Está en la página 1de 4

Epistemología de la Economía: Prof. E.

Scarano

Alumno: Raúl Chullmir

Comprar a la teoría de la racionalidad económica estándar con otra teoría de la


racionalidad.

La teoría de la racionalidad económica es una teoría de la decisión, que intenta ser


aplicable al resto de las Cs. Sociales. La microeconomía dice que los individuos son
agentes que eligen de modo racional. Así la elección está basada en preferencias
(deseos), expectativas (creencias) y restricciones. Las elecciones basadas en estas
serán racionales si cumplen con determinadas condiciones siendo completas y
transitivas. Estas opciones se dan tanto en la teoría de la preferencia como en la de la
preferencia revelada. En ambas los individuos racionalmente maximizan la utilidad, al
no ordenar a ninguna opción factible, por encima de la elegida. Ordenan a las
alternativas disponibles y eligen a la que mas prefieren. La teoría de la preferencia o
elección racional no especifica ninguna meta que todos deben adoptar.

La teoría de la racionalidad ha recibido críticas tanto teóricas como empíricas. Por


ejemplo, la completitud nos dice que un agente es capaz de comparar por pares todas
las opciones. Esto pareciera imposible, cuando el conjunto es lo suficientemente
grande aunque no sea infinito. La transitividad también puede someterse fácilmente a
objeciones. Uno relevante es el de la idea de bomba de dinero. Este argumento
mostraría que las preferencias no transitivas o intransitivas parecen irracionales. Otra
situación es la independencia de las preferencias del contexto. La teoría descarta la
dependencia del contexto pues exige que un agente pueda ordenar todo el rango de
opciones factibles para todas las situaciones de elección simultáneamente. Lo cual
parece extremadamente irreal. Por último, el principio de maximización, sin el cual no
se podría predecir la elección de un agente, es uno de los más objetados a nivel
empírico en economía y en los restantes ámbitos no económicos.

La maximización vincula al mundo de la intencionalidad o la razón con el de la acción.

La teoría de la racionalidad económica es consecuencialista, es decir que los


resultados de una acción compensan cualquier otra consideración en la deliberación
moral. Así una acción es moralmente correcta si conlleva buenas consecuencias.

El consecuencialismo difiere de la ética de la virtud porque esta última se centra en la


importancia en las motivaciones del agente, por lo que hay que diferenciar entre la
intención y la acción. Kant , pone énfasis en la intención o razonamiento y los
consecuencialistas en la acción o resolución (consecuencias de la acción). Según Kant,
la buena moral debe seguir la búsqueda de verdades o comportamientos universales,
sin importar las consecuencias. Así hacer lo correcto en términos de Kant, es decir,
tener una buena intención y no mirar las consecuencias permite catalogar a la persona.
La razón es una facultad psicológica, en cambio la racionalidad es una estrategia para
la optimización. Para Aristóteles el hombre es un ser racional que puede o no
comportarse racionalmente. La racionalidad teórica es la estrategia para maximizar el
alcance y la veracidad de nuestras ideas sobre la realidad.

La racionalidad práctica es la estrategia para vivir lo mejor posible, alcanzando


nuestras metas y satisfaciendo nuestras preferencias en la mayor medida posible. El
componente formal de la racionalidad práctica se reduce en lo esencial a la teoría
bayesiana de la decisión; el componente material está enraizado en la naturaleza
humana, y así, en último término, en nuestro genoma. La racionalidad práctica requiere
la ordenación de los fines y de los medios en función del conocimiento relevante previo.
Por eso, la racionalidad práctica presupone la teórica, pero no a la inversa. En
cualquier caso, toda evidencia racional debe considerarse como provisional y revisable.

LA ÉTICA DE ARISTÓTELES.

La ética se ocupa de las cosas que “son generalmente así”, y no como las matemáticas
de cosas que son necesariamente. Por lo tanto no se basa en principios conocidos
como verdaderos sino en opiniones.

Todas las decisiones que adoptamos lo son en función de algún fin, de algún bien que
deseamos, que perseguimos. Toda acción humana está orientada a la consecución de
algún bien. El bien debe ser algo final, y no un medio para alcanzar otra cosa.
Lo bueno y lo malo de la conducta humana están en función del bien que se persigue.
EL bien supremo es la eudaimonía, que se traduce como felicidad, pero en realidad es
una especie de actividad. La expresión “bienestar” es mas vaga pero la expresa mejor.
Para entender a eudaimonía, hay que entender que hay cuatro géneros de vida. El
mayor numero tiende al placer, pero es la vida de los esclavos y las bestias, los
mejores apuntan al honor, que es objeto de la vida política. Algunos persiguen la
riqueza, pero este es un medio y no un fin. La vida contemplativa es el fin más elevado
de la vida.

De todos modos, es cierto que la ausencia completa de riquezas y placeres es


incompatible con la felicidad, que no consiste en estos bienes, pero los supone.

