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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

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Christie Golden

Cuando Azeroth era joven, los nobles titanes encomendaron a los cinco grandes vuelos
de dragón que protegieran aquel mundo en ciernes. Cada uno de los líderes de los
vuelos recibió una parte de los vastos poderes cósmicos de los titanes. Todos estos
majestuosos Aspectos de Dragón asumieron la responsabilidad de detener a cualquier
fuerza que amenazara la seguridad del mundo de...

Hace más de diez mil años, el Aspecto Dragón Negro, el demente Alamuerte, traicionó
a los vuelos de dragón, menguando así sus fuerzas y quebrantando su unidad. Su ataque
más reciente a Azeroth (el llamado Cataclismo) ha dejado el mundo sumido en el caos.
Entretanto, en La Vorágine, el corazón de la inestabilidad que asola Azeroth, Thrall, el
exjefe de guerra de la Horda, y otros consumados chamanes se esfuerzan por impedir
que el mundo se haga añicos ante el ataque de Alamuerte. Sin embargo, Thrall debe
afrontar otra batalla relacionada con su nueva vida como chamán del Anillo de la
Tierra, lo cual le impide valerse de sus habilidades sin parangón.

Como se ve incapaz de centrarse en sus obligaciones, Thrall acepta una misión en


apariencia muy poco importante que le ha sido encomendada de manera totalmente
inesperada por Ysera, la misteriosa Aspecto de Dragón verde. Esta humilde empresa
pronto se convierte en un viaje que recorrerá las diversas tierras de Azeroth y los
senderos de la misma historia y llevará a Thrall a contactar con los antiguos vuelos de
dragón. Estos dragones se encuentran divididos por culpa de los conflictos y la
desconfianza y se han convertido en presa fácil para una nueva y horrenda arma
liberada por los sirvientes de Alamuerte... una pesadilla viviente concebida para
exterminar a los guardianes alados de Azeroth.

No obstante, lo más preocupante es el hipotético futuro que ha atisbado Ysera; un


futuro sombrío y aterrador: la Hora del Crepúsculo. Para evitar que esta visión
apocalíptica se haga realidad, Thrall debe liberarse de sus dudas y descubrir cuál es su
lugar en el mundo, así podrá ayudar a los vuelos de dragón de Azeroth cuando se
enfrenten a…

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

CHRISTIE GOLDEN
EDITADO POR HUSSERL MARVIN

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AGRADECIMIENTO
El más sincero agradecimiento a Leandro por todo el esfuerzo,
dedicación y tiempo que nos brinda a todos los fans de Blizzard, es
gracias a su ayuda que podemos hacerles llegar estas maravillosas
obras.

El equipo de Lim-Books (ahora Blizzaddict) les trae este magnífico


y muy esperado libro.

Que lo disfruten.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Como este libro trata sobre cómo curar un mundo herido, me


gustaría dedicárselo a algunos de los maestros y sanadores que han
aportado tanto a ayudar a sanar a este mundo en el que vivimos.

Jeffrey Elliott
Greg Gerritsen
Kim Harris
Peggy Jeens
Anne Ledyard
Mary Martin
Anastacia Nutt
Katharine Roske
Richard Suddath
David Tresemer
Lila Sophia Tresemer
Monty Wilburn

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PRÓLOGO

Aunque había hablado sobre la Hora del Crepúsculo en la reunión,


había intentado advertir a los demás, su advertencia había caído en
saco roto; como si se tratara de un diminuto fragmento brillante
de... algo... la cuestión había sido barrida rápidamente con una
diligente escoba... cual fragmento de cerámica rota. Era...

Se mordió el labio inferior, meditabunda.

Si bien sabía que era el mayor reto al que jamás se iban a enfrentar
los vuelos de dragón, ignoraba a quién se iban a enfrentar. La hora
podría llegar muy pronto... o dentro de eones. ¿Acaso todo esto
tenía algo que ver con el regreso de Alamuerte? Seguro que sí... ¿o
no? El mundo se desmoronaba tras el Cataclismo, que era una de
las peores cosas que le habían pasado jamás a Azeroth.

¿Cómo iba a poder persuadir a los demás de la gravedad de la


situación cuando era incapaz de expresar con palabras la naturaleza
del peligro que se avecinaba? Entonces, profirió un leve gemido
repleto de contrariedad y frustración.

Aunque de una cosa estaba segura. Faltaban muchas piezas en ese


puzle, pero había una pieza clave que había que colocar para que el
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resto pudieran encajar luego en su sitio. Se trataba de una pieza


muy extraña, insólita como poco, y no estaba muy segura de cómo
iba encajar. Sólo sabía que debía hacerlo.

Ysera había visto a aquel sujeto entrando y saliendo de sus sueños.


Había creído que esa pieza entendía el papel que jugaba en el
esquema de las cosas, pero ahora, por muy raro que pareciera, algo
(una cierta certeza que intuía pero que no comprendía del todo) le
llevaba a pensar que todavía no había alcanzado a entender cuál era
la verdadera importancia que tenía esa pieza en el destino de
Azeroth.

Si bien no era un dragón, albergaba cierto interés por los vuelos de


dragón en lo más hondo de su corazón; lo supiera o no. Caminaba
entre mundos, aunque no buscaba conquistarlos ni mandar sobre
ellos ni destruirlos. Era un ser único.

Ladeó la cabeza, para dejar que el viento jugueteara con su largo


pelo verde. Quizá por esa misma razón encajaba en aquel
rompecabezas. Ni siquiera los Aspectos eran unos seres singulares,
a pesar de que cada uno de ellos poseía unas habilidades únicas. Al
principio, habían sido cinco en total, cuando los titanes aparecieron
en el mundo y decidieron compartir su poder con los Aspectos por
el bien de Azeroth. Ahora sólo eran cuatro; no obstante, pronto
volverían a ser cinco de nuevo, en cuanto los dragones azules
determinaron cómo iban a elegir a aquél que los iba a liderar.

Sin embargo, este ser era único.

Sólo había un Thrall.

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Thrall, antiguo jefe de guerra de la gran y poderosa Horda, quien


ahora era un chamán no más poderoso que aquéllos con los que en
la actualidad se hallaba, cerró los ojos con fuerza y se esforzó por
permanecer de pie. A sus pies, la tierra se estremeció: un patético
trocito de terreno que sobresalía de un océano turbulento lo azotaba
furioso mientras temblaba y se agitaba de dolor.

No hace mucho, un demente Aspecto de Dragón se había abierto


paso hasta Azeroth, provocando así que el mundo se desgarrara
totalmente. El loco Alamuerte se encontraba de nuevo libre en este
mundo y su violento regreso había dejado a Azeroth con una
enorme herida. Para aquéllos que aún no se habían rendido a la
desesperanza, Azeroth todavía podía sanar, pero nunca volvería a
ser lo que una vez fue.

En el corazón del mundo, en un lugar llamado la Vorágine, capas


de tierra que habían permanecido enterradas durante largo tiempo
se habían visto empujadas de manera violenta hacia la superficie.
Y era aquí donde se habían congregado aquéllos que trataban
desesperadamente de curar esas tierras devastadas.

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Eran chamanes, todos ellos muy poderosos, miembros del Anillo


de la Tierra que habían relegado a un segundo plano otra serie de
grandes deberes y fuertes responsabilidades para poder reunirse en
aquel lugar. Un solo chamán podía hacer muy poco. Muchos
chamanes, sin embargo, sobre todo si eran tan diestros y sabios
como todos los allí reunidos, podrían lograr mucho más.

Eran decenas; se encontraban solos o en parejas o conformando


pequeños grupos en aquellos islotes resbaladizos, mientras
intentaban seguir de pie sobre aquella tierra que no paraba de
estremecerse y agitarse. Tenían los brazos en alto; con esos gestos
imploraban y ordenaban. Y, aunque no se encontraban unidos en el
plano físico, sí lo estaban en el plano espiritual; asimismo, tenían
los ojos cerrados, mientras se concentraban todo lo posible en
confeccionar un hechizo de curación.

Los chamanes intentaban calmar a los elementos de la tierra, así


como animarlos a que se curaran ellos mismos. Si bien era cierto
que quienes habían sufrido graves heridas eran los elementos y no
los chamanes, también era cierto que los elementos eran mucho
más poderosos que los chamanes. Si la tierra pudiera permanecer
tranquila el tiempo suficiente como para recordar aquella verdad,
sería capaz de utilizar su vasto poder para sanar. Pero la tierra, las
piedras y el suelo, así como los mismos huesos de Azeroth, también
tenían que enfrentarse a otra profunda herida: la de la traición.
Puesto que el Aspecto de Dragón negro, Alamuerte, conocido en
su día como Neltharion, había sido el Guardián de la Tierra, a él se
le había encomendado la responsabilidad de protegerla y guardar
sus secretos. Sin embargo, ahora la tierra no le importaba nada, la
estaba haciendo añicos con suma indiferencia y de manera
demencial, haciendo caso omiso al caos que provocaba y al dolor
que causaba.

La tierra lanzó un lamento y se estremeció violentamente.

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—¡No cedan! —exclamó alguien, cuya voz resultó audible para


Thrall por encima del estruendo de la tierra que se agitaba bajo sus
pies y el impacto de las iracundas olas que pretendían empujarlos
de sus precarios asideros. Aquella voz pertenecía a Nobundo, el
primero de los Tábidos en haberse convertido en chamán. Esta vez,
le tocaba a él liderar el ritual y, de momento, lo había hecho con
maestría.
—¡Ábranse a sus hermanos y hermanas! ¡Siéntanlos, percíbanlos,
vean cómo brilla el Espíritu de la Vida dentro de ellos como una
gloriosa llama!

Junto a Thrall, en uno de los islotes más grandes recientemente


formados, se hallaba Aggra, una Mag’har, una descendiente del
clan Lobo Gélido, a quien Thrall había conocido en Nagrand y de
quien se había enamorado. Tenía la piel marrón y el pelo castaño
rojizo recogido en una coleta sobre una cabeza que estaba calva si
exceptuábamos esa trenza. Asimismo, agarraba a Thrall de la mano
con suma fuerza. No se trataba de realizar un conjuro delicado y
sutil, sino de catalogar las heridas del mundo y diagnosticar un
tratamiento, así como en qué orden debían atenderse esas lesiones.
Se encontraban de manera osada muy cerca del borde de unos
acantilados escarpados. El viento azotaba el océano a sus pies,
levantando olas que impactaban con un golpe sordo contra la
mellada roca. Todo debía calmarse para que pudiera iniciarse el
proceso de curación, pero era una opción muy arriesgada.

A Thrall se le tensaron todos músculos al intentar mantenerse en


pie en su sitio. Tenía demasiados frentes abiertos al mismo tiempo:
debía mantenerse en pie sobre aquella tierra que no cesaba de
agitarse para no caer a aquel océano hambriento repleto de afiladas
rocas, mientras intentaba hallar ese remanso de paz interior que le
permitiría conectarse en un nivel realmente hondo y profundo con
el resto de sus colegas chamanes. Ése era el espacio donde, si el
chamán tenía talento y estaba adecuadamente preparado, el Espíritu
de la Vida podría entrar; esa energía que permitía al chamán
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contactar con los elementos, interactuar con ellos y unirse con otros
que hacían lo mismo.

Podía sentir cómo el resto intentaba contactar con él; sus esencias
eran un oasis de calma en el caos. Entonces, redobló sus esfuerzos
por sumergirse en su fuero interno todavía más. Haciendo gala de
una gran fuerza de voluntad, Thrall controló totalmente su
respiración; evitó respirar en rápidos y superficiales jadeos, que
únicamente provocarían que la preocupación y la aprensión se
adueñaran de él, y se obligó a respirar el húmedo y salado aire
marino en largas y profundas inhalaciones y exhalaciones.

Inspira por la nariz... espira por la boca... extiende tu ser desde las
plantas de los pies hacia el interior de la tierra, entra en contacto
con ella a través de tu corazón. Agarra fuerte a Aggra, pero no te
aferres a ella desesperadamente. Cierra los ojos, abre tu interior, tu
espíritu. Halla el centro de tu alma y, en ese centro, encuentra la
paz. Coge la paz que halles ahí y únela a la de los demás.

A Thrall le sudaban las manos. Perdió el equilibrio y, por un


instante, resbaló. Con suma rapidez, recuperó el equilibrio y volvió
a respirar hondo para iniciar de nuevo el ritual de hallar ese
remanso de paz en su interior. Pero era como si su cuerpo tuviera
mente propia y se negara a escuchar las instrucciones de Thrall.
Quería luchar, hacer algo; no quedarse en pie, controlando su
respiración mientras intentaba hallar la calma. Quería…

Una luz apareció de repente; centelleó de manera tan brillante que


el orco fue capaz de verla a pesar de tener los párpados cerrados
con fuerza. Un terrible crujido retumbó con inusitada fuerza en los
oídos de todos los chamanes en cuanto aquel relámpago se estrelló
contra el suelo a una distancia demasiado cercana. Se escuchó
entonces un profundo rugido y la tierra se agitó de manera aún más
violenta que antes. Thrall abrió los ojos a tiempo para ver cómo un
descomunal fragmento de tierra, chamuscado tras haber recibido el
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impacto de aquel relámpago a sólo unos metros de distancia, se


desmoronaba bajo los pies de un goblin y un enano, quienes
gritaron sorprendidos. Se quedaron suspendidos en el aire sobre las
furiosas olas y las irregulares rocas, aferrados el uno al otro, y a la
mano del chamán que cada uno de ellos tenía situado a su lado.

—¡Aguanten! —exclamó el tauren que sostenía al goblin.


Entonces, clavó sus pezuñas al suelo con gran fuerza y tiró. El
draenei que tenía cogido al enano hizo lo mismo. Acto seguido, los
dos jadeantes chamanes goblin y enano fueron arrastrados hasta un
lugar seguro.
—¡Retirada, retirada! —gritó Nobundo—. A los refugios...
¡deprisa!

En cuanto uno de los islotes cercanos se desmoronó en pedazos, los


chamanes allí reunidos no necesitaron más apremio. Orcos y
tauren, trols y goblins, enanos y draeneis corrieron hacia sus
monturas y se subieron a lomos de aquellas temblorosas bestias, a
las que urgieron a regresar a los refugios situados en uno de los
islotes más grandes, a la vez que el cielo se desgarraba y caían de
él unas gotas de lluvia robustas y punzantes que golpearon la piel
de los chamanes. Thrall titubeó el tiempo suficiente como para
asegurarse de que Aggra se había subido a su montura alada y, a
continuación, conminó a su propio dracoleón a despegar.

Los refugios eran poco más que unas chozas improvisadas, situadas
tierra adentro, lo más lejos posible del mar, que estaban protegidas
por hechizos de vigilancia. Cada individuo o pareja sentimental
tenía su propia choza. Estas estaban dispuestas en círculo a lo largo
de una zona ritual más amplia y abierta. Los hechizos protegían a
los chamanes de las manifestaciones menores de elementos
furiosos como los relámpagos, aunque la tierra podría abrirse en
cualquier momento bajo sus pies. No obstante, ésa era una amenaza
que se cernía sobre ellos en todo momento, daba igual en qué lugar
se hallaran.
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Thrall fue el primero en llegar al refugio y sostuvo la piel de oso de


la entrada el tiempo suficiente como para que Aggra entrara como
un rayo en la choza; acto seguido, la dejó caer, la ató y la cerró. La
lluvia golpeaba de manera furiosa las pieles como si exigiera así
entrar, y la estructura temblaba levemente ante el azote salvaje del
viento. No obstante, sabían que aguantaría.

Thrall se quitó con rapidez la túnica, que se encontraba empapada,


y se estremeció levemente. Aggra hizo lo mismo en silencio; si se
quedaban con esa ropa húmeda puesta, era bastante más probable
que murieran de pulmonía que por culpa de recibir el impacto de
un relámpago que cayera sobre ellos al azar, aunque la pulmonía
conllevaría una muerte más lenta que el relámpago. Se secaron y la
húmeda piel de ambos, verde la de él y marrón la de ella, quedó a
la vista. A continuación, se pusieron ropa limpia y seca que sacaron
de un arcón. Después, Thrall se dispuso a encender un pequeño
brasero.

Pudo sentir los ojos de Aggra clavados en él y percibió que reinaba


una fuerte tensión entre ambos, pues los dos se estaban mordiendo
la lengua. Al final, fue ella quien rompió aquel incómodo silencio.

—Go’el —acertó a decir. Su voz, profunda y ronca, estaba teñida


de preocupación.
—No digas nada —replicó Thrall, quien se centró en calentar agua
para poder preparar unos brebajes calientes para ambos.

Se percató de que ella lo miraba con el ceño fruncido; entonces,


Aggra puso los ojos en blanco y se mordió la lengua de una manera
bastante ostensible para evitar replicarle. A Thrall no le gustaba
contestarle de esa manera, pero no estaba de humor para discutir
sobre lo que acababa de pasar.

El conjuro había fracasado y Thrall sabía que era por su culpa.


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Permanecieron sentados en medio de un silencio muy incómodo


mientras la tormenta seguía arreciando y la tierra continuaba
rugiendo. Al final, casi como un niño que hubiera estado llorando
hasta quedarse dormido, la tierra se fue calmando. Thrall intuía que
todavía no se hallaba en paz y distaba mucho de encontrarse curada
pero, al menos, ahora se encontraba tranquila.

Hasta los próximos temblores.

Casi de inmediato, Thrall escuchó el murmullo de una


conversación más allá de las paredes de su refugio. Tanto él como
Aggra abandonaron la choza de inmediato y se adentraron en aquel
día gris, pisando la tierra húmeda con sus pies descalzos. Otros
chamanes se estaban congregando en la zona central; sus rostros
reflejaban una honda preocupación, cansancio y determinación.
Nobundo se volvió hacia Thrall y Aggra mientras éstos se
aproximaban. Había sido un draenei, pero su porte ya no era
orgulloso; ya no era fuerte ni alto, sino que estaba encorvado, casi
deforme por culpa de haber estado expuesto a viles energías. Si
bien muchos tábidos eran siniestros y corruptos, Nobundo no lo
era. De hecho, para él había sido una bendición; su enorme corazón
se había abierto a los poderes chamánicos y había sido el primer
chamán entre los miembros de su pueblo. Junto a él se encontraban
varios draeneis, con sus cuerpos inmaculados, esbeltos e
impolutos. Aun así, para Thrall y muchos otros, Nobundo los
superaba a ser quien era.

En cuanto el Alto Chamán posó la mirada sobre Thrall, el orco


quiso apartar la mirada. Thrall respetaba tremendamente a aquel
ser (en realidad, a todos los chamanes congregados en aquel lugar)
y jamás había querido decepcionarlo. Pero lo había hecho.

Nobundo le indicó a Thrall que se acercara haciéndole un gesto con


una de sus descomunales manos.
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—Vamos, amigo mío —le dijo en voz baja, a la vez que observaba
al orco con suma bondad.

Gran parte del resto no mostraron una actitud tan gentil con él; de
hecho, Thrall pudo sentir cómo una serie de miradas iracundas se
posaban sobre él mientras se aproximaba a Nobundo. Los demás
chamanes se unieron a esta reunión formal en total silencio.

—Conoces el conjuro que intentamos lanzar —afirmó Nobundo,


cuya voz seguía transmitiendo calma—. Su finalidad es tranquilizar
y reconfortar a la tierra. Admito que es un sortilegio complejo, pero
todos los aquí presentes sabemos cómo hay que realizarlo. ¿Nos
puedes decir por qué tú...?
—Ve al grano —rezongó Rehgar.

Rehgar era un orco colosal y corpulento que estaba cubierto de


cicatrices de mil batallas. A primera vista, no transmitía la
sensación de ser alguien muy «espiritual»; no obstante, ésa era una
impresión realmente errónea. La trayectoria vital de Rehgar lo
había llevado de ser un gladiador a ser dueño de esclavos y, más
tarde, a convertirse en leal amigo y consejero de Thrall; sin
embargo, la vida aún le deparaba muchas más sorpresas. No
obstante, ahora, cualquier otro orco que no fuera el ex jefe de guerra
de la Horda habría temblado al sentir su ira.

—Thrall... pero ¿qué te ha pasado? ¡Todo hemos podido percibir


que no estabas concentrado!

Las manos de Thrall se cerraron hasta transformarse en puños de


manera involuntaria y el orco se vio obligado a calmarse.

—Sólo porque seas mi amigo no voy a permitir que me hables de


esa manera, Rehgar —replicó Thrall con calma, aunque con cierto
tono de furia en su voz.
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—Rehgar tiene razón, Thrall —aseveró Muln Furia Terrenal con


una voz grave y atronadora—. Es una empresa muy difícil, pero no
imposible... ni siquiera nos resulta extraña. Eres un chamán, uno
que ha superado todos los ritos genuinos de su pueblo. Drek’Thar
te consideraba el salvador de su pueblo porque los elementos te
hablaban a pesar de que llevaban callados muchos años. No eres un
niño inexperto al que haya que mimar y compadecer. Eres un
miembro de pleno derecho de este Anillo... un miembro honorable
y fuerte, si no, no estañas aquí. Aun así, te has desmoronado en un
momento crucial. Podríamos haber acallado esos seísmos, pero tú
has echado a perder nuestros esfuerzos. Tienes que decimos por
qué estás tan distraído para que así podamos ayudarte.
—Muln... —acertó a decir Aggra, pero entonces Thrall alzó una
mano.
—No pasa nada —respondió a Muln—. Simplemente, debemos
afrontar una tarea exigente y fatigosa en un momento en que tengo
muchas cosas en la cabeza. Nada más.

Rehgar masculló un juramento.

—Así que tienes muchas cosas en la cabeza —le espetó—. Pues el


resto también. ¡Pensamos en cosas tan triviales como que tenemos
que evitar que nuestro mundo se autodestruya!

Durante un segundo, la ira dominó por completo a Thrall. Sin


embargo, Muln habló antes de que el orco pudiera replicar.

—Rehgar, Thrall fue el líder de la Horda, no tú. No puedes saber


qué clase de pesadas cargas tuvo que soportar sobre sus hombros
en su día en virtud de su puesto; además, quizá todavía lleve sobre
su conciencia el peso de algunas de esas cargas. Además, hasta
hace muy poco poseías esclavos, ¡no eres quién para juzgarlo desde
un plano moral!

Entonces, se giró hacia Thrall.


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—No te estoy atacando, Thrall. Simplemente, intento dar con una


forma con la que podamos ayudarte, para que así tú luego puedas
ayudamos.
—Sé qué estás haciendo —replicó Thrall, cuya respuesta pareció
más un gruñido que otra cosa—. Y no me gusta.
—Quizá sólo necesites descansar un poco —afirmó Muln,
buscando una salida diplomática a la discusión—. Nuestra misión
es muy exigente e incluso los más fuertes se cansan.

Thrall ni siquiera se dignó a contestar al otro chamán; simplemente,


asintió bruscamente y se dirigió a su refugio.

Estaba furioso, mucho más de lo que había estado en mucho


tiempo. Y la persona con la que estaba más furioso era consigo
mismo.

Sabía que él había sido el eslabón más débil de la cadena, que había
fallado a la hora de alcanzar el estado de concentración definitiva
en el momento en que más desesperadamente lo necesitaban. Aún
era incapaz de sumergirse en su fuero interno para alcanzar el
Espíritu de la Vida que moraba ahí, lo cual era precisamente lo que
le exigían. No sabía si alguna vez iba a ser capaz de lograrlo. Y,
como era incapaz de alcanzar esa meta, sus esfuerzos conjuntos
habían fracasado.

Se encontraba muy decepcionado consigo mismo por lo que había


hecho, por las patéticas discusiones... por todo. Y se dio cuenta
sobresaltado de que esta sensación de decepción e infelicidad lo
abrumaba desde hacía mucho tiempo.

Hacía unos meses, había tenido que tomar una decisión muy difícil:
había decidido dejar de ser el jefe de guerra de la Horda para venir
a aquel lugar, a la Vorágine, para seguir el sendero del chamán y
renunciar al de líder. En un principio, pensó que sería algo
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

únicamente temporal. Había delegado el mando de la Horda a


Garrosh Grito Infernal, hijo del difunto Grom Grito Infernal, para
poder viajar a Nagrand para estudiar con su abuela, la Abuela
Geyah. Esto fue antes de que el gran Cataclismo estremeciera
Azeroth; Thrall había percibido que la inquietud dominaba a los
elementos y esperaba ser capaz de hacer algo para calmarlos y
evitar lo que al final había acabado ocurriendo.

En Nagrand, había estudiado y aprendido mucho gracias a una


hermosa, pero a menudo irritante y frustrante chamán llamada
Aggra, quien lo había llevado al límite y lo había obligado a buscar
respuestas con ahínco. Ambos se acabaron enamorando. Después,
él regresó a Azeroth y, en cuanto tuvo lugar el Cataclismo, decidió
viajar a la Vorágine para ayudar a los chamanes junto a su amada.
Le había parecido que eso era lo correcto; a pesar de ser una opción
difícil, era la mejor. Había abandonado algo que quería mucho y un
cargo con el que estaba muy familiarizado para defender un bien
mayor. Pero ahora se hallaba sumido en un mar de dudas.

Mientras Thrall había estado viajando por Nagrand, Garrosh había


matado a un gran amigo del orco, al cabecilla tauren Cairne Pezuña
de Sangre, en un combate ritual. Más tarde, Thrall se había
enterado de que Magatha Tótem Siniestro, una antigua rival de
Cairne, había engañado a Garrosh para que luchara con Cairne
armado con un arma envenenada. Thrall no podía dejar de pensar
en que, si no hubiera abandonado Azeroth, Cairne nunca habría
tenido la necesidad de cuestionar el liderazgo de Garrosh y ahora
seguiría vivo.

De Aggra había esperado... bueno, en realidad, no sabía muy bien


qué esperar. Quizá una relación distinta de la que mantenían, en
cierto sentido. Al principio, su suma franqueza y sus bruscos
ademanes lo habían disgustado pero, pasado un tiempo, había
acabado apreciando y amando esos rasgos de su carácter. Ahora,
sin embargo, tenía la impresión de que, en vez de haber hallado una
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compañera que lo apoyara y animara en todo, sólo había dado con


otra persona más que lo criticaba.
Ni siquiera había tenido éxito a la hora de ayudar al Anillo de la
Tierra a calmar a los elementos, como quedaba demostrado por lo
sucedido hoy. Había renunciado al manto de jefe de guerra y había
tenido que superar el asesinato de un querido amigo para poder ir
a aquel lugar a ayudar al Anillo. Pero esto tampoco estaba saliendo
bien.
Nada iba bien; nada iba como se suponía que tendría que haber ido.
Thrall (ex jefe de guerra de la Horda, guerrero y chamán) tenía la
sensación de que no podía hacer nada para arreglar las cosas.

No estaba acostumbrado a esa sensación. Durante muchos años


había liderado la Horda y lo había hecho bien. Comprendía a la
perfección el arte de la estrategia bélica así como el de la
diplomacia; sabía cuándo un líder debía escuchar, hablar o actuar.
Este extraño nudo en el estómago, esa incertidumbre... era algo
nuevo y extraño para él, era algo que despreciaba.

Entonces, escuchó el susurro de la piel de oso, pues alguien la


estaba apartando, pero no se dio la vuelta.

—Le habría dado un buen tirón de orejas a Rehgar por lo que te ha


dicho —le dijo Aggra con su fuerte y ronca voz— si no hubiera
deseado decirte lo mismo antes que él.

Thrall gruñó levemente.

—Gracias por apoyarme —replicó—. Me has sido de gran ayuda.


Ahora seguro que salgo fuera y soy capaz de adentrarme en lo más
hondo de mi fuero interno sin ningún problema. Quizá deberías
haber sido tú quien liderara la Horda todos estos años en vez de yo.
Sin duda alguna, habríamos visto cómo la Horda y la Alianza se
unían y niños de todas razas retozaban en Orgrimmar y
Ventormenta.
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La orca se rió entre dientes y habló con un tono de voz cálido, tan
cálido como la mano que apoyó sobre el hombro de su amado,
quien sintió ganas de quitársela de encima presa de la furia, pero se
contuvo, aunque tampoco mejoró su mal humor. Permaneció
callado en silencio, inmóvil. Ella le apretó ligeramente el hombro,
luego lo soltó y lo rodeó con el fin de mirarlo cara a cara.

—Desde que nos conocimos, te he estado observando, Go’el —


afirmó, al mismo tiempo que buscaba la mirada de Thrall—. Al
principio, con resentimiento; luego, con amor y preocupación.
Ahora mismo, te miro con amor y preocupación. Y mi corazón se
siente turbado ante lo que ve.

Si bien el orco no contestó, la había escuchado sin duda alguna.


Aggra acarició con delicadeza el robusto rostro de su amado,
recorriendo las arrugas de la piel verde de Thrall mientras seguía
hablando.

—A pesar de todas las vicisitudes que has superado, estas arrugas


que ahora toco no estaban ahí cuando nos conocimos. Estos ojos...
azules como el cielo, azules como el mar... no reflejaban tanta
tristeza. En este corazón... —en ese instante, colocó una mano
sobre el amplio pecho del orco— ... no anidaba tanto pesar. No sé
qué tormentas rugen dentro de ti, no sé qué te aflige. Sin embargo,
como no se trata de una amenaza externa, no sabes cómo
enfrentarte a este enemigo.

Thrall entornó los ojos un tanto confuso.

—Prosigue —dijo.
—Te estás desmoronando... no a nivel físico, pues aún sigues
siendo fuerte y poderoso, sino a nivel espiritual. Es como si una
parte de ti se la llevara el viento a cada ráfaga o la arrastrara la
lluvia a cada gota. Ese dolor que sientes te destruirá si se lo
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permites. Y yo —añadió, con un repentino destello de furia en sus


ojos de un color castaño claro— no pienso permitirlo.

El orco gruñó y se dio la vuelta, pero ella no estaba dispuesta a que


le diera la espalda.

—Padeces una enfermedad del alma, no es algo físico. Te hallabas


tan metido en los quehaceres diarios que conllevaba dirigir la
Horda que, cuando la dejaste, dejaste tu razón de ser atrás.
—Creo que será mejor que no escuche más de lo que tienes que
decir—le espetó Thrall, a modo de advertencia.

Sin embargo, Aggra lo ignoró completamente.

—No me extraña que no quieras escucharme —replicó—. No te


gustan las críticas. Todos debemos escucharte y, si no estamos de
acuerdo, debemos mostrarlo con sumo respeto. Siempre tienes que
tener la última palabra, Jefe de Guerra.

Aunque no había nada de sarcasmo en esas palabras, se sintió


igualmente dolido.

—¿Cómo te atreves a decir que no acepto las críticas? Siempre me


rodeo de gente con opiniones distintas. Los animo a que critiquen
mis planes. ¡Incluso he parlamentado con el enemigo por el interés
de mi pueblo!
—No estoy diciendo que eso no sea verdad —prosiguió hablando
Aggra, de manera imperturbable—. Pero eso no quiere decir que te
tomes bien las críticas. ¿Cómo reaccionaste ante Cairne cuando se
te acercó bajo la sombra de la armadura de Mannoroth y te dijo que
pensaba que te equivocabas?

Thrall se estremeció. Cairne... Regresó mentalmente al momento


en que había visto por última vez a su gran amigo vivo. Cairne se
había presentado ante él después de que el orco hubiera notificado
28
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

al viejo tauren que Garrosh lideraría la Horda cuando él se hubiera


marchado. Su amigo había afirmado, sin rodeos, sin dorarle la
píldora, que pensaba que estaba cometiendo un grave error.

«Necesito... necesito que me apoyes en esto, Cairne. Necesito tu


apoyo, no tu desaprobación», le había dicho Thrall.
«Me pides que te aconseje con sabiduría y sentido común. Así que
sólo puedo darte una respuesta. No le concedas a Garrosh ese
poder... Ese es mi consejo, Thrall», habría replicado Cairne.
«Entonces, ya no tenemos nada más que hablar.»

A continuación, Thrall se había marchado.

Y nunca había vuelto a ver a Cairne con vida.

—Tú no estabas ahí —le espetó Thrall, con un tono de voz áspero
y teñido del dolor del recuerdo—. No lo entiendes. Tuve que...
—¡Puaj! —exclamó Aggra, haciendo un gesto con la mano como
si intentara espantar unas moscas que la incordiaban, aunque en
realidad lo que intentaba espantar eran sus excusas—. Me da igual
cuáles fueran las palabras exactas de esa conversación. Quizá
tenías razón pero, en este momento, me da igual que la tuvieras o
no. La cuestión es que no escuchas. Lo dejaste al margen; fue como
si ataras bien fuerte las pieles de la entrada de una tienda para
resguardarte de una tormenta y lo abandonaras ahí bajo la lluvia.
Quizá nunca lo hubieras convencido, pero ¿acaso puedes afirmar
que lo escuchaste?

Thrall no respondió.

—No escuchaste a un viejo amigo. Tal vez Cairne no habría sentido


la necesidad de desafiar a Garrosh si hubiera tenido la sensación de
que lo habías escuchado. Pero eso nunca lo sabrás. Ahora está
muerto y ya no podrás darle jamás la oportunidad de ser escuchado.

29
Christie Golden

Si Aggra lo hubiera golpeado, Thrall no se habría quedado más


aturdido. Dio un paso atrás, mientras daba vueltas a aquellas
palabras. Era algo que nunca había expresado en voz alta pero que
se había preguntado muchas veces, a altas horas de la noche,
cuando no conciliaba el sueño. Sabía, en lo más hondo de su
corazón, que debía ir a Nagrand y que había tomado la mejor
decisión que podía tomar, dada la situación. Pero... si se hubiera
quedado a hablar un poco más con Cairne... ¿qué habría pasado?
Aggra tenía razón... por mucho que lo fastidiara.

—Siempre he sido capaz de escuchar a aquéllos que no estaban de


acuerdo conmigo. ¡Acuérdate de las reuniones que he tenido y sigo
teniendo con Jaina! Ella no siempre está de acuerdo conmigo y
jamás refrena su lengua.

Aggra resopló.

—Es una hembra humana. ¿Qué sabrá ella sobre cómo hay que
criticar a un orco? Jaina Valiente no es una amenaza ni un desafío
para ti — dijo, frunciendo el ceño meditabunda—. Como tampoco
lo era Taretha.
—Pues claro que no me desafiaba. ¡Era mi amiga!

El enfado de Thrall iba aumentando ahora que la orca había sacado


a Taretha Foxton a colación en medio de esta extraña pelea que
Aggra parecía dispuesta a tener con él. Una muchacha humana,
llamada Taretha, se había convertido en su amiga cuando era sólo
una niña; de adulta, había encontrado la manera de ayudarlo a
escapar y abandonar su vida como gladiador, como esclavo de un
humano, de un tal Lord Aedelas Lodonegro. Al final, Taretha había
pagado con su vida aquella proeza.

—¡Muy pocos en este mundo se han sacrificado tanto por mí y eso


que sólo era una mera humana!

30
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Tal vez ése sea el problema, Go’el, tal vez eso sea lo que inquieta
a los demás de ti. Las mujeres más importantes de tu vida han sido
todas humanas.

El orco entornó los ojos.

—Será mejor que contengas tu lengua.


—Oh, una vez más me demuestras que es cierto lo que afirmo: eres
incapaz de escuchar una crítica. ¡Prefieres mandarme callar en vez
de escucharme!

Aquella afirmación contenía bastante verdad y eso le dolió.


Haciendo un gran esfuerzo, Thrall respiró hondo e intentó contener
su ira.

—Ve al grano: ¿qué estás insinuando?


—Llevo muy poco tiempo en Azeroth y ya he escuchado esos
rumores. Me siento terriblemente ultrajada al oírlos y seguramente
tú te sentirás igual. Las habladurías dicen que Jaina y tú son pareja
o que incluso fuiste amante de Taretha; supongo que se decantan
por una u otra dependiendo del tipo de cerveza que haya en el barril
—le contó con un tono de voz plagado de rabia e indignación; no
obstante, Thrall no estaba seguro de si la causa de esa rabia era él
mismo o esos rumores aunque, en realidad, le daba igual.
—Te estás adentrando en un terreno peligroso, Aggra —rezongó—
. Jaina Valiente es una mujer fuerte, corajuda e inteligente que ha
arriesgado su vida para ayudarme. Taretha Foxton era igual que
ella... pero tuvo la mala fortuna de perder la vida. ¡No pienso
permanecer impertérrito mientras lanzas infamias repletas de
prejuicios en su contra sólo porque no eran orcas!

Thrall se había acercado a ella y su rostro se encontraba a sólo unos


centímetros del de Aggra, quien no se acobardó, sino que
simplemente alzó una ceja.

31
Christie Golden

—No me has escuchado bien, Go’el. Sólo te he contado lo que


dicen los rumores. Yo no he afirmado que los crea. Ni tampoco he
dicho nada en contra de esas mujeres salvo que no sabían cómo hay
que criticar a un orco. Como mucho, me han demostrado que los
humanos son capaces de inspirar respeto. Pero no son orcos, Thrall,
y tú no eres humano ni tampoco sabes cómo asumir las críticas de
una mujer de tu especie. O quizá no seas capaz de asumir las
críticas de nadie.
—¡No me puedo creer que esté oyendo esto!
—¡Yo tampoco porque, hasta ahora, no has escuchado nada!
Ambos estaban levantando la voz. Thrall era consciente de que sus
insignificantes refugios no suponían una gran barrera para aquella
discusión y de que los demás iban a poder escuchar lo que decían.
No obstante, Aggra insistió.
—Hasta hace poco, te has estado escondiendo bajo las
responsabilidades que conllevaba tu cargo de jefe de guerra. Por
eso ahora te está costando tanto adaptarte a tu nueva vida —
entonces acercó aún más su cara a la de Thrall y dijo entre siseos—
. Nunca has dejado de ser un esclavo. Ahora lo eres de la Horda.
Eres un esclavo de lo que crees que es tu deber. Y usas esas
obligaciones como un escudo... como una barrera para protegerte
de las tinieblas, de la culpa, del miedo y de lo que podría pasar.
Cuando, en realidad, eres dueño de tu propio destino... las riendas
de tu futuro están en tus manos, no dependen de nadie más.
Siempre estás pensando en el futuro, pero no te tomas tu tiempo
para meditar sobre lo lejos que has llegado, sobre el hecho de que
tu vida ha sido extraordinaria. Planteas estrategias para el mañana,
pero ¿qué pasa con el presente? ¿Con este momento... con las
pequeñas cosas de la vida...?

En ese instante, Aggra se relajó; la compasión reemplazó a la ira


en su mirada y con una sorprendente delicadeza lo agarró de la
mano.

—¿Qué piensas hacer con estas poderosas manos?


32
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Irritado, Thrall apartó la mano. Ya había tenido más que suficiente.


Primero, había tenido que soportar las críticas del Anillo de la
Tierra y ahora las de Aggra, quien se suponía que debía estar a su
lado apoyándolo. Entonces, le dio la espalda y se encaminó a la
salida.

Sin embargo, Aggra siguió hablando.

—Sin la Horda, no sabes quién eres, Go’el —afirmó.

Como siempre, se refería a él con el nombre que le habían dado sus


padres; un nombre que él mismo nunca había utilizado, pues se lo
había otorgado una familia que nunca había llegado a conocer. De
repente, a pesar de que ella lo había usado un millar de veces antes,
Thrall se enfureció al escucharlo.

—¡Yo no soy Go’el! —bramó—. ¿Cuántas veces he de decirte que


no me llames así?

La orca ni se inmutó.

—¿Lo ves? —dijo, con un tono de voz muy triste—. Si no sabes


quién eres, ¿cómo vas a saber qué debes hacer?

Thrall no respondió.

33
Christie Golden

—Es muy probable que esta reunión no resulte muy agradable —


anunció Alexstrasza la Protectora, el gran Aspecto de Dragón rojo.

Korialstrasz se rió entre dientes.

—Amada mía, tienes un don para ver siempre el vaso medio lleno.

Ambos dragones rojos, tanto el gran Aspecto como Korialstrasz (el


único consorte que todavía le quedaba vivo) habían optado por
adoptar unas formas élficas y abandonar sus formas reales de
dragón para hablar en el Sagrario Rubí. Cada vuelo de dragón
contaba con un refugio, un lugar fuera del tiempo y el espacio que
era una dimensión mágica en sí misma. El aspecto de cada sagrario
reflejaba el carácter de cada vuelo. En su día, el Sagrario Rubí había
recordado mucho a cómo eran las tierras de los altos elfos antes de
la llegada de la Plaga. Las hojas de los árboles eran de una cálida
tonalidad carmesí, las colinas mullidas y onduladas. La única
manera de entrar o salir de aquel lugar tan especial era a través de
un portal, vigilado últimamente aún más estrechamente tras sufrir
un ataque reciente del vuelo negro de dragón y de un enemigo muy
peculiar que afirmaba ser miembro de algo llamado el vuelo de
dragón crepuscular. El sagrario había resultado severamente
34
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

dañado como consecuencia de esos ataques, pero ya se empezaba


recuperar.

Estaban solos, a pesar de hallarse rodeados de su progenie. Cientos


de huevos se acumulaban en aquel lugar: se trataba de los hijos que
había concebido con su consorte así como de los vástagos de otros
dragones de aquel vuelo. No todos los dragones rojos escogían el
Sagrario Rubí para depositar sus huevos. El mundo entero era su
hogar en realidad, era el hogar de todos los vuelos. No obstante,
ese sitio era el corazón, el santuario y el refugio del vuelo rojo y
únicamente les pertenecía a ellos.

—Gran parte de los dragones azules se sienten consternados tras la


muerte de Malygos y, dadas las circunstancias, no puedo decir que
se lo pueda reprochar —prosiguió diciendo Alexstrasza.

Malygos, el Aspecto de Dragón de la Magia y el patriarca del vuelo


azul, había llevado una vida marcada por la tragedia. Durante
milenios, había estado loco; no obstante, hay que decir que
Alamuerte había provocado su demencia. No hace mucho tiempo,
se había recuperado al fin de esa espantosa aflicción, para gran
júbilo no sólo de su propio vuelo sino de todos los vuelos; salvo el
vuelo de dragón negro, al que domina por entero el odio. Sin
embargo, el alivio y la alegría que habían sentido por su
recuperación había durado muy poco tiempo, lamentablemente.
Pronto, el resto de vuelos supieron que, en cuanto recuperó la
cordura, se había centrado en analizar cuál era el papel que jugaba
la magia en Azeroth... y había llegado a una horrenda conclusión.
Malygos había decidido que la magia arcana estaba causando
estragos en el mundo... y que las razas mortales eran culpables de
esa utilización abusiva y caótica de la magia.

Y de ese modo había iniciado una guerra.

35
Christie Golden

Malygos había desviado todos los poderes mágicos que surcaban


las entrañas de Azeroth hacia el centro de su poder, el Nexo. Las
consecuencias de este acto habían acarreado violencia, peligro y
muerte. La corteza terrestre del mundo se había hecho añicos, y las
inestables fisuras resultantes habían desgarrado la misma
estructura de la dimensión mágica conocida como el Vacío Abisal.
Había que poner fin a los descaminados intentos de Malygos por
«corregir» lo que él consideraba un uso incorrecto de la magia
arcana... a cualquier precio.

Los dragones habían luchado entre ellos en la funesta Guerra del


Nexo y había sido la propia Protectora quien había tomado la
terrible decisión de que Malygos (quien prácticamente se acababa
de recuperar de milenios de locura) debía ser destruido.

Alexstrasza había encabezado su vuelo y se había aliado con los


magos del Kirin Tor para acabar con él. Como había mucho en
juego, el resto de vuelos no duraron en unirse al vuelo rojo en esa
amarga tarea. Esa alianza de dragones acabó conociéndose como
el Acuerdo del Reposo del Dragón. Juntos fueron capaces de
derrotar y matar a Malygos y, de ese modo, la guerra había llegado
a su fin. Ahora, el vuelo de dragón azul se hallaba sumido en la
pena y carecía de un líder.

Esta reunión del Acuerdo del Reposo del Dragón, a la que iba a
acudir Alexstrasza y que se iba a celebrar en el Templo del Reposo
del Dragón, sería la primera desde la caída del Aspecto de Dragón
azul. Desde el final del conflicto, el Acuerdo se había convertido
en algo aún más valioso para los vuelos... valioso y endeble.

—Sinceramente, no creo que estén en condiciones de poder hablar


como vuelo... o, al menos, de decir algo con cierto sentido —afirmó
Korialstrasz.

36
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

La dragona se acarició la barbilla, mientras sonreía y lo observaba


con una mirada teñida de afecto.

—Esa extremada franqueza es lo que te hizo tan «popular» en las


últimas reuniones, mi amor.

Korialstrasz se encogió de hombros con cierta timidez y se inclinó


cariñosamente hacia la mano de su amada.

—No puedo negarlo. Nunca he sido el más popular de tus consortes


entre los de nuestra raza, pero ahora que soy el único que aún vive
me temo que voy a levantar más de una escama con bastante
frecuencia. No obstante, he de expresar mi opinión con franqueza.
Ese es mi deber; así es como podré servirlos mejor.
—Ésa es una de las razones por las que te quiero tanto —aseveró
Alexstrasza—. Pero hay que reconocer que así no te ganas el cariño
de los demás vuelos. No eres imparcial con los dragones azules...
fue Malygos quien tomó esa funesta decisión y no el vuelo entero.
No puedes guardarles rencor por ello. Estoy segura de que han
sufrido ya bastante y no es bueno que el resto de los vuelos
sospechen que son unos traidores en cualquier situación
simplemente por el color de sus escamas.

El dragón rojo titubeó.

—Ya... ya sabes que aprecio mucho a Kalecgos —replicó—. Y hay


otros que parecen capaces de ver la situación con claridad. Sin
embargo, muchos de ellos sólo ven que han perdido a su líder... y
necesitan culpar a alguien por ello. Además, consideran que
nosotros somos el vuelo que más daño les ha hecho.

La perfecta frente de la dragona se vio mancillada


momentáneamente por las arrugas que ella misma se provocó al
fruncir el ceño, y su melodiosa voz se tomó más áspera.

37
Christie Golden

—Aunque aprecio tu franqueza, también es cierto que no todo mi


vuelo piensa igual que mi consorte.
—Eres el ser más bondadoso de todo Azeroth. Pero a veces la
bondad nos ciega...
—¿Acaso crees que no veo con claridad lo que sucede? ¿Yo,
precisamente? Lideré mi vuelo para batallar contra un homólogo,
contra un Aspecto, para poder salvar a unos seres cuyas vidas
transcurren para nosotros en un abrir y cerrar de ojos. Te encanta
mezclarte con los mortales, Korialstrasz, pero eso no significa que
seas el único capaz de ver las cosas con lucidez y claridad.

El dragón abrió la boca dispuesto a replicar, pero se arrepintió en


el último momento y la cerró.

—Sólo he expresado mi preocupación —dijo al fin.

De inmediato, su amada se calmó.

—Lo sé —afirmó—. Pero quizá... no deberías expresar en voz alta


tus reservas hacia los azules, pues no serían bien recibidas en esta
reunión.
—Nunca lo han sido —reconoció esbozando una leve sonrisa— Y,
de este modo, volvemos al principio de esta conversación tras dar
muchas vueltas —entonces, alzó las dos esbeltas manos de su
amada y dio un beso a cada una de sus suaves palmas—. Entonces
ve sin mí, mi amor. Tú eres el Aspecto. A ti te escucharán. Yo sólo
sería como un pequeño guijarro atrapado entre tus escamas... algo
insignificante que únicamente está ahí para molestar.

La dragona asintió con su cabeza del color de las llamas.

—En esta primera reunión tras lo que pasó va a haber mucha


tensión. No obstante, después, cuando empecemos a hablar sobre
nuestros futuros planes, tus opiniones serán bien recibidas. Sin

38
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

embargo, hoy creo que será mejor que nos centremos en tender
puentes entre los diversos vuelos y restañar las heridas.

Alexstrasza se inclinó hacia delante. Sus labios se encontraron y se


besaron con dulzura y ternura. Uno de los grandes placeres que
conllevaban las formas élficas que ambos portaban en ese momento
era que su piel era más sensible que las escamas a la hora de sentir
las caricias. Se apartaron, sonrientes, tras haber olvidado su
discusión... si es que podía denominarse así.

—Regresaré en breve y espero que con buenas noticias.

Acto seguido, retrocedió. Su sonriente semblante cambió y un


hocico orgulloso, de un reluciente color carmesí, sobresalió de su
rostro a la vez que sus brillantes ojos dorados se alargaban. A una
velocidad apenas perceptible por la vista, su forma cambió; dejó de
ser una doncella elfa para convertirse en una gloriosa y
deslumbrante dragona roja.

Korialstrasz también mutó. Aunque disfrutaba de ambas formas,


éste era su aspecto natural: el de un reptil colosal y poderoso. Un
mero latido después, dos dragones rojos, que ahora eran
instantáneamente reconocibles en su nueva encamación (tanto por
lo que eran como por quiénes eran), ocupaban el Sagrario Rubí.

Alexstrasza movió la cabeza ahora provista de cuernos con


brusquedad y, acto seguido, acarició con el hocico a su consorte
con una ternura que habría sorprendido a cualquier miembro de
otra raza y que parecía impropia de una criatura tan descomunal.
Entonces, con una elegancia que no casaba con su colosal tamaño,
saltó hacia arriba y, tras unos cuantos poderosos aleteos,
desapareció.

Korialstrasz la siguió con una mirada cariñosa y, a continuación, se


volvió hacia los huevos que se hallaban esparcidos por aquel lugar.
39
Christie Golden

Mientras observaba a su descendencia, que todavía no había


eclosionado, se sintió orgulloso y una oleada de amor lo invadió
por entero. Las lágrimas que se asomaron a sus grandes ojos lo
obligaron a entornarlos por un momento mientras decía, mientras
se acordaba de una de esas costumbres humanas a las que tenía
tanto aprecio:

—¿Qué les parece si les cuento un cuento? ¿Eh?

Alexstrasza voló a través de su sagrario y se concentró en liberar


sus miedos a la vez que dejaba que el gozo se adueñara de su
corazón gracias a la belleza curativa de ese lugar. Había huevos de
dragón por doquier; en pequeñas oquedades, bajo árboles rojos o
en nidos especiales cerca de altos peñascos. A ambos lados del
portal, vigilando la entrada al sagrario, se encontraban los celadores
de la cámara: unos dracónidos extremadamente poderosos cuyo
trabajo consistía en proteger a los inocentes cachorrillos que
todavía dormitaban en sus cascarones. El futuro se encontraba ahí,
custodiado con sumo cariño, y el alborozo invadía su corazón.
Porque iban a poner los cimientos de ese futuro en la reunión que
iba a congregar a cuatro vuelos de dragón.

El vuelo negro, que en su día había sido muy sólido, estable y leal,
como la tierra que tenía que proteger y de la que debía formar parte,
había seguido a su demente patriarca, Alamuerte, permitiendo así
que el mal anidara en los corazones de sus miembros. Los dragones
negros ya no se molestaban siquiera en fingir cierto interés por los
demás vuelos; ni siquiera la taimada y sonriente Nalice permanecía
en el templo. Alexstrasza dudaba de que pudiera volver a ver algún
día una reunión de dragones en la que estuvieran presentes el vuelo
rojo, azul, verde, bronce y negro. Aquel pensamiento la entristeció;
no obstante, ese dolor no era nuevo; estaba acostumbrada a
soportarlo y no dejó que frustrara las esperanzas que tenía
depositadas en la reunión.
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Con suma celeridad, atravesó volando el portal que mantenía a


salvo al Sagrario Rubí e, impulsada por sus alas, ascendió hasta la
cima del Templo del Reposo del Dragón, consagrado desde hacía
milenios a los vuelos de dragón. Sus líneas elegantes y estilizadas
se alzaban hacia el cielo y sus arcos y agujas cubiertas de hielo
ocupaban mucho espacio pero, al mismo tiempo, dejaban respirar
al conjunto arquitectónico. El templo constaba de varios niveles,
cada uno más pequeño que el anterior. El cielo de Rasganorte
conformaba una bóveda sobre él y era de un apagado color gris
azulado salpicado por unas pocas nubes blancas aquí y allá. Abajo,
la blanca nieve era tan prístina que casi provocaba dolor al
contemplarla.

El pináculo del templo estaba rematado por una plataforma circular


ornamentada con incrustaciones de diseños florales y geométricos.
A varios metros por encima de esa plataforma, flotaba un orbe
hermoso y reluciente de color cambiante que siempre oscilaba entre
una gama de azules y blancos. Tenía un único propósito muy
importante: era un símbolo de la unidad del Acuerdo del Reposo
del Dragón.

Bajo el Orbe de la Unidad, Alexstrasza vio decenas de formas


reptilianas deambulando de aquí para allá. Varios dragones de su
propio vuelo ya habían llegado, así como algunos azules y unos
cuantos verdes. Los negros, por supuesto, no habían hecho acto de
presencia (y, si lo hubieran hecho, se habría derramado sangre); no
obstante, Alexstrasza se sintió consternada, aunque no sorprendida,
al comprobar que ningún dragón bronce se hallaba ahí, ni siquiera
el alegre y poderoso Cromi.

Hacía bastante tiempo que nadie había visto a su Aspecto, a


Nozdormu el Atemporal. Los portales del tiempo habían sido
atacados por un misterioso grupo que se autodenominaba el vuelo
de dragón infinito, cuyos motivos no estaban nada claros pero que
41
Christie Golden

buscaban destruir la verdadera corriente temporal. Alexstrasza


supuso que Nozdormu y el resto de su vuelo tenían asuntos mucho
más urgentes que atender.

Mientras se aproximaba para aterrizar, unas fuertes voces iracundas


y airadas alcanzaron sus oídos.

—¡Un aspecto! —gritó alguien.

Alexstrasza conocía esa voz. Pertenecía a Arygos, un enérgico


miembro del vuelo azul sin pelos en la lengua que era hijo de
Malygos, y su consorte favorita, Saragosa. Arygos había apoyado
abiertamente a su padre durante la Guerra del Nexo, alineándose
junto a él de manera incondicional y leal. Al parecer, seguía siendo
un firme defensor de su padre.

—¡El vuelo negro y un grupo de magos, que no eran dragones,


decidieron asesinar a un aspecto! Uno de los cinco... cuatro, si no
contamos a Alamuerte el Destructor, que existen. ¿Quién será el
próximo...? ¿La gentil Ysera? ¿El estoico Nozdormu? Si hay algún
responsable de todo esto, ésa es Alexstrasza. La mal llamada
«Protectora de la Vida» no parece tener ningún reparo a la hora de
matar cuando le conviene.

Varios dragones alzaron la cabeza mientras Arygos hablaba y


observaron sin decir nada cómo la Protectora de la Vida que éste
acababa de mencionar se aproximaba. Alexstrasza aterrizó con
gran elegancia cerca de aquel joven dragón, a quien se dirigió con
suma calma:

—Mi deber consiste en proteger la sagrada vida. Las decisiones de


Malygos y sus subsiguientes acciones la pusieron en peligro.
Lamento la muerte de tu padre, Arygos. Fue una decisión muy
dolorosa. Pero con sus actos estaba haciendo daño a mucha gente
e incluso podría haber acabado destruyendo este mundo.
42
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Arygos retrocedió de inmediato y, acto seguido, entornó los ojos a


k la vez que alzaba su gigantesca cabeza azul.

—Tras meditarlo detenidamente y con la información que ahora


disponemos, sigo sin poder afirmar que los motivos que llevaron a
mi padre a declarar la guerra fueran necesariamente equivocados.
Le preocupaba en demasía la utilización... o quizá debería decir el
uso abusivo e indebido de la magia. Si no estabas de acuerdo con
sus actos y pensabas que a lo mejor se había precipitado, ¡estoy
seguro de que podrías haber dado con alguna otra manera de
detener a Malygos!

—Tú mismo lo has dicho: era un Aspecto —replicó Alexstrasza—


. Y él no tenía la excusa de la locura para justificar lo que hizo. Si
estabas tan preocupado por su seguridad, Arygos, entonces
deberías habernos ayudado a dar con la manera de contenerlo.
—Protectora —dijo alguien más, que poseía una voz joven y
masculina, y tan calmada como agitada estaba la de Arygos. Otro
dragón azul dio un paso adelante e inclinó la cabeza de modo
respetuoso aunque no servil—. Arygos únicamente hizo lo que
creyó correcto en esos momentos, al igual que muchos otros
miembros del vuelo azul. Estoy seguro de que está tan ansioso
pomo los demás por dejar el pasado atrás, centrarse en reconstruir
su propio vuelo y asumir sus responsabilidades como todos.

Quien había hablado era Kalecgos. Alexstrasza se sintió muy


satisfecha de que se hallara ahí. Era el joven dragón azul al que
tanto aprecio tenía su consorte, el dragón que le había dicho que
hablaría con sentido común. Lo cual, reflexionó la dragona
carmesí, ya estaba haciendo.

—Puedo hablar por mí mismo —rezongó Arygos, a la vez que


lanzaba una mirada iracunda a Kalecgos.

43
Christie Golden

Muchos de los azules tenían la sensación de que el resto de los


vuelos los perseguían y hostigaban. En opinión de Alexstrasza,
Arygos era más elitista que la mayoría de los dragones de su vuelo.
Sospechaba que esa altivez era debida al pasado del joven dragón
azul: un pasado en el que había dependido mucho de otros vuelos.
Alexstrasza lamentó una vez más que no estuviera ahí Kirygosa, la
hermana de nidada de Arygos. Kirygosa había desaparecido antes
de que la guerra acabara tras el asesinato de su consorte. La
conclusión más realista, a la par que trágica, era que la joven
dragona azul, que se encontraba embarazada de sus primeros
huevos, había perecido en batalla. Siempre se había atrevido a
enfrentarse a Arygos y se había alineado con los pocos azules que
se habían vuelto en contra de Malygos, lo cual otorgaba una
dimensión aún más trágica a su historia, puesto que debía de haber
sido asesinada por un miembro de su propio vuelo.

—Sé perfectamente que el plan de mi difunto padre ha tenido


consecuencias negativas —prosiguió hablando Arygos, con obvia
reticencia.
—Todavía seguimos sufriendo las consecuencias —afirmó
Afrasastrasz, quien había apoyado abiertamente a Alexstrasza
desde hacía mucho tiempo—. El mundo entero las sigue sufriendo.
Esto es algo que es consecuencia directa de las decisiones del
Aspecto del vuelo de dragón azul, a quien tú y otros apoyaron.
Tienes que hacer algo más que admitir que estabas equivocado,
joven Arygos. Tienes que enmendar tus errores.
—¿Enmendar mis errores? ¿Acaso vas a enmendar los tuyos,
Afrasastrasz? ¿Y tú, Alexstrasza? Me han arrebatado a mi padre.
Han dejado a todo un vuelo sin su Aspecto. ¿Acaso van a hacer que
regrese de la muerte?

Su voz así como todo su cuerpo irradiaban ira, indignación y un


sincero y profundo dolor.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¡Arygos! —exclamó Kalec—. Malygos estaba en pleno uso de


sus facultades cuando escogió ese camino. Pudo haberse apartado
de él en cualquier momento, pero no quiso.
—No disfruto matando, Arygos —aseveró Alexstrasza—. Aún
siento un hondo dolor en mi corazón por su fallecimiento. Todos
hemos perdido mucho... todos los vuelos, todos los Aspectos.
Ahora ha llegado el momento de restañar las heridas, de ayudamos
unos a otros en vez de enfrentamos.
—Sí —dijo alguien con un tono de voz muy bajo aunque
perfectamente audible, que puso punto final a la discusión de
inmediato—. Será mejor que nos ayudemos y lo hagamos pronto.
La Hora del Crepúsculo se acerca y debemos estar listos.

Aquella dragona verde, que poseía una voz suave y melodiosa, dio
un par de pasos al frente tímidamente. Los demás dragones se
apartaron unos cuantos pasos para dejarle sitio para pasar. No se
movía con el paso decidido y firme propio de su raza, sino con un
paso un tanto danzarín. Sus ojos de tonalidades arco iris, que habían
permanecido eones cerrados, ahora estaban abiertos de par en par;
además, no paraba de mover la cabeza de un lado a otro como si
estuviera esperando a ver algo nuevo a cada instante.

—¿En qué consiste esa Hora del Crepúsculo de la que hablas,


Ysera? —le preguntó Alexstrasza a su hermana.

Tras pasar milenios en el Sueño Esmeralda, Ysera se había


despertado. Tanto Alexstrasza como muchos otros no estaban muy
seguros de hasta qué punto su conciencia había logrado regresar de
ese estado alterado de conciencia; Ysera seguía dando la impresión
de no estar anclada a este mundo, que seguía a la deriva y distante
de todo. Incluso los miembros de su propio vuelo, que al igual que
su Aspecto moraban casi constantemente en el Sueño Esmeralda y
eran también los guardianes de la naturaleza, parecían no tener muy
claro cómo debían reaccionar ante ella. La integración de Ysera en

45
Christie Golden

el mundo de la vigilia era un camino lleno de obstáculos, cuando


menos.

—¿Es algo que viste en el Sueño? —insistió Alexstrasza.


—Lo vi todo en el Sueño —contestó sencilla y llanamente Ysera.
—Eso quizá sea verdad, pero no nos sirve de nada —apostilló
Arygos, quien quería aprovecharse del giro que el Aspecto del
vuelo de dragón verde había dado a la conversación para no seguir
discutiendo con Alexstrasza—. Ya no eres la Soñadora, Ysera,
aunque no cabe duda de que sigues siendo un Aspecto. Quizá,
como viste todo eso en el Sueño, viste cosas que no existen.
—Oh, eso es muy cierto —reconoció de inmediato Ysera.

Alexstrasza se sintió contrariada pero no lo exteriorizó. Ni siquiera


ella sabía qué esperar de Ysera la Despierta. Estaba cuerda, sí...
pero sin ningún género de duda estaba teniendo serios problemas
para juntar las piezas de la impresionante multitud de cosas de las
que había sido testigo de una manera coherente. Hoy no iba a ser
de gran ayuda.

—Sería bueno que fuéramos capaces de colaborar todos juntos...


antes de que llegue la Hora del Crepúsculo —afirmó Alexstrasza,
observando a Kalec y Arygos—. Los azules deben determinar la
forma en que van a elegir a un nuevo Aspecto y cómo van a
compensar al resto de vuelos por lo sucedido. Deben demostrarnos
que podemos confiar de nuevo en ustedes. Estoy segura de que
entenderán el porqué de estas exigencias.
—¿Que debemos hacer qué? —le espetó Arygos—. ¿Por qué
tenemos que demostrar nada, Alexstrasza? ¿Quién eres tú para
determinar lo que el vuelo azul debe o no hacer? ¿Quién eres tú
para juzgamos? Ni siquiera te has planteado compensamos cuando
por tu culpa, precisamente, necesitamos tener un nuevo Aspecto.
¿Qué piensas hacer para demostrarnos que podemos confiar en ti?
Ante tal insulto, la dragona carmesí lo miró un tanto atónita, pero
Arygos volvió a la carga.
46
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¿Cómo podemos saber que no me vas a asesinar si mi vuelo me


elige como su nuevo Aspecto? —añadió con premura—. Además,
tu amigo, ése al que le gusta que le llamen Krasus... no es amigo de
los dragones azules. Ha demostrado en repetidas ocasiones que está
en nuestra contra. No he podido evitar fijarme en que no se
encuentra presente en esta reunión. ¿Acaso tú tampoco querías que
estuviera aquí?
—Korialstrasz te salvó la vida, Arygos —le recordó Kalecgos—,
cuando tu padre se hallaba tan inmerso en su locura que incluso te
había abandonado.

Aquella verdad era una herida que Arygos aún tenía abierta y muy
pocos eran lo bastante audaces como para recordárselo. La nidada
de huevos de la que habían nacido Arygos y Kirygosa había
quedado abandonada por culpa de la locura de Malygos. Fue
Korialstrasz quien descubrió su nidada abandonada así como
muchas otras y se las había llevado a Nozdormu para que las
cuidara. Más tarde, aquellos huevos habían sido entregados al
vuelo de dragón rojo. Aquél era un ejemplo perfecto de
cooperación entre tres vuelos distintos en defensa de una buena
causa: el cuidado de unos huevos que aún no habían eclosionado,
de unas crías indefensas, sin importar que fueran rojos, azules,
verdes o bronces cuando rompieran el cascarón.

—Aunque él y yo hemos tenido ciertos enfrentamientos a nivel


personal, eso no ha impedido que haya aprendido a respetarlo. Casi
siempre he tenido la impresión de que es un dragón razonable y
sabio —prosiguió diciendo Kalec mientras Arygos entornaba los
ojos—. Nunca ha hecho ninguna crítica respecto al
comportamiento de nuestro vuelo que yo mismo no hubiera hecho.
—¿De veras? ¿Y eso en qué te convierte, Kalecgos? —replicó
Arygos.
—¡Ya basta! —exclamó Alexstrasza. Si bien no esperaba que
aquella reunión fuera a transcurrir sin incidentes, sí esperaba no
tener que soportar unas discusiones tan zafias—. ¡Los vuelos ya
47
Christie Golden

tienen bastantes enemigos como para que perdamos el tiempo


peleándonos entre nosotros! Alamuerte ha regresado y es más
poderoso que nunca... prácticamente, ha hecho añicos Azeroth al
volver. Ahora cuenta con aliados que no pertenecen a su vuelo: el
culto del Martillo del Crepúsculo. Sea lo que sea esa Hora del
Crepúsculo de la que habla Ysera, los dragones crepusculares son
ciertamente una amenaza mucho más inmediata. El Sagrario Rubí
aún se está recuperando de su anterior asalto. Sí no encontramos la
forma de superar estas insignificantes diferencias que nos separan...
—¡Asesinaste a mi padre! ¡¿Cómo te atreves a llamar a eso una
«insignificante diferencia»?!

A pesar de que a Alexstrasza le costaba mucho enfurecerse, esta


vez se acercó al joven dragón y afirmó:

—¡Ya basta! Todos debemos mirar al futuro. El pasado, pasado


está. Ahora corremos serio peligro. ¿Acaso no me has escuchado?
¿Acaso no me entiendes? ¡Alamuerte ha regresado!
Ahora se encontraba frente a Arygos, casi hocico con hocico, y con
las orejas tiesas.
—¡Nuestro mundo jamás se ha hallado en un estado más frágil!
Pese a que los dragones somos seres muy poderosos, incluso
nosotros deberíamos temer lo que va a suceder. Vivimos en este
mundo, Arygos. Debemos protegerlo y restañar sus heridas porque,
si no, hasta los dragones... tu vuelo azul también... ¡serán
destruidos! Debemos dar con...

Entonces, los demás alzaron la cabeza y giraron sus sinuosos


cuellos hacia el cielo. A continuación, Alexstrasza los imitó y pudo
escucharlos y verlos.

Eran dragones.

Por un breve instante, Alexstrasza albergó la esperanza de que se


tratara del vuelo bronce de dragón. Sin embargo, un momento
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

después, pudo apreciar su color y se percató con horror de qué


vuelo se trataba en realidad.

—Los dragones crepusculares —susurró.

Se dirigían directamente al Templo del Reposo del Dragón.

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Christie Golden

Si bien no sucedió tal y como Alexstrasza hubiera deseado, la


repentina aparición del vuelo de dragón crepuscular espoleó a los
demás vuelos a actuar unidos. No malgastaron más saliva
discutiendo entre ellos, sino que se elevaron hacia el cielo para
cargar contra el enemigo, para proteger ese sagrado templo.

De inmediato, estalló una ola de violencia incongruentemente


bella. Decenas de poderosas siluetas de colores rubí, esmeralda y
zafiro dieron vueltas y giraron en pleno vuelo. Su enemigo poseía
todas las tonalidades que tiene el día cuando se transforma en noche
(púrpura, violeta e índigo). Se desató una batalla sangrienta donde
la elegancia y la brutalidad se combinaron a partes iguales.

Mientras se enfrentaban, pudieron escuchar una voz que


reverberaba en sus mismos oídos.

—Han sido muy amables al congregarse tantos en un solo sitio para


que pueda destruirlos con más facilidad, débiles criaturas.

Alexstrasza voló directamente hacia un grupo de tres dragones,


esquivando su letal aliento, que era del mismo color púrpura que
ellos, mientras descendía en picado. Por el rabillo del ojo, vio cómo
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

un dragón azul se quedaba flotando inmóvil en el aire por un


momento preparando un conjuro y, a continuación, plegó sus alas
y cayó en picado. La dragona carmesí viró con suma rapidez y
logró evitar lo que parecía ser una repentina lluvia de carámbanos.
Una de los dragones crepusculares logró volverse incorpórea, pero
los otros reaccionaron demasiado tarde. Alexstrasza aprovechó la
oportunidad y ascendió como un rayo para clavar sus enormes
fauces en la serpenteante garganta de unos de ellos. Como lo había
atrapado con su forma corpórea y carecía ya de fuerzas para
transformarse, el dragón crepuscular profirió un grito ahogado y
batió frenéticamente sus alas índigo, en un vano intento por librarse
de su captora. Asimismo, intentó desgarrar el vientre de
Alexstrasza con sus negras garras. A pesar de que las escamas de
la dragona carmesí la protegieron de todo daño, un tremendo dolor
se apoderó de su estómago. Al instante, decidió morder aún con
más fuerza y, acto seguido, el dolor se desvaneció. Abrió las fauces
y soltó aquel cuerpo inerte, al que no prestó más atención mientras
se precipitaba hacia el vacío.

—¿Quién eres? —gritó Alexstrasza, cuya voz atravesó con gran


potencia el aire gélido y claro—. Muéstrate y dime tu nombre; si
no lo haces, ¡demostrarás que no eres más que un fanfarrón y un
cobarde!
—No soy ningún fanfarrón ni un cobarde —volvió a decir aquella
voz desencamada—. Mis seguidores me llaman el Padre
Crepuscular. Ellos son mis hijos, y yo los quiero.

Un escalofrío recorrió a la gran Protectora, aunque no sabía muy


bien por qué. Si ese nombre definía a su poseedor y esa voz
pertenecía al patriarca de esos seres...

—¡Entonces, sal y protege a tus niños, Padre Crepuscular, o si no,


tendrás que contemplar cómo los masacramos uno a uno!

51
Christie Golden

En ese instante, dos dragones enemigos cayeron en picado sobre


ella desde direcciones opuestas. Estaba tan concentrada en dar con
el origen de esa voz que estuvo a punto de no percatarse de su
presencia a tiempo. Cuando se encontraban a una distancia en la
que podría haberlos golpeado con su cola, plegó sus alas y se dejó
caer como una piedra, al mismo tiempo que se giraba. Entonces,
justo por encima de ella, ambos dragones crepusculares adoptaron
sus formas sombra un instante antes de chocar y se atravesaron
mutuamente sin sufrir ningún daño.

De improviso una risa, discordante y petulante, la envolvió.

—Por mucho que afirmes ser la gran Protectora, actúas como una
niña tonta. Será todo un placer ver cómo te desmoronas a pedazos
ante lo que está por venir.

Un rugido estuvo a punto de reventarle los oídos a Alexstrasza, a


quien se le encogió el corazón al ver cómo uno de los suyos caía en
aquella batalla. Aunque ya estaba muerto, sus enormes alas rojas
aún se movían e intentaban mantenerlo en el aire, a pesar de que
una de ellas se encontraba hecha jirones. Se lanzó en picado sobre
los asesinos de su camarada, bramando y escupiendo fuego. Uno
de ellos abandonó su forma sólida inmediatamente y se apartó del
camino de las llamas. El otro, que era más valiente o más necio, se
giró y le lanzó unas afiladas dagas de magia oscura a Alexstrasza.
A continuación, intentó volverse inmaterial. Ese acto de arrogancia
le costó la vida. La Protectora abrió sus fauces y escupió unas
llamas que cubrieron todo el cuerpo de su rival antes de que la
transformación se hubiera completado del todo. Su fuego era
mucho más poderoso que el de un dragón rojo normal; dio la
impresión de que iba a derretir las escamas de color morado de su
adversario, que se combaron y levantaron en cuanto la carne que se
hallaba bajo ellos se quemó hasta el hueso. Un lado de su cuerpo
quedó incinerado e irreconocible y, entonces, el dragón cayó, con

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

medio cuerpo fuera del plano físico de existencia y el otro dentro,


aunque sumido en una total agonía.

Por el rabillo del ojo, Alexstrasza vio cómo su hermana Ysera,


quien normalmente era muy pacífica y gentil, luchaba con suma
fiereza. Estaba abriendo las fauces para exhalar un aire que podría
haber sido tan dulce como las flores de verano, pero que se había
transformado en algo verde, tóxico y repugnante. Así, obligó a
retroceder a dos dragones crepusculares, que a duras penas
lograban respirar y cuyo aleteo flaqueó, lo cual provocó que
permanecieran distraídos el tiempo suficiente como para que
Ysera, con las garras extendidas y su enorme boca abierta, realizara
un rápido sortilegio. Sus contrincantes aullaron de terror y, acto
seguido, comenzaron a pelearse entre ellos dos, convencidos de que
su compañero era el enemigo. En unos segundos, acabarían lo que
Ysera había empezado.

Alexstrasza esquivó otro ataque al descender y rodear por detrás a


su adversario, al que rompió el cuello con un poderoso golpe de su
cola. Mientras su cadáver caía hacia el suelo, se percató de dos
cosas a la vez.

En primer lugar, había dos Aspectos presentes en esa batalla,


ambos en pleno estado de forma para combatir. Desde un punto de
vista objetivo, había muy pocos dragones crepusculares como para
poder derrotarlos, sobre todo ahora que la élite dracónida, que
normalmente custodiaba las entradas a los sagrarios, había
abandonado sus puestos temporalmente para sumarse a la lucha. Si
bien no podían volar, cualquier dragón crepuscular herido que
hubiera tenido la desgracia de caer al suelo era despachado por
ellos con suma celeridad. La victoria iba a ser demasiado fácil.

En segundo lugar, toda la lucha se concentraba en un solo punto.

¿Por qué?
53
Christie Golden

Deberían haber adoptado una táctica mejor: deberían haber


separado a los diversos dragones, deberían haberlos rodeado,
haberlos alejado de cualquier otro defensor del lugar y haber
utilizado la propia arquitectura del templo como arma. Sin
embargo, los dragones crepusculares estaban reunidos como una
colina de hormigas en torno a la cúspide del templo, justo donde
eran unos objetivos perfectos para Ysera y Alexstrasza.

A la Protectora se le formó un nudo en el estómago y un temor


impreciso, que prácticamente la paralizó, la dominó por entero.
Algo iba terriblemente mal.

—¡Aléjense del enemigo! —exclamó, con una voz clara y firme


que disimulaba el terror que sentía—. ¡Hagan que se distancien del
templo y atáquenlos de uno en uno!

Los dragones que defendían el templo la oyeron y, de inmediato,


se dispersaron en todas direcciones. Sin embargo, los dragones
crepusculares permanecieron apiñados; sólo unos pocos se
separaron del grupo que ahora, a ojos de Alexstrasza, parecía una
formación compacta que quería atraer su atención.

Entonces, se dio cuenta de qué estaba sucediendo en realidad. No


habían venido a atacar nada, sino a distraerlos...

La explosión, tanto física como metafísica, fue lo bastante pode-


rosa como para lanzar a Alexstrasza a gran velocidad por los aires,
girando a lo loco y dando tumbos, sin poder hacer nada por
remediarlo, como un cachorro recién salido del cascarón al que
hubiera atrapado un ciclón. Extendió las alas y rugió de dolor; una
agonía se adueñó de su ser inesperadamente y, a pesar de que se
sintió como si le arrancaran las alas, logró mantenerse en el aire.
Se sentía como si le hubiera dado una paliza una montaña que

54
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

estuviera viva; además, durante un largo rato, fue incapaz de


escuchar nada.

Pero podía ver. Y, mientras el dolor surcaba su cuerpo, deseó ser


ciega.

El Templo del Reposo del Dragón seguía en pie. A duras penas.


Varios de sus gloriosos y elegantes arcos estaban hechos añicos;
sus restos recordaban al hielo derretido. Una turbia energía mágica
roja emergía de la base del templo.

Y en la base del templo se hallaban...

—¡Los sagrarios! —gritó alguien—. ¡Nuestros niños!

Muchos se habían roto y caían al vacío. Por un terrible instante que


pareció prolongarse una eternidad, Alexstrasza fue incapaz de decir
nada.

El Sagrario Rubí... los niños... ¡Korialstrasz...!

En cuanto por fin fue capaz de articular palabra, ni siquiera ella


misma fue capaz de creer lo que estaba diciendo.

—¡No cedan ni un ápice! —exclamó—. ¡No podemos permitirnos


el lujo de perder ninguno más! ¡Repelan al enemigo, mi vuelo! ¡No
dejen que nos lastimen aún más!

Su apasionado grito espoleó no sólo al vuelo de dragón rojo sino a


todos los demás, que canalizaron la ira, pena y terror que sentían
ante lo que temían que hubiera pasado en sus furibundos ataques.
Los dragones crepusculares se sobresaltaron ante la ferocidad del
asalto y huyeron enseguida.

55
Christie Golden

Alexstrasza no los persiguió. Extendió sus alas y se lanzó en picado


hacia el suelo, estremeciéndose de miedo al compás de los latidos
de su temeroso corazón, mortalmente asustada ante lo que podría
encontrarse allá abajo.

El Padre Crepuscular se hallaba en la cima de una de las muchas


montañas que sobresalían en el Cementerio de Dragones. No
parecía sentir el frío del viento que tiraba de su capa mientras
mantenía la capucha en su sitio con firmeza con una sola mano.
Con la otra mano agarraba con fuerza una cadenita de plata, cuyos
eslabones eran diminutos y estaban tallados con suma finura. Entre
las sombrías tinieblas de su capucha destacaban sus ojos, hundidos
en un semblante de facciones muy marcadas cubierto de una barba
gris, con los que observaba lo sucedido. Había contemplado la
batalla con suma satisfacción, al mismo tiempo que lanzaba sus
burlas con voz atronadora, presa de júbilo casi infantil, para
desconcertar a la Protectora.

Sin embargo, la explosión que había devastado a los vuelos de


dragón también lo había sorprendido y consternado.

Junto a aquel hombre grande y de complexión robusta se


encontraba una hermosa joven. El viento azotaba su largo pelo de
un color moreno azulado y, al mismo tiempo, dotaba de una
tonalidad rosácea a sus mejillas normalmente pálidas. El otro
extremo de la cadenita, que el Padre Crepuscular portaba en una
mano enguantada, terminaba en una argolla que rodeaba la esbelta
garganta de la mujer, como si fuera un collar muy elegante. A pesar
de que ella también parecía inmune al frío, se le habían congelado
unas cuantas lágrimas sobre el semblante. Ahora, sin embargo,
sonreía, de tal modo que esas lágrimas se quebraron y cayeron
sobre la fría piedra que se hallaba entre ambos.

Lentamente, la figura encapuchada se volvió hacia la muchacha.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¿Cómo has logrado avisarlos? ¿Cómo lo has hecho? ¿Quién te


ha ayudado?

La sonrisa que esbozada aquella chica se tornó más amplia.

—Tus seguidores te son muy leales, nunca me ayudarían. No los


he avisado. No obstante, parece que hay alguien más listo que tú…
Padre Crepuscular—contestó, pronunciando el título del
encapucha, do no con el respeto de los miembros de su culto, sino
con un desprecio desafiante—. Tu plan ha fracasado.

Dio un paso hacia ella y, de repente, se rió entre dientes.

—Qué estúpida eres. Siempre hay varias opciones. Un hombre


sabio siempre tiene preparado un plan alternativo.

Con suma indiferencia, tiró con más fuerza de la cadena. La


muchacha jadeó y se levó las manos con celeridad a la garganta
mientras la cadena se retorcía, refulgía con un color blanco y la
quemaba. El encapuchado sonrió ante el olor de la carne quemada
y, a continuación, con igual indiferencia, la liberó de ese hechizo.
La muchacha no cayó al suelo de rodillas, pero sus jadeos y sus
estremecimientos bastaron para que su torturador se sintiera
complacido.

En efecto, habían sufrido un contratiempo muy severo. No


obstante, lo que le había dicho a su prisionera era verdad. Un
hombre sabio siempre tiene preparado un plan alternativo. Y el
Padre Crepuscular era un hombre muy sabio.

No había sido derrotado ni por asomo.

*******

Ya no estaban ahí.
57
Christie Golden

Todos los sagrarios habían desaparecido, como si nunca hubieran


estado ahí. Cinco dimensiones en miniatura, cada una de las cuales
era un espacio consagrado a cada vuelo, habían sido destruidas. Y
junto a esos sagrarios habían desaparecido los tesoros
indescriptiblemente valiosos que albergaban: sus vástagos. Miles
de vidas habían resultado sesgadas antes de tener siquiera la
oportunidad de respirar el aire o flexionar sus alas.

Alexstrasza había acompañado a los celadores a inspeccionar los


daños; no quedaba nada que investigar. De algún modo, los
dragones crepusculares se las habían ingeniado para lograr que
cada uno de los sagrarios implosionara; sólo había quedado el tenue
rastro de la energía que había sido utilizada para destruirlos. Otro
día, ya se encarga* rían de investigar cómo y por qué había
sucedido aquella desgracia, cuando la confusión ya no reinara en
sus mentes y la calma dominara sus corazones. Por ahora, los
vuelos de dragón se hallaban unidos por el dolor y el sentimiento
de pérdida.

Ninguno albergaba ya esperanza alguna, salvo Alexstrasza.


