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antropología social

DIRECTORES DE COLECCIÓN
Mirtha Lischetti
M. Rosa Neufeld
H. Hugo Trinchero

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Civilización y Barbarie
en las fronteras de la Nación
El Chaco central

Héctor Hugo Trinchero

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Eudeba
Universidad de Buenos Aires

1ª edición: abril de 2000

© 2000
Editorial Universitaria de Buenos Aires
Sociedad de Economía Mixta
Av. Rivadavia 1571/73-(1033)
Tel.: 4383-8025 Fax: 4383-2202
www.eudeba.com.ar

Diseño de tapa: Juan Cruz Gonella


Diagramación: Félix C. Lucas
Corrección y composición general: Eudeba

ISBN 950-23-1066-7
Impreso en la Argentina
Hecho el depósito que establece la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su almacenamiento en un sistema


informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, electrónico, mecánico,
fotocopias u otros métodos, sin el permiso previo del editor.

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Indice

Presentación ........................................................................................ 9
Prólogo ............................................................................................. 11

Primera Parte

Capítulo I: Introducción
Etnografía, reflexividades, conceptualizaciones ...................................... 19

Etnografía y reflexividades ........................................................................ 19


Conceptualizaciones ................................................................................. 28
Relaciones interétnicas y etnicidad .......................................................... 30
Fronteras. Formación social de fronteras ................................................... 36
Antropología económica y procesos de valorización ................................. 41
Las formas de subsunción del trabajo y las economías domésticas
por el capital en la formación social de fronteras ................................ 52
Demandas territoriales: entre el estigma y la etnicidad ........................... 59
Orientaciones metodológicas y etnográficas ............................................. 60

Capítulo 2: El Chaco central


Descripciones y representaciones de una formación social de fronteras ......... 67

El Chaco central en el Gran Chaco (una descripción introductoria) ......... 67


El Chaco imaginado (narrativas de frontera) ............................................ 77
Las narrativas misionales ........................................................................... 79
El mito de origen y el origen del mito (la aparición del demonio) ......... 81
Viajeros y escribas de campaña (la reproducción del demonio) ............... 87
La imagen del bien limitado (el demonio en el cuerpo) .......................... 98

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Capítulo 3: De la Colonia a la Nación
La militarización del desierto (el demonio armado) ............................. 105

Relaciones coloniales en el espacio chaqueño.


(algunas consideraciones preliminares) .................................................. 105
Corrientes colonizadoras y política colonial (entre la guerra
de conquista y la “pacificación” de la frontera) ................................. 108
Instituciones de frontera ......................................................................... 112
Frontera de fortines, la empresa de conquista ........................................ 113
Pactos y acuerdos .................................................................................... 116
Haciendas y reducciones ......................................................................... 118
Fronteras de la independencia ................................................................ 123
Estado y Nación: economía política de la guerra con el indio ............... 129
La construcción del desierto y la memoria de la guerra ......................... 132
El despliegue corporativo del ejército ..................................................... 140
Control territorial y disciplinamiento laboral ........................................ 142

Capítulo 4. Obrajes, ingenios y algodonales


Trabajo y capital en la formación de fronteras ..................................... 149

Obrajes y quebrachales ........................................................................... 149


Los ingenios azucareros ........................................................................... 153
Reproducción del capital, control territorial y “frontera laboral” .......... 157
Disciplinamiento laboral: Reducción y valor ......................................... 161
Reclutamiento y condiciones de trabajo ................................................ 165
Memorias y contranarrativas del ingenio ............................................... 168
I .......................................................................................................... 169
II ........................................................................................................ 170
Contrademonios: “el familiar” ................................................................ 173
Ingenios y algodonales: un nuevo ciclo de expansión.
(Otras formas de coerción del trabajo) .............................................. 178
El demonio en la plantación, Dios en la misión .................................... 180
La mecanización de la zafra: del trabajo vivo al trabajo muerto
(De los ingenios al monte) ..................................................................... 183

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Capítulo 5: La “pampeanización” del umbral al chaco
Del monte al campo de alubias .......................................................... 187

Del monte al campo de alubias108 ....................................................... 187


Expansión de la frontera agraria: relaciones capital / trabajo ................. 192
Dinámica de la acumulación y mercado de trabajo ............................... 194
Tecnologías aplicadas .............................................................................. 202
Expansión del capital y explotación del trabajo “doméstico” ................. 204
Las formas de reclutamiento: del contrato al enganche ......................... 209

Segunda Parte

Capítulo 6: Fronteras de pioneros


La ocupación del Chaco central por el “criollo fronterizo” ...................... 219

Consideraciones iniciales sobre la economía ganadera


extra-pampeana en el norte argentino ............................................... 219
La frontera de fortines y el control territorial (el soporte militar
del “criollo fronterizo”) ...................................................................... 221
La expedición de D. Astrada y la fundación de Colonia Buenaventura ...... 224
Primeros impactos sociales y ambientales .............................................. 226
Trayectorias sociales: de pioneros de frontera
a campesinos pauperizados ................................................................ 232
Tendencias actuales de la economía doméstica criolla (usufructo
del suelo y profundización de los conflictos interétnicos) ................ 235

Capítulo 7: Trayectorias sociales y transformaciones


en las economías domésticas de la población aborigen ...................... 243

La economía doméstica aborigen y la reproducción de la vida .............. 243


Los “dueños” del monte .......................................................................... 246
El usufructo de los ríos y el lugar actual de la pesca .............................. 252
Impactos en las actividades de caza ........................................................ 255
La viabilidad de la agricultura ................................................................ 257
El monte y sus recursos forestales ........................................................... 258
Breve síntesis provisoria en torno a las trayectorias sociales
de los pobladores ............................................................................... 260

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Capítulo 8: Territorios de la etnicidad I
Políticas y demandas territoriales en el Chaco central .......................... 263

Cuestión agraria y políticas territoriales en la frontera ........................... 263


Antecedentes jurídicos y políticos .......................................................... 267
Los territorios fiscales de la provincia de Salta y la ley de “regularización”
del denominado Lote fiscal 55 .......................................................... 270
La unidad económica .............................................................................. 281
Las demandas de los pobladores ............................................................. 283
La iglesia Anglicana y la Asociación de Comunidades Aborígenes ........ 288
Huelga de hambre: la carpa indígena en el Congreso de la Nación ...... 300

Capítulo 9: Territorios de la etnicidad II


Visibilidad y formación de sujetos colectivos ......................................... 303

Dispositivos del consenso: el último acuerdo logrado ............................ 303


Circuitos económicos y renta del suelo .................................................. 308
El Mercosur. Otras fronteras .................................................................. 324
Nuevas respuestas indígenas y reproducción del conflicto .................... 326

Capítulo 10: Economía política del estigma


El demonio anda suelto ..................................................................... 333

La noción de estigma .............................................................................. 333


Estigmas patronales en el control de la fuerza de trabajo ...................... 335
Lo crudo y lo cocido: esa costumbre de comer ...................................... 338
De la guerra por otros medios ................................................................ 343
Los dueños del fuego .............................................................................. 345
Etnografía y estigmas étnicos (o de ciertas formas de la visibilidad
antropológica) .................................................................................... 348
Final de fronteras abiertas ................................................................. 355
Postscriptum ........................................................................................... 365
Bibliografía y documentos citados ................................................... 367

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Presentación

En contraste con la tendencia hegemónica del momento, en el dominio de la producción


en Ciencias Sociales, refugiada en una “neutralidad” posmoderna, el libro que presentamos
se constituye como un producto existencial, política y cognitivamente comprometido.
El fuerte vínculo vital entretejido entre el autor y los sujetos indígenas involucrados,
brutalmente relegados y explotados desde la constitución de la sociedad colonial hasta nues-
tros días, durante el prolongado proceso de construcción del estado-nación, dará forma a este
proyecto novedoso y crítico. La sistemática toma de posturas políticas subyacentes en el texto
permitirá al autor la consolidación de un punto de anclaje en el proceso cotidiano de cons-
trucción histórico-sociocultural de lo real, a partir del cual le resultará posible la elaboración
de criterios clave para la puesta en perspectiva de los procesos que investiga. He aquí la
importancia cognitiva del compromiso intelectual que no necesariamente debe conducir al
soslayamiento del esfuerzo sistemático y de largo aliento, tal como queda expresado en este
importante e ineludible texto. En este sentido, el autor se instala al interior de la tradición
kanteana y marxista del concepto de crítica, y lo hace con penetrante lucidez. Nunca la
neutralidad valorativa es sinónimo de objetividad (al modo de la física-matemática de Newton).
La conciencia crítica procede mediante una puesta de manifiesto de los propios juicios
valorativos subyacentes, confrontándolos con otros. Para ello, discrimina entre lo esencial y lo
accesorio, compara preferencias valorativas, destaca los diversos universos contextuales que
los sostienen, los somete a un razonamiento fundamentado en evidencias, reflexivamente
vuelve sobre sí misma construyendo una visión más abarcativa y, por lo tanto, más crítica de
las propias valoraciones ideológicas.
Es en esta perspectiva histórico-crítica del mismo concepto de crítica que el autor se entronca.

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Despejado así, en lo fundamental, el campo epistemológico que sostiene al libro (en el
que se produce una lograda convergencia interdisciplinaria entre la Antropología, la His-
toria y la Geografía) hemos de indicar que el mismo presenta una consistente redefinición
de la etnografía del Chaco ligada a un modelo de construcción de la nacionalidad, privile-
giando un análisis de las relaciones interétnicas subsumidas por un proceso más global de
reproducción económica y social ligado a la constitución de la sociedad argentina. Esta
nueva etnografía histórica del Chaco (desde el punto de vista metodológico-conceptual y
de lo étnico, como producción social y cultural) se conforma a partir de una categoría
mediadora fundamental que organiza a otras a lo largo de la exposición. Se trata del
concepto de formación social de fronteras, cuya explicitación dejamos al autor.
A lo largo de la obra persiste una reflexión crítica sobre los presupuestos ideológicos a
partir de los cuales se ha construido el Estado argentino. Presupuestos capaces de definir
estratégicamente el espacio político propuesto como una guerra de conquista sobre los terri-
torios indígenas y otros sujetos sociales subalternos. Independientemente de que se pueda o
no compartir esta visión, la misma está articulada de un modo sustentado y plausible.
Para la descripción y explicación de los procesos de etnicidad el autor ha tomado la
decisión de centrarse fuertemente en la organización económica de los grupos domésticos
indígenas y criollos subsumidos por la dinámica de las relaciones de producción capitalistas,
que da forma a la estructura social. Pero los aportes de este libro no se agotan aquí, se
desprenden otras derivaciones de importancia para el campo de la Antropología sociocultural,
en particular, y de las disciplinas sociales, en general, tales como: la centralidad de la Antropo-
logía económica en el análisis de los procesos de trabajo y de formación del capital en la
“formación social de fronteras”; el control territorial y las trayectorias de las economías domés-
ticas criollas e indígenas; la reconstrucción del proceso de ocupación militar del territorio
chaqueño; el proceso de misionalización anglicana; y la reconstrucción de las formas de
adscripción étnica, la cuestión agraria, las reivindicaciones étnico-políticas, los movimientos
sociales indígenas y sus proyecciones en la problemática del Mercosur. Asimismo, es necesario
señalar con especial énfasis, los aportes que desde la Antropología sociocultural se hacen a la
historia etnográfica en lo referente a la deconstrucción/reconstrucción de lo étnico y, tam-
bién, a su estigmatización.
Para concluir, se trata de un libro estimulante, creativo y polémico que la problemática
aborigen argentina necesitaba para movilizarse y aspirar a renovadas metas de conocimiento.

Héctor Vázquez

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Prólogo

Este libro representa la parte sustantiva de mi Tesis Doctoral defendida en la Facultad de


Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en el año 1997, y constituye un intento
de sistematización de investigaciones desarrolladas durante más de diez años en la región del
Chaco central argentino. En un período tan amplio en el que se implementaron distintas
campañas de campo, relevamientos etnográficos, análisis documentales, encuestas, entrevistas,
acciones de solidaridad con los pobladores, etc., los objetivos y los enfoques teórico-metodoló-
gicos, como era de esperar, fueron variando a la luz tanto de los niveles de conocimientos que se
fueron alcanzando en la construcción del objeto de investigación, como así también de los
cambios emergentes en la situación social, económica y política de la propia región.1
El objetivo general del recorrido propuesto es dar cuenta del campo de límites y posibi-
lidades en el que se encuadran las reivindicaciones territoriales de poblaciones aborígenes en
nuestro país, haciendo énfasis en las configuraciones de identidades e identificaciones étnicas
y políticas que se fueron desplegando en el proceso histórico de construcción de lo que vamos
a denominar como “formación social de fronteras”.
El tratamiento del tema adquiere, desde mi punto de vista, especial significación, tenien-
do en cuenta los escasos trabajos antropológicos, historiográficos y geográficos existentes en
la actualidad, a pesar de que el Chaco central, como intentaré mostrar, ha sido un ámbito de
complejas relaciones interétnicas en el que se combinaron utopías geopolíticas y militares,
dispositivos “civilizatorios” frente a la “barbarie” (siempre atribuida a sus pobladores origina-
rios), emprendimientos agroindustriales de corte capitalista, todo ello ensalzado con una

1. Se utiliza la noción de “región” únicamente a modo indicativo en esta primera presentación. Más
adelante discutiremos críticamente el significado de la misma y su reemplazo por el concepto de
formación social de fronteras.

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PRÓLOGO

profusa narrativa estigmatizante que tendió, en distintas etapas históricas (y lo hace aún), a
intentar justificar la necesariedad histórica del control político, e incluso militar, del territorio
y sus habitantes. Con el título elegido, Los dominios del demonio, pretendo indicar precisa-
mente ese carácter estigmatizante y autoritario de las formas de visibilización y dominación
compulsiva de los pueblos aborígenes y, al mismo tiempo, de los recursos regionales, como
parte constitutiva del proceso de inserción capitalista de la argentina “moderna”, iniciado
hacia mediados del siglo pasado.
Sostengo, a lo largo del texto, la importancia de ir definiendo este estudio como un contra-
punto entre las prácticas del trabajo, las expresiones políticas y representaciones simbólicas y los
procesos de relaciones interétnicas entre los actores sociales involucrados, cuyo campo de expresión
son las distintas configuraciones históricas de la formación social de fronteras Chaco central.
Entiendo aquí como proceso histórico contemporáneo no necesariamente a la delimitación
temporal del tratamiento del tema, sino a la recreación y enfatización de aquellas dinámicas
configurativas de la formación social de fronteras que tienen particular influencia a lo largo del
proceso de construcción de la nación y de la estatalidad en nuestro medio hasta nuestros días.
Corresponde entonces aclarar que, si bien comienzo analizando la dinámica histórica que
caracterizaría los vínculos entre los primeros momentos del denominado proceso de formación
del estado-nación, en el que fueron delimitándose fronteras económicas, políticas y culturales,
dicho análisis constituye, principalmente, una referencia histórica contextualizadora respecto a
procesos posteriores –es decir, actuales–, que son objeto específico del trabajo.
Sin embargo, esta referencia resulta significativa puesto que he partido de un criterio
histórico crítico para el desarrollo de este proyecto antropológico. En tal sentido, se
intentará deconstruir la referencialidad ahistórica con la que se indaga, en muchas oca-
siones, a las poblaciones aborígenes en nuestro país y en particular aquellas conocidas
como “típicamente chaquenses”.
Ciertamente, la referencia etnográfica reiterada hacia los pueblos aborígenes actuales
del Chaco central –en términos de determinados atributos esenciales, tanto en sus
prácticas “económicas” (recolectores-cazadores) como en sus “concepciones del mundo”
(horizonte mítico)– ha tendido a soslayar el análisis de las modalidades históricas espe-
cíficas de inserción/exclusión de dichos pueblos, ya sea en las relaciones de producción
dominantes como en los procesos de construcción de la dominación política y en la
producción de identidades sociales.
Es que al identificar a las poblaciones aborígenes con aquellos atributos esenciales –es
decir, en tanto marcadores de diferenciaciones étnicas absolutas–, los estudios etnográficos y
antropológicos sobre esta formación social de fronteras han tendido, en su mayoría (salvo
reconocidas excepciones), no sólo a ignorar la historicidad de las prácticas de estos pueblos y
las resignificaciones de las identidades sociales a que dieron lugar, sino incluso también a
promover una falta de atención antropológica hacia las formas de resistencia y producción de
reivindicaciones sociales políticas y culturales, cuyos sentidos se encuentran directamente
asociados a aquellas experiencias histórico-concretas.

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PRÓLOGO

Es por ello que, al analizar esta formación social de fronteras en el contexto de la forma-
ción de los dispositivos de la estatalidad y la construcción de la nación en Argentina, mi
aproximación intenta con especial preocupación interconectar las fronteras políticas con las
fronteras económicas y culturales, dando lugar a lo que aquí hemos designado como “forma-
ción social de fronteras”. Sin detenerme aún en este concepto, puede decirse que el mismo
permite mostrar la conformación del territorio nacional, o una porción del mismo (general-
mente atribuida a la noción de región), como un ámbito en el cual se expresan intereses por
su control y dominio hegemónico, dando lugar a interrelaciones específicas entre aquellos
distintos niveles de construcción de “fronteras”.
Esta cuestión implica incorporar al análisis algunas formulaciones provenientes del campo de
la geografía política. Es que desde la perspectiva con la que pretende abordarse este estudio
encuentro que existe también una constante y reiterada mirada “fenomenológica” del territorio
delimitado como Chaco central. Dicha mirada implica su calificación en tanto “región marginal”,
descuidándose en muchos casos las distintas construcciones histórico-sociales concretas que han
configurado su fisonomía, en tanto arena de disputa de intereses diversos por su control.
La historiografía parece también haber relegado a una cierta “marginalidad” estas fronte-
ras, sea por la gran dispersión y falta de sistematización documental existente o por motivos
sobre los cuales habría que reflexionar en particular. Lo concreto es que existen, comparativa-
mente a otras regiones, muy pocos estudios historiográficos y análisis históricos de importan-
cia sobre esta formación social de fronteras. Con la salvedad, claro está, de aquellas narrativas
producidas por misioneros, militares, escribas de campaña, viajeros y etnógrafos que, desde
intereses variopintos, han contribuido en distintos momentos al prolífico, pero absurdamen-
te fragmentario y estigmatizante, imaginario del Chaco.
Espacio “geográficamente marginal”, habitado por pueblos “primitivos” desconectados
de la historia: he allí la representación genérica y tradicional que se construye en la actualidad
sobre el Chaco central y que parece permear, incluso, los esfuerzos académicos. Cuestión que
permite aún hoy fomentar discursos y prácticas grandilocuentes de corte geopolítico y eco-
nómico, tales como los referidos a procesos de integración del “mercosur”, paralelos a modelos
de control militar del territorio y de exclusión social de los pobladores, sin que semejante
paradoja parezca llamar la atención a nadie.
Se trata también de un ámbito que ha dado lugar recientemente a un renovado interés
etnográfico. Así, el Chaco central ha sido, durante la última dictadura militar, el referente
privilegiado por la autodenominada “etnología fenomenológica argentina”. Un proyecto que
ha reforzado e incluso inflacionado el imaginario exotizante de los pueblos aborígenes aportan-
do a la construcción cultural de la frontera. Antropología que ha profundizado con sus particu-
laridades el discurso de la extinción lamentada pero ineluctable (esa “dulce” extinción civilizante
proclamada hasta por el mismo J. Ingenieros). No por casualidad el Chaco central ha sido
utilizado como monumento histórico durante la más reciente dictadura militar argentina al
considerárselo el último “bastión de la resistencia del enemigo indio” y, en consonancia con ello,
la vindicación de las campañas militares forjadoras de la patria “civilizada”.

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PRÓLOGO

Estos encuadres referenciales tienden a reproducir antiguas, aunque obstinadas, visibilida-


des estigmatizadas sobre el territorio y los pobladores del Chaco, de manera tal que desde mi
punto de vista deben ser analizadas también como modelos de imaginarios que operan en la
producción del conocimiento, en tanto instrumento de dominación. Tal vez, saturada por
tanto discurso ideológico con pretensiones académicas, la investigación más reciente haya
descuidado esta formación social de fronteras como ámbito de estudios sistemáticos. No me
interesa aquí analizar las causas de este desinterés por parte de la intelectualidad crítica de
nuestro país. Sin embargo, frente a estas referencias que por la negativa tienden a enunciar “aquí
no hay nada interesante que investigar”, y a las apologías rituales e intereses del poder que
tienden a significar “en este lugar inhóspito es donde se han jugado los destinos nacionales”, se
requiere de un proyecto de reflexión y análisis que se proponga producir un conocimiento
crítico y sustentado, objetivo general al que modestamente quiere contribuir este trabajo.
Una contribución necesariamente limitada, pues la misma no podría en ninguna cir-
cunstancia reemplazar la investigación histórica y geográfica, imprescindibles en el actual
estado del arte sobre el tema, ya que uno de los límites a los que se ha enfrentado este trabajo
es, precisamente, la escasez de estudios desde aquellas disciplinas. Tampoco le sería propio
reemplazar relevamientos etnográficos y análisis antropológicos, en parte ya realizados –pero
desde perspectivas muy diferentes–, y mucho menos investigaciones que avancen más allá
de los niveles a los que se ha podido dar cuenta en este emprendimiento.
Se trata únicamente de plantear la posibilidad de una mirada que invite a reflexionar
sobre los contrapuntos posibles entre las reivindicaciones aborígenes actuales sobre sus terri-
torios, es decir de aquellos ámbitos que habilitan cierta posibilidad de existencia de la vida, y
los dispositivos discursivos, políticos, económicos y culturales que reproducen, mediante su
negación, la histórica exclusión social.
Si bien las consideraciones teóricas y metodológicas corresponden al primer capítulo, me
interesa señalar, por el momento, que el tratamiento del tema ha sido posible a partir del
análisis de una serie de registros etnográficos documentales y bibliográficos organizados
desde un enfoque particular de la Antropología Económica, que intenta superar lo que aquí
considero como el limitado campo de estudio de las denominadas “economías primitivas y
campesinas” a la que esta disciplina fue relegada tradicionalmente, reivindicando para sí el
complejo y contradictorio campo de vinculaciones de las modalidades domésticas de pro-
ducción y consumo (denominación más acorde y genérica para los objetivos propuestos),
con procesos específicos de acumulación de capital. Vínculos, éstos, cuyo análisis pormeno-
rizado permite dar cuenta de las formas específicas de su presencia actual, sin recurrir a las
remanidas referencias a supuestas supervivencias de un pasado arcaico que tendería a mante-
nerse o desaparecer, según la noción de necesariedad histórica con que se aborde su estudio.
Este enfoque de Antropología Económica que propongo aquí implica centrar la lente en
el potencial interdisciplinario, también presente en su tradición académica. Es por ello im-
portante aclarar que al desarrollar el tema propuesto desde esta interdisciplina asumo tam-
bién una distancia crítica de aquellas aproximaciones que promueven una delimitación o

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PRÓLOGO

instanciación de la realidad por el lado de sus aspectos tradicionalmente considerados econó-


micos –pues, tal como intentaré fundamentar, los fenómenos económicos son al mismo
tiempo políticos y simbólicos, siendo su separación una construcción ideológica, a lo sumo
válida en un principio como un orden expositivo, pero en ningún caso de alcances explica-
tivos o bien de determinación causal.
El desarrollo expositivo de los once capítulos que componen este libro intenta mantener
cierto orden cronológico: los primeros cinco, con excepción del primero, hacen referencia a
distintos “momentos” históricos de la formación social de fronteras Chaco central, mientras
que los seis últimos profundizan en el análisis específico de los actores intervinientes en el
conflicto actual en relación a las demandas territoriales, finalizando en una síntesis, a modo
de conclusiones provisionales.
Finalmente, quiero referirme a todos aquellos que han hecho posible este trabajo. Una
tarea difícil, ya que diez años andando en estas cuestiones no es poco. Muchos son los
paisanos, colegas, amigos, profesionales de distintas disciplinas a quienes lo escrito les debe
un verdadero reconocimiento. A David González (q.e.p.d.), un verdadero ejemplo para su
comunidad; a Hortensio Fernández (q.e.p.d.), quien se fue con su juventud a cuestas y en
plena lucha por saber hacer; a Artín Bravo y su familia; a Clarisa Nieli. A todos ellos y a toda
la gente Wichí, Chorote, Chulupí, Toba, por su enorme lucha y porque merecen mejor dicha
en esta Argentina irónicamente pretendida “crisol de razas”.
A Héctor Vázquez, mi director de tesis y colega, por sus consejos y amistad de siempre. A
Marcela Woods, mi compañera, por sus lecturas implacables y su tiempo dedicado a muchas
de las correcciones de este texto. A Carlos Herrán, mi asesor de estudios y director del
Instituto de Ciencias Antropológicas, mi lugar de trabajo. A Juan Martín Leguizamón,
Daniel Nieli, Gastón Gordillo, Ricardo Abduca, Daniel Piccinini, Aristóbulo Maranta,
Fernanda Menvielle y Ricardo Doro, a quienes debo muchas de las ideas aquí contenidas,
producto de discusiones e investigaciones en común. A Nicolás Iñigo Carreras, Daniel
Santamaría, Luis Yanes, Athos Bares, por sus aportes y críticas constructivas. A María Rosa
Neufeld por haberme facilitado sus manuscritos e informes de campo sobre su experiencia
en la zona en los inicios de la década de los años ’70.
A todos mis colegas del Departamento y del Instituto de Ciencias Antropológicas de la
Facultad de Filosofía y Letras, por compartir la experiencia de vivir y hacer antropología. En
especial a Liliana Guzmán, Santiago Wallace y Nilda Zubieta, quienes a pesar de sus muertes
tan desesperantes y del vacío que nos dejaron siguen dándonos fuerza por su ejemplo de
compañerismo y compromiso intelectual.

Héctor Hugo Trinchero

Buenos Aires, invierno de 1998

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Primera Parte

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Capítulo 1

Introducción
Etnografía, reflexividades, conceptualizaciones

No existe ningún documento de civilización que no


sea al mismo tiempo documento de barbarie.
Walter Benjamin

Etnografía y reflexividades

Sostengo aquí que, para comprender el significado de un trabajo de cierto aliento como
el que intento exponer, resulta en cierta medida esclarecedor dar cuenta del proceso mediante
el cual fue seleccionada una serie discreta de instrumentos de análisis, fueron priorizadas
ciertas temáticas respecto de otras y fueron elegidos los tiempos de enunciación de nociones
y conceptos en relación al grado de conocimiento de los sujetos involucrados. Significa, en
definitiva, exponer los procesos de gestación de niveles de compromiso y distanciamiento en
la práctica investigativa (Elías, 1990) o, dicho en forma más casera, dar cuenta de la cocina de
la propia práctica etnográfica para que el tema que se intenta exponer adquiera la consistencia
y el sabor adecuados para ser servido en la mesa.
Es que mostrar (al menos en parte) la cocina, y no la cazuela ya lista para ser digerida, implica,
a mi entender, un principio de primer orden metodológico, al menos desde una antropología
crítica y reflexiva. Puesto que la mostración, ya no únicamente de los resultados de aquello que se
hizo, sino del cómo se lo hizo, invita a despejar dudas en cuanto a la higiene de un producto que
será consumido por personas respetables para el autor, sean tales personas los lectores en general,
integrantes de un jurado o aquellas cuyos saberes y prácticas han sido puestos en la olla.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

En tal sentido reflexivo, la exposición de este primer apartado continuará siendo en


primera persona, no así los desarrollos siguientes y el conjunto de este trabajo.
Mi primera aproximación a los pueblos originarios del Chaco fue entre los años 1985 y
1986. Debo reconocer que dicha práctica iniciática tuvo, en ese entonces, un carácter literario.
Sucedió a partir de la emergencia del período democrático en el país, luego de los oscuros años
de dictadura militar, en el marco de una profundización de mi interés debido al retorno de un
exilio obviamente forzoso. Encontrándome en México ejerciendo actividades de profesor en la
Universidad Autónoma de Puebla, había estado leyendo y analizando producciones etnográficas
sobre los pueblos originarios de América del Sur y en especial de Argentina, con el objetivo de
planificar un proyecto de investigación que pudiese generar una propuesta personal no única-
mente afectiva del retorno al país natal, sino que se inscribiera al mismo tiempo dentro de mis
preferencias investigativas y desarrollo profesional. En breve tiempo, aquellas lecturas adquirie-
ron un nivel de interés y apasionamiento que no había previsto: no sólo robaron tiempo de mi
sueño sino que lograron que redoblara mi apuesta por el añorado desexilio.
Uno de los motivos iniciales de tal emprendimiento residía en la búsqueda por encontrar
una propuesta de continuidad a mis trabajos iniciados en México sobre narrativa de los
pueblos aborígenes latinoamericanos, lo cual, al mismo tiempo, se enfrentaba como limita-
ción al escaso conocimiento que en esos tiempos tenía acerca de nuestros pueblos originarios
sudamericanos y más aún argentinos. Podría decirse, en tal sentido, que esta situación perso-
nal podía asociarse al sentido común de los argentinos que pensaban, y en su mayoría lo
hacen aún, que “en la Argentina no hay indios”, o bien su contrapartida en el dicho “los
argentinos descienden de los barcos”.
Mis referencias sobre las narrativas de los grupos aborígenes del Chaco argentino, que no
se anclaran únicamente en el período colonial, se limitaban en ese entonces a escritos de
viajeros y exploradores que desarrollaron una profusa literatura de contacto entre mediados
de siglo pasado y principios del presente y a las clásicas etnografías de antropólogos extranje-
ros (Métraux, 1933, 1946, 1973; Nordenskjold, 1912; Karsten, 1970; Nikilson, 1989,
1990) quienes constituían la “voz autorizada” ante cualquier referencia hacia dichas pobla-
ciones. Sin embargo, los trabajos de campo que habían realizado estos autores se remitían al
período comprendido entre los primeros años del presente siglo y la década de los años ’30,
por lo que una búsqueda actualizada se me imponía como necesaria, teniendo en cuenta,
además, que autores contemporáneos (entre otros C. Lévi-Strauss) si bien se habían dedicado
con ahínco y esfuerzo esclarecedor a su tratamiento antropológico, continuaban utilizando
básicamente materiales de aquellos.
En este intento de actualización académica fue llegando a mis manos una profusa literatura
etnográfica que, producida esta vez por connacionales, hacía referencia casi exclusivamente a los
pobladores aborígenes del Chaco. Me refiero aquí, fundamentalmente, a los trabajos de M.
Bórmida y, en particular, a un conjunto de antropólogos que se reconocieron como sus discípu-
los y quienes precisamente durante el período de la dictadura militar (1976-1983) ocuparon
un lugar central en el campo académico-antropológico argentino.

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INTRODUCCIÓN

La lectura de esta narrativa etnográfica a la cual voy a referirme en algunos tramos del
presente libro, aunque sólo en forma sintética, produjo una marca lo suficientemente pro-
funda como para que se constituyera en el punto de arranque de mis investigaciones en el
país. El rescate de aquellos textos de la denominada escuela fenomenológica de la antropolo-
gía argentina (tal la autoadscripción de sus propios actores) en aquella época, si bien acrecen-
tó mi interés antropológico, lo hizo en un sentido totalmente opuesto a lo que se pudiera
inferir como un aporte actualizado hacia el análisis etnográfico de los pueblos originarios del
Chaco central. Podría decirse que mi contacto con la misma ejerció las veces de aquello que los
antropólogos denominamos “extrañamiento” (es decir, cierta reflexividad que se produce en
una persona a partir del contacto con un objeto extraño que se resiste a ser comprendido-
analizado desde las categorías incorporadas a sus prácticas y habitus intelectuales). Me expli-
co, lo que me llamaba la atención en aquellos momentos eran centralmente dos cuestiones:
una, vinculada al hecho de que la gran cantidad de trabajos publicados entre 1976 y 1982
se referían a narrativas que según sus propios autores pertenecían al orden del pensamiento
mítico de los pueblos aborígenes del Chaco; y otra, concerniente al tema de que semejante
intento de recuperación de tales narrativas estaba planteado como una pretensión de aproxi-
mación “fenomenológica” hacia la subjetividad de dichos pueblos.
Lo anterior no hubiera constituido sorpresa alguna si a la par de interesarme por estos
planteos no hubiera sido consciente del hecho de que estos antropólogos habían producido
etnografía en pleno auge de la dictadura militar y ocupando espacios de producción “cientí-
fica” luego de que no pocos “otros” antropólogos fueran desplazados de dichos espacios,
engrosando, incluso, la enorme lista de personas perseguidas y desaparecidas y que la memo-
ria colectiva insiste en homenajear todos los días.
La reflexividad que semejante reconocimiento producía en mi proyecto podía expresarse
en una pregunta: ¿De qué manera estas producciones, que autoadscribían a las corrientes
fenomenológicas clásicas de la filosofía y la antropología, formulando un acercamiento a las
formaciones narrativas aborígenes y, por lo tanto, expresando un interés por la subjetividad
de pueblos relegados al olvido por la narrativa histórica oficial y el sentido común, podían
darse lugar en momentos de semejante terrorismo de estado? Ciertamente esta pregunta me
resultaba en extremo inquietante, a punto tal que me condujo, en los últimos meses de mi
exilio, a “devorar” tales producciones y a releer con avidez a clásicos como Husserl, Gadamer
y otros autores pertenecientes al campo de la hermenéutica fenomenológica, a pesar de mis
reparos y previas reflexiones críticas respecto a dichos posicionamientos filosófico-
antropológicos. Mi objetivo era, en ese entonces, realizar algunos contrapuntos entre la
fenomenología de M. Bórmida, sus discípulos en Argentina y aquellos clásicos, de manera tal
de poder encontrar indicios que aportaran algún nivel de respuesta.
Semejante contrastación me llevó a profundizar las inquietudes iniciales, y, si bien no voy
a desarrollar aquí el conjunto de respuestas que surgieron de tal contrastación –ya que he
dejado para una sección del anteúltimo capítulo del libro un intento de síntesis al respecto–,
quiero indicar que me resultaba muy llamativo el énfasis puesto por Bórmida en destacar los

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

principios esencialistas que pretende recuperar toda fenomenología de los “hechos cultura-
les” y, al mismo tiempo, el carácter irracional de los comportamientos y vivencias de los
pueblos originarios del Chaco. Allí empecé a encontrar cierta inteligibilidad sobre el hecho
de que toda la etnografía de esta corriente estuvo dedicada prácticamente en forma exclusiva
a la recolección de narrativas míticas, pues pretendían metodológicamente que allí, en esos
relatos, residiese la esencia misma de la subjetividad aborigen. Una subjetividad que se
mostraba tan distante y ajena al “pensamiento occidental” que requería de un esfuerzo
hermenéutico para su comprensión cabal y, entonces, nada más apropiado que una propues-
ta de antropología fenomenológica para su mostración.

“Hacer fenomenología, [proponía Bórmida a sus discípulos] es enunciar el fenóme-


no. Pero la intuición inmediata de la cosa no se da inintencionalmente sino que
necesita la aplicación intencional y cuidadosa de ciertos principios metodológicos
que consisten, esencialmente, en una reducción, eliminación o epojé, que se realiza
tanto desde el punto de vista del objeto, es decir, del hecho observado, como desde
el punto de vista del sujeto, es decir del observador. Desde el punto de vista del
sujeto, la eliminación ha de poner entre paréntesis, es decir, suspender el juicio acerca
de todo lo subjetivo, lo teórico y lo tradicional. Desde el punto de vista del objeto,
hay que poner entre paréntesis todo aquello que hay en él de accesorio, inclusive de
su propia existencia ‘real’. Lo que queda así reducido es la esencia, es decir, su estruc-
tura fundamental.” (Destacado del autor.) (Bórmida, 1976: 32)

Aún sin tener la más mínima referencia vivencial y etnográfica, esta discursividad, puesta
aún en nociones de orden aparentemente metodológico, me producía cierto escalofrío: re-
ducción, eliminación, asociados a la noción husserliana de epojé, remitían necesariamente a
posicionamientos irracionalistas que la antropología de posguerra había intentado discutir
con relativo éxito y seriedad. Me refiero aquí al estructuralismo lévistraussiano que ya para
esos tiempos había dado cuenta, en su recorrido por las narrativas americanas, de ciertas
estructuras lógicas que organizan las mitologías, intentando desterrar las nociones de “pensa-
miento pre-lógico” asociado a una “mentalidad primitiva” (Lévi-Bruhl, 1947).
Lo que en ese tiempo se me prefiguraba como un cierto nivel explicativo respecto a la
emergencia de estas propuestas metodológicas de la antropología vernácula en la época de la
dictadura militar es que parecían resultar coherentes con una formación discursiva irracionalista
típica de dicho contexto social y político, máxime cuando iban a contrapelo de las principales
tendencias teóricas y metodológicas en el campo académico-antropológico mundial. Pude
descubrir más tarde que había mucho más que eso...
Regresé al país en 1986 y a los pocos meses, comienzos de 1987, estaba realizando mi
primer trabajo de campo en comunidades del oeste formoseño, gracias a una beca otorgada
por el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas), dis-
puesto a saciar mi avidez de observar en el terreno la verosimilitud de la narrativa mítica

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INTRODUCCIÓN

recopilada por la etnografía referida. Un primer dato peculiar de esta primera aproximación
al campo fue que mi contacto para realizarla no provino de colegas de la disciplina, sino de un
investigador de las ciencias biológicas que desde hacía tiempo estaba realizando trabajos de
etnobotánica y a quien conocí en oportunidad de encontrarme dictando clases en la carrera
de Antropología en la Universidad de Buenos Aires.
Esta cuestión si bien puede parecer carente de interés sostengo que no lo fue. El hecho es
que mis colegas connacionales del campo antropológico tenían, y así lo manifestaban, cierto
rechazo a orientar investigaciones hacia las poblaciones originarias y más aún hacia sus pro-
ducciones narrativas, saturados, como era entendible, tanto por la hegemonía que había
adquirido el discurso de la fenomenología antropológica argentina en momentos en que ellos
eran alumnos de la carrera, como por la práctica académica ejercida por tales autores (la cual
consistió, en gran medida, en relatar los contenidos de las narraciones mitológicas que graba-
ban en sus incursiones etnográficas). Así, la exaltación de un discurso único y al mismo
tiempo descontextualizado de los debates centrales que se producían en el campo de la
antropología a nivel mundial produjo, una vez iniciado el período democrático, un interés
en nuevos temas y nuevas orientaciones. Una especie de “aggiornamento” –por cierto muy
saludable para el campo antropológico nacional– de lo que se consideraba un objeto
antropológico tradicional y en manos de “la antropología de derecha”, pero que por contra-
partida tenía el efecto de desinteresarse respecto a cualquier propuesta de trabajo que se
referenciara en comunidades aborígenes.2
El dispositivo de aquel primer trabajo etnográfico, el viaje de campo, me produjo tam-
bién otro nivel de extrañamiento. Ciertamente, los preparativos a que dio lugar, en el marco
de las recomendaciones de mi colega experimentado en excursiones al Chaco, también
resultaban de alguna manera inquietantes. El detallismo de los preparativos para el trabajo de
campo, incluyendo previsiones sanitarias de todo tipo (suero antiofídico, mosquiteros
antivinchucas, botiquín de primeros auxilios) mochilas, alimentos, linternas y utensilios
diversos, configuraban un modelo de viaje típico de las expediciones antropológicas clásicas:
un viaje hacia el otro que se constituía, desde un comienzo, en un viaje hacia lo exótico. Por
mi parte estaba acostumbrado a trabajar en comunidades indias en México, lo cual implicaba
una práctica etnográfica sin grandes preparativos. Ello podría explicarse, en principio, por el
hecho de que dichas comunidades se encontraban a escasas dos horas de mi unidad académica
y, también, porque muchos estudiantes de la carrera de antropología en Puebla provenían de
ellas. Ambas situaciones hacían del “trabajo de campo” una práctica cotidiana y menos distante
y exótica. También, debo decirlo, las críticas etnográficas contemporáneas de semejantes dise-
ños clásicos de trabajo de campo eran constitutivas del debate de la antropología mexicana en

2. Independientemente de lo expresado es importante destacar que algunos autores habían realizado ya un


ajuste de cuentas teórico y metodológico con la fenomenología antropológica argentina que habían soportado
durante tantos años, como el elogiable trabajo de Tiscornia, S. y Gorlier, J. C. (1984), Hermenéutica y
fenomenología: exposición crítica del método fenomenológico de Marcelo Bórmida.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

torno al sentido de la producción de conocimientos etnográficos (Krotz, 1988). Por cierto, un


viaje, y máxime cuando pretende ser realizado en el marco de un proyecto de producción de
conocimientos, es parte constitutiva de ciertas configuraciones teórico-metodológicas, implíci-
tas o no pero preexistentes. Esto no quiere decir que los aprovisionamientos meticulosos no
pudieran llegar a ser, incluso, justificados; señalo únicamente que la forma en que se prepara un
trabajo de campo contiene aspectos de interés en torno al tipo de conocimientos que tiende a
producir, y máxime cuando dicho viaje es al “interior” de las “fronteras” nacionales.3
Independientemente de lo anterior, este primer viaje preparado para enfrentar vicisitu-
des previsibles hacia lejanas y exóticas comunidades indígenas argentinas me introdujo en
un mundo que paradójicamente no era tan desconocido. Al contrario, revisando las notas de
mi primer viaje, releo algunos aspectos que me llamaron la atención y recuerdo que mi
compañero de viaje era una persona conocida, respetada por su trabajo y de un trato extre-
madamente amigable y hasta familiar con prácticamente todos los integrantes de la comuni-
dad en la que, después de mucho trajín y viajes por el monte chaqueño, recalamos. Y, si bien
yo era para ellos un desconocido, inmediatamente fui re-conocido al ser presentado como
antropólogo por mi compañero, luego de lo cual y habiendo realizado los protocolos corres-
pondientes (salutación y presentación al cacique y a otros miembros importantes de la
comunidad), mi colega expuso su plan de trabajo.4 Cuando llegó mi turno fui muy escueto
expresando públicamente (y en esto consistía para mí esta primera aproximación etnográfica)
que en esa oportunidad mi único interés era acompañar a mi colega y tener una primera
impresión de las comunidades a través de un período de convivencia.
En esa primera presentación pública expresé que en esta visita mi interés era informarme
sobre una región del país absolutamente desconocida para mí, como era el Chaco central.
Para mi sorpresa, e inmediatamente después de concluido el breve protocolo, un importante
contingente de miembros de la comunidad se presentó a saludarme especialmente, propo-
niéndome al mismo tiempo trabajar de narradores de “pahlalis” (que rápidamente fueron
traducidos como “cuentos”). Aún más, sin que mediara acuerdo alguno al respecto, una
persona, que a la sazón puedo considerar como mi primer “informante” en el Chaco, me llevó
hacia su casa, me invitó a que asiente mis posaderas en un pequeño banco de madera al

3. De hecho, gran parte de las provistas en medicamentos, sueros, etc., fueron necesarios, aunque no para los
fines para los que fueron dispuestos, es decir como instrumentos preventivos para un uso personal. Todo el
suero antiofídico se utilizó para familiares de los aborígenes que nos acompañaron, quienes en ocasión de salir
a campear eran picados ocasionalmente por algunas víboras y los puestos sanitarios, totalmente desprovistos,
no podían atenderlos. El botiquín de primeros auxilios fue a parar también a algún puesto sanitario y gran
parte de nuestras vituallas se repartieron entre las amistades que hacíamos durante nuestro trabajo.
4. Lo expresado aquí no implica desconocer que la realidad de las situaciones de extrema pobreza, deterioro
ambiental y condiciones de vida no produzcan un impacto fuerte en el visitante de las comunidades del
Chaco, incluso viniendo de experiencias similares en América Latina. Se trata de indicar que hay distancias
producidas. Y esto con relativa independencia de la distancia que intenta promover, casi como un manifiesto,
la cotidianidad de la vida en la ciudad de Buenos Aires, con sus dispositivos culturales, siempre
obsesivamente más europeos/norteamericanos (según el tiempo histórico) que latinoamericanos.

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INTRODUCCIÓN

costado del fuego de su hogar y entre mate y mate comenzó a relatarme algunos de aquellos
“mitos” que yo ya había conocido (palabras más, palabras menos) de los textos de autores
como M. Califano (1973), Idoyaga Molina (1976), C. Mashnshneck (1977), A. Tomasini
(1978), entre otros, y que fueron publicados en el país en la revista Scripta Ethnológica,
órgano que expresaba la producción de la escuela fenomenológica argentina.
Recuerdo que al anochecer de aquel primer día, cuando el silencio invade el espacio
comunitario y las increíblemente diáfanas estrellas cubren como un manto protector el
monte chaqueño, sentados nuevamente alrededor del fuego con mi colega, conversando de
estas complejas sensaciones que experimentábamos en ese momento, mis pensamientos, no
obstante, giraban obstinadamente sobre aquella experiencia inicial, que por otro lado se
repitió prácticamente durante aquellos primeros quince días que residimos allí.
Por un lado, podía sentirme tal vez reconfortado por el hecho de que la experiencia del
“primer contacto” había sido fructífera, en el sentido que los propios integrantes de la comu-
nidad habían dado muestras de un interés por el tema que me interesaba y en tal sentido
desdibujado en parte las fronteras de mis recaudos etnográficos.5 Sin embargo, intuía ya
ciertos límites y una pregunta comenzó a obsesionarme día tras día: ¿cuál era el sentido de
estas narrativas que se repetían en su contenido una tras otra en contextos dialógicos etnógrafo-
informante? Aquello que inicialmente se configuró como una intuición fue paulatinamente
adquiriendo el lugar de tenue certeza: estos “pahlalis” descontextualizados de otras situacio-
nes narrativas y entextualizados frente al grabador recuperaban una práctica muy conocida,
asumida como tal y producida específicamente para un actor también re-conocido: el antro-
pólogo, representado en esta oportunidad por mi persona.
Hecho, éste, confirmado reiteradamente día tras día, al enfrentarme a situaciones semejan-
tes a las que debe agregarse un escenario adicional: la práctica constante de esperar una retribu-
ción por cada relato; lo cual, al mismo tiempo, me hacía recordar (nuevamente) algunas expre-
siones del propio Bórmida, a las que, en los tiempos en que me dediqué a leerlas, no llegaba a
encontrarles mucho significado. Ciertamente este autor hace una gran cantidad de referencias
a cuestiones que atribuye a supuestos comportamientos económicos “exóticos” de los aboríge-
nes chaqueños; entre los más nombrados están aquellos vinculados al dinero. Por ejemplo:

“Entre los Ayoreo ofrecimos, para el relato de ciertos mitos puyák, compensaciones
que, en relación a su nivel de vida, podían considerarse excepcionalmente elevadas,
pero no conseguimos nuestro objeto con ningún informante” (Bórmida, 1987: 67).

5. Mi anterior experiencia de trabajo en comunidades cafetaleras de la Sierra Norte de Puebla que


desarrollaban una importante experiencia de producción narrativa como parte de un proyecto de recuperación
de la memoria, me había aleccionado acerca de los recaudos en torno a un tema tan sentido. Sólo una actitud
de conocimiento mediante compromisos explícitos y el compartir ciertas comunidades de intereses permitían
acceder (aunque siempre en el marco de un proyecto compartido de gestión de la tradición oral) al proceso
de producción de narrativas y los procedimientos de transformación de su expresión oral a la escritura.
Esta experiencia previa fue significante para interrogarme en torno a lo fácil que me resultó escuchar de los
paisanos del Chaco relatar sus “pahlalis”.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Pero... pensaba entonces, ¿dónde había quedado la tan mentada epojé? ¿Cómo es posible
sostener en un mismo texto y como un requisito metodológico fundamental el criterio de
despojarse de las categorías del “pensamiento occidental” (independientemente de su
factibilidad) y al mismo tiempo (y sin inmiscuirnos aún en cuestiones de mínima ética
profesional) ofrecer compensaciones “excepcionalmente elevadas” para obtener un relato
(que de antemano se formula que es “sagrado”)?
No sé si este comportamiento de Bórmida pudo resultar exótico para aquellos ayoreo,
quienes de todas maneras parecen haberle respondido que hay cosas que no se inscriben
meramente en pactos mercantiles (algo que la Antropología había descubierto hacía ya
mucho tiempo). Lo que por mi parte recuerdo es haber percibido la ambigüedad interna que
significó para mí su lectura. De todas maneras es posible pensar que dicha práctica, con el
tiempo (y la profusión de mitos obtenidos en el Chaco son tal vez su mostración empírica),
llevase a los “míticos” aborígenes a comprender el sentido profundo y la esencia de las
creencias bormideanas, y a iniciarse en el descubrimiento de algo desconocido: la posibilidad
de convertir relatos en objeto de intercambio. Claro que esto no es una especulación crítica:
no sólo lo experimenté en persona (tal lo expresado más arriba), sino que tuve, en esa y otras
visitas, la oportunidad de indagar lo suficiente para convencerme definitivamente de que tal
ha sido la práctica de esta escuela etnográfica, que entre otras secuelas había logrado producir
lo que nadie hasta ese momento: una inflación del mito.
Esta vivencia reiterada en mis primeras prácticas etnográficas fue lo suficientemente fuerte
como para no abandonarme hasta hoy, porque, como creo haberlo entendido paulatinamente,
semejante aproximación a la narrativa no dejaba de mostrar, aunque más no sea, las pezuñas de
ciertos monstruos de la razón. Ese “locus” esencial de la subjetividad aborigen (pocas dudas me
quedan), fue puesto, construido, consciente o inconscientemente, allí mediante el discurso del
método y el recurso del mito. Práctica mercantil en tanto expropiación ya no sólo de la capaci-
dad de trabajo (algo que sin dudas los aborígenes ya conocían), sino también de la capacidad de
narrar, de la subjetividad más íntima, mediante la violencia del dinero. Hecho que al mismo
tiempo tenía la virtud de inflacionar también el estigma exotizante con el cual, mediante el uso
de la noción de arcaísmo, el sentido común interpela aún hoy en nuestro país a las poblaciones
originarias: esa frontera cultural como marca y consuelo.
Me interesa comentar aquí, en forma breve, estas situaciones y vivencias, porque conside-
ro que son paradigmáticas. Recuerdo aquellos textos de Bórmida en torno a lo fastidioso que
le resultaba que los aborígenes lo persiguieran permanentemente reclamándole ropas, uten-
silios, etc. Codificando dicha práctica en términos que –intentando ser coherente, sin conse-
guirlo, con su misma postulación fenomenológica– lo llevaban a realizar inferencias en torno
al carácter poco laborioso de los indígenas, justificándolas por el lado de su desconocimiento
de las categorías “occidentales”, resultó una cuestión que quedó incorporada a las preocupa-
ciones posteriores de sus sucesores. Así, por ejemplo, un escrito de una discípula suya, quien
desde el mito llegó a demostrar la inexistencia, entre los aborígenes del Chaco, de la categoría
“trabajo” (y otros descubrimientos por el estilo) (Mashnshnek, 1977).

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INTRODUCCIÓN

Precisamente, esta categoría “trabajo”, pretendidamente des-conocida en la mitología


fenomenológica construida sobre el aborigen, resulta también paradigmática. A pesar del
reconocimiento etnohistórico de que, desde épocas de la Colonia hasta la actualidad, la
población originaria del Chaco había sido compulsivamente incorporada a procesos de
producción agrícola y agroindustrial, la fenomenología bormideana y posterior “descubría”
su inexistencia en la subjetividad aborigen, mediante el requerimiento metodológico de
poner entre paréntesis semejante vivencia histórica.
Ahora bien, ¿cuál es el sentido de estas construcciones etnográficas? y, en definitiva, ¿por
qué tanto empeño puesto por esta producción académica en indagar en torno a supuestas
esencias del pensamiento aborigen del Chaco?
De hecho, intento observar aquí que estas producciones estaban muy lejos de ser inge-
nuas o producto meramente de concepciones filosófico-antropológicas discutibles. Las res-
puestas a estas preguntas son parte del sentido de este libro; sin embargo, y con el objeto de
ir explayando algunas derivaciones en torno a la perspectiva crítica con la cual intento
abordar los temas presentados, puedo decir rápidamente que tales elaboraciones se constitu-
yen como parte sustancial de la “novela nacional” (es decir, del discurso historiográfico
monumentalista, aquel que pretende instalarse como sentido común) en torno al lugar que
los dispositivos configurativos de la estatalidad y la nacionalidad, en nuestro país, han asig-
nado a la frontera con los pueblos originarios.
Es que los planteos que intento exponer aquí no se refieren meramente a una discusión en
torno a una perspectiva etnográfica que por su propia incoherencia ha sido ya debidamente
criticada por el campo antropológico nacional. No es mi intención aquí permitirme un aporte
más a un debate metodológico-académico ya realizado y debidamente fundamentado (Gorlier
& Tiscornia, 1984; Scotto, 1993; Gordillo, 1996). Pretendo decir que la lectura posible de
esta etnografía y su producción de sentidos trasciende el debate disciplinar, inscribiéndola,
según intentaré mostrar a lo largo de este texto, en sus usos sociales. Sostengo, en tal sentido, que
la emergencia de la etnografía exotizante e irracionalista sobre los pueblos originarios debe ser
leída en forma paralela a cierta historiografía de la época, obsesionada en la vindicación histórica
y monumentalista de las campañas militares de conquista y el pretendido exterminio de los
pueblos originarios, durante ese período de la última dictadura militar.
Es conocida, al respecto, la importante profusión de congresos, publicaciones y actos
conmemorativos de las “campañas al desierto” (tanto en la “frontera sur” como en la “frontera
norte”) que se desarrollaron en ese período. Re-constitución, entonces, del mito fundador de
la nación, reinstalando la razón civilizatoria como resultado de acciones militares de ocupa-
ción sobre una población que no podía llegar a ser incluida en el pacto civilizatorio de la
modernidad naciente, precisamente por la portación cultural de atributos esenciales de
barbarie, irracionalidad y arcaísmo. Narrativa épica de la mitología nacionalista del orden
conservador, representativa de los dominios del demonio, que, sin embargo, encuentra su
eficacia simbólica en su reproducción como sentido común y, lo que es más importante aún,
como productividad de la política.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

En el marco de estas reflexiones y reflexividades, en el año 1987 (en el escaso año


transcurrido desde mis primeras incursiones al Chaco), en un primer artículo, que preten-
día reflexionar críticamente en torno a los trabajos etnográficos sobre las poblaciones
aborígenes del Chaco central y plantear algunos interrogantes en torno al tratamiento que
la Antropología había realizado sobre los procesos de construcción de las identidades
étnicas, proponíamos que “...para hablar de los procesos configurativos de la identidad
Mataco-Wichí es necesario remitirse al conjunto histórico de relaciones interétnicas en las
que éstos se han encontrado involucrados. Relaciones históricas que serán analizadas en
tanto partícipes de una estructura social regional y nacional que les confiere sentido”. Y
más adelante: “observaremos, en este caso, la identidad Wichí como una serie de prácticas
sociales que intentan dar contenido a la disyuntiva integración/exclusión de acuerdo a la
percepción siempre contrastiva que estos grupos han tenido sobre los distintos proyectos
y modalidades de producción y reproducción implicados en la región” (1987: 75).
El énfasis puesto en la historia de las relaciones interétnicas, en la estructura social regional y en
las prácticas sociales, pretendía contener explícitamente una mirada crítica hacia las producciones
de la antropología nativa más significativa, cuantitativamente hablando, sobre aquellos pueblos.
Desde aquellas postulaciones hasta la actualidad, la trayectoria etnográfica que he intentado
recorrer se refiere a temáticas absolutamente negadas por la pretendida epojé fenomenológica
(construida más que a partir de la subjetividad de los pueblos originarios, sobre la propia concien-
cia y categorías presentes en la subjetividad de sus sostenedores), pero constitutivas, a mi entender,
de prácticas y saberes que apuntan hacia una crítica antropológica en torno al sentido común
producido desde el poder sobre las culturas de los pueblos originarios del país.

Conceptualizaciones

En no pocas aproximaciones de la Antropología sobre las identidades sociales y en particular


étnicas tiende a reiterarse una mirada en la forma de “paradigmas” alternativos, que pueden ser
descritos como esencialistas y subjetivistas. En el primer caso, es posible incluir aquellas aproxima-
ciones que orientan su práctica etnográfica hacia la detección de determinados atributos específi-
cos, que se vinculan a rasgos o prácticas que se suponen originarias, y que la identidad portada por
individuos o algún colectivo tiende a preservar o mantener. En el segundo caso, y a modo de
reacción a semejante perspectiva, la indagación tiende a conformarse con ciertas expresiones del
discurso e incluso prácticas de los sujetos que operarían manipulando “identidades” con distintos
objetivos que la investigación académica pretende determinar en tanto representación.
No hace a los objetivos de este trabajo realizar un recorrido por el conjunto de estudios
que se adscriben en mayor o menor medida a una u otra aproximación al problema; sin
embargo, es necesario desarrollar algunas consideraciones críticas de dichos posicionamientos

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INTRODUCCIÓN

respecto al tema, con el objeto de señalar el significado que se propone otorgar aquí a las
categorías relaciones interétnicas y etnicidad.6
La búsqueda de rasgos diacríticos (lengua, raza, religión, etc.) como marcadores de etnicidad
remite a un debate que tiene dos dimensiones. Por un lado, aquella formulada en primera
instancia por E. Leach en 1954 y profundizada teórica y empíricamente por F. Barth en 1969, en
el sentido de que los grupos étnicos deben ser definidos como entidades “sociales” antes que
“culturales”, ya que su existencia es el resultado de su oposición estructural a otras entidades
sociales. La crítica, en este caso, remite a la noción de “unidades culturales” a la que adscribía, hasta
ese entonces, gran parte de la Antropología norteamericana, cuyos exponentes son conocidos
como los teóricos de la aculturación (v.g. M. Herskovitz, R. Benedict, A. Beals, entre otros). Por
otro lado, la investigación organizada con el objetivo de la búsqueda de aquellos rasgos que
definirían las supuestas esencias de la unidad cultural, identificadas como el “compartir una
cultura en común”, impedía el registro procesual en la construcción de identidades sociales
significativas: así, todo cambio en aquellos rasgos “originales” implicaba, sea por alusión u omisión,
una “pérdida” de dicha identidad, la cual resultaba necesariamente construida como una teleología.
Un principio de respuesta crítica a dichas aproximaciones opuestas de concebir las iden-
tidades puede encontrarse en las producciones de la sociología norteamericana conocida
como “interaccionismo simbólico”.7
Ciertamente, al hacer énfasis en “el intercambio social rutinario en medios
preestablecidos”, esta perspectiva ha colocado el proceso constitutivo de toda identidad en
un esquema relacional y al mismo tiempo procesual. Sin embargo, el esquema propuesto
parecería remitirse prácticamente con exclusividad a las interacciones o intercambios sim-
bólicos entre individuos y determinados contextos. Independientemente de la referencia
hacia los grupos en que se inscriben tales individuos, el objeto de análisis se construye en
referencia a estos últimos (cfr. Goffman, 1989).
Dos de los problemas que trae aparejados dicha perspectiva y que interesa subrayar aquí
son: a) la referencialidad metodológica hacia sujetos individuales y b) el hecho de que dichos
sujetos aparecen posicionados en situaciones de equidad en la estructura social y ésta es
concebida como algo dado, “preestablecido”.
La primera cuestión delimita el campo entre Antropología Social y Psicología Social.
Aquí, de modo sintético, interesa sostener el siguiente principio: los sujetos existen socialmen-
te en tanto configuraciones resultantes de una serie de determinaciones históricas, institucionales,

6. Para una profundización en torno a este debate pueden consultarse las siguientes obras, que, aunque
desde perspectivas diferentes, se ubican críticamente respecto a ambos paradigmas: F. Barth (1976); C.
Lévi-Strauss (1977); R. Holloman & S. Arutiunov (1978); B. Porshnev (1978) y D. Knowlton (1992).
7. El principal referente de esta escuela que analizamos aquí es E. Goffman, quien, independientemente de
las críticas que se realizan sobre sus proposiciones metodológicas, ha llamado la atención sobre la necesidad
de vincular el análisis de la identidad con los procesos de estigmatización. Su trabajo principal en este
sentido es: Estigma, la identidad deteriorada, op. cit.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

estructurales, cotidianas, que al incluirlos los instalan en la escena pública, los hacen visibles
socialmente. El objeto del conocimiento social se produce, a nuestro entender, en la inda-
gación de aquellas múltiples determinaciones que configuran categorías y clases de sujetos
sociales en cuyo campo se construyen y de-construyen formas de visibilidad. Es por ello que
los procesos de socialización que configuran a los sujetos individuales (analizables desde las
trayectorias de formación de identidades de una persona en tanto “individuación”) deben
ser diferenciados de aquellos procesos de socialización que configuran a los sujetos sociales
(analizables desde las trayectorias de formación de identidades de agrupamientos colectivos).
Es este último sentido el que consideramos relevante para la formulación de un campo
relativamente específico del conocimiento antropológico de los sujetos sociales.
M. Foucault alertaba, hace ya veinte años, que “en vez de preguntar a sujetos ideales qué es lo
que han podido ceder de sí mismos o de sus poderes para dejarse sojuzgar, se debe analizar de qué
modo las relaciones de sujeción pueden fabricar sujetos” (Foucault, 1992). Es que más allá del
modelo voluntarista de la economía política del sujeto o bien sobre su fondo ideológico (agente
decisional en el mercado de bienes o en la disputa política) la investigación social crítica
debería –a nuestro entender– proponerse, al menos, procedimientos por los cuales se haga
posible detectar modalidades de estructuración de dispositivos productivos de los sujetos sociales.
Es decir, se debería tratar de responder a la pregunta: ¿De qué manera y mediante cuáles procedi-
mientos los sujetos sociales se hacen visibles socialmente, son producidos por formas del poder?
Aún más, la indagación en torno a la producción de los sujetos sociales debería intentar
dar cuenta también de la dialéctica sujeción/subjetividad a partir de un doble movimiento
de interrogación, preguntándose, por un lado, ¿cuál es el campo de límites y posibilidades
de los dispositivos de poder en la producción y reproducción de modalidades de
visibilización de los sujetos sociales? y, por otro lado, ¿cuál es el campo de límites y posibi-
lidades de las prácticas y discursos de los sujetos en la construcción de identificaciones que
no sean meras internalizaciones de modalidades de visibilización? Sin detenernos aquí en
detalle sobre estos procedimientos, diremos únicamente que tales formulaciones respon-
den a la consideración de una premisa: la historicidad de determinada estructuración de la
dominación. O bien, parafraseando a Giddens, la necesidad de focalizar sobre los procesos
de estructuración de lo social (1995).

Relaciones interétnicas y etnicidad

En la actualidad existe un relativo consenso en torno a considerar el análisis de la etnicidad


como el resultado de una serie compleja de relaciones interétnicas (F. Cardoso de Oliveira,
1971; Da Matta, 1976; Porshnev, 1978; Díaz Polanco, 1981 y 1988; Ringuelet, 1987;
Vázquez, 1988; Knowlton, 1992; M. Bechis, 1992; entre otros).

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INTRODUCCIÓN

Sin embargo, puede decirse que los significados asociados a la categoría de relaciones
interétnicas son variados. En este sentido, pueden distinguirse dos tipos de abordaje. Por un
lado, dicha categoría puede ser referida a la interacción entre unidades o “grupos étnicos” en el
sentido sugerido por R. Barth. Una segunda indicaría interacciones entre grupos étnicos en un
sistema social determinado (C. De Oliveira, 1971; Díaz Polanco, 1981; Bechis, 1992).
En el marco de este estudio, se considera a las situaciones de contacto interétnico como
constituyentes y constituidas por prácticas que van mucho más allá que aquellas inscriptas en
un intercambio “diádico” entre unidades relativamente discretas y homogéneas. Por lo tanto,
interesa el análisis de las etnicidades como resultado de las relaciones interétnicas al interior del
proceso de constitución de las relaciones de clase y de la forma estado-nación que expresa dichas
relaciones. De manera tal que cuando se hable de relaciones interétnicas se tendrá en cuenta
exclusivamente la segunda acepción. Esto es de suma importancia, ya que inscribir las relacio-
nes interétnicas al interior del proceso de formación de la nación y la estatalidad (y de las
relaciones de producción que en el interior de sus fronteras se van desplegando), implica
considerarlas, principalmente, incluyendo la mediación del poder –es decir, tanto la ubicación
de cada “grupo” en la estructura social como así también las adscripciones e identificaciones
políticas e ideológicas productivas cuyo objeto es la reproducción de dicha estructura social.
Es en consideración de esta problemática en ocasiones obviada que, para autores como
Abner Cohen, “Sólo es cuando, dentro del marco de referencia formal de un estado
nacional, o de cualquier otro tipo de organización formal, un grupo étnico se organiza
‘informalmente’ con fines políticos, que podemos decir que estamos en presencia de un
proceso de etnicidad” (citado en M. Bechis, 1992: 99).
Pero también es necesario llamar la atención sobre algunas aproximaciones que anali-
zan el vínculo entre grupos étnicos y estado, replicando, aunque en otro nivel de análisis,
la dicotomía criticada anteriormente, restringiendo las situaciones de contacto interétnico
en el marco de las relaciones entre una “agencia de contacto” y una “aldea” o un “grupo
étnico” y la “sociedad nacional”. Es que las situaciones de contacto que se inscriben en las
relaciones interétnicas son mucho más complejas que las asumidas por aquel tipo de
reduccionismo. Implican actores, intereses y proyectos heterogéneos: “es un hecho consti-
tutivo que preside a la propia organización interna y al establecimiento de la identidad de
un grupo étnico” (Pacheco O. Filho, 1988: 54).
Lo anterior tiene importancia por dos motivos: el primero, porque remite a las contradic-
ciones de los estados-naciones modernos en cuanto a la “resolución” de la cuestión de las
etnicidades, sin perder de vista que dichas etnicidades han sido el producto histórico de
específicas relaciones interétnicas configuradas en esta forma de organización jurídico-políti-
ca; el segundo, porque alerta en torno a ciertas aproximaciones que tienden a cosificar, al igual
que a los “grupos étnicos”, a los estados-naciones como entidades portadoras de una etnicidad-
identidad con contenidos claramente definidos, esenciales, de manera tal que se asume
implícita o explícitamente y en forma invariable la idea de una etnicidad dominante que
definiría los contenidos concretos de una “identidad nacional”.

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Sobre este último punto es importante detenerse brevemente. La concepción de un


estado-nación –es decir, la caracterización del estado como entidad vehiculizadora de una
única nacionalidad, asumida por los intelectuales de la denominada “generación de los ’80”,
en Argentina–, es en gran parte heredera de los ideales iluministas que acompañaron la
revolución francesa. Esta herencia de saberes, independientemente de algunos contenidos y
resignificaciones particulares que adquirió en las obras clásicas de los intelectuales nacionales
de aquella época, pareció ser co-constitutiva de los fundamentos doctrinarios que acompaña-
ron a la formación de los estados nacionales en general. Sin embargo, tal como lo aseveran
algunos autores, esto último puede discutirse, ya que aquellas elaboraciones que denegaban
un rol importante a las etnicidades en la conformación de las naciones no fueron asumidas de
la misma forma en otras formaciones estatales (cfr. Maybury-Lewis, 1988).
Puede decirse que la noción de estado-nacional emergente de los principales tratadistas
franceses, si bien se configuró como el modelo hegemónico a seguir a nivel mundial, adquirió
significaciones particulares en lo que se refiere a las formas de construcción de una “identidad
nacional” en la mayoría de los estados-naciones emergentes.
La derivación de las etnicidades a la categoría de modelos de organización social arcai-
cas e irracionales, adquirió particularmente en Estados Unidos y Argentina (para citar sólo
dos casos, que incluso en un nivel de análisis más específico tienen características muy
disímiles) la forma de proyecto nacional. No se trató únicamente de un programa de
legitimación de un pacto entre una etnicidad dominante y una dominada luego de la
“guerra de razas”. Sino, por el contrario, se trató fundamentalmente de legitimar la nega-
ción de modalidades de “negociaciones” interétnicas en el pacto de constitución del esta-
do. Esto resulta de especial interés ya que, como se observará, las poblaciones aborígenes
no son incluidas en el “pacto constitutivo” de la nación emergente, produciéndose con ello
un hecho de trascendencia a la hora de analizar tanto la formación de identidades como las
reivindicaciones actuales de dichas poblaciones.
A los efectos del presente trabajo, se entiende como “proceso de construcción del estado-
nación” a la dinámica en ocasiones conflictiva que se plantea entre el establecimiento de la
entidad política del estado, que tiende a expresar los intereses de las fracciones hegemónicas
de la burguesía en un momento determinado, y la creación de grados de unidad, consenso
y legitimidad en el territorio y la población hacia la cual se pretende ejercer la autoridad desde
dicha forma de estado.
Los contenidos que configuran la construcción de la nación y la nacionalidad en
América Latina se intersectan muy estrechamente, aunque de manera específica. Entre la
“herencia” de las unidades administrativas coloniales (en torno a cuyas imperfectas delimi-
taciones descansaron los principios territoriales de los nuevos estados-nación emergentes),
sobre las cuales las nuevas autoridades no poseían un efectivo control, y las utopías
racionalizadoras del iluminismo, se generó un espacio de significación específico que pro-
dujo contenidos particulares a la comunidad imaginada por las fracciones hegemónicas del
poder criollo (Anderson, 1993).

