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De mayor profundidad y claridad es la información que se obtiene de los brillantes estudios de Baudelaire, sin

par en cuanto a clarividencia imparcialidad, y de Ludlow, marcado por su admiración de De Quincey y los
sentimentalistas.

Al mismo tiempo debo insistir también en que mis defensas son mucho más completas y en varios sentidos que
las de mis predecesores, puesto que no sólo poseo la ventaja de un prolongado adiestramiento psicológico, una
constitución sólida, un temperamento sobre el que el hachís actúa estimulando la percepción (Sañña) sin
mezclarse con la sensación (Vedana) y un perfecto escepticismo, además de estar más que familiarizado con la
embriaguez ceremonial de muchos países y con los procesos mágicos y místicos de todos los tiempos y todas
las civilizaciones. Podría replicarme a mí mismo que la idoneidad mía, única, es el factor principal que invalida
mis resultados. Sin embargo…

En primer lugar, no obstante, era preciso determinar el efecto habitual de la droga sobre mi organismo.

De hecho, tengo la sólida convicción de que he eliminado muchas fuentes de error y que mis observaciones
poseen un valor psicológico más absoluto que las de Ludlow o incluso las de mi gran maestro Baudelaire.

En primer lugar, haré una distinción absoluta entre tres efectos del hachís, que pueden ser debidos -y pienso
que probablemente lo son- a tres sustancias diferentes.

l. - El efecto aromdtico y volátil (a)

Éste, primer síntoma que se disipa, produce el «estremecimiento» descrito por Ludlow como una nueva
vibración de fuerza que penetra. Psicológicamente el efecto en que uno se adentra es un estado absolutamente
perfecto de introspección. Percibe sus propios pensamientos y nada más que sus propios pensamientos, y los
percibe como pensamientos. Los objetos materiales se perciben únicamente como pensamientos; dicho de otro
modo, se posee la conciencia directa propia del idealismo berkeliano. El Yo y la Voluntad no intervienen: se
trata de introspección casi -si no totalmente- impersonal, y nada más.

No debe entenderse que defender los resultados de esta introspección los haga psicológicamente válidos.

2. - El efecto tóxico alucinatorio (b)

Con una dosis suficientemente grande -puesto que es posible obtener el efecto (a) sólo como fenómeno
pasajero- las imágenes mentales pasan más velozmente por el cerebro, vertiginosamente rápidas. Ya no se
reconocen como pensamientos, sino que parecen visibles. La Voluntad y el Yo se alarman, y pueden sentirse
atacados y confundidos. Éste es el principal horror de la droga: debe combatirse mediante una altamente
(¿debería decir mágicamente?) adiestrada voluntad.

Confío en que mis lectores admitan que la práctica de la magia ceremonial y la meditación, teorías ocultas
aparte, procuran a la mente un poder inmenso y superior a sus propias imaginaciones.

El horror de ser arrastrado por la corriente de imágenes inexorables es una experiencia terrible. ¡Ay de quien
cae en ella!

3. - El efecto narcótico (c)

Llega, sencillamente, el sueño. Éste no necesariamente se debe a la fatiga mental a que inducen (a) y (b), pues
descubrí que ocurría independientemente de la muestra de Cannabis.

El más importante de los efectos psicológicos de mis experimentos creo yo que reside en (a). Dediqué muchos
sacrificios para obtener este efecto aislado, cosa que llevaba a cabo tomando las más mínimas dosis,
preparándome física y mentalmente para el experimento e investigando en cualquier sentido posible cómo
intensificar y prolongar el efecto.

Las impresiones simples de la conciencia en estado normal se descomponen con el hachís en una
concatenación de jeroglíficos de tipo puramente simbólico.

De igual modo que representamos un caballo mediante seis letras (c-a-b-a-ll-o), ninguna de las cuales guarda
en sí misma la más mínima relación con un caballo, un concepto tan elemental como la letra A se descompone
en una serie de imágenes, en un gran número, probablemente en un número fijo, de ellas. Estos signos se
perciben juntos, de modo que un lector instruido lee c-ab-a-ll-o como una sola palabra, no letra por letra. Estos
signos gráficos, letras, pues disponemos de palabras con que dar nombre a los pensamientos, parecen guardar
una distancia definida en el espacio respecto del pensamiento, y éste respecto del alma que lo percibe. Al mirar
cada uno de los signos, uno percibe también que están hechos a partir de otros mucho más próximos al Ser;
estos signos, no obstante, carecen de forma o de nombre; no se perciben realmente, pero uno los conoce de
algún modo.

