Está en la página 1de 31

Revolución

Política e ideas en el Río de la Plata


durante la década de 1810
Revolución
Política e ideas en el Río de la Plata
durante la década de 1810

Fabián Herrero
compilador

Rosario, 2010
Revolución. Política e ideas en el Río de la Plata durante la década de 1810 / compilado por Fabián Herrero.
- 2a ed. - Rosario: Prohistoria Ediciones, 2010. Colección Universidad - 1
188 p.; 22x15 cm.

ISBN 978-987-1304-64-6

1. Historia Argentina. I. Herrero, Fabián, comp.


CDD 982

Fecha de catalogación: 29/07/2010

Composición y diseño: Marta Pereyra


Edición: Prohistoria Ediciones
Diseño de Tapa: Gabriel ha dejado de dormir la siesta

Este libro recibió evaluación académica y su publicación ha sido recomendada por reconocidos especialistas que
asesoran a esta editorial en la selección de los materiales.

TODOS LOS DERECHOS REGISTRADOS


HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY 11723

© Fabián Herrero
© de esta edición:
Tucumán 2253, (S2002JVA) – Rosario, Argentina
Email: prohistoriaediciones@gmail.com - prohistoriaediciones@yahoo.com.ar
Website: www.prohistoria.com.ar
Descarga de índices y capítulos sin cargo: www.scribd.com/PROHISTORIA

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, incluido su diseño tipográfico y de portada, en cualquier formato
y por cualquier medio, mecánico o electrónico, sin expresa autorización del editor.

Este libro se terminó de imprimir en FERVIL, Rosario, en el mes de octubre de 2010.


Tirada: 300 ejemplares.
Impreso en la Argentina

ISBN 978-987-1304-64-6
Índice

Presentación
Fabián Herrero...................................................................................................... 9

¿Pasado o presente?
La Revolución de Mayo en el debate político rioplatense
Fabio Wasserman.................................................................................................. 29

El Español de José María Blanco White en la prensa porteña (1810-1814)


Alejandra Pasino................................................................................................... 51

En búsqueda de la “República ilustrada”.


La introducción del utilitarismo y la idéologie en el Río de la Plata
a fines de la primera década revolucionaria
Klaus Gallo........................................................................................................... 79

¿La Revolución dentro de la Revolución?


Algunas respuestas ideológicas de la elite política de Buenos Aires
Fabián Herrero...................................................................................................... 95

Conflicto social, militarización y poder en Salta


durante el Gobierno de Martín Miguel de Güemes
Sara E. Mata de López.......................................................................................... 117

La hora del Cabildo


Jujuy y su defensa de los derechos del “pueblo” en 1811
Gustavo L. Paz...................................................................................................... 137

Instituciones coloniales en contextos republicanos


Los jueces de la campaña cordobesa en las primeras décadas
postrevolucionarias y la constitución del estado provincial autónomo
Silvia Romano....................................................................................................... 153
Presentación

Fabián Herrero

A
1.
l pensar este libro persigo un objetivo: mostrar, a través de una serie de es-
tudios, algunas de las últimas imágenes que la investigación más reciente
ofrece sobre el proceso revolucionario de la década de 1810. Desde el vamos,
convoco para ello a distintos especialistas cuyo eje central de análisis gira, básica-
mente, aunque no de manera excluyente, en torno a las variadas y ricas posibilidades
que pueden brindarnos hoy tanto la historia de las ideas como la historia política.1 Así,
el volumen que el lector tiene en sus manos no abarca todos los registros históricos,
ni aborda el tema como lo hace una historia general del período, asimismo, tampoco
centra su atención en esa densa trama histórica que comprende todo el enorme terri-
torio rioplatense.
Para decirlo directamente, los autores aquí reunidos se ocupan de algunos nú-
cleos temáticos enmarcados en específicos casos provinciales. ¿Cuáles? El espacio
bonaerense es abordado en los primeros cuatro trabajos, los tres últimos están parti-
cularmente dedicados al análisis de las llamadas “provincias del Interior”: Jujuy, Salta
y Córdoba. El repertorio de temas que ellos brindan es diverso y responde en general
a líneas de investigación que la historiografía del período aquí considerado refleja en
estos últimos años. Se analiza la construcción de liderazgos políticos locales, como
los cabildos, o la de líderes intermedios, como los jefes de milicias. El itinerario y
las actividades desarrolladas en el mundo rural por otros actores intermedios, como
los jueces pedáneos, es examinada como parte de la difícil construcción de la esfera
estatal. También se describen diferentes tipos de creencias y representaciones. Las
creencias autonomistas de la elite que integra la institución capitular, la lucha de
representaciones que enfrenta a distintos sectores políticos de la elite en torno al con-
cepto de Revolución o bien la disputa por los diversos métodos existentes para con-
sultar la voluntad soberana del pueblo en el marco privilegiado que proporcionan los
llamados Movimientos de Pueblo. Por otra parte, se explora la trayectoria intelectual

1 En relación con esas perspectivas historiográficas véase especialmente SABATO, Hilda –coordina-
dora– Ciudadanía política y formación de las naciones. Perspectivas históricas de América Latina,
FCE, México, 1999 y SABATO, Hilda y LETTIERI, Alberto –compiladores– La vida política en la
Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces, FCE, Buenos Aires, 2003.
10 Revolución

de sujetos que tienen cierta resonancia pública en el Río de la Plata y cuyo laboratorio
de ideas proviene de algunos de los países del viejo continente.
En cuanto a las estrategias de trabajo utilizadas, sus líneas principales de argu-
mentación resultan bien diferentes. Por un lado, se prefiere el análisis de un aconteci-
miento para situar el debate y la lucha política entre dos grupos enfrentados. Gustavo
Paz explora la inquietante interacción que se produce entre el Cabildo y el Intendente
durante el período colonial y, posteriormente, entre el primero y la Junta de Gobierno
de Buenos Aires en los inicios de la Revolución. En mi estudio, exploro las luchas
–tanto políticas como de ideas– que enfrentan a los sectores centralistas y confedera-
cionistas porteños en el nuevo escenario que nace con la tendencia de junio de 1816.
Tal perspectiva, sin embargo, no excluye los beneficios que pueden obtenerse de una
mirada comparativa hacia otras zonas del pasado. Otros optan en particular por este
último punto de vista. Es el que ofrece una trama histórica de largo aliento en el que
se intenta detectar, a partir de una perspectiva comparativa, las rupturas y las conti-
nuidades.
Fabio Wasserman, desde el estudio de las representaciones, Silvia Romano, des-
de los postulados de la historia institucional, y Sara Mata (y en buena medida también
Paz), desde la historia política, exploran las posibilidades de este camino. Por su lado,
la recepción de ideas se impone en los trabajos de Klaus Gallo y Alejandra Pasino.
Puntuales creencias del horizonte ideológico español, francés e inglés, resultan ne-
cesariamente descriptas en ellos para entender, finalmente, cómo esos componentes
ideológicos son percibidos en el escenario porteño pero, sobre todo, cómo fueron
utilizados. No se trata, entonces, de resaltar las influencias de determinados grupos
sino de comprender qué uso hacen aquellos de esas ideas visiblemente registradas en
los papeles públicos bonaerenses.

2.
Luego de 1810, el vocablo Revolución se asocia rápidamente al inicio de un nuevo
tiempo histórico para las provincias del Río de la Plata. Sucede que, a partir de ese
momento, los habitantes de esos territorios pueden comenzar a imaginar distintas
alternativas políticas que los alejen, lo más pronto posible (por lo menos es lo que
muchos desean), de un dominio español percibido como un largo momento colma-
do de desdichas y arbitrariedades. La valoración positiva del acontecimiento resulta
innegable y está en el corazón de los distintos documentos públicos de la época. Sin
embargo, ese vocablo presenta problemas. Especialmente, por ejemplo, a la hora de
señalar a sus autores. Ese eco o, más precisamente, las consecuencias no queridas del
eco de esas dificultades constituyen el principal material de análisis del estudio de
Fabio Wasserman. ¿Cómo se explica esta dificultad?
Presentación 11

Sustancialmente, juega su papel la inmediatez del proceso que se pretende exa-


minar. Los días agitados de Mayo todavía pertenecen a los recuerdos más recientes
de los habitantes del Río de la Plata.

