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Los Colores
de Magic
Una antología de Magic the Gathering

Editado por

Jess Lebow
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Indice
Blanco................................................................................................................................7
Angel de Venganza por Richard Lee Byers.......................................................................9
Represalia por Tom Leupold...........................................................................................31

Verde................................................................................................................................47
Versipellis por Paul B. Thompson...................................................................................49
Una canción salida de la oscuridad por Loren L. Coleman.............................................65

Rojo.................................................................................................................................81
Trasgología por Francis Lebaron.....................................................................................83
El crisol de los orcos por Don Perrin...............................................................................91

Negro.............................................................................................................................105
Aguas Oscuras por Vance Moore..................................................................................107

Azul...............................................................................................................................125
Expediciones al fin del mundo por J. Robert King.......................................................127
El espejo del ayer por Jonathan Tweet..........................................................................143
Unido a los bajíos por Kevin T. Stein............................................................................161

El Borde Dorado............................................................................................................179
La sonrisa de Loren por Jeff Grubb...............................................................................181

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Blanco
El blanco es el color de la tentación y la inocencia, la pureza y la civilidad. Las personas
caracterizadas por este color aman la vida y la longevidad pero lo hacen sin exceso o
grandeza. Algunos ven el blanco como infantil, un retorno a la juventud, pero otros
saben que está lleno de concentración y el deseo de vivir una vida ordenada. El blanco
es para los honestos, los justos y los ansiosos, los decentes y de mente cívica que se
interpondrán para proteger la justicia y el honor. Es el color de las llanuras y los
templos, el color del erudito y el virtuoso caballero por igual. El blanco es para aquellos
que creen en una causa y creen en sí mismos, para aquellos que no tienen miedo de
enfrentarse a la adversidad.

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Angel De
Venganza

K otara, brillando como una estrella, volaba entre las constelaciones cuando
sintió la invocación. La llamada llegó tan repentinamente y con tanta fuerza como un
anzuelo clavado en la boca de un pez. Sin embargo, no dolió, porque ella no se resistió.
Mucho tiempo atrás, en la mañana del mundo, una benevolente orden de hechiceros la
había ayudado a ella y a sus hermanas en la primera gran guerra contra las legiones del
Abismo. Los ángeles, en gratitud, habían jurado servir a los magos y sus herederos
cuando fueran llamados y una hija de la Voluntad Divina no hacía caso omiso a sus
obligaciones.
Ella plegó sus
alas y se precipitó hacia
el planeta situado
mucho más abajo. Las
invocaciones la llevaron
sobre una expansión de
islas pequeñas en el
océano y sobre el reino
de Zhalfir.
Ella, volando
por encima de las dunas
del Desierto de Huesos,
donde una caravana con
sus camellos atados y
sus escamosos y
jorobados guías
Viashino se

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acurrucaban alrededor de sus fogatas nocturnas, supuso que la llamada le estaba
atrayendo a la capital. Eso no era ninguna sorpresa. Por su experiencia, hechiceros lo
suficientemente poderosos como para invocar a un ángel solían habitar en buenas
posiciones del poder mortal.
La ciudad real con sus miles de estupendos muros y el puerto de aguas
profundas, sus minaretes, bazares, calles laberínticas y pozos comunales, era más
grande que cuando ella la había visto por última vez setenta años atrás. Sin embargo el
propio palacio no era diferente. Hubo un tiempo en que la gran pila de mármol había
existido en un estado casi permanente de construcción, mientras cada orgulloso monarca
tras otro la amplió y mejoró, pero era evidente que esos días habían terminado.
En ese momento Kotara pudo oír la verdadera voz de barítono del hechicero que
la había invocado. Era medida y precisa como debía ser la dicción de un mago pero aún
así palpitaba de dolor y el corazón de ella le dolió por empatía. Ella siguió el sonido
hasta la cúspide de la torre más alta de una de las mansiones en el Barrio de los Nobles.
Su invocador había dejado la ventana con persianas abierta para que pudiera
entrar. Dentro había una cámara iluminada por velas equipada con estanterías teniendo
frascos, botellas, pergaminos y libros mágicos, bastidores de bastones ceremoniales,
varitas, espadas y dagas, un cáliz de plata, un mortero, un espejo de adivinación, un
planetario, y otros accesorios de artes ocultas. El amargo aroma a mirra flotaba en el
aire.
El mago era joven y esbelto de contextura pero mostrando los inicios de la
curvatura de un erudito. Llevaba las elaboradas vestimentas de perlas y marfil del
Gremio Cívico, la fraternidad de magos que servían en Zhalfir como juristas y
legisladores. Un amuleto de diamantes de mármol, una fuente de gran poder para los
conjuradores de su gremio, colgaba de su cuello. Ceniza gris veteaba sus rasgos
demacrados. Era evidente que había asistido a un funeral esa mañana y no había querido
lavarse después.
Se quedó boquiabierto cuando el ángel se le apareció, tal vez momentáneamente
abrumado, como lo hacían muchos seres humanos en el primer encuentro, por el
esplendor sobrenatural de sus plumas iridiscentes, la fluida gracia de su delgada figura
de alabastro, o el resplandor de sus ojos de cristal.
"Soy Kotara," dijo ella suavemente, "venida en obediencia a tu invocación."
"Temí que no fuera a funcionar," respondió el mago. "Hacía mucho tiempo que
no intentaba un hechizo así. En los últimos años me he dedicado a la ley y la política,
no…" él hizo una mueca. "Perdóname, estoy balbuceando."
"No hay nada que perdonar," dijo Kotara. "¿Puedo saber tu nombre?"
"Sabul. Sabul Hajeen."
"¿En qué puedo servirte, Sabul Hajeen?"
"Trayendo justicia," dijo el Mago de Gremio con una cierta dureza regresando a
su expresión. "Hace cinco días uno de los Ilmieras asesinó a mi joven hermano Axdan
en un callejón."
Kotara, al oír el nombre, supo de inmediato, como solían hacerlo los ángeles,
que la Casa Ilmiera era otra de las familias aristocráticas que residían en la capital.
"¿Necesitas mi ayuda para detener al culpable?" preguntó ella. "¿Ha huido de la
ciudad o se está ocultando?"
Sabul rió amargamente. "De ninguna manera. Los Ilmieras caminan con
arrogancia por las calles como siempre lo han hecho y, ¿por qué no? Mis colegas idiotas
del Gremio Cívico ya han realizado una investigación y decidido que no hay evidencia
que relacione a los miserables a su crimen."
Kotara frunció el ceño. "Si eso es así entonces ¿cómo sabes que son culpables?"

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"Porque han sido rivales de los Hajeen durante años," dijo el hechicero. "Ellos
nos odian como Mishra odió a Urza y siempre han luchado por injuriarnos por todos los
medios poco limpios a su disposición. ¡Hasta Multam Ilmiera, el más vil de todos, tuvo
la insolencia de asistir a las exequias de Axdan! Cuando se me acercó, con el pretexto
de ofrecer sus condolencias, yo noté la burla en sus ojos y supe que su mano fue la que
hundió el puñal en la garganta de Axdan."
"Mi tío Tartesk, el jefe de nuestra familia, también lo sabe," continuó Sabul,
"pero no hará nada al respecto. Él dice que la nuestra es una casa honorable. Nosotros
no nos rebajamos a venganzas familiares ni incumplimos la ley para atacar a nuestros
enemigos."
"Bueno, tal vez él no lo haga pero yo si lo haré. Desafiaré a Multam para que me
enfrente cuchilla a cuchilla excepto que yo no soy un espadachín. Aunque mi tío y la
guardia de la ciudad permitan el duelo yo no podría vengar a Axdan. Pero si puedo
enviarte a hacerlo por mí."
Kotara, a pesar de que simpatizó con su angustia y estaba obligada a obedecerle
en todo, vaciló. Por fin dijo, "Sabul, amo, ningún mago me había invocado jamás para
una misión como esta."
Los ojos de él, rojos e hinchados por la falta de sueño, se estrecharon. "¿Y eso
qué importa?"
Ella volvió a vacilar. "Supongo que nada."
"Entonces ven y párate aquí." El hizo un gesto hacia un lugar en el centro del
suelo. "Tengo la intención de equiparte para tu tarea y sentirme absolutamente seguro de
que tengas éxito."

* * * * *

Una hora más tarde Kotara se elevó una vez más por encima de la ciudad. Un
yelmo, pectoral, brazales y grebas, livianos como niebla, fuertes como el acero y
brillantes como madreperla, cubrían su forma esbelta mientras una fuerza aumentada
cantó en sus extremidades. Tanto la armadura como su poder recién descubierto eran
encantamientos, manifestaciones de la magia de la ley y la santidad no menos que ella
misma. Sin embargo por alguna razón estos se sentían extraños y de hecho casi fétidos
sobre ella. Si no hubiera sido por la voluntad de Sabul ella no los hubiera llevado, los
habría disuelto en un instante.
Kotara estudió las serpenteantes calles por debajo de ella como un búho en busca
de su cena. Aunque ya era bastante tarde como para que la mayoría de los mortales
hubieran buscado sus camas tiempo atrás una ciudad tan grande como esa seguía
ofreciendo diversiones carnales para unos pocos privilegiados y licenciosos. Multam
Ilmiera era uno de ellos, cuyo apetito por el vino, los dados, y las rameras le había
hecho casi tan famoso como su destreza con la espada.
A pesar de que ella rara vez los necesitaba, la Voluntad Divina en su inescrutable
sabiduría le había dado a Kotara los instintos de una cazadora, y estos la llevaron a
Multam con la suficiente rapidez. Él y cuatro compañeros estaban paseando fuera de
una taberna, berreando una canción obscena y agitando jarras de barro al ritmo de esta.
Hasta desde el aire Kotara podía oler el miasma del alcohol que colgaba de su aliento y
brotaba de sus poros.
Si alguien se enteraba de que un ángel había matado a Multam los tres Hajeen
pertenecientes al Gremio Cívico bien podrían caer bajo sospecha. Así, Sabul, le había
ordenado que ella actuara invisiblemente. Ella podía matar a su víctima desde arriba,

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por sorpresa, y luego desaparecer instantáneamente en la oscuridad, pero no estaba en
su naturaleza dar un golpe tan cobarde.
Así que Kotara se abalanzó, atrapó a Multam debajo de sus brazos y, con una
rotundo crujir de sus alas, lo llevó en alto. Él gritó y sus amigos se dieron la vuelta pero
no pensaron en mirar hacia arriba y tampoco lo hicieron lo suficientemente rápido. En
un segundo el ángel les dejó muy atrás. Ella se elevó hasta que divisó un patio desierto
dos calles más allá y luego depositó a su cautivo en la seca tierra compactada.
Multam era un hombre delgado con un semblante sombrío y vestía un caftán
escarlata magníficamente bordado. El, tal vez paralizado por el miedo, tal vez calmado
o lo suficientemente astuto como para darse cuenta de que si rompía el agarre de su
secuestrador sólo moriría de la caída, no había luchado durante el vuelo. Pero tan pronto
como sus pies tocaron el suelo su mano saltó hasta la empuñadura con pomo de rubí de
su cimitarra. El arma estaba a medio camino de la vaina cuando Kotara flotó ante él y
Multam pudo verla por primera vez. Su ojos oscuros se ensancharon y se quedó
paralizado, pero sólo por un instante. Luego terminó de desenvainar y se puso en
guardia. Por la facilidad de sus movimientos estuvo claro que, a pesar del hedor
alcohólico, no estaba borracho. Al menos Kotara se sintió agradecida por eso.
"Así que," dijo él secamente, "los gallina Hajeen tiene un poco más de arena de
lo que imaginaba, al menos la suficiente como para conjurar a un asesino si no para
luchar sus propias batallas. ¿Cuál de ellos te envió, espíritu?" Su voz asumió un lúgubre
tono burlón. "¿Fue el pobre e inválido hermano mayor?"
"La justicia me envió," respondió Kotara rechazando el placer que el sintió por
el dolor de Sabul. "Eso es todo lo que importa."
"Mentirosa," dijo Multam, "la justicia me liberó ayer en audiencia pública. Pero
está bien. Yo nunca he matado antes a una criatura como tú. Me pregunto ¿si te corto tu
amo sentirá el dolor como en todos esos viejos cuentos?" El, rápido como una pantera,
saltó hacia ella.
Kotara apenas logró bloquear el ataque. El borde de su cimitarra resonó en su
avambrazo y luego él pasó junto a ella. Ambos giraron para enfrentarse y Multam
arremetió con un segundo corte, el que ella evitó dando un paso atrás. En ese momento
Kotara sintió la magia ardiendo por los nervios de él, los encantamientos que le
otorgaban una velocidad inhumana.
Ella también agradeció por eso. Aquello significaba que, aunque escasa, él tenía
alguna posibilidad. Ella le permitió avanzar a su alcance e intentar otro corte hacia su
cabeza. Esta vez Kotara evitó el golpe con un paso lateral y luego lo abofeteó con su
ala.
El impacto lo tiró de espaldas contra el suelo. El intentó levantarse pero ella se
lanzó hacia Multam medio saltando, medio volando y le dio una patada en el pecho.
Costillas crujieron y él volvió a quedar tendido de espaldas.
Seguramente él estaba casi indefenso. Ella hizo una pausa, preparándose para
dar el golpe de gracia, pero la mano de él se precipitó dentro de su camisa de seda.
Ella sintió magia, esta vez el malévolo poder de la nigromancia, aumentando
mientras él activó algún amuleto oculto. Mareo y debilidad la asaltaron y ella se
desplomó de rodillas. El mundo se volvió oscuro cuando su visión le falló.
Ella, pronunciando palabras de protección, apoyándose en su propio poder
innato, luchó por romper la maldición. Finalmente la fuerza dejó de debilitar sus
extremidades contraídas y temblorosas y la oscuridad en los ojos de ella se aclaró lo
suficiente como para permitirle tener una visión turbia de formas cercanas. Una sombra
se irguió sobre ella y levantó su espada curva para dar un golpe mortal.

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Kotara levantó la mano y atrapó la muñeca de Multam, arrestando la cimitarra
en su descenso. Ella exprimió, le aplastó los huesos y luego arrojó al mortal al suelo
donde un corte a su garganta acabó con él. Sintió el grito de terror y negación encerrado
dentro de su carne destrozada y luego el amplio vacío cuando su fuerza vital se
desvaneció.
Mientras se arrodilló junto a él, temblando y esperando para que regresara el
resto de sus fuerzas, se recordó a sí misma que Multam no se había negado a haber
asesinado al hermano de Sabul. Había sido él quien había dado el primer golpe en la
batalla. Y finalmente había sido él quien la había atacado con ese conjuro que,
obteniendo su poder de las tinieblas y la tumba, estaba prohibido para todos excepto
para los miembros del Gremio de las Sombras. Este hecho había sugerido que él bien
podría haber sido un adorador secreto de los demonios del Abismo.
Sin embargo ninguna de estas reflexiones la ayudó mucho. Ella todavía seguía
profundamente enferma de corazón. Al final un solo pensamiento le ofreció consuelo.
Al menos su tarea había terminado.

* * * * *

Sabul, mirándola fijamente, escuchó atentamente el relato de Kotara. Cuando


ella terminó él se sentó en silencio varios minutos durante los cuales ella estudió su
rostro delgado y cansado buscando en vano alguna señal de alegría o contrición.
Al fin él dijo: "Suena como si hubieras despachado rápidamente a Multam. Él no
sufrió mucho."
"¿Sufrió?" exclamó el ángel. "Él murió. Yo le arranqué su vida."
"Perdóname," dijo Sabul rápidamente. "No te estaba criticando. Tú hiciste
exactamente lo que te pedí. La próxima vez daré instrucciones más específicas."
Kotara lo miró con consternación. "¿Cómo puede haber una próxima vez? Tú ya
has castigado al asesino de Axdan. Le has infligido tu justicia."
"Eso no es cierto," dijo el mago levantándose inquietamente de su taburete, sus
vestiduras blancuzcas arremolinándose a su alrededor. "Nosotros apenas hemos
empezado. Fue claro por las pruebas de la investigación que varios de los Ilmieras
asaltaron a Axdan en ese callejón. Los otros sostuvieron a mi hermano mientras Multam
lo torturó y mató. Es obvio que ellos también deben pagar."
"¿Sabes quienes son?"
Sabul se encogió de hombros. "Más o menos. Multam tenía ciertos amigotes que
le ayudaban cuando cometía sus diabluras. Por lo que tú me dijiste creo que has visto
cuatro de ellos esta noche."
¿Cuatro de ellos? Por la Divina, ¿cuántos estaban allí en total? "Mago," dijo ella
tartamudeando, "mis hermanas y yo tenemos una deuda con tus predecesores y yo estoy
feliz de servirte. Pero te ruego que recuerdes que tu fraternidad está consagrada a la
Voluntad Divina tanto como cualquier sacerdocio. Tu arte no fue creado para este
propósito y yo tampoco."
El frunció el ceño. "¿A qué te refieres con ese parloteo?"
"La magia de tu gremio es magia sagrada," respondió ella, "con la intención de
nutrir, sanar, y proteger. Yo, una hija de ese mismo poder, defiendo. En tiempos de
guerra, cuando un agresor está a las puertas, los magos me invocan para enfrentarlo.
Iniciar algo violento no está en mi naturaleza."
"Obedecerme está en tu naturaleza," le espetó él, "¿no?"
Ella suspiró. "Sí."

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"Entonces yo no escucharé más objeciones." Sabul ablandó sus facciones, se
acercó tímidamente y le dio unas palmaditas en el hombro. "Estará bien. Ya verás por ti
misma que todos los Ilmieras son hombres malvados. La verdad es que sólo necesitan
ser castigados y seguramente la justicia es un trabajo sagrado no menor que cuidar de
los enfermos o hacer retroceder a un ejército invasor."
"Tal vez," dijo el ángel.
Él sonrió. "Entonces estamos de acuerdo y todo está bien. Ahora, nadie debe
verte aquí así que tal vez será mejor que te marches. Vuelve mañana por la noche una
hora después del atardecer y te diré quien será el siguiente al que debes castigar."

* * * * *

Yirtag, al igual que su primo Multam, poseía la característica figura desgarbada


y el rostro largo y estrecho de los Ilmieras. Esto le dio la apariencia de un lobo
hambriento, algo que Kotara supuso apropiado. Según Sabul, Yirtag, un pariente lejano,
había seguido a sus congéneres por ahí como un perro fiel, dispuesto a ayudar en
cualquier aventura o crimen a cambio de monederos de plata que Multam le arrojaba de
vez en cuando.
En ese momento Yirtag y un amigo estaban sentados bebiendo arak en la cabaña
destartalada del primero situada en la Calle del Cuero. A juzgar por el silencio de Yirtag
y su hosca expresión, él y el otro borrachín estaban realizando un tipo de velorio,
aunque quedó abierta la pregunta de si se lamentaban por la pérdida de Multam o por su
dinero.
Kotara acechó detrás de la casa en un callejón pequeño y maloliente, mirando a
través de una ventana enrejada. Necesitaba que el compañero de Yirtag lo dejara solo
aunque temió el momento en que lo hiciera.
Finalmente el tipo se levantó y salió de la habitación para contestar una llamada
de la naturaleza. El ángel se apoderó al instante del enrejado de hierro forjado y lo
arrancó de la ventana para ser capaz de llevarse a su cautivo.
La cabeza de Yirtag giró bruscamente ante el chirrido de metal torturado pero
para ese entonces Kotara ya estaba volando por la habitación. Cuando él tomó aire para
gritar ella le apretó su mano sobre su boca, le arrebató de sus almohadas sucias, y se lo
llevó volando.
Kotara lo llevó a la cúspide de la cúpula del techo de tejas de un templo cercano.
Cuando ella lo soltó él se tambaleó precariamente sobre la superficie lisa y curvada.
Kotara, extendiendo sus alas, se equilibró sin esfuerzo.
"¿Qué?" gimió él. "¿Qué eres?"
"¿Qué dicen ellos que mató a Multam?" preguntó ella.
"Alguna criatura," dijo Yirtag agachándose para bajar su centro de gravedad.
"Algún roc o efrit que se abalanzó desde el cielo."
"Yo soy esa criatura," dijo ella, "enviada a vengar el asesinato de Axdan
Hajeen."
"Por favor," rogó Yirtag, "no me mates. Fue idea de Multam. Cuando nosotros
agarramos al chico yo no sabía que lo iba a acuchillar. Pensé que sólo lo iba a noquear."
"No importa," dijo Kotara deseando no tener lástima del infeliz en su temor y
desesperación. "Tú igual debes responder." El tenía una daga escondida en su faja. Una
cosa insignificante pero ella la quería en su mano. "Saca tu arma."
El sacudió la cabeza. "Por favor…"
"¡Sácala!" exclamó ella. "No prolonguemos esto por más tiempo de lo
necesario."

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El, con su rostro gris y su mano temblorosa, sacó la daga y apuntó en su
dirección. Ella batió sus alas y corrió hacia él.
La hoja salió disparada hacia ella pero Kotara la hizo a un lado con su antebrazo
blindado y le dio un golpe de revés al rostro de Yirtag. El impacto lo envió cayendo
indefensamente por el costado del techo. La daga resbaló de su mano y rebotó
tintineando a su lado.
Él gritó cuando salió disparado por el borde de la cúpula, donde la curva se unía
a la escarpada pared por debajo. Kotara se abalanzó, lo atrapó y lo llevó hacia arriba.
Yirtag torció la cabeza y la miró con ojos desorbitados por el desconcierto.
"Lo siento," dijo ella batiendo sus alas opalescentes en el aire frío de la noche,
"pero yo no podía simplemente dejarte caer. Mi amo me ordenó que te diera una muerte
lenta."
Yirtag chilló y se zarandeó pero su fuerza no fue nada en comparación con la de
ella. Kotara flotó encima de la cúpula y sosteniéndolo boca abajo hizo con él como
Sabul le había mandado.
Cuando todo terminó, y esa parte del techo quedó manchada con salpicaduras de
sangre, ella se agachó allí llorando, temblando, y con el remordimiento quemando en su
interior como un veneno insoportable. Le llevó media hora serenarse lo suficiente como
para volar de regreso a la mansión del Hajeen.
Mientras ella extendió sus alas se dio cuenta de algo curioso. Debido a sus
plumas luminosas ella estaba acostumbrada a encender un destello en cualquier
superficie reflectante con la que solía encontrarse en la oscuridad. Y así fue. Ella vio
manchas de luz nadando en los azulejos pero estas parecieron extrañamente débiles,
como si el resplandor de su plumaje se hubiera atenuado.
Fue un extraño fenómeno pero, por lo que ella podía discernir, de ninguna
importancia en particular. Ahora había muy poco que a ella le pareciera importante
salvo por el acto brutal que acababa de hacer. Kotara, volviendo a sollozar, se alejó
volando de su carnicería.

* * * * *

Sabul, con cenizas aún cayendo por su rostro y una espesa barba oscureciendo su
barbilla, escuchó seriamente el relato de la desaparición de Yirtag. Kotara, a pesar de lo
indecoroso que era para un ángel albergar tal esperanza, deseó que el mago del Gremio
Cívico se pudiera regocijar con su descripción de las agonías de su víctima, porque eso
podría indicar que estaba satisfecho, o al menos comenzando a estarlo.
Pero él ni siquiera sonrió y solo asintió pensativo, como un empleado
comprobando un inventario de bienes y encontrándolo en orden.
"Lo haz hecho bien," dijo cuando ella terminó.
¡Oh, sí, hacerlo bien como su torturadora! Si ella no hubiera estado atada a su
servicio casi podría haber querido golpearlo.
"Tal vez. Pero a pesar de mis esfuerzos de pasar inadvertida los Ilmieras saben
que algo los está matando. Además sospechan que se trata de algo inhumano, alguna
cosa que se precipita desde el cielo."
Sabul se encogió de hombros. "Si tú lo dices."
"Después de haber deducido eso lo más seguro es que ellos con algo de tiempo
conjeturen que mago envió al asesino en su contra sin importar que me avisten o no."
Sabul sonrió. "Como jurista yo te puedo decir que lo que ellos saben y lo que
pueden demostrar satisfactoriamente ante un magistrado son dos cosas diferentes. Por

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las dos lunas, creo que a mi me gustaría ser acusado. Déjalos que descubran qué se
siente al ver a su asesino salir fuera del tribunal como un hombre libre."
"Puede que ellos encuentren una manera de condenarte," le insistió Kotara, "y si
lo hacen irás a la cárcel."
"Me arriesgaré con mucho gusto."
"¿Qué pasa con el riesgo para tu familia?" preguntó el ángel cambiando sus alas
en señal de frustración. Sus plumas crujieron. "Si quedas expuesto Tartesk y todas sus
otras relaciones compartirán tu desgracia. El escándalo podría arruinar a los Hajeen para
siempre."
Sabul hizo una mueca. "¿A que quieres llegar exactamente?"
"El hombre que asesinó a Axdan está muerto. Lo mismo que su principal
cómplice. Eso es dos vidas por una. Conténtate con eso y detente ahora antes de que tú
y tus parientes fracasen."
El sacudió la cabeza. "No puedo. De todos modos no necesitas pretender que te
deseas detener porque estás preocupada por mi bienestar."
"Pero lo estoy. Desde el primer momento que escuché tu voz, tan llena de
sufrimiento…"
"Tonterías. No seas tan remilgada."
"¡Son más que remilgos! Yo también estoy sufriendo, hechicero, sufriendo de
una manera que…"
"¡No me importa!" exclamó él enojadamente aunque inmediatamente después,
sólo por un instante, le pareció que vio un destello de vergüenza en sus ojos.
"Vete y vuelve mañana por la noche," dijo Sabul y le dio la espalda.
Ella curvó sus dedos a medias en un puño y luego los volvió a abrir.

* * * * *

Eskander Ilmiera había colocado un par de centinelas en el techo de su casa y


atrancado las persianas de su dormitorio. Kotara, volando bajo, evadió el escrutinio de
los primeros y luego se transformó suficientemente intangible como para deslizarse
entre las segundas. Una vez dentro, abrió los paneles para facilitar una salida precipitada
con su prisionero.
Eskander, más fornido que la mayoría de sus parientes pero compartiendo la
habitual nariz larga y ancha boca de labios finos de los Ilmiera, roncaba junto a su joven
y bella esposa. Ver a la chica, acurrucada junto a él y sonriente en su sueño, hizo
temblar al ángel.
Sin embargo ella no tuvo más remedio que proceder. Arrancó a Eskander del
abrazo de su esposa, presionó su mano contra su boca, y voló a toda velocidad hacia la
ventana. La joven dormida dio un pequeño gemido petulante. El ángel dio un salto en la
oscuridad, se zambulló casi hasta el nivel de la calle hasta que estuvo a una distancia
segura de los guardias y, entonces, con sus alas tamborileando, ascendió. Eskander se
retorció indefensamente en su agarre.
Ella lo bajó en el techo de un almacén. El joven regordete parecía
completamente indefenso sin su ropa, y de hecho tal era el caso, porque seguramente no
tenía arma. El descubrimiento hizo revolver el estómago de Kotara.
Cuando ella le dijo por qué había venido por él Eskander le respondió, "¡Pero yo
nunca puse una mano sobre Axdan! ¡Yo me quedé mirando!"
"No importa. Mi amo me ordenó matarte y yo tengo que obedecer."

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"Por favor," dijo él con lágrimas corriendo por sus mejillas regordetas. "Admito
que soy culpable. Debería haber encontrado una manera de detenerlo. Pero toda mi vida
siempre he sentido que tenía que hacer como quería Multam y no al revés. Castígame si
es necesario pero no me quites la vida."
"No puedo," dijo ella. "Levanta tus manos."
El, en su lugar, las juntó y cayó de rodillas. "Te lo ruego. Yo puedo ayudarte.
Puedo advertirte sobre la magia Ilmiera."
"Yo ya sé sobre los hechizos que llevaba Multam. Ellos no pudieron salvarlo."
"¡Esos no eran nada! Mi familia tiene magos tan poderosos como cualquiera de
los Hajeen. Más poderosos porque no tienen escrúpulos para invocar a los reyes de las
tinieblas. Y yo sé que ahora ellos están haciendo planes para enfrentarte. Yo podría
espiarlos, descubrir exactamente qué…"
"No puedo cambiarte por tu vida," dijo Kotara. "Sólo puedo ejecutar las órdenes
de mi amo. Ponte de pie y lucha."
Eskander se hizo un ovillo y balbuceó.
De repente ella lo odió a él y a todos los Ilmieras, como si ellos mismos le
hubieran exigido que se contaminara a sí misma con su destrucción. Ella, incitada por
una rabia que, de ninguna manera disminuyó su angustia, se abalanzó sobre él.

* * * * *

Más tarde esa noche, cuando ella se vislumbró a sí misma en el espejo de Sabul,
se dio cuenta de que había vuelto a cambiar. Sus ojos luminiscentes habían tomado un
tono plano y metálico que habían transformado su suave mirada en la mirada
depredadora de un halcón.

* * * * *

Durante el transcurso de la siguiente semana los Ilmieras se volvieron cada vez


más cautelosos. Aquellos que se atrevieron a aventurarse de sus hogares por la noche
siempre lo hicieron en compañía de guardaespaldas o amigos bien armados, o, en el
caso de hacerlo en solitario, a escondidas.
Kotara, sólo un poco incomodada por tales medidas, continuó su sangriento
trabajo, todavía repugnada por el, pero periódicamente arrebatada por la furia que había
caído sobre ella cuando había matado a Eskander. Su apariencia continuó alterándose en
aspectos sutiles. Sus rasgos se afilaron mientras que el brillo de sus plumas se opacó.
Tal vez ella, una criatura de los cielos sin fin, se había demorado cerca de la tierra
demasiado tiempo y su bruta solidez estaba, de alguna manera, embruteciendo el
material más fino de su ser.
Durante el día ella intentó purgarse a sí misma en el cielo, revitalizándose
subiendo más y más, a través de las nubes y en la oscuridad moteada de estrellas de más
allá. Pero sin importar qué tan alto voló no pudo escapar del miasma de impureza, de
salvajismo y odio que parecía aferrarse a ella.

* * * * *

Cuando Kotara se deslizó a través de la ventana Sabul estaba sentado y mirando


al vacío. Su pelo castaño era una maraña de picos grasientos y su barbilla seguía sin
afeitarse. Sus elaboradas túnicas blancas estaban arrugadas y olían a cuerpo sin lavar
dentro de ellas.

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"¿Amo?" dijo el ángel.
El joven mago giró dificultosamente para mirarla. "¿Te encargaste de Otori?"
preguntó.
"Con un poco de dificultad," dijo ella. "Puso un tipo de trampa con él mismo
como cebo. Cuando caí sobre él un mago me confundió con una ilusión y media docena
de bravucones contratados saltaron hacia mí. Así que tuve que matarlos a todos para que
no informaran que vieron a un ángel." Sus ojos doloridos latieron pero ninguna lágrima
se deslizó por sus mejillas. Tal vez ella ya las había llorado todas.
Sabul parpadeó. "Eso es..." él hizo un gesto vago. "Bueno, supongo que si los
mercenarios eligieron servir a los Ilmieras comparten la culpabilidad de los Ilmieras."
Kotara lo fulminó con la mirada y sus dedos temblaron. "¿De verdad crees eso?"
El negó con la cabeza. "No lo sé. Pero en cualquier caso se acabó. Ahora ya no
sirve preocuparse."
"Es probable que esto vuelva a suceder. Yo ya asesiné a Multam y sus
compañeros principales. Ahora nosotros hemos caído tan bajo hasta tener que matar
jóvenes que recorrían la ciudad con él sólo en raras ocasiones y que con toda
probabilidad no participaron en la muerte de Axdan. Es hora de que dejes de engañarte a
ti mismo de que este encargue sigue siendo acerca de la búsqueda de justicia y lo llames
como lo que es: una guerra de exterminio. Y toda guerra cobra vidas inocentes."
"Considéralo una guerra, si quieres. Sea lo que sea yo no tengo que justificarla
ante ti." El se dio la vuelta.
Cuando ella rodeó el taburete para volver a enfrentarlo se vislumbró a sí misma
en el espejo de adivinación. El último rayo tenue de luminosidad había desaparecido de
sus plumas. Sus alas, aunque seguían siendo magníficas, eran ahora tan solo blancas
como la nieve, como los piñones de algún rapaz ártico.
"Mírate," dijo ella. "No te has bañado ni cambiado de ropa desde el funeral de
Axdan. Y sospecho que tampoco has dormido ni comido bien. Estoy segura de que no
has reanudado tus deberes en tus diversos oficios. Apuesto a que sólo te sientas y cavilas
en esta cámara todo el día".
Sabul se encogió de hombros.
"Si toda esta venganza no te está sanando," insistió Kotara, "si no te está
ayudando a tomar el hilo de tu vida, entonces ¿cuál es el punto de esto? ¿Por qué
debemos continuar?"
"¡Porque esto no se trata de mí!" le espetó el hechicero. "Lo que nosotros
estamos haciendo es por Axdan."
"¿Es este el monumento que él habría elegido? ¿Un montón de cadáveres?"
El abrió la boca para dar una réplica rápida y luego vaciló. Después de varios
segundos dijo, "Yo no se si los dioses se apiadan de mí pero si hay algo seguro es de que
él era un alma bondadosa. Ni siquiera le importaba pregonar o cazar."
"¿Él pertenecía al Gremio Cívico?" preguntó ella.
Sabul sonrió ligeramente. "No. Él no tenía ni un atisbo de habilidad mágica
aunque le tomó mucho tiempo admitirlo. Quería seguir los pasos de su hermano mayor."
"El estaba orgulloso de ti."
"Oh, sí. Cuando yo era estudiante tenía la mala costumbre de parlotear una y otra
vez sobre todo lo que estaba aprendiendo. Los poderes arcanos y las pesadas
responsabilidades de mi tradición mística. La santidad de la ley y cómo todos debemos
respetarla no sea que la civilización se viniera abajo. El resto de mis parientes aprendió
a evitarme a mi y a mis tediosos soliloquios pero Axdan permaneció colgado a cada
palabra." Sabul torció su boca.

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"Lo que es una pena, ¿no? Si yo no hubiera llenado su cabeza con esas
pomposas tonterías, si yo no le hubiera enseñado que la vida era caos y conflicto, tal vez
él hoy estaría vivo."
"Pero entonces él no habría sido el muchacho que amaste," dijo Kotara
colocando su mano sobre su hombro. "Además, tú apenas podrías haberle enseñado lo
que no dabas crédito a ti mismo. Yo creo que, en el fondo, tú todavía no crees que
cualquier hombre, y mucho menos un mago del Gremio Cívico, tenga el derecho de
desafiar la ley para buscar una venganza privada. Te duele que hayas roto tu juramento
y pervertido tu arte."
Él suspiró. "Quizás."
"Entonces detente."
"Pronto, te lo prometo."
"¿Te refieres a cuándo la casa de Ilmiera se haya extinguido? ¿Cuándo yo haya
matado hasta el último de ellos, incluso a aquellos inocentes por la muerte de Axdan o
por cualquier otro delito? Para ese momento estarás loco y condenado."
"Como te dije, no importa lo que pase conmigo. Tú tienes que entender que
nuestros padres murieron cuando Axdan era sólo un bebé. Yo lo crié aunque, por
supuesto, los diversos parientes y criados ayudaron. Yo era responsable de él y, al final,
no pude protegerlo. Pero al menos puedo hacer que sus asesinos paguen."
"Sin importar cuántos mates esto no lo traerá de vuelta," dijo Kotara. "Ni toda la
sangre de Zhalfir podría lavar tu culpa. Más bien…"
"¡Te maldigo!" gritó él sacando la mano de ella de su hombro y poniéndose de
pie. "¿Cómo te atreves a obligarme a alejarme de mi propósito? Tú sólo eres una
esclava. Vete hasta mañana por la noche."
Kotara, temblando de frustración, se dio la vuelta y se alejó. Había llegado muy
cerca de persuadirlo pero al final su sangrienta obsesión había demostrado ser más
fuerte que cualquier argumento que ella había podido reunir. Dobló sus alas para
deslizarse por la ventana y luego se dio cuenta de que no se sentía como si estuviera
siendo obligada a irse.
Ella había soportado el toque de su magia desde el momento en que Sabul la
había invocado, como un collar de seda que se fuera a transformar en un yugo de hierro
si alguna vez ella lo desafiaba. En ese momento, sin embargo, el conjuro se había vuelto
tan atenuado que ella apenas podía sentirlo en absoluto.
No entendió cómo podía ser así. Ordinariamente un agente conjurado de un
mago quedaba atado a él hasta que él perecía o elegía liberarlo. Pero si comprendió que
el destino le había dado la oportunidad de liberarse de forma permanente.
Sabul volvió a perderse en sus pensamientos, aparentemente sin saber que ella
aún no había partido. Kotara, acechando ligeramente como un gato, caminó de puntillas
hacia él y mientras tanto levantó una espada larga de empuñadura de marfil apoyada de
un soporte. Ella confiaba en su propia destreza. ¿Cómo no hacerlo después de haberlo
probado una y otra vez esas últimas noches? Pero también respetó el conjuro de Sabul y
un arma le ayudaría a asegurarse de que lo matara al instante, negándole la oportunidad
de recitar un hechizo. Además sería de algún modo satisfactorio despacharlo con una de
sus propias herramientas.
Mientras se acercó ella sintió la magia de la invocación reuniéndose y
buscándola a tientas como una mano paralizada. Demasiado tarde, pensó. Un paso final
la llevó a distancia de ataque. Ella levantó la hoja para una decapitación y luego, incluso
de espaldas, la apariencia de él la volvió a conmocionar.
¡Qué miserable se veía con la cabeza gacha y los hombros encorvados, sus
vestiduras rancias y su cuello sin lavar! ¡Cuán necesitado de ayuda y consuelo! De

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repente su intención asesina pareció no sólo extranjera sino despreciable y el cruel
placer que ella había encontrado en su propósito le supo aún más sucio. Kotara vaciló y
en ese instante el poder de la invocación volvió con toda su fuerza como un conjunto de
esposas cerrándose de golpe.
Ella hizo una mueca de disgusto pero no desesperó porque pudo sentir que la
magia todavía no era tan fuerte como lo había sido en un principio. Algo la estaba
debilitando y pronto ella se la habría sacudido para siempre.

* * * * *

Kotara alternativamente se arrastró y revoloteó por el laberinto de torres, tejados,


balcones, paredes y ventanas que juntos constituían los pisos superiores de la mansión
Ilmiera. Hasta aquellos miembros de la familia que normalmente residían en otros
lugares se habían trasladado a la gran casa durante la crisis, de la misma forma que
permanecían en el interior por la noche. Si el ángel iba a continuar asesinándolos ella
tendría que extraer uno de su propia fortaleza.
Estaba claro que los aristócratas esperaban que ella intentara precisamente eso.
El exterior de la mansión estaba bastante lleno de centinelas así como de alarmas y
trampas tanto mecánicas como de naturaleza mágica. Kotara, evadiéndolos a todos, se
asomó de un marco de ventana a otro en busca de Ferren Tynlo, un Ilmiera por
casamiento, la presa señalada para esa noche.
Por más arriesgado que fuera ella en verdad podría tener que buscar por el
interior para localizarlo. Pero no si la magia de Sabul fracasaba totalmente y ella sentía
que la unión bien podría derrumbarse antes de que terminara la noche.
La perspectiva no era del todo agradable. Ella, desconcertada por la desconocida
que casi había acabado con Sabul por detrás y se había alegrado maliciosamente por el
hecho, había pasado el día reflexionando sobre su situación y sus deliberaciones habían
dado sus frutos. Ahora ella creía que entendía por qué la magia del hechicero estaba
fallando y, si ella estaba en lo cierto, Kotara estaba pagando un alto precio por su
liberación.
Pero no demasiado alto. No si este le daba la oportunidad de devolverle a Sabul
el mal uso de ella y luego dejar ese osario de ciudad y sus demenciales venganzas
familiares bien atrás.
Kotara contempló el hechizo de su amo y lo mejor que pudo juzgar fue que
todavía seguía siendo potente. Así que es hora de entrar. Subió a través de una ventana
en una recámara vacía y, en ese momento, todo el mundo pareció latir como un corazón
colosal.
El latido de poder, manchado con decadencia y condenación, hizo rechinar sus
sentidos como el dolor de un diente hinchado. Algún mago situado en otra parte de la
casa estaba realizando un conjuro infernal, no un simple hechizo como el que Multam
había desatado en su contra sino uno mucho más elaborado.
Eskander le había advertido a Kotara que sus parientes tenían previsto reunir
algo de poder extremo en su contra. Si eso era lo que estaba sucediendo en ese momento
se suponía que sería mejor que ella averiguara sobre él. Kotara, vigilando
cautelosamente en busca de miembros de la familia, acechó por los pasillos y bajó
escaleras, siguiendo las emanaciones mágicas a su fuente.
Al principio no encontró a nadie. Los Ilmieras y sus secuaces, al carecer de las
percepciones más sutiles de ella, apenas podrían haber registrado el poder maligno que
emanaba a través de su hogar. Aún así ellos debían haber reconocido que algún terrible
acto estaba en marcha por lo que se quedaron en sus habitaciones personales.

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Con el tiempo las pulsaciones la llevaron a una estrecha puerta cuadriculada y a
los dos centinelas apostados ante ella. Kotara, espiándolos desde detrás de un enorme
florero, vio que estaban nerviosos y algo maravillados. El sonido gruñendo del
encantamiento murmurando a través del portal a sus espaldas era suficiente para poner
los nervios de punta a cualquier mortal, incluso si este no comprendía las lenguas del
Abismo.
Sabul le había ordenado a Kotara que se ocultara a los ojos humanos pero la
erosión de su influencia le había dejado un margen considerable en la forma en que
fuera a llevar a cabo la directiva. Ella se limitó a esperar hasta que los dos guardias
estuvieran mirando a otro lugar y luego cargó por el pasillo hacia ellos. Cerró la
distancia en un instante y los dejó inconscientes de un golpe antes de que pudieran
nivelar sus lanzas, gritar una alarma, o incluso, presumiblemente, discernir qué clase de
criatura los había asaltado.
Kotara, pasando cautelosamente por la rendija entre la puerta y la jamba, se halló
en la parte superior de una larga escalera que descendió a una cámara subterránea. En el
piso por debajo, llamas verdes, la única fuente de iluminación, parpadeaba en un brasero
de hierro, proyectando las sombras danzantes de cinco humanos en las paredes de piedra
rústica. Los hechiceros eran todos de mediana edad o ancianos, indudablemente
miembros superiores de la casa Ilmiera, y cada uno llevaba las insignias de un iniciado
en los misterios de las tinieblas. Humo dulzón flotaba en el aire, el producto de alguna
sustancia narcótica ardiendo en las llamas.
Agachándose bajo, agradeciendo por única vez que sus plumas ya no brillaran,
Kotara vio como el canto se elevó en un culminante crescendo. En la sílaba final las
llamas esmeraldas salieron disparadas hacia arriba y el latido más fuerte de magia hasta
ese momento, tan poderoso que pareció apuñalarla como una lanza, dividió el aire.
Nada más pasó en los siguientes momentos salvo que el fuego se volvió a
reducir a su antigua altura. Si ella no hubiera sido experimentada el ángel podría haber
imaginado que el ritual había fracasado. Sin embargo la temperatura bajó gradualmente
hasta que la cripta fue tan gélida como un hueco dentro de un glaciar. Al mismo tiempo
una parte de la oscuridad pareció juntarse, coagularse y asumir definición, hasta que se
convirtió en una gran figura con piel escamosa, alas de murciélago y los cuernos
curvados de un carnero. Ojos tan verdes y ondulantes como el fuego brillaron bajo una
cresta ósea en la frente.
Kotara se tensó pero
reconoció al demonio
como lo que era, un
caballero abanderado de
las huestes de las tinieblas.
Recordó la primera vez
que había visto una
criatura así, cabalgando a
la cabeza de una columna
de demonios menores
durante esa rebelión
primordial cuando los
espíritus de la oscuridad
casi habían derrocado a la

21
Voluntad Divina, destruído su pueblo, y extinguido el sol, la luna y las estrellas. Ella
tembló a pesar de sí misma.
Los cinco mortales se inclinaron ante el demonio.
La mas anciana de los Ilmieras, una mujer encorvada y llena de arrugas con la
piel manchada y fino cabello plateado dijo con voz temblorosa, "Os damos la
bienvenida, espíritu."
El abanderado de la noche simplemente sonrió, dejando al descubierto filas de
colmillos afilados.
Si la anciana se quedó perpleja por la respuesta del demonio, o la falta de ella,
no lo demostró. "Mi familia está en una situación desesperada," continuó. "Algún tipo
de agente está asesinando…"
"Yo sé de sus problemas," dijo el monstruo con voz ronca, "así como sé que,
como ustedes sospechan, el responsable es el Mago de Gremio Sabul Hajeen. Yo lo
mataré si ustedes cumplen mi precio."
Un brujo con una barba canosa exclamó: "¿Precio? ¡Mi familia tiene un pacto
con los de tu clase!"
El paladín de la oscuridad lo miró. Kotara no pudo decir lo que el anciano
Ilmiera leyó en los ojos del demonio pero fue suficiente para hacerle poner pálido.
"Su pacto apenas les da el derecho de darle órdenes a un capitán de las legiones
de la oscuridad," dijo al fin el espíritu. "Conjuren alguna sierpe si creen que es capaz de
superar a un hechicero del orden. Les servirá dócilmente, no exigiendo nada a cambio.
Pero si ustedes desean la ayuda de un verdadero campeón de la noche tienen que
conocer mi precio."
"¿Y cuál es tu precio?" preguntó la anciana.
"Licencia para matar a otros mortales por deporte."
"Hecho," dijo un nigromante con un parche bordado cubriendo su ojo derecho.
"Mata a todos los que encuentres en la mansión de los Hajeen."
El demonio miró de reojo y sacudió la cabeza. "Me temo que no es así de fácil.
Ustedes tienen que otorgarme libertad en la ciudad durante tres noches para cazar a
quienquiera y a dondequiera que vaya. Sólo la casa por encima de nuestras cabezas
estará fuera de los límites."
Los Ilmieras lo miraron boquiabiertos.
Después de un tiempo el hombre con el parche en el ojo dijo, "Pero ¿por qué?
¿Por qué simplemente no matas al Hajeen?"
"Porque su aniquilación les deleitaría," respondió la criatura, "y eso está
precisamente equivocado. Ustedes deben retorcerse y sangrar un poco para alistar mi
ayuda. Tal es la costumbre de mi clase."
"Pagaremos tu cuota," dijo la hechicera anciana. "Tienes mi palabra."
"Bien," dijo la criatura. "Echen más resina en el brasero y aliméntenme. Quiero
manifestar mis armas y armaduras." Kotara se dio la vuelta y se deslizó por la puerta.
Como estaba pasando muy a menudo en los últimos tiempos la mente del ángel
hirvió de emociones contradictorias. Había detestado al capitán de la oscuridad apenas
lo había visto. ¿Cómo no hacerlo cuando su raza y la de ella habían estado en guerra
desde el principio de los tiempos? A ella le enfermó imaginarlo haciendo estragos en la
ciudad.
Sin embargo ella también había llegado a despreciar a los mortales de Zhalfir, así
que ¿qué importaba si ellos sufrían y morían? De hecho, ya que el demonio estaba allí
para matar a Sabul y así poner fin a su servidumbre, se suponía que ella debía alegrarse
de la aparición de la criatura aún cuando eso le negaría la oportunidad de vengarse del
mago por si misma.

22
Bueno, sin importar como ella debiera sentirse, Kotara no necesitaba
preocuparse sobre qué hacer. Gracias a la magia de Sabul ella no tenía más remedio que
permanecer allí en la mansión de los Ilmieras y buscar a su víctima designada. No
importaba que mientras tanto el espíritu oscuro se estuviera cerrando sobre el suyo.
O al menos eso pensó. Porque a medida que pasó junto a los centinelas
inconscientes ella sintió un hormigueo en su piel y se dio cuenta de que el poder de la
invocación finalmente se había desvanecido en la nada.
Ella, riendo y llorando al mismo tiempo, ahora sin importarle quien podría verla,
corrió a través de la casa hasta que encontró una ventana. Kotara saltó a través de ella,
extendió sus alas y se precipitó a través de la ciudad.
Cuando se metió en la habitación de Sabul, los ojos inyectados en sangre del
hechicero se abrieron con sorpresa. "Eso fue rápido," dijo. "Pensé que tendrías más
problemas teniendo en cuenta que Ferren se había refugiado en la propia ciudadela
Ilmiera."
"Oh, yo podría haberlo matado con bastante facilidad," dijo Kotara, "si hubiera
querido hacerlo."
El joven mago demacrado la miró con incertidumbre. "¿Qué?"
"Pero no quise hacerlo," continuó ella. "En vez de ello he decido hacer esto." Y
con un movimiento de su ala volcó un caballete. Un intrincado aparato alquímico
construido de retortas de vidrio y tubos se estrelló contra el suelo. "Y esto." Ella empujó
un bastidor de estrepitosas varitas y bastones. "Y esto." Ella le arrebató de su taburete y
lo arrojó por la habitación. El se estrelló contra una estantería y luego cayó de espaldas.
Volúmenes encuadernados en cuero agrietado y rollos de pergaminos atados con cintas
color crema llovieron alrededor de su cabeza.
Sabul agarró su amuleto de diamante y balbuceó un conjuro destinado a
restablecer el control sobre ella. El sintió el pulso de maná de la gema y percibió el
hechizo tomando forma pero este nunca la tocó.
"No sirve de nada," dijo. "Ya no puedes volver a darme órdenes. ¿Quieres que te
diga por qué?"
El, todavía tendido entre sus textos y pergaminos y mirando con recelo, asintió.
"Porque yo ya no soy una criatura de magia celestial," dijo ella. "Puedo entender
por qué tú nunca anticipaste una cosa así. Ustedes, seres humanos, siguen siendo
humanos sin importar lo que hagan. Pero nosotros, los espíritus, somos
fundamentalmente seres de mente y alma, por más que tengamos apariencia material, y
resulta que nuestra misma esencia puede cambiar si hacemos y sentimos cosas
equivocadas. Tú me has corrompido, Sabul, me convertiste en tu torturadora y asesina y,
en consecuencia, yo ya no soy más un ángel. ¡Yo sólo soy una especie de... pájaro! ¿Te
imaginas cómo me aflige eso? ¿Haber quedado despojada de mi propia naturaleza, mi
identidad, mi conexión con la Voluntad Divina? Por lo menos yo vuelvo a poseer mi
libertad y eso significa que soy libre para enfrentarte." Ella se acercó a él.
Sabul la miró horrorizado pero ella sintió que no fue porque temiera por sí
mismo.
"Lo siento," dijo. "Yo nunca tuve la intención de hacerte daño. Me di cuenta de
que tu aspecto cambió en formas pequeñas de un encuentro a otro pero tú nunca me
dijiste lo que quería decir."
"Porque yo mismo no lo comprendí hasta hace poco. Pero supón que te lo habría
dicho. ¿Me habrías liberado?"
"Yo… yo desearía poder decir que sí, pero..." El compuso sus características y se
puso en pie. "Haz lo que quieras, Kotara, no me resistiré. Imparte justicia en tu propio
nombre."

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Ella nunca lo odió tanto como en ese momento. Si él hubiera luchado o
suplicado clemencia, como todos los hombres que ella había matado a su petición, ella
lo habría destrozado alegremente, pero hubo algo en su calmada contrición y aceptación
de su destino que bloqueó la rabia en su interior.
Afortunadamente eso no importó.
Ella, sonriendo, dijo: "En realidad yo no tengo que manchar mis propias manos
con tu sangre. Yo, al igual que tú, elijo actuar a través de un sustituto."
El sacudió la cabeza. "No entiendo."
"Los Ilmieras han invocado a un caballero abanderado del Abismo para matarte.
Quizás ya esté en su camino hacia aquí y yo estoy contenta de entregarte en sus manos.
No obstante, por mis experiencias más recientes, yo estoy segura de que él sigue siendo
un torturador mucho más hábil que yo."
"Pero…" Sabul, claramente conmocionado, se pasó sus dedos por su pelo sucio
y despeinado. "Kotara, yo sé algo de los espíritus de la oscuridad, aún cuando los
hechiceros de mi orden nunca los convocan. Sé de los campeones del Abismo. Ese
espíritu no lucharía por los Ilmieras a menos que ellos le pagaran. ¿Qué precio les
exigió?"
"Licencia para cazar mortales por toda la ciudad durante las próximas tres
noches."
"¡No! Ni siquiera los Ilmieras estarían de acuerdo con eso."
"Los tienes asustados, mago. Ellos harían casi cualquier cosa para librarse de ti y
de mí. Yo te advertí que si continuabas haciendo la guerra gente inocente pagaría el
precio."
El hizo una mueca de desprecio. "Sí, lo hiciste, y yo me negué a prestarte
atención. Por lo tanto no tengo absolutamente ningún derecho a esperar que me
escuches ahora. Pero si el demonio me mata, luego masacrará a decenas, quizás a
cientos, de otros. Mientras luches a mi lado ahora hay por lo menos una oportunidad de
que podamos destruirlo. ¿Me ayudarás?"
Ella se le rió en la cara.
Él intentó tomar sus manos. "Te lo ruego. No te lo estoy pidiendo para mí
mismo…"
Kotara retrocedió fuera de su alcance. "Si yo fuera todavía un ángel," dijo,
"nadie tendría que exhortarme a tomar las armas contra un espíritu oscuro o a tener
lástima de la gente que podría sufrir en sus manos. Pero gracias a ti, Mago de Gremio,
yo ahora soy una criatura más vil. Puedo poner mi propio bienestar en primer lugar y no
veo ninguna razón para arriesgar mi vida en ayudar a una ciudad que me ha dado pocos
motivos para amarla."
"Entonces sólo hay una solución," dijo sombríamente Sabul recogiendo una daga
ritual con un travesaño y pomo de plata. "Si el demonio debe matarme para reclamar su
recompensa yo simplemente voy a tener que negarle esa oportunidad."
Kotara dio una risita. "Lo siento pero tu suicidio tampoco serviría. La criatura
sólo le prometió a los Ilmieras que estarías muerto antes de la mañana. No juró tomar tu
vida por mano propia y por lo tanto tu autodestrucción cumpliría los términos del
acuerdo. No, si tienes la esperanza de salvar a tus semejantes mortales, tendrás que
luchar contra el demonio. Me pregunto cuánto tiempo vas a durar con tu mente nublada
por el hambre y la falta de sueño. Cuando no te has purificado desde el entierro de
Axdan. Cuando tus túnicas ceremoniales están sucias y malolientes."
"¡Maldita seas!" gritó Sabul. "¿Cómo puedes ser tan rencorosa teniendo en
cuenta lo que está en juego?"

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"Yo soy como tú me hiciste," respondió ella a la ligera. "Adiós,
Mago de Gremio." Ella se acercó a la ventana y saltó en la noche.
En un minuto ella dejó la ciudad atrás. Tenía ganas de subir hasta que el propio
mundo desapareciera de su vista pero ya no estaba segura de que ella perteneciera entre
las estrellas. ¿Qué si se encontraba con una de sus hermanas y esta la rechazaba por ser
una criatura alterada y degradada? Ella no creyó que fuera capaz de soportarlo así que
simplemente voló sobre el océano. Las ondas negras brillaron bajo la luz de las dos
lunas y el viento llevó el aroma del agua salada.
Ella se dio cuenta de que no tenía ni idea de dónde ir. Se dijo que no se
preocupara sobre eso o cualquier otra cosa por el momento, que simplemente volara y
disfrutara de su libertad. Pero ella no pudo. Había una falta de vida en su interior y
visiones se adentraron espontáneamente en su cabeza.
Kotara vio a Sabul, hambriento, agotado, y aún atormentado por el dolor, pero al
fin comportándose como un mago dedicado a la bondad y la justicia, dispuesto a
sacrificar su propia vida para salvar a su ciudad. Por supuesto él sólo estaba tratando de
deshacer una catástrofe que era, en última instancia, de su propia creación, y que apenas
le absolvía de sus pecados. Pero por más profundamente que él la había herido ella
encontró de repente difícil odiarlo por completo sabiendo que había transgredido todo
por amor a su hermano.
También vio las caras ensangrentadas y retorcidas de los hombres jóvenes que
había matado y se imaginó al capitán de la oscuridad cometiendo atrocidades similares
en una escala mucho más grande hasta que las calles de la capital estuvieran inundadas
de sangre. Ella había profesado odiar a la ciudad con sus nobles avaros peleando por las
migajas de riqueza y poder que se colaban a través de los dedos de su decadente realeza.
Aunque en realidad la mayoría de los habitantes eran plebeyos que no tomaban parte en
las disputas de las clases altas.
Kotara ya no sintió un amor profundo y permanente por toda la humanidad, ni
un deseo reflexivo e incondicional por actuar de acuerdo con la Voluntad Divina. Esos
dones habían perecido con su naturaleza angélica. Sin embargo todavía podía distinguir
entre el altruismo y el egoísmo, la magnanimidad y la malicia, la responsabilidad y la
abdicación, y ella reconoció que simplemente sería incorrecto abandonar Zhalfir a su
perdición. Por otra parte esta vez ella no iba a ser capaz de absolverse a sí misma con la
idea de que un mago le había obligado. Esta vez el pecado sería su propia elección y ella
sospechó que la culpabilidad podría en última instancia resultar una carga tan
paralizante como la pena de Sabul había sido para él.
Ella, chillando como una enorme águila, giró y corrió de vuelta a la tierra.
Vio destellos de luz blanca y ráfagas de negrura, alternativamente iluminando y
oscureciendo el cielo sobre el Barrio de los Nobles mientras todavía estaba por encima
del puerto. Kotara, ganando velocidad y con su sombra fluyendo a través de los tejados
de la ciudad percibió que, como había esperado, las emanaciones ardían desde las
ventanas de la torre de Sabul.
Cuando ella miró dentro vio a su antiguo amo cantando en el centro de un anillo
de pálida fosforescencia, una barrera contra los esbirros de la noche. Una esbelta espada
ritual brilló en una mano levantada y un bastón de marfil en la otra, mientras el amuleto
de diamante de mármol refulgía en su pecho como una estrella.
El demonio se irguió sobre él y sus enormes alas parecieron llenar la cámara de
pared a pared. Un chaleco de cota de malla azul-negra protegía su torso y un casco con
una cresta dentada cubría su cabeza. La criatura, rugiendo con cada golpe, cortó hacia
Sabul con una oscura espada de dos manos. El arma parecía curiosamente insustancial,
como si hubiera sido forjada de sombras, y crepitó como la carne a la plancha cuando se

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extendió por el aire. Cada golpe penetró un poco más en la zona de protecciones
establecida por el círculo mágico.
El monstruo volvió a dar otro golpe y con un fuerte crujido el amuleto de Sabul
se quebró. De repente, la espada de sombras, ya sin verse impedida por el anillo de
luminiscencia, cayó hacia la cabeza del joven mago.
Sabul saltó frenéticamente hacia atrás y el corte le erró por un pelo. Pero su pie
cayó sobre la pata de una silla rota, que se volcó y le hizo perder el equilibrio. El se
derrumbó y el caballero del Abismo se abalanzó hacia él.
Kotara, fugazmente agradecida de que ella ya no fuera demasiado caballerosa
como para atacar a un oponente por sorpresa, entró en la habitación, recogió otra espada
ritual de un estante de madera clara de tales instrumentos y cargó con la intención de
apuñalar al oscuro monstruo po la espalda.
El demonio debió haber oído su acercamiento ya que giró suavemente. Su arma
tintineó cuando el caballero de la oscuridad detuvo su empuje. El demonio contraatacó
con un corte horizontal a su cabeza y cuando ella intentó detenerla el arma de sombras
pasó a través de su espada como si no estuviera allí. Evidentemente, la cuchilla infernal
era sólida sólo cuando su dueño quería que fuera.
Ella se agachó pero no pudo evitar del todo el golpe. La espada de sombras le
erró a su cabeza pero rozó la parte superior de su pierna izquierda. Ella sintió una
punzada de dolor y una sangrienta pluma blanca cayó flotando hacia el piso.
Desde su posición de cuclillas ella acuchilló a los pies de tres dedos de su
oponente y el monstruo dio un ágil paso fuera de su alcance. La punta de su espada ralló
en el piso de madera dura. Ella se enderezó y los dos volvieron a ponerse en guardia,
considerándose el uno al otro en busca de aberturas.
Después de un momento el demonio estrechó sus ojos ardientes de jade por la
perplejidad. "Nunca he visto a una criatura como tú," retumbó. "¿Que eres?"
"Algo que creó la Voluntad Divina para oponerse a abominaciones como tú,"
respondió ella y por el firmamento que eso seguía siendo cierto sin importar lo que le
había sucedido desde entonces. Ella se arrojó a su enemigo.
Kotara sabía que el ser la superaba. A pesar de que ella era más rápida el
demonio era más fuerte y tenía un alcance más largo y, junto con la espada de sombras
que podía detener pero no ser detenida, esos atributos le daban la ventaja a su enemigo.
Pero tal vez ella podría mantenerlo ocupado el tiempo suficiente como para que Sabul
lanzara un hechizo lo suficientemente poderoso como para acabar con él. El mago ya se
había puesto en pie y reanudado su canto. Velos de luz nacarada se arremolinaron a su
alrededor mientras se concretó su conjuro. La mujer alada oró para que la destrucción
del diamante de mármol no hubiera disminuido tanto su magia como para hacer que sus
esfuerzos fueran inútiles. Ahora él tendría que sacar todo su poder del mismo mundo,
específicamente de esas extensiones de pastizales con las que había establecido un
vínculo místico.
Un chasquido de sus alas la llevó lo suficientemente en alto como para acuchillar
a los ojos del espíritu oscuro. El portavoz de la noche hizo a un a lado su espada con un
golpe y luego atacó hacia su hombro. Ella, recordando que a diferencia de su enemigo
no podía detenerlo, se agachó bajo el golpe y cortó hacia las costillas de la criatura. Ante
el choque los finos eslabones de su oscura cota de malla devolvieron el golpe.
La espada de sombras cayó sobre ella y Kotara apenas logró hacerse fuera del
camino, tropezando contra una pequeña mesa redonda en el proceso. Un reloj de arena
cayó de ella y se estrelló contra el suelo. Mientras ella luchaba por recuperar su
equilibrio el demonio giró y corrió hacia Sabul.

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Kotara, tomada por sorpresa, no pudo perseguirlo lo suficientemente rápido
como para evitar que el caballero de la oscuridad llegara al mortal. Ella gritó cuando la
espada de sombras, silbando y crepitando, saltó hacia su objetivo.
Sabul exclamó una palabra de poder, el anillo de fosforescencia se encendió y su
bastón brilló. Aunque la espada del monstruo nunca tocó nada más que el aire, resonó y
rebotó como si hubiera golpeado un escudo. Al mismo instante el bastón se partió en
dos y Sabul se tambaleó hacia atrás, fuera del círculo resplandeciente.
Su adversario rió y salió tras él. Kotara, con sus alas revoloteando, la herida
palpitando con cada latido, se arrojó entre ellos. Su espada salió disparada en un corte
de parada hacia el brazo de la espada en alto del demonio y, al fin, ella consiguió sacar
un poco de sangre, o más bien un espeso líquido humeante y maloliente.
El demonio gruñó y contraatacó con un golpe que le habría rebanado su ala si
ella no la hubiera contraído a un lado. Kotara hizo un amague a la izquierda de la hoja
del monstruo para sacar una parada, entonces se desacopló y acuchilló hacia el otro lado
pero la espada de sombras se movió hacia atrás a tiempo para desviar el ataque. Kotara
retrocedió al instante para evitar una réplica y los dos espíritus se detuvieron para volver
a estudiarse uno al otro. Sabul, detrás de su protectora, reanudó sus encantamientos.
"Luchas bien," dijo el caballero del Abismo a Kotara.
"En otra ocasión habría disfrutado de prolongar nuestro duelo pero por desgracia
me encuentro impaciente por seguir con el asesinato de la ciudad. ¿Crees que sea
posible que en tres noches pueda matar a todo el mundo? Imagínate a los ‘oh tan
ambiciosos’ Ilmiera emergiendo desde su refugio para descubrir que no hay nadie sobre
los que gobernar. ¡Esa sí que sería una broma genial!"
Las alas de la criatura golpearon con una explosión atronadora, impulsándola
hacia adelante, y esta cortó hacia su pecho. Ella se salió del camino y rebanó hacia su
garganta pero él le detuve el golpe.
En los momentos que siguieron Kotara decidió que su enemigo bien podría
haber estado guardándose lo mejor para el final ya que en ese momento la espada del
caballero infernal estuvo en todas partes a la vez. Sus cortes la mantuvieron tan ocupada
esquivando que ella rara vez logró un ataque de los suyos y, cuando lo hizo, su enemigo
lo detuvo invariablemente a un lado con una parada forzosa. Una la desequilibró de
verdad y amenazó con enviar su arma girando de su agarre. Kotara, aferrándose
frenéticamente a la empuñadura, se las arregló para no perder su arma, pero la espada de
sombras ya estaba volviendo hacia ella. Ella aleteó pero supo que esta vez sus alas no
podrían alejarla a tiempo.
La espada de sombras se detuvo a meros centímetros de su cabeza y por un
instante ella no tuvo idea de por qué. Entonces sintió la oleada de magia en el aire y se
dio cuenta de que su última serie de avances y retrocesos le habían llevado al interior
del anillo luminiscente de Sabul. El joven mago, discerniendo su difícil situación, le
había mandado al encantamiento que la protegiera.
Su enemigo volvió a atacar. Mientras ella evadió desesperadamente sus golpes,
con su corazón latiendo a toda velocidad y el brazo de su espada medio adormecido por
la paliza que había sufrido, la hoja oscura se acercó más y más hacia su cuerpo. Ella se
estaba cansando, frenando, y eso significaba que pronto, quizás en escasos segundos, la
espada de sombras podría escindir su carne. Una voz chillona en su interior, una que ella
nunca había oído cuando había sido un ángel, le dijo que debía salvarse huyendo. Ella la
ignoró lo mejor que pudo.
La magia a sus espaldas brilló y ardió en el aire cuando el conjuro de Sabul
comenzó a llegar a una conclusión. Pero no estaba acumulando fuerza con la suficiente

27
rapidez y ella se sintió casi segura de que el demonio la despacharía y se volvería contra
el mago antes de que él pudiera terminar.
Tenía que conseguirle a Sabul algo de tiempo pero sólo se le ocurrió una táctica
que podría servir. El caballero de la oscuridad cortó hacia ella y Kotara, en lugar de
tratar de evitar la espada de sombras, simplemente se arrojó hacia adelante en un
contraataque en toda regla.
El arma de su enemigo se deslizó a través de su peto y se hundió en su hombro.
Aunque en ese momento ella no sintió ningún dolor si se dio cuenta que el golpe había
hecho un daño horrible, casi cortando tanto su brazo como su ala. Pero en el mismo
instante la punta de su espada se hundió en la garganta del monstruo y salió por la parte
de atrás de su cuello. El demonio no había esperado que ella abandonara toda esperanza
de defensa y su maniobra imprudente le había atrapado desprevenido.
Kotara se desplomó en el suelo. Le hizo falta un esfuerzo titánico para algo tan
simple como girar la cabeza lo suficiente como para ver cómo le iba al caballero de la
oscuridad.
La descomunal criatura se había dejado caer sobre una rodilla. Haciendo un feo
sonido de asfixia, sacudiendo espasmódicamente sus alas, se apoderó del arma
traspasando su cuello y comenzó a liberarla de un tirón. Esta salió con una serie de
pequeñas sacudidas, un agonizante centímetro a la vez.
Pero al fin estuvo fuera y las gemelas heridas burbujeantes comenzaron a
cerrarse. El demonio le dio a Kotara una mirada lasciva que le dijo, tan claramente
como palabras, que su sacrificio había sido en vano. Entonces recogió la espada de
sombras caída, se puso en pie de un salto, y giró hacia Sabul, quien habló con calma la
última palabra de su encantamiento.
El poder cantó a través del aire. El demonio se tambaleó y la magia sagrada le
hizo tanto daño como las energías infernales soltadas por su invocación le habían hecho
a Kotara. La maliciosa criatura, sacudiéndose el efecto, saltó hacia Sabul. Tal vez
imaginando que podría acabar con él antes de que el hechizo, fuera lo que fuera, se
apoderara de su cuerpo.
Pero aún así el demonio se había equivocado. Piedras y maderas se derrumbaron
cuando una fuerza irresistible rompió el techo para abrirse paso. Una garra blanca,
escamosa y translúcida tan grande como todo el cuerpo de la criatura se metió por la
abertura aserrada, se apoderó del espíritu oscuro, y se lo llevó en medio de la noche y
hasta un juego de fauces colosales. Pedacitos errantes del demonio llovieron en la
recámara cuando su némesis lo masticó y se lo tragó.
El dragón, suponiendo que tenía sus patas traseras plantadas en el suelo, era más
alto que la torre de
Sabul. Por su
prodigioso tamaño y
semitransparencia
fantasmal Kotara se dio
cuenta de que no era
una criatura invocada
como el demonio o ella
misma sino más bien
una cosa artificial que

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el Mago de Gremio había formado de su magia. Tragó una última vez y luego
simplemente se desvaneció.
Sabul cayó al lado de Kotara y por primera vez ella observó el agujero
carbonizado en sus vestimentas y la piel ampollada y rezumando por debajo. El
diamante de mármol le había quemado cuando había estallado. También tenía una
sangrienta marca raspada en su frente. Probablemente un pedazo del techo le había
cortado al caer. Sabul le aferró su mano entumecida e inútil y dijo, "¡Kotara, lo siento!
Yo soy un sanador, pero…"
"Lo sé," respondió ella, "nadie podría reparar esta herida. El demonio cortó
demasiado profundo."
"Lo siento," repitió él, "por todo." Ella apenas podía distinguir su rostro. La
cámara parecía estar volviéndose cada vez más oscura aunque ella supo que la
oscuridad era en realidad en sus ojos.
"Te perdono," dijo ella.
"¿Qué…?" su rostro se retorció, "¿Qué pasará contigo cuando te vayas?"
"¿Cómo podría decirlo," susurró ella tratando de forzar las palabras, "cuando ya
ni siquiera sé qué clase de criatura soy? No tengo miedo. Tal vez renazca en mi estado
anterior. Yo todavía fui un poco como un ángel, ¿verdad?, ¿al final?"
Él comenzó a responder pero ella nunca escuchó lo que quiso decir. La
oscuridad floreció en una luz prismática y ella se encontró en otra parte.

