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Teresa o el recuento de los daños

Luis Aceituno

I
Conocí ‘Réquiem por Teresa’ de Dante Liano, cuando la novela aún se llamaba ‘Una tarde
con Elvis Presley’. De esto hace más o menos 15 años y desde ese entonces se convirtió en
uno de mis mayores entusiasmos literarios en cuanto a las letras nacionales se refiere. En
las muchas pláticas que sostuve con su autor durante todo ese tiempo siempre terminaba
preguntándole: “¿Qué va a pasar con Elvis Presley?”, aún si comprendía sus razones
personales para no publicarla. Pero yo también tenía las mías para insistirle: en realidad no
quería que una de las obras más importantes, a mi parecer, de la literatura guatemalteca del
nuevo milenio se perdiera o simplemente se le pasara su momento. Por eso recibí con
verdadero gusto, la noticia que Philippe Huzinker me dio hará un mes y medio en Costa
Rica -durante la celebración del festival Centroamérica Cuenta- de que el libro iba a ser
publicado y que, además, inauguraría la nueva colección popular del Fondo de Cultura
Económica de México, una editorial que ha sido clave en mi vida de lector, como han sido
clave varios de los libros de Dante.
Mi relación con Dante Liano comenzó hace unos 45 años. Conocí su literatura de una
forma bastante curiosa, en un periodiquito hippie que yo leía buscando información musical
cuando estudiaba la secundaria. Se llamaba ‘El Sol’ y en realidad traía muy poco de las
cosas que a mí me interesaban en aquel entónces, el rock and roll, por ejemplo. Más bien
era asunto de un grupo de ‘jesus freaks’ que escribían textos medio esotéricos, medio
mariguanos, medio retorcidos y que cada dos o tres párrafos repetían frases medio
proberviales como “la paz sea contigo, hermanito”. En medio de toda esa avalancha de
alucinaciones sicotrópicas y de amor universal, aparecía en una esquinita una columna que
funcionaba como un contrapunto saludable y que, desde la primera lectura, me regresó de
un sopapo a la realidad. Se titulaba ‘El infierno de Dante’ y la firmaba un tal Liano. Eran
crónicas desenfadadas y divertidísimas, escritas desde el habla cotidiana, que narraban
asuntos como el olor de los huevos fritos que apurabas en el desayuno antes de partir a las
clases o la tragedia en que se convertía tu vida después de perder exámenes por holgazán y
por idiota. Eso era lo que yo andaba buscando, lo más parecido al rock and roll que me
encontré en Guatemala en aquella época. Dante no lo sabe, pero luego de esas lecturas
iniciales y casi iniciáticas, fue la primera vez que se me apareció la literatura como un
destino posible. Lo que me repetía leyendo cada oración suya era: “¡Puta, yo quiero escribir
como ese cuate!”.
Y bueno, yo siempre he querido escribir como Dante Liano cada vez que leo un cuento, un
relato, un ensayo o una novela suya. Pero ya me di por vencido, porque desde aquella época
él siempre me sorprende caminando muy por delante. Además, yo no quisiera alcanzarlo
porque desde que lo conocí personalmente, y eso fue allá por 1978, el ha estado ahí como
una especie de hermano mayor y la verdad no me gustaría quedarme sin nadie que me
marcara la ruta.