“Pero sobre todo [señala el autor], porque lo que podrían conside-


rarse sus efectos indeseados, es decir, los conflictos personales, fac-
ciosos, ideológicos, sociales, regionales o económicos que desató,
no sólo se hicieron sentir con fuerza muy rápidamente sino que con
el correr de los años se fueron profundizando”.

En ese marco, dos debates son examinados de modo particular. El primero es una
polémica que se registra durante mayo y junio de 1826. En rigor, se trata de la pre-
sentación en el Congreso Constituyente de un proyecto para erigir un monumento a
los autores de la Revolución. El segundo no se trata tanto de una discusión precisa,
sino de una suerte de polémica abierta que tiene su mayor impacto e intensidad en la
década de 1850. Es el muy puntual rol que desempeña tanto Buenos Aires como las
provincias en el proceso revolucionario.
Por otra parte, es posible señalar un motivo político dominante alrededor de
los dos debates. En ambos casos, apunta Wasserman, está en juego la posibilidad de
construir un orden estatal nacional. De ese modo, se supone que la Revolución estaría
llegando a su fin puesto que sus objetivos serían satisfechos al lograr institucionali-
zarse la independencia y la causa de la libertad. Este diagnóstico, no obstante, resulta
altamente problemático. Una muy clara señal al respecto es la falta de resolución en
ambos debates.
Los documentos en que se basa este trabajo son diversos: los diarios de sesio-
nes del Congreso General Constituyente, distintos periódicos tanto de Buenos Aires
como de algunas provincias del interior y, finalmente, diferentes cartas que involu-
cran a personajes que intervinieron en las mencionadas polémicas.
Una entrada interpretativa distinta sobre esos primeros años de guerra y revo-
lución es la que puede proporcionar el estudio del impacto de ciertas creencias pro-
cedentes del Viejo Continente en algunos diarios de Buenos Aires. Dentro de esta
perspectiva, Alejandra Pasino procura penetrar en el universo discursivo de El Es-
pañol, diario editado en Londres por el clérigo sevillano José María Blanco (White).
Su principal propósito consiste en explorar cómo algunos de sus artículos fueron
reproducidos en la prensa porteña durante ese período, con la clara y precisa inten-
ción de “usarlos” políticamente. Detectar y analizar el uso que hicieron de esos textos
algunos escritores públicos porteños es uno de los méritos de dicha investigación. La
prensa, básicamente, constituye su principal material de investigación. Especialmen-
te las páginas de El Español, pero también las de La Gazeta, El Censor y El Grito del
Sud, estos últimos editados en la ciudad porteña.
12 Revolución

Pues bien, ¿qué puede decirse del escritor y político español? El itinerario po-
lítico-intelectual de Blanco White es tan fluctuante como polémico. Ocupa un lugar
destacado en el proceso revolucionario español iniciado en 1808. Desde las columnas
del Semanario Patriótico impulsa la convocatoria a Cortes generales y extraordina-
rias desde una perspectiva no estamental. Asimismo, es partidario de la soberanía de
la nación y de la libertad de expresión ya que, a sus ojos, resultan una muy sólida
vía para aumentar los esfuerzos de la guerra de emancipación con la sanción de un
texto constitucional que, en lo posible, limitase los poderes del monarca e iniciara
una nueva era histórica en donde los rasgos principales de la modernidad estuvieran,
por fin, presentes en los territorios de la Península. La fuerte oposición de la Junta
Central tuvo consecuencias muy serias para el escritor español, no sólo porque sus
miembros resistieron sus puntos de vista sino porque lo obligó a exiliarse en Londres.
Un lugar, por otra parte, muy especial. Como es sabido, esa capital europea constituía
en esos años el principal centro político de los revolucionarios hispanoamericanos.
Rápidamente, por este motivo, pudo mantener contactos con Miranda, Bolívar, An-
drés Bello, Fray Servando Teresa de Mier y Manuel Moreno, entre otros.
Sus escritos en esta etapa resultan los más destacados de su obra política. En las
páginas de El Español expuso sus duras críticas hacia las actividades desplegadas
por los liberales gaditanos en las Cortes, la conducción de la guerra y el propio texto
constitucional. No obstante, el aspecto más polémico es la referencia a los territorios
hispanoamericanos. Esto lo convierte, a juicio de la autora, “en el primer liberal espa-
ñol que analiza los efectos de la revolución española sobre sus colonias, cuestionando
la desigual representación otorgada a los ame­ricanos en las Cortes y reclamando la
sanción del libre comercio como principal antídoto para evitar la separación”.
En este mismo sentido, sus interpretaciones sobre los procesos revolucionarios
en Hispanoamérica pusieron especial énfasis en la falta de adecuación del modelo
republicano para algunos gobiernos como el de Caracas o el de Buenos Aires. Su
punto de vista sobre el concepto de República –en la cual tiene una saliente presencia
la experiencia norteamericana– obliga, puntualmente, a tener muy en cuenta cuáles
son los elementos sociales y políticos necesarios para que dicho concepto prospere
con eficacia. La presencia de una sociedad de castas e indígenas, junto a la muy débil
experiencia política de las elites locales para el autogobierno constituye el obstáculo
fundamental para su utilización.

“Para Blanco White [sostiene Pasino], la declaración de la sobera-


nía del pueblo y el ritual de la representación política sólo podían
legitimar discursivamente a sus gobiernos, pero no garantizaba la
necesaria subordinación al poder por parte de los diferentes sectores
sociales. Esta sólo podía construirse a partir de la consolidación de
una elite política que sea consciente de los problemas que debía
Presentación 13

enfrentar y las reformas que debía introducir. Al mismo tiempo, esta


elite debía ser la encargada de llevar adelante un proceso de forma-
ción de la opinión pública en torno a sus ideas”.

Ahora bien, ¿qué encuentran las elites locales en el discurso del clérigo sevillano?
Las elites políticas rioplatenses encuentran en Blanco sólidos argumentos para legi-
timar la formación de los gobiernos locales y enfrentar las propuestas de integración
de los liberales gaditanos. Pero eso no es todo. La importancia de El Español en los
ambientes políticos londinenses lo convierte en un posible aliado en la búsqueda
del muy decisivo respaldo inglés. Sin embargo, estos elementos benéficos coexisten,
asimismo, con otros que no lo son tanto. Las propuestas del sevillano a favor de la
unidad y su oposición al modelo republicano constituyen cuestiones que deben ser
por lo menos discutidas. Y esto se lleva a cabo por un doble camino. Se utilizan, por
un lado, sus razonamientos para hacer visibles las contradicciones de su discurso y se
reproducen por otro lado, tanto las críticas que se hacen al editor de El Español desde
otras regiones como la toma de posición ante los debates que generan sus propuestas
en Londres.
Como lo he advertido ya, en este volumen hay otro trabajo que también analiza
la recepción de algunas ideas políticas. Tomando como marco temporal los años fi-
nales de la década de 1810, Klaus Gallo propone comprender la incidencia de ciertas
creencias europeas dentro del ámbito intelectual porteño. Con ese fin, explora con
particular interés las premisas de la idéologie francesa y, aunque en menor medida,
también las del utilitarismo inglés.2 La fuente principal que utiliza para sustentar sus
conclusiones en esa exploración es la correspondencia que, sustancialmente, Bernar-
dino Rivadavia mantuvo con varios reconocidos letrados europeos.

“La mencionada corriente filosófica francesa, con muy marcadas


reminiscencias del utilitarismo inglés, [escribe Gallo], favorece la
idea de promover el bienestar y la utilidad bajo un sistema repu-
blicano, sustentando sus principios teóricos en un fuerte rechazo a
la tradición de los derechos naturales, partiendo de la base que los
derechos son consecuencia de sistemas de leyes confeccionados por
los hombres, y no de preexistentes leyes de la naturaleza”.

