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COLECCIÓN HISTORIA Y CULTURA Dirigida por Luís Alberto Romero

m

JAMES R BRENNAN

El Cordobazo

Las guerras obreras en Córdoba, 1955-1976

Traducción de

HORACIO PONS

EDITORIAL SUDAMERICANA

BUENOS AIRES

Diseño de tapa: María L. de Chimondeguy f Isabel Rodrigué

IMPRESO EN LA AR G ENTINA

Queda hecho el depósito que previene ta ley 11,723. © 1996, Editorial Sudamericana S.A., Humberto I o.531, Buenos Aires.

IS B N 950-07-1X84-2

Título del original en inglés The Labor Wars in Cordoba, 1955-1976

© 1994 by the President and Fellows of Harvard Coliege A li rights reserved

Published by arrangement with Harvard University Press

Para mi madre y mi padre

Prefacio para la edición argentina

El oficio de investigar y escribir sobre la historia de un país ajeno tiene algo de extraño. Es una vocación, permitida a personas como yo por la universidad norteamericana de la época de la posguerra, por entonces opulenta y ahora en un estado de lento ocaso. Pero a pesar de las satisfacciones personales que le brinda al investigador la posibilidad de conocer a fondo otro país, deja a veces un cierto malestar: uno se pregunta por qué y para quién se está escribiendo. Escribí este libro pensando en un público académico anglo- parlante. Nunca creí que sería de real interés para un público argentino, cuyos historiadores están explicando y explicarán esta historia mucho mejor que yo. Seguramente hay errores de interpre­ tación que se deben a mi condición de extranjero. Pero si algo tiene de valor e interés para los lectores argentinos, quizá sea justamente por la perspectiva de un espectador de afuera. A veces, es intere­ sante ver cómo nos ven. Si mi propósito original no fue escribir un libro para un público argentino, menos aún pensé que tendría hoy una relevancia políti­ ca. Pero las circunstancias de la historia reciente le han dado una cierta actualidad: el largo dilema argentino una vez más se mani­ fiesta de una forma especialmente dramática en Córdoba. La actual crisis política de la provincia, los serios problemas económicos que la afligen, los brotes de protesta social y sindical han demostrado de nuevo que Córdoba tiene un protagonismo central en la historia argentina. ¿Los sindicatos honestos, democráticos, combativos y fuertemen­ te politizados de la Córdoba de antaño podrían servir como un mo­ delo para el sindicalismo argentino de fines del siglo XX? Debo decir que, básicamente, me parece que no. El contexto nacional e inter­ nacional ha cambiado radicalmente en los últimos veinte años. En lo nacional, el actual contexto democrático, con todas sus fallas, está muy lejos de los gobiernos militares en los cuales floreció el sindica­ lismo cordobés. Los cambios ideológicos dentro del peronismo y en el mundo en general también parecen poco apropiados para una simple reencarnación del sindicalismo cordobés de los años sesen­ ta y setenta. En rigor de verdad, la transnacionalización de la pro­

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ducción, el poder ascendente de las grandes concentraciones de poder económico y la desarticulación de un Estado que cuenta cada

vez menos como árbitro de las relaciones sociales van a hacer que cualquier sindicalismo sea, en el mejor de los casos, simplemente defensivo (aunque, en este sentido, hay elementos de la experiencia de Córdoba —dejo al lector hacer su propio análisis— que quizá tengan afinidad con el nuevo orden mundial). La “actualidad” de esta historia tiene más que ver con la morale­ ja que con el modelo. En primer lugar, muestra cómo un complejo

Halperin

Donghi— a “la larga agonía de la Argentina peronista*1. Muestra tam­ bién cómo cada pueblo tiene la capacidad de desarrollar respuestas acordes con el tiempo que le toca vivir; explica que, por difícil que pueda parecer una cierta coyuntura, los seres humanos tienen una admirable capacidad de respuesta. Los sindicatos cordobeses re­ presentaron valores más perdurables que los de la simple coyuntura,

valores de la verdadera democracia y de la dignidad humana. Es por eso que la historia de esos argentinos, de estos cordobe­ ses, merece ser recordada.

abanico de factores contribuyó — en palabras de Tulio

JAMES P. BRENNAN Córdoba, julio de 1996

Prefacio

Éste es un estudio histórico de la política obrera en la ciudad industrial argentina de Córdoba entre 1955 y 1976. En esos años, Córdoba fue el centro de la industria automotriz argentina y el esce­ nario de una clase obrera inusualmente activa y militante. La ciu­ dad experimentó un rápido crecimiento industrial en la década pos­ terior al derrocamiento del gobierno de Juan Domingo Perón en 1955. La llegada y expansión de empresas automotrices extranje­ ras, principalmente IKA-Renault y Fiat, promovieron un tipo parti­ cular de desarrollo industrial y crearon un “nuevo trabajador in­ dustrial” de orígenes predominantemente rurales, jóvenes ex chacareros y habitantes de pequeñas ciudades que fueron súbita­ mente empujados al mundo de la fábrica moderna y los sistemas de relaciones industriales de la corporación multinacional. El dominio de la economía local por una sola industria, la fabri­ cación de automóviles, y el papel prominente desempeñado por los sindicatos de los trabajadores de esa industria en el poderoso movi­ miento obrero local, que culminó en la más grande protesta obrera en la historia latinoamericana de la posguerra, el Cordobazo de 1969, son analizados en este volumen en el contexto de los recien­ tes debates sobre la política obrera en América Latina, especialmente la de los trabajadores de los sectores industriales modernos. Espe­ ro demostrar que la pronunciada militancia e incluso la radica- lización política de la clase obrera cordobesa se debieron no sólo a los cambios ocurridos en la cultura política de la Argentina, sino también a la dinámica relación entre la fábrica y la sociedad duran­ te esos años y a las condiciones específicas de la base fabril y la cultura del lugar de trabajo que crea la producción automotriz en un país semiindustrializado como la Argentina. El libro tiene una estructura alternativamente analítica y narra­ tiva, dado que no me parece que ambos sean modos incompatibles del análisis histórico. La Parte I se refiere principalmente a la for­ mación de la clase obrera y analiza los factores que contribuyeron al desarrollo de un movimiento sindical militante en la ciudad. Las

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El Cordobazo

Partes II y III estudian la política de poder del movimiento sindical argentino y específicamente del cordobés entre 1966 y 1976. La Parte

IV brinda un estudio detallado en el nivel de la base fabril de las

plantas automotrices locales y expone mi argumentación principal

con respecto a la primacía de la fábrica como el crisol y el ámbito de

la política obrera cordobesa.

Es posible que los historiadores adviertan que se presta relativa­ mente poca atención a la relación entre el Estado y los sindicatos locales. Los estudios de la política obrera en América Latina han tendido a concentrarse en la historia pública de los gremios, en la interacción entre gobiernos, ministerios de Trabajo y conducción

sindical. Por motivos que tienen que ver con la historia de Córdoba,

tal preocupación casi exclusiva —cuestionable, creo, para las histo­

rias de la política obrera en general— es claramente inapropiada para este movimiento sindical. Los sindicatos cordobeses fueron en gran medida independientes del Estado, estuvieron, en realidad, en abierta oposición a él durante la mayor parte de este periodo, y se encontraban aislados del centro del poder político, económico y sin­ dical del país, Buenos Aires. Las historias internas de los sindica­ tos, su interacción recíproca y con otros grupos y clases, y en espe­ cial la política obrera tal como se forjó y desarrolló en el lugar de trabajo son, en consecuencia, mis preocupaciones principales. Estoy en deuda, como invariablemente lo está cualquier historia­ dor académico, con todas las personas que me ayudaron a recons­ truir una historia en la que personalmente no desempeñé ningún papel. Los muchos trabajadores que compartieron sus recuerdos conmigo y, en algunos casos, me prestaron materiales que habían ocultado durante los años de dictadura militar entre 1976 y 1983, son por cierto los primeros a quienes me gustaría expresar mi grati­ tud. La asistencia del personal de los archivos de la empresa Renault en Boulogne-Billancourt, Francia, y en especial el inteligente aseso- ramiento y la guía brindados por el doctor Patrick Fridenson y Gilíes Gleyze, dos historiadores de Renault, durante mi investigación en Francia, contribuyeron grandemente a dar a este libro el valor que pueda pretender. De manera similar, el doctor Cristiano Bufia, del archivo de Fiat en Turín, me prestó generosamente su tiempo y sus consejos y me ayudó en sumo grado en mi investigación en Italia. En la Argentina, la colaboración de Héctor Luti y Hernán Avendaño del Departamento de Relaciones Industriales de Renault en Santa Isa­ bel, y su asistencia en la acumulación del material estadístico de las fábricas IKA-Renault entre 1966y 1976, fueron una ayuda invalorable para iluminar la política de base fabril en esos años. Naturalmente, los argumentos presentados en este libro son míos y no reflejan nece­ sariamente las opiniones de ninguna de estas personas. De igual

Prefacio

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mocb- ^rabien son mías las traducciones del castellano, francés e italiano al inglés. Tengo una deuda enorme con el personal de la Bi­ blioteca Mayor y de la Biblioteca de la Legislatura de Córdoba (en especial con Javier Troilo en esta última), lo mismo que con el de las seccionales cordobesas de los Sindicatos de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor y de Luz y Fuerza. El apoyo financiero brinda­ do por el Departamento de Historia de Harvard, el Comité de Estu­ dios Latinoamericanos e Ibéricos de la Universidad de Harvard, la Fundación Tinker, el programa Fullbright-Hays y el Consejo de In­ vestigación en Ciencias Sociales (SSRC) me permitió darme el lujo de dedicar gran cantidad de tiempo a investigar y escribir. Espero que este libro sea digno de la confianza que mostraron en mí. Durante mis años de investigación sobre este tema, tuve la suer­ te de conocer y trabar amistad con algunas personas excepcional­ mente generosas e inteligentes, cuya ayuda también me gustaría agradecer. Ofelia Pianetto y Susana Fiorito, que vivieron en Córdo­ ba durante los años que abarca el estudio y que son eruditas en la historia de la clase obrera argentina, me explicaron cosas que de otra manera no habría entendido y, lo que es más importante, me brindaron su amistad. De igual modo, Mónica Gordillo se convirtió tanto en una buena amiga como en un crítico inteligente, y compar­ tió conmigo sus ideas sobre esta historia así como su tiempo, ayu­ dándome en la investigación para el capítulo sobre el Cordobazo. Los primeros capítulos de este libro aprovecharon en gran medida nuestras abundantes discusiones y su importante trabajo sobre los sindicatos cordobeses en la década de 1960. Daniel James y Juan Carlos Torre me brindaron aliento a lo largo de los años e hicieron inteligentes y útiles críticas del manuscrito, que aprecio muchísi­ mo. Hay tres maestros a los que necesito agradecer especialmente. John Finan fue el primero que me enseñó sobre América Latina, y Orlando Letelier, asesinado por la policía secreta chilena en Was­ hington, D.C., en septiembre de 1976, me abrió los ojos acerca de muchas cosas mientras yo era estudiante. John Womack, Jr., mi consejero graduado en Harvard, se desempeñó durante muchos años como un crítico atento y paciente de mi obra, incluyendo este libro, y es la persona que más me enseñó acerca de la historia y lo que significa ser un historiador. Mis mayores agradecimientos son para mi madre y mi padre, que siempre me alentaron a hacer lo que yo quería y soportaron mis largas ausencias durante los años en que trabajé en el manuscrito, lo mismo que mi hermano y mis hermanas. Espero que ellos y mi esposa, Olga Ventura, me perdonen por haber sido a véces tan hos­ co mientras escribía este libro, y que sepan que los amo mucho y siempre agradecí su apoyo.

¿Quién puede negar el papel esencial que el peronismo ha des­ empeñado en la “homogeneización* de una identidad de clase entre

¿Quién puede cerrar los ojos a esta

realidad, al hecho de que la dinámica de la política argentina pre­ sente una identificación casi absoluta de la clase obrera con el

que exhibe una solidez inconmovible y considerable

resistencia a los intentos de integración política emprendidos por

las clases dominantes de la Argentina?

gedia de la izquierda argentina; si la acción no puede comenzar allí donde terminan las relaciones de producción, salvo que se corra el riesgo de aislarse completamente de la clase obrera, no es posible extraer sino una conclusión: la necesidad de reconsiderar el lugar de trabajo, la fábrica.

peronismo

los trabajadores argentinos

?

Ésta, entonces, es la tra­

José Aricó, Pasado y Presente

Abreviaturas

AAA

Alianza Anticomunista Argentina

Confederación General Económica

ATE

Asociación de Trabajadores del Estado

CGE

CGT

Confederación General del Trabajo

CGTA

Confederación General del Trabajo de los Argentinos

EPEC

Empresa Provincial de Energía de Córdoba

ERP

Ejército Revolucionario del Pueblo

FAL

Fuerzas Armadas de Liberación

FAP

Fuerzas Armadas Peronistas

FAR Fuerzas Armadas Revolucionarias

FATLYF Federación Argentina de Trabajadores de Luz y Fuerza FREJUL1 Frente Justicialista de Liberación

FUC

Federación Universitaria de Córdoba

GAN

Gran Acuerdo Nacional

GOCOM Grupo Organizador de Comisiones Obreras Metalúrgi­ cas

LAME Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado

IKA

IME Industrias Mecánicas del Estado

Industrias Kaiser Argentina

JTP

Juventud Trabajadora Peronista

MÁS

Movimiento de Acción Sindical

MRS

Movimiento de Recuperación Sindical

MSC

Movimiento Sindical Combativo

MUCS Movimiento de Unidad y Coordinación Sindical

PC

Partido Comunista

PCR

Partido Comunista Revolucionario

PRT

Partido Revolucionario de los Trabajadores

PST

Partido Socialista de los Trabajadores

SITRAC Sindicato de Trabajadores de Concord SITRAGMD Sindicato de Trabajadores de Grandes Motores Diesel SITRAM Sindicato de Trabajadores de Materfer SMATA Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Auto­ motor

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El Cordobazo

UIA

Unión industrial Argentina

UOM

Unión Obrera Metalúrgica

UTA

Unión Tranviarios Automotor

VC

Vanguardia Comunista

Introducción

A principios de 1944» Agustín Tosco dejó la chacra propiedad de su familia en Coronel Moldes, una pequeña ciudad en la mediterrá­ nea provincia argentina de Córdoba, y viajó hacia el norte, a la ciu­ dad capital de la provincia. Los orígenes rústicos del larguirucho y apocado chacarero saltaban a la vista en su castellano rural, un castellano entrelazado con el dialecto italiano hablado en su hogar, así como en la dentadura manchada, producto de años de beber agua de pozo*, agua intensamente caliza que dejaba manchas par­ das y huellas en las sonrisas de los agricultores cordobeses y sus familias. La migración de Tosco fue una odisea personal, pero no notable en lo que respecta a su familia o su generación. Por su cuen­ ta, su padre y su madre habían hecho antaño un viaje similar, des­ de las montañas del norte de Italia, en el Piamonte y a través del mar hasta la Argentina. Ésos eran también los años de las grandes migraciones rurales desde el campo argentino a los centros urba­ nos, en especial a Buenos Aires pero también a ciudades más pe­ queñas como Córdoba. Lo mismo que a Tosco, a muchos emigran­ tes los sedujo un sentimiento juvenil de aventura, así como la espe­ ranza de encontrar trabajo en una de las industrias de la ciudad, tal vez incluso en una de las fábricas militares más grandes de muni­ ciones o aviones, que habían iniciado la transición de Córdoba de una economía agraria a una industrial moderna. Muy lejos de las profundidades australes de la Argentina de Tos­ co, en lo que los argentinos aún consideran los centros de la civili­ zación y la cultura occidentales, en esos comienzos de 1944 esta­ ban produciéndose acontecimientos que más tarde afectarían la vida de Córdoba y aun la del propio Tosco. En un invierno de guerra, los países industriales de Europa y América del Norte vislumbraban los

* En castellano en el original. Lo mismo vale para todas las palabras en itálica en el resto del iibro, incluidos los títulos de los capítulos (n. del t.).

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cambios que seguirían a la probable derrota de las potencias fascis­ tas. En los Estados Unidos, Henry J. Kaiser, un incansable empre­ sario decidido a expandir su ya formidable imperio industrial, se proponía construir una empresa automotriz que, tenía la esperan­ za, se ganaría un lugar junto a Ford, General Motors y Chrysler como fabricante en lo que se había convertido en la industria más prestigiosa, lucrativa y representativa del siglo. Como otros em­ presarios automotores de la época de la guerra, Kaiser esperaba que sus fábricas de Willow Run, cerca de Detroit, fueran capaces de explotar la escasez interna de vehículos y obtuvieran una pequeña porción del mercado. No obstante, resultaba evidente que, con la conclusión de la guerra, la competencia volvería a favorecer a los gigantes automotores. Las máquinas herramienta automáticas y las de transferencia que sus departamentos de ingeniería estaban dise­ ñando y con las que ya experimentaban, amenazaban transformar el proceso manufacturero y generar demandas de capital que em­ presas más pequeñas como la de Kaiser tendrían dificultades para

afrontar.1

En la Francia ocupada, el imperio de otro industrial estaba al borde de la ruina. El distinguido parisino Louis Renault, mediante la combinación de ambición y optimismo sincero que diferencia al empresario del hombre de negocios corriente, había desarrollado años antes su otrora pequeño taller casero hasta convertirlo en un gran complejo industrial automotor en Boulogne-Billancourt, en los suburbios del sudoeste de París. A diferencia de los fabricantes ame­ ricanos, Renault había destinado sus autos primordialmente a un mercado de lujo, y sus plantas sólo habían utilizado métodos modi­ ficados de producción de Ford. No obstante, hacia la década de 1930, las fábricas Renault eran comparables a las de las empresas esta­ dounidenses y habían hecho de Louis Renault uno de los fabrican­ tes de automóviles más exitosos de Europa. Renault había decidido proseguir con la producción bajo la ocupación alemana y, además, permitir el uso de algunas de sus plantas para el mantenimiento y fabricación de vehículos militares, evitando con ello las amenazas de expropiación formuladas por los ocupantes. En 1944, éste pare­ ció ser un primer y fatal desacierto. Después de la liberación de París, la culpa colectiva de Francia por su papel en la guerra fue parcial­ mente mitigada por la detención de los colaboracionistas más nota­ bles, entre ellos Louis Renault. En 1944, mientras aguardaba ser juzgado como prisionero del gobierno francés, Renault murió, en el mismo momento en que su compañía, recientemente nacionaliza.- da, atravesaba la transición de empresa privada a estatal.2 Entretanto, en las plantas de Fiat enTurín, la derrota inminente de los fascistas provocaba confusión y temor en muchos y esperan­

Introducción

zas en unos pocos. Como corazón industrial del Estado fascista ita­ liano, Turín tenía muchos vínculos, emocionales y prácticos, con el agonizante régimen de Mussolini. La familia Agnelli, fundadora y propietaria de la Fiat, había sido uno de los primeros respaldos de Mussolini y beneficiaría principal de su programa económico. La clase obrera turinesa había abandonado parcialmente su identidad socialista y comunista en favor de una fascista, hipnotizada por la imaginería revolucionaria y cultural que, hábilmente, ofrecía el fas­ cismo, así como por los beneficios económicos de un régimen com­ prometido con el pleno empleo y la prosperidad económica a través de programas de rearmamento industrial y expansión imperial.3Con sus fábricas gravemente dañadas por los bombardeos aliados, Fiat apenas sobrevivió al colapso del fascismo, y la década siguiente sería testigo de crisis y conflictos incesantes, con la compañía continua­ mente amenazada por la bancarrota y los trabajadores ajustando cuentas por los engaños del fascismo a través del renacimiento de sindicatos socialistas y comunistas militantes. La hostilidad de Fiat a la representación sindical de sus trabajadores, sin embargo, se mantendría inconmovible» y la dirección aprovecharía plenamente la derrota de comunistas y socialistas en las elecciones sindicales de 1955 para barrer con todos los vestigios de poder gremial que habían vuelto a Insinuarse en la empresa después de la guerra.4 A pesar del cambio evidente de los hados de la guerra, el fascis­ mo no estaba en modo alguno desacreditado en la Argentina en 1944, año en que Tosco llegó a Córdoba. Los militares argentinos conservaban gran simpatía por las potencias fascistas, seguían cre­ yendo en su victoria inminente y procuraban imitar sus métodos y programas allí donde fuera posible. En las fábricas de armas dé Córdoba, la disciplina militar y los sentimientos militaristas impreg­ naban todas sus operaciones. En la década de 1930, la ecuación de las fuerzas armadas que asimilaba grandeza nacional con una po­ derosa industria armamentística les había permitido obtener la aprobación gubernamental para expandir la producción de armas y suscribir convenios de licencias con las potencias fascistas para la fabricación de tecnología militar de avanzada.5 Varios años más tarde, el gobierno de Ramón Castillo (1940-1943) cedió a las presio­ nes de los sectores castrenses nacionalistas creando en 1941 una junta de planeamiento industrial militar, la Dirección General de Fabricaciones Militares, con lo que reconocía un papel industrial permanente a las fuerzas armadas. De ese grupo de militares nacio­ nalistas surgió una logia secreta con indisimuladas simpatías pro fascistas, el Grupo de Oficiales Unidos (GOU), que tomó el poder en 1943. Uno de los miembros de ese grupo, Juan Domingo Perón, había estudiado en Turín en la década de 1930 y cumplido funcio­

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El Cordobazo

nes de observador militar en la División Alpina, grupo de eitre de Mussolini. La admiración de Perón por las reformas fascistas en­ contraría expresión en su cargo de secretario de Trabajo de la Ar­ gentina y especialmente luego, al ser elegido presidente en 1946. En los años en que el joven Tosco luchaba por abrirse paso en su ciudad de adopción, Perón llegaba por primera vez a la prominencia nacional a través de su sorprendentemente eficaz e innovador des­ empeño en la Secretaría de Trabajo, A pesar de la profunda impre­ sión personal que le provocó su experiencia italiana, como secreta­ rio de Trabajo y como presidente Perón fue incapaz de recrear un Estado fascista en la Argentina, en parte debido a las muy diferen­ tes circunstancias históricas que existían en el país y en parte al descrédito internacional del fascismo como resultado de su derrota en la guerra. Más que como fascistas, es necesario entender y ubicar decidi­ damente a Perón y al peronismo dentro de la historia de otros mo­ vimientos políticos populistas de América Latina durante esos años. Lo mismo que éstos, la revolución de Perón sería esencialmente política y cultural, no económica y ni siquiera social. Al margen de la nacionalización de los ferrocarriles y las empresas de servicios públicos, las políticas económicas peronistas no afectaron los inte­ reses de los grupos económicos dominantes del país, y tampoco se apartaron significativamente de las seguidas por los gobiernos con­ servadores de la década de 1930 y principios de la de 1940, cuando una tambaleante alianza de la elite terrateniente y los militares di­

rigió el país y restableció el gobierno de los poderosos, dando fin a más de una década y media de una pendenciera política de parti­ dos. Los proyectos de obras públicas, el aumento de la inversión en

la industria, cierta expansión arancelaria y la manipulación de los

tipos de cambio para desalentarlas importaciones, así como un tra­ tamiento diferencial de la elite terrateniente —esta última política sólo ligeramente modificada por Perón con el establecimiento de un monopolio estatal para la comercialización de las exportaciones agrícolas— , eran tanto las políticas del ex presidente Agustín P. Jus­ to (1932-1938) como las de Perón. De manera similar, y lo mismo

sucedió con Justo, los grandiosos planes para utilizar al Estado como una herramienta del desarrollo económico rara vez se tradu­ jeron en una política efectiva. Si bien Perón emprendió un amplio programa de nacionalizaciones en sectores tan importantes de la

economía como los ferrocarriles, las obras portuarias, los teléfonos

y la mayor parte de la industria de la energía eléctrica, el período peronista (1946-1955) se caracterizó por un volumen de producción relativamente consistente, una modesta inversión en infraestructu­ ra y escasa.innovación tecnológica en la industria. En realidad,

Introducción

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Perón demostró ser mucho más eficaz como distribuidor de la ri­ queza del país que como promotor del desarrollo económico^ Sólo en un aspecto las políticas industriales peronistas se apar­ taron de manera significativa de las de la elite tradicional, y aun en este caso se trató de una cuestión de grado más que de un cambio cualitativo. A medida que crecía la presión militar en favor de pro­ gramas industriales, Perón involucró más directamente a las fuer­ zas armadas en los modestos proyectos de desarrollo emprendidos en industrias “estratégicas” seleccionadas durante su presidencia. Mientras la industria liviana se promovió primordialmente a través de la expansión del mercado interno, la industria pesada pareció requerir una significativa participación estatal. Los militares fueron los defensores principales de ese papel del gobierno, exigiendo me­ joras en los métodos de producción y una tecnología más avanzada para sus fábricas de armas y municiones ya instaladas, pero tam­ bién presionaron al Estado para que creara una industria metalúr­ gica pesada, en especial una fundición de cobre y una planta side­ rúrgica.7En respuesta a esas presiones, Perón expandió las activi­ dades de la Dirección General de Fabricaciones Militares, y bajo los auspicios de ésta se hicieron algunos progresos en la industria quí­ mica. Más típicos fueron algunos proyectos ostentosos, como la crea­ ción de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (SOMISA) en 1947, para promover la muy rezagada industria del acero, y la expansión y consolidación de las fábricas militares cordobesas en las Indus­ trias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (LAME) en 1951, para la producción de aviones y vehículos. Los temerarios planes de los militares para industrializar la Argentina nunca fueron realizados por Perón, Incluso en la industria siderúrgica, de alta prioridad, la planificación peronista produjo escasos resultados. La primera y principal planta siderúrgica del país, en San Nicolás, no estuvo en funcionamiento hasta 1960, y la naturaleza misma del Estado pe­ ronista hacía que fuera más probable que prosperaran las indus­ trias livianas y no las pesadas y de capital intensivo.8 La pérdida de apoyo de Perón entre las fuerzas armadas en su segunda admi­ nistración tuvo mucho que ver con la desilusión militar con las políticas industriales peronistas y con su fracaso en la promoción de esas industrias, que los militares asimilaban a la economía mo­ derna y veían como esenciales para sus propios intereses institu­

cionales.9

El crecimiento industrial producido durante los años peronistas fue más el resultado de cambios en la sociedad argentina y de la incorporación política de la clase obrera por parte de Perón que de una efectiva planificación estatal. El crecimiento sostenido de la clase obrera urbana en las décadas de 1930 y 1940 alentó un tipo

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particular de desarrollo industrial. La urbanización y la concentra­ ción de un mercado considerable para un conjunto amplio de bie­ nes industriales estimularon la expansión de industrias privadas, livianas y de mediano tamaño. Eí crecimiento alcanzó su mayor ve­ locidad durante la Segunda Guerra Mundial, los años cruciales para la formación de la burguesía industrial peronista, pero continuó a lo largo de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta.10Esta nueva clase de industriales, en lo sucesivo conocida como burgue­ sía nacional, se caracterizaba por tener pocos vínculos con el capi­ tal internacional y una dependencia casi completa de los mercados internos, actuando en gran medida como fabricantes y proveedores en las industrias de bienes de consumo. Agrupados desde 1952 en la Confederación General Económica (CGE), sus rivales se reunían en la Unión Industrial Argentina (U1A), una organización de exportadores e industriales con lazos con el comercio y las finanzas internacionales que incrementaron su peso económico y político a fines de la década de 1950 y a lo largo de la de 1960, dando a la burguesía argentina un carácter aún más dual que el que puede encontrarse en otros países latinoamericanos.11 Las orientaciones económicas de Perón eran predominantemen­ te una extensión de su política, herramientas usadas para acumu­ lar y cimentar lealtades y alianzas. La vulnerabilidad de una econo­ mía agraria y un empequeñecido desarrollo industrial eran motivo de poca preocupación, en la medida en que las condiciones excep­ cionalmente favorables para las exportaciones tradicionales argen­ tinas y los gruesos excedentes comerciales permitieron a Perón fi­ nanciar su Estado de bienestar y comprar lealtades políticas. El de­ terioro de los términos del intercambio para esas exportaciones y el agravamiento de los problemas fiscales que se hicieron evidentes hacia principios de la década de 1950 obligaron a un cambio a rega­ ñadientes. Durante su segunda presidencia (1952-1955), Perón cortejó a los inversores del exterior y finalmente impulsó una legis­ lación que aligeró en gran medida las restricciones al capital extran­ jero, reconociendo tardíamente que sus anteriores políticas econó­ micas habían sido ineficaces. Por ejemplo, poco después de su re­ elección estableció contactos con una serie de fabricantes automo­ tores europeos, entre ellos la Fiat, buscando posibles inversiones en la Argentina. Por entonces, las medidas nacionalistas tomadas durante su primera administración habían fracasado completamen­ te en su intento de crear una industria automotriz nacional. Las restricciones, que equivalían prácticamente a una prohibición de efectuar remesas de beneficios, y las dificultades para obtener los permisos de cambio obligatorios para las importaciones habían for­ zado a Ford y otras compañías estadounidenses a cerrar sus plan­

introducción

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tas argentinas de ensamblado a fines de la década de 1940. El poco entusiasta intento de Perón de crear una industria automotriz na­ cional con el establecimiento de Automotores Argentinos S.A. en 1949 y la conversión de algunas de las fábricas militares cordobe­ sas a la producción de vehículos motorizados habían halagado las sensibilidades nacionalistas, pero produjeron escasos resultados.!2 En 1952, en los mismos días en que Agustín Tosco terminaba su primer año como delegado gremial en la compañía de energía eléc­ trica donde había encontrado trabajo, Perón y las empresas auto­ motrices extranjeras discutían términos que fueran aceptables para ambas partes para la inversión en la Argentina. Las negociaciones con las compañías fueron arduas, y su resul­ tado se mantuvo incierto durante varios años. Pero, si bien la polí­ tica económica peronista no había logrado crear una economía in­ dustrial moderna en la época en que aquéllas comenzaron, los otros efectos del régimen sobre el país eran más claros. Apenas transcu­ rridos unos pocos años en el poder, Perón había dado origen a un complejo conjunto de lealtades y alianzas a lo largo y lo ancho de la sociedad argentina. En general, se favorecían los intereses de la cla­ se obrera y, en una menor medida, los de los nuevos industriales a expensas de otros. El apoyo y la oposición al régimen no siempre se ordenaban a lo largo de simples líneas de clase. Incluso en la clase media, presentada en general como un bastión del antiperonismo, podían encontrarse el pequeño rentista, el aspirante a industrial o el funcionario gubernamental que de algún modo se beneficiaban con el peronismo. La relación entre éste y la clase obrera, aunque compleja y no sin tensiones, era sencillamente menos ambigua que la existente entre otras clases y el régimen. La base social del peronismo eran incuestionablemente las clases trabajadoras del país. El carácter único del peronismo en la historia moderna de América Latina, su genio peculiar, fue su aptitud para unir a la cla­ se obrera a un régimen político decidido a transformar gran parte de la cultura política y las formas de asociación establecidas de los trabajadores en favor de sus propios fines, socavando con ello su aptitud para tomar medidas colectivas e independientes. La cooptación estatal del movimiento obrero organizado es, desde lue­ go, un leitmotiv en la historia de América Latina en este siglo, pero el peronismo difirió tanto en escala como en carácter de otros ejem­ plos de incorporación de las clases obreras urbanas latinoamerica­ nas, por su naturaleza masiva y completa. Dadas las ambiciones políticas de Perón y la estructura de clases del país, con la ausencia de un gran campesinado o de una subclase sin propiedades y a la deriva, el cortejo de la clase obrera por parte del peronismo era tal vez inevitable. El crecimiento del proletariado urbano en los años

