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Biografía de Gustavo Roldán

El documento presenta una biografía del escritor argentino Gustavo Roldán. Resume que Roldán nació en 1935 en la provincia de Chaco y creció en el campo, donde se familiarizó con cuentos populares. Se destacó como escritor de literatura infantil, utilizando animales de la región como protagonistas de sus historias. Algunas de sus obras más conocidas incluyen "El camino de la hormiga" y "El mono y el yacaré". Roldán falleció en 2012 dejando un gran legado en la

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Biografía de Gustavo Roldán

El documento presenta una biografía del escritor argentino Gustavo Roldán. Resume que Roldán nació en 1935 en la provincia de Chaco y creció en el campo, donde se familiarizó con cuentos populares. Se destacó como escritor de literatura infantil, utilizando animales de la región como protagonistas de sus historias. Algunas de sus obras más conocidas incluyen "El camino de la hormiga" y "El mono y el yacaré". Roldán falleció en 2012 dejando un gran legado en la

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GUSTAVO ROLDÁN

BIOGRAFÍA

Gustavo Roldán, nació en Sáenz Peña, provincia de Chaco, el 16 de agosto de


1935. Fue un destacado escritor argentino.
Según algunas declaraciones hechas en su autobiografía, creció en el monte, en
el Chaco, cerca del río Bermejo, en Fortín Lavalle, bien al norte de la provincia. Su
padre era dueño de una hacienda y junto a su familia residía en el campo. Allí, no
había libros, pero para Gustavo Roldan, en ese lugar existían cuentos todos los
días. Ya que, los domadores, los arrieros, todos los hombres que trabajaban con
las vacas, cuando volvían tarde a la hacienda, preparaban un fogón para hacer el
asado y mientras se tomaban el mate contaban cuentos que hace cientos de años
circulan por el mundo: los cuentos de Pedro Urdemales, de la luz mala, de
aparecidos, de miedo… todos los cuentos folclóricos.
Se desempeñó además como profesor de Literatura Castellana,
Hispanoamericana y Argentina, colaboró redactando cuentos para algunas
revistas. Fue Jurado de múltiples concursos literarios nacionales y del Premio
Casa de Las Américas, que tuvo lugar Cuba, en el año 1989.
De esta manera, posteriormente, centró su trabajo en constituirse como director de
colecciones de libros para niños, coordinador de talleres literarios de escritura y
reflexión; de grupos de trabajo sobre literatura infantil y en realizar encuentros con
niños en escuelas y bibliotecas de su país. Además, se desempeñó en medios
gráficos, de las revistas infantiles: “Humi” y “Billiken”.
De la mano de su amada esposa, la también escritora de libros infantiles Laura
Devetach, fue defensor de la literatura infantil como literatura en sí misma, libre de
toda intención moralizantes, posición que defendían con argumentos.
Gustavo Roldán, buscó utilizar en sus cuentos para niños una serie de animales
que conoció cuando era niño y vivía en el monte, durante muchos años.

Tales animales que son de un carácter muy argentino, le permitieron dar voz a
ciertos hechos y valores de la sociedad, desde su accionar como protagonistas.
Así, encontramos que en sus numerosos libros aparecen: sapos, zorros,
quirquinchos, tatúes, piojos, bichos colorados, ñandúes, entre otros, que
ficcionalizan historias la mayoría de las veces muy similares a las de los seres
humanos.
Roldán, trabajó también en la reconocida Editorial Colihue (en ese entonces junto
a su esposa Laura Devetach) donde dirigió algunas colecciones de libros para
niños.
Sin embargo, aunque se le reconozca más en el mundo de la Literatura infantil por
escribir narrativa dirigida para chicos, también escribió narrativa para adultos y
poesía exclusivamente también para ellos.
Entre las obras que publicó encontramos: El traje del emperador, Un pájaro de
papel, Zorro y medio, El monte era una fiesta, Historia de Pajarito Remendado,
Cada cual se divierte como puede, Pedro Urdemales y el árbol de plata, Como si
el ruido pudiera molestar, El carnaval de los sapos, El diablo en la botella,Cuentos
del zorro, La leyenda del Bicho Colorado, La leyenda del Bicho Colorado, El
trompo de palo santo, El hombre que pisó su sombra, Penas de amor y de mar,
Prohibido el elefante, Sapo en Buenos Aires, Mi animalito, Un largo roce de alas,
Todos los juegos el juego, El enmascarado no se rinde, Cuentos con pájaros, Las
pulgas no andan por las ramas, Dragón, El ahijado de la muerte, Manual de
humor, Historias del piojo, Juegos del cielo y del infierno, Cuentos que cuentan los
indios, Animal de patas largas, El viaje más largo del mundo, Cuentos con plumas
y sin plumas, El vuelo del sapo, Cuando el río suena, Y entonces llegó el lobo e
Historia del dragón y la princesa.
Gustavo Roldán, falleció el 3 de abril de 2012, a los 77 años en Buenos Aires,
dejando tras de sí, un inmenso legado.
EL CAMINO DE LA HORMIGA

El halcón planeaba haciendo círculos en el cielo.


