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¡CRECE!
Desarrollo personal para padres

M
Índice

Portada
Créditos
Introducción
Parte I: TODO ESTO TRATA DE TI
Capítulo 1: No es lo que te pasa...
Crecimiento y protección
El aprendizaje comienza más pronto de lo que crees
La memoria: el presente recordado
Lo que hacemos frente a lo que somos
Todo lo que necesitas es amor
Tendemos a conseguir el futuro que esperamos
Como, como, como...
Los diferentes modos que tenemos de saber que somos amados
Es lo mismo, pero diferente
Plástico y fantástico
Capítulo 2: Las toxinas de nuestra cultura
Confundir la adquisición con el crecimiento
La publicidad
No leas todo tipo de noticias
Telenovelas que no ayudan[4]
La historia hasta ahora
Parte II: CULTIVAR UN MEJOR «TÚ»
Lección 1: Desarrolla un LCI
Cómo desarrollar el LCI
Centrarse en los resultados
Tomar medidas es el mantra que te mantendrá en movimiento
Cuando las cosas se ponen difíciles
No hay fracaso, solo retroalimentación, o algo así...
Paso 1: ¿Influyó el lugar donde se produjo el fracaso?
Paso 2: Observa tus acciones (no a ti, sino tus acciones; esa
distinción es importante). ¿Fueron parte del fracaso?
Paso 3: Observa las habilidades y las capacidades:
El éxito es un hábito
Alimenta aquello en lo que te centres
¿Quién decide la persona que eres?
La respuesta no está ahí fuera
Afronta la vida como es, no como se supone que debería ser
Lecciones sobre el LCI
Lección 2: Puedes creer lo que más te convenga
Lo que piensa el Pensador, el Demostrador lo demuestra
La ley de Orr
Lección 3: Puedes escoger la persona que quieres ser
¿Quién sería yo si hubiese hecho esto?
La fisiología de la excelencia
Solo por hoy
Eres quien crees que eres
La historia hasta ahora
Parte III: CRIAR A TU HIJO
Mantra 1: O estás formándolos tú a ellos o te están formando ellos a ti
Mantra 2: Todavía no son las personas en las que terminarán
convirtiéndose
Mantra 3: Las recompensas no siempre les recompensan
Mantra 4: Es bueno darles menos
Mantra 5: La vida es lo que tú haces que signifique
Encontrar la narración adecuada
El proceso reflexivo
Casi siempre hay que mirar el lado positivo de la vida
Mantra 6: No son difíciles, simplemente no son tú
Aves de tierra frente a aves de cielo
Aves de tierra
Aves de cielo
Niños aves de tierra
Niños aves de cielo
Padres aves de tierra
Padres aves de cielo
Vista, sonido, pensamiento y sentimiento
Niños aves de vista
Niños aves de sonido
Niños aves de sentimiento
Niños aves pensadoras
Introvertidos y extrovertidos
Juzgadores y Perceptores
Comprender la diferencia como padre
Mantra 7: Criar a niños con un LCI requiere valentía
Los que luchan, los que huyen y los que se paralizan
Spinning [Darle vueltas al sentimiento]
Mantra 8: Cuidado con las expectativas
Parte IV: CRECER A LO LARGO DEL TIEMPO
Crecer a lo largo del tiempo
Embarazo
Comencemos antes del principio
Anclaje
0-7 años
Ahora que ya están aquí, ¿qué es lo siguiente?
Muchas caricias, amigos
Cuida tu lenguaje
Que no se detengan
Todo va bien... o mal
7-12 años
Todo depende de la mentalidad
Observa su lenguaje
Desde los 12 años hasta la edad adulta
El camino que recorremos es solo nuestro
Una carta dirigida a los jóvenes: siete cosas que quiero que sepas
1. Te van a suceder cosas malas
2. Alimentas aquello en lo que te centras
3. En ocasiones tus miedos no importan, o ni siquiera son tuyos
4. Obtienes el futuro que esperas
5. No merece la pena conocer a alguien que piensa que lo
importante es tu forma de vestir
6. En ocasiones, lo que los demás tratan de enseñarte tiene su
origen en sus problemas personales
7. Estás escribiendo la historia de tu vida. Sé el personaje que
quieres ser
Conclusión
Bibliografía
Agradecimientos
Notas

Para mi familia. Pasada, presente y futura.
Introducción

Si la paternidad no te asusta, lo más probable es que aún no seas padre.


Traer al mundo a una personita que depende por completo de ti, pero que
cada día que pasa parece apartarse más y más de tus ideas sobre lo que es
mejor para ella, representa un desafío que evoluciona con el paso de los
años, pero que, de alguna manera, nunca disminuye. Esto representa
también una oportunidad sin igual para hacerle bien al niño y para que los
padres hagan algo bueno para ellos mismos.
Voy a enseñarte el modo de criar a tu hijo [1] para que este adopte la
clase de actitud ante la vida que le haga resiliente frente a los muchos
desafíos que esta le presente y le libere de las limitaciones que suponen un
lastre para mucha gente. Pero también voy a enseñarte un poco acerca de ti
mismo porque, ¿cómo puedes esperar criar a un niño de un determinado
modo sin volverte tú mismo de ese modo? Gandhi dijo en una ocasión: «Sé
el cambio que quieres ver en el mundo». Voy a parafrasear a ese gran
hombre y decir: «Sé el cambio que quieres ver en tus hijos».
Este libro consta de cuatro partes. En la primera parte voy a explicar lo
que está haciendo tu cerebro para crear la versión del mundo en el que vives
y la clase de persona que crees ser. Voy a describir cómo un fallo en el
software de supervivencia que nos ha protegido durante millones de años
puede dar lugar a creencias sobre nuestra propia identidad y sobre el mundo
que nos limitan y que hacen de nosotros nuestro peor enemigo.
En la segunda parte te facilitaré tres lecciones sobre el modo de
recuperar el control de tu vida y de tus sentimientos hacia ti mismo,
desarrollando una nueva mentalidad que te vacunará contra las presiones de
tener que complacer a la sociedad y que te devolverá el poder de escoger la
vida que quieres vivir.
Aunque estas dos primeras partes tratan de ti, persona adulta, verás que
todo lo que aprendas sobre ti mismo se aplicará al modo en que crías a tus
hijos. En la parte III nos centraremos de manera específica en eso. Te
proporcionaré ocho mantras sobre la crianza y explicaré por qué el hecho de
integrarlos en tu relación cotidiana con tus hijos contribuirá a que se
conviertan en adultos fuertes y felices.
La parte IV comienza con la observación de las etapas del desarrollo
en los niños, y adapta los consejos a aquello que podría ayudarte en
determinados momentos de la vida de tus hijos. A continuación, paso a
hablarles a los propios niños. Son ideas y pensamientos que he recopilado
después de haber escuchado los problemas de la gente durante veinte años y
de haber sido padre durante treinta. Aunque esta parte está dirigida a los
niños, creo que descubrirás que te estoy hablando a ti al mismo tiempo, así
que no tengas la sensación de estar escuchando a escondidas.
He escrito este libro para padres sin presentarme como un experto en
niños. Tan solo soy un terapeuta con una perspectiva que espero que te
resulte útil.
La noticia aterradora es que, aunque he escuchado muchas historias
desgarradoras de abusos, negligencia y daño, la causa de los problemas de
un cliente proviene con mucha más frecuencia de una interpretación errónea
de los contactos cotidianos con los padres, con los hermanos, con los
amigos o con otras figuras significativas. ¡Cuántas veces he reconocido
interacciones similares en mi propia juventud o –de manera más incómoda–
entre mis hijos y yo mismo! Siempre que he emitido alguna opinión, he
incluido datos científicos que la apoyaran, si bien no me he limitado a decir
únicamente lo que podía demostrar. Como sucede con los demás consejos
que recibes sobre el hecho de ser padre, confío en que seas capaz de
absorber los que te resulten útiles y de descartar, con razón, aquellos que
no.
El tema central del libro es que los seres vivos se encuentran en uno de
estos dos estados biológicos: crecimiento o protección. Voy a sugerir que tu
cerebro se pasa gran parte del día pensando, momento a momento, sobre el
estado en que deberías encontrarte, y que recurre a nuestros recuerdos para
guiar sus decisiones. De manera acumulativa, estas decisiones nos
conducen, la mayoría de las veces, hacia una tendencia a interpretar el
mundo y lo que nos sucede de una u otra de estas dos maneras –vemos el
mundo como un lugar del que necesitamos protegernos o como un lugar en
el que podemos desarrollarnos–. Esto quiere decir que las decisiones que
tomamos durante nuestra infancia sobre las intenciones que atribuimos a
nuestros padres cuando nos gritan, o deciden separarse, o cuando nos da la
impresión de que favorecen a un hermano; o la sensación de sentirnos como
estúpidos frente a nuestros amigos o de sentirnos rechazados por ellos; o la
humillación por parte de un profesor, pueden ser el principio de una serie de
interpretaciones o de malinterpretaciones que nos lleven a encontrarnos en
un estado de protección de manera innecesaria. ¿Acaso tiene esto
importancia? Demonios, sí que la tiene. El estado físico de protección no
solo puede originar graves problemas de salud, sino que influye en cada
relación que tienes, en cada meta que persigues, y en cada interacción que
compartes. En un mundo en el que estás preparado para un ataque, todo el
mundo es un posible atacante, y en cada oportunidad podemos ver una
amenaza. Voy a argumentar que una vida cuyo estado por defecto es la
protección es la consecuencia del hecho de que no te gusta tu modo de ser,
y que vivir en un estado de crecimiento surge de una profunda sensación de
divertirte siendo tú mismo.
Mi objetivo al escribir este libro consiste en establecer estas dos
actitudes de crecimiento y de protección como un principio en la crianza, y
ayudarte a responder a las preguntas sobre qué ayudará a que tus hijos
crezcan y que les impedirá desencadenar un estado de protección
innecesaria.
¿Cómo puedes estar seguro de que tu hijo crecerá sintiéndose a gusto
consigo mismo y de que no se convertirá en alguien que teme el rechazo, el
fracaso o que nunca se siente lo suficientemente bueno? Mis respuestas se
encuentran en este libro. Estas también se aplican a ti, ya que resulta
complicado criar a un niño en un estado de crecimiento si tú te encuentras
en uno de protección. En ocasiones hablaré del modo en que te relacionas
con tus hijos y, a veces, del modo en que te relacionas contigo mismo.
Como parte de ello, tengo que preguntarme quiénes sois vosotros, los
padres. Lo que quiero decir es que estoy sentado delante de mi ordenador y
he puesto una pila de papeles en blanco detrás de mí. Ese es el libro que
estamos comenzando. Quiero escribir algo que te ayude a guiar a tus hijos
hacia una vida feliz y que, de igual modo, contribuya a que tú consigas eso
mismo para ti a lo largo del camino; así que necesito saber quién eres, ¿no
crees? Esto no resulta fácil cuando puede haber un millón de personas como
tú –al menos si los sueños de la editorial se hacen realidad–. Así pues,
permíteme que trate de describirte. Probablemente tengas entre 15 y 115
años, seas hombre o mujer, gay, heterosexual o algo intermedio. Tienes una
relación, tuviste una, quieres estar en una o prometiste que estarías solo
para siempre. ¿Cómo lo estoy haciendo? Lo sé, son muchos años de
experiencia.
Déjame profundizar un poco más: en ocasiones tienes la sensación de
que eres capaz de hacer más de lo que estás consiguiendo, de que hay algo
en ti que está esperando ser revelado al mundo. No siempre estás seguro de
gustarle a la gente, ni tampoco estás seguro del amor de aquellas personas
que deberían quererte. A veces te preocupas de si eres lo suficientemente
bueno. En ocasiones incluso te preguntas si mereces el mismo éxito o la
misma felicidad que las demás personas. Es probable que no todos estos
aspectos se apliquen a tu caso concreto, pero un par de ellos habrán hecho
que asientas con la cabeza, aunque lentamente o a regañadientes. Voy a
continuar. Tuviste una infancia en la que se produjeron algunos
acontecimientos que dejaron una marca y que, en determinadas ocasiones,
todavía te retienen. Te han herido a nivel sentimental y quizá aún tengas la
esperanza de comenzar una relación que te haga sentir completo. Podrías
tener la creciente sensación de no pertenecer a la cultura que te rodea.
Tienes la intención de llenar parte del vacío de tu vida de un modo mejor
que hasta ahora. Para ser honesto, a veces la vida te resulta un poco difícil.
¿Cómo lo sé? Porque los sentimientos que he descrito parecen
prácticamente universales. He escuchado toda clase de combinaciones de
estos sentimientos en todas las personas que se han sentado frente a mí en
mi clínica, en cenas o en conversaciones en el tren. No sabes lo liberador
que me resultó escuchar todo esto en boca de los demás. Era un eco de los
pensamientos que conservaba en mis propios espacios secretos. Lo que
resultó liberador fue el conocimiento de que no estaba solo. Estos
pensamientos conectan al pobre con el rico, al joven con el anciano, los
géneros, las orientaciones sexuales y las razas. Todos nosotros somos
compañeros de lucha.
Lo que provoca esta lucha es lo que sucede dentro de nuestras cabezas.
Nuestros pensamientos, nuestras creencias, nuestros sentimientos y nuestros
valores crean un mundo alrededor de nosotros que nos permite
desarrollarnos o desfallecer. A menudo nos sentimos una víctima de ellos.
Quiero hablar contigo, decirte lo que sé, contarte lo que quiero que sepan
tus hijos y los míos: que puedes ser la persona en la que te propusiste
convertirte y que puedes ayudar a que tus hijos también lo consigan.
Aunque este libro se centra en la crianza, también se aplica a tu vida –
ninguno de nosotros somos todavía la persona en la que nos
convertiremos–; lo que pasa es que, si dejamos que funcione por sí
mismo, nuestro cerebro tiende a hacer que seamos más de lo que
siempre hemos sido. Y aunque ese es un tipo de cambio, puede que no te
sirva. Hay cosas que puedes pensar y cosas que puedes hacer que pueden
convertirte en el creador de tu vida, en lugar de ser solo una criatura
indefensa. Si no te divierte ser tú mismo, este libro puede ayudarte a
cambiar eso. Y un padre que se divierte siendo él mismo es un padre que
criará a su hijo en un estado de crecimiento. Hay cosas que hacer, y cosas
que evitar, que animarán a tus hijos a crecer de manera productiva. Al
compartir las cosas más valiosas que he aprendido de mis años como
terapeuta, espero evitar que tus hijos necesiten uno alguna vez. Voy a
llevarte a un viaje a través de una serie de lecciones de vida. Voy a darte la
oportunidad de que las pruebes en tu propia vida y de que veas la diferencia
que suponen para ti y los tuyos. Sin embargo, estas lecciones incluyen una
advertencia. Si realmente vives lo que este libro te enseña, las cosas
cambiarán. Perderás algunas cosas de tu vida –tus excusas, sobre todo–, y
ganarás otras, pocas de ellas materiales. Como Neo en la película Matrix,
este libro actúa como una pastilla roja. Si la tomas, despiertas en un mundo
diferente –y no hay vuelta atrás.
También debería dejar claro desde un principio que gran parte de lo
que estoy diciendo tiene su origen en la experiencia que he obtenido al
hacer que los clientes regresen a los acontecimientos de la infancia. Sé que
algunas personas piensan en la regresión como algo raro o problemático. Yo
opino lo contrario. ¿Qué cenaste anoche? ¿Ves? Acabo de hacerlo. La
regresión es el acto de hacer que alguien traiga su pasado a la memoria.
Todos nosotros lo hacemos a diario. La regresión en mi terapia consiste
simplemente en pedirle al cliente (de un determinado modo) que advierta
qué recuerdos le vienen a la mente cuando su atención se centra en su
problema. En el siguiente capítulo explicaré una teoría de la mente y la
memoria que sugiere que el modo en que interpretamos el presente es el
resultado de las conexiones que nuestros cerebros encuentran entre el
presente y los acontecimientos de nuestro pasado. Como una sarta de
cuentas, nuestros recuerdos se unen con el paso de los años de acuerdo con
los significados que nuestros cerebros les dan. La buena noticia es que
nuestras memorias son plásticas, de suerte que los antiguos recuerdos que
dan lugar a respuestas infelices en nuestro presente pueden cambiarse. No
tenemos que ser víctimas de nuestro pasado. De hecho, para vivir en un
estado de crecimiento, necesitamos liberarnos de ese pasado. Este libro
permitirá que te hagas una idea del modo en que ello es posible. Cuanto
más te liberes de los efectos negativos de tu infancia, menos probabilidades
habrá de que infectes a tus hijos con estos efectos.
Permíteme ponerte un ejemplo de mi propia infancia. Se trata de un
acontecimiento menor que, más adelante, tuvo un gran efecto.
Cuando tenía ocho años, mi familia quería tener un perro. Es decir,
toda mi familia salvo mi madre. Iniciamos una campaña para agotarla,
aunque sin éxito –estaba bastante segura de quién terminaría haciendo la
mayor parte del trabajo–. Un día, durante un trayecto a la escuela
acompañado de mi padre, decidí compartir con él el beneficio de mi amplia
experiencia con las mujeres, y le dije: «Papá, eres el hombre de la casa. Si
quieres un perro, deberías ponerte firme y decir: “Vamos a tener un perro”».
Esa misma tarde, mi padre siguió mi consejo. Estúpido.
Por aquel entonces, vivíamos en una vivienda de protección social, así
que podía escuchar lo que sucedía en la sala de estar desde mi cama. En
efecto, les escuché hablar una vez más sobre el hecho de tener un perro.
Todo bien hasta entonces. La cosa se calentó. Eso era inusual, ya que mis
padres no solían discutir mucho. Finalmente, y ante la actitud firme de mi
padre, mi madre gritó: «¡Bueno, podemos divorciarnos, pero yo me quedo
con los niños!».
Todavía hoy recuerdo que mi corazón se quedó paralizado por el
pensamiento de que era yo quien había separado a la familia. No creo que
haya experimentado nunca tanto miedo. Estoy seguro de que dormí mal. Sin
embargo, cuando fui a desayunar a la mañana siguiente, no solo habían
hecho las paces, ¡sino que me recibieron con la noticia de que íbamos a
tener un perro! Lo que descubrí años después, gracias mi propia terapia, es
que el alivio que me proporcionó escuchar esta noticia no deshizo el
momento de profundo miedo que había sentido la noche anterior. Mi
cerebro lo había almacenado para mantenerme seguro ante cualquier cosa
aterradora que pudiese sucederme de nuevo. Y, ¿qué efecto tuvo eso?
Nunca me sentí libre de decir lo que sentía en las relaciones, ni permití que
se manifestara ningún tipo de ira hacia mi pareja. Las técnicas de la
Hipnoterapia Cognitiva me ayudaron a reescribir esa narración –a aplicar al
recuerdo de la noche de la «charla del perro» mi comprensión adulta de que
mi madre, como muchas otras personas, usaba en ocasiones la táctica de
llevar su punto de vista hasta el extremo para conseguir que las otras
personas se apartasen del suyo–. El resultado de ello es que, ahora, eso ya
no supone ningún problema para mí –y, si quiero un perro, me pongo firme
y se lo pregunto a mi mujer muy amablemente.
Un factor clave que quiero dejar claro desde el principio es que no
estoy diciendo que mi relato de este acontecimiento sea «La Verdad» sobre
lo que sucedió, ni tampoco mi nueva comprensión del mismo. Solo son
interpretaciones. Voy a explicarte cómo creamos una historia sobre nosotros
mismos que forja nuestro carácter y nuestras respuestas al mundo como
resultado de estas interpretaciones. Nuestro cerebro se toma esta historia
muy en serio, tratándola como verdadera. No lo es. Voy a enseñarte el modo
de crear una narración para tus hijos que conduzca a una vida feliz y que, de
paso, te muestre la manera de tratarte a ti mismo como el autor de tu propia
historia, y no como un mero personaje de ella. Así que, si quieres cambiar
esta narración, puedes hacerlo.
Este es un libro muy personal que de ninguna manera pretende ser un
evangelio, sino más bien una herramienta para hacerte pensar. Una de las
cosas que lo hacen tan personal fue la noticia que recibí poco antes de
comenzar a escribirlo: iba a ser abuelo. Mientras el libro se ha ido
desarrollando, he visto cómo mi nieto Heath comenzaba su vida, y, a
medida que el libro fue progresando, dos primos, Sasha y Seth, se unieron a
él. Estoy bendecido. Ellos estaban en mi mente mientras escribía,
convirtiéndose en un enfoque natural para lo que espero que consiga este
libro. Tal vez las ideas que aquí se contienen ayuden a dar forma a su viaje.
Esa decisión no me corresponde a mí, pero espero que sea así.
P I:
TODO ESTO TRATA DE TI
La historia comienza:
cómo te conviertes en la persona que eres.
C 1:
No es lo que te pasa...

Dos hermanos fueron criados por un padre alcohólico abusivo que les
golpeaba con cierta regularidad y que disfrutaba humillándoles y
menospreciándoles. Ya en la edad adulta, uno de los dos hermanos acabó
convirtiéndose en la imagen de su padre y trató a sus hijos igual de mal. El
otro hermano se convirtió en un hombre de negocios de éxito y en un padre
cariñoso. Alguien les preguntó a cada uno de ellos por separado: «¿Cómo
te las arreglaste para acabar así?». Ambos dieron la misma respuesta:
«¿Cómo podría haber acabado de otro modo teniendo en cuenta mi
infancia?».

Durante veinte años me he sentado en la sala de terapia y he escuchado a las


personas. He escuchado cientos de historias de la infancia que dieron lugar
a vidas de dolor y de limitación. Algunas de ellas son lo que cabría esperar
–abusos, traumas y privaciones–, pero otras son mucho más triviales.
¿Puede un mal primer día en la escuela originar un temor al fracaso?
¿Puede un momento aislado de rechazo dar lugar a trastornos relacionales
múltiples? Desde luego, eso es lo que parece. Sin embargo, por cada
persona que sufrió un trauma en la infancia y cuya vida adulta todavía tiene
cicatrices, hay un adulto al que esa experiencia le ha servido de catalizador
para crear una vida llena de sentido y de logros.
Hasta que tristemente desapareció, trabajé como terapeuta en Kids
Company, una organización benéfica que ayudaba a los jóvenes en
situación de vulnerabilidad. Gracias a ello, he visto a menudo a jóvenes que
salen por sí mismos de una rutina de privaciones para vivir una vida mejor
con una resiliencia que me ha dejado sin aliento. Mientras, en mi consulta
en Harley Street, en ocasiones veo a clientes que llevaron una vida de
privilegios y que siguen atrapados en una cárcel de oro creada únicamente
por sus pensamientos. Como ocurría en la historia de los dos hermanos,
parece que lo que nos sucede no nos define tanto, ni con tanta frecuencia,
como el significado que le damos a ello. Si eso es cierto, si la vida es lo que
hacemos, ¿por qué no lo hacemos genial? Si lo que hacemos con la vida es
el resultado de nuestras interpretaciones, ¿cómo podemos guiarnos a
nosotros mismos y guiar a nuestros hijos hacia una interpretación positiva
de un acontecimiento, en vez de guiarnos hacia una negativa? ¿Cómo
podemos escoger una interpretación que nos haga abrirnos al mundo y a sus
posibilidades en lugar de aislarnos; una interpretación que nos lleve a tener
una vida de crecimiento en lugar de una vida de protección? Esto me lleva
al tema central del libro.

Crecimiento y protección
Si tomamos una de tus células y la colocamos en una placa de Petri junto a
una fuente de nutrientes, tu célula se moverá hacia ella. Si reemplazamos
los nutrientes por una toxina, la célula se alejará. En otras palabras, la célula
puede desplazarse hacia una oportunidad de crecimiento, o reconocer y
responder a una necesidad de protección.
Somos un conjunto de un billón de células, así que estoy insinuando
que nosotros hacemos lo mismo. Freud describió esto como el principio del
placer –todos nosotros nos movemos hacia el placer y nos alejamos del
dolor–. Tu cerebro ha interpretado tus experiencias desde el primer día en
este planeta, usándolas para predecir el modo en que funciona el mundo y
lo que va a suceder momento a momento. El propósito de esa interpretación
consiste en que identifiques de manera correcta, y en cualquier situación a
la que hagas frente, si es necesaria la protección o si es posible el
crecimiento. Cuanto mayor sea tu capacidad para encontrarte en un estado
de crecimiento, más oportunidades podrías tener para desarrollarte. El
mensaje clave de este libro es que el hecho de pasar el tiempo en un
estado de crecimiento o en uno de protección es, fundamentalmente,
una cuestión de elección.
Quiero dejar clara una cosa al respecto: no estoy sugiriendo que
nuestra respuesta de protección sea la mala de la película. Ha desempeñado
un papel clave en nuestra supervivencia como especie. Querer proteger a
nuestros niños es uno de los instintos más poderosos con los que contamos.
Sin embargo, ese mismo punto fuerte puede provocar que enseñemos a
nuestros hijos a tener miedo de manera innecesaria, e incluso que les
guiemos a creencias limitadoras sobre sí mismos que sean un lastre durante
toda su vida. Al leer este libro podrías darte cuenta de que a ti te ha
sucedido lo mismo. Este libro trata de que aprendas a distinguir la
protección innecesaria de las amenazas reales. Trata del modo en que
puedes dejar atrás las limitaciones que experimentas y promover una
mentalidad que busca el crecimiento y una vida de felicidad, de realización
y de éxito.

El aprendizaje comienza más pronto de lo que crees


Desde el momento en que nace un bebé, su cerebro se pone a trabajar y
trata de averiguar dónde ha aterrizado. Al igual que un paracaidista lanzado
en territorio enemigo, el cerebro viene equipado con todo aquello que los
anteriores paracaidistas consideraron que les ayudaría a sobrevivir. A
continuación, conserva lo que le resulta útil y descarta lo que no. Por
ejemplo, todos los bebés sonríen, pero dejan de hacerlo si no obtienen
ninguna respuesta. Para siempre. Las sonrisas desaparecen. Curiosamente,
cualquier cosa que se considera una buena respuesta –lo que en psicología
recibe el nombre de interacciones positivas–, como los arrullos, los abrazos
o las cosquillas, mantiene la capacidad del bebé para sonreír.
Las respuestas de un bebé al mundo que le rodea –respuestas que da en
mayor o en menor medida– están guiadas por el software que organiza e
interpreta la información que pasa a través de sus sentidos. Este software se
mantiene ocupado. He leído estimaciones que sugieren que entre siete y
once millones de bits de información pasan a través de nuestros órganos
sensoriales cada segundo –demasiados para que el cerebro los procese–. Un
conocido estudio de investigación concluyó que tan solo podemos prestar
atención de manera consciente a aproximadamente siete bits de información
al mismo tiempo. Has leído bien, siete bits de once millones.
Probablemente te estés preguntando cómo diablos decide el cerebro cuáles
son los siete bits elegidos. ¿Qué está buscando el software? Está buscando
si se requiere una respuesta de protección, o las acciones que mejor
conducirán al crecimiento. Eso es lo que hace nuestro software cuando
revisa los once millones de bits de información cada segundo y nos deja con
tan solo siete para que les prestemos atención: tenemos que averiguar qué
es relevante para nuestro crecimiento o nuestra protección y qué no lo es.
Pero, ¿cómo puede saberse eso?
He aquí la respuesta corta a esa pregunta: la memoria.

La memoria: el presente recordado


El hecho de que tengamos memoria plantea una pregunta interesante.
¿Recuerdas el día de tu boda? ¿Te acuerdas del peor día de tu vida (espero
que fuesen días diferentes)? Cuando piensas en ellos, ¿qué sentido tiene ser
capaz de recordarlos?
Cada vez hay más pruebas que sugieren que nuestra memoria existe
para dar sentido al presente. Alrededor del 80% de lo que vemos a nuestro
alrededor es, en realidad, información que estamos proyectando. Cuando
nos fijamos en algo, no solo estamos viéndolo como lo que es, sino que
además lo observamos con unas capas de interpretación personal añadidas.
Al mirar una manzana, es fácil pasar por alto el hecho de que viene
acompañada de una cierta actitud hacia ella: ¿te gustan las manzanas o las
odias? ¿Las prefieres rojas o verdes? ¿Peladas y cortadas o directamente del
árbol? ¿Te recuerdan a Blancanieves o a Guillermo Tell? ¿Te traen a la
memoria el día en que te atragantaste al darle un mordisco a una o que
golpeaste a un amigo en la nuca con el corazón de una manzana? Una
manzana es una manzana hasta que la observamos, y entonces se convierte
en nuestra versión de la manzana.
Esa es la razón por la que tenemos diferentes gustos, estilos y
preferencias. Por ese motivo no puedes ver lo que a tu amigo le atrae de su
pareja. Nuestra memoria proporciona estas capas. Hemos aprendido lo que
nos gusta y lo que no. Nuestra actitud hacia las cosas ha evolucionado a lo
largo de la vida.
Tu cerebro retrocede constantemente al pasado en busca de relaciones
entre lo que te está sucediendo ahora y lo que te ocurrió anteriormente. A
continuación, emplea las conexiones que encuentra para predecir lo que
probablemente te sucederá a renglón seguido. Si tu cerebro encuentra una
conexión entre un acontecimiento actual y un evento pasado que fue
interpretado de manera negativa, imaginará que una consecuencia negativa
está de camino. Tratar de defenderte de esta consecuencia desencadena una
respuesta de protección, lo que te quita el control de tus acciones y te hace
pasar por una serie predecible de comportamientos diseñados para ayudarte
(básicamente, variaciones sobre un tema de agresión, evitación o
paralización), incluso cuando no lo consiguen.
En caso de amenaza, el cerebro tiene a su disposición algo que
denomino sistema de protección. Cuando el cerebro percibe un ataque
inminente, este sistema prepara una de las siguientes tres respuestas. Te
preparas para luchar, para huir o para paralizarte. Para emprender
cualquiera de estas tres acciones, las hormonas se liberan a fin de elevar
nuestra presión sanguínea, razón por la cual tiendes a temblar; tu
respiración aumenta para llevar más oxígeno a tus músculos y para que
puedas respirar con mayor rapidez; la temperatura de tu cuerpo aumenta
porque tus músculos son más eficientes si están calientes (así que sudas); tu
sangre se desvía del estómago para llevar el oxígeno necesario a los
músculos que emplearás para luchar o para huir –de ahí esa sensación que
experimentas y que en mi familia recibe el nombre de mariposas en el
estómago–. Por último, si la amenaza es lo suficientemente grave, el flujo
sanguíneo se reduce en la parte de nuestro cerebro que se ocupa de la
planificación y el pensamiento a nivel superior. Esto se debe a que nuestro
sistema de protección evolucionó principalmente para lidiar con aquello que
trataba de comernos, y el hecho de pensar puede retrasar nuestras
respuestas. Como resultado de ello, existe una máxima que tiende a ser
cierta: las emociones fuertes nos vuelven estúpidos.
Si, por el contrario, tu cerebro asocia la situación presente con un
acontecimiento pasado positivo, este predice un futuro inminente placentero
y cambia a otro sistema –el sistema de recompensa–. Esto libera dopamina
en tu cerebro, lo que produce una sensación agradable que te sirve de
motivación para seguir buscando esa sensación.
Dicho de manera muy simple, estos son los dos sistemas químicos que
impulsan la dirección que toma nuestra vida momento a momento. En
circunstancias ideales, viviríamos una vida de crecimiento puro en la que
cualquier persona a la que conociésemos nos nutriría, nos animaría, nos
querría y nos apoyaría. Nuestro cerebro joven interpretaría todo aquello que
nos sucediese de un modo que pronosticaría que más cosas nuevas están a
punto de llegar. Nada conseguiría amenazarnos ni hacer que nos
sintiésemos inseguros. Este es el paraíso de la dopamina. Que levanten la
mano aquellas personas cuya vida acabo de describir. Así es, ninguna.
Si tenemos suerte, tendremos un poco de todo. Nos suceden cosas
buenas, cosas malas y muchas otras intermedias. Por lo general, las cosas
buenas se refuerzan, de tal manera que crecemos motivados para hacer
cosas en las que hemos aprendido que somos buenos; por otra parte, las
cosas malas que nos suceden nos proporcionan algunas respuestas de
protección saludables que nos mantienen alejados de las cosas
verdaderamente malas. Ahora bien, aunque tengas suerte, tu cerebro todavía
seguirá cometiendo algunos errores de comprensión o llegará a
conclusiones erróneas a lo largo del camino.
Sea cual sea el origen, todos nosotros tenemos algunos errores de
software en nuestra programación. Algunos de ellos se producirán porque
ciertas personas mayores nos alimentaron con sandeces que trataron de
vendernos como la verdad –como cuando mi madre me decía durante mi
infancia que cualquiera de mis comportamientos que no le gustaban iba en
contra de la ley–. Algunos errores procederán de nuestras propias
equivocaciones al interpretar lo que nos está pasando o lo que está
sucediendo a nuestro alrededor. Recuerda que, si eres padre, a veces serás el
proveedor de las cosas que conducen a los errores de cálculo de tus hijos.
En ocasiones esto se debe a que tus hijos malinterpretan lo que dices o lo
que haces, algunas veces porque hablas desde la ira, el miedo o la
frustración, y otras porque estás transmitiéndoles las sandeces que no has
conseguido resolver. Algunos de estos errores de cálculo no tendrán
trascendencia, mientras que otros moldearán a tus hijos y sus vidas. La
dificultad de todo esto es que no sabrás cuál es cuál. Tus hijos olvidarán las
cosas que tú considerabas asuntos importantes. Las cosas que considerabas
triviales permanecerán en sus cabezas. Esa es la razón por la que ningún
niño deja atrás la etapa de la infancia sin problemas, y también es el motivo
por el que, como padres, deberíamos olvidarnos de intentar criar a nuestros
hijos de manera perfecta y dejar de atormentarnos cuando no lo
conseguimos.

Lo que hacemos frente a lo que somos


En una ocasión tuve una clienta llamada Lisa que vino a verme quejándose
de su baja autoestima. Cuando lo primero que hacen los clientes es describir
sus problemas de baja confianza, a menudo generalizan y dicen: «No tengo
ninguna confianza». Esto no suele ser del todo cierto. Al examinarla, esta
afirmación queda mejor definida, se vuelve más contextual. «Hay ocasiones
en las que carezco de la confianza necesaria» es una proposición muy
diferente de: «No tengo ninguna confianza». El cerebro emplea el truco de
tomar las cosas que no hacemos bien y aplicarlas a las personas que
creemos ser. Lo que debería ser: «En ocasiones actúo de forma estúpida» se
convierte en: «Soy estúpido». «En ocasiones me quedo mudo cuando estoy
con otras personas» se expresa como: «Soy aburrido». Confundimos lo
que hacemos con lo que somos. He descubierto que resulta mucho más
sencillo ayudar a que las personas cambien lo que creen hacer que lo que
creen ser. Todos nosotros tendemos a aferrarnos a las creencias sobre
nuestra identidad de manera vehemente, incluso cuando hacen que nos
sintamos infelices.
En este caso, el problema de Lisa comenzó con un: «No soy lo
suficientemente buena», un problema que le estaba causando ansiedad
sobre su capacidad para mantener su puesto de trabajo. Tras algunas
preguntas, el contexto se redujo a ciertos momentos en el trabajo: «A
menudo me siento inferior a las personas que me rodean en el trabajo. Soy
consciente de que sé tanto como ellas, pero, en ocasiones, este sentimiento
de inferioridad me impide intervenir en las reuniones o presentar mi
candidatura para un ascenso». En la terapia empleo una técnica para ayudar
a que las personas sigan su historia al revés a fin de hallar la raíz de su
problema. Lisa descubrió que su problema había comenzado
aproximadamente a los ocho años, durante su etapa escolar. Un profesor le
pidió que se pusiera de pie y que respondiera una pregunta. Como era una
persona introvertida (a la que no le gustaba actuar delante de los demás),
esto le suponía un pequeño desafío. Lisa quedó aturdida, se puso roja y
comenzó a tartamudear. Sus compañeros de clase empezaron a reírse
tontamente. Por desgracia, su profesor era uno de esos que no debería serlo.
La sermoneó a causa de su estupidez. Como era de esperar, la respuesta que
finalmente logró pronunciar era completamente errónea, lo que provocó que
sus «amigos» se divirtiesen todavía más y que el profesor la despreciase un
poco más. Lisa huyó llorando. En mi trabajo, denominamos a esto
Acontecimiento Emocional Significativo (AES). En un contexto negativo,
se trata de un momento en el que nuestros cerebros identifican fuertemente
una amenaza para nosotros, tanto física como social –el miedo al rechazo es
un gran ejemplo de esta última–. En un contexto positivo, nuestro cerebro
reconoce una oportunidad de crecimiento y nos motiva para buscar más
experiencias similares. El aumento de la confianza y del amor propio son
consecuencias habituales de estas experiencias.
Cuando tiene lugar un AES, el cerebro hace una «fotografía» a baja
resolución que recoge información de los cinco sentidos. Nuestra memoria
emplea toda esta información como fuente de comparación entre ese
acontecimiento y las experiencias por las que pasamos después. Así que, en
el caso de Lisa, todo lo que estaba presente en el momento de este primer
AES –el incidente en la escuela– pudo ocasionar que un acontecimiento
posterior estuviese conectado a ese primero –p. e., personas mirándola; una
figura de autoridad planteándole una pregunta; posiblemente, incluso el
color de las paredes–. Es un poco como el juego Snap [2] . Cada momento
de tu vida es una carta que el cerebro compara con el conjunto de cartas
AES que tiene. Si decide que hay alguna coincidencia, grita «¡snap!». Si se
trata de una carta de protección, se producirá una respuesta de protección.
Si se trata de una carta de crecimiento (un AES positivo), se producirá
una respuesta de crecimiento. En el caso de Lisa, todas las situaciones
supuestamente coincidentes con el acontecimiento inicial se percibirían
como amenazantes. La respuesta del cerebro a una amenaza consiste en
adoptar una respuesta de protección que nos lleva a luchar, a correr, como
en el caso de Lisa, o a paralizarnos. El problema es que cuando una
emoción negativa, como el miedo de parecer estúpido, impulsa nuestras
acciones, tiende a llevarnos a lo mismo que estamos tratando de evitar.
Un ejemplo de ello es el de una mujer que vino a verme con un
historial de relaciones rotas. Detectamos que tenía la creencia de que era
antipática. Cada vez que comenzaba una relación con alguien esperaba
sufrir un rechazo. Su respuesta a este miedo consistía en ser demasiado
cariñosa, celosa y en tener cierta dependencia emocional. Los intentos por
mantener a sus parejas provocaban el alejamiento de estas. Otro ejemplo es
el de un hombre que cree no ser lo suficientemente bueno. Para
compensarlo trabaja muy duro en su puesto de trabajo, pero, a causa de sus
dudas, lo revisa todo una y otra vez. Se atrasa con sus plazos de entrega, es
indeciso y dirige a su equipo al milímetro. La productividad de su
departamento desciende y pierde su trabajo, lo que refuerza su creencia
original de que no era lo suficientemente bueno.
En ocasiones denomino a los AES acontecimientos «mariposa», como
en el «efecto mariposa» –la idea de que el aleteo de una mariposa en el
Amazonas puede ocasionar una tormenta en Australia un mes más tarde–.
En algo tan complejo como el tiempo o el cerebro, algo pequeño puede
tener un efecto amplificador con el paso del tiempo. Lo que podría
comenzar siendo un acontecimiento relativamente menor en la infancia
podría convertirse en algo realmente significativo en la edad adulta. Cuanto
más suceda una cosa, más creerá nuestro cerebro que sucederá de nuevo.
En las situaciones que no constituyen un AES, el cerebro actualizará
las primeras decisiones en función de lo que aprenda más adelante. Por
ejemplo, con cierta frecuencia entro en un aula repleta de personas que
están esperando a que les dé clase. A medida que me adentro en el aula
experimento un sentimiento de emoción y, bueno, de felicidad. Eso no
siempre ha sido así. Cuando comencé a enseñar, mis piernas solían temblar,
literalmente, de camino al aula. Ya desde el principio me encantaba enseñar,
pero el hecho de caminar hacia un aula llena de gente y de ser el centro de
atención constituía todo un desafío. No era el único al respecto. Una
encuesta mostró que el mayor miedo que experimentaban los americanos
era el miedo a hablar en público, seguido del miedo a la muerte. Como
observó Seinfeld, ello sugería que la persona que pronunciaba el panegírico
fúnebre preferiría ser la que está en el ataúd. Mi cerebro estaba convirtiendo
los contenidos del aula en algo amenazante. Más tarde, cuando me
acostumbré a la enseñanza, mi cerebro dejó de crear esa misma respuesta.
¿Por qué mi cerebro actualizaba mi experiencia y el de Lisa no lo hacía?
Parece que, cuando una experiencia se registra como un acontecimiento
mariposa, su propósito consiste en «reparar» tu respuesta. Tu cerebro
preferiría que tomases la misma decisión equivocada cien veces a que
fracasases al responder una sola vez al peligro que representa un AES. Es
probable que mi miedo inicial frente al grupo fuera únicamente una
consecuencia natural de mi introversión. Ello no se vio agravado por un
AES, como en la situación de Lisa, así que mi cerebro fue capaz de
actualizar el significado de la experiencia de manera positiva a medida que
me relajaba y ganaba confianza. En ocasiones, como en el caso de Lisa,
nuestro pasado sigue persiguiéndonos. No tiene por qué ser así.
Contamos con diferentes modos de deshacer el aprendizaje pasado.
La idea cristiana de que el hombre nace pecador ha influenciado
nuestra cultura durante bastante tiempo. Asimilamos fácilmente la idea de
que hay algo inherentemente malo en nosotros. El punto de vista de Freud
no ayudó en este asunto. La idea de que tenemos un Ello desagradable e
inconsciente luchando por expresarse, esperando a saltar y a hacer cosas
espantosas en cuanto el Ego se descuida, convierte la vida en una batalla
constante dentro de nosotros mismos. Yo estoy sugiriendo algo
fundamentalmente diferente. Estoy sugiriendo que nacemos para crecer.

Todo lo que necesitas es amor


Gil Boyne, con más de cincuenta años de experiencia clínica, fue uno de los
hipnoterapeutas más famosos del siglo XX. A mediados de la década de
1970, ayudó a un actor joven y luchador llamado Sylvester Stallone con una
condición conocida como bloqueo del escritor, que este padecía. Unos
meses más tarde escribió Rocky. Tuve la suerte de tener a Gil como mentor
y amigo. Durante el transcurso de su trayectoria clínica, llegó a la
conclusión de que la raza humana sufre de una creencia limitadora universal
que parece que todos nosotros adquirimos en la infancia en mayor o menor
grado: que no somos amados o que no merecemos ser amados.
Me resistí a su conclusión durante muchos años. Hoy en día, me
resulta difícil rebatirla porque la veo a menudo, no solo en mis clientes, sino
también en la gente con la que me cruzo a diario.
Nuestra respuesta de protección ha evolucionado para hacer frente a
las amenazas a las que nuestros ancestros se enfrentaron durante millones
de años. Estas amenazas se presentan, principalmente, de dos maneras. La
primera es obvia, las amenazas físicas a nuestra vida. La segunda clase son
las amenazas a nuestro bienestar social. Cuando nos observamos, somos
bastante enclenques en relación con los seres que trataban de cazarnos, o
incluso con los que nosotros estábamos cazando. En realidad, deberíamos
haber sido una presa fácil. Nuestro gran cerebro fue lo que nos salvó. Nos
permitió cooperar y colaborar con los demás, lo que niveló las
oportunidades en lo referente a las matanzas. Como bandas itinerantes de
cazadores-recolectores, aprendimos a llevarnos bien y, como consecuencia
de ello, nos desarrollamos. También aprendimos que el hecho de no
llevarnos bien, de no estrechar lazos con nuestra tribu, de no tener a nadie
que se preocupase por nosotros, llevaba a la exclusión y a la muerte
inevitable. Cuanto más valorado o querido te sentías por los demás, más
cerca del calor del fuego te sentabas, más grande era el pedazo de la res
muerta que cenabas, y mayor era el número de amigos que tenías. Nuestra
posición social era algo importante. Y todavía hoy lo sigue siendo.
El modo en que escalamos la pendiente resbaladiza de la aprobación
social y recolectamos el amor de los demás comienza pocas horas después
del nacimiento. Una de las primeras cosas que aprende a hacer tu hijo es a
reconocer las caras. En particular, las caras de las personas que le rodean y
que tendrán más probabilidades de alimentarlo y protegerlo. Aprende lo que
entretiene a los criadores y lo que hace que siga recibiendo sus atenciones.
Los bebés aprendieron bien temprano que no había servicios sociales en el
Neolítico, así que se hicieron expertos en ser adorables y entrañables.
Básicamente estaban tratando de ser imanes de amor.
Los niños se hacen rápidamente sensibles al lugar que ocupan en el
mundo social. Aprenden cuáles son los comportamientos que obtienen la
aprobación (más amor) de sus padres, y cuáles provocan que esa aprobación
desaparezca o que se les imponga un castigo (los que consiguen que se
sientan no queridos, según la manera sencilla en que los niños entienden las
cosas). Puede enseñarse a los niños que cualquier comportamiento es bueno
o malo en función del modo en que son recompensados o castigados. Todos
nosotros sabemos que es posible convencer a los niños de que hagan cosas
horribles a fin de sentirse amados o aceptados.
Más adelante, esta búsqueda de la aceptación y del amor continúa con
nuestros iguales. Observa cómo juegan los niños. El juego del niño es de
todo menos un juego; es un intercambio sutil y complejo de señales que
determina los roles y la jerarquía. Por encima de todo, lo que los niños
quieren evitar es el rechazo de su grupo, que es una de las razones por las
que a los fabricantes les ha resultado tan fácil relacionar la autoestima de un
niño con las marcas que viste. Lo único que no se les permite es ser
diferentes a su grupo, porque, como hemos visto, en un nivel primitivo, la
diferencia es peligrosa. Hace mucho tiempo, los demás clanes y el resto de
tribus representaban un peligro potencial y una competencia para nuestros
recursos. Todas las tribus primitivas, desde los Toulambi en Nueva Guinea
hasta los hinchas del Arsenal, se visten de una manera determinada para
distinguirse de los demás. Crean sus propias composiciones y sus cánticos;
sus propias tradiciones. Esto no es muy diferente en el caso de nuestros
hijos, y es así por la misma razón: para crear una sensación de pertenencia y
cohesión dentro del grupo. Dentro de ese grupo emerge una jerarquía
basada en lo que cada grupo aprende a valorar. Una vez pudo ser la caza o
la destreza para cocinar. Ahora, entre los jóvenes de hoy en día... no lo sé...
¿La velocidad a la que escriben los mensajes de texto? ¿El número de
carteles de Justin Bieber que tienen en la pared? Y lo mismo sucede con
nosotros, los adultos. Ya desde nuestra infancia, buscamos acciones que
hemos descubierto que nos proporcionan una recompensa social (amor, en
términos de Gil), y evitamos todo aquello que provoca que seamos
rechazados –en primer lugar, por parte de nuestros padres y, más tarde, por
parte de nuestros amigos, de nuestros iguales y de nuestros compañeros.

