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SE FUERON TODOS

Prólogos

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TERESA GODOY

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“Revivir el encuentro con paraguayos que llevan con dignidad sus migraciones”

En enero de 2014, con 120 vecinos de la Villa 21, fuimos de misión a la Chacarita, la villa grande de Asunción. Allí afianzamos algo que nos une con Teresa Godoy: la pasión por el pueblo paraguayo y el deseo de una vida más digna para todos los postergados. Es emocionante leer este libro en el que uno revive el encuentro con tantos paraguayos que llevan con dignidad sus migraciones, sus desarraigos, su amor a la patria, sus valores, las injusticias padecidas. En la Villa 21 aprendemos enormemente de las riquezas que los vecinos traen de sus raíces, de las cuales muchos deberían aprender: el sentido de familia, la interactuación entre los vecinos, la capacidad de hacer fiesta, la religiosidad firme. Lo mejor que tiene la Villa 21 es la fe. Sin duda, influye mucho lo que aportó el pueblo proveniente de Paraguay. La fe de los sencillos se traduce rápido en obras concretas de amor al prójimo. En la Villa siem- pre hay tiempo para cuidar al enfermo, para ayudar al vecino a hacer la losa, para cuidar al hijo de la doña de al lado ... Hoy día, de la Villa trasciende “lo que hace ruido”. Como muchos ven la Villa desde lejos, se aumentan los prejuicios. Para no quedar antipáticos, socialmente ya no se lo dice, pero muchos siguen pensando que ahí la mayoría son “chorros” y que eso es la gran causa de la inseguridad y todo eso. Los curas tenemos el privilegio de vivir en “este Paraguay” que es

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la Villa 21. Así, supimos querer sus tradiciones, su manera de concebir el mundo, esos gestos de respeto a lo sagrado, a los mayores, al ser humano en general. Los pasillos de la Villa, los trabajadores que aprovechan el fin de semana para mejorar las casas, cargando una losa o poniendo una cisterna para reserva de agua, los asados cuando se puede un domingo, la música fuerte, los pibes y el piqui voley, nos hablan de un pueblo todavía escondido, que trae mucho de sus tierras, que tiene mucho para brindar y necesita integrarse mejor a los que están del otro lado y que si los conocieran de verdad los valorarían más y mejorarían la sociedad. “Se fueron todos” y “vinieron unos tipos sensacionales” a nuestro Buenos Aires querido. El tema es que no nos dimos ni el tiempo ni las ganas de conocerlos y, entonces, de quererlos. Las estigmatizaciones nos alejan de su esencia tan pura. Lástima que las clases dirigentes de toda índole, los medios de comunicación y el “medio pelo” están tan alejados de esta realidad llena de vida, de polca, de abuelas que cuentan, de manos que se juntan para recibir la bendición del que vivió más, de sufridos que así aprenden, de madres que son madres de sus hijos y de los del pasillo, de trabajadores que no claudican, de gente que nos hace decir ¡ES TAN BELLO EL PARAGUAY!

Padre Lorenzo “Toto” de Vedia

Sacerdote diocesano del Arzobispado de Buenos Aires, Argentina

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“En Totita veo reflejada a muchas mujeres porque, en definitiva, de una u otra manera, siempre se vuelve”.

En 1997 soy destinado como párroco en Nuestra Señora de Caacu- pé, en la Villa 21. Sabía a través de otros sacerdotes que me esperaba una ardua tarea, que los desafíos pastorales eran muchos y que el trabajo en lo social me insumiría mucho tiempo. Al transcurrir los primeros meses quedé maravillado de la gente, de la gran riqueza espiritual. Ese barrio que fue bautizado como la “Villa de los paraguayos” lo iba conociendo en las historias de lucha de sus habitantes. Ese tesoro espiritual que lleva el pueblo paraguayo tiene una raíz profunda en la que se conjugan sus raíces guaraníes y una extraordina- ria evangelización. Sin duda la Villa de los paraguayos ha enriquecido nuestra ciudad, en tiempos de secularismo, con su fe inquebrantable, su amor a la Virgen de los Milagros de Caacupé. Caminando sus estrechas calles podía ser testigo de la transfor- mación que los pobres inmigrantes hacían de ese terreno ferroviario en el que su única ayuda era el trabajo, el cirujeo en la quema rescatando siempre lo útil y la inmensa solidaridad de hermanos. El barrio latía al ritmo de una polca o de alguna audición de la FM Río, la mezcla del guaraní y el castellano, de una multitud de chicos jugando en la cancha de Chillin, de hombres que, tereré de por medio,