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INTRODUCCIÓN

La producción de un consenso al interior de las fracciones hegemónicas, en torno a los


contenidos “racionalizadores” que puedan ofrecer legitimidad al ejercicio del poder hegemó-
nico sobre el conjunto de los “ciudadanos”, no tuvo entonces un anclaje étnico particular. Al
contrario, fue construido sobre una sistemática negación de semejante posibilidad, siendo
sus principales referentes alternativos, tal como se intentará mostrar, el territorio y las institu-
ciones de la estatalidad concebidos como racionalizadores, productores de la ciudadanía
frente a cualquier mediación étnica.
Entonces, este proyecto de eliminación de algún tipo posible de mediación “étnica”
entre los poderes estatales en manos de las fracciones hegemónicas de la burguesía, el
territorio y los ciudadanos, parece no haber sido construido para “imponer” un nacionalis-
mo sustentado en una etnicidad hegemónica, la cual, más allá de su existencia virtual o
real, era políticamente negada.8
La ideología asimiladora que caracterizó el proyecto de la denominada “generación de los ’80”
responde, en líneas generales, a lo que los norteamericanos teorizaron como “melting pot”, a partir
de cuyas significaciones, como señalan algunos autores, se impulsaría un modelo de adscripción
étnica voluntaria.9 Dicho modelo, lejos de identificarse con las denominadas solidaridades prima-
rias (por ejemplo, aquellas basadas en el grupo de parentesco o la de grupo étnico), considera
válidas las adscripciones étnicas diversas y “posibilita” que los inmigrantes provenientes de otras
áreas culturales opten por el nuevo grupo de pertenencia (Juliano, 1987).
En cuanto a las influencias teóricas que signaron las formulaciones doctrinarias sobre
los modernos estados-naciones, y que influyeron significativamente a los intelectuales
de la generación del ’80, se han hecho distintos trabajos sobre los cuales resultaría muy
extenso detenerse y no constituye un objetivo del presente. Sin embargo, es interesante
rescatar, como lo hace M. Bechis (op. cit.), la obra de J. Johann Bluntschli, cuyos
trabajos fueron traducidos al español antes que al inglés, ya que su influencia parece
haber sido profunda. En su obra Teoría del Estado, publicada en 1850, no sólo acepta en
general las teorías legitimadoras de una pretendida superioridad racial aria para construir
un proyecto hegemónico (formuladas previamente entre otros por Gobineau), sino que
agrega un postulado clave: “La raza puede producirse mediante la educación”. Esta

8. La negación de las etnicidades recorre endemoniadamente las formulaciones de la intelectualidad orgánica


criolla de los estados nacionales latinoamericanos. Aterrados, tal vez, por la experiencia de la revuelta de
esclavos en Haití, que constituyó el primer movimiento independentista del subcontinente, cualquier
reivindicación con base étnica tendía a ser inmediatamente estigmatizado y borrado como proyecto político
aliancista de las elites criollas (cfr. Kees Koonings et al., 1996). Sobre el proceso de estigmatización de la
etnicidad haitiana, véase también el espléndido trabajo de L. Hurbon (op. cit., 1993).
9. Es necesario aclarar que, independientemente de la adscripción étnica voluntaria promovida por estas
formulaciones, el estado moderno se caracteriza al mismo tiempo por la adscripción obligatoria a la
ciudadanía por parte de los pobladores de la nación. Es esta categoría social la que se impone sobre
cualquier instancia intermedia entre el estado y los individuos.

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mirada, en palabras contemporáneas, constructivista de un concepto tan caro a las


utopías nacionalistas como el de raza, constituye un fuerte argumento para la formula-
ción político-ideológica de una identidad nacional basada en principios racionalizadores
sustentados por instituciones estatales que vehiculizarían dichos principios por encima
de cualquier vínculo “preexistente”.
Esta estatalidad educadora co-constitutiva de una nacionalidad educada, vaciada vir-
tualmente de etnicidad, requeriría, no obstante, de algún criterio de adscripción, ya que en
términos meramente lógicos no puede justificarse un límite, una nación, una frontera, desde
ideales universales que son su antítesis.
¿De qué manera, entonces, pueden rastrearse los principios constitutivos de la nacio-
nalidad que brinden algunas claves para el análisis de las relaciones interétnicas y los
procesos de etnicidad?
La construcción de un modelo de nacionalidad, independientemente de su carácter ambi-
guo, requiere de un doble movimiento de significaciones: un principio positivo, de afirmación
de identidad, y un principio negativo, de otredad, cuyos contenidos varían históricamente.
De acuerdo a los planteamientos que se vienen realizando, una primera hipótesis de
trabajo puede enunciarse señalando que en el caso de la burguesía argentina uno de los
principios positivos de construcción de la nacionalidad tuvo su anclaje en la “territorialidad”, en
la ocupación de espacios vacíos; mientras que uno de los principios negativos se construyó en la
elaboración de un otro en términos de enemigo: “las poblaciones indígenas” (aunque no única-
mente ellas) que precisamente detentaban cierto control sobre los territorios a conquistar.
Así, la noción misma de “desierto”, que caracterizó a gran parte de las alusiones a los
espacios territoriales sobre los cuales las fracciones hegemónicas de la burguesía diseñaron su
modelo de dominio y valorización, no constituyó únicamente una metáfora geográfica, sino
también una de tipo sociocultural: espacios que el proyecto estatal-nacional debería vaciar de
toda reivindicación étnica o local en el entendido de que ninguna de estas alteridades debería
mediar entre las instituciones del estado y sus “ciudadanos”.
El interés que se presta aquí a la cuestión de la territorialidad como elemento constitutivo
de la nacionalidad tiene su expresión histórica más acabada en el carácter fundacional del
imaginario construido en torno a los denominados territorios nacionales, los cuales, hacia la
década de los ’80 (cuando fueron creados como unidades geográfico-administrativas), con-
formaban prácticamente la mitad de la geografía del estado-nación.
La hipótesis de trabajo señalada resulta entonces significativa a la luz del status especial
que tuvieron estos territorios en el marco de la construcción de la nacionalidad. Tal y como lo
expresa un reciente trabajo, “no se reflexiona sobre una fuerte paradoja que encierra ese
estado (refiriéndose a las características del estado-nación configurado en la generación del
’80): estaba conformado por 14 provincias y 10 unidades político-administrativas denomi-
nadas territorios nacionales” (Favaro, 1996: 80).
Leído lo expresado de otra manera, resulta que únicamente la mitad del territorio nacio-
nal, representado por las provincias unidas, había sido acordado entre las fracciones hegemónicas

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INTRODUCCIÓN

de la burguesía porteña y las burguesías provinciales, mientras que los espacios territoriales
nacionales (el otro cincuenta por ciento del territorio) eran el significante de un proyecto a
construir y, por ende, a imaginar.
Un dato interesante (producto tal vez de aquella paradoja aludida) es que los habitan-
tes de aquellas jurisdicciones no tenían derechos políticos, al contrario del resto de los
habitantes del país; es decir, no eran considerados ciudadanos de pleno derecho a pesar de
estar integrados a un proceso de estatalidad construido sobre las doctrinas del estado-
nación modernas. Cuestión, ésta, que tendrá significaciones profundas hasta nuestros días
y especialmente sobre los actuales reclamos territoriales de los pobladores del Chaco cen-
tral, objeto de análisis de este trabajo.
Sin embargo, si bien aquellos principios fueron muy fuertes e involucran especial-
mente a los contenidos del presente libro, no serían los únicos. En ocasiones se apeló
también a la construcción imaginaria de una tradición encarnada en el “gaucho”, como
símbolo de “lo nacional”, cuando la construcción del enemigo necesitaba ser desplazada
hacia los contingentes de inmigrantes proletarizados al negárseles en su gran mayoría y
en la práctica su condición de sujetos de “colonización” (siendo que en otras ocasiones
previas como principio negativo se tendió a señalar al gaucho como enemigo, fomentan-
do su eliminación en tanto expresión de etnicidad). Así, la población inmigrante, por
momentos idealizada en sus cualidades “civilizatorias”, producidos como “colonos” –legitiman-
do de esa manera la ocupación de los territorios conquistados al indio–, fue en otros
momentos estigmatizada como “extranjeros sin patria”, producidos como enemigos cuando
la explotación de su fuerza de trabajo les llevaba a la huelga o cualquier acción
reivindicativa.
Estos cambios de sentido se nutren ideológicamente, en principio, de aquellos postu-
lados “racionalizadores”, pero se anclan en la dialéctica negativa generada por los proyectos
e intereses de las fracciones hegemónicas de la burguesía al enfrentarse, en distintos mo-
mentos históricos, a la capacidad constitutiva de la clase trabajadora en tanto “otro”. Un
otro, entonces, “etnicizado” por el poder de fragmentar precisamente la capacidad del
trabajo de constituirse como sujeto colectivo. De allí que se hará especial énfasis en el
análisis de dichos momentos históricos de correspondencia entre las relaciones de produc-
ción capitalistas y las relaciones interétnicas en el territorio nacional, y especialmente en la
formación social de fronteras.
Es que el análisis de las relaciones interétnicas en una formación social de fronteras como
el Chaco central, según se viene planteando, debe situarse tanto en las mediaciones que
produce en los actores sociales el proceso de construcción del estado-nación como así tam-
bién en las relaciones de producción que se despliegan en ese proceso de formación.
La particularidad de estas relaciones radica en su anclaje en la “frontera con el indio”, una
frontera que –como se ha expresado– debe ser analizada en sus configuraciones políticas,
económicas y culturales. Desde esta perspectiva, resulta entonces de interés una caracteriza-
ción de la categoría “formación social de fronteras”.

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Fronteras. Formación social de fronteras

Abordar el proceso de estructuración del Chaco central como una formación social de
fronteras y la producción de sujetos sociales en la misma implica, tal como se lo viene
formulando, dar cuenta de una serie de elementos conceptuales y metodológicos que permi-
tan desarrollar su análisis con cierta sistematicidad.
En términos aún generales puede decirse que las formas sociales que se expresan en la
configuración de los espacios territoriales resultan de transformaciones históricas que guar-
dan especificidades regionales concretas. El proceso histórico que ha dado origen a la confi-
guración del modo de producción capitalista ha hecho que tales formas sociales transcurran
a lo largo y ancho del planeta, aunque con ritmos y características particulares, por las
modalidades mercantiles hoy universalmente dominantes.
Desde la tierra como “cuerpo inorgánico” de las “sociedades primitivas” –como decía
Marx en las Formen– hasta la tierra como localizador de ganancias extraordinarias, hay un
trayecto cuya forma depende de la dinámica concreta que tome la expansión del capital en el
proceso de ir sometiendo a su propia reproducción a la capacidad de trabajo que encuentre
en el espacio de su extensión.
Desde el Tajni (monte) “almacén primitivo de víveres” de los Mataco-wichí, hasta la renta
del suelo, pasando por el monte como propia condición de reproducción del campesino
criollo, el Chaco central ha sido y está siendo en la actualidad escenario de ese proceso de
transición, lo que ha ido configurando aquello que se intenta denominar como una específica
formación social de fronteras.
¿Cuál es el sentido que, en el marco del presente trabajo, puede adquirir la noción de fronteras?
Para una caracterización sociológica de las dinámicas de fronteras, una referencia ya
clásica es el trabajo de J. F. Turner en relación a la expansión de la frontera en el oeste
americano. Por un lado, este autor rescata el valor analítico de los procesos fronterizos como
procesos sociales en formación que permiten dar cuenta de los modos particulares de cons-
trucción de las estructuras económicas y sociales. Los distintos y constantes ciclos del
poblamiento que se suceden en estos ámbitos, señala el mismo autor, permiten rastrear
también los mecanismos de diferenciación social en el conjunto de la sociedad, llegando a
afirmar que: “la colonización es a la ciencia económica lo que las montañas a la geología, pues
deja a la luz las primitivas estratificaciones” (Turner, 1968: 51).
No obstante, es importante señalar que detrás de aproximaciones de este tipo se escon-
den muchas veces interpretaciones voluntaristas respecto a las posibilidades de estos ámbitos.
Se supone que dada la disponibilidad relativa de tierras, la frontera expansiva ofrece inmejo-
rables oportunidades para la radicación de explotaciones familiares, induciendo procesos de
ascenso social y “contribuyendo” a la formación de una sociedad democrática. En tal sentido,
la alta movilidad social que se presenta en algunos casos tiende a ser considerada como el
signo característico de la frontera.

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INTRODUCCIÓN

Dicho voluntarismo interpretativo puede ser rastreado en la corriente analogía que se


establece entre movilidad geográfica (migración-colonización) y movilidad social (cambios
de posicionamientos en la estructura social), a partir de la cual se identifican estos procesos,
argumentándose en forma genérica que la “movilidad” tiende a cuestionar y redistribuir las
relaciones entre organización social y organización espacial, lo cual no sería otra cosa que la
respuesta social a estructuras fijas y jerarquizadas (cfr. Frémont et al., 1984).
En la misma dirección se señala la frontera como “el espacio de expectativa de reproduc-
ción ampliada para prácticamente todos los actores en juego, pero donde no hay certeza en
cuanto a esta reproducción”, constituyéndose, entonces, en un ámbito de “gran virtualidad
histórica” (cfr. Aubertin y Lena, 1986; Trinca, 1990).
Ahora bien, sería necesario hacer al menos dos consideraciones preliminares sobre
esta cuestión.
La primera resulta de un análisis más pormenorizado en torno a quienes efectivamente
son los actores sociales con expectativa de reproducción ampliada en el espacio de la frontera.
Esto tiene interés, ya que, como se intentará mostrar, no todos los actores involucrados en el
proceso de expansión poseen las mismas expectativas y, tal vez, lo que sería menos obvio y
más importante de analizar es que no todos poseen las mismas posibilidades de realizarlas. En
el mismo sentido del último autor citado: no todos los actores poseen el mismo nivel de
certeza en relación a dicha reproducción.
De manera tal que la relación entre expectativas de los actores involucrados y el lugar que
ocupan en la estructura social, y, al mismo tiempo, la reconstrucción de dicha relación en las
trayectorias sociales de dichos actores sociales, constituye uno de los anclajes metodológicos
para una aproximación sistemática al tema.
La segunda tiene que ver con el análisis de la dimensión política del “fenómeno de
fronteras”, ya que el mismo puede analizarse como un mecanismo político del estado para
reorientar expectativas de movilidad social y amortiguar tensiones sociales en la estructura
social (Aubertin y Lena, 1986: 12-3; Schiavoni, 1992).
Ambas consideraciones son sustantivas en la perspectiva de superar aquellas aproxima-
ciones señaladas previamente. Es que paralelamente a la noción de frontera expansiva tiende
a formularse, en ocasiones, un discurso estigmatizado sobre el espacio a “colonizar”. Concre-
tamente, cuando dicho espacio aparece referenciado principalmente desde dichas expectati-
vas de reproducción ampliada, parece adquirir las dimensiones de un lugar prácticamente
“vacío”, y del cual tiende a soslayarse la estructura social existente.
Las precauciones que se toman en cuanto a la elaboración de determinados discursos
sociológicos sobre la problemática no son baladíes si se consideran las características histó-
ricas particulares que configuraron tanto las nociones de frontera como también las de las
prácticas asociadas a las mismas. En tal sentido resulta común encontrar en la literatura
especializada sobre la dinámica expansiva de las “fronteras” latinoamericanas un debate
polarizado. De manera tal que, en algunos casos, se hace énfasis en el rol de las fronteras
“abiertas” como un ámbito para el desarrollo de una movilidad social ascendente de las

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unidades económicas allí instaladas (cfr. Velho, 1979), mientras que, en otros, se niega
toda posible interpretación en tal sentido (cfr. Palmeyra, 1977).
Al polarizarse de esta manera el debate, tienden a entremezclarse situaciones y procesos
muy diferenciales, sólo detectables desde un análisis pormenorizado de las trayectorias socia-
les de los actores involucrados y del conjunto de límites y posibilidades que configuran las
condiciones en que se desenvuelven históricamente tales trayectorias. La misma noción de
“pionero” o “colono”, para definir al sujeto social típico de las zonas de expansión fronteriza,
tiende a esconder, en ocasiones, la complejidad de actores sociales involucrados.
En ciertas formulaciones, resulta clara la distinción entre los conceptos de frontera enten-
dida como un límite político o una demarcación territorial, y de frontera concebida como
una franja extrema de una región bajo poblamiento que se expande progresivamente hacia
una zona despoblada u ocupada por poblaciones aborígenes, cuyos territorios se considera-
ban adscriptos a los intereses del estado que patrocinaba o legitimaba el avance de la “coloni-
zación” de los mismos (Caviedes, 1987).
Sin embargo, como señala el mismo autor, “los conceptos de frontera como límites
políticos entre los estados, la frontera de colonización como la resultante de procesos de
ocupación territorial y las fronteras percibidas a través de ciertas doctrinas geopolíticas, se
encuentran en una estrecha interrelación en los países del cono sur y explican con mucha
pertinencia las animosidades existentes entre dichos estados” (Caviedes, 1987: 58).
Es posible sostener, siguiendo a G. Sandner, que “en América Latina, el proceso formati-
vo de estados se produjo en una base territorial definida por divisiones administrativas
coloniales y esto significa orientados no en la consistencia y contigüidad de territorios, sino en
relaciones de poder y control basadas en centros” (Sandner, s/f: 4).
El principio del “uti possidetis” aplicado en la formación de los estados nuevos, es
decir, el uso de los límites administrativos intercoloniales al fin de la colonia, como referen-
tes para la delimitación política de las fronteras de los estados independientes, resultó
bastante conflictivo, por dos razones.
Primero: las delimitaciones administrativas no tenían mucha precisión, porque en las
vastas áreas “vacías” y fuera del control efectivo, no había necesidad de límites lineales y de
orientación territorial a nivel local. Además, persistían contradicciones en las últimas órdenes
reales, cambios más recientes de adjudicación de áreas de ésta o aquella audiencia, y conflictos
sin solucionar al finalizar la organización Colonial. Por esto, una definición del último status
para las diferentes unidades administrativas fue una cuestión bastante difícil de resolver, aún
más porque los diferentes países/estados nacientes tenían diferentes “años cero”.
Segundo: los nuevos estados otorgaron un excesivo peso al concepto de soberanía y a la
doctrina de integridad territorial como elemento constitutivo del estado. Por tales razones, la
demarcación de fronteras obtuvo un peso excesivo como fundamento de una nacionalidad
definida, según se ha formulado, más geográficamente que en las bases socioculturales de la
población. Así, la recuperación de “territorios perdidos” en el período poscolonial se transfor-
mó en un tema central de “dignidad nacional” (cfr. Sandner, s/f).

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INTRODUCCIÓN

En tal sentido, una segunda hipótesis de trabajo que orienta a la presente Tesis es que
dicha situación de énfasis en los conflictos territoriales tendió a facilitar la institucionalización
del uso de la violencia armada para resolverlos y su legitimación como proyecto político “nacional”.
Este planteo se refuerza para el caso argentino, en dos cuestiones vinculadas: a) el modelo
“educador” de las instituciones que configuraron el proyecto de estatalidad y b) el rol central
que en dicho proceso pretendió jugar (y lo hizo) el nuevo ejército “nacional”. Ciertamente la
metáfora de un “desierto” distante y alejado del “centro” del poder, asociado a la ocupación
aborigen, dio lugar a que el movimiento de racionalización fuera ante todo de
“disciplinamiento” (en el mejor de los casos) y también un viaje (o su expresión concreta en
campañas) militarizado.10
Las características antes señaladas en torno a la problemática de los límites territoriales de
los nuevos estados-naciones independientes se entremezclaron paulatinamente con objeti-
vos de colonización y desarrollo económico, por lo cual no resulta extraño encontrar, en los
mismos discursos de estrategia militar, objetivos de colonización y “civilización”.
Las concepciones tradicionales y dominantes en torno a la noción de frontera, al
menos en nuestro país, parecen haberse construido, ante todo, como el reflejo de un
espacio vacío entre los convencionales límites heredados de la colonia y las intenciones
de expansión de los intereses de las fracciones hegemónicas de la burguesía triunfante
productora de las reglas del juego del pacto constituyente. Así, los discursos políticos
hegemónicos en el período llamado de “formación” del estado nacional tendían a legiti-
mar las acciones de conquista militar de los territorios aborígenes (campañas militares “al
desierto”), que acompañaron tanto a la expansión de la frontera agropecuaria hacia fines
del siglo pasado, como al disciplinamiento de la fuerza de trabajo en el espacio conquis-
tado (Oszlak, 1989; Iñigo Carreras, 1983).
A partir de lo expresado, la perspectiva que sigue la presente Tesis en relación a la noción de
“frontera”, en tanto ámbito de expansión de determinadas relaciones de producción, es que la
misma constituye más que un límite (entre nación/desierto, productivo/improductivo o tradicio-
nal/moderno), un proceso de conexión (valorización) entre espacios caracterizados por dinámicas
productivas y reproductivas heterogéneas (Becker, 1986; Cafferata, 1988; Reboratti, 1989).
El eje principal de dicho proceso conectivo pasa, en este análisis, por las formas y
procesos de relacionamiento entre capital y trabajo, es decir, por las relaciones sociales de
producción que pretenden garantizar una específica hegemonía del capital sobre los
procesos de trabajo y reproducción de la vida “preexistentes”, intentando refuncionalizarlos
parcialmente (aunque generando permanentemente renovadas contradicciones) hacia

10. Para la noción de “viaje” con relación a la construcción de imaginarios sociales, véase la obra de V.
Turner (1974) Dramas, Fields and Metaphors in Human Societies. Cornell University Press. Ithaca. Su
utilización resulta muy interesante en cuanto a la construcción de las naciones como “comunidades
imaginadas”, en la obra de B. Anderson (op. cit.).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

formas particulares de transferencia de valor. Un proceso de estructuración social de la


frontera que, como se intentará mostrar, tiene importantes niveles de correlación con las
formas del estado, los procesos de conformación de la nacionalidad y con las relaciones
interétnicas que se despliegan en su seno.
Cuando se propone la categoría de análisis “formación social de fronteras” se pretende
indicar tanto este proceso conectivo de espacios heterogéneos, en el cual se despliegan espe-
cíficas relaciones de producción capitalistas, como así también la particular forma en que se
vinculan dichas relaciones de producción en cada momento histórico con el proceso de
construcción del estado-nación.
Es por ello que tal caracterización se distancia de la noción de región, ya que esta última
tiende a ser cosificada en una representación geográfica dada de una vez y para siempre, a
partir de lo cual el análisis pierde capacidad heurística para aprehender las transformaciones
históricas y la multiplicidad de actores diferenciales que construyen y a la vez son el producto
de específicas estructuraciones espaciales en cada momento. Es así que si bien la referencialidad
geográfica inmediata de este trabajo se expresa en el territorio delimitado como Chaco cen-
tral, al introducirnos en la perspectiva de las relaciones interétnicas de los actores involucra-
dos, dicho espacio estalla en configuraciones más amplias y cambiantes, que tendrán su
expresión histórico-concreta en aquel proceso conectivo y contradictorio al mismo tiempo.
La categoría de formación social de fronteras remite, en principio, a su antecedente en la
tradición académica marxista: formación social o formación económico-social. El tratamiento
teórico-metodológico de la misma tiene una de sus elaboraciones más desarrollada en los
trabajos de L. Althusser y E. Balibar (1985) y E. Balibar (1985), sobre todo por la gran
influencia ejercida por estos autores en la década de los años ’70.
Para estos autores, el concepto de formación económico-social remite a una realidad
histórica empírica que se expresa en la combinación de distintos modos de producción,
siendo uno de ellos el dominante. Esta conceptualización pretendió resolver en su momento
el problema epistemológico que resulta del análisis de la heterogeneidad empírica del sistema
capitalista. Al distinguirse la categoría modo de producción (en tanto objeto abstracto) y
formación social (objeto histórico empírico), se sostenía que era posible captar la unidad de lo
diverso: formaciones sociales que articulaban en forma específica modos de producción
diferentes bajo un modo de producción dominante.
En la medida en que nuestra propuesta de análisis se distancia de estas aproximaciones
al materialismo histórico (el denominado neomarxismo), para asumir un enfoque distinto
del mismo, será necesario un recorrido problematizador de algunas de las consecuencias
teóricas y metodológicas que conllevan aquellas definiciones. Este recorrido no pretende,
sin embargo, incursionar en la gran profusión de debates que aquellas perspectivas traje-
ron aparejada. Se delimitará el análisis en forma sintética hacia las formulaciones produci-
das en el campo de la Antropología “neomarxista” más reciente.

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INTRODUCCIÓN

Antropología económica y procesos de valorización

Formular un lugar con cierta especificidad para la Antropología Social, en el marco de los
objetivos de este trabajo, implica, en primer lugar, asumir la “ruptura” que viene produciendo
en esta disciplina respecto a aquel sentido de “aislado” y “primitivo” con el que permanentemen-
te se ha interpelado, no sólo como estigma, sino principalmente como supuesto rincón inex-
pugnable de la construcción de conocimientos en la disciplina, a los “pueblos primitivos”.
Programa antropológico que ha derivado hacia distintas direcciones, en ocasiones justifi-
cado por una pretendida “pérdida del objeto”, dadas las rápidas y profundas transformacio-
nes que produce el sistema capitalista a escala planetaria sobre las sociedades tradicionalmente
estudiadas por los etnógrafos.
Sin embargo, esa noción de pérdida (tal vez en buena hora ocurrida), que derivó en la
creación de nuevos objetos y campos de estudio para la antropología contemporánea, se
miraba especularmente en la propia designación de un campo supuestamente dado por la
existencia fáctica de tales “sociedades”, sin asumir que dicha existencia fáctica respondía a una
construcción no únicamente teórica, sino principalmente histórica y social, tal como lo ha
señalado E. Wolf, hace ya un tiempo:

“Al atribuir a las naciones, sociedades o culturas, la calidad de objetos internamente


homogéneos y externamente diferenciados y limitados, creamos un modelo del mundo
similar a una gran mesa de pool en la cual las entidades giran una alrededor de la otra
como si fueran bolas de billar duras y redondas” (Wolf; 1982: 19).

Estas premisas, que han estado presentes en los planteamientos realizados en páginas anterio-
res sobre la cuestión de la etnicidad, la nacionalidad y la formación de fronteras, no interpelan
únicamente a las antropologías del “aislado sociocultural”, sino también a ciertas antropologías
“comparativistas” que, mediante una construcción idealista de su objeto, “aíslan” rasgos, institucio-
nes y prácticas sociales reorganizándolas en función de categorías, sea para formular una “teoría
general del desarrollo civilizatorio” –como el caso de los evolucionistas clásicos–, o bien, en una
perspectiva más contemporánea, para “recomponer” aquellos datos etnográficos aislados de su
significación específica, con la pretensión de construir una teoría universal del comportamiento
humano. Precisamente, la antropología económica surge como disciplina sistemática en el campo
de las ciencias antropológicas alternándose entre ambos posicionamientos metodológicos.11
En el marco de las formulaciones del pensamiento materialista-histórico, la mayoría de los
antropólogos orientados en esa perspectiva van a aceptar como significativos los conceptos de

11. Para un desarrollo elaborado en forma más sistemática en torno a la conformación de la Antropología
Económica como especialidad, puede consultarse H. H. Trinchero, 1998, op. cit.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

modo de producción y formación económica y social. Al respecto, M. Godelier intentó


quizás la definición más sistemática:

“Un modo de producción, en un sentido amplio, es un conjunto doble de estructu-


ras sociales, compuesto, por una parte, por fuerzas productivas y relaciones de pro-
ducción que organizan en el seno de una sociedad determinada los procesos de
producción y distribución de los bienes materiales (modo de producción en sentido
restringido) y, por otra parte, por las relaciones sociales políticas, jurídicas e ideológi-
cas que corresponden a esas formas de producción y constituyen una parte de las
condiciones de reproducción” (1974: 171).

La precisión conceptual respecto al “modo de producción” remite necesariamente al proyecto


de relectura de los textos de Marx y Engels, realizado por el programa contenido en la obra Para
leer el Capital de Althusser y Balibar (op. cit.). En el mismo sentido se inscribe su propuesta para
una caracterización de una determinada Formación económico-social, lo que implicaría construir:

“Una definición sintética de la naturaleza exacta de la diversidad y de la unidad


específica de las relaciones económicas y sociales que caracterizan una sociedad en
una época determinada” (1974: 176).

Para ello, siguiendo a este autor, es necesario identificar el número y naturaleza de los
modos de producción que se encuentran combinados, diferenciando los elementos estructu-
rales y superestructurales de cada uno de ellos. Otro paso necesario sería definir los términos
en que se produce la articulación, tanto entre las instancias como entre los modos de produc-
ción. Por último, habría que definir las funciones que cumple cada elemento y cómo se
subsume a la lógica general del sistema social (1974: 176-77).
Nos encontramos aquí frente a formulaciones, en cuanto a los conceptos de modo de
producción y formación económica y social, que en este nivel de generalización resultan, en
parte, útiles a nuestros objetivos. Sin embargo, es importante aclarar, tal como fue sugerido
anteriormente, que dichas generalizaciones adquirieron significaciones específicas en la práctica
etnográfica y en la orientación teórica de la denominada antropología marxista de la época.
¿Cuáles serían las orientaciones teóricas y la práctica etnográfica de la década de los ’70
resultante de estas influencias?
Un principio de respuesta es la propuesta de E. Terray, quien señalaba:

“La tarea actual de los investigadores marxistas consiste en anexar el terreno hasta
ahora reservado de la Antropología social al ámbito del materialismo histórico, para
demostrar la validez universal de los conceptos y de los métodos por él elaborados.
Con esto confirmarán que la Antropología Social se ha convertido en una sección
particular del materialismo histórico, consagrada a las formaciones económico-sociales

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INTRODUCCIÓN

en las que el modo de producción capitalista está ausente, sección en la que colabo-
rarán historiadores y etnólogos” (Terray, 1974: 105).

Esta cita contiene los presupuestos que orientaron muchas investigaciones etnográficas,
intentando, a través de aquellas formulaciones teórico-metodológicas, validar al materialismo
histórico como una teoría general de los modos de producción.12 Sin embargo, e indepen-
dientemente de la validez y significación epistemológica y política de dicha propuesta de
teoría general para la historia, resulta de interés centrar la atención sobre el rol de la antropo-
logía social, dadas sus fuertes implicaciones.
La asignación a la antropología social (sea económica, política o simbólica) del rol de
sección particular del materialismo histórico que debería “consagrarse a las formaciones eco-
nómico-sociales en las que el modo de producción capitalista está ausente” tendía a conducir
a la antropología “marxista” (independientemente de sus críticas respecto a las nociones de
economía, de política y de cultura de las antropologías clásicas) a los mismos terrenos que la
antropología tradicional, es decir, el estudio de aquellos “pueblos primitivos” de existencia
contemporánea a los que se seguía considerando como “supervivencias” de un pasado arcaico
o de algún estadio de la “evolución” social. En tal sentido, la perspectiva positivista es sinto-
mática: la lectura de estas “sociedades” en tanto laboratorios que permitirían desentrañar
prácticas, creencias, o bien “modos de producción” precapitalistas.
Independientemente de la mayor o menor rigurosidad teórica a la que se intente adscri-
bir, semejante perspectiva tiende a negar el hecho histórico concreto, señalado por no pocos
antropólogos, de las profundas transformaciones que dichas “sociedades primitivas” han
sufrido a partir de los procesos de enfrentamiento sistemáticos y a la vez particulares con
distintas fracciones del capital, en la estructuración del modo de producción capitalista (cfr.
Kaplan y R. Manners, 1972; Llobera, 1980; Bestard y Contreras, 1987; Wolf, 1982).
Se deriva, de la presunción anterior, la consideración de que estos “pueblos” o “formacio-
nes sociales” son relativamente aislables y, por lo tanto, analizables como totalidades sociales,
herencia ésta cara al funcionalismo.13 Al desinteresarse por tales estructuraciones históricas y
al reiterarse la noción de “aislado” social para referirse a los pueblos etnográficos, se priva a la

12. Lo expresado no implica postular la idea de una homogeneidad de perspectivas en los autores
nombrados. Se trata de señalar únicamente que, independientemente de las discusiones conceptuales
sostenidas entre ellos, existía un reconocimiento relativamente consensuado hacia aquel lugar signado a la
antropología social y en particular la Antropología Económica, sobre todo en los primeros escritos.
Variaciones importantes en sus concepciones fueron sucediendo a medida que avanzaron las investigaciones;
sin embargo, ello no fue así en los aspectos centrales que se señalan aquí.
13. El funcionalismo, en su crítica a las derivaciones teleológicas de los esquemas generales del evolucionismo,
había formulado, en parte correctamente, la necesidad de superar la noción de “supervivencias” para dar
cuenta de determinadas prácticas e instituciones sociales existentes en las sociedades primitivas
contemporáneas, ya que dicha noción implicaba el soslayamiento de la pregunta por su función actual en
la totalidad social, y esta función es la que en principio garantizaría y explicaría su presencia. Entonces,

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

antropología social de una aproximación sistemática sobre los vínculos (de funcionalidad y
contradicción) entre las prácticas económicas, políticas y simbólicas, presentes en la organiza-
ción social, y la dinámica de las mismas en el marco de los procesos de reproducción del modo
de producción capitalista.
Godelier había, no obstante, realizado en aquella época una consideración interesante,
expresando que la antropología no debía reducir su campo a sociedades específicas, aunque
señalaba que la insistencia antropológica en el estudio de estas “sociedades primitivas” res-
pondería a “razones prácticas más que teóricas” (1976: 291).
Sin embargo, las razones prácticas tienen inevitablemente consecuencias teóricas y meto-
dológicas significativas en la construcción del objeto y del campo en antropología.
Ciertamente, si se acepta que las denominadas “sociedades etnográficas” o “primitivas”,
constituidas como campo de indagación de los antropólogos, se insertan en procesos de
transformación que producen sentidos, sea en la cotidianidad vívida o en las instituciones de
la organización social, económica, política y simbólica de las mismas, y al mismo tiempo se
intenta capturar el sentido histórico de dichas transformaciones (proyecto ineludiblemente
asociado a toda perspectiva histórico-materialista), entonces el objeto de investigación nece-
sariamente debería ser construido precisamente allí; es decir, en el haz de relaciones que
configuran las formas particulares de estructuración del modo de producción capitalista (y
no concebir a éste ni a las sociedades primitivas como entidades cosificadas, fetichizadas).
Es que aquel rol asignado a la antropología “marxista” implicaba insertarse en el debate
antropológico tradicional aceptando como dado su campo de incumbencias disciplinarias:
esto es, aquellas sociedades tradicionales. La cuestión planteada como relevante era que
aquellas antropologías, a partir de concepciones funcionalistas o bien desde el idealismo
“evolucionista”, no podían dar cuenta de las contradicciones de aquellas sociedades, y, por lo
tanto, resultaban incapaces de capturar los procesos por los cuales se transformaron en el
devenir histórico en sociedades de clases, es decir, en “modos de producción históricos”.
En tal sentido, se va a sostener aquí que no es “añadiendo” una serie de conceptualizacio-
nes más o menos sistemáticas, desde el punto de vista de su ordenamiento lógico (por
ejemplo, los conceptos de modo de producción y formación social), al objeto de estudio
tradicional de la antropología cómo podrá avanzarse en el conocimiento crítico respecto a
una caracterización de aquellas “sociedades”.

antes que orientar el eje de la crítica hacia esa vaga noción de función, hubiera sido tal vez más interesante
plantear el debate en torno a los contenidos de la noción de totalidad social a los que remitían el análisis de
aquellas funciones. Por ejemplo, en el caso de M. Godelier, plantearse como problemática de investigación
la cuestión de la explicación del por qué los sistemas de parentesco “dominan” en las “sociedades primitivas”,
más que un problema teórico entre el concepto de función y el de “causalidad estructural” significaba dejar
de cuestionar el mismo concepto de totalidad social y la noción de “aislado” que promovía el programa de
la Antropología Social funcionalista. Esto es, la consideración de que las “sociedades tribales” contemporáneas
son “sociedades” susceptibles de reproducirse a sí mismas (cuestión de especial interés para determinadas
fracciones del capital agrario).

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INTRODUCCIÓN

Si, tal como se viene sugiriendo, se acepta que en aquel haz de relaciones que configuran
las transformaciones sociales de las sociedades etnográficas se incluyen determinadas relacio-
nes económicas (principalmente relaciones de producción), no será la “economía primitiva”
o el “modo de producción primitivo” el que dé cuenta de ellas. En tal sentido, sería más
adecuado seguir a Marx en la perspectiva de que:

“No se trata del lugar que las relaciones económicas ocupen históricamente en la
sucesión de las diferentes formas de la sociedad (...). Se trata de su conexión orgánica
en el interior de la sociedad burguesa moderna” (1978: 278).

Entonces, el objeto de la Antropología Económica que se pretende deberá ser formulado


en un nivel distinto al que se configura con la reconstrucción de aquella “economía”, “modo
de producción” o “formación social” “primitiva” (aunque muchos esfuerzos se hayan dedica-
do a ello). Al contrario, este basamento debería situarse en la búsqueda y análisis crítico de
aquella “conexión orgánica” de que hablaba Marx, quien, con esta formulación, daba cuenta
con claridad de hacia dónde apuntaban sus investigaciones y, por ende, los conceptos y
categorías que utilizaba (cfr. Trinchero, 1992 y 1998).
Con el objeto de formular con mayor precisión, entonces, el tipo de Antropología y en
particular de Antropología económica que sustenta el análisis de la formación social de fronteras,
objeto de este texto, es necesario plantear los aspectos centrales del distanciamiento que se propone
respecto a aquellas orientaciones, y que pueden sintetizarse en las siguientes dos consideraciones:
a) La distinción entre modo de producción (nivel abstracto) y formación social (nivel
empírico), independientemente de su pertinencia epistemológica (ambas categorías para
resultar significativas, en tanto concretos de pensamiento, deben responder a la construcción
de niveles históricos-empíricos como teóricos-abstractos de la realidad social) ha sido formu-
lada en el marco de un proyecto de “teoría general de los modos de producción”.
A los efectos de esta investigación, la categoría formación social remite a una realidad
teórica y empírica, cuya complejidad se reconstruye a partir de las expresiones histórico-
concretas, políticas, económicas y culturales, de modalidades de subsunción del trabajo
por determinadas fracciones del capital. Pretensión de hegemonía del capital sobre
procesos de trabajo y reproducción de la vida “preexistentes”. Procesos de trabajo que al
consituirse como alteridad de dichas fracciones de capital han intentado ser resignificados
hacia formas de valorización mediante su sanción mercantil. Sin embargo, se considera
aquí que su alcance en tanto noción teórica no es genérica (para todas la épocas históri-
cas). Su pertinencia pretende ser operativa, en el nivel sincrónico, para dar cuenta de los
complejos vínculos entre acumulación y expansión del modo de producción capitalista
y los procesos de trabajo y reproducción de la vida, presentes en los grupos sociales
estudiados por los etnógrafos en tanto “sociedades primitivas”; y, a nivel diacrónico,
intentando capturar la trayectoria histórico-social concreta de las interrelaciones entre
aquellas expresiones políticas, económicas y culturales.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

En este sentido, los alcances del concepto se limitan en este caso a señalar configuraciones
específicas del modo de producción capitalista expresadas en la conjunción de situaciones de
construcción de fronteras políticas, frentes de expansión económica y producción de fronte-
ras culturales, y cuya capacidad heurística resulta restringida, por el momento, a algunos
aspectos presentes en la formación de los estados-nación en América Latina.
b) Otra distancia responde a la noción de “articulación de modos de producción” a que
dio lugar el significado del concepto de formación social.
El sentido del concepto de modo de producción es construir un “concreto de pensamien-
to” capaz de dar contenido a la noción de totalidad social y significar, entonces, los elementos
centrales que componen “una estructura capaz de reproducirse” (Cfr. Godelier, 1976). Dicha
totalidad social no puede ser hoy otra cosa que el modo de producción capitalista. Desde la
perspectiva seguida aquí, la noción de “articulación entre modos de producción” expresaría de
forma inadecuada los “componentes” que definen a una formación social.
Esto es así ya que el modo de producción capitalista (como cualquier modo de produc-
ción histórico) es, al mismo tiempo, un modo de dominación frente a la capacidad consti-
tutiva del trabajo. El modo de producción capitalista domina mediante la extracción del
valor por la apropiación de los medios de producción y reproducción del trabajador
directo. Al extraer valor, el capital, en tanto relación social, se apropia de las capacidades de
trabajo y reproducción de “otros” modos de producción que se le enfrentan históricamen-
te, intentando transformarlos para adecuarlos al proceso de valorización (tal y como lo
indica la experiencia histórica del proceso permanente de expansión del modo de produc-
ción capitalista a escala mundial).14
No es la intención de estas consideraciones obviar el conjunto de implicancias y debates
teórico-metodológicos, como tampoco los distintos usos de la noción de “articulación de
modos de producción” que han hecho distintos autores, y menos aún desconocer sus impor-
tantes aportes sobre las formas de reproducción del proceso de dominación del modo de
producción capitalista, principalmente en las estructuras rurales latinoamericanas (Bartra,
1982; Phillipe Rey, 1971; Amin,1975; Palerm, 1980; entre otros).
Pero si se acepta que, en la dinámica de su expansión, el modo de producción capitalista
“transforma” los demás “modos de producción” y les “arrebata su funcionalidad para some-
terla a la suya” (Amin, 1975: 16), debería asumirse también que aquellos ya no pueden ser
concebidos como “modos de producción articulados al modo de producción capitalista que

14. Es que la noción de articulación remite a un criterio de funcionalidad y/o de contradicción entre
totalidades sociales que, si bien tuvo en su momento la intención de deconstruir ciertas posiciones “dogmáticas”
del materialismo histórico (promovidos por el marxismo “oficial” stalinista), al partir de la concepción de que
una formación social es una combinación articulada de estructuras, terminó dando lugar a una construcción
teleológica. En acuerdo, en este caso, con otros autores: “La teoría general de los modos de producción cuyo
proyecto aparece en Para leer el capital sólo se puede constituir mediante la reproducción de estructuras
esenciales de la filosofía idealista de la historia” (Hindess y Hirst, 1979: 11). Para una lectura crítica
sistemática de aquel proyecto del materialismo histórico, remitirse a la obra de estos autores.

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INTRODUCCIÓN

los domina”, pues sus niveles de funcionalidad y de contradicción se expresan en relaciones


sociales definidas en una “totalidad social mayor”.15
Si se insiste en estas cuestiones es porque en el campo de la antropología de tradición
“marxista” el concepto de articulación de modos de producción ha inducido también, como
se dijo, a reiterar en cierta forma el dogma aislacionista de la antropología clásica, al considerar
las sociedades etnográficas como laboratorios que permitirían reconstruir totalidades sociales
como “modos de producción”.16
Es que tales proposiciones, al intentar seguir a Marx en su clásica expresión en torno a
que: “La economía burguesa facilita la clave de la economía antigua etc., pero no según el
método de los economistas que borran todas las diferencias históricas y ven la forma
burguesa en todas las formas de sociedad”. Tal vez no prestaron suficiente atención a las
formas de construcción del objeto clásico de la antropología burguesa que, si bien facilita la
clave para comprender formas de vida distintas, con su método ha pretendido borrar tam-
bién todas las diferencias históricas y actuales de explotación de dichas formas de vida por
parte del capital, atribuyéndolas a las particularidades culturales de “otras sociedades”.
Es por ello que aquella frase de Marx debe ser completada con su continuación:

“...como además la sociedad burguesa no es en sí más que una forma antagónica de


desarrollo, ciertas relaciones pertenecientes a formas anteriores volverán a encontrarse
en ella completamente ahiladas o hasta disfrazadas, como por ejemplo la propiedad
comunal. Si es válido por consiguiente, que las categorías de la economía burguesa
resultan ciertas para todas las demás formas de sociedad, no debe tomarse esto sino
‘cum grano salis’. Puede contenerlas desarrolladas, ahiladas, caricaturizadas, etc., pero
siempre esencialmente distintas” (1979: 265).

Aquellas “formas de vida distintas”, de las que hablaba Marx, no configuran componen-
tes de modos de producción “pre-capitalistas” articulados bajo el dominio del modo capita-
lista de producción. Si bien es posible observar que a nivel de los procesos y condiciones de
trabajo que organizan una parte importante en la reproducción de la vida se presentan a la
mirada del observador como respondiendo a pautas “tradicionales”, esas pautas están lejos de
ser significantes de modos de producción anteriores. Dichos procesos y condiciones de
trabajo existen porque actúan en el marco de las configuraciones particulares que asume el

15. Para un análisis en particular sobre esta cuestión puede consultarse el trabajo de G. Gordillo (1992).
16. El insistir críticamente sobre algunas formulaciones realizadas en el campo de los análisis “marxistas”
es, ante todo, para aclarar la forma específica que adquieren las caracterizaciones sobre el problema que
estamos abordando; ello no implica dejar de reconocer el importantísimo aporte que tales aproximaciones
han realizado al respecto y menos aún desconocer la herencia que las posturas aquí presentadas recibieron
respecto al mismo. En particular con los análisis de Antropología Económica que constituyen la
impresionante obra de M. Godelier. Al respecto, un importante viraje de aquellas posiciones se encuentra
en su compilación de trabajos denominada El análisis de los procesos de transición (op. cit.).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

proceso de valorización capitalista: en ocasiones, como producción de fuerza de trabajo, en


otras, como producción de mercancías para determinado mercado, o mediante combinacio-
nes y gradaciones diferentes de ambos procesos.17
De manera tal que la ilación entre estas prácticas presentes y antiguas en “sociedades” o
“modos de producción” primitivos no puede representar más que una construcción mera-
mente teleológica que respondería a las formulaciones del idealismo histórico, al no ver en
ellas otra cosa que relictos de una pasado arcaico en vías de extinción, o bien una “manten-
ción” resistente de aquel pasado, desconociendo, de esta manera, los procesos histórico-
concretos que configuran el conflicto entre el capital y el trabajo expresado en las formas
organizativas conocidas como “sociedades primitivas”.
Una línea de trabajo iniciada también en la década de los años ’70, en el marco del
materialismo histórico, en la cual las formualciones presentes reconocen un antecedente
más fuerte, es tal vez la obra de C. Meillasoux. Si bien influido por el programa del
estructuralismo “marxista” señalado, su trabajo va a enfatizar precisamente en los procesos
de transferencia del valor entre el “sector doméstico” y el “sector capitalista” en el capitalis-
mo contemporáneo (1982).
Con el análisis de las relaciones entre “economía doméstica” y los procesos de transferen-
cia de valor hacia el capitalismo, este autor va a proponer el requisito de una teoría que dé
cuenta no sólo de los mecanismos de transferencia del valor entre “modos de producción”
que implican la destrucción del modo de producción dominado, sino también de aquellas
situaciones en que determinados procesos de trabajo del modo de producción dominado son
preservados y en qué condiciones.
El planteamiento que realiza puede sintetizarse como sigue: dada la capacidad de repro-
ducción de fuerza de trabajo propia de estas “economías”, un mecanismo de valorización por
parte del capital es la apropiación de dicha capacidad reproductiva, adquiriendo este meca-
nismo dos modalidades características:

“La primera, bajo la forma de lo que se llamó el éxodo rural, la segunda, más contem-
poránea, mediante la organización de las migraciones temporarias (...). Estos enormes
movimientos de población que marcan el desarrollo del capitalismo industrial, estas

17. Resulta innegable que las poblaciones indígenas y campesinas en general se insertan en procesos de
trabajo domésticos en los que prevalecen procesos técnicos “tradicionales”; sin embargo como dijera
Marx, las técnicas no son sólo un indicador del cómo se trabaja sino también de las condiciones en que
se trabaja. Condiciones éstas que están determinadas por los procesos de valorización a las que son
sometidas. La pesca indígena que se practica hoy en el Chaco, por ejemplo, independientemente del uso
de técnicas semejantes a las que describen algunos etnógrafos (o bien según las observaciones propias)
parecen asemejarse a las antiguas técnicas, lo son sólo en su forma fenoménica. Así, según se observará
en el capítulo correspondiente (cfr. infra Cap. 7), al estar hoy parcialmente sancionados por la
mercantilización (por el capital comercial) dichos procesos de trabajo tienen una significación etnográfica
y antropológicamente distinta.

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INTRODUCCIÓN

transferencias de millones de horas de trabajo hacia el sector capitalista, fueron y son


aún el motor de todas las expansiones” (1975: 152-4).

El razonamiento que sigue Meillasoux es relativamente sencillo, pero de importantes


implicaciones para el tema: la duración relativamente larga de la denominada “estación
muerta” de la comunidad doméstica agrícola y, en todo caso, sus crisis reproductivas, facilitan
los movimientos campesinos en provecho de las clases explotadoras. De manera tal que,
dependiendo del tiempo de duración de dicha estación muerta –es decir, de aquel tiempo en
que el trabajador campesino está “librado” de las actividades productivas directas en su
comunidad–, será mayor o menor la transferencia de valor que realiza al sector capitalista. Por
ello es que la economía doméstica le permite al capital extraer no sólo la plusvalía proveniente
del empleo durante el proceso de trabajo inmediato, sino que también extrae un plusvalor
“extraordinario” al depositar la garantía de la reproducción de la fuerza de trabajo en aquel
sector doméstico, lo que se expresa en los bajos salarios que perciben estos obreros temporarios.
Sin embargo, siguiendo los ejes del pensamiento de este autor, este proceso de extracción de
un plustrabajo “extraordinario” no se realiza sin contradicciones.18 Estas se expresarían en el doble
movimiento que realiza el capital: por un lado, se reproduce cuando puede a partir de aquellas
formas específicas de extracción de valor, pero, simultáneamente, pone en crisis la capacidad
reproductiva de las economías domésticas al apropiárseles parte del trabajo necesario para dicha
reproducción y no contenido en el precio pagado por dicha fuerza de trabajo (salario).
De acuerdo a lo señalado hasta el momento, un primer nivel de concreción respecto a los
aportes de una antropología crítica pertinentes al objeto de este estudio, radicaría en su
potencial investigativo en torno a las formas histórico-concretas que determinadas fracciones
del capital han producido con el objeto de valorizar las capacidades productivas y
reproductivas de las “economías domésticas” presentes en el espacio de su intervención, y, por
lo tanto, construyendo dicho objeto en el esfuerzo teórico y metodológico por caracterizar el
campo de sus posibilidades y limitaciones específicas.
Estos procesos concretos en que el capital tiende a subsumir procesos de trabajo y repro-
ducción de la vida “preexistentes” a su intervención, resignificándolos hasta donde le es
posible, implican relaciones de producción particulares.
Relaciones de producción que expresan las formas en que determinadas fracciones del
capital ejercen su dominio mediante aquel movimiento contradictorio señalado por
Meillasoux, y que permite explicar lo que este autor denomina como “sector doméstico” no
ya como un rasgo residual, atípico o exterior a la racionalidad capitalista, sino como un

18. En palabras de Meillasoux: “mediante este proceso, en esencia contradictorio, el modo de producción
doméstico es simultáneamente preservado y destruido; preservado como modo de organización social
productor de valor en beneficio del imperialismo; destruido, pues se lo priva a plazo fijo, mediante
la explotación que padece, de los medios para su reproducción. En tales circunstancias el modo de
producción doméstico es y no es” (op. cit.: 140).

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producto de las formas que va adquiriendo históricamente su propia expansión (el proceso
de acumulación). Lejos de configurar estructuras sociales y procesos históricos homogéneos,
la reproducción simple y ampliada del capital produce y re-produce estructuras sociales y
movimientos históricos de una gran heterogeneidad que configuran el mapa etnográfico del
“sistema mundial” actual (Wallerstein, 1987; Robertson y Lechner, 1985; Lechner, 1984).
La expresión de dicho movimiento contradictorio de acumulación, en el caso analiza-
do, involucra a actores sociales distintos insertos en relaciones de producción y relaciones
interétnicas con una historicidad concreta. Relaciones que fueron vinculando
conflictivamente espacios territoriales y movimientos poblacionales diferentes, confor-
mando una formación social de fronteras específica.
Entonces, cuando en este trabajo se hace referencia empírica a los actuales procesos de identi-
ficación étnica y a las reivindicaciones territoriales de las poblaciones aborígenes y criollas del
Chaco central, se tiene en cuenta que el campo de límites y posibilidades de dichas identificaciones
estará conformado por su particular inserción en aquella formación social de fronteras y la expe-
riencia histórica; es decir, las trayectorias sociales que dichos colectivos recorrieron al integrarse
conflictivamente en el proceso de expansión capitalista particular en semejante contexto.
El análisis de las particulares relaciones de producción que se fueron configurando histó-
ricamente en la formación social de fronteras Chaco central ha de brindar algunas claves en
dos direcciones significativas.
Por un lado, intentando señalar los niveles de correspondencia entre la expansión de
determinadas fracciones del capital agrario y los procesos configurativos de la estatalidad en
la conformación de relaciones de producción específicas. Por otro lado, permitirá al mismo
tiempo dar cuenta de la emergencia de ciertos procesos de estigmatización en la construcción
de las etnicidades inscritas en las prácticas de los pobladores.
Ciertamente, desde esta perspectiva, los procesos de etnicidad, que tienen una expresión
muy concreta en las reivindicaciones territoriales actuales de los pobladores, lejos de configu-
rarse a partir de categorías emergentes de “cada cultura en particular” responden tanto al
conjunto de relaciones interétnicas concretas (en el sentido previamente señalado), como a la
producción de sujetos colectivos que resultan de sus anclajes en las contradicciones emergen-
tes de aquellas relaciones de producción específicas.
Al poner en crisis permanente las capacidades reproductivas propias de las “econo-
mías domésticas” de los pobladores, las distintas fracciones hegemónicas del capital
requieren de la configuración de un proyecto de intervención (estatal y/o privado)
disciplinador de la fuerza de trabajo y de sus condiciones de reproducción, que excede
las capacidades de sujeción del propio proceso productivo. Esta situación, que tal vez
resulta extensible al movimiento global de las relaciones entre acumulación del capital y
formación de la estatalidad y la nacionalidad, propias del proceso de generalización de
las relaciones de producción capitalista a escala planetaria, adquiere en estructuras rura-
les como la formación social de fronteras de América Latina, y en particular del Chaco
central, connotaciones específicas.

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INTRODUCCIÓN

En tal sentido, una tercera hipótesis de trabajo en torno a los objetivos de esta Tesis puede
formularse de la siguiente manera: la permanencia y en ocasiones profundización de las contra-
dicciones emergentes de las relaciones de producción históricamente presentes en la formación social
de fronteras Chaco central ha generado una reiteración de mecanismos de coerción política y en
ocasiones militarizados como garantía del proceso de valorización.
Esta hipótesis de trabajo profundiza sobre lo expresado en la segunda hipótesis de
trabajo, respecto a la institucionalización del uso de la fuerza armada para resolver los conflic-
tos limítrofes, extendiéndose, con las particularidades del caso, hacia los conflictos por el
dominio del capital sobre la capacidad de trabajo constituida en dichos territorios.
De allí la importancia asignada al análisis antropológico-económico de las formas espe-
cíficas que adquieren las contradicciones entre la reproducción del capital y la reproduc-
ción de la vida en nuestro campo de estudio, ya que permite dar cuenta de este proceso de
deslizamiento hacia actores sociales “exteriores” a los involucrados directamente en los
dispositivos concebidos idealmente como “típicos” de las relaciones capital/trabajo para
garantizar el proceso de valorización.
Actores sociales múltiples y heterogéneos han dado lugar al establecimiento de las
modalidades diversas de construcción de hegemonías tanto económicas como políticas y
culturales. Desde campañas militares de exterminio y disciplinamiento hasta formas polí-
ticas e ideológicas de ejercicio de la coerción, pasando por modalidades de clientelización
política y religiosa, configuran el “mapa” de la dominación en esta formación social de
fronteras, asumiendo a veces algunas de ellas la forma principal, a veces dándose
imbricaciones particulares de una y otra.
Un mapa de la dominación que expresa también relaciones de correspondencia y contra-
dicción entre los actores sociales y cuyas expresiones se sustentan mediante modalidades
específicas de formas internalizadas en las prácticas de los pobladores. Esta internalización de
las contradicciones en el ejercicio de la dominación es el que al mismo tiempo moldea el
campo de límites y posibilidades de las etnicidades y territorialidades reivindicadas. De allí
que otro aspecto del cual dar cuenta en el proceso investigativo se refiere a procesos de
estigmatización que el poder configura sobre las etnicidades, cuando éstas operan como
reivindicaciones o bien, en general, cuando se inscriben en las “prácticas” del trabajo para
garantizar la reproducción de la vida.19

19. Se utiliza aquí el concepto de prácticas en el sentido que le ha dado Bourdieu. Es decir, en términos
de estrategias implementadas por los agentes sociales (cuyas expresiones pueden ser conscientes o no) en
defensa de intereses ligados a la posición que ocupan en un campo determinado. Noción, ésta, que está
íntimamente ligada a la de “hábitus”, es decir, la serie de disposiciones a actuar ligadas a la experiencia
vivida de “lo posible” y “lo no posible”, entre otras. Para un análisis en detalle de este concepto puede
consultarse principalmente su obra Le sens practique, Ed. Minuit, París, 1984; o bien la obra citada de
este autor y L. J. D. Wacquant (1995).

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Respecto a esta cuestión, también el enfoque crítico de la antropología puede resul-


tar operativo, ya que el análisis de las contradicciones en las relaciones de producción
permite distinguir procesos concretos de activación de estigmas étnicos y nacionales que
aluden a modelos discriminatorios, en momentos históricos concretos en los que se
expresan aquellas contradicciones. El estudio antropológico de los procesos de
estigmatización de identidades étnicas (que algunos autores denominan “etnicización”)
podría dar un salto de interés al dedicarse al análisis de los procesos de estructuración
social que activan determinados estigmas, en un momento y contexto determinados,
por encima de otros, intentando así superar el mero registro de una serie más o menos
significativa, pero siempre genérica, de expresiones discriminatorias respecto a determi-
nados actores sociales.
En tal sentido, una cuarta hipótesis de trabajo relacionada a esta problemática puede
plantearse así: los estigmas étnicos que son activados respecto a los pobladores de la formación
social de fronteras Chaco central son significantes de los contenidos que adquieren en un
momento determinado las contradicciones entre la reproducción de la vida y la reproducción
del capital.

Las formas de subsunción del trabajo y las economías domésticas por el capital en
la formación social de fronteras

Una categoría que interesa rescatar aquí en forma crítica es la de subsunción del trabajo
por el capital, desarrollado por Marx en El Capital y profundizado en el denominado
Capítulo VI “inédito” (Marx, 1983).
Al analizar el proceso de producción capitalista, Marx intentó dar cuenta de las transfor-
maciones históricas concretas imbricadas en el proceso de expansión del capital, extrayendo
de allí algunas formulaciones teóricas en cuanto a las transiciones sociales propias de dicha
expansión. En principio, Marx va a señalar dos momentos históricos diferenciales de confor-
mación de las relaciones de la producción capitalista.
El primero, caracterizado por la forma general de todo proceso capitalista de producción
y que estaría en la génesis misma del capital en tanto relación social: la separación del produc-
tor directo de sus medios de producción y la sanción mercantil al trabajo que dicho proceso
implica. Analiza, entonces, los procesos que dieron lugar a la expropiación de artesanos y
campesinos de sus medios de producción, aunque esta apropiación no significaría, en una
primera etapa histórica, la transformación técnica de los procesos de trabajo tradicionales
(período de la manufactura en Inglaterra). En estas condiciones, la forma predominante de
extracción de valor es la relación de producción entre capitalistas poseedores de los medios de
producción y trabajadores que únicamente poseen su fuerza de trabajo para vender a aque-
llos. La conformación de esta relación como relación social fundamental del modo de pro-
ducción capitalista es específicamente “económica”, según Marx, en el sentido de que ya no

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INTRODUCCIÓN

resultarían necesarios mecanismos de coerción “exteriores” a dicha relación para garantizar la


extracción de plustrabajo.20
Sin embargo, continuando con su razonamiento, lo que sería intrínseco al proceso de
expansión del capital es la permanente revolución técnica de los procesos de trabajo, supe-
rando de esa manera los límites a la extracción de valor que implica la subsunción formal.
Ciertamente, al existir un límite (hasta físico) en la prolongación de la jornada laboral (límite
al que incluso llegaron las relaciones de la producción capitalista en las primeras etapas de la
manufactura, generando los consabidos conflictos y primeras resistencias obreras analizados
por el propio Marx), el capital comienza a configurarse como un proceso tendiente a dismi-
nuir el tiempo de trabajo socialmente necesario (para la reproducción de la fuerza de trabajo)
aumentando por consiguiente el tiempo de trabajo “excedente”. Este movimiento, expresa-
do como un incremento del capital constante en la composición orgánica del capital va
dando lugar, paralelamente, a un proceso de aumento de la productividad del trabajo en una
misma unidad de tiempo. A esta característica (más “desarrollada”) de las relaciones de pro-
ducción la llamó “subsunción real” del trabajo por el capital, denominando al mismo tiempo
“plusvalía relativa” a la forma correspondiente de extracción de plusvalor.
En definitiva, tanto la subsunción formal como la subsunción real y sus modalidades de
extracción del plusvalor, son, para Marx, las formas histórico-concretas en que se expresan las
relaciones de la producción capitalista: el proceso de transición de la manufactura a la gran
industria capturado mediante una abstracción concreta.
Sin embargo, el hecho de que Marx haya utilizado estas dos categorías centrales para dar
cuenta, tanto lógica como históricamente, del proceso de expansión del modo de produc-
ción capitalista en un contexto determinado (tal como se ha dicho, el paso de la manufactura
a la gran industria en Inglaterra), no es motivo para negar la posibilidad de que se requieran
nuevos conceptos críticos con el objeto de dar cuenta de otros desarrollos históricos concretos
que adquiera la reproducción del capital.
Tanto teórica como metodológicamente, la atención a los procesos de subsunción del
trabajo por el capital responde a la premisa de centrar el análisis precisamente en las
relaciones sociales de producción –es decir, en las relaciones de dominación del capital
sobre el trabajo–, las cuales, según lo que se viene planteando, resultan en la actualidad
muy heterogéneas. Si la unidad de lo diverso se encuentra en el movimiento de valoriza-
ción del capital, las formas que adquiere dicho proceso al intentar sancionar mercantilmen-
te a los procesos de trabajo y reproducción de la vida “preexistentes” a su intervención, son

20. Llamó a esta primera fase del capital, a esta primera manifestación de las relaciones de producción
capitalistas, “subsunción formal del trabajo por el capital”, indicando con ello dos cuestiones. La primera,
ya señalada, es que en esta etapa no se realiza una modificación técnica sustantiva en los procesos de trabajo
preexistentes. La segunda es que en tales condiciones tecnológicas la forma que puede asumir la extracción
de plusvalor es mediante una prolongación de la jornada laboral. En este orden de razonamiento, llamó
“plusvalía absoluta” al proceso correspondiente de extracción de plusvalor.

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también múltiples. De allí el requerimiento en profundizar sobre las categorías que pudie-
ran dar cuenta de tal movimiento.
Las categorías de subsunción formal y real aluden, en Marx, a la forma generalizada de la
producción capitalista, aunque dicha forma generalizada responda al proceso específico del
capitalismo en las condiciones históricas concretas estudiadas por aquel. Pero para que las
categorías no expresen una especie de teleología en términos de “necesariedad” histórica,
deben ser sistemáticamente puestas a prueba con el movimiento histórico objetivo del pro-
ceso de acumulación (expansión) en contextos específicos.
De allí que una serie de investigaciones concretas sobre dicho movimiento en contextos
particulares hayan señalado un interés teórico por profundizar en los contenidos de aquellos
conceptos. En principio, puede señalarse que tanto la subsunción formal como real expresan
formas “directas” de dominio del capital sobre el trabajo. Esto es, el control directo (para
algunos inmediato) de los procesos de trabajo como forma predominante. Sin embargo,
existen movimientos históricos concretos del capital en los cuales las formas de dominación
sobre el trabajo se manifiestan a través de modalidades “indirectas”.
La noción de subsunción indirecta ha sido utilizada por algunos autores interesados en
analizar las formas de dominación del trabajo por el capital en determinadas estructuras
rurales. Con ella se designa a las formas que adquiere la relación capital/trabajo en contextos
en los cuales una parte importante de la reproducción de la fuerza de trabajo es garantizada
por el sector doméstico y cuyo valor, por diversos mecanismos vinculados a la contratación
temporaria o a la especulación comercial, es apropiada por el capital.21
Sin desarrollar pormenorizadamente el conjunto de implicancias de aquella noción,
diremos que la misma indica formas específicas de ciertas ramas del capital de intentar
hegemonizar su dominio sobre el trabajo y que no responden a las formas directas (teóricas e
históricas) analizadas por Marx.22

21. El concepto de subsunción indirecta del trabajo al capital lo hemos tomado de los escritos de A. Bartra
(1982) en sus análisis sobre el proceso de transferencia de valor del trabajo y la producción de campesinos
en México. También Gutiérrez Pérez y Trápaga Delfín (1986) utilizan, con algunas particularidades,
dicho concepto. Para el caso que nos ocupa, es decir, las economías domésticas de los pobladores indígenas
del Chaco centro-occidental, pueden consultarse los trabajos de G. Gordillo (1992), H. H. Trinchero y
D. Piccinini (1992).
22. Es importante aclarar que para Marx ambas expresiones del proceso de subsunción (formal y real) son
constitutivas del Modo de producción capitalista y que dichos conceptos expresan, tanto teórica como
históricamente, el proceso de expansión capitalista analizado por él para dar cuenta, como se dijo, del
movimiento tendencial de la producción manufacturera a la gran industria. Sin embargo, de allí no
pueden extraerse conclusiones respecto a que este movimiento es un proceso lineal ni que implica formas
antagónicas de la dominación del trabajo sobre el capital. De hecho, el propio Marx ha analizado la
coexistencia de ambas formas de subsunción en sus estudios sobre el desarrollo de capitalismo. Sin
embargo, va a ser muy concreto en señalar que la forma clásica, a la que alude mediante las categorías de
subsunción formal y real, ocurre en Inglaterra: “En la historia del proceso de escisión hacen época, desde
el punto de vista histórico, los momentos en que se separa súbita y violentamente a grandes masas
humanas de sus medios de subsistencia y reproducción y se las arroja, en calidad de proletarios totalmente

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INTRODUCCIÓN

Ciertamente, al centrar el análisis en modalidades de dominación (subsunción) del tra-


bajo por el capital, se avanza hacia la profundización de la dinámica de la reproducción de la
fuerza de trabajo. Aquí se detectan una serie de configuraciones que parecerían no quedar
representadas por aquellas categorías clásicas. Una de ellas, y de especial interés hacia los
objetivos planteados, es el proceso de expansión de la gran industria capitalista en el agro y la
subsunción por dichas ramas de la producción agraria del trabajo doméstico.
Esta subsunción se realiza en condiciones tales que estas economías operan controlando,
en grados y niveles que es necesario determinar, medios de producción que garantizan, en
parte, la reproducción no sólo de la fuerza de trabajo, sino también de formas de socialización
que se expresan en procesos de trabajo y reproducción de la vida específicos, y que intervie-
nen, en parte, en la configuración de etnicidades e identidades sociales.
Por el lado del capital, al centrar parte del proceso de valorización en la transferencia de
valor que producen estas economías domésticas y que constituye uno de los mecanismos de
obtención de ganancias extraordinarias, se tiende a delegar en ellas el control sobre ciertos
procesos de trabajo, “delegando” también parte del control sobre algunas de sus condiciones
de existencia. Es precisamente en estas condiciones contradictorias donde el disciplinamiento
de la fuerza de trabajo (en el sentido planteado por Marx) requiere de la intervención de
dispositivos capaces de ejercerlo; es decir, instancias formalmente “exteriores” a la relación
capital/trabajo que se produce en la unidad de valorización.
Lo anterior nos remite a considerar, al menos, cuatro cuestiones implicadas en el proceso
de acumulación del capital en determinadas estructuras agrarias, que no necesariamente
resultan en las formas clásicas del dominio del capital sobre el trabajo.
1) La presencia de procesos de extracción de valor basados en la explotación estacional de
fuerza de trabajo, cuya reproducción está garantizada, en grados y niveles de profundi-
dad que es necesario considerar, por las “economías domésticas” que integran a dicha
fuerza de trabajo (Meillasoux, 1985; Bartra, 1982; Stoler, 1987).
2) Vinculado a lo anterior, la contradicción latente entre explotación y reproducción
doméstica que configuran tendencias heterogéneas en la relaciones de producción, dan-
do lugar a transformaciones de dichas economías domésticas que no implican necesaria-
mente su “desaparición”, sino una resignificación de sus procesos de producción en
términos que se hace necesario investigar.
3) El impacto de tales procesos en las variaciones que se producen en la composición
orgánica de una rama o fracción del capital, es decir, la forma que adquiere el desarrollo
tecnológico cuando el capital se enfrenta, entre otras, a estas “ventajas comparativas”.

libres, al mercado de trabajo. La expropiación que despoja de la tierra al trabajador constituye el fundamento
de todo el proceso. De ahí que debamos considerarla en primer término. La historia de esa expropiación
adopta diversas tonalidades en distintos países y recorre una sucesión diferente y en diversas épocas
históricas las diferentes fases. Sólo en Inglaterra, y es por eso que tomamos el ejemplo de este país, dicha
expropiación reviste su forma clásica” (destacado agregado) (K. Marx, 1980, Tomo I, vol. 3: 895).