Tendemos a conseguir el futuro que esperamos


Imagina que, a la edad de cinco años, te escogen para ser el hada de
Navidad en la función de Navidad de la escuela. Es tu gran momento y, a
instancias de tu profesor, subes las escaleras que dan al escenario a toda
prisa con tu tutú. Por desgracia, tu pie tropieza con el último escalón y
entras por la parte izquierda del escenario deslizándote sobre tu vientre, al
tiempo que tu varita vuela hacia la audiencia, que se ríe debidamente. Se ríe
mucho. Este es uno de esos momentos similar al de los «dos hermanos» que
comentamos anteriormente. La niña podría ver la mirada avergonzada de su
madre e interpretarla como una desaprobación de su torpeza. Se siente
avergonzada por las risas. Su cerebro almacena el acontecimiento como
algo que debe evitarse en el futuro. Posteriormente, cualquier situación que
implica sentirse observada por otras personas se asociará a este
acontecimiento mariposa (o a un AES), y se preverá un desastre similar. La
respuesta de protección se activa. La suya se convierte en una vida en la que
el hecho de actuar o de hablar delante de otras personas se evitará a toda
costa. Cada acontecimiento similar se relacionará con los acontecimientos
que se produjeron anteriormente. La anticipación negativa se amplificará
con cada refuerzo. Esta fue, por desgracia, la interpretación de mi clienta.
Sin embargo, esta no fue la única interpretación que tuvo a su disposición.
Una alternativa podría haber sido la siguiente: dejó de deslizarse, vio a la
gente riéndose e interpretó esas risas como una aprobación. El recuerdo se
almacenó como un acontecimiento mariposa positivo. Desde ese momento,
anticipándose a una oportunidad de hablar, cuando su cerebro preguntaba:
«¿Cómo va a ser?», asociaba esta nueva situación a ese primer
acontecimiento mariposa positivo –a ese sentimiento de aprobación–. Cada
experiencia positiva posterior se construía sobre la última. Esta creciente
cadena de conexiones la llevó a una mayor confianza ante estas ocasiones.
Se convirtió en alguien que adoraba hablar frente a una audiencia. El éxito
engendra la expectativa del éxito, al igual que el fracaso engendra más
de su propia especie.
El nivel general de confianza en nosotros mismos tiende a consistir en
un equilibrio entre el número de situaciones que atravesamos en la vida en
las que tenemos una sensación positiva sobre nuestra competencia (y sobre
la aprobación de los demás) frente al total de aquellas en que tenemos una
sensación negativa al respecto. La mayoría de nosotros tendremos unas
cuantas situaciones en las que nuestra confianza nos abandone, y algunos de
nosotros pasaremos por muchas de estas situaciones. Algunos de nosotros
nos juzgaremos con dureza a nosotros mismos en esos momentos de
abandono, mientras que otros serán más indulgentes.
Para cada episodio particular, como el que hemos descrito
anteriormente, habrá un millón de pequeñas versiones intermedias. Cada
acontecimiento posterior, combinado con el original, tiene el potencial de
mejorar la respuesta en mayor o menor medida, de agregar una variación al
contexto o de aminorarlo. He escuchado historias de vida de diferentes
clientes en las que un incidente similar dio lugar a un temor a los exámenes,
a hablar en público, a conocer a gente, a equivocarse; la lista es extensa,
pero está conectada por un único impulso organizador: un miedo a la
desaprobación de los demás o, en términos de Gil Boyne, un temor a la
retirada del amor. En última instancia, un único acontecimiento puede
ocupar un lugar central en la baja autoestima de alguien.
No siempre se producirá un único acontecimiento. El goteo constante
de mensajes que recibimos por parte de nuestros padres es igual de común:
nos dicen que, en cierto modo, no somos lo suficientemente buenos, que
nunca alcanzamos el nivel con el que ellos se sienten felices, que no somos
lo que ellos pidieron a la cigüeña, que somos una decepción. En unas
ocasiones, esto se debe a nuestra interpretación errónea. En otras, estos
mensajes son el resultado de la propia infelicidad personal de nuestros
padres. Son incapaces de guardarla para sí mismos, así que la extienden a
sus hijos, quienes, tristemente, a veces se la pasan a los suyos.
Algunas investigaciones han demostrado que, si una madre primeriza
tuvo una infancia en la que su madre no creó un apego seguro a través de
las caricias y la atención de las que hablé anteriormente, le resultará mucho
más difícil proporcionar un ambiente seguro y propicio a sus hijos. Con los
clientes, a menudo percibo esta sensación de un ancestro infeliz, cuya
aversión hacia sí mismo ha pasado de generación en generación, como una
reliquia familiar no deseada. La fuente se perdió hace mucho tiempo, y todo
lo que queda es esa la clase de familia que parece ser genéticamente infeliz.
No creo que esta clase de clientes lo sean necesariamente, sino que tan solo
se están manteniendo fieles a la enseñanza introyectada por sus padres y por
sus abuelos. Esto no tiene por qué ser así. Si esto te recuerda el caso de tu
familia, podrías formar parte de la generación de padres que terminó con
esto.
El transcurso de nuestras vidas está influenciado por nuestra
interpretación de lo que nos sucede cuando deambulamos por el mundo –
una interpretación que resulta abrumadoramente inconsciente–. La buena
noticia es que esto significa que el mundo en el que deambulamos no es el
mundo tal y como es, sino el mundo tal como lo haces, lo que significa que
tienes el poder de cambiarlo.

Como, como, como...


Los niños suelen equivocarse como consecuencia de los errores de cálculo
sobre el motivo por el que suceden las cosas, y ello se debe a que sus
cerebros están buscando razones de manera continua:

• Como papá regaña a sus hijos por equivocarse al hacer las sumas
cuando llega cansado a casa al final del día, ellos llegan a la
conclusión de que son estúpidos. Peor incluso, concluyen que él
no los quiere.
• Como mamá está ocupada con la nueva hermanita, no parece pasar
tanto tiempo con sus otros hijos, a menos que estén enfermos.
Meterse en problemas se convierte en un modo de llamar su
atención.
• Como sus padres están pasando una mala racha, tienen un carácter
más irritable y les regañan más. Su hija hace todo lo posible por
agradarles. Cuando se separan, se culpa a sí misma. A medida que
crece, continúa complaciendo a las personas con la esperanza de
que no suceda nada malo. Se hace responsable del bienestar de
todos los demás.
No estoy sugiriendo con ninguno de estos ejemplos que la conclusión a
la que llega la niña sea inevitable. Otros niños podrían darles significados
completamente diferentes a estas situaciones. Lo cierto es que nunca sabes
la conclusión a la que está llegando cada niño. Y no puedes estar siempre
presente para guiarlos hacia el significado correcto. Esa es la razón por la
que repito que, como padre, el hecho de descartar la idea de criar a tu hijo
sin ningún tipo de problema te resultará de ayuda. Relájate un poco. Uno
nunca sabe, ni puede controlar, qué sentido van a darle tus hijos a todas las
cosas que les van a suceder. No puedes ser perfecto.
Un cerebro joven que busca las causas –tal y como está programado– y
que todavía cree que todo tiene que ver con él, es capaz de llegar a
conclusiones asombrosamente erróneas.

Consejo sobre la crianza:


identifica los errores causativos

Si tu hijo dice algo que indica que está teniendo pensamientos o


sentimientos para protegerse a sí mismo –tales como: «Soy estúpido»,
«nunca seré capaz de...», «nadie me quiere» o «no puedo hacer x...»–,
pregúntale con delicadeza: «¿Por qué?». Esto suele revelar la creencia
subyacente que crea el efecto presente en sus afirmaciones. Una vez que
seas consciente de ello, encontrarás cosas a lo largo de este libro que podrás
hacer para «deshacer» este error.

Los diferentes modos que tenemos de saber que somos amados


Cuántas veces he escuchado a parejas quejarse: «Si no haces x significa que
no me quieres», o: «Puedo ver que se ha desenamorado de mí porque no me
abraza / porque no me cuenta cosas / porque no me mira como solía
hacerlo». En mi libro Lovebirds, explico con todo lujo de detalles cómo
cada uno de nosotros tenemos modos de saber que somos amados. Hablo
principalmente de las equivalencias, en las que A (un determinado
comportamiento) = B (amor). El punto clave aquí es que las equivalencias
que tú tienes para el amor podrían no ser las mismas que las de tu pareja o
que las de tus hijos. Podrías llevar a cabo todos los comportamientos que tú
consideras cariñosos sin que ellos dejasen de sentirse no queridos. Mientras
tanto, tus hijos hacen todo lo que está en sus manos a través de sus acciones
para obtener la evidencia que les falta de que te preocupas por ellos –
incluso aunque se porten mal–, y tú podrías pasar por alto o malinterpretar
estos signos por completo. Cuando trabajo con clientes que fuman o que
quieren perder peso, a menudo advierto algo interesante: el cigarrillo, o un
determinado tipo de comida, tienen una equivalencia emocional, como, por
ejemplo: chocolate = amor, compañía, consuelo o rebelión. Por ejemplo,
¿cuántos padres recompensan las buenas conductas de sus hijos dándoles
caramelos? Con el tiempo, los caramelos pueden convertirse en una
expresión de amor o de aprobación por parte del padre. Avanza ahora veinte
años y piensa en un mal día en la oficina en el que te hayan gritado. ¿Te
sorprende que tu inconsciente alcance una chocolatina en un intento de
ayudarte a sentirte mejor contigo mismo?

Consejo sobre la crianza:


piensa en aquello con lo que recompensas a tus hijos

Recompensa a tu hijo con experiencias, con tu tiempo o con tu atención, no


con cosas como caramelos o juguetes.

Es lo mismo, pero diferente


Tu hijo va a enfrentarse a muchas situaciones para las que su vida no tiene
equivalencias y en las que su cerebro interpreta el acontecimiento de
manera incorrecta. Esto se puede aplicar a todas las primeras experiencias.
Si eres consciente de que cada una de ellas constituye un momento
potencial en el que su joven cerebro puede volver a un estado de protección
simplemente porque se ha visto abrumado por la falta de reconocimiento,
entonces estás listo para ofrecerle la orientación sobre cuál es la mejor
conclusión de «crecimiento» que puede extraerse de todo esto. El primer
día en la escuela puede convertirse, por miedo, en una pérdida de la madre
o en un rechazo por su parte. De manera alternativa, puede convertirse en
una oportunidad de hacer nuevos amigos y divertirse. Veo esto con mucha
claridad en los padres primerizos y en su respuesta a las caídas de su hijo.
Con frecuencia el niño queda conmocionado por lo repentino de la caída y
dirige la mirada hacia su padre. Si el niño ve a un padre temeroso, asustado
o que lanza una exclamación alarmado, esta reacción suele desencadenar
una respuesta llorosa en el niño. Tras unas pocas experiencias, esta ya no es
una experiencia «diferente». Es una experiencia para la que se ha creado
una equivalencia –los sentimientos que surgen tras la caída deben evitarse,
son dolorosos o son motivo de alarma en el padre–. El niño aprende a tener
miedo del «dolor» o de los acontecimientos que podrían llevar a él.
Comienza el viaje de la mariposa hacia la aversión al riesgo y hacia la
sensibilización exagerada con respecto a los sentimientos desagradables.

Consejo sobre la crianza:


crea experiencias de crecimiento

Cuando tu hijo experimente algo por primera vez, presta atención. En caso
de que muestre cierta reticencia o cierta inseguridad, evita los juicios sobre
su respuesta a esta experiencia. Evita frases como: «No seas crío / estúpido
/ aguafiestas». Piensa: «¿Qué es lo que quiero que aprenda de todo esto?
¿Dónde está el lado positivo con el que puedo hacer que se sienta bien?
¿Qué es lo más alentador que le puedo decir?». Céntrate en alabar
cualidades tales como la determinación, más que en el logro real.
Por ejemplo, el otro día observé a Tara, mi nuera, cuando Heath
exploraba por primera vez un parque infantil. Estaba muy indeciso. Tara
evitó etiquetar esa situación de manera negativa. En vez de ello, dijo:
«¿Estás yendo despacio y con cuidado? Es una buena idea hasta que te
acostumbres al columpio. Buen chico, no hay ninguna necesidad de correr.
Limítate a subir solo por una cuerda si puedes... eso está bien». Todo lo que
hacía, incluso cuando decidía no subir más alto, se recompensaba con una
respuesta positiva. «¿Es eso lo bastante alto por ahora? Eso está bien. Te
felicito por haberlo intentado». No había ni un solo indicio de fracaso, solo
de logro. Y, aquella misma tarde, estaba correteando por el parque infantil
sin un atisbo de preocupación.

Cuando Philip Larkin escribió,


«Te joden la vida, tu madre y tu padre»
estaba hablando, en gran medida, de cómo estas equivalencias, así
como la malinterpretación de la causa y el efecto en ciertas situaciones, se
acumulan a lo largo del tiempo e incluso entre generaciones. Los niños que
no reciben señales por parte de sus padres de que son queridos y valorados
a menudo terminan convirtiéndose en padres que tampoco envían esas
señales, o que envían mensajes que proyectan su propio sentimiento de baja
autoestima o de indefensión en sus hijos. Recuerdo una madre que vino a
verme que se había sentido sistemáticamente decepcionada por su padre
tras el divorcio de sus padres. Solía sentarse durante horas frente a la
ventana de la casa de su madre esperando a que el coche de su padre se
detuviese en la calle, y el hecho de que la mayoría de las ocasiones no
llegase hacía que se sintiese decepcionada. Al reflexionar sobre el efecto
causal de esta experiencia, se dio cuenta de que su respuesta por defecto
frente a cualquier situación de excitación en sus hijos era: «No os
emocionéis demasiado, probablemente no suceda». Los mensajes negativos
pasan de generación en generación, como reliquias familiares no deseadas.

Plástico y fantástico
La investigación científica ha puesto fuera de toda duda que nuestro cerebro
es plástico. Para reconocer esto tan solo tienes que leer sobre las víctimas
de derrames cerebrales cuyos cerebros se han reprogramado para evitar los
daños a fin de reconectar las habilidades perdidas. Estoy convencido de que
esta plasticidad se aplica de igual manera a nuestro sentido de la propia
identidad. No estamos atrapados en un modo fijo de ser. Nuestro sentido
de la propia identidad no es un uniforme, es un personaje en una historia
que escribe tu cerebro para guiarnos de manera segura (aunque no siempre
felizmente) a través de la vida. Una vez que nos damos cuenta de esto
comenzamos a convertirnos en los escritores de nuestra historia y la
convertimos en una epopeya. Enseñemos a nuestros hijos el modo de tomar
el control de su narración desde una edad temprana.
C 2:
Las toxinas de nuestra cultura

Confundir la adquisición con el crecimiento


Vivimos en la era más opulenta de la historia de la humanidad y, con todo,
la depresión se ha convertido en una epidemia en la cultura occidental. La
Organización Mundial de la Salud predice que, en 2020, la depresión será la
segunda enfermedad más devastadora. En Gran Bretaña, según la Oficina
Nacional de Estadística, un 10% de sus 60 millones de habitantes sufre
depresión en un momento dado. Creo que nuestra cultura de consumo, que
hace especial hincapié en la búsqueda de lo material, es la culpable. La
comida y el alojamiento adecuados son algo que la inmensa mayoría de
nosotros damos por descontado, lo que nos permite el lujo de aspirar a más.
¿Estamos a la altura de las expectativas que nosotros mismos nos marcamos
o que otros nos marcan? Es una pregunta que podemos permitirnos el lujo
de plantearnos. Pero, ¿cómo podemos obtener las respuestas? Por lo
general, con los símbolos que nos han vendido como insignias del éxito –
tales como, por ejemplo, las casas, los coches, las ropas y las marcas–.
«Cosas». Nos hemos visto seducidos por los vendedores y creemos que, en
cierto modo, sus productos representan las personas que somos. ¿Cómo
podemos ser vistos del mejor modo posible por aquellos que nos rodean?
Coleccionando las mismas insignias que ellos, pero un poco más brillantes.
Desde el momento en que somos capaces de alcanzar algo con nuestras
manos, estamos sometidos a los intentos de influir en nuestras elecciones
por parte de los otros. Esos intentos son cada vez más insidiosos y es casi
imposible ignorarlos o evitarlos. Las empresas, al usar nuestros egos
jóvenes y frágiles en busca de mayores beneficios, pueden ocasionar un
gran daño a nuestra autoestima y convertirnos en personas que sacrificamos
nuestra propia felicidad en una búsqueda interminable del estatus.

La publicidad
Hubo un tiempo en que los anuncios de productos tales como los zapatos
acostumbraban a centrarse en la calidad de su fabricación y en cuánto
duraban. Ahora es más una cuestión de lo guay que serás llevándolos
durante los tres meses que sobrevivirán antes de hacerse pedazos, justo a
tiempo para los colores de la siguiente temporada. Sería exagerado decir
que un único hombre fue el responsable de este cambio, aunque quizá no
tanto. Edward Bernays se interesó en el poder de la propaganda tras trabajar
en una campaña de Woodrow Wilson que buscaba propiciar un cambio en la
opinión pública americana a favor de la intervención en la Primera Guerra
Mundial. Le sorprendió el modo en que la gente podía ser influenciada, y se
preguntó si esas tácticas podían emplearse en tiempos de paz. Bernays
inventó el término «relaciones públicas» –sí, las RRPP son obra suya–, y
denominó a estas técnicas que moldeaban la opinión ingeniería del
consentimiento. Uno de sus éxitos, por el que todos podemos estarle
agradecidos, es su trabajo para la industria del tabaco, con el que consiguió
que el hecho de que las mujeres fumasen en público se convirtiese en algo
socialmente aceptable. En 1929, Bernays organizó el Desfile de Pascua de
Nueva York y contrató a modelos para que posasen con cigarrillos
encendidos a modo de «antorchas de libertad». La mayor frecuencia del
cáncer de pulmón en las mujeres se convirtió en un indicador de su
emancipación.
Sus ideas se extendieron rápidamente. En 1952, la empresa de
alimentación General Mills pidió a dos contemporáneos de Bernays que le
ayudasen a promover su nueva invención –una mezcla instantánea para
hacer pasteles –. Las mujeres no la estaban comprando. Su solución
consistió en quitar el huevo en polvo de la mezcla, para que las cocineras
tuviesen que añadirle uno. ¿Cuál era la razón de ello? Hacía que las mujeres
sintiesen que todavía eran cocineras. La ciencia ha demostrado con bastante
claridad que, en realidad, no somos criaturas lógicas, que nuestras
emociones gobiernan la mayor parte de nuestras decisiones. Esto es un
ejemplo de ello. Desde el punto de vista de la lógica, no tiene ningún
sentido aumentar la complejidad de lo que pretende ser un producto que
ahorra trabajo y tiempo; pero, a nivel emocional, añadir un huevo y
remover la mezcla nos proporciona una mayor sensación de estar creando
algo. Y, en la década de 1950, para muchos, la autoestima de una esposa se
medía por su destreza culinaria. Esta fue la genialidad de Bernays y, al
mismo tiempo, su terrible legado. Reconoció que podía inducirse a las
personas a comprar cosas para hacer que se sintiesen mejor consigo
mismas. Desgraciadamente, por las razones que he descrito hasta ahora,
ninguno de nosotros dejamos atrás la infancia con nuestra autoestima
completamente intacta. Nuestros cerebros buscan modos de mejorar esta
autoestima a los ojos de nuestros seres queridos y de nuestros vecinos. Esos
sentimientos ocultos de que no estamos a la altura de las circunstancias en
comparación con los demás nos deja como fruta madura para la cosecha. El
resultado ha sido el aumento de una cultura de consumo alimentada por una
industria de la terapia de compras que nos promete que nos sentiremos
«dignos» si llevamos sus productos. Tristemente, también significa que nos
sentimos mejores padres si nuestros hijos van vestidos a la moda actual, si
van en el cochecito «adecuado» y si llegan a la escuela en el «mejor» coche.
Tuve un cliente que vino a verme con estrés crónico. Una poderosa
señal de aquello que le provocaba estrés era su imposibilidad de pagar el
último modelo del coche que conducía. Su coche tan solo tenía un año de
antigüedad. «¿Cuál es la diferencia?», pregunté. «Bueno, los faros son de
otra forma...» y, a continuación, iba apagándose. Se hizo evidente que no se
trataba del coche, sino de lo que conducía al aparcamiento de la compañía
de servicios financieros para la que trabajaba. O, con mayor exactitud, de
los vehículos junto a los que tenía que estacionar –los nuevos coches de sus
jóvenes y ambiciosos compañeros–. Como siempre ha ocurrido, su cerebro
estaba comparándolo con el resto de su tribu y calculaba lo que haría falta
para acercarse al calor del fuego (o, en su caso, a la siguiente posición en su
carrera profesional). Nuestro patrimonio neolítico nos ha dejado con un
escáner mental que calcula cómo lo estamos haciendo en relación con las
personas a las que consideramos de nuestra tribu –y, en una aldea global,
ese club se ha expandido de forma masiva.
Esta necesidad de ser considerados como parte de una tribu y de que
sus miembros tengan una buena opinión de nosotros hace que tengamos una
mayor propensión a ser manipulados por personas que, de manera
inteligente, ven la oportunidad de conectar sus productos con nuestra
necesidad emocional de sentirnos aceptados por los demás.
Si nuestra infancia nos deja con la sensación de que nunca somos
aceptados como personas lo suficientemente buenas, nos convertimos en un
pozo sin fondo de gastos de consumo. Por lo general, esto nos atrapa en
trabajos que no nos gusta hacer con el fin de pagar cosas que no nos hacen
sentir tan bien como pensamos que les sientan a los demás. Esa es la cultura
en la que nos criamos y en la que estamos criando a nuestros hijos. Una
cultura que provoca una respuesta de protección ante cada pensamiento o
sugerencia de que podríamos perder los símbolos de nuestro estatus. Una
cultura en la que confundimos adquisición con crecimiento.
Esa es la razón por la que, como padres, hacer que tu hijo se centre en
el «éxito» a través de la definición típica del mismo es una receta que lleva
a una vida repleta de luchas insatisfechas. Una de esas insignias que, una
vez en casa, nunca brilla tanto como prometía el anuncio.
Se necesita mucho valor por parte de los padres modernos para negarse
a vestir a sus hijos con las que parecen ser las marcas favoritas de las otras
madres de la escuela, para negarse a modernizar sus teléfonos móviles
porque sus amigos tienen la última versión, o para no someterles a una
«educación invernadero» [3] a fin de que tengan un «mejor comienzo» en la
vida. Ahora bien, por lo que veo en mi clínica, si crías a tu hijo para que
valore a las personas y la naturaleza por encima de las posesiones
materiales, para que busque la diversión que implica desafiarse a sí mismo a
través de cualquier cosa que encuentre interesante, y evitas empujarle a tu
versión de la que podría ser su mejor vida, a la larga podrás sentarte y
disfrutar viendo lo que hace con su vida sin que haya un terapeuta en la lista
de marcación rápida de su teléfono móvil.

Consejo sobre la crianza:


la naturaleza fomentará lo mejor de tu hijo

Esto va a requerir valentía. Siempre que sea posible, limita el acceso de tu


hijo a la publicidad –evita la televisión, por ejemplo–. Existe un
movimiento denominado «Rewild the Child» [acercar a los niños de nuevo
a la naturaleza]. Investígalo. Cuanto más en contacto esté tu hijo con la
naturaleza, menos se dejará influenciar por aquello por lo que los
publicistas quieren que se preocupe.
Y, por si la placa de Petri de nuestra sociedad no tuviese las suficientes
toxinas procedentes de la industria publicitaria, también tenemos los medios
de comunicación...

No leas todo tipo de noticias


Mi abuela formó parte de una generación extraordinaria. Nacida en 1915,
estaba viva cuando los aviones comenzaban a hacer acto de presencia y
todavía seguía viva cuando llegamos a la Luna. Vivió toda su vida en un
radio de diez millas, pero escuchó historias de sus hijos y sus nietos sobre
los lugares en los que habían vivido o habían visitado por todo el mundo.
Pasó de que su padre le leyera el periódico y le contase lo que sucedía en el
mundo a escucharlo casi al instante en un canal de noticias 24 horas.
Si nos remontásemos a mi tatarabuela, el cuadro sería uno en el que el
ritmo de las noticias era todavía más lento. Antes de la invención del
telégrafo en la década de 1830, las noticias viajaban a la velocidad del
caballo, de la paloma o del barco más veloz. La batalla de Trafalgar tuvo
lugar en la costa de España el 21 de octubre de 1805. Las noticias sobre ella
llegaron al público londinense el 6 de noviembre. La batalla de El Álamo en
Texas tuvo lugar el 6 de marzo de 1836, aunque no se publicó en The Times
en Londres hasta el 17 de mayo. La gran ventaja de estos sistemas de
noticias limitados era que la gente estaba expuesta a una menor cantidad de
malas noticias. Aquello era una excelente noticia –para ellos.
La investigación muestra que nuestras mentes se muestran más
inclinadas a prestar una atención particular a las malas noticias. Un estudio
llevado a cabo por la Universidad de Zúrich determinó que en aquellos
casos en que las personas recibían informes sobre una amenaza para la
salud, consideraban que la investigación era más creíble cuando advertía de
la existencia de un riesgo que cuando no encontraba ningún peligro.
Tendemos a creer más en las cosas cuando se nos dice que algo va mal que
cuando nos dicen que existen evidencias de que todo va bien. Tiene sentido
que recurramos a nuestros ancestros por esta razón. Nuestros cerebros
buscan amenazas potenciales porque, antiguamente, eran muchas las
amenazas que podían matarnos. En cualquier situación, la primera pregunta
que debe responder nuestro inconsciente es: «¿Soy vulnerable?». Escuchar
que tu vecino se ahogó al caerse por un acantilado te advierte de que debes
ir con cuidado. Escuchar que un vecino no cayó por un acantilado no es una
historia que te mantendrá hechizado alrededor del fuego de campamento.
Desde esa perspectiva, el terrible enfoque de los medios de
comunicación en todas las cosas negativas comienza a adquirir sentido.
Antes yo pensaba que todo formaba parte de una conspiración del gobierno
–si se mantiene el enfoque en las amenazas del mundo, es más probable que
sigamos teniendo la necesidad de sentirnos protegidos por nuestros
gobernantes–. Aunque todavía tengo la sospecha oculta de que hay algo de
cierto en ello, no estoy seguro de que esa sea la razón fundamental. Daniel
Gardner, en The Science of Fear [La ciencia del miedo], abrió mis ojos a la
posibilidad de que tan solo es el resultado de que los reporteros también son
humanos. Escriben aquello que a la gente le gusta leer porque a ellos
mismos les gusta. Cuando examinan posibles titulares, los malos son los
primeros que buscan los cerebros.
Lo que comenzó siendo un beneficio adaptativo se ha convertido en un
inconveniente. En un mundo en el que las malas noticias que llegaban a
nuestros oídos estaban limitadas al número reducido de personas que
formaban parte de nuestras vidas y a la pequeña superficie del mundo a la
que teníamos acceso, las noticias negativas que llegaban cada día eran
manejables y útiles. Ahora, con el ciclo de noticias 24 horas e Internet,
estamos rodeados de malas noticias en todo momento, noticias que
provienen de todas partes del mundo. En los últimos días, mientras escribía
este libro, he sido bombardeado por imágenes del huracán Sandy golpeando
Nueva York; de un distribuidor eléctrico importante del Reino Unido
cayendo en bancarrota; de la posible exterminación de los fresnos de Gran
Bretaña; de la perversión atroz de Jimmy Savile; y del Chelsea perdiendo
contra el Manchester United. ¿Qué se supone que debe hacer mi cerebro
ante esta marea implacable de noticias negativas? Seguramente, volver a los
hábitos ancestrales y comenzar a liberar adrenalina a fin de prepararme para
correr, luchar o paralizarme. La palabra favorita para hablar de esto es
estrés, que representa un nivel más bajo de preparación que un ataque de
pánico completo frente a las amenazas, pero que nos resulta familiar a la
mayoría de nosotros. El problema es que se supone que la adrenalina tan
solo es una sustancia química para las situaciones de emergencia. Tenía por
objeto alejarnos del peligro (o acabar con su origen), tras lo cual podíamos
tomarnos el día libre y echarnos una siesta en algún lugar seguro. Hoy en
día, probablemente veamos más caos en la televisión mientras desayunamos
que el que presenciaban los hombres de las cavernas en un año. A la larga,
la adrenalina es bastante tóxica. Esta liberación de baja intensidad en
respuesta a las noticias, junto a los miedos que desencadena en nuestra
propia seguridad y en la seguridad de nuestra familia, significa que nuestro
sistema inmunitario puede verse mermado al tratar de eliminar esta
adrenalina de nuestros cuerpos, exponiéndonos a diferentes enfermedades y
dolencias –incluida la depresión.
Esta exposición a las malas noticias ajusta nuestro cerebro para que
crea que vivimos en un mundo de amenazas y que necesitamos
encontrarnos en un estado de protección. La exposición mata nuestro
impulso natural hacia el crecimiento. Apagar las noticias y cancelar nuestra
suscripción a los periódicos es un buen primer paso en el camino hacia la
recuperación.
Ver las noticias o leer los periódicos reduce nuestra capacidad para
pensar por nosotros mismos, ya que nos adoctrinan sutilmente en la visión
del mundo de los magnates de los medios de comunicación. Ellos escogen
lo que vemos y leemos. Asimismo, el hecho de ver las noticias o de leer los
periódicos también introduce errores cognitivos en nuestro pensamiento al
envolver las cosas en citas seductoras que, por lo general, son muy
simplistas: x causa la crisis bancaria, y es culpable del desastre de z. Evita
las noticias y mantén a tus hijos alejados de ellas. Hacer de las noticias una
parte habitual de tu día es como tener un tigre diente de sable como
mascota.

Consejo sobre la crianza:


muéstrales un mundo de crecimiento, no de protección

Elige cuidadosamente lo que quieres que tu hijo vea que sucede en el


mundo. Esto no constituye ninguna negación, sino que minimiza su
exposición a las cosas sobre las que no tiene ningún control. Subraya las
historias positivas que muestran a personas que tienen éxito contra todo
pronóstico, que son compasivas, que son valientes, que buscan nuevos
horizontes. Contempla todo esto con tu hijo y conversad de estos temas de
camino a la escuela o de vuelta a casa.

Y luego está lo que elegimos para el entretenimiento...

Telenovelas que no ayudan [4]


Las telenovelas de mi infancia eran tiernas. Durante mucho tiempo, ver
Coronation Street era como ponerse unas zapatillas de noche cómodas; en
aquella época, los problemas, en gran medida cotidianos, se resolvían a los
pocos episodios gracias al trabajo conjunto de la comunidad. Dudo que
nadie menor de treinta años equipare mi descripción a la «Corrie» que
conocen ahora. En los últimos veinticinco años, las series de televisión
británicas se han convertido en la principal fuente de alimento de la idea de
que quien grita más alto gana, de que todo tiene que ser un drama y de que
lo que uno quiere siempre triunfa sobre lo que las demás personas
necesitan.
Creo que la vida en Gran Bretaña refleja cada vez más ese «arte».
Colectivamente, creamos el mundo como una versión de EastEnders.
Colectivamente, nuestra realidad se convierte en Gran hermano. La
celebración de la disfunción está muy extendida. La fama sin talento, sin
esfuerzo o sin propósito se ha convertido en una carrera a la que aspiran
muchos jóvenes. Es la insignia de peor calidad. El problema es que
promueve la protección. Esta se suma a la carga de la adrenalina que
colocamos en nuestros cuerpos. Animar a nuestros hijos a buscar conflictos,
así como celebrar la división y la crueldad, no solo los predispone a una
mayor probabilidad de ansiedad y de depresión en la edad adulta, sino que
también ajusta su cerebro para que interprete el mundo de este modo.
En lo que respecta a los programas de telerrealidad, es raro que se
centren en algo con aspiraciones. Gran hermano tiende a ser una colección
de estrategias grotescas para llamar la atención. Se anima a los
telespectadores a celebrar el victimismo más que la resiliencia. Factor X
seduce a los jóvenes para que piensen que la fama es una opción profesional
en la que el talento no es un requisito previo necesario. La televisión no es
un hábito saludable.
Consejo sobre la crianza:
piensa antes de mirar

Ya sabes lo que voy a decir: evita las telenovelas. Evita la telerrealidad.


Muéstrale a tu hijo ejemplos de gente que hace frente a sus desafíos,
preséntale programas que se centren en la fortaleza del luchador, y no en el
drama en el que podrían estar sumidos. Muéstrale el ejemplo de personas
que trabajan duro por lo que tienen y que no esperan el éxito como un
derecho. Enséñale lo que se necesita para ser bueno en algo.

La historia hasta ahora


El viaje de nuestra especie nos ha llevado de una sola célula en la placa de
Petri, a alguien que se mira en un espejo y que le gusta lo que ve –o no–,
simplemente como resultado de lo que cree que le ha sucedido, y a menudo
por la cantidad de símbolos de éxito de nuestra sociedad que hemos logrado
acumular. Vivimos atrapados en la realidad que crea nuestro cerebro sin que
nosotros nos demos cuenta de ello.
Ahora que te has dado cuenta, podemos comenzar a hacer algo para
que te conviertas en el creador de ti mismo y, a su vez, para que enseñes a
tus hijos a hacer lo mismo.
P II:
CULTIVAR UN MEJOR «TÚ»

Ahora que he perfilado cómo nos convertimos en las personas que somos,
voy a proporcionarte algunas herramientas para cambiar esto. Con ello no
estoy sugiriendo que el cambio sea fácil, sino que es posible. Preferiría que
todos mis lectores estuvieseis frente a mí en mi clínica, pero estaríamos
bastante apretados, así que, al no poder hacer una terapia directamente con
cada uno de vosotros, voy a ayudaros a que la hagáis por vuestra cuenta.
He dividido lo que quiero enseñarte en tres lecciones. A medida que
avancemos he incluido algunas preguntas que podrías plantearte a ti mismo
en aquellas situaciones en que te sientas estresado o desafiado. Espero que
te familiarices hasta tal punto con estas cuestiones que se acaben
convirtiendo en un hábito de la mente, en una respuesta reflexiva a una
situación. Eso requerirá práctica. También he incluido algunos ejercicios
denominados «Trabaja el problema». He descubierto que son
tremendamente útiles para evitar correr en círculos como un pollo sin
cabeza en lugar de resolver un problema. Obtendrás de ellos lo que aportes.
Te ruego que no te limites a leer estos ejercicios y a pensar que tendrá lugar
la magia. Nada sucederá a menos que hagas que suceda. De hecho, esto
constituye el núcleo de mi primera lección.
L 1:
Desarrolla un LCI

Tú tienes poder sobre tu mente –no sobre los acontecimientos externos. Date cuenta de esto y
encontrarás la fuerza.
Marco Aurelio

He pasado gran parte de mi vida esperando ser descubierto. Algo me decía


que estaba destinado a conseguir grandes cosas, así que en realidad no me
importaba lo que estaba haciendo en ese momento. En un momento dado, el
mundo se daría cuenta de lo que se estaba perdiendo y me elevaría a mi
verdadera posición. No es extraño que el Rey Arturo fuese mi cuento
favorito de la infancia ni que Matrix fuese mi película favorita ya durante la
edad adulta. Estaba esperando a que Merlín o Morfeo aparecieran. Sin
embargo, nunca lo hicieron.
Esto es lo que se conoce como tener un Locus de Control Externo
(LCE). Se produce cuando pensamos que nuestras vidas están moldeadas
por cosas externas a nosotros, cuando creemos que el mundo tiene el poder
de «hacernos» sentir cosas. Esta creencia influye en nosotros de muchas y
muy diferentes maneras. ¿Cuántas personas sueñan con lo que harían si
ganasen la lotería? ¿O lo diferente que sería su vida si su educación, su
pareja, su familia o su mala suerte no las hubiesen frenado? ¿Cuántos de
vosotros os habéis sentado y habéis esperado a que sucediese algo para
mejorar vuestra situación, o incluso habéis negociado con Dios o con el
universo que, si las cosas fuesen de una determinada manera, haríais algo a
cambio? Eso es, amigo mío, el LCE.
Esperar a que el séptimo de caballería aparezca por la colina
normalmente hará que la vida te acabe cortando la cabellera.
El gran objetivo de este libro es el LCI. Son las siglas de Locus de
Control Interno, y es una mentalidad según la cual la persona en cuestión
asume la responsabilidad de lo que sucede. Es la diferencia que existe entre
una persona que dice: «Debería hacerse algo» y otra que dice: «Voy a
hacerlo». Alguien que actúa desde el LCI no puede tener un mal día como
consecuencia de las acciones de los demás o como resultado de lo que el
mundo le depara. No porque su jefe le grite o porque su pareja le abandone
se producirá algún efecto en ellos, sino porque ellos eligen cuál va a ser ese
efecto. Una mentalidad basada en el LCI te pone de nuevo al mando. Nadie
puede quitarte tu poder, solamente tú puedes dárselo.
La sociedad tiende a engendrar una perspectiva basada en el LCE. Esta
perspectiva hace que miremos fuera de nosotros mismos en busca de
soluciones a las cosas –por lo general, a cierto precio–. Desde la Segunda
Guerra Mundial se ha producido un cambio gradual desde la independencia
y la resiliencia de nuestros ancestros a las expectativas de un «bienestar
desde la cuna hasta la tumba» por parte de nuestra sociedad y las tonterías
tales como: «Compra mi producto para gustarte más a ti mismo» que
alimentan nuestro consumismo desenfrenado.

Cómo desarrollar el LCI


El saber no es suficiente, debemos aplicarlo. El querer no es suficiente, debemos HACER.
Bruce Lee

Imagina que estuvieses escalando las cumbres de los Andes con un amigo y
te rompieses una pierna. Mientras te baja por un barranco, tu amigo se ve
forzado a cortar la cuerda y a dejarte caer para salvar su propia vida. En vez
de morir, caes sobre una grieta sin fondo de la que no puedes salir. ¿Qué
harías? Estás tumbado sobre una estrecha cornisa. No va a venir nadie a
ayudarte. No puedes escalar a causa de tu pierna. Sospecho que muchos de
nosotros gritaríamos en busca de ayuda y, al final, moriríamos. Joe Simpson
se encontraba exactamente en esa situación. Él descendió. Se dirigió a la
profundidad de una grieta de la que no veía el final, a la profundidad de la
oscuridad. Era la única dirección en la que podía ir. No porque existiese la
posibilidad de escapar por ahí, sino porque era la única elección disponible
para él que implicaba una acción. Eso es el LCI. En este caso, la fortuna
favoreció al que la merecía. La grieta le condujo al camino de salida. Desde
ahí tan solo tuvo que desplazarse sobre sus nalgas durante cinco millas sin
comida y con poca agua. Le costó tres días. Llegó al campamento base justo
antes de que su amigo hiciese las maletas. Eso es resiliencia.

Centrarse en los resultados


Muchas personas vienen a verme con un sentimiento demasiado impreciso,
aunque muy claro, de que están «atascados». Este sentimiento de «atasco»,
como una manera de definir lo que les aflige, es sorprendentemente común.
Cuando su historia se desarrolla, por lo general repiten el ciclo y siguen
haciendo lo que no funciona en su caso. Einstein dijo que locura es hacer lo
mismo una y otra vez y esperar que los resultados sean distintos. Lo veo en
personas que experimentan de manera repetida malas relaciones o malos
trabajos que constituyen un callejón sin salida o que terminan en la misma
frustración o falta de realización. Aunque no seamos felices con lo que
tenemos, a menudo nos encontramos atrapados y creamos todas las razones
por las que no podemos hacer nada al respecto. Intento separar razones de
resultados.
Cuando alguien te habla de un objetivo que se ha fijado, por lo general
se sentirá lleno de entusiasmo al principio. Vuelve a reunirte con él poco
tiempo después y pregúntale cómo va y obtendrás una de estas dos
respuestas: te dará un resultado –que ha alcanzado su objetivo o que está
más cerca de él–, o te ofrecerá todas las razones por las que no ha sido
capaz de conseguirlo. Resultados frente a razones. A menudo esas razones
son muchas y convincentes. La vida pondrá siempre obstáculos en el
camino del éxito. El modo en que respondes a los obstáculos es lo que
marca la diferencia. Si lees los obituarios de la gente que ha tenido éxito en
la vida, lo que obtienes es una lista de sus resultados. Lo que no lees es: «Si
sus hijos no la hubiesen refrenado / si su familia le hubiese apoyado más / si
la economía hubiera sido más amable / si no hubiese esperado tanto... ella
habría cambiado el mundo».
Al final de cualquier viaje que implique un objetivo, existe un
resultado o una lista de razones por las que no conseguiste lo que te
propusiste. Tu destino está, en gran medida, en tus manos. Una de las
mayores lecciones que he aprendido nunca es a tomar medidas. Es mi
mantra, y aquello a lo que más atribuyo el cambio en mi vida (y en mi
personalidad) durante los últimos quince años.

Tomar medidas es el mantra que te mantendrá en movimiento


En cualquier situación en la que puedas elegir o en la que la vida te lleve
por caminos inesperados, el hecho de preguntarte a ti mismo: «¿Qué es lo
que puedo hacer aquí?», abre la posibilidad de la acción. Casi siempre
puedes hacer algo. Cualquier cosa antes que no hacer nada.

Autopregunta 1:
¿Qué es lo que puedo hacer aquí?
Probablemente te hayas encontrado con la oración de la serenidad:

Señor, concédeme serenidad


para aceptar todo aquello que no puedo cambiar;
fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar;
y sabiduría para entender la diferencia.

Me encanta el sentimiento, salvo el «concédeme». Eso es el LCE.


Prefiero una versión que sea un mantra, no una oración:

Acepta todo aquello que no puedas cambiar;


desarrolla fortaleza para cambiar lo que eres capaz de cambiar;
y ten sabiduría para entender la diferencia.

No tan serena como la otra, te lo concedo, pero está más en


consonancia con mi objetivo. Imagina que tu vida tiene dos círculos:
El círculo de influencia contiene las cosas respecto a las cuales puedes
hacer algo. El círculo de preocupación está repleto de las cosas que te
preocupan sobre las que no puedes influir de manera directa. Podemos
perder mucho tiempo y pensamientos dando vueltas en el círculo de
preocupación. Este círculo tiende a incrementar nuestros niveles de
ansiedad. Entrénate para tomar medidas sobre las cosas que se encuentran
dentro de tu círculo de influencia. Olvida las cosas que se encuentran en tu
círculo de preocupación. Esto aumentará enormemente tu capacidad para
permanecer centrado. Siempre que te sientas abrumado por la vida o hagas
frente a un desafío particular, dibuja estos círculos y escribe en ellos las
cosas que pasen por tu cabeza. Averigua el círculo al que pertenece cada
desafío, preocupación o problema. A continuación, haz todo lo que puedas
en lo que respecta a aquello que se encuentre bajo tu influencia. Acepta
todas las cosas sobre las que no puedes tener ningún efecto. Déjalas atrás.
Por ejemplo, en mi círculo de preocupación pondría el calentamiento
global. Pensar en la magnitud del problema, así como en su futuro impacto
en mi vida familiar, puede llegar a ser bastante abrumador. ¿Qué puedo
hacer al respecto? En mi círculo de influencia puedo cumplir mi
compromiso de reciclar, reducir mis emisiones de carbono o vivir de
manera sostenible. Si quisiese hacer más podría ampliar ese círculo
uniéndome a Greenpeace y haciendo campañas sobre las cuestiones
ambientales. Podría ampliarlo todavía más dedicándome a la política.
Posiblemente podría convertirme en primer ministro. Está en nuestras
manos decidir el alcance de nuestra influencia y el tiempo y el esfuerzo que
queremos dedicar a maximizarla.
Otro ejemplo podría ser la educación de tus hijos. En tu círculo de
preocupación podrías poner el hecho de que el énfasis excesivo en los
exámenes no favorece a tu hijo, en que no puede acceder a la escuela
adecuada, y en el coste que supondrá su educación universitaria cuando
crezca. Es probable que, una vez que comiences, la lista de aquello que te
preocupa sobre el futuro de tus hijos sea casi infinita. Entonces, ¿qué
puedes incluir en tu círculo de influencia? ¿Qué hay de lo que puedes
enseñarles sobre lo que consideras importante? ¿Puedes aumentar el tiempo
que dedicas a tus hijos y emplearlo en el aprendizaje? ¿Podrías convertirte
en un miembro del consejo escolar? ¿Podrías educar en casa? ¿Podrías
ahorrar algo para sus estudios universitarios? Cada uno de vosotros tendrá
un margen de maniobra en respuesta a estas preguntas. Eso está bien. El
punto clave consiste en encargarte de lo que decidas que debe hacerse.
Ese es el núcleo del LCI. Si puedes hacer algo, hazlo. Si no puedes,
pero hay alguna persona que puede encargarse de ello, consigue que lo
haga. Si nadie puede hacer nada al respecto, acéptalo, déjalo pasar y sigue
adelante. Estas son tres medidas que estás tomando, en vez de esperar
pasivamente a que alguien resuelva el problema por ti.
Como Su Santidad el Dalai Lama señaló de manera sabia: «Si puede
resolverse, entonces no hay necesidad de preocuparse, y si no tiene
solución, tampoco sirve de nada preocuparse».

Cuando las cosas se ponen difíciles


El propósito del desarrollo propio no consiste en calmar los mares de la
vida. Consiste en hacer que estés en mejores condiciones de hacer frente a
las olas, porque no solo son grandes e inevitables, sino que a menudo son
necesarias para el crecimiento.
Imagina que algo va mal en tu día, algo «malo» desde tu punto de
vista. Tal vez te venga a la cabeza un ejemplo reciente. Plantéate a ti mismo
estas preguntas:
Trabaja el problema

• ¿Por qué tiene que ver esto con la situación y no contigo?


• ¿Es correcto el modo en que estoy interpretando esta situación?
• ¿Acaso solo es posible una mala interpretación?
• Si esto mismo le sucediese a otra persona, ¿significaría
automáticamente lo mismo en su caso?
• ¿Qué temo que puedan pensar el resto de personas a causa de esta
situación?
• ¿Por qué eso no tiene que ser verdad?
• ¿Qué puedo extraer de todo esto?
• Si esto hubiese pasado para que yo aprendiese algo vital, ¿qué
sería?

Mi intención es que diferencies mejor esos acontecimientos que abrumarían


a cualquier persona por completo (o que deberían hacerlo) –como la pérdida
de un ser querido– de aquellos desafíos vitales a los que se responde de
manera menos universal. Por ejemplo, un despido. Algunos de mis clientes
llegaban deprimidos ante esa perspectiva, mientras que otros saltaban de
emoción. En ocasiones, una perspectiva lleva a la otra en el transcurso de
una sola sesión. Preguntas tales como: «¿Dónde está la oportunidad aquí?»
y mi pregunta central por lo que respecta al LCI: «¿Qué puedo hacer aquí y
ahora?» te ayudan a mantener tu mente abierta a otros posibles sentidos.
Como también un mantra que mi esposa y yo empleamos para recordar que
tenemos que dejar de agitarnos y comenzar a resolver las cosas –«Trabaja el
problema»–. Concéntrate en la búsqueda de soluciones y no dejes que el
problema siga marinando.
Esto es algo que con cierta regularidad no te vas a acordar de hacer.
Bien. Tan solo somos humanos. Habrá momentos en los que una situación
te abrume y en la que tu opción por defecto sea el LCE. Eso solo la
convierte en otra situación de la que aprender para mejorar tu permanencia
en el LCI.
Fracasa, aprende, olvida, reinicia. Comienza de nuevo.

No hay fracaso, solo retroalimentación, o algo así...


¿Qué harías de manera diferente en tu vida si no te asustase el fracaso?
Nuestra relación con el fracaso define a menudo lo que logramos. Es vital
que entiendas esa relación si quieres desarrollar la habilidad de vivir según
el estilo del LCI.
Resulta irritante que la gente diga que el fracaso no es una opción.
Menuda tontería. El fracaso es siempre una opción; de hecho, por lo general
es la opción más fácil. Es también un ingrediente clave para el crecimiento.
Bruce Lee dijo: «El hombre que nunca cometió un error nunca hizo nada».
Lo mismo ocurre con los fracasos. Aprendes más cuando te encuentras al
límite de lo que eres capaz de hacer, así que el fracaso forma parte de la
experiencia para alguien que está tratando de crecer.
¿Que por qué he denominado a esta sección no hay fracaso, solo
retroalimentación? Me alegra que me lo preguntes. Esta es una de esas
frases que se corean en las sesiones de formación de Programación
Neurolingüística (PNL); yo mismo coincido con ella, aunque con ciertas
salvedades. Lo importante no es lo que te pasa, sino lo que haces al
respecto. Fracasas, fracasas a menudo, fracasas de manera estrepitosa, pero
no usas los fracasos para degradarte. Aprende de ellos. Muchos de mis
clientes vienen a verme aplastados por la vida, sintiendo que han fracasado
y con miedo a fracasar de nuevo. Están atrapados en una vida de
insatisfacción (a menudo la misma vida que temen) debido al miedo que
tienen a lo que el fracaso significa para ellos, a saber: que son unos
perdedores, que su fracaso estaba causado intrínsecamente por algo malo en
ellos más que por los errores reparables de la fuerza de las circunstancias. A
todos ellos les recuerdo que Abraham Lincoln perdió ocho elecciones y que
tuvo dos negocios fallidos. J. K. Rowling pasó por un momento en su vida
en que se describió a sí misma como «el mayor fracaso que conocía». Mi
trabajo consiste en ayudar a que mis clientes vean el fracaso de un modo
diferente. A que lo vean como un paso necesario a lo largo del camino del
crecimiento, como un lugar en el que aprender y volverse más fuertes. No
hay victorias ni derrotas. Tan solo victorias y aprendizaje.
Lo mismo sucede con tus hijos. Ver cómo fracasan y estar con ellos
mientras se producen las consecuencias de estos fracasos es una de las
cosas más dolorosas que un padre puede soportar. Cada parte de ti grita para
que hagas algo al respecto a fin de que mejore la situación. No puedes, es
lamentable, y necesario. Lo que sí puedes hacer es que sea útil.
Las personas más creativas tienen cierta tolerancia al fracaso, las
empresas más creativas lo fomentan. La mentalidad de Pixar es: «Fastídiala
tan rápido como sea posible. Encuentra el error para que puedas llegar a la
solución más rápido». Temer el fracaso impide tu crecimiento, sentir
curiosidad por el fracaso te lleva más allá de tu pensamiento actual y te
permite explorar nuevas posibilidades.
El fracaso no es más que el universo diciendo: «Ese método no ha
funcionado». No es un veredicto sobre ti como persona. Esta perspectiva es
clave por lo que respecta a tus hijos y al estilo explicativo que adoptas con
ellos. Por ejemplo, el fracaso podría tener que ver con el ambiente en el que
este se produjo.
En la graduación del curso de Hipnoterapia Cognitiva que hemos
dirigido durante muchos años, solíamos enseñar a la gente el modo de
romper una tabla de pino con un grosor de más de dos centímetros con las
manos descubiertas. Parece imposible, pero, en realidad, es muy sencillo si
sigues los pasos. Un día, después de una graduación, mi hijo Stuart, que por
aquel entonces tenía diecisiete años, me vio descargando del coche algunas
tablas que habían sobrado y me preguntó si podía romper una. Instalamos
en el entablado del jardín los bloques de hormigón en los que se asienta la
tabla. Stuart realizó la acción de manera perfecta –lo había hecho con éxito
en cantidad de ocasiones desde que tenía diez años–, pero, en esta ocasión,
la tabla no se rompió. Eso duele. Lo intentó de nuevo. La tabla siguió sin
romperse. Se marchó repleto de un orgullo adolescente herido –esto es, lo
había convertido en un fracaso personal–; de algún modo, había perdido su
magia.
Me acerqué y lo intenté. Tampoco se rompió. Estaba desconcertado.
Había roto cientos de tablas. Sentí curiosidad por mi fracaso. Si no tenía
que ver conmigo, ¿de qué más podía tratarse? Cambié las tablas por si
hubiese escogido una demasiado dura. Seguí fracasando. Sentí una mayor
curiosidad. Entonces, en un momento de lucidez, moví los bloques al
camino. La tabla se rompió con facilidad. Lo mismo sucedió con la
siguiente. Stu volvió y rompió otra tabla en su primer intento. El fracaso no
tenía nada que ver con Stuart como persona, sino con que la elasticidad del
entablado estaba absorbiendo la fuerza del impacto. Era una cuestión del
entorno.
Aborda el fracaso respondiendo a la siguiente pregunta y, a
continuación, completa los siguientes tres pasos:

Autopregunta 2:
¿Cómo es que esto no tiene que ver conmigo como persona?