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arreglaban el pasillo, el aroma de la chipa y sopa, mientras las campa- nas de Caacupé invitaban a la misa. Al leer este libro que la amiga Teresa nos obsequia como fruto de su abnegada lucha por los derechos humanos, me dejó pensando en esa Totita que regresaba a su Yarati’i y veía en ella reflejadas a tantas mujeres del barrio, de esas catequistas, misioneras, promeseras, coci-

neras de nuestros comedores

que hicieron el milagro de la Villa 21.

... Y es verdad, todas pensaban en su tierra, todas recordaban su infancia y a sus seres queridos, y claro, en definitiva, todas volvieron al Paraguay, algunas como Totita, otras en sueños. En definitiva, de una u otra manera, siempre se vuelve.

Gracias Tere. Gracias Paraguay.

Padre José María “Pepe” Di Paola

Sacerdote diocesano del Arzobispado de Buenos Aires, Argentina.

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Capítulo 1

UN REGRESO MÁS. PERO DISTINTO, ÚNICO

Muchas son las poblaciones rurales del Paraguay que no progre- san con el correr del tiempo a causa de la migración. Este hecho impidió que pudieran convertirse en lugares apropiados para que sus habitan- tes obtuvieran allí todo lo necesario para una vida digna. El hecho de la migración no es reciente en el Paraguay, país de la América del Sur, ya que, apenas terminada la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), llamada así por la coalición de tres países: Brasil, Uru- guay y Argentina, contra el Paraguay, comenzó este fenómeno socioló- gico, que continúa hasta hoy y que afectó la existencia de miles de personas, según se lee en documentos existentes sobre el tema, entre ellos el Perfil Migratorio de Paraguay 2011, de la Organización Inter- nacional para las Migraciones (OIM), organismo intergubernamental. Pero, más allá de que con el paso de las décadas “se fueron todos”, algunas personas se aferran al terruño, al que reconocen como “su lugar” en el mundo. O porque ahí está el amor. Su amor. Es lo que le tocó vivir a Totita, en Yarati’i, una pequeña comunidad rural ubicada a unos ocho kilómetros de la ciudad de Yuty, del Depar- tamento de Caazapá, Paraguay, en el corazón del continente sudame- ricano. Como lo hizo desde siempre, una vez más Totita acababa de dejar la Aduana de la ciudad de Posadas, capital de la provincia de Misiones,

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República Argentina. Caminó rápidamente apretando entre sus bra- zos un común bolso de viaje que contenía una cajita de madera con su tesoro más preciado: las cenizas de quien fuera su hijo Édgar Elizardo, anteúltimo de los seis que tuvo (de los que ella parió, ¡porque crió a 16 criaturas en total!), obtenidas varios años después de su fallecimiento en Quilmes, Buenos Aires, Argentina. Totita va por el puente San Roque González de Santa Cruz, rumbo a la ciudad paraguaya de Encarnación, a donde llegará en minutos más.

El puente, ubicado sobre el río Paraná, límite natural entre la Argentina y el Paraguay, fue inaugurado en abril de 1990 por los pre- sidentes de ambos países, Carlos Saúl Menem y Andrés Rodríguez Pedotti, respectivamente. La existencia del mismo significó un gran avance para la zona ya que, durante décadas, todos los viajeros cruzaban el cauce hídrico en balsas, lanchas o canoas, en medio de tediosos embarques y desembar- ques en ambas orillas. El río Paraná es uno de los ríos más importantes de América del Sur que atraviesa la mitad sur del continente y forma parte de la exten- sa cuenca del Plata, la que recoge las aguas de los ríos Paraná, Para- guay y Uruguay. El río Paraná se une con el río Paraguay en Paso de Patria, un distrito del Departamento de Ñeembucú, a 351 kilómetros al oeste de Encarnación. En 1971, la República Argentina impulsó el proyecto y construc- ción de la represa de Yacyretá. En aquel entonces Alfredo Stroessner, presidente paraguayo, condicionó al Gobierno argentino que dicho país se hiciera cargo de la construcción del puente, como compensación por las inundaciones que la represa de Yacyretá causaría al Paraguay. En el año 1980 se llevó a cabo la licitación pertinente. El puente, que además permite el paso de trenes, tiene una longi- tud total de 2.550 metros. Esta obra obtuvo el Premio Internacional

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Puente de Alcántara a la obra pública más destacada del período (1989-

1990).