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Represalia

Es tarde, pero estoy demasiado agitado como para dormir. Un joven como yo,
con poca experiencia, rara vez recibe una oportunidad así. Pero estoy decidido a
hacerlos sentirse orgullosos. Estoy decidido a servir a mi nación con honor. Y no hay
forma de decir a dónde esto podría conducir.
–Del diario de Finroy de Tyarel

C recí en la pequeña villa de Tyarel, a unos ciento treinta kilómetros fuera de


Jornstad, la sede del poder de Kjeldor Este. Aunque Tyarel era un pueblo pequeño
estaba ubicado a lo largo de una ruta comercial importante. Estaba constantemente
ocupado, caravanas y viajeros llegando a todas horas del día, soldados y diplomáticos
ejecutando fielmente las órdenes del rey, y comerciantes ofreciendo sus productos a
aquellos que pasaban.
Mi tío era uno de esos comerciantes. Un exitoso joyero y un hombre de profunda
sabiduría. Cuando mis padres sucumbieron a la plaga fue él quien me acogió y me crió
como su hijo. Me enseñó a pensar de manera crítica y me enseñó su oficio.
Los dos sabíamos que yo no estaba destinado a ser un joyero. Yo quería ser un
historiador y mi tío accedió gentilmente a proporcionar apoyo financiero. Así que el día
después de mi décimo octavo cumpleaños me fui a Jornstad para seguir mis estudios en
una institución de educación superior.
Aunque estaba ansioso por irme de casa el viaje no me entusiasmó. Por ley,
nosotros estábamos obligados a viajar con una escolta armada. Criaturas peligrosas
tanto de la variedad de dos patas como de cuatro patas vagaban por el yermo.
El paisaje de Dominaria había cambiado para siempre por la Guerra de los
Hermanos. La furia desatada por Urza y Mishra había causado masivos cambios
climáticos de la que la tierra aún no se
había recuperado. La guerra
apocalíptica había asolado todo el
mundo trayendo consigo un clima más
frío y perturbando el equilibrio de la
naturaleza. Las temperaturas más bajas
causaron una terrible escasez de
alimentos y las criaturas que no
murieron al instante se convirtieron en
cazadores más agresivos.

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Se sabía que algunas de las más grandes solían acosar a los viajeros. Insectos
gigantes, serpientes con cabeza de perro, bestias de todo pelaje acechaban en las tierras
salvajes. De estas las más temidas eran las sierpes: enormes criaturas que se deslizaban
por el suelo, similares en todo aspecto a sus primos dragones pero sin alas o patas. Se
comentaba que una en particular asolaba la ciudad de Jornstad. De hecho los lugareños
la habían nombrado: Rhindle. Era enorme, incluso para una escamosa sierpe con
brillantes ojos naranja y cicatrices de mil batallas, o eso es lo que me dijeron.
Más de un comerciante se había perdido en el camino entre Tyarel y Jornstad. Yo
no sabía cuántos habían caído bajó las perversas garras de Rhindle pero los
sobrevivientes contaban cuentos aterradores. Hablaban de una enorme criatura, tan
sigilosa como una sombra, que acechaba justo más allá de la luz de las antorchas y
esperaba el momento oportuno para atacar. Se decía que la bestia poseía una inteligencia
poco común y tal vez ese era el pensamiento más aterrador de todos. Pocas personas se
aventuraban fuera de la ciudad por la noche.
Afortunadamente mi pequeña partida no encontró ningún tipo de horror. No
hubo fantásticas criaturas de dos cabezas o depredadores alados. Las verdaderas
maravillas me esperaban en Jornstad.
Yo ya estaba acostumbrado a la prisa y el bullicio de una ciudad ocupada pero
Jornstad hizo tambalear mis sentidos. Durante el día era un remolino de color y sonido
como un carnaval perpetuo. Caravanas mercantiles y de pasajeros iban y venían
constantemente a través de las resistentes puertas de la ciudad.
La avenida principal estaba alineada con enormes álamos y coloridas banderolas,
y corría a través de los bien cuidados jardines públicos conocidos como Parque
Rothchild. Una exquisita fuente de mármol adornaba el lugar donde dos leones de
piedra luchaban en medio de las salpicaduras de agua.
En el verano, por más breve que fuera, el parque se avivaba con el zumbido de
los insectos y flores de mil colores. Músicos y artistas teatrales ofrecían a veces
espectáculos gratuitos donde las multitudes podían disfrutar de un breve respiro del frío.
Cuando llegaban los meses más fríos y los árboles habían perdido sus hojas, los
jardines no eran menos encantadores. La quietud tejía un tipo diferente de magia. Era un
mundo de nieves silenciosas sólo interrumpidas por la risa de los niños construyendo
muñecos de nieve y lanzándose bolas de nieve unos a otros.
Más allá de los jardines estaba la furiosa actividad de Jornstad. Tiendas, bares y
casas de reunión se alineaban a ambos lados de la calle. Tabaqueros se mezclaban con
magos, mendigos, y escultores. Predicadores y herreros caminaban junto a carpinteros y
académicos. Artistas callejeros con animales entrenados trataban de impresionar a los
transeúntes mientras mensajeros pasaban a toda velocidad entregando correspondencia
entre empresas. El aroma a pan y pasteles de pescado flotaba en el aire desde los
vendedores ambulantes que ofrecían sus mercancías a los viajeros hambrientos. Era una
deliciosa mezcla de diversidades.
Mi primera introducción a Jornstad fue una experiencia embriagadora. Después
de asistir a la universidad durante casi dos años yo estaba al fin comenzando a sentirme
cómodo con la ciudad y este era un lugar del que me sentía orgulloso en llamar hogar.

* * * * *

El sol apenas había alcanzado su cenit en un día frío y sin nubes y yo estaba
tratando de reunir el coraje para pedirle a Evara, la hija del panadero, que me
acompañara al Festival Invernal. Me apoyé en un árbol a cierta distancia, admirando su
largo cabello rubio atado en una sola trenza. Ella me había encantado con sus ojos

32
azules y una sonrisa burlona así que yo respiré profundamente y me dispuse a hacer mi
movimiento.
"Mi joven Finroy, ¿puedo tener tu ayuda?" dijo una voz familiar desde detrás de
mí. Yo me volví para ver al maestro de escuela, Jerod, un hombre cálido y afectuoso a
finales de sus cincuenta con el pelo tan blanco como su sonrisa.
Él era amable con todos y yo era su favorito. Se corría el rumor entre los
muchachos que en su día había sido un gran guerrero pero yo nunca lo había podido
creer. Sus modestos comportamientos le habían hecho un amigo instantáneo de todos y
cada uno y él parecía conocer a todo el mundo en la ciudad.
"¿Qué será?" pregunté yo.
El respiró hondo, saboreando el momento, pensé yo.
"El Duque Devareaux se me acercó esta mañana y me dijo que estaba en
búsqueda de un joven de la escuela para un trabajo especial en la corte real. Pensé que
tú podrías conocer a alguien de entre los chicos que estuviera listo para este desafío.
Tendría que ser un muchacho brillante con un fuerte sentido por la aventura, capaz de
salir rápidamente del paso."
Yo me encogí de hombros, profundamente decepcionado. ¿Acaso alguna vez me
habían considerado? "No estoy seguro, señor," le contesté. "¿Tadeo, o Shabu tal vez?
Ellos son muy inteligentes."
Una amplia sonrisa rompió a través de sus rasgos desgastados.
"Yo te recomendé a ti," dijo él después de una breve pausa moviendo mi mano.
"Felicidades, Finroy. El trabajo es tuyo si lo quieres."
Después de un silencio de asombro yo recuperé mi compostura. En mi emoción
casi me olvidé de preguntar: "¿Y qué trabajo es exactamente ese?"
"Bueno, el Duque Devareaux no lo dijo, pero él es un hombre muy poderoso y si
dijo que era un trabajo importante tú puedes apostar que es la oportunidad de tu vida.
¡Él dijo que incluso tú podrías tener la oportunidad de trabajar bajo Lord Rothchild en
persona!"
Lord Rothchild. La región había tenido muchos buenos años bajo su reinado.
Agricultores y comerciantes por igual habían prosperado bajo su gobierno. Hombres lo
idolatraban. Señoritas se desmayaban por él. Cada niño le emulaba.
La paz con Balduvia, por más inquieta que era, había comenzado a echar raíces.
La comida era abundante. Todo estaba yendo bien y Lord Rothchild tenía todo el
crédito.
Durante el quinto año de su reinado un movimiento popular comenzó a
inmortalizar su imagen en la moneda. Todo era pagado en Rothis, que llevaban la
inscripción Lord Rothchild: Voluntad de hierro, lengua de plata, corazón de oro.
Comerciantes ricos habían donado dinero para erigir impresionantes estatuas de él en las
plazas de la ciudad. La competencia estalló cuando cada uno quiso ser el patrocinador
de la estatua más grande y más bella. Su rostro estaba en todas partes.
Trabajar para Lord Rothchild sería una experiencia increíble. Hombro con
hombro con uno de los más grandes líderes vivos yo podría estudiar todos sus
movimientos y ver lo que le hacía brillar. Yo estaba enormemente halagado de que Jerod
me hubiera recomendado para un trabajo tan importante. Por supuesto que iba a
aprovechar la oportunidad.
Pero tomar la posición significaría dejar la universidad y mis estudios aún no
estaban completos. Todo sería para mejor, pensé, porque ellos no enseñan lo que yo más
quería aprender. Yo no era mago pero estaba buscando entender el significado de la
magia blanca y la importancia que tenía para todos los Kjeldoranos. Sólo sabía que era
nuestra historia, nuestro presente y nuestro futuro.

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Esa noche no pude conciliar el sueño. La idea de conocer a Lord Rothchild al día
siguiente hizo que mi mente corriera en un millón de direcciones. El dormitorio parecía
demasiado tranquilo.
No hubo ninguno de los chanchullos habituales de muchachos escabulléndose
alrededor al anochecer, jugando a las cartas o dados a la luz de las velas. A mi me
hubiera gustado que hubiera habido algo que me distrajera pero aquello pareció ser sólo
yo y la noche.

* * * * *

Al día siguiente me desperté temprano, me vestí con mis mejores atuendos y me


dirigí al palacio. Un guardia de la puerta me acompañó al interior de la cámara de estar,
donde iba a ser entrevistado. Nosotros nos abrimos paso a través de los pasillos de
piedra hasta una puerta iluminada.
Yo estaba tan nervioso que casi sentí miedo. Estaba por conocer al hombre de
quien muchos insistían algún día gobernaría toda Terisiare. Tragué saliva y seguí
bajando por el pasillo.
Cuando me acerqué a la puerta, escuché a dos hombres hablando. Me di cuenta
por el inequívoco acento suave de que uno de ellos era Lord Rothchild.
El comenzó con una risita, "En realidad yo no necesito un ayuda de cámara,
¿sabes? Para eso te tengo a ti."
"Milord," respondió el otro hombre que sólo podría haber sido el Duque
Devareaux. Su voz fue tan nítida como una campana sonando, "Debido a lo distraído
que estoy sobre los asuntos de estado yo no puedo dedicar mi tiempo exclusivamente a
usted como se lo merece un hombre de su posición."
"Oh, bien," suspiró Rothchild, "sólo fíjate que no se interponga en el camino."
"Estoy seguro de que Milord encontrará al chico más que capaz y digno de
confianza y con el tiempo confiará en él."
La conversación se detuvo abruptamente cuando yo entré en la habitación. Lord
Rothchild estaba estirado en un sofá bajo, apretando un poco una copa de hidromiel.
Tenía modales fáciles y agradables y tomó un sorbo a menudo. Su cabello rubio y
brillantes ojos azules complementaban una prístina túnica azul que probablemente
nunca había conocido un pliegue. Una sonrisa torcida y socarrona se extendió por su
rostro aniñado.
Estar en presencia de Lord Rothschild fue emocionante y yo al principio me
sentí un poco mareado. El hombre irradiaba carisma y parecía ser la encarnación de
todo rasgo noble.
Me invitó a que me sentara en un taburete alto en el centro de la habitación y la
entrevista comenzó abruptamente.
Los dos me interrogaron durante casi dos horas y media. Lord Rothchild me hizo
simples preguntas relacionadas con tareas. ¿Yo sabía leer y escribir? ¿Podría demostrar
mi conocimiento de la etiqueta cortesana?
Devareaux ingenió extraños escenarios para que yo trabajara en ellos. Si Lord
Rothchild derramaba un poco de sopa en su camisa y no era consciente de ello, ¿cómo
iba a manejar la situación? ¿Qué era lo correcto para decir a un dignatario extranjero si
Lord Rothchild no estaba disponible?
Yo respondí a todas las preguntas lo mejor que pude y debo haberlos
impresionado. Ellos me pidieron que saliera de la habitación por un tiempo para que
pudieran hablar de mi rendimiento. Cuando regresé Lord Rothchild se puso de pie y me
ofreció su mano.

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"Es un placer ponerte en la honorable posición interina de Supervisor Real," dijo
como si estuviera hablando en una reunión oficial, "y me gustaría darte la bienvenida a
la corte real con todos los honores y privilegios conferidos. Deberás realizar todas las
tareas necesarias de esta noble posición durante el período de un mes después de lo cual
se evaluará tu rendimiento. Si tu actuación me agrada podrás permanecer en forma
permanente." Nosotros nos dimos la mano y Lord Rotchild se excusó por asistir a
asuntos importantes.
Devareaux me llevó aparte mientras Lord Rothchild salió de la habitación.
"Hijo, quiero explicarte algunas cosas," dijo yendo derecho al punto. "El regente
es un hombre que requiere mucha atención. Yo espero que cumplas todas sus
necesidades de manera oportuna y respetuosa. Pero eso es sólo el principio. Lord
Rothchild ama a la gente de Kjeldor y él espera que ellos le devuelvan ese amor. Su
inmaculada imagen pública es muy importante para él y te toca a ti ver que se mantenga
de esa forma. Déjame ser muy claro sobre esto," dijo él pronunciando cada palabra con
cuidado, como si nubes oscuras se estuvieran reuniendo en su rostro. "El precio del
fracaso es alto, sobre todo para un joven como tú con toda su vida por delante."
Yo comencé a darme cuenta de que tal vez me estaba metiendo donde no debía.

* * * * *

Al día siguiente llegué a la puerta del palacio a la hora señalada con mis
posesiones en mano y esperé a que el Duque Devareaux me llevara a mis habitaciones.
A ambos lados de las puertas había un soldado de la Guardia Real, alguien que
había jurado proteger a Lord Rothchild de cualquier daño. Mientras comerciantes,
sirvientes, cocineros, y carpinteros pasaron a través de las puertas los guardias no
hicieron caso quienes iban y venían e inspeccionaron sus mercancías. Otros guardias
patrullaban el muro exterior en lo alto pero, en general, el ambiente era relajado. Lord
Rothchild podía permitirse esa falta de seguridad porque no había un alma en Jornstad
que no hubiera prosperado bajo su reinado.
Mis habitaciones estaban situadas en una zona contigua al palacio real. Era una
zona restringida para la mayoría pero a la que yo iba a tener libre acceso a causa de mis
deberes. Los cuartos eran cómodos pero de ninguna manera extravagantes. Con paredes
de piedra y sólo una ventana que tendía a ser un poco oscura la mayor parte del día.
Yo guardé rápidamente mis pertenencias y me dirigí a la sala de reunión donde
me iba a encontrar con el Duque Devareaux para una reunión informativa.
"La tarea frente a ti no será fácil," dijo él con severidad. "Espero que estés a la
altura. Has sido seleccionado porque eres el más brillante de tu clase y de ideas
rápidas."
"Las cosas no siempre serán de la manera que esperas que sean pero tu trabajo
será la de poner siempre primero a Lord Rothchild. Si él tropieza tú debes asegurarte de
que no caiga. Si el comete un error tú debes ver que sea corregido."
El pasó revista a mis deberes y sus expectativas. Hizo hincapié en la importancia
del trabajo que estaba emprendiendo. Los enemigos de Kjeldor siempre estaban
buscando en nuestras fronteras por una señal de debilidad. Nuestro líder era más que un
símbolo de nuestra libertad; él era el fundamento de nuestra libertad.
Luego él me explicó la política de la corte. El rey y su esposa, Lady Rothchild,
no estaban en los mejores términos. Me advirtió que Lord Rothchild era como el duque
decía, un "espíritu libre", y que eso no le agradaba mucho a Lady Rothchild.
Aquello era un matrimonio por motivos políticos: un rey Kjeldorano y una reina
Balduviana, justo la cosa para traer la paz a las facciones en guerra. Aquello también

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había funcionado por un tiempo. La guerra se había trasladado del campo de batalla al
frente interno. Los lados habían, durante un tiempo, dejado de ser representados por
generales astutos y tropas de batalla llenas de cicatrices y en su lugar habían sido
cambiados por una pareja de esposos pendencieros.
Aunque el tribunal trataba de retratar a la pareja real como cercana la naturaleza
fría y política del matrimonio era de conocimiento común. Ella era desagradable a la
vista y no muy querida pero aunque hubiera sido la criatura más bella en toda Terisiare,
todas las mujeres de Kjeldor la habrían odiado por envidia.

* * * * *

Después de la conversación yo me entregué a mi trabajo armado con el


calendario oficial de Lord Rothschild. Me dirigí al campo de arquería donde me habían
dicho que Lord Rothchild estaría practicando hasta la tarde. El lugar estaba desierto así
que vagué por los jardines del palacio tratando de encontrarlo. Me familiaricé con mi
nuevo entorno mientras caminé, preguntándoles a los sirvientes y jardineros con los que
me encontré si habían visto a Lord Rothchild.
Fue a finales de la mañana cuando por fin alcancé al rey. Estaba sentado sobre
un cajón en la destilería real, probando las diferentes bebidas espirituosas.
Él me notó de inmediato. "Ven acá, joven Finroy," me llamó. "Siéntate conmigo
y comparte el consuelo de un suave vino oporto."
"Sí, Su Alteza," respondí mientras acerqué un cajón y me senté con el hombre
más venerado en todo Kjeldor. Aunque mis nervios estaban sacudidos por la presencia
de Su Majestad su amigable comportamiento ayudó a moderar mi nerviosismo.
"Estoy probando una variedad de mezclas para mi próxima reunión con Lord
Barsus de Ojum," dijo señalando a cuatro botellas medio vacías a su lado. "Es muy
importante tener las bebidas adecuadas en las reuniones entre los líderes. La bebida
adecuada puede lubricar la maquinaria política. Ese es el secreto de la diplomacia."
"Los impulsos sanguinarios de los Balduvianos nunca podrían haber sido
sometidos por un buen vino como este. Gente así de dura requiere un trago duro, un
trago con salvajismo y mordacidad, el tipo de bebida que corta tu lengua y te deja
muerto. Una vez que entiendes a la gente se hace evidente que solamente la ginebra de
huevo es el adecuado para alguien como ellos. Sírvelo en las negociaciones y te ganarás
fácilmente su respeto."
Yo me senté con él durante horas mientras expuso sus teorías de la diplomacia a
través del alcohol. Lord Rothchild podría involucrar a un oyente sobre casi cualquier
tema.

* * * * *

En los días que siguieron yo descubrí que el calendario oficial de Lord Rothchild
debía interpretarse vagamente y que era usual que él estuviera en el lugar que uno
menos lo esperaba. Las búsquedas solían dar resultados sorprendentes u ocasionalmente
embarazosos. A menudo se lo podía encontrar en los jardines reales desflorando a una
de las muchas criadas de Lady Rothchild o rodando en el heno con la hija del capataz.
Si no estaba en ninguno de esos dos lugares, un rastro de botellas vacías por lo
general guiaba el camino. Yo empecé a preguntarme cómo después de tantos
“compromisos” Lord Rothchild se las arreglaba para encontrar tiempo para gobernar.
Sin embargo Devareaux siempre parecía estar en los eventos de estado para cubrirlo.

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El mejor curso de acción parecía ser dejar a Lord Rothchild a sus propios
asuntos pero mi trabajo no fue nada fácil debido a ello. Si Lady Rothchild quería dar un
paseo por los jardines en el momento equivocado aquello podría inspirar un incidente
doméstico así que yo tenía que asegurarme de que eso no sucediera.
El rey era imprudente con su reputación así que yo aprendí a estar en todas
partes a la vez. Lady Rothchild odiaba cuando bebía y él bebía constantemente. Lo
mejor que yo pude hacer fue tratar de mantener el conflicto en un mínimo.
Pero a pesar de sus defectos cuando Lord Rothchild subía al podio la magia
comenzaba. El podía hechizar a una audiencia con su afable y sencilla manera de ser,
azotarlos a un fervor patriótico o calmarlos a un tranquilo silencio. Era como si él fuera
el director llevando una orquesta sinfónica.
Por su parte, él amaba la adulación y les prometería cualquier cosa tan sólo para
escuchar los aplausos. A veces yo me preguntaba si él realmente sabía lo que estaba
diciendo pero sus palabras eran tan dulces que no importaba.
Sus apariciones públicas siempre eran grandes acontecimientos pero la gente de
Jornstad se sintió especialmente emocionada por verlo en el Festival Invernal, donde
había prometido luchar en una justa con Sir Udo, campeón de la lanza.
Devareaux me informó que había grandes planes para Sir Udo. Él iba a ser
asignado como gobernador regional o una posición diplomática. Devareaux y Lord
Rothchild querían impulsar la popularidad de Udo y ¿qué mejor manera que la
asociación pública con la figura más popular en la tierra? Era su preocupación por cómo
se sentían las masas lo que mantenía a nuestra nación fuerte y estable, había dicho
Devareaux.
La justa iba a ser al día siguiente así que después de que terminaron mis tareas
habituales me dirigí a la armería para pulir la armadura de Lord Rothschild. Entré en la
habitación a donde pocos se les permitía ir y dejé el paño y la botella de aceite de
ballena que había traído conmigo. Me tomé un momento para contemplar el contenido
de la armería real. Yo nunca había visto tantas armas en mi vida: filas y filas de picas,
alabardas, martillos y espadas. Cada tipo de arma a distancia estaba allí, desde los finos
arcos élficos hasta jabalinas y ordinarias eslingas y armaduras de todo tipo. Algunas de
ellas estaban compuestas de enlaces diminutos, luciendo casi como suéteres de lana.
Otras piezas relumbraban con grandes láminas de metal superpuestas. Todavía otras
piezas tenían escamas como la piel de un dragón. Aquellas no eran simples armas; eran
tesoros, y el lugar era más museo que armería.
Recubriendo un maniquí en el centro de la habitación había una coraza y un
yelmo, la armadura que protegería a Lord Rothchild de la feroz lanza de Sir Udo. En su
frente, con incrustaciones en oro y plata, tenía una imagen estilizada de un león con la
boca abierta a mediados de un rugido, la pata levantada y lista para atacar. Los ojos del
león eran rubíes que brillaban como el sol poniente. Sus garras eran de marfil y
lapislázuli incrustados.
Un yelmo de cresta alta se asentaba encima de la coraza. Era chapado en oro y
mostraba un intrincado patrón de flores. Alrededor de la robusta visera, donde debería
haber capullos, el artesano que había fundido el yelmo en su lugar había colocado una
variedad de piedras preciosas y semipreciosas. La cresta estaba adornada con enormes
plumas rojas que no eran de ningún pájaro que yo hubiera visto y la superficie de metal
del yelmo no tenía ni siquiera el más mínimo rasguño. Yo me pregunté si alguna vez lo
habían usado.
La mayoría de los reyes estarían satisfechos si esta armadura fuera todo su
tesoro. La mano de obra era exquisita, con un nivel de detalle que sólo la magia podría

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producir. Yo no supe cómo Lord Rothchild había adquirido la coraza pero estuve
bastante seguro de que había sido hecha a nivel local.
Pulí la armadura durante casi dos horas. Cuando terminé me dolían mis brazos y
mi espalda pero la armadura brillaba como la luna en una noche despejada. Mirándola
pude ver mi reflejo más claro que en un tranquilo lago de montaña.
Al día siguiente pareció como si cada hombre, mujer y niño en Jornstad hubieran
salido para presenciar las festividades. Yo estaba tan ansioso por ver a Lord Rothchild
combatir contra el popular Sir Udo como cualquiera en la multitud pero también un
poco nervioso. Me abrí camino más allá de las concesionarias, tambaleándome bajo el
peso de la armadura de Lord Rothschild que me había traído en un saco de lona.
Hacía un poco más de calor de lo normal para un Festival de la nieve pero todo
el mundo pareció disfrutar de la oportunidad de dejar de lado su trabajo y socializar.
Niños tiraban de la ropa de sus padres, persuadiéndolos que les compraran un palo de
azúcar o una muñeca de trapo. Kjeldoranos, jóvenes y viejos, examinaba las mercancías
de los artesanos locales, admirando la obra de un diseñador de mantos o regateando el
precio de una placa conmemorativa del "Quinto Aniversario de Lord Rotchild".
Una banda estaba tocando "Vive Libre, Kjeldor," una versión más alegre de la
marcha tradicional. Amantes bailaban al son de flautas y arpas élficas, música acariciaba
las nubes, y una sonrisa estaba en todos los rostros.
Yo me acerqué a la zona de establos desde donde Lord Rothchild entraría en la
arena de justas y me coloqué en la puerta. Allí podría ver a la gente pasar mientras
esperaba por la presencia del rey.
Escuché la música e investigué los rostros pasando para ver si podía encontrar a
Evara. Ella sí que quedaría impresionada si pasara y me viera trabajando para Lord
Rothchild. Era poco probable que la encontrara en el inmenso mar de rostros pero yo
decidí apoyarme contra la pared y mostrarme aburrido, como si no tuviera ninguna
preocupación en el mundo, en el caso de que ella pudiera verme.
Pasó el tiempo y Lord Rothchild aún no llegaba. La gente comenzó a reunirse en
previsión de la justa.
Un arlequín vestido de rojo y blanco se burlaba de los transeúntes de una manera
lúdica. Imitaba sus gestos a través de un títere bailando. La criatura casi parecía tener
vida propia, sus cuerdas lo único que lo delataba.
Mis pensamientos se dirigieron de nuevo a Lord Rothschild. Él todavía no había
aparecido. El es un líder responsable y el hombre más poderoso de la provincia, me
seguí diciendo a mí mismo. Por supuesto que vendrá. Si es capaz de gobernar un reino
no hay duda que puede presentarse a un gran evento como éste, especialmente uno tan
importante como éste, donde él es la principal atracción.
No estaba funcionando. Yo estaba tan preocupado como siempre.
Me quedé mirando al gran reloj de sol y observé la sombra arrastrarse sobre su
faz. Cada momento se sintió como una eternidad y la multitud comenzó a ponerse
inquieta. Devareaux entró en los establos y miró alrededor. Yo jugueteaba
nerviosamente y traté de evitar el contacto visual. Sin decir nada él me lanzó una mirada
que hubiera podido matar a una bestia de guerra a la carga, yo casi pensé que podía ver
lo que estaba pensando. Sus ojos vagaron lentamente a la armadura vacía asentada en el
suelo. De pronto se dio la vuelta y se fue.
Lo más probable es que quizás en ese momento Devareaux se estuviera
dirigiendo a la mazmorra del palacio para encontrar la celda más miserable, fría y
húmeda que existiera, un lugar donde la noche y el día no tuvieran ningún significado, y
las ratas roerían mi frágil cuerpo desnutrido. Un lugar que sería mi hogar hasta el día de
mi muerte.

38
Yo corrí de los establos hacia las calles desiertas. Apresurándome de lugar en
lugar comprobé todos los escondites habituales para detectar cualquier signo de Lord
Rothschild. No había ni rastro de él en la casa de baños, ni en el campo de juego. No se
lo encontró en la destilería o la bodega. Él no estaba en la sala de armas y yo dudé de
que estuviera en algún lugar cerca de la biblioteca.
Mi desesperación creció y yo era muy consciente de que el tiempo pasaba. Volví
a la arena, esperando tontamente que él hubiera aparecido durante mi ausencia. Por
supuesto que no. Nadie lo había visto y su armadura yacía sin tocar.
No vi ninguna salida. Agarré la armadura y me la puse lo más rápido que mis
manos se pudieron mover, ajustando las hebillas y cadenas lo mejor que pude. Me
coloqué el gran yelmo en la cabeza y bajé la visera. Hasta donde la multitud sabía yo era
Lord Rothchild y tendría que hacerlo lo mejor posible a la altura de su leyenda.
Llamé a un mozo de cuadra para que me ayudara y con mucha asistencia fui
capaz de montar el blanco corcel del rey. Me apresuré a través de las puertas y me
introduje en la arena antes de que mi sentido común me pudiera detener. Al montar a la
luz desde los establos oscuros quedé momentáneamente cegado pero pude oír a la
multitud estallando en un rugido de admiración. Por un momento yo disfrute de la gloria
y el amor de la gente del pueblo.
Cuando mi visión regresó contemplé a Sir Udo esperando en el centro de la
arena. Su contextura física era como una máquina de guerra, sólido como un obelisco.
Su armadura era de color rojo brillante con ribetes negros y deslumbró mis ojos. Luces
bailaron a su alrededor como estrellas fugaces pero yo no supe si se trataba de un truco
de la luz, de mis ojos cansados, o de magia.
Estaba sentado a horcajadas en un caballo negro como el carbón. Los cascos de
ébano de la robusta bestia patearon la tierra y bajó su cabeza con impaciencia. La
criatura parecía apenas capaz de contenerse, tan ansiosa estaba por el choque del acero y
el olor a polvo y sangre.
Un mozo de cuadra me pasó el estandarte de Kjeldor y yo, levantándolo,
cabalgué alrededor de la arena tres veces como era la costumbre. Damas arrojaron flores
sobre el campo y niños agitaron sus manos. Yo les devolví el saludo concentrándome en
no caer del caballo. No podía ver muy bien ya que el yelmo no se ajustaba
adecuadamente y se había torcido un poco a la izquierda. Sólo un ojo estaba alineado
con la ranura para la vista.
La adoración de la gente fue agradable pero el engaño me puso nervioso y yo
estaba ansioso por terminar con ello. Guié el caballo hasta el final de una larga valla de
madera y me volví hacia mi oponente.
Sir Udo esperó con una fresca reserva, confiado en su capacidad. Yo tragué
saliva y clavé los talones con fuerza en mi montura. Mi salida fue instantánea, el
poderoso corcel del rey ondulando por debajo de mí ganando velocidad mientras galopó
hacia el caballero. Después de haber sido sacudido por el inicio rápido del caballo mi
equilibrio fue precario así que yo me sostuve con ambas manos, mi lanza escondida sin
fuerzas bajo el brazo. La distancia disminuyó a toda prisa, de hecho mucho más rápido
de lo que yo había previsto, y yo no fui capaz de levantar mi arma muy lejos antes de
que la furiosa lanza de Udo me golpeara de lleno en el pecho. El mundo se desvaneció
mientras yo salí volando hacia atrás como una marioneta en una cuerda.
Todo pareció ponerse de repente muy tranquilo excepto por el dolor exclamando
en mi pecho. Yo también hubiera gritado excepto que no podía respirar. Fue como si un
mamut lanudo se hubiera parado sobre mis pulmones mientras un fuego ardía en su
interior. Cuando al fin encontré aliento yo sólo pude jadear en bocanadas rápidas y
entrecortadas. Cada una me presentó un nuevo mundo de dolor.

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Miré a mi alrededor para ver caballeros y escuderos corriendo en mi ayuda.
Cuando recuperé mi juicio me puse tambaleante en pie y les hice señas para que se
fueran, para que no me quitaran el yelmo y revelaran mi engaño a todos los reunidos
allí. Luego me tambaleé hacia el borde de la arena, tratando desesperadamente de
mostrarme ileso. Creo que algunos de los caballeros me ayudaron mientras Devareaux
salió a mi encuentro, flanqueado por la guardia real. El despidió a los soldados que me
habían estado ayudando y yo perdí mi tenue control sobre la conciencia.

* * * * *

Ángeles nadaban en el éter cantando las más bellas melodías que yo había
escuchado en mi vida. Millones de burbujas azules y verdes, brillando con una luz
interior, fluyeron a través de mi cuerpo como luciérnagas en un mar de diamante
líquido. Las canciones de los ángeles se desvanecieron lentamente y un dolor sordo me
hizo pasar de nuevo a la conciencia.
Me desperté bajo los cuidados de Ariel, la herbolaria real. Una mujer de unos
treinta años con ondulante cabello oscuro y ojos amables. Llevaba una blusa blanca
suelta y una moneda sin
rasgos colgaba de una
cadena de oro alrededor
de su cuello. Yo me quedé
mirando la moneda y me
di cuenta que mis ojos
todavía estaban
demasiado borrosos como
para discernir cualquier
detalle. Un zumbido
constante resonaba en mis
oídos.
Ariel notó que
estaba despierto y
preguntó: "¿Cómo te
sientes?"
"No sé. Al parecer
estoy en una pieza."
"Entonces, ¿qué te ha pasado?" preguntó mientras aplicó un elixir mágico para
mi herida.
"Eh... un accidente de caza," le contesté, todavía demasiado aturdido como para
inventar una mentira decente.
Ella sonrió. "¿Un accidente de caza?"
"Yo fui, eh, pateado por un caballo."
Ella siguió sonriendo. "¿Has oído hablar del terrible golpe que sufrió Lord
Rothchild durante la justa?"
"Por supuesto," le dije. "¿Cómo se encuentra?"
"Estará bien," dijo ella y rió.

* * * * *

Ariel me reconstruyó poco a poco. Nosotros hablamos mientras ella tejió


hechizos y mezcló pociones. Ella me dijo que la gente de Jornstad estaba decepcionada

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por la derrota del Lord Rothchild ante Sir Udo pero que ya estaban poniendo excusas
para la derrota de su campeón. Sir Udo era más popular que nunca y los ciudadanos
estaban clamando por una revancha. Yo no quise pensar en ello.
Ese día obtuve dos clases de magia blanca. Resultó ser que la armadura de Lord
Rothschild estaba encantada con magia poderosa. Si la armadura hubiera sido más débil
probablemente yo hubiera muerto por la lanza aunque mi costilla rota podría discutir el
punto.
También tuve una experiencia en persona con la milagrosa magia de curación.
Los ungüentos y pociones de Ariel me habían remendado y con sólo un día de descanso
yo estuve listo para volver al trabajo. Ariel me dijo que podía hacer maravillas en
heridas mucho más graves que la mía.
Aún así yo me di cuenta de que el poder de curar, por impresionante que fuera,
no mantenía a raya a los enemigos de Kjeldor. Las protecciones poderosas no eran la
razón de la grandeza de nuestra nación. Tiene que haber más, pensé.
Ariel me recomendó reposo en cama durante el resto del día pero como yo no
estaba verdaderamente cansado me senté en la cama a leer historias de aventuras.
Lord Rothchild se pasó no mucho tiempo después para ver cómo estaba. Yo
quería gritar, "¿Dónde estaba?" Pero, por supuesto, uno no habla de esa manera a un rey
por lo que ambos evitamos hablar acerca de lo obvio.
"Eres un joven astuto, Finroy," dijo él con un aire de incomodidad. Estaba más
dominado de lo que yo lo había visto nunca y había una mirada seria en sus ojos.
"Me sentiría orgulloso de tenerte como mi supervisor real. Has demostrado tu
verdadero temple y realizado tus deberes admirablemente. Felicidades."
"Gracias, señor," dije yo con voz ronca.
"Bueno, la sanadora me dijo que te recuperarás por completo," dijo él cambiando
el tema rápidamente. "Me alegra oír eso."
Nosotros charlamos de trivialidades durante algunos minutos y luego Lord
Rothchild me dijo que me fuera bien y se excusó.
Cuando vino la noche otro visitante apareció. Devareaux, cuyo único interés en
mí hasta ese momento había sido la de emitir terribles amenazas, casi pareció mostrar
verdadera preocupación por mi bienestar.
"Tu servicio al rey es justamente apreciado," dijo. "Eres un verdadero patriota y
un respetable ciudadano de la nación de Kjeldor."
A pesar de concederme tales elogios el duque tenía una aprehensiva forma de
comportarse. Si yo solo hubiera oído su tono y no sus palabras podría haber temido por
mi vida, sin embargo sus acciones fueron bastante amables.
Me regaló una caja de obleas, que estaban húmedas con algún tipo de pasta, y
me explicó que eran un remedio que su madre solía darle cuando resultaba herido.
Pensar que el Duque Devareaux tenía una madre fue suficiente como para hacerme
sonreír.
Yo probé una y fue el brebaje más miserable y pútrido que había probado en mi
vida. A pesar de un impulso casi irresistible de escupir las pastosas obleas yo me les
atraganté como pude, una por una. Esa fue la primera bondad genuina que me había
demostrado este hombre y desde luego que yo no iba insultarlo a él ni a su madre. Me
pregunto por qué los remedios caseros son siempre tan desagradables.
Nosotros hablamos y su franqueza fue inusual. Deveraux me contó que el padre
de Lord Rothschild había muerto en un accidente deportivo cuando su hijo sólo tenía
seis años. Su madre se había ido el año siguiente por tisis. El joven Lord Rothchild
había crecido sin ninguna orientación, los adultos en su vida haciéndole caso a todos los
caprichos del principito.

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El rey había desarrollado un patrón de comportamiento irresponsable que podría
haber sido su perdición. Sus dos únicos dones fueron que él había sabido rodearse de
asesores y asistentes muy capaces y que tenía una personalidad encantadora y un don
para el liderazgo.
Devareaux también me ofreció algunos consejos muy útiles. Me dijo en que
lugares buscar a Lord Rothchild en diferentes momentos del día si no estaba donde se
suponía que debía estar. Estos, por supuesto, no eran de ninguna manera certeros, pero
con algo de suerte serían un modelo que yo podría utilizar para evitar futuras pruebas de
mis habilidades para la justa.
Por último él se volvió para irse pero cuando llegó a la puerta dijo una última
cosa. "Tú eres un muchacho muy ambicioso. Te podría ir muy bien en esta corte."
Yo volví a reanudar mis deberes después de mi breve período de recuperación.
Mis manos se llenaron con los calendarios sociales y diplomáticos de Lord Rothchild y,
además, estaba programado que él le hablara a su pueblo en una quincena.
Llegó el momento y yo asistí al evento, que estaba plagado de ceremonia. El se
acercó para hablar desde su balcón, luciendo en cada pedazo de su ser como un hombre
en su elemento. Su voz retumbó a través de la multitud y se balanceó como una cobra
seduciendo a su presa.
"El poder de Kjeldor tendrá eco en los salones Balduvianos. Soplará a través de
los bosques congelados de Fyndhorn como una tormenta de nieve. Acechará en la
oscuridad, envolviéndose alrededor de la garganta del cobarde Lim-Dul. Los enemigos
de Kjeldor se dispersarán como paja en el viento ante nuestros invencibles ejércitos."
"En el día de mañana, y como un gesto simbólico de la grandeza de Kjeldor, me
aventuraré a solas en el corazón del bosque para matar a la vil sierpe escamada Rhindle.
Su cabeza se paseará por toda la plaza del pueblo para que todos la vean, un icono del
orgullo Kjeldorano."
La multitud enloqueció.
"¿No hay límite a su grandeza?" murmuraron ellos. "Kjeldor es realmente la
nación más poderosa que Terisiare ha visto en su vida."
Mi aprensión creció después del discurso. Hasta ese momento Lord Rothchild no
había parecido tener una muy buena trayectoria de correspondencia entre sus palabras y
sus actos, y yo era el que tenía que estar a la altura de sus promesas.

* * * * *

Mi ánimo se vio un poco calmado cuando lo acompañé a practicar sus


habilidades de combate más tarde en el día.
"Su Majestad, ¿cómo matará a la criatura?" le pregunté mientras montamos
hacia los campos de entrenamiento.
"A través de la astucia y el engaño," respondió él. "Harán falta un mínimo de
golpes bien colocados para hacer caer a la bestia."
Tal vez la pueda apaciguar con ginebra de huevo, le quise decir.
"Te preocupas demasiado Finroy. Yo creo que es porque no bebes suficiente. O
tal vez yo debería enviar a una niña a tus cuartos para aliviar tu mente."
"Yo sólo estaba tratando de ser práctico, Señor."
Nosotros, después de atar a nuestros caballos, nos reunimos en los terrenos con
algunos de los mejores guerreros de la nación. Cada uno demostró su técnica a Lord
Rothschild mientras yo sostenía las armas.
La primera lección fue en esgrima. Objetivos de paja habían sido colocados a
intervalos por todo el trayecto y a Lord Rothschild se le requirió demostrar las

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habilidades que había aprendido en cada uno. El se balanceó como una bailarina por
todo el campo de entrenamiento y con una graciosa pirueta hundió la espada en las
efigies de paja. Sus maniobras fueron atrevidas reinterpretaciones que llevaron poco
parecido con los originales. A pesar de que él rara vez erró a los blancos fijos yo no
estuve seguro de cómo eso le ayudaría a matar a la criatura. Mi confianza sólo fue en
que Lord Rothchild podría matar expertamente maniquíes de paja.
La siguiente fase de su entrenamiento fue el tiro con arco. El maestro de arquería
sugirió derribar a la bestia con una flecha envenenada. A Lord Rothchild pareció
gustarle la idea pero no fue capaz de dominar las complejidades del tiro con arco. Las
flechas volaron de aquí para allá pero ninguna encontró su blanco. Una se acercó
peligrosamente a golpear al maestro y Lord Rothschild hizo finalizar precipitadamente
la lección.
Yo pasé el resto del día viéndole luchar con picas y alabardas, hachas y eslingas.
Al final no estuve seguro de si se había hecho algún progreso real pero Lord Rothchild
pareció muy orgulloso de sí mismo así que por supuesto todos nosotros lo felicitamos.
"¡Escindiré el cráneo de la bestia con un golpe de esta poderosa hacha!" gritó
Lord Rothchild mientras levantó el arma sobre su cabeza y atacó, un poco
desequilibrado.
"Oh, ¡ay de los enemigos de Kjeldor!" respondí yo con nerviosismo.
Nosotros guardamos nuestras pertenencias en las alforjas y dejamos el campo de
entrenamiento. Lord Rothchild me dijo que estaba ansioso por enfrentar a la criatura y
me pidió que trajera una botella de vino y me reuniera con él a la mañana siguiente al
lado de la fuente en el Parque Rothchild. Mi apetito desapareció y esa noche yo no pude
dormir.

* * * * *

Cuando llegó la mañana me vestí con elegancia y me dirigí al parque para ver a
Lord Rothchild partir en su gloriosa cacería. Me detuve a comprar el vino de Jorgensen,
el sacerdote tartamudo, y estaba bien en mi camino en el momento en que el sol se había
levantado. Llegué media hora antes y esperé con impaciencia.
No podía dejar de pensar en la gloria que este hecho traería a Kjeldor y cómo los
Balduvianos temblarían cuando lo oyeran. Por otra parte había un resultado que yo no
había considerado. Lord Rothchild podría ser comido por la sierpe escamosa y los
Balduvianos podrían caer sobre el reino debilitado, reduciendo a todo Kjeldor a una
ruina humeante. Traté de no pensar en esa posibilidad.
El sol se deslizó más y más alto en el cielo y Lord Rothchild siguió sin aparecer.
Pensé que probablemente había decidido irse más temprano de la hora acordada. Sin
embargo quise asegurarme así que después de dos horas me dirigí de nuevo al palacio
para encontrarlo.
Vagué por los jardines del palacio y le pregunté a los que me encontré si habían
visto a Lord Rothchild. El jardinero no lo había visto. Tampoco la criada. Pude escuchar
a Lady Rothchild realizando su propia búsqueda con una voz aguda.
Yo lo seguí buscando en el campo de arquería, la cocina, la sala de estar, y hasta
el burdel, pero todo fue en vano. Hice una rápida revisión de los establos para ver si
Lord Rothschild había llevado a su caballo. Abrí la puerta y entré donde fui recibido con
un espectáculo de lo más inquietante.
La sangre corrió a mi cabeza y mis rodillas se debilitaron. Lo único que pude
escuchar fue mi latido, retumbando en mis oídos. Mis peores temores se confirmaron:
Lord Rothchild yacía en el suelo, roncando profundamente, botellas vacías esparcidas a

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su alrededor. Había pedazos de paja en su pelo rizado, le faltaban sus zapatos y tenía
puesto sus pantalones al revés. El lugar apestaba a alcohol y yo me empecé a sentir
mareado.
Me di cuenta de que si la cabeza de Rhindle no se presentaba en la plaza del
pueblo a la mañana siguiente Devareaux podría poner mi cabeza en exhibición en su
lugar.
Sin pensarlo corrí a la sala de armas, donde la espada y la armadura de Lord
Rothchild se hallaban brillando bajo la tenue luz de las antorchas. Arrebaté la espada y
corrí fuera con mis sentidos ciegos al mundo que me rodeaba mientras me abrí camino a
través de las estrechas calles hacia el Bosque de Fyndhorn.
Yo me introduje en el bosque, zigzagueando imprudentemente entre los árboles.
El cielo estaba nublado y las agujas verdes de las coníferas y las hojas de un profundo
marrón de los árboles de hoja caduca brillaban en la tenue luz. Cualquier otro día habría
sido una hermosa vista pero ese día mi mundo estaba oscuro y los únicos sonidos fueron
el crujir de las hojas bajo mis pies y el latido de la sangre en mis sienes.
Recorrí el bosque durante horas, unas veces corriendo y otras caminando. Yo
estaba preparado para arrojarme completamente sobre la bestia aunque sólo fuera para
que apareciera.
Después de un rato me detuve a evaluar mi situación. Planes alternativos
saltaron en mi cabeza. Mataría a la sierpe y le cortaría la cabeza. Regresaría de vuelta en
la oscuridad y entraría la cabeza en la ciudad mientras todos dormían.
Yo no había sido entrenado como guerrero; mi única oportunidad era atrapar a
Rhindle durmiendo. Primero tenía que localizar su guarida. Algo tan grande como una
sierpe escamosa tendría dificultades para encontrar un lugar para esconderse.
Pero yo pronto descubrí que el Bosque de Fyndhorn era un lugar muy grande.
Busqué en lugares en los que pensé que podría ocultarse la criatura. Tendría que
ser una gran pila de hojas o una cueva. No encontré ninguna cueva. Había árboles
muertos y piedras pero ninguna sierpe escamosa acechó detrás de ellos. Caminé
aturdido alrededor, impulsado únicamente por la esperanza. ¿Esperanza de que?, no
estuve seguro. ¿De verdad quería encontrar a esta criatura?
La realidad empezó a abrumarme. Yo no podría encontrar a la criatura, y mucho
menos matarla. Mi visión se puso borrosa y lágrimas calientes corrieron por mi rostro.
Frustrado, dejé caer la espada y me derrumbé entre las hojas. El frío adormeció mis
manos pero eso ya no me importó. Deseé que la helada me tomara en sus brazos y me
librara de mis problemas. Me quedé allí sin moverme mientras el viento azotó sobre mí
y me pregunté cómo había logrado meterme en una situación tan desesperada. Me
lamenté de mi suerte, maldiciendo a los dioses y a mi locura.
No sé cuánto tiempo me quedé entre las hojas pero pronto se me hizo evidente
que el frío no me mataría y que yo iba a tener que enfrentar mi situación. Me levanté y
recogí la espada y apenas fui capaz de sostenerla en mis dedos congelados.
Sombras oscuras habían empezado a engullir el bosque y una nieve ligera
comenzó a caer. Extraños sonidos hicieron eco a mi alrededor, como una llamada a la
cena para todas las criaturas del bosque. Me di cuenta de que yo también tenía un
hambre feroz; no había comido desde el día anterior.
Sin luz mis posibilidades de matar a Rhindle eran nulas y las de ser su víctima
eran casi seguras así que me apresuré a volver en dirección a la ciudad.
Yo nunca antes me había adentrado tan profundo en el bosque. El aire frío hizo
arder mis pulmones y mi pecho dolía donde me había herido la lanza de Sir Udo. Los
árboles parecieron tomar una piel curtida y extenderse para tocarme. Cada montículo de
musgo comenzó a parecerse a la sierpe escamosa.

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Todo comenzó a parecer lo mismo en la luz mortecina y un desfile interminable
de árboles pasó a mi lado. Yo mantuve mi concentración y continué hacia el hogar.
Regresé con relativa rapidez. Para ser exactos, desgarré los kilómetros como un
búfalo salvaje. Pronto pude sentir el cálido abrazo de Jornstad y ver las viviendas en la
distancia.
Al llegar a la entrada del pueblo y pasar junto a algunas de las casas
circundantes, mi cabeza colgó. Mi cuerpo estaba débil y me dolían las articulaciones.
Me sentí avergonzado y abatido. Le había fallado a Lord Rothchild y tal vez preparado
el escenario para la caída de Kjeldor.
Un gran ruido crujiente viniendo por detrás me sacudió de mis pensamientos.
Una terrible explosión de madera y follaje quebrándose y desgarrándose. Fue como si
un centenar de relámpagos hubieran golpeado el mismo lugar en el mismo instante.
Me di la vuelta para ver un árbol de tamaño mediano reducido a astillas. Por
encima de los pedazos se irguió la malvada Rhindle, aún más impresionante en la
realidad de lo que había sido en todas mis pesadillas. Su cabeza era esbelta y similar a la
de un dragón y sus escamas azules resplandecían en la nieve cayendo suavemente. Los
ojos de la enorme criatura
eran puntitos de ardiente
naranja y hablaron mucho
de su ferocidad. La cosa
me miró directamente a
los ojos.
El cazador se había
convertido en la presa. Yo
dejé caer la espada y di un
paso instintivo hacia atrás.
La bestia abrió sus
enormes mandíbulas y
dejó escapar un rugido que
sacudió el firmamento. Su
cola azotó hacia mí,
avanzando como una
serpiente ondulando a
través de la maleza y tan
enorme que tardó dos segundos completos en llegar al lugar donde yo estaba parado.
La cola golpeó mi pierna, quebrándome mi muslo derecho y lanzándome por el
aire en un vuelo corto y doloroso. Mi caída fue rota por un denso matorral. Espinas
desgarraron mi piel mientras yo me apresuré a intentar arrastrarme a salvo.
Me volví hacia el pueblo y vi un comité de bienvenida. Los pobladores,
alertados por el ruido, se estaban volcando en las calles, corriendo en mi ayuda. Algunos
tenían espadas y arcos pero la mayoría llevaban las herramientas de su oficio o
cualquier otra cosa que pudiera convertirse en un arma. Había barberos armados con
navajas, carpinteros con palas y cazadores con arpones. Algunos hombres tenían picos y
palas, las mujeres traían rastrillos y antorchas, y todo avanzaron con una audaz
determinación.
Yo volví a girar para considerar a la bestia. Había puesto algo de distancia entre
nosotros y la criatura no se había movido del lugar donde me había golpeado. No lo
necesitó. Su largo cuello se extendió. Las enormes mandíbulas descendieron y yo pude
sentir el aliento caliente de la criatura.

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Uno de los habitantes del pueblo arrojó una tea encendida hacia Rhindle,
golpeándolo en la nariz. La bestia cerró instantáneamente su boca y retrocedió con una
mirada de incredulidad. El palo no podría haberle hecho ningún daño a una criatura tan
masiva pero la bestia había quedado sorprendida por que una pequeña presa como esa se
hubiera atrevido a desafiarla.
Los aldeanos, aprovechando la vacilación de la criatura, rodearon a la sierpe.
Con cada momento que pasó más personas acudieron al lugar para ayudar. Los guardias
de la ciudad dispararon flechas a la gruesa piel de la sierpe. Una mujer trató de arrojar
sal en sus ojos. Niños lanzaron piedras desde la distancia.
La criatura quedó confundida. Al igual que una araña atacada por miles de
hormigas no hubo nada que pudiera hacer. Avanzó unos metros en una dirección, se
detuvo y cambió de rumbo. Los pobladores lucharon más valientemente que cualquier
ejército bien entrenado, lucharon como un pueblo defendiendo su hogar.
La sierpe se agitó alrededor, pasando más tiempo defendiéndose que avanzando
por la ciudad. El improvisado batallón continuó su frenético asalto hasta que la sierpe
finalmente se rindió. La criatura giró y se dirigió hacia el bosque, derribando árboles y
volcando grandes rocas en su camino.
Los valientes ciudadanos se miraron con tranquila incredulidad. Ninguno se
habría atrevido a creer que podrían derrotar a una criatura tan peligrosa. Sin embargo al
resistir juntos habían lograron lo que nadie hubiera podido hacer individualmente.
Algunos fueron superados por el alivio y el asombro. Otros se movieron
rápidamente para atender a los heridos que, junto conmigo mismo, fueron llevados a la
sanadora. Milagrosamente no hubo muertos.
Esa noche se celebró una fiesta que duró cinco días. Vino fluyó libremente y
canciones fueron cantadas a la gloria de Kjeldor. Poetas compusieron poemas épicos
conmemorativos del evento. Artesanos tallaron estatuas y pintaron enormes frescos.
Los habitantes de Jornstad se maravillaron por la sabiduría de Lord Rothchild,
quien, a través de su confrontación con la sierpe, les había enseñado a confiar en sí
mismos. Así que fue a él a quien aclamaron como el héroe del día.

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Verde

El verde es el equilibrio entre los extremos. Aquellos que favorecen el verde son
personas sólidas de costumbres sencillas. No son impulsivos como aquellos que
favorecen el rojo, o retraídos como los que favorecen el azul. Los relacionados con el
verde son socialmente bien adaptados y orgánicos. Son convencionales pero en
constante movimiento y tienen un gusto por las cosas buenas de la vida. En ocasiones al
verde se lo ha asociado con los celos o la falta de experiencia pero los que tienen un
conocimiento más amplio saben que el verde es natural, fresco, sabio, y reconfortante, y
aquellos que se caracterizan por él muestran una sensibilidad por las costumbres
sociales y la etiqueta. El verde ofrece abundancia y recursos. Es pasivo y combativo al
mismo tiempo y hace un llamamiento a aquellos que quieren estar conectados a tierra en
su entorno natural.

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Versipellis
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(Aprox. 4000 A.R.)

A cero resonó sobre el acero en el crujiente crepúsculo. Dos hombres,


después de una breve lucha, se apartaron de un salto, uno haciendo cortes inútiles hacia
el otro. El hombre desesperado estaba empapado de sudor. Un corte largo y superficial,
más doloroso que peligroso, cruzaba su pecho desde su hombro izquierdo hasta la
derecha de su caja torácica. Sangre manchaba su camisa hogareña.
Su oponente estaba ileso. El joven Joren, elegantemente vestido y sin un pelo
fuera de lugar, se situó fuera de su alcance, dejando descansar despreocupadamente su
espada sobre su hombro.
"¿Has tenido suficiente, Edgur?" preguntó.
El hombre herido se llevó una mano al pecho sangrando. Ver su propia sangre
inflamó su ira más allá del punto de cordura. Edgur, con un aullido de rabia, cargó hacia
Joren con su espada extendida. Joren se hizo a un lado girando en un talón y envió a su
enemigo cayendo de cabeza en la hierba alta fuera del claro. Edgur trastabilló,
perdiendo su espada cuando la punta se clavó en la tierra y se arrancó de sus manos. Su
cuerpo sobrepasó a sus propios pies y él cayó boca abajo en la maleza.
Nadie rió. Los segundos de Edgur corrieron al lado de su amigo. Los
compinches de Joren le trajeron una copa de vino.
"¿Estás satisfecho?" gritó Joren mientras Edgur fue izado en pie.
La respuesta del último fue comenzar a buscar su espada perdida en el pasto alto.
Cuando sus amigos se quedaron observándolo de brazos cruzados Edgur gruñó, "¡No se
queden allí parados! ¡Ayúdenme a encontrarla!"
Su amigo de gremio Artulle se cruzó de brazos y dijo: "No, Edgur. Ya has tenido
suficiente. No hay razón para continuar."
"¡Yo decidiré cuando haya tenido suficiente!"
"El tiene razón, ¿sabes?" Dijo Joren arrojándole su delgado estoque a su siervo.
"No hay razón para seguir luchando."
"¡Yo soy la parte lesionada!"
Joren se acercó y agarró a Edgur por su sangrienta pechera. "Y yo soy el mejor
hombre," dijo fríamente. "Yo pensaría que eso sería dolorosamente obvio a estas alturas,
incluso para un cabeza dura como tú. Aléjate de mí Edgur y no te acerques a Riliana. ¡Si
no lo haces la próxima vez no sólo necesitarás una nueva camisa, necesitarás un
sudario!"
Joren, sus amigos, y sus siervos regresaron a sus carruajes esperando. A medida
que se alejaron en medio del crujido de látigos y el estruendo de los cascos, Edgur se
hundió lentamente de rodillas. Derrotado. Deshonrado. Su vida estaba terminada.
Artulle y Meckie esperaron a que se les uniera. El carruaje contratado les estaba
costando medio korl por hora, dinero que ellos no podían gastar.
Al fin Meckie dijo: "Nos vamos Edgur. ¿Vienes?"

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Edgur, con sus rodillas hundidas en la hierba, no dijo nada. Meckie frunció el
ceño y empezó a amonestar a su amigo pero Artulle lo tomó del brazo y lo condujo a la
carreta esperándolos.
"Déjalo," dijo Artulle. "Él puede volver caminando a la ciudad. Argivia no está
lejos."
El conductor contratado chasqueó sus riendas y el carro se marchó sacudiéndose.
Edgur cayó de costado y lloró amargas lágrimas, no sólo por perder el duelo tan
ignominosamente sino por perder a Riliana, el amor de su vida.
Los últimos rayos rojos del sol murieron una muerte silenciosa detrás de las
colinas occidentales. Una brisa ligera arreció, esparciendo nubes pálidas y revelando la
primera capa de estrellas de la noche.

* * * * *

Edgur, con la espada atravesada en su cinturón (había perdido la vaina en algún


lugar en el prado donde se había librado el duelo), caminó tristemente a lo largo del
polvoriento camino que conducía a Argivia. No tenía idea de cuánto tiempo se había
quedado solo en el campo, llorando en silencio sobre las injusticias de la vida, pero
finalmente llegó a dominar su melancolía y encontró su espada perdida. Le había
pagado un buen dinero a Embric el ferretero por la espada y no estaba dispuesto a
dejarla atrás.
Era una noche ventosa y la hierba a ambos lados del camino suspiró
continuamente a medida que el viento se movió a través de ella. No había luz excepto la
de las estrellas pero el camino arenoso era lo suficientemente blanco como para que él
lo siguiera fácilmente. La ropa transpirada de Edgur pronto lo congeló por lo que él se
puso su saco y metió las manos en los bolsillos. El corte en su pecho ardía como una
camisa llena de abejas.
Por delante el camino se bifurcó, un sendero curvándose a la derecha, que era el
sur, otro sendero curvándose a la izquierda a través de un bosquecillo de árboles, hacia
el este. Edgur desaceleró. ¿Qué camino lo llevaría de vuelta a Argivia? No recordaba
haber pasado una bifurcación como esa en su camino de salida pero entonces él estaba
preocupado por el viaje de ida con visiones de su odiado rival empalado en su hoja.
Se detuvo en el cruce y trató de averiguar qué camino llevaba de vuelta a la
ciudad. Edgur había nacido en Epityr y había venido a Argivia siendo muchacho como
aprendiz del Gremio de los Caldereros. Su familia había sido parte de los primeros
ciudadanos de Epityr, antes de que Urza y Mishra lucharan la ruinosa Guerra de los
Hermanos. En la conmoción que siguió al catastrófico conflicto los antepasados de
Edgur se vieron reducidos al comercio. La calderería fue la oportunidad de Edgur para
mejorarse a sí mismo. Ahora, de veinte años, él era un oficial de tercer grado pero rara
vez viajaba fuera de la ciudad y nunca por la noche. Así que él se quedó mirando la
bifurcación, congelándose por el viento nocturno. Su pecho dolía. ¿Qué camino?
El camino al sur se enrollaba alrededor de una pequeña colina. A la luz de las
estrellas él no pudo decir si caballos o carruajes habían pasado recientemente por allí ya
que la arena era demasiado blanda y cualquier rastro dejado por los transportes de Joren
o Artulle habría sido oscurecido rápidamente por el viento. El sendero hacia el este
estaba marcado por una hilera de árboles a ambos lados de la carretera. Estaba claro que
los árboles habían sido plantados por la mano del hombre como una barrera contra el
viento por lo que él decidió que el camino de la izquierda debía ser el camino a Argivia.
Ajustando su cinturón, que se estaba hundiendo bajo el peso de su espada, Edgur
empezó a bajar por el camino oriental.

50
Un perro aulló en la distancia. El giró para mirar por encima de los campos
estrellados y no vio más que las vagas sombras de nubes pasando sobre el prado
ondulando. Una vez bajo los árboles la noche se cerró a su alrededor. Estrellas y brisa
por igual fueron bloqueados por los cedros creciendo estrechamente juntos. El oyó un
aleteo en lo alto y se agachó. Había criaturas de la noche en el país extranjero, criaturas
hostiles a los viajeros solitarios. Edgur sacó su espada y aceleró el paso.
Sin el viento para enmascararlos él detectó todo tipo de crujidos y agitaciones en
la maleza a ambos lados del camino. Edgur caminó primero por un lado, luego por el
otro, decidido a no dejar que nada saltara sobre él desde las sombras. En un punto pensó
que vislumbró un par de brillantes ojos verdes en los helechos y acuchilló hacia ellos
con su arma. Un pájaro voló y él se sobresaltó. La criatura se marchó chillando, Edgur
murmuró una maldición y apretó el paso.
El estaba cansado, la espada era pesada, su herida palpitaba, y no había comido
desde el mediodía. Su mente volvió a la elaborada comida que los siervos de Joren
habían traído al duelo y desplegado en costosas alfombras de lana. Luego Joren le había
ofrecido ave fría y vino blanco pero Edgur se había negado arrogantemente a la
hospitalidad de su rival. Ahora él daría su mano izquierda por un poco de pollo asado.
Espera… ¿esas eran pisadas detrás de él? Edgur giró, su espada lista. No podía
ver más allá de diez pasos pero no había nada que ver. Retrocedió un poco y encontró
grandes huellas de cinco dedos en la tierra. Eran como pisadas de gato sólo que mucho
más grandes y más pesadas que cualquier impresión de gato que él había visto en su
vida. Se arrodilló al lado de los huecos y descubrió que no podía cubrir las extrañas
huellas con su mano abierta.
La noche estaba muy tranquila. Demasiado tranquila, de hecho, todos los grillos
habían dejado de cantar y los errantes crujidos en la maleza se habían aquietado. Edgur
se puso de pie y salió corriendo. No sabía de lo que estaba huyendo pero estaba seguro
de que no quería averiguarlo.
Después de su estallido inicial de velocidad inducida por el miedo, la corrida
degeneró en una tarea dolorosa. Edgur, resoplando por la fatiga, desaceleró y luego se
detuvo. Todavía estaba extrañamente tranquilo a su alrededor. Mirando hacia sus
espaldas esperó y observó, esforzando todos sus sentidos para descubrir quién o qué lo
estaba siguiendo.
Se escucharon pies arrastrándose rápidamente seguido de un estruendo a su
derecha. Edgur había tenido suficiente. Metió la espada en su cinturón y echó a correr a
toda velocidad lejos de su acosador invisible. No había hecho cincuenta pasos que vio
un brillo fuera del camino entre los árboles. ¡Una luz! Luz significaba personas.
Se dirigió hacia el lado norte del camino, esperando tener que abrirse paso a
través de las zarzas y maleza. Para su sorpresa, Edgur encontró un agujero limpio en el
seto y evidencia de un sendero desgastado conduciendo directamente hacia la tenue luz
amarilla. El, lanzando frecuentes miradas por encima del hombro, se encaminó al
pequeño faro brillando. Por su suave color él lo tomó por una lámpara de aceite. No
oscilaba como una llama sino que despedía un resplandor ámbar fijo que sólo parpadeó
porque Edgur estaba lanzándose entre los troncos de los árboles y setos.
El estrecho camino le llevó directamente a un claro de cerca de veinticinco pasos
de ancho. A un costado del centro del claro estaba el patriarca de todos los robles,
fácilmente dos veces el tamaño de cualquier otro árbol en la zona. Robustas
extremidades se ramificaban del tronco en niveles bajos. Encaramado en una
extremidad había un niño de sexo indeterminado, tal vez de doce años de edad. Una
lámpara descansaba en el suelo debajo de los pies colgando del niño.

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Esta fue una escena tan inesperada que Edgur se detuvo en seco. El niño (¿niña?)
estaba sentado con su espalda apoyada contra el poderoso tronco, los ojos cerrados y las
manos cruzadas. Edgur se acercó lentamente olvidando la amenaza invisible detrás de
él. Dio doce pasos y se volvió a detener esta vez porque el niño abrió repentinamente
los ojos. Edgur decidió que era masculino.
"¿Quién eres?" preguntó el chico.
"Un viajero. Me he perdido," respondió Edgur.
"Llevas una espada."
"Para mi propia protección."
"Estabas corriendo. Yo te he oído."
Edgur se secó la frente con un pañuelo. "Algo estaba detrás de mí. Yo nunca lo
vi pero encontré sus pisadas." Metió el pañuelo en el bolsillo y preguntó: "¿Qué está
haciendo un joven como tú solo en medio de la noche?"
"Vivo cerca." Y con un solo bamboleo de sus manos el niño saltó de la rama y
aterrizó suavemente frente a Edgur. Era sólo de un metro y medio de alto, delgado, casi
demacrado y tenía vívidos ojos verdes y pelo claro. Llevaba un vestido gris desteñido
que le llegaba hasta las rodillas. El viejo vestido estaba raído y había sido zurcido
muchas veces.
"Mi nombre es Dare."
"Edgur." Él le tendió la mano pero el muchacho lo miró como si nunca hubiera
visto antes el gesto. "¿Dónde está tu casa, Dare?"
"Por ahí," dijo el muchacho con un gesto vago de su mano. "Yo voy donde
quiero y hago lo que me place. Paso mucho tiempo en este árbol."
"¿A tus padres no les importa?"
"¿Padres?"
Un gruñido gutural interrumpió su conversación. Edgur buscó su espada
mientras Dare trepó correteando por el árbol de roble con la agilidad de una ardilla.
"¿Sabes lo que hay ahí fuera?" preguntó Edgur poniendo su espalda contra el
árbol.
"Guerrero pantera," dijo el muchacho. "Ha estado detrás de mí durante mucho
tiempo."
Edgur comenzó a sudar. "¿Guerrero pantera? ¿No son sólo leyendas?"
"Ellos son reales. Espero que no haya toda una manada de ellos."
Edgur tragó saliva y apretó la espada con ambas manos. Ese día ya había sido
vencido por Joren y no se sintió muy seguro de su capacidad para mantener a raya a uno
de los temibles guerreros pantera, una raza en ocaso de hombres pantera que rondaban
por los bosques de Terisiare.
Él dijo: "¡Desearía tener más luz!"
"Si quieres toma la lámpara," respondió Dare.
Edgur, manteniendo los ojos en la oscuridad, se agachó y tanteó con sus dedos
hasta que estos se cerraron alrededor de una suave y cálida varilla casi tan gruesa como
su dedo pulgar. Estaba metida en el musgo al pie del árbol. La arrancó con facilidad y la
levantó hasta el nivel de los ojos. Sólo entonces la vio claramente. La lámpara tenía la
forma de una serpiente, de unos veinticinco centímetros de largo y rígida como el
mango de un hacha. Emitía una cálida luz amarilla.
Edgur dejó escapar un grito y soltó al reptil brillando. Al mismo tiempo que este
cayó al suelo una forma oscura se movió a través de la periferia de su visión. El
arremetió a ciegas contra la forma en movimiento y sintió la punta de la espada
hundiéndose en algo cediendo. Edgur se recuperó y un gruñido desgarrador muy
cercano le impulsó a volver a golpear.