Paso 1: ¿Influyó el lugar donde se produjo el fracaso?


Stuart sucumbió a una cosa que en psicología recibe el nombre de error
fundamental de atribución: tenemos cierta tendencia a sobrestimar el
impacto que una persona tiene en una situación y a subestimar el impacto
de su entorno. En un experimento clásico, se invitó a un grupo de
voluntarios a ver dos equipos de personas jugando al baloncesto, cada uno
en un extremo de la cancha, y a que votasen cuál había sido el mejor. De
manera abrumadora, el grupo votó al equipo «A». Los voluntarios fueron
sustituidos y el experimento se realizó de nuevo. Una vez más, el grupo
votó por el equipo «A». Lo cual era extraño, ya que el equipo «A» y el
equipo «B» habían intercambiado su ubicación en la cancha mientras se
procedía a la sustitución de los voluntarios. ¿Qué había realmente detrás de
su elección? La luz en el lado de la cancha del equipo que más éxito tenía
era más brillante que en el otro lado. Los dos «mejores» equipos podían ver
mejor el aro de la canasta, pero ningún grupo de espectadores lo había
tenido en cuenta a la hora de tomar su decisión. Habían atribuido la mayor
precisión estrictamente al talento de los individuos.

Paso 2: Observa tus acciones (no a ti, sino tus acciones; esa
distinción es importante). ¿Fueron parte del fracaso?
• ¿Qué cosa hiciste que funcionó?
• ¿Qué cosa hiciste que no funcionó?
• ¿Qué cosa hiciste y harías de un modo diferente?
• ¿Qué cosa no hiciste que podrías o deberías haber hecho?

Paso 3: Observa las habilidades y las capacidades:


• ¿En qué situaciones estuvieron tus habilidades a la altura del reto –
esto es, dónde fuiste lo suficientemente bueno?
• ¿En qué situaciones son insuficientes tus habilidades actuales?
• ¿Qué puedes hacer para mejorarlas?
• ¿Qué rasgos o capacidades (como la determinación, la creatividad,
el entusiasmo, etc.) aportaste?
• ¿Cómo puedes desarrollarlos?
• ¿De qué persona puedas aprender estos rasgos o estas capacidades?

A través de este proceso de tres pasos puedes acercarte a una creencia


sobre el fracaso que no es pesimista –esto es, que no es personal (no tiene
que ver conmigo), ni generalizada (se trata solo de esta situación concreta,
no de todo lo que hago), ni permanente (no siempre será así)–, y desarrollar
un plan para avanzar con algo que lo convierta, en retrospectiva, en un
trampolín hacia algo mejor. La experiencia reiterada de esta mentalidad
cambia la perspectiva del fracaso y, al hacerlo, lo hace menos probable. No
es que ese fracaso vaya a suceder con menor frecuencia, sino que no lo
identificarás de esta manera con tanta frecuencia.

El éxito es un hábito
Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito.
Aristóteles

Somos un manojo de hábitos. Todos los días llevamos a cabo decenas de


comportamientos que no pensamos. Desde cepillarnos los dientes o
ponernos los pantalones, hasta conducir un coche o tener un momento
favorito para tomar una taza de café; entregamos una gran cantidad de
nuestro día a nuestro inconsciente. Por lo general, eso nos ayuda, pero a
menudo no nos damos cuenta de que algunas de las cosas que no nos gustan
de nuestras vidas se deben también a patrones de comportamiento
habituales, incluidas nuestras respuestas a la comida, las críticas, el
ejercicio o el modo en que hacemos nuestros trabajos. Muchas personas
andan hipnotizadas por sus hábitos –a menudo veo que mi trabajo de
hipnoterapeuta cognitivo consiste en «deshipnotizar», ayudando a que la
gente vuelva a tener el control de las situaciones en las que sus hábitos han
tomado el mando.
Es fácil subestimar el poder de los hábitos hasta que piensas en ellos
de este modo:

El éxito es una serie de acciones, repetidas.


El fracaso es una serie de acciones, repetidas.

Estos dos hábitos se crean del mismo modo.


La clave para vivir de manera más feliz consiste en crear los hábitos
que te llevan a lo que quieres, ya que nos convertimos en lo que hacemos
la mayor parte del tiempo. Cuanto más te comportes como una persona
con un LCI, más interpretará tu cerebro el mundo que te rodea a través de
ese filtro y hará de tu realidad una en la que estés rodeado de posibilidades
para una acción positiva. Te conviertes en la clase de persona que vive en
esa clase de mundo.
Así pues, la tarea que te estoy poniendo consiste en que pienses en
pequeños cambios en tu comportamiento que, si los pusieras en práctica
todos los días, te ayudarían a crecer en la dirección deseada. Es importante
que los cambios sean pequeños. La gente busca siempre transformaciones
drásticas y grandes, pero el cambio es mucho más probable si se crea un
impulso permanente a través de pequeños empujones.
Por ejemplo:

• Me he comprometido a hacer ejercicio durante diez minutos todos


los días. No es mucho, pero creo que, si ejercito mi cuerpo
durante diez minutos la mayoría de las veces, terminaré por
dedicarle más tiempo. Sin embargo, aquellos días en que la
idea de correr seis millas me desalienta, el pensamiento de correr
tan solo durante diez minutos hace que el hecho de ponerme las
zapatillas sea más soportable.
• Me he comprometido a leer diez páginas diarias de algo inspirador.
Es fácil de encontrar y es mejor que leer los periódicos. También
me aporta nuevas ideas.
• Me he comprometido a ingerir cinco piezas de fruta o de verdura al
día –como leerás después, nunca he sido el mejor consumidor de
verduras del mundo.

Como padre, podrías:

• Comprometerte a pasar diez minutos al día centrado en lo que tu


hijo quiere hacer.
• Emplear diez minutos al día para hacer algo solo para ti, aislado de
todo.
• Dedicar algo de tiempo para planificar un proyecto familiar en el
que todo el mundo participe. Asigna una tarea a cada miembro de
la familia.
• Realizar una actividad física con tus hijos cada día, aunque solo sea
durante diez minutos. Mirarlos no cuenta.
• Encontrar algún tema que podáis discutir en familia. Encárgales la
tarea de que encuentren algo sobre lo que les gustaría hablar.
Todo el mundo tiene la oportunidad de hablarle al resto de lo que
le interesa.

Estas pequeñas cosas son fáciles de llevar a cabo, y resulta igual de fácil
obviarlas o pasarlas por alto. Sin embargo, si las pones por escrito y haces
que el hecho de tacharlas de la lista sea una parte habitual de tu día,
descubrirás que tu actitud cambia. Sentirás que conservas el control de las
decisiones que estás tomando. Se produce un extraño efecto en cascada en
las situaciones en las que estar al mando de las decisiones particulares se
convierte en un modo de tener un mayor control sobre tu vida. Son el
símbolo de una actitud que impregna tu carácter; porque, recuerda, cuanto
más sucede algo, más sucederá. Así ocurre con los hábitos que nos retienen
y, del mismo modo, con los hábitos que nos hacen avanzar. Estamos
ajustando nuestro cerebro a la frecuencia del crecimiento y haciendo del
LCI un hábito.
He aquí un consejo importante: si relacionas un hábito nuevo con un
comportamiento actual –como leer siempre diez páginas cuando estás
sentado con tu café matutino–, es más probable que lo pongas en práctica.

Consejo sobre la crianza:


Haz que se acostumbren

Pregúntate a ti mismo: ¿Qué pequeños hábitos podrías conseguir que


adoptasen tus hijos a fin de crear una mentalidad basada en el LCI?
¿Podrían ser pequeñas cosas que resulten sencillas de hacer y que creen un
beneficio a largo plazo que resulte importante para ellos? Piensa en las
pequeñas cosas en las que se responsabilizan, como practicar una habilidad
o contribuir a la preparación de un viaje o de las vacaciones. Por ejemplo,
en caso de ser el fútbol, ¿qué tres cosas podrían hacer cada día para
desarrollar, de manera específica, sus competencias –no solo «jugar a fútbol
durante diez minutos».

Alimenta aquello en lo que te centres


Uno de los hábitos diarios por el que quiero que comiences consiste en que
emplees unos minutos cada día para centrarte en tus aspectos positivos. Ten
un diario junto a la cama y revisa tu día. Escribe todo lo que has hecho y
aquello de lo que te sientes orgulloso: no necesariamente un orgullo del tipo
«he dividido el átomo» (pero adelante [!] si lo hiciste), sino cualquier
momento en el que hayas reconocido que desarrollaste un LCI, en el que
hayas mostrado una característica o un rasgo positivo, en el que defendieses
algo, en el que realizases un acto de bondad o en el que hicieses algo bien.
Alimentamos aquello en lo que nos centramos, así que el hecho de
centrarte en tus aspectos positivos no solo nos hará más fuertes, sino que
provocará que estos atributos positivos se conviertan en una parte más
prevalente de tu día. Gran parte de las personas que creemos ser procede de
lo que hacemos, así que el hecho de centrar tu atención en los puntos fuertes
aumentará tu autoestima. Solo necesitas unos minutos por la noche para
estimular tu confianza en ti mismo y en lo que puedes lograr.

¿Quién decide la persona que eres?


Esta noción engañosa de la identidad es fundamental para el problema de
mantener el control de nuestras elecciones. ¿Controla mi identidad mi
actitud hacia las cosas o hace algo más? La psicología ha demostrado que
nuestro entorno y las acciones de las personas que nos rodean influyen en el
modo en que nos comportamos y en la idea que tenemos de nosotros
mismos. Lo que esto quiere decir es que, en lugar de tener una idea única de
quiénes somos –«acéptame en función de cómo soy»–, es más bien un caso
de «acéptame en función del entorno en el que me encuentres o de las
personas con la que esté». ¿Cuántos de vosotros admitís que sois una
persona muy diferente en vuestra familia y con vuestros amigos, o en el
trabajo y en casa? Todos nosotros tenemos un sentido de la propia identidad
que es más fluido que lo que nuestro yo nos permite creer. Esto nos hace
vulnerables a las influencias externas, ya que los desencadenantes
situacionales pueden provocar que una versión disminuida de ti secuestre
repentinamente tu comportamiento. Hace un tiempo, cuando mi mujer me
pedía que pusiese un estante me volvía un manojo de nervios, porque mi
padre nunca fue el más paciente de los profesores y se mofaba de mis
esfuerzos con el bricolaje. En esos momentos, la persona que yo presentaba
como «yo» estaba a un mundo de distancia de la persona con la que
generalmente te encontrarías, a la que yo considero «yo mismo».
Desde el punto de vista positivo, los estudios muestran que si la gente
a la que consideramos importante cree en nosotros tendemos a aumentar
nuestro rendimiento para ajustarnos a sus expectativas. Rodearnos de gente
positiva hará que sintamos que somos personas positivas. Unirnos a un
grupo comprometido con el ejercicio puede transformar nuestra actitud
hacia el mismo. Nuestro ambiente puede ser mucho más importante con
respecto a cómo nos sentimos con nosotros mismos de lo que a menudo nos
damos cuenta. He leído que somos una combinación de las cinco
personas con las que pasamos más tiempo. Piensa en ello. ¿Son buenas
influencias tus cinco personas?
Esto significa que un jefe que actúa en contra nuestra puede influir en
nosotros de suerte que se reduzca nuestro rendimiento, que podemos perder
la confianza en nosotros mismos bajo el influjo excesivo de una pareja que
no nos apoya, y que podemos engordar al pasar el rato con amigos con
sobrepeso. La diferencia que percibo en mí mismo al comparar la etapa de
mi vida en la que estaba rodeado por la cultura policial (y por la naturaleza
de ese trabajo) con la etapa actual, en la que estoy rodeado de una red
asombrosa de terapeutas (y de la naturaleza de este trabajo) con una
inclinación positiva, es enorme. Aunque mi yo atribuirá gran parte del
crédito a sí mismo, lo cierto es que mi entorno ha prestado buena parte del
impulso.

Tarea:

Realiza una revisión de las 5 personas con las que más tiempo pasas, o de
aquellas que ejercen una mayor influencia en ti.

• ¿Están contribuyendo a tu crecimiento o a una protección


innecesaria?
• ¿Te están ayudando a avanzar o te están reteniendo?

En ocasiones nos aferramos a ciertos amigos únicamente por lealtad o


nostalgia, incluso cuando ya no están en la misma longitud de onda que
nosotros. Esto me sucedió cuando dejé la policía. Al final, dejé ir a mucha
gente que valoraba porque decidieron no apoyar la dirección que quería
para mi vida, y me pareció una carga tener que empujar en contra de su
energía. No tengas miedo de dejar marchar a la gente. Si te encuentras en un
estado de crecimiento, habrá muchas personas nuevas con las que conectar
y que alimentarán tus aspiraciones.
Si estás esforzándote en desarrollar un LCI y persigues una vida de
crecimiento, te sentirás en desacuerdo con gran parte de la sociedad. Es
probable que muchas personas, incluidos tus amigos, se sientan amenazadas
por el hecho de que tú te alejes de las costas seguras de la «normalidad».
Podrían reaccionar de manera negativa. He aquí una pregunta que considero
increíblemente útil para ayudarme a permanecer en un estado de
crecimiento cuando soy víctima de la crítica o de la negatividad de otras
personas:
Autopregunta 3:
¿Por qué necesitan estas personas hacerme sentir mal?

Cuanto más te plantees esa pregunta sobre ellas, más verás las limitaciones,
las debilidades y los miedos que impulsan sus comportamientos. Así resulta
más fácil ignorar y también perdonar. Tan solo son compañeros de lucha.
Tu comportamiento está haciendo que adviertan su lucha más de lo que
querrían. Tras dejar la policía, me sorprendió la cantidad de antiguos
compañeros que me preguntaron qué estaba haciendo y que, pese a no
exteriorizarlo, parecían decepcionados por el hecho de que tuviese éxito.
Ahora comprendo la razón. También ellos eran infelices en la policía, no se
sentían capaces de hacer lo que yo había hecho, y, como consecuencia de
ello, se sentían mal consigo mismos. Pese a lo encantadores que eran, mi
fracaso les habría consolado, aunque de manera inconsciente.

La respuesta no está ahí fuera


Durante mucho tiempo se nos ha animado a ceder el control a los expertos.
¿Te sientes enfermo? Visita a un médico. ¿Tienes un problema con un
vecino? Llama a la junta de propietarios o a la policía. ¿Quieres perder
peso? Un experto te informa sobre su nueva dieta en cada programa de
televisión diurno. Si estás dispuesto a pagar, hay alguien que solucionará
todos los problemas que posiblemente se te presenten –y, en el proceso,
hará que te olvides de preguntar: «¿Qué puedo hacer al respecto por mí
mismo?».
Veo a muchos clientes que sufren a causa del estrés, de la ansiedad o
de la depresión (o de una combinación de los tres). Cuando comprendes la
razón de ello, te das cuenta de que se debe a la presión que sienten por
mantener el estilo de vida que la «gente» espera de ellos. En su excelente
libro Affluenza, Oliver James escribe:

El exceso de posesiones es la clase de problema que se caracteriza


porque el sujeto tiene tantas cosas que descubre que está dedicando su
vida a mantener y a cuidar cosas, en vez de personas.

A menudo confundimos las cosas con las personas. He visto a muchas


personas que otorgaban una gran importancia a su trayectoria profesional,
principalmente hombres, que trabajaban duro para «dárselo todo a su
familia», y que una noche llegaron a casa y descubrieron que su familia se
había ido porque les había privado de la cosa que más querían –su tiempo.
Se nos anima a creer que las tiendas constituyen una suerte de terapia,
pese a que, en realidad, poseer «cosas» puede convertirse en una tiranía –
termina poseyéndote–. Las cosas no te dan aquello que buscas al
adquirirlas. Si tienes un espacio vacío dentro de ti en el que debería estar tu
autoestima, ninguna marca, ningún desodorante, ningún coche o ningún
atracón de comida conseguirán llenarlo. Tienes el poder de llenarlo desde
dentro en lugar de inflarlo temporalmente con el artículo que «debes
poseer» ese mes.

Tarea:

Observa qué parte de tu vida estás entregando para mantener las insignias
que has acumulado. Muchas personas trabajan una gran cantidad de horas
para pagar cosas que no tienen tiempo de disfrutar. Convertirse en una
persona que desarrolla el LCI puede transformarse rápidamente en un
ejercicio para preguntar: «¿Necesito esto?», «¿me hará esto más feliz?»,
«¿quiero vivir de este modo?». Tu vida puede volverse muy diferente.
Afronta la vida como es, no como se supone que debería ser
Nuestros cerebros emplean una gran cantidad de tiempo y energía en
anticipar nuestro futuro. Esa puede ser la razón por la que, cuando las cosas
no van según lo previsto, seguimos cometiendo errores al negar la situación
en la que nos encontramos. Continuamos afrontando la vida como nos
gustaría que fuese, y no como es en realidad. Solo tienes que observar las
semanas de rechazo tras la votación del Brexit y el llamamiento a un
segundo referéndum para ver esta limitación en acción.
Si quedamos atrapados en un estado de protección innecesaria durante
demasiado tiempo, nuestros cerebros suelen desarrollarse para preferir la
previsibilidad de la infelicidad que se extiende delante de nosotros frente a
la imprevisibilidad de ser mejores. A nuestros cerebros les gustan los
hábitos –y toda nuestra vida puede convertirse en un hábito de
insatisfacción que nos cuesta romper–. El LCI te permite cambiar ese
hábito, adaptarte a lo que sucede a tu alrededor, y usar todo ello para crear
un futuro mejor.
Un neurocientífico llamado Reid Montague señaló que funcionamos
con pilas –solo tenemos una reserva finita de energía–. Ahora bien, por lo
general, mantenernos abastecidos no requiere pensar demasiado. De hecho,
en el mundo occidental, un problema cada vez más común consiste en
evitar que nuestra energía personal se desborde. Sin embargo, durante gran
parte de la existencia de nuestra especie en el planeta, encontrar comida
suficiente ha sido la principal ocupación de cada día. Algunos sostienen que
el objetivo principal de nuestra evolución ha sido encontrar modos cada vez
mejores de asegurarnos la comida. Nuestro gran cerebro podría ser el
resultado de esa búsqueda. Ser capaces de vernos a nosotros mismos en el
futuro convierte a nuestros cerebros en máquinas predictivas –de modo que
podemos comenzar a planificar la hambruna, a pensar en métodos de caza
alternativos y a calcular sus probabilidades de éxito–. Ser capaz de ver el
futuro ha sido todo un éxito, pero tiene ciertos inconvenientes.
Podemos pasar gran parte del ahora pensando en lo que sucederá
después, sobre todo si estamos aburridos o atrapados o si somos infelices, y
esto no es necesariamente productivo. Tuve un cliente que admitió que la
única cosa que conseguía que se levantase de la cama por la mañana era la
esperanza de ganar la lotería. Pasaba mucho tiempo cada día soñando en lo
que haría con el dinero. Dentro de ciertos límites, tener una fantasía sobre
algo que es poco probable que suceda resulta inofensivo y, probablemente,
puede incluso reducir el estrés si tu fantasía consiste en imaginarte en un
paraíso tropical con ropa ligera. Sin embargo, he visto clientes que han
dedicado tanto tiempo a andar sin rumbo por estos futuros que han perdido
el contacto con el presente.
En cualquier situación que consideres un problema o un contratiempo,
plantéate la siguiente pregunta:

Autopregunta 4:
¿Qué puedo hacer aquí y ahora? ¿Dónde está la oportunidad
aquí?

La habilidad que quiero ayudarte a cultivar al adoptar una mentalidad


basada en el LCI consiste en que seas más consciente de lo que está
sucediendo realmente en el momento presente –y no de lo que tu cerebro
está tratando de hacer con ello de manera reflexiva– y a escoger tus
acciones en consecuencia. Observa la vida como lo que es en ese momento,
y no como el desastre que tu cerebro está creando ni como te gustaría que
fuese, y, a continuación, toma medidas. «Es lo que es» constituye una
máxima popular. Sí, es lo que es. Ahora bien, ¿qué es lo mejor que puedes
hacer a partir de esto? ¿Dónde está la oportunidad? ¿Cuáles son tus
opciones? ¿Qué puedes hacer aquí y ahora? Trabaja el problema.

Trabaja el problema

Si una situación te está estresando, emplea las siguientes preguntas a modo


de guía:

• Pon por escrito todos los miedos que tengas sobre lo que podría
suceder.
• Revisa cada uno de los miedos y prepara un plan sobre lo que
podrías hacer en caso de que se hicieran realidad.
• Indica en una escala de 1 al 10 la probabilidad de que cada una de
estas cosas suceda.
• Revisa cada una de ellas e idea acciones que reduzcan el resultado
numérico que has escrito.
• Escribe todos los aspectos positivos que podrían surgir a partir de
esta situación.
• Revisa cada uno de ellos y prepara un plan que aumente las
probabilidades de que se produzcan estos aspectos positivos.
• Crea pequeños comportamientos que puedas llevar a cabo cada día
y que, en caso de seguirlos, podrían dar lugar a los resultados que
más deseas.

Lecciones sobre el LCI


He descubierto que el viaje que la gente emprende conmigo en el cuarto de
terapia es, en gran parte, uno que se desarrolla entre el punto de partida del
LCE y el destino del LCI. Muchos clientes comienzan creyendo en mi
capacidad para transformarlos. Observa que eso es el LCE. Yo no puedo
cambiar a nadie. La gente con la que tengo éxito se da cuenta de eso y
participa en el proceso –la terapia se convierte en una colaboración; deja de
ser acerca de que yo los cambie y pasa a ser acerca de que nosotros los
cambiemos–. El paso final hacia la «independencia de la estima» se
produce cuando los clientes se dan cuenta de que ellos están haciendo todo
el trabajo duro en la relación y de que ya no me necesitan. ESE, amigo mío,
es el éxito de la terapia: cuando el terapeuta se vuelve superfluo porque el
cliente se da cuenta de que dentro de sí mismo tiene todo lo necesario para
ser la persona que quiere ser. Los errores de cálculo de un cerebro joven en
presencia de acontecimientos negativos (o interpretados de manera
negativa) fueron los que, en un principio, hicieron que avanzara hacia un
estado de protección, y no de crecimiento.
Así pues, la clave para desarrollar un mayor LCI consiste en tomar
conciencia de aquellas cosas que hacen crecer tu autoestima –y en
alimentarlas en cada ocasión que se presente, tomando medidas en vez de
esperar a que algo suceda, y vacunándote contra las influencias negativas–.
Al volverte esa clase de persona, te conviertes en un padre que puede crear
la mejor placa de Petri posible para favorecer el desarrollo de tus hijos.
A continuación, voy a enseñarte a que dejes de tomarte la verdad tan
en serio.
L 2:
Puedes creer
lo que más te convenga

Lo que piensa el Pensador, el Demostrador lo demuestra


Puede resultar muy sencillo ver lo que queremos, esperamos o creemos
ver. Del mismo modo, también es muy fácil no ver aquello que no encaja
con nuestra visión del mundo. ¿Alguna vez te has visto involucrado en un
serio desacuerdo con alguien sobre algo en lo que creías apasionadamente?
Por supuesto que sí. ¿Te sorprendió que, sin importar las pruebas que
reuniste para destrozar su argumento, la otra parte siguiera aferrándose a su
punto de vista? ¿Estaban ellos igual de sorprendidos de que tú hicieses lo
mismo? Cuando Margaret Thatcher murió, algunas personas lloraron
profundamente, pero otras celebraron una fiesta en la calle y pisotearon su
retrato.
Allá por 1877, Giovanni Schiaparelli observó una red de líneas rectas
en Marte, y ello dio lugar a una explosión de emoción pública, así como al
descubrimiento de muchos más de estos «canales» por parte de otros
observadores. Ahora sabemos (a menos que creas que los alunizajes fueron
falsos) que, en realidad, son una ilusión óptica causada por la afición del
cerebro a conectar puntos (como montañas en un planeta lejano) para hacer
líneas.
Si eres un escéptico con respecto al cambio climático, es probable que
el hecho de que el 97% de los científicos del clima no estén de acuerdo
contigo no tenga ninguna influencia en ti. Si eres creacionista, los huesos
humanos que son más antiguos que la edad del mundo establecida por la
Biblia se ignorarán o se denigrarán. Esto es bastante preocupante, pero lo
que creemos sobre nosotros mismos puede ser igual de resistente a las
pruebas en sentido contrario.

La ley de Orr
Hace muchos años, me encontré con un modelo descrito por el doctor
Leonard Orr que explica por qué sucede todo esto. Imagina que tu mente
tiene dos partes: el Pensador y el Demostrador. El adagio es: «Lo que
piensa el Pensador, el Demostrador lo demuestra». Si tu Pensador piensa
que eres una buena persona, tu Demostrador filtrará e interpretará todo lo
que te sucede a ti o lo que pasa a tu alrededor a fin de sostener esa creencia.
Pero, al mismo tiempo, si tu Pensador piensa que eres un desastre,
¿imaginas lo que hará tu Demostrador? Esa es la razón por la que, en
ocasiones, escuchas a personas que han recibido un cumplido o comentarios
positivos responder con un: «Solo lo dices por ser amable», o: «Esto
únicamente ha salido bien porque...» y dan una razón externa a sí mismos.
Es un sistema que se autoperpetúa y que tiende a reforzar las creencias que
mantienes cuanto más tiempo las mantienes. Es una forma de describir
cómo terminamos en una posición predeterminada de crecimiento o de
protección en la vida.
En el núcleo de este modelo radican las creencias –son, esencialmente,
lo que piensa el Pensador–. Cada día me veo bombardeado por ellas en mi
sala de terapia. «La vida está en mi contra», «no merezco cosas buenas»,
«yo soy el culpable (de todo)», «nadie me quiere», «nunca seré feliz /
esbelto ni tendré éxito». El tema es finito, si bien las variaciones son
muchas, y si les doy a mis clientes la oportunidad para hacerlo, su
Demostrador me facilitará una larga lista de ejemplos para «comprobar»
que la creencia es válida, sin darse cuenta de que están bloqueados en un
bucle de retroalimentación Pensador / Demostrador.
En la mayoría de casos, la creencia (o las creencias) limitadora que el
cliente trae a la terapia es la clave; cambia esto y todo el comportamiento
sintomático que esta genera cambiará también. Sin embargo, lograr esto
puede resultar complicado, debido a la ilusión de que lo que parece real
parece verdadero. Permíteme que me explique.
Una creencia se define como «la aceptación de que algo existe o es
verdadero, en especial cuando no hay prueba de ello». Las creencias se
ejecutan en segundo plano durante toda la jornada para permitirnos llegar al
final del día. Piensa en cuando te levantaste esta mañana y moviste tus
piernas de la cama al suelo. ¿Acaso pensaste en que el suelo podría no
seguir ahí? Por supuesto que no. Mientras caminabas al baño, ¿te aseguraste
con cada paso que el suelo seguía siendo sólido? Parecerías una persona
rara en caso de hacerlo, e imagina lo lento que se volvería tu día. A medida
que crece nuestra experiencia del mundo, desarrollamos un conjunto de
creencias para guiar nuestras acciones –generalizaciones y atajos útiles
destinados a mantenernos seguros y a ahorrar energía–. En su abrumadora
mayoría, han demostrado ser una buena idea. Tenemos creencias sobre todo
–de hecho, es imposible no tenerlas–. Recuerdo haber tenido una
conversación durante una cena con una persona que estaba obsesionada con
el postmodernismo y que, en un momento de la misma, insistió: «Yo no
creo en nada». No pude resistirme: «¿De verdad piensas eso?», le pregunté.
Las creencias son inevitables, y tanto si se trata de confiar en la solidez del
suelo como si se trata de confiar en uno mismo, funcionan del mismo modo.
Tienen que parecer verdaderas para que respondas a ellas, así que tienen
que parecer reales, incluso aquellas que no lo son; ese es el truco. Mi
trabajo consiste en conseguir que no te las tomes demasiado en serio.
La señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas
presentes en la mente al mismo tiempo y, a pesar de ello, no dejar de funcionar.
F. Scott Fitzgerald

Yo no creo en la vida después de la muerte; pienso que, cuando


morimos, se acabó. Esto es una creencia, ¿no es así? Por otro lado, de
manera regular hablo con mi abuelo fallecido para mis adentros –y me da
algunos consejos bastante buenos–. Durante mucho tiempo luché contra
esta incongruencia a causa de la contradicción que implicaba, hasta que caí
en la cuenta. Las creencias son únicamente conveniencias; están ahí
para orientar, no como artículos de fe que requieren una obediencia
ciega. Desde que caí en la cuenta, he empleado las creencias para ser feliz y
para no dejar de crecer. Aunque sé que no creo en la vida después de la
muerte, está claro que obtengo un beneficio al hablar con mi abuelo, así
que, ¿por qué no? En mi caso, el error sería pensar que tengo que creer en la
vida después de la muerte para continuar con nuestras conversaciones. He
descubierto que el hecho de mantener creencias contradictorias y escoger
cuál de ellas te ofrecerá más beneficios al usarlas es muy divertido, y te
proporciona una libertad considerable de pensamiento –con todo lo confuso
que ello le puede resultar a tus amigos.
Las creencias son lo que usa tu Pensador para definir tu mundo, y lo
que tu Demostrador se afana [slaves away] por validar al organizar la
manera en que ves las cosas de un modo que se ajuste a estas creencias. Y
el término «slaves» [5] no constituye ningún eufemismo. Un triste defecto
de software que presentamos todos nosotros es que nuestros cerebros
prefieren mantener una antigua creencia y presionar el mundo de una
determinada manera que mantenga su veracidad, antes que tomarse la
molestia de actualizarla.
Está en el ADN de las creencias hacerse sentir como si fueran «la
verdad». Ese es el único modo en que pueden conseguir que actúes. Si
creyeses solo «a medias» que el suelo de tu habitación era sólido,
procederías con una precaución continua. No me sorprende que las
defendamos con tanta firmeza. Con frecuencia, las creencias que tenemos
sobre nosotros mismos y que mantenemos con tanta firmeza estrangulan
cualquier posibilidad de crecimiento en nuestras vidas.
Puedes liberarte de las creencias que te atan y desarrollar otras que te
ayuden a vivir en un estado de crecimiento. No es fácil, pero es posible.
Presta atención a los momentos en que creas algo de manera firme, y
tómate un momento para hacerte la siguiente pregunta:

Autopregunta 5:
¿Qué está pensando mi Pensador?

Trabaja el problema
• ¿Qué está haciendo aquí mi Demostrador?
• En vez de ello, ¿qué otra cosa podría ser cierta?
• ¿Qué pensaría mi Pensador si fuera así?
• ¿Cómo cambia eso las cosas?
• ¿Por qué no quiero que eso suceda?

Lo más probable es que estas preguntas traigan consigo ciertas cosas


en las que pensar.
Lee cosas que sean contrarias a tus creencias. A menudo he visto que el
hecho de leer algo que va en contra de mi visión del mundo termina por
enriquecerla. Anteriormente mencioné a Gil Boyne. Decidí asistir a mi
primera sesión de formación con él precisamente porque yo opinaba lo
contrario que él en casi todos los ámbitos de la terapia. Ello cambió mi
vida, ya que tuve que admitir que lo que él estaba haciendo funcionaba, ¡del
mismo modo que lo que yo estaba haciendo funcionaba! Así pues, ni lo que
él creía (que la terapia TENÍA que hacerse a su manera) ni lo que yo creía
(que mi modo de hacer las cosas era el único o la manera correcta) era
cierto.
Me gusta este consejo de Paul Saffo: hay que sostener «opiniones
fuertes con debilidad». Comprométete con aquello que creas, pero prepárate
para desprenderte de ello en el momento en que tu creencia ya no te resulte
útil o no sea merecedora de tu compromiso.

Consejo sobre la crianza:


mantén una actitud flexible

A nuestros cerebros les resulta fácil convertirse en cemento a medida que


terminamos haciendo las mismas cosas que siempre hemos hecho, y de la
manera en la que las hemos hecho siempre.

• Reorganiza tus rutinas de manera regular. Toma diferentes caminos


para ir a trabajar. Prueba nuevas rutinas de ejercicio físico.
Interésate en nuevas aficiones. Lee libros de autores con los que
no estés de acuerdo. Ve películas que no sean «lo tuyo». Prueba
nueva comida.
• Aplica este consejo a tus hijos. Haz que el hecho de probar cosas
nuevas sea la norma. Recompensa el malestar que les hayas
ocasionado al haber tenido que salir de su zona de confort. La
mejor oportunidad de descubrir la pasión de su vida consiste en
buscarla por todas partes, no en los mismos lugares una y otra
vez.
• Asimismo, anima a tus hijos a que hagan las cosas de siempre de
nuevas maneras. Comenzar a ponerse los pantalones con un pie
diferente podría parecer únicamente un pequeño motivador de la
flexibilidad conductual, pero todos sabemos lo que crece de las
bellotas. El objetivo clave consiste en conseguir que eviten
asentarse de manera prematura en patrones fijos de
comportamiento. Es la clave para ser creativo.

Los padres flexibles criarán a niños curiosos y abiertos de mente. No creo


que se les pueda transmitir un mejor regalo.
L 3:
Puedes escoger la persona
que quieres ser

¿Quién sería yo si hubiese hecho esto?


La plasticidad del cerebro significa que eres alguien cuyo cerebro está
inventando. Puedes dejar al azar la persona que terminarás creyendo ser, o
puedes tomar el control y comenzar a escribir el personaje que querrías ser
en la historia que más te divertiría vivir. He aquí un descubrimiento que
creo que te ayudará a ganar mayor flexibilidad a la hora de determinar
quién eres y quién no, lo que puedes hacer y lo que no. Resulta
sorprendente el lugar del que pueden surgir las grandes lecciones, porque
esto trata de que te comas tus verduras. Bueno, en realidad, trata de cuando
yo no me comía las mías.
Durante la mayor parte de mi vida, le declaré la guerra a las verduras.
La ensalada llegó a ocupar un nivel especial de desprecio. A pesar de haber
disfrutado durante toda la vida del hecho de mantenerme en forma,
dedicaba poco tiempo a pensar en mantenerme sano a través de la elección
de alimentos. Lo que probablemente solo sea una constitución afortunada
me permitió salir bien parado.
Eso ha cambiado. Recientemente, estaba junto a Bex en el
supermercado mirando el mostrador de las ensaladas y dije: «¿Cuál nos
llevamos? Todas parecen deliciosas». Y no estaba bromeando. Así es como
surgió ese cambio:
Un amigo me había recomendado un libro de Timothy Ferriss titulado
El cuerpo perfecto en 4 horas. La mayoría de las personas me consideraría
razonablemente delgado, pero mi grasa corporal es mayor de lo que
imaginas. Soy lo que se conoce como un TOFI [6] : delgado por fuera, gordo
por dentro. El libro trataba el modo de reducir la grasa corporal, no de
perder peso, y eso me interesó. Así que me decidí a darle una oportunidad.
Ello incluye una serie de decisiones duras –las duchas heladas, por
ejemplo–, pero pensé en empezar por lo más fácil e ir eliminando las cosas
que Ferriss dice que contribuyen a adquirir grasa corporal. Podía comer
carne y verduras (no fruta). Ahora puedes ver mi problema.
Haciendo de tripas corazón, le pedí a Bex que pusiese cualquier tipo de
verdura en mi plato y le prometí comérmelas sin queja alguna. Durante los
primeros días tuve un mantra que me ayudó a superar la rareza que ello
entrañaba: estaba comiendo «carne y medicina». A continuación, tomé
conciencia de una disonancia cada vez mayor en mi cabeza. Si hubiera
tenido lugar una conversación al respecto, se habría desarrollado del
siguiente modo: «En realidad sabe bien». «No, no es así, a ti no te gustan
las verduras». «Pero, sabes, en realidad estoy disfrutando bastante de los
sabores y las texturas». «Cállate. No te gustan las verduras». «Sé que no me
gustaban, pero...». «La la la... NO TE ESTOY ESCUCHANDO. No eres
alguien a quien le gusten las verduras».
Y, entonces, surgió una pregunta en mi cabeza:

Autopregunta 6:
¿Quién sería yo si...?
Era como estar bajo la ducha helada que Tim Ferriss me había animado a
darme. En un instante, me di cuenta de que todos estos años no habían
girado en torno a las verduras en sí mismas, sino a la siguiente pregunta:
«¿Quién sería yo si me hubiesen gustado las verduras?».
Como una película que se rebobina, recordé imágenes de las ocasiones
en que me habían hecho quedarme en la mesa durante mi infancia para
terminarme la comida cuando todos se habían ido. Recuerdo haber
escondido cosas bajo el borde de la mesa y haber puesto una gran cantidad
de salsa en el plato de la escuela para poder así hundir la ensalada debajo de
ella, fuera de la vista de las señoras gruñonas que vigilaban el servicio de
comedor. En casa y en la escuela, mi naturaleza melindrosa infantil con la
comida se vio confrontada y se convirtió en una guerra. Yo contra la
autoridad, con las cosas verdes en el campo de batalla. No recuerdo haber
perdido nunca. Durante toda mi vida he reaccionado con firmeza –e incluso
de manera exagerada– contra cualquier persona que me impusiese su
voluntad, y la lechuga era el origen de todo.
«¿Quién sería yo si comiese verduras y ensaladas?». La respuesta que
usaba mi subconsciente era clara: un enclenque. Alguien que se rinde.
Alguien que hace lo que le dicen. ¡Vaya montón de tonterías! ¿Había
construido una versión de mí basándome en eso?
«¿Quién sería yo si me gustasen las cosas verdes?». Alguien que se
sentía más feliz al instante, que controlaba más sus decisiones, y una
persona definitivamente más sana; ese era yo. Qué extraño. Me he dado
cuenta de que he estado cargando con un estómago en mi interior que ha
sido infeliz con la dieta durante tanto tiempo que hasta había olvidado que
podía sentirse diferente. Por primera vez, ahora siento que mi estómago me
pertenece a mí.

¿Quién sería yo si...?


Esta pregunta se volvió muy importante. Bex y yo comenzamos a recurrir a
ella cuando nos enfrentábamos a cualquier limitación o reticencia a hacer
algo. La afirmación: «No quiero...» se encontraba con esta otra: «¿Quién
sería yo si ...?»; ello me lleva a comprender algunas cosas interesantes; en
especial que hay muchas cosas que «no quiero hacer», y que después de
hacerlas me alegro de haberlo hecho.
He hablado de que nosotros somos nuestros propios creadores. Este
experimento alimenticio me dio la oportunidad de verlo en la práctica,
desde la exposición de una creencia inconsciente hasta su actualización
instantánea cuando la consideré a la luz del presente.
Cada vez que nos despertamos tenemos la oportunidad de ser la
persona que queremos ser, y, sin embargo, tenemos una cierta tendencia a
vestirnos con nuestras antiguas creencias cada mañana tan inevitablemente
como nos ponemos los pantalones. En realidad, no tenemos por qué
hacerlo.
Probablemente no existe un límite para lo que esta sencilla pregunta
podría lograr –y por eso muchos la ignorarán por ser demasiado simple–,
pero a continuación enumero los logros más habituales que les ha
proporcionado a mis clientes:

• ¿Quién sería yo si... pudiese resistirme a ese pastel?


• ¿Quién sería yo si... fuese la clase de hombre que se hubiese
acercado a esa chica y le hubiese hablado?
• ¿Quién sería yo si... fuese la clase de persona que hubiese intentado
conseguir ese empleo?
• ¿Quién sería yo si... hubiese movido el culo e hubiese ido al
gimnasio?
• ¿Quién sería yo si... fuese la clase de persona que no se deja tratar
de esa manera?
Tarea:

La próxima vez que te enfrentes a algo con lo que, normalmente, te sentirías


inhibido o tengas que hacer algo que consideres imposible (pero que otras
personas sí sean capaces de llevar a cabo), crea una versión de esta pregunta
que se ajuste a la situación concreta. Plantéate esta pregunta a ti mismo.
Advierte los cambios que se producen en ti al hacerlo. Concéntrate en todos
y cada uno de los cambios en los pensamientos, en los sentimientos y en las
expresiones corporales. Sobre todo, en estas últimas...

La fisiología de la excelencia
Cuando me pregunto a mí mismo: «¿Quién sería yo si hubiese / si no
hubiese...?» y presto la atención debida a mi respuesta, experimento un
cambio a nivel físico –por lo general, algo sutil en mi postura, en ocasiones
en mi manera de caminar; aunque es probable que sea imperceptible para
los demás, yo lo noto–. Este cambio físico es algo en lo que entreno a mis
clientes cuando les enseño esto. La conexión entre la mente y el cuerpo
suele estar en boca de todos en mi profesión; aunque casi siempre se le da
cierta primacía a la mente, mientras que en realidad es más bien una calle
de doble sentido.
Paul Ekman es una autoridad mundial por lo que respecta a la relación
entre las emociones y nuestras expresiones faciales. Durante un
experimento hizo que los voluntarios pusieran una cara que, según su
opinión, expresara uno de entre siete estados diferentes –tales como ira,
tristeza, miedo o disgusto–. Como estaban siendo fotografiados, los sujetos
tenían que representar esta pose y mantenerla durante un largo período de
tiempo. Los voluntarios empezaron a comunicar que su estado de ánimo se
estaba sincronizando con su expresión. El hecho de que parecieran estar
enfadados hizo que se enfadaran más. Parece que nuestro cerebro busca
pistas en el cuerpo sobre cómo debería sentirse y responder. En cierto
modo, nuestro cuerpo es otro componente del medio en que vivimos que
debe ser interpretado.
Los que practican la PNL hablan de la fisiología de la excelencia –el
lenguaje corporal que tiene más probabilidades de producir un determinado
resultado en una situación particular–. Los atletas de élite son buenos para
eso; a menudo puedes decir quién va a resultar ganador solo por la
sensación que transmiten –y, del mismo modo, quién no va a ganar–. Tu
cuerpo es una herramienta poderosa en el kit de tu vida, así que aprende a
usarlo, escucha los regalos que aporta a tu pensamiento y a tus estados de
ánimo.
De repente, la vieja idea «fíngelo hasta que lo consigas» recibe un
poco de pintura nueva. Los autores de la canción clásica «Sonríe (aunque tu
corazón esté dolido)» estaban muy por delante de su época –de hecho, una
buena manera de reducir la ansiedad consiste en sostener un bolígrafo entre
tus dientes–. Los investigadores descubrieron que, al hacerlo, la boca se
fuerza a contorsionarse en una sonrisa, y los sujetos ansiosos a los que les
pidió que lo hicieran comunicaron un retroceso de su pánico. El cerebro va
adonde le lleva el cuerpo.
El ajuste sutil de mi fisiología cuando me convierto en «la persona que
sería si...» tiene un efecto en mis pensamientos. Con la práctica, esta
fisiología puede convertirse en la nueva normalidad, ya que actúa como el
cemento de un nuevo comportamiento, e incluso de una nueva creencia.

Consejo sobre la crianza:


fíngelo hasta que lo consigas

Enseña a tu hijo desde bien temprano que el hecho de usar su fisiología para
crear un estado útil de manera deliberada es otra cosa que se agrega a su
arsenal del LCI. Enséñale que el modo en que se siente es solo una opción y
que, si no está cómodo, puede escoger otro. Los niños tienden a aprender
esta idea muy rápidamente, al igual que cambian de aspecto cuando se
ponen el disfraz de su superhéroe favorito. Enséñales cómo lo haces tú. Sed
una familia de superhéroes. Cuando se sientan fuertes o con confianza, haz
que se den cuenta de su postura, de su respiración –todo lo relacionado con
su fisiología que forme parte de su estado–. La próxima vez que se sientan
nerviosos o que carezcan de confianza, recuérdales todas esas cosas y haz
que las repitan. Cuanto más practiquen esta «fisiología de la excelencia»,
más pronto serán capaces de acceder al estado positivo y de disipar lo
negativo.

Solo por hoy


Una variación de lo anterior que también resulta de utilidad es el «solo por
hoy».

• «Solo por hoy voy a fingir que soy lo suficientemente bueno».


• «Solo por hoy voy a suponer que todo está sucediendo por una
buena razón».
• «Solo por hoy voy a pensar que todo irá bien».
• «Solo por hoy voy a actuar como si me estuviese divirtiendo siendo
yo».

Darle al cambio un plazo breve de tiempo hace que parezca más manejable.
Es lo que denominamos un marco «como si» –una oportunidad de fingir
que algo es así; además, como no estamos comprometidos a que sea verdad,
no sentimos lo mismo si fracasamos–. Leí en algún lugar que a la estrella de
cine Cary Grant le preguntaron en una ocasión cómo se había convertido en
un hombre tan agradable y confiado. Su respuesta fue: «Únicamente seguí
fingiendo hasta que ya no tuve que hacerlo». Y probablemente lo hizo día a
día. Así que, solo por hoy, ¿qué te gustaría que fuese diferente?
El planteamiento de estas preguntas no constituye una varita mágica
para los desafíos de la vida. Estas cuestiones son, sencillamente, una
herramienta que te anima a desarrollar el LCI y a usar tu imaginación para
crear una versión de ti que no requiera que sigas siendo lo que no quieres
ser.

Eres quien crees que eres


Hace muchos años, una clienta con anorexia me ayudó a cambiar para
siempre el modo en que veía el mundo. Chloe tenía diecisiete años, era
increíblemente inteligente –como suele ocurrir con las chicas que sufren un
trastorno alimenticio– y estaba tan solo a un kilo y medio de ser internada
de acuerdo a los dictámenes de la Ley de Salud Mental. Apenas podía subir
las escaleras, tenía un rostro que parecía como si un aspirador estuviese
conectado a la parte posterior de su cabeza, y se arrastraba como una
caricatura del clásico adolescente. Era paciente ambulatorio en una clínica
de trastornos alimenticios del Servicio Nacional de Salud. Le había
declarado la guerra al personal, que insistía en que la respuesta al problema
era el cambio conductual –como, por ejemplo, un ajuste de su dieta diaria–,
y estaba igualmente convencida de que necesitaba hacer frente a la vorágine
de «cosas que tenía en su cabeza». Lo primero que tuve que aceptar era que
yo no tendría nada que ver con la clínica. Más tarde me acusaron de ser
poco profesional al haber respetado sus exigencias. Ella mejoró, así que
vivo con su censura.
A medida que conocí a Chloe fui conociendo también sus
pensamientos. Hablaba de ellos, los enviaba como mensajes de texto y
escribía sobre ellos. Comencé a advertir una diferencia entre ellos. Algunos
hablaban de que Chloe quería viajar, hacer fotografías, conocer a un chico.
Otros hablaban de su fealdad, de lo antipática que era y de que la comida
era el enemigo. Su lenguaje corporal parecía reflejar estas diferentes
versiones de sí misma. La primera versión entró andando alegremente con
una sonrisa deslumbrante, se sentó erguida y se relacionó conmigo; la
segunda se arrastró, se dejó caer en la silla, se enfurruñó y gruñó.
Le di un libro de la profesora Susan Blackmore titulado La máquina de
los memes para que lo leyese. Este libro desarrolla una idea presentada por
Richard Dawkins. En él sugiere que las ideas compiten para sobrevivir
dentro de nuestras cabezas y de nuestras culturas del mismo modo que los
genes compiten dentro de la naturaleza –la supervivencia del más apto–. Un
ejemplo sencillo es la comedia. Los cómicos se dan a conocer con
frecuencia porque se topan con un eslogan que se vuelve contagioso y que
se extiende como la pólvora por todo el país. El eslogan es un meme, como
lo son las religiones o las ideologías políticas.
La profesora Blackmore señaló que no todas las ideas o pensamientos
eran beneficiosos para la cultura o para la persona que los mantenía en su
cabeza. La idea de la agricultura, por ejemplo, redujo los niveles de vida de
los primeros agricultores en comparación con los cazadores-recolectores
durante mucho tiempo. Se piensa que la compensación por una vida más
dura era la mayor seguridad que proporcionaba la posibilidad de vivir
siendo un mayor número. Más o menos en las mismas fechas en que
comencé a ver a Chloe, leí acerca de un virus que infecta a las orugas de la
polilla gitana y provoca que estas suban a lo más alto de los árboles, donde
mueren, se licuan y gotean fluidos infectados por los virus sobre otras
orugas. Un virus puede apoderarse del comportamiento de su huésped. Las
dos ideas, los memes y los virus, llegaron juntas y se convirtieron en un
tema de discusión entre Chloe y yo.
¿Qué pasaría si a alguien le infectase un virus que le hiciese cambiar
sus pensamientos sobre la comida hasta el punto de evitarla? ¿Qué pasaría
si no fuese un virus real, sino una idea, un meme, que se transmite de
persona a persona? La anorexia ha estado presente desde hace mucho
tiempo. Se piensa que María I de Escocia la sufrió, pero los medios de
comunicación solo llamaron la atención de la opinión pública generalizada
tras la muerte de la cantante Karen Carpenter en 1983 –y la incidencia de la
misma aumentó en consecuencia–. Me sonaba como un meme.
Chloe y yo comenzamos a hablar de su «virus», esa idea que le estaba
provocando los pensamientos que mantenían su enfermedad. Comenzó a
poner por escrito sus pensamientos y destacó la diferencia entre los
pensamientos del virus y los pensamientos de Chloe. Comenzó a hacerse
más fuerte a medida que se entrenaba para responder a «sus» pensamientos
y para ignorar o dar razones en contra de los pensamientos propios del
virus. Tras dieciocho meses de trabajo conjunto, Chloe se fue de mochilera
a Australia a hacer fotografías en compañía de un chico, y con un IMC
[índice de masa corporal] saludable. En la actualidad es madre de tres hijos
e hipnoterapeuta cognitiva especializada en –¿lo adivinas?– trastornos
alimenticios. He empleado con éxito variaciones de la idea de los memes
con un buen número de personas con trastornos alimenticios y con otros
problemas que son sugestiones generadas por el pensamiento –es decir, con
la mayoría de las personas que veo.
Si crees estar teniendo un «virus», prueba con estos consejos:

Trabaja el problema
• Escribe los pensamientos que estés teniendo sobre algún aspecto en
el que esté actuando el virus.
• Consigue un rotulador y marca los pensamientos propios del
«virus».
• Consigue otro rotulador y marca aquellos que sientas como más
propios.
• Escribe junto a cada pensamiento del «virus» todas las razones por
las que consideres que no es cierto.
• Escribe junto a cada uno de tus propios pensamientos todo lo que
se te ocurra para apoyarlos.