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4) La presencia, también en diversos grados y niveles que es necesario determinar, de


mecanismos actuales de coerción “política” (incluso violencia directa) tanto como garan-
tía de la reproducción de la relación capital/trabajo así como también de mediación de las
contradicciones emergentes de aquellas relaciones.
Se sostiene, aquí, que éstos son los aspectos particulares de las formas de subsunción indirec-
ta del trabajo al capital para el caso que nos ocupa. Estos aspectos poseen grados de correlación
significativos y constituyen los ejes que permiten avanzar en nuevos niveles de análisis en torno
a las especificidades del proceso de conformación de la formación social de fronteras.
En el análisis de la formación social de fronteras bajo estudio, es posible detectar la
expansión de distintas fracciones del capital (agrario, mercantil, etc.) que subsumen tam-
bién procesos de trabajo doméstico diferenciables, generando, a su vez, otros tipos de
contradicciones particulares.
El término “subsunción indirecta diferenciada del trabajo por el capital” hace referen-
cia al hecho de encontrarnos frente a niveles de correspondencia y de contradicción entre
aquellas formas particulares de expresión del capital y modalidades específicas de econo-
mía doméstica.
En el caso de estudio y por el lado de las economías domésticas se encuentra que las
actividades de recolección, pesca y caza –practicadas principalmente por la población abori-
gen–, y, por otro lado, las actividades de ganadería extensiva –prototípica de la población
criolla–, son la expresión que a nivel de los procesos técnicos de trabajo indican aquellas
modalidades diferenciales.
Los procesos de trabajo que involucran a ambos sectores de población generan también
transferencias de valor de manera distinta. Así, la economía mercantil simple del criollo ganade-
ro transfiere valor principalmente a partir de la intermediación comercial, mientras que los
procesos de trabajo que involucran las actividades de recolección, caza y pesca practicada por las
unidades domésticas indias transfieren valor principalmente a partir de la apropiación del
trabajo no pago contenido en la fuerza de trabajo que emplea el capital agrario.
Sin embargo, aquí la distinción no es absoluta. En el capítulo siete, se intentará mostrar
de qué manera los propios procesos de trabajo domésticos aborígenes están siendo transfor-
mados con características muy específicas, no sólo por la dinámica de la expansión del capital
agroindustrial, sino también por la inclusión de sus producciones en circuitos mercantiles.
La necesidad de distinguir situaciones diferenciales en que distintas fracciones del capital
subsumen los procesos de trabajo, presentes en las economías domésticas de la población
criolla y la población aborigen, radica en que constituyen un elemento de especial interés
para analizar no únicamente el rol que ocupan en la estructura agraria regional, sino, al mismo
tiempo, para arrojar claves analíticas sobre la conformación de identidades sociales, culturales
y políticas, como así también dar cuenta del significado histórico-concreto de cada modali-
dad presente en los procesos de valorización.
En principio, la producción del criollo ganadero ha estado históricamente dirigida hacia una
valorización en el mercado. Valorización que, por otro lado, ha sufrido un drástico deterioro por

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INTRODUCCIÓN

la ineficiencia tecnológica a la que dicha modalidad mercantil simple quedó relegada ante el
avance de la producción ganadera de corte capitalista (al punto de poner en crisis la viabilidad
reproductiva de aquella modalidad de producción). Sin embargo, su ubicación en un contexto
fronterizo cercano a mercados regionales –en los cuales la ganadería pampeana, tecnológica-
mente en condiciones muy superiores para producir un artículo de mejor calidad pero orienta-
da a mercados externos–, le otorgaba condiciones especiales para su desarrollo. Esto, sumado a
un conjunto de situaciones políticas, le permitió tanto un proceso de relativo crecimiento de su
economía mercantil simple como también alimentar expectativas de una reproducción amplia-
da, aún en el marco de una tendencia involutiva de su modelo (cfr. capítulo seis).
En cambio, la población aborigen, desde la derrota militar y el despojo territorial, ha
estado sometida a un proceso de disciplinamiento e incorporación compulsiva al mercado de
trabajo. En tal sentido, su población puede ser caracterizada como trabajadores estacionales
que han sido incorporados al mercado de trabajo en función de la relativa capacidad de
reproducción de su fuerza de trabajo en tanto economía doméstica; es decir, por su capacidad
de transferir un plustrabajo al proceso de valorización de las fracciones de capital contratan-
tes, aunque también a riesgo de poner en crisis dichas capacidades.
Profundizando en lo expuesto, otra variable interviniente en el análisis de los procesos
de valorización es la capacidad de “retención” del “sector doméstico” de su fuerza de trabajo
en su interior respecto al asalariamiento, cuestión que remite necesariamente a los particu-
lares procesos de puja “política” por su apropiación por los que ha atravesado cada activi-
dad. Por ejemplo, la relativa pujanza de las actividades ganaderas hacia principios de siglo,
en contraste al despojo territorial hacia la población aborigen, constituyó un elemento
diferencial en la retención doméstica de cada grupo frente a la semiproletarización promo-
vida por los ingenios azucareros.
Hoy es posible encontrar que gran parte de las unidades domésticas aborígenes practican
parcialmente actividades de corte mercantil simple (parte de la pesca, las artesanías, etc.),
combinando estas actividades con la inserción temporal de parte de su fuerza de trabajo en
las explotaciones del poroto alubia en el llamado “umbral al Chaco”, generándose contradic-
ciones específicas entre ambas alternativas. Al mismo tiempo, contingentes importantes de
pobladores criollos han sido expulsados hacia las periferias urbanas en busca de asalariamiento.
Si hacia principios de siglo la “economía” mercantil simple del criollo observaba un
relativo dinamismo, en la medida en que usufructuaba un espacio sin renta con buena
productividad de forraje y mercados ganaderos regionales de relativa importancia, hoy, la
productividad media de las unidades domésticas criollas no alcanza siquiera para reproducir
en términos físicos a sus miembros, quienes deben complementar su ingreso asalariándose o
retirándose hacia otras actividades.
Tal vez a esta altura sea posible comprender mejor el sentido que se le otorga a los aportes
posibles de establecer desde la antropología económica para el análisis de una formación
social de fronteras. Precisamente, al profundizar el análisis de las formas particulares que
adquieren los procesos de valorización, mediante la categoría de subsunción indirecta y

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diferenciada, problemáticas que en muchas ocasiones aparecían construidas como exteriores


a dichos procesos adquieren relevancia.
Así, tanto los movimientos de formación de la estatalidad, como los procesos configurativos
de la nacionalidad imaginada por las fracciones hegemónicas de la burguesía y su expresión
en términos de coerción política y militar sobre las poblaciones de la frontera, pueden ser
leídos desde las características particulares del proceso de estructuración de las relaciones
sociales de producción.
La categoría de subsunción indirecta y diferenciada, permite también analizar las relacio-
nes interétnicas en las mismas claves (niveles de análisis) que dan cuenta de las relaciones de
producción apuntando hacia lo que se podría denominar, tal vez demasiado ambiciosamente,
una crítica a la economía política de la etnicidad.
Es que la antropología social que se formula aquí no se construye sobre la base de la
instanciación de la realidad que promueve a la economía como disciplina burguesa. En tanto
dispositivos que estructuran prácticas y producen sujetos sociales, las relaciones de produc-
ción no constituyen un campo autónomo. Precisamente, semejante autonomización de ese
campo es antes un resultado histórico concreto de la disposición permanente del capital hacia
el dominio del trabajo que un principio universal, teórico o metodológico de análisis. En un
mismo sentido podría señalarse también la emergencia y configuración autónoma de otros
campos disciplinarios, a saber: el político, el cultural, etc.
Es interesante el avance realizado hoy en ciertas posturas críticas hacia las modalidades
dogmáticas del estructuralismo metodológico en Ciencias Sociales. Así, las teorías de los
campos (Bourdieu, 1977, 1995) y de la estructuración social (Giddens, 1995) han permi-
tido hacer más inteligibles las prácticas sociales. Pero, según nuestra perspectiva, debe alertarse
sobre algunos reduccionismos que reaparecen en ciertas interpretaciones de los campos,
asimilando dicha noción a los sentidos predeterminados por los discursos y las prácticas
hegemónicas. Por ejemplo, en nuestro caso, cuando se propone analizar la política y los
discursos construidos desde el poder hacia la población aborigen del Chaco, no resulta
suficiente analizar el campo de la acción política indigenista. Para hacer inteligible su sentido
aparece como requisito, para una crítica, la necesidad de transgredir las fronteras construidas
desde sus discursos y sus prácticas, desde sus agencias y sus dispositivos. Por lo cual el análisis
resultaría pertinente en la medida que:
a) Se entienda que el mismo no es el producto de códigos, significados o referencias de
acción homogéneos, ya que el establecimiento de un patrón de legalidad, que brinda
cierta existencia a este campo, no puede excluir de modo alguno tanto la ocupación de
los mismos papeles por diferentes actores como de los mismos actores en diferentes
papeles. En este sentido y extrayendo algunas experiencias de nuestro trabajo, es posible
visualizar que la agencia militar en determinado momento genera prácticas y discursos
asumiendo el papel de agencia económica, en el marco de una “política” hacia el indíge-
na. O bien una determinada empresa o grupo de ellas genera prácticas de intervención
coercitiva y hasta militarizada también en el marco de dicha política.

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INTRODUCCIÓN

b) A partir de lo anterior, y más allá de una referencialidad específica, en este caso la


política seguida hacia la población aborigen, lo que se configura es un cuadro de tensio-
nes, manipulaciones y alternativas en lo que podríamos denominar como la intersección
de distintos “campos”, dando lugar a la emergencia de específicas configuraciones histó-
ricas y genealógicas entre agencias, estructuras y prácticas sociales.

Demandas territoriales: entre el estigma y la etnicidad

De acuerdo a lo que se ha venido formulando, puede decirse que las formas indirectas y
diferenciadas de subsunción del trabajo doméstico por el capital producen, al mismo tiempo,
trayectorias sociales particulares y prácticas en los sujetos sociales referidas a las formas de ocupación
y usufructo del territorio demandado. Al mismo tiempo, puede sostenerse que dichas trayectorias
y prácticas diferenciales constituyen algunos de los anclajes de las también diferenciales reivindi-
caciones políticas y étnicas, omnipresentes en los conflictos étnicos entre los pobladores.
Según se ha enunciado, uno de los objetivos específicos de este trabajo es dar cuenta del
campo de límites y posibilidades de las actuales demandas territoriales de los pobladores,
sujetos sociales, que actualmente ocupan el territorio fiscal fronterizo integrante de la forma-
ción social de fronteras analizada.
Desde 1986, el gobierno de la provincia de Salta viene generando una serie de instru-
mentos jurídicos con el objetivo de producir una “regularización dominial” de dicho territo-
rio, cuyos contenidos han ido replanteándose en el tiempo transcurrido. Sin embargo, por
una multiplicidad de factores que esta tesis intenta analizar, las modalidades de adjudicación
se restringen a formas estigmatizadas de concebir tanto al territorio como a la dinámica
productiva y reproductiva de las economías domésticas de los sujetos sociales involucrados.
Sin necesidad, por el momento, de una particularización en torno a las características de
los diseños de intervención política para la “regularización” dominial del territorio fiscal
ocupado actualmente por los pobladores y que han sido ensayados hasta el presente, puede
decirse que los mismos han variado en su formulación a la vez que el proceso ha ido tendien-
do a un desplazamiento en el tiempo de aplicación. Si en el diseño original el modelo
proponía fundamentalmente el reconocimiento del territorio hacia un grupo limitado de
unidades económicas criollas, previendo la relocalización de la denominada población exce-
dente de acuerdo al modelo (principalmente la población criolla más pauperizada y la casi
totalidad de la población india), posteriormente, movilizaciones indias mediante, el diseño
llegó a proponer un alternativa que supuestamente favorecería a la población aborigen con
una previsión de relocalización de la mayoría de la población criolla.
Sin embargo, tal como se ha observado, tanto uno como otro modelo descansan principal-
mente en construcciones estigmatizadas respecto a la racionalidad de la demanda sobre el

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territorio para uno u otro grupo de pobladores (la distinción reafirma la dicotomía indios/
criollos), modelos que en la práctica operan, en primera instancia, como construcciones
legitimadoras para un proceso de discriminación a la hora de la instrumentación de las
adjudicaciones y, en última instancia, dilatando la cuestión.
Respecto a esta cuestión, una quinta hipótesis de trabajo puede ser formulada en los siguientes
términos: estas formas estigmatizadas de concebir las distintas racionalidades productivas y reproductivas
de los pobladores se construyen a partir de una “naturalización” de las mismas, que soslaya tanto las
trayectorias sociales diferenciales de los pobladores como también la dinámica de los procesos de subsunción
de las modalidades de trabajo y reproducción de la vida por distintas fracciones del capital.
En el marco de los procesos recientes de reivindicación territorial en los que se expresan las
relaciones interétnicas en dicho territorio, se han ido produciendo identidades sociales que
tienden a “naturalizar” la dicotomía indios/criollos. De manera tal que, inscripta en los propios
modelos de regularización, esta dicotomía ha pasado al primer plano de las discursividades en
torno a la construcción de las etnicidades locales. En este contexto, tanto la dilación del proceso
de adjudicación como así también el reforzamiento de dichas identificaciones han tendido a
agudizar el conflicto entre “etnicidades”. Dicha agudización del conflicto retroalimenta, en
parte, la internalización de aquellas formas estigmatizadas de concebir “sus demandas” por los
propios sujetos sociales, posibilitando formas de legitimación política del propio proceso dilatorio.
Con el objetivo de analizar tales conflictos va a sostenerse una sexta y última hipótesis de
trabajo que, en definitiva, orienta el conjunto de este trabajo: el proceso dilatorio de “regularización
dominial” que encara el gobierno provincial, desde la emergencia de la democracia, tiende a construir
un escenario en el cual una serie de agentes económicos, externos a los ocupantes involucrados, apuntan
a consolidar posiciones para un nuevo movimiento de valorización del territorio y de la fuerza de
trabajo de los pobladores. Esta expectativa de valorización tiene como horizonte el acuerdo para la
construcción definitiva de la denominada ruta “transchaco” y la construcción, concluida en 1995,
del puente que une el territorio en disputa con Paraguay. Estos proyectos de infraestructura se
encuentran ligados a una estrategia de vinculación geoeconómica del Mercosur y atraviesan el
territorio en disputa por el medio, a la vez que han dado lugar para una movilización progresiva de
los pobladores con el objeto de “participar” en el diseño del plan de “regularización”.

Orientaciones metodológicas y etnográficas

Toda propuesta con cierta pretensión sistemática conduce a un objetivo de búsqueda de


“niveles de certeza y plausibilidad argumentativa” sobre una determinada problemática.
Estos niveles de certeza y argumentación implican tanto a la construcción del objeto de
estudio como a los procedimientos de validación y control epistemológico para dar cuenta
del mismo (Vázquez, 1994: 84).

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INTRODUCCIÓN

En las páginas anteriores se realizó un recorrido del universo temático en general, inten-
tando un contrapunto entre el análisis crítico de los conceptos significativos involucrados en
dicho universo y la descripción de ciertas configuraciones particulares que, a modo de ilustra-
ción, fueron sustentando una serie de interrogantes orientadores (problemáticas estructurantes)
de las hipótesis de trabajo propuestas.
El objetivo de este recorrido preliminar ha sido intentar capturar y dar cuenta del movi-
miento de doble determinación del objeto de estudio: síntesis, unidad de lo diverso, en tanto
construcción de un “concreto de pensamiento” en el sentido dado por Marx en el “prólogo
a contribución a la crítica de la economía política”.23
Construcción que necesariamente debió hacer referencia a lo que generalmente se deno-
mina como “estado del arte” del conocimiento producido sobre algunos niveles de aquel
objeto de análisis por determinadas intervenciones anteriores al presente proyecto, señalando
sus límites y posibilidades analíticas y fundamentando, a partir de nuevas unidades de
análisis sobre el movimiento de lo real, un proyecto de construcción del conocimiento con
pretensiones de mayor alcance heurístico.
Ahora bien, a lo largo del recorrido realizado hasta el momento sobre el tema, como de las
exposiciones argumentativas que se desarrollan en los capítulos siguientes, han sido relevan-
tes tanto la experiencia etnográfica obtenida en estos años de trabajos de campo, como así
también las orientaciones ideológicas, el campo intelectual en el que se inserta la producción
de este libro, las trayectorias individuales y sociales –que marcan los planteamientos sobre
determinadas problemáticas–, y la formulación de las hipótesis de trabajo. Sin embargo, ha
sido necesario recurrir no únicamente a dicha experiencia para arribar a los planteos realiza-
dos. Tal como se ha expresado, ha sido fundamental, paralelamente, construir argumentos
sustentables a partir de una exposición con intenciones de sistematicidad.
En el campo de la Antropología, la experiencia etnográfica ha constituido una pieza clave en
la inferencia de hipótesis más o menos plausibles respecto a las formas de la organización social,
económica y política de las “sociedades primitivas”. Sin embargo, como se ha observado, sus
limitaciones han estado dadas en parte por un lugar preasignado a dichas sociedades en determi-
nadas y supuestas teorías generales (producto de las analogías y experiencias políticas y académicas
de los etnógrafos y antropólogos). Al mismo tiempo, es necesario señalar que experiencia etnográfica
no quiere significar “autoridad etnográfica”, en el sentido que le ha dado al término la crítica
etnográfica contemporánea (sea como expoliación de un saber producido por otros o bien como
criterio de validación de un conocimiento) (Clifford, 1990; Rabinow, 1986).
Sobre esto, un breve comentario: la crítica a la “autoridad etnográfica” tiene cierto sentido
en aquellas formas clásicas de construcción del objeto antropológico, cuando el etnógrafo

23. Al respecto, planteó Marx que “lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones,
es decir unidad de lo diverso. Por eso lo concreto aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como
resultado y no como punto de partida y, por consiguiente, el punto de partida también de la percepción
y de la representación” (K. Marx, 1978: 269).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

investigaba un supuesto objeto dado, es decir, una “sociedad etnográfica” supuestamente


aislada espacialmente y entonces proclive paralelamente a su aislamiento “histórico”. Podría-
mos decir, parafraseando a Marx, que así como los economistas fetichizaron la mercancía,
confundiendo a la parte con el todo, los etnógrafos clásicos (aunque no sólo ellos) construye-
ron el fetichismo de “pueblo primitivo” confundiéndolo como totalidad social y soslayando
las múltiples determinaciones que lo configuraron como tal.
Las particularidades de la experiencia etnográfica (el viaje de campo), que la convertían
prácticamente en única y difícilmente reproducible, hicieron de la misma un conocimiento
que se validaba más por aquel criterio de autoridad del etnógrafo que por los procedimientos
e instrumentos analíticos por él utilizados. Hoy en día, al replantearse aquella forma de
construir su objeto, la autoridad mayor o menor del conocimiento producido por el etnógrafo
y el antropólogo sólo es susceptible de dirimirse en las mismas condiciones en que se lo hace
con la producción de todo conocimiento social y científicamente relevante, sin por ello dejar
de concebir que existen procedimientos técnicos que guardan cierta especificidad en la
construcción de los datos para la validación de sus hipótesis de trabajo.
El trabajo etnográfico introduce necesariamente, por sus propias características, la pro-
blemática de la subjetividad en la dinámica de la producción de conocimientos de lo social.
Independientemente de los sujetos concretos a los que ha dirigido su “mirada”, la antropología
y, en consecuencia, la etnografía, no son ni más ni menos que un caso más de producción
disciplinar respecto de aquellas condiciones.
Cuando la crítica contemporánea discute la producción etnográfica clásica, lo hace cues-
tionando un supuesto realismo de la misma. En tal sentido, insiste en el hecho obvio de la
existencia de “distintos puntos de vista de los nativos”. Sin embargo, semejante obviedad
conduciría a la empresa etnográfica a callejones sin salida tales como la confusión entre
representación del dato y representación del sujeto.24
Independientemente de la pertinencia y viabilidad de la sistematización de lo que se ha
dado en llamar “registros polifónicos”, es necesario subrayar y profundizar algunos planteos
enunciados previamente, con el objetivo de dar cuenta de lo que al respecto se sustenta:
1) El hecho de que distintos puntos de vista individuales no conforman distintas subje-
tividades sociales.

24. El realismo sugerido pareciera ser en muchos casos una mera atribución. Es más, el típico ejemplo que
suele esgrimirse (el reconocimiento del propio Malinowski respecto a que ningún trobriandés de los
consultados por él era capaz de reconstruir el circuito Kula) constituye una contradicción al respecto.
Ciertamente: ¿qué indicaría dicho autorreconocimiento? El hecho de que Malinowski valide su modelo sin
incorporar el denominado punto de vista del nativo no legitima la calificación de realista a su trabajo
etnográfico. Tal vez, lo apropiado sería indicar el límite de una aproximación “positivista” en la relación
sujeto/objeto. Lo anterior es válido incluso a pesar de los propios postulados malinowskianos en torno al
imperativo autoimpuesto de recuperar el “punto de vista del nativo”. En tal sentido es importante recuperar
aquella premisa de N. Elías en torno a la construcción de interfases entre distintos tipos de modelos de
acuerdo a niveles de complejidad de un problema (Elías, 1990).

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INTRODUCCIÓN

2) Que el objetivo de investigación social ha de ser las relaciones sociales que configuran el
campo de límites y posibilidades de existencia de dichos puntos de vista, un campo,
entonces, de intersubjetividades o bien, para expresarlo en términos recientes, de
interculturalidades.
3) Que aún siendo el del etnógrafo un punto de vista más, el mismo está sujeto tanto a
los determinantes sociales que construyen e interpelan al sentido común, como a una
serie de mecanismos de crítica disciplinar, por lo que sería un punto de vista construido
por reglas de producción necesariamente específicas. Y ello resulta independiente de que
el etnógrafo sea o no un miembro de los sujetos sociales que en determinado momento
llegaron a participar con sus puntos de vista en la construcción del objeto de conoci-
miento de la empresa etnográfica.
Una aclaración tal vez redundante: lo anterior no podría confundirse con un cues-
tionamiento respecto a la legitimidad social de “otros” modelos –por ejemplo, los que se
reconocen como existentes en las formulaciones de los actores sociales sujetos de inves-
tigación–. La autoridad del etnógrafo puede ser discutida en tanto pretensión (tal vez
latente en gran parte de sus producciones) de representación de discursos y prácticas del
“otro” y en la medida que tal pretensión exista, puesto que el etnógrafo en realidad sólo
se puede representar a sí mismo, tanto frente al campo intelectual del cual forma parte
como productor de un conocimiento que pretende su reconocimiento como, en el
mismo sentido, aunque bajo otras condiciones, frente a la comunidad de intereses de los
sujetos involucrados en el proceso investigativo, dependiendo esta vez de los niveles de
compromiso y distanciamiento que sea capaz de asumir en tanto intelectual respecto a
dicha comunidad de intereses.25
Una cuestión “técnica” se presenta cuando la práctica etnográfica desplegada en la cotidianidad
del trabajo de campo se encuentra demasiado cercana a las vivencias producidas por su praxis; las
significaciones que produce tienden a resultar excesivamente polivalentes. Para ser traducidas y
construir sentidos plausibles sobre ellas, en tanto modelos susceptibles de análisis y por ello
legítimos para la producción de conocimientos, se requiere la formulación de interfaces entre
vivencias y registros que suponen, en última instancia, un trabajo crítico sobre los niveles del
compromiso y el distanciamiento que involucran cada uno de esos procedimientos.
Retomando lo expresado, se sostiene aquí que tanto el lugar del etnógrafo como el de
la etnografía no se definen meramente como cuestiones técnicas en función de una bús-
queda de “representatividad” del otro (o los otros). Si este fuera el caso, se debería participar
de aquellos enunciados que, llevados hasta las últimas consecuencias, proponen la “desapari-
ción” de ambos (etnógrafo e informante). Esta crítica evidenciada en algunas posiciones
contemporáneas está referida a aquella praxis clásica que hacía del viaje a lo exótico su

25. Véase al respecto el artículo de Héctor Hugo Trinchero, “Compromiso y distanciamiento: configuraciones
de la crítica etnográfica contemporánea”. En Revista RUNA XXI, pp. 317-333. Facultad de Filosofía y
Letras. UBA, Buenos Aires, 1994.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

fundamento metodológico y el posible “no retorno”, tanto del etnógrafo como de su


producción, hacia los pueblos investigados.
Irreversibilidad de un conocimiento y una praxis que encontró legitimidad en la cons-
trucción de una “racionalidad” funcional a la dupla “progreso/desaparición” que interpelaba
a la práctica etnográfica tradicional. Las crisis históricas de esta racionalidad y esta unívoca
idea de progreso pusieron en crisis también y en buena hora el lugar de la disciplina. Pero
cuando se trata de la producción de un conocimiento crítico mediante el ejercicio de una
antropología del nos-otros (vgr. Latinoamérica), los “viajes” no son otra cosa que la expresión
concreta de la relación entre compromiso y distanciamento, en el entendido de que allí
residiría el movimiento de producción antropológica en tanto instrumento reflexivo para la
transformación del “statu quo” imperante (Krotz, 1988; Elías, 1990).
Construido el objeto de estudio antropológico, en una totalidad social configurada por
la dinámica contradictoria entre los procesos de valorización y las heterogéneas formas de
organización del trabajo y reproducción de la vida, el lugar de la etnografía propuesta estalla
necesariamente más allá de los límites de la “aldea”, para reconocerse únicamente en los límites
que se construyen como resultado de aquella dinámica y de las formulaciones teórico-
metodológicas que dan cuenta de la misma.
Si en este trabajo se hace referencia a un territorio y una población particulares es así en
tanto abstracción, noción genérica y fenomenológica desde la que necesariamente parte el
análisis; sin embargo, tanto el territorio como la población son el producto histórico con-
creto de múltiples determinaciones, por las cuales ha transcurrido el proceso de investiga-
ción. El viaje de retorno metodológico deberá, por tanto, volver hacia dicho territorio y
dicha población portando las categorías que den cuenta de aquellas múltiples determina-
ciones que lo configuran como tal.
A partir de la serie de hipótesis de trabajo, enumeradas en el desarrollo expositivo, se ha
pretendido definir con más precisión el objeto de estudio. Aquellas hipótesis orientan el
análisis hacia el objetivo de dar cuenta del campo de límites y posibilidades en los que se
encuadran las reivindicaciones territoriales de poblaciones indígenas y criollas, como así
también las configuraciones de identidades étnicas y políticas cuyo campo de expresión es el
proceso histórico contemporáneo de construcción de una formación social de fronteras
caracterizada como Chaco central.
La organización de algunos de los capítulos que siguen a continuación (principalmente
capítulos dos, tres, cuatro y cinco) intenta dar cuenta de las configuraciones histórico-concre-
tas de la formación social de fronteras, con el objetivo de arribar al movimiento histórico
contemporáneo. Pero ello no implica que los contenidos expuestos representen situaciones
históricas en el sentido de “conjunto de acontecimientos pasados”. Pretenden representar el
movimiento contradictorio, pero interrelacionado, de los procesos de valorización de deter-
minadas fracciones del capital, las formas de la subsunción de las economías domésticas por
el capital y sus niveles de correspondencia respecto a la construcción de la estatalidad en la
formación social de fronteras.

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INTRODUCCIÓN

Por una cuestión expositiva, los capítulos que expresan dicho movimiento se ordenan de
acuerdo a cierto recorte cronológico, mientras que los capítulos seis y siete analizan las trayecto-
rias sociales de los propios pobladores (criollos y aborígenes) mediante el análisis de las econo-
mías domésticas y sus transformaciones a la luz de la dinámica del proceso de valorización.
Los capítulos ocho y nueve redefinen el proceso actual que delimita el conflicto específi-
co emergente de los proyectos de regularización territorial, el análisis de las prácticas y reivin-
dicaciones étnicas involucradas en las demandas territoriales, como también el campo de
límites y posibilidades de las mismas, en el marco de las relaciones interétnicas y relaciones de
producción que configuran la formación social de fronteras Chaco central. Finalmente, el
capítulo diez pretende cerrar provisionalmente el círculo iniciado en el capítulo dos, en torno
a la construcción de imaginarios estigmatizantes sobre el territorio y la población del Chaco
a partir de situaciones actuales. Hacia el final, capítulo once, se intenta, en forma muy
sintética, resaltar algunas de las conclusiones provisorias que se fueron construyendo a lo
largo del recorrido emprendido.

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Capítulo 2

El Chaco central
Descripciones y representaciones de una formación social de fronteras

Próspero: –...terrón de barro... infecto esclavo engendrado por el mismo


demonio... me tomé el trabajo de que supieras hablar... Cuando tú, hecho
un salvaje, ignorando tu propia significación, balbucías como un bruto,
doté tu pensamiento de palabras que lo dieran a conocer.
Calibán: –Esta isla me pertenece y tú me la has robado. Cuando viniste
por primera vez, me halagaste, me corrompiste... Y ahora estoy desterrado
en una roca desierta, mientras me despojas del resto de la isla.
W. Shakespeare (en La Tempestad )

El Chaco central en el Gran Chaco (una descripción introductoria)

Las descripciones contemporáneas coinciden en señalar que la región sudamericana cono-


cida como Gran Chaco corresponde a los territorios que se extienden en el espacio comprendi-
do entre el centro sur de Brasil, el oeste del Paraguay, el oriente boliviano y el centro-norte de
Argentina. Generalmente es subdividida, de norte a sur, en tres grandes zonas: Boreal, Central
y Austral. En su conjunto, el Gran Chaco forma parte de una extensa llanura aluvial ubicada
al este del piedemonte andino, rellenando la gran depresión que abarca desde el norte del
subcontinente entre los plegamientos andinos y subandinos, y el cratín brasílico. El relieve es
casi plano, con una pendiente muy suave en el sentido NO-SE, modelado por la actividad de
remoción/deposición de los ríos que atraviesan el territorio conformando su red de drenaje.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Geomorfológicamente, el diseño fluvial es anastomosado, aunque antiguamente existie-


ra el modelado en meandros. De éstos persisten, en la actualidad, los denominados
“paleocauces”, es decir, antiguos cauces de los ríos que conforman madrejones, a menudo
funcionales, conectándose a la red de drenaje actual en el período estival. Existe otra forma,
de origen fluvial o eólico, denominada cubeta, en la que se desarrolla un tipo de vegetación
característico. Debido a la acumulación de material fino e impermeable, el drenaje en ellas es
lento, por lo que permanecen inundadas la mayor parte del año (UNSa, 1994).
El Chaco central corresponde al espacio territorial ubicado entre los dos ríos principales de
la región: el Pilcomayo y el Bermejo, y abarca, en territorio argentino, prácticamente la
totalidad de la provincia de Formosa y el noreste de la provincia de Salta. El primero de estos
ríos constituye también el accidente geográfico que funciona en su mayor parte como límite
político entre el territorio argentino, Paraguay y, en menor medida, Bolivia. Esta región
central del Chaco comprende un distrito oriental más húmedo, un distrito occidental, más
seco, y un distrito serrano que limita con las primeras estribaciones andinas.
El sector del Chaco central que corresponde a la provincia de Salta, territorio de asenta-
miento de las actuales poblaciones indígenas y criollas a las que se refiere esta Tesis, compren-
de un espacio de más de 60 mil kilómetros cuadrados donde las precipitaciones varían entre
los 500 y 700 mm. Al mismo tiempo, conforma la región más cálida del país, con una
temperatura media anual superior a los 21 grados centígrados, con una altísima amplitud
térmica, registrándose temperaturas de hasta casi 50 grados centígrados en verano, mientras
que en invierno se llegan a heladas con -3 grados centígrados. La denudez del suelo –es decir,
la carencia de los biodermas protectores del mismo–, la gran amplitud termal y otros factores,
tienen como inmediata consecuencia una alta radiación solar. La gran magnitud de estos
factores en esta zona, se traduce en un estructural déficit hídrico y en una disminución de los
componentes orgánicos (bióticos) del sustrato. Para una representación de la localización del
territorio considerado actualmente como Chaco central ver el Gráfico - Mapa 1.

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GRÁFICO - MAPA 1: EL CHACO CENTRAL ARGENTINO

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Fuente: elaboración propia.

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EL CHACO CENTRAL
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La mayoría del caudal hídrico producido por las precipitaciones se concentra en el mes de
enero, mientras que el resto del año prácticamente éstas no existen; ello implica que se
combinen fuertes inundaciones, por el desborde de los ríos, y agobiantes sequías durante el
resto del año. Precisamente, el acceso a los escasos recursos hídricos que se concentran en
madrejones naturales constituye uno de los factores que influyen en el patrón de asenta-
miento de los pobladores. Alrededor de los mismos se asientan la mayoría de los puestos
criollos para quienes el agua que se concentra en dichos madrejones es uno de los elementos
centrales para la cría del ganado. En ocasiones, se construyen pozos artificiales cuando no se
tiene acceso a los primeros, o bien se combina el uso de ambos tipos de recursos.
Fitogeográficamente, la región conforma un ámbito boscoso abierto, con cubierta bas-
tante densa de arbustos, aunque con intensidad dispar según zonas, que decrece de oriente
a occidente. Estas características de bosque abierto permiten la llegada de los rayos solares al
suelo, favoreciendo el crecimiento de hierbas y pastos. Estas hierbas a ras del suelo facilitan el
ramoneo de animales, ello posibilita que la ganadería vacuna y fundamentalmente caprina
continúe siendo, en la actualidad, la principal actividad de la población criolla.
Existen, allí, un conjunto de tierras fiscales que suman aproximadamente 1.455.000
has. Las mismas están actualmente ocupadas por criollos que, a partir de “puestos” dispersos
a lo largo y ancho del territorio, desarrollan una economía doméstica basada en el tipo de
manejo ganadero señalado, y distintos grupos y parcialidades étnicas aborígenes, cuya eco-
nomía doméstica está basada en modalidades propias de recolección, pesca y caza. Ambos
“grupos” compiten por el usufructo de los recursos del monte.
El Chaco central es un ámbito en el que coexisten grupos étnicos aborígenes con pautas
culturales heterogéneas y trayectorias históricas de relacionamientos interétnicos diferencia-
les. Precisamente, es en este ámbito donde se concentra una gran parte de la población rural
indígena del territorio argentino. Los datos demográficos sobre la población indígena, para
las distintas provincias del país como para el Chaco central en particular, varían entre distin-
tos autores y entre los distintos organismos que suministran la información.26
Se ha señalado ya que las clasificaciones y estimaciones que se presentan son a modo de
mera contextualización inicial, considerando las fuertes limitaciones de las mismas. Es que
cualquier criterio de clasificación responde desde un comienzo a principios arbitrarios, cuya

26. En 1965 se realizó el único Censo Nacional específicamente diseñado para la población Indígena del
país. De allí en adelante no se llevaron a cabo otros similares. En este Censo Indígena Nacional (CIN) se
precisaba que la población indígena total del país ascendía a 250.000 personas. En 1985, I. Hernández,
basada en datos de la Asociación Indígena de la República Argentina, estimaba en 342.445 los indígenas
que habitaban el territorio nacional. Anteriormente (1979), Mayer y Masferrer calculaban dicha cifra en
398.0000. Un conjunto de factores limitan la existencia de cifras confiables. Por un lado, el escaso interés
gubernamental demostrado hasta el momento por el desarrollo de políticas específicas hacia este sector de
la población, de allí que las cifras que se manejan en los ámbitos ministeriales varíen en cada caso y al
interior de las propias unidades provinciales, por lo que los cálculos, como señalara L. Slavsky se realizan
“a ojo de buen cubero”. Existen, al mismo tiempo, dificultades propias de los criterios para considerar
aquella población susceptible de distinguirse con el atributo “indígena” o bien “aborigen”.

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EL CHACO CENTRAL

confiabilidad resulta únicamente significativa en el marco de los intereses concretos que


representan. Por ejemplo, los criterios fisonómicos (tan utilizados en la época colonial) se
descartan hoy por su arbitrariedad y porque conducen obviamente a estigmatizaciones
insostenibles; los criterios lingüísticos, menos problemáticos tal vez desde un esquema clasi-
ficador, tienen muy escasa capacidad heurística para capturar situaciones sociales, resultando
también en general poco significativos. Los criterios de autoadscripción, que desde una
perspectiva inmediata pudieran considerarse como más coherentes desde los intereses de los
propios involucrados, son producto muchas veces de “identidades negadas” u “ocultadas”
por los propios actores sociales en virtud a las condiciones de discriminación económica,
política y cultural a las que se enfrentan, o bien inducidas desde los mismos dispositivos de
poder, cuestión, ésta, muy cara a la historia misma de conformación de estigmas étnico-
sociales, según lo que se intenta plantear aquí. En definitiva, el problema del número y el
rasgo, en este caso, no constituye otra cosa más que expresiones de escaso sentido fuera del
contexto de su enunciación, del campo discursivo, narrativo y, en general, de las prácticas de
poder que producen un determinado esquema de visibilidad, de identificación de los pobla-
dores. No podría entonces ser un objetivo válido en el marco de esta introducción detener-
nos en estimaciones y clasificaciones que pudieran considerarse más objetivas que otras.
Para una referencia general e inicial, se presenta la sistematización realizada por ENDEPA,
en base a la escasa y poco sistemática información existente; partiendo de las clasificaciones
lingüísticas hoy relativamente consensuadas. En el Cuadro A, se exponen los distintos grupos
étnicos, su localización provincial y la población aproximada, de acuerdo a la fuente analizada.
Una ubicación geográfica aproximada de las distintas agrupaciones étnicas nombradas
en el actual territorio nacional resulta del Gráfico-Mapa 2.

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GRÁFICO - MAPA 2: Mapeamiento aproximado de las principales agrupaciones aborígenes de


la Argentina en la actualidad

Fuente: Dirección Nacional de Promoción y Asistencia Social,


Ministerio de Salud y Acción Social (1989).

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EL CHACO CENTRAL

Ello no significa que los territorios identificados sean controlados en la actualidad por
dichas poblaciones. El mapeamiento indica únicamente aquellos espacios territoriales ru-
rales en los cuales se ubican las distintas comunidades, aunque se excluye a la población
indígena habitante de espacios urbanos. Por lo anterior, el gráfico presentado debe consi-
derarse únicamente a modo de referencia genérica y de ninguna manera como referencia a
territorios indígenas.27
CUADRO A: Población aborigen en Argentina (aprox.)

Grupo Etnico Provincia Población

Toba Chaco-Formosa-Salta-Sta.Fe-Bs. Aires 60.000


Pilagá Formosa 5.000
Mocoví Sta. Fe-Chaco 7.300
Wichí Chaco-Salta-Formosa 80.000
Chorote Salta 900
Chulupí Salta 1.200
Guaraní Misiones 2.900
Chiriguano Salta-Jujuy 21.000
Tapiete Salta 600
Chané Salta 1.400
Mapuche Neuquén-R.Negro-L.Pampa-Chubut-Bs.As. 90.000
Tehuelche Chubut-SantaCruz-Tierra del Fuego 1.000
Diaguita-Calchaquí Catamarca-Tucumán-S.del Estero-La Rioja 6.000
Kolla Jujuy-Salta 170.000
TOTAL Argentina 447.300

Fuente: ENDEPA (Equipo Nacional de Pastoral Aborigen), citado por A. Balazote y J. C.


Radovich (1992: 11).

Es posible sostener que la actual situación de confinamiento territorial, a la que se en-


cuentran sometidas las poblaciones indígenas del país, es el resultado histórico de un proceso
que se agudizó al extremo desde finales del siglo pasado, a partir de la consolidación de un
proyecto nacional excluyente. Para una idea, también genérica, de dicho proceso puede
compararse el gráfico anteriormente presentado, con los correspondientes a los siglos XVI,
XVIII y fines del siglo XIX (Gráfico-Mapa 3).

27. La acotación realizada tiende a poner entre paréntesis este tipo de mapeamientos de la población
indígena del país, ya que incluso en estos espacios la población indígena es altamente discriminada y
excluida de toda reivindicación territorial, tal como se intentará discutir en el presente trabajo.

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GRÁFICO - MAPA 3: Transformaciones del mapeamiento de las áreas con ocupación


de población aborigen en Argentina desde el período colonial hasta fines del siglo XIX

Fuente: C. M. Sarasola, op. cit., p. 332.

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EL CHACO CENTRAL

Para una caracterización genérica sobre la diferenciación étnica de las poblaciones aborí-
genes del Chaco, se toma en la actualidad como rasgo diacrítico principal la estructura de las
distintas lenguas. En tal sentido, una clasificación también relativamente aceptada por la
mayoría de los investigadores es la que se expone en el siguiente cuadro:

CUADRO B: Chaco central. Grupos lingüísticos y denominaciones étnicas

Grupo lingüístico Denominaciones étnicas

Mataco-Mataguayo Mataco-wichí
Chorote
Chulupí
Tonocote
Matará
Malbalá
Guaycurú Toba
Pilagá
Mocoví
Avipón
Payaguá
Mbayá-Guaycurú
Cuatachi
Amazónicos Chiriguano (guaranítico)
Tapiete (guaranítico)
Chané (Arawak-chiriguanizado)
Lule-Vilela Lule-Vilela

Fuente: Informe UNSa (1994: 13).

De acuerdo a lo enunciado, no existen cifras relativamente confiables que pudieran dar


cuenta de la población total del Chaco central. En cambio, existen datos sistematizados
respecto a la población residente en el ámbito específico e inmediato en el que se centran las
reivindicaciones territoriales objeto de este trabajo. Es decir, el conjunto de comunidades
indígenas asentadas en los denominados lotes fiscales 55 y 14 del Departamento de Rivadavia
en la provincia de Salta. Ambito que abarca una superficie estimada en 660.000 hectáreas.
Respecto a la población aborigen, en su mayoría se concentra en pequeñas comunidades,
gran parte de las cuales son ex misiones formadas por la iglesia anglicana, de gran influencia
sobre la mayoría de esta población. En su conjunto son aproximadamente treinta y tres
comunidades, asentadas una parte importante de ellas sobre la costa del río Pilcomayo y el
resto al interior del territorio conformado por ambos lotes fiscales. Estas comunidades, en

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algunos casos, están conformadas por una o varias parcialidades de un único grupo étnico y,
en otras ocasiones, por parcialidades pertenecientes a distintos grupos étnicos. La población
criolla, menor en número, se distribuye a lo ancho y largo del territorio, constituyendo
aproximadamente 300 “puestos”, que es la organización nuclear de la actividad ganadera
montaraz que practican como modalidad prevaleciente.
Una idea de la distribución de la población, distinguiendo entre población indígena y
población criolla, surge del siguiente Cuadro C:

CUADRO C: Población actual del Chaco salteño (lotes fiscales 14 y 55)

Población Fiscal 55 % Fiscal 14 % Total %


Indígena 4.534 73.7 1.500 59.7 6.034 69.7
Criolla 1.614 26.3 1.014 40.3 2.628 30.3
TOTAL 6.148 100.0 2.514 100.0 8.662 100.0

Fuentes: Censo Ministerio de Bienestar Social (Salta) e Informe UNSa (1994: 37).

Como se observa en el cuadro anterior, en promedio, casi el 70% de la población


pertenece a distintas parcialidades y grupos indígenas, mientras que el restante 30% a
pobladores criollos, en su mayoría practicantes, como se dijo, de una ganadería extensiva
de monte.
Sin embargo, a pesar del diferente peso demográfico, la población criolla ocupa de
hecho la mayor cantidad del territorio, mientras que las parcialidades y grupos indígenas
residen en comunidades con dificultades cada vez mayores de tránsito y usufructo de los
recursos del monte.
Tanto la modalidad “extensiva” de la ganadería del criollo –realizada a campo abierto y en
condiciones tales que requiere gran disponibilidad territorial por cabeza de ganado–, como la
modalidad “recolectora-cazadora” del indígena –que también requiere un acceso a grandes
porciones del mismo territorio–, conforman una de las problemáticas más visibles de los
conflictos existentes entre ambos sectores. Conflictos que no son nuevos sino que tienen una
historicidad concreta desde la ocupación de estos territorios por familias criollas, a comienzos
del presente siglo. Sin embargo, la cuestión del “territorio” trasciende a ambos grupos y se
inscribe en el proceso histórico de ocupación encarado por el estado-nación con el objeto de
generar las condiciones para una reproducción ampliada del capital, teniendo como referen-
cia esta formación social de fronteras.
La disputa por el territorio se ha agudizado en la actualidad por diferentes factores que se
irán desarrollando a lo largo de este trabajo. Sin embargo, y más allá de las causas inmediatas
que se explicitan sobre esta problemática, es necesario tener en cuenta que este territorio y el
conflicto que emerge por su usufructo y disponibilidad es el resultado de las complejidades
y contradicciones del proceso histórico señalado.

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EL CHACO CENTRAL

Proceso que fue configurando a este ámbito como zona de refugio, primero de la pobla-
ción indígena y luego de los pobladores criollos, frente a modalidades dominantes de expan-
sión en distintos momentos históricos.
Un aspecto de interés que se desarrollará a continuación, es precisamente el que se
refiere a las particulares formas de concebir tanto a la población como al territorio de lo que
se ha denominado aquí como formación social de fronteras Chaco central. Es decir, los
imaginarios étnicos y ambientales que conformaron parte de una historia cargada de
sentidos, omnipresentes hasta nuestros días.

El Chaco imaginado (narrativas de frontera)

Se ha mencionado previamente y a modo de criterio metodológico que ninguna descrip-


ción es neutra. Así, los llamados aspectos físicos y poblacionales del Chaco han sido construi-
dos en el marco de narrativas variadas, en las cuales los énfasis puestos en determinadas
características o atributos pueden ser leídos desde los intereses representados por los agentes
involucrados. Dicho esto en otras palabras, toda descripción es al mismo tiempo representa-
ción y, en tanto tal, no podría descuidarse en su análisis el lugar del enunciante.
Distintos son los imaginarios construidos sobre el Chaco en los períodos históricos
analizados. Sin embargo, en esta primera aproximación, interesa señalar aquellas represen-
taciones que, prácticamente a modo de estigma, recorren la historia de estas fronteras
construyendo un modelo de significaciones de especial interés para los objetivos generales
que se pretenden alcanzar. Es que, más allá de las significaciones específicas que las repre-
sentaciones alcanzan en cada período histórico, resaltan aquellas que han sido significantes
de una forma de caracterizar y señalar al territorio y los pobladores cuyos rasgos centrales
continúan reproduciéndose en la actualidad.
Lo anterior se justifica, precisamente, porque a partir de las investigaciones documentales
y de las fuentes históricas que hacen referencia al Chaco, es posible detectar ciertas configu-
raciones reiterativas que, con mayor o menor énfasis, han destacado en forma permanente al
menos dos atributos que desde la enunciación del poder serían representativos de este terri-
torio: uno, cuyo significante sería el carácter “indomable” de las distintas parcialidades y
grupos indígenas que ocuparon su territorio, y, otro, cuyo significante sería la
“inconmensurabilidad” de las riquezas potenciales allí presentes.
Pero, en términos aún más generales, puede decirse que el recorrido histórico de la represen-
tación dominante sobre el Chaco se construye en un vector de sentido que va del centro a la
periferia, del puerto ciudad al monte interior, del dispositivo civilizatorio al desierto bárbaro. En
definitiva, un vector de sentido que ha intentado acallar, subsumir, dominar, los sentidos
presentes en las prácticas y discursos de los “otros”. Así, por ejemplo, espacialmente, las ofensivas

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militares de “conquista” y civilización, esa trayectoria verticalista hacia los interiores del Chaco,
apuntaron a destruir las relaciones establecidas en un plano horizontal preexistentes entre las
mismas parcialidades aborígenes y también los pactos y acuerdos entre éstas y algunas represen-
taciones provinciales. Se trata, entonces, de dar cuenta de la forma en que adquieren significado
aquellos significantes de atributos, producidos obviamente desde distintas miradas “externas”,
es decir desde los códigos de enunciantes que han construido representaciones en función de
los distintos intereses por el control tanto del territorio como de sus pobladores.
El tratamiento de esta cuestión en este capítulo no ha de ser exhaustivo, en la medida que
el mismo ha sido definido como contextualizador de análisis posteriores. Sin embargo, se
sostiene aquí que algunos elementos constitutivos de los contenidos de las representaciones
históricas sobre el Chaco realizadas en los períodos denominados Colonial-Independiente y
Formativo del estado-nación, brindan pistas más que interesantes para realizar los contra-
puntos analíticos con los procesos recientes que son objetivo central de este trabajo.
Es posible analizar la trayectoria de las representaciones del territorio y sus pobladores en
el marco del entramado de relaciones que configuran los distintos momentos de la formación
social de fronteras Chaco central. Así, de aquel territorio ignoto, indiferenciado e inhóspito
reflejado en las descripciones de los primeros misioneros y que se extendieron durante prác-
ticamente todo el período colonial, pasando por los imaginarios del “desierto” poblado por
los “malones” y posteriormente indios “pacificados”, susceptibles de incorporarse a las relacio-
nes de la producción capitalista, hasta la actualidad, las representaciones fueron variando en
relación directa con la producción de límites políticos, militares culturales y frentes de expan-
sión económica.
En este trayecto, el Gran Chaco se fue “achicando” en tanto espacio de lo desconocido, en sus
representaciones cartográficas, en los textos que describen el tamaño de su población y el número
de pueblos aborígenes. Pero también, y fundamentalmente, por la conformación de instituciones
y relaciones de producción que, a la par de construir el sometimiento de su población, producían
cada vez más un cercamiento de ésta y de los recursos existentes en los territorios que dominaban,
con el objeto de “abrirlos” a la expansión del capitalismo a escala mundial.
Podría decirse que lo que actualmente se conoce como Chaco central es prácticamente un
resto, un relicto de aquel proceso que lo configuró como tal. Un espacio territorial desbastado
desde el punto de vista ambiental y un conjunto de poblaciones aborígenes y criollas cerca-
das político-militar y económicamente. Sin embargo, un ámbito en el que se despliegan una
serie de conflictos e intereses que trascienden este virtual encierro.
Al internarse la investigación en las descripciones que aparecen en los documentos de los
primeros años de la conquista, en particular los referidos a la formación social de fronteras
Chaco central, resuenan los planteos de autores actuales como De Certau, pues en dichos
documentos “La escritura camina entre la blasfemia y la oscuridad, entre lo que elimina al
construirlo como pasado y lo que organiza del presente” (1993: 118). Ciertamente, las
descripciones sobre el Chaco, su entorno geográfico y su población, aparecen signados por
valoraciones que podrían parecer “exageradas” ante una mirada contemporánea.

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Sin embargo, la carga semántica de dichas construcciones responde, precisamente, a la nece-


saria exageración del poder para legitimar determinadas formas específicas de construir dispositi-
vos de la dominación en el espacio significado. Pero lo que resulta de especial interés es que su
fuerza no se detiene tampoco allí, en el contexto de los intereses coloniales. Recorren como hilo
conductor, como significante social, las construcciones de toda la historia de la formación social de
fronteras hasta la actualidad. Lo exagerado de la representación desde la mirada actual, que supone
un mayor conocimiento y por lo tanto un saber crítico, se inscribe, entonces, y a pesar del mismo,
en una forma más de re-conocimiento cuando es el poder quien describe.
Cierto es que, a medida que se profundizaba la exploración y, por lo tanto, la dominación
del territorio y su población, se transformaban también las relaciones de producción que las
sustentaban y por ende las configuraciones de significados de las descripciones. Pero aquellos
enunciados de un territorio exótico, impenetrable y lejano, habitado por “salvajes indómi-
tos”, continuaron siendo significantes incluso en las construcciones de corte positivista y con
pretensiones de neutralidad, realizadas ya en el presente siglo por los intelectuales orgánicos
del modelo de capitalismo que se inauguraba en los interiores de la Nación.
Para reconocer ciertos anclajes de las actuales formas de caracterizar la población y el territo-
rio del Chaco, resulta de especial interés detenerse en los significados de tres tipos de narrativas
que van a “documentar” y de esta manera preservar la reproducción de aquella mirada “exterior”
y estigmatizante señalada: las narrativas misionales, las narrativas de viajeros y escribas de cam-
pamento, y la narrativa épica de la dictadura militar más reciente. Tres estilos, tres momentos
históricos diferenciales, pero representativos de la contradicción entre la explicitación de la
apuesta por el detalle descriptivo y la emergencia de una mirada exterior y exotizante y, al
mismo tiempo, constructora de los principales estigmas sobre el territorio y sus pobladores.28
Por una cuestión expositiva, se dejará para un capítulo posterior (cfr. capítulo 10) el
análisis de las vinculaciones entre estos discursos y los enunciados y postulados etnográficos
y antropológicos producidos recientemente sobre la cuestión aborigen en Argentina.

Las narrativas misionales

El denominado descubrimiento de América, más allá de su significación en el


redimensionamiento del mundo en el siglo XVI, proporcionó también una muestra del

28. Es importante destacar que estos “tipos” de narrativa no son los únicos que configuran la discursividad
estigmatizante sobre la población aborigen en América. Tal como lo ha subrayado E. Said, la propia
literatura clásica de occidente es una recurrente señalización negativa de la otredad indígena allende los
océanos (cfr. Said, op. cit., 1997). Un análisis en profundidad sobre la construcción de un imaginario
sobre “la barbarie” americana con particular referencia a un caso paradigmático como es Haití puede
consultarse también en la ya referida obra de L. Hurbon (op. cit., 1993).

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sentido de la escritura en la reproducción de modelos de dominación, del texto como sujeto


de la estructura social. Así, la frontera con “el otro” conquistado se expresó también como un
límite entre la oralidad y la escritura, considerada esta última como documento histórico. Tal
como lo señala De Certau, el discurso del poder expresado en las narraciones de los conquis-
tadores y misioneros implicó una doble reproducción, a saber: histórico-ortodoxa y misione-
ra. A través de la primera, se legitimó una construcción del pasado y, por medio de la
segunda, se capturó la oralidad tras la manipulación de los signos. Así, la escisión entre habla
y escritura fortaleció el poder de la última (1993: 228).
Si la escritura de la conquista fue para toda América fundamentalmente blasfema, en el
Chaco, tal como lo afirma un reciente trabajo, adquiere la particularidad de monstruosa (E.
Rosenzvaig, 1994: 8). Es que en la obra misional, el centro era el evangelio y la periferia toda
América, pero la periferia de la periferia era precisamente el Gran Chaco.29
Distanciamiento y excentricidad salvaje, algo tan fuerte como el mismo demonio. Así
describía el Padre P. Lozano a la región, en el marco del conjunto americano: “En ambos
(México y Perú) se experimenta esta verdad; pero con especialidad mayor en el imperio perua-
no, que desde tierra firme va corriendo hasta el estrecho de Magallanes, dilatándose por más de
dos mil leguas, en cuyo distrito es innumerable el gentío, que retirado del comercio, ya de los
castellanos, ya de los portugueses, quienes pudieran franquearles las puertas del Cielo, perecen
miserablemente en las tinieblas de su infidelidad, unos encumbrados en tan altas sierras, que
niegan paso a huella extraña, otros escondidos a la sombra de impenetrables bosques y
peligrosísimas breñas, que es imposible sino a un esfuerzo heroico registrar sus senos. Entre
todos no merece el ínfimo lugar la dilatada provincia del Chaco (el Gran Chaco) tan conocida
en el común concepto que a bulto se forma de ella, como ignorada en el total conocimiento y
certidumbre de sus regiones” (Lozano, 1989: 13-14).
Territorios extensísimos, impenetrables, cruzados por inmensos ríos y poblados por las
naciones “más salvajes del continente”, configuraban y reproducían al infinito la imagen que
sobre el Chaco mostraban los textos misioneros.

29. Las descripciones más importantes sobre los territorios y las poblaciones indígenas del Gran Chaco
corresponden a los siguientes autores de la época. Ulrico Schmidel con sus obras Derrotero y viaje a España
y las Indias. Buenos Aires, 1947, y Viaje al Río de la Plata (1543-1555). En: Colección de obras y
documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provicias del Río de La Plata. Vol. III. Buenos
Aires, 1836. También en la misma colección de Pedro De Angelis, los documentos compilados en el
Tomo VIII, volúmenes A y B (1837), reeditados en Buenos Aires por Editorial Plus Ultra en 1972. Ruy
Díaz de Guzmán con: Anales del descubrimiento, población y conquista del Río de la Plata (1612),
Asunción, 1980; y La Argentina. Historia de las provincias del Río de La Plata, Buenos Aires, 1974. Las
Cartas Anuas de la Provincia del Paraguay (1637-1639), compiladas por E. J. A. Maeder, Buenos Aires,
1984. La obra del P. Lozano Descripción Corográfica del Gran Chaco Gualamba (1736), reeditada por la
Universidad Nacional del Tucumán en 1989, que constituye la referencia etnográfica local más importante
de aquella época. La voluminosa obra de Alcides D’Orbigny Voyage dans l’Amerique Meridionale, 9 vols.
Paris (1835-1847). François Xavier Charlevoix: Histoire du Paraguay (1757), la Historia de los Abipones
de Martin Dobrizhoffer (1784).

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Un mundo-otro dentro del otro mundo que se extendía a lo largo de “varias provincias
pobladas de naciones infieles, que se continúan y comunican unas tras otras, por centenares
de leguas en la banda del poniente y del Río de la Plata, entre las provincias del Paraguay, Río
de la Plata, Tucumán, Chichas, Charcas y Santa Cruz de la Sierra” (ídem: 17).30
Para la narrativa colonial, el espacio que se describía como Gran Chaco resultaba un
espacio casi inconmensurable, externo a los dominios efectivos. Es decir, más que un lugar
una especie de no-lugar, un resto más allá de lo conocido, un vacío.
¿La nada? Difícilmente podría plantearse así la cuestión. Ya para la época de los escritos
del P. Lozano, en el Gran Chaco Gualamba se habían fundado asentamientos coloniales de
distinto tipo: fortines, ciudades, misiones, que, si bien algunos de ellos duraban poco tiem-
po, sea por el escaso sostén brindado por las autoridades centrales, sea por los ataques indíge-
nas (los textos hacen hincapié en esto último), implicaban un cierto conocimiento sobre sus
interiores que no se condice con aquellas imágenes expresadas en los textos. Aún más, una
gran cantidad de expediciones, tanto de carácter punitivo como misional, habían sido el
sustento de un importante avance en el conocimiento de acuerdo a los intereses de la época.
Tanto las múltiples descripciones que resultaban de dichas campañas como la iconografía
detallista de la representación geográfica conforman la prueba documental de lo expresado
(cfr. por ejemplo el mapa del P. Lozano, que se adjunta en la edición citada de su obra).31

El mito de origen y el origen del mito (la aparición del demonio)

Según el Padre Pedro Lozano, en su Descripción Corográfica del Gran Chaco Gualamba (op.
cit. –Orig. 1733–), un tal Padre Juan Pastor “varón religiosísimo y diligente escudriñador de todas
las cosas de estas tres provincias de Tucumán, Paraguay y Río de la Plata en la historia manuscrita
de esta provincia de la Compañía de Jesús del Paraguay”, relata en el libro 1, capítulo IV, una
narración que podría ser denominada como el mito de origen del poblamiento indígena del
Chaco. Es de sumo interés detenerse en este texto, ya que el mismo implica no sólo la “mirada”
particular, estigmatizante, que los primeros misioneros tenían de los pueblos del Chaco, sino
también los usos de otras construcciones presentes en la narrativa de los primeros años de la

30. Para el P. Lozano el Chaco conforma un espacio casi inaprensible: “La latitud de la provincia del Chaco
corre desde los confines del arzobispado de Chuquisaca o de la Plata hasta los de la diócesis del Paraguay
y su longitud desde los confines de la provincia de Santa Cruz de la Sierra, hasta los del obispado de
Buenos Aires o Río de la Plata” (Lozano, op. cit.: 17-19).
31. En el mapa del P. Lozano tienen especial relevancia dos indicaciones significativas. Una, la representación
de la “vayas Guaycurúes” en el frente misional y, otra, las cruces que señalan los intentos fallidos de algunos
misioneros por “convertir” (reducir) a los “salvajes”.

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conquista de América, atribuidas siempre a los indígenas, respecto a los presagios sobre la llegada
de los conquistadores. Narrativa que en este caso particular inaugura la noción de un Chaco
poblado por indios endemoniados totalmente hostiles a la presencia del conquistador.
En dicho texto se relata que, diez años antes de la llegada de los españoles a la provincia
de Tucumán, precedieron a la misma señales notables, que atemorizaron mucho a la pobla-
ción aborigen del Tucumán, entre ellas grandes sequías, hambre y pestes que produjeron
estragos y diezmaron a gran cantidad de ella. Así, “Faltos de consejo en tamaña aflicción por
carecer del conocimiento del Dios verdadero, cuya protección habrían de implorar para su
remedio, acudieron a consultar sus magos y hechiceros (...). No les respondieron los hechi-
ceros atónitos también con los infortunios presentes; pero les aconsejaron que se convoca-
sen de todas partes a consultar a diferentes ídolos, a quienes adoraban, como lo hicieron
por tres continuos años con muchas ofrendas de las que solían y abominables sacrificios.
En todo este tiempo se les hizo sordo el demonio, sin querer darles respuesta alguna.
Instaron de nuevo los hechiceros con otros más sangrientos sacrificios en una junta general
que tuvieron, para obligarle a que les diese la respuesta que deseaban”. Continúa el relato
del jesuita haciendo referencia a la multiplicidad de “sacrificios”, “borracheras”, “bailes y
cánticos”, pero “ni aún así se dio por entendido el demonio” (Lozano, 1989: 57).
Al poco tiempo y luego de una última gran concentración de los distintos pueblos, según
relata P. Lozano haciendo referencia al manuscrito del padre Juan Pastor: “el demonio muy
triste y pesaroso (...) les hacía saber, que ‘presto entrarían en su tierra, una gente desconocida,
valiente, belicosa y enemiga capital de los indios, contra la cual habían estado batallando en
todas partes, sin fruto, aquellos cuatro años en que habían enmudecido sus oráculos; que
aquellas gentes conquistarían y se harían señores absolutos y despóticos dueños de su tierra,
de sus mujeres, de sus hijos y aún de su propia libertad, abusando de todo según su antojo,
y tratándolos a todos ellos como a esclavos suyos, y aún quizás peor, porque una vez que ellos
metan el pie en esta provincia, como sin duda lo meterán a su tiempo, por más que yo os
quiera ayudar, no les podréis resistir, pues no sé quién les ampara y favorece, que hallo flacas
y débiles mis poderosas fuerzas y las de todos mis secuaces para contrastarles, como lo he
experimentado con pérdida de mis soberanas adoraciones en otras provincias remotas donde
con todo mi poder les he hecho en vano cruda guerra, pues en todas me han despojado de
mis antiguos sacerdotes, me han derribado los adoratorios y templos más célebres, suntuosos
y frecuentados de devotos míos, que acudían a invocarme, me han ahuyentado con no sé qué
encantos, contra que no tengo modo de oponerme. Si esto han hecho conmigo, qué harán
con vosotros, flacos y miserables? Harán lo que han hecho de las partes de donde vengo
huyendo, que es lo que ya dejo insinuado’. Hizo aquí pausa el demonio, para ver los efectos
que obraban sus diabólicas razones encaminadas a que por huir de tamaños males, se retira-
sen a partes donde no pudiese penetrar el poder español, y por consiguiente, ni la luz
evangélica, que venían comunicando a todo este hemisferio...”.
“Hizo, como decía, pausa el demonio en su razonamiento y luego que cesó de hablar,
como tan infaustas nuevas habían atravesado de dolor sus corazones cobardes, prorrumpió el

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EL CHACO CENTRAL

innumerable auditorio, que le escuchaba, en llantos y gemidos, que ponían en el cielo,


llorando inconsolablemente su desventura. Acompañoles el demonio con singulares demos-
traciones de sentimiento y compasión para tenerlos más de su parte, y volviendo a tomar la
mano, y haciendo silencio prosiguió y les dijo: ‘cierto es todo lo que os he anunciado, como
lo experimentará en breves términos quien, desatendiéndose al amor que os profeso, despreciare
mis consejos; justo será que padezca tamañas miserias quien con una fácil resolución las pudo
evitar todas, siguiendo mi parecer’.”
Continúa el padre con la descripción de la supuesta arenga del “demonio” hacia sus “secua-
ces”, haciendo alarde de una capacidad narrativa encomiable, dando cuenta del profundo
desprecio que dicho demonio tenía respecto a los ritos católicos y a las “verdades” del evangelio.
Finaliza la exposición con referencias del demonio incitando a la gente a seguirlo hacia el Chaco,
en donde la vida será menos pesada y segura lejos de los conquistadores.32
Retoma, entonces la narrativa el cura y finaliza: “Así, concluyó su razonamiento el demo-
nio, y deponiendo la figura humana, en que hasta allí se había dejado ver, y les había
hablado, se transformó de repente en un furioso huracán, que se fue encaminando a la
provincia del Chaco, a donde le fueron siguiendo los más de aquella numerosa junta, anima-
dos de los hechiceros ministros fieles del demonio, y otros muchos de la provincia del
Tucumán, a donde llegó la fama de este suceso, y allí quedaron los miserables sepultados
hasta ahora en las tinieblas de la infidelidad, sin esperanzas de salir de ellas hasta que Dios se
compadezca; y de aquí provino hallarse aquella provincia tan poblada, y mucho más, cuanto
más se va retirando de la tierra de Españoles, como diremos” (Lozano, 1989: 58).
En la lógica de los misioneros, la resistencia a la misionalización era fruto del poder que el
demonio ejercía sobre la población. El relato, de indudables connotaciones míticas pero
difícilmente atribuible a alguna parcialidad aborigen del Chaco, no es otra cosa que la
reproducción en los códigos misionales de los grandes relatos sobre los presagios de la llegada
de los españoles, que en la forma de textos los traductores o transcriptores aborígenes escribie-
ron en Perú y México bajo el control de los conquistadores. Pero además, al atribuir el
poblamiento del Chaco a esta supuesta migración masiva desde el Tucumán, el relato confi-
gura la unión simbólica de dos estigmas: el Chaco es un territorio lejano e inhóspito a la vez
que refugio de indígenas controlados por el demonio, lo que a su vez será el modelo legitima-
dor para declarar la “guerra justa” hacia los interiores de esta frontera.33

32. Se recomienda una lectura directa de este extenso texto del que sólo se transcriben los párrafos principales.
Su estructura, como así también el rico simbolismo que contiene, constituye una verdadera perla de la
literatura fantástica creada por los misioneros formados en su mayoría en los monasterios de Salamanca.
33. En el año 1613 y luego de los fracasos de establecer misiones entre los Guaycurú, los jesuitas plantearon
en el Cabildo que era necesario combatir a éstos “con el fuego y la espada” (M. Mörner, 1986: 36). Lozano
va a reproducir aquel esquema de “guerra justa” indicado por los primeros misioneros, argumentando una
“piedad cristiana que no está reñida con las armas”. Justificando la misma “para sacar a los infieles de las
madrigueras de espesos bosques, donde a guisa de fieras se guarecen con sus familias” (1773: 216-19).

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Si en las descripciones de los primeros misioneros que se internaron en el Chaco, desde la


frontera del Tucumán, la “ferocidad” del indio encontraba una “justificación” en su depen-
dencia del mismo demonio, desde la frontera de Asunción, donde el proceso de reducciones
tuvo mayores éxitos, el estigma se deslizó hacia el “enemigo” lusitano. Así se expresaba, por
ejemplo, el relato de un misionero de la zona:

“El enemigo del género humano vio con desagrado que se le escaparon tantas vícti-
mas por el asiduo trabajo de nuestros Padres. Por lo cual estaba buscando nuevos
modos, de impresionar a los indios versátiles para que se aburriesen de los Padres.
Intentó el demonio por medio de sus fieles secuaces, los lusitanos, desterrar a los
jesuitas de estas regiones, donde ellos le habían hecho una guerra tan implacable”
(Cartas Annuas, 1984: 140) (orig. 1639).

Aquí, la “versatilidad” de los indios es aprovechada por el demonio, cuyos secuaces en este caso
serán los “bandeirantes” de San Pablo, quienes asolaban las misiones en la frontera de Asunción
con el objetivo de obtener mano de obra para las plantaciones (Mörner, 1986: 79-83).
Independientemente del estilo barroco y el sentido evangélico de aquellas primeras
narrativas, lo interesante es que son retomadas en las descripciones del P. Lozano un siglo
después; en una época en que la formación social de fronteras había dejado de ser, en parte,
aquel territorio absolutamente ignoto y por lo tanto susceptible de ser codificado en la
mitología fantástica de los primeros evangelizadores.
Resulta evidente que la reiteración de aquellas narrativas por parte del P. Lozano –
independientemente del tiempo transcurrido, los conocimientos, el control relativo de
algunos espacios territoriales y el desarrollo de una importante cantidad de misiones,
reducciones y fortines ya en el interior del Gran Chaco–, responde a los mismos códigos
narrativos religiosos de los primeros misioneros y, de la misma manera, estas narrativas se
muestran poco apegadas a una representación con pretensiones de objetividad. Pero tam-
bién existen diferencias interesantes. Diferencias que se expresan en el elevado nivel de
detallismo en la descripción de las poblaciones indígenas.
La obra de Pedro Lozano parece adquirir distintas densidades. Así, por un lado, el texto
reitera permanentemente una mirada absolutamente estigmatizante; por ejemplo:

“Todos son Caribes, comedores de carne humana, pérfidos por extremo sin poder-
se fiar de su palabra; muy dados a la guerra, que levantan entre sí fácilmente”
(Lozano, 1989: 83).