Merced a la compasión que anidaba en su corazón, amplió el
campo de acción de la magia que poseía como la Protectora, de su
amor sin medida, con el fin de hallar algún rastro de aquél que fue
el primero en ganarse su amor. El vínculo que los unía era tan fuerte
que, aunque se hallara ahora muy lejos, percibiría su presencia si
seguía vivo. Hasta entonces, siempre había sido capaz de contactar
con él.

¿Korialstrasz?

Silencio.

¿Amor?

58
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Nada.

Korialstrasz se había volatilizado al igual que los sagrarios, los


huevos y las esperanzas que habían depositado en el futuro de los
dragones.

Alexstrasza se puso de cuclillas, conmocionada y tambaleándose,


sobre el suelo nevado. Torastrasza, mayordoma del Consejo Rector
del Acuerdo, se encontraba junto a ella, procurando ofrecerle
consuelo ante un hecho inconmensurablemente aterrador, ante el
cual era imposible hallar alivio alguno en mucho tiempo. Quizá,
jamás.

Tariolstrasz se acercó a Torastrasza y le inquirió:

—¿Puedo hablar un momento contigo?

Torastrasza acarició con el hocico a Alexstrasza de manera muy


gentil y le dijo:

—Vuelvo en un momento.

Alexstrasza alzó la cabeza y la contempló con una mirada vacía;


por un fugaz instante, fue incapaz de comprender las palabras de
Torastrasza. No obstante, al final, asintió:

—Oh, sí... claro.

Mi amor, mi cielo, mi vida... ¿por qué te pedí que te quedaras ahí?


Si me hubieras acompañado, quizá habrías sobrevivido...

Escucho un sinfín de voces rabiosas por doquier; los dragonea


gritaban presas de la ira y la angustia, del temor y la furia. Lo único
que evitaba que Alexstrasza perdiera el juicio era que el piadoso
velo del aturdimiento la dominaba; no obstante, éste iba cayendo
59
Christie Golden

poco a poco, ya que aquella pesadilla que parecía imposible pero


era real proseguía. En ese instante, sintió una suave caricia en el
cuello y se volvió hacia Ysera, quien la miraba con gran compasión
con sus ojos de tonalidades de arco iris. El Aspecto de Dragón
verde permaneció en silencio, pues sabía que no había nada que
decir; simplemente, se tumbó junto a su hermana de tal modo que
sus costados se tocaron.

Pasado un tiempo, Torastrasza regresó.

—Protectora... —acertó a decir. Alexstrasza elevó la cabeza,


haciendo un gran esfuerzo y observó atentamente a la dragona—.
Korialstrasz...

Pero Torastrasza fue incapaz de proseguir.

—Lo sé —replicó Alexstrasza, a quien se le rompió el corazón un


poco más al admitirlo en voz alta, como si al pronunciar esas
palabras estuviera contribuyendo a que su muerte fuera algo mucho
más real—. Estaba... ahí. En el sagrario. Mi amor ha muerto.

Torastrasza hizo un gesto de negación con la cabeza que la


sorprendió. La esperanza se adueñó repentina e irracionalmente de
Alexstrasza.

—¿Ha sobrevivido?
—No, no, es... al parecer, se suicidó.

Miró fijamente a Torastrasza como si la mayordoma estuviera


diciendo algo sin sentido.

—¡Tus palabras carecen de sentido! —exclamó, al mismo tiempo


que golpeaba el suelo con su pata delantera.
—Él ha sido quien... quien ha hecho esto. Lo poco que queda porta
su marca energética. Es verde y... y está vivo.
60
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¿Estás diciendo que el amado consorte de mi hermana ha


destruido los sagrarios y los huevos? ¿Que se ha autodestruido? —
inquirió Ysera, con un tono de voz calmado y ausente.
—Es... es la única explicación.

Alexstrasza contempló fijamente a Torastrasza.

—Eso es imposible —replicó, con un tono más áspero que la lija—


. Conoces a Korialstrasz. Sabes que es incapaz de hacer algo así.
—¡Salvo que colaborase con el Martillo del Crepúsculo! —replicó
Arygos con suma furia—. Durante mucho tiempo, te pidió
insistentemente que mataras a mi padre, que atacaras el Nexo.
Desde el principio, ¡ha estado urdiendo el exterminio de toda
nuestra raza!

La ira explotó como una llamarada en la sangre de Alexstrasza. Se


incorporó de un salto, con la mirada clavada en el dragón azul, y
avanzó lentamente hacia él.

—Mientras tu padre gimoteaba presa de la locura, Korialstrasz y


yo luchábamos por salvar Azeroth. Nos unimos a los aliados que
pudimos hallar. Cambiamos el mismo curso del tiempo; nos
arriesgamos a morir, e incluso a sufrir un destino peor, por este
mundo. Siempre estuvo a mi lado, siempre me fue leal. También te
quería a ti, Arygos, como demostró al salvarte la vida, como
demostró al salvarle la vida a Kiry y a muchos otros. Una y otra
vez, ha salvado a nuestro mundo y a nuestra raza. Así que, dime,
¿cómo esperas que ahora creamos que fue capaz de aliarse con
Alamuerte? ¿Con un culto que ansia únicamente provocar el fin de
todo lo que existe?
—Arygos, tiene que haber otra explicación —le instó Kalec.

Debería haberla... la había... tenía que haberla... Alexstrasza sabía


que sí. Aun así...

61
Christie Golden

—La táctica que han empleado los dragones crepusculares estaba


diseñada para mantenemos entretenidos luchando en el aire, por
encima del templo —prosiguió diciendo Torastrasza, con un tono
de voz suave a pesar de que sus palabras eran muy duras—. Era
una mera distracción para mantenemos ocupados... para alejar a los
protectores del Reposo del Dragón, de tal modo que...

Torastrasza dejó de hablar y bajó la mirada, pues era incapaz de


contemplar a su adorada Protectora mientras pronunciaba unas
palabras que, sin duda alguna, le estaban rompiendo el corazón a
pedazos a la reina de dragones.

—Alexstrasza —dijo Kalec con suma delicadeza—, dinos por qué


Krasus decidió no venir hoy a la reunión. Seguro que... bueno no
estoy seguro, pero supongo que le pediste que se quedara en el
sagrario, ¿verdad?

Esas últimas palabras las entonó como si estuviera realizando un


ruego.

La Protectora clavó su mirada en Kalec y el corazón se le hizo


añicos al recordar la conversación que, a la postre, había sido la
última que mantendrían jamás.

Entonces ve sin mí, mi amor. Tú eres el Aspecto. A ti te escucharán.


Yo sólo sería como un pequeño guijarro atrapado entre tus
escamas... algo insignificante que únicamente está ahí para
molestar.

Había sido él quien había sugerido que era mejor que se quedara en
el sagrario.

—No —susurró, tanto para responder a la pregunta de Kalec como


en un desesperado intento de negar lo que parecía ser la verdad:
que Korialstrasz había planeado todo aquello desde el principio.
62
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Kalec la contempló angustiado.

—Incluso... incluso ante estas evidencias... a pesar de que lo que


parece... ¡no me puedo creer que Krasus haya intentando causar un
genocidio! ¡El Krasus que yo conocía habría sido incapaz!
—Quizá la locura ya no se conforma sólo con los Aspectos —
comentó burlonamente Arygos.

De improviso, algo se quebró en la mente de Alexstrasza.

Echó la cabeza hacia atrás y chilló de dolor; aquel fuerte grito rasgó
el aire y estremeció el suelo congelado. Dio un salto y batió las alas
al compás de su corazón desbocado, con los ojos clavados en el
hermoso Orbe de la Unidad.

Voló directamente hacia él.

Alexstrasza agachó la cabeza en el último momento, como un


carnero que cargara contra su enemigo. Sus colosales cuernos
impactaron contra el delicado orbe. Con un inesperado tintineo
muy agudo, el Orbe de la Unidad estalló en miles de fragmentos
deslumbrantes que cayeron como una lluvia centelleante sobre los
dragones que se encontraban debajo.

La Protectora quena alejarse de aquel lugar. De esos dragones que


estaban dispuestos a creer con suma facilidad lo peor de alguien
que siempre había sido el mejor de todos ellos. No sólo los
dragones azules o verdes pensaban así, sino también su propio
vuelo, que no debería dudar de él...

¿Y ella? ¿No debería siquiera dudar? ¿Y si era cierto?

63
Christie Golden

No. No podía dudar, no dudaría de él, no podría soportar esa carga


en su corazón, no iba a traicionar a alguien que siempre había sido
de la máxima confianza.

En ese momento, Torastrasza, Ysera y Kalecgos volaban ya junto


a ella. Le dijeron algo que no pudo entender y, acto seguido, viró
en pleno vuelo y se dispuso a atacarlos.

Sobresaltados, se apartaron de su camino. Alexstrasza no los


persiguió. No deseaba asesinar a nadie. Sólo quería que la dejaran
en paz para que pudiera escapar de aquel lugar, de aquel terrible
lugar donde había sucedido esa tragedia tan horrorosa,
indescriptible e inimaginable. Nunca más podría contemplar el
templo sin revivir aquel funesto momento. Y ahora mismo... era
incapaz de soportar esa visión.

Era incapaz de soportarlo todo.

En su desazón, Alexstrasza se aferró única y exclusivamente a una


cosa: a la esperanza de que pudiera volar lo bastante lejos y lo
bastante rápido como para dejar atrás los recuerdos.

*******

El ataque de la Protectora había estado motivado por la ira y el


miedo que la dominaban; no había pretendido asesinar a Ysera,
Torastrasza y Kalec, quienes esquivaron su ataque fácilmente.
Ysera, que también estaba sufriendo mucho, puesto que muchos de
los huevos que habían resultado destruidos en la explosión
pertenecían a su propio vuelo (incluso algunos los había puesto ella
misma), sabía que su dolor no era comparable al que estaba
experimentando su hermana.

Alexstrasza había perdido de una tacada a su consorte, a sus hijos


y toda esperanza.
64
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Ysera regresó volando al templo sumida en una honda tristeza y


con un gran pesar en su corazón; entretanto, (como siempre hacía
últimamente) intentó encajar en su cabeza las múltiples piezas y
fragmentos de diversos puzzles y enigmas.

Los dragones se marchaban en grandes bandadas. Todos se sentían


pesarosos y furiosos. Al parecer, nadie deseaba quedarse más
tiempo en aquel lugar, en donde hasta hacía poco se había
encontrado lo que más querían.

El Acuerdo del Reposo del Dragón había saltado por los aires, al
igual que lo había hecho el símbolo que lo representaba, de tal
modo que el templo había perdido todo su sentido.

Ysera, sin embargo, permaneció ahí. Voló lentamente alrededor del


templo, observándolo de una manera bastante fría y objetiva. A
continuación, aterrizó, adoptó la forma de un elfo de la noche y
recorrió aquella edificación como un bípedo. Había cadáveres por
doquier: de dragones rojos, azules, verdes y crepusculares. De
manera irónica, la energía vital de la magia que Korialstrasz había
empleado para destruir los sagrarios se filtraba ahora hacia la
superficie, lo cual provocaba que las plantas irrumpieran a través
de la blanca capa de nieve que cubría el suelo.

Ysera negó con la cabeza con gran pesar. Le resultaba muy absurdo
que una energía vital tan vigorosa hubiese sido la causa de tanta
muerte. Se agachó para acariciar una larga hoja verde y, acto
seguido, prosiguió deambulando sin rumbo.

Si bien tenía los ojos abiertos, no prestaba atención a lo que veía


con ellos. Había intentado explicar de todas las maneras posibles al
resto de dragones la incompleta visión que había tenido. Pero era
algo prácticamente imposible: sólo podía entenderla de verdad
alguien que, tras haber dormido y soñado durante decenas de miles
65
Christie Golden

de años, se acabara de despertar e intentara darle un sentido a todas


sus visiones. Ysera sabía que no estaba loca, intuía que los demás
tampoco la consideraban una demente; no obstante, ahora sentía
cierta afinidad con la locura.

Aunque había hablado sobre la Hora del Crepúsculo en la reunión


y había intentado advertir a los demás, su advertencia había caído
en saco roto; como si se tratara de un diminuto fragmento brillante
de... algo... la cuestión había sido barrida rápidamente con una
diligente escoba... cual fragmento de cerámica rota. Era...

Se mordió el labio inferior, meditabunda.

Si bien sabía que era el mayor reto al que jamás se iban a enfrentar
los vuelos de dragón, ignoraba a quién se iban a enfrentar. La hora
podría llegar muy pronto... o dentro de eones. ¿Acaso todo esto
tenía algo que ver con el regreso de Alamuerte? Seguro que sí... ¿o
no? El mundo se desmoronaba tras el Cataclismo, que era una de
las peores cosas que le habían pasado jamás a Azeroth.

¿Cómo iba a poder persuadir a los demás de la gravedad de la


situación cuando era incapaz de expresar con palabras la naturaleza
del peligro que se avecinaba? Entonces, profirió un leve gemido
repleto de contrariedad y frustración.

Aunque de una cosa estaba segura: faltaban muchas piezas en ese


puzzle, pero había una pieza clave que había que colocar para que
el resto pudieran encajar luego en su sitio. Se trataba de una pieza
muy extraña, insólita como poco, y no estaba muy segura de cómo
iba a encajar. Sólo sabía que debía hacerlo.

Ysera había visto a aquel sujeto entrando y saliendo de sus sueños.


Había creído que esa pieza entendía el papel que jugaba en el
esquema de las cosas, pero ahora, por muy raro que pareciera, algo
(una cierta certeza que intuía pero que no comprendía del todo) la
66
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

llevaba a pensar que todavía no había alcanzado a entender cuál era


la verdadera importancia que tenía esa pieza en el destino de
Azeroth.

Si bien no era un dragón, albergaba cierto interés por los vuelos de


dragón en lo más hondo de su corazón; lo supiera o no. Caminaba
entre mundos, aunque no buscaba conquistarlos ni mandar sobre
ellos ni destruirlos. Era un ser único.

Ladeó la cabeza para dejar que el viento jugueteara con su largo


pelo verde. Quizá por esa misma razón encajaba en aquel
rompecabezas. Ni siquiera los Aspectos eran unos seres singulares,
a pesar de que cada uno de ellos poseía unas habilidades únicas. Al
principio habían sido cinco en total, cuando los titanes aparecieron
en el mundo y decidieron compartir su poder con los Aspectos por
el bien de Azeroth. Ahora sólo eran cuatro; no obstante, pronto
volverían a ser cinco de nuevo, en cuanto los dragones azules
determinaran cómo iban a elegir a aquél que los iba a liderar.

Sin embargo, este ser era único.

Sólo había un Thrall.

67
Christie Golden

Thrall no podía conciliar el sueño. Aggra dormitaba en silencio


junto a él, envuelta en las pieles que utilizaban para dormir. Él, sin
embargo, seguía despierto, pues la inquietud dominaba sus
pensamientos. Estaba tumbado boca arriba, contemplando
fijamente las pieles que cubrían aquella choza. Entonces, decidió
levantarse, se vistió, se puso una capa y salió de su refugio.

Respiró hondo aquel aire húmedo y alzó la vista para observar el


cielo nocturno. Las estrellas, al menos, parecían desprender una
sensación de paz y calma y las dos lunas (la Dama Blanca y la Niña
Azul) no se habían visto afectadas por el violento renacimiento de
Alamuerte en Azeroth. Por el momento, los elementos seguían tan
estables como siempre en la Vorágine; frunció el ceño, pues era
consciente de que él no había contribuido en nada a que esa
estabilidad fuera una realidad.

Echó a andar sin ningún destino en mente. Simplemente, quería


caminar, solo y en silencio, para ver si así se calmaba su inquietud
y podía conciliar el sueño por fin.

Lo que había sucedido durante la realización del conjuro y después


(tanto con los demás miembros del Anillo como con Aggra en
68
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Particular) lo había dejado consternado. Se preguntaba si tenían


razón. ¿Servía para algo que estuviera ahí? Lo había dejado todo
para acudir a aquella reunión de chamanes; sin embargo, había
resultado que no sólo no tenía ninguna ayuda que ofrecer, sino que
además era un elemento perturbador. Hoy se había quedado a
«descansar» mientras el resto dedicaban todo el día a realizar
preparativos, lo cual era muy humillante y doloroso para él. Gruñó
levemente para sí y aceleró el paso.

Se negaba a creer que Aggra pudiera tener razón, que se escondía


bajo el manto del liderazgo y que era un «esclavo» del deber. Si
eso era así, ¿por qué no podía centrarse en la tarea que tenían entre
manos?

—¿Qué me ocurre? —masculló en voz alta a la vez que, presa de


la impotencia, se golpeaba fuertemente con su enorme puño verde
la palma de la otra mano.
—No conozco la respuesta —contestó alguien con una melodiosa
voz femenina—. Quizá la sepa, en un determinado momento del
futuro.

El orco se giró, sobresaltado. A unos pocos metros de él se hallaba


una figura alta y esbelta, envuelta en una capa, la cual, al llevarla
muy pegada, revelaba que se trataba de una mujer; sin embargo, su
rostro se encontraba oculto bajo las sombras de la capucha de su
capa. Thrall no reconoció aquella voz y frunció ligeramente el
ceño, mientras se preguntaba quién podía ser aquella extraña.

—Quizá yo también —replicó el orco, quien agachó la cabeza a


modo de saludo—. Soy Thrall.
—Lo sé. He venido a verte —afirmó aquella figura, cuya voz era
cadenciosa e hipnotizante.

El orco parpadeó.

69
Christie Golden

—¿A mí? ¿Por qué? ¿Quién eres?


—Es... difícil de explicar —respondió y, a continuación, ladeó la
cabeza como si estuviera oyendo algo que él no podía escuchar.
—¿Tan difícil te resulta decirme tu nombre?
—Oh, eso... no, no lo es. Lo otro sí es arduo de explicar. Escucha…
tengo una misión de menor importancia que encomendarte, Thrall.

El orco sintió más curiosidad que enfado ante la inesperada


propuesta.

—¿Una misión? ¿Para ayudar al Anillo?


—No, para ayudar a unos aldeanos.
—¿Aldeanos?
—Sí, quiero que ayudes a una aldea situada en Feralas. En realidad,
es poco más que un pequeño campamento al que llaman... —en ese
instante, se rió entre dientes como si se tratara de una broma
privada— El Reposo del Soñador, donde reina el sufrimiento. La
tierra sufre, así como una vetusta arboleda que dejó atrás su
esplendor hace muchos años y los druidas que viven cerca de ella.
Ahí, los elementos se hallan fuera de control, al igual que sucede
en muchas partes de este desdichado mundo que se encuentra
herido. Si nadie lo remedia, acabarán destruyendo la aldea.
Únicamente un chamán puede hablar con los elementos y calmarlos
para que encuentren la armonía.

A Thrall dejó de hacerle gracia aquel asunto. Sospechaba que podía


tratarse de una broma. De una broma que no le gustaba lo más
mínimo.

—Entonces, deja que el chamán de la aldea obre como debe —


sugirió, de un modo un tanto brusco.
—No cuentan con un chamán. Es una localidad muy pequeña; sólo
cuentan con druidas —replicó aquella extraña de manera simple y
llana, como si así lo explicara todo.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall inspiró aire con fuerza. Lo que le estaba pidiendo era una
tarea de muy poca importancia. Un chamán novato habría podido
manejar perfectamente esa situación. No sabía por qué aquella
mujer había venido a buscarlo para realizar una tarea tan simple,
pero tampoco le importaba.

—Seguro que otros chamanes podrán hacerlo —dijo, conteniendo


su enfado e intentando mantener las formas. Como a lo mejor el
Anillo de la Tierra lo estaba sometiendo a una extraña prueba, no
quería dejarse llevar por la rabia de manera caprichosa, por mucho
que aquella mujer vacilante lo estuviera contrariando.

La figura encapuchada hizo un gesto enérgico de negación con la


cabeza y se acercó a él.

—No —insistió, con suma seriedad—. No hay ningún otro como


tú.

Aquella situación estaba adquiriendo tintes ridículos.

—¿Quién eres tú para encomendarme esa tarea?

Pese a que el rostro de la mujer seguía envuelto en sombras, el


fulgor de sus radiantes ojos iluminó una sonrisa de una dulzura
cautivadora. ¿Acaso se trataba de una elfa de la noche?

—Quizá esto te lo deje más claro.

Antes de que pudiera replicar, la mujer dio un salto... y se elevó a


una altura muy superior a la que un elfo de verdad podría haber
ascendido; la capa se le cayó en cuanto extendió los brazos a lo
ancho y volvió el rostro hacia el cielo. Su cuerpo se transformó a
una velocidad mayor de la que era capaz de apreciar la vista del
orco. De ese modo, ahí donde creía que había habido una elfa de la
noche hasta hacía sólo irnos instantes, se encontraba ahora una
71
Christie Golden

enorme dragona que lo miraba desde gran altura y que batía las alas
sin cesar mientras descendía hacia el suelo.

—Soy Ysera... la Despierta.

Thrall dio un paso atrás, profiriendo un grito ahogado. Conocía ese


nombre. Pertenecía a la Soñadora, a la guardiana del Sueño
Esmeralda, quien ahora ya no soñaba.

Al parecer, muchas cosas habían cambiado con el reciente


Cataclismo.

—Hazlo, Thrall —insistió Ysera, con una voz todavía agradable,


aunque más profunda y resonante ahora que había adoptado su
forma de dragón.

Estuvo a punto de responder: «Sí, por favor». Sin embargo, sintió


la pesada carga de sus recientes fracasos. La tarea que quería
encomendarle parecía bastante trivial, pero teniendo en cuenta
quién era, suponía que en realidad debía ser muy importante. Y no
estaba seguro de que se le pudiera confiar una misión importante
en esos instantes.

—Poderosa Ysera... ¿me permites meditar al respecto?

Le dio la sensación de que la dragona se sentía decepcionada.

—Esperaba que aceptaras.


—Esa aldea, en realidad, sólo... sólo es un pequeño campamento,
¿verdad?

Su decepción parecía ir en aumento.

—Sí. Es un campamento muy pequeño y una tarea trivial.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

El orco se ruborizó.

—Aun así, he de pedirte que vuelvas mañana por la mañana.


Entonces, podré darte una respuesta.

Ysera lanzó un suspiro que fue, más bien, un gran y melancólico


bramido. El aliento le olía a hierba fresca y niebla. Acto seguido,
Ysera la Despierta asintió, saltó y se esfumó tras batir unas pocas
veces las alas.

Thrall se sentó pesadamente.

Un Aspecto de Dragón le acababa de pedir un favor y él le había


respondido con que volviera mañana. ¿En qué estaba pensando?
Aun así...

Se agachó, se llevó las manos a la cabeza y se acarició con fuerza


las sienes. En esos momentos, las cosas que deberían ser fáciles le
parecían difíciles, muy difíciles. No pensaba con claridad y el pesar
se había instalado en su corazón. Se sentía... perdido y dubitativo.

Después de haber discutido con Aggra la noche anterior, Thrall no


se había mostrado muy sociable. Pero ahora, que se hallaba sentado
a solas con las lunas y las estrellas como única compañía, sintió la
necesidad de hablar con ella. Aggra era sabia y perspicaz aunque,
últimamente, no solían gustarle mucho las críticas que le hacía su
amada. Además, no cabía duda de que no estaba en una situación
en la que pudiera tomar una decisión sin apoyo o consejo, si no,
habría sido capaz de decirle ya al poderoso Aspecto si aceptaba la
misión.

Se levantó lentamente y regresó a la choza.

—¿Las lunas te han proporcionado su guía? —preguntó Aggra en


voz baja en medio de la oscuridad. Thrall debería haberse
73
Christie Golden

imaginado que ella se iba a acabar despertando, por mucho que


intentara ser lo más sigiloso posible.

—No —contestó—. Pero... a este chamán le gustaría preguntarte


una cosa.

Si bien esperaba recibir una respuesta sarcástica, al final lo que


escuchó fue el roce de las pieles de dormir, que indicaba que la orca
se estaba incorporando.

—Te estoy escuchando —fue lo único que dijo Aggra.

A continuación, se sentó junto a ella sobre las pieles que utilizaban


para dormir. En voz baja, le contó con quién se había encontrado y
qué le había dicho. Aggra lo escuchó sin interrumpirlo, aunque
abrió los ojos más de lo normal en determinados momentos.

—Me parece... casi insultante —concluyó Thrall—. Se trata de una


tarea menor. No tiene sentido que me vaya de aquí, donde se
necesita desesperadamente mi ayuda, para salvar a una pequeña
aldea de Feralas... —el orco negó con la cabeza—. No sé si se trata
de una prueba o una trampa o qué. Ya no entiendo nada de nada.
—¿Estás seguro de que era Ysera?
—Era una dragona verde de tamaño colosal —le espetó Thrall
quien, a continuación, añadió con más calma—, e... intuí que era
ella.
—Da igual que se trate de una prueba o una trampa. Da igual que
te dé la impresión de que es una tarea trivial. Si realmente es Ysera
quien te encomienda esa misión, deberías aceptarla, Thrall.
—Pero aquí se requiere mi ayuda...

Aggra colocó su mano sobre la de su amado.

—No es cierto. Ahora no. Eres incapaz de hacer lo que tienes que
hacer para poder sernos de ayuda. Ya lo viste ayer... todos lo vimos.
74
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

En estos momentos, no nos eres útil aquí. No lo eres para el Anillo


de la Tierra, ni para la Horda, ni para mí, ni siquiera para ti mismo.

Si bien Thrall esbozó un gesto de contrariedad, Aggra le había


hablado sin un ápice de menosprecio o enfado en su tono de voz.
De hecho, le había hablado con una delicadeza que no mostraba
desde hacía mucho tiempo, con la misma delicadeza con la que lo
cogía de la mano en esos instantes.

—Go’el, amado mío —prosiguió diciendo la orca—, ve a hacer lo


que tienes que hacer. Ve y acepta la misión que te ofrece ese
Aspecto. Y no te preocupes tanto de si es una tarea importante o
no. Ve y vuelve con lo que aprendas de ella —entonces, sonrió un
poco, un tanto burlonamente—. ¿Acaso no aprendiste nada en tu
ritual de iniciación?

Thrall recordó aquel ritual que había tenido lugar en Garadar, que
parecía ya muy lejano en el tiempo. Se acordó de la sencilla túnica
que había tenido que vestir y de que se le insistió mucho en la idea
de que un chamán siempre debe mantener el equilibrio entre el
orgullo y la humildad.

Sin duda alguna, no estaba siendo humilde si pensaba negarse a


realizar una tarea encomendada por un Aspecto.

Thrall respiró hondo, aguantó la respiración un momento y, acto


seguido, exhaló lentamente.

—Iré —dijo.

*******

El Padre Crepuscular se sintió un poco decepcionado por lo rápido


que habían huido los dragones rojos, azules y verdes. Había
albergado la esperanza de que plantaran más cara. No obstante, su
75
Christie Golden

rápida retirada le había facilitado la consecución de su objetivo y


así había logrado que sus fieles, quienes obedecían ciegamente
todas sus órdenes, lo adoraran aún más. Lo cual estaba muy bien, a
pesar de que esa victoria no había sido tan dulce como si la hubiera
obtenido tras una larga y dura lucha.

Había estado observando, junto a aquella muchacha, cómo los


dragones se alejaban volando; a veces de uno en uno, otras en
parejas o grupos. Ahora, los únicos dragones que quedaban ahí
estaban muertos o moribundos, salvo aquéllos que se hallaban
directamente bajo su mando.

Había enviado a sus tenientes por delante para ir reuniendo a sus


seguidores, que ahora se encontraban reunidos al pie del
promontorio y temblaban de frío. A pesar de que poseían unos
rostros muy distintos (allí había orcos y trols, humanos y elfos de
la noche; en realidad, casi todas las razas de Azeroth estaban
representadas en aquel grupo), en todos ellos se había dibujado un
gesto similar de adoración incondicional y total embelesamiento.

—Nuestro largo viaje ha llegado si no a su fin, sí a un lugar donde


podremos reposar, reunir a nuestras tropas y recuperar fuerzas. El
Templo del Reposo del Dragón fue, en su día, un símbolo del poder
y la invencibilidad de los vuelos de dragón cuando actúan unidos.
Según se cuenta, los mismos titanes lo erigieron y los dragones lo
consideraban un lugar inviolable y sagrado. Hoy, hemos visto
cómo lo han abandonado... cómo incluso dos Aspectos han huido
de este templo. Ahora será nuestro hogar, por el tiempo que
decidamos que sea así. ¡Pues este antiguo lugar de poder debe caer
al igual que todo!

Una serie de vítores surgieron con fuerza de cientos de gargantas.


El Padre Crepuscular alzó las manos, aceptando así la idolatría de
la muchedumbre.

76
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Resulta muy adecuado que parte de este lugar se encuentre en


ruinas —prosiguió diciendo en cuanto los gritos de júbilo fueron
perdiendo intensidad—. El fin de todo lo que existe nos acompaña
siempre allá donde vamos, incluso en nuestro momento de triunfo.
Y ahora... hagámonos con un botín que pueda ser útil a nuestra
causa.

Entonces, una de los colosales dragones crepusculares, que había


estado planeado obedientemente por encima de ellos, se acercó
para aterrizar. Como una mascota servil, se postró ante él,
apoyando su vientre de un pálido color púrpura sobre la fría piedra
con el fin de que su amo no tuviera ninguna dificultad a la hora de
subir a su lomo. El Padre Crepuscular avanzó hacia la dragona y,
de repente, la cadena de la que llevaba atada a la muchacha se
tensó. Se volvió, un tanto sorprendido.

La chica no se movió, mientras observaba al dragón con una


mezcla de repugnancia y piedad.

—No, querida, no debes titubear —dijo el encapuchado, tiñendo


esas amables palabras con un tono burlesco—. Aunque... —en ese
instante, esbozó una sonrisa de suficiencia entre las sombras de su
capucha— me atrevería a decir que nunca esperaste volver a casa
de esta manera, ¿eh?

Entonces, Kirygosa, hija de Malygos y hermana de Arygos,


desplazó su mirada del dragón crepuscular hacia el Padre
Crepuscular, entornó sus ojos azules en un claro gesto de desdén y
mantuvo un gélido silencio.

*******

Mientras se aproximaban al Templo del Reposo del Dragón,


Kirygosa se dio cuenta de que algo más también se dirigía hacia
aquel lugar. A sus pies, un enorme trineo, capaz de albergar a varias
77
Christie Golden

decenas de humanos, atravesaba el paisaje. Los alces de avalancha


que tiraban de él estaban haciendo un ostensible esfuerzo. Justo
cuando Kirygosa los observaba, uno de ellos cayó agotado. El
trineo se detuvo. Cuatro acólitos del Martillo del Crepúsculo se
dirigieron hacia aquella patética criatura, a la que desataron y
reemplazaron por otra. El exhausto animal siguió avanzando,
dando tumbos, mientras tiraban de sus riendas y lo apartaban de sus
compañeros. En cuanto el alce volvió a caerse sobre la nieve y alzó
la cabeza implorando clemencia, uno de los acólitos hizo un gesto.
Acto seguido, varios orcos desmontaron de sus enormes lobos
negros. Las bestias esperaron obedientemente, sin apartar la mirada
de sus amos, hasta que se dio la orden. De inmediato, aquellas
tremendas bestias saltaron al unísono y cayeron sobre el
desventurado alce con una velocidad asombrosa. Los vanos
intentos del animal por resistirse dejaron revuelta la suave nieve
blanca que, de improviso, se tiñó de rojo. Los patéticos gritos del
alce se vieron ahogados bajo los salvajes gruñidos de los lobos.

Kirygosa miró hacia otro lado. Sin duda alguna, aquel destino era
algo más misericordioso que abandonar ahí al alce para morir;
además, los lobos necesitaban comer. Ellos, al menos, eran
criaturas inocentes sin capacidad de raciocinio. Al contrario que
sus amos.

Un momento después, volvió a centrar su atención en el trineo. Una


gran lona cubría su parte superior, de modo que sólo dejaba atisbar
una silueta gigantesca y repleta de bultos. Era la primera vez que
Kirygosa lo veía, aunque había algo en su forma que...

—¿Te pica la curiosidad, querida? —inquirió el Padre Crepuscular,


alzando la voz para que se le pudiera escuchar por encima de los
aleteos de su montura—. Todo será revelado a su debido tiempo.
Por eso mismo nos encontramos aquí. Seguro que recuerdas lo que
te dije: un hombre sabio siempre tiene preparado un plan
alternativo.
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

El tono de voz con el que pronunció esas palabras provocó que un


escalofrío recorriera a Kirygosa. Mientras tanto, el dragón
crepuscular los llevaba hacia el Templo del Reposo del Dragón.
Miró hacia atrás y comprobó que el trineo se perdía bajo sus pies
en la distancia. Si el cargamento que portaba era lo que el Martillo
del Crepúsculo consideraba su «plan alternativo», no quería saber
qué era.

El Padre Crepuscular bajó de lomos de su dragón y pisó el suelo de


la plataforma ornamentada con incrustaciones del Templo del
Reposo del Dragón, que ahora se encontraba cubierto por doquier
de manchas escarlatas de sangre de dragón, así como de pequeños
fragmentos relucientes esparcidos aquí y allá que eran todo cuanto
quedaba del Orbe de la Unidad. Kirygosa lo siguió sumida en un
silencio sepulcral.

A continuación, entregó la cadena de Kirygosa a un acólito. Todos


sabían cómo había que controlar a la dragona: con un simple tirón,
hecho de cierto modo y con cierta firmeza, podían provocarle una
exquisita agonía. El trol llevó a Kirygosa a un pilar y la lanzó contra
el suelo; acto seguido, se quedó a esperar más órdenes de su Padre.

*******

El Padre Crepuscular sacó un pequeño orbe de debajo de su capa y


lo colocó de un modo reverencial sobre el suelo ensangrentado. De
inmediato, comenzó a centellear, refulgiendo de manera siniestra,
como si una furibunda niebla negra bullera atrapada en su interior.
De improviso, aquel pequeño orbe resultó ser demasiado enano
como para contener algo tan poderoso, se quebró y la niebla (no,
no era niebla, sino un humo espeso y acre, que brillaba aquí y allá
gracias a unas ascuas de color rojo anaranjado) se expandió y
ascendió. Acto seguido, conformó una nube más negra que la
noche y de un carácter infinitamente más preternatural, que giró
79
Christie Golden

furiosamente hasta que adoptó una forma concreta. Unos torvos


ojos de un amarillo anaranjado, que se asemejaban a fuego líquido,
se clavaron en el Padre Crepuscular. Unas fauces descomunales,
hechas de un metal negro se abrieron levemente, conformando una
sonrisa demente y taimada. Kirygosa retrocedió instintivamente.

Era Alamuerte.

El Padre Crepuscular se arrodilló ante el orbe.

—Amo —dijo humildemente.


—¿Has triunfado? —preguntó Alamuerte sin más preámbulos. Su
grave voz estremeció el templo e hizo temblar aquel cuerpo de
humo, como si Alamuerte estuviera realmente presente.
—En... cierto modo —respondió el Padre Crepuscular; quiera
intentaba controlar el ligero tartamudeo que le había provocado el
nerviosismo—. Hemos expulsado a todos los dragones del Templo
del Reposo del Dragón, entre los que se encontraban Alexstrasza e
Ysera. He reclamado el templo en nombre del culto del Martillo
del Crepúsculo. Ahora es tu fortaleza, mi Magno Amo.

Los ojos enormes y dementes de la nube se entornaron.

—Ese no era el plan —siseó—. El plan, que has ejecutado de


manera tan insatisfactoria, consistía en destruir a los dragones, ¡y
no en conformarnos con conquistar el templo!
—Es... es cierto, mi señor. El plan se... se ha visto frustrado por
algo que no podíamos haber previsto.

Con suma celeridad, le explicó lo ocurrido. Alamuerte lo escuchó,


sumido en un silencio que resultaba aún más aterrador que los
gritos furiosos que acababa de proferir. Aunque sus rasgos
permanecían en todo momento muy definidos, el humo que los
confirmaba cambiaba continuamente de forma e, incluso en una
ocasión, se pudo escuchar el aleteo de unas alas hechas jirones y
80
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

recubiertas de fuego. Cuando el Padre Crepuscular dejó de hablar,


reinó un largo e incómodo silencio. Alamuerte ladeó la cabeza,
como si estuviera meditando.

—Eso no cambia nada. Has fracasado.

El Padre Crepuscular estaba sudando pese al frío que hacía.

—Es sólo un contratiempo, Magno Amo, nada más. No un fracaso.


Y tal vez tenga consecuencias positivas. Hemos expulsado a los
dragones y da la impresión de que lo sucedido a minado la moral
de la Protectora, de tu mayor enemiga.
—Eso es irrelevante —replicó Alamuerte con una voz sumamente
grave—. Deberás hallar otra manera de alcanzar el objetivo que te
señalé o, si no, te reemplazaré por un general que no me falle en
este momento tan crucial.
—Lo... entiendo, Magno Amo —dijo el Padre Crepuscular, cuya
mirada se posó fugazmente en Kirygosa. Entornó los ojos
pensativo y, acto seguido, decidió mirar a Alamuerte—. Déjalo en
mis manos. Todo está ya en marcha. Empezaré ahora mismo.
—Ni se te ocurra volver a interrumpirme, ser inferior —lo advirtió
Alamuerte.

Bajo su capucha, el Padre Crepuscular palideció.

—Nunca me atrevería a hacer tal cosa, Magno Amo. Simplemente,


deseo servirte.
—Me servirás cuando yo lo diga y ni un latido antes. ¿Entendido?
Al Padre Crepuscular no le quedó más remedio que asentir. Si bien
Alamuerte se había enfadado por haber sido interrumpido, no
volvió a hablar de inmediato, sino que permaneció callado un buen
rato.
—Quizá haya... un nuevo obstáculo. Esperaba que los vuelos de
dragón fueran derrotados por una fuerza en la que participaron tú,
el culto del Martillo del Crepúsculo y aquél al que queremos
81
Christie Golden

ayudar. Esperaba obtener la victoria. Me has dicho que Ysera ha


huido. Habría sido mejor que no hubiera logrado largarse.
—¿Mi señor? —no pudo evitar interrumpirlo; al instante, tragó
saliva.
—Vive por tu culpa —bramó Alamuerte—. Y, como vive, ahora
tiene la oportunidad de hablar con aquél que está destinado a
oponerse a mí, cuya injerencia puede desequilibrar la balanza.

El Padre Crepuscular analizó mentalmente esa nueva información,


así como sus implicaciones. ¿Qué había hecho la Soñadora
Despierta? ¿A quién, o a qué colosal poder, había invocado?
Alamuerte parecía tremendamente preocupado... lo cual aterrorizó
al Padre Crepuscular.

Pese a tener la garganta seca por los nervios, acertó a decir:

—¿Con qué clase de ser se ha aliado?


—Con una criatura inferior —contestó Alamuerte, quien pronunció
esas palabras con suma dureza.

El Padre Crepuscular no estaba seguro de si había oído bien.

—¿Cómo? Pero si...


—¡Con un orco!

Ambos se quedaron callados. Esas tres palabras habían


proporcionado al Padre Crepuscular toda la información que
necesitaba. Hace mucho tiempo, Alamuerte había sido advertido de
que un orco (el más humilde de entre los más humildes) se alzaría
para desafiarlo y posiblemente lo derrotaría. Nadie, y mucho menos
el Padre Crepuscular, le había prestado mucha atención a tal
advertencia.

Entonces, optó por intentar quitarle hierro al asunto.

82
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Mi señor, las profecías suelen ser crípticas. Eres el poderoso


Alamuerte. Has partido por la mitad este mundo. Estamos
batallando contra dragones... y no se trata de unos dragones
cualquiera, ¡sino de los mismos Aspectos! Luchamos contra seres
muy poderosos y no contra patéticos orcos. Por muy poderoso que
sea ése en concreto, no será rival para ti.

—Éste es distinto. Siempre lo ha sido. Ha llevado una existencia


extraordinaria de la que ha aprendido mucho. No piensa como
piensan los dragones... y, como no lo es, quizá sea capaz de
salvarlos.

Si bien el Padre Crepuscular vaciló, no lo exteriorizó.

—Dime quién es este enemigo, mi señor, y prometo que vivirá


poco tiempo. Dímelo para que pueda destruirlo.
—No sólo debes destruirlo. Debes destrozar por completo al
llamado Thrall... sí no, este orco será el fin de todo. ¡De todo!
—Juro que así lo haré.
—Sí. Así será —replicó Alamuerte—. Pero se te está agotando el
tiempo... —entonces, esbozó una amplia sonrisa que era una
macabra imitación de la verdadera sonrisa de un dragón; su
mandíbula inferior descendió para mostrar acres de irregulares
dientes metálicos—, Padre. Aunque no desesperes. Quizá pueda
ayudarte. Soy muy viejo pero no poseo una paciencia infinita.
Contacta conmigo cuando tengas mejores noticias que darme.

El humo que había conformado la imagen de Alamuerte perdió su


solidez y se transformó una vez más en un torbellino de niebla
negra. Lentamente, descendió hacia el suelo y, a continuación, se
solidificó bajo la forma de una esfera negra. Era de nuevo un
pequeño orbe hecho de algo similar al cristal. El Padre Crepuscular
frunció el ceño, se lo guardó y se puso en pie.

83
Christie Golden

—Y tú que creías que iba a ser muy fácil —dijo alguien que poseía
una nítida voz femenina—. Tú y tus grandes y complejos planes.
Ahora se te agota el tiempo del que dispones para destrozar al tal
Thrall. Las corrientes cambian de curso, Padre Crepuscular, y tu
barba ya es de color gris. Te engañas a ti mismo. No vivirás mucho
tiempo estando a su servicio. No vencerás.

Al instante, se volvió hacia al dragona cautiva y recorrió la


distancia que los separaba. Ella alzó la mirada desafiante y él se
dedicó a observarla por largo tiempo.

—Necia e insignificante dragona —dijo al fin—. Sólo conoces una


mera fracción de mis planes. Thrall es una mera pulga que pronto
será aplastado como corresponde, de una manera que no puedes ni
imaginar. Vamos ¡¡ríe ordenó y, acto seguido, cogió la cadena—.
Tengo algo que mostrarte. Ahora veremos si me estoy engañando
a mí mismo... o si eres tú la que está siendo engañada.

La llevó hasta el borde de aquella plataforma circular y señaló hacia


el frente. El misterioso trineo había alcanzado el pie del Templo
del Reposo del Dragón. Como ya no eran necesarios para tirar de
aquel vasto vehículo, habían soltado los alces de avalancha para
que pudieran convertirse en alimento para los lobos. Los
hambrientos depredadores habían hecho muy bien su trabajo: muy
poco quedaba de los alces aparte de los huesos. Los acólitos
miraban hacia arriba, a la espera de una señal de su adorado Padre.
Entonces, éste alzó una mano y, al instante, esos fieles ataviados
con oscuras ropas tiraron de la lona que había ocultado lo que
transportaba aquel trineo de manera un tanto dramática.

Kirygosa profirió un grito ahogado y se llevó la mano a la boca


presa de un tremendo terror.

Sobre aquel gigantesco transporte se hallaba el cadáver de un


dragón. Pero no se trataba de un dragón cualquiera: su cuerpo era
84
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

enorme, más colosal incluso que el de un Aspecto de Dragón. Era


deforme; sus apagadas escamas eran de un feo color púrpura, como
el de un moratón que destaca sobre una piel muy pálida. Y lo más
obsceno, lo más horrendo era que no tenía una sola cabeza.
Tenía cinco. Incluso bajo aquella tenue luz, pudo ver con sus ojos
humanos que cada cabeza era de un color distinto: rojo, negro,
dorado, verde y azul.

Kirygosa sabía perfectamente qué era.

—Un dragón cromático —acertó a decir con voz ahogada.

Los dragones cromáticos eran una aberración, una violación de las


leyes de la naturaleza. Nefarian, el hijo de Alamuerte, había creado
a esas monstruosidades. Nefarian había sido un poderoso dragón
negro, casi tan malvado como su progenitor, que había intentado
combinar los poderes de los cinco vuelos... en un nuevo vuelo de
dragón capaz de destruir a todos los demás. Aquellos experimentos
se acabaron considerando un fracaso. Muchos cachorros habían
muerto antes de salir del cascarón. La mayoría de los que habían
sobrevivido el tiempo suficiente como para eclosionar de sus
huevos eran inestables, volátiles y muy deformes. Sólo unos pocos
llegaron a ser adultos, al ser obligados a madurar artificialmente
mediante diversos procesos mágicos.

El que tenían ante ellos era sin duda un dragón adulto. Pero no se
movía.

—Creía que rara vez llegaban a la madurez. Aun así... está muerto.
¿Por qué debería temer a un cadáver?
—Oh, Chromatus está muerto, de eso no hay duda —contestó el
Padre Crepuscular con displicencia—. Técnicamente es así. Por el
momento. Pero vivirá. Fue el último experimento de Nefarian.
Tuvo muchos fracasos, como seguro que ya sabes. Pero así es como
se aprende, ¿verdad? Mediante el método de prueba y error.
85
Christie Golden

En ese instante, su barba se dividió en dos al esbozar una sonrisa


paternal mientras Kirygosa seguía observándolo con repugnancia.
—Chromatus es la obra cumbre de Nefarian, en la que aplicó tod
lo que había aprendido en diversos experimentos —prosiguió explj
cando el Padre Crepuscular—i Por desgracia, Nefarian fue
asesinado antes de que pudiera insuflar vida a Chromatus.
—En verdad, jamás se ha realizado una proeza más grande en este
mundo que matar a Nefarian —masculló Kirygosa.

El Padre Crepuscular la observó con una mirada burlona.

—Te sorprenderá saber que, al igual que la creación que tienes ante
ti pronto disfrutará de la vida, su creador ya disfruta de ella. Sí...
Nefarian ha regresado... en cierto modo. Es un no-muerto, pero no
cabe duda que se encuentra muy activo. Para Chromatus, no
obstante... tengo otros planes.

Kirygosa no podía apartar la mirada de aquella criatura.

—Así que esta... cosa... ¿es la razón por la que has hecho todo esto?
—en ese instante, se le quebró la voz—. ¿Pretendes dar vida a un
monstruo que no debería tener siquiera derecho a existir?
—¡Por favor, Kirygosa! —le reprendió jocosamente el Padre
Crepuscular—. Deberías mostrar algo más de respeto. Podrías
desempeñar un papel muy importante en la consecución de mi
objetivo.

Kirygosa abrió los ojos como platos, atónita.

—No... no te atreverás a hacer más experimentos...

Se inclinó sobre ella y él entregó la cadena a un trol acólito que se


acercó a él a toda prisa.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Como ves, querida —dijo con suma delicadeza—, aquí a la única


que se le agota el tiempo... es a ti.

87
Christie Golden

El viaje de la Vorágine a Feralas fue arduo y duro. Thrall se había


presentado a la mañana siguiente, tal y como había prometido, para
dar una respuesta a Ysera; sin embargo, el Aspecto de Dragón
verde no hizo acto de presencia. Al principio, se sintió perplejo y
enfadado; luego, se sintió avergonzado por su reacción:
seguramente, Ysera tenía otras obligaciones mucho más
importantes que atender que aguardar la respuesta de un mero
chamán. Le había encomendado esa misión, la había aceptado y la
iba a llevar a cabo; no obstante, le habría gustado que Ysera le
hubiera cedido uno de sus grandes dragones verdes para poder
realizar el viaje con más celeridad. Como no lo había hecho, se tuvo
que conformar con viajar a lomos de un dracoleón, en barco y, por
último, montando en una loba.

Ysera le había dicho que El Reposo del Soñador estaba enclavado


junto a uno de los Dos Colosos. Cabalgó por el camino cubierto de
hierba a lomos de Canción de Nieve, su querida y leal loba gélida,
a quien aquel calor tan húmedo (tan distinto del clima templado de
Lordaeron donde se había convertido en adulto y del calor seco de
Orgrimmar) estaba dejando agotada.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

El orco primero olió el humo y luego lo vio en la lejanía. A


continuación, espoleó a su loba para que acelerara. Aquel acre
hedor era impropio de Feralas, donde normalmente reinaba un
aroma intenso a árbol.

A medida que se acercaba, Thrall tuvo la sensación de que el


resentimiento y el enfado que albergaba por culpa de la misión que
Ysera le había encomendado se iban disipando. Esa gente, esos
druidas, tenían serios problemas. Necesitaban ayuda. Y, a saber por
qué razón, el Aspecto de Dragón verde había querido que fuera él
quien los ayudara.

Y eso iba a hacer.

Dobló un recodo y se encontró de repente con el campamento


frente a él. Thrall frenó abruptamente nada más contemplar lo que
tenía ante sí.

Unas esculturas de lechuzas... unas viejas ruinas... una poza de la


luna...

—Elfos de la noche —masculló en voz alta.

Ysera sólo había mencionado que habría «druidas». Al parecer,


había olvidado mencionarle un pequeño detalle: que en «El Reposo
del Soñador» no habitaban druidas tauren, sino posiblemente
(probablemente) elfos de la noche muy hostiles. ¿Acaso se trataba
de una trampa? Tiempo atrás, la Alianza lo había hecho prisionero,
había k sido transportado como «cargamento» y había acabado
siendo rescatado por quien nunca se hubiera podido imaginar. No
estaba dispuesto a permitir que lo maltrataran de esa manera otra
vez.

Thrall desmontó e hizo una seña para indicar a Canción de Nieve


que lo esperara ahí. Poco a poco, con sumo cuidado, fue avanzando
89
Christie Golden

para poder tener una perspectiva mejor. Tal y como le había dicho
Ysera, el Reposo del Soñador era un lugar muy pequeño. Daba la
impresión de que estaba desierto; quizá todos sus habitantes se
habían ido a apagar el fuego.

¡Por los ancestros! ¡El incendio se estaba acercando cada vez más!
Pudo atisbar varios árboles situados en el extremo más lejano del
campamento, más allá de unos cuantos pabellones de viaje de color
púrpura oscuro que habían sido levantados en aquel
emplazamiento. Una vez más, tal y como la Despierta le había
asegurado, divisó una pequeña hilera de árboles; a Thrall le dio la
sensación de que, efectivamente, se trataba de una vieja arboleda.

Sin duda alguna, podía percibir la ira y la ansiedad de los elementos


en aquel lugar. Era una sensación casi palpable. En ese instante, se
le llenaron los ojos de lágrimas por culpa del humo. Si no hacía
algo pronto...

De repente, sintió algo afilado y duro sobre la nuca y se quedó


totalmente inmóvil.

—Habla muy lentamente, orco. Explícanos por qué has venido a


molestar a los Druidas de la Garra —le ordenó alguien que poseía
una voz femenina y áspera que, sin duda alguna, no estaba
dispuesta a admitir réplica alguna.

Thrall se maldijo a sí mismo. El dolor de los elementos lo había


distraído demasiado y había sido demasiado imprudente. Al menos,
ahora, la elfa lo dejaba hablar.

—He sido enviado a ayudarlos —respondió—. Soy un chamán.


Puedes registrar mi bolsa si quieres; ahí podrás hallar mis tótems.
La elfa resopló.
—¿Quieres convencerme de que un orco ha venido a ayudar a los
elfos de la noche?
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Quiero convencerte de que un chamán ha venido a ayudar a curar


y calmar esta tierra furiosa —contestó—. Colaboro con el Anillo
de la Tierra. Tanto la Horda como la Alianza están intentando dar
con la forma de salvar este mundo. Los druidas poseen una
organización parecida llamada el Círculo de Cenarion. En mi
mochila, llevo una bolsa en la que guardo mis tótems. Regístrala si
quieres. Lo único que te pido es que me ayudes.

Acto seguido, aquel objeto afilado dejó de presionarle la nuca; no


obstante, Thrall sabía que no debía hacer ningún amago de atacar
dadas las circunstancias, pues no era un necio. La elfa seguro que
no estaba sola. A pesar de que se tensó en cuanto notó que alguien
le quitaba el Martillo Maldito que portaba atado a la espalda,
mantuvo la compostura. A continuación, notó cómo alguien
revolvía su mochila y sacaba de ahí su bolsa.

—En efecto, son tótems —dijo alguien con voz masculina. Y lleva
abalorios de oración consigo. Date la vuelta, orco.

Thrall obedeció y se giró lentamente. Dos elfos de la noche lo


observaban detenidamente. La mujer era una centinela de pelo
verde y piel violeta. El otro era un varón, sin barba, que llevaba su
pelo verde recogido en un moño. Su piel era de un intenso color
morado oscuro, y sus ojos brillaban con una tonalidad dorada.
Ambos elfos estaban bañados de sudor y cubiertos de hollín;
obviamente, eso se debía a que habían estado intentando apagar el
fuego. Entonces, unos cuantos más se aproximaron con cautela,
presas de la curiosidad.

La mujer escrutó con suma atención el rostro de Thrall hasta que,


súbitamente, lo reconoció.

—Eres Thrall —afirmó, incrédula. Al instante, posó la mirada


sobre el Martillo Maldito que yacía sobre el suelo y, acto seguido,
volvió a mirar al orco.
91
Christie Golden

—¿El Jefe de Guerra de la Horda? —preguntó otro elfo.


—No, ya no, según dicen los rumores —respondió la elfa—.
Teníamos entendido que había desaparecido... que había dimitido
de su puesto de jefe de guerra. No obstante, a los centinelas no nos
comunicaron adonde había marchado. Soy Erina Saucenato, una
centinela, y éste es Desharin Verdesón, uno de los Druidas de la
Garra. En su día, formé parte de una misión diplomática que viajó
a Orgrimmar —hasta entonces, Erina había estado sosteniendo su
guja en una posición defensiva; ahora, por fin, decidió bajarla—.
Eres una personalidad demasiado importante como para venir a
visitar nuestro pequeño campamento. ¿Quién te envía?

Thrall suspiró para sí pues, hasta ahora, había albergado la


esperanza de no tener que explicar al detalle los pormenores de su
misión.

—Los rumores son ciertos. Me marché para ayudar a curar el daño


que el Cataclismo había causado a Azeroth. En la Vorágine, cuando
colaboraba con otros miembros del Anillo de la Tierra, me encontré
con Ysera la Despierta —les explicó—. Me contó que el Reposo
del Soñador estaba atravesando una situación muy difícil, que no
contaban con un chamán que pudiera interceder en su nombre con
los agitados elementos y que necesitaban ayuda.
—¿Esperas que me crea eso? —inquirió Erina.
—Yo le creo —afirmó Desharin, a quien Erina miró sorprendida—
. Thrall siempre ha tenido fama de ser alguien bastante moderado,
incluso cuando era jefe de guerra. Y ahora que se encuentra al
servicio del Anillo de la Tierra, quizá haya sido enviado aquí de
verdad a cumplir una misión.
—Por un dragón, ni más ni menos... —agregó Erina
sarcásticamente—. Discúlpame... Y encima no lo envía un dragón
cualquiera, sino la misma Ysera del Sueño Esmeralda. Y, además,
porta consigo el Martillo Maldito.

92
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¿Quién sino Ysera iba a querer ayudar a los druidas? —preguntó


Desharin—. Además, el Martillo Maldito es suyo, ¿no? Puede
llevarlo allá donde quiera.

La centinela no halló respuesta alguna para esa cuestión y, a


continuación, se volvió hacia otro elfo que se había aproximado, el
cual también poseía una melena verde muy larga y suelta, así como
una barba muy corta. Su castigado semblante reflejaba sabiduría y
observó a Thrall pensativo.

—Éste es tu campamento, Telaron —indicó Erina con sumo


respeto—. Dinos qué quieres que hagamos. Es un orco y, por tanto,
nuestro enemigo.
—Pero también es un chamán y, por tanto, amigo de los elementos
—replicó Telaron—. Y los elementos se encuentran tan alterados
que no podemos permitimos el lujo de negarles la ayuda de sus
amigos. No obstante, te someteremos a una prueba, Thrall del
Anillo de la Tierra. Vamos.

Thrall siguió a Telaron, quien lo guió por las inclinadas colinas que
se hallaban más cerca de aquel fuego abrasador. Por fortuna, los
árboles próximos al campamento todavía no se habían incendiado
y B Thrall pudo ver que los habían rociado deliberadamente con
agua. Todos los pequeños matorrales habían sido arrancados;
únicamente quedaba ya la vieja arboleda.

Se le encogió el corazón al contemplar aquella situación.

Gran parte de los árboles más altos se encontraban a esas alturas


demasiado quemados como para poder ser salvados. Otros se
acababan de prender fuego; no obstante, las furibundas y salvajes
llamas se extendían ahora con gran celeridad. Thrall se acordó del
incendio que arrasó Orgrimmar y, sin más dilación, sacó el tótem
de fuego que llevaba en la bolsa. Avanzó, pisó firmemente la tierra
con sus pies descalzos y alzó las manos hacia el cielo. Entonces,
93
Christie Golden

cerró los ojos e intentó contactar con los elementos mediante su


mente y su corazón.

Espíritus del fuego, ¿qué les aflige? Déjenme ayudarlos. Dejen que
los aleje de este lugar donde lastiman cosas muy antiguas, únicas
e irremplazables. Dejen que los lleve a un lugar donde podrán
proporcionar consuelo y cariño a seres vivos que aún respiran.

Al instante, un elemental, cuya esencia poseía una extraña


tenebrosidad, respondió. Aquella oscuridad era similar a aquella
tenebrosa ira que había amenazado con destruir Orgrimmar unas
cuantas lunas atrás; sin embargo, este elemento parecía poseer un
carácter más decidido.

Hago lo que hay que hacer. El fuego purga, como bien sabes. El
juego quema lo impuro para que pueda regresar a la tierra y el
ciclo vuelva a empezar. ¡Es mi deber, chamán!

Con los ojos todavía cerrados, Thrall tembló como si hubiera


recibido un golpe.

¿Tu deber? No cabe duda de que tú mismo has elegido cuál es tu


deber, espíritu de fuego. ¿Qué han hecho estos vetustos árboles
para que sientas la necesidad de purgarlos? ¿Acaso están
enfermos? ¿Tienen la peste? ¿Están malditos?
No, no les ocurre nada de eso, admitió el elemental del fuego, que
hablaba en el corazón de Thrall.
Entonces, explícame por qué haces esto. Intentaré entenderlo si es
posible.

El fuego no respondió de inmediato, sino que, por un momento,


brilló con más intensidad y desprendió aún más calor, lo que obligó
a Thrall a apartar el rostro de aquel infierno ígneo.

94
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Están... confusos. Algo muy malo les pasa. No saben que ya no


saben. ¡Deben ser destruidos!

El propio Thrall se sintió muy confuso ante esa respuesta. Era


perfectamente consciente de que todas las cosas poseían un
espíritu. Incluso las piedras, que no eran seres «vivos» propiamente
dichos; incluso el fuego, que ahora «hablaba» en su mente y
corazón. A pesar de todo, era incapaz de hallarle un sentido a todo
aquello.

¿Qué es lo que ya no saben?, inquirió Thrall al espíritu de fuego.


¡No saben que lo que saben está mal!
¿Con «mal» quieres decir que están equivocados?
Sí, así es.

Thrall pensó frenéticamente.

¿Y no podrían volver a la senda del verdadero conocimiento?

Durante un largo momento, creyó que había perdido la atención del


espíritu, que se hallaba alterado, errático y angustiado. Si no lo
escuchaba...

En su día, caminaron por esa senda. Por tanto, podrían volver a


recorrerla.
Entonces, espíritu de Juego, no los destruyas. Te exhorto a que te
retires. Si debes arder, arde en unas antorchas que iluminen la
oscuridad o en unas chimeneas, donde la gente podrá preparar la
comida y calentarse. ¡No lastimes más a estos árboles, a menos
que quieras acabar para siempre con la posibilidad de que algún
día vuelvan a recorrer la senda del conocimiento verdadero!

Thrall esperó, mientras una tremenda tensión se apoderaba de todo


su cuerpo. Ansiaba desesperadamente haber acertado con su
estrategia. Aunque eso sólo lo sabría si el fuego lo obedecía.
95
Christie Golden

Durante un largo instante, no sucedió nada. El fuego crepitó y el


calor hizo mella en los árboles que estaban siendo pasto de la
llamas mientras se ennegrecían.

Pero entonces...

De acuerdo. Deben volver a la senda del verdadero conocimiento.


Pero alguien debe guiarlos. Si no es así, acabarán ardiendo. Como
debe ser.

Poco a poco, el fuego fue perdiendo intensidad hasta apagarse del


todo. Thrall trastabilló hacia delante y abrió los ojos de par en par,
presa de un agotamiento inmenso. Unos fuertes brazos lo agarraron
al mismo tiempo que se escucharon unos vítores.

—Bien hecho, chamán —dijo Telaron, con una sonrisa de


aprobación—. ¡Bien hecho! Te estamos muy agradecidos. Por
favor... quédate esta noche con nosotros. Te trataremos como un
invitado de honor.

Thrall aceptó. Además, se encontraba tan exhausto como esos elfos


por culpa del viaje y del tremendo esfuerzo que había tenido que
realizar. Los elfos, por su parte, estaban agotados por los esfuerzos
que habían realizado para sofocar el incendio y porque
normalmente dormían durante el día.

Esa noche, mientras se encontraba sentado junto a Canción de


Nieve y comía, bebía y reía con los elfos de la noche, ya fueran
éstos druidas o centinelas, acabó haciendo un gesto de negación de
la cabeza, con el que expresaba su asombro en silencio ante el giro
que habían dado los acontecimientos. Entonces, se acordó de una
reunión que se había celebrado, no hacía mucho tiempo, en la que
diez druidas (cinco elfos de la noche y cinco tauren) habían
intentado negociar pacíficamente el reparto y uso de las rutas de A
comercio. Los habían emboscado y masacrado, y el archidruida V
96
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

tauren Hamuul Tótem de Runa había sido el único superviviente. ^


Aquella agresión había soliviantado los ánimos tanto de la Alianza
como de la Horda. Se rumoreaba que Garrosh Grito Infernal había
sido el responsable de aquel ataque; sin embargo, nunca se pudo
demostrar su implicación. Además, Thrall no creía esos rumores, a
pesar de que era consciente de que Garrosh tenía un fuerte
temperamento.

Si esa reunión se hubiera saldado con éxito, reflexionó Thrall con


suma tristeza, quizá ambos bandos compartirían con mucha más
frecuencia noches como ésta, en las que se cantaban canciones y se
contaban historias. Quizá así se sentirían más unidos, y el mundo
que compartían se curaría antes.

Thrall se fue a dormir mientras sus anfitriones aún seguían


cantando canciones a las estrellas. Los ruidos de la naturaleza
fueron como música para sus oídos mientras yacía en el suelo
envuelto en unas pieles con sólo una mano como almohada.

Durmió profundamente por primera vez en mucho tiempo.

Al alba, Thrall se despertó tras ser zarandeado suavemente.

—Thrall —oyó decir a un kaldorei de voz melodiosa—. Soy


Desharin. Despierta. Tengo algo que enseñarte.

Tras muchos años de batallar, Thrall estaba acostumbrado a


despertarse con suma rapidez y totalmente alerta. Se incorporó en
silencio y siguió al elfo, sorteando a los elfos de la noche que
seguían dormidos. Dejaron atrás la poza de la luna y los pabellones
y se adentraron en la vieja arboleda.

—Quédate aquí quieto y en total silencio —susurró Desharin—.


Escucha.

97
Christie Golden

Los árboles que se habían librado de lo peor del incendio se movían


y suspiraban; sus ramas crujían, sus hojas murmuraban. Thrall
permaneció en silencio unos momentos más y, a continuación, se
volvió hacia el elfo, negando con la cabeza.

—No oigo nada.

Desharin sonrió.

—Thrall —dijo en voz baja—, fíjate en que no sopla el viento.

Súbitamente, Thrall se percató de que el kaldorei tenía razón. Los


árboles se movían como si los meciera un suave viento... a pesar de
que no soplaba ni la más mínima brisa.

—Observa los árboles con suma atención —le indicó Desharin.


Thrall le hizo caso y se concentró lo más posible en los nudos de
los troncos de los árboles... en las ramas puntiagudas...

De improviso, abrió los ojos como platos al comprender qué... o a


quién... estaba viendo. Si bien había oído hablar de ellos, nunca los
había visto.

—Son ancestros —susurró.

Desharin asintió. Thrall siguió observando asombrado; se


preguntaba cómo era posible que no se hubiera dado cuenta antes.
Entonces, negó con la cabeza lentamente y añadió:

—Y yo que creía que venía únicamente a salvar un bosque. Pero si


tienen el aspecto de... unos árboles corrientes y molientes.
—Estaban durmiendo, pero tú los has despertado.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall no quería apartar la mirada de esos ancestros. Se trataba de


unos seres muy, pero que muy antiguos; gran parte de ellos eran
los depositarios de la sabiduría de eones pasados. Se movían,
crujían y daba la sensación de que... ¿hablaban?

Thrall se esforzó por intentar entender lo que decían. Unos


momentos después, se percató de que era capaz de comprender esas
palabras susurradas suavemente con voces muy profundas.

—Estábamos soñando. Nos hallábamos inmersos en unos sueños


muy confusos, presas de la incertidumbre. Por eso no nos
despertamos cuando se desató el incendio. Pero, en cuanto
escuchamos a un chamán hablando con un elemento, a través de un
antiguo ritual mágico, nuestra conciencia regresó al mundo de la
vigilia. Gracias a ti, nos hemos salvado.
—El fuego me dijo que pretendía purgarlos. Pensaba que eran...
impuros —les explicó Thrall, a la vez que intentaba recordar con
exactitud qué era lo que le había contado el elemental de fuego
exactamente—. Dijo que la confusión se había apoderado de
ustedes. Me habló crípticamente y afirmó que no sabían que lo que
sabían estaba mal. Le pregunté si serían capaces de volver a
recorrer la senda del conocimiento verdadero, y el espíritu de fuego
contestó que sí. Por eso, accedió a dejar de quemarlos.

Ahora que el fuego ya no era una amenaza, Thrall se dio cuenta de


que algunos de esos ancestros contaban con pequeñas criaturas
anidadas en sus ramas. Se trataba de unos seres similares a unos
pequeños dragones que poseían unas delicadas alas de intensos
colores como las de las mariposas y unas antenas vellosas que
sobresalían por encima de sus cabezas, en las que relucían unos
ojos brillantes. Uno de ellos abandonó la hoja donde se encontraba
posado, revoloteó un poco y acabó aterrizando sobre el hombro de
Desharin, a quien acarició con su hocico con sumo cariño.

99
Christie Golden

—Los llaman duendes dardo —comentó Desharin, acariciando a


aquella diminuta criatura—. Pese a que no son dragones, protegen
y defienden con su magia el Sueño Esmeralda.

De repente, Thrall lo entendió todo. Y contempló anonadado a los


ancestros, a su diminuto protector mágico y el pelo verde de
Desharin.

—Eres un dragón verde —concluyó en voz baja. Era una


afirmación, no una pregunta.

Desharin asintió.

—Mi misión consistía en vigilarte.

Thrall frunció el ceño y la furia volvió a adueñarse de él.

—¿Vigilarme? ¿Acaso me están probando? ¿He cumplido con las


expectativas de Ysera?
—No es eso —replicó—. No pretendíamos evaluar tus habilidades.
Mi tarea consistía en comprobar qué clase de sentimientos
albergabas en tu corazón al ayudamos, con qué espíritu afrontabas
tu deber. Tienes que hacer un largo viaje, Thrall, hijo de Durotan y
Draka. Teníamos que comprobar si estabas listo para emprenderlo.

Los ancestros comenzaron a hablar de nuevo en su extraño y


chirriante idioma.

—Durante largo tiempo, hemos atesorado los recuerdos de este


mundo. Durante largo tiempo, hemos cuidado del conocimiento
que otros habían olvidado. No obstante, el espíritu de fuego tenía
razón. Nos sucede algo malo. Nuestros recuerdos se han tomado
borrosos y confusos... se están perdiendo. Algo muy malo le está
sucediendo al mismo tiempo.

100
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Deben volver a la senda del verdadero conocimiento. Pero alguien


debe guiarlos. Si no es así, acabarán ardiendo. Como debe ser.

—Eso es lo que intentaba explicarme el espíritu de fuego —afirmó


Thrall—. Sabía que los recuerdos de estos árboles eran erróneos,
que estaban mal. No obstante, creía que podían regresar a la senda
del conocimiento verdadero. Eso significa que todavía hay
esperanza.

Desharin asintió y, acto seguido, pensó en voz alta:

—Algo malo les está ocurriendo a los recuerdos de los ancestros.


Ellos no son como nosotros; sus recuerdos no pueden ser alterados
a menos que las cosas que recuerdan sean alteradas. Eso implica
que el mismo tiempo está siendo manipulado —entonces,
embargado por la emoción y de un modo solemne, se volvió hacia
Thrall—. Aquí comienza tu viaje. Deberás viajar a las Cavernas del
Tiempo. Debes descubrir qué ha ocurrido y ayudar a arreglar los
senderos del tiempo

Thrall lo observó atónito.

—Así que los senderos del tiempo... existen. Sospechaba que...


—Sí, existen. Nozdormu y el resto del vuelo de dragón bronce son
sus guardianes. Debes presentarte ante él con esta información.
—¿Yo? ¿Por qué iba a querer hablar conmigo? ¿No sería mejor que
un dragón le diera estas noticias?

Se sentía abrumado ante la perspectiva de tener que viajar atrás en


el tiempo para alterar o ajustar la historia. Sabía que pisaba un
terreno desconocido para él. Lo que, en un principio, parecía ser
sólo una misión trivial se acababa de transformar en una misión de
tremenda importancia.

101
Christie Golden

—Puedo acompañarte si quieres —contestó Desharin—. Pero


Ysera insistió mucho en que tú eras una pieza muy importante en
la batalla que se va a librar. No te lo tomes a mal, pero no sé por
qué piensa así; en ese sentido, estoy tan desconcertado como tú —
en ese instante, esbozó una sonrisa que le hizo parecer mucho más
joven de lo que seguramente era—. Al menos, tu piel es verde.

En un principio, Thrall se sintió bastante molesto por ese último


comentario, pero enseguida pasó a reírse entre dientes.

—Toda ayuda y guía que me proporciones será bienvenida;


además, me siento honrado de que Ysera me tenga en tan alta
estima. Haré todo cuanto esté en mi mano para ayudarlos —
entonces, se volvió hacia los ancestros—. Para ayudarlos a todos
ustedes si puedo.

Las hojas de los ancestros susurraron y, a continuación, Thrall


escuchó cómo algo caía sobre el suelo, rodaba hacia abajo por la
ligera pendiente y se detenía ante los pies de Thrall.

—Es un regalo para ti —le explicó Desharin.

Thrall se agachó y lo cogió. Era una bellota que no tenía nada de


extraordinario. No obstante, era consciente de que no debía de ser
una simple bellota más y, por un instante, sintió un escalofrío al
cerrar su puño en tomo a ella de manera protectora. Después, la
metió con sumo cuidado en su bolsa.

—Cuídala bien —le aconsejó Desharin con solemnidad—. Esa


bellota contiene todo el conocimiento del árbol del que ha caído,
así como todo el conocimiento que poseía el padre de ese árbol, y
el padre del padre de ese árbol... y así, sucesivamente, hasta
remontamos a los albores del tiempo. Debes plantarla en un lugar
que te parezca idóneo para que germine adecuadamente.

102
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall asintió y sintió que se le hacía un nudo en la garganta ante


tal honor y responsabilidad.

—Así lo haré —aseguró a los ancestros.


—Y, ahora, amigo orco —dijo Desharin, alzando la mirada hacia
el cielo despejado—, debemos dirigimos a las Cavernas del
Tiempo.

103
Christie Golden

Desharin le había dicho que harían el viaje mucho más rápido a


lomos de un dragón y a Thrall no le quedó más remedio que
mostrarse de acuerdo. Ineludiblemente, Canción de Nieve se tuvo
que quedar en el campamento. El mismo Telaron le había
asegurado a Thrall que cuidarían bien de ella. «Sabemos que eres
gran amigo de Lady Jaina», le había dicho el elfo de la noche.
«Cuidaremos de tu amiga loba hasta que podamos devolvérsela de
manera segura. Canción de Nieve es una bestia muy noble y no se
merece menos.» Sin duda alguna, los druidas se ocuparían del
bienestar de la loba, como hacían con todo animal, y Jaina tomaría
las medidas necesarias para que la loba regresara sin
contratiempos. Canción de Nueve no podía estar en mejores manos.
Entonces, Thrall la rascó por última vez tras las orejas y, a
continuación, se volvió hacia Desharin.

Éste había asumido su verdadera forma y no apartaba la mirada de


Thrall mientras se aproximaba.

—Es todo un honor para mí que me lleves —confesó Thrall al


dragón verde.
—Ysera te ha encomendado una misión —replicó Desharin—. Así
que también es un honor para mí. No temas. Te llevaré a tu destino
104
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

sano y salvo. Tienes mi palabra. Antes prefiero morir que


decepcionar a mi señora, a mi Aspecto.
—¿Tan terrible es su ira?
—Puede ser temible cuando alguien provoca su furia. Es un
Aspecto. Por tanto, posee un tremendo poder. Pero también posee
bondad en su corazón —contestó Desharin—. El miedo no nos
impulsa a servirla sino el amor. Me sentiría destrozado si ella
sintiera un hondo pesar por mi culpa.

Pronunció esas palabras con sumo respeto y admiración. Thrall se


sintió conmovido ante la gran lealtad que Ysera inspiraba a su
vuelo.

A pesar de que esta nueva aventura era muy extraña, se sentía


contento de haber aceptado esta misión.

Subió lentamente a lomos de aquel enorme ser y, entonces, el


dragón ascendió hacia el cielo, con mayor facilidad que cualquier
otra criatura que el orco hubiera montado hasta entonces.

Thrall se quedó sobrecogido y sin aliento ante la tremenda fuerza


física y el inmenso poder mágico que parecía poseer Desharin,
quien batía sus alas con fuerza mientras la fría brisa acariciaba la
piel del orco. Aparentemente, el dragón se elevó sin apenas hacer
esfuerzo alguno. En cuanto pudo volver a respirar, Thrall estuvo a
punto de echarse a reír. En ocasiones anteriores, había montado en
bestias que podían volar. Ahora, sin embargo, se sentía como si él
mismo fuera una de esas criaturas voladoras.

—Cuéntame más cosas sobre ti o sobre otros dragones, por favor


—le pidió Thrall—. Sé algunas cosas sobre dragones pero, si he de
ser sincero, no soy capaz de distinguir cuáles son leyenda y cuáles,
realidad.

Desharin soltó una risita ahogada, grave y cálida.


105
Christie Golden

—Lo haré, amigo Thrall, aunque debes recordar que, hasta hace
muy poco, he estado en el Sueño Esmeralda y, prácticamente,
acabo de despertar. No obstante, compartiré contigo lo que sé. Hay
algo indudable: los Aspectos rara vez intervienen en los asuntos de
las razas de vidas fugaces. Mis congéneres, por otro lado... muchos
se sienten intrigados por las que algunos han dado en llamar
arrogantemente «razas inferiores». A veces, nos gusta adoptar sus
formas.
—Como la de un kaldorei.
—Exacto —replicó Desharin—, aunque puedo asumir cualquiera
que desee. Aunque cada uno de nosotros tiene una forma preferida
cada vuelo suele tener cierta tendencia a adoptar ciertas formas con
más asiduidad que otras. Por ejemplo, los dragones verdes
tendemos a asumir la forma de los kaldoreis, porque mantenemos
una excelente relación con el gran druida Malfurion Tempestira,
con quien durante mucho tiempo compartimos el Sueño.

Thrall asintió. Aquella explicación tenía sentido.

—He observado que los dragones rojos tienen cierta debilidad por
los sin’doreis y los azules suelen preferir la forma humana.
Respecto a los dragones bronces, si bien necesitan adoptar una
amplia diversidad de formas por razón de sus obligaciones, parecen
disfrutar mucho cuando adoptan la forma de... un gnomo.

Thrall estalló en carcajadas.

—Quizá les encante presentarse como unos enanos de aspecto


inofensivo porque eso es justo lo contrario a su verdadera forma.
—Tal vez. Se lo podrías preguntar.
—Eh... no, no creo que lo haga.
—Eres un orco muy sabio.
—La experiencia me ha hecho sabio —replicó Thrall—. ¿Alguna
vez alguno de ustedes...?
106
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

¿Cómo puedo plantear la pregunta sin que resulte ofensiva?,


pensó. Al final, se encogió de hombros y le preguntó sin rodeos.
—¿Alguno de ustedes ha intentado ocupar una posición de poder
entre las razas de vidas fugaces?
—No, salvo excepciones. Alamuerte lo intentó y su hija, Onyxia,
tuvo éxito en ese aspecto —respondió Desharin—. Y Krasus es...
era... un poderoso miembro del Kirin Tor.
—¿Era?
—Su existencia llegó a su fin —contestó Desharin, quien no dijo
nada más. No cabía ninguna duda de que aquél era un asunto
espinoso. Por eso mismo, Thrall cambió de tema.
—Tengo entendido que, aparte de los cinco vuelos, hay otros tipos
de dragones.
—En efecto, son siervos del vuelo negro y enemigos del resto —
replicó Desharin—. El hijo de Alamuerte, Nefarian, intentó crear
una nueva clase de dragón a la que llamó dragón cromático.
Mediante diversos experimentos mágicos, intentó combinar los
poderes del resto de vuelos en un solo dragón. Las crías resultantes
eran a menudo deformes y siempre vivían muy poco tiempo, por
fortuna. Ya no existe ninguna de esas aberraciones. Por otro lado,
los dragones crepusculares tienen un origen similar; sin embargo,
su creadora, Sinestra, empleó una serie de antiguas reliquias de
dragón y los poderes de los dragones abisales para engendrarlos.
Son más estables y viven más tiempo que los cromáticos... y,
además, cuentan con la ventaja de que son capaces de volverse
incorpóreos a voluntad.
—Un enemigo que hay que tener en cuenta —observó Thrall.
—Así es —admitió Desharin—, sobre todo cuando el vuelo de
dragón negro los controla.

Thrall observó cómo el verdor de Feralas daba paso a una vasta


extensión de agua llamada Las Mil Agujas. El orco hizo un gesto
de negación con la cabeza al contemplar las decenas de islitas que
fueron antaño los pináculos de las puntiagudas formaciones
rocosas que dieron a Las Mil Agujas su nombre. El mundo había
107
Christie Golden

cambiado tanto. Lo sabía de buena tinta; había oído todos los


informes al respecto. Pero, al contemplar aquel desastre desde el
aire... se preguntó si los demás miembros del Anillo habían sido
testigos de lo que estaba viendo ahora y, en caso de que no fuera
así, si quizá no sería mejor que lo vieran.

Después, Thrall y Desharin se encontraron sobrevolando a gran


velocidad el desierto de Tanaris, donde el orco pudo divisar los
salientes mellados de las afiladas piedras, parte de una serie de
colinas que destacaban en aquel terreno y lo que parecían ser las
ruinas inclinadas de varias estructuras muy raras. Pudo atisbar una
torre ladeada, una estructura abovedada derruida, algo que
recordaba a una típica choza orca y... ¿la vela hecha jirones de un
barco? Asimismo, Thrall pudo ver cómo dos dragones bronces
daban vueltas por encima de sus cabezas.

—Esta zona hace las veces de patio de las Cavernas del Tiempo —
aseveró Desharin de manera solemne—. Voy a aterrizar. Después
seguiremos avanzando a pie. Querrán saber por qué hemos venido.
—Seguro que sí —replicó Thrall.

Desharin se posó en el suelo y mantuvo su forma de dragón. Thrall


hizo ademán de desmontar pero, entonces, Desharin le dijo:

—Quédate donde estás, amigo Thrall. Sería absurdo que te


fatigases de manera innecesaria cuando mis pasos son más largos.

Acto seguido, Desharin echó andar por la suave arena y se dirigió


al arco de un edificio abovedado que parecía hallarse medio
incrustado en una de las piedras que había divisado antes y que
tanto sobresalían en aquel paraje. Casi de inmediato, uno de los
dragones que patrullaban la zona tomó tierra cerca de ellos.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Éste no es tu reino, dragón verde —lo advirtió el dragón bronce


con un tono de voz iracundo y bajo—. Vete rápidamente. Aquí no
tienes nada que hacer.
—Mi hermano bronce —replicó Desharin, de manera sumamente
respetuosa—, he venido por orden de mi señora, del Aspecto de mi
vuelo.

El dragón bronce entornó los ojos y posó la mirada en Thrall, quien


se hallaba posado en la parte superior de la espalda de Desharin. La
presencia del orco pareció sorprenderlo un poco; no obstante,
volvió a centrar su atención en el dragón verde.

—Así que estás aquí por orden de Lady Ysera —dijo, con un tono
de voz un poco menos intimidante—. Soy Chronalis, uno de los
porteros de las Cavernas del Tiempo. Explícame por qué has
venido y quizá, por ventura, te deje pasar.
—Me llamo Desharin y he venido aquí para ayudar a este orco. Él
es Thrall, ex jefe de guerra de la Horda, y ahora miembro del Anillo
de la Tierra. Ysera la Despierta cree que necesita dar con
Nozdormu para hablar con él.

El dragón bronce sonrió levemente.

—Oh, sé quién es Thrall —replicó y, a continuación, se dirigió al


orco directamente—. Y, por lo que sé sobre ti, eres un personaje
que hay que tener en cuenta a pesar de pertenecer a una raza de vida
fugaz. No creo, sin embargo, que puedan hallar a Nozdormu
cuando su propio vuelo de dragón es incapaz de localizarlo.

A Thrall no le sorprendió que el vuelo de dragón bronce lo


conociera, ya que había sido jefe de guerra de la Horda. Lo que sí
lo desconcertó fue que Nozdormu se encontrara en paradero
desconocido.