52
Esta vez la espada de Edgur encontró verdadera resistencia. El se apoyó contra
la empuñadura y la espada desgarró lo que fuera. Algo pasó susurrando al lado de su
rostro seguido de una sensación extendiéndose de calor. De repente se oyó un crujido y
su espada se soltó. Edgur se encontró cayendo a tierra. El, aterrorizado, se puso en pie.
La segunda mejor espada del ferretero se había partido por la mitad de su longitud.
Unos dedos tamborilearon ligeramente sobre su hombro. Edgur se dio la vuelta,
con la hoja rota extendida, y Dare atrapó el muñón de hierro en su mano pequeña y
pálida. En la otra sostenía la extraña linterna serpiente.
"Tranquilo, Maestro Edgur. El hombre pantera ha huido."
Edgur, respirando con dificultad, bajó el arma destrozada. "Yo nunca lo vi," dijo
jadeando.
"Pero él te vio muy bien." Dare pasó un dedo por la mejilla de Edgur y este se
dio cuenta que tenía tres rayas paralelas sobre su rostro, todas sangrando. El chico le
mostró la sangre.
Edgur se sentó pesadamente. "No ha sido un buen día."
"Nos has salvado a ambos," dijo alegremente Dare. "Y yo me siento feliz por
eso. ¿Tú no?"
"Estoy todo cortado, perdido, y me han quitado al amor de mi vida," respondió
Edgur.
"Yo puedo ayudarte."
Edgur dejó caer la espada rota y suspiró. "Yo te agradecería que me dieras
instrucciones para poder regresar a Argivia."
Dare sostuvo la lámpara-serpiente cerca de su pecho. "Yo puedo hacer más que
eso. Con mi arte puedo curar tus heridas y reparar tu fortuna."
Edgur levantó la cabeza. "¿Eres un hechicero?"
El muchacho abrió los brazos. "Yo soy el guardián de este lugar. El maná de los
seres vivos fluye a través de mí y yo te pagaré por el servicio que me hiciste."
Dare le apuntó con la serpiente brillante y esta pareció refulgir más a medida que
se acercó al rostro del hombre mayor. Las extrañas revelaciones de Dare lo asustaron
pero él estaba demasiado cansado para correr. Los ojos de la serpiente se abrieron de
golpe a centímetros de su rostro. Eran tan verdes como esmeraldas. Edgur se apartó pero
la serpiente se alargó en la mano de Dare hasta que la cabeza del reptil tocó ligeramente
su mejilla herida. Un destello de calor pasó a través Edgur. El se sintió mareado pero
cuando se recuperó encontró su mejilla completamente curada.
Edgur deslizó una mano dentro de su camisa rota y encontró que la herida en su
pecho había desaparecido. Todavía había sangre seca en su camisa pero no quedaba
ninguna costra o corte. Su pecho estaba tan liso como lo había estado cuando había
dejado Argivia al mediodía.
Cayó de rodillas. "¡Te doy las gracias, oh grandioso!"
Dare sonrió y le pidió que se parara. Edgur se puso de pie. Los arbustos y
árboles situados alrededor del claro se llenaron de pares de ojos brillantes, todos
mirando a Dare. Edgur se estremeció al darse cuenta que estaba en presencia de un
espíritu de la naturaleza, quizás una ninfa arbórea a pesar de su apariencia externa como
niño humano. Los ojos, cientos de pares, observaron en completo silencio.
"Yo… yo me voy a ir ahora," murmuró Edgur.
"Aún no he terminado," dijo Dare. "Tú me pediste otras dos cosas. Y yo tengo la
intención de concederlas."
Él levantó una mano y hubo un aleteo desde la línea de árboles. Un enorme búho
nival se posó en la muñeca del niño como un manso peregrino. "Este es Preus, uno de

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mis centinelas. Él te guiará hasta los alrededores de Argivia aunque no podrá entrar en
la ciudad."
El búho
observó a Edgur con
grandes ojos negros.
Edgur parpadeó;
Preus parpadeó.
Edgur, sorprendido,
repitió el movimiento
y el búho lo imitó a
la perfección.
"No le hagas
caso se siente
juguetón. Por último,
¿creo que has dicho
que perdiste a tu
amor?"
"Eh, sí," dijo
Edgur.
"¿Y quien es
ella?"
"Su nombre es Riliana," dijo él rompiendo la fascinante mirada del búho
mientras formó la imagen del rostro de Riliana en su mente. "Es la hija mayor de mi
amo, Perrick el calderero."
"¿Y su padre te aprueba?"
El rostro de Edgur cayó. "No. El apoya a Joren, descendiente de la casa
Homdallson, maestro mayor del Gremio de Encuadernadores."
"¿Una familia rica y poderosa?"
"Sí, malditos sean. Joren tiene todas las ventajas que a mi me faltan, dinero,
poderosos aliados, modales, educación, aspecto... ¡pero yo sé que Riliana me ama a mi y
que me elegiría si Joren no estuviera en el camino!"
Dare hundió la rígida cola de la lámpara-serpiente en el suelo y saltó fácilmente
a la rama más baja del roble. El búho aleteó en silencio hacia una rama cercana y volvió
a mirar fijamente a Edgur. Edgur siguió a Dare hasta la base del árbol moviendo sus
manos mientras lo hizo.
"Yo desafié a Joren a un duelo," dijo él levantando la voz. "Nos encontramos en
un prado cerca de aquí una hora antes de la puesta del sol. ¿Cómo iba yo a saber que él
tomaba lecciones de esgrima? ¡Lecciones de esgrima! ¿Mientras que yo pasé cada hora
del día de los últimos seis años aprendiendo mi oficio?"
"Tu problema es simple," dijo Dare levantando sus rodillas desnudas hasta su
barbilla. "¿Deseas vencer a Joren, no es cierto?"
Las palabras salieron con demasiada facilidad: "¡Yo quiero matarlo!"
Los ojos verdes de Dare se fijaron en él con una mirada certera. "Matar es fácil.
De lo que hay que ocuparse es del después."
"¿A qué te refieres?"
"Hay un gran número de maneras de matar a tu rival. El truco es no quedar
atrapado o ser culpado por el hecho. Tu bella dama no podrá casarse con un hombre que
tenga una cita con el verdugo, ¿o si?"
"Es cierto... pero tú tienes magia poderosa, oh grandioso. ¡Tiene que haber una
manera!"

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Los ojos de Dare brillaron fríamente. "¿Estás seguro de esto?"
El no lo estaba pero pensó que esa podría ser su mejor y única oportunidad. "Lo
estoy," declaró Edgur.
"Un asesino podría hacer el trabajo." El muchacho entrelazó los dedos detrás de
la cabeza. "Sin embargo los humanos son poco fiables. Cuando se los atrapa tienden a
hablar demás."
"¿Un animal, entonces? ¿Tal vez una serpiente venenosa?"
Dare suspiró. "Me temo que las serpientes son demasiado azarosas. Tienden a
morder a quien les da la gana y a menudo simplemente deciden por su cuenta no morder
al único hombre que tú quieres."
"¿Arañas?"
"Aún peor. No tienen cerebro en absoluto."
Edgur sintió desvanecerse su júbilo. Hasta matar a Joren estaba resultando
demasiado difícil para él.
"Hay una forma, una buena forma de eliminar a tu rival, " dijo Dare en voz baja.
"Tiene la ventaja de ser, por así decirlo, ‘práctica’ y también te protejerá de cualquier
culpa en absoluto."
"¿Y cuál es?"
"Yo puedo proveerte de un amuleto que te permitirá tomar el aspecto de
cualquier animal que tú elijas, un lobo, una pantera, una constrictora gigante. En esa
forma serás capaz de encontrar a tu enemigo y extinguirlo."
Edgur ponderó la idea con creciente excitación. "¡Sí, eso funcionaría! ¡Ninguno
de los fantásticos movimientos o dinero de Joren le pueden salvar de un lobo! A Riliana
se le romperá el corazón por la muerte de su pretendiente…"
".Y se verá más susceptible cuando el otro la reconforte," terminó Dare por él.
"¡Lo haré!"
Dare se inclinó hacia
delante, sonriendo. Edgur se vio
perturbado al ver que los dientes
del niño eran escandalosamente
largos y puntiagudos.
"¿Qué será?" preguntó él.
"¿Un lobo?"
Edgur desvió la mirada
del feroz rostro del muchacho.
"Eh, no. No hay muchos lobos en
estas partes." Recordó una
historia que escuchó en la cocina
del hall del gremio sobre un oso
que había hecho estragos en los
rebaños de ganado local. "Creo que... un oso. Un oso pardo."
"¡Excelente elección! ¡No hay más luchador más feroz en todo el bosque!" Dare
juntó sus dedos apretadamente y los arqueó para crear una tienda con las manos. Una
chispa verdosa apareció entre sus palmas, una chispa que creció rápidamente más
grande hasta que asumió la forma de un disco convexo. La frente juvenil de Dare se
arrugó y los músculos de sus brazos delgados se tensaron mientras se concentró. El
disco se convirtió en un amuleto sólido de cinco centímetros de ancho y cuando Dare
cesó su silencioso conjuro este cayó en el musgo a los pies de Edgur. El lo recogió. Era
una esmeralda de fantástica belleza y tamaño.

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"Tienes en tus manos maná viviente del bosque convertido en sólido," dijo Dare.
"La mitad de su poder se gastará cuando lo utilices para transformarte en un oso. La otra
mitad será necesaria para volver a convertirte en hombre." Dare lo señaló seriamente.
"¡No pierdas el amuleto! Sin el no podrás cambiar en un oso o volver a ser humano una
vez que asumas forma ursina. ¿Entiendes?"
"Sí, oh grandioso. Mientras sea oso, ¿tendré conocimientos y pensamientos
humanos?"
"Sí, pero es posible que no siempre actúes como piensas. Un oso no es un
hombre. Recuerda eso."
Edgur colocó cuidadosamente el amuleto en el bolsillo del abrigo. Cuando
volvió a levantar la vista Dare se había ido. La serpiente brillante comenzó a perder su
fulgor y la noche invadió rápidamente el claro una vez más. Mil ojos rodearon a Edgur
pero esta vez él no tuvo miedo.
"¡Gracias, oh grandioso!" gritó. "¡Nunca olvidaré esto!"
El gran búho blanco se alzó del roble y se alejó aleteando, sus alas blandas
inaudibles contra el creciente fondo de grillos, ranas croando y chotacabras. Preus hizo
un círculo hasta que Edgur metió la espada rota en su cinturón y corrió tras el paciente
pájaro. El plumaje nevoso de la lechuza era fácil de ver incluso en la completa
oscuridad.
Cuando él se fue un guerrero pantera se acercó lentamente al roble. Su hombro
estaba ensangrentado y el final de un estoque de hierro forjado sobresalía de la herida.
La pantera se arrastró hasta el árbol y se postró entre las raíces retorcidas.
"Amo, estoy aquí," dijo la pantera entrecortadamente. "¿Lo hice bien?"
La voz de Dare se filtró a través de las hojas de roble suspirando. "Lo hiciste
bien, Aga. Condujiste al humano directamente a mí y jugaste el papel de pantera al
acecho a la perfección."
"Eres muy amable, amo."
"Sácate la hoja rota, Aga, y yo te curaré."
Sus patas eran
inútiles para la tarea por lo
que la pantera tuvo que
utilizar sus dientes. Su
herida ardió ferozmente y el
cerró la mandíbula con
delicadeza sobre la hoja de
veinticinco centímetros. El
guerrero pantera dio un solo
tirón con su cabeza y retiró
la cuchilla rota. Su maullido
fue transportado lejos en la
oscuridad, poniendo los
pelos de punta en el cuello
de Edgur mientras él se
apresuraba a regresar a casa.

* * * * *

Preus dejó a Edgur a las puertas de Argivia. El joven estaba tan emocionado por
su aventura nocturna que no pudo dormir. Pasó el tiempo hasta el amanecer escribiendo

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una apasionada carta de amor a Riliana, citándola un día de esos. Para entonces Joren
estaría muerto y Riliana sería suya.
El conocía los hábitos de su enemigo. Joren dividía sus horas nocturnas entre
tres tabernas: La Bellota Nerviosa de Penkin; el Martillo y el Buen Midas. Llegado el
ocaso Joren y sus compinches estarían en lo de Penkin. Edgur logró quedarse a trabajar
todo el día en la calderería, haciendo a un lado las preguntas de sus colegas sobre el
duelo. Todo estaba bien, le dijo a Meckie y Artulle; el duelo había terminado y también
su amor por Riliana.
Se quedó hasta tarde en el taller, aparentemente para reparar una caldera doble
enviada por la destilería de Tanton. Cuando la tienda estuvo oscura y vacía él sacó el
amuleto esmeralda y lo puso sobre su mesa de trabajo. La gema fue deslumbrante hasta
bajo la luz de la lámpara. Aunque la superficie era lisa el amuleto tenía facetas internas
como una estrella, cada línea extendiéndose desde el centro hasta el borde exterior. El
color era profundo y oscuro, con reflejos dorados fracturándose desde las facetas
interiores.
Edgur se puso su mejor chaqueta y colocó el amuleto en el bolsillo interior.
Deslizó su carta a Riliana bajo una pila de correspondencia del gremio al salir en la
mañana. El reloj de la ciudad anunció la hora. Era hora de irse.
Penkin estaba en la parte inferior de una colina empinada cerca del puerto. El
puerto de Argivia tenía lados empinados en forma de cuenco. Todos los almacenes y las
empresas que abastecían al comercio marítimo estaban localizados en el tazón, mientras
que los marineros residentes habitaban en tierra alta por encima del puerto. La de
Penkin era una típica casucha frente al mar, una casa de juegos así como una taberna,
muy frecuentada por capitanes de mar y comerciantes extranjeros. Edgur transitó por el
empinado sendero de adoquines y la brisa costera sopló en su rostro mientras lo hacía.
Pensó en la primera vez que había conocido a Riliana, en la casa gremial de los
caldereros durante la Fiesta de las Frutas. Él no había querido ir pero Meckie, Artulle, y
los demás jornaleros le reprendieron y se burlaron de él durante dos semanas hasta que
el decidió hoscamente asistir. Normalmente no le gustaban los eventos formales.
Maestros del gremio Barbigris pronunciaron verbosos discursos mientras él sufrió en los
rígidos e incómodos uniformes del gremio. Edgur lo olvidó todo cuando vio a Riliana.
Su pelo era negro como el ónix y sus enormes ojos oscuros hablaron de ingenio,
bondad y pasión. El cayó en sus garras y la siguió por la sala como una marioneta. A
Riliana no le molestó e incluso accedió a bailar con él. Sus lentos corcoveos fueron los
seis minutos más maravillosos de su vida. El idilio terminó cuando apareció Joren.
Riliana le introdujo al gran bobo como su prometido. Joren monopolizó a Riliana
durante el resto de la noche.
Pero Edgur no se dio por vencido sólo porque ella estaba comprometida. Ideó
maneras para volver a la casa de su amo y robar breves momentos con ella.
"¿Qué harás si mi padre te atrapa merodeando por aquí?" le preguntó Riliana una
vez.
"Le diré que amo a su hija," respondió Edgur con simpleza.
Ella sonrió. "¿No deberías decírselo primero a ella?"
Edgur tropezó directamente contra la ancha espalda de un marinero vagando por
el muelle de ladrillos rojos. El joven, murmurando disculpas, recobró sus sentidos y se
dio cuenta de que se había pasado diez metros de la taberna de Penkin. Dio rápidamente
marcha atrás. Todavía era temprano y la casa aún no estaba llena. Edgur esquivó a los
clientes en el bar y tomó un box oscuro en la esquina, mirando hacia fuera para poder
ver a todo aquel que entrara. Aunque prefería la cerveza de Penregon, Argivia era un

57
pueblo vitivinícola, por lo que Edgur acunó una jarra de embarrado burdeos Korlisiano
y esperó a que apareciera su rival.
Se estaba haciendo encima cuando Joren y cuatro compinches entraron, riendo y
llamando a gritos por dados. Los jóvenes galanes cortaron una franja a través de los
otros jugadores agrupados en torno a las mesas de dados y cartas. Edgur observó a Joren
apostar y perder más dinero en una sola pasada de dados de lo que él ganaba en un año.
Derrochador. Malgastador. ¡Y había tenido el descaro de reclamar la mano de
Riliana!
El se halló acechando inconscientemente hacia el heredero de Homdallson, su
jarra colgando a su lado, gotas de vino rojo sangre salpicando el suelo inmaculado. Uno
de los amigos de Joren vislumbró a Edgur y dio un codazo de advertencia en las
costillas de su amigo.
Joren se enderezó, los dados preparados en su mano. "¿Qué estás tratando de
hacer, darme mala suerte?" le dijo. La conversación murió cuando el resto de los
jugadores se dieron cuenta de Edgur. Su sombrío semblante era clara evidencia de que
no había acudido a entrar en el juego.
"¿Tú?" dijo Joren despreocupadamente. "¿Qué quieres?"
"Quiero que renuncies a Riliana."
Joren frunció el ceño. "¿Estás loco? ¿Ese es tu problema?" Y a sus amigos dijo,
"Miren esto, yo le gané al pobre tonto en un lamentable duelo que avergonzaría a una
feria de calle, y tiene el descaro de acosarme en público y exigir que renuncie a mi
prometida. Ahora bien, yo les pregunto a ustedes, ¿acaso este hombre está loco o qué?"
"Se ve distraído," dijo uno de los compinches de Joren, "o borracho."
"¡Renuncia a ella, tú indigna escoria, o los dioses mismos tomarán venganza
sobre ti!" gritó Edgur.
"Le daré cinco korls a cualquiera que elimine a esta molestia de mi presencia,"
dijo Joren aburrido. Una docena de marineros y estibadores se levantaron de sus bancos
deseosos de cumplir.
Uno de los amigos de Joren, un Jamuraano de piel oscura, abofeteó a otro
compañero en el brazo y dijo: "Hagámoslo tú y yo, Varno. Le ahorraremos cinco korls a
Joren."
Varno, un compañero de aspecto tosco que llevaba el emblema del gremio de
picapedreros, se levantó y dijo: "Oh, no. ¡Si yo hago el trabajo sucio de Joren quiero el
dinero!"
Ellos avanzaron sobre Edgur quien arrojó la jarra de cerámica contra el
Jamuraano. Este llevaba un pañuelo en su cabeza con una diadema de oro y la copa se
estrelló contra esta. Antes de que Edgur pudiera levantar sus manos para luchar Varno lo
tiró al suelo. Allí, entre las botas y zapatillas de los clientes de mesa de dados, fue
pateado y golpeado por los amigos de Joren. La paliza terminó abruptamente cuando
intervino el tabernero de Penkin y parte del corpulento personal contratado.
"¿Quién la empezó?" le espetó el tabernero golpeando la palma de su mano con
un garrote de roble muy gastado.
"Fue él," dijo Joren lanzándole una moneda al hombre y señalando a Edgur. El
calderero estaba acurrucado en una bola en el suelo.
"¡Bien!" Dijo el tabernero y con un movimiento de cabeza les hizo una seña a
sus muchachos para que se llevaran al ofensor. Ellos agarraron a Edgur por sus talones y
lo arrastraron fuera por la puerta detrás de la barra bajo las profanas aclamaciones de los
clientes.

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En el callejón de atrás, los gorilas de Penkin molieron a palos a Edgur a pesar de
que él no se resistió ni dijo nada. Finalmente el tabernero les ordenó detenerse diciendo:
"Nadie provoca problemas en mi lugar. Si vuelves por aquí eres hombre muerto."
La puerta trasera se cerró de golpe. Edgur, aturdido, sangrando de un corte sobre
su ojo derecho, ardió de furia interior. Se apoyó contra la pared trasera del callejón y
buscó la esmeralda dentro de su chaqueta con dedos doloridos. Antes él sólo había
querido sacar a Joren fuera de su camino. Ahora él iba a ejecutar una venganza menos
exigente.
Encontró la pesada piedra y la estrechó contra su pecho. No estaba seguro de
cómo funcionaba exactamente y asumió que cuando llegara el momento la
transformación sería automática. Durante mucho tiempo nada pareció suceder. Edgur
apretó la piedra con tanta fuerza que los bordes afilados cortaron sus dedos. Un
pensamiento corrió por su mente: Cambia. Cambia. ¡Cambia!
Carcajadas se filtraron a través de las paredes de ladrillo oscuro. La golpiza y la
expulsión de un pobre jornalero no perturbaron a los patrones de Penkin. Edgur miró a
través de párpados hinchados a la puerta trasera, cuatro tablones atados con hierro
negro, y se puso dificultosamente en pie. La esmeralda se deslizó de su agarre y cayó a
los adoquines sucios.
Su ira aún ardía en el fondo de su ser pero por fuera él se sintió extrañamente
apagado y desconectado. Levantó una mano para golpear la puerta trasera de la taberna.
Esta vez él les haría pelear de verdad... pero no fue una mano humana lo que nadó ante
sus ojos febriles. Fue la gran pata peluda de un enorme oso.
Edgur se congeló. ¿Acaso eso era un tipo de truco? El no había visto ningún
destello de luz, no había sentido ninguna oleada de poder cuando había deseado
cambiar. La gente siempre decía que cuando se producía magia sucedían ese tipo de
cosas pero él no había experimentado nada de eso. Levantó su otra mano y encontró que
también era una pata, con cinco uñas afiladas. Su corazón latió más rápido. ¡Eso era
cierto! ¡Por el grandioso Dare y su magia verde!
Edgur, en lugar de
llamar a la puerta, la
demolió con dos golpes.
Su nuevo cuerpo era casi
demasiado voluminoso
como para pasar a través
de ella pero él se apretujo
justo a tiempo como para
enfrentarse a uno de los
sirvientes de Penkin con
los brazos cargados de un
balde lleno de jarras
sucias. El hombre miró
horrorizado al oso pardo,
de pie sobre sus patas
traseras, su cabeza
raspando contra el
oscurecido techo con
vigas. Era uno de los que lo habían golpeado y arrastrado desde la mesa de dados por lo
que el oso le golpeó en el lado de la cabeza con una amplia extensión de su pata. El
hombre salió volando hacia el costado, perdiendo el balde y estrellándose contra la
pared. Su cabeza quedó torcida en un ángulo extraño y sus ojos vacíos miraron sin ver.

59
El ruido atrajo más sirvientes con delantal a través de las puertas de vaivén.
Cuando vieron a Edgur sus ojos se abrieron en estado de shock y regresaron
apresuradamente a través de la puerta de la cantina. Edgur se puso a cuatro patas y
cargó, estallando a través del endeble tabique de madera a tiempo para arrojar a dos
hombres en el bar con un movimiento de su enorme cabeza. La taberna estalló en gritos
cuando el oso pardo arremetió. Hubo una loca carrera por escapar y varios de los
clientes borrachos fueron pisoteados por el resto en su prisa por salir. Edgur se volvió a
levantar sobre sus patas traseras y se abrió paso entre la multitud, abofeteando hombres
como tábanos. Un hombre se acobardó detrás de la mesa de dados volcada. Edgur hizo
el mueble a un lado con un zarapazo y recogió al tipo chillando por su camisa. Sólo
entonces se dio cuenta de que había acorralado a una mujer, una prostituta por como
lucía. No tenía nada en contra de ella y la puso suavemente sobre sus pies.
Ella dejó de gritar y se quedó mirando al oso aterrador. Durante unos segundos
hubo un centro de calma en el vórtice de caos en la taberna de Penkin. Entonces un
dolor ardiente atravesó la anca trasera de Edgur. El giró con un rugido y se encontró
con Joren y su amigo Jamuraano respaldados contra la pared con espadas cortas en sus
manos. Como Penkin no permitía armas cortas ellos debían haberlas pasado a
escondidas.
Había sangre en la hoja de Joren quien había apuñalado a Edgur con su cuchilla
de cincuenta centímetros. Edgur sintió el dolor pero no le preocupó más que un
pinchazo.
Joren palideció cuando vio que el oso se volvió hacia él. La bestia rugió, dejando
al descubierto colmillos amarillos de ocho centímetros de largo. El oso, sacudiendo la
cabeza de lado a lado, camino pesadamente hacia adelante.
"¿Qué está haciendo un monstruo como este en Argivia?" jadeó el Jamuraano
preparando su pequeña hoja.
"¿Me lo preguntas a mi?" respondió Joren. Se abalanzó, y acuchilló con la punta
de su arma hacia los ojos del oso. Edgur dio una bofetada y la hizo a un lado.
"¿Lo viste? Dejó a esa puta de vuelta en el suelo y no la dañó," dijo el
Jamuraano. "¿Tal vez es un oso domesticado?"
Edgur arrojó una mesa rota hacia Joren y su amigo y el primero perdió su espada
cuando se quedó incrustada en la tabla.
"¡Me desarmó!" exclamó el joven asombrado. "¡Adal, dame tu espada!"
"¿Qué? ¿Y con qué voy a luchar yo?"
"¡Eso no importa…! ¡Adal, dame tu espada!"
El Jamuraano entregó su arma a regañadientes a Joren. Edgur avanzó y Joren se
lanzó, con la esperanza de hundir su hoja corta a través del corazón del oso. Edgur giró
a un lado de la punta de la espada y bajó su poderosa pata sobre el brazo del ama de
Joren. Joren gritó cuando el hueso crujió de forma audible.
Adal le arrojó la pata de una silla al oso. Edgur resistió este débil ataque, lanzó
sus garras hacia el Jamuraano y con un simple movimiento de pala evisceró a Adal lo
que dejó a Joren solo.
El joven más rico de Argivia se arrastró de rodillas con una mano hacia la puerta,
sosteniendo su brazo roto cerca de su pecho. Edgur se irguió sobre él, soplando aliento
caliente por la espalda de Joren. Joren se derrumbó, rodando sobre su espalda.
Edgur se puso a horcajadas sobre él y rugió: "¡Ahora mueres, parásito inútil!
¡Yo, Edgur, te mataré!" Nadie lo entendió ya que él sólo pudo hacer los sonidos
inarticulados de un oso.
Agarró a Joren con ambas zarpas y lo izó en el aire. Joren se desmayó por el
terror y el dolor de su brazo roto por lo que Edgur lo despertó.

60
Joren, mirando de frente a un implacable y feroz oso pardo, gritó, "¡Suéltame!
¡Suéltame, soy demasiado rico como para morir!"
Edgur le soltó y antes de que este tocara el suelo arrojó sus garras bajo la
barbilla de su rival y con un tremendo zarpazo arrancó la cabeza de Joren de sus
hombros. El cuerpo sin vida cayó al suelo y la cabeza de Joren, ya no tan apuesta,
aterrizó en el bar y rodó hasta detenerse entre las copas volcadas.
La taberna de Penkin estaba vacía. Edgur, exultante por sus terribles actos, sólo
tenía que volver a su forma humana en algún lugar tranquilo y fuera de la vista y su
venganza estaría completa. Se dejó caer a cuatro patas, se contoneó a través de la cocina
y se introdujo en el callejón. Todo lo que tenía que hacer era volver a utilizar la
esmeralda.
Pero ¿dónde estaba? Como era un oso no tenía bolsillos, ningún lugar donde
mantener la gema vital. Él rebuscó a través de su ropa que ahora yacía destrozada en la
cuneta. ¡Ninguna esmeralda! Edgur buscó frenéticamente de un lado a otro del callejón.
Sus ojos oso no eran muy agudos, pero su nariz era muy sensible, y pronto encontró el
tesoro perdido en las sombras situadas al lado de los cubos de basura de la taberna.
Campanas sonaron en la calle más allá y se oyeron gritos y el clamor de hombres
armados. ¡Los sobrevivientes de la taberna habían hecho sonar el reloj de la ciudad!
Edgur desperdició preciosos segundos tratando de tomar la esmeralda entre sus patas
pero estas eran demasiado torpes para recoger y sostener la gema. Los gritos se estaban
volviendo cada vez más fuertes. Como último recurso Edgur hizo rodar la joya con la
lengua y la sintió dura y afilada en su boca.
Luces de lámparas inundaron el callejón. "¡Ahí está!" gritó una voz. Cuerdas de
arco zumbaron y una andanada de flechas pasó silbando. Una golpeó a Edgur en el
hombro izquierdo. Él gimió, cuidando de mantener la boca cerrada, y con un repentino
estallido de velocidad embistió a través de la banda de vigilantes en la calle lateral.
Había por lo menos un centenar de personas reunidas allí con antorchas y armas
improvisadas. La multitud, al ver a un oso pardo de trescientos setenta kilos, sangrando
de heridas en su pierna izquierda y hombro, gritó y lanzó ladrillazos, botellas y piedras.
Edgur se dio la vuelta y galopó colina arriba. Afortunadamente la multitud le estorbó a
la guardia de la ciudad y sus arqueros.
El pasó junto a las casas apretadas, asustando a un anciano con un piyama
blanco que abrió la puerta para vaciar su orinal en la cuneta. Un oso pardo empapado de
sangre pasó como un rayo y el anciano se tambaleó hacia atrás, dejando caer el tarro en
su propia puerta.
La pierna y el hombro de Edgur dolían. La multitud le estaba pisando los
talones. ¿A dónde estaba un callejón donde el pudiera esconderse? El necesitaba unos
minutos de respiro para cambiar de nuevo a hombre. La esmeralda, resbaladiza y
caliente en su boca, tamborileó contra sus dientes mientras él corría. Edgur temía que se
hiciera añicos si llegaba a tropezar.
Llegó a la cima de la colina, cuarenta metros por delante de sus perseguidores, y
vio al puerto extendiéndose por debajo, brillando con mil lámparas y linternas. Las
carreteras importantes en Argivia corrían paralelas a la costa pero la calle transversal a
la que había llegado no era de ninguna ayuda. A la izquierda estaba la calle de los
vendedores de cuero, a la derecha, las fraguas y hornos de la Vía del Ferretero. Edgur
corrió en línea recta. Esa era la Calle del Acollador, donde tenían sus tiendas los
cordeleros. Si él seguía en esa dirección llegaría finalmente a la puerta de la ciudad.
Flechas golpearon el pavimento a sus talones, acuciándolo a que siguiera
adelante. Para su creciente temor vio masas de antorchas flanqueándolo en otras calles.
La multitud estaba tratando de cortar su huida. El hizo una pausa para mirar hacia atrás

61
y vio que el ejército de la ciudad había crecido a más de cincuenta individuos. Incluso
mientras miraba ellos lanzaron flechas contra él.
Un ruido terrible se levantó de las calles adyacentes. Los jefes de familia estaban
saliendo, golpeando sus cacerolas y sartenes y gritando. Edgur se apartó de la calle
lateral cuando vio que estaba llena de amas de casa armadas con cuchillos de talla y
cordeleros blandiendo hachas. Galopó algunos metros y se adentró en la siguiente calle
pero su pierna izquierda falló y él cayó al pavimento. Antes de que pudiera levantarse
una pandilla de chicos gritando lanzó una pesada red sobre él. Hombres a caballo tenían
ganchos y cuerdas atadas a la red y tiraron con fuerza para que no pudiera moverse.
La calle se llenó con los portadores de antorchas Argivianos, ahora tranquilos de
que su presa hubiera sido capturada. La guardia de la ciudad se abrió paso entre la
multitud y rodeó al oso, sus picas niveladas y sus arcos tensados.
Ahora Edgur no podría volver a cambiar. Si tomaba repentinamente su forma
humana la gente lo mataría donde yacía, con o sin guardia de la ciudad. No, tenía que
ser paciente. Tal vez si actuaba pasivamente lo enjaularían y, una vez solo, él podría
volver a su forma natural.
El capitán de la guardia estaba arengando a la multitud. ¿De quién era ese oso?
¿De dónde había venido? Nadie lo sabía.
"¡Debe haber venido de algún lugar! ¡Los osos no deambulan así nomás por las
calles de Argivia!" gritó el iracundo capitán.
Un hombre de mediana edad con ropas largas apareció. Tenía la piel pálida y las
suaves manos de un hombre que leía todo el día libros y Edgur lo vio acercarse con
cuidado. El capitán y el hombre de la túnica intercambiaron susurros. Edgar se congeló
de miedo. Si este hombre era un mago, era seguro que su plan se vería desenmascarado.
"…algo antinatural en esta bestia," murmuró el hombre pálido.
"¿Qué estas diciendo?" preguntó el capitán.
"Estoy diciendo que este animal podría estar embrujado. Habría que matarlo sin
demora."
Edgur comenzó a luchar. Se dio la vuelta sobre su espalda con tal fuerza que
derrumbó a uno de los caballos que mantenían tensas las líneas. Una ráfaga de flechas
se clavó en su piel. Edgur gritó de dolor y la joya de Dare escapó de su boca.
"¡Sosténganlo!"-gritó el capitán mientras la gema tintineó sobre los adoquines. Y
él se inclinó con cautela para recuperar el amuleto.
Edgur vio impotentemente como le era quitada la clave de su metamorfosis.
"¿Qué piensas de esto?"
El hombre pálido examinó la piedra. "Es un diamante," dijo. "Y de la mejor
calidad. El espécimen más claro que he visto en mi vida."
¿Diamante? ¿Claro? ¿Qué había sucedido con la magia verde?
"El animal lo tenía en la boca," dijo el capitán.
"Hay está su prueba," dijo el aparente hechicero. "Las gemas se suelen utilizan
en conjuros de encantamiento."
Mientras la vida de Edgur menguó él trató de recordar la imagen de su perdida
Riliana en su mente. Ella no permaneció mucho tiempo. Lo último que vio antes de que
los piqueros lo remataran fue el rostro del embaucador Dare, riendo. En algún lugar él
estaba disfrutando de su broma.

* * * * *

Riliana, con su velo negro, partió hacia el funeral de su difunto prometido Joren
en un carruaje abierto. Era un buen día a pesar de la sombría tarea matinal y ella disfrutó

62
de la luz del sol como un antídoto a su tristeza. Una pequeña bandeja de mimbre estaba
cargada de cartas dirigidas a ella, indudablemente condolencias de sus amigos y
parientes.
"Señorita," dijo al cochero: "Espero que no le moleste mi interrupción pero
estaremos pasando cerca de la Plaza de la Bolina."
"¿Y?"
"El monstruoso oso que mató al Amo Joren está exhibido allí," respondió él. "La
guardia de la ciudad dio el cadáver al Gremio de los Cordeleros en reconocimiento a su
captura de la bestia."
"¿Y por qué debería querer verlo?"
El se retiró el flequillo con respeto. "Pensé que podría hacerle bien ver el destino
del culpable, señorita."
Riliana sabía que su cochero tenía curiosidad por ver al enorme oso del que
estaba hablando todo el mundo en Argivia. No trajo ningún placer a su corazón el
pensar que el cadáver de la pobre bestia loca estaba en exhibición pero el cochero sería
más cuidadoso y lo apreciaría si ella lo consentía por lo que ella le permitió desviarse
por la Plaza de la Bolina.
Riliana rompió sello tras sello con un elegante abrecartas de marfil para abrir las
cartas de la bandeja. Cada una estaba llena de los tópicos habituales y la retórica vacía
de pesar. Después de tres seguidas que decían esencialmente lo mismo hizo a un lado el
resto sin abrir. Pero una carta permaneció.
"Mi querido amor," comenzaba diciendo. ¿Quién escribió esto? Ella dio vuelta la
hoja y vio el sello de Edgur. Un rubor llegó a su rostro. "Este será un día difícil para ti."
"¡Alto!" exclamó el cochero tirando con fuerza de las riendas. El coche se
detuvo. La multitud era muy grande y sorprendentemente ordenada. Ellos no podrían
conducir más cerca de la orilla de la plaza. El cochero se paró en su asiento, tratando de
ver el infame oso asesino de hombres.
"Veo algo colgando de la horca," dijo protegiéndose los ojos, "pero no se ve
como un oso."
"No es un oso," dijo una anciana en el borde de la multitud. "¿No lo han oído?
Cuando el sol salió esta mañana la guardia encontró un hombre muerto colgando en
lugar del oso. Dicen que tiene todas las heridas que tenía el oso."
"¿Un hombre?" preguntó Riliana bajando del carruaje. Durante la noche había
aceptado el veredicto de que su prometido había sido asesinado por un animal salvaje.
Se hablaba que el oso había llegado a tierra desde el puerto, en busca de peces. Los osos
pardos eran grandes nadadores. ¿Ahora ellos le estaban diciendo que un hombre había
matado a Joren?
"¡Déjenla pasar!" dijo el cochero mientras Riliana avanzó como sonámbula. "¡Su
futuro esposo fue asesinado anoche por el oso!"
La multitud, murmurando, se abrió lentamente para dar paso a la niña de luto.
Ella fue consciente de un borrón de rostros más allá de su velo, de condolencias
expresadas en voz baja y de ocultas miradas curiosas. Riliana siguió adelante,
indiferente a las personas apretadas a su alrededor.
La estructura de madera erigida para mostrar al oso muerto tenía unos buenos
dos metros de altura. Tensas cuerdas se enroscaban sobre la madera superior y el oso
pardo había sido izado hasta quedar situado en una posición de pie con cuerdas atadas
bajo sus patas delanteras. Riliana se quitó el pesado velo. La anciana había estado en lo
correcto, el oso se había ido. En su lugar estaba el cadáver desnudo de un hombre, un
hombre que ella conocía bien: Edgur el calderero.

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64
Una cancion
salida de la
oscuridad

L a poca luz directa, ya atenuada por la nubosidad, penetró el grueso dosel del
pantano. Cayó en finos haces opacos que arrojaban sombras y se reflejaban débilmente
en las aguas negras y salobres. Zarcillos de tierra se extendían hacia la oscuridad,
delgados puentes que conectaban pequeñas lomas y algunos tramos más grandes de
tierra húmeda. El grito lastimero de un ibis atrapado en la red de un lanzador rodó a
través del pantano.
Temken se detuvo, sintiendo ojos sobre él, y apoyó la cartera de cuero en el
suelo pantanoso junto a sus pies. Sus agudos ojos penetraron la penumbra del pantano,
sus fosas nasales probaron el aire fresco y húmedo, buscando. Ningún movimiento
salvo una congelada brisa agitándose entre las altas hierbas y el musgo gris que caía en
cascada desde ramas en lo alto sobre charcos estancados de agua. No había
conformaciones de árboles o signos de atención organizada de la tierra. Ningún olor a
hogueras o a senderos con aroma a flores comúnmente desgastados por guerreros y
exploradores.
Ninguna señal de otros elfos.
Aún así la tierra lo llamó. Debajo de su propio dolor y sufrimiento ella le susurró
una promesa de que él transitaba por el camino correcto. Allí, cerca, él encontraría otros
sobrevivientes, aquellos con los que él había venido a reunirse. La corrupta palidez que
cubría esa tierra les envolvía de la vista. Temken extendió sus sentidos como le habían
instruido sus sueños, buscando el poder inherente a las tierras, y se apoderó de lo que
nutre la vida, absorbiéndolo, canalizándolo, para revelar lo que la oscuridad escondía de
sus sentidos normales. El pantano, aunque no era la estimulante experiencia de la fuerza
pura de la naturaleza, proporcionó suficiente maná para sus propósitos.
Temken se sorprendió por lo cerca que ella estaba sentada, descansando contra el
gran tronco del mismo ciprés que extendía sus ramas sobre él. Las sombras se retiraron,
ahuyentadas por su llamado de la limitada fuerza vital del pantano, lo suficiente como
para revelar su contorno. Por un breve momento el se imaginó una sombra más oscura
flotando detrás de ella, la siniestra esencia de la oscuridad misma tratando de reunir la
fuerza para oponérsele. Entonces esta también se perdió, huyó de nuevo al pantano. La
otra elfa se movió ligeramente al comprender que le habían desprovisto de su cobertura.

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Ella se movió, no para huir o para abrazar a su compañero de clan, sino con la simple
resignación de una preocupación menor.
"Sí, estoy aquí," dijo con voz cansada, arrastrando el discurso melódico habitual
de los elfos. "¿Qué tienes para decirme?"
Un toque de desesperación por el frío saludo se arrastró a través del corazón de
Temken pero él lo hizo rápidamente a un lado a causa de la importancia de su misión.
Dio un paso adelante, más cerca del abrazo del árbol, y se arrodilló en el suelo
pantanoso en frente de ella, haciendo caso omiso de la pegajosa humedad que lo
empapó hasta su rodilla. Impresionado por lo que vio, luchó para evitar que la
preocupación se mostrara en su rostro o su voz. El la conocía vagamente. Mejor dicho la
recordaba de antes. Él, un joven aprendiz de explorador y ella apenas una adulta, pero
ya una centinela. Un siglo los había traído a ambos al largo crepúsculo de la mediana
edad del que disfrutaba la mayoría de las razas élficas pero mientras que Temken
finalmente había encontrado un propósito en el Después, reuniendo a los
Sobrevivientes, estaba claro que ella había permitido que un sentido de desesperación
invadiera incluso su vida personal. No hubo necesidad de magia; estaba escrito en su
apariencia. La fatiga había grabado huecos bajo sus ojos opalinos y las mejillas
hundidas de desnutrición la habían dejado con una expresión embrujada. Su pelo oscuro
era salvaje y enredado con trozos de musgo y barro; el vívido detritus del pantano. Las
palabras ceremoniosas con las que él había
abierto decenas de reuniones anteriores
huyeron de su mente. Era evidente que ella
no veía motivo para celebrar su llegada y así
Temken optó por una sencilla ofrenda de
calidez y esperanza hasta que pudiera
explicar mejor su misión.
"Gwenna, he venido para llevarte a
casa."
Su mirada ardió en Temken, sus ojos
reflejando el dolor aún envuelto en sus
memorias.
"Argoth ha sido destruida," dijo ella poniendo inmediatamente en tan pocas
palabras lo que la mayoría de los sobrevivientes no podían siquiera soportar pensar.
"Nosotros no tenemos casa."

* * * * *

Bordeando el límite de la parte más húmeda del pantano, Gwenna llevó a


Temken desde el puesto de vigilancia en el que había esperado su venida a la aldea que
ella y los demás habían establecido. La sombra revoloteó en los bordes de su visión y su
conciencia, siempre una presencia acechando en los rincones más oscuros de su mente.
La mayoría de las veces eligió caminos de forma aleatoria, raramente de memoria. Los
senderos podían cambiar con la última lluvia, borrados o vueltos traicioneros hasta el
punto de ser un peligro mortal, y los
territorios siempre cambiantes de los
depredadores locales siempre hacían
prudente variar el tránsito de uno por los
caminos. En un punto la pareja encontró su
camino bloqueado por una gran telaraña,
fácilmente del doble de la altura de los elfos.

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Los restos de un par de criaturas desafortunadas habían sido hilados para preservarlos
en envolturas para su alimentación posterior. Un aroma picante, atractivo para criaturas
poco inteligentes, flotó en el aire sobre ellos.
"En estos años hemos perdido a dos jóvenes en las telarañas," dijo ella en un
tono monótono mientras se alejaron del lugar. "Ten cuidado. Esas hebras son difíciles de
cortar, incluso con la hoja más aguda."
Temken quedó visiblemente sorprendido. "Ese es el círculo de la vida," dijo.
"Aún así me aflijo por nuestra pérdida."
Nuestra pérdida. Gwenna no erró la manera en que Temken se incluyó
automáticamente a sí mismo. Recordó las cortesías y el derecho social de Argoth, lo que
afecta a uno afecta a todos. Pero en vez de sentirse agradecida por su consideración ella
sintió el dolor del recuerdo.
"Nosotros ya no estamos protegidos," dijo ella en voz baja. Más fuerte agregó,
"Nunca lo estuvimos."
Era cierto que ellos así lo habían pensado. Esa era la mentira para todo aquello;
la gran mentira que Gwenna había visto expuesta en un lapso tan breve de años que
todavía se tambaleaba en su conmocionada memoria. Argoth, la paradisíaca isla
habitada por los elfos y gobernada por Titania, avatar de Gaia. La ley les regía y Titania
los protegía. Gwenna había creído tanto en esa protección que ella había ayudado a un
humano, derribado de su máquina voladora en la playa de Argoth, segura de que si él
podía escapar de las tormentas Argoth permanecería segura.
Su misericordia le costó todo a los Argothianos.
El humano regresó, trayendo a otros con sus sierras y picos y palas, sus
fundiciones y forjas. Su guerra. Su guerra increíblemente maliciosa, mientras dos
poderosos hermanos lucharon por el dominio, arruinó en el proceso lo que de todos
modos el vencedor hubiera tomado posesión. Los preciosos recursos de la isla fueron
arrancados del vientre de Gaia mientras el aire se volvió mugriento de humo. Los
habitantes de Argoth quedaron atrapados entre dos poderosos ejércitos de uno de los
cuales ellos podrían haberse defendido, pero no de ambos. Gwenna recordó a la misma
Titania debilitándose, muriendo. Entonces la mujer pelirroja les ofreció la oportunidad
de devolver el golpe cuando el ejército de Urza se volvió vulnerable. El objetivo fue el
continente prácticamente sin protección.
Gwenna todavía no estaba segura de cuántos enclaves de guerreros habían
finalmente aceptado la oferta; docenas, sin duda. Su propio grupo había estado en el
proceso de atacar una ciudad del interior cuando el horizonte sureste refulgió
repentinamente con una natural puesta de sol. Los elfos Argothianos escucharon el
último grito de Titania, el propio grito de Gaia, cuando su patria fue destrozada por el
cataclismo final que había liberado La Guerra de los Hermanos. Los terremotos y
maremotos, y los años oscuros que siguieron, fueron lamentables epílogos de ese
terrible momento.
Temken, adivinando sus pensamientos, colocó una mano sobre su brazo y apretó
suavemente.
"Nosotros nunca podremos tener lo que era Antes," ofreció, "pero podemos
volver a construir. Los Sobrevivientes están reconstruyendo."
El calor de su mano, aún a través de su túnica húmeda, le permitió a Gwenna
sentir la creencia de Temken aunque solo fuera por un segundo. En ese momento ella
quiso creerle, creer en él. Entonces la sombra acechó al lado del sendero, enfriándola.
¿Qué podría ofrecerle Temken que Titania no hubiera sido capaz de dar? Nada. Más
promesas falsas, eso era todo lo que él había traído.

67
"Titania está muerta," dijo ella sintiendo el vacío interior y queriendo, teniendo
necesidad, de compartirlo. Ella tragó saliva para alejar un sabor cobrizo, su garganta
áspera y constreñida. "Gaia nos ha abandonado."
"Eso no es verdad," insistió Temken. Tomó a Gwenna por el codo y la hizo
detenerse en el camino. "A pesar de haber resultado herida durante estas muchas
décadas ella todavía ha encontrado una manera de hablar con nosotros. Ella nos trajo el
don del conocimiento por el cual nosotros hemos descubierto maneras de encontrarnos
unos a otros y protegernos en el Después."
El se salió del sendero en un escaso parche de hierba mojada que bordeaba un
pequeño charco de agua fangosa llena de insectos. Depositó una mano en el suelo, justo
donde un haz de luz grisáceo se había abierto camino más allá de la densa vegetación en
lo alto, y entrecerró los ojos para concentrarse.
Un mal presentimiento se apoderó de Gwenna, advirtiéndole. El pantano se
atenuó, aspirando las sombras más oscuras y desgarrándolas en un sudario que decoloró
la tierra. Su cabeza dio vueltas y algo en lo profundo de su mente habló de peligro.
"No," dijo ella, extendiéndose para sacudir a Temken por el hombro.
La advertencia de Gwenna no fue más amplia. Más allá de sus dedos ella vio un
repentino resplandor verde que irradió desde dentro de Temken, bajó por su brazo y se
introdujo en la tierra en
ruinas. En lo más
recóndito de su mente, la
cual generalmente retenía
el pecado de su
misericordia sobre Argoth
y las consecuencias que
cosechó, ella tuvo en su
lugar visiones de densos
bosques y taiga nevada.
Temken levantó la mano
y debajo de ella un nuevo
brote de vibrante verde
había roto tierra. Este
creció, prosperó y
floreció en cuestión de
segundos; una orquídea
con pétalos de jade y pistilos lavanda.
Sin embargo, casi al mismo tiempo, la fuerza oscura que los había estado
acechando desde que Temken había entrado en las sombras se agrupó para desafiarlo.
La oscuridad bailó en el borde de la visión de Gwenna y ella vio como la flor comenzó a
marchitarse y morir, como lo había hecho Titania. Gwenna sintió al mago elfo tensarse
bajo su toque, inclinándose más cerca de la flor atacada. En ese momento él pareció
compartir algún tipo de relación especial con su creación, absorbiendo de ella para
fortalecer su propia aura, la que fluyó de nuevo en la orquídea de jade y la resucitó.
La mente de Gwenna se nubló y ella sintió la necesidad de destruir esta cosa de
belleza, esta amenaza a la sombra, que estropeaba la perfección de los pantanos. Se
contuvo a medias. Su sólo contacto físico con Temken, y por lo tanto una asociación con
la magia que él comandaba, intervinieron y la dejaron colgando de un hilo. Ella supo
que resistir sería inútil y significaría un castigo. Uno no desafiaba a la sombra, sobre
todo ella. Pero Gwenna también era una hija de Gaia y estropear intencionalmente tanta

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belleza como la orquídea no se lograba fácilmente. Se echó hacia atrás, atreviéndose a
creer en Temken incluso por un breve momento.
El castigo no se hizo esperar.
La oscuridad rompió sobre y alrededor de los dos en una lluvia de
desesperación. Gwenna se desmoronó sobre el sendero fangoso, físicamente enferma.
Observó cómo Temken levantó la vista en señal de confusión, su concentración
obviamente rota, lágrimas rodando por sus mejillas cuando la orquídea primero perdió
su coloración y luego se pudrió desde su tallo. El intentó hablar pero las palabras no
salieron de su boca. Gwenna negó con la cabeza.
"No vuelvas a construir," dijo ella con la voz cargada de las lágrimas que sus
ojos ya no lloraban. "Ninguno de nosotros podemos irnos. Esto nunca nos dejará."
Entonces la sombra volvió a pasar.
Los ojos de Temken se pusieron en blanco y él cayó hacia delante, colapsando en
el barro.

* * * * *

Llamar a la colección de chozas y edificios destartalados “aldea” fue optimista


para el modo de pensar de Temken. El claro se alzaba bajo un cielo gris cargado de
humedad pero los pobres techos de paja no podrían mantener fuera algo más fuerte que
un rocío matinal. Las paredes estaban llenas de agujeros. Nadie había pensado o se
había molestado en hacer una argamasa de barro y paja para rellenar las irregularidades
entre las ramas. Era obvio que el barro no sería difícil de conseguir por allí. Las puertas
eran comúnmente un pedazo de piel estirada sobre un ligero marco y se apoyaban en su
lugar sobre una de las aperturas más grandes. Las chozas esbozaban un crudo círculo, lo
que podría haber sido considerado un rústico homenaje al ciclo de la naturaleza a
excepción de la gran abertura que enmarcaba un sendero que conducía más
profundamente en los pantanos. Al menos el suelo de allí parecía más seco aunque
Temken se preguntó si eso simplemente podría ser en relación con el propio estado
enturbiado y empapado en que se hallaba él.
Aquella no era exactamente la forma en que él había tenido la intención de hacer
su entrada, él y Gwenna apoyándose uno contra el otro en mutuo apoyo, accediendo
cojeando al campamento. Su cabeza palpitaba y él apenas pudo imaginar su aspecto:
desaliñado y sintiendo lo peor por lo que sea que se habían apoderado de él. Aun así, él
había esperado algo más que las miradas indiferentes que le dieron los otros elfos.
Nada.
Ninguna palabra de bienvenida, ninguna pregunta acerca de parientes que
podrían haber sido parte del enclave de Temken. El leyó su duro estilo de vida tanto en
sus rostros demacrados y desdibujados como en la pobreza de su vida cotidiana.
Resignación y derrota ensombrecían sus rasgos, incluso los jóvenes que, obviamente,
habían nacido en el Después. No fue la primera vez desde que él había entrado en esa
tierra abandonada en la que el se preguntó por qué ellos permanecían aquí. Las llanuras
al norte estaban muriendo mientras el clima se volvía peor cada año pero no había duda
de que cerca de allí había tramos de bosques más hospitalarios o las regiones costeras en
el cercano sur. Si el océano les recordaba demasiado lo que ellos habían perdido al
menos les proporcionaría alimento hasta que se pudiera localizar un refugio adecuado.
¿Por qué ellos se quedaban allí? Otra pregunta le respondió, nadando desde las
profundidades de su mente, fastidiada por la sombra en el borde de su conciencia. ¿Por
que no? Sin embargo esa no era una respuesta. El se negó a aceptarla y la sombra
retrocedió.

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¿Qué había pasado con él cuando había transitado el sendero?
Gwenna desaceleró hasta detenerse, probó su propio equilibrio, y luego se alejó
de Temken para que permaneciera de pie por su propia cuenta.
"Este es Temken," lo presentó Gwenna para el beneficio de aquellos que no lo
recordaban de joven. "Él se quedará".
Hubo asentimientos alrededor.
"Sólo el tiempo que sea necesario," dijo él corrigiendo el comentario de
Gwenna.
Más asentimientos, aunque para Temken ellos todavía parecían estar de acuerdo
con Gwenna. Un día, tal vez dos. Sólo para descansar, se dijo, aunque antes él no había
planeado permanecer una sola noche en el pantano.
"Hay otros Sobrevivientes. Se están dirigiendo al oeste; a bosques más cálidos,
según esperamos. Pero nosotros estaremos juntos," terminó él débilmente.
"Nosotros ya estamos juntos," dijo Gwenna aunque no pareció segura de sí
misma. Rápidos asentimientos reforzaron su confianza.
Ella se acercó a una olla grande silbando sobre un fuego abierto, un área de
cocina comunal, la tierra carbonizada mostrando los restos de otros fuegos. Alguien le
entregó un implemento y ella hundió un cucharón de caldo, sorprendiendo a Temken al
no ofrecérselo primero a él al ser un invitado. En cambio fue ella quien bebió
profundamente. El cubrió su sorpresa limpiando barro de las largas trenzas colgando
delante de su oreja izquierda y luego escondiéndolas por encima del hombro. Gwenna
volvió a beber y luego entregó el cucharón a Temken. Cuando sus manos se tocaron él
parpadeó en repentina confusión, como si de pronto estuviera en contradicción con su
propia violación de la costumbre, pero ella se encogió de hombros.
Temken se recordó a sí mismo de cuánto tiempo estos Sobrevivientes habían
sido separados de los demás, de las condiciones en que vivían actualmente. Él asintió
con la cabeza en señal de gracias a Gwenna, a la persona cuidando el fuego, y luego
sacó una profunda cucharada de la olla. Se dio cuenta de la macabra carne nadando en
el caldo marrón y decidió que si ponía en duda su origen no obtendría una respuesta
reconfortante. Derramó un poco por el borde del cucharón, salpicando el suelo en una
ofrenda a Gaia, y bebió el resto con cautela. Por sobre el borde del cucharón vio las
reacciones de su libación, el toque más breve de sorpresa e incluso la ira por el derroche
del buen caldo. Había pensado que para un pueblo del bosque su ofrenda ritual a la
diosa naturaleza, aunque no fuera un lugar común, aún debía ser conocida.
"El necesitará una casa," dijo el cuidador del fuego mirando al pueblo. "Puede
haber espacio para exprimirlo por allí." Asintió con la cabeza hacia dos chozas con
suficiente distancia, lejos de la entrada hacia el corazón de los pantanos.
Temken bajó el cucharón de sus labios. "Yo no necesitaré una casa," respondió él
confundido.
Bebió de nuevo el débil y grasiento caldo. La oscuridad envolvió los alrededores
de la zona pero la canción de Gaia, tenue pero reconocible, atravesó la oscuridad y le
trajo recuerdos de tierras más limpias: el susurro de una brisa entre los sauces, el crujido
de ramas de árboles frotándose sobre un claro, el gorgoteo de un arroyo. Temken,
devolviendo el cucharón al cuidador, miró a Gwenna y respiró hondo para tomar aire
húmedo.
"Pronto saldré en busca de más Supervivientes en mi camino hacia el oeste.
Espero que vengan conmigo."
Ellos recibieron su invitación con preocupación y asustadas miradas de reojo.
¿Qué había pasado con él a lo largo del sendero? Esa parecía una pregunta
importante. Desafortunadamente Temken no tuvo ninguna buena respuesta. ¿Gas de los

70
pantanos o simple fatiga? Recordó sentirse enfermo. Recordó la sombra colapsando tras
el fracaso de su hechizo. Él había yacido en el barro maloliente, mirando a Gwenna. Las
palabras de ella, suaves y desesperadas... Ninguno de nosotros podemos irnos. ¿No
había habido algo más? El no podía recordar.
Gwenna quedó enclavada en su lugar cerca del fuego, observando a Temken con
una mezcla de tristeza y desaliento. Ella le asintió con la cabeza mientras él miraba
hacia donde estaba ella, como si confirmara sus pensamientos. Las llamadas de Gaia
habían llevado a Temken a ella en concreto, no al pueblo. Ella era la clave, pero ¿cuál
era la forma de activarla? Los dos se miraron el uno al otro, el primero buscando, y la
otra cada vez más pálida e insípida. Aún en ese momento, en lugar de infectarla con un
anhelo de irse del pantano, de volver con él y llevarla a su enclave, Temken pudo sentir
el tirón de permanecer. Ellos no tenían hogar, en verdad no. Gwenna había estado en lo
correcto al respecto. ¿Pero tenía que ser así? Todo tenía su lugar en la naturaleza,
¿verdad? El recordó la muerte de su hechizo, la orquídea, y el dolor que le provocó.
Ninguno de nosotros podemos irnos.
¿Por que no? ¿Qué es lo qué él no recordaba?

* * * * *

Gwenna sintió a Temken apretándose contra ella, parándose detrás y


extendiéndose alrededor para atrapar sus muñecas con el fin de controlar mejor el
movimiento de ambos. Ella, con los ojos cerrados, trató de seguir sus instrucciones
susurradas, olvidando o haciendo a un lado todas las sensaciones salvo su concentración
para obtener maná de la tierra. Renunciar a la sensación no fue lo difícil, no para ella, la
vida en el pantano había hecho fácil una tarea así. Sólo el calor de su tacto contra sus
muñecas desnudas ofreció cualquier cantidad de distracción. Pero ella no pudo
visualizar el lado vivificante del pantano cuando sus recuerdos del lugar húmedo y
lúgubre lucharon contra ella. Incluso en ese momento su olor putrefacto se aferró a
ellos, recordándole a Gwenna el lugar frío de sombras que ellos habían ¿elegido? para
vivir después de la destrucción de Argoth.
Temken estiró su mano derecha hacia adelante. "No," dijo con voz suave pero
intensa, "la fuerza viva del pantano. Árboles, plantas y animales vivientes; el ciclo sin
fin de la vida. Es la canción de Gaia, como tú la oíste antes."
Ella no la oyó. Y, si ella entendía su explicación, ella no podía recordar haberla
oído jamás, lo que podría ser un problema. Tampoco le agradaba mantener los ojos
cerrados, obstruyendo su mejor alerta de peligro de que el pantano pudiera castigarlos
en cualquier momento. En el ojo de su mente, la oscuridad los invadió, aprisionándolos
cada vez que ellos trataron de recurrir a la magia de la tierra.
"No puedo tocarla," dijo ella, resignada. En lo más profundo de su mente ella
también supo que no quería tocarla y no debería estar tratando. Ella no habría de
hacerlo, a excepción de la reserva de energía que Temken parecía capaz de absorber
para ambos. "No está ahí."
"Sí lo está," insistió él. "Tú ya la has visto una vez."
"No está allí para mí," dijo ella retorciéndose dentro de su abrazo. Aún así el
recuerdo de la orquídea casi le hizo creer hasta que el tacto de la sombra cayó sobre ella
y volvió a atenuar el recuerdo.
El agarre de Temken se apretó en sus muñecas. "Tiene que estarlo," dijo él. A
continuación, más tranquilo, observó para sí mismo: "Tiene que haber una razón por la
que fui dirigido a ti desde el principio."

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Desde el punto de vista de Gwenna había sido ella la que había venido a
encontrarse con Temken.
"Yo fui enviada por…" comenzó a decir ella lentamente, luego se sintió
confundida como si un manto oscuro hubiera sido quitado repentinamente de su mente.
No le encontró ningún
sentido el discutir el
punto. Frustrada y
cansada vio poco uso en
continuar el ejercicio.
"Déjalo ir, Temken. La
magia es sólo una falsa
promesa más."
"¿Te has
olvidado de Titania?
¿De los Druidas de
Citanul?" Él le dio la
vuelta. "La magia es
una parte de nuestras
vidas, como lo fue
entonces."
Gwenna abrió
los ojos y captó la
expresión de preocupación que había tomado el control del rostro de Temken. Sus ojos
le rogaban que ella creyera, que lo intentara. Ella apartó involuntariamente la mirada,
buscando la oscuridad más allá del claro aislado y hallando la sombra de los pantanos
cerniéndose sobre todo lo que habían construido los elfos, humedeciendo sus vidas.
"No nos ayudó a ninguno de nosotros," respondió ella con indiferencia.
El mago elfo, entrecerrando los ojos, miró por encima del hombro, siguiendo la
propia mirada de Gwenna hacia la oscuridad.
"Déjalo ir," volvió a susurrar ella, cansada y suplicando.
"No." Pero él no sonó tan seguro de sí mismo como antes. Los ojos color
avellana de él notaron sus dudas. Luego su voz se hizo más fuerte. "Existe potencial
dentro de ti y tiene que ser la semilla de tu liberación. Vuelve a intentarlo." La volvió a
guiar, manteniendo asida la mano derecha de ella, y se trasladó a su lado, estirando su
propia mano derecha por delante de los dos. Echó un vistazo a su rostro y frunció el
ceño. "Tienes que confiar en mí, Gwenna."
La confianza no era fácil en el pantano pero el contacto de Temken se llevó lejos
el desaliento que cubría sus vidas. La oscuridad se recuperó, cayendo forzosamente
sobre ella, pero una brisa temporal a través del dosel agitó las hojas y ramas y trajo con
ella el leve toque de la canción de la naturaleza. Gwenna se apoderó de ella y asintió a
Temken, insegura y temerosa, luego volvió a cerrar los ojos y extendió sus sentidos.
Esta vez ella sintió un tirón familiar, como cuando antes Temken se había introducido
en el pantano para crear la orquídea. Él estaba canalizando maná de la tierra y
permitiéndole a ella sentirlo pasando a través de él.
"Acéptalo," susurró. "Permite que el poder de Gaia trabaje a través de ti hacia la
belleza del ciclo sin fin de la vida. Encuentra en tu memoria la fuerza que recuerdas de
otras tierras por las que hayas pasado, otras tierras que te tocaron y a las que tú tocaste a
cambio. Si lo ves este lugar tiene similitudes con esas tierras."

72
Gwenna lo intentó y cuando la oscuridad empezó a brillar de un verde sutil ella
luchó por recordar algo que pudiera desterrar la omnipresencia de los decadentes
pantanos, algo que pudiera desterrar la sombra.
Pero no fue tan fácil desestimar la oscuridad.
La desesperación se agitó bajo la superficie de la promesa de Temken,
desafiando al lugar que él había ganado en la mente de Gwenna. Energía oscura la tocó
y se apoderó de ella en una oleada más fuerte que el escaso ofrecimiento de Temken. La
sombra se movió a través de ella, nunca lo suficientemente grande como para hacerse
notar por completo, pero aún así una presencia llena de fuerza bruta. Gwenna sintió el
tacto pegajoso de la muerte contra su mano izquierda, en su corazón y su mente,
corriendo por sus venas, amenazando con estallar si ella no encontraba alguna manera
de liberarla. Gwenna luchó contra ella, despreciando su naturaleza básica pero incapaz
de echarla fuera. Ella no la quería. Ella nunca la había querido de verdad y ahora ella
haría cualquier cosa por librarse de esta.
El poder aumentó contra la fuerza vital fluyendo a través de Temken,
abrumándolos y consumiéndolos a los dos. Los unió a ambos, agotando la fuerza.
Gwenna abrió los ojos y miró el rostro de Temken mientras él palideció y se quedó
jadeando para una repentina falta de aliento. El mago elfo se apartó, rompiendo su
vínculo con Gwenna en un esfuerzo por evitar el dolor que invadió su propio cuerpo. El
oleaje de poder oscuro se desvaneció. Los dos cayeron de rodillas.
"Esta cosa odia," dijo ella débilmente con los vestigios de recuerdos de ese
ataque y otros permaneciendo en ella. "Anhela. Nunca nos dejará ir."
Entonces el velo cayó de nuevo en su lugar, revolviendo los pensamientos de
ella para enmascarar su propia intrusión y dejando en su lugar el pozo de dolor y
pérdida que Gwenna había llevado con ella desde la ruina de Argoth. De repente ante
una pérdida de palabras por lo que acababa de suceder, ella vio como Temken se puso
dificultosamente en pie. Él la miró de forma extraña, con una mezcla de lástima y
horror.
"Ahora lo se," dijo él con su voz débil y quebrada. Y sin decir o expresar nada
más giró y se alejó de ella, introduciéndose en el oscuro abrazo del pantano.

* * * * *

Barro aplastado se aferró con cada paso de Temken en protesta por su caminar
hasta que la península de terreno pantanoso terminó abruptamente, sumergiéndose en
las aguas negras y fétidas de los pantanos. Una niebla ligera y entrecortada ondulaba
sobre la superficie, fría y húmeda como apéndices fantasmales abriéndose camino a
través de las costuras de sus pantalones. Chillidos solitarios sonaron a su derecha, luego
a su izquierda cuando un par de neblinosos linces se desafiaron entre sí. Un emplumado
ibis negro de ciénaga pasó deslizándose a su lado y luego salió disparado hacia arriba en
un intento de penetrar en el espeso dosel.
Temken se recostó sobre sus cuartos traseros, sacudiéndose el efecto de drenaje
que se había canalizado a través de Gwenna. Todavía sentía su toque oscuro arrastrando
garras heladas a lo largo de la base de su columna vertebral, aferrándose a su corazón,
nublando su mente. La cosa odiaba, había dicho ella. Anhelaba. Una inteligencia
malévola estaba trabajando a través de ella. El estaba seguro que la estaba manteniendo
a ella; manteniéndolos a todos ellos, encarcelados en el pantano. Algo salió deslizándose
desde las aguas, atravesando el suelo fangoso detrás de él, y se detuvo cuando sintió su
calor corporal. Temken le susurró a la cosa una parte de la canción de Gaia, impeliendo
al mismo tiempo a la víbora. Estaba tan sintonizado con las fuerzas de la naturaleza que

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le rodeaban que no necesitó darse la vuelta y mirarla ni una sola vez. Así mismo el
mago elfo sabía que su adversario no era de la naturaleza y por lo tanto no estava
realmente vivo. Un punto ciego en la visión sobrenatural le dio el don de ejercer la
magia de la tierra. Temken, al ser trabajador del maná del bosque, había reconocido en
la ciénaga sus fuentes de magia natural. Había ignorado sus aspectos más oscuros, un
error que ese día casi había resultado fatal.
Ya no más.
Echó un vistazo por encima del hombro y encontró las luces de las hogueras del
pueblo, un resplandor lejano y tenue entre árboles y arbustos. Decidió que estaban
suficientemente lejos como para no tener distracciones. Temken tragó saliva para alejar
el gusto de la vida vegetal enmohecida, ahora plenamente consciente del aura de muerte
que la ciénaga tenía en sus garras, y preparó su hechizo. Una cascada de viscoso y
bilioso musgo verde bloqueaba la mayor parte de su visión derecha. La cascada viviente
se había vuelto negra y estaba en descomposición donde tocaba la superficie llena de
verdín del agua. El se centró en ella, extrayendo maná primero de la parte viva de la
ciénaga y luego de sus recuerdos de los bosques jóvenes y combativos de Kroog y la
taiga congelada al norte de Argivia. Absorbió el maná en su interior, sintió el resplandor
expandiéndose de vida y volvió su atención sobre el musgo colgante.
Este respondió de inmediato. Un nuevo color iluminó las frondas centrales y
luego se extendió hacia afuera y hacia abajo. Los largueros podridos se reformaron,
volviéndose más gruesos con nueva vida hasta que toda la cascada de vegetación volvió
a ser más vibrante con la energía de Gaia. Contra ese telón de fondo de la naturaleza,
dentro de los retorcidos hilos de musgo, Temken buscó a Gaia para decirle el nombre de
su adversario. La primera etapa para comprender una batalla es nombrar a tu rival.
Sombra. Simplemente sombra.
Temken frunció el ceño ya que había esperado algo más. Nada podía pasar por el
mundo sin que Gaia lo supiera, sin dejar algún tipo de huella, incluso una fuerza
incorpórea. A menos que Gaia, también, sufriera un ceguera ante cosas que fueran de la
naturaleza. El pensamiento perturbó a Temken que creía en el poder absoluto de Gaia.
La magia derivaba de las tierras vivientes del mundo. ¿Qué era Gaia si no es la esencia
de todos los seres vivos? Una desolada desesperación nadó en sus pensamientos y las
palabras de Gwenna susurraron desde las profundidades de su mente. Falsas promesas.
Mentiras.
Pero no las mentiras de Gaia, ¡las de la sombra!
Se podía medir su presencia intrusiva, casi medirse en la cantidad de miseria
brotando dentro de él. Temken, cambiando su foco de concentración, se basó en el maná
ya a su disposición para envolverse y protegerse. Un sublime calor inundó sus venas,
dando fuerza y claridad de pensamiento, expulsando la desesperación y la tristeza que se
habían entrometido por un momento. Temken lanzó la energía de la naturaleza hacia
afuera, esparciéndola sobre el paisaje. En su visión sobrenatural vio pedazos de la magia
adhiriéndose a todo aquello que era vivo, nutriéndolo y fortaleciéndolo. La magia
también atacó a aquello que se le opuso: a la enfermedad y la decadencia inherente al
lado oscuro de la ciénaga, a la plaga de insectos y a las ratas de pantano, y al miasma
absorbedor de vida. A la sombra.
Esta flotó allí, a menos de tres extensiones de brazos de su hombro izquierdo. La
niebla helada se enroscó para cubrir lo que habrían sido los pies y las piernas sobre una
criatura normal. La negrura corrió hacia arriba de allí. No fue una verdadera sombra, no
fue la ausencia de luz directa, sino un mal inmundo y la corrupción de alguna manera
encarnados allí en la ciénaga. Giró y se retorció, tratando de abofetear a la magia que lo
estaba atacando como si fuera un insecto. Se dobló sobre sí misma, a veces casi

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corpórea, en otros momentos simplemente un pedazo indiscernible de la noche
desprendido del resto.
Luego desapareció.
Temken, con sus sentidos cargados, captó la ola de sorpresa y repugnancia que
salió de la sombra antes de que se esfumara más rápido de lo que sus ojos mortales,
élficos o no, la pudieran seguir. Pero hubo más: alarma, el atisbo de miedo al ser
descubierto. ¿Cuántos años habían pasado desde que alguien la había descubierto?
¿Cuántas vidas habían sido consumidas por esta cosa del mal? Ahora había quedado
expuesta y, si tenía miedo, entonces podría ser derrotada. Temken se envalentonó por su
aterrorizada huída.
Pero su valor le fue arrancado por el grito desgarrador que sacudió la ciénaga.
Esta vez no hizo falta la influencia de la sombra para hacer palidecer al mago
elfo. Se dio cuenta que había actuado demasiado pronto. Débil por el último ataque, con
sus defensas no del todo listas, él había desafiado a la sombra y la había soltado sobre el
pueblo de Sobrevivientes. Esta odiaba y tenía miedo. En la naturaleza, no había ninguna
bestia más terrible que aquella que se veía acorralada.
Otro grito acudió, una solitaria llamada de dolor y angustia. Temken no oyó
ninguna respuesta desafiante de los elfos, ningún lamento de tristeza o enojo. No hubo
más que un abatido silencio sólo interrumpido por los gritos de las víctimas. El elfo se
levantó y apretó la mandíbula y los músculos. Escupió contra la podredumbre de la
corrupción de la ciénaga.
Esta no era manera de vivir, presas domesticadas por una fuerza sobrenatural. De
una forma u otra él iba a encontrar una manera de hacer que estos Sobrevivientes fueran
libres para volver a unirse con el ciclo de la vida.

