja, mientras se acerca a mí con el pretexto de ofrecerme un vaso
lleno de refresco de cola—. Estoy muriendo de hambre.
—Dijo que estaría aquí en media hora. —Hago una mueca de
disculpa—. Eso fue hace casi veinticinco minutos. Ya no debe de
tardar.
Natalia asiente, satisfecha por mi respuesta y, justo cuando
está a punto de hacer otro comentario, siento cómo mi teléfono vibra
en mi mano.
Al instante, pego un salto de la impresión y reprimo el impulso
que tengo de soltar una palabrota.
Cuando leo el nombre de Gael en la pantalla, todo el mundo
vuelve a su lugar. Todo el mundo se centra de nuevo porque es en
ese preciso instante, cuando la realización de lo que está a punto de
ocurrir me golpea de lleno.
Gael está aquí.
«Oh, mierda…».
Me tiemblan las manos cuando deslizo mi dedo por la pantalla
para responder, pero no dejo que eso me impida llevarme el aparato
al oído para decir:
—¿Diga?
—Hola, preciosa. Estoy afuera. —La voz de Gael me inunda
los oídos luego de eso y la sangre se me agolpa en los pies.
«Me lleva el infierno».
—Ya salgo a encontrarte —digo, y me las arreglo para sonar
relajada y serena; un claro contraste con la sensación vertiginosa e
inestable que hace estragos en mis nervios.
Una mirada en dirección a mi hermana, le hace saber que
Gael ha llegado y una sonrisa entusiasmada se desliza en sus labios.
De inmediato, me arrepiento de todo. De estar aquí, de haberlo
invitado y de no tener el valor de salir corriendo y llevarme conmigo
al hombre que está allá afuera.
Me pongo de pie.
Nadie está poniéndome especial atención, ya que todo el
mundo está distraído o charlando; pero, de todos modos, me excuso
para salir y encaminarme hacia la entrada de la casa.
Me tomo unos cuantos segundos cuando llego a la puerta, solo
porque necesito tomar un par de inspiraciones profundas antes de
abrirla, pero hacerlo no aminora mi ansiedad. Tampoco ralentiza el
latir desbocado de mi corazón, o la forma en la que mis pulmones se
quedan sin aire.
Así pues, sin sentirme del todo segura, salgo a la pequeña
cochera. Entonces, abro el cancel y me asomo a la calle.
No me toma demasiado encontrar el coche de Gael —es el
más ostentoso aparcado junto a la acera.
A él tampoco le toma demasiado darse cuenta de mi
presencia, ya que, justo cuando estoy acercándome al auto, sale de
él y me dedica una sonrisa arrebatadora.
Quiero borrársela del rostro. Quiero golpearlo solo porque no
puedo soportar que esté así de confiado. Odio que no luzca nervioso
en lo absoluto.
—Si me dices que te has puesto así guapa solo porque he
venido a conocer a tu familia, juro por Dios que no me molestaría en
lo absoluto fingir que quiero casarme contigo —dice, con ese acento
suyo que tanto me gusta y una sonrisa irritada se desliza en mis
labios muy a mi pesar.
—¿Insinúas que no soy guapa todo el tiempo? —inquiero,
mirándolo con los ojos entornados, mientras él acorta la distancia
que nos separa.
Acto seguido, con el dedo índice me levanta el rostro y, con el
pulgar, me sostiene por la barbilla para plantar un beso casto en mis
labios.
Entonces, se separa un poco.
—No pongas palabras en mi boca. Hoy no —susurra, contra
mis labios—. Hoy, solo acepta el cumplido.
En respuesta, le doy un golpe juguetón y él suelta una risotada
en el proceso.
—Salvaje —masculla, antes de besarme una vez más.
—Delicado —digo, de vuelta y su sonrisa se ensancha.
—¿Estás lista para presentar a tu flamante novio a tu familia?
—dice, al tiempo que se aparta y da un paso hacia atrás para darme
una vista de su vestimenta.
Lleva puesto un traje negro en su totalidad, una camisa negra,
también, y una corbata en color gris. Todo esto, acompañado de una
mandíbula recién afeitada y un cabello perfectamente estilizado.
Luce tan atractivo e impresionante como siempre. Tan fuera de
mi alcance como todos los días; y la sonrisa arrogante que lleva en el
rostro, me hace darme cuenta de que él sabe cuán bien luce hoy.
Arqueo una ceja.
—¿Se supone que debo comerte con la mirada o algo así? —
Sueno socarrona y aburrida, y eso solo pinta una mueca irritada en
sus facciones.