El nombre del puente se debe a Roque González de Santa Cruz, un joven mártir primer santo paraguayo, nacido en Asunción, actual Para- guay, fundador de varias reducciones, entre ellas las ciudades de Posa- das y de Encarnación (Wikipedia).

Tenía que hacerlo sola

Tan fuerte es la emoción de Totita que ya no quiso esperar el colec- tivo del cruce fronterizo. Tampoco tomar un taxi. Prefirió caminar. Esta tarea la tenía que hacer ella. Sola. No quiso compartirla con nadie. Ni con su hija Gladis, que la acompañaba desde Buenos Aires, la capital porteña. Ni con sus otros compañeros de viaje. Su destino es su natal Yarati’i, a aproximadamente tres horas y media de viaje en ómnibus desde Encarnación. Logró que su preciosa carga no fuera revisada, ni notada, por las autoridades del control adua- nero argentino. Por suerte, porque si eso hubiera ocurrido, habría sido un grave inconveniente; ella no tenía más documentos que los del cora- zón para transportar los restos de su mimado y queridísimo Édgar Elizardo. Confió en que su fallecido hijo haría los milagros pertinentes desde el cielo para evitarle los sinsabores de la burocracia, a la que decidió eludir por no contar con los medios económicos necesarios para pagar el traslado legal de su preciosa carga. Además, era una práctica común desde siempre que los migrantes trasladen de esta forma precaria los restos de sus seres queridos falle- cidos allende las fronteras. Totita va como levitando. Camina entre las imágenes de sus re- cuerdos, que vienen en torrentes incontenibles acompañadas de amo- rosas lágrimas. Va pensando en su primer hijo fallecido a los treinta y

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ocho años de edad tras batallar por su salud, apoyado por toda la fami- lia, desde los once, cuando le afectó la fiebre reumática. Esta enferme- dad, con los años, le dañó severa y fatalmente el corazón. Tal vez llora por ella misma. Por esa vida dura y sacrificada que sobrelleva desde hace más de setenta años. Nada, absolutamente nada, había sido fácil para esta mujer. Totita nació en Yarati’i en 1945. Es la mayor de ocho hermanos. Su fallecida madre, doña Albina Benítez, también natural de allí, precoz madre soltera desde los quince años, estado civil común de la época, tuvo cuatro hijos en esa condición. La primera fue ella. Ya en calidad de migrante en las plantaciones de las colonias de la vecina provincia de Misiones, Argentina, su madre sumó otros cuatro hijos. Fue al contraer matrimonio con Andrés Godoy, también migrante paraguayo, oriundo del pueblo de Iturbe, del Departamento del Guai- rá, a quien conoció en esas rojas tierras misioneras en los años cin- cuenta.

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Capítulo 2

UNA FLOR QUE SE ABRÍA A LA VIDA. PERO ...

Totita se vio de niña caminando de la mano de su abuela. Siempre andaban así por las callejuelas de tierra y pasto de Yarati’i. Corrían los primeros años de la década del 50. Tendría alrededor de ocho años cuando quedó a cargo de su espigada y bella abuela Ildefonza (llamada cariñosamente Mamita Ilé, también madre soltera de tres hijos), cuan- do su madre, Albina, viajó a las colonias argentinas en busca de trabajo, con apenas 20 años, en compañía de otros familiares y amigos.

Tuve una infancia feliz –pensó Totita–. Era parte de una familia de pocos miembros directos: La mamita Ilé, mi abuela, y sus tres hijos, Albina (a quien también sus hijos mayores nos acostumbramos a lla- mar mamita Albina, igual que a la abuela, a la que le decíamos mamita Ilé) y mis tíos Saturnino y Rosalía.

Totita creció en un ambiente bullicioso, en medio de animosos hom- bres y mujeres que iban y venían atareados en actividades propias del campo: la producción de rubros básicos para la manutención familiar y para el intercambio o venta comercial, dirigidos por Aníbal Miranda, esposo de su tía Rosalía.