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treinta y cuarenta implicaba que cualquier régimen que no deseara meramente apuntalar los intereses conservadores tendría que to­ marlo en cuenta. Sin embargo, el poder de las clases trabajadoras aún era sólo latente, el resultado de los números más que de la conciencia de clase o la robustez de las organizaciones. La perspica­ cia política de Perón le permitió reconocer su potencial antes que lo hicieran sus rivales. Su ambición y sus considerables dotes le per­ mitieron traducir ese potencial en poder. Oficial de carrera, Perón fue fundamentalmente un conservador durante toda su vida. Lo mismo que en los líderes fascistas euro­ peos y los populistas latinoamericanos, su visión de la clase obrera,

al margen de la estricta utilidad política de ésta para su movimien­ to, era esencialmente corporativista. Perón intentó incluirla en una alianza con las otras clases del país, hacer que tuviera interés en una Argentina capitalista y explotar su poder político latente. Por encima de todo, esperaba reemplazar la incipiente lealtad de clase del proletariado urbano por una clara identificación con el Estado —un Estado que era cada vez más un sinónimo del movimiento peronista— . Para lograrlo, tuvo que hacer concesiones reales a los trabajadores. Tal como sucedió en el caso de los nuevos industria­ les, las lealtades y el apoyo de la clase obrera al régimen se vincula­ ron con su propio interés. Las necesidades de ambos grupos eran satisfechas mediante la expansión del mercado interno, la redistri­ bución más equitativa de la riqueza del país y el crecimiento del poder adquisitivo de la floreciente clase obrera. Los mercados para las exportaciones agrícolas argentinas cre­ cieron explosivamente en los años de la inmediata posguerra, y Perón usó la riqueza, en parte, para crear los rudimentos de un Estado de los trabajadores. La clase obrera experimentó un creci­ miento del 20% en sus salarios reales entre 1945 y 1948, una cifra que se tradujo en un ascenso de su participación en el ingreso na­ cional del 40,1% en 1946 al 49% en 1949 y un aumento promedio anual de los consumos personales de 7,5%.,3El deterioro de la eco­ nomía después de 1949, cuando los trabajadores experimentaron una caída significativa de los salarios reales, tampoco indicó una inversión de las políticas redistributivas peronistas en favor de las clases propietarias. La clase obrera tal vez se vio menos afectada que la mayoría por los problemas económicos del país, y a decir verdad no hubo una redistribución significativa del ingreso nacio­

nal que la perjudicara.'4 El

cioso, de los trabajadores al régimen en los años de vacas flacas de

la década de 1950 reflejó su reconocimiento de que el Estado pero­ nista había tendido a satisfacer sus necesidades materiales como ningún otro gobierno lo había hecho antes.

apoyo profundo, aunque menos bulli­

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Los mejores salarios y una mayor participación en el ingrese nacional, sin embargo, sólo explican parcialmente la lealtad de ia clase obrera a Perón y su creciente identidad peronista. El tipo mis­ mo de identificación personal que los trabajadores argentinos sen­ tían por el régimen se debía a ía capacidad del peronismo para ar­ ticular sus frustraciones, rencores y esperanzas como ciase en un idioma que les llegara emocionalmente.15 En parte, su capacidad para hacerlo se debía a su novedad, al hecho de que el peronismo representara simplemente un nuevo estilo político. El mejor repre­ sentante del cambio fue el propio Perón. Su ingenio, su lenguaje vulgar y su vestimenta informal, su reputación entre los vivillos de la calle y su preferencia por las diversiones del hombre común, ostentada en bien publicitadas amistades con boxeadores y jugado­ res de fútbol, en contraste con las pretensiones aristocráticas de la elite política elegante y asidua del Teatro Colón, contribuyeron a crear su imagen de político de los trabajadores. La atracción del peronismo se debió en parte, sin duda, a la per­ sonalidad única y muy fuerte de Perón. Otros aspectos de su ima­ gen política eran más premeditados, aunque no menos eficaces. Los peronistas procuraban cultivar un estilo político familiar. Utiliza­ ban un nuevo vocabulario político, menos formal y rígidamente retórico que el de los partidos tradicionales del país. De manera si­ milar, se apropiaron deí término compañero, despojándolo de sus connotaciones marxistas y particularmente comunistas, y en gene­ ral adaptaron expresiones y fragmentos del lunfardo de la clase obrera a su propio argot político. Como lo señala Daniel James, el vocabulario político personal de Perón, sus a veces empalagosos y grandilocuentes himnos a los descamisados y los muchachos pero­ nistas, era sorprendentemente diferente de las despreciativas refe­ rencias de la oligarquía a la chusma, e incluso del discreto y a veces pedante lenguaje político de los partidos radical y Socialista. A decir verdad, ninguno de los partidos políticos del país había advertido el poder del lenguaje; todos imitaban el estilo político establecido por la elite y dejaban en manos de Perón el uso de un vocabulario más popular que lo ayudaba a hacer acopio del apoyo de la clase obrera. Aunque a menudo fuera pomposo y sensiblero, elevó la autoestima de ésta y fortaleció los lazos emocionales de los trabajadores con el régimen. Las lealtades de los trabajadores también eran cortejadas por medios menos sutiles, a través de la creación de una cultura políti­ ca peronista. Si bien el Estado peronista no intentó establecer un control absoluto sobre la vida argentina, como el ejercido por los regímenes totalitarios europeos en la década de 1930, instauró, no obstante, una versión modificada del mismo. La difusión de la doctri­

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na justicialista en libros de texto primarios y secundarios, el sub­ sidio y exhibición del “arte” peronista, el uso de símbolos e imaginería política —el ubicuo escudo peronista y los obligatorios retratos de Perón y Evita en todos los edificios públicos— repre­ sentaron colectivamente un intento por parte del Estado peronista de imbuir a la nación argentina del espíritu y las enseñanzas de la revolución justicialista.'6Los elaborados programas de bienestar social creados por Perón también tenían su valor propagandístico. La caridad se convirtió en un pilar del Estado peronista y tal vez en su institución obrera más representativa. La beneficencia estatal se utilizó para reducir las tensiones de clase y cimentar las lealtades de los trabajadores de una manera en que no podían hacerlo los incrementos de salarios o de la participación en el ingreso nacio­ nal. Este impulso paternalista del peronismo se expresó también a través del vasto cuerpo de una legislación social extensa e in­ dudablemente elogiable y bienvenida. Seguros médicos, planes de jubilación, leyes de derecho al trabajo, viviendas subsidiadas para las personas de bajos ingresos, vacaciones pagas, leyes sobre el ira- bajo infantil, un sistema de aguinaldo anual y otras medidas datan de esos años. El otro lado del paternalismo peronista fue menos ambiguamen­ te filantrópico y calculador. El Ministerio de Bienestar Social y la Fundación Eva Perón tenían acceso a la vida de los trabajadores de un modo directo, que no podía igualar ni siquiera la legislación de acción social del gobierno. Evita inspeccionaba personalmente gran parte de las obras de caridad del régimen y, junto con sus favoritos de la burocracia de acción social, escuchaba comprensivamente las pequeñas tragedias, otorgaba favores y resolvía los problemas indi­ viduales de miles de trabajadores. Sus campañas de recolección de alimentos y ropa para las familias obreras, la incansable supervi­ sión de los trabajos para aliviar la situación de las víctimas de terre­ motos e inundaciones, incluso sus planes más excéntricos y recar­ gados, como la erección de una “ciudad peronista” en miniatura como parque de recreo para los niños de clase obrera en las afueras de La Plata, tocaban todos una cuerda emocional que, cualesquiera fueran sus ideales personales, tenía una clara intención política. A decir verdad, los generosos recursos a su disposición, obtenidos gracias al sometimiento de los trabajadores a “contribuciones” obli­ gatorias a sus obras de caridad a través de deducciones mensuales en sus salarios, no sólo le dieron a Evita el monopolio de la distribu­ ción de la caridad estatal, sino que también le permitieron explotar su popularidad y el profundo y sin duda merecido afecto popular que la rodeaba; con ello estableció también un monopolio emocio­ nal, apresurando la peronización de la clase obrera, en especial de

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la gran cantidad de trabajadores que permanecían sin organizar y al margen del movimiento sindical oficial. El mayor legado de Perón a la clase obrera, el único que sobrevi­ vió a la política económica justícialista, los elaborados programas de bienestar social y todas las campañas de propaganda del movi­ miento, fue la creación de un movimiento obrero unificado y pode­ roso, La organización de los trabajadores en sindicatos industriales nacionales unidos en una sola confederación del trabajo aseguró la supervivencia del movimiento obrero en la vida política del país mucho después de que la coalición peronista originaria se hubiera desintegrado. Perón tomó una ciase obrera naciente, en gran medi­ da apolítica y desorganizada, y en pocos años hizo de ella un formi­ dable factor de poder dentro de la nación. La creación de un movimiento obrero tan poderoso no careció de un elemento de coerción; cuando era necesario, se recurría a la domesticación gremial y a las tácticas intimidatorias. También en este aspecto el peronismo representó una continuación de las polí­ ticas laborales de los gobiernos militares y civiles de la década del treinta y comienzos de la del cuarenta. Esos gobiernos habían se­ guido una política de diálogo y compromiso con los gremios más poderosos del movimiento obrero. También habían hostigado a los sindicatos más militantes, como.los de los trabajadores de la cons­ trucción y los frigoríficos, controlados por los comunistas, al mismo tiempo que alentaban la división en la confederación nacional, la CGT (Confederación General del Trabajo), que había surgido en 1930. Pero, a diferencia de esos gobiernos, el Estado peronista eli­ gió reprimir para volver a construir, eliminar a los elementos enva­ necidos del movimiento obrero y reemplazarlos por una conducción dócil y agradecida, pero también fortalecer la maquinaria gremial y dar al movimiento obrero un poder nuiicá antes alcanzado, hacien­ do así de él un formidable aliado político.17Además de ser ayudado por la división dentro del movimiento obrero y el bajo nivel de sindicalización, la tarea de Perón resultó más sencilla por el hecho de que muchos de los sindicatos que tenían una historia de militan- cia e independencia pertenecían a industrias en crisis y habían sufrido una grave pérdida de afiliados en años recientes. De este modo, Perón descubrió que era relativamente fácil establecer orga­ nizaciones laborales rivales, colmarlas de concesiones salariales y beneficios y ganar el apoyo de las bases. Ya en su actuación como secretario de Trabajo había recurrido a estas tácticas para eliminar a rivales comunistas en los gremios textil y del calzado.18 Los efectos combinados del patronazgo estatal, la creciente sindicalización bajo los auspicios de la Secretaría de Trabajo, la eli­ minación de los aguerridos líderes sindicales anarquistas, socialis­

tas y especialmente comunistas, y ia atractiva personalidad del mismo Perón ya le habían valido a éste un número considerable de partidarios hacia 1946. No obstante, su influencia en el movimiento obrero aún era tenue, y una serie de gremios no vacilaban en pro­ clamar su oposición a la interferencia de la secretaría en algunas esferas de las cuestiones sindicales. El equilibrio de poder, sin em­ bargo, había pasado definitivamente del movimiento obrero organi­ zado hacia el Estado. La tradición sindical independiente de la Ar­ gentina y sus recelos históricos y a menudo abierta hostilidad al Estado estaban llegando a su fin. La estrategia de Perón para elimi­ nar los restos de esa tradición fue desde entonces doble: siguió uti­ lizando los poderes del Estado para promover la sindicalización y convenios colectivos favorables, al mismo tiempo que aislaba a los gremialistas remisos que se negaban a reconocer la tutela peronista. Los así llamados laboristas, que deseaban brindarle un apoyo con­ dicional y a la vez conservar la autonomía necesaria para crear un partido laborista independiente, iban a cargar con lo más arduo de los ataques, pero casi todos los sindicatos del país se verían afecta­ dos de una u otra manera. Perón prefería evitar las confrontaciones y sólo recurría al com­ bate contra los líderes sindicales que no cooperaban una vez que todo lo demás había fracasado. En esos casos, las opciones a su disposición eran muchas: podía cancelar el status legal del sindica­ to, su personería gremial; negar el apoyo de la Secretaría de Trabajo en la discusión de un convenio colectivo, asegurando con ello un resultado desfavorable para la conducción establecida; formar lis­ tas rivales para las elecciones sindicales; y, como último recurso, suspender la afiliación del sindicato a la CGT. Como presidente, Perón demostró que seguía estando dispuesto a emplear tácticas de fuerza cuando fuera necesario, y desde su origen el sindicalismo peronista contuvo un elemento de patoterismo por el cual se em­ pleaba la intimidación, y en raras ocasiones incluso la violencia, para mantener a remolque al movimiento obrero organizado. Pero no fue ésta la tendencia dominante durante las presidencias peronistas de las décadas de 1940 y 1950. Perón alcanzó su mayor eficacia en el papel de benefactor y protector y no en el de destructor de sindica­ tos, al socavar la antigua conducción gremial e instalar a una nue­ va generación de peronistas leales en el movimiento obrero. En su mayor parte, los sindicatos se arrebañaron voluntariamen­ te a su lado. También lo hicieron con rapidez. Transcurridos dos años de su primera presidencia, Perón se las había arreglado para obtener el control de prácticamente todos los gremios que habían mantenido su independencia durante su desempeño como secreta­ rio de Trabajo. Sindicatos antiguamente comunistas, como los de

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los trabajadores de la construcción y los frigoríficos, estaban sólida­ mente integrados a su campo, en tanto otros que habían sido histó­ ricamente socialistas o anarcosindicalistas tenían, hacia 1948, una conducción peronista o una relación fluida con el gobierno. Como presidente, Perón pudo ofrecer a los gremios una serie de beneficios que habían estado más allá de los medios de ía más circunscripta Secretaría de Trabajo, También estaba dispuesto a utilizar las ins­ tituciones del Estado para respaldar a los sindicatos. Por ejemplo, dio a los trabajadores de base un poder más grande que el que nun­ ca habían tenido hasta entonces. La creación de un poderoso movi­ miento de delegados sindicales, las comisiones internas fabriles, proporcionó a los trabajadores defensores eficaces en todas las cues­ tiones relativas al trabajo y la producción y garantizó que la legisla­ ción laboral peronista fuera observada por la patronal, un hecho que explica la casi uniforme hostilidad de ésta a la misma. De ma­ nera similar, los delegados dieron a los trabajadores vínculos orgá­ nicos con sus sindicatos nacionales y la confederación del trabajo, y fueron un medio de inculcar en ellos una identificación con los gremios y un creciente interés en los asuntos sindicales. De este modo, los beneficios de cooperar con el régimen eran muchos. Des­ pués de 1946, casi todos los sindicatos del país informaban que sus miembros presionaban para que se afiliaran a la CGT reunificada y aceptaran un lugar en las filas del movimiento obrero peronista.19 La oposición esporádica con que Perón se topó en lo sucesivo, la más célebre de todas la de la áspera y vieja conducción socialista del gremio de trabajadores ferroviarios, La Fraternidad, se limitó casi completamente a su primera presidencia. La intransigencia de ese sindicato, que fue quebrada en mayo de 1951 cuando su conduc­ ción socialista fue reemplazada por peronistas leales, fue excepcio­ nal durante la primera presidencia y habría sido impensable en la segunda. Después de 1952, Perón estuvo en una posición inexpug­ nable con respecto al movimiento obrero organizado, y a pesar de huelgas esporádicas en esos años, la peronización del movimiento obrero se consumó plenamente. A medida que aumentaba la depen­ dencia de éste con respecto a Perón, lo mismo sucedía con la recí­ proca. La influencia obrera creció cuando la coalición peronista ori­ ginal se desintegró y los militares, la Iglesia Católica y los industria­ les, cada uno por motivos diferentes, se apartaron del régimen. El movimiento obrero se convirtió cada vez más en la institución sustentadora de Perón, y se confió más que nunca a los sindicatos el trabajo de propaganda y las campañas de afiliación a la miríada de organizaciones peronistas existentes. La participación directa de los líderes sindicales en la política también se incrementó. Durante su primera presidencia, Perón había desalentado la búsqueda de

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cargos políticos por parte de los dirigentes obreros. En 1951, sin embargo, con su bendición, numerosos sindicalistas fueron candi­ datos, tanto en el plano provincial como en el nacional. El Estado peronista asumió cada vez más un carácter sindicalista, a medida que los otros miembros de la alianza que había llevado a Perón al poder se pasaban a la oposición.20 Obviamente, esto representó la consolidación de un movimiento político que desde el principio había sido en gran medida improvi­ sado, Perón siempre había sabido que la base política de su régimen era débil. Las lealtades de la Iglesia y los militares eran impredeci- bles y provisionales y, de todos modos, tampoco podían proporcio­ nar una masa de partidarios similar a la del movimiento obrero. Como la clase obrera era la base social del peronismo, era necesario aliar más estrechamente ios intereses de ésta a los del Estado, in­ corporarla institucionalmente. Ello fue posible gracias a las gran­ des campañas de agremiación de la primera presidencia. Los peronistas proclamaban la existencia de cinco millones de trabaja­ dores sindicalizados hacia 1951, aunque cálculos más creíbles mostraban un incremento de la afiliación sindical de 434,814 en 1946 a 2.334.000 en 1951, lo que aun era destacable. Los incre­ mentos eran más notables en los sindicatos que iban a convertirse en los baluartes de la otase frp»haiaHr>ra íes lúe z .o u miembros en 1946 a 123.000 en 1951), los trabajado­ res estatales (de 41.471 a 472.000} y los metalúrgicos (de 5.992 a 120.000).21 La estructura jerárquica y altamente centralizada del movimiento peronista, el verticalismo, tal como llegó a llamársela, se vio facilitada por el fortalecimiento del principio de un sindicato por industria ( “sindicatos de rama”), lo que permitió a Perón esta­ blecer una rígida cadena de mandos y desalentar el desarrollo de movimientos disidentes dentro de la clase obrera. No obstante, el auspicio del régimen al sindicalismo industrial, cualesquiera fue­ ran los abusos futuros del verticalismo, también hizo posible la unidad del movimiento obrero y le aseguró una influencia en la vida política nacional que en el pasado le había sido esquiva. A pesar de todas sus contribuciones a la clase obrera organizada y la sensación de autoridad y dignidad que inculcó en ella, en últi­ ma instancia el peronismo tenía prioridades profundamente con­ servadoras y en muchos aspectos finalmente abandonó al movimien­ to de los trabajadores. Al predicar la armonía de clases, procuró consolidar el respaldo a un régimen político no dispuesto a quebrar las relaciones de propiedad existentes y ni siquiera a llevar a cabo una genuina reforma económica y por lo tanto a dirigir un cambio social y político significativo en el país. La posición extraordinaria­ mente favorable y excepcional de la Argentina en el mercado mun­

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dial durante el período de la inmediata posguerra permitió que, por corto tiempo. Perón realizara el hábil juego de manos con el que parecía subvertir el orden establecido del país cuando, en realidad, apoyaba gran parte de él. En este sentido, el peronismo tuvo un éxito único en la puesta en práctica de ideas que habían Estado en boga en los círculos conservadores e incluso fascistas de América Lati­ na desde la década de 1930. Fue significativo que los más grandes imitadores de Perón en América Latina, el general Marcos Pérez Jiménez en Venezuela y el general Carlos Ibáñez en Chile, fueran ambos presidentes militares que obtuvieron su respaldo de la de­ recha. En no pequeña medida, Perón tuvo éxito al aparentar ser más de

lo que realmente era, empleando el lenguaje del nacionalista belico­

so para convencer a los sectores de la sociedad argentina de cuyo respaldo dependía, principalmente la clase obrera, de que el país estaba en camino a la independencia económica y la justicia social. Su régimen no cayó a causa del desencanto de la clase obrera con él, sino por no lograr dar forma a un programa económico que se ajustara a sus necesidades políticas. El mismo Perón se negó obsti­ nadamente a reconocer las realidades económicas internacional e interna existentes y trató de obligar al mundo capitalista a vivir de acuerdo con sus propios términos, de dejar que las bravatas y las cantinelas resolvieran 1a aeomuau esLiuciuiau uci ptus. j-.ua engreimientos del peronismo fueron su ruina, y el tardío reconoci­ miento de sus fracasos, tal como se expresó en el cambio de políti­ cas de la segunda presidencia, fue incapaz de enmendar pasados errores. No obstante, el peronismo fue siempre mucho más grande que el propio Perón, y el movimiento sobrevivió a proscripciones y persecuciones precisamente porque se había enraizado en la histo­ ria vivida de la clase obrera argentinay porque expresó sus necesi­ dades como clase en un momento histórico determinado mejor que cualquiera de los partidos de izquierda del país.

Perón cayó bajo el peso de sus propias contradicciones, lo mismo

que por las conspiraciones de la oligarquía, los militares, la Iglesia

y la oposición política. Los gobiernos militares y civiles que siguie­

ron a su derrocamiento en 1955 se movilizaron al principio para fortalecer el papel tradicional del país como exportador agrícola, y luego se inclinaron hacia una esperanza casi desesperada de que el nuevo positivismo latinoamericano, el desarrollismo, sacaría al país de sus cenagales social y político. La popularidad inicial de las ideas desarrollistas fue amplia en la Argentina, y reflejó una preocupa­ ción profunda por el malestar económico de la nación, pero también puso al descubierto la naturaleza conservadora de la sociedad ar­ gentina y su limitado espectro de opciones políticas. Las ideas de

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Raúl Prebisch y los economistas de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), comisión que influyó en el desarrollismo, hicieron hincapié en la necesidad de economías capitalistas eficien­ tes y la industrialización para evitar el deterioro de los términos del intercambio que afligía a las economías latinoamericanas. El Esta­ do debía trabajar para eliminar los cuellos de botella que obstacu­ lizaban la acumulación y la inversión, desempeñando tres funcio­ nes básicas; actuar como intermediario financiero entre las nacio­ nes desarrolladas acreedoras y los prestatarios locales; proveer un mecanismo para llevar a cabo una redistribución del ingreso míni­ mo y con ello estimular la demanda; y servir como una fuente de inversión pública.22 El programa desarrollista estableció en la Argentina ciertas prio­ ridades que representaban una ruptura con el Estado peronista, comenzando asi un asalto a los intereses de las clases y grupos ali­ mentados por el régimen de Perón. Desde luego, cualquier buen peronista podía estar de acuerdo con gran parte de la teoría desa­ rrollista, y el uso del Estado como herramienta para el desarrollo según lincamientos capitalistas había sido durante mucho tiempo parte del dogma peronista, si bien se había aplicado ineficazmente. En la práctica real, las implicaciones de la teoría eran más inquie­ tantes. Los intereses que habían surgido durante los años peronis­ tas, específicamente los de la clase obrera pero también los de los industriales más protegidos y no competitivos y en genera! los deí sector público, eran amenazados por planes para atraer al capital extranjero, reducir los subsidios estatales de todo tipo, anular los aranceles proteccionistas e incrementar la productividad obrera. Arturo Frondizi llegó al poder en 1958 con la promesa de poner fin a la prohibición de la participación peronista en la vida política del país; levantó las intervenciones sindicales y derogó las medidas que agobiaban pesadamente al movimiento obrero, pero en última ins­ tancia el programa general del gobierno y los intereses de la clase obrera, tal como se habían desarrollado bajo el peronismo, demos- trarian ser inconciliables. La influencia de las ideas de la CEPAL y la estrategia desarrollis­ ta para eliminar los legados del peronismo y modernizar la econo­ mía argentina impregnaron no sólo el gobierno de Frondizi (1958- 1962) sino también a casi todos los que lo siguieron. Como era ob­ vio que las elites no tenían la intención, y apenas la tenían las otras clases, de socializar la propiedad privada o propugnar una política económica anticapitalista— siendo la ausencia de partidos socialis­ tas y comunistas de poderío nacional uno de los signos distintivos de la política argentina—, las ideas desarrollistas fueron inicialmente recibidas con enorme simpatía en el país. A pesar de su resentimien­

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to por la permanente proscripción política del movimiento peronis­ ta, incluso los sindicatos fueron al principio renuentes a criticar tal política o a recurrir a argumentos de autarquía económica, que el propio Perón había abandonado en los años finales de su régimen. El área en que se produjo el mayor cambio político fue la de la inversión extranjera. El capital extranjero, en especial estadouni­ dense, entró arrasando en el sector manufacturero con el mismo entusiasmo con que los británicos habían intervenido anteriormen­ te en las actividades de transporte, bancaria y de seguros. Hacia 1969, las inversiones estadounidenses en la industria argentina ascendían a 789 millones de dólares, de un total de inversiones extranjeras de aproximadamente 2,000 millones en la actividad manufacturera. Esto significaba que el aporte estadounidense a la industria argentina se había triplicado en menos de 15 años, a par­ tir de los 230 millones de dólares invertidos en 1955.23Las mayores inversiones extranjeras se produjeron en las industrias de capital intensivo, más particularmente en la fabricación de automóviles y material de transporte, mientras las industrias livianas tradiciona­ les permanecían en manos argentinas. El crecimiento industrial superó los modestos logros de la década peronista y puso a la Ar ­ gentina en un pie de igualdad con las otras principales economías industriales de América Latina. Sólo en la industria automotriz, la producción trepó de un total de 13.901 vehículos fabricados entre 1951 y 1955 a una producción anual de 136.188 ya en 1961.24 La abrupta incorporación de ía Argentina a la era del capitalis­ mo multinacional puso en tensión al país que había creado Perón. El proyecto desarrollista de Frondizi se centró en una obsesión casi personal por eliminar los obstáculos al desarrollo capitalista deja­ dos por Perón. La devaluación del peso establecida por su gobier­ no, los grandes cortes en el gasto público, incluyendo la elimina­ ción de todos los controles de precios y subsidios, el abandono de lincamientos salariales rígidos y otras medidas apuntaron a ata­ car los restos del Estado peronista y a restaurar la reputación del país entre los acreedores extranjeros. Frondizi y su asesor Rogelio Frigerio procuraron escapar a las bases agrarias de la economía argentina mediante el diseño de un programa económico en el cual algunas industrias claves, con el apoyo del capital extranjero, se­ rían abiertamente estimuladas. En este aspecto, la industria au­ tomotriz füe particularmente estimada por su presunta aptitud para establecer “afinidades” industriales. Entre sus beneficios es­ perados se contaban la creación de una vigorosa industria side­ rúrgica, el crecimiento de la industria autopartista y una mayor producción de petróleo, asi como su presunta capacidad para de­ sarrollar la experiencia gerencial asociada con una economía in~

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dustrial moderna.25A decir verdad, todos los gobiernos del período consideraron a la automotriz como la industria clave en la transi­ ción de la Argentina hacia una economía industrial moderna. Entre 1958 y 1969, el 20% de la inversión extranjera aprobada por el go­ bierno argentino se destinó a la producción automotriz, y en 1970 la industria efectuaba el 37% de los pagos de regalías de la indus­ tria argentina correspondientes a la tecnología extranjera, habitual­ mente en la forma de acuerdos de licénciamiento.26 Sin embargo, el programa desarrollista no produjo los resultados esperados, y se estancó gravemente a principios de la década de 1960. Las ganancias de las exportaciones agrícolas y las inversio­ nes extranjeras no habían podido mantenerse a la par con las cre­ cientes importaciones de bienes de capital, creando con ello graves problemas en la balanza de pagos, lo que provocó que Frondizi acu­ diera al financiamiento exterior. Los problemas económicos del go­ bierno pronto ahuyentaron a los bancos extranjeros, lo mismo que la insinuación de incertidumbre política que siguió a las inespera­ das victorias peronistas en las elecciones de 1962. A medida que se aproximaba la fecha de reembolso de los préstamos originales, la mayoría de los cuales habían sido de corto plazo — cinco años— , el programa desarrollista perdía vigor; a esto le siguieron una recesión y la caída del gobierno de Frondizi. No obstante, el programa de éste había comprometido al país con cierto tipo de desarrollo, con una visión concreta del papel de la Argentina en el orden capitalista de posguerra. En lo sucesivo, todos los gobiernos civiles y militares, incluso los efímeros y desafortunados intentos del gobierno radical de Arturo Illia (1963-1966) por revivir algunas de las consignas nacionalistas de Perón, aceptarían ciertos supuestos desarroílistas acerca de la política económica, el papel del Estado y una visión global del lugar de la Argentina en la economía mundial. Con posterioridad a la caída del gobierno de Illia a causa de un golpe militar en 1966, la Argentina ingresó en un período excepcio­ nalmente tempestuoso de su historia. Los gobiernos militares que rigieron en el país desde 1966 hasta comienzos de 1973 procuraron profundizar la estrategia desarrollista, pero sólo se las arreglaron para precipitar una polarización aún más honda de la sociedad, polarización que también fue el producto de complejos cambios en la vida intelectual y la cultura política que habían germinado en la Argentina desde la caída de Perón. Estas nuevas fuerzas dieron ori­ gen a una oposición ideológica y política que amenazó ir más allá del reformismo y el extremismo retórico. Los gobiernos peronistas que llegaron al poder entre 1973 y 1976 se enfrentaron al legado de estos cambios cuando el país exhibía todos los signos de un pasaje ineluctable hacia un prolongado período de violencia civil, si no a la

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guerra civil misma. En medio de los levantamientos de fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1970, el movimiento obrero organizado y los militares fueron las instituciones que determina­ ron el curso de la vida política nacional. Con la proscripción de los partidos políticos entre 1966 y 1972, el movimiento obrero organi­ zado siguió desempeñando el papel dual de interlocutor institucional de clase con el Estado y también con el empresariado, como voz del proscripto partido peronista. La política del movimiento obrero des­ de 1955 había sido algo más que la de la clase obrera exclusivamen­ te: la de la sociedad en su conjunto, en la medida en que la oposi­ ción a los regímenes y a las políticas gubernamentales se expresó con más eficacia en el movimiento obrero que en cualquier otra ins­ titución del país. Con el comienzo del gobierno militar en 1966, la política interna del movimiento obrero, así como sus relaciones con la sociedad civil, se convirtieron tal vez en los elementos más deci­ sivos de la vida política nacional. El papel de la conducción obrera en la política nacional conti­ nuó después de 1966, pero luego de ese año también reflejó más profundamente las divisiones de la sociedad. Tanto el apoyo como la oposición a los programas y políticas de los gobiernos del período tuvieron su base institucional más fuerte en la clase obrera. La oposición de otras clases y grupos siguió siendo dispersa y contra­ dictoria, y en los otros poderes corporativos de la sociedad argenti­ na, la Iglesia y los militares, no logró transformarse en algo más que ruidos sordos de menor importancia dentro de las filas. Aunque los militares estaban divididos ideológicamente entre liberales y nacionalistas, y en la práctica en rivalidades por el poder y la in­ fluencia, como institución gobernante y principal arquitecto de los programas económicos del país después de 1966 fueron en general hostiles a las soluciones reformistas o revolucionarias. La Iglesia podría haber ofrecido algún apoyo institucional a los descontentos con los gobiernos militares del período, pero su ruptura histórica con el peronismo durante la primera presidencia de Perón, así como un conservadorismo innato producto de su propia historia, frustra­ ron todo alineamiento político, como no fuera el respaldo a las fuerzas del orden y la estabilidad. Dentro de la Iglesia surgirían corrientes disidentes, pero como institución ésta se mantuvo como leal defen­ sora del orden establecido y el statu quo. Así, una parte importante de la historia política del pais entre 1966 y 1976 se jugó dentro del movimiento obrero y en la relación de esta clase con el resto de la sociedad civil. Después de la toma del poder por el general Juan Carlos Onganía en 1966, sectores del mo­ vimiento obrero organizado se convirtieron alternativamente en de­ fensores del régimen, blancos de los programas de modernización

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gubernamental y fuentes de su oposición más eficaz. De manera similar, después de 1973 los sindicatos fueron tanto partidarios como los principales adversarios de los gobiernos peronistas, en la medida en que surgieron corrientes disidentes que desafiaron la hegemonía peronista sobre las lealtades de la clase obrera y en es­ pecial su manejo cotidiano de los asuntos gremiales. Los años de violencia y disenso desde 1966 a 1976 — cuando hubo fuertes corrientes revolucionarlas en acción bajo la superficie, que nunca llegaron a dominar pero siempre influyeron en el clima político— tuvieron tal vez su representación más reveladora en el movimiento obrero. Los acontecimientos tuvieron su epicentro en Córdoba, pronta a convertirse en la segunda ciudad industrial de la Argentina. La división del movimiento obrero organizado que se hizo evidente inmediatamente después del golpe de Onganía, entre los caciques gremiales de la vieja guardia peronista y los más militan­ tes sindicatos cordobeses, y la subsiguiente confrontación entre el movimiento obrero peronista y los movimientos clasistas, algunos de cuyos partidarios se identificaban abiertamente con programas revolucionarios y anticapitalistas, tipificaron las luchas que se es­ taban produciendo en otros niveles de la sociedad argentina, A fines de la década de 1960, la Argentina ingresó en una era de política revolucionaria, y dada la configuración de su estructura de clases y el poder del movimiento obrero organizado en la ciudad, era natural que Córdoba desempeñara un papel decisivo. Obviamente, el movi­ miento obrero organizado no fue el único actor institucional del período, y la historia de la clase trabajadora según se expresa en el movimiento obrero es inseparable de su interacción con las otras clases e instituciones del país* No obstante, la polarización de la vida política en Córdoba fue más aguda, las luchas más elocuentes y probablemente más significativas para el historiador, y su resulta­ do, ciertamente, más claro.27 Los sucesos de esos diez años serían particularmente trascen­ dentales para Agustín Tosco. En 1955, sin embargo, cuando termi­ nó su primer período como delegado gremial, lo que más le interesa­ ba era la discusión de otras políticas y otras revoluciones. La caída de Perón en septiembre lo llenó de aprensión, lo mismo que a los trabajadores de toda la ciudad, en la medida en que esperaban una reacción contra el movimiento obrero que había apoyado al régimen peronista. La vida en la antiguamente soporífera Córdoba se vio pronto per­ turbada por la súbita aparición de extranjeros que hablaban en in­ glés e italiano: los consultores, ingenieros y gerentes de las plantas de Kaiser y Fiat que estaban en construcción en las afueras de la ciudad. Los años de regateos entre Perón y los fabricantes extranje­

Introducción

37

ros de automotores finalmente habían producido resultados en 1954

y 1955, y Fiat y la empresa americana Kaiser-Frazier Automobile

Company habían convenido invertir en la Argentina. De la noche a

la mañana, Córdoba se convirtió en el asiento de la nueva industria

automotriz del país. Hacia fines del año, comenzó a llegar la maqui­ naria; empezaban a contratarse trabajadores y Kaiser consideraba potenciales licenciatarios, entre ellos Renault, a fin de que le pro­

porcionaran modelos adicionales para la limitada línea de autos de

la empresa. Pero el pleno significado de todos estos cambios, sin

embargo, no era visible para Tosco. Más reales le resultaban su em­

pleo en la empresa local de energía eléctrica, sus responsabilidades en el sindicato y las penurias y los placeres cotidianos de la vida en

la ciudad a la cual había apostado su futuro más de diez años an­

tes.