* * * * *

Gwenna se detuvo entre las chozas en el espacio abierto que daba al corazón de
la ciénaga, clavada al suelo en una mezcla de miedo y negra desolación. Gotas de sudor
cubrieron su frente y un sabor cáustico a bilis ardió en la parte posterior de su garganta.
La luz gris filtrándose a través de roturas en el dosel se atenuó como si estuviera
ocurriendo una temprana puesta de sol. Las fogatas ardieron bajo y se apagaron, como si
hubiera caído lluvia sobre ellas, cuando la sombra se extendió más cerca. La gente, su
gente, yacieron en el lodo o desparramados, su respiración agitada y sus ojos vacíos,
como si miraran en un vacío. Ellos gritaron sólo cuando el frío finalmente los arrebató.
Por lo demás soportaron su sufrimiento en silencio, tratando de no llamar la atención
sobre sí mismos. Los elfos se retiraron a lo más profundo de sí mismos en un esfuerzo
por escapar.
Excepto por Gwenna. Ella, si ser tocada por la oscuridad, trató de darle sentido a
la situación, pero la confusión dentro de su mente se quejó en contra de cualquier
esfuerzo razonable por entender.
La enfermedad, la locura, el frío, la sombra; ¿cuántas veces había atacado su
pequeña y moribunda comunidad? Llegaba cada vez que alguien proponía la idea de
seguir adelante, de irse. Traía la locura entre ellos, infectando a otros, hasta que la
ciénaga cobraba su terrible precio en una noche de terror. Se le revolvió el estómago.
Tantas vidas, tantos hijos de Gaia, consumidos hasta desaparecer durante décadas.
¿Cuantas veces? Decenas, ciertamente, pero Gwenna sólo podía recordar la primera
noche en la que ella había decidido resistir al abrazo del pantano. ¿Acaso ellos aún no lo
habían aprendido? La ley ya estaba asentada y desafiarla lo único que traía era
desgracia. Uno no cuestiona la ley o toma medidas en contra de ella. ¿Cuál era el punto?

75
Mejor sucumbir, mejor vivir en la ignorancia. Así era como ella había guiado a su
enclave.
Otro grito atravesó su mente, el chillido disminuyendo a un gemido. No, no
hubo magia. No hubo canciones o salvador. Sólo una mano en su brazo.
Temken.
"¿Dónde está?" preguntó él con la voz frenética e insistente.
El sudario de la sombra cubrió la mente de ella, distorsionando las palabras a
sonidos apenas reconocibles. Gwenna sintió lágrimas silenciosas deslizándose por sus
mejillas. "Se ha ido," respondió ella. "Todo se ha ido. Destruida."
Los brillantes ojos color avellana de él buscaron en la penumbra. "Sé que está
aquí." El agarre en el brazo de ella se apretó aún más y se hizo más doloroso. "No puedo
mantenerla en su lugar, no puedo vencerla, sin ti. Gwenna, ¿dónde está la Sombra?"
Estaba allí en el borde de su visión, burlándose de ella con una forma que ella
nunca lograba definir. Olía a la ciénaga, sus aguas estancadas y animales enfermos, y a
decadencia. Ella sacudió la cabeza y tragó saliva. Su garganta estaba seca y con sabor a
sangre. Nombrarla invitaba a ser castigada. Mejor quedarse callada y esperar que el frío
la pasara por alto.
"Bueno, yo sé una manera de conseguir su atención." Temken se inclinó hacia
adelante, extendiendo sus manos y hundiendo los dedos en la tierra húmeda.
Inmediatamente un aura verde oscura se envolvió alrededor de su cuerpo.
Gwenna recordó que él había hecho esto antes, cuando había levantado la
orquídea de jade y lavanda de la tierra maldita. Ahora él parecía más fuerte, sumido en
el poder. Esta vez el aura se encendió de inmediato y se lanzó hacia abajo dentro de la
tierra para elevar la orquídea al instante. Esta creció y floreció en un abrir y cerrar de
ojos. Sus pétalos se balancearon suavemente en sintonía con la canción de Gaia.
Salvador, canción... y magia.
Gwenna sintió la fuerza apoderándose de ella resbalar una fracción cuando la
oscuridad retrocedió para reunir fuerza y manifestación. El dulce perfume de la
orquídea ahogó el corrupto hedor de la ciénaga. Su color tiñó la tierra alrededor de ella,
el maravilloso verde de un sol brillante difuminado por pesadas hojas forestales. Ella
trató de retroceder. Mejor vivir en la ignorancia...
No, susurró la canción; mejor vivir.
Se dio la vuelta, buscando el apoyo de Temken, pero se congeló cuando la
sombra le volvió a manifestar el más oscuro de sus recuerdos: la pérdida de Argoth;
árboles quemados, tierra arrasada, su gente muriendo. Pero ella no lo vio con el
desapego que el tiempo ofrecía contra todas las heridas. Ella lo recordó como si
estuviera sucediendo en ese momento. Ella lo vio sintiendo la culpa de sus decisiones,
sus acciones, las que le habían costado a los Argothianos todo lo que ellos habían
estimado. La culpa inmovilizó todas las articulaciones de su cuerpo. La angustia
congeló sus músculos y la desesperación cubrió sus pensamientos. La orquídea empezó
a marchitarse, su belleza volviendo a desvanecerse. Ella no quería eso. Ella haría
cualquier cosa por deshacerse de eso.
Esta vez Temken estuvo listo. Extendió la mano, lentamente, y la punta de su
dedo tocando el suyo en el más simple de los gestos. El calor la inundó, la magia
corriendo a través de ella con la energía. Eso fue suficiente como para volver a romper
el control, para darle la opción de la acción o la retirada, del coraje o la desesperación.
Ella miró a la orquídea marchitándose. Su visión decolorándose le recordó demasiado a
las promesas rotas de antes y casi la arrastró hacia abajo con ella cuando la oscuridad se
acercó más para reclamarla. Ella luchó contra la negrura. Ella no quería esto.
Ella haría cualquier cosa que pudiera matar a la sombra.

76
En el arranque de la canción que la perseguía, haciendo eco en su mente desde
hacía mucho tiempo atrás, Gwenna respondió al recordatorio de que una flor marchita
era tanto un motivo de alegría como de tristeza. El ciclo de la vida controla todo en el
mundo de la naturaleza. Con algo de tiempo todo lo que nace de la tierra vuelve a la
tierra y de la muerte siempre viene nueva vida. Gwenna se extendió mentalmente, como
Temken había tratado de enseñarle, aceptando la muerte de la orquídea como el giro de
la rueda de la naturaleza. De la flor podría crecer algo más y ella se benefició de esto,
absorbiéndola como la tierra bebe la fresca agua de lluvia. Ella permitió que la orquídea
la fortaleciera, le diera la determinación para encontrarse con el abrazo corrupto de la
sombra mientras esta se movió a través de ella y fue capturada.
Gwenna, susurrando la canción de Gaia, atrajo a la sombra en su trampa. Esta
luchó, cercándola con el toque frío de la muerte. Gwenna sintió sus dolores y temores.
De la misma forma que la desesperación había trabajado tantas veces para minar su
voluntad y su fuerza en ese momento el miedo a la sombra trabajó en contra de esta
misma, haciéndola vulnerable. La canción en su mente y en su corazón se hizo más
fuerte hasta que se enrolló alrededor de los dos. Atrajo a la sombra a lo más profundo
del abrazo de Gaia, donde esta gritó en la mente de Gwenna.

* * * * *

Temken sacó los dedos de la tierra. El pesado residuo los había teñido de negro.
Pero esta ve no fue el asqueroso negro del pantano sino el fértil color arcilloso de las
tierras agrícolas. Eso, también, desapareció cuando su magia perdió su control y la
orquídea murió, pero por ahora fue suficiente para recordarle a él el ciclo y el costo que
a veces demandaba la vida. Se miró las manos, luego a la orquídea desapareciendo poco
a poco, a cualquier cosa menos a la figura de pie justo por encima de su hombro.
Se levantó y giró en un solo movimiento fluido, encontrando la mirada torturada
de Gwenna. Los ojos de ella miraban hacia el futuro, sin pestañear. Una sola lágrima de
brillante sangre roja brotó en la esquina de su ojo y luego se escurrió por su mejilla. La
delgadez de su rostro se había desvanecido, absorbida con el veneno de la sombra,
dejándola con un toque de su juventud en esas horas finales, quizá sus momentos
finales.
"Deberías darte prisa," dijo ella, las palabras deslizándose tan bajas entre sus
labios que estos apenas se movieron. "Yo no puedo sostenerla tanto tiempo."
El mago frunció el ceño y se mordió el labio inferior mientras lo consideró.
"Podríamos tratar de acabar con ella," ofreció él, sintiendo aún mientras puso la idea en
palabras que eso no iba a funcionar.
Gwenna parpadeó para alejar una oleada de dolor, sus ojos opalinos cayendo
sobre Temken. "Ella ya ha muerto," dijo.
Temken, con la magia todavía envolviéndolo, sintió la fuerza vital de Gwenna
agotándose mientras ella la usó para mantener a la Sombra encarcelada. Ella se vendió
pedazo a pedazo para hacer frente a sus intentos de escapar. Temken sintió la lucha
atroz, tal como él había percibido originalmente la decisión final de Gwenna de atraer a
la sombra a ella y retenerla con todo su poder. Había pensado en probar esa táctica en sí
mismo, uniendo tanto su propia fuerza vital y la esencia primordial de la sombra al
poder de la orquídea, pero en ese momento dudó de que hubiera podido tener éxito.
Temken no había vivido durante décadas allí en el pantano, adaptándose al lado más
oscuro. Nunca había llegado a un acuerdo con la sombra de la forma en que él sabía que
Gwenna lo había hecho. Mantenerla dentro de sí mismo casi seguro lo hubiera matado.

77
Todavía se preguntaba sobre los orígenes de la sombra y qué era exactamente lo
que regía su existencia, pero esas eran preguntas de las que dudó que alguna vez fuera a
tener respuestas. Fuera lo que fuera que había sido o era la sombra Gwenna la había
conocido el tiempo suficiente como para identificar su naturaleza básica. La sombra
odiaba, sí. Pero también necesitaba. Necesitaba a los elfos en el pantano para
alimentarse de ellos, para sobrevivir. Pero aún cuando existiera fuera del abrazo de Gaia
a la sombra todavía podía hacérsele obedecer sus leyes cuando irrumpiera en el mundo
de la naturaleza. Pero el precio... Temken hizo una reverencia ante la resolución de
Gwenna y en silencio le dio las gracias por el sacrificio que hizo.
Los elfos, como si despertaran de una larga pesadilla, salieron tropezando de sus
chozas o se pusieron en pie de sus puestos letárgicos. Algunos no se levantaron y nunca
lo volverían a hacer. Ellos eran parte del precio de Gaia, exigido para que otros pudieran
vivir y dar vida al nuevo mundo. La mayoría estaban llorando, el dolor en sus rostros
siendo la primera señal real de animación que Temken había visto.
"Reúnanse rápidamente," dijo él con la voz cargada de emoción. "Tenemos que
salir de la ciénaga."
Unos pocos pensaron en avanzar hacia Gwenna, extendiendo sus manos en señal
de agradecimiento, pero Temken se puso delante de ellos.
"Vayan," les ordenó. "Gaia velará por ella." Ellos agarraron algunos artículos de
viaje que pudieron encontrar en segundos.
Temken se volvió y vio que Gwenna estaba a punto de perderse ante él. Sus ojos
verdes se apagaron cuando ella volvió sus energías a la lucha interna.
"Este día, Gwenna," dijo él suavemente, deseando que ella le escuchara, "tú te
has absuelto de cualquier culpa que un elfo todavía pudiera haberte endilgado. No hay
mayor regalo que la vida."
El la tomó suavemente por los hombros y la bajó al suelo cerca de su orquídea.
Tanto el rostro de ella como la flor recuperaron una mancha de color antes de que ambas
volvieran a desaparecer, esta vez más lentamente.
"Que la orquídea te sostenga durante tanto tiempo como te sea posible y Gaia te
lleve a ella antes de que la sombra puede volver a hacerte daño," dijo Temken. Antes de
que pudiera pensárselo mejor él dijo el nombre que había negado en sus labios durante
demasiado tiempo. "Argoth se volverá a levantar," le prometió a Gwenna. "Nosotros
vamos a reconstruirla."

* * * **

En un claro iluminado por el gris, completando un círculo aproximado de chozas


oscuras y abandonadas, Gwenna se sentó en un terreno cargado de agua de espaldas al
corazón de la ciénaga. Una lluvia helada comenzó a caer, salpicando contra charcos de
agua y agitando lentamente el suelo. Los pistilos lavanda de la orquídea gotearon en la
copa de la flor y los pétalos se hundieron con el peso extra. El ritmo irregular de su
goteo acompañó a las ráfagas de viento que frotaron las ramas entre sí y rascaron las
altas hierbas. La lluvia llevaba consigo el aroma a salmuera, transmitido desde el
océano no muy lejano. Era un aroma limpio.
Gwenna continuó tarareando la canción de Gaia. En su mente la sombra se hizo
más fuerte mientras peleó con el recuerdo de la naturaleza, su recuerdo de Argoth. Los
elfos se habían ido. Los animales habían muerto. Los bosques habían sido arrasados, la
tierra se había hundido de la vista, cubierta por agua aceitosa. El aire se había vuelto frío
y de sabor rancio. Pero aún mientras la sombra finalmente escapó, exudando rabia en su
nueva fuerza y lista para alimentarse de la vida que le quedaba a Gwenna, la tierra se

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levantó una vez más dentro de su mente. Plantas y animales y elfos regresaron mientras
el recuerdo floreció. Argoth se alzó. Gwenna, con lo último de su fuerza, se permitió
adentrarse en el recuerdo, transportada en la canción de Gaia y su promesa: que la vida
siempre continuaría.

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80
Rojo
El rojo es el color de la liberación, el matiz de la expresión externa y la emoción.
Es difícil ser indiferente acerca del rojo. Puede ser amado o temido, pero es extraño que
se lo pase por alto. Se caracteriza por ser agresivo y vigoroso, impulsivo y
malhumorado. Aquellos asociados al rojo a veces son acusados de impacientes o de
poseer un temperamento fuerte pero el rojo también encarna una ferviente y sentimental
pasión por sus semejantes. Rojo es simbolizado por el fuego, la sangre, la lava, y la
emoción. Se manifiesta como estallidos de expresión externa y abiertas diatribas. El rojo
caracteriza a aquellos que saben lo que hay que hacer y no tienen miedo de hacerlo, para
aquellos que quieren resultados y acción en lugar de deliberación y debate, para
aquellos que gustan de los placeres catárticos de la llama.

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Trasgologia

N ota introductoria por Armand Ar-basinno, instructor de cultura popular y


trasgología en la Universidad Argiviana y autor de Estudios sobre la Cultura de los
Trasgos; Las Ruinas Trasgos en Flarg: Su Historia y Exploración; y Squee: Un estudio
en la Mitología Popular.

[Nota al margen: ¡Squee, Squee, Squee! ¡De acuerdo con Ar-basinno todos los trasgos
se llaman Squee! L.B.]

Es un privilegio para mí presentar al público un documento muy notable,


descubierto recientemente en las ruinas de la región de Flarg y editado y anotado por mí
mismo, con un poco de ayuda de menor importancia de Latavino Bar-bassanti que, por
desgracia, se apartó de la universidad antes de que se pudiera completar el proyecto.
Puedo añadir que considero esta tarea como el mayor logro de mi extenso trabajo sobre
la historia y desarrollo de la cultura trasgo y que el documento confirma las
conclusiones a las que yo, frente a la oposición de muchos de mis colegas, ya había
llegado

[Nota al margen: ¡Un conclusión tonta y auto-satisfecha de un charlatán exagerado!


L. B.]

Durante un número de
años yo he aseverado que los
trasgos de Flarg eran
politeístas, adorando a una
variedad de dioses a los que
hacían regulares sacrificios. Sin
embargo, antes del
descubrimiento en la región de
Flarg del documento
transcripto más adelante, se
hallaba poca información
específica sobre rituales
religiosos trasgos. Gracias a mi
trabajo en este documento,
junto con el extenso cuerpo de
escritura que he donado a la

83
comunidad erudita como mi legado, futuros historiadores y trasgologistas tendrán pocos
problemas para llenar los vacíos a lo largo del sendero que yo ya he señalado.
En realidad, yo ya había desarrollado la teoría sobre la religión trasgo en mi bien
conocido y, si se me permite decirlo, notable libro: Los Apóstoles de Squee:
Deconstruyendo el Discurso Religioso y la Percepción Trasgo en la Era del Gran Frío
(Prensa de la Universidad Argiviana).

[Nota al margen: ¡Por supuesto que es bien conocido! El libro permaneció en las
estanterías de las librerías durante un mes y las amas de casa de todo Terisiare lo
utilizaron como tope de puerta. Lo único destacable del libro fue el hecho de que Ar-
basinno logró extender su lunática "teoría" por más de dos mil páginas. De hecho, Ar-
basinno casi fue despedido de su posición cuando, durante la presentación de una
copia al canciller, lo dejó caer y rompió el tobillo del pobre hombre. El canciller pasó
dos semanas en cama y Ar-Bassino visitó al cuerpo docente en Argivia explicando que
el funcionario universitario había sido derribado por el peso de sus argumentos. L. B.]

No está fuera de lugar resumir brevemente esta teoría:

[Nota al margen: ¡Que los dioses nos protejan! L.B.]

En la antigüedad, durante la Era de la Gran Oscuridad y el Frío que siguió con


fuerza sobre la desastrosa era de la Guerra de los Hermanos, los trasgos de Flarg
formaron una amplia y poderosa comunidad. De las extensas ruinas de la región de
Flarg queda claro que eran una raza con influencia política, profundamente sabios,
fuertemente armados, respetados universalmente en gran parte de Dominaria. Grandes
flotas de trasgos surcaron los mares, y ornitópteros trasgo planearon a través de las
nubes, haciendo huir a los enemigos del imperio trasgo ante ellos.

[Nota al margen: ¡Aquí vamos otra vez! Ar-basinno solió propagar esta historia en los
bares de alrededor de la universidad, por lo general tarde en la noche cuando había
tomado ocho o nueve vasos de vino Korlisiano. Por esta razón fue conocido en toda la
universidad como el "viejo cabeza de trasgo". L. B.]

En esta era creció un culto entre los trasgos centrado en la adoración de una
deidad conocida como "Squee." Este hecho explica el amplio uso de este término como
un nombre entre los trasgos de Flarg (y de hecho en las comunidades de trasgos a través
del resto de Dominaria). El culto de Squee era celebrado en diversos rituales, que eran
claramente muy sagrados para los trasgos, aunque actualmente tal vez estén más allá de
nuestra comprensión.
Ahora, en el siguiente documento, yo tengo las pistas que me permiten,
basándome en un acervo de conocimientos acumulados a lo largo de una vida de estudio
de la cultura trasgo, desentrañar el misterio de los rituales basados en el trasgo Squee. El
documento está, evidentemente, en forma de carta, escrito por uno alto sacerdote Squee
a otro y comunica la esencia del ritual, dejando algunas partes de él tan misteriosas
como antes. Sin embargo, tengo plena confianza en que mi persistencia y capacidad
académica también me permitirán desentrañar esta confusión y ponerla delante de mi
público.

[Nota al margen: En otras palabras, no hay ninguna posibilidad razonable de


conseguir que él se caye en un futuro próximo. L.B.]

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Indicaré brevemente las circunstancias concurrentes al descubrimiento de este
hallazgo histórico.
Mientras excavaba las ruinas del asentamiento trasgo en Flarg me encontré con
una amplia zona plana.

[Nota al margen: En realidad la zona fue primero descubierta por mí y Sarapinna


Machieve, una estudiante graduada a quién Ar-basinno convenció de trabajar con él
durante el verano. Hasta la excavación en Flarg ella pasó la mayor parte de su tiempo
tratando de darle sentido a sus divagaciones y notas incoherentes mientras evadió sus
brutos intentos de llevarla a la cama con él. En el momento en que nosotros
descubrimos el sitio Ar-basinno estaba profundamente dormido en su tienda. L.B.]

Estuvo claro que en un pasado distante se habían insertado morteros en cada


extremo de esa zona. Llegué a la conclusión de que dicha zona, con capacidad para una
gran población, sólo podía haber sido utilizada para ceremonias religiosas de
considerable importancia. Con esto en mente me puse a buscar pruebas que confirmaran
esta teoría. Estas no tardaron en llegar.
A un lado del campo encontré varios objetos, más o menos esferoidales, de
aproximadamente treinta centímetros de largo, y ligeramente puntiagudos en ambos
extremos. Estos habían sido colocados en una caja, indicando que debían haber sido
muy preciados para los trasgos y por lo tanto los objetos de veneración religiosa.
También dentro de la caja había un tosco silbato de madera, varios pellejos utilizados
para retener agua o, a la luz del carácter obviamente religioso del sitio, vino sagrado y
varias prendas de vestir, las que, aunque desgastadas por el uso y las edades, fueron
reconocibles como vestimentas sagradas sólo empleadas durante los rituales más santos.
Tenían grandes números en la espalda y estaban engalanadas con nombres, que traduje
después de una considerable dificultad, cuyo significado se aclarará luego de visionar el
documento a continuación.
En un examen más detenido del campo descubrí más evidencia de la conducta
ritual: partes habían sido batidas por los pies de muchos adoradores trasgos, y a lo largo
de los lados había evidencia de muchos espectadores. En un lugar cerca del borde del
campo había un montón de botellas que en algún momento probablemente habían
contenido bebidas sagradas consumidas durante las ceremonias representadas en el
campo.

[Nota al margen: Usted ya se habrá dado cuenta de toda la charlatanería acerca de la


bebida. Uno de los primeros "proyectos de investigación" de Ar-basinno durante su
permanencia en la Universidad Argiviana fue un intento en su laboratorio por
descubrir la composición exacta del vino sagrado de los trasgos. Para ello realizó una
serie de experimentos, la mayoría de los cuales terminaron con él bebiendo los
resultados. Uno de estos experimentos, que implicó una proporción demasiado alta de
un derivado alcohólico particular del wlatik resultó en la destrucción de una parte
sustancial del Salón de Investigaciones Alquímicas y removió permanentemente las
cejas de Ar-basinno. L.B.]

El documento reproducido a continuación fue encontrado en los restos de una de


las viviendas cercanas al terreno y probablemente fue compuesto por un sumo
sacerdote. Toma la forma de una carta dirigida a un compañero religioso y explica el

85
desarrollo de una ceremonia significativa en el Culto de Squee cuya existencia yo he
establecido.
A tal fin, una nota final. La escritura entre los trasgos parece haber empleado una
ortografía y convenciones gramaticales en gran medida desconocidas para nosotros,
aunque claramente permitiéndoles un alto grado de comunicación precisa. De hecho, el
lenguaje trasgo, cuando se representa correctamente en el habla, es uno de belleza y
gracia sin par, en el que he estado acostumbrado a hablar con mis estudiantes.

[Nota al margen: Sí, y el espectáculo es suficiente para atraer a los estudiantes que
llevan frutas y verduras podridas de toda la ciudad. Se corre la voz de que "allí está
otra vez el lunático de Armand" y uno puede ver multitudes acudiendo de kilómetros a
la redonda. L.B.]

Si se produce alguna confusión se aconseja al lector que consulte mi conocido


Diccionario de Trasgonés, compilado por Armand Ar-basinno (16 volúmenes).

Qurrido Krank,

Espero ezta carrta te encuentran bien. Yo también bien. Tiempo aqí bueno. Algo
de llubia pro sol luego, trrae los bishos.

[Nota de Ar-basinno: El nombre "Krank" es probablemente un título formal. La


discusión del tiempo en Flarg es claramente preparatoria para una discusión más
extensa del ritual basado en Squee, que requiere una cierta cantidad alterna de lluvia y
sol. La palabra que aquí se da como "bishos" he decidido traducir como "seguidores" o
"discípulos." Evidentemente, el autor de la carta está anticipando una gran reunión
para el ritual, anticipada por sus comentarios sobre el clima.]

Nozotros imprrrovizar nuevo guego otrro día, yo y Fizzer. Cuerdas cómo


uzamos bombas trasgo que mantenían a ralla a hombres malos. Bueno teníamos montón
de ellas en gran pila ezterior, y el Druze me dijo a mi y al Fizzer que las llebáramos
donde no pudieran laztimar a nadie fuera de casas.

[Nota de Ar-basinno: En este caso la frase "bombas trasgo" es especialmente


importante. No puede haber una traducción precisa de esto pero creo que se entiende
mejor como un tipo de objeto votivo, uno acarreado, como veremos más adelante,
durante las ceremonias religiosas. Druze es claramente el título para el sumo
sacerdote, dando instrucciones a los Fizzers, es decir, a sus acólitos.]

De todas formas nozotros nos llebámos las bombas a eze gran lugar plano fuera
de la caza de Squee [Nota de Ar-basinno: Su templo] y eztábamos dibirtiéndonos
arrojando bombas uno a otro, trarando de atraparlas cuando Squee zalió de su caza y
nos gritó que eztábamos haziendo demasiado ruido y no podía dormir.

[Nota de Ar-basinno: Un pasaje tremendamente significativo. El Squee emerge de su


templo, manifestándose a sus sacerdotes. Esta claro que este es uno de los momentos
más sagrados, indicado por el lenguaje elevado del pasaje. Así, pues, vemos a los
sacerdotes, los Fizzers, manipulando a los objetos sagrados, las "bombas" y motivando
al Squee, quien les responde con un canto ritual de algún tipo.]

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[Nota al margen: ¿De dónde saca estas ideas? L.B.]

Así que yo y el Fizzer le lanzamos una de laz bombas a él, y él la atrapó.


Nozotros empezamos a escapar y luego caímos al costado donde eztá el mortero y
empezamos este gran deslizamiento de rocas para que Squee no pudiera atraparnos.
Amboz reimoz.

[Nota de Ar-basinno: El pasaje deja claro que el sitio del templo de Squee estaba cerca
de la zona que yo ya había descubierto en las ruinas de Flarg, el campo grande y
plano. Una indicación adicional de que era el sitio de un ritual religioso está claro por
el hecho de que varias medidas; diez metros, veinte metros, treinta, y así sucesivamente,
están marcadas a lo largo de un costado de él en antiguo trasgonés lo que indica,
claramente, el camino por donde procedían las procesiones religiosas.]

Squee se puzo tan loco, pateó bomba, y Fizzer la garró antes de que ezplotara y
regrezó corriendo al campo. Squee corrió traz él y trató garrarlo pero yo lo empugé azia
abajo y luego nozotros corrimos. Squee nos perziguió, tratando de garrar dl bomba, pero
nozotros zeguimos lanzándola uno a otro.

[Nota de Ar-basinno: El Squee y los Fizzers entablan un diálogo ceremonial, cada uno
respondiendo claramente con preguntas y respuestas predeterminadas, manipulando
los objetos sagrados mientras transitan por el camino sagrado. Nosotros podemos estar
seguros de que toda la ceremonia fue presenciada por los sobrecogidos devotos,
quienes probablemente consumieron las bebidas sagradas así como los alimentos del
ritual, durante el evento.]

[Nota al margen: Bueno nosotros ya sabemos que cuando se trata de consumir bebida
sagrada, ya sea de su propia creación o extraída de una espita, Ar-basinno esta bien
familiarizado en ello. Yo lo he visto acabarse cuatro botellas de vino durante una
juerga nocturna. L.B.]

La hermana del Fizzer y madre eztaban mirándonos y enpezaron a gritar y a reír


y a bitorear.

[Nota de Ar-basinno: "Hermana" y "madre" aquí son obviamente metafóricos. Estas


son referencias a altas sacerdotisas de Squee que ahora se unen a la ceremonia.]

Luego ellas empezaron a lanzarnos dazos de pazto a nozotros y a agitar grandes


dazos de pazto y a zaltar arriva y avajo. Nozotros reimos azta artarnos.

[Nota de Ar-basinno: Muy importante. A medida que la procesión de "bishos" dirigidos


por los Fizzers se mueve hacia la manifestación de Squees, a esta se unen las grandes
sacerdotisas, que agitan hojas de plantas señalando así la llegada del nuevo año
encarnado a través del benevolente Squee. Así nos encontramos con la confirmación de
que el culto a Squee era una religión de fertilidad. Yo he discutido extensamente este
tema en mi bien conocido y muy respetado trabajo La Resexualización y Des-
sexificación de la Interacción Trasgonesca en el Período de la Antigüedad.]

[Nota al margen: ¡Oh, por favor! Ar-basinno tiene un talento increíble para hacer la
vista gorda a lo obvio. Su interés por los "cultos de la fertilidad" probablemente se vio

87
impulsado por el hecho de que su esposa lo dejó, algo comprensible ya que él solía
comenzar cada mañana leyéndole secciones de “Resexualización” en los platos del
desayuno. Cuando ella se marchó por última vez también lo dejó con un ojo negro pero
él les explicó a sus colegas de la universidad que aquello había sido el resultado de
haber chocado contra una farola. La mayoría de sus conocidos asumió por la forma de
la contusión que su esposa le había arrojado su "bien conocido y muy respetado"
trabajo. L.B.]

Azí que de cualquier forma, todomundo en la ziudad binieron corriendo y azi


nos bieron tirar la bomba alrededor hazta que el Fizzer la dejó caer y ezta ezplotó.
Nozotros encontramos mas tarde parte de Fizzer en la zima de un techo.

[Nota de Ar-basinno: Es evidente que la culminación de la ceremonia es el sacrificio


ritual del sumo sacerdote, o Fizzer, mientras que los que le rodean cantan alabanzas al
Gran Squee. Uno puede imaginar la escena con claridad: las purificadas túnicas
blancas de los acólitos, los ricos atavíos dorados de los sumos sacerdotes con
incrustaciones de piedras preciosas brillando en la luz del sol. El aire lleno con el
sonido de canciones alabando a Squee, pidiendo a los dioses que bendigan la próxima
cosecha con su benevolencia. La archisacerdotisa (contemplada en el documento como
"madre") se encuentra a horcajadas sobre el Fizzer con una daga enjoyada en la mano.
Esta destella contra el cielo azul mientras ella la levanta lentamente. El canto se eleva
en volumen y luego ella acuchilla hacia abajo en un poderoso golpe. Chorros de sangre
se elevan salpicando sus ropas con el agua de la vida y la multitud da un fuerte grito de
placer y éxtasis religioso.]

[Nota del margen: ¡Puro romance! Ar-basinno debería haberse ganado la vida
escribiendo historias. L.B.]

El guego fue dibertido azi que lo volvimos a azer. Ezta vez tuvimos dos equipos
y ellos vizten camizas diferentes. Nozotros lanzamos la bomba a Quilk y él corre con
ella para tratar de llegar al otro eztremo del campo azta que el otro equipo lo agarra y lo
golpea con garrotes y palos y él es derribado. Luego los volvemos a azer azta que el otro
equipo (nozotros le llamamos los Azaltantes porque nos azaltan y tratan de robar
nueztra bomba) gana la bomba y luego ellos corren con ella.

[Nota de Ar-basinno: De este pasaje bastante confuso podemos inferir que el asesinato
ritual del Fizzer era seguido de una orgía involucrando a todos los participantes en la
ceremonia.]

[Nota al margen: Por supuesto. Tarde o temprano todas las teorías de Ar-basinno
implican orgías. L.B.]

Nozotros tuvimos que nombrar a nueztro equipo y no podíamos penzar en nada


azta que alguien, creo que fue el primo del Fizzer, Farf, quien era el que maz eztaba
lanzando la bomba, dijo que deberíamos llebar bishos para el almuerzo la prózima vez
ya que tenía hambre.

[Nota de Ar-basinno: Una vez más la referencia al aumento del número de "bishos", o
sea seguidores, necesarios para la ceremonia.]

88
Así que nos eztamos llamando los Almorzadores.

[Nota de Ar-basinno: Parece claro que este culto religioso se dividió en varias
facciones rivales que, evidentemente, llevaron a guerras religiosas. Es probable que
esto explique por qué este culto finalmente desapareció y sólo ha dejado débiles huellas
en la cultura trasgo actual. Debido a la gran destrucción durante el culto nosotros no
le erramos en inferir una serie de guerras y cruzadas religiosas cada vez más severas
llevadas a cabo por los "Azaltantes" y "Almorzadores" unos contra otros, dando lugar
a su mutua extinción. Prometo lidiar mucho más ampliamente con este tema en mi
próximo libro, El Mundo Dividido: Una investigación de las Guerras de Religión
Trasgo y el Colapso del Culto a Squee]

[Nota al margen: ¡Que los dioses nos protejan, él se propone escribir otro productor de
sueño! L.B.]

De todos modos el juego es dibertido y ahora nozotros lo jugamos todo el


tiempo ezepto que la gente no quiere ser golpeada por garrotez, azí que nosotros
tubimos que dezirle a todo el mundo que no lo izieran mas, solo agarrar al chico con la
bomba y derribarlo. También nos eztamos quedando sin bombas trasgo y a la gente no
le guzta musho que se las arrojen porque si las dejan caer eztayan. Azí que tal vez
uzemos otra coza. Como una pelota. Eztuvimos tratando de dezidir como llamar al
guego. Alguien dijo que deberíamos llamarlo Pelota Pateada Pie, pero todos reímos.
Luego yo dije que deberíamos llamarlo parezido a nueztra comida, porque nos hace
tener ambre después. Así que dezidimos llamarlo Críquet. (*)

Así concluye este notable documento, la evidencia más detallada y convincente


para mi teoría del Culto a Squee presentada hasta ahora. El autor del documento incluso
le da un nombre a este importante culto: Críquet. Me siento muy orgulloso en presentar
esta evidencia para refutar los ignorantes intentos de algunos de mis colegas de la
Universidad Argiviana por rechazar mi investigación y solicito que los regentes de la
universidad lo tomen en cuenta cuando consideren mi solicitud para futuros recursos
que me permitan continuar investigando las interesantes e intrigantes vías abiertas por
este hallazgo.

Nota anexa a lo anterior:

A los Regentes y Maestros de la Universidad Argiviana, de Lavino Bar-bassanti,


ex alumno de la universidad:

Como pueden deducir claramente del documento anterior, el viejo Ar-basinno se


ha ido completamente por las ramas. Su "teoría" de un culto religioso trasgo a Squee,
que comenzó a desarrollar veinte años atrás, le ha estado atormentando su cerebro, y
ahora esto lo ha llevado a un nuevo nivel de locura.
Como he mencionado anteriormente en una nota al margen yo estaba con Ar-
basinno cuando él investigó las ruinas de Flarg. Puesto que él estuvo borracho la mayor
parte del tiempo fue poco lo que vio y menos lo que recordó. Sin embargo está en lo
cierto acerca del campo: Sarapinna y yo lo descubrimos más o menos en la forma en
que él lo describe. Lo único que llama la atención es que mientras que el resto del
asentamiento había caído en ruinas después de las redadas humanas que dejaron
escombros en la zona, el amplio campo estaba bien conservado. No niego que se trataba

89
de un lugar de importancia para los trasgos pero la idea de Ar-basinno de rituales
religiosos no tiene ninguna evidencia absoluta de ello.
Yo le comenté esto en aquel tiempo pero él no estuvo dispuesto a escuchar y yo
sentí que era mejor guardar silencio y esperar a que todo el asunto saliera a la luz.
También es verdad que nosotros encontramos los objetos esferoides, los odres, y el
silbato exactamente como él dice. Las prendas se encontraban en muy mal estado pero
yo pude distinguir las palabras "Azaltadores" en una y "Almorzadores" en otra. A cada
lado del campo hallamos lugares donde había habido algún tipo de bancos. Ar-basinno
tiene razón al decir que fuera lo que fuera que pasó allí fue visto por una reunión de
trasgos.
En un extremo del campo había una gran roca sobre la que, en algún momento
pasado, alguien había cincelado algunos números y palabras. Fue difícil traducir todo
pero había algo acerca de "derribadas". Aún así nosotros no pudimos descifrar el
significado de la traducción directa de la palabra.
Personalmente yo pensé que todo el descubrimiento fue mucho menos
importante de lo que Ar-basinno quiso que fuera. Cuando volvimos a nuestra tienda él
siguió balbuceando acerca del "hallazgo arqueológico más importante del siglo" y las
"bases físicas de la ciencia de la trasgología" hasta que yo tuve que pegarle en la cabeza
con una jarra de vino para que se callara. A la mañana siguiente, cuando volvió en sí, la
idea de un culto religioso se había instalado firmemente en su mente y nada de lo que yo
dije pudo hacerle cambiar de opinión.
Nosotros discutimos sobre ello en casi todo el camino de regreso a Argivia y
poco después, como muchos de ustedes saben, yo me marché de la universidad en lugar
de sufrir aún más con mi asociación con él.
Los insto encarecidamente a que ignoren todo este asunto y le ofrezcan a Ar-
basinno la perspectiva de una tranquila jubilación en algún lugar desconocido dentro de
la universidad. Fuera lo que fuera que pasó en la región de Flarg en ese campo yo dudo
que hubiera tenido cualquier importancia duradera para la cultura trasgo. A lo mejor
aquello fue una especie de ritual, aunque desde luego no religioso, que fue breve y,
probablemente, no implicó ningún gran número de participantes. Por el documento a mí
se me hace claro que el "Críquet" fue un juego, y ¿quién puede imaginar a cualquier
sociedad gastando una gran cantidad de tiempo y recursos en un simple juego?

(*) Nota del traductor: Críquet, además del nombre del juego, se traduce como
grillo, los “bishos” que comían los trasgos de Flarg. 

90
El crisol de los
orcos

E l mago Elkan estaba parado junto a su comandante en jefe, el General Groth


Jonar en la pequeña sala de estar fuera de la biblioteca. Sus túnicas rojas fluían a su
alrededor en chillones expansiones. Era un hombre joven con una mata de pelo rubio y
su capucha colgando detrás de su capa bermellón.
Durante miles de años el hielo había sido el supremo regidor del mundo pero ya
hacía cien años que este finalmente se había retirado de las tierras de Dominaria. Los
Kjeldoranos se habían formado de los sobrevivientes de la pared glaciar en constante
avance pero habían huido hacia el este para encontrar una patria mejor, una que durara
hasta que el mundo pudiera volver a encontrar el calor.
Aquellos primeros Kjeldoranos se habían establecido en una tierra previamente
reclamada por los Balduvianos. Ya hacía casi cuatro siglos que los Kjeldoranos y
Balduvianos estaban en guerra. A los Balduvianos les había ido peor que a los ejércitos
bien organizados y entrenados de Kjeldor pero Elkan iba a cambiar todo eso.
Elkan tenía ambición. Él siempre había sentido que el viejo problema con la
estrategia Balduviana era que ningún general podía arriesgar un ejército ya que todas las
fuerzas eran demasiado importantes para su supervivencia. Un ejército que no se
arriesga es un ejército que siempre pierde. Es cierto que los Balduvianos habían ganado
muchas batallas pero nunca habían ganado una campaña. Era por eso que sus habitantes
vivían en las montañas en vez de las fértiles llanuras ahora reclamadas por Kjeldor.
Elkan puso ese axioma de cabeza y se le ocurrió la solución perfecta. Un ejército
de soldados prescindibles que pudieran ganar y seguir ganando, pero a un costo terrible.
El necesitaba tropas que pudiera malgastar y seguir teniendo más, y más después de eso.
Así que descubrió en los orcos sus más dispuestos peones, entregados por su general
más famoso: Jonar.
El General Jonar era un alto guerrero orco. Siempre llevaba su armadura, su
bastón de mando siempre a su lado. La historia de su ascenso a maestro de clanes y
general de los ejércitos orcos era larga y él la contaba en cada festín que había por
batallas ganadas. Tenía buena reputación para la victoria aunque esto le había fallado en
su último intento y él había caído en desgracia por su derrota en la Batalla del Paso
Balesh, sus orcos huyendo ante la enorme fuerza de piqueros enemigos. Jonar

91
necesitaba otra victoria para recuperar su posición dentro de Balduvia y dentro de los
clanes de orcos. Era la única razón por la que escuchaba al joven mago.
Elkan mantenía una pequeña suite de habitaciones en la torre del homenaje
secundaria de la fortaleza Balduviana. Era un mago menor y joven incluso para eso. La
mayoría de los magos no calificaban para una posición así o para tales habitaciones por
lo menos hasta llegar a una mediana edad. Por lo que él había avanzado rápidamente.
Balduvia estaba siendo atacada por el General Varchild y los Caballeros
Kjeldoranos. Varchild era una nueva general que estaba ganando una reputación que era
grandioso para los Kjeldoranos pero que estaba minando la moral de los Balduvianos.
Era un momento de severa distensión para Balduvia pero era una clara oportunidad para
un ambicioso y joven mago.
El mago y el general contemplaron el mapa para la batalla que Elkan había
planeado. Jonar se inclinó hacia delante y trazó una zona muy al sur de la fortaleza
Balduviana cerca de los accesos a tierras Kjeldoranas. El área encerrada en un círculo
rojo sería el lugar más probable donde detener el ejército mientras este cruzara desde las
llanuras y las colinas por debajo hacia la zona alta de los pasos de montaña situados más
allá.
"Ellos nos atacarán aquí. No tengo ninguna duda. Deben presionar el pase antes
de que nosotros tengamos fuerzas disponibles para detenerlos," dijo Jonar apuñalando el
mapa con su dedo.
Elkan resopló
con arrogancia ante el
comentario. "¿Y por
qué nos atacarían
aquí? Kjeldor no tiene
generales estúpidos y
yo he oído que esta
Varchild es más
inteligente que la
mayoría. ¿Por qué
atacarnos mientras
nosotros aún tenemos
acceso total a los
poderes de las
montañas? Ellos
primero nos atraerán a
las llanuras y luego
utilizarán a sus
Varchild
caballeros para luchar contra nosotros."
El punto era válido y ya se había demostrado antes en varias batallas. Tanto los
magos Kjeldoranos como los Balduvianos habían demostrado que podían sacar maná de
las faldas pero cuanto más se acercaba a las llanuras un mago Balduviano, más peligro
corría.
"Tú no lo entiendes," replicó el general. "Si nosotros descubrimos que ellos
tratan de atraernos entonces no morderemos el señuelo. En vez de esos nos daremos
luego un festín con las entrañas de sus monturas."
"Pero si usted ve bien mi punto," respondió Elkan sin inmutarse. "Si nosotros
nos quedamos en los pasos de montaña ellos sabrán dónde estamos. Idearán formas de

92
matarnos. El General Varchild no es idiota. Debemos llevar la lucha a terreno enemigo.
Ella no estará lista para nosotros y nosotros tendremos la ventaja."
"Tú no puedes entrar en terreno plano y pretender tener una ventaja," gruñó
Jonar. "No has visto a los Caballeros Blancos y sus atronadoras cargas. Son un terrible
espectáculo para la vista."
Elkan levantó una ceja. "¿Estamos un poco intimidados? Veo que el Paso Balesh
es demasiado para usted. General, deje que yo me preocupe por la estratégica. Usted
preocúpese por la táctica. Después de todo es su estrategia la que le costó su posición
en la Guardia Balduviana. Creo que el oro que le estoy pagando debería compensar
fácilmente su riesgo."
Jonar casi lo terminó allí mismo. Hubiera sido fácil sacar su daga y clavarla de
golpe en el pecho del mago. La sangre habría igualado al color de las túnicas tan bien,
pensó para sí mismo.
Después de varios momentos de silenciosa lucha él fue capaz de recuperar el
control de sus emociones y dejar que su razón salvara el día. El todavía necesitaba todas
las cosas que el mago había prometido. No podía seguir sin una victoria y nadie más
podía proporcionar la financiación o el apoyo necesario para reunir un ejército.
Sacudió la cabeza para despejarla y dijo: "Muy bien. Vuelve a mostrarme tu
plan."
Aquel era fácilmente el peor plan que él había visto en varios años pero tenía un
atisbo de esperanza. Volvió a pensar en la Batalla del Paso Balesh. Ese también había
sido un buen plan pero había fracasado por completo mientras que los peores planes
habían tenido éxito.
"Si somos capaces de sorprenderlos aquí en las cercanías del Monte Delapre,"
dijo él, "podremos luchar y retirarnos a los pasos de montaña en lo alto. Ellos no van a
ser capaces de perseguirnos. Tú tendrás magia más fuerte en el terreno más alto así que
deberías esperarnos aquí," dijo él señalando el paso montañoso, "y preparar algunas
sorpresas para los que nos persigan."
El mago asintió pensativo.
"Ya veo, General. Muy bien. Ahora bien, ¿que tiene a su disposición?"
El general vaciló. Su posición dentro de la jerarquía orca se había debilitado.
"Sólo puedo contar con dos clanes."
El mago sacudió la cabeza. "No me sorprende, General. De hecho yo ya había
previsto esto y he hecho arreglos para que usted pueda aumentar su fuerza con los
trasgos de las montañas Flarg."
Jonar se paró horrorizado. "¿Trasgos? ¿Trasgos? Yo no voy a trabajar con
trasgos. Eso está fuera de la cuestión."
Elkan negó con la cabeza. "Acostúmbrese a la idea General. Usted se reunirá con
sus nuevos aliados en el Paso Balesh dentro de dos semanas. Ellos se asegurarán de que
yo tenga mi victoria."

* * * * *

Poco después de su reunión con Elkan, Jonar se encontró a la cabeza de una gran
columna de soldados. Se habían reunido en el Lago Balduvia antes de iniciar la marcha.
Dos regimientos de orcos seguían al general.
Después de dos días de marcha por los pasos que conducen al sur ellos llegaron
a un gran claro en el lado opuesto del Monte Kireshal desde el Paso Balesh. Jonar
ordenó que acamparan aunque sólo era media tarde.

93
"Acampamos aquí. Quiero que los líderes del Clan Lavash y Jel me encuentren
aquí tan pronto como les sea posible."
Diez minutos más tarde los dos jefes de clanes se presentaron delante de él.
"Traigan su equipo de escalada. Nos vamos al Paso Balesh."
Los dos jefes se miraron. Ambos se encogieron de hombros, giraron y en diez
minutos estuvieron de vuelta, listos para irse. Ninguno se atrevió preguntar por qué se
iban. Era un asunto demasiado delicado para tratar con el general, que había sido
derrotado hacía sólo meses a unos pocos kilómetros de distancia.
Los tres subieron por el Monte Kireshal durante el resto de la tarde,
manteniéndose en la cara sur para obtener más luz solar y llegando al sendero superior
que conducía al Paso Balesh justo cuando caía la noche. Mientras caminaron por la
larga subida no se dijo ni una sola palabra.
Jonar se detuvo justo cuando el sol cayó detrás de la cordillera. La partida había
llegado a un pequeño cráter excavado en el costado de la cara rocosa. Había pedazos de
metal y escombros esparcidos por la zona pero eran antiguos. La cabeza de una
venerable ave mecánica estaba desplomada al lado del camino. La carbonización en su
cráneo, ahora casi completamente
corroído, había sido reemplazada
por una extraña sustancia pétrea.
Casi tres mil años después de la
Guerra de los Hermanos,
Dominaria todavía sufría los
efectos de ese conflicto.
El antiguo pájaro mecánico
destrozado era un silencioso
recordatorio de esa guerra.
La oscuridad cayó
rápidamente en las montañas. Los
tres establecieron su pequeña tienda
y prendieron una fogata para
cocinar en la ladera rocosa. No
había árboles para cubrirse del viento por lo que ellos construyeron un pequeño muro de
rocas apiladas hacia el lado de barlovento. Esto evitó que se apagara el fuego y que el
viento soplara con demasiada fuerza a través de la tienda de campaña.
Había habido un clima agradable durante la escalada, mientras el sol había
estado alto, pero en ese momento, en la oscuridad, la temperatura comenzó a caer en
picada.
Jonar sacó tres gallinas muertas de su mochila y se las entregó a cada uno de los
jefes de clanes.
"¿De dónde sacaste esto?" preguntó Jel, asombrado.
Lavash sostuvo el suyo con una reverencia por lo general reservada para los
artefactos sagrados. Era extraño ver gallinas en las regiones montañosas de Balduvia, si
es que alguna vez se veía alguna. Los animales no podían vivir en el aire demasiado
delgado. Kjeldor no tenía escasez de gallinas y antes de las hostilidades se había
producido un activo comercio por los sabrosos pájaros. Tras el estallido de la guerra las
gallinas eran valoradas como bienes preciosos. Para algunos en Balduvia la falta de
gallinas no era muy grave. Para los orcos fue la pérdida de su comida más venerada.
Jonar sonrió y se recostó contra una roca. "Yo tengo espías en donde nadie se le
ocurriría mirar. No es fácil pero puedo conseguir algunas de estas de vez en cuando.
Privilegio de rango y todo eso."

94
La temperatura del aire cayó. Mientras ellos cocinaron las aves sobre su fuego
Jonar se inclinó hacia delante como para contarles un secreto.
"Nosotros encontraremos la clave de nuestra victoria en el valle situado allí
abajo. Mañana nos encontraremos con nuestros aliados, los trasgos de las Flarg. Ellos
han enviado…"
Lavash casi dejó caer su gallina en el fuego de la sorpresa.
"¿Trasgos?" espetó. "¿Qué diablos vamos a hacer con ellos? ¡Nosotros los orcos
hemos sido muy difamados en el pasado pero eso no es nada en comparación con los
trasgos!"
Jonar levantó una mano, silenciando al cacique.
"Como ustedes bien saben el Paso Balesh me ha guardado muchos horrores. Yo
no desafiaría a los elementos, a la montaña, y al panorama que debo soportar mañana si
no estuviera absolutamente
convencido de este hecho:
nosotros necesitamos a los
trasgos. Sin ellos seremos
pisoteados y masacrados
por los caballeros de la
llanura."
Los otros dos lo
miraron con incredulidad,
mostrando sus prejuicios en
sus rostros.
"Nosotros no
lucharemos junto a los
trasgos," dijo rotundamente
Jel. Lavash asintió
solemnemente junto a él.
Jonar quedó sentado
en silencio por unos momentos sin moverse. Por último se inclinó hacia delante, hacia
sus dos jefes, y habló con un tono tranquilo y equilibrado que asustó a los dos orcos
mucho más que lo que lo hubiera podido hacer cualquier grito.
"Ustedes lucharán junto a los trasgos. No sólo eso, ustedes convencerán a sus
guerreros que los trasgos son nuestra salvación. ¿Ha quedado claro?" Jonar no
mencionó que había sido el mago quien había insistido en que los trasgos de Flarg
debían ser sus aliados.
Esta vez fue el turno de Jel y Lavash de sentarse en silencio durante unos
momentos. Por último Jel miró a Lavash. Estaba claro que su general no estaba de
humor para discutir.
"Como siempre, haremos lo que mandas," dijo Lavash mirando hacia abajo.
"Eso no es suficientemente," dijo Jonar girándose, sus ojos brillando con la
pasión de sus palabras. "Ustedes deben creerlo. Confíen en mí, con la ayuda de estos
trasgos yo voy a alcanzar una victoria que no hubiéramos podido conseguir de otra
manera."
El fabuloso festín de las gallinas terminó en silencio. Cada orco reflexionando en
las palabras del otro. Al fin ellos se retiraron a la tienda para esperar la mañana.
Una nieve ligera cayó en las primeras horas antes del amanecer pero sólo cubrió
la tienda con una ligera capa. Sólo se tardó unos minutos en empacar y comenzar el
descenso al Paso Balesh.

95
Dos horas más tarde los tres orcos llegaban al lugar de la batalla. Aún después de
tres meses el área se veía maldecida y abandonada. Lanzas rotas sobresalían de la nieve
fresca en ángulos extraños. Peñascos estaban marcados por explosiones de magia
desatada en la batalla.
Jonar caminó a lo largo de una cresta baja que había servido como su último
lugar de resistencia mientras sus fuerzas pasaron apresuradamente por delante de él,
saliendo del paso e ingresando a Balduvia. Sus pensamientos volvieron a dirigirse a
aquella batalla perdida y por un momento sus ojos estuvieron allí, observando.
Pudo ver las largas filas de orcos, firmes en rangos de a seis, sus espadas, lanzas
y escudos listos para enfrentarse a la infantería Kjeldorana aproximándose. El enemigo
llegó. El regimiento Kjeldorano llegó a menos de cien metros de ellos y de repente
cambió la formación. Desde la parte trasera picas fueron llevadas hacia delante y la
línea pasó de ser un cuadrado con la parte plana frente a los orcos a ser un diamante con
la punta amenazándolos. La punta avanzó.
Jonar no supo qué hacer. Sabía que la formación de punta tenía un alcance
mucho mayor con picas y que dividiría su línea en dos como un cuchillo atravesando
mantequilla. Y así vio con horror como su predicción se hizo realidad. Jonar trató de
conectar la línea con su propia guardia personal de cincuenta guerreros pero ellos no
pudieron resistir por mucho tiempo. Sin embargo su lucha les dio al resto de la línea el
tiempo suficiente para retirarse.
El recuerdo se repitió una y otra vez en su mente. ¿Debería haberse retirado?
¿Debería haber dividido sus tropas? Repasó la batalla en su mente.
Sin previo aviso un trasgo cubierto con pieles de un animal verde se alzó de la
nieve a no más de diez metros delante de Jonar. Su ensoñación terminó en un instante.
El, sin pensarlo, sacó su espada en una reacción instintiva de muchos años en la
profesión militar.
El trasgo lo miró con cautela. "¿Tú gran jefe general?"
Jonar se calmó y re-enfundó su arma. Se dio la vuelta y los otros dos orcos
hicieron lo mismo.
"Hablas orco muy bien para ser un trasgo. Si, yo soy el General Jonar. ¿Quién
eres tú?"
"Yo Tramas, Campeón del Clan de los trasgos de las montañas Flarg. Tu mago
nos prometió mucho luchar con ustedes. Nosotros mucho necesitar esta victoria pero
mucho necesitamos pago según lo prometido." Los ojos del trasgo se redujeron a
rendijas. "¿Tú traes?"
Jonar buscó dentro de su jubón y sacó una pequeña bolsa de cuero. La arrojó al
trasgo y esta cayó al suelo y se hundió ligeramente en la nieve. Tramas recogió la bolsa,
la limpió, y miró dentro. Sus ojos se abrieron como platos. Sacó un diamante del
tamaño de su pequeño puño de la bolsa.
Con ojo experto, lo giró a un lado y a otro, inspeccionando todas las facetas. Por
último puso el diamante de vuelta en la bolsa y la dejó caer en su propio bolsillo.
Jonar dio un paso adelante.
"Permíteme presentarte a mis comandantes de campo. Ellos son Lavash y Jel,
mis valientes y fieles compañeros."
Los dos se adelantaron y se inclinaron ligeramente. Jonar quedó impresionado
con el nivel de respeto que mostraron.
Tramas asintió en reconocimiento e hizo un gesto con su brazo derecho. Cientos
de trasgos se alzaron de la nieve alrededor de los orcos donde antes no había habido
ninguno. Los tres orcos quedaron maravillados. Ninguno había visto ningún indicio de
una sola unidad de trasgos y mucho menos justo a sus pies.

96
"Estoy impresionado Tramas," dijo Jonar. "Muy impresionado. Nunca había
visto trasgos que pudieran... bueno, eh, ya sabes... espero que no sea grosero al decir..."
Tramas levantó la mano para detener al general. "Usted nunca ha visto trasgos
que parecieran que pudieran luchar. ¿Yo correcto, General?"
Jonar volvió a quedar impresionado. "Correcto," respondió.
"El Rey de los Trasgos sabe esto. Trasgos enviados a luchar hasta ahora
simplemente fueron para ganar tiempo. Muchos otros trasgos, muchos entrenados para
la guerra. Ahora listos para la guerra. ¿Qué le parece? ¿Trasgos solamente jugar al
críquet?"
"No, no," Jonar dio marcha atrás. "Yo creo que lo van a hacer muy bien." Dijo él
tragándose su orgullo. "Nos reuniremos en el Monte Delapre dentro de cuatro días.
¿Estarán allí?" Los ojos de Jonar se clavaron en el campeón trasgo.
El trasgo devolvió una reverencia al igual que habían hecho los orcos. "Nosotros
estar allí. ¿Recuerda resto del pago?" dijo.
Jonar asintió, dio media vuelta y regresó por donde había venido. Jel y Lavash le
siguieron.

* * * * *

La marcha hacia el Monte Delapre tomó otros dos días después de que Jonar y
los dos jefes regresaron al campamento. Los orcos se movieron lentamente a través de
la nieve recién caída en el paso alto, tirando de sus carritos llenos de provisiones
mientras lo hicieron. La línea se extendió por casi dos kilómetros mientras los cuatro
mil guerreros orcos y familias acompañantes caminaron a la par.
Jonar fue a ver a cada uno de los clanes para pasar revista a las tropas, mostrarles
que su líder estaba listo para pelear. Encontró soldados cansados de la marcha pero por
lo demás en buen ánimo. Ellos necesitaban ganar, demostrar que no estaban en
desgracia como lo habían estado en el Paso Balesh. Tenían que demostrar su valía. Jonar
podía entender sus sentimientos.
La desaprobación demostrada a los orcos en Balduvia había sido un gran golpe
para las fuerzas de orcos en todas partes. Los clanes habían caído en valor y estaban
atravesando tiempos difíciles mientras la guerra continuaba. Les vendría bien una
victoria.
Jonar se sorprendió al escuchar las conversaciones de los orcos acerca de los
trasgos. Unos pocos veteranos endurecidos se burlaban de la idea de luchar con los seres
diminutos pero muchos habían oído la historia que habían traído sus jefes de clanes. Era
evidente que varios estaban asombrados por la forma en que los trasgos habían podido
sorprender a un ejército y emboscarlo. Algunos incluso se jactaron de que habían visto
al rey trasgo en la batalla del Bosque Narmund y que era un espectáculo para la vista.
Aún así los veteranos se burlaron hasta que vieron a su general. Jonar dejó en
claro a todos los que escucharon que los trasgos eran la clave para la victoria. Varios de
los veteranos lo discutieron, una verdadera mala señal, pero todos entraron en razones
después de ver los ojos del general. Cada veterano sonrió, como si acabaran de
compartir un gran secreto con ellos. Su general tenía un plan y eso ya era lo
suficientemente bueno para ellos. Una vez que los veteranos estuvieron de acuerdo,
todos los orcos jóvenes saltaron a la causa con gran fervor para demostrar que eran igual
de rudos.
Al día siguiente Jonar se levantó temprano. No podía dormir; él nunca podía
hacerlo cuando se avecinaba una batalla. La noche anterior un mensajero había traído
noticias de que la fuerza Kjeldorana estaba a sólo veinticuatro kilómetros de distancia,

97
acampando para pasar la noche. Los trasgos de Flarg debían haber estado acosando a los
caballeros durante la noche, asegurándose que no estuvieran bien descansados para la
batalla.
Casi como por arte de magia, dos trasgos rodearon una tienda de campaña y se
acercaron a Jonar. El se sobresaltó pero se recompuso rápidamente.
"Estoy realmente impresionado con su sigilo," dijo el general como saludo.
Ellos se inclinaron ligeramente. El de la derecha se adelantó. "Los caballeros
están viniendo hacia aquí," dijo. "Saben que ustedes están aquí y están listos para la
batalla. Tramas dice que te diga que nosotros destruimos varios vagones de suministro.
Matamos a muchos en el asalto de anoche. Muchos muertos. Sin embargo ellos siguen
adelante. Estarán aquí a mediados de día."
Jonar asintió, más para sí mismo que para los trasgos, mientras repasaba sus
preparaciones.
"Bien. Díganle a Tramas que esté aquí, con su clan, listo para pelear, como
acordamos. También díganle a Tramas que hay un bono extra por una buena lucha."
El trasgo de adelante esbozó una gran sonrisa con dientes. "¿Yo obtener comida
antes de volver?"
Jonar sonrió y le hizo un gesto de aceptación. "Sí, pero dense prisa."
Los dos se alejaron al trote, mucho más interesados en la comida que en su
mensaje. Aún así, Jonar pensó, el mensaje llegaría. Tramas parecía tener sus tropas bien
entrenadas.
Una hora antes del mediodía Jonar convocó a todos los oficiales a una
conferencia en su tienda de campaña. Los oficiales de ambos clanes orcos, jefes, sub-
jefes, abanderados, y los campeones de familias se posicionaron en un semicírculo
alrededor del general.
"Hoy nosotros lucharemos con los temibles Caballeros Blancos de Kjeldor. La
última vez que los enfrentamos no nos fue bien. En ese momento nosotros tuvimos la
ventaja en el terreno por lo que ellos no pudieron montar pero aún así siguieron
viniendo. Todos nosotros soportamos la vergüenza de esa batalla y yo más que nadie."
Jonar hizo una pausa para que penetraran sus palabras. Un murmullo recorrió los
oficiales reunidos.
"Hoy, sin embargo, será diferente. ¡Hoy lucharemos para recuperar nuestro
honor y gloria, y hoy nos llevaremos el botín de guerra de los malditos caballeros!"
Jonar manipuló el estado de ánimo de la reunión como un maestro. Pudo ver los
ojos de los orcos yendo desde el gris plano al azul espumoso. Pudo oler su hambre de
victoria.
Él tiró de sus riendas. "Nosotros no ganaremos ninguna victoria con acciones
temerarias, ni tontas bravatas. No ganaremos precipitándonos en olas de caballeros a la
carga. Yo tengo un plan para esta batalla y ustedes tienen que confiar en mí, su general."
Las cabezas asintieron. Todos recordaban la nefasta batalla y cómo había ido.
"Cuando yo hoy de una orden ustedes deberán seguirla. Son libres de matar a
cualquier orco que desobedezca. Mis órdenes se deberán realizar con exactitud y
precisión. Cualquier fallo significará nuestro fracaso. Hagan lo que les ordene y la
victoria será nuestra."
Una ovación se elevó de los oficiales reunidos, los dos jefes principales
liderando a sus orcos.
"¡Viva el General Jonar!" gritó uno.
Jonar lo interrumpió.
"Todavía no, mis hermanos. Nosotros aún no hemos ganado nada. Obedezcan
mis órdenes y luchen como guerreros. ¡Nosotros triunfaremos!"

98
Otro general vitoreó.

* * * * *

Los clanes comieron una comida ligera y se formaron en líneas de batalla. Cada
clan extendiéndose por mil metros, cuatro filas de profundidad. Las pérdidas por el Paso
Balesh habían cortado severamente los números de los clanes. Una brisa se levantó del
suelo por delante y debajo de ellos. Mantos de piel y borlas revolotearon en las
armaduras de cada guerrero.
Cada guerrero llevaba su propia arma personal. Todos, sin embargo, portaban
lanzas y un escudo, que llevaban los emblemas de los clanes. El sol brillaba en el cielo
azul claro pero hacía poco calor.
Jonar se paró entre los dos regimientos de clanes. Tenía una pequeña escolta de
veinte orcos, los más grandes de todos los clanes. Uno llevaba el estandarte de batalla
de Balduvia. Era una vieja bandera hecha jirones y oficialmente ya no se les permitía
llevarla pero nadie los detendría ese día.
Los orcos a cargo del tren de suministros empacaron todo lo que pudieron,
preparados para moverse en cualquier momento. Estaban listos para huir en caso de que
el enemigo comenzara a ganar el combate. Sin embargo, si su ejército ganaba, ellos
proporcionarían todos los servicios necesarios para una buena comida, atención médica,
ale y mucho de ello. Ellos debían optar. Demasiado cautos y se vería como si carecieran
de confianza en su propio ejército. Demasiado arrogantes y el enemigo podría
derribarlos en un avance menor. Los carros pesaban más de dos toneladas cada uno y
sólo podían moverse a paso lento, especialmente si subían por un paso montañoso
nevado. Las pieles que cubrían los suministros eran muy acogedoras y calientes pero no
ofrecían refugio si el enemigo se abría paso.
Jonar esperó a que la horda blanca llegara a la cima de la pequeña colina y
comenzara su descenso a la batalla.
"Hoy no habrá sorpresas, no las habrá," susurró para sus adentros.
No obstante la llegada de Elkan lo sobresaltó. El mago llegó cabalgando desde la
retaguardia, bajando por la montaña y a través de las líneas del tren de suministros.
Desmontó y caminó hasta el puesto de Jonar.
"¿Qué estás haciendo aquí? Se supone que deberías estar preparado para
ayudarnos en el paso de montaña a unos quince kilómetros de este lugar." El rostro de
Jonar enrojeció de ira.
"Yo soy tu comandante y te dirigirás a mi con el debido respeto," declaró Elkan
con aire altivo. "Estoy aquí porque este es mi ejército y mi batalla. No creo que tú
entiendas toda la razón de esta excursión."
El mago continuó: "He preparado algunas sorpresas muy desagradables para
cualquier persona que quiera atravesar el paso, ya sea caballero Kjeldorano o orco
huyendo. Sentí que sería de más ayuda aquí".
Jonar, disgustado, giró para mirar al enemigo en el frente.
Los caballeros Kjeldoranos llegaron a la cima de la loma y se detuvieron. Jonar
sintió una sensación de hundimiento en el estómago. Dos regimientos de soldados
fuertemente armados se extendían hacia el horizonte. Cada montura vestía la librea de
su caballero, cada caballero llevaba la marca de Kjeldor en su escudo, y de cada lanza
revoloteaba una pequeño banderola o pendón en el viento.
El cuadriculado azul y blanco en los escudos y banderas fue sorprendente de ver
en el sol del mediodía. Las armaduras de placas brillaron con un resplandor sobrenatural
cuando la luz solar se reflejó en todas sus facetas.

99
Jonar miró nerviosamente a través de su línea, mucho más corta que la línea de
caballería pero mucho
más densamente poblada.
Había cuatro filas de sus
soldados mientras que la
caballería era de una o
dos filas de profundidad.
Los números parecían
más o menos equivalentes
lo que todavía le daba a
los caballeros una gran
ventaja.
Un débil susurro
creció entre las filas de
los orcos mientras estos
absorbieron la vista ante
ellos. Soldados
reajustaron su equipo
para calmar su
nerviosismo. Ojos se desplazaron alrededor, en busca de apoyo a su miedo.
Los caballeros esperaron hasta que su grupo de mando se uniera a los dos
regimientos. El comandante, un mago de ropas blancas, estaba sentado junto a un oficial
blindado que estaba montado en un fantástico corcel negro. El estandarte gigante de
Kjeldor ondeó en el viento sostenido por el abanderado situado justo detrás del oficial.
El grupo de mando trotó por delante de los caballeros, giró y el mago se dirigió al
ejército blanco.
Elkan dio una risita junto a Jonar y empezó a lanzar un hechizo. Un segundo
después un rayo voló de sus dedos y se arqueó a través del campo de batalla hacie el
grupo de mando enemigo. Dos de los caballeros guardaespaldas fueron arrojados de sus
monturas y dos más fueron sacudidos pero el estandarte siguió revoloteando en lo alto y
el resto quedó intacto.
El mago de túnica blanca se volvió y se enfrentó a su enemigo a través del
campo. Sus manos volaron por el aire al mismo tiempo que sus palabras rompieron en
un grito. Energía salió propulsada de entre sus manos y zarcillos eléctricos salieron
disparados fuera de la nieve a su alrededor.
Jonar miró a Elkan. Una mirada de horror estaba en el rostro del hechicero. Este
tembló y luego convulsionó incontrolablemente. El temblor se detuvo repentinamente y
una mirada de triunfo se extendió por el rostro del mago. Elkan se desembarazó del
ataque mágico, se irguió en toda su altura y lanzó un rayo de fuego que se arqueó
infaliblemente a través del campo hacia el otro mago. Una ardiente explosión envolvió
al conjurador quien se desplomó en las llamas mientras su montura gritó y salió
huyendo a toda velocidad del campo.
Los oficiales y guardaespaldas orcos se habían alejado del mago. Eran soldados
entrenados pero no entendían, ni intervendrían, en los caminos de los magos poderosos.
Que ellos manejaran sus propios problemas.
Jonar había retrocedido demasiado, impresionado.
Jel trotó hasta Jonar.
"¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?" Preguntó sonando aterrorizado. Evidentemente
había visto el intercambio mágico entre los magos pero no sabía el resultado.