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En mi familia se plantaba de todo: maíz, poroto, tabaco, mandioca,

cebolla, naranjas, mandarinas, mamón, banana

todo lo de la huerta

... y todo lo que necesitábamos. Además mi tío Aníbal criaba muchos ani- males, como la mayoría de los vecinos de la época. Tenía gran cantidad de cerdos, ovejas, gallinas, patos, caballos, vacas, bueyes, entre otros animales. Producíamos también leche, queso y almidón que se hacía de la mandioca que todos plantábamos. Entre los mismos vecinos nos ayu- dábamos en estos trabajos mediante la “minga” (actividad de ayuda mútua) que realizábamos todos juntos por turno entre los vecinos. Antes había mucha gente en Y arati’i. Había muchas casas, como trescientas, y no había lugar para las grandes plantaciones. Entonces íbamos a trabajar lejos de nuestras casas, en la chacra. Como una hora caminando o en carreta. De todo plantábamos y teníamos. También carneábamos continuamente nuestros animales (vacunos, ovejas o cer- dos) que criábamos y sus productos eran vendidos entre los vecinos, al igual que toda la gran producción de la chacra. Sí, se plantaba y se producía de todo. Lo que sobraba, después de la venta entre los vecinos y de lo que se guardaba para el consumo de la familia, se llevaba al pueblo, a Yuty, y se negociaba allí. Cuando yo era chica, largas filas de carretas cargadas de mercade- rías, que venían de compañías vecinas, donde también el trabajo era grande y se producía de todo, pasaban por Yarati’i, llevando sus produc- tos para vender en el pueblo, como lo hacían también mis parientes. Me acuerdo que muchas veces me llevaban con mis primos y primas en esas carretas a pasear por el pueblo. Eran momentos de mucha alegría fami- liar.

La actual ciudad de Yuty en esos años era un bullicioso mercado donde la actividad comercial era intensa.

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“En el pueblo había grandes compradores, como Nenito Balena, la familia Gorostiaga, la Casa González, la Casa Amábile, la familia Vera,

la familia Cabañas y otros, que compraban de todo. Hasta las cerdas

de los caballos se vendían. Todo se vendía

...

,

nada nos faltaba. Sí, vivía-

mos bien”, rememoró Totita con suaves movimientos de cabeza y con una media sonrisa en su curtido rostro. A pesar de la ausencia de su madre, Totita recordó su infancia feliz, rodeada de mucha gente. Su entorno se había ido agrandando con tíos, tías, primos y primas, veci- nos y amigos. La vida comunitaria era intensa, bulliciosa y alegre en Yarati’i.

Sí, había mucha gente antes en Yarati’i. Me acuerdo de tía Juanita y tío Tiburcio, tío Pedro Aquino y tía María, tío Antonio Duarte, que siempre fue una gran autoridad de la zona. Estaba casado con tía Cotí; también estaban la tía Pastora Díaz, tía Petronila con tío Justo Benítez, doña Del Socorro Bogado, doña Victorina y muchos más. Todos con

muchos hijos. Había muchas casas. Es lo que yo recuerdo de mi valle y

sus alrededores. Sí

...

y mucho movimiento, también.

Los juegos de niña, la adolescencia y

...

el dolor

La niña Totita jugaba a las muñecas (de trapo, claro) con sus nu- merosas vecinas y primas. Entre estas recordó a Quiquina, Chinita y Vidalia, hijas de sus tíos Rosalía y Aníbal; a Mamacha, una de las hijas de sus tíos Cotí y Antonio; también a Basílica, Cotí o Nilda, hijas de su tía Pastora Díaz; a Felipa, Silvia o Felicita, hijas de sus tíos María y Pedro Aquino, y a Lucina, hija de su tía Juanita, entre muchas otras familiares, vecinas y amigas.

Muchos éramos primos, vecinos, amigos. Jugábamos también a las escondidas y al “kapiju’a”.

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El “kapiju’a” era un juego de niñas del lugar realizado con las manos. Nueve semillas de coco seco se ponían en la palma de la mano, se las lanzaba al aire suavemente y la habilidad consistía en cuántas se atrapaban nuevamente tras la voltereta, pero sostenidas al dorso de la mano. Y si no se lograba volver a atrapar ninguna de las semillas, se perdía. Y se ganaba atrapándolas a todas nuevamente en la palma de las manos. ¡Todo dependía de la rapidez del movimiento de las manos! Este juego, en el que a veces participaban también los varones, se cono- ce con el nombre de tiquichuela en otros puntos del país.

