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Amor eterno

Podrá nublarse el sol eternamente;


Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡todo sucederá! Podrá la muerte
Cubrirme con su fúnebre crespón;
Pero jamás en mí podrá apagarse
La llama de tu amor.

Rima LXIV
Como guarda el avaro su tesoro,
guardaba mi dolor;
quería probar que hay algo eterno
a la que eterno me juró su amor.

Mas hoy le llamo en vano y oigo, al tiempo


que le acabó, decir:
¡Ah, barro miserable, eternamente
no podrás ni aun sufrir!

Rima L
Lo que el salvaje que con torpe mano
hace de un tronco a su capricho un dios,
y luego ante su obra se arrodilla,
eso hicimos tú y yo.

Dimos formas reales a un fantasma,


de la mente ridícula invención,
y hecho el ídolo ya, sacrificamos
en su altar nuestro amor.

Rima XIX
Cuando sobre el pecho inclinas
la melancólica frente,
una azucena tronchada
me pareces.
Porque al darte la pureza
de que es símbolo celeste,
como a ella te hizo Dios
de oro y nieve.

Biografía de Gustavo Adolfo Bécquer


Nació en Sevilla, el 17 de febrero de 1836. Era hijo de Joaquina Bastida de Vargas y del
pintor José Domínguez Bécquer. Fue bautizado en la parroquia de San Lorenzo Mártir, con
el nombre de Gustavo Adolfo, siendo su apellido original Domínguez Bastida. Tenía un
hermano mayor, Valeriano, ambos huérfanos a muy temprana edad. Fueron adoptados por
su tío, Juan de Vargas.

A los diez años, Gustavo Adolfo comenzó la carrera de náutica, en


el colegio de San Telmo, en Sevilla. Sin embargo, su vocación se
frustró, cuando el colegio cerró sus puertas. Fue a vivir, entonces,
con su madrina, Manuela Monahay, y bajo su cuidado estudió
pintura y latín.

En 1854, marchó a Madrid junto a su hermano. Allí colaboró en


varias publicaciones periodísticas, fundando con unos amigos, la
revista "España Artística". Sin embargo su estadía no fue grata. Los
graves problemas económicos y de salud (se le declaró hemoptisis),
comenzaban a debilitarlo. En el Monasterio de Veruela, encontró un lugar para
restablecerse, y desde allí envió sus escritos, entre ellos "Cartas desde mi celda", a diversas
revistas.

De regreso a Madrid, comenzó a trabajar en la Oficina de Bienes Nacionales, pero por poco
tiempo.
Data de esa época, el amor profundo y fugaz con Julia Espín, hija de un profesor del
Conservatorio y organista del palacio real. Se dice que muchas de sus rimas la tienen como
inspiradora, y le legó su nombre (Julia) a su sobrina, hija de Valeriano.

Fue con Casta, hija de su médico, Francisco Esteban, con quien Bécquer se casó en 1861, y
con quien tuvo sus tres hijos. Sin embargo, el último de ellos fue fuente de conflictos
matrimoniales, ya que Gustavo lo atribuía al fruto de un amor prohibido de su esposa.

Fue redactor del diario "El Contemporáneo", Censor de Novelas, pero nunca participó en la
vida pública o política. La fama no lo acompañó durante su vida. Tenía pocos amigos. Era
serio, bondadoso, poco expresivo, le gustaba la música y admiraba a Chopen.

Su obra es muy reducida, sencilla, cálida, sentimental y depurada. La componen sus


célebres "Rimas", conjunto de 94 poemas breves, 25 leyendas y sus nueve cartas literarias
con el título "Desde mi Celda".
Si bien su fama se debió a sus versos, también sus prosas fueron magníficas. En las
leyendas, cautiva al lector mostrándole un mundo fantástico, que lo atrapa hasta el final. No
trató de dejar enseñanzas morales, ni se ató a la lógica, sino que dejó fluir su imaginación y
sus sentimientos, típico de los autores románticos. Algunas pertenecen al género gótico o
de terror, otras, son verdaderas poesías, escritas en prosa, y otras son narraciones de
aventuras. En ellas se destacó su admiración por la naturaleza y los paisajes castellanos.

Inauguró, junto a Rosalía de Castro, la línea moderna española, y fue así reconocido por
autores prestigiosos como Miguel de Unamuno, los hermanos Antonio y Manuel Machado,
Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Federico García Lorca, entre otros.

Se destacan entre sus obras: "El libro de los gorriones", "Historia de los templos de España"
(1857), "Cartas literarias a una mujer" (1860-1861), "Cartas desde mi celda" (1864), "Obras
completas" (1871).
Entre sus leyendas: "El caudillo de las manos rojas" (1858), "La cruz del diablo" (1860, "La
ajorca de oro" (1861), "El beso" (1863), "La rosa de pasión" (1864), entre otras.

Sus afamadas rimas fueron escritas en 1867, pero perdió el


manuscrito durante la Revolución de 1868. Lo reconstruyó
casi de memoria, y con la ayuda de algunas que habían sido
publicadas en los periódicos de la época. Le dio el título de
"El libro de los gorriones" y es conservada en la Biblioteca
Nacional de Madrid. En ellas se entrecruzan en versos
asonantes, los recuerdos, el amor, el desengaño, la
desesperanza y la muerte.

Su vida se apagó en Toledo, aquejado por una enfermedad


que lo acompañaba desde 1858, el 22 de diciembre de 1870,
en plena juventud (34 años), meses después de la física
desaparición de su hermano, que había fallecido en
septiembre.

Entre sus últimos deseos, solicitó a su amigo, el poeta


Ferrán, que quemase sus cartas personales, para impedir su
deshonra, y que publicasen sus versos. Opinó que "muerto
seré más reconocido que vivo", y su premonición se cumplió.

Los restos de ambos hermanos yacen en Sevilla, donde fueron trasladados en 1913.

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