100
Jonar le dio una patada a la nieve. "Nuestro mago es mejor de lo que había
imaginado. Quizás..."
"¡Maldita sea!" oyó decir Jonar detrás de él. Elkan se miraba las manos
temblorosas.
"¿Qué? ¿Qué pasa?" Preguntó Jonar notando el miedo en la voz del mago.
Elkan sacudió la cabeza con amargura. "Pude que haya destruido a ese
condenado mago pero él me drenó de todo el maná de debajo de mí. No seré capaz de
lanzar otro hechizo durante al menos una hora. En ese tiempo..."
Jel pareció asustado. Jonar levantó la mano. "Mago, nosotros no te esperábamos
en absoluto en esta batalla…" comenzó a decir él pero Elkan lo interrumpió.
"¡Sólo cumple con tu deber y muere como un buen orco!" exclamó enfurecido.
"¡Gáname esta batalla! Mantenlos a raya durante una hora. ¡Ellos se desgastarán y yo
haré llover muerte sobre ellos!"
Jonar lo miró con desprecio. Así que los orcos iban a ser sacrificados para mayor
gloria del mago. El se volvió hacia el jefe. "¡Vuelve a tu clan y no hagas absolutamente
nada hasta que yo te lo diga...!"
En ese momento el murmullo en las filas se elevó a una cacofonía. Ambos
oficiales orcos se volvieron para ver qué había pasado.
La atención estaba centrada al otro lado del campo de batalla, en el grupo de
oficiales enemigos. Los trasgos de Flarg, casi olvidados por todos, se habían levantado
misteriosamente de la nieve alrededor del grupo enemigo. Habían derribado al
abanderado y a los guardaespaldas de sus monturas pero el comandante enemigo luchó
valientemente, tratando de liberarse.
Los trasgos se separaron de la lucha y corrieron tan repentinamente como habían
aparecido directamente hacia las líneas de orcos.
La distancia entre las fuerzas opuestas era de casi dos mil metros. Jonar vio su
oportunidad y con su voz más fuerte dio la orden.
"¡Avancen!"
Los diez percusionistas reunidos detrás de él retransmitieron la orden haciendo
tocar sus tambores, y luego se instalaron en una profunda cadencia, lenta pero
amenazante.
Los orcos alrededor se Jonar se lanzaron hacia delante. No habían esperado la
orden de avanzar pero se recuperaron rápidamente y enderezaron filas.
Los caballeros al otro lado se habían reagrupado una vez que los trasgos se
habían alejado. El comandante gritó una orden, trompetas llevaron las notas a través del
campo de batalla y estos también comenzaron a avanzar.
Jonar gritó órdenes a izquierda y derecha para enderezar la línea y mantenerse
juntos. Tanto Jel como Lavash hicieron lo mismo, manteniendo la cohesión de sus filas.
Era una maniobra practicada pero no todos los orcos recordaron qué hacer. El sonido del
tintineo de acero sobre cuero estirado y de cuatro mil pares de botas deshaciendo nieve
fresca le trajo a Jonar recuerdos del Paso Balesh.
Los trasgos de Flarg corrieron por el campo de batalla ligeramente más rápidos
que sus perseguidores. Las dos líneas se habían cerrado a ochocientos metros y los
trasgos sólo estaban a quinientos metros de sus aliados.
Jonar dio la voz de alto cuando los trasgos estuvieron a cien metros de ellos. Los
soldados subieron sus escudos y enderezaron sus líneas lo mejor que pudieron, tratando
de recuperar el aliento. Se juntaron y pusieron sus escudos uno junto al otro.
Cuando los primeros trasgos estaban a veinte metros de la línea de orcos Jonar
gritó, "¡Lanzas!"

101
Casi al unísono toda la línea apuntó con sus lanzas hacia adelante y las plantó en
la nieve contra su pie trasero. Los trasgos sólo vieron lanzas y escudos.
Estos desaceleraron y se detuvieron, sin saber qué hacer. Enfrente de ellos se
encontraron con un puercoespín de ochocientos metros de largo. Puntas de lanza
sobresalían en todos los ángulos haciendo imposible retroceder a través de las líneas.
Jonar vio la oportunidad.
"¡Animen a los trasgos!"
Una poderosa ovación salió de los orcos justo al otro lado de la línea. Comenzó
lentamente pero subió en intensidad. Ningún orco había visto trasgos con la capacidad
de luchar como lo habían hecho estos Flargs. La alegría fue genuina pero los orcos no se
desligarían de los trasgos.
Elkan apareció desde la parte posterior.
"¿Qué pasa? ¿Qué están haciendo?" preguntó jadeando, sin aliento por la
carrera.
Jonar sonrió mientras el rugido continuó desde sus líneas.
"¡Los trasgos, o la mayoría de ellos, no hablan orco!" dijo con una amplia
sonrisa.
Elkan no pareció entender.
Los caballeros, al ver a los trasgos encerrados por sus propios aliados,
irrumpieron en una carga. Cuernos sonaron notas perfectas, anunciando la embestida.
Nieve voló sobre los jinetes, levantándose por las atronadoras monturas.
Los trasgos entraron en pánico. Giraron, vieron a la caballería, volvieron a girar,
vieron las lanzas, y se volvieron una vez más. Su única esperanza era atravesar la
caballería, o al menos eso pensaron.
Los trasgos se precipitaron hacia la caballería en grupos pequeños,
manteniéndose tan bajos como pudieron. La carga de los caballeros golpeó el borde
delantero de los trasgos y los separó. Los trasgos intentaron luchar pero eran demasiado
bajos como para hacerlo de manera efectiva con los caballeros sin el elemento sorpresa.
Muchos giraron para volver a correr de nuevo hacia los orcos pero fueron ensartados
por la espalda cuando trataron de huir.
Elkan comenzó a gritar. "¿Qué has hecho? ¿Por qué los sacrificaste? Tú,
bastardo sin corazón..."
"Eres tú quien nos iba a sacrificar, ¿no es así, mago?" respondió el general
gritando a Elkan. Jonar lo empujó a un lado. El general salió corriendo delante de su
línea y en su mejor voz de desfile gritó. "¿Acaso vamos a tomar esta masacre? ¿Vamos a
permitir que esto quede sin respuesta?"
El atronador grito fue casi ahogado por la lucha a no más de un centenar de
metros por delante.
"¡Entonces a la carga!"
Los tamborileros habían estado esperando la orden así que, al unísono,
comenzaron a batir el rápido staccato del comando de ataque. La línea de orcos saltó
hacia delante.
La caballería se había dividido en pequeños grupos de combate, cada uno
persiguiendo trasgos en una u otra dirección. En ese momento su comandante les gritó
que se juntaran pero no pudo ser oído. Un puñado de caballeros se preparó para recibir a
los orcos.
Dos mil orcos acercándose.
Estos sólo tuvieron que cubrir cien metros para caer sobre su enemigo. Los
caballeros que no se pudieron reagrupar fueron sorprendidos con la guardia baja. Orcos

102
saltaron sobre sus espaldas y los derribaron de sus monturas. A otros los alancearon y
tanto bestia como jinete cayeron al unísono a su muerte.
La batalla fluyó alrededor de los doscientos caballeros que quedaron en el
centro. Estos formaron un círculo cerrado, con sus lanzas apuntando hacia fuera, a la
defensiva, de la misma forma que habían hecho anteriormente los orcos. Su
comandante, ahora sosteniendo el estandarte Kjeldorano, permaneció de pie en medio.
Jonar esperó. La batalla apenas duró unos minutos. Un centenar de caballeros
cayeron, no más de veinte orcos corrieron la misma suerte.
Los caballeros restantes rompieron el contacto con los orcos y retrocedieron
quinientos metros antes de volverse y mirar a su enemigo. Los uniformes acuadrillé azul
y blanco estaban salpicados de sangre y mugre. Incluso el estandarte del ejército había
sido rasgado en dos. Los supervivientes, sumando menos de un centenar, formaron una
nueva línea de batalla.
Jonar y su abanderado cruzaron los quinientos metros restantes, justo hasta la
punta de lanza del primer caballero, y se detuvieron. El caballero tenía asesinato en sus
ojos pero la disciplina lo mantuvo contenido. El comandante se adelantó.
"Yo soy Sir Michand, caballero comandante de las Ordenes del Grifo y el
Fénix." Saludó con solemnidad.
Jonar se quitó su casco de batalla y se inclinó. "Y yo soy Jonar, general de
Balduvia y comandante de los Clanes Orco. Estoy dispuesto a ofrecer términos de
rendición."
Elkan estaba a sólo un paso atrás. "¿Qué? ¿No puedes estar hablando en serio?
¡Yo soy el que está al mando aquí! Yo..."
El mago nunca terminó la frase. Jonar giró y hundió su espada en el intestino del
mago, empujando hacia arriba. La sangre no apareció en las túnicas rubí del mago
mientras este cayó hacia adelante.
Jonar sacó el arma, la limpió en la nieve y luego en la túnica de mago antes de
devolverla a la vaina.
"¿Por qué?" dijo Elkan entrecortadamente.
Jonar sacudió la cabeza con disgusto. "Tú nos ibas a sacrificar para ganar esta
batalla. En cambio nosotros sacrificamos a los trasgos para salvarnos a nosotros
mismos. Ahora yo te estoy sacrificando a ti a este caballero como un gesto y como una
advertencia. Nadie sacrifica el orgullo de los orcos, al menos no en el Paso Balesh y
ciertamente no aquí."
La luz que brilló en los ojos del mago se apagó y este cayó de bruces en la nieve.
Jonar se volvió hacia los atónitos caballeros. "Como estaba diciendo, estoy
dispuesto a ofrecer condiciones."
El comandante había quedado visiblemente alterado. "Yo no voy a renunciar a
mi ejército para ser sacrificado por bestias como vosotros. Nosotros preferimos morir
con honor."
Los caballeros inmediatamente alrededor de su comandante apretaron sus manos
en escudos, armas y riendas. Sus monturas se movieron inquietas debajo de ellos.
Jonar asintió pensativo. "Muy bien. Entonces yo les ofrezco esto: usted puede
tomar a su ejército, o lo que queda de el, y volver a casa. Lo único que le pido es que
entregue su estandarte de batalla."
Sir Michand se quedó con la boca ligeramente abierta por la sorpresa. Se
contuvo rápidamente y enderezó su postura.
"Muy bien, General. Ustedes nos han derrotado en un combate justo. Mi honor
no exige nada menos. Acepto sus términos."

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Negro

El negro, símbolo de la muerte y la desesperación, se puede caracterizar como


mórbido, impaciente, incorpóreo, y estancado. Es el color de la contaminación y la
pestilencia, de los purulentos pantanos. Aquellos que muestran afición por este color no
son presumidos. Impresionarán a aquellos que son dignos de su tiempo por su sustancia
y peso real. El negro se inclina hacia el misterio y la oscuridad pero puede ser poderoso
y digno. El negro es un color escueto, el faro de la nada, pero aquellos partidarios de
este color aborrecen la inevitabilidad. Se aferrarían para siempre al presente si pudieran
y probablemente tratarán de hacerlo. El negro es para aquellos que esconden sus lados
más oscuros detrás de un aire de sofisticación, para aquellos que acechan en callejones y
rincones oscuros, y para aquellos dispuestos a pagar el precio de la grandeza.

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Aguas Oscuras

T ayva salió de la choza de piedra, la mañana crujiente y fresca con una ligera
capa de rocío. Estiró su espalda y oyó el crujido de huesos envejecidos y sábanas
andrajosas. Llamó por encima de su hombro con una voz ronca que había comenzado a
ponerse estridente por la edad. "Loria, voy a comprobar los pájaros."
Por lo general Tayva comprobaba las palomas más tarde en la mañana pero
algunos de los pájaros enjaulados no se habían visto bien el día anterior. Tosió en el aire
fresco para tratar de aclararse la garganta del polvo y el humo de la fogata nocturna. Se
infundió de ánimo para enfrentarse al día, se abrió el grasiento chal de de sus hombros y
lo tiró en la oscura entrada detrás de ella. Apenas evitó tropezar con los pies de su
prima.
Loria salió e inclinó su rostro hacia el sol ardiendo a través de la bruma de la
mañana. Sus rasgos eran más finos y más delicados que los de Tayva. Vestía harapos
opacos, pero estos colgaban ordenadamente, y aunque la mayor parte de la bata estaba
cubierta de parches y toscas costuras no había agujeros reales. Sostenía un peine de
madera en la mano izquierda y se frotó los ojos. Se giró hacia la cabaña y recogió un
balde con la mano libre.
La choza de la que
habían salido las dos
mujeres era pequeña y mal
edificada. Las paredes
eran de piedras irregulares
y césped que la pareja
había cortado años antes,
mientras que el humo del
fuego avivado se escurría
por el techo. El tiempo
seco había hecho retrasar

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las reparaciones en el techo y las paredes y estas parecían más ruinas que residencia. La
choza estaba a orillas de un nuevo lago cuya agua era clara y fría en la luz matinal. La
puerta daba a colinas desnudas y erosionadas en la distancia más que al agua a mano.
Las primas se preocuparon poco por lo que vieron.
Tayva se dirigió a la parte trasera de la choza mientras Loria continuó hasta el
borde del lago y llenó el balde con agua. Comenzó a humedecer y peinar su cabello para
lucir lo mejor posible para el día que se avecinaba. Tayva suspiró mientras consideró
cuan patética se veía la rutina matinal de Loria, las cuidadosas y completas
preparaciones de belleza que ella había tomado en su juventud sólo se habían reducido a
un lavado sin jabón con agua fría.
Tayva se trasladó al palomar detrás de la choza. El edificio estaba apoyado con
piedra cuidadosamente cortada y encajada, y el techo y tres de las paredes eran un
entramado tejido de mimbre y pedazos de madera. La madera tenía forma de duelas de
barril, compradas a un gran costo para dos mujeres afectadas por la pobreza. El palomar,
aunque degradado y antiguo, era mucho mejor que la cercana ruina en que habitaban las
mujeres.
Tayva barrió el suelo con sus ojos mientras se paró junto al palomar. Por más
cuidadosamente mantenido y construido que estuviera el edificio ella todavía temía que
fuera atacado pero, como de costumbre, no había huellas que no fueran las suyas. Abrió
la puerta y entró rápidamente para evitar que se escapara cualquiera de las aves.
Las palomas anidaban en bastidores abiertos y jaulas de mimbre. Los pájaros
estaban tranquilos. Ella apenas pudo escuchar un suave arrullo y el movimiento
ocasional. Cuando renovaba el dispensador de alimentos era normal que la envolviera
un remolino de pájaros pero ahora ella radiaba quietud. Las aves la miraron sin
expectativas. Tayva miró de soslayo a través de la luz moteada y vio que una de las
palomas había muerto en la noche. Tomó inmediatamente la pequeña jaula de su soporte
y la llevó a la entrada del palomar. Allí, junto a la puerta, había un pequeño barril de
alimento y detrás de él una vasija de cerámica de aceite de hierbas. Un gran cacharro del
aceite descansaba detrás de la pared posterior del palomar pero ella mantenía un
recipiente más pequeño dentro para usarlo rápidamente. Así que recogió la botella y dos
jaulas parecidas a cestas y regresó donde yacía el pájaro muerto.
Tayva vertió el aceite de hierbas sobre la paja y el heno en el suelo del palomar y
roció el gancho del que había colgado la jaula. El aceite era para controlar y cubrir
cualquier enfermedad que podría haber matado al pájaro. Luego, con manos cuidadosas,
reunió a miembros inmediatos de su prole y transfirió gentilmente los torpes pájaros a
las jaulas de viaje. Podía identificar la relación familiar entre los pájaros con la misma
certeza con la que, en décadas pasadas, había conocido los nombres y características de
su propio círculo social. Pasó las cestas y el pájaro muerto fuera del palomar y los llevó
detrás del soporte de piedra del edificio. Se arrodilló al lado de la gran vasija de barro,
quitó la tapa y sacó la paloma muerta; un macho en la flor de la vida cuando murió; y lo
sumergió en el aceite. Entonces comenzó a entonar extrañas melodías desentonadas. Su
cuidado en frotar el aceite en todas las plumas del ave y su extraña reverencia no habría
estado fuera de lugar en el entierro de un rey.
Después de su baño de aceite Tayva llevó el cadáver aviar y las cestas de
palomas hasta el pantano situado a sólo treinta metros de distancia. La ciénaga, una
rama del lago, era una aberración en el país circundante. Un verde pestilente en los
colores pasteles de los alrededores, atrayendo y fascinando a los ojos. Nada perturbaba
su superficie y ningún insecto volaba sobre sus aguas estancadas. Tayva organizó las
jaulas alrededor de un pedazo de tierra apisonada y colocó las aves vivas cerca del agua.
Al ave muerta la levantó de la jaula y la colocó cuidadosamente para formar la punta de

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un triángulo en relación con las aves vivas, en el punto opuesto al agua. Luego se
agachó y recogió un puñado de agua del pantano, se enderezó con dificultad y lo
derramó sobre el pájaro quieto. El agua dejó un recubrimiento de la decadencia en su
mano y no fue más que con un simple esfuerzo consciente qué ella se abstuvo de
limpiarla. Respiró hondo y se arrodilló en el borde del agua con los ojos cerrados. Su
tensión y aliento escaparon fuera de ella en una exhalación sostenida hasta que se
desplomó hacia adelante, totalmente vacía. De pronto la cabeza de Tayva azotó hacia
atrás y temblores recorrieron todo su cuerpo. Una mueca barrió su rostro, emociones
desconocidas e incomprensibles tratando de expresarse. Sus manos se sacudieron y
dieron puñetazos a los costados. Los pájaros chillaron de miedo y trataron de huir.
Cuando las manos de Tayva al fin agarraron las jaulas los pájaros atacaron sus dedos.
Cualquier dolor que hubiera podido sentir fue alejado por algo más mientras ella levantó
las aves sobre el agua inmóvil y luego las hundió a través de la superficie. Las jaulas
sólo quedaron sumergidas hasta la mitad, frenadas por las extrañas plantas nervudas
ocultas en el agua. Una ráfaga de olor provino del agua perturbada que cegó a Tayva y
le hizo brotar lágrimas de sus ojos. Los pájaros golpearon el agua con sus alas y
picotearon a Tayva, la cestería, entre sí, e incluso al agua. Pero sus movimientos se
hicieron más débiles con cada segundo que pasó y Tayva siguió empujando las canastas
hacia abajo. Las palomas comenzaron a esforzarse y morir, cayendo una por una, como
si algún animal pequeño estuviera dentro de la jaula con ellos. Tayva introdujo con
fuerza una de las jaulas por completo bajo la superficie y tuvo que usar las dos manos
para empujar la otra hacia abajo. Sólo quedó un pájaro. Este atacó sus dedos mientras
ella hundió sus manos por debajo de la superficie agitada. Casi cayó cuando más
temblores la sacudieron y luego se reclinó dificultosamente sobre sus talones. Se
estremeció y sacudió la cabeza como si quisiera alejar ciertas moscas. Tayva escuchó el
susurro de plumas húmedas detrás de ella. El pájaro muerto se limpió a si mismo con su
pico y miró la parte baja de la espalda de ella con un ojo aburrido. Una lenta sonrisa se
desplegó en el rostro de Tayva, mientras ella juntó sus sangrantes manos llenas de
cicatrices y gimió con placer al recordar tiempos mejores.

* * * * *

Tayva y Loria se hallaban reclinadas en almohadones apilados a lo largo de las


paredes. Aunque la habitación estaba en un sótano había sido cuidadosamente decorada
para sugerir libertad. Las paredes y techos estaban cubiertos de franjas de tela que le
daban a la habitación la apariencia de una gran tienda de campaña. Una gruesa capa de
arena cubría lo que debería haber sido un suelo fangoso y un buen drenaje lo mantenía
seco. Aberturas de un holocausto conducían un flujo continuo de aire caliente por
encima de todo. A pesar del calor, braseros se asentaban en cada esquina quemando
grandes bloques de incienso, arrojando serpentinas de humo por el aire. Loria y Tayva
no hacían caso de su entorno. Sus ojos estaban fijos en la mujer en el centro de la
habitación.
Esta era vieja y arrugada, su vestido la de la sirvienta de una casa. Sus ojos
estaban muy abiertos y su mirada fija en la nada. Estaba de pie pero su cabeza se movía
en un círculo irregular mientras ella se mecía.
"Entra, Tío Brucius," dijo Loria. Tanto Tayva como Loria vestían ropa ondulante
que hacía juego con los almohadones en los que estaban reclinadas. Ambas estaban tan
bien camufladas con su entorno que al principio el hombre que empujó a través de las
telas colgando no las encontró. El hombre se frotó los brazos enérgicamente cuando se
halló en el interior, como si se quitara de encima telarañas.

109
"Esto es ridículo. ¿Por qué me han mantenido esperando? Deberían haberme
dado la bienvenida en el mismo momento en que llegué." La parte superior de su cuerpo
estaba cubierta por piel de gallina pero el enmascaró su inquietud con ofendida
dignidad. "¿Y por qué nos estamos reuniendo aquí abajo? Ustedes deberían recibir a sus
invitados correctamente." Se volvió para buscar un asiento pero nadie había puesto
sillas en el sitio y se encontró con que la noción de descansar en el suelo como sus
sobrinas le era desagradable así que eligió permanecer de pie sobre ellas.
"Tío ¿Podemos preguntarte por qué estás hoy aquí?" cuestionó Loria inclinando
la cabeza sólo lo suficiente como para mirarlo por el rabillo de su ojo.
"Tú sabes muy bien el por qué. He venido a hacerles entrar en razón. ¡Y aún no
puedo imaginar por qué nadie más en la familia no lo ha hecho hasta ahora!" Brucius
agitó sus brazos y dio puñetazos para que le prestaran atención a su diatriba. "¡Despidan
inmediatamente a esta mujer!"
"Tío, tú siempre has carecido de imaginación," respondió Loria. "Seguramente
reconoces a la anciana Tomaya. Ha sido enfermera durante dos generaciones de nuestra
familia. Es prácticamente de la familia." Mientras tanto Tomaya siguió bamboleándose
y mirando fijo a la nada.
Brucius estaba lívido de que sus órdenes hubieran sido rechazadas y por haber
sido tratado como a un siervo. Agarró bruscamente el hombro de la anciana y la arrojó a
un lado. Esta cayó como un árbol y no hizo ningún intento de volverse a poner en pie
"Fui yo quien ha ayudado a mantener esta familia en buen estado mientras otras
familias y naciones han caído ante el avance de los glaciares. ¡Ustedes, Loria, son una
inversión a futuro y yo no quiero que destruyan su valor en la compañía de esta
solterona! Ustedes dejarán esta casa," dijo él volviéndose hacia Tayva. La joven era
oscura y fría en una tierra donde esas cualidades eran abundantes y había disfrutado de
pocos pretendientes. "¡Dejarán esta casa y me darán control total sobre ella!" Brucius
comenzó a berrear pero las palabras se estrellaron contra algo en su garganta.
Tayva se hallaba como un plácido lago a excepción de una mano temblando de
tensión. Brucius sintió esa tensión en su garganta y se congeló. Ni siquiera pudo
esforzarse por continuar. Tayva lo sostenía con algo mucho más fuerte que sólo su
mano. Se quedó mirando fijamente fuera de un cuerpo que fue completamente separado
de él. Pudo oír a Loria levantándose detrás de él y susurrándole al oído.
"Tío, pareces muy tranquilo. ¿Te has quedas sin órdenes que dar?" Loria arrastró
un dedo por el cuello de él y este ardió. Pero hasta un gemido estuvo más allá de él. "Tú
no nos puede mandar. Nadie nos puede mandar. Nosotras somos más grandes que tú.
¡Nosotros somos más grandes que nadie!"
Loria se trasladó hasta la esquina de su visión y su rostro se sacudió con
intensidad. "Muéstrale Tayva, muéstrale por qué nadie nos da órdenes."
Tayva levantó ambas manos. Brucius giró medio paso y vio a la anciana Tomaya
de pie, aún sin dejar de mirar a la nada, con un cuchillo en sus manos. La garganta de él
quedó desbloqueada así que gritó.
"¡Alto! ¡No me hagan daño! ¡Haré cualquier cosa!" dijo sin aliento y él trató de
correr sin resultado.
Tomaya levantó el cuchillo y dio un paso más cerca de él. Al fin sus ojos
parecieron centrarse y ella lo miró. Entonces habló pero su voz sonó joven. Brucius
reconoció la voz de Tayva.
"Loria tenía razón. Tún no tienes imaginación en absoluto." Tomaya levantó el
cuchillo, se lo llevó a su propio cuello arrugado y cortó una amplia sonrisa roja. Brucius
volvió a gritar mientras Tomaya permaneció de pie, mirándolo a sus ojos, la sangre
corriendo por su cuerpo.

110
Brucius sintió un repentino alivio cuando Tayva aflojó el agarre sobre él y se le
volvió a dar control sobre su cuerpo. Tomaya se derrumbó y él salió corriendo de la
habitación. El ruido de muebles volcados por su huida se desvaneció cuando llegó a la
puerta exterior.
Ambas primas cayeron al mismo tiempo que el cadáver de Tomaya pero Loria
fue la primera en ponerse de pie a pesar del dolor que anudó sus músculos.
"Por los dioses Tayva, ¿por qué has hecho eso?" preguntó esta mientras se estiró
desesperadamente en busca de vino para calmar su dolor. "Aún no habíamos acabado
con Tío. ¿Y por qué permitiste que Tomaya expirara tan pronto?"
"¡Yo no permito que pase nada!" exclamó Tayva mientras ella también se
levantó y se estiró por el vino. Se mostró aún más inestable que su prima y maldijo la
decisión que había dejado a esa sala sin sillas. "¡No sé lo que pasó!"
Más gritos sonaron por toda la casa. Tayva se agachó hasta el cadáver
congelándose de Tomaya y arrancó el cuchillo de su mano muerta. Loria cuadró los
hombros e hizo un gesto hacia la puerta abierta.
"Tenemos que averiguar que está sucediendo. Ebenezer debe estar todavía en el
ala oeste." La pareja subió una escalera de madera que conducía al resto de la casa.
Ebenezer había aparecido como un refugiado de una misteriosa lucha en el sur.
Había sido destituido y estaba en extrema necesidad de un patrón. Tayva había estado
encantada de proporcionarle el uso de su propia casa y este se convirtió en su tutor en
las artes del sacrificio y el control. Pasado un año la aburrida élite de la ciudad se había
congelado alrededor de Tayva y Ebnezzer. Las cosas que se hicieron en la noche pronto
tuvieron murmurando a toda la ciudad, ritos que hicieron volver la mirada a muchos a
excepción de un núcleo de verdaderos devotos.
Tayva había introducido a Loria a este mundo oscuro. Así, las primas, ganaron
un poder que las liberó de la necesidad de cumplir u obedecer con las reglas de la
sociedad o de sus familias.
Pronto ellas dominaron al grupo y la mayoría de sus compatriotas en las tinieblas
habían sido sacrificados para alimentar su hambre de poder. Loria ignoró su rama de la
familia y se mudó con su prima mayor.
Si un sirviente desaparecía, bueno, los tiempos eran difíciles e inciertos.
Seguramente las cosas susurradas en voz baja en el terror de la noche no podrían
suceder cuando se consideraban a la luz del día. Tayva y Loria se deleitaron en sus
habilidades. Ahora ellas querían respuestas sobre que había frenado su poder.
Lo que vieron mientras se trasladaron al ala oeste fue una locura. Cuerpos de
siervos, anteriormente bajo control, tendidos sobre el suelo, algunos en el tranquilo
reposo de la muerte, mientras que otros se retorcían con un dolor sin sentido. Una joven
criada, una víctima reciente empleada el último mes, corría en círculos en el centro de la
sala de estar. Cuando vio a las primas su órbita se contrajo y se trasladó a la parte trasera
de la habitación como si hubiera sido impulsada por un viento. Su impacto con un
gabinete hizo astillas la madera y ella cayó, una bolsa de huesos rotos.
Loria fue atacada por un paje mientras atravesaban el pasillo principal. El joven
había corrido hacia ella aleteando sus brazos, una ave torpe regresando al cetrero. Sus
manos fueron como aletas sin huesos abofeteando a Loria mientras ella se cubrió el
rostro con los brazos. El chico suspiró de alivio cuando Tayva hundió su cuchillo varias
veces en su costado.
Ebnezzer estaba murmurando y meciéndose cuando ellas entraron a su santuario
interior. Enormes pilas de libros y aparatos se amontonaban en las mesas por toda la
habitación y una bandeja de disección sostenía una enorme rata aún chorreando sangre.
Era obvio que Ebnezzer se había visto interrumpido en la práctica de su oficio. El aura

111
de oscuridad y energía que había cubierto esa sala fue reemplazada por el amargo hedor
a sufrimiento y muerte. Ambas primas sintieron asco que aquel cuyo poder las había
impresionado hubiera caído tan bajo.
"Ebenezer, ¿Qué pasó?" le exigió Loria mientras aferró la cabeza del hombre
arrodillado. Sus manos sintieron una chispa de algo y ella le sacudió aún más. "¿Por qué
perdimos el poder? ¿Por qué los sirvientes están libres?"
"No lo sé, no lo sé. Sentí algún gran poder, me derribó. ¡Lo derribó todo!"
Ebenezer liberó su cabeza de una sacudida y comenzó a sollozar y gemir.
Tayva dio la vuelta a la habitación, examinando lo que había traído su mentor a
la casa. Todo lo que era valioso y fácil de vender lo tocó con un aire especulativo.
"Pregúntale si el poder regresará," le instó a su prima. "Pregúntale qué puede hacer."
Loria se agachó a su lado y habló con más urgencia al darse cuenta de que sus
víctimas estaban libres y que el Tío Brucius había escapado con su mente casi intacta.
"¿Te queda algo? ¿Algún espíritu al que llamar? ¿Acaso nuestros poderes
volverán a reaparecer?" Cada pregunta hizo temblar a Ebnezzer y Loria sintió
desvanecerse su esperanza.
"Lo que yo sabía se ha ido. No sé cuándo o si algo volverá. Probé un espíritu
antes de que me fuera arrancado. Aún lo tengo en mi boca y me canta. Me está cantando
ahora mismo," murmuró y se quedó mirando fijamente al suelo.
Tayva miró a Loria, en cuclillas con las manos sobre un loco y aplaudió
suavemente para ganar su atención.
"¿Ahora que?" preguntó.
A Loria le tomó sólo unos segundos decidir.
"No podemos quedarnos en la ciudad. La familia ya no nos tratará después de lo
que vio el Tío. No sé si alguna vez volveremos a recuperar lo que perdimos. Ebeneezer
ya no sirve para nada. Tiene algo dentro de él pero nosotros nunca podríamos extraerlo."
Loria hizo un gesto a los contenidos de la habitación. "Encuentra todo lo que sea de
valor. Empácalo rápidamente. En menos de una hora tenemos que ponernos en camino.
Volveré a nuestras habitaciones y conseguiré nuestros objetos de valor y algunas ropas
de viaje." Loria se puso de pie y corrió a sus cuartos.
Tayva se quedó a solas con el loco. Ya sabía lo que iba a tomar pero caminó
lentamente hacia el hechicero ausente y puso su mano como si fuera a bendecir la frente
de su antiguo mentor.
Las primas dejaron la ciudad y se metieron en un repentino deshielo. Los
caminos eran barrosos y sus espíritus cayeron aun cuando algunas de sus víctimas se
recuperaron y despertaron en la ciudad detrás de ellas. Tayva y Loria huyeron hacia el
norte con la cabeza de Ebenezer pudriéndose en una bolsa de cuero en el fondo de su
equipaje.

* * * * *

Loria maldijo continuamente en voz baja mientras se arrodilló en el barro de la


orilla del lago en busca de tubérculos. El lago era cristalino y su fondo arenoso a lo
largo de toda su orilla pero en una zona en el borde la acción glacial había empujado la
tierra vegetal. Zonas similares de tierra habían quedado depositadas en todo el territorio
pero la mayoría eran estériles y resquebrajadas por las lluvias de primavera. Plantas
habían crecido en estas zonas durante el último verano y otoño. Estas, cambiadas por los
acontecimientos que sacudieron el mundo veinte años antes, se habían adaptado a la
inundación de la primavera. Las densas raíces y tubérculos eran duros como madera

112
seca y cuando llegó el agua se protegieron de la putrefacción excretando limo y una red
de finas raicillas espumosas.
Loria, parada con piernas desnudas en el agua fría, estaba arrancando tubérculos
que parecían piedras y olían a estiércol húmedo.
Tayva permaneció visible en la distancia mientras Loria se irguió para lanzar las
raíces sobre la orilla. La mujer comenzó a regresar con la cesta que había arrastrado
hasta la mina de carbón. La caminata fue sobre barrancos resquebrajados pero tuvo la
ventaja de calentar las extremidades que se habían entumecido por el frío al estar de pie
en el agua. Loria estaba congelada y miserable y odió a Tayva con la débil ferocidad que
tienen los miserables. Tayva tropezó y arrastró la canasta a través de la tierra,
embarrando la sucia rejilla con más pegotes de barro deleznable.
"Mantenla fuera de la tierra Tayva." Loria todavía tenía la energía para criticar a
su prima. "Ni pienses que te ayudaré o esperaré por ti si ensucias eso."
La respuesta de Tayva fue un gesto obsceno que mostró más su falta de energía
que su irritación con su prima.
Loria se inclinó y trató de hacer lo mejor que pudo para lavarse las manos y las
piernas. A lo sumo conseguiría quitarse la mayor parte de la suciedad, pero esta no
tardaría en ser reemplazada con el polvo de la ruta de acceso al sitio de fermentación.
Tayva llegó y comenzó a llenar la cesta con los tubérculos. "Me estoy cansando
de hacer esto," comentó y luego lanzó una raíz tan fuerte como pudo en el recipiente. El
único resultado fue un ruido sordo. Tayva apretó sus puños y luego los abrió en
exagerada relajación.
"Ambas nacimos para cosas mejores pero el poder que tenemos está aquí,"
respondió Loria. Pateó la canasta en demostración de resignación y suspiró mientras se
dejó caer sobre el suelo húmedo. Volvió a inclinarse y maldijo cuando su espalda
protestó. Tayva intentó descansar haciendo palanca con los brazos contra sus piernas
pero no encontró ninguna comodidad mientras vio a su prima pataleando en el suelo
como un animal inútil y cansado.
Loria se levantó y vio la leve mirada de disgusto de Tayva. También notó una
figura viniendo por el sendero junto al lago.
Las primas se enderezaron y trataron de asumir un gesto de amistad. Fue una
pobre demostración pero la calidad de su audiencia aproximándose alivió la necesidad
de una buena actuación.
Winton era su nombre. Era cazador de aves acuáticas, las que atrapaba por toda
la red de lagos y arroyos que cruzaban el desolado paisaje. Cuando reconoció a las
primas mostró una expresión ansiosa en sus rasgos toscos y holgados. Tayva se veía más
vieja, más gris y sucia en su vestido de piel mal curada. Loria era la de mejor aspecto
del par y acicalada para alguien que trabaja en el agua y el barro. Winton solo las
conocía como las creadoras de un brebaje hecho a partir de los tubérculos malolientes
que estaban reuniendo, un brebaje conocido por su salvaje poder y su resaca casi letal.
Su ansiedad se desvaneció cuando su nariz fue golpeada por el aire fétido de las raíces
crudas.
"Eso si que huele, vecinas," dijo. "Me cuesta imaginar como hacen su ambrosía
de esa basura." Winton mantuvo su distancia pero trató de ser lo más amigable posible.
Movió inquietamente sus pies y las dos pequeñas boleadoras ensartadas a través de su
cinturón chasquearon una contra la otra.
El hombre cazaba aves acuáticas por dinero. Era muy bueno con la honda pero
sus boleadoras eran armas más seguras en lugares oscuros. Las lanzaba cuando los
pájaros se asustaban y luego vendía los que atrapaba en el camino del día siguiente. La

113
honda y piedras en el fondo de su cinturón las utilizaba contra conejos y objetivos en los
árboles. Era un viejo y ansioso cliente del brebaje de las primas.
"No me importaría negociarla por una taza de comodidad," dijo apretando una
mano a las boleadoras de brillantes teñidos, piedras de color rojo, azul y verde. "Tres
pájaros o cinco conejos, entregados a su puerta."
Tayva respiró hondo para negociar pero Loria se le adelantó. "Espero que
aceptes un tazón como regalo," dijo arrastrando las palabras y estirándose hacia Winton
con las manos abiertas. Trató de sonar seductora pero su desalentadora entrega a alguien
que ella consideraba un patán sonó tonta a los oídos de su prima. "Trae un par de lo que
tengas a nuestra cabaña esta noche y celebraremos juntos."
Winton se quedó perplejo. "¿Y que celebración es esa?" preguntó. Al vivir solo
solía perder la noción del tiempo.
"Estar vivos," respondió Loria. Trató de poner un aire sensual pero sólo logró
petulancia. Tayva tosió para cubrir una mueca escondida.
Pero Winton vio todo a través de un velo de soledad y cualquier indicio de
interés fue suficiente para fijar el cebo.
"Volveré esta noche, querida," dijo mientras se volvió y saltó dramáticamente
unos pasos antes de establecerse en su característico paso agachado. Loria hizo un gesto
de silencio hasta que él estuvo fuera de la audición. Tayva asintió y luego vigiló la zona,
recogiendo sus toscas herramientas.
"Prima, será mejor que practiques mas el engaño. Fuiste dolorosamente
insincera," le reprendió Tayva. Luego alzó la canasta e hizo un gesto con la barbilla para
que Loria se la colocara en su espalda.
"Él vendrá, ¿no? También estará jadeando cuando aparezca," dijo Loria y ajustó
las correas para minimizar la posibilidad de ampollas o ronchas.
"Entonces, ¿qué vamos a hacer con él?" preguntó Tayva.
"¿Acaso no te sientes cansada? Lo mataremos, por supuesto." Y con eso Loria
comenzó a caminar hacia las colinas con su prima siguiéndola con total naturalidad a
sus espaldas.
"Matarlo. Sí. Pero, ¿dónde y cómo utilizar la muerte?" preguntó Tayva. Entonces
tropezó y recuperó el equilibrio con dificultad para luego continuar: "¿Destruir su mente
y usarlo aquí arriba? ¿Corromper su espíritu y enviarlo en busca de venganza?"
En ese momento el camino se hizo más amplio y mostró el duro trabajo
realizado por parte de alguien. Se habían construido escalones de roca en algunas de las
partes más empinadas del sendero con arbustos plantados estratégicamente para cubrir
las mejoras. El camino pasó a través de un corte para ocultar a los caminantes de los
observadores.
Las primas llegaron a los pozos de brebaje, depresiones respaldadas por una
ladera. El lugar, rodeado de arbustos, estaba lejos de su cabaña pero cerca de una sucia
veta de lignito que rompía la superficie como una gran ballena. Tayva apalancó trozos y
losas en una cesta. Luego, con Loria en el otro lado, las acercó al fuego donde rocas
amontonadas en las brasas servían como piedras de calefacción.
Loria hizo gestos alrededor del lugar mientras Tayva echó más carbón al fuego.
"A ese calderero de la carretera le sacamos tres semanas de trabajo."
Las mejoras en el camino, los profundos pozos que sostenían el equipo de
brebaje, todo había sido hecho por un viajero que la pareja había atrapado en la carretera
principal.
"Podríamos utilizar a Winton para ampliar aquí. Tal vez él pueda profundizar
aún más el pozo. Hemos tenido que enterrar al calderero demasiado pronto para hacer
un trabajo decente."

114
En ese momento Tayva estaba moviendo más rocas en el pozo para que se
calentaran. El cadáver del calderero estaba enterrado bajo la fogata y había sido cocido
por las llamas anteriores. Tayva utilizó un gran par de pinzas para levantar rocas ya
calentadas y ponerlas sobre un trío de troncos excavados y arrastrados desde una gran
distancia de su lugar de tala. El calor comenzó a hervir las raíces recolectadas para
quitar la cubierta estancada de limo. Esa cubierta, además de ser desagradable, era
venenosa y mataría a los clientes demasiado rápido si se le permitía permanecer. Loria
fue al pozo y sacó un cubo de agua. Lo tiró en el tronco y vio el pegajoso veneno
fluyendo hacia abajo y volcándose en una zanja de arena que había cavado el calderero.
Tayva había terminado de transferir las piedras calientes y se quedó apoyada en
las pinzas. "Sería bueno tener a alguien que hiciera el trabajo sucio de aquí. Nuestra
energía es baja y hay muchas bandadas de pájaros de las que encargarse. Cada ave que
yo hago necesita más poder y la correntada es menor. O alimentamos el agua o
estaremos en problemas."
Años antes, cuando ellas habían llegado, la cabeza de Ebenezer había entrado en
el agua detrás de la cabaña. La cabeza, al pudrirse, había soltado al espíritu que les
volvió a dar una pizca de verdadero poder y gloria. Pero cuanto más esforzaron al
espíritu este más les exigió. Sin que las primas hicieran nada aves acuáticas fueron
absorbidas bajo las aguas. En alguna ocasión se requeriría de una mejor presa.
"Necesitamos un muerto, ¿pero cómo lo matamos?" preguntó Tayva mientras
marchó hacia el segundo tronco excavado. Este estaba vacío y tenía una canasta de
raíces a su lado. Las raíces se habían humedecido y calentado tanto tiempo que estaban
relativamente suaves. Un tronco alto y hueco envuelto en alambre servía a las
compañeras como un mortero para moler la raíz en pulpa.
"Acuchillarlo es demasiado complicado," dijo Loria mientras le hizo un gesto a
Tayva para que la ayudara a levantar una sección del tronco con punta de metal. El
calderero muerto había fundido el metal a la madera. El metal había venido de una de
las máquinas asesinas de Mishra, y Loria encontró irónico que un pedazo de historia
oscura como tal siguiera siendo utilizado para crear muerte y engaño. El tronco era el
verdadero mortero así que ambas se apoderaron de las clavijas de la manija al unísono,
levantándolo y dejando que su peso y estrecha punta machacara las raíces dentro del
muñón hueco.
"Matarlo a palos es demasiado trabajo," expresó Tayva al ritmo de su trabajo.
"Podríamos sofocarlo cuando esté borracho," respondió Loria mientras se inclinó
para quitar la pulpa y añadir más raíces. La mezcla tóxica no sólo hacía más fácil el
asesinato sino que su comercio traía dinero necesario así como la alegría de saber que la
gente moría por sus efectos acumulativamente letales.
"Será tedioso esperar que muera. Además, lo necesitamos en el agua," dijo
Tayva. "Yo no voy a acarrearlo." Tiró flores muertas en el segundo tronco; su
decadencia y sus semillas comenzarían el proceso de fermentación y añadirían un toque
de narcótico.
"Entonces será un ahogamiento accidental mientras esté borracho." Loria cruzó
hasta el tercer tocón y examinó la mezcla. Casi se había completado. Sólo un paso más
antes de colar y embotellar. "Está lista para el condimento especial."
Tayva dio una risita divertida mientras caminó hasta la olla sellada que había
traído de casa. La abrió y vio un pájaro podrido. Sus ojos estaban en blanco y sus
plumas y carne hechas jirones. El fondo de la olla estaba lleno de petróleo pero la ráfaga
de olor fue una húmeda bofetada en el rostro, incluso en el aire ya ahogado y
contaminado. El pájaro se retorció y trató de levantarse pero no pudo hacerlo debido a
sus piernas rotas; era uno de los espías de Tayva que había decaído demasiado como

115
para ser de alguna utilidad. Tayva tomó el cuerpo en sus manos y regresó al tercer
tronco. Se arrodilló en el barro, aplastando el asqueroso líquido derramado del proceso
de fermentación. Sus manos manipularon lentamente la paloma mientras su carne
licuándose amenazó deshacerse en su mano. Despejó su mente y se concentró en el agua
estancada detrás de su choza. Pudo sentir sus corrientes inciertas y saborearla en su
mente. El mundo real se desvaneció en su visión mientras sus manos se contrajeron en
puños con un húmedo estallido. Ella respiró vileza y soñó.
Cuando volvió en sí Loria estaba introduciendo el contenido ahora repugnante
del tercer tronco en una serie de tarros baratos. Los brazos de Tayva estaban negros con
sangre hasta los codos y yacía en el barro y la escorrentía tóxica. Las raíces, en sus
diversas etapas de fermentación, olían como una planta derretida, y una nube de humo
asfixiante del carbón ardiendo se asentó sobre todo. Aquello fue hermoso.

* * * * *

Winton silbó mientras transitó por su camino hasta la casa de las primas. Había
dormido toda la tarde, como era su costumbre, y cazado pájaros temprano en la noche
ya que las aves se asentaban y eran blancos más fáciles en la mañana temprano y al
atardecer. Había atrapado dos aves acuáticas en rápida sucesión. Sus lanzamientos
habían sorprendido a las aves en aguas poco profundas y había envuelto un par de
pájaros en sus pequeñas boleadoras. La tercera ave era un tipo de gran grulla. Esta casi
se había escapado antes de que Winton la estrellara a través de las cañas y le retorciera
el cuello. Era grande y hermosa y Winton creyó que le traería buena suerte a la choza de
Tayva y Loria.
La única nota amarga del día había sido su último lanzamiento. Le había errado
completamente al ave y oído un fuerte crujido inmediatamente después. Entonces había
buscado el vivaz color de las boleadoras a través del agua. Uno de los pesos se había
roto en una roca del lago y estaba desequilibrando el balance del arma.
Ese golpe de mala suerte se perdió en el lienzo de fantasía que él pintó en su
mente: el poderoso cazador regresando a sus admiradoras, la carne que había derribado
comprando su adulación y respeto. Fue una imagen tan bonita que él imaginó la pobre
actuación de Loria como una simple pasión apenas contenida.
"Sí," dijo en voz alta al mundo. "Esa es completamente mía. Sólo un toque de
encanto y entonces Tayva también te amará." Luego se distrajo con delirios románticos
mientras caminó a través de la penumbra y vio la luna llena alzándose sobre el
horizonte.
Pudo ver la choza y la luz parpadeante de una vela a través de la puerta abierta,
una buena vela romántica en lugar de una fogata o lámparas de aceite caseras. Cuando
vio esta extravagancia se sintió un invitado noble.
Anunció su llegada con un grito y se dirigió hacia la puerta. "Señoritas, aquí
estoy. Con este festín y mi compañía tendremos una buena cena," dijo irguiéndose
orgulloso con sus ropas manchadas y olorosas. Tenía sus piernas desde las rodillas hacia
abajo salpicadas de barro y su camisa estaba mojada por el sudor y el agua de las aves
que había matado. Descolgó sus presas por encima del hombro y se las entregó a Tayva,
mirando más allá de ella para encontrar a Loria.
Esta estaba vestida con sus mejores galas. Sus ropas estaban parcheadas con
telas de casi del mismo color que el tejido inicial. Loria se había acicalado
cuidadosamente. Su cabello era lo más limpio en la habitación.
"Gracias por su contribución, señor. Venga a tomar una taza y contarnos las
noticias," respondió Loria grandiosamente.

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Mientras tanto Tayva examinó la grulla de Winton pero solo vio un pájaro con
barro en sus plumas y piernas deformes.
Lo desgarró y lo seccionó, colocando trozos de carne en un pincho sobre el
fuego. Su vestido, irregularmente remendado pero bien ajustado, había sido teñido con
esmero y era de un solo color. Por desgracia ese color era un gris-verde fangoso que
desapareció en el fondo. Cada vez que ella regresó a la conversación se dio cuenta de
que Winton se mostró más envanecido y fanfarrón que antes.
Winton estaba encaramado en un taburete y encorvado sobre la mesa. El mal
estado de los muebles le dio a su diálogo de engreído un tono nervioso mientras trató
subrepticiamente de evitar su peso sobre el taburete. Cuando sus codos dejaron la mesa
en un gesto extravagante él se apresuró a volverlos a bajar.
"El mismísimo alcalde de Cade me pidió noticias de la carretera. Quería saber si
había oído algo acerca de los disturbios en el sur. Yo obtengo todas las noticias en el
camino," dijo Winton mientras recogió el trozo de carne que Tayva había colocado
delante de él. Cade era el asentamiento más pequeño que Tayva conocía que realmente
tuviera un nombre. Sólo un ignorante del mundo lo encontraba interesante.
"¿Y qué le dijiste?" preguntó Loria mientras le dio otro vaso lleno de cerveza y
un guiño. Lo estaba avivando como avivaba al fuego de la cena, alimentándolo
lentamente hasta que estuviera a punto. Winton tomó un gran trago del brebaje. Fue
áspero como una mazorca y fuerte como una tormenta de invierno pero lo mejor que
había probado jamás.
"Le conté de problemas por todo el sur. Todo lo que escuchas son cuentos de
marchas y tesoros."
Loria oyó con cierto interés. Hasta un guía ciego encuentra a veces el camino,
pensó.
"Uno escucha muchas cosas pero yo tengo hambre. ¿Qué tal algo más de carne?"
Winton se estaba sintiendo mareado. Tal vez un estómago más lleno le aseguraría.
Tayva había estado calentando y sazonando la carne de la grulla de Winton. Al
fin la carne estaba cocinada a su gusto.
Winton comió todo lo que le pusieron delante. Los pinchos de carne de grulla
fueron solo a su plato y él nunca pensó en compartir. Loria lo presionó con más bebida
pero, en verdad, le costó bastante mantener su taza llena. Tayva miró y no dijo nada.
"He oído que los campos de hielo todavía están retrocediendo hacia el norte.
¡Cada día que pasa vivimos en un mundo mejor!" proclamó Winton. Las primas
pensaron en el lujo y el poder que habían disfrutado años antes y se quedaron en
silencio.
Las mujeres comieron de una de las aves acuáticas y sólo humedecieron los
labios mientras Winton bebió grandes sorbos de licor. Este era un pelmazo y un glotón
pero ninguna expresión de descontento cruzó sus rostros. El pajarero estaba finalmente
en un estado tal que Loria decidió que era el momento.
Winton vació la mesa de su comida y se sentó con ojos legañosos mirando a las
primas. "¿Ahora que?" preguntó y soltó un gran eructo.
"¿Qué tal si vamos de pesca?" dijo Loria brillantemente y le guiñó un ojo al
hombre borracho.
"¡Qué maravillosa idea!" exclamó Winton e intentó ponerse en pie. Se paró de
un empujón usando sus manos contra la mesa y las tazas y platos de arcilla cayeron al
suelo pero él estaba demasiado borracho para darse cuenta.
"Toma mi mano Winton," dijo Loria poniendo una sonrisa tonta estirándose
hacia él mientras retrocedió por la puerta. Tayva tuvo que sostener el hombro de Winton
para dirigirlo a través de la choza.

117
Winton tropezó mientras fue conducido hacia la noche. La luna era brillante pero
al paisaje le faltaban detalles que llamaran la atención. El palomar era un antro de
oscuridad y la ciénaga era un prado en el fondo.
"Ven, Winton. La pesca nocturna es divertida. Nosotras hemos atrapado muchos
en la noche," afirmó coquetamente Loria, fantasmal a la luz de la luna y atrayéndolo en
pos de su voz. Tayva le estaba sosteniendo su brazo derecho, manteniéndolo orientado
hacia Loria. Los pies de Tayva se desviaron instintivamente hacia el centro del estrecho
camino y Winton empezaron a tropezar y tambalearse cuando fue hecho a un lado.
La mente de Winton estaba nublada y se preguntó si eso seguía siendo un juego
romántico jugado por las primas. El palomar era una masa de tinieblas y Winton sacudió
la cabeza en su oscura sombra.
"¿Y cómo los atrapan?" bromeó. "¿Con líneas inteligentes?" Winton estaba
respirando profundamente y se apoyó en la red tejida de madera y mimbre. Gimió en
voz alta y las palomas chillaron brevemente ante el ruido. Tayva lo arrastró por el brazo
derecho.
"Con esto. Nosotros los ensartamos." Tayva blandió un gran pincho con una
enorme punta de púas en el brazo libre. Winton lo pensó como un hilarante apoyo pues
era demasiado corto para ser una lanza eficaz. Rió y se tambaleó aún más. Loria flotó
más cerca mientras Winton rió y se arrojó contra Tayva.
"¡Me pescaré todo el lago!" se jactó él y se inclinó tan pesadamente que Loria
tuvo que deslizarse bajo su brazo izquierdo para hacerlo seguir caminando.
Las primas empujaron desde ambos lados para acelerar el ritmo. Casi habían
llegado hasta el agua del pantano y ambas se estaban quedando sin paciencia. Winton
trató de agarrar la lanza de Tayva.
"Dámela y yo te mostraré cómo usarla."
"Ya la obtendrás," declaró Tayva y se deslizó bajo su brazo y detrás de él.
Desapareció ante los ojos de Winton así que él comenzó a tantear a Loria creyendo que
estaban solos.
Ambos entraron en el agua y su frialdad y repentino mal olor le sobresaltaron. El
fondo barroso y las algas se aferraron a él mientras Loria le guió a zonas más profundas
en el agua con grandes salpicaduras. Su cabeza comenzó a despejarse cuando el hedor
llenó la embriaguez.
"Suficiente," dijo Loria con voz fría y se escabulló de sus brazos. Las ondas del
andar torpe de él se detuvieron y agua quieta le rodeó. Tayva le dio una patada detrás de
las rodillas y Winton cayó de bruces en el agua.
Trató de frenar su caída pero no lo logró y el golpe fue tan fuerte que sintió
vaciarse sus pulmones. Entonces entró en pánico mientras sus manos quedaron
atrapadas en el traicionero barro. El agua era relativamente poco profunda pero Winton
no pudo liberarse. Aún así arqueó su espalda para poder mantener la cabeza por encima
del agua y comenzó a mecerse violentamente de un lado a otro. Cada movimiento lo
envolvió en aún más inmundicia y quedó casi ciego en el aire contaminado. Loria estaba
arrodillada en el agua a su lado. Sostenía sus manos planas a la superficie de la ciénaga
y agua se enturbió por debajo de ellas. La lucha de Winton la irritó así que miró con
disgusto al cazador jadeando.
"Tayva," dijo Loria imperativamente y Winton sintió un gran peso entre los
hombros. Cada vez que su cabeza salió del agua Tayva la empujó por debajo de la
superficie. En ese momento Winton ya no pudo levantar la cabeza en absoluto. Su
forcejeo alcanzó su punto máximo y entonces él ya no se volvió a mover. El líquido
entró forzosamente por su boca y su nariz y descendió por sus pulmones. Todo en su
cuerpo -energía, voluntad, coraje- todo salvo su conciencia, fue absorbido por el agua.

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Esta lo aplastó y cuando ya nada más pudo ser exprimido él subió flotando a la
superficie.
"Tayva, acábalo y ponlo en un lugar profundo." Loria sonó cansada pero repleta,
como si hubiera devorado un buen postre. Se puso de pie y se tambaleó, tan borracha
como había estado Winton minutos antes, y luego se retiró a la choza.
Winton sintió presión y desgarro cuando Tayva le obligó a entrar a aguas más
profundas. Entonces ella le clavó el arpón por su pecho y abdomen.
Loria regresó de la casa, todavía tambaleante por las secuelas de lo que habían
hecho. Traía las boleadoras de Winton envueltas en un brazo y una pila de vajilla sucia.
"Tenemos que borrar cualquier señal de que él estuvo aquí esta noche. Limpia
estos después de que terminemos aquí," ordenó mientras dejó los platos en el suelo.
Tayva se limitó a gruñir y perforó al cazador una última vez. Ambas le
envolvieron las muñecas con las boleadoras y luego le pusieron boca arriba. Agua y
verdín chorreó por su rostro y una última bocanada de aire salió burbujeando de sus
labios. Las primas estaban metidas en el agua hasta la cintura y el pantano se estaba
volviendo cada vez más helado.
Los dientes de Tayva comenzaron a castañetear y ella murmuró malhumorada:
"¿Por qué tú siempre consigues la mejor parte?"
Loria rió. "Todavía puedes obtener el último mordisco. Yo ya he recibido
suficiente por ahora."
Ambas deslizaron sus manos por las piernas de él hasta sus pies y comenzaron el
último ritual.
"Sostenlo," gritaron y obligaron a sus piernas a hundirse en el fondo. Las ramas
muertas lo atraparon y el barro empezó a tirar de él hacia abajo.
"Devóralo," dijo Tayva sonriendo maliciosamente mientras lo único que quedó
por encima de la superficie fue la cabeza de Winton. "¡Bórralo del mapa!" sentenció y
sintió una oleada de calor a través de su cuerpo. Lo que quedaba de Winton se
desvaneció bajo el agua.

* * * * *

Las primas descansaron al día siguiente. Se habían saciado de poder y sueños,


grávidas con deseos y apetitos oscuros. No hablaron nada hasta tarde en la noche
cuando Loria rompió el contenido silencio que las rodeaba.
"¿Crees que hayan habido más disturbios en el sur de lo habitual? Ya ha pasado
mucho tiempo desde que le prestamos verdadera atención. Tal vez ese tonto cazador
dijo algo sensato antes de morir." Loria estiró las piernas, deleitándose con la
flexibilidad que le había regalado la muerte de Winton.
"Si quieres yo podría pedir ayuda a la bandada," respondió Tayva, "pero
necesitaríamos a todas para obtener una imagen clara."
Las palomas muertas que ella enviaba por el mundo eran excelentes espías y
registradoras de eventos pero no volvían a menos que fueran llamadas. El acto de
escuchar sus informes destruía todo vestigio de poder dejado en sus cuerpos y Tayva
luego tenía que crear más espías de su limitada existencia de aves. Cada espía costaba el
sacrificio de varias palomas por lo que era raro que Tayva llamara a sus criaturas. Era
normal que poco más que jirones de esqueletos respondieran a su llamada.
"De todos modos no entiendo por qué deberíamos escuchar las palabras de un
idiota," continuó Tayva demasiado satisfecha para contemplar la acción.

119
"Porque me siento ambiciosa. Desastres y luchas dan lugar a la oportunidad,"
respondió Loria. Estaba inquieta y casi bailó con la energía contenida. "Llama a todas.
¡Algo maravilloso está sucediendo! ¡Lo sé!"
Tayva accedió a regañadientes y se dirigió al palomar. No se sintió contagiada
por el entusiasmo de Loria pero quizás podría ser beneficioso un nuevo curso de acción.
Llamar a sus pájaros era bastante fácil y no significaba gran sacrificio.
Tayva entró en el palomar y observó su bandada. Sabía exactamente qué ave
utilizar. La paloma era la más estrechamente relacionada con todo lo que ella había
enviado y la sangre llama a la sangre. La vio en una jaula en una esquina y la tomó
suavemente en sus manos. El ave, al principio inquieta, pronto se calmó y comenzó a
arrullar. Tayva salió cuidadosamente del palomar y se dirigió hacia el pantano. El pájaro
estaba completamente calmado cuando ella se acercó al agua viscosa. Un cuchillo que
había traído de la casa salió como un rayo hacia el pájaro y su mano quedó cubierta de
sangre. Tayva dejó caer el cuchillo en el polvo y apretó el pequeño cuerpo todo lo que
pudo. Lanzó una palma ahuecada hacia el cielo y chilló como un pájaro. La sangre de su
mano salió disparada hacia arriba y cayó en forma de lluvia irregular sobre el agua
estancada. La superficie burbujeó y luego quedó quieta con las gotas rojas
desapareciendo en las profundidades.
Aunque la orden salió en ese instante los pájaros no regresarían a casa hasta la
noche. Las aves carroñeras sabían que ellas estaban muertas y bandadas de cuervos
caerían sobre la carne podrida si las espías volaban durante el día.
Tayva regresó y se sentó a su mesa pequeña. "Ya están viniendo pero no sé cómo
las sustituiremos a todas."
Loria terminó lo último que quedaba de la carne de su festín asesino de la noche
anterior. "Coloca redes y abono y usa bandadas de aves silvestres. Ahora nuestro poder
abarca aún más lejos. Es momento de renunciar a los lazos de sangre y relación." Ella
mordisqueó la carne grasienta con delicadeza aunque esta sutileza pareció fuera de lugar
en la choza estrecha y contaminada. "Es hora de acciones más grandes y más audaces.
Nos estamos pudriendo en esta pocilga." Dijo pateando con rencor a los muebles toscos.
"¿Recuerdas nuestra antigua casa? Allí éramos reinas de la creación. ¡Y que
libertad! Siervos que se deshacían del desorden y encontraban nuevas víctimas. Sólo
disfrutábamos de las mejores y más ricas víctimas. Esos si que fueron grandes tiempos.
Nos hemos vuelto demasiado pequeñas para recordarlos." Loria recordó el pasado más
próspero y ardió de nostalgia.
Las dos primas tejieron pesadillas del pasado y el futuro y se deleitaron en su
oscuridad.

* * * * *

"Y bien, ¿qué escuchas?" preguntó Loria mientras se frotaba las manos para
ocultar su emoción.
Tayva trabajó detrás de la pared de piedra del palomar e inclinó la cabeza para
tomar una ráfaga de aire limpio. La sombra del palomar y la proximidad al agua la
deberían haber hecho sentir cómoda pero su trabajo le impidió mucho de ese alivio. Los
pájaros habían regresado durante la noche y Tayva había estado tomando sus informes
la mayor parte del día. El calor y la proximidad de tantos cuerpos animados en
descomposición habían creado una nube de hedor que casi la había distraído. Loria
había entrado en la orilla del lago, envuelta en sueños de buena fortuna, mientras Tayva
había completado el trabajo sucio. Ella también estaba cansada de tener que calmar a las

120
aves vivas. Las palomas muertas se habían posado en cestas y cajas situadas alrededor
del palomar, el foco de su vida anterior. El regreso de sus familiares muertas no trajo
alegría a los pájaros vivos. Las palomas al fin habían quedado agotadas y Tayva sabía
que el stress mataría a varias más antes del final del día.
"Interesantes noticias," respondió Tayva finalmente a la pregunta de Loria.
"Winton tenía razón. ¡El sur está sacudido por la plaga que se está extendiendo como la
pólvora! Los druidas no
pueden tocarla y los
líderes están
desesperados." Tayva
llamó a otra paloma y la
observó volar del grupo
oculto en una cesta
volcada. Había separado a
las recién llegadas en
varios grupos y las estaba
procesando.
La paloma no
tenía ojos, pero siguió
observando a Tayva y
Loria con atención,
cambiando su postura
mientras su concentración
derivó de una a otra.
Tayva llamó su atención mientras dejó caer los hombros y levantó los brazos. Una mano
apuntó al pájaro y la otra se estiró hacia el fangal. La carne de la paloma se corrompió y
licuó en un instante y todo lo que había aprendido desde su renacimiento golpeó la
mente de Tayva.
Loria ignoró a su prima. La mañana se había ido y ella había visto la ceremonia
demasiadas veces. Vertió el último aceite de hierbas sobre los huesos disolviéndose,
arrojando puñados de ceniza gris sobre ellos. La nube resultante cubrió toda la parte
trasera del palomar y un gran círculo de tierra. Loria se atragantó hasta que esta se
despejó pero Tayva se sentó y digirió lo que había aprendido en perfecta quietud.
"Es una búsqueda del tesoro," dijo bruscamente. "Hay rumores de un poder
secreto. Las aves vieron ejércitos marchando en su búsqueda y esta incluso vio un mapa
que se suponía daba su ubicación. El poder se haya justo allí asentado mientras
colecciones de tímidos tontos esperan órdenes. ¡Esto es algo de lo que nosotras
podríamos apropiarnos!" Tayva habló con un aumento de excitación y sus gestos se
hicieron más amplios. La perspectiva de poder se llevó la suciedad que la rodeaba de su
mente.
Loria se limitó a escuchar. "Nosotros se los arrebataremos. Les arrebataremos
ese verdadero poder. No más aves o estúpidos planes. ¡Al fin podremos acabar con este
aislamiento!" Ella estaba exultante pero su casi grito de alegría le pellizcó
dolorosamente sus huesos y ella pensó en lo que significaría ese viaje. Se levantó y se
dirigió hacia la cabaña.
"No más seguridad. No más sacrificios por poder. Nada que no pueda llevar
conmigo," dijo Loria entre dientes y miró a su alrededor. La choza era una ruina y todas
las cosas dignas hacía rato que habían desaparecido. Había una pequeña cantidad de
monedas, cuidadosamente recogidas de víctimas exitosas, pero poco más de valor. Loria
llegó al lado de la jamba de la puerta y sacó su dinero del escondite, una olla sellada en

121
el suelo de tierra apisonada. La bolsa era penosamente ligera. Observó a su prima
comprobando las palomas y pensó en una anciana que no ayudaría en el viaje e incluso
haría dividir los recursos. Tantos habían muerto en sus manos. La elección no fue difícil.
"Tayva, mata a los mejores pájaros y conviértelos en comida," gritó. "Nos vamos
mañana y nos daremos un festín antes de la partida." Luego se dio la vuelta para
empezar a hacer planes para la cena y el solitario viaje de mañana.

* * * * *

La comida de esa noche fue un éxito. Las primas tomaron lo último que quedaba
de buen vino de su escondite y lo sirvieron en vasos recién lavados. Loria “sazonó”
cuidadosamente la comida y mantuvo separado lo que comió ella de lo que comió
Tayva. Loria fue la anfitriona perfecta, trayendo cada plato y sirviendo cada bebida.
"Me pregunto cuanto calor hará en el sur. Ha pasado tanto tiempo desde que nos
fuimos que casi no puedo recordar como era. No es que mis recuerdos vayan a ser de
alguna utilidad después de veinte años de hielo en retroceso," dijo mientras le daba lo
último que quedaba del vino a Tayva y acercaba de un codazo las porciones de comida
más cerca de su prima.
Loria nunca había envenenado a alguien familiarizado con las toxinas y sintió un
poco de miedo. Cada plato, cada utensilio que Tayva utilizó había sido ligeramente
envenenado. Si ella comenzaba a sospechar e intercambiaba la comida o los cubiertos
con Loria el plan todavía se llevaría a cabo. Las muchas y pequeñas dosis de veneno
ingeridas por Tayva tendrían un efecto fatal. El veneno había sido destilado del brebaje
de las primas y no tenía sabor. Con algo de tiempo Tayva caería bajo su influencia y
moriría.
Tayva se volvió constantemente más pasiva, su mente errante.
Loria decidió acelerar el proceso. "Toma un poco más de vino, querida prima,"
le apresuró y vertió la cosecha anual de la que Winton había disfrutado en un par de
copas. "No es buena pero es todo lo que tenemos por ahora." Observó a Tayva tomar la
copa y beber profundamente. Tayva le hizo un gesto para que le sirviera más pero sus
ojos estaban opacos bajo la luz nocturna y sus movimientos silenciosos.
"Hay mucho más para las dos," dijo expansivamente y llenó la copa de Tayva
hasta el borde sin tener en cuenta la propia. Tayva volvió a beber profundamente y todos
los signos de su inteligencia se desvanecieron. Loria encontró la situación deliciosa.
"Es tan triste que me… nos vayamos mañana," dijo maliciosamente. "Hemos
pasado buenos momentos aquí." Dijo considerando la miseria a su alrededor. "Bueno,
no tan buenos." Se estiró para llenar la copa de Tayva pero se vio frustrada por el intento
descoordinado de su prima de pasársela a ella. La copa cayó al suelo y se rompió. Tayva
observó los fragmentos de cerámica con una expresión de profundo dolor.
Loria sintió un estremecimiento y se inundó con malvado placer. Era momento
de matar. Necesitaba que su prima estuviera en la ciénaga para darle un efecto máximo
pero hacerla caminar hasta allí sería imposible si ella comía o bebía algo más. Tayva
parecía incapaz de sentarse, mucho menos caminar hacia su perdición.
"Vayamos a contemplar el agua por última vez," le engatusó Loria. "Mañana nos
habremos ido y nunca la volveremos a ver. Deberíamos decir adiós después de todo."
Tayva asintió con la cabeza aturdida y se levantó tambaleante. Loria hizo lo
mismo y se bamboleó hacia la puerta fingiendo embriaguez. Ella nunca había actuado
tan bien.
Las dos mujeres oscilaron y se entrechocaron por el camino de la ciénaga. Loria
sintió revolvérsele el estómago cuando pasaban el palomar y el hedor de las palomas en

122
descomposición. Tayva se apoyó contra la pared de piedra y respiró profundamente.
Loria temió que su prima pudiera detenerse allí pero Tayva se sobrepuso y continuó
hacia el agua oscura.
La oscuridad de la noche se reunió en el agua sucia y Loria se preocupó de que
Tayva se volviera sospechosa. La pareja se movió más y más lento y Tayva pareció más
centrada e intencionada con cada momento que pasó. Loria dejó de concentrarse en el
próximo sacrificio para estar en comunión con el espíritu en el agua pero se sintió
mareada y febril por la impaciencia. Podía sentir el hedor saliendo del pantano. El
espíritu estaba listo para el sacrificio. Ese era el momento de la decisión.
Loria se lanzó hacia delante para empujar a su prima en el malicioso pantano.
Gimió de rabia cuando perdió el equilibrio y en su lugar cayó al suelo.
"¡No es momento de errores! ¡Mátala!" murmuró con enojo para sí misma.
Loria trató de levantarse de un empujón pero sus brazos no aguantaron y volvió
a golpear contra el suelo. Su grito de rabia se convirtió en un gemido espantoso cuando
vomitó sangre sobre la orilla fangosa de la ciénaga.
Tayva se enderezó y sus ojos brillaron en la luz opacándose. Se irguió sobre
Loria, sonriendo, mirando a su compañera tosiendo.
"Prima ¿te sientes enferma?" preguntó ella con sarcasmo. "Creo que me comí
todo el veneno." Dijo riendo con todas sus fuerzas.
Loria se contrajo como si hubiera sido perforada.
"¿Acaso creías que era tan estúpida como nuestras víctimas? Yo sabía que
tratarías de matarme." Tayva rió y le dio una patada a su prima en el costado.
Loria convulsionó brevemente y una nueva gota de sangre cayó hacia el agua.
"Las palomas trajeron más que noticias. ¡Trajeron la peste! Una de ellas estuvo
con un cadáver y la trajo de vuelta. Contaminar la comida fue simple, una pequeña
porción de poder y algunas de las aves vivas fueron infectadas. Casi me reí cuando tú
fuiste tan cuidadosa como para mantener los alimentos separados de los míos." Tayva se
volvió hacia el cenagal y respiró profundamente el aire fétido preparándose para su
oscura comunión. No pudo resistir una burla más.
"¿Qué cómo evité el veneno? Me lo tragué todo. Solo me cuidé de tragar lo
último que quedaba del aceite del palomar. Este recubrió mi estómago y mis intestinos.
Todo lo que comimos se neutralizó o simplemente pasó a través." Tayva miró el agua y
vio la sangre desapareciendo por debajo de la superficie. Podía sentir ondas oscuras de
maldad fluyendo por la corriente de sangre del cuerpo de su prima. Loria se retorció
débilmente y murió.
"Tiempo de terminar el sacrificio," dijo regodeándose y se metió en el agua.
"Sí," susurró el espíritu y la superficie se abrió frente a ella.
Era Winton y el agua no había sido amable. Ojos marchitos la miraron y la carne
se despellejó en grandes tiras mientras él se movió hacia ella. Tayva chilló y se volvió
para correr. El agua y el barro se apoderaron de sus piernas y su progreso se hizo más
lento mientras se movió hacia la costa, pero ella todavía tenía la fuerza y la velocidad
para escapar de un hombre muerto.
Tayva pasó corriendo junto a su prima muerta pero Winton lanzó sus boleadoras
como lo había hecho mil veces en vida y ella cayó de bruces. Las boleadoras se
envolvieron alrededor de sus piernas y Tayva fue arrastrada con las manos hacia
delante, arañando el suelo pedregoso. No pudo recuperar el aliento y se acurrucó por el
dolor. Miró hacia atrás y vio a Winton inclinándose sobre Loria, sus manos pudriéndose
enredadas en el vestido azul de su prima mientras él la arrastraba por las aguas
estancadas.