Definido entonces el valor de esas ideas, resulta del todo pertinente formular por lo
menos una pregunta. ¿Cómo se explica la presencia de estos componentes ideológi-

2 Un valioso análisis sobre las creencias francesas en un período inmediatamente posterior al que aquí
analizo es el de Alejandro Herrero, La política en tiempo de guerra. La cultura política francesa en el
pensamiento de Alberdi (1837-1852), Buenos Aires, EDUNLA. Cooperativa, 2004.
14 Revolución

cos en el territorio bonaerense? A su juicio, se debe en gran medida a los contactos


personales establecidos por Rivadavia con Tracy durante su gestión diplomática en
Europa entre 1815 y 1820. Contactos, por otra parte, que resultaron más concretos
aún al crearse la Universidad de Buenos Aires en 1821 y al introducirse en ella cursos
de Filosofía y de Derecho orientadas en esas dos corrientes.
En ese marco, es particularmente interesante cómo el autor señala el preciso
momento en que Rivadavia modifica sus creencias conservadoras. Todo hace suponer
que su estadía europea es clave en ese cambio. Al partir de Buenos Aires el modelo
que desea es el monárquico, en cuanto esta dura creencia emerge de un contexto
claramente conservador registrado tanto en Europa como en el Río de la Plata. Pero
al pisar suelo europeo las cosas comenzaron a modificarse de modo inesperado. Así,
sus contactos con letrados de este continente parece ser crucial para que, paso a paso,
modifique su actitud. Allí entendió, o mejor dicho le hicieron entender, que América
sólo debía pensarse a partir del prisma republicano, especialmente, porque dichas
creencias han logrado imponerse luego de largos y enormes sacrificios.
La recepción de las ideas francesas e inglesas en la obra de Rivadavia son trata-
das aquí como una muy útil caja de herramientas de la cual extrae conceptos claves
para pensar las reformas de la década de 1820 en Buenos Aires. En este preciso
sentido, Gallo intenta mostrar además que las creencias liberales del futuro escritor
unitario son extraídas de distintas vertientes de ese signo cuestionando, de este modo,
cierta historia de las ideas de cuño tradicional que ha visto en aquél a un liberal a
secas.

3.
Otra de las consecuencias que genera la Revolución de Mayo es que abre el camino
para que su principal protagonista, el Pueblo de Buenos Aires, siga, con el trans-
currir del tiempo, alentando y produciendo otros acontecimientos similares. Desde
aquella formidable “emergencia popular” las posibilidades de futuras revoluciones
están siempre latentes. En su Historia de Belgrano y de la independencia Argentina,
Bartolomé Mitre advierte con preocupación sobre esa cuestión que parece no tener
fin. Hechos armados en los cuales forman parte sectores que se autopresentan como
el pue­blo de Buenos Aires se producen durante toda esa década. De este modo, cual-
quier grupo de individuos podía invocar los principios revolu­cionarios de Mayo con
el objetivo preciso de legitimar un golpe de fuerza que bien podía provocar la caída
de un gobierno legal. Esa reiterada invocación era definida justamente por Mitre
como “la tradición revolucionaria”. Esta es, por cierto, una frase feliz que la histo-
riografía del período asimila posteriormente y que remite de esta manera particular
a esas Revoluciones que se producen dentro de la Revolución. La caracterización de
la naturaleza de estos movimientos es abordada de muy distintas formas. Esa diver-
sidad de miradas da como principal resultado una serie de interpretaciones, algunas
Presentación 15

de ellas de particular valor, que sin embargo no nos deja aún una necesaria imagen
de conjunto. ¿Cuántas son? ¿Qué sectores políticos, económicos, militares participan
en ellas? ¿Por qué se repiten? Estas son algunas de las preguntas cuyas respuestas
podrían brindarnos, sin duda, una perspectiva más pertinente de esa década, al tiempo
que nos ofrecería, por otro lado, algunos indicios para entender por qué se produjeron
acontecimientos más o menos similares en las décadas siguientes.
Muy brevemente menciono algunas interpretaciones. A los ojos de Mitre, esas
irrupciones políticas son simplemente sinónimos de desorden que de ningún modo
pueden compararse con la patriótica gesta de 1810.3 Cabe aclarar que esta muy obs-
tinada observación de tono negativo se extiende como una mancha en las páginas
escritas por el General historiador. De este modo, no es posible hallar en ellas algún
otro tipo de conclusión. Bajo otros ejes argumentales, dicha valoración negativa se
expande luego a otras investigaciones dedicadas a analizar los distintos alzamientos
populares.
En el marco de esos violentos sucesos, Vicente López resalta la participación en
la ciudad porteña del Segundo Tercio Cívico.4 Si bien el autor no brinda pistas preci-
sas para entender las razones de su existencia, no obstante sí pone de relieve que ese
contingente armado interviene en los diversos Movimientos de Pueblo de la década
de 1810. Dicha línea de investigación no ha sido abordada todavía como el tema
realmente merece. Un estudio sobre tales cuerpos armados resulta de vital importan-
cia para comprender las fuerzas que se movilizan en dichos episodios. En un trabajo
anterior, trato de detectar a esos hombres armados que se movilizaron durante el al-
zamiento confederacionista de octubre de 1820.5 Sin embargo, poco y nada sabemos
aún sobre su real peso militar dentro de las fuerzas de la ciudad o por qué se reiteró
su intervención, como así también en cuántas revoluciones realmente participaron.
En conexión con la preocupación por las fuerzas intervinientes, brota otro tema
que no deja de resonar aún en el discurso historiográfico, el de la vigorosa actividad
de las facciones como núcleo duro en todas las empresas políticas de la hora.6 En un
texto basado sustancialmente en el relato histórico, casi hasta el detalle, Juan Canter
describe las fuerzas que participan de la Revolución del 8 de octubre de 1812.7 Con-

3 MITRE, Bartolomé Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, Felix Lajouane, Buenos


Aires, 1887, 4ta. Edición, p. 364.
4 LÓPEZ, Vicente F. Historia de la República Argentina. Su origen, su revolución y su desarrollo polí-
tico, Buenos Aires, 1913, Tomo VIII. Véase en particular, cap. VI: “La lucha final y triunfo del partido
centralista en la provincia de Buenos Aires”.
5 HERRERO, Fabián “Un golpe de Estado en Buenos Aires durante octubre de 1820”, en Anuario IEHS,
núm. 18, 2003.
6 No tengo dudas de que Revolución y Guerra de Halperin sigue siendo el mejor texto sobre este tipo de
temas. Véase, HALPERIN DONGHI, Tulio Revolución y Guerra. Formación de una elite dirigente en
la Argentina criolla, Siglo XXI, Buenos Aires, 1972.
7 CANTER, Juan “El año XIII, las Asambleas Generales y la Revolución del 8 de octubre”, en ACADE-
16 Revolución

viene aclarar que con su victoria aquellos que la protagonizaron, como los miembros
de la Sociedad Patriótica o los de la Logia Lautaro, lograron la caída del Triunvirato
al tiempo que prepararon rápidamente el terreno no sólo para la conformación de un
nuevo gobierno, sino también para la convocatoria de la famosa Asamblea del Año
XIII. El trabajo tiene más de un punto por el cual aún merece consultarse con utilidad.
En mi opinión, su aporte a este tipo de estudios radica particularmente en la descrip-
ción del grupo liderado por Juan José Paso, ya que presenta indicios sobre la acción
de ese agrupamiento, señala cómo sus miembros se distribuían en distintas depen-
dencias estatales y ofrece, a su vez, pistas que indican cómo otros partidarios fueron
reclutados en la zona de las quintas, esos territorios indecisos situados en la frontera
de la ciudad. Lo que resulta realmente interesante, entonces, es que distingue a un
sector –el de una de las figuras de los gobiernos centrales– e intenta mostrar quiénes
formaban su grupo político y cómo desplegaron sus fuerzas.
Aunque en un modo más fragmentario, Joaquín Pérez trata de hacer ver la pre-
sencia (si el término es correcto) de un golpe o Revolución frustrada.8 En rigor, su
investigación intenta explorar el movimiento que se preparó en Buenos Aires para
derrocar, a comienzos de 1820, al Directorio. En ese contexto convulsionado señala
la unión de grupos políticos rivales. Describe de modo particular cómo un sector
proveniente del mismo partido directorial trató, casi de manera desesperada, de salvar
“el sistema”, y para ello debió llegar a un acuerdo con los federales porteños sobre
la base de compartir ese poder y desterrar a los jefes del Directorio. El tema tiene su
importancia, especialmente porque no fueron pocos este tipo de intentos fallidos. Casi
nada conocemos todavía de la Revolución federal que Pueyrredón, como Director
del Estado, abortó en 1817, que llevó a los confederacionistas Manuel Dorrego y
Manuel Moreno, entre otros, a un muy duro exilio en las playas del norte americano.
Menos sabemos aún de la que preparó y también le costó el exilio a Juan José Paso,
en diciembre de 1812.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando una Revolución se produce pero fracasa? En
esta línea Carlos Heras explora las consecuencias de la Revolución de octubre de
1820, ya que en ella encuentra el punto de inflexión en el que la elite de Buenos Aires
halla el clima propicio para iniciar un nuevo orden.9 A su juicio, esa derrota constituyó
el fin de los golpes federalistas que profundizaban sin cesar la llamada crisis del año
20. A partir del nuevo orden, conquistado a través del fuerte liderazgo de las fuerzas

