MARCIA ATACA

Polémica, sin pelos en la lengua, Marcia Schvartz es una de las últimas pintoras de raza de la Argentina.
Lo dicen los premios que recibió. Pero sobre todo lo dicen sus obras, que hablan por ella.
Por Fernando García
C
omo un personaje de su propio inven-
tario de humanidades urbanas, ahora
que habló por más de dos horas y se dejó
fotografiar, Marcia Schvartz deja que su
cara alargada haga sándwich entre la
madera vieja de la puerta y el borde de
la pared. ¿Tendrá nombre ese gesto de
hablar con media cara afuera y el resto
del cuerpo guardado detrás de la línea
entre la vida privada y la calle (avenida
Caseros, Barracas)?
Por el momento lo que hay es esta
mujer de 59 años que, antes de despedirse, es
incapaz de reprimir una última bocanada de sar-
casmo. “Nos vemos en la vernissage”, dice Marcia
pero pronuncia “vernissach”, así como a ella le
suena que pronuncian los habitués a las ceremo-
nias sociales del arte. Y se ríe. Ya ni siquiera nece-
sita disimular su disgusto con el esnobismo de lo
que constituye su misión en la tierra: pintar.
Suena raro pero Marcia Schvartz es una de las
últimas pintoras de raza de la Argentina. En 2013
ganó el Gran Premio de Pintura del Salón Nacional
y fue la primera mujer en cincuenta años en hacerlo.
Ya era raro que pintara lo que pintaba en Barce-
lona hacia 1977 (“Pintar figurativo era visto como
algo español, castizo, de Madrid, y ellos querían ser
europeos”, recuerda) y nadie estaba pintando tam-
poco a la gente en Buenos Aires cuando volvió del
exilio justo para la guerra de Malvinas. Por eso Mar-
cia se pegó al teatro, al under. A Batato Barea, Omar
Chabán, Alejandro Urdapilleta (a quien ahora, tras
su muerte repentina, lloró dos días enteros), Vivi
Tellas, Los Redondos. Era en esa zona donde la vida
cotidiana se radiografiaba con desmesura. ¿Y la pin-
tura? “La pintura acá era un embole, un plomo
–asegura, terminante–. No me gustaba nada”.
Marcia dice que le recomendó a un jovencísimo
Kuitca que dejara todo y se fuera a recorrer el mundo
como ella misma había hecho cuando emprendió el
viaje beatnik por Latinoamérica a principios de los
70. Kuitca no la escuchó. “Ya tenía todo programado
–recuerda–, el camino muy clarito”.
Marcia se fue a Barcelona en 1976 porque era mili-
tante de la JP (Juventud Peronista, además de Joven
Pintora, como le puso a su muestra antológica en el
Museo Sívori, en 2006) y si bien su función era casi
decorativa, la casa que compartía con Luis García, otro
militante y ex Hair, se utilizaba para reuniones y míti-
nes. La casa estaba marcada, dice, no podían quedarse.
Así que se fueron nomás rumbo a España y ella
afinó esa mirada única que tiene para redimir a los
nadies del mundo en los retratos. Empezó a obsesio-
narse con las viejas comadronas de Barcelona y las pintó
133 132
Marcia Schvartz,
obra en mano.
Con “Toma de la
Belgrano”, ganó el Gran
Premio Adquisición del
Salón Nacional de
Pintura 2013.
F
O
T
O
S
: J
O
S
E
P
E
R
E
Y
R
A
L
U
C
E
N
A
- C
O
R
T
E
S
IA
P
A
L
A
IS
D
E
G
L
A
C
E
.
135 134
tra radical y un padre librero y editor con formación
comunista– se hizo peronista desde 1975 hasta ahora
mismo. Pero nunca pintó a Perón (bueno sí, lo hizo a
caballo para una Unidad Básica pero se perdió) ni a Evita
aunque sí a una Isabelita de Tren Fantasma para uno de
esos assemblages que pululan por el taller donde mezcla
pintura, foto, objetos reales. Sostiene que no pintaría a
Cristina porque no le gusta pintar a personajes conocidos
y tampoco le gustó que un coleccionista le pidiera a Lilita
Carrió (“Cuando parecía que era de izquierda”, se ríe).
Pintaba retratos por encargo, sí, cuando volvió de
España. A casi ninguno de los ejecutivos que la reque-
rían terminaba gustándole el resultado. “La verdad es
que no sé qué querían –reconoce ahora–. Supongo que
gustaban de la pintura y se sentirían importantes pero
yo pintaba así. No tenía una forma para alguien del
Abasto y otra para un banquero”.
Una marca de vinos le pidió una pintura para
una etiqueta. Le pagaron con una habitación llena
de botellas pero, al final, nunca usaron su obra.
“Había pintado un borracho de la calle con una
botella. Creo que no les gustó”. Se entiende. Y,
además, si hay algo que Marcia odia, es la publici-
dad. ¿Por qué? “Porque es un horror –sentencia–.
Esas minas de propaganda para el pelo. Horrible”.
