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Jesús es el hijo de Dios

La muerte y resurrección de Jesucristo siempre ha sido el punto fundamental del cristianismo,


la clave de la salvación y el núcleo del evangelio. La cruz representa la cúspide de la historia
redentora, la ratificación del nuevo pacto, la expiación final del pecado, la personificación de la
misericordia divina, el objeto necesario de la fe salvadora, y la única esperanza de vida eterna.
Es allí donde la justicia perfecta de Dios se encuentra con su gracia inmerecida y con su
sabiduría infinita.

La cruz es el tema central de la sección final del Evangelio de Marcos (capítulos 14—16).
Desde el discurso en el Monte de los Olivos (13:5-37), en el cual Jesús predijo la gloria de su
segunda venida, la narración pasa a centrarse en la sagrada culminación de su primera venida.
El personaje central en el desarrollo del drama de la cruz es indiscutiblemente el Señor
Jesucristo. Pero a medida que el relato se desarrolla (en 14:1-16), Marcos presenta un
completo elenco de personajes adicionales, cada uno de los cuales jugó un papel vital en ese
acontecimiento culminante. Incluye a Dios el Padre, los enemigos acérrimos de Jesús, sus
amorosos amigos, su falso discípulo traidor, y sus fieles seguidores.

El Padre
Dos días después era la pascua, y la fiesta de los panes sin levadura; (14:1a)

Aunque no se nombra directamente en este pasaje, Dios el Padre estuvo claramente en acción
como el director divino tras bastidores, organizando soberanamente todo lo que le ocurría al
Hijo de acuerdo con su predeterminado plan de redención. La participación providencial del
Padre está implícita en la declaración de apertura, en que Marcos explica que dos días
después era la pascua, y la fiesta de los panes sin levadura. Lejos de ser circunstancial, dicho
marcador cronológico demuestra que el programa divino se estaba ejecutando exactamente
según lo planificado. En esa Pascua específica, en el mismo año que el profeta Daniel había
anunciado (Dn. 9:25-26), en el mismo día y a la misma hora en que estaban matando los
corderos de Pascua en el templo, el Padre había dispuesto que el inmaculado Cordero de Dios
fuera inmolado.

La pascua se celebraba cada año en el día catorce del mes judío de Nisán (a finales de marzo
o principios de abril). Conmemoraba la noche en Egipto en que el ángel de la muerte pasó por
sobre las casas de los israelitas que habían matado un cordero y rociado su sangre sobre los
umbrales y los dinteles (Éx. 12:22-23). La fiesta de los panes sin levadura comenzaba al día
siguiente y duraba toda una semana (desde el quince hasta el veintiuno de Nisán).
Conmemoraba la salida de los israelitas de Egipto, y se le dio el nombre por el pan plano que
el pueblo hebreo llevó consigo durante su precipitado escape (Dt. 16:3). Debido a que las dos
celebraciones estaban tan estrechamente entrelazadas, con el tiempo la Pascua y la fiesta de
los panes sin levadura llegaron a ser términos intercambiables (cp. Mt. 26:17; Lc. 22:1). Juntas
conforman una de las tres fiestas principales de Israel, a más de Pentecostés (conocido en el
Antiguo Testamento como la fiesta de las semanas; cp. Éx. 34:22; Hch. 2:1) y la fiesta de los
tabernáculos o de las tiendas (Lv. 23:33-43; Dt. 16:16; 2 Cr. 8:13).

El hecho de que la Pascua estuviera a solo dos días indica que todavía era miércoles. Jesús
sabía, en armonía con el plan perfecto del Padre, que había llegado el momento de su muerte
(cp. Mt. 26:18, 45; Mr. 14:35; Jn. 12:23; 13:1; 17:1). En el relato paralelo de Mateo, Jesús les
dijo a sus discípulos: “Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del
Hombre será entregado para ser crucificado” (26:2). El Señor había hablado de su muerte en
varias ocasiones anteriores (Mr. 8:31; 9:31; 10:33; 12:7; cp. Mt. 27:63), demostrando que
durante todo su ministerio estuvo actuando de acuerdo con una programación ordenada y
controlada de manera sobrenatural, a fin de cumplir el propósito definitivo de su venida: “Dar
su vida en rescate por muchos” (Mr. 10:45).