NOTAS

1Norbert MacDonald, “Henry J. Kaiser and the Establishment of an Automobile índustry in Argentina”, Business History, vol. 30, n° 3 (Julio de 1988), pp. 329-345; Stephen Meyer, “The Persistence of Fordism: Workers and Technology ín the American Automobile Industry, 1900-1960”, en Nelson Lichtenstein y Stephen Meyer, comps., On the Ltne: Essays in the History of Auto Work (Urbana y Chicago: Universiiy of Illinois Press, 1989), p. 91. 2Anthony Rhodes, Louis Renault: A Biography (Nueva York: Harcourt Brace, 1969), pp. 174-202. 3Palmiro Togliatti, Lectures on Fascism (Nueva York: International Publishers, 1976), pp. 59-86; Luisa Passerini, Fascismpnd Popular Memory:

The Cultural Experience of the Turín Working Class (Cambridge: Cambridge Universiiy Press, 1988), pp. 129-149. 4Emilio Pugno y Sergio Garavini, Gli anni duri alia Fiat: La resistema sindícale e la ripresa (Turín: Giulio Einaudi Editore, 1974), pp. 5-14; Gio- vanni Contini, "The Rise and Fall of Shop Floor Bargainíng at Fiat, 1945- 80”, en Stephen Tolliday y Jonathan Zeitlin, comps., The Automobile Industry and íts Workers (Cambridge: Polity Press, 1986), pp. 144-146. 5Por ejemplo, la fábrica de aviones de Córdoba, administrada por los militares, suscribió muchos acuerdos de licencias para fabricar aviones de modelo alemán, y al parecer la presencia de consejeros industriales alema­ nes no era insólita en las fábricas de armamento cordobesas durante la década del treinta. Informes Militares de los Estados Unidos desde la Ar­ gentina, 1918-41. Lamont Libraiy, Harvard University: Informe n° 5812, “Current Events, May”, 31 de mayo de 1938; n° 5867, “Miliiary Avíation- General: Germán Company Offers to Operate Córdoba Army Factory", de Lester Baker, agregado militar, Embajada de los Estados Unidos, Buenos

El Cordobazo

Aires. 29 de agosto de 1938; n° 2048-195, '‘Comments on Current Events", de M. A. Devine, Jr., agregado militar, Embajada de los Estados Unidos, Buenos Aires, 16 de octubre de 1939. s Carlos F. Díaz Alejandro, Essays on the Economic History of the Argentine Republic {New Haven, Conn.: Yale University Press, 1970), pp. 166, 256-262 [Ensayos sobre la historia económica argentina, Buenos Ai­ res: Amorrortu Editores, 1975|; PeterWaldmann, El peronismo, 1943-1955 (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1981), pp. 193-200. 7Departamento de Estado de los Estados Unidos, Correspondencia Re­ lacionada con los Asuntos Internos dé la Argentina, Embajada de los Esta­ dos Unidos en Buenos Aires, "Wíth Reference to the Plans of the Argentine Government for Industrial Projects and for Increased Industrialization of the Country”, carta del embajador George S. Messersmith a Wiliiam L. Clay- ton, subsecretario de Estado de Asuntos Económicos, 835.60/8-2146, 21 de agosto de 1946. 8Wiliiam C. Smith, Authoritarianism and the Crisis of the Argentine PoliticalÉconomy (Stanford, Calif.: Stanford University Press, 1989), pp- 26- 30; Paul H. Lewis, The Crisis of Argentine Capitalism (Chapel Hill: The Uni­ versity of North Carolina Press, 1990), pp. 184-188. 9Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, 1943* 1973, vol. 2 (Buenos Aires: Emecé Editores, 1978), p. 81. 10Díaz Alejandro, Essays on the Economic History of the Argentine Republic, pp. 166, 256-262. 11Eduardo F. Jorge, Industria y concentración económica (Buenos Aires:

Siglo XXI, 1970); Jorge Niosi, Los empresarios y elEstado argentino(1955-1969) (Buenos Aires: Siglo XXI, 1974); Jorge Schvarzer, Empresarios del pasado; la Unión Industrial Argentina (Buenos Aires: CÍSEA/Imago Mundi, 1991). 12María Beatriz Nofal, Absentee Entrepreneurship and the Dynamics of the Motor Vehicle Industry in Argentina (Nueva York: Praeger Publíshers, 1989). pp. 14-16. 13David Rock, "The Survival and Restoration of Peronism", en David Rock, comp., Argentina in the Twentieth Century (Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1975), p. 187. 14Rock, “The Survival and Restoration of Peronism", p. 191. 15Daniel James, Resistcmce and Integratton: Peronism and the Argentine Working Class, 1946-1976 (Cambridge: Cambridge University Press, 1989). [Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946-1976, Buenos Aires: Sudamericana, 1990). El capítulo introductorio de James, y particularmente su discusión sobre la generalización del con­ cepto de ciudadanía por parte del peronismo, es la descripción más percep­ tiva de los apuntalamientos culturales de este complejo movimiento. 16Alberto Ciria, Política y cultura popular: la Argentina peronista, 1946- 55 (Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1983), pp. 273-318. i7Hiroshi Matushita, El mouimiento obrero argentino, 1930-1945: sus proyecciones en los orígenes del peronismo (Buenos Aires: Siglo XXÍ, 1983). Éste es sólo uno de una serie de estudios que plantean el hoy ampliamente aceptado argumento de la existencia de ciertas afinidades entre las políti­ cas laborales de Perón y las de los gobiernos de las décadas de 1930 y 1940.

Introducción

39

No obstante, la estrategia de cooptación de los gobiernos anteriores, la vo­ luntad de negociar y comprometerse con el movimiento obrero, especial­ mente con los sindicatos claves y estratégicos, carecieron de la profundi­ dad de las reformas de Perón, que indudablemente tuvieron el efecto de fortalecer las instituciones del movimiento obrero y establecer vínculos or­ gánicos entre el Estado y los sindicatos. Colectivamente, las políticas de Perón representan un cambio significativo en la historia del movimiento obrero organizado de la Argentina,

16 Walter Little, "La organización obrera y el Estado peronista”. Desarro­

llo Económico, vol. 19, n° 75 (octubre-diciembre de 1979), pp. 338-339. 19Louise Doyon, “La organización del movimiento sindical peronista”, Desarrollo Económico, vol. 24, n° 94 (julio-septiembre de 1984), pp. 210-

212. Por la misma razón, fue la degradación de la organización de delega­ dos peronistas en los años sesenta lo que fomentó los movimientos clasis­ tas y las rebeliones de base de los setenta. 20WaIdmann, El peronismo, 1943-1955, pp. 149-178. 21 Little, “La organización obrera y el Estado peronista”, p. 370. 22Clarence Zuvekas, “Argéntiñe Economic Policy, 1958-62: The Frondizi Govemment’s Development Plan*’, Inter-American Economic Affairs, vol. 22. n° 1 (1968), pp. 45-75.

23 Gary Wynia, Argentina in the Postwar Era (Albuquerque: University of

New México Press, 1978), pp. 209-210. 24Nofal, Absentee Entrepreneurship and theDynamics ofthe Motor Vehicle Industry in Argentina, pp. 16-30. 25Zuvekas, “Argentme Economic Policy, 1958-62”, pp. 45-75; Nofal, Absentee Entrepeneurship and the Dynamics of the Motor Vehicle Industry in Argentina, pp. 18-34. 26Rhys Owen Jenkíns, Dependent Industrialization in Latín America: The Automobile Industry in Argentina, Chile and México (Nueva York: Praeger Publishers, 1977), p. 10. 27Un distinguido historiador estadounidense del trabajo, David Brody, señaló que los sindicatos y el sindicalismo sólo abarcaron una parte relati­ vamente pequeña dé la experiencia de la clase obrera estadounidense; que las influencias de la etnicldad, el género, la religión, la familia y ia comuni­ dad, entre otras, han sido al menos tan importantes para los trabajadores como sus sindicatos. Si bien es probable que esto pueda decirse de la his­ toria de cualquier clase obrera, tal vez haya sido menos cierto en la clase obrera argentina de esos años. El peronismo creó una cultura obrera que echó por tierra toda diferencia étnica y religiosa — en la Argentina nunca tan fuertes como en muchos otros países— que anteriormente hubiera divi­ dido a los trabajadores. De manera similar, en éste país las mujeres nunca representaron un porcentaje de la clase obrera tan grande como en los Estados Unidos, y esto fue especialmente cierto en la era de la industria pesada posterior a 1955. La comunidad obrera, incluso en las nuevas ciu­ dades industriales del interior, también era más débil. Yo sostengo que si los sindicatos y el lugar de trabajo no fueron el universo exclusivo de la experiencia de la clase obrera argentina y específicamente de la cordobesa, sí constituyeron, no obstante, sus influencias más importantes.

Primera parte

CÓRDOBA

A sí como los trabajadores seforman en unafábrica ordenándo­ se de acuerdo con la producción de un objeto determinado que une y organiza a trabajadores del metal y la madera, albañiles, electricis­ tas, etc.—, del mismo modo en la ciudad seforma la clase proletaria de acuerdo con la industria predominante, que a través de su exis­ tencia ordena y gobierna todo el complejo urbano.

Antonio Gramsci, Programa de L ’Ordine Nuovo

i

1

1. Industria, sociedad y clase

La a menudo citada caracterización de Domingo Faustino Sar­ miento acerca de la paradoja de la historia argentina, del conflicto entre civilización y barbarie, el puerto y las provincias, no fue un retrato meramente literario del antagonismo entre Buenos Aires y el resto del país. La naturaleza despareja del desarrollo capitalista de la Argentina había implicado el monopolio del comercio, los nego­ cios y la cultura por parte de Buenos Aires y establecido una grieta histórica entre la ciudad y el hinterland, o el interior, como solían llamarlo los argentinos. Algunas provincias fueron más afortuna­ das que otras en esta división de la riqueza y el poder. Entre ellas, Córdoba, con sus ricas tierras agrícolas del sur, se las arregló para obtener una parte de los mercados de exportación e imitar algunos de los cambios que, a fines del siglo XIX, transformaban a la pro­ vincia de Buenos Aires y en especial a la ciudad portuaria en el centro económico del Atlántico Sur. La capital provincial de Cór­ doba, afarnada por su catedral, su universidad y su severa mora­ lidad hispánica, una ciudad de abogados eruditos y amantes de la retórica, eclesiásticos censores y orgullosos catedráticos universi­ tarios, todos salidos de las antiguas familias aristocráticas y es­ trechamente entrelazados por vínculos de sangre y parentesco en lo que la más mundana elite porteño, calificaba un poco despecti­ vamente como "aristocracia doctoral”, cambió a regañadientes su ambiente medieval por las maneras cosmopolitas aportadas por la prosperidad. Así como Buenos Aires había atraído a inmigrantes, del mismo modo la riqueza agrícola de Córdoba atrajo a campesinos y trabaja­ dores de la Europa del Mediterráneo, algunos de los cuales abando­ naron la más dura vida de campo y encontraron trabajo en el co­ mercio y la industria de la ciudad. Si bien en 1914 aún era un cen­ tro urbano de tamaño medio, con aproximadamente 135.000 habi­ tantes, sus talleres e industrias, en especial la cervecería Anglo- Argentina y la fábrica de zapatos de Farga Hermanos, habían crea­ do una clase obrera que se estimaba en 11.708 personas hacia el

44

El Cordobazo

comienzo de la Primera Guerra Mundial.1También igual que en Buenos Aires, en ese momento el mayor desafío al gobierno de la elite provenía no de los trabajadores sino de los agricultores flore­ cientes y en especial de la clase media urbana. Su asalto al símbolo del privilegio y la exclusividad de la elite en Córdoba, la universidad, culminó en el movimiento de !a Reforma Universitaria de 1918. Los comités de la Unión Cívica Radical en los cuales se congregaban también fueron, en su momento, centros sediciosos que expresa­ ban los resentimientos de los excluidos y humillados de la sociedad cordobesa. Como las elites porteños, la aristocracia cordobesa res­ pondió al reto de la clase media mediante la adaptación más que por la represión. Las elites se aliaron con los partidarios de Marcelo T. de Alvear, líder del ala patricia y alvearísta de la Unión Cívica Radical, los azules, contra el sector yrigoyenísíu local, los rojos. Se reclutó gente de talento político y los resentimientos de clase fueron aplacados permitiendo que se incorporara sangre nueva a las viejas familias. La aristocracia cordobesa abandonó algunas de sus tradi­ cionales lealtades familiares y reconoció la idoneidad para el matri­ monio de hombres de clase media capaces y con grados universita­ rios, siempre y cuando la educación universitaria del aspirante se completara con la evidencia de piadosos sentimientos católicos y no estuviera manchada por ninguna asociación anarquista o socialista de sus días de estudiante.2 La historia de Córdoba, con las mutaciones determinadas por el carácter especial de su sociedad, reflejó así muchos de los cambios producidos en Buenos Aires durante el medio siglo de gobierno libe­ ral (1880-1929). Sólo hacia fines de ese período se introdujo un ele­ mento que se apartaba del ejemplo de Buenos Aires. En 1927, el gobierno radical de Alvear, respondiendo a presiones militares, con­ cedió fondos nacionales para el establecimiento de una fábrica de aviones en Córdoba. La decisión de ubicarla allí había sido sencilla­ mente una devolución de favores para los aliados políticos de Alvear en la provincia, pero su determinación casual tendría inmensas im­ plicaciones para el futuro de la ciudad. Hacia 1929, la fábrica era uno de los mayores emprendimientos industriales del país, emplean­ do unos 600 trabajadores, si bien tenía una precaria existencia y sufría suspensiones periódicas de la producción debido a la mez­ quindad del gobierno con los fondos nacionales necesarios para mantenerla en funcionamiento.3La fábrica de aviones, que pronto construiría aeroplanos Focke-Wulff y planeadores Rhoen-Bussard alemanes, era la primera experiencia en el país de producción ma­ siva de flujo continuo en las industrias mecánicas. Hacia 1932 era un complejo industrial de gran tamaño, con una superficie de 65 hectáreas en las que se levantaban 23 edificios y procesos de pro­

Industria, sociedad y clase

45

ducción que utilizaban maquinarias especializadas y laboratorios de pruebas modernos.4 La fábrica de aviones sentó un precedente para el establecimien­ to de otras fábricas de armamentos y municiones en la provincia. En la década de 1930 se construyeron otras plantas militares como la Fábrica Militar de Pólvora y Explosivos en Villa María, la Fábrica de Armas Portátiles en San Francisco y una de municiones para artillería en Río Tercero. Estas fábricas de armamentos y municio­ nes sentaron las bases de la experiencia técnica de la región y crea­ ron en los militares un interés consumado por asegurar la viabili­ dad permanente de Córdoba como centro industrial de las indus­ trias mecánicas, al mismo tiempo que los planificadores industria­ les castrenses esperaban que sus fábricas se beneficiaran como proveedoras y compradoras de otras plantas de la ciudad. La inter­ vención estatal y el apoyo gubernamental acompañaron a la indus­ trialización de Córdoba desde el principio. La fábrica de municiones de Río Tercero debió su establecimiento a la existencia de electrici­ dad barata provista por la cercana represa de Río Tercero, por en­ tonces el mayor emprendimiento hidroeléctrico de Sudamérica.5La represa fue sólo uno de los muchos proyectos de obras públicas iniciados por el gobernador Amadeo Sabattini (1934-1940). Éste, hijo de inmigrantes italianos, reanimó la aparentemente moribun­ da tradición yrigoyenista de la Unión Cívica Radical y forjó una efi­ caz organización partidaria local con un programa vagamente na­ cionalista, reñido con la filosofía y las políticas de los gobiernos con­ servadores de la década del treinta. La depresión en el campo cor­ dobés fue más grave que la enfrentada por los estancieros de Bue­ nos Aires que apoyaban la restauración conservadora, y el sabattinismo impulsó un papel más activo del Estado en la promo­ ción de la recuperación económica.6 Entre las medidas adoptadas durante los años de la gobernación de Sabattini se encontraban una serie de proyectos de obras públi­ cas que permitieron que Córdoba llevara a cabo el sistema más amplio de construcción de caminos, desarrollo hidroeléctrico e in­ dustrialización liviana de todo el interior del país. El éxito de los programas de Sabattini no siempre estuvo a la altura de lo ambicio­ nado, pero los resultados fueron un paso significativo hacia el pos­ terior desarrollo industrial de Córdoba. Los programas de construc­ ción de caminos, por ejemplo, fueron inmensamente exitosos, y las cuadrillas camineras puestas a trabajar a lo largo y lo ancho de la provincia dieron a Córdoba una de las más extensas redes camine­ ras provinciales del país. Los programas de indústrialización tuvie­ ron resultados menos espectaculares pero todavía dignos de respe­ to, y las industrias textil, cementera y armamentística, en especial,

46

El Corciobazo

exhibieron un crecimiento destacable. La cantidad de establecimien­ tos industriales de la provincia en su conjunto aumentó de 2.839 en 1935 a 5.319 en 1940, y la clase obrera industrial creció de 20.189 a 37.649 miembros.7 Si bien Córdoba conservó su carácter agrario y la participación provincial en la producción industrial representaba una modesta fracción de los 43.613 establecimientos existentes en la nación en 1940, dado el estado deprimido de su campo los resultados de los programas industriales fueron significativos. Los más importantes fueron sin duda los proyectos hidroeléctricos de Sabattini. Los di­ ques y represas construidos en la sierra cordobesa en la década de 1930 aseguraron que la generación de energía eléctrica, al menos en el futuro inmediato, iría al mismo paso que las necesidades in­ dustriales. El establecimiento de tarifas reducidas para la industria fue uno de los motivos principales del crecimiento industrial de Córdoba durante los años de Sabattini y ulteriormente. Más tarde, las ásperas y continuas discusiones de Perón con las empresas de energía eléctrica impulsarían su nacionalización gradual en las dé­ cadas de 1940 y 1950, y la industria energética cordobesa sería una de las más afectadas. En 1946, la provincia asumiría el control de toda la generación de energía eléctrica y creada la EPEC (Empresa Pública de Energía de Córdoba), donde Agustín Tosco encontraría trabajo en 1948. Así, la Córdoba que Tosco descubrió a su llegada en 1944 era algo intermedio entre la pequeña ciudad comercial y burocrática que había sido durante la década del treinta y el gran centro industrial en que se convertiría en la del cincuenta. El crecimiento industrial de esta última década sería una herencia de los proyectos de obras públicas de Sabattini y también de las políticas peronistas.

Córdoba fue una excepción en la ineficacia general de los progra­ mas, industriales peronistas, debida no tanto a la planificación de Perón como a las intensas presiones militares, que éste no podía ig­ norar. Su ministro de Aeronáutica, el general de brigada Ignacio San Martín, se desempeñó como vocero de los intereses castrenses en la provincia y se las arregló para convencer a Perón de que aumentara la inversión estatal en las fábricas militares de las afueras de la ciu­ dad. En 1951, el gobierno creó la Fábrica de Motores y Automotores, que construiría los motores que antes se importaban y ensamblaban en las fábricas de aviones. Un año más tarde, el gobierno justicialista acordó fusionar las fábricas de Córdoba y crear un gran complejo industrial militar, las Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Esta­ do, IAME, rebautizadas como Dirección Nacional de Fabricaciones e

Industria, sociedad y clase

47

Investigaciones Aeronáuticas (DINFÍA) en 1957, y por último simple­ mente como Industrias Mecánicas del Estado (íME). lo que convirtió

a Córdoba en el primer centro industrial del interior, dando fin a su

reputación como provincia preponderantemente agraria y a su de­ pendencia de las exportaciones agrícolas para su sostenimiento eco­ nómico. Las fábricas mecánicas del complejo LAME transformaron profundamente la cultura industrial local, introduciendo nuevas tec­

nologías y procesos laborales y las prácticas gerenciales modernas de

la producción fabril. Sus efectos en el mercado laboral e incluso en el

tradicionalismo y el conservadorismo social notoriamente obstinados de Córdoba fueron también considerables. Las nuevas industrias afirmaron la demanda de ingenieros capacitados, lo que a su vez impulsó una reforma de la venerable y ligeramente desactualizada educación clásica de sus universidades y la mejora de sus departa­ mentos de Ingeniería.8De manera reveladora, en la década de 1950 el ingeniero se convertiría en una figura de prestigio en la ciudad, en competencia con los profesionales liberales del derecho y la medicina como paradigma de la respetabilidad y los logros de las clases media

y alta. Las operaciones de LAME se concentraron en el complejo indus­ trial de las afueras, pero los militares tenían fábricas y talleres dise­ minados por toda la ciudad y sus alrededores. Uno de sus emprendimientos, por ejemplo, era una fábrica de tractores en Ferreyra, un barrio escasamente poblado en el rincón sudeste de la ciudad, en el que aún pastaban las vacas (véase Figura 1). La fábri­ ca de Ferreyra se erigiría más adelante en uno de los centros de la industria automotriz cordobesa, pero a principios de la década de 1950 era sólo uno de los aproximadamente 55 establecimientos industriales de IAME, que en conjunto empleaban a 10.000 traba­

jadores.9El mayor ámbito de producción de IAME y la principal fuen­ te de empleo fabril de la ciudad seguía siendo el parque industrial del rincón sudoeste, donde se concentraban casi 9.000 trabajado­ res y un personal administrativo de varios cientos de personas. En la época del derrocamiento de Perón en 1955, las fábricas de LAME producían una amplia gama de vehículos de transporte: aviones comerciales y militares, el auto Graciela —apodado el Justicialista, apenas se lo producía y sus ventas eran escasas, pero era impor­ tante por su valor simbólico— ,jeeps y camiones para el ejército y la motocicleta Puma. Hacia mediados de los años cincuenta, Córdoba era el segundo mayor productor de motocicletas del mundo, des­ pués de Milán, y las calles de la ciudad hervían con las zumbantes Pumas construidas en las fábricas de IAME, hasta que el boom auto­ movilístico de fines de la década hizo accesibles a la clase media, y por corto tiempo a la clase obrera, los autos producidos interna-

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El Cordobazo

mente. Dentro del complejo ÍAM B existía una escuela técnica con personal y administración militar para capacitar a los trabajadores requeridos en las tareas m ás especializadas de las plantas. Para los gerentes militares de las plantas de ÍAME, las fábricas eran una extensión de los cuarteles, y la estricta disciplina militar que siem­ pre h ab ía caracterizado los emprendimientos del complejo continuó a lo largo de los años de gobierno peronista. La sindicalización esta­ ba prohibida, la autoridad de la dirección sobre la base era absoluta y las fábricas de IAME cobraron reputación como una de las pocas industrias modernas y eficientes del país, aunque en la clase obrera local se las conocía por la dureza con que trataban a su mano de

obra.10

Transporte Automotor)

5 Gráficos

6 UTA {Unión Tranviarios Automotor}

7 Petroleros Privados

8 UOM (Unión Obrera Metalúrgica)

9 ATE {Asociación ele Trabajadores de! Estado)

Figura 2. La ciudad de Córdoba.

Industria, sociedad y clase

49

IAME tuvo muchos efectos sobre el ulterior desarrollo económico de Córdoba. En primer lugar, fortaleció la consideración de ésta como un ámbito atractivo para las inversiones industriales, que en algunas áreas podía competir exitosamente con Buenos Aires. El desarrollo de una experiencia local en ingeniería y del núcleo de trabajadores calificados necesarios para las fábricas mecánicas de ñujo continuo explicaba parte de esta atracción; lo mismo el papel preponderante desempeñado por los militares en la industrializa­ ción de la ciudad. La formación de una mano de obra experimenta­ da, sometida a los rigores de la disciplina castrense y renombrada por su docilidad, fue un gran aliciente para las empresas que de­ seaban evitar las disputas laborales y los problemas personales que habían llegado a asociar con la Argentina de Perón. Contribuyó además al desarrollo industrial la experiencia que los líderes políti­ cos cordobeses habían obtenido en lo que podría llamarse la políti­ ca de industrialización. Los funcionarios gubernamentales apren­ dieron el valor del fomento y la promoción industrial, y a seducir a los inversores a través de reducciones impositivas, subsidios y la aplicación flexible de los códigos laborales. Aportaron beneficios, en especial los proyectos de energía eléctrica de Sabattini, dado que Córdoba pudo atraer la inversión industrial mediante la reducción de tarifas posible por el amplio desarrollo de la energía hidroeléctri­ ca. La electricidad barata había sido uno de los principales argu­ mentos del general Ignacio San Martín para convencer a Perón de que estableciera la Fábrica de Motores y Automotores, y la impor­ tancia de la energía eléctrica perduró durante la expansión de IAME y la era de las inversiones multinacionales en las industrias mecá­ nicas. En una investigación hecha en 1964 sobre los 32 principales establecimientos industriales de la provincia, la gran mayoría de los cuales estaban ubicados en la capital, casi todos señalaron la dis­ ponibilidad de energía eléctrica barata como el motivo central de la instalación de sus plantas en Córdoba antes que en otras provin­ cias o incluso en Buenos Aires.11 La energía eléctrica demostró ser la partera de la industrializa­ ción cordobesa en la posguerra. Los proyectos hidroeléctricos de Sabattini en la década de 1930 fueron complementados en 1959 por el Plan Ansaldo del gobierno provincial, que permitió que capi­ tales italianos financiaran dos grandes plantas energéticas, Deán Funes y Pilar, y dio a Córdoba lo que indiscutiblemente era la más extensa industria de generación de electricidad del país, al margen de Buenos Aires. A comienzos de los años sesenta, se aprovecharon fuentes de energía termal y la EPEC llevó a cabo un programa de expansión acelerada, construyendo nuevas plantas y transforman­ do subestaciones y líneas de transmisión. Si bien por entonces sus

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¿2 Cardob&zo

recursos ya estaban recargados de impuestos y las demandas de las nuevas industrias mecánicas y de los consumidores pronto ame­ nazaron el fundamento económico de la provincia, Córdoba aún tenía una ventaja relativa en la atracción de las inversiones indus­ triales a través de la reducción de las tarifas eléctricas. En 1965 fue la segunda provincia, después de Buenos Aires, en la generación anual de electricidad. Ese año produjo 865.086 kw de energía, mien­ tras sus competidores más cercanos, Santa Fe y Mendoza, estaban considerablemente rezagados, con 443.865 y 667.918 kw respecti­

vamente.12

El éxito de las fábricas de LAME afirmó a Córdoba como el ámbito preferido del país para las inversiones en las industrias mecánicas. La ulterior transformación de la economía local se produjo con ex­ traordinaria velocidad. En 1946, el 47,9% de los empleos industria­ les de la ciudad se concentraban en las industrias livianas tradicio­ nales: mataderos, cervecerías, molinos harineros y unas pocas plan­ tas textiles. Otro 9% correspondía a lo que podría llamearse indus­ trias intermedias, primordialmente la producción de cemento. Si bien el restante 43% correspondía a sectores "no tradicionales4*, casi todos esos empleos se concentraban en dos empresas: la Fábrica Militar de Aviones y los talleres del Ferrocarril del Estado, un con­ junto de establecimientos dedicados a la reparación, que no fabri­ caban nada en absoluto. Sólo siete años después, el impacto de las fábricas de LAME era evidente en los cambios del empleo industrial. En 1953, el 63% de la mano de obra industrial correspondía al sec­ tor no tradicional, representado de manera abrumadora por las fá­ bricas militares de la ciudad. El complejo de IAME había iniciado un proceso luego proseguido e intensificado por las empresas auto­ motrices. Hacia 1961, el 75% de la mano de obra industrial se en­ contraba en el sector “dinámico”, sinónimo en Córdoba de las in­ dustrias mecánicas, mientras las industrias livianas e intermedias absorbían sólo el 20% y el 5%, respectivamente, de los trabajadores industriales. De manera similar, hacia 1961 las industrias mecáni­ cas eran responsables dél 83% del valor total de la producción in­ dustrial de la ciudad.13 :;

En la década de 1950, Córdoba se convirtió en el centro de un nuevo tipo de desarrollo industrial en América Latina, caracteriza­ do por tasas extremadamente rápidas de crecimiento pero concen­ trado en un solo sector industrial tecnológicamente complejo y sin la gama de cambios económicos, sociales y políticos generalmente asociados a un proceso genuino de industrialización. Basándose en la tradición provincial en las industrias aeronáuticas y mecánicas,

Industria, sociedad y ciase

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los militares y los políticos peronistas cordobeses alentaron a Perón para que atrajera a las empresas automotrices extranjeras, a fin de conseguir que establecieran sus plantas en Córdoba. Perón, lo mis­ mo que más tarde Frondizi, apreciaba la industria automotriz tanto por su valor simbólico como por el económico, considerando la pro­ ducción de automóviles como el sirte qua non del ingreso a Jas filas de las naciones desarrolladas. Además, Perón se enfrentaba al fra­ caso de sus recientes políticas industriales. Los estrictos controles sobre las importaciones y la partida de Ford, General Motors y otras ensambladoras de automóviles de la Argentina, habían conducido a

una grave escasez de vehículos nuevos y a! deterioro del stock exis­ tente. Así, el Presidente se vio forzado a negociar con los fabricantes automotores extranjeros o, en caso contrario, a ver cómo se perdían en la importación de automóviles valiosas divisas extranjeras.14 Fiat firmó un convenio con el gobierno justicialista el 24 de sep­ tiembre de 1954 para la compra de la fábrica de tractores de ÍAME en Ferreyra, como primer paso hacia la edificación allí de un gran complejo de vehículos automotores. En las negociaciones, Fiat ac­ tuó con habilidad sobre la vulnerabilidad del gobierno, y Perón, con su régimen por entonces en crisis, tuvo que aceptar los términos establecidos por la compañía italiana. En primer lugar, el gobierno argentino facilitó la compra por parte de Fiat de la fábrica de tracto­ res otorgando a la empresa un crédito a través del Banco Industrial, que redujo en gran medida el costo final de la operación. Además, para elevar su capital de trabajo, Fiat fue autorizada a importar unas 2.000 unidades del Fiat 1400 a un tipo de cambio subvaluado y a venderlas a un precio más alto que el que tenían en Italia. Con ello, la empresa pudo sufragar un monto significativo de los costos de la importación de maquinaria y del reequipamiento de la fábrica de tractores, y realizó una importante operación de inversión extranje­ ra con mínimo riesgo y para una inversión de capital de sólo un millón y medio de dólares,15 Las negociaciones de Perón con el industrial estadounidense Heruy J. Kaiser y más tarde con su hijo, Edgar, resultaron en un convenio similarmente ventajoso para el inversor. El acuerdo firma­ do el 19 de enero de 1955 para la construcción de un complejo au­ tomotor de Kaiser en Santa Isabel, en los suburbios del sudoeste de Córdoba, creó una empresa conjunta estatal-privada entre Kaiser- Frazier Industries y LAME, en la que se invertirían, respectivamen­