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Siguió arrastrándose mientras recuperaba el aliento, moviéndose hacia la choza
en busca de un cuchillo con el cual liberarse. Para el momento en que llegó al palomar
sus piernas estaban ardiendo con tal dolor que lo único que ella pudo hacer fue arrojar
su cuerpo en el oscuro interior en un vano intento de ocultarse.
Yació allí sola junto a los cuerpos apestados de plaga de las aves. Había matado
a todas en la ceremonia para corromper a las palomas que dio de comer a Loria. Tayva
se tocó sus piernas y gritó al sentir las púas y bordes afilados de las boleadoras atadas a
sus extremidades. Podía oler sus piernas pudriéndose mientras el veneno y la
enfermedad de la ciénaga las devoraban. Ahora ella nunca escaparía.
Tayva lloró.Aquello que había escapado del cráneo de Ebnezzer había entendido
sus planes de huir y el espíritu del agua decidió que dos sacrificios servirían mejor.
Tayva se apretó la cabeza con las manos y trató de excluir la realidad. Pero aún a
través de sus gemidos de dolor pudo escuchar pasos firmes. El cuerpo poseído y
putrefacto de Winton se bamboleó por el sendero. Ella trató de recordar las oraciones
contra los muertos pero estas ya se habían ido de su mente. Maldijo al espíritu, a Loria,
y a ella misma cuando la puerta se abrió con un chirrido. Tayva recordó a todas las
palomas que había ahogado en los últimos años y tembló cuando Winton empezó a
arrastrarla hacia la ciénaga.

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Azul
El azul, a veces llamado el color de la distinción, se caracteriza por las manos tranquilas
y una mente reflexiva. El azul, un sedante natural, es el color de la deliberación y la
introspección, el conservadurismo y la aceptación. El azul tiene un atractivo casi
universal y se considera que es el color más estéticamente atractivo. El azul es el color
del respeto y la sabiduría. Sin embargo aquellos que se inclinan hacia el azul a veces
usan la razón para fines egoístas y auto-justificados. Es el color del control y la agresión
pasiva, así como el color del mar y el cielo. El azul es para aquellas personas
contemplativas que ejercitan la precaución en palabras y acciones y para aquellos que
siempre sopesan las opciones.

125
126
Expediciones al
fin del mundo

E l Capitán Crucias, de rostro rojo y corpulento, se mezcló con sus nobles


pasajeros. A pesar de que llevaba su mejor chaqueta, un chaleco negro con botones
dorados e insignias rojas Jamuraanas, se sentía torpe y común entre esta gente.
Estos estaban sentados como muñecas de porcelana a su alrededor, apoyados
sobre los sillones de hierro que había atornillados a la cubierta del barco. La mayoría
estaban soportando la semana de viaje por mar con un aplomo Argiviano, lo cual
significaba quejas sobre el tamaño de los camarotes, la calidad de la comida, las letras
de las canciones marinas, la espuma salada, el olor a pescado, los vientos fuertes, el
resplandor diurno, la oscuridad
nocturna y las náuseas a tiempo
completo. En este viaje en
particular, la alta sacerdotisa de
la insatisfacción era Madame
Gheiri, más implacable y
descontenta que el propio mar.
Ella sola ocupaba todo un sofá,
a su alrededor se amontonaban
los pertrechos de su
incomodidad: libro, paraguas,
mantón, galletas y té tibio. Su
camisa de seda blanca y vestido
de cachemira gris se
complementaban con un rostro
rechoncho en verde
Capitan Crucias
claro.
Crucias se acercó. "¿Hoy se siente mejor, querida?"
"¿Acaso la nave tiene que rebotar y balancearse tanto?" preguntó ella con
irritación, sus ojos como rojas dagas gemelas en el sol de la mañana.
Crucias le ofreció una sonrisa de disculpa e hizo un gesto expansivo hacia el
brillante océano por todos lados. "El mar tiene olas, Madame Gheiri..."

127
"No estoy hablando del mar," dijo ella jadeando y llevándose un pañuelo
maltratado a sus labios antes de sacar la fuerza para continuar. "Estoy hablando de la
nave. ¿No puede controlar su propio barco? Usted tiene todas estas cuerdas y velas y
anclas y cosas. Seguro que las puede utilizar para suavizar el viaje."
"Madame, esta tarde estaremos llegando a Argoth. Luego anclaremos para el
espectáculo y su estómago tendrá la oportunidad de asentarse," dijo Crucias con
dulzura.
"Mi sobrina Elgia está tan enferma, esta mañana no podía levantarse de su litera.
¡Tenía la esperanza de encontrar un marido en esta… esta desagradable excursión!" le
espetó. "¡Pero no hay hombres jóvenes... siete días de monotonía... siete noches de
mareo! Se lo aviso, ¡más vale que haya algunas explosiones impresionantes y signos
claros de muerte y caos en la isla o yo misma haré mi propia batalla cataclísmica aquí!"
Crucias logró una sonrisa triste. "Le aseguro, Madame, cuando Mishra y Urza
combaten, hay un montón de muerte y caos para todos." El se armó de valor y siguió
adelante.
Sí, pronto alcanzarían Argoth, y anclarían frente a las llanuras donde luchaban
los dos hermanos, donde luchaba todo el mundo. Allí, Crucias y su lista de ricos, nobles
arrogantes beberían vino y comerían filetes y verían morir a hombres y mujeres jóvenes.
"Expediciones al Fin del Mundo," las había llamado. Era el cuarto de tales viajes de
Crucias y él los odiaba, lo peor del negocio de la guerra. Ganarse la vida explotando la
sed de sangre y la miseria humana.
"Diantres," murmuró Crucias entre dientes mientras pulió diligentemente un
parche opaco de la barandilla de latón. "El corso era mejor."
Lamentó la mayor parte de todo el abuso que había recibido su hermoso barco.
Crucias había diseñado el corsario durante doce incansables meses después de la muerte
de su hija. Lo había esbozado durante todo el día y en su sueño. Durante los siguientes
diez años él y su equipo lo habían construido a mano. Fue un tipo de duelo práctico, una
disculpa en madera y brea que había sido incapaz de dar a su hija en vida. Él mismo
había tallado el mascarón de proa a su semejanza, incluso le había concedido su nombre
a la nave: Nunieve y la había navegado por el gran océano. Ella lo siguió siempre, una
dulce niña mirando airosamente sobre las olas oscuras a orillas brillantes e
inimaginables. Nunieve fue un sueño hecho realidad, diseñada para descubrir nuevas
tierras para Kroog.
Y entonces Kroog dejó de existir. El ejército de Mishra se lo tragó como si fuera
un trozo de galleta. Ya no estaban allí las comisiones de gobierno. Ya no estaban allí las
sociedades por acciones. Los vientos de las finanzas y la política murieron.
Calma chicha. El Capitán Crucias y su navío recién construido Nunieve
quedaron a la deriva.
Con el tiempo el asumió cargas Argivianas pero Nunieve no había sido diseñada
para contener grandes cantidades de almacenamiento. Había sido creada para correr.
Los cargamentos llegaron a sus puertos pero Crucias perdió dinero con cada caja
desestibada, un naufragio monetario. Desesperado, contrató a un equipo de arponeros y
se proveyó de anzuelos, líneas, redes y herramientas de talla con la esperanza de pagar
todo con esperma de ballena. Ellos habían seguido y matado uno de estos cetáceos pero
el lío de carne muerta siendo transportada a puerto, la constante nube de gaviotas y
tiburones, el horrible cuerpo inerte de algo que una vez se había trasladado con una
gracia increíble y majestuosa a través del agua... Antes Crucias se arponearía a sí mismo
que a otra ballena.
¿Pero nobles Argivianos? ¿Indolentes, sedientos de sangre y ricos nobles? Él si
que no tendría reparos en arponearlos. Aún así, por más repelentes que fueran, pagaban

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bien, e hicieron largas filas para tener la oportunidad de ver el conflicto en el fin del
mundo en Argoth. Otro viaje y las deudas de Crucias quedarían pagadas. Dos o tres más
y él y Nunieve podría irse navegando lejos a costas distantes, para nunca más ver
Terisiare. Hasta entonces, él sólo esperaba que la guerra durara.
"Oremos para que haya suficiente caos y muerte para todo el mundo."

* * * * *

En la noche en que había visto por primera vez a Nunieve había habido mucho
caos.
El Capitán Crucias, borracho, con sangre en los nudillos y en sus dientes, se
tambaleó por las calles adoquinadas de Sumifa. Se abrió paso bajando por oscuros
cañones de tiendas y casas, sus persianas sangrando iluminación dorada en la noche. La
luz lo pintó como si fuera un tigre. A él le gustó la connotación. El oro y la sangre y los
felinos antropófagos resumían su vida.
El había querido que las cosas hubieran sido diferentes, había tenido la
esperanza de distinguirse a bordo de una galera de guerra Yotiana, pero un
“malentendido” con la hija de un almirante en esta misma ciudad había terminado con
cualquiera de esas esperanzas. El siguió viendo a la niña más o menos cada año pero
durante cinco años no volvió a ver el interior de ningún barco salvo el de un corsario o
un bergantín. Para ese entonces el se había vuelto su propio capitán: como corsario. Sus
nudillos y dientes le habían ganado su nave, el Puñalada, y su persistente trabajo con el
machete le habían ganado una pequeña fortuna en oro. La pelea de esa noche había sido
otra batalla en defensa de esa fortuna. El ladrón que había pensado en obtener algo del
oro de Crucias ahora yacía ensangrentado y con moretones en una taberna de un
callejón.
El caos no había sido la vida que el había planeado, pero fue lo que le fue dado,
y a él le sentó bastante bien. Por lo menos no se aburriría. Estaría luchando y bebiendo y
yendo de putas hasta el día en que uno de sus vicios lo mataran. La vida de un corsario
era benditamente corta.
El Capitán Crucias se acercó al Puñalada, oscurecido en sus amarres. Su cabeza
daba vueltas por la bebida y los puñetazos, y por… "¿Qué es ese ruido infernal?" Era un
gran chillido, como el aullido de un gato siendo aplastado en un potro. Crucias sacudió
la cabeza y se preguntó qué pobre diablo estaba siendo aporreado por otro pobre diablo.
Subió laboriosamente la pasarela del Puñalada y el sonido no hizo más que volverse
más fuerte.
"Diantres."
Crucias pisó la cubierta, arenosa y con necesidad de un lampazo. Varias figuras
estaban encorvadas sobre los rollos de cuerdas o las velas plegadas a lo largo de la
oscura barandilla, la mayoría de ellas ebrias y dormitando. Una de ellas estaba
despierta.
"Oye, Biggs. ¿Qué es ese alboroto?" dijo Crucias gruñendo.
El hombre se encogió de hombros. "Vino una mujer. Dijo que tenía algo para
darte. La dejé en tu camarote. Se fue. Media hora más tarde empezó este sollozo."
Crucias levantó reflexivamente las manos para protegerse los oídos. "¿Por
cuánto tiempo ha estado sucediendo esto?"
"Una hora, tal vez más. Es difícil de decir. Esta noche no hay luna."
"Inútil…" dijo Crucias siseando a Biggs.
Apretó sus puños ensangrentados, marchó dando vacilantes pisotones hacia su
camarote y abrió la puerta de golpe. Los gemidos se detuvieron por un momento y

129
luego continuaron con renovado vigor. El había sabido que iba a ser un bebé, incluso
había sabido quien debía haber sido la madre, pero ¡entrar en su santuario interior y
encontrarlo violado por un… un invasor! Los gritos de la niña le pusieron sus nervios,
ya movidos por la bebida, de punta.
"¡Diantres niña! ¡Silencio!"
Crucias, agarrando una pajita, encendió una linterna de mano y se adentró en la
habitación. Se encogió bajo el asalto auditivo y se agachó mientras caminaba, como si
esperara un ataque. Se suponía que aquello era su camarote privado, mobiliario pesado,
baúles con candado, trabucos, espadas, barriles de ron, cigarros, el lugar de un hombre.
Pero toda su sombría grandeza fue despojada por esa canasta tejida con delicadeza y su
paquete de mantas de color rosa y las pequeñas manos agitándose en el aire como
anémonas de mar.
"¡Diantres!"
Crucias se acercó acechadoramente a la canasta, levantó el deslumbrante farol, y
bajó la mirada a ese rostro gritón. Había esperado despreciar a la niña: una cosa húmeda
en ambos extremos y con olor a leche agria y, para estar seguro, no era una belleza en su
furia gritona. Pero hubo tanta soledad y miedo en su llanto. Sola en ese extraño lugar,
sus gritos desatendidos durante horas, su madre desaparecida, y sólo gruñentes y
ceñudos marineros a su alrededor... Crucias vio algo de sí mismo en ella, no sólo en la
forma de los ojos y los labios que eran, sin duda, los suyos, sino también en la
desesperada rabia de una criatura abandonada.
Las espásticas patadas de la niña soltaron una hoja de papel doblada al lado de
su pierna envuelta. Crucias levantó la nota con cuidado y la desdobló. La letra era la de
la hija del almirante que le había costado su carrera en el mar. Él leyó:
"Es tuya. Yo no puedo criarla."
Crucias frunció el ceño. "¿Y yo si? ¿Un forajido? ¿Un corsario?" Se rascó la
cabeza. "Tendría que empezar de nuevo. Tendría que sentar cabeza. Tendría que dejar de
luchar por nada y empezar a luchar por todo."
La beba dejó escapar un gemido tan desconsolador que Crucias dejó
instintivamente el farol y la nota y la levantó suavemente en sus brazos. Sus manos
dejaron rastros de sangre a través de las mantas color de rosa. Ella agarró su capa,
empapada en sudor y cerveza derramada, y se calmó.
"Ya está, ya está, Querida. Ya está, ya está."
La beba tiró de sus botones, luchando por acercarse más.
"Diantres."
La mitad de la tripulación lo abandonó esa misma hora, aquellos lo
suficientemente sobrios como para prestar atención a los gimoteos. Una cuarta parte
más desertó al fin de la mañana.
Una mujer en un barco era mala suerte. Un bebé femenino en un barco era
absurdo.
Crucias estuvo de acuerdo. Ese primer momento le había parecido bastante
razonable, cuando la pobre y perdida criatura se tranquilizó a su contacto. Le pareció
mucho menos razonable cuando ella despertó, hambrienta e implacable, una hora más
tarde. Ella no podría alimentarse de galletas secas o tasajo, y la cerveza estaba fuera de
la cuestión. Ella necesitaba leche. Ella necesitaba una madre. Por lo tanto, aún
ensangrentado y medio borracho, Crucias volvió a marchar por las calles que había
descendido, en busca de la hija del Almirante.
Un corsario ensangrentado cargando con un bebé chillando a través de las calles
del centro a las tres de la mañana no era un tipo de espectáculo permitido en Sumifa.

130
Crucias fue sobresaltado por una patrulla de hombres armados. Media docena de
puños terminaron con sus objeciones. Él y el bebé fueron llevados a la guardia civil. Los
soldados lo acusaron de secuestro y lo arrojaron en una jaula con un par de borrachos.
Uno de ellos resultó ser el hombre al que Crucias le había dado su ensangrentada
golpiza antes esa noche. Sin embargo, no hubo repetición de la pelea. El tipo lo vio y
pretendió estar más borracho y golpeado de lo que estaba. Crucias se alegró, los
hombres de armas no habían sido muy gentiles al encerrarlo allí. A la niña la habían
tratado poco mejor, dejando que pataleara y gritara en su cesta en la esquina mientras se
ocupaban de sus asuntos. El les gritó que encontraran un poco de leche, que revisaran si
se había ensuciado, que fueran a buscar a la madre de la criatura, ¡que hicieran algo para
detener ese maldito grito!
Pasó el tiempo y los alguaciles trajeron de verdad a la hija del almirante. Ella
entró, todavía joven y desafiante en su bata azul Jamuraana, un manto sobre sus
hombros y un padre indignado sobre la capa. La noche en que Crucias había conocido a
esta mujer su piel había parecido blanca como el marfil. Esa noche parecía una capa de
hielo.
Ella echó un vistazo a Crucias, escupió en el suelo, y dijo: "La niña no es mía.
No es de nadie. Dudo que este hombre sea un secuestrador. Dudo que sea algo en
absoluto."
Crucias estiró sus manos fuera de los barrotes, implorando. "¿Cómo puedes decir
eso? ¿No puedes escuchar su llanto?"
El almirante, con su blanco bigote y su rostro rojo, empujó a su hija hacia atrás.
"Mi hija nunca tendría relaciones con asesinos…"
"Ella me acosó tres veces esa noche," interrumpió Crucias.
"…y a mi me ofende las consecuencias que nos sacaron de nuestra camas…"
"Vamos, Almirante. Usted debe haber tenido conocimiento del embarazo.
¿Cómo es que cuida tanto de su hija y tan poco de la hija de su hija?"
"Perdónenos," dijo uno de los hombres de armas mientras apuró a los dos para
que se alejaran de Crucias. "Y tú… te callas. A ver si puedes conseguir que esta mocosa
también se calle."
Crucias nunca se habían escapado antes de la cárcel. Había estado en docenas de
ellas y nunca había tenido razón para escapar de cualquiera. Pero esa noche la niña no le
dejó otra opción. Ya no pudo soportar sus gritos un momento más. Cuando el soldado se
acercó para volver a reprenderlo Crucias aferró al hombre con sus brazos, robó las
llaves, intentó cada una hasta abrir la cerradura y partió.
El nunca se había escapado antes de la cárcel. Y aunque lo hubiera hecho no
habría arrebatado un bebé llorando en el camino. Pero, una vez más, la niña no le dejó
otra opción. Ella estaba tan sola como él. Tan desesperada y aterrorizada como él. Ellos
eran más que padre e hija. Eran almas gemelas.
Crucias, increíblemente, estúpidamente, huyó con ella y la canasta. Huyó, con
los guardias pisándole los talones, a través de las calles de Sumifa. En el muelle perdió a
sus perseguidores el tiempo suficiente como para arrebatar una vaca de un rebaño en
una nave adyacente. Luego, proclamando maldiciones y lanzando brazos al aire,
condujo a la maloliente bestia por la pasarela del Puñalada.
Fue difícil sacar al bergantín del muelle. Su tripulación se había reducido a sólo
cinco marineros, cinco marineros borrachos y totalmente renuentes.
Después de todo, el Puñalada ahora tenía dos hembras, un bebé y un bovino.
"Diantres," se dijo Crucias para sus adentros mientras ordeñó una para alimentar
a la otra. Este bebé iba a cambiarlo todo. Si ella iba a sobrevivir, si él iba a sobrevivir,
ella lo cambiaría todo.

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Pronto se encontró en el mar con ella, con ella y una vaca y sin tripulación. Los
cinco marineros, en una cobarde connivencia, habían tomado una de las lanchas del
Puñalada y regresado remando a Sumifa.
Era imposible que un solo hombre navegara el bergantín. Era imposible que
Crucias manipulara las velas y el timón y las bombas a la vez. Era aún más imposible
que él lograra hacerlo mientras cuidaba de esta niña, y cuidaba de la vaca que le daba de
comer. Así que el estuvo seguro de que todos estaban condenados a ir a la deriva y
morir.
Y, sin embargo, al mirar ese rostro hermoso, triste, abandonado, él supo que lo
haría. Él haría lo imposible. Él dejaría de luchar por nada y empezaría a luchar por todo.

* * * * *

Fue toda una escena. El campo de batalla se extendía en la distancia y un grupo


de tritones con piel de zafiro se habían reunido para el entretenimiento de la tarde en un
trozo de la banda de babor. Los nobles en el barco se habían levantado de sus bancos
para ponerse en pie a lo largo de la barandilla y ver con asombro.
La isla de Argoth era ancha y gris en la luz del atardecer, extendiendo sus brazos
para abarcar el horizonte oriental y amenazar a Nunieve. Ella se quedó en aguas
profundas más allá del puerto, donde se agrupaban los artefactos de guerra de Mishra.
Contra la costa, sus mástiles y vergas formaban una maraña prohibitiva. Si hombres o
máquinas habían quedado a bordo de cualquiera de esas naves el Capitán Crucias habría
hecho bien en prepararse para una salida rápida, pero cada gramo de músculo y
mecanismo estaba actualmente en el interior de la isla.
Las llanuras de Argoth yacían delante
de los fastidiosos pasajeros de Crucias,
llanuras que solo un año antes habían sido
bosques inmemoriales. Allí se enfrentaban los
titánicos ejércitos de Mishra y Urza. Soldados
pululaban como insectos en lo alto de troncos
de árboles y vides trituradas. Guerreros
Yotianos brillaban en la luz del sol en medio
de los defensores de Mishra vestidos con
armaduras negras como hormigas. Entre ellos
se movían autómatas de arcilla, gusanos
desgarrando cualquier carne que se les
presentara. Hombres cargaban y luchaban y caían y morían.
"Están realmente matándose entre sí, ¿no es así?" dijo entusiasmado un vejete
entre sorbos de vino tinto.
"Sí," respondió el Capitán Crucias rotundamente. "Seis meses antes ustedes les
habrían visto matar sólo los bosques. Ahora los pueden ver matándose unos a otros."
El rostro de Madame Gheiri se había sonrosado de forma saludable una vez que
se echó el ancla y la guerra se desarrolló ante ellos. "¿Usted dice que también luchan
por la noche? ¿Estarán luchando durante toda la cena y al atardecer?"
El rostro de Crucias fue sombrío. "Y más, sí. Lucharán sin duda durante la cena,
y probablemente hasta que ellos apenas puedan ver por la luz de las bombas que hacen
caer el uno sobre el otro."
"Espléndido." Respondió ella finalmente satisfecha con algún aspecto del viaje.
"Será glorioso ver los fuegos y las llamaradas bajo un cielo estrellado. Tal vez mi

132
sobrina Elgia al fin se sienta lo suficientemente bien como para subir a cubierta. Debe
haber un montón de solteros de los que elegir en ese campo de batalla."
El vejete rió con deleite. "Casi no puedo imaginar que quede alguno tras el show
de esta noche." Tomó otro sorbo y sus labios se delinearon en rojo cuando dijo:
"Supongo que si se quedan sin hombres, habrán más llegando en barcos."
"Observen ese dragón mecánico," dijo Crucias queriendo desviar su atención de
la matanza.
Un enorme mecanismo se
entremetió en medio del combate. Su
cola acerada segó a través de líneas a la
carga de carne mortal. Los hombres
contraatacaron con sus lanzas
entrecortando el aire. El dragón artefacto
desplegó sus alas de malla de titanio y
los arrojó hacia el interior. Tanto lanzas
como hombres cayeron en ciclones
gemelos.
Ornitópteros se lanzaron como
libélulas y dejaron caer bombas entre los
esforzados ejércitos. Humo y polvo y
pedazos de cuerpos se arremolinaron en
violentas nubes por la explosión. Momentos después, informes de estallidos alcanzaron
Nunieve. Sin embargo estas explosiones fueron empequeñecidas por una enorme
explosión en el centro del campo de batalla.
"Ah, ¿vieron eso?" preguntó Crucias. "¿Esa columna de humo negro subiendo
ahora en el cielo?" Su discurso fue
interrumpido por una atronadora
detonación, el encendido combinado de
cientos de bombas. La onda de sonido
hizo eco a lo largo del vidrioso mar y
revolvió las velas de Nunieve. "Uno de
los titanes de Mishra ha caído en una
trampa. Me han dicho que el ejército de
Urza cava pozos gigantes, lo
suficientemente grandes como para
tragarse entero un dragón mecánico, y
luego ellos llenan el fondo con bombas y
lo cubren. Cuando llega el momento
adecuado ellos atraen una máquina a esa área. Eso debe ser lo que acaban de presenciar.
La cosa cayó y encendió las bombas y…ah, lo ven, allí... ¡está saliendo!"
Algo surgió de la base de la nube de humo ascendente. El gigantesco mecanismo
no ascendió sino más bien se arrastró. El titán, deformado y tembloroso, arañó la llanura
destrozada. Sus piernas habían desaparecido por debajo de las rodillas y tendones de
cables y placas se arrastraron por el suelo desgarrado. El ser se apalancó a sí mismo a lo
largo, por encima de los gritos de las fuerzas en retirada de Mishra. El sonido de sus
chirriantes engranajes alcanzó Nunieve. El titán dio un terrible gemido y se derrumbó
encima de sus propios hombres.
Un emocionado vítor se alzó de los pasajeros nobles y más de uno alzó un par de
copas de vino en aprecio para brindar por la desaparición de la máquina. Un voraz
estruendo atrapó la alegría y la hizo desaparecer en medio de gritos agonizantes.

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"Bueno, capitán," dijo Madame Gheiri, "a pesar de una torturante semana en el
mar, monstruos marinos y escorbuto, sin duda ha entregado el entretenimiento
prometido de este viaje."
"¿Suficiente caos para ustedes?"
"Por el momento suficiente. El clamor de todo incluso ha elevado el aroma de
este vino más bien vulgar que usted sirve. ¡La cena, bañada por el resplandor de las
bombas y el sonido de la caída de los titanes, podría incluso parecer agradable al
paladar!" Dijo ella ligeramente riendo.
Otra columna de humo había subido desde que ella había empezado a hablar,
esta vez en el bosque detrás de las líneas de batalla. El hollín, después de subir a través
de las cortinas de musgo y continentes de hojas, se extendió ampliamente. El viento
sopló cenizas y un olor pútrido a través de la borda.
"Están quemando a los muertos de la batalla de ayer," señaló Crucias.
"Espero que cambie el viento," dijo Madame Gheiri con desagrado. "Tengo
trozos de ceniza en mi vino…"
Ella estaba mirando hacia abajo en el vaso, recogiendo una partícula en cuestión,
cuando se produjo la explosión.
Primero solamente vino una luz ardiente, un brillo amarillo-blanco que dividió el
centro del campo de batalla. A Crucias incluso le pareció que la isla realmente saltó. La
tierra pareció irreal, una vívida pintura sobre lienzo, e incluso en ese momento el lienzo
se rasgó por la mitad y admitió la luz abrasadora del sol. Eso es lo que pareció: que
había un segundo sol escondido detrás de la isla, un sol azul, y estaba ardiendo a través
del tejido de la realidad. Un gran anillo de tierra y cadáveres y máquinas saltó alrededor
de la cegadora llama. La explosión talló un profundo pozo en el centro de la isla,
pulverizó roca y hombre y máquina, arrojándolos en un tazón color café alrededor de
ella. Al segundo siguiente el recipiente se duplicó en tamaño, luego se cuadruplicó. Los
bosques que habían resistido incluso el ataque de Urza y Mishra ya no estaban de pie,
derribados como paja ardiente. Montículos que habían permanecido redondos y
solemnes contra el cielo brillante se desintegraron al enfrentarse a la esfera hinchándose
de fuerza.
"Diantres", dijo Crucias con voz entrecortada.
Toda la isla desapareció. Se desvaneció, dos mil metros por debajo de la línea de
flotación. Titanes, dragones mecánicos, ornitópteros, guerreros, todo desapareció. El
océano se hubiera vertido en el vacío a excepción de que, incluso en ese momento, el
muro avanzando de la esfera lo empujó hacia atrás. Los tritones que observaban
huyeron a toda velocidad tratando de mantenerse por delante de la aplastante masa. El
agua se amontonó en una gran montaña que rodeó el destello. La proa de Nunieve ya
comenzó a elevarse sobre el oleaje. El mascarón de proa con forma de niña contempló
el brillante destello del fin del mundo.
"¡Leven anclas!" gritó Crucias.
Dio un paso hacia el cabrestante pero no llegó mas lejos.
La cubierta cabeceó, haciéndole caer. Nobles y tripulantes rodaron en medio de
bancas atornilladas. Vino rojo sangre quedó colgando en arcos extraños en el aire
mientras el océano aspiró su vientre por debajo de los pasajeros. Entonces ellos
empezaron a elevarse. El vino salpicó tablones gimiendo. Nunieve se arrastró por sobre
la ola. Espumante agua raspó las mismas nubes.
Crucias, rugiendo, se aferró a la barandilla de sotavento. A través del agua negra
vislumbró el fondo del océano, terriblemente cerca mientras el buque se escoró lejos de
la pendiente. En ese momento el creyó que Nunieve volcaría y los mataría a todos pero
la inundación cada vez mayor tiró tensamente de la cadena del ancla y volvió a poner el

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casco en posición vertical. El ancla, con una sacudida visceral, se desprendió del fondo
del océano y Nunieve montó la ola. Nobles cayeron por el lado de babor. Crucias sólo
pudo ver, con el corazón en la garganta. Pronto todos ellos estarían muertos.
Al final hubo suficiente caos y muerte para todo el mundo.
El barco subió la ola balanceándose como un corcho mientras el destello refulgió
a través de la pared de agua. Este se había vuelto aún más intenso. Brillando como
muchos soles a través ochocientos metros de turgente marejada. En momentos Nunieve
alcanzó la espumosa cima, una región donde se mezclaron el viento y el agua y el fuego.
Crucias no pudo distinguir entre arriba y abajo, luz y oscuridad.
Ellos estaban sobre la cresta de la ola, con vientos que derribaron los mástiles
como habían hecho con los árboles en el cuenco de la explosión. Agua de mar se
apresuró a llenar el cráter donde había estado Argoth. Nunieve navegó bajando a
trochemoche por la pendiente cóncava. Siguió el interior luminoso del nuevo sol
despertado en Dominaria.
Eso fue lo último que vio cualquiera de ellos. Los ojos de cada persona en la
cubierta ardieron en sus cráneos. Se aferraron a ciegas a la enloquecida nave mientras
esta navegó bajando por la ola, hacia los rugientes cimientos del mundo.

* * * * *

"Siéntate, Papi. ¿No tienes sed?" preguntó Nunieve, bonita y pequeña a los
nueve años de edad, sentada en el porche bañada por el crepúsculo. Un juego de té
Jamuraano descansaba en una bandeja delante de ella. Vapor ascendía brillantemente del
oscuro brebaje. "Se está enfriando." Nunieve llevaba su mejor vestido, el que ella
llamaba su vestido árbol porque sólo lo tenía que usar cuando estaban en tierra firme,
donde crecían los árboles. En el mar ella vestía con chaleco y pantalones, como
cualquier hijo de buen capitán.
El capitán en persona se encontraba ante ella. Crucias, que ya no era un corsario,
se había convertido en un respetado capitán de carguero. Tan justo, trabajador y fiable
como el propio sol, era uno de los capitanes de mar más ricos en el continente y a la
única que podía agradecérselo era a Nunieve. Sin embargo, en ese momento, Crucias no
hizo caso de su hija. Miró más allá de ladrillos y sofocantes vides de uva, hacia el mar,
ancho y negro bajo el sol poniente. Crucias parpadeó hacia el, hipnotizado. Acababa de
venir de allí y no podía esperar a volver. Para él, el mar era vida y la tierra era muerte.
"No puedo esperar para siempre," insistió Nunieve.
Crucias sonrió, sacudiendo la cabeza. "Lo siento, Cariño. Esta noche estoy
distraído."
Ella sirvió té en una taza para él y luego otra para ella. "Si estás preocupado por
mañana quiero decirte que yo no lo estoy. Tú dijiste que el cirujano era el mejor en tres
continentes. Él sabrá qué hacer."
"Sí, Cariño," dijo en acuerdo, poniéndose de rodillas y tomando su mano. Esta
fue pequeña y frágil en su palma, como el cuerpo de un gorrión. "Sí, él sabrá que está
mal."
Ella asintió sabiamente, se llevó una taza a los labios y tomó un sorbo demasiado
caliente. La porcelana se bamboleó y un preocupado temblor comenzó en su barbilla. El
creyó ver formarse una lágrima pero esta nunca apareció y ella se tragó el té. Una
expresión de alivio cruzó su rostro y Nunieve sonrió. "Tiene un sabor delicioso en estas
nuevas tazas."

135
"No tienes por que beberlo ahora si esta demasiado caliente," dijo Crucias
probándolo el mismo y haciendo una mueca. "O si está demasiado amargo." Agregó
dejando la taza de té en la bandeja.
Nunieve aún tenía la suya en sus dedos delicados. "No. Esta es la primera vez
que tengo un juego de té y la primera vez que estamos en la costa en un año y quiero
disfrutar de todo." Respondió ella tomando otro sorbo.
"Eres una niña buena y valiente, Nunieve," dijo Crucias. "Una niña buena y
valiente."

* * * * *

Crucias despertó con una tormenta de mar. La cubierta rodaba en olas largas y
profundas. Temblores corrían a través de los tablones. Con cada balanceo de la nave
mástiles rotos raspaban a lo largo de las bordas. El metal chirriaba. La madera gemía.
Cuerdas cortadas azotaban la cubierta. La lluvia azotaba la espalda del capitán.
"Diantres."
El no podría haber dicho si era de día o de noche. El destello que había destruido
Argoth también había destruido sus ojos. Sin embargo él no necesitó ojos para saber que
la mayoría de sus pasajeros y tripulantes estaban muertos. El cobrizo olor de la sangre
llenaba el aire y un olor séptico habló de cadáveres y tripas derramadas. Aparte de sus
propios gemidos, Crucias no oyó ningún otro sonido humano.
Pero él había vivido; si eso podría ser llamado vida. Ciego, aporreado, enfermo a
bordo de su propia nave, Crucias vivió. No podría manipular las bombas solo aún
cuando hubieran permanecido intactas, no podría despejar la cubierta, ni siquiera podría
ver la tierra o las estrellas para encontrar un puerto a resguardo. Tal vez no habría tierra
que ver. Argoth había desaparecido, sus cimientos devastados en algún lugar de las
profundidades por debajo. Los ejércitos de Urza y Mishra también habían desaparecido.
Tal vez la explosión había hundido la misma Teresiare. Tal vez ya no había ningún
puerto seguro en el mundo.
Un cubo de madera rebotó ruidosamente por la cubierta hacia Crucias. El
levantó a ciegas una mano sobre la cabeza pero apenas pudo adivinar su trayectoria.
Hubo un sonido impresionante y el sabor a sangre y él volvió a derrumbarse.

* * * * *

Había puesto demasiada esperanza en el cirujano, el mejor en tres continentes.


El hombre sabía acerca de la aplicación de sanguijuelas, los usos de la frenología, la
manipulación de puntos de presión en pies y oído para aliviar tensiones en porciones
distales del cuerpo, pero la larga y grave enfermedad que asoló Nunieve no fue
localizada en ninguna parte, ni en el oído, ni en el pie, ni en el cuerpo. Fue la condena
establecida en cosas bellas por un dios oscuro y celoso queriendo equiparar la
mortalidad con la miseria. Su enfermedad no era una cosa del cuerpo sino del alma, una
maldición puesta sobre ella porque de lo contrario Nunieve habría sido perfecta.
El cirujano no había tenido ninguna respuesta para ellos más allá de los
bálsamos de hierbas y la insinuación de fibras de cobre debajo de la piel. Crucias había
seguido su consejo asiduamente y Nunieve habían soportado la parte dolorosa de estos
"tratamientos" con el mismo coraje que había soportado el té hirviendo. Era una
muchacha valiente, no sólo por naturaleza sino por necesidad. Vio con perspicacia que
su padre necesitaba que fuera valiente.

136
Ellos se quedaron allí, en esa villa cubierta de enredaderas por encima del mar,
para que Nunieve pudiera usar su vestido árbol y vagara por el bazar. Sus ojos brillaron
con la refulgente solapa de las tiendas de comerciantes así como su cuello y dedos con
las joyas que Crucias le compró. El dinero que él gastó fue en moneda legítima y los
adornos que compró recordaban la generosidad del tesoro del mar, perlas y madreperlas,
caparazones de nautilus y orejas de mar, estrellas de mar y dientes de tiburón. Al
principio Nunieve recibió estos regalos y los llevó en todas partes. Sin embargo, poco a
poco, ella dejó de disfrutarlos. Las cosas brillantes sólo atraían más atención a las tensas
líneas de su garganta y la delgadez de sus muñecas.
Un día ella se negó a comprar algo. En su lugar se volvió alrededor para
encontrar algo de igual valor en un puesto cercano, algo para él. "Compra estos, Papi.
Tú has estado deseando un nuevo juego de cuchillos para tus proyectos de talla," dijo.
Crucias, ensombrecido por el tejado de pizarra de la herrería, sonrió. "Querida,
son demasiado caros."
"No más caros que las perlas que me querías comprar," respondió ella. Nunieve
le tomó de la mano y dijo con suavidad. "No es necesario que me compres todas estas
cosas. Sé que me amas."
"Buena chica, Nunieve," dijo él a través de una garganta ahogada. "Siempre
debes saber que te amo."

* * * * *

Crucias despertó, sollozando en los dientes de la tormenta. El cubo se hallaba


junto a él y le dio un golpe nuevo con cada movimiento del barco. Lo arrojó con rabia a
lo lejos.
Nunca había habido un puerto seguro para él, no lo hubo cuando su hija se
convirtió en un esqueleto delante de él. No lo hubo cuando su nación dejó de existir. Y
no lo había ahora. Si él hubiera estado en tierra durante esa explosión seguramente
habría muerto pero esto no podía llamarse vida.
El buque se bamboleó perezosamente por debajo de él mientras montó el borde
de una ola. Se debía haber estado llenando su sentina. Entre la lluvia y las olas
chapoteando, sólo podía haber estado llenándose.
Y entonces la lluvia se endureció en un cortante granizo.
Crucias, gruñendo, se arrastró por los tablones golpeados. Buscó asideros a
tientas. Lonetas arrancadas... cuerdas enredadas… mástiles astillados... un frío… un
brazo frío…
Entonces el se detuvo en medio del atronador granizo. Sus dedos sostuvieron un
brazo en una manga de encaje. El intentó hablar pero descubrió que su garganta solo era
apta para gritar y rugir. Esperando contra toda esperanza siguió la manga de encaje
hasta un hombro y lo dejó atrás hasta llegar a un collar. Presionó sus dedos en el cuello
de la mujer caída pero sólo sintió carne tan fría e inmóvil como carne en una bodega.
No había pulso.
El rugiente granizo se volvió más voraz en su espalda.
El se tomó un momento más para pasar la mano por el rostro de la mujer.
Madame Gheiri.
"Caos y muerte," dijo entre dientes. "Caos y muerte."
Crucias se arrastró miserablemente hacia adelante. El granizo le cortó en la parte
posterior de su cuello y la coronilla de su cabeza. Arañó a lo largo de los muñones de la
barandilla rota hasta la mitad del barco y pasó por encima de asientos de hierro forjado.

137
Había tres cuerpos más entre él y la escotilla en ruinas pero el no se detuvo en medio de
ellos sino que sólo bajo a la bodega, lejos de los lacerantes cielos.

* * * * *

El crepúsculo ya se había rendido a la noche antes de que ellos regresaran de su


última visita con el cirujano. Nunieve quería más té. Crucias no estaba en un estado de
ánimo como para negarle algo. Pronto él se sentó en el mismo asiento con el mismo
juego de té Jamuraano y el mismo vestido árbol que ella había llevado su primera noche
en tierra. Crucias, una vez más, se puso de pie, mirando más allá de las vides de uvas y
hacia el mar. Nada había cambiado salvo la profunda oscuridad.
No, todo había cambiado.
"Papi, no estés tan triste," dijo ella. "Mañana volveremos al mar."
"Sí, Cariño," dijo él distante. "Encontraremos otro cirujano. Uno mejor."
"Mañana volveremos al mar así que esta noche disfrutemos de nuestro té. Esta es
mi última noche en tierra," dijo ella tranquilamente mientras se servía un poco del
brebaje.
Crucias corrió hacia ella. "No digas eso. Nos quedaremos más tiempo. Podemos
quedarnos aquí todo el tiempo que desees."
"Oh, está bien, Padre," respondió ella bebiendo el té demasiado caliente y
luchando para no hacer una mueca. Cuando recuperó la compostura alzó la vista hacia
Crucias. "No estés triste."
"Pero estoy triste, Cariño."
"Entonces no tengas miedo."
"Tengo miedo. Tú lo eres todo para mí. Mi mundo entero."
"Papi, yo no tengo miedo. Así que tu no lo tengas."
El se inclinó para abrazarla y ella se derritió en sus brazos y se acurrucó contra
su cuello. Hubo un momento final y perfecto mientras el la sostuvo. Entonces el último
suspiro de ella se marchó en un dulce susurro.
El, también, respiró. Un tembloroso aliento de sorpresa, como si hubiera podido
absorber el espíritu huyendo de ella en su cuerpo antes de que se marchara para siempre.
Crucias se puso en pie y el juego de té Jamuraano cayó al suelo.
Ella no se movió ante el sonido.
El se quedó allí, abrazándola, contemplando el mar negro e invisible.

* * * * *

Este barco había sido su valor. El no se había hecho a la mar de nuevo hasta que
pudo llevarse a Nunieve con él. Ahora el barco estaba muerto y él a punto de estarlo.
Era un barco fantasma, primero devastado por necesidades económicas, luego por un
agotado maltrato, y por último por una explosión que había destruído el mundo. Las
mismas fuerzas oscuras e inexplicables que habían emergido de la tierra ciega para
destruir a su hija se habían alzado desde el negro mar para destruir la nave que llevaba
su nombre.
"Ya le fallé dos veces," susurró Crucias con amargura. "La perdí dos veces."
Pronunció sintiendo una punzada de culpa por llevar a su hija al mar, por convertir a su
homónima en una barcaza para transportar la sed de sangre y la depravación humana.
"Las destruí a ambas." No podría haber un destino más condenable que eso.
Él estaba acabado. Había muerto en todos los sentidos en los que un hombre
podía morir excepto en carne. Esta ahora podría ser de muchas maneras. Tal vez el

138
barco se hundiría o zozobraría. Tal vez la tormenta lo mataría con hielo y escombros
cayendo y exposición. Pero todo eso sólo haría el trabajo que Crucias debería hacer por
sí mismo.
"Yo la destruí. Yo puedo acabar con mi vida."
Con un gemido, se arrastró desde el cajón estibado donde yacía. No tenía idea de
cuánto tiempo se había quedado allí, perdiendo y recuperando la conciencia. La
incesante agitación del viento y el mar y el mareante cabeceo y estremecimiento de la
nave habían hecho que el sueño y el descanso fueran indistinguibles. El, temblando, se
empujó hacia los tablones y se arrastró. Un barril roto había derramado harina pastosa a
través de las juntas. Una línea húmeda zigzagueaba a través del desorden y trozos de
vidrios rotos cubrían el suelo. Crucias, indiferente, se abrió paso hacia la puerta del
compartimiento de carga. Los camarotes y su propia habitación se hallaban un poco más
allá. Habría un cuchillo muy afilado en el cajón de su escritorio, una de las hojas que él
había utilizado para tallar el mascarón. No tardaría mucho en tallar su propio cuello.
Pero él no pensó en eso. Pensó en ella. En el ojo de su mente aún podía ver las líneas de
esa escultura, el rostro de su amada hija.
"Ella no hubiera querido que hiciera esto," se dijo a sí mismo al llegar a la puerta
de la bodega y tiró de la barra que la mantenía cerrada. "Ella no hubiera querido que
hubiera hecho nada de esto."
La barra estaba sólidamente atascada. Crucias, apretando los dientes, se levantó
y le dio una patada. La barra se desplazó hacia arriba. Otra patada y la cosa casi saltó de
su soporte. "No hay nada que sea fácil. Ni siquiera esto," se quejó y pateó una última
vez.
Un gemido chirriante comenzó y él retrocedió asustado. La madera se hizo
añicos. Algo golpeó la puerta y esta se partió derramando escombros fuera de ella. Una
viga chocó contra el vientre de Crucias. Un gancho de carga le golpeó la cabeza. Él
habría salido volando y girando salvo por los escombros que le sujetaron sus piernas. El
derrumbe de los restos continuó sobre él, enterrándolo hasta la cintura. Crucias se
retorció, luchando por arrancarse de la pila, pero un dolor punzante comenzó en su
costado.
El dolor se intensificó, extendiéndose a través de su pecho y su cuello.
"Entonces, esto es todo," pensó con amargura y se dejó caer en los escombros.
"Esto es todo."

* * * * *

"Siéntate, Papi. Está haciendo frío," dijo Nunieve a la mañana siguiente. Ella
estaba en el porche con vistas al mar, ladrillos rojos y vides abrazándola en el aire fresco
de la mañana.
Crucias estaba de pie donde siempre había estado aunque esta vez él supo que
aquello sólo era un sueño. "No hubo mañana siguiente, Nunieve," dijo con tristeza. "Tú
moriste ayer por la noche."
Ella se encogió de hombros, inclinándose para acariciar un pequeño asiento de
metal a su lado. "Sólo quería ver si sobrevivirás."
"¿Si sobreviviría?"
"Sí, a través de la noche," dijo ella simplemente. Su sonrisa habría parecido casi
maliciosa si ella no hubiera estado tan triste. "Ahora, ven y siéntate."
"Oh, cariño, esto es sólo un sueño."

139
"Sí. En este sueño yo siempre te pido que te sientes pero tú nunca lo haces,"
respondió ella regañonamente. "Es un sueño, Papi. Tú puedes hacer lo que quieras. Ven,
siéntate conmigo."
"Sí," dijo él lanzando un suspiro de alivio. "Sí."
Con elaborado decoro ella levantó la tetera y vertió en la taza de él hasta llenarla
del todo. El líquido marrón envió una suave fragancia. Sus manos eran pequeñas y
bronceadas por encima de la porcelana blanca.
"Yo también rompí estas tazas la noche anterior."
"Sí," dijo ella. El té se vertió con satisfacción de la pequeña tetera. "Pero tú
lograste sobrevivir. Yo tenía miedo de que no lo hicieras. Tenía miedo de que tu vida
terminara."
"Lo hizo, Cariño. Lo hizo," Le aseguró Crucias. Esta vez el té no estaba
hirviendo o amargo. "Tu fuiste toda mi vida y futuro. Yo traté de seguir adelante.
Construí una nave en tu nombre pero ella no fue tú. Y yo tampoco pude cuidar de ella.
Ella se consumió, al igual que tú." Él negó con la cabeza y dejó escapar una triste risa.
"Cuando tú falleciste, cariño, mi mundo había llegado a su fin. Y cuando el barco que
yo nombré por ti murió todo el mundo llegó a su fin en una gran explosión que lo
consumió todo. La nave fue destruida por la explosión y las tormentas que vinieron
después. Yo fui cegado y malherido y enterrado en un montón de escombros."
Ella lo miró por encima de su taza de té. Sus ojos parecían más viejos, su
expresión de alguien mayor de edad a pesar de su joven rostro. "¿Entonces qué hiciste?"
Una mirada de perplejidad cruzó su rostro y él bajó la taza de té, sólo vacía hasta
la mitad. "¿Entonces qué hice?"
"Sí."
"Bueno, cariño," dijo él riendo oscuramente, "…yo morí. Eso es lo que hice."
La mirada de ella se convirtió en una de consternación. "¿Moriste?"
Él asintió con la cabeza. "Morí."
"¿Fuiste una de las últimas personas que quedaban vivas en cientos de
kilómetros de océano y no lograste sobrevivir?"
Crucias se estiró para tomar su mano. "¿Qué razón tenía yo para vivir? Si
hubiera tenido una razón podría haber hecho cualquier cosa. Podría haber salido
arrastrándome de debajo de todos esos escombros. Podría haber desafiado las tormentas
para despejar la cubierta. Podría haber atendido las bombas yo solo y encontrado alguna
manera de oler tierra o escuchar a las estrellas. Si yo te hubiera tenido a mi lado habría
vuelto a tener todo mi mundo y podría haber hecho cualquier cosa."
"Pero tú me tienes." Su voz había cambiado, todavía ansiosa pero no joven, la
voz de una mujer en lugar de una niña. Su rostro se estaba desvaneciendo, su rostro y la
terraza y el mar matinal de más allá. Una pulposa oscuridad se filtró a través de la tela
del sueño y sólo quedó la voz de la mujer. "Tú de verdad me tienes. Yo pensé que era la
única que quedaba con vida hasta que tú abriste la puerta de los camarotes."
"Nunieve, tú solo eres un sueño," dijo él con cansancio, buscando a tientas sus
manos.
"Yo no soy un sueño," respondió ella agarrando las manos de Crucias
fuertemente. "Y no soy Nunieve. Mi nombre es Elgia. Soy la sobrina de Madame
Gheiri."
"¿Elgia?" respondió Crucias. ¿Dónde estoy? "Yo estaba soñando," dijo él en la
enredada oscuridad del ciclón. "Pensé que eras mi hija."
"Llámame como quieras. Yo quiero que te levantes. Quiero que pongas esta nave
de nuevo bajo control. Quiero que me lleves a tierra."

140
Él sacudió la cabeza y sintió salmuera helada goteando sobre sus hombros. "No
puedo. Estoy acabado."
"¿Qué pasa con todas las cosas que acabas de decir? ¿Acerca de sacar el agua de
la nave y despejar la cubierta y navegar a tierra?"
"Ya no me quedan fuerzas en mí, querida. Estoy abatido, malherido, ciego. No
hay nada en que creer…"
La respuesta fue inmediata: "Cree en mí. Yo quiero vivir ¿Eso no es suficiente?
Yo quiero vivir."
Tan parecida a Nunieve. Tan fuerte y decidida y valiente.
"No fue suficiente para mi hija."
"Debería haber sido," dijo Elgia, desesperada. "Debería haber sido suficiente."
Tan parecida a Nunieve.
"Sí. Debería haber sido. Pero ahí fuera hay un monstruo, tal vez un dios, que ve
todos los “deberían haber sido” en las vidas humanas y los convierte en imposible.
Llámalo como quieras, destino o maldición, odio o capricho, pero sigue siendo la
oscuridad implacable."
"Yo puedo ver, capitán. Estaba debajo de la cubierta cuando lo que pasó, pasó.
Puedo ver y puedo levantar y atar y sacar el agua y todo lo que necesite que haga.
Usted sólo dígame que mirar y yo lo miraré por usted. Yo quiero vivir."
Un nuevo aliento entró en él. El Capitán Crucias, por primera vez desde que su
hija había muerto, respiró de verdad. "Yo fui Yotiano, Elgia. Mi hija fue Yotiana. Hay
una antigua creencia Yotiana que cada persona tiene muchas almas, que uno siempre
puede redimirse. En cualquier momento uno puede soltar las viejas almas que lo
gobernaron, dejarlas caer en la condenación y comenzar una nueva alma. Eso es lo que
fue mi hija para mí. Cada vez que estuve seguro de que mi vida había terminado ella
aparecía y me llevaba de nuevo hacia la luz del cielo. Eso fue lo que Nunieve era para
mí, mi guardián de las almas."
"¡Escúchame!," dijo Elgia con voz desesperada. Hubo soledad y miedo en su
tono, el sonido de un abandono total. "¡Yo quiero vivir! ¡Yo quiero vivir!"
Crucias sonrió. Él sonrió de verdad. Ciego y herido y atrapado en los sargazos de
su antigua vida, intercambiando un alma condenada por una recién nacida, Crucias
sonrió. "Entonces ayúdame a salir de este lío, Elgia. Yo también quiero vivir."

141
142
El espejo del
ayer

D amon había logrado levitar un par de centímetros por encima de la playa


rocosa. Con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos cerrados en concentración, él
colgó en medio del aire, balanceándose ligeramente. Tres compañeros aprendices
miraban con una mezcla de emociones. Estaban contentos de ver a Damon demostrando
una nueva habilidad mágica, una que todos ellos tendrían algún día, pero cada uno sintió
envidia de que otra persona hubiera tenido éxito en la primera levitación.
Damon, por su parte, estaba usando el sonido del oleaje como su mantra. Las
olas entrando y saliendo habían dejado de ser agua golpeando la playa. Para él, aquello
fue sólo una impresión audible, el ir y venir de las fuerzas fundamentales del mundo, el
cosmos respirando. Él estaba en ninguna parte.
Luego recordó que tenía una frente porque repentinamente le dolió. Algo duro
golpeó sus pies y luego su cadera y brazos. El se había vuelto inesperadamente íntimo
con la playa y abrió los ojos y se encontró tumbado en ella. Sintió un zumbido de dolor
en la frente.
"¿Entiendes?" dijo alguien.
Damon alzó la vista hacia donde Sabra, Jervis, y Annarais estaban sentados
mirándolo. Era Sabra la que había hablado.
La pregunta "¿Entiendes?" era una que solía hacerles el Maestro Wane cuando él
acababa de frustrar uno de sus incipientes intentos de hacer magia. Sólo había dos
respuestas a la pregunta: "No," lo que significaba que uno todavía era un aprendiz y

143
"Sí," lo que significaba que uno ahora era un hechicero. Hasta ahora ninguno de ellos
había respondido correctamente a la pregunta.
"Maldita sea," dijo Damon poniéndose de pie y sacudiéndose arena de las
polainas y los codos. "¿Una roca? ¿Acaso me tiraron algo?," preguntó mirando
acusadoramente a Sabra. Ella se encontró con su mirada pero su rostro fue imposible de
leer.
"Bueno," dijo ella inocentemente, "la primera vez que le mostraste ese truco al
Maestro Wane él iba a pegarte en la cabeza con su bastón para poner a prueba tu
concentración. Yo te estaba haciendo un favor."
"Vete al diablo," murmuró Damon. Puso su mano en su frente donde le había
golpeado la roca y luego la pasó por encima de su pelo cortado al rape.
"Está bien, lo haré," dijo Sabra. "Tal vez pueda encontrar al diablo entre esos
peñascos." Se levantó de un salto y se alejó por la playa, desapareciendo en un instante
entre las grandes rocas negras detrás de ellos. Pronto sus pasos se perdieron en el brazo
de mar del glaciar derritiéndose que caía por el precipicio y cortaba a través de las rocas
en su camino hacia el mar.
"Felicitaciones," dijo Annarais levantando los puños en un gesto de victoria.
Sonreía con genuina aprobación.
"Sí," añadió Jervis. "Apuesto a que no puedes esperar a que el Maestro Wane
regrese para poder mostrarle ese truco."
Damon miró hacia otro lado. Lágrimas de frustración le quemaron los ojos. Ya
no escuchaba las calmantes olas. En vez de eso él estaba de vuelta en la sala de
entrenamiento, delante del espejo con el Maestro Wane. El mago cerró las cortinas sobre
el espejo y dijo al mismo tiempo, "Tú nunca te convertirás en un hechicero." El Maestro
Wane había realizado dicha sentencia el día antes de irse y Damon se sintió agradecido
de que los otros aprendices no hubieran estado allí para escucharlo.
"Sabra siempre se roba el show, ¿verdad? No dejes que eso te afecte."
Damon volvió a la playa con el sonido de la voz de Anna. "Sí," fue todo lo que
pudo balbucear antes de que las olas volvieran a introducirse en sus orejas.
El lo había intentado, una y otra vez, para demostrar que tenía lo necesario, que
no había duda que él, de todos los aprendices, se convertiría en un hechicero. En ese
extraño momento a solas con su maestro Damon casi había reventado de orgullo cuando
el Maestro Wane le había dicho que estaba listo para una prueba especial. Primero el
maestro afeitó la cabeza de Damon. Luego lo llevó al espejo envuelto en la sala de
entrenamiento. El mago hizo a un lado la cortina negra y reveló el cristal.
"¿A quién ves?" le preguntó el maestro a su alumno.
Damon parpadeó. Algo estaba mal pero no pudo decir qué. Miró en el espejo y
se vio a sí mismo. Él tenía pelo largo y castaño, igual que siempre lo había tenido, y eso
le pareció bien. "Me veo a mi," dijo Damon. "A nosotros." Se preguntó de que se trataba
toda esa prueba.
"¿Y qué día es hoy?"
"El cuarto día del mes, el día de la luna nula llena."
"No," dijo Wane pasando su mano sobre la cabeza calva de Damon. "Hoy es el
quinto. La luna nula estuvo llena anoche. Y tú no tienes cabello en tu cabeza. Estás
viendo el ayer."
"¿Maestro?"
"Este espejo muestra como eras ayer," dijo el Maestro Wane. "La mente común
cree en los ojos del cuerpo. Tú te conviertes en lo que crees así que crees que todavía es
ayer. La mente del mago sabe que es mejor creer en lo que ve el cuerpo. El espejo no
influye en ella. Yo veo mi cuerpo como fue ayer pero sé que soy lo que soy hoy."

144
El Maestro Wane cerró la cortina. "Tú nunca te convertirás en un hechicero."
Un momento más tarde Damon se dio cuenta de qué día era y se tocó el cuero
cabelludo afeitado. Delante del espejo se había perdido a sí mismo.
"Nunca…"
Damon, que pasó inconscientemente la mano por su cabeza durante las tres
semanas en que tardó en crecer su cabello, recordó el presente... y las palabras de Jervis.
"¡Y no es sólo un truco, Jervis! Inténtalo tú si piensas que es un truco."
Jervis no respondió. Estaba mirando por encima del brazo del mar. Jervis era el
que menos probabilidades tenía de involucrarse en una tonta competencia, pensó
Damon. Él abrió la boca para disculparse por sus agudas palabras pero Jervis fue el
primero en hablar.
"El Maestro Wane ha estado ausente por mucho tiempo," dijo Jervis en voz
tranquila, como si no se hubiera dado cuenta que estuviera hablando en voz alta. "No
me gusta."
Aquel había sido el tiempo más largo que el Maestro Wane los había dejado
solos hasta ahora. Ya hacía más de tres semanas que estaba ausente y se había olvidado
de decirles cuándo regresaría. Sus únicas palabras habían sido que visitaría a sus colegas
de la Escuela de los Invisibles pero todos ellos habían visto las palomas mensajeras que
de vez en cuando él había enviado volando desde la parte superior de la torre.
Sabra les había
dicho que esas palomas
eran utilizadas por los
Kjeldoranos. Ella había
sido recogida por tropas
Kjeldoranas en los
meses posteriores a la
inundación que había
sumido su pueblo en el
mar. Habían sido las
alianzas Kjeldoranas
con el Maestro Wane
las que habían traído a
Sabra a la torre en la
colina del viejo mago.
Los aprendices
asumieron que el
maestro tenía relaciones
políticas en Kjeldor, pero tres semanas era mucho tiempo para estar lejos, incluso para
la política.
Damon arrojó un guijarro al oleaje. "Jervis, tú sabes que el Maestro Wane no
quiere que hablemos de lo que está haciendo o incluso que lo sepamos. Sus alianzas no
tienen nada que ver con nosotros. Si él no sabía lo que estaba haciendo él no hubiera
aparecido para tomarnos como aprendices." Damon pensó brevemente en el primer
mago que lo había encontrado, cuando acababa de ser huérfano. Ese mago había
preferido magia mas desagradable y, finalmente, había vendido a Damon al Maestro
Wane. Los recuerdos le hicieron estremecerse.
Annarais se puso de pie y se estiró. "Probablemente él mirara hacia atrás en el
tiempo y verá que nosotros estábamos aquí en la playa cuando se suponía que debíamos
estar estudiando."

145
Jervis señaló a Demon con el pulgar. "Estamos estudiando. El nos está
demostrando un nuevo truco. Eso es estudiar, ¿no es así, Damon?"
Una voz resonó desde abajo de la playa, "¡Eso es hacerse el ‘gallito’!"
Los aprendices saltaron al reconocer la voz del Maestro Wane y su término
favorito para las payasadas. Damon miró más allá de Annarais, que se dio la vuelta. Su
maestro venía moviéndose rápidamente hacia ellos de entre las altas y oscuras rocas. A
Damon siempre le había recordado a una gaviota, ruidosa y un poco sucia, con el pelo
del color de las conchas de ostras molidas.
"¿Quién es el hechicero que hizo que el cielo sea azul?" exigió el Maestro Wane.
Levantó un bastón nudoso hacia el cielo y lo sacudió. Ya les había hecho esa pregunta
muchas veces antes y ellos tenían que haberla resuelto para el momento de su regreso.
"¿Damon?"
"Bienvenido de nuevo Maestro Wane," dijo Damon sin convicción.
"Marcharse es volver. ¿Quién fue?" gritó el mago apuntando con su bastón al
aprendiz.
"No lo sé, Maestro," respondió Damon bajando la vista y mirando a los guijarros
en la playa.
"Voy a golpearte diez veces," dijo el Maestro Wane balanceando su bastón para
dar énfasis. "Entonces tal vez lo sabrás. ¡Annarais!, ¿quién es el hechicero que hizo que
el cielo sea azul?"
Annarais se aclaró la garganta. "El cielo es como un gran espejo y refleja el azul
del océano." Ella levantó la barbilla hacia arriba bruscamente como confirmando su
teoría.
"Tú," gritó el Maestro Wane, "Te golpearé veinte veces. ¡Jervis!, ¿quién fue?"
"Maestro, el cielo no es azul," dijo Jervis con una voz que fue casi firme.
"¿Y esta roca," respondió el maestro recogiendo una piedra de buen tamaño
cerca de su pie, "no es dura?" La hizo volar hacia Jervis quien la esquivó hábilmente.
"¡Treinta veces!"
"Ahora bien," continuó el Maestro Wane, mirando a su alrededor, "¿dónde está
mi alumna más prometedora, Sabra? Ella es tan inteligente como hermosa y eso es decir
mucho. Estoy seguro de que ella sabe la respuesta. ¿Qué hicieron ustedes tres…
ahogarla de envidia?"
¿Sabra? El Maestro Wane no tenía favoritos. Damon levantó los ojos de la arena
para echar un vistazo más detenido al hechicero. ¿El Maestro Wane había tomado un
baño mientras había estaba fuera? La sensación de que algo estaba mal se convirtió en
una certeza.
"¡Sabra!" exclamó Damon acusadoramente.
El Maestro Wane giró pero fue Sabra, quien estaba parada allí y no el maestro.
"¡Cielos!" dijo Jervis. "Eres tú, Sabra. Eso es increíble."
"Gracias, gracias," dijo Sabra, sonriendo e inclinándose ante Jervis, Annarais, y
Damon a su vez. Damon trató de imaginar lo que había visto en su mente. Recordaba
haber visto el suave rostro de Sabra y no el dominante y arrugado de Wane. Había visto
el cabello castaño de Sabra, la silueta de la joven, y su vestido de aprendiz, sin embargo
la había reconocido como el Maestro Wane. El se había convencido de que era Wane.
"¡Sabra! ¿Acaso tu…? ¿Cómo hiciste eso?" preguntó él.
"Hay visión y hay visión," dijo Sabra riendo. "Annarais, me gusta tu respuesta a
la pregunta del Maestro Wane. Creo que la usaré yo misma."
"Eres bienvenida en hacerlo," dijo Annarais. "Estoy segura de que es incorrecta."
Sabra rió y los demás se unieron.

146
* * ** *

Por la tarde el sol había subido suficientemente alto en el cielo azul como para
brillar sobre el acantilado donde se alzaba la torre del Maestro Wane. Su imponente
presencia había guardado el acantilado durante décadas, tal vez incluso más. Subiendo
hacia ella, a lo largo de la pared del acantilado, había un sendero en zigzag, y al lado de
el una fría cascada alimentada por la descongelación de los kilómetros y kilómetros de
glaciares tierra adentro.
En raras ocasiones, mientras exploraban las tierras abandonadas en los
alrededores de la torre, los aprendices habían encontrado artículos rotos o quemados que
parecían como si alguna vez hubieran sido de alguna utilidad. Ellos, como juego,
trataban de adaptar nombres y funciones de algunas de las piezas más reconocibles.
Sabra le mostró el primero de estos artículos al Maestro Wane, interrogándolo sobre sus
orígenes. La piedra cuadrada se sentía cálida, incluso cuando estaba mojada, y zumbaba
ligeramente. Wane le arrebató el objeto azul desgastado y ennegrecido de Sabra, lo tiró
al suelo, y rugió, "Restos de una guerra no tan olvidada. Estas cosas fueron hechas para
destruir. ¡Nada bueno puede salir de ellas y tu ignorancia nos matará a todos!"
Los otros tres jóvenes se marcharon cabizbajos y Sabra se alejó temblando ante
la ira del Maestro Wayne. Pero eso parecía haber pasado toda una vida atrás. Ahora
cualquier objeto que ellos encontraban era secretamente guardado entre las cosas de los
aprendices. Ellos hicieron un pacto de que el primero en alcanzar la condición de
hechicero podría quedarse con los pocos artefactos.
Ahora que el sol calentaba la playa, los aprendices se habían despojado de casi
todas sus ropas y nadaban en el agua fría. El Maestro Wane les había dicho que la
magia era como el océano. Si uno era paciente y tranquilo esta te sostendría y te llevaría
a lejanos lugares fantásticos, pero si pataleabas y perdías tu concentración te hundirías.
Aunque uno supiera cómo mantenerse a flote hay peligros acechando bajo la superficie.
Sabra, encaramada en una resbaladiza y escarpada roca sobresaliendo de las
olas, se sumergió en el agua y nadó en las aguas poco profundas, donde los otros tres
estaban vadeando y bromeando.
"Alguien viene caminando por la playa," dijo ella, "alguien conduciendo un
carro pequeño. Apenas está a la vuelta de la esquina," Y señaló con el brazo bronceado,
brillando con agua de mar, hacia un oscuro acantilado más abajo en la playa. "Vayamos
a divertirnos un poco."
Los aprendices regresaron a la playa y comenzaron a secarse.
"Esto no me gusta," dijo Jervis. "Nadie viene nunca por esta playa. Todas las
carreteras se inundaron hace dos años."
"Probablemente viene a ver al Maestro Wane," dijo Sabra con confianza. "Y el
Maestro Wane es exactamente con el que él se va a encontrar."
"No nos metas en problemas." Damon miró a Sabra, pero la chica de cabello
castaño se limitó a sonreír.
"Sigan mi ejemplo," respondió ella con su voz llena de emoción. "Cierren sus
ojos." Los otros, ahora secos y vestidos, aceptaron.
Pasado un momento oyeron la voz del Maestro Wane. "Abran los ojos o se
perderán la demostración." Sabra se había ido y el maestro estaba en su lugar. "Haremos
un poco de deporte," dijo con su característica jocosidad.
De detrás del acantilado llegó un solitario y pequeño carro tirado por dos mulas
y conducido por una persona vestida con una toga blanca. Los aprendices se sentaron en
las rocas calentadas por el sol mirando el lento acercamiento del carro, todos a
excepción de Sabra, que permaneció de pie en gran expectativa.

147
Cuando el carro estuvo al fin a la distancia de un grito la mujer vestida de blanco
hogareño conduciendo las mulas exclamó, "¡Hola, encantada de conocerlos!"
Annarais abrió la boca para responder pero Sabra la cortó. "¡Acércate!" gritó la
voz del Maestro Wane.
El carro continuó su camino hasta que la conductora hizo detener a las mulas y
bajó. Se detuvo, contempló el pequeño grupo, dio un paso adelante y se dirigió al
Maestro Wane.
"Hola y encantada de conocerte, mi amigo. Ante ti se halla una humilde
sanadora, venida de lejos para encontrar al Maestro Wane, que ha sido durante mucho
tiempo un amigo de los Kjeldoranos, buscadores de la paz y la justicia, y un enemigo de
los malvados gobernantes de Stromgald. Tenemos necesidad de su experiencia."
"Pero…" empezó a protestar Jervis a Damon.
"¡Silencio!" espetó el Maestro Wane al aprendiz para luego enfrentarse a la
mujer. "Yo soy el Maestro Wane, fea moza."
Los otros quedaron tan sorprendidos que no pudieron pensar en reír.
"¿Cómo te atreves a estar parada ante alguien como yo, un hombre de magia y
poder, cuando tú solo eres una miserable común? Arrodíllate o volverás a tu convento
transformada en una criatura más útil."
Damon miró a Annarais y Jervis, sus rostros congelados en incredulidad. No le
gustó a donde se estaba dirigiendo esto pero la pequeña broma de Sabra también lo
había tomado por sorpresa. Ella estaba yendo demasiado lejos.
La sanadora se arrodilló y apartó los ojos. "Mi culpa, Maestro. No soy más que
una novicia." Sus ojos oscuros parpadearon y ella recolocó un mechón lacio de cabello
negro de sus ojos en el nudo desordenado en su cabeza. Metió su mano en su túnica
suelta y vaciló. "La alta sacerdotisa Kjeldorana pide más respetuosamente el beneficio
de sus conocimientos."
Damon ladeó la cabeza hacia un lado por la sorpresa. ¿Por qué los Kjeldoranos
enviarían a alguien allí cuando el Maestro estaba allí? Tal vez él no había viajado a
Kjeldor después de todo. ¡Tal vez le había sucedido algo! La atención de Damon fue a
la mano de la novicia cuando esta surgió de la bata manchada. Ella bajó los ojos y
reveló una extraña esfera de cristal verde con un cuello corto con tapón. Entonces la
levantó frente a ella con ambas manos enguantadas, todavía sin cruzar la mirada con la
del Maestro Wane.
"Por favor, grande y poderoso Maestro Wane," dijo la sanadora, "como usted
sabe hay muchas excavaciones en toda Terisiare donde están siendo desenterradas
maravillas antiguas. Nosotros tuvimos la suerte de haber encontrado esta botella mágica
y buscamos comprender su uso. No hay duda de que uno con su perspicacia y sabiduría
nos podría ayudar."
Sabra se aclaró la garganta y se acercó a la sanadora arrodillada. "Yo soy un
hombre importante," comenzó ella, "y tengo poco tiempo para tales asuntos triviales.
Sin embargo los Kjeldoranos son dignos de mi precioso tiempo. Llevaré este artefacto a
la… a mi torre y lo estudiaré." Ella se estiró hacia el artículo con una sola mano y dijo:
"Entrégamelo y puedes irte."