Marcia tiene el histrionismo de una Joan Cusack, el
rictus asombrado de una hermana Marx (¿Marxia?) y
también lo tiene a Bruno, un hijo de 28 años que le
cambió la vida y la pintura. Cuando nació, cuenta,
“empecé a mirar la naturaleza y dejé un poco lo urbano”.
Pasaba largas temporadas en el Delta: pintó eso. Pero la
humanidad la puede, la absorbe. Se enamora de un
personaje y puede estar meses pintándolo: una bailarina
de tango; desnudos de Nelda, la venus formoseña…
¿Qué tiene que tener un humano para que la Schvartz
quiera hacerlo línea y color? “La actitud. Cómo se para
ante la vida –ilustra–. Yo me doy cuenta y eso tiene que
quedar en el retrato. Yo lo tengo que notar al menos”.
Se nota en el magnífico “Toma de la Belgrano”
que se quedó con el Gran Premio del Salón Nacio-
nal de Pintura de 2013. Dos chicas en estado de
barricada, el color intenso que no es tanto de la
pintura como de la vida, los grafitti como escritura
de época. Hay una vibración ahí que está, aletea,
entre lo pintado, lo que se sujeta a una tela, y aque-
llo que es imposible de atrapar. Como ella ahora:
medio cuerpo puerta adentro, en el taller, en el arte;
y la cara afuera, con vista a la calle. n
hablándose a los gritos de balcón a balcón. “España recién
salía de Franco y era como viajar cuarenta años atrás en
el tiempo. Estaban estas tipas que salían en batón y se
encontraban para tomar una copa. Con total autoridad
para poder emborracharse en la calle a diferencia de las
nuestras, que quizá bebían a escondidas, en soledad”.
Pintó la noche porque vivía de noche; andaba por
ahí con Miguel Abuelo y su mujer, Krisha Bogdan.
A ella la pintó; a él, no, y se arrepiente. Su refugio
estaba en el Barrio Gótico. Una vez (ella dice así:
“una vez”), estuvo dos años sin salir del perímetro
delimitado por esas callejuelas que desovan en La
Rambla. Todo lo que necesitaba estaba ahí.
Hay en su taller una foto de esa época que le sacó
Humberto Rivas. Todas las fotos de Humberto Rivas
hablan. Esta, de Marcia de pelo muy corto, punk, grita.
E
n Barcelona también le dieron una de las peores
noticias de su vida. La desaparición de “Hilda”.
“Hilda”, el fantasma que convive con Marcia,
es Hilda Adriana Fernández, una de las jóvenes tortu-
radas y desaparecidas en la ESMA. Estu-
diaron juntas en Bellas Artes y, después,
Hilda convenció a Marcia para que se
uniera a la Juventud Peronista. “Era her-
mosa, mirá”, dice Marcia y trae un suple-
mento que hizo con Página/12 para con-
memorar a los artistas desaparecidos de la
Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano.
Ahí está Hilda, tan joven y morocha,
cuerpo de bailarina. “Iban todos atrás de
ella, a mí no me miraba nadie”, recuerda.
Pero Marcia sí mira. Mira como le
enseñaron a mirar otros artistas –Ricardo
Carreira, Aída Carballo, Antonio Berni–
y como ella, no cabe duda, le enseñó a
mirar a Marcos López. Son vecinos por
una cuadra y, sin embargo, no se hablan.
Marcia no se anda con vueltas para decir lo que
piensa. Cree que López, acaso el fotógrafo más cele-
brado del arte argentino, fundó una estética pasando
por encima de la suya y de la de su amiga Liliana
Maresca. “Hay un montón de ideas en las fotos que
son de ella y ahora está muerta –asegura–. Y a mí
me da bronca eso, ¿qué querés que te diga?”.
M
arcia y Liliana están juntas en la foto, en Cabo
Polonio, 1992. Tienen cerca de 40 años pero
parecen de 20 o menos… Hay todavía algo
muy juvenil o más bien aniñado en Marcia. El vestido
floreado, la forma de despatarrarse en el sillón, la lengua
filosa. La pintura de Marcia no es así solo porque hubo
antes algo llamado “expresionismo”, sino porque así es
ella. Antes de los 17 la habían echado de todos los cole-
gios posibles. ¿Por qué? “Porque no soportaba el cole-
gio. La educación así como estaba planteada no me
servía para nada y terminaba teniendo problemas –res-
ponde–. No terminé el colegio y empecé Bellas Artes”.
Marcia –la menor de tres hermanas, hija de una maes-
“Autorretrato
fumando”,
grafito sobre
papel, 1979.
“Las chicas”, óleo sobre tela, 1987.
“Más allá”, técnica mixta
sobre madera, 2011.
Marcia elige a cada uno de sus personajes por “ la actitud. Cómo se para ante la
vida. Eso tiene que quedar en el retrato”.
F
O
T
O
S
: D
E
R
E
C
H
O
S
R
E
S
E
R
V
A
D
O
S
- C
O
R
T
E
S
IA
U
C
A
.

Intereses relacionados