Con el tiempo he descubierto que la gente mejora su identificación de


los pensamientos de los virus a medida que estos llegan, y que mejoran su
capacidad para hacer caso omiso de ellos. Después de todo, ningún
pensamiento que tengas es tuyo hasta que actúes sobre él; lo único que
sucede es que tu cerebro te está lanzando pensamientos.

Nuestros cerebros tienen únicamente una capacidad finita para centrarse en


algo en particular, y a estas alturas ya sabemos que son criaturas de
costumbres. Si tu cerebro se ha acostumbrado a estar en un modo de
protección, el Demostrador llamará tu atención principalmente sobre cosas
que se interpretaron como amenazantes. El mundo en el que vives se
percibirá de un modo negativo porque alimentas esa negatividad al preferir
centrarte en ella. Lo mismo sucede con tu autoestima: alimentas tu
confianza al centrarte en las cosas que la aumentan, y la matas de hambre
cuando te centras en los fracasos. Y, cuantas más cosas de estas percibas, en
cualquiera de los dos sentidos, más las potenciarás.
Con el tiempo, cualquier versión de nosotros mismos en la que nos
centremos se convierte en la más fuerte, y lo débil se vuelve irrelevante.
Cuando reconozcas que tu cerebro es una fábrica de pensamientos que
produce respuestas en masa a lo que cree que te está sucediendo, podrás
comenzar a hacer dos cosas: escoger qué pensamientos te pertenecen a ti (y,
al hacerlo, ignorar los que no), y centrar tu atención en ellos a fin de que tu
cerebro produzca una mayor cantidad de ellos. Si somos la suma total de los
pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos, ¿por qué no comenzar a
cerciorarnos de que tenemos los pensamientos que crean la versión de
nosotros mismos que más nos divierte?

La historia hasta ahora


En esta sección me he centrado en ti:

• Cómo ajustar tu cerebro a la frecuencia del crecimiento a través del


LCI.
• Cómo liberarte de la tiranía de las creencias que te mantienen en un
estado de protección innecesario.
• Cómo puedes elegir ser la persona que quieres ser.
• Cómo puedes ser el creador de tu propio carácter.

Esto no solo mejorará tu vida, sino que creará un ambiente para que quienes
se encuentran dentro de tu ámbito de influencia hagan lo mismo. Serás un
ejemplo para tus hijos y, a medida que avancen los años, el ciclo de
retroalimentación de la familia podría crear algo extraordinario.
Imagina un mundo en el que los niños aprendiesen desde bien
temprano que son los responsables de sus sentimientos, que tienen las
herramientas necesarias para cambiar una emoción que no desean tener.
Imagina que les enseñases a ser capaces de guiar la clase de realidad
que crean, una realidad pintada por sus cerebros con los colores del
crecimiento.
Imagina que aprendieses a interpretar su comportamiento simplemente
como una respuesta a la realidad que su cerebro estaba creando en ese
momento. Imagina la flexibilidad que te aportaría para ayudar a que el
cerebro buscase modos de cambiar estos comportamientos y, por tanto, de
cambiar su experiencia de ellos.
Ahora, veamos directamente lo que podemos hacer para fomentar la
resiliencia y el crecimiento en tus hijos.
P III:
CRIAR A TU HIJO

En la parte I desarrollé un modelo sobre el modo en que la mente trabaja


para crear nuestro mundo y nuestro sentido de identidad dentro de él.
Argumenté que las cosas que no nos gustan –nuestras limitaciones y
nuestros defectos– son el resultado de los fallos técnicos que se producen en
el software de nuestro cerebro y que, en su mayoría, surgen durante la
infancia.
A continuación, describí el modo en que nuestra sociedad de consumo
emplea estos fallos técnicos para hacer que nos comportemos de modos que
sirvan a esa sociedad, pero que a menudo consiguen que nos sintamos
estresados, deprimidos, ansiosos, insatisfechos o simplemente infelices. Si
comienzas a ver las cosas del modo en que te sugiero, te darás cuenta de
que gran parte de las cosas que supusiste que eran ciertas son inventadas, en
particular las ideas que tenías sobre ti mismo. No solo son inventadas, sino
que continúan inventándose momento a momento. Eso conduce a una
presunción inconsciente de que las cosas son como son, incluido tú, y que
ese cambio es difícil.
Sin embargo, en mi modelo está implícita la noción de que, si las cosas
no son ciertas, ello significa que pueden cambiarse. Podemos corregir los
fallos técnicos, tomar el control de nuestras propias narraciones, crearnos
nosotros mismos como la ilusión que más nos divierte ser. Puede que no
seamos capaces de hacer con nuestra vida lo que queremos que sea, pero
podemos hacer que trate de lo que queramos.
Ojalá hubiese conocido todo esto que estoy escribiendo ahora cuando
me convertí en padre. El conocimiento de esas cosas supone para cada
padre la posibilidad de cambiar la vida de su hijo. Tus hijos te brindan cada
día la oportunidad de que les ayudes a crecer. Puedes orientarles con
respecto a su manera de ver el mundo, de verse a sí mismos, de tratar a los
demás, y hacia las lecciones que quieres que aprendan. El hecho de saber
cómo funcionan sus mentes jóvenes no debe emplearse para alejarlos de los
desafíos o de las situaciones en que pueden experimentar un
Acontecimiento Emocional Significativo. La buena crianza de los hijos
tiene que ver con la valentía, no con mimar a tu hijo ante los golpes de la
vida. Tiene que ver con ayudarlos a recuperarse cuando la vida les hace
caer, desarrollando una mentalidad que les servirá durante toda su vida para
mantenerse resilientes, flexibles y felices consigo mismos. No va a ser fácil,
pero es posible.
La parte II trataba de tu desarrollo personal, de las cosas que podías
hacer para ejemplificar los rasgos con los que te gustaría que creciesen tus
hijos. Creo que pronto verás cómo empiezan a encajar con el modo en que
interactúas con tu familia; a medida que cambies, también ellos lo harán.
Ahora es el momento de dirigir nuestra atención al crecimiento de tus hijos.
He dividido la siguiente parte del libro en ocho secciones en las que he
puesto por escrito todo lo que se me ha ocurrido para ayudarte en el trabajo
más duro del mundo. Gracias a Dios, está muy bien pagado. Al igual que en
la parte II, he incluido pequeños ejercicios que te ayudarán a convertir las
ideas contenidas en cada mantra en hábitos de pensamiento que guiarán tus
acciones de manera automática –si te esfuerzas en usarlos–. Pero tengo
grandes esperanzas, me has impresionado mucho hasta ahora.
8 mantras para los padres
Queridos padres
Quiero compartir todo esto con vosotros basándome en lo que he
aprendido como terapeuta y como padre. Hay un total de ocho mantras;
espero que empecéis a recitarlos pronto para mantener vuestra cordura y
vuestro aplomo durante el ejercicio de la paternidad:

MANTRA 1. O estás formándolos tú a ellos o te están formando


ellos a ti.
MANTRA 2. Todavía no son las personas en las que terminarán
convirtiéndose.
MANTRA 3. Las recompensas no siempre les recompensan.
MANTRA 4. Es bueno darles menos.
MANTRA 5. La vida es lo que tú haces que signifique.
MANTRA 6. No son difíciles, simplemente no son tú.
MANTRA 7. El LCI requiere valentía.
MANTRA 8. Cuidado con las expectativas.
M 1:
O estás formándolos tú a ellos o te están formando
ellos a ti

Tatúate este mantra en los párpados para que quede grabado en tu cerebro
mientras duermes. Me arriesgo ahora a ser linchado por un grupo de padres
vengativos, pero cuando comprendas el joven cerebro causal de tus niños,
este mantra debería simplificar el modo en que les crías durante los
primeros años. El mecanismo causal del cerebro evolucionó para predecir
cosas como: «¿Qué sucede si hago esto?». Desde bien temprano, tus hijos
están tratando de averiguar cómo funciona el mundo –sobre todo cómo
funciona para ellos–. Tan pronto como son capaces de moverse comienzan
a explorar sus límites físicos –lo que pueden alcanzar y por dónde pueden
gatear–, así como sus límites sociales –lo que pueden hacer y lo que no,
aquello que logra la aprobación de los demás, y lo que lleva al retraimiento.
Me asombra la cantidad de padres que ceden en el supermercado ante
los gritos de sus hijos y que les premian con la cosa que estos les están
pidiendo. ¿Quién está formando a quién? El niño –imaginémoslo como un
joven y no del todo loco científico– está probando un experimento que gira
en torno a esta pregunta: «¿Cómo puedo conseguir lo que quiero?». Es
probable que pruebe una serie de comportamientos, todos ellos basados en
la pregunta: «¿Qué me permitirá conseguir el resultado deseado?». ¿Parecer
adorable? ¿Preguntar por ello? ¿Decir por favor al final de la petición?
¿Comenzar a gritar? Por lo general, los niños tienen un mayor grado de
flexibilidad conductual que los adultos –nos preocupamos demasiado por lo
que piensan los demás–, así que tirarnos junto a ellos en el suelo de la
sección de congelados, dar puntapiés y gritar más alto no parece una
solución. Los niños suelen ganar por desgaste, y el padre se justifica
diciendo que solo cederá ante las peticiones de su hijo esa vez. ¡Nunca es
verdad! A los niños se les da muy bien el aprendizaje continuo. A menos
que parte de ese aprendizaje sea que no siempre pueden obtener un «sí» de
sus padres al final de sus experimentos, y que no conseguir todo lo que
quieren es parte del modo en que funciona el mundo, estás en el infierno. O
estás formándolos tú a ellos o te están formando ellos a ti. Recita este
mantra, medítalo o imprímelo en una camiseta, porque si deseas tener
calidad de vida como padre y tener hijos a los que resulte divertido tener
cerca, la formación necesita bascular en tu favor. Los clientes que tuvieron
una infancia sin el límite del «no» presentan una mayor gama de problemas.
Para empezar, y de manera universal, desarrollan un LCE. Se espera que el
mundo tenga una actitud de dar, así que ellos tan solo tienen que
comportarse de un modo que contribuya a que el mundo apoquine. Algunas
personas lo pedirán de manera agresiva –intimidando y gritando para salirse
con la suya–, otras confiarán en la lástima, en la enfermedad o en la
impotencia para que sus necesidades se vean satisfechas. No es agradable
ver uno de estos casos en acción; en el caso de que sus padres todavía sigan
vivos, mis clientes suelen seguir gritándoles o sonsacándoles algo mientras
continúen respirando. Creo que la palabra no es una de las más importantes
en el vocabulario de un padre, una palabra que debe emplearse raramente
cuando se trata del potencial del hijo o de la búsqueda de sus sueños, pero
que debe usarse con mayor frecuencia cuando se trata de la adquisición de
«cosas» o una demanda de que hagas algo que ellos podrían hacer por sí
mismos. Resulta vital que los niños aprendan que en ocasiones les toca no
conseguir nada, que es el turno de que a otra persona le toque algo, que la
vida no es justa o equitativa, que hay victorias y derrotas, y que no quiere
decir no. El único lugar de la familia que no le corresponde al niño es el de
persona al cargo.
Existe un proceso denominado adaptación según el cual los niños
adaptan sus creencias y su comportamiento en respuesta a los mensajes que
reciben o al modo en que los interpretan. Cuando yo era niño recibí fuertes
mensajes sobre el respeto a la autoridad. Los niños tenían que ser vistos,
pero no oídos; a todos los adultos se les llamaba señor y señora [7] –y
nunca solo por su nombre–, y los niños se levantaban para que los adultos
pudieran sentarse. Mi adaptación a esta situación me dejó bastante
asombrado cuando me uní al cuerpo de policía, bastante intimidado por
estar trabajando con personas a quienes yo veía como el pináculo de la
autoridad. Imagina mi sorpresa y mi confusión cuando los niños me
arrojaban cosas –niños que se habían adaptado a un mensaje muy diferente
sobre la policía–. Necesitas ser consciente de a qué edad tan temprana
puede comenzar este flujo de adaptación.
Es comprensible que los nuevos padres estén un poco abrumados por
la presión que supone hacer las cosas bien, así que desde el principio es
posible que empiecen a responder continuando con aquello que parece estar
funcionando. En realidad, este no es un mal modo de calibrar lo que están
haciendo, pero pueden cometerse errores con facilidad. Si, por ejemplo, el
bebé parece acomodarse mejor en la cama contigo, o dormir mejor sobre ti
que en su cuna, resulta tentador continuar haciéndolo. Ahora bien, si
comienzas a adaptar todo lo que haces porque eso es lo que prefiere el bebé,
nunca aprenderá a adaptarse a las situaciones que no resultan ideales. Se
establece el principio de que, si alguien tiene que ceder, son los padres los
que lo hacen. Eso no saldrá bien a largo plazo. Si quieres que aprendan a
dormir en la cuna podría costarte algunas noches sin dormir, pero el bebé se
adaptará.
También deseo referirme a la coherencia. Es imprescindible que tus
palabras sean impecables. Di lo que sientes, siente lo que dices. No te
desvíes más allá de las oportunidades que dices que vas a darles y sé
coherente con los límites que establezcas. En realidad, los niños son mucho
más felices cuando saben dónde está la frontera de la conducta aceptable. Si
esta conducta variase según tu estado de ánimo, los niños podrían sentirse
confusos y ansiosos y, la mayoría de ellos, vislumbrarían la oportunidad de
ganar terreno –«pero anoche nos dejaste acostarnos tarde», etc.–. Si se
establecen límites claros y sólidos, entonces puede reinar la paz; si parecen
ser permeables, entonces tus hijos se transformarán en Genghis Khan
mientras explotan las que consideran tus debilidades. Asimismo, sé
coherente con tu pareja. «Divide y vencerás» es el objetivo de tus hijos, así
que debéis estar unidos. Poneos de acuerdo en el enfoque, llegad a
compromisos cuando debáis hacerlo, pero sed inamovibles juntos.
Ten en cuenta que el hecho de explicarle a un niño de menos de cinco
años por qué lo que hizo está mal te resultará una pérdida de tiempo si tratas
de influir en su comportamiento a través de ello. Sus cerebros no se han
conectado lo suficiente para comprender el razonamiento más allá del
blanco y el negro de algo que es bueno o malo, correcto o incorrecto,
querido o no querido. Cada vez que escucho a una madre decirle a la
pequeña Julieta: «En realidad no deberías haber pellizcado así a tu
hermano, porque no es algo bueno; ¿acaso te gustaría que te lo hicieran a
ti?», se me dibuja una sonrisa en la cara. Julieta está esperando las últimas
palabras. Esas palabras son el castigo, y no son tan malas.
Sin embargo, creo que el hecho de hablar con tus hijos de estas cosas
desde una edad temprana es una gran idea, porque con ello se establecen
relaciones causales éticas y morales tales como: «No está bien que hagas
eso porque...», o: «Quiero que te comportes de esta manera porque...».
Algunas investigaciones han demostrado que cuantas más palabras
escuchan, mejor les va en la escuela (a la edad de tres años, un niño que
vive en una situación de pobreza habrá escuchado treinta millones de
palabras menos que uno que vive en una familia formada por padres que
ejercen una profesión). Los niños son esponjas por lo que respecta a la
causa y el efecto y la equivalencia. Así pues, dejemos que absorban cuanto
antes las lecciones sobre cómo deben comportarse. Sin embargo, no
confundas estas explicaciones o estas reprimendas con castigos que
necesariamente cambiarán su comportamiento, porque es probable que
pasen por encima de sus cabezas que todavía no están desarrolladas.
Explica por supuesto y, a continuación, sanciona.
Creo que, en ocasiones, el reino animal puede ser un buen lugar en el
que buscar la sabiduría que nos consideramos demasiado listos para tener
que copiar. Si observas a los perros, las mamás castigan a sus cachorros de
dos maneras: les dan un pequeño golpe en la oreja o los aíslan. La primera
de ellas ya no puede aceptarse en nuestra cultura, pero la segunda es una
poderosa herramienta si la usamos del modo adecuado. Si observas a los
caballos, las yeguas mandan fuera de la manada a los potros que ponen a
prueba su paciencia. Para un animal social, resulta visceralmente peligroso
que le retiren la seguridad de la compañía –hay lobos ahí fuera en la
memoria ancestral–, así que hacer que se sienten a fin de calmarse y
reflexionar [the naughty step], o que pasen el rato en una habitación sin
juguetes ni videojuegos, constituye una herramienta muy poderosa. No
necesitan demasiado tiempo; dejar que se preocupen en el desierto de tu
desaprobación durante mucho tiempo podría ser algo que terminara
transformándose en un Acontecimiento Emocional Significativo. Tan solo
se trata de marcar un límite a la causa y el efecto que quieres que respeten.
Te recomiendo que dediques cinco minutos en el caso de los más pequeños,
y entre diez y quince minutos una vez que sepan hablar. Fórmales bien en
los primeros años y se autorregularán más adelante. Hazlo mal, y estarás
hecho polvo durante años.

Meditar sobre el mantra 1:

Es fácil que el aprecio se convierta en una expectativa. Reflexiona sobre el


equilibrio entre dar y recibir.

• ¿Qué creencias y comportamientos positivos has inculcado en tus


hijos?
• ¿Qué creencias y comportamientos negativos les has enseñado sin
querer?
• ¿De qué manera podrías adaptar tu formación para cambiar eso?
• Al observar a tu familia de este modo, ¿cuáles de las expectativas
que hicieron nacer en ti tus hijos estás satisfaciendo?
• ¿Son saludables estas expectativas? En caso contrario, ¿cómo
podrías cambiarlas?
M 2:
Todavía no son las personas en las que terminarán
convirtiéndose

Cuando observo los movimientos de las madres modernas me da la


impresión de que son increíblemente apresurados –casi como si el reloj
hubiese regresado a la década de 1950 y las madres se estuviesen midiendo
a sí mismas en contra de algún estándar imposible de maestría doméstica.
He visto en Facebook demasiadas madres hechas polvo dando una cabezada
en la piscina mientras sus hijos están en clase de natación, para ponerse
inmediatamente en camino hacia una clase particular de astrofísica. Todos
trabajan muy duro para estar a la altura del ideal de la madre o del padre
perfecto, y, por supuesto, el niño es el símbolo de su éxito en ese rol. Eso
conlleva que el niño soporta tanta presión como los padres, así que no les
importa que sus hijos no tengan tiempo para vivir una infancia verdadera.
El mensaje que les transmito a los padres es: relajaos.
Hagas lo que hagas, y sin que importe lo duro que trabajes para
ser perfecto, tu hijo te frustrará con su imperfección. Crecerá con ciertas
limitaciones aprendidas y con ciertos problemas, algunos de los cuales
procederán de sus interacciones contigo. Para tu hijo eres una especie de
dios al principio, así que cada palabra que pronuncies tiene mucho peso. En
ocasiones, tus palabras serán estúpidas, y otras veces tu hijo malinterpretará
lo que querías decir con ellas.
De manera razonable, algunos padres me llaman a menudo
preguntándome si puedo ayudar a sus hijos con un determinado problema,
como su miedo a la oscuridad, o si puedo hacer algo para que coman más
verduras.
Si es un miedo realmente perturbador para el niño, como es obvio, le
ayudaré, pero soy consciente del papel que pueden jugar estos desafíos en el
desarrollo del LCI. Si un niño aprende que cada vez que surge un problema
en su vida el tío Trevor agitará una varita mágica y hará que desaparezca,
acabará convirtiéndose en un adulto que sigue esperando a que alguien se
ocupe de los desafíos de la vida por él. Lee esto, léelo otra vez y tatúatelo
en los párpados por debajo del «o estás formándolos o te están formando
ellos a ti»: todavía no son las personas en las que terminarán
convirtiéndose. Esto es tan importante que voy a escribirlo una segunda
vez. Todavía no son las personas en las que terminarán convirtiéndose.
Mis hijos tienen más de treinta años y todavía se los sigo repitiendo algunos
días. Siempre nos encontramos en estado de transformación. Esto nunca es
más cierto que cuando somos niños. ¿Cómo puedes saber si eso que te
preocupa de ellos –que estén atravesando una fase de miedo a la oscuridad–
no será lo mismo que les enseñará algo que definirá su carácter adulto?
Dale a tu hijo algo de espacio para solucionar o superar los problemas a los
que está haciendo frente por sí mismo. Si se cae, ayúdale a encontrar la
manera de que vuelva a levantarse. Hazle saber por todos los medios que
estás ahí; ahora bien, rescatarlo inmediatamente puede llevar a que siga
esperando que hagas lo mismo cuando tenga treinta años.
Hace poco tuve el privilegio de ver a un grupo de monos desde la
comodidad de una tumbona junto a una piscina en Sri Lanka. En un
momento dado, escuché a un bebé mono, que se había alejado del grupo
para beber agua de la piscina, llorando de manera quejumbrosa para llamar
a su madre. Después de algunas llamadas, la madre respondió
desplazándose a un lugar que se encontraba a unos veinte pasos de
distancia, en vez de correr hacia el bebé. Parecía un movimiento deliberado
con un mensaje obvio: estoy aquí, pero ayúdate a ti mismo. El bebé salió
corriendo y fue recompensado con un abrazo por haber actuado.
Recuerdo haber contado con la «ayuda» de una sobrina en el jardín
hace muchos años. Debía de tener unos ocho años. Mientras cavaba con una
pala pequeña, sus gafas de sol se resbalaban por su nariz. Al final eso la
molestó lo suficiente como para tomar medidas y quitárselas. A
continuación, dirigió su mirada hacia mí e hizo ademán de entregármelas.
«Yo no las quiero». Dije. Se quedó pensando durante un momento, miró a
su alrededor y se las volvió a poner. LCE. ¿La habría criado mejor si la
hubiera invitado a pensar lo que podía hacer con ellas en vez de dármelas a
mí y la hubiese guiado hacia su propia solución? Hace poco comimos con
ella y nos confirmó el mensaje que da título a este apartado: todavía no son
las personas en las que terminarán convirtiéndose. Ahora es una mujer
maravillosa y brillante de veintipocos años que trabaja de camarera para
mantenerse mientras estudia en la universidad. Nos habíamos enterado que
se había caído y se había dislocado el hombro no hacía demasiado tiempo,
mientras cargaba cubos para almacenar botellas de vino de la bodega. Lo
que no sabíamos era el modo como había reaccionado. «No quise armar un
escándalo, así que volví a colocarme el hombro contra una pared». Ha
recorrido un largo camino desde esa niña pequeña con gafas de sol. Todavía
no somos las personas en las que terminaremos convirtiéndonos.
En mi opinión, el hecho de resolver los problemas de tus hijos en vez
de dejar que lo hagan ellos les priva de una habilidad esencial para su vida,
de la misma manera que evitar el sufrimiento del fracaso les dejará
desprevenidos en la edad adulta. Esa es la razón por la que soy tan contrario
a la moda de ciertos colegios de no permitir los deportes competitivos y de
celebrar días de deportes en los que «todo el mundo gana». Si mantienes a
tus hijos alejados del fracaso y alimentas la ilusión de que el mundo es de
ese modo, la vida después de la escuela podría experimentarse como una
gran conmoción. Criar a nuestros hijos para que crean que son el centro del
universo –o incluso el centro de la familia– es igualmente contraproducente.
Muchos niños parecen sentir que el mundo les debe una vida, y yo le echo
la culpa al culto de «la maravilla que es mi hijo». El narcisismo –el amor
destructivo a uno mismo– ha aumentado de manera significativa en las
últimas generaciones, y Jean Twenge, autora del libro Generation Me, tiene
algo que decir al respecto: «[...] el patrón más habitual era la crianza
excesivamente indulgente (elogiar al niño de manera exagerada, ponerlo
en un pedestal, la permisividad y la poca disciplina) que conducía al
narcisismo en etapas posteriores de la vida. Que tus padres te digan lo
increíblemente maravilloso que eres y que todos tus garabatos sean de
Shakespeare es simplemente erróneo. No es de extrañar que los pobrecillos
abandonen la escuela esperando que el mundo se rinda a sus pies en señal
de gratitud por haber aparecido, y que reciban una bofetada cuando ese
mismo mundo les pide que prueben su valor. Haz referencia a lo que dijiste
anteriormente sobre la aceptación del fracaso y enséñales esa mentalidad.
Durante mi infancia, la regla en la casa de mis padres era que «los
niños tenían que ser vistos, pero no oídos». No estoy de acuerdo con eso.
En mi casa, mis hijos tenían voz, aunque no al mismo nivel. Nuestra familia
no giraba en torno a sus necesidades. En ocasiones, mis hijos no tuvieron
ciertas cosas porque no nos convenían o porque había otras prioridades,
pero en otras nos tomábamos la molestia de ponerlos a ellos en primer
lugar. Existían una serie de compromisos, y las razones de esos
compromisos les quedaron claras. Mis hijos no siempre estaban de acuerdo
con estas razones, o no siempre tenían en cuenta nuestro punto de vista,
pero al menos estaban aprendiendo que existían razones que involucraban a
otras personas y que había que considerar. Eso no es lo que veo en muchas
familias en la actualidad. Creo que es hora de equilibrar la balanza de
alguna manera y de restaurar la primacía de los adultos en casa.

Meditar sobre el mantra 2:

• ¿Qué me preocupa por lo que respecta a mi hijo?


• ¿Es probable que esas preocupaciones sigan siendo un problema
cuando mis hijos lleguen a la edad adulta?
• ¿Cómo puedo transformarlas en oportunidades de aprendizaje para
ellos ahora?
• ¿Qué puntos fuertes de tu hijo pueden desarrollarse aquí, y cómo?
M 3:
Las recompensas no siempre les recompensan

Hasta hace poco, la ciencia reconocía que solo había dos impulsos que nos
motivaban: el biológico y el ambiental –básicamente comida, sexo y refugio
para cubrir nuestras necesidades de supervivencia, y cosas como el dinero,
los bienes, los elogios, la pérdida de algo, la evitación de la crítica o la
retirada de la aprobación para cubrir nuestras necesidades ambientales–.
Como puedes ver, todas estas cosas dependen, o tienen algo que ver, con el
mundo exterior, y por esa razón se las conoce como motivadores
extrínsecos. También incluyen la mayoría de las formas al estilo del palo y
la zanahoria con que la gente trata de motivar a los demás. Desde la
zanahoria de una bonificación o de cierta cantidad de dinero por haber
aprobado los exámenes, al palo de la amenaza del despido laboral o la
retirada de la PlayStation, este es el clásico modo de conseguir que la gente
–incluidos tus hijos– haga algo. Y no funciona demasiado bien, lo cual es
extraño. El principio del placer sugiere que repetimos aquellos
comportamientos que entrañan una recompensa para nosotros, pese a que
una inmensa parte de las investigaciones han demostrado que las personas
incentivadas a nivel externo son menos productivas que quienes hacen
cosas por sus propias razones, o de manera libre. Las recompensas o los
castigos «si-entonces» (p. e., si apruebas tu examen de matemáticas,
entonces te daré 10 euros) pueden aumentar el rendimiento de tu hijo a
corto plazo, pero este tenderá a perder interés por la tarea o por la materia a
la larga. Por eso, hacerle un regalo por seguir yendo a clases de piano
podría hacer que supere el curso, pero podría disuadirlo de tocar el
instrumento de por vida. Además, la dopamina liberada por una recompensa
tiende a disminuir con el tiempo, así que el premio tiene que ser cada vez
mayor para lograr el mismo efecto.
Así las cosas, ¿cómo consigues que tus hijos limpien sus habitaciones?
Para empezar, haz que no sea negociable. Es algo que tiene que hacerse, y
son ellos los que se tienen que encargar. Cuando hayan superado el trauma,
existen tres cosas que tienden a sacar lo mejor de las personas que llevan a
cabo cualquier tarea rutinaria o tediosa. En primer lugar, dales una razón
por la que necesiten hacerla. Nuestro cerebro causativo implica que somos
unos fanáticos de los motivos. La palabra «porque» tiene un efecto casi
mágico (a menos que venga seguida de... «te lo dije»). En un experimento
clásico, una cola de gente esperaba en una oficina para usar una
fotocopiadora ocupada. Una mujer llegó con una hoja de papel y preguntó:
«¿Os importa si paso primero?». Como es de esperar, incluso en Gran
Bretaña, el resto de personas no la dejaron pasar. Los investigadores
esperaron hasta que la cola se hubiese renovado con nuevas personas y, a
continuación, repitieron la petición, aunque con un cambio. En esta ocasión,
la mujer añadió «porque solo tengo un folio». Sorprendentemente, el 60%
de la nueva cola accedió –¡aun cuando algunas de las personas también
tenían únicamente un folio!–. La palabra porque tiene mucho poder. Si
quieres que tus hijos limpien sus habitaciones, dales una razón para hacerlo.
Si puede ser una razón que les resulte importante, mucho mejor, y «porque
es un peligro para la salud» no cuenta.
En segundo lugar, reconoce que la tarea es aburrida. La empatía puede
ayudar mucho. En tercer lugar, permite que tus hijos lo hagan a su manera.
Esto no solo encaja con el objetivo de crear resiliencia, sino que también se
ha demostrado que el hecho de no recibir ningún tipo de instrucción sobre
el modo de hacerlo aumenta nuestra disposición a hacer cosas. Dales la
tarea y, a continuación, déjales que trabajen en los detalles de cómo van a
lograrlo.
Como nota aparte, he aquí algo de conocimiento que podría ayudar.
Comienza con una pequeña historia. Mi hijo Stuart solía volverme loco. Yo
entraba en su habitación, observaba las pruebas de que el apocalipsis había
comenzado y le decía: «Vaya, esta habitación es un desastre». Él levantaba
la vista de su ordenador, tenía la cortesía de mirar toda la habitación como
si fuese una gran sorpresa para él, y reconocía que tenía razón. Ello hacía
que me sintiese apaciguado, y salía de su cuarto. Una hora más tarde volvía
a entrar y estallaba en cólera. «¡Pensé que te había dicho que limpiases tu
habitación!». Stu protestaba con un aire de sorpresa difícil de creer. «No,
¡no lo hiciste!». «Sí, sí lo hice. Ahora, límpiala». «Vale», accedía de un
modo adolescente que sugería que eso era lo peor que le podía suceder a
cualquier persona. Sin embargo, no se movía. «Pues venga», le espoleaba.
«Ya voy», decía. «Quiero decir ahora. En este momento. Inmediatamente».
Finalmente, se producía cierto movimiento. Su cuerpo, mi presión
sanguínea.
Solo cuando escuché que había diferencias entre las personas
comprendí lo que estaba sucediendo. La gente, en términos generales,
tiende a encajar en una de estas dos categorías: literal o inferencial. Si yo te
dije: «Estoy sediento» y tú me respondiste: «Vaya, ¿lo estás?», podría ser
un indicador de que eres una persona literal –estás tomándote mis palabras
al pie de la letra, como mera información–. Sin embargo, si respondiste:
«Vaya, ¿lo estás? ¿Quieres beber algo?», entonces serás más inferencial –
examinarás el interior de las palabras de la gente en busca de una llamada a
la acción–. Es importante saber esto en cualquier relación. Para una persona
inferencial, decirle a su pareja: «Me gusta mucho» mientras señala algo en
el escaparate de una tienda una semana antes de su cumpleaños es lo mismo
que poner un gran dedo de neón sobre el artículo con una señal que diga:
«¡Esto es lo que quiero!». Sin embargo, si estás con una persona literal, es
probable que el día de tu cumpleaños te despiertes con un jersey cualquiera.
A la inversa, las personas literales llaman a las cosas por su nombre y dicen
exactamente lo que quieren. Cuando estaba en la policía, recuerdo que una
oficial de mi turno que se trasladaba a otra estación llegó una mañana a la
sesión informativa con un catálogo de la tienda Argos. Anunció a las
personas que estaban reunidas: «Mirad, todos sabéis que me voy y que
habrá una colecta, así que esto es lo que quiero», y nos señaló un artículo de
joyería convenientemente rodeado por la marca de un bolígrafo. Y
abandonó la sala con cierta arrogancia. Ahora me doy cuenta de que la
gente inferencial no contribuyó a su colecta. Yo fui uno de ellos. Grosero.
Las personas inferenciales consideran que las personas literales son
desagradables, groseras por su carácter directo, y que carecen por completo
de sutileza social. Tienen dificultades para decir directamente lo que
quieren, y tienden a insinuar o a preguntar dando rodeos. De un modo
inferencial, incluso. Las personas literales consideran que las inferenciales
son obtusas, confusas, y que carecen de carácter. Sienten como si se
esperase de ellas que fuesen lectoras de mentes. Su lema es: «Si no se pide,
no se obtiene». Volviendo a la habitación de mi hijo, puedes ver lo que
estaba sucediendo. Yo soy una persona inferencial. En mi caso: «Vaya, esta
habitación es un desastre» es una instrucción clara e inequívoca. Para mi
hijo, literal, es solamente un comentario fáctico. De hecho, es tan literal que
la palabra «ahora» no significa necesariamente este momento. Las cosas
mejoraron mucho una vez que los dos nos dimos cuenta de esto. Mi hijo
aprendió a evitar las peticiones directas porque solían desencadenar un
rechazo, y yo aprendí a decirle claramente cuáles eran mis expectativas
sobre él. Me imagino muchas bombillas encendiéndose en este momento.
Regresando a la motivación, algo que puede transformar la motivación
de un niño es lo que se denomina el «Efecto Sawyer», en honor a Tom, que
consiguió que sus amigos pintasen una valla, algo que le habían encargado
a él, persuadiéndoles de que era algo divertido. En palabras del propio Tom
Sawyer, «el trabajo consiste en lo que estamos obligados a hacer, sea lo que
sea, y el juego consiste en aquello a lo que no se nos obliga». Si puedes
hacer que una tarea sea divertida, o aparentemente lúdica, gran parte del
esfuerzo que supone hacerla desaparece. Esa es la razón por la que muchos
jóvenes atletas aficionados prometedores «se agotan» una vez que la
diversión de la competición se ve reemplazada por la atención continua que
se requiere en el deporte profesional. Cuando un deportista deja de disfrutar
con lo que hace, es probable que pierda la ventaja que le hizo ser tan bueno
en ello.
Es un poco chocante descubrir que las herramientas tradicionales que
crees que resultan útiles o necesarias para conseguir que tus hijos hagan
algo no son muy efectivas en realidad. Sin embargo, si nos fijamos en todo
el tiempo en que no hemos conseguido que nuestros hijos hagan lo que les
pedimos, no debería ser una sorpresa; es como si nos lo hubiesen
transmitido como si fuera una buena práctica de crianza sin que nadie
hubiese comprobado su eficacia. No obstante, hay algo que funciona mejor.
Se denomina motivación intrínseca; déjame que te explique.
Algo que prácticamente puedes dar por sentado en un niño es su
curiosidad. El profesor Richard Ryan asegura: «Si existe algo fundamental
sobre nuestra naturaleza, es la capacidad de interesarnos. Algunas cosas
facilitan este interés. Otras lo socavan». Creo que eso es cierto en la gran
mayoría de las personas, y me siento apenado por las pocas personas que he
conocido que no muestran ninguna curiosidad por nada. La Teoría de la
Autodeterminación es un enfoque de la motivación que se hace eco de
muchas de las propiedades del LCI. Fue desarrollada en primer lugar por
Edward Deci y por el arriba mencionado Richard Ryan, profesor de la
Universidad de Rochester. Deci destaca seis componentes clave de la
motivación intrínseca cuando dice: «Tenemos una tendencia inherente a
buscar la novedad y el desafío, a extender y ejercitar nuestras
capacidades, a explorar, y a aprender». Esto es:

• Novedad.
• Desafío.
• Extender capacidades.
• Ejercitar capacidades.
• Explorar.
• Aprender.

¿Te das cuenta de que cada una de estas es una palabra relacionada con el
crecimiento?
Con estos seis elementos podemos involucrar a nuestros hijos en el
aprendizaje y enseñarles el modo de motivarse a sí mismos durante toda su
vida. En cualquier situación en que quieras motivarlos, pregúntate a ti
mismo:
«¿Qué cosas nuevas pueden experimentar y explorar que les
desafíen de alguna manera y que desarrollen sus capacidades?».
Cada situación ofrecerá diferentes oportunidades de centrarse en una,
en más de una o en todas estas seis magníficas palabras. En cada situación
se abre una posibilidad –al menos, si crees que existe tendrás más
probabilidades de encontrarla–. Muchos grandes descubrimientos provienen
de individuos que, pese a hacer algo que muchas otras personas llevaron a
cabo antes, detectaron algo nuevo en su interior. Puedo garantizar que uno
de esos seis ingredientes del crecimiento estuvo presente en su mentalidad.
Tu desafío como padre consiste en guiar a tu hijo para que emplee estos
ingredientes cada vez que se enfrente a un desafío, aunque sin ser
demasiado directivo –y te diré por qué eso es importante–. Para la
motivación intrínseca resulta vital disponer de una sensación de
autonomía, esto es, de una sensación de actuar desde un sentimiento de
elección y de volición personal. Algunas investigaciones han demostrado
que estas sensaciones llevan a mejores calificaciones en la escuela, a una
mayor persistencia en cualquier actividad, a una mayor productividad, a
menos posibilidades de sufrir agotamiento, a una mayor sensación de
bienestar. Así pues, sentir que controlas tus decisiones es un asunto
importante. Se sincroniza a la perfección con mi mensaje del LCI. Siempre
que sea posible (por supuesto, dependerá de la tarea y de la edad del niño),
dales a tus hijos tanto control sobre una tarea como sea posible, incluidos el
plazo, el método empleado para llevarla a cabo y la gente con la que pueden
hacerla. Cuantas más posibilidades de elección sientan en cada una de estas
áreas, más probabilidades habrá de que se automotiven para completarlas.
Cuando apliqué esto a mi hijo y a su habitación, tendría que haberle dado el
plazo de tiempo en el que quería que se completase la tarea, haberle hecho
saber los materiales que tenía a su disposición, ver si existía un modo
divertido o competitivo de llevar a cabo estas tareas, y encontrar un
beneficio para él que no implicase una recompensa extrínseca.
Si tenemos en cuenta que el pueblo alacalufe de Patagonia anima a los
niños de tan solo cuatro años a valerse por sí mismos, a cazar moluscos con
un arpón y a cocinar su propia comida, podremos comprobar que
elaboramos suposiciones muy diferentes sobre la capacidad de nuestros
hijos para tomar sus propias decisiones. Y los niños alacalufes no sufren
depresión ni ansiedad. Así pues, en cada etapa de su infancia, pregúntate a
ti mismo: «¿Cuántas cosas podemos entregarles para que se responsabilicen
de ellas?». A medida que esto se convierta en un hábito, te sorprenderá lo
independientes que se vuelven y lo mucho que se desarrollan a causa de
ello.

Meditar sobre el mantra 3:

En las situaciones que se ajusten a este tema, pregúntate a ti mismo:

• ¿Qué cosas nuevas pueden experimentar y explorar que les


supongan algún tipo de desafío y que desarrollen sus
capacidades?
• ¿Cuántas cosas podemos entregarles para que se responsabilicen de
ellas?
• ¿Cuál de los seis ingredientes del crecimiento resultará de mayor
utilidad aquí?
• En situaciones como las vacaciones (en casa o fuera de ella), ¿qué
nueva experiencia puede crearse que les resulte difícil a ellos con
respecto a lo anteriormente mencionado?
• Cada mes, escoge uno de los seis ingredientes del crecimiento y
debatid juntos qué proyecto familiar podría llevarse a cabo, en
conjunto o de manera individual. Al final del mes, pasad un rato
en familia para presentar los progresos. Si se hace de manera
regular, el hecho de escoger un objetivo y medir el progreso se
convertirá en un hábito productivo.
• Observa las presunciones que hay detrás de lo que resulta «seguro»
hacer o no hacer. ¿Son ciertas? ¿Podrías confiar en tus hijos y
darles una mayor responsabilidad?
M 4:
Es bueno darles menos

Me pregunto en qué momento se convirtió en responsabilidad de los padres


estar seguros de que sus hijos no se aburrían. ¿Desde cuándo debe llenarse
cada momento con algo de entretenimiento –para no fracasar como padre en
cierta medida–? Muchos niños están rodeados de tantas cosas a las que
dedicarse que nunca aprenden a entretenerse. Creo que es una lástima,
porque de ahí provienen las semillas de un adulto creativo. Cuando le das a
un bebé un regalo envuelto, ¿qué termina haciendo? Así es, juega tanto con
la caja como con el regalo. En esa etapa todavía no se ha aprendido la
diferencia entre estas dos cosas. Son iguales en posibilidades, y esas
posibilidades están limitadas únicamente por la imaginación del niño.
Sin ni siquiera darnos cuenta, al darles más cosas, y, por tanto, al tener
nuestros hijos menos cosas que imaginar, empezamos a limitar su
imaginación. Mi juguete favorito durante mi infancia era un Action Man
[similar al Madelman español]. Dediqué muchos cumpleaños a conseguir
más uniformes para él, pero estos nunca cubrían todos mis intereses.
Recuerdo que lo convertí en un caballero haciendo un escudo y un casco a
partir del cartón de un rollo de papel higiénico, su armadura a partir del
traje de neopreno de un buzo al que le dibujé la cota de malla, y encontré un
palillo que parecía una pequeña espada. Echando la vista atrás me doy
cuenta ahora de que mi absorción en esa actividad contenía muchos de los
ingredientes necesarios para crear una motivación intrínseca, y que, al
mismo tiempo, introducía algo que mejora la creatividad: las restricciones.
Si mis padres me hubiesen comprado un traje de caballero, mi oportunidad
de crear se habría visto reducida de manera clara a cero. Si hubiese tenido
acceso a cualquier material que hubiese necesitado para confeccionarlo, eso
también habría reducido mi creatividad, un poco en contra de la intuición.
Algunas investigaciones han demostrado que la introducción de
restricciones –una especie de límite– en una actividad aumenta nuestra
imaginación. Tener algunas cosas para confeccionar un traje de caballero
forzó a mi cerebro a inventar nuevas soluciones que me desafiaron y me
hicieron explorar varias posibilidades diferentes. Como resultado de ello,
mis capacidades se expandieron.
Tuve el privilegio de visitar a mi artista favorita en su estudio en la
costa de North Norfolk. Rachel Lockwood es una brillante pintora
naturalista; descubrí que trabajaba en tres o cuatro pinturas diferentes al
mismo tiempo, obras que se encontraban en distintos momentos del proceso
de creación: desde el boceto inicial hasta el momento en que se sentaba ante
ellas durante un rato para ver si estaban terminadas. Una de las cosas que
compartió conmigo sobre su proceso artístico me llamó profundamente la
atención. Ella dijo: «Me emociono cuando dibujo una línea y me limito a
ver adónde me lleva». La línea no tiene que ver con nada, no es el borde de
la hoja de un árbol o el vientre de una liebre, tan solo es una línea. A
continuación, deja que su imaginación la convierta en algo. El resto del
cuadro emerge a partir de esa restricción inicial. Dibujar un garabato en una
página y decirle a tu hijo que lo convierta en un animal sería algo
equivalente.
Aprender el valor de las restricciones me llevó a una nueva apreciación
de mi padre. Toda su vida ha sido un maestro chapucero. Nunca le vi hacer
un trabajo usando las herramientas o los materiales adecuados, pero lo que
hacía funcionaba, aunque no siempre fuese bonito. A menudo pensaba que,
en caso de haberlo podido hacer del modo «correcto», no lo habría hecho,
ya que parecía disfrutar mucho de sus chapuzas. Ahora me doy cuenta de la
habilidad tan valiosa que me enseñó –y de lo creativo que era–. Enseñarle
a tu hijo a ingeniárselas con los recursos disponibles constituye una
piedra angular de la creación de un adulto creativo.
Por esta razón, dales menos. Dales cosas que no sean el producto de la
imaginación de otra persona. Dales cosas a partir de las cuales puedan hacer
algo más. Los juegos «Lego» son geniales. Hay espacio para aprender a
seguir las instrucciones a fin de crear una estación espacial a imagen de la
persona que diseñó la construcción, pero también tiene un gran valor
sentarse con un surtido de piezas y guiar a tu hijo para que cree su idea de
una estación espacial.
Dales tiempo. La gente creativa pasa mucho tiempo mirando al vacío.
Como dijo Jackie Chan en su papel como señor Han en la nueva versión de
Karate Kid: «Estar quieto y no hacer nada son dos cosas muy diferentes».
He usado mucho este comentario con mi esposa. Tenemos dos estilos de
pensamiento. El primero es rápido, verbal y está orientado al hemisferio
izquierdo del cerebro. Tendemos a valorarlo mucho en nuestra cultura. El
segundo es más lento, a menudo funciona mediante la imaginación y la
metáfora, y está más orientado al hemisferio derecho del cerebro. Aunque
animamos a nuestros hijos a que estén centrados y a que se concentren, y
aunque en clase estas –la imaginación y la metáfora– se consideran
características de un buen estudiante, es más probable que los niños que
parecen distraídos, los que garabatean y los que no parecen ceñirse a la
tarea inventen algo nuevo. Un niño que mira al espacio podría inventar el
desplazamiento por curvatura [warp drive] que nos llevase a viajar a través
de él. La historia está plagada de momentos de ensimismamiento que han
dado lugar a grandes descubrimientos.
La placa que indica el punto kilométrico 46,58 de la autopista 128 de
los Estados Unidos identifica un tramo de carretera sin ninguna
característica distintiva, pero aquí se produjo un momento de revelación
destacado. El bioquímico Kary Mullis se enfrentaba a un gran desafío de la
biología molecular. Durante un largo viaje nocturno en coche, con los
limpiaparabrisas en marcha, dejó que su mente reflexionase sobre ciertas
ideas que estaba teniendo hasta que, en un momento de claridad, un
descubrimiento llegó a él. Se detuvo en el kilómetro 46,58 para anotarlo.
Este descubrimiento recibe el nombre de reacción en cadena de la
polimerasa [PCR, polymerase chain reaction]. Es probable que nunca hayas
oído hablar de ella, pero se habrían necesitado años para secuenciar el
genoma humano sin ella. Se usa ampliamente en diagnósticos médicos y
forenses. Es tan importante que el New York Times la describió como «[...]
sumamente original y significativa, que divide virtualmente la biología en
dos épocas: antes de la PCR y después de la PCR». ¿Aún no estás
impresionado? Su empresa le premió con una bonificación de 10.000
dólares. ¿Todavía no? La empresa ganó 300 millones cuando vendió la
patente. Ahora le tocaba a Mullis no dejarse impresionar. Ni siquiera el
hecho de ganar el premio Nobel hizo que la diferencia entre una cantidad y
otra fuese menos dolorosa.
En ocasiones, las ideas tienen que burbujear y fermentar antes de salir
a la superficie de la conciencia. Dejarles tiempo a los niños para que se
queden con la mirada fija, en vez de tener que seguir un planificador de
pared, ayuda a desarrollar ese hábito de pensamiento más calmado que
produce tantas cosas, y te libera de la tiranía de sentir que tienes que llenar
su día. Imagínate una vida libre del sentimiento de que les estás fallando si
se aburren o de que, en cierto modo, eres un mal padre si no están ocupados
continuamente con clubs y actividades. Déjales que aprendan que el
aburrimiento es elección suya. Déjales que descubran lo que surge del
silencio y de la independencia.
Dales menos para que aprendan a crear más.

Meditar sobre el mantra 4:

Plantéate a ti mismo preguntas como estas:

• ¿Con qué frecuencia les facilito las cosas a mis hijos?