109
Christie Golden

—Quizá él pueda lograr lo que el resto somos incapaces de


conseguir —afirmó Desharin de modo afable.
—¿Ysera la Despierta se presentó ante ti? —inquirió Chronalis a
Thrall con gran curiosidad.

Thrall asintió y le contó cómo se había encontrado con Ysera.


Como quería ser fiel a la verdad, admitió que, en un principio, había
pensado que le había encomendado una tarea trivial pero que, tras
haberse percatado de que aquella arboleda era el hogar de unos
ancestros, había comprendido por fin que su misión era realmente
importante. Asimismo, le contó a Chronalis cuál había sido la
respuesta que el elemental de fuego había dado a su ruego de que
dejara de hacer daño a los árboles. Chronalis asintió y lo escuchó
con suma atención.

—No sé cómo voy a ser capaz de dar con Nozdormu cuando otros
más capaces que yo han fracasado —afirmó Thrall con suma
franqueza—. Pero, como he dado mi palabra, haré todo lo posible
para encontrarlo.

Chronalis permaneció pensativo.

—Hemos dejado entrar a otros en las Cavernas para ayudamos a


conservar la estabilidad de los senderos del tiempo —reflexionó—
. No obstante, la ironía de esta situación me divierte. Si deseas
acompañarlo, será mejor que ambos me sigan, Desharin.
—¿La ironía de esta situación? —repitió Thrall, mientras los dos
enormes dragones caminaban por una pasarela de arena que parecía
llevar, en un principio, a uno de esos edificios; pronto se percataron
de que, en realidad, se adentraba en el mismo corazón de la
montaña.
—En efecto —respondió Chronalis, mirando hacia atrás por
encima de sus alas plegadas—. Mira, como he dicho antes, a veces
permitimos a ciertos mortales que nos ayuden a restaurar el
verdadero sendero del tiempo. Los senderos del tiempo... han sido
110
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

atacados recientemente por un misterioso grupo llamado el vuelo


de dragón infinito El vuelo de dragón bronce y sobre todo
Nozdormu, el Atemporal tienen el deber de custodiar los senderos
del tiempo para que nadie los altere. Si resultan dañados o
modificados, el mundo tal y como lo conoces dejará de existir. Por
razones que todavía ignoramos, el vuelo de dragón infinito ha
atacado varios senderos del tiempo con el fin de alterarlos para sus
propios fines. Uno de los acontecimientos que han intentado
cambiar ha sido el momento de tu fuga del Castillo de Dumholde,
Thrall.

El orco se quedó mirándolo fijamente.

—¿Qué?
—Si nunca hubieras escapado de Dumholde, el mundo no sería
como es hoy. Nunca habrías reconstruido la Horda, no habrías
liberado a tu pueblo de los campos de reclusión. Tampoco habrías
podido ser una pieza clave en la derrota de la Legión Ardiente
cuando esos demonios aparecieron en este mundo. Azeroth podría
haber sido destruida.

Desharin observó a Thrall con renovado respeto.

—Bueno, no me extraña que el Aspecto de mi vuelo creyera que


eres importante —afirmó.

Entretanto, Thrall negaba con la cabeza.

—Saber todo esto debería hacerme sentir más henchido de orgullo


pero, en vez de eso... me siento honrado, aunque más insignificante
y humilde. Por favor... da las gracias a aquéllos que han luchado
para preservar ese sendero temporal para ayudarme. Y... —con voz
quebrada, añadió—. Y, si ven a Taretha, diles que sean amables
con ella.

111
Christie Golden

Se adentraron aún más en la montaña. Thrall se sintió como si


hubiera tomado una pócima para realizar un viaje espiritual; sin
embargo, tenía la cabeza perfectamente despejada. A un lado, había
una casa que daba la sensación de que se hubiera materializado en
parte dentro de la piedra de la caverna. Otra casa se alzaba
amenazante en un ángulo muy extraño; el cielo que se encontraba
sobre ella (¿el cielo?, ¿en una montaña...?) era de color morado y
magenta y estaba hecho jirones por culpa de una rara energía. Unas
columnas sobresalían del cielo, pero no sujetaban nada; unos
árboles florecían en un lugar que carecía de agua y luz solar.
Entonces, pasaron junto a un cementerio. Thrall se preguntó quién
podía estar enterrado ahí, pero no se atrevió a preguntar. En otro
lado, pudo ver extraños fragmentos de rocas flotantes de diversas
formas. Ahí, había una torre de diseño orco; allá, un barco.

Además, se dio cuenta de que había otros seres deambulando por


aquel lugar; probablemente, se trataba de otros dragones bronces.
Luego se percató de que había niños y adultos de casi todas las
razas (que debían de ser dragones bronces que habían adoptado
esas formas), así como varios engendros de dragón, con seis
extremidades y escamas doradas, que patrullaban las cavernas para
protegerlas de los intrusos y, por supuesto, también había dragones
bronces revoloteando silenciosamente sobre ellos con su aspecto
natural.

En cierto momento, a Thrall se le ocurrió mirar hacia atrás y,


entonces, se dio cuenta de que las huellas del dragón se iban
desvaneciendo.

—Ésta no es una arena normal —le explicó Chronalis—. No


quedará ni rastro de tu presencia en este lugar. Mira ahí.

Thrall abrió los ojos como platos.

112
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Ante él, flotaba en el aire un artilugio que parecía salido de la


imaginación de un goblin o un gnomo. Era un reloj de arena que no
se parecía en nada a ninguno que hubiera visto hasta entonces, en
el que tres recipientes echaban arena sin cesar hacia abajo y donde
otros tres recipientes expulsaban incesantemente arena hacia
arriba.

El armazón de aquel artefacto parecía enroscarse y retorcerse


alrededor de las bases de los seis recipientes sin llegar a tocarlos.
Poco a poco, el reloj iba dándose la vuelta y las arenas del tiempo
(Thrall suponía que eso era lo que debían ser) caían y ascendían
continuamente.

—Esto es tan...

El orco se quedó sin palabras; era incapaz de dar con las adecuabas,
así que se limitó a negar con la cabeza, sorprendido.

Desharin se detuvo y Thrall aprovechó la oportunidad para


desmontar. En cuanto pisó el suelo, el dragón verde asumió su
forma élfica y apoyó una mano en el hombro del orco de manera
amistosa.

—A aquéllos que no son dragones les cuesta mucho entenderlo—


comentó, esbozando una sonrisa—. Incluso a los dragones les
cuesta comprenderlo, salvo que sean bronces. No te preocupes. Tu
misión no consiste en entender los caprichos de los senderos del
tiempo.
—Ya —replicó Thrall, con un leve tono sarcástico—. Yo sólo
tengo que encontrar al Atemporal, quien sí comprende los
caprichos de los senderos del tiempo, a quien nadie puede localizar,
o eso parece.

Desharin le dio una palmadita en la espalda al orco.

113
Christie Golden

—Exactamente —dijo, riendo.

Sus miradas se cruzaron y Thrall sonrió burlonamente. Aquel


dragón verde le caía bien. Tras haber tenido que aguantar el
comportamiento excéntrico de Ysera y la frialdad e indiferencia de
Chronalis, Desharin parecía alguien con los pies en la tierra.

—No sé cómo quieres proceder —aseveró Chronalis.

Thrall lanzó una mirada a Desharin.

—Creo que quizá deberías damos algo de tiempo para que nos
centremos antes de empezar nuestro viaje —replicó el dragón
verde—. La claridad de ideas se suele hallar a menudo en el
silencio y la calma; además, Thrall está abrumado por todo lo que
acaba de contemplar, como es comprensible.

Chronalis agachó su cabeza de color dorado.

—Como deseen. Pueden vagar por donde quieran pero, por favor...
presten atención y no se adentren en los senderos del tiempo si no
quieren sufrir un funesto destino. Bajo ninguna circunstancia,
deberían entrar en ellos sin haber hablado antes con uno de
nosotros. Supongo que, a estas alturas, ya entienden por qué.

Thrall asintió.

—Sí, así es. Gracias por dejarme entrar, Chronalis. Haré todo
cuanto esté en mi mano para ayudarte.
—No albergo ninguna duda de que así será —replicó el dragón
bronce, que dio un salto y, de repente, pareció difuminarse. Al
instante, se desvaneció.
—Pero ¿qué...?

114
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

La pregunta de Thrall a Desharin se quedó a medias, pues


enseguida se dio cuenta de qué debía haber pasado. Como
Chronalis era capaz de dominar el tiempo, simplemente, había
acelerado el tiempo sólo para él y se encontraba de nuevo en su
puesto. Thrall movió la cabeza de lado a lado, maravillado.

A continuación, se alejaron de los dragones bronces, quienes


parecían tener obligaciones y tareas muy acuciantes que atender,
incluso los niños. Resultaba muy fácil comprobar que no eran niños
de verdad; sus rostros y ademanes revelaban que tenían unas
obligaciones muy serias que cumplir. Los árboles crecían por
doquier; las plantas de hoja perenne echaban raíces en la arena.
Como era sólo una de las muchas rarezas de aquel lugar, Thrall se
encogió de hombros y lo aceptó como algo que debía de ser normal
en esas cavernas. El olor a pino fresco era muy intenso.
Inmediatamente, volvió mentalmente a su juventud, a Dumholde.
Ése era el aroma que había olido a menudo cuando lo dejaban
entrenar al aire libre. Resultaba muy extraña la tremenda capacidad
que tenía un aroma para despertar recuerdos, tanto buenos como
malos: los relacionados con una muchacha que lo sacrificó todo por
ayudarlos o con un «amo» que, embriagado y furioso, le había dado
una paliza de muerte... Recordó que fue en Trabalomas donde vio
por primera vez a otro orco y que, entonces, consideró a su
congénere un monstruo.

—Estás inquieto —comentó Desharin en voz baja—. Y, si no me


equivoco, es por algo que no tiene nada que ver con lo que nos ha
sido revelado recientemente.

Thrall se vio obligado a asentir.

—Me acabo de acordar del lugar donde pasé mi juventud —


respondió—. Se trata de unos recuerdos que no son precisamente
placenteros.

115
Christie Golden

Desharin asintió.

—Vamos, amigo Thrall. Busquemos un lugar donde estar


tranquilos, donde podamos meditar antes de intentar viajar por
estos senderos del tiempo. Nosotros no somos como los dragones
bronces. Para nosotros, el pasado, pasado está, y no debería ser una
pesada carga que arrastráramos en el presente. Creo que ya tenemos
bastantes retos por delante como para sumimos en pensamientos
perturbadores.

Siguieron caminando un rato más en silencio, hasta que Desharin


se detuvo.

—Este lugar parece tranquilo —comentó, echando un vistazo a su


alrededor—. Aquí nada ni nadie debería molestarnos.

Acto seguido, se sentó bajo uno de aquellos altos árboles y colocó


las manos sobre las rodillas. Thrall hizo lo mismo.

El orco estaba muy tenso, no sólo por lo que había visto o por la
información que se le había revelado recientemente ni por los
recuerdos que esos árboles habían despertado en él con su aroma,
sino porque la última vez que había intentado sumirse en un estado
de meditación junto a otros, todo había acabado siendo un completo
desastre. El dragón se percató de lo que ocurría.

—Hace ya tiempo que eres un chamán —aseveró—. Deberías estar


familiarizado con las técnicas de meditación. ¿Por qué tienes tantas
dificultades para concentrarte?
—Bueno, tú no tienes esos problemas porque eres un dragón verde.
Estás más acostumbrado a dormir que a estar despierto —le espetó
Thrall.

Desharin no se sintió ofendido por ese comentario sino que,


simplemente, se dedicó a echarse hacia atrás su larga melena
116
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

mientras Thrall continuaba acomodándose. Entonces, el dragón


verde cerró los ojos y respiró hondo.

Thrall acabó haciendo lo mismo. Desharin tenía razón. Esto le


resultaba muy familiar al orco, por supuesto. Observó al dragón por
un instante, con su mente centrada no en adentrarse en un estado
de meditación sino en todo lo que había sucedido recientemente.
Había renunciado a ser el líder de la Horda. Había viajado a
Nagrand y había conocido a Aggra. Cairne había muerto. El
Cataclismo había desgarrado el mundo y lo había puesto todo patas
arriba. Se había dado cuenta de que ahora se enfurecía con suma
facilidad y era incapaz de concentrarse. Ysera le había
encomendado una misión y se había encontrado con los ancestros...
y con aquel dragón, que estaba sentado delante de él, con un
aspecto totalmente distinto al que le había dado la naturaleza, pues
ahora parecía a todas luces un elfo de la noche que meditaba.

Aquel lugar era desconcertante y cautivador. Thrall no quería


cerrar los ojos para explorar su mundo interior, sino que quería
explorar las Cavernas del Tiempo.

No obstante, pronto lo haría. Y, como tenía que embarcarse en esa


misión tan importante lo más preparado posible, acabó cerrando los
ojos de mala gana y se dispuso a respirar lentamente, con suma
calma.

Todo sucedió tan rápido que para cuando escuchó el susurro de una
espada cortando el aire y abrió los ojos sumamente alerta, Desharin
ya no tenía la cabeza pegada a los hombros.

Thrall se echó a un lado, dio una voltereta y se puso en pie. Ni


siquiera lanzó una fugaz mirada al cadáver de su nuevo amigo.
Desharin estaba muerto y Thrall se uniría pronto a él si no se
andaba con cuidado. Se dirigió hacia el Martillo Maldito, lo cogió
y lo blandió con la facilidad y velocidad que otorga la experiencia.
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Christie Golden

Tenía la mirada clavada en aquel ser amenazador que había


aparecido de repente mientras arremetía contra él; era grande, pero
no tanto como un orco y portaba una pesada malla de placas negra.
Unos pinchos sobresalían aquí y allá en sus codos, hombros y
rodillas y en las manos enguantadas blandía una enorme y
reluciente espada ancha de dos manos. Thrall debería haber
acertado a aquel extraño en el torso, debería haber aplastado su
armadura como una jarra de estaño; sin embargo, su martillo sólo
golpeó el aire.

Su adversario lo esquivó a duras penas; la pesada cabeza del


Martillo Maldito no lo había alcanzado por un pelo. Sorprendido,
Thrall perdió un valioso segundo intentando detener su poderoso
golpe para poder preparar cuanto antes un segundo ataque. Para
entonces, el asaltante ya se había recuperado y se abalanzaba contra
él con su descomunal espada ancha, que brillaba porque estaba
encantada Arremetió contra el orco con más rapidez de la que
debería moverse alguien que portase tal armadura. Al orco lo
dominó brevemente el miedo. ¿Quién era aquel enemigo tan fiero,
rápido y fuerte...?

Dejándose llevar por el instinto, dejó que el mismo impulso del


Martillo Maldito lo apartara de la trayectoria que seguía la espada
de su adversario. Al instante, dejó de agarrar el martillo con ambas
manos y alzó una para invocar una fuerte ráfaga de viento muy
concentrada. El humano (Thrall suponía que lo era, a juzgar por su
tamaño y el tipo de armadura que portaba) se tambaleó y estuvo a
punto de caer sobre la suave arena. El orco volvió a pedir ayuda a
los espíritus del aire y, de repente, varios puñados de arena se
alzaron para azotar la parte frontal del yelmo de su enemigo. Si
bien éste le ofrecía cierta protección, no era suficiente: la arena,
que Thrall había dirigido con suma precisión hacia el yelmo,
penetró por las aberturas de los ojos y dejó temporalmente ciego al
atacante. Un grito surgió del interior del yelmo; era la voz de un

118
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

macho humano que rugía de agonía e ira, a la vez que elevaba su


espada para protegerse el rostro y no para atacar.

Thrall se percató de que se estaba enfrentando no sólo a un enemigo


sorprendentemente ágil y fuerte, sino a uno que poseía un arma que
quizá fuera tan poderosa como el Martillo Maldito.

A Desharin lo había cogido desprevenido.... cuando eso no debería


haber sido posible. ¿Cómo había logrado aquel humano ocultar su
presencia ante un dragón verde y el ex jefe de guerra de la Horda?
¿Dónde estaban los dragones bronces? Thrall pensó en llamarlos,
pero seguramente debían de hallarse muy lejos: Desharin y él
habían buscado un sitio apartado para meditar lo cual, echando la
vista atrás, había sido una necedad.

Espíritus de tierra, ¿van a ayudarme?

Una sima se abrió bajos los pies del humano de la negra armadura,
quien se tambaleó y cayó con una rodilla a tierra; sus elegantes y
poderosos movimientos dieron paso a la torpeza y la desesperación
mientras luchaba por liberar su pie de aquel agujero. Thrall bramó,
alzó el Martillo Maldito y se dispuso a destrozar a su adversario...

... sin embargo, su trayectoria descendente se detuvo al chocar


estruendosamente contra la hoja de la espada ancha de dos manos
que, en esos momentos, el humano sostenía con una sola mano
enguantada. La magia crepitaba a lo largo de toda aquella arma, y
el humano fue capaz de empujar con fuerza suficiente como para
lanzar a Thrall volando hacia atrás como si la mano de un gigante
lo hubiera empujado.

Ahora, el humano se hallaba en pie sobre Thrall y alzaba


amenazadoramente su reluciente arma. Súbitamente, arremetió con
ella hacia el orco que se hallaba en el suelo.

119
Christie Golden

Thrall rodó hacia un lado, pero no fue lo bastante rápido. Si bien la


espada no llegó a atravesarle el torso, sí logró abrirle una herida en
el costado. De inmediato, Thrall se puso en pie.

En ese momento, una sombra enorme cayó sobre ellos. Antes de


que pudiera saber qué estaba pasando, una garra gigante agarró al
orco. El dragón no se anduvo con miramientos.

—¡Ya nos encargaremos nosotros de ese intruso! —exclamó el


dragón—. ¡Tu misión consiste en hallar a Nozdormu!

En efecto, Thrall pudo comprobar que el dragón se dirigía


directamente al remolino de energías que conformaba el portal de
entrada a uno de los senderos del tiempo... aunque ignoraba a cuál
en concreto.

Antes de que Thrall pudiera decir algo (de que pudiera tomar aire
en sus constreñidos pulmones para poder hablar), el dragón bronce
descendió casi hasta el suelo y lanzó al desventurado orco hacia el
portal.

—¡No vas a escapar de mí tan fácilmente, Thrall! ¡No podrás


esconderte ahí por mucho tiempo y, cuando emerjas, te encontraré!
¡Te encontraré y te mataré! ¿¡Me has entendido!?

120
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Mientras corría, la arena que había bajo sus pies, que hasta entonces
había ralentizado traicioneramente su avance, se transformó
abruptamente en tierra sólida y hierba. Por encima de él, en vez del
extraño paisaje celeste de las Cavernas del Tiempo, pudo ver las
copas de los pinos, un cielo negro y unas estrellas parpadeantes.
Thrall aminoró el paso y, al final, se detuvo e intentó orientarse. El
orco supo dónde estaba gracias al familiar aroma a pino y tierra,
que resultaba más intenso al ser arrastrado por aquella atmósfera
neblinosa y un tanto gélida. Un arroyo discurría a sólo unos metros
de él y alcanzó a atisbar la copetuda cola blanca de un zorro. A
pesar de que Thrall nunca había estado en ese lugar en concreto, sí
conocía esa zona. Había crecido ahí.

Se encontraba en las laderas de Trabalomas, en los Reinos del Este.

Bueno, al menos, ya sé dónde estoy, reflexionó. Pero ahora lo más


importante es saber... ¿en qué momento histórico me encuentro?

Acababa de hacer algo que muy pocos habían hecho, algo que hasta
hacía muy poco no creía que fuera posible.

¿En qué momento del pasado se hallaba?


121
Christie Golden

Se apoyó pesadamente contra un árbol y dejó caer el Martillo


Maldito en cuanto se dio cuenta de la magnitud de lo que acababa
de suceder. La muerte repentina de Desharin y la tremenda
violencia del ataque que había sufrido lo habían mantenido
distraído. No se había percatado de la dificultad y la relevancia de
la empresa que tenía por delante.

Ahora, debía prestar atención a la herida que tenía en el costado.


Thrall se llevó una mano a la herida e imploró que sanara. A
continuación, su mano brilló tenuemente, sintió un cálido
cosquilleo y la herida se cerró. Se quitó la túnica y la lavó en el
arroyo para quitarle las manchas de sangre. Justo cuando acababa
de ponerse una túnica limpia que había sacado de su mochila,
escuchó unas voces.

Eran voces de orcos.

Con suma rapidez, envolvió el Martillo Maldito con la vieja túnica,


pues era un arma muy reconocible, e intentó meterlo como pudo en
su mochila. Mientras tanto, intentaba inventarse a la desesperada
una historia plausible que contar a esos orcos que se aproximaban.
De repente, para su gozo y alegría, logró esconder al fin el Martillo
Maldito en su mochila lejos de ojos curiosos. Reconoció, de
inmediato, el estandarte que portaban. Se trataba de una montaña
negra sobre un fondo rojo, el estandarte del clan Roca Negra. Esto
podía significar dos cosas, dependiendo del momento histórico en
que se encontrara realmente. La mayoría de los miembros del clan
Roca Negra no inspiraban mucho respeto a Thrall. Pensó en el cruel
y despótico Puño Negro y en sus hijos, Rend y Maim, que moraban
en el interior de la Montaña Roca Negra.

No obstante, había un Roca Negra que, en opinión de Thrall,


redimía a todo el clan. El nombre de ese orco era Orgrim Martillo
Maldito. A Thrall lo embargó la emoción al percatarse de que quizá
122
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

hubiera regresado a un momento en el tiempo donde su mentor y


amigo siguiera vivo. El orco que le había provocado a luchar
cuando iba disfrazado como un mero viajero, el que lo había
engañado para que atacara llevado por una tremenda y sincera ira
orca... el que se había sentido muy satisfecho al ser derrotado por
Thrall. El que le había enseñado las tácticas de batalla orca y el que,
con su último aliento, había nombrado a Thrall jefe de guerra de la
Horda y había entregado al joven orco su famosa armadura... y el
Martillo Maldito.

Orgrim. A Thrall lo invadió, de repente, el anhelo de ver a ese


poderoso orco (a su amigo) una vez más. Y eso era posible aquí y
ahora.

Entonces, un orco se aproximó, blandiendo un hacha.

—¿Quién eres? —exigió saber.


—Th-Thra’kash —respondió Thrall con rapidez.
Y, como no podía presentarse como un chamán (aquí no, en esta
era no), añadió:
—Un brujo.

El guardia lo miró de arriba abajo.

—Tienes un gusto muy peculiar a la hora de escoger tu ropa.


¿Dónde están tus calaveras y tu atuendo de tela bordada?

Thrall se enderezó todo cuanto pudo y dio un paso al frente, hacia


el guardia, de un modo muy amenazador.

—El propósito de actuar de incógnito es que nadie se fije en uno


—contestó—. Confía en mí. Sólo la gente insegura tiene que
anunciar lo peligrosa que es vestida con ropas negras y portando
huesos. El resto somos perfectamente Conscientes de qué somos
capaces de hacer y no necesitamos alardear de ello.
123
Christie Golden

El guardia dio un paso hacia atrás y, acto seguido, echó un vistazo


a su alrededor con sumo cuidado.

—¿Has sido... enviado para ayudamos a cumplir la misión que


tenemos que llevar a cabo más adelante?

Había algo en su tono de voz que a Thrall no le gustó nada pero,


como tenía que despejar las sospechas del guardia lo antes posible,
asintió y respondió:

—Sí, por supuesto. ¿Por qué si no estaría aquí?


—Es raro que hayan enviado a un brujo —comentó el guardia,
entornando los ojos con aire de sospecha por un instante.
Thrall se sometió a su escrutinio y, al final, el guardia se encogió
de hombros y agregó:
—Oh, bueno. Mi trabajo no consiste en hacer preguntas, sino sólo
en cumplir órdenes. Me llamo Grukar. Tengo ciertos asuntos que
atender antes de que sea la hora de realizar la misión. Acompáñame
hasta la hoguera que hemos encendido cerca de la tienda. Hace una
noche muy gélida.

Thrall asintió.

—Gracias, Grukar.

A continuación, siguió al guardia, que se adentró aún más en la


zona de las laderas. Pasado un tiempo, divisaron una pequeña
tienda de campaña de color rojo y negro, cuya entrada estaba
cerrada. Dos orcos hacían guardia; cada uno estaba apostado a un
lado. Ambos miraron con suma curiosidad a Thrall pero, como iba
acompañado por Grukar, pronto dejaron de prestarle atención.

—Espérame aquí —dijo Grukar en voz baja—. No tardaré mucho.

124
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall asintió y se acercó a la hoguera que se encontraba a sólo


unos metros. Varios guardias se habían congregado en tomo a ella
y se calentaban las manos con sus llamas. Thrall hizo lo mismo e
intentó no llamar la atención en la medida de lo posible. Entonces,
escuchó unas voces.

O, más bien, se trataba de una sola voz. Si bien Thrall no fue capaz
de captar todas las palabras, no cabía duda de que alguien estaba
hablando sobre Gul’dan. Thrall entornó los ojos, suspicazmente,
mientras escuchaba atentamente. Según contaba aquella voz que
procedía de la tienda, Gul’dan había traicionado a los orcos. Se
había aliado con los demonios para incrementar así su propio poder
y había formado el Consejo de la Sombra para minar la autoridad
de los clanes. Y lo peor de todo era que había persuadido a los orcos
de mayor rango de Draenor para que bebieran sangre demoníaca.

Ése era el origen de la maldición que los había asolado durante


tanto tiempo. Incluso aquéllos que no habían participado en esa
confabulación, acabaron sufriendo las consecuencias: se vieron
dominados por un ansia insaciable de cometer atrocidades y su piel
se volvió verde. Y eso fue así hasta que un amigo de Thrall, Grom
Grito Infernal, liberó a los orcos de manera definitiva de esa
maldición al matar al demonio Mannoroth, cuya sangre había sido
la causa de tanto tormento. No obstante, Thrall sabía que aquel acto
heroico no iba a tener lugar hasta muchos años después, en el
futuro. En este sendero del tiempo, la traición de Gul’dan era algo
todavía muy reciente.

Al parecer, alguien había venido a visitar al líder de esos orcos para


persuadirlo de que debía derrocar a Gul’dan.

Entonces, esa voz concluyó su siniestro relato. Por un momento


reinó el silencio.

125
Christie Golden

Entonces, Thrall escuchó una voz que nunca creyó que fuera a
volver a oír jamás. Aunque sonaba un poco más joven y algo más
aguda de lo que Thrall recordaba, la reconoció enseguida y se le
hizo un nudo en la garganta.

—Te creo, amigo mío.

Era Orgrim Martillo Maldito.

—Permíteme asegurarte que no voy a apoyar los planes de Gul’dan


en nombre de nuestro pueblo, sino que voy a enfrentarme a las
tinieblas con ustedes.

De repente, Thrall se preguntó si él habría nacido cuando tuvo lugar


esta conversación. ¿Quién era el valiente que había acudido a
Martillo Maldito con tales noticias...?

Entonces, se dio cuenta de quién podía ser y se sintió sobrecogido.

—Uno de mis guardias personales los escoltará hasta un lugar


seguro. Hay un arroyo cerca y mucha caza en el bosque en esta
época del año, así que no pasarán hambre. Haré todo cuanto pueda
por ayudarlos y, cuando llegue el momento adecuado, tú y yo
mataremos juntos a ese gran traidor llamado Gul’dan.

Pero eso no era lo que había ocurrido. Lo que sucedió fue que...

La entrada de la tienda se abrió y tres orcos emergieron de ella. Uno


era Martillo Maldito; más joven, fuerte y orgulloso de lo que lo
había visto nunca. Thrall pudo ver en su rostro al viejo orco en que
algún día se convertiría. Aunque hacía sólo un instante había
ansiado contemplar el semblante de Orgrim de nuevo más que nada
en el mundo, su mirada se vio atraída irremediablemente hacia los
otros dos orcos.

126
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Eran pareja e iban ataviados con pieles demasiado gruesas para el


clima de aquel lugar. A su lado, había un enorme lobo blanco; un
lobo gélido, sin duda alguna. Ambos eran altos y orgullosos; el
macho era poderoso y se veía que estaba curtido en mil batallas, la
hembra era también una poderosa guerrera como su consorte.

La orca llevaba un bebé en brazos.

Thrall sabía quién era ese niño.

Era él... y esos orcos que tenía ahora delante eran sus padres.

Se limitó a mirarlos fijamente; entretanto, lo embargaron una serie


de emociones distintas: alegría, estupefacción y horror.

—Vamos, Durotan, Draka —dijo Grukar—. Thra’kash y yo los


escoltaremos hasta su campamento, donde estarán seguros.

El bebé lloró. Y la hembra...

... Madre...

... bajó la mirada hacia el bebé y sus fuertes y orgullosos rasgos


orcos se dulcificaron gracias al amor y la ternura. Acto seguido,
alzó la vista en dirección a Thrall y sus miradas se cruzaron.

—Tienes unos ojos extraños, Thra’kash —afirmó—. Nunca antes


había visto a un orco de ojos azules, a excepción hecha de mi bebé.

Thrall intentó dar una respuesta, pero no daba con las palabras
adecuadas. De improviso, Grukar le lanzó una mirada plagada de
extrañeza.

127
Christie Golden

—Aceleremos el paso —los conminó—. Estoy seguro de que


luego, en cuanto se hallen en un sitio seguro, podremos discutir
todo cuanto quieran sobre el color de ojos de los orcos.

Thrall jamás se había sentido tan perdido en toda su vida. Siguió


en silencio a Grukar, mientras éste guiaba a sus padres hacia el
mismo lugar por el que él había entrado en este sendero del tiempo.
No paraba de darle vueltas a las implicaciones que podría tener
todo esto. Podría salvar a sus padres.

Podría evitar que lo capturaran y que el cruel y, al mismo tiempo,


patético Aedelas Lodonegro lo criara para ser un gladiador. Podría
ayudarlos a atacar a Gul’dan y quizá así liberar a los orcos de esa
corrupción demoníaca muchas décadas antes de que lo hiciera
Grito Infernal. Podría salvar a Taretha.

Podría salvarlos a todos.

En su día, había hablado con Orgrim Martillo Maldito sobre el


asesinato de su familia. Esa conversación regresó a su mente... si
bien para él había tenido lugar hacía mucho, aún tenía que suceder
en el futuro en este sendero del tiempo.

«¿Mi padre te encontró?», había preguntado Thrall.


«Sí», contestó Orgrim. «Y me avergüenza y entristece admitir que
me equivoqué. Tendrían que haberse quedado conmigo. Pensé que,
por el bien de Durotan y de mis guerreros, era mejor que se
marcharan en busca de un lugar más seguro. Tus padres vinieron
contigo, joven Thrall, y me contaron que Gul’dan nos había
traicionado. Los creí...»

Sabía que en esos momentos estaba mirando fijamente a sus padres


de manera muy poco disimulada, pero no podía evitarlo, al igual
que no podía dejar de respirar. Había soñado tantas veces con
ellos... Sus padres deberían haberlo criado, pero no pudo ser porque
128
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

fueron asesinados. Si no evitaba los acontecimientos que iban a


acaecer en breve esa misma noche, iba a perder a sus progenitores
para siempre.

Al final, la pareja de orcos se percató de que tenía la mirada clavada


en ellos. Durotan se mostró curioso pero no hostil y a Draka le hizo
gracia.

—Pareces interesado en nosotros, extraño —aseveró—. ¿Nunca


habías visto un lobo gélido? ¿O quizás te intrigan los ojos azules
de este niño?

Thrall no supo qué contestar, no hallaba las palabras adecuadas.


Sin embargo, Durotan le ahorró el mal rato. Tras observar los
alrededores, había decidido que aquél era un buen lugar donde
quedarse. Estaba bastante aislado y rodeado de floresta. A
continuación, se volvió hacia Draka con una sonrisa.

—Sé que podemos confiar en mi viejo amigo. En breve...

Durotan se calló súbitamente en medio de la frase. Antes de que


Thrall pudiera percatarse de lo que sucedía, el cabecilla de los Lobo
Gélido lanzó su gritó de batalla y cogió su hacha.

Todo ocurrió tan rápido.

Eran tres; cada uno cargaba contra ellos desde diferentes


posiciones; uno se dirigió hacia Durotan, otro hacia Draka y el
último hacia el lobo que dio un salto hacia delante para proteger a
sus amos. Thrall gritó con voz quebrada e hizo ademán de coger el
Martillo Maldito, dispuesto a ayudar a su familia.

De improviso, alguien vigoroso lo cogió del brazo y tiró de él con


fuerza.

129
Christie Golden

—Pero ¿qué estás haciendo? —le espetó el guardia.

En ese instante, Thrall se dio cuenta de dos cosas al mismo tiempo


al recordar más fragmentos de la conversación que mantuvo en su
día con Martillo Maldito.

«Aunque no lo sé a ciencia cierta, estoy convencido de que el


guardia al que confié que llevara a Durotan a un lugar seguro estaba
conchabado con sus asesinos».

El guardia estaba conchabado con los atacantes. Y había dado por


sentado que Thrall también formaba parte de esa conspiración.

Pero Thrall se dio cuenta de otra cosa más.

No podía impedir lo que estaba a punto de ocurrir... no si deseaba


preservar el verdadero sendero del tiempo.

Sus padres tenían que morir. Lodonegro tenía que encontrarlo a |


él, tenía que adiestrarlo para combatir para que más tarde pudiera
cumplir su destino: liberar a su pueblo de los campos de reclusión.
Si quería evitar que el mundo que conocía fuera destruido, debía
dejar que sus padres murieran.

Se quedó paralizado, presa de la angustia. Todas las fibras de su ser


le decían que debía luchar, que debía matar a esos asesinos, que
debía salvar a sus padres. Pero eso era imposible.

Draka había dejado al bebé en el suelo y estaba luchando ahora


ferozmente para defender su propia vida y la de su hijo. Lanzó a
Thrall una fugaz mirada teñida de furia, desprecio y odio y, al
instante, el orco supo que llevaría la pesada carga de esa mirada
sobre su conciencia hasta la tumba. Su madre volvió a centrar su
atención en la pelea y profirió diversos juramentos contra el orco
que la atacaba Y contra Thrall por haberlos traicionado. A una corta
130
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

distancia, Durotan, que se desangraba por culpa de un brutal corte


que había recibido en la pierna, intentó estrangular al que pronto
sería su asesino. De improviso, se oyó un agudo aullido, que
concluyó repentinamente en cuanto el lobo cayó. Draka prosiguió
luchando.

Entretanto, el bebé Thrall, que yacía indefenso en el suelo mientras


sus padres luchaban, lloraba aterrorizado.

Thrall observó la matanza asqueado, pues era consciente de que no


debía alterar la historia, mientras su padre moribundo luchaba con
renovadas fuerzas y lograba romperle el cuello a su enemigo.

En ese momento, el asesino que había matado al lobo se giró hacia


Grukar. El traidor se quedó tan sorprendido por este giro
inesperado de los acontecimientos que ni siquiera se le ocurrió
desenvainar su arma.

—¡No! —exclamó, con un tono de voz muy agudo, teñido de


sorpresa y miedo—. No, soy uno de los suyos; ellos son el
objetivo...

Sin más dilación, una descomunal espada de dos manos le cortó el


cuello a Grukar. Su cabeza decapitada salió volando y su sangre
manó a chorros de tal modo que salpicó todo el atuendo de Thrall.
A continuación, el asesino se volvió hacia Thrall, lo cual fue un
grave error, pues Thrall sí podía defenderse. Algún día llegaría su
hora, de eso no había duda. Pero no iba a ser hoy. Thrall lanzó un
grito de batalla y cargó contra aquel tipo que quería asesinarlo;
canalizó toda su pena, terror e indignación en un solo ataque que
desconcertó a su adversario. Aun así, aquel asesino era todo un
profesional y se recuperó del primer envite. La lucha se libró
cuerpo a cuerpo y con gran intensidad. Thrall atacó, se agachó,
saltó a un lado y lanzó una patada. El asesino arremetió contra él,
gruñó y esquivó sus ataques.
131
Christie Golden

A pesar de que estaba centrado en sobrevivir a ese combate, sintió


un hondo pesar en su corazón en cuanto escuchó el desgarrador
grito de dolor que lanzó Durotan al ver el cadáver destrozado de
Draka. Pero aquel grito no hizo flaquear a Thrall, sino que produjo
el efecto contrario: se sintió dominado por una oleada de renovadas
energías y aún más concentrado. Redobló sus ataques, obligando
así a retroceder a su asustado oponente cada vez más, hasta que éste
trastabilló y cayó al suelo.

Al instante, Thrall se echó encima de él. Pisó al asesino con un solo


pie para impedir que se levantara, a la vez que alzaba el Martillo
Maldito. Justo cuando estaba a punto de machacar el cráneo del
orco con su poderosa arma, se quedó petrificado.

No podía alterar los senderos del tiempo. ¿Y si esa vil criatura debía
sobrevivir por alguna razón que ni siquiera podía imaginar?
Thrall profirió un gruñido y escupió al orco en la cara. Acto
seguido, dejó de pisarlo. Entonces, pasó por encima la enorme
espada que el otro asesino había blandido:

—Vete —le ordenó—, no quiero volver a ver tu rostro jamás. ¿Me


has entendido?

Obviamente, el asesino no se quedó a preguntarle por qué le


perdonaba la vida, sino que salió corriendo como alma que lleva el
diablo. En cuanto estuvo seguro de que aquel desgraciado se había
ido, Thrall se volvió hacia sus padres.

Draka estaba muerta. Su cuerpo había quedado prácticamente


descuartizado y en su rostro había quedado dibujado un gesto de
desafío. Thrall se giró hacia su padre justo a tiempo para ver cómo
el tercer asesino le cercenaba de manera cruel ambos brazos,
negándole así la posibilidad de sostener a su hijo entre sus brazos

132
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

antes de morir. Thrall había visto muchas atrocidades, pero esta


terrorífica carnicería lo había dejado petrificado, paralizado.

—Llévate... al niño —le pidió con un hilo de voz.

El asesino se arrodilló junto a él y le dijo:

—Dejaremos al niño abandonado a su suerte para que lo devoren


las criaturas del bosque. Quizá tengas la oportunidad de ser testigo
de cómo lo despedazan.

Al escuchar esas palabras, se apoderó tal furia de Thrall que más


tarde sería incapaz de recordar cómo había llegado hasta el otro
extremo del claro. Sólo recordaría que gritaba como un loco y de
una manera tan fuerte que le llegó a doler la garganta y que giraba
el Martillo Maldito a tal velocidad que era sólo un borrón en el aire.

Cuando recuperó la cordura, se dio cuenta de que también había


dejado escapar a aquel asesino, a pesar de que ardía en deseos de
hacer picadillo a ese bastardo. Se encontraba a cuatro patas,
respirando entrecortadamente entre grandes y atroces sollozos.

—Mi hijo —susurró Durotan.

¡Seguía vivo!

Thrall se arrastró hasta el bebé y lo recogió. Contempló sus propios


ojos azules y le acarició la carita. Entonces, se arrodilló junto a su
padre y le dio la vuelta. Durotan gruñó de dolor. Thrall colocó al
bebé, que estaba envuelto en unas mantillas que portaban el
emblema de los Lobogélido, sobre el pecho de Durotan.

—Ya no tienes brazos con los que abrazarlo —le dijo Thrall, con
un nudo en la garganta, a la vez que las lágrimas anegaban sus ojos

133
Christie Golden

azules mientras el niño que él había sido también lloraba—. Por


eso, lo he colocado sobre tu corazón.

Durotan asintió, a pesar de que tenía el rostro contraído de dolor,


pues estaba sufriendo un tormento que Thrall apenas alcanzaba a
imaginar.
—¿Quién eres? Nos has traicionado... has... has dejado que mi
compañera y yo muramos... pero, aun así, has atacado a nuestros
asesinos...

Thrall hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Si te contara la verdad, no me creerías, Durotan, hijo de Garad.


Pero te ruego... por los ancestros, te ruego que creas esto: tu hijo
vivirá.

La esperanza centelleó en la mirada apagada de su padre.

Thrall habló deprisa, pues sabía que su muerte era inminente.

—Vivirá y crecerá sano y fuerte. Aprenderá lo que significa ser un


orco y se convertirá en un guerrero y en un chamán.

A pesar de que su respiración se aceleraba demasiado, Durotan se


aferraba a la vida y lo escuchaba embelesado.

—Nuestro pueblo se recuperará de esa tenebrosa enfermedad que


Gul’dan ha propagado entre nosotros. Nos curaremos. Nos
convertiremos en una nación orgullosa y poderosa. Y tu hijo sabrá
quién fuiste tú y quién fue su valiente madre. Y dará tu nombre a
una gran tierra.

—¿Cómo... puedes saber... todo eso?

134
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall reprimió las lágrimas y colocó una mano sobre el pecho de


su padre, junto a esa versión infantil de sí mismo. Notó que sus
latidos se debilitaban.

—Confía en mí —respondió un absorto Thrall, a quien le tembló


la voz de emoción—. Tu sacrificio no ha sido en vano. Tu hijo
vivirá y cambiará el mundo. Te lo prometo.

Aquellas palabras brotaron de sus labios con toda naturalidad.


Thrall se percató, mientras las pronunciaba, de que encerraban una
gran verdad. Había sobrevivido, había cambiado el mundo al
liberar a su pueblo, al luchar contra demonios, al dar un hogar a los
orcos.

—Lo prometo —repitió.

El rostro de Durotan se relajó levemente y sus labios se curvaron


para formar una leve sonrisa.

Thrall cogió al bebé y lo sostuvo a la altura de su corazón durante


mucho, mucho tiempo.

El niño al fin se durmió. Thrall lo estuvo acunando toda la noche


entre sus brazos, con el corazón tan henchido de emoción que
pensaba que le iba a estallar de un momento a otro.

Una cosa era escuchar el relato de cómo sus padres habían muerto
intentando protegerlo y otra muy distinta ser testigo directo de ese
sacrificio. Aquel bebé había sido querido y amado profundamente
de manera incondicional, sin haber tenido que hacer nada para
ganarse ese amor. Ese niño aún no había logrado nada en la vida.
No había salvado la vida a nadie, no había librado ninguna batalla,
no había derrotado a ningún demonio. Había sido amado
simplemente por ser quien era, por ser su hijo, a pesar de las

135
Christie Golden

lágrimas y los llantos, y sus sonrisas y carcajadas eran recibidas


con agrado.

Thrall lo habría dado todo por haber podido salvar a sus padres, pin
embargo, los senderos del tiempo eran inmisericordes. Lo que
había ocurrido no podía cambiarse ya que, si se alterase el discurrir
normal de los acontecimientos, los agentes del vuelo de dragón
bronce intervendrían para devolver las cosas a su cauce, para hacer
lo correcto.

«Lo correcto». Dejar que gente buena, que gente inocente muriera
era «lo correcto». Era cruel. Era devastador emocionalmente. Pero
lo entendía.

Alzó la vista, esbozó un gesto de disgusto y apartó la mirada de los


restos de su masacrada familia... y parpadeó. Algo se reflejaba en
el agua... algo dorado, brillante y con escamas...

Thrall intentó ver de dónde provenía ese reflejo. Pero ahí no había
nada... salvo los árboles, la tierra y el cielo. Ahí no había ningún
colosal dragón, como cabía esperar. Entonces, se puso en pie, con
el bebé aún en brazos, y volvió a observar el agua.

De improviso, un ojo enorme le devolvió la mirada.

—¿Nozdormu?

Aquel río era demasiado pequeño como para albergar a un dragón...


tenía que tratarse de un reflejo... pero aun así...

Un repentino chillido rompió la concentración del orco. Al parecer,


el niño se había despertado... y tenía hambre. Thrall centró su
atención en el niño e intentó murmurar unas palabras que lo
calmasen. A continuación, volvió a posar la mirada en el agua.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

El reflejo había desaparecido. No obstante, Thrall estaba seguro de


que lo había visto. Echó un vistazo a su alrededor, pero no vio nada
destacable.

Súbitamente, la voz de un humano quebró la quietud del bosque.

—¡Por la Luz! ¡¿Qué es ese ruido?!

Ese humano hablaba con un tono de voz cortés y buscaba


disculparse, a pesar de que no era responsable de los berridos del
Thrall niño.

—Será mejor que volvamos, teniente. Seguro que cualquier presa


que mereciera la pena cazar ha huido por culpa de ese berrido tan
agudo.
—¿Acaso no has aprendido nada de lo que he intentado enseñarte,
Tammis? No estamos aquí sólo para cazar la cena, sino para poder
alejarnos un rato de esa maldita fortaleza. Deja que esa cosa aúlle
cuanto quiera.

Thrall conocía aquella voz. Había oído a aquel hombre lanzar


halagos y alabanzas, aunque con más frecuencia lo había
escuchado lanzar maldiciones en voz baja, teñidas de furia y
desprecio. Ese hombre había contribuido decisivamente a forjar su
destino. Ese hombre era la razón por la que aún llevaba el nombre
de Thrall...1 un nombre con el que el orco, precisamente, pretendía
dejar claro a todo el mundo que ya no era un esclavo.

Esa era la voz de Aedelas Lodonegro.

1.- N. del T.: Thrall significa esclavo en inglés.

En cualquier momento, Lodonegro y su acompañante (que debía


de ser Tammis Foxton, el sirviente de Lodonegro y padre de
Taretha Foxton) llegarían a aquel claro. Lodonegro encontraría al
137
Christie Golden

bebé que Thrall sostenía ahora entre sus brazos y se lo quedaría. Lo


criaría y lo enseñaría a luchar, a matar y a idear estrategias de
combate. Hasta que un día Thrall lo mataría.

Con suma delicadeza, el orco colocó a su yo bebé en el suelo. Su


mano planeó un rato, dubitativamente, sobre la diminuta cabeza
negra del bebé y, al final, se decidió a acariciar las mantillas, cuya
tela aún no estaba ajada por el paso del tiempo.

—Éste es un momento muy tierno, aunque también muy extraño.


De repente, Thrall se volvió, cogió el Martillo Maldito y se colocó
entre el niño y el poseedor de aquella voz tan familiar.

El misterioso asesino que lo había atacado en las Cavernas del


Tiempo se encontraba ahora a sólo unos pasos de distancia. El orco
había dado por sentado que los dragones bronces ya se habrían
ocupado de aquel hombre pero, al parecer, a pesar de que había
pronunciado unas palabras plagadas de frustración cuando Thrall
se le escapó, había logrado eludir a los miembros del vuelo bronce
y había logrado abrirse camino hasta ese sendero del tiempo. Hasta
Thrall.

Una vez más, el orco intuyó que conocía a ese individuo, pues le
resultaba extrañamente familiar. Esa armadura... esa voz...

—Te conozco —le espetó.


—Entonces, di mi nombre —replicó con una voz agradable,
atronadora, teñida de burla.

Thrall gruñó.

—No sé quién eres... aún no... pero hay algo en ti...


—Lo cierto es que debería darte las gracias —aseveró el asesino
arrastrando las palabras—. Mi amo me encomendó la misión de
matar al poderoso Thrall. Ya te escapaste una vez de mis garras. Y
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

quizá lo vuelvas a hacer. Pero has olvidado un... pequeño...


detalle...

Con cada una de esas últimas palabras, el asesino dio un paso


adelante. Thrall se percató súbitamente de a qué se refería. Aferró
con más fuerza si cabe el Martillo Maldito y se enderezó lo más
posible. Si bien aquel hombre era bastante grande para ser un
humano, no era ni por asomo tan colosal como un orco.

—¡No lastimarás a este niño! —exclamó.


—Oh, yo creo que sí —dijo el hombre de la armadura negra— Ya
verás... Sé quién aparecerá por aquí en breves instantes. Es alguien
a quien no querrás lastimar... porque, si lo hicieras, alterarías este
sendero del tiempo tanto como si hubieras dejado vivir a tus padres.
Sabes que Aedelas Lodonegro llegará aquí en breve. Sabes que
recogerá a ese pequeño bebé de color verde y lo criará para que sea
un gladiador. Y estoy seguro de que no querrás estar por aquí cerca
cuando ese encuentro en particular se produzca.

Aquel maldito bastardo tenía razón. Thrall no podía dejar que


Lodonegro lo viera. Pero tampoco podía arriesgarse a luchar contra
él, porque podría herirlo o incluso matarlo.

Y aún no había llegado su hora.

—Así que debes irte. Pero, al mismo tiempo, tienes que protegerá
tu yo niño, porque mi misión consiste en matarte... es mucho más
fácil partir a un bebé en dos que a un orco hecho y derecho.
Aunque, si se me permite la inmodestia, lo cierto es que he matado
a muchos poderosos orcos. Así que dime: qué vas a hacer, ¿eh?
¿Qué vas a hacer...?
—No se va a ir a ninguna parte —se quejó Lodonegro, quien se te-
liaba ahora más cerca, aunque a unos cuantos pasos todavía del
claro.

139
Christie Golden

—Quizá se trate de una criatura herida que ya no puede huir ni


aunque sea a rastras, señor —sugirió Tammis.
—Entonces, demos con ella y acabemos con su miserable
existencia.

El hombre de la armadura negra se rió y, de repente, Thrall vio


claro qué era lo que debía hacer.

Pese a que ardía en deseos de lanzar su grito de batalla, se abalanzó


en silencio contra el asesino. Pero no utilizó su martillo como arma,
sino su propio cuerpo. El humano no se esperaba ese tipo de ataque
y ni siquiera fue capaz de alzar su arma a tiempo de evitar que
Thrall lo placara. De ese modo, ambos acabaron en el caudaloso
arroyo.

*******

—¿Qué ha sido ese chapoteo? —inquirió el teniente Aedelas


Lodonegro mientras daba un largo trago a la botella.
—Habrá sido una de las enormes tortugas que habitan en esta zona
—contestó Tammis.

Lodonegro asintió. Se sentía mareado y le faltaba muy poco para


encontrarse totalmente embriagado. Su caballo, Arrullanoche, se
detuvo de forma abrupta. Lodonegro se acababa de topar con los
cadáveres de tres orcos adultos cuando menos y de un enorme lobo
blanco.

Algo captó su atención al moverse. De improviso, Lodonegro se


dio cuenta de cuál era el origen de ese sonido tan horrible que tanto
lo había fastidiado. Era la cosa más fea que había visto jamás; un
bebé orco, envuelto en lo que debían de ser unas mantillas para esas
criaturas.

Desmontó y se aproximó a él.


140
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Habían pasado varios días desde la debacle del Templo del Reposo
del Dragón. Kalec había creído (quizá de manera estúpida, pero de
modo sincero) que, tras la trágica pero necesaria muerte de
Malygos, se abriría un proceso de reflexión que llevaría a que la
paz y la unidad volviera a reinar entre los vuelos de dragón. Había
depositado muchas esperanzas en esa reunión, donde no sólo sus
esperanzas habían quedado hechas añicos.

El hecho de haber perdido tantos huevos, de todos los vuelos, todos


a la vez... el hecho de que, para más inri, uno de los suyos los
hubiera destruido era un golpe desolador del que Kalec se
preguntaba si llegarían a recuperarse algún día. El responsable de
esa tragedia era alguien que hacía tiempo era amigo suyo:
Korialstrasz, alguien en quien Kalec había confiado total y
plenamente... El dragón azul hizo un gesto de negación con la
cabeza y agachó levemente su gran cuello presa de la tristeza.

A pesar de que Ysera se había despertado, su juicio seguía nublado


y su atención dispersa; además, según lo que le habían contado
algunos miembros de su propio vuelo, se había perdido. Nozdormu
llevaba ya un tiempo desaparecido. Alexstrasza, a quien la traición
de Krasus había destrozado el corazón, también se había esfumado.
141
Christie Golden

Malygos había sido asesinado y Alamuerte seguía suelto por el


mundo, urdiendo la destrucción de todos ellos.

Los dragones más ancianos reconocían que desde la primera


traición de Alamuerte jamás se habían enfrentado a unos tiempos
tan caóticos y desesperados.

Cada vuelo se había recluido en sí mismo. No obstante, Kalec tenía


amigos en la mayoría de ellos y había seguido manteniendo el
contacto con algunos de ellos, aunque tenía que reconocer que la
tensión reinaba en el ambiente cada vez que hablaban. Si bien era
cierto que los vuelos verde, rojo y bronce no sabían dónde podían
estar sus Aspectos, los suyos, al menos, estaban vivos. Los
dragones azules ya no contaban con un líder, por lo cual, en los
últimos días, se habían centrado sobre todo en poner remedio a esa
situación.

Los azules se habían reunido en el Nexo, en el lugar que siempre


había sido su hogar. Ahí, en aquellas frías cavernas, habían
debatido ampliamente, habían analizado las circunstancias, habían
teorizado sobre las posibles opciones y habían discutido acerca del
protocolo mágico que se debía aplicar. No obstante, a la hora de la
verdad, poco se había hecho en realidad.

Kalecgos pensaba que su vuelo estaba mucho más interesado en


concebir teorías sobre cómo iban a crear o elegir a un nuevo
Aspecto que en centrarse en resolver de una vez aquella
desesperada situación. Aunque tampoco lo sorprendía que hubieran
adoptado esa actitud. A los dragones azules les encantaban los retos
intelectuales. Por otro lado, su desprecio por las «razas inferiores»
había evitado que adoptaran las formas de esas razas para poder
mezclarse con otros seres que dominaban las artes mágicas, como
los magos del Kirin Tor (tal y como el difunto Krasus había hecho).
El dominio de la magia arcana (fría e intelectual) pertenecía por
derecho al vuelo azul, pues los titanes habían decidido en su día
142
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

que Malygos fuera el Aspecto de la Magia de este mundo. Según


los que defendían esta corriente de opinión, las razas jóvenes no
tenían derecho a acceder a ese tipo de magia. Desde el punto de
vista de Kalec, demasiados miembros de su vuelo pensaban de esa
forma.

Daba la impresión de que había tantas propuestas sobre cómo había


que crear o elegir a un Nuevo Aspecto como dragones azules.

O, como Kalec había señalado atinadamente, con las fosas nasales


hinchadas por la ira, había tantas propuestas como escamas en cada
dragón.

No obstante, desde el principio, habían descartado una posibilidad


aterradora que un joven azul había planteado con suma
preocupación: «¿Y si no puede haber un nuevo Aspecto? Fueron
los titanes quienes decidieron que Malygos fuera el Aspecto de la
Magia de este mundo, ¿y si resulta que sólo ellos pueden crear uno
nuevo? ¿Y si los demás vuelos nos han condenado a vivir para
siempre sin un Aspecto?»

Ante esa cuestión, los dragones ancianos se habían limitado a hacer


un gesto de negación con sus cabezas, expresando así su
indiferencia. «Todos sabemos que los titanes eran muy poderosos
y muy sabios», había contestado uno de ellos. «Por tanto, debemos
dar por sentado que tenían previsto que pudiera llegar este día.
Nuestros eruditos están seguros de que, si investigan suficiente,
serán capaces de descubrir qué debemos hacer.»

Kalecgos apoyaba esa hipótesis; creía en la sabiduría de los titanes,


quienes habían elegido a todos los Aspectos hacía mucho, mucho
tiempo. Otros azules, sin embargo, creían más en la superioridad y
capacidad del vuelo azul que en los titanes. Era imposible que no
dieran con una solución. Por falta de teorías no iba a ser,
ciertamente.
143
Christie Golden

Según la leyenda, cuando los Aspectos fueron creados, las lunas se


encontraban en una extraña conjunción. El mismo alineamiento,
que no se había vuelto a producir desde hacía siglos, estaba a punto
de darse de nuevo en sólo unos días. Según una teoría muy popular,
un tanto histriónica, ese fenómeno celestial era muy importante
para poder lograr el fin que buscaban. Algunos opinaban que era
«crucial para que operase correctamente la magia necesaria para
facilitar la mutación de un dragón azul normal en un Aspecto»;
otros, simplemente, lo consideraban una mera coincidencia.

Otros querían que el mayor número posible de dragones azules


estuvieran presentes en la ceremonia. «Tendremos un Aspecto, de
un modo u otro», había afirmado uno de los más pragmáticos
eruditos de la magia. «Así, si la conjunción de las dos lunas no
produce ninguna transformación física, podremos decidir, al
menos, todos juntos como vuelo, quién creemos que podrá ser
nuestro líder.»

«Además, no debemos olvidar que Malygos murió dejando


descendencia», había señalado Arygos. «Yo soy hijo de Malygos y
su principal heredero. Quizá la capacidad de convertirse en un
Aspecto sea algo hereditario. Esta debería ser una cuestión muy
importante que habría que tener en cuenta.»

«No hay nada que indique que eso sea verdad», había replicado
Kalecgos. «No todos los Aspectos eran familia cuando fueron
creados». No le gustaba la actitud de Arygos y sabía que el hijo de
Malygos se sentía amenazado por alguien al que consideraba un
«advenedizo». Si había una fractura entre los vuelos de dragón,
también la había en el seno del vuelo azul. La sombra de Malygos
todavía planeaba sobre él. Había algunos, como Arygos, que
preferirían seguir los pasos que había seguido en su día su difunto
Aspecto y alejarse del mundo tanto como fuera posible y había
otros que pensaban como Kalec: que formar parte activa del
144
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

mundo, relacionarse con otras razas y vuelos, servía para que el


vuelo de dragón azul fuera más fuerte y sabio.

Antes del ataque de los dragones crepusculares, la fractura había


sido inapreciable. Ahora, sin embargo, era un cisma muy obvio,
una herida abierta en el seno del vuelo. Era una situación que no
agradaba para nada a Kalec, pero no era tan ingenuo como para
ignorarla.

No le gustaba la idea de elegir por «votación» a su nuevo líder; era


como si el título de Aspecto fuera sólo eso: un título vacío de
contenido, sin ningún poder real que lo justificase. Los Aspectos
habían formado parte de ese mundo desde tiempos inmemoriales
que, quizá, y sólo quizá, recordaban los ancestros. Convertir su
designación en una especie de concurso, donde se recompensaría
al dragón azul que más simpatías despertase o que pudiera
persuadir a la mayoría del vuelo para que lo votaran...

Entonces, presa de la contrariedad, había sacudido la cabeza de


lado a lado con rabia y había decidido alejarse de la discusión. Al
instante, Arygos se percató de lo que sucedía y le gritó:
«¡Kalecgos! ¿Adónde vas?».

«A tomar el aire», había respondido Kalec a voz en grito, sin mirar


hacia atrás. «Aquí el ambiente está demasiado cargado.»

*******

El humano se hundía como una piedra en el arroyo por culpa de la


pesada armadura que portaba, a pesar de que luchaba con gallardía.
De repente, soltó su descomunal espada y agarró a Thrall de su
túnica con una de sus manos enguantadas. De ese modo, logró que
se hundieran juntos. El orco reaccionó intentando clavarle un arma
en el brazo a aquel hombre, pero sus movimientos se veían

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Christie Golden

ralentizados por el agua. Así que cogió al humano de la mano y,


valiéndose de su fuerza superior, le dobló hacia atrás los dedos.

Una serie de burbujas escaparon del yelmo del humano, que soltó
la túnica de Thrall e intentó aferrarse al orco con la otra mano. Pero,
entonces, el orco le propinó una fuerte patada y se alejó de su
alcance nadando.

En ese instante, se dio cuenta de que aquel arroyo era mucho más
profundo de lo que parecía. Mucho más profundo de lo que debería
ser. Súbitamente, con el rabillo del ojo, captó un destello y volvió
la cabeza.

Se trataba del color dorado de las relucientes escamas de un gran


dragón bronce; era la misma imagen que había visto reflejada en el
agua antes. Thrall se percató de repente de que sus pulmones ya no
ansiaban obtener aire. Esa sensación asfixiante lo había
abandonado. Como era consciente de que eso se debía a la magia
de los senderos del tiempo, aceptó su nueva situación sin más.
Mantuvo la mirada clavada en esas fascinantes escamas y se dirigió
hacia ellas.

El agua que lo rodeaba brilló y se sintió muy extraño; una sensación


de calidez y confort recorrió todo su cuerpo. Las escamas
desaparecieron. Y salió disparado hacia la superficie...

... del mar. Echó un vistazo a su alrededor e intentó orientarse.

Entonces, se dio cuenta de que allí había varios barcos. O, al menos,


los restos de varias naves.

Eran los navíos que él, Grom Grito Infernal y los demás orcos les
habían robado a los humanos para poder seguir el consejo de un
peculiar profeta; un profeta que los había exhortado a abandonar
los Reinos del Este e ir a Kalimdor.
146
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall se arrastró fatigosamente hacia la orilla con los


supervivientes, al mismo tiempo que observaba los restos de los
barcos que flotaban sobre el mar. Logró coger una de aquellas cajas
que flotaban a la deriva y la arrastró hacia la orilla. En cuanto la
puso en tierra firme, alguien lo llamó a gritos.

—¡Jefe de Guerra!

En ese momento, Thrall se preguntó cuánto tiempo había pasado


desde la última vez que alguien se había dirigido a él empleando
ese título. No obstante, se volvió... y vio que un orco se acercaba a
grandes zancadas...

—Soy yo —afirmó Thrall estupefacto.

Al igual que se había encontrado con su yo niño hacía sólo unos


instantes (o, al menos, esa sensación tenía) ahora se hallaba frente
a otra versión de sí mismo. Escuchó la conversación procurando,
en todo momento, que no lo sorprendieran mirando al Thrall de este
sendero del tiempo. Esto resultaba mucho más extraño que cuando
se había topado con sus otras versiones durante su viaje espiritual
de revelación mística. Esta vez, su otro yo se encontraba,
físicamente, a sólo unos metros de él.

—Nuestro barco ha sufrido severos daños al atravesar la


embravecida Vorágine —informó el orco.

Una vez más, sintió una extraña sensación de familiaridad. La


Vorágine... el lugar que había dejado atrás. El lugar donde
Alamuerte había partido en dos el mundo. Ese lugar devastado
cuyas heridas el Anillo de la Tierra intentaba curar
desesperadamente. Movió la cabeza de lado a lado, asombrado,
ante lo mucho que habían cambiado las cosas en sólo unos pocos
años.
147
Christie Golden

—Es irrecuperable —siguió hablando el orco entre gruñidos.

El Thrall de ese sendero temporal asintió.

—Lo sé. ¿Hemos podido confirmar dónde nos encontramos? ¿Es


esto Kalimdor?
—Hemos viajado en dirección oeste tal y como nos ordenaste. Así
que deberíamos estar en Kalimdor.
—Muy bien.

Thrall siguió observando a escondidas, a la vez que recordaba ese


momento que había tenido lugar ocho años atrás en su pasado, y
pensaba en cuál había sido su mayor preocupación en aquellos
momentos.

—¿Han hallado rastro de Grom Grito Infernal y los demás barcos?


—preguntó el Thrall de ese sendero temporal.
—No, Jefe de Guerra. No hemos vuelto a saber nada de él desde
que nos vimos obligados a separamos.
—Hum... Prepárense para emprender la marcha. Si nuestros
camaradas han logrado llegar hasta aquí, deberíamos ser capaces
de dar con ellos a lo largo de la costa.

Thrall se volvió y observó aquella larga extensión de arena.

Entonces, vio un destello dorado. Fue un brillo muy fugaz que se


desvaneció de inmediato. Aunque podría haberse tratado
perfectamente del reflejo de la luz del sol sobre la arena, Thrall
estaba seguro de que ese destello lo había provocado otra cosa.

Los náufragos estaban muy ocupados revisando los navíos dañados


y trayendo provisiones a la orilla. En breve, montarían un
campamento en ese lugar. Pero de esas cuestiones tendría que
preocuparse el Thrall de esa época.
148
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Se dirigió al oeste, en busca de las escamas relucientes.

Esta vez, dio con un pequeño agujero en la tierra del tamaño de la


madriguera de un animal. A su alrededor... pudo apreciar el
resplandor familiar de un portal que llevaba a un sendero del
tiempo.

¿De verdad Nozdormu se encuentra atrapado?, se preguntó Thrall


mientras entraba en el portal. ¿O simplemente me está arrastrando
por el tiempo de una manera que no comprendo? Aquel agujero
aumentó de tamaño para que pudiera caber en él. Acto seguido,
cayó por él pero, antes de que el pánico lo dominara, emergió por
el otro lado del portal. En cuanto salió de él, vio que había un
enorme pájaro negro sentado sobre la hierba. Se encontraba justo
delante de Thrall. Tenía la cabeza ladeada y lo observaba con unos
relucientes ojos rojos.

Entonces, el pájaro abrió el pico.

—Saludos, hijo de Durotan. Sabía que encontrarías el camino.

¡Era Medivh! En su día, el gran mago se había presentado ante


Thrall en un sueño para pedirle que lo siguiera. El orco había hecho
lo que el mago le había pedido y Medivh lo había recompensado
por su persistencia. Aunque creía recordar que el mago tenía forma
humana cuando tuvieron esa conversación.
Thrall intentó recordar lo que le había dicho al mago en esa
ocasión.

—Te vi en una visión. ¿Quién eres? ¿De qué me conoces?

El cuervo ladeó su cabeza de color ébano.

149
Christie Golden

—Sé muchas cosas, joven jefe de guerra, sobre ti y sobre tu pueblo.


Por ejemplo, sé que ahora mismo estás buscando a Nozdormu.

Thrall se quedó boquiabierto.

—Te encuentras perdido en el tiempo... en más de un sentido.


Debes saber que he visto el futuro y he contemplado la ardiente
sombra que ha venido a consumir tu mundo. Y, al entrever ese
futuro, he visto otros. Te contaré lo que pueda, pero el resto será
cosa tuya.

De improviso, Thrall estalló en carcajadas, mientras se preguntaba


de qué se sorprendía tanto. Al fin y al cabo, se trataba de Medivh;
seguro que viajar por el tiempo era uno más de sus muchos poderes.

—Hacerte caso me fue muy útil en una ocasión —aseveró el orco—


. Así que supongo que también me será de gran ayuda en esta
ocasión.
—¿Sabes tejer, Thrall?

Aquella pregunta lo sorprendió.

—He... he visto a gente trabajar en un telar, pero no es un arte que


domine.
—No hace falta que lo domines para entender cómo funciona —
replicó el cuervo que no era en realidad un cuervo—. Sólo hay que
saber que existe la urdimbre y la trama. Sólo hay que conocer el
patrón y guiar la lanzadera. Lo único que hay que entender es que
se crea algo que no existía antes, y que el telar es como un mundo
en miniatura. Y hay que ser consciente de que, para desenredar
parte de la tela, lo único que se necesita es tirar de un solo hilo
suelto.

Thrall negó lentamente con la cabeza.

150
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Me desconciertas, mago. Hoy he sido testigo del asesinato de


mis padres. He luchado contra un misterioso asesinato que
probablemente ha sido enviado por el vuelo del dragón infinito e
intento dar con el Atemporal, quien me da la impresión de que
intenta guiarme en una persecución infructuosa. ¿Y, después de
todo esto, el mejor consejo que se te ocurre darme es que reflexione
sobre el arte de tejer?

Dio la sensación de que el pájaro se encogía de hombros, pues


agachó la cabeza y alzó los hombros.

—Puedes escucharme o no. Sé qué persigues. Pero ten mucho


cuidado con lo que persigues. Asegúrate de que persigues el
objetivo correcto. Este lugar está repleto de espejismos. Sólo hay
una manera de que puedas dar con lo que buscas de verdad... sólo
hay una manera de que puedas encontrarte a ti mismo. Adiós,
Go’el, hijo de Durotan y Draka.

El pájaro batió sus alas y, en sólo unos segundos, ya se había


alejado volando hasta desaparecer de la vista.

Thrall se encontraba totalmente perdido. Unas palabras se


escaparon de sus labios, cuyo contenido lo sorprendió.

—Nada de esto tiene sentido, pero los espíritus me dicen... que


debería confiar en él.

Ésas eran las mismas palabras que había dicho al final de su primer
encuentro con Medivh. Sobresaltado, se dio cuenta de que esas
palabras eran tan ciertas en esta ocasión como lo habían sido
entonces. Los espíritus le estaban diciendo realmente que debería
confiar en el mago. A continuación, cerró los ojos y los abrió en su
fuero interno, donde vio los elementos de la tierra, el aire, el fuego,
el agua y la vida, que siempre se hallaban en su corazón.

151
Christie Golden

En verdad, seguía sin entender lo que el mago había querido


transmitirle. Sus palabras seguían pareciéndole totalmente
absurdas. No obstante, Thrall se encontraba ahora más calmado y
sabía que, de algún modo, cuando llegara el momento adecuado, lo
entendería todo.

Guíenme, les pidió a los espíritus elementales. Deseo ayudar, de


veras, pero, según parece, soy incapaz de hallar a ese gran ser al
que me han enviado a buscar. He visto alguna pista, algún indicio,
pero cada vez me adentro más en mi pasado y sigo sin dar con él.

Entonces, abrió los ojos.

Nozdormu se encontraba ante él. O, más bien, una imagen


translúcida de él. El gran dragón había abierto la boca y estaba
diciendo algo, pero Thrall no oía nada.

—¿Qué deseas, Atemporal? —gritó—. ¡Intento encontrarte!


Nozdormu extendió una pata delantera, con la palma hacia arriba,
y le hizo una seña para que se acercara. El orco fue hacia él
corriendo y...

Y ahí estaba el centelleo de la luz del sol al reflejarse en las escamas


bronces de Nozdormu, que cada vez aparecía antes. Al parecer,
Thrall aún no se encontraba en el instante del tiempo al que debía
llegar.

En ese momento, se acordó de algo que Cairne le había dicho hacía


mucho, mucho tiempo. «Encontrarás tu destino... a su debido
tiempo...»

«¿A su debido tiempo?» ¿Cuánto iba a tener aún que esperar?,


quiso gritar Thrall. Estaba harto de tanto perseguir a ese misterioso
espejismo, que siempre aparecía para tomarle el pelo e incitarle a
lanzarse a otro sendero del tiempo.
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Cada vez que seguía a las relucientes escamas del Atemporal, lo


arrastraba hasta otro momento distinto de su vida. Revivir algunos
era una experiencia agradable; otros, sin embargo, eran justo lo
contrario. No obstante, todos ellos eran importantes y habían
dejado una profunda huella en el tiempo. En todos y cada uno de
esos momentos, Thrall veía a Nozdormu. Si bien el orco se
mantuvo alerta por si reaparecía el misterioso asesino, al final aquel
perseverante humano no hizo acto de presencia. Thrall esperaba
que ese bastardo se hubiera ahogado, arrastrado por el peso de
aquella armadura que le resultaba extrañamente familiar en ese
arroyo que era mucho más que un mero arroyo. Aunque no
esperaba volver a encontrarse con él, no bajó la guardia.

El orco se percató de que llevaba mucho tiempo sin probar bocado


o dormir justo cuando atravesaba otro portal que lo llevó a un
bosque iluminado por el crepúsculo, el cual le resultó muy
familiar... demasiado familiar.

—Vuelvo a estar en Trabalomas —masculló para sí, frotándose la


cara.

Bueno, al menos, conocía bien ese lugar. El bosque había cambiado


desde la última vez que había estado ahí.... eso había sido... ¿hace
cuánto tiempo? Por los rugidos de su estómago y la fatiga que se
adueñaba de él, pudo deducir que había transcurrido casi un día. Le
dio la sensación de que aquellos árboles eran más viejos, lo que lo
llevó a pensar que habían pasado años desde que... desde r que
había sido testigo del asesinato de sus padres. Además, ahora se
encontraba en otra estación del año. Era pleno verano. Eso
significaba que habría muchas presas que cazar, así como bayas y
frutas lo bastante maduras como para ser recolectadas, así que no
se iba a morir de hambre mientras esperaba a que algún momento
de su pasado volviera a tener lugar ante él.

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Christie Golden

Con suma presteza, preparó una trampa para cazar conejos.


Después, se marchó a buscar algo de comida por ahí, al mismo
tiempo que disfrutaba de aquel largo y tranquilo atardecer. Al final,
un conejo quedó enredado en uno de los lazos de la trampa que
había tendido. A continuación, Thrall hizo un pequeño fuego para
asar el animal (a pesar de que a muchos orcos les encantaba la carne
cruda, él la prefería cocinada) y luego se tumbó junto al fuego para
poder dormir, ya que necesitaba descansar desesperadamente.

Cierto tiempo después, se despertó totalmente alerta. No se movió;


sintió algo frío y metálico apretándole la garganta.

—Estúpidos y asquerosos orcos —oyó decir a alguien. Por el tono


de voz, debía de tratarse de una mujer, aunque era una voz áspera,
propia de alguien que no hubiera hablado en mucho tiempo—. Si
no fuera por el dinero que voy a obtener contigo, te mataría ahora
mismo.

¿Dinero? Debía de referirse a alguna recompensa o algo así.


¿Acaso habían puesto precio a su cabeza en las tierras de la Alianza
y esa mujer lo había identificado fácilmente a pesar de la oscuridad
de la noche? No, lo habría mencionado y no habría lanzado un
insulto contra todos los orcos en general.

—No voy a hacerte daño —le aseguró Thrall, manteniendo un tono


de voz lo más tranquilo posible.

Esa cosa metálica que alguien apretaba contra su cuello resultó ser
el cañón de un trabuco. Pensó en hacer un movimiento rápido con
el fin de girarse y desarmar a su oponente, pero concluyó que era
prácticamente imposible que pudiera hacerlo sin recibir antes un
tiro.

—Oh, sé que no lo harás porque, si no, te reventaré la tapa de los


sesos. Y, ahora, levántate lentamente. Me resultas más valioso vivo
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

que muerto pero, como se te ocurra darme algún problema, estaré


dispuesta a conformarme con una recompensa menor.

El orco obedeció, se levantó despacio, tal y como le había pedido,


y mantuvo las manos a la vista de aquella mujer en todo momento.

—Ve a ese árbol situado a tu izquierda. Después, gírate hacia mí


—le ordenó.

Thrall obedeció, se giró lentamente...

Y profirió un grito ahogado.

La mujer que se encontraba ante él estaba muy delgada, muy


demacrada. Llevaba el pelo muy corto y desvaído. Daba la
impresión de que tenía treinta y pocos años e iba vestida con unos
pantalones, unas botas y una camisa sin adornos superficiales; eran
unas prendas meramente funcionales. Bajo la luz de la luna, su
rostro tenía un color macilento y las sombras se extendían bajo sus
pómulos y sus ojos; no obstante, Thrall pensó que bajo la luz del
sol no tendría un aspecto mucho más agradable. En su día, quizá
fuera hermosa. De hecho, Thrall sabía que lo había sido.

—Taretha —susurró.

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Christie Golden

Taretha entornó los ojos a la vez que apuntaba con el trabuco a su


enorme pecho.

—No fallaré —aseveró—. ¿Cómo sabes mi nombre?

Por un momento muy extraño, Thrall se sintió totalmente


desconcertado. Entonces, comprendió al fin lo que ocurría. Debía
de haberse tropezado con uno de los senderos del tiempo
equivocados; con uno de ésos que el vuelo de dragón bronce estaba
intentando reparar. Porque, por muy doloroso que le resultase,
sabía que Taretha Foxton, su única amiga de la infancia, no había
llegado a cumplir treinta años.

—Sé que esto te va a sonar muy extraño pero, por favor, te exhorto
a que me creas —le pidió el orco, intentando mantener la calma (y
la cordura) en la medida de lo posible.

La mujer alzó una ceja.

—Hablas bien... para ser un apestoso piel verde.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

A Thrall le dolió escuchar cómo Taretha, quien siempre lo había


considerado como un hermano, lo insultaba de esa manera, pero no
reaccionó ante esos vituperios.

—Eso se debe a que fui educado por... humanos —replicó—. Lord


Aedelas Lodonegro me crió para ser un gladiador. También se
cercioró de que aprendiera a leer y a escribir para que pudiera
comprender las estrategias y tácticas de guerra. Tu madre, Clannia,
me salvó la vida, Taretha. Me cuidó cuando era un niño. Me llamo
Thrall.

El arma tembló en la mano de la mujer, aunque sólo por un instante.


Por la forma en que sostenía el trabuco, el orco pudo deducir que
Taretha estaba acostumbrada a utilizar armas de fuego.

—Eso es mentira —afirmó—. Ese orco murió pocos días después


de que nos lo trajeran.

Ante esa respuesta, Thrall reflexionó con suma celeridad. Así que
sí había existido en este sendero del tiempo... pero había muerto
siendo un niño. Todo aquello resultaba muy difícil de asimilar. Así
que volvió a intentarlo.

—Supongo que sabes que existen los dragones, ¿verdad, Taretha?


La mujer resopló.
—No me insultes. Claro que sí. ¿Qué tienen ellos que ver con un
orco que está agotando rápidamente mi paciencia?

Sin duda alguna, en ese sendero del tiempo era una mujer muy cruel
y amargada. No obstante, Thrall siguió insistiendo.

—Entonces, quizás sepas que existe un grupo de dragones llamado


el vuelo de dragón bronce. Su líder se llama Nozdormu. Se
encargan de cerciorarse de que el tiempo transcurra por los
senderos que debe transcurrir. En otro sendero del tiempo, tal y
157
Christie Golden

como ya te he explicado, sobreviví y llegué a ser un gladiador, tal


y como Lodonegro quería. Recuerdo que me pasabas notas a
hurtadillas, escondidas en libros. Te convertiste en mi amiga.
—¿Yo amiga de un orco? —la incredulidad hizo que adoptara un
tono más agudo de voz—. Ni en sueños.
—Ya —admitió—. No fue un sueño, sino más bien algo
maravilloso. Le cogiste cariño al bebé orco que tu madre cuidó...
o, más bien, debería decir que me cogiste cariño. No te gustaba
cómo me trataban. A pesar de que acabo de conocerte, puedo
afirmar que sé algo sobre ti. Creo que no te gusta que agredan a
aquellos seres que son incapaces de defenderse por sí mismos.

El trabuco volvió temblar en manos de la titubeante mujer, quien


apartó la mirada por sólo un instante y la volvió a posar en él de
inmediato. La chispa de la esperanza volvió a prender en el corazón
de Thrall. Aunque ignoraba qué le había sucedido a la generosa y
gentil joven que él había conocido para transformarse en una mujer
tan dura y despiadada, estaba seguro de que bajo esa capa de
ruindad se encontraba la Tari de siempre. Si estaba en lo cierto,
quizá podría apelar a esa parte de ella. Si bien, en su día, no pudo
ayudarla en el sendero temporal correcto, quizá podría ayudarla
ahora en este sendero temporal alterado.

—Me ayudaste a escapar —prosiguió diciendo Thrall—. Libré a


mi pueblo de los campos de reclusión. Derroté a Lodonegro y
arrasé Dumholde. Más tarde, los humanos y los orcos, así como
otras razas, se unieron para derrotar a una fuerza demoníaca,
conocida como la Legión Ardiente, que atacó nuestro mundo. Y
todo eso sucedió gracias a ti, Tari. Mi sendero del tiempo te debe
mucho.
—Es una historia muy bonita y mucho más elaborada de lo que
cabría esperar de un orco —aseveró Taretha—. Pero es mentira.
Este mundo no es así. Y éste es el único que conozco.
—¿Y si te demuestro que éste no es el único mundo que existe? —
replicó Thrall.
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¡Eso es imposible!
—Pero... ¿y si pudiera demostrártelo?

A pesar de que Taretha seguía mostrándose recelosa, el orco pudo


percibir que la curiosidad la dominaba cada vez más.

—¿Cómo lo harás? —preguntó.


—¿Recuerdas de qué color eran los ojos de ese bebé orco que cuidó
tu madre?
—Azules —contestó al instante—. Nadie había visto nunca a un
orco con ojos azules. No se ha vuelto a ver a uno igual.

Thrall se señaló la cara.

—Mis ojos son azules, Taretha. Y yo tampoco he conocido jamás


a otro orco que tenga este color de ojos.

La mujer resopló.

—Si crees que voy a acercarme a ver de qué color tienes los ojos
en plena noche, lo llevas claro —le espetó—. Buen intento —
entonces, ladeó la cabeza hacía la izquierda—. Vamos, andando,
piel verde.
—¡Espera! Hay una cosa más... que te demostrará que estoy
diciendo la verdad.
—Ya he oído bastante.
—Mira dentro de la mochila —insistió—. Mira, por favor. Hay una
bolsita en su interior. Dentro de esa bolsita... creo que encontrarás
algo que te resultará familiar.

El orco rezó por estar en lo cierto. En la bolsita había sólo unos


pocos objetos: sus tótems; la bellota, por supuesto (ya que era un
regalo de los ancestros); el altar portátil, con sus representaciones
de cada uno de los elementos, y... algo muy valioso. Algo que había

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Christie Golden

perdido pero que había logrado volver a encontrar... algo que


conservaría hasta el día de su muerte.
—Como se trate de un truco, te voy a abrir un agujero tan grande
que... —masculló, pero frunció el ceño y, a pesar de sus reticencias,
se arrodilló con sumo cuidado y rebuscó en la mochila—. ¿Qué se
supone que debo buscar?
—Si estoy en lo cierto... lo sabrás en cuanto lo veas.

Volvió a mascullar algo, se pasó el trabuco a la mano derecha y


dejó caer la mochila al suelo con la izquierda. A continuación,
revisó todos los objetos que había ahí dentro, pero no vio nada que
significara algo para ella.

—Sólo veo una piedra, una pluma y un...

Taretha se quedó callada. Observó detenidamente la pequeña alhaja


que relució bajo la luz de las lunas. Dio la sensación que se había
olvidado completamente de Thrall mientras cogía con una mano
temblorosa aquel collar de plata. Una media luna pendía de aquella
cadena. Miró a Thrall boquiabierta y entonces la ira, el temor y el
odio que antes habían distorsionado sus hermosos rasgos se vieron
reemplazados por la estupefacción... y el asombro.
—Mi collar —susurró, con voz queda.
—Tú me lo diste cuando me ayudaste a escapar —le explicó
Thrall—. Me pediste que lo escondiera en un árbol caído, que
estaba junto a un pedrusco con forma de dragón.