En el enorme claro en medio del monte, las hormigas pasaban en una fila que no
tenía comienzo ni fin. Iban marcando un camino que daba extrañas vueltas, giraba
para aquí o para allá, y volvía a salir derecho hasta perderse en la distancia.
El sapo las miraba pasar, inmóvil. Ya tenía los ojos bizcos de tanto mirar.
-¿Qué está haciendo, don sapo? -preguntó el piojo, extrañado de verlo tan quieto
y callado.
-Estudiando amigo piojo, estudiando.
-Solamente lo veo mirar hormigas.
-Eso es lo que estoy estudiando: a las hormigas.
-¿Y no se aburre? Mire que si hay un bicho aburrido es la hormiga. Todas
iguales… todas iguales…
-¿Iguales? No crea amigo piojo. Eso es lo que estoy estudiando y descubriendo. Y
créame que vale la pena.
-Es lo último que yo haría en mi vida.
-Está bien, ¿pero alguna vez se dio cuenta de que hay hormigas de ojos chicos,
de ojos grandes, de patas cortas, de peinado con raya al medio?
-¡Don sapo, no me diga que no son todas iguales!
-Sí le digo. Hay rubias y morochas, gordas y flacas, altas y petisas… Yo las voy
contando y calculo cuántas hay de cada clase. Las que más me interesan son las
hormigas cantoras.
-¡Rubias y morochas! ¡Altas y con raya al medio! ¡Jamás me hubiera imaginado!
¿Está seguro, don sapo?
-Tan seguro como que dos y dos son cinco.
-Lo que no me convence es que sean cantoras. Jamás las oí cantar.
-Es que cantan despacito, con voz de hormiga.
-¿Y cantan lindo?
-No me gusta hablar mal de nadie, pero me parece que son un poco desorejadas.
-Con razón cantan despacito -dijo el piojo-. Así nadie protesta.
-Pero además hay un misterio que me tiene preocupado. Nunca pude ver cuál es
la primera hormiga ni cuál la última.
-Cierto, don sapo, uno siempre ve un montón que está pasando.
-¡Ya se juntaron de nuevo para hablar tonteras! -protestó la lechuza-. ¡Hormigas
cantoras, hormigas con raya al medio! Nunca había escuchado tantas
barbaridades.
-Usted no miró bien, doña lechuza, jamás la vi acercarse a una fila de hormigas.
-¿Se cree que estoy loca? Mire si me voy a bajar de mi tronco para mirar esos
bichos. Tengo cosas más importantes para ocupar el tiempo.
-A mí me parece que cualquiera es importante –dijo el sapo-. Lo que pasa es que
a usted le gustan los bichos famosos.
-¡Bah!, las hormigas son todas iguales. El que vio a una hormiga ya las vio a
todas. Por eso me gusta el oso hormiguero, porque se las come y así no andan
molestando.
-¿Molestando? ¿En qué la pueden molestar a usted?
-En que día y noche hacen esos horribles caminitos en el pasto. Lo dejan todo
rayado. ¡Así no se puede vivir!
-Yo no creo que todas sean iguales.
-Claro que sí. Son todas iguales, como son iguales todos los piojos y todas las
pulgas.
El sapo se quedó callado.
Al piojo se le pusieron los pelos de punta.
El silencio comenzó a molestar.
-¿Sabe doña lechuza? -dijo el sapo-, yo escuché que el puma decía que las
lechuzas eran todas iguales.
-¡Está loco este puma! Cada lechuza es una cosa única que no se parece a
ninguna otra. ¡Cómo va a decir eso el puma! ¡Este mundo está mal de la cabeza!
Y la lechuza, ofendida hasta más no poder, se fue volando hacia la otra punta del
monte.
-Don sapo -preguntó el piojo-, ¿es cierto que el puma dijo eso?
-No, don piojo, nunca lo dijo. Uno se queda sin argumentos ante tanta estupidez y
una mentira chiquita sirve para terminar la discusión.
Yo también pensaba como la lechuza, pero por suerte me puse a mirar. Fíjese en
ésa, don sapo, esa de ojos marrones y raya al medio, la que va llevando al hoja de
mburucuyá. ¡Qué fuerza tiene!
Entonces se oyó un aleteo que hizo temblar las hojas de los árboles y el halcón se
posó al lado del sapo y el piojo.
-Amigo halcón, tanto tiempo sin verlo -saludó el sapo-. Me alegra muchísimo que
haya venido a visitarnos.
-Vine a contarles una cosa linda.
-No hay nada mejor que las buenas noticias –dijo el piojo.
-Y es algo de este lugar.
-¿Sí? Cuente, cuente, a las buenas noticias no hay que hacerlas esperar.
-Ustedes estaban tan distraídos que no me vieron planeando en círculos desde
hace larguísimo rato.
-Estábamos ocupados estudiando a las hormigas dijo el sapo.
-Yo estaba haciendo lo mismo –dijo el halcón.
-¿A usted también le interesan las hormigas? -preguntó el piojo.
-Sí, don piojo. Habrá visto que los halcones siempre hacemos grandes círculos en
el cielo, y damos vueltas. ¿Nunca se preguntó porqué?

-No. Únicamente envidio y me muero de ganas de hacer lo mismo.


