Casandra, Córdoba, 12 de octubre de 2016

Hipótesis Bornoroni
1.
Producción Bornoroni es una hipótesis, diría que en un único sentido. Porque la hipótesis tiene dos
sentidos: es el enunciado que exige demostración y es el enunciado de algo incierto. En un sentido lógico,
o abstracto, uno podría decir que van juntos: como es incierto, exige demostración, o exige demostración
justamente porque es incierto. Pero esto no siempre sucede, ni siquiera es así. Estos dos sentidos son
como polos de atracción que traccionan la producción del enunciado. En la práctica, está lleno de
hipótesis que ya están demostradas de antemano, o que están armadas para poder ser demostradas o
refutadas: predomina la exigencia de demostración. En Bornoroni predomina el postulado de la
incertidumbre, casi sin exigencia de demostración. O la demostración, en todo caso, se pone por fuera del
libro. No es un libro que tiene al principio una hipótesis, y que a lo largo del libro se demuestra, sino que
es el largo despliegue de una hipótesis, el largo despliegue de una incertidumbre que va de principio a fin.
La única demostración posible podría estar, con mucha suerte, viento a favor, y buena predisposición del
lector, en los efectos de pensamiento que produzca, fuera del libro, cuando alguien lo lee. Y que sigue
produciendo sobre nosotros mismos, porque sigue siendo para nosotros mismos un libro abierto, fuente de
incertidumbre.
2.
Esa hipótesis que es una apuesta, esa hipótesis-apuesta, porque es un postulado de resultado incierto, hoy
la podría enunciar así (digo “hoy” porque, como decía, el libro sigue haciéndonos pensar; en el momento
de escritura del libro no lo podría haber dicho así): que una manera -no sé si la única, pero una posible- de
salir de una relación de filántropo o de policía con la locura, es hacer una alianza con el loco. Pero no una
alianza con el loco-persona, no una alianza entre personas, con sus deseos, sus aspiraciones, ni siquiera
con sus derechos de persona. Es, en sentido spinozista, una alianza entre potencias, una composición de
potencias. Algunas potencias del loco pueden afectarnos de lástima (filantropía) o de miedo (policía).
Pero el loco también puede afectarnos con una potencia de indeterminación del pensamiento, que
aumenta nuestra potencia de pensar. Es una alianza con la potencia de indeterminación del pensamiento.
Y entonces la situación o la experiencia ya no es pensada por el loco, tampoco es pensada por el analista,
o el pasante, o el enfermero, no importa, es pensada por ese “tercer individuo” que es la alianza, la
composición de potencias, es pensada a partir de la potencia de indeterminación que aporta el loco a
nuestra propia potencia de pensar.
3.
¿Qué es esa fórmula, que suena un poco mística: “alianza con una potencia de indeterminación del
pensamiento”? Les cuento cómo fue para mí. Yo me encontré con un escrito, el original de Carlos, que no
era muy distinto de lo que hay ahora: contaba una historia en la que estaba él, estaba el loco, y algunos
otros personajes; contaba algunos sucesos, mechaba historia clínica, había yuxtaposiciones de todo tipo,
de cosas que se repetían, que aparecían una vez y volvían a aparecer pero asociadas a otra, 5 páginas
explicando cómo funciona un motor, otras 5 con la historia de la FMA... No era un caso clínico, una
aplicación de categorías ya conocidas para analizar la situación. Tampoco era una denuncia
antimanicomio, un ensayo ideológico. Tampoco era relato un autobiográfico. Todo eso estaba por partes,
parcialmente estaba todo eso, pero como sometido a otra cosa, a otra lógica, que era la que pensaba todo
eso. No pensaba el analista, no pensaba el moralista indignado, no pensaba el yo íntimo. Tampoco el loco,
no era una recolección de frases o acciones del loco. ¿Y entonces quién pensaba? Carlos decía que había
hecho ese Frankestein porque no sabía escribir, y que necesitaba alguien que lo escriba. Pero era obvio
que ese no era el punto, porque además nos pedía que no cayéramos en ninguno de esos formatos: “No
quiero un caso clínico, no quiero una autobiografía, no quiero una polémica ideológica o doctrinaria con
el psicoanálisis, o con el antianalisis, o con lo que fuera”. Se resistía a ser tratado por un policía -que lo
normalizara en algún formato preestablecido- o por un filántropo -que se compadeciera del pobre idiota
que no podía escribir-.