5,7 millones de dólares, al mismo tiempo que se garantizaba

expresamente la inversión mayoritaria a los accionistas argentinos individuales a través de suscripciones privadas vendidas en la bol­ sa de valores argentina. El reparto final de las acciones"’debía ser de 32% para las Kaiser-Frazier Industries, 20% para LAME y 48% para

te, 10 y

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El Cordobazo

accionistas privados. Sin embargo, el status de Kaiser como socio menor era una mera formalidad, una artimaña concebida para pro­ teger al gobierno de las críticas de los partidarios del nacionalismo económico al convenio. Kaiser puso como condición para la inver­ sión la promesa de que IAME apoyaría a sus candidatos, con lo que la empresa estadounidense se aseguraría el control del directorio.!6 El arreglo funcionó mientras duró ía participación de Kaiser en la empresa. Los estadounidenses nunca perdieron el control de las Industrias Kaiser Argentina (IKA), y la filosofía gerencial y las prác­ ticas comerciales de Kaiser impregnaron toda la operación. Por otra parte, como Fiat, también aquél recibió un préstamo del Banco In­ dustrial en términos favorables y forzó concesiones de Perón para minimizar el costo de su inversión original, entre ellas el derecho a vender 1.000 autos de su marca en el mercado argentino. La inver­ sión de Kaiser consistió, en gran medida, en la transferencia desde sus emprendimientos estadounidenses a Córdoba de equipos y maquinarias usados e incluso desactualizados. LAME obtuvo el de­ recho a producir algunas de las herramientas, matrices, aparejos e instalaciones necesarios para IKA a cambio de su inversión de capi­

tal.17

Los únicos compromisos significativos de las empresas en sus negociaciones se referían a la localización final de la inversión. Tan­ to Fiat como Kaiser manifestaron algunas reservas acerca de la con­ veniencia de Córdoba como ubicación para sus plantas. En las ne­ gociaciones con Perón, Fiat había expresado interés en instalarse en Mendoza, para conseguir también el acceso al prometedor merca­ do chileno. Uno de los principales negociadores de Kaiser y futuro presidente de IKA, James McCIoud, prefería que sus plantas se loca­ lizaran en Rosario, que estaba más cerca de Buenos Aires, el princi­ pal mercado del país, y no en Córdoba.18La existencia de una consi­ derable mano de obra con experiencia en las industrias mecánicas era un aliciente para ellos, aunque menor, dado que las empresas sabían bien que sus procesos de producción requerirían un personal obrero predominantemente no calificado, y que incluso muchos de los trabajadores calificados y semicalificados que necesitaban ten­ drían que volver a ser capacitados para sus nuevas tareas.19Final­ mente se convino en que Córdoba sería el lugar de la inversión, en gran medida a causa de dos factores: el bajo costo de la energía eléc­ trica y la insistencia de Perón, a instancias del general Ignacio San Martín y de otros intereses militares y civiles de la ciudad, para que ésa fuera la localización de las nuevas plantas. Las suscripciones de acciones de IKA y las inversiones de IAME eran en pesos, unidad que comenzó a devaluarse en una propor­ ción alarmante después de la firma del convenio. Esto obligó a IKA

Industria, sociedad y clase

a apresurarse y comenzar la producción lo más pronto posible. Hacia fines de 1956, la empresa ya había completado la construcción de una serie de plantas, estaba negociando licencias de fabricación con compañías automotrices de Europa y los Estados Unidos para agre­ gar nuevos modelos y había adelantado bastante en las primeras etapas de selección de las más de 12.000 solicitudes de empleo re­ cibidas.20 Su propia linea de jeeps y autos ya salía de las líneas de montaje a comienzos de 1957. A fines de 1958, la empresa firmó un convenio con la compañía italiana Alfa Romeo para fabricar el Alfa Romeo 1900, pagando 375.000 dólares por las matrices y acor­ dando abonar regalías futuras por la licencia de fabricación, la primera negociada por ÍKA.2! Posteriormente firmaría convenios semejantes con Volvo, American Motors y, el más importante, con Renault en 1959, dado que intentaba diversificar sus modelos y adaptar la producción a los gustos del mercado local, yendo más allá del diseño de tamaño excesivo y ligeramente extravagante de los autos de Kaiser. Las plantas Kaiser introdujeron concentraciones de capital, tra­ bajo y tecnología en una escala desconocida hasta entonces en la industria argentina. En esencia, habían transferido sus operacio­ nes de Detroit a la Argentina, y dividieron el complejo de Santa Isa­ bel en unidades independientes de producción: forja, departamento de prensas, servicio de máquinas herramienta y matrices, planta de motores, montaje de vehículos, departamento de pintura y planta de galvanoplastia. La gran planta de máquinas herramienta y ma­ trices producía todas las matrices de prensas utilizadas en la cons­ trucción de la línea de autos propia de Kaiser; la planta de motores y la forja, las más grandes del país, empleaban procesos manufac­ tureros y laborales que revolucionaron la cultura industrial local, si bien quedaban cada vez más desactualízados frente a las normas de las industrias automotrices estadounidenses y europeas. El tra­ bajo en las plantas Kaiser tenía muchas características específicas —en particular la ubicuidad del trabajo en tandas en oposición a la producción en línea móvil, una alta incidencia de los retoques en los modelos y, por último, una mezcla extrema de productos— , to­ das las cuales requerían una considerable flexibilidad de la mano de obra.22Pero, en general, IKA estableció en Córdoba una moderna industria de producción masiva, que estimuló el tipo de desarrollo industrial iniciado por las fábricas de IAME y contribuyó a dar for­ ma al peculiar carácter de la vida, el trabajo y la política obrera de la ciudad. Las plantas de Kaiser también influyeron de muchísimas otras maneras sobre la cultura industrial local. Como operaba en una escala mayor que Fiat y se había levantado y puesto en marcha en

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El Cordobazo

una fecha anterior, IKA tuvo un efecto más directo sobre ei desarro­ llo industrial ulterior de la ciudad. La combinación de la legislación gubernamental que establecía requisitos de contenido nacional mínimo en la producción automotriz y la falta de una empresa ma­ triz de IKA que actuara como proveedora de componentes e insu- mos industriales condujo a la compañía a llevar a cabo un progra­ ma radical de integración vertical. Decidió no depender de los pe­ queños fabricantes de partes de la ciudad, que hacían elementos de alto deterioro para automotores (semiejes, algunos engranajes, tam­ bores de freno, piezas forjadas y de fundición sencillas), dado que sospechaba del origen metalúrgico de estos productos y especial­ mente de sus tolerancias mecánicas. En cambio, comenzó a levan­ tar sus propios establecimientos autopartistas, fábricas que utiliza­ ban procesos de producción “mecanizados" en oposición a los de “talleres de trabajos por encargo", es decir, fábricas que empleaban máquinas herramienta con los ritmos de trabajo formal y los con­ troles de calidad exigentes de las industrias de producción masi­

va.23

El resultado de esta política fue un mejoramiento en la calidad de los autos Kaiser, pero también reforzó la naturaleza inusualmente concentrada del desarrollo industrial de Córdoba. Cientos de peque­ ños talleres metalúrgicos surgieron a la sombra de la industria au­ tomotriz cordobesa, operando como proveedores de partes y acce­ sorios básicos (velocímetros, espejos, bujías de encendido) para IKA. y Fiat y como autopartistas directos en el mercado de repuestos. No obstante, los propietarios de los establecimientos metalúrgicos eran en general empresarios de poca monta, y nunca surgió en la indus­ tria metalúrgica de la ciudad una burguesía industrial digna de ese nombre. Las diversas plantas de componentes de IKA —Transax (ejes), vendida a Ford en 1967; las fábricas de ILASA (cables, componen­ tes eléctricos y carburadores); Pajas Blancas; las varias plantas de Santa Isabel— , así como fabricantes extranjeros independientes, como Thompson Rameo y Associated Spring, que finalmente fueron atraídos al lucrativo mercado local e instalaron fábricas en la ciu­ dad, satisfacían la mayoría de las necesidades de producción de IKA. Más adelante también abastecieron a Fiat y otras empresas, siendo la interdependencia e intercambiabilidad de las partes y componen­ tes de las compañías automotrices una de las características sobre­ salientes de la industria argentina.24Por ejemplo, durante muchos años la planta de Transax sería la única proveedora de ejes traseros para todas las empresas automotrices de la Argentina, y el taller de transmisiones de IKA en el complejo de Santa Isabel fue el abastecedor de las transmisiones usadas por todas las compañías

industria, sociedad, y dase

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salvo Chiysler. La estrategia vertical de ÍKA llegó tan lejos que en 1961 podía afirmar que el primer Renault construido bajo licencia, el Dauphine, tenía un contenido interno del 72%.:25 A pesar de la enorme demanda de planchas de metal de la pro­ ducción automotriz, en Córdoba nunca se instaló una planta side­ rúrgica. Como lo harían otras firmas automotrices presentes en la Argentina, en los primeros años de producción IKA y Renault im­ portaron todas las planchas de metal para sus carrocerías. Sin embargo, a comienzos de la década de 1960 IKA comenzó a comprar algunas en la laminadora de la estatal Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (SOMISA), de San Nicolás. Por último, su estrategia ver­ tical llegó a incluir metales forjados, y en 1965 compró la Metalúr­ gica Tandil, la fundición más grande del país, en la provincia de Buenos Aires. Luego, con la adquisición en 1966 de la planta de Perdriel para construir máquinas herramienta de alta precisión, completó finalmente su estrategia vertical.26 Un efecto imprevisto de todas estas adquisiciones fue, como ya lo mencioné, el carácter altamente fragmentado de la industria metalúrgica local. El establecimiento metalúrgico típico de Córdoba era un emprendimiento precario, que utilizaba tecnologías primiti­ vas y en general no empleaba más de una docena de trabajadores, una situación que tendría más adelante importantes repercusiones para la política de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) local.27 La estrategia vertical de IKA, en una ciudad que ya estaba perdiendo su diversidad industrial, limitó las perspectivas de desarrollo de una burguesía industria! local e influyó profundamente en la política industrial de Córdoba. Entre otros efectos, durante muchos años las políticas de IKA negarori a la asociación de empleadores de la actividad metalúrgica, la Cámara de Industrias Metalúrgicas, la posibilidad de actuar como un interlocutor serio con las empresas automotrices o con el gobierno provincial. Tales políticas ahonda­ ron la brecha entre las compañías automotrices y la industria me­ talúrgica dependiente, desencadenando ásperas confrontaciones en la ciudad, y en el país en general, que alcanzarían su clímax duran­ te los gobiernos peronistas de 1973 a 1976. Inicialmente, IKA había aspirado a algo más que una integración vertical de sus operaciones industriales. Los ejecutivos y gerentes de Kaiser habían traído con ellos un conjunto de actitudes típica­ mente estadounidenses hacia el trabajo en una cultura foránea —viéndose a sí mismos como una mezcla de misioneros y propieta­ rios de plantaciones— , actitudes prontamente infladas por las pe­ queñas vanidades que les aportó su posición elevada en la sociedad cordobesa. Las cifras de venta de los primeros años fueron prome­ tedoras, y su status como representantes de la empresa más gran­

56

El Cordoóazo

de y lucrativa de la ciudad alimentó una especie de paternalismo riguroso pero benévolo entre los funcionarios de la compañía. Independizados del control moderador que sobre los otros fabrican­ tes de automotores de la Argentina ejercían sus oficinas centrales en el país de origen, los ejecutivos de IKA tuvieron por corto tiempo la ilusión de transformar a Córdoba en su propia versión de ciudad de la compañía, que tendría como centro el parque industrial de Santa Isabel. Con este objetivo, la empresa se entregó a una amplia variedad de asuntos comunitarios. Elaboró un extenso programa para construir viviendas obreras de bajo costo, aunque este plan fue una de las primeras bajas cuando los prósperos días de fines de la década de 1950 y comienzos de la de 1960 llegaron a su fin. Sí consiguió, en cambio, establecer sus propias clínicas médicas para los trabajadores, así como diversas instituciones educativas abier­ tas a la comunidad en general. En 1960 fundó la Academia Argüelío

y el Instituto IKA, la primera una escuela primaria privada y el últi- mo una institución técnica.28 El Instituto IKA fue la piedra angular del programa de servicio comunitario de la empresa y sus activida­ des destilaron gran parte de las intenciones paternalistas de ésta. Ofreciendo un programa de tres años de estudios y trabajo, el ins­ tituto sirvió al objetivo de formar un nuevo núcleo de trabajadores calificados para las industrias mecánicas locales; adoctrinó a sus estudiantes con una “filosofía IKA”, ligeramente pueril pero a ojos de la empresa indudablemente edificante, de sobriedad, frugalidad

y lealtad a la compañía; y probablemente identificó a los indesea­

bles que no podrían emplearse en las plantas IKA. Fue también un hábil gesto de relaciones públicas y se ganó los encomios incesan­ tes de la prensa cordobesa. Su auspicio a numerosas actividades culturales y recreativas, en particular clubes deportivos, completó sus programas de servicios comunitarios.29 Las ambiciones detrás del programa de servicios comunitarios no sobrevivieron al hundimiento de las ventas y a la compra de IKA por parte de Renault en 1967. La empresa francesa, desdeño­ sa de lo que consideraba como moralismo y paternalismo de IKA, abandonó lo que quedaba de sus programas comunitarios, con­ servando únicamente la escuela técnica y dándole una personali­ dad más gala y profesional. Los fantasiosos planes de IKA se ha­ bían originado en el éxito incuestionable de que disfrutó como emprendimiento puramente comercial en los primeros años de la producción automotriz en la Argentina. IKA no sólo había domina­ do sino casi controlado la industria automotriz durante el primer lustro de su existencia. La empresa había aumentado su volumen de producción anual de un modesto nivel de 16.082 vehículos en el año fiscal 1957-1958 a 36.047 unidades tres años más tarde. El

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empleo industrial había crecido de 2.709 en junio de Í958 a más de 9.500 en julio de 1962.30 Sus atrevidas inversiones en plantas de partes y componentes en esos años y su intento de diver­ sificación industrial, expandiéndose de la producción de vehículos a la de prensas hidráulicas, maquinaria para soldar y otros pro­ ductos no relacionados con el automóvil a través de la obtención de licencias de varias empresas extranjeras, fueron un testimonio de una vigorosa actitud empresarial. Hasta 1962 IKA había sido el líder industrial anual en ganancias, y lo fue en ventas totales has­ ta 1967.31

Además de los complejos de ÍAME e IKA, otros establecimientos industriales mecánicos de Córdoba eran las plantas de Fiat en Ferreyra y una pequeña fábrica de Perkins. Éste, fabricante británi­ co de motores, instaló su fábrica a comienzos de la década de 1960 como proveedor de motores para diversos usos: tractores, autos y compresores de aire, entre otros. Ubicada en Ferreyra, cerca del complejo Fiat, comenzó su producción en 1963 con un personal de 280 operarios, 80 empleados administrativos y 20 supervisores.32 De este modo, la planta de Perkins ingresó al mercado justo en el momento en que el boom automotor cordobés empezaba a vacilar, un hecho que posiblemente desalentó la intención de la empresa de llevar a cabo costosos planes de expansión, lo que le permitió adaptarse mejor a las nuevas condiciones en virtud de su especia- lización y su reputación de alta calidad. Lo mismo que en los otros establecimientos mecánicos, su mano de obra comprendía de ma­ nera predominante trabajadores no calificados dedicados a la pro­ ducción masiva, que compartían una cultura de lugar de trabajo común, lo que permitió su participación en la militancia obrera en la década de 1970. El mayor competidor de IKA y el segundo centro de poder econó­ mico en Córdoba era el complejo Fiat en Ferreyra. En los primeros años, Fiat fue un rival más potencial que real, dado que la empresa italiana se abstuvo de producir autos y camiones hasta 1960. Sus dos fábricas principales, Concord y Materfer, se dedicaron inicial­ mente a la producción de tractores y equipos ferroviarios, respecti­ vamente, y una tercera planta, Grandes Motores Diesel, fabricaba los motores Diesel pesados usados en camiones, ómnibus y loco­ motoras.33 En 1958, Fiat reequipó su planta de Concord — la anti­ gua fábrica de tractores Pampa de IAME y precursora de las inver­ siones de Fiat en Córdoba— para convertirla a la producción de au­ tos y camiones. Si bien al principio la fábrica Concord fue una uni­ dad de producción integrada, con todas las operaciones mecánicas

58

El Cordobazo

y de montaje del complejo IKA, siempre trabajó en una escala mu­

cho menor y era mucho más dependiente de proveedores exteriores

(entre ellos las propias fábricas de IKA) que Kaiser. Fiat también causó un efecto mucho más silencioso sobre la ciudad, siendo un poco más discreta en el papel cívico que de todos modos asumía y más reacia que IKA a encarar el mismo tipo de planeamiento audaz

y de largo alcance. A pesar de la timidez inicial de sus inversiones, las operaciones de Fiat fueron un gran emprendimiento industrial y las plantas de Ferreyra representaron la segunda mayor concentración de capaci­ dad manufacturera y mano de obra industrial de todo el interior argentino, sólo superadas por IKA. Las cifras de producción y em­ pleo industrial de la planta de Grandes Motores Diesel (GMD) son las más completas con anterioridad a 1960 y muestran un creci­ miento modesto pero sostenido. GMD comenzó su producción en 1956 y en enero de 1958 tenía un plantel de 133 operarios y 74 empleados administrativos, cantidades que ascenderían a 331 y 110, respectivamente, a fines de ese año.34A pesar de cifras de ven­ ta notablemente inferiores a las de IKA, el número de horas de pro­ ducción —horas directamente relacionadas con la .fabricación y montaje de motores y máquinas— creció considerablemente. Hacia fines de 1959, GMD tenía un personal de 432 operarios y 120 em­ pleados administrativos. Las horas de producción, que eran 60.000 en 1957 y 247.000 en 1958, saltaron a 430.000 en 1959.35 Las prensas hidráulicas en la forja, las máquinas herramienta que fabricaban partes de motores en la planta de Concord, las gran­ des y totalmente mecanizadas secciones de montaje y los elabora­ dos procedimientos de control de calidad indicaban un proceso de producción que, en términos de tecnología y organización, era com­ parable al de IKA. Lo que hacía que las operaciones de Fiat fueran más humildes fueron la escala de producción, incluyendo una mano de obra que siempre se mantuvo en aproximadamente la mitad de la de IKA, y el grado de integración vertical. Las cifras de producción anual fueron inicialmente más modestas, aunque igua­ larían las de IKA a fines de la década de 1960. En realidad, la di­ mensión más pequeña de Fíat demostró ser una ventaja cuando la competencia en la industria se hizo más seria en los años sesenta. Entre 1962 y 1976, sus ganancias anuales superaron siempre a las de IKA salvo un año, 1965.36Su mayor elasticidad en el merca­ do se debió a múltiples factores: costos laborales más bajos a cau­ sa de la ausencia de una representación sindical eficaz en las plan­

tas; menores cargas financieras gracias a que el financiamiento se hacía directamente a través de las oficinas centrales de la empresa en Turín; y mayor flexibilidad debido a que producía sus propios

industria, sociedad y clase

59

modelos y no estaba sujeta a engorrosos y costosos convenios de licencias, como lo estuvo IKA hasta su compra por parte de Re­ nault en 1967.37

La decisión de Fiat de comenzar a fabricar su línea de autos di­ minutos no fue estrictamente una respuesta a las prometedoras cifras de ventas de IKA. El gobierno estaba promoviendo activamen­ te el desarrollo de una industria automotriz nacional. A pesar de los contratos de IKA y Fiat, la industria siguió entorpecida durante varios años por los vestigios de la legislación económica nacionalis­ ta del peronismo. En 1958, Frondizi impulsó en el Congreso la san­ ción de la ley 14.780. La nueva ley garantizaba un tratamiento jurí­ dico igual para el capital local y extranjero y derogaba el fundamen­ to proteccionista de la política industrial peronista al permitir que las compañías extranjeras hicieran sus inversiones en la forma de bienes, equipos o patentes, una política que el propio Perón ya ha­ bía aceptado en principio con el convenio con Kaiser, pero había sido renuente a admitirlo públicamente. Lo más importante era que autorizaba a las empresas extranjeras a remesar sus ganancias sin restricciones, algo que Perón no había estado dispuesto a aceptar. Otra de las medidas de Frondizi, el decreto 3.693, otorgaba reduc­ ciones impositivas a las empresas que propusieran planes de pro­ ducción para la fabricación local de autos y camiones que cumplie­ ran los porcentajes de contenido nacional. La estrategia industrial de Frondizi contemplaba, en general, un alto grado de especialización regional, en la cual se coordinarían las políticas nacional y provincial para estimular la producción en cier­ tos sectores industriales favorecidos. La prioridad que dio al esta­ blecimiento de una industria automotriz nacional y las ventajas comparativas que ofrecía Córdoba implicaron que la política federal contribuyera inicialmente al crecimiento de la industria allí. Sin embargo, la legislación de Frondizi también sembró las semillas de la futura decadencia industrial de la ciudad. Las reducciones impositivas, los liberales convenios de licencias y los incentivos ofre­ cidos a los fabricantes de automóviles no se extendieron a otras industrias, y Córdoba quedó en lo sucesivo atada a una forma re­ gional de especialización industrial caracterizada por una base in­ dustrial moderna, tecnológicamente sofisticada y de capital intensi­ vo, pero poco diversificada. Más importante aún, la legislación ni siquiera permitió que esa especialización prosperara, dado que las medidas de Frondizi atrajeron prontamente a otras empresas auto­ motrices, empresas que por entonces se preocupaban menos por los potenciales problemas laborales y por lo tanto decidieron situar

60

El Cordobazo

sus operaciones más cerca del principal mercado interno, Buenos

Aires. La industria de vehículos automotores de Córdoba crecía en una proporción acelerada, pero ya había signos de dificultades in­ minentes. Ya en 1959 había más fabricantes estadounidenses y europeos que planeaban el establecimiento de instalaciones fabriles como resultado de la legislación de Frondizi.'’8 En los tres años si­ guientes, Ford, Chrysler, General Motors, Citroen y Mercedes Benz instalarían sus plantas manufactureras en y alrededor de Buenos Aires. Los efectos de largo alcance de las políticas económicas del go­ bierno de Frondizi, no obstante, quedaron disimulados por la gran explosión industrial que tuvo lugar en Córdoba a fines de la década

de 1950 y comienzos de la de

ción económica se evidenció en todos los principales indicadores

1960. La velocidad de su transforma­

económicos — consumo de electricidad, niveles de producción

indus­

trial y empleo industrial— , que muestran que el crecimiento

indus­

trial se concentró entre 1947 y 1965.39 Entre 1947 y 1960, sólo el empleo industrial creció a una tasa anual del 3%, tasa que luego disminuyó apenas levemente hasta 1963, el año que marca el pri­ mer parate serio de la economía local.'*0 Las industrias mecánicas eran literalmente las locomotoras del crecimiento industrial de esos

años, y transformaron una somnolienta ciudad provincial en una metrópolis industriad en menos de dos décadas. En particular du­ rante cinco años, 1957 a 1962, Córdoba fue una anomalía en la Argentina, un floreciente centro industrial en una época de extendi­ do estancamiento en el resto del país. Fue una isla de prosperidad y oportunidades durante los años en que gozó de su posición inex­ pugnable en la producción de automotores, en especial de autos pero también de jeeps y camiones, así como de aviones y vehículos de transporte militar que seguían produciendo las fábricas de IAME. Estando el mercado temporariamente en aprietos, las empresas pudieron reinvertir, expandir la producción y transformar sus com­

plejos industriales en el centro de la economía local. En lo sucesivo,

3a suerte de las industrias mecánicas locales afectó directamente

todos los aspectos de la ciudad, no sólo su economía y su estructu­ ra de clases sino también su política.

El fin del boom de las industrias mecánicas locales se hizo evi­ dente a mediados de la década del sesenta y fue un hecho estable­ cido hacia su final. Las empresas con base en Córdoba habían pa­

sado de un control casi total del mercado en 1958 a menos del 40% en 1969.41 Por otra parte, cuando se produjo la crisis de las indus­ trias mecánicas, Córdoba aún era una neófita industrial, y en mu­ chos aspectos su economía había cambiado sólo superficialmente.

A decir verdad, más de una década de intensa actividad no había

industria, sociedad y ciase

61

logrado producir una revolución industrial en la ciudad, y después

de mediados de los años sesenta la economía local retomó a su andar

original, más letárgico. Sólo el aumento de la producción en las in­ dustrias tradicionales, en especial la textil y la alimentaria, sostuvo un modesto crecimiento industrial. En 1961, las industrias tradi­ cionales habían representado entre el 17% y el 33% del valor total de la producción industrial. Hacia 1969, su contribución volvía a ascender a la mitad.42 El resultado último de la legislación de Frondizi para la indus­ tria automotriz en general fue la consolidación y la internaciona- iización. A lo largo de la Argentina, las empresas automotrices pequeñas, de propiedad local y subcapitalizadas, que habían cre­ cido como hongos durante los primeros años de la presidencia de Frondizi, simplemente clausuraron sus operaciones, mientras otras fueron compradas por fabricantes locales, como sucedió con Siam Di Telia, vendida a IKA en 1965. Entre los fabricantes exclu­ sivamente argentinos de automotores, sólo el complejo estatal de LAME seguía en funcionamiento después de 1966.43Otras empre­ sas de propiedad total o parcialmente argentina, sobre todo IKA y una llamada IAFA, fueron adquiridas por las multinacionales cu­ yas licencias habían estado usando (Renault y Peugeot, respecti­ vamente). En la compra de IKA, Renault rompió con su aversión tradicional a la participación directa en la producción en el extran­ jero, que históricamente se había manifestado en su preferencia por la concesión de licencias, más seguras y lucrativas. Con su decisión de comprar el imperio de IKA, se afirmó en la determina­ ción de obtener el control completo de la subsidiaria cordobesa. Entre 1967 y 1970, Renault compró las acciones públicas y priva­ das argentinas de IKA para lograr una porción mayoritaria de la compañía, e integró sus operaciones a la organización de la multi­ nacional francesa.44 La legislación nacionalista aprobada en 1971

y 1973, que estableció unos requisitos más estrictos de contenido

interno y cupos para los miembros argentinos en los directorios y

el personal profesional y técnico de las empresas automotrices, no

pudo revertir lo que había decidido el mercado. Quiebras, adquisi­ ciones multinacionales y fusión industrial fueron las respuestas inevitables en una industria que se había desarrollado artificial­ mente, estaba extendida en exceso y producía mucho más de lo que podía consumir el mercado interno.

Dada la naturaleza no diversificada del desarrollo industrial de

la ciudad, Córdoba se vio tal vez más afectada por estos cambios

que ninguna otra región del país, aunque la economía local pareció adaptarse. Las fábricas militares de LAME quedaron en gran medi­ da al margen de la declinación, dado su acceso a los fondos guber­

62

El Cordobazo

namentales y su dependencia casi total de los contratos de defensa. Por otra parte, la declinación de las industrias mecánicas fue rela­ tiva: una adaptación a una menor participación en el mercado, no un hundimiento absoluto. Las cifras de la desocupación en Córdo­ ba, por ejemplo, se mantuvieron relativamente bajas, y el crecimien­ to de las industrias tradicionales compensó en parte la desacelera­ ción de las contrataciones de IKA-Renault y Fiat (Cuadros 1.1 y 1.2). Las empresas automotrices tampoco recurrieron a los despidos masivos para compensar su declinante participación en el merca­ do. En 1970, el 35% de ia mano de obra estaba empleada en servi­ cios; el 19% en el comercio, los bancos y las compañías de seguros; el 10% en ocupaciones diversas; y un saludable 35% en la indus­ tria, una cifra indicativa de una ciudad industrial floreciente y no en decadencia. Lo más notable es que el 40% de esta mano de obra industrial aún se concentraba en las industrias mecánicas y que la desocupación disminuyó realmente en la ciudad, de un 9,5% en 1964 a 4,4% en 197L45Los planteles en las plantas de IKA-Renault se mantuvieron relativamente estables a lo largo de los años seten­ ta, y los problemas con los despidos fueron episódicos, no parte de una política sistemática de la empresa de emplear y echar para adaptarse a los cambios del ciclo comercial.

Cuadro L l. Participación del sector industrial como empleador

Año

Trabajadores empleados en industrias tradic. (%)

Trabajadores empleados en industrias mecánicas (%)

1946

74,2

25,8

1953

53,2

46,8

1959

43,2

56,8

1964

34,2

65,8

1969

43,6

56,4

Fuente: Aldo A. Amaudo, “El crecimiento de la ciudad de Córdoba en el último cuarto de siglo”, Economía de Córdoba, vol. 8, n° 2 (diciembre de 1970). pp. 8-9.

industria, sociedad y clase

63

Cuadro 1.2. Crecimiento del empleo en la industria, mostrado como cambio porcentual

Años

Industrias tradicionales (%)

Industrias dinámicas {%}

1947-1960

7,3

129,8

1960-1965

76,4

84,1

1965-1970

50,4

-32,6

Fuente: Aldo A. Amaudo, “El crecimiento de la ciudad de Córdoba en el último cuarto de siglo", Economía de Córdoba, vol. 8, n° 2 (diciembre de 1970), pp. 8-9.

Así, el crecimiento del empleo industrial en las industrias tradi­ cionales no fue el resultado de que trabajadores mecánicos desocu-. pados buscaran trabajo en las plantas textiles, cerveceras y otras tradicionales de la ciudad. Esas industrias parecen haber tenido mayor propensión a absorber a trabajadores más jóvenes que re­ cién ingresaban al mercado laboral que a operarios del automóvil desocupados, aunque no crearon empleos con la velocidad suficiente para evitar una notable tasa de desempleo juvenil.46 Si bien des­ pués de 1966 habría despidos periódicos en la industria automotriz cordobesa e incluso unos pocos intentos de despidos masivos, en especial en IKA-Renault en 1970 y 1974 y en Fiat en 1971, éstos fueron áspera y eficazmente resistidos por los sindicatos, y en gene­ ral se trató de respuestas a enfrentamientos y huelgas prolongadas más que de intentos por parte de las empresas de corregir la caída de las ventas o el aumento de los costos. La reducción cíclica de sus planteles se convirtió en la política de las compañías automotrices sólo después de 1976, cuando el gobierno militar suspendió las negociaciones colectivas, prohibió el derecho de huelga y suprimió los sindicatos. El malestar de la economía local que subyace a la militancia obrera después de 1966 no es plenamente reconocible en las ci­ fras agregadas de desocupación, y ni siquiera en las de produc­ ción industrial. Antes bien, se reveló en el deterioro de las condi­ ciones de trabajo en los dos principales complejos automotores y, en menor medida, en la industria metalúrgica que dependía de ellos. En el caso de docenas de pequeños talleres metalúrgicos que proveían a las plantas automotrices de las partes y accesorios más sencillos, que en términos de costos las compañías consideraban

64

El Cordobazo

más eficaz comprar afuera, las nuevas condiciones del mercado a menudo significaron la quiebra. En cuanto a los pocos que se las ingeniaron para sostenerse, el mercado los impulsó a ajustar sus normas laborales y a asumir una actitud más dura en sus tratos con los trabajadores. Una condición semejante pero más agrava­ da existía en las plantas de Fiat e IKA-Renault, donde las dificul­ tades económicas de la ciudad tendrían su representación más reveladora.