Al mismo tiempo y en varios capítulos, se encuentra un desarrollo pormenorizado de las


“costumbres” de los distintos grupos indígenas, pero distinguiendo claramente entre indios
“amigos” e indios “enemigos”. Es decir, entre aquellos grupos que, sea por las campañas
militares punitivas, por el incremento de los conflictos interétnicos a raíz de la cada vez mayor

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EL CHACO CENTRAL

presión sobre sus territorios por parte de los conquistadores o por otras causas, habían acep-
tado integrarse a determinada misión o encomienda, y aquellos que resistían con distintas
modalidades la reducción vía misión o vía encomienda.
También puede decirse algo semejante respecto a la multiplicidad de grupos étnicos que
describe. Ciertamente, la insólita cantidad de grupos aborígenes de la que da cuenta Lozano
parece responder a la exposición de un conocimiento pormenorizado de los mismos.34
Es indudable que el P. Lozano mezcla en sus denominaciones categorías lingüísticas,
apelativos utilizados por los propios grupos para nombrar a una parcialidad distinta dentro
del mismo grupo lingüístico, o bien para nombrar a parcialidades de otros grupos lingüísti-
cos, toponimias utilizadas por los propios misioneros, diminutivos, apodos, etc.
Sin embargo, sus descripciones, al menos respecto a la ubicación espacial de estos
grupos, son bastante detalladas. Así, varias páginas de su obra están ocupadas por rese-
ñas del siguiente tenor: “Caminando desde el Yabebirí al sur, hacia el Pilcomayo, está la nación
de los Ivirayarás, que tenía más de seis mil indios. Aquí comienzan los Llanos de Manso, y a cuatro
leguas de los dichos está el pueblo de Turún (...) nueve leguas adelante el pueblo de los Marapanos,
que habitan más de quinientos indios” (ídem: 59-63). En similares términos va describiendo
sucesivamente el P. Lozano la ubicación de distintos grupos, designados, tal como se dijo, sin
criterio sistemático alguno.
Independientemente de una crítica a la verosimilitud de tales distinciones, interesa
señalar el despliegue de semejante narrativa que diferencia, según nuestros cálculos, un
total de ¡setenta y seis! grupos aborígenes, contabilizando una cifra cercana a los cien mil
individuos. En este sentido, el recuento del P. Lozano indica la profusión de contactos que
había alcanzado la conquista.
Un dato adicional, pero no por ello baladí, aparece cuando la descripción llega a la región
conocida actualmente como Chaco central. Allí agrega: “sobre el mismo río Pilcomayo,
apartados cuarenta leguas de la cordillera, están los Tobas y los Mataguayes (Mataguayos),
que serán entre las dos naciones unos cuatro mil indios comedores de carne humana”. Es en el
único caso de esta descripción toponímica y topográfica en que se hace referencia a la cuali-
dad antropófaga de los indios del Chaco (más allá de que en otros contextos discursivos se
haya referido a dicho atributo en forma genérica).
Es que el detallismo de estas descripciones tiene un carácter espacial e inversamente
progresivo. Es decir, a medida que la descripción avanza sobre territorios menos conocidos,
las generalizaciones son mayores. Si se observa en el mapa que el propio Lozano construyó,
como síntesis de sus observaciones, se verá con cierta facilidad esta característica de sus

34. Las poblaciones que nombra el P. Lozano se multiplican indefinidamente: Chiriguanás, Churumatas,
Mataguayos, Tobas, Mocovíes, Aguilotes, Malbalaes, Agoyas, Amulalaes, Palomos, Lules, Tonocotés,
Toquistineses, Tanuyes, Chunupíes, Bilelas, Yxistineses, Orystineses, Guamalcas, Zapitalaguas, Ojotaes,
Chichas, Orejones, Guaycurús, Callagaes, Calchaquíes, Abypones, Teutas, Palalis, Huarpas, Taños,
Mogosnas, Chorotíes, Naparus, Guanas, Abayás, Yapayes, Niguaraás, etc.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

descripciones, a tal punto que el espacio comprendido entre los ríos Pilcomayo y Bermejo
resulta prácticamente vacío de referencias, es decir, el lugar de los “comedores de carne humana”.
Entonces, si hay una coherencia en el texto del P. Lozano respecto de las poblaciones
originarias, ésta reside en sus códigos morales, en una gradación que iría desde los “indios
amigos” (reducidos), “indios enemigos” (aún no reducidos) y el demonio no-humano resi-
dente en las entrañas mismas del Gran Chaco Gualamba.
En torno a esta parafernalia sobre el carácter endemoniado del indio, se montaron las sucesivas
campañas militares que recorren, según se analizará más adelante, el territorio chaqueño ya en la
segunda mitad del siglo XVIII (entre otras, las expediciones de Matorras, Soria y Cornejo).
Para estos hombres “activos, valientes y ambiciosos” (en la descripción de De Angelis), las
campañas militares implicaban réditos de prestigio y ascenso político posteriores. Esa valentía
del conquistador capaz de lograr el “vasallaje al monarca” se inflacionaba en el espejo de las
“tan temidas tribus chaqueñas”.
Sin embargo, resulta sintomático el hecho de que, en las descripciones realizadas en los
“diarios” de los jefes de dichas campañas, no se registra prácticamente enfrentamiento alguno. Al
decir, no sin cierta ironía, del P. De Angelis en su “Discurso preliminar al Diario del P. Morillo” del
año 1837: “Es prueba de la índole dócil de estos indígenas, la facilidad con que se prestaron a las
insinuaciones de Matorras, a los planes de Arias, al tránsito de todos los que han explorado el
Bermejo, mal escoltados y sin influjo en los gefes (sic) de estas tribus. Cornejo pasó con 32
individuos, Soria con 21, y el P. Morillo con 4, incluso su pagecillo” (De Angelis, 1972: 197)
(destacado del autor).
Es posible señalar, concluyendo este apartado, que las imágenes de un lugar impenetra-
ble, inhóspito e indómito parecen tener más que ver con las resistencias que, sobre todo en la
frontera de Asunción y la frontera del Tucumán (y más al norte la de Tarija), tuvieron los
jesuitas para instalar desde un comienzo un proceso sistemático de misionalización, funda-
mentalmente por las resistencias ejercidas a dichos intentos por parte de los grupos Guaycurú
(en la primera) y de los grupos Chiriguano (en la segunda). Un proceso que ofreció menores
niveles de conflictividad, por ejemplo, con los grupos Tupí-guaraní.
Ya hacia la segunda mitad del siglo XVIII, los contactos entre las distintas agencias del orden
colonial y las poblaciones aborígenes habían recorrido un proceso largo de conocimientos
mutuos que, sin desestimar el enfrentamiento, implicaba distintos tipos de estrategias de
relacionamiento interétnico; entre las cuales pueden nombrarse los sucesivos paces, tratados y
acuerdos varios que serán analizados específicamente en el próximo capítulo. Sin embargo, y a
contrapelo de esta situación, en los discursos del poder se hacían jugar aquellas imágenes
primeras con el objetivo de validar precisamente posicionamientos de poder en el orden social
colonial y también como mecanismos de enriquecimiento.

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EL CHACO CENTRAL

Viajeros y escribas de campaña (la reproducción del demonio)

En tiempos contemporáneos, cuando el territorio y las poblaciones del Chaco eran


susceptibles de una mirada en términos de su incorporación “al progreso” –es decir, a las
relaciones capitalistas de producción que desde mediados del siglo XIX comienzan a expan-
dirse en el conjunto del espacio nacional–, las descripciones se encuadraban desde códigos
distintos a los misionales.
Ya para esa época las formas de concebir el Gran Chaco parecían responder a un modelo
productivista a partir del cual los pobladores y los recursos naturales requerían de un conoci-
miento más sistemático. Es decir, “Se intentaba construir un país con tradición científica inme-
diata (...) se diseñaba un tipo de joven investigador/militar, utilizado por el estado en la guerra
contra el Chaco, pero que en la generalidad de los casos postulaba un tratamiento científico
cuidadoso, ético de las etnias, y del espacio tratado como superior” (Rosenzvaig, 1995: 162).
Los analistas reparan casi con exclusividad en un texto clave de la época: El Gran
Chaco de J. Fontana, cuya primera edición data de 1881; texto que por las propias
críticas que realizara a las descripciones de P. Lozano aparecería inaugurando aquel
nuevo imaginario. Refuerza estas aseveraciones el prólogo que a dicho texto le hiciera el
mismo N. Avellaneda:

“Empieza así, para nuestro país y para esta parte de América, la segunda creación, es
decir, su posesión por la ciencia, su fecundización por la inteligencia humana” (Pró-
logo a Fontana, 1881: 39).

Pero también afianza esta imagen la creación de instituciones que tendían a fomentar una
mirada “científica” del espacio a dominar. Así, la fundación del Instituto Geográfico Argen-
tino por E. Zeballos contribuyó especialmente a la formación de lo que el propio Avellaneda
llamó “el espíritu científico”. Mayor relevancia tuvo la fundación en el mismo año del Insti-
tuto Geográfico Militar dedicado prácticamente con exclusividad a los territorios nacionales.
Chaco y Patagonia se definían como territorios de ocupación militar. “Había que estudiar
fronteras, cuestiones limítrofes, cartas, planos para las maniobras del ejército y estudios de
aplicación en la Escuela de guerra. Proyectos, inspección y dirección de construcciones
militares” (Rosenzvaig, 1995: 165).
Gran conocedor del Chaco, moderado en la forma de analizar los datos que elabora-
ba, Fontana despliega en su obra un cuidado especial a la hora de describir el territorio
y los pueblos indígenas. Discute las descripciones existentes en la época con datos
precisos, el número de grupos étnicos, la cantidad de población estimada, las costum-
bres, el ambiente natural, etc.
Al mismo tiempo, su crítica dejaba en claro la nueva moral que desde su percepción debía
distinguir a la naciente época:

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“Fabuloso parece, en efecto, el número de salvajes que los conquistadores hallaron a


su arribo; el asombro que esta noticia nos causa ¿es acaso mayor que el horror que nos
domina al recordar las matanzas ordenadas y efectuadas por ellos, cien veces más
bárbaros que los mismos salvajes? No podríamos decirlo, sólo sabemos que miles de
seres humanos, completamente ajenos al mal y dispuestos a ser cuanto el hombre que
se llamaba civilizado hubiese querido que fuesen, perecieron al golpe sangriento de la
crueldad y el fanatismo” (Fontana, 1881: 94).

Leyendo algunas de las descripciones de Fontana, parecerían no quedar dudas acerca de


una especie de cambio de importancia en la percepción tanto del espacio como de los
pobladores indígenas del Chaco. Sin embargo, debería llamar la atención el hecho de que
aquellas palabras fueron escritas en plena ofensiva militar frente a dichas poblaciones. De
hecho, y al tiempo que manifestaba un estilo narrativo “humanista-positivista”, reivindicador
de los valores culturales y del “sentido de la libertad natural” de las poblaciones indígenas del
Chaco, Fontana había participado en la campaña “al desierto” del sur, y en el momento en
que escribía estas notas lo hacía en la campaña del General Uriburu.35
Aún más, a pesar de aquel cuestionamiento a la barbarie colonial respecto al indio,
Fontana no deja de relatar las prácticas de tortura que en el campamento se practicaban sobre
ellos cuando eran prisioneros, y ello sin expresar ningún tipo de remordimiento.36 En reali-
dad, los dos casos que comenta en su texto ingresan, casi solapadamente, para realizar comen-
tarios en torno a la valentía del indígena de quien dirá “jamás llegará a someterse por comple-
to; la libertad es su único culto, es su Dios; ser libre como las aves es su solo anhelo, la sola
ambición de su alma; el cuerpo es nada para él” (Fontana, op. cit.: 93).
Es importante aclarar que Fontana en tanto integrante de la campaña de Uriburu ya
no cumple las funciones militares que otrora había tenido en la campaña de Roca. Por el
contrario, al editar sus apuntes de campo se coloca en el lugar de uno de esos escritores de
ocio de campamentos que, marcados por la energía de la ilustración científica europea,
pretenden lograr un reconocimiento intelectual por las elites ilustradas de la época, tal
como lo intenta señalar en la introducción a su propio libro. Hacia ese campo estaba
dirigida su descripción del Gran Chaco.

35. En el capítulo siguiente se analizan con cierto detalle cada una de las campañas militares al Chaco y
sus objetivos.
36. Relata Fontana: “A un indio tomado prisionero en un encuentro de armas, se le ató al cuello un cordel
cuyo extremo opuesto fue asegurado a la cincha del caballo en que montaba el soldado que debía conducirle;
puesto éste en marcha, y cuando el cordel perdió su elasticidad, el indio cayó como un tronco, pues no dio
un solo paso, ni profirió la más ligera queja (...). Otro indio, llevado en 1873 a la colonia Rivadavia, con
el objeto de que prestase declaración, se negaba a responder; por esto el oficial que lo interrogaba le dijo ‘voy
a mandarte a quemar vivo’; el salvaje por toda contestación extendió una pierna, metiendo un pie en el
fogón” (op. cit.: 93).

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Pero, si en los círculos áulicos de la inteligencia de la época se auspiciaba su lectura y


elogiaba su estilo, los jefes militares de las campañas preferían otro tipo de lecturas sobre el
Chaco. Las descripciones hechas por los propios militares en campaña, sea para justificar la
realización de alguna de ellas o bien como reporte de sus hazañas, apuntaban a objetivos
distintos: precisamente a reproducir en forma ampliada y hasta obscena la imagen de belico-
sidad y prácticamente no-humana de los indígenas, porque de esa manera podía justificarse,
ni más ni menos, el negocio de la guerra.37
Así, por ejemplo, Juan Solá, en una carta en la que intenta, con éxito, convencer al
General Roca sobre los beneficios de su proyectada campaña militar en 1879, es decir 106
años después de los escritos de Lozano, sigue describiendo los límites territoriales del Chaco
en los términos de aquel:

“Se ha convenido en denominar Gran Chaco a una vastísima zona que partiendo
desde Chiquitos, en el departamento Boliviano de Santa Cruz de la Sierra, se desarro-
lla hacia el sud, costea las márgenes occidentales de los ríos Paraguay y Paraná, forma
sucesivamente las fronteras de Sucre, Tarija, Salta y Santiago del Estero y va a termi-
nar en la provincia de Santa Fe” (AGN. VII. Archivo Roca: 155).

Respecto a las poblaciones indígenas, resulta también en cierta medida sintomática la


reiteración de los estigmas “coloniales”:

“...Sus defectos comunes son la ferocidad, la inconstancia, la perfidia y la embria-


guez; todos ellos poseen vivacidad, pero sin la menor disposición de espíritu para
todo aquello que no choque los sentidos. (...) Casi todas estas tribus son antropófagos
y su ocupación única es la guerra y el pillaje” (ídem).

En referencia a las aptitudes bélicas de los indios agrega con gran detallismo:

“Se hicieron temibles a los españoles por su encarnizamiento en los combates, y más
aún por las estratagemas que empleaban para sorprender a los conquistadores. Cuan-
do han emprendido pillar alguna habitación, nada hay que no tienten (intenten)
para inspirar confianza, y para alejar a los que pueden defenderla. Buscan durante el
año entero el momento oportuno de caer sobre ella, sin exponerse; continuamente
mantienen espías que sólo se mueven durante la noche, arrastrándose, si es necesario,

37. La guerra contra el indio tuvo al menos tres formas de constituirse como “negocio” para la corporación
militar naciente: En primer lugar, los costos que las mismas demandaban y que resultaban en altos
sueldos, ascensos rápidos y prebendas políticas. En segundo lugar, porque muchos militares lograron
concesiones de grandes superficies territoriales luego de las campañas. En tercer lugar, por los despojos de
las mismas tolderías que realizaban los soldados y militares de menor rango.

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sobre los codos que tienen siempre cubiertos de callos; esto hizo creer a algunos
españoles que, a merced de mágicos secretos, tomaban la forma de algún animal. (...).
Sus armas no difieren gran cosa de las del resto de las tribus americanas; son el arco,
la flecha, la macana y una especie de lanza de quince palmos de largo y grueso
proporcionado de una madera muy dura (guayacán) y bien labrada que no obstante
su peso manejaban con gran fuerza y destreza. La punta de esta lanza es de cuerno de
ciervo (sic), con una lengüeta engarabitada que impide extraerla de la herida sin
agrandarla mucho; una cuerda adherida sirve para requerirla después del golpe; de
manera que para el herido el único partido es dejarse tomar o rasgarse las carnes para
desprenderla. Cuando estos salvajes toman prisioneros, les asierran el cuello con una
mandíbula de pescado; enseguida le desprenden la piel del cráneo que guardan
como un trofeo de victoria” (ídem).

Llama la atención que estas “observaciones” deambulen entre un pasado (los españoles)
y un presente (finales de la década del ’70 del siglo pasado). Un viaje por cronologías
imaginadas que se expresa en el propio documento en los usos indiscriminados de los tiem-
pos verbales. Pero la contradicción más interesante a señalar aquí es la que resulta en una
aseveración previa que dice:

“El Gran Chaco, nunca conquistado por los españoles y sus sucesores (sic), permane-
ció y aún permanece poco conocido para la generalidad de los mismos gobiernos que
pretenden extender hacia allá su jurisdicción” (ídem).

Resulta, entonces, que a pesar de la explicitación en torno al “poco conocimiento” sobre


el Gran Chaco, se enuncian caracterizaciones propias de un pretendido saber relativamente
exhaustivo. Nuevamente, el “desconocido” Chaco aparecía re-conocido en el estigma.
Es importante señalar que el discurso de los jefes de campaña, la inflación del estigma respecto
a la belicosidad y salvajismo del “indio”, era reproducido por la mayoría de los escribas de campa-
mento (cfr. cita de T. Ortiz, infra). En este sentido, Fontana constituye ciertamente un caso
particular. Principalmente, porque uno de los movimientos discursivos más notables de la narra-
tiva militar y paramilitar (representada en estos escribas) tendía a homologar (en cuanto a los
atributos señalados) a la población indígena del Chaco con la población de Pampa y Patagonia. Al
respecto, y en un alarde de “saber” etnológico, Fontana intenta seducir a la elites intelectuales de
la época, argumentando respecto a supuestas “capacidades intelectuales diferenciales”:

“(...) Tratándose de los indios chaqueños es opinión general que carecen de ella (la
inteligencia); y Robertson, entre otros autores europeos, lo afirma, asignándoles una
suma muy diminuta de facultad intelectual (...). Podemos afirmar, contra la opinión
de muchos, que los indios del Chaco son más inteligentes, más dispuestos y, sobre
todo, más observadores que los indios de La Pampa y Patagonia. El indio del sur es

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indómito por naturaleza, de carácter voluntarioso, que vive en una región fría y que
pisa un terreno extenso sin obstáculos; que dispone del caballo, de ese elemento
poderoso que todo lo pone al alcance de sus bolas (boleadoras), de su lazo y de la
punta de su lanza; ese salvaje, decimos, belicoso y que hasta los elementos pretende
subyugar al conjuro de su voluntad, ese ser especial que cuando tiene hambre salta
rápido sobre el lomo de un potro tan fiero e indómito como él, y se lanza cual una
avalancha hasta saciar con sangre caliente y con carne palpitante su sed y hambre,
para después dormirse sin pena y sin gloria, pero satisfecho y nunca cansado de
correr, ese hombre, repetimos, no puede jamás ser tan inteligente y susceptible de
aprender como el indio chaqueño” (ídem: 135-137).

Continúa Fontana, intentando producir un efecto de demostración de su capacidad de


observación:

“(...) Un indio pampa o araucano, cuando llega a los doce años de edad, ya es un
hombre que sabe todo lo que debe saber para sustentar las primeras necesidades de la
existencia, y de un modo independiente y absoluto si fuere necesario. No sucede así
entre los indios del Chaco: un individuo de la misma edad se moriría bien pronto si
se encontrase solo porque a los doce años todavía le faltan los conocimientos que le
son indispensables, el aprendizaje es mucho más largo, más complicado, más penoso
que el de los indios del sur de la República. Estos salvajes aprenden a caminar muy
temprano, con esa prontitud con que da los primeros pasos todo niño entregado,
desde muy tierna edad, a sus propios esfuerzos; pero la irregularidad del enmarañado
terreno que pisan hace que, desde tan temprana edad, ya empiecen a ser observado-
res; puede decirse que desde entonces comienza a trabajar con actividad la mente del
indio del Chaco, esto es, mucho antes de lo que acontece entre hombres civilizados
(sic). (...) De este modo la vida del indio del Chaco, que sólo cuenta con el concurso
de sus propios esfuerzos, es una serie, un curso completo de observaciones y artificios
empleados a cada paso” (ídem: 138).

Es interesante observar que el intento explicativo de la diferencia en la “inteligencia” entre


ambas poblaciones radica en un excesivamente vulgar, incluso para la época, criterio determinista
geográfico (en pretendida sintonía con ciertas proposiciones de autores como Ratzel, muy leído
en esos tiempos). La especie de lapsus emergente de su propia construcción lógica (en el sentido
de que su argumentación sobre la capacidad de observación del niño indígena lo conduce a
decir que la misma es más temprana que la del hombre civilizado) es sintomática, pues la
conclusión lógica sería aceptar, paradójicamente, un criterio de inteligencia superior del indio
chaqueño respecto al mentado “hombre civilizado”, cuestión impensable en sus apreciaciones.
Aún más, su virtuosismo positivista lo lleva a elaborar una taxonomía de la “fauna” y “flora”
chaquense que, a manera de apéndice, parece configurar antes una especie de esos bestiarios

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típicos de los sueños borgeanos que alguna descripción objetivista, aun para el pretendido
espíritu científico prevaleciente. Dicho apéndice comienza así: Vertebrados-Mamíferos-Bimanos,
definidos estos últimos como: “los hombres de este país, llamados indios se hallan divididos en
tribus nómades y salvajes, y disminuyen notablemente; antes de dos siglos habrán concluido”.
Sigue luego con “Cuadrumanos, Murciélagos, Carniceros, Roedores, etc. etc...”.
Pero, independientemente de estas elaboraciones sostenidas con argumentos escasamen-
te verosímiles, incluso para el denominado espíritu científico del momento, es importante
retener el interés de Fontana por establecer una diferenciación muy cara para la época, puesto
que todos los argumentos militares y paramilitares e incluso de la intelligentzia nacional,
apuntaban a validar la guerra con el indio chaqueño bajo el argumento de que poseían
similar belicosidad, fiereza, etc., que los indígenas de Pampa y Patagonia. Es por ello que,
sorprendido, el mismo Avellaneda en el prólogo a la primera edición de su libro, citará estas
notas y las calificará de “descubrimiento científico”.
Un descubrimiento científico que de todas maneras estaría muy lejos de ser parte
integrante de un modelo o un proyecto alternativo de relacionamiento entre las pobla-
ciones aborígenes y las instituciones de la estatalidad nacional. Al contrario, es precisa-
mente en los años posteriores a los escritos de Fontana cuando la guerra contra el indio
chaqueño se hace aún más sangrienta y, al mismo tiempo, más sintomática del modelo
de construcción de la nacionalidad.
Es bajo la presidencia de Avellaneda que J. Roca, en 1879, siendo Ministro de Guerra y
Marina, inicia la ofensiva militar más importante contra las poblaciones indígenas de Pampa
y Patagonia, conocida como “campaña al desierto”. En los años inmediatamente posteriores
a dicha campaña y en el marco del ciclo de expansión de los ingenios azucareros del norte
argentino, grandes contingentes de indios pampas sobrevivientes y tomados como prisione-
ros de guerra fueron enviados por el mismo Ministerio de Guerra a Tucumán a trabajar en
condiciones tales que para 1888 prácticamente todos ellos habían muerto o huido (Mases,
1987: 101; Iñigo Carreras, 1991: 32).
Este traslado fue el resultado de un pacto entre J. Roca y el Gobernador del Tucumán,
con la aprobación previa de los dueños de los principales ingenios azucareros tucumanos,
surgido de una iniciativa propia del Ministro de Guerra, quien en una nota a la autoridad
tucumana señalaba:

“...los brazos que demanda el desarrollo siempre creciente de su industria agrícola, y


que obtendría ventajas positivas sustituyendo estos indios holgazanes y estúpidos
(los matacos) con los Pampas y Ranqueles, que si bien están por debajo del nivel
moral y civilización relativa del gaucho, no le ceden en inteligencia y fortaleza”.38

38. Fragmento de la carta de J. Roca dirigida a Martínez Muñecas, citada por N. Iñigo Carreras,
1991: 32, op. cit.

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EL CHACO CENTRAL

Resulta entonces que, para Fontana, los indios del Chaco son más inteligentes y capaces
que los del “sur”, y para Roca la situación parecía ser la contraria.
Llegado a este punto, es posible entonces poner en duda la supuesta ruptura, a partir de
la emergencia de las descripciones “positivistas” en la década de los ’80, de los imaginarios que
fueron construidos sobre el Chaco; al menos en los términos tan absolutos como se pretende.
¿Cómo se compatibilizan estas descripciones imaginarias del territorio y la población
aborigen, propias de las narrativas coloniales, con la preeminencia de las corrientes positivistas
en la llamada “generación de los ’80”?
Esta cuestión es de suma importancia ya que permite ir dando cuenta de algunas pistas
sobre las relaciones entre el modelo capitalista impulsado por el estado y la militarización de
la frontera. Se sostiene aquí que estos discursos no son meramente un producto de disputas
de sentido entre una intelectualidad civil y otra militar respondiendo a proyectos de cons-
trucción del relacionamiento interétnico diferenciales, sino discursos “situacionales”, en el
sentido de que el emisor intenta legitimar mediante un discurso supuestamente “científico”
sus expectativas de poder, tanto personal como del proyecto institucional que pretende
encarnar. De hecho, Fontana participó en la campaña de Roca en el Sur y luego fue gober-
nador de Formosa, y J. Roca pasa luego de su “exitosa” trayectoria militar, que culmina en la
“conquista del desierto”, a Ministro de Guerra y presidente de la Nación.
Precisamente, la reproducción infinita de referencias respecto a la belicosidad del indíge-
na y el carácter inhóspito y vasto del territorio, son los referentes sistemáticos de los informes
militares y los diarios de campo de los Jefes de campaña, con los cuales se convencía al poder
de la legitimidad y, fundamentalmente, de lo costoso de los proyectos diseñados para la
“pacificación” de las fronteras.39
Haciendo un análisis comparativo entre las últimas décadas del período colonial y la
primera mitad del siglo XIX, las descripciones resultan de una “exageración” tal que se
asemejan a los principios.
Ciertamente, si se revisan con cierta sistematicidad los escritos de De Angelis, en la
primera mitad del siglo XIX, las imágenes sobre los aborígenes del Chaco contrastan
notablemente. Aún más, es conocido “el espíritu indigenista” que permeaba los discursos
dominantes en los primeros años de la revolución de mayo. Así, por ejemplo, M. Belgrano
propuso en 1816 una forma de gobierno que tuviera en cuenta a los “herederos de los
Incas”, y en consonancia con la misma se decidió imprimir ejemplares del Acta de la
Independencia en Quichua y Aymará. Si bien los aborígenes del Chaco no son considera-
dos en estos planteos (sus territorios aún no eran objeto de preocupación central para las

39. Sin embargo, puede ya señalarse una diferencia de interés entre las campañas militares organizadas en
las postrimerías del período colonial y las llevadas adelante por el ejército nacional a partir de la década del
’80. Mientras que las primeras fueron financiadas en su mayoría por los propios agentes que las organizaban,
debiendo disponer de importantes fortunas para llevarlas a cabo, en el segundo caso, los altísimos costos
de las mismas serían financiados por el estado nacional ya unificado.

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elites criollas emergentes), puede afirmarse que existió una especie de “impasse” que tendió
a deconstruir aquellos estigmas coloniales.
Cierta laxitud en cuanto al tratamiento de la cuestión indios en general y las escasas
referencias sobre las poblaciones del Chaco, responden tanto a la participación de distintas
parcialidades aborígenes del territorio nacional en los ejércitos provinciales, como a la falta de
interés hacia la región por parte de los caudillos de la época.
Sin embargo, esta situación daría un vuelco fundamental a partir de la consolidación de
los intereses hegemónicos de la burguesía bonaerense en alianza con algunos sectores de las
burguesías del interior (sobre todo del eje Buenos Aires-Santa Fe). Tal como se ha señalado,
la re-inflación del estigma sobre las peligrosidades del indio del Chaco y lo inhóspito de su
territorio, se encuentra en sintonía con los intereses emergentes de aquella alianza.
A diferencia de la imagen mítica del buen salvaje promotor de los modelos ideológicos de
la economía política y la juridicidad modernas, la modernidad, al menos en nuestro caso,
visibilizó los grupos étnicos de los territorios nacionales que de alguna manera u otra habían
sobrevivido, resistido, negociado, etc., con las estructuras del poder colonial e independentista,
como barbarie. Para comprender el sentido de esta mirada es importante retornar a Foucault,
quien se preguntaba: “¿de qué modo el bárbaro se opone al salvaje?”, para responder: “a
diferencia del salvaje, el bárbaro no se apoya en un fondo de naturaleza del cual forma parte.
El se recorta en un fondo de civilización, contra el cual choca” (op. cit., 1992).
Tal como se ha indicado en el primer capítulo, lo que interesa enfatizar aquí es el hecho
de que, en la configuración del proyecto nacional como guerra contra el bárbaro, la burguesía
triunfante de Caseros va a delegar en la corporación militar la construcción de las institucio-
nes de la estatalidad en la frontera, y esto no es poco.
Apaciguado el Leviatán rosista y pactados los territorios de la dominación de las distintas
fracciones burguesas, el modelo de intervención militar llevaría en sus entrañas la consigna del
exterminio del “enemigo indio”, el nuevo bárbaro nacional. Dicho modelo, en el Gran Chaco
(ese “desierto verde”), tendía a reproducir el mismo esquema que el desarrollado en el proceso de
ocupación de Pampa y Patagonia, a pesar que el discurso de los comandantes orientado a
legitimar la posición del ejército ante las autoridades gubernamentales, y en ocasiones por la
demanda de los propios empresarios de la región, insistía en la incorporación del indio al trabajo
productivo como modelo de “pacificación”.40
Sin embargo, el pretendido “control” de los territorios del Chaco a partir de la corporación
militar representada por el ejército unificado va a producir una serie de contradicciones en el
propio esquema de dominación (los manuales de guerra no tenían un capítulo dedicado al
disciplinamiento de fuerza de trabajo). Más allá de los discursos sobre la incorporación “pacífica”
del indio al trabajo productivo, la intervención militar generaba contradicciones en las posibilida-
des de un reclutamiento ordenado y funcional a la burguesía agroindustrial del norte argentino.

40. “En un lapso de 33 años (1862-1895) los principales caciques son aniquilados a través de tres vías:
la muerte en combate, la ejecución y la rendición o presentación” (Martínez Sarasola, op. cit.: 527).

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EL CHACO CENTRAL

En este sentido, es posible preguntarse hasta qué punto la imagen del indio guerrero y malonero
en el Chaco central responde a la necesidad de la corporación militar de hacer visible al indígena
en términos militares, como enemigo bárbaro que se enfrenta a la nación-civilización, en el marco
de su reproducción como institución constructora de la estatalidad-nacionalidad.
En el marco de estas configuraciones del poder (económico-político y militar, con sus
contradicciones internas) y de las resistencias por parte de la población aborigen y pactos que
la puja del poder tendía a desconocer, es que resultan inteligibles las campañas posteriores a
las de Victorica, a pesar de los declamados “éxitos” de la misma, y que se van a prolongar hasta
muy entrado el presente siglo.41
Entonces, el indio del Chaco vuelve a ser depositario de una belicosidad ilimitada
que requería de esfuerzos heroicos. Al mismo tiempo, resultaron números de una esta-
dística extravagante. Así, las poblaciones indígenas del Chaco, en los diarios y cartas de
los militares integrantes ya del ejército nacional unificado, sufrieron también una espe-
cie de inflación demográfica. El mismo Fontana va a decir, en aquella época, a pesar de
sus críticas a las especulaciones realizadas por los misioneros y viajeros, que “en nuestro
sentir, no bajan de cincuenta mil los indios que habitan el Gran Chaco” (Fontana,
1881: 95). El entonces Gobernador de los territorios del Chaco, General Uriburu, al
mismo tiempo calculaba la población en cien mil individuos. ¿De dónde provenían esas
cifras a granel considerando las afirmaciones de los propios autores en relación a las
dificultades para su cálculo?
En el caso del General Uriburu, pero también de otros funcionarios como A. Seelstrang,
resulta sorprendente la coincidencia con los cálculos de Lozano, realizados más de cien años
atrás. El primero habría calculado “a ojo de buen cubero” unos 20.000 indios no contabili-
zados en las referencias del religioso cuando señala a varias “tribus” de las cuales desconoce su
número. Mientras que el segundo reproduce fielmente la cifra resultante del conjunto de
referencias de Lozano, indicando, al mismo tiempo, el sentido de las cuentas expuestas:

“Personas competentes y conocedoras del territorio consideran que existirían 80.000


almas en las distintas tribus que habitan entre el Salado y el Bermejo; lo que daría por
resultado haber como 10.000 hombres de armas llevar y más o menos 10 individuos
por legua cuadrada” (Seelstrang, 1977).42

41. En realidad todos los jefes militares de las distintas campañas al Chaco, luego de concluidas proclamaron
victoriosos la “pacificación” definitiva del indio y la incorporación de dichos territorios “a las fuerzas del
progreso”. Sin embargo, lo que lograban las mismas, concomitantemente a la masacre y el etnocidio, era
desarticular los mecanismos de “negociación” (o de conflictos sin resolución definitiva) que se producían
entre los fortines y las poblaciones indígenas. Recuérdese que, a pesar de los altísimos presupuestos
militares, la provisión de los fortines dependía de dichas negociaciones antes que de la provista oficial. No
obstante, sobre este tema sería importante realizar un trabajo investigativo específico.
42. Arturo Seelstrang fue miembro de una Comisión exploradora enviada al Chaco en el año 1876 con
el objetivo de determinar el lugar en el que debían fundarse asentamientos para el control de la región.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Es muy probable que hayan emitido semejante juicio luego de la lectura de Lozano, que era
citada en forma genérica por la mayoría de los jefes militares. En el caso de Fontana se trata, en
el contexto de su relato, de una mera relativización de los dichos de su Jefe, y con el objetivo de
evitar “un juicio aventurado, que más adelante pueda llevarnos al banco de la censura”.
Lo que resulta de alguna manera sorprendente es que el Primer Censo Nacional de Población,
realizado en 1869 durante la presidencia de Sarmiento, había arrojado un total de 45.291
indígenas en el Chaco. Sin embargo, ninguno de estos informes tenía en cuenta ese dato.
Resulta una tarea sin sentido tomar una cifra u otra para hacer alguna estimación signi-
ficativa. Es indudable que cada cifra representa intereses específicos. En ello hay lógicas que
parecen ser implacables: para algunos misioneros, primero, y militares, después, cuanto más
indios puedan demostrar que existen, más despliegue de intervención –es decir, recursos–,
resulta necesario. Para los exploradores que visitaban nuestro país, la narrativa sobre el exotis-
mo americano coronaba su prestigio de viajero informado en los círculos europeos. Para los
escribas de campamento como Fontana, los esfuerzos de moderación y relativización, en
medio de la maraña de adjetivos y números extravagantes, podrían otorgarle un lugar en los
áulicos círculos intelectuales del declamado positivismo argentino.
Respecto al número de “naciones” que habitan en el Chaco, Fontana reitera su consa-
gración a la “verdad” y, haciendo alarde de nacionalismo cuantas veces puede, va a repro-
bar las estimaciones de “historiadores y viajeros europeos, que escribieron de memoria, sin
más datos que aquellos que recogieron a su paso; todos dicen lo mismo al respecto, porque
se han seguido servilmente unos a otros y, por consiguiente, adelantando poco el conoci-
miento de los indios de esta parte de América” (1977: 95).
En esta ocasión va a ser rotundo: “Todos están errados, siendo un hecho incuestionable,
que nuestra larga residencia y nuestros viajes nos autorizan para afirmar, de hoy para siempre,
que los indios que habitan actualmente el Chaco se hallan divididos en seis naciones, hablando
seis lenguas también distintas entre sí, como llegaremos a demostrarlo de una manera convin-
cente, no obstante tener la creencia de que todas ellas proceden de una raíz común a las lenguas
americanas” (ídem: 96).
Dichas “naciones” son nombradas como “Indios Chiriguanos”, “indios Matacos”, “indios
Tobas”, “indios Chunupíes”, “indios Payaguás”, “indios Guanás” e “indios Mocovíes”.
Es interesante el uso de la palabra “naciones” para designar a cada grupo lingüístico
descripto, ya que (y sólo rastreable en la literatura colonial) de ninguna manera era la
utilizada por los militares en campaña ni por la intelectualidad argentina, quienes tal vez
eran más conscientes sobre las implicancias de un reconocimiento explícito en tal sentido
hacia los “indios”. No obstante y tal vez por ello es que inmediatamente aclara Fontana,
entre paréntesis y casi a modo de justificación: “No queremos decir razas, pues no cabe
duda que tienen un mismo origen, habitan una misma zona”. Parece no ser casualidad
tampoco que N. Avellaneda, en la extensa introducción a la primera edición y haciendo un
paréntesis a los reiterados elogios, deja en claro el carácter “incierto” de las calificaciones de
“naciones” o “tribus” para estas poblaciones, a pesar de que el mismo Avellaneda en dicho

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EL CHACO CENTRAL

texto no escribe más que “tribus” y “salvajes” para referirse permanentemente a los pueblos
aborígenes del Chaco (ídem: 36).
A cada grupo Fontana va a dedicar un capítulo especial. En cada uno de ellos se
describen principalmente y con especial atención aspectos físicos, y en oportunidades
referencias sobre el “carácter” que al autor le llamaban la atención: por ejemplo, el tamaño
de los pies o las manos, la forma del cráneo, la estatura, la boca, el cabello, la relación de las
mujeres con los niños, la personalidad de algún cacique indígena, etc. Estas descripciones
no contienen las adjetivaciones exotizantes que se encuentran en la narrativa misional o
bien militar contemporánea; sin embargo, producto de su interés por diferenciarse de
éstas, e intentando relativizar sus conclusiones, acumula una y otra vez impresiones como
la siguiente realizada sobre los Tobas:

“La boca del Toba es grande, ligeramente levantada en sus ángulos y de labios
gruesos, algo arremangados; esta es la boca de todos los indios del Chaco (...). La cara
no es achatada, la oreja es grande y carnuda y el color es con frecuencia más claro que
en los otros indios de la misma región, del mismo modo los pómulos son menos
salientes” (ídem: 112).

Respecto a la “mirada” en torno al indio del Chaco, por parte de la intelectualidad


nacional, es interesante retomar la lectura que sobre los escritos de Fontana hace, en aquel
entonces, el propio presidente de la Nación N. Avellaneda en la introducción citada anterior-
mente. A pesar de los reiterados elogios que el presidente hace a los esfuerzos de Fontana por
la “objetividad” de sus narraciones respecto a los pobladores y a la región en la que había
dejado parte de su vida, e incluso su brazo (que fue mutilado luego de una herida de flecha,
mal tratada en las deficientes y rudimentarias enfermerías de los campamentos), se atisba un
reproche escrito como al pasar, pero muy significativo.
Escribe Avellaneda:

“El Sr. Fontana nos ha dado un libro lleno de altas reflexiones y munido de las más
severas noticias. Pero ¿cómo, a más de útil, habría sido bello, si dejándole por fondo
sus datos tan penosamente recogidos, sus observaciones pacientes, su mapa, que es el
mayor por su extensión y que será por mucho tiempo el más completo, hubiera dado
al mismo tiempo a sus páginas la animación de los relatos o el interés dramático de los
peligros corridos?” (ídem: 33).

Es que independientemente de los comentarios elogiosos de una naciente intelectuali-


dad, que quería asemejarse a los cánones del conocimiento científico prevaleciente, las nece-
sidades del orden local terminaban imponiendo, o al menos el deseo de que así sea, la
impronta del “drama” chaqueño: un espacio peligroso que había que resaltar incluso más allá
de la parafernalia militar.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

El Gobierno nacional y sus instituciones se expresarían en el Chaco a través de la ocupa-


ción militar “pacificando” el peligro, domesticando al salvaje, aprovechando “racionalmente”
la excentricidad de sus recursos naturales infinitos.
El Gran Chaco seguía representando, más allá de la irrupción de un conocimiento
“austero y rígido”, una especie de gran caja negra depositaria de las arbitrariedades del
número y el adjetivo, a pesar de siglos de intervenciones, viajes, fortines, misiones, paces y
acuerdos, enfrentamientos, etc.
Sin entrar aún aquí en otros significados de la guerra contra el indígena en el Chaco,
lo cuales serán abordados en el próximo capítulo, es posible sostener lo siguiente: si bien
para la época comienzan a aparecer, tanto en las descripciones de Fontana como en el
propio discurso de los militares implicados, un especial énfasis en las cualidades del
indígena en tanto “hombres bien constituidos y vigorosos en los trabajos de hacha y
pala” (en consonancia con los intereses de las compañías agroindustriales que se instala-
ban en la región), al mismo tiempo y en ocasiones en los mismos textos, reaparecen
aquellas construcciones en torno a la inhumanidad, la belicosidad y el salvajismo. No
obstante, lejos de constituir una “contradictio in adjecto” –tal como podría interpretarse
desde una mirada lineal respecto al sentido de estas formulaciones–, resultan un indica-
dor de las particularidades que iba adquiriendo el complejo económico-militar en la
construcción de las relaciones de producción capitalistas y de las relaciones interétnicas
en la formación del estado-nación.
Así, las imágenes de extrema belicosidad tendían a sostener argumentos convincentes
frente a las objeciones que en algunos sectores del gobierno central se podían realizar
respecto a repetir en el Chaco la experiencia de Roca en el “desierto” del Sur. Argumentos
que tendían a legitimar a la corporación militar como constructora de la nacionalidad
allende las fronteras. El cuidado y justificación que también ponían los militares en torno
a “pacificar” y “preservar” la mano de obra indígena sobre la que estaba interesada la nueva
burguesía, según se observará, tendía también a justificar la organización de las “campa-
ñas” que, precisamente por ello y a pesar de las grandes matanzas realizadas, no finalizaron
en el exterminio definitivo de la población.

La imagen del bien limitado (el demonio en el cuerpo)

A la par de argumentos en torno al indio como tribus en armas, justificando la guerra


contra el “malón-salvaje”, se encuentra en las narrativas de los jefes militares de la época un
modelo de “pacificación” acorde a las nuevas reglas del juego. Luego de la ofensiva militar más
importante llevada adelante sobre el Chaco en 1884, su Jefe escribe:

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EL CHACO CENTRAL

“Difícil será ahora que las tribus se reorganicen bajo la impresión del escarmiento
sufrido y cuando la presencia de los acantonamientos sobre el Bermejo y el mismo
Salado los desmoraliza y amedrenta. Privados del recurso de la pesca por la ocupación
de los ríos, dificultada la caza de la forma en que la hacen que denuncia a la fuerza su
presencia, sus miembros dispersos se apresuraron a acogerse a la benevolencia de las
autoridades, acudiendo a las reducciones o a los obrajes donde ya existen muchos de
ellos disfrutando de los beneficios de la civilización” (Victorica, 1983: 15-23).

La modalidad cazadora-recolectora en la que basaba la economía doméstica en la mayoría


de las poblaciones indígenas del Chaco debía ser destruida para “liberar” la capacidad de
trabajo de sus miembros y posibilitar su inserción en las nuevas relaciones de producción
capitalistas. Los jefes militares basaban también en esto el logro de sus objetivos. La demanda de
trabajo estacional, que requerían los nuevos emprendimientos agroindustriales que se estaban
desplegando en el territorio, pretendía ser garantizada también por los dispositivos militares.
Así, las campañas militares y los fortines se imponían como la expresión del proyecto nacional
en la frontera, que se posicionaba en sintonía con los intereses del capital.
Pero también representaba el ideal de una Nación cuya riqueza e identidad se basarían en
la disponibilidad de amplios territorios susceptibles de ser poblados por “hombres civiliza-
dos”. Así expresaba el mismo Victorica al presidente el significado de su campaña:

“Puede V.E. entretanto disponer desde ya de un territorio mayor que el que tienen
algunas naciones poderosas de Europa, a una y otra margen del Bermejo y en el
centro del Chaco Austral (...). Es un capital activo incorporado ya a la riqueza de la
Nación (...). Las fuerzas civilizatorias de la República han desalojado para siempre el
dominio de los salvajes de esas hermosas comarcas” (ibídem: 28).

Sin embargo, semejante proyecto producía contradicciones nuevas. Las poblaciones indí-
genas se “sometían” como forma de trocar su exterminio por las nuevas reglas del juego. Pero un
control constante que garantizase el disciplinamiento eficaz de la fuerza de trabajo indígena,
desde aquellos objetivos, implicaba dispositivos distintos de campañas militares triunfalistas y
la instalación de fortines mal aprovisionados. Cuando podían, los paisanos huían, retornaban
al monte, aunque cada vez más cercados. El cercamiento generaba, a su vez, la necesidad, para
ellos, de atacar el ganado y algunas poblaciones para abastecerse de los recursos que les habían
sido expropiados: un círculo conocido, que retroalimentaba “la violencia como potencia econó-
mica” en la sintética y clara expresión de N. Iñigo Carrera (1989).
La huida, por parte de los indígenas, en combinación con tácticas defensivas de los
territorios no ocupados por las fuerzas invasoras producían la ira de los Jefes militares, al
punto tal que semejante estrategia se transformaba en obsesión: si los recursos invertidos
en la organización de estas campañas no lograban redituar en la pacificación y la creación

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

de las condiciones de disponibilidad de la fuerza de trabajo indígena, la legitimidad del


lugar de centralidad de la corporación militar en la conformación de la nacionalidad
resultaría cuestionada.
Ya en 1911 y en el marco de una de las últimas ofensivas militares sobre las poblaciones
indígenas, E. Rostagno, su comandante, insistía, dirigiéndose “a los señores jefes de regimien-
to”, con que la acción de las fuerzas militares no debía producir el exterminio de la población
indígena, sino generar su confianza. Por supuesto que ganar esta confianza era una empresa
difícil ya que “por temperamento” el indio es desconfiado:

“Será algo difícil inspirar esta confianza; el indio, desconfiado por temperamento, lo
está mucho más por los últimos encuentros tenidos con las tropas; pero difícil no quiere
decir imposible, ni que se dejen de poner en práctica todos los medios que conduzcan
a atraerlos o a que permanezcan quietos donde están” (Rostagno, 1969: 31-33).

Mientras las fuerzas de la nación se movilizaban permanentemente hacia el territorio de


los pueblos indígenas, éstos debían incorporarse como trabajadores disciplinados bajo condi-
ciones de superexplotación o bien quedarse “quietos donde están”.
La construcción de la imagen de nomadismo fue otro de los elementos constitutivos del
estigma. Se mezclaban allí narrativas etnográficas sobre el carácter nómade de la dinámica
cazadora-recolectora, con el movimiento de huida y combate por la subsistencia de las
poblaciones indígenas. Así, la asociación entre alusiones generales hacia las formas de organi-
zación de las actividades de caza y recolección con los desplazamientos en el territorio para
huir del exterminio (lo cual en tales condiciones significaba también atacar algunos poblados
dispersos para conseguir alimentos), resultaba operativa para construir la imagen de un
“nomadismo natural”, propio del “temperamento” indígena.
Estas imágenes, aunque en códigos de las doctrinas sobre la “evolución” del hombre –que,
disputando la hegemonía científica a las construcciones del determinismo geográfico, también
pululaban en los círculos académicos europeos– eran reproducidas por exploradores que llega-
ban a estos territorios. En ocasiones, si bien imbuidos de las doctrinas humanistas acerca del
origen común de todas las “razas humanas”, ubicaban a las poblaciones del Chaco como
pertenecientes a estadios muy inferiores de la barbarie morganiana. En otras ocasiones, si bien
se consideraba que las poblaciones del Chaco pudieron ser parte de ciertas supuestas cualidades
del buen salvaje o de comunidades prístinas, hoy mostraban una pérdida de todos los vestigios
de vitalidad mental. En este caso, “sólo poseían astucia y habilidad, cualidades vinculadas más
con el instinto que con la razón”.43
Toribio E. Ortiz, quien participaría como “paleontólogo” en la expedición de Victorica,
se atrevía a afirmar, independientemente de los escasos conocimientos que poseía sobre las

43. En W. Mac Cann, Viaje a caballo por las provincias argentinas (1853) citado por Rosenzvaig, (op. cit.: 166).

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EL CHACO CENTRAL

lenguas y dialectos hablados entre las poblaciones indígenas del Chaco, lo siguiente: “Estos
dialectos son pobres e imperfectísimos, pues siendo pocas sus necesidades, y careciendo su
imaginación de ideales y con pocos sentimientos, no tienen palabras para expresar pensamien-
tos y objetos que son ajenos a sus costumbres y constante modo de pensar” (Ortiz, 1886: 38).
Necesidades limitadas y escasez de imaginación e ideales son relacionados con una con-
cepción reduccionista (biologicista) de la construcción del lenguaje; en tal sentido este escri-
ba de campaña va a señalar, a manera de explicación autorizada, que: “(...) Además, el origen
de un idioma es biológico y es efecto de la fatalidad de mostrar las necesidades en la familia
y nace con el individuo debiendo ser considerado como un instinto; de este primer escalón
va a su perfeccionamiento en la sociedad, perfeccionamiento que le adecua para las demostra-
ciones del conjunto, por cierto mayores que las de la familia , pero que está naturalmente en
relación con el grado de cultura de él (el conjunto) así vemos en los siete idiomas principales
Griego, Latín, Francés, Italiano, Español, Inglés y Alemán (sic), que podemos expresar y
describir cuanto vemos y sentimos porque los hablan pueblos avanzados en la civilización, en
ciudades populosas donde las sociedades han llegado a su apogeo, pero no sucede así en el
Chaco donde la sociedad es una especie de fuego fatuo que aparece y disuelve constante-
mente” (ídem: 39).
Tal como lo afirma Rosenzvaig (1995), se explicitaba que, para estas gentes, entender
una idea compleja era un misterio. Se valorizaba su capacidad corporal, la fortaleza y la
adaptación de su físico al medio natural, pero esa “cercanía” con la naturaleza era a su vez
significante de su “distancia”, prácticamente absoluta, con cualquier signo de “civilización”.
Aquellas imágenes sobre las necesidades limitadas y la rudeza física resultaban significan-
tes para un proyecto de control del indígena en tanto fuerza de trabajo. En tal sentido se
inferían modelos de comportamiento económico que legitimaban el carácter de su “conver-
sión” a las nuevas condiciones de existencia.
Ya desde 1850, viajeros y escribas extranjeros que habían visitado el Chaco sostenían, con
cierta pretensión de escritura autocrítica “humanista” pero construyendo los parámetros por
donde pasarían las fronteras culturales, lo siguiente: “Nos consideramos valiosos cuando la
utilidad gobierna nuestras costumbres, y el espíritu se expande mediante la adquisición de
conocimientos, en tanto que los salvajes nos desprecian por estas mismas razones. Les recomen-
damos que aumenten el número de sus necesidades, en tanto que la perfección de la virilidad
independiente, en su opinión, es la reducción de dichas necesidades” (W. Mac Cann –citado en
Rosenzvaig–, 1995).
Sin embargo esta mirada “humanista” reflejaba también la biopolítica del poder sobre el
cuerpo. En ella la sobreexplotación encontraba permanentemente una legitimación en tér-
minos “culturales”: un cuerpo apto para el trabajo rudo y una mentalidad opuesta a los
satisfactores económicos de la sociedad capitalista. He aquí la imagen moderna del “salvaje”
chaqueño. En todo caso, si el paisano se retobaba un poco en las plantaciones dicho compor-
tamiento podría ser achacado a la desaparición de los signos de vitalidad mental o, lo que en
aquellas formulaciones sería lo mismo, a la imposibilidad de controlar sus “instintos salvajes”.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

La teoría del “bien limitado”, que Foster creyó inaugurar hacia la década de 1950 desde
la Antropología cultural norteamericana del campesinado mesoamericano, y no pocas cons-
trucciones actuales del idealismo antropológico, encuentran aquí parte de su prehistoria. Las
nuevas reglas del juego se explicitaban bajo fundamentos económicos y antropológicos: la
superexplotación era una condición que se manifestaba en el propio carácter de los “salvajes”.
De todas maneras, se juzgaba, había un destino inexorable:

“(...) no hace falta poseer un poder profético para predecir que llegará el día en que
cientos de razas, con sus millones de integrantes, que vivieron en el hemisferio que
ahora designamos con el nombre de Nuevo Mundo, habrán desaparecido para
siempre, y su nombre y su lenguaje quedarán olvidados. Las ilimitadas riquezas de la
tierra serán de ese modo desarrolladas y destinadas al beneficio de la gran familia
humana que ha surgido de las razas escandinava y celta” (ídem).

Precisamente, este destino inevitable dio lugar, ya, en el presente siglo, una vez avanzadas
las relaciones de producción capitalistas y el control por parte de las instituciones de la
estatalidad nacional, al desarrollo de una relativamente amplia narrativa etnográfica concen-
trada fundamentalmente en “rescatar” estas poblaciones supuestamente en “vías de extin-
ción”. Aquí, las representaciones generalizantes sobre el Gran Chaco comienzan a dar lugar a
descripciones más o menos pormenorizadas para cada grupo étnico.
Las poblaciones indígenas originarias eran negadas sistemáticamente en cuanto a su
capacidad de convertirse en “otros” sujetos de negociación para el nuevo pacto fundante de
la nacionalidad. Tal como señala un reciente trabajo pionero en este sentido, el discurso
parlamentario de la época no reconocía a la población indígena en términos de su pertenen-
cia étnica. Las categorías para su reconocimiento fueron construidas, al igual que en el
período colonial, en base a diferenciaciones tales como “salvajes/domesticados”, “enemigos/
amigos”, “no incorporados/incorporados”. Categorías de la dominación que, a la par de
establecer el modelo de códigos y dispositivos institucionales en los cuales los pueblos indí-
genas eran re-conocidos, permitían enfatizar el primer término a la hora de justificar militar-
mente la “necesariedad histórica del exterminio”.44
La etnografía contemporánea so bre el Chaco tallaba al indio muerto. A medida que el
territorio se controlaba, se organizaba, se valorizaba, también se museografiaba, la muerte de
sus pobladores. La representación museográfica del indio eran sus tumbas, “los entierros”
valorizados arqueológicamente para dar cuenta de pautas culturales. Sin embargo, había
tumbas negadas, aquellas fosas colectivas donde se enterraba a la población india masacrada.
Desde la Antropología había que producir el “rescate” de lo que se “extinguía” en ese destino
inexorable predicho por una literatura fantástica aunque anclada en el determinismo de la

44. Para un análisis detallado de los discursos parlamentarios de la época, puede consultarse el trabajo de
D. Lenton (op. cit., 1994).

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EL CHACO CENTRAL

modernidad que se avecindaba en el desierto verde. De todas maneras y tal como ha sido
anunciado precedentemente, el análisis de la producción etnográfica contemporánea sobre
las poblaciones indígenas del Chaco central será desarrollado más adelante.
Retomando lo expresado hasta el momento, puede considerarse que aquel mito origina-
rio, construido por la conquista misional del Chaco respecto a las poblaciones indígenas, ha
sido reproducido en tanto significante para configurar significados desde distintos lugares de
enunciación. Lugares que obviamente no son virtuales sino que constituyen modalidades
específicas de la dominación.
Origen del mito, entonces. Se percibe también la manera en que las descripciones sobre
el territorio y sus pobladores construyen un modelo de escritura para representar el comienzo
de una “historia” que, si bien con configuraciones particulares, se repetirá en la diacronía de
la formación social de fronteras Chaco central hasta nuestros días, significando las distintas
formas mediante las cuales el poder va tornando visible la “cuestión indígena”.

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Capítulo 3

De la Colonia a la Nación
La militarización del desierto (el demonio armado)

Las tropas expedicionarias que hacían honor a la Nación por su valor,


moral y disciplina, y cuya misión era la de POBLAR Y CIVILIZAR las
inmensas zonas en poder del indio y abrirse paso para la fijación definiti-
va de nuestros límites internacionales, cumplieron estrictamente, después de
largos años de ardua y penosa lucha, con la severa consigna, de:
BARBARIE ATRAS!!!
E. Ramayón

Relaciones coloniales en el espacio chaqueño (algunas consideraciones


preliminares)

En este capítulo interesa profundizar en algunas consideraciones ya sugeridas en torno al


proceso de construcción de la formación social de fronteras, haciendo un contrapunto entre
la modalidades del proceso constitutivo de la estatalidad producidas en el período colonial y
las correspondientes a la formación estatal-nacional.
El recorrido propuesto aquí se restringirá hacia el análisis de determinadas configuracio-
nes específicas que desde un comienzo irá adquiriendo esta formación social de fronteras. En
particular, se trata de dar cuenta de algunas claves conformativas de la frontera con el indio,
que influirán decididamente en la dinámica de los procesos de expansión posteriores.
Dicho recorrido intentará, entonces, ofrecer algunos análisis que tiendan a dar cuenta de
las transformaciones que fue sufriendo el proceso de relacionamiento entre los dispositivos

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

institucionales creados por el poder colonial (económicos, militares, políticos y culturales) y


aquellos que caracterizaron a los pueblos indígenas.45
En general, parecería existir un relativo consenso entre los historiadores en la afirmación
de que “el desierto chaqueño carecía de clara y concreta ocupación colonial” (Porcelli, 1991:
25; Gullón Abao, 1989).
Las inmensidades de la llanura chaqueña, habitada por pueblos indígenas hostiles a la
presencia española que genera permanentes resistencias a los débiles intentos de asentamien-
to, como así también las necesidades de mantener el control político-militar y económico en
los espacios andinos, son los factores que se extraen de la información documental y que
consideran como los más relevantes para señalar dicha situación.46
Sin embargo, algunos autores parecen sugerir una situación distinta:

“Durante los siglos XVI y XVII (y después de más de 100 años de guerra) los conquista-
dores españoles del Tucumán habían logrado someter a la población indígena. Los contin-
gentes indígenas que iban siendo derrotados y los que se entregaban fueron repartidos
como botín entre los conquistadores mediante el sistema de encomienda, debiendo pagar
a los encomenderos una renta en trabajo o en dinero. Las misiones religiosas fueron la otra
forma de organizar a los indígenas para someterlos y disciplinarlos, no sólo como trabaja-
dores sino como defensores del orden social y las fronteras” (Iñigo Carreras, 1984: 8).

Ambas formas de relatar la situación colonial, afirmadas por cierto con documentación
histórica exhaustiva, parecerían significar que las nociones de ocupación colonial y someti-
miento de la población indígena constituirían dos fenómenos distintos aunque no necesaria-
mente contrapuestos.47

45. Es importante reconocer desde un comienzo las limitaciones de este abordaje histórico, siempre
sesgado por el manejo de información documental escrita desde intereses específicos: “la historia escrita por
vencedores”. Un problema que comparte cualquier aproximación “etnohistórica”. Sin embargo, el intento
puede no resultar baladí si se considera el escaso tratamiento historiográfico existente para este período
sobre la región. Ello ha tendido a producir imágenes bastante simplificadoras sobre las relaciones fronterizas.
Los documentos a los que se puede acceder, por el contrario, muestran un mosaico de situaciones y
procesos muy complejos y contradictorios que, si bien no hablan desde “el mundo aborigen”, nos ofrecen
muy interesantes pistas para entender por qué dichos intereses no fueron únicos ya que tampoco los sujetos
e instituciones coloniales de frontera constituían un modelo unívoco y exento de intereses contrapuestos.
46. Respecto a las hostilidades del medio ambiente, eran muy comunes las referencias de la época realizadas
por militares, encomenderos y autoridades en general. Así se expresaba el gobernador del Tucumán, Juan de
Zamudio, en un informe sobre el mal estado de la provincia y la necesidad de armas de fuego: “Padece esta
provincia en los cientos y veinte leguas de su latitud por el lado oriente tierras de muchos pantanos y
montañas espesísimas... el padrastro del enemigo Mocoví”; citado en A. Gullón Abao (op. cit.: 34).
47. Por cierto puede sostenerse que ninguno de los autores nombrados, a quienes debemos excelentes
contribuciones históricas sobre el tema, suscribirían semejante formulación. Sin embargo, ello no constituye
un impedimento para indicar que tales usos discursivos tienden a generar una caracterización demasiado
unilateral y constituyen un límite a la instalación de preguntas sustantivas sobre dicho período. Lo que se
intenta, al señalar esta posible contradicción, es proponer un camino para una caracterización más sistemática
del complejo y contradictorio entramado de relaciones fronterizas.

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

Es que la presencia colonial no puede ser medida por un único patrón, sea éste el control
territorial para el usufructo de recursos, la conformación de espacios administrativos y ciuda-
des o bien el sometimiento y utilización productiva de la mano de obra indígena. Estos tres
niveles en que se expresó “el hecho colonial” están íntimamente relacionados. Ello no obsta
para considerar que alguno de ellos tenga cierta preponderancia sobre los otros en determina-
da región o período, dados determinados intereses u objetivos específicos existentes en la
heterogénea y compleja red de instituciones y actores sociales coloniales.
En tal sentido, el objetivo de esta primera parte del capítulo se orienta hacia las relaciones
entre lo que se denomina ocupación colonial y las características específicas del sometimiento
de la población indígena en un espacio como el Chaco que ha sido caracterizado como
“marginal” respecto al “centro” de la estructura jurídica, política y económica colonial.
Es que si se toman como referencia, a modo comparativo, las formas de la ocupación
colonial en los territorios de asentamiento principal de los virreinatos, o bien aquellos espacios
considerados prioritarios, desde el punto de vista económico, con estructuras de poder
relativamente consolidadas por parte de la Corona y, principalmente, considerando el con-
trol social, económico y político de la población indígena, la frontera con el Chaco resulta
ciertamente, aunque en apariencia, un ámbito “marginal”.
Al mismo tiempo, si se considera el despliegue de un conjunto de dispositivos institucio-
nales que incluyen las campañas de conquista y colonización, las misiones, las fundaciones de
ciudades, los fortines y las cárceles, se habla de un proceso complejo y contradictorio, en el
cual la ocupación colonial consolidó el control sobre algunos territorios y poblaciones y
fracasó en el logro de dicho objetivo en otras ocasiones.
Dichos dispositivos institucionales de frontera, respondían muchas veces a lógicas
reproductivas diferenciales, entre las cuales vale destacar aquellas existentes entre los organi-
zadores de campañas de conquista territorial y el sometimiento vía encomienda de indígenas,
y las compañías eclesiásticas organizadoras de misiones y reducciones, disputándose, en
ambos casos, el beneplácito de la Corona.
Si las campañas militares emprendidas por distintos agentes coloniales con el objetivo de
la creación de poblados y fortines fronterizos tendían hacia un movimiento centrífugo
respecto a los pueblos indios (es decir, de extensión territorial de la frontera vía expulsión de
los indígenas para la consolidación de la posición de los “colonos”), las misiones tendían a un
movimiento centrípeto (es decir, de atracción de la población indígena a un ámbito contro-
lado, para su conversión y disciplinamiento social).
La expresión de dichas lógicas reproductivas diferenciales residía en las luchas por el
poder económico y político, dando lugar a una permanente inestabilidad institucional que
marca la cronología de las transformaciones en las relaciones sociales en la frontera colonial.
No menos importantes, en este sentido, fueron las fuertes resistencias indígenas a la
ocupación de sus territorios, sobre todo aquellas vinculadas a las condiciones de trabajo que
les eran impuestas. Estas resistencias tuvieron un carácter prácticamente permanente a lo
largo de todo el período y adquirieron distintas modalidades así como también distintas

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estrategias y prácticas por parte de los pueblos involucrados. De manera tal que el someti-
miento de las naciones indígenas no puede considerarse como un modelo acabado.
Tanto la noción de ocupación colonial, como la de sometimiento tienen como
referencialidad la población indígena. Pero entre los paradigmas de un territorio “controlado
por las naciones indígenas” y una población “sometida a los intereses coloniales”, se erige un
espacio de reflexión tendiente a relativizar ambos extremos interpretativos.
El proceso de ocupación colonial, estuvo caracterizado, desde sus inicios, por proyectos
políticos, económicos e incluso culturales distintos, que representaban a fracciones diferentes
del poder, en cierta medida peninsular, pero, en mayor medida “locales”, en su afán por
extender sus dominios o bien profundizar el control de las posiciones logradas.

Corrientes colonizadoras y política colonial (entre la guerra de conquis-


ta y la “pacificación” de la frontera)

Hacia mediados del siglo XVI, en el diseño de la política colonial en los territorios
limítrofes con el Gran Chaco “se enfrentaron dos corrientes, la chilena y la peruana; la
primera encabezada por Valdivia y Francisco de Aguirre, quienes pretendieron establecer
una línea de ciudades entre Chile y Buenos Aires, para evitar en la medida de lo posible la
ruta hacia Panamá y Portobelo; y la segunda representada por el Virrey Francisco de Toledo,
que pensaba que los intereses peruanos saldrían perjudicados si había una rápida expansión
hacia el sur buscando el Atlántico, favoreciendo la fundación de ciudades cercanas al Alto
Perú”. (Gullón Abao, 1993: 30)
Beneficiándose a la primera posición se crea, en 1536, la gobernación del Tucumán,
dependiente del virreinato del Perú. Pero también otros factores parecen incidir en la misma
dirección: tanto las guerras civiles en el Perú como la sublevación de Pizarro, generaron el
clima propicio para que las autoridades dieran relativas facilidades a la “numerosa gente de
guerra y soldados de fortuna” para iniciar nuevas incursiones allende las reducidas fronteras
del espacio andino (ídem: 29).
Sin embargo, la primera ocupación significativa atendiendo a los intereses coloniales se
concentró en la región oriental del Chaco, en las márgenes del río Paraguay, con epicentro en
la ciudad de Asunción.
Los conquistadores de lo que hoy es el Paraguay, habían llegado buscando la mítica “sierra
de la Plata” en procura de un enriquecimiento rápido en aquellas distantes tierras, de manera
tal que en los primeros momentos de colonización no hubo un especial interés por la asigna-
ción permanente de tierras ni el establecimiento de las encomiendas (Lynch, 1962: 166).
Pero esta situación no duraría muchos años. La guerra de conquista tiene en el actual territorio
del Paraguay su primera expresión trágica en 1545, cuando trescientos conquistadores se reparten

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veinte mil indígenas (Creydt, 1963: 14). Luego, “En 1556 el gobernador Irala recibe orden de
la corona de repartir los indígenas de la vecindad de Asunción en encomienda. Será el sistema de
encomienda denominado mitaya. El primer reparto, el de las mujeres, se conocerá como enco-
mienda originaria. La hembra indígena será de hecho esclava del hombre blanco: alimento, ropa
y mal trato recibirá, ya que no salario alguno” (Pomer, 1987: 30).48
El “Chaco Gualamba”, aquella “inhóspita tierra de indios” fue uno de los puntos de mira
de las primeras expediciones de los españoles; la persecución de los mitos de “El Dorado”, de
“La ciudad de los Césares”, o la pretendida existencia de los Incas retirándose con sus tesoros
hacia recónditas regiones tras la caída del imperio, constituyeron las iniciales motivaciones de
funcionarios, militares y amplios sectores de la población del virreinato cautivados por la
promesa del enriquecimiento rápido.
Desde la frontera del Tucumán, la primera expedición importante fue la comandada por
Diego de Rojas, que logró recorrer el actual Noroeste argentino entre 1542 y 1546. A partir
de entonces comienza un proceso de relativo interés, por parte de las autoridades virreinales,
en establecer núcleos poblacionales estables en los nuevos territorios, como forma de contro-
lar el espacio en torno al camino real de Potosí y como eje de articulación de la Gobernación.
En poco tiempo se puso de manifiesto la inexistencia de tales grandes riquezas; y, de las
fantásticas quimeras tejidas sobre los mitos, se continuó con los proyectos de explotación del
territorio y de los indígenas que lo ocupaban. Para ello había que aprovechar las vías fluviales
que atravesaban todo el espacio chaqueño hacia el Atlántico, por donde se podría conducir
las grandes cantidades de mineral de plata extraídas del Cerro del Potosí por un camino
seguro y rápido; al mismo tiempo se propuso abrir un camino de enlace entre las provincias
de Paraguay, Tucumán, Buenos Aires y Perú, por donde circulara la producción de dichos
territorios, y ello habría de significar un relativo mayor involucramiento del poder colonial en
los proyectos de expansión.
Durante el siglo XVI, las corrientes colonizadoras del Paraguay y del Tucumán tenían
objetivos (al menos los explicitados) diferentes. La primera tendrá su máximo exponente en
la fundación de Concepción del Bermejo, ubicada unas treinta leguas arriba de la desembo-
cadura del río Bermejo, el 19 de abril de 1585 con el objeto de poner en comunicación la
ciudad de Asunción con el territorio del Tucumán. La segunda, que se expresa en la funda-
ción de Santiago de Gaudalcázar en la proximidades de la actual Orán (Salta), a partir de una
expedición por parte del Teniente Gobernador de Jujuy hacia el Chaco, tenía por objetivo
central la comunicación con Potosí (Gullón Abao, 1993: 35-6; Bidondo, 1988: 416).

48. Esta característica del sistema de reparto, afectando de manera particular a la población femenina indígena,
tuvo una importante repercusión en la estructura agraria colonial, y algunas de sus influencias más marcadas
se extenderán hasta nuestros días. Es que, en el contexto de la encomienda originaria a la que fue sometida, la
mujer indígena ocupó un lugar central en la organización de las unidades económicas típicas de dicha
estructura: “...dará hijos, lo futuros campesinos mestizos criados por sus madres en las chacras nativas y en
la lengua materna... Eran diez por conquistador, ya que ese número y no menos era necesario en la chacra para
sustentarse y lograr un cierto excedente para el cambio...” (Pomer, op. cit.: 30-31).