MIA NACIONAL DE LA HISTORIA Historia de la Nación Argentina, 1941, Vol. V, p. 491.


8 PÉREZ, Joaquín “Un golpe de estado ignorado por la historiografía clásica y el colapso de la Logia
Lautaro”, en Trabajos y Comunicaciones, núm. 20, Universidad Nacional de La Plata, 1970, pp. 269-
272.
9 HERAS, Carlos “Iniciación del gobierno de Martín Rodríguez. El tumulto del 1 al 5 de octubre de
1820”, en Humanidades, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional
de La Plata, 1923, Tomo VI.
Presentación 17

de Juan Manuel de Rosas y Martín Rodríguez, fue posible comenzar a pensar las re-
formas políticas, económicas y religiosas que, lentamente, se empezaron a concretar
por esos días. La reforma y luego la disolución del Cabildo de Buenos Aires merece
su comentario más notorio. En más de un aspecto la reconstrucción histórica que He-
ras hace de dicha Revolución sigue constituyendo un rico material para aquellos que
investigan sobre ese acontecimiento.
Todos estos trabajos, aunque más no sea en una presentación muy resumida,
resultan muy valiosos en los puntos que acabo de mencionar. Si, por un lado, ayudan
a comprender el proceso complejo de estos tipos de movimientos revolucionarios,
por el otro, aún dejan abiertas fecundas líneas de investigación que sin dudas deben
ser retomadas.
Debo decir, sin embargo, que son otros aspectos los que motivan mi propia in-
vestigación. Lo que me propongo examinar aquí es la emergencia de una tendencia
confederacionista que surgió en Buenos Aires durante junio de 1816, que todavía no
ha sido suficientemente analizada. Precisamente, dentro de la perspectiva de la his-
toria política, he escrito un trabajo en donde procuro reconstruir el acontecimiento.10
Entre las conclusiones más importantes puedo mencionar las siguientes: no fue en
rigor un movimiento urbano, ni tampoco rural, fue una tendencia que atravesó todo el
territorio bonaerense; de modo tal que se trató de una emergencia provincial.
Eran federalistas, pero de una variante precisa de ese signo. No eran partidarios
de un federalismo al estilo de la segunda Constitución de Estados Unidos (conocida
como Estado Federal), ni tampoco adherían al federalismo elaborado bajo la fina
escritura de Benjamin Constant. En rigor, eran confederacionistas en la medida en
que pretendían un gobierno central de carácter nacional que sólo se ocupara de las
cuestiones referidas a la guerra y a la paz pero, asimismo, reclamaban que Buenos
Aires, como las demás provincias, fuesen realmente las dueñas exclusivas de todas
las cuestiones relativas a su territorio: impuestos, forma de gobierno, etc.
Sus partidarios más visibles, sus líderes principales e intermedios, no prove-
nían de los sectores populares. Procedían de la elite porteña y desarrollaban sus ac-
tividades políticas durante toda la década revolucionaria; sin embargo, los sectores
centralistas tenían más peso en ese sector de la elite. Los confederacionistas, por el
contrario, contaban con mayor relevancia política entre los sectores intermedios, por
ejemplo entre los Alcaldes de Barrio de la ciudad.
Las razones del fracaso de esta tendencia se debieron, en parte, a que las fuerzas
que no habían decidido su apoyo en un primer momento, finalmente, luego de largos
y agitados días de indecisión, respaldaron al sector centralista. Es decir, los confede-

10 HERRERO, Fabián “Buenos Aires, año 1816. Una tendencia confederacionista”, en Boletín del Insti-
tuto de Historia Argentina y Americana ”Dr. Emilio Ravignani”, Tercera serie, núm.12, 2do. semestre
de 1995.
18 Revolución

racionistas no lograron el apoyo del jefe de todos los ejércitos de la campaña bonae-
rense, Juan Ramón Balcarce, ni tampoco el del Congreso de Tucumán.
Quisiera que el nuevo estudio que presento sea leído como una con­tinuación.
Analizo, de modo particular, algunas de las respuestas ideológicas que las agrupacio-
nes políticas porteñas ofrecieron sobre esa tendencia o Movimiento de Pueblo. Los
legajos correspondientes al Congreso de Tucumán de la Sala VII del Archivo General
de la Nación, por un lado, y la prensa del período aquí considerado, por otro, son las
principales fuentes consultadas. En ellas pueden recogerse los testimonios de los
protagonistas, no sólo sus puntos de vista sino también los cuestionamientos vertidos
sobre sus rivales.
Brevemente, quisiera mencionar algo más sobre mi objetivo de trabajo. Los con-
federacionistas solicitaron a las primeras autoridades provinciales que se promoviese
una reforma de ese signo en aquella Asamblea nacional. En ese marco, especialmen-
te me interesa examinar dos problemas que surgieron con ellos: cuál era el mejor
método para que el pueblo expresara su voluntad soberana y si era posible que los
diputados porteños reunidos en Tucumán modificasen sus instrucciones y apoyaran,
de esa manera, un cambio político de aquel signo.
Lo que mi investigación intenta poner en evidencia son las dificultades que pre-
sentó la imposición del sis­te­ma de representación. Los cabildos abier­tos, las asam­
bleas populares, el elogio de las ac­ti­vi­dades de los de­ma­go­gos, la presencia de dis-
tintos sectores so­ciales en ellas co­mo re­fle­jo de esa suerte de democracia directa,
cons­titu­ye­ron una alter­nativa a esos comicios indirectos (sistema de representación)
que las leyes pro­vinciales disponían pa­ra que el pueblo expresara su voluntad. En tér-
minos más estrictos, los confedera­cio­nis­tas promovían una especie de sistema mixto
en el que pudiesen convivir las dos formas de convocar al pueblo, por las asam­bleas
populares y por elecciones indirectas; los centra­lis­tas, por su lado, to­man­do el cami-
no de las leyes de la provincia, sólo impulsaban es­ta última forma de convocatoria.
Conviene aclarar que ambos debates, am­bas luchas políticas, volvieron a emerger
con más fuerza du­ran­te 1820.