Mi única solución fue dejar de pensar desde mis categorías, intentando determinar una forma -caso
clínico, autobiografía, denuncia, hasta novela policial le llegué a tirar- para eso que se resiste, y hacer una
alianza con esa potencia de indeterminación del pensamiento que ofrecía el propio texto. El escrito de
Carlos no esperaba a un pensador, pensaba por sí mismo, pensaba solo -lo cual, justamente, no quiere
decir que lo pensaba Carlos-. Y lo que yo podía hacer era buscar por dónde pasaba mi alianza. Mi alianza,
o sea, lo que tenía la potencia de indeterminar los lugares comunes de mi propio pensamiento, era esto:
Carlos tenía la intuición, o la certeza, de que mucho de lo que pasaba ahí no podía atribuírsele al loco.
Obviamente las acciones de la familia, la normalización institucional... Eso es más o menos obvio. Pero
había más: el discurso religioso, o el discurso tecnológico, que a primera vista provenían del propio loco...
Carlos insistía mucho, como si fuera importante, en que él entendía de qué le hablaba: los motores, los
aviones, la FMA, Jeremías, las fiestas de los santos... Y al mismo tiempo, era obvio que entendía de qué le
hablaba, pero no qué significaba. O sea, entendía de qué le hablaba mientras no pretendiera interpretarlo,
es decir atribuirle el carácter expresivo de una subjetividad. Entonces ese asunto de entender de qué le
hablaba no tenía que ver con una interacción interpersonal. Y había más: la insistencia de Carlos no sólo
en decir que entendía, sino en reponer todas esas cosas para el lector, como el funcionamiento de los
motores, o la historia de la FMA y el peronismo... Yo me preguntaba: “¿A qué viene todo esto?”.
La manera de engancharme a todo eso fue así. Lo que había era un campo atravesado por líneas de
fuerzas. Y esas fuerzas eran impersonales, no eran las fuerzas expresivas de una persona. De allí esas
extrañas insistencias de Carlos, suponía yo. Son fuerzas porque componen, porque arman, arman las
instituciones y las modalidades de intervención, arman los registros, arman los encuentros entre personas,
componen vínculos. Pero arman también a las personas. No son impersonales en el sentido de superiores,
externas, ajenas a las personas, como si se enfrentaran desde afuera a una persona que ya existe, en quicio
o desquiciada por sí misma, sino todo lo contrario, son infrapersonales: forman también a las personas.
Arman a las personas, a las instituciones, y arman a las sociedades, están detrás de todo. Mi reescritura,
por eso, consistió básicamente en dos operaciones: a) ir separando esas líneas y poniendo esos subtítulos
para que sean más visibles de lo que había logrado Carlos, para que pasen a primer plano, y se vean sus
conjunciones; b) hacer desaparecer toda vez que fuera necesario a las personas, y principalmente a la
primera persona del singular que narraba, para que “hablen las fuerzas por sí mismas”.
4.
Esas fuerzas, las que yo
encontré,
se
podrían
graficar así. Es la primera
vez armamos este dibujito,
que pasamos esto en
limpio, así que hay que
ver si funciona. No es para
sintetizar el libro, sino más
bien para ver dónde
estamos parados respecto
del libro, y ver dónde esto
no funciona, dónde habría
que precisar, etc. Ya van a
ver en los comentarios, es
para seguir pensándolo.

u1
u2
Fuerza tecnológica
(motores, reactores, aviones,
combustibles)

H

u1

u1

u2

u
Fuerza político-religiosa2
(comunistas, nazis, vampiros, tentaciones,
Cristo)

(internación,
historia clínica,
tratamientos,
dispositivos)

L
Fuerza
jurídicofamiliar

Fuerza
disciplinaria

u2

(DNI, filiación
biológica/adoptiv
a, abogados)

Comentarios:
a) En el gráfico, en principio, no entrarían las personas (el loco=L), ni las instituciones (Hospital=H),
porque justamente, las fuerzas son las que componen, las que las atraviesan, las que arman y trabajan. L y
H no están en el origen de las fuerzas, sino en el centro de esas fuerzas.