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Sin embargo, en poco tiempo ambos asentamientos debieron ser abandonados. Las
causas de dichos abandonos, a pesar de varios intentos por repoblarlos, deben ser atri-
buidas a la doble presión ejercida por las resistencias indígenas al sometimiento que
implicaba las condiciones impuestas por los españoles en las encomiendas, como así
también por el aislamiento y la falta de apoyo sistemático por parte de las autoridades
coloniales, preocupadas más por los conflictos en las áreas cercanas y de mayor interés
económico, por ejemplo en los valles calchaquíes, que por el ejercicio de la típica “domi-
nación” colonial en el Chaco.49
Ciertamente, la ocupación territorial de los interiores del espacio chaqueño no fue, al
menos hasta bien entrado el siglo XVIII, un objetivo prioritario de la Corona. El objetivo
era, en cambio, la protección de los caminos virreinales, para lo cual se invertían importan-
tes cantidades de dinero en sostener escoltas (P. Lozano, op. cit.: 313). Y, en la frontera de
Asunción, el objetivo era repeler las ofensivas de bandeirantes en los territorios limítrofes
con las posesiones portuguesas.50
Es posible afirmar que a la corona española, más que defenderse de las distintas pobla-
ciones indígenas, le interesaba, por el lado de la frontera del Tucumán, resguardar los
caminos virreinales, y, por el lado de la frontera de Asunción, controlar la expansión del
poder lusitano sobre el espacio territorial bajo su dominio. Si existían intereses económicos
inmediatos sobre el espacio chaqueño, eran fundamentalmente los de aquellos que se
habían internado en los confines fronterizos para aprovechar el uso de las tierras con fines
principalmente ganaderos, o bien usufructuar en parte la mano de obra indígena. Sin
embargo, y esto fue causa de muchos conflictos, el principal poder económico en la
frontera con el Chaco estuvo representado por el modelo de las reducciones. Un poder
basado precisamente en el control que esta forma de organización logró tener sobre secto-
res importantes de la población indígena.
De allí se entiende también el hecho de que la propia Corona a través de sus repre-
sentantes realizara múltiples incursiones, que, si bien implicaban enfrentamientos y
resistencias por parte de los agrupamientos indígenas, generalmente se lograban acuer-
dos y reconocimientos territoriales, que incluían el tratamiento de “naciones” para las
distintas parcialidades étnicas que lo controlaban. Proceso contradictorio, puesto que los

49. En 1592 una primer revuelta indígena puso en jaque la viabilidad de Concepción del Bermejo. A
partir de la misma, los ataques se sucedieron sin cesar, hasta que en 1631 los vecinos asediados y sin apoyo
abandonaron la ciudad. En Guadalcázar sucedió algo similar, siendo la más importante revuelta de los
indígenas encomendados la registrada en 1630, marcando a fuego el destino de la ciudad, que fue
abandonada hacia 1633.
50. Así por ejemplo, en 1675 una bandeira de San Pablo ataca la recientemente creada ciudad de Villa Rica
al noroeste de Asunción, llevándose la totalidad de los 4.000 indios de la encomienda. Estos ataques
fueron reiterados en aquella frontera, conllevando a un proceso de militarización de las propias reducciones,
cuando éstas, por criterios defensivos, mediante un decreto de 1649 fueron declaradas guarniciones reales
(Mörner, 1968: 83).

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colonos que se internaban con expectativas de acumulación recurrían permanentemen-


te a las autoridades para que se enfrenten con los indios.
Sin embargo, luego de la declaración de la “guerra justa” realizada por los misioneros hacia
las poblaciones aborígenes rebeldes del Chaco, comenzaron a adquirir mayor consenso las
operaciones militares de “pacificación”.
Así, desde los comienzos de 1670, se emprendieron desde las provincias del Tucumán
y Paraguay numerosas campañas militares, en su mayoría contra los Guaycurú y los
Mocoví. Tal vez, el punto de inflexión que indica una acción más ofensiva por parte de
las autoridades coloniales sobre el Chaco fue la invasión e incendio de la ciudad de
Esteco en 1664, por parte de grupos Guaycurú. A partir de entonces se inician una serie
de “entradas” militares al Chaco que se traducen en la instalación de fortines y ciudades
que resultaron en reiterados fracasos desde el punto de vista del control militar del
territorio y la defensa de la frontera.51
Desde la frontera de Asunción se registran no menos de setenta y siete expediciones
hacia el Chaco desde comienzos del siglo XVII hasta la independencia (De Gandia,
1929: 178).

“A fines de la década de los años cincuenta del siglo XVIII, fue cuando el gober-
nador del Tucumán Joaquín de Espinosa y Dávalos hizo la última gran expedi-
ción, entendida en la forma ‘clásica’ de conquista y castigo a los indígenas, si-
guiendo el plan que había establecido el gobernador de Buenos Aires Pedro de
Cevallos para el dominio del Chaco. Sabemos que constituyó un gran fracaso, ya
que las fuerzas milicianas que esperaban de las otras provincias aledañas al área
no aparecieron. Estas continuas entradas durante el siglo XVIII no dieron los
frutos esperados por los pobladores ni por las autoridades de la gobernación,
optando por afianzar la política de fuertes, reducciones y paces con los indíge-
nas, como las vías menos gravosas y más efectivas ante la posible amenaza de los
chaqueños.” (Gullón Abao, 1993: 96).

51. La cronología de las principales incursiones y creación de fortines es la siguiente: 1673: Peredo,
entonces gobernador de Salta, penetra hasta el río Bermejo y funda un fuerte, pero al regreso de su
expedición lo abandona. 1685: Antonio de Vera y Mugica realiza una incursión más avanzada aún y funda
el fuerte San Simón. 1690: Reconstrucción del fuerte de Cobos para incrementar la defensa de la ciudad,
ordenada por el gobernador Tomás Félix de Argadoña. 1699: La ciudad de Esteco es reconstruida como
fuerte en Metán. 1707: El gobernador Esteban de Urizar reúne 1.316 hombres y funda tres fuertes: San
Juan, San Ignacio y San Esteban de Valbuena. Aunque la expedición no llega a cumplir con sus iniciales
cometidos al no llegarle los refuerzos solicitados desde el Paraguay, Corrientes y Santa Fe. 1742: El
Gobernador Santiso fundó a orillas del Salado el Fuerte Ortega. 1750: El gobernador Victorino Martines
de Tieno efectúa una nueva expedición y funda los fuertes Río Negro y Tunillas en Jujuy, y San Lorenzo
de los Pitos y San Fernando del Río del Valle en el Chaco salteño.

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Instituciones de frontera

Aquellas “entradas” que se multiplicaron durante todo el período colonial eran resis-
tidas de múltiples formas por las distintas poblaciones indígenas. Los dos grandes fren-
tes de resistencia eran por el lado de la frontera norte del Tucumán, los grupos
Chiriguanos, y por el lado de la frontera de Asunción y el sur, fundamentalmente los
grupos Guaycurú. La principal resistencia fue hacia el régimen de encomiendas, pero
también existieron formas de resistencia a las reducciones y misiones. En este último
caso, si bien hubo grupos y parcialidades que se sometían al régimen misional, lo hacían
luego de vencidos por alguna campaña, acordando su inserción a alguna misión. Sin
embargo, en estos casos las reducciones debían ser instaladas en las cercanías de los
fortines. La combinación de fortines y misiones resultaba ser en estos casos la fórmula
más eficaz para el control de la población indígena.
La escasez de mano de obra en las encomiendas del Tucumán, crónica durante todo el
siglo XVII, fue la causa de las masivas incursiones privadas hacia el Chaco. Las indios enco-
mendados del Tucumán habían disminuido drásticamente por las condiciones a las que
estaban sometidos, y los vecinos de las ciudades comenzaron, entonces, sus incursiones hacia
el Chaco en busca de nuevos contingentes de trabajadores.
Las presiones sobre el territorio mediante las avanzadas militares generaban, al mismo
tiempo, movimientos de las poblaciones indígenas al interior del Chaco. Así, “en el siglo
XVIII los Tobas y Mocovíes avanzaron hacia el sur, penetraron en el actual territorio del
Chaco y sometieron a los Matacos, Lules y Vilelas. Por la misma época, Los Tobas y Mocovíes
fueron obligados a retroceder. Grupos importantes de Lules, Vilelas y Matacos comenzaron
a ser asentados y encomendados. La guerra y el comercio fueron articulando a estas tribus no
sometidas con la sociedad colonial” (Gullón Abao, 1993: 8-9).
La parafernalia desplegada sobre la supuesta belicosidad indígena se construye en rela-
ción a las primeras resistencias a la encomienda y, en ocasiones, a la reducción, por parte de
Chiriguanos y Guaycurúes. Resistencia a ser trasladados hacia las ciudades. Las incursiones a
las ciudades por parte de algunas parcialidades se llevaron a cabo, generalmente, con el
objetivo de liberar a los considerados “prisioneros” en las encomiendas.
Paralelo al castigo y control de los indios, el discurso de los gobernadores que empren-
dían las expediciones sostenía permanentemente la intención de abrir una brecha desde
Tarija y Jujuy hacia el área del río Paraguay. Este argumento era utilizado como justifica-
ción hacia el poder central, aunque la búsqueda de mano de obra indígena fuese el motivo
de quienes las organizaron.
Al parecer, los “fracasos” respecto a lograr un “control” sobre la capacidad de resisten-
cia de la población indígena estaban asociados a la escasa preocupación económica para
solventar un mantenimiento sistemático de los fortines por parte de los cabildantes,
sobre todo, según afirmaban, luego de los costos que había implicado la guerra contra

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los calchaquíes que duró cuarenta años. Así, con expediciones poco exitosas, desde el
punto de vista del control territorial, y fortines muy escasamente pertrechados, la fron-
tera del Tucumán con las poblaciones indígenas parece no variar substancialmente in-
cluso hasta bien entrado el siglo XIX.

Frontera de fortines, la empresa de conquista

Esta frontera de fortines y misiones intercalados “se inicia con el fuerte Ledesma, en
Jujuy, y continúa hacia el sudeste, en la siguiente forma: fuerte Río Negro, fuerte San
Bernardo, fuerte Santa Bárbara, fuerte San Felipe, fuerte del Valle, fuerte Valbuena, fuerte
Pitos, intercalando entre los fuertes del Valle y Valbuena a Miraflores, San Juan Bautista y
San Esteban, como reducciones, para terminar la línea, después de Pitos con Nuestra Señora
del Pilar y San José Vilelas” (Razori, 1954: 422).
Es posible afirmar, con A. Gullón Abao que “...el apoyo defensivo a la gobernación del
Tucumán por parte de la Corona fue prácticamente inexistente; fueron los pobladores
españoles de la provincia en conjunción con los ‘indios amigos’, quienes conquistaron y
sometieron a numerosas parcialidades de indígenas chaqueños, que en múltiples casos pasa-
ron a servir como ‘aliados’, aprovechando los españoles sus conocimientos del Chaco y su
rivalidad ancestral con otras naciones”. (1993: 59). Afirmación que puede ser extensible a la
frontera de Asunción.
Esta cuestión es de indudable importancia para comprender la característica central del
proceso de conquista y ocupación, al menos en la primera fase de la expansión colonial: las
campañas de conquista y colonización eran sostenidas económicamente prácticamente en su
totalidad por los propios organizadores, quienes por su posición económica, social y política
eran propietarios de medianas fortunas que les permitían encarar tales proyectos.52
El interés particular por tales campañas, que incluso ha llevado a algunos autores a denomi-
narla como “la conquista privada” (Assadourian et al., 1987: 28-37), se expresaba en los

52. Assadourian plantea, al respecto, que “la primera jornada al Tucumán (1543) conocida como ‘la
entrada de Rojas’ fue costeada por Diego de Rojas, Felipe Gutiérrez y Nicolás de Heredia, cada uno de los
cuales aportó 30.000 pesos oro, suma muy considerable para la época. Parece ser que ninguna expedición
anterior a la de Jerónimo Luis de Cabrera costó menos de 30.000 pesos financiados en su totalidad con
fondos privados” (op. cit.: 29). La campaña que concluyó con la fundación de Concepción del Bermejo
fue financiada por el mismo Martín Ledesma Valderrama, luego de solicitar autorización en Lima. Los
gastos no eran menores para su concreción, si se tiene en cuenta que en la misma participaron “150
soldados cada uno con un caballo, mulas y todos ellos armados”, además de alimentos municiones y otros
pertrechos (cfr. Capitulaciones entre el virrey del Perú marqués de Gualcazar y Martín Ledesma Valderrama.
Lima 12-10-1623. AGI. Charcas, 254).

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mismos acuerdos de cada expedicionario con las autoridades centrales de Lima, en los
cuales a cambio de su inversión tendría la posibilidad de apropiarse de las tierras y
repartirlas entre los primeros habitantes de la ciudad a fundar, establecer encomiendas
con los indios sometidos, entre otras prerrogativas, como la posibilidad de acceder a
algún cargo en el Cabildo. Incluso, dichas prerrogativas excedían a los propios partici-
pantes, incorporando a quienes contribuían con su propios bienes a solventar alguna
campaña, dando lugar a que aquellos que más aportaban, más beneficios obtenían
(Garavaglia, 1984: 28; Gullón Abao, 1993: 61).
Este modelo de enriquecimiento y ascenso social, tan típico de la sociedad colonial, tenía
en la frontera con el Chaco una expresión muy concreta, al ser estos territorios un espacio que
si bien fue constituyéndose paulatinamente en un área de gran interés político-económico
para la Corona, su distancia de los centros, como así también la amplitud del mismo, hacían
muy difícil su control territorial sistemático.
Tal como se ha expresado anteriormente, el espacio chaqueño durante todo el período,
aunque con intensidades diferenciales, fue fundamentalmente un ámbito tendiente a
descomprimir las tensiones en el centro del poder colonial. Fueron precisamente tanto esta
situación como la permanente resistencia indígena a ocupaciones no negociadas las que
convertían a aquellas empresas de campaña en “riesgosas”, tanto desde el punto de vista
económico como militar. Pero, como se ha observado en el capítulo precedente, el discurso de
los gobernantes y agentes que se comprometían en las campañas exageraba sistemáticamente
aquellos riesgos, reificando la imagen del indio indómito y guerrero, con el objetivo de
justificar, en algunos casos, erogaciones muchas veces extravagantes, y, en otros, el incremen-
to del prestigio y el ascenso social y político que devengaban.53
No son casuales, entonces, las evaluaciones que realizara ya hacia mediados del siglo XIX
el P. De Angelis, sobre las características de la conquista:

“La historia de la conquista del Chaco es una serie continua de desaciertos. Sus
primeros invasores lo sometieron al sistema de repartos, entregando los indígenas
a la inhumanidad de los encomenderos”. Respecto a las campañas militares rea-
lizadas desde la frontera del Tucumán, planteó: “Este ensayo tuvo los más funes-
tos resultados. Dispersó a los habitantes de la Concepción, los ahuyentó de
Guadalcázar, los diezmó en Esteco. Ningún pueblo del Chaco sobrevivió a su
fundador, sin que estos desastres hiciesen variar de rumbo para evitarlos. Los
mismos errores que cometió el Adelantado Vera cuando echó los cimientos de la

53. En su evaluación sobre las campañas de Arias y de Matorras, De Angelis es terminante al


respecto, sosteniendo con datos precisos la incongruencia entre los gastos de las campañas de aquellos
y los objetivos logrados (cfr. De Angelis “Discurso preliminar al diario de Arias”, en: Entradas al
Chaco, op. cit.: 369).

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Concepción, se repitieron en la fundación de Lacangayé. Arias, que tenía a su


disposición todas las costas del Bermejo, obligó a los indios a establecerse en un
rincón anegadizo entre una laguna y el río, sin ceder a sus protestaciones i
retraerse al oír dar á aquella morada el nombre de tragadora de la gente”.54

El objetivo más claro de las campañas militares era, principalmente, obtener mano de
obra, para emprendimientos privados principalmente agrícolas y ganaderos que se estable-
cían en las fronteras, de alguna manera protegidos por fortines, ciudades o bien reducciones.
Este interés por la mano de obra indígena se acrecentaba a medida que la misma resultaba
escasa para esta economía privada en virtud, como se dijo, de que en su mayoría estaba
controlada por las reducciones.
Tal como lo afirma De Angelis, el primer objetivo de Arias, por ejemplo, no fue el de
fundar reducciones, sino el de atraer a los indígenas a uno de los terrenos que el poseía en las
inmediaciones de Salta. “Los caciques, a quienes hizo este ofrecimiento, tuvieron un buen
sentido en recusarlo, aunque desearan alejarse del Bermejo. Este proyecto nada tenía de
extraño en aquel tiempo, en que eran frecuentes estas migraciones, y formaban el principal
objeto de las empresas reduccionales. A esta manía se debe la traslación de los Kilmes a
Buenos Aires, de los Calchaquís a Santa Fe, de los Abipones a Corrientes. Se transplantaba a
los indios con la esperanza de hacerlos más dóciles, y lo único que se conseguía era diezmarlos.
Aunque sin apego á sus guaridas, no podían olvidar sus costumbres, ni aclimatarse bajo otro
cielo” (1972: 369).
Estos transplantes, o bien migraciones forzadas de mano de obra, se realizaban combi-
nando objetivos económicos inmediatos con los de prestigio y ascenso social en las estructu-
ras de poder en las ciudades. Este prestigio se incrementaba a medida que se reafirmaba,
reproduciéndolo permanentemente, el imaginario de un Chaco indómito con indios salvajes
y poco proclives (tal el caso principalmente de Guaycurúes y Chiriguanos) a la misionalización,
a quienes se consideraba “el enemigo”.55
Con el tiempo comenzaron a emplearse otros sistemas para obtener dinero para la
defensa militar y, fundamentalmente, para el sostenimiento de las avanzadas de fronte-
ra. Uno de ellos era el llamado fondo de la “sisa”, una especie de tributo que debían pagar
los comerciantes que transitaban por la provincia, destinado a los fuertes y al
pertrechamiento de los hombres. También se crearon impuestos para distintas mercan-
cías locales, a partir de los cuales las ciudades intentaban sostener los pequeños fuertes
que las resguardaban de los ataques y algunos grupos de hombres encargados de contro-
lar las campañas linderas.

54. En De Angelis, “Discurso preliminar al diario de Arias”, en: Entradas al Chaco, op. cit.: 369.
55. De hecho, Arias pertenecía a una familia tradicional en Salta, con una larga experiencia en el tratamiento
de indios, gracias a los cuales habían adquirido una no despreciable fortuna.

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Pactos y acuerdos

La diplomacia fue otro de los dispositivos centrales del esquema de sostenimiento y


expansión de la frontera. Pero esto es válido para ambos bandos, ya que si bien estos tratados
consolidaban en algunos puntos la endeble ocupación colonial y la obtención de mano de
obra indígena para las haciendas con cierta disposición “voluntaria”, también significaban un
mejor conocimiento por parte de los pueblos indígenas respecto a la dinámica de los
asentamientos, que, a causa de las permanentes rupturas de dichos pactos, se transformaba
en un arma en contra para los españoles, ya que dichas paces eran para la población indígena
ante todo un mecanismo de supervivencia.56
El carácter del proceso de expansión de la frontera fue transformándose paulatinamente.
De la preeminencia de acciones fundamentalmente bélicas, al comienzo, pasaron a tener
preponderancia los denominados paces y acuerdos entre las autoridades españolas y distintas
parcialidades indígenas, para finalizar, en las postrimerías del período, constituyendo una
frontera agraria basada en haciendas y reducciones y habiendo logrado principalmente la
integración de importantes contingentes indígenas al sistema productivo. Sin embargo, este
proceso no fue lineal: las acciones bélicas nunca se detuvieron definitivamente, aunque
adquirieron nuevos perfiles y funcionalidades, y tampoco la ocupación territorial lograda
resultó definitivamente controlada.
En el marco de una de las tantas ofensivas militares sobre el interior de Chaco, el 29 de
julio de 1774, una expedición organizada por G. Matorras establece y firma “las generales
paces” a las que concurrió el propio Matorras y los caciques Mocoví Paikín, Lachirikín,
Coglocoikín, Alogoikín, Quiaagarí, y los Tobas Quiyquiyrí, Quetaido, “por sí y en nombre
de más de 7000”.
Es interesante detenerse en este acuerdo, el cual más allá de los auténticos compromisos
a que dio lugar, da cuenta, por un lado, de las intenciones de la campaña y, por el otro, de la
capacidad de negociación que tenían los indígenas en sus propios territorios.57
Los puntos centrales de ese acuerdo fueron:

“1) Que se les han de mantener, sin enajenar a otros, lo fértiles campos en que se
hallan establecidos, con sus ríos aguadas y arboledas.

56. Véase: “Tratado de Paz entre el gobernador Juan de Santiso y Moscoso y los indios Tobas”, Salta, 12-
04-1742. AHT. Actas capitulares. Vol. VI.
57. Téngase presente que el total del contingente armado estaba compuesto por milicianos provenientes de
Jujuy, Salta, Tucumán y Santiago del Estero sumando un total de 2.416 personas, sin contar las milicias
de Tarija y un cuerpo auxiliar de Chiriguanos, ni tampoco el número de milicianos provenientes de Santa
Fe y Corrientes que se encontraría con ellos una vez atravesada la frontera (Diario de Matorras, 1774: 127).

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

2) Que con ningún motivo ni pretexto han de ser tratados de los españoles con el
ignnomioso nombre de esclavos, ellos, sus hijos, ni sus sucesores, ni a servir en esta
clase, ni ser dados en encomiendas.
3) Que para ser instruidos en los misterios de nuestra Santa Fe Católica, la lengua española
y sus hijos a leer y escribir, se les ha de dar curas doctrineros, lenguaraces y maestros.
4) Que la nueva reducción, nombrada Santa Rosa de Lima, establecida en las
fronteras del Tucumán por el Sr. Gobernador D. Gerónimo Matorras, que tiene
ocupada varios indios de su parcialidad, han de tener libre facultad para pasar a ella
todos los que quieran egecutarlo (sic), proveyéndoles de crías de ganados mayores
y menores, herramientas, y semillas para sus sementeras, como se egecutó con los
demás que están en ellas.
5) Que si a más de dicha reducción pidieren otra, por no ser aquella suficiente para
todos ellos, se les ha de dar en el parage que eligiere el Sr. Gobernador.
6) Que además de los vestuarios con que se veía cubierta su desnudez, ganados,
caballos, y demás baraterías con que habían sido obsequiados, esperaban que se
continuase en adelante, hasta que ellos pudiesen adquirirlo con sus agencias...
7) Que por cuanto se hallaban en sangrientas guerras con el cacique Benavides, en la
jurisdicción de Santiago del Estero y de la de Santa Fe de la gobernación de Buenos
Aires, se había de interesar el señor Gobernador, a fin de que por medio de unas paces
fuesen desagraviados de los muchos perjuicios que habían recibido de dichos
Abipones, devolviéndoseles los caballos y yeguas que les tenían quitado...
8) Que debajo de los antecedentes siete capítulos, esperando que les serían guarda-
dos, se entregaban gustosos por vasallos del Católico Rey, Nuestro Señor de España
y de las Indias; prometiendo observar sus leyes y mandatos, los de todos sus ministros
y, como más inmediatos, los de los gobernadores de Buenos Aires, Paraguay y Tucumán.
Que igualmente esperaban que fuesen cumplidos todos los estatutos, leyes y orde-
nanzas establecidas a favor de los naturales de estos reinos...
9) Que siempre que tuviesen alguna queja o agravio de los españoles, o de los indios
puestos en las reducciones, los representarían por medio de los respectivos protecto-
res para ser atendidos en justicia, sin que puedan de otro modo hostilizar ni hacer
guerra ofensiva ni defensiva...
10) Que será del cargo del señor Gobernador interponer su ruego con S.M., a fin de
que sean recibidos bajo su real patrocinio, recomendándolos también al Exmo. Señor
Virrey de Lima, y Real Audiencia de La Plata...
11) Que sin embargo de habérseles negado por el señor Gobernador armas de
pistolas, lanzas y machetes que le habían pedido para defenderse de sus enemi-
gos, quedaban ciertos a la promesa que les había hecho de atender a su preten-
sión cuando hubiesen dado pruebas de su fiel vasallaje al Rey de España, con la
buena amistad y buena correspondencia que profesarían con todos los españo-
les” (UNJu, 1989: 147).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

¿Cuál es el significado de este acuerdo en el marco de una expedición que se suponía de


carácter ofensivo y que contaba con al menos 2.500 efectivos?
Es evidente que, independientemente su real cumplimiento, este acuerdo indica funda-
mentalmente exigencias por parte de las poblaciones indígenas antes que algo semejante a un
modelo “reduccional”. Más interesante aún resulta el hecho de que los dos primeros puntos
del acuerdo implican tanto el reconocimiento de soberanía territorial por parte de los indios
como el rechazo a la encomienda. Aún más, el conjunto del acuerdo se asemeja más a una
serie de reclamos indígenas que a algún pacto de reciprocidades. Lo único que parece especí-
fico como contraprestación indígena es la posibilidad de que algunos acepten ser incorpora-
dos a las reducciones, aunque siempre a cambio de animales, semillas, etc.
Cuando De Angelis critica fuertemente esta expedición, como a tantas otras, lo hace en
el marco de una evaluación sobre el “rotundo” fracaso de la misma en términos de control
territorial, ya que la expedición contaba con “la fuerza suficiente como para dominar el
Chaco” (UNJu, 1989:127).
Pero, tal como se ha señalado, el interés de estas expediciones, más que el de controlar el
territorio era el de obtener mano de obra, la cual para este tiempo resultaba más que escasa en
la frontera del Tucumán. En este caso, algunos aceptaron integrarse en las condiciones
estipuladas al fuerte de Valbuena.
Es que, por un lado, la ocupación territorial y el control y disciplinamiento de la mano de
obra indígena implicó modelos y dispositivos institucionales que respondieron a intereses y
lógicas reproductivas diferentes, que en muchas ocasiones entraron en conflicto entre sí, y,
por el otro, tales dispositivos se enfrentaron a distintas tácticas de resistencia por parte de los
pueblos indígenas.

Haciendas y reducciones

En la frontera con el Chaco, y predominantemente en la frontera de Asunción, la chacra


constituyó la unidad de explotación a la que accedió la mayoría de la población civil española
que acompañó a los conquistadores en sus primeras incursiones. El carácter relativamente
limitado de su extensión, la producción de artículos como la yerba mate y el tabaco que
encontraban su mercado en los límites del virreinato sin trascender a mercados internaciona-
les, como así también su aptitud para ser el control de la mano de obra, dio lugar a su
desarrollo como unidad típica de la región.
De todas maneras, el mayor poderío económico estaba representado por las unida-
des productivas más diversificadas, de tipo latifundista, que gozaban de un régimen
especial, controladas por los misioneros jesuitas.58

58. Según lo expresa H. Sánchez Quell, “los productores libres nada podían frente a esa poderosa empresa
organizada que poseía ricas estancias de ganado en Yarigua-á y otros puntos y que explotaba, sin gravamen
alguno, enormes cantidades de yerba mate, cuero, algodón, etc.” (1964: 105).

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

Hasta la expulsión de los Jesuitas en 1767, el conjunto de reducciones asentadas


principalmente en torno al río Salado conformaban tal vez el esquema institucional más
estable de la frontera sur con el Chaco, no sólo en relación al objetivo de “pacificación” e
“integración productiva” del indígena, sino también en cuanto a una próspera gestión
económica de carácter fundamentalmente agrícolo-ganadera, basada precisamente en esta
disponibilidad de mano de obra.59
La cría intensiva de ganado vacuno destinado a mercados regionales fue al parecer la
principal fuente de ingresos, sin embargo, la agricultura ocupó un lugar también importante
para asegurar su propia reproducción. También desarrollaban otras actividades y oficios, tales
como talleres de carpintería, que colocaban su producción en las ciudades; herrerías para el
arreglo de arados y herramientas de labranza; telares; jabonerías; etc.
Se ha llegado a sostener incluso que ellas fueron las causantes del escaso desarrollo
económico en la región: “...obligados a distraer parte de su tiempo en defenderse de
indios y bandeirantes, enfrentados con onerosas gabelas y pesadas contribuciones viéronse
aún más desarmados en su aptitud de lucha contra las misiones de los padres. Estos
lograron señorear poco menos que absolutamente sobre la vida económica y política,
constituyéndose en escollo formidable al desarrollo de fuerzas productivas que no fue-
ran las suyas propias” (Pomer, 1987: 32).
Tal como ha sido expresado anteriormente, la estructura social colonial fronteriza respon-
de a una serie de dispositivos institucionales, que, al albergar a sujetos sociales con intereses
diferenciales, no necesariamente resultaban funcionales desde el punto de vista de la cons-
trucción de una “política coherente” para los objetivos e intereses de la Corona.
Las reducciones de indios van surgiendo en la frontera del Tucumán principalmente hacia la
tercera parte del siglo XVII, algunas como consecuencia directa de las campañas punitivas y otras
en forma indirecta por la acción de los misioneros frente a solicitudes de los propios involucrados.
En el marco de los dispositivos de consolidación de fronteras, la reducción o la
misión eran las instituciones que tal vez respondían mejor a los intereses de la Corona
respecto al trato con los indígenas en la región. En términos de costos tanto materiales
como humanos, las misiones significaban, en la visión central, la posibilidad de una
lenta pero sistemática conversión de los indígenas hacia sus intereses de “pacificación” y,
por lo tanto, de control fronterizo.
La labor principal en el proceso de conformación de misiones le correspondió a la
Compañía de Jesús (los jesuitas). Esta orden comienza sus acciones con cierta influencia
para la región del Chaco a principios del siglo XVII. Si bien su objetivo central en esta
época fue incorporar a las misiones los grupos guaraníticos, también tuvieron como
objetivo formar misiones en territorios guaycurú. Sin embargo, la trayectoria de la

59. Hasta su expulsión definitiva, los jesuitas habían fundado y administrado las siguientes reducciones:
San José de Vilelas, Concepción de Abipones, San Juan Bautista, San Esteban de Miraflores, San Ignacio,
Nuestra Señora del Buen Consejo y Nuestra Señora del Pilar, siendo estas dos últimas las más recientes.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

misionalización hacia uno y otro grupo tuvo recorridos muy distintos. Mientras que con la
población guaranítica los misioneros lograron conformar con el tiempo lo que se dio en
llamar un “estado jesuítico”, con los grupos guaycurú no tuvieron semejante suerte.
En 1610 se crea la primera misión a orillas del Paraná, llamada San Ignacio Guazú, y
al poco tiempo fundan dos misiones más sobre el río Paranapanema, al norte de la ciudad
de Villa Rica, una, y al norte de la ciudad Real, otra. En cambio, la única misión intentada
con grupos Guaycurú fracasa estrepitosamente por la resistencia puesta por éstos a los
intentos de los misioneros.
Se han formulado distintas especulaciones intentando encontrar los motivos que expli-
casen cierta aceptación de los guaraní y el rechazo de los guaycurú a la reducción por la vía
misional. Entre ellas, es muy fuerte la que se sostiene remarcando el carácter
preponderantemente agrícola de la economía tradicional de los primeros, frente al carácter
cazador recolector de los segundos (Mörner, 1986).
Si bien cierta, esta distinción es relativa, por lo que deben considerarse también otras
causas que intervienen en dicha situación: entre ellas puede señalarse el hecho de que el
objetivo central de las misiones era la reducción de las poblaciones guaraníticas que
residían en la frontera con Brasil (independientemente de cumplir con el programa de
evangelización, las misiones guaraníticas constituían, para la corona, una importante
frontera política con las posesiones portuguesas en el sur). También influyó el hecho de
que estos grupos estaban en parte ya sometidos al sistema de la encomienda, tal es así que
uno de los argumentos que usaron sistemáticamente los jesuitas para convencerlos (con
fuertes dádivas de por medio) era que las reducciones constituirían para ellos una libe-
ración de tal carga. En cambio, los grupos guaycurú no habían sido encomendados
hasta el momento; sus territorios comprendían desde la frontera hacia el interior del
Chaco, sumado a esto que al poseer cierta capacidad de desplazamiento por el uso del
caballo podían retirarse con mayor facilidad hacia el interior de dichos territorios, elu-
diendo las pretensiones de los misioneros.
El proceso de misionalización de los grupos chaquenses se realizó recién hacia el fin del
siglo XVII, principalmente desde la frontera de la gobernación del Tucumán y de Buenos
Aires. Aunque el número de indígenas reducidos era bastante menor que en las misiones de
la provincia jesuítica del Paraguay, no dejaba de ser significativo. Así, el número de indios
capaces de pagar tributo (entre los 14 y 50 años de edad), ascendía en esta última a 14.437,
mientras que el total de indígenas reducidos en la frontera del sur ascendía a 6.274 (ver
cuadros D y E, respectivamente).

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

CUADRO D: Misiones de indios fundadas en los distintos frentes de frontera


del Chaco hasta 1767

DIOCESIS Y GOBIERNO DE TUCUMAN

Nombre de la reducción Año de fund. Gpo. étnico Nº de hab.


San Joseph o Petacas 1735 Vilela 656
S. J. Bautista o Valbuena 1751 Isistiné y Toquistiné 740
San Estevan o Miraflores 1752 Lule 550
San Ignacio Ledesma 1756 Toba y Mataguayo 600
N. Sra. Del Buen Consejo ú Ortega 1763 Omohampa 200
N. Sra. De La Columna o Macapillo 1763 Pasayna 200

DIOCESIS Y GOBIERNO DE BUENOS AIRES

Nombre de la reducción Año de fund. Gpo. étnico Nº de hab.


San Xavier 1743 Mocoví 982
San Gerónimo 1748 Abipón 823
Concepción de Cayestá 1749 Abipón 400
S. Fernando y S. Juan Regis 1750 Abipón 823
San Pedro 1765 Mocoví 150-300

DIOCESIS Y GOBIERNO DEL PARAGUAY

Nombre de la reducción Año de fund. Gpo. étnico Nº de hab.


Timbó o Rosario y San Carlos 1763 Abipón 350
San Juan Nepomuceno 1767 Chaná 600

Fuente: En base a De Angelis Entradas al Chaco (op. cit.: 371).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

CUADRO E: Reducciones de indios dependientes del colegio propaganda fide


de Ntra. Sra. de los Ángeles de Tarija (1799)

Nombre de la reducción Año de fund. Gpo. étnico Nº de hab.


N. Sra. Del Rosario de las Salinas 1734 Chiriguano
y Mataguayo 375
N. P. San Francisco de Asero 1767 Chané 485
La Asump. de N. Sra. de Piray 1768 Chiriguano 1.630
N. Sra. del Carmen de Cabezas 1769 Chiriguano 1.440
La Santísima Trinidad de Abapó 1771 Chiriguano 1.648
N. Sra. de las Angustias de Centa 1779 Mataguayo y Vejoz 520
N. Sra. Del Pilar de la Florida 1782 Chiriguano 493
Patrocinio de S. José de Tacurú 1786 Chiriguano 311
N. Sra. De Guadalupe de Igmirí 1787 Chiriguano 550
S. Antonio de Padua de Zaypurú 1788 Chiriguano 877
S. Rafael Arcángel de Mazaví 1788 Chiriguano 1.384
N. Sra. De la Candelaria de Ití 1789 Chané 1.014
S. Pedro Alcántara de Tayarendá 1790 Chiriguano 362
S. Fco. Solano de Ibarapucutí 1790 Chiriguano 719
S. Buenavent. de Tacuarembotí 1791 Chiriguano 1.431
S. Miguel Arcángel de Itaú 1791 Chiriguano 387
S. Gerónimo de Pirití 1792 Chiriguano 798
San Diego de Obaig 1793 Chiriguano 874
N. Sra. de la Concep. de Parapití 1795 Chiriguano 756
N. P. Sto. Domingo de Tapuitá 1795 Chiriguano 553
S. Pablo Apóstol de la Tapera 1798 Chiriguano 67

Fuente: Elaborado en base al Informe del Comisario y Prefecto de Misiones Fray Antonio
Tomajuncosa al Gobernador de la Provincia de Tarija en 1799. En De Angelis, Entradas
al Chaco, op. cit.: 193-223.

Con semejante control del principal recurso de la región, la mano de obra, las misiones de
los jesuitas constituyeron un poderío económico de mucha significación. Tal como ha sido
señalado la principal fuente de sus ingresos era la cría y comercialización de ganado, a tal
punto que se calcula que hacia el momento de la expulsión, el stock ganadero de la orden de
los jesuitas llegó a superar las 400.000 cabezas de ganado vacuno (Beato, 1987: 173). Si se
compara dicha cifra con las 300.000 cabezas que calculan algunos autores como existentes
en la jurisdicción de Buenos Aires para esa época, se tendrá una idea aproximada del poten-
cial económico de la orden (Coni, 1956).

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

Es interesante detenerse aunque sea en forma muy sintética, en el impacto que produce
en la estructura agraria colonial el desmantelamiento de la organización económica de la
Compañía de Jesús.
El primer impacto a señalar es precisamente lo que relatan algunos informes de la época,
en torno al proceso de desmembramiento de semejante organización económica. Así, y a
modo de ejemplo puede tomarse el caso de San Esteban de Miraflores (1711-1813). Esta
reducción, asentada sobre la margen izquierda del río Salado y bajo la protección del fuerte
de Balbuena, pasa a manos de la orden de los dominicos en 1773 cuando la expulsión de los
jesuitas, y en 1781 a la orden de los franciscanos.
En su informe a las reducciones de Agustín de Zuviría en 1777, se dice de la misma:
“Tenia cuando la expatriación de los jesuitas, dieciséis mil cabezas de ganado vacuno y al
presente, sólo se hallan novecientos sesenta y cuatro... y faltan así mismo bienes muebles”; en
dicho informe se enuncian también las causas de dicho deterioro, acusándose a la administra-
ción de los doctrineros por “el desmembramiento de haciendas y el haber introducido en su
doctrina por agregación, por arrendamiento y contemplación en fomento de sus parientes, a
distintos vecinos españoles y otras castas, contra los sentimientos de las leyes 21, 22 y otras,
del libro 6 inciso 3 de las Indias, cuya inobservancia produce entre aquellos reducidos
consecuencias fatales”.60
No obstante, esta descripción acerca de las secuelas producidas por la “expatriación” soslaya un
segundo elemento de especial interés: el hecho de que ganaderos, soldados y distintos agentes
“fronterizos” coloniales aprovecharon aquella situación para apropiarse de los bienes de la Compa-
ñía e iniciar un proceso de acumulación de bienes impensable durante la presencia de ésta.
La expansión de la frontera colonial no escapa, entonces, a la lógica de haberse ofrecido
como un espacio de virtual enriquecimiento para importantes contingentes de pobladores
que no encontraban empleos relativamente sistemáticos en la economía virreinal. Si bien el
espacio “territorio” como tal continuaba relativamente en manos de la población indígena,
principalmente en los interiores del Chaco, el mismo fue objeto permanente de incursio-
nes para extraer mano de obra.

Fronteras de la independencia

A partir de la independencia de las “Provincias Unidas del Río de la Plata” una serie de
acontecimientos y movimientos políticos producen un proceso de desmembramiento en sus
espacios interiores, dando lugar a la conformación de los estados de Paraguay, Bolivia y

60. En Acevedo, La intendencia de Salta del Tucumán, op. cit.: 367.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Uruguay. Sin embargo, puede afirmarse que la estructura jurídico-administrativa remanente


de aquella agrupación no llega a constituir una unidad política hasta la organización de la
Confederación en 1852 (Chiaramonte, 1989).
En estas condiciones, la frontera con el Gran Chaco queda librada a los intereses de
distintas burguesías provinciales. De manera tal que, hasta mediados del siglo XIX, fue un
espacio en cuyo sector oriental se producían conflictos pero también negociaciones entre sus
pobladores indígenas “guaykurúes” y colonos ganaderos, principalmente de la provincia de
Corrientes, interesados por expandir la ganadería extensiva.
Al mismo tiempo, la expansión de la frontera con el indio en el Chaco comenzaba a
inscribirse en el plano de las contradicciones entre sectores de las burguesías provinciales despla-
zadas y la nueva alianza. Así, distintos proyectos de ocupación encarados por las primeras eran
(al menos hasta que el poder central se consolidó) boicoteados sistemáticamente.
Así, por ejemplo, en la década de los años ’50, los representantes parlamentarios de la burgue-
sía correntina plantearon el proyecto de atravesar por el medio al Chaco austral mediante un
camino recto, protegido por una línea de fortines que iría desde el río Paraná (a la altura de la
ciudad de Goya) hasta el antiguo fuerte de las Tres Cruces, última población santiagueña del río
Salado. En tal sentido, con este proyecto, la burguesía correntina animaba a las elites santiagueñas
a reclamar por el mismo al gobierno nacional. De esta manera, sostenían, se lograría hacer avanzar
hacia el norte la frontera con el indio. La implementación de dicho proyecto permitiría a la
burguesía correntina ganarle el espacio chaqueño al poder central y generar una vía comercial con
Santiago del Estero, Catamarca y Tucumán bajo su hegemonía (Rosenzvaig, 1995: 155).
Frente a tal propuesta el gobierno nacional dedica todos sus esfuerzos en los proyectos de
navegación del río Salado, el cual permitiría conectar la producción de las provincias del
NOA con el eje hegemónico: Santa Fe-Buenos Aires.61
En tal sentido, el General A. Taboada, luego de su campaña bordeando y en parte
navegando el río Salado en 1856, informa al General Urquiza del éxito de las negociaciones
de paz con los “indios montaraces” y plantea la propuesta (seguramente parte del acuerdo
con dichos grupos) de la creación de colonias para indios del mismo estilo que las pensadas
para inmigrantes europeos. Aún más, propone que dichas colonias podrían establecerse en
las tierras ubicadas sobre el Paraná hasta Sunchales, al norte de la provincia de Santa Fe.
Sin embargo, la propuesta final del gobierno nacional, encomendando su ejecución al
propio Taboada, fue la de “reducir” a los indios ubicándolos a las orillas del Salado en la
provincia de Santiago, entregándoles “algunos instrumentos de labranza y semillas para que los
ponga en posición de procurarse su sustento por medio del trabajo”. También quedaban
autorizados al expendio de leña para los vapores que supuestamente navegarían por aquel río.

61. El contrato firmado por la Confederación Argentina y la Casa Smith Hnos. y Cía. para la navegación de
los ríos Salado y Dulce estipulaba un monopolio por quince años. Por diez años, los vapores de la compañía
podrían entrar importaciones con la mitad de los derechos de aduana. El gobierno entregaría a cada colono
cuarenta cuadras cuadradas de terreno en propiedad con derecho a la madera que hubiese en los mismos.

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

Este hecho indica que el gobierno no podía de ninguna manera considerar en los
mismos términos a colonos inmigrantes que a los “indios montaraces”. Menos aún conside-
rar algún proyecto de reconocimiento de la propiedad sobre tierras. Sin embargo, la bur-
guesía porteña justificaba dicha posición desde una “ética capitalista”, planteando que
aquel proyecto de navegabilidad y el hecho de “autorizarlos” a vender leña les daría “por lo
pronto una segura ganancia con qué vivir mientras principian a producirles sus semente-
ras” (Rosenzvaig, 1995: 156).
Es decir, cortar leña para una empresa inexistente, mientras aguardaban que crezcan las
sementeras en una tierra cuya aridez impedía en aquellas condiciones técnicas cualquier resultado
factible de alimentarlos, parecía convertirse respecto a los indios del Chaco más que en aquella
mentada ética, en una estética de lo siniestro. Al cabo de un año, fracasado el proyecto colonizador,
el comisionado Taboada solicitará la instalación en la zona de misioneros franciscanos.62
El acuerdo definitivo entre las distintas oligarquías regionales con la primacía porteña y
el proyecto de inserción en el capitalismo mundial va a consolidarse definitivamente con la
presidencia de Roca, dando lugar a la emergencia de un modelo de construcción del poder
estatal basado en una concepción de unidad nacional tendiente a “homogeneizar” tanto al
territorio como a su población. Es el modelo de la denominada generación del ’80.
A partir de tales transformaciones, la ganadería tradicional criolla queda prácticamente relega-
da a un segundo plano, desplazada a los confines de la “frontera”, y por lo tanto al margen de toda
posibilidad de acceso a otros mercados que el regional y limítrofe. Este hecho se va a expresar, como
otros tantos, en disputas sobre el control territorial, lo cual será analizado más adelante.63
Planteada la tarea de construir la Nación a partir de un modelo de Estado centralizado
que garantice la apropiación y dominación efectiva del territorio, se profundiza el interés
político sobre aquellas fronteras.
Un ejemplo de este interés queda reflejado en el discurso político a partir de un debate
aparentemente relacionado con el sueldo del gobernador del Chaco en la Cámara de Dipu-
tados en el año 1879, pero que alcanza connotaciones mucho más profundas, y del cual se
extraen algunos párrafos:

“Sr. Guastavino (diputado nacional por Corrientes): ¿Cuáles son las atribuciones del
gobernador del Chaco? Puedo decir que ninguna tiene. Allí no hay nada de impor-
tancia más que las colonias. Y ¿no tiene el jefe de las oficinas de colonias nacionales la
dirección de las que existen en el Chaco frente a Corrientes, frente a Goya? Los

62. Nota del General Taboada solicitando misioneros franciscanos para el Chaco, fechada el 7 de febrero
de 1857. En Taboada, op. cit.: 317.
63. El auge exportador de carnes a través de los frigoríficos –que en sus inicios fue eminentemente de
ovinos, para luego tomar la posta la ganadería bovina– hizo que las “vaquerías” tradicionales buscasen
mercados alternativos presionando sobre los sistemas de control. Esta situación queda evidenciada en el
hecho de que sólo para el año 1895 y para la frontera boliviana se introdujeron 17.000 cabezas de ganado
“contrabandeadas” desde las provincias argentinas limítrofes (Langer, 1984).

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comisarios de estas colonias son más que suficientes para hacer su administración,
porque no hay en ellas sino una población reducidísima...
Sr. García: yo no participo de las ideas del señor diputado por Corrientes. Pienso que el
gobernador del Chaco no es simplemente un administrador de Villa Formosa, pienso que
sus funciones no dejan de tener alguna importancia. Puede decirse que el gobernador del
Chaco es el jefe de la frontera norte de la República en la parte del Chaco...
Sr. Villafañe: es para decir, señor presidente, que la existencia de una gobernación en el
Chaco no importa solamente el ejercicio de todas las funciones sometidas a los funciona-
rios encargados de ella. Importa algo más trascendental: importa la presencia de la autori-
dad nacional en puntos avanzados de la Nación Argentina...”. Cámara de Diputados,
Diario de Sesiones del 29 de agosto de 1879 (en Iñigo Carreras, 1983: 33-34).

Este debate indica, a modo de ejemplo, la puja de intereses por el control territorial entre
representantes de los intereses, en declive, de la burguesía correntina, y representantes del
nuevo modelo de construcción del estado-nación centralizado e interesado en la hegemonía
sobre un espacio territorial al que se lo consideraba virtualmente “vacío”.
Para la burguesía ganadera correntina el espacio chaqueño significaba un ámbito de
reproducción de su modalidad ganadera mercantil simple, sea por la ocupación de partes
del territorio para pasturas, o bien como frontera comercial de ganado con los grupos
guaykurú. En cambio, para la burguesía porteña en ascenso, el Chaco constituía un
ámbito a colonizar. Un modelo que no representaba intereses económicos formados desde
la demanda de una burguesía local, sino la apuesta a un proyecto que contemplaría la
ocupación de esos espacios (considerados vacíos) mediante la inmigración (de allí también
la referencia negativa del diputado correntino a las inversiones que comenzaba a realizar el
estado nacional en ese sentido).
Desde el discurso de los intelectuales de la generación del ’80, e incluso para determinada
historiografía reciente, se considera que hasta el período en que comienza a consolidarse el
poder del estado nacional mediante las campañas militares “al desierto”, las fronteras políticas,
económicas, militares y culturales con los pueblos indígenas parecen haber mantenido con
pocas modificaciones las características heredadas de la estructura colonial.
Aún más, se sostiene que durante el lapso que va desde la independencia hasta la década
de 1870, la región del Chaco pasa por un período de “retroceso” en términos de las expecta-
tivas de consolidación de las fronteras con el indio (Punzi, 1983: 46).
Sin embargo, estas aseveraciones deben ser relativizadas.64 En primer lugar, se ha
citado ya a manera de ejemplo la campaña de Taboada sobre las costas del Salado y los

64. O. M. Punzi realiza una periodización de lo que denomina “los ciclos cronológicos” del Chaco,
distinguiendo: 1) Siglo económico: que habría durado 100 años, desde la primera incursión de Alejo
García en 1521 hasta 1617, momento de separación de las gobernaciones del Guayrá (Paraguay) y de
Buenos Aires, la cual comprende la búsqueda de metales y la explotación de la tierra. 2) era decadente (110

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

proyectos emergentes. Independientemente de su factibilidad y de los intereses que se


jugaban en los mismos, en el marco de las evaluaciones que se hacían sobre dicha
campaña, se reafirmaba el carácter belicista que iba adquiriendo la confrontación con la
población indígena.
Así, por ejemplo, se expresaba la Iglesia respecto a esta actitud, la cual: “...ha logrado
en su tránsito imprimir terror y espanto a numerosas tribus de indios salvajes y feroces
hasta eliminarlos”.65
Al mismo tiempo, algunos sectores de la prensa escrita se habían expresado en términos
similares felicitando a Taboada por “emprender un combate a muerte con los tigres y con las
tribus bárbaras del chaco”.66
Esta mirada “militarizante” hacia el Chaco fue reconstruyéndose paulatinamente. Ya
en 1833, J. Arenales, en oportunidad de realizar una evaluación sobre las condiciones
requeridas para la navegabilidad del Río Bermejo, entre las cuales se suponía de vital
importancia la defensa militar del emprendimiento, realiza una valoración de la conforma-
ción de las fronteras de fortines desarrolladas en el período colonial en los siguientes
términos: “sólo en la falta de conocimientos exactos sobre las localidades y naturaleza del
terreno, puede encontrarse la disculpa de esa inconcebible omisión o descuido de los
gobernadores en no haber establecido unos cuantos fuertes sobre el Bermejo en lugar de
los que construían en medio del desierto”.67
Es decir, se intentaba demostrar que “el fracaso” del control territorial del Chaco por parte
de las autoridades coloniales se debía a una incorrecta táctica militar, que debía ser subsanada
con una planificación más estratégica para ocupar “el desierto enemigo”.
Los conflictos “interiores” por la hegemonía sobre el proyecto de nación a construir no
fueron un impedimento para que paralelamente a los esporádicos intentos como el de Taboada,
continuaran los procesos de ocupación y conquista “privadas”.
Es interesante señalar al respecto que, librada a la penetración de intereses particula-
res en los distintos puntos de contacto, se reinician en la frontera del Chaco acciones de
ocupación por grupos armados que podrían caracterizarse como “paraestatales”. Esta
paraestatalidad puede ser planteada puesto que, si bien las incursiones eran llevadas a
cabo por individuos y grupos particulares, recibían la legitimidad por parte del gobierno

años): desde 1617 hasta 1724 (creación del cuerpo de blandengues en Santa Fe), comprende: el
despoblamiento, la conquista espiritual, las rebeliones indígenas, la iniciación de los malones y las
primeras incursiones “defensivas”. 3) época del equilibrio (45 años): desde 1724 hasta 1767 (expulsión
de los jesuitas), comprende: las “entradas” de represión y las paces o pactos. 4) etapa de retroceso (100
años): desde 1767 hasta 1870 (iniciación de las campañas militares). 5) período ofensivo (50 años):
desde 1870 hasta 1919 (finalización de la conquista del Chaco). (Punzi, op. cit.: 1983).
65. Carta del Padre Riso al Gral. Don Antonio Taboada, fechada el 10 de febrero de 1857. En Taboada,
op. cit.: 322-23.
66. Diario El Nacional Argentino 15/08/1857, citado por Rosenzvaig, op. cit.: 157.
67. En J. Arenales, op. cit.: 87.

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nacional ya sea mediante su pasividad frente a los mismos, en algunos casos, o bien por
su apoyo explícito en otros.
En relación a este incremento del carácter belicista de la relación con los pueblos indios
ya entrado el siglo XIX, se señalarán a modo de ejemplo dos referencias de la época que
hablan en tal sentido:

“...la toldería atacada era una pequeña tribu de montaraces... (...) los tres muertos
eran el cacique, el padre de cacique y un indio joven. Hay que añadir un buen
número de heridos... Nosotros vimos distintamente a dos de ellos huir, ensan-
grentados, con las manos sobre las aberturas que en sus cuerpos habían hecho
nuestras balas. Por lo demás, lo importante no era el número de muertos sino el
terror que los supervivientes iban a llevar al desierto, después de haberse visto
perseguidos así en el seno de su quietud, como quien dice de su propia casa (...).
Era como el último término de una gradación sostenida que debía llevar al
espanto a su colmo. No hacía mucho que todo huía delante de ellos, poco
después se les hacía frente, luego se los perseguía, y por último se les iba a atacar
en sus mismas tolderías”.68

Ya en los prolegómenos del período de las campañas hacia el Chaco existen múltiples
referencias de acciones armadas realizadas por civiles contra indígenas. Un ejemplo es la
referencia que hace G. Magrassi al respecto: “...en el Archivo de Gobierno de Santa Fe se
encuentran informes sobre tres matanzas de indios elevados por sus propios autores al gober-
nador de la provincia en 1875. Desde 1864 Teófilo Romang, cabecilla de aquellas matanzas,
de nacionalidad suiza venía buscando tierras para traer colonos al norte de lo que hoy es la
provincia de Santa Fe” (1987: 105-6).
Puede decirse entonces que, independientemente de las escasas posibilidades efectivas
que los poderes estatales pudieron tener para avanzar en la “frontera con el indio”, existieron
incursiones motivadas por intereses privados que mantuvieron el carácter de enfrentamiento
armado y sangriento en las relaciones con los pueblos indígenas.
La actitud “complaciente” frente a tales incursiones por parte del gobierno nacional
desvirtuaba incluso intentos por realizar pactos con algunos caciques. Así, por ejemplo, el
suscrito por el cacique Napomari el 24 de febrero de 1864, por el cual los indígenas permi-
tieron la construcción de caminos a cambio del reconocimiento de sus territorios (Martínez
Sarasola, 1992: 296).
De manera tal que las ofensivas contra los pueblos indígenas no sólo no se detienen sino
que adquieren un nuevo matiz, produciéndose incursiones que agudizan el tenor bélico de
la confrontación “indios-blancos”. Ello en contraste con el período inmediato posterior a la

68. En Amadeo Jaques, op. cit.: 1857.

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independencia nacional, en el que se apelaba a un discurso reivindicativo de la integración


del indio a la conformación de la nación (Martínez Sarasola, ídem).
Aún reconociendo que, producto de los denominados “conflictos internos”, la con-
quista y colonización del Chaco no tuvo el tenor que adquirió a partir de las campañas
militares posteriores realizadas por el ejército unificado, distintos hechos hablan de un
interés creciente por parte de las autoridades nacionales en la consolidación del poder
territorial. Así, por ejemplo, la guerra con el Paraguay (1864-70) y las disputas diplomá-
ticas con ese país y con Brasil dieron como resultado la consolidación del poder estatal-
nacional en una porción importante de la región chaqueña, expresada en la creación de la
gobernación del Chaco (1872).
Lo que se intenta señalar con los ejemplos anteriores es que aquellos planteos que minimi-
zan la acción de conquista y expansión en el período previo a la unificación nacional, junto
a un incremento de los discursos en torno a la belicosidad de los pueblos indígenas, tienden
a construir un modelo legitimador de las ofensivas militares posteriores.
Detrás de semejantes argumentaciones contemporáneas resuena la reivindicación de las
ofensivas militares desarrolladas desde la década del 1870 y profundizadas en las décadas
posteriores. Concepción de la frontera como un “teatro de operaciones”. Asumiendo como
necesariedad histórica la centralidad del ejército nacional en el desarrollo de las instituciones
de la estatalidad en la frontera; siendo “el indio” el primer gran problema a resolver por la
naciente nación (Rosenzvaig, 1995: 177).

Estado y Nación: economía política de la guerra con el indio

Producido el hecho político de la conformación de un estado centralizado como una


unidad jurídica y administrativa, el último tercio del siglo pasado es escenario de una
profundización en la inserción de la Argentina en el proceso de expansión capitalista a
nivel mundial a partir de la valorización de su “hinterland” y su integración al mercado
de productos primarios. La difusión de la teoría de las “ventajas comparativas”, sostenida
por los economistas británicos en el marco de la caracterización de los estados-naciones
como unidades económicas, y la firme alianza interburguesa con hegemonía de los
intereses de la burguesía ganadera porteña, constituyen factores que promueven el
anclaje de aquella teoría en el Río de la Plata y se transforma en el modelo hegemónico a
seguir por los gobernantes.
Este movimiento de “economía política” tenía como eje la valorización capitalista del
territorio y su población, en un doble proceso que implicó la generación de las condiciones
para un control territorial, es decir, una hegemonía en la dominación del espacio concebido
productivamente de acuerdo a dichos intereses, generando las condiciones para la obtención

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de una renta diferencial y, al mismo tiempo, aunque en oportunidades expresándose en


intereses interburgueses contrapuestos, una valorización de la fuerza de trabajo.
Las emergentes condiciones de inserción de las fracciones hegemónicas de la burguesía
argentina en el mercado mundial implicaron importantes transformaciones en la producción
ganadera, acorde a modelos capitalistas de producción. Se desarrolló, así, el arrendamiento
como forma dominante de acceso a la tierra en sus espacios más fértiles (pampa húmeda y
litoral), y se impulsaron importantes cambios tecnológicos en la producción de carnes (el
mestizaje de ganado, el desarrollo de frigoríficos, el alambrado de campos, etc.).
Movimiento que fue apoyado y sostenido en la “frontera” con políticas estatales funcionales
al mismo. Estas políticas fueron: a) el desarrollo de una ofensiva militar sin precedentes sobre los
territorios indígenas, con el objetivo de “liberarlos” (tanto al territorio como a la mano de obra
allí presente); b) la producción de una importante infraestructura diseñada como soporte para
una incorporación extensa del territorio a los mercados de ultramar (ferrocarriles, puertos,
centros de acopio, etc., vinculados funcionalmente); y c) una política de inmigración con el
doble objeto de “ocupar tierras vacías” e incrementar la valorización del territorio.
Desde el punto de vista de la cultura política, este proyecto se basaba en la construc-
ción de un imaginario geopolítico sobre el territorio mediante su designación como
“desierto”. Pero, tal como se ha afirmado en el primer capítulo, todas las alusiones a los
espacios territoriales sobre los cuales la burguesía diseñó su modelo de dominio y valo-
rización no constituyeron únicamente una metáfora geográfica, sino también socio-
cultural: espacios a los que se debería vaciar de toda reivindicación étnica o local en el
entendido de que ninguna de estas alteridades podría mediar entre las instituciones del
Estado y sus “ciudadanos”.
Se ha sostenido, también en el primer capítulo, que en el caso argentino el principio
positivo de construcción de la nacionalidad tuvo su anclaje en la “territorialidad”, en la
ocupación de espacios vacíos; mientras que el principio negativo se construyó en la elabora-
ción de un otro en términos de enemigo, “las poblaciones indígenas”, que precisamente
detentaban cierto control sobre los territorios a conquistar.69
La cuestión de la territorialidad podría dejar de ser una problemática específica para el
caso argentino si se considera como válida la aserción general acerca de que un rasgo
característico de los estados-naciones respecto al control territorial es la no correspondencia
entre el territorio sobre el cual el Estado afirma su jurisdicción y el territorio concebido
como Nación (Emerson, 1960). Esta no correspondencia es la que precisamente se expone

69. En tal sentido, es interesante observar que frente a las críticas que, aunque en forma tenue, se realizaron
en la Cámara de Diputados a la Campaña del General Roca, en el intento de algunos legisladores de que
no se repita el exterminio como política de ocupación, los defensores de la campaña al Chaco argumentan
la ocupación militar en relación a la necesidad de realizar “un relevamiento topográfico, de estudiar la
factibilidad de apertura de la navegabilidad de los ríos Pilcomayo y Bermejo” (S. Minvielle y P. Zusman,
1996; Moraes, 1988).

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como argumento legitimador de las políticas de colonización y/o de construcción de


instituciones de la estatalidad. Sin embargo, no es éste el problema sobre el cual es preciso
avanzar, ya que, como se observa, puede ser considerado como constitutivo de todo mode-
lo de construcción del dominio de la Nación sobre el territorio. Lo que se considera aquí
como de interés analítico en el marco de las hipótesis de trabajo sugeridas es, más precisa-
mente, el carácter específico que adquiere la resolución de aquella no correspondencia. Es
decir, la pregunta a responder no es de qué manera se expresa esta situación común en cada
estado nacional en particular, sino cuáles son los dispositivos institucionales o de políticas
específicas tendientes a resolverla.
Es importante señalar, al respecto, lo poco que se ha reflexionado precisamente sobre
las particularidades de este proceso en la formación del estado capitalista nacional en, al
menos, dos cuestiones: una primera, referida al hecho de que aquel modelo “ideal” de
ciudadanía se hiciera efectivo mediante la construcción de un dispositivo de guerra inte-
rior declarada, lo que remite al mismo tiempo al hecho de que el proyecto de construcción
de las instituciones de la estatalidad quedase en manos (en estos territorios) de la corpora-
ción militar, y una segunda, vinculada a las características también particulares del proceso
de valorización capitalista y las contradicciones resultantes, en relación al modelo de cons-
trucción de la dominación.
La primera cuestión planteada remite a las resonancias, presentes en la intelectualidad
orgánica de la burguesía emergente de la época, del discurso hobbesiano sobre el origen del
estado civilizado expresado en el Leviatán. Al respecto, es necesario recordar que para el
modelo imaginario de esta obra clásica, el estado moderno se legitima en su capacidad de
hacer cesar o bien desplazar la “guerra de razas”, omnipresente y amenazante a toda construc-
ción del estado. También es interesante señalar, tal como lo hace M. Foucault, que Hobbes
insiste en la existencia, en las selvas americanas, de poblaciones cuyo régimen continúa
siendo el de la guerra contra todos (Foucault, 1992: 98).
Sometido el Leviatán rosista en Caseros y configurado un nuevo modelo de dominación
por el proyecto político-militar sarmientino, el dispositivo disciplinario se trasladará a la
frontera con el indio, al “desierto”. Tal como lo afirma E. Rinesi “El desierto es la metáfora
inequívoca y perfecta –pero también la verificación empírica, fáctica, material, la evidencia
misma, diríamos– de lo que Hobbes llamó en su Leviatán ‘estado de naturaleza’: el lugar de
la nada, del silencio y de la muerte. Es frente a ese estado de naturaleza que El Estado Liberal
ha levantado entre nosotros, el proyecto de fundar” (Rinesi, 1997: 96).
Teniendo en cuenta lo anterior, pareciera ser que aquellas formulaciones de configuración
del estado civilizado en Europa, promotoras de dispositivos capaces de “prevenir” la emergencia
de una guerra siempre latente (que, en última instancia, apuntan a legitimar la delegación hacia
el estado del monopolio de la fuerza y el poder coercitivo), se trastocan, obliteran, en la configu-
ración de los dispositivos de estatalidad nacional (aunque no únicamente en este caso) al
efectivizarse mediante una guerra declarada y planeada hacia los sujetos detentores del control
territorial en aquel “lugar” donde se pretende ejercer el poder soberano. Concretamente: no

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únicamente es a partir de la utilización de dispositivos jurídico-políticos que se mediatiza la


expropiación de la capacidad de subsistencia y reproducción de los pobladores “originarios”,
sino a partir del ejercicio de la violencia directa y continua mediante un aparato político-militar
que expande su dominio hacia nuevas fronteras de guerra una vez aplacado el conflicto “inte-
rior”, lo cual al menos introduce legítimamente el interés por la pregunta histórica y antropológica
sobre sus particulares consecuencias.
La segunda cuestión promueve el análisis concreto sobre las características que adquirió la
“guerra contra el indio” y las contradicciones específicas que introduce el lugar ocupado por
el ejército nacional unificado (luego de los pactos posteriores a la confederación) en la cons-
trucción de la estatalidad y la dominación política.
Esta guerra “civilizatoria”, esta conquista interior de los “desiertos”, si bien tendrá características
comunes tanto en Pampa y Patagonia como en el Gran Chaco, se desarrollará sobre situaciones
sociodemográficas, económicas y culturales diferentes, lo que al mismo tiempo acarreará conse-
cuencias específicas. Es posible sostener que las características diferenciales de ambas estructuras
agrarias regionales, como así también los intereses específicos de las distintas fracciones de la
burguesía que se disputaban estos territorios, jugaron un papel preponderante en la forma que
adquirió el proceso de conquista. Cuando en Pampa y Patagonia el problema central fue la
cuestión limítrofe (con Chile) y el control territorial, en el Chaco, los requerimientos de mano de
obra barata para los distintos emprendimientos agroindustriales, generados por la expansión de las
agroinindustrias del azúcar, la producción del tanino y del algodón en el norte, hicieron que el
control y disciplinamiento social constituyeran la cuestión central a resolver. De manera que, y en
referencia al caso analizado, la reproducción del modelo de conquista utilizado en el “Sur” para el
dominio territorial y la pacificación, en el “Norte” traerá problemáticas específicas y contradiccio-
nes que marcarán la impronta de esta formación social de fronteras.

La construcción del desierto y la memoria de la guerra

El proceso de ocupación militar del Chaco adquiere nuevas modalidades a partir de la


década de 1870. La característica principal es la intervención directa y sistemática de las
fuerzas militares estatales en la construcción de la frontera. Esta intervención va creciendo en
forma regular y al calor del rápido proceso de producción de un dominio sobre el territorio
y la población por parte del estado-nación, que será ejercido por la corporación militar,
unificada luego de la batalla de Pavón, en la cual el ejército de Buenos Aires, en representa-
ción de los intereses ganaderos de la burguesía porteña, derrota al ejército de la Confedera-
ción. A partir de ese momento la corporación militar comenzará a jugar un rol múltiple y
hegemónico en la construcción de la estatalidad en la frontera. Los conflictos interiores,
sumados a los intereses por el control territorial de una superficie mayor que las conformadas

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por las mismas provincias y relativamente controlada por poblaciones indígenas, que más allá
de derrotas parciales y procesos de misionalización de larga trayectoria habían desarrollado
importantes experiencias de negociación y tácticas defensivas, junto a los intereses por el
control de las fronteras “externas”, produjeron “la necesidad” de que el modelo de expansión
de la estatalidad quedara en manos de dicha corporación.
Se ha señalado ya que el modelo de conquista del Chaco tiende a replicar las campañas
al desierto pampeano-patagónico. La cronología de semejante intervención es,
sintéticamente, la siguiente:
1870. Campaña del teniente coronel Napoleón Uriburu desde Jujuy hasta Corrientes a
través del Chaco bordeando el río Bermejo.
1879. Campaña del coronel Manuel Obligado al Chaco Austral, haciendo un círculo
por el norte de la provincia de Santa Fe con el propósito explícito de reprimir a los
malones que habían realizado ataques en la provincia de Córdoba y Santiago del Estero.
1880. Campaña del mayor Luis Jorge Fontana atravesando el Chaco Austral desde
Resistencia hasta el actual Departamento de Rivadavia, en la provincia de Salta.
1881. Campaña del comandante Juan Solá desde el fuerte Dragones en Salta hasta Formosa.
1883. Campaña de R. Obligado. Dividida en tres columnas, realiza una operación tipo
“rastrillo” por todo el norte de la provincia de Santa Fe. Una de ellas comandada por el
teniente coronel J. M. Uriburu, comandante del regimiento de caballería Nº 12, parte
desde Chilcas con 150 hombres armados hacia el norte. Desde Fortín Inca sale en forma
simultánea el teniente coronel J. M. Ferreyra, hacia el río Salado. Por último, el mismo
Obligado, al mando de 100 hombres, parte de Reconquista hacia el norte con el objetivo
de unirse a las tropas de Bosch, pero no lo consigue, se desvía hacia el Oeste hacia el
llamado Fortín Encrucijada, para luego reunirse hacia el sur en Tacurá con Uriburu,
regresando luego de unos setenta días a la ciudad de Resistencia.
1883. Campaña de Bosch. Con una columna principal a sus órdenes directas y una
secundaria. Despliegan sus efectivos en coordinación con Obligado. Parte de Resistencia
con 320 hombres de combate, enfrentándose con las parcialidades del cacique Toba
apodado “El Inglés” en la localidad denominada Mala Mahue, a quienes persigue hasta
Napalpí, en donde produce una matanza generalizada. En Guayabí rechaza un intento
de resistencia de algunas parcialidades Toba. Regresa a la ciudad de Resistencia luego de
cubrir unas 200 leguas cuadradas.
1883. Al mismo tiempo y desde el otro extremo de la frontera con “el indio” parte la
expedición de Ibazeta. Con 150 hombres armados sale del fuerte Dragones hacia la
frontera con Bolivia. Hace un periplo circular produciendo grandes bajas entre las
parcialidades Mataco-Wichí, Toba y, principalmente, Chiriguano. Su campaña dura
aproximadamente 80 días.
Al margen de este despliegue militar sin precedentes en la frontera norte, las primeras campa-
ñas, que pretendían ser de carácter ofensivo –es decir, aumentar el control territorial por parte de
estado–, no lograban el anhelado objetivo. Luego de las mismas, los fortines, escasamente

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pertrechados y erigidos a lo largo de un territorio extenso, no generaban las condiciones requeridas


del control territorial ni el disciplinamiento de la población indígena. Luego de estas incursiones
de “castigo” hacia las parcialidades, los asentamientos militares, en ocasiones abandonados e inco-
municados, eran fácil botín de la resistencia indígena a la ocupación de sus territorios.
De todas maneras, el problema de la estabilidad de los fortines para garantizar el proyecto
de control territorial no era de índole militar. Salvo en aquellas zonas de frontera más cercanas
a los controles provinciales, o bien donde se habían consolidado destacamentos militares,
reducciones y prisiones como un complejo de ciertas dimensiones logísticas, la mayoría de los
fortines no podía ofrecer grandes resistencias a las parcialidades indígenas, que percibían en
ellos el comienzo de una ocupación sistemática de sus territorios (ver Gráfico-Mapa 4).
La utopía del control “espacial” de un territorio tan extenso tenía su expresión tópica en
esos pequeños fuertes de avanzada. Sin embargo, las autoridades militares delegaban la
supervivencia de estos “enclaves de la civilización” a un aprovisionamiento que dependía en
gran medida de los pactos con los indígenas. Así, mercaderes, traficantes de indios, prestamis-
tas de oficiales y soldados, producían en el frente de fortines un complejo entramado de
complicidades y clientelismos que constituían la verdadera trama de la “civilización en el
desierto” (Rosenzvaig, 1995: 178).
El abastecimiento y, aún más, la vida en los fortines dependía de una multiplicidad de
corruptelas que encontraban su “legitimidad”, al menos en el discurso de los hombres de
frontera, por las condiciones adversas de “la vida en el desierto”. Importantes sectores de la
población indígena, fundamentalmente aquellos que habían desarrollado una capacidad de
desplazamiento a través del caballo y que estaban insertos en los circuitos comerciales del
ganado, veían también en estos destacamentos, en muchos casos, una forma de comercio. Tal
es así que la mayoría de los ataques a los fortines parecen haber respondido más a la falta de
cumplimiento de acuerdos comerciales o pactos de no incursión en determinados territorios,
que a elaboradas estrategias de ataque a posiciones establecidas.
El círculo de violencia, entonces, se cerraba cada vez más. Los fortines, apenas pertrechados,
recurrían a todas formas de pactos y negociaciones para su subsistencia, obviamente las parcia-
lidades imponían sus condiciones, las principales de éstas, los acuerdos de no ofensiva, es decir,
de no invasión territorial a sus posesiones; ello implicaba el sostenimiento de una relativa
“convivencia pacífica” (en las condiciones descriptas). Sin embargo retornaban, por parte de la
comandancia del ejército nacional, las órdenes de desplazamiento y nuevas ocupaciones en el
marco del proyecto expansivo, lo cual producía la ruptura de los “pactos preexistentes” aunque
informales producidos como forma de supervivencia de la propia estructura militar en la
frontera. Los nuevos destacamentos eran entonces en ocasiones objeto de ataque por las parcia-
lidades o aliados que se sentían traicionados y engañados. Se incrementaba a su vez la parafernalia
contra el “indio indómito”: se justificaban y planificaban nuevas campañas de escarmiento.
Cuando se analiza, desde el punto de vista militar, las campañas previas a las encaradas
desde 1883, se hace referencia a la mínima eficacia de las mismas en términos de la “escasa
preparación de las tropas”, a los “pocos medios operativos con que se hicieron”, “la dependencia

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GRÁFICO - MAPA 4: Cercamiento de fortines al Chaco Central

Fuente: L. M. De La Cruz, op. cit.