Sí, era un juego muy, pero muy divertido. Nos sentábamos en el pasto y a la sombra de un árbol y ahí jugábamos horas y horas.

Corrían las lágrimas por la envejecida mejilla de Totita, motivadas por tantos hermosos recuerdos, mientras seguía caminando con su preciosa carga. Se acercó lentamente a la parada de ómnibus de Encar- nación, donde tomará un medio de transporte, un colectivo, con destino a la ciudad de Yuty, y de allí, finalmente, a Yarati’i. Totita llegó a la adolescencia en un ambiente de vida familiar sin conflictos traumatizantes, en viviendas construidas en predios de ver- des campos sin contaminación ambiental alguna, en medio de adultos activos y emprendedores. Tuvo una niñez rica en risas y juegos norma- les. Nada presagiaba los negros nubarrones que al poco tiempo empe- zarían a marcar su vida.

Teníamos también mucha diversión. ¡Había muchos bailes y hasta

cine!

Predominó en sus recuerdos de ese momento la imagen del tío Antonio Duarte, un verdadero líder de la época. No solo de Yarati’i sino de todas las compañías cercanas. Años después de su fallecimiento, ella

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y todos sus contemporáneos lo siguen recordando con marcado respeto y gran cariño, como persona de bien, siempre activo y solidario. En él se centró en décadas recientes la vida de la comunidad y tuvo que ver mucho en la vida de la mayoría, si no de todos, de los habitantes del lugar y su zona de influencia. Y también en lo recreativo.

Hasta cine veíamos porque traían películas en la casa de tío Anto- nio y la tía Clotilde (llamada cariñosamente tía Cotí). Era nuestro gran deseo ver las películas, que esperábamos ansiosamente. Se mostraban sobre una sábana puesta en una pared y era una gran alegría para nosotros. Y como había muchas familias continuamente teníamos cum- pleaños, casamientos y bailes por diversos motivos. Las fechas patrias, como el 14 de mayo o la fiesta del 6 de enero de nuestro club, llamado Sportivo Fútbol Club de Yarati’i o Club Juven- tud, la fiesta de San Juan en junio, y el 8 de diciembre, día de la Virgen de Caacupé, eran otras fechas de gran encuentro. El 8 de diciembre nos reuníamos todos en la casa de los esposos don Antoliano Díaz, llamado cariñosamente por todos como don Tolí, y doña Juliana. Frente a esa vivienda, que sigue hasta hoy en pie, existía una hermosa capillita con la imagen de la Virgen de Caacupé. Ahí se hacían también toda clase de encuentros, como cursillos, la santa misa y otras fiestas religiosas. Había ocasiones en que se preparaba allí comida para toda la vecindad. Después, con los años, trajeron aquí una imagen de la Virgen “Perpetua” (Virgen del Perpetuo Socorro) en un nicho que insta- laron en la orilla de la ruta, a metros de donde antes estaba la capilla antigua de don Tolí y doña Juliana. Hasta hoy está ahí, en uno de los costados de nuestro actual oratorio.

El lugar del pequeño nicho es de referencia muy popular, conocido por todos, incluyendo los choferes de los colectivos, ya que se convirtió en parada de los mismos.

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Yo nací en 1945 y esto ocurría cuando ya tenía entre 12 y 15 años. Me acuerdo bien cuando pusieron ahí la imagen de la Virgen “Perpetua” –entre 1957-1960, según esta referencia– y su día es el tercer domingo de junio. Pero todos empezamos a llamarla, y se mantiene hasta hoy, como “La Virgen Perpetua”, no sé por qué –pensó tratando de explicarse el motivo de este sobrenombre que se impuso con los años por costum-

bre–. Ahora, en los últimos años, tenemos la fiesta de San Lorenzo, que se convirtió en patrono de acá, y su fiesta es el 10 de agosto. No sabemos

por qué se hizo este cambio. ¡Ni quién pidió ni quién decidió! Pero para nosotros nuestra patrona de siempre es “La Virgen Perpetua”.

