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SOCIOLOGÍA POLÍTICA

LICENCIATURA EN SOCIOLOGÍA – FHUC – UNL


Trabajo Práctico nº 1
Alvarez, María Florencia

Fernando Vallespín, El futuro de la política

¿Qué entiende el autor por mundialización? ¿Cuáles son los desafíos de la


democracia en la actualidad?

En El futuro de la política, Vallespín cuestiona el concepto1 de mundialización,


deconstruyendo su significado.
Comienza exhibiendo las nociones extendidas por diversos actores sociales, en contra y a
favor de las dinámicas de mundialización. Sostiene que cuando hablamos sobre este
tópico, nos encontramos con percepciones selectivas filtradas desde posturas ideológicas
o desde la particular introducción de diferencias o distinciones elegidas por el observador.
En principio, lo significa como una “destrucción de diferencias y difuminaciones de las
tradiciones, que a su vez también permite una cierta rehabilitación del discurso
identitario2.
Pero, a pesar de esto, Vallespín también indica que es ineludible abordar tal concepto si lo
que deseamos es acercarnos a un diagnóstico sobre el mundo de la política y la sociedad,
que parecen incapaces de alcanzar una comprensión de sí mismas si no es a partir de
ella.
Pareciera de todas formas, que nuestra autopercepción se alimenta de signos de
identidad global3.

Mundialización refiere a la progresiva “extensión” de las formas de relación y organización


social, que desbordan los espacios tradicionales y se expanden hasta abarcar el mundo
entero, todo el “globo” terráqueo. Retoma una definición de Giddens en la cual trata de la
“intensificación de las relaciones sociales en todo el mundo por las que se enlazan
lugares lejanos, de tal manera que los acontecimientos locales están configurados por
acontecimientos que ocurren a muchos kilómetros de distancia y viceversa. Esto coloca
en jaque al concepto tradicional de sociedad, comprendida a partir de los límites
territoriales del moderno Estado-nación.
Los presupuestos de la globalización consideran zonas de actividad social que extienden
su campo de acción, abarcando límites que superan los nacionales y regionales. Se
produce una intensificación de conexiones y dependencias.
Dinamismo y flexibilidad en la comunicación y organización de la actividad económica, en
la aplicación de las innovaciones tecnológicas y en la descentralización de la producción y
la interconexión financiera a nivel mundial4.
Centralidad del fenómeno de desterritorialización, y del conocimiento como principal
recurso económico.

La mundialización tiene un carácter multidimensional, asimétrico, heterogéneo y


discontínuo5.

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Estos caracteres se reflejan en las dinámicas que mantienen las empresas


multinacionales, y las finanzas6. Se producen una regionalización e internacionalización
simultáneas e intrínsecas: no existe una oposición entre lo regional y lo local7.

La mundialización es un proceso de marcha, que probablemente sea irreversible, y del


cual no podamos prever su evolución. Ha generado suficientes contradicciones sociales
como para esperar varios escenarios alternativos.
El autor sugiere hablar de “mundializaciones”, en plural. Es un fenómeno que ni sigue una
única lógica ni repercute por igual en las diferentes sociedades, grupos, empresas o
sectores productivos; adopta formas de redes y todos los principales ámbitos de la
actividad social se ven afectador por él, repercutiendo de modo particular y diferenciada
en cada una de ellas.
El auténtico motor de la mundialización es el avance tecnológico, coligado en esto con los
poderosos “agentes globales” de la nueva economía, quienes son los beneficiarios
directos de su desarrollo.

Los desafíos de la democracia en la actualidad


Crea nuevos patrones de desigualdad y jerarquía, pero también nuevas posibilidades para
la acción social.
(El nuevo centro, des-espacializado, son los mercados financieros globales respecto a los
cuales todas las demás actividades económicas ocurren en la “periferia”.8)
El principal desafío es si la mundialización es gobernable9: ¿cuáles son las posibilidades
de enfrentarnos a todas sus consecuencias, modelarla, eludir sus consecuencias
negativas, y proyectarla a la vez hacia la consecución de fines que afectan a la
humanidad como un todo?

La pérdida de algún “horizonte de sentido”, imbuido por la sociedad, en el que las


acciones no sólo cobran significado en relación a ese trasfondo compartido, sino que
adquieren también una “narratividad” propia.
El que nuestra sociedad actual haya echado por tierra esa visión tradicional no significa,
sin embargo, que podamos y debamos volver a ella. El reto de nuestros días no estriba
simplemente en tratar de reimplantar los valores comunitaristas fuertes de la “unión” la
“responsabilidad mutua” y el “compromiso”, que en esta corriente se suelen presentar
como incompatibles con una importante dimensión de conflicto, diferenciación y
pluralismo social ya irreversible.
(…) La clave estaría más bien en recuperar la posibilidad de conjugar el “pronombre
peligroso”, el pronombre nosotros, bajo estas nuevas circunstancias. Para ello sería
necesario instituir una nueva cultura de la solidaridad y la cooperación, empezando por la
reorganización del mismo proceso productivo. Éste es, después de todo, el responsable
directo de esta situación de flexibilidad estructural del individuo, a quien se le ha llegado a
imbuir incluso de una filosofía de la “vergüenza por la dependencia” cuando no es capaz
de adaptarse por sí mismo a las siempre cambiantes condiciones del mercado de trabajo.

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“El sistema irradia indiferencia” hacia aquellos que son “prescindibles”, los perdedores; no
les ofrece el ineludible sentimiento de “ser necesitados” por la sociedad, uno de los pilares
del autoestima.
Los fenómenos de destradicionalización e individualización rompen con la “comunidad de
sentido”, condición necesaria para una gobernabilidad un poco más previsible de la
sociedad, y crean una especie de “diversidad de sentido”
Pero que se hayan debilitado los vínculos comunitarios tradicionales no significa que
estos no se puedan reinventar, o “reorganizar” bajo nuevas condiciones.

Según Ulrich Beck, nos encontramos en la “segunda modernidad”, caracterizada por la


pérdida de los referentes sociales tradicionales, como el Estado-nación, la clara distinción
entre esferas pública y privada, la polarización política bajo el esquema de lucha de
clases, la centralidad del trabajo retribuido como esquema ordenador de la vida. ¿Bajo
qué condiciones entonces pueden integrarse las sociedades altamente diferenciadas?
Según este mismo autor, sólo a partir de la propia conciencia de esta situación de
apertura total de límites y mediante una eficaz movilización en torno a los desafíos que se
encuentran en el centro de la vida de las personas—desempleo, destrucción de la
naturaleza, etc—; forjando nuevas alianzas que sean políticamente abiertas y creativas.
Que nuestras tradicionales formas de sociabilidad y de organización política no sean
capaces de integrar esta nueva libertad no significa que debamos renunciar a ella.

Parece evidente que el futuro de la política pasa necesariamente por buscarle alguna
salida a esta nueva forma de contenciosidad política, que—al menos en los países
desarrollados—ha desplazado ya en gran medida a la “redistribución” de bienes
económicosy sociales generales como el medio fundamental de la movilización política.
Ello probablemente tenga que ver con el apaciguamiento del conflicto de clases tras el fin
de la pugna entre capitalismo y socialismo y con el “triunfo de la democracia”, que ha
provocado el cierre—siempre provisional—del debate en torno a lo que podemos calificar
como la “cuestión de la legitimidad”10.
El problema de la integración del pluralismo nacional y étnico dentro de los Estados o de
una entidad política más amplia. Problema particularmente agudo en los estados
multinacionales.

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