-A los halcones nos gusta planear dando vueltas sólo para ver el camino de las
hormigas.
-Eso estábamos haciendo con don sapo.
-Sí, pero ustedes ven un pedacito. Desde el cielo es un bellísimo dibujo, pero tan
grande que desde el suelo no se puede ver. Mirando desde arriba uno se
sorprende y no entiende cómo pueden hacerlo ni por qué lo hacen.
-¡Ojo de halcón! ¡Cómo me gustaría ver esos dibujos!
-¿Le gustaría don piojo?
-Me pongo loco de sólo pensarlo. ¿Pero cómo hago?
-Ya mismo se va a dar el gusto. Vaya saltando a mi cabeza y nos vamos a dar una
vuelta. ¿Y usted, don sapo no quiere volar al lado mío?
-Hoy no, estoy un poco cansado. Mejor sigo mirando con ojo de sapo.
EL halcón, con el piojo prendido a las plumas de su cabeza, remontó vuelo, y el
sapo se quedó con las hormigas.
Y ahí están todos.
La lechuza volando bajito y murmurando: “No puede ser, no puede ser. Este
mundo está loco”.
En el suelo el sapo diciendo:
-¡Añamembuí! ¡Jamás se me hubiera ocurrido cual era el secreto del vuelo de los
halcones!
Y por allá arriba, donde apenas llega el canto de los pájaros, el halcón y el piojo
vuelan en círculos, sin cansarse de mirar los dibujos del camino de las hormigas.

FIN
EL MONO Y EL YACARÉ

A la orilla del río, mientras tomaba agua, el monito escuchó los rugidos del
yaguareté.
La única salvación estaba en cruzar el río, pero el monito no sabía nadar.
Y el río era hondo a más no poder.
Ahí estaba, sin saber qué hacer, cuando vio que se acercaba el yacaré.
El yacaré era todavía más peligroso que el tigre. Tenía una boca más grande y
más dientes que el tigre. Era más peligroso que el tigre.
Y cada vez se acercaba más.
—A usted lo estaba esperando, amigo yacaré.
—¿Para qué me esperabas? ¿No sabés lo peligroso que es estar cerca de mí?
—Para contarle lo que dicen mis hermanas. Tengo tres hermanas muy lindas que
siempre lo nombran.
—¿Qué dicen?
—Dicen que tiene la boca chiquita, que tiene la piel muy suave, que tiene los ojos
muy dulces, y les gusta mirarlo cuando usted está tomando sol en la otra orilla del
río.
—¿Tus hermanas viven en la otra orilla?
—Sí, y si quiere, ya mismo vamos para allá y se las presento.
—No perdamos tiempo. Subite a mi lomo, así tus hermanas ven cómo te llevo y
vos me las presentás.

El monito pegó un salto más que rápido, porque ya oía el rugido del yaguareté que
estaba llegando al río.
El yacaré se largó al agua y comenzó a nadar.
—Contame de nuevo qué dicen tus hermanas.
—Que usted tiene una boca chiquita, que tiene los dientes más parejos y blancos
y que tiene una piel lisa que debe ser muy suave.
—¿Las tres dicen eso?
—Sí, sí, las tres –dijo el monito, suspirando aliviado porque ya lo veía al yaguareté
llegando a la orilla del río.
—¿Y las tres son muy lindas?
—Muy lindas, así dicen todos, pero ellas sólo piensan en usted.
—Bueno, ahora me van a conocer. Y yo voy a elegir una para que sea mi esposa.
La más linda voy a elegir.
—La que usted prefiera, amigo yacaré.
Y siguieron nadando.
Dos veces más el monito tuvo que repetir lo que decían sus hermanas, y lo que
más le gustaba al yacaré era que decían que tenía la boca chiquita.
Y siguieron nadando hasta llegar hasta la otra orilla.
El monito saltó a tierra y le dijo:
—Ahora espéreme aquí, que las voy a buscar para que vengan a conocerlo. Usted
quédese tomando sol hasta que volvamos. Y dio un salto, se trepó a un árbol y se
perdió en el monte.
El yacaré se quedó tomando sol en la orilla del río.
Y ahí está todavía, esperando. Por eso los yacarés siempre están siempre
tendidos a la orilla del río. Están esperando que vuelva un monito trayendo a sus
tres hermanas, para elegir a la más buena moza.
FIN
TRISTE HISTORIA DE AMOR CON FINAL FELIZ