Es de público conocimiento que la imagen de la Virgen del Perpe- tuo Socorro había sido puesta allí –y en numerosas otras localidades cercanas– por misioneros que recorrían la zona en remotos años. Pero Duarte quería un santo exclusivo para su querida comunidad. Según investigaciones realizadas por la autora, fue el mismo An- tonio Duarte, propulsor de la mayoría de las cosas que han ocurrido o con lo que cuenta Yarati’i, quien trajo la imagen de San Lorenzo desde Buenos Aires. Incluso concientizó a los pocos vecinos, que permanecían en esos años en el lugar, acerca de la construcción de un oratorio especial para el santo, que sería el patrono de Yarati’i. La obra comenzó hace décadas y aún no concluyó. Pidió una imagen del santo a sus compatriotas residentes en Buenos Aires, según versión dada por la propia hija de Antonio Duarte, Mamacha Duarte, y confirmada por su familiar Eligio Godoy, paraguayo residente en Buenos Aires, quien expresó haber te- nido a su cargo conseguir la imagen del santo. Una vez logrado el obje- tivo –con la ayuda de sacerdotes, familiares o amigos solidarios– y junto a otros compatriotas la entregaron en la capital porteña a su tío, Antonio Duarte, quien finalmente la trajo y la instaló en el oratorio, en eterna construcción, donde está hasta hoy.

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La fiesta de San Juan era muy esperada por toda la gente de Yarati’i. Se hacía todo tipo de comida tradicional y entretenimientos de muchas clases, como el juego de las sortijas (sortija jekutú), carrera común, carrera “vosa”. Al anochecer los jóvenes jugábamos a “la rúa”, que con- sistía en corrernos unos a otros con un pequeño mazo de paja encendida en la mano. A la voz de “¡rúa!” nos perseguíamos y nos esquivábamos unos a otros corriendo de las llamas para evitar quemarnos, claro. ¡Era muy divertido! También la escuela era lugar de muchas y grandes fiestas, como la del 14 de Mayo. Se podía bailar y ver las grandes orquestas. Estos encuentros se llamaban “veladas”. En estos bailes actuaban grandes orquestas como la de Onorio Lugo, tío Atino Chávez, Los Aquino y muchos más. ¡Todos actuaban espectacularmente! Eran “orquestazos”. Y cada ocho días había fiesta en la casa de tío Antonio y siempre había mucha gente ...

Sonrió tristemente Totita ante tan amorosos recuerdos mientras continúa su lenta marcha por el larguísimo puente. Entre los años 40 y 50 ya era una evidente realidad la migración de los habitantes de la zona, también los de Yarati’i, hacia las colonias del Alto Paraná, incluyéndose ya en el itinerario de los migrantes para- guayos la provincia argentina de Misiones. Lo hacían para trabajar en las grandes plantaciones y obrajes como “mensú” (trabajaban contratados mensualmente, de allí el deri- vativo mensú), a lo largo de toda la provincia argentina, limítrofe con el Paraguay en toda su extensión, teniendo como separación natural el caudaloso río Paraná. Apenas cruzaban las aguas los empleaban en gran cantidad. En toda la zona abundaban las plantaciones de diversos rubros como la yerba mate, naranjos, té, tung, entre otros. Su madre, doña Albina, se integró a los grupos de viajantes. Mientras tanto, la rubia

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niña, de piel muy blanca y de pelo ensortijado y llena de simpatía y amabilidad, se convirtió en una hermosa jovencita. Y no, no empezó bien esta etapa de mi vida”, pensó Totita.

T ERESA G ODOY niña, de piel muy blanca y de pelo ensortijado y llena de

Lugar donde estuvo la casa de don Justo Benítez y su esposa Petronila. Solo queda la planta de mango que daba sombra a la familia.

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S E FUERON TODOS Portón de entrada al sitio donde estuvo la vivienda de don Aníbal

Portón de entrada al sitio donde estuvo la vivienda de don Aníbal Miranda y su esposa Rosalía Benítez con sus numerosos hijos.

S E FUERON TODOS Portón de entrada al sitio donde estuvo la vivienda de don Aníbal

Vivienda abandonada de doña Pastora Díaz y familia, de la que solo quedan restos de la estructura básica y de lo que fuera medidor de ingreso de la energía eléctrica.

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T ERESA G ODOY Pequeño nicho de la Virgen del Perpetuo Socorro, más conocida simplemente como

Pequeño nicho de la Virgen del Perpetuo Socorro, más conocida simplemente como la Virgen “Perpetua” a la vera de la ruta. Un lugar emblemático de la religiosidad de la gente de Yarati’i.

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