• ¿Cómo podría introducir más «luchas productivas» en sus
actividades?
• ¿Cuál es mi respuesta a su aburrimiento? ¿Les sirve de algo?
• ¿Cómo podría introducir una restricción que les hiciese tener que
solucionar un problema o ser creativos?
M 5:
La vida es lo que tú haces que signifique

Sócrates dijo en una ocasión que una vida sin examen no merece la pena ser
vivida. No estoy tan seguro de eso, pero creo que una vida sometida a
examen puede ser mejor. He descrito el modo en que el cerebro crea la
sensación que tenemos de la realidad por la forma en que conecta las cosas
del momento presente con las cosas de nuestro pasado, y por el modo en
que crea una anticipación de lo que nos deparará el futuro como
consecuencia de ello. También he sugerido que la persona que creemos ser
es, en gran medida, el resultado de que la historia de nuestra vida necesita
un personaje; y he insinuado que nuestro sentido de la propia identidad es
tan solo un producto de la mente, que, en cierto modo, es la suma de la
persona que ha tenido tus experiencias de vida. Por consiguiente, si
pudieses cambiar tus emociones podrías cambiar el sentido de tu propia
identidad, y eso es exactamente lo que la Hipnoterapia Cognitiva dice que
es posible.
Sabemos que nuestro cerebro plástico está aprendiendo y cambiando
desde antes de nuestro nacimiento hasta el momento de nuestra muerte. Se
ha demostrado que el cerebro no graba nuestros recuerdos en piedra, que no
se almacenan en un archivador y que ni siquiera son precisos. Se ha
sugerido que el mero hecho de traer un recuerdo a la mente cambia el
cerebro, ya que este se ve a través de tus percepciones actuales. He
trabajado con una gran cantidad de clientes con recuerdos traumáticos o
perturbadores que, en un corto espacio de tiempo, han sido capaces de
verlos sin tanta emoción, y en quienes el efecto de esos acontecimientos
pasados ha dejado de sentirse en sus vidas. Creo plenamente en nuestra
capacidad para cambiar la percepción de nuestro pasado y, por consiguiente,
para cambiar nuestra percepción de nosotros mismos en el presente. ¿No
sería maravilloso que los niños aprendiesen el modo de interpretar lo que
les está sucediendo para que las cosas no llegasen a convertirse en
acontecimientos mariposa adquiriendo así una importancia desmesurada?
Aunque es imposible evitar que eso suceda en su totalidad (cualquier
terapeuta que lea esto lanzará un suspiro), podemos proporcionar a nuestros
hijos herramientas que les permitan desarrollar un sentido del LCI
reflexionando sobre las cosas que les suceden y guiando a su cerebro para
crear las conclusiones causales correctas o las equivalencias más
apropiadas. Anteriormente hablé de fomentar un estilo explicativo positivo
con la pregunta: «¿Cómo es que esto no tiene que ver conmigo?». Ahora se
trata de desarrollar esa habilidad.

Encontrar la narración adecuada


Comencemos enseñando a los niños a ser los editores de su propia historia.
Los niños hacen que todo gire en torno a ellos, así que el objetivo que se
persigue al reformular un acontecimiento negativo de una manera positiva
es doble: conseguir que no sean el centro del mundo, y que asimilen los
aspectos positivos que podrían derivarse de este acontecimiento.
Si tu hijo llega triste a casa a causa de un contratiempo con alguien,
con un amigo o con un profesor, por ejemplo, creo que estas preguntas de
reformulación (al emplear el término «reformular» me refiero a ayudar a
que alguien vea la situación desde una perspectiva diferente) podrían
resultarte de ayuda:
1. ¿Cómo es que lo que sucedió no tiene que ver contigo como
persona? (¿cómo es que tenía que ver con los demás, o con la
situación, o con el comportamiento de tu hijo más que con su
propia identidad?).
2. ¿Te comportarías de ese modo con otra persona?
3. ¿Por qué los demás se comportan de ese modo?
4. Entonces ¿tenía algo que ver contigo como persona, o tenía algo
que ver con ellos?
5. ¿Estás contento con tu respuesta? ¿Qué harías de manera diferente
la próxima vez?
6. ¿Hay algo que podría impedir que hicieses eso?
7. ¿De verdad tiene que detenerte? (puedes introducir la pregunta:
«¿Quién serías si... no te hubiese detenido?», que puede resultar
muy poderosa).

Obviamente, el juego que puedan dar estas preguntas dependerá de las


respuestas que obtengas y de la situación a la que estés haciendo frente. No
pretendo que sigas estas preguntas como una receta, sino más bien como
cosas que guían tu intención de que lo que haya pasado no afecte a su
capacidad de percibirse a sí mismos de manera positiva.
En caso de que se sientan molestos por un acontecimiento –no haber
aprobado algún examen o no haber sido elegidos para jugar en un equipo–,
prueba con las siguientes preguntas:

1. ¿Qué hizo que merecieses esto?


2. ¿Qué no te hizo merecer esto?
3. ¿Qué puedes aprender de todo esto que te dé lo que quieras más
adelante?
4. ¿Qué es lo primero que puedes hacer para comenzar con esto?
5. ¿Cuáles de tus cualidades te resultarán de ayuda?
6. ¿Qué es lo que más te gustaría?
7. ¿Qué puedes hacer para obtener más de esto último que acabas de
responder?

Estas preguntas se dirigen a quienes se encuentran en la etapa de la


adolescencia, momento en que son capaces de hacer esta clase de análisis.
En caso de dirigirse a preadolescentes, escucha las conexiones que hacen
sobre lo que sucede y reformúlalas –o sea, escucha sus «porque» y sus
equivalencias.

El proceso reflexivo
La idea de hacer que los niños se centren en sus cualidades es algo bueno.
Si les pregunto a mis clientes lo que les gusta de sí mismos, a menudo lo
único que logran es una buena imitación de un pez dorado, abriendo y
cerrando la boca sin emitir sonido alguno, antes de farfullar algo sobre su
amabilidad con los animales. Si cambio de rumbo y les pregunto lo que no
les gusta de sí mismos, no tienen ningún problema en escribir una lista
extensa. Animar a tus hijos a que tomen una mayor conciencia de sus
puntos fuertes y de sus cualidades les ayuda a fortalecerse, a aprender a
usarlos y a confiar en ellos. Uno de mis estudiantes, Tom, me habló de un
ejercicio interesante que su mujer Jill y él habían hecho, y que yo mismo te
animaría a llevar a cabo con tus propios hijos si crees que tienen la edad y
el temperamento apropiados. Cuando su hija Holly tenía once años y
acababa de comenzar la escuela secundaria, pensaron que el hecho de
elaborar una lista de cosas en las que ellos y su hermana pequeña pensaban
que era buena podría suponer para ella una inyección de confianza. La lista
incluía los siguientes elementos:
Piano — Violín
Ser amable — Cantar
Juegos / deportes — Atender a las personas
Bailar — Comprender los sentimientos de los demás
Ser maravillosa — Ser una buena ciudadana
Cuidar de los demás — Ser guapa
Tener talento — Ser digna de confianza
Ser — resuelta Ser valiente
Nadar — Ser justa
Compartir — Ser una buena amiga
Correr — Ser una buena hermana
¡SER HOLLY!
A continuación, imprimieron la lista y la colocaron en la puerta de su
armario para que pudiese verla cada día, a modo de recordatorio por si
alguna vez se sentía mal o necesitaba consuelo.
Más adelante, cuando Holly tenía trece años, Tom descubrió que había
tachado varios elementos de la lista. Concretamente:
Piano
Ser maravillosa
Ser guapa
Ser una buena amiga
Tom dijo: «Al principio me sorprendió bastante, sobre todo por lo que
respectaba a los elementos que tenían que ver con su autoimagen.
Comprendía que hubiese tachado “piano”, porque había dejado de practicar.
Sabíamos que había atravesado uno de esos momentos difíciles dentro de su
grupo de amigos, así que lo de “buena amiga” también tenía sentido. Esto
nos permitió sentarnos con ella y tener una conversación que giró en torno a
esta pregunta: “¿Qué es todo esto?”. Nos sorprendió bastante lo baja que se
había vuelto su autoestima y el modo en que esto parecía estar
correlacionado y depender en gran medida (en su mundo) de su situación en
la escuela y con sus amigos. Había pruebas concluyentes de que su
percepción de lo que sus amigos pensaban de ella era mucho más potente
que lo que decían mamá y papá».
Tom y su mujer fueron capaces de renegociar la lista, incorporando
únicamente aquellas cosas que Holly se alegraba de incluir.
Tras reflexionar, sintieron que los beneficios de la lista habían sido los
siguientes:

• Proporcionó un recordatorio recurrente de sus habilidades. Vivimos


en una sociedad que no promueve la celebración de nuestras
habilidades –una sociedad que, de hecho, considera que tales
actos son presuntuosos.
• La ayudó a desarrollar su identidad.
• Era algo que podía mirar cuando se sentía mal y llena de dudas
sobre sí misma.
• Les proporcionó un aviso a los padres de que algo iba mal.
• El proceso de renegociación constituyó una gran oportunidad de
que Holly comunicase a sus padres las cosas que le preocupaban,
algo que, de otra manera, podrían no haber conocido.

Este ejercicio de Tom y Jill me recordó algo que había visto la semana
anterior en un viaje a Ámsterdam. Fuimos al museo de Anna Frank –sin
duda alguna, una visita obligatoria con tus hijos cuando tengan la edad
adecuada–. Fue una experiencia inmensamente emotiva. Al final hay un
cortometraje donde su padre, Otto, habla del momento en que leyó el diario
de su hija por primera vez y de su sorpresa ante lo que descubrió en él.
Aunque tenía la sensación de haber estado muy cerca de Anna, gran parte
de lo que leyó le resultó desconocido. Concluyó diciendo que dudaba que
alguien conociese realmente a sus hijos. Si piensas en las muchas cosas que
tus padres no saben de ti, es difícil estar en desacuerdo con Otto. Ser una
parte del proceso reflexivo de tu hijo podría contribuir a rectificar eso. Así
que, además del ejercicio de Tom, te sugiero que lleves a cabo el siguiente –
y me refiero principalmente a los niños en edad de asistir a la escuela
secundaria–: haz que toda la familia anote las cualidades positivas de los
demás. Elaborad una lista para cada miembro de la familia.
Cuando alguno de vosotros logre algo positivo que le resulte evidente
al resto de la familia, localiza la lista de los atributos de esa persona y
examina cuál de los elementos influyó en ese logro. Cualquiera puede
llamar la atención sobre un logro, no solo la persona que lo ha conseguido
(esto es para evitar que los introvertidos oculten su luz). Siéntete libre de
añadir más elementos a las listas sobre la marcha. Busca razones para
incluir la persistencia y la determinación –te explicaré por qué al final del
libro–. Haz de esto un ritual familiar, una sesión de retroalimentación sobre
los logros de todos vosotros, de manera que no se ponga el énfasis
únicamente en los hijos y así ellos aprendan a ver la niñez como parte de un
proceso mayor. Si regresas al punto anterior de que alimentas aquello en lo
que te centras, verás por qué este ejercicio puede ser tan importante.

Casi siempre hay que mirar el lado positivo de la vida


Un pesimista ve la dificultad en cada oportunidad; un optimista ve la oportunidad en cada
dificultad.
Winston Churchill

Voy a proporcionar unos pocos puntos finales sobre la reflexión y sobre el


modo en que se relaciona con nuestro sistema de creencias. Es importante
escuchar las creencias que verbalizan tus hijos para explicar la razón por la
que las cosas suceden y el modo en que ellos se sienten con respecto a estas
–lo que previamente he descrito como su estilo explicativo–. Sé siempre
consciente de lo fácil que resulta transmitirles tu propio estilo durante sus
primeros años; después de todo, esa es una parte importante de la crianza de
los hijos. No es casualidad que la mayoría de las personas que creen que su
religión es la verdadera hayan nacido en su seno. Por supuesto, querrás que
absorban muchas de tus creencias, pero, ¿qué hay de tus creencias
limitadoras? He visto muchos clientes que copiaron las fobias de sus
padres, que crecieron creyendo que el mundo era un lugar peligroso o que
no se debía confiar en la gente, porque compartieron esa realidad parental
particular con demasiada frecuencia. Sé lo que quieras ver en tus hijos.
Instalar en ellos una creencia optimista es como vacunarlos contra la
desdicha. Nada contribuye más a evitar que pasen por mi consulta que esto.
Se hizo un estudio sobre un grupo de monjas que, al hacer sus primeros
votos, escribieron sobre sus expectativas de vida. Sus cartas se calificaron
en función de su optimismo y su pesimismo y, a continuación, se
compararon con la duración de su vida. Se descubrió que, a la edad de
ochenta y cinco años, el 90% de las monjas más optimistas seguían vivas,
mientras que solo el 34% de las pesimistas lo estaban. Y probablemente
seguían esperando que lo peor estuviese a la vuelta de la esquina.
Soy un gran optimista, mi esposa algo menos, y a los dos nos resulta
instructivo ver adónde nos lleva esta sencilla diferencia en nuestras
interpretaciones de las cosas. Si veo un cielo azul cuento con que este será
un hermoso día, y Bex se preguntará cuánto durará. Ha habido ocasiones en
las que su atención a los desastres potenciales los ha evitado. Sin duda, el
pesimismo ocupa su lugar; simplemente creo que este debería ser un lugar
pequeño, que se visita con cierta regularidad, pero no de manera frecuente.
Por lo general, tengo la impresión de que, en caso de que sea tu orientación
dominante, el pesimismo no deja florecer a la rosa de la vida con más
frecuencia de la necesaria; la tuya tiende a convertirse en una mentalidad en
la que predomina la protección.
Lee esto:

Opportunityisnowhere [8]

¿Qué has visto? Hay dos opciones. Aquella que haya visto tu mente en
primer lugar podría afectar a tu vida, ¿no crees?
Cuando a un pesimista le sucede algo negativo, este tiende a conservar
las tres creencias que mencionamos anteriormente en el libro. La primera es
que, de alguna manera, ese acontecimiento negativo le está sucediendo por
su culpa –es personal–. La segunda es que siente que es permanente, y la
tercera es que tiende a volverse generalizado: un acontecimiento único
pasa a ser representativo de toda su vida. Hay clientes que vienen a verme
después de un acontecimiento como, por ejemplo, un despido. Les escucho
decir cosas como: «Me han echado, creo que es porque no era del agrado
del director, y en realidad no encajaba en lo que quería la compañía. Estoy
destrozado, le he dedicado diez años de mi vida a la empresa –¿quién va a
quererme ahora?–. Es probable que perdamos la casa, los niños van a
odiarme porque no podremos permitirnos enviarlos a las vacaciones
escolares a la nieve, e incluso mi mujer está tratándome de un modo
diferente. Soy un completo fracaso». Si te fijas bien, puedes observar que
los tres elementos de un estilo explicativo pesimista están presentes en su
historia.
Compara esta persona con un cliente optimista que acude a la consulta
solicitando coaching. «Me han despedido, lo que constituye un golpe, pero
también una oportunidad. Lo veía venir; la compañía necesita
reestructurarse y mi función no encajaba bien con el rumbo que debe tomar.
Va a ser necesario un pequeño reajuste en la familia, pero tengo algunas
ideas que podrían ser muy buenas. Estoy entusiasmado».
Las personas optimistas viven más tiempo, tienen un mejor estado de
salud, sufren menos estrés y depresión, y parecen tener relaciones más
felices. Enseñarles a los niños de diez años las habilidades del pensamiento
optimista reduce a la mitad la tasa de depresión en la pubertad.
Uno de los principales modos en que puedes influir en todo esto es a
través de tu estilo explicativo. Siempre que les sucedan cosas a tus hijos, o a
ti mismo, sobre todo cosas que presenten una carga emocional, ten en tu
mente estos tres factores. Si tus hijos rompen algo y les respondes en la
línea de: «¡Eres muy torpe! De nada sirve que tengas cosas buenas, ¡lo
arruinas todo!», estarás convirtiéndolo en algo personal, permanente y
generalizado. Con el paso del tiempo, si este es tu estilo explicativo
reflexivo, estarás moldeando una mentalidad pesimista en tu hijo. Esto no
significa que le des carta blanca en las conductas a las que quieres que se
adapte o en las situaciones de las que quieres que aprenda –si estuviese
jugando con la pelota cerca del jarrón, hacer que reflexionase podría evitar
que lo hiciese la próxima vez, pero explica lo que quieres que signifique ese
acontecimiento evitando las tres creencias negativas–. «Estas cosas pasan
en ocasiones, pero no ocurren a menudo si piensas durante un momento lo
que podría suceder. Aprendes rápido, dudo que vuelva a pasar».
Si tu hijo llega a casa sin haber podido entrar en el equipo de fútbol y
dice: «No me quieren. Soy una basura, nunca seré bueno», date cuenta de
cómo ha logrado alcanzar los tres elementos del estilo explicativo pesimista
que queríamos que evitase. Ojalá fuera tan preciso con un balón de fútbol.
Más adelante hablaré con mayor detalle del fracaso y de la mentalidad
requerida para sobreponerse a un contratiempo, pero en este preciso
momento digo que no creo que resulte útil sumarse al voto en contra,
diciendo algo así: «Oh, bueno, en el equipo saben lo que hacen, los demás
son mejores que tú, a ti se te dan bien otras cosas». En este momento, esas
otras cosas no importan; el fútbol es lo más importante en la vida de tu hijo,
porque es el foco de cómo se siente consigo mismo en la actualidad. Yo
coincidiría en la evaluación de su capacidad personal y, a continuación,
trabajaría para hacer que fuese temporal. «Puede que todavía no seas lo
suficientemente bueno, así que solo tenemos que averiguar lo que necesitas
para mejorar y trabajar en ello. Ian Wright [9] fue rechazado por dos
equipos de fútbol y mírale» –es decir, podría tener que ver con sus
habilidades, pero estas no tienen que ser permanentes–. No se alude a nada
que tenga que ver con otra cosa diferente del fútbol. Y lo de Ian Wright es
cierto. Fracasó en varias pruebas para diferentes equipos profesionales y,
finalmente, un cazatalentos del Crystal Palace se fijó en él cuando jugaba en
un equipo de la Sunday League [ligas regionales, fútbol aficionado].
Un componente clave del optimismo es la esperanza. La ausencia de
ella en mis clientes es el más claro indicio para un potencial riesgo de
suicidio. Los niños tienden a estar enorme y permanentemente
esperanzados; como mis perros. Cada día se sientan debajo de un árbol
mirando una paloma que se posa ahí y que los mira de manera burlona (en
realidad es una paloma de mentira; gracias, ya me voy). Mis perros siguen
convencidos de que, algún día la paloma se olvidará de cómo tiene que
sentarse, de cómo tiene que volar, y que caerá encima de ellos. Los niños
son así, sobre todo los que tienen menos de siete años, y seguirán siendo así
en gran medida hasta la pubertad. Será entonces cuando pierdan gran parte
de esta actitud. Me pregunto si esto es resultado de que les hayamos
enseñado a ser más «realistas». Considerando que nosotros creamos nuestra
propia realidad, la esperanza parece una herramienta poderosa que debemos
mantener junto a nosotros durante toda la vida. Si somos capaces de
relacionar la esperanza con la adopción de medidas, con que nuestros hijos
tengan la mentalidad adecuada con respecto al fracaso, entonces nunca se
darán por vencidos, siempre serán optimistas respecto a lo que pueden
lograr, y desarrollarán un LCI en su búsqueda.

Meditar sobre el mantra 5:

• Haz que toda la familia ponga por escrito los atributos positivos de
los demás. Elaborad una lista para cada miembro y revisadlas en
familia de forma periódica. Convierte este momento en una
«fiesta de los puntos fuertes».
• Reflexiona sobre tu estilo explicativo reciente. ¿Estás evitando los
tres errores de la gente pesimista?
M 6:
No son difíciles, simplemente no son tú

Uno de los errores más fundamentales de nuestro pensamiento es que


presumimos que todo el mundo piensa del mismo modo que nosotros.
De hecho, existe una amplia gama de diferencias entre nosotros; las
combinaciones singulares de estas diferencias contribuyen en gran medida a
describir nuestro carácter individual. Estas diferencias explican mucho de
nosotros mismos, y revelan también mucho sobre lo que te vuelve loco de
determinadas personas –también de tus hijos–. En mi libro Lovebirds
escribí sobre las parejas y los desafíos a los que se enfrentan muchas
relaciones cercanas. Agrupé algunas de las diferencias que identifiqué como
más importantes en ocho tipos, a los que denominé aves, que en líneas
generales (en líneas muy generales) compartían algunas de estas
características. Voy a profundizar un poco más en estos tipos de carácter y
en el modo en que interactúan con el mundo, y añadiré algunas diferencias
adicionales que creo que considerarás increíblemente útiles para entender a
la persona que estás criando –porque supongo que en ocasiones te volverán
loco (si solo es en ocasiones, eres uno de los afortunados).
Lo que pasa es que ellos no son tú, pero es fácil olvidarlo. No cabe
duda de que tus hijos tienen ciertas similitudes físicas que tu cerebro
reconoce (aunque tú no te des cuenta); además, con el tiempo, es probable
que comiencen a compartir gestos y modos de hablar contigo y con tu
pareja que, si bien de manera inconsciente, crean la sensación de
familiaridad que acompaña a la similitud. Eso provoca que nos olvidemos
de que ellos no son nosotros. La segunda cosa que contribuye a esto es
algún kit inteligente que hemos instalado en nuestros cerebros y que recibe
el nombre de neuronas espejo. En esencia, cada vez que ves a alguien hacer
algo, tu cerebro hace una simulación de ello. De esta manera, si alguien
situado frente a ti se rasca la cabeza, tu cerebro te imagina llevando a cabo
esa misma acción. Los científicos piensan que las neuronas espejo pueden
ser la base de la empatía –si veo que estás enfadado y me imagino a mí
mismo comportándome del mismo modo, ello me proporcionará una
comprensión de cómo te sientes, así como una pista sobre el modo en que
yo debería responder–. Curiosamente, las personas a las que se ha
diagnosticado autismo y síndrome de Asperger tienen neuronas espejo que
no se activan de la manera adecuada, dejándolas «ciegas» ante este tipo de
señales sociales. Las neuronas espejo también pueden ser una de las
principales formas en que aprendemos –al observar y copiar a los demás–,
lo que constituye otro motivo por el que el hecho de dedicar tiempo a
enseñarle a tu hijo habilidades prácticas resulta tan importante para la
vinculación emocional.
Desde el punto de vista de tu hijo, significa que siempre que le ves
hacer algo o que te habla de algo que ha hecho, tu cerebro realiza una
simulación de ello, momento en que las cosas pueden comenzar a salir mal.
Si mi hijo llegase de la escuela y me dijese: «Papá, mi profesor me ha
regañado hoy porque mis compañeros y yo estábamos haciendo demasiado
ruido en clase. No es justo, tan solo estábamos hablando de la lección», me
imaginaría a mí mismo siendo él. El error consiste en pensar que mi versión
de este acontecimiento y la suya son la misma. Por supuesto que no lo son,
tan solo es mi versión de ello. El modo en que me vea respondiendo a esta
versión dependerá de la clase de persona que soy. Si soy como él, es
probable que tenga la misma sensación de injusticia. En cambio, si soy la
clase de persona a la que le distrae el ruido del entorno y cree que los
estudiantes deberían sentarse en silencio, es probable que me sienta mal por
su comportamiento, y mi respuesta podría ser poco compasiva, y quizá
incluso punitiva.
Es clave que te des cuenta de que tu hijo no es tú, que tu hijo no es tu
mini-yo, y es fundamental que comprendas quién es. Voy a darte algunas
etiquetas para describir ciertas diferencias que espero que te ayuden a
comprender a tu hijo y a que te comuniques con él de una manera más
efectiva.
Un pequeño inciso. Estas descripciones no pretenden encasillar a
nadie. Úsalas con cuidado para explicar las diferencias y las similitudes,
pero sé consciente de que los contextos pueden afectar a tus hijos, que la
gente puede cambiar y que, si encasillas a alguien, a menudo aprende a
dejar de mirar más allá.
Comenzaré con los tipos de aves que puse de relieve en mi libro
anterior, Lovebirds, y a partir de ahí añadiré otros tipos de personas. Existen
muchas maneras de describir los diferentes rasgos que exhibimos; entre
aquellos de los que te voy a hablar se incluyen las aves de tierra y las aves
de cielo, las personas introvertidas y las extrovertidas, y los juzgadores y
los perceptores.

Aves de tierra frente a aves de cielo


Esta sección describe la diferencia entre las personas a las que les gustan los
detalles en comparación con aquellas que prefieren concentrarse en la
visión global. Por lo que respecta a las relaciones, creo que, de entre todas
las diferencias que vas a leer, esta es la que más predice la discordia. Lee las
diferentes descripciones y reflexiona sobre si te reconoces a ti mismo o si
reconoces a tu hijo en alguna de ellas.
Aves de tierra
Como sugiere el nombre, estas personas no son dadas a los vuelos de la
imaginación. Les gusta saber dónde están, que las cosas sean ciertas, y se
sienten más cómodas cuanta más información tienen. Aprenden de manera
secuencial, esto es, se les da bien «trabajar en un problema» si avanzan de
la manera planificada, con independencia de que sean ellos los que
formulen el plan o de que se lo hayan formulado. Por esa razón, pueden ser
reacios a salir fuera de pista y explorar posibilidades. Podrían ceñirse a un
plan incluso cuando a los demás les ha quedado claro que no está
funcionando. Lo familiar se confundirá a menudo con la seguridad. Por lo
general, se les da bien la organización, y les gusta que las cosas estén
organizadas. Acumularán reglas sobre el modo en que deberían hacerse las
cosas y se encariñarán con ellas. A menudo consideran erróneamente que su
forma de hacer las cosas es la única.

Aves de cielo
La posibilidad es un gran atractivo para este grupo. Esta clase de personas
tienden a tener una buena tolerancia a la incertidumbre, porque en ella es
donde residen la mayoría de las posibilidades. La rutina puede aburrirles
rápidamente y siempre estarán buscando nuevos modos de hacer las cosas.
En su caso, el desafío consiste en aferrarse a lo que les han dicho que hagan
–o, de manera más precisa, a hacerlo del modo en que les han dicho–. La
organización no es algo natural para ellos, porque a menudo tienen una
escasa capacidad de concentración por lo que respecta a los detalles.
Cualquier cosa rutinaria podría verse como un riesgo para la vida. Por la
misma razón, las reglas quedan por debajo de sus radares, sobre todo
aquellas que no tienen sentido para ellos o no les importan. Aprenden
buscando patrones y relaciones entre las cosas, y se guían fuertemente por
su intuición.

Niños aves de tierra


Si tú no eres un ave de tierra, en ocasiones podrías preguntarte, mirando a
tu hijo, quién es el adulto en esa relación. Desde una edad temprana, los
niños aves de tierra pueden comenzar a parecer muy maduros en su deseo
de organizar sus vidas y las vidas de las personas que les rodean. Serán la
clase de niños que ordenan sus muñecas y sus juguetes de determinadas
maneras y que se enfadan si alguien los mueve. Tratarán de estipular los
juegos a los que juegan con sus amigos –y se les escuchará dictar cómo
debe jugarse a ellos–. Su modo de hacer las cosas será el correcto. Podrían
producirse muchos berrinches en caso de que sintiesen que se están
pisoteando sus reglas. La buena noticia es que a menudo serán ordenados, e
incluso podrían atravesar etapas en las que ayudasen enormemente en las
tareas domésticas. Serán bastante responsables para su edad.
No aceptarán los cambios de buena gana, así que el hecho de
trasladarse de escuela podría ser complicado; el cambio de su profesor
favorito, un trauma; una mudanza, el fin del mundo. Podrías descubrir que
necesitan cierto tiempo para tomar decisiones, sobre todo en las ocasiones
en las que se puede elegir. Les gusta tener mucha información para
fundamentar una decisión. Ello me lleva a los detalles. Les gustan. Esto
quiere decir que si les planteas preguntas como: «¿Qué tal ha ido la
escuela?», es probable que tengas que conducir a casa despacio a fin de que
tengan tiempo de contarte los pormenores de su jornada antes de que
aparques el vehículo. También significa que te plantearán una gran cantidad
de preguntas sobre cualquier cosa y que incluso podrían obsesionarse con la
necesidad de saber.
Aprenden acumulando conocimientos de manera constante. Si hacen
falta cinco pasos para llegar a algún lugar, atravesarán cada uno de ellos
felizmente, incluso aunque hayan averiguado la respuesta en el tercer paso.
Es probable que las palabras que más oigas en la reunión de padres sean
que tu hijo es «constante» y «serio». Este rasgo, cuando se combina con una
pasión o un interés, puede conducir a que tus hijos sean extremadamente
buenos en una pequeña gama de actividades –como tocar el piano, practicar
un deporte o en lo que respecta a un determinado tema.
¿Conoces esa clase de chicas que tienen un bolso desde una edad muy
temprana? Es probable que sean aves de tierra. Habrá cosas que les guste
tener junto a ellas, por si acaso. Desde muy temprano, los niños aves de
tierra se vuelven exigentes en lo relacionado con el modo en que les gustan
las cosas. Con frecuencia pueden presentar ciertas modas y caprichos
bastante extraños, desde la copa en la que beben hasta el tipo de cereales
que prefieren para desayunar. Luego están las reglas. Les gusta la
certidumbre y se sienten seguros cuando disfrutan de ella. Las reglas
constituyen una garantía de que su mundo sea más previsible, aunque solo
si el resto del mundo las cumplen. Esto puede resultar extremadamente
frustrante para un niño ave de tierra. En su mundo resulta obvio el modo en
que deberían hacerse las cosas, pero tan solo estamos hablando de un niño,
así que el mundo no siempre le obedece. Si alguna vez has estado en una
casa en la que los padres parecen sufrir a causa de la tiranía de los gustos y
las aversiones de su hijo, probablemente estés observando la consecuencia
de dejar que un ave de tierra gobierne el gallinero, algo que no siempre
resulta agradable. Cuando se trata de quién está formando a quién, solo
puede haber un ganador.
Para ayudarles a crecer, respeta su necesidad de orden, aunque no
permitas que controlen el funcionamiento de la familia. Honra sus reglas
siempre que puedas, pero no permitas que estas les gobiernen a ellos. He
hablado de la importancia que tiene conseguir que la novedad sea parte de
la vida de un niño. Esto es especialmente cierto en el caso de los niños aves
de tierra. Las reglas les proporcionan confort, pero también pueden
convertirse en una prisión. En vez de dejar que se instalen en su zona de
confort, el hecho de que aprendan a hacer frente a la espontaneidad y la
incertidumbre contribuirá más al desarrollo; ahora bien, ten cuidado con el
ritmo y prepárate para las rabietas si eso es demasiado para ellos. Deja que
tengan todo el control sobre su espacio que puedas ofrecerles. Respalda
cualquier impulso que tengan hacia el dominio de una actividad o hacia su
dedicación a algo que les guste. Cuando se sientan estresados tendrán
tendencia a aislarse, enfrentándose a aquello que les estresa. Anímales a
compartir, a delegar y a ver el panorama general.

Niños aves de cielo


Antes que nada, si basas tu felicidad en que tu hijo ave de cielo mantenga
su cuarto ordenado, no tardarás demasiado en convertirte en una persona
infeliz. Simplemente no lo harán. No porque sean sucios o repugnantes, ni
porque sean perezosos o estén desocupados, sino porque probablemente no
se den cuenta del desorden. No es tan importante para ellos. En realidad, es
un símbolo de cómo prosperan con el desorden. Estos niños están siempre
explorando, buscando la manera de que las cosas encajen, y
experimentando el modo de que aquellas que no encajan lo hagan. Como
resultado de ello, por lo general, son muy creativos. Podrías esperar que
tuviesen pasiones disparatadas que durasen quince días y que te costasen
una fortuna. Su habitación, y probablemente tu casa, estará llena del
equipamiento y los pertrechos que acompañan a lo que mi padre solía
denominar «las maravillas de los cinco minutos». No te preocupes, crecerán
sabiendo un poco de muchas cosas y serán unos genios en Trivial Pursuit.
Armarán un buen escándalo cuando tengan que hacer cosas que les
aburran, tareas domésticas o cosas que les resulten triviales. Son aves de
cielo, por lo que cualquier cosa que tire de ellos hacia la tierra se encontrará
con su oposición. Aparecerán con los planes más ridículos y con delirios de
grandeza. Estos planes te sorprenderán en ocasiones, y a menudo vendrán
acompañados de resultados espectaculares.
Vas a necesitar mucha paciencia, porque a menudo son personas de
desarrollo tardío. No es que no se concentren, tan solo es que su punto de
mira se centra en un rango amplio, y no en el haz estrecho de un ave de
tierra. Sus talentos pasan a menudo a primer plano cuando avanzan a
posiciones estratégicas, por lo general superiores en la escala de trabajo.
Como es de esperar, no insisten demasiado en los detalles, y lucharán
por vadear las tareas escolares que estén repletas de ellos. En historia, por
ejemplo, las fechas, las listas de personas o la maquinaria política del
Parlamento en tiempos del rey Jacobo I les supondrán una gran oportunidad
de echarse una siesta. Haz que se interesen en los patrones de la historia –en
cómo las condiciones del Armisticio de 1918 y la composición de la
República de Weimar, combinadas con el temor a otra guerra en las mentes
de las principales potencias europeas, crearon las condiciones para que
Hitler ascendiese al poder– y, de repente, tendrás su atención. Les encanta
el «porqué» de las cosas, mucho más que el «qué». Si le preguntas a tu hijo
ave de cielo cómo le ha ido el día, es probable que obtengas una respuesta
del estilo: «Bien», o: «¡Aburrido!». Una respuesta corta, suave, centrada en
el panorama general. Tratar de extraer más información de ellos puede
convertirse en un ejercicio de exprimir piedras.
Por último, hablemos de las reglas. No tienen demasiadas. Tampoco
tienen tiempo para muchas de las reglas de los demás.
En ocasiones, podría parecer como si estuviesen ignorando las tuyas de
manera deliberada. Aunque esa posibilidad existe, lo más probable es que
su mente estuviese en otra parte y que no reconociesen que ahora era el
momento en que se suponía que tu regla importante entraba en vigor. Al
igual que con la limpieza, envejecerás tratando de que se den cuenta de ello.
Mi consejo es que elijas las reglas de la casa que consideras más
importantes. Reduce las reglas a un máximo de siete. Mantenlas en un lugar
visible y consúltalas siempre que se produzca un incumplimiento. A base de
repeticiones, podrías lograr que se cumplan la mayor parte del tiempo, aun
cuando tus hijos no comprendan su necesidad.
Para ayudarles a crecer necesitas darles un toque ligero y tomarte tu
tiempo. Acabarán encontrando su camino, un camino que probablemente no
sea el tuyo. Esto puede requerir cierto tiempo. Dejemos que exploren lo que
les interesa, aunque solo sea de manera transitoria. Exponles a tantas ideas e
indicaciones como puedas –son investigadores de la vida–. Y, al mismo
tiempo, fortalece su tolerancia hacia los detalles. Ayúdales a que se centren
mejor en las pequeñas cosas que les aburren (haz referencia al mantra 3,
sobre todo al «Efecto Sawyer»). Pueden delegar cuando hayan subido la
escalera; en los primeros años, aprender a preocuparse por las pequeñas
cosas acelerará su progreso y aumentará su flexibilidad.
Así pues, hemos descrito a los niños; ¿reconoces a los tuyos?
Ahora os toca a vosotros, los padres.

Padres aves de tierra


Probablemente prestes una extraordinaria atención a tus hijos y sea raro el
día en que vayan al colegio sin su bolsa de educación física. Si leíste
primero lo que he dicho sobre los niños aves de tierra, es probable que
puedas anticipar algunas de las cosas que voy a señalarte y que debes tener
en cuenta. Antes que nada, están tus reglas. Estas te van a resultar
importantes y, cuando te conviertas en padre, tener reglas y formas
correctas de hacer las cosas constituirá una manera importante de sentir que
tienes el control y de que estás haciendo lo mejor para tu hijo. Lo que pasa
es que tener hijos es un asunto caótico y complicado. Tiene sentido que
trates de limitar ese caos, pero nunca lo eliminarás. Haz todo lo posible por
estar contento con todo lo que estás haciendo. Los musulmanes tienen un
dicho: «La perfección es para Dios». Esa es la razón por la que sus obras de
arte contienen un defecto deliberado. Soy ateo, pero no podría estar más de
acuerdo con ellos. La perfección no existe, sobre todo por lo que respecta a
la crianza de los hijos.
Un ejercicio útil podría consistir en sentarte y en escribir todas las
reglas que esperas que sigan tus hijos; podría sorprenderte. Puntúalas en
una escala del 1 al 10 en función de lo molesto que te sentirías si se
transgrediese cada una de ellas. Pregúntate a ti mismo: ¿tendría alguna
importancia que abandonase esta regla? Los niños crecen cuando saben
dónde están los límites, pero se ven restringidos y estresados si están
demasiado atados y si están presentes en demasiadas áreas de la vida. Una
planta no puede crecer si no cabe en la maceta. Tampoco puede hacerlo
un niño si está limitado por las reglas.
Ten en cuenta que creer que hay una manera correcta de hacer las
cosas puede inhibir la creatividad de tu hijo. Deja que juegue, que cause un
desastre, que use el color equivocado, que juegue con la caja y no con el
regalo. Llévalos a cosas divertidas y, a continuación, deja que sea él quien
encuentre la diversión. No trates de organizar el modo en que se divierte, ni
señales cómo lo harías tú. Confío plenamente en que pondrás en la pared un
cuadro para que los niños sepan cuándo deben hacer las tareas domésticas,
cuándo son las vacaciones y cuáles son las fechas importantes para la
familia. No dejes que tu vida esté dictada por este cuadro. Permite que
exista cierta espontaneidad; y no vale prever un día de espontaneidad en el
cartel, eso es trampa.
Si tienes un hijo ave de tierra, estará atento al modo en que la vida
hace tictac contigo como un reloj suizo. Ello hará que se sienta seguro. Mi
gran consejo es que le animes a organizarse por sí solo, en vez de ser tú el
que orqueste su vida. Ello aumentará su resiliencia y su sensación de
autonomía. Con los padres aves de tierra existe el riesgo de que el niño se
dé por vencido, porque lo que hacen nunca es tan correcto ni está tan bien
planeado ni tan bien ejecutado como lo harías tú. Resiste a la tentación de
quitarles algo mientras les dices: «¡Es más rápido si lo hago yo!».
Y, lo más importante, si tu hijo es un ave de cielo, no lo etiquetes de
manera negativa. Es fácil verlo como un soñador, como una cabeza hueca,
como alguien desconsiderado y como un mono del caos. En realidad, no lo
es. Él no es tú. Es probable que te frustre al no vivir la vida de acuerdo con
un plan, y podría parecer que no llega a ninguna parte –según tu opinión–
durante algún tiempo, pero confía en él. Incluso si el lugar al que llega no
significa nada para ti, podría ser el lugar adecuado para él.
Repetiré lo mismo cuando les hable a los padres aves de cielo, porque
creo que este es un punto importante. Mi objetivo al describir a las personas
según su tipo es simplemente el de posibilitar que predigas ciertas
preferencias y que las emplees para generar un efecto positivo. El objetivo
nunca consiste en limitarlas o en pensar que están destinadas a ser malas en
algo por el mero hecho de que no surgen de manera natural o porque, de
manera instintiva, no les entusiasma la idea. Los niños son muy plásticos,
y eso es lo que se debe fomentar. Sea cual sea el tipo de ave que más se
parezca a tu hijo, anímales a explorar la alternativa. Si les gusta el orden y
la regulación, proporciónales experiencias de espontaneidad y caos que
acaben siendo agradables. Si huyen de los detalles y de las reglas, encuentra
una actividad que les resulte divertida –como el escultismo o las artes
marciales–. La flexibilidad es una característica maravillosa que tendemos a
perder durante nuestra edad adulta. Promuévela en tu hijo y este encontrará
más situaciones que les ayudarán a crecer.

Padres aves de cielo


Te resulta más fácil ser el padre divertido que el castigador. Mantener la
vista en todas las cosas que tu hijo «debería» estar haciendo puede ser un
duro trabajo. A menudo resulta difícil castigarle por cosas en las que sabes
que tú también habrías hecho. Es probable que seas bueno haciendo que tu
hijo explore cosas –lugares de juegos, juegos nuevos e intereses diferentes–.
Sin embargo, mantener la atención en el estado de sus deberes, en si tiene lo
necesario para la escuela, y en quién pasará a recogerle esta noche resultará
menos natural. Por lo general, tu mente está tan llena de posibilidades que
el zumbido de la vida que te resulta familiar puede convertirse fácilmente
en un ruido de fondo.
Las aves de cielo tienden a contar con una buena capacidad para
tolerar la incertidumbre. Lo bueno de esto es que puedes ser feliz aceptando
las cosas a medida que suceden. Creo que esto es admirable, pero la
investigación viene a contradecirme, pues se ha demostrado que a los niños
les gusta un cierto grado de certidumbre, como lo demuestran los límites,
las rutinas y los pijamas favoritos. A medida que la capacidad de predecir
de los niños se vuelve más precisa, no es de extrañar que estos usen a su
hogar y a sus padres como rocas de estabilidad desde las que lanzarse a la
incertidumbre del mundo. Toma conciencia de ello, y ve con cuidado al
lanzar una idea casual sobre la compra de una autocaravana y sobre el
hecho de llevar a la familia a una expedición a Perú. Sé que solo es una
idea. Ambos sabemos que probablemente no suceda, pero es divertido
pensar en ello. Es posible que para tus hijos no lo sea, así que maneja tus
pensamientos con cuidado al compartirlos con ellos.
Si tu hijo coincide con tu tipo de ave, te divertirás mucho explorando
diferentes cosas, y estarás contento de que adquiera y abandone ciertos
intereses. Existe el peligro de que apliques una presión involuntaria para
que comparta tus propios intereses. También existe el peligro de que, en el
caso de que sus intereses te aburran, no pases tiempo con él. Tu tolerancia
al tedio es bastante baja, así que contrata a alguien para que empuje el
columpio en caso ser necesario. Es probable que tu hijo sea muy curioso.
Una de las cosas que más lazos afectivos crea es que te tomes el tiempo
necesario para explicarles el mundo a tus hijos, para abrirles los ojos a sus
maravillas y para llevarles a lugares que les hagan dudar. Más tarde, a lo
largo de la vida, apreciarán vuestros viajes al museo o el día en la
exposición de su última afición, o, cuando sean mayores, el hecho de
compartir opiniones sobre política (o sobre cualquier otra cosa). La clave
consiste en evitar la excesiva certidumbre y en evitar ser preceptivo. Dales
permiso para pensar en alto, para aportar ideas y para tener opiniones sin
que sientan que corren el riesgo de tu desaprobación.
Si tu hijo es un ave de tierra podrías tener dificultades para conectar
con él, puesto que su mundo es muy diferente del tuyo. Algo clave que hay
que recordar es que, además de las cosas que te importan a ti, hay cosas más
importantes para él. Observa y escucha sus reglas y sus preferencias. No le
menosprecies por tenerlas. Aunque te resulte fácil etiquetarlas como
rebuscadas, quisquillosas, autoritarias, aburridas o pedantes, no lo hagas. Él
no es ninguna de esas cosas, él no es tú. Tu hijo encuentra confort en la
rutina y en hacer las cosas de una determinada manera, del mismo modo
que a ti te resulta apasionante la innovación. El hecho de dejarse guiar por
su instinto le resulta aterrador. Le gustan las instrucciones claras y cree que
siempre existe un modo correcto de hacer las cosas. A medida que se hace
mayor, existe el riesgo de que piense que la suya es la única manera de
hacer las cosas, así que su adolescencia podría resultar interesante.
Probablemente no comprendas por qué se toma su tiempo para hacer algo,
cuando claramente puedes ver el siguiente movimiento. Es su vida y la
vivirá a su manera, por mucho que le señales adónde debe dirigirse. Como
ves, construye algo que es suyo.
Al igual que lo hice con los padres aves de tierra, voy a animarte a
aumentar la flexibilidad de tu hijo. El propósito de señalar una de sus
preferencias no consiste en limitar a tu hijo con una etiqueta, sino en que
comprendas el modo de usar lo que surge de manera natural en él, y en
evitar las diferencias que surgen al crear cierta distancia entre vosotros.
Aunque los niños podrían preferir las aves de tierra frente a las aves de
cielo, o viceversa, son increíblemente adaptables y es perfectamente posible
hacer más flexible su forma de comportarse al darles la oportunidad de
practicar lo que subyace en el otro extremo de este contínuum. Exigir el
máximo esfuerzo a tu ave de tierra proporcionándole experiencias que
requieran que se deje llevar, que improvise y que suelte las riendas le
ayudará a crecer. Hacer que tu ave de tierra tenga que centrarse en los
detalles y aprender los beneficios de las reglas también le servirá de ayuda.
Si puedes criar a un hijo para que sea capaz de moverse entre ambas
preferencias, tendrás a un adulto que se sentirá tan cómodo con el
funcionamiento de las cosas como con el modo en que podría proceder si
algo cambiase.
Vista, sonido, pensamiento y sentimiento
En esta etapa voy a dividir las aves de tierra y de cielo en cuatro nuevas
categorías partiendo de la idea de que tenemos una preferencia por aquel
sentido al que prestamos una mayor atención. Algunos niños serán aves de
vista (sentido de la vista), otros serán aves de sonido (sentido del oído),
otros serán aves de sentimiento (cinestésico), y otros podrían comenzar a
perfilarse como aves pensadoras. Hablaré de ellas en último lugar. Una vez
más, lee estas descripciones y observa si alguna de ellas concuerda contigo.

Niños aves de vista


Espero que tengas mucha energía. Desde el momento en que abren sus ojos
hasta que los cierran, es muy probable que los niños aves de vista se
encuentren en movimiento. Si puedes, conéctalos al suministro de energía
de tu casa; bajarán las facturas de manera sustancial. Podrían disfrutar
disfrazándose desde una edad temprana, sentir atracción por las cosas
brillantes, e incluso comenzar a tener una opinión sobre lo que deberían
vestir y sobre el modo en que les gustaría que se viese su pelo. Asimismo, si
son aves de cielo, su capacidad de atención será efímera porque seguirán
distrayéndose a causa de su siguiente cosa favorita. Las aves de vista
tienden a asimilar las cosas con mucha rapidez, por lo que necesitan una
estimulación constante para no aburrirse. Es probable que el tiempo que
pases con ellas sea muy importante. En cierto modo, miden lo mucho que te
preocupas por ellas en función de la atención que les prestas, de tal forma
que pueden tener un coste de mantenimiento bastante alto. Con estos niños,
no puedes sustituirte por un videojuego.
Si tienen hermanos, podrían permanecer sumamente atentos a la
equidad de lo que le das a cada uno, ya que los regalos tienen un significado
especial para ellos –es decir, son bolsas de amor–. Si perciben que su
hermana o su hermano está recibiendo más que ellos, lo verán como la
expresión de una preferencia, así que prepárate para los berrinches y la
búsqueda de atención. Si existe una situación en la que uno de los dos
recibe algo que el otro no tiene, asegúrate de explicarles la razón de ello.
Cuando sean ellos los que se beneficien, recuérdales que esta es una de esas
ocasiones en las que sus hermanos no reciben nada. Esto podría resultar de
ayuda. Un poco.
A medida que se hagan mayores, su propio espacio adquirirá una
mayor importancia para ellos. Querrán una habitación, o parte de una, para
hacerla suya. Serán bastante posesivos con sus cosas, y a menudo tendrán
dificultades para compartir sus juguetes y su ropa. No es que sean egoístas,
es solo que temen que otras personas «echen a perder» lo que tienen. En
otros aspectos, serán tan generosos y amables como los críes.
Si quieres ayudarles a crecer, dales espacio para correr, tanto literal
como metafóricamente. Estar encerrados hará que ambos enloquezcáis, así
que déjales espacio para quemar energía. Abre sus ojos a la belleza de las
cosas –programa muchas visitas a las galerías y a los museos–. Exponles de
la forma más económica posible a las artes y a la artesanía. Es probable que
prueben muchos tipos diferentes de artes. El tiempo que pasas con ellos
equivale a los regalos que reciben, cada segundo es amor, así que si, de
repente, a causa de tu trabajo pasas a estar a su disposición menos tiempo,
prepárate para los berrinches y el comportamiento inseguro; haz todo lo
posible por compensarlos.

Niños aves de sonido


Tapones para los oídos. Compra unos cuantos. Pasarás de: «No veo la hora
de escuchar sus primeras palabras» a: «Haz que pare» en cuestión de meses.
Las aves de sonido soportan el sonido. Los móviles infantiles musicales son
indispensables; es probable que el ruido de fondo les consuele, pero no
tanto como tu voz. Una vez que estos niños descubran su voz, la usarán
para llenar cada espacio en el que se hallen; el silencio no es una opción. Si
pones un juguete en su cuna hay muchas posibilidades de que le hable
durante algún tiempo.
La música podría ser un amor temprano y, casi con toda seguridad, uno
posterior, si tu hijo termina enamorándose de un cantante o de un
instrumento. Consuélate con la idea de que, si estás escuchando a un niño
de ocho años aprendiendo a tocar el violín o la guitarra eléctrica, ello quiere
decir que al menos no estás escuchando su monólogo interior. Si es un ave
de tierra, nunca serán capaces de darte una respuesta corta a nada. A veces
parecerá que la narración de su día en la escuela parece precisar tanto
tiempo como el día en sí. Si la paciencia fuese una píldora... Si, en lugar de
ello, tu hijo fuese un ave de cielo, el nivel de detalle podría ser menor, pero
a cambio te verías bombardeado por su imaginación y se esperaría que te
sumases a ella. A menudo, sobre todo con aves de sonido extrovertidas, los
padres no pueden limitarse a leer las historias, sino que deben representarse
con tantas voces como puedan reunirse. A medida que crezca te convertirás
en una caja de resonancia para sus ideas y sus sueños. Deja que los tengan,
consiéntelos, aplasta tan pocos como sea posible; su imaginación puede ser
su futuro.
Tu hijo sabrá que le quieres si se lo dices, y potencialmente solo si se
lo dices. Díselo en primer lugar y díselo a menudo. Asegúrate de decirlo en
serio cuando lo hagas, porque tu hijo podría notar la diferencia. No hagas
promesas que no puedas mantener. Pronto descubrirás que tu hijo lleva la
cuenta y que es capaz de repetir la conversación palabra por palabra. No
hay escapatoria, así que ten cuidado con lo que prometes. Además, sé
consciente de tu tono de voz. Los niños aves de sonido pueden resultar
heridos profundamente a causa de la crítica verbal, del sarcasmo y de una
palabra desagradable –y, como sucede con el resto de palabras, no las
olvidarán.
Prepárate para que los profesores se quejen de las interrupciones de tu
hijo. Lo que suele significar es que está hablando en clase. Por supuesto que
lo hace; así es como aprende. Los buenos profesores escucharán aquello de
lo que está hablando, mientras que los malos profesores se limitarán a
decirle que se calle y que escuche –esto es, que deje de aprender–. Protégele
de ello.
Para ayudarle a crecer, dale tiempo. Sé su caja de resonancia. Bríndale
experiencias interesantes de las que pueda hablar, despierta su curiosidad
sobre el mundo. Únete a él en su aprendizaje: así es como puede aprender
mejor. Estate atento a su interés por lo verbal o por lo musical y aliméntalo.
Haz que el hecho de leerle por las noches sea parte de su ritual nocturno –
todo padre debería hacerlo, pero en el caso de las aves de sonido es
especialmente importante–. Haz que la última cosa que escuche cada noche
sea: «Te quiero». Con el tono de voz adecuado.