148
Justo cuando la mano de Sabra se estiró hacia la esfera la sanadora la dejó caer
sobre las rocas a sus pies
y esta se hizo pedazos. Un
espeso humo blanco fluyó
hacia el aire. Los
penachos de humo
tocaron a Sabra y se
envolvieron a su alrededor
como si fueran cuerdas.
Los otros aprendices
vieron al Maestro Wane
tensarse y caer. El cuerpo
de Sabra empezó a
temblar y sangre brotó de
su nariz y orejas tiñendo
las rocas. La mujer de
blanco se levantó.
Annarais salió corriendo
con un grito y se dejó caer
de rodillas al lado de Sabra mientras Damon la siguió. Sabra yacía quieta pero incluso
muerta siguió pareciéndose al Maestro Wane.
La sanadora se quitó los sucios guantes blancos, revelando huesudas manos
verdosas. Deshizo el broche en el cuello y se quitó sus ropas indecorosas. Debajo
llevaba un ajustado chaleco de cuero negro y pantalones, entrecruzado por azarosas
puntadas de cuero, remiendos de cortes que la ropa había sufrido de numerosos
combates. Situada en el chaleco, sobre su pecho izquierdo, había una piedra preciosa
negra del tamaño de una semilla de durazno. La piel de sus brazos y hombros estaba
moteada y salpicada de cicatrices de viruela. Una vaina curvada reposaba sobre su
cadera, la empuñadura negra de una hoja sobresaliendo de ella. El rostro de la mujer,
arrugado en una sonrisa sin humor, reveló delgadas cicatrices serpenteando desde
ambos lados de la boca hasta su cuello. A Damon le pareció como si ella hubiera muerto
muchas veces pero de alguna manera había logrado sobrevivir a través de la
experiencia.
"Es un truco," dijo Jervis apretando sus brazos firmemente contra su pecho. "Es
otro de sus trucos." Damon le llamó la atención e hizo un movimiento de corte con la
mano para silenciarlo.
"Oh, no es ningún truco, pececito," dijo la asesina. "Tu maestro está bien
muerto."
"Está muerta," dijo Annarais sollozando, acariciando el cabello de Sabra, cabello
que parecía gris. Damon levantó la vista hacia la asesina para ver si se había dado
cuenta de lo que había dicho Annarais.
La impostora, prestando poca atención a los aprendices, dio un agudo silbido.
"Pececito," dijo, "mis amos quieren que ustedes sepan por qué he matado a su maestro.
Los hechiceros de la Escuela de los Invisibles han estado en buenos términos con mis
amos en Stromgald, pero entonces este truhán…" ella pateó la pierna de Sabra con un
dedo del pie cubierto de cuero "se atrevió a ayudar a los Kjeldoranos. Su imprudente
elección de aliados fue su perdición. Cuando sus colegas de la Escuela de los Invisibles
vengan en busca de su compañero díganles que se encontró con el destino de un traidor,
que un asesino de Stromgald lo derrotó. Tal destino les espera a cualquiera del resto de
ellos que estén a favor de Kjeldor."

149
El carro de la asesina había comenzado a bambolearse. Un sonido de metal
empujando contra metal
vino desde dentro.
Entonces la puerta en el
costado se abrió y un
hombre de metal se lanzó
hacia la luz del sol. El carro
se elevó notablemente en
sus resortes cuando la cosa
salió.
"Mis amos estarán
encantados," dijo la
asesina. "Si hubieran sabido
que un pequeño aeolipilo
iba a ser suficiente para
acabar con este mago ellos
nunca me hubieran
suministrado con un golem,
o con esto." Y con su
pulgar le dio unos golpecitos a la gema negra en su chaleco situada directamente sobre
su corazón.
El golem se acercó a la asesina y se puso a su lado, su cabeza y hombros más
altos que ella. El ser, creado en bronce antiguo, había sido librado de cualquier clase de
patina. El sol rebotó en su piel pulida en motas de color quebrado. Bajo diferentes
circunstancias Damon podría haber encontrado hermoso al tosco artefacto.
"Recoge al muerto," le ordenó la asesina al golem.
La pesada masa giró su cabeza de modo que enfrentó la tierra. Su rostro osciló
de uno a otro lado, explorando la tierra, pero el no se movió.
"No lo puedo creer," dijo Jervis. Sus ojos no habían dejado el cuerpo sin vida de
Sabra.
Damon puso una mano sobre el hombro de Annarais y le dio una rápida sacudida
a la cabeza hacia atrás en dirección a la torre. El se puso de pie, ayudó a pararse a
Annarais y ellos, sin decir una palabra más, retrocedieron.
"¡Recoge el cadáver!" ordenó la asesina. "Ponlo en el carro."
Ahora el golem accedió. Agarró el cuerpo por el tobillo y lo alzó en el aire.
Engranajes zumbaron cuando el golem se volvió para poner el cuerpo en el carro.
Damon y Annarais alcanzaron a Jervis, los brazos todavía envueltos con fuerza
alrededor de sí mismos.
"No es ningún truco," siseó Damon. "Salgamos de aquí."
Los ojos de Jervis cayeron en la sangre en las manos de Annarais. "Angeles de
misericordia," maldijo él, "Es verdad."
Los tres aprendices, con los sonidos del hombre de metal detrás de ellos,
caminaron penosamente a través de las rocas grandes y negras que bordeaban la playa,
vadearon la fría corriente que se comió el brazo de mar, y llegaron a la base del
acantilado donde comenzaba un camino en zigzag. Jervis miró hacia atrás con
nerviosismo.
"¿Cuánto tiempo durará ese hechizo?" preguntó.
"Ella está muerta," dijo Damon jadeando. "¿Qué pasó? ¿Qué era esa cosa?
¿Quién…?"
"Jervis tiene razón," dijo Annarais. "Tarde o temprano la asesina lo va a notar."

150
"Va a dar la vuelta y vendrá por nosotros," dijo Jervis. Dio un salto sobre un
peñasco y trató de espiar sobre las otras piedras. "¿Cuánto tiempo creen que durará el
hechizo de Sabra ahora que ella…?" Jervis se detuvo en seco. "¿Qué vamos a hacer?"
"Manténgase en movimiento," dijo Damon. "Tenemos que volver a la torre.
Vamos."
Jervis se quedó quieto, con los brazos colgando sin fuerzas a los costados.
"Ese es el primer lugar en el que irá a mirar. Nosotros tenemos que dividirnos,
escondernos, escapar, tal vez conseguir un barco."
"La torre será más segura," dijo Annarais. "Nosotros podemos obtener nuestros
bastones de combate. Ella no puede entrar. Nosotros conocemos el entorno y hay un
montón de lugares para esconderse."
Jervis miró más allá del sendero. Por debajo de ellos había una pendiente
empinada y rocosa que daba lugar a un sinnúmero de huecos, ensenadas, grutas y
estanques naturales. "Vayan y mueran en esa maldita torre," dijo, "Ella los encontrará, lo
mismo que hizo con Sabra. Yo puedo hacerlo por mi cuenta. Ya lo hice antes. Lo
volveré a hacer." Y él, sin mirar hacia atrás, comenzó a abrirse paso imprudentemente
por las rocas escarpadas de la pendiente.
"¡Jervis!" gritó Annarais. "¡Tenemos que permanecer juntos!"
Jervis, con sus ojos centrados en su precario camino, gritó: "¡Cállate! Tengo que
ponerme a salvo."
"¡Jervis!" Annarais repitió su petición pero Damon agarró sus brazos por detrás y
la obligó a seguir adelante.
"Él podría tener razón. Déjalo que se vaya. Que haga lo que él cree que es
correcto pero no esperes aquí. Esa asesina volverá a aparecer cuando el hechizo de
Sabra desaparezca. Vamos."
Damon se adelantó y tiró de Annarais detrás de él. Los zigzagueos parecieron no
tener fin, uno tras otro, hasta que fue difícil decir cuánto tiempo habían estado subiendo,
cuántas veces habían dado la vuelta, y cuan lejos habían tenido que caminar. El
acantilado que estaban trepando, que habían trepado cientos de veces, colgaba sobre un
profundo brazo del mar. Una vez había sido una mina a cielo abierto antes del hielo y el
inicio de la descongelación. El propio acantilado se estaba erosionando con el deshielo y
la torre estaba condenada a caer en el agua con ella. Al Maestro Wane le gustaba decir,
"Es un hombre prudente que sabe que su casa está construida sobre la arena."
Cuando Damon y Annarais estaban a mitad de camino por la ladera del
acantilado se oyó un grito, casi inhumano en su urgencia.
"¿Escuchaste eso?' preguntó Annarais.
"Sonó como Jervis," dijo Damon. "No te detengas." Él la empujó hacia delante.
Annarais asintió y ellos continuaron trepando, el silencio sólo roto por la respiración
entrecortada y las maldiciones de Annarais.

* * * * *

Ambos estaban sin aliento cuando finalmente llegaron a la cima del acantilado
pero habían renovado su urgencia desde que habían escuchado el grito de Jervis. Se
escurrieron por la gran puerta mecánica en la base de la torre, tropezando con rocas y
sus propios pies. La torre se alzaba por más de quince metros por encima de ellos. Se
veía como un faro antiguo. La parte inferior del balcón que rodeaba la planta superior se
extendía fuera de la pared. Desde el suelo hasta el balcón las paredes parecían de piedra
lisa aunque los aprendices sabían que había un montón de ventanas escondidas por
ilusiones.

151
Ahora Damon y Annarais estaban empapados por el sudor y pegajosos por la sal
del mar, sus fibrosos cabellos pegoteándose a sus rostros y hombros, sus ropas irritando
su piel. Se detuvieron en el amplio escalón de piedra de la cima de la escalera que
conducía a la puerta, apoyándose jadeando en la puerta maciza carente de cerradura. A
Damon la puerta siempre le había parecido como una gran boca de metal. Era mucho
más antigua que la torre, algo que el Maestro Wane había rescatado de siglos pasados.
La puerta era lisa pero los mecanismos que la rodeaban eran complejos, con pistones,
engranajes y contrapesos.
"¿Qué…?" Damon se inclinó, apoyando las manos sobre las rodillas. "¿Qué
crees que le pasó a Jervis?"
Annarais cerró los ojos y se apoyó en la puerta. "No lo sé pero vayamos a hablar
de esto en el interior."
"Ni vida ni muerte," comenzó Damon, recitando a través de sus jadeos la letanía
que abriría la puerta "sino la existencia." Hizo una pausa para recuperar el aliento. "Ni
caos... ni orden... sino la existencia." La letanía definía cómo se diferenciaba el estilo de
magia de su maestro de los otros tipos fundamentales de magia de Dominaria. La letanía
se completó pero la puerta permaneció impasible.
Damon miró a Annarais, tratando de ocultar su desesperación.
Desde el acantilado escucharon rocas siendo soltadas por golpes, cayendo por la
empinada pendiente. Era el sonido de una persecución.
"Oh, gran cielo," susurró Damon, y tomó la mano de Annarais.
Ella se irguió, concentrándose por un momento, y pronunció la letanía. Fue
como si la misma letanía hubiera hablado, haciendo sonar sus pulmones y boca de la
misma forma que un músico hubiera hecho sonar una flauta. "Ni vida ni muerte, sino la
existencia. Ni caos ni fin, sino la existencia."
Las puertas de hierro se abrieron y dividieron con un gran ruido de maquinarias.
Los dos aprendices se precipitaron en el interior, en el atrio de techo alto. Las puertas se
cerraron estruendosamente detrás de ellos. Ellos, agotados, se dejaron caer al suelo y se
apoyaron en la puerta.
"No van a ser capaces de entrar," dijo Annarais.
"Sin embargo tenemos que prepararnos, por si acaso," respondió Damon.
Los dos aprendices se separaron, tratando de prepararse para la llegada de la
asesina de Stromgald, aunque ninguno sabía lo que sería necesario para detenerla.
Annarais subió los escalones más alejados de a dos a la vez. En la parte superior, corrió
a lo largo de las paredes curvas, en dirección a la sala de entrenamiento en el otro
extremo del pasillo. Abrió la puerta de golpe y tomó dos varas de combate cubiertas de
metal de su soporte de pared cerca de la puerta.
Mientras tanto Damon miró alrededor del atrio. Cerró las persianas de madera en
todas las ventanas y dejó caer las barras en los sostenedores para asegurarlas. Una
ventana abierta, oscurecida por ilusión o no, era una forma de entrar. Subió corriendo
hasta la segunda planta, cuyo pasillo curvo y ensombrecido tenía vistas al atrio. Allí
estaba su cocina, así como sus cuartos personales, sus salas de estudio, y la sala de
entrenamiento.
Encontró a Annarais en la habitación de Jervis, de pie allí con la ventana sin
cerrar, sosteniendo un caparazón grande y redondo con las dos manos. El pesado
caparazón había sido uno de los preciados hallazgos de Jervis.
Annarais, sin levantar la vista, dijo: "El Maestro Wane dice que tu vida es como
el caparazón del nautilus. Empieza muy pequeña y se hace más y más grande a medida
que crece. ¿Pero sabes que se le olvidó? Que termina." Ella puso su dedo en la abertura

152
vacía en donde un ser vivo una vez había hecho su hogar. "Todo lo que queda es algo
para que alguien lo encuentre en la playa, una baratija."
Una poderosa explosión reverberó a través del atrio. Damon saltó y la mano de
Annarais voló a su boca. Ellos se apresuraron a salir al pasillo y miraron hacia el piso de
abajo. Otro estallido sonó desde la puerta de la torre.
"Nosotros no podemos luchar contra su golem," dijo Annarais.
"Podemos ocultarnos," respondió Damon. "Tal vez podamos llegar a la sala de
entrenamiento. Tal vez incluso podamos llegar a la cima, a las recámaras del Maestro
Wane. Él habla con otros hechiceros lejanos. Tal vez él tenga un cristal mágico, algo que
podamos usar para llamarlo. Tal vez él pueda llegar hasta aquí, o simplemente
sacarnos." Sin embargo, al igual que cerrar las persianas, él sospechaba que como
mucho era un esfuerzo inútil.
"La sala de entrenamiento," dijo Annarais. "Yo sé la clave."
Ella se volvió a introducir en la habitación de Jervis y salió con el bastón de
combate. Le arrojó uno a Damon. Los estampidos persistieron. Damon siguió a
Annarais hasta el final del pasillo junto a la puerta de la sala de entrenamiento. Allí
había una puerta de madera tallada con sigilos en un patrón en forma de onda. Ninguno
de los aprendices había entrado en el cuarto de entrenamiento sin el Maestro Wane y
había sido siempre este quien había abierto la puerta sin cerrojo. Annarais se colocó
frente a ella, mordiéndose el labio. Con sus dos manos, hizo una serie de lentos gestos
inexperimentados y luego miró hacia la puerta.
"No entiendo," dijo volviéndose más frustrada cada minuto. "Eso es exactamente
lo que hace él. ¡Exactamente! ¿Por qué no se abre?" Ella repitió los gestos. El tronar
volvió a sonar, esta vez acompañado por el sonido de metal esforzándose y cediendo.
"¿En qué estás pensando?" preguntó Damon.
"Estoy tratando de pasar por la maldita puerta," le espetó Annarais, su voz tensa.
"No," dijo Damon poniendo una mano tranquilizadora en su hombro. "¿En qué
estás pensando mientras lo estás haciendo?"
"Pienso en que ambos vamos a morir."
"Haz la letanía. Inténtalo mientras piensas en la letanía de la puerta. 'Ni vida ni
muerte, salvo…'"
"¡Ya sé la maldita letanía!" gritó Annarais.
Annarais se estremeció y comenzó de nuevo. Sus manos se movieron
suavemente mientras repitió los gestos. Las puertas dobles por debajo de ellos se
combaron hacia adentro y la pesada criatura de bronce se exprimió por la brecha,
ampliando la misma. La puerta frente a Annarais se abrió con un crujido y los dos
aprendices se precipitaron en su interior. Luego esta se cerró detrás de ellos.
Ambos corrieron hasta un estrecho tramo de escaleras que se abrieron en el
centro de una habitación curva alineada con bastidores de pergaminos. Cerca del otro
extremo había una fila de pupitres de escritura en donde los aprendices practicaban sus
letras y símbolos.
Contra la pared había un amplio y bajo cofre metido debajo de una ventana. A la
derecha estaba la puerta a las habitaciones del Maestro Wane. Como el Maestro había
dejado muchas veces en claro solamente un mago podría abrir esa puerta. Cerca había
una cortina negra con el espejo detrás de ella. Damon anheló momentáneamente mirar
el espejo y olvidar todo lo que había sucedido ese día.
"Tiene que haber algo aquí que podamos usar," gritó Damon buscando
desesperadamente por la habitación.
"Tal vez haya algo en el cofre de madera del Maestro Wane," respondió
Annarais.

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Mientras Damon se acercó al cofre, un parpadeo le llamó la atención. Asentado
en uno de los pupitres de escritura estaba el disco plano y reflejado que el Maestro
Wane había utilizado para crear fantasmas, horribles pero insustanciales imágenes de
aterradoras criaturas.
Damon recordó haberse sentado con Sabra y el Maestro Wane en la playa
rocosa, las olas rompiendo suavemente en el fondo. El maestro había buscado en su
manchada capa gris y sacado el disco, dejándolo suavemente sobre los guijarros ante
ellos. El disco reflejó el sol y el cielo azul. "Sólo los ciegos ven la verdad," había dicho.
Wane había metido sus manos
manchadas por la edad en su capa y
cerrado los ojos. Sabra se estiró para
tomar el disco. Lo llevó cerca de su
rostro y miró en él. Con un índice
empujó una espinilla en su barbilla.
Sus ojos se abrieron de repente y ella
dejó caer el disco sobre las rocas.
Damon alzó la vista y detrás de Sabra
vislumbró una forma humana
desnuda y sin pelo con largos dedos
con garras. Sus alas le hacían parecer
más grande de lo que realmente era,
pero fueron sus largas uñas, no su tamaño, las que parecían mortales. Estaba
descansando en las rocas detrás de Sabra y, cuando ella empezó a correr rápidamente
hacia atrás, hacia el Maestro Wane, la cosa la siguió con saltos cortos.
Aprender a ignorar a estas terribles visiones había sido una lección temprana
para cada aprendiz, una lección para distinguir lo que veía el ojo de lo que conocía la
mente. "Nuestra magia es la magia de lo imposible," solía decir el Maestro Wane, "de lo
imposible hecho realidad."
Damon recogió el disco. "Tal vez podemos usar esto para distraer a la asesina,"
murmuró y se lo guardó en un amplio bolsillo oculto en sus ropas por debajo de su
vestido.
Juntos, él y Annarais tiraron de la tapa del cofre, pero estaba sellada. Oyeron
ruidos de algo estrellándose desde abajo. Damon lanzó una maldición y le dio una
patada al arcón. Entonces, bruscamente, agarró a Annarais por el antebrazo.
"¿Cuándo hemos visto al Maestro Wane que abriera algo con las manos?" El se
enderezó, respiró hondo y cerró sus ojos.
Los abrió un momento después, cuando Annarais susurró, "Listo."
El cofre estaba abierto, la tapa había desaparecido. Probablemente nunca había
habido una, pensó
Damon con amargura.
Miró a Annarais y dijo:
"Ve a ver si puedes
abrir esa puerta." Ella
asintió.
Dentro del cofre
había un revoltijo de
objetos y pergaminos.
Algunos Damon los
reconoció de los
ejercicios de

154
entrenamiento pero la mayoría no los había visto antes. Sacó un sextante cubierto de
pinchos. ¿Para qué se utilizaría esto? Se preguntó volviendo a dejarlo caer en el cofre.
Al ver la empuñadura de una cuchilla envainada la extrajo cuidadosamente y la deslizó
en su bolsillo interior. Esta entrechocó contra el disco.
Estaba lanzando pergaminos y fajos de papel desde el arcón, en busca de más
armas, cuando escuchó un golpeteo en la sala de entrenamiento. Su corazón dio un
vuelco y alzó la vista, pero era Annarais golpeando repetidamente la puerta que daba a
los aposentos del Maestro Wane. Damon recogió su bastón y corrió a su lado.
"Si pudiéramos conseguir pasar…" dijo ella con lágrimas de frustración
formándose en sus ojos. "Yo probé la letanía. Nosotros estaríamos a salvo, pero no
estamos a salvo, vamos a morir. No se abre. Nada se abrirá. Yo no puedo hacerlo."
Damon dejó caer su bastón, la agarró por los hombros y tiró de ella contra su
pecho. Ella tembló en sus manos mientras lloró, entonces Annarais se secó los ojos con
su muñeca y olfateó ruidosamente. Damon sintió una tremenda simpatía formándose en
su interior, un deseo irresistible de proteger a Annarais.
El sintió una repentina confianza, una seguridad, una aceptación de su propio
aprendizaje. Sin dedicarle una sola palabra a Annarais dio un paso adelante y puso su
mano en la manija de la puerta del Maestro Wane. Tiró, no con mucha fuerza, pero con
gran confianza.
La puerta resistió. La confianza de Damon se estrelló.
La puerta en la parte inferior de la escalera se hizo pedazos. Damon giró y
sostuvo su bastón defensivamente frente a él. El pulido y perseverante golem llegó a lo
alto de la escalera y su cabeza rotó para considerar a los aprendices. Detrás de la cosa la
escalera se extendía como una larga y estrecha fosa en el suelo y Damon apenas pudo
ver a la asesina acechando en la base de la escalera.
"Den un paso más y los desintegraré a ambos," dijo Annarais.
Damon la miró con asombro. Ella sostenía una piedra azul cuadrada en su mano
que brillaba como si estuviera viva. La asesina murmuró una palabra al golem y se
metió bajo el hueco de la escalera.
Annarais levantó la piedra y la apuntó hacia la máquina. "No te acerques más."
Los pies del golem chirriaron sobre el suelo de piedra cuando se volvió hacia
Annarais y comenzó a caminar hacia ella.
Damon agarró el brazo de Annarais y lo levantó. "¿Qué es esta cosa? ¿De verdad
puedes hacer eso?"
Annarais respondió sin aliento, "Recuerda, lo encontramos en la playa justo
después de que vino Jervis. Sabra se quedó con ella cuando nos descubrió el Maestro
Wane." Ella miró al golem mientras este continuaba su marcha hacia ellos y luego dijo a
toda prisa, "El maestro la dejó caer en la playa y se alejó pero Sabra se la quedó. Ella
aprendió a hacerla funcionar."
Ahora el golem estaba tratando de ir más rápido, su brazo levantado para dar un
golpe. Annarais apuntó el dispositivo hacia la criatura y le dio un giro rápido, como si se
tratara del pomo de una puerta. Un destello como un rayo lanzó a Annarais hacia atrás
contra la pared, hizo poner de punta el pelo de Damon, y envolvió a la criatura de metal.
El destello desapareció pero el golem siguió acercándose a ellos como si nada hubiera
sucedido.

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Damon dio un paso al
costado de la máquina y se
agachó bajo su brazo
oscilante. Retrocedió hacia
los pupitres de escritura y el
golem le siguió. Damon
levantó su disco y le dio una
orden mental. Algo tomó
forma entre él y la máquina.
Era una criatura sin pelo
parecida a un humano con
largas garras, la imagen que
había aterrorizado a Sabra. El
ser agitó las alas y siseó
mientras saltó de un pie a
otro. El golem hizo descender
su bola de pinchos a través de
la ilusión con un giro de toda la parte superior del cuerpo y luego, con el sonido de
engranajes chirriando, reanudó su postura, listo para atacar.
La ilusión, ilesa, continuó dando cabriolas. El golem golpeó de nuevo,
exactamente igual que antes y, exactamente igual que antes, reanudó su posición inicial.
Damon vio que reiteró su ataque sin variación en tres ocasiones. Recordó lo que había
dicho el Maestro Wane acerca de las máquinas que imitaban la vida: seguían siendo
máquinas. Inconscientes de sus propias acciones, el golem respondió como había sido
construido para responder. Al enfrentar a un enemigo que no cambiaba su respuesta
nunca cambió. Estaba atrapado.
Damon se arrastró lentamente a través de los rollos desechados y se colocó
detrás de un pupitre, tratando de no llamar la atención del golem. Buscó a Annarais.
Esta se hallaba detrás del golem, cerca de la pared del fondo, sacudiendo la cabeza para
hacer volver sus sentidos. El agitó la mano y comenzó a arrastrarse hacia ella, todavía
sin soltar su vara.
La asesina salió repentinamente del hueco de la escalera y se arrastró por el
suelo, la cuchilla en una mano. Vio a Annarais cerca de ella y luego vislumbró a Damon
detrás de los pupitres de escritura.
"Muy bien," dijo ella. Su risa fue sorprendentemente agradable y con
reminiscencias de campanas. "Muy inteligente, pececito. Yo estaba segura de que esa
cosa acabaría con los dos. El hecho de que ustedes dos aún estén vivos levanta mi
opinión acerca de ambos. Los dos primeros fueron enemigos fáciles." Ella inclinó la
cabeza hacia atrás y alzó la voz. "¡Wane! ¡Traidor! Espero que en algún lugar, de alguna
manera, estés utilizando tu magia para ver esto. Si no puedo encontrarte quiero que veas
lo que le sucederá a tus preciosos estudiantes."
La asesina tomó su hoja curva con las dos manos y se dirigió resueltamente
hacia Annarais que ahora estaba sosteniendo su bastón preparado. Ella, aterrorizada,
tenía las dos manos cerca de un extremo, sosteniendo el otro extremo hacia delante para
tratar de mantener el peligro a raya.
Damon, deseando que su disco volviera a funcionar, se levantó y cargó contra la
asesina. Ante él se formó otra criatura alada. La asesina le disparó a Damon una mirada
de soslayo y se movió hacia Annarais más rápido de lo que ella pudo retroceder. La
mujer, con un rápido movimiento curvo, se agachó bajo la punta de la vara, agarró el

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centro del arma con una mano, y deslizó la cuchilla por debajo, donde desapareció en el
vestido de Annarais.
Annarais cayó de espaldas contra la pared y la asesina giró para hacer frente a
Damon. El diablillo ilusorio, situado entre ambos, bloqueó su punto de vista. Damon
denegó a la criatura, le negó un lugar en su mente. Para él se convirtió en un tenue
contorno a través del cual podía ver a la asesina. Dejó caer el disco y embistió, sus dos
manos sobre su bastón. Damon vio oscilar a la asesina, tratando de ver más allá de la
ilusión, pero la puntería de él fue sublime. El, gruñendo, saltó a través de la ilusión, y el
extremo de metal de su bastón estalló a través de la imagen y golpeó a la mujer en el ojo
izquierdo. Ella rodó a un lado mientras el impulso de él le hizo pasar a un costado. La
asesina sostuvo su ojo herido con una mano pero atacó con su espada en arcos tan
furiosos que Damon tuvo que hacer una pausa. La ilusión persiguió a la mujer pero ella
la ignoró.
Damon escuchó gritar a Annarais. Se había esforzado por desplazarse a lo largo
de la pared, agarrándose su vientre, y ahora estaba frente al espejo. Agarró la cortina con
la mano libre y cayó, tirando esta. Damon, sin hacer caso del espejo y la asesina, corrió
a su lado. Había sangre por todas partes.
"Damon." Dijo la voz de Annarais pero sin salir de ella. La voz estuvo en la
cabeza de él. Damon levantó la vista y vio el reflejo de ella en el espejo. Allí estaba
Annarais de pie, de nuevo viva, tal y como había estado ayer. Allí también estaba su
reflejo, ileso y sin preocupaciones.
"¿Lo entiendes?"
dijo Annarais.
Damon no tuvo
necesidad de decir que
sí. Vio su reflejo de ayer
en el espejo. "Tú nunca
te convertirás en un
hechicero," pensó hacia
su reflexión. "El
aprendiz no se convierte
en un hechicero. Es
sustituido por uno. Yo
no soy mi pasado."
Un movimiento
llamó su atención y el
miró más allá de su
reflejo. Acechándolo
estaba... una sanadora
vestida de blanco. Damon buscó debajo de su vestido, desenvainó su cuchilla, y la
presionó con la parte plana contra su antebrazo donde la asesina no lo vería. Se dio la
vuelta mientras ella se acercaba.
La primera imagen del diablillo, situada detrás de ella, continuaba atrayendo los
repetitivos ataques del golem. La segunda imagen saltó y siseó pero la asesina no se
distrajo. Damon hizo desaparecer la segunda imagen con un pensamiento. Miró a la
asesina y pudo ver la herida que le había inflingido, un pómulo roto. Esta no se había
mostrado en su reflejo. La asesina lo miró despreciadamente mientras se acercó.
Damon supo que la mente de ella sería incapaz de resistir la magia del espejo si
miraba a su propio reflejo pero la asesina sólo fijó su mirada en él. Lentamente,
deliberadamente, dio un paso más cerca.

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"Me has herido," dijo. "Así que no voy a matarte tan rápido como he matado a tu
amiga. Primero haré que te retuerzas un poco. Ninguna de tus pequeñas ilusiones va a
salvarte." La asesina continuó fijando su mirada en Damon y comenzó a hace pivotar su
cuchillo delante de ella.
"Allí es donde estás equivocada," gritó Damon. "Los fantasmas que habitan en
este espejo son reales." Y con su mano libre él hizo un gesto por encima del hombro
hacia el cristal.
La mirada de la asesina se desvió hacia el espejo, a su propio reflejo, disfrazada
como una sanadora. Sus ojos perdieron su intensidad y ella se quedó quieta. Damon vio
la lucha ardiendo en sus ojos oscuros, la intensidad de su propósito en contra de la
magia del espejo. De repente echó su cuchillo hacia atrás por encima del hombro para
dar un golpe, su entrenamiento y determinación apenas ganándole a la magia del espejo.
"Bienvenida, sanadora," dijo Damon
Las palabras de Damon se añadieron al poder de la magia del espejo y este
venció la resistencia de la asesina. Su mente creyó lo que vieron sus ojos y escucharon
sus oídos. Ella dejó caer su cuchillo y su brazo se derrumbó.
"¿Quién eres tú?" preguntó Damon, casi burlonamente.
"Vengo de Kjeldor en busca del gran Maestro Wane," dijo la asesina pareciendo
un poco confundida. Sus manos se cerraron en puños y se volvieron a abrir
nerviosamente, como si la lucha interna continuara, pero ella siguió andelante.
"Yo soy un antiguo alumno del Maestro Wane," dijo Damon. "Te doy la
bienvenida a su casa." Él abrió los brazos para abrazarla y ella le devolvió el abrazo en
gratitud. "Tú eres lo que ves," dijo él.
"¿Pero dónde está el Maestro Wane?" persistió la impostora, incómoda en el
abrazo. "Tengo un antiguo artefacto para el que nosotros los Kjeldoranos necesitamos su
orientación." Dijo ella y comenzó a alejarse.
"Yo soy lo que seré," continuó Damon y hundió el cuchillo en la parte baja de su
espalda. La mujer se sobresaltó, luego retrocedió en estado de shock. Se dio la vuelta y
se desplomó, sangrando, el cuchillo clavado en su espalda. Tenía los ojos abiertos de par
en par por la sorpresa. Damon se agachó sobre ella, extrajo el cuchillo, y lo clavó en su
garganta. El reflejo de la asesina se mantuvo en el espejo. Damon se giró hacia este,
dándole la espalda al cadáver.
"Vete," dijo y el reflejo desapareció.
La imagen de Annarais permaneció. "Gracias, querida Annarais," dijo y también
hizo desaparecer su reflejo.
En el espejo vio al golem, una criatura sin mente, todavía encerrado en inútil
combate con el diablillo, una criatura sin cuerpo. Estaba considerando qué hacer con
ellos cuando algo le agarró los tobillos y le tiró implacablemente al suelo.
Era la asesina. La sangre ya no corría de la herida donde el cuchillo de Damon se
había hundido en su garganta y sus ojos oscuros ahora estaban iluminados por alguna
fuerza misteriosa. La joya negra en su chaleco brillaba como un corazón frío. Sus
manos, fuertes como prensas, pusieron a Damon de espaldas y bajo el peso del cadáver
viviente. Se sujetaron en su cuello. El rostro de él se hinchó y no pudo respirar. Damon
arañó el rostro de la asesina pero ella pareció inmune al dolor.
"Tu pequeño truco me ha matado," dijo la asesina con voz ronca y entrecortada.
Su esfuerzo por hablar hizo que chorreara sangre más allá del cuchillo en su cuello.
"Pero yo soy una devota de la noche. La muerte me hace más fuerte." Ella dejó caer su
peso sobre el vientre de Damon y lo último del aire en sus pulmones se exprimió de su
garganta. "Engañaste a mi mente pero ahora mi mente ha sido sacrificada a la noche. No
tendrás más suerte con tu engaño. Eso es todo lo que es tu tipo de magia: un engaño."

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La frenética lucha de Damon fue inútil bajo el peso de la poderosa, hábil e
implacable asesina. El cerró los ojos para recoger lo que quedaba de su concentración y
recordó a su Maestro Wane diciendo, "La mente que se mueve no es la mente
verdadera."
Damon abrió los ojos y echó su mirada al diablillo que mantenía al golem en su
ciclo sin fin de ataques. Le ordenó a la criatura que se moviera hacia él y la asesina.
Esta, mirando directamente a Damon, continuó: "Ustedes, magos del mar y el
cielo, piensan que entienden la magia, pero su magia es débil e inofensiva, insustancial
como las imágenes que crean."
El golem siguió a la imagen del diablillo, golpeando y golpeando con su
gigantesca bola cubierta de picos en el extremo de su brazo izquierdo. Ahora Damon
hizo que la imagen del diablillo cubriera a la asesina.
"Cuando estés muerto," dijo la asesina, "te vamos a convertir en un zombi para
que puedas servir a mi amos…"
El golem hizo bajar a toda velocidad su poderosa arma y aplastó la cabeza de la
asesina a un lado, cortando su discurso lleno de burlas. El impacto hizo volar el cadáver
fuera de Damon y mientras él jadeó en busca de aliento le ordenó al diablillo que se
volviera a sobreponer sobre la asesina. El golem, finalmente golpeando carne en lugar
de fantasma, aplastó el cadáver agitándose y lo dejó irreconocible. Un golpe rompió la
piedra negra en el pecho de la asesina y ella dejó de moverse para siempre.
Durante mucho tiempo Damon descansó sobre sus manos y rodillas recuperando
su aliento, tratando de comprender todo lo que le había sucedido. Al fin se levantó,
cruzó la sala de entrenamiento, y abrió la puerta a la recámara del Maestro Wayne, la
puerta que sólo los hechiceros podían abrir. Detrás de ella no encontró escaleras sino un
agujero vacío. Levitó por las cámaras del Maestro Wayne pero no encontró nada más
que una habitación redonda, paredes desnudas, pisos descubiertos y cinco puertas
abiertas que daban al balcón que rodeaba la parte superior de la torre. Se posó sobre el
balcón y miró hacia el brazo de mar.
Damon vio el profundo cielo naranja y las nubes negras. Ante sus órdenes el
cielo cambió de naranja, pasando por el rojo, el violeta, y luego al azul con nubes
blancas. Optó por ver el cielo como un hermoso tono de azul claro.
Allí, en el balcón, esperó el regreso de su colega.

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Unido a los bajios

L a casa de apuestas era muy ruidosa, pero limpia. Lámparas quemaban aceite
caro en las ventanas abiertas. Yo miré por encima de la parte superior de puertas bajas y
dobles. Las personas en su interior vestían brillantes ropas de seda y brocado, su cabello
trenzado y peinado mientras se movían alrededor con la misma expresión: un placer
vago y fantasmal. Perdían su dinero ante Demoss, el Maestro Demoss. Debían
considerarse afortunados.
El sol trabajó para llegar a la ciudad a través de espesas nubes. La lluvia de
polvo de la noche anterior había dejado todo gris. Desde el final de la gran guerra, la
Guerra de los Hermanos, todo aquel que dormía sin refugio pasaba el día dándose
palmadas y cepillándose la ropa para quitar el polvo. Estos pobres pasaron caminando,
maldiciendo a los hermanos, maldiciendo la guerra que había cambiado todo, incluso su
suerte.
Yo estaba limpio. La noche anterior había dormido en mi piso.
Mi lado de la calle se llenó con gente arrastrando los pies. Ellos, encorvados, no
miraron la casa de apuestas o a sus clientes. Sólo se miraron el uno al otro, el odio y la
desconfianza general inflamados por la gran guerra. Yo sabía que querían atacar a algo,

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que se tragaban su suerte. En ese momento tenían mala suerte. Pero cuando cambiara
ellos serían los que llevarían sedas brillantes, los que se trenzarían el cabello. Se habían
alzado a sí mismos pisoteando las vidas de los que les rodeaban. Su anticipación, su
codicia tensó el aire, sus bocas casi chorreando como los hocicos de perros hambrientos.
Todos estaban equivocados. Si ellos querían salir de la calle no deberían
pisotearse el uno al otro sino a aquellos que están en la casa de apuestas. Yo había
dedicado mi vida a esta simple idea. Podría habérselos dicho pero opté por mantener mi
propio consejo. No hago trabajo de caridad.
Había mil razones por las que odiaba estar de pie en ese callejón. Olía a viejo y
humedad y se estaba cubriendo rápidamente con una película de polvo. Yo había visto la
casa de apuestas tantas veces desde ese callejón que habría sabido si faltaba una sola
piedra de su estructura.
Había otras cosas que odiar. El turno de Annie aún no había terminado. Ella
todavía estaba trayendo bebidas para los elegantes y ricos clientes. Yo odiaba esperar
por ella, tenía miedo de que encontrara a alguien en la casa de apuestas y me dejara. Era
sólo cuestión de tiempo.
Había tanta tensión en todas partes, en mí. Necesitaba desahogarme, necesitaba
mantener la calma. Cerré los ojos poco a poco y me abrí al Flujo para limpiar mi
espíritu. Respiré hondo y el flujo me llenó, pálido y azul, agua vista en la distancia. Me
levanté por encima de mi cuerpo, me imaginé volando como un pájaro para escapar de
la calle y la suciedad y los odiosos mendigos. Flotando por encima de la ciudad pude
decir que el flujo era más fuerte este año, este mes, pude ver donde residía la riqueza.
Los más afortunados, los más adinerados. Mi espíritu voló.
No pude olvidar el odio así que abrí los ojos a la casa de apuestas. Nada había
cambiado, ni siquiera mi estado de ánimo. Hombres en ricas telas azules se movieron a
través de la multitud de la casa de apuestas, los jefes del tugurio. Con el ceño fruncido
me apoyé en la pared del callejón con los brazos cruzados. Todavía estaba tenso pero
mantuve el control.
En la ventana vi un repentino destello de cabello rojo, el color del sol
poniéndose en el cielo polvoriento y contaminado. Annise. Ella se volvió, sonriéndole a
alguien. Tan hermosa. Preocuparse por ella, sobre ella, era como un desafío contra el
destino, la apuesta máxima. Nadie se había preocupado nunca por alguien como yo me
había preocupado por Annise. Las personas tenían miedo de dar todo de sí mismos. Yo
todavía no le había dicho lo que había en mi corazón. Ella nunca me había dicho lo que
yo esperaba que estuviera en el suyo.
La vi detenerse a través de la ventana, escuchando, con intención. Echó la
cabeza hacia atrás y rió. Yo la pude oír por encima del ruido de la multitud, de pie en ese
miserable callejón al otro lado de la calle. Acarició cariñosamente un rostro vuelto hacia
arriba. Y yo seguí manteniendo el control.
Dumoss apareció a la vista. El Maestro Dumoss de la casa de apuestas era
corpulento, tenía fino cabello negro y llevaba brocado rojo seguido con dorado en los
puños y el cuello. Sólo los gestores vestían de oro. Un rostro construido de pómulos
altos le daba una apariencia juvenil a pesar de que no había visto la juventud en decenas
de años. Llevaba un colgante alrededor del cuello. Yo pude ver el lugar de este artículo
sin ningún esfuerzo, su concentración en el Flujo. Era poderoso.
Dumoss deslizó un brazo alrededor de la cintura de Annise y ella siguió
sonriendo. El se inclinó, le susurró al oído, le entregó algo. Ella, echándose con sorpresa
hacia atrás, inspeccionó el colgante en su cadena. Había perdido su sonrisa. El le había
hecho una oferta y yo pude imaginar a cambio de qué. Dumoss esperó una respuesta.

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Annise dejó caer el colgante, le empujó, juguetonamente, riendo. El se estiró por ella en
vano cuando Annise se alejó.
Mi control se rompió. Me zambullí en el Flujo para llenarme a mi mismo y
ahogarme. La magia era delgada e impura. Salí del callejón y me abrí paso a empujones
a través de líneas gruesas y polvorientas de pobres hasta el siguiente puesto de juegos.
Un vendedor ofreciendo pan relleno de carne se detuvo frente a mí con un carrito
humeando.
Le hice un gesto de aceptación y le hice un truco haciéndome pasar por un
jugador, un truco sólo realizado por los más valientes, los que tienen más hambre. Fue
difícil encontrar la raíz de su espíritu, el recipiente que contenía la magia de su vida,
pero no imposible. Allí está y entonces detuve su corazón.
Sus ojos marrones se abrieron de par en par. Yo le solté instantáneamente pero
no sentí culpa. El me habría hecho lo mismo. El hombre cayó sobre su carro, jadeando
con gran dolor. Lo empujé a un lado, fuera de mi camino. Apreté mis puños de rabia y
me apresuré hacia donde Dumoss perseguía a Annise.
Desde mi izquierda llegaron ruidos de cuernos y armaduras. Ricos y pobres, a
ambos lados de la calle, se dispersaron, presionándose contra las paredes, entrando a
puertas y callejones.
Soldados rodearon la esquina y desfilaron por la calle. No me miraron ni a mi, ni
a nadie. De todos modos mi magia de apostador no les dañaría. Sus corazones no podían
ser congelados. Ellos eran fuertes y protegidos, regresando de la Guerra de los
Hermanos. Yo sabía lo que pensaban, había escuchado sus opacos puntos de vista de
esta ciudad y su gente. El sentimiento era mutuo. Para nosotros ellos no eran más que
vidas no deseadas, denegados con bocas.
Los soldados fueron un río que yo no pude cruzar. El polvo formó un remolino a
su paso, forzándome a retroceder, bloqueando incluso mi vista de la casa de apuestas, lo
que, curiosamente, templó mi cólera. Annise pronto estaría en casa.
Salí de la calle, de su disparidad y su río de hombres, pensando en Annise.
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que ella cediera a Dumoss? Yo introduje Flujo en mi
interior, para calmarme, para infundirme poder, para tratar de dejar mis preguntas a un
lado. La respuesta inmediata fue simple: si Annise llegaba a casa con el colgante sabría
que su traición, su inevitable traición, se habría completado.
En ese momento juré derrotar a Dumoss por ella. Un hombre no podría estar
tanto tiempo abajo sin que su suerte cambiara de repente.

* * * * *

Nosotros vivíamos en los huesos de una cosa muerta mucho tiempo atrás.
Nuestra habitación era larga y ancha, un rellano de listones rotos expuestos con cuatro
antiguas paredes de soporte hechas de yeso fino por manos inexpertas. Era normal que
llovieran pequeñas rocas y tierra del techo, agravados por el gato de arriba, cuyo paseo
nocturno me mantuvo despierto durante toda la noche. Algunas lámparas de aceite
ardían de amarillo. La pared que daba a la calle tenía una ventana sin cristal que había
estallado durante disturbios y tormentas. Cuando la suerte se interponía en nuestro
camino un viento no contaminado de la ciudad soplaba directamente a través de ella.
Yo me senté en mi camastro, un colchón plano ganado en una apuesta a un
soldado, y traté de no pensar en la cama cercana de Annise. En vez de esto me concentré
en mis preciosas cinco jaulas. ¿Cuántas más tenía Dumoss? ¿Cinco veces cinco?
¿Cincuenta? Mi odio hacia él era una cosa palpable por lo que incluso mis animales,
salamandra, sapo venenoso, araña, rata, y mi premio, mi hermosa mantis, delicada y

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verde, se pusieron inquietos. Dumoss utilizaba una mantis, su deporte favorito. El podía
luchar en los aviarios pero las aves eran más un lujo que un deporte, no se ganaba buen
dinero. Eran demasiado difíciles de usar, demasiado esfuerzo.
A mí no siempre me había gustado jugar. Los mejores apostadores podían sentir
desvanecer su magia, podrían sentir la mala suerte. Los inteligentes sabían cuando
llegaba el momento de retirarse. En algún momento todo el mundo se retira, todo el
mundo excepto Dumoss. El nunca decía no a una pelea. Eso no era del todo cierto. El
nunca decía no a una pelea de su clase.
La mantis giró hacia mí, agitó sus brazos aserrados, pivotó su cabeza. Sabía que
era mi favorita. Los otros estaban en sus jaulas como soldados. Sus espíritus eran
simples y sencillos, fáciles de controlar. Los mejores apostadores sabían que sus
animales eran el medio para una mayor riqueza, una vida mejor. Las arenas de animales
veían el mayor flujo de dinero. Juegos de matanza, juegos de congelación como el que
yo utilicé en el vendedor ambulante, eran simples, rápidos, pero requerían verdaderos
nervios. El dinero que uno sacaba de ellos era poco en comparación con las arenas
donde jugaban los ganadores.
Yo estiré mi brazo hacia la mantis. Con los ojos medio cerrados me introduje en
el Flujo y me elevé por encima de la suciedad y la oscuridad cayendo. Mi espíritu
persiguió una sensación de movimiento y fue transportado una gran distancia, casi para
siempre. Perdí la noción del tiempo. La corriente dejó poco a poco de correr derecha. Se
dobló, primero en una curva y después en un círculo. La tuve. Yo tenía el control.
La mantis fantasma se paró en mi mano abierta, su espíritu extraído de su
mortalidad. Yo podía ver a través de ella, un espejismo, completamente inmóvil. Su
forma corporal seguía estando rígida en su jaula y se mantendría así hasta que muriera o
se le devolviera el espíritu. Mi conexión con este fantasma fue lograda con cuidadosa
habilidad y horas de entrenamiento.
Yo concentré mis pensamientos en la esencia parada en mi palma. Esta levantó
sus dos brazos en alabanza. Me volví a concentrar. Esta los bajó. Yo estaba en control.
Este era el arma que yo usaría para derrotar a Dumoss: una mantis. Las arenas de
mantis eran las más favorecidas en la ciudad. Conocer mi arma secreta se sintió como
tener un puñal oculto, listo para un golpe final y fatal. El Flujo que había tomado llenó
lugares en mi pensamiento como el agua de lluvia se reúne en charcos. Cada charco
forjó un sentimiento, una confortable presión. Yo solté uno de los charcos.
La mantis-espíritu, cubierta por ese charco, se deslizó fuera de mi palma, subió
por mi brazo y atacó el aire practicando como un juguete. Yo observé mientras arrastró
sus patas traseras y dejó caer su cuerpo hacia delante una fracción demasiado lejos.
Sentí mi rostro lastrado por la decepción. Moví mis dedos, su cabeza miró hacia arriba y
su cuerpo giró para atacar. Yo medité sobre mi control, adecuado para la salamandra y el
sapo, pero no lo suficiente para esta difícil criatura.
La mantis se acercó a mis dedos con precaución. El espíritu de cada animal tiene
sus propios retos a superar.
Pero yo no quería esperar, no quería continuar experimentos que llevaran a la
decepción. Más tiempo de práctica significaba que Annise tendría más oportunidad de
encontrar otro hogar. Tenía que darme prisa.
Los primeros días, cuando nosotros nos conocimos por primera vez, eran
recuerdos hundidos. La habitación había sido nuestra por dos años. Nosotros nos
encontramos de la misma manera que todos los demás: era una cuestión de necesidad
mutua. Ambos necesitábamos cambiar nuestra suerte y alguien que compartiera el costo
de la habitación. Yo aprendí que ella había sido golpeada por un amante, una cadena de

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amantes; una de las razones por las que a ella no le gustaba ser tocada. Decidí que ella
tenía que ser parte de mi vida.
Mis ojos perdieron la concentración y la magia continuó su espiral de mi espíritu
a la mantis. Hacía rato que ya no trabajaba como comerciante en las calles. En aquel
entonces conocí personas. Una de esas personas le consiguió a Annise su trabajo de
camarera en la casa de apuestas. Yo me sentí orgulloso cuando ella se trasladó a mejores
bares. Sentí que había hecho algo bueno, ayudado a alguien digno de cuidado. Renuncié
a las calles para aprender juegos de apuestas, el único camino hacia el poder en esta
ciudad, el único camino para salir de esta ciudad para alguien como yo.
Annise ya no necesitaba mi ayuda. Recordar eso me estrujó el estómago con
hambre. Ella ya no necesitaba mi ayuda porque ella ya se estaba valiendo por si sola.
Ella ya no me necesitaba. Me dije para mis adentros que me sentía feliz por ella.
La mantis mordió mi dedo pulgar y me hizo sangrar. Mi control era sólido pero
yo fallé en los detalles. Mis pensamientos estaban en Annise. Respiré hondo y solté el
espíritu de nuevo al Flujo. Este se desvaneció y desapareció. En la jaula, la mantis
volvió a la vida e inclinó su cabeza.
La herida ardió en donde los dientes del espíritu cortaron mi carne.
Yo no curé la herida sino que en su lugar sostuve la mano hacia arriba para
reducir la velocidad del sangrado, dejando que un poco goteara en el suelo. Vivir con
mis animales, cuidarlos, me había hecho un buen apostador. Había hecho que los
animales confiaran, los había abierto a mi control.

* * * * *

El cerrojo, con gran necesidad de aceite, chirrió ante el lento girar de la llave de
hierro. Annise, trayendo una cesta, usó su hombro para forzar la puerta, maldiciendo en
voz baja. Miró la puerta y la cerradura e insultó a ambas. Yo no pude hacer nada más
que esperar a que se completara este ritual de ira. Había estado siguiendo el mismo
patrón durante varios meses, desde la primera vez que Dumoss se le había acercado con
la promesa de ese colgante, de esa magia, que él llevaba.
Ella volvió a cerrar la puerta de un hombrazo y dejó caer la canasta cubierta en
una mesa en la esquina. Su pie se metió en el dobladillo de su falda larga y roja y ella
estuvo a punto de tropezar. A ella no le gustaba que le ayudaran así que yo seguí
esperando.
Ella, vestida con el color carmesí de la casa de apuestas, al fin me miró, con mi
pulgar ensangrentado y sentado cerca de mis jaulas. No dijo nada sino que se quedó
inmóvil. Su magia era pequeña por lo que se veía obligada a confiar en sus manos y su
belleza.
"Nos haré algo para comer," le dije.
Ella asintió, con el ceño fruncido, y luego sacó un carrete de hilo, una aguja y un
cordón de oro de un bolsillo. Sus rasgos no eran delicados pero llenos de fuerza. Tenía
los dedos largos y manos elegantes.
Yo asentí con la cabeza hacia el cordón. "¿Te han ascendido?"
"Hoy. Me subieron el salario," respondió ella cayendo en su cama, se quitó la
blusa, mostrando una camisa incolora de algodón desgastado.
Yo quise mirarla. Me encantó mirarla. Tenía la esperanza de que ella no se
enojara conmigo por algo. La comida fue simple, pan y queso viejo y agua. Estos
temores acerca de ella eran cada vez más frecuentes, más fuertes, cuando ella estaba
cerca.
"Voy a salir. Hay un juego itinerante cerca del ayuntamiento."

165
Ella dejó escapar un suspiro. "Por favor, quédate conmigo esta noche."
"¿Quieres venir? Puedes mirar."
Ninguna respuesta. Ella nunca me observaba jugar. Yo se lo había preguntado
muchas veces. A ella nunca le gustaba compartir sus efectos más personales y, por esa
razón, nunca quería compartir los míos.
Entonces yo dije: "Necesito trabajar."
"Yo estoy ganando un poco más de dinero. ¿No puedes renunciar a esta noche?
¿Sólo esta noche?"
Yo apilé la comida en un plato y se lo llevé, mi sonrisa dolió. "¿Tuviste un mal
día?" No mencioné que la había visto desde el callejón.
Ella asintió. Yo quise poner una mano en su hombro pero a ella no le gustaba
que la tocaran, sobre todo después del trabajo.
"Tengo que hacer este juego. El dinero nos hará recuperar algunas de las cosas
que hemos perdido."
Sus ojos recorrieron lentamente la habitación. Una vez habíamos tenido una
silla, un libro de verdad demasiado grueso como para terminar en un año, y un espejo.
Ese había sido el último en irse. Sus ojos se posaron en las jaulas. Por supuesto, a esas
nunca las vendería. Eran los medios de mi vida.
Al fin sus ojos se fijaron en mí y ella sonrió, asintiendo con comprensión. "Si yo
tuviera tu magia tendría mejor suerte. Habría más dinero." Ella agitó las manos,
desesperada, ausente. "Más magia, más suerte. Más suerte, más dinero."
Yo me incliné hacia delante para acariciar su pelo pero me detuve. En cambio
me paré para conseguir un poco de agua. Ella enhebró la aguja para coser el cordón
dorado en los puños de su blusa roja, el símbolo de rango en la casa de apuestas. Agua
de la jarra llenó mi copa. Mi pulgar quedó atrapado en el borde del asa de la jarra. Este
empezó a sangrar de nuevo y goteó en la copa llena.
"Permíteme tratar el juego en ti," dijo ella.
"¿Qué?"
"Ese juego del viejo apostador," repitió ella con una sonrisa tímida. "Déjame
intentarlo en ti."
Yo me volví para enfrentarla, sonriendo. "Muy bien, inténtalo."
Su magia fue débil. Sus manos cayeron en su regazo, cerrando lentamente los
ojos. Annise respiró profundamente y de manera uniforme. Yo sentí el Flujo siendo
extraído de mí hacia ella. El tiempo pasó mientras ella se concentró en el juego.
Levantó el brazo con gran deliberación, la elegante palma de su mano hacia
arriba, los dedos abiertos repartidos como si sostuvieran un melón. Entonces ella abrió
los ojos y concentró su mirada en la mía. Ya sin timidez, sostuvo una expresión de
honesto regocijo. Debía haber visto poca alegría en un día.
Su magia buscó la raíz de la mía, la fuente de mi espíritu. Sus dedos se cerraron
lentamente y ella rió un poco. Hubo una vaga sensación de constricción en mi pecho. El
misterioso poder haciendo bombear mi corazón estaba siendo influenciado por su
magia. La sensación no fue nada más que una molestia. De una forma más poderosa y
practicada la cosa podría matar. Sobrevivir era la otra parte del juego.
Yo me agarré mi pecho y emití un gemido falso. Su magia se desvaneció como si
cayera en un barranco. Ella suspiró y respiró hondo.
"Excelente, muy bueno."
"Gracias," dijo Annise sonriendo por su propia fatiga. Señaló el agua y logró
añadir: "Divertido."
Yo me erguí sobre ella, el agua en la mano. Le di el vaso y ella bebió con avidez.
"Por favor más."

166
* * * * *

Las arenas eran fijas o itinerantes. Las arenas fijas estaban alojadas dentro de las
mismas casas de apuestass y eran propiedad de Dumoss y otros como él. Los juegos
itinerantes eran anunciados en secreto, evitando la "interferencia" de jugadores con más
magia, como colgantes llenos de control, como Dumoss. Estos verdaderos apostadores
arruinaban noches sin ningún esfuerzo y hacían quebrar a los jefes de la arena.
Aplastaban las posibilidades de jugadores menores sin remordimientos. Nadie
denunciaba la existencia de un juego itinerante a un profesional. Hacerlo y ser atrapado
significaba la muerte.
Los juegos del ayuntamiento eran grandes, ruidosos, y ocultos en alcantarillas y
túneles sin utilizar. La antorcha encendida en la alta torre del ayuntamiento anunció que
la arena todavía estaba abierta; ninguna antorcha, ningún juego. La tormenta de polvo
comenzó temprano esa noche, antes de la puesta del sol. Yo, trotando, me cubrí la
cabeza con un trozo de tela para evitar la ciudad. Aún así mi rostro se sintió sucio y mi
nariz picó por el polvo. Algunas personas creían que el polvo que caía era de las cenizas
de los muertos, las cenizas de la guerra. A mi eso no me preocupaba mucho, ya que
significaba tiempo lejos de la práctica y el entrenamiento, un tiempo demasiado valioso
como para perder.
Entré en la arena cerca de una fila de casas, todas de ladrillo, todas mejores que
la mía, todo desalojadas para las arenas itinerantes. Había muchos de estos bloques
controlados por los patrones porque impedía que los jugadores principales aprendieran
de antemano cuándo y dónde sería llevado a cabo un juego. Las invitaciones llegaban de
boca en boca, llegaban rápidamente a las personas que vivían en la calle, en
departamentos baratos, o parques.
Había dos hombres en las sombras a ambos lados de la puerta. Yo me mudé a la
fila corta de apostadores protegiéndose del polvo. Dejé caer mis ojos a la mitad para
probar la suerte: ni débil, ni fuerte. Tal vez un truco como él que había planeado ganaría
la noche. Cuando la suerte corre por mi camino...
La suerte hacía todo mejor. No había otra manera de describirlo. Tu animal
puede hacer algo sorprendente, tu oponente puede resbalar, puede estornudar, puede
mirar hacia otro lado. Mirar a otro lado es lo peor, el error más común. Rompe la
concentración y confunde al animal. La buena suerte hacía toda la diferencia.
Una mano se posó en mi pecho en la puerta, empujándome un paso hacia atrás.
Otra mano levantó mi ropa sobre mi cabeza. Gruñidos sonaron desde la oscuridad y yo
fui introducido en la negrura. Esa noche los guardias eran diferentes, en busca de
profesionales como Dumoss. Yo no les hice caso y salí de la oscuridad, lámparas y velas
iluminando el camino a la arena.
El aire estaba impregnado con olor a polvo, suciedad y sudor. El ruido de la
arena se alzó lentamente. Mi corazón latió con más fuerza. Este tipo de excitación era
mejor que el juego del Sangrado, mejor que el juego del Congelado que yo jugaba con
Annise. La gente miraba la arena, reconociendo a los vencedores. Mis pies me llevaron
más rápido.
Apenas entré vi como terminaba un juego. El público saltó de sus asientos. Yo
sonreí y grité junto con todos los demás. No había visto nada, pero no importó. La
emoción de la arena me movió. El dinero fue recogido por los guardias de la arena y
entregado al vencedor, alguien que yo no conocía. Los rostros estaban ocultos por la
oscuridad, a veces teñidos de rojos por antorchas.

167
El guardia de la arena levantó los brazos para pedir al siguiente retador. Yo
empujé a través de cuerpos como si la arena hubiera sido una calle concurrida: hombres
con ropas de pobres, citadinos en uniformes de trabajo, hombres en intensos azules con
ribetes dorados, tantos que no puede recordarlos a todos. La luz brillante me cegó, la
arena se movió bajo mi peso. La multitud estaba lista para más.
Dos sillas se hallaban una frente a la otra en el suelo de la arena. El otro hombre,
de mi estatura, peso medio, pelo oscuro y recortado poniéndose canoso, ya estaba
sentado. Su magia me fue nueva pero él había ganado y eso hablaba de que debía tener
cierta habilidad. La magia desenfocada en la multitud hacía difícil dilucidarlo sin
concentrarse. Yo tomé asiento con valentía pero lentamente, mirando fijamente a sus
ojos en sombras.
Esta arena era para lagartos y criaturas relacionadas. Por las huellas en la arena
alguien había invocado el espíritu de una serpiente, una salamandra, tal vez un
camaleón. Había demasiadas huellas. Yo no pude decir quien había ganado pero habría
apostado por la serpiente.
El otro hombre, inexpresivo, levantó las manos por encima de la cabeza, con las
palmas hacia mí, los codos doblados. Yo levanté los brazos, más lentamente,
amenazando, girando las palmas cuando mis codos estuvieron en línea con mis orejas.
El guardia se paró en medio de la arena, llamando las apuestas. Mis ojos no
rompieron la mirada de mi oponente aunque oí los gritos, risas y maldiciones, y los
estrepitosos repiqueteos representando el número de apuestas. Todo se bañó con la luz
del brasero superior. Apostar era rápido pero las casas de apuestas tomaban más tiempo.
Hacer las apuestas, recoger las apuestas, todo se llevaba a cabo a una velocidad que los
pobres no podían permitirse.
Mis pensamientos se desviaron hacia Dumoss y Annise. Mi enojo volvió pero yo
me las arreglé para calmarlo. El olor de los cuerpos presionando contra la arena
finalmente subyugó el polvo en mi nariz. El lugar apestaba a emoción. Mi rostro se
mantuvo en blanco; yo no mostré miedo.
Los gritos se extinguieron cuando el guardia levantó las manos, pidiendo las
apuestas finales. No hubo ninguna. Dio una palmada una vez, dos veces, giró en el
lugar, y volvió a aplaudir. El estruendo de voces retrocedió a una tranquila quietud. El
peso de los ojos y de las esperanzas se posó sobre nosotros. Yo me atreví a pensar a que
algunos habían apostado por mí, al recién llegado, al extranjero, contra el campeón
actual de esa noche.
El guardia cortó el aire entre nosotros con una mano y un agudo grito de
"¡Luchen!"
Yo di un aplauso con los brazos extendidos. Me introduje en el flujo y me elevé
por encima del ruido y los olores. La corriente dejó de tronar y se inclinó hacia mí,
dentro de mí.
Abrí mis palmas y
sonidos brotaron de la
multitud. Algunos habían
apostado por mí y se
sintieron decepcionados.
Mi oponente sacó una
pequeña serpiente, rápida
con grandes colmillos. En
mi mano, extraído su
espíritu, estaba mi sapo
venenoso. Al público sólo

168
le pareció un simple sapo. Mi expresión no reveló nada. El otro jugador no se habría
sentido tan confiado si llegaba a sospechar que el veneno del sapo podría matar a su
serpiente en cuestión de segundos.
Yo me perdí en la alegría de la arena, de las apuestas. El tiempo pasó a medida
que yo me concentré en los espíritus de mis animales, extrayendo del Flujo, llenando los
charcos en mis pensamientos con poder, luego liberándolos. Absorbí más magia, más
suerte. Me sentí a gusto y fluido.
Los fantasmas de nuestros animales se deslizaron y brincaron por la arena. No
tenían ningún peso pero igual dejaron huellas. La serpiente se enroscó y corrió hasta el
borde de la arena. Yo dejé que el sapo girara para hacer frente a la serpiente, dejé que el
Flujo corriera lentamente a través de mí. Pequeños sonidos de anticipación se filtraron
de entre la multitud esperando por acción, por una victoria. Mi confianza era buena.
Nadie sospechó que mi sapo podría matar fácilmente con algo más que dientes.
La serpiente se acercó más y trató de atacar. Yo mantuve mis manos sobre las
rodillas, por un lado mirando a los espíritus, por el otro perdiéndome en la magia, al
igual que mi oponente. El control fue fácil. Me sentí cómodamente suelto mientras me
moví contra la naturaleza del sapo de saltar y atacar. El ser era una criatura simple, con
algunos miembros y una lengua. El veneno secretado de su piel. Incluso su fantasma
podría matar a otro fantasma.
La serpiente se
lanzó hacia adelante. La
multitud gritó y rió
cuando el colmillo de la
serpiente quedó atrapó
contra la carne de mi
sapo, pero no sacó sangre.
La serpiente mantuvo su
cuerpo cerca del sapo. Yo
di un suave codazo y el
sapo giró torpemente y se
movió un centímetro,
restregándose totalmente
en contra de la serpiente
para liberar su veneno.
El sapo se esforzó,
rompiendo mi control. Se
alejó de un salto cuando
la serpiente mordió el suelo. Yo parpadeé una vez. La magia enloqueció en mi interior.
La suerte cambió. Sin embargo, la serpiente, también se perdió, corriendo por su propia
cuenta, lanzando mordidas hacia el sapo.
De repente la serpiente se detuvo, luego se enrolló en un círculo, y mordió el
aire. El sapo saltó hacia la serpiente y la mordió con fuerza en el medio, liberando más
veneno. La serpiente se sacudió con espasmos que podrían haberse desembarazado del
sapo pero este se aferró con fuerza. Yo no podía controlarlo o conseguir alejarlo de los
colmillos de la serpiente. Entonces, con un último coleteo, la serpiente murió.
Gritos indignados y risas estallaron entre la multitud. Esa no era mi arena
habitual. El sapo era un truco que sólo se podía usar una sola vez. Muchos animales
eran inmunes a su veneno. Además, la próxima vez la multitud recordaría mi rostro.
Esta vez, sin embargo, yo había ganado. No hubo una mayor sensación. Recogí
mi dinero del guardia y salí de la arena empujando a los pobres y a los bien vestidos. Un

169
desconocido me dio una palmada de felicitaciones en la espalda. Me encantó, me
encantó ganar. Había dinero en mi bolsillo, una buena cantidad para tirar para rato.
Volvería a comprar algunas de las cosas que le faltaban al departamento. Sabía que esto
haría feliz a Annise.

* * * * *

La suerte permaneció conmigo y yo seguí ganando. Las casas de apuestas más


pequeñas se dieron cuenta. Una vez incluso recibí una invitación pero seguí permitido
en los juegos itinerantes. La gente me recordó y yo empecé a ver caras regulares,
hombres vestidos de costosos azules. Annise no fue a ver ninguno de los juegos.
Una vela de verdad, perfumada con lavanda para Annise, ardió en nuestra vieja
botella, bañando la entrada con una confortable luz. Yo la compré en una tienda que
vendía solamente velas en la mejor parte de la ciudad. Una tienda que vendía una sola
cosa estaba más allá de la comprensión de nuestro barrio. Las velas eran un lujo
impensable.
Una alfombra cubría la mayor parte de los listones que faltaban en el suelo.
Estaba gastada pero no raída, tejida en un complicado patrón de color rojo, negro y
blanco. Esta, como la luz de la vela, era cómoda. El hombre que me había vendido la
alfombra me aseguró que iba a durar toda la vida, había dicho que había sido propiedad
de una anciana que acaba de morir. "Todavía le queda bastante tiempo," dijo mientras
me dio una pieza barata de relleno para poner debajo de ella. Su establecimiento estaba
cerca de la tienda de velas en el lado más alejado de la ciudad y a mí me costó bastante
llevarla a casa, pero lo hice por Annise.
En la parte superior de la alfombra había una mesa y dos sillas de madera a
juego, más nuevas que la alfombra y en buenas condiciones. Las sillas casi habían sido
robadas de unas de las casa de apuestas y habían costado menos que una buena comida.
El jefe del hoyo había estado instruyendo a sus hombres para llevarlas al mercado. Una
palabra rápida de mí y fueron mías. Yo era respetado. El jefe del tugurio había querido
que me fuera con una buena sensación sobre su casa de apuestas. Mi buena sensación
fue por ganar cuatro noches seguidas, nada más. Tomé lo que pude conseguir.
Ahora mi mantis fantasma se hallaba situada en atención sobre la mesa que
había lijado tan suave como el cristal. Se alejó de mis manos, maniobrando. Algún día
enfrentaría a Dumoss en su casa de apuestas, mi mantis contra la suya. Mis otros
animales estaban funcionando bien en las arenas, lo que significaba más dinero. Estaban
comiendo mejor y sus espíritus eran más fuertes. Así es como los jugadores reales
vencen a oponentes de menor nivel. La inanición para el hombre significaba la derrota
para el animal.
La concentración en la mantis mientras hacía otras cosas hacía mejorar mi
control, lo hacía más peligroso. Eso era lo que yo quería: hacer que la mantis fuera una
amenaza, una amenaza imparable. Cuando la mesa siguiera suave los movimientos de la
mantis serían igual de suaves.
El picaporte giró tranquilamente y la puerta se abrió antes de que yo me diera
cuenta. Ahora las bisagras y engranajes tenían un montón de aceite. Annise entró con
paquetes en su mano. Ella también ganaba más dinero pero no tanto como yo. Su pelo
brillaba, peinado con un nuevo cepillo que había comprado. Nosotros teníamos jabón y
una toalla para ambos, artículos de lujo. Su expresión era tensa. A pesar del aumento de
nuestras fortunas a ella todavía no le gustaba ser tocada después del trabajo.
Annise enfrentó la mesa, respirando profundamente. "¿Que es ese olor?"
La respuesta fue pura alegría para mí. "Una vela de lavanda."