Lentamente, sin ni quiera mirar al orco, fue bajando el arma. Con


la otra mano, Taretha rebuscó dentro de su desgastada camisa de
lino y sacó un collar idéntico al que sostenía en la mano contraria.

—Le hice una marca cuando era joven —afirmó—. Sí... aquí...

Ambos collares tenían la misma marca: una leve deformación en el


cuerno inferior de la media luna.
160
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

En ese instante, la mujer alzó la vista y Thrall pudo ver por primera
vez a la Taretha que él recordaba devolviéndole la mirada. Poco a
poco, se fue acercando a ella y, acto seguido, se arrodilló a su lado.

En ese momento tendió su puño cerrado, dentro del cual aferraba


con fuerza el segundo collar, hacia el orco. Entonces, lo soltó. El
collar cayó suavemente sobre la enorme palma verde del orco. A
continuación, miró a Thrall sin miedo e incluso sonrió levemente.

—Tus ojos... —dijo en voz baja— son azules.

*******

Thrall se sintió satisfecho, aunque no sorprendido, de que Taretha


lo creyera, a pesar de lo ridícula que parecía la historia que le había
contado. Le había dado una prueba irrefutable. La Taretha que él
había conocido no habría cuestionado esa prueba. Además, la
mujer que tenía ante él seguía siendo Taretha, aunque era muy
distinta de la joven sincera y generosa que él recordaba.

Hablaron durante largo rato. Thrall le habló de su mundo, aunque


no le contó a Taretha cuál había sido su trágico destino en él. No
pensaba mentirle si se lo preguntaba pero, como no se lo preguntó,
se ahorró el mal trago. Le habló de su pasado y de la tarea que le
había encomendado Ysera.

Después, Taretha le fue dando cierta información sobre ese nuevo


y retorcido sendero del tiempo que acababa de surgir, al mismo
tiempo que atizaba el fuego.

—Oh, Lodonegro sigue vivo en este sendero del tiempo, de eso no


cabe duda —aseveró con amargura cuando la conversación se
centró en ese desalmado—. Aunque creo que me cae mejor el de tu
sendero.
161
Christie Golden

Thrall lanzó un gruñido.

—¡Pero si era un borracho egoísta y artero que intentaba crear un


ejército de orcos para poder doblegar a su propio pueblo!
—En este sendero del tiempo es un general sobrio egoísta y artero
que no necesita un ejército de orcos para doblegar a su propio
pueblo —replicó Taretha—. Por lo que me has contado —en ese
momento, volvió su cabeza casi rapada hacia el robusto orco—,
eres un poderoso guerrero. Y te creo. Me da la impresión de que
los planes secretos de Lodonegro dependían demasiado de ti. Como
falleciste, lo obligaste a alcanzar sus objetivos sin ayudas, por sí
solo.
—Lo cual, normalmente, debería ser algo admirable —afirmó
Thrall.
—Ya, normalmente... Pero Lodonegro no es muy... normal.

Taretha se volvió en cuanto pronunció esas palabras.

Había algo en su expresión que inquietó de inmediato a Thrall. Era


una mezcla de ira y... ¿vergüenza?

—Él... deduzco que, en este sendero, también has sido su amante


—concluyó—. Lo siento.

Ella replicó con una risa cruel.

—¿Amante? Una amante acude a fiestas, Thrall. Le regalan joyas


y vestidos. Va a cazar con su amo, quien cuida bien de su familia.
Yo ni siquiera alcanzaba el respetable grado de amante —entonces,
respiró hondo y continuó—. Sólo era una mera diversión. Se cansó
de mí rápidamente. En ese aspecto, al menos, he de estar
agradecida.
—¿Qué fue de... tus padres?

162
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Los castigaron —contestó, con una sonrisa amarga—. Por


«dejar» que murieras. Eso sucedió poco después de que
perdiéramos a mi hermano Faralyn. Padre fue destituido y
degradado. Acabó dedicándose a la innoble tarea de limpiar los
establos. Mamá murió cuando yo tenía ocho años. Ese invierno,
Lodonegro ni siquiera la dejó que fuera a ver a un médico. Papá
murió unos años después. Cogí los magros ahorros que mis padres
habían logrado reunir y me marche sin mirar atrás. A Lodonegro
mi fuga le importó más bien poco, pues estaba demasiado ocupado
gobernando su reino.
—¿Su reino? —inquirió Thrall boquiabierto.

Sí, aunque nadie admite que tenga ningún derecho sobre el trono
de Lordaeron, por supuesto. No obstante, tampoco nadie se atreve
a hacerle caer de ahí.

Thrall se reclinó, mientras intentaba buscarle un sentido a todo


aquello.

—Prosigue —le indicó, con un tono de voz ahogado.


—Era muy popular. Al principio, se dedicó a adiestrar a sus
hombres hasta que alcanzaron las más altas cotas de la perfección.
Thrall se acordó de los innumerables combates de gladiadores en
los que Lodonegro le había obligado a participar en su día. Sí, eso
parecía bastante propio de su antiguo amo, aunque de un modo
retorcido y extraño.
—Después, contrató a mercenarios y los entrenó del mismo modo.
Tras la Batalla de la Cumbre de Roca Negra, ya no hubo quien lo
parara.
—¿Qué sucedió en esa batalla?
—Que mató a Orgrim Martillo Maldito en un duelo a muerte —
contestó Taretha bruscamente y, acto seguido, cogió otro puñado
de las bayas que Thrall había recolectado antes.

163
Christie Golden

El orco no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Lodonegro? ¿Ese


borracho cobarde y llorón había sido capaz de retar a Orgrim
Martillo Maldito a un duelo a muerte y, encima, le había ganado?

—Esa derrota hundió la moral de los pieles ver... perdón... de los


orcos —se corrigió Taretha rápidamente—. Ahora no son más que
esclavos, Thrall. Han doblegado su espíritu. Ni siquiera los
encierran en campos de reclusión como ésos de los que me
hablaste. Si encuentran alguno suelto, el reino lo compra. Entonces,
o bien quiebran su voluntad y lo convierten en un esclavo o bien lo
matan si se sigue mostrando desafiante.
—Por eso querías capturarme vivo —aseveró Thrall en voz baja.

Taretha asintió.

—Con lo que me darían por entregarles un orco salvaje, podría


vivir más de un año. Así... así es como funciona mi mundo, Thrall.
Siempre ha sido así. Pero... —entonces, Taretha frunció el ceño—
. Siempre he tenido la sensación de que... bueno, de que las cosas
no deberían ser así. Y no hablo sólo en el plano moral, sino...

Las últimas palabras las dijo con un hilo de voz.

Thrall entendió perfectamente lo que quería decir.

—Siempre has tenido la sensación de que las cosas no deberían ser


así porque no deberían serlo —dijo el orco con suma firmeza—.
Esta línea temporal es una aberración. Lodonegro está muerto, los
orcos moran en su propia tierra y yo tengo amigos humanos —en
ese instante, sonrió—. Como tú.

Ella esbozó una sonrisa a su vez e hizo un gesto de negación con la


cabeza.

164
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Resulta extraño, pero... creo que las cosas deberían ser como tú
dices —entonces, titubeó—. Me he fijado en que no has hecho
ninguna mención a cuál ha sido mi destino en ese otro sendero
temporal.

El orco torció el gesto.

—Esperaba que no me preguntases. Pero debería haberme


imaginado que lo acabarías haciendo.
—Me, hum... Me temo que no acabo tan bien como esa tal Jaina
Valiente de la que tan bien hablas —conjeturó, intentando quitarle
hierro al asunto, pero fracasando miserablemente.

Thrall la miró pensativo y luego le preguntó con un tono muy serio:

—¿De verdad quieres saberlo?

Taretha frunció el ceño, atizó de nuevo el fuego y, a continuación,


tiró a la hoguera la rama con la que había estado atizando la
hoguera y se recostó.

—Sí, quiero saberlo.

Lo cual no lo sorprendió. Taretha siempre se había enfrentado a la


verdad, por muy incómoda que fuera. No obstante, esperaba que lo
que tenía que contarle no la volviera en su contra. Aunque también
era consciente de que no sería correcto contarle algo que no fuera
la total y absoluta verdad.

Permaneció sentado un momento, rumiando sus pensamientos, y


ella no lo incordió. Lo único que se escuchaba era el crepitar del
fuego y los tenues murmullos de las criaturas de la noche.

165
Christie Golden

—Estás muerta —dijo Thrall al fin—. Lodonegro descubrió que


me estabas ayudando. Ordenó que te siguieran cuando ibas a
encontrarte conmigo y, cuando volviste... hizo que te mataran.

Taretha no dijo nada, pero un músculo de su rostro se contrajo de


manera involuntaria. Entonces, con un tono de voz extrañamente
tranquilo, preguntó:

—Sigue. ¿Cómo morí?


—No lo sé exactamente —respondió Thrall—. Pero...

Cerró los ojos por un momento. Primero, había sido testigo del
cruel asesinato de sus padres y ahora, esto.

—Te decapitó y metió la cabeza en una bolsa. Cuando me presenté


en Dumholde para pedirle que liberara a los prisioneros orcos... me
tiró esa bolsa despectivamente.

Taretha se llevó las manos a la cara.

—Creyó que así me destrozaría. Y, en cierto modo, así fue... pero


no reaccioné como él se esperaba —entonces, la voz de Thrall
adoptó un tono más grave al recordar aquel momento—. Me
enfurecí. No iba a mostrarme misericordioso con él después de lo
que había hecho... después de haber demostrado con creces la clase
de hombre que era. Al final, tu muerte provocó la suya. He pensado
en ese momento muchas veces y siempre me he preguntado si pude
haber hecho algo para salvarte. Lamento decirte que no pude,
Taretha. Lo siento mucho.

Siguió con la cara tapada y, cuando habló, lo hizo con un tono de


voz ahogado.

—Dime una cosa. ¿Marqué la diferencia? —inquirió.

166
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

El orco no se podía creer que le estuviera haciendo esa pregunta.


¿Acaso no había entendido lo que le acababa de contar?

—Taretha, gracias a tu generosidad, fui capaz de entender que hay


algunos humanos en los que se puede confiar... ésa es la razón por
la que me atreví a considerar la posibilidad de aliarme con Jaina
Valiente —afirmó Thrall—. Gracia a ti, llegué a creer que era
mucho más que... que un monstruo de piel verde. Que yo y, por
tanto, mi pueblo... todos los orcos... éramos dignos de ser tratados
como algo más que meros animales.

El orco puso una mano sobre el hombro de la humana. Ella alzó la


cabeza y se volvió hacia él; las lágrimas anegaban su rostro.

—Taretha, amiga mía —dijo Thrall con voz quebrada—. Mi


hermana del alma. No es sólo que marcaras la diferencia sino que,
sin ti, nada de eso habría sucedido.

Para su sorpresa, ella le respondió con una sonrisa temblorosa.

—No lo entiendes —aseveró con voz entrecortada—. Yo nunca he


marcado la diferencia. Nunca le he importado nada a nadie. Nunca
he hecho nada que haya dejado huella en alguien o algo.
—Tus padres...

Al instante, Taretha profirió un suspiro desdeñoso.

—Los padres de tu mundo parecen mucho más cariñosos que los


del mío. Era hembra y, por tanto, muy poco útil para ellos.
Estábamos demasiado ocupados intentando sobrevivir. Nunca
recibí esa formación de la que antes hablabas. No sé leer, Thrall.
No sé escribir.

El orco no se podía imaginar a una Taretha analfabeta. Los libros


habían sido el primer puente que se tendió entre ellos. Sin sus notas,
167
Christie Golden

quizá nunca habría escapado. Había pensado que había sufrido un


destino cruel en el verdadero sendero del tiempo, había creído que
el destino había sido muy injusto con una persona tan generosa y
bondadosa. Pero, en aquel sendero, había llevado una vida casi aún
peor.

Aggra lo había acompañado en su viaje espiritual de revelación


mística y, en cierto modo, había «conocido» a Taretha.

«No debería haber muerto», había dicho Thrall en el transcurso de


ese viaje espiritual.
«¿Y cómo sabes que ése no era su destino? Quizá simplemente
aquello para lo que había nacido. Sólo ella conoce la respuesta a
esa pregunta. ¿Cómo sabes que no había cumplido ya su misión en
la vida?», replicó Aggra

Entonces, a Thrall le dio un vuelco el corazón y se dio cuenta de


que (en ambos senderos) Taretha sabía cuál era su destino.

—Me alegro de saber esto gracias a ti... me alegro de saber que mi


existencia fue importante para alguien, incluso para naciones
enteras, para... la historia del mundo... no sabes cuánto significa eso
para mí. Me da igual que muriera. Me da igual cómo morí. Al
menos... ¡marqué la diferencia!
—La marcaste y la marcarás ahora también —aseveró Thrall, con
un tono de voz apremiante—. Quizá no la hayas marcado... aún.
Pero eso no quiere decir que no puedas.
—Con lo que me darían por entregarles a un orco salvaje, podría
vivir más de un año. Así... así es como funciona mi mundo, Thrall.
Siempre ha sido así. Pero... —entonces, Taretha frunció el ceño—
. Siempre he tenido la sensación de que... bueno, de que las cosas
no deberían ser así. Y no hablo sólo en el plano moral, sino...

Esas últimas palabras las dijo con un hilo de voz.

168
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall parpadeó, confuso.

—Eso ya me lo has dicho antes.

Era una reflexión muy importante, pero no entendía por qué había
elegido ese momento para repetirla.

Taretha volvió a fruncir el ceño.

—¿El qué?

De repente, sintió algo... distinto en el ambiente. Thrall se puso en


pie y cogió el arma de Taretha del suelo. Haciendo gala de su
proverbial valor, Taretha no se dejó llevar por el pánico, sino que
enseguida se puso también en pie a su lado, mientras observaba el
bosque que los rodeaba en busca de alguna amenaza.

—¿No has oído algo raro?


—La marcaste y la marcarás ahora también —aseveró Thrall, quien
se hallaba sentado junto a ella—. Quizá no la hayas marcado... aún.
Pero eso no quiere decir que no...

Se detuvo a mitad de esa frase. Y entonces por fin lo entendió todo.

—Este sendero del tiempo es incorrecto —afirmó—. Ambos lo


sabemos. Y algo va tan rematadamente mal en él que ya ni siquiera
fluye correctamente. Los acontecimientos... se repiten. Quizá el
tiempo se esté deshaciendo.

Taretha palideció.

—Insinúas... crees... que este mundo va a llegar a su fin.


—No sé qué va a pasar —replicó Thrall con total sinceridad— Pero
debemos dar con la manera de detener esto y de sacarme de este

169
Christie Golden

sendero. Porque, si no, todo... tanto tu mundo como el mío y quién


sabe cuántos más... serán destruidos.

El miedo se apoderó de la humana. Contempló el fuego mientras


se mordisqueaba pensativa el labio inferior.

—Necesito tu ayuda —susurró Thrall.

Taretha alzó la vista y le sonrió.

—La tendrás. Quiero marcar la diferencia... de nuevo.

170
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

10

El mundo permanecía en silencio.

No se escuchaba ni un grito de ira, dolor o placer. Ni siquiera la


tenue cadencia de una respiración. Ni siquiera el batir de unas alas
ni el latido de un corazón. Ni siquiera el imperceptible roce de un
parpadeo ni de una planta echando raíces.

Pero no, ese silencio no era absoluto. Los océanos se desplazaban,


las olas trazaban espirales en las orillas y, a continuación, se
retiraban, a pesar de que nada existía ahora en sus profundidades.
El viento soplaba, agitando los aleros de moradas donde ya no
había nada ni nadie, meciendo la hierba que se estaba tomando
amarillenta.

Ysera era el único ser vivo de ese lugar; la intranquilidad la


dominaba y ésta fue dando paso a la preocupación, que se
transformó en miedo, que se convirtió en horror.

La Hora del Crepúsculo había llegado.

Sus zarpas hollaron una tierra que ya no albergaba vida, que ya


nunca jamás volvería a albergar vida, donde el aliento de Ysera
171
Christie Golden

jamás podría hacer que la vegetación brotara de nuevo. Recorrió


todos los continentes, albergando la vana esperanza de que algún
lugar no hubiera sucumbido a ese mal.

Todo estaba muerto. Ya no había dragones ni humanos ni elfos ni


orcos ni peces ni pájaros ni árboles ni hierba ni insectos. Con cada
paso teñido de amargura, Ysera hollaba una descomunal fosa
común.

¿Cómo era posible que ella siguiera viva?

Intentó alejar esa pregunta de su mente, pues temía la respuesta, y


siguió avanzando.

En Bahía del Botín, Orgrimmar, Cima del Trueno, Villa Oscura,


Desolace... en todas partes había cadáveres pudriéndose, pues los
carroñeros no los estaban devorando, ya que éstos también habían
perecido y se estaban descomponiendo. Ysera notó que la locura
llamaba a las puertas de su mente, pues tal era la enormidad de
aquel holocausto, pero logró cerrarlas a tiempo de manera
inmisericorde.

Nuestro templo...

No quería verlo, pero tenía que hacerlo...

Ahora, se encontraba en la base del templo con sus grandes ojos,


que durante tanto tiempo habían permanecidos cerrados mientras
soñaba, abiertos de par en par.

Escuchó unos aleteos. Y la cadencia de muchas respiraciones y


gritos victoriosos repletos de odio. El aire parecía vibrar como
consecuencia de la presencia de los dragones crepusculares, los
únicos seres que quedaban vivos y celebraban triunfales su victoria
sobre el cadáver del mundo. A los pies del Templo del Reposo del
172
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Dragón, yacían los cuerpos de los poderosos Aspectos: de


Alexstrasza, que había sido quemada viva, cuyas costillas
carbonizadas parecían querer alzarse hacia el cielo; de un Aspecto
azul, cuyo semblante no reconoció, que se encontraba totalmente
congelado en medio de un espasmo de agonía; de Nozdormu el
Atemporal, quien se hallaba inmovilizado en esa corriente
temporal, totalmente petrificado; y, por último, vio su propio
cuerpo, que se encontraba cubierto de una flora que en su momento
había sido verde y había estado viva, pero que ahora estaba muerta
(incluso las enredaderas que se habían enroscado alrededor de su
cuello con el fin de ahogarla carecían de vida). Daba la impresión
de que cada uno de los Aspectos había sido asesinado por sus
propios poderes.

Pero eso no fue lo que hizo que un gélido horror se apoderara de


ella.

Ysera la Despierta se quedó mirando fijamente a un cuerpo


descomunal, que se hallaba iluminado por la sombría y tenue luz
de los cielos crepusculares de Rasganorte; se trataba de algo inerte
y exánime.

Se encontraba empalado sobre la misma aguja del Templo del


Reposo del Dragón. Tras aquel cadáver el sol, hinchado y de un
color anaranjado rojizo, se estaba poniendo.

Ysera cayó al suelo, temblando, y deseó tener el valor de arrancarse


los ojos.

—Alamuerte —susurró.

De repente, se estremeció y regresó a la realidad; su mente se


despejó, aunque le seguía temblando todo el cuerpo por culpa de la
visión que acababa de tener. Entonces, negó con la cabeza mientras
susurraba:
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Christie Golden

—No, no, no...

Era una visión de un futuro que no era inmutable. Ese destino


todavía se podía evitar... pero sólo si un orco cambiaba el sendero
por el que debía discurrir el destino.

Thrall, no sé qué papel vas a jugar en todo esto, pero te lo ruego...


no nos falles, por favor.
No dejes que este mundo acabe siendo un lugar tan silencioso.

*******

La cuestión era... ¿cómo iba a poder cambiar ese sendero por el que
debía discurrir el tiempo?

—Cuéntame todo lo que ocurrió desde que yo fallecí —le pidió


Thrall.
—Pasaron... muchas cosas pero, bueno, te lo contaré —replicó
Taretha—. Como te he dicho antes, Lodonegro se marcó un
objetivo muy claro. Entrenó a sus hombres hasta que alcanzaron la
perfección y, después, hizo lo mismo con los mercenarios. Después
de la Batalla de la Cumbre de Roca Negra, no desmanteló a su
ejército personal. En cuanto los orcos se rindieron, selló un pacto
secreto con ellos; un pacto que dejó al resto de la Alianza
horrorizada. Si se unían al ejército privado de Lodonegro, si se
volvían en contra del rey Terenas y los demás, si los masacraban...
los dejaría vivir. Adivina cuál fue su respuesta.

Thrall asintió.

—Aceptaron, claro está. Ya que así lo único que hacían era seguir
luchando contra el enemigo. Y, de ese modo, Terenas cayó.

Ahora fue Taretha la que asintió.


174
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Al igual que Uther el Iluminado y Anduin Lothar.

En el sendero del tiempo de Thrall, fue Lothar quien murió al


luchar contra Martillo Maldito en la Batalla de la Cumbre de Roca
Negra.

—¿Y qué fue del príncipe Varían?


—Tanto Varían como Arthas, el hijo de Terenas, eran demasiado
jóvenes como para luchar. Huyeron a lugar seguro y ambos
sobrevivieron.

Arthas, el paladín caído... el Rey Exánime.

—¿Se ha propagado alguna enfermedad extraña por este mundo?


¿Has oído hablar de grano envenenado o alguna peste?

Taretha sacudió de lado a lado su rubia cabeza.

—No, no ha habido nada de eso.

Esa respuesta dejó a Thrall muy impactado. En ese mundo,


Lodonegro seguía vivo, lo cual era algo lamentable y despreciable.
Pero Taretha también estaba viva... y una innumerable cantidad de
inocentes que no se convertirían en parte de la Plaga ni de los
Renegados.

—¿Te suena el nombre de Kel’Thuzad? —inquirió.

Kel’Thuzad era un ex miembro del consejo de gobierno de Dalaran


que había buscado obtener el poder como fuera en la línea temporal
de Thrall. Esa ansia de poder lo había arrastrado por tenebrosos
senderos, que lo habían llevado a experimentar con la línea que
divide la vida y la muerte. Tras esos siniestros flirteos, resultaba

175
Christie Golden

siniestramente adecuado que Arthas hubiera revivido al cadáver de


Kel’Thuzad como un exánime.

—Oh, sí —respondió Taretha, esbozando un gesto de


repugnancia—. Es el principal consejero de Lodonegro.

Así que Kel’Thuzad también había sucumbido a los cantos de


sirena del poder en ese sendero del tiempo. Aunque en ese mundo
se había dejado seducir por poder político y no por un antiguo
demonio malvado.

—Antonidas y Dalaran le han dado la espalda —prosiguió


explicándole Taretha—. Aunque quieren mantener una imagen de
imparcialidad de puertas para afuera, se rumorea que son más leales
a Ventormenta que a Lordaeron, a pesar de que Dalaran está más
cerca de nosotros —entonces, se encogió de hombros—. No sé en
qué medida esas habladurías son ciertas. Son sólo cosas que
escucho de vez en cuando, cuando me aventuro en Costasur.

Por lo visto, Dalaran también existía en ese sendero y Antonidas


seguía siendo el líder de los magos. Pero la ciudad no había caído;
no había tenido que ser reubicada en Rasganorte.

—¿Dónde se encuentran Arthas y Varían?


—Varían gobierna Ventormenta y Arthas está con él. Son como
hermanos. Varían fue su padrino en su boda.
—... con Jaina Valiente —dijo Thrall en voz baja.

Taretha asintió.

—Tienen un niño. El príncipe Uther.

En aquel sendero no había tenido lugar la peste ni Arthas se había


convertido en el Rey Exánime. Aún no, al menos. Se había casado
y ya era padre. Lordaeron no se había transformando en Entrañas
176
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

ni había acabado ocupada por no-muertos; sin embargo, se


encontraba en manos de Lodonegro, quien le había arrebatado el
trono a un buen hombre de manera ilegítima.

—Cuánto me indigna que Lodonegro domine gran parte de este


mundo —masculló.
—Por eso mismo resulta tan extraño que haya desaparecido de
repente —replicó Taretha.
—¿Ha desaparecido?
—Sí. Sus consejeros han intentado ocultarlo, por supuesto. Dicen
que se ha ido a realizar una misión, a hostigar a más orcos o a matar
a algunos dragones o a firmar un tratado de paz, dependiendo de a
quién quieras creer. Pero lo cierto es que se ha desvanecido en el
aire.
—Tal vez alguien lo haya matado —conjeturó Thrall, sonriendo
levemente—. Por soñar que no quede.
—Si fuera así, las fanfarrias sonarían bien alto para celebrarlo
señaló Taretha—. Y ese trono sería ocupado por alguien... por
Arthas el heredero legítimo, o por el asesino de Lodonegro. No,
algo muy extraño está ocurriendo. Pero las cosas no van a durar
mucho tiempo así. Estoy segura de que Arthas y Varían ya están
planeando un ataque. Deben de tener espías en Lordaeron.

Tenía razón. Si bien no le habían proporcionado una educación,


Taretha seguía siendo una mujer tremendamente inteligente. Claro
que tenía que haber espías y seguro que Arthas y Varían
reaccionarían con gran celeridad, dentro de lo posible, para
aprovecharse de la misteriosa «ausencia» de su adversario.

Thrall se detuvo un momento a cavilar. Sabía que tenía que


restaurar ese sendero del tiempo porque, si no, la misma existencia
se desmoronaría. Quizá el hecho de que Lodonegro hubiera
desaparecido fuera una buena noticia; quizá eso abriría la
posibilidad de que el sendero del tiempo se restaurara, de algún
modo, por sí solo.
177
Christie Golden

Aun así... eso sería una gran tragedia.

Si todo volviera a la normalidad, la peste arrasaría el mundo y


millares de seres acabarían muertos o transformados en algo mucho
peor.

Arthas tendría que convertirse en el Rey Exánime. Súbitamente, se


le ocurrió una idea que lo hizo estremecerse: ¿Y si, en ese mundo,
Lodonegro iba a convertirse en el Rey Exánime? Tampoco sería de
extrañar, puesto que Kel’Thuzad era su consejero de confianza.

Antonidas tendría que morir, Dalaran tendría que caer, al igual que
Quel’Thalas.

Y Taretha...

Se llevó la mano a la frente y permaneció pensativo por un largo


rato. Aquella misión parecía imposible de ser llevada a cabo.
Necesitaba dar con un dragón bronce para explicarle lo que estaba
pasando. Incluso un dragón verde o rojo le sería de gran ayuda, ya
que conocían cuál era la obligación principal de los dragones
bronces y, Por tanto, lo creerían; se creerían esta historia sobre
senderos del tiempo alterados, al menos en teoría.

—¿Crees... crees que podremos marcar la diferencia? —le


preguntó Taretha en voz baja.

El orco profirió una carcajada hueca.

—Creo que será mejor que encontremos a un dragón —replicó—.


Uno que sea capaz de escuchar a un orco sin matarlo antes de que
pueda pronunciar palabra y...

En ese instante, abrió los ojos como platos.


178
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—... y sé dónde podremos encontrar uno.

Krasus se encontraba sentado en su estudio privado; rara vez se


sentía en algún sitio tan cómodo como aquí. Se trataba de una sala
muy acogedora, más pequeña de la que podría haber exigido por el
puesto que ocupaba en el Kirin Tor, pero realmente confortable. En
realidad, toda superficie plana de la habitación (desde el escritorio,
pasando por una mesita o la parte superior de una estantería) se
encontraba cubierta por algún libro abierto. Únicamente cuando se
hallaba junto a su consorte, Alexstrasza, sentía más gozo en su
corazón que cuando estaba en ese estudio. No le gustaba tener que
estar lejos de ella, pero nadie entendía mejor los sacrificios que
conllevaba el «deber» que la Protectora. Su amada comprendía
perfectamente que su trabajo aquí, en el Kirin Tor, era muy útil para
su vuelo; no obstante, desde el punto de vista de Krasus, lo más
importante de su labor ahí era lograr ayudar a Azeroth en general.
Los humanos, los elfos nobles y los gnomos con los que colaboraba
podrían haber dado por sentado que, como los dragones vivían
tanto tiempo, se acababan aburriendo uno de otros y agradecían
tener la oportunidad de poder pasar cierto tiempo separados.

Pero se habrían equivocado.

Un orbe flotaba en el aire cerca de él; poseía unas tonalidades


verdes, marrones y azules que revelaban que se trataba de una
representación exacta y actual de Azeroth. También había
herramientas, bagatelas y otros objetos de un valor incalculable
desperdigados aquí y allá. En ese momento, se encontraba muy
ocupado copiando en diversos pergaminos algunos pasajes de un
libro muy antiguo que, si no se manipulaba con sumo cuidado, se
desmenuzaría y se convertiría en polvo. Aunque gracias a la magia
ese libro aún mantenía su consistencia, Krasus era un mago muy
pragmático y sabía que hacer una copia de los pasajes claves del
libro era una sabia decisión, pues el original estaba sufriendo los
179
Christie Golden

estragos del tiempo y no quería que alguno de sus hechizos se


perdiera para siempre. A pesar de que se trataba de una tarea que
podría haber realizado cualquier aprendiz, Krasus prefería hacerla
él mismo. Como erudito y mago que era, le encantaba sentarse en
silencio a estudiar textos de magia antigua.

Entonces, alguien llamó a su puerta.

—Pasa —dijo en voz alta, sin alzar la vista del libro.


—¿Lord Krasus?

Se trataba de Devi, una de las jóvenes elfas nobles que aún era
aprendiz de mago.

—Sí, ¿qué quieres, Devi? —inquirió Krasus.


—Una joven dama quiere verte. Viene acompañada de su esclavo.
Ha insistido en que te entregue esto. Pero... ¿me permites hablar
con franqueza?
—Tú siempre hablas así —replicó, esbozando una leve sonrisa—.
Y yo siempre aprecio tu sinceridad. Por favor, habla.
—Hay algo en ella que... me inquieta. No se trata de nada peligroso,
pero... —entonces, negó con la cabeza y frunció ligeramente el
ceño, mientras intentaba descifrar a qué se debía esa sensación de
inquietud—. Me ha dicho que te dé esto.

Krasus se puso en guardia al instante, pues Devi solía acertar a la


hora de juzgar a la gente. La aprendiz se aproximó y dejó caer algo
pequeño, de color marrón y de un aspecto totalmente vulgar, en la
palma de la mano del mago. Se trataba de una mera bellota.
Krasus respiró hondo.

¡Ahí había almacenado tanto conocimiento! En esa cosita de


aspecto tan engañosamente poco importante se encontraban
atesorados eones de sabiduría e información. Sintió un cosquilleo

180
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

en la palma de la mano y, de inmediato, cerró la mano por un


instante; no quería soltar esa bellota.

Devi lo observó detenidamente. Todavía era sólo una aprendiz, por


lo tanto, era incapaz de percibir lo que Krasus había intuido: que
esa bellota pertenecía a un ancestro. Era como un susurro que sólo
unos oídos muy agudos y entrenados podían escuchar.

—Te agradezco mucho tu advertencia, Devi. Dile que pase —dijo


Krasus, quien decidió no revelar la verdadera naturaleza de aquel
objeto a la aprendiz.
—Le advierto que insiste en entrar con su orco —insistió Devi.
—¿Por qué crees que quiere hacer eso?

Devi ladeó la cabeza, con aire pensativo.

—Sinceramente, no se me ocurre ninguna razón, señor. No


obstante, el orco parece estar totalmente domesticado y esa mujer
ha insistido mucho en que tiene que contarte algo muy importante.
No creo que planee lastimarte en modo alguno, pero no se me
ocurre cuál puede ser la razón por la que quiere verte. Es
desconcertante.

La tez morena de la aprendiz se vio surcada por un ceño fruncido


que mancilló su hermosura. A Devi no le gustaban los misterios y
enigmas.

—Entonces, que pase también el orco. Creo que, en caso de que


intenten alguna jugarreta, aún soy rival para una muchacha y un
orco domesticado.

Sus miradas se cruzaron y Devi sonrió burlonamente. Otros habrían


tachado de impertinente a esa elfa de lengua afilada, pero a Krasus
le encantaba que esa aprendiz no se sintiera intimidada ante él.

181
Christie Golden

—Ahora mismo, señor —replicó.

La bellota de un ancestro. Krasus abrió entonces la mano y volvió


a observarla con detenimiento. Era un objeto excepcional, muy
hermoso y poderoso. ¿Quién era esa muchacha que lo había
encontrado? ¿Qué tenía de especial?

La puerta volvió a abrirse y, a continuación, Devi apareció con el


orco y la muchacha. Acto seguido, la aprendiz hizo una reverencia
y cerró la puerta al marchar. Krasus se puso en pie y contempló
inquisitivamente a la joven muchacha de pelo rubio.

Era esbelta y habría sido muy hermosa si no portara en su rostro las


inconfundibles marcas de una vida muy dura. Si bien el atuendo
que portaba (un humilde vestido y una capa) estaba limpio,
resultaba obvio que había sido remendado en más de una ocasión.
Aunque iba muy bien arreglada, tenía callos en las manos y las uñas
rotas. Y, a pesar de que permanecía muy erguida, se notaba que se
encontraba muy nerviosa. Entonces, realizó una profunda
reverencia.

—Lord Krasus, me llamo Taretha Foxton —afirmó—. Gracias por


habernos recibido.

Ese nombre no le sonaba de nada, pero le llamó la atención que


hubiera escogido esas palabras para presentarse.

—¿Por qué hablas en plural? —preguntó Krasus con suma


delicadeza, a la vez que se acercaba a ellos con las manos a la
espalda.

En verdad, el orco era mucho más impresionante que la humana


Era más grande que la mayoría de los de su especie, poseía una
poderosa musculatura e iba ataviado con una modesta túnica
marrón. También tenía las manos callosas... pero de utilizar armas,
182
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

no de trabajar en el campo. Una herramienta agrícola no se


agarraba igual que un arma; además, Krasus ya había visto a
muchos guerreros a lo largo de su dilatada existencia como para
reconocer a uno en cuanto lo tenía delante. Asimismo, el orco no
andaba encorvado y alicaído como el resto de sus congéneres y no
se arredraba ante la mirada de Krasus.

Tenía los ojos azules.

—Asombroso —murmuró el mago—. ¿Y tú quién eres?


—Me llamo Thrall —contestó el orco.
—Un nombre muy adecuado para un esclavo pero, francamente,
dudo mucho que lo seas —aseveró Krasus quien, acto seguido,
mostró la bellota que todavía sostenía en la mano—. Han sido muy
listos al utilizar esto para convencerme de que debía recibirlos.
Sabían que sería capaz de percibir la sabiduría que atesora en su
interior. ¿Cómo dieron con un objeto tan valioso?

No le sorprendió que Taretha mirara a Thrall buscando una


respuesta.

—Tengo... una historia que contarte, mago —respondió Thrall—


O quizá debería llamarte... mi señor dragón.

Si bien Krasus se mantuvo impertérrito, una oleada de conmoción


sacudió su fuero interno. Muy pocos conocían que en realidad era
Korialstrasz, el consorte de Alexstrasza. Y, hasta ese preciso
instante, habría jurado que conocía a todos y a cada uno de los que
conocían su secreto.

—El día de hoy se vuelve cada vez más y más interesante —afirmó
Krasus con una templanza fingida—. Vamos, sientense. Pediré que
nos traigan algo de comer. Sospecho que esa historia que tienes que
contarme va a ser bastante larga.

183
Christie Golden

Tenía razón. Taretha y Thrall se sentaron (este último con mucho


cuidado en una de las sillas más grandes) y el orco empezó a contar
su historia. Hicieron una pausa para picar algo (un poco de té y
unos pastelillos, sobre los que la pobre chica se abalanzó como un
lobo hambriento) pero, aparte de eso, Thrall contó lo que tenía que
contar sin apenas interrupciones a lo largo de gran parte de aquella
tarde. Krasus lo interrumpió de vez en cuando para hacerle alguna
pregunta o pedirle que le aclarara algo pero, durante gran parte del
tiempo, simplemente escuchó.

Era un disparate. Era absurdo. Ridículo.

Pero también tenía mucho sentido.

Korialstrasz había aprendido, tras haber escuchado una gran


cantidad de historias absurdas a lo largo de los muchos milenios
que había vivido, que los relatos disparatados siempre tenían algún
agujero. Siempre había detalles que parecían inverosímiles. Sin
embargo, aquel extraño orco llamado Thrall hablaba de cosas que
parecían imposibles, pero que Korialstrasz sabía que eran
perfectamente posibles. Thrall, al igual que Krasus, conocía cuál
era la peculiar idiosincrasia de Ysera la Soñadora y su vuelo. El
orco contó que la bellota que el mago todavía sostenía en la mano
era un regalo. Krasus sabía que decía la verdad: esa bellota
emanaba una sensación de paz que no habría percibido si la hubiera
hallado por azar o se la hubiera arrebatado a alguien por la fuerza.
El orco también sabía cómo funcionaban los senderos del tiempo.
Sabía incluso los nombres de algunos dragones bronces que eran
amigos de Korialstrasz y su reina.

Ningún orco esclavo podía saber esas cosas.

En cuanto Thrall concluyó su relato, Krasus dio un sorbo a su té


examinó la valiosa bellota que tenía en la mano y, a continuación
se acercó a Thrall y la dejó caer sobre la mano del orco.
184
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Esto no es para mí —aseveró con suma calma—, ¿verdad?

En realidad era una afirmación, no una pregunta.

Thrall contempló al mago por un instante, hizo un gesto de


negación con la cabeza y volvió a meter la bellota en su bolsa.

—Iba a plantarla en un lugar idóneo —comentó—. Pero no creo


que Dalaran sea ese lugar.

Korialstrasz asintió. Él también había percibido que esa bellota no


debía plantarse ahí.

—Tengo verdadera aversión a Aedelas Lodonegro —afirmó el


mago dragón—. Como casi todo el mundo, salvo que estén a sueldo
de ese desgraciado, aunque seguro que son leales al dinero y no al
que les paga. No lamentaría su muerte, no me importaría que
alguien lo abriera en canal, como me has contado que hiciste en tu
mundo. Pero no bastará con matarlo para corregir las alteraciones
que ha sufrido el tiempo, Thrall. Si bien entiendo que es necesario
reparar el sendero del tiempo para que recupere su curso normal,
he de decirte que vas a encontrar a muy pocos que defiendan que
tu mundo sea mejor que el nuestro. En el tuyo ha habido pestes, ha
surgido el Rey Exánime, Dalaran ha sido destruida y reconstruida,
los orcos tienen su propia patria... me temo que tienes una ardua
tarea por delante.
—Pero es lo que hay que hacer —replicó Thrall—. Si no
corregimos esto, mi sendero del tiempo, el sendero real... ¡será
destruido! ¡Y éste ya está condenado!
—Sí, lo sé. Y tú también lo sabes. Y un puñado de mis colegas del
Kirin Tor también lo saben. Y el vuelo de dragón bronce también,
no lo dudo. Pero estás hablando de rehacer un mundo entero.

El mago señaló la esfera flotante que representaba a Azeroth.


185
Christie Golden

Thrall se levantó y se aproximó a aquel globo; lo observó mientras


unas tenues nubes blancas en miniatura surcaban su superficie.

A pesar de que lo examinó con detenimiento, no hizo ademán


alguno de tocarlo.

—Esto... es real, ¿verdad? —preguntó.

Presa de la curiosidad, Taretha se levantó y se acercó al orco. Abrió


los ojos como platos al contemplar aquel globo que giraba
lentamente.

—En cierto modo, sí —contestó Krasus—. Aunque, si aplastaras


esta esfera de un puñetazo, no lograrías acabar con este mundo en
realidad... si es eso lo que pretendes.
—Ya... pero, si fuera posible, podríamos resolver este problema de
esa manera, ¿verdad? —replicó Thrall de manera irónica.
—Tal vez —admitió Krasus, esbozando una leve sonrisa.
—Una duda... ¿nosotros también aparecemos representados en esta
esfera? —inquirió Thrall.
—Sí —respondió Krasus—. Nuestra... esencia espiritual, por así
llamarla, puede ser detectada a través de este orbe.
—¿Podrías dar con Arthas o Varían?
—Con ellos, en concreto, no. Sé dónde estamos porque... bueno...
sé dónde estamos —contestó el mago—. Puedo percibir que Arthas
está en este mundo, pero... —entonces, sus ojos oscuros lo miraron
atónito—. Ya entiendo lo que estás insinuando.
—¿Los muertos dejan... su rastro?
—Sí, así es —replicó Krasus—. Quieres que busque a Lodonegro,
¿verdad?

El orco asintió. El mago dragón alzó una ceja y, acto seguido, una
mano, que sostuvo a unos quince centímetros de aquellas nubes
blancas, con los dedos muy separados, mientras esa esfera que
186
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

representaba a Azeroth giraba y giraba sin cesar. Frunció el ceño.


Caminó alrededor de aquel globo lentamente, manteniendo la mano
en todo momento sobre él, moviéndola levemente. Entonces, por
fin, bajó la mano y se volvió hacia el orco.

—Has acertado con tu corazonada —le explicó Krasus—. Aedelas


Lodonegro no se encuentra en este mundo.
—¿Y eso qué significa? —inquirió Taretha con un hilo de voz.
—Bueno, puede significar varias cosas —contestó el mago
dragón—. Que quizá haya dado con la forma de ocultar su rastro.
O que alguien le ha robado su espíritu, lo cual sucede de vez en
cuando. O que no se encuentre en este mundo físicamente. Ambos
sabemos que existen portales a otros mundos.

Krasus miró a Thrall mientras hablaba y frunció el ceño. El orco


parecía hallarse muy inquieto y se notaba que estaba haciendo un
gran esfuerzo por calmarse.

—¿Qué sucede, Thrall?

El orco no le respondió, sino que se giró hacia Taretha y colocó una


de sus enormes manos sobre el hombro de la humana.
—Tari... me contaste que Lodonegro derrotó a Orgrim Martillo
Maldito en un duelo a muerte.

La muchacha asintió.

—Sí, eso es.


—¿Se quedó con el... Martillo Maldito? ¿O la armadura de Orgrim?
—El martillo quedó reducido a añicos en el combate o, al menos,
eso es lo que dice todo el mundo —respondió Taretha—. Y la
armadura le quedaba demasiado grande.

Thrall se relajó un poco. Gracias a esa respuesta, parecía sentirse


bastante aliviado.
187
Christie Golden

—Por supuesto. El no habría podido ponérsela.

Taretha asintió.

—No obstante, decidió arrancarle unas cuantas placas


ornamentadas con unos peculiares símbolos a la armadura de
Martillo Maldito. Ahora esas placas forman parte de una nueva
armadura que diseñaron especialmente para él.

El orco dejó de apoyar su mano en el hombro de la humana y se


quedó mirándola fijamente.

—¿Thrall? —inquirió Taretha preocupada—. ¿Qué pasa? ¿Qué


ocurre?

El orco volvió lentamente la cabeza para poder observar a la


Azeroth en miniatura que giraba en el aire sin parar. Durante un
largo instante, no pronunció palabra alguna, hasta que por fin dijo
con un tono de voz muy grave y serio:

—Ya sé qué ha sido de Lodonegro.

Taretha y Krasus se intercambiaron miradas y aguardaron a que


Thrall prosiguiera.

—No está en este mundo porque ya no está en este sendero del


tiempo. Ha escapado. Ya no está atado a él. Ya no tiene que
obedecer sus leyes. Y tiene un propósito en mente. Una meta que
alcanzar. Entonces, se volvió hacia ambos.

—Su objetivo es matarme.

188
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

11

—Tiene sentido —caviló Krasus—. Tú también eres capaz de


atravesar los senderos del tiempo. Aunque debes tener mucho
cuidado. Resulta muy fácil caer en la trampa de los espejismos.
—En efecto, puedo atravesar los senderos del tiempo —admitió
Thrall—. Pero yo no he abandonado totalmente mi sendero del
tiempo. Lo sé porque lo he visitado en diversos puntos del pasado.
Lodonegro sí que se encuentra totalmente fuera de su sendero del
tiempo. Y eso es posible porque alguien lo ha ayudado.
Seguramente, el vuelo de dragón infinito se halla detrás de todo
esto; ésa es la única explicación lógica. Por eso los ancestros se
encuentran tan inquietos. Por eso sus recuerdos y sus
conocimientos son erróneos, porque han sido alterados.

Krasus se frotó las sienes. Thrall lo observó detenidamente; ahora


se daba cuenta de lo mucho que deseaba que ese dragón rojo, que
ese mago le diera una solución.

—¿Qué ocurriría si te matara, Thrall? —inquirió Taretha, aunque,


en realidad, lanzaba la pregunta a ambos: al orco y al mago.
—Sería un desastre —replicó Krasus con rotundidad—. Me resulta
imposible creer que Thrall vaya a morir, en el sendero del tiempo
verdadero, a manos de un Lodonegro procedente de un sendero del
189
Christie Golden

tiempo distinto. Thrall es un elemento clave del futuro de su


sendero. Si se le elimina, gran parte de la existencia se
desmoronará. No sólo caerá nuestro sendero, sino todos los demás.
—¿Y qué pasaría si ocurriera lo contrario, si Thrall matara a
Lodonegro? —preguntó Taretha.
—Si consideramos que este sendero del tiempo es algo que,
francamente, jamás debería haber existido... que es una suerte de
espejismo... quizá con la muerte de Lodonegro se restablecería el
equilibrio —entonces, Krasus alzó una mano—. Pero no soy un
dragón bronce; insisto en ello para que lo tengan muy presente.
Sólo les doy una teoría que parece lógica, partiendo de lo poco que
sé al respecto.
—Tengo que salir de este sendero —rezongó Thrall, cerrando y
abriendo los puños sin parar—. He de dar con Nozdormu y poner
punto final a todo esto. Pero no sé cómo voy a hacerlo.

Volvió a sentarse y a llevarse las manos a la cabeza. Se encontraba


total y absolutamente perdido, no sabía qué hacer. Les estaba
fallando a los vuelos de dragón y a Ysera, a Aggra y al Anillo de la
Tierra, a su mundo. Entonces, sintió cómo una pequeña mano se
posaba sobre su hombro y lo apretaba con suma delicadeza; el orco,
a su vez, colocó su gran mano sobre la mano de la humana.
También le estaba fallando a Taretha; su querida Tari, a la que tan
mal había tratado el destino, quien ni siquiera debería estar viva.

Pensó en el brillo de las escamas de Nozdormu, que lo habían


arrastrado a probar otro sendero del tiempo, a probar otra
posibilidad. Al menos, ya había dado con una respuesta a sus
muchos interrogantes: ya sabía quién lo perseguía. Y esa revelación
lo había impactado mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Ysera ve el mundo de un modo... distinto al resto —dijo Krasus


en voz baja—. No obstante, su visión encierra más verdad que el
conocimiento que se obtiene en el mundo de la vigilia. No creo que

190
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

ella te considerara una pieza clave en sus planes si no estuviera


segura de que vas a ser capaz de ayudarla.

Thrall se encontraba demasiado desanimado como para discutir


con el mago. Nada era real. Esas escamas relucientes que lo habían
arrastrado de un sendero a otro, ese asesino que no debería existir,
ese gran misterio relacionado con los dragones... ¿todo eso era real?
El orco se sentía abrumado mientras intentaba relacionar todos esos
elementos y entenderlos. La mano con la que Taretha le tocaba el
hombro no era real, pero ahí estaba. ¿Acaso se hallaba en un sueño?
¿Qué era real? ¿Qué era...?

Entonces, de repente, tuvo una revelación sutil como la brisa y


devastadora como una explosión. Al fin, lo entendió todo.

Volvió a ver en su mente a ese pájaro negro, que en realidad era


Medivh, hablándole:

Sólo hay una manera de que puedas dar con lo que buscas de
verdad... sólo hay una manera de que puedas encontrarte a ti
mismo.

Y recordó las palabras de Krasus:

Aunque debes tener mucho cuidado. Resulta muy fácil caer en la


trampa de los espejismos.
Si consideramos que este sendero del tiempo es algo que,
francamente, jamás debería haber existido... que es una suerte de
espejismo...

Los senderos del tiempo no estaban repletos de espejismos. Ese


sendero del tiempo tampoco era un espejismo.

Sino el tiempo mismo.

191
Christie Golden

Los historiadores y los profetas siempre han dado una


extraordinaria importancia al pasado y al futuro. Hay innumerables
libros donde se recogen viejas batallas, antiguas estrategias y
eventos históricos que cambiaron el mundo. Y siempre ha habido
profecías y predicciones, siempre se ha especulado sobre qué iba a
suceder a lo largo de los próximos quinientos años o en los
próximos cinco minutos.

Pero lo único que existe en realidad es el presente.

Los eruditos habían entablado furibundos debates sobre la misma


cuestión que él se estaba planteando pero, en ese instante, la
respuesta le parecía tan sencilla, tan obvia. Sólo había un único
momento.

Éste.

Cada momento del pasado era un mero recuerdo que había quedado
atrás. Cada instante futuro únicamente era una esperanza, o la
proyección de algún miedo, que aún no se había manifestado.

Sólo existe el ahora, sólo existe este momento y, aunque quede


atrás en el pasado, entonces el momento futuro se transforma en
«este momento».

*******

Era una respuesta tan elegante, tan serena y tranquila, que Thrall
pudo quitarse al fin de encima la pesada carga que hasta entonces
había portado sobre sus hombros; la pesada carga de muchas cosas
que apenas entendía. Adiós a la obsesión por lo hecho en el pasado.
Adiós a la preocupación por el futuro.

Aun así, era necesario planear el futuro, era necesario que


existieran los remordimientos... la cordura dictaba que incluso en
192
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

ese presente eterno tales cosas eran necesarias. Entender el pasado


era la mejor forma de comprender el presente. El mero hecho de
anticiparse al futuro podía afectar al presente.

Pero todo se tomó mucho más sencillo (todo se volvió ligero como
una pluma, mágico e inocente) en cuanto por fin lo comprendió.

Sí, se hallaba atrapado en el tiempo. En ese sendero, probablemente


infinito, que lo había llevado a revisitar su pasado... y,
recientemente, a vislumbrar un posible futuro.

Lo único que debía hacer era salir de ese círculo vicioso al centrarse
única y exclusivamente en ese momento. Entonces, Nozdormu...

Thrall parpadeó y tembló, abrumado por las inconmensurables


consecuencias de esa revelación. Ahora entendía por qué se hallaba
enfangado en esos senderos que parecían estar tan relacionados con
él, donde creía ver a Nozdormu. Thrall había quedado atrapado en
un solo momento... en un momento vital de su pasado. El poderoso
Atemporal, sin embargo, se encontraba atrapado en todos los
momentos del tiempo.

Gracias a esta revelación, Thrall sabía dónde podría hallar a ese


colosal leviatán con suma facilidad.

Krasus le sonreía. Thrall sabía que el dragón rojo estaba muerto en


el verdadero sendero, pero eso no era verdad, eso no era real. Lo
único real era ese momento, donde Taretha también era real y
estaba viva. Prácticamente, podía percibir cómo el aire llegaba a
los pulmones de la humana, podía percibir cada uno de sus dulces
latidos como si cada uno de ellos fuera el único latido que fuera a
existir jamás.

Como así era.

193
Christie Golden

—Has dado con la solución —aseveró Krasus, cuyos labios se


curvaron para dar forma a una leve sonrisa.
—Así es —replicó Thrall, quien se volvió a Taretha, sonriendo—.
Me alegro de estar aquí contigo en este momento.

No se alegraba de haber estado con ella ahí en ese momento, sino


de estar aquí con ella en este momento.

Entonces, cerró los ojos.

*******

En cuanto los abrió, supo que se hallaba en un lugar completa y


totalmente fuera del tiempo. Estaba flotando, pues ni siquiera se
encontraba ya atado a la gravedad. La oscuridad que lo rodeaba
sólo se veía quebrada por el tenue fulgor de una cantidad infinita
de portales, en cada uno de los cuales Thrall podía atisbar el brillo
de las escamas doradas.

Si bien era una visión asombrosa y perturbadora al mismo tiempo,


Thrall se sintió totalmente en paz consigo mismo mientras flotaba
a la deriva en la nada que lo envolvía todo. La serenidad había
conquistado su mente, que ahora se encontraba más abierta que
nunca, que asimilaba algo que no debería haber sido capaz de
comprender por más de un instante... pero él sabía que eso era lo
único que necesitaba: un instante. Lo único que iba a necesitar
jamás. Lo único que había necesitado jamás.

De repente, cayó con un tenue golpe sordo sobre el acogedor


abrazo de la suave arena y enseguida se percató de que se
encontraba de nuevo en las Cavernas del Tiempo. Abrió los ojos y
ante sí vio al Atemporal.

194
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

De improviso, en cada una de esas escamas de aquel magnífico ser,


en cada uno de esos objetos relucientes que lo habían arrastrado por
ese asombroso viaje, Thrall vio distintos instantes.

Sus instantes.

Todos los grandes momentos de la vida de Thrall aparecían


reflejados en las escamas del Atemporal. Ahí, se vestía con la
armadura de Orgrim Martillo Maldito. Allá, luchaba junto a Caime
Pezuña de Sangre para proteger la aldea del gran tauren. Más allá,
invocaba a los elementos por primera vez. Aún más allá, se
encontraba junto a Grom Grito Infernal. Se trataba de esos
innumerables momentos que lo habían convertido en un héroe, en
una leyenda, de momentos que realmente habían cambiado el
mundo.

—¿Lo vesss?

Su voz era un profundo estruendo; Thrall jamás había escuchado


hablar a un dragón con una voz tan grave que hizo vibrar su sangre,
que susurró cánticos a su alma.

—Lo... veo —susurró el orco.


—¿Qué esss... lo que vesss?
—Los momentos más importantes de mi vida —contestó Thrall,
cuyos ojos se desplazaban raudos y veloces de una escama a otra.
Se movían con tal velocidad que le resultaba muy difícil asimilar
todo lo que estaba viendo. Pero ese momento podía contener todo
ese conocimiento y más.
—Las proezasss que cambiaron el curso de la hissstoria —admitió
Nozdormu—. Todo esto se encuentra en mí. Todas las grandes
hazañasss, todos los seresss que han vivido jamás. Pero eso no es
todo cuanto existe.

195
Christie Golden

Thrall se encontraba obnubilado con esos momentos, fugaces y


hermosos, y deseó sumirse en ellos. No obstante, renunció a esa
tentación y, con suma delicadeza, se acomodó en la arena. De ese
modo, el Thrall del instante presente acabó ante el Nozdormu del
instante presente.

Giró la cabeza para poder contemplar el rostro del dragón. Una


sabiduría inimaginablemente antigua, pero al mismo tiempo
extrañamente joven, brillaba en sus ojos del color del sol. Aquel
dragón poseía un poder y una belleza inconcebibles para Thrall.

—Una vida es mucho más que una suma de grandes momentos, de


esos instantes de los que el mundo entero es tessstigo —prosiguió
diciendo Nozdormu—. Debes comprobarlo por ti misssmo.

Y Thrall lo obedeció. Vio el momento en que descubrió la primera


nota entusiasta de Taretha y otro en el que la vio saludándolo
cuando sólo era una niña. Revivió las noches de calma que vivió
en los campamentos tras las batallas, donde bebían, reían y
contaban historias alrededor de las hogueras. Revivió esos
instantes en los que colaboró con los elementos, en los que corrió
por el mundo con la forma de un lobo fantasmal.

—Como la fuerte mano que sostuve entre las mías —murmuró, al


recordar la mano marrón de Aggra en la suya.
—En esos momentos, nos mostramos muy receptivos y, por tanto,
aprendemos. Asimilamos. Los grandes momentosss, los instantesss
de gloria, de batalla se los damos, se los ofrecemos al mundo. Pero
se da tanto como se recibe. No podemos compartir lo que no
tenemos. Son estos momentos de serenidad, esta pausa entre una
respiración y otra, los que nos convierten en lo que realmente
somos. Lo que nos da fuerzasss para emprender todos nuestros
viajesss.

Aggra.
196
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Súbitamente, esos momentos brillaron y dejaron de estar ahí. De


ese modo, Thrall sólo contemplaba ya nada más (ni menos) que las
hermosas escamas doradas del guardián del tiempo. También se dio
cuenta de que Nozdormu y él no se encontraban solos en las
Cavernas. Se hallaban rodeados por varios miembros, que parecían
muy contentos pero que permanecían muy callados, del vuelo
bronce que se habían sentado junto a ellos sin hacer ruido.

Nozdormu posó su mirada sobre cada uno de ellos, incluso sobre


su hijo Anachronos, y, por último, volvió a mirar a Thrall.

—Estoy en deuda contigo. Aunque no creo que pueda saldarla


jamás —aseveró Nozdormu—. Has logrado traerme de vuelta.
Essstaba en todas partes y en ningún lugar a la vez. Yo, el
Atemporal, había olvidado la Primera Lección —entonces, lanzó
un rugido atronador, en el que se mezclaba la carcajada y el enojo
a partes iguales—. Cabría pensar que, al estar rodeado por los
granosss de las arenasss del tiempo, tendría siempre másss presente
la importancia de las pequeñas cosasss, de los momentos
aparentemente más insignificantesss.

Como la fuerte mano que sostuve entre las mías.

—Sé por qué has venido —prosiguió hablando Nozdormu. Thrall


se sintió súbitamente avergonzado—. O más bien... conozco todas
las razones por las que has venido, algunas de las cuales no son
razonesss precisssamente. Habla, amigo mío.

Y Thrall habló. Empezó relatando que Ysera se había presentado


ante él y, a partir de ahí, fue narrando lo acaecido posteriormente.
A Nozdormu se le hincharon las fosas nasales y sus grandes ojos
se entornaron al escuchar cómo el orco describía a los ancestros.

197
Christie Golden

—Ellos, a su modo, también son los guardianesss del tiempo —


aseveró, pero no explicó nada más al respecto.

Thrall continuó con su historia, les habló del misterioso asesino que
lo perseguía y de sus experiencias en los diversos senderos del
tiempo.

—Al final, supe que mi perseguidor no era otro que mi mayor


enemigo —afirmó con un hilo de voz—. Aedelas Lodonegro... un
Aedelas Lodonegro que era fuerte, astuto y decidido.
—Y un agente del vuelo de dragón infinito —apostilló Nozdormu
con un suspiro.
—¿Cómo lo...?

De repente, Nozdormu alzó una de sus pezuñas delanteras de


manera autoritaria.

—Eso lo explicaré en un instante. He essscuchado tu relato y, si


uno lo que he sabido gracias a él con el resto de cosas que sé... no
me queda más remedio que llegar a una conclusión muy
inquietante. Una conclusión que puede resultar muy difícil de
aceptar —afirmó, dirigiéndose no sólo a Thrall, sino a todos los
dragones bronces ahí reunidos—, pero que debemos aceptar. Hijos
míos... todo está relacionado.

Los dragones bronces intercambiaron miradas teñidas de


perplejidad.

—¿Qué quieres decir, Padre? —preguntó Anachronos—. Sabemos


que alterar los senderos del tiempo puede acarrear unas
consecuencias desastrosas.
—No, no, esss algo aún más grande... que afecta a cuestiones aún
más importantes... es algo casi inconcebible. Algo que está
relacionado con nosotrosss, con los dragonesss. Al menos, algo
bueno hemos obtenido del hecho de que haya estado atrapado en
198
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

cada momento del tiempo. El espejismo del tiempo es lo que me ha


mantenido cautivo. Y, mientras me he hallado cautivo, he sido
testigo de muchas cosas. He visto cómo algunas de esas cosasss
germinaban, ganaban fuerzas y se manifestaban. Y en verdad les
digo que todo esto no es algo accidental.

Entonces, respiró hondo y los contempló fijamente.

—Todos los acontecimientos que han acaecido cuyo fin era hacer
daño a los Aspectosss y a sus vuelos a lo largo de milenios... no
han sssido una mera coincidencia o un mero capricho del azar. Se
han alterado los senderosss del tiempo y se ha convertido a
Lodonegro en un monstruo con un mismo fin. La Pesadilla
Esmeralda, que tanto daño hizo a muchos; el ataque del vuelo del
dragón crepuscular; la locura de Malygosss e incluso de
Neltharion... todo está relacionado. Quizá incluso todo haya sido
orquestado por las mismas manosss siniestrasss.

Por un momento, nadie se atrevió a hablar. ¿Cómo era posible que


tantos eventos distintos estuvieran... relacionados? ¿Cómo podían
ser parte de una conspiración tan vasta a la que había costado eones
manifestarse?

Fue Thrall quien rompió el silencio.

—¿Con qué fin? —inquirió.

El orco nunca había oído hablar de algunos de los hechos que había
mencionado el dragón. Esa conspiración era demasiado compleja
como para que intentara entenderla.

—Con el fin de destruir a los Aspectos y a los vuelos para siempre.


Para eliminar toda posibilidad de que el orden y la estabilidad
imperen.

199
Christie Golden

Acto seguido, se volvió hacia Thrall y agachó su enorme cabeza


hasta hallarse a la altura del orco. Mientras hablaba, sus
asombrosos ojos se tiñeron de tristeza.

—Me perdí en los senderos del tiempo, Thrall, y acabé atrapado en


todos los momentos del tiempo. Pero ¿sabes por qué me perdí?

Thrall negó con la cabeza.

—Porque quería sssaber cómo un plan tan tenebroso podía haber


llegado a ser concebido. Quería evitarlo. Antes me has preguntado
cómo sabía que el vuelo de dragón infinito estaba detrásss de la
creación y liberación de Lodonegro.

En ese momento, el dragón titubeó y, a continuación, apartó la


mirada, pues era incapaz de enfrentarse a los ojos azules de Thrall.

—Lo sssé porque... fui yo quien lo envió a destruirte.

200
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

12

—¿Qué?

Al principio, Thrall creyó que se trataba de una broma, de un vano


intento por parte del dragón de hacer humor humano. Pero
Nozdormu parecía hablar muy en serio. El orco se sentía al mismo
tiempo furioso y totalmente confuso. Incluso el resto de dragones
bronces se retiraron unos pasos y murmuraron entre ellos.

Nozdormu profirió un hondo suspiro.

—Se me reveló cuál sería el momento de mi muerte y cómo moriría


—aseveró—. Nunca intentaré evitar ese dessstino. No obstante,
sólo uno de los muchos senderosss que llevan a ese destino puede
ser correcto. En un futuro posible, me convertiré en el líder del
vuelo de dragón infinito. Por eso, acabé perdido en los senderosss
del tiempo, Thrall. Porque bussscaba comprender cómo era posible
que fuera a suceder eso. Cómo era posible que yo, que siempre
había cumplido de manera honorable la tarea que me habían
encomendado los titanes, fuera a descarriarme tanto.

Thrall asintió, aunque seguía estupefacto y se mostraba bastante


receloso.
201
Christie Golden

—¿Descubriste... la manera de evitar que tal cosa sucediera? —


inquirió el orco.

Lentamente, Nozdormu movió de lado a lado su descomunal


cabeza.

—Por desgracia, aún no sé cómo evitarlo. Lo único que sé esss que


todos los vuelosss deben unirse para enfrentarse a la actual
amenaza. Por otro lado, Ysera tenía razón: posees ciertas
habilidades muy peculiares y útiles; además, piensasss y hablasss
de una manera capaz de inspirar a los demás. Aunque ya nos has
sido de gran ayuda, debemos volver a pedirte que nos sigas
apoyando.

¿De verdad estaba dispuesto a ayudar al futuro líder del vuelo de


dragón infinito? Thrall vaciló. No obstante, era incapaz de percibir
el mal en Nozdormu. Aún no, al menos. Únicamente percibía
preocupación y disgusto.

—Te ayudaré por Ysera y, sobre todo, por Desharin, quien sacrificó
su vida para que yo pudiera encontrarte, Atemporal. Pero necesito
saber más. Me temo que casi todo este tiempo he actuado envuelto
en las sombras de la ignorancia y la confusión.
—Si tenemos en cuenta que fue Ysera quien te reclutó, no me
extraña que hayas actuado a ciegasss —replicó Nozdormu de
manera brusca, pero también afectuosa—. Rara vez ssse explica
con claridad. Thrall, hijo de Durotan y Draka, te doy las gracias
con total sssinceridad. Compartiremos contigo todo cuanto
sabemos... sin embargo, me temo que debes realizar esta misión
solo. Por otro lado, no me basta con esta teoría, con esta convicción
que tengo de que detrás de todo esto hay un gran plan siniestro y
tenebroso... he de saber más si quiero saber de verdad qué debemos
hacer. Pero no te preocupes: no voy a olvidar lo que me has
recordado que no debo olvidar. No me perderé en los senderos del
202
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

tiempo una sssegunda vez. Sssé que te encomiendo una difícil


tarea; sin embargo, es la única forma de sssalvar el mundo. Debes
dar con Alexstrasza, la Protectora, y sacarla de la tristeza en que se
halla sumida.
—¿Qué ha ocurrido? —inquirió Thrall.
—Aunque no estuve presente, sé qué sucedió —contestó
Nozdormu. El orco asintió. Si Nozdormu había estado atrapado en
todos los momentos del tiempo, tenía que saberlo, sin duda—. Hace
no mucho tiempo, se celebró una reunión en el Templo del Reposo
del Dragón a la que acudieron varios vuelosss. Era la primera de
ese tipo que ssse celebraba desde la muerte de Malygosss y el final
de la Guerra del Nexo.
»El consorte de Alexstrasza, Korialstrasz, a quien conoces como
Krasus, se quedó en el Sagrario Rubí mientras su reina acudía a la
reunión. Cada vuelo posee un sssagrario, es una especie de...
dimensión reservada sssólo para ellos. La reunión se interrumpió
al sufrir un ataque por parte de un vuelo conocido como el vuelo
de dragón crepuscular... que sssirve a Alamuerte y al culto del
Martillo del Crepúsculo.

Thrall frunció el ceño.

—He oído hablar de ese culto —afirmó.


—Durante la batalla, se produjo una terrible implosión. Todos los
sssagrarios fueron destruidos. Krasus pereció en la deflagración...
y se llevó consigo todos los huevos de cada uno de los sssagrarios.
Los destruyó todos.

Thrall miró estupefacto al dragón bronce, pues el Krasus que él


había conocido era un ser sereno, inteligente y bondadoso.

—¿Estás seguro de que... destruyó todos los huevos?


—Eso parece —le espetó Anachronos, quien restalló su cola y
entornó los ojos.

203
Christie Golden

Thrall negó con la cabeza con suma firmeza.

—No. No me lo puedo creer. Debe de haber alguna razón que


explique...
—La Protectora no encuentra consuelo —lo interrumpió
Nozdormu—. Así que imagínate cómo se debe de sssentir. Cree
que su amado actuó así porque o bien se había vuelto loco o bien
se había aliado con ese maldito culto... y eso la está matando por
dentro. Sin la guía de su Aspecto, los dragones rojos no nos
apoyarán para combatir contra el Culto del Martillo del
Crepúsculo. Y, sin los rojosss, no podremos alcanzar la victoria.
Todo essstará perdido.

Entonces, posó sus enormes ojos sobre el orco y dijo:

—Debes recordarle cuáles son sus obligaciones... debes recordarle


que su corazón, por muy herido que esté, aún es capaz de amar al
prójimo y de preocuparssse por los demás. ¿Podrás hacerlo, Thrall?

El orco no sabía si sería capaz o no. Era una tarea sobrecogedora.


¿Acaso no había ningún dragón capaz de llevarla a cabo? Él no
tenía ningún vínculo personal con ella. ¿Cómo demontre iba a
convencerla de que debía olvidarse de su hondo pesar y sumarse a
la batalla?

—Lo intentaré —ésa fue la única respuesta que pudo dar Thrall.

*******

Alexstrasza no recordaba dónde había estado gran parte de los


últimos días. Ni había reflexionado sobre adónde iría.
Simplemente, volaba, cegada por el dolor y el deseo de escapar de
él; se dejaba llevar por sus alas allá donde quisieran éstas.

204
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Había sobrevolado grandes extensiones de océano gris, tierras elfas


y bosques y paisajes nevados arrasados hasta llegar a este lugar que
parecía tan desolado, destrozado y vacío como su corazón. Había
decidido que su destino final sería Desolace 1. Un nombre muy
adecuado, pensó amargamente.

Se transformó y caminó como un bípedo en dirección al sur de


Sierra Espolón. Pasó junto a un lugar donde estaba teniendo lugar
una batalla entre la Horda y la Alianza, pero no le prestó atención.
Deja que las razas de corta vida se maten entre ellos, caviló. Ya no
tenía que preocuparse más de ellos. Pasó junto a un valle escabroso
repleto de lava, donde reinaba una temperatura que únicamente un
dragón negro podría soportar, y sólo le lanzó una mirada fugaz
teñida de hastío. Deja que el mundo se autodestruya, pensó. Su
amado había muerto... su amado, quizá, la había traicionado.

Alexstrasza se maldijo a sí misma y, luego, maldijo a su vuelo y al


resto de vuelos; maldijo también a los titanes, que la habían
obligado a soportar la pesada carga de sus obligaciones. No había
pedido esos deberes y ahora se daba cuenta de que no podía con la
responsabilidad que implicaban.

1.- N. del T.: Desolace es una variación de palabra inglesa


desolate que puede traducirse como desierto o desolado en el
caso de referirse a un lugar, o desconsolado en el caso de
referirse a una persona.

Se quitó las botas, pues quería sentir bajo sus pies aquella tierra
dura y muerta, y no prestó atención a las ampollas que se formaron
en ellos. Escogió un sendero aún más pedregoso que el suelo que
acababa de dejar atrás, pues aquella tierra no parecía recordar qué
era la hierba y había adquirido unas tonalidades muy apagadas y
grises. Bajo las doloridas plantas de sus pies, las piedrecillas se
transformaban en polvo de un modo un tanto extraño, lo cual le
resultó reconfortante. A pesar de que percibió que en aquel lugar
205
Christie Golden

discurrían unas energías tremendamente viles, siguió avanzando


sin darle ninguna importancia, paso a paso, dejando unas huellas
ensangrentadas que indicaban su recorrido.

La muerte campaba a sus anchas por aquel paraje. Divisó una


innumerable cantidad de huesos de kodos y otras criaturas, que
habían alcanzado un color blanco inmaculado con el paso del
tiempo. Los esqueletos se hallaban esparcidos por aquel paisaje
como los árboles en otros parajes. Las únicas criaturas vivas que
alcanzó a ver eran carroñeros: hienas y buitres. Alexstrasza
observó, con suma indiferencia, cómo un buitre daba vueltas sobre
ella. Se preguntó si alguna vez habría saboreado la carne de dragón.

Si hasta ahora no había tenido la oportunidad, pronto la tendría. Se


sentía a gusto en aquel lugar que reflejaba sus emociones, de donde
no se iría jamás.

Poco a poco, la dragona conocida en su día como la Protectora fue


ascendiendo por un gran pico, desde el cual podría contemplar todo
ese páramo. No iba a comer ni a beber ni a dormir. Simplemente,
se iba a sentar en su cima a aguardar la muerte. De ese modo,
pondría fin a su sufrimiento.

*******

Thrall la vio de casualidad.

A pesar de que volaba a lomos de una colosal dragona bronce, no


podía verlo todo desde ahí arriba. Además, esperaba encontrarse
con una dragona roja (a la cual, en teoría, debería divisar con suma
facilidad en un lugar tan vacío como aquél) y no con una esbelta
elfa, que se encontraba acurrucada en la cima de un pico totalmente
sola.

206
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Te dejaré a poca distancia de tu objetivo —le aseguró Tick, que


era una de las dragonas que custodiaban las Cavernas del Tiempo.
Se había presentado voluntaria para llevar a Thrall a cualquier lugar
que necesitara ir... como, por ejemplo, a aquel lugar desolado—.
Creo que aquí no voy a ser bien recibida.

No pronunció esas palabras de forma hostil, sino con una gran


pena. Thrall se imaginaba que todos los vuelos de dragón
lamentaban lo que le había sucedido a la Protectora. Cualquier ser
con conciencia debería lamentarlo, pensó Thrall.

—Creo que será lo mejor —replicó el orco.

A medida que se aproximaban, pudo distinguir mejor aquella


diminuta silueta. Aunque no podía verle la cara, sí pudo atisbar que
se encontraba hecha un ovillo en el que destacaba su melena
pelirroja; tenía las piernas encogidas y pegadas al pecho y la cabeza
gacha. Aquella trágica figura transmitía sufrimiento y desolación
por todos los poros de su piel.

La dragona bronce aterrizó a cierta distancia y, acto seguido, se


agachó para que Thrall pudiera desmontar.

—Vuelve aquí cuando estés listo para marchar —le dijo al orco.
—Espero no marcharme solo de aquí. Espero que Alexstrasza me
acompañe —le recordó Thrall.

Tick le lanzó una mirada muy sombría al orco.

—Vuelve aquí cuando estés listo para marchar —repitió y, sin más
dilación, ascendió al cielo.

Thrall suspiró y alzó la vista hacia el pico. Al instante, inició el


ascenso.

207
Christie Golden

—Puedo oírte —aseveró la dragona antes de que el orco hubiera


recorrido la mitad del camino que lo separaba del lugar donde ella
se encontraba sentada sola. Su voz era muy hermosa, pero sonaba
quebrada, como si alguien en un descuido hubiera hecho añicos una
preciosa escultura de cristal, cuyos pedazos seguían brillando y
conservando parte de su antiguo encanto.

—No pretendía acercarme a ti sigilosamente —replicó Thrall.


La dragona no dijo nada más. El orco terminó su ascenso y se sentó
junto a ella sobre la dura piedra. Ella ni se dignó a mirarlo, ni se
molestó en cruzar una sola palabra con él.

Después de un rato sumidos en un absoluto silencio, Thrall habló.

—Sé quién eres, Protectora. He...

La dragona con forma de elfa se volvió hacia él. Su semblante


moreno y hermoso se encontraba desfigurado por la furia; gruñía y
mostraba sus afilados dientes de manera amenazadora.

—¡No te vuelvas a dirigir a mí de esa manera! ¡No utilices ese


sobrenombre! Ya no protejo la vida. Ya no.

Ese arrebato sobresaltó, pero no sorprendió al orco, que se limitó a


asentir.

—Como desees. Soy Thrall, fui jefe de guerra de la Horda y ahora


soy miembro del Anillo de la Tierra.
—Sé quién eres.

Esa respuesta dejó un tanto estupefacto a Thrall quien, no obstante,


prosiguió hablando:

—No importa qué sobrenombre elija para dirigirme a ti, lo único


que importa ahora es que he sido enviado a buscarte.
208
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¿Quién te envía? —inquirió Alexstrasza, cuya voz y rostro


volvieron a teñirse de apatía en cuanto giró la cabeza para observar
aquel páramo desolado.
—Por una parte, Ysera y, por otra, Nozdormu.

Una débil chispa de interés se asomó en su semblante, como algo


entrevisto en aguas profundas.

—¿Nozdormu ha regresado?
—Sí. Lo busqué y, al fin, di con él. Como te he buscado a ti y te he
hallado —respondió Thrall—. Mientras ha estado extraviado ha
adquirido muchos conocimientos... que cree que debe compartir
contigo.

La dragona no replicó. Una ráfaga de aire caliente agitó sus


mechones pelirrojos. El orco no sabía cómo debía proceder.
Esperaba dar con alguien dominado por la pena y la ira, no con
alguien sumido en esa apatía, en esa desesperación letal...

Le contó todo lo que había sucedido hasta entonces, procurando


que pareciera una historia que pudiera suscitar su interés. Se
conformaba con lograr despertar una pequeña chispa de curiosidad
en ella… o cualquier otra sensación distinta que modificase ese
semblante que ahora recordaba a una pálida e impertérrita máscara
mortuoria. Le habló de Ysera y del elemental de fuego que había
intentado destruir a los ancestros. Pese a que el viento soplaba,
caliente y cruel, Alexstrasza seguía sentada, sin mover ni un solo
músculo, como si la hubieran tallado en piedra.

—Los ancestros han hablado —prosiguió diciendo Thrall—. Sus


recuerdos se han tomado confusos. Alguien está alterando los
senderos del tiempo.
—Lo sé —replicó de manera rotunda—. Sé que los dragones
bronces están muy preocupados al respecto y que están reclutando
a mortales para que los ayuden a corregir esas alteraciones. No me
209
Christie Golden

cuentas nada nuevo, Thrall. Sin duda alguna, no me cuentas nada


nuevo que pueda incitarme a regresar.

Sus palabras y su tono de voz estaban henchidos de veneno.


Aunque albergaban mucho odio, el orco sabía que él no era el
objetivo de esas palabras, sino que lo era la misma Alexstrasza.

Thrall insistió.

—Nozdormu cree que muchas de las tragedias que han sufrido los
Aspectos... los misteriosos ataques del vuelo de dragón infinito, la
Pesadilla Esmeralda, incluso la locura de Alamuerte y Malygos...
están relacionadas. Cree que no se trata de una serie de sucesos
inconexos, cree que hay un patrón en todos ellos, que forman parte
de un ataque dirigido contra los Aspectos y sus vuelos. Un ataque
diseñado para irlos desgastando poco a poco hasta lograr su derrota
definitiva... quizá incluso para provocar que unos se vuelvan contra
otros.

La dragona murmuró algo en voz baja y, acto seguido, preguntó:

—Si todo eso fuera cierto, dime... ¿quién está detrás de todo ese
plan?

Thrall se sintió alentado ante ese leve destello de curiosidad.

—Nozdormu necesita más tiempo para resolver ese misterio —


contestó—. Por ahora, sospecha que el vuelo de dragón infinito está
involucrado de algún modo en ese plan.

Volvió a reinar el silencio.

—Ya veo.
—Me ha pedido que te encuentre, que te... te ayude a recuperarte

210
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Resultaba muy difícil creer que él, un mero chamán orco, estaba
capacitado para ayudar a la Protectora a sanar... ya que ella era, tal
vez, la mayor sanadora que había existido jamás. Esperaba, en parte
que recibiera su ayuda con desdén y la rechazara, pero no lo hizo
sino que se limitó a permanecer callada. Thrall continuó hablando.
—Si logras recuperarte, muchas otras cosas se recuperarán y
sanarán. Juntos podremos ir al Nexo a hablar con los dragones
azules y ayudarlos a recuperar la lucidez. Entonces...
—¿Por qué debería hacerlo?

Aquella pregunta, enunciada de manera tan sencilla y rotunda, lo


dejó sin palabras por un instante.

—Porque así... los ayudarás.


—Te lo vuelvo a preguntar: ¿Por qué?
—Si los ayudamos, podrán unirse a nosotros y, de ese modo, todos
juntos seremos capaces de descubrir qué está ocurriendo. En cuanto
sepamos a ciencia cierta qué sucede, podremos tomar medidas para
corregir la situación. Podremos combatir contra el Culto del
Martillo del Crepúsculo y derrotarlo. Podremos descubrir cuáles
son los motivos que han impulsado al vuelo de dragón infinito a
actuar así. Podremos detener a Alamuerte de una vez por todas... y
salvaremos este mundo que, en estos mismos momentos, se está
desmoronando.

La dragona con forma de elfa lo taladró con la mirada. Durante un


largo instante, no pronunció palabra alguna.

—No lo entiendes —dijo al fin.


—¿Qué es lo que no entiendo, Alexstrasza? —inquirió con suma
delicadeza.
—Que todo eso da igual.
—¿Qué quieres decir? Hemos logrado recopilar cierta información
muy relevante: ¡sabemos que todo esto forma parte de un plan

211
Christie Golden

mucho más complejo que lleva desarrollándose desde hace


milenios quizá! ¡Tal vez no seamos capaces de detenerlo!

Alexstrasza movió la cabeza de lado a lado lentamente.

—No. Todo eso da igual. Todo. Da igual que todo eso esté
conectado. Da igual cuánto tiempo lleve desarrollándose ese plan.
Da igual que podamos detenerlo o no.

El orco la miró fijamente, perplejo.

—Nuestros niños están muertos —afirmó con rotundidad—.


Korialstrasz está muerto. Yo también estoy prácticamente muerta.
En breve, la muerte vendrá a por mí. Ya no hay esperanza. Todo da
igual.

Thrall sintió de repente que una oleada de furia se adueñaba de él.


Todavía sentía un hondo pesar en su corazón por la muerte de
Taretha. Su muerte había sido necesaria para que las cosas fueran
como deberían ser. Pero la seguía añorando; la echaría de menos
ahora y siempre. Pensó en cuánto había ansiado Taretha marcar la
diferencia; en cuánto había deseado que su vida no diera igual, que
sirviera para algo. Aunque Taretha había creído que no podría dejar
una gran huella en el mundo, había hecho todo cuanto había
podido. La Protectora, sin embargo, podía marcar la diferencia a un
nivel que Taretha ni siquiera habría podido comprender, pero
prefería quedarse ahí e insistir en que todo daba igual.

Pero eso era mentira. No todo daba igual. A él no le daba igual el


destino que había sufrido Taretha. A él no le daba igual el destino
de Azeroth. A pesar de que Alexstrasza había sufrido mucho, eso
no le daba derecho a permitirse el lujo de regodearse en su dolor.
Reprimió su ira y la templó con la compasión que verdaderamente
sentía por ella.

212
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Lamento que esos huevos fueran destruidos —aseveró—. Haber


perdido a casi toda una generación... realmente soy incapaz de
imaginarme la intensidad del dolor que te embarga. Siento que
hayas perdido a tu consorte, sobre todo de esa manera. Pero... me
resulta inconcebible que des la espalda a aquéllos que te necesitan
—poco a poco, la ira se iba adueñando de su voz—. Eres un
Aspecto, por amor de los ancestros. Fuiste creada para esto.
Fuiste...