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de la audacia de sus comandantes y tropa”, etc. Sin dejar de ser empíricamente válidas, estas
afirmaciones tienden a legitimar la necesariedad del modelo de guerra ofensiva que le sucedió
inmediatamente.70
Un modelo que pasa de una estrategia de control del territorio ya ocupado, “civiliza-
do”, defendido por una frontera de fortines dispersos, hacia una de tipo ofensivo. De una
guerra de posiciones mediante un sistema de fortines de fronteras militares, a un modelo
de expulsión sistemática, rápida, coordinada mediante un comando centralizado y en el
que las comunicaciones jugasen un papel central, concentrando fuerzas y no dispersándo-
las: el modelo prusiano (Rosenzvaig, op. cit.: 179).
El primer antecedente de este modelo que tendía a ser hegemónico, como estrategia del
ejército nacional unificado, comienza a expresarse en la frontera con el Chaco en las campa-
ñas emprendidas en 1883, y que tendrán su expresión más acabada en las comandadas por
el general Victorica un año después.
El objetivo militar formulado por el gobierno nacional y encarado por Victorica es el de
llevar la frontera con el indio hasta el río Bermejo, para lo cual organiza con más de 800
hombres los siguientes movimientos militares:
1) El 29 de setiembre desde Resistencia parten 145 hombres armados para ocupar el
fortín Bosch, sobre el río Bermejo, recorriendo unos 70 kilómetros.
2) La comandancia general, a los pocos días y con 110 hombres, sale de Puerto Bermejo,
pasa por Fortín Bosch, llega a Confluencia y luego a La Cangayé. Recorre 320 kilómetros.
3) El 9 de octubre el teniente coronel J. M. Uriburu inicia su campaña desde Cocherek
con 260 hombres, llega hasta La Cangayé batiendo distintas zonas entre el río Bermejo
y el río Salado, regresando a La Cangayé, luego de 40 días de campaña.
4) El 15 de octubre el coronel Ignacio Fotheringham parte de Formosa con 100 hom-
bres recorriendo la costa norte del río Bermejo. Llega hasta el río Teuco y se instala el 2 de
noviembre en las cercanías de La Cangayé, luego de recorrer 320 kilómetros.
5) El 26 de octubre parte, también desde Formosa, el teniente coronel Luis Jorge Fon-
tana bajo el mando superior de Fotheringham cubriendo las zonas próximas del Chaco
central, hasta sumarse a la columna central en el río Teuco.
6) El 30 de octubre el teniente coronel Rudecindo Ibazeta opera con dos columnas con
un total de 180 hombres desde el fuerte Victorica recorriendo ambas márgenes del río
Bermejo, llegando hasta La Cangayé.
7) A partir de semejante despliegue militar en el que caen gran cantidad de indígenas
bajo las armas y se “reducen” no menos de 5.000 indígenas de distintas parcialidades, el
mayor de marina Valentín Feilberg navega el río Pilcomayo hasta las cercanías de la
frontera con Bolivia. Al mismo tiempo, el coronel de Marina Ceferino Ramírez navega el
río Bermejo hasta La Cangayé.

70. Véase por ejemplo el libro de Félix Best, Historia de las guerras argentinas, Tomo II, 1960, Buenos Aires.

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Es muy difícil estimar, y tampoco tendría mucho sentido hacerlo, la cantidad de


bajas entre la población indígena habidas en estas ofensivas militares. Los partes y
diarios de campaña hablan de cifras concretas en muy pocas oportunidades; por lo
general se hace referencias del tipo “gran cantidad” o bien “los seguidores del cacique
tal”, etc. Lo sintomático tal vez sea que las escasísimas bajas por parte del ejército resultan
extremadamente realzadas.
La prácticamente inexistencia de enfrentamientos armados queda reflejada incluso en la
orden general del 8 de noviembre emitida por el propio Victorica al llegar a La Cangayé,
objetivo estratégico de la campaña:

“Nuestro campamento en los frondosos bosques de Cangayé señala el éxito de la


primer jornada de la campaña que ha de dar por resultado la estirpación (sic) de la
barbarie en los ricos territorios del Chaco, que era incuria injustificable dejar por
más tiempo entregados a los horrores del desierto y del salvaje...Si el salvaje ha
huido, si la naturaleza ha favorecido la empresa, no disminuye el mérito de ésta”
(Victorica, 1884: 1).

Por lo general, los agrupamientos indígenas se replegaban hacia el monte ante la presen-
cia militar y sólo en ocasiones ofrecían cierta resistencia, las cuales eran tomadas por los
comandantes como grandes batallas.
A fines de julio, en un atisbo de resistencia por parte de un grupo Toba en La Cangayé,
J. L. Fontana cae herido por una lanza en un brazo. Debido a la tardanza en llegar a tiempo
al fortín para su debida atención, el brazo tuvo que ser amputado. Es así que, en reconoci-
miento, el entonces Ministro de Guerra y Marina, General Roca, lo asciende al grado de
Teniente Coronel. El texto de Roca es significativo:

“Su brazo mutilado y un reguero de sangre marcarán en el Chaco los derroteros de la


civilización y del progreso. Hoy he firmado su despacho de teniente coronel. Firma-
do Julio A. Roca”.71

Más allá de lo anecdótico, resulta interesante sugerir someramente el carácter vengativo


de la justificación del ascenso que sugiere el texto. Incluso, porque explícitamente el mismo
parece señalar algo más que una “ley del talión”; lo que el texto indica es un intercambio
vengativo que parece señalar “ante un brazo mutilado de los nuestros responderemos con un
reguero de sangre”.

71. Telegrama de Roca dirigido a J. Luis Fontana, luego de su campaña al Chaco de 1880. En Scunio,
op. cit.: 206.

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La resistencia indígena, producida obviamente en condiciones de mucho menor capaci-


dad bélica, resultaba exacerbada a punto tal de generar la ficción precisamente de un enfren-
tamiento entre dos ejércitos en armas.
Ficción que ha llegado a permear, incluso, la historiografía reciente sobre el tema. Así, en
un estudio preliminar del libro El gran Chaco, escrito por Fontana, su autor, eludiendo u
omitiendo el contenido mismo del texto concluye: “El heroico comportamiento de Fontana
fue premiado por el Ministro de Guerra y Marina” (Maeder, 1977: 15).
Esta lectura “heroica” de un hecho menor (desde el punto de vista de un enfrentamiento
armado), es significante del revisionismo a que fueron sometidas las campañas militares de la
época en cuestión, marcando una constante en muchos estudios históricos de las mismas
realizados en el reciente período de la dictadura militar argentina.
Así evaluaba la campaña militar de Victorica un historiador, al cumplirse 100 años
de la misma:

“Cae el telón sobre la conquista del desierto chaqueño. La frontera internacional del norte
queda consolidada y el país ejerce su soberanía efectiva sobre un extenso y feraz territorio,
base material para un pujante desarrollo económico y geopolítico” (Punzi, 1983: 49).

En el capítulo anterior se han hecho referencias al carácter triunfalista asignado a la


campaña de Victorica y sucesivas por el gobierno nacional. Se ha señalado también la infla-
ción de publicaciones, congresos y actos recordatorios de estas campañas durante la dictadu-
ra militar. Sin embargo, poco o casi nada se ha trasmitido sobre el lugar de tales “gestas”
patrióticas en la memoria de los pobladores indígenas actuales de la región chaqueña.
Se transcriben a continuación dos relatos en los que, a pesar del tiempo transcurrido, la
memoria del terror sigue presente entre los pobladores:

“Antes los milicos siempre atacaban a los aborígenes. Entonces los aborígenes no
estaban tranquilos, siempre vivían con temores porque no había tranquilidad. Cada
vez que llegaban los milicos para atacar a los aborígenes, ellos llevaban a las mujeres en
un lugar muy cerrado en donde nadie puede entrar, en monte alto y tupido para
esconderlas y los milicos no las vean. Además tapaban las huellas con tierra, así no
podrán verlas. Esta cosa era muy triste porque las mujeres estaban en el monte solas;
ya no piensan en los bichos, por tener miedo a los milicos”.72

“En el año 1870 los aborígenes defendían sus tierras. Ellos no sabían hablar el
castellano, pero ellos tenían sus misterios que les hacía saber; se comunicaban con

72. Taller de Memoria. R. M. de Sauzalito, Chaco. Relato Nº 59.

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

ellos. Cuando vinieron personas hasta donde estaban ellos para matarlos y hacerlos
desaparecer, para quedarse como dueños de todas las cosas que tenían los aboríge-
nes, la tierra y los animales, los misterios de los aborígenes ya les anticipaban:
vienen gente, ejércitos, y dentro de cuarenta días van a llegar, entonces los aboríge-
nes empiezan a reunirse para ver qué pueden hacer cuando lleguen los milicos.
Una vez que se sienten atacados, entonces ellos hacen unir sus pensamientos y
estar preparados. Cuando deciden entre todos defenderse, ellos preparan las fle-
chas, el arco y las puntas de las lanzas; el filo se hacía de los huesos de los bichos, por
ejemplo del ñandú, del zorro o del yulo. También preparaban cosas para golpear
hechas del corazón de palo santo y del iscayante. En esos tiempos y años los
aborígenes no conocían lo que es el hierro o el metal; tampoco conocían ropas,
géneros y alimentos. Ellos vivían de la pesca y de las cazas de los animales del monte
y de las raíces de los árboles. Pero ellos se sentían fuertes y sanos. Sus vestimentas
hacían de cuero de los bichos y de las chaguar.”73

El sentido de epopeya que han tenido, y tienen aún, las campañas militares de con-
quista sobre los territorios indígenas, tiende a reiterar al menos dos premisas fuertemente
arraigadas en la época: por un lado, como se dijo, aquella que se sustentaba en el discurso
sobre la belicosidad indígena asociada a la inestabilidad de los fortines de frontera, y, por el
otro, aquella que se sustentaba en el discurso sobre la disponibilidad del territorio para su
ocupación y valorización, sea mediante la incorporación de la población indígena como
mano de obra, o bien de inmigrantes a modo de colonos.
Pero este esquema, independientemente de las intenciones efectivas de las autorida-
des gubernamentales, legitimaba el proyecto de guerra de conquista y la centralidad de
la corporación militar en la construcción del modelo de nación. Se han señalado ya
algunos de los elementos que intervinieron para configurar un modelo de “necesariedad”
de este rol protagónico por parte de las fuerzas militares en la conformación de la Nación
imaginada desde los intereses de la burguesía porteña. Sin embargo, se sostiene aquí,
aquellas, aunque necesarias, no llegaban a ser condiciones suficientes, sobre todo en lo
que a la frontera norte respecta.
Concretamente, no es posible sostener la emergencia de las llamadas campañas militares
al “desierto verde” sin hacer inteligible, por un lado, la dinámica de construcción del poder
de la propia corporación militar –que, hacia 1870, había alcanzado un nivel de desarrollo y
autonomía relativa importante respecto a los intereses de la propia burguesía ganadera por-
teña–, y, por otro, sus niveles de funcionalidad y contradicción con el proceso de acumula-
ción de las fracciones de capital agroindustrial en este espacio específico.

73. Taller de Memoria. R. P. Sauzal. Chaco. Relato Nº 46.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

El despliegue corporativo del ejército

Se analizará aquí en forma sintética el punto referido a la construcción del poder de la


corporación militar, sus contradicciones específicas, para luego, en el capítulo siguiente,
profundizar en las relaciones con el capital agroindustrial.
Un elemento importante para considerar la dinámica de la construcción del poder de la
corporación militar tiene fundamentos económicos, aunque se inscribe paralelamente en el
modelo de delegación simbólica e institucional con que la dirigencia política y la intelectua-
lidad orgánica legitiman su expansión. Así, mientras la intelectualidad porteña emergente
del pacto político mostraba a la pujante Buenos Aires como el escenario de la modernidad
hacia el exterior, delegaba en la corporación militar la conquista de las fronteras interiores
introduciendo la guerra de razas como patético holograma de civilización.
En el marco de las múltiples tareas delegadas a la corporación militar en nombre de los
altos intereses “nacionales”, se produce un crecimiento sin precedentes del presupuesto
destinado a la agencia militar. Así, el presupuesto bélico a partir de 1863 pasa a constituir
más de la mitad del presupuesto nacional, lo que da una idea bastante clara de la situación
planteada (Lazzari, 1997). Ello dio lugar al desarrollo de un proceso de “profesionalización”
de la institución, unificando los mandos, asalariando el reclutamiento, mejorando el arse-
nal bélico y generando un desarrollo interno de la organización como no lo pudo hacer
ninguna otra agencia estatal. Así, por ejemplo, en 1869 se crea el Colegio Militar y en
1872 la Escuela Naval. Se forma también el cuerpo de ingenieros militares, cuyas funcio-
nes fueron vitales para construir un modelo de racionalización tanto de la propia estructu-
ra como de los “espacios” a controlar.
El territorio nacional, y fundamentalmente los Territorios Nacionales, objeto de las
utopías geopolíticas de la modernidad naciente, pasan a revistar en manos de la corpo-
ración militar, como se dijo, a la manera de un teatro de operaciones. En este orden
también adquieren importancia vital los relevamientos topográficos y el mapeamiento
del espacio en el que se delimitará la acción. Así, la Oficina Topográfica Militar pasará en
1884 a constituir la sección de “ingenieros militares” del Estado Mayor General del
Ejército, que paulatinamente va adquiriendo nuevas funciones, concentrando las de
cartografía, geodesia, topografía, archivo inspección y levantamiento de planos de inte-
rés militar, hasta que en 1904 se crea el Instituto Geográfico Militar. Los ingenieros
militares jugarán un rol fundamental también en la construcción de puentes, caminos,
ferrocarril, etc., que atravesarían los extensos territorios llevando la “civilización”. En ese
marco, las tareas de reconocimiento y exploración, sistematización y representación del
territorio fueron los pilares en que el ejército construyó la centralidad de su poder sobre
los territorios nacionales: sobre las fronteras (interiores), el “desierto”, se construía paula-
tinamente una cadena de mandos centralizada, a través de la cual se tejían las utopías
geopolíticas del poder central.

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

Pero el proceso de expansión del poder de la corporación militar no estuvo basado únicamente
en el incremento del presupuesto destinado a su desarrollo y preponderancia como institución,
sino también en las expectativas de incremento patrimonial de sus integrantes. En este plano es de
destacar el lugar que ocupó la apropiación territorial como botín de guerra. Ciertamente la
experiencia previa en la campaña al desierto funcionó como modelo de enriquecimiento de la
propia corporación militar, ya que el estado había gratificado a los miembros del mismo con
concesiones territoriales de importancia y que implicaban al conjunto de la estructura de oficiales,
desde los jefes de frontera, comandantes de regimiento, hasta incluso los reservistas.
Así, por ejemplo, las asignaciones de tierras fueron estipuladas, con precisión y de acuer-
do al rango, de la siguiente manera: Jefe de frontera: 8.000 has; Jefe de regimiento: 5.000
has; Sargentos Mayores de Regimiento: 4.000 has; Capitanes y Ayudantes Mayores: 2.500
has; Tenientes primeros y segundos: 2.000 has; otros oficiales: 1.500 has. Esta manera de
utilización de las tierras (por otro lado, las más aptas y de mayor valor) constituía un aliciente
más que interesante para unificar y consolidar el interés por parte de los miembros del ejército
en la instrumentación de las campañas militares. Téngase en cuenta también que los títulos
sobre las tierras conquistadas se cotizaban en la bolsa de Londres al mismo momento de
conocerse la planificación de alguna campaña (Novick, 1992: 40-41).74
Lo anterior, combinado con los requerimientos infraestructurales del capital (líneas ferro-
viarias, caminos, etc.) para dirigir las producciones del interior hacia el puerto de Buenos
Aires (tanino, azúcar, algodón, etc.), que debían protegerse de la “belicosidad” indígena, y la
demanda masiva y a corto plazo de mano de obra de los capitales regionales, contribuyó
adicionalmente en el norte a la legitimación, aunque con distintos niveles de aceptación
desde el punto de vista de la clase política de aquella centralidad.
Una clase política y una intelectualidad orgánica susceptibles de asumir el discurso de la
belicosidad y de la imposibilidad cultural de un disciplinamiento “pacífico” de las poblacio-
nes indígenas en el modelo de orden y progreso propugnado.
Estas cuestiones son determinantes para dar cuenta de los aspectos sobresalientes que
indican las causas por las cuales el ejército nacional es el que asume un modelo de conquista
militar, sin que ello fuera un producto claramente resultante de un modelo de “control” territo-
rial desde los supuestos teóricos formulados por las autoridades gubernamentales. El desarrollo
de una estrategia de guerra coordinada superadora de la guerra de posiciones que implicaban

74. De todas maneras, esta política de recompensas no terminó conformando al conjunto de la oficialidad en
propietarios rentistas; por el contrario, la mayoría terminaba vendiendo sus títulos a precios irrisorios. En su
diario, un miembro del ejército conquistador se expresaba con cierta desazón respecto a lo obtenido por parte
de las autoridades: “Es verdad que nos pagaban el sueldo, no recuerdo si alcanzaba a seis pesos mensuales, y
que después nos dieron tierras, pero como transcurrían los años y no sabíamos dónde ni cuándo nos iban a
ubicar, los cansados de esperar vendieron sus acciones y derechos a 20 ctvs. la hectárea, yo preferí especular,
y esperé hasta que se valorizaran aquellas tierras, e hice mi agosto vendiendo a cincuenta centavos las 1600
hectáreas que la patria me donó; y cuando ya no quedaba ningún compañero sin vender entonces se entregó
a los compradores los campos medidos y amojonados”. Pechmann, 1980: 81.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

los fortines, se legitimaba únicamente en el plano ideológico, aunque respondía directamente a


los intereses propios de la corporación militar y, en un nivel que es necesario formular adecua-
damente, a los intereses de los capitales agroindustriales regionales. Un proyecto de reproduc-
ción económica que hacía de la conquista territorial un modelo de enriquecimiento de los
miembros de la corporación. Una economía rentística, basada en el usufructo del mayor presu-
puesto nacional y en las expectativas de valorización de su intervención.
Los discursos militares que enfatizaban los peligros que acechaban a la línea de fortines no
tenían, según se observará, mayor sustento que el propio interés en profundizar la reproduc-
ción, principalmente de la oficialidad, cada vez más “aristocratizada”. Se ha observado
ya que los fortines, si bien tendían a producir situaciones de beligerancia, en lo funda-
mental implicaban asentamientos negociados y formas de intercambio entre militares
estables de frontera y las parcialidades indígenas más próximas, que en muchas ocasio-
nes constituían la base del sustento y aprovisionamiento de los mismos destacamentos.
Es que, a pesar del incremento de los presupuestos, en la frontera los fortines seguían
en gran medida dependiendo del aprovisionamiento por esta vía.
Sin embargo el pretendido “control” de los territorios del Chaco a partir de la corporación
militar representada por el ejército unificado, va a producir una serie de contradiccio-
nes en el propio esquema de dominación. En el marco de estas contradicciones y de las
resistencias por parte de la población indígena es que resultan inteligibles las campañas
posteriores a las de Victorica, a pesar de los declamados “éxitos” de la misma.
Dos objetivos eran los supuestamente garantizados a partir de la nueva estrategia
militar: el control territorial “llevando” la frontera hasta el río Bermejo y la “disponibi-
lidad” de mano de obra indígena para ser incorporada al proceso productivo.
Uno y otro objetivo entraban en contradicciones difíciles de resolver desde el mis-
mo modelo de ofensiva militar. El gran dilema de la ocupación militar se planteaba en
términos de “exterminio” del indígena o bien de su “incorporación como mano de
obra”. Un dilema que el discurso intentaba resolver con declaraciones altisonantes,
aunque en la práctica de la intervención militar se reproducía el conflicto en forma
permanente. Este contexto de “disciplinamiento o muerte” es en el que se inscriben
también las formas de resistencia indígena que dieron lugar a campañas posteriores
como las del general Lorenzo Vintter (1899), el coronel Teófilo O’Donnell (1907) y E.
Rostagno (1911).

Control territorial y disciplinamiento laboral

Paralelamente al desarrollo de las “campañas al desierto”, el gobierno nacional pro-


duce un dispositivo jurídico-normativo especial para los territorios de “frontera” con-
trolados militarmente.

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

El 18-10-1872 se organiza el gobierno y la administración del Territorio Nacional del Chaco,


el 11-10-1978, sucede lo mismo con el Territorio Nacional de Patagonia y el 24-12-1981
se legisla también sobre la conformación del Territorio Nacional de Misiones. El territorio
Nacional del Chaco comprendía las actuales provincias de Formosa y Chaco, parte de las
provincias de Santiago del Estero y Santa Fe y un sector sur del actual territorio paraguayo.
Con la guerra de la triple alianza, Argentina debió reducir sus pretensiones sobre territorio
paraguayo y un juicio arbitral fijó sus límites en el río Pilcomayo.
Mediante la ley 1532 del 16-10-1884, estos territorios fueron divididos en nueve
gobernaciones: Chaco y Formosa para el primero de los Territorios Nacionales, Chubut,
Neuquén, Pampa y Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego, para Patagonia y, por último,
Misiones para el territorio Nacional con el mismo nombre (Ruiz Moreno –orig. 1916–, en
Minvielle y Zusman, 1996: 5).
El instrumento jurídico sobre el cual se apoyó la ocupación efectiva del Chaco fue
la Ley de Inmigración y Colonización Nº 817 del mes de octubre de 1876, conocida
como Ley de Avellaneda, para cuya implementación se crearon dos instituciones: el
“Departamento General de Inmigración” y la “Oficina de Tierras y Colonias”. Esta
última se encargaría de la adjudicación, previa mensura y subdivisión de aquellas más
aptas para el cultivo. Con ambas leyes, la política oficial pregonaba la necesidad de la
ocupación de los Territorios Nacionales por colonos, sobre todo inmigrantes, dando
importantes alicientes al respecto.
Fue así como se promulgaron, para los inmigrantes colonos de estas tierras, anticipos
tendientes a sufragar los gastos de habitación, víveres, animales de labor, semillas, útiles de
labranza por, al menos, un año. Estos adelantos no podían exceder los mil pesos fuertes por
colono y deberían ser reembolsados en cinco anualidades pagaderos a partir del tercer año.
En principio, las tierras venían siendo repartidas atendiendo principalmente a los intere-
ses de funcionarios, o bien como botín de guerra de quienes se apropiaban de enormes
extensiones en propiedad como “compensación” por su participación directa o indi-
recta en las campañas contra los pueblos indígenas.
Es importante tener en cuenta que cuando se emitió esta ley, que pretendía emular la
política colonizadora norteamericana, hubo fuertes resistencias de algunas burguesías
provinciales como las de Santa Fe y Entre Ríos, que procuraban retener a los inmigrantes
como arrendatarios. La colonización de Resistencia se realiza en el marco de dicho con-
flicto, el cual es saldado relativamente en favor de los inmigrantes, obteniendo éstos par-
celas para el cultivo en el Chaco pero sin los apoyos monetarios prometidos.
Los colonos se quedaban con las tierras de los indios desalojándolos, en parte, con el
uso de las fuerzas militares de los fortines y, en parte, convenciéndolos de que les espe-
raban nuevas formas de “esclavitud” en las plantaciones agrícolas de las regiones con-
quistadas (sobre todo de Salta y Jujuy). La expansión de la frontera ganadera en Santa
Fe no demandaba fuerza de trabajo india en las cantidades requeridas por las planta-
ciones. De todas maneras, aquellos programas colonizadores quedan interrumpidos en

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la práctica en 1884, generándose paralelamente un proceso especulativo a través de


entregas de tierras en forma arbitraria y sin cumplir los requisitos básicos de la ley: a)
que sean libres de ocupantes y b) que el adjudicatario explote directamente las mismas.
La magnitud del proceso de apropiación latifundista de tierras que, según el dis-
curso, debía ser objeto de un proceso de “colonización a la americana” fue inaudita:
entre 1876 y 1903 el Estado, mediante las leyes de remate público y de los derechos
posesorios, entregará 41.8 millones de hectáreas a 1.834 propietarios, es decir, prácti-
camente la tercera parte de las 119 millones de hectáreas que conformaban los territo-
rios nacionales, y representando éstos, como se dijo, que más de la mitad de la superfi-
cie total de la nación.

“Esas extensiones enajenadas, no se han subdividido para la venta y la mayor


parte de ellas se encuentran despobladas, como el resto del desierto, substraídas
a toda labor productiva, porque los propietarios se limitan a esperar que au-
mente la valorización de las tierras para especular con ellas.”75

Es importante aclarar que un elemento clave para comprender el interés por la pro-
piedad de grandes extensiones del “desierto” radicaba en su uso como garantía hipoteca-
ria para obtener créditos, que luego no eran devengados. Esto generó una especulación
sobre la tierra de carácter insólito, legitimado por una innumerable cantidad de decretos
y reglamentaciones.76
La propuesta colonizadora sólo volverá a tener fuerza recién hacia 1917-1918, con
la política de promoción del Algodón impulsada por la suba de precios debido al con-
flicto bélico internacional, aunque bajo nuevas modalidades establecidas en la ley Nº
4167 de 1903.77
La frontera en Salta expandía el modelo de gran plantación que requería de grandes
contingentes de mano de obra. Aquí, el mismo ejército se propuso como la agencia
encargada de garantizar la provisión de la fuerza de trabajo necesaria.
Al respecto, la intervención militar en la frontera norte expresaba su compromiso con el
reclutamiento de mano de obra. En el marco de su campaña, Uriburu señalaría así este

75. Carta de un grupo de colonos enviada al Ministerio del Interior, citada por G. Miranda, op. cit.: 128.
76. Para un análisis de este mecanismo de enriquecimiento rentístico, véase H. H. Trinchero y R. Doro,
op. cit., 1992: 167-85.
77. Según el Censo Nacional de Población de 1914, había en ese año en el Chaco 804 propietarios de
tierras de nacionalidad argentina y 460 extranjeros. En 1920, esa relación es de 710 argentinos y 856
extranjeros (las cifras de 1920 corresponden al Censo de Territorios Nacionales de ese año). Eran
obligaciones de los concesionarios de tierras fiscales: “Construir la casa habitación con dependencias y
empleando materiales que reúnan condiciones de higiene y estabilidad; establecer residencia efectiva y
permanente en el lote, alambrar el perímetro de éste, plantar árboles y cultivar por lo menos el 50% de la
superficie concedida”.

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

objetivo al gobierno nacional: “Mi objetivo es entrar en más íntimo contacto con los
indios que encuentre en setiembre y octubre en las márgenes de los ríos Bermejo,
Teuco, Yegua quemada y otros más que atraeré. Para ponerme en condición de dar
cumplimiento a esa tan delicada comisión, me he dirigido por una circular a todos los
propietarios que, en sus faenas rurales, ocupan indios, solicitando de ellos me hagan
conocer el número de brazos que precisan en sus labores para el tiempo de las cose-
chas”. E informando posteriormente de los resultados de su circular dice: “Son ya 1868
indios los solicitados por los agricultores de Salta y Jujuy”.78
Victorica, a su turno, declamaba el mismo objetivo:

“No dudo que estas tierras proporcionarán brazos baratos a la industria azucarera y
a los obrajes de madera como lo hacen algunas de ellas en las haciendas de Salta y
Jujuy, si bien considero indispensable también adoptar un sistema adecuado para
situarlos permanentemente en los puntos convenientes, limitándoles los terrenos
que deben ocupar con sus familias a efectos de ir poco a poco modificando sus
costumbres y civilizarlos”.79

Ya sea trasladando a los pobladores indígenas hacia las plantaciones, o bien dispo-
niendo para ellos “puntos convenientes”, el ejército asumía el rol de organizador del
“mercado de trabajo” de las agroindustrias en la frontera. Así, mientras las agroindustrias
en proceso de expansión en la frontera salto-jujeña requerían crecientemente de mano
de obra, la oferta de la misma parecía que sólo podría ser garantizada con el reclutamien-
to forzado de fuerza de trabajo de la población indígena, para lo cual la corporación
militar se proponía como mediadora.
Sin embargo, el manejo militar de la fuerza de trabajo no estaba contemplado en los
manuales de estrategia militar, lo cual generaba innumerables inconvenientes en el
disciplinamiento directo de la fuerza de trabajo que, como no podía ser de otra manera, eran
resueltos con la lógica de la disciplina que impone la propia corporación. Aún más, la cons-
trucción del indígena en tanto “ejército enemigo” permitía en la lógica militar prácticamente
el tratamiento de prisioneros de guerra.80
Ciertamente, controlar una frontera exterior o desplazar la frontera con el indio hacia el
norte no era analogizable con el dominio de la población, salvo en el particular modelo de

78. Nota del Gral. Uriburu al Gobierno Nacional. En: Fontana, op. cit.: 109.
79. Del diario del General Victorica, “Campaña al Chaco”. En: Iñigo Carreras, 1984: 38.
80. Son significativas en este sentido una serie de fotografías existentes en el Archivo General de la
Nación tomadas en ocasión de la campaña de Uriburu, en las que aparecen “indios en pie de guerra”.
Las mismas, obviamente tomadas en pose pues las técnicas de la época no permitirían otro tipo de
toma, resultan una parodia de lo que se está señalando: un grupo de indígenas posando con lanzas,
luego de ser “capturados”.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

incorporación “expeditiva” de la frontera Chaco al capitalismo que pretendió impulsar


el gobierno nacional al depositar, a través del estado, en el ejército nacional, la garantía
del disciplinamiento como mano de obra del indígena chaqueño. Para el ejército, con-
trolar al enemigo era o bien reducirlo en las condiciones impuestas o bien “exterminar-
lo”, como llegó a declarar el propio Uriburu ante el gobierno nacional debido a la
huida de grandes contingentes de indígenas frente a la presencia militar.
No por casualidad, y en virtud de las limitaciones que se imponían, E. Rostagno,
en la campaña realizada en 1911, va a dar precisas instrucciones a sus subordinados,
aunque las mismas parecen más una declaración de relativa impotencia respecto a
la viabilidad del proyecto mismo:

“La penetración pacífica, consquistadora de nuevas regiones de colonización, no


debe degenerar en el exterminio por hambre del indígena que huya hacia el Paraguay
o Bolivia al ver el avance del ejército al que tanto temor tiene... Es conveniente
entonces para que no se desvirtúen las ordenes de la superioridad que, sin pérdida de
tiempo, los señores jefes de regimiento vigilen el cumplimiento de las ordenes que en
este sentido se han dado con anterioridad, anunciando a los indios por medio de los
caciques que viven en la zona de influencia de los fortines actuales o vagan por los
alrededores de los mismos, que el Gobierno nacional quiere ayudarlos, darles tierra
para que cultiven, que no se hostilizará a ninguno que desee trabajar, que no deben
en consecuencia huir de las tropas”.81

Este avance militar generó una crisis profunda en las relaciones entre las distintas parcialida-
des indígenas, las que debieron reagruparse en zonas exteriores a la nueva frontera desplazada
hacia el Bermejo. Por ejemplo, parcialidades Toba Pilagá fueron obligadas a migrar hacia el
noroeste, remontando el río Pilcomayo; en algunas circunstancias desplazando a parcialidades
Mataco-Wichí hacia el Oeste, tal es el caso de la ocupación Toba en la región comprendida entre
Buenavista y Palma Sola (Gordillo, 1992).
Algunas parcialidades Mataco-Wichí, si bien tradicionalmente ocupantes de la franja terri-
torial comprendida entre el Pilcomayo y el Bermejo, se vieron en la situación de disputar el
mismo espacio con otras parcialidades Wichí y otros grupos étnicos desplazados.
La apropiación de los territorios que constituían el “almacén primitivo de víveres”, para
los grupos étnicos del Chaco, produjo la conformación de una población india desposeída
de su principal objeto de trabajo: la tierra y los ríos. Los procesos de trabajo y las formas de
cooperación que requerían para su ejecución fueron transformados drásticamente, de mane-
ra tal que las actividades de recolección caza y pesca no lograban ya garantizar la reproducción
de los productores (Iñigo Carrera, 1984).

81. E. Rostagno, Informe de las fuerzas de operaciones. Chaco, 1911. Círculo Militar, 1969: 33.

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

A partir de lo anterior, es necesario considerar que, si bien tanto el exterminio militar


como el despojo de los medios y objetos de trabajo no fue absoluto, la población india queda
limitada a la producción de algunos medios de vida, recreando en los “intersticios” de la
dominación a la que fue sometida algunas actividades tradicionales.
El carácter cada vez más militarizado de las relaciones interétnicas repercutió en la capa-
cidad de reproducir la organización que los etnólogos denominan “de bandas”; es decir,
pequeños agrupamientos de familias extensas bajo el liderazgo de un jefe militar y una
autoridad ritual de tipo Shamánica. Estos liderazgos, entre cuyas funciones se encontraba la
negociación permanente por el control territorial, es decir, el acceso al usufructo del suelo
entre las distintas bandas y parcialidades, habían sido ya transformados en función de la
guerra defensiva de los territorios. A medida que el estado-nación se iba configurando sobre
una base territorial a partir del dispositivo de una línea de fronteras militarizada, las alianzas
interétnicas entre distintas parcialidades generaba nuevos liderazgos de mayor envergadura
militar. La emergencia de “cacicazgos intertribales”, como el cacique Cambá (Toba), que
llegaron a nuclear parcialidades anteriormente hostiles (como, por ejemplo, Mocoví y Toba)
fue también producto de la guerra defensiva. Es por ello que la destrucción de la capacidad
movilizadora de estos grandes jefes chaqueños se constituyó en uno de los objetivos propues-
tos de las campañas militares ofensivas desarrolladas desde 1883.
De hecho, La Cangayé (objetivo central de la campaña de Victorica) constituía un punto
neurálgico de las relaciones interétnicas entre las distintas parcialidades. Allí los grandes Jefes se
reunían para planificar la defensa de sus territorios, siendo además este lugar uno de los puntos
tradicionales de reuniones para realizar intercambios de productos.
Los grandes cacicazgos que comenzaron a producirse no necesariamente respondían a las
configuraciones étnicas preexistentes. Los mismos se organizaban en muchas ocasiones agru-
pando parcialidades étnicas diferentes y en función de “nuevas capacidades” de los jefes: ya
sean éstas para generar una táctica de defensa territorial, o bien para “negociar” en la medida
de lo posible algunas condiciones para el reclutamiento en los ingenios.
A partir de allí, tanto la producción de los medios de vida como los liderazgos estarán
subordinados, “subsumidos”, a la dinámica de las distintas fracciones del capital y a las
modalidades de las estrategias de reproducción de la corporación militar.
Sin embargo, será la valorización de la fuerza de trabajo necesaria para el modelo de
acumulación capitalista la que prime en la configuración del modelo de dominación
en la frontera. De hecho, para la población indígena, la presencia militar significó el
acorralamiento en un espacio militarizado que tendía por su propia dinámica hacia el
exterminio, y, frente a él, la única salida alternativa que avisoraban, impedidos de cual-
quier resistencia armada viable, era el “enganche”.
Aún más, si se pretende encontrar una explicación más o menos sistemática en torno a
las causas por las cuales el exterminio militar absoluto de la población india del Chaco encontró un
límite –y, por lo tanto, dio lugar a la existencia de reterritorializaciones en las cuales éstos pudieran
lograr ciertos reagrupamientos (con las limitaciones descriptas)–, debe buscarse en el análisis de las

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

formas particulares de valorización (reproducción del capital) de los procesos de trabajo que
llevaron adelante las distintas fracciones de capital, y que requerían que una parte de la reproduc-
ción de dicha fuerza de trabajo fuera garantizada por la dinámica de la “economía doméstica”, es
decir, por el usufructo del “almacén primitivo de víveres” que representaba el monte, a pesar de la
“crisis” ambiental que producía el propio modelo de valorización de dicho espacio.
Profundizando en una de las hipótesis de trabajo sugeridas en el primer capítulo, es
posible afirmar que el territorio imaginado como modelo de identidad nacional y su contracara,
el etnocidio, lejos estaban del “pacto” fundante de una nación “moderna” en el sentido
hobbesiano del término: las nociones “civilización y barbarie”, remedo del título original del
Facundo de Sarmiento, y que renacieron desde las cenizas más arcaicas del racismo de occi-
dente (cfr. Fernández Retamar, 1993), se hablaban mutuamente desde la conjunción
copulativa, y no disyuntiva –como pretendía el discurso en los espacios del poder conserva-
dor constituyente–. La mentada civilización puesta en práctica copulaba con su propia
barbarie. La “intelligentzia” observaba distante y soberbiamente el pasado colonial, pero
reproducía la lógica de un destino manifiesto. Reproducía el demonio y éste señalaba
con el índice al indio.
Entonces, la producción de un territorio en tanto teatro de operaciones de la
corporación militar, con sus efectos de desterritorialización de las poblaciones indí-
genas, y la reproducción estacional de la fuerza de trabajo, introducían y recreaban
en el espacio chaqueño contradicciones específicas. La emergencia histórica y concreta de
dichas contradicciones trascienden el mero análisis de la “funcionalidad” del programa
militar respecto a la misma valorización capitalista. Nuevamente, producir un desierto no
es lo mismo que producir fuerza de trabajo. En todo caso, el vector de sentido que va del
monte a la colonización agrícola, y que la intelectualidad orgánica nacional diseñó en sus
utopías de escritorio, al quedar su ejecución mediatizada (por delegación de funciones que
se transformaron en intereses específicos) por militares y latifundistas especuladores
rentísticos, desvió su rumbo hacia el desierto. La metáfora del desierto imaginado como
desterritorialización del salvaje, un desierto virtual que debería ser reocupado por las fuer-
zas del “progreso”, se transformó en desierto real (y depósito de los primeros cementerios
masivos y clandestinos del país).

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Capítulo 4

Obrajes, ingenios y algodonales


Trabajo y capital en la formación de fronteras

La economía política confunde aquí, por principio, dos tipos muy


diferentes de propiedad privada, uno de los cuales se funda en el trabajo
personal del productor, mientras que el otro lo hace sobre la explotación de
trabajo ajeno. Olvida que el segundo no sólo es la antítesis directa del
primero, sino que crece únicamente sobre el primero.
K. Marx, El Capital

Obrajes y quebrachales

Paralelamente a las campañas militares de conquista territorial, se produjeron hacia las


últimas tres décadas del siglo XIX procesos de valorización del territorio en los linderos
periféricos de la región central del Chaco, que tendieron a otorgar una específica dinámica a
la formación social de fronteras.
Convertido en teatro de operaciones militares, el espacio chaqueño resulta también
un laboratorio de experimentación para la producción de tasas de ganancias extraordi-
narias para el capital mediante un proceso de valorización del territorio basado en la
explotación doble de los recursos naturales y la fuerza de trabajo. El despojo de los
medios y objeto de trabajo y la apropiación territorial pusieron en crisis, en forma aún
más profunda, la capacidad de reproducción de la población india. Sin embargo, y

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

paralelamente a ello, la estructura agraria del norte argentino al iniciar aquel proceso de
reorientación de su economía basada en la expansión productiva de obrajes, ingenios
azucareros y posteriormente la producción algodonera, va a requerir, al mismo tiempo, la
expansión de su “frontera laboral” mediante la incorporación y disciplinamiento de la
fuerza de trabajo indígena del Chaco.
Los territorios argentinos del Gran Chaco fueron resignificados en función de dicho
proceso de valorización, en el que se combinaron con rapidez inusitada la extracción de
recursos no renovables –como los extensísimos quebrachales que cubrían a lo largo y ancho
sus suelos– y la fuerza de trabajo indígena y campesina expropiadas sistemáticamente de sus
condiciones de existencia, con el desarrollo de infraestructuras que condujeran las produc-
ciones hacia los mercados mundiales.
Una geopolítica económica se configuraba a la par del proceso de conquista militar.
El Chaco santafesino, y por extensión el conjunto de lo que hoy es la provincia del
Chaco, se transformaba en el gran productor de tanino, dados los altísimos rindes de
dicho producto que ofrecían sus inmensos quebrachales. El Chaco santiagueño, cuyos
quebrachos rendían menos en ese sentido, se transformaba en el primer productor de
durmientes para los ferrocarriles, que en el desierto avanzaban a un ritmo sin preceden-
tes en el mundo. Los postes o “rollizos” de quebracho también se transformaron desde
1870 en un fuerte negocio a partir de la introducción del alambrado en los deslin-
des de los campos de la pampa húmeda.
El ciclo de expansión capitalista en el Gran Chaco tiene, entonces, como uno de
sus principales exponentes al quebracho colorado. La constatación del alto contenido
tánico de esta especie forestal que venía siendo probada en las curtiembres nacionales desde
principios de la década del ochenta comienza a seducir a distintos capitales del mundo.82
A partir de allí y alrededor de los extensos y espesos quebrachales que conformaban el
paisaje de la región, se configuran un conjunto de intereses por su explotación que van a
signar la trayectoria ya no virtual sino real del “desierto”. A partir de entonces, también, gran
parte del destino del Chaco austral va a estar unido al nombre de la mayor empresa capitalista
de la industria forestal nacional: La Forestal. La combinación de la propiedad latifundista
con la industria extractiva de recursos no renovables y la superexplotación del trabajo indio
y campesino va a ser en la práctica el modelo de “colonización” preponderante. A dicha
empresa, el gobierno santafesino concede en 1881 como pago por la deuda de un empréstito
la superficie de tierras más extensa entregada a un solo propietario conocida hasta el presente
(la firma Murrieta y Cía. de Londres): 1.804.563 has, más del 12% de la superficie total de
dicha provincia (Rosenzvaig, 1995: 212).

82. Las variedades de encinas utilizadas en los Estados Unidos contenían un máximo de 9% de tanino; el
quebracho colorado en cambio contenía un 27%. Al mismo tiempo, sólo se utilizaba de la encina su
corteza, mientras que del quebracho se aprovechaba prácticamente todo el árbol.

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

El despliegue de este gran consorcio no tuvo precedentes, extendiendo sus domi-


nios prácticamente hacia toda la región, estimándose el impacto sobre el monte durante
el período de actividad (sin contar otras empresas dedicadas también a la misma activi-
dad) en el exterminio de no menos de cinco millones de hectáreas de quebrachales. El
tanino, que en sus comienzos se producía para la demanda local de las curtiembres,
comienza a ser exportado hacia la década de 1890, creciendo en forma sostenida hasta
finales de la década de 1940, período en que los capitales de la rama inician una etapa de
retiros escalonados hacia nuevas fuentes de recursos.83
El capitalismo forestoindustrial representado por La Forestal (si bien no en forma
exclusiva, por lo menos controlando mayoritariamente el mercado e imponiendo pre-
cios) llevó a la práctica la desertificación del “desierto” en el Chaco austral. Una política
de tierra arrasada: arrasó con los montes, arrasó con los pueblos campesinos tradicionales,
reconstruyendo el espacio dominado, funcional a su lógica de acumulación rápida, sin
competencia, con prebendas exclusivas y hasta un poder de policía propio. “Llegó a
tener cuarenta mil trabajadores y empleados, cuatro fábricas (sólo en Santa Fe), seis
pequeñas ciudades con todos sus servicios, un ferrocarril con ciento cuarenta kiló-
metros de vías férreas, un puerto, barcos, policía privada y grandes capitales en
máquinas y herramientas que, como las compañías ferroviarias, se compraban ex-
clusivamente en Londres para, con el método de la sobrefacturación, sacar del país los
capitales (...) El descubrimiento de la mimosa en Africa, con condiciones tánicas simila-
res al quebracho, más la difusión de los materiales sintéticos, llevó a la compañía inglesa
a clausurar sus cuatro fábricas de Santa Fe entre 1948 y 1963. Inició la retirada de
Argentina (...) antes de partir dinamitó cisternas, vías de ferrocarril y pueblos, para evitar
conflictos con los trabajadores desocupados. Si no quedaba nada no habría nada por lo
cual quedarse. El trabajador debería partir.” (Rosenzvaig, 1995: 221)
Pero no sólo para la producción del tanino resultaba útil el quebracho. El monte
santiagueño fue destruido al compás de la producción de durmientes para el ferrocarril
y de postes para el alambramiento pampeano. Previo al auge de la explotación del
quebracho la superficie de bosque natural representaba en esa provincia el 70% de su
superficie (más de 10.000.000 de hectáreas). Entre 1889 y 1903 el gobierno provin-
cial remató casi la mitad de dichos montes, en los que se instalaron grandes obrajes (los
más importantes pertenecientes a la compañía Torquist), inciándose allí un proceso de

83. En Santa Fe se crearon 14 fábricas de tanino entre 1985 y 1931. En Chaco, 16 entre 1902 y 1939.
En Corrientes, 3 entre 1887 y 1915. En Santiago del Estero, 2 entre 1941 y 1942. En Formosa, 2
entre 1905 y 1931. En Jujuy, 1 en 1929. El frente de desmonte para la producción del tanino avanzó
desde la cuña boscosa santafesina hacia el Chaco en función de una estricta lógica de productividad.
Ciertamente, los rindes en tanino del quebracho colorado disminuían a medida que se avanzaba hacia
el norte (cfr. Ferreyra, 1994, op. cit.).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

desertificación de características tal vez más profundas que las del norte de Santa Fe y
Chaco.84

“La explotación en el obraje se realizaba de la siguiente manera: el empresario se


establece con unos cuantos peones en el paraje que más le ofrezca comodidades (...)
por medio de regalos atrae a los indígenas y a sus caciques y compra el bosque que
elige por un poncho de paño, un sombrero, una yegua de cría y una docena de
frascos de ginebra, según tamaño e importancia de sus árboles. Efectuado el negocio,
se construyen ranchos provisorios, los mismos indios con amigables demostraciones
se conchaban como peones y el trabajo principia.” (Seelstrang, 1977: 67)

Pero allí no concluía el proceso. El obraje tenía ritmos y tiempos propios, era
seminómade. Funcionaba en contrapunto con la devastación del monte y con él se
movían los hacheros, los cargadores, los bolicheros, los prostíbulos ad hoc, y tras ellos los
ferrocarriles. En el pueblo que quedaba atrás, semideshabitado, las compañias pro-
cedían recién a su loteo, el desierto se hacía cada vez más árido, ya que en los
pueblos construidos para extraerle el jugo al quebracho no había agua, había que traerla.
Aquellos que inmigraban de asentamientos tradicionales construidos más en la lógica del
valor de uso, de la reproducción de la vida, vieron que no sólo el quebracho y sus
cuerpos se convertían en mercancía. El metro cúbico de agua se pagaba al valor de un
durmiente y, cuando el obraje desaparecía junto con los durmientes, recién allí, en la
boca reseca se sentía el árido sabor de la nación.
La expansión capitalista construyó un paisaje propio que articulaba en el espacio
conquistado sus recursos con la lógica del valor: se producían durmientes para el ferro-
carril, que transportaba tanino del Chaco santafesino, y postes del Chaco santiagueño.
También se producía leña para los ferrocarriles y en grandes cantidades también para
los trapiches del azúcar de Tucumán, Salta y Jujuy que utilizaban mano de obra indíge-
na del Chaco central. Una geometría en apariencia perfecta porque se mostraba como
reproducción ampliada del teatro de operaciones imaginado desde el cuartel.
Sin embargo, es importante introducirse en algunas de sus contradicciones ya anuncia-
das. Para ello será un requisito delimitar el ámbito de indagación, mostrar más específicamente

84. La “aristocracia” santiagueña se jactaba de haber desincentivado la intromisión de durmientes de hierro


hueco producidos en Inglaterra por parte de las compañías extranjeras. De hecho, el durmiente de
quebracho, resistente a todo tipo de degradación, robusteciéndose incluso con el correr del tiempo y los
efectos del agua, podían reemplazarlo perfectamente. Sin embargo, y a pesar de su discurso chauvinista
mezclado con loas hacia el progreso vía el durmiente, el negocio para estas elites no radicaba allí, es decir,
en tornarse, ellas, “empresarios” del quebracho. El control de aparato político del estado provincial les
permitía obtener recursos vendiendo las tierras fiscales con bosques para que las exploten compañías de
capitales extranjeros, o a la elite ganadera y financiera porteña (cfr. Rosenzvaig, 1995, op. cit.).

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

aquellos vínculos que orientan en relación a los objetivos señalados desde un comienzo. Se
tomarán, entonces, aquellos procesos que tienen un impacto más directo sobre la formación
social de fronteras Chaco central, y el nuevo paisaje que introduce la dinámica de la expan-
sión del capital agroindustrial azucarero al articularse con el Chaco salto-formoseño.

Los ingenios azucareros

La producción azucarera en el norte argentino tiene antecedentes coloniales, no obstante


será hacia la década de 1840 que comienza a desarrollarse una producción de tipo fabril en
el Tucumán con la creación de los ingenios “La esperanza” (1845), “Lastenia” (1847) y “San
José” (1848). Aunque de tecnologías aún “primitivas”, la producción azucarera inicia
un proceso de desarrollo que apunta hacia mercados supralocales y aun internaciona-
les, principalmente hacia la década de los años ’70. Al calor de la inserción de la producción
en el mercado mundial, se produce también una serie de transformaciones tecnológicas
acordes a un modelo de organización del espacio productivo característico de las denomina-
das “agroindustrias” (Schleh, 1945).85
El proceso de innovación tecnológica se va a trasladar en poco tiempo hacia los
ingenios de Salta y Jujuy. En el ingenio Ledesma dicho proceso ocurre hacia mediados
de la década de los años ’70 y en el ingenio La Esperanza hacia 1883. Estos ingenios
correspondientes al denominado ramal salto-jujeño, de mucha mayor envergadura,
van a desplazar en el volumen de producción a los ingenios del Tucumán (Rutledge,
1987). Los requerimientos de capital de las nuevas tecnologías, entre otros factores,
produjeron un desplazamiento desde las pequeñas y medianas agroindustrias tucumanas
hacia las del ramal. Precisamente de los 82 ingenios azucareros que existían en Tucumán
hacia 1877 quedaron únicamente 34 hacia 1881, cantidad que quedó estacionaria
hasta 1915 (Iñigo Carreras, 1988: 14).
De manera tal que los grandes ingenios azucareros del ramal son los que tendrán una
participación cada vez más importante en la producción azucarera nacional ya en la década

85. Hasta la década de 1870 la fabricación del azúcar se realizaba utilizando trapiches de madera, movidos
por bueyes y mulas, las hormas para el vaciado de la miel eran de barro y para su solidificación de madera.
Toda la fuerza utilizada era humana o animal y solamente el proceso de blanqueo demandaba tres meses.
En cambio, hacia 1872, las fábricas ya contaban con trapiches de hierro, teniendo algunas, centrífugas de
vapor, aparatos de evaporación, generadores de vapor, filtros, etc. Al mismo tiempo que se habían
producido importantes innovaciones en los procesos productivos y de administración (cfr. E. Schleh, op.
cit., N. Iñigo Carreras, op. cit.).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

de 1880. Al mismo tiempo comienza a producirse un proceso en el cual sólo algunos


ingenios se transforman en “agroindustrias”, mientras que el resto, la mayoría de las fincas,
queda reducido a la condición de unidades de cultivo de caña. Esta división del trabajo no
afectará a los grandes ingenios que, al mismo tiempo, controlarán amplias extensiones de
cultivo y las últimas tecnologías de producción.

CUADRO F: Principales ingenios azucareros asentados en la periferia del Chaco (se excluyen los
ingenios de Tucumán)

Nombre Ubicación Propietarios Fundación


San Isidro Salta A. y P. Uriburu 1880
Primer correntino Corrientes J. López Somoza 1881
Las Palmas Chaco R. y C. Hardy 1882
Mercedes Santa Fe M.Ocampo Samanés 1883
La Esperanza(*) Jujuy Leach, M. Aráoz, A. Ugarriza
y P. Uriburu 1884
Formosa Formosa Mayer y Bonaccio 1884
Ledesma Jujuy D. Ovejero y A. Cerda 1884
Tacuarendí(**) Santa Fe Duncan Wagnes 1884
Germania Santa Fe E. Krof 1884
Union(***) Salta Flia. Figueroa 1884
La Mendieta Jujuy Alvarado y Müller 1892
Bouvier Formosa Nogués Hnos 1895
Pampa Blanca Jujuy M. P. Cornejo 1895

Fuente: Elaborado en base a Rosenzvaig, 1995, op. cit.


(*) A partir de 1895 pasa a ser patrimonio exclusivo de los hermanos Leach.
(**) Desde 1887 pasa a manos de la sociedad formada por Calzada, Giuliani, Zorrilla,
Portales y Sardá.
(***) En 1895 pasa a propiedad de Bonex y Revoux.

El proceso de desplazamiento de los ingenios tucumanos por parte de las agroindustrias azucareras
del ramal, si bien se consolida hacia principios del presente siglo, continúa en la década del ’20 y se
incrementará hacia la década del ’30 ante un nuevo ciclo de auge de la producción. Según datos de
Rutledge (op. cit.), entre 1930 y 1940 la producción azucarera argentina se elevó de 382.994 a
540.631 toneladas.86 Es decir que a pesar de la crisis y el estancamiento que caracterizaron a la economía

86. Hacia principios del siglo XIX, la estructura agraria del norte argentino se asentaba en la llamada
sociedad de hacienda de la Puna orientada al comercio con el Alto Perú. La paulatina decadencia de estas
haciendas comenzó con la independencia en 1810. A mediados del siglo XIX, la actividad más importante
se concentra en el valle de San Francisco a partir del cultivo y explotación de la caña de azúcar.

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DE LA COLONIA A LA NACIÓN

en el mundo capitalista, la producción azucarera en Argentina logra un aumento de un 70% en sus


niveles de producción, observándose que la tasa general de incremento se dio con mucha mayor rapidez
en Jujuy y Salta que en Tucumán.
La expansión en los niveles de producción y la concentración de las unidades de produc-
ción hacia finales del siglo pasado se vio incentivada por cuatro factores principales:
a) La creciente demanda mundial del producto y el alza de los precios del mismo.
b) La adquisición de máquinas de vapor para el procesamiento de la caña, lo que
incrementaba notablemente la productividad del trabajo de procesamiento.
c) La llegada del ferrocarril a Jujuy (1891), que permitía una salida del producto hacia el
mercado consecuente con el incremento de la productividad.
d) Políticas deliberadas por parte del gobierno nacional para la promoción de la produc-
ción azucarera de tipo agroindustrial, favoreciendo progresivamente la instalación de
grandes capitales en Salta y Jujuy, a costa de la pequeña producción tucumana.
La característica específica de los ingenios azucareros de Salta y Jujuy radicaba en su alta
concentración relativa de capital, expresada como se dijo en nuevas tecnologías, junto a la
posesión de grandes propiedades territoriales. Sin embargo, una de las limitaciones de seme-
jante expansión, y que debía resolver el capital agroindustrial azucarero en su proceso de
concentración, era la escasez también relativa de fuerza de trabajo. Ciertamente, en un
comienzo la pequeña producción azucarera tucumana acaparaba la casi totalidad de la mano
de obra disponible de la región. Dicha demanda laboral provenía de los limitados excedentes
de fuerza de trabajo producidos por la economía campesina de tipo pastoril del noroeste
argentino (Conti y Lagos, 1989).
Al mismo tiempo, el espacio de asentamiento de los nuevos ingenios salto-jujeños, si
bien disfrutaba de un acceso a grandes extensiones de tierra y a políticas de desa-
rrollo infraestructural por parte del estado, implicaba un limitante proveniente de la
estructura social fronteriza, caracterizada por los asentamientos de fortines, extensas
haciendas heredadas de antiguas “mercedes reales”, criollos empleados en dichas hacien-
das e indígenas aún no “reducidos” que en su mayoría constituían una población muy
escasa y heterogénea de acuerdo a los requerimientos de mano de obra del proyecto
agroindustrial azucarero (Lagos, 1993).
Los grandes ingenios requerían, cada vez en mayores cantidades, contingentes de mano
de obra, principalmente en las tareas de corte y acarreo de la caña. Mientras los establecimientos
azucareros mantuvieron una escala de producción pequeña y mediana, dichos requerimientos de
mano de obra eran cubiertos en su mayoría por el campesinado regional, pero cuando comienza
a producirse el proceso de concentración, la cantidad de caña de azúcar que había que implantar,
cosechar y acarrear aumentó en forma drástica por establecimiento.
Para resolver, entonces, el problema de la relativa escasez de mano de obra, típica de
las ramas agroindustriales que requieren una intensidad alta de mano de obra estacional
en contextos rurales con escasa densidad de población, no se dudó en recurrir a estrate-
gias de reclutamiento que implicaban el uso de la fuerza militar, llegándose incluso a

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

reclutar indios sometidos tras la ocupación militar del “desierto” pampeano-patagónico,


tal como ha sido enunciado anteriormente.87
Resulta de especial interés detenerse en las formas que adquiere el reclutamiento de
fuerza de trabajo indígena en la frontera, en aras de fundamentar aún más el rol específico de
la corporación militar en la configuración del “mercado de trabajo”.
Es de hacer notar que la producción de instrumentos de coacción “extraeconómica” que
tipifican las configuraciones del denominado proceso de “acumulación primitiva” del capital
venían dándose, ya desde décadas anteriores, en la formación social de fronteras.88 Ciertamente, ya
en las décadas de 1820 y 1830 se producen una serie de reglamentaciones dirigidas contra “vagos
y malentretenidos”, orientadas a la necesidad de obtener mano de obra para el desarrollo de
infraestructura pública y para la agricultura, a punto tal que la llamada “papeleta de conchabo”, y
por decreto del 22 de julio de 1830, se transforma en documento indispensable que debía portar
todo peón o empleado doméstico, incluyendo las mujeres, para no ser detenido.
Estos instrumentos apuntaban a un disciplinamiento social que tenía su funcionalidad
principal en los intentos por amortiguar los efectos de la escasez de mano de obra en el marco,
como se dijo, de la ocupación de ésta en la construcción de infraestructura pública, el trabajo
en casas de familia y en haciendas. Sin embargo, estaban dirigidos principalmente hacia los
trabajadores rurales y urbanos provenientes del campesinado regional. Cuando se produce el
proceso de expansión de las agroindustrias del azúcar iniciado hacia fines de la década de
1870, estos instrumentos no resultaban suficientes para proveer de los requerimientos de
fuerza de trabajo emergentes. De hecho, los propietarios de los ingenios van a presionar a las
autoridades para modificar el código de policía, para que los “vagabundos” descubiertos por
la policía prestasen servicios en sus ingenios.89

87. Hacia principios del año 1879 fueron trasladados hacia la provincia de Tucumán unos 500 indígenas,
luego de la ocupación militar en la Patagonia. Las declaraciones del General Roca sobre este tema muestran
también una clara intencionalidad respecto al compromiso del ejército ocupante respecto al modelo de
acumulación en gestación: “...Sometidos al trabajo que regenera la vida y ejemplos cotidianos de otras
costumbres, que modifican sensiblemente las propias, despojándoles hasta el lenguaje nativo como
instrumento inútil, se obtendría su transformación rápida y perpetua en elemento civilizado y fuerza
productiva...”. Carta del General Roca del 4 de noviembre de 1878 dirigida al entonces gobernador de
Tucumán adelantándole el proyecto de traslado (Citado en Mases, 1987: 100).
88. En 1823, el Cabildo de Tucumán dispone que “por medio de una partida zeladora se recojan todos
aquellos que se encuentren sin oficio ni veneficio por cuanto la agricultura de las quintas inmediatas y los
edificios que se fabrican absolutamente carecen de brazos obreros... de modo que reunidos en la cárcel se
distribuyan a los patrones que lo solicitan actualmente, como son los mismos que han reclamado ante el
procurador general donde igualmente se les deberá dar sus respectivas papeletas a fin de que el bago que
no manifestase la suya en cualesquiera parte donde fuera encontrado sea preso y entregado a un patrón que
se encargue de tenerlo acomodado con buena paga en su respectiva labor” (sic). Citado en Iñigo Carreras,
1988: 42.
89. El código de policía de 1856 exigía que los jornaleros se inscribieran en la policía e incluía normas
específicas tanto para empleadores como para empleados. El código de 1877 incluía nuevas disposiciones
para el trabajo forzado de “vagabundos”, “sirvientes”, e incluso “menores cuyos padres o tutores no fuesen
capaces de controlarles” (Iñigo Carreras, 1988: 44).

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

Comenzaban a avizorarse ya las nuevas modalidades que presentaba el problema estructural


de las relaciones interétnicas en la formación social de fronteras: el control y disciplinamiento de
nuevos contingentes de fuerza de trabajo, en el marco de la expansión del proceso de valorización
estrechamente vinculado a los mercados mundiales. Ciertamente resulta una interesante aunque
aparente paradoja el hecho de que a medida que se impulsaba y desarrollaba un modelo de
expansión agroindustrial, incorporándose nuevas tecnologías en los procesos productivos y orien-
tándose las producciones hacia el mercado mundial, se expandían también nuevas y más amplias
formas de coacción, de intervención sobre el “mercado de trabajo”, que los modelos de economía
política liberal consideraban “extraeconómicos”. En tal sentido, interesa profundizar sobre sus
características y especificidades.

Reproducción del capital, control territorial y “frontera laboral”

“Señor Jefe de la frontera del Chaco, don Juan N. Solá. Los subscriptos, propie-
tarios de los ingenios azucareros y plantaciones de caña de azúcar, a S.S. con
respeto exponen: que hace dos años vienen tocando con gravísimos inconve-
nientes para obtener los indios matacos necesarios para las labores de su indus-
tria, debido exclusivamente a la especulación que se ha despertado entre los
vecinos del departamento de rivadavia en connivencia con las autoridades pro-
vinciales y aún con los mismos Jefes de los Fortines que guarnecen la frontera;
especulación que ha convertido al indio en artículo de comercio, desde que sólo
se puede conseguir su servicio mediante el pago de cierta cantidad a los que han
adoptado este negocio, como honesto y lucrativo medio de hacer fortuna. S.S.
sabe que la industria azucarera que tantos brazos necesita para los múltiples traba-
jos que abarca, no cuenta con otros que los indios matacos, en esta provincia y la de
Jujuy, que vienen en la estación oportuna de la cosecha, trabajan seis meses y
regresan a sus tolderías llevando el fruto de su trabajo en artículos de vestidos,
herramientas de labranza, animales, etc. Como a S.S. le consta, este comercio de
relaciones entre el hombre civilizado y el salvaje, y el empleo provechoso que ha
hecho la industria y la agricultura de este elemento perjudicial y que servía de
constante amenaza en la Frontera ha traído por consecuencia la reducción de un
gran número de tribus, convirtiendo así al indio en brazo auxiliar del trabajo que
más tarde será la base fecunda de riqueza para nuestro país (...) En las facultades
de S.S. está evitar que estas irregularidades continúen siempre que se quisiera
adoptar el procedimiento que nos permitimos indicar: en el mes de enero de cada
año, los subscriptos elevaremos a la comandancia de frontera una solicitud ex-
presando el número de indios que precisamos para nuestros trabajos. S.S. pasaría

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

estas solicitudes al jefe o jefes de fortines, ordenando que se haga la reunión de


los indios en el número solicitado para que, a fines de febrero o principios de
marzo, época en que irían los mayordomos a traerlos, les fuesen entregados en la
cantidad que hubieran sido pedidos. Para evitar todo entorpecimiento, o los
abusos que pudieran surgir, cada mayordomo iría munido de una credencial
otorgada por la Comandancia de Fronteras que lo acreditase como tal. Esta
credencial debe solicitarla el interesado en la oportunidad debida...”90

Esta nota enviada por los propietarios de los principales ingenios al Jefe de frontera es
sintomática del conflicto producido entre el modelo de control territorial basado en una
“colonización militarizada” del territorio y el imperativo de la valorización de la fuerza de
trabajo aborigen del Chaco central.
Al complejo entramado de intereses fronterizos, sin dudas de alta conflictividad interétnica,
que implicaba la instalación de fortines, haciendas y reducciones en la frontera con el indio,
se sumaba ahora el imperativo del reclutamiento para estos nuevos actores de la “moderni-
dad”: los ingenios.
Si bien resulta dificultoso dar cuenta con precisión de aquel entramado de intereses en la
frontera de fortines, en la medida en que los “documentos”, en tanto enunciados y prácticas,
poseen la carga de sentido general enunciada a manera de obliterar los intereses específicos
puestos en juego, pueden identificarse algunas pistas para, al menos, dar cuenta de su
complejidad y contradicciones emergentes. Por un lado, tal como se ha descrito, se observa la
impronta de la expansión militar sobre los territorios de recolección, caza y pesca, de la
población indígena que, mediante el uso de una superioridad militar táctica, avanzaba e
instalaba fortines. Pero, una vez producido el avance, estos fortines quedaban a merced de la
capacidad de los jefes para “negociar” con los caciques tanto el aprovisionamiento que no era
garantizado por la comandancia central como así también la compensación “territorial” para
detener los intentos de ataque que, ante una posible situación de mayor capacidad táctica,
podrían realizar –y, de hecho, lo hicieron cuando dichas circunstancias se dieron– las parcia-
lidades indígenas.
Ni las campañas ni los fortines, más allá de los discursos altisonantes de la co-
mandancia central, garantizaban la pretendida “pacificación” de la frontera, al
menos en lo concerniente a una situación de cierta estabilidad deseada desde los
intereses del capital, entre otras razones porque sencillamente producían efectos
contrapuestos: como se dijo, las campañas avanzaban sobre pactos territoriales y
de relaciones económicas interétnicas establecidos en la frontera de fortines y esto
conducía a la resistencia indígena y a la re-producción de la “guerra”.

90. Extracto de la nota enviada al Comandante Solá por prácticamente la totalidad de propietarios de
ingenios azucareros de Salta y Jujuy y reproducida en Schleh, op. cit.: 333-4.

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

Los pactos territoriales informales entre comandantes de fortines y caciques implicaban,


al mismo tiempo, que algunos contingentes de indios trabajasen para las fincas de la propia
oficialidad y de colonos ganaderos asentados en sus inmediaciones; sin embargo, estos pactos
tendían a romperse rápidamente a causa de las condiciones de explotación a que eran some-
tidos los indios, “enganchados” en las fincas o presos en los fortines. De hecho, una campaña
militar desde Salta conjuntamente con la Guardia Nacional hacia el Chaco salteño se produ-
ce como represalia a la resistencia encarada por parcialidades wichí a la Colonia Rivadavia.
El etnocidio que implicó esta campaña militar de represalia produjo en cierta medida un
punto de inflexión en la intervención militar. A partir de allí será el ejército nacional, inician-
do el ciclo de campañas militares analizado en el capítulo antecedente, quien asuma la
centralidad político-militar del control de la frontera, esta vez encarnando un discurso que
pretendía ser funcional a los intereses por retener la mano de obra indígena y detener el
exterminio o la huida de éstos hacia el monte.91
Así N. Uriburu, comandante de la campaña de 1870 hacia la frontera, se compromete a
interceder entre algunos caciques wichí y los dueños de obrajes de la región del Bermejo para
que los primeros presten servicios en dichos obrajes (Scunio, 1972).