—¿Por qué no puedes hacerme un cumplido por una vez en la
vida? —Se queja, mientras se acomoda las mangas del saco, de
modo que estas cubren a la perfección cualquier vestigio de la tinta
en su piel—. ¿No ves que me he vestido para la ocasión?
Sus palabras traen una oleada de calor a mi cuerpo, pero me
las arreglo para poner los ojos en blanco con fastidio cuando le
escucho hablar.
—¿Qué debo decirte? ¿Que estás guapísimo? ¿Que eres el
hombre más atractivo que he visto en mi vida? —Sueno
condescendiente, pero en realidad estoy diciéndole todo lo que
pienso—. ¿Que eres tan imponente, que no soy capaz de pensar con
claridad cuando estás cerca?
Gael entorna los ojos en mi dirección.
—Eres insufrible cuando te pones en plan sarcástico —dice, y
me muerdo la punta de la lengua para no decirle que todo lo que he
dicho ha sido en serio. Para no hablar de más y decirle que
realmente pienso que es un hombre impresionante en todos los
sentidos.
—¿Vamos adentro? —digo, en su lugar, a pesar de que no
quiero que entre a la casa de mi hermana; y él, luego de hacer un
mohín que se me antoja infantil, asiente y me sigue cuando me abro
paso hasta el cancel de la casa.

La puerta principal de la vivienda está emparejada, justo como la


dejé antes de salir, así que no me toma más de dos segundos
empujarla para dejar a la vista la pequeña estancia de la entrada.
Así pues, y sin perder el tiempo, nos encaminamos a la sala.
Llegados a este punto, mi corazón ha reanudado su marcha
antinatural y el dolor en mi estómago ha incrementado
considerablemente.
Un estremecimiento de pura anticipación me recorre de pies a
cabeza en el instante en el que Gael posa una mano en mi espalda
baja para guiar mi camino a su lado, pero no es hasta que me
detengo delante del montón de gente que nos observa, que siento la
imperiosa necesidad de volver sobre mis pasos.
El silencio en el que se ha sumido la estancia es solo
interrumpido por la música a volumen bajo que se reproduce desde
el estéreo a volumen bajo de mi hermana y, presa de la incomodidad,
la vergüenza y el bochorno, hago un gesto rígido en dirección a Gael.
No digo nada. No me atrevo a hacerlo. Ni siquiera estoy
segura de que pudiera hablar si así lo deseara.
—Buenas tardes. —Gael es el primero en romper el extraño
silencio que nos invade y, pese a que sé que él es perfectamente
capaz de presentarse a sí mismo, decido tomarme esa atribución.
Decido tratar de romper el hielo y quitarle algo de tensión al
momento.
—Familia, él es Gael —digo, al tiempo que lo señalo en un
gesto ansioso y antinatural. Trato de sonar casual y ligera, pero estoy
segura de que no lo he logrado en lo absoluto.
Mi papá es el primero en salir de su estupor, ya que se pone
de pie de un salto y estira una mano para estrecharla con la de Gael.
Luego, es mi madre la que se acerca y lo saluda con calidez.
Natalia es un poco más efusiva con su saludo; tanto, que lo
envuelve en un abrazo apretado durante el cual, mientras Gael no
puede verla, articula en mi dirección algo parecido a un:
«¡Por Dios! ¡Es Guapísimo!».
Fabián, no obstante, no reacciona del mismo modo que el
resto de mi familia. A pesar de que he sido lo suficientemente
prudente como para no presentarlo como mi novio, no se levanta
para estrechar su mano; al contrario, se limita a quedarse en su lugar
y dedicarle un gesto de cabeza a manera de saludo.
Los padres de mi cuñado, pese a eso, si se levantan a
saludarlo; cosa que me sorprende en demasía, pero que trato de
dejar pasar porque no es algo por lo que deba preocuparme ahora
mismo.
Mi papá le ofrece algo de beber a Gael y este acepta. Es
entonces cuando ambos desaparecen en la cocina para volver a los
pocos minutos cada uno con una cerveza en la mano.
Mientras, mi madre y Natalia se excusan y se encaminan a la
cocina; pero, no es hasta que pasan unos minutos, que nos mandan
llamar para sentarnos en la mesa.
La comida pasa tranquila y sin muchos percances. La atención
que ha sido puesta en Gael es tan intensa, que me siento abrumada
y mortificada hasta la mierda.
Las preguntas respecto a su lugar de nacimiento no se han
hecho esperar. El acento cadencioso de su hablar ha delatado su
nacionalidad extranjera, así q