Las aguas del Bermejo corrían alborotadas después de la lluvia, de las hojas
colgaban infinitos espejos de luz brillando bajo el sol y el monte florecía de colores
y bailaba con el canto de los pájaros.
¡Qué lo tiró! -dijo el piojo-. ¡Esto es tan lindo que me da un no sé qué!, -y depuro
nervioso lo picó tres veces al ñandú.
-¡Eh, don piojo, no se entusiasme tanto! -gritó el ñandú sacudiendo la cabeza.
-¡No se achique compañero! -dijo el piojo saltando de contento. Éste es un día
para no desperdiciar. ¿No ve que anda contenta hasta doña vizcacha?
-¿Doña vizcacha contenta? ¡No lo puedo creer!
No hay más que mirarle la cara.
-¿No estará enferma? -dijo preocupado el quirquincho-. A ver si tiene algo grave.
-¿Grave? -dijo el sapo-. Grave fue lo que le pasó al abuelo del oso hormiguero
cuando era mozo. Y me acuerdo porque estos días tan lindos a veces son
peligrosos.
-¿Qué le pasó, don sapo?
-La culpa fue de un día como éste. Todos contentos, y al oso hormiguero se le dio
por enamorarse. Ahí andaba la parejita jurándose amor eterno y todas esas cosas
que se dicen en esos momentos.
-Bueno, -dijo la paloma-, andar enamorado no es nada malo…
-Hasta ahí estamos de acuerdo, y no va a ser este sapo el que hable mal del
amor, pero aquí la historia es diferente. Resulta que se enamoró de la hormiga, y
ustedes saben que el oso hormiguero no tiene ese nombre porque sí nomás. Y
desde ese día no pudo comer hormigas, que es lo que come un buen oso
hormiguero.
-¿Y qué hizo?, porque eso es bastante grave.
Probó vainas de algarrobo, frutitas de tala y mistol, un poco de puiquillín y chañar.
Pero nada. Iba enflaqueciendo que era una tristeza. Al final estaba puro cuero y
huesos. Con decirle que lo quisieron contratar de la universidad para estudiar el
esqueleto. Le ofrecían un buen sueldo y todo.
-¿Y no aceptó?
-¡Qué iba a aceptar! ¡Si lo único que quería era estar con su hormiguita! ¡Mire que
yo conozco historias de amores grandes, pero como éste, ninguna!
-Me tiene sobre ascuas, don sapo -dijo la pulga emocionada-. ¡Me enloquecen las
historias de amor!
-¡A mí también -dijo la paloma-, siga, siga, don sapo, que estoy muerta de
curiosidad! ¿Las cosas andaban bien entre ellos?
-Y bueno, bien o mal, según como se mire. Porque al final el oso hormiguero ya no
tenía fuerzas ni para decirle un “te quiero” a la hormiguita.
-¡Ay! ¡Ya me imagino! -dijo la paloma-, ¡seguro que se cruzó una desgracia!
-Y… sí, o no… Según como se mire…
-Don sapo, usted no está hablando muy claro -dijo el piojo-. ¿Se cruzó o no se
cruzó una desgracia?
-Y, sí o no… Según como se mire.
En realidad, lo que se cruzó fue un hormigo. Un hormigo simpático, buen mozo,
que también se enamoró de la hormiguita.
-¡No me diga que la hormiguita se fue con el hormigo! -dijo la paloma.
-Si no quiere no se lo digo. Pero eso fue lo que le pasó. Ni más ni menos.
-¡Ay, qué triste historia! -dijo la pulga.
-Y, sí o no -dijo el sapo-, según como se mire. El oso hormiguero primero se puso
muy triste, después más triste todavía, pero al final justo apareció por ahí una osa
hormiguera que lo cuidó, se preocupó por hacerlo sentir bien…y ya se imaginarán
cómo terminó el cuento.
-¡Ay, qué suerte! -dijo la pulga-. ¡Me vuelve el alma al cuerpo! ¡Este final sí que me
pone contenta!
-A mí también -dijo el piojo- y saltando de alegría lo picó tres veces al ñandú.
Mientras los bichos volvían a corretear de un lado para el otro, aprovechando el
día tan especial, el sapo se zambulló en el río. Algunos juran que lo oyeron decir:
“Já, si sabrá este sapo de historias de amor”. Eso dicen algunos, pero
Otros aseguran que dijo “Me parece que yo también voy aprovechar este día tan
especial”, mientras nadaba hacia una sapita que estaba arriba de un tronco.

FIN
GRACIELA CABAL

BIOGRAFÍA:

Graciela Beatriz Cabal (1939-2004).Escritora argentina, nació en el barrio de


Barracas, ciudad de Buenos Aires, el 11 de noviembre de 1939. Fue autora de
más de 60 libros para niños, jóvenes y algunos pocos para adultos. Su trayectoria
la convierten en una de las más destacadas escritoras de LIJ de Argentina del
siglo XX.
Se graduó como Maestra Normal Nacional y como Profesora en Letras Modernas
por la Universidad Nacional de Buenos Aires.
Su inmensa creatividad le permitió dedicarse a múltiples actividades: fue docente,
trabajó en el periodismo, hizo títeres y guiones para televisión. Y aún tuvo tiempo
para ser madre de tres hijos y abuela de seis nietos.
Son particularmente importantes sus trabajos y reflexiones en torno de la
formación de lectores. En esta línea, trabajó como tallerista en el Plan Nacional de
Lectura de la Dirección Nacional del Libro; «Leer es crecer», el Primer Plan de
Lectura de un gobierno argentino, coordinado por la historiadora Hebe Clementi,
que no casualmente nació con la recuperación de la Democracia en 1983-4.
También participó de los ciclos «a leer juntos. Las mujeres y la escritura»;
«Buenos Aires a libro abierto», «contemos la Navidad» y otros organizados por la
Dirección de Bibliotecas Municipales de la ciudad de Buenos Aires.
Sus temas recurrentes: el sexismo en la literatura, los cuentos de hadas y la
lectura, los medios de comunicación, la imagen de la mujer en los libros de lectura
obligatoria, el proceso creativo, el perfil del lector, la tarea de los mediadores, la
defensa de la vida en democracia y la oposición a cualquier autoritarismo, etc. En
síntesis: hay un hilo conductor en sus temas que podríamos resumir en la
promoción de la lectura y el rol de la mujer.
Graciela Cabal ha sido una autora prolífica como pocas en la Argentina. También
en la literatura para niños su perspectiva crítica sobre las relaciones sociales le
permitió encarar la escritura paródica, desnudando estereotipos, convenciones y
rituales de toda índole.
Se destacó en la narrativa, cuentos y novelas, aunque ha desarrollado una
importante labor ensayística, abordando temas relacionados con la educación, la
lectura, la literatura infantil y juvenil y, especialmente, los condicionantes culturales
de género que marcan las relaciones entre los seres humanos, en general, y en la
escuela, en particular. Su mirada crítica e incisiva, tal vez apoyada en su
conocimiento del espacio escolar porque se desempeñó como maestra de escuela
por un largo tiempo, le permitió desnudar -con humor e ironía- estereotipos y
rituales sociales. Con idéntica perspectiva ha escrito, para adultos y jóvenes.
MIEDO