4.
El estudio de Sara Mata explora algunas cuestiones que aluden particularmente a las
actividades de las fuerzas militares en el proceso revolucionario salteño. Se trata de
un tema de primera importancia debido a que dichos contingentes resultaron claves
no sólo en la imposición de nuevos valores e ideales sino, y sobre todo, en las duras y
constantes confrontaciones entabladas con los ejércitos realistas. Al respecto, sin em-
bargo, aún existen pocas investigaciones serias que se dediquen a examinar esa cru-
cial trayectoria, salvo una notable excepción: en el contexto porteño, las funciones,
la organización y com­posición social de las milicias fueron analizadas por Halperin
en un artículo que es un verdadero clásico de la historiografía Argentina del perío-
Presentación 19

do.11 Una de esas líneas considera que las milicias constituyen un espacio de ascenso
social y que, sin lugar a dudas, a la hora de explicar los motivos el pasado colonial
tiene un peso importante.
En los años de las Invasiones Inglesas se organizaron las milicias urbanas. Pen-
sar en esa organización implica hacerlo en una formación de 7.000 hombres, en una
ciudad que contaba con 40.000 habitantes, de los cuales 3.000 estaban en servicio
activo poco antes de la Revolución. Este gran agrupamiento militar fue reorganizado
después de 1807 en forma muy similar a la que disponía el ejército regular español.
De esta manera, se constituyó en parte estable del sistema militar del Río de la Plata
y planteó, a su vez, problemas financieros y políticos de cierta urgencia a las ahora
insatisfechas autoridades virreinales.
La guerra revolucionaria impuso cambios profundos en sus funciones, pero tam-
bién en la organización y composición social del ejército. Antes de 1806, por ejem-
plo, los oficiales profesionales tenían un lugar secundario dentro de la elite y en este
muy preciso sentido su posición podía compararse, en términos generales, a la que
ostentaban los individuos provenientes de la clase media urbana. Sin embargo, como
lo ha mostrado Halperin, luego de aquel año las cosas cambiaron notablemente.
Esa nueva reorganización de las milicias generó, día tras día, temores, inseguri-
dades e inestabilidad en más de un miembro del sector gobernante. En algunos infor-
mes, en un tono que no ocultaba esa línea de incertidumbre, se describía con alarma
la aparición de una nueva figura, la del “advenedizo social”, entre los nuevos oficiales
del ejército. Halperin desestima la importancia que se le da a este tipo de documen-
tos. En su opinión, un cambio se presentó realmente, pero había que buscarlo en otra
parte. La creación de milicias modificó irreversiblemente el equilibrio de poder en
Buenos Aires de varias maneras. Antes de alentar la igualdad entre la elite urbana y
las clases populares, la militarización impuso una nueva igualdad dentro de la elite
misma. En especial, los criollos ganaron status co­mo resultado de su superioridad
numérica en las filas. Ejemplo de ello es la carrera pública de Cornelio Saavedra, a
quien sus enemigos (en los informes mencionados) pre­sentaban como un “advene-
dizo social”. Su liderazgo, su nueva posición ascendente frente a los peninsulares no

11 HALPERIN DONGHI, Tulio Revolución y Guerra..., cit. y Guerra y finanzas en los orígenes del
Estado Argentino (1791-1850), Belgrano, Buenos Aires, 1982. Un estudio crítico sobre el punto de
vista de Halperin puede consultarse en GONZÁLEZ BERNALDO, Pilar “Producción de una nueva
legitimidad: ejército y sociedades patrióticas en Buenos Aires entre 1810 y 1813”, en Cuadernos
Americanos, México, 1989. Asimismo, pueden leerse con mucha utilidad dos estudios diferentes que,
de una manera u otra, se vinculan de un modo particularmente interesante con la cuestión militar:
CANSANELLO, Oreste Carlos De súbditos a ciudadanos. Ensayo sobre las libertades en los orí-
genes republicanos, Buenos Aires, 1810-1852, Imago Mundi, Buenos Aires, 2003 y RATTO, Silvia
Vecinos e indígenas en la conformación del espacio fronterizo, Buenos Aires, 2003. Eduardo Míguez,
finalmente, ha preparado un muy valioso dossier dedicado a este tipo de cuestiones, “Guerra y orden
social en los orígenes de la nación argentina 1810-1880”, en Anuario IEHS, núm. 18, 2003.
20 Revolución

se debió sólo a su condición de rico comerciante o de miembro del Cabildo sino, y


sobre todo, a su vital rol como jefe de milicias que, finalmente, resultó esencial para
cualquiera que quisiera gobernar el virreinato. De modo tal que el camino ascendente
que ofrecía la carrera militar, como así también el hecho de que el comienzo de dicho
ascenso se produjera en los días de la Colonia, constituyen dos aspectos claves en el
marco de la transformación que vivía el ejército. Ambas cuestiones son analizas por
Sara Mata en su estudio sobre el caso salteño.
En su trabajo (que empieza con una crítica a los estudios clásicos y actuales)
intenta comprender cómo a través de las milicias se dio un proceso de ascenso social
y político y cómo, a lo largo de esa trayectoria ascendente, se construyeron li­de­razgos
locales. En rigor, se trataba de jefes surgidos de la plebe que actuaban, por otra par-
te, como mediadores entre ese sector y el cau­dillo Martín Miguel de Güemes. Dos
aspectos merecen subrayarse. El primero es que entre el conjunto de hombres que
construyeron su poder de jefes locales no sólo había miembros de la elite sino tam-
bién individuos que pertenecían a los sectores plebeyos. El segundo es que la relación
que mantuvieron estos últimos con el caudillo no debe pensarse como un poder que
bajaba en forma vertical y de modo automático. Por el contrario, era un espacio, a
veces no del todo claro ni preciso, en el que se destaca la idea de diálogo y negocia-
ción. Como se ha resaltado desde la teoría política, no se trata de ver al poder como
“una cosa” que se toma y se usa, sino que debería ser analizado desde la más amplia
perspectiva de la “interacción”. Y en esa interacción pueden percibirse momentos en
donde, por ejemplo, puede existir adhesión y, en otros, resistencia.
De esta manera, el texto de Mata permite ver con claridad cómo hubo instantes
en que el Sargento Panana se comportaba con entera lealtad frente a Güemes y, en
otros, se mostraba como un sujeto que lo resistía o enfrentaba. Así, como anota la
historiadora salteña, Güemes no sería el líder de los sectores más humildes que con
sus fuerzas se oponía a los sectores más poderosos, sino que el padre de los gauchos
y de los pobres, resultaba, a veces, enfrentado por líderes surgidos de los sectores
plebeyos.
Conviene señalar, por otro lado, que los sumarios judiciales del ámbito criminal
y diversos legajos del Ejército del Norte constituyen algunas de las interesantes fuen-
tes en las que se basa esta investigación; de entrada resulta interesante porque en ellos
es posible señalar el itinerario de estos jefes locales, y luego porque en esos papeles
es posible rescatar las voces de los distintos actores, como así también sus actitudes,
sus silencios. Y ello en el entorno inmediato de un proceso revolucionario que aún
no concluía y cuya característica más saliente era la incertidumbre que brotaba de un
escenario netamente guerrero.
Presentación 21

5.
Pero hay otras cuestiones que, como el rol saliente de las milicias, también desde un
comienzo están en el corazón de la aventura revolucionaria. Es el caso de los recla-
mos autonomistas por parte de algunos grupos políticos situados en los territorios
del Litoral y del Interior. El tema no es nuevo. Ocupa la atención de los historiado-
res de distintas generaciones. Uno de los trabajos más reconocidos es el de Ricardo
Levene, quien propone que esas manifestaciones autonomistas de los Cabildos del
Interior fueron en realidad las primeras emergencias federales. No se me escapa que
esa interpretación se inserta en un contexto historiográfico preciso. ¿Cuál? El asunto
remite a una cuestión que resuena en más de una página de historia rioplatense. Y en
algunas de ellas se impone a partir de un interrogante muy preciso: ¿en cuál territorio
emergió por primera vez la voz federal? Si la discusión opone por un lado a los que
consideran que esa voz se oyó primero en la Banda Oriental a partir de las activida-
des del caudillo José Artigas, otros sostienen que es precisamente en el oficio que las
Autoridades del Paraguay envían a la Junta porteña en 1811 en donde en realidad se
manifestó inicialmente.12 Por ello, no se le debe escapar al lector que, de algún modo,
el es­tu­dio de Levene está jugando su papel en ese debate de los orígenes ideológicos
de ese signo.
Recientemente, José Carlos Chiaramonte volvió, desde otra perspectiva, a tomar
la palabra sobre este tema. El contexto historiográfico es diferente. En el centro de su
investigación está la cuestión del origen del Estado y de la nación. Expongo breve-
mente su argumento. Una de las primeras cuestiones que mereció la atención de las
autoridades porteñas en los comienzos de la Revolución fue la ta­rea de reglamentar
los alcances de los gobiernos locales. La prime­ra norma fue fijada por el Reglamento
de febrero de 1811 que creaba las nuevas Juntas provinciales en las capitales de cada
provincia de intendencias y las Juntas subordinadas en las ciudades subalternas. La
importancia de este Reglamento radica en que pese a perder vigencia de inmediato,
puede ser visto como el origen de las primeras manifestaciones de autonomía por
parte de las ciudades subalternas y, por lo tanto, punto de partida del proceso que
condujo directamente a la formación de las catorce provincias argentinas.
En ese marco puntual se produjeron varios incidentes. El más conocido en re-
lación con esas manifestaciones de autonomía fue el protagonizado por el Cabildo
de la ciudad de Jujuy, dependiente de Salta, y por su diputado en la Junta de Buenos