“...Me he dirigido por una circular a todos los propietarios que, en sus faenas rurales,
ocupan indios, solicitando de ellos me hagan conocer el número de brazos que precisan
en sus labores para el tiempo de las cosechas, desde mayo a setiembre inclusive, y que
también remitan a la Comandancia, en oportunidad, los encargados que deban con-
ducir a los indios hasta los establecimientos del interior, que algunos se hallan situados
a distancia de ciento sesenta leguas de las tolderías. Allí se fijará el salario, raciones,
condición y todos los detalles necesarios para que el indio quede satisfecho y el agricul-
tor también, teniendo esos brazos seguros a un módico precio.”92

Este mismo discurso fue sostenido por Uriburu para con otras fracciones de la burguesía
que comenzaban a preocuparse también por la escasez de mano de obra indígena. De allí la
solicitud que la patronal de los principales ingenios envían a la Comandancia de Frontera y que
ésta eleva al mismo Uriburu reproducida al comienzo. En el mismo sentido se han señalado ya
en el capítulo anterior discursos semejantes por parte de las comandancias de frontera y los Jefes
de las campañas de conquista y, por lo tanto, se obvia aquí insistir con datos al respecto.

91. La gestación de algunos “malones”, como en este caso, tenía su origen en semejantes condiciones de
inestabilidad en la frontera, la superexplotación, los avances militares de acorralamiento y la resistencia a
perder definitivamente, por parte de los indígenas, el relativo control que aún mantenían sobre sus condiciones
de existencia en el monte. La ofensiva militar encarada hacia finales de 1860 como represalia por parte de la
Guardia Nacional y la comandancia de Salta implicó la aniquilación o huida de 3.000 familias indígenas de
las cuatro mil residentes sobre la costa de Bermejo, según un informe de N. Uriburu (en Fontana, op. cit.).
92. En Uriburu, Memorias de guerra. 1871. Buenos Aires, citado por Iñigo Carreras, 1988: 38.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Sin embargo, es importante preguntarse hasta qué punto el reclutamiento forzoso,


que aparecía como la nueva modalidad de intervención militar que imperó desde la
misma campaña de Uriburu, resultaba una práctica sistemática por parte del ejército.
Más allá de sus propias declaraciones y las de la mayoría de los jefes que comandaron
campañas militares en el Chaco, sus “discursos”, que prometían garantizar el recluta-
miento ansiado, resultaban en prácticas que de hecho los contradecían, pues la presencia
militar producía la respuesta defensiva del indígena que huía hacia los interiores de sus
territorios relativamente controlados: el interior del Chaco central. Cierto es que en
algunos casos los jefes militares lograban un reclutamiento forzado cuando “capturaban”
algunas parcialidades y, entonces, a modo de trueque por la vida, obtenían la tan ansiada
mano de obra solicitada (tal es el caso del mismo Uriburu, quien, por otra parte, tenía
familiares que eran dueños o que participaban en la dirección de dos ingenios del ramal),
pero la “demanda” de mano de obra superaba ampliamente esta “oferta”. En estas condi-
ciones, en lo concreto y más allá de las declaraciones, fue la patronal misma la que tuvo
que asumir como propia la tarea del reclutamiento.
Independientemente de sus objetivos e “intenciones”, las campañas militares eran
incursiones limitadas en el tiempo; lo que permanecía como cotidianidad en la frontera
eran relaciones interétnicas específicas basadas en intereses económicos concretos que se
disputaban el control de la mano de obra. En ese sentido, los fortines retenían y expul-
saban a la población indígena en función de su propia lógica reproductiva, y era ello lo
que entraba en conflicto relativo con los intereses de las distintas fracciones del capital
agroindustrial en gestación.
Realizando una lectura cuidadosa y debidamente contextualizada, la nota enviada
por los patrones parecería expresar ante todo el interés de éstos por eludir los costos
que implicaba tener que pagar una compensación (léase “coima”) a la comandancia de
los fortines, quienes se erigían como mediadores entre las parcialidades indígenas y los
contratistas (mayordomos) que llegaban a reclutar mano de obra.
En consonancia con ello, la respuesta del Comandante de Frontera del Chaco J.
Solá a los patrones de los ingenios, no hace ninguna referencia al problema planteado
en torno a las compensaciones aludidas, señalando únicamente su conformidad e indi-
cando que los mayordomos deben reintegrar los indios a la frontera. Además, el tono
de la misma parece ser más de índole burocrática que de toma de medidas concretas:

“Me es satisfactorio acusar recibo a la solicitud que se han servido dirigirme con
fecha 5 del mes actual, relativa a la extracción de indios en la frontera de mi
mando, como trabajadores en los ingenios azucareros de vuestras propiedades.
Al aceptar las proposiciones que en la solicitud se notan, imparto en la fecha
orden al Jefe accidental proceda de conformidad a lo solicitado, y sólo me permi-
to añadir que sería conveniente que los mismos capataces que van a la frontera a

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

sacar indios deben conducirlos a la frontera una vez concluidos los trabajos, para
de esta manera evitar la dispersión de los indios y robos cometidos por ellos”.93

A medida que se expandían las agroindustrias del azúcar, se tornaba más imperiosa la
necesidad de garantizar la “extracción de indios” de la frontera, convirtiéndose en la proble-
mática tal vez más acuciante para la expansión del capital agrario. Sin embargo, no serán las
campañas militares las que garantizarán el reclutamiento necesario, sino, tal como ha sido
señalado, la misma patronal de los ingenios. Independientemente de ello, los jefes de campa-
ña insistían permanentemente en su rol de reclutadores y disciplinadores ante el gobierno
nacional, a pesar de que las mismas tendían a producir el efecto contrario. Tal como se
observó en el capítulo precedente el discurso militar de los jefes de campaña insistía en aquel
rol que le cabría por “necesidad” a su institución. Desde Victorica en 1884 hasta Rostagno en
1911, el énfasis en tal sentido resulta sintomático:

“La penetración pacífica, conquistadora de nuevas regiones de colonización, no debe


degenerar en el exterminio por hambre del indígena que huya hacia el Paraguay o
Bolivia al ver el avance del Ejército al que tanto temor tiene” (Rostagno, 1911: 34).

Disciplinamiento laboral: reducción y valor

Hay también, en la misma dirección apuntada anteriormente, propuestas de


disciplinamiento de la fuerza de trabajo por parte de la propia conducción militar, que diferían
de las planteadas en el ámbito de otras instancias del poder (p.e. parlamentario y eclesiástico),
sobre todo en lo que respecta al rol de las denominadas “reducciones” indígenas, que resultaban
contradictorias con la intención de que los indígenas se incorporen a los ingenios. En el informe
de Uriburu se hace una referencia crítica hacia el papel que jugaban las misiones católicas en el
Chaco, señalando su incapacidad para “disciplinar” y “mantener fijos” a los indígenas, por lo
que propone como alternativa “reducciones o misiones militares” (Iñigo Carreras, 1988: 37).
En el mismo sentido se expresaría Rostagno cuarenta y un años después, en un contexto
de profundización aún mayor del problema de disponibilidad de mano de obra:

“La misión civilizadora del indígena, que es el complemento de la acción militar, no


es fácil ni se improvisa. Hay un error grave en suponer que el indio es y debe ser
considerado como un menor de edad. No es con reducciones de misioneros, frailes o

93. Nota de respuesta enviada por J. Solá “a los señores hacendados don Miguel Aráoz, don Ramón
Cornejo y otros más”, citada por Schleh, op. cit.: 333-4.

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civiles, o mejor dicho con sistemas en que imperen los procedimientos de las misio-
nes, que se llegará a transformar al indio. A éste no es posible someterlo a un trabajo
regular, metódico, a horas fijas que marque la campana, corneta o silbato del capataz,
ni creer que el indígena trabaje contra las tentaciones que la naturaleza le ofrece en
épocas determinadas, dándole chañar, algarrobo para comer y hacer el alcohol que se
llama aloja, miel, caza y tantas otras cosas, que en estas zonas cálidas se producen con
abundancia. No se rompen tampoco hábitos de muchas generaciones de un día para
el otro y sobre todo cuando se crean antes necesidades que impongan trabajos para
ganar los medios que los sustenten” (Rostagno, 1969: 13-25).

La referencia crítica hacia las reducciones se relaciona directamente con la cuestión de la


disponibilidad de mano de obra para este nuevo ciclo de expansión. Más allá de un aparente
cuestionamiento al paternalismo misional, lo que Rostagno argumentaba era que las reduc-
ciones retenían mano de obra durante todo el año. Ciertamente, lejos de ser “lugares” de
protección o bien de “reeducación” de la población indígena, las reducciones funcionaban
como mecanismos de organización de emprendimientos económicos en el que estaban invo-
lucrados, en ocasiones, ganaderos, algunos militares e incluso curas que explotaban la mano
de obra indígena en su provecho, aunque con muy baja “productividad”. Sin embargo,
diezmado ya cualquier intento de enfrentamiento armado, la reducción era un lugar de
concentración y posibilidades de relativa negociación de ciertas condiciones de existencia
para la población indígena: entre otras, la de continuar usufructuando parte del monte.
Desde el mismo Ministerio del Interior, a su vez se señalaba la ineficacia de las reducciones,
a pesar del reconocimiento explícito de su función “economizadora”, esta vez con el argumento
de un supuesto modelo de “evolución” por el que necesariamente deberían atravesar las pobla-
ciones del Chaco antes de ser considerados sus integrantes como cualquier otro colono:

“El sistema argentino de reducción del indígena consiste en proporcionar a éste un


trabajo inmediatamente remunerador que permita cubrir los gastos que ocasiona la
alimentación de tan grande número de personas, sin causar erogaciones al tesoro públi-
co; esto es a base de una organización financiera y comercial autónoma. Es por estas
razones que la industria elegida para dar trabajo a los indios ha sido la de elaboración
de maderas y no la agropecuaria, como en las Misiones Religiosas. Pues sin descono-
cer las grandes ventajas educativas de esta última, no escapará a la alta penetración de
V.E. que, en cuanto al indio se refiere, constituye un grado superior en su evolución
y que no se puede llegar a él de primera intención. El obraje es punto intermedio
entre la vida nómade del salvaje cazador, pescador o pastor y la del agricultor, elemen-
to de producción estable y arraigado a la tierra que cultiva”.94

94. Extractado de Ministerio del Interior, 1915-16. T. II: 85.

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

En la perspectiva discursiva de los jefes militares, el enganche del indígena sólo sería eficaz si se
rompía definitivamente todo vínculo, por más débil que fuese, con la modalidad cazadora reco-
lectora de reproducción de la vida. Pero ello era contradictorio con el empleo estacional que
promovía el Ingenio. Si bien la zafra duraba un tiempo relativamente largo del año (de mayo a
octubre), el resto del año la población reclutada debía retornar al monte para procurar su sustento.
Detrás de los discursos en torno a la ineficacia de las reducciones, se esconde también el
interés corporativo del ejército por continuar siendo el centro del escenario institucional, al
insistir en la construcción de reducciones militarizadas a pesar de su “fracaso” en el proyecto de
disciplinamiento pretendido. Ejemplo de ello es, en el Chaco oriental, el caso de la conflictiva
experiencia de la reducción Napalpí (Cordeu y Siffredi, 1971; Iñigo Carreras, 1983, 1984).
Es que en el proyecto de dominación emergente, la construcción de la nación “imagina-
da” mediante la reproducción de una “guerra” hacia una población que nunca la había
declarado, había ya logrado posicionar de manera clave a la corporación militar. Ese lugar
constitutivo de la primacía militar en la organización política y económica de los territorios
nacionales, parecía responder a la configuración de una cierta autonomía relativa de dicha
corporación respecto a las fracciones dominantes del capital. De otra manera, no es posible
entender la recurrencia de la guerra de exterminio, los reiterados etnocidios que se reprodu-
cían en la frontera, más allá de los voluntaristas discursos de los comandantes.
Por ejemplo, en 1902, los vecinos de la localidad de Victorica en el departamento de
Rivadavia (Chaco salteño), informaron a las autoridades que un grupo de aborígenes
“merodeaban” alrededor del pueblo. El teniente Avalos, a cargo de un destacamento
de la zona, seguido por soldados y civiles en armas se encuentran con unos cien indíge-
nas que habían establecido un campamento en un paraje denominado El Churcal.
Mientras recogían algarroba fueron sorprendidos y baleados a mansalva; a los heridos
se los ató en grupos de 5 o 6, mujeres y niños incluidos, y luego fueron degollados. Sólo
seis lograron escapar.95
Algunas veces, lograban huir ante la presencia del ejército. La memoria de la infancia de
un inmigrante escocés residente a escasos kilómetros del Ingenio Las Palmas, recuerda un caso
ocurrido entre 1906 y 1907:

“...Venían estas tropas con la orden de no perdonar a ningún indio (solían venir con sus
mulos cargados con pertrechos, carros, caballos, los soldados con fusiles y equipos
completos, todos montados). Por papá, que trabajaba en Las Palmas, supimos que venía
un regimiento punitivo en viaje hacia fortín Roca. Entonces, mamá mandó avisar
rápidamente a los indios que vivían en las tolderías, cerca de casa. Trajo a casa a los indios
que estaban carpiendo caña y a veinte de ellos los encerró en el gallinero. Era un
gallinero todo cerrado, no se podía ver afuera lo que estaba adentro. Alrededor de una

95. Extraído del diario La Prensa del 1 y 2 de mayo de 1899, citado por L. Fuscaldo, op. cit.: 49.

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hora después, aparecieron los primeros soldados. Para entonces, ya todos los indios de
las tolderías habían desaparecido, se habían metido en los montes (...) mamá en su
medio castellano (...) le dijo al sargento: –indio, indio muy bueno, pobrecito, indio
muy bueno, muy bueno. El sargento, retorciéndose los bigotes, le contestó: –mire,
señora, yo conozco solamente a un indio bueno y ese indio es un indio muerto”.96

Situaciones como las descriptas se reiteraban en toda la frontera con mayor o menor
frecuencia, produciendo –como se dijo– resistencias por parte de las parcialidades indígenas
cuando las condiciones así lo permitían, reflotándose el círculo de la violencia ejército-indios.
Y, nuevamente se diseñaba una campaña general (Rostagno) que tendía a expulsar a la
población aún más hacia el interior del monte; luego de lo cual se restablecían negociaciones
con algún cacique para incorporar a su gente a los trabajos de las haciendas...
Este esquema, hay que reiterarlo, parece tener poco que ver con las demandas coyuntu-
rales de mano de obra barata de los emprendimientos agroindustriales regionales. De hecho,
los indios que buscaba el sargento mencionado en el relato estaban trabajando en el mismo
ingenio hacia el cual sus superiores debían, según sus propios enunciados discursivos, desti-
nar a la población indígena. En el mismo sentido, aunque en otras circunstancias, los discur-
sos y prácticas de patrones y militares no apuntaban necesariamente en la misma dirección.
En un almuerzo realizado en el marco de la fundación de la colonia San Carlos, cercana al
ingenio Las Palmas, fue presentado ante los comensales, entre los que se encontraban los patrones
del ingenio, colonos inmigrantes que trabajaban en el mismo y miembros del ejército, el cacique
“Chacarero”, nominado como un ejemplo, un modelo de disciplinamiento. Interpelado a emitir
unas palabras, y consciente del significado simbólico del apodo impuesto y del ritual de su
presentación en la sociedad local, Chacarero expresaría: “nosotros ya no robando ni matando sino
trabajando”. Luego de los consecuentes aplausos generales, el general Vedia propone a los asisten-
tes la realización de una colecta “para regalarle una habitación”. Hardy, el inglés patrón del ingenio,
tal vez de convicciones más funcionalistas, sabiendo claramente lo que estaba en juego en ese acto,
de acuerdo a sus intereses específicos, dona al grupo de Chacarero 40 hectáreas de tierra “para que
se establezcan definitivamente entre la gente civilizada” (Carrasco, 1889).
En el modelo militar, el indio no es merecedor de tierras, no ha alcanzado aún el “estadio”
de la civilización (el imaginario de la revolución neolítica) o, tal vez, nunca lo alcance; su
única alternativa es la desterritorialización, su destino es el de integrarse al nuevo espacio de
la producción para “regenerarse” en la disciplina laboral; la tierra lo tienta demasiado, lo
conserva en su “salvajismo”: para la comandancia del ejército nacional la tierra es “su” patria,
porque de hecho se siente dueña después de la “guerra”. En el modelo del patrón, de códigos
estrictamente contables, la retención de su fuerza de trabajo y la reproducción de la misma a
los más bajos costos resultan su prioridad, su patria es el ingenio.

96. En G. Adamson y M. Pichon-Rivière, Indios e inmigrantes. Una historia de vida. Buenos Aires,
Galerna, 1978: 19-20.

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Reclutamiento y condiciones de trabajo

Hacia la primera década del presente siglo, los 15.000 trabajadores que absorbían los
ingenios saltojujeños para la zafra provenían, en su mayoría, de la población india chaqueña
(Rutledge, 1987: 165).
El enganche de los trabajadores en el monte era posible, entonces, por dos razones
centrales: a) por las limitaciones de productividad cazadora-recolectora y pesquera de las
parcialidades indias para la reproducción de la vida, habida cuenta del acorralamiento en los
espacios de menor oferta ambiental, y b) por la ocupación territorial de los criollos ganaderos
fronterizos, que profundizó la crisis reproductiva de la población india, proceso –éste– que
por su especificidad será tratado en un capítulo aparte.
Los indios del Chaco que se desplazaban hacia la zafra eran reclutados hacia mediados de
marzo, coincidiendo con el inicio de la estación seca, es decir, de menores rindes de las
actividades de recolección caza y pesca. Esta situación constituiría un elemento de importan-
cia en el éxito de la patronal en lograr el reclutamiento de fuerza de trabajo: al llegar los
“contratistas” a las poblaciones indígenas, la escasez de alimentos para la subsistencia tendía a
propiciar el “enganche”.
El contratista llegaba con alimentos; en los primeros tiempos arreaba ganado en pie para
carnearlo durante el tiempo que demandaba recorrer los varios cientos de kilómetros hasta los
ingenios principales: San Isidro en Salta, y Ledesma, La Esperanza, San Pedro y Río Grande
en Jujuy. Ese recorrido debía realizarse a pie hasta el momento en que fue inaugurado el
ferrocarril Formosa-Embarcación en 1930 (Gráfico-Mapa 5).
Este “modelo” de reclutamiento organizado por la patronal de los ingenios usufructuaba la
mediación de estos contratistas (denominados “mayordomos”) que por lo general eran comer-
ciantes locales (bolicheros) que se establecían en los fortines o en las reducciones militares y
hacían “negocios” con las parcialidades indígenas. Dicho negocio consistía, entre otros, en
“adelantos” de mercancías, ganado, etc., que constituían un primer activador del interés indíge-
na por el enganche. Estos adelantos eran realizados a los caciques de las distintas parcialidades,
quienes se encargaban de organizar a los grupos que migrarían hacia los ingenios. Este mecanis-
mo es también un indicador de la relativa capacidad de retención que ejercía el monte sobre la
población india (cfr. Bialet Massé, 1973; Rutledge, 1987).
A pesar de aquella importante absorción de fuerza de trabajo estacional, el sistema de
enganche mediante el cual la patronal accedía a la mano de obra indígena no dejaba de
constituir una limitante a la disponibilidad sistemática de la misma en los momentos y
condiciones requeridas por el capital.
Uno de los elementos de dicha limitación relativa se expresaba en el hecho de que la subsunción
del trabajo por el capital estaba basada en la modalidad recolectora-cazadora de los procesos de
trabajo indígenas, que eran preexistentes a la intervención del propio capital. Ciertamente, aún
reducidos y acorralados en un espacio “marginal” (incluso desde las mismas actividades reproductivas

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GRÁFICO - MAPA 5: Trayectos principales de las migraciones estacionales hacia los ingenios salto-jujeños

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Fuente: elaboración propia.
OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

de la vida india), el monte, aquel almacén primitivo de víveres, aunque cada vez en forma más
limitada, continuaba siendo un espacio de retención relativa de la población.
Pero esta capacidad relativa de retención del monte era también, en otro aspecto, funcio-
nal al proceso de valorización: permitía la reproducción de los productores durante los meses
en que éstos no eran incorporados al proceso productivo del ingenio. Este trabajo de repro-
ducción no “pagado” por el salario horario, es decir, la reproducción física de los trabajadores
indígenas cuando éstos no se encontraban en el ingenio, de hecho era pagada por la econo-
mía doméstica basaba en la recolección, la pesca y la caza.
Sin embargo esta situación que podría denominarse de “relativo equilibrio inestable” (en las
condiciones de sometimiento descriptas) entre la reproducción de la vida en el monte y la
reproducción del capital en los ingenios, tendía a traducirse en situaciones de conflicto por
varias razones. Una de ellas y ya enunciada, era generada por la propia lógica de la expansión
militar que no sólo incrementaba el círculo de violencia, sino que expulsaba permanentemente
a la población indígena hacia los interiores del monte e incrementaba (paralelamente al extermi-
nio de importantes contingentes de población indígena) formas de resistencia y de organiza-
ción de las parcialidades de carácter defensivo. Este proceso tendía a producir escasez en la
disponibilidad de la fuerza de trabajo indígena, que debía dedicar parte de su tiempo a estas
acciones. Una segunda, y paralela a la anterior, era la generada por la expansión territorial de
colonos que apoyados por las fronteras de fortines y los avances militares apostaban a la expul-
sión de la población indígena de los territorios accesibles por los contratistas de los ingenios.
Ambas situaciones combinadas produjeron, además, transformaciones substanciales en la “oferta
ambiental” tradicional a partir de la cual basaba su reproducción la economía doméstica india
(el impacto mayor fue en un primer momento sobre la caza de animales de relativa talla que
fueron desplazados por la presencia vacuna; sin embargo, estas transformaciones, por su com-
plejidad e impacto, serán analizadas con mayor detalle más adelante). Una tercera, se relaciona
precisamente con el carácter territorial de la reproducción de la fuerza de trabajo, ya que daba
lugar al modelo de disciplinamiento del tipo de las misiones y reducciones que, como se ha
observado, por su propia dinámica tendían a una retención (más allá del “tiempo necesario”) de
la mano de obra indígena. Por último, estas configuraciones contradictorias tendían a
incrementarse con la expansión de otros frentes de valorización del capital agrario; tal es el caso
de la producción algodonera que comienza un período de auge hacia la década de 1920.
Esta contradicción entre reproducción de la vida y reproducción de distintas fraccio-
nes del capital agrario pretendía ser resuelta, como se ha planteado, mediante modelos
coercitivos de reclutamiento que fueron delegados por el propio estado “modernizador”
hacia la corporación militar, a pesar de que en la práctica la propia corporación militar, en
función de sus propios intereses, tendía a agudizar aquella contradicción que, considera-
ban, estaban destinados a resolver.
El proyecto de reclutamiento producido por la misma patronal de los principales
ingenios del ramal se inscribe en aquellas contradicciones. Así, la modalidad de enganche
significaba, al mismo tiempo, un costo adicional para el capital azucarero. Estos costos

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tenían dos componentes principales: uno estaba representado por aquellos gastos directos
requeridos en personal, transporte, alimentos, etc., que resultaban de la puesta en marcha
de aquellos largos y penosos viajes al monte en búsqueda de indios (y cuando no, por las
“compensaciones” que debían dejar en los fortines de frontera). El otro estaba representa-
do por la inseguridad en llegar a reclutar el contingente demandado en el momento
oportuno, es decir, en el período de la zafra. Sin embargo, los relativamente altos costos de
reclutamiento a los que se enfrentó la patronal eran reingresados en la contabilidad del
ingenio mediante formas de retribución del trabajo que implicaban la retención coercitiva
del salario horario. Mecanismo a través del cual el trabajador quedaba en situación de
deudor permanente por los adelantos obtenidos en mercancías para hacer frente a su
“subsistencia” durante el período de contratación en el ingenio.
Aún más, las limitantes no sólo se expresaban para la patronal en los costos de recluta-
miento, sino también en la forma de reproducción de dicha fuerza de trabajo estacional, ya
que, como se dijo, el trabajo en los ingenios abarcaba un período muy amplio del año
(prácticamente siete meses, contando el tiempo que demandaban en un comienzo los largos
y penosos viajes del monte a los ingenios y viceversa), por lo que afectaba no sólo a las
actividades principales de recolección, sino también a la pesca, actividad específicamente
masculina y para la cual se requiere determinada aptitud física y destreza, por lo que la
migración de los jóvenes a la zafra significaba una limitación sustantiva a la capacidad reque-
rida en esta actividad como mecanismo reproductivo.
Desposeídos y presionados en el monte, los agrupamientos indios se sometieron al
reclutamiento, ya sea en los obrajes madereros o bien en aquellas fracciones más dinámicas del
capital agroindustrial representadas por los ingenios azucareros, como forma de limitar el
exterminio físico, o trocarlo por las nuevas relaciones de producción prevalecientes.
La relativa capacidad de retención del monte, en el contexto del proceso de proletarización,
se expresaba también en las resistencias producidas por la población india ante los ensayos de
disciplinamiento intentados al interior de los propios ingenios, en los que, esta vez, participa-
ban fuerzas policiales. Tal como recuerdan los mismos protagonistas.

Memorias y contranarrativas del ingenio

En la conformación de subjetividades por parte de los trabajadores indígenas de los inge-


nios, aparece marcadamente el recuerdo de las formas de explotación y disciplinamiento de su
fuerza de trabajo por parte del capital agroindustrial. Se han seleccionado dos formas de
expresión de la memoria: una, que dando cuenta de las vivencias sobre los viajes y las condicio-
nes de trabajo en los ingenios, se propone contar esa “historia” tal como los paisanos la perciben,
señalando las condiciones de explotación a partir de hurgar en el recuerdo desde un espacio

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colectivo y acordado (producido por el proceso de investigación y las acciones de extensión


encarados en el marco de los objetivos de este libro), y otra, que podría señalarse como más
tradicional, que se expresa en formas narrativas que generalmente se asocian al género de los
cuentos populares o al mito. Sin profundizar aquí en los significados diferenciales de ambas
formas de expresión de la memoria, puede decirse en principio que si la primera forma se activa
como intento de la conciencia por producir sentidos en un espacio de “interés” coparticipado
(en este caso, universidad-comunidades) y, por lo tanto, de expresar una demanda, la segunda
representa, en forma tal vez más sutil que la anterior, el interés por “mantener” en la conciencia
una experiencia colectiva, puesto que la lógica de la dominación hizo mantener obliterada
cualquier forma de reivindicación tendiente a expresar los intereses de los sujetos involucrados.
Si lo expresado hasta aquí tiene sentido, entonces podría afirmarse que mientras en el último
caso las demandas y reivindicaciones de los actores sociales debieron exiliarse en la narrativa
popular, con los relatos producidos por la activación crítica de la memoria, re-encuentran un
lugar, retornan al territorio de las demandas. De todas maneras ambas formas no son excluyentes,
sólo tienden a expresar, mediante instrumentos distintos, producciones de la conciencia,
objetivaciones de la experiencia colectiva.
Los dos primeros relatos que se transcriben, dan cuenta de la manera en que los
paisanos recuerdan la explotación en la vida cotidiana de los ingenios. El primero de ellos
hace referencia a las condiciones del viaje hacia los ingenios, y el segundo a las condiciones
de trabajo al interior de los mismos. Ambos, como en otros casos, son el resultado del
trabajo sobre la memoria colectiva, realizado en los “talleres de historia y memoria crítica”
organizados, como se dijo, en el marco del trabajo etnográfico y extensionista llevado
adelante por el autor en colaboración con otros investigadores. Posteriormente, se analiza
un relato del segundo tipo citado que refiere, en sus propios códigos narrativos, a proble-
máticas semejantes.97

“Tabacal, Ledesma, Mendieta, y en todos esos lugares trabajábamos nosotros.


Somos los primeros que conocemos el trabajo, ¡y ellos nos dicen flojos! Trabajába-
mos en el surco, rayábamos, pelábamos, cortábamos con hacha, con el pico... yo
nunca me olvido, soy de los principales entre los indígenas que trabajábamos allí.
Veníamos del Chaco a pata, a pie, hasta estación Ballivián. Después seguíamos
hasta Embarcación y pasábamos el Bermejo en chalanas, y de allí a pié al ingenio.

97. Los “talleres de historia y memoria crítica” constituyen una herramienta metodológica construida en el
marco del proyecto de investigación “Memoria crítica y configuraciones de la identidad en el Chaco central
argentino”, de la programación UBACyT 1994-1997 y del programa de Extensión Universitaria “Nosotros
los Otros” (SEUBE-Instituto de Ciencias Antropológicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Eran más de doscientos cincuenta quilómetros los que caminábamos para ir a


trabajar. Veníamos desde Santa Victoria Este hasta Tartagal y allí hacíamos un
alto... nos quedábamos a orillas del río sin nada que comer. Sólo teníamos el asao de
pescado para el camino... la gente cargaba con chiquitos, muy triste era eso. Cuan-
do terminaba el trabajo, teníamos que volvernos otra vez a pié. En el año 1933
murió mucha gente por sed en el camino; tiraba las cosas que traía... harina, ropa,
galleta, todo, y moría por sed. Sólo se salvaron algunos que traían caballo y fueron
hasta Palmar, pero mucha gente murió por sed, chiquitos, todo eso... esa era nues-
tra vida: y todavía dicen que somos flojos, que no servimos... nosotros somos de los
principales, nunca nos van a enseñar a nosotros lo que es el trabajo; sabemos hacer
regleras, sabemos hacer canales ¡sabemos todo para hacer!” 98

II

“Yo estaba con esa gente, porque fui junto con los chorote cuando viajamos al
ingenio. Los milicos me agarraron y me metieron en el corral de las mulas, entonces
los milicos revisaron a la gente, los tocaban para ver si tenían cuchillos y otras armas.
Entonces, cuando los milicos nos agarraron, le dije a mi compañero: –hay que
guardar bien los cuchillos. Entre nosotros conversábamos sobre qué podíamos
hacer cuando estábamos en el corral de las mulas. Yo pensaba que los milicos nos
iban a meter tiros, pero ellos sólo nos quitaron las cosas... Eso era lo que hacían los
milicos. A veces yo me acuerdo de lo que pasaba antes. Nosotros les teníamos
mucho miedo a los milicos. Las mujeres tenían más miedo todavía. A ellas también
las metieron junto a los hombres en el corral de las mulas. Al rato llegó un hombre
que se llamaba Lucio Cornejo y al llegar dijo: –miren hijos, ustedes no van a tener
problemas–. Así era lo que dijo Lucio Cornejo. Entonces el problema con los
milicos pasó. El patrón dijo: –bueno ahora ustedes no tienen más problemas pero
se tienen que volver a sus casas–. Entonces ese hombre le pagó muy mal a la gente.
A algunos les dio cien pesos, a otros les dio cincuenta pesos. Al que había trabajado
más le dieron cien pesos. A pesar de que los ingenieros se enojaron mucho con la
gente, los llevaron con un transporte... Desde el día que la gente iba para el ingenio,
no se tenía noticias de ellos. Recién cuando la gente regresaba a las comunidades,
los que quedaban se enteraban que algunos habían fallecido, allí se enteraban
algunos que su hijo había muerto. Antes era muy difícil saber porque no teníamos

98. Relato de Juan Tioy. Chorote. Misión La Merced. Depto. Rivadavia Banda Norte, Chaco salteño,
citado en J. Ubertalli, 1987: 92.

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

radio. Cuando pasaba algún problema nadie se enteraba. Cuando el hijo de al-
guien iba al ingenio el padre no sabía si había fallecido. Recién al regreso conocía la
noticia. El ingeniero no daba medicamentos a la gente. El tenía pero no le quería
dar a la gente. Cuando alguien se enfermaba, lo dejaba ahí nomás. No tenía
ninguna atención hasta que se moría. Cuando se enteraba que alguien estaba
enfermo decía que no era enfermedad lo que tenía sino que había tomado mucha
caña y se burlaba de la gente. Esto también quiero decir, así eran los ingenieros...
Los ingenieros tenían otras costumbres. Llegaban temprano a hurgar en las casas,
cuando encontraba personas que estaban enfermas en una casa les decía: –levánte-
se y vaya a trabajar, vos no estás enfermo, te hace mal la caña que tomaste–. Esto era
lo que decía el ingeniero, no decía otra cosa. Así trataba a la gente. Pero igual cada
año nosotros íbamos al ingenio y cada año la gente iba contenta sin pensar en lo
que pasaba después. Era demasiado el trabajo y cuando uno empezaba a veces no
podía terminarlo, entonces no podía ganar el boleto y al otro día tenía que volver
a trabajar igual. Ellos usaban a la gente como esclavos. Pero al otro año cuando
llegaba el contratista igual la gente se enganchaba. Cuando regresábamos del inge-
nio a veces encontrábamos que había mucha sequía, moría mucha gente en el
camino. Cuando terminaba el trabajo y se cerraba la planilla, el ingeniero le daba
a la gente trabajos como changas. Cuando nosotros escuchábamos que se cerraba la
planilla nos alegrábamos mucho porque sabíamos que había terminado el trabajo.
Entonces hacíamos una fiesta de despedida a los compañeros. Seguíamos haciendo
changas. Entonces la gente cantaba. Todos estábamos muy apurados para volver a
las comunidades. Cuando cerraban la planilla el ingeniero avisaba que faltaban
diez días para irnos. Nosotros trabajamos medio día porque el patrón dijo que se
terminaba el trabajo y cuando lo escuchamos nos pusimos muy contentos, porque
sabemos que entonces vamos a regresar a nuestro pago. Entonces el patrón dijo,
entreguen todas las herramientas y déjenlas en el depósito. Yo no me acuerdo qué
año era cuando trabajábamos en el ingenio. Entonces cuando escuchamos la cam-
pana entregamos las herramientas al encargado del depósito y él hacía un control,
siempre había alguna persona a la que le faltaban herramientas cuando se las
entregaba, no siempre era porque las perdía sino que a veces el mismo paisano la
vendía. Pero siempre que faltaba alguna herramienta se la descontaban del jornal
por planilla. Después de haber entregado las herramientas el patrón nos decía que
alistemos nuestras cosas porque enseguida iba a venir el tren. Cuando el tren se iba
tocaba el silbato para despedirse y la gente se ponía muy contenta, siempre era así
cuando finalizaba el trabajo. El patrón trasladó a toda la gente hasta el ingenio San
Martín y ahí les pagaba el pago grande, ahí se juntaban todos los capitanes. Al otro
día cada capitán pagaba a su gente y así día tras día un capitán después de otro.
Cuando nosotros cobrábamos no sabíamos cuánto habíamos ganado, no sabíamos
cuánto nos tenían que pagar. El pagador abría una frazada y allí amontonaba

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distintas cosas como camisas, cortes de tela y otras, él iba poniendo cosas hasta que
nos decía hasta aquí alcanza tu jornal. Así era antes nosotros trabajábamos en el
ingenio sin saber cuánto cobrábamos, ninguno de nosotros sabía cuánto le corres-
pondía ganar, ni el capitán sabía cuál era el trato que nosotros teníamos con el
patrón. Tampoco sabíamos cuánto nos descontaban del jornal, la gente sólo
había escuchado que nos hacían descuento, y decían que había descuento
por pérdida de herramientas pero no sabíamos cuánto era ese descuento. Así
es como nos trataba el patrón cuando trabajábamos en los ingenios, cuando
uno perdía las herramientas él nos descontaba casi la mitad del jornal de un
año, cuando pierde hacha, machete nos descontaba mucho del jornal y no
podíamos reclamar, ni el capitán podía reclamar. El patrón no nos hacía nin-
gún descuento para la jubilación o la pensión. Antes había personas que tra-
bajaban todo el año todos los años hasta que eran viejos, y cuando ya no po-
dían trabajar más el patrón no les reconocía nada. Después la gente se dio
cuenta que los descuentos que les hacía el patrón no eran para la jubilación, que
eran un engaño, que este descuento no iba a ninguna caja de jubilación o pensión,
nosotros no sabíamos a dónde iban los descuentos cada año. Y nosotros no podía-
mos reclamar ni el capitán podía porque él tampoco sabía nada... A veces sólo nos
alcanzaba para la ropa en el pago grande y se veía que engañaban a la gente.
Cuando nos dimos cuenta ya era tarde, ahora recordando esas épocas nosotros nos
quejamos... A pesar de todo nosotros trabajábamos en los ingenios porque necesi-
tábamos un poco de ropa, de comida, por eso es que nosotros trabajábamos en los
ingenios, para ganar comida. Por más que el patrón nos engañaba cada año volvía-
mos a trabajar al ingenio San Martín, para ganar la comida para nuestros hijos... Lo
que nosotros reclamamos es la verdad, ninguno sabía cuánto le correspondía ganar
por año, el patrón no me avisaba cuánto ganaba yo por año, ellos mismos decidían
cuánto me tenían que entregar. En aquellos tiempos sufríamos mucho por no
saber, ni siquiera sabíamos el precio de las mercaderías que nos entregaban como
pago. El mismo patrón controlaba sobre lo que me daba... Esta queja que nosotros
tenemos es la misma que tienen todas las personas que trabajaron en los ingenios,
cualquier persona se quejará de lo mismo que yo. En ese tiempo lo peor es que no
sabíamos nada ninguno de nosotros sabía controlar o hacer cuentas, no sabíamos
absolutamente nada, sólo alguno sabía escribir pero muy poquito... Cuando noso-
tros comprendimos lo que pasaba el patrón ya no quería ocupar más a la gente.
Desde aquellos tiempos a hoy hay chicos con instrucción que ya saben escribir,
pero ya pasó mucho tiempo desde que los patrones nos engañaron y ya es tarde.
Nosotros ya hicimos nuestro trabajo en las tierras de los ingenios y resulta que
ahora no nos quieren ocupar más, antes las máquinas no trabajaban en los ingenios
sino que trabajábamos nosotros, trabajaban las mujeres... Las mujeres también
trabajaban en el desmonte y sufrían mucho porque le tenían miedo a las víboras,

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

¡cómo sufrían en aquellos tiempos! Durante el desmonte nosotros como somos


hombres cavábamos y sacábamos las raíces de los árboles. Después de mucho
tiempo supimos que existía el tractor y que el patrón lo tenía y entonces con él
empezaba a cultivar la tierra. Cuando no había tractor nosotros sufríamos porque
nos hacían trabajar como a mulas, así nosotros trabajábamos como animales. Antes
que hubiese tractor el ingenio ocupaba bueyes y mulas, con los bueyes el trabajo
era muy seguro porque tiene mucha fuerza...
...Nosotros antes trabajábamos junto a los animales. El buey cuando tira el arado lo
lleva despacito en cambio la mula trabaja muy rápido, al buey por más que se lo
chicotea anda tranquilamente no tiene velocidad. En aquellos tiempos nosotros no
conocemos lo que es maquinaria los patrones sólo tenían animales como mulas y
bueyes. En cada lote se criaban muchas mulas.99

Para ambos relatos, narrados originalmente “en lengua” (el primero en chorote, el segundo
en wichí) se ha preferido respetar el orden sintagmático de los mismos, es decir no producir
cortes ni intercalados analíticos, ya que expresan un claro contrapunto de complementariedad
con el contexto analítico presentado, haciendo innecesario cualquier agregado.

Contrademonios: “el familiar”

Resucitándolo de sus configuraciones clásicas de la época de oro de la literatura española,


los peones rurales criollos e indígenas de los ingenios azucareros se han apropiado de la
narrativa sobre “El familiar” para resignificar los sentidos demoníacos que expresa. Según
algunos autores, la expresión “demonio familiar” “dio lugar a una metábasis –el familiar– y así
es empleado ya por Cervantes y Quevedo”, entre otros (Valentié, 1993: 1).
La mayoría de los trabajadores rurales del noroeste argentino relatan o han escuchado
relatar “historias del familiar”; y en general se las asocia a los ciclos de narrativa folclórica
ligados a los pactos con el diablo. Según la síntesis que realiza Valentié “Los dueños del
ingenio deben su fortuna a un pacto con el diablo. El demonio les otorga riqueza y poder a
cambio de su alma y deja como su representante a un enorme perro negro que se llama el
‘familiar’. El perro se alimenta de vidas humanas y el dueño del ingenio debe entregarle todos
los años un peón, que es devorado por el monstruo. Este ser maligno está escondido en el
fondo oscuro del depósito de las bolsas de azúcar, pero muchas noches, sobre todo durante
la cosecha, se escapa y empieza a rondar por los alrededores. Aquel que se encuentra con el

99. F. Gauffín (q.e.p.d.). Relato tomado por L. S. en el marco de las actividades del Taller de Memoria.

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familiar corre el riesgo de perder la vida” (1993: 1).


Este relato aparece bajo múltiples versiones que en ocasiones le agregan o le restan
sentidos a la versión aquí presentada como síntesis. La misma autora, especialista en el tema,
se encarga de dar cuenta de algunas de las variaciones más comunes y que pueden resumirse
como sigue:
1) El familiar es el mismo diablo en forma humana.
2) La presencia de “el familiar” paraliza a la gente y a los animales.
3) Las víctimas del sacrificio deben ser santiagueños.
4) En vez de la idea de sacrificio se presenta la de castigo.
5) La acción puede transcurrir en una finca cañera como en una bodega.
6) Se puede detectar a quien hizo semejante pacto ya que su ataúd resulta sospe-
chosamente liviano.
7) En ocasiones, aparece un héroe salvador que derrota al demonio familiar me-
diante la presentación de un puñal o un puñal en forma de cruz.
Hay indicios etnográficos que sugieren que las variaciones temáticas (o bien de los mitemas
que componen esta narrativa) no se agotarían en los puntos enunciados; sin embargo, no es
la pretensión de este apartado representar el campo de dichas variaciones ni menos aún
intentar un análisis sistemático de sus sentidos y significaciones, ya que esto requeriría de un
estudio en particular. Interesa aquí únicamente mostrar ciertas configuraciones específicas
que el relato adquiere al ser activado por los trabajadores de los ingenios.
Estas configuraciones específicas que adquiere un relato (independientemente de que lo
clasifiquemos en el orden del mito, el cuento popular, o las “supersticiones” y sobre lo cual no
se pretende emitir juicios aquí) manifiestan cierta plasticidad en el tratamiento por los sujetos
involucrados. Profundizando, ahora sí, en estas cuestiones, se puede decir que aún sostenien-
do que estas narrativas “se hablan entre sí”, tal la lúcida observación metodológica que en su
oportunidad hiciera C. Lévi-Strauss, el análisis de aquellas configuraciones permite dar cuen-
ta no únicamente de dicha situación, sino también de cómo la gente en el acto narrativo
“hace hablar” a los mitos.100 Este aspecto de la narratividad no puede descuidarse siendo que
precisamente los mitos pertenecen fundamentalmente al orden de la oralidad.
Desde un punto de vista general, podría asimilarse este relato al conjunto de narra-
tivas que afloran en el arco del sincretismo religioso o bien en el catolicismo popular. En

100. Si se insiste aquí en no profundizar en torno a las cuestiones metodológicas inherentes al análisis de la
narrativa mitológica es porque ello conduciría el análisis hacia un derrotero distinto al formulado en los
objetivos de la presente Tesis. Sin embargo, es importante aclarar que hacer énfasis en la resignificación del
relato por parte de los sujetos sociales no implica incursionar en proposiciones subjetivistas. Al contrario, son
las prácticas materiales de los actores sociales las que producen el anclaje de inteligibilidad a los mundos
simbólicos que, por eso mismo, se convierten en otras prácticas. De allí que los mitos y los cuentos populares
en general no conformen un universo estático (tal vez en ello se transformen cuando quedan atrapados por los
estudiosos, como literatura o bien como “cultura”). Al hacer hablar a las narrativas, los sujetos sociales las
actualizan, las resignifican para insertarlas en el conjunto de sus prácticas sociales. Este aspecto de resignificación
es el que interesa resaltar aquí con el objetivo de ponderar la “eficacia simbólica” de un determinado relato.

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los cuentos populares que asumen esta modalidad, el diablo tiende a suavizarse, no llega
a ser el “demonio maléfico” de la propia teología cristiana ya que se lo asume en forma
burlesca o satírica (valgan para el caso los ejemplos de personajes como Salamanca,
Zupay, Mandinga, etc.) antes que como ser terrible o pavoroso. Al igual que en los
cuentos populares europeos, el diablo muchas veces es vencido por la astucia del hom-
bre, de allí que en estos cuentos populares los pactos con el diablo posean un efecto de
moraleja: si se lo enfrenta es posible vencerlo, hay final feliz posible y salvación terrena.
Estudios antropológicos contemporáneos, inscriptos en el debate en torno a la noción de
ideología y vinculados a la tradición marxista sobre el tema, se han dedicado al análisis de la
emergencia de la figura del diablo (o el demonio) en las narrativas populares latinoamerica-
nas. En tal perspectiva, es interesante rescatar el trabajo de M. Taussig respecto al significado
que adquieren dichas narrativas en el contexto de la producción minera entre trabajadores de
Bolivia. La propuesta de este autor es que la imagen del diablo, morador de los socavones
representaría algo así como una respuesta simbólica de trabajadores provenientes de “econo-
mías” orientadas por el valor de uso a la desestructuración producida por el modo de produc-
ción capitalista. Es decir, el cambio que se produce al pasar de una economía organizada en
torno al valor de uso, y en la cual son las relaciones interpersonales las que se fetichizan, por
una economía del valor de cambio en que las relaciones sociales parecen adquirir el significa-
do de intercambio entre cosas: el fetichismo de la mercancía. En palabras del propio autor:

“The devil-beliefs that concern us in this book can be interpreted as the indigenous
reaction to the supplanting of this tradicional fetichism by the new. As undestood
within the old use-value system, the devil is the mediator of the clash between these
two very different systems of production and exchange. This is not only because the
devil is an apt symbol of the pain and havoc that the plantations and mines are
causing, but also because the victims of this expansion of the market economy view
that economy in personal and not in commodity terms and see in it the most
horrendous distortion of the principle of reciprocity, a principle that in all precapitalist
societies is supported by mistical sanctions and enforced by supernatural penalties”
(Taussig, 1980: 37).

Este tipo de análisis en torno a la emergencia tópica de la figura del diablo en las denomi-
nadas “precapitalist societies” remite, antes que a una construcción propia de dichas “socieda-
des”, a la conformación en primer lugar del hecho colonial, y en segunda instancia del
denominado “catolicismo popular” fuertemente arraigado en las tradiciones populares rura-
les latinoamericanas, tal como el mismo autor lo interpreta. Sin lugar a dudas, el análisis de
Taussig, ha realizado un sustantivo aporte a la inteligibilidad de los fenómenos simbólicos en
el marco de las aproximaciones marxistas al tema, al señalar el contraste entre modalidades
contrapuestas de fetichizar las relaciones sociales. De todas maneras, podrían hacerse dos
consideraciones sobre el tema.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

La primera remite necesariamente a la cuestión, de alguna manera ya señalada previa-


mente, de que si la demonialización de la forma mercantil que adquiere la fuerza de trabajo
bajo el capitalismo no es más que un producto de la cosmología cristiana implantada en el
marco de las relaciones coloniales, entonces la narrativa en torno al diablo no tendría otro
sentido que el de la instalación de una forma de reproducción de la misma antes que la
contraposición simbólica de formas “primitivas” de la reciprocidad social. Esta cuestión con-
duce necesariamente al hecho, también ya observado, sobre la recreación que en los relatos
populares se hace de los denominados “pactos con el diablo”. Estos pactos, que en la concep-
ción católica y misional implicaban al pecado y lo despreciable, en el marco de la narrativa
popular parecen adquirir (tal como lo demuestran los estudios al respecto) un carácter no tan
maligno, sea como representación de lo horrendo o, en palabras de Taussig, como la represen-
tación de la horrenda distorsión de la reciprocidad. Se ha observado ya que los pactos con el
diablo, en aquellos códigos del catolicismo popular resignificados por la narrativa, resultan
necesarios y hasta benéficos para con la gente, al punto tal que termina siendo héroe quien lo
haga o se atreva a hacerlo. De manera tal que el diablo, lejos de constituir una figura a la que
hay que apartar, significa una figura con la que hay que pactar, para restituir cierto orden.
La segunda retorna nuevamente a la cuestión de las resignificaciones presentes necesaria-
mente en toda producción narrativa; pero, para poder hacer una referencia más ligada
al caso aquí tratado, será necesario retomar el relato del familiar aunque en otros con-
textos que los ya analizados.
La siguiente versión es representativa de la forma en que se “cuenta” este relato por
parte de los paisanos Wichí del Chaco central:

“Siempre íbamos al ingenio y allí estaba el familiar..., el familiar, sí, ese tipo se
llevaba a la gente. Cada tanto el ingenio dejaba de funcionar, las máquinas se
apagaban, se apagaba la luz. Entonces aparecía... se veía una luz que iluminaba a la
gente que estaba en los lotes. El familiar venía con una luz en la cabeza buscando
a la gente que estaba trabajando. Entonces elegía uno y se lo llevaba. El prefería a
la gente indígena. Entonces las máquinas volvían a trabajar, porque las máquinas se
tragaban a la gente. El familiar era Patrón Costas. Los ingenieros venían por los
lotes y se llevaban a la gente que no trabajaba bien. Llevaba a la gente y así
alimentaba a las máquinas. Entonces comenzaban a andar otra vez. Si el familiar no
conseguía gente para llevar el ingenio no funciona, se apaga todo, se para... Eso
pasaba con el familiar en el ingenio”.101

Haciendo una breve exégesis comparativa con la versión y los mitemas posibles presen-
tados inicialmente es posible señalar lo siguiente:

101. Narración del familiar relatada por L. M. de Misión Pozo de Yacaré en febrero de 1990.

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

a) El demonio no es identificado con el “perro negro”, sino con una figura humana y en
particular con los dueños del ingenio o bien sus “representantes” en la finca “el ingeniero”.
b) Los destinatarios de la acción es “la gente indígena” o bien “la gente” (los wichí, que
puede traducirse precisamente como nosotros-la gente).
c) No aparece, en ningún caso, algún héroe salvador o vencedor del demonio ni tampoco
mencionados los instrumentos que se le oponen para vencerlo.
d) La presencia del familiar-demonio se da en los ingenios y también algunos otros
empleos estacionales en los que se insertan los trabajadores indígenas.
Es interesante indicar que en el relato aborigen sobre el familiar no hay indicio alguno de
pacto. En él no es tanto el pacto con el Diablo lo que se significa sino el Diablo mismo. Ahora bien,
¿es este el Diablo tal y como lo representaría la misma interpretación evangélica negativa hacia el
poder y la riqueza? En algunos relatos, sobre todo aquellos narrados por trabajadores de extracción
campesina del NOA parece existir esta correspondencia, de hecho Valentié la establece: la asocia-
ción con el perro negro o bien alguien vestido de negro remite a las oscuridades de lo infernal. El
negro “en el simbolismo cristiano es el color del príncipe de las tinieblas, en cuanto representa al
Demonio, la maldad, el pecado”. Pero en nuestro caso eso no ocurre: el familiar no es negro ni
demoníaco (en su sentido religioso), no representa el pecado que se produce por el pacto ni la
compensación del bien en la pureza de la ofrenda, el sacrificio. No parecen ser éstos los contextos
de significación del relato en la narrativa indígena, por ello el relato no reproduce esas imágenes, o,
en todo caso, las “olvida” para proponer una lectura que indudablemente es más profana.
El familiar es el patrón o el ingeniero (socio del patrón), no es un ser cargado de los
símbolos de lo maléfico en el esquema de la simbología cristiana: es el mal hecho capi-
tal. Lo monstruoso son las máquinas que devoran a la gente, y la disciplina no es la
oración o el sacrificio como formas de expiación, sino el trabajo sin pausa.
Es cierto que en sus formas más arcaicas, el relato remite a los símbolos cristianos y aún
más a ciertas formas de demonizar al “otro” en las prácticas inquisitoriales. Pero el relato al ser
reapropiado cobra nuevos sentidos: su contexto no es ya ése y, en este caso, ni siquiera el
catolicismo popular que los indígenas del Chaco nunca practicaron o construyeron (se ha
observado ya que las misiones católicas poco pudieron hacer para “dominar el demonio” que
suponían había morado en los cuerpos de los paisanos del Chaco).
Por otro lado, el relato del familiar –es importante agregar– fue conocido por los paisanos en los
ingenios, es decir, no proviene de los interiores del Chaco sino de su frontera, lo cual implica que su
contexto de significaciones se reduce a la experiencia histórica concreta como trabajadores del inge-
nio, aunque no sólo allí. Ciertamente, en los relatos de los paisanos el familiar aparece en dos lugares
concretos: los ingenios y los pozos petroleros, no así en otras experiencias laborales: en las plantaciones
hortícolas o bien en las plantaciones de poroto en el umbral al Chaco. Esto es así porque parece estar
vinculado directamente con “el trabajo muerto”, con la maquinaria y su funcionamiento: el sistema
agroindustrial funciona no sólo sujetando el cuerpo, sino que lo devora. Es la representación de la
articulación de los ritmos laborales a los ritmos de la mecanización y del disciplinamiento coercitivo
que garantizaba la regularidad del proceso de producción frente a cualquier intento de rebeldía.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Hay que señalar incluso que, según el relato de los trabajadores aborígenes del ingenio, la
misma patronal se encargaba de reproducir aquel sentido demoníaco de “el familiar” y tampoco
parece ser casual que los “devorados” por el demonio fuesen aquellos que, de una u otra manera,
se rebelaban contra las condiciones de explotación. Es significativo al mismo tiempo la manera en
que el relato adquirió significaciones más concretas aun durante la dictadura militar. Precisamente
la historia de la represión en el Ingenio Ledesma, por ejemplo, tiene un hito histórico en el
conocido “apagón de Ledesma”, acontecimiento en el que desaparecieron sindicalistas del ingenio
en manos de un operativo organizado por la patronal del ingenio y autoridades militares locales.
El relato de “el familiar”, re-producido por los aborígenes del Chaco central, tiende a
significar la lógica contradictoria de la explotación en el marco de la experiencia semiproletaria
a la que se han visto compelidos para la reproducción de la vida. Permitía y habilita aún hoy a
pensar y hablar sobre las condiciones de explotación mediatizándose en un relato que, encarna-
do en las “tradiciones” mismas del catolicismo regional, se tornaba propicio para ello. Su eficacia
simbólica descansa precisamente en su carácter ambiguo, que permite al mismo tiempo sus usos
por parte de la patronal y los trabajadores. En su capacidad para funcionar de instrumento para
hablar de aquello que no se podía hablar, por eso se narra hoy así: el familiar era Patrón
Costas, las máquinas imponían el ritmo en la zafra, no había héroes salvadores en el
ingenio. En todo caso el familiar habilita, también, pensar contra el demonio.

Ingenios y algodonales: un nuevo ciclo de expansión (otras formas de


coerción del trabajo)

El proceso de desplazamiento de los ingenios tucumanos por parte de las agroindustrias


azucareras del ramal, si bien se consolida hacia principios del presente siglo, continúa en la década
del ’20 y se incrementará hacia la década del ’30 ante un nuevo ciclo de auge de la producción.
Según datos de Rutledge (op. cit.), entre 1930 y 1940 la producción azucarera argentina se elevó
de 382.994 a 540.631 toneladas. Es decir que, a pesar de la crisis y el estancamiento que
caracterizaron a la economía en el mundo capitalista, la producción azucarera en Argentina logra
un aumento de un 70% en sus niveles de producción. Observándose que la tasa general de
incremento se dio con mucha mayor rapidez en Jujuy y Salta que en Tucumán.102
Este proceso constante de crecimiento en el ramal saltojujeño del sector azucarero fue
incrementando en el tiempo la problemática vinculada al reclutamiento de fuerza de trabajo
indígena. Aún más, en la década de 1920 se produce, tal como fue anunciada, una nueva

102. Hacia principios del siglo XIX, la estructura agraria del norte argentino se asentaba en la llamada
sociedad de hacienda de la Puna orientada al comercio con el Alto Perú. La paulatina decadencia de estas
haciendas comenzó con la independencia en 1810. A mediados del siglo XIX, la actividad más importante
se concentra en el valle de San Francisco a partir del cultivo y explotación de la caña de azúcar.

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

forma de valorización del capital, cuya expresión concreta resultó en el auge de la producción
algodonera en el oriente chaqueño.
Ciertamente, entre 1920 y 1937 (según los respectivos Censos Nacionales), la superficie
cultivada de algodón en la actual provincia del Chaco pasa de 34.690 a 466.078 hectáreas.
Ya desde tiempo atrás varios estudios que tenían como mira los resultados de las explotacio-
nes algodoneras en Estados Unidos de Norteamérica planteaban las posibilidades de dichos
cultivos en Argentina. Si bien el modelo de expansión del algodón tenía como objetivo produ-
cir un movimiento colonizador, y de hecho así fue, se analizaba también la factibilidad de
contar con la mano de obra disponible para su expansión, apareciendo nuevamente formulaciones
en torno al significado cultural y económico de la presencia regional de poblaciones indígenas:

“No hay duda de que el negro representa un factor importante para la producción
algodonera en los Estados Unidos: por su número, por sus exigencias reducidas, más
que por la sobriedad verdadera, por sus costumbres sencillas, puede producir algodón
a un precio que no admite competencia. Semejantes condiciones se hallan reproduci-
das en otras en otras regiones algodoneras, como en Egipto, por los pobres fellahs, en la
India, por los miserables indus (sic), en la China por los parias chinos, y esas modalida-
des constituyen un hecho no de pequeña influencia para la propagación de este culti-
vo. No es que sea imposible el cultivo con el obrero blanco, pero no hay duda de que
aquellos pobladores presentan ventajas para esta producción, sobre todo cuando
los precios del algodón son poco elevados.
Es reflexionando sobre estas condiciones que he hallado una mayor posibilidad de
propagar este cultivo en la región algodonera de la Argentina, por medio de la utiliza-
ción de los indios en mayor escala de lo que se hace actualmente” (Girola, 1910).

Sin embargo, producido el movimiento de colonización con la creación efectiva de las


colonias agrícolas, reapareció inmediatamente el problema de la escasez de mano de obra. Los
propios colonos, en su mayoría inmigrantes, van a peticionar a las autoridades tanto provin-
ciales como nacionales su intervención para garantizar una retención de la mano de obra
indígena que, en su mayoría, migraba a los ingenios azucareros. Así, en un telegrama dirigido
al gobierno, expresarían:

“...Al iniciarse la cosecha de algodón hicimos notar a comercio local casi segura falta
de brazos para que solicitaran ayuda poderes públicos y se evitara lo que venía
haciéndose actualmente en esta época, con los indios radicados en ésta zona que
eran reclutados por un comerciante de aquí para un ingenio de Salta y llevados a
esa provincia; esto porque la mano de obra del ingenio es caso irreemplazable para
la cosecha del algodón. Comercio prometió ocuparse; pero seguramente por con-
descendencia hacia los reclutadores y cometiendo un verdadero atentado al pro-
greso de la región, nada hizo y así nos encontramos con que ya empezó en gran

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

escala el embarque de indios. Cuando una plaga hácenos temer fracaso nuestros
esfuerzos, recurrimos demanda ayuda poderes públicos, hoy con la misma vehe-
mencia rogamos vuestra intervención ante amenaza desastre significa falta de bra-
zos. Deteniendo salida de indios y haciendo regresar a los que se van habrase
puesto un gran remedio a este mal, luego concediendo rebajas pasaje peones y
encauzando inmigrantes estas regiones habríase conjurado. Señor Ministro: esta-
mos apogeo cosecha y no podemos levantarla falta de brazos. Reclutamiento indios
sigue gran escala y no hay peones: urge pues vuestra inmediata intervención para
evitarnos desastre que sin exageraciones anunciamos. (Firman 50 colonos de Ro-
que Sáenz Peña)”.103

En respuesta a estos requerimientos, dos decretos, uno local, es decir del gobierno del
Territorio Nacional del Chaco (1924) y otro del gobierno nacional (1927), prohibieron la
contratación de los indígenas fuera del territorio donde se asentaban (Iñigo Carreras, 1983).
En este caso, la forma de coacción sobre la disponibilidad de la fuerza de trabajo indígena
adquiere una funcionalidad directa sobre una fracción de capital en particular. Esta forma de
intervención directa generó una vuelta de tuerca más en la dependencia del capital
agroindustrial azucarero de la fuerza de trabajo. En tal sentido, puede sostenerse que el
imperativo de un reclutamiento más eficaz y sistemático, como la reproducción de la
fuerza de trabajo estacional necesaria al proceso de valorización, es el contexto en el
que se inscribieron las acciones de la iglesia anglicana en la región.
Los vínculos entre los ingenios y el amplio y ambicioso programa de “sedentarización” y
organización de las comunidades que se planteó dicha iglesia, sugieren la idea de un proceso
organizado y no circunstancial.

El demonio en la plantación, Dios en la misión

El comienzo del accionar de la iglesia anglicana en la zona estuvo fuertemente apo-


yado por los patrones ingleses del segundo ingenio de la región, el Ingenio La Esperan-
za. Hacia comienzos de siglo la labor de los pastores se realizaba en el mismo Ingenio. En
1914, esta empresa dona a la South American Missionary Association los terrenos para
fundar Misión Chaqueña, cerca de Embarcación. A partir de allí, el proceso de
“misionalización” de los indios del Chaco tuvo una rápida expansión, esta vez creando
misiones en los territorios ocupados por las distintas parcialidades indias, conformando

103. Di Tella, Situación de la población aborigen... 1970. Citado en Iñigo Carreras, 1983: 80.

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

la mayoría de las que actualmente conocemos como “comunidades aborígenes del Chaco
centro-occidental”.104
La organización en comunidades y el esfuerzo por lograr establecer una agricultura de
subsistencia, mediante riego artificial en el semiárido chaqueño, expresarían los dos requeri-
mientos centrales de minimización de los costos de reclutamiento y reproducción ordenada de
la fuerza de trabajo en los que estaba interesada la patronal (cfr. Trinchero y Maranta, 1987).
El establecimiento de las misiones anglicanas ha sido paralelo a lo que podría denominar-
se como segunda gran expansión de los ingenios saltojujeños. Fue durante las décadas de
1920 y 1930 que éstos incrementaron su peso relativo en la producción de cultivos indus-
triales en el país. Mediante la introducción de San Martín del Tabacal, que sería uno de las
agroindustrias más importantes del país, y las políticas favorables hacia la producción azuca-
rera nacional, implementadas por el gobierno conservador que retomó el poder en 1930, se
produjo un nuevo y sustantivo incremento en la demanda de mano de obra estacional para
los procesos de corte y acarreo en dichos cultivos (Rutledge, 1987: 186).
El control del reclutamiento y la reproducción de los productores que estas fraccio-
nes del capital requerían para valorizar el trabajo indio se realizó, entonces, en forma
mediatizada, es decir, a través de instituciones como la iglesia anglicana. La relativa esca-
sez de fuerza de trabajo, producto de la también relativamente baja composición orgáni-
ca del capital que caracteriza a estas ramas de la producción, junto a las constricciones
específicas de localización y de la modalidad recolectora cazadora presente en la base de
las actividades económicas de la población india del Chaco, hicieron que el capital debie-
ra recurrir a dicha forma de mediación.
De hecho las misiones construían un modelo de concentración poblacional más acorde
a los requerimientos de esta agroindustria, pero, al mismo tiempo, cumplían otra función de
no menor interés: tendía a desterritorializar el conflicto emergente de la ocupación criolla en
la zona. Tal como se analizará más adelante en forma específica, a partir de la primera década
del presente siglo, un importante contingente de colonos criollos ganaderos, amparándose
en el cerco de fortines, penetran más allá de colonia Rivadavia y ocupan los territorios
lindantes con el Pilcomayo (en el actual límite entre Salta y Formosa). Este hecho produjo un
fuerte impacto en la dinámica recolectora, cazadora, de las poblaciones indígenas que se
habían reorganizado en ese espacio, ya que ante la falta de alimentos salían a cazar las vacas
criollas que habían desplazado a la fauna autóctona y, por consiguiente, se dio lugar al inicio
de una serie de conflictos interétnicos.

104. El proceso de “misionalización” denominación ad hoc propuesta en un trabajo previo (cfr. H.


Trinchero y A. Maranta, 1987) estuvo conformado por una serie de fundaciones de misiones realizadas
por la iglesia anglicana. Cronológicamente, dichas fundaciones fueron: Misión Algarrobal (Chaco salteño,
1915), San Andrés (provincia de Formosa, 1926), Sombrero Negro (provincia de Formosa, 1930), San
Patricio (Chaco salteño, 1934), Pozo Yacaré (provincia de Formosa, 1930), Santa María (Chaco salteño,
1940), Misión La Paz (Chaco salteño, 1944).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

De todas maneras, al concentrar a las pacialidades aborígenes en formas organizativas que


denominaron “misiones” (principalmente sobre la costa del río), la intervención de la iglesia
anglicana produce un efecto amortiguador del conflicto interétnico indios-criollos fronterizos
y se erige como un nuevo modelo pacificador y “protector” que tendrá inmediata repercusión
en una población que había sufrido ya el “escarmiento” del ejército y la presencia de los
pobladores de Colonia Rivadavia pocos años antes. Ello explica (mucho más que el mero
control ideológico a través de la catequesis) el relativo éxito obtenido por esta iglesia en la región.
El modelo de control social que prevaleció en las misiones se expresaba, también, en las
condiciones de persecución que realizaban a los “Jayawé”, líderes shamánicos que hasta ese
entonces dirigían los rituales mediadores entre la naturaleza y la cultura. Estos, junto a los
líderes guerreros, encargados de mediatizar en los conflictos territoriales por el usufructo del
monte, gozaban del prestigio y la respetabilidad de cada parcialidad organizadas en torno a
ellos. Junto al desplazamiento de los liderazgos tradicionales, el proceso de conformación de
la misión introdujo un control muy estricto de algunas prácticas a las que consideraban
“endemoniadas”, sobre todo los juegos-bailes “profundos” (parafraseando a C. Geertz). En-
tre ellos aquel que actualmente se recuerda como “K’atinaj” y que implicaba una suerte de
danza entre el grupo de hombres y el grupo de mujeres, organizados por el mismo Jayawé y
que tenía como fin los encuentros sexuales y la producción de un ámbito de alta eroticidad
comunitaria e, incluso, interétnica. Estos juegos profundos, desplazados de la misión,
en el ámbito territorial propio se recrearon en los mismos ingenios, lejos de la presencia
del misionero y por la noche, fuera del control inmediato del capataz o el ingeniero.
Algunos aspectos de la cultura tradicional intentaban sostenerse en ciertos in-
tersticios de la dominación, pero el cerco seguía cerrándose cada vez más en todos
los órdenes de la vida cotidiana. Para zafar del control estricto que imponía la
misión, se recurría normalmente al monte como alternativa. Salir a cazar, a reco-
lectar, a “mariscar”, en general se constituía en cierta forma de recuperar parte de
la vida, de la cultura. De hecho, los misioneros no dejaban de preocuparse por las
largas estadías en el monte que muchas veces los paisanos realizaban, bajo la excusa de
salir a cazar, pescar y/o recolectar. Las largas estadías en los ingenios dejaban poco tiempo
para la catequesis y, por lo tanto, esperaban que el trabajo catequizador fuera constante
en el ámbito de la misión. También los bailes y juegos profundos se desplazaban a las
plantaciones en el marco de las interacciones entre grupos étnicos diferentes que promo-
vía la organización interna del ingenio (Trinchero y Maranta, 1987: 82-3).

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

La mecanización de la zafra: del trabajo vivo al trabajo muerto


(de los ingenios al monte)

Hacia comienzos de la década de los años ’60 las agroindustrias azucareras inician un
nuevo ciclo de expansión, incentivados por el fuerte incremento de los precios internacio-
nales, producido a partir de 1962 (Centro Azucarero Argentino, 1985: 12). Al igual que
en el ciclo expansivo anterior, el incremento de la productividad necesario para aprovechar
la situación del mercado implicó un incremento en la composición orgánica del capital
agroindustrial azucarero. Es decir, se incorporaron nuevas tecnologías que, en esta ocasión,
a diferencia del proceso anterior que afectó la tecnología de los trapiches, va a repercutir
principalmente en los procesos de trabajo vinculados a las cosechas: el corte, la recolección
y el acarreo de la caña de azúcar. Este proceso afectó principalmente a los ingenios saltojujeños
y en particular a Ledesma, La Esperanza y San Martin del Tabacal (Rutledge, 1987;
Gordillo, 1991: 13).
La carga de la caña y el transporte desde las plantaciones hacia los ingenios fue el
primer escalón del proceso de mecanización. En La Esperanza, se introduce, en 1963, el
sistema combinado de corte manual con carga y transporte mecanizados. Se introduje-
ron máquinas que agrupaban la caña, elevadores a horquilla para la carga y grandes
camiones con capacidad de hasta 30 toneladas para el transporte de la caña hasta los
trapiches. Paralelamente, en este ingenio se dejó de utilizar el sistema de pelado manual
de la caña, tarea que requería mucha mano de obra y sustituirlo por la quema directa en
el campo (Rutledge, 1987: 254).
Este proceso de cambio tecnológico en la carga y transporte se fue imponiendo
rápidamente en todos los ingenios; en cambio, la mecanización del corte de caña fue
más lenta e incorporada únicamente en los ingenios más grandes, en particular por el
ingenio Ledesma (Centro Azucarero Argentino, 1980; Gordillo, 1991: 13)
El aumento de productividad que implica el incremento de la inversión en tecnología
respecto a la mano de obra –es decir, el incremento del capital constante con relación al
capital variable– para el corte de la caña parece notable. Según algunos cálculos, mientras
el rendimiento de un cosechero experto es de aproximadamente media tonelada de caña
por hora de trabajo, las máquinas cosechadoras pueden, según su modelo, cortar entre 15
y 60 toneladas.
El incremento del capital constante en la composición orgánica del capital agroindustrial
azucarero, tal como se expresó, no fue homogéneo, sino que afectó diferencialmente a los
establecimientos. Aquellos con mayor capacidad de inversión en estas tecnologías ahorradoras
de mano de obra en el corte fueron los que efectivamente la instrumentaron. Este aspecto es
vital a tener en consideración, ya que los procesos de trabajo implicados en la cosecha y
acarreo llegan a constituir hasta un 50% de los costos de producción de un ingenio (Faconnier-
Bassereau, 1975: 192).