Había una vez un chico que tenía miedo.


Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen los monstruos.
Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las
orejas.
Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.
Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes.
Mucho miedo tenía ese chico.
Entonces, la mamá lo llevó al doctor. Y el doctor le recetó al chico un jarabe para
no tener miedo (amargo era el jarabe).
Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto:
-iBasta de andar teniendo miedo, vos! - le dijo -. ¡Yo nunca tuve miedo cuando era
chico!
Pero al tío le pareció que mejor que el jarabe y el reto era una linda burla:
-¡La nena tiene miedo, la nena tiene miedo!
El chico seguía teniendo miedo. Miedo a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a las
personas altas, a las personas bajitas. Y también a los jarabes amargos, a los
retos y a las burlas.
Mucho miedo seguía teniendo ese chico.
Un día el chico fue a la plaza. Con miedo fue, para darle el gusto a la mamá.
Llena de personas bajitas estaba la plaza. Y de persona altas.
El chico se sentó en un banco, al lado de la mamá. Y fue ahí que vio a una
persona bajita pero un poco alta que le estaba pegando a un perro con una rama.
Blanco y negro era el perro. Con manchitas. Muy flaco y muy sucio estaba el
perro.
Y al chico le agarró una cosa acá, en el medio del ombligo.
Y entonces se levantó del banco y se fue al lado del perro. Y se quedó parado, sin
saber qué hacer. Muerto de miedo se quedó.
La persona alta pero un poco bajita lo miró al chico. Y después dijo algo y se fue.
Y el chico volvió al banco. Y el perro lo siguió al chico. Y se sentó al lado.
-No es de nadie- dijo el chico -¿Lo llevamos?
-No- dijo la mamá.
-Sí- dijo el chico -. Lo llevamos.
En la casa la mamá lo bañó al perro. Pero el perro tenía hambre. El chico le dio
leche y un poco de polenta del mediodía. Pero el perro seguía teniendo hambre.
Mucha hambre tenía ese perro.
Entonces el perro fue y se comió todos los monstruos que estaban en la
oscuridad, y todos los ruidos fuertes que hacen agujeros en las orejas. Y como
todavía tenía hambre también se comió el jarabe amargo del doctor, los retos del
papá, las burlas del tío, los besos de las personas altas y los empujones de las
personas bajitas. Con la panza bien rellena, el perro se fue a dormir. Debajo de la
cama del chico se fue a dormir, por si quedaba algún monstruo.
Ahora el chico que tenía miedo no tiene más miedo. Tiene perro.

FIN
JACINTO

El día de su cumpleaños Julieta recibió muchos regalos: una tortuga de verdad, un


títere que se llamaba Perico y una maceta con una flor colorada.
Pero cuando Julieta vio a Jacinto casi se cae sentada de contenta, tanto le gustó.
–¿Quién me regaló ESTO? –gritó Julieta.
Como todos tenían la boca ocupada tocando la corneta o comiendo masitas, nadie
le pudo contestar.
Jacinto le guiñó un ojo, se subió a la torta y empezó a chuparse los confites de
chocolate.
–¡Esperá, Jacinto, ayudame a apagar las velas!
Entonces los chicos cantaron “que los cumplas feliz” y tomaron naranjada con
pajita.
Desde ese día, Julieta y Jacinto fueron grandes amigos.
Cuando Julieta iba al Jardín de Infantes –que es un lugar muy importante– llevaba
a Jacinto en el bolsillo del delantal.
Si hacía frío, Jacinto se abrigaba con las pelusas y solo asomaba la puntita de la
nariz.
La gente grande no lo veía a Jacinto. Los perros y los gatos y las tortugas y los
pajaritos, sí.
También lo veían algunos chicos: los que eran muy amigos de Julieta y le daban
alfajores y pastillas de anís.
Casi siempre Jacinto dormía en una chinela peluda.
Pero a veces, en la mitad de la noche, Jacinto se levantaba despacito, se metía en
el canasto de los juguetes y hacía un zafarrancho.
Porque Jacinto era muy travieso y desordenado: no encontraba sus zapatos ni su
cepillo de dientes, dejaba las témperas destapadas, hacía orejas en los cuadernos
y otras cosas muy horribles para las madres y los padres.
La mamá de Julieta nunca había visto a Jacinto y, entonces, la retaba a ella.
–¡Julieta, ese desorden en tu biblioteca!
–¡Julieta, qué vergüenza, ningún botón en el delantal!
–¡Julieta, sacales punta a tus lápices de colores!
–¡Julieta, todos los juguetes desparramados por el suelo!
Pero el gran lío se armó cuando nació el hermanito.
Santiaguito era sólo un bebé y tenía a todo el mundo corriendo de un lado al otro.
Que la mamadera, que los pañales, que las tías de Trenque Lauquen…
Un trabajo bárbaro, un verdadero loquero; la casa, patas para arriba.
Sin embargo, la familia parecía encantada. Y Julieta, también.
Jacinto no entendía mucho, pero estaba tan celoso que se llenó de manchitas.
Julieta ya no se acordaba de darle de comer a la tortuga ni de regar la flor
colorada.
Y, lo peor de todo: Julieta ya no se acordaba de Jacinto.
Un día, Jacinto no aguantó más y en puntas de pie se acercó al canasto donde
dormía el bebé. Se trepó y lo miró bien de cerca.
En realidad esa cosa era bastante linda, pero no merecía tanto alboroto.
A Jacinto le hubiera gustado quedarse dentro del canasto, que estaba limpio,
perfumado y lleno de moños celestes.
Pero Julieta se iba a enojar.
Porque Julieta ya no lo quería como antes.
Entonces, muy rabioso, Jacinto le sacó el chupete a Santiaguito y empezó a correr
y a correr.
El bebé abrió un ojo, después el otro, movió un poco la boca, otro poco, y empezó
a llorar como loco.
Cuando oyeron llorar a Santiaguito: el papá se martilló un dedo, la mamá dejó caer
los huevos de la tortilla, a la abuela se le escaparon tres puntos del tejido,
Julieta le regó la cabeza a la vecina de abajo.