Desafortunadamente, la tendencia a sumirse en el efecto (/3) hace muy difícil concentrarse en el análisis de
estas ideas, ya que uno se apresura en el análisis del siguiente pensamiento. No deja de ser curioso, sin
embargo, advertir cómo este análisis se corresponde con los ámbitos de la Cábala: el «alma pura» y única al
fondo, el ámbito creativo en la penumbra, el ámbito vario de lo formativo, y el simple aunque concreto mundo
«material».

Esto lleva preguntarnos -en dicho momento, en el transcurso del análisis-, confundidos: Si la simple impresión
externa está constituida por muchos signos, y cada uno de éstos a su vez por

muchos más, ¿cómo puede uno volver al «alma pura»? Porque en todo instante uno es totalmente consciente
de que quien lo percibe todo es el Yo o «alma pura».

La única respuesta parece residir en la identificación metafísica de Monoteísmo y Panteísmo.

Uno es consciente de la doble dirección del fenómeno. No sólo es cierto afirmar que los pensamientos pueden
analizarse mediante símbolos y así sucesivamente, como retorno al alma pura, sino también que es el alma
pura la que transmite los signos con que se formula el pensamiento. De nuevo aquí debemos identificar el
Sistema Arman del hinduismo, basado en el Yo, con el sistema Anatta del budismo, en el que todo son
impresiones.

Es casi imposible describir con palabras un estado meramente metafísico que encierra muy claramente una
contradicción. La conciencia es tan vivida, tan intensa, tan manifiesta, que la lógica está condenada firmemente
a mostrarse pueril. La mejor escapatoria para un lógico es argüir que las tres afirmaciones son totalmente
consecutivas, tanto que el pensamiento cree que son una; de igual modo que las dos agujas de un par de
compases clavadas en ciertas partes del cuerpo se sienten como una sola aguja. El místico, no obstante,
musitará oscuridades esotéricas sobre la verdadera interpretación de la doctrina de la Trinidad.

Pienso que se podría añadir que estos resultados de mi introspección casi con toda seguridad se deben a mi
educación filosófica y mágica y no a la intensificación de la facultad introspectiva que se debe al hachís.
Probablemente también, este efecto (a) podría ser suprimido o pasar inadvertido para quien nunca haya
desarrollado su introspección.

Me indigno a creer que este efecto (a) es el efecto verdadero; y que lo que Ludlow llama «acceso a la
autoconciencia» no es más que la misma operación sobre los esquemas de un hombre evidentemente tímido y
nervioso.

La citada aniquilación de tiempo y espacio, que tan frecuentemente aparece en los artículos sobre el hachís, me
parece que puede aclararse de modo sencillo con un análisis más preciso del fenómeno. La explicación habitual
incluye la asunción de que el hombre posee, de modo natural, un «sentido del tiempo» perfecto e infalible, tan
regular corno un reloj. Lo cual es absurdo; si así fuese, no necesitaríamos relojes. Estamos habituados a operar
(si la idea es filosóficamente defendible o no, nada tiene que ver con el tema) sobre un mínimum cogitable
espacial y temporal. De igual modo que un número determinado de oscilaciones del péndulo equivalen a una
hora, mentalmente un número menos definido (pero no indefinido) de pensamientos equivalen a una hora de
conciencia.

Puede que los pensamientos intensos y vívidos equivalgan a un lapso mayor de tiempo que los febles. Un sueño
profundo se desliza como una invisible descarga eléctrica.

El hecho aparentemente contrario de que el tiempo nos parezca breve cuando hemos estado leyendo un libro
interesante o realizando una labor gustosa y absorbente se explica así: la multitud de impresiones se armoniza
en una impresión. Leed un inarmónico y estúpido libro, o un ensayo como éste, y el tiempo parece
inefablemente largo.

El otro hecho contrario, que un minuto de Samadhi parezca una eternidad, a pesar de ser Samadhi un único
pensamiento, se explica debido a la intensidad de dicho pensamiento y debido también a otras consideraciones
que espero argumentar más extensamente en la sección XIII de este ensayo.

Esto es, pues, lo que le ocurre al comedor de hachís. Para cada impresión dispone de miles de signos -efecto
(a)- o en el más corriente" efecto (3) las imágenes se multiplican y superponen tanto que se pierde toda
armonía; el cerebro no puede funcionar al mismo ritmo que sus impresiones, y menos aún codificarlas y
controlarlas. Ocurre entonces que desde la idea gato hasta la idea ratón se da un largo viaje a través del millón
de ecos mortecinos de gato hasta el millón de destellos de ratón, y este viaje ocupa un tiempo un millón de
veces superior al que sería usual.