Se elevó de un salto al aire, con tal celeridad que el orco a duras


apenas fue capaz de percibir ese movimiento. Un latido después,
una gigantesca dragona roja se encontraba flotando sobre él. Su
aleteo provocó que la fina capa de polvo gris que cubría aquella
tierra muerta se levantara y acabara sobre la túnica y la piel de
Thrall, provocando así que le lloraran los ojos. El orco se puso en
pie de un salto y retrocedió raudo y veloz, al mismo tiempo que se
preguntaba qué iba a suceder a continuación.

—Sí, me convirtieron en la Protectora sin que yo entendiera


realmente qué era lo que eso conllevaba —afirmó Alexstrasza, con
un tono de voz más grave, más áspero, repleto de furia y de una
tremenda amargura—. Ya no puedo soportar la pesada carga de las
responsabilidades que me encomendaron. Lo he sacrificado todo y
lo he dado todo; he ayudado y he luchado denodadamente y mi
única recompensa ha sido un inconmensurable sufrimiento, la
muerte de todos mis seres queridos y que se me exija cada vez más.
No deseo matarte, orco, pero lo haré si sigues incordiándome.
¡Todo ya da igual! ¡Todo! ¡¡Vete!!

Thrall lo intentó una vez más.

—Por favor, piensa en los inocentes que...


—¡¡¡¡Vete!!!!

213
Christie Golden

Entonces, Alexstrasza se echó hacia atrás, mientras aleteaba sin


parar para mantenerse en el aire y abría sus enormes fauces repletas
de afilados dientes. Thrall se alejó corriendo como alma que lleva
el diablo. Al instante, una enorme llamarada de un color rojo
anaranjado calcinó la piedra donde había estado sentado hasta hacía
sólo unos instantes. Acto seguido, escuchó cómo la dragona volvió
a coger aire y siguió corriendo, o más bien, descendió dando
tumbos por la ladera de aquel pico.

Súbitamente, un rugido desgarró la pesada atmósfera de aquel


lugar. Era una mezcla de ira y angustia. Thrall sintió una honda
compasión por aquel Aspecto que tanto sufría. Le habría gustado
haber dado con la forma de sacarla de ese estado de apatía. Lo
embargó una honda pesadumbre al pensar que iba a morir ahí sola,
de hambre y sed y, sobre todo, de tristeza. Se imaginó, muy a su
pesar, que algún día algunos viajeros se toparían por casualidad con
sus huesos blanqueados por el paso del tiempo como los de los
demás esqueletos que salpicaban aquel paisaje.

De improviso, se resbaló y bajó el resto del camino deslizándose.


Magullado y desanimado, recorrió penosamente la distancia que lo
separaba del lugar donde Tick le había dicho que lo recogería.
Durante unos instantes, la dragona siguió dando unas vueltas en el
aire por encima de él y, acto seguido, aterrizó. Tick contempló al
orco con una mirada plagada de tristeza.

—¿Adónde quieres que te lleve, Thrall? —preguntó en voz baja.


—Nos vamos al Nexo, como teníamos previsto —contestó el orco,
con la voz quebrada—. Debemos convencer a los dragones azules
de que se unan a los demás vuelos, tal y como Nozdormu nos pidió.
—Nos vamos... solos, ¿verdad?

Thrall asintió.

—Solos.
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Giró la cabeza y contempló la silueta de aquella descomunal


dragona roja, que batía las alas de manera errática, que contorsionó
su cuerpo a la vez que echaba hacia atrás su cabeza provista de
cuernos. Tal vez, si Alexstrasza veía que los demás hacían algo por
salvar el mundo, se sentiría conmovida y superaría su apatía.

—Por ahora —añadió el orco.

Mientras volaban hacia el norte, Thrall pudo escuchar por encima


del aleteo de Tick un bramido henchido de pena y amargura que
había proferido la destrozada Protectora.

*******

Como una sombra que se extiende sobre la tierra al atardecer, algo


oscuro emergió del agujero en que se había escondido. Se trataba
del rey Aedelas Lodonegro, quien se encontraba montado a lomos
de un dragón crepuscular; seguía a su objetivo a una distancia que
impedía que éste lo viera, pero que al mismo tiempo le permitía a
él no perder de vista a su presa.

El viento acarició su larga melena negra. Era apuesto, aunque su


semblante revelaba que era una persona cruel. Sus finos labios
estaban enmarcados por una perilla negra muy bien arreglada, y sus
ojos azules destacaban bajo sus elegantes cejas negras.

Tras el fracaso de su primer intento, Lodonegro había decidido no


seguir a Thrall a través de los senderos del tiempo, ya que ahí las
posibilidades de que su presa pudiera eludirlo y acabara
persiguiéndolo en vano eran muy elevadas.

No, era mejor esperar y aguardar una oportunidad más propicia.


Por eso mismo, había decidido aguardar a que Thrall apareciera
donde sabía que tendría que aparecer.
215
Christie Golden

Thrall. Había oído hablar tanto de ese orco que ansiaba


desmembrarlo lentamente con un cuchillo mondador. Thrall, el
orco que lo había asesinado, cuya mera existencia había provocado
que Lodonegro siguiera una senda que lo había transformado en un
borracho cobarde y patético. Thrall, quien había liderado un
ejército de orcos que habían arrasado Dumholde. En realidad, era
todo un privilegio que pudiera matarlo; así la victoria sería mucho
más dulce, ya que ese piel verde era todo un desafío.

Vuela, orco, caviló, mientras sus finos labios se curvaban para


esbozar una sonrisa. Aunque, por mucho que vueles, no podrás
huir.
Te encontraré y te mataré. Y luego ayudaré a destruir tu mundo.

216
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

13

Thrall no se sentía nada cómodo con la idea de tener que visitar al


vuelo de dragón azul en su propia guarida. Si bien ya se había
encontrado ante varios de esos grandes leviatanes, eso no implicaba
que hubiera dejado de considerarlos unos seres majestuosos. En
realidad, cuanto más sabía acerca de los dragones, más
impresionado se hallaba. Daba igual que fueran verdes, bronces...
o que se tratara de la desconsolada Protectora, quien podría decirse
que era la dragona más poderosa de todo Azeroth... cualquier
dragón, hasta el menos poderoso de ellos, podría destruirlo con un
solo golpe de cola o aplastarlo con sus garras.

Lo habían impresionado no sólo en el plano físico. Sus mentes


superaban con creces a las de las razas «de vidas fugaces», como
solían llamarlas. Pensaban a gran escala; Thrall era consciente de
que, por muchos años que viviera, nunca llegaría a comprender una
mera fracción de su complejidad; cómo atestiguaban las
ensoñaciones de Ysera quien, incluso ahora que era la Despierta,
era capaz de ver cosas que ningún otro ser había visto o jamás sería
capaz de ver; la capacidad de Nozdormu de desplegar todos los
instantes de una vida en sus escamas; el terrible dolor de alguien
que albergaba en su corazón toda la compasión del mundo...

217
Christie Golden

Ahora, Thrall y Tick se dirigían directamente a la guarida del vuelo


de dragón que tantos problemas y sufrimientos había causado
últimamente... cuyo Aspecto había sido escogido en su día para ser
guardián de la magia arcana del mundo. Malygos se había vuelto
loco y, una vez recuperó la cordura, había hecho cosas mucho
peores que cuando se había hallado en las garras de la demencia.
Aunque Thrall no había caminado por el Sueño Esmeralda, sí había
intercambiado pullas y chanzas con Desharin. También había
hecho todo lo posible por ayudar a Alexstrasza quien, destrozada
emocionalmente, se había refugiado en lo alto de una montaña.
Asimismo, había sido capaz de recordar una gran verdad al
Atemporal.

Pero los dragones azules eran harina de otro costal...

Ese vuelo dominaba la magia arcana y vivía en lugares donde


predominaba el color azul del hielo y el blanco de la nieve, donde
predominaban los climas tan fríos como se decía que eran ellos.
Ese vuelo despreciaba a las «razas inferiores».

Se rió entre dientes con cierto pesar al imaginarse los derroteros


por los que iba a transcurrir esa reunión.

—Tal vez debería haberme quedado en casa —le comentó a Tick.


—Si hubieras hecho eso, este sendero del tiempo habría acabado
siendo alterado aún más —reflexionó Tick—. Y, entonces, mis
hermanos estarían aún más atareados.

A Thrall le costó un rato darse cuenta de que, a pesar de que la


dragona bronce hablaba en serio hasta cierto punto, estaba
intentando, al mismo tiempo, hacer un comentario jocoso. El orco
se rió a mandíbula batiente.

Poco después, el color gris azulado del gélido océano que se


hallaba a sus pies (que era lo único que Thrall había visto durante
218
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

gran parte del viaje) dio paso a unos acantilados grises y blancos.
Aunque el orco había visto muchos lugares impresionantes a lo
largo de su existencia, el Nexo superaba prácticamente a todos
ellos.

Ahí todo era azul, con alguna que otra pincelada plateada y blanca
aquí y allá. Varios discos planos flotaban en el aire, esparcidos por
todo el Nexo. A medida que Tick se iba acercando, Thrall pudo
comprobar que esos discos eran plataformas, cuyo suelo estaba
ornamentado con unos relucientes símbolos incrustados en él. En
algunos de esos discos también había unos árboles cristalinos muy
hermosos, cuyas ramas parecían hechas de hielo y cuyas hojas
parecían hechas de escarcha.

Daba la impresión de que el Nexo constaba de varios niveles, cada


uno de los cuales estaba conectado al superior por unas hebras de
energía arcana. Era una de las cosas más bellas que jamás había
visto Thrall. Por otro lado, varios dragones trazaban círculos en el
aire perezosamente y sus cuerpos mostraban diversas tonalidades
cerúleas, aguamarinas o cobaltos.

Como cabía esperar, Thrall y Tick fueron divisados de inmediato.


Al instante, cuatro dragones azules se separaron del resto de sus
hermanos y se aproximaron a los intrusos. Se mostraron desafiantes
con la poderosa dragona bronce y no con Thrall a quien, por el
momento, ignoraron por completo.

—Saludos, hermana bronce —dijo uno de ellos, mientras se


acercaban formando un círculo un tanto deslavazado y
aparentemente casual, pero no por ello menos intimidante,
alrededor de Tick—. No obstante, el Nexo no es un sendero del
tiempo que debas explorar. ¿Por qué has venido a nuestro
santuario? Nadie te ha invitado.
—No soy yo quien ha venido a verlos, sino este orco que porto
sobre mí —respondió Tick—. Ni soy yo quien lo envía. Inició su
219
Christie Golden

misión bajo el auspicio de Ysera la Despierta y luego recibió


instrucciones de Nozdormu el Atemporal de que debía acudir a este
lugar. Se llama Thrall.

Los dragones azules intercambiaron miradas.

—Para ser una criatura de vida fugaz, viene muy bien recomendado
—comentó uno de ellos.
—Thrall —dijo otro, como si intentara recordar—. El jefe de
guerra de la Horda.
—Ya no lo soy —lo corrigió el orco—. Sólo soy un chamán que
colabora con el Anillo de la Tierra para intentar sanar a un mundo
que se encuentra brutalmente herido por culpa de los actos de
Alamuerte.

Por un instante, Thrall se preguntó si no habría sido mejor que


hubiera omitido esa última frase. Al instante, los dragones azules
se enfurecieron y uno de ellos se alejó raudo y veloz, giró en el aire
y volvió; obviamente, había hecho eso para calmarse.

—Ese traidor intentó que nuestro vuelo fuera destruido totalmente


—aseveró uno de ellos, cuya voz era tan fría como el hielo azul al
que tanto recordaba—. Informaremos a los demás de que han
llegado. Aguarden aquí hasta que les permitamos aproximarlos
más o les ordenemos marcharse.

Sin más dilación los dragones, cuyas siluetas azules contrastaban


con el color azul marino y lavanda del firmamento, se alejaron.
Para sorpresa de Thrall, no se posaron sobre una de las plataformas
flotantes del Nexo, sino que cayeron en picado hacia el hielo y la
nieve del suelo.

*******

220
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Kalecgos profirió un suspiro. Allá vamos de nuevo, pensó, sin


apartar la mirada del techo de hielo que trazaba un arco sobre
aquella gran y tenebrosa sala de reuniones.

Los miembros del vuelo azul habían debatido mucho entre ellos y,
a diario, llegaban más al Nexo para engrosar sus menguadas filas,
pero Kalecgos no tenía la sensación de que hubieran llegado a
alguna conclusión firme.

En lo único que la mayoría estaba de acuerdo era en que la


conjunción entre las dos lunas era un buen presagio, pero
coincidían en poco más. Un par de ellos habían desempolvado
algunos conjuros antiguos que querían probar. Sin embargo,
estudios posteriores habían demostrado que no eran adecuados para
alcanzar el fin que perseguían. Por ahora, daba la sensación de que
los azules se contentaban con «ungir», con designar a uno de ellos,
mientras se producía ese fenómeno astrológico que, sin lugar a
dudas, iba a ser un momento visualmente impactante. No obstante,
lo iban a hacer sin ninguna convicción, sin estar para nada seguros
de que eso era lo correcto.

Arygos argumentaba que él era la mejor opción en virtud de su


estirpe, pues era el hijo de Malygos. Kalec ya había escuchado ese
razonamiento con anterioridad, pero se encontraba demasiado
abatido como para interrumpir el discurso de Arygos. Sin embargo,
en cuanto se fijó en dos azules más se aproximaban, frunció el ceño,
picado por la curiosidad.

No se trataba de dos recién llegados al Nexo, sino de dos de los


protectores de ese lugar. Aterrizaron junto a Arygos,
interrumpiendo así su discurso, y le comentaron algo en voz baja.
Arygos parecía hallarse bastante contrariado.

—¡De ninguna manera! —les espetó.


—Narygos, ¿qué pasa? —inquirió Kalec.
221
Christie Golden

—No te inmiscuyas en esto —replicó Arygos con suma celeridad


y, al instante, dio una orden rotunda a Narygos—. Mátenlo.
—¿A quién? —exigió saber Kalec, ignorando la sutil advertencia
que le había lanzado Arygos, a quien se acercó raudo y veloz—.
Narygos, ¿qué ha ocurrido?

Narygos dejó de mirar a Arygos y posó la mirada sobre Kalec y


entonces dijo:

—Un desconocido quiere hablar con nosotros. Es una criatura de


las razas inferiores, un orco llamado Thrall, que en su día fue jefe
de guerra de lo que ahora se conoce como la Horda. Tanto él como
la dragona bronce que lo ha traído aquí insisten en que tanto Ysera
como Nozdormu lo han enviado para parlamentar con nosotros.

A Kalec se le erizaron las orejas inmediatamente.

—¿Nozdormu ha regresado?
—Eso parece —contestó Narygos.

Kalec miró anonadado a Arygos.

—¿Van a matar a alguien a quien envían dos Aspectos? —les


espetó Kalecgos, en voz alta y con suma incredulidad—. ¿A
alguien que viaja a lomos de un dragón que se muestra dispuesto a
llevarlo de un lugar a otro?

Como estaban atrayendo la atención de los demás, Arygos esbozó


un gesto de contrariedad.

—Muy bien. No le hagan daño —ordenó Arygos—. No obstante,


un miembro de las razas inferiores no pinta nada en este lugar. No
pienso recibirlo.

Kalec, furioso, se volvió hacia Narygos.


222
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Yo lo recibiré —replicó—. Tráiganlo.


—Si los mismos titanes lo hubieran enviado, tampoco lo recibiría.
¡No pienso recibir en audiencia a un ser de vida fugaz en nuestro
refugio privado! —exclamó Arygos, quien se encontraba lívido.

Se paseaba de un lado a otro, sin parar de mover su enorme cola,


plegando y desplegando continuamente sus alas, presa de una suma
agitación. Los demás habían escuchado la discusión que se había
desatado entre ambos y empezaron a meter baza en la
conversación.

—Pero si lo envían... ¡Ysera y Nozdormu, ni más ni menos! —


protestó Narygos—. Ésta no es una visita normal. En sus sueños,
Ysera es capaz de ver lo que nadie ve. Además, este orco ha sido
capaz de encontrar al Atemporal cuando el propio vuelo de
Nozdormu había sido incapaz de lograrlo. ¡Seguro que por
escucharlo no perdemos nada!
—A veces, esas mal llamadas por algunos «razas inferiores» nos
han sorprendido. Son capaces de mucho más de lo que creemos.
Además, el hecho de que dos Aspectos lo hayan exhortado a
presentarse aquí me parece una carta de presentación más que
suficiente —afirmó Kalec—. Yo digo que deberíamos traerlo aquí
para ver qué tiene que decir.
—No me extraña que opines así —replicó burlonamente Arygos—
. Te gusta revolearte en el fango con los seres inferiores. En ese
sentido, nunca te he comprendido, Kalecgos.

Kalec contempló a Arygos con suma tristeza.

—Y yo nunca he entendido que siempre te niegues a recibir ayuda


o información si ésta procede de una fuente que no sea tu propio
vuelo —replicó—. ¿Por qué los desprecias tanto? ¡Fueron las razas
de vidas fugaces las que te liberaron de tu reclusión de mil años en
Ahn’Qiraj! Creo que, al menos, deberías estarles agradecido.
223
Christie Golden

Antes de que Arygos pudiera lanzar una contestación furibunda y


teñida de vergüenza, otro dragón más anciano, llamado Teralygos,
exclamó:

—¡Nadie conoce mejor todo cuanto incumbe a nuestro vuelo que


nosotros mismos!
—¡En efecto! Además, tenemos que ocupamos de ciertos asuntos
mucho más acuciantes, Kalecgos, ¿o acaso ya lo has olvidado? —
señaló Arygos—. La ceremonia en la que se elegirá a un nuevo
Aspecto se celebrará en sólo unos días. Deberíamos estar
preparándonos para eso. ¡No deberíamos distraemos con la
cháchara inane de un orco!
—Mátenlo y se acabó —masculló Teralygos.

Kalec se giró hacia él.

—No. No somos asesinos. Además, ¿vas a ser tú quien comunique


personalmente a Ysera y a Nozdormu que has asesinado a alguien
que habían enviado a hablar con nosotros? Porque yo no voy a
hacerlo. Por muy desorientada que Ysera pueda estar aún.

Una oleada de murmullos se extendió entre los dragones y Kalec


pudo comprobar que algunos asentían.

—Dejemos que el orco se presente ante nosotros y nos cuente


cuáles son las razones por las que ha venido —prosiguió diciendo
Kalec—. Si no nos gusta lo que tiene que decir, podemos pedirle
que se vaya. Pero, al menos, démosle la oportunidad de hablar.
Arygos le lanzó una mirada furibunda, pero él también se había
dado cuenta de que el resto de los dragones apoyaban más la
postura de Kalecgos que la suya.
—Según parece, Ysera y Nozdormu tienen más predicamento entre
el vuelo de dragón que nosotros mismos —masculló.

224
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Todavía no eres un Aspecto, Arygos —replicó Kalec con gran


brusquedad—. Si eres elegido, tendrás la última palabra en todo.
Hasta entonces, como no contamos con un líder, se hará lo que dicte
la mayoría.

Arygos se volvió hacia Narygos.

—Tráiganlo —le ordenó.

Narygos asintió y de un salto ascendió hacia el cielo. Acto seguido,


Arygos se dio la vuelta y frunció el ceño. Kalecgos había asumido
su forma semielfa. Y algunos otros dragones también habían
adoptado otras formas menos amenazadoras, formas humanas o
elfas, en un esfuerzo por mostrarse corteses con su visitante.
Arygos, sin embargo, no los imitó y mantuvo su forma de dragón.

Kalecgos miró a su alrededor y concluyó que esa cámara no


resultaba muy acogedora para alguien que no fuera un dragón azul.
Así que se concentró y gesticuló con las manos.

Súbitamente, aparecieron dos braseros en una zona de esa caverna.


También aparecieron de la nada decenas de pieles que cubrieron
varios metros de suelo, así como una capa bastante gruesa de piel
que estaba colocada sobre el brazo curvo de una silla hecha de
pellejo y colmillos de mamut. Asimismo, ahora había comida y
bebida en una mesita (filetes de carne, manzanas de cactus y jarras
de espumosa cerveza), y en los muros de piedra se exhibían
diversas cabezas de animales y varias armas: hachas, espadas y
dagas de aspecto vil.

Kalec sonrió. Aunque estaba más acostumbrado a relacionarse con


las razas de la Alianza, era un dragón de mundo y por eso había
decidido crear un ambiente confortable para un miembro de la
Horda en el mismo corazón del territorio de los dragones azules.

225
Christie Golden

Unos instantes después una dragona bronce, que iba escoltada por
cuatro dragones azules, hizo acto de presencia. Volaba bajo, a pesar
de que se hallaba en una caverna muy vasta; pues, al fin y al cabo,
daba cobijo a muchos dragones. Kalecgos la reconoció. Era Tick,
una de las dragonas que patrullaba regularmente la entrada a las
Cavernas del Tiempo. Que una dragona bronce tan notable
estuviera dispuesta a servir como mero medio de transporte para
ese orco era una clara señal de que Thrall era muy importante.

Kalec observó detenidamente a su invitado orco. Iba ataviado con


una túnica marrón muy insulsa e hizo una reverencia cortés a los
dragones allí reunidos. Aun así, cuando se enderezó, se percató,
gracias a la forma en que se encontraba erguido y a la lucidez
serena que se reflejaba en sus ojos azules, de que en el pasado había
sido un líder muy poderoso, reflexivo y considerado. Entonces,
Kalec esbozó una sonrisa afectuosa y se dispuso a hablar.

—Se te ha permitido entrar únicamente porque dos Aspectos te


envían, Thrall —le indicó Arygos antes de que Kalec pudiera
pronunciar una sola palabra—. Te sugiero que digas todo cuanto
tengas que decir con la mayor brevedad y concisión posible. Aquí
no te encuentras entre amigos.

El orco sonrió levemente.

—No esperaba estarlo —replicó—. Estoy aquí porque creo en la


importancia de mi misión. Contaré lo que he de contarles con toda
la brevedad posible, pero es probable que me lleve más tiempo del
que piensan.
—Entonces, empieza—le espetó Arygos.

Thrall respiró hondo e inició su relato; les contó a los dragones que
Ysera le había encomendado una misión, que se había encontrado
con los confusos ancestros, que se había perdido en los senderos
del tiempo, pero que al final se había encontrado a sí mismo y
226
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

también a Nozdormu. A pesar de la brusquedad con la que lo había


tratado Arygos, el resto de dragones lo escucharon con suma
atención. Esos dragones encamaban la magia y el intelecto. El
conocimiento era un manjar para ellos, aunque su portador fuera un
orco.

—Nozdormu cree que todos estos acontecimientos... todas estas


tragedias... que han asolado a los vuelos de dragón, están
relacionados —concluyó Thrall—. Sospecha que el vuelo de
dragón infinito está detrás de todo esto y, en estos momentos, está
recopilando más información para poder presentarse más adelante
ante ustedes. Me ordenó que diera con la Protectora y la
convenciera de que debía acompañarme al Nexo, pero... ha sufrido
una terrible pérdida y se encuentra aún tremendamente
conmocionada. Por último, Tick ha accedido amablemente a
traerme hasta aquí. Esto es todo lo que sé, pero si quieren
preguntarme cualquier cosa al respecto les contestaré lo mejor que
pueda. Estoy más que dispuesto a ayudar.

Kalec miraba fijamente al orco; se encontraba estupefacto ante esas


revelaciones.

—Son unas noticias... asombrosas —afirmó, a la vez que veía su


propia aprensión y preocupación reflejada en los semblantes de
muchos de los demás dragones azules.

Pero no en todos ellos. Arygos y su camarilla parecían no sentirse


afectados por aquellas estremecedoras noticias.

—Con todo respeto a Ysera, tiene mucho en qué pensar tras pasarse
miles de años residiendo casi por entero en el Sueño Esmeralda. En
más de una ocasión, ha admitido que sigue... confusa, que no sabe
distinguir entre la realidad, el sueño y su propia imaginación. En lo
que a Nozdormu respecta, has dicho que había sido... quedado

227
Christie Golden

atrapado en sus propios senderos del tiempo, ¿verdad? Y que lo


ayudaste a escapar, ¿no? Por favor, explícanos cómo lo hiciste.

Si bien a Thrall se le oscurecieron levemente las mejillas, ya que el


escepticismo de Arygos lo enfureció, se mantuvo impertérrito y,
cuando decidió hablar, lo hizo con suma calma.

—Entiendo tus dudas, Arygos. Yo mismo albergo muchas. Pero,


según parece, Ysera tenía razón. Por el momento, he prestado mí
ayuda de forma muy eficaz a un par de vuelos de dragón... aunque
he fracasado con Alexstrasza. Si estás sugiriendo que Nozdormu se
encuentra sumido en una honda confusión por lo que ha vivido
recientemente en los senderos del tiempo, te conmino a que
preguntes a Tick qué piensa al respecto. En mi opinión, Nozdormu
piensa con suma claridad Por otro lado, te preguntas cómo es
posible que yo, un mero orco, fuera capaz de rescatar al Atemporal.
Oh, pues fue muy simple.

Ese último comentario despertó una oleada de murmullos furiosos


entre los ofendidos dragones. Entonces, Thrall alzó una mano.

—No quiero menospreciar a nadie cuando digo que fue muy


«simple». No hay que confundir «simple» con «sencillo». He
aprendido que las cosas que pueden parecer más simples son a
menudo las más poderosas. Al fin y al cabo, son las más
importantes. En el caso de Nozdormu... para poder liberar a alguien
que se hallaba atrapado en todos los momentos del tiempo, tuve
que aprender a estar en realidad en un solo momento... en «el»
momento.

De inmediato, Arygos mostró su desaprobación de forma aún más


diáfana.

—¡Cualquiera puede hacer eso!

228
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Cualquiera puede —admitió Thrall al instante—. Pero nadie lo


ha hecho. Estar en el momento es una idea muy simple... pero tuve
que dar con ella por mí mismo y aprender a llevarla a cabo yo
solo— entonces, sonrió humildemente al comprobar que en
algunos de esos dragones la ira daba paso a la reflexión—. Si bien
era una lección muy simple, aprenderla no lo fue tanto. Y lo que
uno mejor puede enseñar es lo que ha aprendido por sí mismo. Si
he podido ayudar a dos Aspectos... quizá también pueda ayudarlos
a ustedes.
—Ahora mismo, nuestro vuelo carece de un Aspecto —aseveró
Arygos—. Además, es un problema que nunca antes se nos había
presentado y ante el que estamos perplejos, por lo que dudo mucho
que puedas sernos de ayuda.
—Para mí también resulta algo nuevo y complejo. En ese sentido,
nos encontramos a la par.

Los dragones azules ahí congregados se rieron a mandíbula


batiente, incluso aquéllos que estaban aliados con Arygos.

—Orco, no olvides que estás aquí en calidad de invitado de nuestro


vuelo —afirmó Arygos, con un tono de voz un tanto amenazante—
. Más te vale no burlarte de nosotros.

Kalec profirió un suspiro; antes de sumirse en la locura, Malygos


había sido conocido por un gran sentido del humor y su tremenda
alegría, dos cualidades de las que, al parecer, su hijo carecía.

—Arygos no se burla de nadie; simplemente, expone una idea muy


seria de un modo jocoso. Vivimos tiempos inciertos. Estamos
abriendo nuevos caminos, haciendo historia como ni siquiera los
Aspectos han hecho jamás. Thrall se ha presentado aquí con el
apoyo de dos Aspectos. ¿Qué puede haber de malo en dejar que
exprese su opinión? —preguntó retóricamente Kalec, extendiendo
los brazos—. No es uno de nosotros y es perfectamente consciente
de ello. Por tanto, su opinión sólo puede influenciamos en la
229
Christie Golden

medida que nosotros queramos. Quizá él vea cosas que a nosotros


se nos han pasado por alto. Creo que sería un grave error no dejar
que se quede a observar para que luego pueda expresar su punto de
vista.

Arygos se estremeció y alzó con orgullo la cabeza. Acto seguido,


bajó la vista para contemplar arrogantemente a la diminuta forma
semielfa que se encontraba allá abajo.

—Si pudieras, proporcionarías a todos los miembros de las razas


inferiores un suave lecho y grandes cantidades de comida —replicó
a modo de burla.

Kalec sonrió con delicadeza.

—No sé qué puede haber de malo en esa forma de pensar. Sólo es


un orco. No me puedo creer que le tengas tanto miedo.

Ese último comentario fue la gota que colmó el vaso. Arygos


golpeó fuertemente el suelo con su cola, presa de la cólera, y todos
aquéllos que compartían su forma de ver las cosas se sintieron
ofendidos también.

—¡¿Cómo te atreves a insinuar que temo a ese miserable orco


cuando podría aplastarlo con una sola de mis garras?!
—Entonces, si se queda, no debería haber ningún problema,
¿verdad? —replicó Kalec sin perder la sonrisa.

Arygos se quedó petrificado de repente. Entornó tanto los ojos que


parecían únicamente dos estrechas ranuras y se quedó mirando
fijamente a Kalecgos durante largo rato.

—No temo para nada a ese ser inferior. No obstante, lo que estamos
debatiendo aquí tendrá profundas consecuencias para el vuelo de

230
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

dragón azul. No sé si es apropiado que un ser inferior sea testigo de


todo esto y mucho menos que participe en este debate.

Kalec se cruzó de brazos y miró fijamente de manera escrutadora


durante un largo rato al orco. Por alguna extraña razón, intuía que
Thrall debía estar presente. Y por algo más que el mero respeto que
todo dragón debía de tener a la opinión de un Aspecto (en el caso
de Thrall, se trataba de la opinión de dos Aspectos). Si el mundo se
enfrentaba de verdad a ese tremendo peligro que Nozdormu había
entrevisto, los azules no se podían permitir el lujo de ignorar
ningún buen consejo, con independencia de quién lo diera.
Asimismo, no podían permitirse el lujo de aislarse del resto del
mundo llevados por una falsa sensación de superioridad cuyo
origen era la ignorancia y la arrogancia. A continuación, posó su
penetrante mirada sobre Tick y alzó una ceja de manera inquisitiva.
La dragona bronce le sostuvo la mirada. En esos ojos, Kalec pudo
ver que reinaba la misma certeza inquebrantable que se reflejaba
en los suyos.

Entonces, tomó una decisión. Era un riesgo calculado, pero era


[plenamente consciente de que tenía que tomar esa decisión.

—Si Thrall no se queda —dijo con suma calma—, yo me voy.

Al instante, se escucharon murmullos de descontento. Y, si bien


Arygos no pronunció palabra, su cola se retorció furiosamente.

—Honré y respeté a tu padre, a Malygos... tanto por ser quién era


como por el Aspecto que encamaba. Pero tomó muchas decisiones
erróneas... con consecuencias nefastas no sólo para otros, sino para
nosotros mismos. Quizá sea verdad que nosotros también hemos
escogido el sendero incorrecto. No obstante, mientras aún me
quede aliento, mientras aún albergue un hálito de vida en mi
cuerpo, no recorreré ese sendero a sabiendas. Thrall debería
quedarse aquí; ha hecho ya casi tanto por los vuelos de dragón
231
Christie Golden

como la mayoría de dragones. Lo repito: si él se va, yo me voy. Y


no seré el único.

No era una amenaza baladí. Si Arygos pretendía forzar que se


produjera una división en el vuelo, ése era el momento y el lugar
para hacerlo. Kalecgos no se marcharía solo del Nexo. Pero Arygos
no podía permitirse el lujo de que eso ocurriera, pues sobre el futuro
del vuelo planeaba la sombra de una gran incertidumbre.

Arygos permaneció callado varios segundos. Acto seguido, se


acercó a Thrall con gran celeridad y agachó la cabeza hasta que ésta
se encontró a sólo unos centímetros del orco.

—Recuerda que estás aquí en calidad de invitado —lo advirtió :


Arygos con una voz atronadora, repitiendo las palabras que había
pronunciado antes—. Te comportarás de manera respetuosa y
cortés y obedecerás nuestros deseos.
—Soy un embajador —replicó Thrall—. Sé qué he de hacer. En su
día, traté con muchos embajadores, Arygos. Yo sé perfectamente
en qué consisten el respeto y la cortesía.

Dio la impresión de que el orco enfatizaba especialmente la palabra


«yo». Las fosas nasales de Arygos se hincharon y, a continuación,
se volvió hacia la dragona bronce.

—Tick, ya no es necesario que sigas aquí. Thrall pasa a ser ahora


nuestra responsabilidad.

Esas palabras parecieron molestar ligeramente a Tick quien, acto


seguido, hizo una reverencia tan profunda que ralló la insolencia.

—Entonces, regresaré con mi vuelo. Cuida bien de él, Arygos.

Tras observarla marchar, Arygos se giró hacia los dragones azules


allí reunidos.
232
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Tengo entendido que quizá contemos con nueva información


sobre cómo... llevar a cabo este... ritual —aseveró—. Escuchemos
a los magos que acaban de regresar.

*******

Al final, resultó que los recién llegados tenían muy poca


información nueva que revelar. Como suele pasar con los eruditos
que se centran excesivamente en las nimiedades de lo arcano, se
hallaban muy emocionados por haber descubierto unos cuantos
detalles que podían arrojar algo de luz sobre el proceso de
designación de un nuevo Aspecto, pero no explicaron nada que
fuera relevante. Tras varias discusiones y acalorados debates (uno
de los cuales acabó a gritos; además, poco faltó para que uno de los
seguidores de Kalec fuera agredido), se alcanzó un acuerdo:
proseguirían las investigaciones por si cabía la posibilidad de que
descubrieran algo nuevo.

Thrall permaneció sentado en silencio en la pequeña área que tenía


reservada, donde comió y bebió, escuchó y observó. No dijo casi
nada; sólo habló una vez para pedir que le clarificasen una cosa. El
resto del tiempo se limitó a observar, recostado y con los brazos
cruzados sobre su amplio pecho.

Cuando acabó la reunión, los dragones no se marcharon de


inmediato, sino que muchos se dedicaron mirar de soslayo al orco.
No obstante, al final, la mayoría de los dragones azules se fueron.
Arygos fue el último en partir. Se detuvo en la salida de la caverna,
alzó la cabeza y giró el cuello hacia atrás para lanzarle al orco una
mirada iracunda sin mediar palabra. Thrall no se acobardó ante esa
mirada teñida de furia. Entonces, Arygos entornó los ojos, se volvió
y se marchó.

233
Christie Golden

Kalecgos suspiró de alivio, conjuró otra silla rudimentaria más y se


sentó de golpe en ella. Se apoyó con los codos sobre la mesa y se
frotó los ojos, presa de un gran cansancio.

—He notado que ha habido un poco de tensión en la reunión —


comentó Thrall irónicamente.

Kalec se rió. Acto seguido, hizo un gesto con la mano y conjuró


una copa de vino a la que dio un sorbo.

—Me temo que te quedas muy corto en tu apreciación, amigo


Thrall. Sólo esta tarde, he tenido la sensación de que se iba a
producir un estallido de violencia de un momento a otro en tres
ocasiones distintas. Tal vez tu presencia aquí haya obligado a
Arygos a mantener las formas. Después de lo que le sucedió a su
padre, estoy seguro de que no habrá querido dar la impresión de
que posee un temperamento muy voluble ante alguien que viene
recomendado por dos Aspectos. Sólo por eso, algún día, pienso
invitarte a una copa en alguna taberna cuando menos te lo esperes.

Kalec sonrió de oreja a oreja, y la chispa del júbilo se asomó a sus


ojos. Thrall le devolvió la sonrisa. Le caía bien Kalec. El joven
dragón azul parecía hallarse bastante a gusto con la forma semielfa
que había adoptado. El orco se dio cuenta de que le recordaba a
Desharin, lo cual provocó que lo invadiera un poco la amargura y
la sonrisa se le borrara de la cara.

Kalec se percató de ello.

—¿Algo va mal?
—En el transcurso de esta misión, me encontré con otro dragón que
se parecía mucho a ti. Se llamaba Desharin. Era...
—Un dragón verde —finalizó la frase Kalec, con una mirada
sombría—. Te has referido a él en pasado.

234
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall asintió.

—Me ayudó en mi misión. Me llevó hasta las Cavernas del


Tiempo- Fue ahí donde lo mató un asesino que nos tendió una
emboscada justo cuando nos sumíamos en un estado de meditación.

El orco no pudo evitar que la furia tiñera su tono de voz. Kalec


asintió y dijo:

—Un método efectivo de matar... pero también una manera muy


cobarde de luchar.

Thrall permaneció callado un momento.

—Sí —replicó—. Descubrí la identidad de ese asesino en el último


sendero del tiempo en que quedé atrapado. Con casi toda seguridad
no te sonará de nada el nombre de Aedelas Lodonegro, de lo cual
me alegro. Por fortuna, en este sendero del tiempo no llegó a nada.
Fue quien me encontró cuando era un bebé y me entrenó para que
fuera un gladiador. Su meta era convertirme en el líder de un
ejército de orcos que derrotara a la Alianza.
—Fracasó, obviamente —apostilló Kalec.
—En este sendero, sí. Pero, en ese otro... yo morí siendo aún un
bebé, y Lodonegro acabó convirtiéndose en el líder de ese ejército.
—Un escenario escalofriante —señaló Kalec— pero, por lo que me
has contado, te atacó fuera de los senderos del tiempo. ¿Cómo...?
—entonces, abrió los ojos como platos al darse cuenta súbitamente
de la respuesta—. El vuelo infinito de dragón debió de sacarlo de
su sendero para que te persiguiera.

Thrall asintió.

—Resulta... perturbador que sean capaces de hacer algo así —


prosiguió diciendo el dragón azul.

235
Christie Golden

—Todo cuanto he aprendido desde que inicié esta misión resulta


perturbador —afirmó Thrall quien, a continuación, posó la mirada
sobre su jarra—. Menos una cosa: he aprendido que la cerveza
conjurada sabe deliciosa.

A continuación, brindó por su anfitrión con una leve sonrisa.

Kalecgos echó la cabeza hacia atrás y se desternilló de risa.

*******

Esa noche ambas lunas estaban casi llenas, lo cual era un fenómeno
natural inevitable. Arygos no podía esperar otra noche más para
hacer lo que debía hacer. Como dragón azul que era, no sentía el
frío mientras sus alas lo llevaban volando a través de la gélida
noche, que era tan clara que las estrellas parecían esquirlas de hielo
en el cielo.

Viró de dirección a menudo para cerciorarse al máximo de que


nadie lo seguía. Voló en dirección este, batiendo con gran rapidez
sus alas. El paisaje escabroso de Gelidar dio paso a unos parajes
más cálidos, donde charcos de agua hirviendo, que provenían del
mismo corazón de Azeroth, burbujeaban y siseaban. Dejó atrás
géiseres, manantiales de vapor y planicies aluviales... pero los
ignoró, pues estaba obsesionado con alcanzar su destino.

Entonces, las agujas del Templo del Reposo del Dragón


aparecieron bajo la luz de las lunas con un aspecto fantasmagórico.
A pesar de que se encontraban muy dañadas, no estaban
deshabitadas. Unas sombras (de color negro, púrpura e índigo)
merodeaban de aquí para allá lentamente mientras otras dormían
en diversos recovecos del templo. Dos se encontraban tirados en el
suelo de mosaico del nivel superior, totalmente repanchingados,
como si fueran unos lagartos con alas gigantes.

236
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

De repente, lo divisaron.

De inmediato, varios dragones crepusculares, que habían sido


designados para vigilar el templo, se apartaron de su ruta de
patrulla habitual y se dirigieron directamente hacia Arygos.
Entonces, se escuchó una voz que parecía provenir de todas partes
y de ninguna al mismo tiempo.

—Arygos, hijo de Malygos —oyó decir a una voz que le resultaba


muy familiar; era la misma voz que se había mofado de Alexstrasza
y el resto de los dragones en ese funesto día en que había caído el
templo.
—Sí, ése soy yo —gritó Arygos a modo de respuesta.

Acto seguido, aterrizó en el nivel superior e hizo una reverencia


con suma humildad ante el Padre Crepuscular.

237
Christie Golden

14

Kirygosa había estado durmiendo, hecha un ovillo, soñando con


unos sueños erráticos y alarmantes. En cuanto escuchó la voz de su
hermano, pensó durante un momento que se encontraba sufriendo
otra pesadilla. Esta vez, y no por vez primera, descubrió que la
realidad era peor que sus sueños.

Se incorporó hasta donde la cadena, que llevaba atada al cuello y


que estaba enganchada al suelo, se lo permitió, alzó la cabeza,
observó cómo su hermano Arygos hacía una reverencia a ese
bastardo que había atacado a todos los vuelos de dragón y cerró los
puños con fuerza.

Arygos alzó la cabeza y posó la mirada sobre su hermana.

—Kirygosa, es todo un placer... y una sorpresa... ver que todavía


sigues viva —le dijo.
—Si pudiera adoptar mi verdadera forma, te arrancaría los ojos —
le espetó.
—Calma, calma —los interrumpió el Padre Crepuscular, con un
tono burlón—. Me entristece ver cómo discuten dos hermanos.

238
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Kiry apretó los dientes de rabia. Era Arygos quien la había


traicionado, quien la había arrojado en manos de aquel... aquel...
¿Cómo podía haber sido tan ingenua? Conocía a su hermano de
toda la vida. Sabía que había idolatrado a su padre. Y, aun así,
cuando se le había acercado a hablar en privado una noche para
contarle que había cambiado de opinión respecto a su padre, para
pedirle ayuda, ella se la había dado.

«Ven conmigo», le había pedido. «Tú y yo... seguro que seremos


capaces de urdir un plan. Amo a papá, Kiry. Me da igual lo que
haya hecho. Podremos hallar una forma de poner punto y final a
esta guerra sin matarlo».

A esas alturas del conflicto, muchos habían perecido; entre los


muchos muertos se encontraba su madre, Saragosa, que había
escogido apoyar a Malygos. Su muerte les había dolido a todos
muchísimo. Y era lo que había convencido definitivamente a Kiry
de que había que detener a Malygos.

«¿De verdad piensas así?», había preguntado Kiry, quien deseaba


tanto creer que su hermano hablaba en serio.
«Sí. Ahora entiendo que tenías razón. Ya he hablado con Kalec y
nos está esperando. Vayamos con él y ya veremos qué se nos
ocurre. Quizá la Protectora nos escuche si le presentamos un buen
plan.»

Lo había acompañado, voluntariamente y con plena confianza en


él, con el corazón henchido de esperanza y amor por su hermano,
con el futuro en su vientre. Y, al final, había entregado a ella y a
sus hijos aún no nacidos, como si fueran unos meros trofeos de
caza, al Padre Crepuscular.

Ahora, tenía un nudo en la garganta y las palabras se le acumulaban


ahí de tal manera que ni siquiera era capaz de hablar. ¿Qué clase
de poder te ha concedido? ¿Qué clase de mentiras te ha
239
Christie Golden

prometido? ¿Sabías lo que iba a hacerme? ¿Acaso has tenido un


solo momento de vacilación a la hora de participar en sus planes?

Pero no iba a darle esa satisfacción. Así que se tragó esas palabras
teñidas de amargura.

Tras dirigirse a su hermana y asegurarse de que el Padre


Crepuscular seguía contento y satisfecho con su prisionera, Arygos
centró toda su atención en su amo.

—¿Cómo van las discusiones? —inquirió el Padre Crepuscular—.


Cuanto antes puedas determinar los próximos pasos que debemos
dar, mejor para todos.
—La situación es... bastante incómoda —confesó Arygos—
Ninguno de nosotros sabe cómo proceder a ciencia cierta. Es una
situación que nunca antes se había dado.

El tono de voz del dragón azul transmitía inseguridad; Kirygosa


nunca antes había visto a su hermano tan vacilante. Quiere que lo
reconforte, se percató. Quiere que le diga que ha obrado bien,
quiere que este monstruo le diga que se siente satisfecho con su
labor. Sintió náuseas de sólo pensarlo, pero decidió que era mejor
permanecer callada. Lo que estaba descubriendo podría serle útil a
Kalecgos... si daba con la manera de liberarse de sus ataduras y
huir.

—Me aseguraste que te ocuparías de todo... que lograrías que tu


vuelo te eligiera como su nuevo Aspecto —le recordó el Padre
Crepuscular—. ¿Cómo si no vas a entregármelos en bandeja tal y
como me prometiste?
—Estoy seguro de que seré elegido, aunque todavía no sé cómo lo
conseguiré —respondió Arygos con suma rapidez.
Por supuesto, pensó Kirygosa. Tras la muerte de su padre, el único
vuelo que carecía de un Aspecto era el vuelo azul. Pero ¿cómo iban
a elegir a otro? ¿Acaso eso era posible? Los titanes habían sido
240
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

quienes habían designado a los Aspectos. ¿Acaso unos seres


inferiores podrían designar a uno nuevo?
—Te necesitamos. Nuestro campeón debe ser despertado y
debemos contar con un ejército si queremos derrotar a los vuelos.
—¡Te juro que los derrotaremos! —exclamó Arygos, embargado
por la emoción—. Los venceremos y destruiremos su mundo.
¡Todos perecerán cuando caiga el Martillo Crepuscular!

Hablaba de un ejército, de un ejército del que iba a formar parte el


vuelo azul.

Kirygosa cerró los ojos y contuvo sus lágrimas. Arygos había


perdido el juicio, tal y como le había sucedido a su padre tiempo
atrás.

—Se los entregaré en bandeja. Chromatus vivirá.

Los ojos de su hermano brillaron en la oscuridad y la tensión se


apoderó de él debido a la exaltación.

El Padre Crepuscular sonrió.

—Contarás con su energía y la mía para llevar a cabo tu plan, padre


Crepuscular. Pero... tendré que quedarme con esas energías
temporalmente antes de poder traspasártelas.
—¿Cómo...?

El Padre Crepuscular se había percatado, al igual que Kiry, de que


las palabras de Arygos estaban teñidas de incertidumbre. La
esperanza volvió a brotar en el dolido corazón de la dragona. El
plan de aquellos dos traidores no se estaba desarrollando tan bien
como esperaban.

—El orco del que me advertiste se ha presentado, tal y como


temías.
241
Christie Golden

¡Thrall! Entre las sombras, Kirygosa volvió la cabeza para que no


la vieran, pues no pudo evitar esbozar una sonrisa.

El Padre Crepuscular lanzó un juramento.

—Esa noticia no va a agradar a nuestro amo —aseveró—. Me


aseguraron que Lodonegro detendría a Thrall. En fin... y ahora
explícame hasta qué punto ese orco ha arruinado nuestros planes...
y por qué no lo has matado tú mismo.

Esas palabras molestaron a Arygos.

—Lo intenté, pero Kalecgos lo impidió; además, nos


encontrábamos en una reunión, ante miles de testigos.
—¡Thrall es sólo un orco! —exclamó el Padre Crepuscular—.
¡Podrías haberlo asesinado con suma facilidad antes de que alguien
siquiera se hubiera atrevido a objetar algo al respecto!
—¡Se presentó ante nosotros respaldado por dos Aspectos! No
podía despacharlo sin despertar sospechas o enemistarme con
muchos miembros de mi vuelo... ¡y he de contar con todos si quiero
convertirme en su Aspecto!
—¿Acaso he de llevarte de la mano en este asunto como a un crío,
Arygos? —le espetó el Padre Crepuscular al poderoso dragón azul,
quien se sintió avergonzado ante esas críticas—. ¡Haz que parezca
un accidente!
—Eso es muy fácil de decir para ti que te encuentras aquí muy
seguro, para ti que no tienes un millar de ojos observándote, a la
espera de que muestres alguna flaqueza para poder atacarte —
replicó Arygos iracundo—. ¡Es muy fácil decir que «parezca un
accidente» cuando uno no es el centro de todas las miradas! ¡Si algo
sucede, seré el centro de todas las sospechas!
—¿Acaso crees que no sé actuar con sigilo, que no domino el arte
del engaño, que no sé ocultar mis verdaderas intenciones al resto
del mundo? —preguntó retóricamente el Padre Crepuscular,
echando la cabeza hacia atrás y estallando en carcajadas—. Me
242
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

muevo entre los que son como yo como tú te mueves entre los tuyos
y nadie, absolutamente nadie, conoce mis verdaderos planes. Es un
arte que aún debes aprender a dominar, joven dragón azul.
—¡Kalec aún tiene demasiados seguidores como para poder
permitirme el lujo de que alguien se pregunte por qué he insistido
tanto en que un mero orco muera!
—¡No se trata de un mero orco! —replicó el Padre Crepuscular—.
¿No lo entiendes? ¡Thrall te destruirá si no lo destruyes primero!
Además, ¡tanto yo como Lord Alamuerte deseamos que muera!
¿Acaso vas a atreverte a desafiar la voluntad de nuestro amo,
simplemente, porque temes que tus congéneres te acusen de
traición? ¡Creo que temes a quien no debes!
—Kalec lo ha acogido bajo su protección —masculló Arygos, con
la cabeza gacha—. No puedo hacer nada. Aunque, al menos, sé
dónde está. Puedo vigilarlo. Quizá se presente una oportunidad de
acabar con él. No obstante, pronto todo esto importará más bien
poco, porque me habré convertido en el nuevo Aspecto. Entonces,
podré hacer lo que me plazca.
—¿Lo has visto?

Dio la impresión de que el Padre Crepuscular quería cambiar de


tema al plantear esa pregunta, lo cual confundió a ambos dragones
azules; tanto al azul al que iba dirigida la cuestión como al que
estaba espiándolos.

—¿A quién? —preguntó Arygos.


—Vete de aquí —le dijo el Padre Crepuscular, con un tono de voz
repentinamente sereno—. Vuela al noroeste. Contémplalo y luego
regresa. Vete.

Arygos asintió, despegó y se perdió volando en la noche. El Padre


Crepuscular se acercó al borde de la plataforma y lo observó; el frío
transformó su aliento en pequeñas nubes de vaho.

243
Christie Golden

Kirygosa tragó saliva. Ahora ya sabía a quién había ido a


contemplar Arygos.

A Chromatus. El dragón de las múltiples cabezas, el dragón que


nunca debería haber existido. Con ese tipo de ser grotesco se había
aliado su hermano camal. Súbitamente, sintió un cosquilleo al notar
que el Padre Crepuscular había posado su mirada sobre ella.

—Va a morir —aseveró—. He pensado que deberías saberlo.


—¿Te refieres a Arygos? Sí, sin lugar a dudas —replicó la dragona.
—Ahora mismo, no me apetece cruzar la plataforma para torturarte
—afirmó—. Pero ten clara una cosa: Kalec morirá y tú también.
Nadie podrá detener a Chromatus y a Alamuerte. Incluso, ahora
mismo, el mundo grita de dolor, pues Alamuerte lo está torturando.
—En efecto, quizá Kalec muera—admitió Kirygosa—. Y tal vez
yo también. Pero alguien detendrá a Alamuerte y a esa aberración
que su hijo creó.

Kiry estaba tremendamente orgullosa de Kalec. No sabía si éste


sospechaba ya que Arygos los había traicionado o si simplemente
protegía a Thrall de todo aquél que quisiera hacerle daño por
cualquier razón. Sin duda alguna, había muchos miembros del
vuelo azul ante los que era conveniente extremar la cautela.

Entonces, agarró con una mano esa engañosamente vulgar cadena


que la mantenía prisionera. Y se llevó la otra al abdomen. Una
oleada de tormento y tristeza la invadió. Dejó que se apoderará de
hasta la última fibra de su ser, mientras respiraba con calma. A
pesar de las torturas sufridas, aún no habían doblegado su espíritu.
Y ahora no iba a flaquear, por muy aterradora que fuera la
perspectiva de tener que luchar tanto con Chromatus y sus
múltiples cabezas como con el propio Alamuerte. No cuando la
esperanza parecía renacer.

244
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Poco después, se escuchó un aleteo que quebró la quietud de la


noche y, acto seguido, un Arygos tremendamente cabizbajo hizo
acto de presencia. El Padre Crepuscular lo observó detenidamente.

—Harás lo que prometiste —le dijo el Padre Crepuscular con un


hilo de voz.

Al instante, el gran dragón azul, que se encontraba ante él, tembló.

*******

—Háblame más de ese fenómeno celestial —le pidió Thrall.


—Como todo el mundo sabe, Azeroth tiene dos lunas —le explicó
Kalec—. Diversas culturas les han dado distintos nombres, pero
normalmente suelen ser nombres de madre e hija, ya que la luna
blanca es bastante más grande que la azul.

Thrall asintió.

—Mi pueblo las llama la Dama Blanca y la Niña Azul —afirmó el


orco.
—Exactamente. Este fenómeno consiste en que las dos se
encontrarán perfectamente alineadas. A menudo, se ha
denominado a este evento el Abrazo ya que, cuando sucede, da la
sensación de que la luna blanca, la Madre, abraza a la luna azul, la
Niña. Es un acontecimiento que sucede muy rara vez; una vez cada
cuatrocientos treinta años aproximadamente. Yo nunca lo he visto.
Y, en esta ocasión, me encantaría poder centrarme en apreciar ese
fenómeno, pero no creo que ¡pueda porque, cuando se dé, va a
haber mucho en juego.
—¿Estás de acuerdo con aquéllos que opinan que ésta es la forma
de hacer las cosas? —inquirió Thrall—. ¿Con aquéllos que creen
que este fenómeno va a permitir invocar el poder de un Aspecto?
—Según cuenta la leyenda, estas lunas se encontraban en
conjunción cuando los titanes crearon a los primeros Aspectos —
245
Christie Golden

respondió Kalecgos—. En cualquier caso, no creo que vaya a haber


un momento mejor para que nuestro vuelo designe como Aspecto
a un dragón normal.
—¿De verdad crees que va a suceder algo realmente destacable?

Kalec profirió un suspiro y se pasó la mano por el pelo.

—Hay tantas cosas que no sabemos. Sea como fuere, tendremos un


Aspecto, Thrall, y si para ello se requiere que lo designemos por
votación así será.

Thrall asintió.

—Es como si todo esto fuera... el final de una gran pieza musical
—dijo el orco, mientras intentaba hallar las palabras correctas para
expresar su idea—. Un Aspecto es un ser tan poderoso... y ustedes,
los dragones azules, son los guardianes de la magia, los centinelas
de todo lo deslumbrante e imaginativo. Y, si no queda más remedio
que solucionar este dilema votando...

Thrall no acabó de expresar sus pensamientos. Tampoco tenía por


qué hacerlo.

Kalec replicó con suma calma.

—He de confesar que no ambiciono el liderazgo, Thrall, pero


también he de señalar que, si Arygos se convierte en el Aspecto
azul, temo por mi vuelo y por este mundo.

Thrall sonrió.

—No todos los que llegan a ser líderes ambicionan el poder que
conlleva ese puesto —afirmó—. Yo no quería ese poder. Pero sí
ansiaba ayudar a mi pueblo, sí quería liberarlo, sí quería darle un

246
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

hogar, sí quería protegerlos para que nuestra cultura y civilización


floreciesen.

Kalec lo miró inquisitivamente.

—Por lo que se cuenta, lograste alcanzar todas tus metas. Incluso


algunos miembros de la Alianza hablan bien de ti. Se podría decir
que tu pueblo te necesita ahora más que nunca, pues el mundo se
encuentra en un estado de agitación y turbación nunca antes visto.
Pero aquí estás, como un humilde chamán.
—En el pasado, tuve otra misión en la vida —replicó Thrall—.
Como bien dices... eran tiempos difíciles para todo el mundo en
general y para mi pueblo en particular. Quería ayudar a mi mundo
y eso hice. Ahora, debido a un muy, pero que muy extraño giro del
destino, me encuentro aquí ayudando de nuevo a mi mundo. En
compañía de dragones azules que están a punto de decidir quién de
ellos va a ser el próximo Aspecto. Es una tremenda
responsabilidad, Kalec, pero por lo poco que he visto creo que eres
el mejor candidato. Sólo espero que el resto del vuelo se muestre
de acuerdo.
—No me presentaría si hubiera otra salida —aseguró Kalec—. En
cierto sentido, no sé qué esperar. No sé si acabaré siendo un
Aspecto sólo de nombre o un Aspecto con todos los poderes que
uno de ellos debería tener. Me resultaría muy difícil transformarme
en un ser tan distinto al que soy ahora. Es algo que nunca me había
parado a pensar. Lo cierto es que no hay precedentes. Es... una gran
responsabilidad.

Thrall observó a Kalec con sumo detenimiento mientras éste


hablaba y creyó entenderlo.

Kalec tenía... miedo.

247
Christie Golden

—Crees que, si al final ese fenómeno invoca a las energías de los


Aspectos, dejarás de ser quien eres —dijo Thrall. Era una
aseveración, no una pregunta.

Kalec asintió en silencio.

—Desde el punto de vista de casi todos los seres que habitan este
mundo, ya soy un ser muy poderoso. Siempre he sido así y, por
tanto, me resulta fácil asumir la responsabilidad que conlleva ese
poder. Pero... ¿seré capaz de asimilar la que conlleva ser un
Aspecto?

Por un momento, apartó la vista hacia un lado y su mirada se perdió


en la nada.

—Thrall… un Aspecto es algo más que un mero dragón con


poderes extraordinarios. Es algo más... es... —en ese instante
vaciló, pues no hallaba las palabras adecuadas—. Cambiaré. No me
quedará más remedio. Tengo miedo porque... dos de ellos han
acabado volviéndose locos. Alexstrasza también ha caminado
sobre la delgada línea de la locura y Nozdormu ha estado a punto
de perderse en su propio reino del tiempo. ¿En qué modo cambiaré
cuando me transforme en un Aspecto?

Tenía derecho a sentirse asustado. Thrall se había enfrentado a las


mismas dudas y temores el día en que Orgrim Martillo Maldito
cayó y lo nombró su sucesor. Él no había pedido asumir el mando
de jefe de guerra, pero había tenido que asumir esa responsabilidad.
Había dejado de ser quien era, había dejado de ser sólo Thrall, el
hijo de Durotan y Draka. Se había convertido en el jefe de guerra.
Y, durante años, había llevado esa pesada carga sobre sus hombros.
Se había convertido (tal y como Aggra había señalado con su
irritante y encantadora franqueza) en un «esclavo» de la Horda.

248
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Kalec, sin embargo, nunca podría renunciar a ser un Aspecto una


vez hubiera asumido esa responsabilidad. Podría seguir siendo
Kalecgos, el Aspecto de dragón azul, pero nunca volvería ser Kalec
a secas. ¿En qué medida eso lo cambiaría?

—Ésa es una cuestión muy importante, amigo mío —replicó Thrall


en voz baja—. No sabes en qué medida te afectará. Pero ni siquiera
los dragones pueden predecir el futuro. Sólo puedes tomar tus
decisiones en base a lo que sabes. En base a lo que tu corazón, tu
mente y tu intuición te dicen que es correcto. No debes plantearte
la cuestión de que en qué medida te cambiará, pues ya te has hecho
la pregunta correcta.
—¿La de qué será de mi pueblo si Arygos se convierte en un
Aspecto? —inquirió Kalec.

Thrall asintió.

—¿Lo ves? Ya sabes cuál es la pregunta que debes hacerte, aunque


el problema estriba en que ahora no sabes la respuesta con certeza
absoluta. No obstante, sí dispones de bastante información como
para saber que vas a optar por aceptar la responsabilidad de ser un
Aspecto con el fin de poder evitar que Arygos sea el líder del vuelo.

Kalec permaneció un rato en silencio.

—Arygos argumenta que tiene derecho a ser un Aspecto en virtud


de su estirpe—afirmó, al fin—. Pero no entiende que todo nuestro
vuelo, toda nuestra raza debería ser una sola familia. Deberíamos
unimos. Sin embargo, Arygos tiene una opinión muy distinta al
respecto que nos impedirá alcanzar ese fin... en realidad, ese tipo
de mentalidad siempre ha sido un obstáculo. Si el vuelo lo designa
como líder, sí, el vuelo azul no se unirá a los demás vuelos e incluso
cada dragón azul será un ente independiente dentro del mismo
vuelo. Pero también acabarán muertos o quizá incluso sufran un

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Christie Golden

destino peor — entonces, esbozó una tenue sonrisa—. Eso es lo


que me dice la cabeza, el corazón y la intuición.
—Entonces, ya has tomado tu decisión.
—Sin embargo, sigo asustado. Y no puedo quitarme esa sensación
de encima. Creo que soy un cobarde.
—No —le aseguró Thrall—. Simplemente, eres muy sabio.

*******

Había llegado el momento.

Thrall se abrigó aún más con esa capa de piel. Se encontraba en una
de las plataformas flotantes superiores del Nexo, desde donde tenía
una vista perfecta que le permitía contemplar todo el cielo abierto.
Algunos dragones, que habían adoptado formas humanoides, se
encontraban junto a él, mientras otros simplemente flotaban en el
aire a la espera. Aquella noche era más gélida de lo normal porque
era muy diáfana; las estrellas relucían con intensidad sobre el telón
de fondo de ébano del firmamento. A Thrall le alegraba que hiciera
una noche tan clara, aunque eso supusiera soportar más frío. Quería
ser testigo de aquel fenómeno tan asombroso e infrecuente; no
obstante, los dragones azules le habían asegurado que, si el cielo
hubiera estado cubierto, aquel espectáculo habría sido igual de
fascinante y bello.

La Dama Blanca y la Niña Azul se hallaban ya muy cerca. El


Abrazo iba a tener lugar muy pronto. Los azules permanecían
callados y prácticamente inmóviles, lo cual sorprendió a Thrall,
pues nunca los había visto así. A pesar de que tenían un fuerte
vínculo con el frío, al orco le daba la impresión de que eran un
vuelo muy activo y brioso. Los bronces eran más reflexivos a la
hora de hablar y actuar; sin duda alguna, eso se debía a que sus
palabras y acciones podían afectar en gran manera a los senderos
del tiempo y ésa era una responsabilidad abrumadora. Los verdes
también eran más serenos, lo cual era normal, ya que habían estado
250
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

milenios durmiendo. Los azules, sin embargo, parecían tan vivos y


repletos de energía como el crepitar y la chispa de la magia que
formaba parte inherente de ellos. Poseían un ingenio muy agudo y
rápido y se movían con gran celeridad y viveza; no obstante, su
temperamento era voluble. Por otro lado, el mero hecho de
contemplar a todos ellos inmóviles en esas plataformas o
simplemente flotando, con sus ojos clavados en el cielo, totalmente
embelesados... lo ponía muy nervioso.

Incluso Kalecgos parecía triste y melancólico. Ahora, al igual que


los demás, había adoptado ya su forma de dragón. Aunque, en un
principio, Thrall se había sentido más cómodo al conversar con
Kalec cuando éste optaba por su forma semielfa, el joven dragón
azul se había ido ganando su aprecio, de modo que ahora Kalec era
simplemente Kalec para él, sin que importara la forma que eligiera
asumir. Thrall se aproximó a él y posó una mano sobre la parte
inferior de una de las patas delanteras del poderoso dragón, ya que
no llegaba más alto, con intención de reconfortarlo. Era el
equivalente a un apretón cariñoso en el hombro. Kalec miró hacia
abajo y entornó los ojos al esbozar una sonrisa de agradecimiento.
Acto seguido, alzó su descomunal cabeza azul para poder observar
el fenómeno celestial.

Thrall meditó sobre lo que estaba viendo y en lo metafórico que


resultaba el Abrazo, que representaba el amor de una madre por su
hija. Pensó en Malygos. Por todo lo que había observado y
escuchado, antes de que lo dominara la locura, Malygos había sido
un dragón tan alegre y generoso como Kalec. Lo que Alamuerte les
había hecho... a él, a los dragones azules, a todos los vuelos de
dragón, al mundo entero... Thrall negó con la cabeza, presa de una
suma tristeza, al pensar en el funesto destino que había llevado a
que la celebración de este evento se convirtiera en una necesidad
perentoria.

251
Christie Golden

La Niña se acercaba ahora a la Madre. Thrall sonrió levemente, a


pesar de que se encontraba temblando por culpa de aquel brutal
frío. Un abrazo. Un momento para detenerse a pensar en el amor,
la magia y en que los dos no eran tan distintos.

Ya era demasiado tarde para convencer a nadie, para exponer un


razonado argumento sobre por qué Arygos era muy peligroso y
Kalec era una mejor opción. Todo lo que se podía decir ya había
sido dicho. Cada dragón era un individuo independiente. Cada
dragón escogería la opción que creyera correcta. En ese instante,
Thrall pensó en Nozdormu y en la naturaleza misma del tiempo y
en cómo esa decisión que se iba a tomar ahí ya había sido tomada.
Ya no tenía sentido albergar más esperanzas o temores.

Sólo existía ese momento. En el que se encontraba sufriendo


mucho frío, rodeado de dragones, observando cómo algo muy
hermoso y poco frecuente tenía lugar ante sus ojos. Ese momento
pasaría y se transformaría en otro momento. De ese modo, ese
momento formada parte del pasado y se perdería para siempre
salvo en los recuerdos. Pero, por ahora, disfrutaba del momento
presente.

Poco a poco, la Niña Azul se fue acercando más y más hasta que
se alineó del todo: tras una larga espera que se había hecho eterna,
el fenómeno que tanto habían anhelado estaba teniendo lugar. La
luna blanca «abrazaba» a la más pequeña. Thrall sintió que lo
embargaba la alegría y una sensación total de paz mientras
simplemente observaba aquel fenómeno.

La gélida y fría tranquilidad de aquel momento se vio quebrada por


Arygos quien, de un salto, se elevó hacia el cielo. A continuación,
se mantuvo flotando en el aire, batiendo sus poderosas alas con
fuerza. Entonces, alzó la cabeza y gritó:

252
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¡Dejen que sea yo quien lidere a mi pueblo! ¡Denme su


bendición y conviértanme en un Aspecto! ¡Soy el hijo de Malygos,
su poder debería ser mío!

Kalec, que se hallaba junto a Thrall, profirió un grito ahogado.

—No —susurró—. Nos va a destruir a todos...

El atrevido paso que había dado Arygos había atraído la atención


de todos los presentes. Los dragones se volvieron, sobresaltados
ante aquel arrebato. De inmediato, dejaron de observar el fenómeno
celestial y posaron sus miradas sobre Arygos el cual,
envalentonado, prosiguió arengando a su vuelo.

—¡Sí! Yo encarno lo que en verdad somos: ni más ni menos que


los auténticos amos de la magia. ¡Nosotros somos quienes
deberíamos mandar sobre las fuerzas arcanas! Conocen mis
capacidades de sobra: si bien aún no soy un Aspecto, soy un digno
heredero de mi padre. Creo en los objetivos por los que él luchaba;
¡creo que deberíamos asumir las riendas de nuestros propios
destinos! ¡Deberíamos utilizar la magia arcana como una
herramienta para alcanzar nuestros fines, deberíamos emplearla en
beneficio propio! ¡Para eso existe la magia!

Las lunas, la Madre y la Niña, permanecían ajenas a todo cuanto


sucedía en el Nexo. Continuaban brillando suavemente; el brillo de
la nieve y la suave superficie de las escamas azules le devolvían
reflejado su propio fulgor blanco azulado. Era un instante muy
hermoso y cautivador. Thrall se encontró cautivado no sólo por
aquel dragón que gritaba y aleteaba en medio de las corrientes de
viento, sino también por la quietud y serenidad que reinaba en
aquel momento.

Poco a poco, algunos dragones fueron volviendo también la cabeza.


Dejaron de prestar atención a Arygos y a su promesa de que
253
Christie Golden

utilizarían la magia como una herramienta para lograr sus fines. Se


volvieron para contemplar la espectacular vista que les brindaban
esos dos astros alineados perfectamente, mientras sus suspiros de
asombro se transformaban en vaho bajo el frío.

Thrall se percató de que, entre las dos opciones que se les


presentaban (podían optar por Arygos y su apelación a un glorioso
pasado y su promesa de un futuro aún más brillante o por
contemplar simplemente el Abrazo), el vuelo de dragón azul había
optado por la quietud... por la magia... del momento.

Arygos siguió gritando, alardeando y rogando. Aun así, los


dragones azules no parecían querer escucharlo. Bajo la luz azul y
blanca de las dos lunas, recordaban a estatuas que miraban
fijamente el Abrazo. Parecían... sorprendidos de lo hermoso que
resultaba ese fenómeno.

Thrall pensó que ese fulgor que combinaba el blanco y el azul


proyectaba una suerte de espejismo mágico sobre aquellos
leviatanes inmóviles. Parecían brillar con una luz exquisita y ese
espejismo resultaba tan fascinante que Thrall dejó de observar a las
lunas y posó su mirada sobre los dragones.

Entonces, esa luz varió. Dio la sensación de menguar, dejó de


iluminar a Arygos y se posó sobre todos los dragones allí reunidos.
Incluso Thrall se vio incluido en su generoso fulgor. Entonces,
lentamente, dejó de iluminarlos a ellos también.

Pero no dejó de iluminar a Kalecgos.

De repente, Thrall lo entendió todo.

Aquel ritual no era un ejercicio intelectual. Su finalidad no era que


los dragones azules eligieran entre ellos al candidato más idóneo.
Su finalidad no era que el «título» de Aspecto se le concediera a
254
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

alguien que lo usaría únicamente como herramienta en beneficio


propio y de su vuelo.

Aquel fenómeno celestial se llamaba el Abrazo por una razón.


Porque apelaba al corazón del vuelo de dragón azul y no a su
cerebro. El nuevo Aspecto no iba a recibir sus poderes únicamente
por su talla intelectual. En su día, los titanes habían creado a los
Aspectos al hacer lo que ellos creían que era correcto. Y ahora, en
ese momento, estaban haciendo lo mismo.

Cuando Thrall y Kalec habían hablado, los habían escuchado no


sólo con su intelecto sino también con su corazón. Habían
observado cómo Thrall los miraba y se habían fijado en sus
reacciones. Daba la impresión de que lo habían escuchado con
suma atención, que habían comprendido su mensaje de que debían
vivir el momento, de que debían maravillarse y disfrutar de sus
existencias, de sus capacidades, de ser quienes eran. De ese modo,
cuando algo realmente hermoso y mágico (cuyo poder de
fascinación procedía únicamente de su belleza y de su carácter
poco común y que no los tentaba con dominar a otros ni con
ostentar el poder) había tenido lugar ante ellos, se habían vuelto a
contemplarlo, como una flor busca el sol. De improviso, sus
corazones habían pasado de albergar miedo a albergar esperanza,
de hallarse cerrados a cal y canto a abrirse de par en par.

El resplandor que rodeaba a Kalecgos incrementó su intensidad, a


pesar de que la luminosidad fue abandonando primero a los demás
dragones y luego al cielo, pues la Niña Azul dejó atrás el cariñoso
abrazo de su madre.

Kalec respiraba cada vez más agitadamente; tenía los ojos abiertos
como platos. De repente, ascendió de un salto hacia el cielo. Thrall
alzó una mano para protegerse del brillo que emanaba de ese
Aspecto recién nacido. En esos instantes, resultaba imposible mirar
a Kalecgos, pues era tan brillante como una estrella (no, como un
255
Christie Golden

sol), tan radiante, hermoso y aterrador. A partir de ahora, a él le


correspondería ser el último bastión de la magia arcana; un poder
que su vuelo le había otorgado voluntariamente, henchido de
esperanza, amor y confianza, con la intermediación de la Madre y
la Niña, haciéndose eco de los deseos que expresaron los titanes
hace mucho tiempo.

Súbitamente, sus alas parecieron rasgar el cielo y algo inesperado


sucedió.

Kalecgos se rió.

Esas carcajadas de júbilo brotaron de él, brillantes y cristalinas


como la nieve, ligeras como una pluma, puras como el amor de una
madre. No eran unas carcajadas burlonas propias de alguien
victorioso, sino la expresión de una gran alegría que no podía
contener, de algo tan fuerte, vital y verdaderamente mágico que
debía de ser compartido.

Entonces, Thrall se dio cuenta de que él también se regocijaba. No


podía apartar la mirada de aquel dragón de color azul y blanco que
balaba por el cielo nocturno. Al instante, lo envolvieron las risas
(que sonaban como campanas y resultaban extrañamente dulces)
de los dragones allí reunidos. Thrall sentía un alborozo en el
corazón totalmente indescriptible. Miró a su alrededor y se sintió
muy unido a aquellos grandes dragones en aquel instante mágico,
en cuyos ojos también vio asomarse lágrimas de alegría. Sentía su
corazón libre de toda pesada carga y henchido de felicidad al
mismo tiempo y pensó que, si en ese momento se le ocurría dar un
salto, sería capaz de salir volando.

—¡Necios!

Aquel momento mágico acabó hecho añicos ante el grito teñido de


furia, indignación y turbación de Arygos.
256
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¡Son unos estúpidos! ¡Son ustedes quienes han traicionado al


vuelo, no yo!

Antes de que Thrall pudiera asimilar el significado de esas paladas,


Arygos echó la cabeza hacia atrás y profirió un terrible chillido. El
orco se sintió como si ese grito lo hubiera zarandeado físicamente.
Ese chillido no estaba compuesto únicamente de aire y voz, sino de
magia también, que recorrió la sangre y los huesos de Thrall hasta
obligarlo a arrodillarse.

Son ustedes quienes han traicionado al vuelo, no yo...

Alzó la vista y clavó su mirada en el lugar donde Kalecgos, el


nuevo Aspecto de Dragón azul, flotaba aún reluciente de magia
arcana. Kalecgos era ahora bastante más grande que su antiguo
rival, quien ya no parecía un ser tan magnífico, sino más bien una
fea mancha en el cielo nocturno. Si bien el glorioso Kalecgos
seguía radiante, ya no era una criatura jubilosa, sino un dios de la
venganza. A continuación, plegó sus alas y cayó en picado sobre
Arygos.

—¡No, Arygos! ¡No permitiré que nos destruyas!

En ese momento, se escuchó un estruendo espantoso; se trataba del


aleteo de decenas de poderosas alas. Thrall se quedó atónito al
darse cuenta de que una bandada de dragones crepusculares se
aproximaba (aunque Thrall jamás había visto uno, sabía que debían
serlo). Eran como unos espectros oscuros, como unas sombras
vivientes con forma de dragones, que caían en picado sobre la
fortaleza de los dragones azules.

Estos reaccionaron con una celeridad asombrosa para tratarse de


unas criaturas tan colosales. Antes de que Thrall siquiera se diera
cuenta, habían ascendido hacia el cielo e iban raudos y veloces al
257
Christie Golden

encuentro del enemigo. El firmamento nocturno brilló al verse


surcado por unos tentáculos de color blanco y azul pálido y rasgado
por unas erupciones de energía arcana. Thrall posó su mirada sobre
Kalec y Arygos, quienes estaban enzarzados en un cruento
combate.

—¡Kalec! —exclamó Thrall, quien intentó que el nuevo Aspecto


lo escuchara por encima del fragor de la batalla, aunque creía que
era imposible—. ¡Cuidado!

Por un momento realmente horrible, dio la impresión de que


Kalecgos no lo había oído. Entonces, en el último segundo, éste
soltó a Arygos y se apartó a la izquierda. Tres dragones
crepusculares se dirigían directamente hacia Arygos pero, en el
último instante, se volvieron incorpóreos y atravesaron a su aliado
azul sin lastimarlo. A continuación, viraron para sumarse a la
refriega.

Thrall intuyó más que oyó que tenía una dragona a la espalda. Al
instante, el orco se giró, apretó los dientes con fuerza y blandió a
Martillo Maldito con ambas manos. La iba a atacar con todas su
fuerzas para proteger a ese vuelo de dragón al que había llegado a
respetar y a admirar, al que había venido a ayudar a sanar.

Lo iba a defender con su propia vida.

Aquella dragona crepuscular, que era muy hermosa y aterradora,


abrió sus fauces, tras las cuales había unos dientes casi tan grandes
como Thrall entero. Tenía las patas delanteras extendidas y las
garras dispuestas a capturar, rasgar y desgarrar si sus fauces no lo
hacían primero.

A Thrall estuvo a punto de escapársele su célebre grito de batalla:


«¡Por la Horda!», pero se contuvo. Ya no luchaba sólo por la
Horda. Luchaba por mucha más gente: por la Alianza, por el Anillo
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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

de la Tierra, por el Círculo Cenarion y por los desunidos vuelos de


dragón.

Luchaba por Azeroth.

Alzó su martillo. La dragona crepuscular se encontraba ya casi


encima de él.

De improviso, Thrall se vio elevado unos quince metros en el aire.


Algo muy fuerte, implacable y seguro lo agarraba del torso. Miró
hacia bajo y se percató de que ese algo eran unas garras. Entonces,
oyó decir a Kalec:

—¡Súbete a mi espalda, rápido! ¡Ahí estarás más seguro!

Thrall sabía que tenía razón. Kalec colocó al orco en sus enormes
hombros, de los que brotaban unas descomunales alas, y abrió la
garra. Thrall saltó, voló por los aires unos segundos y acabó
aterrizando sobre la ancha espalda de Kalec.

A pesar de que los dragones azules practicaban una magia


intelectual y emocionalmente fría, Thrall notó que la piel de
Kalecgos estaba caliente. Más caliente que la de Desharin o Tick,
los otros dos dragones que había montado hasta entonces. Si lo que
Thrall había experimentado al volar sobre los otros dos dragones
pudiera compararse con un susurro, lo que experimentó a lomos del
Aspecto Azul fue un grito de júbilo. La energía, el crepitar de la
magia, fluyó a través de Thrall, quien se aferró con fuerza a
Kalecgos mientas éste caía en picado, viraba y volaba a gran
velocidad. Kalec se abalanzó sobre un par de dragones
crepusculares, a los que atacó con su aliento gélido y letal. Sus
adversarios gimieron presas de una tremenda agonía y se tomaron
translúcidos; sin embargo, las partes de su cuerpo que habían sido
alcanzadas por el aliento de Kalec seguían sólidas, pues se habían
congelado. Kalec se giró y golpeó a uno de ellos con su cola,
259
Christie Golden

haciendo así añicos la pata delantera que tenía congelada. Como el


otro tenía un ala helada, cayó hacia el suelo presa del pánico, pues
no podía mantenerse en el aire con una sola ala.

El orco y el Aspecto estaban sincronizados de manera perfecta.


Thrall parecía estar soldado a la espalda de Kalec y no sentía
ningún temor cuando aquel colosal ser caía en picado, se ladeaba o
cambiaba de rumbo. Kalec atacó a sus enemigos con magia, con
espejismos que llevaron a un dragón crepuscular a volar en una
dirección equivocada mientras Kalec se lanzaba sobre otro, a la vez
que pasaba lo bastante cerca de un tercero como para que Thrall
lanzara su ataque.

—¡Atízalos en la base del cráneo! —gritó Kalecgos.

Sin pensárselo dos veces, Thrall dio un salto, en perfecta sincronía


con Kalecgos. Acto seguido, aterrizó sobre el cuello de uno de los
dragones crepusculares al que golpeó con el Martillo Maldito justo
donde Kalec le había dicho que golpeara. Aquel ataque sorprendió
tanto a aquella bestia que ni siquiera intentó volverse incorpórea,
sino que murió al instante y cayó en barrena hacia el suelo. De
inmediato, Kalec se colocó a la par del dragón muerto para recoger
a Thrall, quien saltó de la espalda de un dragón a otro. El Aspecto
batió sus alas y ascendieron de inmediato, dispuestos a seguir
batallando. El orco miró a su alrededor; no se sentía muy cansado,
tenía todos sus sentidos centrados al máximo en la batalla y se
permitió el lujo de esbozar una pequeña sonrisa.

Los dragones azules estaban ganando.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

15

¡Los dragones azules estaban ganando!

A pesar de verse sobrepasados en número, estaban ganando sin


duda esa batalla. La presencia del nuevo Aspecto los había alentado
a luchar sin cesar. El ritual había funcionado; los titanes les habían
concedido la bendición que habían pedido con suma humildad y la
alegría desmedida y el alivio sin parangón que habían sentido al
ver respondidas sus plegarias había proporcionado a los dragones
nuevos ánimos y renovados bríos para luchar y defenderse.

¡Así no era cómo debían suceder las cosas!

Arygos se mantenía en el aire a duras penas. Sangraba y tenía una


parte de su cuerpo congelada, así como un ala dañada por culpa de
los ataques de Kalecgos. Se sentía muy débil y asustado, y no
estaba acostumbrado a esas sensaciones.

¿Cómo era posible que las cosas se hubieran torcido tanto?

Al igual que a un animal atrapado, presa del pánico y de la furia,


un único pensamiento obsesionaba a Arygos: ponerse a salvo. Dar
con una guarida. Un lugar donde recuperarse, donde poder
261
Christie Golden

descansar y pensar. Conocía un lugar así, donde podría sentirse en


calma y dejar de sentir ese terror que atenazaba su mente como una
tenebrosa niebla.

Miró a su alrededor desesperadamente en busca de Kalecgos. Sí,


ahí estaba, enorme, luminoso y orgulloso, radiante gracias a todo
ese poder que debería haber pertenecido a Arygos. Por si eso no
resultara ya bastante humillante, en la espalda del Aspecto se
encontraba el orco amigo de Kalec, quien se aferraba a él como un
burro, mientras blandía su martillo y aplastaba los cráneos de los
dragones crepusculares de Arygos.

El Ojo. Tenía que ir al Ojo de la Eternidad para pensar, para


recuperarse, para concebir algún plan. Era el corazón del Nexo, el
lugar donde su padre solía refugiarse y retirarse; un lugar que, en
ese momento de pánico, parecía llamarlo. Con sólo pensar en aquel
refugio, recuperó un poco la compostura. Gimoteando (lo cual era
impropio de un dragón), extendió sus alas y huyó. Descendió en
picado desde el pináculo del Nexo, donde sus aliados estaban
perdiendo miserablemente aquella batalla aérea, como una piedra.
Lo cierto es que caía más que volaba; no obstante, en el último
momento, abrió las alas y planeó hasta la entrada del Nexo. Avanzó
atropelladamente por sus laberínticos pasajes con el corazón
desbocado, ya que el pánico le había clavado sus gélidas garras en
el corazón.