Las empresas automotrices y sus trabajadores eran parte de un ambiente social distintivo en Córdoba, y como tales estaban suje­ tos a ciertas influencias, aparentemente exógenas pero en reali­ dad estrechamente vinculadas con los acontecimientos de las plan­ tas. Entre esas influencias se contaban la rápida urbanización y las peculiaridades de la estructura de clases resultante del súbito desarrollo industrial de la ciudad. Después de 1955, el crecimien­ to urbano se produjo con rapidez, acelerándose en los márgenes del sur de la ciudad, los nuevos barrios obreros que rodeaban las fábricas de IKA-Renault y Fiat (véase Figura 1). En las zonas deí este, localización de las plantas de procesamiento de' alimentos, textiles y otras industrias livianas, los barrios obreros tradiciona­ les de Córdoba experimentaron poco crecimiento, y los límites de densidad de vivienda y población parecen haberse alcanzado mu­ cho antes del boom industrial de los años cincuenta. Tampoco cambiaron los más viejos barrios céntricos, cercanos a la Plaza San Martín. Zonas como las del Barrio Clínicas, antaño una ciudadela patricia y hoy el coto de la enorme comunidad estudiantil de Cór­ doba, y Alto Alberdi siguieron siendo las partes más densamente pobladas y demográficamente inactivas de la ciudad, absorbiendo apenas la cantidad de nuevos trabajadores suficiente para mante­ nerse a la par con las declinantes tasas de natalidad y una tasa de mortalidad estable.47 Los incrementos en la población de la ciudad se concentraron <en los barrios exclusivos del norte y el nordeste, y en especial en las nuevas zonas obreras del sur. Alrededor de Fiat estaban los barrios de Ferreyra, San Lorenzo, Deán Funes y Empalme, donde ahora vivía el proletariado mecánico de esa fábrica. Esas barria­ das habían pasado de ser solares abiertos y pasturas de vacas en 1950 a una comunidad de 12.503 miembros en 1970. De manera similar, la Villa El Libertador, el Barrio Comercial y Santa Isabel, adyacentes al complejo IKA-Renault, tenían una población obrera de 23.565 personas en 1970, comparada con las pocas familias que habían vivido allí dos décadas antes.48 La formación de jóve­

Industria, sociedad y clase

65

nes barriadas obreras y la concentración en ellas de trabajadores de las industrias automotrices trasladaron parcialmente el foco del poder de la clase obrera al sur de la ciudad. Los problemas labora­ les en las plantas automotrices eran así una experiencia vivida y compartida, y dieron a las barriadas su propia identidad. Si bien la participación en los asuntos comunitarios era escasa y parecen haber existido pocas organizaciones barriales en las nuevas zonas residenciales, se crearon no obstante lazos de simpatía y solidari­ dad. Entre otros efectos, esto dio al proletariado mecánico un poder de movilización que hizo de él un adversario mucho más formidable de lo que lo habría sido si, como la clase obrera de Buenos Aires, hubiera sido ocupacionalmente heterogéneo y estado disperso c.n una amplia área geográfica. La velocidad de la urbanización puso en tensión la disponibili­ dad habitacional de la ciudad, y el boom industrial de Córdoba tuvo su correlato en una explosión de la construcción de viviendas de dos y tres ambientes durante estos años. En general, la construc­ ción habitacional se mantuvo a la par de la demanda, y Córdoba se las ingenió para absorber sus aumentos de población; si bien hubo escasez de viviendas, ésta no tuvo la gravedad que en general carac­ terizó la urbanización latinoamericana de la posguerra. De las ca­ sas existentes en Córdoba en 1960, el 43,8%, o sea 55.389 vivien­ das familiares, se había construido entre 1947 y ese año.49 Gran parte de estas viviendas eran casas improvisadas edifica­ das por los mismos trabajadores. Gracias a los créditos baratos dis­ ponibles en los primeros años del boom automotor y, en especial, a los bajos valores de las propiedades, lo típico era que los trabajado­ res compraran un pequeño lote en una de las nuevas barriadas, levantaran la estructura y el techo de la casa y luego compraran materiales y terminaran la construcción en un período de varios años. En general, tales casas estaban superpobladas; el problema de Córdoba era menos la escasez de vivienda que su calidad. Las cifras de 1965 indican que el 8% de las viviendas ocupadas de la ciudad podían clasificarse como “por debajo de las normas” y el 35,5% tenían una densidad que superaba a la recomendada de 1,3 personas por habitación, pero esas cifras estaban aún por debajo de las de Buenos Aires.50El de la vivienda disminuyó aún más como gran problema urbano en los años siguientes. Hacia 1970, la canti­ dad de ocupantes por unidad habitacional se había reducido de 4,62 en 1947 a 4,22, y Córdoba experimentaba sólo moderadamente el problema de las usurpaciones urbanas tan común en Buenos Ai­ res; las villas miseria que hoy rodean la ciudad son la herencia de los gobiernos militares de 1976 a 1983 y no de la Córdoba industrializadora de las décadas de 1950 y 1960.51

66

El Cordobazo

Desde esté punto de vista, parecen sin duda cuestionables los argumentos que sostienen que la anomia social y la alienación de la clase obrera resultantes de la rápida industrialización son las expli­ caciones de la militancia obrera y las insurrecciones urbanas en Córdoba a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta.52 Otros indicios ofrecen un poco más de terreno para tales supues­ tos, pero también son escasamente concluyentes- Los problemas de

la urbanización rápida parecen haberse sentido con mayor agudeza

en la inadecuación de ciertos servicios públicos básicos, condicio­ nes que eran particularmente graves en los nuevos barrios obreros. Ya en 1960 hubo problemas en la ciudad debido a la falta de un sistema de transportes urbanos apropiado que satisficiera las nece­ sidades de los trabajadores industriales que viajaban diariamente.53 Había muchas quejas por las deficiencias de servicios municipales tales como la limpieza de las calles, la recolección de residuos, la iluminación urbana y los pavimentos. Hacia fines de los años se­ senta, la escasez de agua se transformó en un lugar común, con cortes frecuentes, algunos de los cuales duraban varias semanas, y sistemas cloacales pobremente construidos que provocaban desbor­ des e inundaciones periódicos. La polución del aire y la congestión del tránsito eran notorias, si bien se trataba de problemas que afli­ gían mayormente a quienes residían en el centro, dado que la con­ taminación producida por los caños de escape era un problema más grande que el que provocaban los complejos automotores. De los problemas urbanos, sin embargo, no pueden extraerse conclusio­ nes. Éstos no eran exclusivos de Córdoba. Afectaban, en mayor o menor grado, a todas las grandes ciudades de la Argentina; los pro­ blemas de vivienda, por ejemplo, parecían ser menos graves en Cór­ doba que en otros centros urbanos. La clase obrera cordobesa sólo hizo referencias ocasionales y al pasar a los problemas urbanos en sus protestas de fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1970, preocupándose mucho más por los directamente relaciona­ dos con el trabajo y la política. El impacto de la demografía en los perfiles sociales que dieron forma a las relaciones entre capital y trabajo en la ciudad fue más directo y significativo para la política obrera. Entre 1947 y 1970, Córdoba fue la ciudad de crecimiento más rápido de la Argentina. Su reputación como la “Detroit argentina", una ciudad que ofrecía

trabajo abundante, educación técnica en las plantas y algunos de los salarios más altos del país, atrajo a trabajadores de la campiña cordobesa y de las provincias vecinas, así como a un número consi­ derable de inmigrantes de los países limítrofes. En realidad, las migraciones hacia Córdoba habían comenzado en los años treinta

y principios de los cuarenta, y el viaje de Agustín Tosco desde Co­

Industria, sociedad y clase

67

ronel Moldes a la ciudad formaba parte de un flujo masivo desde el campo cordobés hacia la capital provincial durante los años de la depresión. Estas migraciones cobraron impulso y se diversificaron con la expansión de las industrias mecánicas. Los incrementos de la población en los años de posguerra fueron grandes y sólo pare­ cen haber perdido ímpetu una vez que decayó el dinamismo de las industrias mecánicas locales como empleadores industriales. Des­ pués de 1970, Buenos Aires recuperaría su preeminencia como la ciudad de las oportunidades, y en lo sucesivo los aumentos de población comparativamente modestos de Córdoba dependerían en gran medida de la tasa de natalidad de sus propios habitantes. No obstante, entre 1947 y 1970 esta ciudad fue el escenario de una de las grandes revoluciones demográficas de la Argentina en el siglo XX. En esos años, Córdoba tuvo la mayor cantidad de inmigrantes recibidos por una ciudad del interior. Sólo entre 1947 y 1966, su población aumentó en unos 300.000 habitantes, de los cuales más de 152.000 eran inmigrantes que habían dejado sus granjas y pe­ queñas ciudades para tener una posibilidad de trabajo y una nue­ va vida en una de las fábricas cordobesas (Cuadro 1.3).54 Cifras adicionales pormenorizan aún más las inmigraciones y brindan un cuadro más claro del carácter del crecimiento demo­ gráfico de Córdoba. La primera y más notable tendencia, que repi­ te la experiencia previa de Buenos Aires y otras ciudades latinoa­ mericanas, es la preponderancia de las mujeres en estos flujos migratorios. Las cifras de inmigrantes en Córdoba entre 1947 y 1966 revelan que el 48% eran hombres y el 52% mujeres, un saldo significativo en favor de éstas (Cuadro 1.4). Sin embargo, no fue una diferencia tan grande como la existente, en general, en otros ejemplos de urbanización rápida en América Latina durante el si­ glo XX. Por otra parte, entre 1955 y 1959, en el punto culminante del boom industrial, tuvo lugar una inmigración masculina consi­ derablemente más intensa. El carácter del desarrollo industrial de Córdoba determinó su atracción especial para los inmigrantes varones. Históricamente, en la industria automotriz la fuerza la­ boral ha sido predominantemente masculina, y Córdoba fue un ejemplo extremo de la preferencia de las empresas automotrices por los trabajadores hombres. Virtualmente no había mujeres en las plantas cordobesas, así como tampoco, a decir verdad, en nin­ guno de los emprendimientos fabriles automotores de la Argenti­ na; incluso en los talleres de acabado interior, en los que en otros países se empleaban mujeres en cantidades significativas, los hom­ bres operaban las máquinas de coser utilizadas para fabricar los tapizados.55La naturaleza de las oportunidades industriales de la ciudad, específicamente la preferencia de las empresas por los

6 8

El Cordobazo

hombres y las escasas posibilidades que tenían las mujeres de encontrar trabajo en las plantas, es lo que mejor explica la partici­ pación masculina desacostumbradamente alta en las migraciones a Córdoba durante esos años. El número total mayor de inmigran­ tes mujeres revela, simplemente, las perspectivas aún más som­ brías para ellas en el campo. Aunque las mujeres encontraran nuevos empleos en las plantas automotrices, tendrían mejor suer­ te en las burocracias gubernamentales en expansión, en el comer­ cio y en el servicio doméstico, así como en industrias como la tex­ til, donde siempre habían encontrado trabajo. El rasgo sobresaliente de estas migraciones fue su carácter re­ gional. Las estadísticas demográficas muestran que casi todos ios años aproximadamente la mitad de los recién llegados provenían de la provincia de Córdoba (Cuadro 1.5). Es de presumir que la econo­ mía predominantemente agraria de la provincia alentó a muchos jóvenes como Tosco a probar suerte en la ciudad, en la medida en que las condiciones en el agro cordobés siguieron siendo difíciles a 1(5largo de los años sesenta. Pero las últimas migraciones también fueron más variadas que las de la época de Tosco. Los inmigrantes de las décadas de 1950 y 1960 eran un grupo heterogéneo, y los flujos migratorios de cada año dependían en gran medida de las con- diciones económicas locales en las provincias o países de aquéllos. En general, sin embargo, hubo una tendencia a una migración mayor desde la provincia de Buenos Aires, el Noroeste (Catamarca, Jujuy, La Rioja, Salta, Santiago del Estero, Tucumán) y en especial las provincias del Litoral {Chaco, Corrientes, Entre Ríos, Formosa, Misiones y Santa Fe), así como de los países vecinos (Paraguay, Uruguay y Bolivia), que de Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis) o del escasamente poblado sur (Chubut, La Pampa, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz, Tierra del Fuego). El intenso flujo de inmigran­ tes de Santa Fe y Entre Ríos, en especial, representó un cambio fun­ damental de los patrones migratorios del país. Históricamente, ambas provincias habían contribuido de manera fundamental a los flujos de población desde el campo argentino hacia Buenos Aires, y su atracción por Córdoba en las décadas del cincuenta y el sesenta da testimonio de los poderosos alicientes que ofrecían por entonces las nuevas industrias mecánicas y auxiliares. La inmigración desde los países limítrofes, si bien relativamente modesta, fue otra inno­ vación en la historia demográfica de Córdoba. De las olas de inmi­ grantes españoles e italianos que habían llegado a la Argentina a fines del siglo XIX y comienzos del XX, algunos habían cruzado la pampa hasta Córdoba. No obstante, ésta fue la primera experiencia de la ciudad con uno de los grandes movimientos de población en­ tre países latinoamericanos, y durante un breve período su fama

IncÍLisíria, sociedad y clase

69

como centro floreciente, con trabajo y buen dinero, desvió a mu­ chos de los paraguayos, uruguayos y bolivianos que, de otra forma, podrían haber ido a los principales centros urbanos de sus países o incluso a Buenos Aires.

Cuadro 1.3. Datos demográficos, Córdoba, 1947*1966

(a)

(b)

(c)

(d)

(e)

1947

386.828

6.870

2.491

2.930

1948

393.259

11.089

8.495

4.237

1949

408.606

11.711

5.842

4.305

1950

421.854

12.310

8.700

4.267

1951

438.606

12.400

8.258

4.510

1952

454.745

12.648

5.317

4.576

1953

468.134

12,687

4.647

4.555

1954

480.913

12.620

6.143

4.534

1955

495.142

12.751

8.817

4.015

1956

512.695

13.301

10.320

4.907

1957

531.409

14.787

7.078

5.640

1958

547.634

13.651

7.053

5.097

1959

563.241

13.940

5.492

4.119

1960

577.554

14.196

10.096

5.445

1961

596.401

14.319

7.970

5.437

1962

613.253

13.643

9.689

5.779

1963

630.806

14.293

8.439

5.307

1964

648.231

14.949

8.835

5.501

1965

666.514

14.873

8.372

6.131

1966

683.628

14.615

10.422

6.200

(0

6.431

15.347

13.248

16.743

16.148

13.389

12.779

14.229

17.553

18.714

16.225

14.607

14.313

18.847

16.852

17.553

17,425

18.283

17.114

18.837

Referencias: (a) Año; (b) Población total; (c) Nacimientos; (d) Inmigran­ tes; (e) Muertes; {f) incremento neto. Fuente: Carlos E. Sánchez y Walter F. Schulthess, Población e inmigra­ ción en la ciudad de Córdoba, 1947-1966, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Córdoba, 1967, p. 7; Dirección General de Estadís­ tica, Censos e Investigaciones, Ministerio de Hacienda, Economía y Previsión Social, “Estadísticas Demográficas y Vitales: Población, 1901-1970”.

70

El Cordabazo

Cuadro 1.4. Migraciones a Córdoba, 1947-1966

Año

N° total de inmigrantes

Hombres {%}

Mujeres {%)

1947

2.491

65,4

34,5

1948

8.495

51,4

48,6

1949

5.842

51,5

48,5

1950

8.700

42,5

57,5

1951

8.258

57,3

42,7

1952

5.317

41,7

58,3

1953

4.647

46,0

54,0

1954

6.143

46,7

53,3

1955

8.817

47,7

52,3

1956

10.320

50,7

49,3

1957

7.078

56,4

43,6

1958

7.053

52,8

47,2

1959

5.492

51,8

48,2

1960

10.096

43,2

56,8

1961

7.970

45,8

54,2

1962

9.689

44,5

55,5

1963

8.439

47,1

52,9

1964

8.835

47,4

52,6

1965

8.372

41,2

56,8

1966

10.422

30,6

69,4

Total

152.476

48,0

52,0

Fuente: Carlos E. Sánchez y Walter F. Schulthess, Población e inmigra­ ción en la ciudad de Córdoba, 1947-1966, Facultad de Ciencias Económi­ cas, Universidad Nacional de Córdoba, 1967, p. 3: Dirección General de Estadística, Censos e Investigaciones, Ministerio de Hacienda, Economía y Previsión Social, “Estadísticas Demográficas y Vitales: Población, 1901-

1970”.

Los patrones migratorios siguieron estrechamente la suerte de la economía iocal y se frenaron considerablemente después de 1966. El aumento de la población de la ciudad de 666.514 habitantes en 1965 a 798.663 en 1970 representó el crecimiento más rápido de su historia y estuvo muy por encima del promedio nacional para esos años, pero el estancamiento del mercado laboral local y las mayores oportunidades de empleo ofrecidas en ese momento por Buenos Aires indican que este crecimiento se debió primordialmente a un

Industria, sociedad y clase

71

Cuadro 1.5. Orígenes de las migraciones a Córdoba, 1947-1966

(a)

1947

1948

1949

1950

1951

1952

1953

1954

1955

1956

1957

1958

1959

1960

1961

1962

1963

1964

1965

1966

(b)

46,9

43,5

25,9

60,5

42,7

62,2

64,3

50,0

60,2

47,9

59,7

49,2

41,5

41,8

34,6

49,5

AQ A

) *X

jC w

49,4

48,2

39,7

(c)

12,5

7,9

9,3

3,7

9,3

6,1

11,9

8,6

3,6

9,6

6,0

9,2

11,3

11,2

12,8

6,3

14,1

7,9

15,3

4,3

(d)

15,6

10,5

9,3

8,6

9,3

8,2

7,1

8,6

20,6

20,2

16,4

7,7

18,9

19,4

16,7

21,1

12,9

20,2

5,9

22,4

(e)

6,3

17,1

7,4

11,2

14,7

2,1

2,4

5,2

6,0

3,2

1,5

10,8

12,2

25,6

20,0

12,9

16,9

10,6

24,1

(0

1,3

-----

1,2

1,3

_

2,4

3,5

3,6

1,0

4,5

7,7

9,4

2,0

1,3

7,2

2,2

15,3

4,3

(g)

3.1

2,6

—-

6,2

4,0

2,1

_

_

6.2

3,2

1,3

1,2

0,9

(h)

15,6

17,1

48,1

8,6

22,7

18,4

11,9

24,1

6,0

16,0

11,9

9,2

18,9

10,2

7,7

3,1

2,3

3,4

4,7

4,3

Referencias: (a) Año; (b) Provincia de Córdoba (%); (c) Provincia y ciudad de Buenos Aires (%}; (d) Provincias del Litoral (Chaco, Corrientes, Entre Ríos, Formosa, Misiones, Santa Fe) (%); (e) Noroeste (Catamarca, Jujuy, LaRioja, Salta, Santiago del Estero, Tucumán) (%); (f) Cuyo (Mendoza, San Juan, San Luis) (%}; (g) Sur (Chubut, La Pampa, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz, Tierra dei Fuego) (%); (h) Países extranjeros (%}. Fuente: Carlos E. Sánchez y Walter F. Schulthess, Población e inmigra­ ción en la ciudad de Córdoba, 1947-1966, Facultad de Ciencias Económi­ cas, Universidad Nacional de Córdoba, 1967, p. 5; Dirección General de Estadística, Censos e Investigaciones, Ministerio de Hacienda, Economía y Previsión Social, “Estadísticas Demográficas y Vitales: Población, 1901-

1970”.

72

El Cordobazo

aumento en la tasa de natalidad. Cualquiera que sea la causa de este último impulso del crecimiento rápido, cuando Córdoba ingre­ só en un nuevo período de su historia después de 1966 lo que im­ portó fue la herencia de los anteriores 25 años de migraciones. La característica demográfica destacada fue la rápida creación de un proletariado industrial, gran parte de él concentrada en una sola industria. Córdoba se había convertido en la ciudad “más joven” de la Argentina, con el 54% de su población por debajo de los 30 años de edad, comparado con el 46% tanto en Buenos Aires como en Rosario, también centros industriales que absorbían gran cantidad de inmigrantes jóvenes.5'’ En Córdoba, la mayoría de esta población juvenil se incluía en el grupo de edad de 18 a 30 años, y en 1970, de una población de casi 800.000 habitantes, la sorprendente canti­ dad de 337.600 tenían trabajos de tiempo completo o parcial.57Por otra parte, el porcentaje inusualmente alto de trabajadores emplea­ dos en el sector industrial y su concentración en las industrias me­ cánicas —en las plantas de IAME, Fiat, IKA-Renault y Perkins, así como en los numerosos talleres de autopartes y componentes de la ciudad— , a pesar del crecimiento pausado y sólo lentos aumentos del empleo después de 1965, siguieron siendo una constante de la estructura de clases de Córdoba hasta los gobiernos militares pos­ teriores a 1976. El boom automotor cordobés había creado la mayor concentra­ ción de trabajadores industriales del país, al margen de la de Bue­ nos Aires. Desde luego, la clase obrera local no se limitaba a las industrias mecánicas. Extendida en una amplia gama de activida­ des, incluía un núcleo de trabajadores muy calificados en los com­ plejos automotores, los talleres ferroviarios de la ciudad y la indus­ tria local de energía eléctrica; jornaleros comunes de la industria de la construcción; trabajadores gráficos que utilizaban tecnologías que apenas habían cambiado en medio siglo; y la gran masa de trabaja­ dores no calificados de las líneas de montaje y producción de los planteles de IKA-Renault y Fiat. “Clase obrera” era también una distinción un poco arbitraria en una ciudad con una clase media pobremente remunerada en las burocracias gubernamental y uni­ versitaria y en el comercio. Obreros y oficinistas a menudo vivían lado a lado y compartían un nivel y un estilo de vida similares. Sin embargo, la concentración de la clase obrera industrial de Córdoba en el sector mecánico y la ausencia casi total en la ciudad de una cultura proletaria identificable e incluso de formas de asociación al margen de las del lugar de trabajo y los gremios, dan testimonio de un tipo particular de desarrollo económico en el cual las industrias mecánicas y su mano de obra establecieron un predominio inequí­

Industria, sociedad y clase

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voco, no sólo sobre la economía cordobesa, sino también en las are­ nas social y política. El crecimiento industrial acelerado y concentrado de Córdoba introdujo de manera abrupta e incompleta las operaciones del capi­ talismo industrial en una sociedad tradicional. El boom de las in­ dustrias mecánicas transformó el ritmo y el ambiente coloniales de la ciudad, pero sus efectos fueron en realidad más superficiales que los de la industrialización en Buenos Aires. El crecimiento indus­ trial producido en ésta en las décadas anteriores, a pesar de sus limitaciones y la pesada dependencia del Estado, parecía un proce­ so de industrialización más genuino que el que tuvo lugar en Córdo­ ba. En Buenos Aires, la inversión en la industria, la díversificación, la formación de una clase obrera heterogénea y una burguesía in­ dustrial nativa repitieron, en conjunto, la experiencia de anteriores economías industrializadas. En Córdoba, el proceso fue más abrupto y menos complejo, tal vez más cercano a los de las clásicas explosio­ nes mineras o agrícolas latinoamericanas que a un verdadero pro­ ceso de industrialización. A decir verdad, Córdoba iba a compartir muchas de las características de uña ciudad minera industrial: la concentración de la actividad económica esencialmente en un solo sector; un control casi completo de ese sector por el capital extran­ jero; una mano de obra joven, mayoritaríamente masculina y no calificada; un crecimiento rápido y una declinación repentina. El resultado más significativo del boom industrial cordobés fue, indiscutiblemente, la formación de un fuerte proletariado fabril. La clase obrera cordobesa se convirtió en un actor político destacado entre 1966 y 1976 y estuvo inmediatamente en aptitud no sólo de afectar la política local sino también de ejercer una influencia con­ siderable en el plano nacional, debido al menos en parte a la natu­ raleza del reciente desarrollo económico de la ciudad. Mientras en Buenos Aires la clase obrera y sus organizaciones tenían la influen­ cia rival de una burguesía poderosa, una burguesía que no carecía de contradicciones pero que en su conjunto era hostil a los intere­ ses obreros, en Córdoba los trabajadores no tenían serios rivales de clase. La vieja aristocracia cordobesa era poco más que una elite social identificable. Los apellidos aristocráticos aún dominaban las listas de los decanatos universitarios y la magistratura, y aparecían ocasionalmente en las juntas locales de IKA-Renault, pero la pre­ sencia en política de la aristocracia como clase había disminuido en gran medida. Además, la burguesía industrial local era débil y esta­ ba dividida; sólo los intereses metalúrgicos, agrupados en la Cáma­ ra de Industrias Metalúrgicas, tenían algún tipo de unidad, pero su influencia empalidecía frente a las firmas automotrices. Los indus­ triales de éste y otros sectores tradicionales contaban con magros

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recursos de capital y nunca participaron como inversores o socios en las industrias mecánicas. La clase media exhibía una debilidad

y una división similares, incluyendo una minoría de profesionales

liberales razonablemente privilegiados y una mayoría de esforzados maestros de escuela, funcionarios gubernamentales y universita­ rios, empleados administrativos y vendedores. En rigor de verdad,

entre todas las clases de Córdoba, sólo los estudiantes universita­ rios, cuyo número llegó a menudo al 10% de la población, tenían un sentimiento de identidad y poder comparable al de la clase obrera. Si bien a causa del boom industrial se crearon algunos puestos gerenciales, el desarrollo de la industria automotriz no generó una nueva clase de empleados administrativos de número considerable,

y tampoco favoreció el desarrollo de una burguesía financiera lo­

cal.58La índole de las empresas, entidades esencialmente extranje­

ras con una mínima participación argentina, como en el caso de IKA,

o subsidiarias multinacionales, como en el de Renault y Fiat, impli­

có que muchos puestos gerenciales fueran ocupados por sus com­ patriotas y que una gran parte de las operaciones financieras se realizara a través de sus casas matrices o de los grandes bancos de Buenos Aires. Las oficinas administrativas de las empresas auto­ motrices estaban en la Capital Federal, y excepto cierta participa­ ción en las fábricas locales de autopartes y componentes, los ban­ cos provinciales contemplaron cómo la mayoría de los fondos eran manejados por forasteros. Los puestos gerenciales en las plantas mismas ofrecían oportunidades ligeramente mejores para la clase media local, pero apenas había suficientes empleos para satisfacer

las necesidades de todo el mundo. Én IKA-Renault, por ejemplo, era política de la empresa reservar los principales puestos técnicos y de toma de decisiones a nativos franceses, en tanto dejaban los de personal y relaciones públicas en manos de argentinos.59 Fiat si­ guió una política similar y estuvo incluso más predispuesta a poner

a sus ciudadanos en posiciones de autoridad, dada la propiedad total del complejo de Ferreyra por Turín, aunque la mayoría de su perso­

nal administrativo, hacia fines de la década de 1960, era argentino. Los profesionales cordobeses, educados en la universidad local, en general no podían aspirar a trabajar más que de consejeros legales

o ingenieros en los escalones gerenciales más bajos de las empresas

automotrices. La herencia del desarrollo económico y social de Córdoba fue, así, una clase obrera que tenía una sensación de poder —una sensa­ ción de confianza en su aptitud para enfrentar a la autoridad e in­ fluir sobre los acontecimientos políticos— que era rara en la Argen­ tina. La creación de este proletariado hizo que Córdoba estuviera madura para la militancia obrera cuando la ciudad se enfrentó al

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comienzo simultáneo de la dictadura militar y de problemas en la industria automotriz local. Cuando las compañías, respaldadas por los poderes represivos del Estado, comenzaron a suspender los con­ venios colectivos e intentaron seguir siendo competitivas e incre­ mentar la productividad laboral a través de racionalizaciones en las plantas, aceleración de los ritmos de producción y ataques genera­ les a los costos laborales, entre los trabajadores creció el resenti­ miento. A esto se agregaron la cada vez mayor politización de la so­ ciedad cordobesa y el éxito de la izquierda al ganar para los partidos revolucionarios a jóvenes activistas obreros. Cuando las relaciones de las empresas automotrices con su mano de obra empeoraron, los rencores, la animosidad y las frus­ traciones de que daban muestras los trabajadores encontraron una articulación política, por más incipiente e incompleta que fuera, en un nuevo tipo de sindicalismo y en una militancia más difundi­ da entre todos los operarios mecánicos. El gremialismo revolucio­ nario, el clasismo, comenzó a atraer a algunos trabajadores de la industria que estaban desilusionados con lo que veían como un peronismo totémico y un movimiento sindical peronista corrompi­ do, pero para la mayoría de los trabajadores que apoyaban las tác­ ticas militantes de los clasistas la cuestión no era clasismo versus peronismo sino, más bien, representaciones sindicales honestas y eficaces versus sindicatos deshonestos e ineficaces. No hubo un vínculo simple entre los problemas en la industria automotriz lo­ cal o las condiciones en las plantas y la historia obrera cordobesa en estos años. La militancia laboral era un fenómeno que abarca­ ba toda la ciudad y muchos de los activistas sindicales más com­ prometidos, como Agustín Tosco, estaban en gremios relativamente protegidos de los caprichos de la industria del automóvil. No obs­ tante, tanto la militancia obrera como «I movimiento clasista se centraron en las fábricas automotrices, y los problemas en esa industria constituyeron el ámbito esencial de las herejías ideológi­ cas y políticas que medraron en el movimiento obrero cordobés después de 1966. El inusual desarrollo industrial de Córdoba movió el centro del conflicto laboral de la ciudad hacia las fábricas automotrices, y sus sindicatos adquirieron una importancia política que, sencillamen­ te, no era accesible a los trabajadores empleados en las plantas textiles o los talleres metalúrgicos locales. El conflicto entre dos tipos de gremialismo, parcialmente expresados en términos políti­ cos como peronismo y clasismo pero también, lo cual era más im­ portante para la mayoría de los trabajadores, como dos enfoques distintos del manejo de los sindicatos, fue más áspero en las plan­ tas de IKA-RenauJty Fiat. Para el trabajador cordobés del automó­

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vil, el adversario no era el industrial de poca monta que podía uti­ lizar una panoplia de tácticas intimidatorias e incentivos para manipular y controlar la mano de obra. Antes bien, después de 1966 los enemigos fueron las impersonales empresas automotri­ ces extranjeras, los invisibles gerentes de producción e incluso sus colaboradores de base en los sindicatos, que en conjunto parecían estar haciendo cada vez más gravosas las condiciones de trabajo, así como el Estado, que respaldaba las políticas antiobreras de las compañías. Los trabajadores mecánicos tenían una abundante experiencia compartida a partir de su vida laboral, experiencia que arrastró a algunos hacia el clasismo, una ideología que habría te­ nido menos peso si Córdoba hubiera experimentado un desarrollo industrial más diversificado y si la clase obrera hubiese estado menos concentrada en las industrias mecánicas. Sin embargo, la identidad colectiva de la mayoría de los trabajadores los arrastra­ ba a una militancia que no requería que renegaran de sus lealta­ des peronistas. Las explicaciones sociológicas generales de la historia obrera de Córdoba sólo pueden sugerir la naturaleza de las relaciones entre trabajo y capital en la ciudad, pero no su dinámica específica. Mu­ cho más reveladores y analíticamente útiles son los problemas que se experimentaban en el plano fabril. Fue en su vida laboral donde los jóvenes trabajadores mecánicos de la ciudad expresaron la he­ rencia del desarrollo industrial de Córdoba y las idiosincrasias de la sociedad cordobesa. Además, los trabajadores cordobeses del auto­ móvil eran parte de un movimiento obrero regional y nacional, y de la misma manera en que influyeron en los acontecimientos fuera de Córdoba, se vieron afectados por factores que estaban alejados de los problemas cotidianos de la base febril. La relación del movimiento obrero local con el Estado, la CGT y las centrales sindicales abrió a veces oportunidades para los gre­ mios y otras restringió su libertad de maniobra. Las rivalidades, las ambiciones políticas y las vendettas personales tambiénjugaron un papel en la política obrera. La configuración única del movimiento obrero local, la naturaleza específica de las relaciones entre capital y trabajo en la ciudad y los individuos y el equilibrio de poder dentro del movimiento sindical —este último en un estado de fluctuacio­ nes constantes y respondiendo a múltiples influencias—constitu­ yeron en conjunto el mundo de la política de la clase obrera cordo­ besa y durante casi una década hicieron de Córdoba el centro dél movimiento obrero disidente del país.

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NOTAS

1Adolfo Dorfman, Historia de la industria argentina (Buenos Aires: So- lar/Hachette, 1971), pp. 278-279; Ofelia Pianetto, "Industria y formación de la cíase obrera en la ciudad de Córdoba, 1880-1906", en Homenaje al doctor Ceferino Garzón Maceda (Córdoba: Universidad Nacional de Córdo­ ba, 1973). 2Juan Carlos Aguila, Eclipse de una aristocracia: Una investigación so­ bre las elites de ía ciudadefe Córdoba (Buenos Aires: Ediciones Libera, 1968). pp. 30-31, 37-38, 72-73. 3Informes de la Inteligencia Militar de los Estados Unidos para la Argen­ tina, 1918-1941. Edmond C. Fleming, agregado militar, Embajada de los Estados Unidos, Informe n° 4029, "Current Events for the Month of Au- gust”, 31 de agosto de 1929, p. 4. 4Informes de la Inteligencia Militar de los Estados Unidos para la Argen­ tina, 1918-1941. Agregado militar, Argentina, Infonne n° 4489, “Military Supply: Government Production of Military Supplies”, 16 de enero de 1932. Este informe de inteligencia brinda una extensa descripción de las plantas cordobesas. 5Informes de la Inteligencia Militar de los Estados Unidos para la Ar­ gentina, 1918-1941. Lester Baker, Agregado Militar, Buenos Aires, Infor­ me n° 5663, “Current Events, Argentina”, 30 de octubre de 1937, p. 2. 6Roberto A. Ferrero, Sabattini y la decadencia del yrigoyenismo, 2 volú­ menes (Buenos Aires; Centro Editor de América Latina, 1984). Para un nuevo e importante estudio sobre el sábattinismo, véase César Tcach, Sabattinismo y peronismo. Partidos políticos en Córdoba, 1943-1955 (Bue­ nos Aires: Editorial Sudamericana, 1991). 7Ferrero, Sabattini y la decadencia del yrigoyenismo, vol. 2, p. 134. 8Efraín Bischoff, Historia de Córdoba (Buenos Aires: Editorial Plus Ul­ tra, 1979), pp. 556-558. 9María del Carmen Angueira y Alicia del Carmen Tonini, Capitalismo de Estado (1927-1956) (Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1986), pp. 72-73. ,0Ménica Gordillo, "Características de los sindicatos líderes de Córdoba en los ’60: El ámbito del trabajo y la dimensión cultural", Consejo de Inves­ tigaciones Científicas y Tecnológicas de la Provincia de Córdoba, Informe Anual, 1991, p. 48; Rinaldo Antonio Colomé y Horacio Palmieri, “La indus­ tria manufacturera en la ciudad de Córdoba”, Instituto de Economía y Fi­ nanzas, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Córdo­ ba, pp. 4-13. !1Femando Ferrero, "Localización industrial en la provincia de Córdo­ ba”, Revista de Economía y Estadística, Universidad Nacional de Córdoba, n° 2 (1964), pp. 7-42. 12“La industria en la provincia de Córdoba”, mayo de 1974, pp. 4-13. 13Colomé y Palmieri, “La industria manufacturera en la ciudad de Cór­ doba”, pp. 8-10. HMaría Beatriz Nofal, Absentee Entrepreneurship and the Dynamics of

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the Motor Vehicle Industry in Argentina (Nueva York: Praeger Publishers,

1989). p.