Este análisis de un pensamiento en su amanecer, anochecer y crepúsculo se describe muy bien en la psicología
budista

Con frecuencia, con mucha frecuencia, uno de los «ecos de gato» puede ser tan fuerte que la cadena entera se
quiebra; el «eco de gato» se convierte en dominante, y sus armónicos (o inarmónicos) usurpan el trono -una y
otra vez- durante periodos sin cuenta de insana alucinación.

El mismo juicio vale para el espacio, pues en la práctica medimos el espacio a partir del tiempo que
necesitamos para recorrerlo, también pequeños movimientos angulares o de focalización del ojo o según
nuestra experiencia en general. Así pues, si atravieso una habitación y pienso en el trayecto un millón de veces,
la habitación me parece inmensa. Es debido al tedio del tránsito, y no por alucinación alguna del ojo, por lo que
se produce la ilusión.

Al escribir mis palabras, en una ocasión, descubrí que mi brazo derecho (que, por supuesto, no está en la línea
de la visión en absoluto, por regla general) tenía varios miles de millas de longitud.

Resultaba extraño y difícil controlar que tan colosales movimientos en el espacio dieran en la sutil labor de la
pluma. Mi escritura no resultó peor de lo que es usual -¡admito que esto no dice mucho! Fue el tiempo que
aparentemente me llevaba cada palabra escrita lo que provocó la ilusión de su tamaño descomunal, una ilusión
racional pues, llevada a absurda fantasía por la imaginación estimulada, que la hacía visible.

Otro resultado, altamente importante, del análisis del pensamiento procede del estudio acerca de cómo surge
el pensamiento.

Puesto que las impresiones se representan mediante signos gráficos, cada uno de los reflejos de una impresión
se acompaña por uno o dos (sólo se dan más cuando el control es imperfecto) signos críticos, como si en un
cuerpo menor se hace una nota de aprobación. De modo que una cadena de pensamiento A-B-C tendrá tres
signos de aprobación en clave progresiva, pues el alma justifica la secuencia. Si se continúa como A-B-C-D-E, un
signo opuesto advertirá de la falsedad, o al menos se vierte una duda. En condiciones inestables del
pensamiento, dicho signo crítico puede ejercer la fuerza suficiente como para convertirse en el dominante;
entonces, la progresión entera del pensamiento se rompe. Pongamos un ejemplo:

PENSAMIENTO COMENTARIO DE SUS SIGNOS

1. -Hombre Un hombre recoge sus frutos

Significado: «Bien, sigamos».

2. - Bípedo Implume Tres caballos en un prado:

«¿No existen otros bípedos irnplumes?»

Un arroyo: «Detente, detente, detente».

3. - ¿Era Mili? Una lápida en una colina: «¿Era Locke?»

4. - ¿Locke? ¿Locke? Una batalla.

Miles más de signos violentos. La mente al completo es ahora un mar enfurecido de pensamiento confuso:
duda, trata de recordar con precisión quién fue el primer individuo que dijo «bípedo implume», se repone con
dificultad del pensamiento 1 y comienza una vez más. La desafortunada fragilidad de 2 lleva a la corriente del
pensamiento de la consideración de «hombre» hasta un asunto de carácter académico; puesto que el hachís
contribuye, uno no puede volver atrás. Al contrario, uno de los signos críticos que asedia al pensamiento
(«¿Locke? ¿Locke?») será lo suficientemente poderoso como para conducirlo hasta una nueva vía, y su sentido
es desviado. Esto en el mejor de los casos, puesto que entonces se está a punto de caer en el remolino del
efecto (/3).

Sólo existe una solución ante tales hechos: la disciplina del pensamiento que denominamos, en sus más altas
formas, meditación y magia. Se advertirá la existencia de la enfermedad, lo que explica perfectamente el
extravío del pensamiento, como he constatado mediante simple meditación sin drogas. Debe entenderse, creo,
como la actuación normal de una mente no instruida. Mientras que los pensamientos se profieren con fuerza,
racional, los signos críticos lo consienten, y el curso del pensamiento se dirige armoniosamente hacia su fin.
Tales son los cursos del pensamiento en los hombres instruidos. El parloteo irresponsable y sin objeto de la
mujer y del clérigo es el resultado de los pensamientos débiles, anegados constantemente por sus signos
críticos asociados. Los signos meramente simpáticos pueden provocarse en las inteligencias débiles. Los
equívocos y otras asociaciones falsas del pensamiento son sintomáticas de tal imbecilidad. Un caso extremo es
la clásica y lunática cadena «Gato-ratonera-gatitos» cuando alguien ha dicho «patos", Como he señalado, sólo
existe una solución. Estamos más o menos supeditados a dicho extravío del pensamiento, pero juiciosamente
podemos superarlo; la solución es instruir la mente de modo constante y por medio de rigurosos métodos: la
lógica de las matemáticas, la atenta observación que se precisa en todas las ramas de la ciencia y la aún más
elaborada y austera instrucción en la magia y la meditación.