Durante los anteriores tres años y medio del ministerio de Jesús, sus adversarios habían
tratado varias veces de quitarle la vida (Mr. 3:6; Lc. 4:28-30; 19:47-48; Jn. 5:18; 7:1, 25, 32,
45-46; 10:31). Aun siendo un bebé, ya el rey Herodes trató de asesinarlo en una matanza de
bebés varones (cp. Mt. 2:13-21). Pero esos intentos no tuvieron éxito porque no se ajustaban
al diseño del Padre. Debido a que Jesús actuaba en total sumisión a su Padre (cp. Jn. 4:34;
5:30; 6:38; Fil. 2:8), no entregaría su vida hasta que hubiera llegado el momento apropiado (cp.
Jn. 7:6, 8, 30). Así lo explicó en Juan 10:17-18: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie
me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para
volverla a tomar”. Más tarde, cuando Pilato afirmó que tenía autoridad para matar a Jesús, el
Señor le informó al gobernante pagano: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese
dada de arriba” (Jn. 19:10-11).

El plan redentor del Padre era que el Hijo muriera en un tiempo preciso en una fecha
específica. Por eso Jesús pudo decir a sus discípulos la noche antes de su muerte: “El Hijo del
Hombre va, según lo que está determinado” (Lc. 22:22). Casi dos meses después Pedro repitió
esas palabras en el Día de Pentecostés, diciéndole a la multitud que Jesús fue “entregado por
el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch. 2:23; cp. 1 P. 1:19-20). El
Señor Jesús fue al Calvario como el perfecto cordero pascual (cp. 1 Co. 5:7), de acuerdo con
el calendario predeterminado por su Padre (cp. 1 P. 1:19-20), exactamente como los profetas
del Antiguo Testamento predijeron que sucedería (Hch. 3:18; cp. 8:32-35). Su muerte no fue un
accidente imprevisto, según afirman algunos escépticos (véase el capítulo 47 de esta obra). Al
contrario, como ya se indicó, logró el mismo propósito para el cual Él había sido enviado (cp.
Jn. 3:14-16).

Desde un punto de vista humano, la crucifixión de Cristo representa un fallo sin precedentes
de la justicia porque Él era perfectamente inocente en todos los aspectos. El Señor Jesús fue
falsamente acusado y erróneamente condenado en un grado infinitamente mayor que
cualquier otra persona en toda la historia. No obstante, la justicia de Dios estaba en acción en
ese acto atroz de injusticia humana. El suceso más perverso jamás perpetrado por hombres
pecadores fue al mismo tiempo un acto de amor infinito realizado por un Dios santo. El Padre
castigó al Hijo por pecados que no cometió (cp. Is. 53:10-12), para que los pecadores
pudieran ser revestidos de una justicia que nunca podrían ganar (cp. 2 Co. 5:21). Al igual que
una dote pagada por una novia, la cruz fue el medio por el cual el Señor Jesús compró
pecadores “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Ap. 5:9), a fin de que pudiera “purificar
para sí un pueblo propio” (Tit. 2:14). Todo esto se llevó a cabo en armonía con el plan perfecto
y eterno de redención del Padre.

Los enemigos
y buscaban los principales sacerdotes y los escribas cómo prenderle por engaño y matarle. Y
decían: No durante la fiesta para que no se haga alboroto del pueblo. (14:1b-2)

En el plano divino, Dios el Padre estuvo obrando de manera soberana para llevar a cabo sus
propósitos redentores por medio de la muerte de su Hijo. Pero esa realidad no exonera las
acciones malvadas de aquellos que, en el plano humano, organizaron la crucifixión de Jesús.
Motivados por orgullo, envidia e incredulidad obstinada, los dirigentes religiosos judíos
totalmente culpables habían rechazado de modo voluntario a su Mesías y trataban
activamente de destruirlo (cp. Jn. 1:11).

El miércoles de la semana de pasión de Jesús, al parecer a la misma hora en que les hablaba a
sus discípulos acerca de las glorias de su segunda venida, los dirigentes religiosos judíos se
juntaron para conspirar el asesinato de Cristo.