–¡Al nene le duele la panza!

–¡Tiene sed!

–¡Tiene hambre!

–¡Tiene hambre y sed y le duele la panza!

–¡¡LLAMEMOS AL DOCTOR NICOLINI!!


Santiaguito lloraba cada vez más fuerte.
Llegó el doctor Nicolini y, como era un señor muy serio, se puso los anteojos, tosió
un poco y se rascó una oreja.
Lo miró al bebé por arriba, lo miró por abajo y se rascó la otra oreja.
–¿Qué le pasa a Mi bebé? –gritaron al mismo tiempo la mamá, el papá, Julieta y la
abuela.
–A este nene…
–¿Sííííííííííí?
–A este nene… le falta el chupete.
–¡LE FALTA EL CHUPETE! ¡LE FALTA EL CHUPETE!
El papá, la mamá, Julieta, la abuela y algunos vecinos corrieron a la farmacia de la
esquina a comprar chupetes.
Y, como se fueron todos, el bebé se quedó solo, llorando y llorando.
Bueno, solo no: con Jacinto, que entonces salió de su escondite y le puso el
chupete en la boca.
Santiaguito paró de llorar y lo miró a Jacinto.
Y le hizo una risita.
Y le agarró el dedo.
–Soltame, bebé, que estoy muy apurado. Tengo que preparar mi valija. Como
nadie me quiere, me voy de esta casa para siempre. Soltame, te digo…
Pero Santiaguito le hacía más risitas y no lo soltaba nada.
En eso llegaron todos: el papá, la mamá, Julieta, la abuela y los vecinos, cada uno
con su chupete en la mano.
–¡Oh!¡Oh!¡Oh! ¡Miren a Santiaguito con su chupete! –dijo el papá–. ¡Oh!¡Oh!¡Oh!
Y me ha sonreído a MÍ solo.
–¡A MÍ me sonrió! –dijo la mamá–.
Ustedes son testigos. ¡Mi bebé ya ME sonríe!
Julieta no dijo nada, pero miró a Jacinto y al bebé.
Jacinto le guiñó un ojo y, calladito calladito, se fue acomodando dentro del canasto
limpio, perfumado y lleno de moños celestes.

FIN
UNA HISTORIA DE AMOR

Allá en el norte de nuestro país, junto a las altas y escarpadas montañas, y hace
tantísimos años que ya nadie recuerda cuántos, vivía una jovencita linda como
una flor.