Las virtudes morales

La virtud o areté moral junto a la razón, permite hacer un plan para poder elegir el
medio por el que se obtendrá el fin buscado. Es en parte racional y en parte irracional.
Es la fuente de donde fluye la buena actividad, el placer y la prosperidad. Las virtudes
deben de ser desarrolladas por la práctica. La voluntad del hombre sano, entero y
honrado está naturalmente orientada hacia su bien y sólo cabe deliberar y decidir sobre
los medios para alcanzarlo. No tiene sentido deliberar ni tomar decisiones sobre
asuntos que escapan a nuestro alcance, sobre cosas que no está en nuestra mano
hacer u omitir. Pero cada día deliberamos sobre si hacer esto o hacer lo otro y
decidimos lo que mejor nos parece. Precisamente, la decisión es un deseo deliberado
de cosas a nuestro alcance. Estas decisiones pueden ser acertadas o equivocadas,
buenas o malas, según que estén o no de acuerdo con el criterio correcto, y en ese
hábito consiste la virtud moral. Una vez adquirido, decidimos bien, sin esfuerzo y con
toda naturalidad.

Decidir es difícil. Fácilmente puede uno pasarse o quedarse corto, y es difícil dar con el
término medio exacto en que consiste la decisión correcta, la decisión óptima. La virtud
moral es adecuada cuando al disponernos a elegir el medio para el placer, lo hacemos
esencialmente en un término medio, relativo a nosotros mismos. A las obras bien
hechas no se les puede quitar ni añadir nada, porque tanto el exceso como el defecto
destruyen la perfección, mientras que el término medio la conserva. Se puede errar de
muchas maneras, pero acertar sólo de una.

La virtud o areté moral consiste en un hábito de decidir bien y conforme a la regla de


apuntar al término medio óptimo entre dos extremos. No es una regla aritmética entre
dos cantidades, que sería una regla precisa. En ética no hay reglas precisas, sino que
mucho depende de cada uno y de sus circunstancias. Hay que buscar el medio que
conviene a cada uno. El coraje, la temperancia, la magnaminidad, son algunas de esas
virtudes.

El hábito, se forma por la repetición de actos. Repitiendo muchas veces actos


virtuosos, tomando una y otra vez la decisión correcta -por reflexión propia o siguiendo
el consejo del hombre prudente y experimentado- vamos adquiriendo el
correspondiente hábito de decidir bien, en qué consiste la virtud, que así se incorpora a
nosotros como una segunda naturaleza, que nos permite decidir bien en lo sucesivo
con naturalidad y sin esfuerzo, casi sin darnos cuenta.

La acción voluntaria y la elección:

La elección es una forma de deseo, que tiene por objeto un fin.


A diferencia de la teoría de la racionalidad, la elección al final es una elección de
medios, para alcanzar algún fin.
B es el medio para llegar a A
C es el medio para llegar a B
C es algo que puedo hacer aquí y ahora
Elijo y actúo C.

El deseo esta guiado por la razón, y la razón estimulada por el deseo. La virtud moral,
es una disposición para elegir, y la elección es un deseo deliberado, e implica el deseo
de un fin.
El objeto de la razón con respecto del deseo es la de tratar de satisfacer al deseo
correcto.

La virtud es el medio para alcanzar la verdad y el fin de la virtud intelectual es la


verdad. La sabiduría práctica es acerca de la manera de cómo deberán hacerse “las
cosas buenas para nosotros”. La sabiduría práctica concierne a las acciones
particulares. La virtud nos hace elegir el justo fin, pero la sabiduría práctica nos hace
elegir a los justos medios. La felicidad debe ser una actividad de acuerdo a la virtud. La
sabiduría teórica (científica) y la sabiduría practican, logran a través de su ejercicio, que
se constituya la felicidad.

Virtudes Intelectuales

En el alma humana hay una parte apetitiva o volitiva y otra parte pensante o cognitiva -
la dianoia o razón a través de premisas-. Las virtudes éticas o morales, las virtudes del
ethos, son hábitos de decidir lo mejor conforme a la regla en cada caso. Pero el
conocimiento de lo mejor es ajeno al ethos y procede de la dianoia, de la razón.
Nuestra razón, a su vez, funciona correctamente, ejecuta bien su función, cuando
posee la areté del pensamiento, que a su vez puede articularse en una serie de
virtudes dianoéticas o saberes.

Desde el punto de vista ético, las virtudes dianoéticas más importantes son las
prácticas. A la virtud o areté práctica por excelencia la llama Aristóteles phrónesis,
prudencia o racionalidad moral. La virtud moral consiste en actuar conforme a regla
adecuada. La phrónesis o racionalidad práctica es la encargada de establecer la
adecuación de las reglas, de determinar cuál es el curso de acción a seguir, cuáles son
los medios adecuados para obtener nuestro fin, cuál es el término medio óptimo, que
no peque por exceso ni por defecto. El hábito de hacerlo bien, de dar en el clavo con
facilidad, de encontrar el término medio óptimo en cada caso, es la prudencia.

La razón práctica ha de indicar al éthos lo que ha de hacer, la razón práctica es


normativa. Y nuestro éthos, nuestro carácter, nuestros deseos, han de dejarse
controlar y dirigir por la razón práctica. Precisamente la prudencia o virtud dianoética
propia de la razón práctica marca el rumbo de las virtudes éticas. Y si nosotros mismos
carecemos de prudencia, pero queremos adquirir las virtudes éticas, hemos de seguir
las directrices de otro hombre que sí posea la prudencia, de un hombre prudente.

La prudencia no es una ciencia. La ciencia trata de lo universal, mientras que la


prudencia siempre lo es de lo particular. La prudencia es el resultado de larga
experiencia de lo particular. Las virtudes dianoéticas más elevadas son las científicas o
contemplativas, pues a ellas corresponde la más alta actividad del hombre.