12 Entre los que sostienen la tesis del origen del federalismo en Paraguay, véase INGENIEROS, José
La evolución de las ideas Argentinas, Buenos Aires, 1918, Libro 1, p. 249. ÁLVAREZ, Juan Las
guerras civiles argentinas, La Facultad, Buenos Aires, 1936, pp. 33 y 36. PUIGGRÓS, Rodolfo His-
toria económica del Río de la Plata, Peña Lillo, Buenos Aires, 1974, pp. 81 y 84. LYNCH, John Las
revoluciones hispanoamericanas 1808-1826, Ariel, Barcelona, 1998, p. 77. Entre otros, la tesis que
reconoce a la Banda Oriental como el primer territorio federal puede observarse particularmente en
DEMICHELI, Alberto Origen federal argentino, Depalma, Buenos Aires, 1962, p. 18.
22 Revolución

Aires, el canónigo José Ignacio Gorriti. En realidad, el conflicto comenzó antes de


conocerse el Reglamento, cuando las autoridades capitulares jujeñas solicitaron la
autonomía de esa ciudad y el cese de su dependencia de la de Salta establecida por
el régimen de intendencias vigente en esos momentos. ¿Qué pedían, qué proponían?
El Cabildo planteaba un conjunto de normas para regular su relación directa con la
Junta de Buenos Aires y con las demás ciudades del Río de la Plata. En un documento
cuyos dieciocho artículos pueden interpretarse, escribe Chiaramonte, como una espe-
cie de rudimentario anticipo de las constituciones provinciales posteriores, defiende
“la independencia que solicita Jujuy de la intendencia de Salta”. Gorriti, diputado de
Jujuy en la Junta de Buenos Aires, reiteraba las demandas de los cabildantes en sus
Representaciones de mayo y junio de 1811.
Ahora bien, ¿cómo pueden caracterizarse esos reclamos: son de tipo federal o
localista? Al igual que la petición del Cabildo, los textos de Gorriti sólo expresaban
las pretensiones de autonomía de Jujuy. Lo que querían era separarse de Salta, afir-
marse en su autonomía y hacerse valer como una autentica entidad soberana. Y no
más que eso. En este sentido vale aclarar que Gorriti, apunta el historiador rosarino,
rechazaba explícitamente el federalismo y admitía que las ciudades autónomas que
pudieran surgir (de aceptarse su criterio) debían mantener relaciones directas con la
“Junta de Buenos Aires”.
Precisamente esta cuestión de la autonomía de Jujuy es el centro de la inves-
tigación de Gustavo Paz. Pero si en los casos anteriores la historia ideológica es el
marco desde donde emergen las preguntas y las respuestas de los historiadores, su
exploración se desarrolla dentro de las premisas de la historia política.
El reclamo autonomista del Cabildo Jujeño puede remontarse al período co-
lonial. Por ello, su indagación gira en torno a dos momentos históricos precisos: la
relación entre el Intendente y el Cabildo en el contexto borbónico y el pedido puntual
que las autoridades capitulares realizaron ante la Junta de gobierno de Buenos Aires
durante 1811. Más allá de obvias diferencias, tanto en un momento como en otro
parece repetirse un mismo guión.
Por otra parte, si bien esta solicitud no fue única –la hicieron también Tucumán,
Tarija y Mendoza– la de Jujuy, señala Paz, se destacó por la constancia con que
reiteró su pedido a lo largo de aquél año y por lo articulado de su solicitud. Por este
motivo, la perspectiva temporal utilizada resulta clave para comprender tal actitud
autonómica de la elite Jujeña.
Paz explica muy bien cómo durante el siglo XVII y parte del siglo XVIII los
jujeños pudieron mantener ciertos derechos y privilegios, por ejemplo en relación
con algunos impuestos o en ciertas designaciones militares. Al mostrar esa situación,
entonces, se entiende perfectamente la obstinada lucha autonomista posterior.
En particular, los sucesos violentos registrados en 1767, cuando la Corona de-
cidió la expulsión de los jesuitas, cuando la elite local salió en su defensa, resulta
Presentación 23

altamente significativa para ilustrar adecuadamente el tema. Por un lado, esa elite
tenía vinculaciones con la orden religiosa que hicieron posible una alianza con ellos.
El autor sugiere como hipótesis que eran deudores, ya que les solicitaban dinero para
sus empresas mercantiles o bien les compraban mercaderías. El acontecimiento, asi-
mismo, derivó en un enfrentamiento armado entre la elite capitular y el gobernador,
entre aquellos que defendían “la república” y los funcionarios que sostenían al rey. La
resolución del conflicto puso de manifiesto, a su vez, el lugar de poder que antenían
ambas partes: el gobernador fue restituido nuevamente en su cargo, los miembros
de la elite local, presos en un primer momento, posteriormente fueron liberados. Por
otra parte, el acontecimiento sirve para mostrar que, como señala Paz, “estas elites
demostraron su voluntad de preservar la autonomía de la ‘república’.”
La creación de las intendencias en el Río de la Plata en 1782 inició una nueva
etapa de centralización administrativa, militar y política, tema, por otra parte, que es
tratado brillantemente en un viejo texto de John Lynch. Los cambios son notables.
Lentamente la ciudad, afirma Paz, debió:

“…ceder a la Intendencia las oficinas de la Real Hacienda, la recau-


dación y administración de la sisa, la designación de oficiales de las
milicias de frontera y el derecho consuetudinario de regular el com-
portamiento público de sus habitantes por medio de bando de buen
gobierno. Todas estas funciones se concentraron en Salta, la capital
de la Intendencia…”.

En este cuadro de revisión de medidas de gobierno que alteraron aceleradamente el


paisaje político de esos años, hay que entender justamente el reclamo de derechos y
privilegios del Cabildo Jujeño durante 1811.
¿Qué pretendían obtener con ello? El trabajo de Paz avanza sobre la hipótesis
de que con esas “restituciones de viejos privilegios apuntaban a la consolidación del
Cabildo en las esferas fiscal y militar, a la par que a la provisión de empleos y la
posibilidad de hacer negocios para los vecinos de la ciudad”. La recaudación de la
sisa y de los tributos de la Puna habían sido dos recursos fiscales de gran importancia
para la ciudad hasta las innovaciones realizadas por los intendentes. Por su parte, el
abastecimiento de los regimientos y fuertes de la frontera del Chaco constituyó uno
de los ramos de actividad económica más activos de la ciudad desde comienzos del
siglo XVIII.
El reclamo no se limitaba simplemente a pedir antiguos derechos y privilegios
sino que, además, proponía una nueva forma de gobierno. La autoridad capitular se
autopostulaba como la máxima institución de gobierno de la ciudad y su jurisdicción
sin ningún tipo de intervención exterior. En ese cuadro político promovía la invención
24 Revolución