Y ahí estaba ese portal conformado por un torbellino de neblina. Al


otro lado se encontraba el Ojo de la Eternidad. Arygos lo atravesó
volando a gran velocidad y emergió en esa pequeña dimensión
donde reinaba una oscura noche. En su día, ahí había habido una
plataforma mágica de color gris en la que uno podía posarse y
descansar mientras contemplaba los misterios que se
arremolinaban ahí. Algunas runas mágicas habían danzado en
aquel lugar, apareciendo y desapareciendo como suaves copos de
nieve. Asimismo, aquel cielo negro nocturno, plagado de frías
262
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

estrellas, se había girado y retorcido de tal modo que en un rincón


había surgido una nebulosa blanquiazul.

Ahora no había ninguna plataforma. Había sido reducida a añicos


durante la batalla en la que su padre había perecido, pero sus
fragmentos aún flotaban en aquel lugar; uno de esos fragmentos
todavía albergaba ese orbe mágico conocido como el Iris de
Enfoque. Malygos había utilizado su propia sangre para activar y
controlar ese orbe, que había permanecido aletargado durante
milenios. Al abrirse el Iris de Enfoque, Arygos había podido
utilizar unas poderosas agujas de flujo para extraer magia arcana
de las líneas de ley de Azeroth que luego canalizó hacia el Nexo.
La apertura del Iris de Enfoque con una llave largo tiempo olvidada
había sido lo que arrastró a Malygos a la que fue su última batalla.

A pesar de que aquel lugar le recordaba un momento muy triste de


su vida, era un refugio acogedor que le resultaba familiar donde
Arygos, al fin, pudo relajarse. Se subió encima de uno de esos
fragmentos que se movían lentamente, plegó sus alas y abrió sus
fauces para dar grandes bocanadas de aire.

—¿Arygos?

El dragón abrió los ojos y desplegó sus alas, sumamente alerta.


¿Quién se había atrevido a...?

—¡Lodonegro! —exclamó y, acto seguido, lanzó un suspiro de


alivio—. Me alegro de verte.
—Ojalá pudiera decir lo mismo —replicó el humano, avanzando
hacia Arygos.

Se encontraba subido a otro de los fragmentos de la plataforma,


desde el cual contemplaba desafiante al dragón. Se quitó el yelmo
y su larga melena morena quedó al descubierto en todo su

263
Christie Golden

esplendor. Después, clavó sus intensos ojos azules en Arygos y


parpadeó.
—¿Qué ha ocurrido? No sé mucho acerca de esos Aspectos, pero...
me da que tú no lo eres.

Arygos esbozó un gesto de contrariedad.

—No. Han elegido a... Kalecgosss —contestó, siseando el nombre


de su enemigo con una tremenda ira, totalmente indignado—. Ese
estúpido orco... ha logrado que me destierren del corazón del vuelo
de dragón azul. ¡Me ha arrebatado lo que me pertenecía
legítimamente!

Lodonegro frunció el ceño.

—Mal asunto —masculló.


—¿Acaso crees que no me he dado cuenta? —replicó Arygos,
quien golpeó fuertemente con su cola el fragmento de plataforma
en donde estaba subido, provocando así que ésta se inclinara
peligrosamente—. Todo esto ha sido culpa de Thrall. Si lo hubieras
matado como se suponía que ibas a hacer...

El humano entornó los ojos.

—Ya, y si tú te hubieras convertido en un Aspecto como se suponía


que debías hacer, no estaríamos manteniendo esta agradable
conversación —contestó con una voz que parecía restallar como un
látigo—. Pero ninguno de nosotros tiene lo que desea ahora mismo,
así que será mejor que nos olvidemos de nuestra furia y demos con
la forma de alcanzar nuestras metas.
El humano tenía razón. Arygos se calmó. Necesitaba centrarse; por
eso había acudido a ese lugar.
—Quizá, si aunamos esfuerzos, podremos alcanzar nuestros
objetivos —sugirió Arygos—. Y, al mismo tiempo, satisfacer los
deseos del Padre Crepuscular y Alamuerte.
264
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Lodonegro lo miró con curiosidad.

—Sigue hablando.
—Ambos queremos que Thrall muera. Y ambos queremos que yo
acabe convirtiéndome en un Aspecto. Acompáñame a la batalla,
rey Lodonegro, y ejecuta tu venganza. Si asesinas al orco, Kalec
verá que no todo siempre va a salir como él desea. Si Kalec vacila,
la fe que los demás, que esos miserables vermis, han depositado en
él se resquebrajará. Entonces, Kalecgos será vulnerable y podré
destruirlo.

A medida que hablaba, lo iba embargando más y más la emoción,


pues en su mente iba visualizando cada uno de los pasos de ese
plan.

—En cuanto Kalecgos caiga, los dragones azules buscarán


desesperadamente un nuevo líder que los guíe y acudirán a mí... de
ese modo, ¡obtendré los poderes de Aspecto tal y como debería
haber hecho en un principio! Y todo será como debería haber sido
desde un principio.
—¿Estás seguro de que sus poderes pasarán a ti? —le espetó
Lodonegro.
—No... no del todo. Pero, si no, ¿a quién podría transferirse ese
poder? Yo fui el único que se atrevió a desafiar a Kalec.
Seguramente, me convertiré en su líder en cuanto demuestre que su
actual Aspecto es en realidad un alfeñique.

Lodonegro se acarició la perilla meditabundo con su mano cubierta


de malla.

—Tenemos muy pocas posibilidades de obtener la victoria. Sólo


soy un humano. Podría combatir contra un dragón o un puñado de
ellos, quizá... pero ¿contra todo un vuelo?

265
Christie Golden

—Confía en mí. Thrall se desmoronará totalmente en cuanto


vuelva a verte —le aseguró Arygos, a quien no le gustaba implorar,
pero lo hacía porque necesitaba la ayuda de ese humano—. En
cuanto Thrall haya muerto, los dragones azules se quedarán
acongojados. Todavía hay muchos dragones crepusculares por los
alrededores. ¡Podremos lograrlo si colaboramos!

El humano asintió.

—Muy bien —dijo—. Es un plan arriesgado, pero ¿qué sería la


vida sin riesgo?

De repente, sonrió abiertamente y sus blancos dientes centellearon;


era la sonrisa de un depredador.

—Sólo es un poco arriesgado en comparación con la gran


recompensa que obtendremos —lo corrigió Arygos.

Se sentía más aliviado de lo que había esperado. Conocía el pasado


de aquel humano, sabía que odiaba a muerte a Thrall. Lodonegro
quería ver a ese orco muerto. Al igual que Arygos quería ver
muerto a Kalec. Entonces, el dragón azul voló hacia la plataforma
donde se encontraba el humano. Se colocó junto al humano, a una
altura un poco más baja, para que Lodonegro pudiera subirse a su
espalda con suma facilidad.

Serían capaces de hacerlo. Sabía que lo lograrían. Entonces, todos


los obstáculos que se interponían en su camino caerían. Sería un
Aspecto, como siempre había deseado.

Con cada aleteo que daba en dirección al portal con forma de


torbellino, se sentía más y más animado. Debajo de él, los
fragmentos de la plataforma se desplazaban perezosamente.
Arygos miró hacia abajo justo cuando uno de ellos se daba la

266
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

vuelta, revelando que el Iris de Enfoque se hallaba justo debajo de


él.

De improviso, sintió un dolor brutal y espantoso; era como si


alguien le estuviera clavando una aguja al rojo vivo en la base del
cráneo. La espada de Lodonegro lo atravesó y Arygos se aferró a
la vida el tiempo justo para ver cómo una gota de su propia sangre
roja caía sobre el Iris de Enfoque, para ver cómo éste se abría de
par en par. Mientras caía en barrena, vio cómo Lodonegro saltaba
osadamente de su espalda y aterrizaba en un fragmento de la
antigua plataforma que giraba lentamente. En ese instante, Arygos,
hijo de Malygos, comprendió que lo habían traicionado y que iba a
morir.

*******

Thrall alzó la mano en la que no sostenía el Martillo Maldito. Al


instante, un relámpago chisporroteó y zigzagueó de manera letal y
abrasadora entre no menos de cuatro dragones crepusculares. El
impacto los dejó momentáneamente aturdidos, ennegreció sus
costados y rasgó sus alas coriáceas. Chillaron de dolor y
mantuvieron sus formas corpóreas el tiempo suficiente como para
que Thrall saltara otra vez de la espalda de Kalec a la espalda de
otro draco crepuscular. Acto seguido, el orco alzó a Martillo
Maldito y aplastó con él el cráneo del draco. No obstante, el draco
tuvo tiempo de ver venir el golpe y se volvió incorpóreo.
Súbitamente, Thrall cayó al vacío. Vio cómo la nieve parecía
ascender a gran velocidad para recibirlo pero entonces, de repente,
vio la espalda ancha, reluciente y azul de Kalecgos. Si bien Thrall
aterrizó en una superficie dura, lo hizo sano y salvo.

Thrall se encontraba a punto de alzar la vista para ver cuál iba a ser
el próximo enemigo que iba a combatir cuando el Nexo se
estremeció repentinamente. Se produjo una explosión de luz por
doquier e incluso el poderoso Aspecto tuvo que virar y alejarse de
267
Christie Golden

ella. Thrall tuvo que aferrarse fuertemente a la espalda de Kalec


para no caerse.

—¿Qué ha ocurrido? —gritó Thrall.


—Eso ha sido una explosión de magia arcana —contestó a voz en
grito Kalec.

El Aspecto agachó su largo y sinuoso cuello para poder examinar


el Nexo, del que manaban a raudales energías mágicas como si se
tratara de las tracas finales de una exhibición de fuegos artificiales.

—No estoy seguro de que...


—¡Los dragones crepusculares! —exclamó Thrall, quien estaba
examinando todo cuanto los rodeaba mientras Kalec miraba hacia
abajo para escudriñar el Nexo—. ¡Huyen hacia el templo!
—¡Azules! ¡A mí! —gritó Kalec, cuya voz grave y temblorosa
Thrall escuchó amplificada a través de sus mismos nervios—.
Nuestro enemigo se escapa... ¡tenemos ventaja! ¡Destruyámoslos
antes de que puedan contactar con su amo!

Si hasta entonces Thrall había creído que Kalec era muy rápido, en
ese momento descubrió que lo era todavía más, pues apenas podía
respirar por lo veloz que estaba volando el Aspecto de Dragón. Los
dragones crepusculares se estaban esforzando al máximo para
poder escapar, aunque lo hacían de manera frenética y caótica.
Estaban demasiado centrados en escapar como para plantar batalla
y todos habían adoptado sus formas inmateriales. Los azules
únicamente respondieron a su retirada con ataques mágicos. El aire
crepitaba y echaba chispas por culpa de esa blanca energía arcana
y resplandecía gracias a la escarcha helada y a las repentinas
ráfagas de una ventisca aislada. Varios enemigos cayeron, pero
muchos más escaparon.

Los azules prosiguieron avanzando con gran determinación.

268
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

*******

Kirygosa contempló aquel espanto, horrorizada, y deseó con todo


su corazón que lo que estaba viendo no llegara a buen puerto.

Percibió la muerte de su hermano, sintió cómo su energía vital, la


sangre de un vástago de Malygos, era aprovechada y canalizada de
un modo que le resultaba perturbadoramente familiar. El Padre
Crepuscular, gracias sin lugar a dudas a la información que le había
proporcionado Alamuerte, parecía saber perfectamente qué estaba
haciendo.

Unos segundos después de que su hermano muriera, una tormenta


cobró forma en el cielo alrededor del Templo del Reposo del
Dragón. Esas nubes de color púrpura y negro giraban furiosamente,
como un remolino. Entonces, se escuchó un poderoso crujido que
hizo gritar a Kirygosa y la obligó a taparse con las manos sus
pobres orejas humanas para protegerse los oídos. Súbitamente, el
cielo se abrió de par en par.

Una cegadora luz blanca descendió hacia el suelo y se elevó a la


vez hacia el firmamento. Rasgó el cielo, como si fuera una lanza,
más allá de donde la vista alcanza, al mismo tiempo que golpeaba
con furia las entrañas de la tierra. Reconoció esa luz: era una aguja
de flujo, una herramienta compuesta de una energía arcana, una
herramienta de un gran y abrumador poder. En su día, Malygos
había utilizado esas agujas para extraer magia arcana de las líneas
de ley de Azeroth y transferirla al Nexo.

Ahora ese proceso estaba siendo revertido. Aquella aguja de flujo


estaba extrayendo poder del Nexo.

Y, atravesado por esa aguja, entre el cielo y la tierra, se encontraba


Chromatus.

269
Christie Golden

Ese pincho que poseía una cantidad casi inconcebible de energía


mágica perforaba el enorme y moteado cuerpo inerte de esa
monstruosidad. Kirygosa se estremeció al observar ese espectáculo
dantesco y se abrazó a sí misma con fuerza, sin ser apenas
consciente de las marcas y cicatrices de aguja que poblaban su
pálida piel. Para su disgusto, sabía que ella era una de las causas
por la que estaba teniendo lugar ese atroz espectáculo. Habían
experimentado con ella y la habían dejado viva por dos razones: su
estirpe y su género.

—Tienes suerte, querida —aseveró el Padre Crepuscular, que se


hallaba junto a ella—. Eres una dragona muy afortunada por poder
ser testigo de esto... y por haber contribuido a que sea una realidad.
—Me da la impresión de que mi hermano ha contribuido aún más
a la causa —replicó Kiry, quien se enfureció al percatarse de que
su voz había sonado entrecortada y temblorosa—. Así es como el
Martillo del Crepúsculo recompensa la fidelidad. Arygos traicionó
a todo su vuelo... a una raza entera... por defender tu causa y su
recompensa ha sido... ¡la muerte!
—Lo he matado porque fracasó, no porque me fuera leal o no —
afirmó el Padre Crepuscular—. Y sí, así es como el Martillo del
Crepúsculo recompensa el fracaso.
—Me da la impresión de que Alamuerte no estaba muy satisfecho
con los avances que ambos estaban haciendo —le espetó Kirygosa
de manera temeraria—. Podrías ser el siguiente en caer tras mi
pobre e ingenuo herma...

El Padre Crepuscular tiró de la cadena con la que tenía atada a


Kirygosa, cuyas palabras se convirtieron en un gimoteo al
quemarle la cadena la garganta.

—Yo que tú tendría mucho más cuidado con lo que dices, pequeña.

La dragona recuperó el aliento poco a poco y, durante un momento


plagado de desesperación, le pareció que era preferible que la
270
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

matara a seguir existiendo únicamente para ser utilizada como una


herramienta con la que hacer daño a su propio vuelo. Abrió la boca
para lanzar una réplica mordaz pero, súbitamente, escuchó un
rugido atronador que provenía de las gargantas de una multitud de
cultores sumamente emocionados. Al final, las palabras que iba a
pronunciar no salieron de su boca.

Chromatus se estaba moviendo.

Había sido un movimiento sutil, muy difícil de ver. Estaba abriendo


y cerrando una garra, de eso no había duda. No obstante, el resto
de su cuerpo permanecía quieto. Entonces, de improviso, su
poderosa cola se agitó muy levemente. Súbitamente, una de las
cabezas (la negra) se estremeció.

El Padre Crepuscular se acercó raudo y veloz a uno de los lados de


esa plataforma circular.

—¡Vive! ¡¡Vive!!

Cerró los puños de sus manos enguantadas y los alzó en el aire. La


multitud congregada allá abajo incrementó sus vítores.

La aguja de flujo palpitó, pues ahora su energía se adentraba en el


cadáver reanimado. Kirygosa tuvo la sensación de que, a cada
momento que pasaba, ese monstruo se hacía más y más fuerte. El
resto de sus extremidades comenzaron a moverse. Una a una, se
levantaron esas espantosas cabezas. Como si fueran los tentáculos
de una gran criatura marina, se agacharon y movieron, miraron a
su alrededor y abrieron sus fauces. Sus diez ojos ya estaban abiertos
y su color era uniforme, lo que contrastaba con la falta de
homogeneidad del resto de su cuerpo. Cada par de ojos brillaba con
un fulgor púrpura. Si bien podía estar vivo, podía estar moviéndose
e incluso hablando, Chromatus no poseía un cuerpo completo, lo
cual era espantoso. En algunos lugares, se le veían los huesos. En
271
Christie Golden

otros, se le habían caído las escamas, bajo las cuales a veces había
piel sana y otras veces piel putrefacta. Además, a cada una de esas
cabezas le faltaba algo: una oreja, un ojo...

—¡Chromatus! —exclamó el Padre Crepuscular—. Mírame, hijo


mío. Mira a quien te ha alumbrado. ¡Mírame!

Una oreja roja se movió. Unas fosas nasales verdes se hincharon.


La cabeza bronce giró lentamente el cuello. Una a una, cada cabeza
fue girando, de manera torpe, por la falta de costumbre, hasta que
las cinco observaron al Padre Crepuscular.

—Padre... nuestro —dijo la cabeza bronce con un tono de voz


majestuoso, a pesar de que las palabras brotaron de una manera
desmañada al principio.

La cabeza azul entornó sus ojos púrpura y, acto seguido, posó su


mirada sobre Kirygosa. Una carcajada siniestra brotó de la cabeza
azul. Al hablar, su voz era extrañamente meliflua, aunque las
palabras brotaron de sus labios de manera vacilante.

—No temas, pequeña dragona azul. Tu hermano vive... en mi


interior. Sabemos que estamos emparentados —aseveró. Entonces,
las demás cabezas se volvieron, levemente interesadas en lo que la
cabeza azul estaba diciendo—. Tú también nos servirás.
—¡Jamás! —gritó Kirygosa, quien se hallaba cerca de perder la
cordura por culpa de los horrores que había sido obligada a
presenciar—. ¡Los dragones azules jamás te serviremos! ¡No
mientras Kalecgos sea nuestro líder!

La dragona esperaba notar un fuerte tirón en la cadena y se preparó


para el intenso dolor que iba a sentir. Pero, en vez de eso, el Padre
Crepuscular estalló en carcajadas.

272
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¿Aún no lo entiendes? ¡Y yo que creía que los dragones azules


eran inteligentes!

No quería escucharlo. No quería entenderlo. Pero sus labios


parecieron moverse con vida propia y preguntó:

—¿Entender qué?
—¡Para qué ha sido creado!

Kirygosa se obligó a contemplar detenidamente a Chromatus. Y lo


único que vio fue a un espantoso dragón cromático, más horrendo
que los demás por culpa de sus cinco cabezas, que...

—No —susurró, en cuanto comprendió lo que quería decir, lo cual


fue un auténtico mazazo—. No...
—Ahora... ya lo entiendes —ronroneó el Padre Crepuscular, con
un tono de voz alegre—. Su destino inevitable es realmente
glorioso, ¿verdad? Da igual que los dragones azules tengan ahora
un Aspecto. Da igual que Ysera se haya despertado o que hayan
encontrado a Nozdormu o que la Protectora decida regresar de su
autoexilio.

En ese instante, acercó sus labios al oído de la dragona y le susurró,


como si estuviera compartiendo con ella sus más íntimos secretos:

—Chromatus vive... para que los Aspectos mueran.

Algo se quebró, entonces, en la mente de Kirygosa. Se abalanzó


contra el Padre Crepuscular gritando, arañando y mordiendo. Pero
ese ataque, realizado bajo su forma humana en el plano físico, no
podía rivalizar con su magia... ni con el poder de la cadena. No
obstante, siguió gritando una sola palabra de un modo inútil, como
si así pudiera evitar la inminente catástrofe.

—¡No...! ¡No...! ¡No...!


273
Christie Golden

—¡Calla! —exclamó el Padre Crepuscular, tirando violentamente


de la cadena de plata.

Kiry cayó al suelo violentamente, sufriendo agónicas convulsiones.

—No, no —dijo la cabeza negra de Chromatus.

Ésta poseía un tono de voz sedoso, sibilante y frío. Chromatus se


levantó lentamente; no obstante, sus movimientos cada vez
resultaban más ágiles y coordinados a medida que iba descubriendo
cómo controlar su cuerpo.

—Deja que esa pequeña dragona azul parlotee. Así luego todo será
mucho más tierno. Se...

La cabeza roja giró el cuello hacia el oeste e interrumpió a la negra.


Chromatus se estiró; todavía se sentía un poco incómodo con su
cuerpo.

—Ya vienen —gritó la cabeza roja con una voz fuerte y clara—
¡Todavía no me he recuperado del todo! ¿Qué has hecho, Padre?
Kirygosa se echó a reír. Aunque se percató de que se reía como una
histérica, no hizo nada por remediarlo. Esas carcajadas manaron de
ella a borbotones, como un manantial recién abierto. A
continuación, alzó un dedo temblorosamente para señalar a los
dragones crepusculares que volaban raudos y veloces hacia el
templo, perseguidos a corta distancia por el valeroso vuelo azul.
—¡Has errado en tus cálculos! —gritó Kirygosa—. ¡El gran Padre
Crepuscular y sus maravillosos planes! ¡Tus dragones se han batido
en retirada demasiado pronto y aquí viene mi vuelo para destruirlos
a ellos, a tu abominación y a ti! ¿Y ahora qué planeas hacer, oh,
gran hombre sabio?

El Padre Crepuscular se encontraba tan furioso que ni siquiera se


molestó en tirar de la cadena. La golpeó violentamente con una de
274
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

sus manos enguantadas en la mejilla, obligándola así a girar la


cabeza a un lado. Aun así, Kirygosa siguió riéndose, mientras
agitaba los brazos en el aire.

—¡Kalecgos! ¡Kalec!

¡Sí, ahí estaba!

Le dio un vuelco el corazón. La sabiduría y la compasión de Kalec


habían prevalecido. El Aspecto de la Magia, que era mucho más
grande que los demás dragones azules, surcaba el cielo envuelto en
una luz brillante. Además, portaba una pequeña figura sobre su
espalda. Después de mucho, mucho tiempo, todo ese poder se
hallaba en manos de alguien que no era un demente, que no estaba
marcado por el ansia de venganza y que no tenía cierta
predisposición a la traición. Las lágrimas llenaron sus ojos y
sollozó de júbilo.
Kalec no iba a caer ni ninguno de los otros Aspectos. Habían decido
atacar ahora, antes de que Chromatus alcanzara el pleno dominio
de su devastador poder.

Bajo ella, Chromatus echo hacia atrás todas sus cabezas y rugió;
todas sus voces (siseantes, fuertes y melodiosas) se mezclaron en
una aterradora sinfonía. Acto seguido, el monstruo ascendió al
cielo. Titubeó, pero sólo por un momento; de inmediato, aleteó con
más fuerza si cabe e inició su ataque.

Kirygosa había sufrido pesadillas, sobre todo en los últimos meses


en que había permanecido prisionera; la habían torturado a diario,
la habían obligado a permanecer bajo su forma humana. En todo
ese tiempo, había pensado que la muerte era la única salida. Sí,
había sufrido demasiadas pesadillas.

Pero no eran nada comparadas con la espantosa realidad que estaba


contemplando ahora.
275
Christie Golden

Esa aberración que nunca debería haber existido se movía


bruscamente, como si fuera un títere. Era más grande que cualquier
otro dragón, incluido el Aspecto Kalecgos y, además, se movía más
rápido y sus bruscos golpes eran más letales que los de los dragones
vivos que luchaban con él y contra él.

Pero no sólo se valía de su fuerza física y agilidad. La tonalidad


blanca de la magia arcana y el atroz púrpura de los dragones
crepusculares se vieron complementados con otros colores (el
escarlata del fuego de la cabeza roja, la nube de veneno esmeralda
de la cabeza verde), ya que Chromatus luchaba empleando los
poderes de todos los antiguos vuelos de dragón.

Kirygosa pudo escuchar los gritos de triunfo de los dragones


crepusculares que luchaban con renovado entusiasmo. Si bien hacía
sólo unos instantes se habían batido en retirada, ahora combatían
decididos y de manera implacable y letal.

Asimismo, el mero hecho de tener que contemplar aquella


aberración resultaba perturbador. Esa monstruosidad no debería
existir, pero ahí estaba escupiendo fuego, utilizando espejismos,
impartiendo la muerte de una manera desmañada que, de algún
modo, era bruto! y letalmente eficiente a la vez.

Varios miembros del vuelo de Kirygosa murieron a manos de


Chromatus. Otros, espantados y obnubilados con el dragón
cromático, no se fijaron en que seguía habiendo muchos dragones
crepusculares en el aire. Mientras observaba aquella aterradora
escena, un azul intentó aproximarse a Chromatus por detrás, pero
lo único que consiguió fue que ese monstruo le rompiera el cuello
de un solo golpe de su poderosa cola. El dragón azul murió al
instante y cayó al suelo, donde se unió a sus hermanos muertos.
Angustiada, Kirygosa apartó la vista y se tapó la cara. De repente,
alguien la agarró de las manos y la obligó a apartarlas de la cara.
276
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Se volvió, con los ojos anegados de lágrimas, hacia el Padre


Crepuscular, cuyos rasgos atisbo levemente a pesar de llevar el
rostro cubierto con una capucha.

—¿Quién ríe ahora, mi niñita azul? —preguntó, riendo


socarronamente—. Mira cómo cae tu precioso vuelo... mi creación
acaba de recuperar la vida ¡y mira lo que está haciendo ya! ¡Mira!

A continuación, la arrastró hasta el borde la plataforma y con una


mano la agarró de la barbilla y con la otra la obligó violentamente
a apartar los brazos a un lado.

—¡Mira!

Al menos, no puede obligarme a mantener los ojos abiertos, pensó


desolada.

*******

Thrall pudo sentir cómo la sensación de derrota se extendía por


todo el vuelo de dragón azul. Él también sentía lo mismo.

Su adversario era un dragón que parecía salido de la peor pesadilla


de un Renegado. Tenía cinco cabezas, ni más ni menos, que
brotaban de unos hombros descomunales; cada una de ellas parecía
ser de un color distinto. Era una aberración descoordinada y
putrefacta, recordaba a un no-muerto de la Plaga que avanzaba
dando tumbos para atacar. Pero estaba vivo y no era un no-muerto.
Cada una de esas monstruosas cabezas atacaba con tal furia que
había desatado el pánico y el nerviosismo en un vuelo entero que
sólo unos instantes antes saboreaba las mieles de la victoria.

—¿Qué es eso? —le preguntó a gritos a Kalec.

277
Christie Golden

El Aspecto no contestó de inmediato, pues se encontraba muy


ocupado repeliendo un par de ataques. Entonces, Kalec exclamó:

—¡Un dragón cromático!

En ese instante, Thrall recordó lo que Desharin le había contado


sobre tales criaturas... sobre esas monstruosidades hechas con
remiendos de miembros de los cinco vuelos. No obstante, Desharin
había afirmado que todos habían muerto.

Aunque ése en concreto estaba muy vivo.

Por un segundo, Thrall observó fijamente a esa bestia, intentando


comprender qué era y qué le estaba haciendo al vuelo de dragón
azul; incluso a Kalecgos, el nuevo Aspecto de aquel vuelo. Sólo se
distrajo un instante... pero fue más que suficiente.

Aquella aberración cargó contra ellos, con las fauces de sus cinco
cabezas abiertas de par en par. El hedor a carne putrefacta que
desprendía era abrumador. Kalec se apartó de su trayectoria. Thrall
se aferró al Aspecto azul con todas sus fuerzas. Y, justo cuando
creía que ya estaba a salvo, algo lo golpeó en el estómago, lo
aplastó como si no fuera más que una pulga sobre el lomo de un
lobo. Entonces, se percató de que, si bien Kalec lo había salvado
del ataque directo de aquel dragón cromático de muchas cabezas al
maniobrar con maestría en el aire, no había podido evitar que la
cola del monstruo lo rozara por casualidad al pasar junto a él.

Así que así es como voy a morir, pensó. Aplastado contra unas
afiladas rocas tras caer de la espalda de un Aspecto.

Cerró los ojos y se llevó el Martillo Maldito al corazón, contento


de poder morir con su arma en la mano. Se preguntó si sentiría el
impacto que le destrozaría la columna o le aplastaría el cráneo.

278
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

16

No sintió ninguna de las dos cosas. Lo que sí sintió fue que impactó
contra algo que era más suave que la piedra, algo que ralentizó pero
no detuvo su caída. Un instante después, cuando por fin se detuvo,
se dio cuenta de que una humedad fría lo envolvía. No podía ver,
apenas podía respirar. Entonces, comprendió qué sucedía: no había
caído sobre unas rocas sino sobre la nieve, que había detenido su
caída. Estaba vivo, aunque le dolía todo el cuerpo y le costaba
trabajo respirar... pero estaba vivo.

Cerró los ojos para aislarse de la realidad.

Al instante, se vio en su mente sentado en la cima de un pico de


piedra junto a una hermosa y desolada silueta. Alexstrasza lo
contempló con una mirada teñida de una infinita tristeza y una
desesperada apatía.

«No lo entiendes», recordó que le había dicho la dragona cuando


la visitó en aquel paraje desolado.
«¿Qué es lo que no entiendo, Alexstrasza?»
«Que todo eso da igual. Todo. Da igual que todo eso esté
conectado. Da igual cuánto tiempo lleve desarrollándose ese plan.
Da igual que podamos detenerlo o no. Nuestros niños están
279
Christie Golden

muertos. Korialstrasz está muerto. Yo también estoy prácticamente


muerta. En breve, la muerte vendrá a por mí. Ya no hay esperanza.
Todo da igual.»

La dragona tenía razón: en aquel momento, no lo había entendido.


Tras liberar a Nozdormu, había albergado muchas esperanzas de
que, al final, todo pudiera arreglarse. Kalec también que, con su
alegre optimismo y su gran corazón, había animado a Thrall a
seguir luchando, a oponerse al avance del crepúsculo.

Sin embargo, Alexstrasza tenía razón. Todo daba igual.


Probablemente, Kalecgos había sido derrotado por esa atroz
criatura, que había logrado repeler el ataque de los azules como si
fueran unos meros insectos furibundos que intentaran picarle. Los
cultores del Martillo del Crepúsculo prevalecerían. Primero
esclavizarían el mundo y luego lo destruirían.

¿Qué más daba si él seguía respirando o no? ¿Qué más daba que el
Anillo de la Tierra hubiera invertido un gran esfuerzo para dar con
la manera de curar el mundo? Todo daba igual.

Salvo...

El delicado semblante de la destrozada Protectora dio paso en su


mente a otro rostro. Esta cara era de facciones más duras, mucho
más angulosa; además, contaba con unos colmillos y su tez era
morena. De repente, Thrall notó que el corazón se le desbocaba y
tuvo la sensación de que se estaba despertando.

Quizá aquel culto acabara destruyendo el mundo. Quizá los


chamanes del Anillo de la Tierra se estaban engañando a sí mismos
al intentar curar la tierra cuando iban a ser testigos de un funesto
destino inevitable.

280
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

No obstante, en medio de toda esta desolación, de tanta


desesperación y tinieblas, Thrall tenía muy clara una cosa.

«Korialstrasz está muerto», había dicho Alexstrasza. Nunca más


volvería a ver a su consorte, a su compañero, amigo y campeón;
nunca volvería acariciar su rostro con cariño, nunca volvería a ver
su sonrisa.

Aggra, sin embargo, no estaba muerta. Ni él, sorprendentemente,


tos esa caída.

Thrall gimió de dolor. Aunque estaba entumecido, aún era capaz


notarlo. Sus labios helados se movieron para susurrar su nombre.

—Aggra...

Ella lo había animado a marcharse, aunque de una manera tan


brusca que más bien había parecido una orden, pero Aggra le había
dado esa «orden» movida por el amor que sentía por él; sin
embargo, hasta ahora, Thrall no había sido capaz de darse cuenta
de que su amada había obrado así impulsada por su amor hacia él.
Aggra no había querido que Thrall se fuera porque fuera a estar
mejor sin él. Quería que se fuera por su propio bien, por el bien de
su mundo. Aggra había actuado con generosidad y no con egoísmo.
Entonces, se acordó de lo mucho que solía enfadarse con ella por
culpa de su agudo ingenio y de su afilada lengua. Su amada siempre
decía lo que pensaba y sentía cuando pensaba y sentía que debía
decirlo. También se acordó de la sorprendente e inesperada ternura
con que lo protegió y lo guió en su revelación mística y de la
dulzura y el salvajismo con que copulaban.

Quería volver a verla. Antes de que llegara el fin de toda la


existencia.

281
Christie Golden

Al contrario que Alexstrasza, quien se hallaba afligida y sola en


Desolace, rodeada de ese páramo de cenizas que reflejaba el estado
de su propio y devastado corazón... él sí podía volver a ver a su
amada.

A pesar de que tenía frío, de que se estaba entumeciendo


rápidamente, con sólo pensar en volver a estar con Aggra (tan vital,
viva, cálida y real), pudo empezar a salir de su letargo. Thrall
obligó a trabajar a sus pulmones, a respirar hondo ese gélido aire.
Intentó despertar al Espíritu de la Vida que intuía que se hallaba
aletargado en su fuero interno.

Eso era lo que permitía a un chamán entrar en contacto con los


elementos, con los demás y consigo mismo. Todos los seres
poseían ese espíritu; los chamanes, no obstante, lo conocían, lo
comprendían y podían colaborar con él. Por un momento, Thrall se
sintió dominado por el temor a fracasar. Ésa era la parte en la que
había fallado cuando se había hallado con los demás miembros del
Anillo de la Tierra: había estado demasiado distraído como para
poder concentrarse, como para sumirse en las simas de su fuero
interno y poder alcanzar ese conocimiento profundo e inmenso.

Esta vez, sin embargo, no estaba disperso ni distraído. Ante sí,


sostuvo el rostro de Aggra, como una antorcha que iluminaba la
oscuridad de su incierto futuro. A pesar de seguir teniendo los ojos
cerrados, vio a Aggra sonreír y comprobó que había un brillo muy
especial en sus ojos dorados. Entonces, su amada le tendió la mano.

La fuerte mano que sostuve entre las mías.

Oh, cuánto deseaba poder tener la mano de Aggra entre las suyas
en ese momento. Qué reconfortante sería. Ese pequeño gesto ahora
ocupaba más espacio en su corazón que el temor a la muerte.

282
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Entonces, mientras abría su corazón tanto a ella como al Espíritu


de la Vida que albergaba en su interior, tuvo otra visión.

En ésta no aparecía Aggra ni lo que le mostraba estaba relacionado


con su propia vida. Se presentó como una escena de una obra
teatral: con su héroe, su villano, su sorprendente giro argumental,
sus dosis de tragedia y desencuentros. Su corazón, que tanto
deseaba y añoraba a Aggra, ahora se sentía conmovido por los
sentimientos de esos personajes, pues empatizaba con ellos.

Además, debía compartir lo que le estaba revelando esa visión...


con Alexstrasza...

—Ella debería saber lo que acabo de ver —susurró—. Debo


encontrarla y contárselo.

Al final, esa capacidad de empatizar, de establecer y compartir


vínculos con los demás, era lo que más importaba. Al final, era lo
único que realmente importaba. Era lo que inspiraba las canciones
y el arte, lo que impulsaba a luchar a los participantes en una
batalla: el amor a un país o a una cultura o a un ideal o a una
persona. Era lo que hacía que los corazones siguieran latiendo, lo
que movía montañas, lo que daba forma al mundo. Y Thrall sabía,
gracias a ambas visiones, que él y esa dragona, que se hallaba
sumida en un hondo pesar, eran verdadera y profundamente
amados... por lo que eran y no por lo que podían hacer. Ni por el
título o poder que ostentaban Aggra amaba a Thrall por quién era
y él la amaba de la misma manera.

Alexstrasza también era amada, pero necesitaba que se lo


recordasen. Thrall sabía, en lo más hondo de su ser, que él era el
único que podría revelarle esa gran verdad.

El Espíritu de la Vida se había abierto a él. Fluía por él, con fuerza,
con calma, reconfortándolo. La energía invadió sus extremidades,
283
Christie Golden

que se encontraban prácticamente congeladas, y acto seguido se


abrió camino a través de la nieve que se le caía encima. Excavó al
compás de su propia respiración; descansaba cuando inhalaba y
desplazaba la nieve cuando exhalaba. Se encontraba más sereno,
lúcido y centrado que nunca; su corazón se hallaba repleto de
nuevas revelaciones que debían ser compartidas.

No fue fácil, pero el Espíritu de la Vida lo mantuvo a flote. Su


energía era fuerte y delicada a la vez. Al final, logró salir de aquel
agujero y se sentó a recuperar el aliento. Poco a poco, logró ponerse
en pie y se dispuso a pensar en qué iba a hacer a continuación.

Tenía la túnica empapada. Necesitaba calentarse, necesitaba


encender una hoguera y quitarse esa ropa mojada antes de que el
frío lo matase... y, con esa temperatura, lo iba a matar con suma
celeridad. Observó atentamente los alrededores por si rondaba por
ahí algún dragón que lo estuviera buscando, pero no divisó nada en
el firmamento salvo nubes y algún pájaro de vez en cuando. No
sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente; no obstante,
era indudable que la batalla había concluido... de un modo u otro.

Primero debía buscar refugio, luego ya encendería el fuego. Echó


un vistazo a su alrededor para ver si daba con algún lugar que le
proporcionara cobijo. Ahí delante... le pareció ver una cueva o, al
menos, una oquedad en la piedra; una mancha negra que destacaba
sobre el gris de la roca.

Sin embargo, fue su concentración y su lucidez, y no sus sentidos,


lo que le salvó la vida un segundo después.

Se giró, con el Martillo Maldito en la mano y apenas tuvo tiempo


de bloquear un mandoble lanzado por ese ser que lo perseguía
como una sombra desde hacía mucho tiempo.

¡Lodonegro!
284
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Aquel humano iba ataviado con su peculiar armadura negra en la


que portaba unas placas que, en esta ocasión, Thrall sí reconoció,
pues ahora ya sabía que habían formado parte de la armadura de
Orgrim.

En ese instante Lodonegro, que blandía esa descomunal y


reluciente espada ancha que era casi tan grande como él, arremetió
contra el orco con una fuerza que parecía sobrehumana.
Pero, en realidad, Lodonegro no tenía nada de sobrehumano.

La primera vez que ese siniestro ser había surgido de las sombras
para atacarlo de manera totalmente inesperada, había decapitado a
Desharin y había cogido por sorpresa a Thrall. Después, cuando
Lodonegro lo siguió por el sendero del tiempo, donde se presentó
con el brutal propósito de asesinar a Thrall cuando era sólo un bebé,
el orco se había encontrado sumamente inquieto y nervioso pues se
veía superado por las circunstancias ya que estaba siendo testigo
del asesinato de sus padres. Y, cuando había descubierto la
verdadera identidad de ese misterioso asesino, se había quedado
consternado.

El hecho de que Lodonegro siguiera vivo y que, además, hubiera


alcanzado tales cotas de poder, había sacudido hasta los cimientos
la fe que Thrall había depositado en todo lo que había hecho. Había
proyectado la temible sombra de la duda sobre Thrall, quien había
llegado a cuestionarse quién era y todo lo que había logrado.

Pero, ahora, Thrall apretaba los dientes y se negaba a que el miedo


se apoderara de él. Si bien ya se sentía bastante recuperado, seguía
teniendo mucho frío y era consciente de que sus movimientos iban
a ser demasiado lentos, de que no iba a poder defenderse solo.

285
Christie Golden

¡Espíritu de la Vida, ayúdame a derrotar a este enemigo que debe


morir para que pueda transmitir tus visiones a aquéllos que deben
conocerlas!

Una sensación de calidez lo invadió de nuevo, una energía,


delicada y poderosa, que proporcionó vigor y agilidad a sus
miembros.

Thrall fue levemente consciente de que incluso su ropa se había


secado. Esa energía, intensa y reconfortante, le proporcionaba
renovadas fuerzas. No se cuestionó lo que estaba sucediendo, sino
que simplemente lo aceptó agradecido. Thrall atacó sin pensar, dejó
que la experiencia de años de combate guiara su mano. De esa
manera, el orco golpeó una y otra vez la armadura robada que
Lodonegro había osado vestir. El humano se sobresaltó y
retrocedió de un salto para, a continuación, agacharse y adoptar una
postura defensiva con su descomunal espada en ristre.

—Ya entiendo por qué quise adiestrarte —afirmó Lodonegro


burlonamente, cuya voz Thrall reconoció a pesar de hallarse
amortiguada por el yelmo que portaba—. Eres muy bueno... para
ser un piel verde.
—Cuando decidiste adiestrarme, sellaste tu destino. Te maté una
vez y volveré a matarte otra vez, Aedelas Lodonegro. No puedes
cambiar el curso del destino.

Lodonegro se rió a mandíbula batiente. Sus carcajadas eran un


estallido de auténtico júbilo.

—Has caído desde una altura imposible, orco. Estás herido y a


duras penas sigues vivo. Creo que tu destino consiste en morir aquí
en el gélido norte y el mío te aseguro que no conlleva que tú me
mates. Aunque he de reconocer que posees un espíritu admirable
que me habría encantado aplastar, me temo que tengo otros asuntos

286
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

que atender. Desgarracarne no ha segado una vida desde hace


tiempo. Así que prometo que será rápido.

El humano hizo énfasis en el nombre de la espada, como si así


quisiera infundir miedo a Thrall. Sin embargo, el orco estalló en
carcajadas. Ante lo cual, Lodonegro frunció el ceño.

—¿Qué es lo que tanto te divierte justo en el momento de tu


muerte?
—Tú —respondió Thrall—. El nombre que has elegido para tu
espada me hace mucha gracia.
—Así que te hace gracia, ¿eh? Pues no debería. ¡Pues desgarra
siempre la carne de los cadáveres que dejo a mi paso!
—Oh, claro —replicó Thrall—. Pero es tan basta... tan brutal y
poco sofisticada. En el fondo, es igual que tú. Por mucho que
intentes disimularlo.

El ceño de Lodonegro se volvió más pronunciado cuando éste lo


advirtió:

—Soy un rey, orco. No lo olvides.


—Sí, el rey de un reino robado. ¡Por mucho que lo desees, no
desgarrarás la carne de mi cadáver!

Furioso, Lodonegro volvió a cargar y Thrall, a pesar de sus heridas


y de haber sufrido una caída casi mortal recientemente, repelió su
ataque de nuevo y tomó la iniciativa.

Lodonegro había dicho, en el momento de su muerte, que Thrall


era lo que era gracias a él. Esa afirmación había contrariado en
grado sumo al orco... le espantaba la idea de que ese hombre
hubiera contribuido decisivamente a forjar su carácter. Si bien
Drek’Thar lo había ayudado a ver eso desde otra perspectiva,
ahora, mientras sus armas chocaban y desprendían chispas, Thrall

287
Christie Golden

se dio cuenta de que nunca había logrado desprenderse de verdad


de la vil influencia de Lodonegro en su espíritu.

El hombre que tenía ante él, que blandía esa espada ancha con unos
fuertes brazos y una determinación letal, era su reverso tenebroso.
Bajo su yugo, en cierto momento, Thrall había experimentado
cómo se sentía uno cuando se encontraba indefenso y
desamparado. Se había pasado toda la vida luchando para no
sentirse nunca más tan impotente e indefenso. Además, Thrall se
percató, gracias a la lucidez que le habían proporcionado ambas
visiones y que todavía no se había disipado, de que Lodonegro
representaba todo aquello contra lo que luchaba el orco... en su
fuero interno.

—Una vez te temí —masculló Thrall.

Entonces, mientras sostenía a Martillo Maldito con una fuerte y


verdosa mano, alzó la otra separando bastante los dedos. Acto
seguido, abrió la boca y profirió un grito de legítima ira que rasgó
el gélido aire. Al instante, un torbellino acudió a su llamada, que
giró y levantó nieve helada como si fuera un ciclón hecho de hielo.
De repente, con suma celeridad y precisión, cayó sobre Lodonegro,
a quien alzó cada vez más y más alto. Acto seguido, Thrall hizo
otro gesto con la mano y el humano cayó al suelo y no se movió de
donde había caído. Lodonegro se llevó una mano al pecho y, sin
más dilación, Thrall acortó la distancia que los separaba.

Observó fijamente a su adversario herido y entornó los ojos.


Mientras hablaba, alzó lentamente el Martillo Maldito hasta
colocarlo por encima de su cabeza, dispuesto a propinar el golpe
letal.

—Representabas todo lo que odiaba... eras un ser miserable y débil


que había tenido la fortuna de ocupar una posición de poder.
Lograste que me odiara a mí mismo de un modo...
288
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

De improviso, Lodonegro se puso de rodillas y lanzó una estocada


con Desgarracarne contra el torso desprotegido de Thrall. Si bien
el orco se echó hacia atrás, la punta de la espada alcanzó su
objetivo. Thrall gimió al sentir cómo cinco centímetros de acero
atravesaban su tripa. A continuación, cayó en la nieve.

—Ahora puedes decir lo que te plazca, orco —aseveró


Lodonegro—, pues estás a punto de reunirte con tus ancestros.
Esa vez, la voz del humano sonó más débil; además, esa estocada
había sido lanzada con menos fuerza que las anteriores. Thrall
debía de haber herido a Lodonegro más gravemente de lo que había
creído en un principio.

Thrall lanzó un rugido y apuntó a las piernas de su adversario con


el Martillo Maldito. Lodonegro esperaba que se levantase para
poder atacar, por lo que ese ataque desde el suelo lo pilló
desprevenido. El humano chilló al recibir el impacto del martillo.
Aunque la armadura absorbió gran parte del impacto, el golpe fue
lo bastante fuerte como para que Lodonegro perdiera totalmente
equilibrio.

Aquel humano no era ningún ser extraordinario ni excepcional. En


el sendero del tiempo alterado, Taretha había obrado de manera
acorde a su naturaleza y estaba seguro de que en el caso de
Lodonegro sucedía lo mismo. Quizá este Lodonegro no había
sucumbido a la bebida ni había malgastado sus energías al
depender tanto de otros. Sin embargo, seguía siendo el mismo
Aedelas Lodonegro de siempre: un hombre mezquino, un matón
que había medrado gracias a la traición y la manipulación.

Thrall también seguía siendo el mismo.

Lodonegro podía haber intimidado al orco cuando éste era joven,


podía haberlo enervado cuando reapareció como un hombre en
289
Christie Golden

apariencia más fuerte de cuerpo y espíritu. No obstante, a pesar de


que ahora sólo iba ataviado con una túnica, portaba una nueva
armadura; a pesar de que seguía blandiendo su habitual Martillo
Maldito, contaba con nuevas armas. Entonces, notó que la llama
del amor que sentía por Aggra ardía intensamente en su alma. No
se trataba de una distracción, sino de una llama reconfortante que
brillaba constantemente en su corazón; más real que el odio que le
brindaba ese hombre que se revolvía frenéticamente en la nieve,
mientras intentaba ponerse en pie a pesar de tener ambas piernas
lastimadas, blandiendo una espada con un brazo muy debilitado y
que en breve sería totalmente inútil. El amor de Aggra era tanto un
arma como una armadura que lo protegía y lo escudaba, que le
había permitido dar lo mejor de sí mismo en esa batalla, donde no
sólo se había combatido en el plano físico sino también en el
espiritual.

Thrall comprendió por fin que esos momentos en los que Lodo-
negro lo había humillado e intimidado, en los que había minado su
fuerza de voluntad y le había hecho sentirse un ser miserable y
despreciable... habían quedado atrás, formaban parte del pasado.
Y, por eso mismo, ya no tenían ningún poder sobre él. Thrall se
hallaba en ese momento presente y en ese momento no tenía miedo.

En ese momento, Lodonegro no ganaría.

Había llegado el momento de poner punto y final a todo aquello,


de enviar a Lodonegro a su funesto destino: morir a manos de
Thrall; de enviar todas esas dudas, inseguridades y miedos al lugar
al que pertenecían: al pasado, de verdad, y para siempre jamás.

La sangre de color roja y negra seguía manando de la herida que


había sufrido, manchando su túnica. El dolor lo ayudó a centrarse.
Thrall alzó el Martillo Maldito con suma destreza mientras
Lodonegro lograba ponerse en pie, tambaleándose. El martillo
impactó contra Desgarracarne, a la que apartó a un lado con suma
290
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

facilidad, pues Lodonegro ya no podía empuñar esa espada de dos


manos al tener el brazo herido. A continuación, Thrall alzó una
mano con la que apuntó al cielo. Al instante, se escuchó un crujido.

Un enorme témpano de hielo, situado debajo de una roca, se


desgajó del hielo y voló, como una daga lanzada por alguien muy
diestro, hacia Lodonegro. No obstante, como sólo era agua helada,
era imposible que lograra atravesar su armadura.

Pero la atravesó; golpeó al humano como si fuera un puño gigante.


A Lodonegro se le escapó un grito de dolor y sobresalto mientras
caía de rodillas sobre la nieve. Desarmado, casi inconsciente,
Lodo-negro alzó ambas manos para implorarle a Thrall.

—Por favor... —rogó con una voz ronca y débil, aunque Thrall
pudo escucharlo perfectamente—. Por favor, perdóname...

Thrall no era un ser carente de compasión. Pero, en su corazón, la


necesidad de hacer justicia y restaurar el equilibrio, tanto en el
sendero del tiempo alterado donde había surgido ese Aedelas Lodo-
negro como en el verdadero sendero de Thrall (al que ese humano
no pertenecía), era más fuerte que la compasión.

El orco alzó el arma por encima de su cabeza. Y no centró su


atención en el gesto de ruego de Lodonegro, sino en el brillo de las
placas de la armadura que Orgrim Martillo Maldito había portado
en su día, que él mismo había llevado en su día y a la que había
renunciado con sumo respeto.

Se sintió como una serpiente que mudaba de piel, notó cómo su


espíritu se tomaba más puro y fuerte. Le dio la impresión de que
completar ese proceso en que uno dejaba atrás su antiguo yo
llevaba toda una vida. Ahora, Thrall ya estaba preparado para
desprenderse de cualquier resto del poder que en su día aquel
humano había tenido sobre él.
291
Christie Golden

Hizo un gesto de negación con la cabeza. La serenidad reinaba en


su corazón, que no estaba henchido de alegría ni de ansia de
venganza, ya que lo que iba a hacer no era nada gozoso. No
obstante, experimentó una sensación de alivio, de liberación.

—No —dijo Thrall—. No deberías estar aquí, Lodonegro. No


deberías estar en ningún lugar. Con este golpe, restauro el
equilibrio y hago lo correcto.

Trazó un arco descendente con el Martillo Maldito, que aplastó el


yelmo de metal y la cabeza que se hallaba dentro. Lodonegro murió
al instante.

Thrall había matado a su sombra, a su reverso tenebroso.

292
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

17

Lodonegro murió en silencio. La nieve bajo su cadáver se tornó de


color rojo y se derritió. Thrall respiró hondo, exhaló y, JL-^a
continuación, se tambaleó hacia un lado. Acto seguido, se sentó,
dejándose caer pesadamente. El dolor de las heridas de la batalla y
la caída volvió a adueñarse de él. Una pequeña sonrisa se dibujó en
su rostro en cuanto se dio cuenta de que, en ese preciso instante,
sufría unos dolores inmensos. Cerró los ojos, pidió que lo curaran
y, de inmediato, sintió una oleada de calor que recorrió todo su
cuerpo en respuesta a su petición. Si bien estaba exhausto y seguía
dolorido, ya tenía curadas las heridas más graves, así que
sobreviviría.

No pensaba rendirse, iba a salir adelante. Aguardó un momento, se


armó de valor para poder soportar el dolor y se levantó. Aún
necesitaba encontrar un refugio. Todavía necesitaba encender un
fuego y hallar sustento. No iba a morir en ese lugar, no cuando tenía
que volver a ver a Aggra... y a otro ser que necesitaba la ayuda del
orco.

Llevaba ya un tiempo avanzando lenta y pesadamente por la nieve


cuando una sombra oscureció ésta. Thrall alzó la vista (tenía hielo
en las pestañas) y divisó una enorme silueta reptiliana planeando
293
Christie Golden

por encima de él. Se interponía entre el orco y el sol, por lo que no


pudo apreciar su color. A pesar de que se encontraba entumecido y
apenas era capaz de moverse, alzó el Martillo Maldito. No iba a
dejar que algo tan insignificante como un dragón crepuscular se
interpusiera entre él y Aggra.

—Espera, amigo orco —le pidió alguien que parecía hallarse


bastante contento—. He venido para llevarte a un lugar acogedor
donde podrás comer. He de confesar que creía que me limitaría a
recoger tu cadáver para que pudieran celebrar tu funeral, en el que
te ensalzaríamos como un héroe. Aunque, por lo que veo, me voy
a ganar la gratitud de mi Aspecto.

¡Era un dragón azul! Thrall sintió un alivio tan profundo que le


temblaron las piernas. Lo último que sintió antes de caer
inconsciente fue que unas poderosas garras se cerraban con suma
gentileza en tomo a él.

*******

Una hora después, Thrall se encontraba en el espacio conjurado del


Nexo, que ahora le resultaba ya familiar. Estaba sentado en una
silla y llevaba una gruesa manta encima, mientras sostenía una copa
que contenía alguna especie de brebaje caliente, que era al mismo
tiempo dulce y picante y que parecía restaurar sus fuerzas a cada
sorbo que daba.

Thrall tenía las manos extendidas sobre un brasero que ardía con
fuerza. Ese día, había estado cerca de la muerte en más de una
ocasión... de la muerte no sólo en el plano físico. Pero se había
negado a morir y ahora estaba ahí, muy contento por seguir vivo,
muy agradecido al fuego por proporcionarle su calor y a los
dragones azules por brindarle su amistad y por haber seguido
buscándolo cuando deberían haber abandonado toda esperanza de
hallarlo con vida mucho antes.
294
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Thrall.

El orco se levantó pasa saludar a su amigo Kalecgos. Pudo apreciar


que en el rostro semielfo del dragón había dibujada una sonrisa de
alivio justo cuando éste posó afectuosamente ambas manos sobre
sus antebrazos.

—Cuánto me alegro de verte —afirmó Kalecgos—. Dar contigo ha


sido toda una bendición que ha iluminado un día muy oscuro.
Cuéntame qué te ha pasado. Sentí una honda tristeza al verte caer.
Luego te busqué, pero fui incapaz de encontrarte.

Aunque Thrall sonrió ligeramente, su mirada era sombría.

—La nieve amortiguó mi caída, pero también me ocultó. Al


parecer, los ancestros aún no han considerado oportuno que pase a
engrosar sus filas.
—Narygos, el dragón que te encontró, me comentó que había un
cuerpo no muy lejos del lugar donde te divisó —afirmó Kalec.
—Sí, era Lodonegro —replicó Thrall.

Se sorprendió al no pronunciar su nombre con furia; se quedó


bastante estupefacto al comprobar que ya no albergaba más ira u
odio en su corazón cuando decía aquel nombre. Lodonegro había
sido derrotado de una vez por todas y en todos los sentidos. No sólo
había desaparecido de ese sendero del tiempo, donde nunca debería
haber estado, sino que su influencia también se había desvanecido.
Cualquier clase de poder o influencia que hubiera podido ejercer
sobre Thrall había muerto con él.

Kalec asintió.

—Sospeché que era él en cuanto me describieron el cadáver. Me


alegro de que te alzaras victorioso... y también me sorprende, si me
295
Christie Golden

permites la franqueza. Tener que luchar tras haber sufrido esa


caída, tras soportar tanto frío... bueno, me parece que los orcos son
bastantes más duros de lo que creía.

—Fue una lucha que no libré solo —replicó Thrall con suma
calma—. Pero sé de alguien que se encuentra muy sola.

Como Kalec lo miró con gran curiosidad, Thrall tuvo que


explicarse más.

—Dejé a alguien atrás para poder cumplir con la tarea que Ysera
me había encomendado. He de volver a verla, con independencia
de lo que suceda en este mundo.

El dragón azul asintió.

—Lo entiendo —dijo—. Espero que vuelvas a verla, Thrall.


—Sé que lo haré. Estoy seguro —replicó a Kalec, posando su
mirada sobre él—. Pero me temo... que tú no lo tienes tan claro.
Kalec frunció el ceño, se volvió y siguió caminando.
—Caíste en mitad de la batalla, Thrall —aseveró con tono sereno—
. No viste lo que ocurrió a continuación.

Entonces, se quedó callado y Thrall aguardó a que prosiguiera


pacientemente.

—Ese ser, ese tal... Chromatus... así es como he oído llamarlo al


Padre Crepuscular... ¿sabes lo que es? —inquirió Kalec.
—Me lo has descrito como un dragón cromático. Desharin me
habló de esas criaturas, pero me aseguró que todas estaban muertas.
Kalec movió su brillante cabeza azul de lado a lado.
—Eso pensábamos. No son hijos de la naturaleza, Thrall. Son seres
que han sido creados por otros. Engendros artificiales. Y éste en
concreto... nunca había oído hablar de él, pero, sin duda alguna, fue

296
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

el mayor éxito de Nefarian. Nunca había visto a una bestia de cinco


cabezas.
—Cinco cabezas —caviló el orco—. Cada una del color de un
vuelo distinto.

Se imaginó a ese espantoso monstruo y no pudo quitarse esa


imagen de la cabeza, por mucho que lo intentara.

—Cinco cabezas —repitió Kalecgos aún más horrorizado—. Así


es. Los dragones cromáticos no solían vivir mucho tiempo. Aunque
quizá Nefarian dio con la solución a ese problema pues, al crear un
dragón con cinco cabezas, también contaba con cinco cerebros.
Quizá ésa sea la clave por la que Chromatus es tan poderoso, a
pesar de que en la batalla... aún parecía débil.

Thrall no pudo disimular su asombro.

—¿Débil?

Kalec se giró y cruzó su mirada con la del orco.

—Sí, débil —repitió—. Tambaleaba, vacilaba. A veces, sus alas no


podían con su peso. Y, aun así, mi vuelo ha sido incapaz de
plantarles cara tanto a él como a los dragones crepusculares. Me ha
derrotado, Thrall. Ahora soy un Aspecto y no peco de arrogante si
afirmo que, sí descartamos a los demás Aspectos, no debería haber
un solo dragón capaz de derrotarme. Sin embargo, tuve que ordenar
la retirada ya que, si no, me habría matado a mí y a todo mi vuelo
entero. Lo atacamos con todo nuestro poder, con todas nuestras
fuerzas, y nos venció a pesar de hallarse débil.

A esas alturas, Thrall sabía que Kalec siempre intentaba pensar en


positivo. No se rendía con facilidad ante las emociones negativas
como la ira o la desesperación. Aun así, Thrall notó que la

297
Christie Golden

resignación, la preocupación y la desesperación se habían


apoderado de su semblante y de su voz.

Thrall entendía por qué.

—Por alguna razón, todavía no se encontraba en plenitud de


facultades —afirmó el orco—. Pero, en cuanto esté en plena
forma...

En ese instante, le dio la impresión de que en los ojos azules de


Kalec podía atisbarse todo un universo de sufrimiento y dolor.

—Será muy poco probable que algo o alguien pueda detenerlo —


apostilló.
—Te equivocas —objetó Thrall pensativo—. Lo hay.
—Estamos desunidos en un momento en que deberíamos estar más
unidos que nunca —aseveró Kalec—. Si Chromatus lidera a los
dragones crepusculares... nos derrotará... no, más bien, nos
eliminará... tanto a mí como a mi vuelo si se nos ocurre
aproximamos a él una segunda vez sin refuerzos.
—Ysera y Nozdormu te apoyarán —le aseguró Thrall—. Ellos y
sus vuelos se unirán a ti.
—Pero no será suficiente —replicó Kalec, desanimado—.
Necesitamos también a los dragones rojos. Y no sólo a ellos... sino
también a la Protectora. Durante la batalla, mi vuelo sintió mucho
temor, Thrall, y he de admitir que yo también. Contemplar a esa
aberración, a la que sabes que no puedes derrotar... —entonces,
negó con la cabeza—. Necesitamos el ánimo y la esperanza que
podría insuflamos; sin embargo, ahora, es incapaz de insuflarse
ánimo ni esperanza a sí misma. Y, sin ella, creo que fracasaremos
estrepitosamente.
—Volveré a hablar con ella —sugirió Thrall.
—La última vez, no te escuchó —replicó Kalec, cuya agradable
voz se vio desfigurada por una amargura que era impropia de él—
. Y tampoco te escuchará esta vez. Estamos perdidos, Thrall, y...
298
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

no sé qué hacer. Soy un Aspecto. Poseo... nuevas percepciones,


entiendo las cosas desde nuevas perspectivas. Resulta difícil de
explicar. Aunque soy mucho más de lo que era antes, en muchos
sentidos, tengo la sensación de que no he cambiado nada. Tengo la
sensación de que soy el Kalecgos de siempre y no sé qué hacer.
Thrall se aproximó a su amigo y posó una de sus enormes manos
verdes en el hombro de Kalec.
—Te ganaste el corazón de tu vuelo gracias a la humildad que anida
en tu corazón. Ahora posees el poder del Aspecto de la Magia, pero
eso no ha cambiado quien eres, la parte esencial de tu ser. Sé que
tienes el valor necesario para afrontar esta tarea, Kalec. Y sé que
parece imposible de abordar. Pero... mientras yacía en la nieve,
entre la vida y la muerte... —en ese instante, el orco titubeó— tuve
una visión que sé que es cierta en lo más hondo de mi corazón, que
sé que no era el último aliento de un orco moribundo.

Kalecgos asintió, pues lo creía totalmente.

—¿En qué consistió esa visión?

Thrall hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Aún no puedo compartirla contigo. Debo contársela a


Alexstrasza antes que a nadie. Gracias a esta visión, creo que podré
lograr que vuelva a ser quien era. Y, si acabas contando en tu bando
con la Protectora y los dragones rojos... quizá Chromatus se
empiece a inquietar un poco.

Al instante, ambos esbozaron unas amplias sonrisas.

*******

Los cultores del Martillo del Crepúsculo se encontraban muy


atareados.

299
Christie Golden

A pesar de que habían logrado insuflar vida a Chromatus, su cuerpo


seguía pudriéndose y siendo repulsivo. Había luchado ferozmente
hasta alcanzar la victoria aunque seguía débil y acababa de renacer.
Ahora yacía sobre la nieve cerca del templo y se sentía muy
hambriento. Exigió que satisficieran su apetito y le trajeron carne,
que devoró con glotonería y con la que se dio un gran festín.

El Padre Crepuscular se encontraba a su lado; se hallaba un tanto


aturdido por la inesperada victoria. Alamuerte no podía echarle en
cara nada de lo que había sucedido aquel día. Lodonegro había
destruido al decepcionante Arygos y había utilizado la peculiar
sangre del dragón para abrir el Iris de Enfoque. Ese dragón había
sido más útil a la causa muerto que vivo. Asimismo, uno de los
dragones crepusculares había informado de que Thrall se había
caído de la espalda de Kalecgos y de que Lodonegro había seguido
buscando al orco con el fin de matarlo en el caso de que hubiera
sobrevivido a la caída. Y, si bien era cierto que los dragones
crepusculares habían rechazado el avance de los azules, lo más
importante de todo era que Chromatus había cobrado vida. A pesar
de ser un recién nacido, había derrotado a los dragones del vuelo
azul, a quienes ahora lideraba un nuevo Aspecto llamado Kalecgos,
que habían atacado con todo.

Chromatus había permanecido callado durante la última hora


mientras se alimentaba de los cadáveres de alces de avalancha que
habían cazado para él. Ahora, sin embargo, dejó de comer y alzó
su enorme cabeza negra.

—Voy a necesitar más —dijo de manera mecánica.


—Tendrás todo cuanto necesites, Chromatus —le aseguró el Padre
Crepuscular—. Te seguiremos trayendo carne hasta que, o a menos
que, decidas cazar tu comida por ti mismo.
—Pronto lo haré —replicó la cabeza negra con una voz profunda
que se sentía más que se oía—. Cuanto más tiempo lleva muerta la
pieza, más sabrosa me sabe.
300
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Ésa es una gran verdad —admitió el Padre Crepuscular.

Entonces, Chromatus agachó su cabeza negra para que ésta siguiera


comiendo a la vez que levantaba la roja. Se mantuvo de perfil y
volvió un ojo colosal para observar al humano que se encontraba
allá abajo.

—Esos dragones aún no van a rendirse sin más, no van a mostrarme


voluntariamente sus gargantas para que se las muerda y los mate
—lo advirtió—. Volverán a intentar atacarme.

El Padre Crepuscular no se percató de que el dragón había utilizado


un tono de advertencia en su voz.

—Serían unos necios si lo hicieran y creo que se encuentran


demasiado desanimados como para intentar cualquier necedad —
replicó—. Ysera está desaparecida y su vuelo se siente perdido.
Quizá sea cierto que han dado con Nozdormu, pero ni él ni su vuelo
han acudido aún en ayuda de sus compañeros. Alexstrasza se
encuentra llorando sus penas como si fuera una muchacha humana
y su vuelo, al parecer, es incapaz de realizar las tareas más básicas
sin ella. Por otro lado, ya has demostrado a los azules lo poderoso
que eres y su Aspecto es demasiado compasivo como para poder
liderarlos como es debido. Thrall, su supuesto héroe, o bien está
muerto en un banco de nieve o bien pronto será atravesado por la
espada ancha de Lodonegro. Creo que puedes tardar en recuperarte
el tiempo que quieras, amigo mío.

La cabeza roja del dragón le lanzó una mirada iracunda con sus
relucientes ojos púrpura.

—No soy tu amigo, Padre Crepuscular —le espetó con un tono de


voz suave pero a la vez inquietante que hizo que el corazón dejara
de latirle al humano por un instante—. Como tampoco soy tu hijo

301
Christie Golden

o tu siervo. Ambos servimos al poderoso Alamuerte, a quien mi


padre me obligaba a servir; eso es lo único que tenemos en común.

El Padre Crepuscular no mostró temor alguno, aunque sospechaba


que el dragón era capaz de oler el miedo. Aguardó un instante para
cerciorarse de que no le iba a temblar la voz y entonces dijo:

—Por supuesto, Chromatus. Ambos servimos con total lealtad.

Aunque esa cabeza del dragón cromático entornó los ojos,


Chromatus decidió no insistir más en ese tema.

—No eres un dragón, así que no puedes entenderlos como yo. Tal
vez se encuentren divididos y desesperados, pero te aseguro que
volverán. Lo harán una y otra vez hasta que perezcan todos.
—Lo cual puede que ocurra en cuanto acabe la próxima batalla —
agregó la cabeza azul, riéndose levemente entre dientes—. No
obstante, si bajas la guardia, tú serás el verdadero necio. Todavía
no he recuperado todas mis fuerzas. Y las necesitaré todas cuando
el próximo ataque se produzca.

Entonces, la cabeza azul dejó de hablar y se agachó para abrir sus


fauces y devorar a una alce adulta de un solo bocado. Acto seguido,
inquirió:

—La hija de Malygos todavía vive, ¿no?

Esa pregunta confundió al Padre Crepuscular.

—Sí, aún vive, pero ya hemos utilizado la sangre de un vástago de


Malygos para activar la aguja.

En ese instante, la cabeza negra le lanzó al humano una mirada


fulminante.

302
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Ahora lo que importa es su estirpe, no su sangre.


—Oh —replicó el Padre Crepuscular quien, súbitamente, se dio
cuenta de lo que el dragón cromático acababa de insinuar—. Oh.
¿Quieres que, eh, te la traiga ahora?
—El tiempo pasa —señaló la cabeza bronce—. Soy el único sujeto
viable que surgió de los experimentos de mi padre. Si empleamos
un método más estable... más... tradicional para crear cachorros
cromáticos, tal vez nos aseguremos de que sean lo bastante fuertes
como para sobrevivir. Al ser yo el padre y la madre, la última hija
de Malygos... es probable que nuestra descendencia sea fuerte. Pero
primero he de descansar. Tráemela dentro de unas horas. No te
preocupes por el collar: la liberaré en cuanto esté listo. Incluso bajo
su forma de dragona, no será rival para mí.

De inmediato, el Padre Crepuscular se volvió hacia uno de sus


asistentes.

—Dentro de tres horas, lleven a la dragona azul prisionera ante


Chromatus. Ahora debo ir a hablar con nuestro amo para
informarlo de nuestros éxitos.
—Tus deseos son órdenes —contestó el asistente quien, al instante,
se apresuró a obedecer.

La cabeza verde de Chromatus se comió otro alce y mascó sus


huesos mientras observaba cómo aquel asistente se alejaba
corriendo. Entonces, profirió un hondo suspiro que hedió a carne
cruda, se tumbó sobre el suelo nevado y cerró los diez ojos. Sin
embargo, antes de que pudiera sumirse en un profundo sueño, la
cabeza negra dijo la última palabra.

—Y mis deseos son órdenes para ti —le espetó al Padre


Crepuscular.

El Padre Crepuscular se arrodilló ante el orbe, que se encontraba


repleto de tinieblas y peligros.
303
Christie Golden

—Mi señor Alamuerte —saludó humildemente.

El orbe se abrió con un crujido, liberando un humo negro como la


noche en la que se formó la imagen del monstruoso dragón de ojos
relucientes.

—Será mejor que me traigas buenas noticias —contestó con voz


atronadora el Aspecto de Dragón negro.
—Las traigo —replicó el Padre Crepuscular con suma celeridad—
. En verdad, no puede haber unas noticias mejores. ¡Chromatus
vive!

Satisfecho, Alamuerte soltó una risita ahogada y muy grave que


retumbó con fuerza. Acto seguido, a modo de respuesta o de eco,
el Padre Crepuscular notó que la misma tierra retumbaba
tenuemente también.

—Sí son buenas noticias, sí. ¡Me alegro de que hayan tenido éxito!
Muy bien, ¿alguna buena nueva más?

El Padre Crepuscular titubeó. Por desgracia, también había malas


noticias, pero incluso ésas tenían un lado positivo.

—Arygos nos ha fallado aunque, al final, nos ha resultado muy útil.


Lo hemos utilizado para lo que pensábamos utilizar a su hermana.
Activamos el iris de Enfoque con su sangre y, gracias al Iris,
¡seremos capaces de dominar toda la energía arcana del Nexo!
Hemos creado una aguja de flujo para poder transferir todo ese
glorioso poder directamente a Chromatus.

Entonces, por un largo momento que pareció durar siglos, reinó un


silenció aún más terrible que la ira de Alamuerte.

304
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Deduzco que Arygos no fue elegido Aspecto. Así que los


dragones azules no se encuentran bajo mi yugo —dijo Alamuerte
en voz baja, con un tono bastante sereno. Aunque la serenidad y la
calma nunca iban de la mano de ese demente Aspecto.
—No, mi señor. No entiendo cómo funcionan esas cosas (según
Parece, nadie lo sabe en realidad) pero, de algún modo, los poderes
del Aspecto han sido transferidos a otro.
—A Kalecgos —dijo Alamuerte, arrastrando las sílabas y
pronunciando ese nombre con odio.
—Sí, mi señor. Arygos avisó al vuelo de dragón crepuscular en
cuanto se dio cuenta de lo que había pasado. Después, voló hasta
el Ojo, donde Lodonegro lo mató y utilizó su sangre para abrir el
Iris de Enfoque. De inmediato, el vuelo azul, liderado por
Kalecgos, nos atacó. Pero, mi señor, Chromatus, a pesar de acabar
de nacer y hallarse muy débil, ¡fue capaz de rechazar su avance y
de obligarlos a huir! En cuanto tenga pleno dominio de su fuerza y
de su poder, nada ni nadie podrá oponerse a él. Como puedes
comprobar, da igual que Kalecgos sea el nuevo Aspecto. Aun así,
¡triunfaremos!

Acto seguido, aguardó a la respuesta de su amo mientras el sudor


se le acumulaba bajo los sobacos. Tardaba mucho en decir algo.

—Empezaba a pensar que iba a tener que plantarme ahí para hacer
lo que hay que hacer por mí mismo —comentó Alamuerte, con un
cierto tono de advertencia en su voz.

Presa de un gran alivio, el Padre Crepuscular tuvo que hacer un


gran esfuerzo para no hundir los hombros.

—No, Magno Amo. Como puedes ver, puedo servirlo muy bien.
—Lo cual resulta... reconfortante. Me encuentro en un momento
muy delicado de mis planes actuales. Y, si alguien me obligara a
dejarles de prestar atención, me enfurecería bastante. Pero tienes

305
Christie Golden

razón en lo que has dicho. No obstante, ¿qué se sabe de Thrall? ¿Ha


muerto?
—Se cayó de la espalda de Kalecgos durante la batalla —respondió
el Padre Crepuscular—. Aunque hubiera sobrevivido a la caída, lo
cual es bastante improbable, su destino está sellado: Lodonegro ha
ido tras él.
—Entonces, crees que está muerto, ¿no?
—Seguramente, sí.
—Pues yo no lo creo —replicó Alamuerte—. Quiero ver su
cadáver. Búsquenlo todo el tiempo que deban y luego tráiganlo ante
mí. No quiero descartarlo en mis planes sin antes ver su cuerpo.
—Como desee, mi señor. Así se hará.
—Hasta que se recupere del todo, Chromatus va a necesitar que lo
vigilen de cerca. No debe sufrir daño alguno.
—No lo sufrirá. Además, Chromatus tiene ya puestas las miras en
el futuro. Ha exigido que llevemos a Kirygosa ante él. Gracias a los
huevos de ésta, quizá podamos obtener dragones cromáticos que
vivan largo tiempo.
—Chromatus es un dragón muy sabio. Muy bien, muy bien.
Kirygosa tendrá el honor de ser la madre de nuestro futuro —
comentó y, acto seguido, su grotesca mandíbula metálica descendió
levemente a modo de sonrisa—. Me siento muy satisfecho. Lo has
hecho muy bien a pesar de los obstáculos que has tenido que
sortear, Padre. Sigue así y serás recompensado.

Súbitamente, el humo que había formado la imagen de Alamuerte


se transformó de nuevo en una niebla negra que giraba sobre sí
misma velozmente, que cayó al suelo y se solidificó bajo la forma
de un orbe negro, recuperando así su aspecto original. Aliviado, el
Padre Crepuscular hundió los hombros y se secó el sudor de la
frente.

*******

306
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Se las habían ingeniado para llevar un laboratorio bastante


completo consigo, que Kirygosa había llegado a conocer muy
íntimamente. Conocía cada vaso de precipitados en cuyo interior
burbujeaba algún líquido, cada pequeño quemador, cada frasco,
cada aguja y cada «espécimen» guardado en tarros etiquetados
diligentemente. Conocía los aromas y los sonidos propios de aquel
lugar, así como las herramientas que los boticarios empleaban para
hacer su trabajo.

Ahí había conocido la agonía, la humillación y el sufrimiento más


atroz. Aunque a veces había deseado morir, en realidad no deseaba
arrojarse a los brazos de la muerte. Asimismo, sabía que no la
matarían... mientras les resultara útil.

Y, en cuanto le hubieran hecho lo que querían hacerle, ya no la


necesitarían.

Le latía el corazón desbocado. La observaban atentamente. En el


pasado, se había resistido con uñas y dientes a que la torturaran,
obteniendo una pequeña satisfacción si en la refriega lograba
lastimar a sus torturadores. Sin lugar a dudas, esta vez esperaban
que se resistiera mucho más de lo habitual. Pero ella reaccionó de
manera inesperada: adoptando un semblante sombrío y adusto.
Como se hallaba exhausta, no le costó mucho que las lágrimas se
asomaran a sus ojos.

—¿La dragona azul ya no protesta? —preguntó uno de ellos a


modo de burla, aunque también porque se hallaba un tanto
sorprendido por la actitud de la prisionera.
—¿De qué serviría? —replicó Kirygosa con desgana—. En otras
ocasiones, no he logrado nada así. Además, al principio, aún
albergaba esperanzas de que vinieran a rescatarme —entonces, alzó
sus ojos anegados de lágrimas—. Espero que esta vez no me lleven
a rastras de aquí para allá para luego olvidarse de mí hasta que me
vuelvan a necesitar, ¿verdad?
307
Christie Golden

Otro de ellos, una trol llamada Zuuzuu, negó con la cabeza y estalló
en carcajadas.

—Me parece que nadie te ha dicho adónde vas esta vez.

Kirygosa sintió un nudo en el estómago de puro terror.

—Creía que... me llevaban de nuevo al laboratorio.

Los dos cultores se intercambiaron unas miradas plagadas de


crueldad.

—No, bonita dragoncita —replicó Zuuzuu—. Has llamado la


atención de Chromatus.
—¿Qu-qué? —tartamudeó Kirygosa.

Seguramente, no podía estar diciendo lo que creía que estaba


diciendo... no, con ese monstruo putrefacto de cinco cabezas no...

—Piensa que podrás engendrar una descendencia de dragones


cromáticos que no mueran a las primeras de cambio —comentó
Josah, un humano grande, de constitución robusta, que tenía el pelo
rubio rojizo—. Aunque te advierto una cosa: no te esperes una cena
a la luz de las velas como preámbulo.

Ambos se rieron, Zuuzuu con unas horrendas carcajadas y Josah


con unas sonoras y petulantes risotadas.

Kirygosa quería matarlos. Quería hacerlos picadillo y huir de ahí


volando, aunque luego unos dragones crepusculares la mataran.
Prefería ser torturada hasta la muerte o soportar cualquier otro
fatídico destino menos aquél al que la llevaban.

308
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

En ese mismo momento, se percató de que esta oportunidad no se


le había presentado antes. Hizo todo lo posible para no vomitar y
no temblar de furia y horror, mientras fruncía el ceño pensativa.

—Si engendramos descendencia, seré muy valiosa para ustedes —


afirmó.
—Seguro —replicó Zuuzuu—. En virtud de tu estirpe, quizá seas
la única que pueda dar a Chromatus la clase de bebés que quiere.

Kiry procuró no encogerse de miedo al imaginarse a otras hembras


de todos los vuelos siendo sometidas a los deseos de Chromatus y
se limitó a asentir.

—Podría llegar a ser reina.


—Por un tiempo, tal vez —apostilló Josah, quien se había
adelantado un poco a Kiry y Zuuzuu—. Pero el final de todo cuanto
existe llegará. Incluso para ti.

Zuuzuu era quien sostenía la cadena de plata. Kirygosa se había


dado cuenta de que, a medida que iban hablando, la trol sostenía
cada vez con menos fuerza la cadena. A continuación, se fijó en sus
armas: dos dagas enfundadas que llevaban a la altura de la cadera.
Se aproximaban a una escalera circular que los llevaría al nivel
inferior. Y a Chromatus. Josah ya había empezado a bajar las
escaleras y pronto tendrían que seguir bajando en fila de a uno.

Ahora.

Con la mano derecha, Kiry tiró de la cadena, que la trol soltó al


instante pues no la estaba agarrando con suficiente fuerza. Luego,
alzó el brazo izquierdo para rodear con él el cuello de Zuuzuu. La
trol intentó quitarse de encima ese abrazo letal como pudo y le hizo
unos profundos arañazos a Kiry en el brazo. La dragona ignoró el
dolor y la ahogó con todas sus fuerzas y con suma rapidez, hasta
que los ojos de la trol se pusieron en blanco y ésta dejó de moverse.
309
Christie Golden

Acto seguido, con un mismo rápido movimiento, Kiry dejó caer el


cadáver al suelo con mucho cuidado y le quitó la daga.

Lo había hecho todo con gran sigilo. Josah no se había percatado


de nada y seguía hablando sin que nadie lo escuchara.

—Espero vivir suficiente como para verlo —comentó, con cierta


melancolía—. Me refiero al final de toda la existencia, claro.
Aunque nuestro destino sea morir tal y como ordena el Padre
Crepuscular, quizá se sentiría satisfecho si...

Sus palabras terminaron en un confuso gorgoteo en cuanto


Kirygosa le clavó la daga de Zuuzuu en el cuello. Le tapó la boca
con una mano para que esos espantosos gemidos no se oyeran y,
acto seguido, lo dejó caer al suelo con cuidado tal y como había
hecho con la trol.

Tenía las manos manchadas de sangre y las pulsaciones al máximo


y, además, respiraba agitadamente. Se limpió las manos con la ropa
de Josah lo mejor que pudo y también utilizó esas prendas para
limpiar la daga. Tenía los oídos bien abiertos por si escuchaba algo
que indicase que la habían descubierto. Ahí reinaba el silencio.

Brevemente, se llevó una mano a la cadena, que todavía obligaba a


su prisionera a seguir portando su débil forma humana aunque, al
menos, ahora nadie agarraba el otro extremo.

Ahí no había ningún lugar adonde pudiera arrastrar los cuerpos


para ocultarlos; el templo era una estructura abierta con muchas
zonas al aire libre, por lo que contaba con muy pocos recovecos y
espacios cerrados. Muy pronto, en cuanto no apareciera donde la
estaban esperando, vendrían a buscarla y encontrarían los
cadáveres en la rampa.

310
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Pero, si había suerte, Kirygosa ya habría puesto pies en polvorosa


para entonces.

Se movió rápidamente y con sumo sigilo; bajó corriendo la rampa


sin que apenas se escuchara el roce de sus botas. Por fortuna, ya
había anochecido; al menos, podía ocultarse entre las sombras.

No obstante, el Padre Crepuscular mantenía a sus esbirros muy


ocupados incluso después del anochecer. En la nieve, había
antorchas clavadas que irradiaban un fulgor rojo anaranjado que
alejaba a las sombras de color azul púrpura. Kirygosa llegó al nivel
inferior y se pegó todo lo posible a uno de los muros de la arcada,
mientras examinaba los alrededores atentamente.