II
La obra narrativa de Dante Liano es una de las más consistentes e importantes de la
literatura nacional de los últimos 50 años. No solo por su magnífico trabajo de estilo y su
afán rupturista, sino porque ha logrado encontrar una voz que relata como ninguna otra las
contradicciones internas del guatemalteco común en la edad contemporánea.
Contradicciones que se vuelven universales, porque todos los seres humanos que habitamos
este planeta nos preguntamos tarde o temprano las mismas cosas y el relato de nuestras
vidas, de nuestras glorias y miserias personales, tiene siempre algo de desmesurado y
ridículo. Y esa especie de tragicomedia en la que se desarrolla nuestra existencia en toda su
simpleza, es lo que ha sabido narrar Dante desde una mirada en la que se mezcla de manera
casi perfecta la ironía y la compasión.
Desde esas crónicas iniciales de las que hablé al principio, desarrapadas, irreverentes,
desopilantes, algunas de las cuales alimentaron su primer libro ‘Jornadas y otros cuentos’,
aparecido en 1978, hasta ‘Réquiem por Teresa’, aparecida 40 años después, Dante ha
construido un corpus narrativo de una solidez sorprendente. Su obra ha ido ganando fuerza
y complejidad en su estructura, sin abandonar esa fluidez y esa frescura de estilo que nos la
vuelve cercana, casi íntima. Todo libro suyo es un diálogo con el lector, similar a esas
charlas entre desconocidos que se dan en las cantinas, en las salas de espera de los
hospitales, en los transportes urbanos, en donde, por alguna extraña razón, se escupe la vida
misma.
La suya es una obra, sobre todo, marcada por la guerra, por el silencio de la represión, por
los destrozos de la dictadura militar, por el fascismo cotidiano, por el derrumbe de la
estructura social, por todo aquello que nos ha podrido la existencia en lo más íntimo desde
tiempos inmemoriales. Pero a Dante no le interesan los grandes relatos de los guerreros y
de los poderosos, sino las pequeñas historias de las víctimas, de esos hombres y mujeres
que con todas sus pérdidas, sus incoherencias, sus limitaciones, sus disparates atraviesan la
tormenta y sobreviven día a día al cataclismo. Dante es el testigo de lo que ha dado en
llamarse “daños colaterales” y es el recuento de esos destrozos los que nos ha narrado en
libros de cuentos como ‘La vida insensata’ o en novelas como ‘El hombre de Monserrat’,
‘El misterio de San Andrés’, ‘El hijo de casa’ o ‘El abogado y la señora’.

III
Lo que envuelve la historia o las historias contenidas en ‘Réquiem por Teresa’, la novela
que hoy nos convoca, es el fracaso. El fracaso personal, el fracaso familiar, el fracaso
social, el fracaso de una Guatemala que se autodestruye en el alcohol, en la violencia, en la
sicosis, en la enfermedad, ante la incapacidad de asumir su pasado, manejar su presente y
enfrentar el futuro. Dos personajes atraviesan esta novela, narrada entre la bruma que van
produciendo la cerveza y los licores ordinarios en un cevichería frecuentada por nostálgicos
del rock de los años sesenta: Teresa, una ama de casa abusada y depresiva, esposa de un
militar y víctima de un posible suicidio cuyas razones permanecen oscuras y un imitador de
Elvis Presley, decrépito y esperpéntico, que intenta complacer a un auditorio borracho con
canciones ya desprovistas de su antigua fuerza y encanto. Nada une a estos dos seres
hundidos en la adversidad, salvo el derrumbe y el infortunio.
Mientras escuchan versiones desafortunadas de ‘Love me tender’ o ‘Suspicious minds’, dos
hermanos que han llegado a relajarse y a tomar unos tragos, comienzan a revivir la tragedia
familiar marcada por el suicidio de Teresa, la hermana callada, modosita y preciosa, que en
un arranque de absoluta insensatez termina casada con el matoncito de la cuadra. Todo se
va confundiendo en la memoria, todo se va desenredado como en un viejo melodrama
cinematográfico grotesco y en blanco y negro: la historia nacional de la segunda mitad del
siglo XX, la dictadura militar, la desdicha familiar, la pobreza vivida desde una dignidad
que se cae a pedazos, los años escolares, la banda sonora de una época que nos
empecinamos en considerar maravillosa, el descalabro de la clase media, la violencia
doméstica, la situación de la mujer, las ilusiones perdidas, la criminalidad del machismo, la
cobardía ante la fuerza bruta, la culpa, la locura, la fatalidad de la muerte…
Dante Liano narra todo esto desde la ironía, el asco, la tristeza. El sentido del humor lo
salva del abismo. La compasión ante unos seres que se desintegran le impide caer en el
miserabilismo más burdo. La agilidad y la sonoridad del relato nos van integrando a la
historia hasta que la sentimos como algo propio. No solo es una novela importante, sino
una novela necesaria para comprender desde las entrañas la Guatemala contemporánea, este
país en donde todo se pudre y se corrompe: las ilusiones, la democracia, las instituciones,
los matrimonios, las buenas costumbres, aquellas canciones que nos hicieron creer alguna
vez que podíamos ser felices.