Niños aves de sentimiento


De todos los tipos de niños, estas pequeñas personas serán aquellas para las
que un abrazo de su madre o de su padre representará el santo grial. Este
tipo de niños también puede tener un coste de mantenimiento alto, porque
son tan sensibles a su entorno que todo tendrá que ser correcto. Desde el
principio mostrarán una preferencia por los materiales que más les gusta
tener al lado de su piel. Llorarán al tener demasiado calor o demasiado frío.
Los mecerás demasiado fuerte o demasiado suave... en realidad, la lista
puede ser interminable. Como señalé en Lovebirds, los adultos aves de
sentimiento parecen estar envueltos en una persecución permanente de la
perfección sensorial, que pasará de una camiseta favorita que se negarán a
dejar de usar hasta que se les caiga a una fijación adulta con el café
perfecto.
Las aves de sentimiento aprenden haciendo y copiando. Un día podrías
entrar en la sala de estar y encontrar la televisión desmontada porque su
inteligencia a menudo reside en lo práctico. Esto podría ocasionar
problemas en la escuela, sobre todo a partir de los diez años de edad,
porque las escuelas no tienden a abastecer su estilo de aprendizaje. Una vez
que la clase se convierte en una secuencia de «sentarse, escuchar y ver», en
lugar de dar vueltas y de hacer cosas, los niños de sentimiento pueden
aburrirse y ser etiquetados como personas problemáticas a medida que se
desplazan a la parte trasera del aula y comienzan a lanzar cosas a sus
compañeros. A menudo abandonan la escuela como personas con aparentes
dificultades académicas, con la creencia de que no son demasiado
inteligentes. En realidad, lo que muestran es que su inteligencia no es la de
la clase de niños que son adecuados para las escuelas.
Con suerte, encontrarán su camino en un trabajo en el que su espíritu
práctico sea un activo, como la restauración, la ingeniería, la electrónica, y
el aprendizaje de la enfermería mediante la práctica, en vez de tener que
asistir cuatro años a la universidad.
Hacer que tu hijo realice movimientos físicos –del estilo de las clases
de psicomotricidad fina y gruesa– desde bien temprano es una gran idea.
Introducirle a la mayor variedad posible de deportes y de actividades
activas le llevará a enamorarse de algo que podría durar toda la vida.
Ante todo, fomenta su tacto. El contacto físico es un ingrediente vital
de su bienestar; tu hijo sabrá lo mucho que le quieres por la frecuencia con
la que le das un abrazo de manera espontánea, y sentirá la frialdad de tu
desaprobación con la retirada de tus caricias. De entre todos los tipos de
niños, estos serán los últimos en ser demasiado mayores para recibir un
beso de buenas noches, lo que constituye un dolor si viven muy lejos de ti.
Para ayudarles a crecer, recompensa su espíritu práctico con la misma
firmeza con que recompensarías la destreza académica de otro niño. Honra
sus modas y sus sensibilidades, pero no permitas que se vuelvan demasiado
valiosas. Sácalos fuera de su zona de confort literal.
Ten en cuenta que a menudo no ven bien el futuro, por lo que el modo
en que se sienten en el momento presente puede confundirse fácilmente con
el modo en que se sentirán para siempre, lo que hace que el dolor, el
malestar o la tristeza parezcan peores en su caso que en los demás. Un
abrazo tuyo es medicina. Introdúcelos a la diversión de crear cosas. Haz
todo lo posible por ser tolerante con todo lo que destrozan en su proceso de
aprendizaje –serán muy activos–. No quites la vista de tu radio, tu reloj, tu
coche...

Niños aves pensadoras


Llevo a estos niños en mi corazón porque soy uno de ellos. Pienso en ellos
como un subconjunto de los otros tres tipos porque no creo que nazcamos
de este modo; creo que aprendemos a ser de esta manera. En esencia, las
aves pensadoras crecen apartándose del mundo y refugiándose en sus
cabezas. Veo muchos casos así en la terapia. Por lo general, sus problemas
se centran en no sentir que pertenecen a este mundo, en un miedo a mostrar
o a experimentar emociones, y en una sensación de estar desconectados. En
estos casos, creo que su infancia incluía cosas cuya vista, sonido o
sentimiento, no les gustaba. No siempre eran cosas importantes y horribles,
a menudo era el goteo de la desaprobación, de la desilusión y del no ser
comprendido que provenía de sus padres. Pero no creo que eso sea todo.
Creo que, en ocasiones, las aves pensadoras pueden ser el resultado de hijos
únicos abandonados a su propio entretenimiento, de niños a los que no se
les dio la oportunidad de mezclarse con sus iguales, de haberles obligado a
estudiar en detrimento del contacto social, o de una perturbación en el hogar
tal como un divorcio o un conflicto entre los padres, que les obligaba a
refugiarse en su cabeza, el único lugar del que disponían.
Esto suena mal. Acabo de leerlo y casi siento lástima por mí mismo,
pero no todo es negativo. No lo es –únicamente puede resultar complicado
acercarse a ellos–. Las aves pensadoras necesitan darle sentido a todo, así
que tendrán una curiosidad implacable por cualquier cosa que les interese –
es extraño que no sean expertas en algo–. No harán algo que no tenga
sentido para ellas, no saldrán de la cama sin un plan, y se les dará bastante
mal esconder el hecho de que piensan que alguien está equivocado.
Esta clase de niños pasa gran parte del tiempo en sus cabezas. Aunque
estén sentados a tu lado podrías tener la sensación de que se encuentran a
kilómetros de distancia. Es muy probable que así sea. Siempre tienen una
conversación en su cabeza. Tu trabajo como padre consiste en hacer que
esta sea una conversación buena, y no en una sobre lo poco queridos o lo
tontos que son. Así pues, los mensajes que les envías son clave para saber si
su voz interior es su mejor amiga o su peor enemiga. Puedes imaginar qué
versión de estas dos es la que me llama para pedirme cita –y donde se
origina la mayor parte del diálogo negativo–. Podrían parecer reservados
porque mantienen sus pensamientos encerrados dentro de sí, y en ocasiones
pensarán que dijeron en alto algo que te dijeron en una conversación
interna. Como consecuencia de ello, habrá muchas protestas del estilo:
«¡Pero si te lo dije!», así que no vayas directo a la idea de que están
mintiendo.
Suelen tener un buen rendimiento académico. Aunque te preocupes
por su lejanía o su distancia ocasional, en muchos aspectos de la vida
acabarán teniendo éxito. Su mayor desafío es ser felices. Es una suerte que
haya escrito este libro.
Las aves pensadoras emergen durante la infancia, lo que significa que
tienen otra forma –ave de vista, de sonido o de sentimiento– por debajo. Un
niño que es una combinación de ave pensadora y otra de sentimiento suele
ser indeciso, ya que es una mezcla a partes iguales de cabeza y corazón.
Saber por qué apostar –entre lo que te parece correcto y lo que tiene más
sentido– puede ser una verdadera lucha. Este niño podría ser menos afín a
su cuerpo y a su entorno que el promedio de las aves de sentimiento.
El ave pensadora combinada con el ave de sonido implica que es
probable que sean más locuaces y que estén más abiertas que la mayoría de
aves pensadoras, y también que se desanimen con mayor facilidad a causa
de las personas que les rodean.
Las aves pensadoras que comenzaron como aves de vista podrían
desaparecer con los materiales de pintura y no emerger hasta haber
terminado una versión de la Capilla Sixtina en su dormitorio.
Para ayudarlas a crecer, dales muchas oportunidades de conectar con
sus cuerpos a través del deporte y de otras actividades físicas. Anímalas
asimismo a conectar a nivel emocional –una mascota es una gran idea– y a
estar a gusto expresando sus sentimientos. Anímalas haciendo todo esto tú
mismo. A menudo temen que el hecho de dejarse emocionar las lleve a
sentirse abrumadas. Enséñales lo contrario.
Después de haberte mostrado algunas de las razones por las que las
diferencias entre tus hijos y tú podrían ser la fuente de algunos de los
desafíos que estás teniendo, me gustaría añadir otro tipo de diferencia que
tiene un impacto mayor en el modo en que vemos el mundo e interactuamos
con los demás. Estoy seguro de que habrás usado estos términos en muchas
ocasiones, pero yo voy a hacerlo de un modo particular.
Introvertidos y extrovertidos
¿Qué es lo que te gusta hacer al término de tu jornada laboral? ¿Salir por
ahí y hacer vida social con tus amigos, o retirarte a la bañera en busca de
una lectura tranquila y un buen libro? ¿Qué suele hacer tu hijo al regresar
de la escuela? ¿Deja la bolsa y sale corriendo para jugar con sus amigos, o
se sienta tranquilo y mira la televisión o juega con el ordenador?
En términos sencillos, y con eso me refiero a los míos, los
extrovertidos obtienen la energía de las personas, mientras que los
introvertidos pierden energía con la gente. Esto es un contínuum, así que las
personas se sitúan en cualquier lugar entre estos dos extremos. Al igual que
con mis descripciones previas, voy a describir los elementos significativos
de cada tipo, confiando en que reconozcas que tal vez necesites diluirlos si
tu hijo o tú caéis en algún punto entre los dos extremos.
Si alguna vez organizas una fiesta, los extrovertidos son la clase de
personas que necesitas asegurarte de invitar. En primer lugar, porque es más
probable que vengan que tus amigos introvertidos, que se quejarán de ello
todo el día y buscarán una excusa para no presentarse y, en segundo lugar,
porque se relacionarán y harán algo de ruido al llegar, en vez de dirigirse a
la cocina o a cualquier esquina oscura que esté disponible. Es clásico que, si
una pareja que presente esta característica llega a la fiesta, la persona
extrovertida se deslizará hasta la sala de estar, se desplazará de un invitado
a otro, hará nuevos amigos, se comunicará con sus antiguas amistades y
será el alma de la fiesta. La persona introvertida aprovechará la entrada de
su pareja como una distracción mientras encuentra un lugar seguro y
explora la habitación en busca de algún conocido. En caso de no sentirse
cómoda en el grupo, se difuminará en el papel pintado de la pared. Y
entonces, en algún momento de la noche, su pareja extrovertida, a la que
probablemente no haya visto desde que entraron por la puerta, hará por
encontrarla, la cogerá de la mano y le dirá: «Ven y vamos a pasarlo bien».
Lo que quiere decir: «Ven y vamos a hacer que me lo pase bien».
Este malentendido sobre las necesidades de cada uno puede extenderse
a los padres y los hijos. Los niños extrovertidos necesitan mucha
estimulación porque pueden aburrirse enseguida. El hecho de que haya
personas a su alrededor es un requisito indispensable para que se
desarrollen. Es probable que sean ruidosos, escandalosos y sociables. Se
harán amigos de cualquier persona y se perderán en el supermercado si ven
algo que les resulta interesante –sobre todo otras personas–. Cuando se
hagan mayores, pasarán mucho tiempo con sus amigos o comunicándose
con ellos. Conseguir que dejen de enviar mensajes de texto durante la cena
será mucho pedir. Por lo que respecta al estudio, no tiene mucho sentido
encerrarlos en sus habitaciones hasta que hayan acabado sus deberes.
Permitamos que lo hagan en la mesa de la cocina, que hablen por Skype con
sus amigos mientras completan sus tareas, o que tengan compañeros de
estudio. En su caso, el silencio no conduce a nada. Asegúrate de que, si les
consigues un teléfono y pagas sus facturas, tengan mensajes de texto
ilimitados y un control estricto de cuánto tiempo llevan enviándolos o, de lo
contrario, la factura del móvil y la hipoteca serán muy similares.
Por otro lado, a un niño introvertido se le da mucho mejor divertirse
consigo mismo. Es probable que desaparezca en su habitación durante horas
y que se sienta feliz jugando con sus juguetes y su imaginación. Su
capacidad de concentración es buena. A menudo se interesará en una
afición o en un interés que perseguirá con una pasión tranquila. Hará
amigos más lentamente que los extrovertidos, y es probable que su círculo
de amigos sea pequeño. Una cualidad necesaria que han de tener los amigos
de las personas introvertidas es que no exijan de ellas su atención constante;
podrían quererte hasta la muerte y estar preparados para donar un riñón por
ti, pero en realidad solo sienten la necesidad de verte o de hablar contigo
tres o cuatro veces al año. Por lo que respecta al estudio, los niños
introvertidos necesitarán encerrarse en un lugar tranquilo. La peor de todas
las actividades serán los trabajos en grupo. Hasta que se sientan cómodos
con un grupo, serán reacios a hablar ante el resto de integrantes. De hecho,
mientras que los extrovertidos se sienten bastante felices al expresar sus
pensamientos en alto, incluso si no se han parado a pensarlos, los
introvertidos tienen una actitud mucho más privada y solo ofrecerán algo
cuando estén seguros de ello. Cuando doy clase, siempre ofrezco a mis
alumnos la oportunidad de que me pregunten –y animo al grupo diciendo
que la única pregunta estúpida es aquella que no se plantea–. Los
extrovertidos alzarán sus manos felizmente y preguntarán algo que pruebe
esa idea, mientras que muchos introvertidos esperarán hasta el descanso,
cuando más ganas tengo de orinar, para acercarse sin hacer ruido y decir:
«Me preguntaba una cosa...».
En el pasado, observé que algunos padres señalaban a ciertos niños y
les decían a sus propios hijos: «¿Por qué no puedes ser como estos niños?».
Por lo general, señalaban a las versiones junior de sí mismos. A los padres
introvertidos les gustarán los niños tranquilos, emprendedores y que no
armen escándalo. A los padres extrovertidos les gustará (y esperarán) que
sus hijos sean escandalosos, ruidosos, que actúen juntos y que creen un
poco de caos. Su respuesta habitual a un momento de reflexión de sus hijos
consiste en decir: «Estás muy tranquilo, ¿pasa algo?». Es fundamental que
les dejes seguir su naturaleza y que no se ajusten a la tuya. Veo clientes que
han sido etiquetados como tímidos toda su vida, cuando en realidad eran
personas introvertidas en una casa extrovertida. Además de llamarlos
tímidos y aburridos, otras de las etiquetas comunes que atan alrededor de
los tobillos de sus hijos son «poco aventureros» y «poco populares».
También he visto clientes a los que se les dijo que eran fanfarrones,
sabelotodos creídos que necesitaban ser el centro de atención. Clientes que
crecieron con miedo a mostrar su potencial. Lo has adivinado: extrovertidos
criados por padres introvertidos. En la escuela, los profesores introvertidos
que no comprenden esta importante diferencia etiquetarán a sus alumnos
extrovertidos como perturbadores y desobedientes –y sugerirán incluso que
tienen Trastorno por Déficit de Atención–. Los profesores extrovertidos
decidirán que sus pupilos introvertidos no se están interesando lo suficiente
o que no están interactuando bastante con sus compañeros. ¿Adivinas a
quién obligarán a ponerse de pie y a responder a las preguntas ante la clase
para ayudarles a salir de su caparazón? ¿Adivinas cuántos de ellos vienen a
verme en su vida adulta con temor a hablar en público?
Un último par de distinciones que, si suponen una diferencia entre tú y
otra persona cercana a ti, van a producir fuegos artificiales...

Juzgadores y Perceptores
A los Juzgadores les gusta llegar hasta el final de las cosas, llegar a una
conclusión, cerrar los temas. Indícales una fecha límite y no serán felices a
menos que la superen. A los Perceptores les gusta la apertura, las
posibilidades y las opciones. Proporciónales una fecha límite y comenzarán
a negociar una ampliación. He tenido que arrebatar los exámenes de las
manos de los Perceptores porque el hecho de entregarlos cierra la puerta a
la posibilidad de cuál podría haber sido su resultado si hubiesen tenido algo
más de tiempo.
Si esta es la diferencia entre tus hijos y tú, tienes trabajo por delante.
Imagina una pareja formada por un Juzgador y por un Perceptor yendo de
compras. Esto es lo que oirías por parte del Juzgador: «¡No puedo creer que
nos hayas tenido paseando por el pueblo durante horas buscando en todas
las malditas tiendas algo que vimos en la primera en la que entramos!». ¿Te
resulta familiar?
Para los Juzgadores, el tiempo está conectado con los modales.
«Preferiría llegar una hora antes que un minuto tarde» es uno de sus
adagios. Para un Perceptor, «No sé adónde ha ido a parar el tiempo» es el
saludo más común que pronunciarán, aparentemente sin tener idea del
impacto que su tardanza podría tener en los demás. Si llegas tarde a un
encuentro con un Juzgador, este lo verá como una falta de educación; si
llegas a tiempo a una cita con un Perceptor, este no estará listo.
Tanto Juzgadores como Perceptores podrían ir de mochileros por el
mundo, pero mientras que el Juzgador partiría con un itinerario detallado,
sabiendo con exactitud dónde va a quedarse durante ese período, qué va a
hacer cuando llegue allí y cuáles son los nombres de la tripulación de
cabina de cada vuelo, el Perceptor se presentará con un billete de avión con
la vuelta abierta; además, es probable que pierda su primer vuelo pero no
parecerá preocupado por ello, se quedará en cada lugar durante un período
de tiempo aleatorio y regresará a casa seis meses después de la fecha
prevista pensando que ha tenido un horario bastante apretado.
Si eres un padre Perceptor y tienes un hijo Juzgador, la mejor
descripción que puedo ofrecerte es por analogía. Si veías la serie de
televisión Absolutamente fabulosas, y recuerdas la relación entre la madre,
Edwina, y su hija, Saffy (Saffron), te parecerás mucho a ellas ante los
desconocidos, con un niño que te organiza más que tú a él. Es probable que
a medida que crezcan sacudan su cabeza con incredulidad ante las
elecciones de tu vida, mientras que tú no comprenderás por qué no se
relajan y huelen más las rosas. Como puedes ver, es probable que las
etiquetas negativas vuelen por aquí. Por un lado, te dirán que eres grosero,
desconsiderado, incoherente, poco de fiar y un cabeza hueca. Por otro, te
dirán que eres un fanático del control estrecho de miras, obsesivo e
implacable. Esto dará lugar a algunas conversaciones interesantes durante la
cena –si el Perceptor aparece.

Comprender la diferencia como padre


El principal beneficio que deseo que obtengas de la lectura de esta sección
es esta idea de que todos nosotros somos diferentes y que estos son algunos
de los modos en que podemos describir esas diferencias. Me gustaría que
estas diferencias sean un lenguaje que abra vuestros comportamientos,
vuestras actitudes y vuestras creencias comunes a una conversación entre
vosotros que no desemboque en insultos y en portazos. Tus hijos tienen
razones para hacer las cosas del modo en que las hacen; simplemente
no son tus razones. He descubierto que resulta muy liberador ver el
comportamiento de mis hijos a través de la lente de estos tipos de aves
porque detiene el impulso que tengo a hacerlo sobre ellos como persona.
Ello me recuerda que el modo en que veo el mundo es tan solo una elección
y una versión de ese mundo. Esperar que mis hijos –o que cualquier otra
persona– se adapte a esa versión parece ridículo y erróneo. Pasar tiempo
mirando el mundo a través de una mirada alternativa te mantiene joven.
Esto resulta muy útil cuando la mayoría de cosas que hacen tus hijos
parecen envejecerte de manera prematura. Todo es cuestión de equilibrio.
Una gran lección que aprendí como padre (y que me hubiera gustado
aprender mucho antes) fue que, en lugar de desear que mis hijos fuesen más
como yo quería que fuesen, necesitaba pensar en la clase de padre que a
ellos les gustaría que fuese yo. Todos nosotros somos grandes padres, pero,
¿quién necesita nuestro hijo que seamos para poder crecer y
prosperar? Esta es una pregunta que nunca pierde su relevancia, sin
importar la edad que este tenga. Se trata del modo en que sacamos lo mejor
de él, y no del modo de conseguir el viaje más fácil para ti como padre. Y,
por extraño que parezca, al hacerlo, tu viaje se volverá más fácil.
No solo resultarán de ayuda las diferencias entre tu hijo y tú. Conocer
los tipos de aves de todas las personas que viven en tu casa –incluidos tu
pareja, tus abuelos o quienquiera que componga esa familia única–
proporcionará una rica cantidad de comprensión sobre las dificultades que
la gente que vive junta crea de manera inevitable. Saber que tu pareja es un
ave de tierra y que tú eres un ave de cielo te ayudará a comprender por qué
estas dificultades parecen más complicadas en el caso de los niños que en el
tuyo (al menos, según tu punto de vista). No están siendo duros, tan solo
tienen ideas diferentes sobre el modo en que deben lograrse las cosas (pero
advierte lo fácil que les resulta a las palabras negativas entrar de manera
sigilosa). Por la misma razón, únicamente porque no te acuerdes de hacer
que tachen los deberes de la lista del planificador de pared no significa que
no te preocupes por ellos. Tan solo es una diferencia. Hablad de ello. Si eres
una persona extrovertida, que tu pareja no quiera entrenar al equipo de
natación o recaudar fondos para la AMPA no quiere decir que no esté
comprometida con los niños. En su caso, preparar los bocadillos o crear una
página web también es contribuir. Tener un niño que nunca parece abrirse a
ti no significa que estés fracasando como padre o que no te quiera –podría
ser un ave pensadora–. No sugieras que, de algún modo, es raro, o acudirá a
mi clínica veinte años después diciéndome que, de algún modo, es raro. Si
la idea que tiene tu hijo de un gran día no es la de embarrarse, podría ser un
ave de vista a la que le gusta estar reluciente en todo momento. Si ni
siquiera puede dejar que te bañes en paz sin decirte algo más sobre su día
desde la puerta del baño, es probable que sea un ave de sonido. Si no te
importa que tu ropa interior sea sintética y a cuadros, pero sí le importa a tu
hija, lo más probable es que ella sea un ave de sentimiento y que tú seas un
pensador.
Con demasiada frecuencia, a las personas que se sientan frente a mí en
busca de ayuda no les pasa nada, per se, aparte de lo que les han inducido a
creer sobre sí mismas como resultado de las etiquetas que sus padres les
pusieron. Esos padres no tenían la intención de herirlas, sino todo lo
contrario. Estaban tratando de hacer que sus hijos se adaptasen a su
comportamiento de maneras que ellos pensaban que harían que estuviesen
más seguros y que fuesen más felices –esto es, que fuesen más como ellos–.
Lo más difícil es recordar que nuestros hijos no son juguetes por control
remoto. Hacer las cosas a su manera les funciona. Nuestro trabajo consiste
en guiarlos para que sean mejores guiándose a sí mismos. Para hacer eso
tenemos que comprender su sistema de dirección, y no tratar de que
funcionen con el nuestro.

Meditar sobre el mantra 6:

Esta es una meditación para toda la vida. Al menos así ha sido para mí.
Siempre que alguien esté haciendo algo que le resulte irritante o
frustrante o cuando parezca que esté loco, pregúntate a ti mismo:
«¿Refleja lo que está haciendo esa persona una diferencia entre
nuestras personalidades o el tipo de persona que es?».
Recuerda, si tus hijos te causan dolores de cabeza, tus nietos se
tomarán la venganza por ti.
M 7:
Criar a niños con un LCI requiere valentía

Los que luchan, los que huyen y los que se paralizan


La tesis que propongo en este libro es que nuestra respuesta de protección
ha sido una gran arma en la armería de nuestra evolución, que nos ha
mantenido a salvo de los predadores y de diversas amenazas físicas durante
millones de años. Sin embargo, esta respuesta de protección actúa en contra
nuestra al emplearla en respuesta a las amenazas contra la autoestima que
perciben nuestros cerebros. Digo «en contra nuestra» porque no solo es
inadecuada para esta tarea, sino que, en realidad, es contraproducente. El
sistema de protección reduce nuestra capacidad para pensar de manera clara
durante el tiempo que está en funcionamiento. Reduce el control que
podemos ejercer de manera consciente sobre nuestro comportamiento. En
un mundo moderno, nuestro ingenio desaparece en el horizonte con un tigre
imaginario en sus talones cuando más necesitamos no perderlo.
No hay nada mejor para salvarte de los seres con dientes afilados y
puntiagudos, pero no hay nada peor para protegerte de las críticas de tu jefe,
del potencial ridículo de una audiencia, o de la decepción de la pareja.
He descrito el modo en que nuestra cultura no está resultando de
ayuda. Los anunciantes usan nuestra falta de autoestima para vendernos
productos que, según nos dicen, la reforzarán. Los medios de comunicación
se centran en lo peor de la naturaleza humana como entretenimiento. El
desastre y la mala fortuna constituyen las principales características de
nuestras noticias. Tal vez nuestros gobiernos fomenten una atmósfera de
amenazas para convencernos de que necesitamos su liderazgo. Todos estos
factores externos implican que a muchos de nosotros se nos lleva a un
estado de protección con más frecuencia de la necesaria. Y luego están
nuestros padres.
El objetivo de este libro consiste en hacer que pienses en dos cálculos
muy sencillos cuando estés con tus hijos: «¿Se encuentran en un estado
de crecimiento o en uno de protección innecesaria?», y: «¿Está
contribuyendo mi crianza a que desarrollen un LCI o un LCE?». Los
cerebros de nuestros hijos se adaptan a aquello a lo que están
acostumbrados. Cuanto más perciban que viven en un mundo en el que la
protección es necesaria, más evidencias encontrarán de la necesidad de esta
protección en el mundo y por parte de las personas que les rodean.
Aprenderán a presuponer la existencia de riesgos y de amenazas en cada
situación y con cualquier persona (lo que piensa el pensador...). Llevarán
una vida de protección, lo que aumentará los riesgos para la salud, reducirá
sus posibles opciones y limitará las cosas que se atreven a hacer con sus
vidas.
Sin embargo, si son capaces de ver el mundo como un lugar en el que
crecer, sus cuerpos experimentarán un menor estrés, anticiparán menos
restricciones en sus elecciones, y podrán perseguir su potencial. Si se les
dice que son testarudos y difíciles desde el mismo día en que nacieron,
entonces se encargarán de responder a los demás de un modo muy diferente
a si hubiesen sido identificados como personas flexibles y relajadas. Las
palabras que emplean sus padres para describirlos pueden llegar a
determinarlos –y marcar la diferencia entre pasarlo mal en el interior de la
imagen que tienen de sí mismos o crecer libres para decidir por sí mismos
quiénes son.
Si nuestras experiencias nos conducen a vivir como una persona que
vive principalmente en un estado de protección, la clase de persona que
tenderemos a ser podrá dividirse en tres categorías que reflejan las
respuestas que el sistema de protección desarrolló para mantenernos a
salvo. Volviendo al tigre diente de sable, ¿cuáles considera nuestro cerebro
que son las mejores respuestas ante un diente de sable que nos ataca con la
idea de comernos? Podemos luchar, huir de él o paralizarnos y esperar que
no nos vea. A nivel individual, tendemos a favorecer una de estas tres
reacciones sobre las demás. Permíteme que use tres clientes como modelos:
Sharon, Kevin y Louise. Cada uno de ellos viene a verme por problemas de
confianza. Imagina que, al volver atrás para encontrar el Acontecimiento
Emocional Significativo que creían que estaba en la raíz de su baja
autoestima, los tres describiesen el mismo incidente de la infancia. Dejaré
que Sharon lo describa:
«Tengo unos ocho años y estoy en casa con mi mamá. Quiero que
juegue conmigo, pero mi hermano pequeño no se encuentra muy bien, así
que no tiene tiempo. Parece que, ahora que él está aquí, ya no tiene tiempo
para mí; siempre está jugando con él. Cuando ella dice “no”, yo le grito y
ella me abofetea».
Hasta aquí el desarrollo es el mismo: la clásica ocasión en la que una
niña puede evaluar la situación desde su posición singular y concluir que no
es amada del todo, o que la quieren menos que a otra persona. Esto abre una
grieta en la creencia anterior de que se encontraba en el centro del universo
de sus padres. En este punto, las respuestas entre los tres clientes divergen.
Sharon me dice: «Corro a la habitación de mi hermano y rompo uno de
sus juguetes».
Kevin dice: «No puedo moverme. Todo lo que veo es la cara enfadada
de mi madre que me amenaza. Creo que cierro los ojos y que me encojo
hasta que se ha marchado».
Louise me dice: «Parece muy enfadada, y yo estoy aterrada. Salgo
corriendo y me escondo debajo de la cama».
Los tres niños llegan a la conclusión de que no son tan queridos como
sus hermanos. He descubierto que, en las personas que terminan
convirtiéndose en mis clientes, el efecto mariposa relaciona esta conclusión
con otras ocasiones en las que su cerebro se siente de un modo parecido.
Esto da lugar a dudas que tienen un impacto en su creencia sobre lo que el
resto de las otras personas piensan de ellas. Generalizan el hecho de no ser
amadas por su madre y tienen dudas sobre si pueden ser queridas por
alguien. Si este recuerdo se relaciona con un acontecimiento futuro frente a
un grupo, podría llevar a un miedo a hablar en público. Si se relaciona con
sus compañeros, entonces podría dar lugar a un adulto que tiene dificultades
para hacer amigos. Si se relaciona con otras personas con las que se
mantiene una estrecha relación, entonces podrías tener a alguien que teme
el rechazo en sus relaciones. Esta es la razón por la que me gusta tanto mi
trabajo; cada cliente es un rompecabezas, en el que una cadena de
acontecimientos que sus cerebros decidieron que estaban relacionados entre
sí, provoca que se conviertan en una versión de sí mismos que incluye una
limitación. Durante nuestras sesiones, la plasticidad del cerebro nos permite
desenmarañar los enredos de la malinterpretación que constituyen el
rompecabezas. A continuación, vamos quitando los nudos, dejando al
cliente libre para vivir sin lo que solía retenerlo.
De todas formas, volvamos a la trama. Esta respuesta reflexiva podría
convertirse en el modo en que cada uno de mis clientes se comportan
cuando se sienten amenazados. Si el jefe de Sharon la criticase, es probable
que lanzase sus juguetes fuera del carrito de bebé y que reaccionase de un
modo agresivo –si bien únicamente de manera verbal–. Si el jefe de Kevin
hiciese lo mismo, es probable que Kevin abriese y cerrase su boca
constantemente, como si fuera un pez, y que solo después pensase lo que
podría haber dicho en su defensa. ¿Y Louise? Posiblemente corriese al
baño, enfermase a causa del estrés, y comenzase a ocultar su trabajo para
evitar cualquier otra censura.
Si la cadena de acontecimientos de Sharon estuviese conectada con las
relaciones, es probable que ella fuese una persona posesiva y celosa. Si
creyese haber visto a su pareja mirando a otra persona, tal vez le gritase; si
su novio se quedase trabajando hasta tarde con esa nueva secretaria, podría
cortar en pedazos todos sus trajes. Es probable que, cuando Sharon conozca
a una nueva persona, sabotee la relación y consiga que esta la rechace. En el
momento en que sienta que la intimidad con su pareja está aumentando,
hará algo para ahuyentarla, presionándola para que demuestre su
compromiso. Por lo general, pondrá a prueba la relación hasta que logre
acabar con ella.
Kevin será el clásico chico que, cuando ve a alguien que le gusta, no
puede mantener el contacto visual, se le traba la lengua y se limita a las
miradas melancólicas desde la distancia. Si, de algún modo, consigue
iniciar una relación –habitualmente con alguien que va detrás de él–, se
arriesga a terminar convirtiéndose en un felpudo, en una persona incapaz de
defenderse y que hará todo lo posible por tener una vida tranquila.
¿Y Louise? Rechazará las citas, buscará excusas para no encontrarse
con nadie, pondrá obstáculos en el camino de cualquier pretendiente. Tiene
tanto miedo de que la lastimen que se lastima a sí misma manteniéndose a
una distancia segura del amor.
Para evitar que los padres sean presa del pánico –tal vez hubiera
debido escribir esto antes–, quiero dejar claro que no estoy diciendo que
cada momento de desatención por tu parte, que cada error en el lenguaje,
que cualquier momento en que hayas mostrado preferencia a un niño frente
a otro, esté sentenciando a tus hijos a una vida de infelicidad. Estos
acontecimientos tienden a ser cimas, rodeadas de las laderas de otros
momentos similares. En otras palabras, representan una actitud a lo largo
del tiempo, una conclusión sobre cómo se siente un padre con respecto a
ellos. Si les comunicas a tus hijos el amor que sientes por ellos (de formas
que ellos puedan reconocer, recuerda) sin ataduras o condiciones, ellos
estarán bien. No perfectos, pero sí bien, que es todo lo que cualquier
persona puede hacer por sus hijos. Criarlos seguros en tu amor implicará
que, cuando tengas esos momentos de enfado, de exasperación y de
frustración, esos momentos en los que te preguntas por qué te molestaste, o
en los que haces o dices algo de lo que más tarde te arrepientes, no tendrás
que preocuparte por el hecho de que tus hijos me lloren tus defectos dentro
de veinte años. Críalos resilientes, haz que desarrollen un LCI y que se
sientan amados, y tus fracasos no tendrán importancia en el marco de ese
éxito.
Todos necesitamos un sistema de protección. Tus hijos pasarán a lo
largo de sus vidas por momentos en los que se verán expuestos a alguna
amenaza física –desde un accidente de coche, a un incidente en un pub al
salir con tus amigos, a un perro que les amenaza en el parque o a la
amenaza de un acosador en el patio–. Cada uno de nosotros tiene una
preferencia en lo que respecta a nuestra tendencia a luchar, a huir o
paralizarnos, de ahí que el hecho de que una respuesta determinada sea la
mejor para la situación a la que se enfrentan nuestros hijos en ese momento
será un poco una lotería. Da que pensar el hecho de que únicamente estoy
aquí porque las preferencias de mis antepasados se adaptaron a las
amenazas a las que estos se enfrentaron, mientras que muchos otros
millones perecieron porque los suyos no lo hicieron.
Cuando observas la formación que recibe la gente en el ejército, en la
policía o en el cuerpo de bomberos, reconoces que gran parte de ella se
centra en la superación de sus instintos naturales. Como exoficial de policía,
ha habido muchas ocasiones en las que tuve que caminar hacia algo de lo
que la gente se estaba alejando. Hubo muchas veces en las que sentía el
impulso de correr, de paralizarme y de luchar. Si sucumbo a mi impulso de
combatir la agresión con agresión, sé que compareceré frente a una cara
regordeta con una elegante peluca [un juez inglés] que me acusará de haber
empleado una fuerza excesiva. Si corro, estaría fallándoles al uniforme, a
mis compañeros y al público. Y, si me paralizo, bueno, en realidad ocurriría
lo mismo. Por esta razón, la formación me ayudó a sofocar estas respuestas
de supervivencia y a mantenerme conscientemente al mando. Los temblores
venían después.
Una gran parte de lo que los niños pequeños deciden que constituye
una amenaza proviene de tu respuesta a ella. Un buen ejemplo es mi nieto
Heath. Tenemos un Schnauzer miniatura encantador llamado Fred que tiene
ciertos problemas –no se nos escapa la ironía de que le suceda esto a la
mascota de un terapeuta–. Heath tenía dieciocho meses y le gustaba
caminar alrededor de la casa. Por alguna extraña razón, Fred se sentía
amenazado por él –tal vez era el movimiento aleatorio e intermitente de un
niño en edad de empezar a caminar, ¿quién sabe?–. Su reacción consistía en
correr hacia Heath, ladrando. Lo confieso, aunque creo que nunca le habría
mordido, y pese a que siempre se detenía, cada vez que lo hacía se me subía
el corazón a la garganta. No lo ocurría lo mismo a la prudente de mi nuera,
Tara. Cuando ella veía que Heath saltaba y la miraba en busca de una
reacción, esta se limitaba a decir de manera despreocupada: «¿Acaso Fred
te está hablando? Dile: “¡¡Sssshhhhhh!!!», y señalaba con un dedo a Fred.
Después de unas cuantas repeticiones, Heath se limitaba a responder con un
dedo rígido y un muy adorable «¡¡Ssssshhhh!!» y Fred se retiraba con una
expresión de molestia. A una edad temprana, Heath ya había aprendido a
tratar sus reacciones como decisiones suyas, no como cosas que tenía que
obedecer. No se trata de extirparles la respuesta natural e instintiva. Se trata
de enseñarles a tener el control de sus acciones. Se trata de enseñarles a
escoger. Y a menudo esto implicará que tú seas valiente.
De manera similar, cuando son mayores y adviertes que están
luchando, huyendo o paralizándose ante determinadas situaciones sociales,
tienes la oportunidad de sentarlos y de enseñarles a través de sus elecciones.
He aquí algunas preguntas que pueden ayudarles a reflexionar y a redirigir
su comportamiento.

1. Cuando tienes una experiencia que quieres cambiar, ¿qué es lo que


sientes en la mayoría de las ocasiones?
a) ¿Un impulso de luchar, de enfadarte o de ponerte a la
defensiva?
b) ¿Un sentimiento de estar paralizado, de tener la lengua
trabada o dificultad para encontrar las palabras?
c) ¿Un impulso de correr o, de alguna manera, de distanciarte
de lo que está sucediendo?
2. Si esto estuviera sucediendo por algo de lo que tienes miedo, ¿qué
sería?
3. Si un amigo tuyo se sintiese de este modo, ¿qué le dirías?
4. Piensa en alguien a quien respetes. Si te viese en esta situación,
¿qué diría para ayudarte?
5. Piensa por un momento qué aspecto tendrías en esa situación si te
hubieses comportado del modo en que te hubiera gustado hacerlo.
Presta especial atención a tu respiración, a tu postura. Practica ese
sentimiento en tu cuerpo hasta que puedas encontrarlo siempre
que quieras («¿Quién serías si...?»).

También puedes enseñarles una fantástica técnica para manejar sus


sentimientos. Se denomina «darle vueltas al sentimiento» [spinning] y es
para aquellos momentos en que tienes un sentimiento que no quieres.

Spinning [Darle vueltas al sentimiento]


1. Advierte el sentimiento. Si pudieses señalar el punto del cuerpo en
el que lo estás experimentando, ¿dónde apuntarías?
2. Si pudieses imaginar ese sentimiento como una forma frente a ti,
¿qué forma tendría?
3. Si esa forma tuviera un color, ¿de qué color sería?
4. Mientras prestas atención a esa forma, imagínala dando vueltas.
¿En qué dirección está girando?
5. ¿Qué pasa si le das vueltas más deprisa? ¿Se refuerza ese
sentimiento? (Para la mayoría de personas así será. Hacemos esto
para mostrar que la gente tiene el control de sus sentimientos. A
menudo están más abiertos a la idea de empeorar las cosas que a
la de mejorarlas. Si eso hace que el sentimiento se vuelva más
débil, estupendo, es lo que queremos).
6. Reduce ahora la velocidad al punto en el que se encontraba antes
para que puedas ver que tienes control sobre ella.
7. Ahora, haz que vaya incluso más despacio. Cada vez más despacio
hasta que se detenga; cuando adviertas que se ha detenido,
percibe qué más ha sucedido. ¿Qué le ha sucedido a tu respiración
y al sentimiento?
Con un poco de práctica, la gente es capaz de regular sus emociones en muy
poco tiempo empleando esta técnica. Cuanta más confianza tengan en su
capacidad para hacer esto, menos experimentarán ese sentimiento. Al tomar
medidas aprenden que no son esclavos de sus emociones.

Meditar sobre el mantra 7:

La lucha, la huida y la paralización pueden ser respuestas apropiadas en las


circunstancias adecuadas; lo importante es mejorar tu capacidad de
elección. Si crees que tu hijo está desarrollando una respuesta
predeterminada, anímale a mantener el control poniéndolo en situaciones
similares, pero con un cociente de miedo / ansiedad más bajo. Después,
sentaos y hablad de lo que ha hecho y de lo que podría hacer la próxima
vez, enfatizando que se trata de un comportamiento, no de su personalidad.
Enséñale a que dé vueltas al sentimiento para que tenga los medios de
controlar sus emociones en ese momento.
M 8:
Cuidado con las expectativas

He mencionado a Gil Boyne en varias ocasiones. Fue el único


hipnoterapeuta en recibir formación por parte de Fritz Perls, el padre de la
terapia Gestalt. Una de las cosas que Boyne tomó de Perls fue lo que se
conoce como la «Oración Gestalt», que los terapeutas hacen repetir a sus
clientes después de haber hecho sesiones particulares que, por lo general,
implican la reevaluación de sus relaciones infantiles con uno o ambos
padres.
Parte de ella adopta la forma de dos afirmaciones. La primera de ellas
está relacionada con los padres:
«Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas».
Piensa en esto durante un momento en relación con tus propios padres.
Piensa en qué parte de tu vida podría haber sido impulsada por tus intentos
de cumplir las esperanzas que tus padres habían puesto en ti –tanto las que
se expresaron de manera clara como las que se manifestaron de manera
encubierta–. Si me aplico esto a mí mismo, puedo ver con bastante claridad
que me uní al cuerpo de policía en busca, principalmente, de
reconocimiento por parte de mi padre. Era un chico intelectualmente dotado
que provenía de una familia con unos valores de la clase trabajadora muy
definidos. Fui el primero en ir al instituto y en sacar sobresalientes, así que
me consideraban un poco raro. Quería estudiar filosofía en la universidad.
Esta noticia no fue bien recibida.
Dejé la escuela y conseguí un trabajo en una empresa editora frente a
otros noventa solicitantes. La respuesta de mi padre, con su estilo bromista,
fue bautizarme como un «chupatintas de culo reluciente» [shiny-arsed pen
pusher [10] ]. Mi hermano había dejado la escuela a los dieciséis años para
unirse a los cadetes de la policía, y me pareció que esto fue considerado de
inmediato como un éxito. Echando la vista atrás, estoy bastante seguro de
que me uní al cuerpo de policía para vencer a mi hermano y para mejorar a
ojos de mi padre. Mi plan inconsciente tuvo éxito en el sentido de que me
ascendieron antes que a él, pero no logré cambiar la opinión que creía que
mi padre tenía de mí. Y eso hizo que emprendiese un rumbo profesional
que tardé dieciocho años en cambiar, porque estaba atascado en el LCE.
No he compartido esto contigo para culpar a mi padre, pues la opinión
que tenía de mí estaba principalmente en mi cabeza –lo que piensa el
Pensador es lo que manda–, sino más bien para que asientas con la cabeza
ante la idea de que parte de la dirección de tu vida podría haber estado
motivada por la opinión de tus padres –incluido el significado que le diste a
su opinión–. También he querido subrayar el modo en que mi padre estaba
transmitiéndome parte de su infancia. Provenía de una familia de clase
trabajadora. Después de dejar la Real Fuerza Aérea Británica terminó
conduciendo camiones para ganarse la vida, antes de cambiar a la venta de
coches. No fue una transición fácil con cuatro niños a los que mantener,
pero él persistió pese a que los miembros de la familia cercanos a él le
presionaban para que «se aferrase a lo que conocía». Curiosamente, aunque
tuvo éxito y se pasó a la venta de camiones, nunca aspiró a un puesto de
gerencia. Quizá era un paso demasiado grande en una sola generación.
Lo irónico es que, sin embargo, cuando se trataba de mí, su presión
imitaba a la que le habían aplicado a él, y por la misma razón –para
impulsarme en la dirección que su propio pasado le había enseñado que era
segura–. Prefiero creer que todo comportamiento tiene una intención
positiva, incluso cuando ocasiona un resultado negativo. Considero que este
es un buen ejemplo. También lo veo con mucha frecuencia en mis clientes y
amigos, y he sentido esa presión en mí mismo en mi rol como padre.
Aunque no tuve ningún problema en dejar un trabajo seguro y en comenzar
a ejercer de hipnoterapeuta por cuenta propia, por lo que se refiere a mis
hijos siento que mi sistema de protección me insta a conseguir que tomen
decisiones profesionales seguras, sobre todo ahora que Heath, Sasha y Seth
están entre nosotros. Lo mismo sucedió con mi padre, y es ahora cuando lo
veo. Por amor a mí, me presionó de manera inconsciente para que no
abandonase mis raíces, mientras trataba de hacerlo él mismo. ¿Y el modo
en que lo hizo, con sarcasmo y con apodos desagradables? Bueno, un tema
muy importante en su familia es que los hombres son fuertes y bruscos.
Más tarde aprendí que mi abuelo le ponía apodos a mi padre que este
interpretaba como señales de afecto. En el cuerpo de policía vi que esa
brusquedad era bastante común entre los hombres –que no eran capaces de
expresar sus sentimientos abiertamente–, solo que mi joven «yo» no lo
reconoció en ese momento. Desafortunadamente, lo que mi padre interpretó
como afecto por parte de su padre, yo entendí que significaba todo lo
contrario. Me pasé años tratando de cumplir las que yo pensaba que eran
sus expectativas. Creo que las personas hacen todo lo que pueden con lo
que tienen. En ocasiones, nuestros padres carecían de lo necesario para
comunicarnos su amor, o las intenciones que había detrás de sus acciones,
de manera clara. Cuando me di cuenta de esto, la vieja historia que me
contaba a mí mismo sobre que no era lo suficientemente bueno a ojos de mi
padre desapareció de mi cabeza.
Espero que el hecho de compartir esto contigo te haya hecho asentir
con la cabeza ante algunas de las motivaciones que han tenido algunas de
las decisiones de tu vida –y tal vez te haya proporcionado un catalizador
para comenzar a cambiar aquellas con las que no eres feliz–. También
confío en que esto te ayude a comprender lo fácil que resulta buscar el
desarrollo de uno mismo y, sin embargo, mantener a tus hijos en un estado
de protección de manera inconsciente. La buena crianza requiere valentía.
Si mi historia no guarda ningún tipo de relación contigo, deberías
invitar a tus padres a algo; han hecho un buen trabajo al no transmitirte sus
expectativas y conseguir que tu valía no dependa de que tus decisiones se
adapten a las suyas. De todos modos, dejemos de hablar de mí. Volvamos a
Gil y a sus dos afirmaciones.
La primera era:

«Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas».

Cuando trabajo con mis clientes, descubro que hacen esta afirmación
sobre sus padres con bastante facilidad. Como consecuencia de ello, mis
clientes pueden sentir que se les quita un gran peso de encima. Por lo
general, la segunda afirmación resulta más difícil de emitir. Una vez más,
está dirigida a los padres:

«Tú no estás en este mundo para cumplir mis expectativas».

Espera... ¿Entonces mis padres no tienen la obligación de aguantar mis


estupideces, no tienen que dejarlo siempre todo para ayudarme a hacer
frente a mi última crisis vital, y no estarían obligados a suspender sus
planes para ayudarme financieramente? ¿Tienen derecho a sus propios
miedos e inseguridades? ¿Estás seguro? ¿Estoy seguro de haberlo visto en
el contrato?
La mayoría de lectores habréis tenido la suerte de tener padres con los
que pudisteis seguir contando. Por supuesto, tendrán sus debilidades, pero
tú tienes pocas dudas de su apoyo. Tómate un momento para considerar
esto. Si te desprendieses de las expectativas que tienes sobre ellos, ¿hasta
qué punto serían ellos más libres? Si no pudieses contar con ellos, ¿cuánto
los apreciarías?
Observa las dos preguntas anteriores y sitúate en la cascada
generacional.

Tus hijos no están en este mundo para cumplir tus expectativas.

Si has leído esta afirmación rápidamente, espero que hayas asentido


con la cabeza, pero vuelve a leerla. ¿De verdad estás de acuerdo con ella?
Después de todo, hasta ahora has trabajado muy duro para criar a tus hijos.
Te has sacrificado una y otra vez y le has dado una nueva forma a tu vida
para acomodarte a ellos. ¿Acaso no deberías tener alguna expectativa de
disfrutar un poco de su viaje por la vida? ¿No deberías tener cierto derecho,
dada tu experiencia de la vida, a ejercer alguna influencia en la ruta que
toman? Sí, deberías tener cierta expectativa. No, no tienes derecho a ella.
En realidad, resulta muy difícil separar ambas cosas.
Nuestros cerebros están diseñados para que tengamos expectativas; de
no ser así, no conoceríamos el significado de la decepción. Ahora conoces
las neuronas espejo. Cuando pensamos en las decisiones de nuestros hijos
no podemos evitar efectuar simulaciones de ellas, y a partir de ahí obtener
una opinión sobre cuál es su mejor opción. Ese es el error que cometemos.
Tú no eres tus hijos. El cerebro que emplearán para tomar sus propias
decisiones no es el mismo que tú acabas de emplear para llevar a cabo una
simulación de su situación. Los recursos que tienen, el modo en que ven el
mundo y las cosas que tienen y que tú no –y que ellos no tienen y tú sí–
implican que su simulación será diferente. No pueden vivir su vida a tu
manera, y tampoco deberían hacerlo.
Esto no significa que no deberías aconsejarles. Esto es lo que les digo
a mis clientes cuando me piden consejo: «Te voy a dar mi opinión, no para
que la sigas, sino como algo que podría hacerte ver algo que te resulte útil.
Lo que hagas con ella cae bajo tu responsabilidad».
Empleo la palabra responsabilidad como un recordatorio deliberado de
nuestro objetivo como padres: criar a un niño con un LCI que escucha la
opinión de todas las personas a las que valora –y a veces incluso de gente a
la que no– y que, a continuación, toma su decisión y la hace propia. Ello
conduce a la segunda afirmación:

Tú no estás en este mundo para cumplir las expectativas de tus hijos.