Si hubiera podido adoptar su verdadera forma, habría podido huir


volando de ahí al instante. Pero sus enemigos se habían cerciorado
de que eso no fuera posible. Entonces, tanteó con el dedo la cadena
que llevaba en el cuello y la obligaba a mantener esa forma. Iba a
necesitar un medio de transporte. En aquel lugar, utilizaban a toda
clase de animales como monturas, aunque solían utilizarlas más
como bestias de carga que otra cosa, como las que, hasta hace poco,
habían tirado del carromato que había transportado el cuerpo
inanimado de esa pesadilla, que ahora yacía dormida no muy lejos
del lugar donde Kirygosa se escondía entre las sombras.

Aunque también había algunas monturas que pertenecían a un


puñado de los miembros del escalón más alto de la jerarquía del
culto. Estos privilegiados no se habían visto obligados a atravesar
Rasganorte a pie, en un viaje cruel y agotador, tal y como había
tenido que hacer la mayoría de los cultores para llegar hasta el
templo. Un poco más allá, divisó a varias de esas monturas que se
encontraban amarradas a una buena distancia de la luz de las
antorchas. Divisó unos cuantos lobos, unos caballos de grueso
pelaje, unos sables de la noche e incluso unos cuantos alces y un

311
Christie Golden

par de dracoleones. Algunos de ellos sólo permitían que sus jinetes


se montaran en ellos.

Pero algunos dejaban que sobre su grupa se montara cualquiera.

Sólo había un problema: para poder hacerse con un dracoleón,


tendría que pasar justo al lado del dormido Chromatus.

Titubeó, el terror volvió a apoderarse de ella... Si se despertaba...

Entonces, te pasará lo mismo que te habría pasado si hubieras


dejado que te llevaran ante él dócilmente. Pero, si superas ese
escollo...

Era la única manera de salir de ahí. Si no lograba superar ese


escollo, aún tenía la daga. La usaría para suicidarse y no tener que
entregar su cuerpo a esa abominación.

A continuación, se metió la cadena dentro de la camisa de lino,


cogió la daga (un arma patética si uno pretendía utilizarla contra
una criatura tan grande) y avanzó lentamente.

La respiración del dragón cromático recordaba a una leve brisa al


salir y entrar constantemente de sus enormes y preternaturalmente
animados pulmones. Bajo su forma humana, Kirygosa, en cuestión
de tamaño, era como un ratón comparado con un tigre; no obstante,
temía que el mido de sus pisadas, que amortiguaba la nieve, y los
latidos de su corazón desbocado lo despertaran. Chromatus no
estaba hecho un ovillo sino que yacía con las cabezas bien
extendidas, mientras su pecho se alzaba y bajaba lentamente con
cada respiración.

Kiry quería echar a correr pero no lo hizo. En vez de eso, paso a


paso, y sigilosamente fue dejando atrás esa enorme silueta moteada
con diversas tonalidades. Olía a almizcle y a rancio, como si el
312
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

hedor de la putrefacción que había sufrido durante tanto tiempo no


pudiera dispersarse por el mero hecho de que le hubieran insuflado
vida. De repente, sintió un nudo en el estómago; un nudo de odio
que le proporcionó nuevos ánimos y reafirmó su determinación.

Ahí estaba en juego mucho más que su vida. El Padre Crepuscular


la había mantenido prisionera el tiempo suficiente como para
haberse enterado de ciertas cosas... cosas que él no era consciente
que ella sabía. Si lograba contactar con Kalec y el resto de dragones
azules y les pudiera facilitar esa información, quizá podría
contarles algo que podría ayudarlos a la hora de lanzar su ataque.

Porque iban a volver a atacar. Kirygosa conocía a sus congéneres.


Y quería estar con ellos en esa ocasión y no encerrada en una
prisión ni desamparada y débil por culpa de una cadena que portaba
al cuello.

Chromatus se estremeció.

Kirygosa se quedó paralizada al instante y ni se atrevió a respirar.


¿Acaso ese monstruo había percibido su súbito ataque de odio?
¿Acaso la había olido, tal vez? ¿O acaso había aplastado sin querer
alguna ramita que se hallaba escondida bajo la nieve?

El dragón cromático se movió, alzó su descomunal cabeza bronce


y la volvió a bajar, profiriendo un gran suspiro. Acto seguido, alzó
la cola y golpeó el suelo con ella. Después, volvió a quedarse
quieto; su pesada respiración denotaba que volvía a estar sumido
en un sueño profundo.

Kirygosa, sumamente aliviada, cerró los ojos brevemente y


reanudó el paso. Avanzó con cuidado y lentamente hasta que pudo
dejar de observar la silueta colosal y horrenda de Chromatus.
Entonces, posó la mirada sobre el dracoleón que iba a llevarla a la
libertad.
313
Christie Golden

Los lobos y sables de noche estaban demasiado unidos a sus jinetes


como para que ella pudiera robarlos. Los alces no estaban lo
suficientemente amaestrados como para portar un jinete, aunque
ese tipo de alces eran nativos de esas tierras y la habrían
transportado a gran velocidad de haber sido posible. Además, tanto
esos alces como el resto de herbívoros se mostrarían asustadizos al
percibir el olor a sangre del que aún se no se había desprendido.
Sabía que los dracoleones, que la Horda solía utilizar como sus
principales monturas a la hora de volar, solían ser
sorprendentemente tranquilos y en el templo había tan pocos que
estaban adiestrados para aceptar a cualquiera sobre sus lomos.
Cualquiera que supiera manejarlos, claro. Kirygosa una vez más se
vio obligada a superar su miedo y se dijo a sí misma que tenía
mucha suerte de que todavía hubiera dos dracoleones disponibles.
Se aproximó al que había elegido y le murmuró algo en voz baja.
El animal giró su cabeza, que recordaba a la de un león, y parpadeó
con indiferencia mientras estiraba y flexionaba sus alas, que
recordaban a las de un murciélago. No estaba ensillado y la dragona
no se podía permitir el lujo de perder el tiempo buscando una silla.
En cualquier momento, sonaría la alarma y tenía que poner la
mayor distancia posible entre ella y el templo.

Kirygosa había visto a algún que otro jinete montado en un


dracoleón, pero nunca se había subido a uno. Con suma cautela,
pasó una pierna por encima de aquella gran bestia, que gruñó y se
volvió a mirarla; sin lugar a dudas, intuía que era una jinete sin
experiencia.

Kiry acarició al dracoleón de un modo que esperaba que lo calmara.


Luego cogió las riendas y lo obligó a girar la cabeza hacia el cielo.
El animal, que era muy obediente y estaba muy bien adiestrado,
saltó... la dragona profirió un grito ahogado, se tendió sobre el
dracoleón y se aferró a él con fuerza. El animal enseguida recuperó
la estabilidad, planeó y aguardó órdenes. Kirygosa tiró de las
314
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

riendas y guió a su montura al oeste, hacia Gelidar y el Nexo, donde


esperaba que Kalecgos y su vuelo aún siguieran congregados.

Se inclinó y se acercó a la oreja del dracoleón, con el fin de utilizar


la escasa magia que pudo reunir con esa cadena todavía alrededor
del cuello para convencer a aquella bestia de que se tranquilizara.
De inmediato, el animal se calmó.

—Ambos sabemos volar —le susurró—. Pero ahora debes


enseñarme a ser un jinete del viento, amigo mío.

Probablemente fue sólo cosa de su imaginación, pero habría jurado


que aquella bestia le contestó con un gruñido de aprobación.

315
Christie Golden

18

Thrall nunca se hubiera imaginado que acabaría volviendo a ese


lugar, sobre todo tan pronto. Mientras volaba montado en la
espalda de Narygos, el orco tuvo la sensación de que ahora era una
persona totalmente distinta a la que se había aproximado la última
vez a la Protectora.

Ardía en deseos de volver a ver a Aggra; su amor era un fuego


sereno que ardía en las brasas de la pasión y que lo mantenía a flote
y lo reconfortaba. Había sido testigo (e incluso había tenido un
papel clave en ello) de cómo los dragones azules redescubrían las
verdaderas esencias de sus corazones y espíritus. Habían recibido
el Aspecto que se merecían: uno que destacaba por su fuerza, su
compasión y su sabiduría, uno que realmente pensaba en defender
los intereses del vuelo.

—La última vez que la vi, estaba ahí —le indicó Thrall.

Al instante, el dragón descendió suavemente y voló hacia un pico


rocoso. A medida que se acercaban, Thrall pudo comprobar, con
cierta preocupación, que Alexstrasza seguía ahí. Seguía en la
misma postura que entonces, sentada con las piernas dobladas

316
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

sobre el pecho; era la viva imagen del dolor. Se preguntó si se había


movido siquiera desde su última visita.

—Déjame a cierta distancia —le pidió el orco—. Como no creo


que quiera ver a nadie ahora mismo, quizá todo sea más fácil si me
acerco solo.
—Como desees —replicó Narygos, mientras aterrizaba con suma
elegancia.

Acto seguido, se agachó para que Thrall pudiera desmontar con


mayor facilidad. Entonces, el orco se dio la vuelta y alzó la vista
hacia el dragón.

—Gracias por traerme hasta aquí —le dijo—, pero sería mejor que
no me esperes.

Narygos ladeó la cabeza.

—Si no logras convencerla...


—Si no logro convencerla —replicó Thrall con serenidad y suma
gravedad—, no tendrá ningún sentido que regrese.

Narygos asintió, pues lo comprendía perfectamente.

—Entonces, te deseo buena suerte, por nuestro bien.

A continuación, le dio a Thrall un dulce y afectuoso golpecito con


su enorme cabeza. Luego, recobró la compostura y ascendió de un
salto hacia el cielo. Thrall observó cómo se perdía en la lejanía y,
acto seguido, se encaminó hacia el lugar donde se hallaba la
Protectora.

La dragona lo oyó aproximarse, tal y como había sucedido en la


ocasión anterior. Habló con una voz ronca, que parecía no haber
sido utilizada en mucho tiempo.
317
Christie Golden

—El que te hayas atrevido a volver indica que debes de ser el orco
más valiente o más necio que jamás he visto —afirmó Alexstrasza.

El orco sonrió levemente.

—Otros han dicho cosas similares sobre mí, mi señora —replicó.


—Esos otros no son yo—le espetó la dragona, alzando la cabeza y
atravesando al orco con la intensidad de su mirada.

A pesar de todo lo que había visto a lo largo de su vida, a pesar de


todas las luchas que había librado, Thrall tembló ante el velado
tono de amenaza que poseían esas palabras. Sabía que ella tenía
razón. Si la dragona decidía acabar con él, no tendría nada que
hacer.

—¿Has vuelto para disfrutar del tormento? —le preguntó al orco,


quien no estaba seguro de qué quería decir: si él iba a atormentarla
a ella o viceversa. Probablemente se refería a ambas cosas.
—Espero poder poner fin, o al menos mitigar, el tuyo, mi señora
contestó con suma calma.

Alexstrasza contuvo su ira y, acto seguido, apartó la mirada; una


vez más, parecía más una niña desorientada y desolada que el más
poderoso de los Aspectos.

—Eso únicamente lo conseguirá la muerte y quizá ni siquiera


entonces hallaré la paz —replicó Alexstrasza con voz trémula.
—No sé si tienes razón o no —confesó Thrall—, pero debo
intentarlo.

La dragona profirió un hondo suspiro. El orco la observó


detenidamente. Estaba mucho más delgada que la última vez que
la había visto. Sus pómulos, que siempre habían sido angulosos,
ahora parecían sobresalir de su piel. Sus ojos estaban rodeados de
318
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

unos círculos oscuros y daba la impresión de que en cualquier


momento un fuerte viento se la iba a llevar por delante.

Pero Thrall sabía que no iba a ser así.

Se sentó junto a ella sobre la piedra, pero la dragona ni se inmutó.

—La última vez que hablamos —prosiguió diciendo el orco—, te


pedí que me acompañaras al Nexo para hablar con los dragones
azules, para ayudarlos.
—No lo he olvidado. Como tampoco he olvidado mi respuesta.
«Todo eso da igual. Todo. Da igual que todo eso esté conectado.
Da igual cuánto tiempo lleve desarrollándose ese plan. Da igual
que podamos detenerlo o no.»
«Nuestros niños están muertos. Korialstrasz está muerto. Yo
también estoy prácticamente muerta. En breve, la muerte vendrá a
por roí. Ya no hay esperanza. Todo da igual.»
—Yo tampoco lo he olvidado —aseguró Thrall—. Pero otros
saben, o creen, que no todo da igual e insisten obstinadamente en
seguir adelante. Como es el caso de los dragones azules. Han
escogido a su nuevo Aspecto: a Kalecgos. Y tienen un nuevo
enemigo: un dragón cromático llamado Chromatus.

Una diminuta chispa de sorpresa se había visto reflejada en su


rostro al oír el nombre de Kalecgos, pero su mirada volvió a
apagarse al escuchar el nombre de Chromatus.

—Por cada victoria, una derrota —murmuró.


—Hace poco he participado en un combate que acabó en derrota.
Caí en el campo de batalla —le dijo Thrall sin rodeos—.
Literalmente. Me caí de la espalda de Kalec y aterricé en la nieve.
Estuve a punto de rendirme a la muerte y a la desesperación. Pero
algo sucedió. Algo que me hizo desear mover mis extremidades
congeladas y abrirme paso por la nieve... y sobrevivir al ataque
sorpresa de un viejo, muy viejo enemigo.
319
Christie Golden

La dragona no se movió ni un milímetro. Al parecer, lo estaba


ignorando completamente. Pero, al menos, no se había dejado
llevar por la ira ni había intentado matarlo, como había hecho la
última vez. Y eso significaba que quizá lo estuviera escuchando.

Ancestros, espero estar haciendo lo correcto. Obro siguiendo el


dictado de mi corazón, pues eso es lo mejor que puedo hacer.

El orco le tendió una mano. Alexstrasza giró levemente la cabeza


al percatarse de ese gesto, pero se limitó a observar la mano con
hastío. Thrall insistió, moviendo levemente la mano, para indicarle
así que podía cogérsela. Lentamente, la dragona volvió a girar la
cabeza para contemplar el horizonte.

Con suma delicadeza, Thrall se inclinó y la cogió de la mano. Sus


dedos, sin embargo, permanecieron inertes y no reaccionó en modo
alguno. Entonces, con sumo cuidado, rodeó las dos manos de la
dragona con una de sus fuertes manos verdes.

—Tuve una visión —dijo el orco, manteniendo un tono tranquilo,


como si intentara no sobresaltar a un tímido animal del bosque—.
Bueno, dos, en realidad. Es... toda una bendición tener una de esas
visiones. Así que dos... y sobre todo cuando una de ellas le es
confiada para compartirla con otro... son un honor inesperado.

Thrall pronunció esas palabras con genuina modestia. Aunque


sabía que sus poderes estaban creciendo y que su vínculo con los
elementos era cada vez más fuerte, seguía sintiéndose sobrecogido
ante el honor que se le había concedido y la responsabilidad que
había asumido.

—Una era para mí. La otra... era para que yo la compartiera


contigo.

320
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Acto seguido, cerró los ojos.

*******

El huevo iba a eclosionar.

Un laboratorio improvisado montado bajo una enorme tienda no


era el lugar más apropiado para ser testigo de un nacimiento. En el
exterior, la tormenta rugía mientras el cachorrillo luchaba por
abrirse paso en esa cáscara que lo confinaba.

Muchos querían ser testigos de su llegada a este mundo. Uno


parecía ser un humano, que iba ataviado con una capa y capucha
que ocultaba su faz. Los demás portaban túnicas que los distinguían
al instante como miembros del culto del Martillo del Crepúsculo.
Todos parecían hallarse extremadamente contentos y tenían sus
miradas clavadas en el bebé que emergía del huevo.

Junto al humano, se hallaba una humana bastante atractiva con el


pelo negro azulado, que portaba una fina cadena al cuello. Al
contrario que los demás, observaba aquella escena con una
expresión de desolación dibujada en su rostro, con una mano sobre
el abdomen y la otra cerrada en un puño.

¡Kirygosa!
Alexstrasza susurró ese nombre con brusquedad. Pero su voz sólo
alcanzó los oídos de Thrall. La visión se mostró igual que la
primera vez. El orco sintió una punzada de dolor al escuchar ese
nombre. Así que... eso era lo que de verdad le había ocurrido a la
hermana de Arygos, a la que se creía perdida. Sí, estaba perdida,
pero no muerta, aún no. Y su rostro le había dicho todo cuanto
necesitaba saber.

Aquel diminuto ser respiraba agitadamente y, al instante, un trozo


de cáscara de huevo cayó.
321
Christie Golden

Era espantoso.

Era de color azul, negro y púrpura y tenía grotescas manchas aquí


y allá de color bronce, rojo y verde. Una de sus patas delanteras
acababa en un muñón. Sólo tenía un ojo, de múltiples colores y que
parecía amoratado, con el que contemplar a su público.

Kirygosa profirió un único y violento sollozo y, acto seguido, se


volvió.

—No, cariño mío, no apartes la vista. Contempla en qué hemos


convertido a tu vulgar hijo azul —le dijo el humano, regodeándose.

A continuación, éste extendió una mano enguantada y sostuvo al


cachorro cromático en la palma de su mano. Aquella cosita
enclenque yacía desamparada, mientras su diminuto pecho se
alzaba y descendía continuamente al compás de su respiración. Una
de sus alas estaba unida a uno de sus costados.

El hombre de la capa se alejó unos cuantos pasos y colocó a la cría


sobre el suelo.

—Y ahora, pequeñín, veamos si puedes crecer más.

Uno de los cultores dio un paso al frente e hizo una reverencia de


manera servil. El humano extendió las manos. En una sostenía una
reliquia que no se alcanzaba a ver bien, que relucía con una pálida
energía violeta. Entretanto, gesticuló con la otra mano para realizar
un conjuro. Recitó un encantamiento y, al instante, una hebra de
blanca energía arcana salió disparada de la reliquia. A
continuación, envolvió a la cría con una cuerda mágica y, sin más
dilación, extrajo energía vital dorada de aquel pequeño dragón, que
chilló de dolor.

322
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¡No! —exclamó Kirygosa, tirándose hacia delante.

Inmediatamente, el hombre tiró de la cadena con fuerza. Kirygosa


cayó al suelo de rodillas, gimiendo de agonía.

La cría creció. Abrió la boca y profirió un agudo gritito al mismo


tiempo que sufría espasmos. Thrall casi pudo escuchar cómo se le
quebraban los huesos, cómo se estiraba su piel mientras el mago
absorbía su energía vital, provocando así que envejeciera
rápidamente. En cierto momento, ese chillido agudo dio paso a un
graznido y luego a un grito fuerte y angustioso. Una de sus alas se
movía frenéticamente; la otra, que seguía pegada a su costado,
simplemente se estremeció.

La cría cromática se derrumbó.

El humano suspiró.

—Casi llega al tamaño de un draco —aseveró pensativo. Dio unos


pasos al frente y propinó un golpecito al cadáver con el dedo gordo
del pie—. Aún hay que mejorar mucho, Gahurg. Mucho. La sangre
de Aspecto que ella porta en sus venas parece engendrar unos
vástagos más fuertes que la mayoría, más capaces de soportar las
alteraciones. Pero, aun así, el proceso aún dista mucho de ser
perfecto. Llévenselo. Disecciónenlo y aprendan de él y, la próxima
vez, háganlo mejor.
—Como desees, Padre Crepuscular —dijo Gahurg.

De inmediato, otros cuatro cultores dieron un paso al frente y se


llevaron a rastras a aquel dragón cromático.

—¿Qué le están haciendo a mis niños?

Kirygosa había empezado a hacer esa pregunta empleando un tono


de voz muy bajo pero, para cuando acabó de formularla, sus
323
Christie Golden

palabras se habían transformado en un grito furioso. Una vez más,


ignoró el dolor que sabía que iba a sentir y arremetió contra el
hombre conocido como el Padre Crepuscular.

—Oh, pobre —susurró Alexstrasza.


Thrall era consciente de que ahora ella también estaba viendo que
Kirygosa tenía el cuerpo lleno de marcas que indicaban el lugar
de donde le habían sacado sangre o donde habían experimentado
con ella. De un modo bastante extraño, la agónica empatia que
tiñó la voz de Alexstrasza le hizo albergar esperanzas a Thrall.
Prefería que sufriera y se horrorizara a que permaneciera apática
e indiferente a todo.

—Estoy creando un ser perfecto —respondió el Padre Crepuscular,


tirando de nuevo de la cadena.

La dragona con forma humana esbozó un gesto de dolor, presa del


tormento. Unos instantes después, recuperó el aliento.

—Me alegro de que sólo una nidada de mis huevos tenga que ser
sacrificada por culpa de tu maldad —le espetó Kirygosa—. Como
mi consorte ha muerto, ya no te daré más.
—Ya, pero sigues siendo la hija de Malygos —señaló el Padre
Crepuscular— y quién sabe... quizá el destino o yo acabemos
encontrándote otro consorte.

Entonces, a pesar de que la visión prosiguió, la acción se trasladó


de escenario. Mientras tanto, Thrall podía sentir la mano de
Alexstrasza, cuyos dedos ahora se entrelazaron con los suyos; no
obstante, era una sensación distante, como un ruido escuchado en
la lejanía. El orco sabía qué era lo que iban a ver a continuación,
sabía que el resto de la visión o bien iba a empujarla al abismo
definitivamente o bien iba a salvarla.

324
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

A continuación, vieron un lugar que parecía ser un santuario. Thrall


supo al instante lo que debía ser, a pesar de que nunca antes había
contemplado el Sagrario Rubí con sus propios ojos. Resultaba
obvio que aquel refugio había sufrido recientemente un ataque,
pues los daños eran perfectamente visibles; no obstante, aquel
hermoso bosque de relucientes praderas y árboles de hojas
susurrantes, que atravesaban serpenteantes riachuelos, ya se estaba
curando él solo, tal y como debería hacer el verdadero hogar de la
reina de los dragones, el corazón del vuelo de dragón rojo.

Un enorme dragón yacía bajo la sombra de uno de esos árboles. Se


encontraba bastante relajado aunque, al mismo tiempo, parecía
hallarse un poco incómodo, como si rara vez se permitiera el lujo
de relajarse un poco. Además, observaba las nidadas de huevos de
dragón con los ojos entrecerrados.

De repente, la dragona profirió un grito ahogado, teñido de


nostalgia y dolor.

—Korialstrasz —susurró la Protectora—. Oh, mi amor... Thrall,


¿de verdad debo ver esto?

Se encontraba tan angustiada que no le dio una orden, sino que se


limitó a rogarle con voz entrecortada. Por alguna razón (por pura
desesperación o porque albergaba alguna esperanza, no lo sabía
a ciencia cierta), la gran Protectora, la gran Alexstrasza, se había
puesto totalmente en manos de Thrall

—Sí, mi señora —contestó el orco, procurando que su grave voz


sonara lo más dulce posible— Aguanta sólo un momento más y
todo te será revelado.

De repente, el dragón se incorporó, totalmente alerta, y caminó a


cuatro patas. Olisqueó el aire y movió las orejas con el fin de captar
el sonido más tenue posible. Un solo segundo después, Korialstrasz
325
Christie Golden

surcaba el cielo, a gran velocidad y con suma elegancia,


escudriñando el terreno.

Entonces, abrió los ojos como platos y luego los entornó. Al


instante, rugió de ira, plegó sus alas y cayó en picado. Un momento
después, Thrall y Alexstrasza vieron lo que Krasus había visto: a
varios intrusos de varias razas que iban ataviados únicamente con
la túnica de color granate oscuro y negro del culto del Martillo del
Crepúsculo.

Korialstrasz no escupió fuego ni utilizó magia, ya que los


profanadores del santuario se encontraban desperdigados entre
aquellos valiosos huevos. Así que optó por lanzarse sobre los
cultores con sus descomunales garras extendidas, a los que
aplastaba con la misma celeridad y eficiencia con la que Thrall
podría haber aplastado un bicho. El orco observó, con furia y
repulsión, cómo esos fanáticos no gritaban de terror al morir, sino
que sonreían al caer en los brazos de la muerte.

En cuanto tuvo la impresión de que ya había acabado con esa


amenaza, Korialstrasz aterrizó junto a una nidada de huevos y
agachó su escamosa cabeza escarlata para acariciarlos
delicadamente con el hocico.

De improviso, uno de ellos se abrió y una fea niebla ocre surgió de


aquel huevo. Krasus se quedó atónito y se apartó de aquella
deforme cría de dragón cromático.

—¡No! —gritó Alexstrasza.


Thrall se compadeció de ella. Si antes la Protectora había sufrido
mucho al ser testigo de los tormentos de Kirygosa, ahora que sabía
que sus propios hijos habían corrido la misma suerte que los
retoños de su congénere, se estaba derrumbando totalmente...

326
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Horrorizado, Korialstrasz extendió dubitativo una garra con el fin


de tocar a aquella diminuta criatura. Súbitamente, escuchó un leve
ruido y se fueron abriendo más huevos uno tras otro. Todas las crías
que salieron de esos cascarones berreando eran dragones
cromáticos deformes.

Entonces, a Krasus se le ocurrió bajar la vista y dio un grito


ahogado. La punta de una de sus garras delanteras se estaba
volviendo negra. Lenta pero inexorablemente, esa mancha se
extendió y ascendió hasta su pata delantera.

Súbitamente, una risa grave, débil pero triunfal, llamó la atención


del dragón.

—Y, de este modo, todos los niños se han convertido en hijos del
demente, del gran Alamuerte —murmuró uno de los cultores.

Era un trol de piel azul oscura. Korialstrasz le había roto las


costillas y un hilillo de sangre manaba de su boca, alrededor de sus
colmillos; no obstante, seguía vivo.

—Todo tu pueblo... va a acabar bajo su yugo...

Krasus contempló detenidamente su extremidad infectada. Cerró


su pezuña con fuerza, que se convirtió en un puño, y se la acercó al
pecho un momento. Acto seguido, cerró los ojos y agachó la
cabeza.

—No —replicó con suma calma—. No permitiré que eso suceda.


Prefiero acabar con mi vida y... y la de mis hijos a verlos
corrompidos por la maldad de Alamuerte.

El cultor volvió a reírse sin apenas fuerzas. Tosió y escupió sangre


con un leve tono rosáceo.

327
Christie Golden

—Si haces eso, ta-también ganaremos —dijo con voz ronca.

Krasus lo miró fijamente y, de repente, recordó las palabras exactas


que había pronunciado instantes antes aquel trol.

—¿Qué has querido decir cuando has dicho «todos los niños»?

El cultor permaneció callado y le lanzó una mirada plagada de


malicia mientras se afanaba por seguir respirando.

—¿Cuántos huevos están infectados? ¡Vamos, dímelo! —insistió


el dragón.
—¡Todos! —exclamó el orco de modo triunfal, quien sonreía de
oreja a oreja con un brillo especial en su mirada—. ¡Todos los
huevos! ¡Todos los sagrarios están infectados! ¡Ya es demasiado
tarde! Ahora mismo, todas esas crías estarán saliendo de su
cascarón. Ya no puedes hacer nada.

Krasus permaneció inmóvil. Entornó los ojos y ladeó la cabeza,


pensativo.

—Sí que puedo —replicó sereno.

*******

—Todos los huevos —susurró Alexstrasza—. Todos... nosotros...


—Tuvo que tomar una decisión horrible —afirmó Thrall—. Era
consciente de que probablemente nadie sabría jamás lo que había
ocurrido realmente, de que los demás lo considerarían un traidor al
no conocer la verdad, de que quizá incluso tú creyeras que lo era.

Pudo escuchar cómo la dragona gimoteaba y sollozaba y decidió


apretarle la mano con más fuerza de un modo afectuoso.

—Nos salvó... No nos traicionó... ¡Nos salvó...!


328
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Permanecieron en silencio, con los ojos cerrados, mientras eran


testigos de cómo Korialstrasz acumulaba todas sus energías y toda
su magia en su fuero interno. Entonces, respiró hondo y susurró
una sola palabra.

—Amada mía.

Y ya sólo hubo oscuridad.

*******

Thrall abrió los ojos. Y Alexstrasza también abrió los suyos. La


dragona tenía la mirada perdida, estaba lívida y apretaba la mano a
Thrall con tal fuerza que le hizo daño al orco.

—Utilizó... su energía vital para unir los portales de los sagrarios


susurró Alexstrasza—. Para destruir así todos los huevos
contaminados antes de que alguien más pudiera acabar infectado.
En esos momentos, no pude entender por qué quedó tanto verdor...
Ahora ya lo sé. Lo entiendo. Impartió la muerte valiéndose de la
vida... para preservar las vidas de otros.
—El Espíritu de la Vida te está contando cosas que no puede
mostrar —aseveró Thrall—. Por eso tenía que venir. Korialstrasz
no fue un traidor, sino un héroe. Murió por una buena causa, se
sacrificó voluntariamente para salvar no sólo a su propio vuelo sino
a todos los vuelos. Murió pensando en ti.
—Era el mejor de todos nosotros —susurró la dragona—. Nunca
me falló, ni a mí ni a nadie. Yo, sin embargo, sí he... he fracasado
y flaqueado, pero él no. Mi Korialstrasz no —entonces, alzó la
cabeza y acercó su rostro al de Thrall—. Me alegro de saber que
fue muy valiente. Estoy tan orgullosa de él. Pero ahora... que sé lo
que ocurrió, ¿cómo voy a seguir adelante sin él? ¿Acaso ustedes,
que vivís tan poco, pueden entender la pena que siento por lo que
he perdido?
329
Christie Golden

Thrall pensó en Aggra.

—Quizá sea cierto que mi vida es muy corta, pero sí, sé qué es el
amor. Y sé cómo me sentiría si hubiera perdido a mi amada como
te ha sucedido a ti.
—Entonces, ¿cómo puedo seguir viviendo sin su amor? ¿Por qué
debería seguir adelante?

El orco la miró fijamente, con la mente de repente en blanco. Todas


las ideas que le venían a la cabeza, todas las frases hechas que
solían decirse en estos casos y que pugnaban por salir de sus labios
parecían tan vacías y carentes de significado. ¿Qué razón podía
impulsar a uno a seguir viviendo cuando había vivido un amor tan
intenso?

De repente, se le ocurrió la respuesta.

Como seguía sosteniendo la mano de la Protectora en su mano


derecha, metió la izquierda en su bolsa y sacó de ella un objeto
pequeño de aspecto muy humilde.

Era la bellota que el ancestro le había regalado. Entonces recordó


las palabras de Desharin:

«Cuídala bien. Esa bellota contiene todo el conocimiento del árbol


del que ha caído, así como todo el conocimiento que poseía el padre
de ese árbol y el padre del padre de ese árbol... y así, sucesivamente,
hasta remontamos a los albores del tiempo. Debes plantarla en un
lugar que te parezca idóneo para que germine adecuadamente.»

Krasus había sabido desde el principio que esa bellota no era para
él, aunque le hubiera gustado que lo fuera. Thrall se preguntó si la
dragona roja ya había adivinado que, quizá, la bellota tendría que
haber acabado en manos de su consorte. Thrall esperaba que sí.
330
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

El orco obligó a Alexstrasza a girar su mano. A continuación,


colocó la bellota sobre la palma de la dragona y, con suma
delicadeza, hizo que cerrara los dedos en tomo a ella.

—En su momento, te hablé del Reposo del Soñador en Feralas—


le recordó Thrall—. De los ancestros que encontré ahí y salvé de
un gran peligro. Pero lo que no te conté es que son unos seres
realmente magníficos. No te conté que... irradian algo especial, que
exudan poder gracias a su edad y sabiduría, que me sentía muy
pequeño y sobrecogido ante ellos.
—Yo... también he estado ante ellos en alguna ocasión —replicó
Alexstrasza con un hilo de voz.

La dragona mantuvo el puño, en el que sostenía la bellota, apretado


con fuerza por un instante y, acto seguido, lo abrió.

La bellota se movió levemente en su mano, de un modo tan sutil


que Thrall creyó que simplemente se deslizaba por las colinas y
valles de la palma de la mano de Alexstrasza. De improviso, una
grieta apareció por la base marrón clara de la bellota. La grieta se
extendió y, súbitamente, un diminuto brote verde de sólo unos
milímetros de extensión surgió de uno de sus extremos.

Alexstrasza profirió un sollozo ahogado. Rápidamente, se llevó la


otra mano al corazón y apretó con fuerza su esbelto pecho que, de
repente, se elevó una, dos y tres veces acompañado de unos
sollozos atroces. Siguió apretando con tal fuerza a pesar de que se
estaba haciendo daño. Por un instante, Thrall temió que la dragona
no fuera capaz de soportar tanta tensión... que, en realidad, la fuera
a acabar matando.

Entonces, lo comprendió todo. La Protectora había cerrado a cal y


canto su corazón... para no sentir el dolor que conllevaba amar y
preocuparse por otros, para no sentir el tormento que acarreaba
331
Christie Golden

perder a alguien al que uno amaba, para no sentir la agonía de la


compasión.

Y ahora, como la cáscara de esa bellota, como el hielo durante el


deshielo de la primavera, su corazón se estaba abriendo de par en
par.

—Soy quien soy —susurró, sin apartar la mirada de esa bellota que
estaba germinando—. Ya esté alegre o ya esté sufriendo, sigo
siendo quien soy.

Otro sollozo la estremeció y luego otro más. Las lágrimas se


asomaron a sus hijos mientras lloraba la muerte de su amado. Al
fin, derramaba las lágrimas que habían estado aprisionadas en la
cárcel de su corazón y que la iban a curar. Thrall le rodeó los
hombros con un brazo y ella apoyó la cabeza en el amplio pecho
del orco; resultaba irónico que Alexstrasza, a quien en su día los
orcos torturaron y esclavizaron con el fin de convertirla en su
sierva, ahora llorara desconsolada ante un orco que trataba de
reconfortarla.

Esas lágrimas parecían infinitas, como debían serlo las lágrimas de


la Protectora. Thrall sospechaba que no lloraba únicamente por
haber perdido a Krasus para siempre, sino que lloraba por todos los
que habían caído en desgracia; por los inocentes y los culpables;
por Malygos y Alamuerte y todos aquéllos a los que éstos habían
hecho tanto daño; por las crías infectadas, que nunca habían tenido
la oportunidad de vivir de verdad; por los muertos y los vivos; por
todos aquéllos que habían saboreado el regusto salado de su dolor
en forma de lágrimas que habían recorrido sus mejillas.

Su dolor se expresaba ahora con total libertad. Lloraba de una


manera tan natural como respirar. Las lágrimas recorrían su rostro
e iban a caer sobre la bellota que sostenía en la mano, sobre el suelo
donde estaban sentados.
332
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

En cuanto la primera lágrima se estrelló con delicadeza sobre el


suelo, una flor comenzó a abrirse paso por la superficie de la tierra.

Thrall miró a su alrededor estupefacto. Ante sus ojos, a una


velocidad diez mil veces mayor de lo que debería ser normal, vio
brotar diversas plantas: flores de todas las tonalidades posibles,
pequeños brotes que crecían hasta convertirse en retoños y hierba
espesa, verde y mullida. Pudo escuchar incluso el ruido que emitían
esas plantas al crecer; era el sonido vibrante y alegre de la vida
nueva que luchaba por salir adelante.

Se acordó de que los druidas habían hecho grandes esfuerzos para


poder devolver la vida a aquel lugar. Pero, a pesar de que habían
tenido algún éxito de vez en cuando, éstos siempre eran algo
temporal. No obstante, era consciente, en lo más hondo de su ser,
de que esa vegetación exuberante que ahora contemplaba crecer
había venido para quedarse, ya que había brotado a partir de las
lágrimas que la Protectora había derramado al redescubrir la
compasión y el amor.

Alexstrasza tembló y, acto seguido, el orco dejó de rodearle los


hombros con su brazo. La dragona respiró hondo, se estremeció y,
un tanto tambaleante, se arrodilló sobre la tierra. Thrall no la ayudó,
pues intuía que ella no quena que lo hiciese. Con suma delicadeza,
Alexstrasza abrió una agujero en ese suelo que había recuperado su
verdor, enterró la bellota a bastante profundidad y, acto seguido, la
cubrió de tierra de manera reverencial. Después, se levantó y se
volvió hacia él.

—Ya he... escarmentado —afirmó. Si bien su voz seguía teñida de


un hondo dolor, también transmitía una calma que no había estado
ahí antes—. Me has recordado ciertas cosas que había olvidado de
tanto sufrir. Ciertas cosas... que él nunca habría querido que
olvidara.
333
Christie Golden

La dragona sonrió y, aunque se trataba de una sonrisa triste teñida


de angustia, también era sincera y dulce. Tenía los ojos rojos de
tanto llorar, pero su mirada era lúcida y limpia por lo que Thrall
dedujo que ya estaba bien.

No obstante, tras retroceder unos pasos y alzar los brazos al cielo,


su hermoso rostro adoptó una expresión de legítima furia. Todavía
tenía que llorar mucho por todo lo que se había perdido, y el orco
sabía que lo haría.

Pero ahora no era el momento. Ahora la Protectora utilizaba su


dolor para entrar en acción, no para llorar. Thrall sintió un leve
destello de compasión por aquéllos que iban a sufrir las llamas de
su ira.

Pero muy leve.

Tal y como le había visto hacer en una ocasión anterior, Thrall fue
testigo de cómo se elevaba en el aire de un salto y pasaba de ser
una esbelta doncella elfa a convertirse en uno de los más poderosos
Aspectos; sin duda alguna, era el ser más poderoso del mundo.
Aunque esta vez sabía que no tenía nada que temer de ella a pesar
de que hubiera adoptado esa forma.

La Protectora le lanzó una mirada repleta de ternura y, a


continuación, se agachó para que el orco pudiera subirse a su
amplia espalda.

—Voy a unirme a mis hermanos y hermanas; puedes acompañarme


si quieres —lo informó.
—Prestarles mi ayuda será todo un placer para mí —replicó Thrall,
quien una vez más se sentía sobrecogido por lo magnífica que era
la dragona carmesí que tenía ante él. Con sumo cuidado y respeto,

334
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

se subió a ella y se acomodó en la base de su cuello—. Creo que,


tras su derrota, los dragones azules se habrán retirado al Nexo.
—Tal vez —dijo la dragona—. Quizá los encontremos ahí o quizá
Kalec se haya aliado ya con los demás vuelos que deben de estar
reuniéndose ahora cerca del Templo del Reposo del Dragón.
—Pero entonces los dragones crepusculares los divisarán —
comentó Thrall, pensando en voz alta.
—Sí —admitió Alexstrasza, con un tono de voz fuerte y sereno que
provocó que Thrall se relajase—. Nuestro éxito o fracaso depende
de algo mucho más importante que las estrategias militares o las
ventajas tácticas.

En ese instante, giró el cuello para mirar al orco mientras batía sus
poderosas alas rítmicamente.

—Ya es hora de que los vuelos de dragón de Azeroth dejen a un


lado sus discrepancias y se unan. Porque, si no, me temo que
estamos perdidos.

335
Christie Golden

19

Alexstrasza había estado en lo cierto. Cuando ella y Thrall se


encontraban a unos pocos kilómetros del Templo del Reposo del
Dragón, vieron a un gran número de dragones azules y verdes tanto
en el cielo como en tierra, que enseguida la divisaron. Unos cuantos
volaron hacia ella y trazaron círculos a su alrededor en el aire con
gran júbilo.

—¡Protectora! —exclamó Narygos gozosamente—. Nos


enfrentamos a una hora sombría donde las tinieblas se han
apoderado de nuestros corazones, pero toda oscuridad se disipa al
verte.
—Amigo Narygos —lo saludó Alexstrasza afectuosamente—.
Desde aquí, veo a mi hermana Ysera y al nuevo Aspecto, Kalecgos,
así como a sus vuelos. Mis dragones rojos vendrán en cuanto sepan
que estoy aquí.
—Entonces, iré a buscarlos de inmediato, Protectora —dijo uno de
los dragones verdes.

Thrall se preguntaba cómo iba a saber ese dragón verde dónde se


encontraban los rojos. Quizá Ysera lo sabía y se lo había dicho. Lo
cierto era que había muchas cosas sobre los dragones que aún no
entendía.
336
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—¿Seguimos sin noticias de Nozdormu? —inquirió Alexstrasza.


Narygos y los demás retrocedieron un poco y se colocaron por
encima y debajo de ella para escoltarla y protegerla mientras
volaban hacia el lugar de reunión.
—Aún no —respondió Narygos, quien lanzó una mirada fugaz a
Thrall—. Aún no sabemos nada de él. ¿Y tú?
—No ha contactado conmigo —contestó Thrall—. Por lo que
deduzco que sigue investigando.
—El conocimiento es poder —afirmó un dragón verde de gran
tamaño—. Pero no nos servirá de nada que descubra algo útil si
Chromatus ya nos ha matado para entonces.
—Calla, Rothos —lo reprendió Alexstrasza con severidad—. No
es culpa de este orco que el Atemporal no se halle aquí presente.
Todos... hacemos lo que debemos hacer.

Esa última frase la dijo con un tono de voz muy dulce pero plagada
de tristeza. Thrall sabía que hablaba así porque estaba pensando en
Korialstrasz, quien había hecho lo que debía hacer y había pagado
un terrible precio por ello.

Rothos lanzó una mirada al orco con la que claramente le estaba


pidiendo perdón.

—Lo siento, amigo mío, pero ya has visto a qué nos enfrentamos.
Lo cierto es que me gustaría contar con Nozdormu y sus dragones
bronces a nuestro lado cuando volvamos a atacarlos.
—Tranquilo, no me he sentido ofendido. Además, estoy de acuerdo
contigo —replicó Thrall con total sinceridad.

Ya casi habían llegado al lugar.

—Por favor... adelántate y avisa a todo el mundo —le pidió


Alexstrasza a Rothos—. Tengo cierta... información que debo
compartir con todos ustedes.
337
Christie Golden

—¿Sobre Chromatus? —preguntó Rothos esperanzado.

Alexstrasza negó con la cabeza.

—No. Pero espero que esta información los inspire e infunda valor,
que haga renacer la esperanza. El valor y la esperanza son las armas
que necesitamos.

Unos momentos después, aterrizaron. Al instante, unos vítores


melodiosos y vibrantes de dragón rasgaron el desagradable frío.
Thrall bajó sonriendo de la espalda de Alexstrasza y holló la nieve,
que le llegaba hasta las pantorrillas.

—¡Thrall!

En cuanto se volvió, vio que Kalecgos caía en picado como un cayo


hacia él. El Gran Aspecto le tendió una zarpa y con sumo cuidado
agarró al orco con ella. Thrall no se sintió amenazado por esa letal
garra, sino que se sintió embargado por la alegría al ver de nuevo a
su amigo.

—Debería dejar de subestimarte —comentó Kalec, a la vez que se


acercaba al orco a la cara—. Has hecho lo que prometiste. Nos has
devuelto a la Protectora... en más de un sentido —añadió, mirando
a Alexstrasza, quien estaba acariciando con el hocico de manera
maternal a los dragones verdes y azules que se acercaban a ella
raudos y veloces—. No sé qué magia has empleado, pero me alegro
de que lo hayas logrado.
—Sólo he utilizado la magia del corazón —replicó Thrall—. Les
va a contar lo que me ha sido revelado en esas visiones que he
compartido con ella. Pronto, todos sabrán qué ocurre.

Ysera volvió la cabeza al escuchar la voz de Thrall e,


inmediatamente, se aproximó a ellos. Acto seguido, agachó su
largo y sinuoso cuello en señal de respeto.
338
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Formabas parte de mi sueño, de una de las mejores partes de mi


sueño —le dijo—. Nos has prestado una extraordinaria ayuda.
Lamento la muerte de Desharin, pero me alegro de que escaparas.
—Si hubiera podido salvarlo, lo habría hecho.

Ysera asintió.

—La Hora del Crepúsculo nos aguarda —aseveró y, a


continuación, alzó la cabeza y miró a su alrededor con unos ojos de
color arco iris radiantes de satisfacción—. Por lo que veo, los
dragones verdes y azules se han unido, lo cual es magnífico, hijo
de Durotan. Magnífico, sí. Pero, oh, ¡ya llegan nuestros hermanos
y hermanas rojos dispuestos a unirse a nosotros!

Thrall se volvió para mirar hacia donde miraba Ysera. Un breve


instante después, pudo divisar y escuchar a los leviatanes que se
aproximaban. Eran decenas y todos ellos se acercaban al lugar de
reunión. Thrall los observó maravillado y, acto seguido, contempló
todo cuanto lo rodeaba. En esos momentos, ahí ya se habían
reunido tres Aspectos de Dragón y sus respectivos vuelos.
Entonces, se acordó de la batalla contra los dragones crepusculares
y sintió cómo la esperanza renacía en su alma. Los dragones allí
reunidos triplicaban en número a los que habían participado en la
batalla anterior; además, ahora contaban con la Protectora para
liderar el ataque...

Alexstrasza dio un salto y echó a volar. Los dragones rojos se


congregaron a su alrededor y revolotearon como centellas en tomo
a ella; se le acercaban con cuidado para acariciarla con el hocico
reverencialmente y luego se retiraban respetuosamente. Una
alegría que nunca antes habían visto en ella se había apoderado de
la dragona, quien se encontraba jubilosa por poder volver a estar
con su vuelo después de tanta angustia y amargura. Tras disfrutar
unos momentos de ese hermoso reencuentro y de la danza aérea
339
Christie Golden

que trajo consigo, Alexstrasza aterrizó suavemente sobre un alto


pico para que todo el mundo pudiera verla. Al instante, todos se
callaron, pues aguardaban ansiosos las palabras de la reina de los
dragones. Alexstrasza se detuvo un instante a contemplarlos a
todos y movió la cabeza lentamente mientras escudriñaba a la
muchedumbre congregada en aquel lugar.

—Hermanos y hermanas —dijo al fin—, estamos a punto de librar


una atroz batalla contra un enemigo de un poder aterrador. Pero hay
algo que deben saber antes de que comencemos a trazar nuestros
planes. Algo que espero los impulse a pelear aún con más ánimo
por ustedes mismos, por su vuelo y por las crías que aún no han
salido del cascarón.

Esas palabras fueron recibidas con un silencio sepulcral. Algunos


de ellos se movieron inquietos, como si de repente se hubieran
acordado de que el consorte de Alexstrasza había sido el
responsable de la destrucción de muchos de sus huevos.

Kalecgos subió a Thrall a uno de sus hombros con gran delicadeza.


El orco dio un salto (algo que se estaba convirtiendo en costumbre)
y aterrizó sano y salvo sobre el Aspecto de Dragón azul, a la vez
que Kalec se elevaba para acercarse volando a Alexstrasza. El
dragón azul aterrizó y se colocó al lado de la dragona roja; de ese
modo, le ofrecía su apoyo sin necesidad de mediar palabra.
Entonces, Alexstrasza les contó a los demás dragones lo que le
había revelado la visión que Thrall había compartido con ella. En
ese momento, Ysera aterrizó a la izquierda de Alexstrasza,
prestando así su apoyo también a su hermana.

Algunos, probablemente aquéllos que mejor habían conocido a


Korialstrasz, parecían ansiosos por creer a Alexstrasza y tanto en
sus rostros cubiertos de escamas y como en su ojos centelleantes
podía apreciarse que se compadecían de ella. Otros, si bien no
protestaban abiertamente (Thrall sospechaba que no rebatían lo que
340
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

la dragona roja les estaba contando porque aún los embargaba la


emoción y la alegría que habían sentido al saber que la Protectora
había regresado), parecían mostrarse dubitativos o directamente
escépticos.

Thrall se sintió satisfecho, aunque no sorprendido, al comprobar


que Kalecgos se encontraba entre aquéllos que la creyeron de
inmediato. No obstante, sintió una gran compasión por el dragón
azul cuando Alexstrasza contó lo que el enemigo le había hecho a
Kirygosa. Si bien muchos de los dragones azules allí reunidos
mascullaron furiosos, Kalec se limitó a apartar la mirada, con el
dolor dibujado en su rostro. En cuanto Alexstrasza terminó de
hablar, fue Kalec quien quebró el silencio.

—Ahora todo ha quedado claro —afirmó—. Sabemos que existe


un dragón cromático. Y, aunque enterarme de que Kirygosa ha
sido... torturada de manera tan atroz que me ha horrorizado, me
alegro tremendamente de que siga viva. Cuando los sagrarios
fueron destruidos, nos vimos sumidos en la más total de las
ignorancias. No entendíamos por qué Korialstrasz se había
comportado de esa manera. Pero ahora lo sabemos. Lo entendemos.
—Siempre que todo lo que haya contado sea cierto —objetó uno
de los dragones azules de más edad. Thrall lo reconoció; era
Teralygos quien, en su momento, había apoyado firmemente a
Arygos—. Lo único que tenemos es esa visión. No hay ninguna
prueba que demuestre que eso ha sucedido en realidad.
—Pero estamos hablando de Alexstrasza —replicó Narygos.

Es un Aspecto... ¡es la Protectora!

—A la cual le resulta muy conveniente haber tenido una visión...


no, espera, un orco se presentó en el lugar idóneo y en el momento
adecuado para revelarle una visión que exonera de toda culpa a su
consorte —prosiguió diciendo el viejo dragón azul—. ¿Qué
pensarían de mí si les dijera que he tenido una visión en la que se
341
Christie Golden

me revela que Alexstrasza se ha inventado toda esa historia? ¿O


que se ha vuelto loca? ¿O que quizá la desaparecida Kirygosa...?
—Yo puedo verificar todo cuanto ha contado la Protectora —se
oyó decir a alguien que poseía una tenue y frágil voz.

Entonces, uno de los dragones azules, que portaba en su espalda a


una muchacha humana, aterrizó. Thrall la reconoció al instante: era
Kirygosa, la mujer de su visión.

—¡Kiry! —gritó Kalec.

Thrall se bajó de su hombro raudo y veloz, y Kalec adoptó su forma


semielfa mientras Kirygosa desmontaba un tanto vacilante. Corrió
hacia su hermana, a la que abrazó con fuerza. Ella esbozó una leve
sonrisa dirigida tanto a su hermano como al resto que se
apresuraron a acercarse a ella. Aunque parecía muy cansada y
estaba terriblemente delgada, también se encontraba muy contenta
de poder volver a estar con su vuelo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Kalec preocupado—. Después


de... todo lo que te han hecho...
—Ahora que vuelvo a ser libre, pronto estaré bien —contestó
Kirygosa, mientras se apoyaba en Kalecgos—. Como acabo de
decir... lo que Thrall vio sobre mí en esa visión es cierto. Por tanto,
creo que la visión que tuvo sobre Korialstrasz también es cierta —
en ese instante, alzó la cabeza para contemplar a la gran dragona
roja que le sonreía con benevolencia—. Mi señora, mi más sentido
pésame.
—Gracias, Kirygosa —replicó Alexstrasza con una voz teñida de
tristeza pero no de desesperación—. Lo mismo digo.

Kalec frunció aún más el ceño, presa de una honda preocupación.

—¿Sabes algo de Arygos? —le preguntó a Kiry.

342
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Kirygosa asintió.

—Sí. El Padre Crepuscular lo traicionó y un humano llamado


Lodonegro lo asesinó. Tengo entendido que ese tal Lodonegro ha
sido enviado a matarte, Thrall —respondió y, en ese momento, se
giró hacia el único orco presente—. Me alegra saber que no ha
tenido éxito en su empeño. Tanto el Padre Crepuscular como
Alamuerte te temen, así que me alegro de contar contigo en nuestro
bando.
—Vamos, siéntate y descansa —la exhortó Kalecgos—. Come algo
y cuéntanos todo lo que sabes.
—La cadena...

Al instante, Kiry cogió la fina cadena de plata que llevaba colgada


al cuello de un modo titubeante y se la mostró; era un objeto de
aspecto modesto.

—He intentado tantas veces romperla...


—Lo sé —la interrumpió Kalec con delicadeza—. En su día,
Dar’Khan también me puso a mí uno de esos collares. Conozco
bien el miedo y la frustración que has experimentado, querida
hermana. A mí me liberó alguien que se preocupaba mucho por
mí... y ahora soy yo quien te libera a ti.

Con sumo cuidado, cogió ese collar con el dedo gordo y el índice.
Y, con un leve tirón, el Aspecto de Dragón azul rompió la cadena
como si no fuera nada más que una joya normal. Kirygosa sollozó
de alegría. Los demás retrocedieron, sonriendo, para darle espacio
suficiente para adoptar su verdadera forma. Thrall sonrió para sí al
verla alzarse en el aire, volando con pocas fuerzas pero con ánimos
renovados, libre una vez más.

*******

343
Christie Golden

Todos se ocuparon de atender a Kirygosa. Thrall la curó mientras


Kalecgos conjuraba comida y bebida para ella. Alexstrasza e Ysera
estuvieron junto a ella, portando sus formas humanoides,
ofreciéndole todo el consuelo posible. Thrall se sorprendió al ver a
Ysera con su forma predilecta. Se presentó por primera vez ante él
bajo la forma de una elfa de la noche. Aunque tenía la piel de color
púrpura oscuro y las orejas largas propias de los kaldoreis, la
corona de fieros cuernos que adornaba su pelo verde indicaba a las
claras cuál era su verdadera naturaleza. Unos pocos dragones,
algunos con forma también humanoide, otros con formas
dracónidas, se congregaron en tomo a Kirygosa para escuchar su
brutal historia.

—Les contaré todo cuanto sé. Espero que algo de lo que diga pueda
ser de ayuda —les dijo—. No obstante, hay muchas cosas que...
para ser sincera, no me hacen albergar muchas esperanzas.
—Has logrado escapar, lo cual era prácticamente imposible —
replicó Kalecgos—. Esto me hace concebir muchas esperanzas, la
verdad.

La dragona intentó sonreír, pero había algo más que la preocupaba


en grado sumo.

—Te doy las gracias por el cumplido, pero... bueno, ya entenderás


lo que quiero decir.
—Empieza por el principio —le indicó Alexstrasza—. ¿Cómo te
capturaron?
—Tras la muerte de Jarygos... mi consorte... Arygos me engañó
para que lo acompañara. Luego, me entregó a un humano (sé a
ciencia cierta que lo es) conocido como el Padre Crepuscular quien
junto a Arygos colaboraba con el vuelo de dragón crepuscular... y
Alamuerte.

Los tres Aspectos intercambiaron miradas.

344
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—En el primer ataque, ese individuo que nos provocó con sus
burlas... afirmaba llamarse el Padre Crepuscular —comentó
Alexstrasza.
—Prosigue, querida —le pidió Ysera amablemente.
—Me mantuvieron aprisionada en mi forma de dragón hasta que
puse todos mis huevos; después, me pusieron esta cadena.

Kiry esbozó un gesto de disgusto al recordarlo.

—Era más fácil controlarte bajo forma humana —afirmó Kalec—.


Sé de lo que hablo.

Kirygosa asintió.

—Experimentaron... conmigo, con mis niños...

La voz se le quebró por un instante y Alexstrasza le puso una mano


en el hombro para reconfortarla. Kiry respondió con una tenue
sonrisa y prosiguió su relato.

—Eso fue lo que Korialstrasz descubrió por casualidad, Protectora.


Nuestro enemigo logró incrementar las posibilidades de crear
dragones cromáticos sanos gracias a los experimentos que realizó
con mis niños. Según parece, como soy hija de Malygos, mis niños
son más fuertes de lo normal. Korialstrasz propinó un serio revés a
sus planes al eliminar a su futuro ejército. Después, volvieron a
llevarse un duro revés cuando Arygos no logró convertirse en un
Aspecto. Mi hermano había prometido al Padre Crepuscular que le
entregaría el control de todo el vuelo de dragón azul.
—Nunca sabremos si Arygos estaba cuerdo cuando selló ese
pacto—afirmó Kalec con serena furia—. Pero, por respeto a su
memoria, daremos por sentado que había perdido el juicio.

Kirygosa asintió y recobró la compostura haciendo un visible


esfuerzo.
345
Christie Golden

—Lo único cierto es que era un devoto de ese culto, pero eso es
todo cuanto sé al respecto.
—Lo que te hizo...
—Eso es agua pasada —lo interrumpió.

Thrall se percató de que, a pesar de todo lo que había sufrido, al


final era ella quien intentaba reconfortar a Kalecgos. Era
asombrosamente valiente.

—Bueno, a pesar de que sus planes habían sufrido dos serios


reveses, aún contaban con Chromatus.

Se le volvió a quebrar la voz y tuvo que hacer un gran esfuerzo para


recobrar la compostura.

—No sé dónde lo encontraron. Los cultores lo trajeron desde


Rasganorte, sabedores de que necesitarían unas grandes cantidades
de energía arcana para insuflarle vida. Para eso, necesitaban una
aguja de flujo creada a partir de la sangre de un hijo de Malygos.
—Disculpa... pero entonces... —la interrumpió Thrall— ¿por qué
no utilizaron antes tu sangre con ese fin?
—Creo que querían esperar a que Arygos les entregara a los
dragones azules —contestó—. Piensa en cómo habrían
amedrentado a sus adversarios si los hubieran atacado de repente
con un Chromatus en pleno uso de sus facultades, liderando la
vanguardia de un vasto ejército de dragones. No creo que el Padre
Crepuscular tuviera intención de matar a Arygos en un principio.
Pero, cuando mi hermano fracasó en su plan de convertirse en
Aspecto, se aseguró de que aún pudiera serle útil. Conmigo intentó
hacer algo parecido. Pero escapé antes de que pudieran llevar a
cabo sus planes... Querían aparearme con esa aberración.

Thrall se quedó horrorizado. Los dos Aspectos femeninos


palidecieron como si estuvieran enfermas. El orco se percató de
346
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

que, si el Padre Crepuscular hubiera aparecido ahí súbitamente,


Kalec lo habría hecho añicos con sumo alborozo. Y Thrall lo habría
ayudado.

—Esa parte de su plan podría haber funcionado —continuó


explicando Kiry—. Podría haberme convertido en la madre de un
nuevo vuelo de abominaciones. Chromatus fue el último
experimento de Nefarian... quien, por lo que sé, sigue vivo. En
cierto modo. Ha sido reanimado, aunque no se le ha insuflado vida
como a Chromatus.
—Entonces, Nefarian ahora debe de ser una atrocidad no-muerta.
Esas últimas palabras las había pronunciado una colosal dragona
roja (una más de los muchos dragones que se habían ido acercando
a escuchar mientras Kirygosa hablaba), que se acercó a Alexstrasza
y a Kirygosa para colocarse junto a ellas de manera protectora; a
pesar de que ambas habían sufrido terribles heridas en sus
corazones y almas, se mantenían firmes pues eran fuertes de
espíritu. Entonces, la colosal dragona roja preguntó:
—¿También está él aquí?

Kiry hizo un gesto de negación con la cabeza.

—No, creo que Alamuerte tiene otros planes para él. Nuestro
enemigo deberá conformarse con contar sólo con Chromatus.
Kalec... la última vez los pillaste por sorpresa. Y el dragón
cromático acababa de nacer. Y aun así... —la voz le falló al
pronunciar las últimas palabras.
—Aun así, derrotaron a mi vuelo —concluyó la frase Kalec.
—Pero esta vez no están solos, Kalecgos —lo reconfortó
Alexstrasza—. Tres vuelos enteros nos hemos unidos. Sí, fue capaz
de derrotar a un solo vuelo, pero ¿será capaz de vencer a tres? Ha
transcurrido mucho tiempo desde la última vez que luchamos todos
juntos; no obstante, por muy monstruoso que sea... ¡no creo que un
solo dragón sea capaz de plantamos cara a todos juntos!

347
Christie Golden

Dio la impresión de que esas palabras inquietaron a Kirygosa,


quien agarró a Alexstrasza de la mano.

—Protectora, lo-lo crearon... para destruirte —aseveró y, acto


seguido, posó la mirada sobre Kalec e Ysera—. Para destruirlos a
todos ustedes. No es únicamente un dragón cromático
excepcionalmente poderoso, sino que le fue insuflada vida con un
propósito concreto: ¡destruir a los Aspectos!

Thrall abrió la boca de manera automática para decir que eso era
imposible, pero se contuvo. Había visto a Chromatus. Había sido
testigo de lo que ese monstruo era capaz. Ese dragón, que poseía
los poderes de todos los vuelos, sería un enemigo imbatible si se
encontraba en pleno uso de sus facultades...

—Así que es cierto —concluyó Ysera con aspecto afligido—. Mi


visión se va a cumplir.

Alexstrasza tendió su otra mano en dirección a Ysera.

—Háblanos de tu visión, hermana —le rogó.


—Esperaba... equivocarme...

A continuación, Ysera cerró los ojos y habló con una voz


melodiosa y etérea. No estaba lanzando ningún encantamiento, no
en un sentido estricto; no obstante, la escena que les describió tenía
su magia y encanto. Su descripción fue tan vivida que Thrall pudo
imaginarse con todo lujo de detalles cómo iba a ser la muerte de
todo cuanto existía, la muerte de las plantas, las bestias y cualquier
otro ser, de todo aquello que fuera capaz de respirar. Incluso los
Aspectos yacían muertos al final de esa visión. Todos morirían
salvo el vuelo de dragón crepuscular.

Incluso el más siniestro y cruel de todos. Aquél que había ayudado


a crear al monstruo que había provocado esa desgracia.
348
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Incluso Alamuerte.

Thrall tembló y sintió un sudor frío por todo su cuerpo. El pánico


amenazó con adueñarse de su garganta. Los dragones que lo
rodeaban alzaron las voces presas del miedo, la ira o una funesta
resignación, pero hubo una voz que destacó sobre todas las demás
con gran claridad.

—¡Ése no será nuestro destino!

Era la voz de la Protectora, quien seguía bajo su forma humanoide


y sostenía las manos de su hermana y la traumatizada Kirygosa. Su
rostro tenía un brillo especial que transmitía decisión y pasión.

—Por lo que sabemos, ya hemos propinado varios serios reveses al


grandioso plan de Alamuerte. Arygos fracasó. Kiry ha logrado
escapar. Los dragones azules atacaron a Chromatus antes de que se
encontrara en pleno uso de sus facultades. No, ese destino no es
inevitable. Las visiones de Ysera siempre tienen un sentido, un
mensaje. Pero los sueños siempre han de ser interpretados.
Hermana... ¿podría ser esa visión una advertencia de lo que
sucederá si no luchamos?

Ysera ladeó su cornuda testa.

—Sí —respondió—. Sólo Nozdormu sabe lo que realmente


ocurrirá. Yo me he limitado a compartir mi visión contigo.
—Entonces, tendremos que librar esta batalla poniendo toda la
carne en el asador. Escúchenme, dragones azules, verdes y rojos...
deben saber que van a luchar no sólo por su vida sino por la vida
de todo cuanto existe. Vamos a enfrentamos con ese supuesto
«mata Aspectos» y vamos a demostrarles tanto al Padre
Crepuscular como al propio Alamuerte que no nos vamos a dejar

349
Christie Golden

intimidar. Da igual lo que hayamos perdido... o estemos a punto de


perder... no vamos a perder nuestro mundo. ¡Chromatus caerá!
La semilla de la esperanza germinó con fuerza en todos los que
rodeaban a Thrall. Esa esperanza era algo tan real, tan sincero, que
lo embargó la emoción de inmediato. Entonces, el orco alzó su voz
y profirió un tremendo grito de determinación que rasgó el aire.

350
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

20

A pesar del calvario que había sufrido, Kirygosa estaba más que
dispuesta a ayudar a planear el ataque; además, estaba
perfectamente capacitada para ello. Thrall se percató de que,
incluso aquéllos que en su momento habían apoyado a Arygos, se
acercaban ahora a ella. Por otro lado, Kalec se había ganado un
hueco en el corazón y en el alma de los dragones azules cuando se
convirtió en un Aspecto bajo la luz de las dos lunas de un modo
jubiloso y gozoso. Y ahora estaba cimentando esa reputación al dar
testimonio del sereno valor de Kirygosa.

Los tres Aspectos, Thrall, Kirygosa y un puñado de representantes


de cada vuelo, todos con formas humanoides, se habían reunido
para decidir qué estrategias iban a seguir. Todos los presentes
conocían el trazado del Templo del Reposo del Dragón y, además,
Kirygosa pudo indicarles con gran precisión qué había ahora en
cada rincón del templo. En ese lugar, Chromatus descansaba y
recuperaba sus facultades... «más y más a cada hora que pasa», los
había advertido de manera sombría. En ese otro sitio, el Padre
Crepuscular pasaba gran parte de su tiempo. Todas las bestias de
carga y las monturas se encontraban en otra zona. Asimismo, fue
capaz de darles una cifra bastante aproximada de la cantidad de

351
Christie Golden

cultores y dragones que los tres vuelos probablemente se iban a


encontrar.

—¿No tienen ninguna flaqueza de la que podamos aprovecharnos?


—inquirió la dragona roja Torastrasza.
—El Padre Crepuscular es humano —respondió Kirygosa—. Es
viejo, tiene el rostro ajado por el paso del tiempo y la barba gris;
además, es extremadamente arrogante. Sé que es poderoso a su
manera y que aquéllos a los que lidera no saben qué es la lealtad de
verdad.
—¿Es su líder? —inquirió Thrall—. ¿O su comandante en jefe,
quizá?
—A mí me da la impresión de que tiene formación militar—
contestó Kirygosa—, pero he de admitir que sé muy poco sobre
humanos. Aunque sí sé una cosa a ciencia cierta: teme a Alamuerte.
—Como cualquiera que mantenga la cordura —murmuró Ysera
quien, a continuación, agachó la cabeza presa de una honda pena.
—Quizá en su arrogancia peque de exceso de confianza —
reflexionó Torastrasza—. Quizá cometa algún error estúpido.
—No creo que nadie pueda pecar de exceso de confianza si cuenta
con un aliado como Chromatus —replicó Thrall—. Lo sabrías si
hubieras estado presente en la batalla que libró esa bestia contra los
dragones azules. Aunque ahora seamos muchos más en número y
los vayamos a atacar de otra manera, no deberíamos subestimarlo.
—Además, los cultores están dispuestos a morir por él —indicó
Kirygosa—. Lucharán hasta la muerte.
—¿El Padre Crepuscular confía únicamente en Chromatus y los
dragones crepusculares para ganar la batalla o acaso cuenta con
otro tipo de armas? —preguntó Alexstrasza.
—No cuenta con ningún arma realmente devastadora para el
combate por tierra o aire —contestó Kirygosa—. Y tampoco creo
que las necesite, ya que cuenta con un vuelo entero y con
Chromatus y sus cabezas, cada una de las cuales posee su propio
cerebro que sabe manejar con maestría los poderes de su vuelo.

352
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Todo el mundo se quedó callado ante esa observación sencilla pero


lapidaria.
—Bueno, al menos, conocemos bien a nuestro enemigo —dijo
Alexstrasza, rompiendo así ese silencio—. Kiry, ¿el Padre
Crepuscular controla a Chromatus de alguna manera?

La dragona azul negó con la cabeza.

—No, Chromatus tiene voluntad propia. Alamuerte lo tiene en alta


estima y está muy orgulloso de él. Además, tiene grandes planes
para él.
—Entonces, los tres Aspectos lo consideraremos nuestro objetivo
principal —afirmó Alexstrasza—. Si nos atacan con otras fuerzas
o medios, los ignoraremos, pues tendremos que concentrar todos
nuestros esfuerzos en el dragón cromático. Nuestros vuelos tendrán
que impedir que el enemigo nos distraiga con otro tipo de ataques.
Si Alamuerte lo tiene en tan alta estima, su muerte será mucho más
que una mera victoria táctica. Por otro lado, en cuanto Chromatus
caiga, podremos retiramos; ya nos ocuparemos más tarde del Padre
Crepuscular y los cultores. Así que el objetivo principal es claro e
incuestionable: Chromatus debe morir.

Todos los dragones allí reunidos asintieron, al igual que Thrall.

Chromatus debía morir, en efecto. Porque si no los cultores, cuyo


objetivo era provocar el fin de toda la existencia, podrían alcanzar
su meta demasiado pronto.

*******

El Padre Crepuscular había ordenado que se deshicieran de los


cadáveres de Zuuzuu y Josah sin muchos miramientos. También
había dado orden a los cultores de que se flagelaran, lo cual habían
hecho con suma obediencia, por supuesto. No obstante, sus gritos
de dolor habían sido un triste consuelo para él.
353
Christie Golden

¿Cómo habían permitido que sucediera algo así? Kirygosa, bajo la


forma que la obligaba a portar esa cadena mágica, era sólo una
humana. No debería haber sido capaz de derrotar a uno solo de sus
guardias y mucho menos a los dos. ¿Y quién había sido el estúpido
al que se le había olvidado vigilar a los dracoleones? Nadie había
asumido la responsabilidad de ese mayúsculo error.

—Hemos perdido la oportunidad de plantar las semillas de un


glorioso futuro —se quejó Chromatus cuando el Padre Crepuscular
le dio la mala noticia—. Si Kirygosa sobrevive, podrá revelar
información muy sensible al enemigo, lo cual podría ser muy
perjudicial para nuestros intereses.

El Padre Crepuscular ya había pensado en esa posibilidad. Y,


entonces, con una confianza que realmente no sentía, dijo:

—¿Qué les puede contar? Ya saben que estamos aquí; ya saben que
existes. Quizá, al final, su huida sea toda una bendición. Ella sabe
que estabas muy débil cuando te atacaron y que, aun así, los
derrotaste completamente. Creo que la información que pueda
darles... si sobrevive... únicamente servirá para desanimarlos. Y, si
cuando nos alcemos con la victoria sigue viva, aún tendrás la
oportunidad de engendrar a todo un vuelo de dragones cromáticos.

Chromatus clavó la mirada en la pequeña silueta de su interlocutor.

—Es posible. Pero no deberíamos darles ninguna ventaja


estratégica. Estoy seguro de que Alamuerte se sentirá muy
contrariado en cuanto se entere de esto.

El Padre Crepuscular no encontró una buena respuesta para ese


último comentario.

*******
354
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Atacaron al atardecer.

El cielo, que ya se estaba oscureciendo, se tomó negro cuando


iniciaron su aproximación. Y se pudo escuchar el aleteo de
centenares de alas a medida que los necios vuelos de dragón se
acercaban.

La emoción embargaba al Padre Crepuscular. Estaba seguro de que


Chromatus había pecado de precavido cuando habían conversado
antes. Bajo los rayos de aquel sol moribundo, pudo distinguir cómo
un ejército formado por dragones de tres colores distintos se dirigía
al templo. Al parecer, los dragones bronces no se decidían a
intervenir y su líder seguía sin aparecer por ninguna parte. Mejor
para ellos.

Entonces, a modo de respuesta, se escuchó el aleteo de su propio


ejército de dragones crepusculares que se elevaba en esos
momentos hacia el cielo. Tras ellos, volando un tanto
perezosamente, volaba Chromatus.

El Padre Crepuscular no pudo evitar esbozar una sonrisa de oreja a


oreja. Sí, dejen que vengan. Que vengan a su destrucción, pensó.
Chromatus los iba a derrotar y, esa misma noche, el Padre
Crepuscular iba a informar de que no menos de tres Aspectos
habían muerto.

*******

Esta vez, Thrall no se hallaba montado sobre Kalecgos.


Torastrasza, quien al parecer era la mano (¿garra?) derecha de
Alexstrasza en cuestiones militares, había accedido a llevarlo sobre
su espalda, ya que los tres Aspectos tenían que concentrarse en
atacar a Chromatus y no podían distraerse ni lo más mínimo para

355
Christie Golden

preocuparse de si el orco... o cualquiera de ellos, en realidad...


corría peligro o no.

Thrall lo entendía perfectamente. Iba a ayudar en todo lo que


pudiera; los Aspectos no iban a tener que perder ni un solo
momento en preocuparse por él.

El orco seguía en la vanguardia de ese ejército cuando


descendieron una vez más sobre el Templo del Reposo del Dragón,
donde fueron recibidos por la primera oleada de dragones
crepusculares. Esos seres hermosos, y al mismo tiempo espantosos,
cargaron directamente contra los tres Aspectos. Aunque, al
instante, los dragones crepusculares fueron atacados a su vez. Los
dragones verdes utilizaron como armas su aliento venenoso o, lo
que era aún peor, su capacidad de provocar pesadillas. Al menos,
eso es lo que dedujo Thrall cuando vio a dos dragones
crepusculares gritar repentinamente para, acto seguido, huir a la
desesperada, como si algo indescriptiblemente aterrador los
persiguiera.

Los dragones rojos y azules actuaban en tándem; los azules


utilizaban su dominio sobre la magia del frío para congelar o
ralentizar a sus enemigos y los rojos atacaban a los dragones
corpóreos con su fuego. Esta vez, los vuelos de dragón unidos
sobrepasaban en número al vuelo de dragón crepuscular en una
proporción de cuatro o cinco a uno. De ese modo, ese ataque con
el que el enemigo pretendía hacer daño (o, al menos, distraer a los
poderosos Aspectos) se quedó en agua de borrajas.

Escucharon a Chromatus antes de siquiera verlo.

—¡Así que has vuelto para recibir más tormento, Kalecgos! —-


exclamó la cabeza negra, con una voz grave, que retumbaba en los
huesos y la sangre de quienes la escuchaban.

356
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall se estremeció y apretó los dientes con fuerza.

—En su día, Alamuerte intentó erradicar a tu vuelo —afirmó la


cabeza azul—. Algo que me parece que vas a lograr tú mismo si te
empeñas en desafiarme otra vez. Y veo que esta vez te has traído a
tus amiguitos.

Entonces, la cabeza roja preguntó con un tono socarrón.

—Protectora, ¿ya has dejado de llorar?

Y la verde inquirió:

—¿Por fin te has despertado, pequeña Ysera?

Si bien aquellas palabras estaban cargadas de veneno y desprecio,


cayeron en oídos sordos. La que en su día fue la Soñadora ahora
era la Despierta y volaba con tanta rapidez y seguridad como Kalec
y Alexstrasza. La Protectora había vuelto a ser ella misma y Thrall
sabía que recordar el sacrificio de su amado le estaba dando fuerzas
para poder librar esa batalla. El orco quiso replicar a gritos a
Chromatus para dejarle bien claro lo necio que había sido al
intentar provocarlos pero, como no era un dragón, era consciente
de que sus palabras se las llevaría el viento.

Los Aspectos estaban tan concentrados que aquellos insultos les


molestaron tanto como el leve impacto de unas gotas de lluvia
sobre sus escamas. Con sumo cuidado, pero con determinación, tal
y como habían practicado, adoptaron la formación de ataque.

Era como ver una danza hermosamente coreografiada. Kalecgos,


Ysera y Alexstrasza tomaron sus respectivas posiciones alrededor
de Chromatus. Alexstrasza voló por encima del dragón cromático
y, súbitamente, cayó en picado sobre él al mismo tiempo que lo
quemaba con sus llamas de color rojo anaranjado. Kalecgos lo
357
Christie Golden

atacó desde abajo, zarandeándolo con ataques de frío y magia.


Ysera revoloteaba a su alrededor y arremetía inesperadamente
contra él en cuanto veía un hueco; debido al carácter voluble y
caprichoso de la Despierta, Chromatus nunca podía predecir dónde
iba a estar en el instante siguiente.

Thrall había tenido el privilegio de ver boquiabierto y sobrecogido


los entrenamientos en los que habían ensayado ese ataque. Habían
practicado con dragones rojos, azules y verdes; habían animado a
cada «Chromatus» a «atacar» empleando las tácticas propias de su
vuelo.

La conclusión a la que había llegado el orco es que tal vez podrían


ganar.

Tras la espeluznante descripción que les había dado Ysera, al


hablar sobre su visión, sobre cómo cada uno de los Aspectos iba a
acabar pereciendo bajo un ataque de su propia magia, decidieron
que cada uno de ellos atacaría a una cabeza distinta del dragón
cromático.

De ese modo, ahora Ysera se concentraba en la cabeza bronce,


atacándola no sólo con su verde aliento corrosivo y nauseabundo,
sino también creando, repentinamente, la ilusión de que también
arremetía contra su rival un descomunal dragón bronce. Ysera era
la más impredecible de todos y siempre parecía estar un par de
pasos por delante del cerebro de la cabeza bronce de Chromatus.
Kalec se ocupaba de la cabeza roja, contrarrestando las intensas
llamaradas que escupía ésta con su hielo y su magia.

Alexstrasza, por su parte, había escogido la cabeza quizá más


inteligente de todas: la azul. Llevada por su ira era, sin duda alguna,
la cosa más hermosa y peligrosa que Thrall jamás había visto. En
un principio, la cabeza azul pareció hallarse muy sorprendida, pues
la dragona roja la atacaba sin cesar escupiendo fuego para, de
358
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

inmediato, alejarse a gran velocidad, quitándose de encima a


grupos enteros de dragones crepusculares como si fueran unos
meros mosquitos. Como los responsables de haber dotado de una
vida preternatural a Chromatus (el misterioso Padre Crepuscular y,
por supuesto, Alamuerte), le habían arrebatado todo lo que más
quería en este mundo, estaba decidida a que ese monstruo de cinco
cabezas pereciera para que no siguiera extendiendo la muerte y la
destrucción.

Sin lugar a dudas, Chromatus permaneció estupefacto ante la gran


destreza y facilidad con la que los Aspectos coordinaban sus
ataques.

Pero sólo por unos instantes.

De improviso, como si hasta entonces sólo hubiera estado jugando


con ellos, inició su contraataque con el doble de velocidad y
determinación que anteriormente. Además, tenía cinco cabezas y
únicamente tres adversarios. Las cabezas azul y roja siguieron
combatiendo contra Alexstrasza y Kalecgos; la negra y la verde
giraron súbitamente sus largos cuellos y se sumaron al ataque que
la cabeza bronce estaba lanzando contra Ysera.

A la Despierta la sorprendió el repentino cambio de estrategia de


su adversario, y una de sus patas delanteras acabó envuelta en unas
llamas sombrías. Luego, la cabeza verde observó con una mirada
muy intensa a Ysera y Thrall supuso que, con toda seguridad,
estaba intentando utilizar una de las pesadillas del Aspecto de
Dragón verde en su propia contra. Pero el orco sabía, por lo que
Ysera le había contado, que la Despierta había sido testigo de cosas
que esa monstruosa criatura ni siquiera podía imaginar. Ysera
encogió la extremidad herida y se apartó del campo de visión de la
cabeza verde. Acto seguido, sacudió la cabeza de lado a lado y
cerró los ojos con el fin de frustrar ese intento de usar su propia
magia en su contra.
359
Christie Golden

Entonces, la cabeza bronce abrió la boca y escupió arena, acertando


de lleno en su objetivo, a la vez que unas fauces negras mordían
con fuerza una de sus alas y lograban rasgarla. Ysera gritó y tiró
con fuerza para liberarse de esos implacables dientes, dejándose así
un trozo de ala en la boca de su atacante. Con suma rapidez, se curó
ambas heridas pero, justo en ese instante, las otras dos cabezas
cesaron de pelear con Alexstrasza y Kalecgos y las cinco
convergieron sobre el Aspecto verde, que ahora luchaba por su
vida.

Al instante, Torastrasza descendió y Thrall se agarró fuerte a ella.


A pesar de que el orco seguía utilizando el Martillo Maldito para
golpear siempre que podía, los dragones crepusculares estaban
preparados esta vez para este tipo de ataques. En cuanto
Torastrasza se les acercaba con ese orco montado a su espalda, los
crepusculares adoptaban su forma inmaterial y luchaban
empleando únicamente su atroz magia de color púrpura. Thrall se
dio cuenta de que había llegado el momento de utilizar sus poderes
chamánicos y abrió su ser a los elementos con los que se comunicó
mentalmente.

Lucho para poder salvarlos a todos, para salvar a todos los


elementales. A toda esta tierra herida. ¡Vengan en mi ayuda para
que así pueda protegerlos!

Si bien, en un principio, respondieron de un modo errático, Thrall


rogó con premura. Al final, lo obedecieron. Un elemental del viento
adoptó la forma de un ciclón y lanzó enormes rocas contra los
enemigos de Thrall. Unas ráfagas de aire acudieron a su llamada,
que a modo de diminutos torbellinos se lanzaban contra las alas
extendidas de los dragones crepusculares, provocando así que sus
dueños chocaran unos contra otros. Una nevada cegadora envolvió
a los adversarios del orco; acto seguido, la nieve se convirtió en
agua hirviendo que se lanzó sobre los ojos abiertos de sus objetivos.
360
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

De este modo, Torastrasza y el orco mataron a varios dragones


crepusculares. Entonces, súbitamente, la gran dragona roja inició
una caída en picado muy controlada. Thrall se preguntó qué estaba
haciendo y, de repente, se dio cuenta de qué pretendía. La dragona,
que volaba a ras del suelo en dirección hacia el grupo de cultores
del Martillo del Crepúsculo, abrió sus descomunales fauces y
escupió fuego. Las llamas prendieron en sus túnicas con gran
celeridad y sus poseedores gritaron atormentados de dolor. Thrall
pensó sombríamente que quizá no todos los cultores estaban tan
dispuestos a sacrificarse como les habían hecho creer ahora que se
enfrentaban cara a cara con la muerte, encamada en una furiosa y
enorme dragona roja.

Torastrasza viró y se elevó un tanto perezosamente y dobló la


esquina del templo para llegar al otro lado, donde una vez más voló
a ras de tierra, escupiendo fuego sobre los cultores que no paraban
de gritar. Después, se subió a una corriente de aire con una agilidad
más propia de un gorrión y volvió a ascender para sumarse de
nuevo a la batalla aérea.