15.

ir>María del Carmen Angueira y Alicia del Carmen Tonini, Capitalismo de Estado (1927-1956), p. 77; Depto. de Estado de los Estados Unidos, Documentos Relacionados con los Asuntos internos de la Argentina, Em­ bajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, “Installation of Fíat Plant for Motor Car Productíon”, 835.3331/11-658, 6 de noviembre de 1958. 1(5Depto. de Estado de los Estados Unidos, Documentos Relacionados con los Asuntos Internos de la Argentina, Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, “Conversation with Henry J. Kaiser, February 21, 1955**, 811.05135/2-2155, 21 de febrero de 1955. 17Depto. de Estado de los Estados Unidos, Documentos Relacionados con los Asuntos Internos de la Argentina, Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, “Letter from Henry J. Kaiser Companíes to U.S. Dept. of State”, 811.05135/1-2055, 20 de enero de 1955. 18Carta de James McCloud. presidente de Industrias Kaiser Argentina entre 1956 y 1967, 24 de julio de 1989. McCloud sostiene que la instala­ ción de Kaiser en Córdoba fue exclusivamente el resultado de las presiones de San Martín y los militares argentinos. Sus afirmaciones fueron confir­ madas en un estudio reciente sobre las negociaciones de Kaiser: Norbert MacDonald, “Henry J. Kaiser and the Establishment of an Automobile Industry in Argentina", Business History, vol. 30, n° 3 (julio de 1988), p. 336. A principios de los años cincuenta, ni Fiat ni Kaiser estaban interesa­ das en instalar plantas en Buenos Aires, considerada como el baluarte de la clase obrera peronista, a causa de los problemas laborales que preveían habría allí. Ambas empresas deseaban establecerse en el interior, pero Córdoba era la segunda alternativa para cada una de ellas. 19Depto. de Estado de los Estados Unidos, Documentos Relacionados con los Asuntos Internos de la Argentina, Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, “Market Report on Electric Motors-Argentina”, 835.333/ 11-2858, 28 de noviembre de 1958. 20Depto. de Estado de los Estados Unidos, Documentos Relacionados con los Asuntos Internos de la Argentina, Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, “Investigation of Industrias Kaiser Argentina S.A. by the Provincial Government”, 835.3331/12-1955, 19 de diciembre de 1955. 2) Depto. de Estado de los Estados Unidos, Documentos Relacionados con los Asuntos Internos de la Argentina, Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, “Kaiser to Manufacture Alfa Romeo Automobiles”, 835.3331 /12-2358, 23 de diciembre de 1958.

22Joseph Geschelin, ‘‘Argentina’s Automotive Industries, Part III: The Kaiser Empire”, Automotive Industries, vol. 132, I o de abril de 1965, p, 50. 23Carta de McCloud; Depto. de Estado de los Estados Unidos, Docu­ mentos Relacionados con los Asuntos Internos de la Argentina, Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, “Industrias Kaiser Argentina”, 335.3331/10-1955, 19 de octubre de 1955.

34 Joseph Geschelin, "Argentina’s Automotive Industries, Part I”,

Automotive Industries, vol. 132, 15 de febrero de 1965, p. 58. 25Industrias Kaiser Argentina S.A., Memoria y Balance General, 1961.

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26 Gilíes Gleyze, "La Régie Nationale des Usines Renault et l’Améríque

Latine depuis 1945. Brésil, Argentine, Colombie” (tesis de Maestría en Hu­ manidades, Universidad de París X-Nanterre, 1988), pp. 48-49; Michel Freyssenet, “Les processus d’intemationalisation de la production de Re­

nault: 1898-1979", Cahiers de l’Institut de Recherche Économique et de Planíjication du Développernent, n° 6, 1984, pp. 15-49. 27E1 crecimiento de la industria metalúrgica cordobesa, no obstante, fue extraordinariamente rápido. En 1954, muchas otras industrias de la ciu­

dad tenían mayor cantidad de mano de obra: ios talleres ferroviarios (3.373), las industrias alimentarias (21.952) e incluso la del cuero (1.189) eran más grandes. Diez años después, sólo la superarían las empresas automotrices. Censo industrial (1954, 1964, 1974), Ministerio de Hacienda, Economía y Previsión Social, provincia de Córdoba.

28 Industrias Kaiser Argentina S.A., Memoria y Balance General, 1961;

Delbert Miller, “Community Power Perspectives and Role Defmitions of North American Executives in an Argentine Community”, Administrative Science Quarterly (diciembre de 1965), pp. 364-380. 29Geschelin, “Argentina’» Automotive Industries, Part 111”, p. 47; “Insti­ tuto IKA: en abril inicia las clases", Gacetika, n° 45 (octubre de 1961), p. 1. 30Industrias Kaiser Argentina S.A., Memoria y Balance General 1962. El informe de la empresa enumera 6.300 trabajadores directamente dedi­ cados a la producción, 2.390 empleados en el complejo de Santa Isabel y otros 590 en la sede central de Buenos Aires. El personal ejecutivo consis­ tía de 313 personas, muchos de ellos estadounidenses (50 de los 62 “con­ sejeros técnicos*’ del plantel lo eran), si bien IKA había incorporado por entonces un número considerable de argentinos a los puestos de nivel su­ perior. 31Juan V. Sourrouille, El complejo automotor en Argentina (México: Edi­ torial Nueva Imagen, 1980), pp. 60-61; Nofal, Absentee Entrepreneurship and the Dynamics of the Motor Vehicle Industry in Argentina, pp. 32-34. 32La Voz del Interior, 28 de septiembre de 1963, p. 13. 33Depto. de Estado de los Estados Unidos, Documentos Relacionados con los Asuntos Internos de la Argentina, Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, “Fiat Proposes to Manufacture Automobiles in Argenti­ na”, 835.3331/11-2458,24 de noviembre de 1958; Grandes Motores Diesel, Memoria y Balance General, 1958.

34Grandes Motores Diesel, Memoria y Balance General, 1958. 35Grandes Motores Diesel, Memoria y Balance General, 1959. 36Sourrouille, El complejo automotor en Argentina, pp. 60-61. Fiat tam­ bién se vio favorecida por su decisión inicial de especializarse en un sector del mercado automotor, la fabricación de autos pequeños y económicos, y renunciar a la producción de camiones y autos de lujo; Depto. de Estado de los Estados Unidos, Documentos Relacionados con los Asuntos Internos de la Argentina, Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, "Fiat Car and Truck Manufacturing ínvestment Approved”, 838.3331/9-2959, 29 de septiembre de 1959. 37Incluso después de la compra Renault se vio trabada por los acuerdos de licencias y embarcada en un prolongado y costoso pleito judicial para

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revocar los firmados por IKA con American Motors. Archives des Usínes

Renault:, Boulogne-Billancourt, Directíon Juridique, carpeta 3400, “Argentine", expediente "Rachat actions AMC/KJC", y 4436, “IKA Status Contrate Renault. KJC/AMC/WILLIS".

36 Depto. de Estado de los Estados Unidos, Documentos Relacionados

con los Asuntos Internos de la Argentina, Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, "Investment Projects in Argentina”, 811.05135/2-259, 2 de febrero de 1959- Colomé y Palmierí, "La industria manufacturera en la ciudad de Cór­ doba", pp. 25-38; Aldo A. Arnaudo, “El crecimiento de la ciudad de Córdoba en el último cuarto de siglo", Economía de Córdoba, vol. 8, n° 2 (diciembre de 1970), pp. 7-11.

40 Colomé y Palmierí, “La industria manufacturera en la ciudad de Cór­

doba”, p. 35. 4' Nofal, Absentee Entrepreneurship and the Dynamics of the Motor Vehicle Industry in Argentina, p. 32.

42Arnaudo, “El crecimiento de la ciudad de Córdoba en el último cuarto de siglo”, pp. 18-19. 43Nofal, Absentee Entrepreneurship and the Dynamics of the Motor Vehicle Industry in Argentina>p. 44. 44Gleyze, “La Régie Nationale des Usines Renault et I’Amérique Latine depuis 1945", pp. 58-60. 45Carlos E. Sánchez, “El desempleo juvenil en la ciudad de Córdoba”,

Economía de Córdoba, instituto de Economía y Finanzas, Facultad de Cien­ cias Económicas, Universidad Nacional de Córdoba (diciembre de 1971), p.

13.

4<iSánchez, "El desempleo juvenil en la ciudad de Córdoba”, pp. 3-20. I./OS hallazgos de la investigación de José Nun sobre la desocupación en la industria en los dos casos estudiados en Buenos Aires en 1967 — específi­ camente su descubrimiento de la tendencia de los trabajadores del auto­ móvil despedidos a encontrar trabajo en servicios, en la industria y como mecánicos independientes pero no en las plantas automotrices en que ha­ bían trabajado anteriormente y ni siquiera en la industria automotriz en general— también valían para Córdoba. Véase José Nun, “Despidos en la industria automotriz argentina: estudio de un caso de superpoblación flo­ tante”, Revista Mexicana de Sociología, vol. 40, n° 1 (1978), pp. 55-106. 47Anna Segre, “La localizzazione deirindustria automobolística in America Latina: I casi di Belo Horizonte (Brasile) e Córdoba (Argentina)", Riuista Geograjica Italiana, vol. 80, n° 2 (junio de 1983), pp. 262-264.

45 Municipalidad de Córdoba, Dirección de Estadísticas, “Censo Nacio­

nal de Población: familias y viviendas", Departamento Capital, 1970, vol. 1. El estudio de Mónica Gordillo sobre el Sindicato de Mecánicos y Afines del

Transporte Automotor (SMATA) de Córdoba ha demostrado que un gran porcentaje de los trabajadores que se instalaron en los nuevos barrios in­ dustriales adyacentes a los complejos automotores eran inmigrantes a la ciudad. Sí bien ésas fueron las zonas de crecimiento más rápido de la ciu­ dad, debería subrayarse que sólo una minoría de los trabajadores del SMATA vivía en los nuevos barrios (38,1% para el período 1956-1960, con

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porcentajes similares para la década del sesenta), habitando la mayoría en los barrios tradicionales del centro de la ciudad y un número considerable en poblaciones pequeñas fuera de los límites de la misma; Gordillo, "Carac­ terísticas de los sindicatos líderes de Córdoba en los *60", pp. 10-12. ^Rinaldo A. Colomé, “Construcción y vivienda en la ciudad de Córdoba, 1947-1965", Revista de Economía y Estadística, vol, 11, n° 3 y 4 (1967), pp.

68-69.

s0Carlos E. Sánchez, “La situación de la vivienda en la ciudad de Córdo­ ba”, Economía de Córdoba, vol. 8, n° 2 (1970), pp. 2-11. ni Arnaudo, “El crecimiento de la ciudad de Córdoba en el último cuarto de siglo”, p. 15; Juan Carlos Aguila, “Aspectos sociales del proceso de in­ dustrialización en una comunidad urbana”, Revista Mexicana de Sociolo­ gía, vol. 15 (mayo de 1963), pp. 762-763. “ Charles Bergquist, Labor in Latín America (Stanford, Calif.: Stanford Universíty Press, 1986), p. 188. 53La Voz del Interior, 20 de noviembre de 1960, p. 11. 54Carlos E. Sánchez y Walter E. Schulthess, Población e inmigración en la ciudad de Córdoba, 1947-1966, Facultad de Ciencias Económicas, Uni­ versidad Nacional de Córdoba, 1967, p. 3. 55Joseph Geschelin, “Argentina’s Automotive Industries, Part VI”, Automotive Industries, vol. 132 (febrero-junio de 1965), p. 53. 56Sánchez, “El desempleo juvenil en la ciudad de Córdoba”, pp. 3-20. 57Edíth Aostri, “El mercado de trabajo en la ciudad de Córdoba”, Comer­ cio y Justicia, n° 87 (28 de mayo de 1971), pp. 11-12. 56Francisco J. Delích, Crisis y protesta social Córdoba, mayo de 1969 (Buenos Aires; Ediciones Signos, 1970), pp. 24-25. 59Gleyze, “La Régie Nationale des Usines Renault et rAmérique Latine depuis 1945”, pp. 160-163.

2. Política sindical

Como en la mayoría de los movimientos obreros, la política obre­ ra en Córdoba siempre operó en dos niveles. Una arena se centraba en la base fabril y la relación de los trabajadores con la producción, y la otra implicaba luchas internas de poder y las interacciones ins­ titucionales de los sindicatos obreros, así como la relación de los sindicatos con el Estado. La política de la base fabril era una espe­ cie de política laboral más casera y casi hermética en la cual los diversos intereses de los trabajadores, representados individualmen­ te por sus delegados y colectivamente por el sindicato, se enfrenta­ ban a los intereses más uniformes del capital. Las relaciones en el lugar de trabajo, determinadas por la naturaleza de la empresa, por sus mercados, tecnología y prácticas gerenciales, fueron una parte fundamental de la historia de todos los sindicatos cordobeses en este periodo. Tuvieron más importancia, sin embargo, en las indus­ trias en que tanto el trabajo como el capital estaban presentes en una escala tal que hacía que sus enfrentamientos tuvieran conse­ cuencias para toda la clase obrera. En Córdoba, esto quería decir la industria automotriz. Sólo en ésta las apuestas eran tan elevadas y las relaciones tan contenciosas como para poder influir en los otros gremios de la ciudad. Por otra parte, sólo fue después de mediados de los años sesenta cuando las conocidas escaramuzas entre traba­ jo y administración en esa industria evolucionaron hacia una gue­ rra abierta, cuyas ondas se difundieron más allá de ios confines de los complejos automotores para afectar a otros sindicatos y al mo­ vimiento obrero cordobés en general. La segunda clase de política laboral, si bien igualmente compleja, era más pública e implicó a un mayor número de sindicatos en un momento anterior en el tiempo. La política gremial era una presen­ cia vaga en la historia de la clase obrera local. Sólo estaba repre­ sentada de manera incompleta en los manifiestos o en las siglas ins­ titucionales que tan a menudo preocupan a los historiadores del tra­ bajo y, de hecho, las motivaciones gremiales fueron con frecuencia apenas escasamente visibles en la evidencia escrita del investigador.

Política sindical

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La política interna de los sindicatos y las rivalidades políticas entre ellos respondían a muchas influencias: personales, estratégicas e ideológicas. Era un reino político que involucraba a todos los traba­ jadores, pero que estaba representado más tangiblemente por su conducción. El movimiento obrero cordobés se convirtió en algo tan­ to singular como significativo en la historia reciente de la clase obrera argentina sólo una vez que las dos clases de política laboral se mez­ claron para producir un nuevo tipo de sindicalismo. Pero una larga e intrincada historia precedió al nacimiento del movimiento sindi­ cal cordobés disidente, y conocerla es crucial para su posterior com­ prensión y explicación* La mejor manera de describirla es decir que se trata de la política subterránea del poder en el movimiento obre­ ro cordobés. La historia arranca en los últimos años de la presidencia de Pe­ rón. A principios de la década de 1950, cuando el Estado peronista mostraba sus primeros signos de agotamiento, grupos de jóvenes trabajadores empezaron a reunirse en una serie de gremios cordo­ beses y a cuestionar a la conducción de la vieja guardia peronista. Su desafío era en parte ideológico. Un puñado de ellos, por ejemplo Agustín Tosco, habían comenzado a observar críticamente la rela­ ción del peronismo con el movimiento obrero a través del estudio y la reflexión. Tosco y otros como él finalmente acudieron a los in­ transigentes anarquistas, socialistas y comunistas de Córdoba, la mayoría de los cuales eran entonces poco más que añosos especta­ dores del movimiento obrero local, a fin de conocer algunas de las tradiciones obreras que habían precedido a Perón.1Sin embargo, en términos generales su naciente rebelión implicaba cuestiones más mundanas que la ideología, y se centraba en desacuerdos con el enfoque peronista de las negociaciones colectivas o simplemente en un desagrado generacional por la conducción sindical establecida.2 Como resultado del descontento creciente, hacia 1955 una serie de sindicatos claves de la ciudad eran ideológica y políticamente pluralistas en una medida mucho mayor de lo que era común en la Argentina peronista. Sin duda, ese pluralismo fue posible gracias al comparativo aislamiento de Córdoba con respecto a los centros de la política obrera y el poder sindical en el movimiento obrero pero­ nista, Buenos Aires y Rosario. Ese aislamiento había permitido, por ejemplo, que un núcleo de activistas sindicales no peronistas y de izquierda del sindicato de Luz y Fuerza, conocidos colectivamente en la historia del gremio como la “generación de 1953", eligieran a su líder, Agustín Tosco, como miembro del consejo directivo en el apogeo de la ortodoxia peronista, y en 1957 como secretario gene­ ral, a la temprana edad de 27 años.3 Situaciones similares existían en otros sindicatos locales, como los de trabajadores gráficos y fe­

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rroviarios. Córdoba era singular por el hecho de que los trabajado­ res que se constituirían en la columna vertebral del movimiento obrero, los de la industria automotriz, todavía eran una clase en formación y por lo tanto estaban desorganizados cuando en 1955 cayó el gobierno peronista. Para esos trabajadores el peronismo era más una tradición obrera heredada que una experiencia vivida, y su lealtad a él, si bien fuerte, a menudo tenía que competir con apegos igualmente poderosos a su provincia y, por último, a sus sindicatos. A pesar de estas idiosincrasias locales, la clase obrera cordobesa era sin duda abrumadoramente peronista en 1955. Fundada en 1949, en el apogeo de las campañas de sindicalización peronistas, la Confederación General del Trabajo cordobesa (CGT) agrupaba una surtida colección de los sindicatos pluralistas y en su mayor parte no industriales, los más importantes de los cuales eran los de los trabajadores de Luz y Fuerza, gráficos y ferroviarios, junto con otros gremios sólidamente peronistas como los de conductores de ómni­ bus, empleados públicos, trabajadores textiles, molineros y carpin­ teros. En la campaña de resistencia del movimiento obrero contra el gobierno antiobrero y más específicamente antiperonista del gene­ ral Pedro E. Aramburu (1955-1958), los sindicatos de Córdoba des­ empeñaron un papel particularmente prominente. La Resistencia peronista cordobesa fue una de las más feroces del interior de la Argentina. La delegación cordobesa redactó dos documentos que surgieron de dos distintos congresos obreros que se realizaron en la provincia, uno para coordinar la Resistencia y el otro para mante­ ner viva su tradición —en La Falda en 1957 y Huerta Grande en 1962, respectivamente— , que se erigieron como los programas más radicales propuestos por cualquier sector del movimiento obrero hasta la aparición de las corrientes revolucionarias en los sindica­ tos a comienzos de la década del setenta.4La tendencia de línea dura dentro del sindicalismo peronista, que abogaba por una oposición militante al Estado y los empleadores en la exigencia de que Perón retomara del exilio y se levantara la proscripción a su movimiento, siguió siendo fuerte en la ciudad. Resistió con eficacia intromisio­ nes de Buenos Aires en la autonomía sindical local y con ello pre­ servó una identidad distintivamente cordobesa del movimiento obre­ ro del lugar, que en lo sucesivo tanto peronistas como no peronistas procuraron sostener. La política sindical en Córdoba también fue influida por el carác­ ter de su reciente desarrollo industrial. En sus primeros pasos para organizar al proletariado mecánico, el gobierno de Aramburu pro­ curó debilitar la presencia peronista en el movimiento obrero cordo­ bés, y en parte lo consiguió. La tardía llegada de las industrias

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mecánicas permitió a Aramburu otorgar la jurisdicción de los tra­ bajadores de IKA al Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA), por entonces un gremio pequeño y de poca

importancia que representaba esencialmente a los mecánicos de las estaciones de servicio. La decisión fue un golpe para la clase traba­ jadora peronista y en especial para la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), que era la conductora de la Resistencia y estaba surgiendo como el sindicato dominante y árbitro final en el movimiento obrero peronista. Al año siguiente, pi-oscriptos los candidatos peronistas, una lista comunista que hacía hincapié en asuntos relacionados con

el trabajo ganó la primera elección sindical y el derecho a represen­

tar a los trabajadores de IKA. En enero de 1957, los comunistas negociaron con la empresa el primer convenio colectivo. Éste esta­

blecía una serie de logros para el sindicato, entre ellos la extensión

a los trabajadores de IKA de la ley del “sábado inglés”, una medida

provincial que otorgaba a los trabajadores de determinadas indus­ trias una paga de 48 horas por una semana laboral de 44, al mismo tiempo que incluía también numerosas cláusulas referidas a la se­ guridad y beneficios del trabajo.5 El efecto de la victoria de la lista comunista en 1957 fue galvanizar

a un pequeño grupo de militantes peronistas de las plantas de IKA alrededor del apoyo a un programa que destacaba las cuestiones del pan de cada día a expensas de los intereses políticos más gene­ rales del proscripto movimiento peronista. Durante varios meses, los peronistas de SMATA se disputaron internamente el puesto de conducción de su movimiento de recuperación del sindicato, hasta que surgió un hombre, Elpidio Ángel Torres, como su vocero recono­ cido. El fornido y moreno Torres había usufructuado su notoriedad como tipo duro en Alta Gracia, una pequeña ciudad cercana al complejo de Santa Isabel, para iniciar su carrera en IKA e imponer allí su control sobre los muy desorganizados peronistas. Su campa­ ña para conseguir una presencia peronista más fuerte en las plan­ tas de IKA se había visto obstaculizada tanto por la permanente prohibición a la participación peronista en los asuntos sindicales como por la débil tradición gremial de la joven mano de obra de IKA. Para soslayar los impedimentos legales a la actividad sindical, To­

rres y el círculo de militantes peronistas que lo rodeaban habían adoptado una actitud conciliatoria hacia la empresa y las autorida­ des provinciales. En medio de la Resistencia peronista, Torres man­ tenía una relación cordial pero distante con los sindicatos más ac­ tivamente implicados. Como iba a hacerlo a lo largo de toda su carrera sindical, Torres intentaba promover sus propios intereses y los del SMATA cordobés al mismo tiempo que se mantenía independiente de los caciques

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obreros de Buenos Aires, que controlaban la CGT, y de lo que se

conocía como las 62 Organizaciones, la rama política del movimien­

to obrero peronista. Los peronistas del SMATA abrazaron una posi­

ción moderada durante la Resistencia, abogando por restringir y

abandonar el sabotaje y otras tácticas militantes para no demorar

la restauración del peronismo en la vida política

que es más importante, al distanciarse de los elementos más mili­ tantes de la Resistencia, Torres y su círculo tenían las manos más libres para impugnar el control del sindicato por parte de los comu­ nistas. La administración de la empresa y las autoridades provin­ ciales les ahorraron al menos parte de los aspectos más menudos del hostigamiento al que sometían a los peronistas en otros sindica­ tos, y Torres y sus colaboradores pronto estuvieron en condiciones de actuar con relativa libertad en las plantas de IKA, a pesar de la proscripción de su movimiento y de las restricciones a la actividad sindical peronista en otros lugares.

El gran problema de Torres era la apatía obrera. Pocos de los tra­ bajadores de IKA tenían una experiencia gremial anterior* Hábilmen- te, la empresa había decidido reclutar su mano de obra en las fábri­ cas no sindicalizadas de las Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (IAME), entre trabajadores industriales primerizos e in­ migrantes rurales recién llegados a la ciudad.7A pesar de los logros del sindicato en 1957, la afiliación obrera no aumentó de manera significativa. Las campañas gremiales, e incluso la mención de los sindicatos, eran recibidas con malhumor por el personal obrero. Si bien los trabajadores de IAME estaban familiarizados con la vida fabril, no ocurría lo mismo con la mayoría de la mano de obra. Los trabajadores de IKA eran una abigarrada colección de exjornaleros agrícolas, changarines, mecánicos independientes, plomeros y has­ ta mozos de los recreos de la cercana sierra cordobesa.8Las habili­ dades mínimas requeridas por gran parte de la producción automo­ triz permitieron a la compañía emplear una mano de obra amplia­ mente inexperta y luego entrenar a los trabajadores en las simples

y repetitivas tareas necesarias para la producción en las líneas de

de la nación.6 Lo

montaje. Estos trabajadores no calificados eran especialmente indi­ ferentes a las propuestas peronistas y presumiblemente también a las de los comunistas, y muchos parecían temer que la participa­ ción en el gremio amenazara de alguna forma sus empleos.9 El año 1958 fue un punto de inflexión para los peronistas del SMATA y para el sindicalismo en general en el complejo IKA. Torres comenzó con una mordaz campaña de propaganda contra el con­ trato de 1957 y la falta de vigilancia de los comunistas en cuanto a la obligación de la empresa de cumplir varias de sus disposiciones. El reciente pacto Perón-Frondizi y la inminente recuperación de la

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legalidad del movimiento obrero peronista a cambio de su apoyo a la candidatura del segundo alentaron a Torres a adelantar su pro­ puesta de control del sindicato y a adoptar tácticas más agresivas. Hizo un audaz esfuerzo para desplazar a los comunistas y ganar las elecciones sindicales programadas para diciembre de ese mismo año, primero desacreditando a sus rivales y luego capitalizando sus propios lazos peronistas. En parte contaba con que una combina­ ción de la índole metódica y falta de brillo de la conducción sindical comunista, las divisiones dentro de las filas de éstos que los obliga­ ron a presentar listas separadas, sus propias facultades de persua­ sión y carisma personal y la simpatía de los trabajadores por el más débil ío ayudaría a derrotar a los comunistas. Confiaba, sobre todo, en que su status de representante de un movimiento cada vez más mitologizado por la clase obrera argentina lo pondría, junto con sus compañeros peronistas, a la cabeza del SMATA cordobés. Las vaci­ laciones para afirmar su lealtad peronista en 1957 dejaron paso a la comprensión de que esos vínculos podían ser una ventaja distintiva en las diferentes circunstancias políticas de 1958.10 Torres lanzó su ataque contra los comunistas alrededor de la cuestión de la representación sindical efectiva. Acicateándolos para que declararan en marzo unos paros apresurados y pobremente organizados a causa del estancamiento de las negociaciones de los convenios colectivos, contribuyó a aumentar el desafecto de los tra­ bajadores, En la base fabril se generalizó el descontento. Hacia fi­ nes de abril, la mayoría de los trabajadores ignoraba las convocato­ rias comunistas a la huelga, y el secretario general del sindicato, Alejandro Brízuela, había perdido gran parte de su antigua popula­ ridad entre el pequeño número de operarios activos del gremio e irri­ tado a la gran mayoría que simplemente lo había tolerado. De Buenos Aires llegaban otras presiones para que Torres actua­ ra. A lo largo de la historia del movimiento obrero cordobés, las de­ cisiones sindicales se tomaron a menudo en respuesta a presio­ nes provenientes de las centrales gremiales y la CGT, y en especial a las maquinaciones políticas de las principales autoridades del movimiento obrero peronista que controlaban las centrales y domi­ naban la CGT y las 62 Organizaciones. En general, esas decisiones procuraban mantener la independencia de los sindicatos cordobe­ ses y resistir las intromisiones de los caciques obreros peronistas porteños en la autonomía sindical local. En el caso específico de 1958, Torres procuró atajar una campaña de la UOM que presiona­ ba a Frondizi para que permitiera que el sindicato metalúrgico afir­ mara su jurisdicción sobre los trabajadores de IKA. Recientemente se le había otorgado la correspondiente a los trabajadores de Fiat, y el control del segundo complejo automotor de la ciudad asegurarla

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al gremio una posición dominante en el movimiento obrero cordo­ bés y también frustraría las aspiraciones sindicales de jóvenes cor­ dobeses como Torres, que temía con fundamento que la afiliación a la muy centralizada UOM implicara un control absoluto de Buenos Aires, Los rumores sobre las intenciones de la UOM se convirtieron en un desafío abierto en la segunda mitad de 1958, cuando sus representantes comenzaron una campaña en las puertas de las fá­ bricas para afiliar trabajadores, como primer paso para presentar en el Ministerio de Trabajo una solicitud formal de reconocimiento de su jurisdicción. Los trabajadores de IKA demostraron ser tan in­ diferentes a los avances de la UOM como lo habían sido a las ante­ riores campañas sindicales, pero entre los peronistas del SMATA había la sensación generalizada de que se los hacía a un costado y de que la creciente pérdida de prestigio de la conducción comunista amenazaba redundar en beneficio de la UOM.u Poco después de la primera aparición de los proselitistas de la UOM en Santa Isabel, Torres y sus partidarios armaron la primera lista peronista para enfrentarse a las dos agrupaciones comunistas que competían en las elecciones de diciembre del SMATA. Los re­ sultados de éstas fueron estrechos, y también ilustrativos de hasta qué punto aún existia apatía entre los trabajadores de las plantas. De un plantel de más de 3.000 personas, decidieron votar poco menos de la mitad, obteniendo la lista de Torres 588 votos y las dos comunistas 411 y 274 respectivamente.12La elección de Torres como secretario general puso a los peronistas por primera vez en control del SMATA cordobés, pero el estrecho margen de la victoria y la di­ fundida indiferencia obrera hacia las elecciones y el sindicato en general significaban que el mandato peronista era más aparente que real. Por otra parte, varios de los departamentos de las plantas de IKA permanecieron en manos de los comunistas y Torres se encon­ tró a la defensiva, con un núcleo resentido y capaz de activistas comunistas dispuestos a criticar en toda ocasión su manejo del sin­ dicato. Para consolidar su control en Santa Isabel, Torres continuó con su enfoque independiente y se concentró en ganarse el apoyo de las bases de IKA. Junto con otros peronistas del SMATA, comprendió que el sindicato aún ocupaba una posición precaria. La superficial tradición sindical y la desconfianza palpable hacia los activistas gre­ miales amenazaban convertir la indiferencia y hasta el apoyo a re­ gañadientes en hostilidad abierta ante una noticia de peso. Los di­ rigentes del SMATA necesitaban ganarse el apoyo de las bases a tra­ vés de logros concretos y no subordinar las decisiones sindicales a los dictados de Buenos Aires. Sus demostraciones públicas de fide­ lidad a los caciques obreros porteños fueron, en consecuencia, poco