Según el texto paralelo en Mateo 26:3, esta reunión de los principales sacerdotes y los
escribas se llevó a cabo en el patio de la casa del sumo sacerdote Caifás. En representación
de los estamentos más antiguos de la élite religiosa de Israel, los principales sacerdotes y los
escribas varias ocasiones se mencionan juntos en los evangelios (cp. 14:43; 15:1; Mt. 27:41;
Lc. 9:22; 22:66). Los principales sacerdotes eran principalmente saduceos. Entre ellos se
incluía el sumo sacerdote, el jefe de los alguaciles del templo (que asistía al sumo sacerdote), y
otros sacerdotes de alto rango. Los escribas, en su mayoría fariseos, eran expertos tanto en la
ley del Antiguo Testamento como en la tradición rabínica. Junto con los fariseos y saduceos
conformaban el liderazgo apóstata de Israel, y el Señor Jesús advirtió a sus discípulos que
evitaran las costumbres hipócritas de estos dirigentes religiosos (cp. Mt. 16:6).

Su reunión tenía un solo propósito: buscar cómo prender a Jesús por engaño y matarle. Poco
tiempo antes, después de la resurrección de Lázaro, los líderes religiosos habían organizado
una reunión similar. Juan 11:47-52 relata los detalles de ese suceso:

Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué
haremos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y
vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación. Entonces Caifás, uno
de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos
conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca. Esto no lo dijo
por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de
morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los
hijos de Dios que estaban dispersos.

Los líderes de los saduceos y de los fariseos tenían miedo de que la popularidad de Jesús con
el pueblo pudiera hacer estallar una revuelta (cp. Mr. 11:9-10; Jn. 6:15), provocando una
respuesta militar de Roma y haciéndoles perder sus posiciones privilegiadas de autoridad. (El
sanedrín, el concilio gobernante judío, estaba compuesto por saduceos y fariseos, y actuaba
bajo la jurisdicción y tolerancia del gobierno romano). Al ser quienes controlaban las
operaciones del templo, los principales sacerdotes y en especial los saduceos odiaban a
Jesús porque Él había limpiado dos veces el templo, interrumpiéndoles gravemente sus
lucrativas operaciones de grandes ingresos (Mr. 11:15-18; cp. Jn. 2:13-16). Los escribas y
fariseos, por otra parte, detestaban a Jesús porque les denunció abiertamente su elaborado
sistema de legalismo, hipocresía y tradición antibíblica (Mr. 3:4; 7:1-13; cp. Mt. 23:1-36).
Aunque los saduceos y los fariseos representaban sectas rivales con importantes diferencias,
su oposición al Señor Jesús los unió.

En sus intrigas contra Jesús trataron de arrestarlo en secreto para no contrariar a las
multitudes entre las que Él todavía era muy popular (cp. Mr. 11:8-10). Al parecer, el plan que
maquinaron fue apoderarse de Jesús en secreto y luego esperar para asesinarlo a que la fiesta
hubiera terminado y los centenares de miles de peregrinos judíos que estaban de visita en
Jerusalén para celebrar la Pascua hubieran regresado a casa. Por eso decían: No durante la
fiesta para que no se haga alboroto del pueblo.

Desde la perspectiva de los líderes religiosos, la Pascua era el peor momento para matar a
Jesús. Con gran impaciencia querían esperar hasta después que las festividades hubieran
terminado. Pero sus planes malignos no podían posponer lo que Dios el Padre había
designado de modo providencial. Durante los tres años y medio anteriores hubo muchas
ocasiones en que en un arrebato de violencia quisieron asesinar al Señor, pero resultaron
frustradas. En este momento sus fríos cálculos los llevaron a posponer la muerte. Una vez más
esto no sucedió porque no eran ellos quienes tenían el control. Cuando al final lograron su
objetivo de crucificar a Jesús, lo hicieron en el momento exacto que precisamente querían
evitar. Es evidente que sus planes fueron reemplazados por las providencias soberanas de
Dios (cp. Pr. 19:21).

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