Thrall dirigió la mirada hacia el lugar donde se libraba la batalla


con Chromatus y se le encogió el corazón en un puño. Pudo
comprobar que los tres Aspectos se encontraban heridos;
quemados, congelados, lisiados o lastimados de alguna otra forma.
Chromatus, sin embargo, apenas tenía algún rasguño. Mientras
Thrall los observaba, el dragón echó hacia atrás dos de sus cabezas
y se rió a mandíbula batiente.

—¡La vida es maravillosa! ¡Qué grandes entretenimientos me


ofrece! —exclamó—. ¡Vamos, venid a por mí otra vez! ¡Juguemos
un poco más!

Ysera viró su rumbo de un modo errático. Voló cerca de Thrall


antes de regresar por donde había venido... pero bastó para que el
361
Christie Golden

orco pudiera atisbar el miedo y la desesperación en sus brillantes


ojos.

En ese instante, recordó las palabras de Kirygosa:

«Protectora, lo-lo crearon... para destruirte. Para destruirlos a todos


ustedes. No es únicamente un dragón cromático excepcionalmente
poderoso, sino que le fue insuflada vida con un propósito concreto:
¡destruir a los Aspectos!»

Los dragones rojos, azules y verdes caían del cielo como gotas de
lluvia. En ese momento, el Templo de Reposo del Dragón podría
haber pasado a llamarse perfectamente el Templo del Matadero del
Dragón.

¡Esto no podía estar pasando! Los tres Aspectos y sus vuelos iban
perdiendo. Si bien el número de cultores y dragones crepusculares
había menguado, Chromatus parecía ser cada vez más fuerte a
medida que la batalla proseguía.

¿Dónde se habían metido los dragones bronces? Nozdormu había


dicho que vendría. Y ahora lo necesitaban más que nunca. Si
pudieran contar con otro Aspecto más, quizá tendrían alguna
oportunidad de alzarse victoriosos. Thrall miró a su alrededor
desesperado, ansiando que...

Entonces, divisó una mancha oscura en el cielo nocturno. ¿Se


trataba de más dragones crepusculares? De repente, Thrall se dio
cuenta de que las escamas de esos dragones eran de una tonalidad
más clara que la de los crepusculares. Mucho más clara que las
escamas de cualquier otro vuelo.

—¡Miren! —exclamó Thrall—. ¡Son los dragones bronces! ¡Han


venido!

362
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Los dragones rojos, azules y verdes también los habían divisado y


al instante, se desgañitaron gritando de alegría. El vuelo de dragón
bronce se sumaba a la lucha, que ahora podía cambiar de signo.
Ahora contaban con cuatro Aspectos... seguramente, ¡ni siquiera
Chromatus podría plantarles cara!

Los dragones bronces se dividieron para unirse a sus hermanos en


la batalla contra los dragones crepusculares; entretanto, Nozdormu
descendió directamente hacia sus homólogos, que dejaron de atacar
a su adversario y se alejaron para encontrarse con su nuevo aliado.
Ver a los cuatro Aspectos volando juntos, unidos para batallar, era
una imagen imborrable que nunca olvidaría.

En ese instante, Nozdormu dijo algo que Thrall no esperaba oír.

—¡Retirada! —gritó—. ¡Retirada! ¡Síganme!

A Thrall se le encogió el corazón en un puño al escuchar esas


palabras y se percató de que los demás Aspectos sentían lo mismo.
Todos posaron sus miradas en la Protectora que, durante un largo
instante, se limitó a flotar en el aire. Entonces, Chromatus tomó esa
decisión por ella. El dragón cromático se había alejado a cierta
distancia, sin duda confuso por la abrupta marcha de sus rivales y
había aguardado a que reanudaran su ataque. Al comprobar que no
tenían intención de hacerlo, fue a por ellos. Se lanzó directamente
hacia ellos con intención de matar.

—¡Retirada! —exclamó Alexstrasza con voz entrecortada—.


¡Retirada, retirada!

Ysera y Kalecgos hicieron caso a sus gritos y ordenaron a sus


propios vuelos que los siguieran.

Todos aquéllos que pudieron obedecer la orden lo hicieron de


inmediato. Algunos otros todavía seguían enzarzados en algún
363
Christie Golden

combate y se retiraron en cuanto pudieron... o no pudieron retirarse


ya nunca. Volaron a la mayor velocidad posible en dirección este.
Thrall, que se encontraba subido en la robusta espalda de
Torastrasza, se aferró a ella como pudo mientras el aire creado por
el mero hecho de volar a kl velocidad amenazaba con hacerlo caer.

El orco giró el cuello y miró hacia atrás. Chromatus todavía los


seguía. En ese momento, Thrall pudo ver cómo la cabeza roja abría
la boca y escupía una llamarada. Acto seguido, cesó en su ataque,
viró y se dirigió hacia el templo. No obstante, unos cuantos
dragones crepusculares continuaron la persecución pero, poco
después, también se dieron la vuelta.

¿Por qué? Si estaban ganando, ¿por qué detenían su ataque?

Tras unos momentos de intenso y duro vuelo y tras cerciorarse de


que aquella criatura de pesadilla no los seguía, los Aspectos
aminoraron su velocidad. Se posaron sobre un pico cubierto de
nieve y sus vuelos aterrizaron cerca de ellos.

Alexstrasza se volvió hacia Nozdormu. La pena y la ira brotaban


por todos los poros de su piel.

—¿Por qué? ¿Por qué no te has sumado al ataque, Nozdormu? —


le gritó—. Podríamos haber...
—No —replicó el Atemporal de manera rotunda y descamada—.
Todos habríamos perecido si hubiéramos insistido en seguir
combatiendo.
—¡Eso habría sido imposible! —le espetó Torastrasza. Thrall pudo
notar cómo la llama de la ira prendía en su corazón—. Has traído
otro vuelo entero contigo... ¡Ahora somos cuatro Aspectos! ¡Nadie
habría podido vencemos!

Incluso Kalec, quien normalmente era muy tranquilo, parecía


sentirse frustrado y enfadado, y la afable Ysera parecía hallarse
364
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

muy inquieta. Thrall también se encontraba muy confuso, pero


confiaba en Nozdormu. Los otros también debían hacerlo ya que,
si no, no habrían interrumpido el ataque.

—He aprendido muchas cosas al deambular por los senderosss del


tiempo —aseveró Nozdormu—. Le pedí a este orco que les dijera
que ssseguía buscando respuestas. Y he dado con algunasss, al
menos. No podremos derrotar a Chromatus a menos que nos
unamos de verdad.

Los demás dragones intercambiaron miradas.

—Estamos aunando esfuerzos como muy pocas veces habíamos


hecho —protestó Kalec—. ¡Los cuatro vuelos se encuentran unidos
por esta causa común! Ya nos has visto: colaboramos, ¡ninguno de
nosotros busca la gloria personal!
—Tal vez eso fuera lo que mi visión intentaba decirme —dijo
súbitamente Ysera con un suave tono de voz—. No podremos
derrotarlo luchando juntos simplemente. Tenemos que luchar...
juntos.
—¡Exacto! —exclamó Nozdormu.

Los demás se quedaron mirándolo fijamente. Thrall sabía qué


estaban pensando. ¿Acaso Nozdormu e Ysera se habían vuelto
locos también?

Nozdormu se movió inquieto, presa de la impaciencia.

—Somos Aspectosss —prosiguió diciendo el Atemporal—. No


somos unos merosss dragones que son más poderosos que los
demás y que poseen unas habilidades especiales. Cambiamos
cuando los titanes nos concedieron nuestros poderes. No podremos
derrotar a ese monstruo con algo tan sssimple como un ataque
coordinado. Debemos pensar y actuar como un solo ser. Debemos

365
Christie Golden

estar unidos. Debemos compartir la esencia de lo que realmente


supone ser un Aspecto.
—Creo que ya te entiendo —afirmó Alexstrasza, frunciendo el
ceño levemente—. Tenemos que unimos. Debemos combinar
nuestros poderes, nuestros conocimientos. ¿Es eso lo que estás
insinuando?
—¡Sí, eso exactamente, Protectora! ¿Recuerdas lo que los titanesss
dijeron cuando se fueron?
—A cada uno de ustedes se les ha dado un don, a cada uno de
ustedes se les ha impuesto una obligación —contestó Alexstrasza,
con los ojos abiertos como platos—. Somos... somos partes de un
todo. Nunca debimos estar separados.
—¿Dejaremos... de ser quiénes somos? —inquirió Kalec.

Thrall sabía lo importante que era para Kalec preservar su


individualidad. Estaba mucho más acostumbrado que los demás
Aspectos a ser simplemente él mismo. Ser un Aspecto era algo
todavía muy nuevo para él y la idea de perder su identidad
totalmente no le agradaba en demasía. Aun así, Thrall conocía bien
a su amigo y sabía que, si Kalec tenía que «morir» como individuo
para poder detener a Chromatus, no vacilaría a la hora de
sacrificarse.

—No —respondió Nozdormu—. No si lo hacemos


adecuadamente. Formamosss parte de un todo pero, al mismo
tiempo, también somos seres completos por nosotros mismos. En
eso consiste el gran misssterio.

De repente, Alexstrasza cerró los ojos y esbozó un gesto de


sufrimiento.

—Entonces... nos aguarda un funesto destino —aseveró con voz


quebrada.
—¿Cómo? —preguntó Torastrasza—. Protectora, tú que has
sufrido mucho y soportado tanto, ¿por qué te rindes ahora?
366
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

En ese momento, Kalec se percató también de cuál era el problema.

—Sólo somos cuatro —respondió el Aspecto azul—. Nunca


podremos volver a ser lo que se suponía que debíamos ser.
Neltharion ahora es Alamuerte, ya no hay un Aspecto de la Tierra.
A continuación, se sumieron en un silencio insoportable, pero a
nadie se le ocurrió nada que decir para romperlo. Esa verdad era
demoledora, pero verdad sin duda. Ni siquiera podían intentar
designar a un nuevo Aspecto, ya que Alamuerte todavía vivía.

Además, Chromatus era una herramienta, un arma de Alamuerte.


Thrall casi se cae al suelo al darse cuenta de lo que implicaba todo
aquello. Entonces, lo único que podían hacer era sacrificar
inútilmente sus vidas para combatir contra Chromatus en una
batalla perdida de antemano. El mundo, y todo ser vivo que moraba
en él salvo los dragones crepusculares, iba a caer en desgracia. El
culto iba a triunfar y Alamuerte, ese dragón demente y malvado, se
alzaría victorioso aunque, poco después, acabaría empalado en la
aguja del Templo del Reposo del Dragón. Thrall nunca volvería a
ver a Aggra, nunca volvería a cooperar con el Anillo de la Tierra
para...

De improviso, parpadeó. ¿Era posible? ¿Sería capaz de...?

Su vínculo con los elementos se había ido fortaleciendo desde que


había iniciado aquella inesperada misión. Su renovado vínculo con
el Espíritu de la Vida lo hacía sentirse más fuerte y decidido. El
saber que el momento presente siempre era importante lo hacía
sentirse más... sólido, más con los pies en la tierra. Mientras
recordase eso, nada podría hacerlo sentirse desarraigado de nuevo.

—Protectora —se atrevió a decir, con voz temblorosa y henchida


de esperanza—, creo que... podría tener la solución a este
problema.
367
Christie Golden

21

Cansados, giraron sus cabezas hacia el orco sumamente


expectantes. Éste, a su vez, posó su mirada sobre cada uno de ellos
de uno en uno.

—Quizá no funcione, pero creo... creo que merece la pena


intentarlo —afirmó—. Tal vez esto les parezca... bueno,
simplemente les pido que me escuchen.
—Amigo mío, te escucharemos, por supuesto —replicó Kalec—.
Espero con toda mi alma que nos presentes una opción factible.
—Tal... vez. Ahora mismo, aquí tenemos reunidos a cuatro
Aspectos: la Protectora, la Soñadora Despierta, el Senescal de la
Magia y el Guardián del Tiempo. Sólo les falta uno... en concreto,
el Guardián de la Tierra. Yo soy un chamán. Colaboro con los
elementos. Si bien es cierto que no podría ayudarlos si alguno de
ustedes cuatro hubiera desaparecido, también es cierto que no
puedo arrebatarles el papel que cualquiera de los cuatro
desempeñan.

»Pero no les falta la magia ni alguien que custodie el tiempo ni el


poder de la vida ni el conocimiento del Sueño de la Creación. Les
falta el elemento Tierra. Y yo... sé cómo colaborar con él.

368
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Esperaba que no se enfadaran con él por su osadía, ya que él, un


simple chamán, se estaba ofreciendo para ocupar el lugar de un
Aspecto de Dragón.

A Ysera se le iluminó el semblante de manera notable, Nozdormu


le lanzó una mirada inquisitiva y Alexstrasza miró vacilante a
Kalecgos.

—Sabía que serías una pieza importante en todo esto —aseveró


Ysera con gran alegría—. Pero no sabía cómo.
—Por favor, espero que no te ofendas por lo que voy a decir, amigo
mío —le dijo Kalec—, pero... ni siquiera eres un dragón y mucho
menos un Aspecto.
—Lo sé —replicó Thrall—. Pero llevo muchos años colaborando
con los elementos. Y he aprendido mucho a lo largo de esta misión
—entonces, miró a Nozdormu—. Tú mejor que nadie sabes que
esto es cierto.

El Atemporal asintió lentamente.

—Tienes una nueva perspectiva sobre las cosas que antes no


poseías —aseveró—, esa classse de perspectiva que ssserena el
espíritu y no lo perturba. No perdemos nada por intentar lo que
propones.
—Pero ¿cómo vas a ayudamos, Thrall? —inquirió Alexstrasza—.
No puedes luchar junto a nosotros.
—Vuelvo a insissstir en que no alcanzaremos la victoria en esta
batalla si actuamos individualmente—reiteró Nozdormu—.
Debemos combinar nuestras esencias. Resulta obvio que Thrall no
puede acompañamos en este ataque. Pero si puede ofrecemos a
través de su essspíritu lo que otro Aspecto podría ofrecemos. Lo
cierto es que no tenemos ninguna otra opción. Ninguna. Si no lo
intentamos, los Aspectos caeremos uno a uno y será el fin, primero
para los vuelos de dragón, y luego para Azeroth. Lo sé porque... he
visto ese fin.
369
Christie Golden

Ysera también lo había visto y se lo había contado a los demás. Por


otro lado, Nozdormu acababa de hablar con un tono de voz tan
lúgubre y sombrío que Thrall sintió que un escalofrío le recorría la
columna.

Aun así, y esto era realmente extraño, Thrall no se había pensado


dos veces su propuesta. En lo más hondo de su corazón, sentía que
era lo que debía hacer de un modo que no alcanzaba a describir
como era debido. Tenía la sensación de que habían pasado muchos
años desde que se había sumado al Anillo de la Tierra para intentar
calmar a los angustiados elementos, desde que había fracasado por
haber estado tan distraído y descentrado. Sabía, sin saber
exactamente cómo lo sabía, que ahora sí era capaz de albergar en
su fuero interno la paz y la solidez necesaria para hacer lo que había
que hacer. Al haber reforzado su vínculo con el Espíritu de la Vida,
ahora podía colaborar con los elementos con mayor facilidad...
incluso con mayor gozo. La tierra albergaba a la vida, nutría a las
semillas y a las raíces de las que luego los animales se alimentaban
a su vez. El Espíritu de la Tierra y el Espíritu de la Vida lo recibirían
ahora con los brazos abiertos; confiarían en él para albergar, dirigir
con delicadeza y contener al Espíritu de la Tierra, al mismo tiempo
que colaboraba con los cuatro Aspectos de Dragón. La tierra era
enorme y su espíritu, muy grande. Thrall era consciente de ello y
lo aceptaba con humildad, por lo cual sabía que podría llevar a cabo
con éxito lo que proponía.

—Dejen que al menos lo intente —les pidió.


—Recientemente, mi vuelo ha hecho algo que se creía imposible
—señaló Kalecgos—. Hemos elegido a un nuevo Aspecto. Por lo
que sé sobre Thrall, Chromatus y mi propio vuelo creo que su plan
tiene opciones de funcionar. Yo digo que deberíamos intentarlo.
—Sí —apostilló Ysera de inmediato—. Thrall todavía tiene un
papel que jugar en todo esto. Aunque las piezas de este
rompecabezas aún no han encajado del todo en mi mente.
370
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Alexstrasza contempló al orco con ternura.

—Me has ayudado a abrir mi corazón cuando creía que estaba tan
destrozado que ya no tenía arreglo. Si crees que vas a ser capaz de
hacer esto, entonces yo también estoy más que dispuesta a
intentarlo. Pero, por favor... ¡démonos prisa!
—Hay que llevar a cabo un ritual bastante antiguo y formal —les
explicó Thrall quien, acto seguido, se bajó de la amplia espalda de
Torastrasza—. Intentaré realizarlo lo más rápido posible. Por favor,
adopten los cuatro sus formas humanoides.

Los cuatro respondieron a su petición con suma rapidez. En un


instante, Thrall tenía ante él a un noble elfo, a una semielfa y a un
par de elfos de la noche. A tres de ellos ya los había visto con esas
formas; a Nozdormu, sin embargo, no. Su aspecto era muy distinto
al de los demás. Los otros habían escogido formas bellas y
armoniosas físicamente, aunque algunos habían optado por
mantener sus cuernos y otros no. Pero el caso del Atemporal era
distinto. Si bien había adoptado un cuerpo esbelto y fuerte, de
aspecto un tanto élfico, éste parecía estar desprendiendo
continuamente arena, que caía de él de manera delicada. Iba
ataviado con una ropa blanca muy sencilla y, aunque mantenía sus
cuernos dorados bajo esa forma y sus ojos seguían siendo grandes
y brillantes como una gema, tenía rostro de búho... un rostro que
transmitía sabiduría y serenidad.

—En otras ocasiones, he participado en círculos similares a éste —


les indicó Thrall, quien se estaba concentrando ya en el ritual que
iban a llevar a cabo de forma inminente y no en la asombrosa
apariencia de Nozdormu—. Pero nunca lo he hecho con unos
participantes tan poderosos.
—Confiamos en ti —replicó la Protectora, quien sonrió a
continuación.

371
Christie Golden

Thrall se sintió profundamente conmovido ante esas palabras.


Pensó en Aggra y esbozó una pequeña sonrisa para sí. Ciertamente,
ella no podría haberlo acusado de falta de humildad en ese
momento en particular.

—Yo trazaré el círculo y me dirigiré a los elementos —señaló el


orco—. Al parecer, debemos abrimos unos a otros. Deben abrir sus
mentes y corazones, todo aquello que los hace ser quienes son... y
que los hace ser un Aspecto. No es momento para guardarse
secretos, ni para pensar egoístamente en protegerse. Me siento
honrado por su confianza. Pero también deben confiar en ustedes
mismos y en cada uno de los demás. Cójanse de las manos para
reforzar el vínculo entre ustedes. ¿Están preparados?

Se miraron unos a otros, asintieron e hicieron lo que les había


pedido. Thrall respiró hondo; inspiró por la nariz y espiró por la
boca. De este modo, se sumió en un estado de serenidad total. Inició
el ritual mirando con los ojos cerrados hacia el este, pues ese punto
cardinal estaba vinculado al elemento del aire.

—Bendito este —dijo Thrall con una voz fuerte y firme—. Hogar
de los nuevos comienzos, el lugar por donde el sol se alza. Morada
del Aire, que inspira y rige el pensamiento y la mente. Te honro y...
—¡Se acercan!

Ese grito angustiado se escuchó por doquier. Thrall abrió los ojos
súbitamente; su concentración se había ido al traste. Entonces,
escuchó el familiar batir de cientos de alas coriáceas en el aire. Los
dragones crepusculares habían vuelto para lanzar un nuevo asalto.
Y esta vez, iban a ganar. Como los Aspectos se encontraban muy
débiles, en cuanto el revitalizado Chromatus entrara en la refriega,
no podrían hacer nada para detenerlo ya que seguían sin estar
realmente unidos.

372
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall sintió el amargo sabor de la desesperación. Estaba tan


convencido de que el ritual iba a funcionar... había depositado
tantas esperanzas en él, habían estado tan cerca de lograrlo. Pero
ahora ya no contaban con el tiempo suficiente para completar el
ritual.

Súbitamente, se le ocurrió una idea.

Siempre hay tiempo de sobra, se recordó a sí mismo.

Unas imágenes invadieron de repente su mente: el sol alzándose


para insuflar vida al mundo, la alegría que conllevan las nuevas
ideas, las conversaciones animadas, los grandes avances, los
grandes logros y todo comienzo.

Para su sorpresa, se percató de que los Aspectos se miraban unos a


otros, asintiendo y sonriendo. En ese instante, se dio cuenta de que,
de algún modo, a través de él, ellos también podían ver las
imágenes que estaba viendo en su mente.

Y de que todo esto había sucedido en un solo parpadeo.

A continuación, vio varias hogueras, la tropical Tuercespina, las


calurosas tierras de Durotan. Ahí se encontraba el Fuego, cuyo
hogar era el sur, que dotaba a todos los seres vivos de la pasión
necesaria para alcanzar sus metas y sueños.

Thrall pudo escuchar levemente el fragor del combate que estaban


librando unos dragones contra otros a su alrededor; tanto los gritos
de rabia como los chillidos de dolor. Pudo oler la carne quemada.
No obstante, mantuvo los ojos cerrados. En un momento, podría
ayudarlos.

En un momento...

373
Christie Golden

Rápidamente vio en su mente una sucesión de imágenes


relacionadas con el oeste: el reino del Espíritu del Agua, de los
océanos, de las lágrimas, de las emociones más profundas.

Acto seguido, fue el tumo del norte, el reino de la Tierra. Thrall vio
montañas y cavernas y contempló cómo el velo sereno y
somnoliento del invierno cubría la tierra.

En el carrusel de imágenes que conformaban esa visión


compartida, ya no se encontraban sentados sobre la fría piedra en
la cima de una montaña en el techo del mundo. Thrall vio a cada
uno de los Aspectos, pero no como se hallaban ahora, agarrándose
de las manos, ni siquiera con sus formas dracónidas.

Thrall vio no sólo qué eran sino quiénes eran; la belleza de su


esencia era sobrecogedora.

La gentil Ysera era una niebla verde reluciente; era la misma


esencia de la creación que, palpitante, cambiaba de forma
constantemente.

Estás unida al Sueño de la Creación de la vigilia. La naturaleza es


tu reino y todas las cosas han visto retazos del Sueño Esmeralda
cuando duermen. Tú los ves a todos, Ysera. Y ellos también te ven,
aunque quizá no sean conscientes de ello. Como Protectora, tú te
compadeces de todos los seres vivos y les cantas las canciones de
la creación y de todo cuanto nos une.

Los Aspectos profirieron un grito ahogado de asombro y Thrall


comprendió que, de algún modo, estaba escuchando lo que uno de
los titanes le había dicho a Ysera hace mucho tiempo, en el preciso
instante en que le había otorgado sus poderes. Si bien esa voz que
oía en su cabeza se desvaneció, no lo hizo la sensación de asombro
y sobrecogimiento que dejó a su paso.

374
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

El noble Kalec era un fragmento de luminoso hielo, tan hermoso


como una gema, que refulgía con la quintaesencia de la magia
arcana, la magia del poder, los conjuros y las runas, incluso de la
Fuente del Sol, la magia del pensamiento, de la comprensión, de
los vínculos.

Creo que descubrirás que el don que te doy no es sólo una gran
obligación, que lo es, sino también una delicia, ¡que también lo es!
La magia debe ser regulada, administrada y controlada. Pero
también ha de ser apreciada y valorada, aunque nunca debe ser
acaparada. Esa es la contradicción a la que deberás enfrentarte.
Deberás cumplir tus deberes... con gozo y alegría.

La batalla proseguía librándose por encima de sus cabezas. Thrall


sintió un hondo penar pero, haciendo de tripas corazón, ignoró el
fragor del combate, ignoró cuánto deseaba lanzar su grito de batalla
y unirse a la lucha. Ya habría tiempo para eso cuando...

Tiempo...

Las arenas del tiempo discurrían hacia arriba y hacia abajo, en


todas direcciones... por el pasado, el futuro y ese valioso momento
presente.

A ti te encomiendo la gran tarea de preservar la pureza del tiempo.


Debes saber que sólo existe una única línea temporal verdadera,
aunque a algunos les gustaría que las cosas no fueran así. Debes
protegerla. Si el tiempo no discurre como debe, perderemos mucho
más de lo que puedas imaginar. El tejido mismo de la realidad se
deshará. Es una tarea muy ardua... la base de todo lo demás en
este mundo, pues nada puede existir sin el tiempo.

Y Alexstrasza...

375
Christie Golden

Thrall la amaba. ¿Y quién no? ¿Cómo alguien, o algo, no iba a amar


a la apasionada y tierna esencia de la energía pura del corazón? Era
un brasero en una noche fría, la vida que contenía una semilla o un
huevo, era todo cuanto crecía, todo cuanto era espléndido y
hermoso. No era de extrañar que los vuelos de todos los colores la
adoraran; no era de extrañar que Korialstrasz le hubiera dedicado
su último pensamiento cuando tuvo que tomar la terrible decisión
de provocar una gran destrucción para poder preservar algo más
importante de lo que se destruía.

Éste es mi don: te compadecerás de todos los seres vivos. Sentirás


la necesidad de protegerlos y cuidarlos. Tendrás la capacidad de
curar lo que otros no podrán, de dar a luz lo que otros no podrán,
de amar incluso a aquéllos que sean imposibles de amar... quienes
seguramente necesitarán esa bendición mucho más que otras
almas.

Y él mismo...

Se sentía arraigado, sólido y muy sabio. Thrall era perfectamente


consciente de que ese conocimiento no provenía de él sino de la
tierra. Ese era el lugar donde los ancestros echaban sus raíces; ése
era el lugar donde los huesos se transformaban en piedra con el
paso del tiempo. Se sintió más grande de lo que se había sentido
jamás, como si se expandiera, pues tenía que cuidar de todo aquel
mundo.

Mi don puede parecerte muy poca cosa comparado con el que les
ha sido otorgado a los demás: el control, cuidado y gestión del
tiempo, la vida, los sueños y la magia. Yo te ofrezco la tierra. El
suelo y sus entrañas. Debes saber que la tierra es la base de todo.
Estamos arraigados, enraizados en ella. De ahí venimos y ahí
volvemos. De aquí proviene la verdadera fuerza de la existencia.
De las entrañas... del mundo y de uno mismo.

376
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

A pesar de que, en un principio, esa bendición no había estado


destinada a ser escuchada por él, ahora lo estaba.

En ese instante, las energías de los cinco Aspectos se encontraron


como no lo habían hecho desde hacía milenios.

Entonces, sucedió.

Las imágenes que representaban a los Aspectos y a Thrall en ese


reino espiritual explotaron. Aunque no de forma violenta o furiosa,
sino como si una gran alegría no pudiera ser contenida ya más en
algo que tuviera estructura o forma. Como si de unos fuegos
artificiales se tratara, la esencia de quién y qué era cada Aspecto
salió disparada hacia arriba.

Los colores de cada uno (bronce, verde, azul, rojo y negro) se


entrecruzaron, se entrelazaron, se entretejieron.

Como hebras de hilo en un telar.

«... para desenredar parte de la tela, lo único que se necesita es tirar


de un solo hilo suelto.»

No, pensó Thrall al recordar de repente las palabras de Medivh,


quien le había hablado en los senderos del tiempo. No debían
entretejerse, pues así las hebras aún corrían el riesgo de que alguien
tirara de ellas o las rompiera. No, no debían entretejerse sino
mezclarse.

Thrall visualizó su color; una tonalidad de puro y sereno negro que


se fusionó con los demás colores danzantes de los Aspectos. Al
instante, todos entendieron qué había que hacer y ya no hubo
ninguna frontera que separase sus esencias. Los colores se
mezclaron, transformándose en una única tonalidad...

377
Christie Golden

—¡Aquí viene!

Las voces de los vigías estropearon aquel momento. Thrall hizo


todo lo posible por seguir en ese espacio sagrado, por aislarse del
mundo exterior con serenidad, pero la situación era demasiado
apremiante. Antes de que el orco siquiera hubiera abierto los ojos,
los cuatro Aspectos ya se habían elevado en el aire de un salto y
habían recuperado sus verdaderas formas. Acto seguido,
ascendieron hacia el cielo. Por un momento, mientras los dragones
subían hacia el firmamento, aleteando con suma ferocidad, Thrall
pensó que lo iban a abandonar ahí mismo. Un instante después, una
zarpa gigantesca lo cogió. El orco giró el cuello y se topó con Tick
quien, de inmediato, colocó al orco sobre su hombro.

En esos momentos, el putrefacto dragón cromático se dirigía hacia


sus adversarios volando a toda velocidad.

—¿De verdad crees que no iba a venir a por ti? —inquirió alguien
que no era Chromatus.

Thrall escudriñó su entorno como pudo, ya que bajo la luz de la


luna le costaba ver. Entonces, se percató de que había una diminuta
figura encaramada a la gigantesca espalda de Chromatus.

Tenía que ser el Padre Crepuscular.

Los escasos cultores que habían sobrevivido a los ataques con los
que Torastrasza había arrasado sus filas también se hallaban
subidos sobre la espalda de aquel dragón. Blandían armas cuyos
destellos Thrall pudo ver bajo la tenue luz lunar; sin lugar a dudas,
algunos de ellos sabían lanzar conjuros, por lo que eran unos
enemigos aún más peligrosos pues podían combatir a distancia. Se
dio cuenta de que el enemigo quería que ésta fuera la confrontación
final y de que el Padre Crepuscular estaba dispuesto a sacrificar
todo cuanto hiciera falta para asegurarse la victoria.
378
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

A Thrall le costó unos minutos muy valiosos asentar su conciencia


en el momento presente. No tenía ninguna manera de saber si el
ritual que acababa de llevar a cabo había logrado el objetivo que
perseguía. Le habría gustado contar con más tiempo... con más
tiempo para que los Aspectos pudieran integrarse del todo,
fusionarse y ajustarse a su nueva forma de ser antes de centrar toda
su atención en Chromatus y el culto. No obstante, se dio cuenta
enseguida de que pensando así no estaba centrándose en el
momento presente tal y como debía. Había hecho lo que había
podido en el tiempo que había tenido y ser consciente de ello hacía
que sintiera una curiosa paz en su alma.

Por lo que podía ver, los Aspectos se habían recuperado más rápido
que él, a pesar de que el tipo de ritual por el que les había obligado
a pasar les había resultado muy extraño. Thrall albergaba la
esperanza de que su pronta recuperación se debiera a que estaban
haciendo lo correcto, lo que había que hacer... lo que se suponía
que deberían haber estado haciendo siempre. Entonces, los
Aspectos arremetieron raudos y veloces y con suma determinación
contra Chromatus, quien se detuvo y permaneció flotando en el
aire, batiendo esas alas extrañamente articuladas hasta que,
súbitamente, decidió abrir las bocas de sus cinco cabezas. Llamas,
hielo, una energía verde nauseabunda, arena y una aterradora nube
negra zarandeó a todos los Aspectos a la vez. Los cuatro salieron
despedidos hacia atrás debido a la intensidad de los cinco conjuros
con los que los habían atacado.

—¡No! —gritó Thrall.

Pero, en cuanto ese grito abandonó sus labios, los Aspectos ya se


habían recuperado. En cuanto lograron dejar de dar volteretas en el
aire, reanudaron su grácil ataque, tan unidos como lo habían hecho
antes.

379
Christie Golden

A Thrall le llevó un momento darse cuenta de que podía verlos con


más claridad de la que debería. De repente, se percató de que sus
cuerpos, a pesar de que aún conservaban su color de siempre,
estaban rodeados por una luz blanca y dorada. Mientras los
observaba, ese fulgor parecía crepitar y palpitar. Además, por sus
posturas y gestos, se podía deducir que los dominaba... la
serenidad. Estaban centrados en su enemigo, pero no se dejaban
llevar por una sensación de apremio. Tenían un propósito, una
meta, y se estaban acercando a ella como un solo ser, no como
cuatro individuos.

Chromatus también pareció percibir los cambios operados en ellos.


De improviso, se elevó y giró en el aire, tenso y alerta.

—Bueno —dijo la cabeza negra—, así que creen que podrán


derrotarme si me atacan unidos. Puedo percibir que han establecido
un nuevo tipo de vínculo entre ustedes. Pero deben saber que, al
final, fracasarán. Lo que han hecho es algo impresionante. ¡Pero
nunca estarán completos! ¿Acaso se les ha olvidado que les falta
un Aspecto? ¡Alamuerte es mi señor y les juro que los verá a todos
destruidos!

Su voz era más potente y aterradora de lo que había sido hasta


entonces. En ese momento, Thrall fue consciente de que, por
mucho que quisiera ayudar a sus amigos en esta batalla que podía
ser la definitiva, no podía apartar la mirada de ese dantesco
espectáculo. De repente, se dio cuenta de que eso se debía a que él
también formaba parte integral de él. Por eso estaba teniendo tantos
problemas para volver a ser quien era: porque una parte de él seguía
vinculada a los Aspectos de Dragón.

Al final, el ritual había sido un éxito y no habían necesitado a


Alamuerte para llevarlo a cabo. A pesar de las palabras desafiantes
de Chromatus, Thrall se percató de que tampoco iban a necesitar a
Alamuerte ahora, pues contaban con la Tierra. Contaban con Thrall
380
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

a quien, brevemente, el Espíritu de la Vida le había concedido la


fuerza necesaria para poseer ese poder tan intenso y tremendo que,
en su día, los mismos titanes habían concedido a un Aspecto.

Al igual que, en su momento, había cambiado su armadura por una


túnica para librar otro tipo de batalla (una con la que había
pretendido serenar y curar a la tierra), ahora había cambiado su
capacidad de ayudar como un mero individuo por algo mucho más
importante. No era, ni nunca podría ser, un Aspecto. Sin embargo,
él era la pieza clave que había permitido que se fusionaran, que
hicieran lo que tenían que hacer.

Si bien Tick no cuestionó la repentina pasividad de Thrall, tampoco


dejó de librar su propia batalla. Lanzó un conjuro que congeló a
varios dragones crepusculares ahí donde se encontraban. Thrall fue
consciente de que, para esos desventurados, el tiempo se había
detenido. A continuación, Tick cayó en picado y atacó, los desgarró
con sus poderosas garras y los fustigó fuertemente con su colosal
cola. Aunque Thrall observaba todo esto, su conciencia estaba
realmente concentrada en ayudar a los Aspectos a mantener esa
unidad que acababan de descubrir.

Entonces, el orco hizo un gesto de negación con la cabeza ya que,


de repente, le costaba mucho concentrarse. ¿Por qué si hasta hace
un momento había sido capaz de centrarse con claridad? Sus
pensamientos se tomaban confusos, no los entendía. Súbitamente,
el miedo se apoderó de él. Él era el ancla que ayudaba a... ¿qué?
Furioso, Thrall se clavó las uñas de la mano izquierda en el brazo
derecho y el dolor lo ayudó a concentrarse. Sí, estaban
manipulando y bloqueando sus pensamientos. Alzó la vista y vio
cómo una figura que iba montada sobre Chromatus extendía sus
manos hacia el orco... de inmediato esa figura se transformó en una
sombra de color azul púrpura, en una sombra ondulante que lo
rodeaba. Thrall profirió un gruñido, se clavó las uñas aún más

381
Christie Golden

profundamente en el brazo e intentó recuperar el control de su


mente.

Chromatus sacudió de lado a lado todas sus atroces cabezas. El


nauseabundo fulgor púrpura que irradiaba de sus diez ojos era una
imitación siniestra del resplandor que envolvía a los Aspectos
mientras volaban acrobáticamente alrededor de ese monstruo que
era más grande y robusto que ellos. Esa luz púrpura realzaba sus
deformes rasgos de un modo macabro de modo que, cuando volvió
a echar todas sus cabezas hacia atrás y abrió todas sus bocas, Thrall
se sintió como si estuviera luchando de nuevo contra algo tan
tenebroso, malvado y preternatural como la mismísima Legión
Ardiente.

Si bien antes las cinco cabezas de esa monstruosidad habían


lanzado siempre sus ataques como entidades separadas, ahora
actuaban al unísono de un modo espeluznante. Entonces, se
echaron hacia atrás todas a la vez, inspiraron aire con fuerza y, acto
seguido, cinco fauces se abrieron al mismo tiempo dispuestas a
atacar. Esta vez, las llamas que escupió esa criatura, en vez de ser
de cinco tonalidades distintas (un color por cada cabeza), fueron
todas ellas de un color violeta oscuro y se dirigieron directamente
contra el fulgor blanco dorado que envolvía a los Aspectos; más de
uno gritó de dolor. Thrall se percató de que Kalecgos e Ysera
flaquearon por un instante. Sus colores se oscurecieron a medida
que el resplandor que los rodeaba menguaba. Pero, entonces, de
repente, ese fulgor adquirió una nueva intensidad.

Se lanzaron en picado como antes, coordinando su ataque con suma


elegancia, y en cuanto abrieron sus descomunales fauces, un fuego
blanco brotó de ellas veloz como una explosión. Ese fuego no
poseía él ligero tono lavanda de la magia arcana ni se parecía a
ningún conjuro que Thrall hubiera visto jamás. Simplemente, era
aliento con forma de una llama que poseía el color blanco más puro
que Thrall jamás había visto. Todos los Aspectos apuntaron al
382
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

mismo lugar: el pecho de Chromatus, que había quedado


desprotegido al echarse todas las cabezas para atrás con el fin de
lanzar un segundo ataque al unísono.

Thrall se tuvo que proteger los ojos, pues el impacto engendró una
luz cegadora. Las cuatro corrientes de blanco brillante que brotaban
de la boca de cada Aspecto se estrellaron contra el gran dragón, que
retrocedió dando tumbos por el aire alocadamente. Chromatus gritó
de agonía. Durante un largo momento, cayó fuera de control pero,
a continuación, batió sus alas torpemente para poder volver a
ascender. Sus cabezas, que ya no actuaban de manera armoniosa y
coordinada, sino a sacudidas y de un modo descontrolado,
volvieron a escupir llamas oscuras, pero no alcanzaron sus
objetivos por mucho. Asimismo, al intentar volver a recuperar la
iniciativa de la batalla, sólo lograba exponer aún más su pecho ya
ennegrecido. Una vez más, los Aspectos inhalaron aire al unísono
y escupieron esa extraña llama que no era una llama en dirección
hacia el corazón del dragón cromático.
Chromatus se estremeció y sufrió espasmos, y sus cabezas se
contorsionaron y lanzaron juramentos a voz en grito mientras su
cuerpo se convulsionaba.

—¡No podrán detenerme! —exclamó la cabeza azul que, al


instante, cayó hacia atrás con los ojos cerrados.
—Conozco todos sus secretos —los advirtió la cabeza roja antes de
que sus ojos también cesaran de relucir con el brillo de la vida.
Por último, la cabeza negra gritó de manera sumamente
estremecedora:
—¡Han tenido que unirse todos para intentar destruirme! ¿Acaso
creen que derrotar a Alamuerte puede ser más fácil que vencerme
a mí? ¡Desgarrará este mundo para poder aplastarlos por lo que
están haciendo! Y yo estaré ahí con él...

383
Christie Golden

Entonces, el dragón cromático sufrió un último espasmo final, la


cabeza negra profirió un gemido ronco y, acto seguido, Chromatus
cayó.

*******

El Padre Crepuscular se aferró desesperadamente a Chromatus


mientras ambos caían en picado hacia el suelo. El horror se había
apoderado de su mente. Apenas logró reunir la calma suficiente
como para lanzar un hechizo que lo protegiera. Unos instantes
antes, después de que el dragón recibiera el primer impacto de ese
extraño fuego que tanto daño le había hecho, el Padre Crepuscular
empezó a hacer multitud de preguntas. ¿Qué les había ocurrido a
los Aspectos? ¿De dónde habían sacado ese poder nuevo? ¿En qué
consistía? ¡¿Cómo era posible que eso estuviera ocurriendo si
Chromatus era invencible?!

Después, todas esas preguntas se habían desvanecido en el aire al


apoderarse de él el terror al verse agarrado a un dragón muerto que
caía en picado hacia esas afiladas rocas cubiertas de nieve.

Cerró los ojos. De repente, el enorme cuerpo del dragón aterrizó


con un tremendo golpe sordo. Al instante, el Padre Crepuscular
gritó al caer sobre un montón de nieve. Temblando y desesperado,
se abrió paso entre la nieve con las manos. Aunque se sentía feliz
por haber sobrevivido, temía las repercusiones que iba a tener aquel
fracaso en su futuro. A continuación, puso una mano sobre
Chromatus para ver si detectaba algún signo de vida en él.

Pero no dio con ninguno. Aun así... el dragón no está muerto, ni


tampoco no-muerto. No respiraba, no se movía, el corazón no le
latía, pero tampoco era un cascarón vacío. Se encontraba en un
estado intermedio entre la vida y la muerte. A pesar de que la chispa
de la vida ya no corría por él, el Padre Crepuscular sabía que su
cuerpo podría ser reanimado si daba con la manera de hacerlo.
384
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Menos da una piedra, pensó. Si Chromatus hubiera sido totalmente


destruido, el Padre Crepuscular era perfectamente consciente de
que más le había valido morir en batalla. Habría sido una muerte
dulce e indolora comparada con la que le habría dispensado
Alamuerte. Aunque aún estaba por ver si no lo mataba de todos
modos.

Tenía la túnica empapada y la tela húmeda se le había pegado al


cuerpo, lo cual podría provocarle una muerte bastante innoble por
congelación. Entonces, se abrió camino entre la nieve y las rocas,
dejó atrás el cuerpo del dragón caído y se dirigió a un pequeño
saliente. El pequeño orbe que solía utilizar para hablar con
Alamuerte seguía intacto; se necesitaba algo mucho peor que esa
tremenda caída para destrozar ese artilugio. Con los dedos
entumecidos, lo sacó de la bolsa que llevaba atada a la cintura y lo
contempló detenidamente por un momento. Se planteó la
posibilidad de intentar desaparecer sin más... pero ¿cómo iba a
hacerlo? Estaba solo, en medio de ninguna parte, rodeado por
doquier de dragones rojos, verdes, bronces y azules que podían
divisarlo en cualquier momento... por no hablar de los cuatro
Aspectos que habían logrado acceder a una fuente de poder
inimaginable.

No, Alamuerte había invertido demasiado tiempo y esfuerzos en


crear al Padre Crepuscular. No iba a echar por tierra todo ese
trabajo en un arrebato. Chromatus no estaba vivo... pero tampoco
muerto. Se tendría que conformar con eso.

En cuanto estuvo acurrucado bajo un patético refugio que encontró,


el Padre Crepuscular colocó el orbe sobre la nieve y se arrodilló
ante él, temblando violentamente. Ese globo transparente se llenó,
de improviso, de una oscuridad negra como la tinta en la que
destacaba el fulgor amarillo anaranjado de un ojo. Un instante
después, el orbe se abrió. El grueso humo negro se elevó, ocupando
todo el limitado espacio del refugio. Si bien la imagen de aquel
385
Christie Golden

monstruoso dragón negro no podía expandirse más, el terror que


inspiraba no conocía límites.

—No han sido destruidos —le espetó Alamuerte sin más


preámbulos—. Si hubiera sido así, habría percibido su muerte.
—Lo sé, mi a-amo —tartamudeó el Padre Crepuscular—.
Hicieron... algo raro y lograron de-de-derrotar a tu campeón. Ahora
yace inerte y sin vida, pero no está muerto.

A continuación, se sumieron en un largo y terrible silencio.

—Entonces, ha sido un fracaso sin paliativos.

Esas frías palabras eran peores que si le hubiera gritado presa de


una gran furia. El Padre Crepuscular se encogió de miedo.

—¡No, Chromatus no puede morir! Lo han derrotado, pero sólo


momentáneamente —exclamó Alamuerte.

En ese instante, el Padre Crepuscular escuchó el aleteó de unas alas


por encima de él y alzó la vista. Súbitamente, abrió los ojos como
platos y se puso de cuclillas en su mísero refugio.

—Mi señor, continuaría extendiendo tu palabra y obra por el


mundo si fuera posible. Pero me temo que ya no podré hacerlo. Me
buscan y... y, según parece, el vuelo de dra-dragón crepuscular está
huyendo...

A pesar de que intentó evitar que su voz no se tiñera de pánico,


fracasó miserablemente.

—Me has decepcionado tremendamente —lo reprendió


Alamuerte—. Teníamos la victoria al alcance de la mano y, sin
embargo, los Aspectos siguen vivos y Chromatus está... herido;

386
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

además, el culto ha recibido un duro golpe. Así que dime: ¿Por qué
no debería arrojarte a los brazos de mis enemigos?
—¡S-sé que todavía puedo ser muy útil! —gritó el Padre
Crepuscular, agarrando el orbe como si estuviera agarrando la
mano de su amo—. Mis fieles aún confían en mí... sabes que es así.
Deja que vuelva con ellos. Deja que los lleve ante ti. El culto se ha
extendido por todo este mundo; quizá los vuelos de dragón lo hayan
destruido aquí, ¡pero jamás podrán destruirlo por completo!
¡Piensa, además, en todo el tiempo que perderías intentando
colocar a otro en una posición de poder como la que yo tengo
ahora!
—Los humanos son patéticamente codiciosos y muy fáciles de
manipular —aseveró Alamuerte—. No obstante, lo que dices tiene
sentido. Ya hemos perdido bastante tiempo. No necesito más
contratiempos. Vamos. Entrégate al humo —le dijo mientras
dejaba que su imagen, compuesta del oscuro y sedoso humo que el
orbe había emitido, se disolviera. Acto seguido, unos tentáculos
sombríos acariciaron al Padre Crepuscular, que se estremeció—.
Este portal te llevará a casa. Una vez ahí, seguirás traicionando la
confianza de aquéllos que te idolatran y cumplirás mi voluntad la
próxima vez que te pida que lo hagas.

El Padre Crepuscular echó hacia atrás su capucha y aceptó con los


brazos abiertos esa sombra compuesta de humo que lo iba a
transportar, ataviado con las ropas clericales tradicionales que solía
vestir.

—Gracias, mi señor —susurró el arzobispo Benedictus—.


¡Gracias!

387
Christie Golden

22

Cuatro Aspectos y un orco se encontraban en el nivel superior del


Templo del Reposo del Dragón cuando despuntaba el alba. Todos
se sentían muy cansados pero al mismo tiempo victoriosos. Las
horas transcurridas entre la caída de Chromatus y el momento
presente las habían ocupado atendiendo las terribles necesidades
que suele acarrear el final de una batalla: se dedicaron a contar e
identificar a los muertos, a curar a los heridos y a buscar a los
rezagados.

Muchos (demasiados) habían caído en cada uno de esos ataques y


la tarea solemne de reunir y disponer de los cuerpos se iba a llevar
a cabo en cuanto el sol asomase su rostro por el horizonte. Por
ahora, sin embargo, todo lo que podían hacer ya lo habían hecho.
No habían localizado al Padre Crepuscular entre los cultores
caídos; aunque Thrall había señalado que había muchos cadáveres
achicharrados, algunos de los cuales eran, sin lugar a dudas,
humanos y varones, por lo que podía ser uno de ellos. Al escuchar
esa sugerencia, Kirygosa había negado con su cabeza azul oscura
y había dicho:

«No. Lo reconocería. Lo reconocería en cualquier parte y en


cualquier estado.»
388
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Kalecgos la había contemplado con una honda expresión de


preocupación dibujada en su rostro. Sólo el paso del tiempo diría si
Kirygosa se iba a recuperar de los meses de tormento que había
sufrido. No obstante, había logrado regresar con su vuelo, y la
Protectora la tenía en muy alta estima. Thrall intuía que se
recuperaría perfectamente.

Por otro lado, los únicos dragones crepusculares que encontraron


estaban muertos. El resto había huido, asustados y sin un líder que
los guiara. Y Chromatus...

Como temían que algún otro siniestro poder intentara revivir a


Chromatus, los dragones habían intentado destruir su cadáver.

Pero habían fracasado. Un poderoso sortilegio, probablemente


entrelazado con el maridaje de magia y tecnología que lo había
animado en un principio, lo protegía de cualquier intento de
desintegrarlo.

«Entonces, será mejor que custodiemos su cuerpo hasta que demos


con la manera de destruirlo por completo», había decidido
Alexstrasza. «Varios representantes de cada vuelo lo vigilarán.
Aunque no está muerto... yace sin albergar la chispa de la vida en
su interior, por lo que ya no volverá a hacer daño a nadie.»
«Durante la Guerra del Nexo, Malygos construyó unas prisiones
arcanas», había comentado Kalecgos. «Sabemos que funcionaban
muy bien. Podemos construir una que sea lo bastante grande... y
resistente... como para poder encerrarlo ahí.»

Ahora las cinco figuras, cuatro dragones y un orco, miraban hacia


el este.

—Pronto, nos separaremos y cada uno seguirá su camino —afirmó


Nozdormu—. Pero nunca más estaremos separados de verdad.

389
Christie Golden

Nunca más —entonces, alzó la cabeza para contemplarlos a


todos—. Thrall... a ti ya te conté parte de lo que he descubierto.
Thrall asintió y, acto seguido, escuchó cómo Nozdormu compartía
con los demás Aspectos las funestas noticias que le había dado con
anterioridad al orco.

—Thrall me encontró porque yo essstaba intentando dar con la


respuesta a una cuessstión. Todos saben que, en cierto momento,
me fue revelado cuándo y cómo moriría. Si bien nunca me atrevería
a alterar los senderos del tiempo, a subvertir lo que sssé que es
cierto y correcto... en uno de mis viajes, descubrí que en un sendero
del tiempo en concreto... me convertía en el líder del vuelo de
dragón infinito.

Todos lo miraron horrorizados. Durante un momento muy largo,


nadie fue capaz de hablar. Entonces, Alexstrasza preguntó con
suma delicadeza:

—Has dicho en «un sendero del tiempo en concreto». ¿Acaso se


trata del sendero verdadero, mi viejo amigo?
—No lo sé —respondió—. Eso era precisamente lo que estaba
investigando, pues quiero... quiero dar con la manera de evitar que
me acabe convirtiendo en alguien que encama todo lo contrario a
lo que yo defiendo y represento. Mientras me hallaba embarcado
en esa misión, descubrí lo que le pedí a Thrall que les contara en su
momento: que todos los sufrimientos por los que hemos pasado...
la locura de Malygos y Alamuerte, que el Sueño Esmeralda se haya
convertido en una pesadilla, el Culto del Martillo del Crepúsculo...
todo... todo está relacionado. La razón por la que acudí tarde en su
ayuda fue porque estaba siguiendo otra pista distinta, otra hebra
más de esta compleja madeja. He descubierto quién está detrás de
toda esta vasta y espantosa conspiración.

Bajo el alba que ya despuntaba, le brillaron los ojos de justa ira.

390
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

—Incluso ahora, me... me cuesssta hablar de ello. Nos enfrentamos


a... —en ese instante, su poderosa voz se transformó en un leve
susurro— ¡... los Dioses Antiguos!

Los otros tres poderosos Aspectos de Dragón clavaron su mirada


en él, una mirada sobresaltada plagada de preocupación. Al ver las
expresiones de sus semblantes, el corazón le dio un vuelco a Thrall
de puro espanto. Sabía algo acerca de esos seres tan antiguos y
malvados, que dos de ellos merodeaban por Ulduar y Ahn’Qiraj.

—He oído hablar de esos seres —afirmó Thrall— pero, sin duda
alguna, ustedes saben mucho más al respecto.

Durante un momento, nadie pronunció palabra alguna, como si por


el mero hecho de hablar de ellos fueran a aparecer ahí de un
momento a otro.

—Sólo has oído viejas leyendas, Thrall —lo corrigió Alexstrasza,


cuya vitalidad y viveza parecía haber menguado—. Cuentos sobre
susurros malignos que le hablan a uno en su propia mente, que lo
empujan a uno a hacer cosas terribles y siniestras. Sobre susurros
sutiles que se asemejan a los pensamientos de uno mismo.

Thrall se dio cuenta de que la dragona roja tenía razón, pues había
oído esas historias.

—Los tauren dicen que la primera vez que el mal dejó huella en su
pueblo fue cuando escucharon e hicieron caso a esos tenebrosos
susurros —comentó el orco.

Ysera asintió abatida.

—Esos susurros han penetrado incluso en el Sueño Esmeralda —


aseveró.

391
Christie Golden

—Incluso en la mente de Alamuerte cuando aún era Neltharion, el


Guardián de la Tierra —explicó Kalecgos—. Fueron los Dioses
Antiguos quienes lo volvieron loco, Thrall, quienes han vuelto
locos a todos los dragones negros.
—Son muy antiguos, más que yo incluso —apostilló Nozdormu—
. Ya estaban aquí incluso antes de la llegada de los titanesss y
habrían destrozado este mundo si nuestros creadoresss no hubieran
intervenido. Se desssató una batalla entre ellos como nunca ha visto
este mundo. Al final, los encerraron... los escondieron en las
oscuras entrañasss de la tierra y los obligaron a dormir mediante
encantamientos.
—Sólo pueden entrar en contacto con nosotros mediante sus
susurros —afirmó Alexstrasza—. Al menos, eso era ahora así...
hasta hace muy poco —en ese instante, alzó la vista para mirar con
ojos muy tristes a Nozdormu—. Así que, según tú, son los
responsables de todas esas desgracias, ¿no? Me creo que estuvieron
detrás de la caída en las simas de la locura de Neltharion y que sean
los responsables de abrir una grieta, al menos, en los senderos del
tiempo. Pero... no me creo que sean responsables de todo y mucho
menos durante tantos milenios.
—Pero ¿qué fin persiguen con todo esto? —preguntó Kalecgos.
—¿Acaso necesitan uno para obrar así? —inquirió Ysera—. Quién
sabe qué piensan o sueñan los Dioses Antiguos. Son perversos e
incluso, mientras sueñan, su maldad se filtra al mundo.
—Lo que sí es seguro es que ellos son la... causa de todos esos
trágicos acontecimientos. ¿Lo hacen sssimplemente llevados por el
odio o porque son unos intrigantes que tienen un plan? Nunca se
sabe. No obstante, lo único que tenemos que saber es que esos
hechos han ocurrido y han tenido terribles consecuencias.

El Atemporal les lanzó a todos ellos una mirada muy intensa y


prosiguió hablando:

—Piensen en todo el daño que nos han hecho esas cosasss. Nos han
destrozado. Han hecho que desconfiemos unos de otros.
392
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Acuérdense de lo rápidamente que creímos que Korialstrasz era un


traidor, cuando en realidad actuó como un héroe al sacrificarse por
los demásss. Incluso tú dudaste de él, querida.

Esas últimas palabras las dirigió especialmente a Alexstrasza,


quien agachó de inmediato su cabeza carmesí.

—Creo que incluso el hecho de que yo acabe siendo el líder del


vuelo de dragón infinito, si al final acaba sssucediendo, será culpa
suya. Pero hoy... hemos aprendido mucho. Nosotros que somos tan
viejos, que parecemosss tan sabios —en ese momento, se rió entre
dientes levemente—, hemos aprendido que debemos colaborar
juntos como un solo ser si queremosss plantar cara a lo que se
avecina— entonces, se volvió hacia Ysera—. Porque, si no, no
sobreviviremos, ¿verdad? —le preguntó con gran delicadeza.

La Despierta negó con la cabeza.

—No —respondió—. Si no nos mantenemos unidos como ahora...


si no profundizamos más en esta unión, una y otra vez... nunca
seremos capaces de plantar cara a la Hora del Crepúsculo ni... ni
podremos evitar que se haga realidad mi visión.
—Creía que la Hora ya había pasado, que era la batalla de hoy —
dijo Thrall confuso.

Ysera volvió a hacer un gesto de negación con la cabeza.

—Claro que no —replicó con cierta indulgencia, como si el orco


fuera un simplón.

El único consuelo que le quedaba a Thrall era que el resto de los


dragones ahí reunidos parecían hallarse tan confusos como él.
Ysera era poderosa y bondadosa, pero lo cierto era que vivía un
poco en su mundo, al margen del resto de los seres vivos.

393
Christie Golden

—Nos has ayudado, como preví que harías —continuó diciendo el


Aspecto verde—. No estaba segura de cómo lo harías... pero lo has
hecho. Este rompecabezas ya no es un mero conjunto de piezas
sueltas de diversos colores, sino que ya va cobrando forma. Las
visiones y sueños que he tenido... acabarán teniendo lugar en la
realidad. Hemos necesitado que uno que no es uno de los nuestros
nos una. Y ahora que estamos unidos... cuando llegue la Hora de
verdad... no fracasaremos.
—Vine aquí con la esperanza de que la unión entre los vuelos de
dragón se hiciera realidad —aseveró Alexstrasza—. Y, tras tanto
dolor, tanta muerte y tanta lucha... nos hemos unido de un modo
que nunca podría haber imaginado. Mis dragones rojos siempre te
recibirán con los brazos abiertos, Thrall, hijo de Durotan y Draka.
Toma esto, como muestra de agradecimiento.

Con delicadeza, se llevó una de sus descomunales garras delanteras


a la altura del corazón y se rascó la piel. A continuación, una
pequeña escama reluciente y de color carmesí cayó al suelo. Thrall
la recogió y con sumo respeto la metió en su bolsa; en la misma
bolsa dónde una vez estuvo la bellota de un ancestro y donde
todavía guardaba el collar que tiempo atrás le había dado una joven
humana.

—Mis dragones bronces te recibirán igual, amigo de los senderos


del tiempo —afirmó Nozdormu, quien también obsequió a Thrall
con una valiosa y reluciente escama.
—Si bien el Sueño Esmeralda no es tu reino, debes saber que, de
vez en cuando, te enviaré sueños curativos, chamán. Quédate
también con una de mis escamas. Te doy las gracias de todo
corazón por haber aceptado la misión que te encomendé —le dijo
Ysera.

Kalec agachó su gran cabeza y, entonces, bajo los primeros


destellos rosas del alba, Thrall vio, sin duda alguna, una solitaria

394
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

lágrima brillando en los relucientes ojos del Aspecto azul mientras


éste le ofrecía una escama situada a la altura de su corazón.

—Tú, sin lugar a dudas, has salvado al vuelo de dragón azul, y no


estoy exagerando. Pídeme lo que quieras y lo tendrás.

Thrall se sintió abrumado. Le llevó un momento recobrar la


compostura.

—Aunque les estoy muy agradecido por haber recibido como


regalo una escama de cada uno de los vuelos, en verdad, sólo quiero
su amistad —les aseguró a todos—. Y —añadió sonriendo— que
me lleven con mi amada.

*******

Thrall pensó irónicamente que se estaba acostumbrando a viajar a


lomos de un dragón. Sobre todo, en la espalda de esta dragona en
concreto. Tick y él se habían hecho amigos a lo largo de las últimas
semanas en las que habían viajado y luchado juntos. El orco sabía
que la echaría de menos. Cuando Tick se presentó voluntaria para
llevarlo de vuelta a su hogar, se había preocupado un poco, pues
temía que el vuelo desde los continentes a la Vorágine fuera
demasiado para un dragón normal, ya que había que recorrer una
gran distancia. Tick había soltado una risita ahogada al enterarse
de sus inquietudes con respecto al viaje.

—Recuerda que somos capaces de ralentizar o acelerar el tiempo


—le explicó a Thrall—. Lo aceleraré para nosotros... y, de ese
modo, volaremos mucho más rápido y mucho más lejos.

Una vez más, Thrall se quedó sorprendido y abrumado antes las


habilidades que poseían incluso los dragones más normales. De esa
manera, tras lo que parecieron ser sólo unos meros instantes, se
encontraron volando sobre la Vorágine. Thrall notó que a la
395
Christie Golden

dragona bronce se le aceleró la respiración al contemplar ese


furioso remolino.

—Así que es ahí por donde Alamuerte entró en nuestro mundo —


masculló Tick—. No me extraña que la tierra siga sufriendo tanto.
—Hablas igual que mis amigos tauren cuando se ponen a hablar de
cuánto sufre la Madre Tierra.

Esa enorme criatura giró el cuello para poder contemplar a Thrall


más cerca.

—Quién sabe si tienen razón o no.

Thrall estalló en carcajadas.

—Yo no —replicó—. Ni jamás lo sabré.

A cierta distancia del asentamiento principal, había un lugar que


parecía ser un establo. Con sumo cuidado, ya que sabía que la tierra
ahí no era nada feliz, Tick aterrizó con suma gracilidad. Thrall bajó
de la espalda de la dragona bronce y se detuvo a contemplarla por
un largo instante.

—Te has ganado la gratitud de nuestros vuelos —afirmó Tick con


gran seriedad—. Tienes nuestras escamas. Utilízalas si necesitas
nuestra ayuda, pues la recibirás. Espero que Azeroth pueda
beneficiarse tanto de tu compasión y determinación como nos
hemos beneficiado nosotros.
—Vas a lograr que me ruborice, amiga mía. Sólo hice lo que pude.

Entonces, una expresión irónica se dibujó en su rostro cubierto de


escamas.

—Te sorprenderías si supieras cuánta poca gente intenta siquiera


hacer eso. Ya has regresado a tu hogar, Thrall. Y yo he de volver.
396
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

La Hora del Crepúsculo llegará algún día y debo estar preparada


para luchar junto a mi señor, Nozdormu, cuando llegue ese
momento. Gracias de nuevo... por ayudamos a descubrir quiénes
somos realmente y cómo son los demás.

Agachó la cabeza hasta colocarla a escasos metros del suelo; Thrall


supuso que le estaba haciendo una profunda reverencia. Se
ruborizó un poco y asintió. A continuación, observó cómo Tick se
preparaba para el viaje y se elevaba hacia el cielo de un salto. Thrall
siguió mirándola, con los ojos entornados por culpa del brillo del
sol, hasta que la poderosa dragona tuvo el tamaño sólo de un pájaro
y luego de un insecto, hasta que finalmente se desvaneció en la
lejanía.

Una vez solo, cerró los ojos y, lanzando un susurro al viento, llamó
a un dracoleón. Thrall acarició con afecto a esa criatura, se subió
en ella y se dirigió al campamento.

Había una pequeña colina que parecía menos devastada que el resto
de los lugares de aquella zona. Algunas hierbas crecían ahí,
luchando por sobrevivir. Thrall sabía que Aggra solía ir a menudo
a aquel lugar a recoger frutas con sumo cuidado y a sentarse a
meditar.

Y ahí estaba ahora, sentada serenamente en esa colina, con las


piernas cruzadas y los ojos cerrados.

Por un instante, Thrall se permitió el lujo de observarla sin que ella


lo viera. Había soñado durante mucho tiempo con ese momento,
con regresar con esa orea asombrosa que tanto lo inspiraba, que
llenaba su corazón y su alma con un amor tan intenso y fuerte que
apenas podían contenerlo. Ése era el rostro (marrón, huesuda y
provista de colmillos) que había evitado que se rindiera. Ése era el
cuerpo (musculoso, curvilíneo y poderoso) que quería abrazar

397
Christie Golden

durante el resto de su vida. Su risa era como música universal para


él; su sonrisa era el sol, las lunas y las estrellas para Thrall.

—Aggra —dijo con voz trémula, aunque no se avergonzó de ello.


La orea abrió los ojos, que entornó al esbozar una sonrisa.
—Has vuelto —replicó con suma calma, aunque esas palabras
tenían un trasfondo alegre—. Bienvenido a casa.

Thrall recorrió la distancia que los separaba en sólo dos enormes


pasos y, antes de que su amada pudiera decir ni una sola palabra
más, la rodeó con sus brazos y la abrazó fuertemente contra su
pecho.

Se rió agradecida y sorprendida y lo abrazó a su vez. Reposó su


cabeza sobre el hombro de su amado, donde encajaba a la
perfección. Y él pudo sentir el corazón de Aggra contra su pecho,
que latía muy rápido embargado por la emoción y la alegría.

Durante un largo, muy largo rato permanecieron abrazados de este


modo. Thrall no quería soltarla nunca. Ella también se aferraba a él
y no protestó en ningún momento.

Al final, Thrall se apartó ligeramente de ella y sostuvo entre sus


grandes manos verdes el rostro de Aggra.

—Tenías razón —dijo sin más preámbulos.

Ella alzó una ceja, indicándole así que siguiera hablando.

—Me escondía bajo la responsabilidad de portar el manto de jefe


de guerra. Era un esclavo de la Horda, de lo que creía que era mi
obligación. Y eso me impedía ahondar en mi fuero interno, me
impedía ver las cosas que no me gustaban de mí. Y, si no las veía,
nunca podría cambiarlas. Nunca podría ser un orco mejor.

398
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

Thrall retrocedió y la agarró de su mano marrón. Entrelazaron sus


dedos y fue como si fuera la primera vez que veía las marcas y
cicatrices de las pieles de ambos (verde la de él y marrón la de ella),
que sentía sus ásperas texturas frotarse una contra otra. A
continuación, el orco alzó la mano de su amada y se la llevó a la
frente. Acto seguido, la retiró de ahí y la miró intensamente a los
ojos.

—Tampoco sabía apreciar las cosas grandes ni las cosas pequeñas.


Como esta fuerte mano que sostengo entre las mías.

A Aggra le brillaron los ojos; ¿acaso había lágrimas relucientes en


ellos? No obstante, esbozó una sonrisa de oreja a oreja al recordar
ese momento en particular al igual que Thrall.

—Ahora sí sé apreciar esas cosas, Aggra. Cada gota de lluvia, cada


haz de luz del sol, cada inspiración que llena mis pulmones, cada
latido de mi corazón. Existe el peligro y el dolor, pero también
existe la serenidad, la alegría constante, siempre que recordemos
que existe y está ahí.

»No sabía quién era o en qué clase de Thrall me iba a convertir tras
haber dejado atrás todo cuanto ayudé a crear. Pero ahora ya sé
quién soy. Lo sé. Y sé qué debo hacer. Sé... a quién quiero.

Aunque la sonrisa de Aggra se volvió más amplia aún, permaneció


en silencio, escuchando con atención.

—Y sé en lo más hondo de mi corazón que, cuando llegue el


momento, seré capaz de hacer lo que haya que hacer.
—Cuéntamelo todo —le pidió en voz baja.

Y ahí mismo, mientras seguían abrazados, Thrall le contó todo lo


que había pasado. Le habló sobre los ancestros y Desharin. Sobre
el asesino que resultó ser un viejo, muy viejo enemigo al que
399
Christie Golden

introdujeron en el sendero del tiempo correcto. Sobre cuánto sufrió


al no poder impedir el asesinato de sus padres, aunque tuvo la
oportunidad gozosa de consolar a Durotan al asegurarle que su hijo
sobreviviría.

Lloró mientras le contaba todo esto, mientras recordaba todo


cuanto había visto, sentido y hecho; así como los horrores y
bondades que había encontrado por el camino. Entonces, una fuerte
mano marrón le limpió las saladas lágrimas que recorrían su verde
faz.

Le habló sobre Taretha y Krasus, sobre Nozdormu, sobre


Alexstrasza, Kalecgos, Ysera y Kirygosa. Sobre lo que había
experimentado al entender muchas cosas nuevas, al aprender a
apreciar las cosas, al ser capaz de disfrutar del momento presente.
Sobre las experiencias que él, como un simple mortal orco, había
vivido y sobre las lecciones que había dado a seres tan poderosos
como los Aspectos de Dragón.

—Así que has recibido un gran regalo —aseveró Aggra en cuanto


Thrall se quedó callado—. Te han dado la oportunidad de descubrir
quién eres realmente, de aprender de tus errores, de cambiar y
crecer. Pocos reciben como regalo la posibilidad de cambiar, de ver
las cosas desde otra perspectiva, amor mío.

En ese momento, Thrall, que seguía sosteniendo la mano de su


amada, se la apretó con fuerza.

—Gracias a ti, pude superar el peor momento —le confesó—.


Gracias a ti, pude lograr que la desconsolada Protectora volviera
ser ella misma.

Entonces, con suma dulzura, susurrando las palabras, le contó a


Aggra que necesitaba estar con ella, que necesitaba ver su cara. Los
ojos de la orea se llenaron de lágrimas mientras escuchaba y Thrall
400
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

se percató de que era realmente posible ver el amor que siente uno
por alguien reflejado en el rostro del ser amado.

—Bueno, ya he vuelto a casa —dijo al fin—. Más humilde, pero


orgulloso de las aventuras y experiencias que he vivido. Estoy
dispuesto a hacer aún más cosas. A intentar mejorar, a dar la mejor
versión de mí mismo en todo momento para honrarlos a ti, a mis
amigos y a mi mundo. Sí, estoy más que dispuesto.

Durante un largo momento, Aggra no habló. Entonces, por fin, con


una voz cargada de emoción y henchida de orgullo y alegría,
afirmó:

—Sí, ése es mi Go’el.

Los labios de Thrall se curvaron alrededor de sus colmillos para


conformar una sonrisa.

—Go’el —repitió, pues aquella palabra le resultaba extrañamente


reconfortante—. El nombre que me dieron al nacer.

Contempló a su amada un instante más y, justo cuando iba a volver


a hablar, escuchó una voz alegre y jovial a sus espaldas.

—¡Thrall! Me acabo de enterar de que has vuelto. ¡Y de una pieza,


por lo que veo!

Era Rehgar, quien o bien no se había percatado de que estaba


interrumpiendo un momento muy íntimo o bien le daba igual. Se
acercó con paso presuroso a Thrall, con una sonrisa de oreja a oreja,
y le dio una palmadita al orco en el hombro.

—¡Seguro que tienes muchas cosas que contamos!

401
Christie Golden

Thrall se apartó un poco de Aggra y volvió su rostro hacia su


amigo. Acto seguido, le dio una palmadita a Rehgar en el hombro.
—Rehgar, viejo amigo... el Thrall que tú conocías ya no existe.
Ahora soy Go’el, hijo de Durotan y Draka. Un esclavo sólo de mí
mismo... —en ese momento, se giró hacia Aggra, a quien apretó de
la cintura con una sonrisa— y de mi amor.

Rehgar echó la cabeza hacia atrás y se rió a mandíbula batiente.

—Bien dicho, amigo mío. Bien dicho. Dejaré que se lo cuentes a


los demás, pero date prisa. La carne asada ya casi está a punto, y
estamos hambrientos. Te esperaremos, ¡pero no eternamente!

Rehgar se despidió de él guiñándole un ojo, se dio la vuelta y


regresó al campamento. Go’el lo vio marchar, con una sonrisa
dibujada en los labios y, acto seguido, se volvió hacia Aggra.
Adoptó una actitud más seria y, cogiéndola de ambas manos, le
dijo:

—Hablo en serio. Sólo voy a ser un esclavo de mí mismo y de mi


amor... si ella me deja. Por el resto de nuestras vidas.

Una enorme sonrisa de alegría se dibujó en el semblante de Aggra,


que le apretó la mano a su amado con tanta fuerza que Thrall estuvo
a punto de esbozar una mueca de dolor.

—Si estaba dispuesta a seguir a Thrall hasta el fin de este mundo o


de cualquier otro —replicó Aggra—, ¡cómo no voy a desear
compartir mi vida con Go’el!

Go’el no podía parar de sonreír. Creía que ése era el momento más
feliz de su vida. Entonces, apoyó su frente sobre la de Aggra,
sumamente agradecido por haber aprendido a disfrutar del
momento, ya que éste era sin duda uno extremadamente dulce.
Pasado un rato, se apartó y dejó que ese momento se perdiera en el
402
World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

pasado, dando la bienvenida al presente, pues éste también era


maravilloso.

—Bueno y ahora vayamos al campamento a contárselo todo a los


demás. Sé que en el futuro nos esperan retos y arduas obligaciones,
sé que a veces triunfaremos y otras veces lucharemos
denodadamente, pero sé que hagamos lo que hagamos lo haremos
siempre... juntos.

Sosteniendo aún la mano de quien iba a ser su compañera de por


vida, Go’el se volvió y posó la mirada sobre el lugar donde los
demás miembros del Anillo de la Tierra lo aguardaban. Esa noche,
habría risas y un festín para celebrar su regreso y sus planes de
futuro. Por la mañana, todos retomarían su solemne obligación de
intentar sanar un mundo herido.

Y Go’el estaría listo para echar un mano.

FIN

403
Christie Golden

NOTAS

Esta historia que acaba de leer está basada en parte en personajes,


situaciones y escenarios del juego de ordenador World of Warcraft
de Blizzard Entertainment’s, un juego de rol on-line basado en el
universo galardonado con múltiples premios de Warcraft. En
World of Warcraft, los jugadores pueden crear sus propios héroes
y explorar, aventurarse y adentrarse en un vasto mundo que
comparten con otros miles de jugadores. Este juego en constante
expansión permite a los jugadores interactuar y luchar contra (o
junto a) muchos de los poderosos y fascinantes personajes que
aparecen en esta novela.

Desde su lanzamiento en noviembre de 2004, World of Warcraft se


ha convertido en el juego de rol online multijugador más popular
del mundo. Su última expansión de Cataclismo vendió más de
3.300.000 copias solo en las primeras veinticuatro horas en que
estuvo a la venta, convirtiéndose así en el juego para ordenador que
más rápidamente se ha vendido de todos los tiempos y superando
el récord anterior que ostentaba la segunda expansión de World of
Warcraft, Wrath of the Lich King y, puede hallar más información
sobre la inminente expansión, Cataclismo, que continúa la historia
de Azeroth donde termina esta novela, en worldofwarcraft.com.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

MÁS INFORMACIÓN

Si desea leer más sobre los personajes, eventos y lugares que


aparecen en esta novela, los libros que tiene en la siguiente lista
contienen otros pasajes de la historia de Azeroth.

• El Cataclismo ha alterado recientemente el paisaje tanto


físico como político de Azeroth para siempre. Los eventos
que precedieron a la catástrofe, incluida la muerte de Caime
Pezuña de Sangre, el amigo íntimo de Thrall, se narran en
World of Warcraft: Devastación: Preludio al Cataclismo de
Christie Golden.

• Thrall toma la difícil decisión de renunciar a ser el jefe de


guerra de la Horda para centrarse en intentar corregir la
inestabilidad elemental que afecta a Azeroth en World of
Warcraft: Devastación de Christie Golden Si quiere conocer
el pasado de Thrall más en detalle, tanto su época como jefe
de guerra, o como esclavo de Aedelas Lodonegro y amigo de
Taretha Foxton puede leer World of Warcraft: Lord of the
Clans y World of Warcraft. Rise of the Horde de Christie
Golden, World of Warcraft: Cycle of Hatred de Keith R.A.
DeCandido, la historia corta de Sarah Pine «Garrosh
Hellscream: Heart of War» (en www. worldofwarcraft.com),
405
Christie Golden

Warcraft: Legends: Volumen 2: «Fear» de Richard A. Knaak


y Kim Jae-Hwan y en los tomos 15 al 20 del cómic mensual
de World of Warcraft de Walter y Louise Simonson, Jon
Buran, Mike Bowden Phil Moy, Walden Wong y Pop Mhan.

• Antes de sucumbir a la malévola influencia de los Dioses


Antiguos Alamuerte era conocido como Neltharion el
Guardián de la Tierra, el respetado Aspecto del vuelo de
dragón negro. Puede conocer cómo traicionó repentina y
escalofriantemente al resto de los vuelos de dragón en la
trilogía de War of the Ancients de Richard A. Knaak
Warcraft: The Well of Eternity, Warcraft: The Demon Soul y
Warcraft: The Sundering. Asimismo, puede ser testigo de
algunos de sus otros planes en Warcraft: El día del dragón y
World of Warcraft: La noche del dragón de Richard A.
Knaak, World of Warcraft: Más allá del Portal Oscuro de
Aaron Rosenberg y Christie Golden y en la serie Shadow
Wing de Richard A.Knaak y Kim Jae-Hwan.

• Puede hallar más información sobre Alexstrasza, Ysera,


Nozdormu, Malygos y sus respectivos vuelos de dragón en la
trilogía War of the Ancients, Warcraft: El día del dragón,
World of Warcraft: La noche del dragón, World of Warcraft:
Tempestira de Richard A. Knaak.

• Si quiere conocer cómo Sinestra, la antigua consorte de


Alamuerte, creó a los maléficos dragones crepusculares,
puede leer World of Warcraft: La noche del dragón de
Richard A. Knaak.

• Aggra, la decidida orea, conoció a Thrall cuando éste visitó


Nagrand en busca de respuestas que explicasen por qué
Azeroth estaba sufriendo esa inestabilidad elemental. En
World of Warcraft: Devastación de Christie Golden se narra

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

la historia de cómo se conocieron y llegaron a ser pareja y de


por qué Aggra decidió acompañar a Thrall a Azeroth.

• Puede saber más sobre el sabio tauren Muln Furia Terrenal y


sus colegas chamanes del Anillo de la Tierra en World of
Warcraft: Shaman de Paul Benjamín y Rocío Zucchi.

• Aunque Nobundo es ahora un chamán muy respetado del


Anillo de la Tierra, en su día, fue un proscrito en el devastado
reino de Terrallende. En la historia corta «Unbroken» de
Micky Neilson (en www. worldofwarcraft.com) se cuenta
cuál fue el camino que tuvo que recorrer para ser un chamán.

• Antes de ayudar al Anillo de la Tierra en la Vorágine, Rehgar


Furia Terrenal fue un consejero de la máxima confianza de
Thrall, así como miembro del nuevo Consejo de Tirisfal y el
dueño de Varían Wrynn durante la época en que éste fue un
gladiador esclavo. Estos emocionantes hechos de la vida de
Rehgar se narran en el prólogo y los números 1 a 3, 15 a 20 y
22 a 25 del cómic de World of Warcraft de Walter y Louise
Simonson, Ludo Lullabi, Sandra Hope, Richard Friend, Jon
Buran, Mike Bowden, Tony Washington, Phil Moy, Wal-den
Wong y Pop Mhan.

• Korialstrasz (también conocido como Krasus) ha estado


implicado en muchos acontecimientos claves de la historia de
Azeroth. El papel que jugó en la Guerra de los Ancestros se
narra en la trilogía de War of the Ancients de Richard A.
Knaak. Si quieren saber más cosas sobre Korialstrasz y sus
relaciones con Alexstrasza y Kalecgos, pueden leer la
Trilogía de la Fuente del Sol de Richard A. Knaak y Kim Jae-
Hwan, World of Warcraft: Tempestira, World of Warcraft: la
noche del dragón de Richard A. Knaak, World of Warcraft:
Tides of Darkness de Aaron Rosenberg y World of Warcraft:

407
Christie Golden

Más allá del Portal Oscuro de Aaron Rosenberg y Christie


Golden.

• Si quiere saber más sobre Kalecgos y la misión que le llevó a


investigar las perturbaciones mágicas relacionadas con el
Sunwell, así como sobre su relación con Korialstrasz, pueden
leer la Trilogía del la Fuente del Sol de Richard A. Knaak y
Kim Jae-Hwan y World of Warcraft: La noche del dragón de
Richard A. Knaak. Kalecgos también hace una breve
aparición en el volumen 2 de la serie Shadow Wing de
Richard A.Knaak y Kim Jae-Hwan, una historia en la que se
narra el descubrimiento de los misteriosos y poderosos
dragones abisales.

• Muchos siglos atrás, Arygos tomó parte en la Guerra de las


Arenas Movedizas que se libró entre el malévolo imperio
qiraji y un ejército formando por una alianza de elfos de la
noche y dragones. Puede conocer qué papel desempeñó
Arygos en este conflicto en la historia corta «The War of the
Shifting Sands» de Micky Neilson (en www.
worldofwarcraft.com).

• Puede conocer cuál fue el verdadero destino de Aedelas


Lodonegro y Taretha Foxton, la amiga de Thrall, en
Warcraft: Lord of the Clans de Christie Golden. Además,
pueden conocer más detalles sobre la historia de Lodonegro
en Warcraft: Legends, volumen 5, «Nightmares» de Richard
A. Knaak y Rob Ten Pas y World of Warcraft: Arthas: La
ascensión del Rey Exánime de Christie Golden.

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World of Warcraft: El Crepúsculo de los Aspectos

LA BATALLA PROSIGUE

Los grandes trastornos sísmicos causados por el Cataclismo han


quedado ya atrás, pero las consecuencias del desastre permanecen.
Las peleas esporádicas entre la Horda y la Alianza centran toda la
atención de ambas facciones. Mientras tanto, el corrupto Aspecto
de Dragón negro, Alamuerte, y sus siervos del culto del Martillo
del Crepúsculo trabajan febrilmente para cerciorarse de que el
mundo nunca se recupere del catastrófico estado en que se halla
sumido...

En Cataclismo, la tercera expansión de World of Warcraft, puedes


batallar contra los fanáticos esbirros de Alamuerte y ayudar a
diversas facciones; como el Anillo de la Tierra de los chamanes,
que intenta defender un mundo asolado. Las dos expansiones
previas de World of Warcraft, Buming Crusade y Wrath of the Lich
King, llevaban a los jugadores al extraño mundo de Terrallende y
a los páramos helados de Rasganorte. En Cataclismo, los jugadores
podrán explorar la regiones de Kalimdor y los Reinos del Este que
han quedado transformadas para siempre tras el ataque de
Alamuerte a Azeroth. La batalla entre los defensores de Azeroth y
sus adversarios acaba de comenzar. Ahora debe decidir si quiere
unirse o no a la lucha para evitar la aniquilación de este mundo.

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Christie Golden

Para descubrir este mundo siempre en expansión que ha entretenido


a millones de personas por todo el mundo, ve a
worldofwarcraft.com y descarga la versión de prueba gratuita. Vive
la historia.

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