Tan linda y tan buena era, que todos los muchachos del lugar suspiraban por ella,
con unos suspiros que, de tan fuertes, hacían mover las copas de los árboles.
Los más atrevidos, al verla pasar -con esas trenzas negras y brillantes y esos ojos
profundos- no podían dejar de decir, por lo bajo:
– Adiós mi florcita de la montaña…
Había uno, al que llamaban el Cóndor, que siempre se quedaba callado, pero la
miraba a la niña de una manera que ella tenía que bajar la cabeza.
Y aunque el Cóndor era el joven más fuerte y bien plantado del pueblo, Flor (como
ya le decían todos) no quería saber nada con él. Porque era un bravucón y un
pendenciero, y porque siempre andaba por ahí, alardeando de las muchas novias
que tenía.
Además había otro motivo verdaderamente más importante; el corazón de Flor ya
tenía dueño (aunque eso, tan sólo ella lo sabía).
Kenti -que así se llamaba el afortunado- no era lo que se dice un buen mozo. Más
bien era -a qué negarlo- feo y debilucho. Un hombrecito gris e insignificante, una
poquita cosa.
Pero el amor -como decía mi abuela y la abuela de mi abuela- es ciego. Y para
Flor no había hombre más hermoso, más magnífico, más deslumbrante que su
Kenti.
El joven -y en esto no hay nada de extraordinario- también la quería a Flor. Con
una pasión loca la quería. Más que a su propia vida. Pero nunca jamás se había
animado a decírselo. Porque… ¿qué derecho tenía él, que era menos que nadie, a
que lo quisiera la muchacha más hermosa y más buena del mundo? ¿Eh?
Hasta que un día, Flor y Kenti se encontraron de improviso en una vuelta del
camino. Y se miraron de frente, a los ojos…
Desde ese momento, el pequeño hombrecito gris y la esplendorosa Flor de la
montaña fueron lo que se dice el uno para el otro.
En el pueblo nadie lo podía creer.
-Miralo vos, el mosquita muerta ése.
Bien guardado que se lo tenía el muy falso -decían entre aspavientos los
chismosos que nunca faltan.
Pero otros, más entendidos en cosas de la vida, opinaban, moviendo la cabeza:
-Algo le habrá visto la Flor a Kenti… ¡Uno nunca sabe!
El que estaba tan furioso que se lo llevaban los vientos era Cóndor.
-¡Hacerme esto a mí, justamente a mí! -decía entre gruñidos-. ¡Ese mequetrefe
esmirriado no tiene idea de con quién se metió! En cuanto a ella -agregaba con
ojos sombríos-, me la llevo… ¡Si no es por las buenas va a tener que ser por las
malas!
Tan seguro estaba de lo que decía, que empezó a preparar su casa, allá en lo
más alto de la montaña, para llevársela a Flor.
Y no dejaba de repetir una y otra vez con una voz que metía miedo:
-¡Ya le voy a bajar los humos a esa cocorita! ¡Faltaba más!
Claro que Flor y Kenti estaban más allá de chismorreos y amenazas.
Y Kenti ya no era el poquita cosa que todos habían conocido.
Ahora se sentía fuerte e invencible y hasta -¿por qué no decirlo?- hermoso. (Dicen
que es así como uno se siente cuando alguien lo quiere de verdad.)
Pero un negro día todo cambió.
Fue el negro día que Cóndor, loco de celos, robó a la bella Flor.
Y con ella en brazos, desvanecida de dolor, empezó a trepar la escarpada
montaña, rumbo a su casa.
Cuentan los más viejos -y así te lo cuento yo- que a medida que iba subiendo, el
apuesto joven se transformaba en un ave de aspecto temible, negro plumaje y
pico encorvado.
Cuentan que el ave echó a volar, sosteniendo a Flor entre sus garras, y que llegó
hasta la cumbre más alta de la más alta montaña, donde, en una grieta, depositó a
la pobre niña.
Cuando Kenti se enteró de lo ocurrido creyó morir.
Desesperado, tomó una lanza, y aunque estaba lleno de rabia y de coraje se dio
cuenta de que era poco lo que podía hacer. Así que decidió pedir ayuda.
¿Y a quién iba a pedir ayuda Kenti si no era a la Pachamama, la Gran Madre que
cuida los destinos de sus hijos?
A la Pachamama le gustó mucho el pequeño hombrecito valeroso y enamorado. Y
para ayudarlo lo transformó en ave: una avecita gris, de pico largo y fino como
minúscula lanza.

-Ahora a encontrar a tu Flor -le dijo la Gran Madre mientras lo sostenía en su


enorme mano extendida. Y después le dio un soplido, que quiso ser suave, pero
con semejante bocaza…
Kenti voló y voló hacia arriba, tan rápido que las alas apenas si se le veían.
Cuando llegó a la cumbre más alta de la más alta montaña, encontró a la niña,
todavía sin sentido, en la grieta estrecha y tenebrosa.
Desesperado, Kenti volaba a su alrededor, abanicándola con sus pequeñísimas
alas, rozándole apenas los labios, acariciando sus trenzas…
Flor finalmente despertó, y al hacerlo lanzó un grito de horror.
¿Cómo, de qué manera había llegado hasta allí?
Revoloteando, Kenti trataba de hacerse entender. Y Flor lo reconoció (Porque
parece ser que los enamorados siempre se reconocen, aun en las más extrañas
circunstancias.)
Al principio, Flor se alegró muchísimo, pero después se puso a llorar a los gritos.
¡Aunque ahora estaban juntos ella jamás sería capaz de bajar de esas alturas!
Sólo un ser alado podría ayudarla… ¡Y Kenti era tan pequeño…!
Pero el enamorado no se dio por vencido. Y dirigiéndose a las flores, a las rocas,
al viento, al río, a la tierra, clamó pidiendo ayuda:
-¡¡Por favor, por favor!! ¡Necesito ayuda para salvar a mi novia!
-¿Quién es esa avecita gris tan insignificante que anda metiendo barullo?-
preguntaron las flores- Si por lo menos llevara nuestros colores podríamos hacer
un esfuerzo y entender lo que pide… Pero con ese horrible color seguramente que
no tiene nada importante que decir.
-¿Qué es lo que le pasa a ese minúsculo pajarito gris? -preguntaron las rocas al
viento.
-No sé ni me importa -rugió el viento-. Siempre desconfié de las cosas grises, de
chiquito nomás.
-Yo sé lo que dice -gritó el río-. Es un enamorado que pide ayuda para salvar a su
novia…
-¿Enamorado? -la voz de la tierra sonó desconfiada-. No lo creo. Tengo entendido
que los enamorados llevan un arco iris en el lugar del corazón. Y ese bichito gris
-agregó desdeñosa-, evidentemente no tiene ningún arco iris en ninguna parte.
-¡¡Por favor, ayúdenme!! -seguía gritando Kenti mientras volaba enloquecido de un
lado al otro.
-¡Que nos muestre los colores del arco iris y entonces lo ayudaremos! -dijeron las
flores que ya estaban empezando a ablandarse.
-Nosotras también -afirmaron las rocas después de consultarse con la mirada
(aunque parecían duras e inflexibles, también ellas tenían su corazoncito.)
-Y nosotros, por supuesto -dijeron el río y la tierra, que nunca querían ser menos.
El viento, que era un comedido, llevó el mensaje a Kenti.
De nuevo el avecita voló y voló en busca de la Pachamama.