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frecuentes. El mismo Torres se hizo adicto a los floridos discursos en elogio de Perón, amenazando en un tono intimidatorio con la participación del sindicato en movilizaciones obreras y huelgas ge­ nerales auspiciadas por los peronistas e ignorando efectivamente las órdenes provenientes de Buenos Aires. Los dos años posterioi~es

a la victoria sindical transcurrieron tejiendo alianzas, resolviendo

problemas de la base fabril, erigiendo una sólida organización sin- dical y exhibiendo una amplia indiferencia ante las maniobras polí­ ticas del movimiento obrero peronista. Torres se vio estimulado a proseguir con el sindicalismo de las cuestiones cotidianas a causa de los cambios que se estaban pro­ duciendo en las plantas. Las relaciones relativamente tranquilas entre el directorio y la mano de obra, que habían caracterizado los primeros años de la historia de IKA, habían comenzado a deterio­

rarse justo en el momento en que los peronistas asumían el control del sindicato. Si bien las cifras de ventas de la empresa eran eleva­ das y había plena ocupación en las plantas, había señales de que la joven mano de obra estaba empezando a reaccionar ante la regi- mentación y los rigores de la vida fabril. El primer reconocimiento empresarial de problemas laborales informaba de un creciente mal humor de los trabajadores hacia la administración y los capataces,

e incluso de incidentes ocasionales de franca insubordinación en

las líneas, problemas que la compañía atribuía a la presencia de agitadores gremiales en la base fabril.13En algunos de los departa­ mentos más opresivos crecía la inquietud de los trabajadores. Los túneles de pintura ya eran notorios: para los trabajadores, a causa de su diseño reputadamente descuidado, que provocaba persisten­ tes emanaciones de pintura, perjudiciales para los ojos y los pulmo­ nes; para el directorio, porque eran un nido de sediciosos. Cuando los trabajadores comenzaron allí una campaña para hacer que sus tareas fueran calificadas como insalubres y obtener con ello una jomada de seis horas, tal como lo disponían las leyes laborales ar­ gentinas, la empresa se mantuvo firme, considerando esa actitud como una intrusión en el control de la dirección sobre el proceso

productivo y como un precedente indeseable para otros departa­ mentos.14Sin embargo, una comisión especial del Ministerio de Tra­ bajo encontró no sólo escasa ventilación en los túneles de pintura sino también un aumento inaceptable de los ritmos de producción, por lo que obligó a la empresa a mejorar la ventilación, distribuir mejores máscaras y ropa de protección y reducir tanto la jomada de trabajo como los ritmos.15 Problemas similares enconaban a otros departamentos, y Torres

y la conducción sindical peronista los capitalizaron para establecer

el tipo de organización gremial sólida y con participación de las bases

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que se les había escapado a los comunistas. Los peronistas utiliza­ ron los fondos sindicales para construir la sede del gremio en el centro de Córdoba y establecieron cursos de capacitación para los delegados recientemente electos. También emprendieron una gran campaña organizativa en todos los departamentos, comprometien- do la intervención sindical para resolver los problemas de cada uno de ellos. Comenzó a surgir una clara cadena de mandos, en la que Torres desempeñaba el papel de caudillo obrero al mismo tiempo que contaba con un grupo de jóvenes y duros activistas sindicales peronistas para granjearse el apoyo de los trabajadores. El progreso fue concienzudo. El sindicato obtuvo cierto apoyo entre los trabaja­ dores con medidas tales como la creación de un generoso programa médico gremial para competir con los más modestos servicios de salud de la empresa y la resolución de pequeños problemas en cada uno de los departamentos. Pero las afiliaciones aún avanzaban con lentitud. Lo que se necesitaba era una victoria que confiriera pres­ tigio y, en la esperanza de obtenerla, Torres y el sindicato votaron, el 26 de febrero de 1959, rescindir unilateralmente el contrato sus­ cripto con la empresa en 1958 y declarar una huelga. La huelga de 1959 fue un acontecimiento importante en la histo­ ria del SMATA, y estableció precedentes que influirían en la política obrera futura. En primer lugar, esa huelga instauró lo que sería una marca distintiva del movimiento obrero cordobés en los años venide­ ros: el paro activo.Tras la decadencia de la Resistencia y la institucio- nalización del movimiento obrero, los principales sindicatos peronis­ tas, especialmente en Buenos Aires, solían desalentar toda participa­ ción de las bases que amenazara ir más allá de límites claramente circunscriptos. Las huelgas tenderían cada vez más a ser asuntos cuidadosamente orquestados y controlados, como el desganado paro matero o paro dominguero, en el cual los trabajadores simplemente se quedaban en sus casas mientras los caciques gremiales negocia­ ban con sus interlocutores del momento —los empleadores, el Esta­ do o, con más frecuencia, ambos—. En contraste, el paro activo era una manifestación militante de la intransigencia obrera, un provoca­ tivo arrojar el guante, realizado de manera deliberada para incremen­ tar la participación en la interrupción del trabajo. Tales huelgas lle­ vaban a los trabajadores a las calles y siempre amenazaban con des­ embocar en enfrentamientos violentos con la policía. La tendencia de los paros de los sindicatos cordobeses en los años siguientes a ase­ mejarse a movilizaciones populares —y frecuentamente a desatar pro­ testas a lo largo y lo ancho de toda la ciudad que a veces, como en 1969 y 1971, se desarrollaron hasta convertirse en toda una insu­ rrección urbana— nació con el paro activo y la huelga de 1959. Los peronistas del SMATA no estaban tan interesados en estable­

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cer un precedente sindica] o incluso un estilo gremial más combativo como en superar la obstinada indiferencia y hasta antipatía de los trabajadores de IKA hacia el sindicato.*6Torres reconocía que la huel­ ga era un formidable mecanismo de asimilación cultural y construc­ ción sindical, en gran parte como el utilizado por los organizadores del sindicato United Auto Workers en Detroit en la década del treinta. En el conflicto de 1959, Torres también hizo uso de lo que en lo suce­ sivo sería otra práctica del SMATA cordobés: realizó asambleas abier­ tas en un estadio de boxeo local, el Córdoba Sport Club, a fin de re­ unir a los trabajadores para que votaran en todos los llamados a la huelga. Estas asambleas se convirtieron en importantes aconteci­ mientos socializadores y fueron un intento deliberado de inculcar una identificación con el sindicato y una identidad de clase en trabajado­ res que anteriormente tenían poco de una y otra.17 La huelga de 1959 fracasó en el corto plazo, pero en última ins­ tancia proporcionó a Torres y a la neófita conducción peronista una crucial victoria sindical. Como resultado de la huelga, el directorio de IKA comprendió que tenía que negociar seriamente con el sindi­ cato, y en el siguiente contrato satisfizo casi todas las demandas de éste. El convenio de 1960 reconoció al sindicato como único repre­ sentante legitimo de los trabajadores de IKA en todas las negocia­ ciones con el directorio y permitió que el SMATA aumentara el nú­ mero de delegados en las plantas, una herramienta invalorable para mejorar su perfil entre los trabajadores. También se establecieron procedimientos para las paritarias, conversaciones sóbre las nego­ ciaciones colectivas que, en la industria automotriz, eran manteni­ das directamente entre las empresas y el SMATA local y no entre una única asociación de empleadores y un sindicato nacional, como en el caso de las industrias metalúrgicas. En el acuerdo del 11 de marzo de 1960, Torres obtuvo también úna gran concesión con res­ pecto a los contratos de tres años de los trabajadores: una cláusula de ajuste de los salarios [cláusula gatillo) que establecía aumentos cuatrimestrales automáticos de acuerdo con el incremento del cos­ to de vida. De igual modo, consiguió una serie de beneficios y un aumento salarial significativo por encima del acuerdo de 1958.18 Sobre la base del convenio de 1960, Torres construiría su apoyo en­ tre las bases y una formidable maquinaria sindical que dominaría los asuntos del sindicato durante más de una década. La importancia de la huelga y de los primeros años de control del SMATA por parte de Torres y ios peronistas radicó en que estable­ cieron el tenor de las relaciones administración-mano de obra en las plantas de IKA y fijaron las responsabilidades y los límites'de la relación del sindicato con los trabajadores. Hacia fines del período formativo, los peronistas tenían un firme control del aparato sindi­

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cal, con líneas abiertas hacia los ejecutivos y gerentes de IKA. El sindicato también había establecido ciertas prácticas democráticas en una época en que el movimiento obrero peronista se movía hacia un estilo sindical más burocrático y deliberativo, el uandorismo, según llegó a conocérselo en honor al líder metalúrgico Augusto Vandor, que inspiró muchas de sus prácticas.19La huelga de 1959 también contribuyó al nacimiento de una identidad SMATA —una mezcla de orgullo provinciano, recelos hacia Buenos Aires y valores compartidos originados en una experiencia de trabajo en común y, en menor medida, una familiaridad barrial— que dio a la clase obrera de IKA un carácter especial. Por último, estaba la presencia de un crítico y vigilante grupo de activistas sindicales de izquierda en las plantas. Todos estos factores se combinaron para impedir la conso­ lidación de una pétrea burocracia gremial en el sindicato. Si bien Torres comenzó a adoptar todas las características de un arquetípi- co cacique obrero peronista, alternativamente componedor de pro­ blemas y dispensador de favores, y aunque el comité ejecutivo del sindicato asumió de manera gradual un carácter administrativo en oposición a uno de clase, el SMATA cordobés fue, dentro de los lími­ tes del sindicalismo peronista del momento, una organización de­ mocrática y un defensor eficaz de los intereses de los trabajadores.

De manera similar, los trabajadores de Fiat tenían una historia previa que los erigió en actores independientes de la política del movimiento obrero cordobés, si bien en Ferreyra esa independencia fue un resultado de las maquinaciones empresarias más que de las luchas sindicales. Desde el comienzo, las políticas laborales de Fiat fueron severas e intransigentes, y los funcionarios de la empresa en Ferreyra estudiaron una campaña meticulosamente orquestada para anular cualquier signo de actividad gremial seria en sus plan­ tas. Fiat había comenzado sus operaciones en la Argentina justo cuando estaba llegando a su fin una lucha de casi diez años con la alianza comunista y socialista de la Confederazione Generale Italia­ na del Lavoro {CGIL), que representaba a sus trabajadores de Turín. La derrota de la CGIL en las elecciones sindicales de 1955 provocó una interrupción de la actividad gremial en esa ciudad. Los trabaja­ dores de Fiat, sometidos alternativamente a las tácticas paternalis­ tas e intimidatorias de la compañía, volvieron a la situación que había caracterizado allí a la representación sindical desde el ascen­ so del fascismo en la década de 1920 y a lo largo de la guerra. Los trabajadores italianos de la empresa no volvieron a participar en ningún paro obrero de importancia hasta las grandes huelgas de

1970.20

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Era predecible que Fiat no estuviera dispuesta a tolerar en Córdo­ ba lo que había considerado inaceptable en Turín. A diferencia del

caso de IKA, los primeros esfuerzos de organización sindical por par­

te de los comunistas no fueron bienvenidos por la compañía italiana,

y la actividad gremial fue virtualrnente prohibida hasta 1958. Ese año, en respuesta a los malos vientos que soplaban desde Santa Isabel, donde el SMATA ya había surgido como un formidable adversario sindical, Fiat cedió brevemente a las presiones del gobierno y los tra­ bajadores y permitió la afiliación a la UOM local. Su decisión de man­ tener divididos a los trabajadores mecánicos locales demostró ser juiciosa, y la UOM, un sindicato cuyo poderío se concentraba en Buenos Aires, era en 1958 una opción más atractiva de lo que lo había sido en la época de Aramburu, cuando IKA tuvo que decidir por pri­ mera vez la cuestión de la afiliación sindical, debido a la declinación de la Resistencia peronista y el apoyo del movimiento obrero peronis­

ta

a Frondizi. Un informe de la empresa de 1959 señaló jubilosamente

la

ausencia de problemas laborales en el complejo, una tranquilidad

que comparaba con las condiciones que existían “fuera” de Ferreyra, en una referencia indirecta a Santa Isabel.21 El escaso impacto en Ferreyra de la áspera huelga de los trabajadores metalúrgicos el año siguiente fue la prueba de una representación sindical al menos ini- cialmente timorata y reivindicó la decisión de Fiat de mantener a su personal al margen de lo que consideraba la perspectiva corruptora y más amenazante de una afiliación al SMATA.

En 1960, la empresa dio un paso más en su política laboral y apartó a sus trabajadores de la tendencia histórica del movimiento obrero argentino al formar sindicatos por planta. Si bien la UOM

central y el movimiento obrero peronista en general dieron todas las señales posibles de su disposición a cooperar con el empresariado,

el renacimiento del peronismo era aún una perspectiva inquietante

para la mayoría de los empleadores, y el directorio de Fiat era cons­ ciente de la probabilidad de que la UOM cordobesa adoptara tácti­ cas más combativas para prevenir cualquier movimiento de las ba­ ses en favor de afiliarse al sindicato mecánico local. Ambas conside­ raciones convencieron a los funcionarios de la empresa de que ten­ drían que tomar medidas más drásticas si querían que en Ferreyra

la representación sindical siguiera siendo débil. Como la afiliación a la UOM ya no era vista como la garantía de una futura paz laboral,

y siendo el SMATA un anatema para la empresa italiana, a princi­

pios de 1960 Fiat propuso a Frondizi y a su ministro de Economía, el conservador Alvaro Alsogaray, que en el complejo de la compañía se constituyeran sindicatos de planta. Aunque la formación de tales sindicatos era una flagrante violación a la ley laboral argentina, el gobierno aprobó parcialmente la solicitud de ía empresa. Bajo ios

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auspicios de la Federación Sindical de Trabajadores Fiat, controla­ da por la compañía, se constituyeron sindicatos de planta en las fábricas Concord (Sindicato de Trabajadores de Concord, o SíTRAC), Materfer (SITRAM) y Grandes Motores Diesel (SITRAGMD), si bien el reconocimiento legal, la personería gremial, no sería otorgado hasta 1964, durante el gobierno radical de Arturo lllia.23Así, en 1960, mientras los peronistas de mentalidad independiente conso­ lidaban su control en Santa Isabel con la conducción de Torres, una representación sindical aún más radicalmente separatista germi­ naba en el otro complejo automotor de la ciudad.

Mientras los grandes complejos automotores y mecánicos lucha­ ban con los problemas de la representación sindical, estableciendo en las plantas de IKA y Fiat los parámetros de la relación entre movimiento obrero y administración que perdurarían por muchos años, otros sindicatos locales atravesaban su período de formación. A diferencia de los trabajadores de las industrias mecánicas, los de los otros sindicatos de la ciudad no se encontraban en industrias concentradas y de capital intensivo, sino dispersos en la burocracia gubernamental, las industrias de servicios y las livianas y de tecno­ logía simple. Teóricamente compartían una identidad de clase con los trabajadores de las industrias mecánicas, pero en realidad la naturaleza de su trabajo, el mercado de sus productos y la relación con sus empleadores los hacía tan diferentes de los trabajadores de IKA y Fiat como lo eran entre sí. Dentro de este grupo heterogéneo estaban comenzando a surgir tres tendencias políticas generales. Cada una de ellas no sólo representaba distintas posiciones ideoló­ gicas sino que también formaba parte de alianzas locales y naciona­ les en la política de poder dél movimiento obrero. Un grupo peronis­ ta renegado, una tendencia formalmente dentro del movimiento peronista pero en la práctica independiente y una corriente explíci­ tamente no peronista constituían los bloques de poder del movimien­ to obrero cordobés al margen de los complejos de IKA y Fiat. Los sindicatos de la vieja guardia peronista se habían deslizado del status mayoritario de que habían disfrutado antes de 1955 y a través de la Resistencia a una posición minoritaria hacia 1960. La represión sufrida a manos del gobierno durante la Resistencia fue sólo parcialmente responsable de su declinación. Más importantes fueron los cambios que hablan tenido lugar en la economía cordo­ besa, específicamente la creación de un nuevo proletariado mecáni­ co y el correspondiente aumento del poderío estratégico del sindica­ to de trabajadores de Luz y Fuerza, que servía a la industria que era entonces el elemento vital de la economía industrial de Córdoba. En

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esta ciudad, el sindicato que heredó el derecho a representar la posición vandorista emergente de la tendencia principal del movi­ miento obrero peronista fue la seccional de la UOM. Durante los gobiernos peronistas de las décadas de 1940 y 1950, el sindicato metalúrgico de Córdoba había sido en realidad un gremio pequeño con poca influencia en un movimiento obrero local cuya expansión sólo se produjo después de 1955.23En la época de Perón, las poten­ cias del movimiento obrero peronista en Córdoba habían estado en las industrias textil y de procesado de alimentos (mataderos, moli­ nos de harina y semejantes}, así como en el sindicato del transporte urbano, especialmente de los conductores de ómnibus, y los de em­ pleados públicos. Si bien en un nivel nacional el sindicato metalúr­ gico de Vandor estaba dejando su papel de principal protagonista sindical de la Resistencia para convertirse en el sostén del nuevo gremialismo empresario indirectamente adoptado por el v&ndorismo,

la UOM cordobesa se negaba a aliarse con esta corriente, en parte a

causa de su orgullo regionalista y la poca disposición a subordinar los intereses locales a los dictados de la muy centralizada UOM, pero sobre todo porque el enfoque de línea blanda que representaban los seguidores de Vandor, los así llamados legalistas, no era útil para las necesidades tácticas propias de la UOM cordobesa. Ésta se encontraba en una etapa de crecimiento, no de consoli­ dación, y las tácticas conciliatorias, de línea blanda, sólo eran apro­ piadas para un sindicato que ya hubiera sido aceptado como inter­ locutor por el empresariado. Su pérdida reciente de los trabajado­ res de Fiat había sido la última demostración de que las tácticas que privilegiaban la negociación con respecto a la militancia, si bien podían ser apropiadas para Buenos Aires, aún no podían ser acep­ tadas por los bisoños sindicatos industriales de Córdoba. A partir de ese momento, la UOM representó una facción dentro del movi­ miento obrero cordobés, denominada inicialmente auténticay luego ortodoxa, facción que profesaba una fidelidad incondicional a Perón

pero que en realidad ~y esto es lo más importante- era un poder rival y contrapuesto a Vandor. Los ortodoxos se aliaron con los sindi­ catos peronistas de José Alonso, principal rival de Vandor en el mo­ vimiento obrero, y pusieron de relieve sus credenciales de línea dura

a través de su insistencia en el retomo de Perón como prerrequisito

de la paz laboral y por su adopción de posiciones más intransigentes

y combativas con respecto al Estado y los empleadores. Además de la UOM, muchos de los otros sindicatos alineados en las filas ortodoxas cordobesas eran meramente caducas organiza­ ciones locales que deseaban vehementemente recuperar el control

de lo que se había convertido en un movimiento sindical repentina

y desconcertantemente transformado, tanto en Córdoba como en el

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plano nacional. Un buen número estaba controlado por una gene­ ración más vieja de dirigentes sindicales peronistas, los mismos que habían ejercido el poder bajo los gobiernos de Perón de los años cuarenta y cincuenta, que estaban resentidos con los advenedizos,

la generación

era el mismo Vandor— surgida durante la Resistencia y que a la finalización de ésta propugnaba calladamente un pragmático “pero­ nismo sin Perón” que asegurara la continuidad de sus carreras sin­ dicales recientemente conquistadas. Los líderes gremiales ortodoxos cordobeses también salían en gran medida de los sectores naciona­

listas y pro clericales del peronismo de Córdoba y entre ellos se con­ taban, irónicamente, muchos de los dirigentes laborales que en rea­ lidad se habían vuelto contra Perón en los años finales de su gobier­ no, como resultado de su abandono parcial de un programa econó­ mico nacionalista y en especial a causa de su disputa y su ruptura histórica con la Iglesia.24La UOM cordobesa se alió con esta corrien­

te y asumió sin duda la conducción de los rivales locales de Vandor,

no debido a una afinidad ideológica sino porque esto servía a las necesidades estratégicas del sindicato y preservaba su independen­

cia con respecto a Buenos Aires. La ideología no era el problema y,

a decir verdad, nunca le importaría mucho al sindicato metalúrgico

cordobés. La UOM local procuraba aumentar su poder, por lo que, entonces y en el futuro, siguió alternativamente políticas que ga­ rantizaran su fortaleza como sindicato y promovieran la influencia de su liderazgo en el movimiento peronista. Su conducta no era atri- buible, como lo afirmó repetidamente la conducción sindical, a una adhesión más fiel a la tradición obrera combativa de la Resistencia, sino que se debía más bien a una aguda percepción dei interés pro­ pio del sindicato y a consideraciones tácticas. En realidad, los combativos sindicatos cordobeses de la Resis­ tencia no habían salido de las filas ortodoxas sino que pertenecían principalmente a su rival en el movimiento obrero peronista de Cór­ doba, los legalistas. Esta facción estaba compuesta por los sindica­ tos que nominalmente eran partidarios de las prioridades negocia­ doras de Vandor, pero que en la práctica también procuraban man­ tener cierta distancia cón respecto a éste, a fin de evitar cualquier

interferencia de Buenos Aires que entorpeciera su aptitud para manejar con eficacia los asuntos sindicales. Un sindicato legalista típico era el de trabajadores del transporte, la Unión Tranviarios Automotor (UTA), bajo la conducción de Atilio López. Éste, que ha­ bía sido un dirigente agitador en la Resistencia cordobesa, era un sindicalista leal al peronismo y a Perón pero receloso de Vandor y escéptico de un movimiento obrero peronista que promoviera la negociación por parte de unos pocos elegidos y desalentara la mili-

más joven de peronistas — cuyo

mejor representante

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tancia de las bases. Como el SMATA, un sindicato que no había te­ nido una participación destacada en la Resistencia pero que final­ mente asumiría la conducción de los legalistas cordobeses, la UTA y otros gremios de esa corriente eran más sensibles a las condicio­ nes de sus industrias y durante esos años se preocuparon menos por los planes institucionales y políticos más vastos o las luchas de poder dentro del movimiento obrero peronista. Algunos, como el SMATA, estaban empeñados en esfuerzos para construir su apara­ to sindical, una empresa que hacía esencial la independencia de acción. Otros estaban atravesando crisis que requerían el tipo de tácticas que Vandor parecía a punto de abandonar. El sindicato de trabajadores del transporte de López, uno de los más grandes de la ciudad, con más de 1.000 afiliados, se concen­ traba en la compañía de ómnibus municipales y desde 1957 había enfrentado un plan de privatización que amenazaba los empleos de cientos de sus miembros.25El sistema de transporte urbano de pro­ piedad pública, la Compañía Argentina de Transporte Automotor (CATA), era un producto de las nacionalizaciones de la primera pre­ sidencia peronista y se convirtió en un blanco natural de las privatizaciones bajo el gobierno de Frondizi, debido a que hasta los choferes de ómnibus consideraban que estaba deplorablemente mal administrado. El sindicato resistió los planes de privatización y con­ traatacó con una propuesta propia para establecer una cooperativa obrera que administrara la compañía. A fines de 1962, sin embar­ go, un gobernador militar finalmente llevó a cabo la largamente ame­ nazada privatización de la empresa. La CATA fue disuelta, las líneas de ómnibus se vendieron a inversores privados, y López, la UTA y la posición de línea dura dentro de los legalistas se eclipsaron momen­ táneamente, aunque el gremio reaparecería varios años después, una vez más con la conducción de López, en los acontecimientos que rodearon al Cordobazo, y a principios de la década del setenta serviría como refugio a los militantes izquierdistas y peronistas.26 Como había ocurrido con la UOM, López y los sindicatos legalistas habían sido empujados a posiciones independientes con respecto a Vandor por consideraciones tácticas más realistas que vagamente ideológicas. Al tratarse de sindicatos ubicados de mane­ ra predominante en industrias no estratégicas que tenían poco peso nacional en el movimiento obrero peronista, los legalistas compren­ dieron que tenían escasas posibilidades de obtener apoyo de Bue­ nos Aires en sus luchas con los empleadores y el gobierno provin­ cial. Ni Vandor ñi la CGT estarían dispuestos a enredarse en dispu­ tas que, para ellos, eran cuestiones menores en lo profundo del in­ terior argentino. Por otro lado, una integración plena en el redil vandorista podía significar una subordinación de las necesidades

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gremiales locales a las de Vandor y los otros caciques sindicales porteños. Así, los legalistas insistieron en su independencia y resis­ tieron los solapados avances del varidorísmo. Aunque no deseaban aliarse con la vieja guardia, que incluía a la mayoría de los sindica­ tos ortodoxos (tampoco habrían sido bienvenidos), podían cooperar con éstos en pro de la autonomía sindical cordobesa. Su peronismo era un poderoso vínculo emocional, pero estaba subordinado a sus necesidades estratégicas. Las alianzas tácticas se anudaban para garantizar cierta protección contra la intervención a los sindicatos, prevenir el congelamiento de los fondos sindicales y oponerse a la panoplia de tácticas intimidatorias que Vandor tenía a su disposi­ ción. A lo largo de su historia, lo que más distinguió a todos los pero­ nistas cordobeses fue la preocupación por mantener su indepen­ dencia y maximizar su poder de negociación sin verse obligados a abandonar completamente el peronismo. Penetrando en el SMATA, Vandor obtendría lentamente el control de los sindicatos legalistas, los domesticaría y haría de ellos una corriente vandorista genuina dentro de la CGT cordobesa durante varios años. Pero la posterior aparición de los legalistas como la voz principal en Córdoba en fa­ vor de un movimiento obrero peronista militante no sería fortuita, y la victoria de Vandor resultaría efímera. Por consiguiente, ambas alas del movimiento obrero peronista en Córdoba procuraron mini­ mizar las interferencias exteriores. La UOM se unió a los ortodoxos y el SMATA a los legalistas precisamente porque sus centrales sin­ dicales pertenecían a la facción opuesta. Así, los intentos de Vandor de integrar el movimiento obrero peronista y transformarlo en un partido laborista independiente del control de Perón pero subordi­ nado a él mismo fueron rechazados tanto por los legalistas como por los ortodoxos. Que semejante movimiento obrero peronista disidente fuera po­ sible en Córdoba se debía en no poca medida a la presencia de otros sindicatos que estaban más allá del alcance del verticalismo sindi­ cal que tanto Alonso como Vandor querían restablecer. Los "inde­ pendientes” conducidos por Tosco eran en la ciudad los defensores más coherentes y vocingleros de la autonomía sindical cordobesa. En su bloque se contaban unos veinte sindicatos, entre ellos los tra­ bajadores gráficos, los de correos y telecomunicaciones, los de la sanidad y otros gremios pequeños. Alentaba su insubordinación el hecho de que casi todos fueran sindicatos federales, una de las dos formas de organización del sindicalismo argentino. A diferencia de gremios como la UOM, el SMATA y casi todos los grandes sindicatos industriales del país, los minoritarios federales disfrutaban del con­ trol de sus fondos, manejaban sus propias elecciones y eran menos

vulnerables a la intimidación que los que pertenecían a estructuras centralistas. La presencia de un sindicato federal determinado en

sus filas, Luz y Fuerza, hacía de los independientes una potencia en

la política obrera local. Luz y Fuerza era importante en parte debido

a su tamaño —era el más grande y rico de la ciudad después del

SMATA, la UOM y los sindicatos de Fiat— , pero sobre todo a causa de su energía, tanto literal como figurada. A través de su aptitud para controlar los cortes y apagones de energía, el sindicato de los

electricistas era el único de Córdoba capaz de paralizar de inmedia­ to la ciudad y desencadenar una crisis provincial e incluso nacio­ nal. Era un sindicato estratégico en una industria estratégica de la Córdoba industrial, un hecho que quedaría demostrado de manera reveladora en las dos grandes protestas obreras, el Cordobazo de

1969 y el Viborazo de 1971.

Sin embargo, la mayoría de los independientes se concentraban en industrias sin importancia estratégica que debían obediencia al bloque a causa de su larga tradición de lealtad radical, socialista o

comunista con anterioridad á los años peronistas. Unos cuantos de ellos se habían convertido a regañadientes al peronismo. De varios, en especial de los sindicatos de trabajadores gráficos y de la sani­ dad, se había apoderado el gobierno peronista a causa de su intratabilidad. Casi todos tenían un núcleo de sentimientos visceralmente antiperonistas que alimentaba una compleja red de inquinas y vendettas personales, así como de genuinas diferencias ideológicas y políticas. El sindicato de trabajadores gráficos y su secretario general, Juan Malvar, eran tan representativos de los independientes como Atiíio López y la UTA lo eran de los legalistas. Los gráficos, diseminados en docenas de pequeñas imprentas a lo largo y lo ancho de la ciu­ dad, tuvieron entre 1955 y 1976 una cantidad de afiliados que nun­ ca bajó de 800 ni rebasó los 1.200. Malvar, fumador empedernido cuyos bigote cuidadosamente recortado y aire melancólico le daban la apariencia de un cantor de tangos más que de un dirigente gre­

mial, llevó a una lista radical al poder en las elecciones sindicales de

1958 y siguió siendo uno de los líderes laborales no peronistas más

activos de la ciudad hasta el golpe de 1976. Malvar y otros indepen­ dientes observaban con absorta satisfacción los altercados dé los peronistas locales. En sus alianzas tácticas preferían a ios legalistas por lo que se consideraba la mayor lealtad de éstos a la clase obrera por encima de intereses meramente personales, pero sólo se aliaron con ellos cuando esto pareció mejorar las posibilidades de mante­ ner un movimiento obrero cordobés políticamente pluralista. Sindicatos como el de los gráficos nunca cuestionaron el lideraz­ go de Luz y Fuerza entre los independientes, en parte porque la

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importancia estratégica de sus trabajadores dejaba pocas dudas acerca de la justicia de su pretensión de autoridad en la alianza, pero sobre todo a causa del prestigio de Agustín Tosco en los círcu­ los obreros locales. Tras ser sólo uno entre varios activistas sindica­ les no peronistas de Luz y Fuerza a principios de los años cincuen­ ta, Tosco, hacia fines de esa década, se había convertido en uno de los portavoces principales de un movimiento obrero pluralista en la ciudad. Sería la figura dominante del movimiento obrero cordobés en los siguientes quince años y dirigiría la evolución ideológica de los independientes cuando éstos pasaron de una perspectiva va­ gamente antiimperialista a una posición más genuinamente socia­ lista en cuestiones de planificación económica nacional y reforma política. De naturaleza solitaria y austera, después de su llegada a Córdo­ ba Tosco había dedicado el tiempo libre que le dejaba su empleo en

el taller electromecánico de la Empresa Pública de Energía de Cór­

doba (EPEC) a sumergirse en la literatura socialista, exhibiendo un ascetismo y una autodisciplina que sin duda formaban parte de la tradición obrera argentina, pero que en su tiempo chocaban con el desprecio general en que los peronistas tenían a los trabajadores intelectuales y lectores. Lo que impedía sus burlas tal vez fuera su imponente presencia física, al haberse convertido el adolescente

larguirucho en un hombre de hombros anchos y poderosos ante­

brazos, cuya fortaleza revelaba los primeros años pasados en el campo. Es más probable, sin embargo, que las desalentara su indi­ ferencia ante las aprobaciones y su evidente inteligencia. El gringo Tosco se ganó con rapidez una reputación como uno de los voceros más capaces e inteligibles del movimiento obrero, y mereció gran respeto y afecto en los círculos sindicales cordobeses, lo mismo peronistas que no peronistas. Con la certeza y algo de la obstina­ ción del autodidacta, Tosco nunca vaciló en los supuestos morales

y la ideología política de su tempranamente adquirida cultura

marxista. El movimiento independiente fue en gran medida su crea­ ción personal, y él y sus colaboradores más cercanos supervisaron cuidadosamente su evolución política. No obstante, las indudables dotes de Tosco podrían haber que­ dado en la nada de no haber pertenecido al sindicato de Luz y Fuer­ za. Los trabajadores de éste eran por entonces los únicos realmente capaces de encabezar una corriente antíuertícalista en el movimien­ to obrero cordobés. Luz y Fuerza había comenzado a distanciarse de la jerarquía gremial peronista poco después de la elección de Tosco como secretario general en 1957. Esto fue posible porque el sindicato estaba en una posición favorable en comparación con la mayoría de las organizaciones obreras de la ciudad. Sus energías

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no se malgastaban en agotadores programas de construcción gre­ mial ni se preocupaba por problemas laborales destacados. El sin­ dicato y su relación con la EPEC eran cuestiones que habían sido decididas durante los años peronistas. Como empresa estatal dedi­ cada a un servicio público que dependía de los presupuestos nacio­ nal y provincial y no de las ganancias anuales, la EPEC tenía por esa razón menos que temer de su mano de obra que IKA, Fiat, los propietarios de los talleres metalúrgicos y todas las otras industrias privadas de la ciudad. Los trabajadores de Luz y Fuerza disfrutaron de un status relati­ vamente privilegiado en la clase obrera local durante esos años. Los despidos eran raros, y la rápida expansión producida desde la déca­ da de 1930 se tradujo en mayores oportunidades de trabajo, movili­ dad dentro de la empresa y algunos de los salarios más altos del país. En 1960, los lucifuercistas constituían la cuarta categoría mejor pa­ gada de los trabajadores argentinos, y finalmente llegaron a estar sólo por debajo de los de las industrias automotriz y química.27 De este modo, Tosco y sus más estrechos colaboradores en el sindicato te­ nían las manos más libres para ocuparse de problemas que eran esencialmente políticos. Tales proyectos políticos podían incluir de todo, desde oponerse a un plan gubernamental que pondría fin al monopolio estatal de la energía eléctrica, una campaña exitosamente montada en 1958 a la que se dio forma de cuestión antiimperialista, hasta construir una alianza obrera pluralista en Córdoba. Como en todos los sindicatos de la ciudad, dentro de Luz y Fuer­ za había una intensa vida política. En la historia del movimiento obrero cordobés siempre es necesario tomar en cuenta la política intrasindical, dado que ésta influía en la conducta gremial lo mismo que en la relación de un sindicato con los demás, con la CGT y con el Estado. Las características más salientes de Luz y Fuerza eran su alto grado de afiliación sindical —que hacia principios de la década de 1970 llegó al 98%— , su pluralismo político, el espíritu democrá­ tico que lo impregnaba y la debilidad relativa de sus activistas pero­ nistas. El monopolio peronista de los cargos sindicales había termi­ nado en 1957 con la victoria de la heterogénea lista de Tosco, que llevó al poder al círculo que guiaría al sindicato, ya fuera desde su sede o clandestinamente, hasta el golpe de 1976. indudablemente, la mayoría de los lucifuercistas del sindicato se identificaban como peronistas. No obstante, las listas apartidarlas de Tosco se impu­ sieron por amplio margen en todas las elecciones posteriores, y los trabajadores de Luz y Fuerza fueron capaces, evidentemente, de con­ ciliar su identidad peronista con el apoyo a aquél. Por otra parte, el núcleo de activistas peronistas que ambicionaban hacer una carre­ ra sindical propia tuvo que adaptarse a la realidad de que no podía

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esperar ayuda desde afuera. La organización nacional de trabajado­ res de la energía eléctrica, la Federación Argentina de Trabajadores de Luz y Fuerza (FATLYF), fue controlada por un grupo mixto de independientes, comunistas y peronistas antiverticalistas hasta 1961. Como sindicato de estructura federal, Luz y Fuerza tuvo una existencia relativamente autónoma, y había pocas posibilidades de desplazar a Tosco sin un profundo apoyo de las bases. En consecuencia, la política sindical no desencadenó una áspe­ ra lucha interna por el poder dentro de Luz y Fuerza, en donde exis­ tía una relación excepcionalmente cooperativa y en general amisto­ sa entre los activistas peronistas y no peronistas. A diferencia del SMATA, en el que la rivalidad entre los peronistas y la izquierda era feroz y sólo se atenuó por el gradual aislamiento al que Torres so­ metió a los sindicalistas marxistas, durante muchos años Luz y Fuerza no tendría una vida política polarizada. No hay duda de que el balance del poder se había inclinado tan marcadamente en favor de Tosco, que los peronistas del sindicato decidieron aliarse con él y ganar con ello influencia al obtener puestos en el consejo directi­ vo. El líder de los peronistas de Luz y Fuerza, Sixto Cebailos, com­ prendió que el prestigio personal de Tosco y su reputación de nego­ ciador experto sólo aconsejaban una oposición decorosa y restringi­ da. A lo largo de los años sesenta y principios de los setenta, los peronistas a menudo ni siquiera decidieron presentar una lista pro­ pia, y nunca impugnaron seriamente la conducción de Tosco hasta la restauración del gobierno peronista en 1973. La aceptación por parte de Cebailos y los otros peronistas del pluralismo en el sindicato y de su propio status como oposición meramente formal no nacía únicamente de su pragmatismo. Lo mis­ mo que en gran parte del movimiento obrero cordobés, su identifi­ cación con el gremio y sus recelos y hostilidad hacia Buenos Aires daban forma a gran parte de su conducta. Su postura era también el producto de una estructura democrática interna. De todas las or­ ganizaciones obreras de la ciudad, Luz y Fuerza era la que más prac­ ticaba una democracia sindical participativa, realizando frecuentes asambleas abiertas para debatir cuestiones de importancia y votar los convenios colectivos, los llamados a la huelga y los asuntos gre­ miales en general. En un sindicato que nunca llegó á contar con más de 3.000 afiliados y que tenía un delegado cada veinte trabaja­ dores, los niveles jerárquicos entre la conducción y las bases eran pocos, una situación fortalecida por la ausencia de puestos pagos y la necesidad de que todos los dirigentes, Tosco incluido, conserva- ran sus empleos y trabajaran la jornada completa.28 Todos los lucifuercistas se identificaban con esta tradición sindical y conser­ vaban celosamente la independencia de su gremio con respecto a

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Vandor y otros caciques obreros porteños, muchos de los cuales tenían credenciales peronistas que parecían sospechosas para los peronistas combativos del sindicato, después de que Vandor y sus discípulos cam­ biaran la retórica y militancia incendiarias de la Resistencia por re­ uniones de directorio con industriales y oficiales del Ejército.