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

De allí que los ingenios más grandes fueron los que se mecanizaron en forma más comple-
ja, es decir, abarcando mayores circuitos del proceso total de producción. Precisamente, serán
aquellos ingenios que ocupaban principalmente o en su totalidad mano de obra indígena
proveniente de las “misiones” del Chaco central (Salta y Formosa): Ledesma, La Esperanza y
San Martín del Tabacal. El impacto de la desincorporación de la fuerza de trabajo indígena
fue de tal magnitud que a partir de entonces los ingenios prácticamente dejaron de engan-
char trabajadores en estas comunidades. Así, por ejemplo, en el ingenio La Esperanza, mien-
tras en la década de 1950 se empleaban unos 5.000 trabajadores para la zafra, en 1966 sólo
emplearon 637 (Rutledge, 1987: 254)
De aquellos quince mil trabajadores aborígenes que anualmente eran enganchados para
la zafra, sólo unos pocos –y circunstancialmente– volverían a hacerlo. Hasta que en pocos
años, hacia la década del ’70 había concluido un proceso de más de setenta años de articula-
ción entre esta fracción del capital y las comunidades del Chaco central, dando una configu-
ración particular a la formación social de fronteras.
La demanda de fuerza de trabajo para los ingenios que no habían desarrollado aquellas
transformaciones en el proceso de producción tendieron a contratar, como lo venían
haciendo, al campesinado de la Puna boliviana y de la provincia de Jujuy y, en menor
medida, de Catamarca. Para estos sectores el impacto del incremento del capital fijo en la
composición orgánica del capital azucarero fue mucho menor, ya que la mayoría de los
ingenios seguía practicando el corte manual y sólo esporádicamente el mecánico. De todas
maneras, el impacto de la mecanización también los afectó, aunque de otra manera: la
patronal no escatimaba esfuerzos en señalar que ante cualquier reclamo podía traer las
cosechadoras y reemplazarlos.
Tal como lo han sostenido varios autores, estas transformaciones tecnológicas parecen
haber respondido a un doble interés específico del capital agroindustrial de los ingenios
azucareros: aumentar la productividad del trabajo y dar una respuesta a las crecientes (y
permanentes) dificultades para el control de la fuerza de trabajo (Karasik, 1987: 16;
Whiteford, 1981: 38).105
Lejos de las posiciones doctrinarias de ciertas aproximaciones economicistas, las decisiones y
opciones tecnológicas no serían, entonces, dadas por la simple aplicación de un modelo que
vincula únicamente variables como el nivel de la producción y los precios de los factores
(tecnologías y mano de obra), sino por un complejo y multivariado conjunto de situacio-

105. Un argumento que aparece permanentemente en los estudios técnicos sobre el proceso de trabajo en
las plantaciones es que las cosechadoras mecánicas, si bien más productivas, realizan un aprovechamiento
de la caña mucho menor que el que resulta del corte manual, cuando no la avería de las máquinas
interrumpe el proceso con sus consecuentes pérdidas, de allí que el corte manual sea técnicamente
preferible siempre y cuando los salarios y las condiciones de trabajo sean tales que la relación costo/
beneficio posibiliten esta opción. La tecnología se convierte, entonces, en un instrumento más de
disciplinamiento laboral.

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OBRAJES, INGENIOS Y ALGODONALES

nes que tienen que ver, además y muchas veces principalmente, con cuestiones tales como las
respuestas, niveles de organización y aceptación o no de las condiciones de trabajo, entre otras,
por parte de los trabajadores. Concretamente, las decisiones apuntan hacia lo político y lo
ideológico y la tecnología en manos de la patronal se transforma, también, en un medio de
coerción político-ideológica de los trabajadores a quienes se opone como “fondo de poder” del
capital.106
En estas condiciones, las parcialidades indígenas del Chaco central van a quedar nuevamente
“liberadas” en su ámbito tradicional de reproducción de la vida: el monte. Pero este monte, este
“Tajni” (en Wichí) había sufrido ya una serie de modificaciones y su “oferta ambiental” no podía
responder a los nuevos requerimientos. Si bien la ocupación del monte por los pobladores criollos
y el control de las comunidades por parte de la iglesia anglicana habían sido relativamente
funcionales al enganche en los ingenios, la contingencia de una presión más profunda por la
reproducción de la vida por parte de la población indígena comenzaría a jugar un rol distinto. El
paisaje de un monte cada vez más depredado, más controlado por agentes externos, pero del que
volvían a depender nuevamente, significó un impacto muy fuerte sobre los paisanos, tal vez por
ello y a pesar de las condiciones de explotación y hasta de muerte física que significaba el enganche,
la memoria indígena (constreñida a soñar entre los límites del “teatro de operaciones”) recuerda con
cierta nostalgia y contenidos ambivalentes la “época de los ingenios”.

106. Esta posición es reconocible en varios autores que se han dedicado al tema, entre otros Braverman,
Gorz, C. Scott. De este último autor, dedicado específicamente a la producción azucarera, es importante
rescatar algunos otros problemas o “paradojas” vinculados a la introducción de ciertas tecnologías que se
introducen con el objetivo de incrementar y dar respuesta a necesidades de control de mano de obra. En
tal sentido, expone que la tecnología puede incrementar la vulnerabilidad del proceso productivo al asignar
el poder de interrumpir el proceso de trabajo a un reducido número de trabajadores (C. Scott, 1984:
104). Puede decirse también que la incorporación de tecnologías cada vez más complejas supone trabajadores
capacitados para su control y manejo. En un plano extremo, por ejemplo, la robotización absoluta (que
constituyó la utopía de algunos sectores del capital a nivel mundial en la década de 1980), ha mostrado
parte de sus limitaciones, ya que el ahorro de mano de obra que produce en los primeros momentos, al
poco tiempo se traduce en altos costos de mantenimiento y capacitación permanente de los trabajadores
encargados de hacer funcionar el sistema de producción. En el próximo capítulo se analizará, con más
detenimiento, el manejo de la innovación tecnológica en la producción agrícola regional más actual.

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Capítulo 5

La “pampeanización” del umbral al Chaco

La Tierra tiene bordes de féretro en la sombra.


C. Vallejo

Del monte al campo de alubias107

Llevado a cabo el proceso de “reterritorialización” de la población indígena a partir de su


desincorporación como mano de obra barata en las agroindustrias del azúcar, nuevas fraccio-
nes del capital agrario producen un renovado movimiento de expansión de la frontera
“laboral” intentando su valorización.
La expansión de la producción del poroto alubia en la región denominada “umbral
al Chaco”, hacia la década de los años setenta, va a producir un nuevo movimiento de
articulación de la frontera, aunque con características específicas y en competencia
relativa con otras formas de valorización del trabajo indígena.
El análisis de este proceso intentará incorporar un nuevo nivel de aproximación teórica,
discutiendo críticamente la confluencia de algunos discursos disciplinarios que han intenta-
do construir modelos explicativos en torno a las especificidades de aquellas modalidades de
expansión capitalista en el agro, que se asientan en procesos de trabajo preexistentes.
En el marco de las denominadas concepciones dualistas, en el análisis de las estructuras agrarias
latinoamericanas (sector moderno vs. sector tradicional), se ha tendido a generar, a partir de esta
oposición, explicaciones voluntaristas de la dinámica reproductiva del capital. Como se ha obser-
vado en el capítulo anterior, la expansión del capital agrario no se asienta “necesariamente” sobre
la “eliminación” de las formas domésticas (tradicionales) de organización de la producción de la
vida, reemplazándolas por lo que se considera como formas “modernas” de organización del

107. Agradezco especialmente a Juan Martín Leguizamón por sus aportes para la elaboración de este
capítulo. De hecho, algunos de sus contenidos son parte de una versión preliminar del mismo publicado
conjuntamente, op. cit., 1995b.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

trabajo. Concretamente, se ha descripto cómo en su búsqueda de tasas extraordinarias de ganancia


y competitividad el capital agroindustrial requiere de una reorganización de las actividades do-
mésticas que sea funcional a la lógica misma de su modo de organización del proceso de produc-
ción; requiere que una parte de la reproducción de la fuerza de trabajo sea garantizada por las
modalidades domésticas de donde provienen sus trabajadores estacionales.
Estos requerimientos estacionales de fuerza de trabajo limitan, por así decirlo, el control
efectivo que el propio proceso de producción puede tener sobre la reproducción de la fuerza
de trabajo. Además, al demandar de una cierta territorialización la reproducción de dicha
fuerza de trabajo –es decir, que esta dependa, en condiciones siempre particulares, de formas
propias de reproducción de la vida (en el caso de la población indígena del Chaco, el
monte)– genera contradictoriamente una relativa “disponibilidad” de esta fuerza de trabajo
para la valorización de otras fracciones de capital agrario. Estos y otros factores sobre los cuales
es importante profundizar son los que se tienden a configurar formas de coerción que,
generalmente, son caracterizadas como “externas” a las relaciones de producción, pero que, en
realidad, constituyen un elemento co-constitutivo de las mismas.
Desde este marco analítico, se intentará discutir también algunas nociones que provie-
nen de determinadas formulaciones de las ciencias económicas tendientes a remitir situacio-
nes empíricas a modelos ideales de funcionamiento en términos de “lógica de mercado”. En
particular, se profundizará en torno a las condiciones en que se reproducen mediaciones en
la configuración de la forma específica de subsunción de la fuerza de trabajo por el capital
agrario mediante una nueva emergencia de “contratistas de mano de obra” como sujetos de
dicha mediación. A partir de allí, se pretende brevemente discutir la noción misma de
mercado de trabajo, como así también algunas categorizaciones de tipo teóricas y em-
píricas comúnmente utilizadas para formular modelos explicativos del proceso de ex-
pansión y, en particular, aquello que la literatura especializada denomina
“subremuneración” de la fuerza de trabajo contratada.
Ciertamente, un conjunto de argumentos de distinto origen disciplinario han sido
esgrimidos para dar cuenta de lo que aparentemente constituye una paradoja: siendo
éstos contextos, escenarios, de intensas inversiones capitalistas modernizantes (de alta tecno-
logía, en términos del capital agrario), prevalecen formas de contratación y remuneración del
trabajo “arcaicas” (sistemas de enganche y retribución no asalariada de la fuerza de trabajo).
Se sostiene aquí que la aludida paradoja encuentra un primer nivel de explicación en los
vínculos específicos que se establecen entre los procesos de trabajo y reproducción de la vida
basados en “economías domésticas” (indígenas y/o campesinas) y los procesos de trabajo que
se desarrollan en las plantaciones y que responden a particulares mecanismos de acumulación
de la rama del capital agrario en cuestión.
Así, dado un conjunto de constricciones propias de cada proceso de trabajo, tanto la
reproducción de la vida en dichas economías domésticas como la reproducción capitalista
parecen configurarse sobre la base de una serie de mediaciones que son el resultado de la
forma específica de subsunción del trabajo por el capital.

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

Se avanzará en la exposición sobre la dinámica del proceso de expansión de la frontera


agraria capitalista tomando como eje sus características específicas en la región analizada y
proponiendo dos dimensiones de análisis:
a) Las particularidades de esta rama de la producción del capital agrario. Su dinámica de
acumulación, las tendencias actuales y la específica relación de control sobre la fuerza de
trabajo proveniente de las denominadas “economías domésticas” (indígenas y campesi-
nas); lo que nos remitirá a las formas particulares que toma la conformación del “mercado
de trabajo” al competir con otras fracciones del capital agrario.
b) Los procesos específicos de incorporación de aquella mano de obra (basados en meca-
nismos de “reclutamiento”) y el lugar que ocupan en el proceso de reproducción del
capital, como así también sus límites y posibilidades en el marco de la generación de
relaciones particulares entre sobreexplotación de la fuerza de trabajo y desarrollo tecno-
lógico en la rama agrícola analizada.
En la región, y desde inicios de la década de los años ’70, encontramos uno de los ejemplos
más “dinámicos” de expansión reciente de la frontera agraria argentina. Un espacio rural que en
la literatura especializada se denomina “Umbral al Chaco” argentino (Reboratti, 1989; Caferatta,
1988; Adamoli, 1989) y que, en especial, ha sido ámbito de instalación de explotaciones de
soja y principalmente de poroto, con alta tecnología e inserción en mercados transnacionales.
El Umbral al Chaco argentino es un área que, a manera de gran arco, corre entre dos
importantes ambientes: hacia el oeste, el sistema montañoso andino, y hacia el este, la gran
llanura chaqueña, entre los paralelos 22 y 28. Atraviesa en su mayor parte la provincia de
Salta, en los departamentos Gral. San Martín, Orán, Anta, General Güemes, Metán, Rosario
de la Frontera y Candelaria. Además abarca parte de las provincias de Jujuy, Tucumán,
Santiago del Estero y Catamarca (Gráfico-Mapa 6).
En capítulos anteriores se fue dando cuenta de algunos procesos que se consideraron relevan-
tes para la construcción de una cronología referente a la conformación de los grupos y parcialida-
des indígenas del Chaco centro-occidental como “reserva de mano de obra barata”, vinculada a las
formas de desarrollo de distintos emprendimientos agrícolas y agroindustriales regionales.
El análisis realizado hasta el momento, y que pretende profundizarse en este capítulo,
intenta, no obstante, trascender una mera caracterización funcional respecto al “lugar” que
ocupa en la estructura regional dicha “reserva”, mediante el objetivo de señalar el conflictivo
vínculo que adquieren las formas organizacionales presentes en el espacio ocupado por las
distintas parcialidades indias de la región, con los proyectos político-militares y económicos
que conformaron la frontera expansiva del capital.
Esto implica reconocer la inviabilidad de las aproximaciones que intenten responder
sobre el carácter de los dispositivos socializadores en los que se inscriben dichas parciali-
dades al margen de aquellos proyectos. Así, desde la perspectiva planteada, “la reduc-
ción”, “la misión” e, incluso, la configuración más reciente de “la comunidad”, constitu-
yen ante todo nociones que han ido representando más que estructuras prototípicas de
organización aborigen, distintos dispositivos históricos tendientes a la instauración de

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GRÁFICO - MAPA 6: Departamentos provinciales integrantes del umbral al Chaco argentino

Fuente: en base a C. Reboratti, op. cit.

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

un proceso que hemos definido en los comienzos de este trabajo bajo la categoría de
análisis de subsunción indirecta de la fuerza de trabajo indígena a distintas fracciones
del capital agrario regional.
Ello no supone negar la existencia de formas específicas de socialización comunitaria
entre los pobladores indígenas del Chaco central, lo cual sería un absurdo. Se pretende
señalar únicamente que dichas formas no representan relictos de un pasado arcaico (en
vías de extinción, o mantenidos por mecanismos de orden político, religioso) al margen
de la dinámica de la reproducción simple y ampliada del capital, en este caso, agrario y
agroindustrial. Se configuran ante todo precisamente como vector organizacional de
relaciones particulares entre el capital y el trabajo, expresando la forma histórica en que
la población es reorganizada territorialmente en el marco de procesos de estructuración
de la dominación.
De acuerdo a lo señalado oportunamente en el primer capítulo, el análisis de la noción de
subsunción indirecta del trabajo al capital permite, en el presente caso, dar cuenta de las
formas específicas que adquieren ciertas ramas del capital de hegemonizar su hegemonía
sobre el trabajo y que no responden necesariamente a las formas directas (teóricas e históricas)
analizadas en particular por Marx. Ello implica, al mismo tiempo, la impronta de detenerse
en la configuración de formas históricas y alternativas de organización de la reproducción de
fuerza de trabajo.
Se sostendrá aquí que estos aspectos particulares de las formas de subsunción del trabajo
al capital, para el caso que nos ocupa, poseen grados de correlación significativos y constitu-
yen los ejes que permiten avanzar en nuevos niveles de análisis en torno a las especificidades
del proceso de expansión en la región.
Tal como se ha venido planteando en capítulos anteriores, la expansión de la fron-
tera agraria capitalista en el norte argentino ha producido un proceso sistemático (y no
exento de conflictos) de expulsión de las poblaciones indígenas hacia las tierras menos aptas,
desde el punto de vista de los requerimientos agronómicos del capital. Paralelamente y de
acuerdo a las dinámicas de distintas fracciones del capital agrario, se generaron políticas
(públicas y/o privadas) con el objetivo de la “contención” de la población en aquellos espacios
bajo distintas formas jurídicas. Retención de población desplazada (eufemísticamente
categorizada de excedentaria) en el denominado “árido y semiárido” argentino (neologismo
técnico del desierto), sujetándola en los momentos de expansión a “proyectos” de disci-
plinamiento y, en ocasiones, de reproducción material de la fuerza de trabajo.
Desde esta perspectiva, la expansión reciente de la frontera agrícola capitalista en el
propio umbral al Chaco en la provincia de Salta (ámbito al que se referirá en adelante este
capítulo) puede analizarse como un proceso reciente y gradual de “expulsión” de la pobla-
ción que lo ocupaba anteriormente y reenganche de otros sectores de población para su
valorización. En este caso se trató del desplazamiento de pequeños productores criollos, cuya
base de sustentación estaba constituida por la tradicional ganadería de monte y los obrajes,
vinculados a mercados regionales, y la incorporación de, en una primera etapa, trabajadores

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rurales de Santiago del Estero y –más recientemente, al calor del proceso de expansión– de
trabajadores aborígenes del Chaco central.108
La región, tomada en su conjunto, fue y aún es un espacio de marcada heterogeneidad
socioeconómica y cultural. En ella, se dan procesos con una dinámica particular en el contex-
to de la expansión de la frontera agropecuaria, en la que intervienen elementos extrarregionales,
como lo son capitales europeos y de la pampa húmeda, o el reclutamiento de mano de obra
aborigen del Chaco centro-occidental y campesinos del noroeste de Santiago del Estero.
Esta diversidad se manifiesta además en las particulares características que adquiere el
desarrollo de las explotaciones poroteras para dos regiones diferenciadas. Una es la región
norte del umbral, en lo que corresponde al Departamento de San Martín, ámbito de la
actividad porotera más intensa de los últimos años. La otra es el área de Rosario de la Frontera,
centro del umbral y, cronológicamente, primer polo de desarrollo de la actividad en la zona
(Gráfico-Mapa 7).
Los requerimientos de fuerza de trabajo por parte del capital agrario fueron satisfe-
chos por pobladores asentados en otras zonas cercanas. Siendo que el primer proceso
de expansión de la producción de poroto y soja se desarrolló en la parte sur del umbral,
la mano de obra contratada provino de las familias criollas, cuya base de sustentación
era fundamentalmente la ganadería extensiva y montaraz.
Al desplazarse la expansión hacia el norte, dicha mano de obra es provista princi-
palmente por las denominadas “comunidades aborígenes” del Chaco salteño; agrupamientos
de pobladores identificados mediante distintas adscripciones étnicas: principalmente,
Matacos-Wichí, Chorotes, Chulupíes y Tobas.
Lejos, entonces, de una estructura rural caracterizada por dos “polos de desarrollo” (uno
tradicional y otro moderno), pertenecientes a estadios diferenciales de crecimiento económico
con dinámicas productivas, racionalidades económicas y modelos de desarrollo alternativos,
nos encontramos con situaciones de estrecha conectividad entre los procesos de trabajo y
reproducción de la vida “tradicionales” de los pobladores (indios y criollos) y los procesos de
trabajo y reproducción del capital agrario en el umbral al Chaco.

108. La actividad ganadera en el conjunto del umbral, según los datos que presenta C. Reboratti, tuvo su
punto máximo hacia mediados de la década del ’30 con un stock aproximado de 800.0000 cabezas de
ganado, para luego observar un lento pero sostenido declive, llegando a ser en 1974 de 100.000 cabezas
menos. Sin embargo, en la provincia de Salta este declive es menor que en otras regiones. La caída en el
mismo se produce cuando el proceso expansivo de la frontera agraria a través de las plantaciones de poroto
da un salto cuantitativo tal que de aproximadamente 70.000 has cultivadas en 1974 pasa a casi 170.000
en 1978. Un proceso similar de desplazamiento se produce con la actividad forestal (obrajes).

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GRÁFICO - MAPA 7: Migraciones estacionales actuales de las comunidades aborígenes del Chaco Salteño hacia el sector Norte
del umbral del Chaco argentino

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LA “PAMPEANIZACIÓN”

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DEL UMBRAL AL

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CHACO

Fuente: elaboración propia.


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Expansión de la frontera agraria: relaciones capital / trabajo

El proceso reciente de expansión de la frontera capitalista, en el caso que nos ocupa, resulta
inteligible, entonces, a la luz de su inscripción en el análisis sobre las formas de relacionamiento
histórico de, al menos, tres espacios socioeconómicos relativamente diferenciados: el Chaco cen-
tro-occidental argentino, el noroeste de la provincia de Santiago del Estero y el propio umbral.
Se ha avanzado considerablemente con relación a los viejos discursos hegemónicos al
exponerse la complejidad social que implican tales procesos. Esto es así en la medida que se
habla de un “proceso de modernización tecnológica” y de valorización capitalista basado, más
que en el uso y apropiación del “factor tierra”, en la aplicación de diferentes combinaciones de
capital y trabajo, generando una profunda transformación en el sistema productivo y su
integración a un mercado capitalista (en este caso de carácter transnacional).
Como señala C. Reboratti, “La coexistencia de tierras baratas, tareas de desmonte sub-
vencionadas, mano de obra barata, paquetes tecnológicos ya probados (aunque no adapta-
dos), sistemas de comercialización eficientes, precios relativamente altos y sobre todo rendi-
mientos muy elevados durante los siete u ocho primeros años de producción dan al área del
umbral al Chaco un perfil de altísima productividad. Esta rentabilidad es tan alta como para
permitir, por ejemplo, que un productor cubra el costo inicial de la tierra y el desmonte con
el resultado de un par de años de buena cosecha para el caso del poroto” (1989: 41).
Ahora bien, si es válida la hipótesis de que la frontera en realidad es un ámbito en el que
se producen y reproducen determinadas relaciones de producción en virtud de un proceso
de valorización capitalista y si, como se ha sugerido anteriormente, la expansión de la frontera
agraria capitalista en los países de América Latina es un proceso cíclico, no lineal, que depende
de un conjunto de factores vinculados a las formas particulares que el capital agrario desarro-
lla para obtener ganancias extraordinarias, luego, la viabilidad y continuidad del proceso de
expansión estarán dadas por los límites y posibilidades, por parte de los capitalistas, de seguir
produciendo mecanismos de control sobre la fuerza de trabajo, tendientes a garantizar dichas
ganancias extraordinarias.109

109. La teoría macroeconómica reflexiona generalmente en términos de “ganancia media” en aras de la


construcción de modelos predictivos. Dado un conjunto de supuestos (que consideran “controladas” ciertas
variables disfuncionales) proponen procesos tendenciales hacia el equilibrio de los precios de mercado de los
“factores de la producción” y los productos. Ello convierte a los modelos económicos en proposiciones lógicas
pero poco realistas, al desentenderse del análisis de las prácticas históricas de las empresas como actores
sociales concretos, resultantes de su lugar hegemónico en las relaciones sociales de la producción capitalista.
Desde este punto de vista, la práctica histórica de las agroindustrias regionales indica la búsqueda permanente
de ganancias extraordinarias, incorporando en sus “estrategias” vinculaciones políticas, uso de la fuerza
(coerción) y otros mecanismos que explican más acabadamente su comportamiento que un supuesto
sometimiento a las reglas de la competencia. Cuando la “microeconomía” intenta dar cuenta de este nivel de
análisis continúa aquella tradición al analizar el comportamiento de los “agentes económicos” en términos de
interacciones horizontales, es decir, prescindiendo de las relaciones de poder que atraviesan dichas relaciones.

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

Este planteo nos remite al hecho de que el proceso de expansión inicial, si bien implica una
compleja combinación de factores, como los señalados, en situaciones en las que se detecta una
cierta tendencia decreciente en los precios internacionales del producto –que en el entramado
de discursos patronales se presenta en la actualidad como una “crisis del sector”–, es la particular
relación capital/trabajo la que aparece como fundamental a tener en cuenta.
El auge y la expansión sostenida de la producción porotera y sojera en la región se desarrolla
hacia principios de la década del ’70. A partir de allí, el incremento de la producción porotera
fue sostenido tanto en términos absolutos para el umbral como respecto del total del país. La
evolución de las explotaciones poroteras en cuanto a la superficie en hectáreas sembradas a lo
largo de todo el umbral al Chaco, entre los años 1966 y 1980, y su relación con el resto del país
puede resumirse en el Cuadro G.
La evolución de la superficie cultivada para el caso de la provincia de Salta, es paralela a
la tendencia general del conjunto del umbral. Hacia mediados de la década del ’70 la misma
se extiende hacia el departamento de San Martín. Según datos que presenta Caferatta (1988),
en 1974/75 la superficie plantada con poroto en dicho departamento es de tan sólo 1.000
hectáreas, la que crecerá a 19.250 en 1979/80 y, según datos propios, en 1992 llegó a
alcanzar las 80.000 hectáreas, constituyéndose en la actualidad en el departamento con
mayor producción y superficie cultivada.

CUADRO G: Umbral al Chaco: evolución de la superficie sembrada de poroto en hectáreas desde


1966 hasta 1980

AÑOS UMBRAL AL CHACO % DEL TOTAL TOTAL PAÍS


1966/67 25.979 65 40.100
1967/68 47.113 78 60.700
1968/69 39.717 66 60.300
1969/70 29.319 64 46.200
1970/71 44.064 69 64.146
1971/72 45.280 72 63.000
1972/73 65.400 80 82.200
1973/74 75.710 69 109.400
1974/75 111.200 74 150.830
1975/76 117.657 78 158.700
1976/77 155.920 84 185.000
1977/78 127.070 82 154.000
1978/79 204.972 87 236.000
1979/80 211.612 87 243.000

Fuente: datos elaborados por C. Reboratti sobre la base de información de la SAGyP.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Este importante crecimiento tiene características particulares. Tal como viene sucediendo
desde hace algunos años, el umbral no presenta un desarrollo homogéneo respecto a la
producción de poroto alubia, sino que se concentra en los departamentos de San Martín y
Anta, incluso la tendencia expansiva de la frontera agraria la marcan estos departamentos. Es
más, los datos muestran que en el resto de los departamentos la tendencia es hacia una
disminución sustantiva en la superficie cultivada de este producto, reemplazándose paulati-
namente por la producción de soja.
Las tendencias en torno a la preponderancia de los departamentos citados se observan a
continuación en el Cuadro H.
CUADRO H: Umbral al Chaco evolución de la superficie cultivada de poroto en la provincia de
Salta por departamentos (sup. en has) (campañas 1988/1989 y 1989/1990)

DEPARTAMENTO 1988/89 1989/90


SAN MARTIN 25.799 40.000
ANTA 24.055 45.000
ROSARIO DE LA F. 29.336 23.000
ORAN 20.716 12.000
METAN 16.616 15.000
CERRILLOS 8.549 7.000
GRAL. GÜEMES 8.371 8.000
LA CANDELARIA 5.189 5.000
CHICOANA 2.079 2.000
RESTO PROVINCIA 4.261 3.000
TOTAL 144.971 160.000

Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Censo Nacional Agropecuario 1988 y del
Servicio Nacional de Economía y Sociología Rural.

Dinámica de la acumulación y mercado de trabajo

En la medida en que el proceso de expansión en el umbral ha seguido ciertos modelos típicos


de la denominada “revolución verde” (modernas tecnologías e intensificación de la producción),
se ha descuidado la implicancia de las formas de reclutamiento de la fuerza de trabajo detrás de
argumentos que priorizan la idea de estos tipos de cultivo como actividades “intensivas” en capital.
Es preciso señalar que, en un primer análisis sobre la estructura de costos de las explo-
taciones poroteras, se puede dar cuenta de la relativa baja incidencia que el valor de la mano
de obra tiene en los costos totales de producción: 17.88%.

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

No obstante, más allá de estas cifras, habría que tener en cuenta que una estructura de
costos anual no significa lo mismo en la industria típica que en la plantación. En principio,
es posible observar que la mayor incidencia del precio de la mano de obra se produce en la
cosecha, que es cuando se contratan trabajadores temporarios (41.8%) (Cuadro I).

CUADRO I: Umbral al Chaco: costos de producción y comercialización (en u$a) por hectárea
(rendimiento 1ha=1ton.) e índice de incidencia del precio de la mano de obra (en%). 1993

TIPO DE LABOR PERÍODO MANO DE OBRA OTROS TOTALES INCIDENCIA MANO

arar octubre 2.7 10.0 12.7 21.6


rastrear diciem. 0.9 4.9 5.8 15.8
rastrear ene-feb. 1.2 8.2 9.4 12.9
sembrar febrero 0.6 104.1 104.7 0.6
aplic.herbicida febrero 0.0 16.3 16.3 0.0
aplic.fungicida feb.-abril 0.0 39.5 39.5 0.0
carpida feb.-mar. 2.7 6.9 9.6 28.6
plantación y cultivo oct-marzo 8.1 189.9 198.0 4.1
arrancado mayo 2.3 5.3 7.6 30.1
rast. acordonado mayo-jun. 0.6 4.2 4.8 12.5
acordonado mayo-jun. 39.5 0.0 39.5 100.0
cosecha y trilla junio 0.0 32.3 32.3 0.0
mover bolsas junio 5.1 5.9 11.0 46.4
transporte junio 0.0 18.4 18.4 0.0
cosecha mayo-jun. 47.5 66.1 113.6 41.8
Costo de producción oct.-junio 55.6 256.0 311.6 17.8

Fuente: elaboración propia en base a datos del INTA (Instituto Nacional de Tecnología
Agropecuaria) –Area Economía– Salta, 1993.
Nota: El rubro “otros” incluye gastos de combustible, agroquímicos, contratistas de máqui-
nas e insumos en general, mantenimiento y semillas.

Precisamente, mientras que en la industria típica el proceso de trabajo es anual y conti-


nuo, en la plantación, dicho proceso está caracterizado por una fuerte estacionalidad. Esta
característica lo convierte en un proceso relativamente discontinuo.
Esta discontinuidad implica, a su vez, que el costo de la fuerza de trabajo constituya en
su momento el componente principal que deba sustentar la patronal para garantizar el
proceso de producción. Sin embargo, y esto es de suma importancia, el salario no expresaría
semejante “demanda” puntual y específica de fuerza de trabajo. Lo expresado es válido en
general para este tipo de proceso de producción.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Desde esta perspectiva, la relación específica que se establece entre aquella demanda puntual
señalada y la existencia de lo que se denomina “subremuneración” de los trabajadores ha sido
descuidada reiteradamente en parte de la bibliografía consultada. Así, para el Umbral al Chaco, la
subremuneración laboral es en oportunidades explicada a partir de la existencia de una sobreo-
ferta de fuerza de trabajo. Sobreoferta que estaría asentada en una sistemática expulsión de
miembros de la unidad campesina hacia el mercado de trabajo. Otro de los argumentos presenta-
dos como complementarios se asienta en la constatación de la existencia de otras ramas de baja
productividad que impulsarían “hacia abajo” el precio medio de la mano de obra en el mercado:

“Es evidente que, de acuerdo al análisis por productividad que hemos realizado, existen
economías no campesinas, desarrolladas en base a trabajo asalariado, que se desenvuel-
ven en condiciones de baja productividad, tal es el caso de la forestal; y otras, como la
agricultura empresarial, que presentan una alta productividad por persona ocupada.
(...) el mercado define un precio medio de la mano de obra asalariada, que deberá ser
pagada tanto por el sector agricultor moderno como por el forestal de menor produc-
tividad. (...) Como existe un precio de mercado de la mano de obra asalariada, definido
por el sector de menor productividad, el sector empresarial avanzado se favorece por la
existencia de costos menores” (Caferatta, 1988: 55-56).

Este análisis sobre los motivos de la existencia de niveles de subremuneración tiende a


poner el acento en situaciones externas al propio proceso de expansión de una fracción
determinada del capital: los bajísimos niveles salariales se explicarían, en este caso, por los
bajos niveles de productividad en “el sector forestal”. Sin embargo, semejante explica-
ción no logra compatibilizarse con el reconocimiento simultáneo acerca del profundo declive
de las actividades en los obrajes de la región en la actualidad (Reboratti, 1989: 31-2).
Lo que se intenta señalar es que, suponiendo válido por el momento el postulado teórico de
ciertos abordajes económicos, que correlacionan positivamente los niveles salariales con la
productividad, para que el nivel salarial sea “definido” por una determinada rama de la produc-
ción se debería dar, al menos, alguna de las siguientes condiciones: a) ser la rama más dinámica
en términos de productividad, cuestión que queda fuera de discusión ya que se asume al sector
forestal (obrajero) como de baja productividad relativa; o b) que sea el sector o rama que
cuantitativamente ocupe la mayor cantidad de mano de obra, lo cual también es descartable, ya
que se reconoce un sistemático declive de esta actividad, justamente a partir de la expansión de
la producción porotera y sojera en la región (que, por otro lado, compite en el usufructo del
mismo territorio y mano de obra). Además, si bien por sus características de baja complejidad
tecnológica, el obraje es intensivo en mano de obra, sus requerimientos de la misma para el
proceso productivo son insignificantes en comparación con la producción en las plantaciones.
En los términos de aquellas formulaciones de teoría económica, debería ser precisamente
la rama de mayor productividad (reconociendo a su vez la estacionalidad de su demanda de
fuerza de trabajo) la que señalara los límites y posibilidades de los niveles del salario.

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

Se sostiene aquí que la explicación del fenómeno de la subremuneración de la mano de


obra no reside en aquellos argumentos doctrinarios. El argumento se orienta hacia el reconoci-
miento de una particular forma de relación entre la explotación de las economías domésticas
indias y campesinas y los mecanismos de enganche y contratación que utiliza la patronal para
eludir los efectos posibles de dicha demanda puntual de fuerza de trabajo. De los “tres
factores” de la producción, parecería ser que es el trabajo el que menos está sujeto a los
imperativos de los procesos de funcionamiento del mercado. No se poseen series históricas de
los precios de la mano de obra en esta rama de la producción, principalmente por el carácter
“informal” de los mecanismos de “contratación”. Sin embargo, a partir de datos de campo, se
ha podido elaborar un registro comparativo de los jornales que recibe un trabajador indígena
de acuerdo al tipo de trabajo que realice. Comparamos, en este caso, tres actividades: la pesca,
el obraje y la plantación de poroto, obteniéndose los siguientes promedios:

CUADRO J: Chaco central jornal diario promedio, por tipo de actividad

TIPO DE ACTIVIDAD JORNAL DIARIO EN USA


Pesca ca. 1.54 / día
Obraje ca. 3.90 / día
Poroto ca. 2.70 / día

Fuente: elaboración propia sobre la base de datos de campo.

Se considera aquí que estas cifras resultan más significativas que una serie continua
de índices salariales para una de las actividades, ya que las mismas permiten comparar los
distintos niveles del precio de la mano de obra para cada una de ellas. (Con la salvedad de que
sería más indicativa aún la comparación de la evolución de las series históricas de los índices
relativos por actividad, lo cual es prácticamente imposible de obtener.)
Lo interesante de los datos anteriores es, por un lado, el hecho de que la actividad en el
obraje “paga” más que las otras actividades y que el jornal en la cosecha de poroto a su vez es
mayor de lo que un pescador “medio” puede obtener de un día “normal” de pesca para los
camioneros (más adelante se analizará con detalle las particularidades de esta actividad). Esto
nos remite a una primera puesta en duda de la existencia de un precio de “mercado” de la
mano de obra. Ya que, incluso en el marco de remuneraciones que en ningún caso garantiza-
rían la reproducción de la fuerza de trabajo en forma sistemática, se aprecian diferencias
significativas que sólo pueden ser explicadas atendiendo a factores que van más allá de los
mecanismos de la oferta y la demanda, según se intentará demostrar.
En forma semejante a otros procesos de expansión capitalista analizados previamente, la
producción porotera en la región logró un sostenido dinamismo en la década pasada, gracias
a mecanismos promotores que facilitaron la obtención de tasas extraordinarias de ganancia.
En un primer momento el capital logró facilidades para obtener un acceso y un precio

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

“políticos” sobre la tierra, lo que le permitió reducir costos de producción y obtener ganancias
extraordinarias dados determinados niveles de precio del producto en el mercado mundial.
Hoy el “factor tierra” se presenta como un “recurso escaso”, dada la erosión de los suelos que
produce esta actividad y el hecho paralelo de que su precio se ha elevado considerablemente.
De todos los factores, es la tecnología la que más está sujeta a precios de mercado (prin-
cipalmente nacional), sin embargo, a pesar de su función teórica como ahorradora de salarios,
la patronal sigue optando por utilizar mano de obra en forma intensiva.
La evolución de los precios del poroto en la actualidad parecería mostrar una tendencia
negativa en los mismos. Dicha tendencia se corresponde con discursos patronales en torno a la
crisis del sector que se ha registrado en el campo hacia el año 1993. Sin embargo, resulta de interés
especial observar los datos emergentes del Cuadro K sobre las Tasas de ganancia en el sector.

CUADRO K: Umbral al Chaco: relación entre precios de mercado (p) y costos de producción (c) y
tasas de ganancia (tg) por año de cosecha

COSECHA P. PRECOSECHA P/C P. POSCOSECHA: P-C (C=312) T.G.(*)


ABRIL JULIO/NOVIEMBRE
1988 470 158 710 398 128 %
1989 740 428 840 528 169 %
1990 830 518 790 478 153 %
1991 720 408 570 258 83 %
1992 550 238 200 -112 -36 %
1993 650 338 450 138 44 %

Fuente: Elaboración propia sobre la base de cifras de la Junta Nacional de Granos y datos de campo.
(*) TG calculadas s/precios y costos poscosecha según: (P-C) / C x 100.

Observando el cuadro anterior, en el marco de semejantes tasas de ganancia resulta poco


sustentable el discurso patronal en torno a la aludida “crisis” del sector. Sin embargo, ya se ha
señalado anteriormente que los registros obtenidos de distintos administradores de fincas hacen
énfasis en este aspecto y en un pronóstico acerca de la continuación de una tendencia decreciente
de los precios de exportación. No obstante, los precios internacionales que se obtienen por el
producto se han mantenido a precios constantes en el orden de los 1.000 dólares la tonelada (esto
en el caso del poroto alubia que se exporta principalmente a Europa). Al mismo tiempo, la
tendencia decreciente de la TG indicada en el cuadro se mantiene hasta la actualidad.
Es probable que aquello que la patronal visualiza como crisis sea la dificultad de
mantener simultáneamente a los precios constantes de exportación un precio por su
producción que le garantice tasas de ganancia en los niveles históricos en que éstas
fueron posibles. Ciertamente, el mercado de exportación del producto se encuentra

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

controlado principalmente por grandes consorcios comerciales, como Bunge y Born y


Continental, a partir del manejo de las tecnologías de selección de granos y una estruc-
tura comercial capaz de concentrar la producción para su comercialización en los merca-
dos mundiales. Por otro lado, en los últimos años estas empresas, que al principio sólo
exportaban, se han dedicado también a la producción a gran escala, lo cual les permite
influir sobre la oferta del producto en el mercado interno. De esta manera, estos consor-
cios, al mismo tiempo de garantizarse la obtención de un precio estable en el mercado
mundial, logran hacer variar los precios internos del producto. A precios internacionales
constantes, la variación interna negativa de los precios desplaza tasas de ganancia de la
producción a la comercialización.
Esta forma de intervención sobre la oferta del producto en el ámbito interno (nivel de
la producción cosechada) resulta evidente a partir del año 1990 y se refleja en la compara-
ción de los precios internos del producto en el momento previo a la cosecha (p.e. en el mes
de abril) y los precios que se obtienen en el período poscosecha (a partir de julio), y
comparando las diferentes tasas de ganancia (Precio-Costos de producción) para cada
período, tal como lo indica el cuadro presentado.
Las cifras del cuadro son significativas por varias razones. En primer lugar, indican lo
expresado en torno a las altas tasas de ganancia que obtienen los productores y, al mismo
tiempo, la gran variabilidad de los precios en cada cosecha. En segundo lugar, indica que
dicha variabilidad de los precios sigue patrones distintos si se toma el período previo a la
cosecha (momento en que los productores saben estimativamente cuánto va a ser el
volumen general de la producción total). En tercer lugar, se nota un claro punto de
inflexión en el año 1992, en el cual, independientemente de las expectativas de los
productores que esperaban una ganancia monetaria del orden de los 238 dólares por
hectárea, obtienen un precio menor a los costos de producción, por lo que, por primera
vez, producen a pérdida.
Una disminución de los precios de venta internos implica una presión hacia la dismi-
nución de las tasas de ganancia o bien hacia la disminución de los costos de producción.
Pero, si la disminución de las tasas de ganancias es la última variante a resignar por los
productores, la segunda alternativa, obviamente siempre preferida, se enfrenta a algunas
constricciones. La decisión de ahorrar costos por el lado de algunos insumos (semillas,
herbicidas, o incrementar cualquier componente tecnológico) resulta limitada, ya que
tienen un precio establecido por un mercado sobre el cual la patronal de las plantaciones,
en las actuales condiciones, no tiene capacidad de influencia. Esto último es así ya que, en
general, los patrones contratan de otras empresas de servicios los requerimientos de maquina-
rias y otros insumos tecnológicos.
En segundo lugar, la incorporación de nuevas tecnologías en los procesos de trabajo, que
son intensivos en mano de obra, presenta una serie de limitaciones o constricciones de
distinto tipo y sobre las cuales resulta de especial interés realizar algunas consideraciones.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Tecnologías aplicadas

Desde el momento en que se inició un acercamiento hacia los procesos productivos que
en la actualidad se desarrollan en el umbral al Chaco, se tuvo información acerca de la
realización de estudios en genética de las plantas que habrían logrado importantes desarrollos
en la obtención de un tipo de planta de poroto tipo alubia que fuese susceptible de ser
cosechada mediante maquinarias adecuadas. Así, de acuerdo a recientes resultados obtenidos
por especialistas en fitomejoramiento de legumbres secas en el INTA (Instituto Nacional de
Tecnología Agrícola), hace ya varios años que se han obtenido dos variedades de plantas que
tendrían la particularidad de ser, por un lado, resistentes a la plaga de la “mosca blanca” y, por
el otro, gracias a su porte menos rastrero que la planta tradicional, susceptible de ser cosecha-
da por trilla directa con maquinarias.110
Según discursos sostenidos por “administradores de fincas” en la región y registrados
en el marco de distintos trabajos de campo, la utilización de estos tipos de variedades de
plantas de poroto tendría algunas limitaciones. En particular y siempre según el propio
discurso gerencial, aquella limitación residiría en el hecho de que “estas variedades de
planta son menos productivas”, es decir, producirían menores cantidades de frutos por
planta que la tradicional. Cuestión a la que deberían añadirse “las pérdidas sufridas por la
cosecha mecanizada”. Ciertamente, parece ser un planteo muy extendido en la región
considerar que con el “corte” y el “acordonado” manual en la cosecha se pierde menos
producto que utilizando cosechadoras mecánicas (véase la descripción del proceso de
trabajo realizada más abajo).
Entonces, la decisión de realizar el corte y acordonado en forma mecánica tendrá que ver
con la posibilidad de seguir obteniendo o no un determinado precio por la mano de obra que
sea inferior al precio del producto que se perdería mediante el proceso mecánico y, como
tienden a sugerir los datos presentados anteriormente, un precio del salario que sea mayor a
lo que los trabajadores obtendrían en la pesca.
Resulta interesante constatar que (a pesar de que la mayoría de los analistas sobre la región
dan cuenta del carácter “intensivo en tecnología” de la producción) sea a través de ciertas
decisiones en torno a la fuerza de trabajo que la patronal logra sostener márgenes de rentabi-
lidad que le resulten atractivos para continuar invirtiendo en esta rama de la producción.
Concretamente, en el proceso de modernización rural de la región, el salario reaparece como
la más importante variable de ajuste.

110. Los tipos de variedad de plantas son conocidos en la zona como “paloma” y “perla”. La denominada
mosca blanca se aloja en el revés de la hoja de soja, pero el virus que transporta ataca con especial preferencia
los porotales, cuyas cosechas, cuando son atacadas, quedan prácticamente diezmadas. El virus que transporta
la mosca blanca produce dos efectos simultáneos en las plantas de poroto: achaparramiento de la propia
planta y el amarillamiento de sus hojas.

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

De acuerdo a lo anterior, puede sustentarse la existencia de un paralelismo entre el


proceso de desarrollo tecnológico en esta rama de la producción agraria (incremento de la
composición orgánica) y la profundización de formas “arcaicas” de explotación del trabajo.
¿Cuál sería el campo de límites y posibilidades de este vínculo?
Tal vez podamos orientar algunas respuestas a esta pregunta si profundizamos en las
particulares formas de reproducción de la fuerza de trabajo, producto de las relaciones
específicas que se establecen entre los procesos de trabajo que garantizan la reproducción de
la vida de los pobladores indios y campesinos y los requerimientos de mano de obra en los
procesos de trabajo en las plantaciones.
Respecto al tema, se han sugerido algunos diagnósticos sobre las vinculaciones entre el proceso
expansivo de la frontera hacia el Depto. de San Martín y la disponibilidad de fuerza de trabajo:

“Es muy interesante el uso que se hace de las reservas disponibles de mano de obra.
Al contrario de lo que pasaba en otras zonas del umbral del chaco, donde la mano de
obra escaseaba, y debía ser traída desde grandes distancias, aquí hay una fuente,
aparentemente inagotable, de trabajadores: las agrupaciones indígenas. No menos
de veinte establecimientos utilizan este tipo de mano de obra, usualmente combina-
da con santiagueños (la mano de obra ya clásica para la cosecha del poroto) y, en
menor medida, por bolivianos (sólo cuatro casos) y criollos (tres). Curiosamente,
como ya dijimos, la expansión agrícola de Tartagal está repitiendo lo que sucedió en
el caso de una expansión agrícola anterior y cercana, la de las plantaciones azucareras
del valle de San Francisco a principios de siglo” (C. Reboratti, 1989: 69).

Vamos a retener, en primer lugar, la cuestión de la reiteración del espacio chaqueño como
“reserva de mano de obra” en los procesos cíclicos de expansión de la frontera. La reserva se
explica en su funcionalidad respecto de los requerimientos del proceso de expansión, pero, a
nuestro entender, resulta de interés particular el análisis sobre el carácter diferencial de cada
“tipo” histórico de proceso de trabajo.
Tal como se viene sosteniendo, algunas de las características diferenciales entre los proce-
sos de trabajo en los ingenios y en las plantaciones actuales de poroto, pueden indicar
también vinculaciones específicas entre la dinámica de acumulación (expansión) y la diná-
mica de la reproducción de fuerza de trabajo.
A modo de ejemplo puede, en principio, señalarse el hecho de que el tiempo de
trabajo en los procesos de trabajo realizados en los ingenios era muy superior al de las
contrataciones actuales en las plantaciones del umbral, por lo tanto, los impactos del
reclutamiento sobre la capacidad de sustentación de las economías domésticas aboríge-
nes en ambas situaciones resultan diferentes. Además, y tal vez por ello, en el caso de los
ingenios hubo una política específica por parte de la patronal para garantizar la repro-
ducción de la fuerza de trabajo; tal es el caso de la creación de las “misiones”, encargadas
de la realización de esta tarea en forma más o menos sistemática; mientras que en la

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

actualidad, las “comunidades” indígenas de la zona se enfrentan a sus propias capa-


cidades y limitaciones para la reproducción de la vida.111
Se analizaba también, en el trabajo citado, los procesos de transformación de lo que
comúnmente se denomina “oferta ambiental” en lo que respecta a una disminución sustantiva
de los recursos que han constituido la “tradicional” base material, “el almacén primitivo de
víveres” (Marx) de la población india y campesina.
Esta situación implica, al menos, que la “reserva” de mano de obra no posee las mismas
características y capacidades retentivas y/o reproductivas para ambos contextos.
El argumento en torno a la expansión capitalista hacia el norte del umbral, posibili-
tado por la existencia de una disponibilidad masiva de fuerza de trabajo india, explica,
en general, el carácter “funcional” de las comunidades y sus modalidades de reproduc-
ción de la vida (basadas en la pesca tradicional, la caza de pequeños animales del monte,
la recolección de frutos, una agricultura esporádica y empleos ocasionales). Sin embargo,
si se enfoca la lente en esta cuestión, se comienza a encontrar un conjunto de situaciones
que nos remiten a una relación contradictoria entre la capacidad de “oferta” de fuerza de
trabajo de dichas comunidades y los requerimientos específicos de las fracciones dinámi-
cas del capital agrario en esta frontera.
Consultados algunos datos demográficos de los tres espacios socioeconómicos vincula-
dos en la formación social de fronteras, tenemos que los niveles de la “oferta” de mano de obra
tiene características diferenciales.
* Para el departamento de San Martín, que, como observamos anteriormente, constituye
el ámbito específico de la instalación más reciente de plantaciones poroteras, hubo un
incremento relativo de su población menor que la variación para todo el umbral; no obstante
se muestra un alto índice de urbanización y un prácticamente nulo incremento en la pobla-
ción rural (Reboratti, 1989).
Este proceso combinado de desforestación (ya señalado) y despoblamiento producido
por la expansión de la producción porotera de corte capitalista, produjo una significativa
expulsión de los pequeños productores ganaderos de la zona. Ello explica los requerimientos,
por parte del proceso de trabajo en las plantaciones, de fuerza de trabajo de otras áreas.
* Comparando los datos demográficos durante el período que va de la década 1970
a 1980 del departamento de San Martín con los del departamento de Rivadavia, en el
cual se asientan no sólo las “comunidades” indígenas sino también pequeños productores
criollos que practican una ganadería extensiva (de tipo similar a la que encontramos en
Santiago del Estero), se observa en el primer departamento una tasa de migración nega-
tiva bastante significativa (-10%); mientras que en Rivadavia los datos dan una situa-
ción de cierto equilibrio, es decir, con una tasa migratoria casi nula, según se desprende
del Cuadro L.

111. Para una análisis en detalle véase el trabajo de H. H. Trinchero y D. Piccinini, 1992: 207-209.

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

CUADRO L: Departamentos de San Martín y Rivadavia (Salta), tasas de crecimiento medio


anual intercensal total (ct), vegetativo (cv) y migratorio (cm) (tasas calculadas por mil),
período 1970/1980

AREA CT CV CM
SAN MARTIN 18,1 28,3 -10,2
RIVADAVIA 32,0 31,7 0,3

Fuente: Cafferata, 1988: 16.

Según los estudios realizados por F. Forni y su equipo (1992: 27-30), la mayoría de los
trabajadores contratados para las cosechas en el sur salteño del umbral provienen de los
departamentos de Pellegrini y Jiménez, tradicionalmente expulsores de mano de obra rural.
De acuerdo a lo visto, una de las peculiares características de la producción agrícola del
poroto es la fuerte estacionalidad en la demanda de mano de obra por un breve período.
Durante el período que va desde aproximadamente mediados de mayo a mediados de julio,
las plantaciones requieren intensivamente de mano de obra.
La mayoría de los trabajadores estacionales “golondrinas” al sur de Salta son campesinos
ganaderos provenientes, por lo general, del norte de Santiago del Estero. Estos grupos
participan de un circuito en el que se combinan empleos en distintos procesos de trabajo
agrícolas que requieren mano de obra temporaria en diferentes épocas del año.
Por otro lado, en la zona del departamento de San Martín, al norte de la provin-
cia de Salta, se trata de trabajadores aborígenes provenientes del parque chaqueño,
la gran mayoría de las riberas del río Pilcomayo en Salta e incluso en algunos casos
del oeste de la provincia de Formosa.
Mientras que los trabajadores criollos del noroeste de Santiago del Estero migran por un
largo período hacia distintas cosechas, entre las cuales una es la del poroto, los trabajadores
aborígenes del Chaco salteño lo hacen sólo en la época de la cosecha del poroto para trabajar
exclusivamente allí.
Lo anterior es significativo ya que, retomando la cuestión del relativamente breve perío-
do del proceso de trabajo en las cosechas de poroto, tenemos que la mayor parte del peso de
la reproducción de los productores recaerá “fuera” de los mecanismos de remuneración allí
establecidos, por lo que la resolución de esta situación presenta distintas alternativas para
cada grupo en cuestión.
Estas alternativas están determinadas, entre otras cosas, por las diferentes “capacidades de
retención” de las economías domésticas de ambos grupos.
El análisis de estas capacidades nos permite profundizar en las características particulares
de la oferta de fuerza de trabajo.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

Expansión del capital y explotación del trabajo “doméstico”

Como parte de las características generales del empleo en las ramas agrarias del capital que
requieren mano de obra en forma estacional, la producción porotera se asienta en mecanis-
mos de explotación de la economía doméstica.
En su forma genérica, la explotación a la que se ven sometidos los trabajadores cosecheros
de poroto se realiza en un doble sentido:
a) El de un ahorro del costo de la reproducción de la mano de obra por parte de la
patronal, durante el período en que el proceso de trabajo en las plantaciones es casi en
forma absoluta intensivo en capital; reproducción que en parte se ve garantizada en la
unidad doméstica.
b) El de una sobreexplotación durante el período de duración del proceso de trabajo
intensivo en mano de obra por dos vías: 1) Pagando salarios que no garantizan ni “nece-
sitan” garantizar el costo de reposición de la mano de obra, 2) extendiendo la jornada
laboral con mecanismos como, por ejemplo, el pago a destajo.112
Sin embargo, este proceso no es meramente funcional, sino, como venimos observando,
complejo y contradictorio, ya que la explotación del trabajo doméstico tiene límites y posibi-
lidades específicas de acuerdo a una serie de relaciones que se analizan a continuación.
El comienzo de la “poroteada” coincide, para el caso del Chaco salteño, con el inicio
también de la pesca comercial; esta última es una de las principales actividades económicas a
través de la cual los trabajadores aborígenes obtienen mercaderías y dinero, y cuyo producto
además representa una parte importante en la dieta de los mismos.
En la zona del Pilcomayo, desde principios de junio hasta fines de agosto, la llegada de los
cardúmenes y las condiciones que presenta el río permiten una intensa captura de peces. Esta
es la época del año en que algunas comunidades toman contacto con compradores que,

112. Para un desarrollo teórico del rol de las “economías domésticas” en el proceso de transferencia de valor
a partir de su función de reproducción de los productores, puede consultarse el ya clásico texto de C.
Meillasoux, Mujeres Graneros y Capitales. Sin entrar a debatir el conjunto de implicancias y discusiones en
torno al problema de la transferencia de valor en las economías “campesinas” (cfr. M. Margulis, op. cit.,
1979), consideramos extensible a nuestro caso la siguiente síntesis de Torres Adrián respecto a la población
campesina de Honduras: “1) La reproducción de la fuerza de trabajo de la población campesina corre –en un
grado variable– a cuenta de la reproducción de la forma mercantil simple que asuma su economía; 2) como
parte de los productos necesarios para la reproducción de esta fuerza de trabajo no se adquieren en el mercado
(la familia los produce), el valor social de la fuerza de trabajo que se vende puede ser inferior al valor de la masa
de bienes necesarios para su reproducción (aunque algunos tengan un valor individual superior al social...),
lo cual facilita en términos relativos bajos niveles salariales (este fenómeno tiende a desaparecer en la medida
que se produce la proletarización, es decir, la dependencia total con respecto al salario para reproducir la fuerza
de trabajo); 3) los bajos niveles salariales facilitan la obtención de plusvalía. Así, parte de la llamada
funcionalidad de la economía campesina está en que permite la acumulación vía una mayor explotación de la
fuerza de trabajo, debido a que contribuye a la reproducción de ésta, reduciendo la porción de trabajo
necesario que debe ser retribuido por el salario” (Adrián Torres, op. cit.: 50).

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

provenientes de Tarija y otras localidades de Bolivia, recorren las comunidades con camiones
cargados de hielo en barra, llegando a obtener un promedio de 5.000 piezas por vehículo.
Además, del lado argentino, aunque en menor proporción, también se encuentran compra-
dores provenientes de la ciudad de Tartagal y hasta de la ciudad de Salta.
Se puede plantear, de acuerdo a los datos de campo obtenidos en la zona, que existe una
relación inversa entre la participación en la cosecha del poroto y en la pesca. Es decir que
cuanto más intensa es la actividad pesquera en las comunidades, menor es su aporte de
trabajadores a la cosecha del poroto.
Es importante tener en cuenta que existen capacidades diferenciales entre las distintas
comunidades indígenas de la zona. Algunos indicadores de la distinta capacidad de reten-
ción por parte de la actividad pesquera son los siguientes:

* La mayor o menor cercanía de los pobladores a las zonas ribereñas limítrofes con Bolivia
(que es hasta donde, por lo general, llegan los camiones). Son estas comunidades las más
involucrados en la pesca comercial, es por ello que el reclutamiento de cosecheros, en general,
aumenta a medida que la incidencia de la pesca comercial es menor. Es posible, al respecto,
plantear la existencia de una relación directa entre la distancia de las comunidades ribereñas
respecto a la frontera con Bolivia y la cantidad de personas que un contratista puede enganchar.

* Las productividades diferenciales por comunidad que, tal como se ha planteado


en otra oportunidad, dependen “de la posibilidad de que un grupo de pescadores
pueda lograr una captura que varía entre las 1000 y 5000 piezas (dependiendo del
tamaño del camión) en un lapso no mayor de dos días (dado lo perecedero del produc-
to)... De acuerdo a estas condiciones de tiempo y productividad existe un grupo limi-
tado de comunidades en capacidad de satisfacerlas” (Trinchero, 1992: 124-7).

Entonces, las comunidades en las que se observan ambas situaciones son las que presen-
tan una “economía doméstica” con mayor posibilidad retentiva frente a la demanda del
sector porotero.
En este sentido, los pobladores indios de las comunidades de la zona se enfrentan al
imperativo de decidir entre “engancharse” para la poroteada o pescar para los camioneros. En
principio, la pesca es percibida como “preferible” a la poroteada, ya que, independientemen-
te de su carácter mercantil, constituye una parte sustantiva de la dieta alimentaria de las
unidades domésticas; sin embargo, y tal como lo señalamos, existen diferentes posibilidades
de llegar a alcanzar los rendimientos requeridos.
Existen también otros factores que se tienen en cuenta a la hora de la decisión: los
camiones a veces no llegan. Aquí el rol de las autoridades es sumamente importante ya que no
pocas veces aparecen mecanismos políticos de control de este vínculo comercial (por ejemplo,
negociaciones entre contratistas y gendarmería que, mediante el control de los puestos fron-
terizos, impide en ocasiones a los camiones llegar hasta las comunidades). La pesca a veces

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fracasa, al menos en los niveles de captura exigidos por los camioneros, por lo que el ingreso
obtenido resulta bastante menor al que eventualmente pudiera accederse incluso a niveles de
bajísima productividad en las plantaciones.113
Esto resulta sumamente interesante cuando comprobamos que la pesca y la cosecha del
poroto son dos actividades que se superponen y que, por lo tanto, distintas fracciones del capital
procuran captar a un mismo tiempo la misma fuerza de trabajo. El reclutamiento de cosecheros
en general crece río abajo a medida que la incidencia de la pesca comercial es menor.
Teniendo en cuenta, esta vez, algunas de las características de la economía doméstica de
los trabajadores santiagueños que se incorporan a la producción del poroto, es posible realizar
algunas comparaciones significativas.
El carácter estructuralmente “expulsor” de dichas economías domésticas, tal como lo
observamos anteriormente, se reafirma por la inexistencia de procesos de trabajo que compi-
tan en el uso intensivo de su mano de obra en el período de la cosecha del poroto, tal como
es el caso de la pesca comercial para los camioneros en el Pilcomayo.
Otro dato de interés, según la investigación de F. Forni et al. (1992: 49-50), es que el
55% de estos trabajadores perciben un salario igual o menor que el que obtienen otros
trabajadores en la misma región de donde provienen.
Así el 29,4% de los ocupados, para los departamentos de Pellegrini y Jiménez, participa de
trabajos estacionales, siendo éste el índice más alto para toda la provincia de Santiago del Estero.
Situación, ésta, que, a diferencia de lo que sucede con la población india del Pilcomayo, lleva a
que los trabajadores se enfrenten a una situación de decidir migrar quizás más compulsiva y
cuya expresión más evidente es la enorme masa de trabajadores de estas zonas en las inmedia-
ciones de la estación de ómnibus de Rosario de la Frontera para la época de la cosecha.
A partir de lo anterior, resulta oportuno también colocar entre paréntesis la noción
“sobreoferta de fuerza de trabajo” como variable explicativa de la dinámica del “mercado de
trabajo” para el conjunto del umbral. En este sentido, será necesario profundizar sobre las
particulares formas de enganche de trabajadores que se establecen en las relaciones entre el
capital y el trabajo en cada región.

113. Por ejemplo, tenemos lo ocurrido durante la temporada de 1992, éste fue el primer año de emergencia
sanitaria por la propagación del cólera y, con ello, se prohibió toda actividad pesquera y el consumo del pescado
proveniente del área, llegándose a confiscar los productos de la pesca con el argumento de que el pescado era
transmisor del vibrión del cólera. Otro argumento que tendía a legitimar dichos procedimientos fue, tal como
apareció difundido en distintos medios periodísticos en dicho año, la enunciación de que “los indios comen el
pescado crudo”, una absoluta falacia etnográfica. Si bien el mayor efecto de esta política fue durante los primeros
meses del año luego de comprobarse que ni el río ni el pescado estaban contaminados, no se percibió una
decidida actitud por parte de las autoridades para levantar la prohibición, contribuyendo con esto a promover
las dudas que existían con respecto a la posibilidad de seguir con la actividad. Es más, pudo comprobarse la
actitud de personal de gendarmería continuando con la confiscación del producto de la pesca que obtenían los
pobladores, a pesar de conocerse lo ineficaz de la medida. Tal situación provocó, por lo menos durante algunos
meses, una disminución en la actividad de la pesca comercial, en coincidencia –ese año fue mucho mayor con
respecto a otros años–, la participación de comunidades pesqueras en la cosecha del poroto.

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

Las formas de reclutamiento: del contrato al enganche

Las formas de reclutamiento (enganche y contratación) constituyen un importante


indicador para dar cuenta del especial énfasis que pone la patronal en el control de la
fuerza de trabajo.
El requerimiento de mano de obra en estos casos indudablemente impone características
especiales a la contratación de trabajadores estacionales. Según hemos observado, la mayoría
de los trabajadores al sur de Salta son campesinos provenientes de Pellegrini y Jiménez, dos
departamentos del norte de Santiago del Estero, tradicionalmente expulsores de mano de
obra rural (caracterizados por la literatura como trabajadores “golondrina”).
Por otro lado, en la zona del departamento de San Martín, se trata de trabajadores
aborígenes que provienen del parque chaqueño, la gran mayoría de las riberas del río Pilcomayo
en Salta e incluso en algunos casos hasta del oeste de la provincia de Formosa.
En los mecanismos de contratación que tienen lugar en una y otra región del umbral
también se encontrará diferencias significativas.
En el área de Rosario de la Frontera, la mayoría de los trabajadores llegan por su
cuenta. Provenientes de aquellos departamentos fronterizos al umbral, se dirigen durante la
época de cosecha del poroto hacia terrenos linderos a la terminal de ómnibus. Allí, capataces
o representantes de las fincas y empresas productoras contratan los grupos que necesitan.
A diferencia del sur provincial, en el departamento de San Martín distinguimos una
modalidad que hegemoniza la contratación de trabajadores por intermedio de los contratis-
tas, quienes reclutan la fuerza de trabajo en los lugares de residencia de los trabajadores. En
algunos casos, se trata de comunidades cercanas a los lugares de trabajo, pero la mayoría están
en sitios alejados y de acceso más dificultoso –como es el caso de las comunidades del
Pilcomayo en el noroeste provincial.
A partir de esta diferencia en los mecanismos de contratación, resulta posible comenzar a
comprender la particular eficacia que adquiere el rol del contratista.
El rol del contratista, a pesar de su innegable importancia, “ha sido prácticamente un
fantasma en la literatura específica, y aparece y desaparece de muchas estructuras agrarias”
(Reboratti, 1986: 273). Sin embargo, no sólo su presencia (o ausencia) está indicando
vinculaciones diferenciales en la relación capital/trabajo, sino también las formas diferencia-
les del vínculo que establecen con los trabajadores.
En el primer caso, los trabajadores van en busca de quienes los contratarán y se dirigen
por sus medios al área de trabajo; y además provienen de una región, como ya dijimos,
tradicionalmente expulsora de mano de obra, por lo que la figura del contratista, si bien no
está ausente en todos los casos, tiene menor relevancia.
El siguiente relato indica las particularidades del proceso de enganche para los campesi-
nos provenientes del noroeste de Santiago del Estero. El narrador trabajó en las inmediacio-
nes de Rosario de la Frontera en el año 1977.

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HÉCTOR HUGO TRINCHERO

El con su hermano se vincularon a la poroteada a partir de un vecino, quien ya tenía


experiencia anterior y conocía la zona: “...mi hermano largó el obraje porque pensaba que podía
ganar más en el poroto y además parecía un trabajo más fácil.(...) yo quería ir con él y lo
convencimos a mi viejo para que me deje, es que yo era menor.(...) nos llevó un vecino, un
hombre conocedor del movimiento en la zona que sabía cuáles eran las mejores fincas y con
quién hacer los tratos. Cuando llegamos al pueblo acampamos en una plaza en donde muchos
grupos de personas habían acampado, a ese lugar llegaban las camionetas y los capataces de las
fincas para hacer trato con nosotros.(...) ellos contrataban por grupos (...) cada grupo
mandaba un representante para que arregle con los capataces y algunas veces se podía elegir (la
finca donde emplearse) pero a nosotros gente conocida ya nos había dicho que la finca de
Vicente era buena y fuimos directamente a arreglar con su capataz.”
Su primer tarea incluyó “la arrancada” y fue en campos de poroto blanco, no qui-
sieron trabajar en la cosecha de poroto negro porque “es más duro el arrancado”; estos campos
se encontraban a unos 50 km del pueblo.
El trabajo y sus condiciones son prácticamente igual que en el norte, el capataz cumple
con las tareas de control del proceso de trabajo.
Luego, “...terminado el trabajo te llevan a Rosario, o en algunos casos al lugar en donde
te fueron a buscar, en las casas...”.
A ellos los dejaron en Rosario y allí pudieron acceder a otro trabajo en una finca de
Yatasto, pero esta vez el arrancado ya se había hecho con máquinas. En este caso, “negociaron”
con un capataz sin referencias “(...) pero el trabajo al no tener que arrancar era más fácil,
trabajábamos prácticamente corriendo detrás de las máquinas y lográbamos hacer muchas
más hileras que cuando teníamos que arrancar... la única macana es que uno no puede pelear
mucho el precio hasta que no ve la tarea y cuando uno ya está en el campo acepta cualquier
cosa porque es difícil volver por la de uno y no es seguro que se encuentre otro trabajo.”
Para el caso del departamento de San Martín, los trabajadores provenientes de las comu-
nidades ribereñas del Pilcomayo se encuentran en situaciones relativamente distintas. Como
hemos observado, el imperativo de obtener alimento coloca a las unidades domésticas en la
situación de optar entre engancharse en la poroteada o quedarse a pescar para los camioneros,
siendo por lo general la opción más deseada esta última, pero no siempre elegida (dadas las
restricciones ya planteadas).114

114. El imperativo de obtener alimentos en forma inmediata resulta, para los miembros de las unidades
domésticas aborígenes, más acuciante en términos relativos que para los criollos ganaderos de Santiago del Estero.
El hecho de que el “almacén primitivo de víveres” sea el monte y los ríos los somete a la estacionalidad de la oferta
de los recursos existentes. Esta situación no implica una caracterización de desventaja en sí de las economías
recolectoras cazadoras respecto a las campesinas o ganaderas, como sugeriría cierta antropología productivista. La
situación de apremio está ligada a la enorme transformación de la oferta ambiental que implicó una correlativa
disminución de la capacidad de usufructo del monte, lo cual reconoce como causas más importantes, entre otras,
la invasión ganadera en los territorios aborígenes, los cercamientos militares y más recientemente los límites que
imponen la ocupación y apropiación por otros pobladores, tal como lo hemos analizado en un trabajo anterior

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LA “PAMPEANIZACIÓN” DEL UMBRAL AL CHACO

Esta situación, constituye uno de los motivos por los cuales el proceso de negociación se
realiza en las propias comunidades, lo que ubica mucho más centralmente el lugar ocupado
por intermediarios que puedan llegar a las comunidades y reclutar la cantidad de trabajado-
res que requieren los productores. El éxito de tal gestión estará vinculado a numerosos
factores, según se ha venido observando.
En este caso, el contratista se convierte en el único detentador de las vacantes laborales, ya
que una vez “enganchados”, los trabajadores tienen dificultades materiales incluso mayores
que los trabajadores golondrinas de Santiago para, en caso de proponérselo, retornar a sus
comunidades, por ejemplo ante la eventualidad de no estar de acuerdo con los términos de
la contratación en la plantación.
Por lo general es el contratista quien se encarga de controlar a los trabajadores y al trabajo
realizado; de este modo, son el único vínculo del trabajador con la empresa. En realidad el
contratista se erige en una especie de empresa de servicios encargada de garantizar la parte
intensiva de mano de obra del proceso de producción.
Esta “mediación” entre la patronal de la plantación y la mano de obra permite a la primera
dificultad eludir responsabilidades propias del derecho labor