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Cuentos de Sabiduría y Felicidad

La historia trata de un sastre alegre que siempre cantaba mientras cosía. Un rico banquero que vivía arriba de su taller le dio una bolsa con 100,000 monedas para que tuviera una necesidad. Sin embargo, el sastre dejó de coser y perdió su alegría y tranquilidad, pensando solo en gastar el dinero. Antes de tres meses, devolvió el dinero al banquero, aprendiendo que las riquezas sin esfuerzo no dan felicidad.
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Cuentos de Sabiduría y Felicidad

La historia trata de un sastre alegre que siempre cantaba mientras cosía. Un rico banquero que vivía arriba de su taller le dio una bolsa con 100,000 monedas para que tuviera una necesidad. Sin embargo, el sastre dejó de coser y perdió su alegría y tranquilidad, pensando solo en gastar el dinero. Antes de tres meses, devolvió el dinero al banquero, aprendiendo que las riquezas sin esfuerzo no dan felicidad.
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La princesa sin palacio

Hubo una vez un reino en el que una antigua profecía hablaba de una princesa sin palacio. La profecía decía que una

vez que aquella princesa encontrase su palacio, sería la reina más justa y sabia que hubiera existido nunca. Aquel

reino tenía una familia real que vivió en su bello palacio durante generaciones, pero muchos años después, un gran

terremoto destruyó el palacio real, y en la catástrofe fallecieron el rey y la reina, dejando solas a sus dos hijas, las

princesas Nora y Sabina. Tras la desgracia, Nora comprendió que ella, la hermana mayor, posiblemente fuera la reina

de la que hablaba la profecía, y acompañada de la joven Sabina, dedicó todos sus esfuerzo a encontrar su nuevo

palacio. En sus muchos viajes conocieron a un viejo sabio, quien les entregó una vieja llave que debería abrir las

puertas del palacio.

- No tengo ni idea de dónde estará el palacio- dijo el anciano-. Sólo se me ocurre que probéis la llave allá donde

vayáis. Y Nora se llevó a su hermana de viaje probando aquella llave en todos los palacios que conocía. Cuando ya no

quedaron palacios, pensó que igual sería alguna casa importante, pero tampoco entre ellas la encontró.

Desanimada, perdió la esperanza de encontrar su palacio. Y llevaban tanto tiempo viajando y buscando, que nadie las

echaba de menos; tampoco tenían dinero ni joyas, y cuando llegaron a una humilde aldea, tuvieron que dedicarse a

vivir y trabajar el campo con aquellas gentes pobres y alegres, que sin saber de su realeza, las acogieron como a dos

pobres huérfanas. Las hermanas vivieron algunos años en aquel lugar. Trabajaron mucho y supieron lo que eran el

hambre y los problemas, pero todos las querían tanto que llegaron a sentirse muy felices, olvidando poco a poco su

pasado real. Una noche, ordenando las cosas de Nora, Sabina encontró la antigua llave. Divertida, se la llevó a su

hermana, quien nostálgica pensaba en el magnífico palacio que debía estar esperando en algún lugar.

- Igual queda algún pequeño bosque donde haya un palacio que no conocemos- dijo Nora, con un puntito de

esperanza.

- Pues sabes lo que pienso -respondió la pequeña-. Que no necesito más para ser feliz. Estuvimos meses viajando

solas de castillo en castillo para tener una vida de reinas, pero nunca he sido tan feliz como ahora, aunque no

tengamos gran cosa. Si yo tuviera que elegir un palacio -continuó alegremente, mientras bailaba junto a la puerta-

sería esta pequeña cabaña.- terminó divertida, al tiempo que con gesto solemne introducía la vieja llave en la puerta

de la cabaña.

Al momento, la habitación se llenó de luces y música, y de la vieja puerta comenzó a surgir un maravilloso palacio

lleno de vida y color, transformando aquel lugar por completo, llenándolo de fuentes, jardines y animales que

hicieron las delicias de todos en la aldea.

Sólo la humilde puerta de la cabaña seguía siendo la misma, recordando así a todos cómo Sabina la Maravillosa, que

así llamaron a su sabia reina, había encontrado en una vida humilde la puerta de la felicidad no sólo para ella, sino

para todos los habitantes de aquel país.


El alumno misterioso

Era una tarde fría, acosada por la brisa y las grandes gotas de agua que arrojaba el cielo y
ahí estaba Nito, sentado sobre una piedra, tratando de memorizar los números de la pizarra
a través de la ventana.