b) Si ven la selección de fuerzas que hicimos, podría pensarse que todo esto tiene como centro al loco,
que gira en torno del loco. En un sentido sí: es su potencia de indeterminación del pensamiento la que
permite pensar esto. Se piensa a partir de la alianza con esa potencia. Pero no se piensa sólo al loco,
permite pensar la situación entera.
Por ejemplo, el Hospital. Es obvio que está organizado, armado en parte por una fuerza disciplinaria. Esa
fuerza disciplinaria encuentra un apoyo en una fuerza jurídica, que establece filiaciones,
responsabilidades, etc. Hasta ahí, lo más o menos obvio. Pero la alianza permite pensar cosas no tan
obvias: la línea religiosa, por ejemplo, parece ajena, en principio al Hospital, que la rechaza a nivel de
contenido como delirante, ¿pero hasta qué punto la moralidad disciplinaria se toca con la moralidad
religiosa? Y entonces hay una fuerza religiosa que pasa también por el Hospital, que dispone prácticas y
formas de intervención. Y en ese caso, ¿qué pasa, qué cortocircuito se produce cuando el Hospital, sin
siquiera quererlo, se apoya sobre una fuerza religiosa -resistir las tentaciones de la carne, por ejemploque el propio loco está poniendo en uso, está recorriendo? O la línea tecnológica. Está el loco armándose
como un motor, o como un reactor nuclear. Pero el hospital también está atravesado por una línea
tecnológica: ¿no está claro que la medicina trata a los cuerpos como si fueran máquinas, a las que se
puede acelerar, desacelerar, estabilizar, etc.?
c) Es evidente que este nivel de las fuerzas que yo encontré es todavía demasiado abstracto, porque son
nombres que no indican la aplicación, ni la dirección, ni el efecto: ¿son fuerzas identificatorias o
desidentificatorias, son fuerzas estabilizantes, acelerantes, vinculantes, defensivas...? ¿Para qué sirven?
Habría que preguntarse qué uso tienen, o qué operan en el loco, en el Hospital, en la familia, etc. Y ese
uso no necesariamente es único para cada una (en el gráfico: u 1, u2, u3). Por ejemplo, la religión se ofrece
como fuerza cuando pone la identidad detrás de un sistema de pruebas que hay que pasar. Pero también se
ofrece como fuerza disponiendo un campo de enemigos de los que cuidarse. No es la misma operación.
Incluso, quizás, habría que descomponer esas fuerzas en otras fuerzas menores, porque seguramente que
esos nombres clasificatorios (religión, política, tecnología) no sirven de nada, son incorrectos, porque
responden a distinciones sociales establecidas pero medio boludas, no responden a ninguna distinción que
nos interese realmente.
d) Entre esas fuerzas hay solapamientos, asociaciones, montajes, o rechazos, tránsitos que se dan a través
de los usos o las aplicaciones. Hay movimientos dispersivos y concentraciones. En la familia hay una
fuerza filiativa, por ejemplo, ero en la religión también hay una fuerza filiativa (u 2/u2). El loco monta una
alianza entre esas dos fuerzas filiativas. Y la religión no es sólo fuerza filiativa, es fuerza que se aplica
sobre el cuerpo, y la tecnológica también se aplica sobre el cuerpo (u 1/u1): ¿se conjugan o se rechazan, se
empalman, cómo, etc.?
e) Por último, hay un asunto que ni siquiera logré graficar, habría que ver si a alguien se le ocurre cómo, y
que en el libro es importante, que es el asunto de la velocidad de circulación de esas fuerzas.
La hipótesis Bornoroni no está demostrada en el libro. Estaría demostrada cada vez que un lector se
encontrara -o si es que alguna vez un lector se encuentra- en esta disyuntiva: “O no puedo pensar nada
sobre este libro, no sé qué es, para qué sirve, es una mierda, acá no hay nada; o entro en una alianza con la
potencia de indeterminación del libro para armar, para fabricar un aparato de lectura para poder pensarlo,
un artefacto que no tengo inventado todavía”. Y que podría ser este dibujito que puse yo acá, o podría ser
cualquier otra cosa, vaya uno a saber.

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