de un nuevo oficial: el “Pretor”, quien debía tener las mismas facultades de los inten-
dentes pero recortadas sólo al ámbito local. A los ojos de los miembros del Cabildo, el
Pretor no gobernaría independientemente de su voluntad (la de la autoridad capitular)
sino que se limitaría a hacer cumplir las disposiciones emanadas por aquellos. En
este nuevo esquema político, quedaba sin resolver el perfil que tendría el gobierno
central, aunque se aclaraba que entre aquél y el Cabildo no debía existir ningún tipo
de control.
¿Qué pasó finalmente con este tipo de pedidos? Los intentos que se hicieron
para imponer una respuesta autonomista fracasaron tanto en 1811 como en 1815;
recién en 1834 Jujuy pudo declarar su independencia definitiva de Salta.
Siguiendo también un análisis que privilegia la óptica local, pue­de decirse que,
por ejemplo, los funcionarios de origen rural tam­bién merecen la atención de los
historiadores. Jorge Gelman, Juan Carlos Garavaglia, Ricardo Salvatore y Marcela
Ternavasio exami­nan, de un modo muy inteligente por otra parte, la figura del Juez
de Paz en el caso particular de la provincia de Buenos Aires.13 Estos jueces de la cam-
paña constituyen un conjunto de funcionarios que tenía como propósito restablecer la
paz social y cierta disciplina que el proceso revolucionario iniciado en mayo de 1810
y las guerras de emancipación alteraron seriamente. Al restablecer esa paz resultaba
posible, por ejemplo, hacer negocios seguros y permitir el progreso económico. Los
trabajos realizados sobre dichos actores muestran, entre otras muchas cuestiones,
que el rosismo continuó con las mismas instituciones rurales creadas en el período
rivadaviano y que es precisamente durante las administraciones del dictador de Bue-
nos Aires que dichas instituciones lograron cierta eficacia en sus funciones. En el
período rosista, se insiste, los Jueces de Paz fueron captados de los sectores medios
y medios bajos, hecho que desmiente la idea de que serían reclutados de los sectores
terratenientes.
El estudio de Silvia Romano también examina, a su modo, la trayectoria de los
funcionarios pertenecientes al área rural. Desde la perspectiva de la historia político-
institucional, analiza la administración de justicia en la campaña de Córdoba entre
fines del siglo XVIII y las primeras décadas revolucionarias. En el duro contexto de
las guerras, tanto la de independencia como las interprovinciales, explora especial-
mente el itinerario de esa institución, describiendo sus agentes y sus funciones, y cen-

13 Véase especialmente, SALVATORE, Ricardo “El imperio de la ley: delito, estado y sociedad en la era
rosista”, en Delito y sociedad, núm. 4/5, 1994; GARAVAGLIA, Juan Carlos “Paz, Orden y Trabajo
en la Campaña: la justicia rural y los Juzgados de Paz en Buenos Aires, 1830-1850”, en Desarrollo
Económico, núm. 147, 1997; GELMAN, Jorge “Crisis y Reconstrucción del orden en la campaña de
Buenos Aires. Estado y sociedad en la primera mitad del siglo XIX”, en Boletín del Instituto de His-
toria Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Tercera serie, núm. 21, 1er. semestre de 2000;
TERNAVASIO, Marcela La Revolución del voto. Política y elecciones en Buenos Aires, 1810-1852,
Siglo XXI, Buenos Aires, 2002.
Presentación 25

trando su foco de interés en la continuidad de esas instituciones coloniales y su papel


en la construcción y legitimación del poder en el proceso de formación del estado
provincial autónomo. De este modo, resulta posible observar como esos funcionarios
pasaron de un tipo de Estado a otro.
Por otra parte, en los años de la Revolución su perfil fue un tanto más difuso. Se
ampliaron sus atribuciones, asimismo, el aumen­to del peso de su componente militar
generó ambigüedades con otras autoridades. Resulta especialmente interesante aquí
la descripción de los conflictos latentes que mantuvieron los Jueces Pedáneos con los
Alcaldes de Hermandad como así también con distintos funcionarios militares.
La hipótesis que sostiene la autora es que esa “institución colonial fue perfec-
cionada y resignificada para constituirse –man­te­niendo su matriz antigua– en uno
de los pilares del poder político provincial”. Este fenómeno se pondría enteramente
de manifiesto “en la progresiva consolidación, homogeneización y unificación de la
estructura administrativa-judicial-policial articulada en torno a un sistema jerárquico
dependiente del poder político y en su formalización escrita, paralela a la ampliación
y delimitación de las atribuciones de los agentes así como en las prácticas vinculadas
con sus funciones”.

6.
Por todo lo dicho, conviene tener presente que los trabajos que a continuación el
lector recorrerá no proponen respuestas definitivas, sino que constituyen líneas pro-
blemáticas de temas nuevos o planteos sobre líneas ya abiertas. Asimismo, y antes
de concluir con estas notas de presentación, resulta del todo pertinente señalar breve-
mente algunos de los puntos comunes que pueden advertirse en ellos.
¿Ruptura o continuidad? Ruptura y continuidad. En más de un sentido, el es-
cenario posterior a los hechos de Mayo resulta novedoso. Se acabó abruptamente,
entre otras numerosas cuestiones, con el dominio español y surgió en su reemplazo
un nuevo elenco gobernante de origen rioplatense; se buscaron nuevas institucio-
nes para sustituir aquellas que procedían del orden monárquico colonial; asimismo,
se difundieron y se trataron de imponer distintas creencias de tipo republicano. Sin
embargo, algunos trabajos aquí presentados señalan la continuidad de ciertos rasgos
que tienen su origen en la colonia. Perciben de esta manera a la Revolución como un
momento de tránsito, no de corte o ruptura. Por lo menos en varios aspectos, no hay
algo absolutamente nuevo que nace después de 1810. El nuevo proceso resulta una
suerte de mezcla entre esos viejos conflictos y los nuevos que comienzan a aparecer
con el proceso revolucionario. Los Jueces Pedáneos de Córdoba analizados por Ro-
mano, las milicias salteñas examinadas por Mata, el autonomismo jujeño estudiado
por Paz, señalan con entera claridad cómo hay temas que hunden sus raíces en la
etapa colonial y luego continúan en el período revolucionario.
26 Revolución

Por otra parte, se ha llamado la atención sobre la importancia que registran cier-
tos actores como intermediarios entre su comunidad y el poder o bien entre los dis-
tintos sectores sociales ligados a las milicias. Esos mediadores entonces constituyen
un segundo aspecto común.

“Los jueces de campaña [apunta Romano], conjuntamente con los


comandantes de milicia y curas párrocos, actúan en el mundo rural
como agentes del poder político pero también como intermediarios
entre éste y sus comunidades, particularmente en el caso de los pe-
dáneos de alzada”.

He señalado ya cómo Mata indaga esta cuestión desde el punto de vista de las mili-
cias. Ciertos actores, surgidos de la misma sociedad y que luego cumplieron un rol
político y social importante como mediadores entre la plebe y los caudillos, también
resultan analizados en Buenos Aires durante la década de 1820 por Raúl Fradkin.14
De esta manera, Panana en el caso Salteño o Cipriano Benitez en Buenos Aires son
algunos de los tantos jefes locales que permiten ver cómo funciona el poder. Como
ya lo anoté más arriba, no se debe pensar a ese poder como algo que, de una manera
u otra, baja del caudillo sin ningún tipo de mediación y de manera vertical, sino que
aquél, por el contrario, necesitaría de ciertas mediaciones y de redes para poder sus-
tentarlo.
Un tercer aspecto común remite directamente a los conflictos percibidos dentro
de la elite. El problema de la elite para arribar a consensos en temas que son proble-
máticos como el de las respuestas a las revoluciones es una de las cuestiones que el
trabajo de Wasserman señala. Buscar en los tesoros de la Revolución no parece una
tarea sencilla. Si había un fuerte consenso sobre el nuevo curso de la historia que la
puerta de la Revolución permitía apreciar, los odios y las disputas ganaron la escena
a la hora de señalar a los protagonistas que conducirían ese carro victorioso. Este
problema de las elites es al mismo tiempo el de las facciones que la dividían, muy
diferentes y determinando proyectos muy distintos. Ese conflicto también puede ad-
vertirse como un choque de poderes o un choque de autoridades. Es lo que muestra
Paz en su trabajo, a partir de las disputas entre el Intendente y el cabildo, o entre el
cabildo y el gobierno central en el caso jujeño, o bien en mi estudio sobre la tendencia
porteña de 1816 entre los grupos políticos enfrentados.
Un último aspecto. ¿Cómo informar al pueblo? Ante esta pregunta las agru-
paciones políticas de Buenos Aires impulsaron ideas diferentes. En mi trabajo es
posible advertir dos posturas, la confederacionista y la centralista. En la primera la