Llega un momento en la vida de un niño en que es bueno para ti


«decepcionarlo». Fíjate en los pájaros y en sus polluelos. Los padres
trabajan sin descanso para llevarles gusanos y larvas, limpian su nido del
detritus y les animan a echar las plumas –para que descubran que pueden
dejar el nido por sus propios medios–. La mayoría de especies aviares
continúan alimentando a sus crías durante algún tiempo después de que
estas emplumezcan, pero lo hacen cerca del lugar en que se encuentra la
comida. En numerosas ocasiones, he visto cómo algunos polluelos que se
encuentran a muy pocos centímetros de los comederos para pájaros que se
hallan en mi jardín baten sus alas y le piden a su madre que les pase la
semilla a sus bocas. Esto terminará al poco tiempo. Llega un momento en
que los padres dejan que sean ellos los que se encarguen. Los polluelos, sin
duda quejándose de la injusticia que esto supone, comienzan a alimentarse
por sí mismos.
Tengo algunos clientes que vienen a verme agitando todavía sus alas.
Se quejan de que sus padres no comprenden lo difícil que es su vida, del
poco apoyo que reciben por su parte, de lo críticos que son –como así lo
demuestra la negativa a pagar la última crisis vital del niño–. Estos clientes
suelen proyectar el papel de padres sobre el mundo en general –su jefe es
injusto y exigente, la vida es, por lo general, difícil, el universo nunca les da
un respiro–. Se sientan, aletean y me suplican a mí, la última persona de una
línea de figuras parentales.
Es inevitable que nuestros hijos tengan unas expectativas sobre
nosotros que, en gran medida, se den por sentadas hasta tal punto que les
sean invisibles. Después de todo, es probable que te hayas pasado casi
veinte años desempeñando un papel como proveedor y protector y
encargado de besar los rasguños de sus rodillas. Habrá ocasiones a lo largo
de las vidas de tus hijos en las que tal vez te convendría regresar
temporalmente a ese rol al hacer frente a una crisis vital; ahora bien,
regresar a ese papel implica haberlo dejado anteriormente. ¿Cómo puedes
esperar que tus hijos prosperen en el mundo si siempre los has protegido,
los has mantenido y has aliviado cada uno de sus golpes? El proceso de
criar a los hijos durante sus primeros veinte años de vida consiste en
trasladarles a ellos la responsabilidad de esas labores de manera progresiva,
en no considerar esos roles como invariables e inviolables o, de lo
contrario, seguirás haciéndoles la colada y cocinándoles cuando tengan
treinta años, pagándolo todo cuando salgáis juntos, y llamando a su jefe
para preguntarle por qué tu tesoro todavía no ha ascendido.
El mejor modo de liberarse de la tiranía de las expectativas de tus hijos
consiste en alejarte cada vez más de ellos a medida que pasen los años.
Enséñales que recibirán en función de lo que den –sobre todo por lo que
respecta al dinero–. Enséñales la manera de protegerse a sí mismos
criándoles para desarrollar un LCI. Enséñales a dar la bienvenida a los
cardenales como una oportunidad de aprendizaje. Esto significa que tendrás
una relación adulta con tus hijos adultos, y que no incurrirás en el círculo
vicioso de vivir para satisfacer sus necesidades. Al margen de lo dicho, creo
que uno de los pasos para llegar a la edad adulta consiste en bajar a nuestros
padres de su pedestal de «mamá» y «papá» y reconocerlos como Harold y
Hilda. No me refiero a llamarles por sus nombres de pila, algo que ciertas
personas siguen considerando raro, sino a verles como personas. En
ocasiones puede ocurrir algo que haga que esto suceda. Mis padres se
divorciaron cuando tenía veintiún años. Por aquel entonces ya me había
marchado de casa, así que no fue un gran problema por lo que respecta a los
aspectos más egoístas, pero sí produjo un cambio importante: mis padres se
volvieron humanos. Dejaron de ser los iconos que las palabras «mamá» y
«papá» tienden a representar y, de repente, se volvieron mortales: a veces
temerosos, a veces estúpidos, a veces falibles. Perdí algo en el proceso, pero
creo que mereció la pena. He visto bastantes clientes que no dejan que su
relación con sus padres crezca con ellos; mamá y papá siguen siendo
personas en las que apoyarse, en las que confiar, a las que seguir y a las que
tratar de impresionar. Muchas personas sufren terriblemente cuando pierden
a uno o a ambos de sus padres, y a menudo son incapaces de seguir adelante
con su vida durante años. Haz un esfuerzo por encontrarte con tus padres
como compañeros adultos; esto constituye un paso importante hacia el LCI.
A medida que tus hijos lleguen a los veinte años, anímales a hacer lo
mismo.
Recuerda siempre que no naciste solo para convertirte en padre. El
área de tu vida que queda fuera de esta etiqueta es igual de importante para
tu bienestar y tu plenitud. No puedes existir solamente en cuanto mamá o
papá; si lo haces, las expectativas que tus hijos tienen de ti te llevarán a que
tú tengas expectativas sobre ellos. Acabarás en una relación codependiente
que no hará crecer a nadie.
Tengo padres que vienen a verme, sobre todo madres. Casi
exclusivamente, si soy honesto. Exclusivamente, si soy realmente honesto.
Me dicen que han perdido el significado de sus vidas. Se sienten deprimidas
y vacías. Sus hijos se han ido ya de casa. Han pasado muchos años
satisfaciendo las expectativas de sus hijos y dejando que los aspectos de sí
mismas que no entraban dentro del término «mamá» se desvanecieran, de
modo que el único valor que creían tener provenía de ese rol. Dan tanto de
sí mismas en la maternidad que se quedan vacías. Habrás escuchado que
esto recibe el nombre de síndrome del nido vacío. Si eres mamá y lees esto,
o si eres papá y se te se aplica esto, haz que tu vida como «no-mamá» o
como «no-papá» sea una parte vital de tu existencia. No solo se enriquecerá
tu vida en el momento en que tus hijos salgan volando, sino que también lo
hará la relación posterior que mantengas con ellos –una relación en la que te
contarán sus aventuras en el mundo (porque les has criado con un LCI
suficiente para que las tengan), y en las que tú tendrás tus propias historias
para compartir con ellos–. Parece que parte de esta tiranía moderna de la
«crianza perfecta» consiste en que nuestras identidades deberían quedar
subsumidas, que el hecho de ser papá y mamá debería triunfar sobre el
hecho de ser Dick o Harriet. Crea un equilibrio entre ambas funciones y una
actualizará a la otra. Limítate a convertirte en padre y es probable que
acabes agotado y deprimido y que pierdas el sentido vital de ti como
persona.

Meditar sobre el mantra 8:

Plantéate a ti mismo estas preguntas y observa lo que sucede. Si te tomas tu


tiempo –y eres realmente honesto–, podrías sentirte algo incómodo.

• ¿Qué expectativas crees que tenían tus padres sobre ti?


• Cuando observas tu vida, ¿de qué modo piensas que ha sido
influenciada por ellos?
• ¿Qué cosas sigues haciendo porque sientes que es lo que tus padres
querrían o aprobarían?
• ¿Estás transmitiendo esto a tus hijos?
• ¿Cómo?
• ¿Qué expectativas tienes sobre tus hijos?
• ¿Cómo se las comunicas?
• Después de haber leído hasta aquí, ¿es esto lo que verdaderamente
quieres hacer?

En caso contrario, ¿qué harías de manera diferente?


P IV:
CRECER A LO LARGO DEL TIEMPO

Me mostraba un poco reacio a presentar una sección que dividiese la


infancia en etapas, porque no soy experto en el desarrollo infantil, pero he
aprendido ciertas cosas que pueden ser de particular relevancia para
determinados períodos de tiempo. Aunque haya dicho que obtendrás un
mayor provecho del libro si lo lees en su totalidad, y eso es cierto hasta este
punto, muchos de vosotros podríais querer hojear únicamente las partes de
esta sección del libro que consideréis más relevantes. Sentíos libres.
Crecer a lo largo del tiempo

Embarazo
Comencemos antes del principio
Una de las primeras influencias que puedes tener sobre tu hijo consiste en
tomar medidas para maximizar los sentimientos positivos que experimentas
como madre durante tu embarazo. Sé que esto no siempre va a resultarte
sencillo. En ocasiones va a ser imposible, pero si en el transcurso de los
nueve meses creas oportunidades para estimular de manera deliberada el
sistema parasimpático –esa parte de ti que libera las hormonas conectadas
con la relajación y la calma–, ello podría producir dividendos. Tras llevar a
cabo apenas diez minutos de relajación deliberada, podrías experimentar un
beneficio por goteo que durase todo el día y que aliviase cualquier cosa que,
de otro modo, haría que estuvieses tensa.
Durante su embarazo, Tara, la madre de Heath, aprendió una serie de
técnicas que la ayudaron a relajarse y a visualizar una conexión positiva con
su bebé. Estos estados producen hormonas positivas –endorfinas–. ¿No es
mucho mejor permitir que el cerebro de tu hijo se empape de esas técnicas
durante nueve meses más que de las hormonas del estrés? ¿No es más
probable que tu bebé anticipe un mundo positivo si esa es la respuesta que
su cerebro está más acostumbrado a adoptar? Heath fue el bebé más
calmado que jamás he conocido. Tal vez hayamos tenido suerte como
resultado de sus genes, pero creo que el estado emocional de la madre, así
como el contenido de su sangre, jugaron un papel importante.
Soy partidario de enseñarles a las madres técnicas de relajación y de
visualización sencillas. He grabado un archivo descargable destinado
especialmente a todas mis lectoras embarazadas (o a quienes conozcan a
alguna persona que lo esté) para que desarrollen la habilidad de lograr un
estado de calma al diseñar y crear la mejor conexión posible con su hijo no
nacido, a fin de que puedan pasar nueve meses rodeados de su amor. No
puedo probar que esas cosas funcionan, solo dispongo de resultados de
mujeres que han jurado que sí que ha resultado en su caso.
Así las cosas, este es el importante papel que juega tu mente para hacer
que tu bebé pase el mejor momento posible en el útero sin necesidad de
instalar un tiovivo. No voy a hablar de la dieta porque excede mis
competencias. Huelga decir que estás creando a tu bebé a partir de lo que
comes. Si inundas su torrente sanguíneo con azúcar porque tienes antojo de
chocolate, no llores por lo tenso que está tu bebé cuando permanezcas
despierta toda la noche. Es una lástima que algunos bebés necesiten un
suero para desengancharse de la adicción al azúcar, algo que su madre les
pasó de manera inconsciente. El útero representa la primera
oportunidad de ayudar a que tu hijo avance hacia el crecimiento como
un estado del cerebro. Aprovéchala.
No obstante, déjame que te tranquilice. El útero es tan solo el primer
lugar donde sintonizar a tu hijo con el crecimiento. El estrés (y el hecho de
consumir cantidades ingentes de chocolate) puede ser una parte inevitable
del embarazo y, si el tuyo ha sido particularmente difícil, no tiene sentido
seguir machacándote a ti misma. Los cerebros de los niños son
increíblemente plásticos, así que el modo en que se encuentran en el
nacimiento no los condena a un futuro inevitable. Hay muchas cosas que
puedes hacer para acercar a tus hijos a una manera más relajada de ver el
mundo ahora que ya han llegado a él. Confío en que, si sigues la filosofía de
este libro y lo ejemplificas tú misma, el cerebro de tu hijo se adaptará de un
modo positivo, sin importar cómo fuese su estancia en el útero. Nunca es
tarde para cambiar una mente.

Anclaje
¿Sería útil crear una respuesta positiva en tu hijo y que se activase cada vez
que le presentases un determinado estímulo? En realidad, ¿no sería útil
también para ti? Semejante cosa existe. Este proceso recibe el nombre de
«anclaje», y está basado en el principio probado y fiable de las respuestas
pavlovianas. Puede que hayas escuchado el dicho de que «las neuronas que
se activan a la vez, se conectan entre sí». Básicamente sugiere que si dos
cosas suceden al mismo tiempo pueden asociarse. Un ejemplo cotidiano del
anclaje son los semáforos. Podrías soñar despierto mientras conduces tu
coche, pero si el semáforo se pone rojo tus pies se moverán hacia el pedal
del freno –en ocasiones incluso si estás en el asiento del copiloto–. Los
anunciantes gastan millones para tratar de «anclar» su marca en un
producto. Si tienes una cierta edad recordarás el eslogan «Beanz Meanz
Heinz» [11] . Una asociación exitosa como esta implica que, de manera
inconsciente, mientras exploramos el estante de alubias con salsa de tomate,
es probable que nos fijemos en las alubias Heinz en primer lugar. Si tienes
que mirar anuncios, observa cuántos de ellos son ejercicios de creación de
anclaje.
Se han llevado a cabo varios estudios que muestran que los niños
responden a la música en el útero y que, asimismo, el hecho de escuchar
música barroca –por lo general, Mozart– puede fomentar el aprendizaje.
Junta estas dos cosas y tendrás los productos «Mozart para bebés». No sé si
funcionan, pero creo que podemos usar la música como ancla.
Para nuestros propósitos, si le pones música a tu bebé mientras está en
el útero, sobre todo cuando está calmado, es muy probable que asocie esa
música con la comodidad del útero, incluida la conexión con su madre.
Cuando nazca, si pones la música al acostarlo, el hecho de «activar» el
anclaje en ese momento podría reproducir en él estas asociaciones y hacer
que se tranquilizase antes. Cuanto más uses un ancla en este sentido, más
poderosa se volverá. Recurre a cualquier música relajante que te guste. Si
consideras convincente lo que acabamos de decir de Mozart, ¿por qué no
seleccionar una de sus obras?
Habrá muchas cosas que puedas anclar en tu hijo para provocar en él
respuestas positivas a las cosas. Los niños las usan de forma bastante
natural –como tener un peluche que les sirva de consuelo (¿y no explica eso
el alboroto que montan si lo pierden?)–. He aquí una historia aleccionadora
sobre el anclaje. Cuando mi madre me estaba enseñando a ir al baño, me
animaba a que me sentara y a que llevase un libro conmigo. Obviamente,
esto tuvo grandes repercusiones en mí, porque hasta el día de hoy no puedo
entrar en una librería y echar un vistazo a los libros sin tener la necesidad
urgente de... bueno, ya sabes. Así pues, piensa un poco en las consecuencias
más allá de las anclas que crees. ¿Te he dado demasiada información?

0-7 años
Ahora que ya están aquí, ¿qué es lo siguiente?
Tras habernos ocupado del embarazo (aunque esta frase sea típica de un
hombre), ¿qué hay que hacer una vez que han nacido para proporcionarles
las mejores oportunidades en la vida?
Se ha producido una enorme explosión en el cultivo intensivo [hot-
housing] del cociente intelectual de los bebés, como si el cociente
intelectual fuese el mejor indicador de una vida feliz, o incluso exitosa. He
hecho referencia a los productos «Mozart». Son solo una parte de la
industria que busca persuadirte de que pueden ayudar a que tu hijo entre en
la universidad nada más dejen de usar pañales. Este es el asunto: queremos
que nuestros hijos tengan éxito, en mi opinión, porque pensamos que éxito
equivale a seguridad. Un buen trabajo, una casa bonita, seguridad. Veo a
muchos clientes que tienen éxito desde ese punto de vista y que, en cambio,
acuden a mí porque son infelices. ¿Por qué son infelices? Porque no les
gustan las personas que son. Tienen miedo de no gustarles tampoco a los
demás, de no ser lo suficientemente buenos, de ser rechazados, de que solo
la perfección sea lo bastante buena. En ocasiones tienen miedo de ser
estúpidos, pese a todas las evidencias del mundo de que eso no es cierto. Si
estás leyendo esto, es probable que un cociente intelectual bajo no sea algo
de lo que tengas que preocuparte. Definir el éxito como el hecho de vivir
una vida feliz y plena es el objetivo que establezco en este libro. Es el
objetivo que quiero que logres para ti y para tus hijos –con independencia
de las aspiraciones específicas que tengas para ellos o para ti.
Por lo que respecta a tus hijos, lo que hagas en el primer año de su
vida, y durante los cuatro o los cinco siguientes, va a ser clave para
ayudarles a crear una vida así. Inscribirlos en un curso de mini Einsteins no
está muy arriba en la lista de cosas que hay que hacer o lograr. Más
socializar con otros niños, más actividades al aire libre, y menos televisión.

Muchas caricias, amigos


Este libro trata de criar a los niños para que sean adultos resilientes, activos,
abiertos, felices y seguros. Trata de entrenar sus cerebros para que vean el
mundo como un lugar de crecimiento, y no de protección innecesaria. El
inicio de ese proceso consiste en hacer que se sientan seguros. ¿Sabías que
el hecho de acariciar a un bebé prematuro quince minutos al día durante
diez días conducirá a un alta hospitalaria más temprana, a un mayor peso
corporal en comparación con los bebés que no son acariciados, y a unas
7.000 libras menos en términos de costes sanitarios? Sigue acariciándolo.
Gracias a los experimentos con ratas se ha descubierto que las crías a
las que más se las lame y se las asea llegan a ser las más resilientes al estrés
–y ni siquiera saben por qué–. Este aseo se convierte en la parte del genoma
de la rata responsable de controlar la parte del cerebro que procesa las
hormonas del estrés en la edad adulta. El efecto de la crianza atenta
repercute en todo nuestro ADN y puede invalidar una gran cantidad de
circunstancias ambientales. Un científico llamado Blair descubrió que los
contextos clásicos para criar a niños con trastornos, como la discordia
familiar, el hacinamiento y la pobreza, únicamente tenían algún efecto en
sus niveles de estrés si los niños tenían una madre indiferente o poco atenta.
Si la crianza fue buena, estos factores parecían volverse irrelevantes.
Cuando los Beatles cantaban «Love is All You Need», estaban en lo cierto.
Durante el primer año de vida, que no te preocupe «mimar» a tu hijo con
demasiada atención. Cuanto más seguros se sientan durante los doce
primeros meses de vida, menos atención necesitarán más tarde –momento
en que probablemente deberías comenzar a empujarles suavemente hacia la
independencia–. Si todavía duermen en tu cama cuando tengan dos o tres
años, todavía no habrán alcanzado ese paso. Este puede ser un indicador de
que todavía no están preparados para el crecimiento. El hecho de animarles
a estar bien sin ti podría comenzar a ocupar más tu atención.
Sin embargo, eso es para más adelante; por ahora, los doce primeros
meses resultan más sencillos, si no más simples. Establece contacto visual,
mucho. Haz que tu rostro sea expresivo, porque los bebés responden más a
aquellos que lo son. Acarícialos, abrázalos, sostenlos. Responde a sus
llantos hasta que hayas aprendido la diferencia entre aquellos que tienen por
objeto controlarte y aquellos que son la petición de una necesidad que debe
cumplirse. Hay otra cosa que creo pero que no puedo demostrar (por lo
general, la ciencia no cree que puedan recordarse las memorias a una edad
tan temprana): he conseguido que muchos clientes regresen a recuerdos en
los que estaban solos en una cuna y en los que se sentían abandonados y no
queridos; sin embargo, solo los que representaban un patrón de dicho
tratamiento lo interpretaban así, no aquellos a los que en ocasiones se les
dejaba solos para ver si se calmaban y, si no, se les atendía. No te preocupes
ni creas que experimentar de este modo vaya a dañarlos de manera
irrevocable, aunque el hecho de dejarlos llorando durante horas podría
hacerlo. Del mismo modo, tomarlos en brazos cada vez que murmuran algo
les enseña que hay un patrón de respuesta a todos sus caprichos, y esto
podría seguir así hasta que tengan cuarenta años (recuerda quién está
formando a quién).
Antes se creía que las memorias solo podían recordarse después de que
una parte del cerebro denominada hipocampo se conectase, algo que, por lo
general, sucede a la edad de cuatro años. Ahora se ha demostrado que los
niños pueden responder a las cosas que experimentaron en el útero, como la
música que les pusieron, por lo que resulta evidente que algún tipo de
memoria funcionaba mucho antes de eso. Acepto la idea de que acceder a
ella resulta problemático. Sin embargo, tengo que reconocer que muchos de
mis clientes lo han hecho. No creo que sus recuerdos de este período de
tiempo sean como grabaciones de vídeo del acontecimiento; creo que son
más bien interpretaciones de cómo se sentían, convertidas en una película.
La mayor parte de los recuerdos de los acontecimientos de las primeras
etapas de la vida que los clientes sienten que han dado lugar a sus
problemas durante la edad adulta tienen que ver con el sentimiento de no
ser queridos o de no ser amados y con la ausencia del padre. Por esta razón,
mi consejo es que los mantengas junto a ti, que los sostengas, que los
toques, que les hables, que los involucres emocionalmente a través del tono
de tu voz y de tu expresión. No creo que necesites tenerlos en tu cama –
aunque es tu decisión–; asegúrate de que estás en condiciones de responder
a sus necesidades. Si todo esto te recuerda el tipo de prácticas relativas a la
crianza que se siguen en culturas que muchos occidentales consideran
«primitivas», estás en lo cierto.

Cuida tu lenguaje
Sé consciente desde el primer momento del modo en que describes a tu
hijo. Aunque algunas características y algunos rasgos parecen ser genéticos,
en su abrumadora mayoría educas a tu hijo en aquello en lo que acabará
convirtiéndose, y los siete primeros años de vida resultan críticos. Si
describes a tu hijo de un modo negativo desde el principio –malhumorado,
difícil, terco, malcriado, malo–, esto alterará tu actitud hacia él, sin que te
des cuenta. Hay un modelo que se llama el ciclo del comportamiento. Esto
sugiere que tu actitud modifica tu comportamiento, y tu comportamiento
modifica mi actitud, que, a su vez, modifica mi comportamiento.
Tu bebé es hipersensible a tu actitud hacia él. Dile aquello en lo que
quieres que se convierta y tendrá un efecto en el modo en que interpretas
sus acciones. Si la madre de Hannibal Lecter no le hubiese dicho que era un
niño malo, todo podría haber sido diferente. En la Hipnoterapia Cognitiva,
trabajamos sobre la base de que todo comportamiento tiene un propósito.
Adopta esa mentalidad con tu bebé para que puedas sentir curiosidad sobre
lo que hay detrás de su comportamiento. Esto te ayudará a evitar que
asignes etiquetas negativas dirigidas a su carácter o a su personalidad. Por
lo general, cuando lloran, cuando son incapaces de tranquilizarse o cuando
están siendo «difíciles» están expresando una necesidad. Si lo piensas, tu
bebé tiene muy pocas maneras de explicarte esa necesidad. Observa las
razones ambientales, evolutivas o dietéticas que explican su
comportamiento desafiante antes de comenzar a etiquetar a tu hijo como
difícil, terco u obstinado.
Que no se detengan
Cuando veo a Heath, en sus primeros meses, me resulta fácil confundir sus
movimientos espasmódicos con aleatoriedad. Sin embargo, es todo lo
contrario. Cada movimiento que hace perfecciona el siguiente, cada intento
de agarrar un objeto mejora su puntería. Es una máquina de aprendizaje.
Recuerdo la visita que nos hizo Heath por Navidad cuando tenía catorce
meses –se rio de mis intentos de atrapar una mandarina que él lanzaba en
mi dirección–. Cuando su padre se unía al juego modificaba su objetivo y
nos incluía a los dos. Resulta bastante impresionante tras solo 530 días en el
planeta. Durante nuestra juventud, nuestra capacidad para absorber nuevos
patrones de movimiento es, en su mayor parte, plástica. A medida que nos
hacemos mayores, tendemos a tener un repertorio más fijo, y por eso todos
nosotros terminamos avergonzando a nuestros hijos al bailar a nuestra
manera sus canciones. Cuanto más se compromete un niño a desarrollar la
habilidad de aprender a moverse, más probabilidades hay de que desarrolle
cierta aptitud en las actividades físicas. Existe una razón por la que los
chinos inician a sus gimnastas a los tres años, por la que los niños de los
buenos futbolistas parecen entrar en el deporte profesional más que sus
amigos, y por la que el hecho de comenzar a practicar un deporte pasados
los veinte años para vivir de ello es, casi con toda probabilidad, una causa
perdida. Cuanto más estimules el uso del cuerpo por parte de tu hija desde
el primer momento –darle cosas que tenga que alcanzar, darle la
oportunidad de levantarse, de practicar la psicomotricidad en clases de yoga
para niños, de participar en riñas lúdicas [rough and tumble] en el suelo con
mamá, con papá o con el perro–, más probabilidades tendrá de convertirse
en una adulta coordinada y físicamente capaz. El padre de Andre Agassi
puso una pelota de tenis atada a un cordel sobre su cama a modo de móvil
para que observase el movimiento de la pelota ya desde el primer momento.
Ahí lo dejo.
Algo clave que debemos recordar es que la habilidad debe ser algo que
les haga disfrutar. ¿A cuántos niños se les ha ido las ganas de practicar
ciertas actividades físicas al verse forzados a participar en el deporte
favorito de sus padres, o a causa de los típicos castigos del profesor de
educación física? Después de haber experimentado el dolor que produce
correr campo a través en el frío del invierno sobre las colinas de Kent a la
edad de once años, no volví a correr por diversión hasta que cumplí los
cuarenta –y solo lo hice para impresionar a Bex–. Imagina cómo fue.
Hacer del movimiento una parte divertida y normal de su vida
cotidiana –los niños no necesitan que se les aliente demasiado– puede hacer
que este se integre en el tejido de su modo de vida hasta un punto en el que
la actividad física sea incuestionable. Tiene numerosos beneficios para la
salud, así como la capacidad de estimular el pensamiento. Se ha demostrado
que veinte minutos de ejercicio vigoroso antes de una prueba mejora los
resultados, y las personas con un historial de buena salud sufren mucho
menos de Alzheimer en etapas posteriores de la vida. En los Estados
Unidos, un enfoque denominado la «Nueva Educación Física», que
recompensa el esfuerzo más que la habilidad, aumenta el disfrute de los
niños que tienen menos talento para los deportes. La competición es lo
último en lo que deberían consistir los juegos y el ejercicio en los primeros
años de vida de los niños; deberían ser otro medio para divertirse, uno que
haga que los niños acaben sudados –y felizmente cansados cuando llega la
hora de dormir.
En 2011, el antidepresivo Zoloft se prescribió 37 millones de veces,
pese a que la investigación ha demostrado que el ejercicio físico es más
efectivo. Una de las primeras cosas que hago cuando mis clientes acuden a
mí con bajos estados de ánimo es animarles a recuperar el contacto con el
movimiento. Partiendo de la base de que cien gramos de prevención son
mejores que un kilo de curación, ¿es una buena idea vacunar a tu hijo contra
la depresión desde las primeras etapas de su vida haciendo del ejercicio una
parte de su vida cotidiana?
La destreza es también una clase de ejercicio. Tomarte el tiempo
necesario con tu hijo para ayudarle a manejar objetos y herramientas, tener
paciencia para dejar que arregle las cosas en lugar de quitárselas porque tú
puedes hacerlo más rápido, es una habilidad parental que debe valorarse. He
tenido varios clientes varones que tenían padres impacientes que no se
tomaban el tiempo para dejar que sus hijos les «ayudasen» con sus aficiones
–mecánica de automóviles, mostrarles el modo de cultivar verduras,
dejarles estar con ellos en el gimnasio de casa mientras entrenaban–. Como
resultado de ello, mis clientes crecieron con una gama de creencias
limitadas –sobre sus capacidades prácticas, sobre su hombría o sobre su
simpatía–. Aprender a una edad temprana el modo de usar un destornillador
es un buen entrenamiento para su cerebro, y lo que aprenden en esos
momentos en los que un padre está transmitiendo parte de sus propias
habilidades constituye una vinculación de oro que contribuye a reforzar la
autoestima del niño enormemente.

Todo va bien... o mal


Una de las cosas más importantes que hay que recordar con respecto a un
niño de esta edad es que solo puede ver el mundo en blanco y negro; las
cosas están bien o mal, son buenas o malas. O ganas una carrera, o la
pierdes. Esto se denomina procesamiento nominal. Ten esto en cuenta antes
de lanzarte a largas explicaciones de que lo importante no es ganar, sino
participar –esto no conseguirá contener sus lágrimas–. Más tarde
desarrollan la capacidad de ser más precisos, de apreciar los tonos grises,
pero al principio mantienen la simplicidad de las cuestiones morales y se
contentan con límites razonablemente escuetos. Los niños han demostrado
ser más felices cuando se les proporcionan orientaciones claras sobre lo que
es el comportamiento «correcto» y lo que no. Cuantas más excepciones e
incoherencias haya, más probabilidades habrá de que se confundan.

7-12 años
Los jesuitas dicen: «Dame al niño hasta que tenga siete años y te devolveré
al hombre». Estoy de acuerdo, más o menos. Parece ser cierto que, más allá
de los siete años, la influencia que tienes en ellos pasa poco a poco a un
segundo plano frente a las opiniones de sus iguales; sin embargo, yo veo
esto como un cambio en tu rol más que como una sensación de que tu
trabajo ya está hecho. Únicamente vas a tener que influir en ellos de un
modo menos directo. Con suerte, tu crianza se habrá centrado hasta este
momento en desarrollar una mentalidad basada en el LCI, así que el trabajo
de campo ya se ha llevado a cabo. Ahora, queremos estar seguros de que su
mentalidad se consolida en una manera habitual de ver el mundo, a pesar de
que buscarán en sus amigos muchas de sus ideas sobre lo que es guay. A los
siete años deberían estar seguros del amor que sientes por ellos, razón por la
cual cuando se expande su mundo es la estima de sus iguales lo que temen
perder.

Todo depende de la mentalidad


Uno de los factores clave en la crianza de un niño que tenga éxito en la vida
es la mentalidad. Quiero comenzar planteándote una pregunta sobre tu
talento, sobre tu inteligencia o sobre tu valía. ¿Crees que son fijos? ¿Crees
que naces con una cierta cantidad de inteligencia o de encanto y que eso es
todo? De ser así, esto recibe el nombre de mentalidad fija. ¿O crees que no
hay nada fijo? ¿Que puedes volverte más inteligente, aumentar tu talento
con el paso del tiempo, desarrollarte? ¿Crees que nos hacemos y que no
nacemos así? En ese caso, tienes una mentalidad de crecimiento.
Mientras veía Match of the Day [El partido de la jornada], pude ver
esto en acción. Dos expertos en fútbol, Alan Hansen y Alan Shearer,
estaban debatiendo sobre los méritos de un jugador del Arsenal llamado
Theo Walcott. No lo recuerdo palabra por palabra, pero lo esencial era:
Alan Hansen: «El problema es que no tiene cerebro de fútbol. Lo
tienes o no lo tienes».
Alan Shearer: «No estoy de acuerdo. Creo que puedes verlo madurar y
tomar mejores decisiones con sus pases en comparación con el año
pasado».
¿A quién querrías como mentor?
Como padre, considera tu creencia sobre la mentalidad. La que deseas
inculcar en tu hijo es la mentalidad de crecimiento. Tener una mentalidad
fija hace que te preocupes más por el modo en que te juzgarán –lo que
claramente constituye un LCE–. Una mentalidad de crecimiento se centra
en lo que se puede mejorar.
Ante el fracaso, es más probable que una persona «fija» haga que todo
gire en torno a sí misma: «No soy lo suficientemente bueno», mientras que
una persona con una mentalidad de crecimiento se limitará a concluir: «No
estoy creciendo». Es más probable que su respuesta a ello consista en un
mayor esfuerzo, porque el fracaso se percibe como una oportunidad de
aprender más. Las personas fijas ven el esfuerzo como algo negativo: «Si
realmente tuviese talento, no tendría que esforzarme tanto».
He aquí algunas respuestas a las críticas en función de la mentalidad
que tengas:

Fija De crecimiento
«No tiene sentido, abandono». «Si me esfuerzo más, seguro que mejoraré».
«No puedo cambiar, yo soy así». «Soy un «Siempre puedo ser más de lo que soy hoy».
«Soy un desastre». «Soy un proyecto en desarrollo. Puedo cambiar».
«¡Las críticas hicieron que me enfadara!». «No debería matar el mensaje. ¿Qué puedo
aprender aquí?».
«Estoy muy avergonzado por mi fracaso». «Lo que no me mata me hace más fuerte».

Un estudio llevado a cabo en los Estados Unidos mostró que el predictor


más fiable del éxito en la universidad no era el cociente intelectual, sino el
valor y la pura persistencia. He visto esto en mis estudiantes graduados.
Muchos terapeutas talentosos han salido de nuestra escuela tratando de
poner en marcha una consulta privada que tenga éxito. Con los años, la
cualidad definitoria que predice cómo les irá es su consistencia, lo
persistentes que se muestran simplemente estando allí todos los días y
haciendo algo para impulsar su negocio. La mentalidad de crecimiento es lo
que impulsa esa perseverancia.
Curiosamente, la persistencia como rasgo resulta evidente en los niños
de tan solo cuatro años. Al mostrárseles algo, los niños con una mentalidad
fija solo prestaban atención cuando se les decía si la respuesta era correcta o
incorrecta; no mostraban ningún interés cuando se les proporcionaba
información que podía ayudarlos a crecer. Los niños fijos tienden a
progresar cuando las cosas están dentro de los límites de su capacidad. Si
las cosas se vuelven demasiado desafiantes –cuando no se sienten
talentosos o inteligentes–, pierden el interés. Por otro lado, los niños que se
encuentran en un estado de crecimiento se emocionan más cuando las cosas
se vuelven más difíciles. En realidad, el proceso de hacerse mejor persona
es mejor que el sentimiento de haber dominado algo. Cuando sienten que ya
lo dominan, a menudo avanzan a algo nuevo.
Las personas fijas tienen tasas más altas de depresión y, como era de
esperar, un mayor índice de abandono universitario o de cualquier
trayectoria profesional o deporte que hayan emprendido. El célebre
entrenador John Wooden señaló: «No eres un fracaso hasta que empiezas
a culparte. Puedes aprender de tus errores mientras no los niegues».
Eso es lo que hacen los niños fijos, se culpan a sí mismos, o niegan haber
fracasado.
Probablemente el mejor libro que me he encontrado de los que
muestran la naturaleza plástica de nuestro potencial es Fuera de serie, de
Malcolm Gladwell. En él descarta la noción del genio de nacimiento.
Gladwell demuestra con ejemplos que van desde Mozart hasta Bill Gates
que el factor más importante en el desarrollo de un genio es el esfuerzo. La
investigación sugiere que se requieren 10.000 horas para construir un
conjunto de habilidades al nivel de los genios. No te esforzarías tanto si
creyeses que tu talento viene fijado por tu signo del zodiaco. Miguel Ángel
se quejó en una ocasión: «Si la gente supiera lo duro que trabajé para
conseguir mi maestría, no le parecería tan maravillosa en absoluto».
En ocasiones, esto tuvo que hacer que Miguel Ángel se enfureciese.
Supongo que tampoco habrá resultado sencillo para las otras tortugas ninja.
Desafortunadamente, esta es otra cosa que va en contra de nuestra
cultura y de la que tendrás que proteger a tu hijo. Como señala Gladwell:
«Nuestra sociedad valora más el logro natural sin esfuerzo que el logro
mediante el esfuerzo». Los medios de comunicación nos muestran
ejemplos de éxito repentino y animan a los niños a hacer audiciones para
Britain’s Got Talent, cuando lo único que estos últimos desean es tener la
atención que ese talento traería consigo. Promueve en tu hijo la idea de que
siempre puede mejorar, de que el fracaso es parte del éxito, y de que su
mejoría está en sus manos. La resiliencia resultante lo protegerá durante
toda su vida.
Atribuir cualquier éxito que tu hijo logre a algo fijo o innato –como
decir: «Has sacado un 100% en el examen, eres muy inteligente», o: «Jane
siempre lo hace bien porque es brillante», o: «Puedo imaginar a Martin
haciéndose profesional, tiene un talento dado por Dios»– de hecho, reduce
su esfuerzo. Si los niños retienen la idea de que su éxito se debe a una
capacidad fija, sienten una menor necesidad de esforzarse. En vez de ello,
atribuye el éxito de tus hijos a su dedicación. En términos de la causa y el
efecto, haz que el esfuerzo sea la causa de su éxito. «¿Has sacado un 100%
en el examen? Bien hecho, en verdad te lo mereces después de lo mucho
que te has esforzado», o: «Jane siempre lo hace bien porque persevera», o:
«Puedo imaginar a Martin convirtiéndose en profesional, deberías ver el
trabajo que ha realizado».
Soy de la opinión de que la genialidad no es algo que eres, es algo
que tienes. Todo niño tiene un don para algo. Ayúdales a encontrar qué es
ese algo, y luego anímales a alimentarlo.
Si puedes alentar una mentalidad de crecimiento enseñándoles a tus
hijos a encontrar la oportunidad en cualquier desafío o en cualquier
contratiempo y a creer que no hay fracasos sino feedback; desarrollando en
ellos una motivación intrínseca; haciendo del LCI un hábito de la mente; y
construyendo en ellos la disciplina de poner en práctica pequeños hábitos
positivos cada día –si haces todo esto–, crearás una persona joven resiliente,
autosuficiente y capaz de hacer que su vida sea cualquier cosa que elija.

Observa su lenguaje
Esta es una buena edad para usar tu lenguaje a fin de guiar la construcción
de su realidad, así como para escuchar a fin de corregir cualquier cosa de
ellos que pueda enseñarles a protegerse. Enlazarán sus conversaciones con
afirmaciones sobre sí mismos, sobre el mundo, sobre todo. Esto será cierto
durante toda su juventud, pero en este rango de edad sus cerebros están
desarrollando la capacidad de comprender el mundo de manera más
matizada, por lo que está abierta a la influencia. Por esta razón, escucha
atentamente. En ocasiones, un niño que se aleja de ti pataleando y gritando:
«¡Nunca tienes tiempo para mí!», está señalando algo significativo en su
memoria. Muchos de estos mensajes serán tan causales en la construcción
que, con la práctica, te resultarán evidentes:
«Roger nunca me invita a jugar, porque piensa que soy estúpido».
«Si yo no fuese tan empollón, podría tener la oportunidad de que me
eligiesen para jugar al fútbol».
La lista será interminable. Escucha su uso de la palabra porque, del
verbo hacer –como en: «Hizo que me enfadase cuando dijo eso», o: «Mamá
hace que me sienta mal cada vez que me llama estúpida», y: «Si sucede x...
entonces resulta y».
Una vez que te hayas entrenado para escuchar estos mensajes,
aparecerán por todas partes. Tu trabajo consiste en impugnar la validez de
las causalidades negativas de los niños; si dejas que las repitan, terminarán
por convertirse en verdades. Responde de la siguiente manera:
«Si descartamos la opción de que Roger piense que eres estúpido, ¿qué
otra razón podría existir?».
«A sabiendas de que no eres estúpido, ¿qué le pasa a Roger que le
haga pensar eso sobre ti?».
Escucha las afirmaciones causales que realices tú mismo, porque las
que estén basadas en tus propias creencias limitadoras podrían contagiar a
tus hijos. Guíales hacia unas conexiones de causa y efecto positivas:
«Esa mujer me guardó un lugar en la cola. Fue amable».
«Hoy he ganado al golf. Todo el trabajo duro está dando sus frutos».
«Mi jefe se comportó de manera horrible hoy conmigo, no creo que
esté en una buena situación en este momento».
Curiosamente, si escuchas las afirmaciones causales que haces sobre ti
mismo y piensas: «¿Me gustaría que mi hijo dijese esto mismo en la misma
situación?», identificas rápidamente lo que tu cerebro está usando para
construir esta versión de ti mismo. Si, a continuación, preguntas: «En vez
de ello, ¿qué me gustaría escuchar que dijese mi hijo?», esto puede
comenzar a entrenar tu cerebro hacia un camino de crecimiento, en vez de
llevarte a lo más profundo del hábito de pensar empleando un modo de
protección.
Bríndales a tus hijos razones buenas y válidas sobre aquello que les
pides: «Me gustaría que me ayudases hoy con la casa, porque no tengo
tiempo para hacerlo por mi cuenta». «No puedes tener un teléfono móvil
nuevo porque necesitamos ahorrar para comprarnos un coche, y no
podemos permitírnoslo todo».
Una de las cosas más importantes con respecto a la causalidad consiste
en evitar vincular las cosas que no te gusta que hagan tus hijos –o sus
defectos– con su identidad:
«Fracasaste porque eres perezoso».
«Estás gordo porque eres un glotón».
En este mismo sentido, no les sugieras tampoco que las limitaciones de
otras personas tienen algo que ver con la propia persona:
«La camarera me ha traído la bebida equivocada, es estúpida».
«Susan me rechazó porque es mala».
Aprenderán a buscar la causa allí donde apuntes, así que ten cuidado
con tu dedo.
Asimismo, guíales hacia el crecimiento con las preguntas que les
plantees. En lugar de: «¿Qué tal la escuela hoy?», pregúntales:

• «¿A quién has ayudado? ¿Quién te ha ayudado?».


• «¿Con quién has sido amable?».
• «¿Quién ha sido amable contigo?».
• «¿Qué podrías enseñarme que hayas aprendido hoy?».
• «¿Qué es lo más divertido que has hecho?».
• «¿Quién / qué te hizo reír? ¿A quién hiciste reír?».
• «¿Qué ha sido lo más difícil? ¿Cómo has hecho frente a ello?».
• «¿Cómo podrías enfrentarte a ello si volviese a suceder?».

Desde los 12 años hasta la edad adulta


¡Ah!, ¡Por fin llegamos a las delicias de la adolescencia! Una cosa
fundamental que hay que recordar es que terminará. Y, en realidad, gran
parte de la adolescencia no es culpa de los adolescentes. Algunas
investigaciones han demostrado que necesitan dormir más –sus cuerpos
están pasando por una increíble cantidad de cambios–. Ten en cuenta que el
cerebro no se activa por completo hasta que tiene unos veinte años, a veces
incluso más tarde, y la última parte del cerebro que cobra vida es la que se
ocupa de la concentración y de las consecuencias. Ello explica muchas
cosas, entre ellas la razón de que tu hijo adolescente pueda parecer ajeno a
las consecuencias derivadas de no estudiar lo suficiente en vísperas de
exámenes. Entonces, despotricas contra él: «¿No te das cuenta de lo que
significa para tu futuro suspender los exámenes?». No, no se da cuenta. Su
cerebro todavía no dispone de lo necesario para lograr entender las
consecuencias. No me extraña que sacudamos la cabeza ante las decisiones
que toma y cuyos resultados negativos parecen obvios. Tampoco me
extraña que nos resulte tan fácil burlarnos de su cara de sorpresa cuando
algo estúpido sale mal. ¿A quién se le ocurrió que era una buena idea dejar
que tomase algunas de las mayores decisiones de sus vidas, como a qué
quiere dedicarse, cuando ni siquiera puede ver más allá del siguiente
jueves? ¿Quién decidió que hacerle exámenes tan importantes en diferentes
asignaturas era una idea genial cuando el cerebro del examinado todavía no
ha aprendido a concentrarse? Y, en medio de toda esta presión, el cuerpo
deja caer litros de hormonas sexuales en sus sistemas, mientras nuestra
cultura está ocupada diciéndole que nunca tendrá relaciones sexuales a
menos que siga un número cada vez mayor de reglas sobre lo que hay que
vestir, sobre las personas a las que debe escuchar, sobre el gel que tiene que
aplicarse en el pelo, y sobre qué silueta corporal es aceptable. Puede que me
haya alejado lo suficiente de la etapa adolescente de mi hijo como para
haberme tranquilizado un poco, pero el hecho de escribir todo esto hace que
sienta lástima por ellos. Ser adolescente es duro.
Podrías ser un afortunado y tener un hijo que avance en esta etapa sin
ningún incidente grave ni ninguna queja. Si tienes esa suerte, finge lo
contrario ante los padres que no la tienen, si quieres seguir siendo popular.
En el curso normal de las cosas, es probable que tengas algunos baches y
que pienses incluso que estás perdiendo a tu hijo. Probablemente esta sea
una señal de buena crianza –está lo suficientemente seguro como para echar
las plumas y extender sus alas–. Dale tanta libertad como puedas (recuerda
que el LCI requiere valentía) sin renunciar a tu calidad de vida. Ten
confianza en que tu hijo volverá a ti. Lo hará. Tú tienes su herencia. Ten en
cuenta que tal vez tu influencia no cuente tanto como la presión social, así
que haz todo lo posible para evitar situaciones en las que tu hijo tenga que
elegir. Escoge tus batallas de manera sabia. Es probable que la mayoría de
los errores que cometa no importen a largo plazo y que algunas de las cosas
que tú consideres errores conduzcan a algo grande más adelante. Lo
maravilloso de la vida es que nunca sabemos qué nos va a llevar a qué, así
que mi principal consejo es que te relajes. A lo largo de esta etapa, la buena
crianza consiste cada vez más en dar consejos y en aceptar que estos pueden
ser ignorados. Si has criado a tus hijos en el LCI, has hecho todo lo posible.
Ellos tendrán que ser dueños de sus decisiones.
Considero fundamental recordarte uno de los mantras. Todavía no son
las personas en las que terminarán convirtiéndose. He sido padre durante
treinta años, y la preocupación que ello conlleva no ha desaparecido en mí,
tan solo ha cambiado su objetivo. ¿Y sabes qué? Casi todo ha sido energía
desperdiciada. Mis hijos son geniales –y todavía no son las personas en las
que terminarán convirtiéndose–. Ciertos padres me llaman pidiéndome que
vea a sus hijos alegando cosas como que no participan del modo adecuado,
que no se centran en sus exámenes o que están preocupados por sus lunares.
No estoy diciendo que no haya niños que necesiten el tipo de ayuda que yo
ofrezco, pero la mayoría no. La mayor parte de preocupaciones de la
infancia se resuelven por sí mismas y, en realidad, proporcionan la
turbulencia que contribuye a que los niños aprendan a nadar con mayor
firmeza en las aguas de la vida. Durante mi infancia me asustaban muchas
cosas –la oscuridad era un estándar–, y salí adelante sin ningún consejero.
Si estás leyendo esto, tus genes son campeones olímpicos en supervivencia
–deben ser fuertes o, en caso contrario, estarían donde están los genes de los
incontables millones de no supervivientes–. La mayoría de personas que
pasan por un trauma no acaban traumatizados por él. Eso es un hecho.
En aras de dejar ir a tus hijos, de darles confianza para que fracasen y
encuentren crecimiento donde tú podrías ver peligro, me gustaría compartir
contigo algo que me enseñó mi perra Betty, algo que ya compartí en un
blog.