Muchas personas confunden el ensueño con la meditación: el químico que halló que los saltos de Epsom se
debían al ácido oxálico es la menos peligrosa de las personas. El ensueño hace del pensamiento su pasto; la
meditación lo coloca en su camino.
El poeta renombrado, con sus sueños e ideales vagos, no es mucho mejor que un inocente lunático; el
verdadero poeta es el creador que se agarra al cuello de la vida y le arranca su secreto, que elige austeramente
y compone conscientemente, y cuya obra es tan certera y limpia como la navaja de afeitar, ¡aunque su recorrido
es mayor y más ligero que el del sol!

El parloteo discursivo de charlatanes superficiales tales como Longfellow y Tennyson es el más mortal de los
venenos para la mente. Todo esto es cierto incluso para la más pura necesidad exotérica de la civilización
adulta. Pero si hay que ir más allá en la naturaleza de las cosas, sumergirnos a mayor profundidad que el
químico, elevar sea más altura que el poeta, tener una visión más dilatada que el astrónomo, debemos
procurarnos de mucho mejor temple.

49En el original se juega con «cat» y «hat», Puesto que se trata de una asociación paronomástica, sustituyo
«sombrero» por «pato». (N. del T.)

«Pero si alteras la facultad de observación con drogas y un especial adiestramiento mental, tus resultados no
serán válidos».

Y respondo:

«Pero si alteras la facultad de observación con lentes y un especial adiestramiento mental, tus resultados no
serán válidos».

Y él sonríe dulcemente:

«El experimento perseverante te demostrará que el microscopio es veraz».

Y yo sonrío dulcemente:

«El experimento perseverante te demostrará que la meditación es veraz»

La paradójica conclusión es que he atravesado, sin cuerda, cientos de millas de glaciares cubiertos de nieve y
que nadie (hasta donde sé) ha intentado repetir mis principales ascensos en Beachy Head. Debiera añadir que
la misma observación vale para mis expediciones por las regiones de la mente, la conciencia y el alma.

Sirva este ampuloso prólogo como mero apunte de las precauciones que tomaba en mis experimentos.

Primero: poner el máximo cuidado posible en el cálculo de las dosis.

Segundo: observar la norma de no repetir mi experimento antes de transcurrido, al menos, un mes.

Francamente, dudo si todo esto era necesario. No creo que mi voluntad sea anormalmente firme; creo más
bien que existe un tipo definido de esclavo de la droga, que nace ya en el útero materno, y que aquellos que lo
son o que aquellos a quienes se les impone representan un porcentaje muy pequeño. Al decir esto, incluyo
obsesiones como la música, la religión o el juego entre las drogas.

Nadie adquiere hábito excepto el esclavo de la droga, y para él tanto es tener el hábito del hachís que cualquier
otro, pues con toda seguridad caerá bajo el poder de las encantadoras.

La comentada sensualidad del hachís -incluso Baudelaire la admite- simplemente no existe para mí, quizá
porque no hay germen alguno de lascivia en mi mente. Por supuesto que si se excita, mediante cualquier
estímulo, una imaginación inmunda, se obtendrán resultados

pestilentes. Cuando la reina Mabalaba al letrado, él sueña con hadas. Así, la gente que asocia la desnudez con la
lujuria, y ve Piecadilly Circus en la Monna Lisa, padecerá la mayor comezón con el uso de la droga.

Creo, también, que Baudelaire exagera por completo al tratar de la reacción. Nunca he sentido la más leve
fatiga o lasitud, e iba de los experimentos a mis otras ocupaciones con la frescura y energía habituales.
Probablemente, no obstante, estos efectos dependan en gran medida de la mezcla de droga utilizada: algunas
contienen mayor cantidad de agentes activos y claramente tóxicos que otras.

Dejando a un lado todas las consideraciones optimistas, hay que estar -y por igual motivo- totalmente de
acuerdo con la conclusión a que llega Baudelaire. (Descartamos sus sofismas preliminares).

No doy otro uso al hachís que el de demostrar preliminarmente que puede accederse y existe otro mundo.
Probablemente si los farmacéuticos hubieran concentrado sus esfuerzos en producir una droga estándar,
aislando la sustancia responsable del efecto (a), y así sucesivamente, habríamos hallado un adjutor seguro e
inicuo para el proceso que de forma optimista he denominado Iluminismo Científico.