-Gran Madre -le dijo-, vos que sos poderosa… ¡dame los colores del arco iris y así
podré salvar a mi novia!

-Sea -dijo la Pachamama, que en general era de pocas palabras.


Y con su manaza gigantesca cubrió el cuerpo tembloroso, que en ese mismo
momento se tiñó con los colores más espléndidos y brillantes del arco iris.
Como una joya alada, Kenti ascendió por el aire, tan velozmente que sus alitas
multicolores apenas se distinguían. Y mientras subía iba gritando:
-¡Mírenme ahora! ¿Tengo o no tengo el color de los enamorados? ¿Eh?
-¿Quién lo duda? -dijo la tierra- Eso cualquiera lo puede ver…
-Hechos y no palabras -saltaron las rocas, mientras en medio de un estruendo
infernal se iban acomodando para formar una gigantesca escalera.
-Para que no se lastimen los piecitos de la novia -susurraron las flores,
entretejiéndose en una alfombra perfumada y colorida que cubrió los inmensos
escalones.
-No tengas miedo de caerte, linda -rugió el viento que, sopla aquí, sopla allá, había
fabricado una apretada red de lianas y enredaderas.
Entonces Flor, conducida por Kenti, empezó a bajar la escalera.
Al llegar al río, que corría caudaloso y en cascadas, los dos se detuvieron.
-Tranquila, Flor -dijo el río. Y se agachó, manso como un corderito.
-Un puente, aquí hace falta un puente -dijo la tierra.
Y en menos de lo que canta un gallo construyó uno, fuerte y seguro, que atravesó
el río.
Con paso cada vez más firma, Flor seguía adelante. ¡Dentro de poco estaría junto
a los suyos! Y eso gracias a Kenti…
De pronto la niña lanzó un grito.
Cóndor, el temible Cóndor, volaba hacia ella, rápido como una flecha, con las
garras preparadas para llevársela de nuevo a las alturas. Pero la Pachamama,
que había tenido un mal presentimiento mientras dormía la siesta, se apareció de
repente.
-Éste ya me cansó -pensó mirándolo al Cóndor de reojo. (Después de todo la
Pachamama también puede perder la paciencia.)
Y parece que el Cóndor le leyó los pensamientos a la Gran Madre, porque
calladito y con las plumas por el suelo, pegó media vuelta y se fue como había
venido.
Entonces la Pachamama la miró a Flor. Y después lo miró a Kenti, que apenas
tenía la altura del dedo meñique de su novia.
No se sabe bien qué fue lo que se le cruzó por la cabeza a la Pachamama. Lo
cierto es que con gesto preocupado lanzó aquella famosa frase:
-¡Esto así no va!
Y tomando a la muchacha en su enorme manaza, la fue achicando de a poquito
(la verdad que la pobre chica no ganaba para sustos), hasta que la dejó convertida
en una Flor pequeña, colorida y fragante, justito justito para alguien como Kenti, el
picaflor.
-Ahora sí -se sonrió la Pachamama-. Nunca nadie los podrá separar.
Y se fue con paso cachaciento, a seguir durmiendo la siesta.

FIN
TRABAJO PRÁCTICO DE
LITERATURA INFANTIL
AUTORES: GUSTAVO ROLDÁN
GRACIELA CABAL

PROFESORA: TANIA BIANCHI

ALUMNOS: JUÁREZ, LILIÁN


MONTIEL, MICAELA
OCAMPO, GABRIEL

CURSO: 2° AÑO P.E.P.

AÑO: 2019

GUSTAVO ROLDÁN
BIOGRAFÍA
Gustavo Roldán, nació en Sáenz Peña, provincia de Chaco, el 16 de agosto de 
1935. Fue un destacado
Roldán, trabajó también en la reconocida Editorial Colihue (en ese entonces junto 
a su esposa Laura Devetach) donde dirigió
EL CAMINO DE LA HORMIGA
                      
El halcón planeaba haciendo círculos en el cielo. 
En el enorme claro en medio
-Está bien, ¿pero alguna vez se dio cuenta de que hay hormigas de ojos chicos, 
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-Yo no creo que todas sean iguales.
-Claro que sí. Son todas iguales, como son iguales todos los piojos y todas las 
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-Sí, don piojo. Habrá visto que los halcones siempre hacemos grandes círculos en 
el cielo, y damos vueltas. ¿Nunca se pregun
EL MONO Y EL YACARÉ
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TRISTE HISTORIA DE AMOR CON FINAL FELIZ
          
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