El camino que recorremos es solo nuestro


Vivimos al borde del bosque de Thetford, una zona antigua que una vez fue
el hogar –y se rumorea que es donde se halla la tumba– de Boudica [12] . En
un día neblinoso de otoño, es fácil imaginar hordas de celtas saliendo de
entre los árboles. Fred y Betty difieren en su respuesta a la libertad tanto
como tienden a hacerlo los hermanos humanos. Fred desaparece durante
breves períodos de tiempo en busca de Betty, pero regresa entusiasmado por
su audacia, mientras que Betty simplemente desaparece –a menudo durante
largos minutos, completamente inmune a nuestra llamada, a nuestros
silbidos o a las promesas de amenazas–. A Betty le encanta seguir los
rastros de olor, más que cualquier otra cosa en el mundo, y hace mucho
tiempo que nos hicimos a la idea de que un día podríamos perderla a causa
de un accidente o de un ciervo furioso. Sin embargo, ello no evita que nos
pongamos nerviosos cuando sobrepasa su período medio de estar
«perdida».
El otro día, mientras contenía la respiración esperando a que
reapareciese, se me ocurrió que la palabra «perdida» no se aplicaba a su
situación. Con mis limitados sentidos, consideraba que Betty se había
perdido cuando la perdía de vista entre los árboles o cuando dejaba de
escuchar el sonido de su respiración. Sin embargo, dudo que ella nos haya
perdido en ningún momento. Gracias a su increíble sentido del olfato y del
oído, sospecho que siempre es consciente de nuestra localización, y que los
árboles no tienen ninguna relevancia. Me di cuenta de que, si no estuviesen
los árboles, es probable que la hubiese divisado, y que su camino consistiría
en una serie de trayectos circulares amplios con nosotros como un punto del
círculo al que regresaba periódicamente para comprobar que no nos
habíamos perdido.
Quizá no haya sido tan diferente con mis hijos. Cuando se fueron de
casa, me preocupaba su capacidad para navegar por la vida sin que mi
sabiduría les guiase. A menudo, desde mi punto de observación, parecían
perdidos. Ahora me doy cuenta de que únicamente estaban siguiendo un
trayecto circular que yo no podía ver –y, como Betty, ese arco es una
búsqueda de aquello que ellos están buscando, no de lo que yo quiero que
encuentren–. Mis hijos siempre sabían dónde estaba en caso de necesidad,
y, al igual que Betty, regresaban a mí de manera periódica.
Ahora me doy cuenta de que el hecho de que nuestros hijos no sigan
nuestro camino por el bosque no quiere decir que estén perdidos. Que no
comprendas a qué se deben las decisiones que están tomando no significa
que estén perdidos. A menudo, los árboles entre los que los imagino
vagando solo existen en mi cabeza –para ellos la vida puede parecer una
playa o un espacio abierto–. He descubierto que, ahora que mis hijos tienen
treinta y uno y treinta y tres años, sus trayectos les han llevado a construir
sus propias vidas, cada una de ellas diferente, aunque ambas de su propia
creación. No solo son buenas vidas, sino que su viaje los ha convertido en
hombres de los que estoy más orgulloso que si simplemente se hubiesen
quedado atrapados en un camino que yo hubiese escogido para ellos.
No nos corresponde a nosotros escoger el trayecto de nuestros hijos,
por mucho que así lo deseen nuestros instintos. Nuestro trabajo consiste en
equipar a nuestros hijos con las herramientas del viaje, amarlos lo suficiente
como para ser un punto de retorno, y dejarlos correr. Parafraseando al
cantante James Morrison, no están perdidos, sino que no están descubiertos
–sobre todo para sí mismos–. ¿Acaso la vida no trata de ese acto de
autodescubrimiento? Por mucho que como padre quiera gritar: «¡Es por
ahí!», es probable que no les sirva. Muéstrales el mundo, déjales correr, y
acuérdate de respirar. Ellos estarán bien, y traerán a casa algunas cosas
maravillosas. A diferencia de Betty (la semana pasada fue una paloma).
Solo más tarde, al escribir esto, me di cuenta de que esta metáfora
también se aplicaba a mi caso. Pensé que estaba compartiendo un
aprendizaje que había tomado de mis hijos y que podía guardar relación con
otros padres, pero ahora me doy cuenta de que probablemente tenga una
aplicación personal para la mayoría de nosotros, independientemente de que
seamos padres o no. Pasé mucho tiempo en un camino marcado a lo largo
de un bosque sutilmente señalizado por mis padres –con la mejor de sus
intenciones– e iluminado por la sociedad. Ahora que miro atrás me doy
cuenta de que estaba más perdido en una ruta bien definida de lo que nunca
he estado desde que me salí de ella. Cuando finalmente la abandoné para
tomar mi propio trayecto, impulsado por mi propio rastro de olor, que tenía
que seguir, descubrí la felicidad, la plenitud y a personas con ideas afines a
las mías que seguían sus propios rastros. Y mi trayecto tuvo oposición.
Ahora me doy cuenta de que los compañeros de viaje en el camino del
bosque habrían visto mi giro hacia los árboles como un error de orientación
–¿quién deja un trabajo seguro a tan solo siete años de tener derecho a
recibir una pensión?–. Estaba a punto de incluir a mis padres en esa falta de
comprensión cuando, de repente, me vino un recuerdo: el día que dejé el
cuerpo de policía recibí una carta de mi madre deseándome suerte y
expresando su confianza en mí. Aunque no comprendía mi desvío, tampoco
trataba de mantenerme atado a la correa.
Cuando se trata de nuestras propias vidas, creo que es importante ser
consciente de las decisiones que estamos tomando y del porqué. Lo que el
resto de personas que iban por el camino principal consideraron un desvío
era, en realidad, el comienzo de mi verdadera dirección. Mi viaje hasta
entonces sí que había sido un desvío. Necesario en muchos sentidos, y
fácilmente confundido con el verdadero, pero un desvío, al fin y al cabo.
Tienes que estar preparado para el hecho de que nadie más que tú
puede comprender tus decisiones –hasta que conozcas a otros que estén
siguiendo su trayecto–. Parafraseando al autor Hugh MacLeod, cuanto más
originales sean tus decisiones en la vida, menos consejos será capaz de
darte la gente. Así pues, si tienes un olor en tus fosas nasales que revuelve
irresistiblemente tu sangre, ignora a todo el mundo. Si eres como Betty no
tendrás que hacerlo, tus oídos ya no estarán escuchando. Ese olor invisible
que están siguiendo tus hijos podría provenir de la vida que ellos están
destinados a vivir. Ese rastro hacia el que te sientes atraído podría
conducirte a ti a lo mismo. Mi consejo es que respires profundo... y que
corras.
Una carta dirigida a los jóvenes:
siete cosas que quiero que sepas

Lo admito, esto es un poco una estratagema del escritor. ¿Espero realmente


que tus hijos lean esto –sobre todo si se lo pides–? Quién sabe, estoy seguro
de que algunos lo harán, y si este mensaje encuentra su camino de tu boca a
sus oídos, sería estupendo. La sabiduría y la fe de mi abuelo, Fred Cook, me
ayudaron enormemente, y no tengo ninguna duda de que parte de lo que
estoy a punto de compartir procede de él. Espero que te resulte de ayuda, y
también a tus hijos.

Queridos Heath, Sasha y Seth,


1. Te van a suceder cosas malas.
2. Alimentas aquello en lo que te centras.
3. En ocasiones tus miedos no importan, o ni siquiera son tuyos.
4. Obtienes el futuro que esperas.
5. No merece la pena conocer a alguien que piensa que lo importante
es tu forma de vestir.
6. En ocasiones, lo que los demás tratan de enseñarte tiene su origen
en sus propios asuntos.
7. Estás escribiendo la historia de tu vida. Sé el personaje que quieres
ser.

1. Te van a suceder cosas malas


Habrá días en los que te sientes en cualquier parte y lamentes lo mala y lo
injusta que es la vida, y lo mala que es la gente. Está bien llorar –en
realidad, es un buen modo de reducir tus sentimientos, y todo el mundo
necesita llorar de vez en cuando–. Lo importante es lo que hagas después.
La vida no es justa, hacer cosas buenas no implica que sucedan cosas
buenas (de todas formas, es bueno hacerlas), y las personas solo pueden
decepcionarte si depositas una expectativa en ellas. Creo que la vida es lo
que decidimos que sea, y nuestra imaginación es un arma poderosa que nos
sirve de ayuda. Me gusta actuar como si tuviesen que pasar cosas malas
para que sucedan cosas buenas después –y, al parecer, eso es lo que pasa–.
Me gusta actuar como si me hubiesen dado todo lo necesario para hacer
frente a lo que me pasa. Y, aunque sea muy difícil, descubro que puedo
hacerlo. Actuar «como si» hubiese cosas buenas en ti que te ayudan a hacer
cosas buenas está bien, mucho mejor que actuar «como si» hubiese cosas
malas en ti que te impiden hacer cosas buenas. Mucho mejor que actuar
«como si» no fueses lo suficientemente bueno o «como si» no le gustases a
nadie.
Mi abuelo me decía: «No tiene que ser fácil, tan solo posible». Y así
es, sea lo que sea, si le echas a lo que quieres todo lo que tienes. No puedes
negociar con el éxito; o le das lo que quiere o pasa a otra persona.
Créeme, aquello que la vida te presenta te hace más fuerte, aunque no
lo sientas en ese momento. En muchas culturas antiguas se hacía que los
jóvenes participasen en determinados ritos que los convertían en hombres.
Muy a menudo implicaban dolor –los cheyennes obligaban a los niños a
hacerse cortes en el torso y a introducir cuerdas en ellos, que luego ataban a
un poste; a continuación, tenían que liberarse–. Si te unes a los lobatos o a
las lobatas de los escultistas harán que cantes «Ging Gang Goolie» [13] . Es
un poco lo mismo. La idea que se deriva de estos viejos rituales es que de tu
dolor viene tu don; de tu herida viene aquello que revelará tu talento. He
descubierto que puedes hacer que esto se haga realidad si piensas que es
verdadero y si actúas como si lo fuese.
Lo que podría parecer un desastre en ese momento podría conducir a
algo bueno. Del mismo modo que lo que puede parecer algo de buena
suerte lleva en ocasiones a algo terrible. En una ocasión vi un gusano
sufriendo para atravesar una terraza caliente. Para ayudarle, lo recogí y lo
puse sobre la hierba. Un mirlo vio el movimiento, se acercó y se lo comió.
Me recuerda una historia que siempre me ha gustado, también sobre un
nativo americano:

Había un guerrero que tenía un buen semental. Todo el mundo decía lo


afortunado que era al tener un caballo así. «Quizá», decía él. Un día,
el semental huyó. La gente dijo que el guerrero tenía mala suerte.
«Quizá», dijo él. Al día siguiente, el semental regresó encabezando un
grupo de buenos ponis. La gente decía que era muy afortunado.
«Quizá», dijo el guerrero. Más tarde, el hijo del guerrero se cayó de
uno de los ponis y se rompió una pierna. La gente decía que tenía
mala suerte. «Quizá», dijo el guerrero. A la semana siguiente, el jefe
dirigió una partida de guerreros contra otra tribu. Muchos jóvenes
murieron. Sin embargo, a causa de su pierna rota, el hijo del guerrero
se quedó atrás y se salvó. La gente dijo que tenía suerte.
«Quizá», dijo el guerrero.

Nunca se puede decir en el momento si las cosas serán buenas o malas


a la larga, así que disfruta de las cosas buenas al máximo, no te tomes las
cosas malas demasiado en serio y, sobre todo, no las consideres
permanentes –siempre está la otra cara de los momentos buenos y de los
malos–. Algo de lo que puedes estar seguro es que nada perdura, y no hay
nada que podamos hacer al respecto, así que no te encariñes demasiado con
las cosas. Disfruta de los buenos momentos, y ábrete camino a través de los
malos sin parar en el hotel «no es justo» o en el bed and breakfast «el
mundo está contra mí».
Si te estás moviendo, te caerás. Todo lo que importa es que aprendas a
fin de no tropezar dos veces en la misma piedra. Lo único que importa es
que encuentres una razón para volver a levantarte.

2. Alimentas aquello en lo que te centras


No es lo que te sucede, es lo que haces de ello. Sé que suena a tópico, pero
es cierto si vives según su principio. En la película El exótico Hotel
Marigold, alguien dice: «Al final todo saldrá bien... y, si no sale bien, es
que no es el final». Creo que esta frase es cierta, y me ayuda enormemente.
¿Qué pasa conmigo y con las historias de nativos americanos? No lo
sé, porque aquí presento otra:

Una tarde, un anciano cherokee le habló a su nieto de una batalla que


ocurre dentro de la gente. Dijo: «Hijo, la batalla que tiene lugar
dentro de nosotros es entre dos lobos. Uno representa el Miedo: es la
ira, la envidia, los celos, la pena, el remordimiento, la codicia, la
arrogancia, la autocompasión, la culpa, el resentimiento, la
inferioridad, las mentiras, el falso orgullo, la superioridad y el ego. El
otro representa el Amor: es la alegría, la paz, la esperanza, la
serenidad, la humildad, la bondad, la benevolencia, la empatía, la
generosidad, la verdad, la compasión y la fe». El nieto pensó durante
un momento y le preguntó a su abuelo: «¿Qué lobo gana?». El
anciano cherokee se limitó a responder: «Aquel al que tú alimentes».

Si te centras en las cosas malas que suceden, sintonizarás tu cerebro


para poner su atención sobre este tipo de cosas. Si te digo: «No pienses en
un árbol azul», ¿qué te viene a la mente? El cerebro tiene que procesar un
negativo, así que céntrate en lo que quieres, no en lo que no quieres.
Céntrate en todo lo bueno a lo largo de tu día, todos los días que te acuerdes
de hacerlo. Al alimentar las cosas buenas con tu atención, estas se
desarrollarán –y tú también–. Cada noche antes de irte a dormir, repasa el
día y piensa en tres cosas buenas que te hayan sucedido. No tienen que ser
grandes cosas –esta mañana he visto la primera mariposa de este año–, pero
intenta que tengan que ver, sobre todo, con personas o con la naturaleza. Es
incluso mejor si las pones por escrito. Sabrás que esto se ha convertido en
un hábito cuando tengas que escoger tres de entre muchas otras opciones.

3. En ocasiones tus miedos no importan, o ni siquiera son


tuyos
Cuando era oficial de policía, a menudo tenía miedo de que me
considerasen una persona aterrorizada, ya que la mayor parte de mis
compañeros parecían mucho más valientes que yo. Ahora me doy cuenta de
que el valor no es la ausencia de miedo, sino que consiste en continuar
actuando pese a tener miedo; y de que la mayoría de personas están
luchando tanto como tú para aparentar valentía frente al resto de personas.
Así pues, no le tengas miedo al miedo, y recuerda que existen dos tipos de
miedo. Uno de ellos es el miedo a que te suceda algo doloroso a nivel
físico. Por lo que respecta a este tipo de miedo, una buena regla general es
que si todos los demás tienen miedo (o lo tendrían si estuvieran en tu lugar),
entonces tú deberías tenerlo, así que actúa en consecuencia (desde el punto
de vista del LCI, sin embargo, todavía tienes poder sobre tu respuesta). Si
ese no fuese el caso, te encuentras en una situación en la que tienes
elección. Céntrate en lo que te diga tu cabeza y síguelo.
El segundo tipo es el miedo a las opiniones de los demás. En relación
con este tipo, permíteme que comparta contigo el mayor aprendizaje de
toda mi vida: no puedes divertirte en tu vida más que siendo tú mismo.
Así es. Diviértete siendo tú mismo y la mayoría de cosas que temes
desaparecerán. Si te preocupa lo que los demás piensan de ti, te convertirás
en cualquier versión de ti que piensas que quiere ver la gente, en cada
situación en la que te encuentres. Muchas personas acuden a mí con una
crisis de identidad –dicen no saber cuál es su «yo real»–. Esto se debe a que
tienen demasiadas versiones entre las cuales escoger como consecuencia de
su necesidad de adaptarse al resto de personas. Limítate a ser tú, porque el
resto de las personas no están disponibles. ¿Cómo puede alguien llegar a
conocerte realmente –y amarte– a menos que le muestres tu «yo»? El mejor
modo de hacerlo pasa por disfrutar siendo esa persona. La gente te
encontrará mucho más atractivo porque el hecho de haber mostrado tu «yo
real» les da permiso para despedir también a su propia ficción. Puedes
reconocer a las personas que se sienten cómodas consigo mismas porque a
menudo ríen más que la mayoría y porque hacen cosas con las que disfrutan
ellas mismas, y no para impresionar o estar de acuerdo con los demás.
Cuando la gente me escucha decir esto, piensa a veces que es una
invitación al egoísmo –permiso para divertirse haciendo lo que les conviene
y para suspender todo lo demás–. No creo que descubras eso –si eres
realmente «tú»–. Creo que la bondad, la generosidad y el servicio a los
demás son los comportamientos más naturales de las personas que se
encuentran en un estado de crecimiento. Gran parte de la diversión que
obtendrás siendo tú tiene que ver con estas cosas.
Luego están los temores de los demás. Cuando eres joven, algunos de
estos temores serán los de tus padres. Ellos te quieren, y he descubierto que
los mayores miedos que me acompañan tienen que ver con mis hijos –y
ahora con mis nietos–. Nuestros miedos pueden provocar que actuemos con
nuestros hijos de una manera en la que no actuaríamos con los demás. A
veces trataremos de evitar que hagan algo a causa del miedo que tenemos
de que les suceda algo. Permíteme que te cuente una historia de miedo.
Cuando el padre de Sasha tenía dieciséis años decía que quería una
motocicleta. Aunque a mí no me gustaba la idea, yo mismo había tenido
una a su edad, así que, ¿cómo iba a decir que no? Puse un obstáculo en su
camino que pensé que lo detendría: tenía que comprársela él, tal y como
había hecho yo. Ahora me doy cuenta de que es probable que mis padres
estableciesen esa misma condición por la misma razón. En contra de lo
esperado, Stuart lo hizo. Creo que yo le compré el casco para estar seguro
de que era uno bueno. El gran día, lo llevé al concesionario para que
recogiese la motocicleta y, después, le seguí hasta casa. No tardé ni dos
kilómetros en vomitar en el espacio para las piernas, del miedo que me dio
lo mal que conducía por su falta de experiencia. Ese es el miedo que tienen
tus padres cuando te dicen que no con respecto a ciertas cosas. Dibujan una
imagen en su cabeza de lo que podría ir mal si hicieses lo que les estás
pidiendo. Así que compréndelo, perdónalo (recuerda que están aprendiendo
cómo ser padres a medida que creces, por lo que todo es nuevo para ellos)
y, en ocasiones cuando seas más mayor, ignóralo –pero prepárate para
asumir las consecuencias–. No puedes vivir dentro de la burbuja del miedo
de otras personas, o esta terminará por convertirse en tu realidad. Sé que tus
padres van a dejar que hagas muchas cosas que les aterran. Bien. Es
probable que sientas la necesidad de hacer unas pocas cosas más. Confío en
que sabrás cuáles son, porque si te rompes una pierna no vengas corriendo a
mí. Asegúrate de hacerlas porque te diviertas siendo tú, no para impresionar
o para complacer a los demás. Y no te rebeles contra los deseos de tus
padres por el mero hecho de que sean sus deseos. En realidad, rebelarse
contra todo no es una rebelión, sino más bien otro tipo de conformidad.
El último tipo de miedo son los miedos que los demás tratan de
transmitirnos. Lo hacen de diferentes maneras. El más común, y aquel del
que hay que ser más consciente, es el miedo a no ser lo suficientemente
bueno, o a no ser querido o amado. Algunas personas tratarán de sentirse
mejor consigo mismas haciendo que tú te sientas peor. Recuerda siempre
que la gente no puede quitarte tu poder, solo tú puedes regalarlo. Así
que no lo hagas. Si te sientes herido por el comentario de otra persona,
pregúntate a ti mismo: «¿Qué hay en ellos que les hace sentir la necesidad
de decir eso?». Pronto descubrirás que las respuestas que recibes revelan las
inseguridades de los demás. Practica esto. Es una protección brillante contra
los intentos de los demás por contaminarte con sus sentimientos sobre sí
mismos. Recuerda que la falta de amabilidad hacia el resto de personas no
constituye una fortaleza, sino una señal de alerta para la propia
vulnerabilidad de esa persona. Recuerda que si las personas tratan de
hacer que te sientas más débil puede deberse a que eres más fuerte.
Descubrirás que, si te diviertes siendo tú, verdaderamente tú, la amabilidad
surgirá fácilmente, y también lo hará una invulnerabilidad a la mezquindad
de la gente infeliz. No permitas nunca que otras personas te convenzan de
que el hecho de sentirte mal contigo mismo es la respuesta correcta, o la
única manera de estar en contacto con ellas. Es su sentimiento sobre sí
mismas, así que deja que se lo queden.

4. Obtienes el futuro que esperas


En ocasiones escucho esto de un modo un tanto jipi –en plan «el universo
proveerá»–. No me refiero a eso. Me he quedado sin historias de nativos
americanos, así que permíteme que te hable de un cliente cuya experiencia
resulta bastante típica. Su nombre era señor Gerónimo. Se le presentó la
oportunidad de ascender en su trabajo. Aunque había tenido esa misma
oportunidad anteriormente, algo parecía refrenarlo. En esta ocasión, su
compañero le presionó para que enviara la solicitud. Los sudores nocturnos
comenzaron, y Gerónimo le dijo a todo aquel que estaba dispuesto a
escucharle que probablemente no consiguiese el ascenso. Se encontró a sí
mismo extrañamente distraído, cuando en realidad debería haber estado
preparándose. Cada vez que pensaba en la entrevista o que alguien le sacaba
el tema, se imaginaba a sí mismo quedando en ridículo. A medida que se
acercaba la entrevista y aumentaba su nerviosismo, esta pesadilla viviente
se volvía cada vez más intensa. El día de la entrevista, su compañero tuvo
que llevarle en coche a ella. Visitó el cuarto de baño en varias ocasiones –la
última de ellas para vomitar– antes de dirigirse a la habitación para
encontrarse con la mirada del grupo encargado de la entrevista. Se
transformó en un despojo balbuceante que apenas era capaz de terminar una
frase, y la entrevista se convirtió en su pesadilla. Obtuvo el futuro que
esperaba.
Alimentas aquello en lo que te centras. Si permites que la posibilidad
de que una situación que va mal sea la imagen en la que te centras cuando
piensas en ella, tu cerebro la tratará cada vez más como el futuro más
probable y responderá en consecuencia cambiando al modo de protección.
En cierto sentido, tu cerebro no puede diferenciar entre algo malo que está
sucediendo en la realidad y un acontecimiento que te estás imaginando, así
que prepara el cuerpo para responder como si fueran lo mismo –esa es la
razón por la que nos despertamos de una pesadilla con el corazón agitado–.
La descarga de adrenalina de esta respuesta de protección hará que seas
menos tú mismo –las emociones fuertes te hacen estúpido–, y no serás la
mejor versión de ti mismo. Piensa en cómo quieres que sean las cosas. Si
el señor Gerónimo hubiese ensayado en su cabeza que la entrevista iba bien,
centrándose en todo lo que le habría hecho tener confianza, su cerebro
habría respondido liberando dopamina y se habría sentido recompensado
por el pensamiento de la entrevista. La habría tratado como una oportunidad
de crecimiento. Ello no le habría garantizado el trabajo, pero significaría
que la versión de sí mismo con más probabilidades de conseguir el trabajo
se habría presentado a la entrevista.
La ansiedad es un miedo a algo que todavía no ha sucedido; no puedes
estar ansioso por algo que ya ha sucedido. «Ah», te oigo decir, «la semana
pasada rompí el jarrón favorito de mi madre y, en realidad, estoy muy
ansioso por ello». «Sí», respondo, acariciando sabiamente mi barba blanca,
«si supieses que nunca va a enterarse de ello es probable que no lo
estuvieses. Lo que te hace sufrir es el miedo de lo que sucederá cuando lo
descubra». Mark Twain era una de esas personas que parecía hablar
mediante citas útiles. Esta es una de mis favoritas: «He tenido muchas
preocupaciones en mi vida, la mayoría de las cuales nunca sucedieron». Un
siglo después, el protagonista de una de mis películas favoritas –Van
Wilder: Party Liaison (siempre me he inclinado por los clásicos)– apoyó a
Twain con este sabia enseñanza: «Preocuparse es como una mecedora. Te
da algo que hacer, pero no te lleva a ninguna parte».
Ya escribí sobre esto más arriba. Imagina que tienes dos círculos. Uno
de ellos es tu círculo de influencia –las cosas en las que puedes influir–. El
otro es tu círculo de preocupación –las cosas que pueden estar en tu mente,
pero que no puedes cambiar directamente.
Hay muchas cosas por las que preocuparse, y los medios de
comunicación nos las lanzan todos los días: el medio ambiente, el gobierno,
la economía, diferentes alarmas sanitarias y los asuntos internacionales. Si
no tenemos cuidado, podemos perder mucha energía centrándonos en las
cosas de nuestro círculo de preocupación, en lugar de hacerlo en las de
nuestro círculo de influencia. Esto no contribuye a nuestro crecimiento, y
prepara a nuestro cerebro para buscar más de lo mismo. Si, en vez de ello,
te centras en aquellas cosas de tu vida en las que puedes influir, tu sensación
de empoderamiento aumenta. No confundas influencia con control. No
puedo controlar el daño que la raza humana le está haciendo al medio
ambiente, pero puedo influir en el daño que yo le hago, y puedo escoger mi
nivel de participación para influir en lo que se hace al respecto –uniéndome
a organizaciones que luchan en favor del medio ambiente como
Greenpeace, ayudando a mi asociación local de protección y conservación
de la flora y fauna, o plantando un árbol en mi jardín–. Creo que
descubrirás que, al centrarte en tu círculo de influencia, podrás comenzar a
darte cuenta del poder personal que tienes. Eso te llevará a ser más
proactivo en la vida, lo que, a su vez, engrandecerá y enriquecerá tu mundo.
Si no puedes tener ninguna influencia sobre algo, no te preocupes por ello –
tienes mejores cosas que hacer que sentarte en una mecedora.
Tienes una máquina del tiempo. Tu cerebro puede enviarte de vuelta al
pasado o mandarte al futuro. Úsalo de manera inteligente. Cada momento
que pasas pensando en el futuro, o en el pasado, es un tiempo que no pasas
saboreando el presente. Este es un dispositivo de protección. Evítalo.
Limítate a visitar el pasado para sentirte bien o para acordarte de algo
acerca de ti que te proporcione lo que necesites en ese momento. Visualiza
el futuro tal y como lo quieres antes de quedarte dormido cada noche. La
combinación de estos dos hábitos ajustará tu cerebro hacia el crecimiento.
Al hacerlo –y al prestar atención al presente–, te volverás más consciente de
las oportunidades que te brinda tu inconsciente y que te llevarán al futuro
que quieres. Recuerda que estás caminando por la misma calle que los
demás, con los mismos baches que te hacen tropezar y las mismas monedas
de la suerte en el suelo. Lo que se ponga en tu camino con mayor frecuencia
es, por lo general, producto de lo que esperas.

5. No merece la pena conocer a alguien que piensa que lo


importante es tu forma de vestir
Los adultos suelen ver las decisiones que toman sus hijos y con las que no
están de acuerdo como una señal de rebelión. Con mayor frecuencia, son el
resultado de un cambio en quienes son aquellos cuyas opiniones tienen más
peso en sus vidas –sus padres o sus amigos–. En realidad, el hecho de poner
a tus amigos por delante en algún momento es una señal de progreso
(esperaría que fuese en algún momento de la adolescencia). Más tarde, el
objetivo real será escuchar a ambos, pero decidir por ti mismo.
De manera similar, las decisiones que muchos toman en su elección de
la ropa reflejarán lo contrario de lo que podría parecer –satisface una
necesidad de encajar–. A los adolescentes a menudo les gusta verse a sí
mismos como rebeldes, pero el grupo rara vez se rebela contra sus propios
iguales. Los niños están desesperados por encajar y, para muchos de ellos,
la máxima aspiración consiste en hacerse invisible adaptándose a las
normas del grupo. Por eso, aunque los adultos –o incluso la gente de su
propia edad– considere rebeldes a los grupos de góticos o de emos (o
cualquier otro grupo contracultural que haya cuando estés en esa edad), en
realidad solo es un grupo de niños que se ajustan a las normas del grupo al
que han decidido pertenecer. Y de pertenecer es de lo que se trata. A
medida que los jóvenes comienzan a liberarse del control de sus padres,
nuestra evolución demanda que no estemos solos contra el mundo, así que
los grupos de iguales se vuelven de extrema importancia. Incluso las
personas introvertidas, que tendrán un grupo de amigos más reducido que
las extrovertidas, conectarán fuertemente, aunque solo sea con uno o dos
amigos especiales. Y cada grupo formará una tribu. Desarrollarán un
lenguaje, unos rituales y unas preferencias determinadas por la ropa.
Siempre hay líderes dentro del grupo, y resulta interesante observar cómo
las personas tienden a imitar a sus líderes. Ello se debe a que a la gente le
gusta la gente que es como ellos. Durante millones de años, en los que las
personas ajenas a la tribu han constituido una amenaza mayor que las
propias personas de la tribu, hemos desarrollado este rasgo de encontrar
reconfortantes las similitudes, y lo hemos expresado mediante la adopción
de símbolos de similitud –tales como la ropa, la decoración, el humor y la
música preferida–. Dado que las sociedades son jerárquicas, no es de
extrañar que las tendencias que suelen surgir se vean impulsadas por
quienquiera que se considere el líder del grupo. No siempre, pero sí a
menudo.
Cuando yo era niño, la ropa no era un símbolo. Hoy en día, las marcas
de diseñador comienzan con la ropa de bebé, así que desde el primer
momento los niños se ven alimentados por la idea de que esto importa. Se
trata meramente de un prejuicio, pero prefiero llevar puesta una camiseta
barata que diga: «Soy estúpido» que gastarme una fortuna en la camiseta de
un diseñador y demostrar que lo soy. Paga por la calidad. Paga porque te
gusta. Eso está bien. Nadie puede contarte el valor de algo, solo tú puedes
saberlo, así que, si te gusta la ropa, si disfrutas expresándote a través de
ella, si hace que «te diviertas siendo tú», entonces gástate lo que quieras.
No pagues por ser como otras personas o esperes agradarles más a causa de
ello.
No te estoy pidiendo esto desde el principio. La adolescencia es, de un
modo especial, un momento en el que está bien llevar camuflaje mientras te
orientas. Sin embargo, habrá un momento en que mirarás a tu alrededor y te
darás cuenta de que no te gusta la gente porque comparten el mismo
logotipo, y eso mismo se aplicará a ellos también. A menos que deambules
por ahí con un disfraz de Disney, la gente no te querrá por lo que lleves
puesto, sino por lo que hagas. He descubierto que las dos cosas que más han
aumentado mi popularidad han sido no tratar de ser popular y ser amable.
Eso es. Todos los días estás rodeado de oportunidades de ser amable con los
demás, de hacer que se sientan un poco más felices por haberse cruzado en
tu camino. Ello no requiere casi ningún esfuerzo. Di algo agradable de
ellos, salúdales con una sonrisa, pregúntales cómo están (y escucha su
respuesta). Ábreles la puerta, ayúdales a alcanzar algo en el supermercado.
Sírveles. Es así de simple.
La psicología positiva es el estudio de lo que las personas felices hacen
para ser felices; los psicólogos positivos han descubierto que la felicidad no
es una casualidad de nacimiento, sino el resultado de una forma de vida, y
para ello resulta fundamental servir a los demás. Si te tomas muchas
molestias para que otra persona se beneficie, te garantizo que te sentirás
mejor al hacerlo. Muestra gratitud por lo que la gente haga por ti y sucederá
lo mismo. Haz de la bondad tu etiqueta de marca y podrás vestir una bolsa
de basura usada, y seguirás gustándole a la gente y te seguirán queriendo en
sus vidas –y comenzarán a vestir bolsas de basura para conseguir lo que tú
ya tienes..
6. En ocasiones, lo que los demás tratan de enseñarte tiene su
origen en sus problemas personales
En el colegio fui víctima de acoso escolar. No fue nada grave. A menudo
sufría más por el miedo a ser el siguiente –de ahí mi gusto por la sabiduría
de Van Wilder–. Había un chico en mi curso al que todo el mundo le tenía
miedo. Algunos se mantenían lo más lejos posible de él, otros se
convirtieron en sus hienas. Durante un tiempo intenté estar al borde de la
manada, pero simplemente no era yo, así que, por lo general, recurrí al
humor para desviar su atención. El hecho de ser víctima de acoso me dejó
con dudas sobre mí mismo –si vives en un estado de protección durante
mucho tiempo, a menudo te conviertes en una persona que piensa menos en
sí misma a causa del miedo–. Pasaron muchos años hasta que me di cuenta
de que el acosador era, en realidad, quien tenía miedo.
Hablé más arriba en este mismo libro de cómo tememos el rechazo –
por parte de nuestros padres y de la tribu–. Si nuestras experiencias nos
llevan a concluir que no somos alguien que merece la pena, entonces
tendemos a defendernos o a reaccionar de una u otra manera: nos
protegemos mediante la sumisión o mediante la agresión.
Los miembros del primer grupo proyectan un aire de «el mundo está
bien, pero yo no». Las cosas suceden por su culpa, los demás son mejores
que ellos y están en mejores condiciones de salir adelante. Tendrán cierta
tendencia a poner al resto de personas por delante –para complacerlas–. No
serán muy buenos defendiéndose a sí mismos y a menudo serán el felpudo
de alguien. Esperan ser rescatados, pegándose a alguien a quien consideren
poderoso o que se encuentre en posición de salvarlos. Acuden a mi cuarto
de terapia esperando que yo sea esa persona.
Luego hay gente que proyecta el siguiente mensaje: «Yo estoy bien,
pero el mundo no». Estos suelen ser los acosadores, las personas que
necesitan estar por encima, que han de tener la razón, que deben hacer que
los demás se equivoquen, que le dicen a cualquiera que tiene que escuchar
lo buenos que son. Por lo general, no acuden a terapia, a menos que sea
para probar que su terapeuta no tiene ni idea, como todo el mundo. Su
actitud agresiva es pintura de guerra. Ráscala y descubrirás que, en realidad,
no tienen una opinión nada buena de sí mismos; su táctica consiste en
sentirse mejor haciendo que las personas que les rodean se sientan peor.
Tratan de mantener su cabeza por encima del agua del autoodio pisoteando
a los demás. Lamentablemente, los comportamientos impulsados por las
emociones negativas tienden a crear lo que estás tratando de evitar, así
que su respuesta al autodesprecio incrementa su autodesprecio y, a medida
que pasan los años, se vuelven más infelices –y hacen que las personas
sumisas unidas a ellas sientan lo mismo, porque estos dos tipos de personas
a menudo se emparejan–. La gente sumisa puede verse atraída por el poder
ilusorio del agresor y sentir que no merecen nada mejor que ser objeto del
acoso. El acosador se siente más poderoso teniendo un compañero que vive
a su sombra. Curiosamente, si su relación termina por romperse, es el
agresor quien tiende a desmoronarse. La persona sumisa tiene la
oportunidad de aprender algo de esta experiencia que le ayude a avanzar a
una posición mejor –la de una persona asertiva que reconoce que todos
nosotros somos compañeros de lucha.
Vas a encontrarte con personas de ambos bandos. El sumiso va a tratar
de convencerte de que eres la respuesta a sus necesidades, o hará que
suscribas la idea de que el mundo es un lugar amenazante y peligroso que,
cuando tenga la oportunidad, te hará daño. El agresor intentará persuadirte
de que estás aquí para atender sus necesidades, de que nunca alcanzarás sus
estándares, y de que te corresponde estar por debajo de él. Algunos de tus
amigos tendrán padres así y verás los efectos desde el momento en que tus
compañeros digieran estos mensajes hasta que estos terminen por
convertirse en verdaderos. Si entablas amistad con una persona sumisa, no
te dejes seducir por el servicio que te ofrece, ayúdala a descubrir su propio
valor. Tu estima no se verá reforzada por su esclavitud, sino por su
emancipación. Ten cuidado si te haces amigo de un agresor, desgastará tu
confianza y tratará de hacer que seas igual de desagradable.
La investigación ha demostrado que tendemos a ser un compuesto de
las cinco personas con las que más tiempo pasamos. Escoge a tus amigos
tomando esta idea como modelo. ¿Quién quiero ser? ¿A quién conozco que
ejemplifique en mayor medida estas cosas? La gente te transmitirá sus
problemas tanto si tienen la intención de hacerlo como si no.

7. Estás escribiendo la historia de tu vida. Sé el personaje que


quieres ser
La mayoría de personas viven como si estuviesen siguiendo algún tipo de
guion –un guion que otra persona está escribiendo–. Como dije
anteriormente, los jesuitas dicen que les des un niño hasta que cumpla siete
años y te devolverán un hombre. Un tipo llamado Eric Berne creía que los
niños determinaban la historia de su vida a la misma edad y pasaban el resto
de su vida probándola –ya se tratase de una historia buena o de una de
horror–. A nuestro pasado le resulta sencillo convertirse en nuestro destino,
y a nosotros nos resulta fácil ser más de lo que siempre hemos sido, pero no
tiene por qué ser así.
Creo que uno de los objetivos más importantes de la vida consiste en
quitarle el teclado de las manos a ese guionista invisible y comenzar a
definir la naturaleza de tu historia y tu papel en ella. Porque no existimos.
Puedes excavar en tu cerebro todo el tiempo que quieras y no te encontrarás
allí. Creo que somos solo una idea que tiene el cerebro y que le ayuda a
planificar su siguiente movimiento, y que esa idea se desarrolló tanto que se
vio a sí misma en el espejo y creyó en lo que vio. Pienso que todos nosotros
somos únicamente electricidad y sustancias químicas dando vueltas por
nuestro cerebro. El hecho de aceptar ese pensamiento –de que tan solo eres
un pensamiento– te libera. Creo que no existe otro destino más que el que
tú creas, no hay ningún sentido de por qué estás aquí más que el que tú
mismo le das. Nadie está mirando, y nadie está juzgando, y menos aún
el universo. Así que puedes ser quien tú elijas. Esa última palabra es la
más importante. La elección es tu objetivo.
Yo solía pensar que el «desarrollo personal» haría que mis problemas
desapareciesen. Bueno, en cierto sentido tenía razón, porque ni siquiera
puedo acordarme de las cosas que antes me preocupaban, pero los nuevos
problemas reemplazaron a los primeros. Como muchas personas, esperaba
que el mar de la vida se convirtiese en el típico lago que provee de agua a
un molino. No fue así, así que aprendí a navegar mejor las olas, y ese es el
objetivo del desarrollo personal –que te des cuenta de que el timón está en
tu mano, de que tú decides por qué estrella quieres navegar y a qué destino
deseas dirigirte–. Vivir deliberadamente y no entregar el control de tus
elecciones es la más difícil de todas las opciones, y la que te proporcionará
la mejor oportunidad de hacer que tu vida sea lo que quieres que sea.
Viktor Frankl fue un psicoanalista judío que fue enviado a varios
campos de concentración por los nazis. Pasó tres años como prisionero.
Escribió sus experiencias y el aprendizaje que extrajo de ellas en su clásico
libro El hombre en busca de sentido. Léelo, por favor. La esencia del mismo
es la siguiente:

«La única cosa que no puedes quitarme es el modo en que elijo


responder a lo que tú me haces. La última de las libertades de uno
consiste en elegir su actitud en una serie dada de circunstancias».
Nadie puede decirte cuál es tu personaje, o cuál es tu historia. Ni
siquiera puede hacerlo la vida, pero el 80% de las personas lo permitirán.
Despiértate cada mañana y escoge tu actitud frente a la vida. Sé la persona
que vive esa actitud en tu historia. La práctica no consigue la perfección,
sino la permanencia. Si practicas para ser quien permanece despierto al
hecho de que el día que vas a vivir es decisión tuya, y para ser quien más se
divierte como resultado de esas decisiones, al cabo de un tiempo ese «yo»
se convertirá en la persona que eres. Esta es una decisión heroica, y la
mayoría de personas no la tomarán.
Oh, y no te tomes a ti mismo muy en serio, porque tan solo eres una
fantasía –como todo el mundo.
Te quiero,
Abuelo x
Conclusión

Empecé a escribir un libro –ese fajo de papeles en blanco con los que
comencé– y ahora está junto a mí. A medida que ha ido creciendo ha
cambiado, como un niño. Pensé que se limitaría a algunas de las miserias
comunes que experimentan mis clientes y de las que quería ayudar a
vacunarte a ti y a tus hijos. A medida que esas miserias se relacionaron con
el modo en que trabajan nuestros cerebros, y a medida en que el modo en
que nuestros cerebros trabajan se relacionó con la manera en que opera
nuestra sociedad, se convirtió en algo un poco más grande: la idea de que
cambiar el modo en que abordabas la crianza de nuestros hijos podría
mejorarte. Luego se convirtió en algo aún más grande: cambiar el mundo
para bien.
No te estoy pidiendo que te apuntes como si fuese una cruzada –estoy
seguro de que tienes muchas otras cosas con las que llenar tu día–, pero lo
bueno es que no tienes que hacerlo. Si te pasas el primer año de la vida de
tu hijo garantizando su seguridad a través del contacto; a través de tu
presencia responsable; a través de las palabras que le diriges a él, y las que
tratan de él, en las que muestras una actitud positiva y cariñosa; con unas
expresiones faciales que reflejan amor, diversión y alegría; habrás
comenzado a sintonizar su cerebro con la expectativa de vivir en una
realidad de crecimiento. A partir de ahí, si usas sus cálculos jóvenes para
crear conexiones entre los acontecimientos y si recurres a su sentido del
bienestar convirtiendo tu estilo explicativo en uno optimista, lo estarás
preparando para que vea oportunidades en todas partes. Si le enseñas que él
es el responsable de sus resultados, y de que su mundo solo será lo que él
quiera que sea si actúa de ese modo, le habrás iniciado en el camino hacia el
LCI. Si le animas a tener una mentalidad de crecimiento, en lugar de una
fija, crecerá con resiliencia ante los desafíos que se le presenten y crecerá
de manera persistente en respuesta a sus contratiempos. Si desarrollas en él
la disciplina necesaria para que se mantenga fiel a los pequeños hábitos que
le hacen avanzar y encuentras maneras intrínsecas de motivarlo, serás capaz
de relajarte y de disfrutar viendo su recorrido –advirtiendo que el hecho de
que él crezca también hace que crezcas tú.
Y, si hay suficientes personas como tú que crían a sus niños de este
modo, y si hay suficientes familias como vosotras que evitáis aquellas cosas
de los medios de comunicación que desencadenan en ti un estado de
protección, que evitáis los cantos de sirena de la recopilación consumista de
medallas y que, en vez de ello, prestáis un servicio a los demás, llegaremos
a un punto de inflexión en el que cada uno de vosotros contribuirá al aleteo
de una nueva mariposa que convierte el mundo en un lugar mejor.
Cambiar el mundo cambiando a un hijo, o a un padre, cada vez. Me
gusta la idea.
El comienzo.
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Robert Anton W , Prometheus Rising, Hilaritas Press LLC, 2016.
Agradecimientos

Siempre dejo esta parte del libro para el final. Nunca sé realmente a quién
voy a estarle agradecido hasta que he terminado de escribirlo, porque la
ayuda siempre aparece en los lugares más inesperados. Es también una
forma útil de recordarme a mí mismo que, aunque la escritura de un libro
es, en gran medida, una experiencia solitaria, un libro nunca proviene de
una única mente.
En este libro en particular, ¿con quién podría comenzar este
agradecimiento sino con mis propios hijos? Tengo dos grandes hijos, Mark
y Stuart. Ambos me hacen reír, algo que valoro mucho, y son hinchas del
Chelsea, señal de que algo hice bien. Ahora que tienen sus propios hijos,
ambos me están demostrando que, evidentemente, yo era un aprendiz lento
cuando me encontraba en su posición. Se han tomado la paternidad de un
modo que ha hecho que me sienta muy orgulloso de ellos, y, como abuelo,
espero que sepan que estoy ahí en caso de que me necesiten.
A continuación, vienen las nuevas alegrías en mi vida: mis nietos
Heath, Sasha y Seth. Heath es el hijo de Mark y de su mujer Tara. Cuando
comencé a pensar en este libro, Heath aún no había llegado, y ahora, ya que
esta es la última parte del libro que escribo, Heath nos ha entretenido
durante casi cinco años. Sus aventuras y, en ocasiones, su sonrisa a través
de las fotografías que sus padres nos envían a través de WhatsApp, han
iluminado muchas mañanas frías. Sasha, la hija de Stuart y de su mujer
Ksenia, es una experiencia totalmente nueva para mí –una niña–. Hermosa,
valiente y un completo misterio. Creo que sus dedos meñiques van a
convertirse en un lugar familiar para mí. Hace un año se le unió un
hermanito, Seth, cuya risa alocada parece ser su respuesta predeterminada
durante la mayor parte de su día. Ellos son la prueba de que el amor
simplemente se expande de manera infinita. Todos ellos hacen que yo tenga
un gran futuro por delante.
Como siempre, mis clientes siguen siendo las mayores fuentes de
aprendizaje en mi vida, y quiero darles las gracias a todos ellos por todo lo
que me han dado. Hace falta valor para cambiar, y paso mucho tiempo con
personas muy valientes. Las personas de Kids Company constituyeron una
fuente de asombro por la resiliencia del espíritu humano y por el poder de la
esperanza. Me sentí muy orgulloso de formar parte de esta organización, y
su desaparición me partió el corazón.
Si mis estudiantes leen este libro, se encontrarán en territorio familiar,
y deberían hacerlo, porque a menudo ha surgido frente a ellos la filosofía
que impulsa este libro, así como las frases y mantras que en él se incluyen.
Soy muy afortunado de tener como estudiantes a personas que me motivan
a enseñar la Hipnoterapia Cognitiva, y que con tanta frecuencia hacen un
trabajo maravilloso con ella. Ver adónde nos lleva este viaje compartido es
una perspectiva realmente emocionante.
Las personas a quienes se pide la lectura de un manuscrito ocupan un
lugar especial en el proceso de escritura de un libro –un lugar doloroso,
pero absolutamente esencial–. Cada uno de ellos lo lee y lo tritura de
maneras diferentes, dejando al autor, en este caso yo, con tres versiones de
por qué aún no es lo suficientemente bueno. Y a partir de eso y de los restos
de la confianza en mí mismo como escritor, finalmente surge algo mejor. Si
no te gusta, en realidad no es por su culpa; ellos hicieron todo lo que
pudieron con lo que les di. Jan, Ruth y Cat, muchas gracias. Y entonces,
cuando pensaba que estaba terminado, mi brillante editora, Saethryd
Brandreth, no estaba sino comenzando. Cogió ese manuscrito, lo puso en
otra licuadora y finalmente surgió lo que estás leyendo. En realidad, le estoy
más agradecido de lo que probablemente pudo parecer en ese momento.
Para mí ha sido toda una experiencia de crecimiento real haber tenido
la oportunidad de aprender sobre el mundo editorial bajo la tutela de mi
director y editor, Mark Booth. Su confianza tranquila en mí, su
asesoramiento sutil, sus consejos poco sutiles y su tenacidad para hacer que
este libro fuese lo mejor que pudo haber sido me han resultado más valiosos
de lo que él jamás sabrá. Y el encantador equipo de Hodder, que hizo todo
lo posible para llevar el libro al lugar en que lo encontraste, está formado
por grandes personas que hacen que las reuniones sean muy divertidas. Con
buenas galletas.
Por último, quiero darles las gracias a los tres seres con los que
comparto mi vida. En primer lugar, a mi mujer, Bex. Nos convertimos en
pareja justo cuando encontré mi camino, y ni por un momento pienso que
fue una coincidencia. Ella es mi mejor amiga, mi consejera y mi confidente
(incluiría amante, pero puede que mis hijos lean y piensen que es
excesivamente sentimental) y, asimismo, es tremendamente indulgente con
mis muchos defectos. Sé que ella es consciente de ellos porque ha hecho
una lista. Menos mal que, cuando pasé por alto el hecho de que se me había
declarado durante una conversación, tuve el buen sentido de tartamudear
unos minutos después... «eso que dijiste... ¿deberíamos hablar de ello?». A
saber cómo le habría ido sin mí si no hubiera hecho esa pregunta. Mejor
probablemente.
Los dos últimos vienen en pareja. A causa de una tragedia terminamos
con dos Schnauzer miniatura llamados Fred y Betty. La suma es mucho más
que las partes. Ellos constituyen el grueso de nuestras conversaciones, y
representan una cantidad desproporcionada de la diversión, de las risas y
del desorden. Mientras escribía esto, Fred apareció bailando junto a la
puerta con el felpudo en su boca. De una manera mágica, los perros nos
recuerdan sin esfuerzo lo fácil que resulta crecer cuando te centras en lo que
realmente importa. Aunque la razón por la que piensan que lo que
realmente importa es comer excrementos de oveja nos exceda por completo.
Notas

[1] El autor usa la palabra «child» y los pronombres en plural «they» y «them», que no tienen
género. En la traducción se ha optado por el uso genérico del masculino, habitual en español, que
designa a todos los individuos de la especie en el texto expositivo, y por alternar el uso de «niña» y
«niño» en los ejemplos, por lo que, salvo indicación expresa en sentido contrario, «hijo/s», «niño/s»,
«hija/s» y «niña/s» siempre se refieren por igual a niños y a niñas. Igualmente, «padre/s» traduce el
término «parent/s» y se refiere por igual al padre y a la madre.
[2] Juego de cartas en el que los jugadores revelan una carta de su mazo y la colocan delante de
ellos, por turnos, carta que taparán en el turno siguiente con otra carta. Cuando dos jugadores tienen
cartas con idéntico valor numérico, el primero que grita «snap» resulta vencedor (NdT).
[3] Hot-house parenting: método de crianza que promueve un aprendizaje intensivo más
temprano y rápido que el apropiado para la edad cognitiva de los niños (NdT).
[4] Soaps that don´t wash clean [Jabones que no lavan bien]. Juego de palabras que no se
puede traducir al español En inglés, «soap» significa «jabón» y «TV soap» «telenovela» o serie de
televisión (NdT).
[5] En inglés, el término «slaves», puede significar «afanarse», y también «trabajar como un
esclavo» (NdT).
[6] Por sus siglas en inglés: thin on the outside, fat on the inside (NdT).
[7] En inglés, uncle y auntie. Fórmula empleada, sobre todo por los niños, para dirigirse a un
hombre o a una mujer mayor que la persona que la emplea. Si bien la traducción habitual sería tío y
tía, entendemos que señor y señora se adapta mejor al contexto (NdT).
[8] El texto inglés permite un juego de palabras imposible de reproducir en español. En
función de cómo dividamos la palabra obtenemos frases con sentidos opuestos. En primer lugar, en
un sentido positivo, opportunity is now here se traduce por la oportunidad está en el aquí y ahora; en
segundo lugar, en un sentido negativo, opportunity is nowhere se traduce por la oportunidad no está
en ninguna parte (NdT).
[9] Jugador del Crystal Palace, y después del Arsenal y de la selección inglesa en los años 80 y
90 NdR).
[10] Persona que trabaja en el escritorio de una oficina todo el día, lo que hace que la trasera de
sus pantalones o de su falda brille de manera notable al estar sentada en una silla durante largos
períodos de tiempo (NdT).
[11] «Este eslogan es imposible de traducir como tal, debido al juego entre el sonido inglés /z/
y la grafía “z” del nombre del producto y a la similitud fonética del sustantivo “beans” [judías], el
producto anunciado, y el verbo “means” [significa] y la gráfica del nombre de la marca alemana
“Heinz”» (tomado de C. V , La traducción publicitaria: comunicación y cultura, Servei de
Publicacions de la Universitat Autónoma de Barcelona, 2004 Bellaterra, 113) (NdT).
[12] Boudica fue una reina guerrera de los icenos, que acaudilló a varias tribus britanas,
incluyendo a sus vecinos los trinovantes, durante el mayor levantamiento en Britania contra la
ocupación romana, entre los años 60 y 61 d. C., durante el reinado del emperador Nerón (Wikipedia).
[13] Canción compuesta por Robert Baden-Powel, fundador del escultismo, con la intención de
que los jóvenes asistentes al primer jamboree mundial (un gran campamento o reunión de
escultistas), celebrado en 1920, pudieran cantarla sin importar su lengua materna, ya que no está
escrita en ningún idioma (NdT).