Los equilibrios de poder existentes dentro de y entre los sindica­ tos cordobeses hacia 1960 sufrieron cambios importantes en los seis años siguientes, pero el carácter fundamental de la política del movimiento obrero cordobés siguió siendo el mismo. Los cambios fueron el resultado de condiciones existentes en cada una de las industrias y de las vicisitudes de la política nacional. En el plano nacional, Vandor y los caciques obreros peronistas de Buenos Aires reforzaron su campaña verticalista e intensificaron el hostigamien­ to contra las opiniones disidentes y sus rivales en los sindicatos. Vandor también procuraba construir su propia carrera política y favoreció los preparativos para liberar al movimiento obrero de sus amarraduras peronistas, al menos de las que se extendían desde Madrid, donde Perón vivía exiliado. Durante los seis años siguien­ tes, el movimiento obrero peronista sería atormentado por disputas destructivas, divisiones y ruptura de organizaciones, presentadas por algunos como conflictos entre el peronismo colaboracionista y el combativo, pero que en realidad eran una lucha más innoble por el poder y la influencia ya que la conducción sindical peleaba por el control del proscripto pero aún formidable movimiento de Perón. Los sindicatos cordobeses fueron afectados por estas desavenen­ cias y luchas de poder, pero también permanecieron aislados de ellas en mayor medida que cualquier otro grupo provincial. La peculiar con­ figuración del movimiento obrero cordobés, la presencia de sindicatos izquierdistas agrupados en los independientes de Tosco, la existencia de los sindicatos de planta de Fiat y la conducta independiente de la conducción peronista en casi todos los otros gremios obstruyeron los designios de Vandor. El peronismo cordobés tenía tina índole diferen­ te, e incluso dirigentes de la UOM local como Jerónimo Carrasco y Alejo Simó seguían exhibiendo un grado de independencia que era impen­ sable en cualquier otra parte del país. El pluralismo del movimiento obrero cordobés, en la medida en que no los amenazara en sus propios sindicatos, beneficiaba a los peronistas localesy hacía posible su inde­ pendencia. Por un lado, la vigilancia de los independientes y la izquier­ da les impedía practicar un estilo muy burocrático —"sindicalismo de sillones’', como lo llamaba burlonamente Tosco— y aumentaba su le­ gitimidad entre las bases. Por el otro, la coexistencia les proporcionaba aliados locales y los protegía de Buenos Aires.

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Para Vandor, el SMATA asomaba como el principal obstáculo a un movimiento obrero cordobés uniñcado y obediente, plenamente integrado en la jerarquía sindical peronista. La UOM nacional tam­ bién codiciaba los sindicatos de Fiat y comenzó una campaña a fin de recuperar para el gremio a los trabajadores de Ferreyra, pero Fiat no era una prioridad. La UOM cordobesa conservaba una posición firme en el complejo, dada su juxisdicción sobre los trabajadores de Concord, y una prematura afiliación del resto del personal de Fiat no serviría a otro propósito que el de apuntalar la fuerza de un sin­ dicato que ya tenía una mentalidad demasiado independiente. La UOM local no retiraría su apoyo a los ortodoxos hasta que cambios en el equilibrio de poder dentro del movimiento obrero cordobés la obligaran a hacerlo. El mayor problema para Vandor era el SMATA de Torres, que hacia 1962 era claramente el sindicato más poderoso de la ciudad. Por otra parte, Vandor no podía confiar en que una poderosa central sindical de los trabajadores mecánicos controlara a su díscola regional cordobesa. El SMATA central, un joven sindi­ cato de una joven industria, aún era relativamente débil a princi­ pios de los años sesenta y, de todos modos, estaba aliado con el rival de Vandor, Alonso. Como todavía no existía una burocracia poderosa y centralizada del SMATA y como los convenios colectivos de la industria automotriz eran elaborados en el nivel de cada em­ presa y no en el de la industria en general, no había manera de dis­ ciplinar eficazmente al SMATA cordobés u obligarlo a seguir las di­ rectivas de Buenos Aires. Torres aprovechó la situación para con­ servar en sus manos tanto poder como le fuera posible, y evitó há­ bilmente enredos comprometedores mientras seguía en la búsque­ da de un sindicalismo independiente que era más peronista en su vocabulario político y sus exhibiciones públicas de respeto por la iconografía del movimiento que en su participación activa en la po­ lítica sindical peronista. Entre 1960 y 1962, los dirigentes peronis­ tas del SMATA cordobés tendieron a concentrarse en asuntos de su propio sindicato. A pesar de los logros obtenidos en el contrato de 1960, aún se encontraban en una posición precaria. Activistas sin­ dicales de izquierda del Partido Comunista y los pocos y sueltos de lengua miembros de la Facción Trotskista de Obreros Mecánicos, perteneciente al pequeño Partido Obrero Trotskista, mantenían una oposición vigilante y crítica, en especial contra el manejo que los peronistas del sindicato hacían de la sensible cuestión del control del trabajo, y en general estaban preparados para explotar en su beneficio cualquier desliz de la conducción sindical.29 Después de firmar el contrato de 1960, la principal preocupa­ ción de Torres siguió siendo el fortalecimiento constante del apara­ to sindical y no la política laboral peronista. Luego de su victoria en

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las elecciones gremiales de noviembre de 1960, Torres y los pero­ nistas del SMATA comenzaron a consolidar su dominio de la ma­ quinaria sindical y a ganarse la lealtad de las bases. La conducción del sindicato necesitaba obtener concesiones del directorio para aumentar su reputación entre los trabajadores como supervisor efi­ caz, y sin duda indispensable, de su bienestar. Con ese objetivo, Torres comenzó a cultivar vínculos personales con funcionarios de la empresa. Además de relacionarse con el presidente de IKA, Ja­ mes McCloud, estableció una estrecha relación de trabajo con el director de personal, Manuel Ordóñez. La amistad de Torres con éste le permitió consultarlo y negociar directamente los contratos del SMATA entre 1960 y 1966. En privado, sometía las propuestas de las comisiones paritarias (comisiones de negociación colectiva) a Ordóñez, dándole a conocer los límites de las concesiones por parte del sindicato y a menudo obteniendo aumentos salariales sustan­ ciales para los trabajadores de IKA de manera pacífica y sin tener que recurrir a la acción huelguística.30 No obstante, el compromiso tenía sus limites, y Torres comenzó a basarse más en sus propios recursos y en los del sindicato para obtener beneficios de la empresa y aumentar con ello la reputación del SMATA entre los trabajadores. El personalismo pasó a ser una táctica general de la conducción gremial. Las asambleas abiertas en el Córdoba Sport Club ya se habían convertido en una institución del SMATA, pero después de 1960 Torres mostró una mayor incli­ nación por su convocatoria. El motivo sólo podía haber sido incre­ mentar la visibilidad de su presencia y la identificación de los traba­ jadores con el sindicato, dado que las cuestiones de real significa­ ción se decidían a través de los procedimientos formales de la deli­ beración sindical en las comisiones internas o en consultas priva­ das entre Torres y la conducción del gremio, no en asambleas abier­ tas. Sin embargo, tales gestos no carecían de efectos, y contribuye­ ron a fomentar entre los trabajadores la sensación de participación directa en el manejo de los asuntos sindicales. Los otrora apáticos jóvenes trabajadores identificaban cada vez más sus intereses con el SMATA, en no pequeña medida gracias a las enormes aptitudes de Torres como organizador sindical. Éste y el consejo ejecutivo se habían convertido en presencias permanentes en la base fabril de las plantas de IKA. Adoptaron una postura solícita, camaraderil pero paternal, que estaba de acuerdo con la verdadera tradición del movimiento obrero peronista. Culti­ var lazos personales en un plantel obrero que ya se contaba por miles no era fácil, pero parece que durante esos años Torres estableció un grado de familiaridad extraordinaria con los trabajadores de IKA, ayudado por su gran energía personal y su notable memoria, que le

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permitía recordar los nombres, la historia familiar y hasta los proble­ mas de salud de cada trabajador con una exactitud prodigiosa. Lo que es aún más revelador, en su discurso adoptó un tono peronista combativo que hizo aparecer cada lucha gremial como una dura ba­ talla y cada logro, ya fuese indoloramente conseguido de los funcio­ narios de la empresa en conversaciones amistosas o ganado áspera­ mente a través de huelgas, como el resultado de la vigilancia y el vigor del SMATA. Los jóvenes agricultores, los ex trabajadores de IAME y otros que habían entrado a las plantas sólo unos años antes, estaban aprendiendo el valor de la representación sindical —de hecho, nunca se les permitía olvidarlo— en la medida en que Torres y sus colabora­ dores, ahora llamados torrístas por los trabajadores con más afecto que enemistad, comenzaban a inculcar tal vez no una conciencia de clase, pero sin duda sí una conciencia gremial3' Las visitas de Torres a las bases se hicieron cada vez más infre­ cuentes después de comienzos de la década de 1960, pero su tácti­ ca de hacer las cosas a tambor batiente, junto con el prestigio que le otorgaban una afiliación peronista aun meramente formal y los sig­ nificativos logros en salarios y beneficios obtenidos bajo su admi­ nistración del sindicato, permitieron a los peronistas del SMATA no sólo conseguir el apoyo de las bases sino también neutralizar gra­ dualmente la oposición izquierdista en las plantas de IKA. Una pur­ ga abierta no era factible; la probable reacción negativa de los otros sindicatos de la ciudad siempre pesó mucho en los cálculos de To­ rres. No obstante, estaba consiguiendo efectivamente su aislamien­ to sin un ataque frontal, y sólo las acciones de la empresa compro­ metieron su éxito. Torres y la conducción sindical peronista habían demostrado destreza en la negociación y obtención de contratos favorables para los trabajadores del SMATA, pero eran vacilantes e ineficaces para oponerse a las prerrogativas del directorio en la base fabril. IKA re­ accionó ante las primeras señales de estrechamiento del mercado interno de autos intentando incrementar la productividad obrera y reduciendo en general los costos laborales. Su enfoque inicial no consistió en realizar despidos masivos, a sabiendas de que el sindi­ cato reaccionaría con huelgas y tal vez incluso con ocupaciones fa­ briles. En cambio, decidió hacer en primer lugar pequeños recortes en sus costos laborales y comenzar una campaña de productividad concebida tanto para reducir su mano de obra mediante el desgaste como para maximizar la relación costos-eficacia. Sólo en 1961 los informes de la empresa comenzaron a quejarse de los costos laborales inflados y a lamentarse por la mayor efica­ cia, real o imaginaria, de sus nuevos competidores en Buenos Aires. Lo más común eran las quejas por las faltas de los operarios de las

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líneas de montaje (líneas de proceso continuo}, de quienes se decía que no lograban mantenerse a la par con los ritmos de producción establecidos. Para aumentar la productividad de los trabajadores, a fines de 1961 IKA comenzó a instalar una serie de señaíes lumino­ sas de advertencia a lo largo de las líneas de montaje para indicar cualquier interrupción en el flujo de trabajo.32Estas luces de adver­ tencia y la campaña de productividad en general fueron responsa­ bles de mayores tensiones en la base fabril y plantearon nuevas exigencias a Torres y la conducción sindical. Cuando IKA decidió, a fines de 1962, que sus costos laborales aún eran excesivos y co­ menzó a realizar despidos masivos en las plantas de Santa Isabel, que alcanzaron a 1.500 personas en diciembre, incitando a una respuesta violenta de los trabajadores, Torres se vio obligado a res­ petar el voto de los operarios de los tres tumos de la empresa en favor de una huelga.33 Envalentonada por la desaprobación popular a las tácticas vio­ lentas adoptadas por algunos trabajadores, IKA se negó a negociar los despidos, y la perspectiva de una huelga prolongada y posible­ mente fatal convenció a Torres de aceptar la ayuda de Vandor. Más de cinco años de trabajo en la construcción de un sindicato inde­ pendiente se vieron súbitamente en peligro por la intransigencia de IKA. AI parecer, sería necesario el apoyo de Vandor y de otros sindi­ catos para aguijonear al gobierno a fin de que interviniera y llevara a la empresa a la mesa de negociaciones. Vandor respondió al aprieto en que se encontraba Torres, y bajo la amenaza de una huelga ge­ neral de la UOM en una disputa que era enteramente cosa de los trabajadores mecánicos cordobeses, el gobierno ejerció presiones para lograr una solución, logrando que la compañía cediera e ini­ ciara las negociaciones.34Con eí peso de Vandor y la UOM tras de sí, Torres se las ingenió para conseguir en abril de 1963 un acuerdo que cancelaba los despidos a cambio de una jomada laboral redu­ cida, salvando con ello a la conducción del SMATA de una derrota potencialmente humillante. Para Torres, el costo sería un alinea­ miento más estrecho con Vandor y, al menos por un tiempo, una pérdida de la independencia celosamente guardada del SMATA. Mientras Torres y los peronistas del SMATA procuraban recupe­ rarse de estos acontecimientos, la UOM cordobesa intentó fortale­ cer su posición en el movimiento obrero local. Su líder, el lacónico y metódico Alejo Simó, había logrado controlar el sindicato en víspe­ ras de la pérdida de los trabajadores de Fiat. Simó y otros miembros de la UOM reaccionaron negativamente ante la defensa menos que entusiasta que el secretario general del sindicato, Jerónimo Carras­ co, hizo de la jurisdicción de éste sobre los trabajadores de Fiat y ante el cierre reciente de la fábrica de Conarg, uno de los establecí-

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mientos metalúrgicos más grandes de la ciudad.35 Simó ganó las elecciones gremiales de 1963, en gran medida por la cuestión de la afiliación de Fiat, y poco después comenzó una campaña para que se revocara la decisión gubernamental de reconocer los sindicatos por empresa de aquella compañía, en lo que fue el inicio de uno de sus muchos flirteos episódicos con Vandor para obtener el respal­ do del caudillo de la UOM en la campaña de afiliaciones. Simó fue pronto la figura dominante entre los ortodoxos, y junto con Torres, Tosco y López representarían a lo largo de los quince años siguien­ tes una tendencia distintiva del movimiento obrero local —distinti­

va en términos de tácticas, alineamientos políticos y prácticas sin­ dicales— . Sus modales flemáticos parecían fuera de lugar en el rudo

y turbulento mundo del sindicato metalúrgico, en el que las rivali­ dades a menudo terminaban en violencia y donde el patoterismo y

el pistolerismo eran parte constante de la vida gremial, no obstante

interpretaciones revisionistas del movimiento obrero peronista. El plácido exterior de Simó ocultaba una aguda percepción de las rea­ lidades y oportunidades políticas del momento y una crueldad des­ nuda que podía emplearse cuando la situación parecía requerirla. Agilmente, modificó sus alianzas y retuvo el poder mientras otros personajes del movimiento obrero caían víctimas de su idealismo e inocencia política.

El SMATA y la UOM se habían convertido en lo más parecido a aliados locales que Vandor tenía en Córdoba. Como cada uno de ellos conducía una de las dos corrientes del movimiento obrero pe­

ronista en la ciudad, los legalistas y los ortodoxos respectivamente,

a Vandor le parecieron factibles la unificación del peronismo cordo­

bés y su integración a la estructura verticalista. Pero dos factores conspiraban contra el verticalismo en Córdoba: los continuos esfuer­ zos de peronistas como Torres y Simó por conservar tanta indepen­ dencia como fuera posible con respecto a Buenos Aires y la presen­ cia de Tosco y los independientes. Ni Torres ni Simó ansiaban una confrontación con Tosco y no estaban dispuestos a participar en una campaña para desarmar a los independientes. Como resultado, Vandor y los caciques obreros de Buenos Aires tuvieron que confiar en sus propios recursos y sólo pudieron contar con la neutralidad de los peronistas locales en su intento de llevar a Córdoba al redil verticalista. En 1963, por ejemplo, Vandor financió una campaña de prensa para desacreditar a los dirigentes obreros independien­ tes, como Tosco y Malvar. En los diarios cordobeses se publicaron rumores acerca de sombrías conexiones extranjeras y la pertenen­ cia a siniestras camarillas foráneas, en especial la participación en una putativa conspiraciónjudía internacional llamada sinarquía in­ ternacional, durante mucho tiempo un cuco peronista, e historias

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similares fueron corrientes en los círculos sindicales a lo largo del año, pero Torres y Simó se abstuvieron de unirse a los ataques.3^ Tosco respondió a ellos retirando efectivamente a Luz y Fuerza y a los independientes de la política obrera nacional. Durante toda la presidencia de Illia, desde fines de 1963 hasta el golpe de Onganía en junio de 1966, los independientes cordobeses se concentraron en una estrategia provincial para proteger la integridad y el plura­ lismo ideológico del movimiento obrero local. El 4 de noviembre de 1963, la CGT central de Buenos Aires intervino la CGT cordobesa, como primer paso hacia el establecimiento de una central obrera local completamente peronista. Simó fue nombrado delegado regio­ nal para supervisar su reestructuración y coordinar el plan de lu­ cha de la CGT nacional, ocupaciones fabriles en todo el país y una huelga general contra el gobierno de Illia.37Se esperaba que Torres cooperara desde su nuevo puesto de secretario general de la CGT cordobesa. Sin embargo, ni él ni Simó satisficieron plenamente las expectativas de Vandor. Tosco y los independientes reaccionaron con hostilidad al plan de lucha de éste contra el gobierno de Illia y sólo dieron un tibio apoyo a la huelga general del 27 de mayo de 1964, haciendo conocer con ello que los independientes cordobeses tenían intenciones de permanecer fuera de los límites del verticalismo, aunque estaban dispuestos a cooperar con los peronistas locales que respetaran la diversidad del movimiento obrero cordobés-38Los ortodoxos y los legalistas no dieron ningún paso para disciplinar a los independientes en el momento de la huelga, a la que apoyaron activamente con ocupaciones de fábricas, y tampoco lo hicieron en los dos años restantes del gobierno de Illia. Tosco, Malvar y otros dirigentes obreros no peronistas siguieron participando activamen­ te y como miembros con voto en la CGT cordobesa. Torres y Simó, eran socios a regañadientes de la campaña verticalista, no a causa de alguna inclinación al juego limpio y ni siquiera por respeto al pluralismo ideológico en el movimiento obre­ ro cordobés, sino más bien como resultado de una fría evaluación de las escasas posibilidades de éxito de la campaña y de su propio deseo de mantenerse libres de Vandor. Esto último quedó demos­ trado de manera convincente sólo dos semanas antes de la huelga general de mayo de 1964, cuando Tosco, postulándose con una pla­ taforma extremadamente crítica con respecto a Vandor, obtuvo la reelección en Luz y Fuerza. Su lista Azul logró 1.114 votos contra 298 de la peronista, que sólo ofreció una oposición formal.39Por otra parte, la Lista de Tosco era la más pluralista hasta esa fecha e in­ cluía a muchos de los hombres —Ramón Contreras, Simón Grigatis, Felipe Alberti y Tomás Di Toffino— que serían sus más estrechos colaboradores en los años siguientes. En lo sucesivo, cualquier cam­

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paña verticalista debería tomar en cuenta el hecho de que los traba­ jadores de Luz y Fuerza no podrían ser domesticados simplemente eliminando a Tosco, y que la fuerza del sentimiento pluralista den­ tro del sindicato tenía raíces profundas. Había otros factores que también aconsejaban cautela. Hacia el fin del gobierno de Hila, ya había señales de que Luz y Fuerza estaba encaminándose más allá de los límites tradicionales del movimiento obrero argentino y cobraba estatura nacional como la voz de los disi­ dentes y los descontentos del movimiento de ios trabajadores. En el congreso obrero nacional de 1965, realizado en La Cumbre, en la cercana sierra cordobesa, sus representantes, Tosco en especial, lan­ zaron acerbos ataques contra la burocracia porteña y, por primera vez, hicieron referencias explícitas a su concepción del movimiento obrero como un instrumento de la “liberación naciona!”.40Cuantó más prominente y más franco en sus opiniones se volvía el sindicato, más reacios se mostraban los peronistas locales a participar en cualquier plan para aislarlo y eliminarlo como una fuerza del movimiento obre­ ro cordobés. Por otro lado, los vínculos de los peronistas cordobeses con Vandor y el movimiento obrero peronista hacían que por el mo­ mento una alianza con Tosco y los independientes estuviera fuera de la cuestión. El resultado fue una parálisis, una falta de disposición para cumplir los deseos de Buenos Aires y, no obstante, una re­ nuencia a unirse a Tosco y hacer de la CGT cordobesa la fuente de su fortaleza en los conflictos en sus respectivas industrias.

Las funestas consecuencias de la ineptitud de los sindicatos pero­ nistas locales para controlar su propia suerte se pusieron de relieve en la controversia de la afiliación de Fiat en 1964-1965. Este incidente demostró una vez más que Vandor estaba tan resuelto a limitar el poder de sus rivales potenciales entre los peronistas cordobeses como a inte­ grar a Córdoba al movimiento obrero nacional. Y, como en el pasado, el SMATA representaba una amenaza potencial. Vandor había apun­ tado a los sindicatos de Fiat como parte de su campaña verticalista, pero había riesgos implicados en ello. Si bien Torres y el SMATA ya no eran completamente libres con respecto a Buenos Aires, conservaban empero una independencia considerable, y acontecimientos recientes habían sugerido un papel aún más importante para ambos. Una de las modificaciones fue que los peronistas del SMATA ya no parecían tan vulnerables como sólo un año antes. La participa­ ción de las bases estaba aumentando y la posición de la conducción se había fortalecido, haciendo del SMATA cordobés el sindicato in­ dustrial más poderoso del interior de la Argentina y un rival digno de la UOM.41 La lista de Torres, por otra parte, había logrado una

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victoria decisiva en las elecciones de abril de 1964. No obstante, por el momento el SMATA cordobés permaneció leal a Vandor y apoyó sin éxito la lista vandorista en las elecciones de autoridades del SMATÁ central, realizadas ese mismo mes.42Por esa época, Torres estaba completamente sumergido en la política del movimiento obre­ ro peronista, preparándose para desempeñar un papel en la con­ ducción nacional y siendo mencionado en la prensa obrera como el “Vandor cordobés”. Era un consumado negociador gremial y estaba capacitado para los regateos políticos, siendo alternativamente com­ bativo y conciliatorio en la medida necesaria para asegurar su base sindical y propulsar sus ambiciones personales. De este modo, a principios de 1964 había signos de que Torres y el SMATA cordobés estaban recuperando parte del terreno perdido desde 1962 y de que el sindicato de los trabajadores mecánicos, que experimentaba un veloz crecimiento tanto en Buenos Aires como en Córdoba, podía llegar a convertirse en un serio rival de la UOM. Este nuevo estado de las cosas representaba un aprieto para Vandor. La campaña iniciada en 1964 para eliminar los sindicatos de planta de la empresa Fiat podría fortalecer aún más la posición del SMATA. Al estar ahora la planta de Concord completamente reconvertida a la producción automotriz, la decisión lógica sería la afiliación al SMATA y no a la UOM, por lo que Torres pedía pública­ mente jurisdicción sobre Ferreyra y ya había enviado a sus hom­ bres a las puertas de Fiat con fichas de afiliación. La situación se complicó aún más ante el deseo de la UOM cordobesa de seguir re­ presentando a los trabajadores de la planta de Concord y la exigen­ cia de Simó de que cualquier acuerdo con Fiat debía restablecer el statu quo previo a 1960, por el cual el gremio metalúrgico tenía la representación exclusiva de los trabajadores de la empresa. En 1964, un grupo de activistas radicales y democristianos de la plan­ ta de Concord, insatisfechos con la representación de la UOM e im­ pulsados, sin duda, por un estado de ánimo antiperonista, comen­ zaron a agitar en favor de la afiliación de los trabajadores de Concord al sindicato de la empresa, SITRAC. Con un comprensivo gobierno radical en el poder, la personería gremial fue otorgada a éste, y la UOM perdió su última jurisdicción en Ferreyra.43 La controversia de la afiliación de Fiat creció en encarnizamiento entre fines de 1964 y gran parte de 1965, en medio deí estanca­ miento de las negociaciones por los convenios colectivos y una en­ conada huelga en las plantas de Ferreyra en 1965. La ineptitud del SÍTRAC para negociar eficazmente con el muchísimo más poderoso directorio de la multinacional italiana desalentó hasta a los más entusiastas defensores originales del sindicato de planta. En 1965, el sentimiento obrero era abrumadoramente favorable a la afiliación

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al SMATA, y el primer paso hacia esa meta se dio el Iode abril de ese año, cuando los trabajadores de la planta de Grandes Motores Diesel votaron casi por unanimidad en favor de la pertenencia al sindicato de los mecánicos, una votación posteriormente refrendada por el Ministerio de Trabajo.44 El SMATA era aún anatema para la empresa, si bien Fiat siguió reconociendo la dificultad de mantener la paz laboral en las plantas sin ninguna representación sindical peronista. Para evitar la larga­ mente temida perspectiva de la afiliación al SMATA, parece que Fiat celebró un trato con Vandor y Simó, quien ahora se desempeñaba como diputado peronista y dividía su tiempo entre Córdoba y Bue­ nos Aires. La UOM trasladó alrededor de 80 de sus activistas sindi­ cales de laS plantas de Fiat bajo su jurisdicción en Buenos Aires a Córdoba. La empresa los dejó ingresar a las plantas de Ferreyra como trabajadores recién contratados, y a pesar de una sospecha inicial entre los obreros acerca de los recién llegados, éstos pronto controlaron el bisoño SITRAC; al menos, ésta era la difundida creen­ cia entre los trabajadores de Fiat, en especial entre quienes dirigi­ rían las rebeliones fabriles en las plantas de Ferreyra varios años más tarde.45 La inesperada conducción de la huelga de i 965 por parte de los activistas de la UOM, una riesgosa jugada de Vandor para restable­ cer el prestigio del sindicato metalúrgico entre la mano de obra y obligar a Fiat a reconocer formalmente su jurisdicción, tomó por sorpresa a la compañía. La huelga terminó con una derrota ignomi­ niosa para el SITRAC, y Fiat prohibió la presencia de la UOM en sus, plantas, aunque los convenios colectivos de ésta serian utilizados como modelos para los propios contratos internos de la compañía durante el resto de la década. La empresa italiana admitió que sería necesaria al menos una representación sindical formal y de com­ promiso en las plantas para evitar la afiliación al SMATA, por lo que decidió mantener el SITRAC y transformarlo en un apéndice de su Departamento de Relaciones Industriales, a fin de que estuviera a las órdenes de la compañía más que de los trabajadores. Fiat pre­ servó los dos sindicatos de la empresa, SITRAC y SITRAM, como re­ presentantes institucionales de sus trabajadores, al mismo tiempo que se apoyaba en su combinación tradicional de políticas paterna­ listas y autoritarias más que en una genuina representación gre­ mial para manejar a su mano de obra. Su paternalismo, expresado era sus clubes deportivos y en una bien publicitada campaña para dar empleo a argentinos descendientes de italianos, junto con un status simbólico de “socios”, se profundizó después de la huelga de 1965.46La compañía exigió que SITRAC-S1TRAM mantuvieran en calma al personal y adhirieran al tradicional aislamiento de Ferreyra

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con respecto a la política laboral local y nacional, una tarea que los sindicatos de planta desempeñarían obedientemente durante el si­ guiente lustro. Torres no abandonó su campaña para incorporar a los trabajadores de Concord y Materfer. Sin embargo, vio que en esta cuestión la compañía no estaba dispuesta a rendirse, y él no quería emprender una lucha prolongada y probablemente fútil que podría poner en peligro la afiliación de los trabajadores de GMD. Tempora­ riamente, admitió la pérdida de los obreros de Fiat afiliados a sus sindicatos de planta.47 La continuidad de la existencia de estos sindicatos de empresa protegió a los independientes y reveló el ya peculiar carácter del sin­ dicalismo cordobés. Para los independientes de Tosco, su supervi­ vencia implicaba la preservación de un movimiento obrero inusual­ mente heterogéneo, que pusiera obstáculos a la campaña verticalista de Vandor. Si bien Fiat preservó sus sindicatos de planta, éstos fue­ ron durante años una nulidad en la política del poder del movimiento obrero cordobés. Vandor pudo mantener a los trabajadores de Fiat alejados del SMATA, pero no utilizarlos para fortalecer su posición en Córdoba o aislar a los independientes. Todo el asunto Fiat había mostrado precisamente cuán propicias eran las condiciones locales para un movimiento obrero pluralista y qué inapropiadas eran las tácticas de Vandor, dada su doble preocupación de apuntalar a los peronistas cordobeses y asegurarse de que no pudieran representar una amenaza a su control del movimiento obrero peronista en el plano nacional. A duras penas podía Vandor demandar verticálismo y pureza ideológica si estaba dispuesto a prestar su conformidad al aislamiento constante de la segunda mayor concentración de tra­ bajadores industriales de la ciudad. Tosco y los independientes cri­ ticaron la interferencia de la UOM en la controversia de la afiliación de Fiat y más tarde denunciaron el sindicalismo “amarillo" de los sindicatos de esa empresa, pero también eran conscientes de que el arreglo los protegía y estorbaba a Vandor. Para los peronistas cor­ dobeses, se trataba de una prueba más de que era necesario que sus intereses particulares fueran protegidos de Buenos Aires. En este caso en especial, Simó, la UOM y los ortodoxos habían perdido más que Torres, el SMATA y los legalistas, pero nadie estaba feliz con la interferencia de Buenos Aires ni con la exigencia de sacrificar necesidades locales a los cálculos estratégicos de Vandor, y en los años siguientes cada uno procuraría aumentar su independencia. En los primeros meses de 1966, cuando Vandor tuvo que enfren­ tar una serie de desafíos a su conducción por parte de su antiguo adversario José Alonso, así como a causa del propósito de los sindi­ calistas luego apodados