Cada vez que lo observaban, muchos de los niños se preguntaban que hacía ahí sentado,
pero nadie se preguntaba adónde iba después de que terminaran las clases.

Pasaban las semanas y Nito no se despegaba de los cristales. Los profesores continuaban
con su clase y simplemente lo observaban de vez en cuando, a lo que el pequeño contestaba
sonriendo, pues a pesar de todo era feliz.

Cuando los niños salían al descanso, Nito deseaba poder correr con los demás, pero era
imposible desde el otro lado de la verja del colegio. Además había un inconveniente, los
niños nunca hubieran querido acercarse a alguien como Nito, un pequeño con los zapatos
viejos y los pantalones remendados.

La tarde del seis de abril, Lucía, la profesora de geografía, escribió en la pizarra una
pregunta pero nadie respondía. Nito trataba de hablar a través de la ventana pero no le
prestaban atención. Continuó insistiendo hasta que la profesora abrió la ventana.

- Hola. ¿Te puedo ayudar en algo?- le preguntó Lucía.


- Es que yo sé la respuesta – respondió Nito con voz tímida-
- ¿Sí? Adelante entonces.

La respuesta de Nito sorprendió muchísimo a Lucía. ¿Cómo era posible que ese niño al que
veía a diario a través de la ventana supiese la respuesta mientras que ninguno de los niños
que asistían a su clase había sido capaz?

Al día siguiente, en clase de geografía, Lucía vio que el niño no estaba en la ventana.
Preguntó a los demás si lo habían visto pero nadie supo decirle qué había pasado con él, por
eso decidió salir a buscarlo al terminar las clases.

En el pueblo una anciana le señaló un descampado donde solía ver a unos niños jugando,
pensando que quizá ahí estaría Nito.

Cuando Lucía llegó a la cancha, sonrió al verle. Ahí estaba, tratando de hacer algo que a ella
le costaba creer; Nito les estaba explicando a los demás lo que ella enseñaba en clase.

Y lo más interesante era la manera en que lo hacía: utilizando pedazos de cartón y viejos
atlas con las páginas medio rotas.

Lucía, dejó salir sus lágrimas mientras se sentía orgullosa de lo que hacía el pequeño, que
por otro lado era completamente admirable.

Nito la vio y se acercó a ella tímidamente:


- Hola profesora, ¿le puedo ayudar en algo?

Ella contestó con los ojos llenos de lágrimas:


- ¿Me permite estar en su clase pequeño profesor?
El sastre alegre

Había una vez en un pueblecito costero un alegre sastre que cosía cantando todos los días
con la ventana abierta de su taller. Los habitantes de su pequeño pueblo se sentían alegres
por oírle todos los días comenzar así de contento. Pensaban que era el trabajador más feliz
del lugar por cantar todo el día, incluso cuando caía la nieve del más crudo invierno.

Encima del taller del alegre sastre vivía un rico banquero que estaba admirado de que con
tanta miseria pudiera estar siempre tan contento cantando. Un día decidió ir a su banco y
sacar un montón de monedas que guardó en una bolsita de tela azul. Caminó de nuevo
hacía su casa y antes de subir llamó a su vecino y le preguntó:
- Sastrecito, sastrecito. Permítame una pregunta. ¿Gana suficiente dinero al año para vivir?
- Es tan poquito señor que ni lo cuento, la verdad. Pero el dinero que trae pan y permite
vivir un nuevo día no se debe desagradecer.

La humildad del sastre y su sonrisa tocó el corazón del banquero que le entregó al sastrecillo
la bolsa de tela azul diciéndole:
- Buen Sastre, tome de mi parte esta bolsa con cien mil monedas y guárdelo con cuidado
para una necesidad.

Nuestro sastre le dio las gracias creyéndose poseedor de repente de todas las riquezas del
mundo. Guardó en su salón el oro debajo de un azulejo y desde ese momento decidió pasar
tres meses sin coser. Al día siguiente ya nadie cantaba en el pueblo.

Pero a partir de ese momento, no sólo el pueblo se volvió triste sino que el miedo a que le
robaran el dinero empezó a quitarle el sueño y la alegría al sastre y perdió la tranquilidad
porque pasaba el día pensando en qué gastar las monedas. Las inquietudes se convirtieron
en las fieles compañeras del pequeño sastre.

Mucho antes de que terminaran los tres meses de descanso del sastre, éste acudió a casa
del banquero y le dijo:
- Muy agradecido le devuelvo sus monedas. Deseo que la tranquilidad y la felicidad vuelvan
a mi casa y si algo he aprendido es que las riquezas sin esfuerzo no dan la felicidad.

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