14 FRADKIN, Raúl “¿Facinerosos contra cajetillas? La conflictividad social rural en Buenos Aires du-
rante la década de 1820 y las montoneras federales”, en Illes i Imperis, 5, Tardor, 2001.
Presentación 27

prensa era cuestionada por facciosa. En su lugar, el demagogo constituía la figura


de reemplazo: informaba y encendía el fervor político. Los centralistas, por su lado,
consideraban que la prensa era el único vehículo de conocimiento.
En el estudio de Gallo, esta última línea es señalada con relación a la experien-
cia rivadaviana. Sus partidarios, inspirados en los uti­litaristas ingleses y la idéologie
francesa, consideraban que había que fortalecer la opinión pública, por ello impulsa-
ron la creación de periódicos. De ese modo, la prensa era un arma fundamental para
que se conocieran las medidas gubernativas. Lo que no debe perderse de vista es
que la insistencia en el valor de la prensa no derivaba sólo de que se la considerara
el canal de expresión que las naciones guías, modernas y civilizadas proponían, sino
porque sustancialmente había otra alternativa, otra línea política que colocaba en el
centro de la escena otras formas, otros métodos: me refiero a los sectores que promo-
vían en su lugar las asambleas populares y los métodos directos de interpelación. Así,
en la mirada de los centralistas de 1816 o en la de los rivadavianos, la presencia fuerte
de la prensa ponía, a su modo, fuera de juego la acción de los tribunos de la plebe, los
políticos exaltados, los demagogos.

No quiero terminar esta presentación sin mencionar a aquellas personas que de una
manera u otra he tenido presente a la hora de pen­sar este libro. Estoy muy agradecido
con José Carlos Chiaramonte, director del Instituto Ravignani (UBA) y de mis traba-
jos de investigación, quien hace ya más de una década me introdujo en la política de
este período. Agradezco igualmente a Jorge Gelman, titular de la cátedra de Historia
Argentina I de la UBA, porque al haberme invitado a participar hace un tiempo en
ella sin duda me ha ayudado a comprender la densa trama historiográfica del período
aquí tratado. Finalmente, mucho le debo también a mi hermano Alejandro y a Héctor
Muzzopappa, director del Departamento de Hu­ma­nidades de la Universidad Nacio-
nal de Lanús, por la cálida y generosa hospitalidad que me brindan como docente en
dicha casa de es­tu­dios.
Klaus Gallo es Doctor en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, Gran
Bretaña. Realiza su tarea docente y de investigación como Profesor Asociado en la
Universidad Torcuato Di Tella donde actualmente es Director del Departamento de
Historia. Es autor de De la Invasión al Reconocimiento. Gran Bretaña y el Río de la
Plata 1806-1826 (A-Z, Buenos Aires, 1994), que fue traducido al inglés como Great
Britian and Argentina. From Invasión to Recognition 1806-1826 (Palgrave, Hound-
mills, 2001); co-editor junto con Nancy Calvo y Roberto Di Stefano de Los Curas
de la Revolución (Emecé, Buenos Aires, 2002); editor de Las Invasiones Inglesas
(Eudeba, Buenos Aires, 2004); co-editor junto con Graciela Batticuore y Jorge Myers
de Resonancias Románticas (Eudeba, Buenos Aires, 2005) y autor de The Struggle
for an Enlightened Republic. Buenos Aires and Rivadavia (Institute for the Studies of
the Americas, University of London, 2006).

Fabián Herrero es Doctor en Historia (UBA). Miembro de la Carrera de Investigador


del CONICET, sede Ravignani, UBA. Docente regular de la Universidad Nacional
de la Lanús en la carrera de Ciencia Política y Gobierno. Ha publicado, entre otros li-
bros, Monteagudo. Revolución, independencia, confederacionismo (Ediciones Coop-
erativas, 2005); Constitución y federalismo. Una opción de los unitarios convertidos
al federalismo durante el primer gobierno de Juan Manuel de Rosas, (Ediciones Co-
operativas, 2006); Movimientos de Pueblo. La política en Buenos Aires, 1810-1820,
(Ediciones Cooperativas, 2007); Federalistas de Buenos Aires, 1810-1820. Sobre los
orígenes de la política revolucionaria (Ediciones de la Unla, 2009) y en colaboración
con Alejandro Herrero La cocina del historiador. Reflexiones sobre la historia de la
cultura europea (segunda edición, Ediciones de la UNLa, 2006).

Sara Emilia Mata es Doctora en Historia por la Universidad Nacional de La Plata.


Investigadora Independiente (CONICET). Directora del Instituto de Investigaciones
en Historia y Antropología CEPIHA, Directora de la revista ANDES: Antropología
e Historia y Profesora Titular Plenaria en Historia Argentina I (Colonia) en la Uni-
versidad Nacional de Salta. Desde el año 2002 se desempeña como Académica Co-
rrespondiente por Salta en la Academia Nacional de la Historia. Ha compilado varios
libros y publicado numerosos artículos científicos en libros y revistas sobre historia
colonial y, en los últimos años, sobre la revolución y la guerra de independencia
en Salta y el Alto Perú. Es autora, entre otros títulos, de Tierra y poder en Salta. El
noroeste argentino en vísperas de la independencia (Diputación de Sevilla, España,
2000) y de Los gauchos de Güemes. Guerra de independencia y conflicto social
(Sudamericana, Buenos Aires, 2008).
188 Revolución

Alejandra Pasino es candidata doctoral, FFyL, UBA. Se desempeña como docen-


te de las facultades de Filosofía y Letras y Ciencias Sociales de la Universidad de
Buenos Aires. Es Investigadora del Instituto Dr. Emilio Ravignani (FFyL, UBA) y
del Proyecto y Red de Investigación en Historia conceptual comparada del Mundo
Iberoamericana (IBERCONCEPTOS).

Gustavo L. Paz es Doctor of Philosophy (History), Emory University. Profesor de


Historia de América en las Universidades de Buenos Aires y Nacional de Tres de
Febrero. Investigador Independiente del CONICET en el Instituto Ravignani (UBA).
Publicó Las Guerras Civiles, 1820-1870 (Eudeba, Buenos Aires, 2007) y, como com-
pilador, Y desde este día Revolución. Voces del 25 de Mayo de 1810 (Eudeba, Buenos
Aires, 2010).

Silvia Romano es Doctora en Historia por la Universidad Nacional de


Córdoba e Investigadora (titular por concurso) del Centro de Investi-
gaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC. Pro-
fesora titular de Historia Social y Económica Argentina y de Teoría y
Técnicas de la Investigación Social, FFyH, UNC. Directora del Doctorado en
Historia de la FFyH, UNC. Libros publicados: Economía, sociedad y poder en
Córdoba. Primera mitad del siglo XIX (Ferreyra Editor, Córdoba, 2002), Polí-
tica, universidad y medios: contribución al estudio de las condiciones de pro-
ducción de noticias de Canal 10 de Córdoba en los 60 y 70 (Ferreyra Editor,
Córdoba, 2002) y coordinó Guía y red de archivos de Córdoba para la historia
reciente (CDA y APM, Córdoba, 2009).

Fabio Wasserman es Doctor en Historia (UBA). Investigador del CONICET con


sede en el Instituto Ravignani y docente de Historia Argentina I en la Facultad de
Filosofía y Letras de la UBA. Publicó Entre Clio y la Polis. Conocimiento histórico y
representaciones del pasado en el Río de la Plata. 1830-1860 (Teseo, Buenos Aires,
2008) y redactó varios artículos del libro de Noemí Goldman –editora– Lenguaje y
Revolución. Conceptos políticos clave en el Río de la Plata, 1780-1850 (Prometeo,
Buenos Aires, 2008).