170
Ella quedó con la boca abierta y luego la cerró bruscamente. De todas las
mujeres en la casa de apuestas Annise era la única que no le robaba a Dumoss. Tal vez
esa era una de las razones por las que él le mostraba tanta atención. Ella podría haber
robado tantas de estas velas. Esta era especial, comprada con afecto: ganada.
Yo hice un ademán y levanté un paño que cubría un plato. Debajo había un gran
pez bañado en jarabe dulce, una barra de pan caliente, y frutas tan frescas que ella pudo
olerlas a través del cuarto. El aroma, obviamente, la alcanzó, y ella aspiró
profundamente, cerrando brevemente los ojos. Yo saqué una botella de vino. Ella estaba
tan hermosa y abrumada.
Pero hubo algo más detrás de su sonrisa. Ella también había traído una sorpresa,
una que no pudo ocultar. Hubo un presentimiento, de poder, del Flujo. Yo lo había
sentido antes, del Maestro Dumoss y su colgante. Apreté mis dientes una y otra vez. Ella
revolvió su canasta en busca de algo, evitando mis ojos. Supo que podía sentir el
colgante en la habitación.
¿Qué hacer, qué decir? ¿Eso qué significaba? ¿Ella se había entregado a él?
¿Acaso esta era nuestra última comida juntos? Después de haber luchado y de haberme
esforzado tanto.
Decidí estar tranquilo y encontré mi control, ahora más profundo con la práctica,
con éxito. Podía sentir el colgante tan fuertemente. Si me lo ponía el poder para mis
animales me elevaría, aún más que incluso mi estado actual.
Annise detuvo su nerviosa búsqueda y se puso una mano sobre su garganta,
donde se había cosido su cordón dorado, la promoción de Dumoss. "El me lo dio hoy."
"Puedo sentirlo."
Ella se dio la vuelta, todavía nerviosa. ¿Acaso por su preocupación yo sabría de
su traición? ¿Acaso por que no había traición y ella tenía miedo yo me ofendería por su
aceptación del regalo de otro hombre? Una cosa era cierta: Dumoss la estaba agotando.
Ella se estaba debilitando, permitiendo poco a poco sus avances. Yo la había visto en la
casa de apuestas desde la calle. Sabía cómo ella coqueteaba y jugaba con él. Había visto
a Dumoss deslizar su brazo alrededor de ella. Ella necesitaba ser salvada de su propia
debilidad con mi fuerza, con mi éxito. Mientras yo siguiera ganando ella sería mía. Mis
animales cesaron su movimiento inquieto.
"¿Tú no puedes sentirlo?"
Annise apartó un poco de pelo de su rostro y asintió rápidamente. "Un poco. Mi
magia es tan débil. Pero se siente…"
"Maravilloso." Mi tono estuvo mezclado con felicidad. Ambos estábamos
ganando la riqueza que siempre habíamos querido.
Annise me miró desde debajo de la sombra cubriendo sus ojos y vio mi sonrisa
abierta y genuina. Volvió a asentir rápidamente. "Se siente afortunado. Eso es lo que me
dicen que va a pasar. Yo tendré más magia así que voy a tener más suerte."
Eso me hizo reír. Yo no le dije que su magia necesitaba ser ejercitada, utilizada,
y practicada antes de que uno tuviera suerte. Ella pensó en términos de superstición y
leyenda. Yo me puse de pie y le indiqué la silla de enfrente. Annise rió brevemente y
puso la cesta en el suelo. Se deslizó por delante de mí, sin tocar nada. Yo saqué la silla,
la empujé debajo de ella, y puse el plato delante de sus ojos oscuros, brillando
cálidamente a la luz de las velas. Levanté otro paño para revelar cuchillos y tenedores
recién pulidos.
Annise no supo qué hacer. Estaba abierta, honestamente encantadora. Ella me
dio pequeñas alegrías sin conocer o entender lo mucho que significaban. Yo le hubiera
dicho del placer que sentí si hubiera pensado que no se iba a ir. En su lugar demostré el
proceso adecuado. Ella, siguiendo mi ejemplo, recogió el cuchillo y el tenedor, cortó un

171
delicado trozo de pescado, adherido con una rodaja de naranja, y se lo llevó a los labios.
Annise se detuvo, respiró el aroma, y luego probó el pescado, disfrutando del sabor.
Yo serví el vino en copas iguales mientras Annise masticó lentamente, con los
ojos cerrados. El humo de la vela se curvó en guirnaldas alrededor de su cabello y en
espiral hacia su garganta. El colgante me llenó con la misma languidez que su forma de
comer. Yo extendí la mano para tocarlo. Ella tenía los ojos cerrados y si yo era
cuidadoso no lo sabría. Mis animales ya no estaban en calma. Se movían excitados
adelante y atrás.
Annise respiró profundamente. Yo moví la mano hacia atrás justo antes de que
abriera los ojos. Ella, inconsciente, me sonrió por encima del borde y tomó un sorbo de
su vino. Yo volví a llenar su copa antes de que ella pudiera encontrar palabras y
finalmente me senté. Annise me hizo señas que comiera pero el poder del pendiente me
cerró mi apetito. De todos modos yo tragué obligado.
Algunas palabras pasaron entre nosotros pero los dos estábamos en diferentes
lugares, ensalzados, ella por la grandeza de mis ofrendas, yo por su alegría del
momento. Mis pensamientos se deslizaron al colgante y yo no pude evitarlo. Esto era lo
que tenían los verdaderos apostadores, lo que les mantenía separados de los pobres más
que las puertas y las paredes y los guardias. Todo lo que había probado hasta entonces
no había sido más que agua de lluvia, impura: los bajíos. Yo quería más de este poder,
por que me daría la victoria sobre Dumoss y me haría quedarme con ella.
"¿Qué?" preguntó ella.
Yo estaba mirando a mi mantis. Tenía la boca seca. Había estado murmurando.
Algo había que decir, algo profundo en mis pensamientos, algo verdadero. Sería
arriesgado sacarlo pero yo había tenido suerte esas últimas semanas.
"Dije que... te aprecio. Sólo que te aprecio."
Yo sabía que ningún hombre le había dicho algo más que no fuera que la
deseaba. Yo sospeché que ella lo escuchaba a menudo en la casa de apuestas de los jefes
del tugurio y los apostadores. Pude imaginármelos, la misma mirada en sus ojos cuando
miraron de ella a la arena, de la arena a ella. Ellos no verían ninguna diferencia en los
premios.
Ella parpadeó en la luz de las velas, el humo trayendo lágrimas a sus ojos.
Annise se las secó y rió. "Come," dijo.

* * * * *

Un río solitario y limpio corría a través de la ciudad antes de los soldados y la


Guerra de los Hermanos. En ese entonces yo me había dedicado a trabajar. Empujar
carros expendedores a menudo me había llevado a la orilla del río. Había tenido
oportunidades para darme un respiro, lavarme la cara, enjuagarme los pies doloridos.
La luz del sol hacía el río plateado, a veces demasiado brillante como para
mirarlo. Las estrellas creaban una cinta de joyas espumosas, como Annise, demasiado
valiosa como para tocar. En la ciudad había pocos peces, si es que había alguno, y nadie
trataba de atraparlos excepto los niños. Luego los volvían a lanzar para volverlos a
capturar.
Un día de aquel entonces el horizonte, las montañas, estaban escondidas en una
neblina roja, la luz solar enojada hasta que esta se levantó por encima, de nuevo
volviéndose amarilla. Las aves se asustaron y levantaron vuelo. Los animales pequeños
se escondieron. Los niños siguieron atrapando peces, por lo menos los muertos que
flotaron en la parte superior. Esa noche la luna ardió del mismo rojo enojado, incluso
por encima. El río ya no fue el plano plateado, la banda de joyas. Se convirtió en sangre,

172
se convirtió en un profundo corte negro a través de la ciudad. Fue entonces cuando cayó
el primer polvo.
Recuerdo cuando huyeron todos los pájaros, las calles vacías de sus llamadas y
canciones. Todo el mundo sintió el peligro, incluso aquellos de magia débil, todo el
mundo en la ciudad tenía alguna. El sol permaneció rojo hasta que se puso. El cielo no
tenía ninguna estrella. El polvo cayó más densamente.
La gran ola de calor y viento que vino de las montañas sucedió cuando yo estaba
con un carrito. La mañana era cálida, nadie estaba comprando sino que habían
permaneciendo en sus casas, protegidos, pensaron ellos. Yo había querido lavarme la
cara. El agua de una fuente pública se había detenido, llena de polvo. Había animales
muertos, ardillas en los árboles, ratones, pájaros pequeños que no tenían la fuerza para
volar o cantar. Mi mirada se posó en las montañas, el viento susurrando en mi pelo. Fue
entonces que pude sentir un poder acercándose, fuera de mi cuerpo, en el interior del
Flujo. En ese momento yo sabía poco sobre el. Puede que haya habido un grito.
Entonces fui derribado por viento, calor y polvo. Nubes expectoraron la carne de
las montañas, cenizas atragantaron el cielo. El rugiente poder se disparó a través de la
ciudad, esparciéndolo todo. Luego nosotros aprendimos que este era el poder de la
Guerra de los Hermanos. Esta era la consecuencia de la destrucción.
Días y días pasaron en donde el único sonido fue el aullido de rabia, de viento y
polvo y rocas desollando edificios, devorando la esencia de la ciudad, bebiéndose su
vida. Lo que quedó se derrumbó por su propio peso. Edificios cayeron, algunos durante
la noche, y nadie pudo caminar por las calles. Yo me acurruqué durante tres días debajo
de escaleras polvorientas sin comida ni agua, la mirada fija en el espeso aire corriendo.
Cosas se arrastraron sobre mí pero yo no me moví.
La ciudad fue destruida. La tormenta, como si estuviera viva, se trasladó para
encontrar nuevas presas. Ahora los recuerdos del final están nebulosos pero este
recuerdo está claro. Algo cambió, arrancó el manto de mi vida anterior. Yo me decidí a
vivir. Me agaché y por una tremenda fuerza de voluntad sobreviví. Al final de esos tres
días había encontrado poder, un nuevo y confuso poder relegado por la suerte. Después
de eso nada volvió a ser igual.
La ciudad, antes de que pudiera recuperarse, fue atacada por soldados que
abandonaban la Guerra de los Hermanos. Estos se llevaron todo lo de valor. Los
soldados, como el viento, cortaron una línea del pasado de la ciudad hacia el torcido
futuro de esta. Tomó mucho tiempo reconstruir desde el saqueo inicial.
Yo noté un cambio en mí mismo, así como en la ciudad y la gente. El final de la
Guerra de los Hermanos comenzó guerras más pequeñas por todo el mundo,
afortunados contra desafortunados, ricos contra pobres, aquellos con magia contra
aquellos sin ella.
Arrastrándome, regresé para recoger los restos del carro. Todavía quería lavar mi
rostro. La mayoría de los animales habían muerto, más cadáveres en las calles. Metí la
mano en el río y sentí nuevas y desagradables sensaciones a muerte, fracaso y odio. El
río había desaparecido. Mi mano quedó cubierta de lodo de su lecho, un cieno gris, una
pegajosa masa sólida de frío que se deslizó por mis dedos hacia mi brazo como si
tuviera hambre. Entonces yo temblé aunque el aire estaba inconfortablemente cálido. La
masa se apartó de la mano con una fuerte sacudida. Detrás de sí no dejó un olor sino un
extraño recuerdo de debilidad, miedo y fracaso.

* * * * *

173
Hoy yo enterré la rata en el lodo del río. La había tenido conmigo durante cinco
días. El lecho del río todavía estaba húmedo aunque nadie sabía por qué. Llovía poco.
Todos estos recuerdos de la ciudad volvieron con el fracaso de mi magia, mi control. Yo
había hecho luchar a la rata contra la serpiente de otro jugador en una de las casas más
grandes. La serpiente fue rápida pero mi control sobre la rata fue más rápido. El duelo
se prolongó durante algún tiempo y yo nunca aflojé. Entonces, cuando la rata estuvo
lista para atacar, yo perdí el control, sólo por un momento. El Flujo se detuvo, la suerte
cambió. Ese momento fue suficientemente largo como para que la serpiente atacara. Yo
había perdido por primera vez en mucho tiempo.
El otro jugador se había dado cuenta, se había dado cuenta de mi magia. Yo
había visto a este hombre varias veces, mirándome. Estaba vestido de un azul intenso,
encaje de oro en los puños y el cuello, el color de ropa de un jefe de foso. Los encajes
dorados significaban que era de la casa de apuestas de Dumoss. Si él había sido enviado
contra mí Dumoss era un enemigo mayor de lo que sospechaba.
La pequeña jaula y el animal se hundieron hasta desaparecer de la vista. Con él
se fue una medida de mi sangre, mi vida. Annise lo estaba haciendo mucho mejor, la
suerte del colgante le sirvió mejor, mejor de lo que temía. Mi fracaso fue como la
muerte de la ciudad, la muerte de mi esperanza, mi vida.
Pasé cinco días solo meditando sobre la muerte de mi rata. Cuando Annise llegó
a casa yo ya me había ido. Cuando pudo encontrarme yo le dije que tenía un lugar
importante al que ir. No pude mirarla a los ojos. Ella supo de mi pérdida porque pudo
ver que faltaba una jaula. No dijo nada, nosotros nunca nos cuestionábamos el uno al
otro. A ella no quería que la tocaran, yo no quería ser cuestionado. Yo ansiaba tocarla, el
colgante. Estaba seguro de que podría ganar si hubiera estado en mi poder.
Había algo en mi magia, una debilidad, algo que el jugador de azul descubrió al
verme. Yo me senté en el borde del río muerto, mirando las montañas. ¿Qué vio él? A la
noche el polvo cayó sobre mí. Yo husmeé entre edificios antiguos, evitando la mirada de
los pobres. Ellos me enfurecieron, con sus ojos llenos de compasión.
No se habrían compadecido de mí si yo hubiera tenido el control, si yo hubiera
ganado. El control era todo. Mi control era imperfecto y el hombre de azul lo supo. A él
no le importó si el Flujo cambió. Este sólo me afectó a mi. Yo no pude encontrar una
respuesta a mi pregunta. ¿Cómo viviría sin ella si no podía ganar?
Pasaron días y noches. Yo no comí nada, sólo bebí de las pocas fuentes públicas
que funcionaban. El polvo colgó de mí en capas, noche tras noche tras noche. Me paré
en el callejón, cada piedra donde debía estar, observándola a través de la ventana. Ella
sonrió y rió, tocó los hombros de clientes y jefes del tugurio. Y de Dumoss. Ella trabajó
y rió, fingiendo que no estaba pensando en mí, en mi perdida. A su alrededor había
ganadores, verdaderos apostadores. Su atracción por ellos fue evidente, su traición a mí
no podía estar muy lejos. Tendría que trabajar más rápido, más duro.
Durante toda la semana tomé los espíritus de pequeñas criaturas al azar y traté
mi magia en ellos. Insectos y pequeños animales regresaron de donde quiera que se
hubieran estado escondiendo desde que había llegado la gran tormenta. Si no se
comportaban como yo les mandaba mi preciosa mantis los mataba. Yo me volví débil
pero estaba demasiado decidido a no ceder a la fatiga. No reconocí el tiempo, sólo la luz
y la oscuridad. Los amaneceres y crepúsculos desaparecieron para mí. Hubo lluvia y
polvo, y oscuridad y luz.
Al final de la semana solo quedaron dos criaturas, una abeja y una araña. Los
otros murieron. Yo hice que la abeja hiciera trucos, lo mismo que la araña, criaturas
diferentes, mismo control.

174
El espíritu de la abeja esperó pacientemente a mi mando. La araña se movió
inquieta mientras yo meditaba. Mi ropa perdió todo color. Sentí una repentina necesidad
de bañarme. La abeja se retorció en mi mano.
La criatura, esperando en mi palma vuelta hacia arriba, se retorció de nuevo, y
de nuevo a intervalos distantes. La magia se sentía débil pero uniforme, y un poco
turbia. El día anterior se había sentido más fuerte y la abeja también se había retorcido
en ese momento. Absorber el Flujo no le hizo nada a la abeja. Yo esperé a que la criatura
se retorciera y luego la impulsé con magia. Nada. Aplasté el espíritu en mi mano.
La siguiente semana la pasé eliminando la parte de mi magia que había hecho
retorcer a la abeja. La serpiente se comió a mi rata cuando esta vaciló y yo también
eliminé eso. Lo descubrí empujado por la desesperación. Tal vez descubrí la suerte. Tal
vez la causa era el amuleto colgando de la garganta de Annise. Yo iba a ganar otra vez.
La mantis estaría lista. Lucharía sólo en las arenas de mantis, nueva magia, nuevo
control. Ella tendría que quedarse.

* * * * *

Fui invitado a la casa de apuestas Sun porque había ganado durante dos semanas
consecutivas. Yo volvía a ser una estrella en ascenso. Mi juego era fuerte. Mi riqueza
creció con mi nueva magia. Yo no había experimentado nada como esto antes, en la
cima y siguiendo aumentando. Hubiera sido bonito si Annise hubiera venido a ver. Ella
nunca me había visto jugar.
Nada en la habitación cambió. La vela de lavanda todavía estaba en la botella,
siempre ardiendo. Su perfume persistía. Cuando ella regresó del trabajo nada fue
diferente, no hubo preguntas. Ella me miró de la misma manera. Yo me sentí feliz de
que todo siguiera igual, había temido que las cosas podrían haber cambiado en mi
ausencia. Ella podría haber pensado más en irse. Todo iba a ser mejor, tanto para ella
como para mí.
Por la noche yo soñé con el Flujo, nadé en el, bebí de el desde la cama de ella
cerca de la mía. El colgante yacía a través de su garganta, susurrando victoria. Había
encontrado lo que necesitaba para matar a la mantis religiosa de Dumoss. El colgante
me podía dar ese poder. Eso es lo que yo quería, matar a esa mantis religiosa y reclamar
mi lugar en esta ciudad, por encima de los pobres, por siempre bajo mis pies cuando yo
pasara a su lado. Quería a Annise conmigo.
Una noche, mientras ella dormía, yo extendí la mano para tocar el colgante. Ella
se agitó. Yo casi le toqué la garganta. Me pregunté dónde, cómo, había conseguido ese
premio, ese increíble premio. Me pregunté a quién había dejado tocar esa garganta. ¿A
Dumoss? ¿A los jefes del foso? Yo los vi a todos por la ventana. Ella pasaba tiempo con
ellos, les tocaba los hombros, los brazos, tal vez acariciaba una mejilla, y siempre
sonriendo. Todo sin remordimientos. Yo retrocedí mi mano y apreté el puño en mi
pecho. Ella sería mía. Mi nuevo control me podía dar eso.
Miré fijamente al armazón del techo y me pregunté si Dumoss, sentado en
alguna parte, había oído hablar de lo bueno en que me había convertido.

* * * * *

Lo había hecho. De pie dentro de una casa de apuestas, el jugador que había
matado a mi rata, un jefe de foso vestido de azul con encajes dorados, me dijo que
Dumoss quería un desafío. Dumoss quería jugar conmigo esa noche. Yo puse cara de
nada, el truco de un jugador. En mi mente yo estaba en calma. Estaba listo.

175
El jefe del foso se me quedó mirando. Dijo que nunca podría ganar, sin importar
que tan buena fuera mi magia. Me llamó rey del polvo. Dijo que mi suerte no me había
convertido en un perdedor sino que ser un perdedor convertía mi suerte.

* * * * *

Yo volví a casa a Annise esperándome en la ventana. Ella se me quedó mirando,


bebiendo de una taza de agua y dijo: "Me voy."
La sensación en mi pecho fue como el juego del jugador, Congelación, alguien
apretando mi corazón. "¿Qué?"
"Te voy a dejar," dijo ella con su pelo bruñido por la luz solar desvaneciéndose.
Ella puso una mano en el colgante, deslizó los dedos a lo largo de sus bordes. "Me voy
por mi cuenta."
"Esto se debe a Dumoss, ¿verdad?" La constricción continuó. Sentí calor en mi
piel pero frío en mi interior. Mis animales se agitaron nerviosos contra sus jaulas,
sintiendo mi furia.
Annise sacudió la cabeza lentamente, sin mirarme. "Dumoss ha…"
Yo me enfurecí en mi lugar. "¡Mentirosa! ¡Esto es debido a Dumoss!"
Ella aferró el colgante y se volvió de nuevo hacia la ventana. Yo no pude ver su
rostro. No se lanzó a sollozar, como yo había querido que lo hiciera, ni quedó
desgarrada por el dolor, como yo me merecía verla. Asintió lentamente lo que yo había
dicho y confesó su mentira.
"¡Te estás yendo porque piensas que él te ofrece más!" Mis animales sisearon, se
sacudieron, corrieron en círculos. "Yo te daré lo mismo."
"No puedes," respondió ella con piedad en su voz. "Nosotros hemos estado
algún tiempo juntos y yo no te puedo dar lo que quieres." Su mano libre cayó del
pendiente para descansar en su hombro. "Yo no me puedo ofrecer a ti."
"¿Y a Dumoss si puedes?"
"No, no con Dumoss."
Yo di un pisotón. Un listón crujió por debajo de la alfombra, la alfombra que yo
había comprado para ella. "¿Si no es con Dumoss, luego con quién?"
Annise negó con la cabeza y se encogió de hombros. "No sé. Pero sé que debo
irme de aquí."
"Que tú debes irte de aquí." Yo reí, con una risa corta, ácida. La sangre hirvió en
mis animales. Yo me volví hacia ellos. La salamandra se lanzó contra los barrotes de su
pequeña jaula y murió. Yo me estremecí. Otra parte de mí se había ido. Más de mi vida
se había ido. Al igual que Annise.
Todavía había una oportunidad. Si yo derrotaba a Dumoss, mi mantis contra la
de él, ella se quedaría. Yo lo sabía. Pensé en todos los sueños inspirados por el colgante.
Usarlo contra Dumoss le mostraría a ella la debilidad de él, le mostraría que él nunca
podría darle lo que podía darle yo. El era un verdadero jugador pero su suerte cambiaría.
Cambiaría esa noche y yo sería el que la cambiara.
Annise se puso de pie y se alisó el vestido con el encaje dorado bordado
alrededor del dobladillo y el cuello. Deslizó una mano por el cabello. "No tengo bolsas.
No me llevaré nada conmigo."
"Dame el colgante."
Ella me miró a los ojos y parpadeó lentamente. "¿Qué?"
"El colgante," repetí extendiendo mi mano. "Dámelo."

176
Annise giró sus hombros a la defensiva y levantó la mano para cubrir el
colgante. Su expresión dijo que no renunciaría a este. "Es mi nueva suerte. Por primera
vez…"
"¡No te atrevas a decir que por primera vez tienes suerte!" Grité. "Tu suerte
comenzó cuando nosotros nos conocimos."
Ella trató de moverse más allá de mí, hacia la puerta. Sus ojos nunca me dejaron.
Sus pies caminaron silenciosamente por la alfombra. Desapareció de mi vista pero yo
sabía que ella me necesitaría. Me volví hacia la mantis. Sus ojos negros e insensibles me
observaron. La criatura esperó pacientemente en mi control. Una idea... ¿era posible?
¿Podría hacerlo? ¿Podría hacerlo alguien?
Yo estiré mi brazo hacia Annise. Con los ojos medio cerrados sentí la sensación
de movimiento. Mi espíritu la siguió. ¿Era posible? Yo busqué su magia al igual que
hacía con los juegos de otro apostador, busqué su raíz, la fuente de su espíritu. Pero ella
estaba rodeada por el poder del pendiente haciendo que la distancia fuera inmensa.
Fue demasiado, el desafío demasiado grande. Yo luché, sacudido por el poder,
espíritu humano a espíritu humano. Los animales son simples. Esta era una tortura para
mi magia. Sin embargo yo no podía rendirme. Ella me necesitaba, ¡me necesitaba! Yo
no podía perderle a otro.
Annise quedó cautivada. La concentración hizo sangrar mi nariz, mis oídos
silbaron. Yo me concentré en sus ojos. Su cuerpo estaba rígido, como la primera vez que
la toqué, cuando nos conocimos por primera vez. Mi control giró y se retorció, luchando
por el dominio. ¡Cuánto más fácil sería si yo hubiera tenido el colgante!
Yo señalé su cama. Ella se sacudió, sollozos rompiendo de su garganta. Ella se
movió, se bajó hasta las rodillas, luego se sentó en su cama. Lágrimas fluían de sus ojos.
Ella sería feliz bajo mi control. Una vez que terminara la pelea con Dumoss
Annise se daría cuenta de que eso era cierto. Yo caí de rodillas delante de ella y le
acaricié el cabello. Me doblé lentamente y puse mi mano en el colgante. Ella trató de
gritar. Yo le di nuestro primer beso. Ella me mordió, sacándome sangre.
Entonces susurré, "Todo lo que hago, lo hago por ti."

* * * * *

Dumoss estaba en su lado de la arena. La arena en el suelo había sido suavizada


para nuestro combate. Iba vestido con finas sedas amarillas adornadas con rico brocado.
El brasero arriba de él le hacía parecer viejo. Su rostro estaba escrito en piedra, como el
mío. El colgante estaba oculto debajo de mis ropas pero yo no tenía ninguna duda de
que él podía sentir su poder. Imaginé que ya podía sentir su pérdida. Alrededor de
nosotros estaban parados los verdaderos apostadores, hombres y mujeres que habían
tenido la suerte de no ser alcanzados por la tormenta, hombres y mujeres cuya suerte no
había cambiado.
Nosotros nos sentamos en nuestras sillas bajas y levantamos las manos por
encima de nuestras cabezas, los codos doblados. Los jefes del foso reunieron las
apuestas. Las probabilidades no estaban a mi favor pero a mi no me importó. Pude
escuchar a algunos apostando por mí pero no pude ver rostros a causa de la luz del
brasero. Las apuestas se cerraron.
A continuación los jefes del foso exclamaron, "¡Luchen!"
Los dos aplaudimos, llamando a nuestras bestias, mantis religiosas tan grandes
como pájaros, cerca del centro del anillo. Yo sentí el control de Dumoss estimulando los
miembros de su mantis hacia la mía. Mi nueva magia no dejó escapar nada. No había
manera de que él leyera mis movimientos.

177
Los dos monstruos translúcidos se enfrentaron, bloqueando sus filosos miembros
a través de la cabeza del otro. La magia luchó contra la magia por la fuerza para
empujar más fuerte a los insectos. Sin importar si la magia en la arena cambió, sin
importar si nosotros luchamos contra los cambios de fuerzas, nuestros combatientes no
liberaron su agarre. Nuestros rostros estaban rígidos y sólidos.
Los gritos de los apostadores en los costados continuaron mientras se prolongó
la lucha. El dinero había sido apostar por cuánto tiempo duraría la lucha. También se
había apostado en cual rostro sería el primero en mostrar tensión.
Los monstruos siguieron bloqueados. Yo no pude encontrar una grieta en la
magia para extraer mi mantis de la suya. El tampoco pudo encontrarla. Yo lo sentí
esforzándose. La magia de Dumoss era realmente impresionante. No importó que yo
pudiera sentir su control. El incluso podía usar eso contra mí, si yo me distraía al tratar
de leer sus movidas en vez de concentrarme en las mías.
Se colocó más dinero, dinero por la primera extremidad, dinero por el primer
movimiento, dinero por cualquier cosa. Yo me volví más relajado, más seguro de la
victoria por Annise. Todo era para ella. La suerte fluyó hacia mí para vencer a Dumoss.
Yo lo supe, lo sentí. Su mantis arrancó una extremidad de la mía, se reposicionó, y
agarró la cabeza de mi monstruo desde otro ángulo. Los gritos hicieron silbar mis oídos
como si yo mismo hubiera sido golpeado en la cabeza. Nuestros rostros no mostraron
nada. Mi mantis le quebró una pierna a la de él y la magia volvió a cambiar, más lejos.
Entonces comenzó la verdadera lucha. Los fantasmas lucharon abiertamente,
rasgando y desgarrando ante los gritos de los apostadores en todos los lados. Nuestros
monstruos fueron acribillados como viejas paredes de piedra. Mi control fue mejor, mi
rabia más brillante, mi magia más fuerte. Yo no me dejé presionar, forcé mi mantis a
atacar.
La magia se trasladó desde el anillo y la otra mantis pareció reenergizarse. Cortó
otra extremidad de la mía y yo miré fijamente a los ojos de Dumoss, haciéndole saber
con un vistazo lo que vendría a continuación. Me preparé para utilizar el colgante.
Pero algo en mi sangre se agitó, absorbido hacia Dumoss... no, no fue hacia
Dumoss sino detrás de él. Alguien se puso en pie a la sombra. La luz del brasero
ardiente brilló en mis ojos. Yo no podía ser detenido ahora, no cuando Annise tendría
todo lo que se merecía, todo lo que podía darle. Mi mantis mordió el cuello de la otra.
Yo caí de rodillas, con las manos temblando. La suerte, en la que podía confiar.
Toda esta magia, toda esta suerte me salvaría, me impediría perder la concentración. Yo
me vengaría de Dumoss por robarme a Annise. Yo, solo, desafiando al destino, me
atreví a cuidar de otro. La ciudad mató y dejó los cadáveres en las calles cubiertas de
polvo.
Yo esforcé mis ojos para que permanecieran fijos en los de Dumoss. Apreté mis
dientes hasta que dolieron. La sangre hirvió y latió en mis sienes. Mi pecho se oprimió.
Annise estaba detrás de Dumoss. Yo no pude ver su rostro pero su pelo brilló
rojo en la luz del fuego. Sentí su control sobre mí, fuerte, buscando la raíz de mi magia,
mi espíritu. Ella estaba ahogando mi vida, aplastándome con un gran peso.
Allí ella no podría matarme. Había protecciones contra tales cosas en una arena.
Mi magia era más fuerte.
Tomé el poder del colgante, magia pura. Monté la cresta de la débil fuerza de
ella hasta llegar a la fuente de Annise donde esperaba su espíritu. Ella corrió de mi
ataque, corrió y no giró para mirar atrás. Yo me extendí hacia ella, por la respuesta final,
extendiendo toda mi fuerza para derribarla de una vez por todas.
La criatura de Dumoss dio un zarpazo con sus garras y la cabeza de mi mantis
cayó al suelo. Yo introduje magia en su espíritu pero ella ya se había ido. Yo supe que el

178
cuerpo en casa había muerto. Todo había desaparecido. El colgante estaba vacío. Ya no
quedaba nada.
Quedé débil y sudando, sin poderme parar. Dumoss ya se había ido, el espíritu
de su mantis volvió. La arena se despejó de gente, cuerpos arrastrándose, sombras en
movimiento. Annise fue el último de ellos en abandonar el edificio. Yo nunca vi su
rostro pero oí el sonido de una puerta cerrándose, dejándome en el interior. Solo. Vacío
y solo. Todo lo que había hecho, lo había hecho por ella.

El Borde Dorado

179
180
La sonrisa de
Loran

L oran murió diez años después de la devastación, después de que Urza y


Mishra destruyeran la mayor parte del mundo con su guerra, después de la tumultuosa
explosión que eliminó Argoth y alteró el resto del mundo para siempre.

181
Loran murió en parte debido a esa devastación. No murió en batalla, pues no era
una guerrera. Tampoco murió en un duelo de fuerzas mágicas, pues aunque su amante
Feldon había dominado el estudio de la magia ella descubrió que no podía hacerlo. No
murió de intriga, o de pasión, o de algún defecto fatal.
Murió en cama, debilitada por heridas sufridas durante una década anterior,
heridas infligidas por Ashnod la Despreocupada, asistente de Mishra. Fue debilitada por
los inviernos alargándose y el aire frío de la montaña, debilitada por su propia edad muy
avanzada, debilitada y, finalmente, derrotada, por el mundo que los hermanos, Urza y
Mishra, habían creado.
Al principio ella simplemente se quedaba fácilmente sin aliento, cuando
cocinaba o hacía jardinería, y Feldon dejaría a un lado su propio trabajo para ayudarla.
Luego ya no pudo volver a trabajar en el jardín y Feldon hizo lo mejor que pudo, bajo
su dirección, para sustituirla.
Más tarde ella no pudo trabajar en la casa y Feldon trajo servidores de la ciudad
cercana para que ayudaran. Cuando ella ya no pudo levantarse de la cama Feldon
empezó a sentarse a su lado a leerle, le contó historias de su propia juventud y escuchó
las de ella. Después de un tiempo el también tuvo que darle de comer.
Al fin ella murió en cama, durmiendo, con Feldon sentado a su lado, también
dormido por su larga vigilia. Cuando él despertó su carne estaba fría y pálida y hacía
mucho que su aliento había dejado su cuerpo.
Feldon le ordenó a los sirvientes que cavaran una fosa detrás de la casa, entre el
jardín ahora ahogado por malezas que Loran había comenzado con Feldon quejándose,
quejándose por su ayuda poco después de que ellos habían llegado por primera vez. Ella
lo había seguido cuidando durante varias temporadas por pura fuerza de voluntad pero
cuando se enfermó esa última, vez final, tuvo que entregar el jardín a las malas hierbas y
las lluvias congeladas.
Estaba lloviendo cuando ellos la pusieron a descansar, envuelta en sus sábanas y
sellada dentro de un ataúd de espesas tablas de roble. Feldon y los criados pronunciaron
unas pocas oraciones y entonces el anciano mago observó como los sirvientes apilaron
metódicamente la tierra encima de la tapa. Las lágrimas de Feldon se perdieron en la
lluvia.
Feldon no se apartó del fuego durante varios días después y los criados le
trajeron sus comidas, de la misma forma como le habían traído a Loran misma. La
biblioteca y el taller de Feldon permanecieron momentáneamente vacíos, los libros
cerrados, las forjas frías, los diversos reactivos y soluciones sedimentándose en silencio
en sus frascos de vidrio. El se quedó junto al fuego y suspiró.
Feldon recordó: el tacto de la mano de Loran, la cadencia Argiviana en su voz, y
su pelo espeso y oscuro. Por encima de todo pensó en la sonrisa que ella había dado.
Había sido una sonrisa un poco triste. Una sonrisa suave que había avivado a Feldon
cada vez que él la vio.
Ahora Feldon era un practicante del tercer camino, el camino que no era ni Urza
ni Mishra, trazando un nuevo rumbo entre los dos hermanos enfrentados y sus milagros
tecnológicos. Podía sacar de su mente grandes hechizos alimentados por los recuerdos
de su hogar en la montaña y hacer maravillas con ellos. Podía causar la aparición de
fuego o mover la tierra misma, o llamar los golpes de una tormenta eléctrica y
doblegarla a su voluntad.
Sin embargo él no pudo curar el cuerpo o el espíritu moribundo de Loran. No
pudo mantener la vida dentro de ella. Su magia le había fallado a él y le había fallado a
su amor.

182
El anciano suspiró y levantó una mano hacia el fuego. Abrió una parte de su
cerebro que contenía los recuerdos de las montañas que los rodeaban. Sacó las energías
de esas tierras, como había aprendido a hacer en Terisia Capital con Drafna, Hurkyl, la
archimandrita, y los otros magos de las Torres de Marfil. Se concentró y las llamas se
retorcieron mientras se levantaron de los troncos, girando sobre sí mismas hasta que
finalmente formaron una suave sonrisa.
La sonrisa de Loran. Fue lo máximo que pudo hacer.
Feldon siguió sentado junto al fuego durante cinco días y cinco noches y, por un
breve tiempo, los criados se
preguntaron si pronto tendrían que
atender al amo como habían atendido
a la ama. De hecho Feldon nunca
había estado completamente sano,
con sobrepeso y sólo caminando con
la ayuda de un bastón plateado que
había rescatado del corazón de un
glaciar. Su barba oscura ahora tenía
motas de plata y las comisuras de los
ojos caían por el dolor y la edad. Los
siervos se preguntaron si alguna vez
volvería a levantarse de la chimenea.
En el sexto día Feldon se
retiró de la chimenea y se dirigió a su
taller. Poco después apareció con una breve nota para los sirvientes: una lista de
elementos que ellos debían adquirir tan pronto como les fuera posible. La lista pedía
láminas delgadas de cobre, remaches de hierro, alambres de diversos metales hilados,
engranajes de latón si podían conseguirlos, de lo contrario de acero, vidrio soplado en
una variedad de formas (con ilustraciones y dimensiones). Y había una carta para ser
entregado en un lugar mucho más al sur y al oeste.
El taller repiqueteó durante los siguientes dos meses. Feldon volvió la forja a la
vida y el pequeño yunque sonó con golpes ensordecedores. El fuego estaba dentro del
dominio de la magia de montaña y Feldon era su amo. Él podía usarlo para calentar una
ubicación precisa con la cantidad exacta de calor necesario simplemente ordenándole
que lo hiciera. Tal era la naturaleza de la magia del viejo mago.
Los alambres llegaron, y los engranajes (de hierro, no de latón), láminas de
cobre, y algo de bronce. El vidrio era deficiente y Feldon tuvo que recurrir a aprender
por sí solo cómo soplarlo para obtener los perfiles que necesitaba. Llegaron más
alambres, esta nueva cantidad hilado con pelo de caballo para formar gruesos y largos
cordones como trenzas de cabello humano.
Al cabo de dos meses Feldon observó su obra y sacudió la cabeza. Las
articulaciones estaban rígidas y los brazos sobresalían en direcciones equivocadas. La
cabeza era demasiado grande y el pelo se parecía a lo que era: una colección de
alambres y pelo de caballo. Los ojos eran poco más que esferas de cristal pésimamente
moldeadas. Era demasiada alta en los hombros y demasiado grande en las caderas.
La creación no se parecía en nada a Loran. Sólo alrededor de la boca, donde
estaba el fantasma de una sonrisa, llegó el atisbo de un recuerdo.
Feldon sacudió la cabeza y gruesas lágrimas se reunieron en las comisuras de sus
ojos. Tomó una almádena e hizo pedazos al autómata.
Y empezó de nuevo.

183
Estudió minuciosamente los diarios de Loran en la biblioteca. Ella había
estudiado con él mismo Urza y sabía algo de artificio. Así que Feldon encordó alambres
y ligaduras a través de brazos y piernas, primero construyendo modelos en miniatura,
luego maquetas a escala antes de proceder a la versión final. Trabajó con huesos de
animales y madera así como en metal y piedra. Su fabricación del vidrio mejoró por lo
que pudo proporcionar
un ojo de vidrio de una
anciana en el pueblo
que hacía juego con el
bueno. Poco a poco
construyó el autómata
con forma de Loran,
esculpiéndola de su
miríada de materiales.

Feldon
Su trabajo
terminó después de seis
meses. A la estatua sólo
le faltaba un corazón.
Feldon esperó
pacientemente a que apareciera ese órgano. Pasó sus días en el taller, puliendo,
probando y reconstruyendo al autómata. Cuando había conocido a Loran ella había
usado ambos brazos. Más tarde ella perdió el uso de uno de ellos, paralizado por
Ashnod. El se paseó de un lado a otro, removiendo y reponiendo el brazo. Por último
restauró la estatua a su estado completo.
Un mes más tarde llegó un paquete desde un lugar mucho más al sur y al oeste,
de una erudita a quien Loran y Feldon habían conocido cuando habían estado en la
Ciudad de Terisia, en las Torres de Marfil. El paquete contenía un pequeño trozo de
cristal, brillando suavemente, una piedra de poder, el corazón del artificio. Había cada
vez menos piedras de este tipo en los años transcurridos desde la devastación, pero esta
era uno.
El paquete también contenía una nota, firmada por Drafna, maestra de la Escuela
de Lat-Nam. Esta se limitaba a decir: "Lo entiendo."
Feldon sostuvo la piedra de poder y se dio cuenta de que sus dedos temblaban.
Acunó el cristal en ambas
manos y caminó hasta el
autómata, haciendo guardia
en el centro del taller.
Había colocado el soporte
para el cristal donde
hubiera estado el corazón
en una mujer viva. Feldon
puso el cristal dentro de su
marco y cerró la puerta del
compartimiento. Se estiró
detrás de la oreja izquierda
del autómata y tocó un
pequeño interruptor.

184
El autómata comenzó a vivir con una sacudida, como una marioneta de cuyos
hilos habían tirado de repente. Zarandeó su cabeza y luego la torció ligeramente hacia
un lado. Una pierna se tensó, la otra se relajó. Un hombro se hundió ligeramente.
Feldon asintió y levantó una mano, apuntando hacia el lado opuesto de la
habitación. El autómata con forma de Loran caminó con cautela, como una mujer
descubriendo sus piernas de tierra después de un largo viaje por mar. Para el momento
en que había llegado al final del taller ella estaba caminando normalmente. Alcanzó el
lado opuesto, giró y regresó por donde vino.
Entonces sonrió, cables ocultos haciendo ondular labios sobre dientes de marfil.
La sonrisa fue perfecta.
Feldon le devolvió la sonrisa, la primera vez que había sonreído de verdad desde
que Loran le había dejado.
El autómata esperó todos los días pacientemente en su taller. Él habló con ella
pero tenía que apuntar para darle órdenes. Durante el primer mes fue suficiente.
Pero la criatura era silenciosa, salvo por el agudo zumbido de engranajes y
alambres enrollándose y desenrollándose. Al principio Feldon pensó que podía vivir con
ello pero después del primer mes la cosa se volvió irritante. Después del segundo fue
insoportable. El silencio, sus labios metálicos moldeados en esa sonrisa perfecta, era
más de lo que él podía soportar. Le parecía que la criatura se burlaba de él.
Feldon le hizo preguntas y entonces se reprendió a sí mismo porque él sabía que
ella no podía responder. La Loran que había construido era una criatura de piel de cobre
y músculos de engranajes. Esa no era la mujer que él había amado.
Al fin el se estiró detrás de la oreja y tocó la pequeña palanca, desactivándola.
Ella se puso rígida cuando el poder la dejó aunque la sonrisa permaneció en sus labios.
Feldon quitó la piedra de poder de su corazón, la dejó en un estante, y colocó a la
autómata inactiva en el jardín haciendo guardia sobre la tumba de Loran. Después de
una semana los engranajes de acero se habían oxidado, bloqueándola para siempre en su
postura, sus ojos de cristal viendo pero no reconociendo el mundo a su alrededor.
En la semana que siguió Feldon regresó a la chimenea, mirando las chispeantes
llamas como si tuvieran algún secreto. Al final de la semana, bajo una fría lluvia, se
marchó, dejando a sus servidores para que cuidaran de la casa en su ausencia. Abandonó
la ciudad en un carro pequeño, en dirección este hacia las tierras más afectadas por la
devastación de la Guerra de los Hermanos.
Hizo preguntas mientras viajaba. ¿Alguien conocía magos, lanzadores de
conjuros, individuos con maravilloso poder? Antes de la destrucción de las Torres de
Marfil había habido muchos que habían explorado los caminos de la magia pero se
habían dispersado cuando había caído la Ciudad de Terisia. No había duda que algunos,
en alguna parte, habían sobrevivido.
El le preguntó a comerciantes y mendicantes, agricultores y sacerdotes. Algunos
lo miraron como si estuviera loco y algunos quedarón asustados, aterrados de que él
estuviera tratando de traer de vuelta los poderes que habían creado la devastación por
primera vez. Pero suficientes de ellos entendieron lo que estaba buscando y de ellos
unos pocos sabían de este sabio o ese chamán que caminaba por el Tercer Camino. Con
el tiempo el escuchó del Mago Errante y volvió su carro hacia el este.
Encontró al Mago Errante cerca de los restos que habían sido Sarinth, una de las
grandes ciudades que habían resistido a Mishra y había sido destruida por su pecado. La
mayoría de los grandes bosques de esa tierra habían sido más tarde talados y sus
montañas derribadas para alimentar las máquinas de guerra de las batallas de los
hermanos. Ahora aquel lugar era un paisaje estéril, su suelo convertido en barrancos y

185
cañadas por la eterna lluvia. Los bosques que habían sobrevivido habían sido invadidos
por una maraña de zarzas y árboles jóvenes.
Fue en una de esas ruinas ahogadas de brezos donde Feldon encontró un
ermitaño. El hombre había defendido su pedazo de tierra de los ejércitos de Mishra y el
esfuerzo casi había roto tanto su mente como su espíritu. Era una figura encorvada, casi
doblandole en edad, con una sonrisa babeante y una parloteante risa.
Feldon se le acercó con las manos abiertas, mostrando que estaba desarmado. El
ermitaño había oído del Consejo de los Magos de la Ciudad de Terisia y había conocido
el nombre de Feldon entre ellos. Entonces, riendo y dando cabriolas, le permitió a
Feldon adentrarse en su bosque para estudiar su magia de ermitaño.
A cambio, Feldon, le ofreció enseñarle sus propios hechizos, pero el loco
encorvado no tendría nada que ver con las montañas o su poder. En su lugar él le enseñó
a Feldon los bosques y ellos cruzaron y re-cruzaron su pequeño dominio, el cual él
había mantenido tan laboriosamente contra todos los invasores. Pasó un mes y Feldon al
fin sintió que conocía esa tierra tanto como lo hacía el viejo ermitaño. Ellos hablaron de
muchas cosas, de plantas, de árboles y de las estaciones. El ermitaño sintió que el
mundo se estaba enfriando más allá de sus fronteras y Feldon estuvo de acuerdo. A él le
parecía que los glaciares de su hogar se estaban hinchando ligeramente con cada año
que pasaba.
Por último ellos hablaron de magia. Feldon le mostró su poder, llamando
imágenes desde una fogata de pájaros, dragones míticos y, por último, una simple
sonrisa cómplice. Cuando Feldon hubo terminado el ermitaño rió y asintió.
El loco se puso de pie y se cruzó de brazos. Feldon empezó a decir algo pero el
ermitaño levantó una mano para hacerlo callar. Por un momento hubo silencio en el
bosque.
Luego hubo un ruido o, más bien, una sensación, un estruendo que retumbó a
través de la tierra y en los huesos de Feldon. El suelo tembló bajo sus pies y la fogata se
derrumbó sobre sí misma por el suelo estremeciéndose. Feldon gritó a su pesar pero el
ermitaño no se movió.
Fue entonces que apareció la sierpe. Era una criatura enorme y antigua, tan
grande como
uno de los
viejos dragones
mecánicos de
Mishra. Sus
escamas eran
doradas y verdes
y tenía funestos
ojos rojos que
brillaban en la
oscuridad. Se
alzó por encima
de ellos, por un
instante, y desapareció. Una pared de escamas pasó a su lado, el alargado cuerpo de la
sierpe yendo a toda velocidad delante de ellos. La cola en forma de látigo del monstruo
desapareció con un azote después de un largo tiempo, rompiendo los árboles como una
cuerda tirada por un carro fuera de control.
El suelo dejó de temblar. El viejo ermitaño se dio la vuelta e hizo una profunda
reverencia. Feldon devolvió el saludo y entendió cómo el antiguo mago había salvado
esa parcela de bosque durante todos esos años.

186
Entonces Feldon expuso con cuidado su problema: había perdido a alguien
querido para él y sus propias magias carecían del poder para restaurarla. ¿El ermitaño
era más poderoso que él?
El anciano se balanceó sobre los talones y sonrió.
"¿Esta a quien amas aún está viva?" preguntó.
Feldon negó con la cabeza y la sonrisa se desvaneció del ermitaño. Él, también,
sacudió la cabeza.
"Yo sólo puedo invocar a los vivos, ese es el poder de los brezos crecientes. Pero
tal vez te pueda enviar a alguien que podría tener el poder que estás buscando."
Feldon dejó el bosque del ermitaño a la mañana siguiente, en dirección norte.
El Lago Ronom limitaba con las tierras de Sarinth y le había ido tan mal como la
tierra. Donde una vez habían habido extensiones de blancas playas ahora solo florecía
un leproso musgo gris y el lago en sí era poco más que grandes zonas de agua estancada
y aceitosa rotas por la proliferación de algas acres en tonos grasientos de verde y rojo.
Feldon guió su pequeño carro a lo largo del perímetro del lago. El ermitaño le había
dicho que reconocería las señales cuando llegara al dominio de la bruja que gobernaba
parte de la orilla.
Y así lo hizo. El musgo gris comenzó a desaparecer y al fin se retiró
completamente dejando sólo una cascada de arena blanca tan pura como cualquiera que
Feldon había visto. Esta se interrumpió en la orilla por una fina línea de piedras negras
redondeadas, suavizadas por el oleaje. Feldon respiró hondo y olfateó la fresca espuma,
sin un atisbo de niebla húmeda.
La encontró al pie de una cascada cristalina, en un pequeño pabellón que parecía
haber sido tejido de hilos de oro. Era más alta que él, vestida con una túnica brillante
que parecía un arco iris translúcido. Ella le concedió una audiencia mientras musculosos
sirvientes trajeron una sencilla comida de queso y manzanas secas. El alimento parecía
insuficiente para un entorno tan opulento pero Feldon no dijo nada y aceptó la
hospitalidad de la bruja.
Ella le preguntó su misión y él le dijo: Trataba de recuperar un amor perdido.
Ella asintió y una tensa sonrisa apareció en su rostro.
"Tales cuestiones tienen un precio," dijo.
Feldon inclinó la cabeza y le pidió que nombrara el precio.
"Historias," dijo ella. "Tienes que contarme las historias de Loran para que yo
pueda concederte mejor tu deseo."
Poco a poco, Feldon comenzó a contar el cuento. Narró lo que sabía de Loran de
lo que ella le había contado y de sus diarios: de su vida en el lejano oriente, en la lejana
tierra de Argivia, de sus primeros años con los hermanos, y de cómo ella finalmente
había rechazado su guerra para buscar otro camino. Habló de cómo llegó a la Ciudad de
Terisia y se unió a un grupo de eruditos en busca de ese camino, eruditos que incluían a
Feldon.
Tartamudeó un par de veces pero la hechicera no dijo nada. Contó cómo se
conocieron los dos, cómo estudiaron juntos, y como se habían enamorado. Explicó
cómo se habían separado cuando Mishra había atacado su ciudad y lo que le había
sucedido a Loran en manos de Ashnod. Que pareció curarse lentamente durante el
tiempo que pasaron juntos antes de caer en espiral en su eventual muerte.
Mientras habló, se detuvo unas pocas veces, y su mente se llenó de recuerdos.
Recordó su pelo negro, su figura esbelta, su caricia y su sonrisa, siempre esa sonrisa de
complicidad.
Habló de cómo había muerto y lo que él había hecho después. Contó de su
construcción del autómata y su viaje al ermitaño y ahora su visita a ella.

187
Mientras hablaba se olvidó de que la bruja estaba allí. Loran estuvo viva para él.
Al fin llegó al final de la historia y miró a la hechicera. Su rostro estaba
impasible pero una sola lágrima rodó por su mejilla.
"Yo gobierno el mar y el cielo," dijo ella, "así como tú gobiernas las montañas, y
el ermitaño la vegetación que crece. Tú has pagado mi precio con una historia. Ahora
dejame ver qué puedo hacer."
Ella cerró los ojos y, por un momento, pareció que fuera del pabellón dorado el
sol pasó detrás de una nube. Entonces este se iluminó de nuevo y Loran apareció delante
de Feldon.
Ella era joven otra vez, y sana, su cabello negro reluciendo como una oscura
cascada. Loran sonrió esa sonrisa secreta y cómplice que siempre había tenido para él
así que Feldon se levantó y se acercó para abrazarla.
Pero sus manos pasaron a través de ella como si hubiera sido de humo.
El alivio en su corazón fue reemplazado por el fuego y él giró hacia la hechicera.
Esta se había levantado ahora de su diván y levantó las manos como para protegerse de
un golpe.
"Ella no es real," exclamó Feldon soltando las palabras sin pensar.
"Yo tengo poderes sobre el azul," dijo la bruja, "y el azul es el material del aire y
del agua, de la mente y la imaginación. No puedo traer de vuelta aquello que se ha ido,
sólo crear su imagen. Si la quieres recuperar de verdad, debes buscar a otro."
"¿Quién es este otro?" preguntó Feldon y la hechicera vaciló.
Feldon volvió a preguntar, "¿Quién es este otro?"
La bruja lo miró con fríos ojos cristalinos.
"Hay un pantano más al norte. El que vive allí tiene poder sobre el negro. El
puede traer de vuelta a lo que buscas. Pero te lo advierto," y aquí su voz se suavizó,
"su precio es más alto que el mío."
Y otra lágrima apareció en la mejilla de la bruja.
Feldon se inclinó y la hechicera le ofreció la mano, la que el anciano besó.
Mientras que la carne de la bruja pareció joven y flexible, los labios de Feldon la
sintieron correosa y antigua. El volvió a montar en su carro y continuó.
A una corta distancia más allá del pabellón dorado desmontó en la playa blanca
y prístina y sintió el suelo con su mano. Parecía de pura arena clara pero se sintió como
rocas cubiertas de musgo gris.
Feldon dio un gruñido de comprensión y partió hacia el pantano.
Allí, a lo largo de la frontera norte del Lago Ronom, había habido una aldea,
pero la tierra del pueblo se habían asentado, o el lago se había levantado, por lo que no
era nada más que una colección de edificios pudriéndose en un pantano en ruinas.
Grandes pájaros negros revoloteaban a través de los árboles de raíces arqueadas. No, se
corrigió Feldon.
Murciélagos. Eran
murciélagos, que ya no
temían a la luz en esa
tierra de eterna penumbra.
La aldea tenía una
empalizada áspera y
podrida, poco más que una
colección de troncos
afilados clavados en el
barro. Los guardias de la
puerta estaban pálidos,

188
hombres con ojos hundidos vestidos con una armadura hecha jirones. Amenazaron a
Feldon con capturarlo pero el invocó una gran pared de fuego entre él y ellos. Después
de que los guardias retrocedieron de las llamas, y después de una rápida consulta entre
sí, eligieron acompañar a Feldon a su amo.
Su amo era un viejo hombre arácnido que recibía a sus visitantes en un trono
tallado en un cráneo gigantesco. Feldon pensó brevemente en la gran sierpe que había
invocado el ermitaño verde y se preguntó si el cráneo sin carne delante de él era del
mismo tipo. El gobernante del pantano era bajo, barrigón y calvo, y se encorvó en un
rincón del trono mientras Feldon le explicó su búsqueda. El había perdido a un ser
querido, dijo Feldon, y le habían dicho que el amo podría encontrar una manera de
hacerla volver.
El hombre le dio una acuosa risa asfixiada. "Yo soy amo de magias negras,
‘rojito’," dijo. "Conozco los poderes de la vida y la muerte. ¿Estás dispuesto a pagar el
precio?"
"¿Y tu precio es?" preguntó Feldon.
El amo se acarició su barbilla lampiña. "Quiero tu bastón."
Feldon agarró su bastón plateado con fuerza. "No puedo separarme de él. Lo
saqué de un glaciar hace muchos años. Es como una parte de mí."
"Ah," dijo el maestro, "y tu amor es una cosa tan pálida e insustancial que no
puedes desprenderte de un trozo de metal para ello."
Feldon observó al retorcido hombre arácnido, luego a su bastón de runas talladas
y se lo ofreció. "Aquí tienes tu precio."
"Excelente," siseó el amo del pantano, tomando el artefacto. "Empecemos."
Durante tres días y tres noches Feldon estudió en los pies del maestro. Memorizó
los pantanos de todo el pueblo y sintió el espeso y viscoso tirón de la tierra en su mente.
Fue muy diferente de las frías y claras montañas que él solía usar. Los pantanos le
dejaron sintiéndose sucio y embarrado.
Al final del tercer día los guardias de ojos hundidos acompañaron a Feldon a una
pequeña cabaña sin ventanas en el límite del pueblo, apenas dentro de los muros de la
empalizada. Allí Feldon lanzó el hechizo que el maestro del pantano le había dado.
Feldon, a la luz de una vela de sebo, despejó su mente y meditó. Por lo general
habría pensado en las montañas pero en ese momento pensó en los pantanos a su
alrededor. Sintió su acuosa atracción, succionándolo, abrazándolo con su poder. Dijo las
palabras del hechizo y llamó a Loran.
La vela parpadeó por un momento, dispersando la sombra de Feldon en la pared
detrás de él. El viento, muy por encima, corrió por las ramas de mangles y sonó como si
el lago mismo hubiera construido una gran ola que se tragó al pueblo. Todo quedó en
silencio.
Afuera hubo un ruido de pasos.
Se movieron lentamente y pesadamente, el barro espeso tirando de pies pesados
a medida que se acercaba el sonido. Era el sonido de una figura rengueando y
chapoteando por el barro. El corazón de Feldon saltó por un momento. ¿Había tenido
éxito?
Algo pesado y húmedo golpeó contra la puerta, sonando como una bolsa de
tierra mojada. Feldon se puso lentamente en pie (él ya no tenía el bastón) y se aproximó
hacia la puerta.
Esta dio otro golpe chapoteante y luego otro cuando Feldon se estiró y agarró el
pomo. El hedor lo golpeó. Fue un olor espeso y enmohecido, a carne podrida y tierra
húmeda. Era el olor de la muerte.

189
A Feldon se le paró el corazón al darse cuenta de lo que había hecho con el
hechizo del amo de la ciénaga.
Hubo otro golpe y la puerta se movió pero Feldon estaba apoyado contra ella,
ahora buscando mantener fuera sea lo que sea que estaba en el lado opuesto. No quería
ver si el hechizo había tenido éxito. No quería saberlo.
Hubo otro ruido sordo y un grito atragantado que sonó como agua gorgoteando.
El corazón de Feldon se hizo añicos cuando él buscó en su interior y ordenó terminar el
hechizo, enviar a fuera lo que fuera que estaba más allá de la puerta de vuelta por donde
había venido.
El olor a muerte desapareció y con el los sonidos. Feldon permaneció presionado
contra la puerta, manteniéndola cerrada con todas sus fuerzas, hasta que llegó la
mañana.
Cuando amaneció él abrió lentamente la puerta. No había huellas en el lodo del
exterior. De hecho todo el pueblo había sido abandonado. No había guardias de ojos
hundidos, ningún amo del pantano.
Nada lo llamó por su nombre en voz borboteante como el chapoteo del agua.
Feldon se dirgió hacia su carro, sólo deteniéndose para usar un trozo de madera
negra como un bastón improvisado. No miró hacia atrás.
Con el tiempo, a medida que viajó, el suelo comenzó a subir y secarse. En ese
momento el había dado vuelta a todo el lago y todo lo que quedaba era volver a casa.
Feldon temió eso, temió lo que iba a encontrar en el jardín.
Estaba a tres días de su aldea cuando oyó acerca de un erudito en un pequeño
pueblo más al oeste. Feldon, impulsado en parte por curiosidad, en parte por temor,
volvió la carreta hacia el oeste. Encontró al académico en los restos mohosos de una
biblioteca que había sido un templo. El edificio había sido destruido mucho tiempo atrás
por un terremoto, y las nieves y las lluvias habían podrido la mayor parte de los libros.
Sin embargo, entre los restos destrozados de libros y pergaminos, el erudito saltó como
un autómata con forma de ave. Era una cosa delgada y consideró a Feldon desde detrás
de gruesos anteojos de cristal.
Feldon le contó su historia, de su pérdida, de su determinación por recuperar lo
que había perdido. Le dijo del ermitaño, la bruja, y el amo de la ciénaga. Y cuando
terminó su historia el académico parpadeó detrás de los pesados lentes.
"¿Qué deseas?" dijo al fin.
Feldon dejó escapar un suspiro de exasperación. "Quiero volver a tener a Loran.
Si la magia puede hacer de todo, ¿por qué no hace esto?"
"Por supuesto que puede hacer esto," dijo el experto. "La pregunta es, ¿quieres
que lo haga?"
Ahora fue el turno de Feldon de parpadear y el erudito le dio una fina y divertida
sonrisa.
"El verde llama a los vivos," dijo. "El negro llama a los muertos. El azul crea la
sombra de la vida. El rojo la consume, y eso también es muy importante, porque a
menudo se debe destruir para poder construir. Yo estudio, y la magia que ejerzo es la
blanca, que es la magia de la comprensión y el entendimiento."
"¿Puedes revivirla?" preguntó Feldon con su voz atrapada en su garganta. El
recuerdo del pantano estaba todavía con él.
"No, no puedo," dijo el académico y, a pesar de sí mismo, Feldon suspiró de
alivio. "Pero puedo ayudarte a crear un duplicado exacto"
"Yo he intentado eso con la autómata," dijo Feldon.
"Yo hablo de una creación, no de engranajes y alambres sino de magia,"
respondió el erudito, "idéntica en todos los sentidos."

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"No entiendo," dijo Feldon.
"Cuando tú lanzas un hechizo usando el fuego," explicó el académico, "yo creo
que tú no creas fuego. En lugar de eso tomas la energía mágica y le das forma de fuego,
que luego responde a tus órdenes. Es, para todos los efectos, fuego, pero está hecho de
magia."
"¿Pero qué pasa cuando utilizo fuego?" preguntó Feldon, "¿O cuando el
ermitaño llama a una gran sierpe?"
El académico hizo un gesto con la mano, "Diferentes usos para las mismas
herramientas. Sí, en esos casos se trata de un fuego real y una sierpe real, pero la magia
los altera. Por el momento supón que puedes crear algo hecho de energía mágica."
Feldon lo pensó y asintió lentamente.
"Así que si se estudias un objeto, con algo de tiempo, puedes crear ese objeto,"
dijo el estudioso.
Feldon, una vez más, asintió.
"Si me estudias a mí estarías estudiando aquello que me hace un erudito. Por lo
tanto podrías llamar en otro momento esa parte de mí que es mi erudición y confiar en
su consejo."
Feldon negó con la cabeza. "No estoy seguro de entender," dijo.
"Estúdiame durante dos semanas," dijo el académico, "y luego mira si entiendes.
No hables conmigo. Sólo tráeme mis comidas. Dos semanas. Ese es mi precio. Eso y,
más tarde, tendrás que dejarme entrar a mí y a otros eruditos en tu biblioteca. ¿Es un
trato?"
Durante las siguientes dos semanas Feldon le trajo sus comidas al erudito, casi
de la misma manera que él se las había traído a Loran cuando ella había quedado
postrada en cama. Feldon utilizó su magia para mantener encendida una pequeña llama
y cocinar al estudioso mientras hurgó a través de los textos pudriéndose y pergaminos
en descomposición del templo en ruinas.
Durante los dos primeros días el erudito pareció poco más que un pájaro
entretenido, saltando de un lugar a otro. Pero pronto Feldon se dio cuenta de que había
un método para la locura, que había intención detrás de cada uno de los movimientos
del académico. El empezó a ver cómo el hombre pensaba y sabía. Mientras tanto este,
salvo sus comidas, no le hizo caso.
Al final de las dos semanas el pequeño hombre se volvió a Feldon y dijo:
"Invócame."
Feldon sacudió la cabeza. "¿Perdón?" preguntó.
"Tú ya me has visto durante dos semanas," dijo el experto. "Ahora ve si puedes
utilizar tus hechizos para traerme a la existencia."
Feldon parpadeó. "Pero tú ya estás aquí."
"Entonces llama a otro yo," dijo el erudito. "Tú tienes el poder. Utilízalo."
Feldon respiró hondo e invocó los poderes de la tierra. Pensó en el nervioso
académico, en sus gruesas gafas, revolviendo sin cesar a través de pergaminos en
descomposición y putrefacción. Trató de llamar a un ser que resumiera la naturaleza de
la criatura en un solo lugar.
Hubo una pausa y entonces apareció un duplicado idéntico del erudito.
No, idéntico no. Era más alto, y su piel tenía una tonalidad rojiza. Pero era
delgado y nervioso y tenía gafas gruesas y una actitud de sabiduría.
El académico (el verdadero), se acercó al ser creado y lo miró por encima de sus
gafas. El duplicado hizo lo mismo.
Feldon quedó sorprendido. "¿Es real?" dijo al fin, atragantado.

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El erudito se estiró y tocó el cuasiduplicado y el duplicado hizo el mismo gesto.
"Se siente como él," dijo el académico. "Muchos de los pequeños detalles están mal
pero tú no solo me has acabado de invocar. También has invocado la esencia de mi yo
como académico. Puedes mantener a este yo alrededor manteniendo esa parte de mí en
tu mente consciente pero no es verdadero. Un verdadero yo, quiero decir."
Feldon se esforzó por seguir el proceso de pensamiento del estudioso. "¿Pero
qué puedo hacer con este…. tú?"
"Lo que esperarías que hiciera un erudito," respondió el hombre con gafas,
"investigar, estudiar, saber ciertas cosas." Y en una voz un poco más excitada agregó,
"Pero yo no sabría nada acerca de cómo luchar o tierras que nunca he visitado o algo
por el estilo. Eso estaría más allá de mi naturaleza como erudito."
"¿Y yo podría hacer lo mismo con… Loran?" preguntó Feldon.
Ambos eruditos asintieron. Feldon encontró enervante la duplicación y deshizo
la parte del hechizo que mantenía al académico mágico en su lugar. Él desapareció de la
vista como la nieve bajo la lluvia.
"Ya puedes volver a invocar a tu amor perdido," dijo el experto, "si eso es lo que
realmente quieres."
Feldon pensó en las palabras del erudito en el camino de regreso a su casa con el
carro estremeciéndose a través de los profundos surcos en la carretera. Estaba lloviendo
de nuevo para el momento en que regresó y los criados había encendido un fuego en el
hogar. Antes de entrar en la casa comprobó la tumba de Loran, bajo la forma inerte y
oxidándose del autómata. La tierra estaba igual que antes y eso le hizo sentir un poco
mejor.
Les dio las gracias a los sirvientes y se retiró a su taller. Allí, entre las mesas
cubiertas con telas y los reactivos asentados en capas multicolores en sus vasos de
precipitados, se permitió recordar.
Recordó a Loran. No sólo la sensación de su tacto o la forma en que se movía su
cabello como una oscura cascada. La recordó a ella: cuando era feliz, cuando estaba
enfadada, cuando hacía jardinería.
Cuando estaba muriendo.
Feldon pensó en Loran y en la vida que pasó con él, en los cuentos de su
juventud, en como vivieron y trabajaron juntos. La alegría de la vida con ella y la
tristeza de su partida se sintieron como una gran burbuja ascendiendo dentro de él. Él
introdujo sus recuerdos de la tierra en esa burbuja, recuerdos de las montañas, los
bosques y la orilla, los pantanos y el templo, y la llenó con poder y vida.
Cuando Feldon abrió los ojos Loran estaba allí. Ella era perfecta y completa y
tan joven como cuando él la había conocido por primera vez a las puertas de la Ciudad
de Terisia.
Ella le dio una sonrisa de complicidad y dijo: "¿Por qué estoy aquí?"
"Has muerto," dijo Feldon con su voz ahogada mientras habló.
Ella asintió y dijo: "Me parece recordar eso. ¿Por qué estoy aquí?"
"Estás aquí porque te he echado de menos," dijo Feldon.
"Yo también te extrañé," respondió el hechizo de Loran y se extendió hacia él.
Feldon, a su pesar, se alejó de su abrazo. Ella hizo una pausa y luego preguntó:
"¿Qué sucede?"
"Tú no eres ella," dijo él al fin.
"No, no lo soy," dijo ella con su voz con el cadencioso acento Argiviano que él
recordaba. "Ambos sabemos eso y tú sabes que yo no podría ser nada menos que lo que
recuerdes de ella. Tú la recuerdas siendo honesta y fuerte. Yo soy la suma de ella,
tomada a través de sus sentimientos. Yo soy lo que tú recuerdas."

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"Tu estás formada de recuerdos," suspiró Feldon, "y aunque esos recuerdos son
agradables yo debo dejarte como recuerdos. Si tú estás aquí no eres más que el autómata
en el jardín, carente de vida, una imitación de lo que fue. Lo siento. Pasé por tantos
problemas para traerte pero ahora sé que yo no puedo retenerte."
"Entonces, ¿por qué estoy aquí?" dijo ella.
"Tú estás aquí," dijo Feldon respirando hondo, "para que pueda decirte adiós."
La Loran del hechizo hizo una pausa y luego sonrió levemente. "Lo entiendo,"
dijo al fin.
Feldon se acercó a ella y la abrazó. Ella se sentía como Loran como la había
conocido. Todo lo que era Loran en su memoria había sido encerrado en el hechizo de
criatura que él había creado.
Cuando ellos se separaron había lágrimas en los ojos de ambos.
"Adiós," dijo él con su voz llena de emoción.
"Adiós," respondió ella.
Feldon permitió pasar el hechizo y la forma de Loran comenzó a disolverse.
"Lo entiendo," dijo a su forma desvaneciéndose. "Por fin creo que lo entiendo."
Todo lo que quedó fue una suave sonrisa de complicidad. Luego eso también se
fue.
Feldon volvió al trabajo en su biblioteca y taller, ocupándose de pequeñas
cuestiones que habían sido abandonadas mucho tiempo atrás. El erudito apareció en su
puerta unas pocas semanas después y le hizo gracia ver que, salvo los sirvientes, Feldon
estaba solo.
Después de una comida el investigador le preguntó, "¿Qué fue de tu amor
perdido?"
"Se perdió," dijo Feldon con un profundo suspiro, "y estaba más allá de mi poder
el traerla de vuelta. Estaba más allá de mi deseo. Pero yo tuve la oportunidad de decir
adiós."
"¿Eso es lo que realmente querías?" preguntó el erudito.
"Eso es lo que realmente quería," dijo Feldon.
El académico pasó tres semanas en la biblioteca de Feldon y luego se fue pero
prometió enviar estudiantes interesados a la casa del hombre canoso. De vez en cuando
aparecía algún aspirante a erudito o mago y Feldon, recordando su promesa, dejaba que
el hechicero pasara por su biblioteca. Durante la cena le contaba su propia historia de lo
que había aprendido acerca de la magia.
A veces el aspirante a mago escuchaba cortésmente, a veces con atención. De
vez en cuando, cuando todo el mundo se había ido a la cama, un mago se escabullía y
encontraba a Feldon sentado junto al fuego. Las llamas se retorcían en la forma de una
sonrisa, una sonrisa suave y cómplice.
Y Feldon, el anciano hechicero, parecía satisfecho.

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